Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was produced from scanned images of public domain material from the Google Print project.) EL COCINERO DE SU MAJESTAD (MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III) POR D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ EDICIN ILUSTRADA CON GRABADOS [imagen] MADRID LIBRERA DE F. FE PUERTA DEL SOL, 15 1907 [La ortografa del original no fue corregida ni actualizada. (Nota del transcriptor.)] ES PROPIEDAD. Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.--Telfono 1.977. [imagen] INDICE TOMO PRIMERO I De lo que aconteci un sobrino por no encontrar tiempo su to II Interioridades reales III En que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en los palacios reales IV Enredo sobre maraa V Sin dinero y sin camisas! VI Por qu el to daba de comer de aquella manera al sobrino VII Los negocios del cocinero del rey.--De cmo la condesa de Lemos haba acertado hasta cierto punto al calumniar la reina VIII De cmo al seor Francisco le pareci su sobrino un gigante IX Lo que hablaron Lerma y Quevedo X De cmo don Francisco de Quevedo encontr en una nueva aventura, el hilo de un enredo endiablado XI En que se sabe quin era la dama misteriosa XII Lo que hablaron la reina y su menina favorita XIII El rey y la reina VIX Del encuentro que tuvo en el alczar don Francisco de Quevedo, y de lo que averigu por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con otros particulares XV De lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufn del rey XVI El confesor del rey XVII En que empieza el segundo acto de nuestro drama XVIII De cmo entre unos y otros no dejaron parar en toda la maana al cocinero de su majestad XIX El to Manolillo XX De cmo el to Manolillo hizo que doa Clara Soldevilla pensase mucho y acabase por tener celos XXI En que continan los trabajos del cocinero mayor XXII De cmo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los conventos de monjas XXIII En la hostera del Ciervo Azul, y luego en la calle XXIV De lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo y de lo que hizo al fin XXV De cmo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al inquisidor general XXVI De lo que oy el to Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor del rey XXVII En que se ve que el cocinero mayor no haba acabado an su faena en aquel da XXVIII De los conocimientos que hizo Juan Montio, acompaando la Dorotea XXIX De cmo Juan Montio, con mucho susto de la Dorotea, se di conocer entre los cmicos XXX De cmo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan Montio XXXI De cmo enga Dorotea para llevarla palacio el to Manolillo XXXII Continan los antecedentes XXXIII El suplicio de Tntalo TOMO SEGUNDO XXXIV En que se explicar algo de lo obscuro del captulo anterior, y se ver cmo doa Clara encontr un pretexto para favorecer el amor de Juan Montio, pesar de todos los pesares XXXV De cmo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le haba dicho mucho XXXVI De cmo el padre Aliaga puso de nuevo su corazn y la virtud prueba XXXVII De cmo el diablo iba enredando cada vez ms los sucesos XXXVIII De lo que vi y de lo que no vi el to Manolillo siguiendo los que seguan al cocinero mayor XXXIX De cmo Quevedo conoci prcticamente la verdad del refrn: el que espera desespera XL De cmo el noble bastardo se crey presa de un sueo XLI De cmo Quevedo se qued su vez sin entender al rey XLII De cmo don Juan Tllez Girn se encontr ms vivo que nunca cuando ms pensaba en morir XLIII Continan los trabajos del cocinero mayor XLIV Lo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero XLV En que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un nuevo personaje XLVI De cmo la Providencia empezaba castigar los bribones XLVII De lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas ocasiones XLVIII De cmo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque sus vestigios sean patentes XLIX De cmo la duquesa de Ganda tuvo un susto mucho mayor del que le haban dado Los miedos de San Antn L De cmo don Francisco de Quevedo quiso dar punto uno de sus asuntos LI En que encontramos de nuevo al hroe de nuestro cuento LII De cmo empez ser otro el cocinero mayor LIII En que se deja ver en claro el bufn del rey LIV Cmo saben mentir las mujeres LV Quevedo visto por uno de sus lados LVI En que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes LVII Amor de madre LVIII Las audiencias particulares del duque de Lerma LIX De cmo Dorotea era ms para con el duque, que el duque para con el rey LX Lo que hace por su amor una mujer LXI De cmo le sali Quevedo al revs de lo que pensaba LXII De cmo el duque de Lerma se encontr ms desorientado que nunca LXIII De cmo el duque de Lerma vi al bufn de su majestad extenderse, crear, tocar las nubes, etc. LXIV De cmo Quevedo busc en vano la causa de su prisin, y de cmo cuando se lo dijeron se crey ms preso que nunca LXV De cmo el to Manolillo no haba dado su obra por concluida LXVI El padre y el hijo LXVII De cmo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez ms el proverbio que dice: no es tan fiero el len como la pintan, y de cmo todas las pulgas se van al perro flaco, LXVIII De cmo se agrav la demencia del cocinero mayor, y acab por creerse asesino del sargento mayor LXIX En que continan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la fatalidad le haba tomado por su instrumento LXX En que se ennegrece gravemente al carcter del to Manolillo LXXI De cmo Quevedo dej de ser preso por la justicia para ser preso por el amor LXXII De cmo el duque de Lerma encontr tiempo un amigo LXXIII En que el duque de Lerma contina representando su papel de esclavo LXXIV Lo que hizo Dorotea por don Juan LXXV El sol tras la tormenta LXXVI De cmo el cocinero mayor conoci con despecho que no se haban acabado para l las angustias LXXVII En que se ennegrece su vez el carcter de Dorotea LXXVIII En que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de esta verdica historia LXXIX Del medio extrao de que se vali Quevedo para soltarse de la prisin en que la haba puesto el amor de la condesa de Lemos LXXX De cmo el inters ajeno influy en la situacin de Quevedo LXXXI De cmo Quevedo se asusta ms de saber que don Juan est en libertad, que si hubiera sabido que estaba preso LXXXII En que el to Manolillo sigue sirviendo de una negra manera Dorotea LXXXIII En que se ve que el bufn y Dorotea haban acabado de perder el juicio LXXXIV En lo que vinieron parar los amores de Dorotea y de don Juan LXXXV El autor declara que ha concludo, y ata algunos cabos para que no queden sueltos CAPTULO PRIMERO DE LO QUE ACONTECI UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR TIEMPO SU TO A punto que el sol transpona en una nublada y lluviosa tarde de invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en direccin al ya prximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo bulto slo se vean un sombrero gacho de color gris, calado hasta las cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas cubiertas por unas botas de gamuza de su color, adems del extremo de una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de la capa. El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas cadas, y el jinete encorvado el cuerpo, como replegado en s mismo, y la ancha ala del sombrero doblegada y empapada por la lluvia que vena de travs impulsada por un fuerte viento Norte. Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie haba en el puente que pudiera reparar en la extraa catadura de su caballo, ni en su paso lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la lluvia y el fro haban alejado los vagos y los pillastres, concurrentes asiduos en otras ocasiones los juegos de bolos y las palestrillas de la Tela; las lavanderas haban abandonado el ro, que, dejando de ser por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razn la soledad, estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados la entrada y la salida del puente. Nuestro jinete, pues, atravesaba salvo, protegido por el temporal, una de las entradas ms concurridas de la corte en otras ocasiones, y decimos salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado ms de una y ms de tres desvergonzadas pullas la gente _non sancta_, concurrente cotidiana de aquellos lugares. Era el tal bicho (no podemos resistir la tentacin de describirle), una especie de colosal armazn de huesos que se dejaban apreciar y contar bajo una piel rada en partes, encallecida en otras, de color indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y largusimo y rido el cuello, cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de figura de martillo, y en la que se descubra tiro de ballesta la expresin dolorosa de la vejez resignada al infortunio. Representaos seis caas viejas casi de igual longitud, componiendo un pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendris una idea muy aproximada de nuestro bucfalo que all en sus tiempos, veinte aos antes, debi ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras cualidades fisiolgicas que duras penas podan deducirse por lo que quedaba aquella ruina viviente, aquella especie de espectro, aquella vctima de la tirana humana que as explota la existencia y los elementos productores de los seres quienes domina. [imagen: Desesperbase el jinete con la lenta marcha...] Desesperbase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la punta, se paraba, se estremeca, lanzaba como protesta un gemido lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprenda una especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba algunos pasos, viniendo parar en la marcha lenta y difcil de antes, y en el acompasado y marcadsimo cojeo. No sabemos quin deba tenerse ms lstima: si al caballo que llevaba aquel jinete al jinete que era llevado por tal caballo. El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia, poco ms menos, semejante al que presenta hoy, no era lo ms propsito para dar una idea de la extensin y de la importancia de la corte de las Espaas; veanse nicamente dos colinas orladas por unos viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos muros, la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; la izquierda el alczar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas el arrabal y la calle y puerta de Segovia, vindose adems hacia la izquierda y debajo del alczar el portillo y la puerta de la Vega. Adase esta vista pobre y rida, lo escabroso y desigual del espacio comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo aquello, y se tendr una idea de la impresin triste y desfavorable que debi causar la vista de Madrid en el viajero, que todas luces iba por primera vez la corte, en vista de la irresolucin de que di marcadas muestras acerca de la direccin que deba seguir para entrar en la villa, cuando ya fuera del puente, se encontr cerca de los muros. Fijse, al fin, decididamente su vista en el alczar y luego en la puerta de la Vega, revolvi su caballo hacia la izquierda, y acometi la ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria cuesta. Al fin, aqu tropiezo, all me paro, acull vacilo, el anciano jaco logr pasar la puerta de la Vega; enderezse un tanto, animado, sin duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de no estar desprovistos los animales, disimul cuanto pudo su cojera, y sigui sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba entrada las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de detenerse el forastero, la voz de un centinela tudesco que le ataj el paso. --Y dgame uc, seor soldado--dijo con impaciencia el jinete--, por qu no puedo seguir adelante? --Ser estas las capayerisas de su majestad--contest el centinela. --Y dgame uc, no puedo ir por otra parte al alczar? --Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aqu ese cabayo. --Me impedirn de igual modo que este caballo pase por las otras entradas del alczar? --Mi non saperr eso. Y el centinela se puso pasear lo largo del arco. --Y dnde diablos voy yo!--dijo hablando consigo mismo el jinete--: mi to vive en el alczar, necesito verle al momento... y dnde dejo este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrar en Madrid sern mesones; pero quin se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el pobre _Cascabel_, sera cosa de no concluir las nimas y luego sin dinero: eh! seor soldado! seor soldado! Volvise flemticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie tierra. --Queris hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo de esta reja donde voy atarle mientras yo vuelvo? --Mi non entender de eso--contest el soldado--, volviendo su paseo. --Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos--dijo una voz chillona espaldas del jinete, no s quin quiera exponerse ir galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: le trais para las yeguas del rey, amigo? Volvise el forastero con clera al sitio donde haban sido pronunciadas estas palabras con una marcada insolencia, y vi ante s un hombrecillo, con la librea de palafrenero del rey. --Si lo que tenis de desvergonzado, lo tuvirais de cuerpo, bergante--dijo todo hosco el forastero echando pie tierra--, me alegrara mucho. --Y por qu os alegrarais, amigo? --Por qu? Porque habra donde sentaros la mano. --Parceme que servs vos tanto para zurrarme m como vuestro caballo para correr liebres--dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la canalla palaciega. --Si mi caballo no sirve para correr liebres, srvolo yo para haceros dar una carrera en pelo--contest el incgnito, que an permaneca embozado--, y sin decir una palabra ms se fu para el palafrenero con tal talante, que ste retrocedi asustado hacia una puerta inmediata, tiempo que salan de ella dos hombres al parecer principales, contra uno de los que tropez violentamente el que hua. El tropezado empuj vigorosamente al palafrenero, que fu dar en medio del arroyo, y apenas se rehizo se quit el sombrero y se qued temblando inmvil, entre los caballeros que salan y el forastero. Mir el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al incgnito y su caballo; comprendi por lo amenazador de la actitud del jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, por mejor decir, suspendida por su aparicin, y dijo con acento severo y lleno de autoridad: --Que significa esto? --Seor, este mal hombre quera pegarme porque me he redo de su caballo--contest el palafrenero. --Yo no extrao que se ran de este animal--dijo el embozado--; lo que extrao es que se atrevan insultarme, m, que ni soy manco ni viejo. --En cuanto lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el rostro--dijo el al parecer caballero--; en cuanto si sois no manco, parceme que si tenis buenas las manos, tenis manca la cortesa. --Eh! qu decs? --Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo cuando yo os hablo, debis ser mucha persona. --De hidalgo hidalgo, slo al rey cedo. --Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey--dijo el otro caballero que hasta entonces no haba hablado. --Ah! Perdone vuecencia, seor--dijo el incgnito desembozndose y descubrindose--, es la primera vez que vengo la corte. Al descubrirse el jinete dej ver que era un joven como de veinticuatro aos, blanco, rubio, buen mozo y de fisonoma franca y noble, que daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros. --Ah! Acabis de venir?--dijo el conde de Olivares prevenido en favor del joven--. Y qu diablos os vens entrar con ese caballo por las caballerizas del alczar? En sus tiempos debe de haber sido mucho... --Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honraran cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los dems, yo, que le aprecio porque le apreciaba mi padre... --Y quin es vuestro padre? --Mi padre era... --Bien; pero su nombre... --Jernimo Martnez Montio, capitn de los ejrcitos de su majestad. --Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los das; no recordis vos, Uceda? --Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad. --El cocinero de su majestad es mi to. --Ah! Pues entonces sois de la casa--dijo el conde--; cubros, mozo, cubros, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alczar; y t, bergante--aadi dirigindose al palafrenero--, toma el caballo, llvale las caballerizas y cudale como si fuera un bicho de punta; y debe de haberlo sido. Diablo, lo que son los aos! Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los Consejos, mientras el joven pasaba el arco en direccin al alczar, murmurando: --El conde de Olivares y el duque de Uceda! Parceme de buen agero este encuentro... Ello dir... Lo que nicamente me inquieta es el haber dejado _Cascabel_ entregado aquel bergante... Pero mi to arreglar esto y lo otro. Vamos en busca de mi to. El joven atraves la plaza de Armas y se encamin en derechura al prtico del alczar sin detenerse un punto mirarle, pesar de que perteneca al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no llamar la atencin un forastero; pero fuese que nuestro joven no se admirase por nada, fuese que le preocupase algn grave pensamiento, fuese, en fin, que comprendiese que es ms fcil hacerse paso cuando se camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio, la verdad del caso fu que se entr por las puertas del alczar como si en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mrmol del pavimento. Ni l mir nadie ni nadie le mir; atraves un vestbulo sostenido por arcadas, sigui una galera adelante y se encontr en el patio. Al ver ante s la multitud de puertas que abran paso otras tantas comunicaciones del alczar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar entre los que entraban y salan alguno de la servidumbre interior que le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigi un enorme lacayo que le depar su buena suerte. --Por dnde voy bien la cocina, amigo?--pregunt nuestro joven. Mirle de alto abajo el lacayo, extraando, sin duda, que por tal dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcenda la legua hidalgo y valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de camino. --No os dejarn llegar la cocina de su majestad--contest el lacayo despus de un momento de importuna observacin--si no decs quin buscis. --Busco--dijo el joven--al cocinero mayor. --Ah! Pues si buscis al seor Francisco Montio, os aconsejo que le esperis maana, las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los das va esa hora or misa Santo Domingo el Real. Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se marchaba. --Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: por qu razn he de esperar maana y esperar fuera del alczar? --Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alczar, no recibe en l persona viviente. --Cmo! --No recibe en su casa por dos muy buenas razones. --Y cules son esas buenas razones? --La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumpli los catorce aos nadie entra en su cuarto; y desde que se cas en segundas nupcias ha clavado las ventanas que dan las galeras. --Bah! Pero recibir en la cocina. --Menos que en su casa. All no recibira ni al mismo rey. --No importa. Yo s que me recibir. --Mucha persona debis ser para l. --Soy su sobrino. Cambi de aspecto el lacayo al or esta revelacin; dej su aspecto altanero y un si es no es insolente; pintse en su semblante una expresin servicial y cambi de tono; lo que demostraba que el cocinero mayor tena en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que este respeto se transmita las personas enlazadas con l por cualquier concepto. --Ah! Conque vuesa merced es sobrino del seor Francisco Montio?--dijo acompaando sus palabras con una sonrisa suntuosa--; eso es distinto, vamos, y llevar vuesa merced hasta donde sin tropezar y en derechura pueda encaminarse la cocina. Y, volviendo atrs, se entr por una puertecilla situada en un ngulo, subi por una escalera de caracol y sali una larga galera. El joven sigui tras l y as atravesaron algunas puertas, en todas las cuales haba centinelas; pero muy pronto empezaron recorrer enormes salones desamueblados en la parte ntima, por decirlo as, del alczar. Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo. --Desde aqu--dijo--nadie atajar vuesa merced, porque slo las gentes de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el cabo de la cruja, y el olor le guiar. Y despus de un respetuoso saludo, dej solo al sobrino de su to. En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la cruja le di en las narices un olor indefinible, suculento, emanacin de cien guisos, aroma especial que slo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven sigui adelante, y muy pronto atraves una gran puerta y se encontr en la cocina de su majestad. Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmsfera que alimentaba; aspirbase all una temperatura sofocante; cantaban, chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veanse en medio de una niebla _sui generis_ una multitud de hombres y de muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los ms y pcaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se vena, se picaba, se espumaba, se soplaba, se vean ac y all limpios utensilios, brillaba el fuego y, ltimamente, en una larga percha se vean capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones. Por el momento nadie repar en el joven; pero l se encarg de que reparasen en l dirigindose un oficial que traa asida por las dos manos una descomunal cuajadera. --Queris decirme--le pregunt--dnde est el cocinero mayor? Dej el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvi al joven, limpindose las manos en su mandil. --Ta, ta! El cocinero mayor!--dijo con acento zumbn--. Si por ventura vens buscar trabajo, echadle un memorial. --No busco trabajo, le busco l. --No est. --Ya s que no recibe en la cocina; pero si est, decidle que le busca su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de su hermano el arcipreste. Operse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la misma transformacin que se haba operado en el lacayo, pero de una manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su to era una influencia poderosa en el alczar, en la cocina era una omnipotencia. --Conque vuesa merced es sobrino del seor Francisco Montio?-dijo el oficial completamente transformado--. Qu diablo! Su merced no est. Haban rodeado la sazn al joven una turba de galopines que le miraban con las manos las espaldas, ojos que se rean y bocas que rebosaban malicia. Como que se trataba de un profano. --Y dnde encontrar mi to?.. Me urge... me urge de todo punto--dijo el joven con acento impaciente. --Yo dir vuesa merced dnde est su to--dijo un galopn--: el seor Francisco Montio est prestado. --Cmo prestado!--dijo el oficial. --Prestado al seor duque de Lerma--dijo otro pinche. --Como que est malo de un atracn de setas el cocinero del duque. --Y el duque tiene convidados. --Por ltimo, mi to no volver probablemente?--dijo el joven. --No volver, caballero--dijo otro de los oficiales--, porque me han encargado que sirva la cena de su majestad. --Y dnde vive el duque de Lerma? --Toma!--exclam un pinche como escandalizado--. En su casa; es menester venir de las Indias para no saber dnde vive el duque. --Calle de San Pedro, caballero--dijo el oficial encargado accidentalmente de la cocina--; cualquier mozo de cuerda quien vuesa merced pregunte le dar razn. Tom el joven las seas que le dieron, las fij en la memoria, como que tanto le importaban, y despidindose de aquella turba, sali y tom la cruja adelante; pero fu el caso que, como el alczar era un laberinto para l desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tom la direccin opuesta, baj unas escaleras, y se encontr en habitaciones amuebladas, entapizadas, alfombradas iluminadas, porque ya era casi de noche, y en las que haba algunos lacayos. Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella parte haban quedado atrs las entradas difciles, y no circulaban ms que los que estaban autorizados para ello, nadie le pregunt, ni le puso obstculos, ni le dijo una palabra. Y as continu hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su distraccin una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con otra detrs de una mampara prxima, y que le dej or involuntariamente las siguientes palabras: --Me va en ello ms que piensas... es preciso; preciso de todo punto... oh, Dios mo! Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situacin hubiera hecho el ms hidalgo: comprendi que una casualidad le haba llevado un lugar donde dos mujeres se crean solas, que las graves palabras que haba odo pertenecan sin duda un secreto que l no deba sorprender, y se hizo atrs dirigindose la puerta inmediata; pero aquella puerta estaba cerrada. Dirigise la ventura otra, pero al llegar ella se abri y sali una dama. El joven di un paso atrs, y se quit el sombrero. La dama que sala di un ligero grito de sorpresa, y qued inmvil. --Qu hace este hombre aqu?--dijo con la voz notablemente alterada. --Perdonad, seora, pero... --Pero qu?--exclam con impaciencia la dama. --Soy forastero: He venido al alczar ver mi to, y al salir me he perdido. --Y quin es vuestro to? --El cocinero mayor del rey. --Ah!sois sobrino del cocinero mayor?--repuso la dama, cuya voz estaba alterada por una conmocin profunda--; comprendo: vens de las cocinas. --As es, seora--contest el joven--, que contrariado y confuso por su torpeza, tena la vista fija en el suelo. --Habis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda su majestad; habis cruzado la galera de los Infantes, y os habis metido en la portera de damas... y esos maestresalas!... estarn durmiendo! --Yo siento, seora... yo quisiera... --Cunto tiempo hace que estis en esta galera? --Hace un momento, seora; como que al abrir esta puerta, buscaba una salida. --Y no habis odo hablar nadie? --No, seora. Y entonces el joven alz los ojos, mir la dama y se puso plido. Lo que haba causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y la expresin de sus grandes ojos, fijos en l, de una manera particular. --La casualidad que os ha trado aqu--dijo la dama--, os pudiera costar cara. --Sucdame lo que quiera, me pasar indudablemente menos de ello que de haberos disgustado. --Venid--dijo la dama--, cuya voz tena todava el acento irritado, trmulo, conmovido. Y en paso rpido, fuerte, enrgico, tir la cruja adelante, lleg una puerta, abri su pestillo con un llavn dorado, la pas y repiti con impaciencia: --Seguid! Seguid! Se encontr el joven en otra galera menos alumbrada; por ltimo, la dama tom por una escalera obscura. El joven la sigui tientas; nada vea: slo perciba el ardiente hlito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su paso. Al fin de la escalera sinti abrir una puerta, y la voz de la dama que le dijo: --Salid: id con Dios. Fu tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevi contestar: sali, sinti que cerraban la puerta, y se encontr en un mbito tenebroso, del cual no poda apreciar otra cosa sino que estaba embaldosado de mrmol, por el ruido que producan sobre el pavimento sus pisadas. Con las manos delante, tientas, sigui lo largo de una pared; torci, revolvi, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por el resplandor de una luz que se vea tras una puerta, se dirigi ella, se encontr en una galera baja y luego en el patio. Acontecile entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una molesta pesadilla: su corazn se espaci y aspir con placer el aire fro que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo del patio. Pero la impresin de toda pesadilla, contina aun despus de despertar; el joven guardaba una fuerte impresin de su aventura, pero indeterminada, vaga, como un sueo; aquella impresin parta de la dama que haba visto un momento; recordaba, con no sabemos qu agitacin, que era una mujer tan hermosa como no haba visto otra; pero no recordaba los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus cabellos, ni su apostura, ni su traje; habale acontecido lo que al que mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que sigue lastimando sus ojos despus de haberlos cegado; estaba seguro de no conocerla si por acaso la vea otra vez, y esto le desesperaba; no se daba razn del sentimiento que aquella impresin le haca experimentar; no pens en que poda estar enamorado, como al recibir una estocada nadie por el momento se cree herido de muerte. El amor es hijo de la imaginacin; la imaginacin del joven no haba tenido tiempo ni aun para formar el embrin de ese fantasma ardiente quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente nuestros sentidos; estaba aturdido y nada ms. As es que, profundamente preocupado, se dirigi por un instinto una salida, y por efecto de su preocupacin, ni vi dos hombres embozados, que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oy este breve dilogo, que pronunciaron al pasar el joven junto ellos: --Ha salido? --S. --Cundo? --Hace algunos minutos. --En litera? --En litera. El joven pas y maquinalmente tom por la embocadura de una calle inmediata. La noche cerraba ms andar: el temporal segua; la lluvia lenta, sorda, pesada, espesa, produca un arroyo en el centro de la calle, y las gentes, rebujadas en sus capas en sus mantos, pasaban de prisa. Era esa hora melanclica del crepsculo vespertino, anticipada por el estado de la atmsfera, y por la niebla que empezaba tenderse sobre la tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existan, se cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora, tena mucha menos poblacin; las casas, construdas en su mayor parte _ la malicia_, como se deca entonces, para que lo entiendan nuestros lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con que estaban gravadas las que se elevaban ms, eran bajas, de pobre aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares, tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la parte contigua al alczar, por donde marchaba nuestro joven, eran un verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se vea una sola puerta, causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro cinco conventos que haba en aquel barrio. En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente nuestro joven, que haba llegado hasta all maquinalmente, para orientarse del lugar en que se encontraba. El fro y la lluvia le haban vuelto al mundo real; mir en torno suyo en busca de una persona quien preguntar, y se encontr solo; pero de repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sinti que se asan su capa, y oy una voz de mujer que le deca con precipitacin: --Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid! Volvise el joven, y vi junto l una mujer de buena estatura, de buen talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro. --Seguid, seguid adelante!--dijo la dama con doble impaciencia--; y no hagis extraeza ninguna, que me importa. Yo os explicar... pero seguid! Y la tapada levant por s misma la halda de la capa del joven, y se asi su brazo y tir de l. --Yo os digo que sigis adelante!--exclam la incgnita con irritacin--; es que sois tan poco hidalgo, que no queris favorecer una dama! No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limit dejarse conducir por la tapada. --Pero, yo os arrastro! yo os llevo!--dijo sta con acento en que brotaba un tanto de irritacin--; y lo notar quien nos vea! Cmo llevarais vuestra amante, caballero? --Ah! segn!--dijo el joven--... si bamos huyendo de un marido, de un padre, un hermano... --No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados quienes importan poco el fro, la lluvia y el viento. --Sea como vos queris--dijo el joven--; y parceme que si yo os conociera, sera muy posible, casi seguro, mi enamoramiento. --De dnde sois, caballero?--dijo la tapada, marchando ni ms ni menos que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su eleccin. --Soy... pero dispensad, seora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo adivinar el objeto de vuestra pregunta. --Os pregunto que de dnde sois, porque me parecis un tanto cortesano: me estis enamorando la ventura sin soltar prenda. --Pues os engais, seora; no soy cortesano sino desde esta tarde. --Cmo! no habis venido hasta ahora la corte? --No; y sin embargo, aunque no llega una hora el tiempo que hace que estoy en ella, me han sucedido tales aventuras... --Aventuras y en una hora? --S por cierto: he reido con un palafrenero del rey; he conocido dos grandes seores; me he perdido en el alczar... --Ah! os habis perdido... en el alczar...! y qu aventura os ha sucedido al perderos? --Perderme!--exclam el joven, y suspir porque se acord de la hermosura de la dama de la galera. --En palacio es el perderse muy fcil--dijo la dama--, y os aconsejo que si alguna vez entris en l, os andis con pies de plomo; y no os ha acontecido ms aventura despus de haberos... perdido en el alczar? --S, s por cierto: no os parece una muy singular aventura esta en que me encuentro con vos, quien no conozco, que se me os habis venido sin saber de dnde y que...? --Y qu...? --Podis acabar de perderme. --Yo! --S, vos: debis ser muy hermosa, seora, y muy principal, y hallaros metida en un gran empeo. --Explicadme... --Os siento apoyada en mi brazo, y Dios me perdone!, pero quien tiene tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso. --En la tierra de donde vens, se acostumbra abusar de las mujeres, caballero? --Ah!, perdonad: yo no crea... --Vos lo habis dicho: soy una dama principal: ms de lo que podis creer, y, como habis supuesto, me encuentro en un gran conflicto. --Vuestra voz, aunque quisistis disimularlo, era un tanto trmula cuando me hablsteis: vuestro brazo, al asirse al mo, temblaba. --Acortad el paso y bajad ms la voz--dijo la dama--; nos siguen. --Y vos, cuando os siguen, os detenis? --Cuando s que quien me sigue tiene dudas de si soy yo no soy, procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme. --Y vos no temis? --S por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude; dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo en seguirme. --No es vuestro esposo quien os sigue? --Yo no soy casada. --Ni vuestro padre? --Est sirviendo al rey fuera de Espaa. --Ni vuestro hermano? --No le tengo. --Ni vuestro amante? --Nunca le he tenido. --Ah! --Qu os sucede? --Quisiera saber quin os sigue. --No volvis la cara, que sin que la volvis os sobrar acaso tiempo de saberlo. --Pero si no es asunto vuestro... --Sabis que sois muy curioso, caballero? --Ah!, perdonad: me callar. --No, hablad; hablad. --Pero si mis palabras os ofenden... --Habladme de lo que queris. --Ah! de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros. --Y para qu? --Os repito que debis ser muy hermosa. --Mirad no os engae vuestro deseo. --Descubrid el rostro. --Mostraros el rostro ahora sera comprometer acaso un secreto que no es mo. --Cmo! --Si pudirais dar seas de la mujer quien vais acompaando... --Soy noble y honrado. --No os conozco. --Y sin embargo, os habis amparado de m. --A la ventura, la desesperada. --Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato? --Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habis dicho quines eran los dos grandes seores que habis conocido. --Y por qu no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda. --Y cmo? por qu habis conocido esos caballeros? --Terciaron en mi disputa con el palafrenero. --Ah!, y decidme: de dnde salan? --De las caballerizas del rey. --Ah!, es extrao!--dijo la dama--; juntos y en pblico Olivares y Uceda! Y la dama guard silencio por algunos segundos. Seguan andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los anchos y bajos aleros de las casas los protegan. El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con indolencia su brazo, un brazo mrbido y magnfico, juzgar por el tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce, extremadamente simptica, y se exhalaba de ella una leve atmsfera perfumada. Adems, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente blanca y mrbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar abierto ms que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente, para que pudiera vrsela ni un ojo. La noche empezaba cerrar densamente obscura. El joven empezaba aturdirse con lo que le aconteca. --Y qu aventura os sobrevino en el alczar cuando os perdsteis? --Os lo repito: mi aventura en el alczar ha sido perderme. --Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos. --Ah, seora...! tengo una sospecha...! --Qu?--dijo con cuidado mal encubierto la dama. --Que acaso vos seis la causa de que yo me haya perdido. --Yo! y no me conocis! --Esa es mi desesperacin: que no os conozco, y os recuerdo. --Sabis que ya es obra el entenderos? Si no me conocis, como podis recordarme? --Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada ms, y os he visto tan hermosa que me habis cegado... --Que me habis visto? Y dnde? --Cuando os assteis m, tenais abierto el manto. --Oh! no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, de qu color son mis ojos? --Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, seora, y cuando he vuelto abrir los ojos me he encontrado obscuras. --Nos siguen ms de cerca--dijo la dama--, y mucho ser de que quien nos sigue, pesar de todo, no me conozca. --La noche est obscura, seora; hace tiempo que vamos por calles desiertas: al que estorba se le mata. --Ah!--exclam la dama y estrech el brazo del joven. --Decidme: detened ese hombre, y no da un paso ms. --Y matarais por m quien no conocis? un hombre que ningn mal os ha hecho? --S. --Y si no fuera yo quien creis? --Quin otra pudiera ser? --La dama de palacio. --Es que yo no he visto en palacio ninguna dama. --La habis prometido callar? --Os juro que ninguna dama he visto. --Decidme... pero rodeemos por esta calle: qu habis venido Madrid? --A buscar mi to, que es el cocinero mayor del rey. --Ah! y al arrimo de vuestro to, vens pretender algn oficio la corte? --Yo, seora, no pretendo nada. --Sois rico? --Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no son necesarios empeos. --De modo que...? --Vengo traer mi to el cocinero una carta de mi to el arcipreste. --Ah! y de dnde vens...! --De Navalcarnero. --Y nunca habis salido de esa villa? --S, por cierto, seora. He cursado en la Universidad de Alcal. --Ah! ya deca yo! --Y qu decais vos? --Que no rais novicio. Estudiante! ya! --Y estudiante de teologa. --Y ordenado? --No por cierto. Me gusta ms el coselete que la sotana, y luego el amor... poder amar sin ofender Dios ni al mundo! --No sabis hablar ms que de amor. --Pues mirad; hasta ahora no he amado. --Amis la dama del juramento? --Os juro, seora... --Si yo fuese la dama de la galera... --Ah! --Si yo fuese la que de tan mal talante os ech por una escalera excusada... --Vos me libertis de mi promesa? --Y porque habis cumplido bien, espero que me contestis en verdad: es cierto que os he causado tal impresin, que no recordis mi semblante? --Os lo juro por mi honra. --Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo an: cuidad que no me volveris ver, cuidad que es un sueo lo que os sucede, y seguid callando como callbais. --Oh! s! callar! pero amar... os amar... aunque no os conozca... os amar siempre!... sin esperanza...! --Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos separarnos. Parmonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he causado en vos la impresin que decs. Osteis hablar alguien en la galera? --S. --Qu osteis...? --Estas semejantes palabras: me va en ello la vida la honra... ello era gravsimo. Y queris que sea franco con vos? He credo que quien pronunciaba aquellas palabras era... La tapada puso su pequea mano sobre la boca del joven, y ste, aprovechando la ocasin, la retuvo, la bes; la dama di un ligero grito, y desasi con fuerza su brazo de la mano del joven; en sta qued un brazalete, que el joven guard rpidamente, y aprovechando el haberse descompuesto el manto de la dama, la mir: --Ah!--exclam con desesperacin. --Est la noche muy obscura--dijo la dama cubrindose de nuevo. --Y no tendris compasin de m...? --Escuchadme y servidme. --Os servir. --Desde aqu voy seguir sola. --Sola! --S. All, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que ese hombre no pueda seguirme. --No os seguir. --Evitad matarle, si podis. Con que le entretengis un breve espacio estar en salvo. --Pero nada me decs? Ninguna seal vuestra me dais? --Ah! queris una seal? Tomad. --Y qu es esto...? --Tomadlo. --Una joya! --No, una seal. Y od: seguid guardando un profundo secreto acerca de vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habis estado en la portera de damas, vos no habis odo nada. Sobre todo no sospechis, no os atrevis adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido... --La reina! --S--dijo la tapada inclinndose al odo del joven y con voz ardiente y entrecortada--: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confo en vos. Deteniendo ese hombre que me sigue, servs su majestad. Sed caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volvis verme vuestra fortuna ha de dar envidia muchos. --Oh! esperad! esperad, seora! --No os he dejado una prenda? --Pero... --No puedo detenerme ms. Adis; impedid que ese hombre me siga. Adis. Y la tapada tir una calleja adelante. El bulto que estaba parado alguna distancia, adelant buen paso. --Eh! atrs! no se pasa!--dijo nuestro forastero, echando al aire la daga y la espada. El que vena hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embisti al joven. --Os aconsejo que os vayis--dijo ste, acudiendo al reparo de los golpes que le tiraba el embozado--, porque si no os vais, os va suceder algo desagradable. Hola! se me os vens con estocadas? perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mo. Ech fuera dos tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del contrario, le di un cintarazo encima del sombrero. --Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los dientes--dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable. El otro redobl su ataque. --Es el caso que yo no quiero mataros--dijo el sobrino de su to--; no por cierto: sera bautizar mi entrada en Madrid con sangre. Ah! os empeis? pues... all voy, camarada... Y se cerr en estocadas estrechas, obligando al contrario repararse con cuidado. --Ah! ah!--murmur el joven--; en la corte no saben ms que _echar plantas_; parceme que ya le tengo para el desarme de mi to el arcipreste. Veamos! Pobre hombre! Bah! estis preso! Sois mo! El forastero haba cogido su contrario en el momento en que tena puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuadura; haba metido una estocada baja y diagonal por el ngulo estrecho formado por la daga y por la espada del incgnito y haba hecho una especie de trenza con los tres hierros, sujetndolos contra el muslo izquierdo de su contrario. Era un desarme completo; el enemigo no poda valerse de sus armas; entre tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hiri. --Idos--dijo al otro--; puedo mataros, pero no quiero asustar mi buena suerte tindola de sangre la primera noche que entro en Madrid; envainad vuestros hierros y volvos por donde habis venido. Y diciendo esto sac su espada del desarme, se retir dos pasos del otro, que haba quedado inmvil, y luego se emboz y tir la calle adelante por donde haba desaparecido la tapada. El vencido qued solo, inmvil; un momento despus de haberse alejado su generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelant un hombre, quien seguan otros cuatro. Aquellos hombres eran alguaciles y traan linternas. CAPTULO II INTERIORIDADES REALES Doa Juana de Velasco, duquesa viuda de Ganda, era camarera mayor de la reina. La viudez otras causas que no son de este lugar, haban empalidecido su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos. Pero, pesar de esto, el rostro de doa Juana era bastante bello, dulcemente melanclico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la conciencia que la buena seora tena de su nobleza, que, segn los doctores del blasn, se remontaba nada menos que los tiempos de la dominacin romana. Satisfecha con su cuna, con la posicin que ocupaba en la corte y con sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de ellas la caridad, doa Juana de Velasco, sea la duquesa de Ganda, era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud. No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una manera pasiva de su buena posicin, ni que de tiempo en tiempo no la molestase algn grave disgusto. Si la duquesa de Ganda no hubiese funcionado como una rueda, ms menos importante, en la mquina de intrigas obscuras que estaba continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido camarera mayor de la reina. La duquesa de Ganda era acrrima partidaria de don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqus de Denia y secretario de Estado y del despacho. Tena para ello muy buenas razones, porque slo apoyndose en buenas razones, poda ser amiga del duque la virtuosa duquesa. Dotada de cierta penetracin, de cierta perspicacia, comprenda la duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legtimo, que nadie poda disputarle, era un rey que no era rey ms que en el nombre. Saba perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que Felipe III era miope de inteligencia; que slo haba heredado de su abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonoma; que el cetro se converta en sus manos en rosario; que era dbil irresoluto, accesible cualquiera audacia, cualquiera ambicin que quisiera volverle en su provecho, y lo menos propsito, en fin, para regir con gloria los dilatadsimos dominios que haba heredado de su padre. La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que el rey necesitaba andadores. La duquesa estaba tambin completamente convencida de que el duque de Lerma vena ser los andadores de Felipe III. El carcter ttrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal encubierta, la gestin de los negocios pblicos; su falta de instruccin y de ingenio, hacan de l un rey vulgarsimo, en el cual ningn ministro poda apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para establecer esa sucesin ruinosa de gobernantes egostas interesados que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados slo por una ambicin repugnante, dan el miserable espectculo de una lucha mezquina, que acaba por empequeecer, por degradar la nacin que sufre con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega. El duque de Lerma, que despus de una larga vida de cortesano, que le haba hecho prctico en la intriga, lleg ser rbitro de los destinos de Espaa como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe III, se haba visto obligado, desde el principio de su privanza, rodear al rey de hechuras suyas, intervenir hasta en las interioridades domsticas de la familia real, y, lo que era ms fatigoso y difcil, contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que, menos nula que el rey, quera ser reina. Esto era muy natural; pero por ms que lo fuese no convena al duque de Lerma, que quera gobernar sin obstculos de ningn gnero. La duquesa de Ganda, pues, con muy buena intencin, y creyendo servir Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto la reina. Serva la duquesa Lerma tan de buena voluntad, con tan buena intencin, ya lo hemos dicho, como que crea que todo lo que faltaba Felipe III para ser un mediano rey, sobraba Lerma para ser un buen ministro. Militaban adems en el nimo de la duquesa en pro del favorito, razones particulares de agradecimiento. La duquesa era madre. Lerma favoreca abiertamente su hijo, el joven duque de Ganda, confirindole encargos altamente honorficos. Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen su posicin, que aumentan su brillo. La duquesa de Ganda estaba con justa causa agradecida al duque de Lerma. Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones su agradecimiento, la duquesa serva Lerma por conviccin y por deber. Pero era el caso que Lerma tena ms vanidad que perspicacia, y sola suceder que construyese sus ms soberbios edificios sobre arena. As es que con frecuencia se equivocaba en la eleccin de sus instrumentos, tomando lastimosamente la adulacin por afecto y el servilismo por solicitud. El duque de Lerma se haba creado sus enemigos en sus mismos instrumentos, y deba conservar el poder hasta el momento en que, robustecidos por l sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes para derrocarle. Respecto la duquesa de Ganda, la equivocacin de Lerma haba sido de distinto gnero: ella le serva de buena fe, pero la duquesa no serva para el objeto que la haba destinado el duque. Porque la reina era ms perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los tiempos de Felipe III, los prodigios personificados haban dejado completamente de manifestarse en Espaa; sin ser un prodigio la reina, tena un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que se llama astucia femenil. Desde el principio comprendi Margarita de Austria que su camarera mayor era un instrumento de Lerma, y no le rompi porque prefera un enemigo de quien poda burlarse, arrostrar el peligro de que, ms precavido el duque, ms atinado en una segunda eleccin, la pusiese al lado una influencia ms temible. La reina, pues, procur neutralizar el poder de Lerma respecto al insuficiente espa que la haba puesto al lado, colmando de favores y distinciones la duquesa y demostrndola un cario de amiga, ms que de soberana. La duquesa trag el anzuelo, y no vi de la reina ms que lo que la reina quiso que viese. Lerma no logr, pues, nunca saber lo que deba atenerse ciencia cierta respecto la reina. La duquesa crea verlo todo, y halagada de una parte por los favores del favorito, y de otra por el cario traidor de la reina, viva tranquila y feliz, salvo algunos disgustos inherentes su posicin, inevitables. Como mujer de Estado, tena satisfecha su vanidad, creyndose uno de los primeros y ms importantes resortes del gobierno. Como mujer particular, haba pasado de la edad de las pasiones, gozaba del respeto y de la consideracin de todo el mundo, y pasaba la parte de vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo, rezando, leyendo vidas de santos durmiendo. De lo expuesto se deduce que la duquesa de Ganda viva soando. Y como la vida es sueo, viva. Para algo hemos presentado nuestros lectores esta seora. Ella va servirnos de medio para empezar conocer de una manera grfica, por decirlo as, uno de los ms importantes personajes de nuestro drama. Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su to las extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el captulo anterior, y cabalmente en los momentos en que el joven sostena su extrao dilogo con la dama encubierta, doa Juana de Velasco estaba sentada en un ancho silln forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo la luz de los dobles mecheros de un enorme veln de plata, un no menos enorme libro dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno. Aquel libro tena por ttulo: _Miedos y tentaciones de San Antonio Abad_. La habitacin en que la duquesa se encontraba era una extensa cmara del alczar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz. El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, segn el gusto del Renacimiento, estaba, causa de su altura, casi perdido en la sombra, que no alcanzaba disipar la insuficiente luz del veln; aconteca lo mismo respecto las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacan aparecer de una manera extraa y descompuesta las figuras de los cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado cierta distancia, en la sombra, contribua dar cierto aspecto fantstico y siniestro aquella silenciosa cmara, en la cual no se vea de una manera determinada ms que el plano de la mesa en que estaba el veln, parte de la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en silencio y con una atencin gravsima. No se oa ruido alguno, excepcin del zumbar del viento, y el chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo, produciendo un golpe seco y desagradable. La duquesa segua engolfada en su lectura. De repente se estremeci y palideci. Haba llegado un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerr el libro santigundose. Un segundo estremecimiento ms profundo, ms persistente, se dej notar en doa Juana, que exhal un grito y se puso de pie aterrada. No poda ser el libro lo que haba causado este nuevo terror. En efecto, haba sido distinta la causa. La duquesa haba visto abrirse una de las paredes de la cmara, y salir por la abertura una sombra negra. Su sobresalto, pues, era muy natural. Pero sobre los hombros de la figura negra, haba una cabeza blanca con sus correspondientes cabellos rubios. Era, pues, un hombre lo que la duquesa haba tomado por una aparicin del otro mundo. --Chists! no gritis, mi buena doa Juana!--dijo aquel hombre ponindose un dedo sobre los labios--; no veis que vengo solo y de una manera misteriosa? --En efecto, seor, y me habis dado un buen susto--dijo la duquesa. --Vos no sabais que en las habitaciones de la reina haba puertas ocultas, eh? pues ni yo tampoco. --Pero vuestra majestad... si saben... --Os dir: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado. --Dejad, dejad que vuelva de mi susto, seor; conque es decir que si no hubiera sido vuestra majestad...? --Eso digo yo: en nuestro alczar tenemos entradas y salidas que no conocemos; de modo que si algn miserable como Ravaillac conoce estos pasadizos, estamos expuestos morir de la muerte del rey de Francia. --En Espaa no hay regicidas, seor: adems, vuestra majestad es un rey justo y bueno y no tiene enemigos. --Dicen que Enrique IV era un buen rey. --Pero hereje... --Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin embargo, si supirais, doa Juana, de qu manera he sabido que se puede venir de mi cmara la de la reina sin que nadie lo sepa! --Pues cmo? no conoce vuestra majestad quien se lo ha revelado? --Cerrad las puertas, doa Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos vea, y venid sentaros despus conmigo junto al brasero. Hace fro, s, s por cierto, mucho fro. Tenemos que hablar largamente. Mientras que la duquesa de Ganda cierra las puertas, toda admirada y toda cuidadosa, examinemos al rey, que se haba sentado junto al brasero y remova el fuego aspirando su calor con un placer marcado. Felipe III slo tena entonces treinta y tres aos, pero su palidez enfermiza y la casi demacracin de su semblante le hacan parecer de ms edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenan brillo, ni el conjunto de sus facciones energa; el sello de la raza austriaca, ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonoma no expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando ms la tenacidad de un ser dbil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo caracterstico de su familia, no expresaba ya en l el orgullo y la firmeza: haba quedado, s, pero un tanto colgante, expresando de una manera marcada la debilidad y la cobarda del alma; aquel labio en Carlos V haba representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni el dominador, ni el dspota se haba vulgarizado, se haba degradado; no era un rasgo, sino un defecto. Adase esto un cuerpo delgado y pequeo, caracterizado con el aspecto fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un traje de terciopelo negro; adase un cordn de seda del que cuelga sobre el pecho el toisn de oro; un pequeo pual de corte, pendiente de un cinturn tachonado de pequeos clavos de plata, y al otro lado un largo rosario negro sujeto al mismo cinturn, y se tendr una idea de Felipe III, tal cual se present la duquesa de Ganda. --Habis cerrado ya, doa Juana?--dijo el rey, despus que hubo removido su placer el brasero y colocdose en la posicin ms cmoda que pudo. --S, seor. --Es decir, que no puede escucharnos nadie? --Nadie, seor. --Sentos. Sentse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y corta distancia del rey. --Acercos, acercos, doa Juana; hace fro... y sobre todo, tenemos que hablar largamente y corta distancia, fin de que podamos hablar muy bajo: vengo buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa necesitado de vos, no como rey. --Vuestra majestad puede mandarme siempre. --No tanto, no tanto, doa Juana; ya s yo que servs con el alma y la vida... --A vuestra majestad. --Ciertamente; sirviendo Lerma, me servs, porque el duque es mi ms leal vasallo. --Lo podis afirmar, seor... el duque de Lerma... --El duque de Lerma me sirve bien; pero aqu, entre los dos, doa Juana, me tiraniza un tanto; pretexto de que la reina es enemiga suya, me tiene casi divorciado; y la reina... est ofendida conmigo... ya lo sabis. La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la suceda era un verdadero compromiso, porque, al fin, el rey era el rey. La rgida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo la cual raras veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, haba impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida comunicacin secreta, la haba entregado sin armas y, lo que era peor, desprevenida, una entrevista particular con el rey. La duquesa se call, no encontrando por el pronto otra contestacin mejor que el silencio. Alentado con este silencio, el rey aadi: --Vos misma conocis la razn con que me quejo. Lerma es demasiado receloso, demasiado, y no s qu motivo pueda tener para desconfiar de la reina, para impedirme mi libre trato con ella. --Nunca, que yo sepa, se ha cerrado vuestra majestad la puerta de la cmara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido. --S; pero yo creo que las paredes de la cmara de la reina oyen. --Podr suceder--respondi la duquesa con intencin--, si las paredes de la cmara de su majestad tienen pasadizos como ese. Y la duquesa seal la puerta secreta que haba quedado abierta. Sea como fuere--dijo el rey--, cuando Lerma sabe que yo voy ver la reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos. --Protesto vuestra majestad que ninguna parte tengo... --No, no digo yo eso, ni lo pienso, doa Juana; pero cuando la expulsin de los moriscos... la reina crea que el edicto era demasiado riguroso... pretenda que los reinos de Granada y Valencia iban quedar despoblados... me indic otros medios... estbamos solos la reina y yo... al da siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y me hizo comprender con buenas palabras que lo saba todo... es ms: extrem los rigores, sin duda saludables, de la ejecucin del edicto, y yo tuve despus con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedicin de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz... Lerma ha enviado all don Juan de Aguilar y la reina se ha negado recibirme de todo punto. Detvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contest. --Pero no se os ocurre nada que decirme, doa Juana?--dijo el rey, en el cual se iba haciendo cada vez ms visible la impaciencia--; estis como asustada... --En efecto, seor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y suplico vuestra majestad que... seor... perdonadme, pero no se me ocurre nada... --Pues ello es necesario que se os ocurra, seora ma--insisti el rey con un tanto de aspereza--; preciso... yo no contaba con encontrar nadie, porque el papel que me han dejado deca... --Ah! el papel que han dejado vuestra majestad...! --Qu! no os he contado...? --Vuestra majestad me ha dicho... --Que no saba nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto. Pero... os exijo el ms profundo secreto--exclam interrumpindose y con una gravedad, verdaderamente regia, el rey. --Seor! seor! mi lealtad! --S! s! ya s que la lealtad sus reyes, es una virtud muy antigua en la noble familia de los Velascos. Y hace fro... La duquesa removi de nuevo el brasero. --Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que est sucediendo. --Pero qu est sucediendo, seor? --Sucede que yo estoy hablando mano mano y solas con vos. --Lo que me honra mucho. --Pues bien; que nadie sepa, doa Juana, que habis sido honrada de este modo... vos no me habis visto. --Crea vuestra majestad, seor... --S, s, creo que despus de lo que os he dicho, seris discreta. Pero estamos pasando lastimosamente el tiempo. Y el rey fij una mirada vaga en la puerta que corresponda la recmara de la reina. Aquella mirada hizo sudar la duquesa. --Sabed--dijo el rey, acercndose ms doa Juana y en voz sumamente baja--que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde conmigo. Detvose el rey, y la duquesa slo contest abriendo mucho los ojos, porque no saba dnde iba el rey parar. --Fray Luis de Aliaga, me habl de muchas cosas graves que no vienen cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo. Interrumpise el rey, y la duquesa, por toda contestacin, volvi abrir desmesuradamente los ojos. --Estaba solo conmigo y encerrado--continu el rey--, entendis bien, duquesa? solo conmigo y encerrado... --S, s, seor, entiendo vuestra majestad. --Pues bien--dijo el rey soslayndose en el silln y buscando en uno de los bolsillos de sus calzas--, cuando el padre Aliaga sali, me encontr sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta la vista y que, como veis, dice en su sobrescrito: A su majestad el rey de Espaa. La duquesa mir el sobrescrito y continu callando. --Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy larga, pero que, pesar de su brevedad, es grave, gravsima: s; ciertamente, muy grave. Fij el rey su mirada en la duquesa, que persisti en su silencio. --Acercad la luz, doa Juana--dijo el rey. Levantse la duquesa, tom el veln y continu de pie junto Felipe III, alumbrndole. --Od, pues: od, y ved cunto os obliga mi confianza. --Vuestra majestad no puede obligar ms, quien est tan obligada, seor. --No importa, od. Y el rey se puso leer: Sacra catlica majestad: Los traidores que os rodean... Dej el rey de leer, levant los ojos y mir la duquesa, que estaba verdaderamente asustada. --Los traidores que me rodean!--dijo el rey--qu decs esto? --Digo, seor, que no lo entiendo--contest la duquesa. --Ni yo tampoco--repuso el rey--; yo creo que estoy rodeado de vasallos leales. --Alguna miserable intriga... --Od: los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad la reina... Interrumpise de nuevo el rey. --En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razn, y no tenis en ello poca parte, doa Juana. --Jess, seor!--exclam la duquesa, que cada momento estaba ms inquieta. --Como que sois muy grande amiga de Lerma. --Yo... seor...--contest con precipitacin la camarera mayor--cuando se trata del servicio de mis reyes... --Seguid oyendo... os tienen separado de la reina: es necesario que este estado de cosas concluya... Dej el rey de leer. --Y yo tambin lo creo as--dijo--; en cuanto lo de no ver libremente mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incgnito; pero prosigamos. Y el rey inclin de nuevo la vista sobre la carta: --...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguir vuestra majestad de Lerma, ni tendr bastante valor... para hacerse respetar! --Eso es una insolencia, seor--dijo la duquesa--: quien escribe esto su rey, no puede ser ms que un traidor. --Eso dije yo... pero ms abajo hay algo en que este traidor me sirve mejor que me sirven mis ms leales vasallos, inclusa vos, doa Juana. --Seor!--exclam toda turbada la duquesa. --Vais juzgar--dijo el rey continuando la lectura--: pero lo que no conseguirais del duque de Lerma ni de _la camarera mayor_... --Oh, Dios mo!--exclam la duquesa--: perdneme vuestra majestad si le interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta entre el nmero de los traidores. --Quin dice eso? y aunque lo dijesen, creis que yo me dejara llevar de carteles misteriosos? Si he dado importancia ste es porque dice algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho. --Un hecho! --Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se pasa el tiempo y esta cmara es tan fra... Inclinse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removi de nuevo el brasero. El rey ley: --...pero lo que no conseguirais del duque de Lerma ni de la camarera mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cmara, sin temor de ser escuchados por nadie, va procurroslo quien, no sirvindoos por inters alguno, sino por su lealtad, os oculta su nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraris un llavn de punta cuadrada; id luego al armario donde tenis vuestros libros de devocin, y junto la pared, por la parte que mira vuestro lecho, encontraris un agujero cuadrado tambin; meted en l el llavn, dad vuelta, y el armario se abrir, dejndoos franco un pasadizo; seguidle en lnea recta: su fin encontraris una puerta que abriris con el mismo llavn, y os encontraris en las habitaciones de... vuestra esposa. El rey dobl la carta lentamente, se soslay de nuevo, y la guard en su bolsillo. --Qu decs esto, doa Juana?--la pregunt el rey. La duquesa se haba quedado con el veln en posicin de alumbrar al rey y hecha una estatua. --Dejad, dejad el veln, y venid sentaros frente mi. Dios me perdone, pero jurara que estbais temblando. --Ah, seor!--dijo la duquesa, que haba dejado el veln, volviendo y juntando las manos--; cuando pienso que un traidor puede llegar hasta aqu impunemente! --Hasta ahora slo ha entrado el rey; pero sentos, sentos y escuchadme bien: exceptuando lo mal que os trata Lerma y vos, yo no sabra con qu pagar quien me ha procurado los medios de llegar hasta aqu... de poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina. --Cmo, seor! pesa vuestra majestad haberme encontrado? --No me pesara si no fuseis tan amiga de Lerma, si Lerma no creyera que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo de pasadizos. --Pero, seor, para m, vuestra majestad, despus de Dios, es lo primero. --S, s, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondris dificultades. --Dificultades! qu! --Mirad, doa Juana, yo amo la reina. --Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por discreta. --La amo ms de lo que podis creer, y vos y Lerma me separis de ella. --Yo, seor!... --Siempre que he pretendido atraeros mi bando, mi pacfico bando, os habis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que necesitbais llenar las frmulas, con que la etiqueta no permite al rey ver su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con la libertad que cualquiera de mis vasallos ve su mujer... lo entendis? --S; s, seor, pero... --Os prometo que nadie lo sabr: que ese pasadizo permanecer desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de asuntos de Estado... --Vuestra majestad me manda, seor, que le anuncie su majestad la reina?--dijo la duquesa levantndose. --No, no es eso... no me habis entendido, doa Juana; yo no os mando, os suplico... --Seor--dijo la duquesa inclinndose profundamente. --S, s, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me procuris la felicidad que tiene el ltimo de mis vasallos: la de poder amar sin obstculo su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y yo... no os comprometeremos... --Vuestra majestad no puede comprometer nadie, porque vuestra majestad en sus reinos es el nico seor, el nico rbitro quien todos sus vasallos tienen obligacin de obedecer y de respetar. --Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que tomis ese tono tan grave; lo veo: estis entregada en cuerpo y alma Lerma, le temis; le temis ms que m; ser cierto lo que dicen acerca de que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqus de Denia, duque de Lerma, por nuestra gracia, es ms rey que el rey en los reinos de Espaa? Estremecise doa Juana, porque Felipe III se haba levantado de su indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como en lcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provena. Tanto se turb la duquesa, de tal modo tartamude, que Felipe III se vi obligado apearse de su pasajera majestad. --Os suplico, bella duquesa--la dijo asindola una mano y besndosela, como hubiera podido hacerlo un caballero particular--que seis mi amiga. --Vuestra majestad desea ver la reina?--dijo toda azorada doa Juana. --Deseo ms. --Y qu ms desea vuestra majestad? --Deseo... que... que esto se quede entre nosotros. --Yo jams faltar lo que debo mi lealtad, seor. --Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid mi esposa... la reina... que yo... --Voy anunciar su majestad, la venida de vuestra majestad. El rey se qued removiendo el brasero y murmurando: --Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha mostrado el camino; pero quin ser?El padre Aliaga?Bah! el padre Aliaga no se anda conmigo con misterios... quin ser?Quin ser? Abrise la puerta por donde haba entrado poco antes la duquesa, y el rey se call. Adelant doa Juana, pero plida y convulsa. --Qu tenis, duquesa?--dijo el rey, que no pudo menos de notar la turbacin de la camarera mayor. --Tengo... seor... que vuestra majestad va creer que no quiero obedecerle. --Cmo! --Me es imposible anunciar vuestra majestad. --Imposible! --S; s, seor, imposible de todo punto. --Pero y por qu?... --Porque... porque su majestad no est sola. --Que no est sola la reina? Otra desgracia!... Pero quin est con la reina? --Est... esa doa Clara Soldevilla; esa menina quien tanto quiere, quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi seora... esa mujer quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad. --Doa Clara Soldevilla!--dijo el rey palideciendo ms de lo que estaba--; ser necesario...? --S; s, seor; ser necesario expulsarla todo trance de palacio... es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de vuestra majestad. --Pero en resumen... el estar la reina con esa mujer impide...? No es ste un refugio vuestro, doa Juana? --Juro vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que me es imposible, imposible de todo punto anunciar vuestra majestad... no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doa Clara... --Ciertamente que soy muy desgraciado!... --Juro vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi seora quede sola... yo misma... por ese pasadizo, ir avisar vuestra majestad... --Cuando haya vuelto Lerma...! Cuando...! no, no, doa Juana, yo volver; yo volver... esta noche la media noche... esperadme... y yo, yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecer. Y Felipe III, como quien escapa, se dirigi la puerta secreta, desapareci por ella y cerr. La duquesa viuda de Ganda volvi quedarse sola. Durante algunos segundos permaneci de pie, inmvil, anonadada, trmula. --Pero Dios mo! Qu es esto?--exclam con la voz temblorosa--. Dnde est la reina? Dnde est su majestad? Y saliendo de su inaccin, se precipit de nuevo en la recmara de la reina. Ni en sta, ni en el dormitorio, ni el oratorio haba nadie. La reina, juzgar por las apariencias, no estaba en el alczar; al menos no estaba en las nicas habitaciones donde poda estar, porque suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un absurdo; pero no poda haber salido la reina por algn pasadizo semejante aquel por donde haba aparecido el rey? --La reina estaba sola: me despidi pretexto de sus devociones y se encerr en el oratorio--dijo la duquesa--; nadie ha entrado, y la reina... su majestad... no parece; oh! qu es esto, Dios mo? Encontrbase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina, buscando con una buja que haba tomado del oratorio, por todas partes; su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea siniestra, una tradicin obscura, que reposaba como otras tantas en el seno del alczar, vino herir su imaginacin. --Aqu, en esta misma cmara--murmur con miedo--, muri la reina doa Isabel de Valois. La duquesa se detuvo. --Dicen--continu--que la envenen, por celos de su hijo, el rey Felipe II. La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empez encontrarse mal, tener miedo en el dormitorio. --Serviran estos pasadizos--dijo--para que el rey observase su esposa? Detvose de nuevo la duquesa. --Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cmara cosas extraordinarias... que el alma de la reina doa Isabel... En aquel momento la puerta que conduca al oratorio de la reina, di un violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dej caer la palmatoria que tena en la mano y se qued obscuras. Entonces sinti junto s los pasos de alguien que andaba por el dormitorio; sinti que aquellos pasos se acercaban ella; sobrecogila un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero pesar de aquel terror, oy clara y distintamente una voz alterada, de entonacin fingida, que dijo muy cerca de ella: --Si queris que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habis visto y odo esta noche. La voz call, los pasos se alejaron, rechin la puerta, y luego todo volvi al silencio anterior. Instantneamente la duquesa se lanz fuera del dormitorio y de la recmara de la reina, entr en la cmara donde poco antes haba estado hablando con el rey y corri una campanilla y la agit con violencia. Entr una de las doncellas de la servidumbre. --No, vos no--dijo alentando apenas la duquesa--; decid la seora condesa de Lemos que entre. Poco despus entr una joven como de veinticuatro aos, hermosa, viva, morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil. A la primera mirada comprendi que suceda algo terrible la duquesa. --Qu es esto, seora?--la dijo--; estis plida, mortal, temblis... qu os ha sucedido? --Una pesadilla... amiga ma: me haba dormido al amor del brasero, y... hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os vayis... no... ser una mana--aadi sonriendo penosamente--, pero no quiero estar sola. La joven condesa de Lemos fu pedir el agua, murmurando para s mientras llegaba la puerta de la cmara: --Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! quin ser el duende de esta pesadilla! Al poco tiempo y despus de haber bebido un enorme vaso de agua con vinagre, despus de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una serenidad aparente, la duquesa dijo la joven dama de honor: --Ya se ve! es tan ttrica esta cmara! luego, esas ventanas que golpean... el ruido de la lluvia... y adems... antes de dormirme lea _Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad_. --De tentaciones os ocupbais!--dijo la de Lemos--; pues mirad, seora, la noche est de tentaciones. --Vos tambin leais? --No, seora, pensaba. --Y pensando tenais... tentaciones?... --Y muy fuertes, seora. --Pero de qu? qu diablo os tentaba? --El diablo de la venganza. --Oiga!--exclam la duquesa afectando una risa ligera, como para demostrar que haba pasado enteramente su terror--: conque queris vengaros? --Me han ofendido. -Quin? --Mucha gente... --Pero explicos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra venganza. --Ay, Dios mo! s, seora. --Y quin os ha ofendido? --Primero el conde de Lemos. --Vuestro esposo! --Mi esposo... y me ha ofendido gravemente. --Pero y en qu? --En dar motivo para que le destierren de esta corte; y qu motivo!, un motivo por el cual se ha puesto nivel de ese rufin, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana. --Ah, ah! --Descender hasta... --Pero eso debe ser una calumnia. --No, seora; el conde de Lemos ha cedido una tentacin, y cediendo ella me ha ofendido m... como que hay quien dice... --Calumnias! --Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de noche, obscuras, al cuarto del prncipe don Felipe, solo por heredar mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al prncipe don Felipe los brazos de una aventurera. El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma. --Pero quin se atreve decir eso? --Quien se atreve todo; quien, arrastrndose delante de todo el que puede darle algo, practica los ms bajos oficios; quien no se detiene ni ante lo ms alto, ni ante lo ms grande; quien se atreve hasta su majestad la reina, no contndome m, que soy su dama de honor, y simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Caldern, quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza. --Pero estis loca, doa Catalina? Estis loca; qu clera y qu malas tentaciones son esas? --Acabo de recibir esta carta. La joven sac de su seno un pequeo billete. La duquesa se estremeci involuntariamente, porque record la carta del rey. --Leed, leed, doa Juana, porque yo no me atrevo leer esa carta dos veces. La duquesa tom la carta, se acerc la luz, busc sus antiparras, se las cal y ley lo siguiente: Ayer fu vuestra casa y estbais enferma; yo s que gozis de muy buena salud: ayer tarde pas por debajo de vuestros miradores, y al verme, os metsteis dentro con un ademn de desprecio; anoche hicsteis arrojar agua sucia sobre los que taan los instrumentos de la msica que os daba; esta maana no conteststeis mi saludo en la portera de damas y me volvsteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque no he podido ser indiferente vuestra hermosura y os amo infinitamente ms que un esposo que os ha ofendido, degradndose. Me habis declarado la guerra y yo la acepto. Empiezo bloquearos, procurando que el conde de Lemos no vuelva en mucho tiempo la corte. Tras esto irn otras cosas. Vos lo queris. Sea. Por lo dems, contad siempre, seora, con el amor de quien nicamente ha sabido apreciaros. La duquesa, despus de leer esta carta, se qued muda de sorpresa. --Esta carta--dijo al fin--merece... --Merece una estocada--dijo la joven. --No por cierto: esta carta merece una paliza. --Pero de quin me valgo yo? quin confo yo...? --Mostrad esa carta vuestro padre. --Mi padre necesita ese infame: adems, sta no es la letra de don Rodrigo; se disculpar, dir que se le calumnia. --Esperad! --Que espere?... bah!, no seor; yo he de vengarme, y he aqu mis tentaciones. --Pero qu tentaciones han sido esas? --Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad. --Cmo! --Decirle sin rodeos que estoy enamorada del prncipe. --Doa Catalina! --Que valgo infinitamente ms que otra cualquiera para querida de su alteza. --Y serais capaz?... --De vengarme?... ya lo creo. --De vengaros deshonrndoos? --Un esposo como el mo, que se confunde con la plebe, merece que se le iguale con la generalidad de los maridos. --Vos meditaris. --Ya lo creo... y porque medito me vengar del rey, que no ha sabido tener personas dignas al lado de su hijo, mortificndole; del prncipe, enamorndole y burlndole... --Ah! burlndole... es decir... --Pues qu! haba yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me importa poco: ya lo estoy bastante slo con estar casada con el conde de Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio. --Cmo se conoce, doa Catalina, que slo tenis veinticuatro aos y que no habis sufrido contrariedades! --Ah, s!--dijo suspirando la condesa. --Pero supongo que no cederis la tentacin? --Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no echarlo todo rodar: escribirme m esta carta! Y la condesa estruj entre sus pequeas manos la carta que la haba devuelto la camarera mayor. --Y si este hombre estuviese enamorado de m, sera disculpable! pero lo hace por venganza. --Por venganza! --Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al prncipe, no ha tenido mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Caldern. --Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa... --Don Rodrigo no me ama... porque... --Por qu? --Porque no se ama ms que una mujer, y don Rodrigo est enamorado de... --De quin?--exclam la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada. La de Lemos se acerc la camarera mayor hasta casi tocar con los labios sus odos, y la dijo en voz muy baja: --Don Rodrigo est enamorado de su majestad. --Explicos, explicos bien, doa Catalina! --Ya s, ya s que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando en su favor el logro de su ambicin; pero no he querido jugar del vocablo; no: don Rodrigo est enamorado de su majestad... la reina. --Ved lo que decs!... ved lo que decs, doa Carolina!--exclam la camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelacin, y creyendo encontrar en la misma una causa hipottica de la desaparicin de la reina de sus habitaciones. --A nadie lo dira ms que vos, seora--dijo con una profunda seriedad la joven ni os lo dira vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas. --Pruebas! --Od: hace dos aos, cuando estuvimos en Balsan, sola yo bajar de noche, sola, los jardines. --Sola! --En el palacio haca demasiado calor. Aconteca adems, para obligarme bajar al jardn, que... en las tapias haba una reja. --Ah! --Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por aquella reja hablaba con un caballero, ms discreto por cierto, ms agudo, y ms valiente y honrado que el conde de Lemos. --Sin embargo, creo que hace dos aos ya estbais casada. --Y qu importa? yo no amaba aquel caballero, ni aquel caballero me amaba m. --Os creo, pero no comprendo... --Pero comprenderis que cuando os confieso esto, os lo confesara todo. --Pero cmo podas bajar los jardines? --Por un pasadizo que empezaba en la recmara de la reina, y terminaba en una escalera que iba dar en los jardines. --Ah! tambin hay pasadizos en el palacio de Balsan! --Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce. --Ah! s! es verdad! --Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recmara de la reina, cuando su majestad se haba acostado; abra silenciosamente la puerta de aquel pasadizo y me iba... la reja. --Hacais mal, muy mal. --No se trata de si haca mal bien, sino de que sepis de qu modo he podido tener pruebas... de los amores al menos de la intimidad de don Rodrigo Caldern con la reina. --Amores intimidad!...--murmur la duquesa--Dios mo! pero estis segura? --Que s lo estoy? Una noche, cuando yo me volva de hablar con mi amigo secreto, al pasar por detrs de unos rboles o dos voces que hablaban, la de un hombre y la de una mujer. --Y eran... --Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqu cuanto pude de puntillas, conoc... que la mujer era la reina, que el hombre era don Rodrigo Caldern. --Y hablaban de amores! --Al principio... es decir, cuando yo llegu, no; conspiraban. --Que conspiraban! --Contra mi padre. --Ah!--exclam la duquesa. --Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo tena un bello jubn de brocado; el traje de la reina me extra, porque record que cuando entramos desnudarla tena un vestido negro. --Pero... cmo... propsito de qu conspiran... la reina y don Rodrigo contra el duque Lerma? --La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se haca ms que lo que mi padre quera; que las rentas reales se iban empeando ms de da en da; que la reina estaba humillada; que nuestras armas sufran continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer mi padre de la privanza del rey, para lo cual deban unir sus esfuerzos la reina y don Rodrigo. --Ah! ah! por el amor... hablaron de amor?... --Don Rodrigo pidi una recompensa por sus sacrificios la reina. --Y la reina... --La reina le dijo: esperad! --Pero una esperanza!... --Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra esperad! como la pronunci la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, maana. --Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar hasta decir un hombre que pudiese servirla contra el duque: esperad! pero bajar ms abajo! --La reina tiene corazn. --Es casada. --Est ofendida. --El rey la ama. --El rey ama cualquiera antes que su mujer. --Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes. --Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura engaarla sin conseguirlo. El rey quiere todo trance que le dejen rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera. Quedse profundamente pensativa la duquesa. --Os repito--dijo recayendo de nuevo en su porfa--que no tengo la ms pequea duda de que la reina inspira su majestad un profundo amor. --Ya os he dicho y os lo repito: no se ama un tiempo dos personas. --Y el rey?... --El rey ama una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. Pero vos estis ciega, doa Juana! no habis comprendido que el rey est enamorado hasta la locura de doa Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y corte, y que vale tanto ms, cuanto ms desdea los amores del rey? --Pero si doa Clara es la favorita de la reina! Queris que la reina est ciega tambin? --La reina sabe que si el rey ama doa Clara, doa Clara jams conceder ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvo de doa Clara su majestad, se venga del desamor con que siempre su majestad la ha mirado. --Vamos: no, no puede ser; vos os equivocis... tenis la imaginacin demasiado viva, doa Catalina. --Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre. A esta brusca salida de asunto, como dira un msico, de tono, la duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. --Qu decs!-exclam. --Mi padre, con la mana de rodearse de gentes que le ayuden, se fa demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doa Juana, porque yo s que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su excelencia comete torpezas imperdonables. --Dudis tambin de la penetracin, de la sabidura y de la experiencia de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo acabaris por confesar que dudis de Dios. --Creo en Dios y en mi padre. --Se conoce--dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su impaciencia--que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os casrais, don Francisco de Quevedo. Coloreronse fugitivamente las mejillas de la joven. --Y en qu se conoce eso? --En que os habis hecho... muy sentenciosa. --Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufn del rey; y qu sentencias dice veces el bueno del to Manolillo! El otro da deca muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey: Hoy en Espaa se come lo que no se debe guisar; y como el buen Montio no le entendiese, replic sin detenerse un punto: por ejemplo, all va un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.[A] [A] El autor se ve obligado, para que sus lectores comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, transcribir la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar: Francisco Martnez Montio, en la dcimosexta impresin de su _Arte de Cocina_, la pg. 163, dice as: _Platillo de las puntas de los cuernos de venado_. Los cuernos del venado gamo, cuando estn cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos en agua caliente, y quedarn muy blancos y hanse de aderezar con la tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y chesele un poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar gnero de verdura. Es muy buen platillo; slo el nombre tiene malo. Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos los que en realidad slo eran cuernos en leche; como si dijramos, cuernos _inferi_ por nacer no acabados de nacer. A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un marcado movimiento de disgusto; reprimise, sin embargo, y dijo procurando dar su voz un acento conveniente: --Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al alma, porque estis terrible, amiga ma; nada perdonis, ni aun vuestro padre, y voy convencindome de que por vengaros de ese hombre, seris capaz de todo. --Pues no? Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse, insultos tan groseros? --Confieso que tenis razn y que en vuestro lugar... --Vos en mi lugar, qu harais? --Pedira consejo. --Pues cabalmente yo no he hecho ms que pedroslo. --Ah! yo crea que slo me habis dado conocer vuestras tentaciones. --Pues de ese modo os he pedido que me aconsejis. Medit de nuevo profundamente la duquesa. --Pues bien--dijo despus de algunos segundos--, voy hacer ms que aconsejaros: voy vengaros. --A vengarme, seora? --Voy hacer que por lo menos destierren de la corte don Rodrigo Caldern, y que levanten su destierro al conde de Lemos. --Procurad lo primero y aun ms si podis--dijo con vivacidad la condesa--; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por all: me encuentro muy bien sin l. --Sea como queris; y propsito de ello, voy escribir ahora mismo vuestro padre. --Ah, seora! no sabr negaros nada si me desagraviis. --Permitidme un momento, amiga ma; concluyo al instante. La camarera mayor se acerc la mesa, se sent delante de ella, abri un cajn, sac papel, se cal las antiparras y se puso escribir, lenta, muy lentamente. La lentitud de la duquesa consista, no en que la fuese difcil escribir, sino en que pensaba ms que escriba. Ni un slo momento durante la conversacin con la condesa de Lemos, haba olvidado la posicin difcil en que se encontraba, esto es: su posicin de camarera mayor de una reina que se haba perdido en su recmara, mientras ella haca su servicio en la cmara. La conversacin con la condesa de Lemos haba agravado, su juicio, aquella situacin; haba descubierto grandes cosas; esto es: que la reina alentaba don Rodrigo Caldern, confidente y secretario ntimo del duque de Lerma, quien lo deba todo, y que don Rodrigo, alentado por la reina, haca una completa traicin al duque. Entonces sospechaba si sera don Rodrigo el que haba procurado al rey el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sera tambin l quien, en medio de las tinieblas, la haba amenazado con publicar sus secretos, si no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de aquella noche. La duquesa, desde el momento, haba comprendido la necesidad de avisar al duque de la aparicin inesperada del rey y de la no menos extraa desaparicin de la reina; pero cuando hubo odo las terribles revelaciones de la condesa de Lemos, vi que era de todo punto imprescindible avisar Lerma sin perder un segundo. El duque tena en su casa un convite de Estado, y era de esperar que aquella noche no viniese palacio; la camarera mayor estaba retenida por las obligaciones de su cargo en el alczar hasta la hora de recogerse la reina, que era bastante avanzada; urga avisar al duque, pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza. Porque es de advertir que tan enmaraada estaba la intriga alrededor de Felipe III, que no haba de quin valerse con confianza para confiarle una carta para el duque de Lerma. La duquesa vi con alegra que la de Lemos, la hija querida del duque de Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo su padre, era el intermediario que necesitaba. Una vez tomada esta resolucin por la duquesa, su mano corri con ms rapidez sobre el papel: llen las cuatro caras de la carta, que era de gran tamao, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados; cerr la carta, la sell y puso sobre su nema: A su excelencia el seor duque de Lerma, de la duquesa viuda de Ganda.--En mano propia. --Tomad, doa Catalina--dijo la camarera mayor--; ser necesario que os encarguis vos misma de llevar esta carta vuestro padre. --Yo... misma...!--contest con altivez la de Lemos. --Menos arriesgado es esto que lo que querais hacer por vengaros de don Rodrigo. --Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos negocios directamente... --Pero hay un medio. Ponos un manto, tomad una litera, id por el postigo de la casa del duque, que da sus habitaciones. --Peor an: qu dir quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa? --El que os reciba, nada os dir... no se meter en si vais encubierta no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que ser al instante, entregad al criado que se os presentar, esa carta para que lea su sobre. El criado os devolver la carta, y os llevar al despacho de vuestro padre, que al punto ir encontraros. --Pero habr de darme conocer mi padre, me preguntar... --De ningn modo; si vos no queris descubriros, vuestro padre no os pedir que os descubris, y podis haceros desconocer de l y salir sin hablar una palabra, tan encubierta como habis entrado. Pero en cambio, vos, quien nicamente interesa este negocio, estaris segura de que la carta ha ido dar en las manos de vuestro padre. --Ir!--dijo con resolucin la de Lemos, despus de un momento de silencio. --Pues si habis de ir, que sea al punto. --S, s; os agradezco en el alma lo que por m hacis, y voy mandar que pongan una litera. --Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan conoceros. --Oh, por supuesto! Adis, doa Juana; adis, y hasta despus. --Id con Dios, doa Catalina. Y... od: hacedme la merced de decir doa Beatriz de Ziga que entre. --No quiere quedarse sola--murmur la joven saliendo--; qu misterio ser ste? Y llegando en la antecmara una hermosa joven que, acompaada de otras tres rea y charlaba, la dijo: --Doa Beatriz, la seora camarera mayor, os llama. La joven compuso su semblante dndole cierto aire de gravedad, y entr en la cmara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abra la puerta de la antecmara y desembocaba por la portera de damas. CAPTULO III EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS PALACIOS REALES La condesa de Lemos atraves en paso lento, recibiendo los respetuosos saludos de ujieres y maestresalas, algunas galeras y habitaciones. Lo lento del paso de la condesa, consista en que iba abismada en profundas cavilaciones. --Me he visto obligada--pensaba-- inventar lo de los jardines de Balsan, y calumniar la reina para procurarme una venganza segura contra el miserable don Rodrigo. La buena de doa Juana de Velasco, vale de oro todo lo que pesa; en hablndola de mi padre, no sabe ser suya: es mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... lindezas dir esta carta! El pensamiento ha sido diablico... pero yo necesitaba vengarme... conspirador, conspirador y medio, y salgan all por donde puedan. Ah! Ah! estoy orgullosa de m misma, y creo que si yo me dedicara la intriga, sera... todo lo que quisiera ser. Y la condesa, respondiendo su pensamiento, satisfecha de su diablura, solt una alegre carcajada. Por fortuna, nadie haba en la galera por donde atravesaba. --Ahora--dijo para s la condesa, continuando en su marcha y en su pensamiento--es necesario que esta carta llegue manos de mi padre, sin que la lleve yo... bah! renuncio mi venganza trueque de que mi padre y seor pudiera reconocerme; preferira irme l con la cara descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que deja estar en su destierro su sobrino, mi seor esposo, por no disgustar su servicialsimo don Rodrigo, sera capaz de desairar su hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se disgustase. Ahora, hacindole sospechar que don Rodrigo le engaa, que le hace traicin, su excelencia, que es tan receloso, que en todas partes ve peligros, perder de seguro su muy amado confidente. Quin os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? Bien empleado os estar todo lo que os suceda, y en vano os devaneris los sesos para saber de dnde ha venido el golpe! La joven sonri satisfecha de su pensamiento. --Doa Clara Soldevilla estar en la sala de las Meninas; acaso ella, que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte don Rodrigo Caldern, llevar con placer esta carta mi padre, en cuanto sepa que esta carta puede hacer dao don Rodrigo. Es necesario inventar otra historia para engaar doa Clara, aunque es necesario que sea ms ingeniosa que la que he contado la camarera mayor, porque doa Clara tiene mucho ingenio. Y bien--dijo dndose un golpe en la frente--: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los amores del prncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es, adelante. La condesa entr en una cmara solitaria y llam. Presentsela inmediatamente una venerable duea. --Qu me manda vuecencia?--dijo aquella ruina con tocas. --Decid doa Clara Soldevilla que venga. --Doa Clara no est en el cuarto de las Meninas, seora--dijo la duea. --No est acaso de servicio? --No, seora; est en su cuarto enferma. --Ah! est enferma?--exclam la condesa con un despecho, que la duea tom por inters. --Afortunadamente, seora, la indisposicin de doa Clara es un ligero resfriado. --Me alegro mucho: me habais dado un susto. Y dnde tiene su cuarto doa Clara? --Vive sola con una duea y una doncella, ms all de la galera de los Infantes; si vuecencia quiere que la gue... --No; no me es urgente ver doa Clara; la ver maana. Conque decs que vive... --En la cruja obscura que est ms all de la galera de los Infantes, en el nmero 10. Adems, la puerta est pintada de verde. --Muy bien, gracias; retiros. --La duea hizo una cumplidsima reverencia, y se retir, casi sin volver la espalda la condesa, que, en el momento en que se vi sola, tom una buja de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se encontr en un estrecho corredor, pasado el cual, entr en una ancha galera, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, excepcin de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la galera y que, al ver la condesa, se detuvo y al pasar ella por delante de l, di un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, cuyo saludo contest la joven con una ligera inclinacin de cabeza. La condesa se perdi por una pequea puerta al fondo. La galera que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en que haba entrado, era una galera densamente lbrega, en la cual resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora. La de Lemos iba ceida la pared del lado izquierdo, con la buja levantada, mirando los nmeros pintados sobre las puertas, y ya haba recorrido un gran espacio sin encontrar el nmero 10, ni la puerta verde, cuando oy al fondo de la galera ruido de pasos lentos y marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad. Mir la de Lemos al lugar de donde provena el ruido, y slo vi la rea luminosa de la linterna. El que la llevaba estaba envuelto en la sombra. La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta. El de la linterna se detuvo tambin. --Quin va?--dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente sarcstico; esto es: con un acento que pareca estar acostumbrado de tal modo expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase ms indiferente. --Ah! Dios mo! si ser? pero no! no puede ser! si estaba preso! Quin va?--aadi con inters la condesa. --Ah!--dijo el hombre--; yo soy, Digenes trasegado, que anda en busca de un hombre y no le hallo. --Y yo soy una dama andante, que busca una mujer y no la encuentra. Acercbanse entretanto los dos interlocutores. --Pero hallo una mujer--dijo el de la linterna--, lo que no es poco, y me doy por bien hallado. --Y yo--dijo la condesa con afecto--encuentro un hombre, y me doy por satisfecha. --Ah! doa Catalina! --Ah! don Francisco! A este punto, don Francisco y doa Catalina estaban muy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la buja y de la linterna. Era don Francisco un hombre como de treinta aos, de menos que mediana estatura, y ms desaliadamente vestido que lo que convena un caballero del hbito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el ferreruelo. Tena la actitud valiente del hombre que nada teme y se atreve todo; mostraba los cabellos un tanto ms largos que como se llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida; la ceja negra y poblada, y al travs del vidrio verdoso de unas anchas antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros, de mirada fija, chispeante, burlona y grave un tiempo, inteligente, altiva, picaresca, desvergonzada, escudriadora: mirada que se rea, mirada que suspiraba, mirada _pandmonium_, si se nos permite esta frase, cuyo contacto se encoga el alma de quien era mirado por ella, temorosa de ser adivinada de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban divididos por una nariz aguilea de no escaso volumen, y bajo aquella nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonrea una boca en que pareca estereotipada una sonrisa burlona, pero con la burla de un sarcasmo doloroso. Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filsofo, gran telogo, gran humanista, gran poeta, gran poltico, gran conspirador, caballero del hbito de Santiago, seor de la torre de Juan Abad, epigrama viviente, desvergenza ambulante, gran bufn de su siglo, que acoga con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba la cara. Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite, perdonndole su cinismo, su escepticismo, su desvergenza; ese grande ingenio quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos ensea; ese hombre, quien acaso ennoblecemos, quien no comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la mitad en sombra. --Vos por aqu, don Francisco?--dijo la condesa sin disimular su alegra, alegra semejante la de quien de una manera inesperada tiene un buen encuentro. [imagen:--Ah, doa Catalina!--Ah, don Francisco!] --San Marcos llora; all le dejo entregado su viudez, y los cannigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido tanto: all se quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y yo me vengo aturdido la corte, porque ya no tengo al lado, en un consorcio infame, quien me haca reir de... rabia. --Siempre tan desesperado!--dijo con acento conmovido la joven. --Y siempre vos tan buena!--dijo Quevedo, cuyos ojos asom una lgrima-; tan buena!... tan hermosa y tan desgraciada!--pero cambiando repentinamente de tono, dijo:--conque el rey que os cas mal, os ha desmaridado bien? --Cmo! sabis?... --S que por meterse en oficios de duea, y por el pecado de torpe, anda por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi seor. --Pero vos lo sabis todo!acabis de llegar!... --Spelo en San Marcos, y fu un da grande para m; el nico de grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte vuestro marido, y m me permita venir enterrarme en ella, mejor dicho, enojarme. --A enojaros! --S por cierto, enojarme en vuestros ojos. --Ah, don Francisco!, el amor deba tener un declogo. --Torpe soy! --Vos torpe? --Si no os entiendo!, no ser que el declogo del amor empezase de esta manera: el primero, amar la condesa de Lemos sobre todas las cosas. --Bien decs que sois torpe; el declogo del amor deba decir: el segundo no galantear en vano. --Porque s que en vansimo enamoro, digo que viniendo la corte, me entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura. --Acabaris por enfadarme, don Francisco--dijo con seriedad la condesa. --Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? nublaros cuando yo amanezco? --Es decir, que os alegris de mi abandono? --Algrome de vuestra resurreccin! --Es que yo no me he muerto. --Os enterraron en el matrimonio, ponindoos por mortaja al conde de Lemos. Cmo queris que no me alegre, cuando os desamortajan y os desentierran? Cmo queris que no exclame? Conde que te has condenado, porque pecar no has sabido: bien casado, mal marido, gurdete Dios, desterrado! --Sois terrible!--exclam riendo la condesa. --Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San Marcos, que an me duran las ansias; donde piso, dejo stiras; de donde escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, fe de Quevedo, no volver hablaros sino en lisa prosa castellana. --Sin jugar del vocablo? --Lo otorgo. --Ni del concepto? --No me atrevo jurarlo, porque me tenis tan presa el alma y os teme tanto, que no sabe por dnde escaparse. --Siempre que no me hablis de amor... ya sabis donde vivo. --Me aprovechar de vuestra buena oferta, y me contentar con adoraros en xtasis. --Es que yo no quiero veros idlatra. Pero dejando esta conversacin, que os lo aseguro, me disgusta, dnde bais por aqu? --Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy buscarle casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde segn dicen le habr hallado. --Vais casa de mi padre? --No, por cierto, voy buscar al cocinero de su majestad. --Qu, se encuentra en casa de mi padre? --All est prestado. --Queris hacerme un favor, don Francisco? --No sabis que podis mandarme? --Pues bien: os mando que llevis esta carta donde ese sobrescrito dice. --Al duque de Lerma, en propia mano--dijo Quevedo. Y se qued profundamente pensativo. --S que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! Pero... --Me lo pagaris?... --Os lo... agradecer en el alma. --Ir!--dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolucin. --Y no queris saber el contenido de esta carta? --Me importa poco. --Podr suceder... --Me importa menos. --Adis--dijo precipitadamente la condesa. --Por qu?... --Suenan pasos, y se ven luces--dijo la de Lemos--. Si nos encontraran aqu juntos... Quevedo apag la luz de la condesa de un soplo, y luego sopl su linterna. --Qu hacis?--dijo la condesa, que se sinti asida por la cintura y levantada en alto. --Desvanecerme con vos fin de que no nos vean. --Soltad, grito. --Pueden conoceros por la voz. --Traen luces y nos vern! --All hay unas escaleras. Y luego se oy el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la galera. Luego no se oy nada, sino los pasos de algunos soldados que iban hacer el relevo de los centinelas. Uno de ellos llevaba una linterna. --Qu es esto?--dijo el sargento tropezando en un objeto--un candelero de plata con una buja. --Y una linterna de hierro. --Las acaban de apagar. --Cuando entramos haba aqu una dama y un caballero. --Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la inquisicin, chitn. Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galera. Poco despus se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo. --Buscad mi candelero--dijo con la voz conmovida la de Lemos. --Y mi linterna--contest con un acento singular Quevedo. --Ved que sta es mi mano--dijo la condesa. --No crea que estuviseis tan cerca de m. --Ah! ya he dado con l. --Ya he dado con ella. --Adis, don Francisco! maana me encontraris todo el da en mi casa. --Adis, doa Catalina! maana ir veros... si no me encierran. --Adis! --Adis! --Oh, Dios mo!--murmur la condesa alejndose entre las tinieblas--, creo que no me pesa de haberle encontrado. Amar yo Quevedo? Entre tanto, Quevedo, adelantando en direccin opuesta, murmuraba: --Captulo VI. De cmo no hay virtud estando obscuro. Poco despus extinguise de una parte el crujir de la falda de la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo. CAPTULO IV ENREDO SOBRE MARAA Quevedo sali del alczar, se puso en demanda de la casa del duque de Lerma y se entr desenfadadamente en un destartalado zagun, cuya puerta estaba abierta de par en par. Aquel zagun, hijo genuino del siglo XVI, pesar de su irregularidad, de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y blanco imitando fbrica, no dejaba de ser suntuoso y caracterstico, como representante de la poca de transicin llamada del Renacimiento. Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, as como una escalera de mrmol con rica balaustrada del gnero gtico florido, parecan demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un enorme farol colgado del centro del techo, otro farol ms pequeo pendiente de un pescante de hierro y que comparta su luz entre un nicho en que haba un Ecce-homo de madera, de no mala ejecucin, y un enorme escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera, sujetas ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces que iluminaban el zagun, y dejaban ver las gentes que en l haba. Eran stas dos lacayos aristocrticamente vestidos con una especie de dalmtica balandrn negro, con bandas diagonales amarillas, color y emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que corra lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de armas, y una especie de matn que echado de espaldas contra una de las pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un semblante nada simptico, y nada propsito para inspirar confianza. Los dos lacayos porteros se paseaban la ancho del zagun, apareados, hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca los porteros, y el matn de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el de la capilla parda, locutario del poyo. Al entrar en el zagun, Quevedo, que cuando iba ciertos lugares, especialmente para entrar en ellos no desatenda ninguna circunstancia, y todo lo abrazaba de una mirada rpida, oculta, hasta cierto punto, por el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al hombre que estaba en la puerta, le di frente y le dijo encarndosele: --Cmo tu aqu? Afirmse sobre sus plantas aquel hombre, y clav sus ojos en Quevedo. --Ah! es vuesa merced! --Yo te daba ahorcado. --Y yo vuesa merced desterrado. --Pues encuntrome en mi tierra. --Y yo sobre mis canillas. --Gran milagro! --Sirvo buen amo. --A su excelencia?... --Decs bien: porque sirvo don Rodrigo Caldern... --Criado del duque de Lerma!conque eres?... --Medio lacayo... --Medio requiem... --Decs bien. --Quin agoniza por aqu? Lanz el matn una rpida mirada de soslayo al hombre que estaba en el poyo. --Ah!--dijo Quevedo siguiendo tambin de soslayo aquella mirada--. Y quin es l? --Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, tambin debo mucho don Rodrigo y... Son Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matn cambi de tono. --Pero qu importa vuesa merced?... no ha perdido vuesa merced la aficin saberlo todo? --Ven ac, Francisco; ven ac, lo obscuro, hijo, que en ninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor dinero quien, como t, gastas vergenza, que obscuras. Ven ac, te digo, y si quieres embuchar, desembucha. Sigui aquel hombre Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de nadie pudieron ser vistos ni odos, dijo Quevedo: --El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa ma. --Ah!es cosa vuestra... ese mancebo?... pero cmo le ha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos? --Ver claro cuando est obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas necesarias todo buen hidalgo cortesano; y ms en estos tiempos en que es tan fcil medio rodeo dar con la torre de Segovia; hermano Juara, vomita! --No me atrevo: don Rodrigo... --Ni acua mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que yo llevo. --Pero don Francisco! --O al son de mi bolsa cantas, si te empeas en callar, hablan de ti maana en la villa. Conque hijo, qu quiere don Rodrigo con mi pariente? --Vuestro pariente es ese mozo? --Archinieto de una archiabuela ma, que era tan noble persona que ms arriba que el suyo no hay linaje que se conozca. --Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco? --Por mi hbito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace fro, y no es justo que me hagas ayudarte tanto ganar un dobln de cuatro; y el tal dobln es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no tratar con herejes. Y Quevedo son otra vez su bolsillo. --El cuento es muy corto. Figuros que yo, por orden de don Rodrigo, estoy desde el obscurecer acechando los que salen del alczar por la puerta de las Meninas. --Palaciega historia tenemos. --Figuros que poco despus baja una dama por las escalerillas de las Meninas, y se mete en una litera. --Dama y tapada? --S, seor. Ests seguro que no era duea? --Andaba erguida y transcenda hermosa. --Buen olor tiene tu cuento. Y quin era ella? --No lo s; don Rodrigo me haba dicho solamente: si sale de palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto los ojos, y halda hasta el suelo, sigue esa dama. --He aqu unas seas capaces de volver el seso Orlando Furioso. Seguiste la dama? --Iba hacerlo cuando lleg don Rodrigo.--Ha salido? me pregunt.--S, seor.--En litera?--S, seor.--Por dnde va?--Por aquella calleja se ha metido.--Don Rodrigo tira adelante y yo detrs de l; henos aqu metidos en una aventura. Llova... --Aventura completa. --Estaba obscuro. --Mejor aventura. --Par la litera, y sali la dama. --Entrse dnde? --Sigui adelante. --Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que encanta. --Pero de repente, al volver una esquina, htenos la tapada asida de un embozado. --Lluvia y tinieblas? tapada y embozado?... buscona adobada y pollo que miente gallo. --Ms alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos; estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se trata de que me ayudes... para un hombre otro hombre! --Aventura con milagro! --Qu milagro hay hasta ahora? --Que don Rodrigo Caldern no vea ms que un hombre, cuando tiene delante un enemigo. --Don Rodrigo es valiente... --Pero ms valido. Y en cuanto valor no niego que es mucho el valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: vlame Dios con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. Qu hubo al cabo? --Hubo que don Rodrigo me dijo--: No conozco quien la acompaa; persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan. Podr suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y busca una ronda, Juara. --Y hubo lance? --Lance hubo. --Hubo sangre? --Hubo un desarme... --Quin mand? --El embozado del portal. --Ah! Pues no saba yo que tena tan buen pariente. --Llegu con la ronda, pero tarde: segu ese embozado de orden de don Rodrigo, metise aqu, pretendi pasar de las escaleras, sin conseguirlo, y hace una hora que l est all sentado, y que yo le estoy dando centinela. --Por el cuento--dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo--; porque pierdas la memoria--y sac del bolsillo otra moneda. --La memoria de qu?--dijo Juara. --De que me has visto en tu vida. Y sin decir ms, rebozse y se entr gentilmente por el zagun. Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le mir fijamente. --Mucho os tapis--le dijo. --Hace fro--contest el otro con mal talante. --Quien por damas se enzaguana--dijo don Francisco--, es tonto merece serlo. --Yo os conozco, vive Dios!--dijo el de la capilla ponindose de pie y dejando caer el embozo. --Mi buen Juan!--exclam con alegra Quevedo. --Mi buen Quevedo!--exclam con no menos alegra Juan Montio, que l era. -Diez aos me dais de vida; apretad! apretad recio! --Que me place! siempre el mismo! --No tal; contempladme espectro. --Vos espectro! --Qued pobre. --Pobre vos! --Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de por medio. En prisiones me han tenido, y hoy la corte me vuelvo ser pelota de tontos y pasadizo de enredos. --Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al ms topo cuando queris, sois el mismsimo Quevedo de hace tres aos; cinco minutos lo menos hemos estado hablando en romance. --Ah! s, tenis razn; sudo para hablar en prosa, ni ms ni menos que le acontece Montalvn cuando quiere hablar en verso, como al duque de Lerma cuando no encuentra cosa qu echar el guante. --Por la Virgen! ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan sus criados! --Pues mejor! --Mejor? no entiendo. --Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo nosotros, mal hayan, amn, los versos! se me escapan como el flato. Juro Dios!... --Guardad, Quevedo! --Decs bien; no est en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezn, archimana. Qu buscis aqu? --Pretendo... --Lo vis? vos tenis la culpa. --Yo la culpa? --S por cierto; me buscis el asonante. --Sois terrible! --Soy... Quevedo. Habis acompaado una dama? --S; quin os lo ha dicho? --Los enredos son mi sombra; en viniendo yo la corte, se vienen mi los tales bandadas, y lo que es peor, enrdanme, me sofocan, me traen de ac para all, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo vuestra aventura, Erase una tapada... --Tapada era. --...alta y garrida... --S! --...ancha de hombros, alta de seno, manto los ojos, y halda hasta el suelo. --Conocisla? --No, y vos? --Tampoco. --Pero no habis reido por ella? --S. --No habis vencido? --S. --Y dnde la habis dejado? --Se fu sola. --Y no vens aqu por ella? --Ah! no! --Y no habis vislumbrado quin ella sea? --La tengo por principal. --Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta de duea como de pastel de hostera, y sobre todo, recibidme por maestro. Dnde vivs? --No lo s an; y vos? --Yo... vivo aqu. --Acabis de llegar? --Ya os lo dije; torno esta tierra, de un destierro. --Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fu buscar mi to palacio; llovieron sobre m aventuras y desventuras, porque esos porteros, quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada mi to. --Y quin es ese vuestro to? --El cocinero de su majestad. --Francisco Martnez Montio! pues me alegro, hombre sois! --Cmo! --Ah es nada! con to en palacio, cocinero de su majestad y enredador, avaro y celoso! cuando os digo que habis hecho suerte! ya veris; ahora, si os importa ver vuestro to, seguid mi lado, ni ms ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceo, y por no dar, que el dar daa, no les deis ni las buenas noches. Y Quevedo tir hacia las escaleras, desde en medio del portal donde haba estado hablando con Juan Montio. Al ver acercarse un caballero del hbito de Santiago, quien haban odo hablar mal de su seor, porque Quevedo haba levantado la voz para llamar ladrn al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinndose, y sin duda tambin porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la capilla parda, no se les ocurri ni una palabra que decirle. Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras: --Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para salir de algunas, slo sirve cruz de acero. --Qu decs?--le pregunt Juan Montio. --Digo que al entrar aqu, no somos hombres. --Pues qu somos? --Ratones. --Supongo que mi to no ser el gato? --No, porque vuestro to es comadreja. --Dnde vais, caballero?--dijo Quevedo un criado de escalera arriba. Quevedo no contest, y sigui andando. --No os? dnde vais?--repiti el sirviente. --No lo veis? voy adelante--contest sin volver siquiera la cabeza Quevedo. --Perdonad--dijo el lacayo, que alcanz ver en aquel momento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco. Entraron en una magnfica antecmara estrellada de luces y llena de lacayos. El lujo de aquella antecmara en la casa de un ministro, era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del Giotto; tapiceras flamencas; lmparas admirables; puertas de las maderas ms preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido en objetos artsticos. Una antecmara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prlogo que haca presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales. --He aqu, he aqu el sumidero de Espaa!--murmur entre su embozo Quevedo--; ah don ladrn ministro! ah sanguijuela rabiosa! Tntalo de oro! chupador eterno! para qu se han hecho los dogales! Y adelant. --Od--dijo Quevedo uno que atravesaba la antecmara, llevando una fuente vaca. --Qu me mandis, seor?--contest detenindose el lacayo. --Llevad este hidalgo donde est su to. --Perdonad, seor; pero quin es el to de este hidalgo? --El cocinero del rey. --Seguidme--dijo el joven Quevedo, estrechndole la mano. --Nos veremos--contest Quevedo. --Dnde? --Adis. --Pero dnde? --Nos veremos. Y volviendo la espalda al sobrino de su to, se emboz en su ferreruelo, y se fu derecho un maestresala que cruzaba por la antecmara. Al ver el maestresala que se le vena encima una figura negra y embozada, donde todos estaban descubiertos, di un paso atrs. --No soy duea--dijo Quevedo. --Qu queris?--dijo el maestresala con acento destemplado. --Decid su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Ganda. Di otro paso atrs el maestresala. --Mirad--dijo Quevedo ganando aquel paso. Y mostr al maestresala el sobrescrito de la carta que le haba dado la de Lemos. --Acabramos--dijo el maestresala--; con haber dicho que tenais que entregar su excelencia en propia mano... --Esta carta viene sola. Mir con una creciente extraeza el maestresala al bulto que tena delante, y se entr por una puerta inmediata. Poco despus volvi y dijo Quevedo: --Podis seguirme. --S puedo--dijo don Francisco; y tir adelante, siguiendo al maestresala, que despus de haber atravesado algunas habitaciones ms suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abri con un llavn una mampara, y dijo Quevedo: --Pasad y esperad; mi seor me manda rogaros le perdonis si tardare. Y el maestresala cerr la mampara. --Perdonar! ver si perdono--dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en la habitacin donde le haban dejado encerrado--; esperar! s... tal vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y vamos... s... yo no crea... me ha puesto de buen humor esta pobre condesa, y he encontrado ese noble joven por quien nicamente vengo Madrid. Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven quien tengo el deber de servir, y una carta que no s lo que contiene, pero que ver leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer mejor... pues bien, mejor! y la tapada que ha acompaado ese valiente Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Caldern... enredo! enredo! y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me ayuda; esperemos, pero esperemos pensando. Y Quevedo se emboz perfectamente en su ferreruelo, se sent en un silln, apoy las manos en sus brazos, reclin la cabeza en su respaldo y extendi las piernas, despus de lo cual qued inmvil y en silencio. CAPTULO V SIN DINERO Y SIN CAMISAS! El lacayo que guiaba Juan Montio le llev por un corredor una gran habitacin donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se vean platos de vianda. En aquella habitacin se vean adems lacayos que iban y venan, entre los cuales, como un rey entre sus vasallos, se vea un hombrecillo vestido de negro con un traje nuevo de pao fino de Segovia, observndose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los puos blancos. Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba los lacayos, decales la manera que haban de tener para llevarlos y servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa la otra con una actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que manda sus soldados en un da de batalla. Aproximndose ms este hombre se notaba: primero, que tena cincuenta y ms aos; segundo, que tena los cabellos mitad canos, mitad rubio panocha; tercero, que su fisonoma marcaba un tiempo el recelo, la avaricia y la astucia; cuarto, que pesar de todo esto, haba en aquel semblante esa expresin indudable que revela al hombre de bien; quinto, que era rgido, minucioso intransigible con las faltas de sus dependientes en el desempeo de su oficio; sexto y ltimo, que emanaba de l cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le daba todo el aspecto de un personaje _sui generis_. Por lo dems, este hombre tena la cabeza pequea, el cuerpo enjuto y apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas casi rectas, los ojos pequeos, grises y sumamente mviles; la nariz afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el pelo de la barba, cano, lo que poda notarse en su bigote y su perilla, porque el resto estaba cuidadosamente afeitado. A este hombre lleg el lacayo conductor del joven, que haba quedado poca distancia, y le dijo: --Seor Francisco Montio!... --En, dejadme en paz!, no os toca vos--dijo el seor Francisco tomando una fuente de plata con un capn asado y dndole otro lacayo. --Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino... --Mi sobrino!...--dijo el cocinero del rey--; yo no tengo sobrinos; llevad bien esa nade, Cristbal. --Sois vos el seor Francisco Martnez Montio?--dijo Juan Montio adelantando. --S, por cierto, que as me nombro--contest el cocinero del rey dando otro lacayo otro plato, y sin volverse mirar quien le hablaba. --Pues entonces--repuso el joven--sois mi to carnal, hermano de mi padre Jernimo Martnez Montio. --Eh? qu decs?--repuso el seor Francisco volvindose ya mirar quien le hablaba. Y apenas le vi su fisonoma tom una expresin profundamente reservada. --Diablo!--murmur de una manera ininteligible--y es verdad! y cmo se parece !... perdonad un momento... eh! Gonzalvillo! hijo, que vertis la salsa de la alcaparra! animales! para esto se necesitan manos mejores que vuestras manos gallegas. Conque qu decais?--aadi volvindose al joven. --Digo, que acabo de llegar--dijo Juan Montio con cierta tiesura, excitado por el carcter repulsivo de su to. --Pero de dnde acabis de llegar?... --De Navalcarnero. --Ah! y quin os enva? [imagen: El cocinero de Su Majestad.] --Pudiera suceder muy bien que hubiera venido slo por conocer al hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo porque me enva mi to Pedro Martnez Montio, el arcipreste. --Ah! os enva mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez; estos pajes... eh! dejad ah esas fuentes; son de la tercera vianda, venid para ac! pero seor, qu hacen esos veedores? ahora tocan las empanadas de liebre, los platillos la tudesca y las truchas fritas. Juan Montio empezaba perder la paciencia; su to interrumpa cada paso su dilogo con l para acudir cualquier nimiedad; se le iba, se le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atencin; pero si Juan Montio hubiera podido penetrar en el pensamiento de su to, hubiera visto que desde el momento en que haba reparado en su semblante, el cocinero del rey haba necesitado de todo su aplomo, de toda su experiencia cortesana para disimular su turbacin. Consista esto en que tena delante de s un sobrino quien no conoca, y del cual en toda su vida slo haba tenido dos noticias dadas de una manera tal que bastaba para meter en confusiones otro menos receloso que el cocinero del rey. Veinticuatro aos antes, cuando el seor Francisco Montio slo era oficial de la cocina de la infanta de Portugal doa Juana, es decir, cuando se encontraba al principio de su carrera, haba recibido de su hermano Jernimo la lacnica carta siguiente: Hoy da del evangelista San Marcos, ha dado luz mi mujer un hijo: te lo aviso para que sepas que tienes un criado quien mandar. Francisco Montio se qued como quien ve visiones: saba que su cuada Genoveva era una cincuentona que jams haba tenido hijos y que haba perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de aquel alumbramiento inverosmil, haba venido de repente sin que le hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra parte, la carta en que Jernimo Montio se confesaba padre, no poda ser ms seca ni ms descarnada. Francisco Montio ley tres veces la carta cada vez ms reflexivo, se encogi al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta: --Qu habr aqu encerrado? Era necesario contestar, y Francisco Montio, en su contestacin, se templ al tono de la carta de su hermano: He recibido la noticia--le deca--de que tu mujer ha dado luz una criatura, y me alegro de ello cuanto t puedas alegrarte. Despus, en ninguna de las cartas que se cruzaban peridicamente entre los dos hermanos, volvi nombrarse al tal vstago, ni en las potsdatas que sola poner las cartas de Jernimo, Pedro, que entonces era simplemente beneficiado. Pasaron as veintids aos: pero al cabo de ellos, Francisco Montio, que ya haba llegado la cspide de su carrera siendo, hacia tiempo, cocinero de Felipe III, recibi una carta de su hermano Jernimo concebida en estos trminos: Estoy muy enfermo; el mdico dice que me muero. Si esto sucede, podr suceder que Juan Montio, mi hijo, vaya la corte. Algn da podr convenirte el que hayas servido ese muchacho. --Qu habr aqu encerrado?--dijo Francisco Montio despus de haber ledo tres veces esta carta, como la otra fechada haca veintids aos en el da de San Marcos. Jernimo muri al fin; haban pasado dos aos sin que el seor Francisco recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le present de repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el arcipreste; aquella carta poda ser la resolucin del misterio, y como este misterio se haba agravado para Montio desde el momento en que haba credo encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de semejanza con una alta persona quien conoca demasiado, sinti una comezn aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y prudente disimul aquella comezn, afect la mayor indiferencia hacia su sobrino, y slo volvi anudar el interrumpido dilogo con el joven, despus de haber dado los pajes dos docenas de platos y seis docenas de rdenes y advertencias. --Venid, venid ac, sobrino--dijo ya con menos tiesura, llevndole un aposentillo situado cerca de la repostera, en el que se encerraron. He servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la tercera pasar un buen espacio. No extrais el que yo os haya prestado poca atencin; con seores como el duque de Lerma, que gozan del favor de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un da sin cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecis ni vuestro padre ni vuestra madre; mi hermano era as poco ms menos como yo, lo que no impeda que fuese un valiente soldado del rey, y mi cuada, vuestra madre, fu en sus mocedades un tanto cuanto oronda y frescota, pero era fea y morena que no haba ms que pedir; vos sois muy gentil hombre, blanco y rubio, como si dijramos, la honra de la familia, porque ya me estis viendo y ya sabis lo que fu vuestro padre y lo que es vuestro to Pedro. --Ah!--dijo el joven, quien desarm completamente la insidiosa charla de su to Francisco--; vuestro pobre hermano, seor, acaso estar en estos momentos en la presencia de Dios. Psose notablemente plido el seor Francisco, lo que demostraba que amaba su hermano. --Cmo!--dijo--. Pues tan enfermo se halla? --Tan enfermo, que esta maana, despus de haber hecho testamento, me llam y me dijo:--Juan, es necesario que te vayas Madrid en busca de tu to Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta noche.--Y sac de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que me entreg. El joven sac del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta cuadrada, en la que fij una mirada ansiosa, pero rpida, imperceptible, el cocinero del rey. --A vos est dirigida esta carta por mi to moribundo--dijo el joven con voz conmovida--, y vos la entrego. Mi buen to Pedro, pesar del deplorable estado en que se encontraba, me encomend tanto que era necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensill Cascabel, creyendo que podra tirar todava de una jornada, y duras penas he podido llegar al obscurecer. El pobre jaco est tan viejo! --Y cundo salsteis de Navalcarnero, sobrino? --Antes del amanecer. --Diez horas para cinco leguas! --Todo lo que haba en casa muere; slo quedamos vos y yo. --Bah! bah!--dijo Montio guardando en los bolsillos de sus gregescos la carta de su hermano--, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro to Pedro ha estado dos veces la muerte, y una de ellas oleado y con el rostro cubierto. --Pero la tercera va la vencida--dijo el joven. --A la tercera... Al pronunciar Francisco Montio estas palabras, tena el pensamiento en la carta de su hermano. --Quin sabe? quin sabe?--aadi Montio--; ya es viejo, como que naci diez aos antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco. Pero qu le hemos de hacer? Y vos?... qu sois vos?... soldado, eh? --No, seor; soy licenciado... --Licenciado!... no entiendo!... de qu licencias hablis?... --He estudiado teologa y derecho en la Universidad de Alcal. --Ah! --Muchas veces heme dicho: tengo un to en palacio... bien pudiera mi to procurarme un oficio de alcalde corregidor. Fruncise un tanto el gesto del cocinero del rey. --Pero no he querido incomodaros--aadi el joven. --Habis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado mucho no haber podido serviros. --Sea como Dios quiera--dijo Juan Montio. La conversacin haba entrado en un terreno sumamente escabroso para el cocinero mayor. --Sobrino--le dijo--, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la tercera vianda. Dnde tenis vuestra posada, fin de que yo pueda veros? --En ninguna parte, seor. --Cmo! pues dnde habis dejado vuestro caballo? --En las caballerizas de su majestad. --Diablo! --Y contaba tambin con vivir en palacio, puesto que vos vivs en l. --En mi cuarto!-exclam todo hosco el seor Francisco--; con una hija de diez y seis aos, y una esposa de veinte, y vos joven!... exponerme las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada. --Es el caso, que no he trado dinero. -Pero cmo os ha enviado as mi hermano? vamos! las gentes de los pueblos se creen que Madrid es las Indias. --Vuestro pobre hermano, seor, aunque nada os haya dicho, vive en la miseria, atenido la limosna de tal cual misa, y lo poco que yo gano enseando latn. Pero en la enfermedad de mi to se han ido nuestros ltimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi hacienda la llevo encima. --Diablo! Diablo! pero vos os volveris al pueblo. --Y qu he de hacer all despus de muerto mi to, por quien nicamente permaneca en el pueblo? --De modo, que... --Aqu me estar. --Y os vens as la corte, sin dinero... y aun sin camisas! --To, enseando latn se gana muy poco. --Pero ese caballo... vendindolo... --_Cascabel_! En primer lugar, que yo quiero mucho _Cascabel_, porque desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente mi padre; en segundo, que no habra nadie que diese un ducado por _Cascabel_, porque ni el pellejo aprovecha. --Diablo! diablo! diablo!--murmur Francisco Montio--; pues bien, esperadme aqu, y despus... despus veremos cmo podemos salir de este compromiso en que me habis metido vos y mi hermano Pedro. Y diciendo esto escap, dejando solo al joven. A los veinticuatro aos se piensa poco en las necesidades materiales ni en el porvenir: el porvenir es de la juventud; los veinticuatro anos slo se tiene corazn; Juan Montio estaba profundamente preocupado con el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le haba metido en un lance de armas, que se le haba escapado, y que se haba dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada. Juan no haba tenido ocasin de ver aquellas prendas, que pesaban en su bolsillo, y que representaban para l todo un mundo de esperanzas; pero cuando se encontr slo, arrastr la silla en que estaba sentado, se volvi de espaldas la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sac aquellas joyas. Por el momento le deslumbr el brillo del brazalete; estaba cuajado de diamantes; su valor deba subir muchos miles de reales; Juan Montio se aterr. --Oh! qu es esto, seor? qu es esto?--dijo--; qu dama es esa que tan ricas, tan magnficas joyas usa? y dnde iba esa dama tan engalanada? oh, Dios mo! y qu pensar de mi esa dama! si al echar de menos esta prenda me tomase por un ladrn!... La frente del joven se cubri de sudor fri y se sinti malo. --Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no lo fueran esa dama deba ser... veamos; examinemos bien esta alhaja. Y Juan Montio mir de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete. Entonces la sangre se hel en sus venas, pasando instantneamente del fro la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de un volcn. Sinti un zumbido sordo en sus odos, y delante de sus ojos una nube turbia que los empaaba. Haba visto en el centro del brazalete una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas reales de Espaa y las imperiales de Austria. Aquella prenda era efectivamente de gran valor; perteneca, no dudarlo, las alhajas de la corona. Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asalt la imaginacin de Juan Montio: --Sera la tapada que se ampar de m la reina? Juan Montio haba odo hablar muchas veces Quevedo, tres aos antes, en ocasin en que andaba hudo en Navalcarnero, por cierta muerte que haba causado en ria, muchas y picantes aventuras acontecidas en la corte: saba que la corrupcin de las costumbres haba llegado en ella al ltimo lmite, que las damas ms principales solan verse muchas veces, consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones extraordinariamente extraas y comprometidas; pero la reina!... la lengua de Quevedo, que nada respetaba, haba respetado siempre las damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satrico, haba guardado silencio por consideracin, por afecto, por un galante respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero... Estos _peros_ haban hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montio. No poda tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que haba quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente su brazo la tapada; por qu la tapada llevaba aquel brazalete si no era la reina? y si era la reina, por qu le haba dejado voluntariamente otra prenda, la sortija? El joven examin la sortija. Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no poda ni remotamente compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina poda llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba cuajada de ellas; Juan Montio lo recordaba; haba visto un momento aquella hermosa mano arreglando el manto, la ltima luz del crepsculo. Haba elegido con intencin la dama, entre todas sus sortijas, para dejarle una seal, la que tena una esmeralda como en representacin de una esperanza? Juan Montio se volva loco. Sumido se hallaba en una confusin de pensamientos cual ms descabellados, cuando una voz que reson sus espaldas le hizo guardar apresuradamente el brazalete y la sortija. --Seor Juan Montio!--haba dicho aquella voz. Volvise el joven, y vi un paje que traa ropa de mesa, terciada en un brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas por el cuello. --Sois vos, seor, el sobrino del seor Francisco Montio?--dijo el paje. --Ciertamente, yo soy. --Pues bien, vos vengo. --Y qu vens? --A serviros de cenar. --Ah! --S, por cierto; el seor Francisco Montio me ha dicho: Gonzalvillo, hijo, ve aquel aposento, y lleva, un hidalgo que encontrars en l, y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capn de leche, un besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos botellas del bueno, de Pinto. Srvele bien, y si quisiere otras cosas, tngalas; como si se tratara de m mismo. Y el paje sali y entr repetidas veces, y acab de cubrir la mesa en silencio y con sumo respeto, quedando atrs dos pasos inmvil despus de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma, su seor. Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada. --Qu habr encontrado mi to Francisco en la carta de mi to Pedro que as se ablanda de repente, y as me trata?--dijo el joven, que haba comprendido lo bastante el carcter de su to para extraar aquel brillante exabrupto--; por darme de comer, mi to me hubiera enviado un pote cualquiera, en un plato de Alcorcn; pero esta vajilla! estas velas de cera perfumada!... estos candeleros de plata!... Vamos, mi to tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula costa del duque de Lerma. En qu vendr parar tanto misterio? Y el joven sigui comiendo y bebiendo gentilmente, porque los veinticuatro aos los cuidados no quitan el apetito. CAPTULO VI POR QU EL TO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano, apenas se separ de su sobrino, Francisco Montio, cuando contra su costumbre, su vocacin y su conciencia, dej encargado el servicio de la tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos uno de sus oficiales de la cocina del rey, que le haba acompaado, y se encerr en un aposentillo semejante aquel en que haba dejado esperando su sobrino. Una vez all, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia, sac de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras montadas en plata, se las acomod en las narices, acerc s las dos bujas, sac la carta, rompi su nema, desdobl los tres grandes pliegos de que la carta constaba y los extendi delante de s. --Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como dice mi sobrino que se halla--murmur limpindose cuidadosamente las narices--; leamos ahora--aadi despus de haber doblado y guardado su enorme pauelo blanco. He aqu la carta, cuya cabeza haba una cruz, y debajo las tres iniciales de Jess, Mara y Jos. Navalcarnero, 30 de Noviembre del ao del Seor de 1610. --Ah!--dijo Montio--; ahora comprendo; estamos 15 de Diciembre; esta carta ha empezado escribirse hace quince das, y lo que sin duda hizo anoche mi pobre hermano, fu concluirla; veamos, veamos. Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas; hace algn tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido decrtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarn conmigo en un plazo brevsimo, y por una parte, una solemne promesa que hice nuestro hermano Jernimo cuando muri, y mi conciencia por otra, me obligan traspasar ti un gran secreto de familia. El joven que lleva el nombre de Juan Montio, no es hijo de nuestro hermano Jernimo. --Ah!--exclam interrumpiendo su lectura el cocinero mayor--; bien dije yo cuando dije, que haba algo encerrado tras la secatura y la brevedad con que mi hermano me anunci el nacimiento de ese hijo que no es su hijo. Veamos, veamos, porque yo no s cmo mi hermano Jernimo, siendo quien era, pudo cargar con hijos de otro. Y volvi la lectura. No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco lo es de nuestra cuada Genoveva, porque te consta que si como era virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habra sido un prodigio. --Pero seor!--dijo Montio detenindose de nuevo--de quin es hijo este muchacho? Y sigui leyendo: Figrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta, ests escuchando en confesin un moribundo; porque yo voy traspasar ti, y con autorizacin suya, la confesin que me hizo nuestro hermano Jernimo hace veinticuatro aos. Tom cierta gravedad, despus de la lectura del anterior perodo, el semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el color que le dan los sucesos y las circunstancias. Hace diez aos, me dijo Jernimo arrodillado delante de m, por una disputa impertinente mat al capitn de la compaa de que era alfrez. No s si las leyes de Dios me disculparn de aquel homicidio, pero las del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmticas me condenaban muerte y hu. Antes de seis meses, volva llevar en otro tercio, como alfrez, la bandera del rey. Consisti esto en que cierto seor poderossimo haba interpuesto para con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, indultado por su majestad, volva al goce de mi empleo, como si nada hubiera acontecido. El mismo poderoso seor, que ya haba hecho tanto por mi, cuid de mis adelantos, y en muy poco tiempo llegu teniente, capitn despus. Una bala me haba dejado cojo intil, y me vine al pueblo, ya con los invlidos, y seguro de que cuando yo faltase quedara viudedad mi buena Genoveva. Yo no poda olvidar, ni dejar de ser agradecido, quien tantos beneficios me haba hecho. Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor manera del mundo, el precio de esos beneficios. El magnate quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una dama muy principal; esta dama es casada, su marido est ausente y ella se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor me ha buscado tambin de una manera oculta. Por amor lo que naciera, quiere que no sea un hombre una mujer que tenga que avergonzarse de su origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos, hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre legtimo al hijo de esa dama. Despus de esta confesin, Jernimo me pidi consejo como hermano mayor y como sacerdote. Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jernimo era, hasta su vida, lo deba aquel personaje, cuyo nombre, deca, no poder revelarme; viendo que no se le peda aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos quienes perjudicase acaso el postizo; siendo adems una grandsima obra de caridad el mejorar la suerte de la criatura que naciera, le aconsej, es ms, le reduje que se prestase aquel engao, con el cual nadie perjudicaba ni ofenda; antes bien, haca un beneficio inmenso un desventurado. En efecto, cuatro meses despus se traslad de noche, muy tarde y muy recatadamente, casa de nuestro hermano, en una litera, una dama tapada, acompaada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas horas despus, obscuras, asistida por una partera, que crea asistir Genoveva, di luz aquella dama nuestro pobre Juan. A pesar del peligro inminente en que pona su vida, la dama sali de la misma manera misteriosa de casa de Jernimo y desapareci. Al tercer da yo mismo bautic Juan como hijo legtimo de nuestro hermano, y aunque todos en el pueblo extraaban que Genoveva sus aos hubiese dado luz un hijo, tuvironlo milagro, pero no desconfiaron. Pasaron algunos aos; Juan creca hermoso y robusto. A los diez aos ya saba gramtica, que yo le haba enseado; trasladaba al romance Horacio y Virgilio, y adems mostraba gran aficin las armas. Querale Jernimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al morir nos encarg con las lgrimas en los ojos que no le desamparsemos, y yo feneca de placer cuando mi rapazuelo correga, los padres graves que solan pasar por el pueblo, el latn corrupto que vomitaban con tanto exceso cuanta era su ignorancia. --De modo que--dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montio--, tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque de Lerma le gustan los mozos de provecho. Quin sabe? Y despus de meditar un momento sobre esta pregunta que se haba hecho el cocinero del rey, torn la lectura: El mismo da en que Juan cumpla los doce aos, par delante de la puerta de nuestra casa un dmine vestido de negro, montado en una mula y acompaado de un mozo. Pregunt por nuestro hermano, y cuando le hubo visto le dijo: que era un eclesistico que se dedicaba ser ayo de jvenes, que un caballero quien no conoca le haba dicho que nuestro hermano le haba encargado de buscar una persona docta y de buenas costumbres, que acompaase un hijo suyo, cuidase de l y le asistiese mientras haca sus estudios en la Universidad de Alcal, para cuyo efecto le mandaba con una carta de recomendacin. Guard silencio nuestro hermano mientras dur el mensaje, y tomando la carta vi que el verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le suplicaba enviase Alcal hacer los estudios que ms le agradasen Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y conciencia, en quien poda confiarse enteramente. Aada la carta que no haba que pensar en los gastos, y conclua suplicando encarecidamente Jernimo no se negase aquella demanda. A aquella carta acompaaba una maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y doscientos ducados en oro. Nuestro hermano no tena derecho alguno oponerse, pero sinti grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los estudios de Juan; los tres das abraz llorando nuestro rapazuelo, que parti acompaado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos ducados de que nos desprendimos sin dolor Jernimo y yo, aunque no nos quedaban otros tantos. En cuanto los doscientos que contena la maleta, se entregaron ntegros al seor Gil Ponce. Juan volvi por vacaciones. Por lo que haba aprendido, comprenda que los maestros de Alcal eran dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al estado de educacin y de buenas costumbres en que Juan volva, comprend tambin que se haba tenido un gran acierto en elegir para ayo de un joven al seor Gil Ponce. Este permaneci con nosotros durante las vacaciones, y se volvi con Juan cuando lleg el tiempo de abrirse de nuevo las aulas. Todos los aos Jernimo reciba una maleta llena de ropa y doscientos ducados. Cuando Juan cumpli los diez y ocho aos, acompaaron la maleta y al dinero una espada y una daga magnficas, aunque muy sencillas, como convena al hijo de un hidalgo pobre. Juan curs en Alcal letras humanas, teologa, derecho civil y cannico; los diez y ocho aos era bachiller, los veintiuno licenciado; montaba caballo como si caballo hubiera nacido, y en cuanto esgrimir los hierros, venca su padre; y aun m mismo, que ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me haca sudar y andar listo. Yo le ense todo lo que saba en esgrima, que no es poco, y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo que le alcancen con una estocada. --Ah! ah!--murmur Montio--; tambin le gustan su excelencia los mozos diestros y valientes. Y sigui leyendo: Hace tres aos que Juan volvi definitivamente, terminados sus estudios. Ya haca dos que, por muerte del seor Gil Ponce, iba solo Alcal. Sin embargo, en esos dos aos no se pervirti, pesar de andar entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni rie; slo tiene una aficin, y sta es muy natural sus aos: es enamorado y audaz con las mujeres. Di un salto sobre su silln al leer esto Montio. --Ah! ah! bueno es saberlo--exclam. Y sigui la carta adelante: Pero ni las mujeres le engaan, ni l procura engaar la que por inocente pudiera ser engaada. --Hum!--interrumpi el cocinero, sin dejar de leer. Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera su padre, porque nosotros, por nuestra pobreza, no hubiramos podido darle los estudios que se le han dado, el ttulo que posee y que podr servirle de mucho. Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraa: slo ha atendido la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero despus le ha abandonado si mismo y nuestra pobreza. La circunstancia que hay tambin extraa es que, siendo lo natural que para ir Alcal desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por expresa prohibicin de su padre, ha pasado junto Madrid, dejndole alguna distancia la izquierda, cuando ha ido Alcal. El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y lo poco que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latn, algunas fuera del pueblo, costndole todos los das un viaje. Hace dos aos, antes de morir, me dijo nuestro hermano--: No te he dicho todo lo que s respecto Juan; Dios no quiere que yo viva hasta que cumpla los veinticinco aos: para entonces le espera una gran fortuna. --Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco aos, y naci el da de San Marcos del ao de...! veamos: le quedan pocos meses para cumplirlos; ah! ah! diablo! una gran fortuna! no hay como ser hijo secreto de gran seor. Y qu fortuna ser sta? oidor en Indias! quin sabe? secretario del rey! lo que es mejor, secretario del secretario de Estado. Ah! diablo! ser necesario estar bien con el muchacho; eh! eh! veamos, veamos. Esta gran fortuna, continu nuestro hermano Jernimo, est encerrada en un cofre que est guardado en aquel armario que no se ha abierto hace veinticuatro aos--. Pero qu contiene ese cofre?--pregunt Jernimo--. No lo s, contest; slo s que pesa mucho, y que cuando me le entregaron vi meter en l, como si se hubiesen olvidado, algunos papeles: aquellos papeles parecan como escrituras. Abri enormemente los ojos Montio y le pareci que las letras que de all en adelante contena la carta eran de oro. Delante de m el escribano Gabriel Prez sell el cofre, y peg sobre l, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en que constaba que yo haba recibido aquel cofre cerrado el da de San Marcos de 1586. Yo firm un recibo en que me obligaba entregar aquel cofre cerrado, tal cual le haba recibido, la persona cuyo nombre constase en el recibo, Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo se expresaba en l esta circunstancia; yo transmito ti ese cofre, por una clusula de mi testamento que te obliga cumplir lo que yo no puedo por m muerte. Despus me revel el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre de uno de los espaoles ms grandes y ms nobles que han honrado nuestra patria, nombre que no me atrevo escribir, porque aunque Juan me inspira mucha confianza, una carta puede perderse. Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la corte Juan, porque al pobre muchacho le sera muy doloroso verme morir. No te digas que t vienes, para que no se empee en acompaarte. Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado Jernimo durante veintids aos como un depsito sagrado, que he guardado yo despus de la muerte de nuestro hermano, pase ti despus de mi muerte. Ven, porque slo ti dir yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre bajar conmigo la tumba. Como podr suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava extraordinariamente de momento en momento, permteme que respecto Juan te d algunos consejos que podrn aprovecharte. No seas miserable ni spero con Juan: te digo esto, porque te conozco; has amado tus hermanos, pero has amado ms al dinero; tus hermanos han sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos saban bien que si te pedan socorros se los hubieras enviado, pero causndote una dolorosa herida cada dobln de que te hubieras desprendido; tus hermanos no han querido hacerte sufrir; perdona uno de ellos, moribundo, el que te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; s nicamente justificar el consejo que voy darte: s generoso con Juan; s franco: l es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar ser, que si t te haces amar de l, sea para ti su amor un tesoro; tienes adems, hermano, un excelente corazn, pero eres receloso, desconfas de todo... y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No desconfes de l, porque esto le resentira, y te lo repito, el cario de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho. All te le envo pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy valiente, muy noble, casi sabio. Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres aos vino aqu huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don Francisco de Quevedo. Conoci Juan, y se hicieron los ms grandes amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podr servir de mucho Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su sangrienta burla nuestro hijo, mucho debe ste de valer. All te lo envo: sale de aqu sin un maraved y sin una camisa. Cuando llegue esa, llegar hambriento, cansado, mojado: prstale mesa que sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura. Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.--Tu hermano que desea verte un solo momento y expirar en tus brazos, PEDRO MARTNEZ MONTIO. Enjugse el cocinero del rey dos lgrimas enormes que le haba arrancado el final de la carta de su hermano, la guard cuidadosamente en un bolsillo y se puso pasear por la pequea estancia, profundamente pensativo. --S, s, es preciso--dijo al fin--; me le ha endosado; prescindiendo de que llegue ser no ser, yo no puedo... vamos, de ningn modo; un mozo hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del alba... no, no... es imposible que yo tenga este mancebo en mi casa... mi mujer, mi hija... gracias que las tengo seguras guardndolas y cerrando mi puerta piedra y lodo; y luego no tenindole en mi casa, chese vuesa merced el cargo de pagarle un da y otro la posada durante quince meses; no, seor; ser preciso que el duque de Lerma le d un oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeo que sea el que me d el duque, podra valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el menos. Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero. Hola! eh!--dijo abriendo la puerta y entrando en la repostera--Gonzalvillo, hijo, ven ac. Acercse un paje. --Ve aquel aposento--le dijo--y lleva un servicio de mesa, un pastel de olla podrida, un capn de leche asado, un besugo cocido, un pastel hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, un hidalgo que se llama Juan Montio, que es mi sobrino, hijo de mi hermano: srvele bien, hijo, srvele, y gurdate por el servicio las sobras, que bien podrs sacar de ellas dos reales. Gonzalvillo se separ de la puerta, y cuando Montio iba cerrarla, se le present de repente un hombre. --Eh! esperad, seor Francisco, esperad! pues fe que me ha costado poco trabajo llegar aqu para que yo os suelte! --Ah! seor Gabriel! y qu me queris?--dijo el cocinero del rey, con mal talante--Entrad, entrad, y decidme lo que me hayis de decir. Entr aquel hombre, y Montio se encerr con l. CAPTULO VII LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.--DE CMO LA CONDESA DE LEMOS HABA ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR LA REINA. El hombre que acababa de entrar era un hombre caracterstico. Si la persona que tiene alguna semejanza tpica con la fisonoma de algn animal, tiene las propensiones del animal quien se parece, aquel hombre deba tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en sus ltimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho por la fuerza. Habiendo dicho que la fisonoma de aquel hombre se pareca la de un lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripcin ms minuciosa. Bstanos aadir que aquel hombre en su juventud, debi ser alto y robusto, que causa de sus aos, que casi rayaban en los sesenta, estaba encorvado, y que la expresin feroz que debi brillar en sus ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando obscuras y sin dar la cara, haba sustituido una mirada hipcrita y una sonrisa fra y asquerosa que pareca haberse estereotipado en su boca rasgada. Aquel hombre, que en otros tiempos haba sido rufin y asesino (nosotros sabemos que lo fu, y basta que lo digamos nuestros lectores sin que nos entremetamos contarles una historia que nada nos interesa), era haca ya algunos aos ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no sabemos cuntas honradas industrias. Conocale Montio, y aun le trataba ntimamente, porque el cocinero del rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de toda clase de gentes. Pero como el buen Montio saba demasiado que el seor Gabriel Cornejo haba sido perseguido por la justicia, salpimentado ms de tres veces por ella, puesto por sus mritos en exposicin pblica ms de ciento, para ejemplo de la buena gente, y compaero ntimo de un banco y de un remo durante diez aos, guardbase muy bien, sin duda por modestia, de decir nadie que conoca tan recomendable persona, y mucho ms de que le viesen en conversacin con ella. Por esta razn, Montio, que tena suficiente causa para estar entristecido con la muerte prxima acaso consumada de su hermano, y con la venida de un sobrino puttico que se le entraba por las puertas, sin dinero y sin camisas, acab de ennegrecerse al ver que el seor Gabriel Cornejo se arrojaba buscarle nada menos que en casa del duque de Lerma, y en medio de una legin de pajes y lacayos, gentes que todo el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo. --Qu cosa puede haber que os disculpe de haberme venido buscar de una manera tan pblica?--dijo severamente Montio. --Bah! seor Francisco: nadie tiene nada que decir de m--contest sonriendo de una manera sesgada Cornejo--; si en mis tiempos fu un tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los momentos... --Pero qu sucede? --Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el to Manolillo. --Y qu me importa el bufn del rey? --Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden orse que valgan mucho dinero. --Sepamos al fin de qu se trata. --Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio; de una ganancia de ciento por ciento. --Ah! Y qu tiene que ver con eso el bufn del rey? --El to Manolillo ha ido esta tarde mi casa, se ha encerrado conmigo yo me he encerrado con l, y de buenas primeras, como hombre de ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en una conversacin deben callarse, me ha dicho--: Conocis un hombre que quiera matar otro? --Oh, oh!--exclam Montio, abriendo desmesuradamente los ojos. --Yo, que tambin s ahorrar de palabras cuando conozco la persona con quien hablo, le contest--: Quin es el hombre que queris despachar al otro mundo?--Un caballero muy rico y muy principal--. Como quin? por ejemplo, le pregunt--. As como el duque de Lerma el de Uceda, el conde de Olivares--. Pero no es ninguno de los tres?--No: pero aunque no lo parece, vale ms que todos ellos--. Pues entonces, si vale ms... por el duque de Lerma, pedira mil doblones; por el otro mil quinientos--. Trato hecho--dijo el bufn--. Cundo ha de ser?--Cuando est depositado en buenas manos el dinero--. Qu! No le tenis?--Nada os importa eso--. Es verdad--. Adis--. Dios os guarde. --Conque el to Manolillo!...--exclam seriamente admirado Montio--; esto es grave, gravsimo. Y no os dijo, seor Gabriel, quin era su enemigo? --No me lo ha dicho, pero yo lo s. --Ah! Y cmo lo sabis vos? --Quin es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma el de Uceda, el conde de Olivares? --Bah! hay muchos: el duque de Osuna. --Est de virrey en Npoles. --El conde de Lemos. --Est desterrado. --Don Baltasar de Ziga. --Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo. --Pues no acierto. --Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos negocios, es lo que ms tenemos delante de los ojos. Os habis olvidado del secretario del duque de Lerma? --Don Rodrigo Caldern! --Ese, ese es el enemigo del to Manolillo. --Pero no entiendo por qu pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufn de su majestad. --Bah! ya veo, seor Francisco, que vos sabis muy poco. --No me es fcil dar con el motivo de la ojeriza que decs tiene el to Manolillo don Rodrigo. --Conocis una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una ninfa en el corral de la Pacheca? --Ah! una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces presa por no bailar como era conveniente? --La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, querida, hija, no se sabe cul de las tres cosas, del to Manolillo. --Me estis maravillando, seor Gabriel. Conque la Dorotea?... --S, seor, la Dorotea es mucha cosa del bufn del rey. Pero no es esto todo. El duque de Lerma... --S, s, ya s que el duque visita la Dorotea. --Pero no sabis quin ha andado de por medio para concertar esas visitas. --S, s, ya s que el medianero, el que ha llevado los primeros regalos, el que acompaa de noche al duque y le guarda las espaldas, es don Rodrigo Caldern. --Vamos, pues de seguro no sabis que el duque de Lerma es quien paga, y don Rodrigo Caldern quien goza. --Pero quin os dice tanto?--exclam admirado Montio. --Ya sabis que yo tengo muchos oficios. --Demasiados quiz. --Estn los tiempos tan malos, seor Francisco, que para ganar algo es necesario saber mucho. Saben que s muchas princesas, y una de ellas, conocida de la Dorotea, la encamin m para que la sirviese. Dorotea quera un bebedizo. --Ah! ah! las mujeres! las mujeres! --Son serpientes, vos no lo sabis bien, seor Montio: como se les ponga en la cabeza doctorar un hombre en la universidad de Cabra, aunque el amante el marido las encierren en un arca y se lleven la llave en el bolsillo, le gradan. Movise impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso delante su mujer, que era joven y bonita. --Pero serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidi el bebedizo, me dije: podr convenirme saber quin es el hombre quien quiere esta muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y s que el saber, por mucho que sea, no pesa. Djela que el bebedizo no poda producir buenos efectos si no se conoca la persona quien haba de darse. Entonces la Dorotea, ponindose muy colorada, me dijo--: El hombre que yo quiero que no quiera ninguna mujer ms que m es don Rodrigo Caldern--. Necesito saber cmo habis conocido don Rodrigo Caldern, la dije.--Necesario de todo punto?--Ya lo creo; y si fuera posible hasta el da y la hora en que le vsteis por primera vez.--Y si no lo digo no me daris el bebedizo?--Os lo dar, pero si no s de cabo rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo Caldern, no os quejis si el bebedizo no es eficaz.--Entonces la moza se sent, y me confes que haba conocido don Rodrigo cuando don Rodrigo fu hablarla de parte del duque de Lerma; que se haba enamorado de l, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Caldern, que no la paga y quien ella ama, la engaa amando otra. --Ah! --Y si supirais quin es esa otra, seor Francisco! --Alguna cortesana que tiene tan poca vergenza como don Rodrigo Caldern. --Pues os engais, es la primera dama de Espaa. --Por hermosa? --No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble. --La dama ms noble de Espaa! ved lo que decs: cualquiera pudiera creer... --Que esa tan noble dama es la reina? No es verdad?--dijo con una malicia horrible Cornejo. --La reina! Su majestad!--exclam dando un salto de sobre su silla Montio. --La misma, Su majestad la reina de Espaa es la querida de don Rodrigo Caldern. --Imposible! imposible de todo punto! yo conozco su majestad! no puede ser! creera primero que mi hija!... --Vuestra hija podr ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo que quiera tambin la reina. --Pero la prueba! la prueba de esa acusacin, seor Gabriel!--dijo el cocinero del rey, quien se haba puesto la boca ms amarga que si hubiera mascado acbar--. La prueba! --He ah, he ah cabalmente lo que yo dije la Dorotea: la prueba! --Y esa mujerzuela tena la prueba de la deshonra de su majestad? --La tena. --Pero qu tiene que ver esa perdida con la reina? quin ha podido darla esa prueba? --El duque de Lerma. --Me vais volver loco, seor Gabriel; no atino... --No es muy fcil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme, sin asombraros, oigis lo que oigis, y concluiremos ms pronto. --Y me alegrar, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias tan apremiantes en toda mi vida. --Pues al asunto. Yo, que haba hecho confesar la Dorotea quin era la dama que la causaba celos, asegurndola que si no me contaba todas las circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podra suceder que no fuese eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente--: Una noche don Rodrigo fu muy tarde verme: al quitarse la ropilla, se le cay de un bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogi precipitadamente. Yo me call, pero cenando le hice beber ms de lo justo, acaricindole, mostrndome con l ms enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho y se durmi como un tronco. Entonces me levant quedito, fu la ropilla, tom la cartera, la abr, y encontr en ella cartas de una mujer; de una mujer que firmaba _Margarita_. --Pero eso es muy vago... muy dudoso--dijo con anhelo Montio--; si la reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma Margarita... --Od, seor Montio, od, y observad que la Dorotea no es lerda. --Cuando le el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospech, porque tratndose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las mujeres... sospech que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su apellido era... Margarita de Austria. --Pero, seor, seor--exclam todo escandalizado y mohno el cocinero de su majestad--; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, sabe leer? --Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles. --Ah!--dijo dolorosamente Montio, cayendo desplomado de lo alto del que crea un poderoso argumento. --Oigamos la Dorotea, que an no ha concludo--: Sospech que aquella Margarita, que citaba misteriosamente don Rodrigo, era la reina, y como no me atreva quedarme con una sola de las cartas, las mir, las remir, hasta que fij en mi memoria la forma de las letras de aquellas cartas, de modo que estaba segura de no engaarme si vea otro escrito indudable de la reina. El duque de Lerma me dar ese escrito--dije--, he de poder poco. Y volv meter las cartas en la cartera, y la cartera en el bolsillo de donde la haba tomado. Cuando se fu don Rodrigo, observ que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de Lerma, le recib con despego, le atorment, me ofreci como siempre alhajas, y yo... yo le ped que me trajese un escrito indudable de la reina. Asombrse el duque, me pregunt el objeto de mi deseo, insist yo, diciendo que era un capricho, y la noche siguiente el duque me trajo un memorial en que se peda una limosna la reina, y cuyo margen se lea: Dense esta viuda veinte ducados por una vez, y debajo de estas palabras una rbrica. Era la misma letra, la misma rbrica de las cartas! no poda tener duda: la reina era amante de don Rodrigo Caldern. --Pues seor--dijo Montio--, pesar de todo, os digo, seor Cornejo, que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios. --Sea lo que quiera; pero od y atad cabos: ya os he dicho que el to Manolillo me pregunt cunto dinero se necesitaba para despachar una persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el to Manolillo no los tena; que la Dorotea cree que don Rodrigo Caldern tiene cartas de amores de la reina... que est celosa... recordad bien esto. --S, s, lo recuerdo. --Pues bien; esta noche una dama muy principal, lo que parece, ha estado casa de mi comadre la seora Mara; la que tan honradamente vive con el escudero su marido el seor Melchor, que tan hermosa era hace veinte aos, que sigue aumentando sus doblones, empeando y prestando con una usura que da gozo: ya sabis que cuando la seora Mara necesita para sus negocios un dinero, viene m, como yo vengo vos. --Bien, bien, pero qu? --Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche casa de la seora Mara, ha ido encubierta tambin algunas otras veces pedir dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeado ninguna. Esta noche ha ido, toda azorada, asustada, trmula, ha pedido la seora Mara mil y quinientos doblones (nunca haba pedido tanto), ofreciendo dar por ellos tres mil en el trmino de un mes. Ya veis si es negocio. --Pues hacerlo! hacerlo!--dijo Montio. --Lo haremos medias, mejor dicho tercias, entre vos, la seora Mara y yo: quinientos doblones cada uno. --Y para eso me habis buscado, me habis entretenido y me habis mentido tanto?--dijo levantndose Montio con visibles muestras de despedir Cornejo. --Esperad... esperad, que el negocio lo merece--repuso el seor Gabriel con gran calma--. Recordad; yo pido al to Manolillo esta tarde mil y quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que s de seguro que es don Rodrigo Caldern; don Rodrigo Caldern tiene unas cartas de la reina que la comprometen, y esta noche va casa de la seora Mara pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos, debe ser principalsima. No creis que debe meditarse esto, seor Francisco? No creis que en esto danzan las cartas, la reina y el to Manolillo, y tal vez la reina en persona...? --La reina en persona...? Creis que la reina haya podido ir casa de la seora Mara de noche y sola? --Yo ya no me admiro de nada, seor Francisco, de nada; adems que la dama tapada ofreci como seguridad de los mil y quinientos doblones, mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puo y mano de la reina, firmado por ella misma. --Pues qu mejor seguridad queris? haced el negocio, y dejadme en paz m; no quiero mezclarme en l, y siento mucho que me hayis dicho tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos. --Pero venid ac; no veis que nosotros solos no podemos hacer ese negocio? --Y por qu? Acaso me vendris decir, quererme hacer creer que la seora Mara y vos no tenis mil y quinientos doblones? --La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de l; nosotros no conocemos la letra de la reina, y vos... --Yo no la conozco tampoco. --Seor Francisco, vos sois ms en palacio que cocinero del rey. --Y bien! Qu? no quiero meterme en este negocio. --O queris hacerlo vos solo--dijo irritado por la codicia el to Cornejo. --Hablemos en paz, seor Gabriel--dijo el cocinero mayor--, y concluyamos, concluyamos de todo punto. No digis nadie lo que m me habis dicho, porque podrais ir la horca. Echse temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han existido, existen y existirn en todas las cortes. --En cuanto al negocio--aadi Montio--, no me meto en l; haced lo que queris, y lo mejor que podis hacer ahora es... iros. Vacil todava el seor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un ademn enrgico de Montio, le decidieron; se despidi hipcritamente deshacindose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el cocinero del rey, como obedeciendo una idea sbita, le dijo: --Esperad. Cornejo se volvi lleno de esperanza. --Vais ver la seora Mara? --Ciertamente necesito decirla vuestra resolucin. --Pues decidla, adems, que prepare esta misma noche un aposento con lecho en su casa, y que cuando llame su puerta uno que se nombrar sobrino mo, que le reciba, que yo respondo de los gastos. Vol la esperanza causando una dolorosa impresin en el seor Gabriel Cornejo, que se despidi de nuevo murmurando: --He sido un imprudente, no deba haber hablado tanto; yo confiaba en su codicia, pero est visto: su avaricia es mayor de lo que yo crea. Quiere hacer el negocio por s solo. Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstrado y pensativo: --Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribn me ha dicho; yo no me fo de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos doblones de ganancia, como quien dice, de una mano otra; pero el asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente en l... mi sobrino postizo es hombre, segn dice mi hermano, capaz de meter un palmo de acero al ms pintado, y don Rodrigo Caldern, est en el banquete del duque... despus se encerrar en su despacho, y saldr all muy tarde por el postigo... Ah, seor sobrino! os voy procurar una buena ocasin... una ocasin que os har hombre. En aquel momento se abri la puerta y apareci una duea. --Ah, seor Francisco! Y cunto trabajo me ha costado encontraros!--dijo la duea--. He tenido que decir que vena de palacio, con orden de su majestad para vos. --Y es cierto...? Trais orden? --Casi, casi. Os traigo una carta. --Dadme ac, doa Vernica, dadme ac. La duea entreg una carta al cocinero mayor, que ste abri con impaciencia. Tenis un sobrino--deca--que acaba de llegar Madrid; enviadle al momento palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de Estado; que espere junto la puerta de las Meninas, por la parte de adentro. Pero luego, luego. Esta carta no tena firma. --Quin os ha dado esta carta, doa Vernica? No conozco la letra, no tiene firma. Estis de servicio? --Ay! s, seor! Y yo no s qu hay esta noche en palacio: las damas andan de ac para all. La camarera mayor est insufrible, y la seora condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido grave la seora condesa. --Pero quin os ha dado esta carta? --La seora condesa de Lemos. --La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, seor--murmur Montio. --Ea, pues, quedad con Dios, seor Francisco--dijo la duea--. No me hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y est la noche tan obscura... --Os han dicho que llevis contestacin? --No, seor. --Pues id con Dios, doa Vernica, id con Dios. Voy mandar que os acompaen. --No, no por cierto: vengo de tapadillo; adis. --Dios os guarde. La duea se envolvi completamente en su manto, y sali. --Que me confundan si entiendo una palabra de esto--dijo Montio--. Si ser verdad?... si ser la reina la que necesite en palacio mi sobrino?... pero seor!... cmo conocen ya mi sobrino en palacio? Montio tom el partido de no devanarse ms los sesos; para tomar este partido tom tambin una resolucin. --Es preciso--dijo--que mi sobrino vaya palacio con las cartas de la reina. Y saliendo del aposento en que se encontraba, atraves la repostera y se entr en el otro aposento donde estaba su sobrino. CAPTULO VIII DE CMO AL SEOR FRANCISCO LE PARECI SU SOBRINO UN GIGANTE Haca ya tiempo que el joven haba acabado de comer y haca su digestin recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el ltimo travesao del mueble, y entregado un pensamiento profundo. Al sentir los pasos del cocinero mayor, dej la actitud en que se encontraba para tomar otra ms decente. --Habis comido bien, sobrino?--dijo el cocinero. --Es la primera vez que he comido, to--contest el joven. --Os encontris fuerte? --S por cierto. --De modo que embestirais con cualquiera aventura? Al or la palabra aventura, Juan Montio, que se haba distrado por un momento de su idea fija, volvi ella. --Conocis la reina, to?--le pregunt. --Pues poda no conocerla!--dijo con sorpresa el seor Francisco. --Es la reina alta? --S. --Es la reina gruesa?... es decir... buena moza? --S. --Pues to, yo quiero conocer la reina. --Yo creo que ests loco, sobrino... qu preguntas son esas y qu empeo? --Empeo... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo... El cocinero mayor estaba alarmado. --Conoces t la reina por ventura?--dijo. --Yo! no, seor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que viene por primera vez Madrid, despus de comer y beber, pregunte si el rey es alto bajo, hermoso feo; lo mismo me ha acontecido m; slo que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina. Nada ms natural. --Pues es muy extrao; t me preguntas por su majestad, y yo acabo de recibir esta carta de manos de una duea de palacio. Tom la carta Juan Montio, la ley, se puso plido y se ech temblar. --Y de quin creis que pueda ser esta carta? --Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina. --Aqu dice secreto de Estado!--dijo sin intencin el joven. Pero en aquellas palabras el suspicaz Montio vi una intencin marcada, ms que una intencin: una explicacin completa; su sobrino creci para l de una manera enorme, creyse relegado al silencio, dominado, convertido en un ser inferior su sobrino. --Y no, no creas--dijo--que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo bien lo que sucede... pero... te llaman palacio; la reina es demasiado imprudente... --To! --Despus de lo de las cartas! --Pero, to, no os comprendo. --Escucha, Juan, escucha--dijo Montio, que estaba atortolado y que haba perdido el tino--: don Rodrigo Caldern est aqu; luego saldr por el postigo de la casa del duque; yo te llevar ese postigo; debes esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que comprometen la reina. --Las cartas que comprometen la reina! --S--dijo sudando el cocinero mayor--, las cartas de la reina. Es necesario que antes de ir palacio esperes don Rodrigo, que le acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan... y mira, hijo mo--aadi el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y mirndole desencajado y plido, porque cada vez se hacia para l un personaje ms respetable su sobrino--: aprovecha tu buena, tu inesperada fortuna; no te pregunto cmo has podido llegar hasta donde has llegado en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres... pero s prudente, muy prudente... no te ensorberbezcas, aprovecha las horas de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy peligrosas... --Pero, to...--replic el joven, que no comprenda una sola palabra. --Nada, nada; no hablemos ms de esto; lo quiere ella... en buen hora. Juan Montio no se atrevi aventurar ni una sola palabra ms, por temor de cometer ciegas una torpeza, y se encerr en una reserva absoluta, en una reserva de expectativa. --No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves ms armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo--y sac una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven--. No es grande la cantidad, pero bien habr diez doblones de ocho. T me devolvers esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos ms, ni por la casa, ni por la calle. Voy llevarte esconderte frente al postigo del palacio del duque. Y se volvi hacia la puerta. Pero de repente se detuvo. --Ah! se me olvidaba--dijo limpindose con el pauelo el sudor que corra hilo hilo por su frente--: por muy afortunado que seas, no puedes pasar toda la noche en palacio; all slo estars un breve espacio... luego... en mi casa no quiero que ests... no sera prudente... Cuando un hombre ocupa con una alta seora el lugar que t maravillosamente ocupas, debe evitar que esta seora sepa que vive en una casa donde hay mujeres jvenes y bonitas. Cuando ests libre, sube las cocinas; pregunta por el galopn Aldaba, y dile de mi parte que te lleve casa de la seora Mara, la mujer del escudero Melchor... no te olvides. --No me olvidar. --All tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo ltimo que tengo que decirte. Conque vamos, hijo, vamos. Juan sigui su to; al pasar por la repostera, ste dijo arrojando una mirada las mesas y los aparadores: --Me voy tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas noches, seores. Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que ocupaba las habitaciones por donde pasaron, sali la calle, sigui, torci una esquina, recorri una tortuosa calleja, dobl otra esquina, y al comedio de otra calleja obscura se detuvo. --Ese es el postigo de la casa del duque--dijo el cocinero mayor. --Y por ah ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que comprometen su majestad? --S, don Rodrigo Caldern; pero saldr tarde; aunque te llaman luego palacio, esto importa ms, creme; espera aqu, porque podr suceder que don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podr suceder tambin que salga acompaado; en ese caso... djale, y vuelve maana este mismo sitio hasta que le veas solo. Pero ests seguro de tu valor y de tu destreza? --Cuando se trata de la reina, to, no hay que pensar ms que en servirla. --Pues bien; ocltate, que no puedan verte; aqu en este soportal. Y adis; voy ver ahora mismo mi hermano Pedro. --Quiera Dios, to--dijo tristemente el joven--, que le encontris vivo. --Adis, sobrino, adis; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y quedarme. --Id tranquilo, to, que como Dios me ha sacado de otros lances, me sacar de ste. --Dios lo quiera. --Id, id con Dios. El seor Francisco Montio tir la calleja adelante y tom buen paso el camino del alczar. Para l, quien haban fascinado las coincidencias casuales del relato de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que Juan haba tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba le deseaba... pero todo esto se haca duramente inverosmil al cocinero mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, crea tener pruebas indudables: aquella carta que haba venido sus manos por conducto de una duea de palacio y con todas las seales de provenir de la reina; las medias palabras de su sobrino; el aspecto extrao, la sobreexcitacin que en l haba notado, todo contribua hacerle creer lo que no quera creer, porque lo que repugna fuertemente la razn, lo rechaza enrgicamente la voluntad. Francisco Montio no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo aquello, mas que encogerse de hombros y decir: --Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa! Y luego aada, en una reaccin de la razn y de la voluntad: --No, no, seor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soando me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Caldern. Bah!blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto ... olvidarse de quien es... Vamos, no puede ser! Y recordando luego cuanto haba visto y odo, exclamaba: --Pero las mujeres, con corona sin ella, son siempre mujeres, capaces de hacer lo que ni aun se podra pensar. Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusin: --Ello, al fin, no me importa tanto que me exponga volverme loco devanndome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree su to hace suerte... mejor, algo me alcanzar; si todo eso de la reina no es ms que una equivocacin, un enredo... mejor, mucho mejor, porque la reina ser lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos, no pasar mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos pasar una mala noche por ver mi hermano, y no nos detengamos, ya que hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera que uno despache sus negocios. Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales. --Hola, eh!--dijo desde la puerta de una cuadra--los palafraneros de guardia! Acudieron dos tres mocetones. --Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela, que no se duerma y que no me extrave. --Muy bien, seor Francisco Montio--dijo uno de los palafreneros--; cuando vuesa merced vuelva ya estarn las bestias y el mozo dispuestos para echar andar. El cocinero mayor atraves el arco de las caballerizas, la plaza de Armas, el vestbulo y el patio del alczar, se meti por un ngulo, por una pequea puerta, empez trepar por unas escaleras de caracol, y los cien peldaos desemboc en una galera, apenas alumbrada por algunos faroles; apenas entr, lleg sus odos la voz de dos mujeres que cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un villancico. --Qu feliz sera yo--dijo--si no me cercasen y me rodeasen y me amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! y si no, cun felices y cun contentas estn mi mujer y mi hija!... es necesario dar un corte esto; soy rico, Dios gracias, y debo retirarme y descansar. Abre, Inesita, hija ma--dijo llegando una puerta. Ces el canto, oyronse unas leves pisadas, se abri la puerta, y con una palmatoria en la mano apareci una preciosa nia de diez y seis diez y siete aos. --Cunto ha tardado vuesa merced, seor padre!--dijo sonriendo al cocinero mayor--mi seora madre y yo estbamos con mucho cuidado. --Y cantbais! --Por entretener la espera. --Pues ms voy tardar--dijo Montio entrando en una pequea habitacin y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia. --Cmo que vas tardar, Francisco?--dijo una joven hermosa tambin, y como de veinte aos, que al levantarse para tomar la capa del cocinero mayor, dej ver que estaba abultadamente encinta. --S, Luisa, s; me obliga el hacer un pequeo viaje ahora mismo, un asunto bien desagradable. --Y con esta noche!...--dijo Luisa. --Mi hermano el arcipreste--dijo tristemente el cocinero mayor--se muere, y acaso no llegue tiempo ni aun de cerrarle los ojos. --Oh! qu desgracia!--dijo Luisa. --Est de Dios que yo no conozca ningn pariente mo!--aadi Ins. --No hay que afligirse demasiado--dijo Montio--, nacemos para morir y mi hermano era viejo. --Y durar mucho tu ausencia, Francisco?--dijo Luisa. --Maana, ms tardar, estar de vuelta. Saca mi loba de camino, Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreales, siempre es bueno ir bien preparado. Y Montio abri una puerta con una llave que sac de su bolsillo, y entr y cerr. La mujer lanz una mirada ansiosa aquella puerta. Montio atraves otra habitacin, abri otra puerta y se encerr en un pequesimo aposento, en el cual haba un fuerte arcn, una mesa y algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que primera vista se notaba que no se haba limpiado all en mucho tiempo. El cocinero mayor abri el arcn, que apareci lleno de talegos; busc uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de adoracin; desat lentamente su boca, y procurando que las monedas no chocasen, sac como hasta una veintena de doblones de oro. --Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio--exclam suspirando--, el mayor de todos: dejar mi casa sola. No s por qu el to Manolillo tiene conmigo de algunos meses esta parte chanzas que me inquietan. Bah! bah! yo recelo de todo... no hay motivo... estn contentas... ella cada da ms cariosa... mi hija cada vez ms empeada en ser monja... Afuera, afuera sospechas infundadas... una sola noche... qu ha de suceder en pocas horas? Y tomando un par de pedreales pistoletes que estaban colgados de la pared, los carg, les renov los pedernales, y cerrando cuidadosamente el arca y las dos puertas que antes haba abierto, sali la habitacin donde estaban su mujer y su hija, se visti un traje de camino, se ci una espada, se colg de la cintura los pedreales, y despus de despedirse de su mujer y de su hija, sali de la habitacin, luego del alczar, y lleg las caballerizas, donde mont en un mulo, y sali de Madrid acompaado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado en otro mulo. No habra llegado an Francisco Montio al puente de Segovia, cuando su mujer, que haba despedido su hijastra para irse dormir, se encerr en su dormitorio, se dirigi una ventana, que pareca clavada, sac con suma facilidad dos de los clavos, que slo servan de una manera aparente, abri, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvi en l un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que por aquella parte del alczar estaba contigua las habitaciones del cocinero mayor. Poco despus se abri aquella ventana y dej ver nicamente su fondo obscuro. Luisa arroj aquel fondo el papel que envolva el pan y que entr por el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse. Inmediatamente cerr Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira una mujer impaciente y enamorada: --Si las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta maana; tienen tiempo de avisarle y vendr: oh! qu suerte tan infeliz la ma! --Por qu cantar as mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche fuera de la casa?--deca Ins rebujndose en sus sbanas--. Ay, si yo pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover de la portera de pajes. La nia se durmi sonriendo, como sonre una virgen su primer amor, su nico amor puro. No sabemos si Luisa durmi tambin; pero lo que s sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rpidamente al paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta Navalcarnero se acab antes de que se acabasen sus encontrados pensamientos. Cuando lleg al pueblo eran las doce de la noche. Apese en la puerta de la casa donde haba nacido, y no tuvo necesidad de llamar, porque encontr su puerta franca de par en par. Algunas mujeres pasaban de la cocina una sala baja muy atareadas, y entre ellas apareci una anciana. --Vive mi hermano?--dijo Montio, adelantando hacia aquella mujer. --Ah! seor! sois vos?-dijo llorando la pobre anciana--yo no os conozco, no os he visto nunca; pero debis ser el seor Francisco Montio. --El mismo soy; pero vive an mi hermano? --Est acabando; pero entrad, entrad: desde que esta maana fu Juan Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos habis de traerle la salvacin de su alma. Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, haba un anciano expirante. --Seor arcipreste!seor arcipreste!--dijo la anciana--; he aqu vuestro hermano que ha llegado. Abri penosamente los ojos el moribundo. --No veo--dijo con voz apenas perceptible. Y call, como si aquel no veo le hubiese costado un inmenso esfuerzo. --Padre--dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso--, el seor arcipreste me tena encargado que cuando viniese su hermano, le dejsemos solo con l. --Oh!pues cumplamos su voluntad!--dijo el fraile y sali. El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos. --Soy yo, hermano mo!soy yo!--dijo Montio, estrechando las manos al arcipreste. --All! all!--dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo de la alcoba de una manera vaga y penosa. --S, s; no te fatigues, hermano mo: all est el cofre que encierra la fortuna de Juan. --S--dijo el moribundo. --Pedro! un esfuerzo--dijo Montio acercando su semblante al de su hermano, que empezaba ya descomponer la muerte--: Pedro, el nombre de su padre! --Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna. --Ah!--exclam Montio--. No deliras, hermano? --El duque... de Osuna!--repiti el arcipreste, haciendo un violento esfuerzo, que acab de postrarle. --Y su madre...? su madre...? --La duquesa... de... --Pedro! Pedro! un solo esfuerzo. El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levant la cabeza, dej or un gemido gutural, y luego su cabeza cay inerte sobre la almohada. Haba muerto. CAPTULO IX LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO Desde que don Francisco de Quevedo se resign esperar, pensando, al duque de Lerma, hasta que apareci el duque, pasaron muy bien dos horas. Era el duque uno de esos personajes que se llaman _serios_; su edad rayara entre los cuarenta y los cincuenta aos; respiraba prosopopeya; vesta con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas, en su actitud, haba ms de ridculo que de sublime, ms hinchazn que majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con su privanza, que haba formado de s mismo un alto concepto, y que se crea, por lo tanto, un grande hombre. Quevedo permaneci algn tiempo sentado, despus que apareci el duque. Esto hizo fruncir un tanto el ceo su excelencia. --Me han avisado--dijo con secatura--de que me esperaba aqu una persona para darme en propia mano una carta de la seora duquesa de Ganda. Quevedo se levant lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sac de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de Ganda; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvi hacia una puerta que el duque haba dejado franca. --Parceme que hus, caballero--dijo el duque. Quevedo se detuvo, pero permaneci de espaldas. --Y no creo que haya motivo--aadi el duque, mirndole de alto abajo y sonriendo de una manera que nos atreveremos llamar triunfante--; no creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un encubrimiento y un silencio tan intil, vengis mi casa y pretendis salir de ella; como os habis tapado la cruz y el rostro con el ferreruelo, debirais haberos puesto en cada pie un talego, fin de tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no digo esto por mortificaros, sino porque comprendis que os he conocido, don Francisco. Volvise Quevedo, se desemboz, se descubri echando atrs con gentil donaire la mano que tena su sombrero, y levantando su ancha frente, dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque: --Romance! --Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me tenis impaciente. Guard un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dndoles cierta cantura: --Dime Dios, por darme mucho, con una suerte perversa, cabeza dos veces grande, y pies para sostenerla. Vine al mundo como soy, aunque venir no quisiera; la culpa fu de mi madre, que no se muri doncella. Por los pies me ha conocido el ingenio de vuecencia; es difcil que conozcan algunos por la cabeza. Hay quien puede en pies de cabra enderezar su soberbia, porque lo que todo es aire, cualquier cosa lo sustenta. Y acabado el romance, se dej caer el sombrero sobre la cabeza, se emboz de nuevo, y se volvi la puerta franca. El duque se adelant y cerr aquella puerta. --Sois mi prisionero--dijo. --Mandadme dar cena y lecho--repuso Quevedo, sentndose otra vez en el silln que habla dejado, como si se encontrara en su casa. --No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez--dijo Lerma--. Quiero que seamos amigos. --Ah, condesa de Lemos!--exclam Quevedo. --Por qu nombris mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?--dijo con el acento de quien se siente contrariado, el duque. --Dgolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa. --No os entiendo. --Basta con que Dios me entienda. --Si vos galantesteis mi hija hace dos aos... [imagen: El Duque de Lerma.] --Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven. --Veo que os equivocis; vos creis que la causa de vuestra prisin en San Marcos, fueron vuestras solicitudes doa Catalina. --Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres... --Estis por las que valen... y pretendis por ellas ser valido. --Valiera yo poco si tal valimiento buscara--y continu--; yo, cuando se trata de mujeres, no solicito, tomo... --De modo que...? --No he solicitado vuestra hija. --Y qu habis tomado de ella?--aadi con precipitacin el duque. --Un ejemplo de lo que sois. --Ah! vos para conocerme... --Os miro. --Pero me miris con antiparras. --Para veros no es necesario tener muy buena vista. --Quiero saber qu pensis de m. --Mucho malo. --Al menos no se os puede culpar de reservado. --Reservme poco, cuando habis podido encerrarme. --Os he guardado porque os estimo. --Tan acertado andis en mostrar vuestra estimacin, como en gobernar el reino. --Pues no decs que en vez de gobernar soy gobernado? no me habis fulminado uno y otro romance, una y otra stira, tan poco embozadas, que todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? no os habis declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasin ello, como no sea en estorbar vuestros galanteos con mi hija? --Ah! es verdad! nos habamos olvidado de doa Catalina; hablado habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del mundo hablramos. Vuestra hija! pobre mujer! y sabis que yo no escribira por nada del mundo contra vuestra hija? --Tan bien la queris? --Se me abren las entraas por todos los poros. --Ay! y mi hija?... --Es la mujer ms pobre de corazn que conozco. --Pues yo crea... --Pues! vos creis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegis. --Quisiera entenderos. --Pues entendedme: vos creis vuestra hija una mujer, y vuestra hija es una nia; vos la creis contenta, y vuestra hija llora; vos la creis feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino, cresteis hacer un buen negocio... bah! don Francisco; vos que lo primero que veis en m son las antiparras, no sents las antiparras que tenis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada; antiparras que vienen ser para vos las antiparras del diablo, que todo os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os disminuyen los camellos; para vos, causa de esas endiabladas antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es cuerpo aire. Yo os dara un consejo; --Cul? --Hacos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo vos, si vos me servs m. Y Quevedo se levant en ademn de irse. --Esperad, esperad, don Francisco; os necesito an. --Ah! con que an no me suelta? --Nunca habis estado ms libre que ahora. --Pues mirad, nunca me he sentido ms preso. --Veo que vuestra enemistad hacia m es cruel. --Bah! desengaos; yo no tengo un enemigo en quien no temo. --Preso os he tenido dos aos. --No, ms bien me he estado yo dos aos preso. --Mucho confiis en vuestro ingenio. --Yo ms en el vuestro. --Pero si yo no le tengo. --S por cierto, tenislo... para hacer lo que nos conviene. --Ponderan mi lisura y mi paciencia... --Pues se engaan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto lo de paciencia... --Tngola, puesto que me estis desesperando, y... --Os estoy leyendo. --Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os he tenido preso no ha sido porque no me servais m, sino porque no sirviseis otros. --Yo slo sirvo Dios. --Y al duque de Osuna. --Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande quede en Espaa. Sirviendo al duque sirvo Dios, porque sirvo la justicia y al honor. --O porque sirvindole, os servs vos mismo. Qu habis visto en Girn, que os haga creer que es ms grande que Lerma? --Que Girn es grande sin decirlo, y vos, llamndoos grande, sois pequeo. --Qu queris, don Francisco, qu deseis? con qu noble premio se os puede comprar? --Queris que sea vuestro amigo? --Oh don Francisco! me llamis ciego, y sin embargo, no reparis en que os veo levantaros delante de m como un gigante, y os respeto; no comprendis que os aprecio en cuanto valis, y que s que con vuestra ayuda nada temera: lo emprendera todo, continuara los tiempos de esplendor de Espaa... --Me estis ofreciendo moneda falsa. --Y vos me estis desesperando. --Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo. --Hablad. El duque de Lerma se sent y Quevedo volvi sentarse tambin. --Voy desembozar algunas palabras que os estn haciendo sombra, y empezar por m desembozndome. Nac contrahecho; vos me desembozsteis por los pies, ya os lo dije; ni ech memorial para venir al mundo, ni venido quejme de los malos pies con que en l entraba; pero si Dios me di piernas torcidas, dime alma recta; si pies torpes, ingenio gil; si cabeza grande, llenla de grandes pensamientos; os estoy hablando completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo, porque lleguis ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me s dnde vais parar; yo parar donde Dios sabe. --Continuar sacrificando mi vida la grandeza de mi patria. --Y como habis nacido para que todo os salga al revs de como pensis, acabaris hundindoos con Espaa en un abismo. --Creis, pues, que estoy engaado?... --Si volvemos las rplicas no acabaremos nunca. --Continuad. --Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcal me di su ciencia, pero ms la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fu para m un romance, cada hombre una stira, cada da un maestro, cada ao un libro. Djome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales; quise quitar la cartula la verdad y se la quit medias, porque lo que vi, me di miedo de ver lo que ver no quise. Encerrme conmigo, y all en mi encierro me sigui el mundo, y me siguieron mis pasiones. Am: nunca hubiera amado! porqu am vuestra hija. Hizo un movimiento de impaciencia Lerma. --Y vuestra hija me am. Movise con doble impaciencia el duque. --Y no fu ma porque no quise que lo fuese. --Oh! exclam con disgusto Lerma. --No poda serlo; para querida me daba lstima, para mujer ojeriza. --Cmo! --Hubiseis dicho qu me daba trueque; falta de riquezas y de ttulos, servidumbre judaizante, adoracin del oro; yo, que me precio de sangre limpia y de ser buen cristiano, djeme todo espeluzno y todo escndalo de m mismo cuando pas por m el vergonzante pensamiento de ser vuestro yerno: honra dejronte tus padres, don Francisco; brlaste de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscn no seas; que cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el corazn, sino el talego; no el amor, sino la codicia; trageme, pues, mi amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar vuestra hija hacindola ma, no me cas con ella por no deshonrarme. El duque de Lerma no contest una sola palabra; nicamente hiri una y otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacn de su zapato. --Cassteisla entonces con vuestro sobrino; vendsteis vuestra hija... --Era una alianza conveniente... --Pudo conveniros vos, no ella. Convinirala como mujer honrada y honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino porque naci buena, otro hombre, ms amor, ms alma, ms valor y dicha la verdad sea, ms vergenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas estas cosas y con ellas alguna discrecin y buen ingenio, bien casada estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal casada, tan enterrada en vida, aquello de: Oro es ingenio en el mundo, oro en el mundo es nobleza y el que en vanidades trata de vanidad se sustenta. Con un leproso del alma, su padre cas Teresa... Con lo dems que deca el romance, que si no hizo reir nadie por el chiste, os hizo vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por culpa de ella al romance, y por doa Catalina la doa Teresa que el romance cantaba. --Y creis que aunque anduvsteis extremadamente injusto, apasionado y mordaz en el tal romance, fu esta sola la causa de vuestra prisin? --S que anduvieron tambin en ella vuestras antiparras. --Ms claro. --Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven que son ellas don Rodrigo Caldern. --Ah! el bueno de mi secretario! --Vuestro amo. --Mi amo! --Y del rey. --Ah! --Y de Espaa, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de Espaa y es vuestro dueo don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene ser amo de Espaa. --Seguid, don Francisco, fin de que sepamos hasta qu punto estis engaado. --Era una simple cuestin de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y por consecuencia, vuestro secretario deba serlo tambin del secretario del duque de Osuna. Temise, no lo que haca, sino lo que pudiera hacer de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterr Npoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se crea que yo era mucha cosa con el duque y que hara ms conmigo que sin m, se me envi San Marcos hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha cesado de reclamar en estos dos aos su pobre secretario, y como, por otra parte, vos os encontris con que pesar de los buenos oficios de don Rodrigo no veis claro en qu consisten tantos reveses y tantas desdichas como sufre Espaa, os habis dicho: saquemos del encierro aquel espritu rebelde, veamos si podemos mudarle nuestro provecho, y si sus antiparras son ms claras que los ojos de don Rodrigo. --Y creis que yo no pudiera pasarme sin vos? --Creo que necesitis de todo el mundo. --El rey me concede ms que nunca su cario, su confianza. --Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya llevado picos pardos al prncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa; y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Caldern, creyndose ya poderoso, no disimula su soberbia; y como Espnola desde Flandes pide hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran suceder, si no mandrais vos, que no debais mandar; y como vos creis que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por algo tambin me pide en una y otra carta, nada de extrao tiene que yo piense que si quisiera poda vengarme de don Rodrigo envindole galeras y de vos hacindoos mi secretario. --Concese--dijo el duque sonriendo duras penas--que an os dura la rabia del encierro. --Os hablo desembozado y nada ms. --Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?... --Os la negara, porque ayudaros vos, sera desayudar la patria y hacer traicin al rey. --Supongo que no os habris atrevido llamarme traidor. --No; pero sois ciego, soberbio y codicioso. --Os habis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que puedo por haceros mi amigo. --No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro. --Sin embargo, si no recuerdo mal, me habis ofrecido vuestra amistad. --_Sub conditione._ --Pero vuestras condiciones... --En el estado en que se encuentra la gobernacin del reino, las condiciones seran muy duras para vos. --Creis que el mal, si le hay...? --Si le hay? Desde que muri el rey don Felipe, que aun antes de que le royesen el cuerpo los gusanos, se sinti roido por el dolor de dejar la monarqua ms poderosa del mundo un prncipe incapaz, no han pasado por Espaa ms que desdichas; la hacienda real, desde que vos substeis secretario de Estado, empez dar tales traspis, que dej muy pronto de ser hacienda; exhausta por los gastos ms exorbitantes, escandalizado el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empez murmurar, como quien conoca que de su cuero haban de salir las correas; vos, para acallar al reino, os ayudsteis de clrigos para que volviesen vuestro provecho el plpito y el confesonario; no era bastante la mentira en nombre del rey: se minti en nombre de Dios, se pas de la deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Caldern, trocado de vuestro paje en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os domina; la guerra de los Pases Bajos, funesta guerra de religin que ningn provecho ha podido nunca traer Espaa, se encrudece, se hace desastrosa, es ms, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el Brabante, en todas partes, pesar de la pericia y del valor de Espnola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia ayuda los Pases Bajos, para que entretenida Espaa con una guerra desastrosa no pueda influir en sus negocios. Intil la tentativa de ceder la soberana de los Pases Bajos al archiduque Alberto y su esposa la infanta doa Isabel; continan los desastres. Holanda y Flandes han resistido, resisten y resistirn, como quien pugna por arrojar de su casa un dominio extrao y tirnico. Para satisfacerse de algn modo de los reveses de los Pases Bajos, se piensa en ganar gloria perjudicando al comercio ingls, y se enva all una escuadra que aniquilan los elementos como aniquilaron la _Invencible_; todo fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de doce aos con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras Francia y Inglaterra, y se cree tener algn respiro. Pero aqueja la pobreza pblica, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar dinero todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de velln; expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro _De Mutatione monet_, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido; la torpeza sigue la tirana. Pero no se halla todava dinero y la tirana crece, la tirana no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos, ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con Dios. El edicto de la expulsin de los moriscos, llena de horror todos los pechos generosos... --Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorossimos con los moriscos--exclam el duque de Lerma, aturdido por la filpica de Quevedo. --Los clrigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar al trono y que acabar con la gloria y con el poder de Espaa. Y, sin embargo, un excesivo celo por la religin, un celo imprudente y ciego, pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes Catlicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la mancill la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos fueron perseguidos, pero no fueron robados! --Robados! --S, Felipe III ha robado los moriscos, y quien dice Felipe III, dice el duque de Lerma. --Esto es ya demasiado, demasiado--dijo enteramente aturdido Lerma, que no haba credo que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan agrias verdades. A tal punto le haban llevado su envanecimiento, su privanza y la nulidad del rey. --Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de espaoles ricos, industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables, desesperados, del suelo que los vi nacer. Y el rey, su majestad, como si hubirais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en una cuarta parte la poblacin del reino la hubirais aumentado y enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil vuestra hija y su noble esposo el conde de Lemos. --Concluyamos, concluyamos, don Francisco!--dijo el duque procurando rehacerse--; est visto que no podemos entendernos. --Ya quera yo irme...!--dijo Quevedo levantndose de nuevo--; quera irme sin hablar una sola palabra, porque no podra deciros ms que verdades lisas... pero vos... bah! vos habis nacido para equivocaros... --He llegado vos y os he tendido la mano... --Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero hacerme cmplice de la ruina de Espaa; mi duque de Osuna me atengo... y si me desayudare el duque... me atender m mismo, que me basto y aun me sobro. Quede vuecencia con Dios. --Esperad: no es por ah, don Francisco--dijo el duque tomando una buja de sobre la mesa y yendo una puertecilla. --Cmo!--dijo Quevedo--; vuecencia sirvindome de paje? --Honroso es servir al ingenio, la grandeza y al valor. --Muy cristiano andis. --Cristiano! --S, por cierto; dais favores por agravios. --No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviis, sino la fortuna que se me os roba. --Ah os queda don Rodrigo Caldern. Call el duque, y bajando unas escaleras, lleg un postigo y puso la mano en un cerrojo. --Perdonad, un momento, don Francisco--dijo Lerma--: quin os ha dado la carta que me habis trado? puede saberse? --Y por qu no? Me la ha dado vuestra hija! --Y... dnde? --En palacio. --Oh! con que ya habis estado en palacio apenas venido? --De palacio vengo y palacio voy. Como me cri en l, soy palaciego, y tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista. --Pues cuidad, don Francisco, en dnde ponis los pies, porque palacio est muy resbaladizo. --Como ando despacio, seor duque, nunca resbalo; como tengo los pies grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen. Guarde Dios vuecencia y le prospere--aadi, viendo que el duque haba abierto la puerta. --Id, id con Dios, don Francisco--dijo el duque--, y no os olvidis nunca que os he buscado. --Lo que no olvidar jams es la causa por que he venido--dijo Quevedo, y sali. El duque, que al abrir se haba cubierto con la puerta, cerr murmurando: --Que no olvidar la causa por que ha venido! y quien le ha dado la carta de la duquesa de Ganda ha sido mi hija! ese hombre! A dnde tender el vuelo don Francisco? Detvose de repente el duque; haba sonado en la calleja ruido de espadas que dur un momento. --Qu ser?--dijo Lerma--; donde va Quevedo van las aventuras. Don Rodrigo me lo dir... s, s... don Rodrigo!; y es el caso que empiezo desconfiar de l, pero yo desconfo de todo el mundo... de todos, hasta de m mismo. El duque acab de subir en silencio las escaleras, entr en su despacho, y abri con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Ganda. Hizo bien el duque en esperar quedarse solo para leer aquella carta; nuestros lectores adivinarn su contenido. En ella, vueltas de pesadas reflexiones, participaba la duquesa Lerma lo que la haba acontecido con el rey y la desaparicin de la reina de su cuarto. El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente plido, lvido, verde. No comprenda bien aquello. Crea tener comprimida la familia real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien dice, por los poros. Crea saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se crea seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Caldern, y la duquesa le daba respecto l una voz de alerta. Daba vueltas el duque la carta y la lea y volva releer una y otra vez, como si dudara de sus ojos, y siempre lea la misma cosa: Su majestad el rey ha venido m por un pasadizo secreto, y me he visto en un grande apuro. Y ms abajo: Cuando obligada fu anunciar su majestad la reina que el rey deseaba verla, no encontr la reina ni en su cmara, ni en su dormitorio, ni en su oratorio, y la hora en que os escribo no s dnde est su majestad. Y ms abajo an: Personas extraas, que no puedo deciros quines son, porque no las conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran mansalva en la cmara de su majestad la reina. Adems, he descubierto lo que nunca hubiera credo... desconfiad de don Rodrigo Caldern: est en inteligencias con la reina y os vende. El duque acab de aturdirse, y como siempre que esto le aconteca, mand llamar su secretario. Pero antes de que ste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su ropilla la carta de la duquesa de Ganda. A poco entr en el despacho del duque un hombre como de treinta treinta y cuatro aos. Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio, maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la dignidad de su persona; vesta rica pero sencillamente, y todo en l rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfaccin de s mismo; era, en fin, uno de estos seres que jams descuidan su papel, y que con su aspecto van diciendo por todas partes: soy un grande hombre. Como sucede siempre estos personajes, su afectacin tena algo de ridculo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que slo notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores. A los dems, don Rodrigo Caldern, que l era, deba imponer respeto, y lo impona. Pero delante del duque de Lerma, el ms hinchado de los hombres hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento. Pero esto slo en la apariencia. Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprenda, y comprendindole usaba de l, humillndose. Cuando entr se inclin respetuosamente, y su semblante tom la expresin ms humilde y servicial del mundo. Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresin de profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso. El duque lo not, recel, pero sin embargo disimul y ocult profundamente su recelo. --Qu os sucede?--le dijo--no estis satisfecho de las ventajas que acabamos de alcanzar? --Ventajas! ventajas! tengo la desgracia de no verlas, seor--contest con voz apagada don Rodrigo--; si llamis ventajas el haber logrado que se sienten vuestra mesa y hablen como amigos el seor duque de Uceda vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Ziga... --Por el momento parecen desalentados, vienen nosotros, olvidan sus diferencias y se estrechan las manos. --Para engaarse mejor, engaando juntos vuecencia. --Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de virrey Mjico al Per mi hijo, y alejaremos con otra honrosa comisin don Baltasar. --Pero el conde de Olivares preferir su empleo de caballerizo mayor, que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Ziga no dejarn por nada del mundo el cuarto del prncipe don Felipe. Desengese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro sobrino... el conde de Lemos... --El conde de Lemos seguir en su destierro; ha sido ms audaz que los otros... ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus pasiones y halagndolas... ha sido, pues, necesario ser severo con l, y como lo he sido con l, lo ser con los dems; lo ser, no lo dudis--aadi el duque contestando un movimiento de duda de don Rodrigo. --Slo hay un medio... ya os lo he dicho... acabar de una vez... cuando un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina... --No, no--dijo con repugnancia el duque--; no es necesario llegar tanto... la reina... la tenemos sujeta... esas cartas... esas preciosas cartas... oh! guardadlas bien... guardadlas. --Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve... pero si vuestros enemigos... si fray Luis de Aliaga... --Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Ziga, se sienten sin fuerzas, se rinden y vienen buscarla en m; vuestro celo, don Rodrigo, os hace muy desconfiado. Qu, creis que yo no tengo poder? --Y de dnde sacar nuevos tesoros? dnde encontrar otros moriscos? cmo agravar los tributos? Qu hacer para acabar esas guerras eternas que nos desangran? y cmo acabarlas sin exponerse caer de lo alto ante el orgullo de Espaa ofendida? cmo quitar un ambicioso de un puesto que satisface su ambicin para poner otro? Os lo repito: cuando se ha llegado este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta, siempre queda el remedio de... --No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe... --Y bien, qu medio creis que os queda para con la reina? --Las cartas que poseis. --Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda. --Creis que vos estaris perdido, cuando yo est salvado? --Hace algn tiempo que, con mucho sentimiento mo--dijo con gran humildad don Rodrigo--vemos las cosas de distinto modo. Yo veo... --Vos veis menos de lo que creis ver. --Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, seor. S que vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa. --Voy deciros una gravsima: sabis dnde est la reina? Mir con asombro Caldern Lerma. --No comprendo vuecencia--dijo. --Me explicar: sabis por qu la reina no parece? --Qu no parece su majestad? --S, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ha estado perdida. En una palabra: su majestad la reina, cierta hora de la noche, no estaba en su cuarto. --Cmo, qu hora? --A principios de la noche. --Pues puedo deciros--exclam Caldern ponindose plido--que si la reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alczar. --Que ha salido? --S, seor, sola y en litera. --Eso no puede ser; imposible!--exclam el duque ponindose de pie--. Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!... --Es ms, seor, acompaada de un hombre. --Pero no habis dicho que sali sola del alczar? --S, s por cierto; yo la haba dado una cita. --Y esperbais?... --No esperaba; pero todo trance, y por no esperar yo mismo las puertas del alczar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi confianza, y esper ms lejos. Impaciente, fu informarme de mi centinela, y ste me dijo que haba salido del alczar, bajando por la escalera de las Meninas, una dama que tena todo el aspecto que yo le haba indicado, que haba entrado en una litera y acababa de alejarse. Seguimos la direccin que la litera haba tomado. La hallamos al fin, la seguimos. De repente para la litera y sale... La reina! --Una dama tapada que tena el mismo aspecto, el mismo andar reposado, grave, gallardo de su majestad. Ms an; de repente, aquella dama se detiene junto un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase su brazo y sigue. --Oh! no poda ser la reina, no; qu haba de asirse otro hombre? --Ah! aquel hombre, cuando le dej la dama tapada en una callejuela solitaria, me detuvo hierro en mano. --Oh!--exclam el duque de Lerma--se trataba de mataros? --Y la reina se haba puesto por cebo; no tengo duda de ello. Adems, aquel hombre haba sido buscado propsito; yo me jacto de ser buena espada; pues bien, aquel hombre me desarm y me hizo gracia de la vida. --No queran, pues, mataros: no era la reina. --Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma ms en mis sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenis obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente espada que me sirve. --Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas? --La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas conmigo. --Y no se sabe quin es ese hombre que ha defendido la reina? --No lo s an, pero lo sabr; le he hecho seguir por un hombre que no le perder de vista. --Pues bien; lo que ms urge ahora es desenredar este misterio de la reina, ver claro: saber cmo, por dnde puedan entrar personas extraas en la cmara de la reina, y cmo la misma reina puede salir sin ser vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alczar que han estado punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que estn al lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras... --Tal las oyen, que aconsejo vuecencia haga dar una mitra al confesor del rey. --Cmo! --Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad, mientras vuecencia reconciliaba sus enemigos y se crea por su reconciliacin libre de cuidados. El duque qued profundamente pensativo. --El confesor del rey! La reina apela al hierro! Oh! oh! la lucha es encarnizada... y bien, ser preciso obrar de una manera decidida... --No digis es necesario obrar... decidme obrad, y obro. Estas cartas son ya insuficientes... vuecencia no puede pedirme que me pierda al perder la reina... la reina lo arrostra todo... imitmosla. --Procurad saber quin es ese hombre de que la reina se ha valido; averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Despus, id avisarme al alczar. Don Rodrigo conoci que la orden era perentoria, y fu salir. --No, por ah no; tomad mi linterna; vais salir por el postigo; de paso mirad si hay algn muerto en la calle, al menos seales de sangre. --Ah! --S, antes que vinirais sonaron cuchilladas en la callejuela. --Ah! ah!--dijo para s Caldern bajando las escaleras detrs del duque--. Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ah! qu ser esto? Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfa de m! Pues bien, obrar como me conviene, seor duque; y ya es tiempo; no quiero sumergirme con vos. Cuando llegaba este punto de su pensamiento, Lerma abra el postigo y se cubra con l para no ser visto por un acaso desde la calle. Caldern sali. Apenas haba salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle, como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco despus, unas segundas cuchilladas ms abajo, unieron su estridor al de las primeras. El duque de Lerma subi cuanto de prisa le fu posible las escaleras, llam algunos criados, y los envi saber qu haba sido aquello. CAPTULO X DE CMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTR EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO DE UN ENREDO ENDIABLADO Cuando Quevedo sali de la casa del duque de Lerma por el postigo, apenas haba puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan Montio, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal que saliese por aquel postigo don Rodrigo Caldern. Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, ech al aire la suya, y embistiendo Juan Montio, exclam con su admirable serenidad, que no le faltaba un punto: --Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano. Y pie firme contest tres tajos de Juan Montio, con otras tantas estocadas bajas y tales, que el joven se vi prieto para pararlas. Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montio no hubiera conocido en la voz su amigo. --Por mi nima--dijo hacindose un paso atrs y bajando la espada--, que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no cre que pudiramos llegar reir de veras! --Ah! sois vos, seor Juan? que me place; y ya que no nos hemos sangrado, algrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros un consejo: lo de tajos y reveses la cabeza, dejadlo los colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionos las estocadas; de m slo s deciros que de los instrumentos de filo, slo uso la lengua. Pero qu hacis aqu? --Espero. --Ya, ya lo veo. Pero quin esperis? --A un hombre. --Decid ms bien un muerto; y dgolo, porque pesar del demasiado aire que dais la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me hubirais hecho vos lo que no quiero ser en muchos aos. Pero el nombre del muerto; digo, si no hay secreto dama de por medio, que no siendo as... --Dama y secreto hay; pero me vens como llovido; conozco vuestra nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudis. --Y os ayudar, y ms que ayudaros; tomar sobre m la empresa y el encargo. Pero de qu se trata? --Conocis don Rodrigo Caldern? --Conzcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho hombre. --Pues ese hombre espero. --Para... Quevedo hizo con el brazo la seal de una estocada fondo. --Cabalmente. --Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan. --Por qu me decs eso? no os he dejado tiempo para poneros en defensa? --Dgolo, porque vuestro rencor no cede. No os habis satisfecho con haber desarmado hace dos horas don Rodrigo Caldern, sino que pretendis matarle? --Cmo! era don Rodrigo Caldern el hombre con quien re cuando?... --S, cuando acompabais una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble que haba salido del alczar. --Cmo! conocis esa dama? --Puede ser. --Y es hermosa? --Puede que lo sea. --Y sabis su nombre? --Puede llamarse... se puede llamar con el nombre que mejor queris; os aconsejo que no tomis jams el nombre de una tapada, sino como un medio de entenderos con ella. --Pero no decs que la conocis? --Lo que prueba, pues tanto me preguntis, que no la conocis vos. --Ay! no! --Os habis ya enamorado? --Lo confieso. --Sin conocerla... --Ah veris. --Por la voz, por el olor, por el bulto? Ved que esas tres cosas engaan. --Estoy seguro de que es una divinidad. --Se me os perdis, Juan, se me os perdis, y lo siento. Idos de la corte, amigo mo, porque si apenas habis entrado habis cado, poco ms sois hombre enterrado. Creedme, Juan, venos conmigo una hostera y dejos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden hombres muertos. --Idos si queris--dijo Juan Montio--, que yo estoy resuelto quedarme y cumplir lo que he prometido. --No, no me ir, puesto que me necesitis: aqu me estoy con vos y venga lo que viniere. --He reparado en un bulto que me sigue desde despus de mi primera ria con don Rodrigo. --Ah! s? un bulto? razn ms para que yo me quede. --Y ese bulto est all abajo, junto la esquina. --Y no le habis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo mismo dejarle yo all: pero entrmonos en este zagun. --Entrmonos. --Y estis seguro de que don Rodrigo Caldern est ah dentro, y si est de que saldr por ah? --No lo estoy, pero espero. --Vais hacindoos las costumbres de los enamorados tontos, que se pasan la vida en esperar bulto. --Por ms que hagis... --No os curo. --No. --Pero tanto vale esta dama? --Oh! --Oh! Decir oh! vale tanto como si dijseis: esa dama es para m un acertijo. --Creis que estoy enamorado? --Aydeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! Y sabis que tarda don Rodrigo? --Qu tenis que hacer? --Mucho: por ejemplo, me urge ver vuestro to el cocinero de su majestad. --Pues no podis verlo esta noche. --Cmo? --Va de viaje. Se muere mi to el arcipreste y va cerrarle los ojos. --Ah! pues si no puedo ver vuestro to, me importa poco que tarde nuestro hombre; entre tanto dormir me echo. --A dormir! --S; he encontrado aqu un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego, de qu hemos de hablar? No conocis esta dama... no puedo aconsejaros ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora. Al sentarse Quevedo se desemboz y dej ver una lnea de luz por un resquicio de su linterna. --Oh! trais linterna!--dijo el joven. --Nunca voy sin ella. --Me prometis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que podis venir en conocimiento? --Os lo prometo--dijo Quevedo. --Pues bien, abrid la linterna y mirad. Quevedo abri la linterna, y Juan Montio, doblando la carta que su to haba recibido de palacio, y dejando slo ver el primer rengln que deca: Tenis un sobrino que acaba de llegar de Madrid... mostr aquel rengln Quevedo. --Y es letra de mujer!--dijo ste. --Pero no la conocis? --No--repuso Quevedo guardando la linterna. --Voy ayudaros--aadi el joven--: esta carta ha venido de palacio mi to, de mano de una duea de la servidumbre. --Si no me dais ms seas no puedo alumbrar vuestras dudas. Y me duermo, vive Dios, me duermo!--dijo Quevedo bostezando. --Decidme: hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el sol? --Hilas muy hermosas: la vuestra es esbelta, ligera, buena conversacin, morena?... --No, no; es blanca. --Cmo, pues, sabis su color si iba tapada? --Una mano... --Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues no es la condesa de Lemos--dijo para s Quevedo. --Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso... --No conozco dama que tenga ms majestad en palacio que la reina. --La reina!... pero creis que la reina podra salir sola de noche y ampararse de un desconocido? --Eh, seor Juan Montio! hablis con demasiado calor, para que yo no sospeche que os ha pasado por el pensamiento que poda ser la reina la dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible, sera para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la reina... vamos, no pensemos en ello. Es la nica mujer que conozco buena y mrtir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe decir... --Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo, porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una duda que me vuelve loco... tenis razn; si fuese la reina la dama quien amo... --Pero qu amor es ese?... un amor de dos horas. --Ay, don Francisco! en dos horas... menos an, en el punto en que la vi... --Luego la habis visto? --S. --Dnde? --Perdonad, no me pertenece el secreto. --Guardadle, pues; pero entendmonos: decs que habis visto esa dama? Dadme sus seas. --No puedo daros sea alguna, porque fu tal el efecto que me caus su hermosura, que cegu. --Vehemente y apasionado como su padre!--murmur Quevedo. --Qu! habis conocido mi padre, don Francisco? Cuando fusteis Navalcarnero ya haba muerto. --He odo hablar de l--dijo Quevedo. --Pues os han engaado. --Bien puede ser. --Mi padre era lo ms pacfico del mundo. --Pobre amigo mo!--dijo Quevedo. --Por quin hablis, por mi padre por m? --Hablo por vos. En cuanto vuestro padre, bien se est all donde se est; y en verdad y en mi nima, que si no fuera por vos, ya estara yo con l. --En la eternidad? --Decs bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende. --Estaris tambin enamorado y desesperado? --Enamorado! no lo s, pudiera ser. Desesperado! no, porque m no me desesperan las mujeres. --Soy muy afortunado. --O muy pobre. Pero volviendo la dama... --Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros seas de ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la reina... --Pero estis loco, Juan? Acabis de llegar Madrid, y ya pretendis haber tenido una aventura con... su majestad? --Y no pudiera ser? --Poder! Todo puede ser si Dios quiere, puesto que es todopoderoso; pero lo que creo que ha sucedido ya es que habis perdido el juicio. --Si esa mujer es la reina, lo pierdo de seguro. --Y... por qu? --Por qu? La reina es casada. --Ah! y amis tanto vuestra dama, que pretendis encontrar en ella lo que creo que no se encuentra en ninguna mujer? pretendis que no haya amado una dama que se sale de palacio de noche y sola, que se agarra al primero que encuentra y le embauca hasta hacerle perder el seso? --Yo no os he dicho que esa dama ha salido de palacio. --Pero yo lo s. --Y quin os lo ha dicho? --Bah! quien os ha visto. --Me estis desesperando: vos conocis esa dama. --Vos me estis guardando un secreto. --No es mo. --De la reina. --Ah! no! no! --Escuchad, Juan: yo tengo una obligacin mayor de la que creis de mirar por vos, de guardaros... --Vos! --S, yo; es ms: por vos he venido Madrid; por vos necesito ver vuestro to. --No os entiendo. --Pues bien podis entenderme. No somos amigos? --S, ciertamente. --No soy yo ms experimentado que vos? --Experimentado y sabio. --Pues respetadme por mayor en edad y en saber. Contestadme, joven, y creed, suponed que os habla y os pregunta vuestro padre. Sois nuevo en la corte, y la corte es muy peligrosa. Habis dado de bruces con palacio y para vos se ha centuplicado el peligro. Para qu esperis don Rodrigo Caldern? --Para matarle. --Y por qu? --Porque ha ofendido esa dama que me enamora. --Me engais. --No os engao. --La ofensa de ese hombre la dama?... --Suponerla amante suya. --Y vos qu os da? --Es intil que pretendis disuadirme: estoy resuelto. --Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura: cometo la primera tontera de que tengo memoria: Cervantes, quien Dios perdone sus pecados, crey haber muerto con su _Ingenioso Hidalgo don Quijote_ los caballeros andantes; pero se enga, porque aqu estamos dos. Vos porque tenis ojos, y yo porque tengo corazn y agradecimiento. --Agradecimiento! --Dios me entiende y yo me entiendo. --Pero no os entiendo yo. --Cuando fu hudo Navalcarnero... y fu por una mujer... siempre ellas... encontr en vos... --Un joven que se volvi vos asombrado, deslumbrado por vuestro ingenio. --Muchas mercedes. Pues encontr en vos un hermano, y tan agradecido qued de ello, que en la primera carta que escrib al duque de Osuna, le habl de vos. --Ah! don Francisco! habis hecho que llegue mi pobre nombre al gran duque de Osuna? --Y tanto bien vuestro le he dicho, que el duque, que no ha dejado de escribirme San Marcos, me escribi por ltimo en trminos breves pero precisos: Mi buen secretario: el duque de Lerma os suelta, no s si porque me teme, porque os teme vos, aunque preso y encerrado. Venos al punto, pero traeros con vos ese vuestro amigo Juan Montio, de cuyos adelantos me encargo. --Eso os ha escrito el duque y os llamis agradecido de m? --Sea como quiera, vengo, os encuentro cuando menos lo esperaba y metido en una aventura, y por fin y postre, me metsteis tambin en ella. Pues adelante: no siento otra cosa sino lo que tarda el difunto. No haba acabado Quevedo de pronunciar estas palabras, cuando rechin una llave en la cerradura del postigo del duque, se abri ste, se vi luz y sali un bulto. El postigo volvi cerrarse. --Ah le tenis--dijo don Francisco en voz baja Juan--. Dejadle que adelante algunos pasos ms, y l. Juan Montio sali del zagun y se fu tras aquel bulto. Quevedo se puso en medio de la calleja, y desnud la daga y la espada. Hemos dicho que la noche era muy obscura. --Defendos os mato--dijo Juan Montio dos pasos del que haba salido por el postigo. Volvise ste y desnud los hierros. --Y por qu queris matarme?--dijo. Juan le contest con una estocada. --Ah! vos sois el mismo de antes--dijo don Rodrigo, que l era. --Entonces os desarm, pero ahora que s que sois don Rodrigo Caldern, os mato. Al decir el joven estas palabras, don Rodrigo Caldern di un grito. La daga de Juan Montio se le haba entrado por el costado derecho. Y entre tanto Quevedo daba una soberana vuelta de cintarazos, sin chistar, un bulto que haba venido en defensa de don Rodrigo. Don Rodrigo quiso sostenerse sobre sus pies, pero no pudo; le brotaba la sangre borbotones de la herida, se desvaneci, vacil un momento y cay. Juan Montio se arroj sobre l, le desabroch la ropilla y busc con ansia en ella: en un bolsillo interior encontr una cartera que guard cuidadosamente. Don Rodrigo no le opuso la menor resistencia. Estaba desmayado. Entretanto el hombre quien zurraba Quevedo, no pudo resistir ms y huy dando voces. --Habis acabado ya por lo que veo, ms bien por lo que no escucho--dijo Quevedo Juan Montio. --S, por cierto--contest Juan. --Ya saba yo que tenamos difunto; pero ese rufin de Juara va dando voces, y por sus voces pueden dar con nosotros, y con nosotros en la crcel. Dadme vuestro brazo fin de que yo pueda andar de prisa, y tiremos adelante. --Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio. --Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros. Y marchando con cuanta rapidez les fu posible, que no era mucha causa de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja. Poco despus entraban en ella muchos hombres con luces. Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma haba enviado informarse del suceso. CAPTULO XI EN QUE SE SABE QUIN ERA LA DAMA MISTERIOSA Quevedo y Juan Montio tardaron un largo espacio en llegar palacio, no porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino porque para Quevedo eran largas todas las distancias. Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola palabra durante el camino. Cuando vieron delante de s la negra masa del alczar, Quevedo dijo Montio: --He aqu que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el ms listo. --Aunque fuese el infierno entrara en l. Me lo manda mi honra. --Pues si tan principal seora os manda, no insisto, amigo Juan, y os dejo, porque supongo que necesitaris ir solo. --De todo punto. --Pues vime dormir; esproos maana en el _Mentidero_. --Cmo en el Mentidero? --Olvidbame de que sois nuevo en la corte. Llaman aqu el Mentidero las gradas de San Felipe el Real. --Y por qu no esperarme en vuestra casa? --Porque no s an si ser pblica privada, mesn de transeuntes trnsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan, prudencia, y no os envanezcis con los favores de la fortuna. --No s lo que ser de m--dijo el joven, que estaba aturdido impaciente. --Pues procurad saber lo que hacis, y adis, que no quiero deteneros. --Adis, don Francisco, hasta maana. Quevedo se alej un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo. --Ser sino de la sangre de los Girones--dijo--el encontrarse siempre metida en grandes empresas? quin sabe? pero aqu hay algo grave! que no haya ledo Lerma delante de m la carta de la duquesa? que no haya yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que ha estado inclinado sobre don Rodrigo Caldern, entretenido en detener ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una chispa que me alumbre. Pues procuremos ver. Y se encamin recatada y silenciosamente la puerta de las Meninas, y con el mismo recato mir al interior. Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montio. --Conque le esperan? conque le han citado? quin ser ella?--dijo Quevedo. Pas algn tiempo; Juan Montio esperando, y don Francisco observndole. Oyronse al fin leves pasos que parecan provenir de unas estrechas escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oy un siseo de mujer. --Ah! ya pareci ella!--dijo Quevedo--; pero quin ser? Entre tanto Juan Montio se haba dirigido sin vacilar las escaleras, y desaparecido por su entrada. Sigmosle. A los pocos peldaos una dulce voz de mujer, aunque anhelante y conmovida, le dijo: --Ah! gracias Dios que habis venido! Era la misma voz de la dama tapada quien Montio haba acompaado aquella noche. La escalera estaba obscuras. --Seora!--dijo Montio. --Silencio!--replic la dama--; no hablis, seguidme y andad paso. --Pero si no veo! --Ah! es verdad. --Si no me guiis... --Dadme, pues, la mano--dijo la dama con un acento singular en que se notaba la violencia con que apelaba aquel recurso. --Dnde estis? --Acercad ms. --Ya que me dais la mano, seora... --Os la presto... --Pues bien, prestadme la derecha. --Seguid y callad--dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montio una mano que hablaba por s sola en pro de lo magnfico de las formas de la dama. --La que tiene una mano tal...!--dijo para s Montio. Y acarici con deleite en su imaginacin el resto de un pensamiento. Asido por la dama, segua subiendo. Terminada la escalera, atravesaron un espacio que deba ser estrecho, porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes. La dama se detuvo y abri con llave una puerta. Pasaron y la dama torn cerrar. Y siguieron adelante. --Oh! vuestras espuelas!--exclam--nos hemos olvidado de que os las quitseis! --Pues me las quitar--dijo Montio. --No, no, seguid adelante; en esta galera no podemos detenernos; oh Dios mo! Y la dama sigui andando de prisa. Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y sonoras, la dama se detuvo y solt la mano de Montio. --Ah!--dijo el joven. --Hemos llegado--contest ella. Y son una llave en una cerradura, se abri una puerta. Al fondo de una habitacin, al travs de la puerta de otra, vi Montio el reflejo de una luz. Vi tambin que la dama que hasta all le haba conducido, estaba tan envuelta en su manto como cuando la encontr en la calle. --Entrad--dijo la dama. Montio entr. --Esperad aqu--repiti la dama. Montio se detuvo junto la puerta. La tapada adelant rpidamente, atraves la puerta por donde penetraba el reflejo de la luz, y luego Montio oy el ruido de dos llaves en dos puertas distintas. Luego la dama se asom la segunda puerta, y dijo: --Pasad, caballero. Montio pas. Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oy una voz ronca que dijo: --Quin ser ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera no verlo. Las mujeres! las mujeres! Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban. Entre tanto Montio, siguiendo la dama tapada siempre, haba atravesado dos hermosas cmaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se vean las armas reales de Espaa y Austria. Al fin la dama se detuvo en una cmara ms pequea. Sobre una mesa haba un candelero de plata con una buja, nica luz que iluminaba la cmara, y junto la mesa un silln de terciopelo. --Sin duda que comprendis por qu os he llamado--dijo con severidad la dama. Juan Montio, que se haba descubierto respetuosamente dejando ver por completo su simptico y bello semblante y su hermosa cabellera rubia, sac en silencio de un bolsillo de su jubn el brazalete real de que se haba apoderado y que en tantas confusiones le haba metido, y le entreg la dama. --Ah!--exclam sta tomndole con ansia. --Habais dudado de m, seora--dijo Montio con acento de dulce reconvencin. --Habis hecho mal, prevalindoos de la casualidad que puso entre mis manos esta joya. --Perdone vuestra majestad...--dijo el joven, y la dama no le dej tiempo de concluir. --Mi majestad!--exclam con asombro, volviendo con terror el rostro una puerta cubierta con un tapiz. --Creed, seora--dijo Juan Montio, que vi una afirmacin en la sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada--, creed, seora, que nada exponis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia vuestra majestad... --Pero esto es horrible! me creis la reina! --Llevbais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de Espaa. --Conocis ... la reina? --Ya dije vuestra majestad... --Dejos de importunas majestades--exclam la dama con un acento en que haba angustia, mirando de nuevo la puerta cubierta por el tapiz--; tratadme lisa y llanamente como una dama honrada, y concluid. Ha visto alguien esta joya? --Seora!--exclam con el acento de un hombre profundamente ofendido Montio. --Perdonad, pero fusteis atrevido imprudente... --Yo crea que rais otra mujer... una dama principal y nada ms, y quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando vi esa joya, ya no tena remedio... ya habais desaparecido... entonces me pes haberos hecho escuchar... --Palabras de amor?...--dijo riendo la dama, que se tranquiliz porque en la turbacin, en las miradas del joven haba comprendido su alma. --Os ruego otra vez que me perdonis. --Pero, caballero, si no me habis ofendido! nicamente me habis dado un susto horrible, porque haba quedado en vuestro poder esta joya y yo no os conoca. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha sucedido--aadi la dama volvindose de nuevo la puerta de los tapices--; yo me vi obligada ampararme de vos, y vos, que por una circunstancia casual me habais visto, y habais dado en el capricho de enamoraros de m... --Seora! --Os hablo as porque no soy la reina. --Y entonces, por qu no os descubrs? --Ni puedo, ni debo. --Pues permitidme que dude. --Venid ac, testarudo y nio: creis que la reina os hubiese dado como prenda la sortija que os d? --Por deshaceros de mis importunidades. Hizo un movimiento de impaciencia la tapada. --Pero cabe en quien tenga razn que su majestad salga de palacio, de noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con l, y tenga, casi casi, una aventura? --Cuando la causa es grave... cuando una reina est punto de ser horriblemente calumniada... --Qu decs?... --No temblis seora--dijo Montio desnudando su daga sangrienta y mostrndola la dama. --Y qu es eso? --Sangre de don Rodrigo Caldern. --Ah!--exclam con alegra la dama. --S; la reina estaba amenazada. --Amenazada? insists en que yo soy... la reina? --Creis acaso que he herido muerto don Rodrigo cuando le detuve para que no os siguiese? Entonces le desarm. --Pues cundo le habis herido? --Hace media hora; cuando sala don Rodrigo de casa del duque de Lerma; era preciso quitarle unas cartas... --Unas cartas? --Tomad, seora--dijo Montio, sacando una cartera de terciopelo blanco bordado de oro, sobre la cual se vean manchas de sangre fresca. La tapada abri la cartera, sac de ella un paquete de cartas y las cont. Cont seis. --Eran cuatro--dijo--, y stas... del conde de Olivares... del duque de Uceda. Juan Montio no pudo entender estas palabras que la dama haba murmurado. Luego reuni aquellas cartas, las guard en la cartera y dej sta sobre la mesa. --Habis visto estas cartas? --No, seora. --Habis hablado alguien de ellas? --No, seora. --Quin os dijo que don Rodrigo tena estas cartas? --Mi to. --El cocinero de su majestad!--exclam con un acento singular la dama--; y qu os dijo vuestro to? --Me llev un lugar donde me ocult y me dijo: ese es el postigo del duque de Lerma; por ah saldr probablemente don Rodrigo Caldern; esprale, mtale, y qutale las cartas que comprometen su majestad. --Pero cmo ha sabido vuestro to?... --Lo ignoro. Quedse por un momento profundamente pensativa la dama. --Yo crea no volveros ver--dijo--, y si os d como prenda ma una sortija, por la cual no podais reconocerme, fu por concluir con vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieris ver, porque vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habis equivocado... --Oh! dichoso yo, si no sois su majestad! --Por qu? --Porque si furais su majestad... oh! Dios mo! morira de una manera doble... y perdonadme, seora... pero necesito hablaros de mi amor por la ltima vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan sufrir, callar, guardar para m solo este amor que yo no he buscado... y luego, al veros de otro hombre!... casada!... oh, Dios mo!... --Pero es posible que me amis de tal modo?... --Vuestra hermosura... la ocasin en que os vi... la aventura que sobrevino... yo no s, seora, no s por qu os amo; pero s y os lo digo por la ltima vez, que este amor, que ha sido el primero para m, ser tambin el ltimo. Hizo un movimiento de impaciencia la dama. --De modo que--dijo--si no me descubro, dudaris acerca de m? es decir, dudaris acerca de si yo soy la reina una dama particular? --Y si no sois su majestad; si, como me habis dicho al principio de la noche, no tenis esposo ni amante, por qu os obstinis en no descubriros? --Porque quisiera que se os pasase esa mala impresin, que por mi desdicha os he causado en slo un momento que me habis visto; porque no quiero que alentis ninguna esperanza. --Ah! pues entonces, permitidme dudar... --No dudis, pues--dijo la dama echando atrs el manto, y dejndose ver Juan Montio. --Ah!--exclam el joven--; s, vos sois el hermoso sol que me deslumbr! Y cay de rodillas, como quien adora, los pies de la dama. --Dejos, dejos de nieras--dijo ella--; tal vez nos observan; alzos, y hablemos an algunas palabras... pero no de amor. Estis ya seguro de que no soy la reina? --S, s; estoy seguro de ello--exclam con entusiasmo el joven--; aunque no conozco su majestad; porque estoy segursimo que la reina no es tan joven ni tan hermosa. Oh! Dios mo! Dios mo! y no me amaris? --Ya os he dicho que no me hablis de amor. Vuestro amor sera una locura... es imposible. --Porque vuestro corazn me rechaza... --No, no precisamente por eso... mi corazn ni os acoge ni os rechaza... pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles. [imagen: S; vos sois el hermoso sol que me deslumbr.] --Habis dicho nuestros amores. --He querido decir--contest con impaciencia la dama--que el logro de vuestros amores es imposible. --Os disgusto y lo siento. --Pues bien, no me hablis ms de amor. --Callar; pero una palabra, una sola palabra: no podr veros? --Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como vendris por esta razn, con frecuencia, palacio, me veris de seguro. --Pero vos no haris nada porque yo os vea? --No--respondi framente la dama. --Ah! perdonad, seora. --Estis perdonado; ahora sepamos: habis muerto don Rodrigo Caldern? --No lo s, seora; slo s que le he tirado muerte. --Os ha conocido don Rodrigo? --No lo s, porque un hombre me segua. --Os acompaaba alguien? --S... s... seora--dijo vacilando Montio. --Quin os acompaaba? --Don Francisco de Quevedo. --Ah! est don Francisco en la corte?--exclam con precipitacin la dama. --Creo que, como yo, ha llegado ella esta noche. --Y... sois amigo de don Francisco?... --Oh! s! y dbole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque y me lleve consigo Npoles. --Ah! el duque de Osuna! Y la dama mir con una profunda atencin Juan Montio, y se puso plida; pero sobreponindose aadi: --Y decidme, estaba con vos don Francisco cuando resteis con Caldern? --Tan conmigo estaba, que rea al mismo tiempo con otro hombre que sin duda serva don Rodrigo. --Sabe don Francisco lo de las cartas? --Ah! no, seora; por mi boca no lo sabe nadie ms que vos. --Permitidme que os lo pregunte otra vez. No habis ledo esas cartas? --Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, seora, bastaba con que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no pusiese en ellas los ojos. --Esperad, esperad un momento, caballero--dijo la dama. --Esperar cuanto queris. --Vuelvo al punto. La dama tom la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareci por la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su tardanza que Juan Montio, yendo y viniendo en su imaginacin con todo lo que le aconteca, con todo lo que senta y con la noble, dulce y resplandeciente hermosura de la incgnita, acabase de volverse loco. Al fin la dama apareci de nuevo. Traa una carta en la mano, y en el semblante la expresin de una satisfaccin vivsima. --Su majestad--dijo--os agradece, no como reina, sino como dama, lo que habis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros. --Ah, seora! no es bastante premio para m la satisfaccin de haber servido su majestad? --No, no basta. Sois pobre, no necesitis decirlo... --S, pero... --Dejmonos de altiveces... recuerdo que me dijsteis que rais habais sido estudiante en teologa... pero que os agradaba ms el coleto que el roquete. --Ah! s, seora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y licenciado en sagrada teologa y leyes. --Y bien, queris ser cannigo?--dijo la dama mirando Juan Montio de una manera singular. --Si soy cannigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro seis ma. --Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queris ser cannigo... os convendra ser alcalde? --Oh! tampoco; soldado de la guardia espaola al servicio inmediato de su majestad; as os ver cuando haga las centinelas; os ver pasar alguna vez mi lado. --Y veris pasar otras muchas hermosas damas. --Para m no hay ms que una mujer en el mundo. --Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana--dijo la joven tendindole la mano--; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya es tarde. Tomad esta carta y llevadla quien dice en la nema. --Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.--De palacio.--En propia mano--ley el joven. --Y en qu convento mora el confesor de su majestad? --En el de Nuestra Seora de Atocha... extramuros... ah! y no me acordaba... esperad, esperad un momento. Y la dama sali y volvi al poco espacio con otro papel. --Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla, que da al convento de Atocha; bajad la guardia, buscad al capitn Vadillo y mostradle esta orden; l os acompaar y har que os abran el postigo, y seguir acompandoos hasta Atocha; una vez en el convento, preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado; seris introducido. Ahora bien; como en vez de ser cannigo alcalde, queris ser soldado, decid al padre Aliaga que deseis ser capitn de la guardia espaola del rey. --Capitn mi edad, cuando mi padre pas toda su vida sirviendo al rey para serlo! --Ah! vuestro padre no ha sido ms que capitn!--dijo con un acento singular la dama, fijando una mirada insistente en Montio--. Yo crea que fuese ms. Pero no importa; si vuestro padre tard en ser capitn, en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como el que vos le habis hecho esta noche, porque sirviendo la reina habis servido al rey y Espaa. Decid, pues, fray Luis de Aliaga que deseis ser capitn de la guardia espaola del rey. --Pero... yo no peda tanto. --Se os manda... se necesita que seis capitn--dijo severamente la dama. --Ah! de ese modo! --Id, pues. --Una palabra. --Qu! --Sois dama de la reina? --No, soy su menina. --Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre. --Doa Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los ejrcitos del rey--contest la dama. --Ah! no en vano os llamis Sol... --Pero concluyamos, caballero. Vos tenis que ir Atocha. Yo me he detenido ya demasiado. --Adis, pues--dijo Juan Montio, tomando una mano doa Clara y besndola. Y se dirigi la salida. --Esperad, estn cerradas las puertas--dijo doa Clara, tomando una buja y precedindole. Abri en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvi y quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de doa Clara. --Es tarde... adis, seor capitn, adis. Hasta otro da--dijo doa Clara, y cerr la puerta. --Hasta otro da!--exclam el joven--. Noche ser para m y noche obscura el tiempo que tarde en volveros ver, doa Clara. Oh! Dios mo! Dios mo! no s si alegrarme entristecerme con lo que me sucede. Y Juan Montio tir la galera adelante, baj unas escaleras y se encontr en el patio, y poco despus, dirigido por un centinela, en el cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitn Vadillo, le mostr la orden. --Aqu me mandan que os acompae al monasterio de Atocha--dijo el capitn, que era un soldado viejo--. En buen hora; dejadme tomar la capa y vamos all, amigo. Poco despus, el joven y el capitn cruzaban las obscursimas calles de Madrid. CAPTULO XII LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA Doa Clara entr en una pequea recmara magnficamente amueblada. En ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete aos, examinaba con ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas. Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. --Oh, valiente y noble joven!--dijo la reina--: Dios nos lo ha enviado. Clara, sin l, qu hubiera sido de m? --Dios, seora, jams abandona los que obran la virtud, creen en l y le adoran. --Oh, mandar hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta solemne Nuestra Seora de Atocha y la regalar un manto de oro! Oh, bendita madre ma, si yo no tuviera estas cartas en mi poder! Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lgrimas. --Por estas cartas hubiera yo dado mi vida--aadi--. Y dime, Clara, al saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, no has sospechado de m? --He sospechado--dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en la reina--, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen corazn, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos de vuestro esposo, no haba meditado bien, no haba estudiado al hombre en quien haba depositado su confianza, y se haba comprometido por imprevisin. --Explcate, explcate, por Dios, Clara. --Qu explicacin se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son citas don Rodrigo Caldern; citas, no ciertamente de amor, pero que tal vez puedan parecerlo. --Yo no te haba hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te haba dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas cartas, pero han venido tus manos... las has ledo? --Seora!--exclam con el acento de la dignidad ofendida doa Clara. --Pues bien, lelas. --Ah, no; no, seora!--dijo la joven rechazando con respeto las cartas que le mostraba la reina. --Te mando que las leas--dijo con acento de dulce autoridad Margarita de Austria. Doa Clara tom cuatro cartas que le entregaba la reina, abri una y se puso leerla en silencio. --Lee alto--dijo la reina. Doa Clara ley: Venid esta noche las dos; yo os esperar y os abrir. No faltis, que importa mucho.--_Margarita._ --Otra--dijo la reina. Os he estado esperando y no habis venido; en qu consiste esto? ya sabis cunto me importa que vengis. Os ruego, pues, que no me obliguis escribiros otra vez. Venid por el jardn las doce y encubierto.--_Margarita._ --Otra--repiti la reina con acento grave. --Es urgente, urgentsimo, que vengis esta noche; os espero con impaciencia. Nada temis contando conmigo; atrevos todo. Esta noche, la una, hablaremos ms despacio. Venid.--_Margarita._ --La ltima--dijo la reina con acento opaco. Lo que me peds es imprudente. Decs que nuestras entrevistas son peligrosas en palacio. Desde el momento conoc el peligro. Pero me interesaba demasiado veros, oros, hacerme or de vos, tratar con vos de lo que tanto importa mi dignidad como mujer, mis deberes como reina y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad. Pero me exigs que salga fuera de palacio, y esto no lo har jams. Yo podra justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi recmara; pero cmo podra justificar mi ausencia de palacio, si por desgracia se notaba, mi presencia en un lugar extrao si un accidente cualquiera me descubra? Renunciad ese peligrossimo medio, y venid; seguid confiando en m.--_Margarita._ --Quema esas cartas--dijo la reina. Doa Clara las quem una una la luz de una buja. --Ahora bien--dijo la reina cuando la joven hubo concludo su auto de fe--; despus de haber ledo esas cartas, qu piensas de m? --Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad. --Ms claro, ms claro--dijo con impaciencia Margarita de Austria. --En esas cartas no veo lo que tal vez podran haber visto otros: una prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco demasiado vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de su virtud. Veo una conspiracin. --Ah! ves una conspiracin! --S, por cierto, y una conspiracin justa, y ms que justa necesaria contra el duque de Lerma. Slo que vuestra majestad ha elegido un instrumento que le ha hecho traicin. --Un da--dijo la reina reclinndose en su silln y apoyando su bello semblante en una de sus bellsimas manos--cazaba el rey en El Pardo; entre los caballeros que acompaaban al rey iba don Rodrigo Caldern, que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi carroza, desempeando accidentalmente el oficio de caballerizo. La carroza se haba detenido en una encrucijada, por donde decan los monteros que deba pasar el jabal. Me rodeaba mi servidumbre, caballo, y cuatro damas que me seguan estaban detrs en otra carroza. Haca mucho calor, y yo sudaba. Ped agua, y don Rodrigo parti y volvi al punto, trayndomela en un vaso de oro. El vaso era bellsimo, y yo not que no era de las vajillas de palacio--.Este vaso es vuestro?--le pregunt--. Ese vaso no puede ser mo--me contest--despus de haber bebido en l vuesta majestad.--No importa, guardadlo--le contest--. Don Rodrigo lo tom, y dijo:--Lo guardar como un testimonio de honra mientras viva, y despus de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo legar como una reliquia--. Todo esto fu dicho con respeto, en estilo cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco despus sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:--El jabal! el jabal!--Yo asom la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grit:--Apartos, caballeros, apartos, yo os lo permito--. Unos por miedo, otros por aficin la caza, se apartaron lejos siguieron al jabal; don Rodrigo no se movi de junto la portezuela, pesar de que el jabal pas tan cerca de l que le hiri, aunque dbilmente, el caballo, y qued solo al lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias, se haban alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:--Puedo alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?--Y para qu, caballero?--le contest.--Para que yo pueda mostrar vuestra majestad mi respeto y el inters que me inspira como reina y como dama.--Explicos--le dije con severidad.--El duque de Lerma es enemigo de vuestra majestad--. Qu queris decir?--Que vuestra majestad tiene un gran inters de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que ser muy fcil vuestra majestad si se vale de m.--Vos sois secretario del duque de Lerma!--Por lo mismo, seora, porque s sus secretos, s que se atreve todo, y que obra como traidor y villano respecto vuestra majestad.--Basta; lo que me tengis que decir me lo diris en un memorial.--Y cmo podr dar vuestra majestad ese memorial, rodeada como est vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el duque?--Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que estn bajo los balcones de mi recmara, en el palacio de El Pardo--. Y me retir al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habl ni una palabra ms. Poco despus volvi la servidumbre, acab la cacera y nos volvimos palacio. Aquel da, como otros muchos, com separada del rey, en mi cmara, y su majestad no vino pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma me haca notar, en cuantas ocasiones estaba delante de m, el peso de su superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de todo punto. T lo sabes, Clara--aadi la reina...--yo no tengo esposo... t, nadie mejor que t, sabe que el rey no me ama. --Ah! seora!--exclam doa Clara--; vuestra majestad duda tambin? --No, no; yo no tengo celos de t, ni puedo tenerlos: primero, porque conozco tu corazn y tu altivez... tu virtud, ms bien; segundo, porque si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa tanto el poseer el corazn del rey. Te hablo ahora como te he hablado siempre, desde poco tiempo despus de conocerte: como una hermana. Entre nosotras, Clara, no hay secretos. T sabes cul es mi vida. T sabes cul es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego, pero me ofende que vasallos se atrevan mandar en mi casa, y nieta, y hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono donde yo me siento est hollado por traidores; que el rey, quien estoy unida por la religin y por las leyes, autorice el robo, la tirana, los cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don Francisco de Sandoval y Rojas, marqus de Denia, duque de Lerma, y ms que secretario del despacho, verdadero rey de Espaa. No puedo sufrir esto sin olvidarme de quin soy yo, y de quin es l; de que tengo esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo est dominado y esos vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que Espaa ha sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin clera, que hoy est pobre, vendida por todas partes, insultada, punto de ser deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo otro. Odio Lerma, y he conspirado, conspiro y conspirar contra l. Mi conspiracin ha estado punto de costarme la honra, y todava puede costarme la vida. --Ah, seora! Se atrevera ese hombre? --A todo, todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en si me matar l m, en si yo le matar l. --Matarle! --S, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso pblico; una vez por tierra esa cabeza... --Se levantar otra ms soberbia. --Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces aventureros, y nada temo; como haya cado el uno caern los otros; pero sigo la relacin de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche, apenas me qued sola, llam mi buena camarera mayor, la duquesa de Ganda, y pretexto del calor baj con ella los jardines. Cuando me retir, cerca ya de la puerta, mand la duquesa que fuese al banco donde haba estado sentada por mi pauelo, que haba dejado olvidado de intento. La duquesa se alej; el lugar donde la haba enviado estaba algo lejos. Entonces fu al mirto donde al principio de la noche haba visto desde detrs de las celosas de mi balcn poner un papel don Rodrigo. En efecto, encontr un papel doblado entre el ramaje del mirto, y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me qued sola, retirada en mi dormitorio, le aquel memorial; en l don Rodrigo manifestaba de la manera ms clara, y con la indignacin ms profunda, el estado en que se encontraban el rey y Espaa, dominado el uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la otra; el golpe que pensaba darse los moriscos, las descabelladas empresas contra Inglaterra, el descuido con que se vea venir la Liga contra Espaa sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversacin de las rentas reales, la depreciacin de la moneda, la corrupcin de la justicia, los ms altos oficios del reino en la familia de Lerma; su to, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del prncipe... sus hechuras puestas como espas alrededor del trono; cerrado al vasallo el camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio, convertido el clero por su inters al inters del favorito; alejados de Espaa los buenos espaoles; todo vendido, todo profanado, todo enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas, aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por m misma Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con desinters, con lealtad, como conviene un buen vasallo; don Rodrigo logr interesarme con su memorial, no slo porque cre ver en l al hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en l tambin vi al profundo hombre de Estado. Pero qu cansarme intilmente?--dijo la reina levantndose, yendo un secreter, tomando de l un papel y dndosele doa Clara--: he aqu el memorial de don Rodrigo. Doa Clara mir aquel papel. --Ah, infame!--dijo--; ni un slo momento ha pensado en ser leal vuestra majestad. --Cmo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribi su memorial obraba de buena fe. --Esta no es su letra, seora. Que no es su letra! Y cmo lo sabes t? --Como que me ha escrito ms de una y ms de tres cartas de amor. Pero yo he sido ms cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado, ni las he credo. --Y ests segura de que esa no es la letra de don Rodrigo? --Segursima; como que la primera carta que me di, se la vi escribir en la sala de las Meninas un da que estaba de guardia. --Bien, no importa--dijo la reina. --S; s, por cierto--dijo doa Clara--; importa demasiado, y cuando se est en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No, no est escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido que sabe los secretos de vuestra majestad. La reina se puso levemente plida. --Dios nos ayudar, sin embargo--dijo--, como ya ha empezado ayudarnos procurndonos ese joven, que indudablemente es leal. --Y amigo de don Francisco de Quevedo... que est en la corte. --Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que pronto ser tambin de palacio y adems est enamorado como un loco de ti y con razn... Doa Clara se puso encendida. --Adems--dijo la reina, que haba quedado pensativa--; podemos contar con otra persona ms importante de lo que parece... --Una persona importante! --Importantsima. --Y quin es esa persona? --Ven, ven--dijo la reina--, trae una buja. Y marchando delante de doa Clara, fu su dormitorio. --Aqu hay una puerta--dijo la reina sealando un lugar de la tapicera. --Muy oculta debe de ser--dijo doa Clara--, porque no se conoce. --Sin embargo la hay, y explica cmo han podido entrar hasta aqu las misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponan al corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponan, por ltimo, el castigo de Caldern. --Y cmo ha descubierto vuestra majestad esa puerta? --Cuando esta maana encontr sobre la mesa la carta que viste en que se me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre s mis cartas, y se me ofreca darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse averiguar quin era el que de tal modo, burlando el particular inters de la duquesa de Ganda y la presencia de la servidumbre, lograba penetrar hasta mi dormitorio. Cuando t saliste esta noche en busca de los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio, mand la duquesa que me dejase sola: entonces apagu las luces del dormitorio, y con una linterna preparada me escond detrs de las colgaduras del lecho. Pas bien media hora, y ya empezaba impacientarme cuando sent pasos. Prepar la linterna. Pero la persona que se acercaba traa luz: entr precipitadamente en el dormitorio, y mir con avidez: era la duquesa de Ganda, que sigui adelante y entr en el oratorio. Poco despus sali plida, aterrada, murmurando: Dios mo! dnde est la reina? --Ah! seora! ha estado perdida vuestra majestad para la camarera mayor! --Oh, s! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto. --Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad... acostada! --S, s, lo que no ha contrariado poco la buena doa Juana por su torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de otro mayor. --De otro mayor! --S por cierto: poco de haber salido la duquesa, volvi entrar ms plida y ms conmovida, fij una mirada cobarde en el lecho y volvi repetir, Dnde est la reina? no parece su majestad! qu es esto, Dios mo? Si yo hubiera estado en una situacin menos ambigua que escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasin mi acechadero, me hubiera dado luz y me hubiera redo del terror de la duquesa; pero un no s qu me retuvo inmvil. O la duquesa murmurar algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el alczar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente son un portazo; cayse el candelero de las manos de la duquesa, qued el dormitorio obscuras, y o una voz de hombre que amenazaba la duquesa con revelar no s qu secretos suyos si no callaba acerca de lo que suceda. La duquesa di un grito y huy. Luego o pasos recatados sobre la alfombra en direccin la mesa. Entonces, encomendndome Dios, sal de mi escondite y abr la linterna. Vi un hombre, y en la tapicera una puerta abierta, una puerta que yo no conoca: aquel hombre cay de rodillas mis pies. Aquel hombre era... el hombre ms despreciado de palacio, el to Manolillo: el loco del rey. --Ah! el loco de su majestad!--exclam doa Clara--; y ese hombre era el autor de las cartas que aparecan tan misteriosamente? --S. --Y al verse cogido... --Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufn: --He aqu un loco cogido por una loca; porque t, mi buena seora, hace mucho tiempo que ests haciendo locuras. Qu te va ti en que Espaa se pierda se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su rosario? En cuanto lo uno, all se las compongan ellos, que quien sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto lo otro, algrate: as el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti. --Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa? --Mas han sido hasta que han sido tuyas. --Y cmo sabes t que don Rodrigo?... --Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya, reina ma, que le tratemos de filo y de punta. --Cmo sabes t que existen esas puertas? --Bah! es un cuento muy largo; dejmoslo para cuando el rey se ocupe de las cuentas de su rosario. --T quieres escapar! --Y vaya si quiero! como que yo y t, mientras yo est aqu, estamos en una ratonera. --Pero no me explicars?... --S, otro da, ms despacio: por ahora lo que importa es que busques los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de l... creme, mi buena seora: Dios es justo, y como se vali de un muchacho para matar un gigante, se vale de dos locos para matar un gran pcaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendr esta noche por esta misma puerta visitarte. --El rey!--le dije. --S, seora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, qudese en paz y crame, y djeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya. Y se me escap, huyendo por la puerta que se cerr tras l. --As anda todo!--dijo doa Clara--: cuando un reino est sin cabeza... La reina frunci un tanto el bello entrecejo. --El rey es al fin el rey--dijo Margarita con un tanto de severidad. --Pero cuando sirve de escudo traidores... --Dar cuenta Dios. --Y al mundo, cuando hace infeliz una reina tal como vuestra majestad. Margarita haba vuelto su recmara. --Afortunadamente--dijo la reina, sentndose de nuevo en el silln que haba ocupado antes--, la lucha podr ser peligrosa, pero hemos apartado de ella la deshonra, gracias ese noble joven. --Noble, y muy noble--dijo doa Clara--: le ha visto bien vuestra majestad cuando estaba hablando conmigo? --Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta la vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado. --Y no ha visto ms vuestra majestad en ese joven? --No--contest con una ingenua afirmacin la reina. --La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, no han recordado vuestra majestad uno de sus ms grandes, de sus ms leales vasallos, que por serlo tanto est alejado de Espaa? --No--repiti con la misma ingenuidad la reina. --Pues yo he credo, durante algunos momentos, estar hablando con el noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad, sino sus veinticuatro aos. --Parecido ese joven al duque de Osuna! --Es un parecido vago, en el que es muy difcil reparar cuando el semblante de ese joven est tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se parece ms ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en ciertas situaciones el alma sale los ojos... --S, cuando se ama por primera vez... --Oh, seora! juro vuestra majestad que me contrara el amor de ese joven. --Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de m: la verdad del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difcilmente hubiera hecho otro hombre. --Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad. --Es que l crea, y no sin fundamento, que mi majestad eras t. --Psose vivamente encendida doa Clara. --Una casualidad inconcebible: yo cre llevar ms seguro el brazalete en el brazo, y una audacia de ese joven... --Una audacia!... --Ms bien una galantera. --No es lo mismo, pero me agrada tu declaracin; ya le disculpas, y eso significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco... --Que le hago justicia. --No, que le amas. --Que le amo! En una hora!... --En una hora has recibido una impresin de tal gnero, que no le olvidars, yo te lo afirmo; que recordndole le amars... le amars de seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede decirse que ya le amas. --No s, no s... pero... he causado por mi desdicha una impresin tan profunda en su alma... --Impresin de que ests orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha hecho bendecir Dios por la hermosura que te ha concedido. --No, no--contest doa Clara con la misma turbacin que si la reina hubiera ledo en su alma. --Y por qu no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que por ti est en peligro... porque al fin y al cabo ha herido muerto don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traicin infame que traer contra l poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos libertarle. No merece tanto sacrificio que t le ames? --Mi amor, seora, sera un tormento para m, y una desesperacin para l. --El da en que caiga el duque de Lerma, ese joven ser tu esposo: te prometo ser tu madrina. --Ms fcil es que el duque de Lerma muera en un patbulo, lo que por desgracia no deja de ser dificilsimo, que el que yo sea esposa de ese joven. --Y por qu? --Olvida vuestra majestad que mi padre, tratndose de mi enlace, no prescindir jams de su nobleza. --Ese joven es hidalgo, segn he entendido. --S; s, seora, hidalgo es, pero... --No importa que sea pobre; es valiente y alentado. --S, es cierto; pero... --Como valiente y alentado har fortuna. --Por mucha que haga... --Tu padre no es codicioso. --Pero siempre ver que ese joven es sobrino de Francisco Martnez Montio, _cocinero mayor_ del rey. Y doa Clara pronunci la palabra cocinero mayor de una manera singular, en que haba mucho de repugnancia propia. --Pero se parece al gran duque de Osuna--insisti sonriendo la reina--, sobre todo cuando se entusiasma. --Pues peor, seora, peor. --Oh! Peor! --S, por cierto. --Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy galanteador. --Pues por eso digo que peor: un bastardo! Ni mi padre ni yo querramos semejante enlace. --Ni aun interesndome yo por l? --Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y reverencia la excelsitud del rey. --Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado? --Yo le desenamorar. --Ah! Difcil lo veo. --Le tratar... --Como tu corazn te deje tratarle... --He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy bajos; resistir este tambin. Cree vuestra majestad que los veinticuatro aos y criada en la corte, no habr tenido ocasin de resistir tentaciones? --S, s; ya s que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de que se trata debo demasiado ese joven para no ayudarle... Aunque creo necesite poca ayuda, creo que l es bastante para hacerse amar de ti. --Lo veremos--dijo sonriendo tristemente doa Clara. --Lo veremos. Pero qu hora es sta? --Las doce--dijo doa Clara contando las campanadas de un magnfico reloj de pared. --Oh, las doce!... Ya es hora de que t descanses y de que yo me recoja; hasta maana, Clara. Di la camarera mayor que me recojo. --Adis, seora--dijo doa Clara doblando una rodilla y besando la mano la reina. Margarita de Austria la alz y la bes en la frente. Doa Clara sali, y la reina se qued murmurando: --Ve, ve soar con tu primer amor. Dichosa t que amas! Dichosa t que puedes amar! Y dos lgrimas asomaron los ojos de Margarita de Austria, que tuvo buen cuidado de enjugarlas porque se sentan pasos en la cmara. Se abri la puerta y apareci la camarera mayor; con ella venan la condesa de Lemos y la joven doa Beatriz de Ziga. La duquesa de Ganda se inclin profundamente. --Qu os ha sucedido esta noche, mi buena doa Juana?--dijo sonriendo la reina--; creo que me habis credo perdida y que habis estado punto de ofrecer un hallazgo por mi persona. --Ah, seora! Nunca me consolar de mi torpeza. No pensar que poda vuestra majestad estar recogida en el lecho! Y en qu circunstancias! Cuando su majestad el rey estaba en la cmara!... --Ah! Su majestad!... Y qu mandaba su majestad? --Me mandaba que le anunciara vuestra majestad. --Ah! Y ese mandato os caus tanto miedo, que os obscureci la vista y no reparsteis en m? --Seora! --Y sin duda dijsteis vuestra majestad que me haba perdido? Nunca la reina haba hablado de tal manera la duquesa de Ganda; y era que la buena aventura de aquella noche le haba dado valor, que se crea de una manera tangible protegida por Dios y se senta fuerte. La duquesa de Ganda, que haba anunciado con mala intencin la reina que el rey haba querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y fro por Margarita de Austria, se turb. No estaba acostumbrada tanto... --Yo, seora--dijo--, d al rey la excusa de que vuestra majestad estaba acompaada. --Retiros, seoras--dijo la reina la de Lemos y doa Beatriz de Ziga--; vuestro servicio ha concludo, no me recojo. Las dos jvenes se inclinaron. La duquesa de Ganda qued temblando ante Margarita de Austria. --Debsteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi cuarto; dnde haba de estar, duquesa de Ganda, la reina, sino en palacio y en el lugar que la corresponde...? --Seora! --Y sin duda, como servs en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habris avisado de que yo me habra perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dsteis conmigo durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza. --Vuestra majestad me despide de su servicio?--dijo, sobreponiendo su orgullo su turbacin, la camarera mayor. --Creo, Dios me perdone, que os atrevis reconvenirme porque os reprendo. --Yo... seora... --Me he cansado ya de sufrir, y empiezo mandar. Continuaris en mi servicio, pero para obedecerme, lo entendis? --Seora... mi lealtad... --Probadla; id y anunciad su majestad... vos... vos misma en persona, que le espero. --Perdneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar palacio y est en estos momentos despachando con el rey. --Os engais, mi buena duquesa--dijo Felipe III abriendo la puerta secreta del dormitorio y asomando la cabeza--; vuestro amigo el duque de Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido. Y franqueando enteramente la puerta, adelant en el dormitorio. La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la tierra. Era orgullosa, se vea burlada en su cualidad de cancerbera de la reina, y se vea obligada tragarse su orgullo. --Retiros, doa Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su majestad. Que vuelva maana la hora del despacho... si no... dejadle que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiros... habis concludo vuestro servicio; la reina se recoge. La duquesa de Ganda se inclin profundamente y sali. Apenas se retir, la reina sali del dormitorio, y cerr la puerta de su recmara, volviendo otra vez junto al rey. Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirndose frente frente. CAPTULO XIII EL REY Y LA REINA --Qu os he hecho yo para que me miris de ese modo?--dijo el rey, que pretenda en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial de su esposa. --Hace cinco meses y once das que no pisis mi cuarto--dijo la reina. --Dichoso yo, por quien llevis tan minuciosa cuenta Margarita--dijo con marcada intencin el rey. --Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos. [imagen: La reina doa Margarita de Austria.] --Ah! exclam el rey... vuestra dignidad... no vuestro amor... --Mi amor! No lo merecis. --Seora! --Hablo mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habis penetrado como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando; habis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no conoca. Quin os obliga ocultaros en vuestra casa? --Creo, seora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que paso la noche con vos. --Pero saben que la pasis por sorpresa. --No tanto, no tanto. --Os habis venido huyendo del duque de Lerma. --Qu hacis?--dijo Felipe III. --Ya lo veis, me siento. --No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aqu para trasnochar sentado junto vos. La reina no contest. --Vos no me amis--dijo el rey. --Haced que os ame. --Pues qu! no debis amarme? --Debo respetaros como mi marido; y una prueba de mi respeto son el prncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas. --Ah! ah! me respetis! y os quejis de que yo tema pasar de esa puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando slo encuentro respeto! --Habis procurado que yo os ame...? --Enamorado de vos me habis visto... --Pero ms de vuestro favorito. --Oh, oh! el duque de Lerma podra quejarse de vos, seora; le acusis. --De traicin. --Oh! oh! --Y le estoy acusando desde poco despus de mi llegada Espaa. --Pero yo, Margarita, no haba venido ciertamente... --Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasin para querellarme vos de vos y por vos. --Pues no os entiendo. --Es muy claro: tengo que querellarme vos de vos y por vos, porque don Felipe de Austria ofende al rey de Espaa. --Qu ofendo yo al rey de Espaa? Es decir, que yo, m mismo?... pues lo entiendo menos. --Ofendis al rey de Espaa, porque abdicis dbilmente el poder que os han conferido, primero, la raza ilustre de donde vens, y despus Dios, que ha permitido que descendis de esa raza, entregando el poder real, sin condiciones, un favorito miserable y traidor. --Habis hablado hoy con el padre Aliaga, seora? --No, ciertamente: yo no hablo con nadie ms que con las personas cuya lista da el duque de Lerma la duquesa de Ganda. --Os engais, porque hablis todos los das y todas horas con una persona quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque. --Y quin es esa persona? --Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doa Clara Soldevilla. --Sera la ltima degradacin que poda sentenciarme vuestra debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi servidumbre. A propsito; es ya demasiado mujer para menina, y voy nombrarla mi dama de honor. --Y quin lo impide! --Nadie... pero os lo aviso. --Enhorabuena: decid doa Clara que yo la regalo el traje y el velo y aun las joyas, para cuando tome la almohada. --Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica. --Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro... --Os doy las gracias, seor. --Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme... --Qu me amis?--dijo la reina inclinndose hacia el rey, dejndole ver un relmpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente plida como las azucenas y coronada de rizos de color de oro. --Oh, qu hermosa eres, Margarita!--dijo el rey, en cuyas mejillas apareci la palidez del deseo. Y la atrajo s. Margarita de Austria, se sent en un movimiento lleno de coquetera en las rodillas del rey, y se dej besar en la boca. --Depn al duque de Lerma--dijo la reina entre aquel beso. El rey se retir bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de Margarita. --Ya saba yo que no me ambais--dijo la reina levantndose y mirando al rey con clera. --Pero seor, cundo descansar yo?--exclam el rey dejndose caer en el respaldo del silln. --Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina--dijo con dulzura la reina--; cuando pienses que un rey no sirve Dios solo rezando, sino mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus vasallos. --Ya velan por todo eso mis secretarios. --Tus secretarios! s, es verdad! velan por los espaoles, y cuentan sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado. --Eres injusta, yo no escucho ninguna queja. --Las quejas no llegan ti. Se pierden en el camino. --Te pregunt si habas hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del padre Aliaga, aunque ms embozada y respetuosamente, aprovechndose de que el duque tena un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el mismo sermn. Y suponiendo que no os engais, ni t que eres la reina de las reinas, por virtud, por discrecin y por hermosura, ni el padre Aliaga, que es casi un santo, qu queris que haga?--Reduzca vuestra majestad los gastos de su casa, que Espaa anda descalza--me dice el padre Aliaga--. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo. --Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas reales son robadas. --Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un caballero tal como el duque... --Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios miserablemente?... --Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisin de corregidor que se ha dado esta maana Diego Soto, para que la venda en lo que pudiere... y todo est firmado por m. --S, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba... --Oh! no puede ser. --Mira. Y la reina sac las dos cartas que haban encontrado en la cartera de don Rodrigo Caldern, con las suyas, y di una de ellas al rey. Felipe III ley la cabeza y la firma: --A don Rodrigo Caldern!--El duque de Uceda! --Lee, lee... y juzga. Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla Juan de Villalpando. Ya le conocis. Es un hombre muy propsito para nuestros proyectos. No os olvidis que para acabar con el duque de Lerma... --Ah! ah!--dijo el rey--; no lo creyera si no lo viera; y es letra y firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos... el hijo contra el padre... ya saba yo que no andaban muy acordes entrambos duques... pero que llegasen tanto!... Ah! ah! --Sigue, sigue--dijo con impaciencia la reina. --No olvidis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender al rey cun ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de Villalpando: all tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le teman. Pero como el duque no proveer en nadie las alcabalas de Sevilla en menos de diez mil maraveds, es necesario que vos interpongis para con l lo mucho que podis, fin de que de los diez mil rebaje la mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os ver la tarde en la comedia... El rey dobl lentamente la carta y pleg su entrecejo: una expresin de majestad y de dominio, aunque indecisa, se marc en su semblante y luego volvi desdoblar la carta y la ley lentamente. Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo en tiempo rompen la impura atmsfera que rodea los reyes. Margarita de Austria, que miraba con profunda alegra el cambio que se haba operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que el rey lea por segunda vez. --Del conde de Olivares--dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda carta. --Lee, lee y vers que el duque de Lerma, ms de ser ladrn, es torpe, que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el tal don Rodrigo es ms traidor, ms ambicioso, ms miserable que todos ellos. El rey ley: Os escribo, porque, interesndoos vos tanto como m el negocio de que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero exponerme que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened vos por vuestra parte el papel de enemigo mo, que por la ma yo sostendr el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de m y mirndome de reojo, que yo seguir hablando mal de vos sin miraros derechas. Lo de la expulsin de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos tambin en Espaa, y esta guerra la provocarn los moriscos, que no se rendirn sin combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentir el comercio que ellos alimentan en gran manera, faltar ms de lo que falta el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el ingls, apretar la guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscacin de los bienes de los moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejar deslumbrar por este negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrar de ms algunos millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de esperar que el prncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del prncipe lo dejaremos al conde de Lemos y don Baltasar de Ziga, y puesto que el rey es quien puede hacer reyes, vmonos derechos al rey. Sitiemos por hambre al duque hacindole cometer algunos disparates, y el duque, que si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sera invencible, caer, no lo dudis, aunque para ello nos veremos obligados empobrecer el reino, debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo ms, porque ni tanto era necesario deciros. Gurdeos Dios.--_El conde de Olivares._ --Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de la Oliva y de Olivares. Prueba que los dos condes son ms perspicaces que t, y que saben cunto es torpe y ciego el duque de Lerma. --Pero no le vencieron. --Por una casualidad. --El duque lo tena previsto todo. --Ni el duque ni nadie poda prever que don Juan de Aguilar tuviese la fortuna de aterrar los infelices moriscos en la primera batalla; ni el duque ni nadie poda prever que los enemigos exteriores de Espaa no se aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fu traidor y torpe. --Traidor! --S, traidor, y de la manera ms criminal que puede ser traidor un vasallo: manchando ante la historia el nombre de su seor... porque tu nombre aparecer manchado en la historia por esa tirana feroz inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les rob. La mirada del rey se hizo vaga. --Y torpe, torpe... porque no previ las funestsimas consecuencias que pudo traer sobre Espaa, y que en la parte de su riqueza y de su poblacin la ha trado, el cumplimiento de aquel infame edicto. --Margarita!--exclam el rey, cuya conciencia se retorca. --Yo te ped de rodillas, aqu, en este mismo sitio, que revocaras aquel edicto; y te lo ped por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu dignidad de rey, ms que por el bien de tus reinos. Te lo ped, Felipe, porque te amo, y porque te amo, te pido la deposicin del duque de Lerma. --Que me amas, Margarita! que me amas!--exclam el rey--y no me lo has dicho hasta ahora! --Qu mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus hijos?--exclam en un sublime arranque Margarita, arrojndose los brazos del rey. Y levantndose de repente, aadi: --Y no te lo he dicho; no se lo he dicho nadie, no, y me he mostrado siempre contigo reservada y fra porque... mi orgullo de mujer ha estado continuamente ofendido al verme pospuesta un favorito. --Y quin, quin buscar... --A quin? al duque de Osuna... --Es demasiado soberbio. --Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espnola, y si no... si no... Quevedo. --Osuna, Espnola, Quevedo! dos soldados y un poeta! --Tres espaoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo, estn alejados de ella por el temor de los traidores. --Lo pensar, lo pensar--; dijo el rey. --No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; no tienes confianza en tu esposa, Felipe?... no me amas? no crees en mi amor? --Lo pensar... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones. Y el rey se dirigi al oratorio de la reina. --Oh! Dios mo! Dios mo!--dijo Margarita viendo desaparecer al rey por la puerta del oratorio--Ten piedad de Espaa! Ten piedad de m! CAPTULO XIV DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO QUE AVERIGU POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON OTROS PARTICULARES. Apenas Juan Montio haba desaparecido por la escalerilla de las Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se emboc por aquellas escaleras en seguimiento del joven. --En peligrosos pasos anda el mancebo--dijo don Francisco--; sobre resbaladiza senda camina; sigmosle, y procuremos avizorar y prevenir, no sea que su padre nos diga maana: con todo vuestro ingenio, no habis alcanzado desatollar mi hijo. Y Quevedo segua cuanto veloz y silenciosamente le era posible, la joven pareja que le preceda en las tinieblas. --Y quin ser ella?--quin ser ella? deca el receloso satrico. Y segua, sudando, pesar del fro, los dos jvenes, que andaban harto de prisa. --Pues he perdido la memoria y el tiento, todo junto--deca Quevedo--, se encaminan la portera de Damas; parceme que se paran: adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ah! esa momentnea luz... el cuarto de la reina... ser posible? me habr yo engaado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendra. Pero quin va? Haba odo pasos Quevedo. --No va, viene--dijo una voz ronca. --Por el alma de mi abuela! y de dnde vens vos, hermano? --Ni s si del cielo si del infierno. Vos, hermano, ya s que del infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos la gloria. --Ha venido ser el purgatorio, Manolillo, hijo. --Veo que no habis olvidado los amigos. --Y cmo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niez se me han pegado vuestras picardas? --Yo no soy pcaro, y si lo soy, soy pcaro sueldo. --Tanto monta, que nadie hace picardas al aire. Pero dnde vivs? Parceme de que me llevis por las escaleras de las cocinas. --As es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto poda ver, y mi mechinal me vuelvo. --Pues sgoos. --En buen hora sea. --Decidme, por qu me dijsteis all abajo que no sabais si venais del cielo del infierno? --Decalo por un mancebo que acaba de entrar... --En el cuarto de la reina?... --Habisle visto? --Le segua. --Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto una gloria un infierno? --Alegrarame que le glorificasen. --Y yo; aunque no fuese ms que por verme vengado... --Del rey?... --Qu rey! qu rey!--dijo el bufn. --Parceme ser bien que callemos hasta que nos veamos en seguro. --Decs bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero ya llegamos. Acababan de subir las escaleras, y el to Manolillo haba tomado por un callejn estrecho. Detvose cierta distancia del desemboque de las escaleras, y son una llave en una cerradura. --Pasad, pasad, don Francisco--dijo el bufn. Quevedo entr tientas en un espacio densamente obscuro. El bufn cerr. Poco despus se oy el chocar de un eslabn sobre un pedernal, saltaron algunas chispas, y brill la luz azul de una pajuela de azufre, que el bufn aplic al pbilo de una vela de sebo. Quevedo mir en torno suyo. Era un pequeo espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de muebles, cuyo fondo haba una puerta, la que se encamin el bufn. Siguile Quevedo. El to Manolillo cerr aquella puerta. Era el bufn del rey un hombre como de cincuenta aos, pequeo, rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el estado de su alma, estaba impresa la expresin de un malestar roedor, de un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita su ancha boca, cuyos labios sutiles haban contrado la expresin de una sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo, sombra y dolorosa entonces que el mundo no le vea. El color de su piel era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada, audaz, inteligente, marcada por un no s qu solemne; las cejas y los ojos negros; pero estos ltimos pequeos, redondos, mviles, penetrantes, en que se notaba un marcadsimo estrabismo; la nariz larga y aguilea; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de gigante, cortos, musculosos, fuertes; vesta un sayo y una caperuza dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un cinturn negro que slo serva para sujetar un ancho y largo pual. El bufn se sent en un taburete de pino, y dijo Quevedo: --Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y mudo. Sentos en ese viejo silln, que era el que serva al padre Chaves para confesar al rey don Felipe II. --Sintome aunque me exponga que se me peguen las picardas del buen fraile dominico--dijo Quevedo sentndose. --Oh! y si te hablara ese silln!--dijo el to Manolillo. --Si el silln calla, Espaa acusa con la boca cerrada los resultados de los secretos que junto este silln se han cruzado entre un rey demasiado rey, y un fraile demasiado fraile. --Pero al fin, don Felipe II... --No era don Felipe III. --En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga. --El padre Aliaga no tiene ms defecto que ser tonto--dijo Quevedo mirando de cierto modo al bufn. --Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos amigos; ya sabis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey, como de santo el duque de Lerma. Si queris saber lo que ha pasado en la corte en los dos aos que habis estado guardado, preguntadme derechamente, y yo contestar en derechura. Sobre todo, sirvmonos el uno al otro. --Consiento. Y empiezo. En qu consiste que esa gentecilla no haya hecho sombra del padre Aliaga? --En que el rey, es ms rosario que cetro. --Y cree un santo fray Luis? --Y creo que no se engaa, como yo creo que si fray Luis es ya santo, acabar por ser mrtir, tanto ms, cuanto no hay fuerzas humanas que le despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan espaol y tan puesto en lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su hbito... motiln ms completo!... Si yo no tuviere tantas penas, sera cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; ms bandos hay en palacio que bandas, y ms encomendados que comendadores, y ms escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el alczar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en l que si fuera despoblado, y en cuanto montera, piezas mayores pueden correrse en l, sin necesidad de ojeo, que no lo creyrais si no lo virais. --Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza. --Su majestad el rey de las Espaas y de las Indias, quien Dios guarde. --Te engaaste, hermano bufn; tu lengua se ha contaminado y anda torpe. El rey no puede ser pieza mayor... por ningn concepto. Y lo siento, porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La reina es demasiado austriaca. --Y demasiado mujer, lo que juntndose que hay en la corte gentes demasiado atrevidas... --De las cuales vos no sois una de las menores. --Tengo pruebas... --Pues mostrad, to Manolillo... dadme capote, que por ms que lo sienta os aplaudir... pero engaarme yo tratndose de mujeres!... creer yo la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engao, ni en la honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que me tenis impaciente, y tanto ms, cuanto tengo que haceros preguntas de dos aos. Quin es el rey secreto? --Para que lo fuera por entero, slo poda ser don Rodrigo Caldern. --T! t! os engaisteis, hermano. --Don Rodrigo tiene cartas de la reina. --Tngolas yo. --Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo. --Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo ms que cartas. --Sois leal y bueno. --Tinenme por rebelde. --Los pcaros. --Y aun los que no lo son. --Sois una cosa y parecis otra. --Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querra que me explicseis... --Os he visto tamao como una mano de mortero, cuando andbais poniendo mazas las damas de palacio, y cuando ms tarde ellas os ayudaban poner mazas sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y mecindoos sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho, don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois tambin, aunque menos; vos lloris riendo, y yo ro rabiando; vos os mostris contento con lo que sois, y queris ser lo que ninguno se ha atrevido pensar; yo llevo con la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles, y si pudiera convertirme en basilisco, matara con los ojos ms de uno de los que me llaman por mucho favor loco... Ah! ah! ah! yo, estruendo y chacota del alczar, llevo conmigo un veneno mortal, como vos en vuestras stiras regocijadas ocultis el veneno de un milln de vboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas ms. Yo no tengo ms licencias que las que disculpa de loco me tomo; yo no escribo stiras, pero las hago; yo no empuo hierros, pero mato desde lo obscuro. Vos sonis ms que yo; vos sois el bufn de todos por estafeta, y yo soy el bufn del rey por oficio parlante; cuando vos pasis por una calle, todos dicen: all va Quevedo! y se ren. Cuando yo paso por las crujas de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey ms que conmigo: all va el simple del rey! y... se ren tambin; y vos os aprovechis de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de las risas de los cortesanos que son mi nico pual. Vos sois enemigo de los que mandan, y abusan del rey, y servs al duque de Osuna, y os declaris por la reina, por ambicin, y yo aborrezco los que vos aborrecis y amo los que vos amis por venganza. Sabe acaso alguien dnde vos vais? sabe alguien dnde yo voy? oh! y si alguna vez llegamos al fin de nuestro camino, juro Dios que no han de reirse ms de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergenzas del bufn. Quedse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la mirada del bufn en lo ms recndito de su alma, y luego levant la cabeza, y fij en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora. --Dios sabe dnde vais vos, dnde voy yo--dijo--; pero si me conocis tanto como decs, saber debis que, como me cuesta el andar mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propsito de las piezas mayores de palacio, habisme dicho que la primera es el rey. Os engais; pero como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo de vuestro engao. En esto debe de danzar la Dorotea... vuestra ahijada... vuestra hija, vuestra querida... Psose plido como un difunto el to Manolillo. --Pobre Dorotea!--exclam el bufn. --Pobre de vos, que sois un insensato... All en San Marcos supe, por cartas de algunos amigos que se venan sin que nadie las viese mi bolsillo, y que yo lea cuando de nadie era visto, supe, repito, que la Dorotea se haba escapado del convento donde la guardbais y se haba metido cmica; supe adems que el duque de Lerma la mantena, y alegrme, porque dije: el to Manolillo ser enemigo muerte de su excelencia. Ahora medito, y despus de meditar, saco en claro: que siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber andado en la venta don Rodrigo Caldern; que siendo don Rodrigo Caldern lo que es, puede haber habido algo que no gustara al duque de Lerma si lo supiese, porque el buen seor es muy vanidoso, muy credo de que lo merece todo, pesar de sus aos y de sus afeites; que habiendo habido algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habr tenido celos, y no habr encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo que un ministro tonto, un rufin dorado, una mujerzuela semi-pblica y un padre amante, pariente tal como vos, que tratndose de Dorotea no sois ya un loco sueldo, sino un loco de veras, son pueden ser la causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha tenido la desgracia de ser reina de Espaa, cuando el rey de Espaa es Felipe III. --No habis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don Francisco? --S por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones; como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo que me interesa mucho y que... os voy dar un alegrn, to Manolillo; pero habis de pagrmelo dicindome todo lo que sepis. --Si me alegro, os pago. --Pues bien, es muy posible que estas horas don Rodrigo Caldern est en la eternidad. --Dios mo!--exclam el bufn--. Pero estis seguro, don Francisco! --Lo que s deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando da un golpe, acaba de reir con l y de tenderle cuando entr en palacio. --Ah! ah! han encontrado quien les haga el negocio de balde! --Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con don Rodrigo Caldern. --Muy caro? --S por cierto; como que est enamorado como un loco de la dama por quien se ha metido en ese lance. --Esperad! esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar en l un no s qu... conocis ese mancebo? --Mucho! --Y cmo se llama? --Juan Martnez Montio. --Ah! es pariente del cocinero del rey? --Su sobrino carnal, hijo de su hermano. --Don Francisco, no merecis que yo os hable con lisura. --Por qu? --Porque vos no sois conmigo liso y llano. --Cogedme en un renuncio. --Estis cogido. --Por dnde? --Por ese mancebo. --Y por qu? --Por qu? no decs que es sobrino del cocinero mayor? --As resulta de su partida de bautismo. --Las partidas de bautismo se compran. Mir Quevedo profundamente al bufn. --Pero lo que no se compra es el semblante. --Qu queris decir? --Digo que s algo de ese secreto. --De qu secreto? --Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo, pesar de que nadie nos escucha. --Tenis pruebas? --De que ese mancebo...? vaya! al verle me acometi una sospecha; pero cuando me habis dicho que es hijo de un Montio... no pude dudar... como que... ya se ve, estoy en el enredo... --Acabaremos, hermano bufn? --Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montio se llamase don Juan Girn... --Diablo!--exclam Quevedo. --Cmo! no lo sabais, don Francisco? --Algo se me alcanzaba. --Y sabis cmo se llamaba su madre? --No me lo han dicho. --Pues yo voy decroslo. --Sepamos. --La madre se llamaba... y se llama, doa Juana de Velasco, duquesa viuda de Ganda, camarera mayor de su majestad. Abri enormemente los ojos Quevedo. --Y qu hermosa, qu hermosa estaba entonces la duquesa. --Pero estis seguro de ello, amigo Manolillo? --Que si estoy seguro! como lo estara si, por ejemplo, dentro de algunos meses la seora condesa de Lemos, despus de haber estado mucho tiempo en la cama pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido, saliese una noche de Madrid en una litera. --Ah! ah! y no habis encontrado para vuestra comparacin otra dama que doa Catalina de Sandoval? --Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Ganda, tan viva como ella, y tuvo la fortuna la desgracia de encontrarse una noche obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doa Catalina en el alczar con... --Pero to Manolillo, vamos cuentas: vos sois el bufn del rey, el mochuelo del alczar? --De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos. --Como m. --Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero contino con mi suposicin: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la seora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello; que al ver aquello me acuerdo de lo otro que o por casualidad, ajusto la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedar la aventura, y me voy detrs de la litera y de los hombres que la acompaan; que as andando, andando, y recatndome, amparado de una noche obscura, sigo la litera por espacio de cinco leguas, y entro tras ella, recatndome siempre en un lugar... supongamos que aquel lugar es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se cierra en silencio; que yo me quedo la mira, y las dos noches despus, vacilante y trmula, veo salir de nuevo la seora condesa muy tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma el camino de Madrid. Que yo me quedo an en el pueblo, y que los tres das se bautiza solemnemente un nio. Aunque me digan frailes franciscos que aquel nio es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de su mujer, yo dir siempre, aun cuando pasen muchos aos: ese tal no se llama Juan Lanas, no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval. --Ah! bribn redomado--exclam Quevedo--, gato sin sueo, hurn de secretos; guardad por caridad el que habis pescado esta noche, que ridculo fuera negroslo, y decidme por caridad tambin: era ya pieza mayor del alczar cuando en l andaba mi seor, el conde de Lemos? --No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la buena doa Catalina dejase de ser coto cerrado, como fu necesario todo un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doa Juana de Velasco aadiese su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que doa Juana de Velasco no sabe quin es el padre de su hijo incgnito; ni el nombre del dueo de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueo su encuentro con un hombre audaz en una galera del palacio del Escorial, punto que por un celo exagerado iba avisar la infanta doa Catalina, de que acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos haban vencido la armada _Invencible_; un soplo malhadado mat la buja de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acuda al lado del rey, que estaba en el coro, se di un tropezn con ella. De modo que, si el viento no destruye la _Invencible_, y si otro soplo de viento no mata la luz de doa Juana de Velasco, Juan... Montio no existira. --Y si vos no estuvirais en todas partes, no sabrais ese secreto endiablado de hace veintids aos, ni este otro secreto reciente... Os pido por caridad, hermano bufn, que callis, que callis como habis callado acerca del secreto de la duquesa... y como nos embrollamos y nos revolvemos, bueno ser que volvamos buscar el hilo. Decamos... --Justo, decamos propsito de si el rey era pieza mayor menor... --A propsito de eso habamos ido dar en don Rodrigo, y propsito de don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de la reina. Decamos, deca yo, que est enamorado como un loco de la dama que le ha metido en el lance; pero l no conoce esa dama... --Que no la conoce y est enamorado? --Cosas de mozos; se ha enamorado bulto. --Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para cuando la vea el semblante. --Pero quin es ella? habremos tropezado con otra pieza mayor? --No por cierto; se trata de una doncella que, pesar de su hermosura, nunca ha tenido novio. --El nombre, to Manolillo, el nombre. --Doa Clara Soldevilla. --La hermosa, la hermossima hija, digo, si en los dos aos que no la veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el buen Ignacio Soldevilla. Y dnde est su padre? --En Npoles con el duque de Osuna. -Ah! diablo! diablo! parceme que si los muchachos se quieren, podremos tener boda; pero maravllame que doa Clara, que no le ha conocido hasta esta noche... --Aqu debe de haber algo... y algo grave--dijo el to Manolillo--, en lo que acaso yo no tenga poca parte. --Explicos por Dios, hermano. --Explcome, y para explicarme pregunto: dnde ha visto don Juan Girn?... --Juan Montio, hermano, Juan Montio. --Bien, dnde ha visto Juan Montio doa Clara? --En la calle. --En la calle! --Amparse de l al verse perseguida por don Rodrigo Caldern. --Ah, me parece que voy trasluciendo! Y dnde llev doa Clara Montio? --Callejele de lo lindo, largse, y le meti en un lance de estocadas con don Rodrigo. --De cuyo lance... --No por cierto... contentse con desarmarle y se fu buscar su to postizo casa del duque de Lerma. --Y cundo hiri mat ese joven don Rodrigo? --Eso es despus. --Y cmo sabis vos...? --Encontrle en casa del duque de Lerma, donde yo iba en busca del cocinero mayor, y le met en la casa. Pero en la puerta me encontr antes de hablar con Montio... quin diris que me encontr?... --No adivino. --A Francisco de Juara. --Lacayo y pual de don Rodrigo Caldern... ah! ah! hermano Quevedo, y qu conocimientos tenis! --El conocer no pesa. Francisco de Juara me cont lo que haba acontecido su seor con Juan Montio, y Juan Montio se alegr mucho en hallarme y yo de hallarle y... pero vamos al secreto. Yo iba casa del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Ganda para el duque, que me haba dado la condesa de Lemos, con quien tropec cuando iba al alczar en busca del cocinero mayor... de modo que, vlame Dios y qu rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don Felipe el II tiene la culpa de mi encontrn con la condesa de Lemos. --Pardiez, no atino! --Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la _Invencible_ y enviarla saludar la reina de Inglaterra, la tempestad no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Ganda no hubiera ido al cuarto de la infanta doa Catalina, ni el duque de Osuna al coro en busca del rey; no se hubieran encontrado, pues, obscuras duquesa y duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San Marcos me hubiera yo ido Npoles en vez de venirme Madrid, y no me hubiera encontrado con la buena, buensima hija del duque de Lerma: ni ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por consecuencia, hubiera yo encontrado en el zagun del duque Juan Montio, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque despus de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado Juan Montio, que me acometi equivocndome con don Rodrigo, quien esperaba para matarle, y si yo no hubiera estado all cuando don Rodrigo sali, Juan Montio muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un mal golpe por detrs nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le entretena por delante. De modo que puede decirse que si el rey don Felipe no enva la _Invencible_ contra Inglaterra, no sucede nada de lo gravsimo que ha sucedido esta noche. --Desenmaraemos este enredo, y pongmosle claro para dominarle, hermano Quevedo. Decs vos que ese mancebo entr en casa del duque de Lerma amparado de vos, y pudo ver su to. --Eso es. --Que despus encontrsteis ese mozo al salir por el postigo del duque esperando don Rodrigo para matarle. --Verdad. --Ahora bien; por qu quera matar ese mozo don Rodrigo?--repuso el bufn. --Porque deca haba comprometido el honor de una dama. Quedse profundamente pensativo el bufn, como quien reconcentra todas sus facultades para obtener la resolucin de un misterio. --El cocinero mayor de su majestad--dijo el bufn--, es usurero! --Qu tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montio para nuestro secreto? --Esperad, esperad. El seor Francisco Montio se vale para sus usuras, de cierto bribn que se llama Gabriel Cornejo. --Veamos, veamos dnde vais parar. --Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que ms de usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza ma un secreto. --Un secreto! --Sabe que yo quiero quera matar don Rodrigo Caldern. Sabe adems otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo Caldern tiene tena cartas de amor de la reina. --Tena! Tena!--dijo con arranque Quevedo--. Decs bien, to Manolillo, decs bien, vamos viendo claro; ya s, ya s lo que Juan Montio buscaba sobre don Rodrigo Caldern cuando le tena herido muerto sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina; para entregar esas cartas era su venida palacio, para eso, y no ms que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad. --Pues si ese caballero ha entregado la reina esas cartas, y don Rodrigo Caldern no muere... qu importa que muera don Rodrigo...? siempre quedarn el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado en manos de su majestad, sta se creer libre y salvada, y apretar sin miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga... --Y la ayudo yo... --Y yo... y yo tambin... pero... son infames y miserables, y la reina est perdida... est muerta.. --Muerta! Se atrevern! y aunque se atrevan... podrn...? --S, s por cierto; y para probaros que pueden, os voy nombrar otras de las piezas mayores que se abrigan en el alczar. --Ah! Otra pieza mayor! --Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey. --Ah! Tambin el buen Montio! --Lo merece por haber inventado el extrao guiso de cuernos de venado que sirve con mucha frecuencia al rey. --Contadme, contadme eso, hermano. Enredo ms enmaraado! Y no s, no s cmo se ha atrevido, porque su difunta esposa...! --La maestra de los pajes... --Y qu oronda y qu fresca que era! Y qu aficionada los buenos bocados! --Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que haba ratones en la despensa; pero no di con el ratn. --Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita. --Pobre Montio...! --Hereje impenitente... pero sepamos quin es ahora el ratn de su despensa. --No es ratn, sino rata y tremenda... el sargento mayor, don Juan de Guzmn. --El que mat al marido de cierta bribona quien galanteaba, y parti con ella los doblones que el difunto haba ahorrado, por cuyo delito le ahorcan si no anda por medio don Rodrigo...? --El mismo. --Ha mandado don Rodrigo ese hurtado la horca que enamore la mujer de Francisco Montio... --Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra cacerolas. --No cre, no cre que llegase tanto el malvado ingenio de don Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Algrome de haberos encontrado, amigo bufn, porque Dios nos descubre maraas que deshacer... y las desharemos podremos poco. Pero contadme, contadme: en qu estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor cocinera? El to Manolillo no contest; haba levando la cabeza, y pustose en la actitud de la mayor atencin. --Qu escuchis?--dijo Quevedo. --Eh! Silencio!--dijo el bufn levantndose de repente y apagando la luz. --Qu hacis? --Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la otra puerta no vean luz bajo sta. Es necesario que me crean dormido; necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan. Callad y od. --Quevedo concentr toda su vida, toda su actividad, toda su atencin en sus odos, y en efecto, oy unas levsimas pisadas como de persona descalza, que se detuvieron junto la puerta del bufn. Durante algn espacio nada se oy. Luego se escucharon sordas y contenidas las mismas leves pisadas, se alejaron, se perdieron. --Es l?--dijo Quevedo. --El debe ser; pero el cocinero mayor... cmo se atreve ese hombre?... --Francisco Montio no est en Madrid esta noche. --Ah! pues qu cosa grave ha sucedido para que deje sola su casa? --Segn me ha dicho su sobrino postizo, ha ido Navalcarnero, donde queda agonizando un hermano suyo. --Oh! entonces el que ha pasado es el sargento mayor Juan de Guzmn. Y el bufn se levant y abri la ventana de su mechinal. --Qu hacis, hermano? cerrad, que corre ese vientecillo que afeita. --Obscuro como boca de lobo--dijo el bufn. --Y qu nos da de eso? --Y lloviendo. --Pero explicos. --Queris ver al ratn en la ratonera junto al queso? --Diablo!--dijo Quevedo--. Y para qu? Y despus de un momento de meditacin, aadi: --Si quiero. --Pues quitos los zapatos. --Para salir al tejado? --No tanto. Por aqu se sale las almenas viejas, y por las almenas se entra en los desvanes, y por los desvanes se va muchas partes. Por ejemplo, al almenar donde cae la ventana del dormitorio del cocinero de su majestad. --Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero--dijo Quevedo quitndose los zapatos. --No dejis aqu vuestro calzado, porque saldremos por otra parte. --Ya saba yo que rais el hurn del alczar. --Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y averiguo maravillas. Estis listo ya, don Francisco? --Zapatos en cinta me tenis, y preparado todo. --No os dejis la linterna. --Qu es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la llevo, y haciendo compaa mis zapatos. Estis vos ya fuera? --Fuera estoy. --Pues all voy y esperadme. Eso es. Y sabis que aunque viejo no habis perdido las fuerzas? Me habis sacado al terrado como si fuera una pluma. Estas piernas mas... parece providencia de Dios para muchas cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme. --Dadme la mano. --Tomad. --Estamos en los desvanes. --Mi linterna me valga. --Nos viene de molde, porque estos desvanes son endiablados. --_Fiat lux_--dijo Quevedo abriendo la linterna. Encontrbanse en un desvn espacioso, pero interrumpido cada paso por maderos desiguales. El bufn empez andar encorvado y cojeando por aquel laberinto. De repente se detuvo y ense un boquern Quevedo. --Y qu es eso?--dijo don Francisco. --Esto es una providencia de Dios. --Ms claro. --Eso era antes un tabique. --Y ocultaba algo bueno? --Una escalera de caracol. --Y dnde va parar esa escalera? --A muchas partes, entre ellas la cmara del rey y de la reina, y las cuevas del alczar. --Y cmo dsteis con ese tesoro, hermano? --Buscando un gato que se me haba hudo. --Sois el diablo familiar del alczar. --Sigamos adelante, que luego volveremos por aqu. --Sigamos, pues. Anduvieron algn espacio. --Dadme la mano y cerrad la linterna. --Hemos llegado? --Estamos cerca. --_Fiant tenebr_--dijo Quevedo cerrando la linterna. --Ahora venid; venid tras de m en silencio y veris y oiris. Zumbaba el viento, llova, y el viento y la lluvia y la obscuridad de la noche protegan los dos singulares expedicionarios. [imagen: Y qu es eso?] Marchaban entre un tejado y un almenar. De repente el bufn asi Quevedo, y le volvi sobre su derecha. Entonces Quevedo vi frente l una ventana, y por algunos agujeros de sta el reflejo de una luz en el interior. Quevedo acerc su semblante y peg sus antiparras uno de aquellos agujeros, y el bufn su lado, se puso asimismo en acecho. En aquel mismo punto di el reloj del alczar las tres de la maana. CAPTULO XV DE LO QUE VIERON Y OYERON DESDE SU ACECHADERO QUEVEDO Y EL BUFN DEL REY Un hombre se paseaba en una habitacin muy pequea y harto humildemente alhajada. Una estera de esparto, algunas sillas, una mesa sobre la que arda una lamparilla delante de una Virgen de los Dolores, pintada al leo, y algunas estampas en marcos negros sobre las paredes blancas, componan todo el menaje de aquella habitacin. Al fondo haba una puerta cubierta con una cortina blanca. Sentada en una silla, junto una mesa, apoyado en ella un brazo, y en la mano la cabeza, haba una mujer joven y hermosa, pero triste, pensativa y todas luces contrariada. Esta mujer era Luisa, la esposa del cocinero mayor de su majestad. Blanca, blanqusima, pelinegra y ojinegra, gruesecita, de mediana estatura, si no se descubra en ella esa distincin, esa delicadeza que tanto realza la hermosura, no poda negarse que era hermosa, muy hermosa, pero con una hermosura plebeya, permtasenos esta frase. Haba en ella sobra de vida, sobra de voluntad, violencia de pasiones, disgusto profundo de su suerte, todo esto representado y como estereotipado en su semblante. Estaba, como dijimos anteriormente, encinta de una manera abultada, y vesta sencilla, ms que sencilla, miserablemente. El hombre que se paseaba en la habitacin y hablaba casi por monoslabos y lentamente con Luisa, era un hombre alto, fornido, soldadote en el ademn, en el traje y en la expresin, con cabellera revuelta, frente cobriza, ojos negros, mviles y penetrantes, mejillas rubicundas y grandes mostachos retorcidos. Vesta una gorra de velludo con presilla de acero, un coleto de ante, cruzado por una banda roja, una loba abierta de pao burdo que dejaba ver el coleto, la banda y un ancho talabarte de que penda una enorme espada, unas calzas rojas imitadas grana, y unos zapatos altos. Este hombre, en el conjunto, poda llamarse buen mozo, uno de esos Rolandos lo ms propsito para volver el seso ciertas mujeres que pertenecan cierta clase media, despreciadoras de gente menuda, que no podan aspirar los amores de los caballeros de alto estado, y que se contentaban y aun se daban por dichosas con los amores de hidalgos del porte y talante del sargento mayor don Juan de Guzmn, que era el hombre que hemos descrito, que se paseaba en el profanado dormitorio de Francisco Montio y que hablaba por monoslabos con su mujer. --Es preciso... pues... s... de otro modo...--deca este hombre cuando el bufn y Quevedo se pusieron en acecho. Tembl toda Luisa. --Ha sido herido, casi muerto--aadi el soldadote. --Pero yo... --S; t no tienes la culpa de que don Rodrigo Caldern haya tenido un mal encuentro, pero esto me impide pasar la noche tu lado. --Tienes miedo?--dijo Luisa. --Miedo! Y de qu?--dijo Guzmn--; es cierto que todo marido, aunque sea tan ruin y tan cobarde como el tuyo, es respetable; no s qu tienen los maridos; pero cuando l llama por all yo escapo por ah. Y el sargento mayor seal la ventana. --Bueno es saberlo--dijo para s Quevedo, probando si su daga sala con facilidad de la vaina. --Me alegro por otra parte de que el bueno de Montio haya tenido que ir ver su hermano. Tena que hablarte. --Yo tambin. Desde el da en que te vi estoy sufriendo, Juan. Primero, porque te am, luego... porque cuando te am conoc lo horrible que era estar unida para toda la vida con un marido como el mo. Hace seis meses que te escuch, y poco menos tiempo que te recib en esta habitacin por primera vez. La vida se me hace insoportable, Juan. Yo no puedo vivir as. Se pasan semanas y aun meses sin que podamos hablar... me veo obligada contentarme con verte cruzar all abajo por lo hondo del patio paseando con ese eterno amigo tuyo de quien tengo celos... me parece que le quieres ms que m, que m me tomas por entretenimiento. --Dios de Dios!--exclam el sargento mayor, atusndose el mostacho y parndose delante de Luisa, el un pie adelante, afirmando el cuerpo en el otro y la mano en la cadera; pues por qu, buena moza, no estoy yo ahora en Npoles? --Qu diablos tendr que hacer este tunante en Npoles?--pens Quevedo--; oigamos, y palabras al saco. --Es que si t te fueras y no me llevaras, yo morira de pesar. --Descuida, descuida, paloma ma--dijo volviendo su paseo el soldado--, que en concluyendo cierta empresa que tenemos ac entre manos, iremos Npoles concluir otra. T no sabes bien con qu hombre tratas y qu hombres tratan con l. --Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no me gusta nada--dijo Luisa--, tiene el mirar de traidor. --Ah! Agustn de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues mira, l no dice de ti lo mismo. Slo se le ocurre un defecto que ponerte. --Me importa poco. --Maravllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo, puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo. --Y qu le he de hacer? --Ya te lo he dicho... --Oh! nunca!... nunca!... qu horror!--exclam Luisa. --Pues ser necesario que renuncies verme. --Juan!--exclam Luisa, cuyos ojos se llenaron de lgrimas. --Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede pasar ms adelante. No oyes que esta noche la reina ha salido la calle? --Oh! no, eso no puede ser. --Que la amparaba un hombre desconocido?... --Dios mo! pero qu tengo yo que ver con todo eso? --Que ese hombre ha herido malamente don Rodrigo Caldern. --Y ti qu te importa? --Luisa, todo lo que soy, lo debo don Rodrigo. --Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles. --Nada hay imposible cuando se ama. --Don Rodrigo no puede pedirte tanto. --Debo don Rodrigo el no haber dado en la horca. --En la horca t! y por qu? --Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo... --Y qu te cargaron? --Bah! poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida ma. --Y eso es verdad?--dijo estremecindose Luisa. --Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa aun cuando l no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un da amaneci muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tena manchas en el rostro... --Y eso era verdad? --Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que dieron con los dos, con ella y conmigo, en la crcel. --Dios mo! --Ella muri. --La ajusticiaron? --Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir. --Dios mo! Y ti no te atormentaron? --S, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les haba hablado don Rodrigo, y aun ms que hablado, y lo del tormento qued en ceremonia. Dos meses despus estuve libre y salvo y declarada mi inocencia, y para satisfacerme, de capitn que era de la guardia encarnada, hzome su majestad, por los buenos oficios del duque de Lerma, quien don Rodrigo haba dicho mucho bien mo, sargento mayor de la guardia espaola: mira, pues, si estoy obligado servir don Rodrigo. --Juan! Juan! por Dios! no me obligues lo que yo no quiero hacer. --Pero ti qu te importa? Toda la culpa caer sobre tu marido. --Y si le ahorcaran inocente!... no y no! --Pues bien, no me volvers ver. --No, tampoco. --En qu quedamos, pues? no te digo que estoy haciendo falta en Npoles? --Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano--dijo rpidamente Quevedo al odo del bufn. --Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo--dijo el bufn. Una rfaga de viento arrastr las palabras de Quevedo y del to Manolillo. Habase distrado Quevedo, y cuando volvi mirar, vi que don Juan de Guzmn mostraba Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual arroj una mirada medrosa Luisa. --No, no--repiti la joven--. Qu horror! --Pues bien--dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible sangre fra--, no hablemos ms de eso. Adis. Y se dirigi la puerta. --No, no--dijo Luisa arrojndose su cuello--, lo pensar. --Pues bien, pinsalo y... si te resuelves, pon por fuera de la ventana un pauelo encarnado. --Bien, s, pero te vas? --Es preciso, preciso de todo punto; no puedo detenerme ni un momento. No sabes, no sabes lo que sucede. --Oh, Dios mo! y sabe Dios cundo podremos volvernos ver! --Cuando volvamos vernos ser para no separarnos. Pero adis, adis, que estoy haciendo falta en otra parte. -Dnde har falta este pcaro?--dijo Quevedo. Oyse entonce un beso dentro de la habitacin. Cuando mir Quevedo de nuevo por los agujeros, ni Luisa ni don Juan de Guzmn estaban en la estancia. --Nada tenemos que hacer ya aqu--dijo el to Manolillo. Yo lo sospechaba, pero no haba credo que se diesen tanta prisa. Y no haber muerto ese infame de don Rodrigo? tena acaso las manos de lana el bastardo de Osuna? Pues no, cuando su padre daba un golpe no le daba en vano. --Desengaos, desengaos, hermano Manolillo--dijo Quevedo--: hay hombres que tienen siete vidas como los gatos. Y volvise bruscamente hacia el almenar, y poniendo en l las manos, exclam con ronca voz entre las tinieblas: --Ah! infame alczar, cueva de la tirana, almacn de pecados, arca de inmundicias, maldgate Dios, maldgate como yo te maldigo! --Oh!, s, maldiga Dios estos alczares de la soberbia, donde slo se respira un aire de infamia--exclam el bufn. --Un da soplar viento de venganza, y estos alczares sern barridos como las hojas secas--murmur con acento proftico Quevedo--. Pero hasta entonces, cunto crimen, cunta sangre, cuntas lgrimas! --Habis visto lo alto del alczar, hermano don Francisco, y voy llevaros que veis lo bajo. Seguidme. --En buen hora sea, vamos sorprender al alczar en otra hora mala. --Llegamos los desvanes; bajad la cabeza, hay cinco escalones. Poco despus aadi el bufn: --Abrid la linterna. Voy llevaros la cmara de la reina. --Vamos, hermano, vamos, y que Dios nos tome en cuenta esta aventura gatuna, y el no haberla dado buena de esa infame adltera y de ese rufin asesino. --No hubiera sido prudente matar don Juan de Guzmn; hubiera sido romper una de las cien manos de que se valen los traidores, y nada ms; les sobraran medios de llevar cabo sus proyectos, de modo que acaso no podramos conocerlos y estar punto para destruirlos. Confiad en m, que ni duermo ni reposo, que estoy siempre alerta, y que como decs muy bien, soy el mochuelo del alczar, y que contando con vos, don Francisco, nada temo. Don Rodrigo se nos escapa; pero juro Dios, que como el diablo no le ayude... --Diablo y aun diablos debe tener al lado, cuando esta noche no ha dado con l al traste el bravo Juan Montio. Pero dejad, dejad, yo tengo una espada tal y tan maestra que ella sola se va donde conviene y no toca un hombre que no le mate. Pero si no me engao, estamos en el negro boquern que vos encontrsteis tapiado cuando buscbais vuestro gato. --Y providencia de Dios fu que se me ocurriera destapiarle, porque yo me dije: detrs de ese tabique debe haber algo, algo que yo no conozco, y eso que me son familiares todos los escondrijos del alczar: como que he nacido en l, y en l he pasado los cincuenta aos de mi vida. Destap y hall con alegra lo que nadie conoce ms que yo, y lo que vos vais conocer. Entremos. Dirigironse al negro boquern, y Quevedo se encontr en lo alto de unas polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas caba por l una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en el grueso muro. Empezaron descender. Quevedo contaba los escalones. A los ochenta, el bufn tom por una estrecha abertura abovedada. La escalera continuaba. --Por aqu--dijo el bufn. Y sigui por el pasadizo. A los cien pasos abri una puerta, y sigui por el mismo pasadizo, que se ensanchaba algo ms. A los pocos pasos se detuvo junto una puerta situada la izquierda. --Mirad--dijo Quevedo--: esta puerta secreta corresponde al dormitorio de su majestad. --Ah!, y para qu os detenis? qu vamos hacer en el dormitorio de la reina? --Mirad, mirad, y veris algo que os asombrar. --Y cmo miro? creis acaso que yo tengo la virtud de ver travs de las paredes, como al travs del vidrio de mis antiparras? --Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeos. Helos aqu. --Ah! famosa catalineta real!--dijo Quevedo arrimando sus espejuelos las dos pequeas perforaciones que le haba mostrado el bufn. --Jesucristo!--exclam Quevedo en voz muy baja--: sera verdad lo que me habis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la reina, ms all de ella, quien da la luz de la lmpara sobre el bello semblante dormido, hay un bulto. Y en un silln junto al lecho, vestidos de hombre. --Y un rosario de perlas. --Ah! es el rey! --Pues quin otro pudiera ser, ah, en ese dormitorio y en ese lecho? --Maravilla! milagro! y la reina parece feliz y satisfecha, sonre sus sueos! --Gurdela Dios la infeliz--dijo el bufn--; pero sigamos. --Duerman en paz sus majestades--dijo Quevedo siguiendo al bufn. Este se detuvo un poco ms all. --Aqu hay otra puerta--dijo--, y en ella otros dos agujeros. Mirad. --Ah!--dijo Quevedo mirando--, ah corazn mo! guarda, guarda y no latas tan fuerte, que te pueden or! --Qu veis, que murmuris, don Francisco? --Veo la condesa de Lemos que vela... y que llora. --Ah! y no se os abre el corazn? --Abriera yo mejor esta puerta. --No quedar por eso si queris; pero luego: seguidme y veris ms. --Y qu ms ver? --Habis visto la hija llorando; y es muy posible que veis al padre rabiando. --Y qu hace en el alczar su excelencia? --Ha venido ver al rey y no le ha encontrado en su cmara: le han dicho que el rey est en la cmara de la reina, y si se le ha puesto saber hasta qu hora estn juntos sus majestades, se habr quedado sin duda en la cmara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan. --Para no ser odos, lo mejor es ser callados. --Aqu--dijo con acento imperceptible el bufn, sealando otra puerta y en ella otros dos agujeros. El bufn no se haba engaado: el duque de Lerma velaba en la cmara real; pero no estaba solo. En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de introducir en la cmara un hombre vestido de negro la usanza de los alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes narices, expresin redomada y astuta, y pareca tener un doble miedo por el lugar en que haba entrado, y por la persona ante quien se encontraba. --T eres Agustn de Avila, alguacil de casa y corte?--dijo el duque. --Humildsimo siervo de vuecencia--dijo el corchete mientras Quevedo apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del preguntado. --Has visto don Rodrigo Caldern que est herido en mi casa? --S, seor. --Te habr dado instrucciones. --Y las he cumplido, seor; s quin es el delincuente, por mejor decir, los delincuentes. --Yo deb de haber matado Francisco de Juara--pens Quevedo--; veces la caridad es tonta, estpida. Acsome de necio: encerrado me doy. El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla. --He aqu las diligencias de la averiguacin de ese delito, excelentsimo seor--dijo el corchete. --Diligencias que habris hecho vos solo, sin intervencin de otra persona alguna. --S, seor. --Leed. --Yo, Agustn de Avila... --Adelante. ...llamado por su seora el seor conde de la Oliva... --Adelante, adelante. ...encontr su seora herido malamente... --Al asunto. ...Preguntado Francisco de Juara, lacayo del seor conde de La Oliva dnde haba estado esta noche desde su principio y con qu personas haba hablado, dijo: que al principio de la noche, su seor le mand seguir un embozado; que habindole seguido, el embozado se entr en el zagun de las casas que en esta corte tiene el excelentsimo seor duque de... --Adelante. ...Que los porteros no dejaron entrar al embozado, que se sent en el poyo del zagun. Que el declarante se puso esperarle; que poco entr en el zagun don Francisco de Quevedo y Villegas... --Ah!--dijo el duque. --Pecador de m!--murmur Quevedo. ...Que el embozado quien el declarante vigilaba, habl con don Francisco, y que amparado por ste, dejronle subir los porteros; que el que declara, se qued esperando; que bien pasadas dos horas, el mismo embozado que haba entrado en casa del seor duque, sali acompaado del seor Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, y que entrambos rodearon la manzana, y se detuvieron junto al postigo de la casa de su excelencia, donde estuvieron hablando algn espacio, despus de lo cual, el cocinero mayor partise, y el embozado se qued escondido en un zagun frente al postigo de la citada casa de su excelencia. Que el declarante se qued observndole lo lejos. Que algn rato despus se abri el postigo de la casa del duque y sali un hombre sobre el cual se arroj cuchilladas el embozado que estaba escondido; que poco las cuchilladas cesaron y el embozado y el otro se dieron las manos, hablaron al parecer como dos grandes amigos, y se escondieron en el zagun. Que transcurrida bien una hora, se abri otra vez el postigo y sali un hombre, en quien el declarante conoci, pesar de lo obscuro de la noche, por el andar, su seor don Rodrigo Caldern; que apenas don Rodrigo haba andado algunos pasos cuando fu acometido, y que queriendo ir el declarante socorrerle, como era de su obligacin, se encontr con el otro hombre, que le esperaba daga y espada en mano, y en quien poco tiempo conoci don Francisco de Quevedo. Que siendo el don Francisco, como es notorio, muy diestro, y muy bravo, y muy valiente, y viendo el declarante que no poda socorrer su seor, tom el partido de ir buscar una ronda, y huy dando voces. Que las pocas calles encontr un alcalde rondando, y que por de prisa que llegaron al lugar de la ria, encontraron los delincuentes huidos y al seor don Rodrigo mal herido y desmayado y abierta la ropilla como si hubiese sido robado, rodeado de los criados del seor duque de Lerma, que haban acudido con antorchas; que trasladaron al seor don Rodrigo la casa del seor duque, y puesto en un lecho y llamado un cirujano, el alcalde tom declaracin indagatoria bajo juramento apostlico al declarante; y los criados del duque. Esta, excelentsimo seor, es la declaracin de Francisco de Juara tomada por m, y cuyo pie el declarante ha puesto una cruz por no saber firmar. El duque de Lerma se levant y se puso pasear hosco y contrariado lo largo de la cmara. --Y no hay ms que eso?--dijo despus de algunos segundos de silencio. --Sigue la diligencia de haber buscado al cocinero mayor del rey y de no haberle encontrado. --Pues dnde est Montio? --Segn declaracin de su mujer, Luisa de Robles, ha partido Navalcarnero, donde deca haber ido su esposo causa de estar muriendo un hermano suyo. Preguntada adems si saba que acompaase alguien su marido, contest que no: pero que podran saberlo los de las caballerizas, porque siempre que Montio hace un viaje, lo hace sobre cabalgaduras de su majestad. Luisa Robles puso una cruz por no saber firmar al pie de su declaracin. --Irais las caballerizas. --Ciertamente, seor, y tomando indagaciones, supe que el seor Montio haba partido solo con un mozo de espuela. Y como saba las seas del embozado, esto es, sombrero gris, capa parda y botas de gamuza, supe que aquel hombre haba llegado aquella tarde en un cuartago viejo que me ensearon en las caballerizas, donde le haba mandado cuidar el seor conde de Olivares, caballerizo mayor del rey. --Cmo! conoce don Gaspar de Guzmn al que ha dado de estocadas don Rodrigo?--dijo Lerma hablando ms bien consigo mismo que con el alguacil. --No; no, seor; pero el incgnito haba tenido una disputa con un palafranero propsito de su viejo caballo, haba querido zurrarle, sobrevinieron el seor conde de Olivares y el seor duque de Uceda, y el desconocido se descarg diciendo que era sobrino del cocinero mayor de su majestad. --Sobrino de Montio!...--exclam el duque--. Y no habis afirmado ms la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor? --S; s, seor; como el reo haba ido las cocinas en busca del que llamaba su to, fu las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontr un galopn que se llama Cosme Aldaba. Djome que, en efecto, principios de la noche haba estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su to, y que le haban encaminado casa de vuecencia, donde se encontraba el cocinero mayor. --Volverais mi casa? --Volv. --Preguntarais la servidumbre? --Pregunt. --Y qu averigusteis? --Aqu est la declaracin de un paje de vuecencia llamado Gonzalo Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mand servir de cenar en la misma casa de vuecencia un su sobrino, quien llam Juan Montio. --De modo que ese Juan Montio y don Francisco de Quevedo y Villegas son amigos?--dijo el duque. El alguacil se call. --Dadme esas diligencias--dijo el duque. Entreglas el alguacil. --Idos, y que persona viviente revelis lo que habis averiguado. --Descuidad, seor--dijo el corchete, y sali de la cmara andando para atrs para no volver la espalda al duque. Cogi ste y examin minuciosamente los papeles que le haba dejado el alguacil, y despus los guard en su ropilla y llam. --Ha venido el seor Gil del Pramo?--dijo un maestresala que se present su llamamiento. --En la antecmara espera, seor--dijo el maestresala. --Hacedle entrar. Entr un hombre de semblante agrio y ceudo, vestido con el traje de los alcaldes de casa y corte, y se inclin profundamente ante el duque. --Sois vos el que rondaba cuando encontrsteis herido al seor conde de la Oliva? --S, excelentsimo seor. --Trais con vos las diligencias que habis practicado? --S, excelentsimo seor. --Ddmelas. --Tomad, excelentsimo seor. --Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabis y no procedis en justicia. --Muy bien, excelentsimo seor. --Podis retiraros. --Gurdeos Dios, excelentsimo seor. El alcalde sali. El duque se sent en un silln y qued profundamente pensativo. --Te alegras te pesa de lo acontecido?--dijo Quevedo, procurando ver al travs de la inmvil expresin de aquel semblante--. All veremos. En cuanto m, no me escondo. No por cierto. Cmo he tener yo miedo de un hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufn, queris guiarme la puerta de la cmara donde est la condesa de Lemos? --Que no os haga doa Catalina hacer una locura; yo que vos me esconda. --Pues ved ah, yo voy ahora ms que nunca darme luz. Pero guiad, hermano, guiad. El bufn desand lo andado, lleg frente una puerta y dijo: --Aqu es. --Esperad, esperad y no hablis; reconozcamos antes el campo. En palacio es necesario andar con pies de plomo. --Parceme que hablan en la cmara. --Pues escuchemos. Quevedo observ. Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doa Catalina. --Conque es decir que la seora camarera mayor--dijo la de Lemos--se ha puesto tan enferma que se ha retirado? --Y os suplica que la reemplacis, noble y hermosa condesa. --Muy bien; retiros. --De todo punto? --De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las damas, las meninas y las dueas se retiren tambin. --Y se va vuecencia quedar sola? --Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera. --Muy bien, seora; Dios d buenas noches vuecencia. --Gracias. El gentilhombre sali. Quevedo oy cerrar las puertas. La condesa se destrenz los cabellos, se abri el justillo, lleg la luz, la apag, y luego oy Quevedo como el crujir de un silln al sentarse una persona. Quevedo cerr su linterna y dijo al bufn: --Abrid y hasta otro da. --Pero, hermano don Francisco, os vais encerrar sin escape en la cueva del len? --La condesa de Lemos cuidar de darme salida. --Dios quede con vos, hermano. --Hermano, l os acompae. Cruji levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelant sobre la alfombra. La puerta volvi cerrarse sin ruido. Pero la condesa no dorma y percibi los pasos de Quevedo. --Quin va?--dijo media voz levantndose. --No gritis, por Dios, seora de mis ojos--dijo Quevedo--, que el amor me trae. --Os trae Dios--contest doa Catalina--, porque tenemos mucho que hablar. --Pues hablemos. --Pero no obscuras. Quevedo abri su linterna. --Gracias, mi buen caballero--dijo la de Lemos--; ahora sentos y escuchadme. --Sintome y escucho. --Od. Doa Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron hablar en voz baja. CAPTULO XVI EL CONFESOR DEL REY El capitn Vadillo llev Juan Montio al postigo de la Campanilla, que abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompa hasta el convento de Atocha. Por el camino fueron hablando de la mala noche que haca, de lo obscuras que estaban las calles y de las guerras de Flandes. Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tir de la cuerda de la campana de la portera. Pas algn tiempo antes de que de adentro diesen seales de vida. Al fin se abri el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz soolienta dijo: --Qu queris estas horas? --Decid al confesor del rey--dijo Vadillo--que un hidalgo que viene en este momento de palacio, le trae una carta de su majestad. El capitn no saba si aquella majestad era el rey la reina. --Una carta de su majestad...!--dijo con gran respeto el portero--; pero es el caso, que su paternidad estar durmiendo. --Despertadle--dijo Vadillo--, y entre tanto, como hace muy mala noche, abrid. --Voy, voy abrirles, hermanos--dijo el portero, retirndose del ventanillo y dejando notar poco su vuelta por el ruido de sus llaves. Abrise la portera. --Esperen aqu en el claustro, como me mejor quisieren--dijo--; yo voy avisar fray Luis de Aliaga. Montio y Vadillo se pusieron pasear lo largo de la portera. --Sabis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?--dijo el capitn, por decir algo. --S, s, ciertamente; en este claustro se pueden correr caballos--contest Montio. --Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por esas lmparas medio morir. --La falta de costumbre. --Indudablemente. Los benditos padres no se encontraran muy bien en un campo de batalla, como yo me encuentro aqu muy mal; corre un viento que afeita, y se hace sentir aqu mucho ms que en el campo. Esas crujas... con vuestra licencia, mejor estaramos en el aposento del portero. --Quin es el hidalgo portador de la carta de su majestad?--dijo el frailuco desde la subida de las escaleras--; adelante, hermano, y sgame. --Entros, entros vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego. --Hasta luego. Y Juan Montio tir hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero recorri el claustro alto hasta el fondo de una obscura cruja, donde el lego abri una puerta. --Nuestro padre--dijo el lego--, aqu est el hidalgo que viene de palacio. --Adelante--dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora. Montio entr. El lego se alej despus de haber cerrado cuidadosamente la puerta. Encontrse Montio en una celda extensa, esterada, modestamente amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego moderado de una chimenea. En las paredes haba numerosas imgenes de santos pintados al leo y guarnecidos por marcos negros. En frente de la puerta de entrada haba dos puertas como de balcones, y entre estas dos puertas la chimenea; la derecha otra puerta cubierta por una cortina blanca lisa; la izquierda dos enormes estantes cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamao natural pintado en un enorme lienzo y con marco tambin negro; los pies del Cristo un silln de baqueta, sentado en el silln un religioso, apoyados los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se vea un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un veln de cobre de cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos. El religioso era un hombre como de treinta y cinco cuarenta aos, de semblante plido, grandes ojos negros, nariz aguilea y afilada, y bigote y pera negrsimos. Su espeso cerquillo era castao obscuro, y las dems partes de su cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas. Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montio, y su mano derecha tena suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un trabajo importante la llegada de un extrao. La primera impresin que Juan Montio sinti la vista del religioso, fu la de un profundo respeto. Haba algo de grande en el reposo, en la palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso. Y al mismo tiempo el joven se sinti arrastrado por una simpata misteriosa hacia el fraile. Adelant sin encogimiento, salud, y dijo con respeto: --Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey? --Yo soy, caballero--dijo el fraile bajando levemente la cabeza. --Traigo para vos una carta de su majestad. --De qu majestad? --De su majestad la reina. Y entreg la carta al padre Aliaga. --Sentos, caballero--dijo el fraile. Montio se sent. Entre tanto el padre Aliaga abri sin impaciencia la carta, y despecho de Juan Montio, que haba esperado deducir algo del contenido de aquella carta por la expresin del semblante del religioso, aquel semblante conserv durante la lectura su aspecto inalterable, grave, reposado, dulce, indiferente. Slo una vez durante la lectura levant la vista de la carta y la fij un momento en el joven. Cuando hubo concludo de leer la carta, la dobl y la dej sobre la mesa. --Su majestad la reina, nuestra seora--dijo el padre Aliaga reposadamente Juan Montio--, al honrarme escribindome de su puo y letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la habis hecho un eminente servicio. --He cumplido nicamente con mi deber. --Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por sus reyes. --S, seor, padre--replic Montio--, todo menos el honor. --Rey que pide su vasallo el sacrificio de su honra de su conciencia es tirano, y no debe servirse la tirana. --Decs bien, padre. --Sois nuevo en la corte? --S, seor. --Os llamis Juan Montio? --S, seor.. --Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey? --Soy su sobrino, hijo de su hermano. --Qu servicio habis prestado su majestad?--dijo de repente el padre Aliaga. --Lo ignoro, padre. --Pero... --Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardar silencio. --Qu edad tenis? --Veinticuatro aos. Quedse un momento pensativo el padre Aliaga. --Habis matado herido don Rodrigo Caldern. --Han sido cuentas mas. --Algo ms que asuntos vuestros han sido. Os pregunto nombre de su majestad la reina. Conoce vuestro to el secreto? --Qu secreto? --El de vuestras estocadas con don Rodrigo. --Mi to est fuera de Madrid. Guard otra vez silencio el padre Aliaga. --Cundo habis llegado Madrid? --He venido asuntos propios. --Guardaris con todos la misma reserva que conmigo? --Padre! --Ved lo que hacis; la vanidad es tentadora; hoy podis ser hidalgo reservado, ser leal, de buena fe... maana acaso... --Ningn secreto tengo que reservar. --Cmo, no es un secreto el haber venido m en altas horas de la noche, m, confesor del rey, quien todo el mundo conoce como enemigo de los que hoy nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una carta de la reina? cmo ha venido esa carta vuestras manos? --Si lo sabis, por qu me lo preguntis? si no lo sabis, por qu pretendis que yo haga traicin la honrada memoria de mi padre, mi propia honra? Me han enviado con esa carta; la he trado; no me han autorizado para que hable, y callo. --Serais buen soldado... sobre todo para guardar una consigna; en esta carta me encargan que procure se os d un entretenimiento honroso para que podis sustentaros. Qu queris ser? sobre todo veamos: en qu habis invertido vuestros primeros aos? --En estudiar. --Y qu habis estudiado? --Letras humanas, cronologa, dialctica, derecho civil y cannico y sagrada teologa. --Ah!--dijo fray Luis--y cul de las dos carreras queris seguir, la civil la eclesistica? --Ninguna de las dos. --Cmo! Entonces para qu habis estudiado? --Por estudiar. --Y bien, qu queris ser? --Soldado. --Soldado! --S; s, seor, soldado de la guardia espaola, junto la persona del rey. --He aqu, he aqu lo que son en general los espaoles: quieren ser aquello para que no sirven. --Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprenda estocadas. --Es verdad, me haba olvidado; el que mata hiere don Rodrigo Caldern... y bien; se har lo posible porque seis muy pronto capitn de la guardia espaola, al servicio inmediato de su majestad. --Es que no quiero tanto. --Es que no puede darse menos un hombre como vos; contos casi seguramente por capitn, y para que pueda enviaros la real cdula, dejadme noticia de vuestra posada. --No s todava cual sta sea. --Ah! pues entonces, volved por ac dentro de tres das. Para que podis verme cualquier hora, decid cuando vengis que os enva el rey. --Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento--dijo Montio levantndose. --Esperad, esperad; tengo que deciros an: guardad un profundo secreto acerca de todo lo que habis sabido y hecho esta noche. --Ya me lo haba propuesto yo. --No os ocultis por temor los resultados de vuestra aventura con don Rodrigo. --An no s lo que es miedo. --Y preparos mayores aventuras. --Venga lo que quisiere. --Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo. --Gracias, padre--dijo Montio tomando la mano que el padre Aliaga le tenda y besndosela. --Que Dios os bendiga!--dijo el padre Aliaga. Y aquellas fueron las nicas palabras en que Montio not algo de conmocin en el acento del fraile. Salud y se dirigi la puerta. --Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitis gua. Y el padre Aliaga se levant, abri la puerta de la celda y llam. --Hermano Pedro! Abrise una puerta en el pasillo y sali un lego con una luz. --Gue la portera este caballero--dijo el padre Aliaga al lego. Juan Montio salud de nuevo al confesor del rey y se alej. El padre Aliaga cerr la puerta y adelant en su celda, pensativo y murmurando: --Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro. Pero en vez de volverse su silla, se encamin al balcn de la derecha y le abri. --Venid, venid, amigo mo, y calentos--dijo--; la noche est cruda, y habris pasado un mal rato. --Burr!--hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un ancho sombrero, que haba salido del balcn--; hace una noche de mil y ms diablos. El padre Aliaga cerr el balcn, acerc un silln la chimenea, y dijo aquel hombre: --Sentos, sentos, seor Alonso, y recobros; afortunadamente el visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y hubirais pasado un mal rato. --Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si alguien viniera de improviso... tenis una celda tan reducida... os tratis con tanta humildad... pueden sorprendernos. --El hermano Pedro est alerta; ya habis visto que no ha podido veros el portero, pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca. --Y quin ha venido visitaros estas horas?--pregunt el seor Alonso. La providencia de Dios, en la forma de un joven. --Ah! Diablo! Nos ha sacado ese joven nos saca de alguno de nuestros atolladeros? --Como que ha herido muerto don Rodrigo Caldern... --Mirad lo que decs, amigo mo; cuenta no sois. --Qu es soar? he aqu la prueba. Y el padre Aliaga fu la mesa en busca de la carta de la reina... Entre tanto aprovechemos la ocasin, y describamos al nuevo personaje que hemos presentado en escena, que se haba desenvuelto de la capa y despojado de su ancho sombrero. Llambase Alonso del Camino. Era un hombre sobre poco ms menos de la misma edad que el padre Aliaga, pero tena el semblante ms franco, menos impenetrable, ms rudo. Haba en l algo de primitivo. Era no menos que montero de Espinosa del rey. A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y de grandes ojos negros, se comprenda en aquellos ojos que era astuto, perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vesta una especie de coleto verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba la cintura un largo pual, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana, zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba sobretodo, ancho, con honores de capa. En la situacin en que le presentamos nuestros lectores, mientras extenda hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la carta de la reina. --Acercos, acercos y od, porque esta carta debe leerse en voz muy baja, no sea que las paredes tengan odos. Estirse preliminarmente el seor Alonso del Camino, se levant, se acerc la mesa, se apoy en ella y mir con el aspecto de la mayor atencin al confesor del rey, que ley lo siguiente: Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la presente un hidalgo que se llama Juan Martnez Montio. Este joven nos ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que slo puede recompensar Dios, ruego de quien le ha recibido. --Pero qu servicio tal y tan grande es ese?--dijo Alonso del Camino. --Creo que jams os corregiris de vuestra impaciencia. Escuchad. Y fray Luis sigui leyendo: Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doa Clara Soldevilla, aquellos papeles, aquellos terribles papeles. --Y qu papeles son esos? --A ms de impaciente, curioso; son... unos papeles. --Y no puedo yo saber?... --No: od, y por Dios no me interrumpis. --Oigo y prometo no interrumpiros. A ms ha herido muerto, para apoderarse de esos papeles, don Rodrigo Caldern. --Pues cuento por mi amigo ese hidalgo, por eso slo--exclam, olvidndose de su promesa Camino. El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, sigui leyendo sin hacer ninguna nueva observacin: Pero ignoramos cmo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles estaban en poder de don Rodrigo Caldern, como no sea por su to el cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con vuestra gran prudencia veis si podemos fiarnos de ese joven, y despus para que os encarguis de su recompensa. A l, por ciertos asuntos de amores, segn hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos conviene tambin, ya deba fiarse desconfiarse de l, tenerle la vista. Haced como pudireis que se le d una provisin de capitn de la guardia espaola al servicio del rey en palacio, y si no pudireis procurrsela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiremos lo que costare. No somos ms largos porque el tiempo urge. Haced lo que os hemos encargado, y bendecidnos.--_La Reina._ --Cunto costar una provisin de capitn de la guardia espaola?--dijo fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina la luz del veln. --Cabalmente est vacante la tercera compaa. Pero, bah! hay tantos pretendientes! --Cunto! cunto! --Lo menos, lo menos quinientos ducados. Tom el padre Aliaga un papel y escribi en l lo siguiente: --Seor Pedro Caballero: Por la presente pagaris ochocientos ducados al seor Alonso del Camino, los que quedan mi cargo.--_Fray Luis de Aliaga._ Y di la libranza Camino. --He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aqu dice ochocientos. --Olvidis que el nuevo capitn necesitar caballo y armas y preseas?--aadi el fraile. --Ah! en todo estis. --Podemos tener la provisin del rey dentro de tres das? --S, s por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en untndole plata vuela. --No os olvidis de comprarla para poder venderla. --Ah! Y por qu? --No conocis que tratndose de estos negocios puede el duque conocer ese joven? --Bien, muy bien; se comprar la provisin nombre de cualquiera, como merced para que la venda, y ste tal la vender en el mismo da ese hidalgo. Creo que ste sea un asunto concludo. --Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los vara. --No importa, no importa; no luchamos slo contra don Rodrigo Caldern. --Os engais; el alma de Lerma es Caldern. Puesto Caldern fuera de combate, cae Lerma. --Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los dems que se agitan en palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos, por el contrario, apretar, aprovechando la ocasin de encontrarse Lerma desprovisto de uno de sus ms fuertes auxiliares. Debemos insistir en apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma sostiene en desdoro del rey y en dao del reino con la Liga. Debemos probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no slo con descuido, sino con traicin... --Esperad... esperad un poco... ese es un medio extremo; el rey es muy dbil... --Demasiado, por desgracia. --El rey nuestro seor, que no ve ms all de las paredes de palacio... --Pero si en palacio tiene los escndalos! no le tiene Lerma hecho su esclavo, cercado por los suyos? puede moverse su majestad, sin que el duque sepa cuntas baldosas de su cmara ha pisado? No le separa de la reina? No aleja de la corte las personas que pueden hacerle sombra? Vos mismo no estis amenazado? --Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de Lerma nada puede hacer por s solo; no tiene de grande ms que lo soberbio... --Y lo ladrn... --Su soberbia, que le impele competir con el rey, le hace arrostrar gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentacin y el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentacin. Pero en medio de todo, el duque de Lerma es dbil; se asusta de una sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos de personas que le inspiran poco temor. Un da estaba yo en mi obscuro convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abri la puerta de mi celda, y entr el superior; traa un papel en la mano, y en su rostro haba no s qu de particular, una alegra marcada. Vena darme una noticia que otro hubiera llenado de alegra y que m me aterr. --Y qu noticia era esa? --Apenas subido al trono el rey nuestro seor, me haba nombrado su confesor; el papel que traa el superior en la mano, era una carta en que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resist... --Que resiststeis! bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa. --Yo no soy ambicioso; un da, una familia honrada me encontr llorando sobre el cadver de mi madre; mi padre haba muerto poco antes; tuvieron piedad del pobre hurfano, y me llevaron su casa. Yo he crecido en el dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me miraban como hijo suyo... partan su pan conmigo... Yo oraba Dios por el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis padres de adopcin; murieron tambin el uno tras el otro; mis hermanas adoptivas se haban casado; mis hermanos haban ido por el mundo buscar fortuna; qued otra vez solo; pero con el corazn completamente lleno por el dolor, por el dolor completo que ningn lugar ha dejado por herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro amor que emana de la mujer. --Ah! habis amado, fray Luis! --Y qu hombre no ha amado?--exclam profundamente el confesor del rey--. Y yo he amado como han amado muy pocos hombres, como ms dao hace el amor; callndole, dominndole, encerrndole dentro del alma, sin esperanzas, sin deseos, con una ansiedad desconocida, infinita, insufrible, con el vaco del alma que necesita llenarse y no puede ser llenado. --Tan alta era la mujer de quien os enamorsteis? --Ni me enamor, ni era alta la mujer quien mi pensamiento consagr mi amor. Era tan pobre y tan humilde como yo... Margarita! Fray Luis inclin la cabeza sobre una de sus manos, y repiti con voz opaca y concentrada: --Margarita! Entre la entonacin con que haba pronunciado el padre Aliaga la primera vez aquel nombre de mujer, y la entonacin con que le haba pronunciado la segunda, haba la misma diferencia que puede existir entre un recuerdo dulce y tranquilo y una aspiracin desesperada. Cuando el confesor del rey levant la cabeza de su mano, Alonso del Camino, que le contemplaba con una atencin y una curiosidad intensas, vi relucir por un momento un fuego sombro en el fondo de los ojos del fraile. Pero aquello pas; dilatronse los msculos del semblante del fraile, un momento contrados, se dulcific la expresin de su boca, que durante un momento haba reflejado una amargura infinita, y su mirada se hel; dej de ser la mirada mundana de un hombre combatido por fuertes pasiones, para convertirse en la mirada reposada, tranquila de un religioso asctico. --Margarita--continu con la entonacin propia de un relato sencillo--era una de mis hermanas adoptivas: cuando yo entr en su casa para partir con ella el pan de su familia, para vivir como un nuevo hijo bajo el techo comn, Margarita tena cuatro aos; era rubia, blanca, plida, con los ojos azules, y la sonrisa benvola, sonrisa en que se exhalaba un alma de ngel. Margarita creci, creci en hermosura y en pureza, creci mi lado; yo la ense leer, yo la expliqu los misterios de la religin, que el prroco nos explicaba en la iglesia... Margarita creci en aos y en hermosura, y se hizo mujer. Yo segua tratndola como hermana; la amaba con toda mi alma, pero creyendo amarla con un amor de hermano. Un da conoc que la amaba de otro modo, y la revelacin de mi amor fu para m una prueba dolorosa, infinita, cruel. Un da lleg la casa un soldado con una cdula de aposento; fu aposentado, y vivi con nosotros algunos das: Margarita cambi; se puso triste, esquivaba mi compaa, y no slo mi compaa, sino la de todo el mundo... Yo no saba qu atribuir aquella tristeza; la preguntaba y me responda sonriendo: --No estoy triste. Su sonrisa desmenta sus palabras. Una noche, estaba yo desvelado pensando en la tristeza de Margarita, pensando cmo hara para volverla su tranquilo estado anterior. Nuestros hermanos dorman. De improviso y en medio del silencio de la noche o unas leves pisadas... las reconoc: eran las de Margarita que pas por delante de la puerta de nuestro aposento; yo me levant y la segu descalzo. Margarita marchaba delante de m como un fantasma blanco. No s por qu no la llam. Haba dentro de m un poder desconocido que me impeda hablar. Margarita baj al corral, le atraves... Lleg al postigo, son una llave en la cerradura. Entonces grit: --Margarita! dnde vas? Pero la puerta se haba abierto, un hombre haba aparecido en ella, y haba asido Margarita, sacndola fuera. O entonces un ruido que hizo arder mi sangre, que aneg mi alma en un mar de amargura. El ruido de un beso, de un doble beso, y luego el llanto de Margarita, triste, apenado, como el de quien se separa de seres quienes ama. Yo me precipit al postigo. No s qu. Pero un sueo de sangre haba cruzado por mi pensamiento. Yo vea un hombre que se llevaba Margarita, y necesitaba matar aquel hombre. Era muy joven y la amaba; la amaba como... como ella sola, porque... no he vuelto amar. Cuando llegu al postigo, aquel hombre, quien reconoc la luz de la luna y que era el mismo soldado que durante algunos das haba estado de aposento en nuestra casa, haba puesto Margarita sobre el arzn de su caballo, haba montado y haba partido. Y entre el sordo galope del caballo, o la voz de dolor de Margarita, que me gritaba: --Adis! Luis! adis! hermano mo! ruega mi padre que no me maldiga! pide mi madre que me d su bendicin!... Y Margarita segua hablndome, pero el caballo se haba alejado, y el sonido seco, retumbante, de su carrera, envolva las palabras de Margarita. Al fin el ruido del galope se perdi lo lejos, y slo quedaron la noche, el silencio y mi desesperacin. No s cunto tiempo estuve en el postigo, inmvil con el rostro vuelto la parte por donde haba desaparecido Margarita, con el llanto agolpado los ojos y sin derramar una sola lgrima. Al fin, volv en m: medit... y cerr el postigo con la misma llave con que le haba abierto Margarita, que haba quedado puesta en la cerradura; atraves lentamente el huerto, entr en la casa y puse la llave del postigo en la espetera de la cocina, de donde sin duda la haba tomado Margarita. Y todo esto lo hice estremecido, procurando, como un ladrn, que no me sintiesen. Y volv en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis hermanos, y me recog silenciosamente. Todos dorman. Ninguno me haba sentido entrar, como ninguno haba sentido salir Margarita. Sufr... oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; slo recuerdo que sufr mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de m mismo mi sufrimiento; le ahogu para que nadie me preguntase, para que nadie supiese por una debilidad ma el secreto de Margarita, que slo sabamos la noche y yo... y Dios que lo ve todo. Al da siguiente... Figuros, seor Alonso, una madre que busca su hija, y no la encuentra; un padre que no se atreve pensar en su hija para maldecirla, ni puede pensar en su desaparicin sin suponerlo todo... suponedme m ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de los dems protegi al mo... yo call... call... porque su padre no la maldijese, y su padre no la maldijo. Poco tiempo despus, su padre muri... luego su madre, despus de cuatro aos de viudez: sus hermanas se haban casado, sus hermanos se haban alejado del pueblo... me haban propuesto que los siguiese... pero yo tena otros proyectos. --Buscar Margarita!--dijo Alonso del Camino. --No--dijo con acento severo el padre Aliaga--; buscar Dios. Os hicsteis entonces fraile? --S. Os he referido esa sencilla historia, para que sepis cules fueron los motivos que determinaron mi vocacin, y cules las desgracias que labraron en m esta fuerza para los sufrimientos, este desdn con que miro las grandezas humanas. Hurfano desde mis primeros aos, malogrado mi primer amor, sin que nadie lo hubiera comprendido, ni aun yo mismo hasta que le vi malogrado, pasando seis aos de rudas fatigas para obtener mi alimento; combatiendo durante estos seis aos de la ausencia de Margarita, mis celos... s, mis celos... mi amor sin esperanza... mi ansiedad por la ignorada suerte de Margarita... fu un fruto lentamente madurado para la vida triste y silenciosa del claustro; en el fondo de mi corazn vaco slo haba quedado el nombre de Dios... y tend mis brazos Dios... le ofrec mi vida... --Y no volvsteis ver Margarita? --Oh! basta! basta!... os he referido lo antecedente para que comprendis que mi nombramiento de confesor del rey me caus pena; yo estaba acostumbrado una vida obscura y silenciosa en el fondo de mi celda; la contemplacin de las cosas divinas, que levantaba mi espritu de las miserias humanas dndole la paz de los cielos; yo no poda ver sin dolor, que se pretenda arrojarme un mundo nuevo para m, y ms peligroso cuanto ms grande, cuanto ms elevado era ese mundo; yo no poda pensar sin estremecerme, en que se me quera confiar la conciencia de un rey, hacerme partcipe de su inmensa responsabilidad ante Dios... y me negu. --Os negsteis! --S por cierto; pero de nada me sirvi mi negativa. Una nueva orden del rey me mand presentarme en la corte, y me fu preciso obedecer. --Pero no comprendo cmo, aislado, obscurecido... --Cabalmente se quera un fraile obscuro, de pocos alcances, devoto, que estuviese en armona con la pequeez, con la devocin exagerada del rey. Don Baltasar de Ziga me haba conocido por casualidad, haba hablado de m su sobrino el conde de Olivares y ste al duque de Lerma. Creyse que en toda la cristiandad no haba un fraile ms propsito que yo para dirigir la conciencia del rey, y se me trajo, como quien dice, preso la corte. Cuando llegu me espant. Vi, la primera ojeada, que se me haba trado para ser cmplice de un crimen. Del crimen de la suplantacin de un rey. Engaado por mi aspecto el duque de Lerma, crey habrselas con un frailuco, que por casualidad perteneca la orden de Predicadores... crey que yo sera en sus manos un instrumento ciego... hoy acaso le pesa... hoy tal vez piensa en desasirse de m cualquier precio... pero esto importa poco... ellos no haban comprendido cunta firmeza ha dado el sufrimiento mi alma; ellos no crean que haba en m tal fuerza de voluntad; al conocerme... porque la debilidad del rey me ha descubierto ante ellos... han probado todos los medios: la ambicin... los honores... me han encontrado humilde siempre: han venido m con una mitra en la mano, y yo la he rechazado; me han enviado mi celda ricos dones, y los dones se han ido por donde haban venido: han tentado con todas las tentaciones al frailuco, y el frailuco las ha resistido como San Antonio resisti las del diablo en el yermo. Y sabis por qu, cansado de esta lucha sorda, no he ido buscar la obscuridad de mi antigua celda? Porque he contrado el deber de guardar, de proteger una vida preciosa. La vida de la reina. --La vida de la reina! --Pero don Rodrigo Caldern, est herido muerto... s herido, ganaremos tiempo... si muerto, nos hemos salvado. --Pero creis... --Don Rodrigo es capaz de todo... --Regicida! --Pues no dicen que ha dado hechizos al rey?--replic el confesor del rey. --Os he odo decir mil veces que eso de los hechizos es una supersticin. --Lo he dicho y lo repito; pero no he dicho nunca que don Rodrigo Caldern, pesar de su buen, su demasiado ingenio, no sea supersticioso. Quien se ha atrevido dar al rey cosas que han alterado su salud, ser capaz de envenenar la reina. --Pero si don Rodrigo Caldern no pasa de ser el humilde secretario del duque de Lerma!... --Don Rodrigo lo es todo. Slo tiene un rival... rival que con el tiempo le matar, si don Rodrigo no le mata antes l. --Y quin es ese rival? --Don Gaspar de Guzmn, conde de Olivares, caballerizo mayor del rey y sobrino de don Baltasar de Ziga, ayo del prncipe don Felipe. --Bah! bah! creo que daremos con todos al traste; con los medios que tenemos... --Podremos, si nos anticipamos, dar un golpe; pero aunque lo demos, siempre quedar un mal en pie. --Y qu mal es ese? --El rey. --Ah! --S, su debilidad: la facilidad con que se plega al dictamen del ms audaz que tiene al lado; falta de Lerma, y de Caldern, y de Olivares, vendrn otros, y otros, y otros. --Que no sern malos como ellos. --Quin sabe? pero vengamos lo que conviene. Suspendamos por ahora nuestros trabajos... --Ahora que nos dan un respiro, Dios el diablo! --No seis impo, seor Alonso; no sucede nada que no proceda de Dios. Por ahora, dejmoslos ellos solos. Lerma sin don Rodrigo Caldern es hombre al agua. Uceda y Olivares le atacarn. Lerma, entregado s mismo, cometer de seguro algn grave desacierto: dejadlos, dejadlos hacer. Informos de lo que hay de seguro acerca de don Rodrigo Caldern. No olvidis de comprar la compaa para ese mancebo, y con lo que hubiere venid verme maana. Conque, que Dios os d muy buenas noches. Y el padre Aliaga se levant y abri un balcn. Aquella era la puerta por donde deba salir Alonso del Camino, y por la que sali descolgndose por el balcn la huerta del convento. Apenas haba cerrado el balcn el padre Aliaga, cuando se abri la puerta de la celda, y apareci la cabeza del hermano Pedro. --Un gentilhombre que viene de palacio--dijo--, quiere hablar con vuestra paternidad. --Un gentilhombre del rey!--dijo el padre Aliaga con sorpresa--; que entre, que entre al momento. Poco despus un joven gentilhombre saludaba al padre Aliaga y le deca entregndole un grueso pliego: --Del rey. --Y esto es urgente?--dijo el padre Aliaga. --Urgentsimo. --Y os han encargado algo adems? --S por cierto: que vuesa merced se venga conmigo palacio, para lo cual he trado una litera y algunos tudescos--aadi el gentilhombre. --Cmo! que vaya yo ahora mismo palacio! pues que, est enfermo su majestad? --No, seor. --Ah! y quin os enva? --El mayordomo mayor; pero ese pliego dir vuestra paternidad, sin duda, lo que yo no le puedo decir. --Veamos. El confesor del rey rompi el sobre: dentro vena una carta del duque de Lerma para el padre Aliaga sumamente afectuosa. Mi buen amigo--le deca--, vuestras virtudes merecen que se os honre ms que con el empleo de confesor del rey; por lo mismo he aconsejado su majestad que os nombre inquisidor general. Temo que vuestra humildad se resista aceptar esta alta dignidad; pero cuando meditis que as conviene al servicio de Dios y del rey, estoy seguro que consentiris; para asegurarme de ello, y porque urge, seguid al portador palacio, donde os espera, vuestro amigo--, _El duque de Lerma._ --Inquisidor general!--murmur el padre Aliaga--; pues bien, acepto: no supieron lo que hacan cuando me nombraron confesor del rey, y no saben ahora lo que hacen nombrndome inquisidor general. Oh! Margarita! Margarita! Coloreronse febrilmente las mejillas del fraile, que tom su manto, se cal la capucha y sali de la celda, siguiendo al gentilhombre. --Esperad, esperad un momento--dijo pasando junto una puerta de un corredor. El gentilhombre esper. El padre Aliaga entr en aquella celda. En ella velaba un religioso. --Amigo Bentez--le dijo el padre Aliaga: salgo del convento de orden del rey, y acaso no vuelva tan pronto. --Cmo? os prenden?--dijo el padre Bentez, que era un religioso anciano. --No por cierto; pero me hacen inquisidor general. --Inquisidor general! No s si debo alegrarme entristecerme. --All veremos. Entre tanto, y mientras yo estoy fuera del convento, quedos la mira. --Descuidad. --En vos confo. --Id, id con Dios y nada temis. Sali de nuevo el padre Aliaga, atraves el claustro seguido del gentilhombre, sali del convento, entr en una litera, y aquella litera rodeada de soldados, tom el camino de palacio. CAPTULO XVII EN QUE EMPIEZA EL SEGUNDO ACTO DE NUESTRO DRAMA Francisco Martnez Montio, esto es, _el cocinero de su majestad_, nuestro protagonista, en una palabra, haba vuelto de Navalcarnero al anochecer del da siguiente la noche en que haba ido recibir un secreto de la boca de su hermano moribundo. Montio se haba trado consigo un cofre fuertemente cerrado y sellado, sobre cuya cerradura haba un papel. El receloso cocinero haba tenido buen cuidado de envolver aquel cofre en un lienzo para que nadie pudiese reparar en sus seas particulares; le haba hecho subir su alto aposento del alczar, y sin decir su mujer y su hija ms palabras que las necesarias para darlas los buenos das, se haba encerrado con el cofre en el aposento cerrado y polvoroso que ya conocemos, y en el cual tena secuestrada, apartada de la vista de todo extrao, el arca de sus talegos. Una vez all Montio, despus de haber descubierto con respeto el cofre que haba trado de Navalcarnero, le estuvo contemplando en xtasis. No cesaba de leer y releer lo siguiente, que apareca escrito en el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura del cofre: Yo, Gabriel Prez, escribano pblico de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cmo el seor Jernimo Martnez Montio, recibi cerrado y sellado, como se encuentra, este cofre. Segua la fecha y el signo. --Y qu habr aqu? qu habr aqu?--deca el cocinero levantando con trabajo pesado el cofre--. Dinero? no, no, ms bien alhajas. El seor duque de Osuna es muy rico, muy poderoso, y tratndose de un hijo suyo... quin haba de pensar que aquel muchacho que se me presentaba bajo un traje tan humilde, como el humilde nombre de sobrino mo, haba de ser no menos que un Girn, aunque bastardo...?...y pensar que yo, por ignorancia, he estado punto de malquistarme con l?... Y Montio segua abismndose en su pensamiento y contemplando el cofre, y probando su peso, y queriendo deducir por l el valor de su contenido. El cocinero mayor sufra el tormento de los avaros. Pero era necesario salir de su reservado aposento. Puso cuidadosamente el cofre en un rincn, lo cubri con un tapiz viejo, y no contento an, con una estera, y se di al fin completamente luz su mujer y su hija. Despus se present, como de costumbre, en la cocina, y di sus rdenes para la vianda del da. Despus, y libre ya por algunas horas, tom su capa y su espada y se fu Santo Domingo el Real, y oy misa, y procur orla, porque el cocinero mayor no tena pensamiento ms que para el cofre y para el sobrino postizo. Apenas hubo concludo la misa, cuando tom buen paso el camino de la calle de Amaniel. En aquella calle, en una casa chata y vieja, viva la seora Mara Surez, honrada esposa del escudero Melchor Argote, y honrada amiga del prendero Gabriel Cornejo. Cuando Montio lleg, encontr la seora Mara fregoteando, como la mujer ms hacendosa del mundo, en la cocina. --Buenos das, buenos das, seora--dijo el cocinero--; y cmo va por ac? --Ah! sois vos, seor Francisco?--dijo la vieja. Pero describmosla. Era una mujer como de sesenta aos, por mejor decir, una pelota con pies, cabeza y brazos: morena, encendida y basta, con la nariz gruesa, los labios gruesos, los ojos pequeos y colorados, el izquierdo bizco, y los escasos cabellos, rubios entrecanos. Vesta un hbito de jerga corto, sobre los hombros un pauelo de lana azul, y por bajo del vestido que tena levantado, como acostumbran las mujeres durante ciertas haciendas caseras, se vean dos piernas rechonchas con medias azules, y dos pies redondos y abotargados, metidos dentro de dos zapatos gruesos y de un color indefinible. El ojo bizco de esta mujer era su nico, pero completo rasgo fisonmico-caracterstico; era un verdadero ojo de demonio que luca como un ascua medio apagada, y que en continua movilidad dejaba ver sucesivamente todas las expresiones de los siete pecados capitales. Esto en ciertas situaciones especiales, que cuando aquel ojo dorma cubierto por una expresin hipcrita, la seora Mara tena el aspecto de la mujer mejor del mundo. Pero cuando asom la puerta de la cocina el cocinero del rey, en cuanto la seora Mara le vi, el ojo se puso en movimiento y expres la clera ms concentrada y ms vengantiva que darse puede. --Buena la habis hecho!--dijo la seora Mara bajndose de una silla, la que se haba encaramado para fregar una vidriera, y viniendo hacia el cocinero mayor con un estropajo en la mano--: buena la habis hecho, seor Francisco! --Pero qu he hecho yo?--exclam asustado el cocinero, porque le constaba que la seora Mara no hablaba nunca en balde. --Que qu habis hecho? nada! absolutamente nada!... pero ello dir! --Sepamos. --Tenis un sobrino? --S, seora, tengo un sobrino. --Y os habis valido de este sobrino? --Para qu?... vamos ver... para qu me he valido yo de ese sobrino?... --Pues! para malherir don Rodrigo Caldern. --Ah! diablo! --Y ya se ve!... os habis apropiado los tres mil ducados de la reina. --Yo... --S, seor... y si no, por qu ha dado de estocadas vuestro sobrino don Rodrigo Caldern? --Han sido asuntos suyos... --Pues mirad, tiene muy malos asuntos vuestro sobrino. --Bah! no tan malos como creis! Pero en fin, ya que habis hablado de mi sobrino, por l vena, porque supongo que habr pasado aqu la noche. --Aqu la ha pasado, quiero decir, aqu ha pasado la madrugada, porque el galopn Aldaba le trajo las tres. --Ah! conque ha salido las tres de palacio mi sobrino? --De palacio! --He dicho de palacio?... eso es... habr estado en m casa?... s, cierto... --En vuestra casa mientras vos habis estado fuera, no ha estado nadie ms que la justicia... --S, s; ya me ha dicho mi mujer... --Y no os ha dicho vuestra mujer que haya estado nadie ms? --No por cierto. --Seor Francisco, los hombres viejos no deban casarse... sobre todo con mujeres jvenes y bonitas. --Seora Mara--exclam todo bilis y enojo Montio: sois una bribona... --Bien, muy bien; ahora los insultos. --Queris vengaros de m porque os he echado perder un buen negocio?... --Yo no me vengo, no os he dicho nada que merezca la pena de que me tratis as. --Habis querido hacerme sospechar de mi esposa. --Jess Mara! vea vuestra merced lo que es ser los hombres maliciosos! --No es necesario ser malicioso. --Pues yo qu os he dicho? --Pues eso es lo malo, que no habis dicho nada. --He dicho que los hombres viejos no deban casarse teniendo hijas jvenes y bonitas. --Habis dicho mujer. --He dicho hija. --Y bien, qu tenis vos que decir de mi hija?... --Hum! nada! pero haberse estado vuestro sobrino hasta las tres en vuestra casa, y no haber parecido cuando le buscaba la justicia! --Mi hija no conoce su primo. --Pero como tal primo es tan hermoso y tan atrevido... replic la seora Mara. --Dejemos esta conversacin, seora Mara, que estis equivocada de medio medio; mi sobrino no ha estado en mi casa... --Pues si ha estado en palacio y no en vuestra casa... --Ha estado en la casa del rey--dijo una voz la puerta. Volvise todo hosco incmodo el cocinero y vi al bufn del rey. El to Manolillo entr con las manos puestas en las caderas, mir frente frente al cocinero de su majestad, se le ri en las barbas y se sent en un taburete de pino. --Y bien, por qu os res?--dijo Montio amostazado, porque haca mucho tiempo que le causaban ojeriza las bromas del bufn. --Rome porque siempre que os veo me da gozo, seor Francisco--dijo el to Manolillo. --Es que os estis gozando conmigo hace muchos das. --Qu queris? cuando yo veo la felicidad de los dems, me perezco de alegra. --Y qu felicidad veis en m, amigo bufn? --Bah! vuestra mujer!... --Mi mujer!--exclam, sintiendo un sacudimiento nervioso el cocinero. --Ciertamente, vuestra mujer... os ama mucho... mucho... muchsimo... Os ayuda en todo lo que puede. --Sabis que ya me incomoda el que me hablis tanto de mi mujer? --Como que estoy enamorado de ella... --Vos no amis ms que esa comedianta que os tiene vuelto el juicio... --Puede ser, porque tratndose del juicio de los hombres, no conozco cosa que tanto se lo vuelva como las mujeres. Pero dejndonos de bromas y ya que hablbamos de vuestro sobrino, cmo ha pasado la noche ese valiente joven, seora Mara? --Qu! conocis mi sobrino, to Manolillo? --Bah si le conozco! pero no habis odo, seora Mara, es que tanto os interesa tener limpias las sartenes, ya que no podis tener limpia la conciencia? --No s para qu los reyes han de tener gordos y ensoberbecidos estos avechuchos--dijo la vieja. --Pero el sobrino del seor Francisco... os he preguntado por l tres veces y nada me habis respondido... y s que ha pasado aqu la noche... --La madrugada, diris. --En buen hora... y duerme todava? --El que se acuesta tarde, no se levanta temprano. --Y decs que conocis mi sobrino?--dijo el cocinero. --Ya se ve que le conozco. --Dnde le habis visto? --Anoche en palacio. --Pero en dnde? --Donde no entran todos. --Estis seguro de lo que decs? --Vaya si lo estoy. --Y habis hablado con l? --No, pero no importa; s que anda enamorado y en aventuras. --Y le corresponden? --Tal creo. --Tenemos que hablar solas... no os ofendis, seora Mara. --La seora Mara no se ofende de otra cosa que de no ganar dineros. --Yo no puedo ofenderme de lo que me da risa. --Y qu os da risa en esto? --El secreto que gastis... como si no supiramos que en palacio es muy fcil tener amores altos. --Como es muy difcil que vos dejis de ser una deslenguada. --Os advierto, hermano bufn, que si mi esposo os oye, que pudiera ser, os cortar una oreja. --Bah! el escuderote! Pero dejando esto... dnde tiene su aposento el seor Juan Montio? --Ved que sale en persona--dijo la vieja sealando una puerta que se abra, y tras la cual apareci el joven. --Ah! mi buen sobrino!--exclam Montio corriendo hacia l. --Cunto pensar ganar con su sobrino el cocinero del rey, cuando tan bien le trata?--dijo para si el bufn. --Y mi to Pedro?--dijo el joven con solicitud. --Tu to!... tu pobre to, ha muerto!--contest apagando su sonrisa y con acento triste Francisco Montio. El joven se puso plido, sus ojos se llenaron de lgrimas, y exclam bajando tristemente la cabeza: --Cmplase la voluntad de Dios! Y luego aadi dominndose: --Y nada os ha dicho para m? --Nada; cuando llegu ya haba perdido el habla. --Ah! mi buen to! la carta que me di para vos era un pretexto para alejarme de s; para que no lo viese morir. --No te has engaado, sobrino; no te has engaado... y qu he hecho yo de esa carta? creo que la llev al pueblo, y que la he dejado olvidada all. Pero, cmo has pasado la noche? --Muy bien, to, muy bien. --Pues me alegro, me alegro mucho--dijo el to Manolillo--, porque creo que tenis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado. --No os conozco, amigo--dijo Montio. --Nada tiene de extrao. Yo soy el bufn del rey; pero si no me conocis m, conocis mucho un grande amigo mo. --Qu amigo? --Don Francisco de Quevedo. --Cmo! don Francisco de Quevedo!--dijo el cocinero mayor--y est don Francisco en la corte? --Y algo ms que en la corte dijo el to Manolillo. --Ah, ah! Y conoces t don Francisco de Quevedo, sobrino?--aadi el cocinero. --Estuvo hace dos aos en el lugar; iba hudo... --Ah!--dijo Francisco Montio, recordando el pasaje de la carta de su difunto hermano, en que se refera al conocimiento de Juan con Quevedo--. Ah, s! Es verdad! --Y qu es verdad?--dijo Juan. --Qu ha de ser verdad, sino que hace dos aos anduvo hudo por unas estocadas don Francisco? --Pues amigo mo--dijo el bufn--, don Francisco os espera. --Que me espera? Y dnde? Habamos quedado en vernos en San Felipe. --Pero urge, urge. As, pues, os vendris conmigo. --Sin almorzar!--dijo el cocinero--. Yo que vena con l para que almorzase! --Donde yo le llevo almorzar mejor. --Mejor que en mi casa? --S, seor; vuestro sobrino, seor Francisco, almorzar hoy mejor que el rey. --Algunas empanadas de hostera de esas que no se digieren!--exclam Montio con desprecio y picado en su calidad de cocinero. --Yo dar de almorzar vuestro sobrino pechugas de ngeles! --Ah, ah!... vos tenis vuestra disposicin pechugas de ngeles!... Pero es el caso que yo necesito mi sobrino, aunque slo puedo darle pechugas de nade. --No son malas, seor Francisco, no son malas; guardadme una para ms tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al seor Juan Montio. Como que le espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy importantes. --Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, to, necesario ser que vaya. --Iremos todos--dijo el cocinero. --No puede ser--replic el bufn--: quedos en buen hora siguiendo vuestra disputa con la seora Mara. En cuanto m, vuestro sobrino me llevo. --Y dnde para don Francisco? --En una casa y en una cama. --Pues quedo enterado--dijo el seor Francisco. --Cmo! Ha pasado algn mal accidente don Francisco?--dijo con cuidado Montio. --Cosa mala nunca muere--dijo desapaciblemente la vieja. --Por eso no habis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del cuerpo--dijo el to Manolillo--; pero vamos, seor Juan, y que no se diga que cuesta ms trabajo sacaros de aqu que si se tratase de sacar una monja de un convento. --No; no ciertamente--dijo el joven--; perdonad, to, pero cuando don Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en cuanto concluya ir buscaros palacio. --Ve, sobrino, ve--dijo el cocinero--; ya sabes que yo no me meto en tus asuntos; pero mira dnde pones los pies, hijo mo, porque la corte se ha puesto para ti un poco resbaladiza. --Nos veremos en la calle?--dijo el bufn--. Venid, que el tiempo urge, y vos, compadre, dejadnos por Jess Nazareno, y vamos, y no se hable ms, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta despus; muchas expresiones al seor Cornejo, seora Mara, y al seor escudero que se compre un peine fuerte; hasta ms ver... Gracias Dios que estamos en la calle! Y el to Manolillo, sin detenerse escuchar la agria rplica de la seora Mara, sac remolque Juan. --Conque tan hombre sois?--le dijo el bufn. --Segn--dijo Juan--; no s por qu me hacis esa pregunta. --Afortunado y reservadillo! haris fortuna en la corte, joven. --Me alegrar. --Ah, ah!--conozco muy pocos que hayan entrado en palacio con tan buen pie. Mir profundamente Montio al to Manolillo. --Vuestro amigo don Francisco--dijo el bufn contestando aquella mirada--me llama el mochuelo del alczar. --Os juro que no os entiendo. --Bah! Y cmo os va de vuestros amores? --De mis amores? --Qu! No estis enamorado? --Yo! --Mirad que doa Clara Soldevilla es demasiado persona para que se la engae. --Doa Clara! Oh, doa Clara! La conocis? --Vaya! Pues medrados estaramos si el to Manolillo, el loco del rey, no conociese hasta las araas del alczar! Conozco mi seora doa Clara desde que era as, tamaita. --Y qu se dice de esa dama en el alczar? --Qu se ha de decir? La llaman la menina de nieve. --Por lo blanca? --Bien pudieran; pero es por lo fra. --Fra, y tiene dos ojos que abrasan! --Pues ah veris. Nadie ha podido hacer que esos ojos le miren enamorados. Como no seis vos!... --Yo! --Y qu tendra eso de extrao? --Os aseguro que... --Lo creo; doa Clara es dura como una roca. --Pero yo no pienso... --Vos!... bah!... Vos sois capaz de saltar por esa dama por cima de la torre de Santa Cruz; y si yo fuera otro, lo sera tambin... y sois vos solo... --Cmo! --El primero que salta por doa Clara es... --Quin? --Un personaje muy alto... --Acabad. --Don Felipe. --Don Felipe de qu? --Don Felipe de Austria, mi buen amigo, mi entretenimiento, mi loco. --Ah! El rey! --No os pongis plido, amigo mo, no os pongis plido; doa Clara hace tanto caso del rey como de m. --Pero decs que hay otros!... --No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doa Clara... no ser que vos... --Yo? --Seamos francos; cunto darais vos por encontrar una persona que os sirviese de puente para con esa dama? Por dos ojos que viesen ms que los vuestros? --Me hacis una proposicin? --Me intereso por vos. --Y qu clase de inters es el vuestro? --Yo... os servir... pero me habis de pagar. --Contad con mi bolsillo. --Os perdono, porque los enamorados estn locos... Vos me pagaris, pero no me pagaris en dinero... Llegar un da en que yo os diga: os he servido; servidme. --Os servir como me hayis servido m. --No hablemos ms; estamos cerca de la casa donde para nuestro amigo don Francisco. Entraban la sazn en la calle Ancha de San Bernardo. Al poco trecho, el bufn lleg una puerta, tir de un cordel y la puerta se abrio; siguile Juan Montio, el bufn cerr la puerta y subi por unas escaleras, seguido del joven, un hermoso recibimiento, y de all una sala ricamente alhajada. Sobre los sillones haba algunos trajes relumbrantes, todas luces trajes de teatro, y sobre una mesa joyas en desorden y botes de perfumes. En la sala no haba nadie; pero saliendo de una alcoba se escuchaba una voz vibrante y acentuada que al parecer lea, y de tiempo en tiempo una voz juvenil y fresca, incitante voz de mujer, que se rea de la mejor gana del mundo. El bufn adelant y levant una de las cortinas bordadas que cubran la puerta de la alcoba. En un magnfico lecho, que por muchas seales demostraba ser un lecho de mujer, y de mujer galante, hundido en los colchones, medio sepultado en las almohadas, revuelta la cabellera, caladas las antiparras, sosteniendo un libro en folio, lea Quevedo. A los pies del lecho, indolentemente envuelta en una especie de bata de color de rosa con encajes, mal cogidas las anchas trenzas negras, extendidos los pies, que calzaban unos chapines de tafilete blanco, apoyado un brazo en otro brazo del silln, y sobre la mano uno de esos semblantes en que no se sabe qu admirar ms, si la fuerza de la juventud, la fuerza de la hermosura la fuerza de la expresin, haba una mujer como de veinticuatro aos, sonriente, alegre, escuchando con delicia Quevedo, que lea uno de los mejores captulos del _Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha_. Quevedo al leer no se rea; su acento al leer era el de un profundo crtico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por decirlo as, con la inflexin del acento, con la acentuacin particular de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por lo serio. Cervantes, ledo por Quevedo, ganaba; el chiste se haca irresistible; la joven se rea con toda su alma. Se nos olvidaba decir que la joven tena en la mano derecha, abandonada sobre la falda, un cuaderno de papel en que se vean escritos versos. A la cabeza de aquellos versos se lea: Doa Estrella en la Estrella de Sevilla.--Dorotea. Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega. La que le tena en la mano, era sin disputa una comedianta. El papel revela su nombre. Era Dorotea. La querida pblica del duque de Lerma. La amante particular de don Rodrigo Caldern. La mujer que tena con el to Manolillo unas relaciones, un punto de contacto que nadie poda calificar. Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban all; los dos en representacin, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los representados Cervantes y cautivando en favor de ste la atencin de Dorotea en dao del otro representado, de Lope de Vega. --Yo os daba durmiendo dijo--el to Manolillo--y ti estudiando, holgazana--aadi dirigindose la joven. --Gracias mi buen Miguel que me he encontrado por ah, no duermo, ni Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para escucharle. Qu ingenio! se entiende, cuando no se trata del Prsiles. Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi buen amigo--aadi Quevedo cerrando el libro y dejndolo sobre la cama--, trais con vos ese sujeto? --Trigole por los cabezones. --Cmo tal? por los cabezones vens cuando yo os llamo, amigo Juan? Entrad, entrad, amigo mo, la duea de la casa es una moza demasiado valiente para asustarse, porque vos entris en su alcoba. --Decs bien, y tanto ms, cuanto me habis curado de espanto apoderndoos de mi lecho; qu pensaran de m, si las gentes os vieran? --Que estoy cansado. Pero qu hacis que no entris, amigo Juan? --Entrad, entrad, caballero--dijo Dorotea levantndose--; esta casa es muy vuestra. Y levant la otra cortina que el bufn no haba levantado. Al ver Dorotea Juan Montio, y al ver ste Dorotea, sucedi una cosa singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresin. La sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borr; en el semblante de Juan Montio apareci una expresin de sorpresa, pero no ms que de sorpresa. No esperaba ver una mujer tan hermosa. Le haba dado de repente en los ojos un relmpago de hermosura. El bufn y Quevedo haban reparado esta circunstancia: la repentina y significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montio. --Ah!--dijo el bufn. --Oh!--dijo Quevedo. --Pasad, caballero, pasad--dijo Dorotea ya perfectamente serena. Juan Montio entr en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa. --En qu nido le habis encontrado, amigo Manolillo?--dijo Quevedo. En el nido de una corneja. --Y dnde tiene esa corneja su nido? --Es la manceba vieja de un tal Cornejo, galeote hudo que anda haciendo milagros en la corte. --Ah! Un ensalmador de condenados, reparador de injurias y falsificador de doncellas! Conozco al tal. --Pero vos conocis todo el mundo, don Francisco!--dijo Dorotea. --Concenme m todos; no es ma la culpa; el que en enredos anda, enrdase. --Yo creo haber odo hablar de ese Cornejo--dijo Dorotea. --Ha graznado vuestra oreja? pues mal agero, hija; si supiera esto su excelencia, juntamente con que yo... --Vos os tomis licencia para todo; en cuanto ese Cornejo, conzcole por haberme hablado de l mis compaeras. --Seor Juan Montio--dijo Quevedo con voz campanuda--: necesito hablar con vos solas. --Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco--dijo Dorotea. --Lope de Vega os espera; esta tarde las dos debis aparecer estrella; procurad que no os nublen los del patio... debis, pues, agradecerme que no os distraiga. Parceme que estaris aqu mejor que en palacio, to Manolillo. --Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertis. --Os engais, hermano; an no me duermo, ni llamo al amigo Juan para que me traiga el sueo... heme echado por descansar un poco, pero ya empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. Y vos habis descansado?--dijo Quevedo dirigindose Montio, y prescindiendo enteramente del bufn, que sali y se sent en la sala frente Dorotea, que se haba puesto estudiar su papel junto una ventana. --No he podido dormir, Quevedo--dijo el joven. --Dichosa edad en que el amor desvela; y no ha tenido parte en vuestro desvelo el lance de anoche? --Cul de ellos? Quevedo marc con el brazo una estocada. --Ah! no! --Pues sabed que Lerma lo sabe. --Me importa poco. --Que os pueden encerrar. --Me importa menos. --Que os puede suceder algo que negro sea. --Sucdame en buena hora. --No negis la pinta. --Qu pinta? --La de vuestro padre. --Creo que mi padre hubiera tenido en estas circunstancias tan poco cuidado como yo. --Crelo sin dificultad y me alegro de que os parezcis vuestro padre. Slo por eso os haba llamado: estaba cuidadoso por vos. Y decidme, si no habis dormido, tendr la culpa doa Clara Soldevilla? --Cmo! pues qu! Sabis...? --Yo lo s todo. --Tenis sin duda un diablo familiar. --Puede ser. Y los amores os han quitado el apetito? --No por cierto. --No? pues me alegro; ni yo tampoco. Dorotea! amiga Dorotea! --Decid vuestra negra que nos d de almorzar. Almorzaremos todos juntos--dijo Dorotea. --Que me place: almorzarn juntos el amor y las musas, una ninfa y un stiro. Y tenis buena despensa? supngolo. --Ah! me cuidan como una reina. --Crolo; como creo que agradecis como una reina los cuidados. Perdonad, amigo Juan, si me dejo ver de vos desencuadernado--dijo Quevedo saltando del lecho en paos menores--; hacedme la merced de echar esas cortinas, no se escandalize Dorotea. --Os levantis?--dijo la comedianta--: me alegro, voy mandar sahumar la alcoba. --Pues dudo mucho... --Que?... --Que haya sahumerio que la quite su olor: si yo no tuviera la cabeza tan fuerte, trastornado saldra y entontecido. Huele aqu... --A hermosura... --Bien, lo creo. --Y de hoy en adelante oler ingenio... --Por qu, pues, sahumais?... --Pudiera pegrsele don Francisco... --Ah! su excelencia! Crolo libre de tal contagio... --Dios le ayude. --Ya le ayudis vos... --Pues yo crea que le desayudaba... --Sois un oro... --Os habis vestido ya? --Atcome las calzas... --Voy preparar el almuerzo. --Quin es esta mujer? dijo Montio. --No lo s--dijo Quevedo encajndose los gregescos. --Qu, no lo sabis, y os metis en su casa como en una posada, y la tratis con una lisura que mete miedo? --Tratndose de esta mujer, cuanto ms miro menos veo. No se lo digis nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la adivino. Hacedla el amor. --Yo?... --Es hermosa. --Pero descarada. --Por las descaradas se conoce las enmascaradas; un amante ve lo que no ven los dems, y nos conviene ver esta mujer. --Enamoradla. --Ya lo he hecho. --Y no habis podido leerla? --No, porque no se ha enamorado de mi. --Y queris que yo embista con una mujer que os ha rechazado?--replic Montio. --Habis sorprendido esta mujer. --Yo! --Se ha puesto plida al veros. --Perdonad, m tambin me sorprendi... --Mejor: ella ha reparado en vuestra sorpresa y espera. --Perdonad, pero la sorpresa pas. --Crolo: pero os repito que los amores de esta mujer interesan... --A quin? --A la reina. --Ah! --Adems, no sabe an lo de don Rodrigo. Procurad que cuando lo sepa le importe poco. --No comprendo lo que me queris decir con lo de don Rodrigo... --La Dorotea cobra del duque de Lerma, y da don Rodrigo Caldern. --Ah! --Os aseguro que si en el almuerzo ganis terreno, cuando le llegue la noticia, que no deber tardar, la importar poco lo sucedido... --Pero... un triunfo tan rpido... --As se triunfa de estas mujeres... primera vista nunca. --Me repugna... --Sois mal galn de capa y espada... no servs para una comedia. --Lo confieso. --No me habis recibido por maestro? --S. --Pues obedecedme. --Bien quisiera, pero tengo el corazn lleno. --Alma de nio! majadero incorregible! doa Clara Soldevilla es el corazn, esta mujer la cabeza. --Ah! --Me habis comprendido? --Pero tan importante es esta mujer? --No lo s, pero pudiera serlo. --La enamorar. --Callad! ms bien... y qu tal, qu tal os fu el ltimo ao en Alcal? Dorotea acababa de entrar en la sala. --Cmo! este caballero es estudiante?--dijo dejando sobre una mesa dos botellas. --Y de teologa--dijo Quevedo. --Estudiis para clrigo!--dijo haciendo un mohn de repugnancia la comedianta, tiempo que sala Montio de la alcoba. --Ha ahorcado los hbitos--dijo Quevedo saliendo tras Montio. --Ah! he ah una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver un ahorcado sin tener malos sueos. --Y qu diablos hacis ah, hijo Manolillo, doblado y redoblado?--dijo Quevedo. --Ah!--exclam el bufn, como un hombre que despierta--; pensaba. [imagen: Quevedo] --Y qu pensbais? --Qu s yo! era uno de esos pensamientos, que piensan en nosotros. --Metafsico estis. --Y que nosotros no pensamos en ellos. --Continuad. --Que se vienen... y que se van... --Una idea eterna... --Eso es... --Un combate... --No, un tirano... --Tngoos lstima... --Ah! --El to Manolillo tiene unas cosas muy singulares--dijo Dorotea. --Me voy!--exclam el to Manolillo. --Y no almorzaris con nosotros? --El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adis. Y el to Manolillo sali sombro y cabizbajo; se le oy bajar violentamente las escaleras y sali. --No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo--dijo Quevedo. --Ni yo--exclam Dorotea. --Y os ama! --Pero cmo me ama?... --Sabrislo vos. --Pues no lo s; pero aqu viene el almuerzo, seores: sentir trataros mal; vosotros tendris la culpa; doy lo que tengo. --Y como tenis un cielo!... --Bah, don Francisco! cuando me requebris, no s si debo ofenderme, ... --Es esta negra vuestra cocinera? --S por cierto...--dijo un tanto resentida Dorotea del cambio de conversacin de Quevedo. --Y bien, carbn viviente, qu nos das de almorzar? La negra, que traa una mesa ayudada por un lacayuelo, contest sobre la pregunta de Quevedo: --Vuesamercedes almozarn salmn fresco, pollas asadas, pastelones negros, pichones ensopados, tortas de dama... --Basta, basta, y aun dir que sobra, aunque tengo un apetito de gigante encantado. --Pues sentmonos--dijo Dorotea--; y vos, tenis tambin apetito?... --Est enamorado... --Ah!--dijo con cierto disgusto la Dorotea. --Enamorado de vos. --De m!--exclam riendo la comedianta. --Cosas de Quevedo!--dijo Montio terriblemente contrariado. --No, no por cierto... cosas de Dorotea. --Cosas mas! --Ciertamente, porque vuestras cosas son las que han quitado el apetito de todas las cosas al seor Juan Montio. --Ah! os llamis Montio? --Es sobrino del cocinero mayor del rey. --Oh! Dios mo! os va parecer detestable mi almuerzo! --El rey no almuerza tan bien como vos, ni con tan buen servicio... apuesto que esta plata ha venido en derechura para vos del Potos... --Ved ah que me importa poco el lugar de donde haya venido. --Debe importaros mucho ms el lugar en donde ha parado. --Sabe Dios si para. --Mejor, porque ser ro si corre. --Me voy cansando... --Decs bien, debis descansar... aunque no sois vieja. --Trabajo siempre para el pblico... --Decs bien... debis trabajar para menos gente... ya quise que trabajseis para mi... con el corazn; pero vuestro corazn anduvo reacio. --Punzis, don Francisco. --Ortiga me hacis? desgraciado ando. --No lo andis mucho, cuando os veis en la corte. --Pues mirad: no quisiera ser cortesano. --Sislo muy poco... y en prueba de ello cuando no estis preso... --Me buscan... decs bien... y ahora me acuerdo... sois mi olvido de todo... y de qu me haba olvidado?... figuros que anoche anduve cmplice en unas estocadas. --Apenas llegado! --Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante, trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan los dedos... y me urge... y me duele dejar medio roer este pichn... pero os dejo... --Os vais?--dijo Montio ponindose de pie. --Oh! no! vos no tenis nada que ver con la justicia--dijo Dorotea--: almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal. --Creo que jams ha almorzado tan gusto el seor Montio, y se quedar, debe quedarse--aadi Quevedo cargando su acentuacin de una manera perfectamente inteligible para Montio. --Temera abusar... --Oh! qu es abusar?... por el contrario, no sabra qu atribuir... --Pues me quedo--dijo Montio con voz insegura. --Pues quedos--exclam Quevedo--. Os suplico que no os vayis... --Pero si tardareis... --En ninguna parte pudirais sentir menos la espera. Ah! las diez... conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios. Y Quevedo sali. Toda esta escena, pesar de que haba sido un poco picante, haba pasado delante de la negra y del lacayuelo. --Servidnos los postres y marchos almorzar--dijo Dorotea apenas sali Quevedo. Montio y la comedianta quedaron al fin solos. --Tenis un amigo muy regocijado--dijo Dorotea... --Oh! s!--contest el joven, que aunque no era novicio, senta remordimientos por aquella especie de infidelidad que haca su dama, y estaba contrariado. --Si no fuese por su lengua...--aadi Dorotea. --Oh! s!--respondi Montio. --Pero no comis?--dijo la joven, que empezaba sentirse preocupada. --Perdonad, seora, pero... --Pero qu?... Montio alz los ojos, y su mirada se encontr con la mirada negra y resplandeciente de la Dorotea. Por culpa de la situacin, aquellas dos miradas fueron terriblemente criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de despecho, porque haba conocido todo el valor aparente de su mirada. Lo mismo y por la misma razn aconteci Montio. --Vamos, esto es una tontera--dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo que no poda cubrirse.--Quevedo tiene la culpa. --Yo creo, seora, que nadie tiene la culpa de nada. --Bebed--dijo la joven llenando una copa de vino. --Bebed primero vos... --La Dorotea llen su copa. --No: bebed en sta, bebamos la mitad de la nuestra cada uno; cambiamos. --Sabis lo que estis haciendo?--dijo con seriedad la Dorotea. --Os ofende? --Me estis enamorando. --Y hago mal suponiendo que eso sea? --Eso lo sabris vos. --Cmo! que yo sabr si hago mal en enamoraros? --S, porque vos sabris con cunta lealtad, con cunta razn podis enamorar una mujer quien hace media hora que conocis. --La soledad tiene la culpa... --Llamar compaa... --No; ms bien si os desagrada mi atrevimiento, me ir yo. --Don Francisco vendr buscaros... --Pues no encuentro medio... --S; dejar esta conversacin. --Dejmosla. --Hablemos de otra cosa. Pero ninguno de los dos habl. Bebieron en silencio sus copas. Pasaron algn tiempo callando. Dorotea mir involuntariamente Montio. En aquel momento Montio mir la comedianta. Esta doble mirada fu ms elocuente, ms intensa que la anterior. Dorotea y Montio se turbaron mucho ms. Pero por aquella vez, Dorotea no se irrit. Por el contrario, solt una alegre carcajada, y dijo: --Quin diablos os ha trado aqu? Y llen la copa, bebi la mitad, y ofreci la copa Montio. Montio la tom y busc el sitio donde haba puesto sus labios la joven. --Habladme con franqueza--dijo la Dorotea--; qu habis visto en m...? Y se detuvo. --He visto en vos, seora... la verdad es que no he visto nada fuera de vuestra hermosura, que es divina! --Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no hablemos ms de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os apreciar... os apreci ya, no s por qu... sobre todo, no me gusta una guerra fatigosa, un galanteo que nada conducira, porque es una locura. --Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad vuestro amor. -Mi amor! sabis si yo he amado alguna vez? sabis si puedo amar? --Todos hemos nacido... --He aqu una cosa indudable. --Para amar... --Eso no es tan claro. --Si no habis amado, amaris. --Habis amado vos? --S, y mucho--dijo Montio suspirando por doa Clara de Soldevilla. -Y amis...? --Si amo! si amo! con toda mi alma!--exclam el joven refirindose siempre doa Clara. La Dorotea, sin darse s misma la razn, se inmut profundamente y dej ver claro su disgusto en su semblante. Acaso aquello era amor propio. Acaso una sensacin involuntaria. Montio not aquella conmocin, la tradujo por amor propio su favor, y acordndose de que Quevedo le haba dicho:--Importa la reina acaso, el que volvis loca esa mujer--y comprendiendo que el servir la reina, el sacrificarse por ella, era la mejor seduccin que poda emplear para con doa Clara, se decidi tomar la comedianta por instrumento, y destruir el mal efecto que le haban causado sus ltimas palabras. --S--repiti con acento apasionado--, amo una diosa humana, con toda mi alma, con todo mi corazn... y esa divinidad... sois vos! --Yo! imposible! --Recordad que me turb al veros. --Eso nada prueba. --Prueba que me habis matado. --Pero... caballero...--dijo plida y grave la Dorotea--, creo que me tomis por entretenimiento. --Me ofendis...? --Porque temo ser ofendida. --Qu encontris de extrao...? --No s... porque, como, lo repito, no he amado nunca, no s si es posible que se ame as como vos decs, tan pronto. --Cunto tiempo tarda en arder la lea seca? --Ah! --El tiempo que tarda en acercarse ella el fuego. --Pero la llama dura poco... --Pero cuando acaba ha consumido la lea. --Y vos sois... lea seca...? yo os crea lea verde. --Os engais. En las universidades se empieza vivir muy pronto, y se vive muy de prisa. --Ah! los estudiantes! dicen que los estudiantes son muy embusteros! --No s qu puedan diferenciarse en esto de los otros hombres. --Tenis razn; pero tienen tambin una fama tal los estudiantes... --Injusticias, envidias... adems, si fu estudiante, ya no lo soy. --Pues qu sois ahora? --Pretendiente. --Y qu pretendis? --Una compaa. --Compaa de qu?... --De qu ha de ser?... --Hay muchas compaas... la de Jess, las de comediantes, las de los mercaderes... --La que yo quiero es una compaa de soldados. --Y habis hablado alguien? --La tengo casi ciertamente... --Ah! es verdad! sois sobrino del cocinero de su majestad! --Y creis que mi to puede?... --Si Francisco Martnez Montio se empea, seris... no digo yo capitn... sino cuartel-maestre, general... vuestro to, adems de tener muchos doblones, tiene mucho influjo. --Me alegro de saberlo--dijo para s el joven. --Capitn--dijo la Dorotea...--y os iris Italia Flandes?... --Me quedar en Madrid; ms de capitn, quiero serlo de la guardia espaola. --Lo seris, porque ms de vuestro to os ayudar yo. --Vos! --S, yo... pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo quiero? --Temera abusar de vos. --Bah! yo debo agradeceros el que me hayis mirado tan bien. --Mejor os agradecera el que no me mirseis mal. --Y por qu? no tengo motivo... os aprecio... --Ms quiero... --Ms que apreciaros? --Amadme! --Echad un memorial Cupido... --Vos sois Venus, y le mandis. --Ya sabis que Cupido es un bribonzuelo, que no respeta ni aun su madre. --Casi creo que tenis razn. --Por qu?... --Porque creo que el rapazuelo me ayuda. --Son muy presumidos estos estudiantes... --Capitn, seora, capitn. --Pues peor; la gente de guerra cree que las mujeres se toman como las murallas, al asalto... mudemos de conversacin... --Mudemos... --Hace mucho tiempo que habis venido Madrid?--dijo la Dorotea, procurando mostrarse completamente olvidada de la conversacin anterior. --Vine ayer. --Ayer! --S, seora, ayer por la tarde. --Y no habis estado otra vez en Madrid? --Nunca, seora. --Es decir... -Qu?... --No recuerdo lo que os iba decir. --Queris que os diga una cosa?... --Decidla. --Creo que tenis ms memoria cuando hablis de amor. --Volvemos? --Ah, seora! no recuerdo haber visto en mi vida unos ojos que de tal modo me acaricien el alma. --Cmo! pues qu!... mis ojos!... --Me estn diciendo... --Mienten... mienten mis ojos... vamos... ser necesario que nos separemos. --Sabis que es muy dichoso don Rodrigo Caldern? La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdn un tiempo. --No me nombris ese hombre--dijo. --Bah! pues no le amis? La Dorotea fij una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada un tiempo en Juan Montio; extendi hacia l un magnfico y mrbido brazo, y estrechando una mano del joven, le dijo: --Os suplico que me dejis sola; yo os disculpar con don Francisco. --Qu! tanto os enoja que yo contine vuestro lado? --No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, no lo vis? estoy avergonzada. --Avergonzada! y por qu? --Porque soy una mujer perdida!--dijo la Dorotea--, y se cubri el rostro con las manos. --Pero quin ha dicho eso?--replic Montio acercndose ella y apartndole suavemente las manos de sobre el rostro. --Lo digo yo. --Pues decs mal, seora; yo os creo una mujer virgen. --Ah, explicadme... explicadme eso! --La explicacin es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo decais, vos misma habis confesado que no habis amado nunca. --Y lo creis? --Lo creo. --Y no temis engaaros? --No. --Pero qu razones, qu pruebas tenis?... --Voy hablaros con el alma, sin embozar mis palabras: cuando yo os vi, me mirsteis como miran las cortesanas... --Ah! --Pero apenas me vsteis, bajsteis los ojos como una nia que recibe la primera revelacin de amor en la mirada de un hombre; os pusisteis seria y grave. --Ah, ah! y creis--dijo con acento ardiente Dorotea--, creis que os habis entrado en mi alma en el momento en que os he visto? A aquella pregunta de Dorotea, pregunta hecha con sinceridad, con candor, con anhelo, Montio sinti una especie de vrtigo. Dorotea se haba transfigurado; su alma, un alma entusiasta, enamorada, noble, se exhalaba de su mirada, de la expresin de su semblante, de su boca trmula, de su acento cobarde, ardiente, opaco. Pero Montio estaba prevenido; el involuntario poder de fascinacin de la comedianta, luchaba con el amor intenso, voluntarioso, tenaz, que Montio senta por doa Clara, y el joven vacil un momento, pero se rehizo y se mantuvo firme, como un buen justador despus de un tremendo bote de lanza recibido en el escudo. --Yo no me atrevera decir--contest Montio--si yo me he entrado en vuestra alma no, seora; pero os puedo asegurar que vos os habis entrado en la ma. --Pero esto es una locura--dijo la Dorotea como quien pretende despertar de un sueo--; una locura que no debemos dar vuelo: vamos, esto no puede ser. --Que no puede ser? y por qu? tanto amis don Rodrigo? tanto os importa Lerma? --Mirad--dijo Dorotea inclinndose hacia Montio y fijando en l sus grandes ojos--; el duque me importa lo mismo que esto--y tom un pedazo de pan y le desmigaj de una manera nerviosa--. Cuando tena hambre... dese brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acept con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque. --No le necesitis ya! --No necesito alhajas ni brocados. --Los tenis? --Jams se tienen, porque hoy se lleva uno y maana otro. No es eso... --Pues qu es?... --Dejadme hablar; me habis nombrado don Rodrigo... don Rodrigo me da hasto, como eso. Y seal una copa que estaba llena de vino. --Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversacin de amores en que sin saber cmo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni por don Rodrigo, sino por vos. --Por m?... --He dicho mal; he debido decir por mi suerte. --Explicos, porque no os entiendo bien. --Yo no puedo ya amar. --El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen. --Oh! no me digis eso... porque sera muy desdichada... dejemos, dejemos ms bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida; queris que os cante la cancin que he estudiado para esta tarde? seris el primero que la oiga... lo que no es poco favor--aadi sonrindose--; as nos distraeremos los dos... vaya... si esto parece una brujera! Y Dorotea se levant, tom un arquilad que estaba sobre un silln, se sent junto la ventana, templ el instrumento, preludi con maestra algunos instantes, y luego cant con una voz fresqusima y de un timbre admirable, la siguiente seguidilla: Como el amor es ciego por tener ojos, en los tuyos se esconde dulces y hermosos: y al esconderse, el traidor con tus ojos me da la muerte. --Cantis... no s cmo deciros...--exclam Montio--como un ruiseor es poco, y como un ngel... lo ha dicho todo el mundo. --Gracias! Creis que gustar esta tarde? --Si los del patio sienten lo que yo he sentido... -Ah! --Habis cantado como el amor... y esos ojos que cantis, son vuestros ojos. --Sabis que tarda demasiado don Francisco? --Mejor; de ese modo no estorba. --Haris que me enoje... Sois muy poco generoso. --Seora! --Pero no comprendis que os estoy pidiendo treguas? --Pues bien, seora ma; yo slo puedo concederos una cosa. --Ah, ya me dictis condiciones! --No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicis el alma. --Temis? --Caer del cielo. --Pero, seor, esto es terrible! Es la primera vez que me sucede... No me conozco... --Porque me amis, no es verdad, y no comprendis que se pueda amar tan pronto? --Yo creo que tenis ms experiencia que yo. --Os engais; no he amado hasta ahora, pero por lo que siento, no extrao que vos amis lo mismo que yo. --Pero, qu deseis de m? --Qu deseo? Vuestro cuerpo y vuestra alma; vuestro recuerdo continuo... Quiero ser para vos el aire que respiris. --Me estis engaando! --Yo! --Os ha trado don Francisco!... --No cre yo que alguna vez fuese para m una desgracia mi amistad con Quevedo. --Ah! Quevedo es tal que no slo no puede confiarse en l, sino que tampoco de una persona con quien l haya hablado tan slo dos veces. Montio estuvo punto de decir la comedianta que Quevedo tampoco se fiaba de ella. Pero se contuvo tiempo, y sigui aquel papel de enamorado que no le era difcil representar, porque adems de ser hermosa Dorotea, estaba embellecida por una sobreexcitacin profunda, dominada por el no s qu misterioso que emanaba para ella de Juan Montio. Poda decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se llama _cuarto de hora de la mujer_, por el joven, dominada por l. Montio tena fijas en la memoria las palabras de Quevedo: De estas mujeres se triunfa primera vista nunca. Y aquellas otras: Interesa la reina que enamoris esta mujer. Juan Montio desempeaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba locamente enamorado de doa Clara, la comedianta tena para l, en la situacin en que se encontraba, un encanto irresistible. Montio la vea luchar con una fascinacin amorosa. La vea sufrir. Los ojos de Dorotea se bajaban y volvan levantarse para mirar Juan Montio con ms insistencia de una manera ms elocuente. La despechaba el no poder encubrir la impresin que la causaba el joven, y su semblante se encenda en rubor. Acaso hasta entonces no se haba ruborizado Dorotea. Acaso hasta que haba sentido la primera impresin de ese amor del alma que tan superior es al deseo de los sentidos, esa otra sensacin que generalmente se llama amor, no la haba pesado en su vida anterior. Acaso nunca hasta entonces se haba avergonzado de ella. Juan Montio comprenda la lucha que agitaba el alma de Dorotea, y no la dejaba tiempo para descansar, para reponerse. Se haba levantado de junto la mesa. Haba permanecido algn tiempo de pie. Luego se haba sentado en el taburete donde apoyaba sus pies Dorotea. Por ltimo, haba abrazado la cintura de la joven. Al sentir el brazo de Juan Montio, se alz como se hubiera alzado la mujer ms pura. --Me estis tratando mal--dijo,--me estis haciendo dao... dao en el alma. Tratarais de este modo la mujer quien quisirais para vuestra esposa? --Ah!--exclam Juan Montio sorprendido. --No, no he querido decir que yo os ponga por condicin para amaros que seis mi esposo: s demasiado que yo no puedo aspirar ser la esposa de un hombre honrado... pero os quisiera ver tmido, respetuoso, dominado por m como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no s lo que quisiera... que os bastara con amarme. Oh, Dios mo; pero yo estoy diciendo locuras! Y se volvi sentar, y el joven volvi rodear su cintura. Por aquella vez Dorotea se puso plida, se estremeci, pero no se atrevi desasirse de los brazos de Montio. --Tengo sed--dijo el joven. --Sed!--dijo la Dorotea bajando hacia l sus grandes ojos medio velados por la sombra de sus largas pestaas y dejando caer una larga mirada en los ojos de Montio. --S, sed de vuestra boca! --Oh! exclam Dorotea. Y de repente rechaz al joven. --Alguien se acerca--dijo--; alzos, alzos. En efecto, Juan Montio oy abrir una puerta inmediata y se levant y fu tomar su sombrero. --No os vayis--dijo Dorotea--, quedos; sea quien fuere, qu importa? Abrise la puerta y apareci un hombre con traje de soldado. Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora. Al ver Juan Montio le mir de alto abajo, y su mirada se apag en la mirada fija del joven. Entonces se quit el sombrero y salud de una manera tiesa. Montio no se levant de la silla donde se haba sentado antes de que llegara aquel hombre. Dorotea le mir con una de esas miradas que quieren decir: --Habis llegado mal tiempo: Qu queris? Y como si el recin llegado hubiese comprendido aquella pregunta en aquella mirada, dijo: --Don Rodrigo est gravemente herido, casa del duque de Lerma. Montio se puso levemente plido, y fij con ansiedad los ojos en Dorotea. --Y bien?--dijo sta--porqu me dais esa noticia como si se tratase de una persona muy allegada m? --Cmo!--dijo con insolencia aquel hombre--yo crea que os importaba algo. --Pues os habis equivocado, Guzmn. En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmn, el mismo quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del cocinero mayor. --Es singular lo que est sucediendo don Rodrigo--dijo Guzmn--. Todos le abandonan. El duque de Lerma, sabe quines son los agresores, y no manda proceder contra ellos. Vos recibs la noticia como si... --Nada me interesase, no es verdad? --Lo que no deja de ser muy extrao. --Extraad todo lo que queris; podis decir don Rodrigo cmo he recibido esta noticia. Y podis decir ms: me retiro del teatro: y tal vez me vuelva al convento. --Ah! yo cre que fuese otra la causa--dijo Guzmn mirando con insolencia al joven. --Sea cual fuese la causa, nada os importa. Adems, que cuando tal le ha acontecido don Rodrigo, l lo habr buscado. --Acaso tengis vos la culpa. --Yo? le ha sucedido por m esa desdicha? --Si por cierto; mediaban ciertas cartas. --Cartas?... --De una noble dama... Vos habis sido imprudente... El cocinero mayor ha llegado saber lo de las cartas... y un sobrino del cocinero mayor... --Qu decs! --Que un tal Juan Montio, que acababa de llegar la corte, ha sido el que ayudado de don Francisco de Quevedo... --Os engais, seor mo--dijo el joven--; Juan Montio, no ha necesitado de nadie para castigar don Rodrigo Caldern, como de nadie necesitara para castigaros vos la menor palabra ofensiva que os atreviseis pronunciar contra esta seora, contra su to, contra l. --Ah! sois vos, acaso?... --S, seor, yo soy. --Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aqu, me voy. Gurdeos Dios, seora. Hidalgo, hasta la vista. Ni Dorotea ni Juan Montio contestaron al sargento mayor, que sali. Durante algn tiempo, Dorotea mir frente frente y ceuda Juan Montio. --Yo cre que me engabais--dijo con acento concentrado. --Que os engaaba! --Y don Francisco! ah! don Francisco! --Pero explicos por Dios, Dorotea! --Quevedo no os ha llamado mi casa para veros, sino para que yo os viese. --No os entiendo. --Quevedo, Quevedo! Ah! Maldito sea! --Pero explicos, Dorotea, explicos por Dios, que no os entiendo! --Ese hombre, ese Quevedo... parece que lee en mi alma, lo que en el alma est oculto; parece que adivina. --Os suplico que os expliquis. --Que me explique! Quevedo es amigo de la reina, de esa mujer quien todos creen una santa, que todos engaa. --Por Dios, Dorotea, ved lo que decs; no comprendo por qu os irritis. --Por qu? me habis sorprendido entre los dos... me habis engaado... Ya se ve... es hermoso, parece tan noble, tan bueno... ella est sedienta de amor... ella no ha amado... el duque de Lerma es su esclavo... utilicemos esta mujer... y el seor estudiante...! Ah, don Francisco...! don Francisco! --Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre--dijo con impaciencia Montio. --Y qu me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me importa sois vos... no s por qu... pero me habis empeado... y nos veremos, caballero, nos veremos. Y tras estas palabras se dirigi la puerta de sala. --Casilda!--grit--Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la litera al momento. La negra trajo Dorotea un magnfico manto de terciopelo; la joven se puso algunas joyas, se arregl un tanto los cabellos, y sali. Montio se qued solo en la sala sin saber lo que le aconteca. Poco despus asom Quevedo la puerta. --De seguro--dijo--habis cometido alguna torpeza, amigo Juan. --No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extrao, viene de vos. --Eh! acertdolo habis; tenis razn... he sido torpe, porque no he podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos. Milagro! apuesto que hacis de ella una Magdalena; aunque os lo repito, estoy seguro de que habis cometido una torpeza... seris capaz de haberla dicho que hersteis don Rodrigo. --Pues os habis equivocado de medio medio. --Pues quin ha sido? --Una especie de Rolando de comedia, quien creo que ella ha llamado Guzmn. --Ah! Don Juan de Guzmn ha estado por aqu...! pues bien, no importa... la verdad del caso es que la Dorotea est loca por vos... qu habis hecho en tan poco tiempo? Debe existir en el espritu humano algo terrible, algo misterioso... estas influencias rpidas...! este unirse un alma otra...! oh! quin sabe, quin sabe lo que somos? Quevedo pronunci estas palabras como hablando consigo mismo. --Queris hacer lo que yo os diga?--exclam de repente Quevedo. --Y qu hemos de hacer? --Qu! buscar postas y marcharnos Barcelona; embarcarnos all y plantarnos en Npoles. --Tenis miedo? --Os confieso que estoy asustado. --Por lo de don Rodrigo...? --No, por lo de la corte... cosas se estn preparando... cosas inevitables... sera necesario ser un Dios. --Pues yo no me voy, no ser que se viniera conmigo doa Clara. --Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes capuchinos son capaces de convencer un enamorado como vos... --Y la reina...? --Dios guarde su majestad. --Seamos nosotros la mano de Dios. --Decs bien... quedmonos... pero como yo ahora no puedo acompaaros, ni vos tenis dnde ir, quedos aqu... tomad posesin de la casa que, os lo aseguro, es vuestra, y empezad ser el dspota de Dorotea. Os digo que est enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabar por hacerla vuestra esclava. No olvidis que es nuestro instrumento... y adis. --Pero qu he de hacer yo aqu? --Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuvirais en vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os encuentre apoderado de vuestro lugar de dueo. --Pero esto me repugna... --Seguid mi consejo... por veinticuatro horas. --Pero si lo sabe doa Clara. --Yo me encargo de eso. Pero adis. Me estn esperando en las Descalzas Reales. Y Quevedo sali. Juan Montio permaneci algn tiempo perplejo, y despus sigui el consejo de Quevedo. Se quit la capa y el talabarte, acerc un silln al brasero de plata que templaba la sala y poco despus dijo: --Casilda! Presentse la negra y mir con asombro Juan, apoderado de la casa de su ama. --Qu me manda vuesa merced, seor?--dijo. --Treme un vaso de sangra. La esclava sali y poco despus entr con un vaso lleno de un lquido rojo en que flotaba una rueda de limn y puesto sobre una salvilla de plata. Montio se qued solo, pensando alternativamente en las cosas siguientes: Primero en doa Clara. Despus en la reina. Luego en su banda de capitn. Por ltimo, en Dorotea. Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangra, del calor del brasero y de la soledad, se qued dormido. CAPTULO XVIII DE CMO ENTRE UNOS Y OTROS NO DEJARON PARAR EN TODA LA MAANA AL COCINERO DE SU MAJESTAD Dejamos Francisco Martnez Montio en casa de la seora Mara. Cuando la vieja se encontr sola con l, volvi toda su clera contra la nica vctima que le quedaba. --Os habis perdido y perderis vuestro sobrino--le dijo--; y todo por vuestra avaricia. --Tengamos la fiesta en paz, seora Mara; ni yo me he perdido ni trato de perder nadie, y con esto quedad con Dios, que yo slo vena por mi sobrino, y no habindomelo llevado me voy la cocina. --Bien haris en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y en ver quin anda con ellas. --Qu queris decir? --Nada, seor Francisco, nada... yo me entiendo, y s lo que me digo... --Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedos con Dios, y si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seis con l parlanchina ni imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar. --Porqu no casis vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo estn acostumbrando mal: habrsele llevado el to Manolillo casa de la Dorotea!... --Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidis de todo, y yo no puedo olvidarme de nada. Conque hasta ms ver: muchas cosas al seor Melchor. --Id con Dios y abrid los ojos. --Oh! maldiga Dios las malas lenguas!--murmur Montio saliendo de la casa de la seora Mara Surez. Y se alej la calle adelante. --Que le case con mi hija!--pensaba el cocinero mayor--; indudablemente que ste sera un buen negocio. Pero lo tomara bien su padre?... el duque de Osuna es un seor terrible... y aquel cofre!.., qu habr en aquel cofre?... para qu se habr llevado el to Manolillo Juan casa de la Dorotea?... y cmo, seor? cmo se anda Juan por esas calles de Dios al descubierto, despus de haber dado de estocadas don Rodrigo? Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver por dnde iba. Cuando entr en palacio por la puerta de las Meninas, sinti que le tocaban en un hombro. Volvise y se encontr delante de un viejo apergaminado. --Ah! el rodrign de doa Clara Soldevilla!--exclam. --Vuestro humilde criado, seor Francisco--dijo el vejete. --Sois vos el que me ha tocado? --S, seor, yo, que buscaba vuesa merced. He estado en las cocinas, y no hallndole all, fu Santo Domingo el Real por ver si all le encontraba. --Y qu me queris? --Mi seora os llama. --Ahora mismo? --Ahora mismo. --Decid vuestra seora que me es imposible; que falt ayer de la cocina, por asistir, de orden del rey, la de su excelencia el duque de Lerma, y que de seguro tendr mucho que arreglar; si yo faltara hoy tambin, sabe Dios lo que sucedera. --Mi seora me ha dicho, que si os negbais acudir, os dijese que lo mandaba la reina. --Pero seor--exclam Montio--, quieren matarme?... --Seor Francisco, yo digo lo que me dicen. --Pues vamos all--exclam Montio con una resolucin heroica. Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del alczar, y al fin el rodrign abri una puerta, hizo atravesar Francisco Montio una antesala y le introdujo en una sala. En ella, sentada junto la vidriera de un balcn, estaba la hermosa doa Clara. Su semblante apareca plido y triste; pero se anim cuando vi al cocinero mayor. --Bsoos los pies, seora--dijo ste inclinndose delante de la joven. --Dios os guarde, Montio--dijo doa Clara--; con cunta impaciencia os he esperado! Sentos. --Y causa de qu ha sido esa impaciencia, seora?--dijo Montio sentndose. --Anoche han pasado cosas muy graves. --No s... ignoro...--contest Montio--; indudablemente en mi familia han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor... --Qu desgracia! Vaya por Dios! --Ya era anciano... Pero tuve que ir all... Navalcarnero. --S, s; ya s que habis estado anoche fuera de vuestra casa... No debis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, seor Montio... dos mujeres solas! --Esta tambin?--dijo para s Montio--. Pero, seor, qu pasar en mi casa? --Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas. --Puedo yo contestar ellas? --Indudablemente. --Pues bien, escucho. --Tenis un sobrino? --S, seora. --Se llama Juan Martnez Montio? --S, seora. --A qu ha venido ese joven la corte? --Ha venido... pues... ha venido avisarme de que mi hermano se mora. --Nada ms?... --Nada ms. --Y decidme: quin os dijo que don Rodrigo Caldern tena ciertas cartas? --Qu cartas?... --Cartas que comprometan... --No os entiendo, seora. --Montio, estis comiendo el pan de su majestad!... --Eso es muy cierto, seora... pero... suceden tales cosas, que no s qu hacer... no s qu decir... --Pues es necesario que sepamos qu atenernos... --Mi sobrino es muy afortunado, no es verdad? A aquella pregunta imprevista, doa Clara se puso encendida como una guinda. Montio se equivoc al interpretar aquel rubor. --En palacio, seora--dijo--, nos vemos obligados hacer cosas que nos repugnan. --Qu queris decir? --Seamos francos y no nos ocultemos nada. --Que no nos ocultemos!... --Yo s que Juan tiene amores en palacio. --Que sabis...? Os ha dicho ese joven...? --No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he adivinado... es ms, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si para ello me llamis... entendmonos completamente. --Explicos con claridad--dijo doa Clara con la mayor reserva. --Su majestad tiene disculpa... Nos puede escuchar alguien? --Nadie, Montio, nadie--dijo doa Clara, que estaba cada vez ms encendida. --Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero sacadme de una duda: dnde ha visto su majestad mi sobrino? Digo mi sobrino por costumbre. --Cmo! No es vuestro sobrino? --Doa Clara, os voy confesar un gran secreto... Juan no es Montio, sino Girn. --Dios mio!--exclam doa Clara. Y de encendida que estaba, se puso plida como una difunta. --S, s, seora; es hijo natural del gran duque de Osuna. --Ah! Ahora comprendo... --Qu, doa Clara?... --Nada, nada; pero haba encontrado algo de singular en la mirada de ese joven. --Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja su padre. --Pero estis seguro, Montio? no os engais? --Mirad, seora, y juzgad--dijo Montio sacando de su ropilla la carta que le haba trado la noche antes Juan--: os revelo un secreto de familia; pero vos le guardaris. --S, s, pero dadme. Montio entreg la carta doa Clara, que la ley con un profundo inters. --Aqu consta--dijo--, que ese joven es hijo de un gran seor y de una noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no est... --Ya veis que mi hermano no se atrevi confiarlo un papel que puede perderse, pero cuando llegu me lo revel. --Y era... el duque de Osuna? --S; s, seora... --Y su madre?... --Falt el habla mi hermano para revelrmelo... muri poco despus de haber llegado yo. --Qu desgracia! un secreto medias... y sabe l ese secreto? --No; no, seora: y si os lo revelo vos, es porque su majestad la reina... --La reina!... --Ya que se ha dignado favorecer mi sobrino... don Juan Girn, quiero decir... debe satisfacerla que alienta en sus venas la generosa sangre de los Girones. --Pero qu la importa su majestad?...--dijo severamente doa Clara--: don Juan la ha hecho un eminente servicio... la reina se lo agradece... y nada ms... qu enredos son stos?... qu fatalidad puede haber para que se tome el nombre de su majestad de una manera ambigua? --Perdonad, seora; pero yo no he querido decir... --Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras. --Vamos--dijo para s Montio--, he cometido una torpeza: doa Clara quiere todo el secreto y todo el provecho para s. --Os he llamado--dijo doa Clara--, para saber cuntas personas conocen ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Caldern cartas de la reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero que deban ser destrudas, y que lo han sido por el valor de ese caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la ms leve nube delante del nombre de su majestad. Quin os dijo que don Rodrigo tena esas cartas? --Un tal Gabriel Cornejo--dijo Montio dominado por doa Clara. --Y quin es ese hombre?--dijo doa Clara poseda de un terror instintivo. Montio se arrepinti de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevi contestar. --Quin es ese hombre?--repiti con energa doa Clara. --Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...--contest tartamudeando Montio. --Un prendero del Rastro!... y tales gentes ha ido parar un secreto de su majestad? --Qu queris, seora? don Rodrigo... --Es un miserable, ya lo s... y ha sido don Rodrigo?... --Don Rodrigo trata con una comedianta... --Ah! --Y esta comedianta, que le ama... --Le ha arrancado el secreto... --Ha visto las cartas de su majestad? --Ah! pues no comprendo bien... --La comedianta fu ver al Cornejo para pedirle un bebedizo, y le revel el secreto de las cartas. --Ms claro... ms adelante... concluid... cmo ha llegado vos ese secreto? Montio sudaba. Doa Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable, dominaba al cocinero mayor. --Quin me habr metido m en estos enredos?--deca para s el cocinero. --Cmo sabis vos lo de las cartas?--repiti doa Clara. --Yo, seora... como tengo mujer... como tengo una hija... --Pero qu tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija? --Tienen... porque me obligan pensar en ser rico... --Pero no me comprendis? no os pregunto eso! nada me importa eso! --Es que, seora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo. --Me estis haciendo perder la paciencia. --Estoy turbado, seora... no s lo que me sucede... no s lo que pasa mi alrededor. --Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto. --Prometedme, seora, que alma viviente no sabr lo que voy deciros. --Estad seguro de ello. Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la seora infanta de Portugal, doa Juana; despus en la del seor rey don Felipe II, luego... --Pero por Dios, Montio! --All voy, all voy... pues bien; pesar de todo, he llegado casi ser viejo sin ser rico... tena, en verdad, algunos ahorrillos... pero esto no era bastante... propseme aumentar mis ahorros poniendo dinero ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera tenido mujer hija... --Adelante, adelante. --Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de asuntos, porque vengo de buen linaje... me val de ese Gabriel Cornejo... --Y por causa de esas relaciones--dijo con impaciencia doa Clara--habis llegado saber...? --S; s, seora... anoche se me present el tal Gabriel y me dijo que una dama encubierta, con trazas de muy principal, haba ido casa de una tal Mara Surez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin descubrirse pidi mil y quinientos doblones, por los cuales se daran tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina. --Ah! --Aquella misma tarde el to Manolillo, el bufn, haba ido preguntar al to Cornejo cunto quera por matar un hombre principal; y como el to Manolillo es pariente, amante, no se sabe qu de la comedianta, y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo Caldern es un hombre principal... --He aqu que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien, no importa... eso nada importa, afortunadamente... el nombre de esa comedianta?--dijo doa Clara yendo una mesa, buscando un papel, y tomando una pluma. --Dorotea--dijo Montio enteramente atortolado. --Dorotea, de qu? --No tiene apellido. --Es amante de don Rodrigo Caldern? --S, seora... pero ocultamente... --Esas mujeres--dijo con repugnancia doa Clara--tienen muy mala vida; si es secretamente... querida de don Rodrigo Caldern... tendr de seguro otro amante pblico. --S; s, seora: el duque de Lerma. Doa Clara escribi. --Bien, muy bien; dnde vive esa mujer? --En la calle Ancha de San Bernardo. --Pasemos la otra persona. Qu antecedentes son los de este to Cornejo? --No s, no s--dijo verdaderamente asustado Montio. --Tratndose de la honra de su majestad--dijo severamente doa Clara--, ya comprendis, Montio, que es necesario obrar de una manera enrgica; creo que os ser preferible confesar ante m que ante otra persona... --Por ltimo, seora--dijo Montio sobreponindose la situacin--, este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su majestad media; yo me he encontrado metido en l sin saber cmo, de buena fe... --Pero si yo no os acuso! slo quiero saber... --Pues bien, seora, acerca del tal Cornejo no s nada. --Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse una audiencia; pero en Espaa hay un tribunal que, con el mayor secreto, por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar. --La Inquisicin!--exclam con terror Montio. --Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida, tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del rey; ya sabis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina, porque de parte de la reina estn la razn y la justicia. Fray Luis de Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general. --Os juro, seora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando Cornejo se atrevi indicarme que su majestad haba escrito cartas de amores don Rodrigo... le desment... le desment con toda mi alma, porque yo s que su majestad es una santa... --Y, sin embargo, engaado por las apariencias, habis credo que su majestad amaba ... ese don Juan... ese vuestro sobrino postizo... --Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase palacio... hice lo que deba hacer; reprend Cornejo... le aterr... y sabiendo que don Rodrigo Caldern llevaba sobre s las cartas que comprometan su majestad... llev mi sobrino, quiero decir, don Juan Girn, un lugar donde podra encontrar don Rodrigo, y le dije:--Mtale, hijo, qutale las cartas de su majestad y llvalas palacio, donde te llaman. Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme. --Equivocos siempre; llamad siempre ese joven vuestro sobrino. --Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y leal. --No lo dudo... y por lo mismo debis manteneros en vuestra honrosa lealtad, dicindome cuanto sepis de ese Cornejo. --Por el amor de Dios, seora, que no pronunciis despus de esto mi nombre para nada. Ya sabis que yo soy inocente. --Podis estar seguro de ello; pero hablad. --Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios. --Ah! --Es galeote hudo. --Ms, ms que eso; con eso slo tiene que ver la justicia ordinaria, y de la justicia ordinaria no podemos valernos. No decs que esa comedianta pidi un bebedizo ese hombre? --S, seora. --Ese hombre tendr, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo... --S; s, seora; no tiene por donde el diablo le deseche. --Bien; y creis que puedan encontrarse pruebas en su casa? --Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he visto, pero lo supongo... --Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Catlico, os tratis con esa clase de gentes!... --Ah, seora! si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... si no estuviese punto de tener otro hijo!... --Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar la honra... y sobre todo... el alma!--exclam con repugnancia, y aun podremos decir con horror, doa Clara. --Estoy arrepentido... --Bien, bien--dijo doa Clara, consultando el papel en que haba escrito--: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; est enlazada, no se sabe cmo, con el bufn del rey; es manceba secreta de don Rodrigo Caldern, y pblica del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es usurero, galeote hudo y brujo; dnde vive ese hombre? --Tiene una ropavejera en el Rastro. --Adems se trata con una Mara Surez... dnde vive esa mujer?... --Creo, seora, que sabis demasiado dnde vive, y quin es la seora Mara. --Yo! --Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la seora Mara. --Yo! tenis la mala cualidad de suponer absurdos. Qu tena yo que hacer en casa de tales gentes? --Esa mujer--dijo desalentado Montio--vive en la calle de la Priora. --Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... dnde para? --Preguntdselo al to Manolillo. --Al to Manolillo!... pues qu, el to Manolillo le conoce? --El to Manolillo conoce don Francisco de Quevedo, y don Francisco de Quevedo es amigo... de mi sobrino. --Habis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montio--dijo doa Clara ya con semblante ms benvolo--, y nada tenis que temer: seguid ayudndonos y nada temis. --Que os ayude yo, seora?... yo, intil, enteramente intil! --Ya sabemos lo que sois, y lo que podis, y contamos con vos. Pero estis inquieto, impaciente... --Como que no he ido todava las cocinas, y ya debe de estar almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algn plato mal servido... --Id, id, Montio; tranquilizos, nada temis. Id, que os guarde Dios. Al llegar la puerta exterior de las habitaciones de doa Clara, oy la fresca y sonora voz de la joven, que dijo: --Que me vayan buscar al bufn del rey. --Para qu querr doa Clara al bufn del rey?--dijo Montio alejndose rpidamente lo largo de una galera, en direccin unas escaleras que conducan las cocinas--. Sera chistoso que fuese doa Clara la dama de quien est enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es mi sobrino, fin de que ni por descuido pueda rseme una palabra en contrario). Si ser, repito, esta doa Clara la mujer de quien mi sobrino est enamorado? si ser doa Clara la confidenta de sus amores con?... pero seor, por dnde ha venido este enredo? y ese afn de todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no pensar en esto: pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la Dorotea, Cornejo, y la Inquisicin punto de tomar cartas en el negocio. Con esto y con que me hayan echado perder la vianda de su majestad, no nos falta ms. Oh, Dios mo! Dios mo! y quin me ha metido mi en estas cosas. Para qu diablos ha venido mi sobrino Madrid? Y Montio suba de dos en dos los peldaos de la estrecha escalera de caracol. Cuando lleg jadeando lo alto, atraves, la carrera casi, una cruja, se entr en la cocina, y sin hablar una palabra se precipit las hornillas, y levant la tapa de una cacerola de una manera nerviosa. Los ojos de Montio brillaron de una manera particular. --Quin ha rellenado este capn?--dijo con voz estentrea y amenazadora. A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero las miradas de todos se fijaron en un mozangn que miraba entre turbado insolente Montio. --Has sido t, Aldaba del infierno, has sido t?--exclam Montio arrojando con clera la tapadera, y echando mano la espada que desenvain. Cosme Aldaba, que era el delincuente, cay de rodillas en la situacin ms cmicamente melodramtica que puede verse. --Quin te ha dicho, infame--exclam todo irritado el cocinero--que un capn relleno se le dejan el pescuezo y las patas? No te he dicho cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les pone cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven ac, hereje y mal nacido; ven ac y huele, y dime si esto huele capn relleno. Y asi Cosme Aldaba del cogote, le llev la hornilla y le hizo meter casi las narices en la cacerola. Despus le arroj de s y le plant cuatro cinco cintarazos. Aldaba huy dando gritos. --Y quin ha sido--aadi Montio, cuyos ojos parecan prximos saltar de sus rbitas--, quin ha sido el que ha dejado que un galopn haga un plato que es difcil para ms de un oficial? Todos se callaron. --Es que el seor Gil Prez tena que ir ver su coima, y me dijo que hiciera ese capn--exclam desde la puerta con voz quejumbrosa el galopn Aldaba. --Ah! conque es decir que las coimas son aqu primero que las viandas de su majestad? A la calle, Cosme, la calle, y no me vuelvas parecer por la cocina, ni en seis leguas la redonda, y el seor Gil Prez, que busque otro acomodo; as escarmentarn los otros oficiales y no dejarn sus cuidados los galopines. Pero qu es esto? aquella empanada de pollos ensapados se abrasa... ya se ve! si os estis todos parados, ah mirndome como una cosa del otro mundo!... Apostamos que hoy no tendremos un solo plato punto que poner en la mesa de su majestad? --Del seor duque de Lerma--dijo una voz detrs de Montio. Volvise el cocinero mayor, y vi un lacayo que le entregaba una carta. Tomla con la mano temblorosa an por clera, la abri y vi que deca: Seor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.--_El duque de Lerma_. --Decid su excelencia que no puedo separarme en este momento de la cocina--dijo al lacayo. --Tengo orden de no irme sin vos. --Pues no quiero ir. --Tengo orden de presentaros, si os negis, esta otra carta. El cocinero la tom y la abri. De orden del rey--deca--y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de traicin, seguiris al portador.--_El duque de Lerma_. --Vamos--dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada, arreglndose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una mirada desesperada la hornilla. Poco despus segua por las calles al lacayo del duque de Lerma. CAPTULO XIX EL TO MANOLILLO Llena estaba la antecmara de audiencias de palacio de pretendientes, cuando el to Manolillo lleg al alczar. Su semblante, que hasta all haba ido sombro, plido, contrado, se dilat; su boca estereotip su maliciosa insolente sonrisa de bufn, sus ojos bizcos empezaron moverse y lanzar miradas picarescas, y su andar, sus ademans, todo se troc. Sac del bolsillo un cinturn de cascabeles y se le ci. Luego atraves dando cabriolas las galeras de palacio. El pobre cmico haba relegado su corazn lo profundo de su pecho, y haba empezado desempear su eterno papel de loco sueldo. Cuando lleg la antecmara de audiencias, ces en sus cabriolas, se detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar la atencin de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la cabeza alta y la mirada desdeosa, que pareca no querer ver nadie, atraves con paso lento, marcado y pretencioso, la antecmara. Todos los que le conocan en la corte se echaron reir. El to Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la misma altivez de la cmara del rey. Al llegar la cortina, un sumiller le detuvo. --No se puede pasar--le dijo. --Eh! Qu sabis vos?--dijo el to Manolillo--; yo no paso, me quedo. --El rey... --Y quin hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se dice... djame entrar te entro. Y como el sumiller se opusiese, el to Manolillo le asi por la pretina y se entr con l en la cmara real. --Hermano Felipe--dijo al rey--, aqu te traigo ste para que le castigues... Se ha atrevido faltarme al respeto... pretender que la locura no entre en la cmara del rey! --Idos, Bustamente--dijo el rey al sumiller--. Ven ac, Manolillo. El seor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas. Y el rey seal al padre Aliaga, que estaba sentado en un silln frente la mesa donde almorzaba el rey. --Dame primero de almorzar, porque as como t, por haber pasado una buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me perezco de hambre. l rey empuj un plato hacia el bufn. Este le tom, se sent sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, comer. --Estn buenas estas lampreas--dijo--, se conoce que no ha estado hoy en la cocina tu buen cocinero mayor. --Calumnias al pobre Montio. Es el cocinero ms famoso de estos tiempos. --Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado. --Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?--dijo el padre Aliaga. --No, seor; la mujer con quien pude casarme no tena alma, y yo quiero las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de Espaa. --Oh! oh!--dijo el rey. --S, s por cierto, porque la corona de Espaa no tiene cabeza. --Parece que os ha escuchado la conversacin, padre--dijo el rey. --Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo. --Me queris explicar eso, to Manolillo?--dijo el fraile. --Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que cuando tengo la boca llena. El rey empuj otro plato hacia el bufn. Este le tom y dijo: --Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por m, hermano, porque los embuchados te gustan mucho, razn porque te los sirven todos los das tus dos cocineros Montio y Lerma. --Ah!ah!--acometedor vienes hoy!--dijo el rey riendo--algo sucede, de seguro. --Sucede, que no sucede nada. --Pero decidme, ya que tenis la boca llena, to--dijo el padre Aliaga--: por qu soy yo tan loco como vos? --Porque vos, como yo, os habis empeado en que un loco tenga juicio. Y mir de una manera sesgada y maliciosa al rey. --Como veis--dijo el padre Aliaga--, su majestad almuerza sin gentileshombres y sin maestresalas; est solo conmigo. --Lo que demuestra que estis haciendo el oficio de loquero. --Os ruego, seor--dijo el padre Aliaga--, que mandis al to Manolillo avise al sumiller que no deje pasar nadie, absolutamente nadie, ni aun al mismo duque de Lerma. --Ya lo oyes, obedece--dijo el rey. --Qu ser esto?--dijo el to Manolillo yendo hacia la puerta--apoderado de ese imbcil el padre Aliaga, y en consejo conmigo!--qu querrn? sabrn algo? veremos! Y di las rdenes al sumiller, cerr adems la puerta de la cmara, y volvi sentarse sobre la alfombra y comer sus embuchados. --Os ruego--dijo el padre Aliaga--que por estos momentos dejis vuestro oficio de bufn y me respondis bien, lisa y llanamente. --Entonces reclamo mi sueldo de consejero. El rey sac de su portabolsa una bolsa, y la arroj al bufn. --Escudos de plata! el rey no se conoce por su moneda de oro!... pobre Felipe!...--exclam el bufn. --Os pregunt--dijo el padre Aliaga--si habais sido casado, y me respondsteis: --Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tena alma, por lo que no quise casarme con ella. --Ms claro, to Manolillo: vos no sois padre legtimo de Dorotea? Ah!--exclam el bufn como sorprendido, y dejando de comer--Dorotea! qu tenis vos que ver con Dorotea, padre? Y los hoscos ojos del bufn dejaron ver un relmpago de amenaza. --Deseo saber, ya que no podis ser su padre legtimo, lo que sois de esa mujer. --Soy su perro. --Os he suplicado que me contestis con lisura. --Os he respondido la verdad: me tiendo sus pies, lamo su mano, y velo por ella, siempre dispuesto defenderla. --Pero no es vuestra hija? --No--contest con voz ronca el bufn--. Oh! si fuera mi hija! --Ni vuestra... querida? --Oh! si fuera mi querida! --Pero la amis? --Ya os he dicho que soy su perro. --Ms claro. --Soy su protector. Ella dice: amo este hombre, y yo la digo: male; ella me pregunta: me vengaris si me ultrajaren? yo contesto: el que te ultraje, muere. --Habis querido matar por tanto don Rodrigo Caldern? --S. El rey miraba con espanto al to Manolillo. --No te conozco--le dijo. --Tienes razn, hermano Felipe--dijo el bufn--, porque ahora estoy loco. --Decidme--dijo el padre Aliaga--, de quin es hija esa desgraciada? --Un da--dijo el to Manolillo--, por mejor decir, una noche... estaba yo en una casa de vecindad... tena en ella un entretenimiento: una doncella asturiana que me ayudaba comer mi racin; era ya tarde; de repente, en el cuarto de al lado, o gritos, gritos desesperados, arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompaados de invocaciones la Madre de Dios. El rey haba dejado de comer y escuchaba con atencin. El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente al to Manolillo. El bufn estaba plido y conmovido. --Aquellos gritos--continu el bufn--cesaron, y tras ellos o el llanto de una criatura recin nacida. --Era ella? Era esa Dorotea, Manolillo?--dijo el rey. --S, era ella, seor--dijo el bufn tratando por la primera vez al rey con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial lo solemne de aquel recuerdo--; era ella, que naci, la desventurada, en las primeras horas del da de santa Dorotea. El bufn inclin la cabeza y se detuvo un momento. Luego la alz y continu: --A poco de haber nacido esa infeliz, o dos voces: una dbil dolorida, llorosa; otra, spera, imperativa, brutal. --Es una nia--dijo el hombre. --Oh!--exclam la mujer llorando--, y no tener quien me ayude? no tener un mal trapo en que envolver este ngel! --Y para qu?--dijo el hombre--; voy envolverla en mi capa y llevarla la puerta de un convento. --Oh! no! es mi hija! no me robes mi hija, ya que me has robado mis padres!--dijo la mujer sollozando. Tras estas palabras o una lucha corta pero breve, acompaada del llanto de una criatura; la lucha de un fuerte y de un dbil; luego la voz de la mujer que gritaba: --Mi hija, la hija de mis entraas! dame mi hija! Y sent pasos que se alejaban y una puerta que se abra y se cerraba de golpe, y la voz de la mujer que gritaba: --Maldito! maldito! maldito seas! Despus un golpe, sordo como de un cuerpo que caa en tierra, y luego nada. Yo as mi manceba por la mano (ella lo haba odo todo como yo; era una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqu de la habitacin al corredor, abr la puerta de la habitacin vecina.--Socorre esa infeliz--la dije, empujndola dentro, y yo me lanc la calle, y segu un bulto que se alejaba. Una criatura recin nacida que lloraba bajo su capa, me indic que era l. De tres saltos me puse junto su lado. --Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios--exclam. Y le di de pualadas. --De pualadas!--dijo el rey. --S, s por cierto, de pualadas; el hombre que roba una madre su hija, el hombre quien una madre desventurada maldice, debe morir. --Y confiesas el delito delante del rey?--dijo severamente Felipe III. --En primer lugar no fu delito; en segundo lugar ya lo confes, y he cumplido la penitencia. Y luego no velo yo por Dorotea? no me sacrifico por ella? no sufro un infierno por ella? --Pero aquel hombre muri?--dijo profundamente el padre Aliaga. --No lo s--contest el bufn--; yo no me detuve ms que recoger la criatura, la envolvi en mi capa y me volv la casa de vecindad. Cuando entr en el cuarto (no lo olvidar jams) no haba ms muebles que un banco de madera, una mesa y un jergn casi deshecho; vi que la infeliz, que estaba an desmayada, ensangrentada entre los brazos de Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte aos, rubia, muy flaca, pero muy hermosa. Conocis Dorotea, padre? --No. --Pues por qu me preguntis por ella? --Continuad. --Cuando conozcis Dorotea, sabris cun hermosa era Margarita. --Margarita!--exclam el padre Aliaga, ponindose letalmente plido. --Se llamaba Margarita!--observ maquinalmente el rey. --S, se llamaba Margarita; segn me dijo despus en algunos intervalos de razn aquella desgraciada, porque se haba vuelto loca, haba salido de su casa con un soldado, haba corrido con l algunas tierras, y al fin haban venido parar Madrid, donde el amante viva de las estocadas obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por ltimo, la haba exigido que se prostituyese para ayudarle vivir. El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada. --Algunas veces--continu el bufn--, cuando yo la preguntaba el nombre de sus padres, me deca: --No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me vi huir, se lo habr dicho mis padres y me habrn maldecido. --Y quin es Luis?--le preguntaba yo. --Luis! Luis era mi hermano--me contestaba la infeliz con dulzura--; l me amaba y yo... yo am otro; pobre Luis! --Y qu ha sido de esa desdichada?--dijo el padre Aliaga, cubrindose los ojos con la mano para ocultar sus lgrimas y procurando contener la revelacin de aquel llanto que apareca en su voz. --Muri: muri entre mis brazos loca, desgarrndome el alma al morir, porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y contino amndola en su hija. Ahora bien; creis que yo pequ? qu comet un delito matando al infame asesino de Margarita? --No! no!--dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga. --Yo te indulto de esa muerte, Manuel--dijo el rey--; yo Felipe de Austria, rey de las Espaas. --Y yo--dijo el padre Aliaga, levantndose y extendiendo sus manos sobre el bufn, que al levantarse, al ver la accin del fraile, haba quedado de rodillas--: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte en el nombre del Padre y del Hijo y del Espritu-Santo! --Amn!--dijo con una profunda uncin religiosa Felipe III. [imagen:...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.] --Ah!--dijo el bufn cambiando de aspecto de una manera singular--: vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaris mrtir, y t, hermano Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague los dos: ti, por tu indulto, hermano rey, y vos, por vuestra absolucin, padre Aliaga. Hubo un momento de silencio. El to Manolillo se haba levantado y llenaba lentamente de vino una copa. El padre Aliaga estaba profundamente pensativo. El rey oraba. El bufn se bebi de un trago la copa. --Ahora bien--dijo--, y ya que sabis que Dorotea no es ni mi hija, ni mi amante, qu queris de ella? por qu me habis preguntado por ella? --Basta, basta--dijo el padre Aliaga--; me siento malo, y con la venia de vuestra majestad me retiro. --Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios--dijo el rey. --Os espero esta tarde en el convento de Atocha--dijo el padre Aliaga al bufn. --Ir--dijo el to Manolillo. El padre Aliaga hinc una rodilla en tierra y bes la mano al rey. Despus sali. --Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!--dijo el rey. --Tan singular, que me ha hecho dao el contarla y me ahogo en la cmara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aqu calor. No s cmo puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar tuyo ya tendra consumida la sangre. T no quieres creerme. Echa de tu lado Lerma, y Olivares, y Uceda, que son otros tantos braseros en que se abrasa la sangre de Espaa, y que acabarn por sofocarte. --Sabes, Manolillo, que despus de lo que me has contado, me pareces otro hombre?--dijo el rey. --Bah! t que has nacido para ser vctima, no conoces la venganza. Peor para ti! --Un cristiano no puede, no suele ser vengativo. --Pobre rey! maana te herirn en el corazn... digo, si es que t tienes corazn. --Que me herirn en el corazn! --Si maana te matasen tu buena esposa!... --Oh! si un traidor se atreviese la reina, morira!--exclam el rey con una llamarada de firmeza. --No, no querr Dios!-dijo de una manera profunda el to Manolillo--; no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que te metas con mi Dorotea, porque... --Por qu? --Porque me volver loco, tendrs que hacer de Lerma tu bufn, y su excelencia te divertira muy poco: adis. Y el to Manolillo sali, dejando slo en su cmara Felipe III. CAPTULO XX DE CMO EL TO MANOLILLO HIZO QUE DOA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y ACABASE POR TENER CELOS Al salir por una puerta de servicio, el to Manolillo se vi detenido por el rodrign de doa Clara Soldevilla. --Os buscaba, maese--le dijo--, y me habis tenido cerca de una hora esperndoos en la antecmara de audiencia. Conque daos prisa y venid, que os espera la dama ms hermosa que se tapa con guardainfante. --Ah, mal engendro! injerto de duea en cuerpo de sapo!... qu me querrs t que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doa Clara Soldevilla tiene el malsimo gusto de hacerse servir por ti: si es ella quien me llama, hulgome, porque si ella no me llamara ira yo buscarla. --Pues ved ah, que mi seora es quien os ruega que vayis su aposento. --Pues tirad adelante, don rodrign, consuelo de contrahechos. --Bah! tengamos la fiesta en paz, to, que no sois vos ciertamente quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi seora espera. --Pues adelantemos. Y el rodrign tir delante del to Manolillo y le introdujo al fin en la misma habitacin donde haba introducido antes al cocinero mayor. El bufn qued solo con doa Clara, que le sali al encuentro. --Conque al fin?--dijo el bufn, mirando de una manera fija y burlona doa Clara. --Qu queris decir?--contest la joven. --Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una piedra dursima todo el invierno. --Vens tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecera que me hablseis con formalidad. --Tan formal vengo, que vengo hablaros de lo ms formal del mundo. -Cmo! yo crea que venais porque os llamaba. --En efecto; pero como yo he pensado buscaros vos, antes que vos pensrais en buscarme mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y empiezo... pidindoos la mano, que el corazn no, para un amigo mo. --Si volvis con ese enojoso asunto...--dijo severamente doa Clara. --Es verdad--repuso el bufn interrumpindola--que, olvidndome de quien soy y lo que mi mismo me debo, vine un da traeros de parte del rey mi seor, una gargantilla y un billete. --Por lo mal parado que entonces salsteis... --Entonces rais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos... --Vens decidido no dejarme hablar del asunto para que os he llamado? --Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano. --Acabaris por impacientarme, Manuel. --Yo creo que estis ya bastante impacientada. --Ser al fin necesario oros, para que acabis pronto. --Os aseguro que por interesante que sea para vos, seora, la ms hermosa y ms dura que conozco, lo que tenis que decirme, os interesa ms lo que yo voy deciros. Como que se trata de vuestros amores. Psose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria. --Antes, si rais fra como la nieve, tenais el alma blanca y pura como cuando rais piedra. No hay, pues, por qu avergonzarnos, porque yo amo, t amas, aqul ama y todos, en fin, amamos. --Pero qu estis diciendo, Manuel? --Digo que sois la mujer ms dichosa y ms desdichada que conozco. --No os entiendo. --Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojis, no voy hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girn y Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco. --Juan Girn y Velasco, habis dicho!--exclam doa Clara, quien haba hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido, aadido al nombre del joven. --Ya se ve; vos creis que vuestro amante, el hombre con quien anoche anduvsteis de aventuras por esas calles de Dios, y quien metsteis despus en vuestro aposento... --To Manolillo!--exclam con indignacin doa Clara. --S, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto mucho, s que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero mayor, sino hijo de duques. --Nada me importa. --Y os est el corazn reventando por saber... --Si no dejamos esta conversacin... --Si la dejramos, cmo habais de saber que ese mancebo, tan hermoso, tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de Osuna y de la duquesa de Ganda? Doa Clara se puso muy plida, pero se domin. Manolillo la vea sufrir con cierta feroz complacencia. --Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de eso--dijo doa Clara. --Sabis que os he visto as, doa Clara, tamaita, cuando rais de la cmara de la infanta doa Catalina. Que os he seguido paso paso, cuando os hicsteis mozuela, y despus cuando fusteis moza, hasta ahora que sois la dama de las damas. A propsito, se murmura que os nombran dama de honor. --Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante. --Lo s todo; s que lo ms importante para vos es mi amigo Juan Girn y Velasco. --Si os enva ese caballero--y os digo esto para concluir--, decidle que le he dicho ya cuanto tena que decirle, y que ms all de lo que le he dicho no dar un paso. -Sin embargo, le dir tambin que vos, que sois la dama de alma ms tranquila que conozco, que dorms bien, que comis bien, estis un tanto ojerosa y plida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habis adelgazado algo, y si segus as tragndoos vuestro amor... --Qu pesadez y qu insolencia!--exclam irritada doa Clara--. Ser cosa de que os mande echar? --Si continuis as, seora, os vais poner flaca y fea. --Os he hecho yo algn dao, Manuel?--dijo la joven, quien no se ocultaba lo que haba de agresivo intencionado en las palabras del bufn. --Dao! m! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me hicirais dao me vengara. --Y qu ese empeo de hacerme or lo que no me agrada? --Cumplo con un encargo. --Con un encargo de don Juan...? --S, ciertamente. --Y un encargo para m? --Como que sois para l toda una ambicin. --Yo cre ms noble y ms reservado ese hombre. --Qu queris, seora? es joven, recin venido la corte: conoce que vos le amis... --Qu lo conoce...? --Y como os ha hecho un gran servicio... --A m? --Lo mismo da, puesto que lo ha hecho la reina... --A la reina...? --Por supuesto... las cartas de don Rodrigo... --Ese hombre es un miserable, un calumniador... --Es joven, inexperto. --Pues decidle... decdselo, que si me ha podido interesar... algo... por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le desprecio. --Pero le vais matar... --Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar. --Pero ved que lloris. --De rabia. --Ah! ah! y ello al cabo, nadie lo ha dicho ms que m. --Que sois el escndalo del alczar. --Estimo vuestro favor: no crea yo ciertamente que cuando vena hablaros del nico hombre que ha podido conmoveros... --No hablemos ms de ese hombre. --Como gustis, porque os veo muy irritada. --Vengamos al asunto que me ha obligado llamaros. --Vengamos en buen hora. --Qu sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo, amante, marido?... --Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada, la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca esa mujer. --Sois, pues, su padre! --No, pero es lo mismo. --Esa mujer es amante del duque de Lerma! --S; s, seora. --Y de don Rodrigo Caldern?... --Lo fu; ahora creo que lo sea de otro. --Y quin es esa mujer? --Una hurfana. --Esa mujer se ha atrevido sospechar de su majestad. --Ha tenido celos, como vos podis tenerlos. --Resulta, pues--dijo doa Clara terriblemente contrariada--, que os he llamado en balde. --Creo que no. --Os veo tan decidido por esa mujer... --Yo os veo ms por un hombre. --Debis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufn os saque salvo de todo--dijo con una clera mal reprimida doa Clara. --Me habis tomado ojeriza sin razn. --No tengo ms que una cosa que deciros: mirad cmo tomis mi nombre en vuestros labios. --No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estis enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de que no debis avergonzaros; conque qu dir don Juan Girn y Velasco? --Qu le habis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios. --Quedad con Dios, seora. Y el bufn sali despus de pronunciar con un retintn insolente sus ltimas palabras. --Por qu me trata as ese miserable?--se qued murmurando doa Clara. Entre tanto deca el bufn saliendo de la sala: --Dorotea ama al seor Juan Montio; no tengo duda de ello; la conozco demasiado, le ama con la virginidad de su amor. Qu dichosos son algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido por emponzoar los amores de doa Clara con l; sabr doa Clara que ese don Juan ha ido casa de Dorotea, indican un peligro mayor las preguntas de doa Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. oh, oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo ms amor ni ms vida que Dorotea. La intencin del to Manolillo, sin embargo, no haba producido el efecto que se haba propuesto. Doa Clara era una joven de razn fra. Lo primero que la aconteci, fu sentirse herida en el corazn. Porque amaba Juan. Las circunstancias en que le haba conocido y las cualidades del joven, justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el alma. Todo la haba agradado en el joven. Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discrecin, el mismo efecto violento que su hermosura haba causado en l... Doa Clara, dentro de su pensamiento haba acariciado aquel amor. Se haba encariado con l, es decir, se haba sentido halagada, enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba su amor. Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen. Un amor completo. Un amor hermoso. Una sola cosa poda haber contrariado doa Clara, y entonces no la contrariaba an. La dificultad de su enlace con Juan Montio. Pero el amor de doa Clara era su primer amor. Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el deseo de la posesin material del ser amado. Doa Clara no haba pensado todava que poda pertenecer un hombre. Su alma dorma envuelta en un velo de pureza. Por lo mismo, no la haba contrariado en gran manera la dificultad de su enlace con Juan Montio. Y sin embargo, pesar de la pureza de su amor, no haba dormido aquella noche, haba sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa. Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, haba bebido en sus ojos, en su semblante, en su expresin, en su alma, no sabemos qu lascivia interna, misteriosa, incomprensible para doa Clara, pero ardiente, profunda, llena de voluptuosidad. Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado otro, de una forma otra; es que todas las modificaciones, todas las transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una palabra. Doa Clara, mujer en la razn, nia en el alma, para ser una mujer completa, necesitaba pasar por una gradacin necesaria, ms menos rpida, ms menos violenta, segn fuese la fuerza de impulsin que presidiese aquella gradacin. En una palabra, doa Clara estaba enamorada de Juan Montio, todo lo que poda y de la manera que deba estarlo. Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser no ser. Doa Clara haba considerado Juan Montio primera vista y casi por intuicin tal cual deba considerarle. Le hall profundamente simptico, y su alma se extendi hacia l. Renunciar su juicio, lastimarse el corazn renunciando l, era cosa que doa Clara no poda hacer sin discutir su resolucin consigo misma. As es que si al principio se irrit con las confidencias del bufn, que supona Montio un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los que abundan en la corte, despus, ms serena, se dijo: --Cuando una persona se refiere otra debemos, antes de decidir, ver si hay en la persona que refiere algn inters en favor en contra de quien se ocupa. Ahora bien; que el to Manolillo ama esa comedianta es indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora bien; esa miserable tena celos de la reina... celos de Caldern... el to Manolillo quiso matar don Rodrigo, y para ello pidi la reina los mil y quinientos doblones; cierto es que prometi rescatar las cartas, pero acaso si hubiera muerto herido don Rodrigo, hubiera ido llevar esas cartas la Dorotea en vez de llevarlas la reina. Se cruz ese joven de una manera providencial, rescat las cartas... esto puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufn. Adems, lo que me ha dicho poda saberlo, y lo saba sin duda, sin necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de ligero... Pero y si ese empeo de que yo desprecie don Juan, fuese porque le haya visto la Dorotea y le ame? Esta era la verdad, y al suponerla doa Clara, sintio lo que nunca haba sentido: la dolorosa insoportable sensacin de los celos. Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tom una pluma y escribi una larga carta en que acusaba ante el inquisidor general Dorotea y Gabriel Cornejo. Poco despus aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga. CAPTULO XXI EN QUE CONTINAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR --Me da vuecencia venia para entrar?--deca una voz poco firme y contrariada la puerta de la cmara del duque de Lerma. --Dejad ese despacho, Santos--dijo el duque de Lerma un secretario que trabajaba con l--y enviad buscar mi sobrino el conde de Olivares. Levantse el secretario, arregl los papeles, los puso en una carpeta y luego aquella carpeta en un armario. Despus sali. Entonces el ministro-duque se volvi con afectacin la puerta por donde haba entrado la voz que pidi permiso, y dijo con cierta hueca benevolencia: --Entrad, Montio, entrad. Entr el cocinero mayor del rey, se inclin profundamente tres veces, y luego, haciendo una mueca que pareca una sonrisa, dijo: --Qued vuecencia contento del banquete de ayer, seor? --Por el dinero que os dar mi mayordomo, podris sacar la consecuencia, buen Montio. --Ah seor, excelentsimo seor!--dijo Montio ponindose en arco y haciendo otra mueca--no lo deca por tanto. --S, s; ya s que mil ducados ms menos son para vos muy poco. --No tanto, no tanto como eso, seor. --Sin embargo, hacis muy buenos negocios; debis estar rico, Montio; adems de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias, siempre me estis pidiendo oficios. --Y yo os agradezco vuecencia... --No hago ms que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo; y luego... vos me servs bien... es decir, servs bien su majestad. Volvi inclinarse Montio. --Cmo anda el cuarto del prncipe? --Don Baltasar de Ziga no perdona medio de captarse la voluntad de su alteza; como que dicen que hace versos con l. --Y aun poesas erticas... --No comprendo bien, seor. --Composiciones amorosas. --No; no, seor; eso se queda para el duque de... Montio se detuvo afectando la confusin de quien ha pronunciado una palabra inconveniente y peligrosa. --El duque de qu?--dijo Lerma--; vamos, concluyamos: queris sin duda decir mi hijo el duque de Uceda? --Efectivamente, seor; yo crea haber sido indiscreto... --No, no, de ningn modo; cuando se trata del servicio de su majestad, yo no tengo hijo; y propsito de hijos... recordadme ms adelante que tengo que encargaros algo acerca de la condesa de Lemos. --Muy bien, seor. --Decamos, que de las composiciones amorosas del prncipe est encargado el duque de Uceda. --S, seor; eso dicen los de la cmara de su alteza. --Y quin es la persona destinada juzgar del mrito de esas composiciones? --Una dama muy matronaza, muy hermosaza, quien suele ver su alteza en la comedia y en el Buen Retiro; que recoge su alteza entero en la mirada de sus grandes ojazos negros. --Y quin es esa mujer? --No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de Amaniel con una duea y un escudero, y la visita mucho el duque de Uceda. --Y no la visita nadie ms? --Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre. --Y quin es ese hombre? Me hacis preguntar demasiado, Montio; si no bastan los maravedises que os doy para que estis bien servido, pedidme ms. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien su majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera de palacio pueda tambin convenir. --Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmn. --Don Juan de Guzmn! Don Rodrigo Caldern me habl por l; me ponder lo tiles que podan ser servicios, y en dos aos le hemos hecho capitn, y despus sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo, ya maduro... --S; s, seor; es un hombre de cuarenta y cuatro cuarenta y seis aos, aunque demuestra diez menos; ya en otra ocasin me mand vuecencia que me informara, y yo acud mi compadre Diego de Aun, que es un escribano real, que corta un cabello en el aire. A las veinticuatro horas me dijo: --El tal por quien me preguntis, ha vivido honradamente matando obscuras por poco precio. Hanle puesto la sombra ms de tres veces; pero se da se daba tal maa para su oficio, que nada se le ha podido probar, y por no mantenerle y por hacer falta muchas veces desocupar la crcel un tanto para que cupiesen otros presos, se le ha soltado. Ahora vive honradamente de su sueldo, y nada hay que decir de l. --De modo que si esa dama con quien entretienen al prncipe don Felipe tiene tales conocimientos secretos, debe ser una bribona! --No s, no s, excelentsimo seor; porque tambin hay damas y muy damas que se pierden por estos tunos. --Tomad--dijo el duque abriendo un cajn y sacando de l un estuche. --Y qu es esto, seor? --Una gargantilla. --Ah! Debo visitar esa dama? --S. --Y qu la he de decir? --Que un personaje, un altsimo personaje, la conoce y la ama. --Puede creer que ese personaje es su majestad. --No importa: si ella lo supusiese... --Niego... --No, no negis... Ser bien que vayis vos en persona: en vez de negar, afectaris como que la hacis una gran confianza, y la diris: su majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere que nadie, ni vos misma, sepis que os ama... que os visita... Su majestad vendr veros, y le recibiris sin luz: debis ser muy prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por asomo que le conocis. --Pero y si esa dama se negase recibirme? --No decs que tiene duea? --S, seor. --Pues bien; tomad para la duea. El duque abri otro cajn, sac de l algunas monedas de oro, y las puso formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado de Montio. El cocinero mir con codicia el oro; pero no le toc. --Guardad eso--le dijo el duque--, y adems... me olvidaba... tomad. Y el duque sac una cajita de terciopelo, la abri, y dej ver dentro una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro. --Ah, seor!--exclam trmulo de alegra el cocinero--; me da vuecencia el hbito de Santiago? --Y para qu le queris vos? para que no os atrevis entrar en la cocina, por temor de que se os manche la cruz? Cay dolorosamente despeado de lo alto de su vanidad Montio. --Pues para quin, seor, es ese hbito?--dijo con un sarcasmo mal encubierto--; acaso para la aventurera con quien entretiene al prncipe el duque de Uceda? --Para esa el collar de perlas, y ms que fuere menester; esta cruz es para otra persona. No conocis alguien que se haya hecho recientemente merecedor del hbito? --Confieso vuecencia que no. --Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse pblico, no le pagara tan barato; sera cosa de titular quien le ha hecho: ha salvado su majestad. --Pues qu, su majestad ha estado en peligro? --Su majestad la reina ha estado punto de ser deshonrada--contest el duque. Montio supo contenerse en el momento en que vi claro que se trataba de su sobrino postizo. --Pues confieso vuecencia, que no saba yo que su majestad la reina... --Vamos, seor Francisco. A dnde llevsteis anoche un vuestro sobrino? --Yo?... ninguna parte--dijo Montio temiendo que lo de la cruz fuera un lazo. --Ser necesario probaros que obro de buena fe--dijo el duque--y por lo tanto insisto; tomad esta cruz, llevdsela vuestro sobrino Juan Montio, y decidle que venga maana recibir la real cdula de mi mano. --Muchas mercedes, seor--dijo Montio tomando la cruz. --Pero esto no basta; vuestro sobrino ser pobre. --Lo es en efecto, seor. --Y qu puede hacrsele? --Es valiente... --No ms que valiente?... --Es licenciado. --En qu? --En teologa y en derecho. --Est ordenado? --No, seor. --No conviene que sea clrigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no debe llevar un roquete; le est mejor un oficio de alcalde; los alcaldes bravos, que tienen letras y puos, valen ms que los que slo tienen letras; le haremos alcalde de casa y corte. Montio estaba espantado con lo que vea, y sobre todo de la buena suerte de su sobrino. --Conque--dijo Lerma--, sabis todo lo que debis hacer? --S, seor. Seguir averiguando cuanto pudiere. --Eso es. --Procurar introducirme en la casa de esa dama. --Eso es. --Dar mi sobrino esta cruz, y mandarle que venga dar vuecencia las gracias. --Eso es. --Adems, vuecencia me dijo le recordase que tena que decirme algo acerca de la seora condesa de Lemos. --En efecto, me importa saber uno por uno los pasos que da doa Catalina. --Puedo deciros, seor, que cuando yo vena para ac, entraba vuestra hija en las Descalzas Reales. --Nada tiene eso de extrao. --Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno ser tambin que vuecencia sepa, que poco despus entraba en el convento don Francisco de Quevedo. --Ah! ah! y en el convento, no en la iglesia? --La seora condesa entr por la puerta de los locutorios, y por aquella misma puerta poco despus don Francisco. El duque de Lerma escribi rpidamente una carta, la cerr, y escribi sobre la nema. A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales--. Del duque de Lerma--. En propia mano. --Id, id, Montio--dijo el duque--; id, llevad esa carta al momento su destino, y traedme la contestacin. Montio sali casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su excelencia se qued murmurando: --Qu habrn ido hacer mi hija y Quevedo las Descalzas reales? CAPTULO XXII DE CMO EN TIEMPO DE FELIPE III SE CONSPIRABA HASTA EN LOS CONVENTOS DE MONJAS La madre Misericordia, pesar de ser abadesa de las Descalzas Reales, no era una vieja. Esto no tena nada de extrao, porque falta de edad tena caudal. Gastaba generosamente gran parte de l en regalos las monjas. Y hemos dicho mal al decir que generosamente, porque aquellos regalos haban tenido su objeto antes de ser abadesa la madre Misericordia. Serlo. Despus de ser abadesa, los regalos servan para que todas las monjas la llevasen su celda y misteriosamente los chismes del convento. En el convento de las Descalzas Reales se conspiraba. Estas conspiraciones eran hijas de la rivalidad de las monjas. La comunidad, como toda sociedad, estaba dividida en bandos. Cada uno de estos bandos quera influir en el nimo de la abadesa, en aquella especie de presidenta de repblica. Porque un convento de monjas es una repblica en que todos los cargos se obtienen por eleccin. Y una repblica ms difcil de gobernar que lo que primera vista parece. A ms de la lucha de influencia, haba otras luchas secundarias que acababan de envenenar la comunidad. Llegaba un da clsico. Era necesario un sermn. Seis meses antes empezaba una lucha sorda en el convento. Cada madre quera que su confesor fuese el encargado de la oracin sagrada. Y como haba muchas madres y muchos confesores, de aqu la lucha. Cada confesor influa sobre su monja. Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tena ni poda tener ms que una hija de confesin en el convento, y aun en los conventos de la poblacin en que se encontraba. Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile un clrigo se hubiese atrevido tener su cargo ms de una conciencia en la comunidad? Esto hubiera sido una especie de adulterio _sui generis_. No ha existido, ni existe, ni existir, monja que pueda tolerar tal cosa. Lo ms, lo ms que sucede es lo siguiente: Se pone malo un confesor, y en un da de confesin se encuentra hurfana una monja. Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialsima, cede su confesor la monja hurfana. Y la rivalidad llega hasta los regalos que las buenas madres hacen sus confesores. Que sor Fulana envi el da de su santo una bizcochada magnfica su director espiritual. Que sor Fulana pretende sobreponerse, y enva al jefe de su conciencia otra bizcochada mejor. Las dos madres se pican: la una, porque la otra ha hecho ms: la otra, porque la primera ha murmurado de ella. Entonces tercian chismes ms peligrosos. Si sor Fulana estuvo asomada la celosa y dej caer un billete, y si recogi el billete un estudiante. Si sor Fulana solt por su celosa un rosario bendito, que fu caer en la halda de la capa de un soldado. Porque en aquellos tiempos haba enamorados y galanes de monjas. Quevedo lo dice, y hace su asercin verdadera el que la Inquisicin revis los libros de Quevedo, como los revisaba todos, y no se opuso lo que deca respecto los enamorados de las monjas, ni lo tach ni lo encontr inmoral. Esto estaba en las costumbres de entonces; lo saba todo el mundo, y no haba por qu prohibir un libro que no deca ms que lo que todo el mundo saba. Adems, que estos eran unos amores simples. Hoy es otra cosa. De modo que la que en aquellos tiempos se meta en un convento para huir del mundo y de las tentaciones del demonio, se meta en otro mundo ms agitado, en donde encontraba otras peores tentaciones. Y no era solo esto lo que constitua el carcter, el modo de ver y de obrar de los conventos de monjas del siglo XVII. El clero los utilizaba para otros negocios. Las monjas venan ser los intermediarios de otras conspiraciones de carcter ms trascendental, puesto que tenan relacin con el Estado. Quin haba de creer que en una carta dirigida la abadesa de un convento, iba otra que deba entregarse por la abadesa tal cual alta persona? Quin poda sospechar que en aquellas cartas se agitasen las parcialidades de la corte? En aquellos tiempos y aun en otros, los conventos de monjas venan ser para los conspiradores lo que un arroyo un ro para el que quiere hacer perder las huellas de su paso quien le sigue. De modo que una abadesa de monjas en el siglo XVII, solia ser un personaje importantsimo. Eralo la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid. Primero, porque su convento era el ms aristocrtico. Haba sido fundado en 1550 por la seora infanta de Portugal, doa Juana. Le protegan directamente sus majestades. Le visitaban mucho iban con suma frecuencia comer en l conservas. Las monjas eran todas seoras pertenecientes la alta nobleza. Por lo importante de su categora, que haca importante su influencia, llovan sobre el convento magnficos donativos. En el siglo XVII hubo un verdadero furor por las fundaciones religiosas y piadosas. Solamente en Madrid, durante aquel siglo, se fundaron diez y seis conventos de frailes, diez y siete de monjas, nueve iglesias, seis hospitales y seis colegios; es decir, que se fundaron cincuenta y cuatro establecimientos piadosos, de los cuales slo eran de beneficencia doce. Esto sin contar un nmero igual de fundaciones anteriores. De modo que en Madrid no poda darse un paso sin tropezar con una iglesia un oratorio. Un nmero inmenso de los habitantes de la poblacin perteneca la clase monstica. Solamente el duque de Lerma fund dos conventos de frailes y uno de monjas. Esta mana de las fundaciones religiosas, ms de la piedad, tena un objeto ms egosta: el de hacerse una ostentosa sepultura para s y para su familia en una fundacin. Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no poda tanto, una iglesia; el que poda menos, una ermita; por ltimo, el que no poda fundar nada, haca donaciones los conventos y las iglesias, fin de asegurar su alma sufragios perpetuos. De ah la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades. De ah esa costra de frailes y de monjas que se extendi sobre Espaa, cuya influencia fu incontrastable, que hizo decir los extranjeros que Espaa era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos an completamente de encima. En la Edad Media Espaa era un castillo. Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron conventos. No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas con su guin y su cruz. Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y opriman al pueblo en la Edad Media. En el siglo XVII sofocaban al trono rodendole de frailes, y con esos mismos frailes embrutecan al pueblo. Duraba el privilegio, creca, se desbordaba. La clase monstica, pues, pesaba en la balanza de los negocios pblicos de una manera incontrastable. Tena tambin una espada, una terrible espada cuyo poder aterraba. Esta espada era el Santo Oficio de la general Inquisicin. El Santo Oficio tuvo poder bastante para traer Espaa los vergonzosos tiempos de Carlos II. En una poca tal, el convento de las Descalzas Reales tena una gran influencia. La abadesa era un gran personaje. Era sobrina, aunque lejana, del duque de Lerma, noble y rica. Haba aportado un rico patrimonio procedente del dote y de las gananciales de su madre, y del tercio y quinto de su padre al convento. En el mundo se haba llamado doa Angela de Rojas. Era rica. Pudo haberse casado, porque todas las mujeres ricas se casan. Pero se haba enamorado de un hombre que estaba enamorado de otra tan rica como ella y adems hermosa y seora de ttulo, con la que se cas al cabo. Doa Angela, no encontrando otro medio mejor para desahogar su clera, se meti en las Descalzas Reales. Durle la rabia un ao, y tuvo tiempo de profesar. No sabemos si despus de haber profesado se la pas el despecho, y se arrepinti de haberse apartado de un mundo, para encerrarse en otro. Ella no lo dijo nadie. Al profesar, por una anttesis violenta con su carcter, tom el nombre de Mara de la Misericordia. Desde que fu monja, empez conspirar por su cuenta y sostener sus conspiraciones con su dinero. A los seis aos de su profesin, sor Misericordia se llamaba la madre abadesa. Su competidora vencida enferm de rabia, y muri desesperada bajo la presin de su vencedora. Hay entre las armas antiguas una que se llama pual de misericordia. Con este pual remataban los vencedores los vencidos. A esta madre, en fin, fu visitar la joven y hermosa doa Catalina de Sandoval, condesa de Lemos. A ms de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tena la condesa mucha familia, era parienta suya. Cuando la condesa lleg al locutorio, la dijo la tornera: --Ser necesario que vuecencia espere; la madre abadesa est confesando en estos momentos. La condesa se mordi los labios, porque aquella detencin la contrariaba. --Quin es el confesor de mi prima, madre Ignacia?--dijo la tornera. --Oh! es un justo varn, un padre grave y docto de la orden del serfico San Francisco: fray Jos de la Visitacin. --Ah! Fray Jos de la Visitacin! le conozco mucho y ha sido mi confesor algn tiempo; tom otro porque nunca acababa de confesarme; era eternizarse aquello. --Es confesor muy celoso. --Demasiado; y hace mucho tiempo que mi prima est confesando? --Ya hace ms de una hora. --Ah! pues tenemos para otra hora larga. --Tal vez--dijo la tornera. --Decidme, madre Ignacia--pregunt la condesa--, est vaca la celda aquella tan hermosa que est sobre el huerto? --S, s, seora condesa; est vaca porque las tapias son bajas, y una educanda que vivi en ella se escap descolgndose por el balcn y saltando las tapias. Esto fu un escndalo que nadie sabe, que hemos guardado todas... pero yo lo digo vuecencia en confianza. --Gracias, amiga ma. Conque las tapias son bajas y el balcn bajo? --S, seora; era necesario tener una gran confianza en la persona que viviese en aquella celda. --Y... no hay otra desocupada? --No; no, seora: apenas tenemos convento: ser necesario ensancharlo: no cabemos. --Bendito sea Dios! --Piensa vuecencia traernos alguna novicia alguna educanda? --No, no por cierto. La condesa, que estaba profundamente preocupada, call. La tornera call tambin por respeto. --Madre Ignacia--dijo doa Catalina--, no me hagis visita; de seguro estis haciendo falta fuera. --En verdad, seora, que ese torno no para en todo el da; pero no importa: all he dejado sor Asuncin. --Id, id, y por m no faltis vuestra obligacin, ni molestis nadie. Tengo adems mucho en qu pensar, y no me pesara estar sola. La tornera se inclin profundamente y sali. Doa Catalina qued sola. Su bello semblante moreno estaba plido; por bajo de sus ojos se vea una seal levemente morada como de quien no ha dormido; su mirada estaba fija, impregnada de no sabemos qu expresin vaga, incomprensible. Haba en su semblante un tinte de tristeza, una expresin de malestar interior. Golpeaba impaciente con su lindo pie el pavimento. Pareca, en fin, contrariada, por la tardanza de su prima la noble abadesa. De repente la distrajo el rechinar de la puerta del locutorio. Se volvi y vi Quevedo. Doa Catalina se puso de pie. --Conque hasta aqu?--dijo. --Hasta donde vos vayis, mi cielo. No quiero quedarme obscuras, y como sois mi sol, os sigo. --Ah, don Francisco... don Francisco!..., no me prometsteis anoche que me dejarais venir encastillarme contra vos? --S, es cierto; pero no lo promet yo. --Pues quin fu? --Mi amor impaciente. --Pero en tan poco me estimis, que viendo que huyo de vos queris an comprometerme? --Recuerdo que en la galera obscura me ofrecsteis vuestra casa. --Tena obscuras la razn; no saba lo que me aconteca. --Pero no me amis? --Ay!... s!...--exclam doa Catalina tendiendo lnguidamente su mano y de una manera instintiva Quevedo. --Ah!--exclam Quevedo, apoderndose de aquella mano--; y cmo me da la vida vuestro amor! --Soltad, que estas monjas son muy curiosas, y siempre estn en acecho. --Decs bien; siempre andan alrededor de los del mundo, que se les acercan como el gato alrededor de las sardinas. --Por lo mismo, mirando el lugar en que nos encontramos, y sobre todo mi decoro, sed respetuoso conmigo. --Y cuando, seora, no os he respetado? --Dadme una prueba saliendo de aqu. --Prometedme que vos no pasaris ms adelante. --Aseguradme que seris dcil lo que yo quiera. --Os lo juro, siempre que no me pidis lo que no puedo concederos. --Pues bien, no entrar. --Y podr yo entrar hasta vos? --Qu adelantis, don Francisco, con sacrificar una mujer ms! --Serais vos la primera. --Ved por qu no puedo fiarme de vos; negis lo que todo el mundo sabe: vuestros ruidosos galanteos. --Helos tenido con muchas hembras, pero tratndose de mujeres vos sois mi primera mujer. --Tal vez os engais... tal vez yo no sea ms que... como vos decs, una hembra, y harto dbil y desdichada. --Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto lo desdichada, estando ausente de vos mi seor el duque de Lemos, no os podis quejar. --Qujome de que siempre no haya estado lejos. --Oh! si no hubirais sido hija de Lerma! --Ni aun delante de m, perdonis mi padre. --Eso os probar que para vos, mi lengua es lengua de Dios. --No os entiendo. --Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para mejor probroslo, no slo aborrezco, sino que desprecio vuestro padre. --Ah! qu desgraciada soy! --Sislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergenza: no se eligen padres. --Si yo fuese una cualquiera no me hubirais amado. --Soy hombre que visto negro y liso. --Cmo! --Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en riqueza; siendo vos lo que sois, adems de ser hija de un duque y mujer de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os hubiera conocido. --De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo... --Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas. --Desconfo todava de vos. --Todava?... --Sois un abismo. Acaso no me enamoris sino porque soy hija del favorito del rey. --Mal haya la fama, que ms que bienes da males. --Sois gran conspirador. --Conspirador habis dicho? pues conspiremos. --Y contra quin? --Contra la abadesa vuestra prima. --Conspirar, y para qu? --Para salir del atolladero. --De qu atolladero? --De haberos metido vos aqu, y de haberme metido yo tras vos. --Con que vos os vayis hemos salido del paso. --Os engais, porque ya me han visto. --Y por qu habis dado lugar que os vean? --Se me os escapbais. --No creo que puedan suponer... --Las monjas no suponen nada bueno... --Pero mi prima sabe... --Que sois hermosa; lo que basta para que os mire mal. --Es virtuosa... --Con la virtud de las feas. --Pero Dios mo, vos no perdonis nadie! --A nadie sentencio que l mismo no se haya ya sentenciado. --Y ya que decs que estamos en un atolladero, cmo os parece que podamos salir de l? --Conspirando. --Pero contra quin? --Contra quin?... contra cualquiera... la abadesa, trueque de conspirar, creer todo lo que queramos que crea. Quin es el confesor de nuestra noble prima?... --De nuestra prima?... --He dicho de nuestra prima, porque hasta cierto punto vuestros parientes son mis parientes. --Os habis propuesto mortificarme? --No quisiera. Pero volvamos nuestra conspiracin. Quin es el confesor de nuestra prima? --Esperad; no s por qu se me ocurri preguntar eso mismo la tornera, y me dijo que un fraile grave de San Francisco... fray Jos de la Visitacin. --Aquel que se atrevi decirnos un da que el infierno era negro como vuestros ojos, y que vuestros ojos quemaban sin llama como el infierno? Pues si es ese santo varn, ya s contra quin tenemos que conspirar. --Contra quin? --Contra el conde de Olivares. --Ah! el pobre conde nos va servir de mucho. --Pienso valerme de l para otras muchas cosas. --Ah! ya no tenemos tiempo de prevenirnos. Me parece que oigo la voz de mi prima. --Oh! pues dejadme hacer, fingos muy turbada. Quevedo no pudo decir ms. Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis veintiocho aos muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con los ojos pequeos, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca, los pmulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antiptico; adase esto el hbito, la toca cerrada, el velo y la expresin monjuna, bajo la cual se encubra mal la soberbia, y se comprender que la madre Misericordia tena un nombre enteramente contrario su aspecto, eminentemente antittico con ella misma. Sin embargo, se comprenda lo elevado de su cuna en la distincin de sus maneras. Adelant gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado del lado all de la doble reja, y comprendi en una reverencia su saludo para doa Catalina y Quevedo. --Ya nos une esa vbora--dijo para s don Francisco--, yo har que nos desuna. Y contestando con otra no menor reverencia la abadesa, mientras la de Lemos callaba verdaderamente turbada por la situacin, dijo: --Mi seora doa Angela!... --Hace mucho tiempo que slo me llamo sor Misericordia, caballero--, dijo la religiosa con acento severo y agresivo. --Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy hablaros del mundo, cuando voy sacar vuestro pensamiento del claustro. --En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no comprendo cmo acompais mi parienta doa Catalina. --Sentmonos--dijo Quevedo con gran calma. Doa Catalina se sent ms turbada que nunca, y la abadesa extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fra y la audacia de Quevedo. --Vos no me conocis--dijo--, no lo extrao; vos habis vivido siempre muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en l, aun cuando he estado preso. Al or la palabra preso, la abadesa dej ver una altiva expresin de disgusto y de contrariedad. --Y digo preso--continu Quevedo como contestando aquella expresin--, porque los que en Espaa nos encontramos entre cierta gente, cuando no somos prendedores somos prendidos. En fin, seora, yo me llamo, despus de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, seor de no s qu torre, y autor de no s qu libros. --Ah!--exclam cambiando enteramente de expresin la abadesa--: y para qu me buscis, caballero? --Primero he buscado vuestra noble prima. --Y para qu? --Para asuntos que me tocan al alma... porque m me toca al alma todo lo que directa indirectamente atae al servicio de su majestad. -Ah! --Pues he buscado doa Catalina, cuya bondad conozco, fin de que me sirviese para con vos de recomendacin y ayuda. --Bastaba vuestro nombre. --No haba necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; concese mi nombre ms que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones... --De conspiraciones! --Se conspira! --Pero contra quin, caballero? --Contra quin se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar. --Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no s que haya nadie que conspire en Espaa contra su majestad. --S; s, seora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra el duque de Lerma. --Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente hablis, os ha tenido preso. --Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no s... no s cmo agradecrselo. Eso mismo lo he dicho su hija, la seora condesa de Lemos. --Es verdad--dijo doa Catalina ya ms repuesta. --Y se lo he dicho en la misma antecmara de su majestad la reina, donde estaba de servicio, donde nadie nos oa, donde no nos vea nadie, donde doa Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad de mis palabras. No es verdad, seora? --S, s, don Francisco, es verdad--dijo la de Lemos, ponindose ligeramente encarnada. --No es verdad, seora, que pesar de las malas ideas que tenais respecto de mi, me habis credo enteramente, habis confiado, y que despus, en razn de vuestra confianza, habis variado vuestro propsito hacia m y habis consentido en que hablemos juntos vuestra noble prima? --No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certsimo. --Ya veis, seora, que cuando doa Catalina, hija de quien es, confa en m, vos tambin debis confiar. --Pero por qu no habis ido directamente mi to, caballero?--dijo la abadesa. --El duque de Lerma acaba de darme la libertad; poda creer que yo... yo no puedo, no debo cambiar as, delante de las gentes, delante del mismo duque. Anoche doa Catalina me di una carta de la duquesa de Ganda para su padre, y su excelencia quiso atraerme su partido creyndome su enemigo. --Se os present, pues, una buena ocasin de ceder. --Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de m. --Vuestros hechos le hubieran convencido. --Pues ved ah, seora: de tal modo habl con el duque, que hoy me cree ms enemigo suyo que ayer. --Y para qu eso? --Crame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me equivoco porque soy hombre, pero jams lo confieso... al menos la persona respecto la cual he cado en error. Pero tratndose de vos, seora, de la seora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra discrecin, es distinto; vosotras vengo para ayudar ese grande hombre en cuyas manos est la gobernacin del reino. Vosotras seris el medio por donde llegarn l los beneficios de mi leal y oculta amistad. --Ah! caballero... cunto os agradezco... y sabis? habis descubierto...? --Una conspiracin horrible. --Pero cmo...? --Anoche un amigo mo, un noble joven que acababa de llegar la corte, tuvo un desagradable encuentro causa de una dama, con don Rodrigo Caldern. --Don Rodrigo, segn me ha dicho mi confesor, est herido, y esto es una desgracia. --No, no seora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor. --Don Rodrigo es un miserable--dijo doa Catalina, que se acordaba de la insolente carta que don Rodrigo la haba enviado el da anterior y de la que hablamos al principio de este libro. --Mi to confiaba ciegamente en l. --El duque de Lerma es muy confiado. --Es, sin embargo, muy prudente. --Pero don Rodrigo ms falso. --Qu decs? --Don Rodrigo quera alzarse con el santo y la limosna. --Pero de quin se ayudaba ese hombre? --De quin? del conde de Olivares. --Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmn no tiene perdn de Dios; todo lo debe mi to, y, sin embargo, pretende apoderarse del nimo del rey. --Es peor que eso: pretende apoderarse del nimo del prncipe. --Qu queris decir con eso? --Nadie pretende la privanza de un prncipe, sino cuando cree que est prximo ser rey. Palideci la abadesa. --Y seran capaces...?--dijo. --Yo no he dicho tanto. --Pero tendris algunas pruebas... --No las tengo, pero las he visto. --Seguid, don Francisco; pero explicadme. --Ya os he dicho que mi amigo es enemigo, causa de una dama, de don Rodrigo Caldern. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasin de dar de estocadas don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido tena sobre s alguna prueba de amores, le encontr... --Y qu encontr? --Unas cartas... la prueba de la conspiracin ms prfida... --Cartas de quin? --De varias personas... --Haba alguna del conde de Olivares? --S... ciertamente--contest Quevedo bulto. --Pero qu se han hecho esas cartas? --Llevlas palacio mi amigo. --A palacio... y para qu? --Para qu? para entregarlas al rey. --No habr podido... esas cartas estarn en poder de vuestro amigo: es necesario rescatarlas... --Las tiene... --Quin? --La reina. --La reina! --Que durmi anoche con el rey. --Qu decs, caballero? --El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte de la noche. --Pero cmo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas la reina? --Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de la reina. --Me habis maravillado, don Francisco... yo crea que lo sabamos todo... --Pues ya habris visto que hay muchas cosas que ignoris. --Madre abadesa--dijo en aquellos momentos la puerta del locutorio una monja--, aqu han trado una carta para vos. --Dadme, dadme. La monja adelant y di una carta la madre Misericordia. Luego sali. --Permitidme, prima ma; permitidme, caballero--dijo la abadesa. Doa Catalina y Quevedo se inclinaron. La abadesa abri con precipitacin la carta. --De quin ser?--dijo para s Quevedo. La abadesa ley la carta, la dobl, la guard y, dirigindose Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial: --Os agradezco las revelaciones que me habis hecho, don Francisco, y estoy segura de que mi to el duque de Lerma os las agradecer. --Oh! Pero os habis olvidado, seora--dijo con suma precipitacin Quevedo--. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa, no pueda sospechar siquiera la situacin en que me encuentro respecto l. --Ah! S, es verdad, caballero! Y puesto que as lo deseis, respetar vuestro deseo. --Me haris en ello gran merced; y como supongo que necesitaris de vuestro tiempo, me pongo vuestros pies y os pido licencia para retirarme. --Supongo que nos volveremos ver. --Nos volveremos ver... de seguro! --Pues adis, don Francisco. --Que os guarde Dios, seora. Y tomando una mano la de Lemos y besndola cortsmente, y lanzndola rpidamente una mirada en que haba todo un discurso, sali. --Qu significa este conocimiento que tenis con don Francisco de Quevedo, prima?--dijo severamente la abadesa. --Le conozco desde que era muy joven--contest con desdn doa Catalina. --Pero no creo que le conozcis lo bastante para acompaaros con l. --Si don Francisco y yo tuviramos un inters cualquiera en vernos, en andar juntos, no elegiramos por cierto el locutorio de las Descalzas Reales para lugar de nuestras citas, ni vos por testigo. --En lo cual harais muy bien. --Y mucho ms por la parte que me concierne, porque me excusara de que pensrais mal de m. --Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qu habis venido al convento. --Unicamente para presentaros ese caballero; pero la culpa la tengo yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se interesan por m. --Si yo no me interesase por vos, no me importara que diseis pasos peligrosos. --Pasos peligrosos!... --Quien os haya visto acompaada por Quevedo... por ese hombre de tan mala fama! --Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme. --Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre. --Y qu es lo que sabe? --Leed, prima. Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta que acababa de recibir, y di la vuelta al torno. La de Lemos tom la carta y ley. Era de su padre. En ella deca la abadesa que haban visto meterse en el convento y en uno de los locutorios su hija, y tras ella Quevedo. Que procurase comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase. --Es necesario confesar--dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en el torno y dndole vuelta--que veces mi padre est bien servido. --Seris franca conmigo, prima?--dijo la abadesa despus de haber tomado la carta y de haberla guardado. --Y por qu no he de serlo? Creis acaso que yo tenga algn secreto? --Creo que amis don Francisco! --Y qu!--dijo framente la de Lemos, que era violenta. --Lo confesis! --Ahorro una disputa vergonzosa. --De modo que el amor...? --Y qu entendis vos de amor?--dijo con desprecio la de Lemos. La abadesa se mordi los labios. --Yo crea que os justificarais. --Yo no me justificar jams de acusaciones tan absurdas--dijo levantndose con indignacin la de Lemos y volviendo la espalda la abadesa. --Pero escuchad, mi querida Catalina--dijo la abadesa. --Adis!--exclam la de Lemos, y sali dando un portazo. --Creo que he obrado de ligero, y que mi to recela ms de lo justo...--murmur la abadesa--. Y dice bien ella... si se amaran, qu haban de haber venido aqu? Lo ms que puede suceder es que Quevedo ame mi prima y quiera obligarla mostrndose amigo de mi to; pero el padre Jos me ha revelado cosas que estn muy en relacin con lo que me ha revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo, tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de estocadas don Rodrigo Caldern, busca en l algunas pruebas, y encuentra cartas de Olivares Caldern... cartas en que se hace traicin mi to... Hay aqu algo que se toca... Alonso del Camino, montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento de Atocha, segn me ha dicho el padre Jos, y el confesor del rey, pesar de que es enemigo declarado de mi to, ha sido nombrado inquisidor general. En la revelacin de Quevedo hay algo de cierto. Las cosas han variado... pues bien... nuestra obligacin es ayudar Lerma... si Quevedo le sirviese de buena fe!... oh! don Francisco vale mucho! pues bien! avisemos mi to, y l en su prudencia, en su sabidura, sabr lo que debe hacer. La abadesa sali del locutorio. --Quin ha trado esta carta?--dijo la tornera. --El seor Francisco Martnez Montio. --Ah! el cocinero del rey! y espera? --S, seora, espera la contestacin. --Hacedle entrar, madre Ignacia. Y la abadesa se volvi al locutorio, se sent junto una mesa que haba en l y se puso escribir. Entre tanto Quevedo, que haba bajado la portera, not que un bulto se meta rpidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto. Quevedo se fu derecho la puerta y mir detrs de ella. Encontrse en un ngulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado. --Quien huye, teme--dijo Quevedo. --Pues no, no s--dijo saliendo Montio--por qu deba yo temeros. --Vos debis haber venido aqu para algo malo. --Yo? --S por cierto, y ya s lo malo que habis venido. A traer una carta del duque de Lerma la abadesa. --Cmo! qu! --Una carta en que se habla mal de m! --Pero don Francisco! --Me la ha ledo la abadesa y s que andis en cuentas con ese bribn de Lerma. --Os juro que... yo... no s ciertamente... el duque me ha llamado... --Vos acabaris muy mal, seor Montio. --Mi sobrino tiene la culpa. --Vuestro sobrino?... --Por l me estn aconteciendo desde ayer desgracias. Para l es todo lo bueno, para m todo lo malo. --Y ser peor si no os confiis completamente m. --Pero don Francisco... --Se conspira! --Que se conspira? --Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores. --Mi sobrino... --Escondos! --Cmo! Quevedo empuj Montio detrs de la puerta. Haba odo en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta de seda; poco despus la condesa de Lemos atraves la portera. --Habis mentido en vano--dijo la condesa--; mi prima lo ha adivinado todo. --Todo! pues mejor. --Mejor, s... porque he acabado de resolverme... y qu me importa? cuando se ama un hombre que se llama Quevedo, no hay por qu avergonzarse de amarle. --Dios bendiga vuestra boca. --Os espero. --Cundo? --Esta noche. --Por dnde? --Por el huerto. --Largusimo va ser para m el da. --Y para m insoportable; tenemos que hablar mucho. --Ahora las noches son largas. --Pues hasta la noche; qu hora? --A las nimas. --Pues hasta las nimas. --Hola!--dijo la condesa uno de sus lacayos que estaba la puerta--; que acerquen la litera. La condesa de Lemos entr en ella, y la litera se puso en marcha. Quevedo estaba incmodo. No se haba atrevido cortar la palabra la condesa, y tema que Montio lo hubiese escuchado todo, pesar de que doa Catalina haba hablado bajo. --Salid--dijo Montio. Montio sali. --Venid conmigo. Y Quevedo asi del brazo al cocinero mayor. --Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer. --Seor Francisco Montio--dijo la madre Ignacia desde detrs del torno. --Lo veis, don Francisco? Lo veis? me llaman. All voy, all voy, seora ma. Y se acerc al torno. --La seora abadesa os ruega que subis al locutorio. --All voy, all voy, madre tornera; ya lo os, don Francisco. Y Montio tom por las escaleras como quien escapa. --Andad, que aqu os ospero--dijo Quevedo. Detvose un momento Montio como acometido por un accidente nervioso, y despus sigui subiendo, aunque no tan deprisa. Quevedo esper con suma paciencia durante una hora. Al fin de ella, sinti unos pasos precipitados en la escalera. Poco despus, Montio, con la gorra an en la mano, espeluznados los escasos cabellos, la boca entreabierta, plido, desencajados los ojos, crispado todo, pas por delante de Quevedo exclamando: --Como la otra! Y se lanz en la calle. Quevedo parti tras l y le asi por la capa. --Ea, dejadme!--exclam el cocinero mayor. --Os olvidis de que yo os esperaba? --Como la otra!--repiti en acento ronco y cada vez ms desencajado Montio. --Pero estis loco, seor Francisco? cubros, que el aire hiela; embozos y componos, y venid conmigo. Montio se encasquet la gorra de una manera maquinal, y repiti su extrao estribillo: --Como la otra! --Pero qu otra ni qu diablo es ese? Ea, venid conmigo, que recuerdo que aqu, en la calle del Arenal, hay una hostera! Montio se dej conducir. _Hostera del Ciervo Azul_, ley Quevedo en una muestra sobre una puerta. --Pues seor, aqu es; yo no he almorzado ms que un tantico de pichn, y no me vendr mal una empanada de perdiz. Y empuj adentro Montio. Entraron en un gran saln irregular, pintado de amarillo, color con el que se haba combinado el humo de las candilejas de hoja de lata clavadas de trecho en trecho en la pared. Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epgrafe de este captulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente. CAPTULO XXIII EN LA HOSTERA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio da, estaban encendidas. Tan lbrego era el saln donde haban entrado Quevedo y Montio. Quevedo haba pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino. Montio haba guardado un profundo silencio. Quevedo se haba ocupado en estudiar la fisonoma de Montio. Haba acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor no estaba en el completo uso de sus facultades. --Haba de haber sido una monja!--dijo Quevedo cuando se certific del estado mental de Francisco Montio. Un mozo entretanto trajo la empanada. Quevedo sirvi la mitad de ella Montio. Este cort maquinalmente un pedazo de masa, y lo llev la boca. Bast esto para que volviese de su fascinacin. --Qu es esto?--dijo--. Quin es el hereje que ha hecho este pastel? Y escupi el bocado. --Ah, ah!--dijo Quevedo--, me haba olvidado de que sois el rey de los cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el apetito que yo tengo para tragar este engrudo. --Dnde me habis trado? --A la Hostera del Ciervo Azul. --A la hostera del Ciervo!--exclam con espanto Montio--. Qu habis querido darme entender con eso? --Yo! --S, seor, vos... vos me habis dicho no s qu acerca de mi mujer... -Yo! --S, seor. El to Manolillo me ha dicho tambin algo de eso. --Tambin el to Manolillo! --Y el duque de Lerma. --Cmo! --Y doa Clara Soldevilla. --Ah! --Y, por ltimo, esa mujer quien Dios confunda... Oh! Dios mo! como la otra! como la otra! --Como qu otra? --Como Vernica: no os acordis de mi primera mujer? --Ah! --Entonces rais paje del rey, y no haba paje que no conociese Vernica. --Pero estis loco, Montio? --Ahora no se trata de pajes: es ms... algo... ms gordo. --Ved all por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmn--dijo Quevedo. --Oh! pues vmonos de aqu, porque si no no respondo de m mismo. Y el cocinero se levant. --Sentos--dijo Quevedo con voz vibrante--; sentos y no espantis la caza: yo os vengar. --Pero es cierto?--dijo con angustia Montio, que se sent. --Certsimo; pero no hablis con ese tono compungido. Vos no sabis nada; estis almorzando alegremente. Comed. --Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogara ese pastel... --Mozo! un real de olla podrida!--dijo una voz estentrea al fondo del saln. --Ya veis, ese hombre se ha ido all muy lejos, y sin duda no os ha visto, estis de espaldas l; m s me ve de frente, pero nada importa; si se atreve mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque aqu mismo os vengo. --Pero estis seguro de que es verdad, don Francisco? --Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor don Juan de Guzmn, y aun sospecho que lo que lleva en s la Luisa, sea cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, la que llamis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo. Os aconsejo que dotis bien la Inesita, porque es hija de buen padre. --Pues mirad, ya lo haba yo sospechado. Haba olvidado con desprecio aquella detestable Vernica... pero Luisa!... una muchacha que era moza de retrete, y la que he hecho casi una dama! --Pero no la habis dado marido, y ella se ha provisto de galn. --Pero qu galn! --Cosas de las mujeres. --Y qu debo hacer? Quevedo, que haba aprovechado aquella ocasin y haba sido cruel con Montio solamente por apartar un peligro de la reina, contest: --Qu debis hacer? separaros de Luisa. --Decs bien. --No os faltarn mujeres. --Decs bien. Pero de repente, en una reaccin del sentimiento, exclam: --Y lo que nazca! --Podis contar que no es vuestro. --La separar de m. --Haris bien. --La enviar Navalcarnero. --Haris mal; es demasiado cerca, enviadla su pas. --A Asturias? --Eso es. --No hablemos ms de esto. --Hablemos de lo otro. Qu os ha dicho la madre abadesa? --Oh! oh! me ha preguntado quin es la dama quien ama en palacio mi sobrino. --Y vos qu le habis dicho? --Yo... nada. --Y qu ha replicado la abadesa? --Me ha llamado ciego. --Y qu ms? --Para probrmelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmn. Como si uno pudiera saber lo que pasa en su casa estando cinco leguas de distancia! --Pero supongo que habris tenido prudencia. --Prudencia acerca de qu?... --Acerca de lo que sabis relativamente vuestro sobrino. --Para prudencia estaba yo. --Pero qu habis hecho? --Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio mi mujer, la dije: pues dama hay en palacio mucho ms alta... --Diablo! --S, seor, mucho ms alta, que no es mejor que mi mujer... --La abadesa os preguntara quin era esa dama. --Cierto que s. --Y vos? --Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de decir las verdades. --Dirais que doa Clara Soldevilla... --Qu tengo yo que ver con doa Clara Soldevilla? dije que la reina... --Desdichado! --Era querida de mi sobrino. --Pues habis mentido como un bellaco--exclam Quevedo--; y ya que no tiene remedio lo que habis dicho la abadesa, guardos, guardos de volver pronunciar esa calumnia. --Ah, don Francisco!--exclam Montio, cuya alma se encogi de miedo, bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo. --De seguro la abadesa os ha dado una carta. --Es verdad. --Una carta para el duque de Lerma. --Es verdad. --Dadme esa carta. --Pero tengo que llevarla su excelencia. --Dadme esa carta. Montio la sac del bolsillo interior de su ropilla, y la di Quevedo. Quevedo rompi la nema. --Pero qu hacis?--dijo Montio. --Esta carta, puesto que est en mi mano, es para m. Y la ley. --Ya lo saba yo--dijo. Y llam grandes golpes sobre la mesa. Cuando acudi el mozo arroj un ducado, y sali dejando solo Montio. Apenas haba salido de la hostera Quevedo, cuando vi venir por la parte de palacio una tapada ancha y magnfica, que se levantaba el manto para no coger lodos, y dejaba ver una magnfica pierna y un pequeo pie, calzado con un chapn dorado. --Confndame Dios--dijo Quevedo--si yo no conozco esa. Detengmonos, que de seguro al pasar junto m la saco por el olor. Detvose, y al emparejar con l la tapada, se detuvo delante de l, y se asi su brazo. --Tendremos buscona?--dijo para s Quevedo. --Vamos, seguid, y no os hagis de rogar, don Francisco--dijo una voz irritada y breve, pesar de lo cual Quevedo conoci por aquella voz la Dorotea. --Ah, reina ma! y dnde bueno por aqu? --No lo s. --Que no lo sabis? --No. Llevo la cabeza hecha un horno. --Ms bien creo la llevis hecha una olla de grillos. --He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me mora. --Pero qu os ha sucedido? --Se me ha subido el almuerzo la cabeza. --Ah! diablos; y os habis salido tomar por estas calles un bao de pies? --No; no, seor: me he ido al alczar. --Y qu tenais vos que hacer en el alczar? --Qu! qu se yo? buscaba al cocinero de su majestad. --Y le habis habido? --Slo he habido su mujer. El cocinero se ha perdido. --Pobre Montio: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza. --El sobrino del cocinero mayor! el seor estudiante! el seor capitn! el embustero! el mal nacido! --Pero qu granizada es esa, amiga ma? --Debis saberlo vos. Vos, que habis formado la tormenta. Pero yo me tengo la culpa! Yo no deb recibiros! yo deb conoceros! el que se atrevi enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja... --No me recordis eso... No me abris la llaga,.. Qu hermosa estbais, Dorotea! --Qu, ahora lo estoy menos?--dijo con acento singular la comedianta. --No, no por cierto. Ahora estis ms hermosa, pero sois tambin ms mujer. --Entrmonos aqu--dijo la Dorotea--; empieza llover. Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se vea un fondo largo y negro. --Pero ved, hija ma, que esto es una taberna. --Y qu se me da? --Ah! pues si vos no os da, m menos. Entremos. Se van maravillar cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de Santiago. Nos echamos rodar. --Hace mucho tiempo que entrambos rodamos. --Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. Se puede entrar en este aposento?--aadi Quevedo, parndose en el fondo de la taberna delante de una puerta cerrada, y dirigindose un hombre que desde el primer recinto de la taberna les haba seguido admirado. --S; s, seor, con mil amores--dijo aquel hombre--. Nicolasa! la llave del cuarto obscuro! trete una luz! Esperen un momento vuesas mercedes. --Qu hora es?--dijo Dorotea. --Acaban de dar las doce en Santo Toms. Pronto, Nicolasa, pronto, que estos seores esperan. Acudi una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo puesta en una palmatoria de barro cocido. Abri la puerta, entr y puso la palmatoria sobre una mesa. --Dos sillas, Nicolasa--dijo aquel hombre. La Maritornes entr toda apresurada y solcita con dos sillas de pino. --Qu quieren vuesas mercedes?--dijo el hombre, que se haba quitado la gorra. --Vino, mucho vino--dijo la Dorotea. --Slo tengo blanquillo de Yepes. --Sea el que quiera. El hombre sali. --No os conozco, Dorotea--dijo Quevedo. --Tampoco yo me conozco m misma. --Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador. --No importa. --Que tenis que ser esta tarde estrella. --Me nublo. --El autor de la compaa os obligar. --No puede. --Estis anunciada, y el corregidor os meter en la crcel. --Si me encuentra. --Ah! os perdis! --Me he perdido ya. --Mirad no perdis alguien! --Una vez perdida yo, que se pierda el universo. --Traigo un azumbre--dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme jarro vidriado y dos vasos. --Fuego de Dios!--exclam Quevedo. --Idos--dijo con impaciencia Dorotea. El tabernero se encamin la puerta. --Volved lo de afuera adentro--dijo Quevedo. El tabernero le comprendi, puesto que quit la llave del lado de afuera y la puso por el lado de adentro. Quevedo se levant y ech la llave. Luego colg de ella su ferreruelo, fin de que no pudiera verse nada desde afuera, y mir si haba alguna rendija. La puerta era nueva y encajaba bien. --Henos aqu metidos en un parntesis--dijo don Francisco. --Lo que es yo, me encuentro en un parntesis de mi vida. --Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos; pero dadme el manto, que es muy rico y ser gran lstima que se manche. Dorotea se desprendi la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se le quit con un hechicero descuido y le entreg Quevedo. Qued admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeo relicario cubierto de brillantes. --Deslumbris, Dorotea--dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y ponindole sobre su ferreruelo en la llave--. Se me os vais subiendo la cabeza. --Sentos y ponedme vino. --No seis loca. No os parezcis los tontos, que cuando les viene mal un negocio se emborrachan. --Ponedme vino. --Beberis vos sola. --Queris tener sobre m ventaja! --Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos. --Decs bien... pero yo necesito hacer algo. --Y os embriagis? --Dicen que un clavo saca otro clavo; quiero ver si una embriaguez me quita otra. Y levant el vaso. Quevedo se lo arranc y tir su contenido. Luego tom el jarro y lo arroj: --Soy vuestra madre--dijo--; dejmonos de locuras, y ya que os tengo aqu sola y encerrada, ya que me tenis mi, hablemos juiciosamente, hija ma. Creis que yo soy malo? --Quin sabe lo que vos sois? --Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra. --Vos vens buscar aire de vida la corte! --No vengo por mi gusto. --Decid, don Francisco, no sois secretario del duque de Osuna? --Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte. --Malhayan los tales secretos! --Por qu decs eso? --Porque creo que me habis sacrificado ellos. --Pues mirad, ignoraba que pudirais ser vctima. Y qu dios creis que os sacrifico? --No es dios, es diosa. --Diosa? --S, la diosa ambicin. --Concese que tratis con el duque de Lerma. --Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello, de este ao y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois secretario del duque de Osuna. --Confisome torpe; no os entiendo. --Llevadme con vos Npoles; recomenddme al duque y que su excelencia me abra las puertas de un convento. --Magdalena os tenemos? --Si me dais medios de que lo sea, os perdono. --Rechazo vuestro perdn, y me asombro de que me lo ofrezcis; pues en qu os he ofendido yo? --Ay, triste de m! Qu desgraciada soy! Inclin la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levant en un movimiento sublime. Su mirada resplandeca. Quevedo la miraba con asombro. --No, no soy desgraciada--dijo la Dorotea--, sino muy feliz, felicsima. Y tenis razn, don Francisco; no merecis mi perdn, sino mi agradecimiento. --Qu lstima!--dijo Quevedo. --Y de qu? --Pues no queris que me lastime, si os veo loca? --Loca! creis en los hechizos? es verdad que se puede hacer mal de ojo? --Desembozos, hija, fin de que yo pueda veros. Porque me estis maravillando, vais creciendo, creciendo delante de m, y ya no encuentro en vos la educanda de las Descalzas Reales, ni la comedianta de esta maana. --Seguid, seguid; veamos cmo me vsteis en el convento, cmo me habis visto esta maana y cmo me vis ahora. --Son las doce--dijo Quevedo--; las dos empieza la comedia y necesitis media hora para vestiros. Tenis la ropa en el coliseo? --S; pero eso qu importa? --Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachis, y conseguir del mismo modo que no hagis una locura. Diablo! y debis valer mucho, porque yo, que por nadie me intereso, empiezo interesarme por vos. --Creo que empezis engaarme. --Suponed que no me llamo Quevedo. --Eso no es posible. --Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca y que deseo curarla. --Dudo que lo consigis. Pero vamos al asunto; contestadme lo que os he preguntado: decid lo que habis pensado de m en las tres distintas situaciones en que os he visto. --Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego palacismo, hijo de palacio, como mejor queris. --Bien, bien, pero qu tiene que ver eso? --Las cosas deben tomarse en su origen. Vime, pues, al punto, desde donde llegu conoceros. Os conoc por medio del to Manolillo. --Ah! el misterioso to Manolillo! --Tenis razn. No s si es pcaro tonto, si cuerdo loco. Lo que s es que os ama con toda su alma, pero no s cmo. Lo sabis vos? --No por cierto: veces me mira como un amante, veces como un padre; veces hay clera en sus ojos, veces odio. --Misterios siempre! Un da, hace tres aos, me encontr al to Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra hudo y receloso, y hambriento en desvn ajeno, en una galera obscura de palacio. El to Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una guerra de chistes. No s lo que le dije ni recuerdo qu me contest; pero es el caso que nuestra conversacin se hizo formal. --Yo no gasto, como vos, antiparras--me dijo--; pero es el caso, hermano don Francisco, que veis ms claro que yo. Queris mirar una cosa que yo os muestre, y decirme qu habis visto en ella? --Y de qu cosa se trata, to?--le pregunt. --De una mujer. --Pues si vos, tratndose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me quedo obscuras. --No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo esa mujer y tengo, naturalmente, una venda sobre los ojos. --Os dijo... que me amaba el to Manolillo!--exclam Dorotea. --Pero no me dijo de qu modo; no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido adivinarlo; pero continuemos. El to me llev al convento de las Descalzas Reales, toc al torno, y dijo: --Madre tornera, tened la bondad de decir Dorotea que aqu estoy yo con otro caballero. Entramos en el locutorio. Vos tardsteis. Entonces me dije, yo no s si con fundamento: --Esa mujer se est componiendo para parecer mejor. --Ah, y qu mal pensador sois!--dijo la Dorotea. --En efecto, cuando os presentsteis venais tan compuesta, como podais estarlo en el convento. --Haba en aquel sencillo hbito, en aquella toquilla, en aquel escapulario azul, en aquella cruz de oro que penda de vuestro cuello, una cosa que deca: Ved que con lana y lino puede parecer una mujer mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados. Era, adems, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra, sonora; vuestro discurso, apasionado. Yo me enamor de vos. Cuando sal del convento, dije al to Manolillo: --Esa paloma volar en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no me pesar que esa mano sea la ma. --Si ella os ama--dijo el to Manolillo--, por mi parte nada tengo que oponer. Me he propuesto darla gusto en todo. --Pero, qu es vuestra Dorotea?--le pregunt. --Es una historia--me dijo. Comprend que el bufn del rey no me dira una palabra ms acerca de vos, y no volv preguntarle. Pero me habais llenado, el alma no, ni el corazn, sino los sentidos; arda por vos, Dorotea. --Por lo mismo que saba que yo no poda contar con vos, que vos no podais ser para m ms que el primer amante... --Oh!--exclam Quevedo. --Me re de vos. --Y m, que no me gusta divertir de balde, me bast con que vos os rirais. --Ya s que sois altivo. --No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo. Aconteci, adems, que un da en que por costumbre, no curado an bien de la locura que me habais pegado, estaba yo en la iglesia de las Descalzas Reales... slo por or vuestra voz, que la tenais excelente y me enamoraba, un mal nacido ofendi una dama. Volv por ella, mediaron palabras y aun ms; salimos la calle, y mat aquel hombre. Como las pragmticas en esto de duelo son rigurosas, y como m me queran mal en la corte, cre prudente huir, y me ampar en Navalcarnero. All conoc Juan Montio... excelente muchacho... corazn de perlas, alma de ngel en cuerpo de hombre. --Pero tan burlador como vos. --Bah! Despus hablaremos de eso. Estuve algn tiempo en Navalcarnero, se arregl lo de la muerte, volv la corte. Poco despus se le indigest un romance mo con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me cogi, y me enjaul en San Marcos. All he estado dos aos; all os he recordado ms de una vez... --En resumen, lo que vos penssteis de m en aquel tiempo... --Fu que rais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los placeres, de los amores galantes; una hermossima criatura, poca alma y muchos sentidos; poco corazn, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi encierro escrib por vos... dijronme que habais hudo del convento. --Vime un comediante en ocasin de ensayar una farsa las monjas. --Comediante fu? --Galn. --Se llama? --Gutirrez. --Ah! La presuncin con ropilla; la vanidad ambulante... --Me mir, le mir. Elogi mi ingenio y mi voz, y me engre. Me escribi proponindome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi celda daba un huerto que tena las tapias muy bajas, los balcones eran muy bajos... me escap... ca loca en los brazos de aquel hombre... perd la virginidad de mi cuerpo, pero conserv la virginidad de mi alma. Gutirrez no haba sabido despertarla... Gutirrez no me haba dado la ardiente vida que yo necesitaba... El pblico entretanto me aplauda... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus... sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazn. A! no! en l resonaban huecos los aplausos; le aturdan, pero no le conmovan. Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando partido ganaba poco; me vea obligada alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran queridas de algn gran seor. Gutirrez no poda darme nada de esto. Los galanes que me enamoraban no podan drmelo tampoco. Yo sufra, yo estaba humillada: yo soaba en el gran seor que deba cubrirme de oro. Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y generoso. Yo necesitaba humillar mis compaeras. Una tarde vi en un aposento un seor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrs de l haba un hidalgo, altivo tambin, joven y buen mozo. Los dos me miraban, los dos me aplaudan... yo me enamor de los dos. Del uno por vanidad, del otro... por amor, no... yo crea que era por amor... pero hoy me he desengaado. --Eran Lerma y Caldern! El amo y el perro! --Ellos eran. Despus de la funcin, encontr en mi casa, esperndome, uno de ellos. Se haba entrado por fuero propio, pagando mi doncella. Era don Rodrigo Caldern. Me traa un mensaje y un regalo del duque de Lerma. Yo acept. Despus de haberme hablado por el duque, don Rodrigo me habl por s mismo. --Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran seor goza antes que l, y es muy justo--dijo Quevedo--; el agua moja antes el cauce que el piln. Vuestra historia es muy conocida. --He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo. --Os le, pues, en el convento. --Y qu habis ledo hoy en m? --Vamos vuestra segunda poca. Sala yo esta maana de palacio y andaba por esas calles de Dios, pensando en dnde encontrara posada, cuando al buscar en un balcn una cdula, os vi vos tras de la vidriera. He aqu mi posada, me dije, y me entr. --Y como ramos antiguos conocidos... --Tom posesin de vuestra casa, y os le en una mirada. Erais la buscona ms perfecta en su poca peligrosa. --La buscona! --Ese es el nombre. --Es decir, la mujer... --Que ahorra sangrador, y deja un prjimo de tal modo, que no puede valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes, envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada la vida alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y pregonndose voces. --Oh! es verdad! qu vergenza! --Pasando vuestro tercer estado, al en que os encontris en este momento, os confieso que no os conozco: que os habis transformado; que os ha sido vergenza, y habis criado pudor; cuando rais virgen os vi cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen. Dorotea baj la cabeza avergonzada por nica contestacin. --Vos amis! amis por la primera vez!--dijo Quevedo con acento sonoro, seco, vibrante, solemne. --Oh! s! yo creo que s! yo estoy loca!--exclam Dorotea. --Misterios del espritu!--murmur Quevedo--; no nos comprendemos! la ciencia escrita! mentira! la ciencia permanece oculta! yo adivino, yo presiento... porque veo... observo... y me asombro! --De qu os asombris? --De m mismo. --Sois un pozo obscuro. --Porque me hundo en mi alma. --Ah! no es verdad, don Francisco, que esto es terrible? --Y qu es lo terrible? --Yo no lo he visto nunca: cuando le vi l... ya sabis quin es l... --S, s; mi amigo Juan. --Cuando lo vi... cuando me mir, parecime que mi alma descorra un velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba, que la besaba, que la acariciaba, que la encenda... sent... un placer doloroso... deb ponerme plida. --Y seria como una difunta. --Yo creo que l tambin vacil. --Pues ya lo creo. --Ah! don Francisco! por qu habis llevado ese hombre mi casa? yo creo que iba provisto de un hechizo. --Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le llam porque estaba cuidadoso por l... como que haba dado de estocadas Caldern y le haba quitado unas cartas de la reina. --De la reina! las cartas de la reina! que le habr pagado ponindole en el lugar de Caldern! --Qu estis diciendo? --He tenido celos de una mujer cuando cre amar don Rodrigo... ahora... ahora le aborrezco! --Hacis mal. --Que hago mal? --Sabis para qu llamaba la reina Caldern en aquellas cartas? Quevedo hablaba bulto, porque como saben nuestros lectores, no las conoca. --Para qu llama una mujer un hombre? --Margarita de Austria, ms que mujer es reina. --Las reinas tienen corazn y caprichos. --La reina llamaba don Rodrigo para conspirar. --Para conspirar! --S, contra el duque de Lerma. --Ah!--exclam Dorotea como quien recibe una revelacin--. Acaso... aquellas cartas no contenan ni una sola palabra de amor... es verdad? --Eran, sin embargo, ambiguas--dijo Quevedo, que segua hablando bulto. --S, s... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un miserable. --Y qu otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro? Vos rais un instrumento de don Rodrigo Caldern. Estis, pues, en el caso de volver en vos. --Me juris, don Francisco, que no me habis tomado por instrumento? --No, no os lo juro, porque quiero que me sirvis. --Y por eso me habis presentado ese joven para que me enamore? --No he tenido esa intencin; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado, me alegro. --No os alegris mucho, porque me ha empeado. --Mi amigo Juan os ama. --Jurdmelo! --Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. Si cuando me qued solo con l no hablamos de otra cosa que de vos! --Pues mirad, yo me haba irritado con vos y con l... en el momento que supe que habais herido don Rodrigo. --Por amor don Rodrigo? --No, porque vi... porque adivin la verdad. Que don Rodrigo haba cado causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces quise vengarme, y para vengarme sal, y me fu casa del cocinero del rey, cargada de joyas; Montio es avaro, y estaba segura de averiguar... --Bueno es saberlo--dijo para s Quevedo. --Pero no le encontr y me abrasaba en el tabuco donde vive... me ahogaba all, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces sal, baj, y segu pie. --Y dnde bais cuando os encontr? --A la ventura, tomar el aire. --Habis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado--dijo Quevedo. --An no del todo. --Mi amigo os espera en vuestra casa. --Ah! pero vuestro amigo me da miedo...! no os digo que estoy asombrada!... yo, que me he burlado del amor! --El amor se venga. --Ya se ve; es tan hermoso...! ms que hermoso...! tiene para m tal paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazn de un modo tal... he hecho una promesa la virgen de la Almudena... como maana me despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy buenas. --Si vos no amrais maana mi amigo, le matarais. --Oh! no lo creo--dijo Dorotea con una anhelante candidez. --Si habis causado en l una impresin terrible! Qu hermosa es esa joven, me deca mientras vos estbais fuera; no puedo mirarla sin enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer... esa diosa, no viva ms que para m. --Os lo repito, don Francisco. Vmonos Naples... si no queris venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entrar en un convento... vuestro amigo me ha hecho mucho dao... me ha hecho insoportable el duque de Lerma, odioso Caldern. --Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderis ms que nunca del nimo de Lerma. --Cmo! --Creis que Lerma dejar sin castigo quien le ha estropeado su favorito? no os hablo de m, que importa poco... pero l... l, que ha alcanzado gracia vuestros ojos. --Me peds un martirio. --Sed mrtir, si queris la gloria. --Me peds que, amando un hombre, sea querida de otro!--exclam profundamente la Dorotea. --Necesitis reparar el dao que habis hecho. --Yo! --S, vos; habis calumniado una santa... --Creis que la reina?... --Es digna de que una mujer de corazn como vos, la ame en vez de odiarla. --Y qu puedo yo hacer? --Sed ms que la querida pagada de Lerma. --Ah! --Enloquecedle; hacedle creer que le amis. --Eso no es fcil; don Juan de Guzmn ha visto en mi casa vuestro amigo. --Y qu importa? --Lo sabr Caldern... lo sabr Lerma. --Bien: decid Lerma que mi amigo quiere casarse con vos... --Deshonrarle yo!... --Cuando median altos intereses, por todo se atropella. --Puedo fiarme de vos, don Francisco? --Fuego de Dios! y para qu haba yo de engaaros? --A vos me entrego. --Veis como he hecho muy bien en que no trabseis conocimiento con el blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habis enlodado; id mudaros vuestra casa. All encontraris Juan Montio... id con l acompaada la comedia. --A la comedia! Trabajar, fingir, con el corazn lleno de lgrimas! y mostrarme serena y reir! --Esa es la vida: sed una vez cmica... aprended serlo, qu os importa. Este es vuestro manto... cubros bien, hija. Este mi ferreruelo. Os habis cubierto? --S. --Ah de casa!--dijo Quevedo abriendo la puerta. Cuando acudi el tabernero, le di un ducado. --Cobrad y guardos lo que os sobre--dijo. Y sali con Dorotea. --Ahora--aadi cuando estuvieron en la calle--idos sola. Todo el mundo me conoce; vos podran conoceros, y no conviene que nos vean juntos. Conque adis; voy dormir, que ya es hora. --Y hasta cundo? --Yo parecer. --Adis, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adis. Dorotea se separ de Quevedo y se alej buen paso. Llova, y ms de un transeunte se detuvo mirar con asombro aquella dama que pareca tan principal, y que en tal da andaba sin litera, pisando lodos. Dorotea lleg al fin su casa y se detuvo la puerta, dominada por un vago temor. Saba que en su casa estaba Juan Montio. Su irresolucin dur un momento. Llam, la abrieron y entr. --Seora!--la dijo Casilda--; ah, seora! no sabis lo que sucede! --Qu? --Aquel caballero que almorz con vos... --Qu ha sucedido ese caballero...--dijo con cuidado Dorotea. --Nada! nada! se qued aqu... --Y bien... --Me pidi sangra... --Y qu? --Se la serv... y luego... como no le conoca, como nada s... por ver lo que haca, volv quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en vuestro silln. --Y qu hay de malo en eso?... --Nada, pero... cuando volv otra vez... ya no estaba en la sala. --Que no estaba? --No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo. --Ah! Dios mo!--dijo para s Dorotea, entrando precipitadamente en la sala, y llegando la alcoba--; conoce que le amo... y se apodera de m! Montio dorma pierna suelta. Dorotea levantaba el pabelln del lecho. --Qu hermoso es! y qu alma tan noble asoma su semblante dormido! Oh Dios mo! y es ya la una y media!--dijo oyendo lo lejos un reloj. Dej caer la cortina y sali la sala. --Vsteme--dijo Casilda--: treme ropa blanca; me he puesto perdida. --Y le dejis as?--dijo Casilda sealando la alcoba. --Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche. --Pero seora... --Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mo--dijo Dorotea. La negra se call y visti su seora. Esta eligi un magnfico traje de brocado, alto, cerrado como los de las damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llen las manos de anillos y derram sobre s agua de olor. --Vete, y que Pedro ponga la litera--dijo cuando estuvo vestida. Casilda sali, y Dorotea entr de nuevo en la alcoba, y levant la cortina. --Siento despertarle--dijo--; duerme tan bien, y est tan hermoso durmiendo! oh! si no me esperara el pblico! esta es una esclavitud insoportable! Estuvo un momento contemplando al joven. Al fin se resolvi. --Caballero!--dijo dulcemente--caballero! Montio abri los ojos. --Ah! dichoso el que despierta y se encuentra con un ngel!--dijo despus de haber lanzado de s la ltima influencia del sueo. --Y no se os ocurre disculparos? --De qu?... ah! me ha trado aqu mi corazn!... soy digno de lstima!... no os enojis, pues. --Estis muy cansado? --Ah! no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve hudo y no dorm; pero... he descansado ya... os fusteis irritada, y yo no me resignaba no volveros ver si no me volvais vuestra gracia. Me di sueo; en el silln dorma mal... como ya Quevedo haba dormido aqu, me dije--: Qu importa que yo duerma tambin? pero he sido ms respetuoso que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy corriente. --Y os vais? --S, pero contando con que vos... --Qu?... --Me volveris recibir? --Pero no estis ya recibido?--dijo la Dorotea. --Cmo, seora! --S; no estis en vuestra casa? --En mi casa! --Vais juzgar. Casilda! Apareci la negra. --Qu te he dicho hace un momento acerca de este caballero? --Que era vuestro... --D lo que yo te dije. --Que era vuestro amo y el mo. --Vete. --Ah, seora!--dijo Montio, turbado su pesar por la expresin y el acento de Dorotea. --Yo no os conozco--dijo la joven--, pero me siento unida vos por un poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompera; no he amado nunca; vos sois el primer hombre quien amo: queris mi amor? --Vuestro amor!--exclam asustado Montio. --Qu! le desprecias? --Ah! seora! vuestro amor es la gloria. Dorotea se arroj en los brazos de Montio. --Oh! qu delirio! qu sueo!--exclam despus de algn tiempo--. Que no despierte yo nunca, amor mo! porque si no me amases... me vengara... y mi venganza... oh! no hablemos de esto... las dos! ya es tarde, Dios mo! y el coliseo!... malditas sean las comedias! pero es preciso! vamos, acompame! --As, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y t tan resplandeciente, reina de mi vida? --Y qu importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven. Y Dorotea se llev de su casa Juan Montio como robado. CAPTULO XXIV DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE LO QUE HIZO AL FIN Montio se haba quedado aturdido en la hostera de Ciervo Azul, despus de la salida de Quevedo. Tena tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza estaba hecha una devanadera. Iba y vena con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba ms que una cosa en claro: lo referente los amores de su mujer con el sargento mayor don Juan de Guzmn. Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montio pronunciaba con los nervios crispados: --Como la otra! Montio era, pues, un hombre predestinado. Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinacin. Y luego deca--: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se hayan engaado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna imprudencia... y ese sargento mayor ese demonio, est all detrs de m, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandbulas de lobo las cortezas de pan, si yo me atreviera!... si yo me presentara l de improviso... si le preguntara!... Pero acordbase Montio del semblante de bandido del sargento mayor, de su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable tizona, se desplomaba y renunciaba su resolucin. Y era el caso que tampoco se atreva levantarse y salir, por temor de ser visto por don Juan de Guzmn. Permaneca, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento mayor, y haciendo como que coma; pero en realidad, aterrado, reducido la menor expresin, anonadado. Pero de repente, sacle de su anonadamiento una voz que conoca demasiado. Aquella voz haba saludado al sargento mayor. Aquella voz era la del galopn Cosme Aldaba. --Maldgate Dios, racimo de horca!--dijo el sargento mayor Aldaba--; hace una hora que me tienes esperando. --Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; despus que vi vuesa merced y me di el recado, he tenido que comprar el pauelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises. --No hay que hablar de ello. Y le has hallado como convena? --Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color. --Y lo has llevado la seora Luisa? Volvise todo odos el cocinero. --He tenido que esperar que saliera el seor Montio, porque si despus de haberme despedido me hubiera encontrado, no s lo que hubiera sido de m. --Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escndalos, ya le hubiera yo acostumbrado que se saliese humildemente de su casa cuando yo entrase, slo con haberle hecho huir puntapis la primera vez. Pero qu te ha dicho la seora Luisa? --Nada; ha tomado el pauelo, se ha puesto muy plida y ha exclamado: me quiere perder! --Si fuera viuda, no temblara as. Estremecise Montio. --Viuda!--dijo Aldaba--; el cocinero mayor est tan apergaminado y enjuto, que me parece que tiene vida para muchos aos. --El da menos pensado... es rico, no es verdad? --Vaya!... si dicen que revende empleos! --Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcn que debe estar lleno de talegos. --Es muy avaro. --Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que sta. --Ya se ve; y que le gustaban los pajes. --Y que Ins no es su hija. --No, pues la Ins, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad. --Y cul es el paje de ahora? --Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa de valiente, y quien tengo ojeriza. --Y cmo se llama ese paje? --Valentn Pedraja. --Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor! --Eso es. --Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo. --Si la Ins me quisiera, sera bastante; pero no querindome, qu buscar ruidos. --Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; t me guisars, y me excusar de venir este fign del infierno. Conque, vmonos, hijo, y te ensear mi casa, que tengo mucho que hacer. El sargento mayor pag y sali con Aldaba sin reparar en Montio. --Conque es decir--exclam Montio levantndose con la fuerza de un muelle--, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un lado sino por los dos? mi mujer y mi hija! y que no sepa yo lo que pasa en mi casa! y que temiera yo llevar ella mi sobrino! mi sobrino! ser necesario decrselo todo! mi sobrino que es tan valiente! pero cmo decirle: tu ta y tu prima son dos mujeres perdidas? y yo que haba pensado en ver el medio de casarle con mi hija! El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle. [imagen: Permaneca, pues, acurrucado en su silla.] Y pngase cualquiera en su situacin, en aquella situacin anormal, aflictiva, deshonrosa, interesados el corazn y la vanidad, todo herido, todo magullado en su alma; encontrbase de repente solo en el mundo, porque todo lo que constitua su familia era ficticio: su mujer no era su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino. Haca casi veinticuatro horas que estaba sonando para l la trompeta del juicio final. Su hermano muerto, su corazn amargado; su cocina, que constitua para l la mitad de su alma, abandonada. Y adems de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no saba cmo salir; amenazado casi con la Inquisicin... La cabeza de Francisco Martnez Montio era un hervidero. Y en este hervidero se le olvid una cosa importantsima: esto es, la carta que la madre Misericordia le haba dado para el duque de Lerma, y que se haba llevado Quevedo. Pero necesariamente, permaneca de una manera indefinida en la hostera del Ciervo Azul, tomaba un partido. Montio tom el de acudir donde le llamaba su pensamiento dominante. A su casa. Por el camino fu pensando que lo que deba hacer era encerrarse con su mujer, hablarla decididamente como hombre que lo saba todo, presentarla como prueba lo del pauelo encarnado, y despus hacerla abrir los cofres, apoderarse del pauelo, apoyarse en l como en una prueba concluyente, y despus de esto, confesado el crimen, como no poda menos de suceder, por su mujer, montarla en un macho de los de palacio, y con un mozo de mulas enviarla su pas natal. Luego metera su hija en un convento. Una vez libre, hara dejacin de la cocina del rey, se retirara de intrigas y de enredos, y se ira pacficamente comerse sus doblones Navalcarnero, llevndose consigo la misteriosa arca, donde se encerraba indudablemente el destino del bastardo de Osuna. Hay proyectos que se piensan, se redondean, se concluyen, que parecen ya conseguidos, pero que al quererlos poner en prctica se desvanecen como humo. Habase atravesado adems una circunstancia puramente casual, un suceso que deba embrollar ms al cocinero mayor. Poco despus de la desaparicin de Montio, una litera llevada por dos ganapanes, y seguida paso lento por un criado, se detuvo poca distancia del alczar, se abri la portezuela y sali de una manera violenta una mujer. Era Dorotea. Hemos retrocedido algn tiempo. Al punto en que Dorotea, antes de encontrar Quevedo, haba ido al alczar en busca del cocinero mayor. Cuando estuvo fuera de la litera, dijo al criado: --Vete. --Con la litera, seora? --S, con la litera. --Pero llueve y hace lodos. --No importa; me mareo, me muero dentro de ese armatoste. Vulvete con la litera casa. Y se entr violentamente en el alczar. --Llevadme al cuarto del cocinero mayor--dijo un lacayo de palacio dndole un ducado. El lacayo tir el patio adelante y llev la comedianta las altas regiones donde viva el cocinero mayor. --All es, seora--dijo sealando una puerta Dorotea. --Bien, idos; gracias. El lacayo se fu. Dorotea se qued sola en una galera estrecha, larga y tortuosa y delante de una puerta. Llam ella con impaciencia. Abrila una mujer joven y bella. Era Luisa. --Sois la hija del cocinero mayor?--dijo Dorotea. --Soy su mujer--contest con cierta mortificacin Luisa--. Para qu queris mi marido? --Para hablarle. --Acaba de salir. --No importa--dijo Dorotea entrndose en el cuarto--. Le esperar. --Pero yo, seora, no os conozco. --No le hace; vengo preguntarle una cosa importante. --Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en su misma casa su marido... piense... --Pensad lo que queris. Y Dorotea se sent sin ceremonia. --Y bien, mejor...--dijo Luisa sentndose coser--ya s lo que debo decir mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con l. Ninguna de las dos mujeres habl ms. Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia. --Dnde estar ese hombre?--exclam. --Si lo deseis--dijo Luisa--le enviar buscar. --Para largas esperas estoy yo!...--dijo la Dorotea--. Me ahogo aqu en este chiribitil... y me voy... decid cuando venga vuestro marido que le espera en su casa la querida del duque de Lerma. --Ah! --S, del duque de Lerma, quien sirve de correo vuestro buen marido, como le sirve de otras muchas cosas. Conque adis. Y la Dorotea sali primero del cuarto de Montio y luego del alczar, tom por la calle del Arenal, y en ella fu donde encontr Quevedo. Cuando lleg Montio su casa, se encontr su mujer y su hija cantando y cosiendo. --Estn juntas--se dijo--, y esto me contrara. Montio deba haber supuesto que las encontrara de aquel modo, porque siempre las haba encontrado as. Di dos tres vueltas por la sala. Vi dos tres veces su mujer. Cada vez le pareci ms hermosa y ms inocente. --Pero, seor, y lo que yo mismo he odo?--se dijo. Y volvi dar otras dos tres vueltas. --Luisa!--dijo al fin. --Qu queris?--respondi tranquilamente su mujer. --Ha estado alguien aqu? --Ha estado Cosme Aldaba. --Ah! ha estado ese bribn de Aldaba. Y qu quera? --Quera hablarme solas. --Y le hablaste? --S. --Y qu te dijo? --Que le habas despedido. --Me ha echado perder un capn relleno. Es un infame. --En tratndose de la cocina, ciegas. --No ciego mucho cuando no he hecho ya una atrocidad. --La muerte de tu hermano te tiene de muy mal humor. --S, s, la muerte de mi hermano, eso es. Y no te dijo ms Aldaba? --S, que me empease por l contigo. --Pues hombre, no faltaba ms! habr insolencia! --Yo le he dicho... --Qu! --Que ya se te pasar; que t al principio, tomas las cosas muy lo vivo y por donde queman; pero que eres muy buen hombre, y todo al fin se te pasa. --Conque soy yo muy buen hombre! --Ya lo creo. --Pues no seor! soy un hombre muy malo! --Como quieras, Francisco; cuando ests as, es necesario dejarte en paz y luego tienes razn. --Que si la tengo! que si tengo razn! tanta tengo, que se me sale por la tapa de los sesos! --Pues mira, primero eres t. --Ya lo creo que primero soy yo. --Ello pasar; los primeros momentos son crueles; pero cuando te acostumbres... --Y qu me he de acostumbrar? --A pasarte sin tu hermano... --Pues qu, no me pasaba sin l? --S, pero no es lo mismo decir tena un hermano, decir ya no le tengo. --Tienes razn, es muy doloroso perder una cosa que se ama. Montio se call, y Luisa, por no irritarle ms, se call tambin. --Est delante Inesita--dijo para s Montio--, y no me atrevo... ser necesario quedarme solo con ella. Y sigui pasendose en silencio durante ocho diez minutos. Su mujer y su hija no cantaban, pero cosan. --Pues seor--dijo para s el cocinero mayor, detenindose de repente--, ello es preciso. Y luego dijo alto: --Luisa! --Qu quieres?--contest la joven. --Tengo que hablarte solas de un asunto muy importante. Psose levemente plida Luisa. --Vete Ins, hija ma--dijo la nia. Inesita se levant, mir con cuidado su padre, y dijo para s saliendo: --Me quedar tras de la puerta, y escuchar lo que hablen. Montio fu sentarse en la silla que haba dejado desocupada su hija. --Vamos, Francisco--dijo Luisa, viendo que su marido guardaba silencio--, ya estamos solos. --Es que!... s!... yo!... t!--tartamude Montio, quien falt de todo punto el valor. Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de su mujer. --Pero qu es ello?--dijo Luisa. --Me encuentro en un gran compromiso--dijo Montio renunciando de todo punto hacer cargos su mujer, y rompiendo para salir de la situacin por donde primero se le ocurri. --Un compromiso! --S, por cierto, tengo un sobrino. --Pues no comprendo... --Ese sobrino ha venido Madrid. --Y bien? --Necesito traerle vivir aqu. --Aqu, como quieras! --Pero hay un obstculo. --Cul? --Inesita. --Ah! --S, Inesita est ya alta y hermosa, y mi sobrino... --Es su primo. --No, no; no estara bien. Es necesario que Ins salga de casa--replic Montio. --Y dnde ha de ir esa pobre nia? --Dnde? A un convento. --A un convento! Pero si ella no tiene vocacin de monja! --A un convento mientras est aqu su primo. --De modo que si lo haces porque Ins es joven, yo soy tambin joven, pocos aos mayor que ella. --Tambin he pensado en eso. --Cmo! Quieres echarme de casa por causa de tu sobrino? --Escucha, Luisa, hija ma; tu embarazo est muy adelantado, las montaas de Asturias son muy sanas... --Declaro que no me muevo de aqu--dijo Luisa levantndose y arrojando su costura--. Yo no te dejo solo. T quieres echarnos de la casa, no para meter tu sobrino, sino una perdida. --Cmo una perdida!--exclam Montio, que se estremeci, porque vea una nueva complicacin. --S... yo no haba querido decirte nada, pero adems del galopn Cosme Aldaba ha estado aqu una mujer. --Una mujer! --Buscndote! --Eso es mentira! --La querida del duque de Lerma! Montio puso asustado su mano sobre la boca de su mujer. --Yo me he callado--dijo Luisa...--y t te alborotas, yo tengo evidencias y sufro... y me resigno... Qu desgraciada soy! --Yo no quiero ir un convento, padre--exclam Inesita entrndose de repente y colgndose al cuello de Montio. --Yo me morir si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y seor... --Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre. Y las dos jvenes lloraban desconsoladas, y se coman besos al pobre hombre. A Montio se le parta el corazn. --Pues seor!--exclam--no puedo! yo me acostumbrar! --Yo no me voy sino hecha pedazos--dijo Luisa. --Ni yo saldr si no me llevan atada--exclam Ins. --Bien, bien--dijo el cocinero mayor rindindose discrecin--; mi sobrino no vendr aqu, le buscar una posada... esto me costar el dinero... --Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento--dijo Ins. --Dinero te hubiera costado, Francisco mo, el enviarme Asturias y el mantenerme all--dijo Luisa. A estas palabras, dictadas por una lgica rigurosa, no haba nada que contestar. Adems, las dos jvenes lloraban que era un desconsuelo. Sucedile Montio lo que muchos que se creen invencibles antes del combate: huy la vista del enemigo. Y huy, literalmente hablando. Luisa, al verle huir, sinti una especie de perverso consuelo. Haba adivinado algo aterrador en Montio. Se haba visto descubierta. Haba temblado. Pero al huir Montio se tranquiliz. Haba comprendido, con la perspicacia peculiar todas las mujeres, que su marido estaba domesticado. Pero si Luisa hubiera podido leer por completo en el alma de su marido, no se hubiera tranquilizado tan completamente. Montio era uno de esos hombres cobardes para obrar por s mismos, pero capaces de todo de una manera indirecta. No poda tener duda de que su mujer le engaaba. De que amaba otro. No tena duda tampoco, puesto que acababa de experimentarlo, de que jams se atrevera hacer nada contra su mujer. Pero no se encontraba en las mismas disposiciones de debilidad respecto al amante de su mujer. Esto ya era distinto. Montio necesitaba vengarse de aquel hombre. Cierto es que el cocinero mayor careca de todo punto del valor suficiente para ponerse delante de Guzmn y decirle: --Os voy matar porque me habis herido el alma. Montio se estremeca de miedo al pensar solamente que poda verse en un lance singular con el sargento mayor. Pero Montio tena medios indirectos. El primer medio que se le ocurri, fu el seor Gabriel Cornejo. Esto es, una pualada dada por detrs. Pero aquella pualada deba costarle dinero. Adems, poda envolverle en un proceso. Montio desech aquella idea, dos veces peligrosa. Ocurrisele valerse de su sobrino. Valiente, audaz, generoso, no vacilara ni un punto en ponerse delante del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla. --Pero cmo decir su sobrino que su ta?... Montio desech este pensamiento como haba desechado el anterior. Pero se puso en busca de otro medio de vengarse. Quevedo se present su imaginacin; Quevedo, capaz de plantar una estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Caldern no muy amigo, segn las palabras que el mismo Montio recordaba haberle odo en la hostera del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de Guzmn. Pero al acordarse de Quevedo, se acord del duque de Lerma; al acordarse del duque de Lerma, record que para l le haba dado una carta la abadesa de las Descalzas Reales, y que se la haba dado de una manera urgente. Entonces hizo un parntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando: --Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir quien vengarnos puede. Vamos llevar esta carta su excelencia. Y la busc en el bolsillo interior de su ropilla. Slo encontr dos estuches. Aquellos dos estuches le recordaron que deba entregar su sobrino, de parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al duque, deba entregar una gargantilla la dama con quien pretenda entretener al prncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se entretena particularmente con don Juan de Guzmn. El amante de su mujer se le pona otra vez delante. --Dios mo!--exclam el desdichado--me van matar! Pero seor! la carta que me di la abadesa de las Descalzas Reales! qu he hecho yo de esa carta?... tengo la cabeza hecha una grillera! todo me anda alrededor! todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! pero esta carta!... esta carta! Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregescos, hasta la gorra. Y la carta no pareca. Empez sentir ese escalofro, ese entorpecimiento que acompaa al pnico. Aquello era muy grave. Porque sin duda la madre Misericordia deca cosas gravsimas en su carta al duque de Lerma. Y cmo decir al duque que he perdido esa carta? Cmo atreverse ni siquiera presentarse sin ella ante l? Y volvi la rebusca; se palp, y volvi buscar. Y la carta no pareca, y su terror creca. Por la primera vez de su vida blasfem. Por la primera vez de su vida se crey el ms desgraciado de los hombres. Y por la primera vez se olvid de su cocina. Esto era lo ms grave que poda acontecer un hombre como el cocinero mayor. Volvi de nuevo su intil pesquisa. Y todo esto le aconteca parado, siendo objeto de la curiosidad de los que pasaban y cruzaban, que no podan menos de decirse: --Qu acontecer al cocinero mayor? Y Montio no se acordaba de que haba dado Quevedo la carta y de que Quevedo no se la haba devuelto. Entonces, aturdido enteramente, vacilante, asustado, semimuerto, sali del patio del alczar, en donde se encontraba, y escapando por la puerta de las Meninas, tir hacia el laberinto de callejas del cuartel situado frente al alczar, y se perdi en l. CAPTULO XXV DE CMO LOS SUCESOS SE IBAN ENREDANDO, HASTA EL PUNTO DE ATURDIR AL INQUISIDOR GENERAL Por aquel mismo tiempo el padre Aliaga se paseaba en su celda. A juzgar por el semblante sombro, plido, inmvil del confesor del rey, deba suponerse que gravsimos pensamientos le ocupaban. De tiempo en tiempo se detena, lea una carta arrugada que tena en la mano, creca su palidez al leerla, temblaba, y volva arrugar la carta en un movimiento de despecho. Aquella carta era la que le haba escrito doa Clara Soldevilla, acusando ante la Inquisicin Dorotea y Gabriel Cornejo. Aquella acusacin era gravsima. La carta contena lo siguiente: Respetable padre y seor fray Luis de Aliaga: El celo por la religin de Jesucristo, y mi amor la reina nuestra seora, me obligan revelaros lo que por fortuna he podido averiguar y que interesa al servicio de Dios y al de su majestad. Se trata de dos miserables, de un hombre y una mujer: el hombre es un galeote hudo, un hereje hechicero que vende untos, y hace ensalmos y presta usura. Se llama Gabriel Cornejo y tiene una ropavejera en el Rastro. La mujer es comedianta, hermosa y joven, y se llama Dorotea. Vive en la calle Ancha de San Bernardo. Es mujer de mala vida, y de malas costumbres, y de malos hechos, y tiene entretenidos un tiempo al duque de Lerma y don Rodrigo Caldern. Es hija de padres desconocidos, segn he podido averiguar, y para asegurarse del amor de esos dos hombres, se vale de bebedizos y otras artes reprobadas. He sabido esto procurando aclarar un misterio que interesa sobre manera la honra y acaso la vida de su majestad la reina. Yo s cunto os interesis por su majestad, fray Luis; lo s tanto, que no dudo que siendo vos inquisidor general, y aun cuando no lo furais, harais cuanto fuese necesario hacer para sellar los labios de esos dos miserables, que, os lo repito, pueden comprometer gravemente su majestad. Si queris informaros mejor, decidme dnde podremos vernos, pero entre tanto asegurad, os lo ruego, esas dos personas, y haced de modo que no puedan hablar con nadie. Es cuanto tengo que deciros. Vuestra humilde servidora, _doa Clara Soldevilla_. Esta carta haba sido dictada doa Clara, por su lealtad, por su amor Margarita de Austria, que ms que su seora era su amiga; pero adems de esto, haba en doa Clara otro empeo ntimo de que no poda darse cuenta, pero que la impulsaba hablar de una manera hostil contra Dorotea: su sospecha de que la comedianta hubiese visto al joven, de que le amase, de que el bufn tuviese empeo de favorecer los amores de Dorotea. Doa Clara, en fin, no haba escrito aquella carta sin un secreto placer, el placer de la venganza; porque una intuicin misteriosa, una conciencia ntima, la deca que Dorotea amaba aquel joven que era tan hermoso, tan leal, tan noble, tan valiente. La carta de doa Clara haba aturdido al padre Aliaga. Aquella carta era para l gravsima. En el momento que la ley, la arrug con clera entre sus manos. Porque cuando el padre Aliaga estaba solo, era un hombre distinto del que conocan las gentes. Entonces no era humilde, ni su semblante conservaba la inmovilidad glacial que el mundo vea en l. Por el contrario, su frente se levantaba con altivez, ceuda, plida, como cargada de tempestades. Sus negros ojos brillaban, relucan, chispeaban, pareca que llevaban en s una expresin de reto continua, persistente, indomable. Su paso no era lento, grave y acompasado, sino vago, indecisivo, maquinal, nervioso, por decirlo as. Estaba abandonado s mismo, y se reflejaban en su semblante, en su ademn, en sus movimientos, pasiones enrgicas, tanto ms violentas cuanto estaban de continuo ms dominadas, ms subordinadas la conveniencia delante del mundo. --Conque comprenden--deca con voz ronca, consultando un pasaje de la carta--, _cunto me intereso por su majestad la reina_? Conque es decir, que en vano he pasado das y noches de afn y de delirio, luchando conmigo mismo? veinticuatro aos de esfuerzos intiles, puesto que esa mujer comprende?... s, s; lo dice con seguridad, lo afirma: con esas palabras se dirige mi conciencia. Lo habr notado tambin la reina? No; su orgullo la defiende, la ciega. La habr dicho doa Clara?... La habr avisado? No, no; esa mujer no se habr atrevido... Yo lo sabr, yo lo comprender, y doa Clara no volver leer en mi alma, porque me ha avisado. Y Dorotea!... Dorotea! la hija de aquella otra Margarita, infeliz!... la acusan aqu!... en esta carta! ella y ese Gabriel Cornejo pueden comprometer la reina!... Dios mo! Dios mo! Y esta ltima exclamacin del inquisidor general, ms que una humilde invocacin Dios, era la impaciente queja de un alma exasperada por el sufrimiento, saturada de dolor, violentada, enferma, desesperada. Los ojos del padre Aliaga resplandecan con un fuego febril. Su cuerpo temblaba de una manera poderosa. --El mundo! la tentacin! siempre combatindome, siempre ponindome punto de ser vencido!--exclam con acento desesperado--; siempre fijo en m el recuerdo doloroso de la una, la aspiracin desesperada, oculta, comprimida, hacia la otra! Dos imposibles, porque slo Dios podra levantar de la tumba la Margarita humilde; slo Dios podra llenar el abismo que me separa de la Margarita altiva; y esa coincidencia en el nombre!... y luego... la hija de la una, enemiga, yo no s qu de la otra! Dios mo! Dios mo! Y esta segunda invocacin del padre Aliaga fu ms rugiente, ms desesperada, en una palabra, ms blasfema que la primera. Y volvi leer la carta palabra por palabra, slaba por slaba, letra por letra; la devor con una mirada hambrienta, como pretendiendo traslucir el misterio que bajo aquellas letras se revolva, grave, misterioso, aterrador, y volvi arrugar con clera la carta entre sus manos. De tiempo en tiempo consultaba con impaciencia la muestra de un enorme reloj de pared. --Ya es la tarde--dijo--; el bufn vendr... vendr... de seguro... no puede tardar... el to Manolillo tiene un gran inters por Dorotea; acaso la ama... acaso es por ella tan desgraciado como yo... por l... l puede mostrar al mundo su desesperacin; l no est adherido al claustro; l no est ligado por ningn voto, por ningn juramento; l puede decir sin temor al mundo: yo soy hombre; yo!... yo me veo obligado hacer creer que soy un cadver vivo, un cuerpo sin corazn, un alma sin pasiones... Mentira! mentira repugnante!... Hay momentos en que lo intenso de nuestra desesperacin, que se concentra en un ser que no pertenece al mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo que al mundo pertenece; hay momentos en que creemos que nuestro corazn ha muerto, que no existe nada que pueda hacerle latir; necesitamos la soledad y el silencio y las tinieblas, todo aquello en que hay menos vida, todo aquello que habla ms al alma, entonces nos arrojamos al pie de un altar, pronunciamos un voto; despus... oh! despus, cuando el tiempo, que si todo no lo cura, lo gasta todo, ha cubierto con una capa ms menos densa de olvido, de ese polvo que cae sobre el alma, nuestros dolores... oh! entonces... entonces... podemos ver otro ser... una mujer, por ejemplo... y entonces volvemos con desesperacin los ojos en derredor de la prisin que encierra, no nuestro cuerpo, sino nuestra alma... de ese claustro que nos dice con su silencio: soy tu sepulcro tu infierno. El padre Aliaga call y sigui pasendose lento y solemne por la celda con la carta de doa Clara arrugada entre las manos... Pas algn tiempo. Oyronse al fin pasos en el corredor. Pasos tardos y acompasados. Se abri la puerta de la celda y apareci el hermano Pedro. Aquel lego en quien el padre Aliaga tena tanta confianza. Sin embargo, al sentir sus pasos, el padre Aliaga se haba dirigido uno de los balcones y permanecido de espaldas la puerta como si se ocupase en mirar algo en la huerta del convento. El lego no poda ver su semblante. --Nuestro padre--dijo--, un hombre pide hablaros con urgencia. --Que entre, que entre!--dijo el padre Aliaga suponiendo que aquel hombre era el to Manolillo. Poco despus el padre Aliaga sinti pasos en la celda. An estaba de espaldas; an no estaba seguro de que hubiesen desaparecido de su semblante las huellas de la lucha anterior, y quera evitar que nadie lo adivinase. El hombre que haba entrado se haba detenido y no hablaba. El confesor del rey se volvi. Su semblante estaba completamente sereno. Al volverse vi que quien haba entrado en su celda no era el bufn, sino el cocinero del rey. Francisco Martnez Montio vena mojado completamente. Su capa goteaba, por mejor decir, chorreaba la lluvia que haba empapado sobre la estera de la celda. Era una de esas tardes lbregas, en que parece que la Naturaleza, sobrecogida por un dolor silencioso, se cubre con un velo y llora. Una tarde de luz fra y dbil, melanclica y opaca, en que al gotear continuo y mltiple de la lluvia se una de tiempo en tiempo el silbido seco y sonoro del viento del Norte. Nada, pues, tena de extrao el estado en que se encontraban la gorra, la capa y los zapatos de Francisco Martnez Montio. Pero lo que era verdaderamente alarmante era el estado moral en que, juzgar por el estado de su fisonoma, se encontraba el cocinero mayor. Haba algo de insensatez en su mirada, en la contraccin de su boca, en la actitud de su cabeza, y la chispa de razn que en aquel semblante se revelaba an era una razn desesperada. Temblaba adems el msero, y de una manera tal, que se comprenda harto claro que no era el fro lo que le haca temblar. --Para qu me querr este hombre y en este estado?--dijo para s el padre Aliaga al ver Montio. A pesar de ser el dominico un padre muy respetado en Atocha, confesor del rey, y adems recientemente inquisidor general, era un hombre de costumbres sencillas, humildes, hasta el cual todo el mundo tena acceso. En cuanto se comunic la Inquisicin su nombramiento, el Consejo de la Suprema le invit que ocupase la casa, casi palacio, que el inquisidor general tena en Madrid. El padre Aliaga lo agradeci mucho; pero pretexto de que tena amor su celda, declar que permanecera en ella. Environle pajes, familiares y servidores, y como el padre Aliaga no quera ser espiado, y tema que para slo eso se le hubiese nombrado inquisidor general, despidi aquella servidumbre. Enviaron algunos alguaciles, para que sin pasar de la portera del convento estuvieran la disposicin de su seora el seor inquisidor general, y se deshizo tambin de los alguaciles. Mandronle una magnfica carroza, y el padre Aliaga lo agradeci mucho, y dijo que le bastaba con su silla de manos de baqueta negra. Pusironle por delante el decoro inquisitorial, y contest que cuando con la Inquisicin fuese alguna ceremonia, ira como al decoro de la Inquisicin conviniera. Todas estas contestaciones pasaron en dos horas despus de que el padre Aliaga volvi aquella maana de palacio. El Consejo de la Suprema le dej en paz esperando ver por dnde saldra el fraile dominico, quien todos, exceptundose muy pocos, crean un pobre hombre. As es que Montio no le cost el ver aquel personaje, terrible por su posicin, ms trabajo que el de ir al convento de Atocha. El padre Aliaga le conoca personalmente y le habl con suma afabilidad. --Sentos, sentos, seor Francisco Montio--le dijo--y sobre todo quitos esa capa que debe helaros. --Ah, seor! no es la capa la que me hiela--dijo el cocinero mayor. --Pues hace fro--repuso con su impasibilidad delante de las gentes el padre Aliaga--; el invierno es muy crudo... Y avivaba los tizones de la chimenea. --Pero ms cruda mi fortuna--dijo Montio. --Pues qu desgracia os ha sucedido?--dijo el confesor del rey, dejando de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito Montio. --Oh! si slo fuese una desgracia! --Qu! es ms que una desgracia? --S; s, seor, porque son muchas desgracias. --Vlgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; la vida es una prueba... --S; s, seor, una prueba muy amarga. --Pedid fuerzas Dios, y Dios os las dar. --Dios me castiga!--exclam Montio en una tremenda salida de tono, chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo llorar. --Vamos!--dijo el padre Aliaga--; confiad en que Dios es infinitamente misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonar maana. --Soy muy pecador... y lo que m me sucede... --Me parecis muy desesperado... --S; s, seor! terriblemente desesperado! Montio se call esperando que el padre Aliaga le preguntase, pero el padre Aliaga se redujo dejarle or una de esas frases generales de consuelo, que toda persona buena dirige un semejante suyo quien ve atribulado. Despus el padre Aliaga se call tambin. Hubo algunos momentos de silencio. --Perdonadme, seor!--dijo tartamudeando Montio. --Y de qu os he de perdonar?--contest con dulzura el padre Aliaga. --Vos, seor, sois un gran personaje. --No lo creis; yo soy un siervo de Dios, aunque indigno, y vuestro hermano. --Sois confesor del rey. --Lo que no me hace ni ms ni menos sacerdote que otro. --Sois inquisidor general... --El rey me lo manda. --Y yo soy un cocinero, no ms que un cocinero, que aunque lo es del rey... --No dejis por eso de ser cristiano y hermano mo. --Ah, seor! qu bondadoso sois! --No tal; pero dejos de seoras y llamadme padre. --Pues bien, padre Aliaga, ya que me dais valor, voy deciros... me atrevo deciros... Montio se detuvo. Fray Luis sigui arreglando sus tizones. --Pues... me atrevo deciros, aunque os parezca impertinencia, que vengo confesarme con vos. --Vos no sois impertinente por eso; todos los das abro el tribunal de la penitencia desdichados que son tan pobres que me veo obligado recomendarlos al limosnero de su majestad. --Nadie hay tan pobre como yo...--dijo Montio salindose de nuevo de tono. --Vens preparado?--dijo el padre Aliaga. --Preparado para qu...?--dijo el cocinero, que se alarmaba por todo. --Para hacer una buena confesin--repuso el padre Aliaga--; he querido preguntaros si habis hecho examen de conciencia. --Os dir, padre Aliaga: yo no haba pensado hasta hace algunos momentos en hacer confesin general. --Resulta, pues, que no vens preparado y no puedo confesaros hoy. El padre Aliaga esperaba con impaciencia al to Manolillo, y quera quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor. --Tenis razn, seor--dijo Montio--, pero como se trata de hacer una confesin general, yo me atrevera suplicaros... Montio se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra. --Pues... yo me atrevera suplicaros... que... me dirigiseis... me ayudseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesin general... y como yo he sido muy malo! Y para pronunciar esta ltima frase, sali de nuevo de tono y ms ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor. El padre Aliaga sinti un poderoso impulso de impaciencia, casi de despecho. Su pensamiento estaba fijo en el bufn del rey, que segn l, deba llegar de un momento otro. Montio haba llegado ponerse en la situacin de uno de esos grandes estorbos que contraran al ms paciente. Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alter. Montio se le haba venido encima con una peticin que no poda negarse como sacerdote. Adems, no quiso alegar ninguna ocupacin. Y, por ltimo, pesar de la contrariedad que le causaba aquel incidente, tena un inters vago en conocer la conciencia del cocinero mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresin, por otros mil indicios patentes, daba conocer claro que se hallaba en una situacin grave. Y todo el mundo saba, y en particular el padre Aliaga, que Francisco Martnez Montio era en la corte algo ms que cocinero del rey. --Tratis de hacer una confesin general!--dijo el padre Aliaga--; esto es grave. --Oh! s; lo que me sucede es muy grave--dijo Montio--; desde ayer han pasado por m tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y por grande que fuese no sobrara mucho. Ayer era yo tan feliz! --Erais feliz y os confesis malo! --Ah, padre! todo me vena bien y tena dormida la conciencia. --El que aduerme su conciencia puede despertar condenado. --Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para m: esto es que Dios me avisa. Haba salido del alczar loco y desesperado sin saber qu hacer, sin saber dnde ir, y me acord de vos, padre. --Hicsteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal. --S, ciertamente; de mi examen de conciencia. --Veamos: recorramos el declogo. Habis amado Dios sobre todas las cosas? Quedse Montio mirando de una manera perpleja fray Luis. Luego suspir profundamente y dijo: --Lo que yo he amado ms sobre todas las cosas ha sido... Y se detuvo. --Ved que estis hablando con vuestra conciencia--observ el padre Aliaga. Montio hizo un poderoso esfuerzo y contest: --Lo que yo he amado sobre todas las cosas ha sido... el dinero. --Me dais cuidado por vuestra alma, Montio--dijo fray Luis--; el amor al dinero trae consigo muchos y grandes pecados. --En efecto, he pecado mucho. --Y os habis hecho rico...? Vacil Montio entre su codicia, que le impulsaba ocultar su riqueza, y su temor un terrible castigo de Dios, que crea ya empezado en las desgracias que una tras otra se le haban venido encima y seguan vinindosele desde la noche anterior. Al fin triunf el miedo. --S; s, seor--dijo--soy... muy rico. --Qu medios habis empleado para adquirir esa riqueza? Psose notablemente encarnado Francisco Montio y guard silencio. --A qu queris, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente una confesin general?--dijo con dulzura el padre Aliaga. --A los quince aos me hu de la casa de mis padres, robndolos. --Considerablemente? --Les hurt veinticinco ducados y una mula, que vend en llegando Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viv ocioso algn tiempo. Cuando se me acab el dinero, cuando sent el hambre, quise buscarme la vida, y logr entrar de galopn en la cocina de la seora infanta doa Juana. All me apliqu al oficio... --En el que habis adelantado. Sois un cocinero famoso... segn dicen. --Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os har una merienda que os convencer de que s cumplir con mi obligacin. --Gracias, seguid; hablbamos de vuestros pecados por el desordenado amor que tenis al dinero. --Padre fray Luis, yo crea que con el dinero se consegua todo. --S, en la tierra; pero no en el cielo. --Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede librarse de que se la pegue su mujer... y m me han engaado dos. Soy muy desgraciado. --Acaso seis, ms que desgraciado, mal pensador. --Tan buena la una como la otra! --Ya llegaremos eso, ya llegaremos. Estamos en que entrsteis de galopn en la cocina de la infanta doa Juana. --S; s, seor; y como el salario era corto, hurt. --Hurtsteis! --Cuanto pude; hasta las especias. --Hicsteis muy mal. --El amor al dinero!... El padre Aliaga iba ya fastidindose. --Reduzcmonos, reduzcmonos, porque no es necesario que me contis vuestra vida. De cuntas maneras habis pecado por el dinero? --Hurtando sagazmente, y procurando que la culpa de mis hurtos no cayese sobre m. --Eso es ya un grave delito. Y de qu otro modo ms? --Cuando fu cocinero mayor del rey, poniendo en las cuentas otro tanto del gasto. --Y de qu otro modo? --Ah, sirviendo todo el que me ha pagado bien! --Entendmonos; ms claro: qu clases de servicios han sido esos? --Siendo espa de los unos y de los otros. --De qu unos y de qu otros? --Del padre y del hijo, del to y del sobrino. --Ms claro. --Se comprende fcilmente: el padre es el duque de Lerma; el hijo, el de Uceda; el otro, don Baltasar de Ziga, y el sobrino, el conde de Olivares, esto sin contar el de Lemos y otros... --De modo que habis vivido engaando todo el mundo? --El amor al dinero... Porque sin el dinero... --Habis llegado al punto de matar por el dinero? --Ah, no, seor; no, seor!--exclam todo horrorizado Montio. --Y si os pagaran por envenenar una persona que hubiese de comer de vuestros manjares? --He sido y soy codicioso--exclam, levantndose el cocinero mayor--, lo confieso; pero matar... eso no, no, no! Y haba verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la mirada, en el acento de Montio. El padre Aliaga se tranquiliz. No poda dudarse de aquella situacin del cocinero mayor. Sin embargo, dijo: --Es pblica voz y fama que se han dado bebedizos al rey. --Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha frecuencia en las Descalzas Reales. --Religiosas! --Religiosas, s; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de Lerma. --Y bien?... --Si yo tuviera una carta que me di para el duque la madre Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesin general. --Pero tan importante creis que era esa carta? --Y qu s yo? --Y no recordis cmo la habis perdido? --Que si lo recuerdo!... Cuando la ech de menos no lo recordaba... pero cuando sal de palacio... el fro, la lluvia me refrescaron de tal modo, que me acord de que se me ha quedado con esa carta don Francisco de Quevedo. --Veo con disgusto que andis en muy malos pasos, seor Francisco. --S; s, seor; el amor al dinero. --Veo, adems, que habis pecado tanto por el dinero, que desde ahora, sin que os confesis, puedo deciros... --Qu! seor! --Que si no reparis el mal que habis hecho, os condenis. Estremecise todo Montio. --Que me condeno!--exclam. --Irremisiblemente. --Y qu he de hacer, qu he de hacer, padre? Fray Luis mir profundamente al cocinero mayor. Haba credo que le echaban aquel hombre para explorarle, y le haba tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenci de que el cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tena miedo. Comprendi, adems, que siendo como era avaro y de una manera exagerada Montio, no haba que pensar en imponerle reparaciones respecto su dinero. Consider tambin que por esa misma avaricia, adems de darle buenos consejos, se le deba dar dinero para que sirviese mejor. En una palabra, el padre Aliaga determin utilizar al cocinero mayor. --La manera de reparar en cierto modo el mal que habis hecho--le dijo--, es decidiros servir fielmente una sola persona. --A quin, seor? --Al rey. --Al rey! pues qu, acaso no le sirvo? --No por cierto: servs sus enemigos. --Yo crea que esos caballeros podan muy bien ser enemigos entre s, pero al mismo tiempo leales servidores del rey. --Os engais; todos los que hoy se agitan alrededor del rey, piensan antes en su provecho que en lo que conviene su majestad. Y ciertamente que no podis decir vos que no sabis las traiciones de esos hombres, cuando anoche un vuestro sobrino tuvo ocasin de prestar un eminente servicio la reina. --He ah un muchacho que tiene muy buena suerte--dijo Montio con envidia--; todos me hablan bien de l, todos le protejen: hasta el duque de Lerma. --El duque de Lerma! --Qu creis que me ha dado para l el duque de Lerma? --Oro! --No por cierto: una encomienda. Mirad, padre. Y Montio sac un estuche y le abri. --Pero eso es un collar de perlas--dijo el padre Aliaga. Montio, que no se haba repuesto de su turbacin, haba tomado un estuche por otro, y haba mostrado al fraile la alhaja que el duque de Lerma le haba dado para seducir la aventurera con quien se pensaba entretener al prncipe don Felipe. --Esto es otra cosa--dijo precipitadamente Montio. El padre Aliaga no contest. Montio se encontraba terriblemente predispuesto la confesin y continu: --Esta alhaja me la ha dado el duque para una dama. Hizo un gesto de repugnancia el padre Aliaga. --Se trata de una dama quien conoce el duque de Uceda. --Qu vergenza! qu corrupcin! qu escndalos!--exclam el padre Aliaga. --Es una dama muy hermosa, de quien pretenden se aficion el prncipe de Asturias. --Ah! --Una perdida, aunque no lo parece. --Importa al servicio del rey que averigis quin es esa mujer. --Esa mujer se ha presentado en la corte hace un ao. --De dnde ha venido? --No s ms. --Cmo se llama? --Doa Ana. --Doa Ana de qu? --Doa Ana de Acua. --El apellido es noble. --Ciertamente: se llama viuda de un caballero de la montaa. --Ah! todas estas son viudas tienen su marido ausente. --Y presente el amante. --Y quin es el amante de esa mujer? --El amante de esa dama es el amante de mi mujer. --El amante... de vuestra mujer!... --S, seor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos veces: mi primera mujer era muy aficionada los pajes; llevsela Dios y quedme en la gloria; pero como me haba quedado una hija, necesit casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada los soldados, y como es soldado el amante de doa Ana de Acua... --Mirad, no levantis un falso testimonio vuestra esposa. --Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es amante del sargento mayor don Juan de Guzmn por qu haba de estar desesperado? --Don Juan de Guzmn!--exclam el padre Aliaga, ponindose plido--; yo conoc un Juan de Guzmn, soldado de caballo; qu edad tiene ese hombre? --Ms de cuarenta aos, pero aparenta menos. Quedse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga. Guard por un largo espacio silencio. --Juan de Guzmn--dijo al fin--, es amante de una aventurera de quien se valen ellos! y adems es amante de vuestra mujer! --S, seor. --Habis dado algn escndalo en vuestra casa? --No; no, seor! intenciones de ms que eso he tenido... pero quiero tanto mi mujer!... la pobre han debido darla algn bebedizo. --Ha podido sospechar vuestra mujer que conocis su falta? --No; no, seor. --Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supirais. --S; s, seor. --Qu pretende el duque de Lerma de esa doa Ana? Montio cont al padre Aliaga lo que respecto aquella mujer le haba encargado el duque de Lerma. --Es hasta donde puede llegar la degradacin--dijo el inquisidor general--; de todo se echa mano. Od, Montio: estis hablando al mismo tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor general. Estremecise Montio. El padre Aliaga haba cambiado de expresin y de acento. --Yo, seor--dijo balbuceando--, he venido buscar en vos amparo y consuelo. --Y yo no os lo niego; pero habis pecado mucho, y es necesario que reparis el mal que habis hecho sirviendo de medio para que el crimen no triunfe de la virtud. --Os servir, seor. --Hablbamos de vuestro sobrino. Quin es ese joven? --Ese joven, seor, no es mi sobrino--dijo Montio, que temblaba como un azogado. --Que no es vuestro sobrino? --No, seor. --Pues por qu se nombra vuestro sobrino? --El cree que lo es. --Decidme lo que sabis acerca de ese joven. --Os voy confesar un terrible secreto de familia--dijo Montio sacando con miedo la carta de su hermano Pedro, que haba trado para l la noche anterior el joven. --Yo guardar ese secreto bajo confesin--dijo el fraile. Montio entreg la carta al padre Aliaga, que se levant y fu leerla junto la vidriera de un balcn. El padre Aliaga ley y reley aquella carta. Luego volvi junto al cocinero mayor. --Sabe esto alguien?--dijo guardando la carta del difunto Pedro Montio, con gran cuidado el cocinero. --S, seor--exclam Montio--; lo sabe una mujer. --Qu mujer es esa? --Doa Clara Soldevilla. --Ha estado alguna otra vez ese joven en la corte? --No, seor. --Y entonces cmo conoce doa Clara? --Yo no lo s, pero en palacio le conocen y mucho. --Hablad, hablad. --Yo creo, seor, y casi tengo pruebas, que doa Clara slo es la cortina de ciertos amores. --Explicos. --La reina... --Qu decs de la reina!... --La reina ama mi sobrino. Pas algo siniestro por el semblante del fraile. --Decs--exclam--que su majestad ama ese joven? --Estoy casi cierto de ello. --La prueba! la prueba! --No puedo drosla ahora, pero os la dar. --Si me la dais, os hago doblemente rico. Montio mir de una manera extraviada al fraile. Su corazn se embroll ms y ms, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; haba en ella inquietud, ansiedad, clera... un mundo entero de pasiones. --Habis dicho--exclam roncamente--que la reina ama ese caballero! --S; s, seor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo... averiguar... --S... s... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo punto--aadi como hablando consigo mismo el confesor del rey--; y sin embargo, las mujeres... --Son muy caprichosas, seor; ya veis, mi mujer... --Vuestra mujer!... vuestra mujer!... decs que es querida del sargento mayor don Juan de Guzmn? --S, seor! --Cmo ha llegado ese hombre al empleo que tiene? --Le favorece don Rodrigo Caldern. --Y favorecindole don Rodrigo Caldern, ese hombre ha enamorado vuestra mujer?... --Qu pensis de eso? --Vigilad vuestra mujer. --Y no sera mejor que vos, seor, que sois inquisidor general, encerrseis ese hombre?... --Haced lo que os mando. --Lo har, seor. --Adems, en esta carta de vuestro difunto hermano que me habis dado, se dice que existe un cofre sellado. --S; s, seor. --Dnde est ese cofre? --Le tengo yo. --Traedme ese cofre esta misma noche. --Ese cofre, seor! pero no sabis que es un secreto? --Para la Inquisicin no hay secretos. --La Inquisicin!--exclam aterrado Montio. --Lo que me habis revelado es muy grave, para que la Inquisicin deje de ocuparse de ello. --Pero yo os lo he revelado en confesin. --No importa. Si no queris exponeros vos mismo, obedeced. --Obedecer, seor. --Esta noche, tarde... las doce, por ejemplo... --El cofre es muy pesado, seor. --Emplead para traerle cuantos hombres fuesen necesarios. --Ah! --Ahora od. No escandalicis en vuestra casa. --Si no me atrevo ello, seor! --Habis dado ocasin para que vuestra mujer vea en vos desconfianza? --No; no, seor. --Pues bien, no la deis. Seguid tratando vuestra mujer como de costumbre. --Es, seor... que... no s en lo que consiste, pero ahora la quiero ms que antes. --Seguid, seguid sin novedad alguna. --Muy bien, seor. --Respecto al duque de Lerma, seguid sirvindole de la misma manera que le habis servido hasta aqu. --Pero no me habis dicho que peco sirvindole de ese modo? --Si antes pecsteis obrando as, ahora que persistiendo en esas obras serviris al rey, hacis una obra meritoria. --Ah! --Para que lo entendis ms claro: antes obrbais por codicia, por inters vuestro; ahora sois en cuerpo y en alma un hombre que sirve al Santo Oficio, para servir al rey. --Ah! es decir, yo!... --Vos me daris parte de cuanto sepis, de cuanto veis, de cuanto oigis... --Pero yo acaso no sirva para eso. --Servs demasiado para servir al duque de Lerma. --Y es preciso absolutamente que yo?... --Si os negis ello, ser prudente prenderos: sabis secretos demasiado graves. --Contad enteramente conmigo, seor. --No, no soy yo quien cuento con vos, sino la Inquisicin, siempre justa, siempre previsora. Por ejemplo: habis descubierto que su majestad la reina ama ... vuestro sobrino postizo... observad... observad... vos por vuestro empleo en palacio, podis... --No s si puedo mucho. --Procuradlo... y no dejis de avisarme... de lo ms mnimo que descubris acerca de esos amores. --Oh, Dios mio! --Quin pudiera creerlo!... quin pudiera siquiera sospecharlo!... la reina!... --Es en verdad muy extrao... pero ello en fin... y yo he podido equivocarme. --Oh! si os hubirais equivocado! Montio no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamacin del padre Aliaga: si era una amenaza para l, un deseo ntimo del fraile. --Conque decs--dijo al fin--que yo debo seguir en mi oficio de espa y de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma? --S. --Debo, pues, llevar este collar doa Ana de Acua? --Indudablemente. --Y despus debo deciros lo que me haya dicho esa dama? --S. --Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer. --Cul? --Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la abadesa de las Descalzas Reales... porque... como don Francisco de Quevedo me ha quitado esa carta! --No se la llevis. --Es que todo est entonces echado perder... porque... de seguro... al no recibir contestacin de su excelencia la madre abadesa... le escribir de nuevo... se descubrir... se creer descubrir que yo he hecho mal uso de su carta... desconfiar de m el duque... --Esperad--dijo el padre Aliaga. Y se fu la mesa, se sent y escribi lentamente una carta que cerr y sell, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una especie de lacre verde. --Tomad--dijo--: llevad esta carta la madre Misericordia y os dar otra, que llevaris al duque de Lerma. --Ah! Dios os lo pague, seor; porque la prdida de esa carta era una de las cosas que me tenan desesperado--exclam con alegra el cocinero mayor. --Ahora, idos--dijo el padre Aliaga--, y no os olvidis de volver esta noche la hora que os he dicho, con ese cofre y con las noticias que hayis podido adquirir. Francisco Martnez Montio salud profundamente al inquisidor general, sali de la celda, y se alej aturdido, con el pensamiento embrollado y en paso vacilante como el de un ebrio. En tanto el padre Aliaga haba quedado inmvil, plido, sombro, con los brazos fuertemente apoyados en la mesa. --Dios me castiga!--exclam--; no he sabido dominar mis pasiones: mi cuerpo est en el claustro, pero mi alma en el mundo; soy un miserable hipcrita. Amo... una mujer casada... la esposa de mi rey... de mi hijo... porque yo soy su confesor... Yo que le reprendo sus malos deseos, sus debilidades, no s acallar el grito de los mos, no s ser fuerte... y al saber... al or que ella ama otro, por ms que esto pueda ser una equivocacin, una calumnia, me estremezco de celos, y siento odio... un odio terrible ese hombre... que dicen ama ella... y le hara pedazos entre mis manos... El padre Aliaga ech violentamente hacia atrs su pesado silln, se levant y se puso pasear irritado lo largo de su celda. --Y si no es una calumnia?--dijo con voz cavernosa, despus de algunos minutos de meditacin--si en efecto ella... olvidada de todo, le amase?... ella me escribi anoche... l trajo su carta... anduvo muy reservado en sus contestaciones... y es joven y hermoso... tiene esa figura, esa expresin... ese conjunto... esa alma... ese todo que tanto agrada las mujeres... y la carta de la reina... me le recomendaba eficazmente... veamos otra vez esa carta... Y se fu su mesa, abri los cajones y los revolvi intilmente. La carta no pareca. --Oh!--exclam recordando--; la quem!... pero... yo la recordar entera... la recordar porque quiero recordarla... la memoria obedece la voluntad. Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procur recordar el contenido de la carta de la reina. Y le record, pero de una manera truncada, trozos. --Oh!--dijo--; la reina me deca que importaba mucho que ese joven estuviese en palacio... en la guardia espaola... me mandaba comprarle una provisin de capitn... y me hablaba con calor de l... El alma del padre Aliaga se ennegreci ms. --Oh!--exclam--; la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve al amor... si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vi ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... an hay tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energa podr evitarse... pero si todo esto no fuese ms que una locura de Montio... una exageracin de mi recelo... El padre Aliaga detuvo su paseo y mir las vidrieras. --Ya obscurece--dijo--y el bufn no ha venido... el to Manolillo! acaso el to Manolillo pudiera darme alguna luz. --Se puede hablar con vuestra seora?--dijo la puerta el bufn, como si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga. --Entrad, entrad--dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga--; cunto habis tardado! --Decid ms bien, que habis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no conviene que las oiga nadie. --Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido. --Y decidme, hay por aqu algn lugar donde yo me obscurezca, de modo que no me vea el que traiga la luz? --Y qu os importa que os vean no? --Tanto me importa, como que esperando que concluyseis vuestra larga audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo mirando los cuadros uno detrs de otro, y volvindolos mirar esperando que saliese el bueno de Montio, y luego me he paseado otro gran rato en el claustro alto, fin de encontrar un momento en que nadie me viese para colarme en vuestra celda. --No comprendo la razn de este recelo; pero puesto que no queris ser visto, escondos aqu, en mi alcoba. Escondise el bufn, y el padre Aliaga pidi luz. Cuando se la hubieron trado y se qued de nuevo solo, cerr la puerta. Entonces el bufn sali de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la llave, su capotillo. --A qu es eso?--dijo el padre Aliaga. --A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, fin de que no puedan reconocerme por la voz. --Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda. --Olvidis que la Inquisicin quiere teneros tan cerca que os tiene su cabeza? --La Inquisicin! la Inquisicin es ma! --Y no temis que sea ms bien del duque de Lerma? --To Manolillo--dijo con reserva el padre Aliaga--, nada tengo que temer; sirvo Dios y al rey... --Pero no servs, sino que ms bien estorbis algunos hombres. --Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de l sino para mi ctedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sac de mi celda para traerme la corte; muy alejado de toda codicia, cuando me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en Portugal, y muy ajeno de que ms adelante me nombrasen archimandrita del reino de Sicilia. --Y consejero de Estado... y ms, ms inquisidor general. --No s por qu se han empeado en engrandecerme. --Porque un mismo tiempo os temen y os necesitan. --Vano temor: yo me limito dirigir la conciencia del rey. --Vos conspiris, padre. --Cmo! --Como conspiro yo y como conspiramos todos: acaso no conspira tambin el cocinero de su majestad? Movise impaciente en su silla el padre Aliaga. --Henos aqu juntos--dijo el bufn--: vos fuerte en la apariencia, y yo en la apariencia dbil; sabe Dios cul de entrambos es el fuerte! --To Manolillo, no os entiendo--dijo con gran indiferencia el padre Aliaga--. Qu hablis de fuertes ni de dbiles? Si no recuerdo mal, yo os he llamado. --Es verdad; esta maana en la recmara del rey, me dijsteis: os espero esta tarde en el convento de Atocha. --Necesitaba preguntaros... --S, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y propsito de esa mujer, tendris que hablarme tambin de algn hombre? --Y de algunos. --Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina. Colorse levemente el semblante del padre Aliaga. --En efecto--dijo--; Margarita... --Ha sido siempre vuestra desesperacin. Debe de ser para vos fatal ese nombre. --Para m! --Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que amis!... --Que yo amo! --Bah! ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el corazn. --Creo que os atrevis hacer suposiciones muy arriesgadas. --Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenis el corazn hecho pedazos, yo tambin; vos amis, yo tambin amo; pero amo con ms herosmo que vos, y lo sacrifico todo mi amor... todo... hasta los celos. --Vens muy donosamente loco, to; yo cre que os habrais dejado la puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufn. --En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni ms ni menos un pobre enfermo del corazn que viene buscar otro enfermo y decirle: busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador, confesor del rey, inquisidor general, y qu s yo qu ms, ni yo soy el loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os empeis en manteneros puesta la cartula, nada tengo que hacer aqu... me habis llamado en vano. Adis. Y el to Manolillo se levant y se dirigi la puerta. --Esperad--dijo el padre Aliaga. El bufn volvi atrs, se sent de nuevo y mir audazmente al padre Aliaga. --Nos quitamos al fin el antifaz?--dijo. El padre Aliaga no contest directamente esta pregunta. --Esta maana--dijo--me contsteis una historia muy triste. --Margarita, cuando estaba ms loca, llamaba su hermano Luis... vos os llamis Luis, padre Aliaga; hace muchos aos que pas esto, y entonces debais ser muy joven; sois vos, acaso, el Luis que recordaba Margarita? --Me habis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho su madre; cuando la vea podr deciros... --Queris verla? --Y cmo puede ser eso? --De una manera muy sencilla; id ahora mismo palacio. --A palacio! --S por cierto. Nadie extraar que el confesor del rey entre estas horas en palacio. Yo estar esperndoos en la escalerilla por donde se sube al cuarto del rey. --Lo que no alcanzo es cmo pueda ir palacio esa comedianta. --La llevar yo. --En verdad, en verdad, tengo una obligacin grave de averiguar quin es esa mujer. No se llama Dorotea? --Quin os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?--exclam con acento amenazador el bufn. --Cuando se trata de esa mujer--dijo sonriendo tristemente el padre Aliaga--, todo os espanta. --Como os espanta vos todo, cuando se trata de la otra. El padre Aliaga pareci no haber odo la contestacin del to Manolillo. --Slo quiero ver esa joven--dijo--para salir de una duda; y puesto que vos podis mostrrmela en palacio, palacio voy. Y el padre Aliaga se levant. En aquel momento sonaron pasos en el corredor. Al orlos el bufn se levant, y escuch con atencin. Luego se escondi precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre Aliaga. CAPTULO XXVI DE LO QUE OY EL TO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL REY Abrise la puerta y asom el hermano Pedro. --Nuestro padre--dijo--; tras m viene el seor Alonso del Camino. --A qu hora!--murmur para s el padre Aliaga. Y fu la puerta con la visible intencin de salir de la celda, pero Alonso del Camino no le di tiempo. Se entr de rondn en la celda. --Aqu tenis--dijo como quien se apresura dar una noticia agradable--la provisin de capitn para el seor Juan Montio. No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra parte, el padre Aliaga no se atreva dar ninguna seal de desconfianza al bufn del rey, que estaba en posicin de verlo y or todo desde detrs de la cortina de la alcoba. Tom la provisin y la mir. Aquella provisin haba sido vendida un soldado viejo llamado Juan Fernndez, y ste la haba revendido al seor Juan Montio. --Ya veis si he sido eficaz; esta maana cobr los ochocientos ducados de la casa del seor Pedro Caballero, y en seguida me fu buscar un tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le habl, tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuse l casa del duque, y al medio da me di la provisin firmada por su majestad. He invertido lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo para el dicho capitn, y la reina queda completamente servida. --La reina!--murmur profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada recelosa la cortina, tras la cual se ocultaba el bufn. --La reina!--dijo con extraeza el to Manolillo, detrs de aquella cortina. --Adems, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la antecmara del rey que saliese el duque de Lerma, quien esperaba tambin el secretario Santos para recoger la provisin firmada por el rey, he visto algo bueno. El padre Aliaga no pregunt qu era lo bueno que haba visto, pesar de que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta. El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los tizones y pidiendo Dios que el montero de Espinosa callase, porque no se atreva imponerle silencio ni con una sea. Sin saber por qu, no quera dar una muestra de desconfianza al bufn. Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva. Alonso del Camino continu: --Se murmuraban en la antecmara muchas cosas. --All siempre se murmura. --Decan que don Francisco de Quevedo haba venido la corte y que haba dado de estocadas don Rodrigo Caldern. --Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones... ya sabis que no ha sido Quevedo... pero est en efecto en Madrid? --Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo, todos se preguntan: quin le ha visto? quin le ha hablado? --Y hay alguien que le haya hablado visto? --No; no, seor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben en un momento en toda una ciudad. --Estaba preso. --Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al verse suelto se ha venido la corte, son hablillas y la admiracin de todos. --Bah!--dijo el padre Aliaga. --Se asegura que va haber variacin en el consejo y en la alta servidumbre. --Porque ha venido don Francisco? --Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio. --Bien, y qu? --Aaden que la duquesa de Ganda se fu su casa mala, porque el rey pas la noche en el cuarto de la reina. --Que pas el rey la noche en el cuarto de la reina!--dijo con la voz ligeramente afectada el padre Aliaga--. No me ha dicho nada su majestad. --Pues preguntdselo al duque de Lerma, que dicen pas la noche rabiando en el despacho del rey--dijo alegremente Alonso del Camino. --Tened en cuenta, amigo mo, que en palacio se miente mucho. --Don Baltasar de Ziga va de embajador Inglaterra. --Nada tiene de extrao; don Baltasar ha nacido para embajador. --Y entra en su lugar en el cuarto del prncipe el obispo de Osma. --As aprender su alteza mucho latn. --No parece sino que nos escuchan--dijo bruscamente Alonso del Camino--, segn andis de reservado. --Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro escuchar siempre con indiferencia las hablillas de antecmara. --Podrn ser hablillas, pero la verdad, lo que yo he visto... --Ah! vos habis visto... --S por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse desde la puerta de la cmara del rey, porque el ujier no le ha dejado pasar. --Pero eso no prueba nada. --Tenis razn; eso no probara nada si, despus de no haber podido entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, pesar de su oficio de gentileshombres de la cmara del rey, no hubiese salido el duque de Lerma tan risueo y alegre que pareca decir todo el mundo: ya no tengo enemigos... Dime lstima, porque en s mismo tiene el mayor enemigo Lerma. --Nada de lo que habis dicho prueba nada. --Se dice... --Se dice ms? --S por cierto, que se arma un ejrcito contra la Liga. --Ejrcito que ser vencido. --Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere contentar de algn modo Espaa; para eso... ya s lo que vais decirme, lo mejor era que empezase por irse una de sus villas y dejar el gobierno. --Perdonadme, seor Alonso, si no os he escuchado como debiera--dijo el padre Aliaga que se impacientaba--, pero estoy enfermo. --Enfermo! --S; s por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, fro en los pies... la celda me anda alrededor. --Ah! perdonad... yo no saba... llamar... --No, no... me voy acostar... con vuestra licencia... --Oh! lo siento mucho, no os descuidis... --Esto pasar. --Ah se quedan los cien ducados que han sobrado. --Bien. --Perdonad... pero... maana vendr informarme... --Muchas gracias... esto pasar... --Quiera Dios aliviaros, y quedad con El. --Id con Dios, y que l os pague vuestra buena voluntad, seor Alonso. El montero de Espinosa sali, y al atravesar el corredor que conduca al claustro, dijo: --Es extrao! ponerse malo de repente! y m me parece que est muy bueno! qu habr aqu? Apenas haba salido Alonso del Camino de la celda, cuando sali de la alcoba el to Manolillo. --Por qu os tratis con gente tan habladora?--dijo--; pero nada importa que yo lo haya odo, porque ya saba yo que conspirbais: ignoraba, en verdad, que tuviseis vuestros espas tan cerca del rey. Y es un buen hombre ese Alonso del Camino. --Me habis dicho--contest el padre Aliaga, como si nada le hubiese hablado el bufn--que si voy palacio me mostrarais esa Dorotea. --Indudablemente; pero es necesario que os detengis en ir lo menos una hora. --Y por qu? --Porque necesito ese tiempo para llevar la Dorotea palacio. Ya debe de haber salido de la funcin del corral del Prncipe; pero como ha ido acompaada muy su gusto, podr suceder que despus de la funcin se haya metido con su compaa en alguna hostera apartada. Ya veis, el hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han hablado y cantado amores y se est enamorado... --Y de quin est enamorada Dorotea?--dijo con inters el padre Aliaga. --De una persona quien vos conocis. --Que yo conozco? --S, ciertamente, y de la cual tenis celos. --Celos! --S por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queris ocultaros vos mismo. --Os equivocis!--exclam con precipitacin el padre Aliaga--, yo no puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el mundo. --Bah! all lo veremos. --Os he preguntado de quin est enamorada esa comedianta. --No lo adivinis por lo que os he dicho? --No ciertamente. --Llegar un da en que me hablis con lisura: la Dorotea est enamorada con locura... El bufn se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad del padre Aliaga. --De quin?--dijo el fraile con impaciencia. --De cierto mancebo quien ha hecho capitn la reina con vuestro dinero. El padre Aliaga sinti el golpe en medio del corazn; se estremeci. --Y ama el seor Juan Montio Dorotea? --Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaa, peor para l. Repsose el padre Aliaga. --Conque... vais buscar esos dos amantes?--dijo. --No por cierto, voy esperarlos su casa... y como pueden tardar... --Esperad, cuando la hayis encontrado, en la galera de los Infantes. --Esperar... --Cuando yo llegue, os avisarn. --Muy bien. --Y para que los encontris ms pronto, id al momento. --Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego. El bufn sali. Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llam y se present el lego Pedro. --Que pongan al instante la silla de manos. Algunos minutos despus, dos asturianos conducan palacio al padre Aliaga. Haba cerrado la noche y segua lloviendo. CAPTULO XXVII EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABA ACABADO AN SU FAENA AQUEL DA En el mismo punto en que el confesor del rey sala del monasterio de Atocha, sala del de las Descalzas el cocinero mayor. [imagen: El padre Aliaga.] Todo aquel tiempo, es decir, el que haba transcurrido desde la ida de Francisco Montio de un convento otro, lo haba pasado Montio bajo la presin desptica de la madre Misericordia. El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, haba procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio. Porque cada minuto que transcurra para l fuera de su casa, era un tormento para el cocinero mayor. Aturdido, no haba meditado que necesitaba dar una disculpa la madre abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montio no saba lo que aquella carta deca; iba obscuras. Esto le confunda, le asustaba, le haca sudar. Si deca que Quevedo le haba quitado la carta, se comprometa. Si deca que la haba perdido... la carta poda parecer y era un nuevo compromiso. Si rompa por todo y no llevaba aquella carta la abadesa, ni volva ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid... Esto no poda ser. Estaba comprometido con el duque. Estaba comprometido con la Inquisicin. Montio se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un crculo de fuego. Por cualquier lado que pretenda salir de su apuro, se quemaba. Decidise al fin por el poder ms terrible de los que le tenan cogido: por la Inquisicin. Y una vez decidido, se entr de rondn en la portera de las Descalzas Reales, cuya puerta se haba parado, toc al torno y, en nombre de la Inquisicin, pidi hablar con la abadesa. Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio. Al entrar en l, Montio se encontr obscuras; declinaba la tarde y el locutorio era muy lbrego. Detrs de la reja no se vean ms que tinieblas. Poco despus de entrar en el locutorio, Montio sinti abrirse una puerta y los pasos de una mujer. No traa luz. Luego oy la voz de la madre Misericordia. El triste del cocinero mayor se estremeci. --Quin sois, y qu me queris de parte del Santo Oficio?--haba dicho la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde. --Yo, seora, soy vuestro humildsimo servidor que besa vuestros pies, Francisco Martnez Montio. --Ah! sois el cocinero mayor de su majestad? --S; s, seora. --Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qu os enva el Santo Oficio de la general Inquisicin. --Ni yo lo entiendo tampoco, seora. --Pero qu os envan? --Perdonad... pero quiero antes deciros cmo he trabado conocimiento con el inquisidor general. --Es el inquisidor general quien os enva? --S, seora. --Pero sois rais de la Inquisicin? --No s si lo soy, seora, como ayer no saba otras cosas; pero hoy como s esas otras cosas, s tambin que soy en cuerpo y alma de la Inquisicin; pero la fuerza, seora, la fuerza, porque todo lo que me est sucediendo de anoche ac me sucede la fuerza. --Pero explicos. --Voy explicarme: sala yo de aqu esta maana con la carta que me habais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi seor, cuando he aqu que me tropiezo... --Con quin? --Con un espritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en la hostera del... Ciervo Azul; y una vez all me quita la carta que vos me habais dado para don Francisco de Quevedo. --Yo no os he dado carta alguna para don Francisco. --Tenis razn; es que sueo con ese hombre. Quise decir la carta que me habais dado para el seor duque de Lerma. --Qu, os la quit?... --Me la sac... s, seora... no s cmo... pero me la sac... y se qued con ella. --Que se qued con ella!... y por qu os dejastis quitar esa carta?--exclam con clera la abadesa. --Ya os he dicho que me la ha quitado... --Pero quin era ese hombre que os la quit? Sud Montio, se le puso la boca amarga, se estremeci todo, porque haba llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa. --El hombre que... me quit vuestra carta, seora--dijo con acento misterioso--, era... era... un alguacil del Santo Oficio. --Un alguacil! --S, seora. Un alguacil que me haba esperado la salida de la portera. --Os vigilaba el Santo Oficio?... es decir, que el Santo Oficio vigila la casa de mi to? --Yo no lo s, seora--dijo Montio asustado por las proporciones que iba tomando su mentira--. Yo slo s que el alguacil me dijo:--Seguidme.--Y le segu. --Y dnde os llev? --Al convento de Atocha, la celda del inquisidor general. --Y qu os dijo fray Luis de Aliaga? --Nada. --Nada? --S; s, seora, me dijo algo:--Desde ahora servs al Santo Oficio. Volved esta tarde.--Como con el Santo Oficio no hay ms que callar y obedecer, me fu y volv esta tarde. El inquisidor general me di una carta y me dijo:--Llevadla al momento la abadesa de las Descalzas Reales. --Ah! trais una carta para m... del inquisidor general? Dnde est? --Aqu, seora. --Ddmela. --No veo... no veo dnde est, seora. La abadesa se levant y pidi una luz, que fu trada al momento. Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja, haba quedado de pie, escueta, inmvil, la negra figura de la abadesa, semejante un fantasma siniestro. No se la vea el rostro causa de su posicin, que la envolva por delante en una sombra densa. Tampoco se poda ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la parte interior del locutorio. El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy dbil. Esto convena Montio, porque si la abadesa hubiera podido verle el semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba plido, desencajado, trmulo. --Dadme esa carta--repiti la abadesa. Montio meti la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y di la madre Misericordia la carta. La abadesa se fu leerla la luz. Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el duque de Lerma escribi aquella maana para la abadesa, y despus la contestacin de ste. La carta del duque deca: Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de decirme que han visto entrar mi hija doa Catalina en vuestro convento y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, don Francisco de Quevedo. Esto no tendra nada de particular, si no hubiese ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la haba galanteado don Francisco, y ella, la verdad, no se haba mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de sumo inters, me vi obligado prender don Francisco de Quevedo y enviarle San Marcos de Len. Psele al cabo de dos aos en libertad, y anoche se me present trayndome una carta de la duquesa de Ganda, que le haba entregado doa Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia: primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que est en inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenis mi hija y Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que descubrs en cuanto la amistad ms menos estrecha en que puedan estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto ms, cuanto peor marido para doa Catalina, y peor hombre para m, se ha mostrado el conde de Lemos. Avisadme con lo que averigureis conocireis, dando la contestacin al cocinero del rey, que os lleva sta. Que os guarde Dios.--_El duque de Lerma._ La carta que en contestacin sta escribi la abadesa, y que entreg Montio y que quit al cocinero mayor Quevedo, contena lo siguiente: Mi respetable to y seor: He recibido la carta de vuecencia tan tiempo, como que, cuando la recib, estaba en visita con mi buena prima y con don Francisco de Quevedo. Doa Catalina me haba dicho que su nico objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y ste me haba hablado tan en favor de vuecencia, que me tena encantada, y me haba hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo, me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para m que doa Catalina y don Francisco se aman, no dentro de los lmites de un galanteo, que siempre fuera malo, sino de una manera ms estrecha. He comprendido que don Francisco quera engaarme para inspirarme confianza, y que no ha sido el amor el que le ha llevado hacer faltar sus deberes doa Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo doa Catalina, posee en la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y por medio de la cual puede dar vuecencia mucha guerra, y tanto ms, cuanto ms vuecencia confe en l. Mi humilde opinin, respetando siempre la que estime por mejor la sabidura de vuecencia, es que debe desterrarse de la corte don Francisco, ya que no se le ponga otra vez preso; lo que sera ms acertado, en lo cual ganara mucho la honra de nuestra familia, impidiendo doa Catalina que continuase en sus locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir vuecencia, quedo rogando Dios guarde su preciosa vida.--_Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales._ Ahora comprendern nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en la hostera del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase atnito y trastornado al cocinero mayor. Veamos ahora la carta que el padre Aliaga haba escrito la abadesa, y que sta lea la sazn: Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto que, olvidndoos de que habis muerto para el mundo el da que entrsteis en el claustro, segus en el mundo con vuestro pensamiento y vuestras obras. Velar por el rebao que Dios os ha confiado debis, y no entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y luchas polticas, que eso, que nunca est bien en una mujer, no puede verse sin escndalo en una monja, y en monja que tiene el ms alto cargo que puede llegar, y por l obligaciones que por nada debe desatender. Escrito habis una carta vuestro to el duque de Lerma, y entregdola Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey, fin de que al duque la lleve. El seor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente por cierto, no puede llevar esa carta al duque, importa que el duque no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga dao nadie. Recibid mi bendicin--_El inquisidor general._ Sinti la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de clera, luego un escalofro de miedo. Porque si bien su to, como ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en Espaa, la Inquisicin no lo era menos, y cuando Lerma haba nombrado inquisidor general al padre Aliaga, le necesitaba le tema. La madre Misericordia, pues, tuvo miedo. Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino tambin al cocinero mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja. Era aquella una de esas situaciones cmicas que tienen lugar con frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni pueden saber qu atenerse. Por esto estaban en una situacin casi idntica la abadesa de las Descalzas Reales y el cocinero del rey. Pero era necesario tomar una determinacin, y la madre Misericordia abri el cajn de la mesa en que se apoyaba, y sac un papel, le extendi, le pas la mano por encima, permaneci durante algunos segundos irresoluta, y luego tom una pluma. Pas un nuevo intervalo de vacilacin. --Y qu digo yo mi to--exclam con despecho--que le satisfaga y no le obligue recelar de m? Cmo contestar su carta sin incurrir en el enojo del Inquisidor general? La abadesa empez dar vueltas su imaginacin buscando una manera, un recurso. Montio vea con una profunda ansiedad la abadesa, pluma en mano, meditando sobre el papel. --Qu ira decir la abadesa al duque?--murmuraba el asendereado Montio--. Dios mo! Dios mo! y quin me hubiera dicho ayer que esto iba pasar por m! Al fin se oy rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre Misericordia. He aqu lo que la abadesa escribi debajo de una cruz, y de las tres iniciales de Jess, Mara y Jos: Mi venerado y respetado to y seor: He recibido vuestra carta en el momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual de ellos haba venido por su intencin, primero doa Catalina, y despus don Francisco. Doa Catalina, muy al contrario de lo que vuecencia ha sospechado, vena con la pretensin de apartarse de la corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de su marido. Yo procur disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha renunciado su propsito. En cuanto don Francisco, ya sabe vuecencia, porque lo sabe todo el mundo, que mat un hombre que en la iglesia de este mismo convento se haba atrevido insultar una dama. Don Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, vena darme una cantidad de ducados, fin de que mandase decir misa por el alma del difunto, y celebrar una solemne funcin de desagravios su Divina Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto es cuanto ha acontecido. De lo dems que vuecencia dice en su carta, no s nada, ni me parece que haya nada, porque aunque despus de leer la carta de vuecencia observ cuidadosamente entrambos, slo vi que se trataban como conocidos, sin inters alguno. Doy vuecencia las gracias por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando Dios por su vida.--_Misericordia_, abadesa de las Descalzas Reales de la villa de Madrid. --Perdneme Dios, por lo que en esta carta miento!--dijo la monja cerrndola--; la Inquisicin tiene la culpa; para que no me cojan el embuste ser necesario avisar mi prima y don Francisco, y gastar algunos doblones en la funcin de desagravios. Quin haba de pensar que el cocinero del rey era alguacil, familiar, espa de la Inquisicin? Despus que la cerr, se levant, pero se detuvo y volvi sentarse y sac otro papel y escribi otra carta. Aquella carta era para el padre Aliaga. Deca as, despus de la indispensable cruz y de las iniciales de la sacra familia: Ilustrsimo y excelentsimo seor inquisidor general: He recibido la carta en que vuestra excelencia ilustrsima tiene la bondad de reprenderme. Yo, desde que abomin del mundo y busqu la paz de Dios en el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplacin de las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia ilustrsima conoce, escrita por m mi to el seor duque de Lerma, hay mucho de mundano, consiste en que mi to me ha pedido informes acerca de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos. Faltara yo lo que debo Dios y mi conciencia, si en lo que digo en la tal carta mintiera. Doa Catalina y don Francisco, no dudarlo, cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo que toca los consejos que daba mi to, los creo lcitos y buenos, porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado escribiendo ms, sin intencin ha sido, pero sin embargo, espero la penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrsima se digne imponerme como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta para mi to que vuecencia ilustrsima me manda escribir en la suya, y en la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi to acerca de los deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Adems, para que vuecencia ilustrsima vea cun sin culpa estoy, inclusa va la que me escribi el seor duque de Lerma. Detvose al llegar aqu la abadesa. --Para que el padre Aliaga desconfie menos de m--murmur--debo enviarle copia de la carta que escribo mi to... Es necesario andar con pies de plomo... Hago, es verdad, traicin al duque... pero la Inquisicin!... La madre Misericordia se acord con horror de que el Santo Oficio haba quemado viva ms de una monja. Este recuerdo la decidi; copi la carta que haba escrito para Lerma y continu la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta manera: Adems, incluyo la que mi to escribo, y creo que vuecencia ilustrsima quedar completamente satisfecho de m. Recibo de rodillas su bendicin y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia ilustrsima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia ilustrsima.--_Misericordia_, abadesa de la comunidad de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid. Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos copias adjuntas ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entreg Montio. --Dadle un pliego--le dijo--al seor duque de Lerma, y el otro al seor inquisidor general. --Al inquisidor general! Y cundo? --Al momento. --Y si me detuviere el duque de Lerma? --En cuanto os veis libre. --Tenis algo que mandarme, seora? --Nada ms. Id, buen Montio, id, que urge, y que os guarde Dios. --Que Dios os guarde, seora. El cocinero mayor sali murmurando: --Dios mo! Dios mo! Dios quiera que estas cartas no me metan en un nuevo atolladero! Entre tanto, la madre Misericordia, que se haba quedado abstrada inmvil en medio del locutorio, se dirigi de repente la salida en un exabrupto nervioso, y dijo, saliendo un espacio cuadrado donde estaba el torno, una monja que dormitaba junto l: --Sor Ignacia, que vayan buscar al momento mi confesor. CAPTULO XXVIII DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIO, ACOMPAANDO LA DOROTEA Debemos retroceder hasta el final del captulo XXII. Esto es, al punto en que Dorotea sali de su casa con Juan Montio. La litera era, en efecto, grande; la conducan dos mulas, una detrs y otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la comedianta, en razn de su oficio, que estaba declarado infame por una ley de partida, no poda llevar sus criados con librea, llevaba del diestro la parte delantera. Arrellanse el joven en un blandsimo cojn, y sinti sus espaldas y su costado derecho otro no menos blando y rehenchido. Aunque Juan Montio no se admiraba de nada, causle impresin aquel lujo, no por s mismo, sino porque le usase Dorotea. La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanera de galn de oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los cristales y una rica piel de oso en el fondo. Poda asegurarse que muchas damas principales y ricas no posean un tan lujoso vehculo. Es verdad que antes y ahora muchas seoras de ttulo no podan ni pueden tener los trenes que usaban las comediantas. Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, est explicado todo. Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y extrao dilogo anterior su salida de la casa, no haba podido hacerse cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven. Al entrar en la litera, Dorotea se haba echado atrs el manto, dejando descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de las mangas de oro martillo, que no parecan sino verdaderas bordaduras hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo terso, lo dulce, por decirlo as, de su cutis; un largo collar de gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnicin de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso cordn de oro con rubes y esmeraldas ciendo su cintura y cayendo doble y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnfica falda, hasta los pies. Uno de estos pies, pequeo, deliciosamente encorvado, asomaba como al descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura. Con decir que bajo los puos rizados de encaje, sobre las manos preciosas por s mismas y riqusimas por sus sortijas, se vean dos pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que tambin diamantes y perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, est hecha la descripcin de su atavo. Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo tambin del duque de Lerma. Esto no quera decir que Lerma amase demasiado la comedianta, sino que era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo que bastaba para que la ostentacin de Lerma la hubiese deseado para querida pblica; y sindolo, no poda buenamente presentarse al pblico de otro modo sin desdoro del duque. Adems, este lujo escandaloso de la Dorotea, serva al duque de prospecto para con otras mujeres. Slo que la mayor parte de las que se suscriban las obras del duque, se encontraban con que las obras no correspondan, ni con mucho, al lujo del prospecto. Pero Juan Montio que, pesar de todo, conservaba un fondo de candor y virginidad en el alma, le maravill todo aquello. No se di razn de la razn de aquel lujo, aturdido por l. Dorotea, como mujer y como atavo, se le haba subido la cabeza; le haba embriagado. Y era muy difcil defenderse de la embriaguez causada por aquella portentosa armona de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color, de atractivos; por aquella mirada dulcsima y ardiente que le sonrea, le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo as; por aquella nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso. Encanta una mujer hermosa vestida de blanco de negro. Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedreras, y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga. Por eso estaba embriagado don Juan Montio. Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueos de nuestra razn y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y en aquella situacin, se haba olvidado completamente de doa Clara Soldevilla. En verdad que la embriaguez pasa, y que despus de haber pasado, quien tiene dignidad en el alma, se avergenza de su pasada embriaguez. Brillaba, reluca la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante tena esa dulce seriedad del sentimiento que slo modifica veces una indicacin de sonrisa, sensual, caracterstica, que parece decir una mujer un hombre: no vivo, no siento ms que para ti. A ms que por la expresin de su semblante, el estado fsico y moral del joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su cuerpo. Dorotea era entonces feliz. Durante algn tiempo, slo se hablaron con la mirada lcida y fija, y con la involuntaria y expresiva presin de las manos. Hubo un momento en que Juan Montio acerc demasiado su semblante al de Dorotea. Dorotea retir el suyo, y dej ver en l una dolorosa seriedad. --Perdonad--dijo Juan Montio--, estoy loco. --Perdonad vos ms bien--dijo Dorotea--, pero por vos y para vos soy una mujer nueva. No hablaron ms durante algunos segundos. La seriedad de la joven pas, como pasa un nubladillo por delante del sol. --Estoy pensando una cosa, Juan. No os llamis Juan? --S; s, seora, Juan me llamo; en qu pensbais? --En que me expongo llevndoos al teatro. --Que os exponis! --S por cierto; all veris mis compaeras. --Bah!--dijo con desprecio el joven. --No seis fanfarrn; no despreciis al enemigo antes de conocerle. --Me habis puesto fuera de combate; me habis hechizado. --Quiralo Dios--dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las manos de Juan Montio. --Pues mirad--repuso el joven--, yo pensaba en otra cosa. --En qu? --En que antes de salir de vuestra casa... --De nuestra casa, caballero... --Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de t. --Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuros que yo soy la mujer ms honrada y ms respetable del mundo. --Y qu, no lo sois para m? --Y tanto como lo soy; ya veris. --Os habis propuesto desesperarme? --Me he propuesto que me amis. --Qu! no os amo ya? --No, ni yo os amo tampoco. --Cmo!--exclam con acento severo el joven, creyndose objeto de la burla de una cortesana. Dorotea comprendi su intencin por su acento, y se apresur decir: --Antes de pensar mal de m, escuchadme. --Habis dicho una hereja. --No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos separsemos... hoy; que no nos volvisemos ver... --Pero eso no puede ser. --Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid y no pudiseis escribirme... bien, si m me prendiese... la Inquisicin, por ejemplo, y me empozase y no volviseis saber de m; ni siquiera que estaba presa. --Ah, no digis eso! --Es una suposicin. Pues bien, sabis lo que sucedera, caballero? Me buscarais y yo os buscara, medida que pasara el tiempo nos buscaramos el uno al otro con menos inters; al fin slo nos quedara el uno al otro, tal vez los dos, esa impresin vagamente dolorosa de una esperanza desvanecida; s, de una esperanza; porque lo que somos el uno respecto al otro... para hablar con ms seguridad: lo que vos sois para m, no es ms que una bella esperanza, una esperanza que yo no haba alentado, porque no haba comprendido que el amor es la vida de la mujer; que el amor es lo nico que puede hacerla buena, casi santa... el amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no haba amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que creo existe entre vuestra alma y la ma. --Ah! seora! creis que mi alma?... --No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no deseara vuestro amor... pero me parece que slo os inspiro deseo. --Yo no s lo que me inspiris, seora. --Puede ser que algn da sintis amor por m... pero eso slo puede hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amar ms cada da. --Pero es cierto que no me amis an, seora? --No quiero engaaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que soy otra mujer... cuando os vi, sent... voy probar si puedo haceros conocer lo que sent... sent que un no s qu desconocido, dulce, inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila, sin deseos... como no he sentido por ningn otro hombre. --Y sin embargo, no queris ser ma por completo?--dijo con acento de queja Juan Montio. --No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo llevaros al teatro. Vos sois como todos; ms materia que alma... al menos para m... en el teatro veris la Angela, la Andrea, la Mari Daz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los ojos ms graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en campaa, y empieza disparar contra vos... mejor dicho, contra m, toda su batera de miradas y de suspiros enamorados. Oh! tengo miedo... y sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacis traicin, mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que puede acabar por romperme el corazn; si os mantenis firme... oh! eso sera una felicidad... porque me probara que vos sois para m lo mismo que yo soy para vos. --Y podis dudarlo? --Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza; puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... bah! cuando yo vea en una comedia de Lope unos amores repentinos, me deca siempre rindome del autor: eso es escribir como querer, y nada ms. El amor no es obra de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y apasionado... lo dems... si yo no sintiese por vos ms que una impresin causada primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera cado en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho que os amaba. Pero me hubiera engaado, como me he engaado respecto otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado. --Confieso que no os comprendo, seora. --No importa, ya me comprenderis. Pero ya estamos cerca del teatro, od: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os tratar de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para exigirme igual conducta cuando estemos solos. --Y eso por qu? --Si yo no os tratase delante de esas gentes como un amante favorecido, creeran que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga en ridculo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... oh! dejadme que sea vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer perdida, realice para vos ese hermoso sueo de la mujer virgen y honrada... dejadme soar, ya que soy tan infeliz que la realidad me mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido. En aquel momento la litera se par en la calle del Lobo, delante de un portaln feo que se vea en una fachada irregular. Llova, y el criado que hasta all haba conducido la litera, abri un enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea sali, y cubierta con el paraguas, salv de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha falda recogida con suma coquetera, el espacio enlodado de la entrada, y gan la parte seca del interior. --Oh, reina de las reinas!--dijo al verla un joven de aspecto aristocrtico por sus maneras y por su traje--; dignos tomar mi brazo para subir esas endiabladas escaleras del vestuario. --Gracias, don Bernardino--dijo la Dorotea sonriendo--; pero viene conmigo persona tal, que no cambiara su brazo por el del rey. Al mismo tiempo Juan Montio sala de la litera, y Dorotea se asi su brazo. --Ah, perdonad, seora!...--dijo don Bernardino siguiendo los jvenes, que se encaminaban unas estrechas, negras y horribles escaleras--; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Caldern... --Est herido y medio murindose, no es verdad?--dijo Dorotea. Suban por las escaleras. --Me espanta la serenidad con que hablis y las galas que vests. --Como que estoy de boda. --Os casis? --Con Sancho Ortiz de Rodas. Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho Ortiz era el amante novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se representaba aquella tarde, y en la que desempeaba la parte de protagonista Dorotea. --Ah, s, es verdad! vens vestida desde vuestra casa! --S, por cierto. --Habis hecho bien, porque la funcin se ha empezado; la loa est casi la mitad, y han empezado correr por el patio unas noticias que tienen disgustado al pblico. Seguan la sazn por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, cuyos dos costados haba puertas. --Y qu noticias eran esas?--dijo la Dorotea avanzando por el corredor delante de Juan Montio. Detrs de los dos iba Don Bernardino. --Esas noticias eran que vos, consecuencia de la herida de don Rodrigo, estbais desesperada y no representbais. --Ya veis que no. --Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van vitorear con frenes. El pblico est enamorado de vos. --Pues no se conoce, porque me paga poco. --Eso consiste en que Gutirrez es un judo. Tiene en vos una mina de oro. --No queris entrar?--dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del corredor, y entrando en un pequeo aposento. A pesar de que como haba sido pronunciado aquel _no queris entrar?_ supona lo mismo que esta otra frase: _haris bien en iros, porque estorbis_, don Bernardino se hizo el desentendido y entr. El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y alfombrado, tena un ancho canap sof con almohadones de damasco y sillones de gran lujo, y al fondo haba una puerta con cortinaje de seda. En medio se vea un brasero de plata con fuego. --Petra--dijo Dorotea una doncella que estaba esperndola en su cuarto--, ve y di al autor que por m no tiene necesidad de detener la funcin. La doncella, despus de tomar el manto de su seora, sali cumplir su encargo. Juan Montio, una indicacin de Dorotea, que se haba sentado en el canap, se sent en un silln y se descubri. Don Bernardino se descubri tambin, aunque con suma impertinencia; se sent en otro silln con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo sobre el respaldo del silln y cruz una pierna sobre la otra. Juan Montio, que no haba hablado una sola palabra, empezaba amostazarse. Era don Bernardino uno de estos jvenes fatuos, que han frecuentado siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de una bailarina, sin encontrarlo jams, y que acaban por creerse adorados de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y valientes, y junto los cuales no se puede estar un minuto sin sentir desprecio clera. Don Bernardino de Cceres era un segundn de una familia principal de Crdoba; gastaba ms vanidad que doblones, y por razn de su vanidad andaba siempre perdonando vidas. Hacalo con tal aplomo y se crea tan de buena fe valiente, que los dems acabaron por creerlo y por respetarle. Esto haba acabado de hacer insoportable don Bernardino. --Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?--dijo cuando se hubo sentado, y con cierto espritu de proteccin. --Algo ms que pariente--dijo con descaro la Dorotea--; es... mi amigo, y el amigo quien ms quiero. Mir de alto bajo don Bernardino Juan Montio, como buscando la razn, el por qu del cario de Dorotea hacia aquel hombre. --Debis ser forastero--dijo don Bernardino. Juan Montio hizo una seal afirmativa con la cabeza. --Es paisano vuestro, Dorotea? --No lo s, porque yo no s de dnde soy. --Ah! vos sois del cielo. --Pues entonces no somos paisanos--dijo Juan Montio con mal talante--, porque yo soy de la tierra. --Habis estado alguna vez en la corte? --Ayer vine por vez primera. --Y como en la corte no conoce nadie, ha venido parar mi casa. --Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada--dijo don Bernardino--, y estimando yo como estimo vuestra... amiga, no puedo menos de ofreceros mi amistad. Y tendi la mano Juan Montio, que se la estrech framente. En aquel momento se oy una voz de hombre que deca en el corredor: --Dorotea! --La escena me llama, seores--dijo la joven--; venid, venid conmigo, Juan, y me veris trabajar desde adentro. Montio sigui Dorotea; don Bernardino sigui Montio. Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se encontraron en la parte interior del escenario. En los tiempos de Felipe III empezaban usarse ya los bastidores, en vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena. El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente, toda alegre y toda _non sancta_: comediantes y comediantas, poetas, galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se menta; y al pasar Dorotea junto un grupo de hombres, en medio del cual haba una joven sumamente hermosa, dijo uno de los del corro, hacindole reparar con una indicacin en Juan Montio: --Dejad estar entre bastidores este caballero, que es cosa ma. Despus se dirigi un bastidor, para esperar su salida. El escndalo estaba dado. Y decimos el escndalo, porque en la manera de presentar Dorotea Juan Montio, haba dicho todos: --Ese joven es mi amante. Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corra por la corte la nueva de que don Rodrigo Caldern estaba herido, era un verdadero escndalo. --Qu decs esto, Mari Daz?--dijo un comediante rechoncho la joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo. --Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo, cuando la Dorotea se atreve tanto. --Qu es eso?--dijo otro de los del corro--. A quin aplauden de ese modo? --A quin ha de ser sino Dorotea?--dijo encubriendo mal su despecho la Mari Daz--; pues no sabis que en los locos gastos del duque de Lerma por ella, entra una compaa de mosqueteros que hacen salva en cuanto abre los labios se mueve la _seora duquesa_? La Dorotea tiene mucha suerte. Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontneos, persistentes. --No, pues esos no son los mosqueteros--dijo un poeta--; si lo son, es mosquetero todo el pblico. --Qu sabis vos?--repuso Mari Daz--; hay tardes en que estn de humor, y en sonando una palmada, all se van todos detrs, como borregos. --Pues yo voy ver qu maravillas est haciendo Dorotea--dijo don Bernardino de Cceres. --Soberbio modrego--dijo la Mari Daz apenas haba vuelto la espalda el presuntuoso hidalgo--; si tuviera tantos doblones como vanidad, no andara la Dorotea tan desdeosa con l. --Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante--dijo otro. --Pero es muy hermoso--replic la Mari Daz. --Os habis ya enamorado de l? --Yo!... --Dicen que sois muy enamoradiza. --Por eso los llevo detrs haciendo cola. --Es que dicen que los llevis delante. --Pues mienten. Slo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no quiera tener ms. Pero volvamos al asunto del da: conocis ese nuevo amante de la Dorotea? --Yo no le he visto nunca, y eso que voy todas partes--dijo un comediante. --Ni yo--repuso otro. --Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo que est en la corte--dijo la Mari Daz. --Bah! pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si arrastrase un manto ducal! como vos cuando hacis de reina, reina ma!--dijo un poeta. --Eso quiere decir que no es un cualquiera--recarg la comedianta. --De qu se trata?--dijo un alfrez de la guardia espaola que se haba acercado al grupo. --De qu se ha de tratar, seor Gins Saltillo, sino de un acontecimiento extraordinario?--contest un comediante. --De un escndalo!--aadi un poeta. --De una enormidad!--recarg un tercero. --Pero qu milagro, qu escndalo y qu enormidad son esas? --Ya sabris, porque lo sabe todo el mundo--dijo la Mari Daz--que don Rodrigo Caldern tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quin. --Pero eso no es un milagro. --Escuchad: sabris adems que est muy mal herido. --Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su zapato... conque vamos al negocio y veamos en qu consisten el milagro, el escndalo y la enormidad. --El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un pobre--dijo la Mari Daz. --Ah! eso ya es distinto; comprendo que estis asombrados: vamos al escndalo. --El escndalo consiste en que se haya presentado al pblico con sus mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo. --En efecto, esto tiene algo de escandaloso--dijo el alfrez--. Pero la enormidad... veamos la enormidad. --La enormidad! no os parece una enormidad el que nos haya presentado todos su nuevo amante? --Efectivamente; esa muchacha se va echando perder ms de lo justo. Y es lstima, cuando se trata de la mujer ms hermosa del ejercicio... perdonad, Mari Daz, la ms hermosa despus de vos. --Afortunadamente estoy aqu para daros las gracias, seor Gins Saltillo--dijo la comedianta sin poder dominar completamente su mortificacin. --Y quin es l? --No le conoce nadie. --Es forastero? --Y altivo. --Aunque pobre! --Pobre soy yo--dijo el alfrez--, y en punto orgullo no me trueco por un portugus. Y qu tal? es buen mozo? --No tanto como vos--dijo la Mari Daz--, pero aun as puede presentarse sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, despus de vos. --Muchas gracias por la fineza, prenda ma; aunque no me satisface mucho vuestra opinin. --Y por qu no? --Jams os he visto acompaada de un hombre que valga seis maravedises. Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por vos, os siguen y os persiguen ms de cuatro gentileshombres. Por eso, porque en vuestro gusto particular no confo, y porgue no es cosa de preguntar estos seores, que por envidia podrn informarme mal, quisiera conocer ese portento. --Pues all est, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cceres que, como sabis, es el perro de la Dorotea. --Voy, voy verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con otras no menores. --Qu! Qu sucede?--exclamaron todos. El alfrez se meti ms al centro y dijo en voz baja y con sumo misterio: --Hay novedades! --Novedades, y en dnde? --Novedades en palacio. -Ah! -Oh! --Eh!--exclamaron todos. --Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no se puede uno fiar de su camisa. --Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto don Rodrigo, tiene su intrngulis. --Su qu?... --Su misterio, seores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido de lo alto. --De que alto? --De palacio. -Ah! --Parece que Don Rodrigo quera alzarse con el santo y la limosna. --Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado. --Y que tal zancadilla tena armada al duque, que ste ha echado por el camino ms corto para no perder tiempo. --Conque acusan su excelencia...? --S; pero hablad ms bajo, vida ma, si no queris dormir esta noche sin ms compaa que las ratas. --Seguid, seor Gins, seguid; vos, Mari Daz, no interrumpis--dijo uno. Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia el noticiero, todos los odos atentos, porque han de saber nuestros lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se han tomado gran inters por los negocios pblicos. --Se dice--aadi el narrador--, que el duque... pues... su excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al herido. --En su casa! --Como que le hirieron junto al postigo de su casa. --Y no se sabe quin le hiri? --Todava no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que... qu ms prueba queris de que estas estocadas han venido de lo alto? --Esto es grave--dijo uno. --Gravsimo--aadi otro. --Y m me parece lo ms fastidioso del mundo--dijo Mari Daz--; qu nos importa todo eso? Por mi parte me voy. --Id con Dios, princesa, id con Dios--dijo el alfrez--; si no fuera por dejar con su curiosidad estos seores, os acompaara. --Muchas gracias--dijo la Mari Daz alejndose. --All va al primer bastidor--dijo uno. --A ponerse en guerra con la Dorotea. --Esas chicas acabarn por araarse. --No, porque la Dorotea es magnnima; como siempre vence! --Dejmonos de mujeres, seores, y vamos lo que importa--dijo el alfrez, que reventaba por soltar sus noticias. --S, s; seguid. --Decamos que las tales estocadas haban venido de lo alto, segn todos los indicios. Pues bien, hay ms. Ha entrado el rasero, seores. --El rasero!... --Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor don Baltasar de Ziga, que va de embajador Inglaterra. --Pero si don Baltasar no se mete en nada! --Cmo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del prncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, seor; don Baltasar conspiraba... Y si no, por qu andaban hoy en palacio tan graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda sin poder entrar en la cmara del rey? Y por qu estaba tan alegre el duque? --Verdaderamente todo esto es grave--dijo uno de los del grupo, que tena el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad. --Gravsimo!--dijo el alfrez--. Pues ya lo creo! Pero hay una cosa ms grave an. -Qu? -Qu? --No se ha dejado salir de su cuarto al prncipe don Felipe de orden del rey. --Ah! Pues esto es tres veces grave. --Se cree--dijo el alfrez--que Lerma se haya puesto del lado de la reina. --Bah! eso no puede ser--dijo uno. --La reina odia al duque--aadi otro. --Creo ms fcil que la Mari Daz deje de ser envidiosa--dijo un tercero. --Prueba al canto--contest el alfrez. --Veamos. --El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es todas luces del partido de la reina. --Indudablemente. --Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general. --Inquisidor general! Pues y cmo ha quitado esta dignidad su to don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma? --Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto enojar su to, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le importar mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable... indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina. --Pero cundo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga? --El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extrao que no lo sepis; lo saben muy pocos. Cuando os exageraba que haba novedades...! --Pero qu inters tiene el duque...? --Oh! la zancadilla que se le haba preparado era feroz. Se le iba acusar de traicin, de estar vendido la Liga. --Oh! --Y uno de los que ms han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda. --Su hijo! --Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda llegar la privanza y no perdona medio. --Todo esto es grave, gravsimo--dijo el que todo lo vea por el lado serio. --Pues hay adems algo que aumenta la gravedad de estos sucesos. --Qu! --Qu! --Se cree...--dijo el alfrez, bajando ms la voz y con doble misterio. --Pero trais un saco de noticias, alfrez! --Que doy de balde. Pero od lo que se dice en palacio, por los rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque de Osuna. --Se tiene la mana de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin duda, para huir de estos enredos, se ha ido ser virrey de Naples--dijo un autor de entremeses. --Aunque el duque de Osuna est en Npoles, vieron anoche en Madrid su secretario don Francisco de Quevedo y Villegas. --Que est don Francisco en Madrid!--exclam el autor de la compaa, como diramos en nuestros tiempos, el representante de la compaa--; bah! eso es mentira. Hubiera venido por aqu y yo le hubiera encargado un entrems. --En cuanto lo de venir, quiz no pueda porque est escondido--dijo el alfrez. --Pues si est escondido, quin le ha visto? --Le vieron anoche en palacio. --Creeran verle. --All lo veremos; pero qu esto? Lo que haba motivado la pregunta del alfrez, era un ruido particular, un alboroto que provena del primer bastidor de la derecha del escenario. Todos corrieron all. Lo que haba sucedido, lo vern nuestros lectores en el captulo siguiente. CAPTULO XXIX DE CMO JUAN MONTIO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DI CONOCER ENTRE LOS CMICOS. La Mari Daz, dejando en su chismografa poltica al alfrez, los comediantes, los poetas _ tutti cuanti_, se fu decididamente, pero como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del escenario. En l estaban solas dos personas: Juan Montio y el finchado hidalgo don Bernardino de Cceres. --Me permits, caballero?--dijo la Mari Daz tocando Suavemente en un hombro Juan Montio, y con la voz ms dulce del mundo. El joven se volvi y vi la comedianta que le salud Con una graciosa inclinacin de cabeza y una sonrisa. --Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea--dijo el joven para s--. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada... Y se volvi mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea. Don Bernardino se encontraba relegado un ltimo lugar: la comedianta delante, detrs Juan Montio, y l sus espaldas. --Permitidme, caballero--dijo don Bernardino. Juan Montio no se movi. Don Bernardino guard silencio. Pas as algn tiempo. Mari Daz segua arrojando sobre Juan Montio mirada tras de mirada, sonrisa tras de sonrisa, vuelta de algunas frases de elogio la Dorotea. Juan Montio contestaba con otra frase, pero era tan econmico y tan liso en sus contestaciones, que Mari Daz se impacientaba. --Hace mucho tiempo que conocis mi amiga?--dijo la comedianta entablando ya decididamente una conversacin. --Es un conocimiento nuevo--dijo don Bernardino, que tena el vicio de introducirse en todas las conversaciones, por ms que nada le importasen. --Este caballero--dijo secamente Juan Montio--, se ha tomado el trabajo de responder por m. --Pero es que yo os he preguntado vos. --Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad. --Oh! yo s siempre lo que me digo--contest con fatuidad don Bernardino, atusndose el bigote izquierdo. --Menos cuando no--dijo la comedianta. --Mejor ser que callemos, prenda, que os estar bien. En mal hora se meti don Bernardino con la comedianta. Esta, que quera tener un motivo slido de entablar conocimiento con Juan Montio, forz la situacin. --Y por qu hemos de callar? veamos: qu tenis vos que echarme en cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente? --Si como sois de desvergonzada, furais de hermosa y discreta, serais un prodigio. --Como vos, si no furais grosero y mal nacido. --Vive Dios, doa perdida--exclam don Bernardino todo fuera de s--, que me la habis de pagar! --Me hacis el favor de iros cien leguas de aqu?--dijo Juan Montio volvindose y encarndose en don Bernardino, tiempo que levantando ste la mano sobre la Mari Daz, la hacia ampararse de Juan Montio, y decirle: --Defendedme de este hombre, caballero! es un infame! --Idos--repiti Juan Montio con una calma inalterable. --Que me vaya!--exclam todo clera don Bernardino. --Me estis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya ms peso. Idos, vive Dios! --Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas--exclam el hidalgo, que echaba fuego por los ojos. --A m! echarme vos m!...--exclam Montio ponindose plido. Y en seguida son una bofetada, y luego un hombre cay, como lanzado por una mquina, del lado de adentro de los bastidores. Juan Montio haba dado aquella bofetada. Don Bernardino la haba recibido. Juan Montio era el que haba arrojado. Don Bernardino el que haba cado. Este era el estruendo que haba distrado de su chismografa poltica al alfrez de la guardia espaola Gins Saltillo y sus oyentes. Montio se haba vuelto con suma tranquilidad su bastidor. Mari Daz estaba temblando haciendo que temblaba junto l. Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se haba levantado trmulo de clera, haba desenvainado la espada, y se haba ido hacia Juan Montio. El alfrez y sus acompaantes se interpusieron. --Dejad que mate ese hombre que me ha afrentado--dijo don Bernardino. Y como no le dejasen acercarse Juan Montio, empez llenarle de improperios. --Si no queris que os tengamos por mujer, callos--dijo Juan Montio acercndose al grupo--; y si queris tomar satisfaccin de esa afrenta, decidme dnde y cundo podremos vernos, fin de que yo os pruebe que no estn fcil desagraviarse de m. --Ahora mismo... fuera... --No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra. [imagen:...cay, como lanzado por una mquina.] --Dice bien ese caballero--dijo el alfrez, que se pereca por este gnero de lances--; adems, que las pragmticas son rigurosas, y en esto de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martn hay unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y all... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... las doce de la noche... --Acepto por mi parte--dijo Juan Montio--, y como soy nuevo en Madrid y no conozco sus calles, deseara que uno de vosotros me acompaara, seores. --Yo--dijo el alfrez. --Y yo acompaar don Bernardino--dijo un poeta. --En hora buena. A las doce estar en las casas derribadas de San Martn--dijo don Bernardino, y sali. --Y dnde nos veremos nosotros, seor alfrez?--dijo Juan Montio Gins Saltillo. --Sabis las gradas de San Felipe? -S. --Pues las once y media, en las gradas de San Felipe. Montio salud y se volvi al bastidor. Todava estaba all la seora Mari Daz. --Gracias, caballero, gracias--le dijo--; os estoy tan agradecida, que no sabr cmo demostraros... --No hay por qu, seora--contest brevemente Montio. --Vivo en la calle Mayor. --Muchas gracias. --Nmero sesenta... --Gracias, seora. --Me encontraris all todo el da... En aquel momento la Dorotea sala de la escena, y oy las ltimas palabras de la Mari Daz. La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la estremecieron aquellas palabras que haba cogido al paso, no di el ms leve indicio de haberlas escuchado. Devor sus celos, se mantuvo serena y mir Juan Montio. Entonces se aterr. El semblante del joven estaba demudado an de clera. --Qu ha sucedido?--exclam--; qu tenis, Juan? Os habis visto obligado acaso?... --Se ha quitado una mosca de encima--dijo el alfrez Saltillo... y de una manera brava... estos seores pueden testificar. --Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero--dijo un poeta. --Eneas haciendo rodar Aquiles--aadi otro. --Un lance por una... hermosa--dijo otro. --De cuyo lance resultarn estocadas. --Queris hacerme un favor, seores?--dijo Juan Montio. Miraron todos con atencin al joven. --No hablemos ms de esto--dijo. --Pero!...--exclam Dorotea... --En resumidas cuentas...--dijo un comediante--como don Bernardino de Cceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor... --Ah! --Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo--dijo el alfrez--, y que una vez sucedidas, no tienen ms que un remedio... este caballero lo sabe, y yo lo s, y todos lo sabemos... conque no hay que hablar ms de ello. Dorotea se asi del brazo de Juan Montio, y se lo llev entre los telones, en donde estuvo paseando con l, dando lugar las murmuraciones del corro, que crecieron. --Por quin habis pegado don Bernardino?--dijo Dorotea--; por m por Mari Daz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digis la verdad... cuando yo sala, la Mari Daz os citaba. --He pegado ese hombre, por l mismo; y en cuanto esa mujer, no tenis motivos para enojaros conmigo. --Y qu pensis hacer? --Que he de hacer ms que matar ese hombre, y dejar ir por su camino esa mujer? --Ah! Dios mo! pero sabis quin es don Bernardino? --Un impertinente. --Todos le temen. --Hacen muy mal. --Os matar os estropear. --Creo que ese hombre tiene la espada ms virgen del mundo--dijo con desprecio Montio. --Ah! no lo creis! cuando l habla todos callan. --Razn ms para dudar de su valenta. Cuando todos temen un hombre es cuando menos debe temrsele. --Vos no iris. --Cmo! me peds vos que me deshonre? Consentirais vos vuestro lado un hombre que hubiese perdido la vergenza? --Os quiero vivo. --Y vivo me tendris. --Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciseis don Bernardino... --Anoche venc dos veces Caldern. --Ah! es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me haba olvidado... pero Dios mo! aunque eso sea, de todos modos os pierdo: si le matis tendris que huir. --No le matar. --Oh! gracias... no iris, no es verdad? esperaris que se acabe la funcin y os vendris conmigo... yo har... yo dir al duque de Lerma que destierren ese hombre. --Qu estis diciendo?... Ir encontrar don Bernardino al lugar donde me ha citado... y no le matar, pero le escarmentar... Miserable! Vive Dios que ningn hombre se ha atrevido como l probarme la paciencia! --Malhaya la hora en que os traje al teatro! --Y por qu? Nada temis; yo har de modo que me conozcan esos seores, y cuando me conozcan, me respetarn, os lo juro. --Dorotea! Dorotea!--dijo una voz cerca de ellos. --Otra vez la escena!--exclam la joven--; oh, malditas sean las comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayis. --Y desasindose del brazo de Juan Montio, atraves rpidamente el espacio comprendido entre los telones, y sali la escena. Poco despus se oyeron fuera estrepitosos aplausos. --Es mucha, mucha mujer esa--dijo una voz junto Juan Montio--, y no me extraa que la amis. Volvise el joven, y vi junto s Gins Saltillo. --Quin os ha dicho que yo amo dejo de amar esa seora? Y, sobre todo, os importa vos?--dijo el joven, que estaba resuelto sostener la cuerda tirante hasta que saltase. --Tenis una manera de contestar...--dijo contrariado el alfrez. --Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenis en meteros en lo que no os va ni os viene. --Perdonad, yo cre que un hombre que se ha ofrecido serviros de testigo... --Y qu falta me hacen m testigos para mis asuntos? --Ah! Pues os digo que si lo tomis as, vais tener mil camorras todos los das, si no es que la primera os escarmientan. --Os suplico que me dejis en paz. --Seor mo--dijo el alfrez, retorcindose su mostacho--, yo soy un hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las palabras de otro hombre, procuro conocer en qu estado se halla al decirlas. Vos estis irritado, no s si con razn sin ella. Habis abofeteado un hombre, ignoro con qu motivo: ese hombre os ha pedido que le desagraviis riendo con l, y vos habis aceptado; yo era el nico hombre de espada que estaba presente, y me ofrec... --Y yo he aceptado... gracias--dijo seca y brevemente Juan Montio. --Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os he dicho acerca de Dorotea, y tanto ms cuanto me haba quedado solo, porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...--y el alfrez se retorci el otro mostacho y di una entonacin singular su voz--si encontris en m impertinencia... es distinto, caballero... decdmelo para que yo sepa lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba. --Perdonad--dijo Juan Montio--; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por equivocacin os he ofendido... Perdonad, yo no os conoca, no os haba visto hasta hoy. Y tendi su mano al alfrez. --Hubiera sentido reir con vos--dijo ste apretando con fuerza la mano del joven--; tenis para m un no s qu... algo que me habla en vuestro favor. Sois soldado? --Puede ser que estas horas lo sea de la guardia espaola. --Ah, vive Dios! Pues si sois de la guardia espaola, y de la tercera compaa, de la que soy alfrez, seremos camaradas! Y ya que eso puede ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino. --Por qu? --A todo el que entra en la guardia espaola, se le piden pruebas de valiente: conque hayis reido bien con don Bernardino de Cceres, las llevis hechas. --Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo--dijo con desprecio Juan Montio. --Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno. Con que salgis de un lance con l sin que os mate, no hay ms; habis quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y buena espada. --Sabis cuntos ha matado don Bernardino? --Saber por m mismo... no... pero se dice de l... --Eh! Del dicho al hecho... --Pues bien; algrome de que estis tan bien alentado... Pero por all pasa la Dorotea, y os hace seas... id... que aqu os espero. --Mas bien; cuando se acabe la funcin, y yo haya dejado Dorotea en su casa, esperadme en las gradas de San Felipe. --Pues hasta la noche. --Hasta la noche. Montio sigui la Dorotea, y el alfrez, harto pensativo por lo que haba mostrado de s Juan Montio, sali del vestuario. CAPTULO XXX DE CMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIO Eran las doce de la noche. Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San Martn. Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no poda conocerse aquellos bultos. Encaminronse San Martn, llegaron, tomaron la izquierda por la estrecha calleja del postigo, revolvieron la derecha, y se entraron por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento. Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y poco les detuvo una voz que les dijo: --Quin va? --El alfrez Saltillo--dijo uno de los que llegaban. --Viene con vos el difunto?--dijo otro. --No s por qu decs eso, amigo Velludo, si no es porque aqu hay un olor muerto que vuelca. --Yo creo que trais ese olor metido en las narices, amigo Saltillo. --Pronto hemos de ver si est ese olor aqu, si le traemos nosotros. Est don Bernardino? --Impaciente. --Pues an no han dado las doce. --Es que el reloj de la honra adelanta siempre. --Pues adelante. --Adelante. --Me habis prometido no desenvainar la espada, seor alfrez--dijo Juan Montio. --Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los padrinos siempre rien. --Lugar tendris de reir si me matan; pero entremos bajo techado, porque llueve muy bien. --Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en pie. Estis ah, amigo Velludo? --Aqu estoy. --Habis trado linterna? --S. Y vos? --Tambin. --Pues hagamos luz. En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los padrinos. A su luz turbia y escasa, se vi una habitacin destartalada, ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en los vanos de las puertas y ventanas, que se haban convertido en boquerones. Al fondo de la habitacin haba dos hombres. Don Bernardino de Cceres y su padrino. --Creo que podemos empezar cuanto antes--dijo don Bernardino desnudando la espada y tomando la linterna de mano de su padrino. --Por nosotros no hay inconveniente--dijo el alfrez, dando su linterna Juan Montio--. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo Velludo. --Qu? --Nosotros no reiremos. --La costumbre es que los padrinos rian. --Cierto; pero yo no soy padrino del seor Juan Montio, sino su amigo, que viene ver lo que va pasar aqu para contarlo despus todo el mundo, si es que este hidalgo lleva cabo lo que se ha propuesto. --Y qu se ha propuesto este hidalgo?--dijo con desprecio don Bernardino. --Se ha propuesto--dijo el alfrez--daros los dos una vuelta. --Una vuelta! vive Dios--exclam don Bernardino--, que este hidalgo debe de ser de Andaluca! --Una vuelta de cintarazos--aadi el alfrez. --Pues verlo--exclam don Bernardino avanzando ciego de furor hacia Juan Montio. Al primer testarazo de ste--y decimos testarazo, porque no encontramos otra frase mejor--, la linterna de don Bernardino cay al suelo, se rompi y se apag. Montio y Saltillo se echaron reir. --No deca yo que os bais divertir, alfrez?--dijo Montio, parando un tajo de don Bernardino--; pues ya os habis redo, y ahora veris. Qu hacis ah, don murcilago, puesto la sombra?--aadi, dirigindose al que el alfrez haba llamado Velludo. Y tras estas palabras le meti un cintarazo. Velludo di un rugido, desnud su espada, y se fu Montio. El joven tena delante dos enemigos que le acometan ciegos de furor; pero alcanzaba con su espada uno y otro lado de la habitacin, y no les dejaba avanzar. El alfrez, con la espada envainada, estaba detrs del joven. Juan Montio volva la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como sobre el otro de sus enemigos. De tiempo en tiempo les meta un furioso cintarazo. El alfrez soltaba una carcajada. Otra carcajada de Juan Montio contestaba la del alfrez. Los aporreados blasfemaban y apretaban los puos. Pero Juan Montio los haba acorralado en un rincn, y dominados ya, les sacuda que era una compasin. Aquello haba pasado ser una burla feroz. Era el desprecio mayor que poda hacerse de dos hombres. Juan Montio demostraba, no slo que era valiente y bravo, sino que su destreza era maravillosa. El alfrez se tenda de risa, y cuando Montio, tras una doble parada difcil, sacuda dos cintarazos, aplauda. De repente vi un resplandor vivo, y son una detonacin. Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado, fuera de s de clera, haba desenganchado un pistolete de su cinturn y haba hecho fuego. Pero, por fortuna para Juan Montio, ste vi el pistolete, y toc con el nico tajo que haba tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fu al suelo; don Bernardino, que haba cambiado la espada la mano izquierda para apelar aquel recurso villano, estaba fuera de combate; no poda valerse del brazo derecho. Velludo estaba acobardado, y haba bajado la espada. --Basta de leccin--dijo Juan Montio--; idos, don Bernardino, curar, y vos, estiros, don encogido, y largos ms que paso. Y en adelante, mirad con quin os metis, que no todos los caminos son andaderos. --Lo que habis hecho es una iniquidad--dijo don Bernardino. --Cmo! he reido contra dos y llamis esto inicuo!--exclam Juan Montio--; vos, que habis tenido la cobarda de disparar contra un hombre con quien reais con ventaja! --Mirad, don Bernardino--dijo Saltillo--; os aconsejo que os vayis de Madrid. --Me vengar!... --Dejos de simplezas... lo mejor es que os vayis, porque cuando se sepa lo que aqu ha pasado, os van tirar tomates los muchachos por la calle. --Os prevalis de que tengo herido un brazo. --Yo no crea que rais tan cobarde y tan torpe--dijo el alfrez--. Ea, idos, si no queris que os eche puntapis... --Nos veremos, seor alfrez--dijo don Bernardino, y sali. Velludo se iba escurrir tras l, pero le detuvo el alfrez. --Eh! dnde vais vos, seor Diego? --Me voy avergonzado. --No lo extrao, porque sois valiente. --Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche... --Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido, amigo--dijo Juan Montio--; yo lo he hecho sin intencin. --Pero esto es un milagro... Quin os ha enseado esgrimir? --Bah! ya lo creo--dijo el alfrez cruzando con su palabra la contestacin de Juan Montio--, es verdaderamente maravilloso; ya sabis que yo meneo bien los hierros. --S por cierto. --Pues bien, antes de venir aqu, supliqu ese caballero tuviese la bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabis que don Bernardino es diestro. Yo no quera ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con l. Le ha plantado en un santiamn cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el maestro Tirante: --Aunque ria solo contra dos, dejadle, seor Saltillo, que no se le acercarn. --Gracias mi pobre to--dijo Juan Montio. --Gracias vuestra ligereza, vuestros puos, vuestra vista, vuestra serenidad... pero vamos otra cosa: vos, seor Velludo, sentirais mucho que esto se supiera? --Yo me voy de Madrid. --No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habis de contar la villana obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha dado. --Pero don Bernardino se ir. --Don Bernardino dir que hemos venido dos contra l. --Pues no, eso no--dijo Velludo--; lo que ha pasado lo sabr todo el mundo. --No hay necesidad de hablar de esto una palabra--dijo Juan Montio--; si ese hombre sigue hacindose molesto, yo le dar una nueva leccin delante de todo el mundo, vosotros, seores, si se os viene rodado. Por ahora me parece mejor otra cosa. --Qu? --Que nos vayamos una hostera. --Y Dorotea, que estar con cuidado? --Se la avisar. --Pues la hostera. --Y dnde que no nos molesten?--dijo Juan Montio. --A la Cava Baja de San Miguel. All hay truchas y perdices frescas. --Pues la Cava Baja. Los tres jvenes se pusieron en marcha. El aporreado pareca haber olvidado su aporreo, y charlaba como los otros dos. Los tres se burlaban de don Bernardino. Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel, delante de una puerta. --Ante todo, seores, nadie paga ms que yo--dijo Montio. --Concedido--dijo el alfrez. --Muy bien--aadi Velludo--, pero condicin que yo he de pagar otra vez. --Bueno; pero esta noche, esta noche es ma. --Enhorabuena. Y acercndose el alfrez la puerta, llam. Nadie contest de adentro. --No nos abrirn--dijo Velludo--; ha pasado hace mucho tiempo la hora fijada de las ordenanzas. --Va veris--dijo el alfrez tocando de nuevo la puerta--: abrid al alfrez Saltillo! Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abri. --Entrad--dijo una voz recatada--y no armis ruido, no os oigan los vecinos y den parte una ronda. --Vaya unos vecinos! --Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al acusador; y estn los tiempos tan malos... las gentes dan en la tentacin... si se llevaran quince millones de demonios al duque de Lerma!... Cuando el hostelero se atrevi decir estas palabras, haba ya cerrado la puerta y estaba bien adentro de su casa. --Mira--le dijo el alfrez--, llvanos arriba, aquella sala azul pequea que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los ojos verdes; aquella Ins... --Est durmiendo... --Que despierte. --Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aqu--dijo Juan Montio poniendo en las manos del hostelero un dobln de ocho. Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven. El alfrez y Velludo se miraron con asombro. Juan Montio haba crecido para ellos dos palmos. En cuanto al hostelero, se haba avanzado un corredor exclamando: --Inesilla, hija, despierta y vstete y ponte maja, que tres gentileshombres te favorecen queriendo que t los sirvas. Al momento viene, seores. Vamos la sala azul. Luego yo bajar disponer los manjares y sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala azul. Es muy buena, en ella slo comen personas principales; he comprado esta docena de sillones y estos espejos un indiano que se volva las Indias. Vais estar como prncipes; os traern brasero, que hace fro... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya veris, caballeros, ya veris. El hostelero sali, y los jvenes acababan de sentarse cuando se oy en la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba: Ladrones! Ladrones! La voz se apag instantneamente, pero los tres jvenes estaban ya de pie y se haban dirigido instintivamente la salida con las manos puestas en las espadas. --Jurara--dijo Juan Montio saliendo y precipitndose por las escaleras--que esa era la voz de mi to. --De vuestro to! --S; abrid, abrid la puerta--grit Montio al hostelero. --Y quin es vuestro to?--dijo el alfrez, que le segua. --Francisco Montio, cocinero mayor del rey. --Os aconsejo que no salgis dijo el hostelero--; nadie se mueve de noche aunque oiga lo que oiga. --Abrid, vive Dios!--exclam Juan Montio--, os abro la cabeza. El hostelero abri sin replicar. Los tres jvenes se lanzaron en la calle. Un hombre estaba rodeado de otros cuatro. Otros dos hombres se llevaban un bulto. --Seguid aquellos y detenedlos--dijo Juan Montio--, yo me quedo con stos. Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes, que empezarn en el captulo que sigue. CAPTULO XXXI DE CMO ENGA DOROTEA PARA LLEVARLA PALACIO EL TO MANOLILLO Dorotea se haba quedado sola en su casa, hasta la cual la haba acompaado Juan Montio, despus de la salida del teatro. Eran ya bien las ocho de la noche. La joven estaba triste, porque Juan Montio se haba separado de ella para acudir un lance desagradable y acaso peligroso. --Qu necesidad tena yo--dijo--de haberle llevado al teatro? Ninguna. Ha visto Mari Daz y ha tropezado con don Bernardino. Bien empleado me est. He querido lucirle. Vamos: si sucede algo malo Juan, no sabr de qu manera castigarme. --Casilda! --Seora. --Si viene el duque de Lerma, que estoy mala. --Muy bien. --Si se empea en entrar, que el mdico ha dicho que no puede hablrseme. --Muy bien; y si viene el seor Juan Montio? --Viene su casa. Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de tapicera. --Muy bien. --Y cuanto se necesite; un aposento bien servido. --Muy bien. No os desnudis? --No... mira... si viene el to Manolillo... --Le digo que no puede entrar? --De ningn modo... si viene... --Ha venido ya, y dijo que volvera. --Pues cuando vuelva, que entre. --Me parece que es ese que llama la puerta. --Pues brele... brele. Casilda sali. Dorotea se qued esperando con impaciencia. Poco despus entr el to Manolillo, que arroj al suelo la capa y la gorra, que venan empapadas de agua. Luego adelant, se sent junto al brasero, y se puso mirar de hito en hito Dorotea. --Qu hermosa y qu engalanada ests, hija ma!--la dijo--; de seguro no esperas al duque de Lerma. Para l no te atavas tanto. --Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo he quitado todava. --No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro. --Ah! puede ser. --Ests enamorada, Dorotea? --No lo s. --Esa contestacin me asusta. --Y por qu? --Cuando una mujer no ve claro en su corazn... --Prueba que est ni dentro ni fuera. --Te creo demasiado dentro. --Puede ser. --Me hablars la verdad si te pregunto? --Nunca os he engaado, me servs de padre. --Padre que ahora hace bien poco por ti. --Vos habis hecho cuanto podais por m. Habis pasado miserias y trabajos durante muchos aos, para poder pagar mis alimentos en las Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata... --No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio. --S que le tiene, y en eso estaba pensando. --En eso? --S, en el remedio. Pienso despedirme del teatro. --Ah! --Y dar ocasin al duque para que se despida de m... --Ah! Y con quin piensas quedarte? --Con l, si me ama. --Con el seor Juan Montio? --S. --Yo te dara un consejo. --Cul? --Que olvidaras ese joven. --No puedo. --Tan enamorada ests da l? --Si no estoy enamorada, estoy empeada. --Puede ser que maana sea demasiado alto para ti. --Pero si yo no quiero que se case conmigo! --Puede suceder que l se case con otra mujer. --Qu habis dicho?--exclam levantndose Dorotea. --Oh! le ama!--exclam el bufn. --Que se case con otra!... s, s, todo puede suceder... pero por ahora... --Puede ser que ame otra. --Que ame! es que me avisis!--dijo Dorotea contenindose pero temblando--; es verdad que ama otra mujer? ser verdad lo de la reina? --No; lo de la reina, no; pero el seor Juan Montio tiene amores en palacio. --Y con quin? --Con doa Clara Soldevilla. --Doa Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperacin de los hombres... --S... s... es cierto, la llaman la menina de nieve. --Y aunque l la ame... --Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido. --Pero cundo ha visto doa Clara Juan? --Anoche... en la calle. --Oh! y se ha enamorado de l? --Como t. --Pero l... l no la ama. --Doa Clara es muy hermosa. Pleg el bellsimo entrecejo Dorotea, y adelant el labio inferior en un mohn desdeoso. --Aunque t seas tan hermosa ms hermosa que doa Clara, hija, te falta una cosa que ella le sobra. --Y qu es lo que me falta? --Ser fruto prohibido. Conmovise profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de lgrimas; al to Manolillo se le desgarr el corazn. --Oh! s, es verdad!--dijo dolorosamente la Dorotea--ella es una noble dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de seguro ella no es capaz de hacer por l lo que yo har... ella... ah! ella es altiva! est enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y l es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro de ello, no le confesar su amor... mientras que yo le he abierto mi alma entera. --Ah! ests loca por l, hija ma! --Yo no s... yo no s... pero me parece que le he conocido toda mi vida; que Dios me ha criado para l... me parece el ms hermoso del mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado mejor que nunca... y es que... hasta hoy no haba comprendido el amor... hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el pblico me ha aplaudido con frenes... y escuchad: nunca los aplausos me han satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegra... nunca me han enorgullecido de tal modo... porque estaba l all... me vea... me oa... escuchaba aquellos aplausos... oh! si ese hombre no es de piedra me amar... me amar... porque yo quiero que me ame... lo quiero y ser. --Ests loca!--repiti tristemente el to Manolillo. --Pero decidme... decidme... cmo sabis vos que esa mujer... doa Clara... ama Juan? --Quieres t saberlo tambin? --Que si quiero? S! --Pues bien, ven conmigo. --A dnde? --A palacio. --A palacio! y qu tengo yo que hacer en palacio?--dijo con desdn la Dorotea. --Vers lo que yo he visto, vers entrar Juan en el aposento de doa Clara. --Esta noche no ir Juan palacio--dijo con acento profundamente triste la joven. --Y por qu? --Porque tiene que hacer en otra parte. --A qu hora? --Es verdad; yo no s... no s si antes tendr tiempo... y si la ama... ir antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va ver la mujer de su amor. --Morir!--exclam el bufn. --S; le he llevado por mi desdicha al teatro; all ha tropezado con ese impertinente de don Bernardino de Cceres, que le ha provocado; que le ha metido en un lance. --Bah! pues don Bernardino no le matar--exclam con gran confianza el to Manolillo. --Y decs que ir al alczar Juan? --De seguro. --Oh! y podis ponerme en sitio desde donde le vea?...--aadi con ansiedad la joven. --Desde donde veas y oigas. --Casilda, mi manto y mi litera!--grit la Dorotea ponindose violentamente de pie. --Oh Dios mo! Dios mo!--murmur para s el bufn--si al menos ella no fuera tan desgraciada! Si ya que de tal modo ama ese hombre, l la amase!... Entre tanto, Dorotea se pona apresuradamente el manto; cuando le tuvo prendido, se volvi impaciente al bufn, y le dijo con la voz temblorosa: --Vamos, llevadme al alczar. --Una palabra no ms: sers prudente? --S. --Me obedecers? --S. --Vieres lo que vieres? --S. --Pues bien, hija ma, vamos. El bufn y Dorotea salieron de la sala; poco despus, una litera cerrada se encaminaba palacio. CAPTULO XXXII CONTINAN LOS ANTECEDENTES El padre Aliaga haba entrado en el alczar por la puerta de las meninas. No haba ido l con el solo objeto de conocer Dorotea. Nuestros lectores recordarn que en la carta que haba escrito al padre Aliaga doa Clara Soldevilla, acusando Dorotea y Gabriel Cornejo, le haba expresado el deseo de hablar con l para explicarle enteramente el contenido de la carta. Este era otro de los objetos que llevaban palacio al padre Aliaga: hablar con doa Clara. Senta, adems, un deseo punzante de hablar la reina; y doa Clara, que era la favorita de la reina, poda satisfacer este deseo. Le importaba tambin no poco sentir por s mismo qu aire corra en palacio. De modo que eran muchos los objetos que llevaban palacio al confesor del rey, objetos todos enlazados, que reconocan una misma causa: su amor la reina. Porque nuestros lectores lo habrn comprendido: el padre Aliaga amaba Margarita de Austria. Alma vaca de felicidad, llena de dolor; pensamiento enrgico, corazn ardiente, fray Luis de Aliaga haba abrazado por desesperacin la vida del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor por la prdida de la primera mujer que haba amado, crey que todo lo que poda ligarle en el mundo haba concludo. El padre Aliaga, joven entonces inexperto, no haba comprendido que el hombre vive para s mismo, por ms que se haga la hermosa, la noble ilusin de que vive para los dems, que el corazn tiene una tendencia invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura que es su alimento, por decirlo as, de vida; no haba comprendido que el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontr demasiado vivo, cuando se crea muerto; vigoroso, cuando se crea gastado; necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se haba refugiado en el claustro. Pero fray Luis de Aliaga tena el sentimiento de la virtud, la amaba y la practicaba. Comprendi que su suerte estaba decidida y la acept. No di el escndalo de rebelarse contra ella. Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen siquiera su semblante, ni sus palabras. Se mortific, or, luch, pero si consigui la paz en su aspecto, no consigui la paz de su espritu. Se dedic al estudio, arroj sobre s los penosos trabajos del plpito y del confesonario, y lleg ser catedrtico de la Universidad de Zaragoza, y logr que le mirase todo el mundo con afecto. Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hbito, atravesar tristemente las calles de Zaragoza en direccin la Universidad, acompaado de un lego, todos decan: --Oh, qu buen sacerdote y qu santo varn es el padre Aliaga! Y sus compaeros, los padres graves del convento, al ver su leve y triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tmida y escasa, y lo dulce de sus sermones, y la paciencia con que asista un da y otro al confesonario, haban acabado por creerle pobre de espritu, le trataban con cierta superioridad impertinente, y decan de l que era un _buen hombre_. Su fama de buen hombre trajo sobre l, no sin envidia de sus compaeros, el nombramiento del confesor del rey. Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga. Este sigui en la corte su inalterable lnea de conducta. El rey, que era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con l largas horas hablando de cosas msticas, y con un misticismo tal, que aventajaba al del rey. Porque el alma del padre Aliaga estaba hurfana, sola y desterrada, y buscaba consuelos en la dulzura de la religin de Jess. Encantaba adems al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jams en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposicin con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, senta hacia ellos una repugnancia invencible. A poco tiempo de llegar fray Luis la corte, conoci la reina. Al verla el religioso se inclin y permaneci con los ojos bajos. Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extrao en ellos. Al ver Margarita de Austria, el padre Aliaga haba experimentado esa violenta expresin que produce sobre ciertos hombres la vista repentina de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpata, en el alma. Fray Luis, acostumbrado la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento de sus msculos; se haba puesto la careta, y al travs de ella mir ya, sin temor de que su alma fuese sorprendida, la reina. Y al verla con ms reflexin, dominado, sereno, fray Luis se estremeci. Vi que la reina era una vctima que luchaba, que estaba sola en la lucha, que era infeliz; comprendi que la reina era valiente, que haba luchado, luchaba y luchara, y que la lucha deba haberla procurado enemigos; vi en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva tristeza de la dignidad hollada; comprendi cunto deba sufrir aquella mrtir coronada, unida un rey casi nulo, sobre el que tenan una decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos, miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapias; fray Luis, por amor la reina, fu enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo el grave compromiso de defender la reina, de ayudarla, combatiendo sus enemigos; y sin embargo, nada dijo la reina, jams una mirada suya torpe descuidada, pudo revelarla lo que por ella senta el padre Aliaga. Y eso que el desdichado estaba cada da ms enfermo del alma, ms desesperado, ms reido con su terrible posicin. Uno solo, el bufn, el to Manolillo, haba adivinado el secreto del confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas seales, cuando los celos devoraban al religioso, al or decir al rey: --Fray Luis, rogad Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su majestad me ha revelado que est encinta. Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fu en presencia del to Manolillo. Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de imaginacin vivsima, haba reparado en lo que el rey no haba podido reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia imprevista, haba pasado por la mirada del fraile algo extrao; que se haba revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos; que se haba puesto plido, y que una ligera, pero violenta contraccin, haba pasado con la rapidez de un relmpago por su semblante. El to Manolillo, la luz de aquel relmpago, haba visto hasta el fondo tenebroso del alma del padre Aliaga. Importbale mucho al bufn poseer un secreto del padre Aliaga, y un secreto importante. Le importaba por Dorotea. Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufn lo que la reina para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufn su amor, le comprima, le devoraba, le contena, aunque por distinta causa. El padre Aliaga obedeca sus deberes. Sacerdote, deba combatir aquella tentacin impura. Cristiano, deba huir del solo pensamiento de unos amores adlteros. El to Manolillo deba respetar, respecto Dorotea, otra razn gravsima para todo corazn de sentimientos elevados. Dorotea no poda amarle. Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos los das desde su infancia, por la proteccin especial que la dispensaba, Dorotea no poda ver otra cosa en l, que un padre providencial, que haba reemplazado su padre natural. Otros amores en Dorotea respecto al bufn, hubieran sido repugnantes. Ms que repugnantes, monstruosos. El to Manolillo lo comprendi, y domin su amor. El padre Aliaga y el bufn, aunque por causas enteramente distintas, estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto las dos mujeres que amaban. Entrambos tenan el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo impuro. Idealizaron su amor. Pero al idealizarle le hicieron ms grande. Por amor la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procur hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin dar la cara en cuanto le fuese posible. Procur atraerse, y se los atrajo, los enemigos de los enemigos de la reina, y slo se descubri en la parte que le fu imposible cubrirse: esto es, respecto al rey. Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda. Hemos indicado tambin que haba sabido hacerse necesario Felipe III de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en vista de repetidas intiles tentativas, haba acabado por procurar atrarselo fuerza de honores y distinciones. El padre Aliaga reciba las distinciones y los cargos que por s mismos le daban ms fuerzas, ms influencia, y respecto Lerma, se mantena firme como una roca. El padre Aliaga se haba constitudo en escudo de la reina. El to Manolillo haba presentido que, causa del carcter casquivano de Dorotea, poda suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa influencia para sacarla de un terrible compromiso. Dorotea era violenta; tena, como la mayor parte de las gentes poco instrudas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por alguno de sus amantes, la haba visto el bufn recurrir los medios reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechiceras; si la supersticin de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difcil, de querer adquirir la mentida ciencia de la adivinacin y de los sortilegios, poda suceder que la Inquisicin, implacable con todo lo que tenda empaar la fe de la religin, se apoderase de ella. El to Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se alegr: porque tener en sus manos un religioso de la orden de Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta un juicio por la Inquisicin. Ya hemos visto en la carta de doa Clara Soldevilla al padre Aliaga, que los presentimientos del bufn no haban sido exagerados. Le hemos visto tambin conmoverse al or en los labios del padre Aliaga el nombre de Dorotea. El bufn quera acercar la joven al padre Aliaga, y explotar en su provecho el amor que el padre Aliaga haba sentido en su juventud hacia su madre. Por eso haba sacado de su casa Dorotea para llevarla palacio. El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer la Dorotea, y por las dems razones que hemos indicado, haba ido palacio tambin. El confesor del rey entr, llevado en su silla de manos, por la puerta de las Meninas, y se hizo conducir un rincn del patio, bajo las galeras. Una vez all, sali, despidi la silla de manos, y llam una puerta. Al primer llamamiento nadie contest. Al segundo se sinti cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos dentro, y al fin se oy una voz tras la puerta, que dijo: --Quin llama por aqu estas horas? --Muy temprano os recogis, seor Ruy Soto--dijo el padre Aliaga. --Ah!--contest el de dentro con el acento de quien reconoce una persona respetable--; voy, voy abrir al instante. En efecto, la puerta se abri. --Perdneme vuestra seora--dijo la misma voz dentro--si no tengo luz: estaba en acecho. Y se cerr la puerta. --En acecho!--dijo el padre Aliaga--; en acecho de qu? --De ciertos prjimos que andan rondando desde el obscurecer por las galeras bajas del patio: yo no s por qu en siendo de noche dejan pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy cerrar la ventana, y luego traer luz. Oyse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego los pasos de un hombre que poco despus volvi con un veln encendido. Tena la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su aspecto y por un no s qu caracterstico, se conoca que era uno de los jefes de la baja servidumbre. En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del alczar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de otra con las galeras superiores ocupadas por la servidumbre. --Quiere vuestra seora que avise al ujier de cmara de su majestad?--dijo Ruy Soto. --Esperad un momento; decais que estbais acechando... --S; s, seor, dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse desde el obscurecer y en silencio, por la galera de la derecha. --Y qu trazas tienen esos hombres? --Malas, seor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con que se pasean... --Habis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero. Ruy Soto sirvi al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que escribi rpidamente una carta y la cerr. En el sobre se lea: Al tribunal de la Santa inquisicin. --Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre--dijo el padre Aliaga--; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haris seguir por el lacayo de palacio que creis ms propsito. --Muy bien, seor. --Ahora, enviad recado la seora doa Clara de Soldevilla, menina de su majestad, de que yo la pido licencia para verla. --Venga vuestra seora conmigo; cabalmente doa Clara, segn me ha dicho su duea, no est de servicio. --Vamos, pues--dijo el padre Aliaga. Ruy Soto encendi una lmpara de mano, abri una puertecilla y subi por una escalera de caracol. El padre Aliaga le sigui. Poco despus Ruy Soto llamaba la puerta del cuarto de doa Clara, y daba el recado del padre Aliaga. El confesor del rey fu introducido en el elegante gabinete de doa Clara. La joven estaba plida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban su hermosura. --Oh! bendito sea Dios, que os veo!--dijo levantndose y poniendo un silln junto al brasero al padre Aliaga. --Me habis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado--dijo fray Luis. --En efecto; me he visto obligada escribiros, y no me he atrevido confiarlo todo al papel; si no hubirais vivido en un convento, yo misma hubiera ido veros. --Tan importante es el asunto? --Oh! s; importantsimo. --Ya he visto por el contenido de vuestra carta... --Que su majestad est amenazada. --Ah! ah! esto es muy grave! --La traicin nos rodea por todas partes. --Habis acusado dos personas. --Y no las habis preso? --No; no tena bastantes razones. --Sois otro misterio para m, fray Luis. --Otro misterio?... --S por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vacilis. --Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doa Clara--dijo el padre Aliaga--; y os engais, no vacilo; soy prudente y nada ms; creis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una comedianta? --Ellos pueden difamar su majestad. --Si esos miserables pueden, de seguro hay personas ms altas que pueden ms que ellos, y con prender esos ruines, no haremos ms que dar un aviso gentes quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas. --No soy de la misma opinin que vos; cuando hay un incendio, antes de todo, se corta para que no se propague. --Y sabis, doa Clara, si tenemos fuerzas bastantes? --Dios, de seguro, nos ayudar. --Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes--dijo profundamente el padre Aliaga--; somos muy pocos los leales; muy pocos los que servimos como Dios manda nuestros reyes... luchamos y lucharemos... si caemos en la lucha, habremos cado cumpliendo con nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, seora; qu pasa en palacio? Cuando yo vine esta maana, encontr grandes novedades; el rey y la reina se haban reconciliado; su majestad estaba contenta... --Y el to Manolillo ms provocativo que nunca. --Oh! no comprendo ese hombre! --Oh! juro Dios--dijo doa Clara, que no haba olvidado la entrevista de aquella maana con el bufn--que yo conocer ese hombre! --Parceme, sin embargo, que tiene un buen fondo. --Y quin sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre? --Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas comunicaciones secretas... --En efecto; el to Manolillo conoca el secreto de esas comunicaciones. --Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la reina haya infludo sobre el rey. --En esto han andado otras dos personas. --S; un hidalgo que ha llegado Madrid, quien conoce su majestad la reina--dijo el padre Aliaga con el acento ms reposado del mundo, aunque senta una ansiedad cruel por or la contestacin de doa Clara. --La reina no conoce ese caballero--dijo la joven. --Que no le conoce?... --No; ni siquiera le ha visto. --Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor. --Es lo ms natural del mundo; ha hecho un gran servicio su majestad, rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad don Rodrigo Caldern, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometan. Es muy natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la calle un corazn y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los amigos... propsito, habis conseguido ya la compaa para ese caballero? --S, s por cierto--dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en el interior de su hbito, y sacando un papel doblado--: he aqu su provisin de capitn de la tercera compaa de la guardia espaola, al servicio de su majestad... tomad. --Y para qu quiero yo eso? --Me han dicho que ese joven os ama. Psose vivamente encarnada doa Clara. --Y quin dice eso?--exclam con precipitacin. --El to Manolillo, y an aade ms: dice que vos le amis... --Yo! un hombre que he visto dos veces! --Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... qu digo? hasta cierto punto grandemente extraordinario. --Lo extraordinario de ese joven...--dijo tartamudeando doa Clara. --Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazn, en su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasin envidiable de darse conocer apenas llegado Madrid. --No hay ninguna intencin debajo de vuestras palabras, padre Aliaga?--dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey. --Y qu intencin puede haber? --No habis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase ese joven? A su despecho, el padre Aliaga se conmovi ligeramente. --Qu motivos tengo yo--dijo--para sospechar nada de ese caballero? --Habis hablado con el to Manolillo, que os ha dicho sin duda lo mismo que m. --El to Manolillo slo me ha hablado de vuestros mutuos amores... --Y del nacimiento de ese joven? --No por cierto; lo que s acerca de ese joven, lo he encontrado en esta carta que me ha dado el cocinero mayor del rey--dijo el padre Aliaga, sacando de debajo de su hbito la carta de Pedro Martnez Montio. --Tambin el cocinero mayor me ha dado leer esa carta--dijo doa Clara. --Sabis, pues, entonces--dijo el padre Aliaga guardndola de nuevo--que ese caballero... --Es hijo bastardo del duque de Osuna, y de la duquesa de Ganda. --Cmo!--exclam el padre Aliaga--; el duque de Osuna y la duquesa!... esta carta no dice nada de eso... cuenta slo, que ese joven es hijo ilegtimo de padres nobles... --Ah! no sabais los nombres de los padres de ese caballero! --No... pero vos, cmo lo sabis? --El del padre me le ha revelado el cocinero mayor; el de la madre el bufn del rey. --Y no tenis ms pruebas que el dicho de esos dos hombres? --No. Las circunstancias especiales en que me hallo respecto ese joven, me impidieron preguntar, informarme acerca de l. --Las circunstancias especiales en que os hallis, os han impedido? --De todo punto... hubiera sido inconveniente. --Yo lo sabr, y creo que con pruebas indudables; cuando conozca ese secreto, os lo revelar. --Y para qu revelrmelo?--dijo con un acento singular doa Clara. --Decs que os encontris en circunstancias especiales respecto ese joven; mostris repugnancia en entregarle vos misma esa provisin de capitn de infantera... qu media entre vos y ese caballero?... creis que yo puedo tener derecho para haceros esta pregunta? --Ms que derecho, tenis un gran inters en saber qu ateneros respecto ese caballero. --Conozco vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho vos, y me intereso como me interesara por mi hermano y por mi hija. --No lo dudo; pero creo que hay en vos otro mvil. Francisco Montio, pero no s qu singular error, ha credo que la reina ama ese joven... me lo ha dicho m... Francisco Montio es un ente muy singular, y puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser, tratndose de una seora tal como la reina doa Margarita de Austria, que por su nacimiento, por su virtud, y digmoslo todo, por su orgullo, est muy lejos hasta del pensamiento de una accin vergonzosa. El que se haya atrevido levantar sus miradas hasta su majestad, es muy loco tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy desfavorable; su majestad no podra apercibirse de los deseos de un insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto; sera necesario que, olvidado de todo, el que amara la reina, se atreviese declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun as creera que estaba soando: solamente el cocinero del rey poda concebir tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de la reina. --Yo!...--dijo confundido y descompuesto pesar de su serenidad el padre Aliaga. --Vuestro celo os ha engaado, fray Luis--repiti la joven con su acento siempre igual, siempre reposado; pero siempre fro y hasta cierto punto severo. --Yo no he dudado jams de su majestad--dijo el padre Aliaga, puesto por doa Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados--, pero he temido que ese caballero... --S, ese hombre--dijo doa Clara--ha tenido la avilantez de decir, de indicar, aunque de la manera ms envuelta, que su majestad ha sentido por l lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por l... ni por ninguno... ha mentido como un villano. --No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que era portador, ha estado lo ms prudente... --Que ha estado prudente! --Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qu clase de servicio haba prestado su majestad, pesar de que yo lo saba, porque la reina me haba hablado acerca de las cartas que tena suyas don Rodrigo Caldern y peddome consejo... no... ese caballero, valiente para librar su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado, noble; ha dado harto claro conocer en su conducta la influencia de la generosa sangre que corre por sus venas. --Entonces, si ese caballero no ha dado motivo para que sospechis... para que temis en la reina un escndalo, un increble olvido de s misma, el hablador, el menguado cocinero del rey ha sido sin duda quien... --S, l ha sido... dice que... su sobrino... l llama su sobrino ese joven... entr anoche en el cuarto de su majestad. --Es cierto, entr; pero no pas de la saleta que corresponde la galera; all estaba yo, su majestad le vi, pero desde detrs del tapiz de la puerta de la cmara; ese caballero no conoce su majestad; yo misma le d la carta que os llev, yo misma le ech fuera de palacio; ese caballero no ha vuelto pisar palacio desde anoche; dicen que anda mal entretenido... lo que importa poco...--aadi disimulando mal su despecho doa Clara. --Confieso que me he engaado torpemente--dijo el padre Aliaga--; es cierto que no haba credo llegasen un extremo criminal los favores de su majestad ese joven; pero tema que l hubiese interpretado mal algn favor de la reina. --Para que acabis de tranquilizaros, fray Luis, sabed que quien ese caballero enamor fu m. Y me enamor de un modo que... lleg engaarme, cre que no menta. --Valis mucho, doa Clara; la hermosura y la virtud resplandecen en vuestro semblante, y nada tiene de extrao... --No hablemos ms de esto. --Quisiera veros ms propicia un casamiento con ese mancebo. --No puede ser. --Por su bastarda? Ignoris que el nombre de Girn es tal que hace ilustres hasta los bastardos? Vuestro padre no tendr reparo... --Es que yo no quiero, y mi padre no me violentar. --Queris ser franca conmigo, hija ma? --No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga. --Merezco yo vuestra confianza? --Oh, s!--dijo doa Clara cambiando de tono y hacindole sumamente dulce y afectuoso. --Pues bien; no me ocultis nada. Vos amis ese caballero... --Yo! no lo quiera Dios!--exclam con un verdadero terror doa Clara. --No os habis sentido interesada por l?... --S... --No lo recordis? --S... --No sufrs por l?... --Sufro, s... sufro una humillacin que no he buscado, la que no le he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningn gnero. --Os sents humillada... luego amis. --Y bien... s, le amo... le he visto galn, apasionado, respetuoso, valiente; me ha acompaado anoche por calles obscuras, lloviendo, tenindome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha obedecido... despus, cuando ha venido palacio traer esas cartas que haba arrancado don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante conmovido adivin un parecido vago con una ilustre persona... de que no poda darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no s... yo me he visto asediada, acaso ms que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo ms ilustre, por lo ms noble, por lo ms hermoso de la corte... el mismo rey... os lo digo, porque lo sabis... me ha solicitado... ni los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el ms ligero motivo de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado... hasta ahora... porque yo, para disponer de m, no mirar jams mi conveniencia, sino mi voluntad, mi corazn. Pero l... Dios mo! lo digo al sacerdote y al desgraciado... l, fray Luis, me ha hecho espantarme de m misma... porque... anoche... no dorm... su recuerdo tenaz, continuo, embriagador... acompaado de no s qu esperanzas, de no s qu temores, me desvelaba... todava no he dormido... me pesa la cabeza, me duelen los ojos... no s, no s por qu le amo tanto... porque le amo, no os lo quiero negar. --Pues bien, seris su esposa, doa Clara. --No... imposible... de ningn modo... no os digo que me ha humillado? --No os comprendo. --No creis que es una humillacin para mi, que yo tan altiva, tan severa, tan desdeosa con todos, hasta el punto de que creyndome incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de m se enamore de una mujer perdida, y se vaya vivir con ella y la acompae al teatro? --Pero quin os ha dicho eso? --El bufn del rey, padre amante, qu s yo, segn dicen, de esa Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pblica del duque de Lerma; esa miserable! --Tal vez desgraciada. --Nunca he credo desgraciada, sino infame, una mujer tal; una perdida que se ha atrevido poner la lengua impura en la honra de la reina? --Estis irritada... irritada acaso sin razn. El to Manolillo puede ser que, por un inters que an no podemos conocer, haya querido haceros creer que ese caballero ama esa comedianta. No es posible habindoos visto vos. A no ser que de tal modo le hayis descorazonado... --Yo no poda obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominar este amor que se me ha metido por el alma; le dominar, os lo juro. --Si tuvirais necesidad de dominarle, le dominarais. Pero no ser necesario. Yo desenredar todo esto; yo pondr cada uno en su lugar. Conque queris encargaros de dar vos misma esta provisin de capitn al seor Juan Montio, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro enamorado? --Se la dar y aprovechar la ocasin para darle un desengao--dijo doa Clara, como obedeciendo un pensamiento repentino. --Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me han dicho se ha efectuado en palacio. --Ha pasado tanto en mis asuntos propios--dijo doa Clara--, he estado tan poco desocupada en todo el da, que no he tenido tiempo para pensar en nada... --En nada ms que en escribirme que prendiese esa comedianta? --Os juro por la sangre de nuestro Divino Redentor--dijo doa Clara con vehemencia--, que al aconsejaros que prendiseis esa mujer, no he pensado en m misma, sino en lo que convena su majestad. --Os creo, pero muchas veces causamos el mal sin darnos cuenta de ello; hay veces en que nuestra alma obra por s misma, sin participacin de la razn. Afortunadamente yo soy hombre acostumbrado mirar las cosas sangre fra, y no me he apresurado. Y no dejar por eso de hacerse todo cuanto se deba y se pueda hacer. Conque no me podis dar noticias acerca de lo que sucede en palacio? A m slo me han llegado noticias vagas... y vena ansioso. --Os repito que me he ocupado hoy muy poco de los asuntos ajenos, asustada de los mos propios. Pero seguidme, padre Aliaga; os voy llevar donde os informen de una manera completa: la cmara de su majestad la reina. --Creis que su majestad no se enojar...? --La reina sabe con cunto celo la servs, cunto os interesis por ella, os tiene en opinin de santo y se alegra siempre de veros. Podr suceder que tambin veis su majestad el rey, porque lo nico que puedo deciros es que ya el rey no encuentra dificultad alguna en pasar al cuarto de la reina; como que de cierto sobresalto recibido anoche anda enferma la duquesa de Ganda. Conque seguidme, padre Aliaga. Doa Clara se levant y tom una buja. El padre Aliaga se levant tambin y sigui doa Clara, que se dirigi una puerta, la abri y atraves algunas habitaciones. Al fin abri una puerta de servicio y dijo al padre Aliaga:--Esperad. Y entr. Poco despus volvi, y dijo al fraile: --Su majestad os espera. El padre Aliaga hizo una poderosa reaccin sobre s mismo, se prepar, como siempre que la reina le reciba en audiencia, y entr. Doa Clara cerr la puerta y desand el mismo camino que haba trado, murmurando: --Infeliz! Cunto debe sufrir! Yo no saba lo que hacen padecer los celos! CAPTULO XXXIII EL SUPLICIO DE TNTALO Entr el padre Aliaga en una extensa y magnfica cmara, en la misma en que presentamos al principio de este libro la duquesa de Ganda. Llevaba el confesor del rey la cabeza inclinada, las manos cruzadas y el corazn de tal modo agitado, que quien hubiera estado cerca de l hubiera podido escuchar sus latidos. Margarita de Austria estaba sentada junto la misma mesa donde su camarera mayor lea la noche anterior los _Miedos y tentaciones de San Antn_. Un candelabro de plata, cargado de bujas perfumadas, iluminaba de lleno el bello y plido semblante de Margarita de Austria. Vesta la reina un magnfico traje de brocado de oro sobre azul, tena cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un prendido de plumas y diamantes. --Espera al rey--dijo para s el padre Aliaga. Y adelant hacia la reina. Margarita de Austria dej sobre la mesa un devocionario ricamente encuadernado que tena en la mano la llegada del padre Aliaga. Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodill. --Qu hacis, padre mo?--dijo dulcemente Margarita--. Un sacerdote, tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo! --Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...--dijo el padre Aliaga levantndose. --Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia... --Vuestra majestad es una mrtir. --No, porque no acepto mi martirio. Adems, hay momentos en que me baara en sangre. --En sangre de traidores. --Indudablemente... pero soy tan desgraciada!... --Demasiado, seora. --Hoy no... hoy soy casi feliz. --Quiera Dios, seora, completar esa felicidad y aumentarla. --Sentos, fray Luis, sentos, quiero hablaros mucho y no quiero fatigaros. --Las bondades de vuestra majestad no tienen lmite para conmigo--dijo el padre Aliaga, tomando un silln y sentndose una respetuosa distancia. --Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga--dijo con acento dulce reina--, os debo mucho; despus de Dios, sois la proteccin que tengo sobre la tierra. --La proteccin ma, seora, es muy dbil. --Y vuestros consejos? A quin debo la resignacin con que sufro mis desventuras de mujer y de reina, ms que vos? --Lo debe principalmente vuestra majestad su gran corazn. --Ha habido momentos en que me he desalentado, en que he credo intil la resistencia, en que he estado punto de abandonarlo todo, de rendirme mi desdicha. Y entonces vos me habis aconsejado valor y fortaleza; habis robustecido mi alma con vuestra palabra; me habis salvado. Y esa lucha sostenida por vos, debo el haber llegado un gran da, un da de triunfo. --Un da de triunfo!--dijo tristemente el padre Aliaga. -Creo que no habis reparado en m, padre mo; miradme bien. El padre Aliaga levant la vista de sobre la alfombra y la fij en la reina. Margarita de Austria sonrea; su sonrisa era la expresin de un contento ntimo, y aumentaba su dulce belleza. La mirada que el padre Aliaga fij en la reina, era la perpetua mirada que el mundo conoca en l: reposada, tranquila, y aun nos atrevemos decirlo: asctica. Pero las manos, que fray Luis tena escondidas en las mangas de su hbito, estaban crispadas, y sus uas se ensangrentaban en sus brazos. Y no contest la reina, porque estaba retando con su espritu; porque estaba pidiendo Dios alejase de l la tentacin. --Ya podis ver--dijo la reina despus de que el inquisidor general la estuvo mirando frente frente algunos segundos, que ni por mi traje, ni por mi semblante, soy la pobre esposa medio viuda, la reina reclusa y humillada; soy la desposada que se viste de fiesta para esperar su esposo... porque espero su majestad; ya no hay traidores que impidan al rey llegar hasta la reina... las puertas de mi cmara estn francas para su majestad; anoche empez ese milagro; anoche el rey fu mi esposo. Fray Luis contuvo una violenta conmocin y se puso de nuevo rezar apresuradamente. La reina continu: --Y he descubierto una cosa que me ha llenado de alegra, que ha abierto mi alma la esperanza y la felicidad: el rey me ama. Oh, s, me ama con toda su alma! y yo... oh, Dios mo! para vos, padre Aliaga, que tenis las virtudes y la pureza de un santo, he tenido abierta por completo mi conciencia, mi alma de mi mujer; vos no sois mi confesor, pero sois ms que mi confesor, mi padre; yo os haba dicho que no amaba al rey, mi Felipe, al padre de mis hijos... oh! y os lo deca como lo senta... yo estaba irritada, humillada, abandonada; haban pasado das y semanas y meses sin que yo viera su majestad ms que en los das de ceremonia, delante de la corte, rodeada de personas pagadas para escuchar mis palabras; yo no era all ms que la mitad de la monarqua; la reina cubierta de brocados, con el manto real prendido los hombros, con la corona en la cabeza; una mujer vestida de mscara presentada la burla de la corte; despus de la ceremonia, el rey se iba por un lado con su servidumbre, y la ma me traa como presa mi cuarto... esto me irritaba.. me indispona con todo... hasta conmigo misma...; pero anoche... cuando vi al rey delante de m... oh Dios mo! comprend que le amaba ms que nunca, que mi amor no se haba borrado, sino que haba dormido, que haba estado cubierto por mi despecho. Y sin embargo de que el rey no quiso orme una sola palabra de poltica, pesar de que esto me entristeci, porque ya sabis cunta falta nos hace el que su majestad tome sobre s el peso del gobierno, fu feliz, conceb esperanzas; el rey se mostr transformado... --Su majestad medita demasiado las cosas... --Por el contrario--dijo con arranque la reina--, el rey no medita nada. --Quiero decir--dijo el padre Aliaga--que el rey en ciertos negocios anda con pies de plomo. --Decid ms bien que cuando se trata del duque de Lerma no se mueve. --Su majestad cree que no encontrar otro mejor que el duque; le fatiga la lucha, ama la paz, su alma es excesivamente piadosa... --Pero si el rey contina as, la monarqua queda reducida una sombra que slo sirve para autorizar magnates miserables capaces de todo!--dijo la reina con violencia. --Vuestra majestad dice que las cosas han variado? --S, fray Luis, s--dijo la reina inclinndose hacia el padre Aliaga, con las muestras de la mayor confianza--; escuchad: yo no s cmo, pero la variacin es completa; ya sabis... aquellas cartas tan imprudentemente escritas por m ese vil Caldern, cartas que me tenan reducida mi, Margarita de Austria, una posicin de esclava, que han estado punto de hacerme cometer un crimen, porque un asesinato, aunque la causa sea justa, siempre es un crimen... --Slo Dios puede juzgar las acciones de los reyes. --Y algo que est ms bajo que Dios, fray Luis; su conciencia, la conciencia de sus vasallos, y despus la historia... pero Dios, quien adoro y bendigo, me ha librado de cometer un crimen; me ha procurado una buena y valiente espada y un corazn de oro... propsito... cmo estamos, en cuanto la recompensa de ese valiente joven? --Ya he dado la provisin de capitn de la tercera compaa de la guarda espaola doa Clara de Soldevilla para que se la entregue. --Oh! y habis hecho muy bien, porque... se aman: l ella como un loco: ella l... no s cunto, pero esta maana tena seales en los ojos de no haber dormido... --Pero segn creo, no se haban visto hasta anoche. --No importa; se aman, yo os lo aseguro, padre Aliaga; l la hablaba con el corazn... ella le escuchaba con el alma, aunque no lo demostraba, porque doa Clara es muy reservada y muy firme... tan firme como hermosa, noble y honrada; ese joven es un tesoro... si no hubiese sido por ella... ella me procur ese valiente defensor, quien yo ennoblecer de tal modo, quien levantar tan alto, que el orgulloso Ignacio Soldevilla no se atrever negar la reina la mano de su hija para ese hidalgo. Hablaba con tal entusiasmo la reina de Juan Montio, que el padre Aliaga volvi sentir en su alma la amarga desesperacin que le haba causado la sola sospecha de que Margarita de Austria amase al joven. Y la reina hablaba de tal modo por agradecimiento, porque Juan Montio la haba salvado de un compromiso horrible. --Y no es extrao--continu la reina--que doa Clara le ame de ese modo; se ampar de l en la calle, bulto, como se hubiera amparado de otro cualquiera hidalgo, porque la segua de cerca don Rodrigo; estuvieron largo rato juntos; nuestro joven la enamor, la salv, en fin, de don Rodrigo; fu una aventura completa; despus, cuando le present las cartas que yo buscaba costa de cualquier sacrificio, manchadas con la sangre de don Rodrigo... doa Clara me ama... como la amo yo, y ama mi salvador... y si esto se aade que ese joven, considerado como hombre, es casi tan hermoso como doa Clara, que es la mujer ms hermosa que conozco, hay que convenir en que es necesario casarlos. Yo los casar. Por lo pronto, le tenemos ya dentro de palacio? Fray Luis ahog en su garganta un rugido que se revolvi sordo, poderoso en su pecho. La ltima pregunta de la reina le haba aterrado. Sin embargo, conserv su aspecto sereno, su semblante impasible inalterable su acento, cuando respondi la reina: --Slo falta que doa Clara le entregue su provisin de capitn de la guardia espaola. --Se le entregar... maana... Ahora bien: cunto ha costado esa provisin, porque supongo que Lerma la habr vendido? --Vuestra majestad no tiene que ocuparse de esa pequeez--dijo fray Luis--. Vuestra majestad ha querido que ese caballero tenga un medio honroso de vivir y ya le tiene. Lo dems importa muy poco. --No, no; cuando os escrib no era reina, y necesitaba de vuestros buenos oficios por completo; hoy ya es distinto; he vuelto ser reina; Lerma ha dispuesto que se me pague lo que se me debe, y... soy rica; os mando, pues, que me digis cunto ha costado esa provisin. Os lo mando, lo entendis? --Ha costado trescientos ducados. --Y los dems gastos?... --No lo s punto fijo, seora. --Pues haced la cuenta, y decidme la cantidad redonda. Casi casi voy hacindome partidaria de Lerma. Si habr tocado Dios el corazn de ese hombre? --El duque ha tenido miedo. --Y le ha tenido con razn--dijo con acento lleno y majestuoso la reina--; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido sus reyes y se atreve; Lerma caer... caer... y yo pisar su soberbia, yo que me he visto indignamente pisada por l. Y sabis, sabis quin se debe todo este cambio?... --A Dios!--dijo con una profunda fe el padre Aliaga. --S, indudablemente Dios; pero Dios, para obrar respecto nosotros, se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido de ese joven... del sobrino del cocinero del rey. --Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los mritos de ese mancebo--dijo el padre Aliaga, cuya alma haba acabado de ennegrecerse. --Hiriendo don Rodrigo Caldern, ese joven ha producido todo ese cambio. --Lo dudo. --El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Caldern, que es su pensamiento, no se ha atrevido seguir en una senda en que Caldern le ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Caldern, al verse herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al duque lo que se tramaba contra l... y esto es lo ms probable, por la conducta del duque. Sabis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe todo el que ha querido orle?--Mi seor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.--El duque de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra contra la Liga, y ha enviado de embajador Inglaterra don Baltasar de Ziga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado los mismos quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido otros quienes miraba como enemigos. Sin ir ms lejos no os ha nombrado vos inquisidor general? --Lo que me ha hecho tener ms cuidado ahora que nunca, seora; cuando el lobo lame la mano que odia... --Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendr tiempo de revolver sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto. --Ah! hablbais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy amada esposa, mi respetable confesor?--dijo Felipe III, que haba entrado poco antes en la cmara, y adelantado en silencio. La reina y el padre Aliaga se levantaron un tiempo. --Sentos, sentos--dijo el rey--; vos sois mi buena, mi hermosa, mi amada Margarita--dijo el rey tomando la reina una mano, y besndosela--; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabis cunto he defendido yo el que os aparten de mi lado, pesar de que Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; ms que apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando esta maana el duque de Lerma me ha dado firmar vuestro nombramiento de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de embajador para don Baltasar de Ziga, y el de gentilhombre de mi cmara para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del prncipe don Felipe. Sentos, sentos, pues, seora; y vos tambin, padre Aliaga; nadie nos ve; yo entro y salgo, merced ciertos pasadizos, sin que nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta. Todos se sentaron. El rey, que era muy sensible al fro, removi el brasero. --Qu invierno tan crudo!--dijo--; aseguran que hay miseria en los pueblos; pobres gentes! Y volvi revolver con delicia el brasero. --Cuando llegu conspirbais--dijo el rey. --Es verdad--contest la reina--; conspirbamos contra Lerma, y es necesario que vuestra majestad conspire tambin. --Yo no necesito conspirar--dijo el rey--; el da que quiera, Lerma caer; pero Lerma me sirve bien. Os tena quejosa, seora, pero el duque me ha hablado largamente. Le tena engaado don Rodrigo Caldern. --Y cmo ha sabido el duque que don Rodrigo Caldern le engaaba? --Le han avisado... no sabe quin... pero tiene pruebas; al conocer su engao, Lerma se ha apresurado repararlo. Debis, pues, perdonarle; seora, perdn merece quien confiesa su error, y perdonar tambin la buena duquesa de Ganda, que es una pobre mujer, cuyo nico delito es ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos una nueva era... enviaremos un respetable ejrcito Flandes contra la Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos respetar. El rey repeta palabra por palabra lo que le haba dicho Lerma. La reina y el padre Aliaga callaron, porque saban que en ciertas ocasiones era de todo punto intil, y sobre intil, perjudicial, el contrariar Felipe III. En aquellos momentos, ste se estaba haciendo la ilusin de que era un gran rey. --No s, no s qu os he odo hablar de cierto hidalgo quien decais vos, seora, que debamos mucho: lo o al abrir la puerta, pero me pareci sentir pasos en el corredor secreto y me volv... debi ser ilusin ma, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volv de nuevo hacia vosotros, ya no hablbais del tal hidalgo. --Hablbamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad. --Ah! del buen Montio? y ese mozo, es tan buen cocinero como su to? --Sabe lo menos manejar la espada tan bien como su to las cacerolas--, contest la reina procurando serenarse, porque la haba turbado la imprevista pregunta del rey. --Ah! ah! es buen espada? --Tan bueno, como que es quien ha herido don Rodrigo Caldern. --El que ha herido don Rodrigo? --S por cierto. --Y por qu le ha herido? --Defendiendo la honra de una mujer. --Ah! ah! y... quin es ella? --Una dama quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho. --Pues no... no acierto. --Doa Clara... --Ah! s! vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor... porque ya recordaris que hemos convenido en que es ya muy crecida para menina... la bella y honradsima doa Clara Soldevilla. --Y adems, est ya en buena edad para casarse--dijo la reina. --Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo s de muchos que la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha querido ninguno. --Yo aseguro vuestra majestad, que con quien yo querra casarla es muy del agrado de doa Clara. --Y quin? quin es l? --El vencedor de don Rodrigo Caldern. --El sobrino de mi cocinero!--exclam con desprecio el rey--. Esa es una alianza indigna de doa Clara; mi valiente coronel Ignacio Soldevilla, tendra mucha razn de enojarse conmigo, si yo introdujera en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no ser... --Los reyes ennoblecen--dijo contrariada la reina. El padre Aliaga acudi en socorro de Margarita de Austria. --Ese joven--dijo--, no es sobrino del cocinero mayor. --Pero en qu quedamos? qu es ese mancebo? --El se cree hijo de Jernimo Martnez Montio, hermano de Francisco Martnez Montio, cocinero de vuestra majestad; pero no es as... es... hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta--dijo el padre Aliaga, presentando al rey la tan trada y llevada carta de Pedro Martnez Montio su hermano. --Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia. El padre Aliaga ley la carta de la cruz la fecha. --Esa carta es una buena historia--dijo el rey--; pero en esa historia faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso. --Los padres, seor, son, segn dice Francisco Montio, el duque de Osuna. --Oh! mi altivo Girn! y ella? --Ella, segn dice el to Manolillo, es la duquesa de Ganda. --Ah! la duquesa de Ganda! ah! ah! el duque de Osuna... y la duquesa de Ganda!... por San Lorenzo nuestro patrn! eso es ya distinto... y lo sabe eso doa Clara? --Lo ignoro, seor. --Si no recuerdo mal--dijo el rey--en esta carta que acabis de leerme, padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si lleg anoche, cmo conoci doa Clara? y aun dada la ocasin de conocerla, cmo se enamor ella de l? Esto es extraordinario; esto no puede creerse; por otra dama debi reir con don Rodrigo ese Joven... precisamente, yo no lo entiendo. Afortunadamente el rey se haba extendido en sus consideraciones, y haba dado tiempo la reina de improvisar una respuesta. --Fu una casualidad--dijo Margarita de Austria--; al venir nuestro joven Madrid con esa triste carta de su to, que acaba de leernos el padre Aliaga, vino naturalmente al alczar buscar su otro to; por un descuido de los maestresalas, perdido en el alczar, se encontr en la galera obscura donde corresponde la puerta del cuarto de doa Clara, y oy voces de dos personas. -- Ah! una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!--dijo el rey--. Y esas dos voces eran de una dama y de un galn? --Eran las de don Rodrigo Caldern y doa Clara Soldevilla. --Ah! conque al fin la rigurossima doa Clara...? --Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan malvado, haba corrompido una criada de doa Clara, y sta haba robado su seora una prenda muy conocida y la haba entregado Caldern. Este, prevalido de la prenda con que haba querido obligar doa Clara, se haba introducido en su aposento. --Ah! ah! esto es grave, gravsimo...--dijo el rey--ese don Rodrigo es demasiado voluntarioso y bien poco mirado... atreverse una dama tal como doa Clara, quien sabe que tienen sus reyes en gran estimacin y poco menos que como una hija! Una dama quien ha dejado en nuestra servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro servicio, seguro de que la reina ser para ella una madre... seguro de que bajo el amparo de la reina estar cubierto de asechanzas! La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular. --A pesar de mi proteccin, seor--dijo sonriendo la reina--, se han puesto grandes tentaciones delante de doa Clara, y no ser ella tan honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habra podido salvarla... --S, s dijo el rey, quien parecan atragantrsele las palabras, segn se le enredaban las letras y aun las slabas--; doa Clara, en efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan tenido... puede ser que... hayan cado en una tentacin disculpable... porque... puede... s... pero en fin... y qu prenda era la que don Rodrigo supona haber recibido de doa Clara?--aadi el rey, saliendo bruscamente del discurso en que se haba embrollado, porque le acusaba la conciencia. --Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no recuerdo...--dijo la reina ponindose un rosado dedo en los labios, como quien medita...--ah! s!... con un pequeo lazo de diamantes... en el cual estaban esmaltadas nuestras armas. --Nuestras armas! --S por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de sobreherretes, me haba regalado vuestra majestad. --Ah! s! recuerdo ese regalo. --Yo haba dado uno de esos lazos doa Clara. --Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doa Clara--dijo el rey--, cuando as los da sus enamorados. --Pues si doa Clara no le ha dado don Rodrigo! --Pero cmo le tena don Rodrigo? La criada, quien haba sobornado don Rodrigo, haba robado, por insinuacin de ste, su seora. --Pero, cmo saba don Rodrigo que doa Clara tena el tal lazo?... El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este dilogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del atolladero en que se haba metido; la reina, sin embargo, no demostraba la menor turbacin. --Don Rodrigo--dijo--saba que doa Clara posea aquel lazo, porque le ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy conocida de doa Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda, para qu la quera don Rodrigo? --Me parece, seora--dijo el rey--, que creis demasiado doa Clara, que doa Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don Rodrigo... --Oh, no; estoy segura de ella! --Pero creis fcil que se corten cabellos una mujer sin que lo sienta? Os habis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso lazo? --Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan abundantes cabellos como doa Clara, queda una maraa; con pocas maraas como las que produce cada peinado de doa Clara, basta para hacer un hermoso rizo. --Ah! efectivamente, no haba pensado en ello...--dijo el rey--pero me agradara ver ese rizo... si fuera posible..... --No s si doa Clara le habr destrudo--dijo con la mayor serenidad la reina, mientras el padre Aliaga se estremeca, porque vea llegado de una manera fatal el momento de las pruebas. --Cmo recobr doa Clara ese rizo?--dijo el rey. --Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien hablamos doa Clara. --Pero cmo supo ese mancebo?... --De una manera muy sencilla: deca, seor, que por descuido de los maestresalas, sin duda, ese joven, habindose perdido en el alczar, como quien nunca haba por l andado, haba venido parar, entrando por la portera de Damas, la galera obscura donde corresponde la puerta del aposento de doa Clara. Al entrar en la galera, segn dijo despus doa Clara ese hidalgo, oy las voces de un hombre y de una mujer. El hombre, sin pasar de la puerta, se negaba devolver una prenda la mujer, y la mujer deca: No faltar quien os arranque esa prenda que me habis robado con el corazn. --Desengaos, doa Clara--contest el hombre--; vuestro padre, el buen Ignacio Soldevilla, est muy lejos, y aunque le llamis, y aun cuando venga, vendr tarde; toda la corte sabr ya que la ingrata hermosura quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para m. --Ah!--dijo el rey, dndose una palmada en la frente--; pues ya lo comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quit estocadas don Rodrigo la prenda, y como saba, por haberlo odo, el nombre y el empleo en palacio de la dama, vino presentarla la prenda... se vieron y se enamoraron el uno del otro ah, ah, vase lo que son los acasos!... y si... si... por mi nima que quisiera ver!... Habr algn inconveniente en pedir doa Clara esa prenda? [imagen: Felipe III.] La reina se estremeci. El padre Aliaga se cubri de sudor fro. Pero la reina no se detuvo; di dos palmadas, y se abri la puerta de la cmara. Apareci la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de Ganda, desempeaba accidentalmente las funciones de camarera mayor, como primera dama de honor. --Id y decid doa Clara Soldevilla, mi menina, que venga--dijo la reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su semblante la agona de su alma. El padre Aliaga se puso literalmente malo. La condesa de Lemos dej caer el tapiz de la puerta de la cmara. Slo una casualidad poda salvar la reina de ser cogida de una grave mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena. --Es extrao... es extrao todo esto--dijo el rey--; y, sin embargo, siendo as, no extrao que doa Clara, agradecida... ella tiene unas ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los casaremos... ennobleceremos ese hidalgo cuanto sea necesario, pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, fin de que Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonar esta mentira. --Yo creo--dijo la reina con intencin--que cuando se miente para salvar grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que est presente, y que es muy telogo, puede decirnos... --Seora--se apresur decir el padre Aliaga--, hay ocasiones en que el no mentir sera un crimen. --De suerte que--dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy escrupuloso--la mentira puede, y aun debe usarse, segn las circunstancias? --Indudablemente--dijo el padre Aliaga--; veamos el caso actual; hay que engaar un hombre... Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males. Debe engarsele, el fin es bueno; el tsigo se emplea comnmente como medicina. --Pero, qu grandes males amenazan? --Supongamos que doa Clara ame... como suelen amar al cabo las que han llegado cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no pudiendo lograr su amor por buenos medios... --Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligacin mentir en ciertas ocasiones. --Adems--dijo la reina--de que para honrar ese joven no es necesario mentir. --Nos ha prestado algn servicio?--dijo el rey. --Oh, importantsimo! recordis, seor, las dos cartas escritas por el conde de Olivares y el duque de Uceda don Rodrigo Caldern, que os di leer anoche? --Oh, s! cartas que yo he dado leer al duque de Lerma. --Y que han causado la variacin que se nota en el duque. --Indudablemente. --Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga buscar la fuerza en el rey. --S; s, todo eso es cierto. --Y creis, seor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa? --Si por cierto; merece un ttulo y una renta. --Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado vuestra majestad ese servicio. --Cmo! --Al quitar don Rodrigo Caldern, despus de haberle vencido, el rizo y el lazo que haba robado Caldern doa Clara, le quit tambin esas dos cartas que Caldern, por ser tan importantes, llevaba sobre s, y entreg con la prenda las cartas doa Clara. --Pues ya no extrao que doa Clara ame un tal hombre; doa Clara aborrece Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doa Clara es vuestro consejo, y al ver Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han producido un resultado saludable... los casaremos; se har cuanto haya que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la antecmara, acaso sea doa Clara. La reina se estremeci; el padre Aliaga se hel; se levant el tapiz, y la condesa de Lemos dijo desde l: --Seora: doa Clara est enferma, pero me ha dicho que si vuestra majestad lo desea, se har conducir. La reina respir; al padre Aliaga se le quit de sobre el corazn una montaa. --No... no...--se apresur decir el rey--de ningn modo. Y est... en mucho peligro nuestra buena doa Clara? --Est recogida al lecho, seor--contest la de Lemos--. Adems, permtame vuestra majestad que le d un mensaje importante. --Pero pasad, pasad, doa Catalina--dijo el rey--; vos sois algo ms que un ujier. --Gracias, seor--dijo la de Lemos entrando, detenindose una respetuosa distancia y haciendo una reverencia los reyes. --Y qu mensaje... tan importante es ese?--dijo el rey. --Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito de Santiago, seor de la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Npoles, solicita urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad. --No me dejarn parar--dijo el rey con disgusto--. Y quin ha dicho don Francisco que yo estoy aqu? --Le he visto tan afanado buscando medio de hablar vuestra majestad; me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve pedir una audiencia inmediata vuestra majestad, que siendo quien es don Francisco, he credo de mi obligacin... --Pues bien, doa Catalina, decid don Francisco que se presente los de mi cmara; yo dar orden... le recibir... La condesa de Lemos se inclin y sali. --Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo--dijo don Felipe--; pero os dejo en buena compaa; adis, tengo cierta impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... estn pasando por cierto cosas extraordinarias... Adis... adis... Y el rey se levant y salt por la puerta secreta. --Oh, qu Angel de la Guarda nos ha salvado!--exclam la reina. --Un milagro de Dios, seora--dijo el padre Aliaga. --S; s, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis, tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid la condesa de Lemos que entre. El padre Aliaga se levant, bes la mano que le tendi Margarita, sin atreverse posar demasiado los labios sobre ella, y sali. El infeliz haba sufrido toda una eternidad de tormentos durante el tiempo que haba pasado en la cmara de la reina. FIN DEL TOMO PRIMERO [imagen] * * * * * EL COCINERO DE SU MAJESTAD (MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III) POR D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ TOMO SEGUNDO CAPTULO XXXIV EN QUE SE EXPLICAR ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPTULO ANTERIOR, Y SE VER CMO DOA CLARA ENCONTR UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN MONTIO, PESAR DE TODOS LOS PESARES Apenas haba salido el padre Aliaga de la cmara de la reina, cuando entr la condesa de Lemos. --Qu enfermedad padece doa Clara?--dijo la reina. --Ninguna, seora--contest doa Catalina--; doa Clara est sana y buena esperando en la saleta. --Qu significa, pues, vuestra mentira? --He credo que deba mentir. --Por qu? --Contar vuestra majestad lo que me ha sucedido: sala yo de la antecmara llevar en persona la orden de vuestra majestad doa Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me haba dicho terminantemente: id y decid doa Clara Soldevilla... deba yo ir... y fu. --Es cierto... una distraccin ma, doa Catalina. --Vuestra majestad puede disponer de m como quiera, y siempre honrndome--contest inclinndose la de Lemos. Y luego continu: --Sala yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontr de repente junto mi don Francisco de Quevedo.--Decid doa Clara Soldevilla, me dijo, si queris sacar de un negro compromiso su majestad la reina, que diga que no puede venir porque est enferma; que os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el rey haya salido de la cmara de su majestad la reina, entre verla; para que el rey salga, decid su majestad de mi parte que yo le pido audiencia para un asunto gravsimo, que no he podido encontrar quien me anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid adems su majestad la reina que yo hallar medio de entretener al rey largo tiempo, y adis, id, que urge, y que Dios nos saque en paz.--Tengo yo tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho la letra lo que l me ha dicho. --Habis hecho bien--dijo Margarita de Austria--, y pues lo que est ah doa Clara, que entre al momento. Sali doa Catalina y doa Clara entr. La hermosa joven se acerc anhelante la reina. --Qu sucede, seora--dijo--, que la condesa de Lemos me trae consigo pesar de decir al rey que estoy enferma? --Ah, Dios mo! Djame respirar, Clara; todava aquellas cartas, Dios mo! --Pero si las quem vuestra majestad! Se haba olvidado alguna?... Ha aparecido alguna ms? --No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve mi joyero, busca uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tremelo... trete tambin unas tijeras. Doa Clara sali de la cmara por una puerta opuesta la por donde haba entrado y volvi poco; traa un lacito de oro y diamantes, cuyo nudo poda contener en la parte interior un grueso como de un dedo. --Dame!--dijo la reina con ansia--; dame las tijeras y sintate mis pies. La joven, admirada y confusa, se sent los pies de la reina sobre un taburete de terciopelo. --Oh, y qu hermosos cabellos tienes!--dijo Margarita de Austria--; tus cabellos me van salvar, Clara. Y la reina deshaca con mano trmula las gruesas trenzas negras de doa Clara. --Oh! Afortunadamente--dijo--, por mucho que te corte no se te conocer la falta; no te asustes, Clara, no voy cortarte ms que como el grueso de un dedo del centro. --Crtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo... --Ya te explicar... Perdname, Clara, si te robo... pero es necesario... necesario de todo punto! Ya est. Y se oy el leve, pero caracterstico ruido de las tijeras, que cortaron con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doa Clara. --Oh, Dios mo! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal de maraas; el pelo de maraa es ms corto. --Pero qu maraa es esa, seora? --Una verdadera maraa que t sola puedes desenredar. --Yo! --T, s, y de una manera muy dulce. --No comprendo vuestra majestad. --Casndote con tu caballero de anoche. --Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle. --Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, cmo haras t para hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado? --Un rizo, seora? --S, un rizo para regalarlo un hombre amado. --Dios mo! Es que m nunca se me ha ocurrido ni poda ocurrrseme... de ningn modo... regalar cabellos mos, como no fuese mi marido. --Es que t te casars, y ser tu marido el hombre quien vas regalar este rizo. --Permtame vuestra majestad--dijo con seriedad doa Clara--; vuestra majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo no har eso. --Hagamos, hagamos primero ese rizo--dijo la reina--; t le guardars y no se usar de l si t no quieres. Pero hagmosle. Doa Clara at aquel magnfico ramal de cabellos, haciendo con l una ancha sortija, y la present la reina. --Bien--dijo Margarita de Austria--; ahora sujtale con este lazo. Doa Clara obedeci. He aqu una verdadera joya--dijo la reina--. Ahora, sintate y escucha, y recgete el cabello entre tanto. Doa Clara se sent. La reina, con voz trmula, la cont punto por punto lo que la haba acontecido con el rey. Cuando la reina concluy guard silencio, y no pronunci ni una disculpa ni una splica. Doa Clara, que se haba trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, permaneci largo tiempo en silencio. La reina estaba llena de ansiedad. --Me casar con ese hombre--dijo al fin doa Clara. --Ah! hermana ma!--exclam la reina arrojndose al cuello de doa Clara y besndola en la boca. --Yo le amo...--dijo doa Clara con voz conmovida--, pero no s si es digno de mi amor, no s si l me ama como le amo yo. --El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecer el rey, procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... t sers feliz. --Dios mo! feliz!... y se ha ido vivir casa de una comedianta! y la ha acompaado al teatro y... no me ama... si me amara... no afrentara mi amor enamorando una mujer perdida! --Pero quin te ha dicho eso? --El bufn del rey. --Qu mujer ms hermosa y ms pura que t puede l encontrar?... le has desesperado acaso, Clara? --S, seora. --Pues ve ah la explicacin de esos amores indignos con la comedianta... cuando sepa que t... quieres ser su esposa... --Su esposa... lo ser y pronto. --Ah, Clara ma! --En el estado en que vuestra majestad para salir de un compromiso imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicrselo todo; es necesario que est prevenido por si el rey ha sospechado insiste. Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy escribirle. --Pero Clara, tienes t seguridad de ese hombre?--dijo la reina asustada por la violenta salida de doa Clara. --El no abusar ni de mi carta ni de mi cita. Y adis, seora, adis, necesito prepararme. Y doa Clara sali sin esperar la respuesta de la reina. --Seora condesa--dijo la joven al pasar por la antecmara, detenindose delante de la de Lemos--, hacedme la merced de que sepa don Francisco de Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alczar y en mi aposento. Me lo prometis? --Os lo prometo, amiga ma, y os aseguro que don Francisco os ver. --Gracias, doa Catalina, gracias y adis. --Para qu querr doa Clara Quevedo?--dijo para s sumamente pensativa y contrariada doa Catalina--; pero bah!--aadi--; l me ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasar precisamente por la galera. Voy esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho con su majestad. Y doa Catalina sali de la antecmara de la reina, y se meti por una galera obscura. CAPTULO XXXV DE CMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABA DICHO MUCHO Felipe III atraves con impaciencia el pasadizo secreto que pona en comunicacin su cuarto con el de la reina. Halagaba al rey el hacer alguna cosa por s propio; tan acostumbrado estaba la tutela de Lerma desde muy joven. El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su ministro-duque, un hombre tan _peligroso_ como Quevedo, parecale un acto de verdadera soberana, una emancipacin monstruosa. Y todo esto lo pensaba la conciencia ntima del rey; esa voz misteriosa que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaa, y que sera nuestro mejor gua si oysemos su voz, en vez de or la de nuestra conciencia artificial, producto de nuestra posicin, de nuestras costumbres y de nuestras inclinaciones. Con arreglo esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se haba credo siempre rey, rey en el uso expedito de su soberana, por ms que su conciencia ntima le dijese: t eres un instrumento de tu favorito; t eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad. Y esta conciencia ntima era la que hablaba al rey cuando se diriga del cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto. Cuando entr en su dormitorio cerr cuidadosamente la puerta secreta, y se encamin con paso majestuoso su cmara. Llam, y mand que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito de Santiago, etc., le introdujeran. En seguida se sent junto la mesa, y abri su libro de devociones. No tard mucho un gentilhombre en decir la puerta de la cmara: --Seor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito de Santiago, seor de la Torre de Juan Abad. --Y pobre--dijo entrando en la real cmara Quevedo. Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelant. El rey segua leyendo, como si no hubiera visto Quevedo. Este lleg junto al rey, y se arrodill. --Sacra, catlica, majestad--dijo con voz hueca y vibrante. Volvi el rey la cabeza, mir con suma majestad Quevedo, y le present la mano. Quevedo la bes respetuosamente. --Alzad, don Francisco--dijo el rey. Quevedo se puso de pie. El rey esperaba que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo inmvil como una estatua, pero con la mirada fra y fija en el rey. El rey se senta mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras. --En qu pensis, don Francisco?--dijo el rey por decir algo. --Estoy contemplando la monarqua, seor--contest Quevedo--; contemplando en vuestra majestad la gran monarqua espaola en ropilla. Frunci el rey el entrecejo. --Y era todo eso lo que tenais que decirme con tanto empeo? --S, seor. --Pues si ya me lo habis dicho, idos--dijo un tanto contrariado el rey. --Si vuestra majestad me lo permite, le dir ms. --Decid. --Digo, que me espanta el que pueda decir vuestra majestad algo. --Ah!--dijo el rey--y por qu os espanta eso? --Porque la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso. --Oh!--repiti el rey. --Y espntame que yo me vea comprometido hablar con vuestra majestad... --Explicos... --He estado preso en San Marcos. --Ah! habis estado preso? --S, seor. --Qu delito cometsteis? --El ser ciego y no andar con palo; me d con una esquina en las narices. --Dicen que sois hombre de ingenio. --Eso he odo decir; pero acontceme, seor, que ahora que estoy hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve ingenio me lo han robado. --Dijronme que os era urgentsimo hablarme. --Y tan urgente, seor, que solamente con veros se me ha pasado la urgencia. --Pues os digo que no os entiendo. --No es fcil, porque yo no me entiendo tampoco. --Parceme que habis venido para algo. --Indudablemente, seor, he venido para irme. --Pero... por qu habis venido? --Por venirme cuento. --Pero qu cuento es el vuestro? --Es, seor, un cuento de cuentos. --Pues empezad. --Ya he concludo. --Pero si no me habis contado nada! --Si vuestra majestad quiere contar las palabras. --Don Francisco!--exclam con irritacin el rey. --Seor!--contest Quevedo inclinndose profundamente. --No tenis nada de qu quejaros? --Qujome de mi fortuna. --Ni nada tenis que pedir? --S, por cierto, seor; todos los das pido Dios paciencia. El rey se call y abri de nuevo su devocionario. Quevedo permaneci inmvil con el sombrero echado al costado derecho y la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada. Esta situacin dur algn tiempo. --Permita Dios que se duerma--dijo Quevedo para s--, no s ya qu decir su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni en muerte, espero verme en tanto apuro. Gran rey el nuestro! por menos de lo que yo estoy haciendo azotan otros. --An estis ah!--dijo el rey levantando del libro los ojos. --Esperaba, seor, que me mandrais irme. --Pues idos enhoramala--dijo el rey, y volvi su lectura. --An es pronto--dijo Quevedo--; todo se reduce que este imbcil se acuerde de que es rey y me encierre. Esprome. Pas otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmvil delante de l. Haba bien pasado una hora desde que el rey recibi Quevedo. Levant otra vez los ojos del libro, y exclam: --Por San Lorenzo! no os dije que os furais? --Ocurriseme, seor, pediros que me perdonseis por haber malgastado el precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad haba vuelto sus devociones... --Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y vuelto perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el volver pedirme audiencia. --Beso las reales manos de vuestra majestad--contest Quevedo, y sali. --Qu habr querido decirme don Francisco?--dijo el rey cuando se qued solo--; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. Pero qu habr querido decirme? quitando lo de la monarqua en ropilla, que creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he entendido ms. Y de seguro... me ha dicho algo... pero ese algo!... ese algo!... El rey se qued hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena fe que Quevedo le haba dicho grandes cosas, que l no haba podido entender. Entre tanto Quevedo iba soplndose los dedos por las crujas del alczar. --Bendito mi amor sea--exclamaba--, que me oblig pedir al to Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola conmigo mismo mi doa Catalina, me ha trado saber el grande apuro en que se halla la pobre mrtir, la infeliz Margarita de Austria. Enredo, enredo y siempre enredo. Y el buen _ingenio_ segua adelante. --Y vive Dios, que ya sudaba!... no saba cmo seguir diciendo al rey palabras y no ms que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido, bah! la caridad es ms difcil veces de lo que parece. Pero qu rey... seor! qu rey! De repente Quevedo se detuvo y escuch con atencin. Haba odo un _siseo_. El _siseo_ volvi repetirse. --De aquella reja sale, y nadie hay presente ms que yo. Llmanme, pues: acudo. Es m? --S por cierto--contest la condesa de Lemos, entreabriendo la reja. --Ah, lucero de mi obscura noche!--exclam Quevedo--; creo que mi pensamiento me ha trado por tan buen camino, como que en l haba de encontraros. --No podais pasar por otra parte. --Me esperbais? --Con ansias del corazn. --No digis eso, si no queris verme loco. --Aunque mucho os amo, que bien lo sabis, no por vuestro amor son mis ansias, que de l estoy segura, sino por ella. --Por la ella del enredo? --S; cmo os ha ido con el rey? Me dejsteis temblando. --Y all se queda l confuso. --Tanto le habis dicho? --Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, por qu ansiais? --Porque vayis ver al momento doa Clara de Soldevilla. --A tan hermosa dama me enviis? --Vos podis ir ella sin que yo os enve. --Me estoy bien donde me quedo... Llmame doa Clara? --S. --Correo soy de seguro. --Para correo habis nacido. --Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena voluntad se perdonen. --Sois hombre afortunado. --Decidme, dnde est mi fortuna, ya que habis dado con ella? --Pues qu, no os amo yo? --Si se muriera uno! --Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa ms de lo que pensamos. --Adis, pues, seora ma. Con que me digis dnde vive doa Clara, me dejo con vos el alma y all me emboco. --Ms all de la galera de los Infantes, en aquella galera obscura. --En la de anoche?... --S, frente aquellas escaleras. --Ah! frente las escaleras aquellas! no he de perderme con tales seas. Quedad con dios, seora ma, y tratadme bien el alma, que con vos se queda. --Ay, que os llevis la ma! Adis. La condesa sac una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la bes suspirando. --Adis--dijo, y se alej. La reja se cerr silenciosamente. Poco despus Quevedo llamaba la puerta del aposento de doa Clara. Aquella puerta se abri al momento. Encontr doa Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada vaga, con todas las seales de una inquietud cruel. --Vos lo sabis todo, don Francisco--dijo la joven con anhelo. --Lo s, seora, y lo s tanto, como que an estoy dudando de ello. --No os pregunto cmo lo sabis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; me estoy muriendo; sobre m vienen... --Las culpas ajenas os premian. --Qu decs? --Si le amis! --Dios mo! pero... yo hubiera vencido esta aficin... --Y qu vencerla? --Podis ver esta noche vuestro amigo? --A Juan? --S--contest con esfuerzo doa Clara. --Lo ver, si vos queris. --Sabis dnde est? --Est donde le han arrojado vuestros desdenes. --Y le sacarn de all mis favores? --Oh! vos, seora, podis sacar un alma en pena del purgatorio. --Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad. --O no os conocis, no me conocis, seora--dijo gravemente Quevedo. --No os entiendo, don Francisco. --Estis desconfiando de vos misma, y desconfiis de m; vos, seora, sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda caridad; os sacrificis por una mrtir; doblis vuestro orgullo de mujer, exponis vuestro corazn, arrostris la clera de vuestro padre; Dios os premiar, yo os reverencio y os admiro. --Me veo obligada casarme con vuestro amigo por salvar su majestad de unas apariencias que podan perderla; cierto es que vuestro amigo me ha interesado el corazn, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso que voy dar es decisivo; le conocis vos, don Francisco? estis seguro de que su galanteo con esa comedianta pasar en el momento en que le abra mi corazn? decidme, por Dios, cunto pierdo cunto gano en mi sacrificio! --Juan es un rey sin corona, doa Clara: para Juan sois sola; Juan es slo para vos. --Explicadme mejor... --Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitis un hombre como Juan. Que, en fin, habis nacido el uno para el otro. Por eso os habis amado en el punto en que os habis visto; por eso Dios ha querido que sea inevitable vuestro casamiento. --Pero mi padre... --Vuestro padre vive Dios! se dar por muy contento con que os casis de tal modo, y tales andan las cosas, que ms servs para envidiada que para envidiosa. --Ah, os creo! os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me engais! os creo, y creyndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad; esta carta es para vuestro amigo. --Ya saba yo que haba de ser correo; pero no importa. Slo siento una cosa. --Qu! --Que acaso no podris ver mi amigo tan pronto como quisirais. --Y por qu? --Acaso no podis verle hasta despus de la media noche. --En ese caso se dar orden para que le abran el postigo de los Infantes cualquier hora que llegue. --La seal. --El capitn Juan Montio. --El capitn! --Tengo para l una provisin de capitn de la guardia espaola. --Ah! pues me pesa! se necesita para que os casis con l, de la licencia del rey! --No pasis pena por eso. --El rey os ama. --El rey est ya bien curado. --Y... cundo pensis casaros con mi amigo? --Si l consiente... pronto... muy pronto. --Ser cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto? --Oh! no, no tanto. Y os agradecera que me hiciseis un favor. --Cul? --Me dais vuestra palabra de que me lo concederis? --Diosla y ciento, mil. --No digis una sola palabra de lo que hemos hablado de l vuestro amigo. --Otorgo. --Y quisiera que... --S; que vaya cumplir mi oficio cuanto antes. --No, no es eso; que vinirais con vuestro amigo. --Vendr; y adis, seora. --Adis. Quevedo sali pensativo y cabizbajo murmurando: --Pobre Dorotea! ella tambin le ama con todo su corazn! Apenas sali Quevedo cuando doa Clara se dirigi al cuarto de la reina y dijo la condesa de Lemos: --Hacedme la merced, seora, de decir su majestad que quiero hablarla al momento. CAPTULO XXXVI DE CMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZN Y SU VIRTUD PRUEBA Cuando el confesor del rey sali de la cmara de la reina, al verse en las galeras del alczar medio alumbradas, y por consecuencia medio obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado se deshizo; vacil, y se apoy en una pared. Y all, anonadado, trmulo, llor... llor como un nio que se encuentra hurfano y desesperado en el mundo. Y llor en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la resignacin sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadver animado que en aquel punto slo tena vida para llorar. Pero esto pas; pas rpidamente, y se rehizo, busc fuerzas en el fondo de su flaqueza, y las encontr. --Sigamos hacia nuestro calvario--dijo--, sigamos con valor; apuremos la copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazn rebelde... que obedezca su deber muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado de combatir un solo momento. Se irgui, seren su semblante, y se encamin al lugar donde le esperaba el to Manolillo. El bufn le sali al encuentro. --Ha venido?--dijo el padre Aliaga. --He tenido que engaarla; ahora mismo la estoy engaando. --Engaando! --S, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de lechuzas, que me sirve de habitacin hace treinta aos. --Y por qu la engais? --Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de que vera entrar su amante en el aposento de doa Clara Soldevilla. --Su amante! y quin es su amante? --El seor capitn don Juan Girn y Velasco. --Ah, ese joven!--exclam con un acento singular el religioso. --Aqu hay una escalera--dijo el bufn--, y no hubiera querido traeros por estos polvorientos escondrijos, pero vos habis deseado conocerla... asos las faldas de mi ropilla. Empezaron subir. --Sabis--dijo el bufn--que hay esta noche gente sospechosa en palacio? --Lo s, y la Inquisicin vigila. --Dnde creis que estn esas gentes? --En el patio. --Algo ms adentro; mucho me engao, si por los altos corredores de mi vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmn... --Ese miserable! --Y si no le acompaa el galopn Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos odo hablar en voz baja lo ltimo del corredor. -Y qu pensis de eso? --Temo mucho malo. --Contra quin? --Contra la reina. --Ah! --No os asustis, yo estoy alerta. --Ser preciso prender esos miserables. --Dejmoslos obrar, no sea que prendindolos perdamos el hilo. Por lo mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo obscuras; por la misma razn, ya que estamos cerca de lo alto de las escaleras, callemos. Sigui la advertencia del bufn un profundo silencio. Slo se oan sobre los peldaos de piedra los recatados pasos del religioso y del to Manolillo. En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de corredor, y el bufn se detuvo y llam quedito una puerta. Oyronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorri un cerrojo. La puerta se abri. El padre Aliaga slo pudo ver el bulto confuso de la persona que haba abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oy una anhelante y dulce voz de mujer que dijo: --Ha venido ya? --No, hija ma--dijo el bufn--, y segn noticias mas, no vendr esta noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos estar obscuras la grave persona que viene conmigo. --Quin viene con vos, to? --El confesor de su majestad el rey. --Ah! El buen padre Aliaga! --Me conocis?--dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en otra ocasin entr Quevedo con el to Manolillo. --Os conozco de odas; delante de m han hablado mucho de vos el duque de Lerma y don Rodrigo Caldern. Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga mir con ansia la comedianta; al verla, di un grito. --Ah!--exclam--; es ella! Margarita! --Os habis engaado, seor--dijo la Dorotea--; yo no me llamo Margarita. --Es verdad--dijo el padre Aliaga--; vos no os llamis Margarita, pero ese mismo nombre tena una infeliz quien os parecis como vos misma cuando os miris al espejo. Oh Dios mo, qu semejanza tan extraordinaria! --Miren qu casualidad--dijo el bufn--, que t, hija ma, hayas querido venir al alczar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido venir mi aposento, y que este santo varn encuentre en ti una absoluta semejanza con otra persona. La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga. --No me conocais! No me habis visto antes de ahora!--dijo la Dorotea, que comprenda en la mirada del fraile, fija en ella, algo de espanto, mucho de anhelo y muchsimo de afecto. El bufn se anticip al padre Aliaga. --No, hija ma, no; este respetable religioso no te conoca ni de nombre. --Me estis engaando--dijo de una manera sumamente seria la Dorotea. --No, hija ma, no--dijo el padre Aliaga--; pero me extraa ver en el aposento del to Manolillo, y estas horas, una mujer tal como vos. La Dorotea sac su labio inferior en un gracioso mohn, que tanto expresaba fastidio como desdn, por la observacin de fray Luis. --Os une algn parentesco con esta joven, Manuel? --Os dir, fray Luis: s y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy, porque ni siquiera he conocido su madre, y lo soy, porque no tiene en la tierra quien haga para ella oficio de padre ms que yo. --Y vos habis conocido vuestros padres, hija ma? --No, seor--dijo la Dorotea--; me he criado en el convento de las Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy nia, iba todos los das visitarme el to Manolillo; yo lo crea mi padre; pero cuando estuve en estado de conocer mi desdicha, me dijo el to Manolillo: Yo no soy tu padre; te encontr pequeuela y abandonada... --Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontr--dijo el bufn. --Vlgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; pero en qu os ejercitis, que baste costear honradamente esas galas y esas joyas? --Quin habla aqu de honra?--dijo la Dorotea, cuyo semblante se haba nublado completamente--. A qu este engao? A qu ha subido este desvn? Demasiado sabis, padre, que soy comedianta, y menos que comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos ms de ello... Pero sepamos... sepamos qu he venido yo aqu y qu habis venido vos. --Oh, Dios mo!--exclam el padre Aliaga, levantando las manos y el rostro al cielo, dejando caer instantneamente el rostro sobre sus manos. Pero esto dur un solo momento. El religioso volvi levantar su semblante plido, melanclico y sereno. --Vos me conocis!...--exclam la Dorotea--ms que eso... Vos conocis mis padres... los habis conocido... Mi madre se llamaba Margarita. --Es verdad. --Y dnde est mi madre?--pregunt juntando sus manos y con voz anhelante Dorotea. --En el cielo!--contest con voz ronca el bufn. --Ah!--exclam la Dorotea. Y dej caer la cabeza, y guard por algunos segundos silencio. Luego dijo con doble anhelo: --Pero mi padre!... --Tu padre!...--dijo el bufn--quin sabe lo que ha sido de tu padre? --Sentos, hija ma, sentos y escuchadme--dijo el padre Aliaga. Dorotea se sent, y esper en silencio y con ansiedad que hablase el padre Aliaga, que se sent su vez en el silln aquel que en otros tiempos haba servido al padre Chaves para confesar Felipe II. --No os habis equivocado, hija ma--dijo el confesor de Felipe III--; se os ha trado aqu con engao... mi carcter de religioso me vedaba entrar en vuestra casa. --El engao, sin embargo, ha sido cruel. Sin l hubiera yo venido... pero ya est hecho; continuad, seor, continuad; os escucho. --Os encontris en unas circunstancias gravsimas. Lo que voy deciros, debis olvidarlo; debis olvidar que os habla el inquisidor general. --Dios mo!--exclam la joven ponindose de pie, plida y aterrada. --Nada temis; el inquisidor general, tratndose de vos, y por ahora, ni ve, ni oye, ni siente; ms claro: en estos momentos no soy para vos ms que el hermano adoptivo de vuestra madre. --Dios mo!--repiti Dorotea juntando las manos. --Yo am mucho vuestra madre... no he podido olvidarla an... la rob un infame de la casa de sus padres... yo fu el ltimo de la familia que escuch su voz... Despus... no la he vuelto ver... pero la estoy viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta. --Creo que me parezco tanto mi madre en la figura como en la suerte. --De vuestra suerte nos importa hablar. Estis acusada la Inquisicin. --Acusada la Inquisicin!--exclam el to Manolillo ponindose delante de la joven como para defenderla--; acusada la Inquisicin! y por qu? El padre Aliaga no quiso comprometer doa Clara Soldevilla, arrojar sobre su cabeza el odio del bufn, y contest: --Por las inteligencias con un hombre, en el cual, segn me he informado, est puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con un tal Gabriel Cornejo... --Con ese miserable!--exclam el bufn--; tienes t conocimiento con ese miserable, Dorotea? --S--contest la joven--; le he buscado... porque crea amar un hombre... desconfiaba de l... necesitaba un bebedizo... pero yo soy cristiana, seor, yo creo en Dios, yo le adoro--exclam llorando la Dorotea. --Os he asegurado que nada tenis que temer--dijo el padre Aliaga--; pero es necesario que cambiis de vida; que dejis el teatro, y no slo el teatro, sino el mundo. --El teatro, s--dijo la Dorotea--; sin que vos me lo aconsejrais estaba resuelta ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo... fuera del claustro est mi felicidad; est l, y l me ama... --Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede amaros. --Ah! le conocis...! os ha enviado l...! ama la otra...! ama doa Clara...! y se casar con ella...! oh! no! no se casar! ser necesario para ello que me haga pedazos la Inquisicin! --Oh, Dios mo!--exclam su vez el padre Aliaga. --Pero qu te ha dado ese hombre?--exclam con irritacin el to Manolillo--; qu te ha dado que te ha vuelto loca? --Me ha dado la vida y el alma, porque yo no saba lo que era vivir, lo que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le he odo. --Y con esa vehemencia tuya le habrs hecho tu amante!--dijo el bufn. --No... no... y mil veces no; para l no soy una mujer perdida. --Pero qu felicidad podis encontrar, hija ma, en unos amores ilcitos?--dijo el padre Aliaga--; por qu ligar vos un joven noble y digno...? por qu dar ocasin que maana se avergence...? --Me estis desgarrando el corazn--exclam con una angustia infinita la Dorotea--; me estis repitiendo lo que me dice mi conciencia. El rostro del bufn, mientras dijo la joven estas palabras, se haba ido poniendo sucesivamente y con suma rapidez, plido, verde, lvido. --Es verdad--dijo con la voz opaca y convulsiva--; decid una pobre nia abandonada de todo el mundo: s fuerte, renuncia al amor, que es tu vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas vivir; no, Dorotea, no; t vivirs; porque Dios quiere que vivas; t amas ese hombre; ese hombre ser para ti... para nadie... y cuenta con que el Santo Oficio se ponga frente frente del bufn. --Manuel! estis loco!--exclam el padre Aliaga. --No, no estoy loco; pero todos los que tienen algn poder abusan de l; no en balde he pasado cincuenta aos en este alczar; nac en un desvn de l, y el alczar me conoce y me confa sus secretos; yo soy tambin poderoso, yo puedo decir al rey... s... s por cierto... yo puedo decirle: hay un hombre... un seor grave... que parece un santo... y oye, Felipe: ese hombre tiene el corazn como yo... y como el otro... y como el de ms all... es un embustero con mscara... es una virtud de comedia... es mentira... ese hombre ama tu Margarita... observa, observa ese hombre cuando est delante de tu esposa... ese hombre no vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un amor dos veces adltero, por un amor sacrlego. --Ese hombre que dice el to Manolillo, sois vos!--dijo la Dorotea, plida, sombra, sealando con un dedo inflexible la frente del religioso. --Yo... Dios mo! yo, que amo su majestad! --Y si ocultis vuestro amor, si le devoris... porque al fin ella es una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenis la virtud de sufrir en silencio vuestro infierno; si sabis cunto ofendis Dios, porque os est prohibido amar otro que Dios y amis vuestra reina... si sabis que puede llegar un da en que blasfemis, y en que la blasfemia os condene... por qu queris que una mujer libre engae Dios y se encierre en un claustro, y dentro de l sufra un infierno de amor, y blasfeme, y se condene tambin? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender Dios, porque no soy esposa de Dios. Y haced de m lo que queris: prendedme, matadme, llevadme la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que le adoro, que creo en l. Dios dar su gloria quien ha sufrido tres veces el martirio. --La Inquisicin no te tocar, no te acusar ti. No es verdad, padre, que la Inquisicin no se atrever ella? Las ltimas palabras del to Manolillo eran un rugido amenazador. --Dejadme!--exclam el padre Aliaga--dejadme, y que Dios tenga piedad de los tres! Y sali desalentado. --Esperad, voy alumbraros y guiaros, fray Luis; bah! eso pasar, nos entenderemos y seremos los ms grandes amigos del mundo. Ah, ah! t te quedas aqu, hija ma. No llores, que no hay para qu. Vamos, padre Aliaga. El bufn sali y cerr la puerta exterior. Despus de cerrarla se detuvo. --Jurara--dijo--que al llegar la puerta por la parte de adentro, he sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No importa, yo volver y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para que os gue, fray Luis. El padre Aliaga di tientas la mano al bufn. --Estis muriendo, padre; vuestra mano est fra como la de un muerto--dijo el bufn al sentir el contacto de aquella mano. El padre Aliaga no contest. El bufn le llev por donde le haba trado. Al llegar la galera de los Infantes, le solt. --Desde aqu--dijo--sabis salir del alczar. Pero una palabra antes de que nos separemos: tened compasin de ella, tened compasin de vos mismo, tenedla, por Dios, de m. El padre Aliaga se alej en silencio y con la cabeza baja. --Acaso he sido imprudente--dijo el bufn estremecindose--, acaso he sido injusto; Dios mo! cuando se trata de ella me vuelvo loco. El to Manolillo volvi tomar en silencio el camino de su mechinal. Antes de llegar su puerta se detuvo. --Es necesario que yo vea--dijo--qu gentes andan por aqu esta noche. Y abri la puerta, entr, encendi una lmpara y sali los corredores sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincn. El to Manolillo recorri y examin minuciosamente la parte alta de aquel departamento. A nadie encontr por ms que registr todos los escondrijos. --Vamos--dijo--, sera el viento. Y sigui adelante hacia su vivienda. Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se detuvo; haba odo la voz de Francisco Martnez Montio, que deca: --Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se conozca que es un cofre; vosotros dos no os separis de m; las manos en las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de buenos mozos de la guardia espaola. --Descuide vuesa merced, seor Francisco--dijo una voz franca y ligera--, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de robar. A seguida el bufn oy el ruido de una llave en la cerradura, y apag la luz y se retir precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se embebi en l cuanto pudo y escuch con profunda atencin. Se abri la puerta y sali el cocinero; tras l, dos hombres que conducan, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego dos soldados de la guardia espaola, juzgar por sus armas y por sus coletos rojos. El cocinero mayor volvi cerrar la puerta. l y los cuatro hombres se alejaron. Iba seguirlos el bufn, cuando sinti pasos tras s muy poca distancia. Embebise ms en la puerta, y desenvain su pual. --Cosme, hijo, sguelos--dijo una voz muy conocida del to Manolillo--; yo me quedo aqu; abajo en la plaza estn los otros; quitadle lo que lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los coletos encarnados. Alejronse los pasos, y se perdi la voz lo largo de los estrechos corredores. --El sargento mayor don Juan de Guzmn!--dijo el to Manolillo--. Van por la cruja larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; para algo estaban aqu estos bribones; no me haba yo engaado; pues bien: veamos qu es esto... pero y Dorotea?... no importa... yo volver. Y luego se oyeron los rpidos pasos del bufn. Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado pasar por la puerta de su aposento. Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de l. Aquel bulto era el sargento mayor. Escuchaba. --Est sola y llora--dijo--; dnde estar el bufn? Y volvi escuchar. --Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es tambin que el to Manolillo puede volver; no s por qu me causa miedo ese hombre; pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba ver Luisa; pero despus de lo que he odo, me interesa ms verla ella. Ea, adelante. Son un hierro en la cerradura, que resisti un momento; luego se sinti correrse el fiador. La puerta se abri. Cerrla de nuevo el sargento mayor, y entr en el aposento donde se encontraba Dorotea. CAPTULO XXXVII DE CMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MS LOS SUCESOS La joven permaneca an inmvil en el lugar donde la haba dejado el to Manolillo, y continuaba llorando. --Quin haba de decirme--murmur roncamente el sargento mayor--, la noche en que no s quin me quit esta muchacha recin nacida, que haba de llegar un momento en que nos sirviese de mucho? Sigui Guzmn contemplando por algn tiempo y de una manera profunda la joven, y al cabo dijo: --Bien empleado os est lo que sufrs; quin os manda fiaros del primero que llega? Levant la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con desprecio: --Quin os ha llamado? Idos. --No necesita que le llamis quien os sigue ansioso todo el da, deseando encontraros sola. Pero ya se ve! no slo no habis estado sola, sino que habis servido de estorbo. Una vaga sospecha pas por el pensamiento de la Dorotea. --Y para qu he podido yo serviros de estorbo? --Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan hacerla. --Y cmo he podido yo estorbar?... --Desde esta maana hasta que vinsteis palacio, no os habis descosido del ajusticiado. --Ah! se trata?... --Del seor Juan Montio; y en matarle, no slo se venga don Rodrigo Caldern, sino tambin vos. --Explicadme cmo se me venga matando ese caballero. --Ese caballero se ha burlado de vos. --De mi? --S por cierto: cuando os enamor estaba ya enamorado. --De quin?--exclam todo afn Dorotea. --De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por las calles de Madrid y quien prometi entregarle las cartas que tena de la reina don Rodrigo. --El nombre de esa dama? --No hace mucho que se pronunci en este mismo aposento: os escuchaba... desde esa ventana; os oa vos, al padre Aliaga, al to Manolillo. --Doa Clara? --Eso es... doa Clara Soldevilla. --Pero es cierto que l la ama? --Podris juzgar de ello dentro de poco. --Cmo! vos podis procurarme?... --Para que no os extrae lo que voy deciros, es bueno que sepis que yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando quiero, y ando caza de secretos... por las galeras... que algunos se cogen en ellas de noche. Fu ver esta maana don Rodrigo, y bueno ser que lo sepis... le encontr muy malo con un dagazo en los pechos, lo que debis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayis dejado por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien. Djome el nombre de quien le haba herido, que le haba quitado las cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de si entraba sala en palacio. Pero como don Rodrigo no le conoca, no pudo darme las seas, sin las cuales me hubiera costado maa y trabajo averiguar. Pero afortunadamente le encontr en vuestra casa y vos me le dsteis conocer. Se os ha seguido, se sabe dnde ha ido ese hidalgo... lo que ha hecho... --Tena un duelo concertado... --Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto m, tengo seguridad de que esta noche vendr palacio, y la salida... cuando salga solo... --Y qu seguridad tenis de que ese caballero vendr palacio? --Desde el obscurecer estbamos en palacio cuatro de los mos y yo; dos fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y yo en el interior. Vagaba yo por las galeras, y sin saber cmo no poda separarme de la habitacin de doa Clara Soldevilla, cuando he aqu que un hombre llama y le abren. A la luz de quien le haba abierto, reconoc don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo del seor Juan Montio, me dije: esperemos; por algo viene aqu don Francisco, que no acostumbra perder el tiempo. Sali don Francisco y yo le segu. Don Francisco se fu derecho vuestra casa y llam. Abrironle y pregunt por vos. Dijronle que habais salido. Cerrse la puerta, y don Francisco se sent en el dintel. Indudablemente, don Francisco haba salido del cuarto de doa Clara Soldevilla en busca de Juan Montio. --Y decs que l vendr? --Ha concludo ya su lance con don Bernardino, segn me han dicho, y no debe tardar en ir vuestra casa... porque tambin s que vive en vuestra casa; tropezar con don Francisco, que le est esperando, y vendr. Entrar, s, pero Dios le asista la salida... --Y si no sale? --Esperaremos otro da para vengaros vos, para vengar don Rodrigo. --Si veo entrar en el aposento de doa Clara esta noche ese caballero, contad conmigo. --Le veris, os lo aseguro... pero es necesario que me sigis. --Al fin del mundo os seguir. --Pues venid. --Juradme que esto no es un lazo que me tendis. --No os tengo aqu sola? --Es verdad. --Adems, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habis abierto la herida y vos la cerraris. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre sin que le veamos. --Y le podr ver sin ser vista? --En esta parte, decuidad. Dorotea se levant, se arregl el manto y sigui Guzmn. Este abri de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de cerrarla, llev obscuras la Dorotea la galera, donde daba la puerta del aposento de doa Clara. --Aqu es--dijo el sargento mayor. --Y la puerta por donde ha de entrar? --Esta. --No se oye nada. --Esperan, sin duda. --Oh! y por qu no llamar? por qu no entrar? --Pero estis loca? --Tenis razn... no s lo que pienso ni lo que digo. --Venid; frente esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea. Guzmn y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras donde la noche antes haba ocultado Quevedo la condesa de Lemos, para que no la vieran los tudescos. CAPTULO XXXVIII DE LO QUE VI Y DE LO QUE NO VI EL TO MANOLILLO, SIGUIENDO LOS QUE SEGUAN AL COCINERO MAYOR Muy pronto el bufn del rey se convenci de que su papel estaba reducido, en la aventura que corra, al de un simple testigo. Seis hombres, la larga separados y con gran recato, seguan al cocinero mayor, los dos hombres que conducan el pesado bulto, y los dos soldados de la guardia espaola que le escoltaban. El to Manolillo, de todos aquellos hombres que segua, slo vea al ltimo, y aun larga distancia, para no ser reconocido. Favorecale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles. Porque entonces no haba serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que los reemplazase, excepcin de las rondas de los alcaldes, que en atencin lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo Madrid para un remedio. El hombre quien, como al extremo de una cola, segua el bufn, recorri parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atraves la Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torci hacia Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: la luz del farol de una imagen puesta en una esquina, le vi el bufn desnudar la espada y partir luego la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un momento antes haban sonado voces de ladrones! y poco despus ruido de espadas. El bufn desnud su pual y corri tambin, pero cuando llegaba la Cava Baja se encontr con que el ruido de las cuchilladas haba cesado, y en su lugar se escuchaban un tiempo grandes carcajadas y la voz trmula, turbada, del cocinero mayor, que deca: --Ah, seor! seor! me habis salvado y os habis salvado vos mismo! --Qu dice ese imbcil?--exclam el bufn--; indudablemente los buenos mozos del seor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero escuchemos. --Qu hablis de seor, mi querido to?--dijo Juan Montio riendo--; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocis. --S; s, seor, os conozco, os conozco demasiado--, dijo Francisco Montio--; pero veamos de ir cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto. --Ta! ta! ta!--dijo el bufn, mientras Juan Montio, el alfrez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducan el bulto y los dos soldados de la guardia espaola, entraban en la hostera de donde haban salido los tres jvenes--; mucho ser que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el seor don Juan Girn y Velasco. Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quin es, puede suceder que la desprecie. Oh, Dios mo! Dios mo! hay criaturas que nacen maldecidas! Y el bufn guard silencio, adelant lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostera, se acurruc en el vano de una puerta y frente ella esper. Dentro de la hostera, en el primer aposento, en la sala comn, sentados una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia espaola. --Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendicin, y que tengo los brazos dormidos?--dijo un lacayo al otro. --Debe estar lleno de oro para pesar tanto--contest el otro lacayo. --Indudablemente--dijo un soldado--, mucho deba valer cuando queran aliviaros del peso. --Y no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostera--dijo el otro soldado--, no s lo que hubiera sucedido; yo creo que eran ms de veinte los que nos acometan. --No eran sino seis--dijo el otro soldado--; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo. --Qu miedo ni qu berenjenas!--dijo el otro picado--; consistir en que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo di, me raja como una zanahoria, y me ha levantado un chichn--, dijo el soldado quitndose el sombrero y tentndose la parte superior de la cabeza. --Pues no--repuso el otro soldado--; el hidalgo quien despus del lance llamaba seor el seor Francisco Montio, es un hombre de provecho; no tiraba ms que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba delante que era una alegra verlo. Y l llam su to al seor Francisco; qu ser eso? --Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, cenar y beber, ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del cintarazo--dijo el otro soldado. --Vamos, buenos mozos--dijo uno de la hostera que traa sobre las dos manos una enorme cazuela--; aqu tenis tres conejos en vinagrillo con sus correspondientes cabezas, y voy traeros, segn orden superior, ocho botellas de vino que hace seis aos que est obscuras. --Con vinagre son los conejos?--dijo un soldado--, pues gracias que nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del vinagre no entre en parte con el vino. Tinto de Valdepeas voy traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno el papa. --Tienes razn, porque el papa lo bebe de otra parte. Pero pasemos adelante. En una habitacin del piso alto estaban el alfrez Saltillo y Velludo. Inesilla les serva. El alfrez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que otro guio y una que otra frase que la joven reciba sonrindose. --Y qu decs de esto?--dijo entre un bocado, un guio y una galantera soldadesca la muchacha el alfrez. --De qu queris que diga?--contest Velludo--; de esta buena moza, de estas perdices, de vos? --No por cierto; de lo que acaba de suceder. --Ello dir. --Por lo pronto--exclam el alfrez--, ha acabado de maravillarme nuestro nuevo amigo, sabis que hace cosas que no las creyera si no las viese? Ira de Dios y qu modo de tener la punta de la espada en todas partes, y de tener siempre las paradas donde haca falta! y cortas, vive Dios! paradas de valiente! --Es mucho mozo. --Pero esta chica es mejor moza. --Ah! os gusta vos tambin, seor Velludo! Muchacha, trae dados. La joven sali y volvi con un cajoncillo en que haba dos dados y un cubilete, los puso sobre la mesa y esper con una inquietud de cierto gnero. Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos. --Jugarme! y quin os ha dicho que yo quiero que me juguis? --Vamos, pues t puedes evitar que lo echemos la suerte--dijo el alfrez--; cul de nosotros dos te gusta ms? --Ninguno--dijo la muchacha. --Ah! pues entonces jugaremos. --Y qu vamos jugar? --El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande. --Vaya, vuesas mercedes estn muy divertidos--dijo la muchacha ponindose encendida como una amapola. --Ah!--dijo el alfrez--, todava tienes vergenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita. --Quieren vuesas mercedes algo ms que les sirva? --Nada ms. --Pues que Dios guarde vuesas mercedes. Y la muchacha sali. --Amigo Velludo, no juguemos--dijo el alfrez. --Por qu? --Esta muchacha es honrada y quera bendiciones. --Bendgala Dios, y paso. --Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos. Y se pusieron charlar y aventurar deducciones. En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado tambin, en un lugar en donde de nadie podan ser odos, estaban mano mano, sentados en una mesa, Juan Montio y su supuesto to. --Sobre aquella mesa, en vez de manjares, haba un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho. A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo hilo. Estaba jadeante, plido, desencajados los ojos, tembloroso. Juan le miraba con sumo inters; ms que con inters, con cuidado. Tema que Montio se hubiese vuelto loco. --Pero qu os sucede, to? --En primer lugar--dijo el cocinero mayor--, no me llamis to: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco ms. Yo no soy vuestro to. --Qu estis diciendo? --La verdad. --Pues si no sois mi to, no sois hermano de mi padre. --Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: oh! si lo fuese! --Pero entonces vos no sois Montio. --Al contrario, vos sois el que no lo sois. --Yo? --Vos; vuestro padre es algo ms ilustre: qu digo? vuestro padre es, despus del rey, el ms grande de Espaa. Mir profundamente el joven al cocinero, temeroso de si ste tena no cabal el juicio, y dijo: --Y quin es esa noble persona? --Aqu en este cofre debe decirlo. --Pero vos no lo sabis? --El cofre lo dir; abrmosle: as como as iban abrirle la fuerza: vos sois quien lo que este cofre contiene interesa ms, y aunque todava no habis cumplido los veinte y cinco aos, no importa: no callo ms, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mo... pero es el caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos. Entonces Juan vi el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y ley en l en letras gordas lo siguiente: Yo, Gabriel Prez, escribano pblico de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cmo el seor Jernimo Martnez Montio recibi cerrado y sellado como se encuentra este cofre. Y por bajo de estas palabras se vea la fecha y el signo y la firma del escribano. --Pero no podemos abrir este cofre--dijo el joven. --Si no le abrs vos, le abrir la Inquisicin. --Ah! Francisco Montio desnud su daga, despeg de un solo corte y de una manera nerviosa el papel. Debajo de l, en un rebajo del arca, encontr una llave. --Ah! todo estaba previsto--dijo el cocinero del rey--. Abramos. --A vos dejo la responsabilidad de este hecho--dijo Juan. El cocinero abri con mano trmula el cofre. Apareci primero un pao de seda azul. Levantado aquel pao aparecieron algunos papeles. Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados. Sacado un rollo y abierto, se vi que le formaban relucientes doblones de ocho. Contados los doblones result que el rollo contena cincuenta. Contados los rollos, eran cuarenta. Es decir, que la caja contena dos mil doblones. Sacados los rollos, se encontr un nuevo pao de seda azul. Levantado el pao, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo. Abiertas stas, se hall un riqusimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrera, y de pedrera de gran valor. A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometi un vrtigo, y se asi la mesa con ambas manos para no caer. --Oh! si todo esto fuera mo!--exclam olvidado de que le escuchaba el joven. Este por su parte no le oy, porque su inters estaba vivamente excitado. Pero en la expresin de su semblante se comprenda que no era la codicia la causa de aquel inters. --Veamos esos papeles--dijo Juan--ya que habis abierto ese cofre, fin de que sepamos quin pertenece esto. --S, vemoslo, seor, vemoslo--dijo maquinalmente el cocinero mayor. Cort Montio las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa. Tom uno la ventura y ley: Era una partida de bautismo librada por Pedro Martnez Montio y testimoniada por el escribano Gabriel Prez. La partida de bautismo de don Juan Tllez Girn, hijo natural del excelentsimo seor duque de Osuna, y de una principalsima dama, cuyo nombre, segn deca la partida, se ocultaba por la honra de la misma dama. Juan apart aquel papel y tom otro. En l el duque de Osuna, de su propio puo y letra, declaraba ser hijo suyo natural, el conocido por hijo del capitn invlido de infantera espaola Jernimo Martnez Montio, conocido bajo el nombre de Juan Montio; le reconoca pblicamente, le daba su apellido y los derechos que como tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como testigos Jernimo Martnez Montio y un Diego Salgado, ayuda de cmara del duque. El escribano Gabriel Prez, testimoniaba la legitimidad de estas firmas. Haba otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras pblicas de bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio su hijo don Juan Girn. Otro papel, era una cdula de gracia del hbito de Santiago desde su nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girn, de cuya gracia poda gozar desde su nacimiento. El ltimo papel era una carta del duque para su hijo. El contexto de aquella carta era solemne. Deca as: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu-Santo. Don Pedro Tllez Girn, duque de Osuna, marqus de Peafiel, conde de Urea, su hijo natural, don Juan Girn. Hijo mo: Cuando esta carta leyreis, habr yo muerto, habris cumplido vos los veinticinco aos, y estar satisfecho de vos y seguro de que podis llevar sin mancharle mi apellido. Un amor incontrastable, y una ocasin desgraciada para vuestra noble madre, y aprovechada por m, no s si con harta locura, son la causa de vuestro nacimiento. No dudis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quin es vuestro padre, ni el lugar en donde os ha dado luz. Sin embargo, por un aviso secreto, sabiendo que exists, vuestra buena madre os ha legado un magnfico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra esposa cuando os casis. De la misma manera secreta, y sin darme yo conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar nadie, ni vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. Pero como viviris en la corte, si os casis, vuestra madre podr reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasin en que presentis en la corte vuestra esposa prendida con ese aderezo, si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os casis. Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en la corte de sus reyes como conviene su nombre, he cumplido con Dios, con mi corazn y con mi honra. Un Girn, por ms que sea bastardo, no puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lgrimas en los ojos; acabis de nacer y lloris junto mi. No os recojo, no os tengo mi lado, porque quiero qu el orgullo de ser mi hijo no os haga mal criado. Quiero que vivis en una esfera humilde, que os criis, si no en la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el hijo de la mujer que ha amado como yo amo vuestra madre. Espero en Dios que mis propsitos se cumplirn, y que Dios me dar vida para abrazaros. Como podr suceder que por una infidelidad de las gentes que se han encargado de vos, aunque no lo espero, por otro acaso cualquiera, sepis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entris desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin perder tiempo buscarme, de no poderlo hacer, escribidme. Creo que baste con lo que os digo. Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y leal y recibid la bendicin de vuestro padre, EL DUQUE DE OSUNA, CONDE DE UREA. --Comprendis ahora por qu os llamaba seor?--dijo todo trmulo Francisco Martnez Montio. Don Juan Girn (y le llamaremos as en adelante), no contest. En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se vea temblar la clera bajo su semblante. Recogi los papeles, los guard cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre. Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor: --Seor Francisco Montio, me pesa mucho el no poder seguir llamndoos to; pero no lo sois y me veo obligado tener paciencia. --Obligado tener paciencia, Dios de bondad, y os encontris casi un prncipe! --Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevroslo. --Y si me lo roban, seor? --Eh! Si os lo roban, qu importa! Adis! --Pero... --Adis, ya os ver. Y don Juan sali. --Pero est loco, Dios mo!--dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitacin, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes--. Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! Vive Dios que se conoce en l la sangre de los Girones!... Y al fin me servir de mucho... me vengar ahora mucho mejor que antes, porque al fin l me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamndome su to. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general. Entre tanto el cocinero mayor haba metido en el cofre su contenido, le haba cerrado y metise cuidadosamente la llave en el bolsillo. --Eh, hostelero!--dijo llamando; y cuando apareci ste aadi--: decid los dos lacayos y los dos soldados que estn abajo que suban. Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo los lacayos con el cofre y sali. Al llegar la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano: --Y el gasto, seor? --Cmo! No han pagado?--dijo el cocinero detenindose con sobresalto. --Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedbais vos... --Y cunto es la cuenta?--dijo todo turbado el seor Francisco. --Quince ducados, seor. --Quince ducados!--exclam Francisco Montio, metindose en un regateo que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del miserabilsimo carcter del cocinero--; pues cuntas gentes han comido y bebido? --Dos hidalgos, seor, cuatro criados... --Basta... basta--dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un bolsillo de los gregescos--; tomad y adis. Con muchas cuentas como sta os ponis rico. --Vaya en paz vuesa merced--dijo socarronamente al cocinero mayor. --A palacio!--dijo Montio los suyos. Y se puso en marcha delante de ellos. CAPTULO XXXIX DE CMO QUEVEDO CONOCI PRCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRN: EL QUE ESPERA DESESPERA Cuando don Juan Girn se encontr en la calle con sus dos nuevos amigos, se apresur despedirse de ellos, citndoles para el da siguiente, y alegando un pretexto tom la ventura por la primera calle que encontr mano. El joven estaba aturdido. No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento. El hubiera preferido una condicin humilde, afanosa, con padres legtimos, la riqueza y la consideracin que le daba la circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Urea. Le pesaban en los bolsillos las joyas que haba encontrado en el cofre; senta sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban. Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una poca en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel tiempo eran otras las costumbres. Estaban en tal predicamento, en tal vala la nobleza de algunos apellidos, que honraban todos los que los llevaban, aunque fuesen judos convertidos, apadrinados por algn grande. Pero don Juan se haba criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de virtud y de dignidad de los que haba credo sus parientes, y pensaba de otro modo. No le afliga el ser bastardo por s, sino por su madre. Por su madre, que por ms que abonase por su inculpabilidad el duque, estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento pblico de su hijo. Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no era la menor, la de que, su juicio, su condicin social haca dificilsimo su casamiento con doa Clara Soldevilla. Porque pesar de que la Dorotea le haba fascinado, y empedole como una dificultad, la Dorotea slo llenaba el deseo del joven, mientras doa Clara interesaba sus sentidos, su razn, su corazn, su vida; en una palabra, su cuerpo y su alma. Don Juan sufra de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: la una le arrastraba todo, la otra su deseo y su caridad. Su caridad, porque haba comprendido que Dorotea le amaba, pesar del poco tiempo que haba pasado desde su conocimiento, de una manera que no poda explicarse sino por otro hecho tambin excepcional: por el amor violento que el joven haba concebido por doa Clara. Es verdad que don Juan haba supuesto de la hermosa menina menos de lo que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, de hermosura de alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se haba enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones haban sido mezquinas, deba enamorarse todo cuanto su alma era capaz de amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, mora pensando en doa Clara, sufra recordando la Dorotea. Poema tranquilo y dulce la una; poema sombro y desgarrador la otra; dos grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazn, pero puestas en condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con lenguaje tentador, elocuente, al joven. Don Juan, pues, tena fiebre. Pero enrgico, valiente, acostumbrado acometer de frente las contrariedades vulgares que hasta entonces haba experimentado, acometi de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo para s: --El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto doa Clara, ser mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea ser mi hermana. Otro hombre hubiera dicho, frotndose las manos de alegra: --Bastardo no, soy hijo de un gran seor, y tengo una gran renta; las dos clebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una ser mi mujer, la otra ser mi querida. Por el contrario, don Juan, con arreglo su corazn, sin meditar, porque no tena experiencia, que con las mujeres no hay trminos medios posibles, haba credo salir del atolladero con una hiptesis que, realizarse, satisfaca su corazn y su conciencia. Y ms tranquilo ya, se orient, tom por punto de partida la calle Mayor, y sin vacilar ya, se dirigi la calle Ancha de San Bernardo, y la casa de la Dorotea. Al llegar la puerta retrocedi. Un bulto se haba enderezado y permanecido inmvil delante de l. --Quin va!--dijo don Juan poniendo mano su espada. --Decid ms bien: quin espera, quin se desespera, quin tirita, quin se remoja, quin est en batalla descomunal con el sueo, esperando un trasnochador insufrible? Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos de la maana! --Don Francisco!--exclam admirado el joven--; qu hacis aqu? --Esperar para deshacer. --Para deshacer qu? --Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribi que viniese la corte en busca vuestra, no saba yo el trabajo que habais de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos estoy, sin corazn y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma. --Vos! --Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares y no sabiendo dnde pararse. --Ah, esperbais! --S, seor, y haba perdido la esperanza, amigo Montio. --No volvis llamarme Montio, os lo ruego, don Francisco; ese apellido me hace dao. --Ah! Ha reventado del secreto vuestro to?--dijo Quevedo con intencin. --El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido parar mis manos con un cofre, y en ese cofre... --Pues me alegro vive Dios! Algrome de que sepis... pero, en fin, qu es lo que sabis? --Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre. --Pero, quin es vuestro padre? --El excelentsimo seor don Pedro Tllez Girn, duque de Osuna, marqus de Peafiel, conde de Urea, virrey de Npoles, y capitn general de los ejrcitos de su majestad--dijo con amargura el joven. --Y os pesa de ello, don Juan?--dijo Quevedo cambiando de tono. --Psame por mi madre. --Sabis quin es vuestra madre? --No; y vos? --Tampoco--contest prudentemente Quevedo. --Pero, sabais que el seor duque?... --S, por cierto; su excelencia se ha levantado para m la mitad de la cartula. --Y qu hacer? --Decir voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Tllez Girn, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra cosa: recibir esta carta que vos no esperbais. --Acaso una carta de mi padre? --De persona es esta carta que os alegrar, cuando el duque, por ser vuestro padre y por pensar como pensis, os entristece. --Pero, de quin es? --Oledlo, y ver si trasciende hermosura, y amor, y gloria para vos, que, como sois joven, buscis la gloria en una mujer. --De doa Clara!--exclam alentando apenas el joven. --Ah, pobre Dorotea!--dijo Quevedo--; su hermosura y su amor, pesar de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar la hermosa menina. Quisiera que doa Clara oyese, tiene celos. --Celos! --Como que ama. --Y os ha dado esta carta para m? --Mirad lo que por vos me reduzco. --Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia. --Por leer? Pues leamos. --A obscuras? Maldiga Dios la noche! --Y bendiga los farolillos de las imgenes callejeras; la vuelta de la esquina hay uno, cuya luz, si le han alimentado bien, podris salir de ansias. Don Juan tom adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no poda ir ligero, se qued atrs. --De todas las necesidades que hacen andar ms de prisa un hijo de Eva--dijo--no conozco otra como la mujer. Y sigui paso lento. Entretanto don Juan haba doblado la esquina. Efectivamente, alumbrando, aunque media luz, una virgen de los Dolores embutida en su nicho, haba un farol. Don Juan tena una vista excelente, y, gracias ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doa Clara: Os espero, os espero, no podr deciros con cunta impaciencia; nunca he ansiado tanto, estoy resuelta esperaros toda la noche. Venid en cuanto recibis sta palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco de Quevedo no pudiera acompaaros como se lo he rogado, llamad al postigo, dad por sea: el capitn Juan Montio, y el postigo se abrir y una doncella ma os traer mi aposento; romped quemad esta carta y venid, venid que os espero ansiosa.--_Doa Clara Soldevilla._ El joven sinti lo que nosotros no nos atrevemos describir por temor de que nuestra descripcin sea insuficiente; era aquella una de esas agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo as, causan una revolucin poderosa en quien las experimenta. Don Juan vacil, y para sostenerse apoy sus manos y su frente en la repisa de piedra del nicho de la imagen. Lleg Quevedo, se detuvo y contempl profundamente al joven. --Si las tormentas no se calmarn al fin...!--dijo--. Como su padre! son mucho, mucho hombres estos Girones! muy poco! quin sabe? Y hace fro y llueve. Don Juan! El joven se levant de sobre la repisa aturdido. --Parceme que os esperan, y que os espera alguna persona quien no debis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas. --Vamos--dijo el joven. Y tir adelante. --No es por ah--dijo Quevedo. --Pues guiadme vos. --Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa. Y Quevedo se asi al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba ms para pensar que para hablar, y Quevedo ms que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alczar. Don Francisco se fu derecho, como quien tanto conoca el alczar, al postigo de los Infantes y llam. Al primer llamamiento nadie contest. --Qu es esto?--dijo don Juan--, nos habremos equivocado de puerta se habr arrepentido doa Clara? --No; sino que aqu tambin hace sueo, ya se ve! es tan tarde! Y Quevedo bostez y llam por segunda vez. --Quin llama?--dijo tras el postigo una soolienta voz de mujer. --No os lo dije? dorman--contest Quevedo--; pero qu hacis que no contestis? --Quin es?--dijo la voz de adentro ms despierta. --El capitn Juan Montio--contest don Juan. Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abri medias. --Entrad--dijo la mujer. Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvi cerrarse. --Esperad--dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo--; an queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegrara. --Sois don Francisco de Quevedo y Villegas? --Crolo as. --Entrad, pues, y en entrando od lo que habis de hacer--dijo la joven, que joven era juzgar por la voz la que hablaba, y cerr la puerta quedando los tres en un espacio obscuro. --Os han dado algn mandato para m?--dijo Quevedo. --Mi seora me ha dicho que su majestad os est esperando, que vayis su cuarto y os hagis anunciar por la servidumbre. --De las dos majestades, cul me espera? --Su majestad el rey. --Ah! pues corro--dijo Quevedo permitindose una licenciosa suposicin de ligereza. --Sabis el camino? --Aprendle ha rato. --Pues id con Dios. --Gurdeos l y vos, amigo don Juan. --Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar. --No digis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra gua y equivocar el camino. Tengo para m que os deben llevar por la derecha. --Y vos debis iros por la izquierda--dijo la mujer. --Bien me lo s. --Adis. --Adis. Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba. --Dnde estis, caballero?--dijo la joven que haba abierto el postigo. --Junto vos, lo que parece--contest don Juan. --Dadme la mano que os gue. Disela el joven, y por su tacto, ni spero ni suave, comprendi que se trataba de una medio criada, medio doncella. Llevle sta por unas escaleras, luego por una galera, y al fin se detuvo, son una llave en una cerradura, se abri una puerta, se vi al fondo de su habitacin el reflejo de la luz que alumbraba otra, y la sirviente dijo al joven: --Pasad, en su cmara encontraris mi seora. Adelant temblando el mancebo, combatido por la duda y por la impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos prximos tocar un objeto ansiado, y entr en la habitacin de donde sala el reflejo de la luz. CAPTULO XL. DE CMO EL NOBLE BASTARDO SE CREY PRESA DE UN SUEO De pie, inmvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trmula, con la mirada vaga, estaba doa Clara, alumbrada de lleno por la luz de un veln de cuatro mecheros. Don Juan no pas de la puerta. Al verla se qued tan inmvil como ella. Durante algn tiempo ninguno de los jvenes pronunci una sola palabra. Doa Clara miraba de una manera singular don Juan. Don Juan estaba mudo de admiracin, dominado por la magia que se desprenda de doa Clara y con la vista fija en ella. Estaba maravillosamente vestida. Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las formas, lo arrogante de la actitud, que constituan el ser de doa Clara, en un indefinible conjunto de distincin y de hermosura. Estaba hechiceramente peinada, cea su cabeza una corona de flores de oro esmaltadas de blanco, y de esta corona penda un velo de gasa de plata y seda. Intil es decir que este bello traje, servan de complemento bellas y ricas alhajas. No poda darse nada ms hermoso, ms completamente hermoso. --Acercos--dijo con acento dulce doa Clara. --Para qu me habis llamado?--exclam el joven con afn acercndose. --Decidme primero lo que habis pensado de m al leer la carta que os he enviado con don Francisco. --He credo... no he credo nada, porque vuestra carta me ha aturdido. No le veis, seora? No conocis que estoy muriendo? --Dominos, reflexionad y decdmelo: qu pensis de esta extraa cita? --Pienso, seora, que sabis bien que mi vida es vuestra, y no slo mi vida, sino mi alma, y que si me habis llamado, es causa sin duda de hallaros en un grande compromiso. --Tenis razn: en un compromiso harto grave. Me caso. --Que os casis! --S por cierto, y voy mostraros la causa por qu me caso. Don Juan no contest, porque se le haba echado un nudo la garganta. Doa Clara, entre tanto, haba tomado de sobre la mesa un objeto envuelto por un papel y le desenvolvi lentamente. El joven vi un magnfico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos magnfico lazo de brillantes. --He aqu lo que me casa con vos--dijo doa Clara con la voz firme y lenta, aunque grave. --Conmigo! os casaris conmigo!--exclam el joven con una explosin de alegra--; yo!... yo vuestro esposo!... yo poseedor de vuestra alma, de vuestra hermosura!... esto... esto es un sueo! Y don Juan retrocedi, y por fortuna encontr un silln en el que se dej caer. Estaba plido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa doa Clara. De repente se levant, asi una mano doa Clara, la estrech contra su corazn y exclam: --Explicadme, seora, explicadme este misterio que me vuelve loco. --Cuando seis mi esposo. --Pero eso ser pronto... --No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas que llev en una ocasin semejante, me adornan: falta de traje propsito la reina me ha regalado ste. Yo quera casarme lisa y llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso obedecer: todo se ha reducido aceptar este traje de su majestad, abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y ponerme en manos de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre prisa: el padre Aliaga aleg no s qu del concilio de Trento, pero la reina dijo que eso se arreglara despus... de modo, seor, que sus majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace tres horas. Slo falta que vos me digis si queris casaros conmigo. --Vuestra duda es impa, doa Clara: ignoro por qu habis cambiado vuestros desdenes de anoche. --Los ha cambiado este rizo. --Pero ese rizo... --Es mo. --Y no me diris ms? --Luego; despus de las bendiciones, solas con vos. --Doa Clara, yo os amo; sois lo nico que aspiro; ser vuestro y que vos seis ma, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no s qu de terrible, de violento. Os obligan que os casis conmigo? --S por cierto, me obliga mi corazn. --Vuestro corazn! habis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amis... --Quin sabe? --Si me amrais pronunciarais ese quin sabe? con menos amargura... qu digo con menos?... lo pronunciarais con el alma, que asomara vuestro acento y vuestro rostro por ms que lo quisirais ocultar. --Y qu no asoma? --Despechada y amarga, que enamorada y contenta no. --Pero qu esta disputa? no queris casaros conmigo? --He querido y quiero... pero segn os veo... me niego... --Ah, os negis! --No quiero ayudar que os sacrifiquen. --Don Juan!... --Por qu me llamis don Juan? --Por... por qu s yo! pero esto qu importa? --Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey... --Eso no importa nada... --Y si fuera peor? si yo fuera un bastardo?... --Cmo! sabis?... --Y qu he de saber? que soy hijo del duque?... --Del gran duque de Osuna, y... --Y de quin? sabis acaso, seora, el nombre de mi madre como sabis el de mi padre? --Cmo! no sabis quin es vuestra madre?... --No, y vos? --Tampoco... --Ayer ni aun el de vuestro padre conocais. --Lo he sabido por una casualidad esta noche... --Yo lo supe ayer... --Quin os lo dijo?... --Vuestro supuesto to... --Ah! mi to... Francisco Montio os lo dijo!... y qu propsito?... --Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar sus majestades. --Un solo momento; leed, y despus decidme si os queris casar conmigo. Y sac de su ropilla los papeles; busc la carta del duque y la di doa Clara. Esta la ley. --Me caso con vos--dijo, devolvindosela. --Pero esto es cruel... vuestra decisin me espanta. --No me amis?...--dijo con impaciencia doa Clara...--pues si me amis qu esa obstinacin?... dudis acaso de m?... amis acaso otra, causa de esa facilidad que tenis de enamoraros en dos minutos? --Me estis desgarrando el alma, seora... y... no os comprendo... arrostris un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, costa ma de ese sacrificio... me preguntis no slo si os amo, sino si amo otra? --Son las tres de la maana--dijo doa Clara--y sus majestades esperan; concluyamos volvos libre, seguidme. --Esperad; puesto que vais ser mi esposa... --Qu?... --En la carta que habis ledo, se habla de las alhajas de mi madre; aceptadlas como vuestro dote, seora... Y el joven se meti la mano en el bolsillo. --Despus, muy despus--dijo doa Clara--; ahora, puesto que entrambos queremos unirnos, venid. Y se dirigi una puerta en paso rpido, poderoso, en que se revelaba la excitacin de que estaba poseda. Don Juan la sigui. Y dominado por lo extrao, por lo maravilloso, y aun podemos decir por lo terrible de la situacin, ni aun se acord de que iba pobremente vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino enlodadas hasta las corvas. Porque todo haba variado en el joven; menos el traje, todo. [imagen: Doa Clara Soldevilla.] CAPTULO XLI DE CMO QUEVEDO SE QUED SU VEZ SIN ENTENDER AL REY --Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don Francisco--deca Quevedo, dirigindose obscuras desde la parte baja del palacio al cuarto de Felipe III--. Y eso--aada--que tenis una perspicacia que os mata. Que doa Clara se haya enamorado de nuestro hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estilo de l; que doa Clara se haya valido de m como de un anzuelo para pescar su enamorado, cosa es que no espanta nadie, porque las mujeres se agarran todo... que se encierre con l... cosa es que de comn apesta... pero que me digan: acompele vuesa merced; y acompaado que ha sido: vaya vuesa merced ver al rey, que le espera, las tres de la maana, cuando nuestro seor, que Dios guarde, es ms dado dormir que un gusano de seda, dgome que no me entiendo, dime capote y sigo y prosigo hacia el cuarto de su majestad. Y segua don Francisco, pero dando vueltas su poderosa imaginacin. --Qu ser, qu no ser?... lo que fuere sonar--dijo al fin, cansado de cavilar y entrando en una galera alumbrada, donde daba la puerta de la primera antecmara del cuarto del rey. Lleg, habl un ayuda de cmara y fu introducido hasta el rey, quien haban despertado para anunciar Quevedo, y que haba vuelto dormirse. Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente rebujado. El ayuda de cmara despert su majestad. --Pronto amanece hoy--dijo el rey. --Son las tres de la maana, seor--dijo el ayuda de cmara. --Ah! son las tres de la maana!--dijo el rey bostezando y ponindose la mano manera de pantalla, para mirar Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lmpara--; quin es ese?--aadi despus de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos Quevedo, que estaba tieso inmvil delante del lecho real. --Es don Francisco de Quevedo y Villegas, seor--dijo el ayuda de cmara. --Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco. --Perdneme vuestra majestad, seor--dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante--; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los aos de mi vida por vuestra cmara. --Ah! es verdad... ahora recuerdo; slo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo. Quevedo no contest. --Sabis que tengo fro, don Francisco?--dijo el rey. --Andan los tiempos muy crudos, seor--contest Quevedo. --Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. Sabis si se guisa algo bueno por el alczar? --No, seor; no me he dado lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alczar no es cacerola ma. --Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace fro, s, seor, hace fro. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar. Quevedo fu una puerta y dijo: --Su majestad llama. --Oye, Sarmiento--dijo el rey--; ponme detrs dos almohadones, fin de que pueda recostarme, y el gabn de pieles. Sirvi el ayuda de cmara al rey y ste le despidi. Felipe III se qued sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabn. --Os aseguro, don Francisco--dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la seal de la cruz sobre el bostezo--, que estoy pasando una mala noche. --No la paso yo mejor--dijo Quevedo. --Vos os diverts; yo me fastidio. --Pues os doy la diversin por dos blancas. --Os juro que no puedo dormir. --Y yo os afirmo, seor, que no puedo acostarme. --Yo os haba llamado para algo. --Yo crea que para algo era venido. --Y es que no me acuerdo... podis vos adivinar?... --Cmo! seor! yo no me atrevo penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad--dijo Quevedo inclinndose profundamente. --Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad. --Y yo con mucha frecuencia las palabras. --Y no se os ocurre para qu os podra necesitar yo? --Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de m. --Ah! ya recuerdo... recuerdo que tena que preguntaros algo. No tenis nada que decirme? --Que Dios prospere vuestra majestad, y le d centuplicados reinos. --Parceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco. --Y qu, seor?... --A que saquemos en claro para qu os he llamado yo. --Apostamos--dijo para s Quevedo-- que el rey se est vengando de m por lo de esta maana? pues aguarda. Yo creo, seor--dijo en voz alta--, que me habis llamado para entretener la vela; es decir, que me usis como libro malo que slo se busca para llamar al sueo: si quiere vuestra majestad, convertirme en libro, y contar vuestra majestad un cuento. --No tal, ni por pienso--dijo el rey--, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. Qu me decs de vuestro duque de Osuna? --Que no es mo. --Ah! pues por vuestro os le dan. --Agradezco la intencin, porque indudablemente quieren hacerme un buen regalo. --Est contento con su virreinato de Npoles? --Nada debe de dolerle, porque no se queja. --Y vos, estis contento aqu? --Segn: rabio ratos, ratos ro, como olla podrida; y si no engordo, no enflaquezco. --Decamos que el duque... pues... decamos que el duque... qu decamos, don Francisco? --Yo no deca nada. --Yo he querido decir algo... pues... quera haberos dicho algo de cierto hijo. --No entiendo vuestra majestad. --Pues hablemos de un sobrino. --Lo entiendo menos. --De un rizo... --Contino obscuras... --De unas estocadas... --Ni aun con la lengua las doy hace un siglo. --Pues seor--dijo el rey--, ahora veo que no os he llamado para nada. --Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga. --Y siendo venido para que os vayis. Y el rey bostez ms profundamente, se escurri lo largo de las almohadas y se rebuj. --Dios d vuestra majestad muy buenas noches--dijo Quevedo. El rey no le contest: se haba dormido. Quevedo di media vuelta y sali vivamente contrariado. --Y qu debo yo hacer ahora?--dijo cuando se vi en la galera--. Irme quedarme? y si me quedo, dnde me quedo? Y qu habr querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, quin los entiende? Si su majestad querr dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser trado y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver la reina... Vamos! lo mejor ser no pensar en ello: lo que fuere, sonar. Y sigui adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe dnde va. --Eh, caballero!--le dijo una voz de mujer al pasar junto la puerta. --Hbito llevo--dijo don Francisco--; conque bien puedo responder aunque pie me hallo. Qu se os ocurre, seora? --Mi seora os llama. --Y quin es vuestra seora? --La seora condesa de Lemos. --Ah! pues sed mi estrella. --Qu! --Que me guiis. --Seguidme. La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llev la antecmara de la reina, donde le sali al encuentro doa Catalina de Sandoval. --Gracias Dios que el rey os ha soltado--dijo. --Y por qu esas gracias? --Os esperan. --Dnde? --En el oratorio de la reina. --Pues no adivino. --No os ha dicho el rey que vos debis representarle como padrino de una boda?... --Ah! s! Se trata de boda? ya lo haba yo olido. Pero de nada menos que de eso me ha hablado el rey. --No importa, yo represento como madrina la reina. --Ved ah qu casualidad, que nos hayan buscado los dos para representar un matrimonio! Y los testigos? --Son de la casa. --Se trata de un casamiento secreto? --No, seor; sino de un matrimonio de conciencia. --Pues entonces no es la boda que yo crea. --S, s por cierto: el capitn de la guardia espaola del rey, Juan Montio, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doa Clara Soldevilla. --Y hay conciencias ya entre esos?... pues si se conocieron ayer!... aunque cuando se vieron en la calle, tarde y obscuras, y ya sabis que la soledad y las tinieblas... pero seor, si l estaba desesperado!... --No os cansis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engaar al rey, fin de que d al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doa Clara. --Ah! el rizo de doa Clara! pues ya entiendo lo que no entenda! --Cmo! el rey puede haber sospechado?... --El rey no ve ms que dos dedos de sus narices... --Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doa Clara declar solemnemente la reina, que no llamaba al seor Juan Montio, que no le pona en antecedentes, que no permita que tuviese el rizo... sino siendo su marido. --Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrn un pretexto. --Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiracin la reina y el padre Aliaga, y despus de conspirar se determin que el padre Aliaga fuese al momento ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una ocasin desgraciada, doa Clara haba dado un mal paso con Juan Montio. Que ms de ser urgentsimo casarlos, la reina no quera que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta quedarse como se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, pesar de que por doa Clara ha hecho ms de dos simplezas, pesar de que est enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir. --Ah! la mala noche del rey! ya pareci ella! --La reina tampoco quiere asistir la ceremonia, porque... piensa que doa Clara se sacrifica por ella. --Mentira, mentira y ms mentira! --Y all estn ambos novios con el padre Aliaga y los testigos, esperando nicamente por vos. --Y quines son los testigos? --Pedro Sarmiento, ayuda de cmara del rey, y Juan de Urdiales, maestro de ceremonias, los que se han encontrado ms mano. --Vamos, pues; all, y no retardemos la felicidad de los enamorados. Y llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje! --Ya dormiris bien esta noche... Y la condesa asi Quevedo de una mano, y guindole desapareci con l por una puerta. CAPTULO XLII DE CMO DON JUAN TLLEZ GIRN SE ENCONTR MS VIVO QUE NUNCA CUANDO PENSABA EN MORIR Una hora despus de haber salido de la estancia de doa Clara con el joven, volvieron. Pero volvieron casados. Don Juan miraba de una manera avara la joven. La alegra, la felicidad, la pasin brillaban en su semblante. Doa Clara estaba vivamente excitada, y duras penas poda disimular que era feliz. Y sin embargo, no miraba al joven. Y sin embargo, se mantena duramente reservada. Atraves el aposento rpidamente, y al llegar una puerta, como pretendiese pasar don Juan, le dijo: --Esperad un momento, seor. El joven respet la voluntad de doa Clara, y se detuvo. La puerta se cerr. Don Juan se quit la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arroj sobre un silln y se sent en otro descuidadamente junto al brasero, como pudiera haberlo hecho en su casa. Y esto era lgico. El cuarto de su mujer, era su cuarto. Su mujer doa Clara! aquella dama cuyo semblante apenas visto le haba deslumbrado! aquella divina y magnfica hermosura, que encubierta haba asido su brazo! aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le haba llamado para recoger una prenda de la reina y que haba acabado de enamorarle! aquel dulce imposible estaba vencido! Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adorma en las ardientes ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor afortunado. Suya doa Clara! Su mujer doa Clara! Doa Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su compaera de por vida! Don Juan se crea soando, y cuando se convenca de que no soaba, mora de impaciencia. Al fin apareci doa Clara, sencillamente vestida de casa, pero elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los cabellos. --Oh! felicidad ma!--exclam el joven levantndose con tal rapidez, que no pudo evitar doa Clara que la abrazase y la besase en la boca. La joven di un grito y quiso desasirse, pero no pudo. Don Juan la retena en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, y lloraba. --Apartad, seor, apartad--dijo doa Clara con voz dulce--; vuestra esposa os lo suplica. Don Juan solt doa Clara, que estaba ruborosa y trmula. --Es verdad que me amis tanto?...--exclam la joven, mirando con toda la fuerza de sus ojos negros don Juan. --Si no os amara, si no furais para m antes que todo, me hubiera casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el misterio de tal casamiento? --Sentos, don Juan, sentos y escuchadme: escuchadme como si jams me hubirais hablado de amores, como si no furamos marido y mujer. --Pero... --Hacedme la gracia de escuchadme: bien s que casada con vos, vuestra voluntad es para m una ley; pero yo apelo vuestra hidalgua; yo os pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miris en m ms que doa Clara Soldevilla, no vuestra esposa. Me lo concedis? --Ser siempre, seora, todo lo que vos queris, menos no amaros. --No os pedir eso jams, porque vuestro amor para m lo es todo siendo como soy vuestra mujer. --Me decs al fin que me amis? --Os amo como debe amar una mujer casada su marido... ms claro: por el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas... --Pero no sois para m la mujer enamorada? --No quitis al tiempo lo que es suyo. Yo no os conozco! --Y sin embargo, os habis casado conmigo. --Os confieso que en la situacin en que me he casado con vos, y por la razn que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera podido buenamente ser esposa. --Sin amor? --Sin amor. --Pero qu misterio, qu razones son esas? --Las vais or: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo. --Este rizo vuestro!--exclam el joven besndole con locura--. Pero esta joya... --Es necesario que la dejis en el rizo. --La dejar... pero tomad vos las de mi madre... --Despus, don Juan, despus. Queris orme? --Seguid, seora. --Cuando os pregunte alguien que por qu hersteis don Rodrigo Caldern, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase por un acaso... --No pienso que tenga ocasin de hablarme. --Os engais; el rey tendr ocasin de veros con mucha frecuencia. --Como esposo vuestro? --Por eso no tiene el rey que veros. Pero s como capitn de la guardia espaola. --Ah! conque yo soy capitn! --Tal vez despus de saber quin sois, no queris ser soldado: --Por el contrario, seora, tengo obligacin de servir al rey. --Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvid de daros una provisin de capitn que tengo para vos. Esperad. Voy drosla. Y la joven se levant, sac del cajn de un mueble un papel, y le di don Juan. --Esta provisin ha sido vendida y revendida--dijo el joven. --Se ha comprado para vos. --Y quin la ha comprado? --La reina. --Me paga el servicio casual que la he hecho! --No, no por cierto: el servicio que habis hecho su majestad no hay con qu pagarlo. --Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido su majestad, y por servirla sois ma. Nada hay en el mundo que valga lo que este premio. Por lo tanto, esta provisin est dems... si la acepto, la pagar. --No llevis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de ofender su majestad: aceptad tal como se os da esa compaa, y estad seguro de que ya tendris ms de una grave ocasin de servir la reina. --Sea lo que vos queris--dijo el joven guardando la provisin. --Sea lo que debe ser--dijo doa Clara--; continuemos: como capitn de la guardia del rey, cuando estis de servicio, recibiris en muchas ocasiones las rdenes directamente de su majestad, en particular en las partidas de caza, donde por vuestro oficio estaris junto al rey. En una palabra: estis al servicio inmediato de su majestad. Si un da, maana acaso, el rey os preguntase acerca de m... decidle... hacedle entender que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por deber y por conciencia estbais obligado casaros conmigo. --Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tie vuestro semblante, dice bien claro que os ofendera. --Don Juan, la reina es mi hermana--dijo profundamente doa Clara--: ella en su alta posicin y yo en la ma, al conoceros... od desde el principio, don Juan. Yo tena una madre buena, amante, hermosa... venid... vais conocer mi madre. Doa Clara se levant, tom una buja y precedi al joven. Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio. En l haba un pequeo lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro. Doa Clara corri aquel velo, y qued la vista de don Juan una dama de cuarenta aos, plida, excesivamente hermosa, y juzgar por su traje y por su expresin, muy principal dama. --Esa era mi madre--dijo doa Clara con acento vivamente conmovido. --Ah! digna madre de tal hija!--dijo el joven no menos conmovido. --No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre? --Como debis estarlo de vos misma. --No hablemos de m--dijo doa Clara corriendo de nuevo el velo--. Yo os he dado conocer mi madre de la nica manera que me ha sido posible. Volvmonos donde estbamos. Don Juan sali suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro, pero enorgullecido por su mujer, porque la atmsfera de aquel dormitorio haba venido ser para don Juan un testimonio de la vala de doa Clara. Sentronse entrambos jvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro extremo el otro, de la ancha tarima del brasero. --Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabis de entrar, se compona hace cuatro aos: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de infantera espaola, encanecido en los combates, de mi madre doa Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaa, y de m. Cuando conozcis mi padre, que espero sea pronto, l os relatar nuestro abolengo, l os dir muchas de esas cosas que una mujer no debe decir su marido. Yo slo os hablar de mis padres. Mi madre, criada con el recogimiento de una casa de solar de la montaa, no tuvo ms amores que los de mi padre; le am como yo os amar: despus de casada. --Ah! ni vuestra madre am su esposo, sino despus de casada, ni vos me amis an! --Continuemos. Pasaba mi padre, hace ms de diez y ocho aos, con su compaa hacia Navarra, hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde fu aposentado. Vi mi madre... durante la cena... y no pudo dormir. --Como yo... --Mi padre lo ha recordado muchas veces mi madre delante de m, y mi buena madre le contestaba sonriendo: yo, seor, no dorm tampoco. --Pero creo que vos habis dormido esta noche pasada?--dijo don Juan. Doa clara continu, sin contestar la pregunta del joven: --Al da siguiente, mi padre, pesar de que deba marchar, detuvo con un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, busc mi abuelo, y le suplic que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar un paseo con l por el campo. Accedi mi abuelo, y apenas se vieron fuera de la poblacin, mi padre le dijo quin era, cunto posea, que estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quera casarse sobre la marcha con ella. Mi abuelo le contest que partiese con su compaa, por lo pronto, que l se informara acerca de mi padre, y que con lo que hubiese resuelto le contestara. Mi padre parti sin ver mi madre, y al mes recibi en Navarra una carta de mi abuelo, en que le deca que, habindose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble, honrado y valiente, y no oponindose ello su hija, poda, si persista en su pensamiento, volver recibir las bendiciones. Mi padre no vi por segunda vez mi madre, sino los pies del altar. --Pero de seguro, y pesar de no conocer bastantemente vuestro padre, vuestra madre no le desesper--dijo el joven, que no desaprovechaba ocasin. Doa Clara no contest tampoco esta indirecta. --Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado por todos, respetada mi madre como merecan su virtud y su nobleza. Yo nac en el trmino preciso despus de su matrimonio. Yo he sido su hija nica. Crec al lado de mi madre; lo que s lo aprend de ella: durante las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra nica compaa. Yo era feliz. Mi madre lo pareca tambin. Hace cuatro aos, mi madre muri. Doa Clara se detuvo, inclin la cabeza durante un momento, y luego la alz. En sus hermosos ojos brillaba una lgrima. Don Juan la contemplaba extasiado: crea cada momento que su amor no poda crecer, y sin embargo, medida que se iba revelando el alma de doa Clara, su amor creca. La joven continu: --La muerte de mi madre fu mi primer dolor. Hasta entonces no haba comprendido que poda yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre muri, cuando no la vi mi lado durante el da, al acostarme, llamando sobre m los buenos sueos con un dulce beso, al levantarme abrindome con otro nuevo beso otro hermoso da, ay! hasta que todo esto me falt, no comprend el horrible vaco que puede verse condenada una mujer, porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es siempre una nia. Mi pobre madre muri de tristeza, muri de amor. --De tristeza! de amor!--exclam don Juan. --Del ao, los nueve meses los pasaba mi padre en campaa, y aun haba aos en que no vena. --Ah!--exclam el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la voz de doa Clara al pronunciar aquellas palabras. --Mi madre no se quejaba mi padre: si se hubiera quejado, mi padre hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidi por sacrificarse. Y se sacrific por completo. Cuando mi padre volva, y contaba mi madre los peligros que haba arrostrado, mi madre le escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despeda para una nueva campaa, le abrazaba sonriendo tambin; cuando nos quedbamos solas, mi madre se me mostraba alegre, tranquila. No quera ennegrecer mi alma de nia con su tristeza. Pero lleg un da... ya haca tiempo que mi madre estaba enferma... un da de muerte me lo revel todo, pero me hizo jurar que nada sabra mi padre. Entonces me hizo comprender cun terrible es amar y saber que el hombre amado est en un continuo peligro. Recibir cada da noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor de la nobleza espaola, y decir cada noticia, recibida en carta de mi padre: De esta ha salido salvo!... pero y de la siguiente! Esto es horrible, es una carcoma lenta que mata, la mujer que no muera en tal situacin, no merece ser amada. --Oh! no ser soldado!--exclam don Juan--. Mi rey, mi orgullo, sois vos. --S, s, seris soldado mientras sea necesario que lo seais; pero despus no: no quiero morir como mi madre! --Oh, Clara de mi alma!--exclam el joven, recibiendo el puro, el glorioso relmpago de amor que destell de los ojos de doa Clara al pronunciar sus ltimas palabras--; vos me amis! --Os amar si merecis que os ame--dijo doa Clara volviendo apagarse, por decirlo as. Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por la firmeza de carcter de su mujer, sta continu: --Lleg por acaso mi padre tiempo de recibir la ltima mirada, la ltima sonrisa de mi madre. Cuando la vi muerta, su dolor me espant, me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de mi padre. Cre que se haba vuelto loco! Y cuando pas el primer acceso, me dijo: --Yo no puedo permanecer por ms tiempo en esta casa! est maldecida para m! no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecers aqu tampoco: la reina! yo he derramado mi sangre por el rey! mi lealtad ha costado la vida ese ngel! Mi padre haba adivinado la causa de la muerte de mi madre. El rey no me negar la gracia de que entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... no hay Dios en los cielos! Y me trajo consigo palacio; habl al rey, que le oy benvolamente; y le envi la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovi de tal modo al ver tanto dolor, que me abraz, me bes en la frente, y me recibi como menina en su servidumbre. Mi padre levant la casa; me entreg las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje nuestros antiguos y leales criados que an me sirven, y que os recomiendo, seor, porque desde hoy lo son vuestros. --Amarlos yo porque vos los apreciis--dijo don Juan. --Muy pronto no fu ya amistad lo que me dispens la reina, sino cario; cario que creci de da en da y que hoy--vos lo debis saber, seor, porque debis saber todo lo que tiene relacin conmigo--ha llegado ser amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre su majestad, que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa. --Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!--exclam el joven--, porque anoche os vi durante un momento en el alczar; si no hubirais salido no me hubirais encontrado, no os hubirais amparado de m, no hubieran empezado estos amores que para m tan glorioso fin han tenido. --Decid ms bien que os han casado y me han casado m. Os acordis de las dudas que anoche tenais acerca de si yo era no la reina? --Y no me he engaado, porque sois la reina de mi alma. --Recordad las cartas que me trajsteis; anoche os pregunt doa Clara Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: habis ledo aquellas cartas, seor? --Os afirmo por mi honor, que no; saba que contenan un secreto de la reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque yo crea que la mujer quien amaba... Mi supuesto to tuvo la culpa de que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer quien yo tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que senta celos, no le aquellas cartas. --Y qu habis pensado de la reina? --Dejndome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su majestad bien. --Si os guiis por las apariencias, debis haber pensado de m muy mal. --Yo... squese mi pensamiento, si llego pensar de vos... --Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...--dijo doa Clara con amargura. --Hacais un sacrificio por su majestad. --Es verdad; mi padre me dijo hace un ao, al ver cmo me trataba la reina: Clara, hija ma, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y si es necesario, sacrifcaselo todo... todo menos el honor. Pero, volviendo esas malhadadas cartas, es necesario que conozcis ese secreto. A seguida, doa Clara cont punto por punto don Juan el estado en que la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio de aquella noche haba obligado mentir la reina; la historia del rizo, por ltimo. --En tal situacin--prosigui doa Clara--, habiendo tomado la reina en su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os llamase y os preguntase, la reina, con las lgrimas en los ojos, me suplic que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase toda una sucesin de misterios... yo crea que todo aquello era necesario para salvar su majestad, y... me sacrifiqu; me dije: l se me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondr que se case conmigo... Si acepta, al momento, al momento..., y se prepar todo... Me vest de boda y os esper anhelante... anhelante por consumar el sacrificio. --Hay un medio, seora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos. --El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos! --Si no sois ms que mi amiga mi hermana, podais ver maana un hombre... amarle... --No he amado cuando era libre!... y me han importunado! --Sufrirais vuestro amor, le callarais, porque adems de vuestra honra, tenis que guardar la ma... lo s bien, seora; s que mi honor est seguro en vos: pero os sacrificarais, morirais. Yo os librar de ese sacrificio. El acento de don Juan era lgubre. Cuando acab de pronunciar estas palabras se levant. --Sentos!--dijo con acento lleno y grave doa Clara. El joven se sent. --De qu manera pretendis libertarme de ste que yo llamo mi sacrificio?--dijo con acento singular doa Clara. --De qu manera? De qu manera decs?--exclam el joven, con la mirada extraviada y la voz sombra--. Muriendo! Dejndoos viuda! --Dios mo!--exclam doa Clara, levantndose de una manera violenta y asiendo una mano de don Juan--. Qu hablis de morir? --Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscar, los provocar y me dejar matar. --No!--contest con la voz opaca doa Clara, fijando en don Juan una mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asa temblaba de una manera violenta. --Si no encontrare enemigos mos, buscar los del rey, los de Espaa y me matarn. --No!--repiti de una manera profunda doa Clara. --Y para qu quiero yo vivir--dijo el joven con profundsima amargura--, si vos no me amis? si al casaros conmigo habis hecho un doloroso sacrificio por su majestad? --Y esa comedianta!--exclam doa Clara con acento seco y rpido, acercndose ms al joven. --Dorotea! --S, esa hermossima Dorotea, con quien habis pasado el da. --Si yo os pruebo que no amo esa mujer...? --Si me lo probis... pero no me lo podis probar, no; por qu me habis dicho que os mataris...? por qu me habis aterrado...? --Dios mo! --Tengo no s por qu, de una manera que me espanta, el alma desgarrada, ensangrentada, por lo que nunca haba sentido: por los celos. --Celos vos de m! --Venid conmigo--dijo doa Clara tomando una buja y encaminndose de nuevo su dormitorio. Y cuando estuvieron en l, descorri de una manera nerviosa el velo que cubra el retrato de su madre. --Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra madre, por vuestra honra y por la ma, que nadie amis ms que m. --Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo Sacramentado. --Yo os amo con toda mi alma--exclam doa Clara--, os amo desde que anoche salsteis de mi aposento; os amo no s cmo; como... al recuerdo de mi madre... no s por qu... pero yo os amo, seor; si la casualidad no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo no me hubiera casado con vos... sino me hubirais aterrado... Oh Dios mo...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza cobarde... os he credo ver muerto... Por la sangre de Jesucristo, seor! yo no s lo que me habis dado que me habis vuelto loca... y soy vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y solamente vuestra, sin que tengis que temer que yo haya amado otro hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con toda la alegra de mi alma... no s con cunto amor... pero no moriris, no es verdad, que no moriris ya...? porque mi amor es vuestra vida y yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol. El joven mir doa Clara plido, temblando, extendi hacia ella los brazos, cay de rodillas y llor. CAPTULO XLIII CONTINAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR Al amanecer se abri la puerta del aposento de doa Clara. En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y fros. Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cunto sufrira la Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente la puerta del aposento de doa Clara, al lado del sargento mayor don Juan de Guzmn, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la Dorotea no le oyese. Cuando se abri la puerta del aposento de doa Clara, Dorotea, al reflejo de una luz que tena en la mano una mujer, vi que aquella mujer era doa Clara y que la acompaaba un hombre. Vi que aquel hombre era don Juan Tllez Girn. Vi que doa Clara estaba negligentemente vestida, plida, y con la palidez ms hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresin de felicidad. Vi que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con delicia una de las hermosas manos de doa Clara, que antes de despedirse se miraron con una expresin de amor infinito y satisfecho, y oy el siguiente dilogo: --A las once volver y me presentar al rey contigo--dijo don Juan. --Y el rey nos recibir con la reina y con su servidumbre, y yo llevar las joyas de tu madre. --Adis, mi cielo! --Adis, mi seor. Aquellas dos cabezas se unieron, y son un doble y tierno beso. Don Juan se rebuj en su capilla, porque haca fro, y doa Clara cerr la puerta. Don Juan tom la salida de la galera, guiado por la dbil luz del alba que penetraba por una claraboya. Apenas desapareci don Juan, se lanz en medio de la galera la Dorotea. Siguila don Juan de Guzmn. El semblante de la Dorotea espantaba. Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la sorpresa. --Que se presentarn juntos al rey y la reina!--exclam con voz ronca--; luego se han casado! --Una dama tal como doa Clara Soldevilla--dijo el sargento mayor--, no poda recibir de noche en su aposento nadie ms que su marido. Ya saba yo que ese buen mozo os engaaba. --Que me engaaba!... y se ha casado con esta mujer?... pues bien... acepto lo que me habis propuesto y os sigo. --Ya saba yo que habamos de ser amigos. --Pero salgamos pronto de aqu. --Cubros antes con vuestro manto; de seguro el bufn del rey ha vuelto su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que an no se ve bien claro. --Vamos, s, vamos; tengo impaciencia por vengarme. Y rebozndose completamente en su manto, se asi del brazo del sargento mayor, atravesaron las galeras, bajaron una escalera y salieron por una de las puertas del alczar recientemente abierta, dando ocasin que dijese el portero: --Muy temprano van de aventuras las damas de la reina. Cuando salieron la calle, vieron que ya era entrado el da, esto es, que se haba retardado el amanecer causa de una densa niebla, al travs de la cual pasaba la lluvia. --La niebla nos favorece--dijo el sargento mayor--; pero andemos de prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del alczar. Y sigui andando gran paso, arrastrando consigo la Dorotea. Pero se haba engaado el sargento mayor al decir que la niebla les favoreca. Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta por la que haban salido, se destac un bulto informe y se puso en su seguimiento. Era el bufn. Al seguir don Juan de Guzmn y la Dorotea, se encontr con el cocinero mayor del rey, que, plido, lacio, mojado, pesar del fro y de la lluvia, se diriga en paso lento al palacio. Tras l venan dos hombres que traan harto mohnos un pesado bulto sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrs, dos soldados de la guardia espaola. Hizo el acaso que, distrados bufn y cocinero, pensativos ambos y no habiendo podido verse distancia causa de la niebla, se dieran un encontrn formidable. --Por mis desdichas!--exclam al sentir el choque el cocinero mayor. --Cien legiones de demonios!--exclam el bufn. --To Manolillo!--exclam el cocinero acercndose l con ansia--; Dios os enva. --Y vos el diablo, para que me detengis. --Soy el hombre ms desdichado del mundo--aadi el cocinero. --Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mo; y basta de bromas y soltad, y adis. Y escap. --Hijo Marchante--dijo el cocinero mayor precipitadamente uno de los soldados--, mtete con eso en la portera del seor Machuca, y gurdalo como guardaras su majestad, mientras yo vuelvo. --Muy bien, seor Francisco--dijo el soldado. Y el cocinero mayor apret correr tras l bufn, que apretaba tras la Dorotea y el sargento mayor. Asise al fin su brazo. --Qu me queris? por mi vida!--exclam el bufn sin cesar de correr. --Pediros consejo. --Ddmelo y lo agradecer. --Me estn sucediendo cosas crueles. --A m me pasan cruelsimas. --Nos aconsejaremos mutuamente. --No necesito consejos. --Yo s, los vuestros. --Pues ya que no os despego de m, callad, que no puede ser hablar y correr. Y el bufn sigui gran paso, porque gran paso iban el sargento mayor y la Dorotea. El sargento mayor haba tomado por las callejuelas de la parte de arriba del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de Amaniel, se haba parado delante de una casa que estaba hermticamente cerrada, y haba dado sobre su puerta tres golpes fuertes. --Quin vivir en esa casa?--dijo el to Manolillo parndose, cuando vi que en aquella casa haban entrado el sargento mayor y la Dorotea, y haba vuelto cerrarse la puerta. --Os interesa mucho el saber quin vive en esa casa?--dijo el cocinero mayor. --Lo averiguar--dijo el bufn como contestndose s mismo la pregunta que s mismo se haba hecho poco antes. --Pero en averiguarlo tardaris algn tiempo; hay ciertos negocios que se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo... --Qu me podis decir vos?... --S; s, seor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del sargento mayor don Juan de Guzmn. --Y nadie ms? --Nadie ms que una duea y un escudero. --Y quin es esa mujer? --To Manolillo, hace mucho fro, llueve, y yo no he dormido en tres noches, y si queris que os oiga, metmonos cubierto. --Y dnde, que no perdamos de vista esa casa? --Cabalmente frente ella hay una taberna. --Una taberna! yo tengo hambre y sed. --Y yo tambin; vamos, que yo pago. --Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca. --Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos das mis manos estn hechas un ro; qu suerte, seor, qu suerte! Y se encaminaron la taberna. Cuando entraron en ella se sentaron junto una mesa, en un rincn obscuro, desde el cual podan ver la puerta de la casa donde haban entrado el sargento mayor y la Dorotea. Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron comer y beber vorazmente, sin dejar por ello de hablar. --Segn lo que yo he entendido--dijo el bufn--, vos tenis la culpa de todo, seor Francisco Montio. --De qu tengo yo la culpa? --De lo que entrambos nos est sucediendo. --A m me suceden muchas cosas malas. --A m no me suceden menos cosas peores que las vuestras. --Peores! yo no tengo mujer. --No la habis tenido nunca. --Yo no tengo hija. --Vuestra difunta fu muy dada criar pajes. --Ah! y por ltimo, yo no tengo sobrino. --Vuestro sobrino... he ah, he ah la causa de todo; malhaya amn vuestro sobrino... Si vos no tuvirais ese sobrino... --Es que no le tengo. --Le habis tenido; y vos... vos tenis la culpa... si hubirais estado en el alczar antes de anoche. --Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrpedo, un jaco endiablado que invirti todo el da en traer desde Navalcarnero aqu mi sobrino postizo; caballo infernal! haber echado para cinco leguas desde el amanecer hasta el anochecer! si ese jaco hubiera andado ms de prisa!... si hubiera llegado al medio da!... --Lo de vuestra mujer haba sucedido antes. --Pero probablemente yo no lo hubiera sabido. --Seor Francisco, no hablemos de cosas pasadas. --Es que las cosas pasadas traen las presentes... qu suerte la ma! yo me voy morir, to Manolillo. --Calla! quin es ese que llama la puerta de esta casa y que viene cargado con un cestn? --No veis que tiene librea? --S por cierto. --Amarilla y encarnada? --S... ya s, del duque de Uceda. Pero cmo el duque de Uceda...? --El duque, viste, calza, da joyas y dinero; ms enva todas las maanas uno de sus criados con un cestn lleno de lo mejor que se vende en los mercados, para doa Ana de Acua. --Ta! ta! ta! Doa Ana de Acua se llama la que vive en esa casa? --S por cierto. --Y es querida del duque de Uceda? --No por cierto; pero est haciendo al prncipe de Asturias aficionarse las mujeres. --Ah! s! hasta de los nios se echa mano--dijo el bufn. --Y de las mujeres y de los viejos--aadi el cocinero. --Pero no tiene algn otro amante rico esa mujer? --Anda en vsperas de gastar de las rentas reales--dijo el cocinero mayor. --Explicos... --Puede ser que una de estas noches reciba su majestad. --Habis andado vos en ello? --S por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque sin nombrar la persona, esa mujer. --Pero quin es el que, contrario al duque de Uceda, que pone quiere poner al prncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro, enredndola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma. --Acertdolo habis. --Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza su padre, que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... all se las hayan... necesitaba nicamente saber en qu casa haba entrado Dorotea, y ya lo s; con que pagad y vmonos. --Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo--dijo Montio sacando la bolsa con ese trabajo peculiar los miserables, y escurriendo de ella un escudo. Hola, tabernero, cobros! --Falta aqu; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne--dijo el tabernero. --Y aunque eso sea, cmo va la carne en el mercado? --Falta, seor, falta... --Conciencia vos y m paciencia para tanto robo; qu falta de ms de eso? --Un real. --Tomadle. --Dios guarde vuestra merced muchos aos. --De pcaros como vos. Pero qu es eso?--dijo el cocinero mayor viendo que el bufn se pona de pie. --Que nos vamos. --Y no me dais los consejos que os he pedido? --Voy droslos: montad vuestra mujer en un macho y enviadla Asturias; meted vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio. --No puedo! --Pues entonces, adis, porque no tengo ms que deciros. Y el bufn sali de la taberna y se fu derecho la puerta de enfrente, la que llam. El cocinero mayor, desesperado, sali de la taberna y se fu paso paso hacia el alczar; pero al llegar l se encontr con un alguacil del Santo Oficio, que le dijo: --Es vuesa merced el seor Francisco Martnez Montio?... --Yo soy--contest todo trmulo el cocinero al ver que se las haba con un alguacil del Santo Oficio. --Venos conmigo. --Os lo agradezco--dijo Montio hacindose el sueco--, pero es la hora de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabis, amigo, soy cocinero mayor del rey. --Ya lo saba, y, por lo tanto, aunque faltis vuestra cocina, conmigo os vendris mal que os pese. --Y si no quiero ir? --Pedir favor la Inquisicin y os llevar atado. --Atado! un hidalgo! vos os habis equivocado. --Mirad esta orden de su seora ilustrsima el inquisidor general. --Ah! el inquisidor general! --S, por cierto. --Y no hay remedio! --No, seor. --Y si yo os diera diez doblones? --No puedo. --Y si os diera veinte? --Ya veis que yo los tomara de buena gana, y que si no los tomo es porque no puedo. --Decid que no me habis encontrado. --Eso sera muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos. --Y qu saben? --Saben que vengo prenderos. --Que lo sabe todo el mundo? --Mirad aquella esquina--. Montio mir de una manera nerviosa. --No veis all una silla de mano? --S; s, seor. --Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que estn alrededor ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que vos me darais, ni vos libraros con vuestro dinero. --Pero... un momento... un momento... --Ni un instante. --Os dar lo que queris, si me dejis dar una vuelta por la cocina y entrar en mi casa. Medit un momento el alguacil. --Se entiende que yo ir con vos. --Venid--dijo Montio, disimulando su alegra porque se vi suelto. --Vamos, pues--dijo el corchete. Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no poda ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero: --De aqu no pasis si no me dais lo que me habis de dar. --Asesino!--murmur Montio, y sacando cuatro doblones de oro los di al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su corazn. --Esto es poco--dijo el tremendo alguacil. --No tengo ms. --Tendris en vuestra casa. --Puede ser. --Pues vamos. Montio se dirigi la portera del seor Machuca y encontr en ella al soldado quien haba mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y con la cabeza sobre el cofre. --Eh! holgazn! despierta!--dijo el cocinero mayor dndole con el pie--; seor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven eso mi aposento. --Pero dnde vais con ese ministro?--dijo el portero. Montio crey que deba ser prudente y contest sin vacilar: --Es un amigo quien convido. --Ah!--dijo el portero--crea... --Venid, seor ministro, venid; vamos las cocinas... Y subieron por unas escaleras. --No hay como ser cocinero de su majestad para convidar los amigos sin disminuir los ahorros--se qued murmurando el portero. Entre tanto, Montio y el alguacil subieron las cocinas. Lo primero que encontr Francisco Montio, y lo encontr con espanto, fu al galopn Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas. Aldaba vi al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni asustarse se fu para l, le hizo una profunda reverencia y exclam: --Muchas gracias, seor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos de vuestra caridad. --De qu me da las gracias este tunante?--dijo el cocinero mayor todo hosco y espeluznado de indignacin--; quin ha permitido este lobezno, este hereje, ese malhechor que entre en la cocina? --La seora Luisa ha venido con l esta maana, y nos haba dicho que vuesa merced le perdonaba. --Ah! mi mujer ha venido... con ste! El cocinero se detuvo; temi que los misterios de su familia entrasen en la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pcaros; la gente ms maleante del mundo. --Mi mujer tiene las entraas muy blandas--dijo tragando la saliva ms amarga que la hiel--; mi mujer se deja engaar de cualquiera... pero en fin, ello est hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, quitos de mi vista... y vuestro trabajo. --Muchas gracias, seor Francisco--dijo Cosme Aldaba, porque las ltimas palabras del cocinero haban sido para l un favor y un disfavor. A seguida Montio revis una por una las cacerolas puestas al fuego, se enter de todos los pormenores, y viendo que todo estaba punto para el almuerzo y la comida de sus majestades, se escurri hacia la puerta de la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no vindole tampoco el corchete le vea. Este no dijo una palabra, pero se fu en silencio tras Montio. Al llegar la puerta de su aposento, el corchete adelant y le asi por un brazo. --Pero seor--dijo Montio--, creais que me iba escapar? --No; no, seor--dijo el alguacil--, pero podrais olvidaros de m, entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os poda ocurrir que lo mismo puede salirse del alczar por los tejados y escondrijos que por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cunto tiempo que volvirais de vuestro paseo. --Asesino! asesino!--murmur Francisco Montio, viendo frustrado su proyecto de escapatoria. Y llam la puerta. Le abri su mujer en persona. Estaba plida y ojerosa. Montio sinti un estremecimiento cruel; pero parecile Luisa ms bonita que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevi ponerla mala cara. --Buena hora es de venir su casa un hombre casado--dijo con mal talante Luisa--; donde habis pasado la noche pasad el da; y vens acompaado para volveros ir sin duda? aqu han trado no s qu, y os esperan. --Eso es, reme.--Entrad, amigo, entrad; vos sabis si altas personas me tienen ocupado. --Ya lo creo; espera su merced el inquisidor general. Palideci levemente Luisa. --Y has estado tambin esta noche con el seor inquisidor general? --S, hija ma, s, y con otros seores, en gravsimos asuntos que no son para comunicados mujeres. --No, no; ni yo pretendo saberlos--dijo Luisa--; yo haba credo... --Has credo mal. --Has pasado dos noches fuera de casa. --La una yendo cerrar los ojos mi difunto hermano; la otra sirviendo su majestad. --No hablemos ms de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de bien. Montio tuvo impulsos de echarlo todo rodar; pero era por una parte su mujer tan bonita... y, adems, no quera dar al pblico sus asuntos domsticos, y estaba delante del alguacil. --Y qu has llevado la cocina ese tunante de Aldaba?--dijo el cocinero, que ante todo quera conservar delante de aquel extrao su autoridad domstica. --Como t tienes tan buen corazn, y el pobre vino llorando... --Bien, bien--dijo Montio--; todo est muy bien: t haces lo que quieres, porque yo te quiero. Dnde estn esos? --En el cuarto de adentro. Pas Montio y el inflexible alguacil tras l. El cocinero mayor ruga ya por lo bajo; encontr dos mozos de la casa real y al soldado. Entonces, con una sonrisa nerviosa, abri la puerta de aquel aposento empolvado, donde haca tantos aos no entraba nadie ms que l. --Meted eso aqu--dijo con voz ronca. Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro de la puerta. --Idos--dijo Montio los mozos y al soldado. --Y no nos dais para beber?--dijo este ltimo--; mis camaradas se han ido rendidos. Di un escalofro al cocinero mayor, que di, con un violento esfuerzo, cuatro escudos al soldado y un ducado los mozos. Al fin se encontr solo con el alguacil, que haba penetrado en aquella especie de _sancta sanctorum_ del cocinero mayor. Este cerr la puerta. --Ya estamos solos--dijo al corchete--; ahora bien, cunto queris y me dejis libre? --Nada. --Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia hace ms falta, ms de lo que pensis, en mi casa... --Seor Francisco, guardad todo eso para el seor inquisidor general. Montio tuvo en los labios la palabra _os har rico_; pero medit que acaso no era tan grave el motivo de su prisin, que fuese necesario herirse mortalmente para librarse de ella, y se call, di otro dobln al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta all; sali, cerr cuidadosamente y, despidindose de su mujer, asegurndola que no tardara, sali del alczar con el corchete. Apenas haba dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopn Cosme Aldaba se quit el mandil y el gorro, y baj las galeras del alczar, dirigindose la antecmara de pajes del cuarto de la reina, cuya puerta se par. A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, sali. Alejronse por la galera, y Aldaba dijo al paje: --Ya est el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: hay seis perdices; pero una sola est asada con aceite; ya conoces t las perdices asadas con aceite. --S, hombre, s. --No basta decir s; qu color tienen las perdices asadas con aceite? --Un color as, dorado blanquizco. --Eso es; adems, y para que no te equivoques, ten presente que la perdiz estar adornada con berros, y que tendr todas las patas y el pico. --No se me escapar. --Veremos si eres hombre de ingenio. --Descuida. --Procura que sea de los primeros platos. --Ya... --Despus... Inesilla te quiero mucho, y la seora Luisa quiere mucho tambin don Juan de Guzmn... el viejo es rico y puede morir... --Descuida, hombre, descuida. --Y avsame, para que yo avise la seora Luisa. --Te avisar. --Adis. --Adis. Y el paje se volvi la antecmara, y el galopn las cocinas. CAPTULO XLIV LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO Don Juan Tllez Girn haba salido feliz, enloquecido de amor del alczar, transformado, gozando de una nueva vida. Pero despus de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el da anterior no se haba atrevido soar, cruzaba una nubecilla negra. Aquella nube era Dorotea. Don Juan no la poda apartar de su memoria. Senta hacia ella crea sentir un impulso de ardiente caridad. Y adems de la caridad, no s qu ms ntimo, ms humano, ms sensual. Comprenda que quedaba algn licor en la copa de su deseo. Era joven, haba crecido entre privaciones, tena el corazn virgen, y le haba consagrado sin saberlo dos mujeres. Don Juan haba salido la ventura. No saba dnde ir. No tena en Madrid casa propia, aunque haba tomado posesin de dos: de la de Dorotea primero; despus y de una manera ms completa, de la de su mujer. Don Juan haba salido para procurarse un traje conveniente. Pero dnde buscar aquel traje? Y luego, con qu dinero? No tena en el bolsillo ms que algunos de los doblones que le haba dado su supuesto to. Y esto no bastaba para un equipo de caballero. Pesle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de hierro; pero al acordarse del cofre, se acord de que llevaba un tesoro de pedrera en los bolsillos. --Empear una de estas alhajas--se dijo--y punto concludo... pero y dnde?... no s como hacer para hallar Quevedo, y no conozco nadie en Madrid ms que mi to postizo; y no me vuelvo atrs ni le pido mi dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes. Y cuando daba vueltas su imaginacin, se acord de la seora Mara Surez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote. --Ah!--dijo el joven--la casa donde dorm anteanoche... parceme aquella mujer propsito para cualquier cosa. Pero podr yo dar con la casa?... Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protega, pudo reconocer la calle y la casa las pocas vueltas. Antes de entrar en ella, sac bulto de uno de los anchos bolsillos de sus gregescos uno de los estuches ms pequeos, y le abri. Contena una gruesa sortija de oro con un grueso diamante. --Puede que valga esta joya... pedir mil doblones, y ya veremos. Entrse, y encontr la seora Mara entregada sus faenas domsticas, y al seor Melchor Argote sentado junto un fuego mezquino almorzando pan y queso. --Dios os guarde, seora--dijo don Juan entrando. Mirle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo: --Jess, buen mozo! yo os daba por perdido! y de dnde vens, hijo? --Vengo veros para que me saquis de un apuro--dijo don Juan. Tom el rostro de la vieja la expresin de una innoble reserva, y contest con voz compungida: --Jess, seor! apuros tenis apenas entrado en Madrid! y vens que yo os saque de ellos! si yo supiera quin quera sacarme de los mos! --Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no s dnde podr empear una rica alhaja. --Ah!--dijo tranquilizndose la vieja--; alegrme de que ese sea vuestro apuro! conque ya os regalan! preciso! hidalgos como vos!... --Gastan de lo que han heredado de su padre--contest severamente don Juan. --Ah! perdonad, perdonad, seor: y es de mucho valor la alhaja? --No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones. --Rica debe ser, pero mostrad. Sac el joven el estuche, y del estuche la sortija. Entonces pas por la vieja una cosa extraa. Se estremeci, tembl, y su pequeo ojo bizco y colorado, se puso bailar mirando la sortija. --Rica es, en efecto; pero me parece que peds mucho: en fin, lo que yo puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompaar. Melchor, lleva ese caballero casa del seor Gabriel Cornejo. Levantse renegando Melchor, acab de tragarse los dos ltimos bocados de pan y queso, bebi agua, se limpi la boca con el revs de la mano, tom su capa y su sombrero, y dijo su mujer. --Conque casa del seor Gabriel Cornejo? --S; l os dir, seor, cunto puede drseos por esta alhaja. --Muchas gracias, seora, y adis, y quedad en paz, que estoy de prisa. Melchor y don Juan salieron. Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo: --Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribn, y que si queris que os d lo que vale la joya, ser bueno que la tase un platero. --Os agradezco el aviso. Y conocis alguno? --Hilos aqu montones, en Santa Cruz. --Pues llevadme uno. --Veis aquella tienda obscura de los portales? --S que la veo. --All vive el seor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo anda surtiendo de alhajas la grandeza de Espaa. Pasa por ser un hombre muy honrado. --Pues vamos all. Encaminronse aquella especie de stano y entraron. Un hombre como de setenta aos, tembloroso y excesivamente flaco y encogido, se levant con cuidado de detrs de un mugriento mostrador. Nada haba en la tienda que demostrase riqueza. Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y slo se vea un lado un fuerte armario de hierro. --Qu se les ofrece vuesas mercedes?--dijo el platero mirando con recelo don Juan y su gua, porque sus trajes no le inspiraban la mayor confianza. --Se trata de que tasis esta alhaja--dijo don Juan dndole el estuche. Abrile el seor Longinos, y mir y remir la sortija. --Muy rico es quien ha mandado montar este diamante--dijo con una entonacin particular el platero. --En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de esa joya, cunto ascender? --Queris venderla? --Os pregunto que cunto vale esa joya. --Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que est muy bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones. --No harais mal negocio. --No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor, tardara mucho tiempo en venderla: acaso aos. --En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empearla, y empearla por horas. --Pues bien; yo os dar por su empeo tres mil doblones... --Es que no se va quedar empeada aqu--dijo el seor Melchor, que tema las iras de su mujer si el negocio se haca con otro que con el seor Gabriel Cornejo. --Dios de misericordia!--exclam el platero--. Y dnde ir este seor que pueda dejar con seguridad esta alhaja?--dijo con acento insinuante Longinos--. Os advierto, caballero, que os vayis con tiento. En primer lugar, que un usurero no os dara lo que yo... en segundo lugar, que yo os dar un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad... todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarn... --La verdad del caso es que me ahorro de andar ms--dijo don Juan--; acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo os dar un recibo de vuestro dinero. --Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil. --En buen hora. --Pero...--dijo el seor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de su cnyuge. --Qu tenis vos que ver en esto?--dijo don Juan--; asunto concludo: extendamos los recibos. El seor Melchor se call. El seor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los respectivos recibos se extendieron dictndolos el platero. Poco despus hizo entrar en la trastienda don Juan, guard cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo armario sac un talego, le puso sobre una mesa, cont, y un montn de oro, representando los tres mil doblones, apareci sobre la mesa. El seor Melchor, que se haba quedado fuera del mostrador como una cosa olvidada, oa, estremecindose, el sonido excitador del oro que contaba maese Longinos. --Me he perdido!--exclamaba--; mi hombra de bien me ha puesto en el caso de no poder aguantar mi mujer lo menos en tres meses; esta aventura me va costar una enfermedad. En aquel momento apareci don Juan, y di diez doblones al seor Melchor. --Y qu es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida haba visto tanto oro junto, por ms que fuese poco. --Eso es vuestro trabajo. --Mi trabajo, seor! --Debo agradeceros el que no me hayan engaado. --Muchas gracias, seor. --Y como ya no os necesito, podis iros. --Que Dios os guarde, seor. Y el escudero sali de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro. Don Juan entr de nuevo en la trastienda. El seor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simtrica las columnas de oro, con esa sensualidad caracterstica de los avaros. --Me parecis bastante hombre de bien--dijo don Juan--y quiero valerme de vos. Yo soy capitn de la guardia espaola del rey. --Por muchos aos, seor. --Me cas anoche con una dama principal. --Dios os haga muy felices, mis seores. --Pero como veis, este vestidillo de viaje no es propsito para que yo me presente al rey en medio de la corte con mi esposa. --De ningn modo, seor. --Ahora bien: qu ropas, qu galas, en una palabra, dignas de un caballero del hbito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero? --Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones? --Y ms que sea necesario. --Y para cundo necesita vuesa merced presentarse su majestad con su seora esposa? --Hoy las once. Rascse una oreja con su trmula mano maese Longinos. --Y son cerca de las nueve de la maana. Es decir, que solo tenemos dos horas. --Aprovechmoslas. En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es lo menos, hailas hechas dos puertas ms abajo. Antonio! Apareci un joven con un mandil de cuero, todas luces oficial de platera. --Vete al momento casa del seor Justo--le dijo Longinos--, y que enve ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no haya ms que ponrsela; luego psate por casa del seor Diego Soto, y que enve unas calzas de grana de lo ms rico, pero al punto, al punto. El mancebo, con mandil y todo, se lanz en la calle. Faltan jubn, gregescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser de terciopelo, el jubn de brocado, los gregescos de lo mismo que el ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo s quin las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona as de vuestras carnes, que os vendr pintada su ropa, y que si se le paga bien y secretamente, no tendr reparo, y que ms se halla necesitadillo de dinero... --Pues al momento. --Poco poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos de oro martillo; el jubn necesita herretes; las cuchilladas piedras perlas, y luego espada. --Todo eso lo tengo--dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y abriendo los estuches. --Misericordia de Dios! sabis lo que tenis aqu, seor? --Pienso que es mucho. --Esta pedrera vale lo menos dos millones de ducados. --Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la corte como conviene. --Indudablemente, seor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy escribir algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque la corte traga mucho: voy procuraros hasta carroza; en cuanto lacayos y cochero, yo har que vengan buenos; las libreas se comprarn hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aqu una buena espada de corte, pero no vale ni la centsima parte que esa empuadura y esas conteras; se montar al momento... --No, montad esta buena hoja--dijo don Juan desnudando su espada. --Sabis, seor, que tenis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo, ven ac... Apareci otro oficial. --Djalo todo; monta esta hoja en esta empuadura, y esta contera en una vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar corriente: entretanto, seor, mis nietas cosern los herretes, la toca y las perlas y las chapas del talabarte... --Y entretanto yo... me daris de almorzar... me lavar despus... --S; s, seor; entrad... y ya veris... ya veris. Y precedi al joven por unas obscuras escaleras murmurando: --Y que por estos quehaceres no pueda yo or como todos los das la misa del licenciado Barquillos! Vlgame Dios! CAPTULO XLV EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN NUEVO PERSONAJE En una habitacin magnficamente amueblada, extensa, iluminada blandamente por una lmpara de noche, al travs de un cortinaje de damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dorma una mujer sumamente bella. Deba ser sombro su sueo, porque su entrecejo estaba fruncido, corra abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento poderoso y ronco. Las anchas trenzas de sus cabellos caan abundantes y desordenados sobre su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubra se dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes. Haba algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida. Y dorma profundamente. Abrise de improviso una puerta en el fondo de la cmara y apareci una mujer joven. Abri un balcn y penetr en la alcoba la luz fra de aquella maana nublada y lluviosa. La mujer despert. Se incorpor en el lecho y mir con disgusto la puerta de la alcoba donde haba llegado la joven. --Est amaneciendo!--exclam con acento duro--. Qu sucede, Casilda? anoche me acost demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy servida detestablemente. --Son las ocho y media, seora--dijo temblando la doncella. --Te dije que no me llamaras hasta las doce. --Es que est ah don Juan. --Don Juan! y de da! y acaso por la puerta principal! --S; s, seora. --Qu imprudencia! --Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido todava. Este excelencia era el duque de Uceda. --El duque se fu anoche muy tarde; cuando yo te avis an no se haba ido; t te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... poda estar el duque todava aqu. Te tengo dicho que cuando don Juan venga una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le despidas. Esto est convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una torpe. --Perdonad, seora. --Pero en fin, don Juan est ah? --S, seora; ha venido con una mujer. --Con una mujer! y qu trazas tiene esa mujer? --Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, segn est de plida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche. --Dnde estn? --En el camarn. --Vsteme. Y la dama salt del lecho, y se visti apresuradamente ayudada de la doncella, se arregl ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una toquilla, y se dirigi rpidamente una puerta de escape. Pero al llegar ella se detuvo, y dijo la joven: --Dile don Juan que entre solo. Y se sent en un silln, se arrop en un abrigo de pieles que se haba puesto y esper que la doncella cumpliese sus rdenes. Poco despus se abri aquella misma puerta, y entr el sargento mayor don Juan de Guzmn, que, sin quitarse el sombrero, adelant hasta cerca de la dama, y detenindose poca distancia de ella y permaneciendo de pie, la dijo: --Nos sucede mejor de lo que queramos, Ana. --Ah! estamos de plcemes? --S por cierto; el asunto de la reina est punto de concluirse; una vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con el padre y con el hijo. --Pero y don Rodrigo...? --Don Rodrigo... afortunadamente la herida, segn dicen los mdicos, es limpia y no ha tocado ninguna parte peligrosa; un dedo ms ac ms all y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo vivir. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntndome y dndome rdenes y consejos. Dentro de algunos das don Rodrigo dejar el lecho, y todo ir bien. --Y el duque de Lerma? --Carioso y solcito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer; es ciego. --Sin embargo, ha enviado don Baltasar de Ziga de embajador Inglaterra, ha sacado del cuarto del prncipe al duque de Uceda, y su excelencia est dado los diablos con su padre. Creo que hay un diablo familiar que le aconseja. Anoche estuvo aqu hasta las tantas y me dijo:--Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el seor duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intencin; paciencia: en cuanto vos (se refera m), ya que no podis ser la maestra del seor prncipe, sed mi consuelo. --Eso te dijo el duque? --Vaya, y que haca mucho tiempo que no poda olvidar mis ojos. --Y t qu le dijiste? --Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos. --Es decir... --Que no quiero galanteos con el duque de Uceda. --Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen ms que tus lecciones al prncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que no hace, lo que piense deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy mal. --Bah!--dijo doa Ana--; yo s que he hecho muy bien, como s que har muy bien en decirte que por algn tiempo no vengas verme hasta que yo te avise. Pronunci de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doa Ana estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubri de una palidez colrica. --Qu viene ser eso?--dijo con acento amenazador. --Ya te irritas, querido mo--dijo doa Ana--. Dudas acaso de que te amo? --Me parece que quieres engaarme. --Y para qu te haba de engaar? adems de que te amo me sirves de mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero... --Pero qu? --Espera. Doa Ana se levant, entr en el dormitorio, abri un cofre, y del cofre sac una cajita, volvi, se sent y abriendo la caja mostr su contenido al sargento mayor. --Mira el por qu de no haber querido yo por galn al duque de Uceda y de pensar en que por algn tiempo no nos veamos. --Quin te ha dado esta gargantilla?--dijo con acento ronco Guzmn. --Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey. --Ah! en verdad que ese hombre es muy rico--dijo el sargento mayor--; pero segn pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podr hacerte tales regalos. --Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos--dijo doa Ana--; el cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre de ms alta persona. --Del duque de Lerma! --Ms alto! --Del rey! --Del rey! --Imposible! de todo punto imposible! el rey no piensa ms que en cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que tiene que hacer para ser rey... pero don Felipe III no se le conocen galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sera, y estarame yo sin venir verte tu casa, que ya nos veramos fuera de ella, aunque fuese de ao ao... pero vamos! es imposible! --Estos hombres creen que las gentes no son ms que lo que parecen--dijo con desdn doa Ana. --No tal, no; yo no creo eso, porque s muy bien que t y yo somos una cosa y parecemos otra. Pero tratndose del rey... cuando te digo que no puede ser! --Y de dnde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja? --Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes vidrio blanco. --Ya est visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones. --Mil doblones! --No poda ser menos un regalo de rey. --Pero dnde te ha visto su majestad? --Eso mismo pregunt yo Montio: dnde me ha visto su majestad? --Y qu te respondi? --Que no lo saba. --Que no lo saba! pero cuntame desde el principio. --Anoche, ya tarde, llamaron la puerta. Yo cre que sera el duque de Uceda, y mand Casilda que abriese. Poco despus o abajo un altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que todo trance quera entrar, que deca tenerme que decir cosas graves, y que al fin dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos estn ahora por las cocinas, sent yo no s qu terror, yo no s qu cuidado, y mand Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo no le conoca) me espant. Vena plido, desencajado, desgreados los escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fu: --Desde hace veinticuatro horas, no me suceden ms que desgracias. Estas palabras no eran las ms propsito para tranquilizarme, y le rogu que se sentara y se explicase. --Tras las desgracias que me suceden--me dijo--, hubiera sido la ltima la de no poder veros. --Tranquilizos, y decidme despus por qu hubiera sido una desgracia para vos el no haberme visto. --Porque una persona muy principal quien temo mucho, me ha encargado que os vea. --A m? para qu? --Para que os d de su parte, en prenda de la mucha estima en que os tiene, esta alhaja. Y me di esa gargantilla. --Yo no puedo aceptar un regalo--le dije--de una persona quien no conozco. --Podis estar segura de que es muy principal. --Pues siendo tan principal, y teniendo por m tanto inters que me regala--le dije--, qu inters puede tener en que yo no sepa su nombre? --Tanto inters tiene--me replic--en que vos no sepis quin es, que desea veros misteriosamente. --Explicos. --La alta persona que me enva--dijo el cocinero dando vueltas su gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su mensaje--, quiere... pues... quiere que le recibis sin luz. --Por quin me tenis?--dije al cocinero mayor fingindome gravemente ofendida, pesar de que tena una viva curiosidad por saber quin era aquella persona--; ea! aad: idos de mi casa, si no queris que os haga echar palos. --Perdonad, seora--me dijo--; pero temo ms las consecuencias de no llevar una contestacin vuestra la persona... qu digo? al ilustre personaje que me enva, que la ria que pudiera tener con vuestros criados. --Ya llevis contestacin esa persona. --A la persona que me enva, no se la puede contestar de ese modo--me dijo--, porque esta persona... --Me ultraja! --Ser necesario deciros quin es, para que veis que no hay ultraje. --Slo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun para m pudiera pasar por galanteador. --Habis adivinado? --No, no he adivinado; he dicho nicamente que slo hay una persona que pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera. --Pues bien; decidme el nombre de esa persona... --Esa persona no poda ser otra que el rey. Mirme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos espantados. --No me comprometeris--me dijo--, si os declaro la verdad? --Os lo prometo. --Seris prudente? --S. --Pues bien, seora; la persona que os solicita, que est ciegamente enamorado de vos, es... el rey! --El rey!--dije sin poder contener mi asombro--; su majestad enamorado de m! --Esa rica gargantilla es una seal de ello--me contesto. --Y dnde me ha visto su majestad?--le dije. --No lo s. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho: Montio, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, tambin soy hombre, y como hombre tengo debilidades; amo una dama, y no puedo contener mi amor; toma, llvala esa joya y dila que te indique cundo puedo yo ir visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estn muertas cuando yo entre y no pueda conocerme. Ofrcela cuanto quiera y ms que quiera, y toma las seas de la casa donde vive y su nombre. Yo--aadi el cocinero--, no me atrev negarme; he venido, y temeroso de llevar su majestad vuestra contestacin, he preferido, confiado en vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciis ni una sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos perderamos los dos. Yo le jur guardar el ms profundo secreto, acept la gargantilla, y el cocinero se fu prometindome volver para decirme qu noche y qu hora debe venir su majestad. --En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi seguro--dijo el sargento mayor--; porque quin interesa ms que al duque el tener bien cogido al rey? Adems de eso, no han desterrado al conde de Lemos porque haba llevado una noche al prncipe de Asturias casa de una de las queridas de don Rodrigo Caldern? No han apartado de la crianza del prncipe don Baltasar de Ziga, porque daba demasiado gusto su alteza, y no han sacado tambin al duque de Uceda del cuarto del prncipe, sin duda porque han sabido que le traa aqu para que desde bien temprano se acostumbrase las favoritas? Acaso ha sabido el duque de Lerma que su hijo se vala de ti para educar al nio prncipe, como, siendo an ms pequeo, se vali para ello de la Anglica el conde de Lemos, su sobrino, y habr dicho: puesto que esa hermosa doa Ana serva para hacer adquirir al joven prncipe malas costumbres, puede servir tambin para corromper las del rey y extraviarle. --Acaso, acaso--dijo doa Ana. --Pues estamos de doble enhorabuena: confo en que sabrs manejar al rey. --Oh, ya lo veremos! --No me ocultes nada. --Y cmo? Qu soy yo sin ti? --Don Rodrigo es lo que ms nos conviene. --Servir don Rodrigo. Creo que este asunto est concludo; y ahora recuerdo que me han dicho que contigo vena una mujer joven, hermosa, ricamente vestida. --S, muy hermosa y muy joven--dijo el sargento mayor apretando el gesto y retorcindose los mostachos. --Y qu traes t esa mujer mi casa? --Qu? tendrs celos? --Pudiera tenerlos. --Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija. --Tu hija! --S; la hija de aquella Margarita que yo rob de su casa; la hija que me quit un hombre una noche cuando iba dejarla en la puerta de un convento, dejndome tres pualadas, de las cuales estuve la muerte; la hija de quien no volv saber, hasta que la conoc siendo la vez querida secreta de don Rodrigo Caldern y pblica del duque de Lerma. En una palabra: la comedianta Dorotea. --Pero ests seguro de que no te has engaado? --Si t hubieras conocido su madre! --S; s, ya me has dicho... --Verla ella, es ver Margarita; adems, yo le haba hecho una seal... --Una seal! --S; antes de salir de la casa, para, llevarla exponer en el cajn de San Martn, sin saber por qu, pensando no s en qu, la seal. --Que la sealaste! --Le arranqu un pequeo bocado de un brazo. --Ah!--exclam con disgusto doa Ana. --Fu la manera ms pronta que se me ocurri de sealarla. --Pero has visto t esa seal? --No; pero un da, don Rodrigo, que quiere ms de lo que parece la Dorotea, me dijo: --Juan, yo te he hecho hombre. --Indudablemente, seor--le contest. --Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas. --Qu hay que averiguar? --T sabes cunto quiero la Dorotea. --S, seor. --Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una seal; pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa seal; he preguntado al to Manolillo, y me ha dicho que la encontr abandonada en la calle, y que efectivamente, cuando la llev su estancia en el alczar, not que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas de sangre; que la descubri y vi una mordedura reciente, de la que cost trabajo curar la nia. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no conoce sus padres; yo la quiero bien, y te recompensara grandemente si encontrases esos padres perdidos. Pude en el momento decirle: --Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella, la que conoc en su casa, donde estuve aposentado algunos das, y la que me llev conmigo. No s si su madre vive ha muerto... --Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y de Caldern, es tu hija! y ella no lo sabe! --No. --Y para qu la traes aqu? --Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su madre se enamor de m primera vista, ella se ha enamorado de un hombre; ese hombre es el que ha herido don Rodrigo; ese hombre, que es sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en veinticuatro horas; anteayer por la noche entr en Madrid, y hoy se encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama ms hermosa y ms difcil de la corte: con doa Clara Soldevilla. --Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, est celosa de una dama que es la favorita de la reina! --La reina importa ya poco... tal vez estas horas... pero conviene, pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo Lerma; ella quera hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengara si ella me ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he trado y te la entrego... t sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de modo que nos sirva bien. Voy por ella. Y se dirigi la puerta por donde haba entrado. Pero al abrirla, se vi tras ella un hombre y se oy una ronca voz que dijo temblorosa, colrica, rugiente, amenazadora: --Atrs! atrs, sargento mayor! t no saldrs de aqu! El hombre que haba pronunciado estas palabras, que haba adelantado sombro y letal y que haba cerrado por dentro la puerta, era el bufn del rey. El sargento mayor retrocedi sorprendido. En su semblante apareci la expresin del espanto. Doa Ana mir con terror al bufn. Y el bufn adelant plido hacia el sargento mayor, que retroceda. CAPTULO XLVI DE CMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA CASTIGAR LOS BRIBONES Necesitamos decir cmo el to Manolillo haba podido aparecer tan dramticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera. Sabemos que al salir de la taberna donde haba estado con el cocinero del rey, se haba ido derecho llamar la puerta de doa Ana. Abrironle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen obedecer, y el to Manolillo haba llamado de una de aquellas maneras. Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante. Quien llama as en una casa debe tener derecho para entrar fuerza, lo que no es lo mismo, las dos cosas la vez. Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontr franca la puerta, el bufn se lanz sobre el criado que le haba abierto, que era un escudero viejo. Se arroj sobre l como un tigre; le derrib, le sofoc y le tap la boca con un pauelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la vctima. Esta manera de enmudecer, que se conserva an hoy y se usa por los ladrones, se llama la _tragantona_. Hasta el crimen tiene sus tradiciones. Despus quit al escudero la correa que sujetaba sus gregescos la cintura y le at atrs las muecas, y con el extremo sobrante at un pie de la vctima y le dej tendido en el portal; el escudero no poda gritar, ni aun rugir, ni moverse. El to Manolillo se acurruc en un rincn del zagun y esper. Poco despus baj una duea, quien haba llamado la atencin el que el escudero hubiese bajado abrir y no hubiese subido. El bufn la acometi por detrs, la hizo otra tragantona con la toca y la at de igual modo que al escudero, valindose de la correa del hbito de la duea. --An me faltan la cocinera y la doncella--dijo--; doa Ana, esa bribona, no tiene ms criados; el olor de la cocina me llevar. El to Manolillo adelant. No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba recelosamente sin producir ruido hacia su presa. Un momento despus la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y atadas. El to Manolillo haba arrostrado por todo y haba tenido la suerte de que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas mejor meditadas. Ya seguro de los criados, el to Manolillo adelant por las habitaciones principales. Al ir levantar un tapiz vi de repente la Dorotea. La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombra, inmvil, con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora. Hubiera podido ver al bufn no estar tan abstrada, pero no le vi. El bufn se retir sin ruido, la mir un momento al travs de la abertura del tapiz con una mirada profunda, en que haba tanta ternura hacia ella, como amenaza, como clera hacia los que causaban el doloroso estado de la joven. --Est sola--dijo--y entr con l; l debe estar con la otra; busquemos otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables. Y tom por una puerta y se encontr en un corredor obscuro. Y adelant sin hacer ruido como una sombra. A medida que se acercaba una puerta oa dos voces. La de un hombre y la de una mujer. Adelant hasta la puerta, lleg y se puso escuchar. Por esta razn, cuando el sargento mayor fu entrar por aquella puerta, se encontr con el bufn. --Ah! Ya saba yo que habas de buscar la Dorotea--dijo el sargento mayor--; peor para ti. Doa Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; ms que con asombro, con un terror instintivo. --Conque t eres su padre?--dijo el to Manolillo--. Conque eres el padre de Dorotea? Conque an no contento con haber asesinado la madre, quieres asesinar la hija? Y la voz del to Manolillo era ronca, amenazadora, sombra; sus ojos bizcos se revolvan de una manera espantosa, estaban inyectados de sangre y su barba temblaba. Don Juan de Guzmn se senta dominado; doa Ana estaba coartada por el miedo. La actitud del bufn, de aquel hombre pequeo, cuadrado, robusto, encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecan indicar que iba suceder all algo terrible. --Si queris llevaros esa muchacha, llevosla--dijo el sargento mayor, que tena miedo--; preguntadla si yo la he violentado. --La habis dicho que sois su padre?--dijo el bufn. --No. --Pues mejor. --No he tenido necesidad de decrselo. --Y has hecho bien: porque t no eres su padre, sino una especie de animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...--aadi el bufn con una sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco--; te acuerdas de que una noche llevabas esa nia recin nacida en los brazos?... Oh! era una noche muy obscura: de repente un hombre se arroj ti y te di tres pualadas. Y al decir esto el bufn salt, se aferr al sargento mayor y le di una pualada en el pecho. Don Juan de Guzmn di un grito, vacil y cay. Luego el bufn vi que doa Ana corra una puerta, y la asi de una mano. Doa Ana cay de rodillas creyendo llegada su ltima hora. El to Manolillo, sin soltar doa Ana, dirigi su terrible palabra don Juan de Guzmn, empuando an la daga con que le haba herido: --Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la mano ms segura... asesino de mi hermana Margarita! envenenador de la reina Margarita! verdugo de tu hija! ya no cometers ms crmenes. En efecto, don Juan de Guzmn estaba muerto. --Y t, Aniquilla, que te llamas doa Ana; t, que hace veinte aos andabas por las playas de Gijn descalza, cogiendo ostras y buscando los marineros; t, aventurera ennoblecida por tu hermosura; t, miserable, ase de los pies de ese cadver y pronto, porque no tengo tiempo que perder. --Pero qu va ser de m?--exclam desesperada la hermosa doa Ana. --Sea lo que el diablo quiera. T tendrs en tu casa algn escondrijo... --Los stanos!--exclam doa Ana. --Pues los stanos; agarra pronto, si no quieres perderte... concluyamos por el momento, que yo volver. --Esperad... esperad... voy abrir las puertas--dijo con angustia doa Ana--para que nada nos entretenga--y sali y volvi poco despus. Entonces la ramera y el bufn asieron del bandido, y le llevaron. Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre. Al fin bajaron al piso bajo, y el bufn seal un rincn oscuro en una sala lbrega. --Dejmosle aqu--dijo. --Por el amor de Dios--dijo doa Ana--; que no s cmo vos me conocis; vos, que cuando no me habis muerto tambin, no me aborrecis, ayudadme borrar las seales de esta muerte... yo dir los mos que ese hombre ha salido por el postigo... --En lo que hars muy bien--dijo el to Manolillo--ser en soltarlos de las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos pretexto de que se han dejado sorprender: qudate sola, que yo volver y le enterraremos!... por ahora, adis! Adis, que mi conciencia me llama otra parte! Y subi de dos en dos los peldaos de una escalera, atraves algunas habitaciones, y entr en la que Dorotea se encontraba todava inmvil y dominada por su mudo dolor. --Ven conmigo--la dijo el bufn asindola de una mano. --Ah! sois vos? --Ven conmigo... yo te salvar... yo te consolar... pero ven, ven... no perdamos un momento. Y arrastr consigo la Dorotea, que se dej conducir maquinalmente, baj por la escalera principal, pas por junto al escudero y la duea que permanecan atados, abri la puerta, sali y la torn cerrar. Cuando estuvieron en la calle, el bufn dijo la Dorotea: --Vulvete tu casa, y esprame: yo no te puedo acompaar. --Pero... --Ve, ve... hija ma... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvar de todos; adis. Y parti hacia el alczar. La Dorotea, atnita, asombrada, sin comprender lo que la suceda, le vi desaparecer, se envolvi en el manto, y paso lento, con la cabeza inclinada, pisando lodo, se encamin la calle Ancha de San Bernardo. CAPTULO XLVII DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS OCASIONES El to Manolillo corra como alma que lleva el diablo. Tropezaba ac y all con las gentes, como un caballo desbocado, las lanzaba un gran trecho las dejaba caer y segua corriendo. En pocos momentos lleg al alczar. Antes de llegar l vi Luisa y Ins que iban envueltas en sus mantos. Pararon un momento. --A dnde vais?--las dijo con acento amenazador. --A misa...!--contest temblando Luisa. --A misa! en da de trabajo?... Pero el bufn record que tena mucha prisa, y tom de repente el camino de la puerta de las Meninas del alczar. Al entrar, salan algunos hombres, y el to Manolillo tropez rudamente con uno de ellos. --Qu brutalidad!--dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que haba cado al suelo, produciendo un sonido sonoro. --Ah! el alguacil Agustn de Avila!--exclam el bufn, y pas por sus ojos un relmpago de muerte. Pero de repente apret de nuevo correr, exclamando: --Lo otro es primero... la reina... Dios mo! Y entr en el patio del alczar. All, de una manera involuntaria, superior su resistencia, se detuvo de nuevo, y mir una torre almenada que se vea por cima de las galeras en un ngulo del patio. Sobre aquellas almenas haba un cuerpo de edificio coronado por una montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, haba una ventana: en aquella ventana el viento ondeaba un pauelo encarnado. --Oh! la seal de muerte!--exclam el bufn. Y sigui corriendo, subi, no como un hombre sino como una araa que huye, unas escaleras, atraves como un frentico la galera, y atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta exterior del cuarto de la reina, se lanz dentro. Dise un tremendo pechugn con una persona la que no arroj. Por el contrario le asi, y le detuvo. --Cuerpo de Baco!--exclam aquel hombre--, vens os disparan, to? Aquel hombre era don Francisco de Quevedo. El bufn no le contest: por cima del hombro de Quevedo haba visto un paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una vianda adornada con yerbas verdes. --All tal vez!... en aquel plato!...--dijo el bufn--soltad, vive Dios, os mato!... --Pero estis loco?... tengo que deciros graves cosas... no me conocis, to? --La reina!... la reina!... dejadme, don Francisco!... aquel paje!... es el amante de la Ins!... el pauelo encarnado est en la ventana!... --Ah!--exclam Quevedo con una expresin terrible por su horror--un paje!... un plato!... el pauelo!... Y solt al bufn, que se lanz la puerta de la antecmara. Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas. --Ah! no me dejis pasar!...--exclam el bufn, y asi las alabardas con la fuerza de la zarpa de un len. Se entabl una lucha. Quevedo no poda llegar pronto, pero desde donde estaba grit con la autoridad que saba dar su voz en las ocasiones solemnes: --Dejadle pasar! dejadle pasar, de orden del rey! Al sonido de aquella voz poderosa, la vista del hbito de Santiago, del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufn. Quevedo, pesar de la deformidad de sus pies, que le impeda andar de prisa, corri. En la puerta de la cmara de la reina, se entabl otra lucha con los ujieres. La autoridad de Quevedo fu all intil. El bufn apel la fuerza. Tir un ujier un lado, y otro otro, y entr tambin. Pero entre la inocente detencin causada por Quevedo, la de los tudescos y la de los ujieres, haba pasado mucho tiempo. El paje haba desaparecido. Cuando el bufn entr, se precipit la mesa y se arroj sobre ella. La reina di un grito. El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie. El to Manolillo busc con ansia un plato entre los que cubran la mesa de la reina, y vi uno solo puesto delante del plato de Margarita de Austria. Aquel plato estaba adornado con berros. Era una perdiz que tena todas las patas. El bufn le agarr, y al apoderarse de l dijo con una admirable fuerza de espritu, soltando su hueca carcajada de bufn: --Ah! ah! ah! he ganado! he ganado! para m! para m! Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, di correr exclamando: --Para la reina no! para m! Y solt una larga y estridente carcajada que hizo temblar todos los que la oyeron, y escap. --Oh! esto es ya demasiado!--dijo la reina. --Perdonad, seora...--dijo Quevedo--yo no le he podido contener; el to Manolillo est loco! Y Quevedo, saludando profundamente la reina y antes de que sta, reponindose de su sorpresa, le pudiera contestar, sali. Quevedo busc intilmente en la parte baja del alczar al to Manolillo, y subi su aposento, cuya puerta llam intilmente repetidas veces. Al fin Quevedo grit: --Si estis ah, to Manolillo, abrid, hermano, abrid Quevedo. Oyronse violentos pasos y se abri la puerta. Apareci el bufn plido y desencajado. --Entrad! entrad!--exclam--; entrad y pensemos en la venganza... hoy ha amanecido un da de muerte... --Tenis sangre en las manos!--exclam Quevedo... --Es poca!--exclam el bufn--es poca! venid! Y tir de Quevedo, le llev lo ltimo de su aposento, y le mostr una fuente de plata puesta sobre una mesa. --Mirad sto; faltan las pechugas... mirad aqullo, y seal en un rincn un pedazo de perdiz, junto la cual estaba echado, impasible, un gatazo rodado. [imagen:...para m! para m!] --El _Chato_ devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. Que Dios tenga piedad de la reina! --Y qu hacer? --Qu hacer?... yo no s... quin dice?... quin declara?... Oh! no! sentenciarnos ser tenidos por cmplices, morir deshonrados!... hemos hecho cuanto podamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos engaado!... pero no... no... el _Chato_ no ha comido... Dios mo!... --Sois cobarde...--exclam Quevedo--; suceda lo que quiera, yo voy buscar al mdico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre todo, quitadla de esa fuente, que es de plata... El bufn quit los restos de la perdiz de la fuente, los ech en una escudilla, y con ellos el pedazo que haba arrojado al gato. Entre tanto, Quevedo haba desaparecido. Un paje de la reina se present poco despus. --To Manolillo--dijo--, os aconsejo que os escondis por algn tiempo. --Pues qu pasa, hijo?--contest dominndose el bufn. --Que habis dado un susto su majestad, y no ha acabado de almorzar; se ha dejado casi todo lo que tena en el plato cuando entrsteis vos. --Pechugas de perdiz?... --Eso es... una perdiz que ola tan bien!... me la he comido, to. --Cmo te llamas, hijo? --Gonzalo. --Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina? --S... al salir... no me vean... --Y quedaba mucho?... --Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... com tan de prisa, porque no me vieran! El paje, en efecto, empezaba ponerse plido. --Y por qu vienes, hijo?--exclam el to Manolillo, haciendo un violento esfuerzo para dominar su horror. --Por la fuente de plata que os habis trado. --Y comi mucho la reina? --Quia! no... ni el padre Aliaga... --Y te has comido las dos?... --S. --Ven, hijo mo, ven... ven las cocinas... voy darte aceite, que es bueno para que arrojes... Oh! Dios mo!... --Tengo ansias, to... El bufn asi al mozo y le arrastr consigo. Pero al llegar las escaleras, el paje di un grito, avanz, cay rodando por las escaleras, y con l la fuente de plata. El bufn se retir precipitadamente, fu su aposento y se puso rezar por el alma del paje. CAPTULO XLVIII DE CMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS VESTIGIOS SEAN PATENTES Pas mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el paje haba cado. Al fin subi una moza de retrete. La escalera era obscura. La moza tropez en la bandeja, que son. Recogila la moza. --Calla!--dijo--una bandeja de plata! y sucia!... llena de grasa! cmo est aqu? La llevar la repostera. Y sigui subiendo, y tropez de nuevo. Pero tropez en un cuerpo humano. Aquel cuerpo estaba fro. La moza empez dar gritos. A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre. Muy pronto corri la voz de que se haba encontrado muerto un paje de la reina en las escaleras de las cocinas. Y junto sta, corri otra voz no menos escandalosa. El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas algunas puertas, roto un gran cofre y vaco. La mujer y la hija del cocinero mayor haban desaparecido. El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se haban presentado en los lugares de estas dos catstrofes. A nadie se le ocurri que entre la muerte del paje y la desaparicin de la familia y el robo del cocinero mayor, poda haber una relacin ntima. A nadie se le ocurri tomar acta de haberse encontrado junto al paje muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina. Los mdicos declararon que, segn los vestigios que quedaban en el cadver, el paje haba muerto de repente consecuencia de un ataque cerebral. Y tenan razn: porque el veneno que Guzmn haba dado Luisa, y Luisa al galopn Aldaba, y el galopn Aldaba al paje rubio, y ste la mesa de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, haba obrado sobre el cerebro de este ltimo producindole una violenta congestin. El paje fu conducido al depsito de muertos de la parroquia de Santa Mara. La fuente de plata entregada en la repostera y lavada. Los nicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en el cuarto del bufn. Y el bufn, vuelto al fin en s de tan violentas impresiones, se lavaba las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se lavaba en la repostera. Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, quien se haba dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor, hacan extender testimonio un escribano de cmo: El da 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aqu el largo frrago curial), yo el infrascrito, entr con su excelencia el seor mayordomo mayor del rey y con su seora el seor alcaide de palacio y con los seores Lope Ros y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que en palacio habita el seor Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad el rey nuestro seor, que Dios guarde, y los expresados y el infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitacin hallamos, ms de los muebles conocidos del uso de dicho Montio y su familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se vean seales de haberle querido forzar, el cual cofre fu entregado en depsito al excelentsimo seor mayordomo mayor. Y entrados en el siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de ropas esparcidas, con ms un ejemplar impreso del arte de cocina, pastelera, bizcochera y conservera que ha compuesto el dicho cocinero mayor; y pasando las otras habitaciones, las hallamos en el mismo desorden, y la ventana de una de ellas, atado un pauelo encarnado de algodn; y en otra habitacin ms interior hallamos un gran cofre descerrajado viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vaco y sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto ganancia; y otros: hallronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aqullas y ste, hallse ser de la marca que mandan las pragmticas; y otros: ac y all esparcidos hallronse seis doblones de ocho y cuatro escudos de cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y efectos se hizo el inventario adjunto y qued entregado de todo el dicho excelentsimo seor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relacin presente de que doy fe. En testimonio de verdad.--_Pero Ponce Lucas._ Librse asimismo testimonio de haber desaparecido: Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Ins Martnez. De las cocinas, el galopn Cosme Aldaba. De la servidumbre de la reina, el paje Cristbal Cuero. Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averigu que la cocinera tena un amante, que se llamaba Juan de Guzmn. Que el paje Cristbal Cuero era el amante de la Ins Martnez. Que el galopn Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con los otros, que haba sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer le haba enviado las cocinas. En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello conocimiento el rey, mand su majestad que esta sumaria pasase un alcalde, el cual alcalde mand que fuesen presos donde fuesen habidos los expresados don Juan de Guzmn, Luisa Robles, Ins Martnez, Cosme Aldaba y Cristbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del cocinero mayor de su majestad. Pero en cuanto la entrada exabrupta del to Manolillo en la cmara de la reina, tomse gracia y la misma Margarita de Austria cambi su enojo en risa. Y en cuanto lo del paje, creyse en lo de la muerte casual y violenta y se le enterr; dironse su madre de orden del rey ciertos maravedises para lutos; dironse otros un capelln para que dijera misas por el alma del difunto y no se habl ms de ello, ni nadie se le ocurri pensar en venenos ni asesinatos. Saban el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufn y Dios, que lo sabe todo. CAPTULO XLIX DE CMO LA DUQUESA DE GANDA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABAN DADO LOS MIEDOS DE SAN ANTN Doa Clara Soldevilla era feliz. Feliz de una manera suprema. Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad. Apenas si haba hecho, desde que haba salido aquella maana de su aposento su marido, ms que pensar en l, sentada en un silln junto al brasero. Ya bien entrado el da crey que era un deber suyo dar parte su padre de lo que le aconteca, y tom la pluma para escribir una larga carta. Pero una vez puesta ello slo pudo escribir lo siguiente: Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado casarme; pero al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don Juan Tllez Girn. No puedo escribiros ms, mi buen padre. Estoy aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendicin, seor, vuestra hija que os ama y queda rogando Dios por vuestra vida.--_Clara_. Cerr esta carta y llam. --Que venga al momento Anselmo--dijo. Presentse poco despus un escudero como de cincuenta aos. --Monta al momento caballo, mi buen Anselmo--dijo Clara--, y ve llevar mi padre esta carta. --Pues qu sucede, seora?--dijo Anselmo cuidadoso, porque era un antiguo criado de la casa. --Sucede que doy mi padre la noticia de mi casamiento. --Cmo! La seora se casa? --Me he casado ya. --De secreto? --No, por cierto; me cas anoche delante de testigos en la capilla real. El escudero se puso plido y no se atrevi preguntar ms. --Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y l no ha venido. En aquel momento entr en el cuarto una dama de la reina que vena de ceremonia. --Ah, doa Mara!--exclam la joven. --Vengo, doa Clara, primero daros la enhorabuena... una triple enhorabuena... qu s yo cuntas enhorabuenas... --Oh! Muchas gracias, seora! Anselmo, vete fuera. Sentos, doa Mara. --No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me enva. Di doa Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se vista como conviene una recin casada que va ser presentada con su marido la corte y tomar la almohada de dama de honor, mientras que su marido toma el mando de la tercera compaa de guardias espaolas. He venido, pues, doa Clara, contenta porque vos debais estarlo mucho. --Oh, s! gracias Dios! --Conque casada? --Anoche... --Y no haber conocido al novio!... Reservada siempre! --En cambio, seora, conoceris al marido. --Pues vestos, vestos, doa Clara; dentro de poco vendrn por vos y por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la duquesa de Ganda representando la reina, como que son vuestros padrinos. Adems, permitidme un momento--y doa Mara sali y volvi entrar trayendo un cofrecillo en las manos--, la reina me encarga que os prendis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy bello... su majestad os ama mucho. --No s cmo pagar su majestad... y siento, siento mucho no poder complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo. --Ah! Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. Y seris tan reservada respecto vuestras galas de novia, como respecto vuestros amores? --Ay, Dios mo, no! Si queris ver antes que nadie esas joyas, os dar gusto. Isabel. Apareci una doncella. --Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sndalo donde yo guardo mis alhajas. Y decs--continu doa Clara--que la duquesa de Ganda vendr por nosotros como madrina en nombre de la reina? --As me lo ha dicho su majestad. --Ved el aderezo de que os he hablado--dijo doa Clara, abriendo el cofre. Doa Mara, que haba sabido con envidia el casamiento de doa Clara con un joven capitn de la guardia espaola, y con disgusto su nombramiento de dama de honor, que las igualaba entrambas, vi con despecho las ricas alhajas que la mostr doa Clara con la mayor lisura, sin alegra y sin orgullo. --Sois completamente afortunada--dijo--, y os repito mis enhorabuenas. Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traa, y me espera su majestad--y sali. Apenas haba salido doa Mara, cuando entr una doncella. --Seora--dijo--, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no acostumbrbais recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que estaba seguro que vos le recibirais. --Cmo se llama ese caballero? --Se llama don Juan... don Juan... --Tllez Girn? --Eso es. --Pues que entre al momento. --Llamo vuestra duea? --No. La doncella sali escandalizada; doa Clara jams haba recibido visitas de hombre. Introdujo, sin embargo, don Juan, y sali. Pero se qued mirando por el quicio de la puerta y su escndalo creci cuando vi que su seora y el joven caballero se asan tiernamente de las manos, y que el caballero se atreva dar un beso su seora. --Oh, qu hermoso y qu gentil vienes, mi don Juan!--dijo doa Clara, mirando arrobada al joven--. Y cmo se conoce la ilustre sangre que te alienta. Yo tambin voy engalanarme, prenderme las hermosas joyas que me has regalado. La doncella, escandalizada, se fu decir los dems criados, al rodrign, la duea y al escudero, que su dama haba recibido solas un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas. Pero cuando estaba en lo ms ardiente de su acusacin fiscal, entr la duea cojitranqueando, y dijo: --Todo el mundo al cuarto de la seora. El mundo todo aquel que se refera la duea, eran un rodrign que ya conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje. Todo el mundo entr con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la joven. Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el sombrero puesto. Como el seor en su casa. Los criados miraban don Juan con asombro. --Amigos mos--dijo doa Clara--, anoche, mientras vosotros dormais, apadrinada por sus majestades, me cas con este caballero... con don Juan Tllez Girn, que siendo mi esposo y mi seor, es vuestro amo. --Sea por muchos aos--exclam el rodrign, que era el ms viejo y el ms autorizado--; que Dios haga muy felices sus mercedes... este es el segundo casamiento que veo en la casa... cuando la seora madre de vuesa merced se cas... --Os di muestras del aprecio en que os tena; yo os las dar tambin; ahora idos; quedos vosotras--aadi, dirigindose las doncellas--; necesito vestirme. Los criados salieron por una puerta, y doa Clara y las doncellas por otra. Quedse solo el joven. Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en l, haba acabado por ser la expresin de su semblante. La fortuna le sonrea; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que haba desesperado los ms peligrosos galanes de la corte; la posea por completo; doa Clara le haba dejado ver todo el tesoro de ternura y de amor de su alma, y le haba dicho embriagada de no sabemos qu deleite: --Vos habis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os habis presentado en tan poco tiempo delante de m, tan hermoso primero, tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble despus, que yo tengo para m que habis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro no hubiera ganado tal vez en aos. Y cuando don Juan la replicaba: --Y si la suerte nos hubiese separado? --No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al recordaros. Y don Juan asa la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la besaba y exclamaba entre aquel beso: --Oh, bendita seas! No poda ser ms feliz don Juan. Y esta felicidad le haba hecho grave. Contribuan, adems, esta gravedad, un remordimiento y una aspiracin. Aquella aspiracin y aquel remordimiento estaban representadas por dos mujeres. La aspiracin era por su madre. Don Juan saba que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre. El remordimiento estaba representado por Dorotea. Doa Clara, despus de haber asegurado, jurado el joven, que nadie amaba ms que ella, no le haba vuelto hablar de la Dorotea. La Dorotea era una cosa pasada, olvidada. Su deber le prohiba volver los amores de la comedianta. Y, sin embargo, don Juan saba que la Dorotea le amaba; que le amaba con toda su alma, que l haba sido para ella una especie de regeneracin; que, en una palabra, en la Dorotea se haba abierto para l un alma tan virgen como la de doa Clara. La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnfica, el tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tena en su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego... digmoslo de una vez, era tan hermosa la Dorotea!... amaba de una manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!... Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no poda dominarle, no poda recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea pasaba al misterio de su madre... Don Juan estaba muy de mal humor. Y cuando se hallaba en uno de sus momentos ms ttricos se abri la puerta, y uno de los pajes dijo: --Seor, la duquesa de Ganda. Don Juan se quit el sombrero, lo arroj precipitadamente sobre la mesa, y sali al encuentro de la duquesa. Doa Juana de Velasco entr vestida, por decirlo as, de pontifical, y contrariada, sumamente contrariada. Su orgullo estaba lastimado. Un mandato expreso de la reina, la obligaba presentarse como madrina en el cuarto de una joven dama de honor, quien, como sabemos, tena ojeriza, quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma. Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer. Lo que por otra parte contrariaba grandemente la duquesa, era que el encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma. As es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto. Don Juan la salud profundamente. --Sois vos el novio, no es esto?--dijo sentndose en un silln y mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado un ayuda de cmara. --S, seora; yo soy--dijo don Juan, templando su acento al tono del de la duquesa, porque en orgullo no ceda nadie--; yo soy el marido de doa Clara. --No os conozco--dijo la duquesa--y, sin embargo, vests como noble y llevis hbito, lo que nada prueba, porque hoy se da todo el mundo una encomienda. --Me llamo don Juan Tllez Girn, seora. --Sois pariente de don Pedro? --Soy su hijo... --Su hijo!... No conozco ningn hijo del duque que se llame Juan. --Soy su hijo bastardo... --Ah! ya deca yo... --Pero es un bravo mozo, est reconocido por su padre--, digo, segn me han dicho--, y ha hecho grandes servicios su majestad--dijo un caballero que acababa de entrar. --Ah! sois vos, don Gaspar?--dijo la duquesa con sobreceo. --Psame mucho, mi seora doa Juana--dijo el llamado don Gaspar--, de que su majestad se haya acordado de m para representarle en este padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el mismo objeto. Ya s que no me queris bien, y lo siento, porque yo os estimo. La duquesa se mordi los labios y no contest. --Y esa hermosa seora?--dijo el conde de Olivares dirigindose al joven, y le di la mano. [imagen: El Conde de Olivares.] --Se viste en este momento, seor conde--dijo don Juan. --Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecer un cielo. Os doy la enhorabuena, amigo, y veo que no me habis olvidado. Hace tres das ignorbais... creo que ignorbais... --Ciertamente, seor conde. --Pero no os habis olvidado de m... me alegro... soy vuestro amigo... nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos su majestad. Y... vuestro to?--aadi sonriendo el conde--. Pobre Francisco Montio! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debis olvidar eso y tender las alas, que las tenis poderosas. Aprovecho esta ocasin para ofrecerme todo entero vos; despus que con vuestra esposa hayis sido presentado la corte, el capitn general de la guardia espaola y yo os presentaremos vuestra brava compaa de arcabuceros. --Gracias, seor conde. --Pero me parece que vuestra esposa se acerca. En efecto; se levant un tapiz y apareci doa Clara, radiante de galas y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura, llevaba un magnfico aderezo completo. --Seora duquesa! seor conde!--exclam la joven dirigindose ellos--cunto siento haberos hecho esperar! Pero de repente doa Clara se detuvo. Los ojos de la duquesa de Ganda estaban fijos con espanto en ella. Doa Juana de Velasco estaba plida y temblaba. --Qu joyas tan hermosas!--dijo--; sobre todo... ese collar de perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese relicario... La joven se acerc la duquesa. Doa Juana volvi el relicario. Su mano temblaba. --Quin os dado esas joyas?--dijo en voz baja y rpida doa Clara. --Mi marido, seora--contest en voz muy baja y profundamente conmovida doa Clara. --Y sabe vuestro marido?... sabis vos?... --S; sabemos que por estas joyas puede conocer su madre. --Ah!--exclam la duquesa dando un grito, y retirndose bruscamente de doa Clara. --Qu es eso, mi buena duquesa?--dijo con gran inters el conde de Olivares. --Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero--aadi dirigindose Juan--, queris darme vuestro brazo?... apenas puedo sostenerme... y sus majestades esperan. --Ah! seora--contest don Juan turbado y conmovido, porque el acento de la duquesa haba cambiado enteramente para l. Y la di el brazo. Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Ganda. Doa Clara tena los ojos llenos de lgrimas. --Qu sucede aqu?--murmur don Gaspar de Guzmn dando el brazo doa Clara. Y sigui hacia una puerta por donde se haba llevado la duquesa de Ganda don Juan. Se dirigan por el interior de las habitaciones la cmara pblica de audiencia. La duquesa iba de prisa. Al pasar por una galera obscura, la duquesa, que iba muy delante del conde de Olivares y de doa Clara, dijo con acento cortado: --Por piedad, caballero, no me engais; por qu habis querido que vuestra esposa se ponga esas joyas hoy? --Porque... va ser presentada la corte, y en la corte puede estar mi madre--dijo balbuceando el joven. --Y amis mucho vuestra madre?--dijo llorando la duquesa. --Por Dios, seora! por vuestro honor!... vamos salir los salones. --Ah!--exclam la duquesa. Y detenindose de repente, asi la cabeza de don Juan y le bes en la boca. Despus apresur el paso. Cuando sali los salones, se mostraba serena; pero severa, sombra. Poco despus los novios y los que representaban como padrinos los reyes, fueron presentados stos. Despus doa Clara tom la almohada de dama de honor. Cuando el conde de Olivares se llevaba don Juan para presentarle su compaa de arcabuceros de la guardia espaola, la duquesa le dijo: --Espero que iris, en cuanto estis libre, con vuestra esposa mi casa. --Ir, seora, ir. Y el joven sali. CAPTULO L DE CMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO UNO DE SUS ASUNTOS Cumpliendo lo que haba prometido la duquesa, don Juan y doa Clara salieron una hora despus del alczar en una litera. Era la litera enorme. Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban vacos. Entrambos iban silenciosos y pensativos. De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba la mula delantera: --Eh, conductor de venturas! para, para, que la desdicha te lo manda! El lacayo par. Una cabeza asom la portezuela, y una mano toc los cristales. Don Juan abri la portezuela. --Es decir, que quepo?--dijo don Francisco de Quevedo. --Donde quiera que estemos nosotros, cabis vos; pero entrad, que llueve. --Desde que llegu Madrid, que fu el mismo da que llegsteis vos--dijo Quevedo entrando--, no ha cesado ni un punto de llover; hambre tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando, y espantado y sin sueo aunque no duermo. A dnde vais? --Casa de la duquesa de Ganda. --Vais casa... de la duquesa?...--dijo Quevedo con acento hueco doa Clara. --Yo no he tenido la culpa--dijo la joven. --Cmo! de qu no has tenido t la culpa, Clara ma?--dijo don Juan. --Don Francisco lo sabe todo. --Cmo! sabis!... --S por cierto, s... Y Quevedo se detuvo. --S, sabe que la duquesa de Ganda es... tu madre... --Os ha dicho acaso mi padre?... --S, s... vuestro padre... eso es...--dijo Quevedo, que no quera que don Juan supiese que el to Manolillo conoca aquel secreto. --Mi padre ha hecho mal...--dijo don Juan. --Joven!--exclam severamente Quevedo--; secretos hay entre vuestro padre y yo que importan tanto, como que l es el duque de Osuna, el grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo no fuera secretario de secretos, no secreteara, y si el duque no tuviera secretos, no me tendra por secretario, y, por ltimo, tan duque soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dir y ya veremos, y pasemos otra cosa. Cmo est su majestad la reina? --Buena y contenta--contest doa Clara. --Y no est plida? --Nunca ha tenido ms hermosos colores. --Pues que paren la litera. --Pero yo no os entiendo--dijo don Juan. --Entindome yo; vime donde iba, y adis. Y abri la portezuela. --Para--dijo al lacayo. La litera par, sali Quevedo, se emboz en su capa y ech andar. Cerr don Juan la portezuela, y la litera sigui. Quevedo, pisando lodos, atraves con pena algunas calles, se detuvo en una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entr. Poco despus, una doncella deca la condesa de Lemos: --Don Francisco de Quevedo! --Haced, seora, que me den tintero y papel--dijo Quevedo entrando. --Os lo dar yo--dijo la condesa--. Pero qu es esto, amigo mo?--dijo cuando quedaron solos. --Esto es, que como no tengo ms casa que la vuestra, ni ms alma que vuestra alma, aqu me vengo hacer mis cosas; por delante, es decir, por el zagun, cuando es de da; por detrs, cuando es de noche. Vos me fortificis y me consolis... y yo me convierto en nio para vos; pero dejadme que sea por algn tiempo hombre y cumpla con mi obligacin; que escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me espere. --Cmo! os vais, don Francisco? --Y me alegro. --No digis eso, porque creer... --Debis creer que os amo mucho. --Tenisme vuestra.... --Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo ma, os lo digo: que si yo no os amara... Od: el alma... lo que se llama alma, tiene ms de una corcova. --No os entiendo. --Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es enderezar su alma. --Ah! --Si vos no furais quien sois... --Don Francisco--dijo la condesa--, mirarlo debsteis antes; vos me casteis como llovido. --En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. As estoy yo de calado; el agua me llega ya las narices, y poco ms me ahogo. Pero dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este diluvio, dejadme que fabrique mi barca. --Y esa barca... --Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y habos de salvar por mi huda, y ms han de salvarse ciertos recin casados, que no andan muy seguros... --Conque es cosa decidida?...--dijo de mal talante la condesa. --Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algn loco ha de haber con barruntos de juicio. Si slo se tratara del conde mi seor... merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doa Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie; bscanse, se juntan, se acarician, por ms que los cuerpos que las aprisionan anden lejos... y la memoria... bendiga Dios la memoria, consuelo de desterrados!... --Tormento de mal nacidos... --Por mal nacida os tenis? --Mal nace quien nace para penar. --Penrais ms mi lado; escorpin nac... hortiga crezco... hiel lloro... ponzoa respiro. Maldicin debo de tener encima, que si escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera Dios razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para m que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por el olor poco que se me trate. Tomad sueo lo que ha pasado, seora, como yo lo tomo locura y maldicin ma, y entendedme y no me digis que no os amo, que al revs de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta arreca y el puerto est lejos, y no por m, sino por otros, piloto me meto. Dadme, pues, papel, no lloris, que tragos de hiel son para m vuestras lgrimas, y si me provocis beberlas, matranme, porque olvidar mi propsito y todo se llevar el diablo y no hay para qu tanto. --Pluguiera Dios que nunca hubirais venido!--dijo la de Lemos levantndose y sacando papel de un cajn. --Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba. La condesa no contest; fuse al hueco del un balcn y se puso llorar de espaldas Quevedo. Quevedo escriba entre tanto al duque de Osuna lo siguiente: Seor: Con ansias os escribo, y bien podis creerlo cuando yo lo afirmo, que ya sabis que en lo de _garlar_ soy duro, y no se me pone tan fcilmente en el _ansia_. Pero tal se ensaa conmigo mi suerte pecadora, que tengo para m que tendr que irme un desierto, y aun all, ya que no haga dao las gentes, se lo har las piedras. Vneme Madrid desde San Marcos, no sin algn escrpulo inapetencia, porque no ha habido vez en que yo haya vuelto Madrid desde que sal de l aventuras, que no me haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topme con vuestro hijo, y hallle ya tan enredado y tan en palacio metido y tanto puesto, que me entr miedo de si podra desatollarlo, y esta es la hora, en que no slo desatollarlo no he podido, sino que con l atollado me veo, y eso que an no hace tres das cabales que entrambos estamos en la corte; tal turbin de enredos ha cado sobre nosotros, que estoy enredado y aun con telaraas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por ms que restrego no aprovecha. Punz el mozo, y de tal manera, que de la punzadura anda Caldern en un grito, boca arriba en el lecho, con un ojal en el costado que por poco es de pasin, lo que dudo mucho que llegue ser de escarmiento. Salvse por la caa la reina, que no menos que la reina anda en el lance, pero fu salvacin de comedia de sustos, que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quin es su padre y sbelo la corte, y sbelo todo el mundo, y lo nico que ha sucedido derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con buena ventura, anoche le cas la reina con la hija del coronel Ignacio Soldevilla, que por ah anda las rdenes de vuecencia en los tercios de Npoles. Y lo que ms de espantar es, que siendo ella una dama de acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo hubiera nacido para amarle, y est loca y encariada con l, y l no acertando mirar ni ver ms que su doa Clara. Vive Dios que los chicos me dan envidia, y que ser gran lstima que tanta miel se acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, ser el apartar de la corte al recin casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos marchemos de aqu todos; que vos, seor, lo conseguiris con escribirle, y l se apresurar obedeceros, que en cuanto m, he hecho cuanto he podido, metindome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo ms, y vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes logre yo poder decir vuecencia lo que no es para escrito, sino para relatado, y aun as en voz baja y puerta cerrada. Rstame por deciros, que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honrara, y que es gran pena, que en vez de ser hijo trasmano, no lo fuese de mi seora la duquesa doa Catalina. Y como me tarda que sta llegue manos de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.--Guarde Dios vuecencia. DON FRANCISCO DE QUEVEDO. Pleg esta carta, la cerr, y se fu hacia doa Catalina. --Lloris?--la dijo. --No os basta que os esconda mis lgrimas--dijo la condesa--, sino que vens buscarlas? --Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, quien no llorar nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan de mi pecho las lgrimas que me hinchan. --Pero no volveris? --No. --Pues... adis... --Adis... La condesa se qued llorando; Quevedo sali atusndose el bigote distrado. --Si me ama--dijo--es feliz y no hay por qu dolerse... si no me ama, otro vendr y le enjugar los ojos. Y haciendo un nuevo ademn que poda traducirse por la frase: _adelante_, enrgicamente pronunciada, sali paso lento de la casa. Quevedo haba tomado su resolucin, y dejaba abandonado tiempo un instrumento que ya no le serva. CAPTULO LI EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HROE DE NUESTRO CUENTO El padre Aliaga sali del alczar inmediatamente despus de haberse turbado de una manera tan extraa, por el to Manolillo, el almuerzo de la reina. El confesor del rey estaba aturdido con lo que le aconteca. El bufn haba llegado hacerse para l un gigante. Aquel hombre haba ledo en su alma. Aquel hombre haba visto su fondo tenebroso. Adems, el hombre que se haba credo amado por la reina, don Juan Tllez Girn, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que se haba casado con doa Clara Soldevilla para cubrir acaso Margarita de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roa el alma del padre Aliaga. Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso. Y los celosos desconfan de todo, y aun en el mismo sol ven sombras. El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor. Porque tena celos. De modo que, el msero de Francisco Martnez Montio, estaba constantemente pagando pecados de otros. El alguacil del Santo Oficio le haba llevado en derechura al convento de Atocha, le haba metido en la celda, y se haba quedado guardndole por fuera. Cuando se vi all Montio, respir un tanto. --Vamos--dijo--, estos son asuntos del inquisidor general. Pero y mis asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y haba en mi casa un no s qu... yo estoy en ascuas... y cunto tarda el padre Aliaga! Dios mo! Y el pobre Montio tuvo que esperar ms de tres horas, esto es, desde las ocho hasta las once, sin atreverse moverse del rincn de una de las vidrieras de los balcones de la celda donde se haba pegado, viendo cmo caa el agua continua sobre la tierra de la huerta. El ver llover da tristeza. El cocinero mayor, que tena ms de un motivo para estar triste, se puso ms triste an. Sus monlogos fueron tomando un no s qu de insensato. Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazn del cielo, como si ella hubiera tenido una relacin directa con el nublado que envolva su alma. Acab por adormilarse, que no eran para menos la inaccin en que se encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y su cocina, y el lento, contnuo, incesante rumor de la lluvia. De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoy fuertemente en su hombro. Encontr delante de s al padre Aliaga. Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino un varn plido, ceudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenan all en su fondo algo que hizo temblar Montio. --Por qu no me trajsteis anoche el cofre de que hablamos?--le dijo. --Porque me lo robaron!--exclam todo lagrimoso, asustado y empequeecido el cocinero mayor. --Que os lo robaron! --S, seor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo robaron... es decir, s me lo robaron... --Tranquilizos, Montio, porque estis diciendo disparates. --Es que vuestra seora me est mirando con unos ojos... El padre Aliaga comprendi que el cocinero mayor estaba bastante asustado para que fuese necesario asustarle ms, y que seguir asustndole sera dar motivo que no dijese una palabra con concierto. --Vamos, vamos; no os he hecho venir... --Perdone vuestra seora; me han trado preso. --Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para que vinirais. No pretendo haceros mal alguno. --As fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres das todos me estn haciendo dao. --Tranquilizos, que yo os proteger contra todos. --Y mi mujer y mi hija? Y el galopn Cosme Aldaba? Y don Juan de Guzmn?--dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo. --Ya hablaremos de eso. Sentos aqu, junto al fuego, que hace fro, y si tenis apetito pedir de almorzar. --No; no, seor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si no me encuentro al to Manolillo que me anim... --Ah! habis almorzado con el to Manolillo? --S; s, seor... el to Manolillo iba que centelleaba tras la comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de Guzmn y se meti con ella en casa de doa Ana de Acua. El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese por clculo, vomitaba todo lo que saba. --Ah!--dijo el padre Aliaga, cuya fisonoma haba vuelto ser impenetrable y benvola--conque esa comedianta entr con el sargento mayor en casa de doa Ana? --S, seor. -Y el to Manolillo? --Se entr conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos. --Y luego? --Luego, el to Manolillo se fu la casa de doa Ana, llam... --Luego conoce?... --Debe conocer, porque le abrieron. --Y vos?... --Yo me fu al alczar: llegaba l, cuando me prendieron. --Os trajeron... Montio. --Yo digo que me prendieron, y aunque alegu que tena que estar la mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el alguacil que me prendi, slo me dej dar una vuelta por las cocinas, y llevar mi casa el cofre, el famoso cofre, que haba dejado en una portera por irme con el to Manolillo. --Pues no decais que os haban robado el tal cofre? --S; s, seor; me lo robaron. --Y cmo le recobrsteis? --No le recobr yo. --Pues quin fu? --Ese caballero, que no s por qu razn acert venir con dos amigos por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre. --Don Juan Tllez Girn! --Ah! sabis ya cmo se llama? --Anoche le cas. --Que le cassteis! --S, con doa Clara Soldevilla. --Pero, seor, ese mancebo ha cado de pies en la corte, todas le aman. --Sigamos, sigamos--dijo el confesor del rey con voz ronca--. Le cas, y al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Tllez Girn. --Como que lo saba... como que abri el cofre y dentro encontr papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda nicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llev. --Y por qu no vinsteis? --Tena miedo. --Qu hicsteis, pues? --Me volv palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi obligado meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me entraron, en una muy mala casa, seor, donde me dieron un jergn muy malo, y pas una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen precio... desdichas y ms desdichas... y cuando crea que iba descansar, he aqu que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me asust, seor, porque sin que os ofendis, el nombre del Santo Oficio mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda. --De aqu saldris libre y favorecido: pero me habis de hablar con verdad. --Os dir cuanto sepa y ms que supiere trueque de que me amparis, que bien he menester de amparo. --Antes de ir por el cofre consabido para traerle, dnde estuvsteis? --En el convento, por la carta de la madre Misericordia. --Y luego? --Fu casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa. --De modo, que?... --Tengo todava en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el duque, y otra carta de la misma madre para vos. --Dadme, dadme. --Tomad, seor. El padre Aliaga abri la carta dirigida l, y encontr todo el frrago que nuestros lectores conocen. --Ah! ah!--dijo el padre Aliaga para s--; conque la de Lemos y Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? se aman! Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de la reina! El padre Aliaga se qued profundamente pensativo y guard la carta de la abadesa. --Llevaris esta otra al duque de Lerma--dijo el padre Aliaga devolviendo Montio la carta que la noche antes haba escrito la madre Misericordia para su to, bajo la presin del temor causado en ella por el Santo Oficio. El cocinero se levant sbitamente, porque le tardaba en verse en libertad. --Esperad, esperad todava. Montio volvi sentarse con pena. --Cualquier cosa que os suceda, la remediar yo, y si no puedo remediarla, procurar satisfaceros lo mejor posible. --Ah! seor! Dios se lo pague vuestra seora! --Para cundo ha citado doa Ana de Acua al duque de Lerma? --Al duque de Lerma, no--dijo en una suave advertencia el cocinero. --Al rey... eso es... es lo mismo... cundo debe ir el duque de Lerma hacer el papel del rey en casa de esa mujer? --Tengo que avisarla. --Id llevar esta carta al duque. Montio se levant de nuevo. --Si el duque os enva casa de doa Ana, avisadme. --Avisar vuestra seora de todo. --Y como vivs en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese posible de cuanto haga ese don Juan. --Servir fielmente vuestra seora. --Y como os quejis de haber hecho gastos... --Yo no me he quejado, aunque los he hecho... --Tomad. El padre Aliaga abri un cajn y sac un centenar de escudos que di al cocinero. --Ah! seor!--dijo Montio--; yo no tomara esto, si no fuera porque estoy pobre. Y en aquellos momentos el cocinero mayor deca la verdad sin saberlo. --Id, id, que el da avanza, y tal vez os busquen. --No lo quiera Dios: y puesto que vuestra seora no me necesita, voy... voy dar una vuelta por mi casa... --Id con Dios. Montio sali desolado. A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llova, de que el terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el convento de Atocha palacio, Montio recorri aquella distancia en pocos minutos. Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanz por las escaleras ms prximas y subi saltos los peldaos. Cuando lleg su puerta, llam. Nadie le contest. Volvi llamar y sucedi el mismo silencio. Entonces vi lo que en su apresuramiento, en la turbacin, no haba visto. Un papel pegado sobre la cerradura, en que se lea en letras gordas, lo siguiente: NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEOR Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en l tan terrible efecto como le caus la vista de aquel papel. Pero de repente se seren y solt una carcajada insensata. --Vamos, seor!--dijo--he perdido el tino; en vez de venirme mi casa, me he venido otra puerta. Y sigui el corredor adelante. Pero medida que adelantaba se convenca de que estaba en el corredor de su vivienda. Entonces volvi sobrecogerle el terror, y se volvi atrs, y volvi llamar, pero de una manera desesperada. --S, s!--exclam--; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie en l, y luego este papel sellado; Dios mo! El cocinero mayor se agarr con entrambas manos la cabeza, como pretendiendo que no se le escapara, y de repente di correr y se entr en la cocina. Oficiales, galopines y pcaros, hablaban en corros. De repente, una voz desesperada, horrible, llam la atencin de todos. Aquella voz haba gritado con una entonacin que parta el alma: --Dnde est mi mujer? dnde est mi hija? Por el momento nadie le contest. Al fin, uno de los oficiales de ms edad adelant y le dijo: --Seor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor. --Pero qu ha pasado?--grit con ms desesperacin, con ms miedo, con ms horror Montio. --Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y robado. --Robado! Y aquel robado, no fu un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco, porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el terror, la muerte, el fin de todo, la agona, cuanto puede sentir y sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor. Luego dej caer los brazos y la cabeza, y repiti aquel _robado!_, pero de una manera ronca, grave, semejante la preparacin del rugido del len. Y luego, llorando como un muchacho quien han roto su botijo, y teme la clera de su madre, repiti la frase robado! y di correr sin saber dnde, como un gato espantado, tropezando en todo, dndose en las paredes. De repente se sinti asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado dentro de un aposento. Luego se oy la llave de una puerta, y le arrastraron otro aposento. Y al fin Montio se vi delante del to Manolillo, que con los ojos como brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la cual haba algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el caparazn de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba. --Rezad Dios por el alma de un difunto!--exclam con voz concentrada el bufn--rogad Dios! cocinero de su majestad. --Cosme Aldaba!--exclam Montio, y cay de rodillas y con las manos juntas los pies del bufn. CAPTULO LII DE CMO EMPEZ SER OTRO EL COCINERO MAYOR Un clavo saca otro clavo, se dice vulgarmente. Un nuevo terror disip el anterior terror de Montio. Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del to Manolillo, le devoraba, le morda, le magullaba el alma, por decirlo as. Plido, contrado, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos, desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos, erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que senta; detrs de aquella perdiz verde vea un cadver... el cadver de la reina, y detrs del cadver de la reina, los dos palos escuetos y rojos de la horca. --Infame Cosme Aldaba!--exclamaba con un acento indefinible--. Infame Cosme Aldaba!... l ha sido!... yo no!... yo no!... no he parecido por las cocinas en dos das! --Pero habis sido ciego... miserablemente ciego!...--exclam con acento de desprecio y de clera el bufn--habis sido ciego, y por vuestra ceguera ese infame Guzmn ha podido volver loca vuestra esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por vos... por haber sido tonto. --Oh Dios mo! pero su majestad... --Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina--dijo el bufn. --Pero ese difunto... ese difunto de que hablbais?...--dijo Montio levantndose. --Ha sido un paje. --Ah!--exclam el cocinero--un paje!... --S, un paje que se ha comido las pechugas que haban quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga. --El padre Aliaga est perfectamente bueno--exclam con alegra el cocinero mayor. --Que est bueno el padre Aliaga?... --S, acabo de hablar con l! --Y la reina?... yo no me he atrevido preguntar... no me he atrevido hablar... pero el alczar est tranquilo... oh! si hubiese querido Dios que el golpe se hubiese frustrado!... --S, s, Dios lo habr querido!...--exclam el cocinero--porque Dios no querr que nos ahorquen inocentes! La horca era el pensamiento fijo de Montio. --Que nos ahorquen! No, no puede ser! se ha perdido el rastro. --Que se ha perdido el rastro, y tenis ah en esa escudilla los restos envenenados de la perdiz! --Tenis razn, tenis razn, Montio--dijo el bufn-; pero esto desaparecer, desaparecer, yo os lo juro. Y yendo un negro fogn que le serva para condimentar su pobre comida, el to Manolillo hizo fuego, y puso sobre l la escudilla de madera con los restos de la perdiz. --Y no queda ms seal que esa?--dijo el cocinero viendo arder con ansiedad la escudilla. --No... el veneno slo queda ah... y en las entraas del paje muerto... Pero, segn he odo, se han llevado el paje la parroquia sin que nadie sospeche; cuando le hayan enterrado.... --Oh Dios mo! Dios mo! Pero mi mujer! Mi hija! --An amis vuestra mujer?... --No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La miserable... la desagradecida... yo que la haba sacado de la miseria... y luego el hijo que lleva en el seno... --Vos nunca habis tenido hijos. --Cmo! No es hija ma Ins? --Vuestra primera mujer os enga, como os ha engaado la segunda. --Dios mo! Dios mo! --De modo que debis alegraros de que se os haya escapado. --Pero se ha escapado robndome!...--exclam en una de sus acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor. --Bah! consolos; ya tendris algn dinero empleado por ah. --No tengo ni un slo maraved... haba pensado retirarme. --Segn me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontr en vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de hierro, y que no se atrevieron llevarse por su tamao, en poder del mayordomo mayor. --En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!--exclam con una rabia angustiosa el cocinero mayor--; me roban m, encuentran su dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle l. Dios mo, Dios mo! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo. --En primer lugar, don Juan Tllez Girn, vuestro sobrino postizo, os debe todo lo que es. Vos habis sido la causa de las casualidades que le han hecho esposo de doa Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qu s yo qu ms cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que contena, ya no queda rastro por aqu del veneno... el alczar se me cae encima; salgamos... salgamos de aqu, Montio. --Llueve que es una maldicin. Llova cuando lleg Madrid mi sobrino... quiero decir, don Juan Girn; y yo tengo para m que mientras llueva no cesarn las desdichas. --Ya veremos dnde nos metemos. Arreglos los cabellos y el vestido, que los tenis desordenados, ponos la capa y el sombrero, y vamos. Psose el bufn una caperuza, envolvise en una capilla, sali de su aposento con Montio y cerr la puerta con llave, murmurando: --Ah te quedas, terrible secreto; t, aposento miserable del bufn, no hablars, como tampoco hablar la tumba del paje. Vamos, Montio, vamos; pero dnde vais? --A las cocinas. Queris que cuando me veo arruinado, abandone el nico recurso que me queda? --Dios ayude al bolsillo de su majestad! --Otros diez aos de cocinero, solo, triste, viejo!... Otros diez aos para reunir la dcima parte de lo que me han robado!--exclam Montio con desesperacin. Y no habl una palabra ms hasta llegar las cocinas. Ni all habl otras palabras, que las referentes al servicio. Lo mir todo, lo inspeccion todo, di rdenes, y todos le escucharon con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque pesar de que el desdichado no deca una sola palabra de su desgracia, ni nadie se atreva recordrsela, su rostro estaba espantoso. Se pintaba en l no slo una desesperacin profunda, sino el principio de una insensatez horrible. Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas haban como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habase afilado su nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repeta una misma orden, iba de ac para all, volviendo siempre un mismo punto. Hasta su voz se haba alterado. Cuando sali, el oficial mayor dijo en medio del silencio general: --Pobre seor Francisco! est loco! Y aquella palabra _loco_ retumb fatdicamente en las cocinas, repetida por todos. Entre tanto, Montio deca, asindose al brazo del bufn: --Vamos donde vos queris--le dijo--; afortunadamente entre tanta desgracia la vianda del rey est lista, no falta nada y... no me despedirn... tendrn lstima de m... --Infeliz!--murmur enteramente desarmado el to Manolillo. Y entrambos, en silencio, se encaminaron la salida del alczar. CAPTULO LIII EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFN DEL REY El to Manolillo haba aceptado la situacin. Haba comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse s mismo, y se haba dominado. Para dominarse haba hecho el siguiente raciocinio: --Segn todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni mata ni daa... podr suceder que la reina... pero en fin... y qu me importa m la reina? qu favores la debo? he cumplido con lo que Dios me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo ha sido por excusarme de un proceso... de una prisin... de un tiempo perdido durante el cual no podra velar por Dorotea... por ella, que es todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi pensamiento nico... la que me he sacrificado, que es desgraciada... no, no; yo he debido conservar mi libertad todo trance... he hecho bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca... Guzmn, el incitador de este crimen, est muerto... no puede traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero Dorotea. Francisco Montio podr darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo... es necesario que yo utilice este nombre... que le ayude... para todo esto debo estar muy sobre m... pues sobrepongmonos todo. Despus de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufn tom su aspecto vulgar, su aspecto de todos los das, como podramos decir. Pero no aconteci lo mismo Montio. Continuaba desencajado, contrado, fuera de s. Bastaba ver su semblante para comprender su situacin. --Mi dinero! mi mujer! Esta era la exclamacin que de tiempo en tiempo se escapaba de sus labios. Hcuba, la desventurada esposa de Pramo, la madre sin hijos, la reina esclava, no tuvo nunca el corazn tan desgarrado como lo tena en aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe III. Cuando salieron del alczar, continuaba lloviendo ni ms ni menos que como tres das antes de entrar don Juan Girn en Madrid. Montio no sinti la lluvia. Pero el bufn, que tena sobre s un dominio inmenso, apresur el paso para ponerse cuanto antes cubierto de ella. El cocinero mayor se qued atrs. --Eh! seor Francisco!--dijo el bufn--; en qu pensis? andad de prisa, amigo mo, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el tiempo... y sobre todo... si queris que se os haga justicia... --Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; Dios la pido! Dios clamo por ella!... y estar clamando hasta que la consiga... --Pues aligerad. --A dnde me llevis? --A casa de otra alma desconsolada. --No hay alma ms desconsolada que la ma. --Quin sabe, Montio! quin sabe! pero andad, andad. --Y quin es esa otra alma desconsolada? --Una mujer que est enamorada de vuestro sobrino. --Ah! y quin es? --La Dorotea. --La querida del duque de Lerma! --Eso es. --Y esa mujer...! --Est loca por don Juan. --Y esa mujer puede...? --Ya lo creo... pero si os ayuda, ser necesario que vos la ayudis. Y el rostro del bufn, al decir estas palabras, tena algo de terrible. --Vamos, pues, vamos--dijo Montio alentando una esperanza--; y est muy lejos la casa de esa comedianta? --No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo. --Pues he aqu que estamos en la plazuela de Santo Domingo. --Y dentro de poco estaremos su puerta. En efecto, poco despus el bufn llamaba la puerta de la Dorotea. Sali abrir Casilda. --Oh! bien venido seis, to Manolillo!--dijo la joven--; no sabamos qu hacer con la seora; est terrible. Entrad, entrad. Pero quin es ese que viene con vos? --Es un amigo. --No creo que est la seora en disposicin de que nadie extrao la vea. --No importa! no importa! entrad, seor Francisco, entrad--dijo el bufn viendo que Montio se haba detenido al escuchar la observacin de la criada. --Vamos juntarnos dos locos, por lo que veo--dijo entrando Montio. Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las mesas. Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnfico equipaje de comedianta pagado por un gran seor. --Ah!--dijo Montio--, bien se conoce que aqu no ha habido ladrones. La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de ac para all plida, sombra, llorosa, sin acuerdo de lo que haca, obrando maquinalmente, irritada, poseda por una pasin tremenda. No vi ni al to Manolillo ni Montio. El bufn adelant, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie, inmvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con el otro brazo abandonado lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de una estatua pagana, representando una mujer maldecida por los dioses y meditando de una manera terrible, blasfema impa, sobre la causa de su desgracia. El bufn se acerc ella. --En qu piensas, hija ma?--la dijo. --Yo no s!--contest con acento de desesperacin Dorotea. --Pero estos cofres, estas ropas! --Es necesario huir de aqu... --Huir! y dnde?... --A dnde? No lo s! no he pensado en ello! Guard un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolucin terrible: --S; s, s dnde! un lugar donde pueda ocultarme!... donde nadie sepa que estoy!... pero cerca de l! cerca de ella! un lugar desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa, envuelta en mi manto... sola con mi venganza! No s dnde! pero no importa! cuando haya vendido todo esto!... lo estoy sacando de los cofres para venderlo!... cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis diamantes, estn reducidos dinero!... porque para vengarme es menester dinero!... entonces!... entonces!... saldr de esta casa... y encontrar donde ocultarme! oh! s! villano! infame! hacerme conocer el amor y abandonarme! --Pero no os ha robado!--dijo el cocinero mayor, que tena el amor propio de creer que era la suya la desgracia mayor que poda acontecer un mortal. --Que no me ha robado?--grit Dorotea clavando en Montio una mirada resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor--, que no me ha robado? y mi alma? y mi corazn? --Os queda lo menos dinero para vengaros. --Vamos, vamos--dijo el bufn--; esto es una locura, Dorotea... t no has pensado, t no has meditado. --Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha casado con otra... --Debes, pues, despreciarle. --No se desprecia lo que se ama. --Lo mismo digo yo--exclam Montio. --Vos estis sentenciado no decir nunca ms que necedades. Qu tiene que ver lo que vos os sucede?... --Pues poda sucederme ms!... mi mujer, mi hija... --Cmo!--exclam Dorotea--; vos tambin, pobre seor, habis sido ultrajado... abandonado... insultado?... --Oh! s; s, seora--dijo plaideramente Montio--; abandonado... ultrajado y robado. --Vengos!--exclam roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y continuando en su exhibicin de trajes de los cofres las sillas. --No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero... --Quin es ese?--dijo la Dorotea escandalizndose de que un hombre en tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor. --Es Francisco Martnez Montio--dijo el bufn. --Cmo! su to! --To de quin?--exclam el cocinero... --De Juan Montio. --De don Juan Tllez Girn, querris decir, seora--dijo el cocinero mayor. --De Juan Montio digo--repiti con impaciencia la Dorotea. --Juan Montio, hija ma--dijo dolorosamente el to Manolillo--, es don Juan Tllez Girn. Una palidez biliosa, lvida, terrible, cubri las mejillas de la comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembl toda, y exclam con acento opaco: --Conque me ha engaado!... conque me ha mentido!... ya lo sospech yo!... Quevedo le trajo ayer mi casa... s, s, veo claro... muy claro... ya se ve!... como yo soy... era la querida del duque de Lerma!... oh! han querido tener en m un instrumento!... ese maldito don Francisco, que lee en el alma... que adivin que yo me enamorara de l... que me volvera loca por l!... oh! quin haba de creer que Quevedo fuese tan villano? oh! quin haba de pensar que un joven de mirada tan franca y tan noble, sucumbira tal bajeza... tal crimen?... enamorar una pobre mujer que vive tranquila, resignada con su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente... matarla el alma!... oh! qu crimen, qu crimen... y qu infamia! Es necesario que aunque yo me pierda se acuerde de m! Es necesario que yo me vengue!... --S, es necesario que te vengues--dijo el bufn, que enloqueca por Dorotea--; si no es necesario que me vengue yo... --Vos!--exclam la joven--; os ha hecho tambin desgraciado ese hombre! --Oh! s, muy desgraciado! --Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la ma--dijo Dorotea, que tena el doloroso egosmo de creer que su desgracia era la mayor de las desgracias posibles. --Oye!--exclam el bufn, asiendo de una mano Dorotea--; oye... y oye t sola--aadi llevndosela al hueco de un balcn, mientras Montio, desvanecido por lo que suceda, se dejaba caer sin fuerzas sobre un cofre cerrado an--: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo, viento, nada, comparadas con las mas. Y la mano del bufn estrechaba ardiente y calenturienta la mano de Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que sala una respiracin ronca, asomaba ligera espuma blanca. La joven se aterr al ver el aspecto del bufn, y quiso desasirse. --No, no; escucha--dijo el bufn--; es necesario que escuches: es necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario que lo conozcas para que comprendas que, pesar de lo que acontece, de lo que te desespera, de lo que te hace creerte la ms desventurada de las criaturas, tu infierno, comparado con el mo, es la gloria; tu amargura, comparada con la ma, es miel; tu desgracia, comparada con la ma, es una ventura envidiable. Y la voz del bufn al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi imperceptible, y pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las entonaciones, todas las gradaciones de la pasin. Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasin viva. --Oye, la dijo el bufn--: yo amo. Y pronunci de tal manera estas palabras, mir de tal manera al pronunciar estas palabras la joven, que sta no pudo dudar que era ella quien de una manera tan terrible amaba el bufn. Y ahog un grito de espanto, y quiso desasirse. Pero el to Manolillo la detuvo. --Yo amo--repiti con acento ms concentrado--; amo con toda la desesperacin de Satans; mi amor es ms ardiente, ms terrible, ms atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las entraas, es un tsigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado que no puedo arrancarme. El bufn se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto haba enronquecido. --Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la arrebat de los brazos de su infame padre. --Mi padre!--exclam Dorotea. --El padre de aquella nia era un monstruo: la llevaba consigo para abandonarla; aquella nia sin m hubiera ido al hospicio... --Ah! --Yo fu para la desdichada madre de aquella nia un hermano: com pan seco y duro, dorm sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viv en una calurosa buharda en el verano, llev mi racin entera, y mi soldada entera de bufn, aquella pobre madre abandonada, y cuando poco despus muri, empe mi soldada por muchos meses para comprarla un nicho en el panten de la parroquia, donde durmiese tranquila. --Ah!--exclam Dorotea. --La misma noche en que enterraron Margarita... oye... oye bien, Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas or una cosa horrible--y el rostro del bufn tom toda la terrible expresin de un condenado--: cuando tu madre... --Oh! no me haba engaado!--exclam la joven. --S... s... tu madre... pero ms bajo, ms bajo... no ves que yo devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugira?... cuando tu madre estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincn, en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecime que me quedaba solo en el mundo... no haba amado nunca... --Amsteis mi madre! --La am... oh! s, como yo poda amar una mujer que haba conocido amando otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad, digo con todo mi corazn; la am... oh! s, mucho, mucho... pero era un amor que no me inquietaba... porque nada quera... ms que proteger tu madre... consolarla, y protegindola y consolndola, y vindola vuelta hacia m como su nico consuelo... mi amor reciba toda la recompensa que poda recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo... aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con la vida... cuando perd tu madre, me encontr solo... sal del panten con el corazn oprimido... por el momento no pens en nada... pero luego... el fro de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma y la razn sobreviene... pens y vi que no estaba solo en el mundo... que vivas t... que te habas quedado sola en tu cuna... tena una hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tena dinero... no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque haba empeado mi soldada por mucho tiempo... para enterrar tu madre. --Oh, Dios mo!--exclam Dorotea. --Qu deba yo hacer!--exclam con acento ronc el bufn--ampararte, criarte, velar por ti... y no tena dinero... el diablo veces acude al auxilio de los desesperados y acudi al mo! Y el bufn solt una carcajada opaca, silenciosa, horrible. Dorotea se senta estremecida por un terror inexplicable. --S, s--aadi el bufn--; el diablo acudi en mi socorro; al pasar por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sent contar dinero... mucho dinero... --Ah!--exclam Dorotea, que empez adivinar la horrible verdad. --Escucha, escucha--prosigui el bufn--; no es eso slo... no es solamente lo que t has sospechado... es ms horrible... y todo por ti... por ti... --Oh! ms horrible an!--exclam Dorotea. --Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastorn, me atrajo... y... me qued inmvil, pegado la pared... cerca de aquella puerta... yo no senta, no oa otra cosa que el ruido del dinero... y tras l me pareca escuchar tu llanto desconsolado... me pareca verte extendiendo tus bracitos... llamando tu madre... oh! Dios mo!... yo no s cunto tiempo pas de aquel modo... al fin aquella puerta... la puerta de la tienda se abri y sali un hombre... la puerta se cerr y el hombre que haba salido se alej solo; yo le segu... le segu recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no poda orme... era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera podido verme... y una fascinacin terrible, involuntaria, me acercaba ms aquel hombre... de repente aquel hombre di un grito y cay de boca contra el suelo... al caer se oy un ruido metlico... el de un saco de dinero... luego se oy crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre di correr... el que haba cado no volvi levantarse... el otro no volvi pasar jams por aquella calle... tres das despus estabas t en las Descalzas Reales... porque yo... yo tena oro... mucho oro... yo era rico... y poda criar bien mi hija. --Matsteis por m un hombre!...--exclam Dorotea--algn desdichado padre de familia! --No s quin era... ni aun o hablar nadie de aquella muerte... el tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre est cada da ms negra indeleble en mi conciencia. Dicen que estoy loco! es verdad... loco! y es muy razonable que yo est loco... porque he sufrido mucho... mucho... El bufn se detuvo fatigado. Dorotea temblaba. --Oye... oye an...--continu el bufn--. Durante los primeros aos de tu vida, te am como m propio... ms que como m propio... yo lo empleaba todo en ti... el oro que haba robado... mi soldada... t eras una pequea dama... estabas mejor vestida, tenas ms juguetes y ms ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el convento... yo enloqueca por ti... porque t eras para m ms que mi amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo vea sobre tu pura y hermosa frente de ngel una mancha roja... --Dios mo!--exclam Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando con terror al bufn--vos me habis criado precio de sangre humana, y vuestra maldicin ha cado sobre m! Y como Dorotea quisiese huir, el bufn la retuvo. --Espera, espera--la dijo--; an no he concludo; lleg un da en que ya no fuiste una nia, sino una mujer, y una mujer hermossima... entonces, sin poderlo evitar te am... La Dorotea mir con espanto al bufn. --Te am--continu el to Manolillo--como nunca he amado; ninguna mujer me pareca ni me parece tan hermosa como t... y te he amado con ese terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al silencio, resignado al martirio; te am y te amo de ese modo; he transmitido mi vida ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. T sufres ahora y yo sufro tambin. T ests celosa de esa mujer, de esa doa Clara Soldevilla; yo tambin estoy celoso; t amas ese don Juan y ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere. --Ah!--exclam Dorotea estremecindose--, y qu terrible situacin la nuestra! --S! terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos venguemos. --Y cmo! cmo!--exclam Dorotea. --Primero, oye... don Juan vendr verte. --A verme!--exclam la joven ponindose densamente plida. --Ha obtenido algo de ti? --No. --Don Juan vendr verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva; don Juan sabe que le amas... y querr hacerte su querida. --Oh!--exclam Dorotea. --A nadie le desagrada el que le amen dos hermossimas mujeres. Don Juan vendr, pretender engaarte... --Le despreciar. --No, no le desprecies; desesprale. --Desesperarle! y cmo? --De qu te servir ser cmica, si no sabes ser cmica ms que en el teatro? Cuando venga recbele bien. --Recibir yo bien ese traidor?... --La sonrisa en los labios y el odio en el corazn; porque t debes odiarle, como odiaras un ladrn, un asesino, porque l te ha robado tu paz, l te ha matado el alma. --Yo no puedo aborrecerle; yo le amo, yo le amar siempre!--exclam llorando Dorotea. --Ms bajo, ms bajo, que no nos oigan. --Oh! Dios mo! y qu me importa todo? --Ese nombre que est ah doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo, como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu pual. --Mi pual! --No aborreces doa Clara? --Oh! s! --No deseas que don Juan sufra como t? --S, s. --Pues bien, ese hombre que est ah reducido la nada, aniquilado, ese hombre es el cocinero de su majestad. --No os comprendo. --Doa Clara vive en palacio. --Y qu?... --Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doa Clara. --Oh! s! es verdad! yo me vengar del desamor de don Juan! Y en los ojos de la Dorotea, apareci una mirada valiente, enrgica, en la cual, cosa extraa en aquella situacin, haba mucho de generoso y de sublime. --Oh! y qu grato ser hacerle llorar!--dijo el bufn. --Oh! s, s, es el ltimo recurso, el ltimo consuelo que queda mi alma; hacer llorar don Juan. --Pero para eso es necesario que le engaes. --Le engaar. --Que le desesperes. --Le desesperar. --Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color tus mejillas, la risa tus labios; que contines siendo la querida de Lerma y la amante de Caldern; que representes como siempre... que vuelvas ser la cmica. --Lo har, lo har; descuidad. --Empieza, pues, por secarte las lgrimas, como yo, mira; yo me las trago... yo me ro... ah! ah! qu buen chasco les vamos dar!--dijo el to Manolillo, saliendo del hueco del balcn y dirigindose al cocinero mayor: --Chasco! chasco! qu ms chasco que lo que m me sucede?--exclam Montio llorando. --Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que vamos dar vuestra mujer, vuestra hija... los que os han robado. --De veras! --Dorotea... ya lo sabis... es mucha cosa del duque de Lerma. --Y tanto--dijo la Dorotea que empezaba representar su papel, que el duque hace cuanto yo quiero. --Y vos os interesaris por m? --Ya me intereso. --Y lograris que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre mi dinero? --Har cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de ministros de justicia estarn buscando los criminales. --Ah! seora! --Debes escribir al duque--dijo el bufn. --En efecto, hace tres das que no le veo--dijo la Dorotea--; esperad, esperad un momento, voy escribirle. Y se sent junto una mesa, tom papel y pluma y escribi lo siguiente: Seor mo: Hace tres das que no me honris; habr cado en vuestra desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo como me quejara en otra ocasin, porque s que andis muy seriamente ocupado y ms de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo don Rodrigo Caldern. Pero, segn entiendo, habis salido bien de vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debis, pues, venir, dedicar algn tiempo la que os ama tanto, seor, que no es dichosa sin veros.--Vuestra _Dorotea_. Pleg y cerr esta carta la joven y la di Montio. --Llevadla ahora mismo--le dijo--al duque de Lerma; le digo en ella que quiero verle, y cuanto ms pronto le vea ms pronto podr hablarle de vuestros negocios. --Oh, seora! Cunto os deber si consigo recobrar mi dinero!--exclam Francisco Montio. --Pues id, id, amigo mo. --De todos modos, yo tena tambin que ir ver su excelencia. --Pues adis. --Adis. Adis vos tambin, to Manolillo. --Ah! Id, id con Dios, seor Francisco, id con Dios, y hasta ms ver. El cocinero mayor sali tambalendose como un ebrio. Dorotea empez recoger en silencio sus joyas y sus trajes y guardarlos en los cofres. Durante esta operacin no habl una sola palabra. El to Manolillo, sentado en un silln, la miraba con ansiedad. Dorotea estaba serena; sus lgrimas se haban secado; slo quedaba en su semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad. El bufn guardaba tambin silencio. Casilda y Pedro llevaron los cofres su lugar y pusieron en orden el mueblaje. Dorotea entre tanto haba cambiado de vestido y se haba puesto en el hueco de un balcn estudiar su papel de la comedia antigua, titulada _Reina Moraima_. --Oh! Tu calma me espanta, hija ma--dijo el bufn. --No me habis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para vengarme mejor?--dijo la Dorotea--; yo he credo bueno vuestro consejo y empiezo representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy tranquila porque estoy resuelta. Ya s lo que puedo esperar, y para representar mi papel es necesario que contine en mi vida de costumbre. Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su papel. Estudio, ya lo veis; no podis pedirme ms. El bufn mir dolorosamente la joven. En aquel momento entr Casilda. --Seora--dijo--, aquel caballero joven que estuvo aqu ayer acaba de bajar de una carroza y pide veros. --Ah! Ya saba yo que vendra--dijo el bufn--; adis, Dorotea, adis, y mira lo que haces. --Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta. --Adis!--repiti el to Manolillo, y sali por la puerta de la alcoba. --Que entre ese caballero--dijo Dorotea. Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la hubiera acontecido. Slo la quedaban como vestigio de la tormenta dos crculos ligeramente morados alrededor de los ojos. Toda su fuerza de voluntad no haba podido borrar aquellas dos seales de las lgrimas y del insomnio. Pero Dorotea saba que tena aquellas seales y estaba tranquila. CAPTULO LIV CMO SABEN MENTIR LAS MUJERES Don Juan entr con recelo; esperaba un recibimiento terrible. Pero se sorprendi al ver que Dorotea se levantaba solcita, sala su encuentro y le abrazaba. --Oh y cunto me habis hecho padecer! Cunto me habis hecho llorar, seor mo!--le dijo con toda la ardiente expresin de su alma--; venid, venid que os vea; ya s, ya s que no os han herido... pero vuestro lance con don Bernardino... No haber vos venido anoche! Y luego como yo no s dnde vivs!... --Vivo en palacio--dijo con turbacin don Juan. --Ah! Vivs en palacio... con vuestro to?... Me alegro... Y por lo visto vuestro to es un buen to; me ha dicho Casilda que habis venido en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, oh, y qu hermoso y qu gentil y qu galn vens!... Cada da os amo ms... y me alegro, me alegro de que vuestro riqusimo to emplee sus doblones en vos con tanta magnificencia... prefiero que no me debis nada... porque as sabr que me amis por m misma... no podr ofenderos en nada ni aun desconfiar de vos. Mir don Juan de una manera franca y valiente Dorotea. Aquella mirada estuvo punto de hacer llorar la joven. --Ah, no; vos no podis engaarme!--dijo sta--, ya lo s, y por eso confo en vos. --Escuchadme, seora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debis saber: yo no soy sobrino de Francisco Martnez Montio. --Ah! No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad? --No; soy hijo bastardo del duque de Osuna. --Oh, me alegro, me alegro!--exclam fingiendo la alegra ms verdadera la Dorotea; vos no debais ser hijo ms que de un gran seor. --Pues me pesa, seora, de no ser verdaderamente hijo del honrado hidalgo quien he tenido por padre hasta anoche. --Ah!--exclam la comedianta--; conque es decir que cuando me dijsteis que rais sobrino del cocinero mayor del rey me dijsteis la verdad? --Nunca he pretendido engaaros; anoche, por un acaso, el mismo Francisco Montio me di ocasin de conocer mi nacimiento. --Y dnde passteis la noche, seor mo? Yo os estaba esperando. --Es necesario que yo os lo diga todo. --Tenis ms que decirme? --Ciertamente; vuestra hermosura, y un no s qu inexplicable que existe en vos, que me oblig amaros desde el momento en que os vi, tuvo la culpa de que yo, no conocindoos bien, os haya engaado. --Ah, me habis engaado!... --Y de una manera grave. --Pero en qu? Cmo? --Soy casado. --Y eso qu importa?--dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alter. --Cmo! No os importa nada que yo sea casado?--dijo don Juan, que sinti un vivo impulso de despecho. --No, porque no haba de haberme casado con vos. --Sin embargo... --Porque nunca hubiera sido vuestra querida. --Ah! Es eso cierto? --Certsimo. --Es decir, que os soy indiferente? Y el joven pronunci estas palabras con un acento tal y tan doloroso, que Dorotea sinti que su amor creca; se sinti amada; sin embargo, conserv su severidad. --No; vos no me sois indiferente; no, Dios mo! Por el contrario, sois el nico hombre quien he amado, el que ha encontrado mi corazn virgen... pero por lo mismo, porque slo mi corazn estaba puro, os amo con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don Rodrigo Caldern, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango donde est mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada ms; qu me importa que seis casado? Qu me importa que no me amis si yo os amo? --Dorotea! --Os ama tanto como yo vuestra mujer? --Oh, qu pregunta! [imagen: Don Juan Girn.] --Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no ms que yo, porque eso es imposible, sino tanto; yo s bien que siendo vuestra esposa, ser digna de serlo... --Oh, s! --Y quin es? La conozco yo? Decidme su nombre. Fu la primera situacin difcil en que se encontr despus de casado don Juan; crea profanar el nombre de su esposa y tartamude algunas palabras en una torpe excusa; Dorotea vi lo que pasaba en el alma de don Juan. --Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa seora--dijo Dorotea--; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra buena hermana, que porque os ama, ama la mujer que os ama y es tambin hermana suya; decidme su nombre. --Doa Clara Soldevilla--contest don Juan con acento opaco. --Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su hermosura... pero no se deca que esa seora fuese casada... no os extrae que yo la conozca; yo trato la gente ms principal de Espaa; mi retrete en el teatro y mi casa, estn frecuentados por lo ms rico, por lo ms noble; como delante de m se habla sin empacho, he odo hablar mucho de doa Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su desdn para con todo el mundo. Dicen que el rey--Dorotea baj la voz--dicen que el rey ha amado doa Clara; que ha tenido empeo; que ha enviado Npoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla ms aislada; pero que, pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la _menina de nieve_; oh, me alegro mucho!... Cuando esa seora se ha casado con vos debe amaros mucho, muchsimo, con toda su alma, con todo su corazn, con todo su deseo. Debis haberla vuelto loca, don Juan; es la nica mujer que conozco digna de vos, y me alegro... oh, s, me alegro!... Y la amo porque os ama y me alegrar de tener una ocasin en que demostrarla dignamente mi amor. --Oh! No os comprendo Dorotea... yo crea... --Habis credo mal... yo no poda casarme con vos; yo no poda daros esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al conoceros... al amaros he comprendido que no deba ser para vos lo que he sido para otros... quera ser ms... quera ser... vuestra hermana... vuestra hermana del corazn... od... no vendris mi casa... no... eso se sabra... creeran que yo era vuestra querida... lo sabra vuestra esposa, porque conoce muchas gentes, y entre esas gentes, que son como todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es odioso, pero es verdad; por recatadamente que vinirais verme, alguien os vera... ya lo creo... os sentiran mis criados... y mis criados... lo diran, porque los criados lo dicen todo... no, no debis, no podis venir mi casa, porque no podis, no debis herir el corazn de vuestra esposa. --Qu hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para m agudas y afiladas como un pual? --Hay, que no me conocis bien: hay vuestro recelo... creis que yo estoy ofendida de vos! --Debis estarlo. --Lo estara si os hubiseis casado con otra mujer. --Una mujer que ama no cede ninguna su amor. --No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama porque ella es la paz del corazn del hombre quien ama. --Tenis mucho ingenio. --Si le tengo est en mi corazn. --Entre tanto me prohibs que venga vuestra casa. --Y para qu queris venir? --Dorotea! yo no s lo que pasa por m; yo estoy loco. --Loco! s... debis estarlo... loco de felicidad. --No, no; loco de desesperacin. --Y por qu? no sois afortunado? la mujer ms pura y ms hermosa y ms codiciada de la corte os ama. La comedianta que todos enamora, que todos desespera, y que tiene buen corazn, es... vuestra hermana. Ella os da en su hermosura, ms de lo que puede soar el enamorado ms loco; en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y slo tengo ojos y corazn y odos para vos. Qu ms queris? --Yo no os conoca! vos habis amargado mi felicidad. --Que he amargado yo...! que puedo yo amargar vuestra vida! oh! no me lo digis, no! eso me desesperara! eso no puede ser! eso no es! --Yo no poda comprender... no, no poda comprender que de repente, primera vista, pudiese el corazn interesarse de tal modo... --Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazn. Vais ser franco y leal conmigo? --Os lo prometo. --Decidme: qu efecto os caus doa Clara Soldevilla la primera vez que la vsteis? --No lo s. --Pero experimentarais algo al verla! --Un deslumbramiento, una ofuscacin, un no s qu... luego... luego la casualidad me puso junto ella... y mi alma entera fu suya... no, mi alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos... --No, no sois franco... os inspir deseo doa Clara? --No. --Ah! no os inspir deseo; y desesteis volver verla? --Dese... dese tenerla siempre mi lado, vivir en su vida. --Y no sobrevino el deseo... --No. --Y os habis casado...? --Con el alma llena de felicidad. --Y la habis hecho vuestra, con transporte, enloquecido? --No, con miedo... --Con miedo! --S, con miedo por vos. --Ah! yo! siempre yo! --La posesin de doa Clara no poda hacer que yo olvidara, que yo arrojara de m esta fascinacin poderosa que me causis... --Ya que hemos llegado m, decidme, decidme, qu impresin caus en vos? --La impresin ardiente de una hermosura divina; yo no haba visto unos ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre m su primera mirada, exhalaron instantneamente una mirada de sorpresa, y luego una mirada de atencin, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me lo podran decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya toda, cuerpo y alma, corazn y vida... pude engaarme; pero yo le eso sin quererlo en vuestros ojos, lo ley mi alma, y mis ojos debieron deciros lo mismo... --S, s; y no os han dicho lo mismo los ojos de doa Clara? --Ah, s, s!, pero al decirme sus ojos soy tuya, haba en ellos alegra, confianza. --Pureza! decidlo de una vez! y en los mos debi de haber dolor, vergenza! --Dorotea! por qu os he visto? --Por qu! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios saba que mi alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado. --Y m me ha dado en vos un remordimiento. --No, no lo creis; escuchad: doa Clara me hace un gran bien; doa Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la nica manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos... viendo que vos los tenis. --Qu decs?.. --Od... mi primera mirada de amor para vos, fu una mirada impura, sabis por qu?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguideca, que absorba mis sentidos, que llenaba mi corazn; sent un dolor agudo, porque, como doa Clara, no poda deciros: eres mi primero y ltimo amante... ya lo sabis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos hubirais querido, no lo ser nunca... --Y si no me hubiese casado?... --Si no os hubirais casado... s, vuestra... vuestra; por lo mismo me alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre los dos. --Pero sois desgraciada... no me amis como decs... --Os amo ms... mucho ms... no notis que cuando estoy vuestro lado soy feliz? --Asoman las lgrimas vuestros ojos! --Puede ser... puede ser... s, es verdad; que queris... soy tan infeliz!--Y la pobre Dorotea se desplom, llor y se cubri el rostro con las manos. --Y queris que no tenga remordimientos? --No los tengis. --Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!... --La ambais?... --Debis aborrecerla... y ella... --Ella! sabis lo que ella hara conmigo? si os ama como yo creo, como indudablemente os ama, me matara... --Como vos la matarais ella... --Yo... yo... Dios mo! yo no... no... porque sera mataros vos... s, mataros... estis loco por ella... y yo no quiero mataros... no... de ningn modo... no quiero que sufris... --Nos encontramos en una situacin muy difcil... muy grave. --No... suframos cada cual... pero no sufris ms de lo que inevitablemente debis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravis el mal, llevndole vuestra casa... no vengis la ma. --No habis podido sostener vuestra serenidad; habis llorado; el castillo de vuestra firmeza se ha venido tierra... el verme unido otra os mata... y eso... eso me rompe el corazn. --Eso ya no tiene remedio; doa Clara os ha inspirado ese amor puro, noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna; doa Clara es para vos vuestra hermana, ms que vuestra hermana, porque es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga, que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho que respira mal, que est dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la pobre mujer que ningn mal os ha hecho, quien veis sufrir de una manera desesperada, cuyas lgrimas no podis secar, cuyo corazn no podis dilatar, cuya agona no podis curar; un deseo vehemente... una compasin profunda... eso es lo que yo inspiro... amo! amor! oh! --Me estis desgarrando el alma, Dorotea!--exclam dolorosamente don Juan. --Lo siento, y esto me hace ms desgraciada; dara yo porque me olvidrais mi eternidad. --Escuchadme--dijo don Juan tomando Dorotea una mano que arda y que al sentir la mano del joven tembl. --Decid. --Cerremos los ojos todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidos de que me he unido doa Clara. --No puedo olvidarme... por ella misma... por vos. --No os entiendo. --No debis venir mi casa, os lo repito. --Ah! vos os vengis! --Justo sera; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me dominis, no me pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queris que sea. --Dorotea! conque pretendais engaarme? --Menta al hablaros de... de qu s yo... porque no me acuerdo de lo que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad vos, que sois dueo de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que vos olvidis, arrastrado por m... lo que no debis olvidar... yo no puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo exponerla... por eso os digo que no vengis mi casa... es necesario que vuestra esposa no lo sepa... no por m... sino por ella misma... por vos... si vinirais... lo sabra... si lo supiera... Oh, si se viese engaada!... Si los celos la extraviaran... si en un momento de despecho quiere vengarse dndoos celos por celos... infamia por infamia!... Don Juan se levant como herido por una punta envenenada. --Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos ver... s, nos volveremos ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo... guardar vuestro secreto... no os hablar jams de ella... no me hablaris de ella vos... nos veremos mientras vos queris que nos veamos... despus... despus... si me abandonis... yo os ver... ir cubierta con mi manto la iglesia donde vos vayis... cuando represente, si estis en el teatro, yo os har conocer sin que nadie lo conozca, que represento para vos; mi pensamiento ser siempre vuestro... os lo juro... pero ahora idos. Habis estado demasiado tiempo. Una recin casada encuentra siempre largas las horas que est separada de su marido. --Ah! --Queris que sea menos desgraciada, don Juan? --Que si quiero! y me lo preguntis? --Pues bien; sed feliz... --No os comprendo. --En doa Clara tenis el alma, tenis esa dulce y casta compaera, el ngel del hogar; no llevis vuestra casa la tristeza; en m tenis la mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigis mis brazos el remordimiento; resignmonos nuestra suerte. No sufris por m, porque cuando yo conozca que no sufrs, que sois completamente feliz, yo ser menos desgraciada. --No s qu contestaros; no s qu deciros... --Yo s, yo s lo que os tengo que decir... os amo! os amo! ms que ayer, ms cada momento; os amo! muero por vos! pero idos! volved tranquilo vuestra casa... yo os avisar... y nos veremos. Don Juan hizo un esfuerzo y sali. Dorotea se qued mirando de una manera imposible de hacer apreciar la puerta por donde haba salido el joven, y no repar en que apenas aqul haba desaparecido, el bufn haba abierto las vidrieras de la alcoba, haba adelantado en silencio, y se haba sentado en la alfombra los pies de Dorotea. No haba querido salir por la puerta de escape, y lo haba odo todo. --Eres mujer perdida!--dijo con voz ronca. Al sonido de la voz del to Manolillo, Dorotea dej de mirar la puerta, y mir al bufn. La ansiosa, la profunda mirada de ste, la estremeci. --S, soy una mujer despreciable--dijo contestando las palabras del bufn. --No; no he querido decir eso--dijo el to Manolillo--. Quiero decir que te has perdido. No has sabido empezar vengarte... vengarte de una manera horrible. --Qu hubierais hecho vos en mi lugar? --Qu hubiera yo hecho?--exclam el bufn sonriendo de una manera espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba. Qu hubiera hecho yo? Y se encogi, se dilat su pecho, y lanz un aliento que ruga, poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmova su alma destrozada. --S, s--dijo impaciente Dorotea. --Yo? qu hubiera hecho yo? dar mal por mal y con creces, con horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurri matar... cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero despus... la reflexin, la calma,.. matar! hacer morir! es decir, exterminar! no, no! es poco! yo crea que tenas ms alma... y tienes el alma dbil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para sacrificarla ella... --Oh! ella! ella! pensar que ella le posee por completo, delante del mundo, con la frente alta, siendo su orgullo... --Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco. --Pero qu hubirais vos hecho? --Le he estado observando desde all, temblaba, temblaba estremecido de deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu seno... sufra... est loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y nada ms. --Eso es mentira! --Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree que l... l! lo ms puro que l siente por ti, es lstima... y eso es humillante... --Pero qu querais que hubiera hecho? --Qu! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo estaba diciendo all, detrs de los cristales... qu buena cmica es mi hija!... qu pobre hombre es ese don Juan! pero luego lo has echado todo perder, le has dejado ver tu desesperacin, y se gozaba en ella sin saberlo! oh! qu felicidad tan incomprendida es para algunos hombres, magullar una pobre mujer como el gato que magulla un ratn! Oh! cun felices, cun felices son algunos hombres, y qu poco merecen su felicidad! La excitacin febril del to Manolillo asust Dorotea, la asust por don Juan; comprendi que deba engaar al bufn. --Veamos qu hubirais vos hecho mejor, qu he debido yo hacer. --Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le ofrece un pedazo de pan. --Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engaado. --T irs misteriosamente ver ese hombre. Debes ir. Yo te buscar el lugar. --Ah! no, no--dijo Dorotea. --Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones... bien, mejor... buscars un lugar retirado: lo embellecers, lo perfumars, enloquecers en l con tu don Juan; te resignars todo, lo olvidars todo, porque le amas con el amor ms humilde del mundo; tu don Juan, esperar impaciente los primeros das la hora de verte; le ser muy cmodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda tener celos su doa Clara; despus, medida que vaya pasando el tiempo, le parecers menos hermosa, y esperar con menos impaciencia la hora de verte; luego ir por ir, por lstima, te har esperar, despus le esperars en vano algunos das, y te volvers tu casa, humillada, desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonar, hastiado de ti... --Oh! --Matars doa Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que t necesitas... --Seguid--dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo as--. Decidme, de qu otro modo ms horrible me puedo vengar? --De qu otro modo? Oye: procura buscar un retiro propsito; el lujo, las pinturas, los perfumes, todo esto favorece una mujer y la hace ms hermosa, cuando es tan hermosa como t; vstete, adems, como te vistes cuando quieres que el pblico te aplauda slo al verte: los hombros desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que puede llevar una mujer hermosa; all, en aquel hermoso gabinete, ms hermosa t por tu atavo, una cena exquisita; vinos... pero t no bebas... no bebas... contntate con arrojar sobre l la doble embriaguez de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desesprale, irrtale, hblale continuamente de su mujer... llmale tu hermano... llegar un da en que no podr sufrir ms, un da en que, loco, no podr negarte nada... en que podrs dictarle condiciones. --Y esas condiciones! --Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo. --Y cmo? --Cmo! abandonando su mujer... siendo tu amante delante de todo el mundo... llevndote todas partes... --Oh! --Entonces habrs matado su felicidad; doa Clara Soldevilla, la conozco bien... te obligar huir... pero l... l... te seguir... ella... ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas herirlos en el alma... porque se aman... se aman! no necesitas ms venganza... te habrs vengado horriblemente. --Pero si l quera seguir viniendo mi casa!--exclam la Dorotea. --Y t has cometido la imprudencia de decirle que el venir tu casa poda robarle la paz de la suya... t no quieres vengarte. --Os juro que me vengar; que me vengar de una manera cruel. El bufn movi la cabeza en un ademn de duda, de incredulidad. --S, me vengar--insisti ella. --Y cmo? --Ya lo veris. --No... adivino. --Yo har de modo que en su vida me olvidar. --Don Francisco de Quevedo!--dijo la puerta anunciando Casilda. --Ah! ese hombre! ese hombre!--exclam el bufn. --Dejadme sola con l--dijo Dorotea. El bufn sali por la alcoba. Dorotea le sigui. --Ah! no quieres que te escuche--dijo dolorosamente el bufn--; pues bien, adis. Y sali por la puerta de escape de la alcoba. Despus volvi la sala. Ya estaba en ella Quevedo. CAPTULO LV QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS El buen _ingenio_ llevaba sobre s las seales de la ruda actividad que se haba visto sentenciado desde su llegada Madrid. Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz pareca ms afilada; la blanca golilla de su cuello estaba ms de un tanto ajada, su traje descuidado y todo l descuadernado y lnguido que no haba ms que pedir. Haba movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos. Cuando apareci Dorotea, don Francisco la mir con suma gravedad. La comedianta adelant, se detuvo junto Quevedo y le mir intensamente. --_Mea culpa_--dijo don Francisco. --Lo que quiere decir en castellano, que vos tenis la culpa de todo lo que me sucede. --Trasladis el latn al romance con grande licencia. Yo no tengo la culpa de lo que os pasa. --Pues quin trajo aqu ese hombre? --Y tengo yo la culpa de que os hayis derretido como cera? All os las compongis. --Os acordis de lo que me dijsteis ayer en aquella taberna? --Os confieso que estoy tan manoseado, tan trado, tan cansado, tan sin sueo y tan con hambre, tan calado y tan fro, tan asendereado y lastimoso, que no tengo memoria, ni siento ms que los huesos que me duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estmago que pide ms que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes viviese, juro Dios, que al ver lo que me pasa, haba de escribir un libro intitulado Trabajos de don Francisco, que le haba de dar ms fama que el _Ingenioso Hidalgo_. --Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua. --Ah, lengua ma! quemarla yo, si no me doliera, para que no tuviese que hacerme arrepentir. --Ah! conocis que habis hablado mal--dijo la Dorotea sentndose--, y que vuestras malas palabras han hecho mucho dao. --Y quin haba de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna insolente? Quin haba de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo que estoy atnito, y espantado y medroso, y que de m mismo recelo, y que ya no s qu decir, ni qu pensar, ni por dnde salir... --Menos lo s yo. --Sabis las novedades que han ocurrido? --S que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado. --Quin os lo ha dicho? --El mismo! --Ha estado aqu! No me espanta, esperado me lo haba... horror! recin casado y... --No es verdad que eso es terrible...? --Lo peor ser que vos seis tan loca como l. --No puedo remediarlo. La ltima desgracia que podra sucederme sera no verle. --Pobre Dorotea! debis haber pecado mucho. --Yo! bah! yo no he hecho tanto como debera haber hecho; yo no he hecho mal nadie. --Amis mucho don Juan? --No deba amarle. --No acabaremos nunca. Os pregunto... --Y bien, le amo. --Y pensis disputrsele su mujer? --No. --Hacis bien; lo dems sera indigno de vos. --Vos habis venido para algo, don Francisco. --Ciertamente, he venido que me deis de almorzar. --Casilda! un almuerzo abundante--dijo Dorotea en el momento en que se present la doncella. --Sois un ngel, quien es lstima hayan cortado las alas, pero me tenis cuidadoso. --Cuidadoso! --Estis demasiado tranquila despus de lo que os ha sucedido. --Y qu queris que haga? --Que no hagis nada. --Y qu hago con esta afliccin que se me ha metido en el alma? --Gozarla. --Gozarla! decs--gozar los celos, la desesperacin, la rabia! --Ah! todava no sois bastante desdichada! --No? --No, porque no gozis en la desdicha. --Decs unas cosas, don Francisco! --La desgracia es no sentir, tener el corazn de corcho, y la cabeza de hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y ms razones es necesario vivir. Ah! cuando nada os interese en el mundo, cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada, cuando no pensis en nada, cuando comis por no morir y durmis por que se cierren vuestros ojos; cuando os hayis convertido en un pedazo de carne insensible todo, que obra como una mquina; cuando el amor y las locuras de los otros os den hasto, cuando no os encontris bien en ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si que podis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la vida, ahora que sois, que luchis, que esperis, que lloris, que os agitis, ahora ms que nunca vivs; hay algo en el mundo que os deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del sufrimiento. Vos sois muy feliz! --Oh! y qu felicidad tan horrible! --Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer. --Cmo, no padecis? --Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo vuestros criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. No habis almorzado vos? --No por cierto. --Habis hecho mal; con el estmago fro, la cabeza est dbil y vaga y se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y despus de almorzar ya veris cmo pensis de otro modo. --S, s, es preciso--dijo Dorotea--y aunque slo fuera por probar... --Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos ms vino, una botella es poco. --Traed, traed ms vino; cuatro botellas...--dijo Dorotea. --De qu?--repuso Casilda. --Puesto que tenis bodega, que venga, si hay, Jerez--dijo Quevedo. --Hilo y muy rico--dijo Casilda. --Pues cuatro botellas, virtud sirviente; bscalas de las que estn ms empolvadas, y si tienen telaraas, mejor. Y qu haces t ah?--aadi don Francisco dirigindose Pedro, que estaba detrs de la mesa con una servilleta en el brazo.--La seora y yo necesitamos estar solos. Pedro sali. --Os voy hacer el plato--dijo Quevedo dirigindose Dorotea--; este jamn de Granada es sumamente confortante; se ceba con vboras, es un plato que yo, que slo gozo cuando como, le prefiero todos; voy haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto; refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloris vive Dios! que me lastimis. --Os hago feliz puesto que os hago sentir--dijo Dorotea enjugndose los ojos y apurando de un trago la copa, despus de lo cual tom un pedazo de jamn y se lo llev la boca. Quevedo la miraba profundamente. Dorotea arroj el bocado sobre el plato. --Oh! no puedo, no puedo; me matara como si fuera un veneno. --Tan llena est de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario andar con cuidado con esta loca. Bebed ms--aadi alto--, el beber os dar apetito. Y la llen de nuevo la copa. Dorotea apur la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoy la cabeza entre sus manos y qued profundamente pensativa. Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamn que se haba servido, y mientras coma pensaba. Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retir. --Sabis, Dorotea--dijo de repente Quevedo--, que es necesario que tomis una determinacin? Estis muy enferma, hija. --Tengo ya mi determinacin tomada--dijo Dorotea. --Veamos si en medio de vuestra locura tenis juicio! --Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos. --De m! y qu culpa tengo yo? --Porque lo trajsteis mi casa... --Quin haba de pensar?... --Vos adivinsteis que me haba yo de enamorar de l... y no os engasteis, porque no os engais nunca. --Eso no es verdad, porque me he engaado con vos. --Me creais ms perdida de lo que estoy? --No os crea tan corazn y tan alma y tan voluntad... --De modo que vos cresteis que mis amoros con don Juan!... --Seran sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo da y cre que con teneros asida de cualquier modo de sol sol... --Ah! hicsteis venir propsito, con mala intencin, don Juan mi casa? --Vamos claro: os pesa de amar don Juan? --Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de l. --Bien, muy bien; respondis mis preguntas como un instrumento perfectamente templado la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y acabaremos por ser los dos ms grandes amigos del mundo. Pero bebed, hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero nctar de los dioses, se conoce que se lo han regalado al duque de Lerma. --A qu pronunciar ahora su nombre? --Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os encontris la tiene, y esta causa es el duque de Lerma. --El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de l? --S por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en que se encuentra don Rodrigo Caldern; yo, que he venido la corte para mucho, necesitaba tener asido su excelencia; ningn asidero mejor que vos... --Muchas gracias--dijo dolorosamente Dorotea. --Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba resultar... hubiera hecho ms para que os hubirais empeado por mi amigo. --Gracias otra vez, don Francisco. --Ya me habis dicho que por nada del mundo os pesar el haberle conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os hace bien; cuando os hace bien... debis estar agradecida quien ese bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con ellas... y tengo razn. --Indudablemente--dijo la Dorotea mirando con una expresin de doloroso candor Quevedo--, creo que en parte tenis razn cuando decs que vale ms sufrir que hastiarse. --Ah! Y quin duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivais sin rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseais una hermosa casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de Lerma es un amante muy cmodo, que se contenta con que todo el mundo sepa que paga la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y cuando os visita os habla de la ltima comedia de Lope, del tiempo, y se va saludndoos gravemente, sin haber mortificado ms que al silln donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de vuestro recibimiento, ni se ha acercado vos, ni conmovdose delante de vos; os tiene como su papagayo y su negro y otras muchas cosas que el buen seor tiene slo por tener lo que cuesta caro. --Pero quin os ha dicho eso? --Conozco demasiado su excelencia. --Aunque no hayis acertado por completo, aunque siempre no haya sido tan feliz como suponis con la indiferencia del duque, es cierto que para m es ms bien un gran seor que compra el derecho de entrar en mi casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo ms escondido. --Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele. Resulta, pues, que vos para don Francisco sois ms la vanidad que el deseo. --Es verdad. --Si vos dijrais al duque de Lerma: no volvis ms poner los pies en mi casa, el duque, herido en su vanidad, sera capaz de hacer cualquier desatino. --Oh! el duque hara cuanto yo quisiera, slo porque no pudiera nadie decir: la Dorotea le ha despedido. --Pues bien; ved ah por qu he venido yo veros. --Para utilizarme? --Para valerme de vos. --Ah! Me necesitis? --Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro corchetes! --Ah! os quieren prender! --Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado encierros, os afirmo que ahora sentarame muy mal el ser guardado. --Pues yo me alegrara... me alegro... os tendr preso algn tiempo slo por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacis sufrir. --Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer, os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecis. No os crea yo mala. --No os aborrezco--dijo seriamente la joven--, porque yo no he nacido para aborrecer; no os estremecis vos del dao que me habis causado por vuestro inters propio, porque... no veis mi alma, porque no sabis qu horribles pensamientos pasan por ella, porque, si lo comprendis, no tenis corazn. Qu os importa vos, poeta que de lo ms santo se burla, que lo ms respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa, cuando encuentra un obstculo en el tenebroso camino que sigue; sabio que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna vez la ha tenido; qu os importa, digo, que una pobre mujer, que si no era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el fuego por vuestra causa, porque la habis necesitado para vuestros proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada? qu importa? qu importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con ellas, necesitis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; qu os importa vos, alma fra, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que habis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no podis hacerme ms dao que el que ya me habis hecho; yo no me vengar de vos, porque quiero ser ms grande que vos; quiero heriros en vuestro orgullo; quiero que tengis el recuerdo de una vctima que ha cado mirndoos frente frente vos, hombre funesto, mientras sus ojos han podido mirar. --Pobre loca!--exclam profundamente Quevedo, separando de sus labios una copa que llevaba ellos--; pobre nia, digna de cuanto una mujer puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura lodo! pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir el oro del barro! Y Quevedo se levant y cerr las puertas. Luego vino, se sent frente Dorotea que estaba doblegada. --He cerrado las puertas, porque vais or lo que nadie ha odo; porque vais ver lo que nadie ha visto; vais or al hombre; vais ver al hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que l quiere que vean. Os confieso que slo conozco cuatro personas dignas de que yo les tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenis razn; yo no veo en el mundo, alrededor mo, aturdindome siempre con su charla insoportable, dndome nuseas con su vanidad estpida, repugnndome con sus vergonzosos vicios, ms que miserables divididos en dos mitades: los comidos y los que comen; tenis razn, yo no tengo alma ni corazn ni ms que indiferencia, hasto mala intencin, para el mundo; pero yo, en medio de ese mundo, tengo un pequeo mundo mo, que me consuela del otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma, corazn, amor, lgrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento comprende el mo, cuyo corazn no late sino por lo grande, por lo verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al otro insensiblemente, porque debamos estrechar la distancia que nos separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniramos, y al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflej en m, y yo me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sera un filsofo arrinconado, y Osuna sin m un guila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en m, como en el duque la desgracia que m me suceda. Sabe Dios dnde iremos parar don Pedro Tllez Girn y yo, pero nuestra suerte ser igual: l me comprende y yo le comprendo, l me ama como amara su cabeza, y yo le amo l como mi brazo. Dile Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y m me di ingenio y dominio sobre los dems, y ojos que saben mirar, y odos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo. --Y qu me importa m de todo eso?--dijo la Dorotea. --Od, od, y esperad al fin. Como el duque no tiene para m secretos, saba yo que tena un hijo bastardo: lleg el tiempo de que su hijo cumpliese sus veinticuatro aos, y como quiera que por uno y otro informe se saba que era digno de su padre, cuando sal de mi ltima prisin, recientemente, me encarg don Pedro que buscase su hijo, que le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase Npoles. Sin el seor Juan Montio, que as se llamaba falsamente el hijo de don Pedro, yo no hubiera venido Madrid. Hubiera tomado postas para Barcelona, y all un barco para Npoles. Pero vine, y encontrme nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos produjeron las heridas de don Rodrigo Caldern, y los amores de don Juan con su esposa. --Ah!--exclam Dorotea. --De todo ello han tenido la culpa dos animales. --Dos animales! --S por cierto: un caballo viejo y cojo, quien juro Dios se ha de cuidar como un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su majestad. --No os comprendo. --El caballo que deba haber llegado Madrid con su jinete, es decir, con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio da, lleg la noche; Francisco Martnez Montio, que debi haber estado en su casa, y recibido su sobrino postizo la hora de la cena del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las circunstancias eran adems gravsimas. La reina se encontraba grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y doa Clara Soldevilla haba salido sola la calle por el compromiso de la reina, y seguida por don Rodrigo Caldern, al primero quien encontr, de quien se ampar, como se hubiera amparado de otro cualquiera, fu de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios; generoso y valiente l, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por don Juan, puesta en contacto ntimo con l, que es impetuoso, y noble, y valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso, aconteci lo que no poda menos de suceder: se enamor ella de l con tanta ms fuerza y ms pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que no haba podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El enredo se haba hecho terrible cuando yo encontr en el zagun de la casa del duque de Lerma don Juan, que como yo haba ido all en busca del cocinero de su majestad, y se agrav hasta hacerse negro, lgubre, al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo tem todo, todo: empec buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta casa donde me refugi por el momento, supe que vos rais la mujer codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma, quien engais siendo amante de Caldern. Entonces dije: de seguro la Dorotea, aquella hermosa nia quien yo conoc en el convento de las Descalzas, tiene gran poder puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en cuanto Caldern, yo que le conozco, mucho me engao si no es para Dorotea uno de esos hombres quienes una mujer ama mientras no se le presenta otro mejor. Nuestro don Juan est terriblemente atollado; pues bien, procuremos que l mismo se desatolle enamorando la Dorotea, y entonces me vine aqu y llam don Juan, y sucedi ms de lo que yo crea: que vos os enamorsteis de l, y l se deslumbr al veros. Los sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doa Clara, y que vos os encontris con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no cre que ninguno de los tres valiseis lo que valis: mi mundo, el mundo de mi corazn y de mi amor, que se reduca una persona, se ha aumentado con otras tres: y la que ms amo, porque es la ms dbil, sois vos, hija ma, vos que me habis sorprendido, que me habis enamorado con el corazn que me habis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos. --Aterrado por m! --Ah! si vos creis que yo tengo el alma helada, os engais; que la tengo muerta, que slo ha sobrevivido en m lo malo, os engais, Dorotea, os engais; mi vida es una vida poderosa, insoportable, insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde extenderse, y no le halla; mi vida est comprimida, encerrada como en una caja de hierro: cada corazn digno de m que encuentro, es un poco de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisin que no puedo romper por ms que hago; y al mismo tiempo es una amargura ms, una amargura infinita; habis dicho que yo os sacrifico sangre fra, y al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazn apretado, siento ansias, y me pregunto qu razn desconocida hay para que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegra del dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: por qu Dios no nos ha dado otros sentimientos ms fciles de satisfacer? por qu esta continua carnicera? por qu esta dursima interminable batalla? Os habis engaado respecto m; insensible, duro, cruel, si se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he dicho, sois mi aire de vida. Yo har con vos todo lo que pueda hacer: os har menos infeliz. --Menos infeliz y cmo! --Procurar prestaros parte de mi fortaleza; emplear con vos todo el tesoro de consuelos de que mi alma est llena; os ensear encontrar la alegra en la tristeza, el placer en el dolor; har que, reconcentrada vuestra alma, busquis la vida en vos misma; os dar el filtro que hace soar, levantando vuestra alma; seris mi hija, y yo ser vuestro padre; os retiraris del teatro, y no entraris en un convento, viviris en el mundo, dominndole, desprecindole, engrandecindoos vuestros propios ojos, con la comparacin interna de lo que vos valis, y lo que el mundo vale. Llegar un da en que vos no seris la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondris sus hijos sobre vuestras rodillas, y los amaris como si fueran vuestros; en que purificada por el martirio, levantaris Dios la frente lavada, blanca y resplandeciente por el Jordn del sufrimiento. Oh! Dorotea! Dorotea! hija ma! si virais mi corazn, si aprecirais su amargura y su despecho, si supirais cunto esta insoportable amargura y este despecho fro estn dominados, puestos en silencio... si virais cuntas terribles ambiciones, cuntos proyectos inconcebibles se agitan, rugen en mi cabeza, y al mismo tiempo me virais estudiar, buscar ansioso la ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir los dems, convertir las lgrimas en burlas... oh! yo os aseguro que os compadecerais de m, que encontrarais injusta la maldicin que sobre m pesa, y poco todo el aire de la creacin para dar mi pecho el aliento que necesita. --Conque, slo me hicsteis conocer don Juan para salvarle?--dijo Dorotea, que no poda apartarse de su pensamiento dominante, de su pensamiento desesperado. --S, por Dios vivo!--contest Quevedo. --Pues habis hecho bien, muy bien, y os pido perdn por el odio que os he tenido, por las injurias que me habis escuchado. --Bah! no podis injuriarme. --Y decidme: habis venido tambin que yo siga salvando don Juan? --S. --Y de qu modo puede ser eso? --Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin consejo, sin ayuda. --No os prendern he de poder poco. --Se necesita adems... --Qu!... --Que engais vuestro... qu s yo lo que es vuestro el to Manolillo? --Ah! infeliz! --Es necesario que le digis, que le hagis creer que nada os importa ya don Juan. --Os comprendo, os comprendo, descuidad. En aquel momento son el ruido de una carroza y Casilda entr azorada. --El duque de Lerma!--exclam. --El duque... llevos al momento esta mesa... y vos... vos don Francisco, escondos aqu. --Cmo! en vuestro dormitorio? --S, s, desde ah podris or y ver. Desde ah podris juzgar si soy digna de que me apreciis. Don Francisco entr. Poco despus, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un balcn, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entr el duque de Lerma. CAPTULO LVI EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES Cuando entr en su casa doa Juana de Velasco, duquesa de Ganda, de vuelta de palacio, se encerr diciendo su dama de confianza: --Cuando vengan don Juan Tllez Girn y su esposa doa Clara Soldevilla, introducidlos y avisadme. A seguida se sent en un silln, y qued inmvil, plida, aterrada, muda como una estatua. Nada tena esto de extrao; la caa de repente encima el hijo involuntario que le haba procurado una fatal casualidad, una fatal sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las mocedades del duque de Osuna. Nunca una mujer se haba visto en tales y tan originalsimas circunstancias. Es el caso que la duquesa, si tena mucho por qu desesperarse, no tena nada por qu acusarse, por qu avergonzarse. Ella no tena la culpa absolutamente de aquello; ella no la haba autorizado; es ms, ella, hasta que vi el aderezo funesto sobre doa Clara y supo que el esposo de doa Clara era un Girn, no saba, no poda imaginarse quin era el padre de aquel hijo completamente fortuito. Entonces comprendi doa Juana la razn de ciertas sonrisas intencionadas que el duque de Osuna se haba permitido hablando en la corte con ella, despus de la aventura de que haba sido oculto testigo en El Escorial el to Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de aquella enormidad, sin atreverse mirar nadie frente frente, temerosa de que el hombre quien mirase fuese el autor de su vergenza, con el duque de Osuna haba sido con el nico que haba hablado sin empacho. En verdad que el duque de Osuna se haba permitido enamorarla aun antes de ser viuda del duque de Ganda; pero el noble don Pedro, pesar de que era joven impetuoso, saba enamorar doa Juana sin que sta se ofendiese, de la manera ms delicada, ms discreta, ms respetuosa, ms peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que nadie conoca, ms que el duque que los alentaba, y doa Juana causa de ellos. Y luego estos amores tenan disculpa. El duque de Osuna no haba conocido doa Juana hasta que despus de casado la present en la corte su marido, y parte de esto, doa Juana era una mujer sumamente peligrosa. A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa combinacin de encantos, una un candor y una pureza de ngel; se haba casado crecida, ms que crecida, los treinta aos, veinticuatro de los cuales los haba pasado en un convento, y era, sin embargo, una nia, y tena en su mirada, en su sonrisa, en su expresin una fuerza imponderable de sentimiento; dorma bajo su inexperiencia, bajo su timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo, sin irritarle. El duque de Ganda, su esposo, era un seor antiguo, provecto, que se acordaba del emperador continuamente, que no saba hablar ms que del emperador, y que miraba con desprecio los que no haban nacido en aquella generacin de gigantes, en aquella poca de gloria, en aquel perodo de embriaguez de las Espaas. Soltero siempre, porque no haba sentido nunca el amor, porque su alma de plomo, por decirlo as, no poda sentirle, se cas cuando era viejo con el nico objeto de tener un hijo quien transmitir su nombre, un hijo que impidiese que sus Estados pasaran sus parientes bilaterales, quienes aborreca lo ms cordialmente posible; entonces se encamin la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan duro y tan excntrico como l, y que por una casualidad se haba casado joven, y le dijo: --Amigo don Iigo: los mdicos me dicen que cuando ms, cuando ms, puedo prometerme cuatro aos de vida. --Los mdicos quieren robaros, amigo don Francisco--contest el conde. --Podr ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando quiero andar derecho como _in illo tempore_, me da un crujido el espinazo, y el dolor me hace volver encorvarme un tanto; el peso del arns y del yelmo son malos, muy malos, amigo mo, bien lo sabis, porque vos, como yo, los habis llevado mucho tiempo; adems, este respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy hacer cuanto antes el testamento. --Y vens preguntarme sin duda, cul de vuestros parientes?... --Qu? Ni por pienso; si me heredan ser porque yo no puedo hacer otra cosa. --Pues no veo el medio de evitar... Tenis algn hijo incgnito?... --Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qu se quiere una mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado una mujer, como no haya sido las reinas que he conocido, y eso en los das de corte para besarlas la mano. --Pues por ms que hago, no adivino la razn de que hayis venido hablarme de vuestro testamento. --Para hacer testamento mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo que vos me deis ese hijo. Psose en pie de un salto el conde de Haro. El duque de Ganda no se movi del silln en que estaba sentado. --S, s seor, vengo que me deis un hijo por medio de una de vuestras hijas. --Ah!--exclam sentndose de nuevo el conde de Haro--; eso es distinto; ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, estis seguro, es decir, tenis probabilidades de obtener hijos? --Al menos los mdicos me lo han asegurado. --Bien; y cul de mis hijas queris? --La ms hermosa. --La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todava no ha salido de ella; no quiero violentarla. --Pero tiene hecho algn voto? --No. --Sabe ella vuestra voluntad? --No, porque yo quiero que haga la suya. --Habis hecho alguna promesa Dios? --Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho ms cuando ese otro es hija ma. --De suerte, que slo tenis un ligero deseo de que sea monja? --Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doa Juana... --Pues mejor, mucho mejor; yo slo saba, porque lo haba odo muchas personas, tratndose de vuestra familia, que tenais una hija que era un portento... Como para m la mujer es completamente intil, sino para madrear, ni repar en ello, ni sent absolutamente deseo por conocer ese portento de vuestra hija; pero cuando empec pensar en que yo deba tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber cmo, se me vinieron la memoria los elogios que acerca de una de vuestras hijas haba odo. --Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si slo os casis mecnicamente--dijo el conde de Haro, que era un tanto socarrn--, casos con la menor de mis hijas; tiene veinte aos, es fea, fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y propsito, decididamente propsito para la maternidad. Me quitarais de encima un cuidado, porque aunque la he dotado mejorndola, para contrapesar con dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con ella; vos es distinto; vos, para quien no existen los encantos de la mujer, qu ms os da? --Amigo don Iigo, yo he sido muy buen mozo. --Ya lo s. --Y quiero que mi hijo mi hija lo sean. --Es muy justo. --Porque ms de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la nobleza natural de la hermosura. --Sin duda. --Ahora bien; un chiquillo se parece su padre su madre, los dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra m cuando tena treinta aos, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse su madre... Es necesario que sea hermosa. --Esto se parece la manera cmo se hacen los caballos de la cartuja de Jerez--dijo el conde de Haro, quien convena una alianza con el duque de Ganda, y quien la tiesa extravagancia de ste haca feliz. --En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido esa hermossima hija que tenis... que se quedar viuda pronto con un ttulo ilustre y con cien mil ducados de renta. --No hablemos de eso--dijo ponindose serio el conde de Haro--; mi hija llevar vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de hembra que posee, cuya renta sube trescientos mil ducados. --No hablemos de eso--dijo el duque de Ganda--; yo no necesito ms que la hermosura y la nobleza de vuestra hija. --Tiene treinta aos. --Mejor. --Pues entonces... Sanjurjo! Sanjurjo! El llamado era el secretario del conde de Haro. --Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la diris que entregue mi hija la seora doa Juana, al aya doa Guiomar; al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque el catarro no me deja. Escribi Sanjurjo, firm el conde y parti la carta, y los dos grandes quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada. Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados ver realizados cuanto antes sus deseos. Dos horas despus, entr de repente en la cmara una joven, una divinidad, vestida con un hbito, un velo y una toquilla de educanda y se detuvo al ir arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que haba con l otro respetable seor, que la miraba ni ms ni menos que como hubiese podido mirar una yegua de raza, sin mover una pestaa. Doa Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de Ganda, y adelant con menos apresuramiento hasta su padre, y se arrodill y le bes la mano. --Te han dicho que no volvers al convento, hija?--la pregunt el conde. --S, seor. --Y te pesa? --No, seor. --Dilo sin reserva, sin temor. --Yo no tengo ms voluntad que la de mi buen padre. --Se trata de que cambies de estado. --Muy bien, seor. El conde bes su hija en la frente, la levant y la sent junto s. Doa Juana permaneci con los ojos bajos. --Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco de Borja, duque de Ganda, de quien me has odo hablar tantas veces con nuestra parienta la abadesa de las Descalzas. Doa Juana levant la cabeza, mir de una manera serena don Francisco, que no haba cesado de examinarla, y le salud de nuevo. --Este caballero--aadi el conde--, te pide por esposa. Pas por los ojos de doa Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron. Pero no pudieron dejar de notar el vivsimo color que cubri las hermosas mejillas de la joven. --Qu respondis eso?--dijo el conde. --Que vuestra voluntad es la ma, padre y seor--contest doa Juana. No se habl ms del asunto, porque no era necesario hablar ms. Dise parte deudos y amigos de estas bodas, encargronse galas Venecia, se renovaron muebles y se aument la servidumbre de la casa del duque de Ganda, con lo que haca muchsimos aos, desde la muerte de su madre, no haba tenido, esto es: con dueas y doncellas, y dos meses despus de la peticin, doa Juana de Velasco fu duquesa de Ganda. Entonces, y slo entonces, la conoci don Pedro Girn. Conocerla y codiciarla, fu cosa de un momento. Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fu subsiguiente. Pero el terrible duque de Osuna encontr una barrera insuperable sus deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doa Juana. Cuando el duque, aprovechando una ocasin, la deca amores, doa Juana se callaba, se pona encendida y buscaba en la conversacin general una defensa contra las solicitudes del duque. Si ste la encontraba sola en su casa, doa Juana llamaba inmediatamente sus doncellas. Si el duque la segua la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de su libro de devociones. Lleg contraer un empeo formidable el duque de Osuna. Y lo que era peor, un amor intenso. Porque doa Juana de Velasco lo mereca todo. Irritbale aquella resistencia, porque l estaba acostumbrado llegar, ver y vencer, como Csar. La conducta fra, tiesa, sostenida de doa Juana, le sacaba de quicio. Y, sin embargo, doa Juana le amaba con toda su alma; desde el momento en que le vi guard su recuerdo, repos en l, acab en fin, por enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada las rgidas prcticas del convento, guard su amor dentro de su alma, le combati, le domin si no le venci, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de l, ni aun el confesor tuvo noticia alguna. Porque deca doa Juana: --La honra de un esposo es un depsito tan sagrado, que no debe menoscabarse ni aun delante del confesor. La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le peda fuerzas para resistir al duque, que no cesaba en su porfa. Y Dios se las daba. Y cuenta que junto doa Juana no haba nada extrao que concurriese defenderla. El duque de Ganda, rara vez, y aun as por pocos momentos y tratndola ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones. No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo. Doa Juana para el duque de Ganda, no era ms que un medio. Y como aquel medio haba respondido admirablemente su intento, puesto que al poco tiempo de casada, los mdicos declararon que la duquesa se encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fu sus posesiones de Andaluca pasar el invierno, y dej en completa libertad y en absoluta posesin de su casa su esposa. Esto tena sus peligros, que no se ocultaban la duquesa. Don Pedro Tllez Girn no era un amante vulgar. Irritado como se encontraba por la resistencia de doa Juana, deba poner en juego todos sus recursos. Doa Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entr un da sola en el aposento del duque su esposo, tom un pistolete y lo llev su aposento, despus de cerciorarse de que estaba cargado. Doa Juana se haba puesto en lo peor. Y como todo el que se pone en lo peor, haba acertado. El duque, no encontrando ya persuasin ni insistencia que bastasen para ablandar aquella roca, apel al oro, y corrompi, enriquecindola, la servidumbre particular de la duquesa. Esta oy una noche rechinar levemente una puerta. Cuando el duque, que era el que haba hecho rechinar aquella puerta, entr en el aposento de doa Juana, se encontr esta vestida de blanco de los pies la cabeza, ms hermosa que nunca, pero terrible. Doa Juana tena un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con l al pecho del duque, dos pasos de distancia. --Bravo recibimiento me hacis!--dijo el duque, quien de antiguo no impona espanto el peligro--; contaba con resistencia, porque os conozco bien; pero no crea que me presentseis batalla. --Si no os vais, os mato--dijo la duquesa con la voz ms serena y ms sonora del mundo. --Habis de ser ma--dijo el duque, y se fu. La duquesa desarm el pistolete, y se acost como si tal cosa. Al da siguiente, las dueas y las doncellas del cuarto de la duquesa fueron despedidas por el mayordomo. --Pero, por qu se nos despide?--dijo una doncella que haba sido envuelta sin culpa en el naufragio universal. --No lo s, seoras mas--dijo el mayordomo--; no s ms, sino que su excelencia acaba de decirme que despida sus dueas y sus doncellas. Y el mayordomo deca la verdad. No saba absolutamente nada. El duque se di los diablos, y tom el prudente partido de esperar. Mientras esperaba, la duquesa di luz un hijo varn. El duque de Ganda no pudo saber si su heredero, para el cual haba escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo hermoso. Con tanta precipitacin quiso hacer su viaje el duque de Ganda, que le di un causn en el camino, y se muri en una venta sin otro consuelo sino que tambin en un mesn se muri el gran rey don Fernando el Catlico. Trajronle difunto su panten de Madrid, y doa Juana se puso el luto sin alegra, pero sin sentimiento. El que se alegr poco cristianamente, fu el duque de Osuna. Muerto el obstculo ms grave, el duque crey que los dems obstculos seran fciles de vencer. Dej pasar algn tiempo, y un da, al fin, completamente vestido de negro, y de la manera ms sencilla, se hizo anunciar la duquesa. Doa Juana le recibi en audiencia particular; slo que tena vestido de negro tambin, sobre sus rodillas, su hijo. Con el luto estaba la duquesa encantadora. Don Pedro Girn, que era violento, se sent temblando de pasin y de deseo junto ella. --Os amo--dijo el duque de Osuna--, y os declaro que soy tan vuestro, que no soy mo. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si se ve despreciado, dar lugar alguna desgracia. --Seor duque--dijo tranquilamente doa Juana--, mirad que os oye el duque de Ganda. Y seal su pequeo hijo. --Pero sois libre... --No por cierto, porque an vive mi honor. --No confiis en el mo? --El vuestro est tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le curis tiempo. --Qu decs, seora? --Que si yo soy libre, vos no lo sois. --Ah! --S; doa Catalina, vuestra esposa, tiene en m una buena guardadora por lo que toca sus derechos. --De modo que si yo fuera libre?... --Me esclavizara con vos. --Me amis?... --Me cas sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casara por tener un noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adis, seor duque, y perdonadme si no estoy ms tiempo aqu. Y la duquesa se levant, salud profundamente don Pedro, y sali con su hijo en los brazos. El duque estuvo punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto hubiera producido un escndalo, y el duque de Osuna era demasiado principal caballero para atreverse un escndalo, se contuvo, sali de la casa, y despus de haber dado vueltas cien proyectos, y de haberlos abandonado por inaceptables, se redujo al ltimo recurso de todo el que desea un casi imposible: esperar. Y no sabemos cunto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y los ingleses, no hubieran vencido la _Invencible_; si por esto, doa Juana, que era del cuarto de la infanta doa Catalina, no hubiera ido dar su seora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en una galera obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz antes de que pudiera reconocerle. [imagen:--Bravo recibimiento me hacis!--dijo el duque.] Puede fcilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresin, la desesperacin que causara en la duquesa aquel lance tan serio, tan grave, de tan terrible trascendencia. Y luego no saber el autor de aquel desacato! Doa Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos das avergonzada, sin atreverse mirar frente frente ningn hombre de los de la servidumbre interior que haban estado de servicio la noche de su mala ventura; doa Juana se haba informado de quines eran aquellos nombres, con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no haba estado aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo. Esto consista en que el duque acababa de llegar la ligera desde Madrid al Escorial, cuando se tropez en la galera obscura con la duquesa, y despus de su crimen, para no dar sospechas, se haba vuelto Madrid sin ver al rey. De modo que la duquesa no poda sospechar siquiera que el duque de Osuna hubiese sido el reo de aquella enormidad. Por lo tanto, era el nico delante el cual se presentaba serena, y el duque era el nico que se sonrea dolorosamente delante de la duquesa. Pas algn tiempo y la duquesa se hel de espanto; conoci que era madre. Madre de un bastardo, sin culpa, sin ms culpa que la de un aturdimiento hijo de su misma pureza! madre y viuda! Y sin conocer al padre de su hijo! Confesamos que la situacin de doa Juana era excntrica, excepcional, terrible. Lleg un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su estado, y se retir de la corte, se encerr en su casa. El duque de Osuna, al no ver en la corte la luz de los ojos, quiso verla en el hogar domstico. Pero encontr cerrada la puerta del hogar de doa Juana. Esper, pero pas algn tiempo, y doa Juana no se di luz. Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doa Juana tendra por objeto ocultar un estado embarazoso. Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerr en su camarn ms reservado, tom unas tijeras y en un libro, y provisto de una escudilla de plata con engrudo, se puso cortar, aislar, descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegndolas con el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta: Juana de mi alma, corazn mo: Yo soy el dichoso y el desdichado que te encontr en una galera de El Escorial una noche de que es imposible que te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado, temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te amenaza confa en m: yo te salvar. Pero contstame. Maana la noche estar, despus de las doce, los pies de tus ventanas que dan la calle excusada. Tanto tard el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando concluy. Vistise de negro, envolvise en una capa parda, cubrise con un ancho sombrero, y se fu en derechura con su carta cerrada casa de la duquesa de Ganda, ms bien la calle donde la casa estaba situada. Esper en un zagun, y cuando sali un lacayo le sigui y le dijo, fingiendo la voz de tal modo que no poda ser reconocido: --Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho dao si te niegas servirme, y rico si me sirves bien. Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de ocho. --Y qu puedo hacer, seor?--dijo el lacayo vencido completamente. --Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, tiene amante? --S, seor--dijo el lacayo--, y est para casarse. --Malo!--dijo para s el duque--; y con quin se casa Esperanza? --Con quin ha de ser, sino con el seor Cosme Prieto?... --Quin es ese Prieto? --El ayuda de cmara del duque difunto. --Ah! un vejete?... --S, seor. --Y con ese se casa doa Esperanza? --Qu queris? tanto rob su excelencia, que es muy rico. --Ya! pues mira: vas buscar ahora mismo Esperanza. --Muy bien. --La dars esta sortija y la dirs: el caballero que os enva como seal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas que dan la callejuela excusada. --Muy bien, seor. --Pero al instante, al instante. --En el momento en que vuelva de avisar al mdico de la seora duquesa. Dile un vuelco el corazn al duque, pero temeroso de comprometer doa Juana, no pregunt ni una sola palabra ms al lacayo, y recomendndole que concluyera pronto, se fu esperar la calleja. Pas ms de una hora. Al fin el duque sinti abrir una de las maderas de una reja y luego un ligero _siseo_ de mujer. El duque se acerc la reja, y con la voz siempre fingida dijo: --Sois vos Esperanza? --Yo soy, caballero--contest de adentro una voz de mujer que, aunque fresca y sonora, no tena nada de tmida--; y vos sois quien me ha enviado un recado con el lacayo Rodrguez? --S; s, seora. --Y qu me habis enviado? --Un diamante que vale cien doblones. --Eso habr sido por algo? --Indudablemente. --Me conocis? --S, s que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de Asturias. --Muchas gracias, caballero: y vos quin sois? --Yo!... qu os importa? --Vaya! --Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el aliento. --Y por qu fings la voz? --Porque no quiero que me conozcis. --Os conozco yo? --No; pero no quiero que me podis conocer maana. --Pero?... --Os amo. --Que me amis? Si sois un caballero principal, no querris ms que burlaros de m. --Vamos claros. T te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto. --Ah! s, seor; con mucha repugnancia. --T eres muy joven y puedes esperar. --Como que no tengo ms que diez y ocho aos. --Pero apuesto cualquier cosa que si Prieto se casa contigo, es porque no ha podido ser tu amante. --Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero. --Pero poco; no es verdad? --Es muy msero. --Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: quieres ser mi querida? --Seor! --No tendrs que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese escuerzo de Cosme Prieto. --Pero qu dirn mis padres? --Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro. --Seor! --No la quieres? --S; s, seor. --Pues entonces tmala. Sali una mano por la reja, y tom la bolsa. --Ahora, breme--dijo don Pedro. --Ah, no! no, seor!--exclam vivamente Esperanza. --Ya, ya te entiendo! Te parece poco el diamante y el bolso, temes que pueden ser falsos? --No; no, seor, es que soy una doncella honrada. --Oye, acaban de dar las nimas; desde aqu las doce de la noche van cuatro horas; puedes t bajar las doce esta reja? --Por esta reja! ahora su excelencia est en el oratorio, y he podido bajar; pero las doce su excelencia estar en su dormitorio, y el dormitorio de su excelencia da un corredor, y este corredor unas escaleras que estn aqu orilla. --Ah! conque tu seora se ha venido lo ltimo de su casa? --Vive muy retirada. --Y no te atreves venir por esta reja? --No, seor. --Pues por cul? --Por la ltima, seis rejas ms all. --Pues vendr las doce. --Venid; pero no os abrir el postigo; bajar hablar. --Bien, muy bien; me basta. --Pues quedos con Dios, que temo que mi seora me llame. --Ve con Dios, y no te olvides de mi cita. --No lo olvidar; las doce, por la ltima reja del lado de all; sta es la primera. --Hasta luego. --Hasta luego. La reja se cerr. --Conque junto esta reja hay una escalera que da un corredor al que sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasin violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... s, s; la honra de doa Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosas. Otra reja volada; no se me confundir. Adems es la primera. Y el duque se separ de la reja, tom el camino de su casa y se entr en ella por un postigo sin ser sentido de nadie. Abri un pequeo guardajoyas que tena en su aposento para su uso diario, y tom una rica cadena de diamantes y la guard en su escarcela. Entonces se puso trabajar de nuevo, esto es, componer con letras pegadas, bajo lo que haba compuesto antes en la carta que haba llevado consigo lo siguiente: Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; maana habr desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la busquis porque no la encontraris; no temis nada por vuestra honra, porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que slo por ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin que os comprometis. Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acab de componer las anteriores lneas. Volvi salir secretamente por el postigo, lleg la calle donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa, reconoci aqulla por donde haba hablado Esperanza cuatro horas antes, la dej atrs y se detuvo junto la ltima y esper. Al dar las doce el duque sinti pasos indecisos de una mujer en el interior; acercarse aquella mujer la reja, detenerse un momento como irresoluta, y abrir por fin las maderas. --Sois vos?--dijo con voz trmula Esperanza. --Yo soy--contest con la voz siempre desfigurada el duque. --Pero por qu si me queris os ocultis? --Ya me conocers. Entre tanto toma esta cadena. --Una cadena! --Que vale trescientos doblones. --Ah! trescientos doblones!--dijo Esperanza tomando con ansia la cadena. --Ya conocers que quien tanto te da debe amarte mucho. --Oh! y qu buena suerte la ma, seor! --No es la ma tan buena. --Por qu? yo... os quiero ya... os quiero bien. --No lo dudo. Pero me parece que no me querrs tanto que me recibas esta noche. --Ah, seor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo. --Pero la tendrs maana? --S; s, seor. --Y dime, nos podrn sorprender por esta parte? --No; no, seor; por aqu no viene nadie; ese postigo no se abre nunca; por lo mismo, es necesario buscar la llave. --Cuento con que maana... --Oh! s; s, seor. --Pues entonces, hasta maana despus de las doce. --Hasta maana. El duque se fu, y la doncella se subi su aposento con el corazn latindole con impaciencia por el regalo que la haba dado su extrao amante. Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, mir estremecida la cadena y ahog un grito de asombro. --Dice que vale trescientos doblones!--exclam--y bien lo creo; esto es muy bueno, muy hermoso, pero por qu me da tanto ese caballero? si sern falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no menta), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando una le dan para vivir toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo le vea los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le quiero... pero si fueran falsas estas piedras... Esperanza no durmi en toda la noche; al da siguiente se levant muy temprano, y se fu una platera. --Un caballero que me solicita--dijo al platero--me ha dado estas joyas: yo he temido que sean falsas. --Falsas? eh, seora! si queris ahora mismo por ellas doscientos doblones... --De veras? --Tan de veras como que os los doy. --No, no las vendo; quedos con Dios. Y Esperanza volvi loca de alegra su casa. Entretanto, el duque de Osuna deca su mayordomo: --Oye: no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada? --S; s, seor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una. --Hazla amueblar, y luego treme la llave y las seas de la casa. --Muy bien, seor. A la noche, las doce en punto, el duque de Osuna lleg la calleja donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Ganda. Reconoci la primera reja por donde haba hablado la noche anterior con Esperanza; vi sobre ella el mirador con celosas, y arrancndose una cinta del traje, la at en un hierro; despus, lleg la ltima reja, y esper. Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba, abri al momento el postigo de la reja. --Ah! buenas noches!--dijo la joven--; os esperaba con impaciencia. --Y me esperabas decidida todo, luz de mi vida?--dijo el duque fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar la doncella. --S; s, seor; pero vos no pensaris mal de m--dijo con cierto embarazo Esperanza. --No, de ningn modo--dijo con impaciencia el duque--; tienes la llave? --S, seor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje... pero ya est aqu. --Concluyamos entonces... --Ah, seor!... si os sintiese... --Decididamente consientes no en abrirme? --Ah, s, seor!... pero si me engaseis... --Mejor suerte has de tener que la que esperas... --Pues bien... s... s, seor; id por el postigo. Dios mo! El duque de Osuna se acerc al postigo, latindole el corazn. Esperanza abri. Cuando hubo abierto, el duque la asi una mano y tir de ella. --Qu hacis?--dijo asustada Esperanza. --Yo no me atrevo entrar--dijo el duque. --Y entonces, para qu querais que abriese? --Para que salieras t... --Pero Dios mo!... yo no os conozco. --Y qu te importa?... --S, s--dijo con energa Esperanza--; vens encubierto, podis ser un ladrn, haberme dado esas joyas y ese dinero para engaarme. --Y tiene razn la muchacha--dijo para s el duque de Osuna, pero sin soltarla. Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por desasirse del duque. --Si no me soltis, grito. El duque se decidi darse conocer. --Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarn con el duque de Osuna. --El duque de Osuna! Dios mo! pero esto no puede ser! no, no, seor, vos me engais! el duque de Osuna, cmo haba de reparar en m! --Conoces t al duque de Osuna? --Le he visto entrar muchas veces en casa. --Y yo te he visto ti muchas veces, y me he enamorado de ti. --Oh Dios mo! --Entra un tanto, que me voy dar conocer de ti. Entr Esperanza, el duque con ella, cerr el postigo, hizo luz con la linterna que llevaba bajo la capa, se quit el antifaz y dej ver su semblante Esperanza. La muchacha se estremeci y cay de rodillas. --Ah, seor! perdonadme, perdonadme por haber dudado de vuecencia!--exclam. --No me conocas--dijo el duque--, y nada tiene de extrao. Pero abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aqu cuanto antes. Te negars ahora seguirme? --No, no, seor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me di... --Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto las joyas no importa... vamos. --Ah, seor...! voy seguiros...! no s lo que me sucede! pero no me perdis...! El duque tir de ella, lleg al postigo, tom la llave de la parte de adentro, la puso por la parte de afuera, cerr, guard la llave y se alej con Esperanza. A la revuelta de la primera calle, el duque di una palmada. Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en ella. La silla se puso inmediatamente en movimiento. Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba. --Es necesario, necesario de todo punto--pensaba el duque--, que yo sea por algn tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar nada, para que crea que todo esto lo hago por ella. Y acercndose Esperanza la abraz. Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luch por desasirse del duque; pero luego se estuvo quieta. --Diablo!--dijo don Pedro--, del mal el menos; es buena moza cuanto puede pedirse, y parece honrada y buena... qu diablos de complicaciones...? una querida ms... y una pensin ms... porque si no es mi querida, sospechar... podr presumir, y es necesario que no presuma. Y tras este pensamiento, el duque enamor de tal modo Esperanza, que sta dijo al fin para sus adentros: --Le parezco hermosa, y como estos seores son tan ricos y tan orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durar poco... y me dejar enamorada. Dios mo! y qu hermoso, y qu galn es! Y la muchacha suspir. --Por qu suspiras?--la dijo el duque. --Porque os amo--dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro del duque. --Ya no me llamas excelencia, ni seor--dijo don Pedro--, y esto me agrada. --Por lo mismo lo hago, porque creo que estis enamorado de m. --Pero an queda ese enojoso vos. --Hablaros yo de t, como Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como otras que vienen servir de mi tierra. Yo soy noble. --Hola! --Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaa, nuestro solar es muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa. --Ah! Eso es cierto? --Ya lo sabris... --Y servas...? --Como doncella, una grande de Espaa; hay muchas damas sirviendo en la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se deba... la necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre anciana... --Ah! ah! pues mejor, mejor... yo enriquecer tus padres... yo no te abandonar. --Una sola palabra! --Qu! --Me amis de veras! --S!--dijo el duque. --Pues bien; el amor iguala... yo no s por qu te amo tambin, duque mo. --Diablo!--exclam para s el duque--; esta muchacha es ms hechicera y tiene ms talento de lo que yo crea. Me va interesando ya... como puede interesarme una mujer que no es la duquesa de Ganda. Abrise en aquel momento la puerta de una casa, y entr la silla de manos. Se detuvo, y los hombres que la conducan se alejaron, y volvi cerrarse la puerta. El duque abri entonces la portezuela, sali, hizo luz con la linterna, y di la mano Esperanza. --Estamos enteramente solos--dijo el duque--: los que nos han trado no saben quin eres, ni de dnde sales. Y esta era la verdad. --Oh Dios mo, y qu locura!--dijo Esperanza asindose encendida y trmula, al brazo que el duque la ofreca. Subieron unas escaleras. Dos horas despus el duque baj por aquellas mismas escaleras, plido y pensativo. --Una mujer da otra mujer: el corazn, por lleno que est, siempre tiene un hueco para la hermosura y para el corazn de otra mujer... diablo! diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta muchacha... ser necesario enviarla cuanto antes y bien dotada sus nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un remordimiento. Y el noble don Pedro abri la puerta y sali. Eran las tres de la maana. Dirigise rpidamente la callejuela donde le llamaba su amor, su verdadero amor, la pasin de su alma, que no podan apagar las pasajeras lluvias de amorcillos que caan cada paso, causa de su carcter y de sus riquezas, sobre el duque. Lleg, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo tan dulcemente haba comprado, se estremeci, dud, retrocedi: tema que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no retroceda tan fcilmente; antes que dejar abandonada s misma la duquesa, arrostr por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su juventud, don Pedro Tllez Girn era un magnfico grande, quien se respetaba poco menos que al rey. Una vez dentro, recorri algunas habitaciones desamuebladas, hmedas, lo largo del muro de la calle, y fu reconociendo las rejas, ocultando la luz de la linterna cada vez que abra una. Al fin di con aquella, en uno de cuyos hierros haba puesto como sea una cinta: quitla, cerr, di luz de nuevo, y busc la subida de la escalera; por la cual, segn le haba dicho Esperanza, se suba al corredor donde corresponda una puerta de escape del dormitorio de la duquesa. Aquel corredor tena dos puertas: una cada extremo. El duque en esta perplejidad se dirigi la de la derecha, con paso silencioso como el de un ladrn, oculta la luz de la linterna, con las manos por delante. * * * * * En un ancho y magnfico dormitorio, en un no menos ancho y magnfico lecho, dorma, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de Ganda. Desvelbala el cuidado. La espantaba el da en que, no pudiendo ocultar ms su estado, la fuese de todo punto indispensable confiar alguien su secreto. Y cmo hacer creer nadie la singular manera como haba acontecido aquel terrible compromiso? Doa Juana, que era virtuosa y honrada, no poda menos de afligirse amargamente, y de llorar al verse sometida aquella inaudita desgracia. Pidi Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una deshonra que ella no haba dado lugar, sino siendo mujer, cuando oy dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitacin inmediata. Doa Juana detuvo el aliento y escuch de nuevo. Pas algn tiempo y los dos golpes se repitieron. Por aquella puerta, condenada haca mucho tiempo, y demasiado fuerte y bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no poda llegar nadie como no fuese alguno de su servidumbre ntima, que tuviese inters en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde dorman la duea y las doncellas de servicio. Doa Juana se levant, se ech por s misma un traje y se acerc la puerta, la que llamaban por tercera vez. --Quin llama?--dijo en voz baja. --Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazn y mi alma, hermosa seora--dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no pudo reconocer. Al mismo tiempo sinti el roce de un papel por debajo de la puerta. Bajse la duquesa y tom el papel. Era la carta que haba compuesto para ella el duque de Osuna. Se fu, latindola el corazn, la luz, y ley el doble contenido que ya conocen nuestros lectores. Apenas la ley rpidamente, cuando corri la puerta. Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que se encontraba. Pero aquella puerta estaba condenada, no tena la llave, y la duquesa se vi reducida tocar ella, llamar levemente la atencin de la persona que supona al otro lado. Pero nadie la contest. Volvi llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio. Poco despus oy all, desde el fondo de la calle, una voz intensa, dolorosa, que exclam: --Adis! Doa Juana se precipit la reja, la abri, mir la calle, y vi lo lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que desapareca. Doa Juana permaneci un momento en la reja mirando de una manera ansiosa al lugar por donde el bulto haba desaparecido, como si hubiera querido atraerle, y luego se retir, cerr lentamente las maderas, y se fu la mesa, tom su libro de devociones, cort algunas hojas, y luego busc unas tijeras y se puso cortar letra por letra. Cuando tuvo una gran cantidad, las fu clasificando en montoncitos por orden alfabtico: como podra decir un cajista, distribuyndolas, y cuando las tuvo distribudas, repar en que no tena con qu pegarlas sobre el papel. --No importa--dijo--, aprovechar el tiempo: escribir lo que he de copiar con esas letras. La duquesa de Ganda se puso escribir su original, es decir lo que deba despus componer. Y al escribirlo la infeliz lloraba. Cuando estuvo concluida la carta, que no fu sino mucho despus del amanecer, porque la duquesa haba pensado mucho, haba rayado muchas palabras, que por la delicadsima ndole del asunto, la haban parecido inconvenientes, result lo que sigue: Seor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero creer que sois noble y generoso, y que ser verdad que no me habris comprometido valindoos, para hacer llegar mis manos la carta vuestra que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, quien yo crea por cierto ms honrada. Quiero creer, que ni me culpis por lo sucedido, ni habris revelado ni revelaris nadie, ni aun vuestro confesor, lo que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, seor: lo que temis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, seor, ya que lo sucedido no tiene remedio, vuestro honor me entrego; de vos, que sois la causa de mis desdichas, espero la salvacin, y si me salvis, si nadie en el mundo ms que vos puede saber lo que me sucede, si queda secreto, yo os perdonar. Entre tanto, seor, seis quien fureis, noble plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan conocen mi desdicha. Cuando recibis esta noche las doce mi carta, entrad, entrad como habis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir. Adis, seor, la desdichada quien conocis y que no os maldice, porque no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar. Despus de escrita esta carta, la duquesa la guard cuidadosamente, envolvi cada suerte de letras de las que haba cortado en su papel correspondiente y las guard, cerr asimismo el libro de devociones, y se acost. Algunas horas despus, ya muy entrado el da, cuando la despertaron, la duea ms antigua la dijo toda azorada: --Seora! Esperanza de Figueroa ha desaparecido! --Que ha desaparecido Esperanza!--exclam la duquesa con tal asombro, tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera noticia. --S; s, seora: desaparecido completamente. --Habr salido... --S, seora: pero es el caso que se ha dejado su manto. --Esperad, que ya volver: cuando vuelva la decs que la despido, y que Bustillos corra con lo necesario para envirsela su padre, con una carta en que se diga por qu la vuelvo. --Muy bien, seora. --Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel. Trajeron la duquesa almidn cocido. --Retiros--dijo la duquesa--; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo ningn pretexto sin que yo le llame. --No almuerza la seora? --No. La duea sali admirada. La pobre duquesa emple todo el da en componer su carta con las letras cortadas, pegndolas como haba hecho el duque de Osuna sobre un papel. --Guard cuidadosamente lo que poda indicar su trabajo, quem la carta del duque de Osuna y el original de la suya, llam y comi algo. --Ha venido Esperanza? doa Agueda--dijo mientras coma la duquesa la duea que la haba dado la primera noticia de la desaparicin de la joven. --No; no, seora--dijo la duea--; ni parece pesar de que se han enviado algunos lacayos buscarla. Parece que se la ha tragado la tierra. Ser necesario dar parte la justicia. --No, no: respetemos su pobre padre... ocultmosle su desgracia--dijo la duquesa--; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que hacer. --Muy bien, seora. --Ha dejado su cofre? --Lo ha dejado todo. --Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que me lo traigan. Yo sola he de verlo. --Muy bien, seora. Poco despus la duquesa tena en su habitacin el pequeo cofre de Esperanza, descerrajado. Quedse sola, y fu sacando la pequea hacienda de la joven. Consista en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas. Pero en un rincn del cofre, la duquesa encontr un pequeo envoltorio; un envoltorio pesado. Le abri, y encontr quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija y una cadena de diamantes. La duquesa lo adivin todo. --Oh!--dijo profundamente--; la ha deslumbrado, la ha engaado, se la ha llevado consigo para que no hable: quin ser este hombre que tan villanamente obr conmigo aquella noche funesta, y que con tanta hidalgua cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de m? Oh, Dios mo! Dios mo! si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recatara tanto... no, no... quin ser, Dios mo? quin ser? Y ni por sueos pas por la imaginacin de la duquesa, que aquel hombre pudiera ser don Pedro Tllez Girn. Tan imprudente le crea doa Juana, que habrsela ocurrido aquel pensamiento, le hubiera desechado como absurdo. Y eso que siempre tena en la memoria al duque de Osuna, porque le amaba. Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma. La duquesa guard el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre lo que de l haba sacado, y mand que lo pusiesen entre sus cofres de uso diario. Luego esper con impaciencia que diesen las doce de la noche. Poco antes ocult la luz, se asom la reja y esper. Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareci un bulto, y se detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa. Esta, temblando, dej caer la carta. El bulto la recogi, y la dijo con voz desfigurada: --Maana te contestar, adorada ma; las doce echa un cordn donde yo pueda poner mi carta. Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba contestar, el bulto desapareci. Doa Juana se entr despechada en su dormitorio, se acost, pero no durmi. A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna en la calle, al pararse bajo la reja, sinti abrir la del piso bajo. --Caballero, quien quiera que seis--exclam la duquesa de Ganda, que ella era--, escuchadme en nombre de vuestro honor. El duque, sobresaltado, guard silencio por algunos segundos. Luego, desfigurando completamente la voz, contest: --Oh! y qu imprudente eres, y qu terrible prueba me sujetas! --Habladme como queris--dijo la duquesa--; yo no puedo evitarlo; soy vuestra esclava. --Perdonad, ah! perdonad, seora--dijo el duque--, pero os amo tanto... --Y por qu siendo yo viuda, antes de llegar al punto que habis llegado...? --No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, seora, tan insensible... --Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: quin sois vos? --Un hombre que os ama. --Os conozco yo? --No. --Ni acuds lugares donde yo pueda hablaros? --No. --Sois sin embargo, rico?... --Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en los salones del rey. --Ah! si sois rico y noble, por qu no os casis conmigo? --Porque no puedo. --Sois casado? --No. --Pues si no sois casado?... --Mi cabeza est sentenciada... --Sentenciada! Por qu delito?... --Por haber puesto mano la espada contra el rey. --Ah! y sois noble? --Porque soy noble; la misma noche en que fusteis ma... --Callad!... pero si es cierto... yo preguntar... --Nada sabris, porque el rey y yo estbamos solos. --Y no puede el rey perdonaros?... --El rey me har ahorcar el da que me coja... --Sois cruel; sois miserable... habis cometido conmigo un crimen inaudito y no lo queris reparar. --No puedo... pero nadie conocer... --Eso es imposible. --Os juro que el secreto quedar nicamente entre los dos. --Por qu no me hablis con vuestro acento natural? --Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido. --No cederis? --No. --Que os castigue Dios! --Bastante castigado estoy, seora. --Oh! qu situacin tan horrible la ma!--exclam la duquesa. --Horrible, s, muy horrible--exclam el duque--; horrible para los dos. --Porque... porque vos habis sido un infame--dijo la duquesa, que no pudo contenerse ms, llorando. --Culpad Dios, que os ha hecho tan hermosa. --Concluyamos, caballero, concluyamos--dijo la duquesa--; os habis burlado de m... ya no tiene remedio; yo no me vengar, yo no os maldecir... pero Dios os castigar. --Ya os he dicho que estoy harto castigado. --Pero no os dais conocer? Os juro que no me quejar, que me resignar... pero vuestro nombre... --No puedo... no debo... no lo dir... --Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fings la voz. --No, no me conocis. Pero veamos, seora, lo que hemos de hacer; lo que importa es salvar vuestro honor. --Ah, Dios mo! y cmo? --Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue vuestras manos ha sido preciso que yo engae una de vuestras doncellas. --Esperanza! la habis seducido, la habis comprado... --Cmo sabis!.. --S, s por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la dsteis. --Yo guardar como preciossimas estas alhajas y estas monedas que han estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor--dijo don Pedro, tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso una de sus manos, que la duquesa retir vivamente. --Ah!--exclam con indignacin--no os basta el haberme perdido, sino que an me segus insultando! --Perdonad, seora, pero os amo tanto! --Y desde cundo me amis?... --Desde la noche en que... --De modo que cuando me encontrsteis, por mi mala ventura... --Me deslumbrsteis, seora; yo no os conoca... os vi... y... --Fusteis un infame. --Tenis razn; pero no fu yo... fu un impulso superior mis fuerzas... no hablemos ms de eso... --Pero en la situacin en que me encuentro... --Os salvar de ella... --Alguien habr de saber... --Dios, que lo sabe todo, vos y yo. --Y qu pensis hacer? decidme. --Por el momento, alejar Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme con ella, estar su lado algn tiempo. --Ah! --Un mes lo menos. Hoy estamos primeros de Abril; el primero de Mayo las doce de la noche en punto, estar en esta reja. Adis. --Os vais? --S... --Y si os dijese que... que os amo...--dijo con gran dificultad la duquesa. --Yo s que no me amis; yo s que ments... perdonadme, pero esta es la verdad; que ments para arrancarme mi nombre; vos no me amis. --No... no miento--exclam toda turbada la duquesa. --Pues bien, seora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que me amis, permitidme que llegue hasta vos. --Ah! no! no! imposible! si queris que yo sea vuestra, hablad, descubros el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa. --Ah! si eso pudiera ser! Pero adis, seora, adis. --Volveris? --Volver... dentro de un mes; el primero de Mayo esta misma hora, por esta misma reja. Adis. --Adis. El duque de Osuna not que doa Juana se quedaba en la reja. Tuvo intenciones de volver. De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre quien amis. Porque el duque de Osuna haba llegado comprender que doa Juana le amaba. Pero haba comprendido tambin que doa Juana tena fuerza sobrada para contener su amor. Que era capaz de morir antes que deshonrarse. El duque, pues, no se haba atrevido darse conocer. El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se hubiera convertido en odio al saber sta que l era el causador de su situacin horrible; doa Juana se hubiera negado verle, y don Pedro no se atrevi romper el incgnito. Trasladse la calle de la Palma Alta, la casa donde tena Esperanza. La joven dorma profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueo, lucia una sonrisa de deleite. --Dejmosla dormir--dijo el duque de Osuna--, y entretanto dispongmoslo todo para apartarla de aqu. Y baj, abri una reja y di una palmada. Acudi un hombre. --Eres t, Daz?--dijo el duque. --S, excelentsimo seor. --Sabe alguien quin es la dama que est conmigo en esta casa? --Yo mismo no lo s; vuecencia tena la silla de manos dispuesta en una encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera querido... --Muy bien; ahora mismo buscars un coche de camino. --Muy bien, seor. --Que el mayoral y los mozos sean extraos, que no me conozcan. --Muy bien, seor. --Necesito ese coche dentro de una hora. --Y el equipaje del seor? --No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recmara, y abre el armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeo muy pesado, tretelo. --Oh, y sin perder un minuto, traer tambin vuecencia equipaje! --Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin descansar me plante en Pars. --Y va ir vuecencia solo? --Enteramente solo; pero ve, mi buen Daz, ve que estamos perdiendo el tiempo. El criado del duque parti la carrera. Don Pedro volvi subir al aposento donde dorma Esperanza, se acerc la luz y mir la muestra de un enorme reloj de oro. --Las tres y media--dijo--; las cuatro y media est aqu el coche; an no es de da ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha se vista. Y entrando en la alcoba la despert. --Ah, sois vos, seor!--dijo Esperanza--; apenas puedo ver claro. --S, yo soy; levntate y vstete; nos marchamos. --Que nos marchamos? Y dnde? --Donde pueda vivir libremente tu lado, Esperanza ma--contest con ternura el duque. --Oh, cunto te amo--dijo Esperanza, colgndose del cuello del duque. --S, s; pero aprovechemos el tiempo. --Y dnde vamos, seor?--dijo Esperanza, saltando casi vestida de la cama. --A Pars. --A Pars! --S, una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo ms que Madrid. --Y all no os conocen? --S, por cierto; pero en Pars es difcil encontrarse con los conocidos. --Pero vos no podis estar siempre en Pars? --No; pero ir verte largas temporadas. T puedes llevar tu familia, vivir en un palacio. --Oh, Dios mo! --Quiero que pases por una dama principal. --Oh, descuidad!... no os avergonzar, no dir nadie que he estado sirviendo. --Lo quiero... no por m, que eres t harto hermosa para que pueda disculparme, sino por ti. --S, por ti y por m. Oh, Dios mo y qu feliz soy! Cuando pienso que he estado punto de casarme con Cosme Prieto! --Eso hubiera sido una atrocidad. --Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vi! --El amor iguala los bajos con los altos, y si no fuera yo casado... --Te casaras conmigo? --No; pero no me casara con otra. --Yo os quiero as, mi seor... yo me muero por vos, y aunque no fuseis rico ni duque, os amara del mismo modo. --Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy ver si falta an algo. El duque baj obscuras y abri la puerta. Entre la sombra vi un enorme coche de camino, y detrs un carro. La zaga del coche era un promontorio. --Qu es esto, Daz?--dijo. --He concludo en menos de una hora. Como las ventas de Espaa son tan malas, he cargado un carro de comestibles y vino; adems he buscado un cocinero, y cuatro lacayos. --Y todo eso en media hora? --Como que hemos sido diez trabajando un tiempo. --Y sabe esa gente que me acompaar quin soy yo? --No, seor. --Y qu es eso que abulta en la zaga? --Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario est en el cajn del coche, y sta es la llave; he puesto adems un talego lleno de ducados y otro de doblones de ocho en el mismo cajn. --Bien, bien, Daz; que est todo dispuesto para marchar. Cuando salga yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dnde estoy, responded que me he ido caza. --Muy bien, seor; y si la seora duquesa?... --D Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para la corte de Francia. Adis. --Que vuecencia lleve buen viaje. Poco despus sali Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida su brazo entr en el coche. Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron las ruedas y el pequeo convoy, compuesto del coche y del carro, sali de Madrid. Quince das despus entraba en Pars. El duque tom una hermosa casa en la calle de San Dionisio. Es decir, la compr. La hizo amueblar magnficamente en dos horas. Llam modistas y visti Esperanza de un manera regia. Despus la mostr un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro. --Esto--la dijo--es para ti; llama tus padres y vive con ellos; no digas nadie que el duque de Osuna te ha trado, ni que has sido doncella de servir; no te conviene. Yo adems te enviar har que te enven todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados. --Cmo, seor, os vais? --Necesito estar en Madrid fin de mes. --Y no volveris? --No lo s. El duque se puso aquel mismo da en camino. Como no hemos de volver encontrar Esperanza, diremos cul fu su suerte. Esper durante algn tiempo al duque de Osuna sindole fiel. Pero como el duque no fu, acogi los amores de un par de Francia, no tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de Espaa. Arruin al par, y despus un consejero del Parlamento, y luego un caballero de San Luis, y despus un tendero de la calle de San Honorato, explot cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco aos, en que rica y clebre, se cas con un hermoso oficial de mosqueteros que encontr inoportuno pedir honra una dama tan hermosa, tan rica y tan pretendida. El duque haba logrado su objeto. Esperanza se guard muy bien de decir nadie que haba servido la duquesa de Ganda ni que haba salido de su casa con el duque de Osuna. El guardar el decoro de la duquesa haba costado don Pedro un tesoro. Este volvi Madrid de su expedicin Pars el mismo da en que lo haba prometido la duquesa. A las doce de la noche estaba en la reja. Al llegar, la madera de la reja se abri. La duquesa de Ganda estaba esperando al duque. --Oh vos, quien quiera que seais...!--exclam la duquesa--es necesario que me salvis... vos que me habis perdido... temo la mirada de todos... mi mejillas empalidecen; oh Dios mio! creo que todos conocen mi deshonra. --Oh! descuidad, seora--exclam conmovido el duque, aunque siempre desfigurando la voz... pero es necesario que pongis de vuestra parte. --Y cmo? --He encontrado un medio... --Cul? --Decid vuestro confesor que habis tenido una revelacin. --No os comprendo. --S; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso. --Oh! Dios mo! --Decid, pues, vuestro confesor, que el santo de vuestra devocin se os ha aparecido... --Una mentira sacrlega! --Para salvar el honor de una ilustre familia! para salvar vuestro perdido honor! --Seguid, seguid. --Diris que el santo os ha revelado que vuestro esposo est en el purgatorio. --Ah! --Que para salir de l, necesita que vos hagis un ao de penitencia... --No os comprendo an. --Un ao privada de la vista de todo el mundo. --Dios mo! --Os juro, seora, que no me perdonar nunca el sacrificio que os obliga mi locura... --No, no; merezco bien esa penitencia. --Vos! --S, yo; yo, al sentirme deshonrada, deb darme la muerte... y si no fuera por el hijo que siento en mis entraas... --Pues bien, seora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso ese hijo... --Ah, seor! seris acaso el rey? --El rey! guardos muy bien, seora, de indicar nada su majestad; os juro por la salvacin de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo... el causador de ella. --Sin embargo, podis hacer grande al desdichado fruto de vuestro delito! --S; s, seora; grande entre los grandes. --Pero continuad, continuad; cmo he de hacer yo para que nadie me vea? --Od: tendris dos habitaciones enteramente provistas de cuanto necesitis; cuando queris algo, lo pediris por escrito; llamaris y os ocultaris antes que puedan llegar. --Y... os comprendo... no sospecharn... --Vos sois piadosa, os habis criado en un convento de monjas... --Y si sobreviene alguna enfermedad? --Dios no querr, y si eso sucede, ya encontrar otro medio. El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan. Al da siguiente doa Juana llam su confesor, y le di parte de que haba tenido una revelacin, que para salvar del purgatorio su esposo, se la haba mandado recluirse durante un ao, de tal manera, que no la viese persona viviente; que haba prometido hacerlo y que estaba resuelta cumplir su promesa. El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crdulo, aprob la conducta de la duquesa, y no slo la aprob, sino que la excit que la cumpliese cuanto antes. Preparronse dos habitaciones y empez el encierro. Cuando la duquesa se levantaba, llamaba. Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que haba menester en otra habitacin y cuando todo el mundo haba desaparecido, hacan seal con una campanilla. La duquesa pasaba la otra habitacin, que estaba completamente obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa cerraba por una parte y otra dos puertas, y slo cuando era imposible que nadie la viese, abra las ventanas que estaban cubiertas por cortinas. El paso de una otra habitacin se haca siempre as. Era imposible que nadie comprendiese su estado. Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban. Spolo el rey y no lo extra, porque conoca la piedad de la duquesa; celebrlo ms bien. Spolo la corte y nadie sospech, porque no poda sospecharse nada de doa Juana. Todos, en aquellos tiempos en que la religin estaba sostenida por una fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la tuvieron por una santa. Y cunto luch la desgraciada en aquel largo encierro! cunto sufri! cunto goz en su sufrimiento! Haba perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba generoso, y senta una viva ansia por conocerle. Pero el duque de Osuna, que iba recatadsimamente verla por la reja algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba rigurossimamente su incgnito. En vano doa Juana pretenda desvanecer la sombra de aquel bulto negro que se acercaba la reja. En vano pretenda recordar una voz conocida en aquella voz afectada. El causador de su desdicha segua siendo para ella un misterio, un imposible, un pensamiento fijo. Y por intuicin, como por instinto, al sentir su hijo en su seno, la pobre madre pensaba involuntariamente con el corazn abrasado de amor en el duque de Osuna, en aquel hombre quien no poda pertenecer, que no deba conocer jams su amor. Y nunca sospech que aquel encubierto de la reja fuese el duque de Osuna. Pasronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa. Haca ya algunos das que el duque ocupaba una casa frente por frente de las rejas de la duquesa, desde donde una seal deba acudir todo trance. El duque conservaba an la llave del postigo. Desde haca algunos das, el duque lo tena preparado todo; la casa de don Jernimo Martnez Montio, en Navalcarnero, una litera y mozos en la casa vecina la de la duquesa; cuanto era necesario. Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lbrega, el duque acudi la reja. Abrise sta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclam: --Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero. El duque entr, y encontr doa Juana desmayada. Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sac doa Juana en sus brazos, la meti en la litera, cerr el postigo, y parti hacia Navalcarnero. Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el to Manolillo, y lo viese todo, y siguiese la litera. Antes del amanecer, doa Juana volvi su casa. Haba dejado su hijo en Navalcarnero. Doa Juana, exponindose morir, no alter la costumbre que desde el primer da de su encierro haba establecido. Nadie pudo saber nada. El to Manolillo, que haba cogido el secreto dos veces, su principio en el Escorial, su fin en Navalcarnero, call, porque el to Manolillo saba que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse. Durante algunas noches, el duque de Osuna entr por el postigo. Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras, le habl por la reja. --Os doy las gracias--le dijo--, por lo honrado que habis sido; me habis salvado, despus de haberme perdido, y os perdono enteramente. Existiendo lo que entre los dos existe, no podr saber quin sois? --No--contest con voz ronca el duque. --No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo. --El ser grande y noble. --Od; yo quiero alguna vez conocerle. --No es prudente. --Cuando ya sea hombre lo menos. --Hablad, seora. --Cuando sea hombre ocupar un lugar distinguido en la corte? --S, seora. --Se casar, le casaris con una dama. --S; s, seora. --Pues bien, esperad. La duquesa subi, y baj poco. --Tomad. --Y qu es esto, seora? --La herencia que doy mi hijo; el aderezo que llev puesto el da en que me velaron con el duque de Ganda. --Y bien?... --Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre la corte, que lleve algunos das puesto este aderezo, y un medalln en que hay un rizo de mis cabellos. --Bien, muy bien, seora. --Ahora, caballero, ahora que todo ha concludo entre nosotros, no volvis verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto. --Ah! no quiera Dios, seora, que muera el hijo de nuestro amor! Despus de algunos momentos de conversacin, duque y duquesa se separaron. Y no volvieron verse por la reja. Pero cuando doa Juana acab de cumplir su voto aparente, y se present en la corte, el duque de Osuna se present ella, galn y hermoso. La duquesa palideci. --Oh! cunto os amo!--dijo el duque con un acento salido del corazn--; yo saba que rais hermosa y pura; pero no saba que rais una santa... y un ao mortal sin veros!... y fe fe que me parecis ms hermosa. La duquesa se vi obligada imponer silencio al duque, pero no sospech que l fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospech. El duque crey, por su parte, que nadie saba el secreto de la duquesa. Ignoraba que el bufn del rey lo saba por completo, por dos extraas casualidades. Ignoraba tambin que cuando dej de socorrer su hijo, con la intencin de que se acostumbrase la lucha y la pobreza, Jernimo Martnez Montio, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fu traidor al secreto por amor don Juan. Un da llam al escribano Gabriel Prez, que ya estaba viejo, y le sedujo para abrir el cofre que le haba dejado en depsito el duque. El escribano, como que poda poner un nuevo testimonio, cedi por curiosidad y por algunos ducados. Abrise el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba su hijo que conociera su madre por medio del aderezo de brillantes. Pero como no constaba el nombre de la madre y slo el amor que deca haberla tenido el duque, Jernimo Martnez Montio, empeado en saber quin era la madre de don Juan, se traslad Madrid, y tanto pregunt amigos, conocidos, acerca de una dama quien hubiese amado mucho el duque de Osuna en cierta poca, que hubo de saber que el duque haba andado enamorado de la duquesa viuda de Ganda, pero sin obtener nada. Entonces Jernimo quiso conocer la duquesa, y la conoci. Vi que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el rizo que estaba encerrado en el medalln. Despus pregunt quin era haba sido el joyero del duque de Ganda. Dijronselo, y le busc, y en secreto le pregunt, presentndole un brazalete, si lo haba l fabricado. --En efecto--dijo el platero--, este brazalete es una de las alhajas del aderezo completo que hice para el casamiento de la seora duquesa de Ganda. --Pues devolved estos dos brazaletes la duquesa--dijo Jernimo, que comprendi que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas, sali de la tienda y se perdi. El platero llev al momento las joyas la duquesa. Al verlas doa Juana, tembl, palideci. --Quin os ha dado esto?--le dijo. --Un hombre quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolucin de ello vuecencia. --Pero su nombre... --No le conozco, seora. --Os har prender. --Ah, seora! eso sera muy injusto. --Id, id con Dios--dijo la duquesa meditando que si se empeaba en averiguar por dnde haban venido aquellas joyas, poda descubrir su secreto. Pero doa Juana quedo en una ansiedad mortal. Habra muerto su hijo, aquel hijo quien amaba tanto? Doa Juana, pues, no era feliz. Y de repente se le haban revelado dos grandes misterios, por medio del aderezo usado por doa Clara Soldevilla. Haba conocido su hijo. Era un mancebo hermossimo, capaz de enloquecer una madre; noble, generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por ms que no fuese muy de la devocin de la duquesa, por ser amiga doa Clara de la reina y conspirar contra el duque de Lerma. Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna? Nada tiene de extrao, pues, que doa Juana de Velasco se sintiese mala al ver su aderezo sobre doa Clara; nada, pues, que esperase con tanta impaciencia los dos jvenes. Tena, pesar de su prevencin haca ella como conspiradora, gran confianza en doa Clara; saba cunto era noble y pura, y en cuanto hermosa... Como madre, tena lleno el corazn doa Juana con la esposa de su hijo. Pero... se vea obligada defenderse delante de ellos; haba llegado el momento de la defensa y temblaba. Al fin se abri una puerta, y un maestresala dijo: --El seor don Juan Tllez Girn y su seora esposa estn en la cmara de vuecencia. CAPTULO LVII AMOR DE MADRE Doa Juana fu all desolada. Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta exterior. Vi don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y doa Clara que los miraba tambin hechiceramente apoyada en el hombro de su marido con el ms delicioso abandono. --Oh Dios mo!--dijo la duquesa--y es preciso, preciso de todo punto! Y adelant. Los dos jvenes se volvieron. La duquesa mir don Juan, hizo un ademn de arrojarse en sus brazos; pero se arroj de repente en los de doa Clara. La joven la estrech entre ellos, la bes en la frente con ternura y la dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que slo la duquesa pudo or: --Oh! madre ma! La duquesa se levant de entre los brazos de doa Clara, y la mir al travs de sus lgrimas. La joven haba tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas, aquel terrible aderezo. Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre. --S, s; mis hijos!--exclam la duquesa--; pero hablad bajo... muy bajo... vos...--aadi dirigindose don Juan--hacedme el favor de cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo mi recmara, donde nadie pueda escucharnos. Los dos jvenes siguieron la duquesa. Esta llevaba asida de la mano doa Clara. Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellsimo gabinete, la duquesa no pudo contenerse; se arroj entre los brazos de don Juan, le bes, llor, ri y por ltimo cay desvanecida sobre el estrado. --Agua! agua! Clara ma!--exclam don Juan--mi pobre madre!... Doa Clara busc agua, y no encontrndola, sac de su seno un pomito de agua de olor y la esparci sobre el rostro de la duquesa. Al poco tiempo, como el desvanecimiento haba sido ligero, doa Juana volvi en s. Vi los jvenes y se ruboriz. Ellos conocan su secreto. La duquesa se haba visto obligada llamarlos. Su honor exiga una explicacin, una revelacin. Y en medio de la situacin difcil en que se encontraba, gozaba un placer infinito, una alegra inmensa, inefable, como nunca haba experimentado. Al fin era madre y tena delante su hijo. Y su hijo era hermoso. En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones. Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito. Era el pursimo amor de una buena madre, que haba llorado veinticuatro aos por su hijo quien no conoca, y que le era tanto ms querido, cuantos ms sacrificios de todo gnero le haba costado. Junto s, y esposa de su hijo, tena aquella admirable mujer, modelo de la dama espaola, tipo por desgracia perdido, con su belleza espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmsfera de distincin que vemos an en los retratos contemporneos de Pantoja, de Velzquez y de otros tantos. Doa Juana, pues, sufra y gozaba; lloraba y sonrea, se avergonzaba, y sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza. Doa Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la tierra. Asi las manos de los dos jvenes, los atrajo s, los estrech un tiempo contra su pecho, y parti con los dos sus besos y sus lgrimas. Despus, separndolos dulcemente de s, les dijo: --Necesito justificarme ante vosotros. --Madre y seora!--exclam don Juan. --Justificaros vos! y de qu?--dijo doa Clara. --Vos, don Juan, sois noble y ms de noble, hombre de honor; no desments la ilustre sangre que por vuestro padre y por m corre en vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser mi hijo. --Ah! no! no!--exclam don Juan. --Y vos, doa Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como el sol; vos, hija ma, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos, vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenis que decrmelo... la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma de vuestro esposo, sin duda serais ms feliz si vuestro esposo no fuera mi hijo. --Os juro, mi buena, mi amada madre, que no. --Y sin embargo, hemos sido enemigas. --Enemigas!--dijo don Juan. --Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal. --No; no, seora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habis querido separarme de la reina... esto era natural. La reina tena y tiene en m un apoyo muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona quien ama, y una prueba de ello ha sido mi casamiento. --Ah!--exclam la duquesa. Don Juan se sonri, y mir de una manera elocuentsima su mujer. --Digo, seora, que una prueba de mi amor su majestad, ha sido la causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba... --No os comprendo... --Tiempo tendr de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme por obligacin con don Juan... --Por obligacin...! --Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer. --Ah! perdonad; pero suceden, aun la mujer ms pura, cosas tan extraordinarias... y l, un Girn... audaz y apasionado como su padre... os repito que no os comprendo. --Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar su majestad, casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que ansiaba ese casamiento, que arda en amores por l... que al darle mi voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba, sino quien tomaba; no era yo quien haca feliz, sino quien se haca si misma dichosa. --Cmo!--exclam don Juan. --Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan, estoy delante de vuestra madre, que sindolo vuestra lo es ma; nadie nos oye ms que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo perderos hace tres noches en palacio... --Cmo! no os conocais hasta hace tres noches...?--exclam la duquesa. --No, madre ma, no--dijo don Juan. --Si no hubiera sido torpe... no nos hubiramos visto. --Si mi to fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiramos conocido. --Y si no nos hubiramos conocido, no seramos tan dichosos, tan completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, seora--aadi doa Clara--, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le veo delante de m, que es mo... mirad, madre, me parece que estoy entregada un sueo dulce, y mi vida se llena de no s qu delicia, que me embriaga, y soy tan feliz! Dios mo! tan feliz! tan feliz! Doa Clara se puso vivamente encendida, y ocult su rostro embellecido por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa. --Sois un tesoro, doa Clara--dijo la duquesa, levantando entre sus manos la hermosa cabeza de doa Clara y besndola en la boca. Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoy un brazo en el silln, y en su mano la cabeza. --Como debo decrselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... por qu no he de decirlo...? que al abrir la mampara de la cmara de la reina, al verle delante de m, me sent herida, no s cmo, de una manera dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le am... que le am cuanto se puede amar... y despus... despus... cuando amparada de l corr obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja... cmo queris que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha dado el ser para que haga mi ventura? --Y aunque no os pese, hijos mos... qu pensaris de vuestra madre? Los jvenes bajaron la cabeza.. --Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de vuestro esposo, doa Clara, es tan pura como vos... una violencia.... una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de todo. Yo no saba, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que os presentsteis la corte, hija ma, que era el duque de Osuna el que tan cruelmente abus del terror, de la debilidad, del aturdimiento de una mujer en una ocasin funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre, don Juan, yo no tengo de comn con l nada ms que vos, que sois nuestro hijo y os he reconocido... porque mi corazn de madre no ha podido contenerse... os he llamado despus para abrazaros, para veros junto mi solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entraas, con mi alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sent alentar en mi seno; os amo ms que mi hijo don Carlos, ms, mucho ms, porque me habis sido ms costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de ser vuestra madre... y yo os ver, os ver todos los das... no es verdad que os ver? --Oh! s! --Y od... cuando vos os apartis de vuestra esposa... --Apartarse...!--exclam con profunda energa doa Clara. Todos sus abuelos han servido al rey. --Ah, no, no! bastantes aventureros tiene Espaa que vayan matarse en la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente... don Juan es capitn de la guardia espaola junto al rey, y no saldr de Madrid, no saldr de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo dominaremos todo... ganar la reina y perder Lerma. Frunci el bello y plido entrecejo doa Juana. --Lerma abusa de vos, madre ma, de vuestra buena fe--dijo don Juan--. Lerma es un ladrn duque, un miserable. Yo os convencer, vos no debis servir Lerma... y, adems, si no os conociesen tanto en la corte, como an sois hermosa y joven... --Cincuenta y seis aos--dijo la duquesa. --Sin embargo, podran creer... --Qu! --Podran creer que ambais. --No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado nadie... ms que vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabr jams... porque vosotros, quines debe interesar el honor mo, no se lo diris... no es verdad? --No; no, seora. --No le digis nunca... os lo pido con el corazn abierto, por Jess sacramentado, no le digis nunca que doa Clara se ha puesto aquel aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digis nunca lo que est sucediendo entre nosotros... lo que suceder... jurdmelo, hijos mos, jurdmelo. --Seora--exclam don Juan--: os lo juro por el nombre de mi padre, que conservar sin mancha; por vuestro amor, que guardar en lo ms profundo de mi alma. --Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre ma. --Oh! pues entonces, soy la mujer ms feliz del mundo!--exclam, dando un grito ahogado por las lgrimas, la duquesa. Pero de repente palideci y tembl. --Qu tenis, madre ma?--exclam don Juan. --Oh! hay alguien que conoce no s cmo este secreto--dijo la duquesa. --Alguien! y quin es?--dijo don Juan. --No lo s... no lo s... antes de anoche... antes de anoche no encontraba yo su majestad en su cmara... la buscaba... de repente me dejan caer el candelero de la mano, y o una voz ronca, una voz que no pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he podido olvidarlas: _si queris que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habis visto y odo esta noche_. --Y no habis podido averiguar quin era ese hombre? --No. --Sin duda se referan vuestras inteligencias con el duque de Lerma--dijo doa Clara. --Creis vos que fuese eso? --Y cmo podra ser otra cosa?--dijo don Juan--. Mi padre ha guardado un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta... Y di la duquesa la carta del duque de Osuna que haba encontrado en el cofre. --Pero aqu vuestro padre no me nombra; os dice slo, que por medio de un aderezo podris reconocerme si yo quiero darme conocer de vos. --Ya veis, madre ma, que mi padre no ha podido ser ms hidalgo. --S, pero... --No es posible que ese secreto... --Sin embargo... quin os ha dado esa carta? --El cocinero mayor del rey. --El cocinero mayor! --S, Francisco Martnez Montio. --De modo que ese hombre--dijo doa Clara--os ha dado padres y esposa! --Sin quererlo y sin saberlo. --Cmo!--dijo la duquesa--. Montio no conoce esta carta? --No, seora. --Pues no os la di? --S; s, seora, pero dentro de un cofre cerrado. --Y no pudo haber abierto ese cofre? --No, madre ma, porque la cerradura estaba cubierta con un papel sellado, y en aquel papel haba un testimonio de escribano con la fecha de veinticuatro aos ha. --Es necesario, necesario que me expliquis todo eso... pero otro da... hoy estoy muy conmovida. --Y yo... yo necesito ir palacio, mi buena madre--dijo doa Clara. --Esperad! esperad un momento! La duquesa se levant y sali. --Juan! Juan de mi alma! el secreto de tu madre est vendido...--dijo doa Clara. --Vendido!... --S... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras tu madre obscuras, en la cmara de la reina, era... el to Manolillo! el bufn del rey! --Y qu inters tiene el to Manolillo?... --El to Manolillo... perdname, Juan de mi alma, perdname... no creas que tengo celos al decirte... al nombrarte esa comedianta. --Dorotea!--dijo don Juan, y se puso plido. Helse el alma doa Clara al notar la palidez de don Juan, pero no di indicio alguno de ello. --S, Dorotea; esa mujer te ama. --Oh! y qu importa?--dijo don Juan ya completamente rehecho de su turbacin. --Importa mucho, muchsimo--dijo gravemente doa Clara. --Crees que yo?... --Oh! no! no! yo s que tu corazn, tu alma, tu pensamiento, todo t eres mo; pero el bufn del rey es padre pariente amante de esa perdida... el to Manolillo es terrible... ella te ama... t te has casado conmigo... si por vengarse ese hombre... --Oh! te juro... te juro que el bufn no hablar; pero para eso es necesario... --Qu! --Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar seguro en la corte. --Cmo! --El duque de Lerma... --Oh! descuida... pero tu madre se acerca. En efecto, la duquesa vena cargada con una multitud de estuches. --Qu es eso, seora?--dijo don Juan. --Este es el dote de tu esposa que yo la doy. --Ah! no! no! seora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre. --Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros, que no se ven obligados sostener gran casa, gran servidumbre; pero t eres esposa de mi hijo... --Me basta con eso. --Y mi hijo maana ser muy alto, muy grande... --Mi padre, madre ma, me ha dado ya una renta--dijo don Juan. --Si has recibido de tu padre, por qu no recibes de tu madre? --Ah! --Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera riqusima en los das de corte... toma, toma, llvatelas, hijo mo... redcelas dinero... compra haciendas y dalas en dote mi buena, mi hermosa hija... mi pequea enemiga. --Meditad... --Oh! no me amas!... me engaas!... --Ya tenemos el magnfico aderezo...--dijo doa Clara. --Y aqu van otros diez... ms ricos que aquel... --No creeris que nuestro amor es interesado si aceptamos? --Creer que no me amis si no recibs lo que os doy... lo que es tuyo porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo drtelo de otro modo. --Acepto, pues, madre ma. --Adems--dijo doa Juana acercndose la joven, tomndola una mano, y poniendo en uno de sus dedos una sortija--, quiero que tengas esto mo. --Ah! una sortija? --Mi anillo nupcial. --Y este blasn? --El blasn de los Velasco, condes de Haro. --Pero por este blasn?... --Sabrn que la duquesa de Ganda ha hecho un regalo su buena amiga doa Clara Soldevilla: slo vosotros sabris que ese anillo dado por mi, mi anillo nupcial, representa la bendicin de vuestra madre. Ahora, hijos mos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar solas... llorar de alegra. --Una palabra, una sola palabra, madre ma--dijo don Juan. -Cul? --Tengo que haceros un encargo muy importante. --Un encargo importante... --Don Francisco de Quevedo... --Don Francisco!... ese hombre!... enemigo del rey!... --Os engais, madre ma. --Secretario del duque de Osuna... --Secretario de mi padre. --Ah! an me parece un sueo que el duque de Osuna... pero y bien, qu hay que hacer por don Francisco? --Antes de anoche... madre ma... her malamente don Rodrigo Caldern. --T! --Y me ayud don Francisco. --Cmo! dos hombres contra uno! --No; no, seora; dos contra dos. --Ah! --No poda ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y yo estamos amenazados. --Amenazado t! --Sabe Dios de qu, porque sabe Dios si morir don Rodrigo. --Pero, por qu le heriste? --Por miserable. --Por miserable! --Haba comprometido la honra de... --Mi honra--dijo doa Clara. --No, tu honra no--exclam con extremada energa don Juan--; la honra de la reina. --Cmo! --Siendo traidor Lerma, fu traidor la reina... tena en su poder unas cartas de su majestad... --Hiciste bien en matarle... --No lo he conseguido por desgracia. --T no tienes nada que temer. --Para salvarme m, es necesario salvar don Francisco. --Le salvar. Hola, doa Violante! Doa Violante! Acudi una doncella. --Mi manto, al momento; que pongan una carroza. La doncella sali. --Cmo, madre ma, vos!... Vais ir?... --S; s, yo en persona casa del duque de Lerma. --Pero no sera mejor que l viniese?... --No; no... quiero verle al momento... ir. Pero, toma esas joyas... y la carroza tarda... --La nuestra... --Ah! tenis carroza?... --Y muy bella. --Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los Girones, hijo mo; es un noble escudo, ay! si pudiera ser unir sus cuarteles los del escudo de Velasco! La ltima exclamacin de la duquesa representaba para los jvenes el corazn de una madre. Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella exclamacin sala del corazn de la madre y de la amante. Porque doa Juana, enemiga poltica del duque de Osuna, le amaba; continuaba amndole en secreto; el duque de Osuna era la pasin de toda su vida. Los recin casados dejaron la duquesa de Ganda casa del duque de Lerma; despus don Juan dej en palacio doa Clara, y con el pretexto de ir esperar su madre para llevarla su casa, fu casa de Dorotea y march la carroza las rdenes de la duquesa de Ganda la puerta del duque de Lerma. CAPTULO LVIII LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba de hacer la digestin cmodamente arrellanado en su ancha y magnfica poltrona, cuando entr su secretario Santos. --Qu ocurre, amigo Pelern--le dijo el duque--, que vienes tan serio y cuando acabo de almorzar? Tendremos algo extraordinario? --Lo ignoro, seor; pero su excelencia la seora condesa de Lemos, vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de m y vestida de casa. --Vestida de casa! --S, seor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar que se acerca su excelencia. --Oh! s; mi hija es muy buena moza, no es verdad? --Seor, yo no he querido decir!... --Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya est ah... vete... por ah... Y le seal Santos una puerta de escape. La condesa entr en el despacho del duque, cerr la puerta, y asiendo un silln, le acerc al del duque y se ech el manto atrs. --Qu es esto, Catalina? qu es esto? Plida, llorosa, con los ojos encendidos! Qu tienes, condesa?... --No me llamis condesa, padre: malhaya la hora en que me cassteis con el conde de Lemos. --Ah!... --Soy la mujer ms desdichada de la tierra. --Y por qu? --Porque amo un hombre. --Catalina! --Ser todo lo escandaloso que queris el que yo os diga esto... pero vos, padre y seor, me habis sacrificado. --El hombre quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergenza, que no se hubiera casado contigo por nada del mundo. --Pero quin es el hombre quien yo amo? --Yo no extrao que le ames, porque yo tambin le amo; es decir, le amo porque para el rey, para Espaa, y por consecuencia para m, sera precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna. --Ah! creis que!... --S... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando tu esposo, confundindote con esas despreciables mujeres... --El nombre, el nombre de quien amo! --Don Francisco de Quevedo. --Pues bien, s, es verdad; le amo... ms que eso; soy su amante. --Irs de aqu un convento--exclam irritado el duque. --No ir. --Que no irs...? --No, porque me necesitis... no... porque sin m no sabrais muchas cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenis derecho para reprenderme... me habis perdido. --Ests loca!--exclam el duque levantndose irritado. --Loca, s; fuera de m... desesperada... qu me importa todo...? se va... me deja... me abandona... y no ha de irse. Volvise sentar el duque. --Afortunadamente estn cerradas todas las puertas... pero eres demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has atrevido, ya que te atreves presentarte sin pudor tu padre... --Sin pudor! creis que porque yo amo Quevedo he perdido el pudor? y me decs eso cuando me habis casado con don Fernando de Castro? --Es un igual tuyo... --Ni igual mo ni igual vuestro, padre; el conde de Lemos ha llegado ser mi esposo sirvindoos de una manera harto miserable; os convenan sus servicios y me cassteis... cuando yo era una inocente... cuando no saba quin era el marido que me dbais... despus, l mismo se ha encargado de que yo conozca el mundo al conocerle l; me encontr viuda, viuda del corazn, y Quevedo... el gran Quevedo... --Nadie niega su grandeza; tu pasin es disculpable; pero no lo es el que me la vengas arrojar la cara. --Y qu os importa vos que se deshonre vuestra hija, cuando vos mismo habis deshonrado su esposo? --Yo! --Por qu llev el conde, desempeando un ruin oficio, al nio prncipe de Asturias donde no deba llevarle?... --Vamos, vamos, Catalina, t ests loca. --Pues bien, en mi locura ser capaz de todo. Vos no me habis de matar, y si me matis, ya tendr medios para haceros entender que os conviene el que yo sea vuestra amiga. --Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algn bebedizo. --Qu ms bebedizo que el amor? --Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte. --Lo que me humilla es que don Francisco no me ame. --Hum!--exclam el duque de Lerma--; nunca hubiera credo posible que este caso llegase para m. --Vos tenis la culpa. --Yo! --Vos me habis dejado conocer tales cosas, que me habis curado de espanto. --Y qu cosas son esas? --No se ponen en prctica los medios ms repugnantes por todos, para conservar el favor del rey?... Vos mismo, no habis ennoblecido ese don Rodrigo Caldern, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha engrandecido? no lo he visto yo aprovechando todo? qu hay que extraar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la nica manera que poda serlo, y haya abierto mi alma Quevedo? --Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre funesto; lleva consigo la desgracia. --Ah! harto lo s; pero no lo puedo olvidar; figuros, padre, que le amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con l con toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo; decid de m lo que queris... pero es necesario que don Francisco no salga de Madrid. --Cmo! quiere irse? --A Npoles. --A Npoles! --En Npoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho dao. --Pues no s... --Prendedle. --Que le prenda! --S por cierto. --Para que t... esto es... para que t tengas ocasin de obligarle ser agradecido? --Sea para lo que fuere... creis que yo puedo serviros de mucho, padre y seor? --Indudablemente. --Sabis, padre y seor, que vuestra privanza est muy en peligro? --Bah! eso dicen siempre; hace mucho tiempo que lo dicen, y sin embargo... --Si os vais privando de la ayuda de todos los que os sirven, acabreis por no ver nada... yo os he servido bien. --Esto en resumen es dictarme condiciones, y de una manera indigna. --Estoy desesperada. --Y si prendo don Francisco? --Sabris todo lo que suceda en el cuarto de la reina. Medit un momento el duque. --Le prender--dijo al fin. --Al momento? --Al momento. --Y yo, seor, os servir con el alma. Empiezo serviros: guardos de mi hermano. --Ah! esto es terrible! --El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambicin. --Y vos, hija, manchando as un nombre... --No lo sabe nadie. --Lo sabe el que lo mancha. --No lo puedo remediar... y vos, padre, debis comprender cun resuelta todo estar cuando me he atrevido dar este paso. --Y adems mi hijo... pero con qu pretexto?... --Las ciudades se quejan de los tributos, del abuso de los empleos; piensan acusarnos de inteligencias con los ingleses... y la reina... --La reina! --Se ha propuesto dar con vos en tierra. --Sin embargo, yo... he cedido. --Habis cedido tarde... despus de haberla insultado. --Yo volver reducir su majestad al estado que estaba reducida. --Y yo os ayudar... yo dir al rey... --Qu puedes t decir al rey?... --Mucho. --Y... qu le puedes decir?... --Despacio... quiero tener armas reservadas... --T tambin te vuelves contra m? --Porque procuro ser fuerte? No; no, seor. Yo os he dicho... como si no fuera vuestra hija: amo un hombre, tengo empeo por l, ese hombre huye... detenedle, servidme... en cambio yo os servir. --Pues bien; detendr ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de lo que pueda hacerme dao. --Cundo prendis Quevedo? --Al momento. --Pues desde el momento empiezo yo serviros. Adis, seor. --Id, id en paz, doa Catalina, y que Dios os perdone. La condesa sali. La escena que acaba de tener lugar entre el padre y la hija no poda ser ms repugnante. El duque de Lerma lo pospona todo su ambicin, hasta su dignidad de padre. Llam su secretario Santos, y le mand extender y llevar para su cumplimiento un alcalde, una orden de prisin Quevedo. No se saba por qu se prenda Quevedo. Pero era necesario prenderle y se le mandaba prender. El duque qued profundamente agitado. Haba pasado poco tiempo desde que doa Catalina haba salido de la casa de su padre, hasta que un criado anunci su excelencia la duquesa de Ganda. Maravill esto al duque, porque doa Juana jams haba ido su casa. Cambi precipitadamente de traje y fu su cmara recibir la duquesa. Doa Juana estaba conmovida, plida, ojerosa. --Qu sucede, mi buena amiga--la dijo el duque despus de los saludos--, que as me alegris y asustis al mismo tiempo, viniendo mi casa? --Sucede... sucede mucho...--dijo la duquesa--muchsimo. --Adverso debe ser, porque tenis seales de haber sufrido. --Me he reconciliado con doa Clara Soldevilla. --Cmo! con nuestra eterna enemiga? --Desde hoy, duque, doa Clara es mi mejor amiga: es mi hija. --Duquesa! --No os quiero engaar... desde hoy... --Qu...? --Dejo de ser camarera mayor. --Meditad lo que hacis--dijo el duque alarmado...--fuera vos de palacio, no podis ayudarme hacer el bien del reino. --Estoy cansada, don Francisco... sufro mucho... lo que pas anoche en palacio... --Pero qu pas anoche? --Anoche... pasaron tantas cosas...! el padre Aliaga estuvo en audiencia particular con sus majestades... don Francisco de Quevedo anduvo enredando por el alczar... --Ah! no enredar ms. He dado orden de prenderle y en cuanto me avisen de haberle preso, le envo bien asegurado al alczar de Segovia. --Harais muy mal--dijo alarmada la duquesa, que no se olvidaba un momento de que importaba su hijo la libertad de Quevedo. --Que har mal en prender un tan encarnizado enemigo mo? Ignoris lo que ha hecho don Francisco? --De ningn modo. --Nos ha hecho mucho dao. --No importa, es preciso que don Francisco est seguro en Madrid. --Para que nos haga libremente la guerra...! --Os lo pido yo. --Pues os digo que no os entiendo. --Ni yo me entiendo tampoco. --Os quejis de lo que ha pasado anoche en palacio, y entre las cosas de que os quejis, es una de ellas el que Quevedo ha andado enredando. --Es que ha sucedido mucho ms. --Mucho ms? --Don Juan Tllez Girn, se ha casado con doa Clara Soldevilla. --Don Juan Tllez Girn? pariente del duque de Osuna? --Su hijo... --Hijo suyo...? --Bastardo, pero reconocido... --Y qu tiene que ver con nosotros...? --Y tanto como tiene que ver. Ignoris que ese don Juan Tllez Girn es el que ha herido vuestro secretario don Rodrigo? --Cmo! si quien hiri don Rodrigo, ayudado por Quevedo, fu un tal Juan Montio, sobrino del cocinero mayor de su majestad! --Es que ese Juan Montio es don Juan Girn. --Me estis maravillando. --Lo que debe maravillaros, es que siendo vos secretario de Estado universal, no sepis cosas que han pasado en palacio delante de todo el mundo. No tenis un slo amigo junto al rey; entre tanto yo me he visto obligada ser madrina en nombre de su majestad la reina de los recin casados, cuando era padrino nombre de su majestad el rey, el conde de Olivares. --Y este matrimonio lo ha hecho don Francisco de Quevedo? --Sin l no se hubiera efectuado. --Y queris que un hombre que as me sorprende y que as de m se burla, no le prenda y le sujete? Preso he de tenerle todos los das de su vida. --Aunque yo os ruegue que no le prendis? --Vos no debis rogrmelo. --Os lo suplico. --Pero yo no entiendo ni una palabra de esto. Creo que todo se vuelve en contra ma: mis hijos, mis amigos... vos... en quien yo confiaba ciegamente. --Yo...! --S, vos; me habis dicho que os retiris de la servidumbre de la reina... y vos me hacis mucha falta al lado de la reina... no contenta an, os hacis amiga de nuestra enemiga doa Clara, y amparis mi enemigo don Francisco. --Queris que yo contine desempeando el cargo de camarera mayor? --Que si quiero? os lo suplicara de rodillas. --Pues bien, continuar sindolo. --Ah! ya saba yo que no me abandonarais. --Pero con una condicin. --Hablad. --Don Juan Tllez Girn no ser molestado por la estocada que tiene en el lecho don Rodrigo. --Os lo juro. --Don Francisco de Quevedo no ser preso. --Pero qu causa hay que os obligue proteger esas gentes? --No me preguntis la causa, porque no os la dir. --Y estis empeada? --Empeada de todo punto. --Y si prenden don Francisco?... --No slo dejo de ser camarera mayor, sino que ofendida de vos... --Ofendida de m?... --S por cierto; porque habris desatendido mi recomendacin... ofendida por vos, dejar de ser vuestra amiga. --No se prender don Francisco--dijo trasudando Lerma, porque al decirlo, record el irritado empeo con que su hija pretenda que se le prendiese. --Gracias, muchas gracias--dijo la duquesa levantndose--; no esperaba menos de vos. Y ya que me habis complacido, me vuelvo mi casa. --Pero seguiris en palacio? --S. --Y me ayudaris? --Os ayudar... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos. --Ser necesario destruirlos. --Obrad con energa. --Obrar, pero decidme: qu os ha dado don Francisco de Quevedo que as os ha vuelto en su favor? --Nada, no me preguntis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho doa Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no ser preso. Y saludando al duque sali. El duque sali acompandola y murmurando: --Ese Quevedo debe de ser brujo. Apenas el duque se volvi de haber acompaado la duquesa hasta las escaleras, cuando un criado le dijo: --Seor, Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, solicita hablar vuecencia. Lerma mand que le introdujesen, y le recibi en su despacho. Volvemos tener en escena al msero cocinero mayor. Pareca haber enflaquecido desde la vspera, y sus cabellos, antes entrecanos, estaban completamente blancos. Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente, haba un crculo rojo. Francisco Martnez Montio haba llorado mucho. Primero por su dinero: despus por su mujer y por su hija. --Os he esperado con impaciencia, Montio--le dijo con severidad el duque. --Seor, excelentsimo seor, poderoso seor...--dijo todo compungido y trmulo el cocinero mayor. --Qu os mand ayer? qu me prometsteis ayer? --Qu me mand vuecencia?--dijo espantado Montio--qu promet vuecencia? Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestacin satisfactoria una pregunta importante. Y luego rompi llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono: --Haga vuecencia de m lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada. --Que no os acordis? habis perdido la memoria? --Lo he perdido todo, seor: mi dinero... mi mujer... mi hija... Y entre otra nueva y ms violenta salida de tono, aadi: --Me han robado! Me han perdido! --Que os han perdido! --Qu, seor! quin ha dicho que me han perdido?... mienten! mienten! bah! la reina est sana y buena! --Montio! qu decs de la reina! --Yo! bah! yo no digo nada de la reina! --S, s... hay algo en vos que me aterra, no s por qu... vuestros ojos... vuestra voz... Y el duque se levant, sali, cerr todas las puertas de modo que de nadie pudiesen ser odos, y se volvi al lado del cocinero mayor, quien asi violentamente de un brazo. Haba recordado aquellas palabras que le haba dicho poco antes la duquesa de Ganda: _sucede... sucede mucho... lo que pas anoche en palacio..._ y una relacin misteriosa, terrible, se haba establecido en la imaginacin del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y las que acababa de or, vagas, reticentes, respecto la reina, al cocinero de su majestad. --Oye...--le dijo el duque--, estamos solos: yo soy omnipotente en Espaa. --Lo s, seor, lo s...--dijo Montio. --Puedo... qu s yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado destruirte... por otro, enriquecerte. --Seor!... seor!... que me lastimis! --Y si no me respondes lo que te pregunto, claro, muy claro... mira: mando que traigan aqu mismo una silla de manos, que te metan en ella, y que te lleven la Inquisicin... --A la Inquisicin!...--exclam trmulo, acongojado, el cocinero mayor. --Y all, encerrado yo contigo, quien mandar poner en el potro, te har pedazos si no me contestas... --Ah, seor, seor!--exclam Montio, cayendo de rodillas los pies del duque--. Esto slo me faltaba! --Y oye--aadi el duque soltando Montio y yendo la mesa y escribiendo y trayendo despus el papel escrito Montio--, si me respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale para que al presentrselo te pague mi tesorero mil ducados. --Mil ducados, la Inquisicin y el tormento! --Elige. --S... s... seor... pues... elijo... los mil ducados! Y tendi las manos al vale. --Despacio, despacio, seor Francisco Montio--dijo el duque sentndose en el silln--; antes es necesario que me respondis lo que voy preguntaros. --Si puedo responderos, seor, lo har con toda mi alma. --Decidme: por qu habis dicho con terror que la reina, que su majestad, est sana y buena? --Yo!... he dicho yo eso?... S, seor... la reina est muy buena... su majestad goza de muy excelente salud. --Montio, estis plido, aterrado cuando me decs eso; hablad, hablad, por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes... --Cmo! sabis, seor!... --S... s... s que en palacio han mediado cosas graves. --Pero sabris tambin, seor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo probar, que en tres das no he parecido por las cocinas, y que soy inocente. --Inocente! Luego era verdad? Luego se ha cometido un crimen? --Seor... yo no he dicho eso! --Ser preciso para que hablis que yo me encierre con vos en la inquisicin. Y el duque se levant. --Ah, no! no, seor!--exclam el cocinero agonizando de terror, sudando, estremecindose--; yo lo dir todo. --Hablad, pues. --Habis de saber, seor, que mi mujer... --Pero si no se trata de vuestra mujer--exclam con impaciencia el duque. --S, s; ya s, seor, que no se trata de mi mujer; pero es necesario empezar por mi mujer. --Veamos, veamos; seguid. --Pues... mi mujer ha sido seducida por el sargento mayor don Juan de Guzmn. --Oh! Don Juan de Guzmn enamora vuestra mujer!... Seguid, seguid. --Y mi mujer se ha dejado enamorar de don Juan de Guzmn. --Y qu tiene que ver eso...? --Tiene que ver mucho. Don Juan de Guzmn es era servidor de don Rodrigo Caldern. --Ah! --Y como don Rodrigo Caldern ayudaba los unos y los otros, vuecencia contra la reina... --Montio! --Vuecencia me ha mandado decir la verdad. --Seguid. --Pues... ayudaba vuecencia contra la reina, y al conde de Olivares contra el duque de Uceda y contra vos, y al duque de Uceda contra vos y contra el conde de Olivares, y traa enredado todo el mundo, de cuyo enredo ha resultado el lance que le tiene en el lecho mal herido, y un delito horrible. --Un delito!... --Oigame vuecencia y llegaremos ese delito. --Seguid, seguid. --Seducida mi mujer por don Juan de Guzmn, ella sedujo uno de los galopines de cocina... estoy seguro de ello... Cosme Aldaba... y un paje de la reina... amante de mi hija, como don Juan de Guzmn era amante de mi mujer. --Acabad de una vez. --Llegamos al crimen. Hoy por la maana, apenas me vi libre de negocios, me fu las cocinas... cumplir con mi obligacin... y me encontr en ellas ese infame Cosme Aldaba... --No os entiendo bien... Al resultado... al resultado. --El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad la reina una perdiz envenenada. El to Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, haba cometido una imprudencia gravsima; Francisco Montio, que en otra ocasin, por inters propio, hubiera guardado la ms profunda reserva, enloquecido, aterrado, fuera de s, haba roto el secreto. El duque de Lerma, plido y desencajado, estuvo algunos momentos sin hablar despus de haber odo la frase una perdiz envenenada. Se levant y se puso pasear lo largo del despacho. Temblaba; estaba aterrado. --Pero no, no es esto lo que me indic la duquesa de Ganda; no, no puede ser--deca pasendose--; y luego... no me han llamado palacio... este hombre est fuera de s... se engaa sin duda... veamos... dominmonos. Y se detuvo delante de Montio. El cocinero mayor le mir de una manera que quera decir: --Yo no he tenido parte en ese crimen. --Y decs... que su majestad est buena?--pregunt al cocinero mayor. --S; s, seor--contest Montio--; y el padre Aliaga tambin... acabo de hablar con l... y est bueno, y tiene buen color... y eso que el padre Aliaga almorzaba con su majestad la reina. --Es decir, que no han comido de la perdiz?... --No; no, seor... yo creo que no... pero quien puede deciros eso... es... el to Manolillo... el bufn del rey, que fu quien me lo dijo m. --Pero cmo se sabe que esa perdiz estaba envenenada? --Porque ha muerto un paje que se comi lo que haba quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga. --Pero si qued en los platos, debieron comer... --No, porque el to Manolillo asust la reina... --Yo creo que estis loco, Montio; que lo que os sucede os ha trastornado el seso. --Puede ser, puede ser, seor. --No hablis de eso nadie, porque si de eso hablis con otras personas, podis dar en la horca... yo me informar... aunque de seguro estis equivocado. --Y por qu ha hudo mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don Juan de Guzmn, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con Cristbal, paje de la reina... robndome?... --Yo me informar, me informar... y veremos. Si se ha intentado el crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy seguro que estis inocente de l... se os conoce... y ms... yo os conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engaarme y de engaar todos los que os paguen; de servir personas enemigas, las unas contra las otras, un mismo tiempo... pero no cometerais un asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de este atentado; yo lo averiguar todo, sabr lo que hay de cierto y castigar quien deba castigar. --Y no correr yo ningn riesgo? --No, si sois inocente como creo. --Y mandaris buscar, seor, mi mujer y mi hija, y al dinero que me han robado? --S; s... pero volvamos al principio. Recordis lo que os mand?--dijo el duque cambiando la conversacin. --Me han sucedido tantas desdichas, seor... que estoy aturdido. --Pues yo recuerdo perfectamente lo que os mand. En primer lugar, os dije que fuseis visitar cierta dama de quien se vale el duque Uceda para pervertir, pesar de sus pocos aos, al prncipe don Felipe. --S; s, seor, doa Ana de Acua. --Os d una gargantilla de perlas para ella. --S, seor, y la gargantilla est en poder de esa dama. --Ah! la habis visto? --S, seor. --Y cundo la vsteis? --Con gran trabajo, porque se negaba recibirme, anoche, ya tarde. --Y qu pas en vuestra visita? --Djela que un altsimo personaje me enviaba ella, y en prueba de su estimacin me mandaba entregarla una alhaja de gran precio. Entonces la d la gargantilla. Alegrronsela los ojos; pero puso dificultades... me dijo que no conociendo quien aqul regalo la haca, no deba recibirle... --Pero al fin... --Djela yo que quien la deseaba era tan alto personaje, que sera necesario, para que no le conociese, que le recibiese sin luz. --Y qu dijo eso? --Quiso echarme rudamente de su casa... hizo como que se irritaba... pero no me ech... al fin de muchas rplicas me dijo: no hay persona que no pudiera ofenderme con una solicitud tan extraa sino el rey. --Eso dijo?--exclam el duque. --Eso dijo. --Y vos?... --La dej en su creencia. --Habis hecho bien; y en qu habis quedado? --Doa Ana acept... y cuando vuecencia quiera, yo la avisar que... el rey... ir verla, y la hora en que ir. --Pues bien; avisadla que ir verla esta noche. Despus vendris y me diris qu hora y qu sea... y me acompaaris... --Muy bien, seor. --Estoy satisfecho de vos por lo tocante esa dama: pero os mand adems que diseis una encomienda de Santiago vuestro sobrino... --Es que mi sobrino, no es mi sobrino... --S, s; ya s que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no impide que le hayis dado de mi parte la encomienda que os d para l. --Os dir, seor; estaba tan turbado con lo que me suceda, que se me olvid; aqu est la encomienda (y sac del bolsillo el estuche que le haba dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de Santiago), y adems, seor, hubiera sido intil. --Intil! por qu? hubiera despreciado don Juan un favor del rey hecho por mi medio? --No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hbito de Santiago desde que naci por merced del seor don Felipe II. --Ah!--dijo el duque con asombro--; sin embargo, no hubiera estado de ms que don Juan hubiera sabido que tena en m un amigo. --Perdonad mi olvido, seor; pero me sucedan cosas tan terribles!... --Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte don Juan, y decidle que venga verme para recibir la cdula real. En este negocio habis andado torpe... --Seor! me sucedan tales cosas! --Veamos si habis hecho otro encargo mo. Os d una carta para la madre Misericordia... --Y la contestacin est aqu...--dijo con suma viveza Montio--, la tengo en el bolsillo desde ayer. El duque ley aquella carta. En ella, por instigacin del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la madre Misericordia desvaneca todas las sospechas del duque acerca del gnero del conocimiento que poda existir entre su hija y Quevedo. Pero como el duque saba ya por su misma hija que era amante del tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto. --Conque es decir que tambin mi sobrina la abadesa de las Descalzas Reales me engaa!--dijo para s--; conque es decir que todos me abandonan, y que ahora s menos que nunca en dnde estoy! Es necesario atraernos decididamente Quevedo, y si nos pone por condicin perder don Rodrigo, hacer una de _ppulo brbaro_, la haremos... aprovecharemos despus la primera ocasin para dar al traste con Quevedo... cuando menos... sirvindole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es preciso, preciso de todo punto. Y luego aadi alto, tomando el vale de los mil ducados, y dndoselo al cocinero: --Hasta cierto punto me habis servido bien; seguidme sirviendo y os har rico. --Ah! bastante falta me hace, seor, porque la infame de mi mujer me ha dejado arruinado--exclam Montio volviendo de una manera tremenda su pensamiento dominante. --Yo har que prendan vuestra mujer. Dejadme su nombre, sus seas, las de vuestra hija y las de esos otros. El cocinero escribi con cierto sabroso placer, y entreg el papel que haba escrito al duque. --En cuanto lo que sospechis respecto ese crimen que decs intentado contra su majestad, guardad por vos mismo el ms profundo secreto. --Oh! no temis, seor; yo no s cmo lo he dicho vuecencia; estaba loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto de todo punto... empiezo vivir de nuevo. --Id, pues, ver doa Ana, y convenid con ella qu hora podr verla esta noche. --Ir, seor. --Y volved avisarme. --Volver. --Buscad don Juan Tllez Girn, y dadle de mi parte esa cruz. --Le buscar. --Podis iros, Montio, confiando en m. --Perdonad, seor; pero antes tengo que deciros algo. --Qu! --La Dorotea!... --Dorotea! --S; s, seor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta carta. El duque la ley. --Dorotea!--exclam para s el duque--; Dorotea es... yo no s lo que Dorotea es del bufn del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro... pues bien... me conviene ir verla... Tranquilizos id en paz--dijo en voz alta dirigindose Montio. --Beso las manos vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como me hace. --Id, id con Dios, buen Montio--dijo el duque abriendo una puerta para que el cocinero saliera--, y confiad en m. Montio sali haciendo reverencias al duque. Cuando el duque qued solo, mand poner una litera, y cuando sta estuvo corriente, sali de su casa, sin acordarse de revocar la orden de prisin que instancias de su hija haba dado contra Quevedo. Lerma estaba tan trastornado con lo que le aconteca, como con sus asuntos el cocinero mayor. La duquesa de Ganda, por el momento haba interpuesto en balde, respecto Quevedo, su influencia para con el duque. Este se hizo conducir en derechura casa de la Dorotea. CAPTULO LIX DE CMO DOROTEA ERA MS PARA CON EL DUQUE, QUE EL DUQUE PARA CON EL REY Dijimos al final del captulo LV, que cuando Casilda, la doncella de Dorotea, anunci su seora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea escondi Quevedo en su dormitorio, fin de que pudiese or su conversacin con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio cuanto poda parecer extrao al duque, se sent en el hueco de un balcn, y se puso estudiar su papel de reina Moraima. El duque entr al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como tena de costumbre. Al verle la Dorotea se levant, arroj el papel sobre una silla y se inclin ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado amante. --Mil gracias, seor--le dijo--, pues al fin os dejis ver de esta pobre mrtir. Y puso un silln al duque. --Cmo os va, Dorotea?--dijo ste sentndose y extendiendo hacia la joven una mano, que sta estrech con respeto. --Me va muy mal--dijo la Dorotea sentndose bruscamente en un taburete los pies del duque--, y esto no puede continuar as. --Qu decs, seora? --No me llamis seora--dijo la Dorotea--; yo no soy seora, soy una comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pjaros, cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar... para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate con esos insoportables miramientos con que vos me tratis... que no se pase los das sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea obligada llamarle seor, ms que de su alma... y esto dulcemente... en fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie. --Indudablemente estis de muy mal humor, Dorotea. --Tenis razn, estoy de un humor endiablado. --Y qu queris?... --Que acabemos de una vez; yo no s an lo que soy para vos. --Que no lo sabis? --Quiero no saberlo, aunque vos me lo decs claramente con vuestra conducta. --Pero en fin... qu creis vos? --Creo que yo para... vuecencia... soy... as, como una cosa que se tiene por vanidad... porque cuesta muy cara. --Oh! oh! --Ni ms ni menos; vos supsteis que haba en la corte una mujer que haba despreciado las ofertas, los regalos, las splicas de los seores ms principales, y os dijsteis... por vanidad, por pura vanidad: es necesario que esa mujer sea ma, cueste lo que cueste, valga lo que valga; es necesario que, como soy el dueo de la primera persona del reino, lo sea tambin de esa dificultad viviente. Es necesario que yo humille la vanidad de los dems. --Y me habis llamado para esto? --Cierto que s; para deciros que de vanidad vanidad, la ma es mayor que la vuestra. --Ah! vuestra vanidad! --Ciertamente; habais credo que yo os amaba? A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto imposible de describir, en que lo que ms se determinaba era una contrariedad terrible. La Dorotea solt una larga carcajada. --Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar--dijo inmediatamente despus de la carcajada. --Seora!--dijo el duque plido de clera. --No me llamis seora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os irritis tampoco; debis apreciar el que yo os diga la verdad. Y adems, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo merecis. --Que no lo merezco! --No, porque no me amis. El corazn se rinde al amor, y el amor es tan libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; cmo he de amaros yo, si desde que os conoc estoy quejosa de vos? --Quejosa! Qu habis querido que no lo hayis tenido? --Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra vanidad hace por m. --Sacrificios! creis que me he visto obligado hacer sacrificios para complaceros? --S. --Os equivocis. --Cuando se me ocurri tener una casa ma, amueblada mi gusto, ostentosamente, como la de un grande de Espaa, con bodega y despensa provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os vsteis apurado. --Os juro que no. --No me dijsteis ni una palabra en contra, ni hicsteis nada, ni siquiera un gesto que pudiera indicar que mi peticin os disgustaba; por nada del mundo hubirais pronunciado la palabra _no quiero_. Yo lo saba, pero quera que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me content con la casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la carroza, y con el camarn forrado de raso en el coliseo; no, no, seor: os ped diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes... habis gastado conmigo un tesoro, slo por hacer rabiar los otros grandes y decirles: yo soy ms que vosotros, mucho ms que vosotros; yo tengo todo lo que vosotros no podis tener, desde el rey hasta la cmica... y ellos rabian... y como lo que me habis dado es el precio de la rabia que hacis tener por m ms de tres, no os agradezco lo que me habis dado, y lo doy mi vez quien quiero. --Si s para lo que me llambais, no vengo. --Y yo creo que vos no habis venido porque os he llamado; que os he llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que habis venido para algo que os conviene... sobre todo de da y vindoos las gentes... --Dejemos esta conversacin, Dorotea. --Por el contrario, sigmosla para que lleguemos donde debemos llegar. --Pues qu, tenemos que llegar an alguna parte? --Vaya...! pero continuemos. A mi no me haca falta, absolutamente falta nada de lo que me habis dado; me trataba muy bien antes de conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos de quedar. --Qu decs! --Digo... que... si no sois enteramente mo como el rey lo es vuestro, tomo ahora mismo por amante... quin dir yo...? un aposentador muy rico que anda enamorado de m, y quien puedo arruinar en tres das. --Pero estis loca? --Y todo el mundo dir, conocindoos, al ver que os dejo: mal debe de andar el duque de Lerma; su querida, que es una cmica interesada donde las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos; ved de qu modo una cmica puede poner vuecencia, secretario de Estado universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de un aposentador. --Y serais capaz...? hablis seriamente? --Tan seriamente, que voy empezar deciros lo que quiero. --Veamos, veamos lo que queris. --Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde. --Pues qu, no le ocupis? --No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son deben ser ms que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad, deben ser omnipotentes. Qu importa que la querida sea una cmica? al elegirla, el grande hombre la ha igualado s; esto no admite rplica, porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no lo es, algo hay de vano en el hombre quien todos tienen por grande. --Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura... --No me extraviis, no me respondis. No ser muy grande su hermosura, si no enloquece al grande hombre. --Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para los hombres. --Decs bien, cuando los hombres no son torpes. --Cuando los hombres no son torpes! explicos mejor; me tenis por torpe, Dorotea? --Por torpsimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me mortifica que mi poderoso amante sea burlado. --Burlado! --Como que no sabis dnde estis de pie. --Vos tambin! vos tambin os habis convertido en esa voz que por todas partes me avisa! --S... s por cierto: yo os aviso con ms inters que nadie! --Pero de qu me avisis? --Os aviso de que... debis mudar de amigos. --De amigos! --Porque los que os fingen amistad, os venden. --Hablad ms claro. --Don Rodrigo... --Herido!... medio muerto!... --A causa de sus traidores enredos. --Creo que rais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo ms que amiga. --Pues ah veris: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendi robaros la querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor de su majestad. --Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepis. --Para abreviar, slo os dir que desconfiis de todos los que hasta ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquis para ayudaros, porque no hay hombre sin hombre, alguno que os haya dicho frente frente que es vuestro enemigo. --Habis querido que os pregunte quin es ese hombre? --Puede ser. --Pues bien, decidme cmo se llama. --No conocis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que no pueda confundirse con ninguno otro? --El duque de Osuna? --S, pero no os hablo de l; aunque el que yo digo anda cerca de l. --Quevedo! Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo! --Mereced su amistad. --Merecer su amistad!--dijo con orgullo el duque. --S por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se merezca su ayuda. --Conocis tambin ese hombre? --S por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos podris debrselos tambin, si consegus que os trate con la buena amistad que m me trata. --Ese hombre es tenebroso. --Para los que no tienen ojos para mirarle. --Le temo. --Hacis mal en temerle, porque es el nico hombre que os puede salvar. --Pero, seor, qu ha dado don Francisco todo el mundo, que as todo el mundo me habla de l, y las personas que ms estimo, que ms quiero, se ponen de su parte? --Eso consiste en que tenis personas que os aman, que saben que vuestro favor con el rey est amenazado, que quieren salvaros y que no encuentran otro mejor medio de salvacin que don Francisco de Quevedo. --Dnde vive don Francisco?--dijo Lerma profundamente pensativo. --En mi casa. --En vuestra casa! --S por cierto; aqu le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha Npoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuris atrarosle. --Y est por acaso en casa? --No por cierto. --Pero vendr? --Vendr indudablemente la tarde. --A la tarde vendr yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos entremetido, Dorotea, voy deciros francamente la razn de haber yo venido veros. --Ah! ya saba yo que no venais porque yo os haba llamado! --Hubiera venido ms tarde, la noche. --Veamos qu habis venido. --Qu es vuestro el bufn del rey? --El to Manolillo? Es mi padre. --Vuestro padre! --Es decir, padre en toda la extensin de la palabra, no; pero qu nombre queris que d al que me ha criado costa de privaciones de todo gnero, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de amarme? --Tenis razn; y decidme: cmo har yo para atraerme ese hombre? --Siendo desde ahora todo mo; hacindole creer que me hacis feliz. --Lo creer. Decidle que vaya esta noche verme encubierto mi casa, al obscurecer. --No le dejarn entrar. --Que presente esta sortija en mi casa--dijo el duque, quitndose una del dedo y entregndola Dorotea. La joven conoci primera vista que aquella sortija era de gran valor. --Procurar dejaros tan satisfecho de m--dijo el duque levantndose--, que no queris poner en mi lugar ese aposentador. --Lo veremos...Pero os vais? --S, es ya tarde y voy palacio. --No quiero deteneros, seor; pero volveris? --S, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco, cuento con que me le tendris entretenido. --Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os tratar bien, y sobre todo, Quevedo comer con nosotros. --Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adis. --Id con Dios, seor duque. Lerma sali, y Dorotea le acompa hasta la puerta. Cuando oy el ruido del carruaje del duque, volvi la sala. En ella estaba ya Quevedo. --Confieso que merecis mucho, hija Dorotea--exclam--; habis evitado que me prendan, del modo que ms me convena m, y que menos os compromete vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que se os ha metido por el alma, que es lo que ms necesitis y lo mejor que se puede hacer por vos. --Ay, don Francisco, que creo que este amor me va costar la vida! --El amor no mata ms que en las comedias de autor tonto; no se despega tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos de comer juntos, el duque, vos y yo. Y Quevedo sali. --Casilda--dijo Dorotea cuando se qued sola--, que vaya Pedro al coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy enferma. CAPTULO LX LO QUE HACE POR SU AMOR UNA MUJER Con tanto accidente habasele olvidado al duque de Lerma revocar la orden que haba dado Santos, su secretario, para que prendiesen Quevedo. Y esto no tena nada de extrao. El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le haba dicho Francisco Martnez Montio, que su cabeza se haba convertido, como decimos los espaoles, en una olla de grillos. El nico, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando sali de casa de la Dorotea, fu encaminarse palacio en busca de algo exacto, de algo que ver por s mismo. El duque de Lerma no haba visto nunca nada, por ms que haba procurado ver, y sin embargo, reincida en poner prueba su mala vista. Pero si el duque de Lerma se haba embrollado, no aconteci lo mismo su hija doa Catalina. Ella tena muy buena vista, y adems, tena concentrada toda su atencin, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara Quevedo. Y como no confiaba demasiado en su padre, no dej abandonado su padre el negocio, ni se fi de otra persona que de s misma. Doa Catalina estaba enamorada, y ms de enamorada, irritada. Tema haber sido burlada por Quevedo, y esto la haca temblar de indignacin. Le haba abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que el nico hombre por quien se haba olvidado de todo, se desprendiese de sus brazos riendo. As, pues, cuando sali de casa de su padre y se meti en su silla de manos, se hizo llevar una tienda inmediata, donde tom una silla y se ocult tras de la puerta. --Rivera--dijo un hombre embozado que acompaaba la silla de mano--; id, entrad casa del duque, buscad su secretario Santos, y decidle de mi parte que venga. Rivera, criado de confianza de la condesa, fu cumplir las rdenes de su seora; poco despus entr en la tienda con Santos. La condesa se dirigi entonces la tendera, que estaba admirada y aun enorgullecida por tener una tan gran seora y tan hermosa en su casa: --Necesito--la dijo--un lugar donde hablar solas con este hidalgo. La tendera abri la compuerta del mostrador, y manifestando servicialmente la condesa que su casa, ella y su familia estaban su disposicin, la llev la trastienda. Sigui Santos la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de garbanzos, castaas y judas, la condesa dijo al secretario del duque: --Os ha dado mi padre alguna orden? --Su excelencia me da muchas todos los das, seora--contest respetuosamente Santos. --Una orden de... prisin. --Efectivamente, seora: su excelencia me ha dado orden de que mande en su nombre un alcalde de casa y corte, que prenda ... --Don Francisco de Quevedo? --S, seora. --Don Francisco es caballero del hbito de Santiago y no puede ir la crcel--dijo doa Catalina. --Se le prender en su casa. --Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora. --Se le llevar una torre del alczar. --Estara demasiado cerca del rey. --La torre de los Lujanes... --Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha estado encerrado un rey de Francia. --Le llevaremos un convento. --Quevedo se servira de los frailes. --Consultar, pues, su excelencia. --El duque no os ha indicado el lugar de la prisin de Quevedo? --No, seora. --Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le enve resguardado por una guardia de cuatro hombres al alczar de Segovia. --Su excelencia no me ha dicho eso. --Mejor... mucho mejor. --No comprendo vuecencia. --Creis que merece la pena el servirme m? --Oh, seora! vuecencia puede disponer de m como de un esclavo. --Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria ma. La condesa se sac del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y diamantes y del hermoso cuello la cadena de que penda. Haba algo de tentacin en dar un hombre una prenda tan ntima, cuando poda haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos. Aquello poda tomarse por un favor. Santos era joven, buen mozo hidalgo, y las mujeres, aun las de ms alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos... Santos, quien doa Catalina pareca deliciosa como lo pareca todo el mundo, porque en efecto lo era, y mucho ms cuando ella tena inters en parecerlo de una manera enrgica, se turb, se puso plido, guard el relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazn, y tartamude algunas palabras. Doa Catalina le haba dado un golpe rudo. Y para hacer ms terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doa Catalina, medio velados por sus sedosas pestaas negras, arrojaban sobre l fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera ms clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotsimamente, algo. Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible. --Estis enterado de lo que debis hacer? dijo doa Catalina cuando vi que tena Santos rendido discrecin. --S; s, seora--contest Santos reponindose--; pero suplicara vuecencia me dijese claramente punto por punto... --Od: iris buscar al alcalde de casa y corte ms duro, ms valiente, ms propsito para no dejarse engaar por Quevedo. --Ruy Prez Sarmiento, es que ni pintado. --Bien: diris ese seor... le mandaris que sin perder un momento, suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos por si Quevedo arrastra de espadas. --Es decir, que le prendan muerto vivo. --Quin ha dicho eso?--exclam la condesa con impaciencia y clera--que le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle. --Ah! muy bien, seora. --En seguida... si es de da, que le metan en una litera y le lleven una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevar ella... --Muy bien, seora. --Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen resguardado por cuatro alguaciles caballo, para Segovia. --Cuatro alguaciles no ms? y si se escapa? --Que sean buenos los cuatro. --Ahora bien; vuecencia comprender que sobre m carga la responsabilidad del envo Segovia de don Francisco. --No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habais entendido la orden de llevarle Segovia. --Su excelencia tiene muy buena memoria. --Y bien: todo puede reducirse que os despida, y que si ahora sois secretario de mi padre, lo seis despus mo. --Oh, noble condesa! --Conque habis comprendido bien lo que os he dicho? --S; s, seora; prender don Francisco sin herirle ni maltratarle, aunque resista; llevarle donde Rivera me diga, y la noche enviarle en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles caballo, al alczar de Segovia. --Al punto de obscurecer. --Muy bien, seora. --Recordad que esto es lo primero que os mando. --Soy enteramente vuestro, seora. --Pues no perdis tiempo. --Guarde Dios vuecencia. --Adis. Santos sali embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin concederle nada, sin dar lugar ninguna suposicin de parte de Santos, haba sido con l una gran coqueta. Despus sali de la trastienda doa Catalina, di algunas monedas de plata la tendera, se meti en la silla de manos y mand que la llevasen su casa. Cuando entr en ella, se encerr en su recmara con Rivera. --Voy encargaros--le dijo--de una comisin muy reservada, y tanto, que si cumpls bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos aos os hago capitn de infantera. --Sin eso, seora, podis mandar. --Qu casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid? --Vuecencia tiene una la malicia en la calle de la Redondilla. --Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos acompaar, encubierto, Pelegrn Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que l os mande. --Muy bien, seora. --En seguida, buscad un hombre bravo y de puos, que tenga conocimiento con algunos como l, y avisadme cuando le tuvireis. --Muy bien, seora. --Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, Pelegrn Santos. Rivera se inclin y sali. La condesa de Lemos, sobreexcitada, trmula, enamorada, se qued profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, pasendose lo largo de su recmara. CAPTULO LXI DE CMO LE SALI QUEVEDO AL REVS DE LO QUE PENSABA Entre tanto, el buen ingenio haba salido de la casa de la Dorotea, pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura del alczar, bajo la tenaz lluvia que no haba cesado hacia tres das: --Esa pobre chica me da compasin y me siento adems agradecido; confisola una gran mujer; debermosla, por los buenos oficios que nos hace, el salir de este atolladero, sin sacar de l ms que el lodo; pero con arrojar en Npoles las botas, hemos concludo; parceme que resurrezco, que por envuelto me he dado y pique de desconfiar de m mismo: el mdico de su majestad dice que no hay que tener cuidado alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aqu la divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma est confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por m le engaar de tal modo, que tendr tiempo para llevarme los recin casados; despus... si mi doa Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en ello... llevrmela sera tocar badajo perdido la campana del escndalo... ser necesario que se cure, y yo tambin necesito curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos adelante, vamos... yo har que la Dorotea se cure... y olvide... doa Catalina olvidar... y yo... yo... bah! qu importo yo? Seguir vengndome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo que se ra, como un necio, de s mismo. Llegaba entonces al alczar y entrse resueltamente en l, con la frente descubierta y alta, como quien no tiene por qu temer. Sin embargo, repar en que en el zagun de la puerta de las Meninas, por donde se haba metido en el alczar, haba dos alguaciles de corte. --Cuervos tenemos?--exclam--; cerca anda carne muerta... tormenta est aparejada para alguno. Dios le ayude. Y se encamin con su forzada lentitud la primera escalerilla. No saba Quevedo, no poda pensarlo, despus de lo que haba odo en la casa de la comedianta, entre sta y el duque de Lerma, que la tormenta se preparaba para l; que l era la carne muerta; esto es, el hombre preso cuyo olor iban aquellas aves de rapia. Apenas se perdi Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los alguaciles se ech fuera del alczar ms ligero que un rehilete. Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galeras, se entr en el aposento de doa Clara Soldevilla. Don Juan se calentaba al brasero y doa Clara escriba. --Consuela este olor--dijo Quevedo entrando. --Ah, mi buen amigo!--dijo don Juan. --Ah, don Francisco!--exclam doa Clara--: de qu olor hablis? --Huele aqu contento, paz, alegra, amor... Dios os bendiga, mis amigos, que tenis sol claro en da de lluvia, y que vivs mientras otros se aperrean. Y qu bueno hacis, diosa? --Escribo mi padre largamente: antes habale escrito una brevsima carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por punto... --Es decir que os habis metido letrado? --No os entiendo. --Explicarme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es un proceso. Largo habris de escribir si de todo habis de dar cuenta, y es grande lstima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados. Dejadlo eso para m, seora, que todo lo tengo negro, hasta la esperanza, y venos aqu al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos harto que hablar. Dej doa Clara la pluma y luego la mesa, y fu sentarse junto al brasero entre su marido y Quevedo. --Vive Dios!--exclam Quevedo--, que estoy viendo en vos una experiencia, doa Clara. --Una experiencia! --S pardiez! los ojos y la razn engaan. --Explicos. --Si sois ms doncella hoy que ayer!--dijo Quevedo mirando de una manera profunda doa Clara. Psose la joven vivsimamente encendida. --Con las mujeres me reconciliis, seora; yo las tendra todas por partculas del diablo, y confiseme engaado: si queris ser ms feliz, don Juan, sois usurero, y no merecis respeto, que en vuestra mujer tenis un cielo. --Sabis que vens muy adulador, don Francisco? --Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazn mis palabras, y flteme aire si no es verdad que el corazn no me cabe en el pecho. Ah, manos de marfl vivo!--exclam tomando entre las dos suyas una de las hermosas manos de doa Clara--; y qu corona de gloria habis puesto sobre la frente de mi amigo! --Pues no soy completamente feliz--dijo don Juan. --Alumbradme ese concepto fin de que yo le vea, que tenebroso es y encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al ms diestro. Mayor felicidad peds que una mujer toda alma, tan delicada como el alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? qu ms blancura que la de la nieve que nadie ha pisado? qu calor ms dulce que el de este sol de primavera al que no empaan nubes?... --Muy poeta andis, don Francisco, amigo mo--dijo doa Clara--: me hacis la merced de que hablemos de otra cosa? --Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija ma, y dgoos hija, porque aunque casi soy mozo en aos y negros tengo los cabellos, pinome hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaos padezco y experiencias lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de un jardn tal como vos, que si encontrdome hubiera, echado me habra su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante despertarme del sueo. Espntame, pues, y razn tengo, de que don Juan pida ms felicidad tenindoos vos, y conjrole que su concepto me explique, porque tanto le quiero que me dolera haberle de tener de aqu en adelante por tonto por malo. --No soy completamente feliz--dijo don Juan--, porque me creo de poco valor comparado con mi doa Clara. --Ah!--dijo la joven. Y aquella exclamacin era protesta dolorosa. --Perdonarse deben las necedades los que aman, porque el amor ciega; escrupuloso andis ms que monja, y os metis apreciar lo que vos no toca. Bien me s yo que doa Clara no piensa otro tanto. --Oh! no!... pero os ruego, don Francisco... S, s por cierto... vamos lo que importa: es el caso que yo tengo mucho sueo. --Oh! tenis sueo, amigo mo!... pues bien, en vuestra casa estis; voy... --Estos queda... tengo mucho, muchsimo sueo: necesito urgentemente dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche, lo menos por voluntad ma. --Cmo? nos dejis? --Dejaros! dejrame yo primero las antiparras, sin las cuales soy hombre muerto! buena cuenta dara yo al duque de Osuna! llvoos conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor carta para el duque, lo sern sus hijos: asunto es no ms que de algunos cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos Madrid obscuras, amanezcamos muy lejos, y veamos Neptuno dentro de ocho das, embarcados con rumbo Npoles: que os afirmo que mientras aqu estemos, ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado est el cielo, de llover no cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en vez de hacer procesos, seora, haced cofres, y mientras se pide licencia sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no disputemos, que all tenis entrambos los padres, y si vos dejis de ser dama de la reina, doa Clara, seris seora en vuestra casa; y falta de la tercera compaa de la guardia espaola, tendris vos all, don Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey. Quedronse atnitos los dos jvenes estas palabras de Quevedo, y guardaron por algn tiempo silencio. --Tan pronto! tan de repente!--dijo al fin doa Clara--. Qu motivo puede haber?... --Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y tanto, que si no estoy preso, en engaos consiste que no pueden durar mucho tiempo. --Pero esos motivos? --Olvidis que don Rodrigo Caldern est malamente herido, y que es vuestro esposo quien as le ha maltratado?--dijo Quevedo de una manera profunda. --Pero hasta ahora...--dijo don Juan. --S, hasta ahora... y gracias que el duque de Lerma est mareado, nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por donde entran; se amaa en minutos lo que pareca imposible, y el viento cambia de tal modo, que el que era cfiro blando para alguno, se le convierte de repente en huracn que le echa por tierra; particularmente yo, si paro algunas horas ms en Madrid, dime por embargado, y por algn tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sera necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo de nada; porque enemigos crueles tenis vos, doa Clara; y vos, don Juan, aunque slo hace tres das que estis en la corte, no los tenis menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engao. No disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele dar sinsabores tales como ha dado dulzuras. --Pero dejar abandonada su majestad!...--dijo doa Clara. --Dios vela por los reyes... creis vos que la reina tiene en vos un escudo? --Tengo valor, y mi vida es de su majestad. --Pues bien; mientras vos estbais entregada vuestra felicidad, Dios ha salvado de una manera extraordinaria Margarita de Austria. --Salvado! --Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente asesinada. --Asesinada! Quevedo cont punto por punto los dos esposos la tentativa de asesinato contra la reina, y el modo extrao y providencial de su salvacin. --Oh!--exclam doa Clara--, ahora menos que nunca me separo de su majestad. --Dejad, dejad Dios que la proteja; tened fe en la misericordia divina, y adems, por salvar la reina, no expongis perecer vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya ser de vuestras entraas; que sin duda vive ya, porque os amis demasiado, y sois harto buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor. --Ah! me hacis temblar, don Francisco!--dijo doa Clara. --Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea hurfano. --Dios mo! --Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre, estn siempre expuestos morir sin gloria y sin combate, asesinados entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vacilis ms. --Partiremos--dijo doa Clara. --Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la licencia sus majestades, y adis, que yo voy otro lugar que me interesa. Y Quevedo, seguro de que haba asustado lo bastante doa Clara, para que no se dilatase por su parte el viaje, sali. Iba contento atravesando las calles. --Qu puede suceder--deca--en tan poco tiempo? Ir comer esta tarde casa de la Dorotea, y de tal manera me mostrar amigo del duque, que acabar de creerme y me dar tiempo suficiente para dejarle burlado. Ahora volvamos junto la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel lado con lo que debemos nuestro corazn. Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vi venir hacia l un alcalde de casa y corte con sus alguaciles. --Otra bandada de cangrejos!--exclam--; est de Dios que nunca hayan de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Prez Sarmiento, asno injerto en lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; y qu me querr ste? parceme que se arroja hablarme. En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia Quevedo. A poca distancia le seguan sus alguaciles, y vena detrs una silla de manos. --Gurdeos Dios--dijo el alcalde Quevedo parndose delante de l--, me conocis? --Hace mucho tiempo, por el servidor ms ciego de la justicia. --Creis que un alcalde de casa y corte puede prender toda persona viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato? --Artculo de fe es ese de que no he dudado nunca--dijo Quevedo, al que pas por los ojos tal cosa, que di ocasin que le rodeasen y asiesen de l de improviso los alguaciles. --Eh! qu es esto? habrme convertido en dobln cuando con tal ansia me echis mano?--dijo Quevedo. --Os habis convertido en hombre preso por el rey. --Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco. --Metedle en la silla de manos. --Meterme yo, que an no estoy impedido; que si yo rey no respetara... --Qu decs?... --Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey, que no hay para qu menos. Y Quevedo se entr en la silla de manos. Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tena celosas ni vidrieras, Quevedo se qued obscuras. --Al menos es blanda--dijo sintiendo el almohadn mullido de la silla--, y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y obscuras nos dejan, durmamos. La litera ech andar en aquellos momentos. Poco despus Quevedo, consecuente su propsito y cansado y trasnochado, roncaba. CAPTULO LXII DE CMO EL DUQUE DE LERMA SE ENCONTR MS DESORIENTADO QUE NUNCA Don Francisco de Sandoval y Rojas atraves las antecmaras de palacio en medio de los ms profundos saludos y de las reverencias ms profundas de los cortesanos. Hasta all todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que son un barmetro, como seor omnipotente, en el pleno goce del favor del rey. Los ujieres se mostraron con l, y del mismo modo, profundamente respetuosos. Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto. Pero cuando entr en la cmara real, la encontr desierta. El rey acostumbraba estar siempre en la cmara cuando llegaba Lerma. Lerma se alarm al no encontrar al rey en su cmara. Porque en las raras ocasiones en que se haba entibiado para l el favor de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le haba hecho hacer antesala antecmara, le haba hecho hacer cmara. Tomlo primero su orgullo casualidad: pero pas un cuarto de hora, y esto era ya mucho; pas media hora, y esto era ya demasiado. Lerma, quien la clera haca audaz, se acerc la mesa real, tom la campanilla de oro, y la agit como si hubiera estado en su casa. Se present un gentilhombre. --Qu manda vuestra majestad?--dijo sin reparar, en su servil apresuramiento, que el rey no estaba en la cmara. --No, no es su majestad quien llama--dijo Lerma mordindose los labios--. Soy yo. --Ah! perdone vuecencia! qu desea vuecencia? --Habis avisado al rey de mi llegada? --S; s, seor: en el momento en que lleg vuecencia. --Dnde est el rey? --En su recmara. --Con quin? --Con el duque de Uceda. --Con mi hijo! --S, seor. --Gracias, caballero, gracias. El gentilhombre sali. --Conque se me hace esperar en la cmara por Uceda, que est en la recmara?--dijo el duque--; con que el rey se olvida al fin de lo mucho que me debe? y... mi hijo... qu hubiera sido de mi hijo sin m? Esto es infame! Vendido abandonado por todos... y qu hacer? qu hacer? Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan una vida obscura... esto no puede ser, y no ser... Quevedo... Quevedo tiene ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos hambrientos y miserables... Quevedo me impondr duras, dursimas condiciones... pero no importa... ms vale ceder en secreto ante un solo hombre, que no caer en pblico combatido por tantos. Oh! creo que debo dar una leccin al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo hubiera hablado ya con Quevedo, vera si poda atreverme presentar al rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin contar con don Francisco, sera una locura. Lo que debo hacer indudablemente es irme de aqu. Esto ser decir sin palabras al rey que no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma. Iba Lerma poner en prctica su propsito, esto es, irse, cuando se levant un tapiz, asom tras l una persona, y son una voz que dijo: --A dnde vais, mi buen duque? Lerma se volvi, adelant rpidamente, dobl una rodilla ante el hombre que le haba hablado, y le bes una mano. Aquel hombre era su majestad catlica, don Felipe III de Austria. Haba cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey. --A dnde bais, pues, duque?--repuso Felipe III. --Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado... --Y tardaba, eh? --Seor! --Hace un siglo que yo estoy esperando--dijo el rey--y no me impaciento; y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que estis aqu, os impacientis? --Y por qu tenis vos que impacientaros, seor?--dijo Lerma levantndose y permaneciendo de pie junto al rey, que se haba sentado en su silln--; no es ley vuestra voluntad? No os obedecen todos vuestros vasallos? --No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido mis vasallos que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se aumentan, las quejas zumban alrededor mo, y me trastornan. Sabis que he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda ms de una hora? --Me lo haban dicho, seor. --Es verdad, vos lo sabis todo. --Seor... --Pero que no acertis cul era la extraa pretensin del duque? Tembl interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que no acostumbraba mucho usar. --Lo ignoro, seor. --Ya saba yo que lo ignorarais. Vuestro hijo se me quejaba de injusticias. --Y por qu el seor duque de Uceda no ha venido m, secretario universal del despacho?--dijo ya con alguna irritacin Lerma. --Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y encaminarse m, es punto menos que si vos se hubiera encaminado. --Pero de qu se queja el duque de Uceda? --De que se le haya separado del cuarto del prncipe don Felipe. --Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su alteza, y esto es ya un principio de rebelda. --Pues ved ah lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del prncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que l en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separacin motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo ms extrao que puede decirse, duque, es casi una rebelda lo que vuestro hijo pretende. --Y qu pretende, seor?--dijo Lerma, quien pinchaban las palabras del rey. --Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cmara del prncipe... en fin, el duque dice que se va presentar preso y pedir el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla. --El duque est loco, seor--dijo Lerma--, y como tal no podis tenerle al lado del prncipe. Su peticin demuestra su locura. Pues qu, vuestra majestad tiene necesidad de decir un vasallo, por muy alto que ste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para quitarle un oficio que le haba dado? Este es un crimen de lesa majestad, seor, que debis castigar con energa. --Es que el duque de Uceda protesta hacia m el ms profundo respeto, y dice... dice que sois vos su enemigo. --Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey, suponindole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor delito: el de lesa naturaleza rebelndose contra su padre. --Pues ved ah: Uceda dice que no le miris como hijo. --Desgracia y grande ha sido para m, que tal hombre sea hijo mo. --Y aade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos habis tenido para proponerme su separacin del cuarto del prncipe. --Razones contra m! --S; habla de pruebas... --De pruebas de qu? --Lo mismo pregunt Uceda; pero pidindome perdn por no revelarme lo que yo quera saber, me dijo que slo presentara las tales pruebas al juez los jueces que hiciesen el proceso. --Es decir, que el duque de Uceda supone?... --Que no me servs bien. --Que presente, pues, las pruebas; que las presente--dijo conteniendo mal su clera por respeto al rey, Lerma--; entre tanto, seor, yo me retiro mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha dado. --Ved, ved ah por qu digo yo que hace un siglo estoy teniendo paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los mos; yo bien s que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son leales, capaces de perder por m la vida; pero todos res, todos os mordis, todos procuris parecer los ms leales, costa de los otros; y esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace infeliz. --Por lo mismo, seor, admita vuestra majestad mi renuncia. --No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos. --Sin embargo, seor... esas graves acusaciones exigen: que yo sea juzgado, que lo sea mi hijo. --Qu estis diciendo, duque? qu estis diciendo?... meterme queris en esos cuidados? yo os mando que sigis ayudndome en el gobierno de mis reinos. --Y yo, seor, obedezco vuestra majestad. Pero... --Pero qu? --Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte muchas personas. --La primera don Francisco de Quevedo. --Cmo, seor! --Es muy aficionado contar cuentos que nadie entiende. --Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos ms leales de vuestra majestad. --Parceme, sin embargo, que le hemos tenido preso. --Dos aos. Es un tanto turbulento... --Por lo mismo, dejmosle que se vaya con su duque de Osuna. --Por el contrario, yo le guardara... --Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No s qu he odo de unas estocadas... ah! s! don Rodrigo Caldern... --En efecto, mi secretario Caldern, hace tres noches fu muy mal herido y est en mi casa. --Hirile... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, quien yo no s quin ha hecho capitn de la tercera compaa de mi guardia espaola. --Lo ha hecho, seor, la reina, por amor su favorita doa Clara Soldevilla. --Esposa recientemente de ese don Juan... y quien creo que ama mucho... pues bien, prendamos ese don Juan para poder prender Quevedo. --Cmo! --Como que dicen que Quevedo ayud don Juan herir don Rodrigo. --Es necesario andar muy despacio en eso, seor; tales negocios pueden salir al aire si se prende don Francisco... --Cmo! tambin por ah? --S; s, seor; don Juan, hiriendo don Rodrigo, ha obrado como bueno y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudndole... esto es... midindose con otro hombre que favoreca don Rodrigo. --Pues mirad: podr engaarme, pero ese don Juan no me gusta. --Y yo que traa vuestra majestad para que la firmase una real cdula de merced, para ese don Juan, del hbito de Santiago! --Pues no; no hay que pensar en ello; con que es decir que se nos lleva la dama ms hermosa de palacio, que se nos pone la cabeza de la compaa ms brava de nuestros ejrcitos, que nos hacemos los ciegos ante un homicidio intentado por l y todava queris que le demos el hbito de Santiago? --No harais ms que doblrselo, seor, pues lo tiene ya. --Cmo! pues quin se lo ha dado? --El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedi al duque de Osuna para su hijo bastardo cuando an no le haba dado su madre luz. --Y para qu dos mantos un mismo hombre? eso es decirle que tiene mucho fro y que queremos abrigarle. --Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hbito por sus hechos, como el gran don Felipe II le crey digno de l por ser hijo de quien era. --Pero esto no estorba para que le prendamos. --No; pero vuestra majestad no le debe prender. --Dad, dad ac esa cdula--dijo el rey. Lerma sac un papel arrollado y le extendi delante del rey. --Ahora--dijo Felipe III--necesito firmar otros dos papeles. --Cules, seor? --Dos rdenes de prisin. --Creo que sean necesarias ms. --Pues bien, Lerma; decidme vos los que queris que sean presos, y yo os dir los que quiero tener encerrados y no disputemos ms. --Seor, yo no disputo con vuestra majestad. --Pues qu estamos haciendo hace ya ms de media hora? Disputar y no ms que disputar. Con que sepamos: quines queris vos prender? --Al duque de Uceda. --Bien, prendmosle en el cuarto del prncipe. --Seor!--exclam completamente desconcertado por aquella salida del rey, Lerma. --S, s, volvmosle su oficio al ayuda de cmara del prncipe don Felipe. --Pues cabalmente eso es lo que el duque desea. --Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedmoselo; mandad extender la provisin y tradmela al momento al despacho. Lerma desconoca al rey. El rey mandaba. Lerma no estaba acostumbrado aquello. --Seor--dijo--, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra majestad. --Os lo mando yo--dijo el rey. --Obedezco, seor. --A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina--dijo el rey. Estremecise Lerma. --Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su oficio de caballerizo mayor. --Ah, seor! Dios quiera que no os pese! --Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro. --Todos son enemigos mos, seor. --Y qu os importa, si es vuestro amigo el rey? --Sea lo que vuestra majestad quiera. --Envense correos don Baltasar de Ziga para que se vuelva su oficio de ayo del prncipe don Felipe. Lerma, aterrado, se resign. Aquel era un golpe mortal. Sus enemigos triunfaban. Pero de qu medios se haban valido? Ignorbalo el duque, y esta ignorancia le aterraba. --Adems--dijo el rey--, orden de prisin contra don Francisco de Quevedo y don Juan Tllez Girn. Los enviaris Segovia. Lerma no se atrevi replicar. --Id, id; extended todas esas rdenes y trarmelas al momento para que las firme. Y el rey se levant y escap por una puerta de servicio. El duque qued aterrado en medio de la cmara. --Qu tal, eh?--dijo una voz detrs de un tapiz. Mir Lerma al lugar de donde sala la voz, y vi que el tapiz se levantaba y que de detrs de l sala un hombrecillo. Aquel hombrecillo era el bufn del rey. CAPTULO LXIII DE CMO EL DUQUE DE LERMA VI AL BUFN DE SU MAJESTAD EXTENDERSE, CREAR, TOCAR LAS NUBES... ETC. Estuvieron mirndose durante algunos segundos el ministro y el bufn. Los ojos del to Manolillo relumbraban como brasas. Sus mejillas no estaban plidas, sino verdinegras. Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se irrit. --Qu me queris?--dijo Lerma con acento duro. --Eh! Qu os quiero yo? nada; vos sois quien me queris m. --Yo! --S, vos me necesitis. --Que os necesito yo? --S por cierto. No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en cuando ocurrencias insufribles? --Cmo! Sabis...? --Vaya si lo s; como que estaba all, detrs de aquel tapiz, y no he perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe, traa su leccin bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los tontos tienen muy buena memoria. --Ah! Han hecho aprender su majestad una relacin de memoria? --S, excelentsimo seor. --Y quin le ha enseado esa leccin? --Excelentsimo seor, yo. --Vos! Pero quin servs? --Me sirvo m mismo. --Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda... --Y tiene razn; como que yo le he metido al duque de Uceda en su recmara. --Venid, venid conmigo, bufn, y hablemos donde de nadie podamos ser escuchados. --Eso quiero yo. --Seguidme. --No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cmara del rey. Sois muy torpe, excelentsimo seor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa ni lo entienda, en vuestro camarn de la secretara de Estado. Hasta dentro de un momento. Adis. Y el bufn levant el mismo tapiz por el que haba aparecido, y desapareci tras l. --Qu sucede en palacio, seor? Qu hay aqu--exclam el duque--, que me veo obligado tratar con ese miserable? El duque hizo un violento esfuerzo, sali de la cmara real, baj la planta baja del alczar, y se entr en la secretara de Estado. --Ledesma!--dijo uno de los oficiales que trabajaba en la primera sala--; cuidad de que nadie vaya interrumpirme, y estad dispuesto para cuando yo os llame. Ledesma, que se haba levantado como todos presencia del duque, se inclin profundamente. Lerma atraves otras dos salas, en las cuales los oficiales se levantaron con el mismo respeto que los de la primera, lleg una puertecilla, sac una llave, abri la puerta, entr y cerr. Atraves despus un largo corredor, abri otras dos puertas, y se encontr al fin en un pequeo aposento, en el cual haba nicamente una gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un silln de terciopelo carmes, con las armas del duque bordadas; detrs, en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey; los dos lados, contra la pared, dos secreteres de bano incrustados de plata, ncar y concha, y delante de la mesa, un silln ms modesto, destinado sin duda un secretario; una magnfica alfombra y algunos excelentes cuadros, completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarn reservado de despacho del secretario universal del rey. Al abrir el duque la puerta del camarn, retrocedi y tembl. Sinti pavor impulsos de una impresin supersticiosa. Sentado en el silln del duque, arreglando unos papeles, estaba el to Manolillo. El camarn no tena ms entrada que aquella por donde haba ido el duque: una reja le daba luz, y aquella reja tena vidrieras de colores. Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber entrado por ella el bufn, y las vidrieras estaban cerradas. --Cierra y sintate--dijo el to Manolillo al duque de Lerma--. Aqu no puede ornos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque. --Qu significa esto?--exclam Lerma--; en qu poder confiis para atreveros tanto? --Es singular, singularsimo tu orgullo, duque. Cualquiera al escucharte, no vindote, creera que no tenas miedo. Y ests temblando, Lerma. Temblando como un ratn delante del gato. Sin duda me crees brujo, no es verdad? porque t guardas como un tesoro las llaves de este camarn, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos secreteres, y sabes que nadie puede entrar aqu si no le das t las llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti desde hace trece aos: desde que eres favorito del rey ms desfavorecido de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbciles y torpes. --No comprendo... no comprendo cmo... --Cmo estoy aqu? Yo soy brujo, duque. Desconcertse de una manera tal Lerma, que el to Manolillo solt una carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresin tal, que se le crisparon los nervios al duque. --Estoy aqu--dijo el bufn--, porque estoy: te tengo en mis manos, porque eres un traidor, un villano. El duque se crea delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse; le faltaba completamente el valor. Adelant vacilante, y se apoy en el silln destinado al secretario. --Sintate, sintate y no tiembles--dijo el bufn dulcificando su voz--; nada te suceder si t no quieres que te suceda. El duque se sent maquinalmente. --Yo s todos los secretos de palacio--dijo el bufn--; como que no hago otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey vuelva llamar su alrededor tus enemigos, puedo hacer que el rey los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte al patbulo. --Al patbulo! --S, por traidor al rey y por ladrn. --Ah! ah! y qu pruebas...? --Oye, tengo preparadas las pruebas; estn aqu. Primera: carta de milord, duque de Bukingam, al excelentsimo seor duque de Lerma. --Ah! esa carta... --La Espaa vendida los ingleses, duque! --Pero esa no es una carta. --Es una copia de la carta. --Pero la carta... --Est con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y otras varias, que prueban cumplidamente que t, ms que secretario del rey de Espaa, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas estn tan bien guardadas que no las encontrars tres tirones. Se trata, en esta que he trado de muestra, del casamiento de la infanta doa Ana, de ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y t, de condiciones recprocas, de infamias... quieres que te la lea, don Francisco de Sandoval y Rojas? --No, no; pero eso es imposible--dijo el duque abalanzndose al secreter de la derecha y abrindole. --S, busca, busca; encontrars ah alhajas que yo no he querido tomar, pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrn, pero las cartas de que te hablo y otros importantsimos papeles, no estn ah; los tengo yo: autnticos, con tu firma, porque en todos ellos, en todas ellas, porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: _Contestada en tal fecha.--Lerma._ El rey podr encontrar en esos papeles el secreto de la expulsin de los moriscos, las causas de su desavenencia con Francia, el por qu de los reveses que sufre en todas partes donde hace la guerra Espaa; el rey sabr que de los tributos que saca sus vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los corregidores, alcaldes mayores y dems exactores, y la otra tercera parte para el nobilsimo, el excelente seor don Francisco de Sandoval y Rojas, marqus de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo; sabr el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarn solos al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado su enemigo, y como el rey, aunque es dbil, no es malo y no le gustan los bribones, y como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey poderoso; y como el rey es del ltimo que llega, nada tendr de extrao que su majestad retire de ti su proteccin y te arroje al verdugo; porque t has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero degradado y despus ahorcado. --Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas para mucho, cuando as me hablas; qu quieres? --Creo que nos entendemos. Ahora voy decirte lo que quiero. --Si puedo, si est en mi mano... --Oye; t conoces una mujer quien yo conozco tambin. Yo quiero que esa mujer sea feliz. --La reina! --Qu me importa la reina? ya la he salvado hoy. --Conque era verdad? --Verdad, verdad; quisieron envenenarla. --Envenenarla! Pero quin ha querido cometer ese atentado? --Tu buen secretario don Rodrigo Caldern. --Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo est en el lecho mal herido! --Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmn, que ha estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de Guzmn era amante de Luisa, la mujer del imbcil cocinero de su majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de su majestad. Quevedo y yo, que ramos muy amigos, nos hemos visto negros para salvar Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un pobre paje quien se le apeteci lo que haba quedado sobrante en los platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos. --Horrible! horrible!--exclam el duque. --Yo no s si t has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato, si ha sido nicamente cosa de don Rodrigo Caldern. --Yo! me creis capaz de esa infamia? --Te creo, por tu vanidad y por tu ambicin, capaz de todo. --Oh! oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto. --La reina te estorba tanto como don Rodrigo; la reina conspira contra ti, y la temes. --Pero jams llegara ese punto, jams; me calumniis. --Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrn, no has sido asesino. --En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de Caldern; las pruebas para enviarle al cadalso. --No hay pruebas. --Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prfuga, se la buscar, se la encontrar, se la sujetar la prueba del tormento. --Y declarar que don Juan de Guzmn era su amante, que la di unos polvos, que ella los di al galopn Cosme Aldaba, que, en ausencia de su marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo Cosme Aldaba, atormentndole, se sabr que el tal Cosme envenen en las cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entreg para que la sirviera el paje Cristbal Cuero, y el paje, preso y sujeto al tormento, declarar que puso en la mesa de su majestad la perdiz envenenada; pero todas las pruebas recaern en el sargento mayor don Juan de Guzmn. --Se le prender, se le har pedazos para que declare. --Eso es imposible. --Imposible! --S; no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor, he dicho: _era_, no _es_? El sargento mayor ha muerto. --Muerto! --A mis manos, pualadas. El bufn, que haba crecido de una manera imponderable los ojos del duque, aument otro tanto en tamao. Se haba convertido para Lerma en un gigante. --Por lo que toca la reina--continu el bufn--, el negocio est perfectamente concludo; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie ha sospechado... no asustemos su majestad; srvate esto para conocer don Rodrigo Caldern y guardarte de l. La mujer, pues, quien ambos conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he penetrado aqu, en este lugar que t creas tan seguro, y he abierto valindome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que tal punto nos ha trado los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente reinas. --Dorotea! --Cabalmente, Dorotea; esa pobre nia que es tu querida pblicamente, y mi corazn, mi alma en secreto. --Qu sois vos de esa mujer? --Qu soy yo! su padre! su hermano! su mrtir! --Ah! --La amo... ms que m mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su felicidad, y sus lgrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han despedazado el alma... ama un hombre y le roban ese hombre. --Y qu hombre es ese? --Don Juan Tllez Girn. --Siempre ese hombre!--exclam con desesperacin el duque. --Sin embargo--dijo el to Manolillo--, ese hombre debes el empezar ser algo. --Cmo! --S, s ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido Madrid, no hubiera conocido doa Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla, cuando esa mujer serva la reina con su vida, con su honra; no hubiera encontrado Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido tu buen secretario don Rodrigo Caldern; si no hubiera herido don Rodrigo, si no le hubiera arrebatado las cartas que tena de la reina... --Cmo! ese caballero ha quitado Caldern las cartas?... --S, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era omnipotente: hubiera dictado condiciones Margarita de Austria, te hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no le pones fuera de combate, ocupar algn da; comprendes ahora todo lo que debes ese afortunado joven? --Oh! oh! y yo ciego!... --T, torpe y confiado, creyndote en tu vanidad asegurado en el favor del rey y superior todo... pero continuemos y te convencers de cunto es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que l, que porque es amigo de Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el ms leve servicio. Por otra parte, don Juan Tllez Girn, hiriendo don Rodrigo, te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto vivo, don Rodrigo, y como slo haba venido Madrid por encargo del duque de Osuna para buscar ese don Juan, y con el slo objeto de llevrsele consigo Npoles, quiso ponerle cubierto de toda eventualidad, y acordndose de Dorotea concibi un terrible pensamiento. --Dorotea! --S por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que deslumbra las mujeres... --No le conozco. --Oh! pues es un mancebo hermossimo; ya ves: cuando en tres das ha llegado ser marido de doa Clara Soldevilla, quien todos, menos yo, crean de nieve, y ha enamorado Dorotea, que no haba amado nunca... --Pero Dorotea le ama!--exclam con cierta celosa impaciencia Lerma. --Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde muere. --Pero qu se propona Quevedo al hacer conocer Dorotea ese hombre? --Que se enamorase de l, y lo consigui. --Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se enamorase de ese hombre. --Ests cada da ms torpe, duque. --No tenis razn para llamarme torpe, porque es incomprensible el objeto de Quevedo. --Lo que ti te falta de ingenio, le sobra Quevedo, Lerma. --Pero en esta ocasin... --Dime: no es tu querida Dorotea? --S. --An no me comprendes. Ser necesario llegar al fin. Dime: no hars t cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidindote? --Segn, segn. --No hay segn. T eres todo soberbia. T hubieras hecho lo que hubiera querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, deba procurar que no le prendiesen por sus heridas don Rodrigo... --Ah! --Has comprendido al fin, gracias Dios y mi paciencia. Pues bien, Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca don Juan, le ama ms que s misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto, porque tiene celos. --Celos! --Oh! si Dorotea no tuviese celos! si la amase don Juan, el primer hombre quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amara tambin, porque hara feliz mi Dorotea, y amara Quevedo que los haba puesto en el caso de amarse, y procurara que, como don Juan te ha robado el corazn de Dorotea, te robase el corazn del rey. Pero ya se ve! don Juan haba visto antes que Dorotea doa Clara: haban andado de aventura por esas calles de Dios... y doa Clara es tan hermosa... no es ms hermosa que Dorotea, no; pero no es cmica, ni tu querida, ni lo ha sido de nadie: doa Clara... yo he visto todos, altos y bajos, mirarla con codicia... y el mismo rey... --El rey! --S, el rey ama doa Clara: tibiamente, eso s; pero la ama cuanto puede amar, como no ha amado ninguna mujer... ya ves: cuando siendo tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido arrojarse pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio su majestad, tiene no s qu poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues, amando al marido de doa Clara es una mrtir, y ya que no puedo evitar su martirio, quiero vengarla, y la vengar. --Que la vengars? y cmo? --Valindome de ti. --Ah! creo que tambin te vales de otra persona. --Del rey? cierto que s. Su majestad no puede ver don Juan desde que sabe que le ama doa Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmi. Sabe adems su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese casamiento, y no puede ver Quevedo. --Por eso me ha mandado prenderlos! --Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo. --Y si tenais interesado al rey, qu imponerme condiciones m? --Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro seor, no es ms firme que una caa; le mueve hacia un lado el ms ligero vientecillo, y otro vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender don Juan y Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos sern, porque el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doa Clara, sobrevendr, se arrojar los pies del rey, llorar, le besar las manos... y el rey se derretir y revocar la orden de prisin, y ser capaz de honrar don Juan y Quevedo por aadidura. Es necesario que el rey no pueda hacer nada. --Y cmo? --Cmo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia ofendida. --Es decir, formando proceso don Juan por la herida de Caldern? --Y por aadidura, don Francisco de Quevedo. --Y si todo eso sucede, me devolveris esas cartas que me habis robado? --Cuando Dorotea posea completamente don Juan, cuando yo la haya vengado de l. --Pero no consideris que si la Dorotea sabe que su amante est preso, interpondr todo su influjo para salvarle? --Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasin de demostrar don Juan hasta qu punto le ama. --De modo que me veo reducido coaligarme con vos! --S, s por cierto, noble y poderoso seor duque de Lerma; conmigo el bufn, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido levantarme vuestros ojos fuerte como un len. Conmigo, comadreja del alczar, que puedo perderos. --El duque no estaba en estado de regatear, ni aun poda defenderse; lo que le suceda, le tena aterrado; y lo que ms le humillaba era verse obligado ayudar los amores de su querida. --Har, har lo que pueda--dijo al fin. --T hars lo que yo quiera; prenders don Francisco de Quevedo. --En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisin, y pesar de que una persona, quien no puedo negar nada, me haba comprometido que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden. --Adivino cules son las dos mujeres que te han pedido la una la prisin y la otra la seguridad de don Francisco. --Si sabis eso, es necesario concederos mucho poder. --Con saber quien interesa que sea preso y que no sea preso don Francisco, se sabe quin es quien ha obrado en su favor y quin en su contra. Voy decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha obligado sin duda que prendas Quevedo, y la duquesa de Ganda, la buena, la inocente doa Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha exigido la promesa formal de no meterte en prenderle. En vano el duque quiso ocultar su turbacin, producida por la sagacidad del to Manolillo; sin embargo, se domin y dijo riendo: --Bah! y qu les importa ni la condesa de Lemos, ni la duquesa de Ganda que Quevedo sea preso no? --Qu si les importa? Voy revelarte dos secretos. --Dos secretos ms? --No te he dicho que soy la comadreja del alczar, que velo mientras los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razn s que tu hija es querida... --Querida!--exclam el duque afectando una explosin de dignidad ofendida. --Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don Francisco de Quevedo. --Mentira! --Vamos: lo sabas--dijo el bufn--; debe de habrtelo dicho tu misma hija. --Que yo s esa deshonra! --Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es grande, me prueba que la conocas. --Oh! oh! yo te juro que esa es una calumnia! --No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de vengarte de m. Cuando puedas, mtame, hazme pedazos; pero entre tanto, srveme. El duque no contest; estaba lvido de clera, se le saltaban los ojos de las rbitas. El bufn continu: --Como doa Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extrao que haya averiguado que Quevedo slo ha venido Madrid buscar al hijo del duque de Osuna para llevrselo Naples. Y como doa Catalina ama mucho Quevedo, con toda su alma ardiente, la que tan mal dueo has dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte, que prendas Quevedo. El duque se movi violentamente en el silln. --Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Ganda te ha obligado que no prendas Quevedo. La duquesa de Ganda es madre natural de don Juan Tllez Girn. Di un salto sobre el silln Lerma y volvi caer desplomado. Aquella noticia le espant. Tal concepto tena formado de la duquesa de Ganda, que le pareci un sacrilegio la revelacin del to Manolillo. --Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoosa nada respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Ganda es una santa. --Pero cuando una santa se encuentra obscuras en una galera apartada con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una santa, se encuentra sin saber cmo en la situacin en que se halla la duquesa de Ganda. Pregunta tu hija, que sin ser una santa, es y lo ser siempre una mujer honrada, pesar de ser querida de Quevedo, lo que son tales encuentros: bah!, Lerma, t te estremeces porque ests en la misma situacin que un hombre atado por cada uno de sus remos cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte, se crean de nuevo en posicin de hacerte la guerra. Para que volviese la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito que el conde de Lemos vuelva. Entonces doa Catalina estar ms contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer algo, yo la har callar. Del mismo modo har que la duquesa de Ganda te sirva de cabeza. Conque ayudmonos resueltamente, duque, y no disputemos ms. A cambio de tu favor con el rey, la prisin de don Francisco de Quevedo y don Juan Tllez Girn ante la justicia, como homicidas de don Rodrigo Caldern. --Lo har...--dijo el duque--pero esas cartas, esos secretos?... --Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas. --Escucha--dijo el duque--; yo puedo enriquecer Dorotea, enriquecerte ti... --Y el oro da la felicidad? la da los imbciles, que creen verdades las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazn no la calma el oro. Ni un maraved quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un momento no est preso don Juan Tllez Girn, que est en el alczar y en el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro, duque, obro y ay de ti en el momento que yo obre! --Y no hay medio en lo humano! --Ninguno. --Bien; ser lo que quieras. --Presos don Francisco y don Juan! --Presos! --Al momento! --Al momento! --Pues vete y manda extender las rdenes. --Y te quedas aqu? --S, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti. --Debe haber aqu alguna puerta secreta. --Pues bien; qu importa? bastante seguro te tengo. Mira. El bufn se levant, lleg al secreter de la derecha, oprimi un resorte y el secreter gir dejando descubierta una obscura entrada. --Adis, duque, adis--dijo el bufn desapareciendo por ella--, y no te atrevas desobedecerme. El secreter volvi girar. El duque qued aterrado. Parecale, mejor dicho, quera que le pareciese aquello un sueo. Passe la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resign y sali y abri la primera puerta. --Que entre Ledesma--dijo uno de los oficiales. Y se volvi al camarn y se puso papelear para disimular su turbacin. Entr Ledesma. --Sentos--le dijo el duque--y tomad nota. Ledesma se sent. --Levantamiento del destierro del conde de Lemos--dict el duque; reposicin en su oficio de ayo del prncipe de Asturias don Baltasar de Ziga; reposicin en su oficio de caballerizo mayor al conde de Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo padre fray Luis de Aliaga, y por ltimo, reposicin en su oficio de ayuda de cmara de su alteza el prncipe don Felipe, al duque de Uceda. --Ya est, seor--dijo Ledesma. --Ahora aparte: comunquese urgentemente orden al alcalde mayor, para que luego haga prender, donde los halle, don Francisco de Quevedo y Villegas y don Juan Tllez Girn, como causantes de la herida de don Rodrigo Caldern, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y tradmelas para el despacho de su majestad. Ledesma sali asombrado, comprendiendo la razn de la malsima cara que tena el duque. Poco despus, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se daba por segura en las secretaras de Estado la cada del ministro universal duque de Lerma. Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del secreter que cubra el pasadizo por donde haba desaparecido el bufn. CAPTULO LXIV DE CMO QUEVEDO BUSC EN VANO LA CAUSA DE SU PRISIN, Y DE CMO CUANDO SE LO DIJERON SE CREY MS PRESO QUE NUNCA Antes de entrar en la materia de este captulo, debemos dar algunas noticias nuestros lectores la manera de sueltos de peridico: --Don Juan Tllez Girn fu preso aquel mismo da, en el aposento de su esposa doa Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se encontraba don Rodrigo Caldern, y en el momento en que preparaba un viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisin hizo constase en la diligencia del escribano que le acompaaba. --Doa Clara Soldevilla solicit una audiencia del rey y no pudo conseguirla. --Dorotea esper en vano toda la tarde al duque de Lerma y don Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso verdaderamente mala y se meti en el lecho. --El cocinero de su majestad fu avisar al excelentsimo seor duque de Lerma, que doa Ana de Acua recibira obscuras al rey las doce de aquella noche. Al salir Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, de casa del excelentsimo seor duque de Lerma, se encontr manos boca con el to Manolillo, bufn del rey, que le asi por un brazo y le meti en una taberna, donde se encerr con l en un aposento. El to Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto saba acerca de la cita que el duque tena aquella noche con doa Ana de Acua. Al salir de la taberna, separronse el cocinero mayor y el bufn, y este ltimo se fu en busca de un alcalde de casa y corte. Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el asunto del presente captulo. La silla de manos en que haba sido metido Quevedo, y en que Quevedo se haba dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no poda darse cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su admirable fuerza de nimo, dorma profundamente; y segundo, porque aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba hermticamente cerrada y obscuras. Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le mova. Abri los ojos, se los restreg, se desperez, y... se encontr todava obscuras. --Salid, don Francisco--dijo la voz del alcalde Sarmiento. --Ah! conque hemos llegado! pues me alegro! quitos de delante no tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentira por lo que de m se os pudiese pegar, y dgame vuesa merced, si no le enoja: se han acordado de poner cama? --Aqu os quedaris--dijo el alcalde. --Sea por minutos, amigo. Y como no me contestis y os despeds, id con Dios. --Que Dios os guarde. Sinti Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego cerrarse una puerta. --De donde vendr ese chubasco?--dijo para s, palpando en torno suyo--; no lo s... no adivino; una silla... pues seor, estoy en mi casa... una cama mullida... afrmome en lo dicho... y obscuras... me afirmo ms; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueo tengo; dejmonos de suposiciones intiles, y acostmonos, y continuemos el sueo interrumpido. Y Quevedo se acost, no as como quiera, sino desnudndose como si hubiera estado en su casa. Pero por esta vez no se durmi. Haba descabezado, como suele decirse, el sueo en la silla de manos; la situacin en que se encontraba era grave por ms de un concepto, y su poderosa imaginacin empez dar vueltas. Pero las vueltas de su imaginacin se agitaban en un laberinto obscuro, en el que se perda ms y ms cuanto ms pugnaba por encontrar la salida. Y como la imaginacin es tan libre que se agita ms cuanto ms pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo lleg convertirse en una devanadera. Pasronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su prisin, porque para l era indudable que el prenderle no convena al duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado su conveniencia, no era ni aun razonable creer que su prisin proviniera de l. Ocurrisele, y acert, que doa Catalina poda ser la causante, pero Quevedo tena, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo mayor del gnero humano: el amor propio. Y su amor propio deca Quevedo que doa Catalina estaba rendida su voluntad, que llorara mucho, que buscara todos los medios imaginables para retenerle su lado, pero que jams obrara en contra suya. Su amor propio, como ven nuestros lectores, engaaba Quevedo, sobreponindose su sagacidad y su prudencia, que de una manera instintiva le deca, y le haba dicho, que todo deba temerlo de la rabia y el despecho de la condesa de Lemos. Ni asalt el pensamiento don Francisco que el bufn podra tener inters alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente, encontrar una solucin satisfactoria que justificase su prendimiento. --Hanme preso--deca--por recelos muchas veces; hnme trado de ac para all; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra m nada, absolutamente nada, porque, segn el viento que corre, lo de la herida de Caldern no hay que tomarlo en cuenta. Tem por don Juan, pero puse en planta lo que sobra para tener descuido, y yo me he vuelto tonto, mi prisin no entiendo, anda por la corte algo que yo no veo. Por fortuna, no hay bien ni mal que cien aos dure; alguno ha de hablar conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabr yo lo que me pasa, ms por lo que no me digan que por lo que me quieran decir. Interrumpi Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sinti pasos y una voz desconocida que le dijo: --Sgame vuesa merced, seor don Francisco de Quevedo y Villegas. --Del hbito de Santiago, seor de Juan Abad y poeta--contest Quevedo. --Espera vuesa merced quien le ha de llevar otra parte. --Pues esprese el que ha de llevarme que me vista, que yo me crea en casa y habame desnudado; y si quieren que despache pronto, triganme luz, que no se ponen bien las agujetas obscuras. --A obscuras habis de vestiros como obscuras os habis desnudado, y obscuras habis de ir como habis entrado obscuras. --Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creacin anda cerca; y dnde habisme de llevar, seor mo? --No lo s yo eso; que no traigo orden ms que de sacaros de aqu, y hgame vuesa merced la gracia de no preguntarme ms, porque tendr el dolor de no poderle responder. --Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al canto; hidalgo barrunto; hulgome de ello, que siempre es bueno, aun en lo ms malo, al dar con gente bien criada. --Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo rogara vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche mala, y los caminos con tanto llover de los diablos. --Es decir que Madrid se me escapa? --Fuera de Madrid va vuesa merced. --Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede. --Gran secreto se tiene con vuestra prisin--dijo el hombre misterioso, acercndose ms Quevedo--; inters hay en que vuesa merced se pierda... --Pues no es eso fcil, que no nac yo para perdido. --Traspapelar quieren vuesa merced; pero yo, que soy algo dado papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho ms con los discursos de vuesa merced, no soy mo por ms que me hayan mandado que calle, y quiero advertir vuesa merced. Psose en guardia Quevedo, quien pareca un tanto sospechosa aquella facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo haba empezado, y dijo: --Pguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no puedo pagrsela, que s podr, que estas son tormentas que pasan, y dgame lo que quiera, que aprovechar. --Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar. --Con media palabra entiendo yo. Por quin soy preso? --Por el rey. --Eso ya me lo saba, que nadie se prende sino nombre de su majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve para embozar cosas malas. --Os han preso con justicia. --Cierto es que con alguaciles me prendieron. --Con razn. --Tenis razn, que razn es que los tales prendan, que si no prendieran, no seran corchetes. --Quiero decir, que vos tenis la culpa de haber sido preso. --Tambin decs verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en prisiones. --No es eso, don Francisco; habis cometido un delito. --Estis echando un ro de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir en estos tiempos la corte. --Habis malherido don Rodrigo Caldern. --No fu yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena accin, porque al fin ayud ella. Y por haber sangrado un pcaro me prenden? Y esto llaman delito? --Las cosas han variado. --Priva de nuevo Caldern? --El alczar se ha vuelto de arriba abajo. --Gran suceso y grande espectculo. Echdose ha el alczar volatinero? --Ms de lo que pensis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos demasiado, habis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con don Juan Tllez Girn, de homicidio contra don Rodrigo; y como don Rodrigo se va por la posta... Pues si se va me alegro, que nosotros por aqu nos quedamos, y fe ma, que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho con la ida de tal, al rey y la patria. --Pues piden vuestra cabeza. --Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si todo el que pide le dieran, pronto se echaran todos pedir y no quedara quien pudiera dar. Y dnde me llevan? --A Segovia. --Honrosa crcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento, alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me har provecho. --Acercad y asos de mi capa. --Tngoos ya. --Pues marchemos, y silencio. --Silencio y marchemos. Tir para adelante el hombre, cuya capa iba asido Quevedo, y siguile ste pensando para sus adentros: --Pneme ms en cuidado que nunca la amistad de ste; parceme que se han propuesto asustarme... y vive Dios! que lo han conseguido... por m, acostumbrado estoy estas aventuras... pero don Juan... preso tambin... pueden salir de aqu tantas cosas!... --Seor alcalde--dijo en aquel punto el hombre que guiaba Quevedo--: aqu tiene vuestra merced al preso. --Sois vos don Francisco?--dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo as, del licenciado Sarmiento. --Yo soy, menos que no me equivoque, amigo. --Entrad en esa litera. --Pnganme junto ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y buen viaje. --Si sois vos el que os vais! --No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de m... y me alegro. Guardos Dios. Estaba ya dentro Quevedo y se cerr la puerta de la litera. Esta se puso en movimiento. Durante algn espacio, Quevedo oy el ruido de las gentes que pasaban, y el viento que zumbaba en los aleros de las calles. Despus, aquel ruido ces: oase el zumbar del viento, largo, extendido, como en el campo, y slo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto ella. CAPTULO LXV DE CMO EL TO MANOLILLO NO HABA DADO SU OBRA POR CONCLUDA A penas el licenciado Sarmiento haba entregado cuatro alguaciles de caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese preso el alcaide del alczar de Segovia, y se haba alejado de la casa con su ronda de alguaciles, cuando se le plant delante de la luz de la linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeo, cubierto con un sombrero gacho, y envuelto en una capa negra. --Qu me queris?--dijo secamente el licenciado. --Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?--dijo aquel hombre, cuyo acento era indudablemente afectado. --Tal soy--dijo el licenciado. --Pues tomad este pliego y enteros de l en servicio del rey y de la justicia. Tom el alcalde el pliego, y apenas le hubo tomado, cuando el desconocido, volvindole rpidamente la espalda, di correr con una velocidad maravillosa. --Sganle y agrrenle!--grit el alcalde. Siguironle algunos alguaciles, pero volvieron poco dicindole que aquel hombre se les haba perdido. Puso preso el alcalde aquellos alguaciles, por el delito de no haber tenido tan buenas piernas como el hudo, y despus de esto fuese su casa, encerrse en su despacho, sentse delante de una mesa cargada de procesos, y sacando el pliego que el hombre misterioso le haba dado, ley en l lo siguiente: --Seor alcalde: Un hombre ha sido asesinado... Al leer esto el licenciado Sarmiento, le bailaron los ojos de alegra. Porque el licenciado Sarmiento era alcalde en cuerpo y en alma, y se alegraba de los delitos, como los mdicos se alegran de las enfermedades, los clrigos de los entierros, y los sepultureros de los muertos. La alegra le hizo detenerse un momento, y luego prosigui: Un hombre ha sido asesinado traicin. Este hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmn. El causante de este asesinato, los causantes, han sido don Francisco de Quevedo y Villegas... La alegra nubl de nuevo los ojos del licenciado, porque, como todos los tontos los hombres de ingenio, tena suma ojeriza Quevedo. Despus, prosigui: Los causantes han sido, don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito de Santiago, y don Juan Tllez Girn, homicidas, al menos por intento, de don Rodrigo Caldern. El medio del asesinato ha sido Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, por instigacin de los tales don Francisco y don Juan, y el lugar del asesinato donde, si se busca bien, se encontrar el cadver del dicho sargento mayor, la casa de doa Ana de Acua, aventurera y manceba un tiempo del duque de Uceda y del difunto, en la calle de Amaniel. Est vuesa merced atento, y ver cmo la media noche entran algunos en su casa por el postigo. Guarde Dios vuesa merced. --Oh! oh! oh!--exclam el alcalde--; asesinato de hombre casa de la querida del duque de Uceda, y manos del cocinero mayor de su majestad! Este tal cocinero es muy rico, y el duque podr ser que se interese harto por su manceba. Oh! oh! oh! Y el licenciado se qued gratamente abismado en la contemplacin del resultado futuro de un negocio en que podran cruzarse sendos doblones. Pero como todo lo que tena de salvaje en la acepcin completa de la frase el licenciado, lo tena de activo, hizo llamar aquella hora, que ya era bien entrada la noche, un escribano, empez por encabezar el proceso con la declaracin testimoniada de lo que le haba acontecido con el hombre de la capa, sin olvidarse de unir la denuncia original, _incontinenti_ con el mismo escribano y diez alguaciles, fuese la calle de Amaniel, y con las linternas cerradas y la mayor cautela, escondironse l y sus gentes, de tal modo, que nadie, como no hubiera tenido la cualidad de oler la justicia, hubirala credo en aquellos lugares. Entre tanto, la hermosa doa Ana, sola, porque siguiendo los consejos del bufn, haba despedido sus criados; aterrada, porque la situacin en que se encontraba, teniendo en las habitaciones inferiores el cadver, cosido pualadas, del sargento mayor, no era para menos; halagando la sola esperanza de que el rey, quien esperaba por anuncio de Montio, enamorada de l, la salvara, ocupbase en acabar de ataviarse de una manera magnfica, porque, aunque segn lo convenido, deba recibir al rey obscuras, por el tacto, lo mismo que por la vista, se aprecian las buenas telas y las ricas alhajas, y en echar esencias en sus cabellos y en procurarse por todos los medios parecer hermosa sin luz. La situacin de aquella desdichada no poda ser ms espantosa, ms dramtica; basta anunciarla para que se comprenda. Un terror profundo y una ansiedad mortal... y sin haber comido, privada de sus criados; y sin haber visto un slo resquicio de salvacin, entre las tinieblas de horrores que la rodeaban. Cada vez que resonaba un reloj lo lejos, el corazn de doa Ana cesaba de latir; cada vez que resonaban pasos en la calleja donde daba el postigo de su casa, una ansiedad mortal la devoraba. Los pasos se acercaban, llegaban, se alejaban. No era el rey. Al fin, dieron lo lejos las doce de la noche. La sangre de doa Ana circul con fuerza, ardi, la dieron fuertes latidos las sienes y el corazn; se nublaron sus ojos... Era la hora de la cita; resonaron inmediatamente pasos en la calleja; doa Ana escuch con toda su vida apoyada en el alfizar de la ventana que daba sobre el postigo; luego reson una llave en aquel postigo; la alegra di fuerzas doa Ana; la esperanza valor; se retir precipitadamente de la ventana; tom la luz que haba en la habitacin, y entr en otra que era su dormitorio; de all pas otra que era su cmara; all encendi una linterna de resorte que tena preparada, la cerr, la puso sobre una mesa, apag la buja y se qued obscuras esperando impaciente en medio de la cmara. Resonaron al fin pasos en el dormitorio, crujieron las vidrieras al tropezar en ellas una persona, y la voz cobarde, trmula del cocinero mayor, dijo desde en medio de la obscuridad: --Estis ah, seora? Doa Ana hizo un violento esfuerzo sobre s misma para que su voz no temblase y contest con acento dulce: --S, s, seor Francisco Montio. Viene con vos ese caballero? --Tenisme aqu impaciente, hermosa seora--dijo el duque de Lerma. Debemos advertir que doa Ana no haba odo nunca hablar ni al rey ni al duque de Lerma; y que la voz del duque, por la soberbia de ste, y su gran aprecio de si mismo, tena un timbre particular, hueco, campanudo, grave, que daba conocer al gran seor que habla siempre mandando, imponiendo, obteniendo inmediatamente una respetuosa obediencia. --Retiros abajo, Montio--aadi el duque. Y luego dijo: --Dnde estis, seora? --Aqu, mi seor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiar. El duque, guiado por el sonido, busc entre la obscuridad y tropez primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se retir de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una morbidez y una suavidad exquisitas, yendo parar, por ltimo, una mano incomparable por su forma, pequea, gruesecita, cuajada en los dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fra. --Qu os espanta, seora?--dijo el duque mientras doa Ana le conduca tientas hacia un lado de la cmara. --Me espanta--dijo doa Ana con su sonora y dulce voz de mujer hermosa--, me espanta la situacin en que me encuentro, que es horrible. --Horrible! No alcanzo comprenderos; horrible porque yo estoy aqu? --S; s, seor, porque si mi situacin no fuese horrible, no estarais vos aqu. --Explicadme, explicadme, seora!--dijo el duque con cierta magnfica majestad, porque supona que todo aquello no era ms que un prefacio de costumbre. --Si yo no hubiera necesitado de la proteccin de una alta persona, cuando Montio me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al cuello... --Ah, seora! --Podis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero os engais si creis eso, seor; lo he aceptado porque me encontris humilde, porque queris mejor ampararme. --Pero qu os sucede? --Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando Montio me dijo que una altsima persona me amaba... --Otros hay ms altos que yo, seora. --Oh, no, slo Dios! --Quin os ha dicho eso?--dijo con una gravedad eminentemente cmica el duque, que quera pasar por rey... --Nadie... pero... mi corazn... --Vuestro corazn! --Yo haba ido muchas veces la corte, seor; las mujeres somos locas, insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra... --Y os he deslumbrado yo! --Ah, seor!, vos sois el sol de las Espaas. --El sol yo! pero no veis que estamos obscuras! --Yo os veo claro, como si fuera de da... como si... estuvirais... --Como si estuviera dnde? --No me atrevo, seor, habis mostrado tal empeo en no ser conocido!... --Sin embargo, vos lo mostris tambin en hacerme entender que me conocis. --Porque en ello me va mi honra. --Vuestra honra! --S, s por cierto; yo no poda ser esclava de otro que de vos. --Ah! pero quin creis que soy yo? --No me atrevo decroslo. --Hablad, hablad sin temor, seora. --Me dais vuestra noble palabra de no enojaros? --Os la doy. --Pues bien--dijo doa Ana arrodillndose de repente los pies del duque de Lerma--; yo soy vuestra, seor, en cuerpo y en alma.., porque hace mucho tiempo que, loca, fuera de m, amo vuestra majestad. --Mi majestad!--dijo el duque fingiendo el ms profundo asombro--; cmo, seora! habis credo que yo soy el rey? --Ah, seor, seor!--exclam doa Ana cubriendo de trmulos besos las manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no ofenderse. --Y no me ofende ms que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amis vos; pero levantos, seora, no sois vos la que debis estar mis pies. --Es decir que tenis empeo formal en que yo no os reconozca? --Creed que hay en m grandes razones para no querer ser conocido de vos. --Respeto esas razones, seor, las respeto, y me someto vuestra voluntad. --Quedamos, pues, en que yo no soy el rey? --S; s, seor. --Gracias, seora, gracias. Ahora decidme: cul es la situacin horrible en que os encontris? Hablad, que aunque yo no sea el rey, tengo poder bastante para salvaros. --Juradme por vuestra alma que me salvaris y que no desconfiaris de m. --Os lo juro. --Voy ser muy franca con vos. --Os lo agradecer. --Yo, seor, no soy noble. --Tenis la nobleza de la hermosura. --Nac en las playas de Galicia, seor, y Dios, sin duda para probarme, me di esta funesta hermosura. --Vuestros padres fueron pobres! --Pescadores, sin ms bienes que una barca y una cabaa en la playa; yo crec all libre, al sol y al aire, delante del mar, tan ancho, tan azul, tan hermoso, guardada por las espaldas por las verdes montaas de mi hermosa Galicia. No es verdad, seor, que nadie al verme, al escucharme, puede creer que yo he sido una pobre muchacha que se llamaba Aniquilla, que corra descalza por las rocas buscando mariscos cuando era nia, y que ms tarde?... oh, Dios mo! --No, no, nadie lo creera, porque Dios os ha dado la nobleza, como ya os lo he dicho, de una grande hermosura, y con esa maravillosa hermosura una discrecin adorable y un claro ingenio. Vos sois una dama completa. --Pluguiera Dios que no lo fuese! --Pero qu misterio hay en vuestra vida? --Sera un crimen el engaaros, seor. --Os escucho con afn. --Apenas dej de ser nia, cuando dej de ser pura. --Ah, la inocencia! --La libertad... y luego mi anhelo de salir de aquella cabaa... las solicitudes de los marineros... todos me prometan sacarme de all... yo ansiaba ser ms... los crea... y todos me dejaban. --Oh! --Un da, seor, fonde en la caleta, que estaba delante de la choza de mis padres, un barco de rey. Yo estaba sentada en la punta de una roca, triste y desesperada, porque mi ltimo amante acababa de hacerse la mar. La blanca vela de su bergantn se vea all lo lejos, como una motita prxima desaparecer en la inmensidad de los mares. Sacme de mi distraccin el ruido acompasado de muchos remos; mir y vi que era una barca que entraba en la caleta llena de hombres que llevaban plumas y corazas relucientes, y bandas sobre las corazas los unos, y los otros largas lanzas en las manos. Eran gente de guerra que haba venido en el barco del rey. Yo era la persona primera que vieron. Todos aquellos hombres, al saltar en tierra, me miraron. Particularmente uno, joven y buen mozo, que llevaba banda de seda sobre la coraza, me mir con ms fijeza que los otros, y se detuvo. Los restantes se encaminaron la aldea, y los marineros se pusieron llenar de agua unos barriles que traan en la lancha, en una fuente que haba en la playa. --Rapaza--me dijo el hombre que se haba detenido junto m--, cmo tan sola, siendo tan hermosa? Esperas tu amante? Yo no le contest; pero mis ojos se llenaron de lgrimas. --Por qu lloras?--me pregunt. --Porque mi amante se ido para no volver--le contest arrojando una mirada al mar, en cuyo horizonte se vea ya imperceptiblemente como un punto blanco prximo desaparecer, el bergantn que conduca mi ltimo amante, que acaso no se acordaba ya de m. --Bah, muchacha!--me dijo el soldado--; rey muerto, otro al puesto; por mucho que le quieras, pronto le olvidars, si pones otro en su lugar. --El, como todos, me haba dicho que me llevara consigo... y como los otros me ha dejado aqu. Mirme profundamente el capitn, y dijo como hablando consigo mismo: --Pedirla ms hermosa sera avaricia, y parece inocente Muchacha--aadi dirigindose m--, quieres ser la prenda de un mozo de rumbo? --No os entiendo--le contest. --Quieres ser mi moza, digo? Yo te pondr en el cuello corales y encajes, y te meter la cintura en sedas, y te calzar los pies con chapines, y si ahora pareces un lucero, despus parecers un sol. --Es de veras?--le pregunt olvidada ya del otro que iba en el bergantn, que haba desaparecido por completo en alta mar. --Tan de veras, que si ests aqu en este mismo sitio la noche, vendr por ti. --Estar. --Palabra de buena muchacha? --Os lo prometo. --Pues veremos quin falta lo prometido--dijo el capitn. Y me estrech la mano, y se fu la aldea donde haban entrado los soldados. --Y fusteis?--dijo el duque de Lerma. --S; s, seor; fu, puesto que estoy hablando con vos; fu por mi desgracia; mejor dicho, no me mov de la roca... no me desped de mis padres, ni entr siquiera en la cabaa. Cuando me habl el capitn se pona el sol. La noche, por lo tanto, no tard en llegar. Pas algn tiempo desde que cerr la noche, y por cierto bien obscura. Yo esperaba con impaciencia. Toda mi ambicin era salir de aquel estrecho valle, encerrado entre el mar y las montaas. El mar sin lmites, que recibi mis primeras miradas! las verdes montaas de mi hermosa Galicia, de entre las cuales pluguiera Dios no hubiera salido nunca! Como os deca, la impaciencia me devoraba. Slo vea delante de m, porque la noche era muy obscura, una lnea algo ms clara, una lnea movible. Era el mar que vena romper sus olas en las rocas. Slo escuchaba su quejido incesante, y el ligero zumbar del viento. --Bah!--dije llorando--; el hermoso soldado se ha olvidado como los otros de sus promesas; pero ste, al fin, no ha sido infame, porque no ha sido mi amante. Y me levant de la roca, y con el corazn amargo me volv para encaminarme la choza de mis padres, por cuya puerta se vea relucir lo lejos la llama, la alegre y dichosa llama del hogar. Pero de repente, un ruido que sent mis espaldas me detuvo. Era ruido de remos. Mi corazn se ensanch y me volv de nuevo la roca. Abord una barca y de ella salt un hombre. --Ests ah, muchacha?--dijo. En aquella voz reconoc la del capitn. --S, aqu estoy esperndoos--le dije. --Pues ven conmigo y no te detengas, que el viento es favorable y vamos zarpar. Acerqume l, y l me asi de una mano y me llev hasta la barca. Su mano temblaba. Luego me asi de la cintura para meterme en la barca. Sus brazos temblaban tambin, y su corazn lata con fuerza. Me di un silencioso beso en el cuello, y sus labios abrasaban. Yo empec sentir no s qu por aquel hombre. Me pareca hermoso, y luego... me trataba como no me haba tratado ninguno. Los otros me haban tratado con desprecio. El me trataba como una seora; se estremeca mi lado, se pona plido. Me retuvo en sus brazos en la barca; y luego, siempre en sus brazos, me subi la galera. Not que nadie se rea de m; que nadie me miraba, que todos, cuando pasaba junto ellos el capitn, que me llevaba de la mano, se descubran. Era l el capitn de la galera, y adems muy rico y muy principal. Por eso me respetaban todos. Y yo iba mal vestida, despeinada, descalza. Y, sin embargo, don Hugo de Alvarado, que as se llamaba mi esposo... --Vuestro esposo!...--exclam con asombro el duque de Lerma. --S; yo soy viuda de un capitn de mar de su majestad, seor. --Contadme, contadme cmo fu eso. --Cuando llegamos al puerto del Ferrol, don Hugo, que no se haba tomado conmigo la menor libertad, pesar de que yo estaba enteramente sometida l, hizo venir de tierra unas sastras.. Aquellas mujeres me tomaron medidas, y tres das despus me llevaron ricos vestidos y muchos trajes de dama, y de dama principal; por otra parte, don Hugo me llev joyas. Cuando me vistieron, cuando me engalanaron, don Hugo exclam enamorado: --Es un sol! Yo estaba aturdida, me miraba en un espejo, y no me conoca; me pareca que mi hermosura haba crecido. La felicidad me haca sufrir. Haba visto otras playas; vea otras montaas; tena mis pies un amante joven, hermoso, que me trataba con el mayor respeto. Mis vestidos eran ricos; senta perlas en mi cuello, y cuando me miraba en el espejo, vea que mi cuello era ms nacarado que las perlas. Y no me acordaba de mis padres. Amaba la vida en que entraba, y me morira por don Hugo. --Le ambais!--dijo el duque de Lerma. --Como no haba amado nunca; como no he vuelto amar hasta que os he conocido vos, seor. El duque de Lerma iba olvidndose rpidamente del objeto que le haba llevado aquella casa, esto es: el hacer la guerra por uno de sus flancos su hijo el duque de Uceda, que se vala de aquella mujer para excitar las precoces pasiones del prncipe, que se llam despus Felipe IV, y de cuyas escandalosas aventuras amorosas estn llenas la historia y la tradicin. El duque de Lerma, aunque circunspecto, porque la gravedad era su vicio, hombre al fin, empezaba sentirse excitado por la galante historia de doa Ana. Y luego hay que convenir en que doa Ana tena una gran prctica de cortesana, que conoca el secreto de inspirar la voluptuosidad, y en que, tales eran las manos que tena abandonadas dulcemente entre las del duque, que por su forma y su tersura, venan ser el prlogo de bellezas incomparables. Si el duque no hubiera llevado all, segn su sentido poltico, un alto objeto, hubiera roto por todo y hubiera pedido doa Ana luz. Pero aquella mujer le pareca muy importante, y necesario y conveniente de todo punto seguir representando obscuras un papel de rey enamorado y celoso de su dignidad. El duque de Lerma incurra en su millonsima equivocacin. Estaba all representando por la millonsima vez su papel de simple. --Ah! con que amis su majestad, cuanto habis amado al que habis amado ms?--dijo el duque. --Os ruego, seor, que no volvamos la pasada disputa; yo no me atrevo disputar con vos. Respeto vuestros deseos y callo. --Continuad; seora, continuad--dijo el duque halagado por las palabras de doa Ana, porque tal era su vanidad, que se hinchaba con el placer de representar al rey de una manera indirecta, aunque esto no fuese sino como poda ser, obscuras y ante una persona que nunca hubiese odo la voz del rey. Doa Ana continu: --Amaba yo don Hugo por cuantas razones puede amar un hombre una mujer; me enamoraba y me enorgulleca. Pero fu muy desgraciada en mis amores. No los logr. --Cmo! Pues no sois su viuda? --Od, seor, od: cuando estuve ataviada como una dama, don Hugo zarp de nuevo y tom rumbo para Barcelona; durante la travesa me trat con el mayor respeto. Yo no comprenda por qu don Hugo me respetaba; despus lo he comprendido; don Hugo respetaba en m su amor, un amor tan extraamente concebido por una pobre muchacha deshonrada. Pero contra el amor no hay razones; se ama porque se ama, y nada ms. En Barcelona saltamos en tierra, y don Hugo me llev casa de una anciana ta suya. Habamos convenido, para que nada pudiese decir la ta, en decirla que don Hugo me haba rescatado de unos piratas berberiscos que me haban apresado algunos aos antes, matando mis padres. La buena vieja era muy crdula, y crey todo lo que su sobrino quiso que creyese. Don Hugo estuvo algunos das en Barcelona y parti al fin, dejando encomendado su ta que hiciese de m una dama. Yo qued con un agudo dolor. Don Hugo me escribi al poco tiempo una carta muy tierna que aument mi amor hacia l. Con el afn de poder leer sus cartas, de poder escribirle, aprend en muy poco tiempo leer y escribir. Al ao pude contestar, aunque mal, por m misma aquel amante que se me haba entrado en el alma, y quien deba el verme cambiada en otra. Porque ya no era yo la pobre muchacha ignorante que andaba descalza por la playa, entregada al primero que encontraba al paso, abandonada s misma; haba formado otra concepto del mundo; estaba en una casa rica; provean mis deseos numerosos criados; vesta ostentosamente; iba todas partes y todas partes en litera carroza; la buena doa Mara me amaba y no haba sospechado nunca de la verdad de la historia que la habamos contado su sobrino y yo. Por otra parte, yo, que en realidad me llamaba Ana Pereira, me llam doa Ana de Acua, como ahora. --Y cmo pudo ser eso?--dijo admirado el duque de Lerma. --No lo s, porque don Hugo no me lo dijo por escrito ni pudo decrmelo de presente. --Cmo! --Don Hugo y yo no nos volvimos ver! --Y sois su viuda! --Seguid escuchando. Un da recib una ejecutoria, que an conservo, y unos papeles que acreditaban que yo era, en efecto, doa Ana de Acua, nica descendiente de una familia ilustre, pero pobre. --Era rico don Hugo?--pregunt el duque de Lerma. --Riqusimo. --Pues entonces comprendo perfectamente cmo os ennobleci... Comprara su apellido y su ejecutoria una familia pobre... --Eso debi ser. --Continuad, seora. --Pasaron dos aos, y al cabo de ellos, cuando yo estaba completamente transformada, cuando acababa de cumplir los diez y nueve aos, doa Mara adoleci de su ltima enfermedad. Escrib don Hugo que me vea expuesta quedarme sola en el mundo, y don Hugo me contest, envindome los papeles necesarios por medio de un amigo suyo para que pudiera casarme con l por poder, que para este efecto haba dado su amigo. En efecto, una noche en que la dolencia de doa Mara se haba agravado de una manera tal que los mdicos no la daban ms que algunas horas de vida, me cas, junto su lecho, con don Hugo, representndole el amigo que para ello haba enviado. Acabada la ceremonia, el amigo de don Hugo y los testigos se retiraron, y yo, triste y temerosa por aquellas bodas que se haban hecho junto una moribunda, me qued velando su agona. Al amanecer muri. Aquel da un escribano vino abrir el testamento. La buena doa Mara haba dejado todos sus bienes, que eran muchos, la esposa de su sobrino. Yo era ya rica. No s si por esto, yo que haba olvidado completamente mis pobres padres, llor por aquella mujer. Quedme en la casa como duea. Escrib mi esposo participndole la muerte de su ta, y al poco tiempo recib una carta enlutada. La abr con el corazn helado y recib un golpe cruel. Don Hugo haba muerto en Flandes como bravo, peleando por el rey, pero haba tenido tiempo para darme la ltima prueba de aquel extrao amor que haba sentido por m. En su testamento apareca yo su heredera universal. Encontrme viuda, joven, hermosa y dos veces rica. Llor mucho por don Hugo, pero todo pasa, todo muere y muere tambin y pasa el dolor. Oh! si yo entonces me hubiera acordado de mis pobres padres y hubiera ido sacarlos de su miserable cabaa! Dios acaso, entonces, me hubiera amparado! Pero me olvid de todo y acab por olvidarme de don Hugo, del nico hombre quien haba amado. Rica, joven y hermosa, me propuse apagar mi sed de placeres, mi sed de vanidad. Y aunque muchos quisieron casarse conmigo, yo no quise. Quera volar libre, suelta, poderosa; devorar cuanto el mundo tiene de incitante y bello. Y lo goc. Pero lentamente mi caudal disminua. Viva en la corte, y gastaba, gastaba sin reflexin el caudal que me haban dejado una santa y un hombre de corazn. Gast su caudal y su nombre, porque fu una mujer galante, una aventurera; porque en mi sed de gozar me olvidaba de mi honra, como me haba olvidado de mis padres, como me haba olvidado de mi esposo. --Oh! oh! vos sin duda exageris, seora. --Os digo la verdad; no he querido engaaros. Soy una mujer perdida, y no comprendo cmo vos, seor, podis haberos enamorado de m, como no he podido comprender nunca por qu de m se enamor don Hugo. --Tenis una hermosura maravillosa, doa Ana. --Gracias, muchas gracias, seor, pero escuchadme todava, que an no he concludo. --Os escucho. --Muy pronto estuvo enteramente perdido lo que haba heredado; empec contraer deudas, y no s lo que hubiera sido de m, si un da no me hubiese visto en el coliseo del Prncipe, el prncipe don Felipe. --Ah! --Aunque es muy nio, clav en mi sus ojos y no los apart en toda la funcin. El duque de Uceda estaba en el aposento del prncipe. --Oh! oh!--exclam el duque de Lerma con un acento que enga doa Ana. --Yo no debera deciros esto, seor--dijo ella--; pero no debo engaaros; no debo excusaros ni la parte ms leve de la verdad. Adems que su alteza es muy nio... --Y sin embargo, quiere pervertirle el buen duque de Uceda!... --El duque de Uceda es muy ambicioso, y hace la guerra su padre el duque de Lerma de la manera que puede. El duque de Uceda es tan mal hijo como lo he sido yo. Dios le castigar como me ha castigado m. En cuanto al prncipe... --Decid, decid... --El duque le trae algunas noches. Su alteza se alegra cuando me ve y me abraza y me besa, y me dice que cuando sea rey yo ser lo que quiera ser. --Pero el prncipe est ya pervertido? --No; no, seor, pero si... su majestad el rey no pone remedio, el prncipe ser un rey dbil capaz de todo, si para lograr sus intentos le pone un ambicioso delante una mujer hermosa. --Gracias, seora, gracias en nombre del rey. --Oh! el rey pude contar con mi corazn, con mi alma. Pero el rey tendr compasin de m y me salvar; no es verdad, seor? --Pero de qu tiene que salvaros el rey? --Ah, seor! yo no os lo he dicho todo! Pero antes de que concluya la triste confesin de mis desdichas, dadme, seor, vuestra palabra de que me protegeris. --Os proteger, no lo dudis. Pero alzad, alzad, seora, y no temblis de ese modo. Doa Ana se haba arrojado de nuevo los pies del duque de Lerma, y besaba llorando sus manos. El duque crey que quien causaba el miedo de doa Ana, era el duque de Uceda. Doa Ana se levant. --Continuad, seora--dijo el duque. --Yo tena un amante, ms por miedo que por amor. --Un amante! --S, seor; el sargento mayor... --Don Juan de Guzmn? --Cmo! lo sabais, seor? --S, me lo haban dicho. --Y pesar de eso, seor, me habis solicitado! --S que ese hombre ha muerto. --Lo sabis? --A pualadas! --Pero sabis quien le ha matado? --S! --Lo sabis? --Permitidme que no lo diga; su nombre... --Os lo dir yo, porque ninguna parte tengo en su muerte. --Qu decs? --Que le ha matado el to Manolillo, el bufn de... el rey. --Lo sabais? --Pero yo crea que le haba matado por distinta causa. --Cmo! seora, creis que yo he mandado la muerte de ese hombre? Y en el acento de temor y de sorpresa del duque, que era siempre hinchado, doa Ana crey or el acento de un rey ofendido. --Ah! perdn! perdn, seor!--exclam--no crea vuestra majestad... Era tan grave lo que suceda, que el duque de Lerma perdi la serenidad y exclam: --Cmo os he de decir que yo no soy el rey? --Pues quin sois entonces?--exclam con espanto doa Ana, quien parecieron enrgicamente verdaderas las palabras del duque. --Yo--dijo Lerma reponindose, pero torpemente--soy... un caballero que os ama. --Ah!--exclam con acento rugiente doa Ana--me ha engaado ese miserable Montio! Pero yo sabr quin sois. Y corri al rincn donde, como dijimos, haba dejado la linterna sorda, vino hacia donde estaba el duque, y abriendo la linterna, inund de luz su semblante. --El duque de Lerma!--exclam. --El duque de Lerma!--exclam un hombre que abra al mismo tiempo una puerta. Lerma arranc la linterna de las manos de doa Ana, y mir aquel hombre y retrocedi. --Mi hijo!--exclam con espanto. --S; s, seor, vuestro hijo--contest el duque de Uceda. Y el padre y el hijo delante de doa Ana, aterrada, quedaron mirndose frente frente. CAPTULO LXVI EL PADRE Y EL HIJO Entrambos se encontraban contrariados. Ni el padre ni el hijo haban esperado verse all de una manera tan ambigua. El duque de Lerma, que haba tenido aquella maana una entrevista escandalosa con su hija la condesa de Lemos, deba tener aquella noche otra con su hijo el duque de Uceda. Condiciones eran de su posicin. Haba asaltado el poder por medio de intrigas y de bajezas, y la bajeza y la intriga deban acometerle su vez. Y como su hijo era bajo intrigante, he aqu que en la maraa en que ambos estaban enredados, deban encontrarse y se encontraron en aquella situacin absurda, casa de una cortesana, y rivales en todo hasta respecto la mujer que los miraba aterrada sin saber qu la suceda. Doa Ana, con el terrible acontecimiento de aquella maana, lo haba olvidado todo, y cuando di la cita al cocinero mayor para el duque de Lerma, creyendo que se la daba para el rey, se olvid de que el duque de Uceda tena una llave de la puerta principal de la casa, por medio de la cual poda entrar cualquier hora. Si doa Ana se hubiera acordado, con haber corrido los cerrojos de la puerta, punto concludo. Pero se haba olvidado de ello, y como un descuido basta veces para producir consecuencias inmensas, he aqu que el duque de Uceda, quien enamoraba doa Ana de una manera doble, como mujer y como instrumento, lleg, abri, subi y entr en la cmara de la cortesana tiempo que sta reconoca al duque de Lerma. Ya hemos dicho que doa Ana estaba aturdida. Ni aun se la ocurri desmayarse. Un silencio de estupor enmudeca los tres personajes. El primero que le rompi fu el duque de Uceda. --Encended las bujas, doa Ana--dijo--, venid despus ac, y decidnos: por qu razn, de una manera tan imprevista y tan enojosa nos encontramos aqu mi seor padre y yo? --Yo he venido deshacer vuestras rebeldas, seor duque de Uceda--dijo el duque de Lerma, mientras doa Ana, aturdida, encenda las bujas. --Mis rebeldas, excelentsimo seor?--dijo el duque con calma--pues acaso hago yo otra cosa que defenderme? --Defenderos, de qu? --De los agravios que vuecencia me ha estado continuamente haciendo por celos. S; vuecencia cree que nadie puede acercarse al rey sino para hablarle mal de vos. --Vos habis conspirado constantemente contra m. --Es cierto: por vuestro nombre y por el mo. --Por vuestro nombre? --Cierto; soy vuestro hijo y no puedo tolerar sangre fra que, cegado por viles favoritos, aconsejis constantemente al rey lo que deslustra vuestro nombre. --Sabis que ms de ser vuestro superior por mi estado, lo soy tambin por ser vuestro padre? --Padre y seor, hace mucho tiempo que no somos padre hijo. --Tan seguro tenis, porque os ha repuesto el rey en vuestro oficio de ayuda de cmara del prncipe, que soy hombre al agua, que ya se me os atrevis. --Os encuentro casa de mi querida. --Casa de vuestra querida! yo crea que esa mujer era la primera querida de su alteza, querida que vos le habais procurado! --Venid ac, perdida--dijo el duque de Uceda asiendo violentamente de una mano doa Ana--; as se juega con gentes principales? para esto te doy yo los brocados que vistes y las joyas que gastas? Doa Ana se ech llorar, y para que llegase hasta lo ltimo lo escandaloso de aquella escena, el duque de Uceda di una bofetada doa Ana, como poda haberlo hecho el ltimo de los rufianes. --No os conozco!--exclam el duque de Lerma escandalizado, avergonzado, porque nunca el duque de Lerma haba prescindido de las formas--; vos no debis ser mi hijo, no; si furais mi hijo no hubirais hecho, y delante de vuestro padre, lo que acabis de hacer. Doa Ana lloraba; el duque de Lerma se dirigi la puerta. --Esperad, esperad, seor--dijo el duque de Uceda interceptando su padre la puerta. --En nombre de la ley divina y de la humana, apartos, duque de Uceda--exclam Lerma con la dignidad que siempre tiene un padre respecto su hijo. --Esperad, os lo suplico, seor, no somos, os lo repito, el padre y el hijo, somos dos enemigos; vuestra es la culpa de esta enemistad; me habis provocado. El duque, ciego de clera, puso la mano en la empuadura de su espada: el duque de Uceda permaneci inmvil. --Ved de escucharme sangre fra--dijo--; reparad en que causara gran escndalo que vos me maltratseis aqu en las altas horas de la noche, casa de esa mujer. Y seal doa Ana, que continuaba llorando arrojada en un silln. --Diran las gentes, si dejndoos llevar de vuestra violencia pusiseis en m las manos, que no bastando los odios polticos que nos separan, habamos reido por una querida. --Yo dira las gentes, si os castigase, como debo castigaros, que vos os habis olvidado de todo; que para corregir vuestros excesos, me he visto obligado recurrir este caso, sorprender esta mujer, de quien os valis para pervertir su alteza el prncipe de Asturias. --Ah! vuecencia dira eso! pues bien; yo puedo decir, yo puedo probar para acreditar de falsa vuestra acusacin, que vos vendis al rey y al reino. --Yo! --S, vos. Y lo declararan sin saberlo los duques de Bukingam y de Seimur; lo declararan sin saberlo vuestros satlites, delegados por vos para sangrar al reino, por medio de cartas que puedan presentarse al rey. --Ments!--exclam el duque, que delante de doa Ana no quera rendirse, por decirlo as, lo tremendo de su situacin; no quera confesarla. Su hijo lo adivin. --Qu haces t ah?--dijo doa Ana--; no ves que su excelencia y yo tenemos que entendernos? Vete. Doa Ana se levant y sali doblegada, cabizbaja, llorando. El duque de Uceda cerr las puertas. --Ya estamos solos, padre y seor--dijo--; s qu habis venido aqu; s que por el afn de guardar para vos solo el favor de su majestad, habis llegado hasta el caso de traicin, de tomar el nombre de su majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer uno de los medios que suponis de mi privanza con el prncipe. --Pero quin os ha dicho eso? --El bufn del rey. --Ese hombre lo sabe todo! --Ese hombre trabaja por su cuenta, es astuto, tenaz, y sabe aprovecharse de las debilidades, de los vicios, y aun de los crmenes de las personas que necesita. --Pero cmo sabe el bufn del rey?... --Que doa Ana os esperaba creyendo esperar al rey? Se lo ha dicho el cocinero de su majestad. --Es necesario cerrar las bocas de esos dos hombres. --S, es necesario que la lucha quede entre nosotros dos, es necesario destruir esas bajas personas intermedias, y ya que de nuestros rostros han cado los antifaces, entendmonos directamente, padre; solapemos esa lucha, que por vuestra imprudencia va hacindose escandalosa, y convengmonos. --Pero qu es lo que vos queris? --Padre y seor, yo quiero heredaros cuando sea tiempo. --Y cundo creis que ser tiempo? --Cuando muera el rey. --Su majestad es joven, y goza de muy buena salud. --Podr ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaris esperar. --Explicos. --Vos, antes de que muriese Felipe II, mucho tiempo antes, rais el favorito, los andadores del prncipe de Asturias; cuando Felipe II muri, vos fusteis lo que sois ahora, secretario de Estado universal de Felipe III. Vuestra privanza con el rey cuando era prncipe, os cost poco; era, como lo es, vanidoso y grave, y vos adulsteis su vanidad y su tiesura; era, como lo es, devoto, y vos supsteis haceros ms devoto que l. --Felipe III tena un padre muy prudente... y cuando me dej al lado de su hijo... --Demostr que no era tan prudente ni tan sagaz como dicen, cuando no conociendo que vos representbais vuestro papel de Estado, os hacais seor del prncipe su hijo, os lo repito; vos tuvsteis la fortuna de dar con un prncipe imbcil, y yo... el actual prncipe de Asturias, est viciado precozmente por la pasin la mujer, que har de l un rey quien ser imposible servir, contentar sin humillarse, sin manchar la dignidad. Creis que yo he trado al nio prncipe al regazo de esa mujer? Os engais: l me ha obligado traerle; si no le hubiera trado... es un nio muy adelantado su edad. Lope de Vega escribi su primera comedia los doce aos; el prncipe don Felipe, ha tenido su primera querida los siete.... Vi doa Ana en un coliseo, y concibi por ella una verdadera pasin; pasin de nio, pero que tiene ya la impureza del hombre.--Quiero mucho aquella dama--me dijo--; quiero ir casa de aquella dama... y yo resist, porque aunque yo no era asustadizo, me asust... me asust porque vi dnde me llevara la necesidad de halagar su alteza para no perder su favor... y me vi obligado ceder... hizo el diablo que el prncipe viese otras dos veces en el mismo coliseo doa Ana, y ya fu imposible resistir su voluntad... me hubiera arrojado de s, si me hubiese negado. Busqu esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compr... el prncipe vino, y desde entonces soy para l la vida, el alma... porque yo soy quien le puede traer junto esa mujer. Me cuesta, pues, mucho ms el afecto del prncipe, que lo que os cost vos el de su padre. Dejadme, pues, seguir libremente mi camino, no me pongis embarazos, porque como vos sois el privado de Felipe III, quiero yo serlo de Felipe IV. --Yo no puedo tomar parte en esa indignidad, yo no puedo permitirla; por el contrario, he venido aqu para cerciorarme en ella y evitarla. --Vos podis perderme, seor duque de Lerma, mi buen padre; vos podis hacer con una sola palabra, que el rey me encierre en un castillo; pero desde el fondo de mi calabozo, yo puedo hacer que caigis desde tan alto, que no podis sobrevivir vuestra cada. --Horrorizaros deba lo que estis haciendo--dijo el duque falta de otra contestacin mejor. --Y por qu? Acaso vos, seor, no habis querido perderme? --Deb separaros de la servidumbre del prncipe y os separ; pero no os prend como pudiera haberlo hecho; ni os desterr, ni aun siquiera os envi nuestro ejrcito de Italia. --Y habis hecho muy bien, porque os conviene tenerme por amigo. --Que me conviene? --Solo vos, no podrais defenderos de la multitud de hombres de vala que acechan el favor de su majestad; con vos yo, falta esos hombres un aliado, y vos tenis en m unos ojos que todo lo ven, unos odos que todo lo oyen. Puesto que os tengo cogido... --Cogido!... --Preso, y de tal modo, que no os podis mover; voy deciros las condiciones... --Vos, condiciones m! --Aqu no hay padre ni hijo; slo hay el duque de Lerma, favorito del rey, y el duque de Uceda, favorito del prncipe de Asturias. Od, pues, las condiciones de avenimiento entre el duque de Lerma y el duque de Uceda. --Oigamos!--dijo con sarcasmo Lerma. --Me daris una parte de lo que os produce el favor del rey. --Disgustos, compromisos. --Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y tanta cosa como tenis en las manos, secretario de Estado universal de su majestad. Quiero, adems, un puesto en el Consejo real. Quiero participacin, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse... --Pues no queris poco, seor duque. --Mi privanza con el prncipe, en vez de producirme ganancias, me produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte aos, y esto de una manera dudosa. Estoy empeado; los acreedores me asedian, y para pagarles me veo obligado conspirar. --A conspirar contra mi? --Contra todo el mundo. --Conque es decir, que me proponis una alianza?--dijo el duque, cuya voz temblaba de clera. --S, seor. --Ah! peds por esa alianza la mitad de mi poder! --No, seor; os pido... que vos callis respecto mi lo del prncipe, cambio de mi silencio respecto vos por lo de Inglaterra. --Ah! son mutuas concesiones! --Por supuesto. --Pero cambio del tesoro que queris que yo os d, qu me daris vos? --Os dar... la traicin que har por vos mis amigos. --Es decir?... --Que sabris cuanto piensan Olivares, Ziga, Sstago, Mendoza, cuantos estn contra vos, y de los cuales seguir fingindome amigo. --Aceptado--dijo Lerma, tendiendo la mano crispada su hijo--; aceptado, seor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa. --Qu? --Conocen nuestros secretos dos hombres. --Se da de travs con ellos. Quines son? --El to Manolillo y Francisco Martnez Montio. --Esperad: no es vuestra amante la Dorotea, la hermosa comedianta? --S. --Pues por ah tenis cogido al bufn del rey. --An queda el cocinero mayor, y ste es el tal, por lo que veo, que un secreto se le va con la misma facilidad que se escapa el agua de una cesta. --Francisco Martnez Montio es harto dbil para que no le rompamos cuando sea menester. --An todava quedan otros enemigos, enemigos terribles que no son vuestros enemigos... --Quines? --El primero, la reina. --Ah! la reina! la tenemos segura... hay ciertas cartas que Caldern nos vender... --Os engais, esas cartas han desaparecido. --Cmo! --No sabis que don Rodrigo ha sido gravemente herido? --S, pardiez: por ese bravo bastardo de Osuna que se nos present hace tres das, sobre un cuartago viejo, Olivares y m. --Pues el jinete de ese viejo cuartago, don Juan Tllez Girn, el marido de doa Clara Soldevilla, el maltratador de don Rodrigo, el salvador de la reina, ha estado punto de dar con vosotros al traste, seores conspiradores de palacio: l debis el haber estado dos das separados de vuestros oficios, aturdidos sin saber de dnde vena el golpe. --A l! --Mejor dicho, me lo debis m. --Explicos. --Si yo no hubiera tenido ocupado Francisco Martnez Montio en el banquete de Estado que os d hace tres das, el cocinero mayor hubiera estado en palacio, le hubiera encontrado su sobrino, y habindole encontrado no se hubiera perdido en palacio, no hubiera visto doa Clara... --El sobrino del cocinero del rey ha tenido tambin aventuras con esa castsima seora? --Como que es su marido. --Pues cuntos maridos tiene doa Clara? --Uno: el sobrino del cocinero del rey, que es lo mismo que don Juan Tllez Girn. --Ah! es cierto! me haba olvidado. Pero estamos perdiendo el tiempo. Debemos concluir por el momento. Tenemos prendas recprocas... es decir, estamos unidos por la necesidad. Sepamos cmo quedamos. --Pues cmo hemos de quedar? Unidos como hemos debido estarlo siempre. --Lo estaremos desde hoy en adelante. Para concluir, os voy decir lo ltimo en que debemos quedar convenidos, y eso porque es urgentsimo. --Sepamos. --Destierro del padre Aliaga. --Hum! eso es algo difcil! --Destierro del padre Aliaga!--dijo Uceda, como quien repite una orden que no admite rplica. --Har cuanto me sea posible. --Separacin del lado del rey y de la reina. --Bien. --Destierro de doa Clara Soldevilla. --Otra dificultad! la ama el rey! --Destierro de doa Clara Soldevilla! --Se procurar. --Prisin y proceso don Juan Tllez Girn y don Francisco de Quevedo. --Eso ya est hecho. Don Francisco de Quevedo va camino de Segovia, y don Juan est preso en la torre de los Lujanes. --En cuanto al bufn y al cocinero, dejadme obrar. --Bien, muy bien. Pero an tenemos algo que decir. Y esa mujer? --Doa Ana de Acua? --S, os interesa esa mujer? --Yo no he dicho eso. --Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese por clculo; pero os la cedo. --Yo no he dicho... --Pues bien, padre y seor, no disputemos acerca de esto. Vine interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aqu con vos esa hermosa seora, y justo es que con vos la deje. El duque de Uceda sali por la puerta por donde antes haba salido doa Ana, y volvi con ella de la mano. --Maana nos veremos en palacio, padre y seor--dijo el duque de Uceda--. Hasta maana. Y sali por la misma puerta por donde haba aparecido. Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la cortesana. El escndalo haba crecido. La escena tenida por el duque con su hija la condesa de Lemos aquella maana, era nada, una cosa inocente y casi digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de Uceda. Lerma no saba ya dnde se encontraba. Era un buque sin timn, sin velas, sin jarcias, entregado merced del mar impulsado por todos los vientos. El duque no vea. Sin embargo, vea delante de s doa Ana, plida, llorosa, aterrada. El duque necesitaba decirla algo. Vacil algn tiempo, y al fin la dijo: --No soy el rey, pero soy sobre poco ms menos lo mismo que el rey; queris servirme? --S--dijo doa Ana--; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salvis y me vengis. --Vengaros! y de quin? --Del duque de Uceda. An siento su mano sobre mi rostro; an abrasa mi mejilla. El que ha sido villano con una mujer, deba ser infame con su padre. De ese hombre quiero que me venguis. --Pues bien, ayudadme. --Os ayudar; pero para que os ayude es necesario que me salvis. --S, s, os salvar. --Pero de un peligro inmediato. --Cul? --No os dije que el to Manolillo haba matado pualadas al sargento mayor...? --S. --Pues bien; el cadver de ese hombre est aqu: est en mi casa. --En vuestra casa!--exclam aterrado el duque. En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle: --Abrid la justicia del rey! Quedse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo: --Mandad vuestros criados que abran, seora. --Criados! no los tengo! si los he despedido para que no se enterasen! --Abrid la justicia del rey!--repiti el alcalde golpeando con furia la puerta. --Id, id abrir, seora--dijo el duque. --Yo! sola! --S; s, decs bien: iremos los dos. Y doa Ana y el duque bajaron abrir la justicia. CAPTULO LXVII DE CMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MS AL PROVERBIO QUE DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEN COMO LE PINTAN, Y DE CMO TODAS LAS PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO. Apenas el duque de Uceda haba salido de casa de doa Ana y aventurdose en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo, sirvindole de gua entre las tinieblas su linterna, cuando se sinti fuertemente sujeto por detrs y oy una voz spera que le dijo: --Sois preso por el rey! --Preso yo! y por quin? --Por quien puede y debe. --Sabis que soy grande de Espaa? --Ah! vuecencia es grande de Espaa? --El duque de Uceda! --Ah! ah! una linterna! una linterna pronto!--exclam la misma voz, que no era otra que la del licenciado Sarmiento. Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abri su linterna que entreg al alcalde, y ste vi con la luz de la linterna el rostro al duque de Uceda. --Ah! perdonad! perdonad! excelentsimo seor; ha sido una equivocacin--dijo Sarmiento todo trmulo, porque su vara se rompa al tocar personas tan encumbradas, como una caa, fuerte para matar un ratn, pero extremadamente intil para un len--. Perdone vuecencia, nos hemos equivocado; cremos que vuecencia sala de una casa donde perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la noche y las tinieblas me disculpan. --Venid, venid ac un lado, alcalde--dijo el duque de Uceda. El alcalde se apart con l todo cuidadoso. --Es necesario--dijo el duque--que nadie sepa que me habis encontrado por estos sitios. --Descuide vuecencia, que nadie lo sabr--dijo todo humilde y reverencioso el alcalde. --Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad. Y di al alcalde una sortija. --Ah, excelentsimo seor!--exclam el alcalde inclinndose hasta el suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tena una gruesa piedra. --Si alguien tiene noticia de que me habis encontrado, os pesar. --Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabr nadie. --Quedad, alcalde, con Dios. --Dios vaya con vuecencia. El duque se alej y el alcalde permaneci por algunos segundos inmvil. Despus dijo con la voz no tan tonante como otras veces: --Hola! m! Roderonle inmediatamente todos los alguaciles. --El que no quiera ir galeras--dijo el alcalde--que calle mucho. --Y qu hemos de callar, seor alcalde?--dijo el ms audaz de los alguaciles. --Que hemos encontrado ese caballero. --Callaremos--dijeron todos. --Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no ha salido de la casa que cremos. --S; s, seor; nos hemos equivocado. --Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar ms diligencias en esa casa, venid conmigo. Entonces fu cuando el alcalde se acerc la puerta y llam. Al tercer llamamiento se abri la puerta. Lo primero que vi el alcalde fu delante de s un hombre embozado; pero con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entr miedo. --Tendremos otro grande de Espaa?--dijo. --Entrad solo, seor alcalde--dijo gravemente el duque de Lerma. El licenciado Sarmiento entr. --Sois alcalde de casa y corte, segn creo?--dijo el duque. --S; s, seor. --Os vendra bien ir de oidor las Indias? --Oh! excelentsimo seor! --No os equivocis; soy... el duque de Lerma. --Ah!--exclam el alcalde--; perdonad, seor, pero me haban dicho que en esta casa se haba cometido un asesinato instigacin de... --De quin? --Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso? --Os lo mando. --Pues bien: el acusado es Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey, por instigacin de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don Juan Tllez Girn. --Pero eso no es verdad--dijo doa Ana que estaba detrs del duque. --Callad, seora, callad--dijo Lerma--. Conque el acusado de ese asesinato es el cocinero de su majestad? --S, seor. --Y sus cmplices Quevedo y Girn? --S, seor. --Venid--dijo el duque de Lerma despus de haber meditado un tanto. El alcalde sigui al duque. --Decid, seora--dijo Lerma doa Ana--, dnde est el difunto? Doa Ana se estremeci. --Nada temis--dijo el duque--; voy salvaros. --El sargento mayor--dijo doa Ana--est en un patinillo, junto al postigo que da la calle de San Bernardino. --Guiad, pues, seora; alcalde, venid. Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin doa Ana se detuvo en un patinillo lbrego. Llova con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del patinillo el cadver del sargento mayor. Doa Ana le seal con terror. --Venais en busca de ese cadver?--dijo el duque. --S; s, seor--contest el alcalde. --Pues es necesario que le encontris, pero que no sea aqu. --Cmo, seor! --Vais sacar este cadver por el postigo la calle. --Seor! --S que os pido mucho; pero sabis lo que yo puedo hacer por vos? --Oh, excelentsimo seor! Pero cmo he de hacerlo? --Quitad esas luces de en medio--dijo el duque. Doa Ana tom la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una habitacin inmediata. El patinillo qued obscuras. Cuando volvi doa Ana, el duque la dijo: --Abrid el postigo, seora. --Pero abridle silenciosamente--dijo el alcalde. Doa Ana abri en silencio el postigo. --Ahora, alcalde, sacad ese cadver la calle. El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma, hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazn, asi tientas el cadver por los pies, le arrastr hacia el postigo y le sac fuera. Luego entr. --Habis concludo ya?--dijo el duque. --S, excelentsimo seor. [imagen: ...le arrastr hacia el postigo y le sac fuera.] --Cerrad el postigo, seora, y despus traed las luces. Poco despus volva con las linternas, y el duque y el alcalde examinaban el patinillo. --No queda rastro de sangre--dijo el duque--; la lluvia la ha lavado. --Pero queda la mancha en la alfombra de la habitacin, donde sin culpa ma, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fu herido, y los rastros en los lugares por donde ha pasado hasta aqu. --Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, seora; algo habis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais salir de esta casa. En ella no habis encontrado nada. En premio de vuestros servicios, miros ya presidente de los oidores de la real audiencia de Mjico, con tres mil ducados para costas de viaje. --Ah! seor! excelentsimo seor! --No es esto todo lo que tenis que hacer. --Mande vuecencia. --Cuando salgis de aqu, iris con vuestra ronda la calle de San Bernardino, donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de su majestad saldr por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle cargo del delito. --Muy bien, seor. --Vamos, seora, guiad la puerta principal. Cuando estuvieron en el zagun, el duque se emboz, se cubri, y abri la puerta. El alcalde sali. La puerta volvi cerrarse. Los alguaciles no haban visto ms que el hombre encubierto que haba franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase, otra para que saliese. --He registrado toda la casa, hijos--deca el alcalde los alguaciles--y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilsima familia, quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vmonos, pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios, que no son muy seguros. Y tir adelante la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo: --Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no sera yo presidente de la real audiencia de Mjico. Adelante, adelante, pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para m tan venturosa. Y diciendo esto, dobl con ansia la esquina de la calle de San Bernardino, donde l mismo haba puesto el cadver del sargento mayor. CAPTULO LXVIII DE CMO SE AGRAV LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACAB POR CREERSE ASESINO DEL SARGENTO MAYOR. Apenas sali el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doa Ana, aterrada an, se fu buscar al cocinero mayor, que se haba quedado dentro de la casa. Encontrle ms all de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el capotillo, temblando de miedo y de fro, y murmurando entre dientes palabras ininteligibles. --Oh! oh! quin es?--dijo retirndose de una manera nerviosa al ver doa Ana. --Nada temis, seor Montio--dijo doa Ana--; soy yo, que de orden del duque de Lerma, voy echaros fuera para que os vayis descansar. --A descansar! descansar! Conque sabis al fin que es el duque de Lerma? Conque os habis arreglado? Todos se arreglan menos yo. --Vamos, amigo mo, que es ya tarde. --Que es ya tarde!--dijo Montio siguiendo doa Ana que se encaminaba unas escaleras--; decdmelo mi, que he estado dos horas arrinconado en el pasadizo, y temblando, ms encogido que un orejn. --Por lo mismo, es conveniente y justo que os volvis vuestra casa. --A mi casa! mi casa! Y dnde est mi casa? Haban bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo. Doa Ana lleg al postigo y le abri. --Id con Dios, seor Montio--dijo. --Quedad con Dios, seora--dijo el cocinero rebujndose--; pero esperad un momento... Como veris su excelencia... cuando nada importante tengis que hablar, recordadle la situacin en que me hallo; ya lo sabe su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo. --S, s, se lo dir--contest doa Ana con suma impaciencia. --Perdonad, perdonad, seora--dijo Montio, notando el disgusto de doa Ana--; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer ms que pensar en ellos. Adis, seora, adis... y recibid mil plcemes por vuestra buena fortuna. --Adis, seor Francisco, adis. El cocinero sali y doa Ana cerr con precipitacin el postigo. --Pues seor--dijo el cocinero mayor, rebujndose de nuevo en su capotillo--, sigue lloviendo, y la noche no es ms clara que un tizn; y donde voy yo ahora? El alczar estar cerrado piedra y lodo; y aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo mi casa despedazarme el alma con aquel doloroso espectculo; mi dinero!, mi mujer!, mi hija! Vamos, me voy casa del seor Gabriel Cornejo; no es muy buena casa, pero mejor estar all que en la calle, y sin linterna... y con esta noche... pues seor, por lo que pueda suceder desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes. Y el cocinero arranc. Pero los pocos pasos tropez y cay. Al caer sinti bajo de si un cuerpo humano. Una de sus manos se apoyaba en su semblante. Aquel semblante estaba fro y rgido. --Dios mo! Poderoso seor! un difunto!--exclam todo erizado el cocinero mayor. Y para acabar de probar un terror, como despus de l no ha probado ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron: --Tngase la justicia! --La justicia! y sobre un muerto yo!--exclam el mismo Montio--; el infierno llueve sobre m desventuras! A este tiempo le haban asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montio, que estaba lvido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gema, no poda tenerse de pie, y si no se caa era por los dos alguaciles. --Me van matar!--dijo con el acento de angustia ms pico, ms terrible que ha odo nunca un alcalde de casa y corte. --Pues qu queris que hagamos con vos, seor asesino, quien encontramos cebndoos en vuestra vctima y con el homicida arma an en la mano? --La daga que haba desnudado para defenderme y que me pierde!--exclam el desdichado. --Amarradle y con l la crcel--dijo el bribn del licenciado Sarmiento. Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregescos y ataron codo con codo Montio. --Pero qu vais hacer conmigo?--exclamaba el infeliz llorando. --Brinco ms menos, bailars, hijo, y bailars en el aire--dijo un alguacil. --Que bailar! Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar--dijo Montio. --Que quieras que no quieras, la fuerza ahorcan--repuso otro de los alguaciles. --Ahorcan! Que me ahorcarn! Conque despus de haber sido robado en cuerpo y alma, he de ser ahorcado! --Si probis que el hombre que habis muerto era un ladrn...--dijo el alcalde. --Pero si yo, seor, no he muerto ningn hombre--dijo Montio--; si yo no he matado jams otra cosa que pavos, capones y conejos! --Si probis que el hombre quien habis muerto era un ladrn, y que le habis muerto en defensa propia, seris absuelto... no lo dudis... pero si no, seris ahorcado como asesino. Veamos, pues, qu tales trazas tiene el difunto. --Es un sargento mayor--dijo un alguacil. --Un sargento mayor!...--exclam Montio. Y de una manera instintiva arroj una mirada cobarde al cadver, cuyo semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil. --Don Juan de Guzmn!--exclam Montio reconocindole--el infame que me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija! --Ah, ah! Le conocis?--dijo el licenciado Sarmiento--y adems decs que ese hombre os ha causado perjuicios? --Perjuicios! Dios slo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo! --Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadver y con la daga en la mano, y tales horas y en tal noche, las palabras que acabis de decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para llevaros la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con l, la crcel, hijos; uno de vosotros avisad la parroquia y que vengan por el muerto. El licenciado Sarmiento ech andar hacia la crcel de corte, y los alguaciles empujaron Montio, que se resista instintivamente ir preso. Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte las splicas y las declamaciones, Montio fu, mejor dicho, fu llevado por los alguaciles la crcel, donde le arrojaron en un calabozo en que haba otros presos. Cuando Montio oy crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la puerta, se desmay. CAPTULO LXIX EN QUE CONTINAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA FATALIDAD LE HABA TOMADO POR SU INSTRUMENTO Un farol de hierro con un vidrio empaado, clavado grande altura en la pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro, hmedo, un verdadero antro, alrededor del cual haba un poyo de piedra. Francisco Martnez Montio no pudo ver nada de esto, porque tal iba cuando entr, cuando le entraron en el calabozo, que no vea: ni los que estaban all pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le dejaron en la sombra negra proyectada por el farol. Eran los que all estaban dos hombres y dos mujeres. No poda verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban replegados en s mismos, en un ngulo los dos hombres, silenciosos y sombros, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales lloraba silenciosamente. Pas como media hora, y con el fro del calabozo, que era mayor que el que haca al aire libre, y con la inmovilidad, pas el vrtigo que dominaba al cocinero mayor. Levant primero la cabeza, y mir con la expresin ms miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvi unos tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie. Entonces not que le faltaban la espada y la daga. Esto era natural, porque un preso no se le dejan armas. Pero lo que no era natural y lo que le asust, fu el reparar que su bolsillo no pesaba. Se registr y hall que no hallaba el dinero que en los bolsillos haba tenido. Busc la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le haba dado para su ex sobrino don Juan Tllez Girn, el duque de Lerma, y hall que no pareca; vivamente asustado, busc con ansia el vale que le haba dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y hall que tampoco pareca; un enorme reloj de plata, que Montio usaba para acudir con regularidad las funciones de su oficio, haba tambin desaparecido; y, por ltimo, hasta le haban despojado del lienzo de narices. Entonces la amargura de Montio no conoci lmites. Job en padecimientos y Jeremas en lamentaciones, se quedaban muy por bajo de l. Tena sino de ser robado y hasta la justicia le robaba. Los alguaciles le haban despojado completamente. Al primer grito herido de Montio, una de las dos mujeres levant la cabeza, y la otra se estrech ms contra su compaera; en el momento en que una de las mujeres le mir, la luz del farol hera de lleno la calva frente de Montio, levantada al cielo en una actitud ms pica y ms impa que la que puede suponerse en Ayax amenazando los dioses; verle aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno y el hombro de su compaera, fu todo cosa de un momento, y uno de los dos hombres que estaban en un ngulo, y que no le vean el rostro por la razn capital de que le vean las espaldas, le dijo con acento spero insolente: --Hganos el menguado la merced de callar, que aqu, al que ms y al que menos le huele el pescuezo camo, y no alborote de ese modo. Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tom el semblante del cocinero una expresin espantosa de sorpresa y de rabia, que fu aumentando medida que el otro pronunciaba su poco corts, aunque breve razonamiento, y haban ya acabado, y an duraba el mutismo colrico de Montio y su temblor horrible. Al fin dijo con voz cavernosa: --Ah! ests t ah, miserable, engendro del diablo, infame Cosme Aldaba, galopn maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han de valer. Y se arroj furioso sobre los dos hombres. Pero uno de ellos se levant y adelant hasta Montio, sujetndole por los brazos con unas fuerzas hercleas. --Eh! qu vais hacer con este pobre muchacho, seor Francisco Montio?--dijo con acento socarrn--es de personas hidalgas querer maltratar los amigos que se encuentran cuando se crean perdidos? --Amigos eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con l mi mujer y mi hija. --Quin os las quita? ah las tenis en aquel lado, que no se atreven hablaros las pobres porque temen que las maltratis. --Mi Luisa! mi Ins!--dijo el imbcil Montio olvidndolo todo por su amor de padre y de marido. --S, s; t Ins y t Luisa--dijo alentada por aquel reblandecimiento del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto. En vano quiso Montio recobrarse; Luisa se haba abalanzado su cuello por una parte y por otra Ins, alentada por el ejemplo de su madrastra; vea por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera tentadora, y por otro la dulce infantil cabeza de Ins que le miraba suplicante. Fuera no criminal su familia, Montio la haba llorado, y al encontrarla de nuevo junto s, de una manera orgnica, por razn de temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba. Aquella era una nueva desgracia que suceda al cocinero mayor. No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la debilidad de su marido la salvara del apuradsimo trance en que se encontraba. Porque no se les haba dicho por qu se les haba preso, y la prisin no poda ser resultado sino del envenenamiento de la reina del robo hecho Montio. Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas, les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna declaracin; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa de su prisin; nada de esto haba sucedido; luego no estaban presos por el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo. Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quera ponerlo como la luz del sol; porque tratndose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura de domesticarle. --Y os atrevis abrazarme despus de lo que habis hecho, miserables?--dijo al fin el cocinero mayor, que quera conservar su entereza. --Y qu hemos hecho, seor, ms que lo que debamos?--dijo con la mayor audacia Cristbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla. --Cmo que lo que debais? Pues no habis intentado envenenar su majestad? --Quin os ha dicho eso, seor Montio?--dijo Cristbal. --Quin ha de habrmelo dicho? Los funestos, los terribles resultados! --Cmo! pues qu ha sucedido?--dijo Luisa, quien se la puso un nudo en la garganta. --El paje Gonzalo ha muerto de repente. --Y qu tenemos que ver con la muerte de Gonzalo? --Cmo! infames! qu tenis que ver? Sabis por qu ha muerto el paje? --Por lo que se muere todo el que entierran--dijo Cosme Aldaba--, porque se le ha acabado la mecha. --Vil ratn de cocina! asesino! infame!--exclam el cocinero mayor--; ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvi en la mesa de su majestad. Todos se pusieron plidos; pero Cristbal Cuero conserv toda su serenidad. --Y ha comido la reina?--dijo. --La providencia de Dios ha salvado por fortuna su majestad. --Pues yo digo--contest con una serenidad irritante Cristbal Cuero--, que es lstima que su majestad no haya comido. --Cmo! monstruo! cuando debas dar gracias Dios de que tu crimen no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame, deploras que ese gran crimen se haya frustrado! --Seor Francisco--dijo con una gran serenidad el paje--, os han informado mal. --Que me han informado mal? --S por cierto: sabis lo que eran los polvos con que se avi la perdiz que se puso en la mesa de su majestad? --Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comi las pechugas de la perdiz, revent los cuatro minutos, y que hizo que el gato del to Manolillo, que siempre est hambriento, no quisiera comer los pocos restos que quedaron de la perdiz. --Pues, bien, seor Francisco Martnez Montio: los polvos de que hablamos (aqu tengo todava parte en este papel), no son un veneno, sino un hechizo. --Un hechizo!--dijo el cocinero tomando el papel. --S; s, seor; un hechizo que no puede matar la persona que se la da porque est hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer hombre y el da de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella persona muere. Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristbal Cuero, que Montio se desconcert, dud, vacil y empez ver las cosas de distinto color. --Pero para qu se daban esos hechizos su majestad? --Od, seor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo ms obediente del mundo para su marido. --Oh, oh!--exclam Montio--, quien empezaban parecer bien aquellos polvos; y para qu queran que la reina fuese obediente al rey? y quin lo quera? --Os dir, seor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey; pero en realidad conspira. --Ah, ah! eso es cierto. --Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar. --Ah, ya! --Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad en los reinos de su majestad... --Ah, ya! --He aqu que un da encarg don Rodrigo Caldern que buscara un medio para que la reina no conspirara; y don Rodrigo busc al sargento mayor don Juan de Guzmn para que viese de qu modo poda hacer el que la reina no conspirase. --No se lo volver encargar ms--dijo con acento lgubre Montio. --Y por qu, esposo y seor?--dijo suavemente Luisa. --Porque nadie encarga nada los muertos--contest con acento doblemente lgubre el cocinero. --Que ha muerto!--pregunt con la misma suavidad y la misma indiferencia Luisa. --Pues por qu estoy yo aqu?--exclam en una de sus chillonas salidas de tono Montio. --Cmo, marido mo! vos que sois tan humano y tan compasivo, habis matado un hombre?--dijo Luisa. --Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello, seora--exclam con acento amenazador Montio. --Razones! --S; s, seora! pues no rais vos amante de ese hombre? --Yo?... que yo era amante de!... de ese hombre!... Dios mo!... y sois vos!... vos, mi marido!... quien me dice!... esa calumnia horrible!... yo, la mujer ms honrada que ha nacido de madre! --Conque vos sois honrada!... y habis salido de mi casa!... y me habis pervertido mi hija!... y me habis robado!... --Ta, ta, ta!--dijo con el aplomo ms admirable Cristbal Cuero; que vuestra mujer, que esta santa os ha robado! lo que ha hecho es lo que no hubiera hecho ninguna mujer! --Crolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra m tan negra infamia. --Llamis infamia poner salvo vuestro dinero? --Cmo! que mi dinero est en salvo! y dnde? --Casa del seor Gabriel Cornejo. --Que estn all mis sesenta mil ducados? --S; s, seor. --Dios mo!--exclam Montio--. Pero eso no puede ser... sera demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes... perderlo... llorarlo... volverlo encontrar. --S; s... encontrado lo tenis y no lo tenis... --Cmo, pues qu! hay alguna duda?--exclam alentando apenas el cocinero mayor. --Yo he entregado ese dinero al seor Gabriel Cornejo--dijo Cristbal--, mi es quien el seor Gabriel lo entregar nicamente. --Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo duda alguna. --Es que yo, seor Francisco, no pedir al seor Gabriel Cornejo ese dinero, sino yendo su casa pedrselo; es decir, estando en libertad. --Y cmo puede ser eso? pecador de m!--dijo lleno de angustia Montio. --En vos consiste. --En m! --S, seor Francisco; en vos y slo en vos, porque slo por vos estamos presos. --Por m? --S por cierto; no decs que la reina no ha comido de la perdiz? --Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje. --S, s, tenis razn... hubiera muerto--dijo Cosme Aldaba. --Cmo! pues no deca Cristbal que los polvos con que estaba aderezada la perdiz eran un hechizo? --Bah! Cristbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo cre nunca. --Ah, Judas traidor! conque t sabas que era veneno? --Como vos sabis que os llamis Francisco; me lo haba dicho don Juan de Guzmn, y... me haba ofrecido tanto dinero... --Oh! infame! --Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habais despedido... era urgente el negocio... entonces fu ver vuestra mujer, y la rogu, la supliqu... si vos hubirais estado... os hubiera rogado tambin. --Infame! --Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida. Vuestra esposa me llev inocentemente las cocinas... yo aderec la perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fu vuestro aposento y dije vuestra mujer... salvos...; la dije que podais ser preso... y en esto fu hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo, quise salvaros tambin. --Despus de haberme perdido... Dios mo! yo no s cmo puedo mirarte la cara, miserable! conque es decir que si su majestad come de la perdiz...! --Os ahorcan! y por eso yo avis vuestra mujer; como no estbais en la casa, vuestra mujer procur salvarse, y salvar vuestro caudal... dejamos encargado cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha dado con vos. --Bueno he andado yo todo el da! --No culpis, pues, ni vuestra esposa, ni vuestra hija, ni su novio. Yo tengo la culpa de todo, seor Francisco, y yo os prometo que en saliendo de aqu no me veris ms, porque ir meterme fraile. --Y crees t que yo dejar que tu crimen quede impune por mi parte? --Ah! queris dar parte la justicia! --Es mi obligacin; me lo manda mi conciencia. --Pues bueno; iremos juntos la horca... todos la horca... sin escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija. Montio lanz un rugido de rabia, de dolor, de miedo. --Conque, qu os parece? --Qu ha de parecerme--dijo Montio despus de algunos momentos de un silencio enrgicamente expresivo--, qu ha de parecerme sino que estoy en poder de Satans? --Pues bien; s, es verdad--dijo Cristbal Cuero--, pero Satans os tiene tan bien agarrado, que no os soltar tres tirones. En vos consiste recoger vuestro caudal, tener vuestra mujer y vuestra hija, que nos ahorquen todos. Escoged. --Pero cmo puedo yo hacer...?--dijo Montio en el colmo de la desesperacin. --Decid que no tenis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni de nosotros. --Eso no puede ser. --Tened toda la queja que queris, pero no lo digis nadie--dijo Cosme Aldaba. --Y os soltarn...?--dijo Montio. --Indudablemente. --Pero yo me quedar aqu. --Vos, marido mo! --S, s por cierto; como que me acusan de haber dado muerte vuestro amante. --Decid al sargento mayor don Juan de Guzmn, pero no digis mi amante--exclam con altanera Luisa--; sobre todo, no deis mal ejemplo vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas. --Mi hija...! tan perdida como vos! --Padre!--exclam con su dulce voz la Inesilla--; es verdad que quiero Cristbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, seor, que mi madre es una mujer honrada. --Hum!--dijo el cocinero mayor--. Pero eso no quita el que yo tenga encima un proceso. --Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?--dijo Luisa, cuya voz estaba perfectamente serena. --Os dir... no lo puedo asegurar... no s de fijo si le he matado no. --Que no lo sabis? pues entonces quin lo sabe? --Dios! --Pero explicos. --Sala yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lbrega y el barrio apartado, desnud la daga... me previne... los pocos pasos tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la justicia encima, que vindome con la daga desnuda y sobre un difunto, me toma por un homicida, y me prende. --Decidme, seor Francisco--pregunt Cosme Aldaba--, llevbais vos la daga de punta? --No me acuerdo--contest con angustia Montio. --Pero es muy posible que la llevseis con la punta al frente. --S, que es muy posible. --Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezseis con don Juan de Guzmn. --No me acuerdo, pero pudo ser. --Cay don Juan, y vos sobre l... eso ha sido... un homicidio involuntario... --Dios que le llevaba aquellas horas para su castigo, al infame; pero Dios mo! haberlo yo matado sin saberlo!... --Si os quejis de vuestra mujer--dijo gravemente Cristbal Cuero--tenis que fundar la razn de vuestra queja; si la acusis de amores con don Juan de Guzmn, os acusis del homicidio. --Y es verdad!--exclam en una nueva salida de tono Montio. --Cuando por el contrario, si decs que vuestra mujer es honrada y buena, y que os satisfacen las razones por qu se sali de vuestra casa con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos. --Yo?... cmo me salvo yo? --Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobrarais, y entorpeciendo con l las ruedas del carro de la justicia, fin de que eche por otro camino. --Pero... sepamos, sepmoslo todo: cmo y dnde os han preso? --En el camino de las Pozas, cuando bamos sobre cuatro jumentos en busca de un casero donde pasar la noche. --Ibamos Navalcarnero, esposo--dijo Luisa. --Y no os han dicho nada? --Nada ms, sino que la justicia nos prenda. --Pues bien; el duque de Lerma os prendi, porque yo se lo ped al duque de Lerma, y el duque os soltar, porque yo le pedir que os suelte. A seguida, t, Cristbal, irs casa del seor Gabriel y me devolvers mi dinero. --En seguida. --Oh! qu alegra, madre!--exclam la Inesilla--; ya no os harn nada? --Nada, hija ma. --Ni nos ahorcarn! --Quin piensa en la horca? --Eh! callad! callad por Dios!--dijo el cocinero--, que parece que se acerca gente. --En efecto, se oan pasos fuera del calabozo y en direccin l. Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio. Despus de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del calabozo se abri, y un carcelero dijo desde ella: --Seor Francisco Martnez Montio: salid. Confuso, sin atreverse alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el cocinero mayor sali y sigui al carcelero. Se cerr de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres llaves. CAPTULO LXX EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARCTER DEL TO MANOLILLO Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doa Ana, lleg al postigo de la suya, se le atraves un bulto embozado. --Hola!--le dijo aquel bulto--; detente y escucha. --Ah! eres t, bufn!--dijo el duque contrariado. --Soy tu amo--contest el to Manolillo. --Qu quieres? --Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la crcel de Villa, para que me deje hablar solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del rey. --Cmo? Montio est preso? y por qu? --Por un homicidio. --Pero quin ha muerto? --Al amante de su mujer. --Cmo! no lo habas matado t? --Ah! es verdad que sabes que yo he matado ese infame. Pues bien, tengo suerte; la justicia, no s por qu ni cmo, ha encontrado daga en mano y sobre el cadver de Guzmn Montio; me quito un muerto de encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su majestad. Conque la orden. --Entra--dijo el duque, quien como sabemos tena sujeto el bufn. --No, te espero aqu; no quiero subir escaleras: bjame t mismo la orden. Como ven nuestros lectores, para lo que haban sacado Montio del calabozo era para que hablase con el bufn. Pasebase ste en una de las habitaciones de la alcaida. Haba dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y as, con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el pecho, tena algo de terrible. El carcelero introdujo en la habitacin Montio, y con arreglo las rdenes que tena, sali y cerr la puerta. --Venid ac, to Francisco, venid ac--le dijo el bufn--; tenemos que hablar mucho y grave. --Ah, to Manolillo! mucho y grave es lo que m me sucede--dijo compungido el cocinero mayor. --Sois el rigor de las desdichas, Montio, y por vuestra torpeza y vuestra cobarda hacis esas desdichas mayores; y esa horrible codicia... --Yo crea que venais otra cosa, to Manolillo--dijo el cocinero--, y no reirme por desgracias que yo no he podido evitar. --En efecto--contest el bufn--, vengo sacaros de aqu. --A sacarme! Ah! Dios os bendiga, to Manolillo! no esperaba tanto... pero vos sabis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso s, pero que no he hecho mal nadie. --Que no habis hecho mal nadie? Vos tenis la culpa de lo que est sucediendo desde hace cuatro das: vos, torpe y miserable, vendido todos, volvindose todos los vientos... vos, por quien ha venido Madrid ese hombre fatal. --Qu hombre? --Don Juan Tllez Girn. --Pero yo no tengo la culpa; me le envi mi hermano Pedro... --Y por qu no le admitsteis en vuestra casa?... --En mi casa?... --S; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os busc os hubiera encontrado... --Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando lleg Madrid ese caballero? --Pero cuando os encontr, por qu le dejsteis?... --Cmo llevarle, joven y buen mozo en compaa de mi mujer y de mi hija? --Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado... --No; no, seor; eso crea yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es honrada, y mi hija... --Y si vuestra mujer es honrada, por qu habis matado al sargento mayor? --Yo! que he matado yo don Juan de Guzmn! --Pues si no le habis matado, por qu estis preso? --Si le he matado--dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de tono--, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por delante... la noche era muy obscura... --Ments!--dijo el bufn mirando profundamente al cocinero, cuyo semblante estaba desencajado--; ments tan descaradamente, como villanamente habis muerto al sargento mayor! --Os lo juro que yo, ni aun siquiera saba que poda encontrrmele. --Ments! vos sabais demasiado que don Juan de Guzmn, ms de ser amante de vuestra mujer... --Ah! no, no, to Manolillo; eso ha sido una equivocacin. --Sabais--insisti el bufn--, que ms de ser amante de vuestra mujer, lo era tambin de cierta dama buscona: de doa Ana de Acua... --Ah! no! no! --Se os puede probar. --Que se me puede probar? --S, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mo. --Y bien, aunque se me pruebe que yo saba eso... --Habis matado don Juan de Guzmn junto al postigo de la casa de doa Ana; all, junto al cadver, hierro en mano, os ha encontrado la justicia. A qu bais por all, seor Francisco Martnez Montio? Pronunci de una manera tan fatdica estas palabras, que Montio se aterr; aturdido, embrollado su pensamiento, lleg creer lo que no haba visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad, hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que lleg Madrid su sobrino postizo, haba matado sin quererlo, sin sospecharlo siquiera, al amante de su mujer. Vi que todas las apariencias estaban en contra suya, y se ech llorar. --Ha sido un asesinato meditado, llevado cabo con una frialdad horrible--dijo el bufn--: un asesino tal, se le ahorca... --Que me ahorcarn!... Dios mo! y no hay remedio! --La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Prez Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por bueno y por compasivo que fuese, os entregara al verdugo. --Y habis venido decirme eso, cuando yo, triste de m! crea que venais salvarme? --Sois mezquino y cobarde, que si no lo furais, yo os salvara. --Vos! --Yo! --Y podis? --Puedo. --Os dar mi caudal. --Yo no quiero vuestro oro. --Pues qu queris? Vos queris algo. --Quiero vuestra conciencia. --Mi conciencia! --S, quiero que matis la persona que una persona que yo os dir, os nombre. --Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado nadie. --Habis matado hace dos horas... --Sin saberlo, sin quererlo, Dios mo! --Lo que no impedir que vayis al patbulo. --Dios mo! Dios mo! --Ya que habis matado un hombre, matad una mujer, y nada os acontecer. --Pero ya os he dicho que no me atrever nunca... oh! no! no tengo valor. --No ser necesario que la hiris. --No os entiendo. --Un cocinero puede matar... --Ah! --Con un guiso hecho por su propia mano... --Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jams en eso... --Buscad el veneno. Montio se acord entonces de que tena en el bolsillo los polvos que le haba dado envueltos en un papel el paje Cristbal Cuero. --El veneno!--exclam--un veneno que mata en cinco minutos! como muri ayer el paje Gonzalo!... --Eso es... --No... y cien veces no... --Pues la horca por asesino. --Dios mo! pero dejadme pensarlo. --Ni un momento. --Pues bien--dijo Montio--, sobre vuestra conciencia caer ese asesinato... no ser yo quien mate, sino vos... que me dis elegir entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro. --En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen. --Y si sabis que es un crimen, por qu le cometis? --Seor Francisco, no hablemos ms de esto; dentro de dos horas estaris en libertad. --Absuelto de la acusacin?... es muy justo. --No, absuelto no; se os pondr en libertad bajo fianza, pero tendris Madrid por crcel, y os guardar yo; os juro que en el momento que queris huir, os prendo. --Es decir, que me tenis sujeto?... --Cuando me hayis servido, el proceso se rasgar. --Oh! Dios mo! Dios mo!--exclam trmulo, anonadado, el cocinero mayor--. Tened compasin de m! --Hasta maana, que ir veros vuestra casa--dijo el bufn llamando la puerta de la habitacin en que se encontraban. Abri el que hasta all haba llevado al cocinero mayor, y el bufn le dijo: --Dejad aqu ese hombre; no le bajis al encierro; dentro de poco saldr de la crcel con fianza. Adis. El bufn desapareci. El carcelero cerr la puerta. Montio, inmvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se qued en el sitio donde le haba dejado el bufn, murmurando: --Desdichado de m! para librarme del castigo de ese crimen que no he cometido, me veo obligado cometer un crimen horroroso. Y quin ser esa persona que quieren que mate yo? CAPTULO LXXI DE CMO QUEVEDO DEJ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL AMOR Iba Quevedo en la litera y obscuras, aunque sin ir en la litera obscuras hubiera tambin ido por lo tenebroso de la noche, y luchando con un milln de conjeturas, ninguna de las cuales encontraba una explicacin razonable. Esto suceda al principio de la noche. La litera, segn poda juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba, slo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus guardianes, adelantaba por un camino. Oase adems el lento, montono y acompasado rumor de aquella lluvia tenaz que no haba cesado durante cuatro das. La soledad y el silencio, turbado slo por estos ruidos melanclicos, influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le entristecen, le dan un giro especial en armona con las impresiones externas. Quevedo meditaba lentamente. Senta en su cerebro el embrin de algo cuyas formas no poda determinar, embrin que con su misterio le traa cuidadoso, y ms que cuidadoso, cobarde. Pas muy bien una hora sin que sobreviniese ningn incidente, pero de improviso son muy cerca un arcabuzazo, y tras ste un grito de dolor, y tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese cado desplomado desde un caballo tierra. La litera se detuvo. Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos cadas y algunas voces confusas. --Pues esto es peor, mucho peor--dijo Quevedo--; parceme que en esto andan mis enemigos y que perderme quieren; achacarnme resistencia la justicia, embrollarnme el proceso y bien podr ser que algo ms que negro me sobrevenga. Espaa est en manos de bandidos; en nada se repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero. Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasin la soberbia y la codicia de los pcaros. Pero quines sern stos? Parceme que andan en litera. En efecto, sonaba una llave en la portezuela. Esta se abri. La luz de una linterna penetr en el interior. Quevedo mir profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tena la linterna. Pero nada vi ms que el bulto. --Ah! vive Dios!--exclam una voz ronca--. Por bien empleado doy el trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de esos alguaciles, quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en la mejor cmara del infierno. --Ah! voto !... eres t, Juan de Francisco?--dijo Quevedo reconocindole por la voz. --Humilde criado de vuesa merced--contest el matn. --Pues si mi criado te confiesas, mndote que te entres, que lugar hay en este calabozo andante, y que me expliques... --Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy dar mis bravos muchachos la orden de que nos volvamos Madrid. --Conque Madrid nos volvemos? --De orden superior. --Como quien dice, de orden de su majestad el dinero. --Pues quien otro obedezco yo? --Despacha, hijo, y ven y entendmonos. Francisco de Juara se separ de la litera y di algunas rdenes en voz baja y rpida. Luego, obscuras, entr en la litera, se sent tientas al lado de Quevedo, cerr la portezuela inmediatamente sta se puso en marcha. --Quin ha armado todo esto?--dijo Quevedo. --Una mujer que os ama. --Ah! por mis pecados, condesa de Lemos--dijo Quevedo--, que no saba yo que tan valiente rais. --Las mujeres son diablos, don Francisco--repuso Juara. --Y aun archidiablos; una perdi al mundo y sus nietas siguen perdindole; aconsejadas siguen por el diablo. Audacia como ella! Pero cuenta, hijo, cuenta; as entretendremos el tiempo. Cmo te me he venido yo las manos? Lance ms donoso! --Esta maana--dijo Juara--, en la hora en que fu comer mi olla, encontrme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y compaero mo. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta doblones. --Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me vienen--repliqu--, y los doblones no llueven as como se quiera; de qu se trata? --De un empeo bravo--me contest mi amigo--; esta noche al obscurecer, irs ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia; no tardar mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles caballo: quitas esos alguaciles el preso que ir en la litera, y vente con l por el portillo de la Campanilla. Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor de volver _gurapas_, de despreciar treinta buenos de los de ocho, de presente, y otros treinta de aadidura, una vez cumplido el empeo. --Por supuesto, que tu compadre te dara alguna luz?--dijo Quevedo. --Dimela sin quererlo, hacindome l el encargo; porque habis de saber, don Francisco, que como os he dicho, yo saba que es criado de la condesa de Lemos. --Ta! ta! y qu sabas t?... --Ola de una legua el encargo faldas... yo soy muy prctico en estos negocios... lo que no pude adivinar, fu que vos fuseis el galn que haba de robar la justicia. Suerte tenis!... --Como ma! --Os quejis an? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa como la condesa. Otro en vuestro lugar, vera el cielo abierto. --Verale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y perderme; que si tal hicieras, doble habas de ganar de lo que has ganado. --No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese modo... temo la condesa ms que una daga huda, y por nada del mundo me atrevera ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don Francisco, y en dejndoos yo en poder de quien me paga, os servir de balde. --Y de qu modo? --Haciendo que la condesa os suelte. --Antes soltar un ala de las entraas; empeada y resentida anda conmigo, y mucho ser que no tengamos encierro, duende y comedia para rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anmate, hijo, y cuenta por tuya una razonable cantidad de los de ocho y una bandera en los tercios de Italia. --Os cojo la palabra. --Entonces, si quieres cogerme, sultame. --Os soltar, vive Dios! --Pues avisa que paren en llegando las tapias de la villa. --No me habis entendido... yo por m no puedo soltaros; pero har que otros os suelten. --El siglo que viene. --Quiz dentro de pocas horas. --Explcate. --Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos. --Es decir, que tendremos aqu don Fernando de Castro dentro de un mes? --Quia! el conde de Lemos estaba en Alcal; por la maana, antes del alba, sala de all, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el camino de Madrid; yo he ido llevarle muchas veces cartas de don Baltasar de Ziga y del secretario Cspedes, y de otros varios; el conde esperaba que de un momento otro le levantasen el destierro; por la tarde se volva, y ya de noche entraba otra vez en Alcal. Hace un mes que est sucediendo esto. Por lo mismo, apostara cualquier hacienda que el conde est en Madrid y en su casa estas horas. --Pues eso es peor, mucho peor. Guardarme ms profundo la condesa. --Ya encontraremos hurn que llegue hasta lo ltimo de la madriguera. --Parceme que me engaas, Juara. --No por cierto, don Francisco, porque os temo; an tengo sobre m los cardenales de los cintarazos que me apretsteis la noche pasada, y s que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para m que aunque os metieran en una botella y taparan con pez encima, habais de escaparos. Os servir, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en m, y haced lo que podis, que yo no he de dejar de ayudaros. El matn hizo parar la litera, sali de ella, y cerr de nuevo con llave. --Parceme--dijo Quevedo--, que este tunante quiere vengarse de la paliza que le apliqu hace cuatro noches; pues das pasan y das vienen, y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. Y pensar que don Juan est abandonado s mismo y acaso preso! Vlgame Dios! y con qu cara me presento yo, si acontece al muchacho una desgracia, don Pedro Girn? --Alto all!--dijo de repente una voz robusta en el camino. Dej Quevedo de pensar para poner su atencin en lo que pasaba fuera, y oy que algunos hombres hablaban amigablemente. --Ha llegado, por lo que veo--dijo Quevedo--, la hora de la entrega, y pronto llegar la de la presentacin. Si ese Juara no me engaase... si ese Juara me sirviese... y estoy ms indefenso que un ratn cogido en trampa. Abrise la litera. Un bulto se acerc ella. --Salid, caballero--dijo Quevedo. Este no conoci la voz del que le haba hablado, pero sali. --Asos de mi brazo, que la noche est lbrega--dijo aquel hombre--y sois torpe de pies. --Y de cabeza, lo que no crea, y me ha hecho creer el verme perdido en estos enredos--dijo don Francisco asindose al brazo de quien le haba hablado--; y dnde vamos, amigo? Alegrarame que fuese cerca, porque llueve que cala y ciegos andamos. --No os? --Campanillas. --De mulas de coche. --Muy ruidoso me hacis. --No hay por qu taparse. --Algrome. --Pero ya llegamos. Eh, Andresillo, la meseta este caballero para que suba! --No veo--dijo Quevedo. --Guiaros yo; delante tenis la meseta. Quevedo levant el pie y le puso sobre una pequea mesa, que entonces y mucho despus serva de estribo los empinadsimos coches de nuestros abuelos. Al ir entrar Quevedo por la portezuela se sinti asido, y escuch un suspiro, y al mismo tiempo aspir un delicado olor dama (porque en todos los tiempos las damas se han dejado conocer obscuras), lo que hizo pensar Quevedo lo siguiente: --La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de qu modo puedo engaarla, aunque no me parece fcil; ello dir. Y se entr en el coche. --Pues no, este coche no es suyo--dijo Quevedo palpando la badana usada de los asientos--. Cllome y veamos. Pero la mujer que en el coche estaba no habl. El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas, rechinaron los ejes y empez crujir toda aquella vieja armazn. Quevedo adelant las manos y tropez con la mujer. Esta le rechaz. --Tormenta se prepara--dijo Quevedo para s--, pues retirmonos y estmonos quedos para que ms pronto descargue. La dama continu callando. Slo de tiempo en tiempo dejaba or un suspiro mal contenido. --Esos son los relmpagos--continu diciendo para s Quevedo. Al cabo de algn tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia. --Encima lo tenemos--murmur Quevedo. --Sabis, caballero--dijo al fin la dama--, que sois el traidor peor nacido que conozco? --Ya lo saba yo--dijo Quevedo. --Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado por vos de lo que soy--dijo la condesa de Lemos. --He dicho que ya saba yo que no habais de estaros callada mucho tiempo, doa Catalina. --Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en cara? --Ms valiera que la cara no me hubirais echado vuestra hermosura y al alma vuestro amor, que tan caros me han salido. --Qu mentir tan villano! Hermosa llamis quien habis despreciado? Llamis amor una burla infame? Y despus de haberme ofendido de una manera tan odiosa, os burlis an! He hecho bien en castigaros! --Ved que castigndome os castigis. --Yo! --Si no me amrais, hubirais hecho lo que hacis? --Qu necios y qu vanos son los hombres! Porque han tenido una mujer rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos... --Ay, Catalina de mis ojos! Suspiras muy profundo para que yo te crea! --Respetadme, caballero--dijo la condesa--, y no veis en m ms que una mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os castiga. --Si culpa hay entre nosotros, no s quin est ms castigado: si t, Catalina ma, vindote obligada prenderme por amor, yo, por amor, vindome obligado huir de ti. --Os aseguro que no huiris. --Entonces seremos los dos felices. --No os entiendo. --Si me prendes sers mi carcelera, porque no te fiars de nadie; y si eres mi carcelera, tenindote al lado tengo contigo un cielo. Que no se muriera el conde de Lemos! --Me estis destrozando el corazn. --Ya saba yo que la tormenta acabara en lluvia--dijo para s Quevedo--. Lloras, alma ma? --Lloro mi desdicha, mi desesperacin! Me pesa de haber nacido! --Catalina de mi alma! --Oh, cunto, cunto os amo aunque no lo merecis!--dijo la condesa. --No os amo yo menos. --Eso es mentira. --Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazn, has sido t; que si en algn vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento, Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... Dios lo sabe! Y Quevedo no menta. Amaba con toda su alma la condesa. --Pero amaba ms su ambicin. Su ambicin estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo serva al duque en cuerpo y alma. Importaba, por lo tanto, demasiado Quevedo, salvar de los peligros que le amenazaban aquel hijo natural del duque, por el que nicamente haba ido la corte. Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, haba sido audaz con la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirti para l en un inconveniente, la abandon, abandonando su amor; la lastim lastimndose s mismo. Se vea cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no saba cmo escapar de sus manos. Apel, pues, la fascinacin del amor. Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le crea, y el asunto iba hacindose negro para Quevedo. Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa. --S, s, mentid cuanto queris--le dijo doa Catalina--; pero esta vez me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme, haceros sufrir tanto como vos me habis hecho sufrir m; al menos tendr el consuelo de que no me hayis burlado de balde, vos que estis acostumbrado burlaros mansalva de todo el mundo. --Porque zaher vuestro padre en un romance, escrito por mi desesperacin y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de Castro, hanme tenido dos aos preso entre frailes; porque recobro la razn y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando en ellos mi vida y mi ventura, me prendis vos. No de balde me burlo, sino que bien de veras pago el no tener el corazn de corcho, que si yo no os amara tanto, no me acontecera esto. --Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad; vos, en verme, cuando no quisirais, vuestro lado. Y como hemos hablado todo lo que tenamos que hablar, y como yo estoy contenta todo cuanto puedo porque os castigo, no hablemos ms, que si ms hablamos no haremos ms que ofendernos. --Os voy dar un consejo. --Cul? --Que dejis para ms tarde vuestra venganza, que os venguis de otro. --No os comprendo. --Han levantado el destierro vuestro marido. Guard la condesa un silencio de espanto. --Cmo!--dijo--; el conde de Lemos vuelve la corte? pues bien, me alegro, vuelve tiempo, como que slo hace cuatro das que vos habis venido! --Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstinis en retenerme, acabar por saber que yo... y que vos... que estoy en vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no aman nadie ms que s mismos, tiene orgullo; y como el que seis vos mi amante slo le da deshonra secas, es natural que la tome por alto; por embargarme os habis valido de gentes en las cuales un secreto no est ms seguro que un dobln en medio de la calle... Sabrn... --Que se sepa. --Pero estis loca? --Si lo estoy, mi locura no tiene remedio. --Od, prenda de mi alma. Ya que os decids todo, unmonos. Me importa poco si vos os importa menos; podr ser cuando ms asunto de estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y encierros, entrarme yo la luz del sol en vuestra casa... y as os habris vengado de don Fernando de Castro, que os ofendi casndose con vos. --Eso quera yo hacer, y vos no quissteis. --Tem por vos. --Y hoy por vos tenis miedo. --Os ruego que lo pensis. --Lo tengo pensado. --Conque soy vuestro prisionero? --Prisionero por amor. --Sois, pues, mi Carlos V. --Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no sea que vos me engais, como Francisco I enga Carlos V. --Entendida sois en historia! --Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo. --Me dais miedo. --Ah! por fin! --Mientras una mujer injuria llora se desespera, an hay esperanzas de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar sangre fra, y casi re... --Entonces est resuelta... decs bien: y mi resolucin es invariable. --Pues bien, doa Catalina, os juro que os salvar de vuestra propia locura, antes de algunas horas. --Y cmo? --Escapndome. --Os juro que no os escaparis. --Lo veremos. --Y cmo haris para escaparos? yo os guardar por m misma; vivir con vos, comer con vos... ni de da ni de noche me separar de vos. --Me escapar. --Queris asustarme, pero no lo consegus. Si vos sois valiente y resuelto, yo no lo soy menos. --Ello dir. --Pues va decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado. --Y dnde hemos llegado? --No quiero ocultroslo. A mi casa de campo del ro. --Creo que esta casa es del conde mi seor, y que la pint y la amuebl para vuestras bodas. --As es. --Y aqu queris tenerme? --Y por qu no? --Ocurrencia del diablo es. --Dejadme bajar, que abren la portezuela. --En galn os tornis, y en dama me converts?--dijo Quevedo. --S por cierto; dadme la mano para bajar. --Os la diera mejor para subir. --Ya subiremos. --Y an llueve--dijo Quevedo. --Y hace obscuro; por lo mismo os guo. --Y las gentes que os acompaan? --Se han ido. --Misteriosa aventura. --Y ms misteriosa la felicidad que ms all de esta puerta me aguarda. --Y la condesa abri con llave el postigo de una cerca. --Entrad--dijo. Quevedo entr. La condesa sinti que otra persona cerraba el postigo. --Pero doa Catalina, corazn mo, estis en vos? Enterado habis de este lance medio mundo. --Y qu se me da? No soy yo mujer quien mate su marido, ni el conde de Lemos, un marido que mate una mujer tal como yo; ni aun se divorciar, porque divorcindose perder la administracin de mis bienes. Por lo dems, me importa todo un bledo. Dirn: la condesa de Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habis enseado despreciar al mundo. --Ya no llueve--dijo Quevedo. --Como que estamos bajo techado--contest doa Catalina--; ahora vamos subir... y yo os doy la mano. --No hablaba yo de esta subida. --Pues mirad, yo estoy muy contenta. --No veo el motivo. --Os tengo. --Pero si decs que no os amo! --No me amis todo lo que yo quisiera... pero me amis... s; me amis... y yo os har tanto... yo ser para vos tanto... --Qu seris para m? --El camino de los honores, del mando, del trono. --Eh! qu decs del trono, seora?--dijo Quevedo con un acento tan singular como nadie hasta entonces haba odo en l. --Digo, que sin haceros rey, os pondr sobre el rey, y como el rey est en el trono... --Sabis que esta escalera se parece la subida de la montaa aquella cuya cumbre llev el diablo Cristo?--dijo con un doloroso sarcasmo Quevedo. --Muchas gracias, seor mo, por la galantera. Pero estis irritado, y con razn, y es menester perdonroslo todo. Entrad. Y tir de Quevedo, que se encontr de repente en un magnfico saln completamente iluminado, y con una mesa servida. Doa Catalina cerr la puerta por donde haban entrado, se asegur por s misma de que las otras puertas estaban cerradas tambin, y luego arroj el manto, y apareci deslumbrantemente vestida. --He aqu--dijo Quevedo--, que el sol sale la media noche. --Os he trado mi cmara de bodas, y para ello me he vestido el mismo traje de mis bodas. Y luego, sentndose en un silln y sealando otro Quevedo, le dijo con la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos: --Cenemos! --Oh! qu feliz poda yo ser!--murmur Quevedo. Y luego, sentndose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su sarcasmo, por su desesperacin, por su amargura, y con la mirada ardiente y fija en los ojos de doa Catalina: --Cenemos. CAPTULO LXXII DE CMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTR TIEMPO UN AMIGO Amaneci el da siguiente. Y segua lloviendo, y nublado y sin seales de mejor tiempo. Estaba en su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escriba ms y mejor lo que el duque le dictaba. Se notaban en el semblante del duque seales de insomnio. Lo que demostraba que haba pasado muy mala noche. Como que volvan la corte todos sus enemigos, y podan hacerle la guerra y derrocarle, sin que l pudiera defenderse, atado como estaba por los terribles secretos suyos que posea el bufn. En lo que se ocupaba el duque, era en escribir sus parciales de las provincias, fin de que le hiciesen un partido entre la gente que alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de gobierno, fin de que escribieran cartas honrosas para l, esto es, una especie de opinin pblica ficticia, que deba figurar ante los ojos del rey como la opinin pblica del reino. Para esto se ofreca comunidades de frailes, cosas que el duque haba resistido; los ayuntamientos, arbitrios; los labradores, tolerancia en el pago de los tributos; las corporaciones de todo gnero, nuevos privilegios; ste y al otro seor, amenazado por desafueros, hacer la vista gorda, como suele decirse, y las audiencias, desestimar las numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendan por ante el rey. Claro es que todo esto vena gravar en ltimo punto sobre la gran masa del reino, sobre el pobre, sobre el dbil, sobre el querelloso; pero importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes plcemes por el buen gobierno del duque de Lerma. Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario. Santos, pesar de que haca fro, sudaba la gota gorda. El duque estaba fatigado. --No puedo ms, seor--dijo Santos--; de tanto escribir, se me ha puesto el brazo tan fro y tan pesado como si fuera de plomo. --Urge, urge, Pelegrn; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo, y que ya est en Madrid; viene irritado contra m y no perdonar medio; adems, se encontrar al duque de Uceda apoderado del prncipe de Asturias, y empezar de nuevo entre ellos la guerra, que vendr herirme de rechazo. --Yo aconsejara vuecencia que tomase un partido mucho ms prudente, que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que vienen de todas partes--dijo Santos estirndose el brazo derecho y frotndoselo con la mano izquierda. --Y qu partido es ese, Pelegrn? --Hum! vuecencia est muy comprometido. --S, es cierto; pero todo lo que puede suceder ser perder la gracia del rey. --Perdonad, seor, de antemano, lo que voy decir vuecencia, porque mi lealtad no me permite guardar por ms tiempo silencio. --Crees t!... --Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey. --Peor? --Podis ser procesado. --Procesado!--exclam con orgullo el duque. --Porque podis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme, sabe que el rey est acostumbrado vos, y como en el rey no hay nada ms poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y de mudanzas y sobre todo irresoluto y dbil, usarn contra vuecencia de armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro secretario don Rodrigo Caldern ha usado y abusado de vuestro nombre y no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar la reina, despus envenenarla... --Cmo! --Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo, ser maana un estruendo, y un estruendo tal, que no podr menos de orlo el rey... si para entonces estis desprevenido!... --Pero yo no he pensado... yo no he hecho... --En la corte es muy fcil hacer caer sobre una persona los delitos de otra; Caldern ha sido vuestro favorito y an lo es, al menos para todo el mundo, que ve que en vuestra casa le tenis, que en vuestra casa le curis. Caldern es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrir paso, obligndoos que vos le facilitis el camino, porque os tiene sujeto... --Pelegrn! --Enojos cuanto queris conmigo, seor; pero no oiga vuecencia Pelegrn Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino la voz severa de la verdad; sucdame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por ms tiempo. Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se puede perder un minuto. --Sigue, sigue, Pelegrn. --Como os deca, aunque sabis que don Rodrigo os ha hecho traicin, no podis deshaceros de l; como no podis deshaceros ahora de Uceda, de Lemos, de Olivares, de Sstago, de tantos y tantos quien vuecencia estorba; os veris obligado servir de escala Caldern, que partir con vos la ganancia, porque os necesitar siempre, pero que os comprometer; porque Caldern, soberbio y ciego y codicioso, har tales cosas, que l mismo se hundir... y al hundirse, os hundir con l. --Pero qu puede suceder?... --Yo veo Caldern marchar de frente hacia el cadalso, sin verle, confundindole con el trono. --Ah! --Dejad que suba solo al cadalso... cubros... --Cmo! Pelegrn! crees...! --Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os dira: retiros de la corte... pero ya no es tiempo, seor; estis en el mismo caso que aquel que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene ms remedio que seguir subiendo, caer desde una inmensa altura una muerte cierta; no podis retroceder. --Y entonces... qu hago? --Roma insiste sobre el asunto de las preces... --Pero no puedo complacer Roma sin rebajar la dignidad del rey. --Es un recurso desesperado. Complaced al papa, cambio de otra complacencia del papa. --Explcate mejor. --Pedid Roma el capelo. --Ah!--exclam el duque de Lerma, abandonando su silln y yendo abrazar Santos--; s, s, t eres mi amigo; t eres la nica persona leal con que cuento; el capelo! y no se me haba ocurrido! y sin embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean! el capelo! gracias, Pelegrn, gracias! El duque de Lerma puede ser juzgado y condenado por el rey. El cardenal, duque de Lerma, slo puede ser juzgado y sentenciado por Roma! Roma! yo har que Roma est tan contenta de m, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe, Santos... --A Roma? --A Roma! --No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda la confianza de vuecencia. --Y quin mejor que t! t que acabas de darme una prueba inapreciable de tu amor y de tu lealtad hacia m! --Partir! --Al momento. --Esperemos... --Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?... --Esperemos maana. --Preconceme Roma y nada temo. --Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado por el papa, podis vestiros la prpura; sed en buen hora cardenal, pero no lo digis nadie... no mostris miedo... --Ah! Pelegrn! yo no te conoca! --Como no habis conocido los traidores hasta que ha sido de todo punto imposible que no los conozcis, no habis conocido los leales hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro darse conocer. --El capelo! el capelo!--exclamaba el duque de Lerma pasendose largos pasos por su despacho--. Y que no se me haya ocurrido! el capelo! hijo de Roma! la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo! qu quieres, Pelegrn! --Seguir siendo vuestro secretario. --Y nada ms? --Nada ms. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario que no me deis muchos das como hoy. --Vete, vete descansar, y... est dispuesto. Santos se inclin y sali. El duque de Lerma estaba contento; haba encontrado al fin la difcil solucin de un problema obscuro que le tena vivamente inquieto. Cubrir su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con el manto de la Iglesia, era cosa que jams se hubiera ocurrido al duque de Lerma. Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cmara abri la puerta y dijo respetuosamente: --Seor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar vuecencia. Lerma mand entrar Montio. Presentse ste, plido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo y traje; mir al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande misterio: --Podr escuchar alguien lo que voy decir vuecencia? --Nadie, Montio, nadie--contest el duque--. Pero qu sucede? --Sucede, seor... En primer lugar, la Dorotea me enva. --Y qu quiere la Dorotea?--pregunt el duque estremecindose, porque vea de nuevo asomar la fatdica figura del bufn, que haba llegado convertirse para l en un espectro. --La Dorotea... quiere ver vuecencia... al momento; me ha mandado llamar para eso solo... est enferma... muy enferma... --Ir, ir... Id decrselo. --Un momento, seor; tengo que hablar vuecencia de asuntos mos. --De asuntos vuestros? --Creo, seor--dijo Montio, quien la desesperacin daba atrevimiento--, que en m tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por vuecencia... --Lo bastante para que os ampare; lo s. --Ah, seor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir anoche vuecencia al salir de aquella casa, me aconteci una negra aventura. --Y qu fu ello? --El diablo me ech delante al sargento mayor don Juan de Guzmn. --Que os encontrsteis anoche don Juan de Guzmn!--dijo con asombro el duque--. Bah! imposible! no puede ser! vsteis visiones! --No vi, tropec; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le mat. --Ah!, matsteis... al sargento mayor!... --Y me encontr sobre l la justicia. --Ah!--dijo el duque de Lerma comprendindolo todo, porque como saben nuestros lectores estaba en el secreto--; y os prendi el alcalde de casa y corte Ruy Prez Sarmiento? --Cmo, seor, sabis!... --S, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisin. Pero si os prendieron, cmo estis en libertad? --Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo... --Y qu queris? --Seor! seor!--exclam Montio arrojndose los pies del duque y con los brazos abiertos--; puesto que lo sois todo en Espaa, y que yo soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, seor, salvadme. --Levantos, levantos, Montio, y nada temis; se le echar tierra al muerto, se romper el proceso... --Ah seor! piadoso seor! Mi vida!... --Merecis que se os ampare. --Despus de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo pedirle otra gracia. --Hablad, hablad. --Muchas gracias, seor, muchas gracias, no s cmo pagar vuecencia. --Acabando pronto, Montio. --Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopn Cosme Aldaba, y el paje Cristbal Cuero estn presos. --Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedsteis. --Muchas gracias, seor; pero ahora pido vuecencia que se deshaga lo hecho. --Cmo! --Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos, suelten mi mujer, mi hija, al galopn y al paje. --Pero estis loco, Montio? No os ha deshonrado vuestra mujer? --No seor! --No os ha robado? --No, seor! y ruego encarecidamente vuecencia... --Sentos y escribid vos mismo. El cocinero se sent. El duque le dict una orden de soltura para el alcaide de la crcel de villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y destruyese todo lo que se haba escrito intentado contra los presos. Despus de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el cocinero sali. Poco despus, Montio entraba triunfante en palacio con su mujer y su hija. Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea. CAPTULO LXXIII EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO Encontr el duque la joven en el lecho. Pero no la encontr sola. A su lado estaba el to Manolillo. El duque se estremeci como si en el bufn hubiese visto personificada su conciencia. --Gracias, muchas gracias, seor, porque habis venido--dijo la joven sacando un magnfico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano del duque--. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mo; hacedme el favor del dejarme sola con su excelencia. El bufn se levant y sali en silencio, pero no sin haber dicho antes con una profunda mirada al duque: --Os mando hacer todo lo que ella quiera. El duque se sent en un silln junto al lecho, y por la primera vez se descubri delante de Dorotea. --Cubros, cubros, don Francisco--dijo la joven--; yo os lo ruego. Os habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubros, si no queris lastimarme. El duque se puso la gorra. --Qu queris, pues? --Don Juan Tllez Girn ha sido preso; preso como causante de la herida de don Rodrigo. --Es cierto; todas las pruebas estn contra l. --Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas. --No es eso fcil. --Ya lo s: s que doa Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado los pies de su majestad el rey; s que su majestad la reina ha intercedido por la peticin de su amiga, porque doa Clara, ms que dama, es amiga de la reina, y s que el rey se ha mantenido severo; que ha respondido la reina y doa Clara, que no puede hacer nada estando de por medio la justicia. --Ya veis, Dorotea, que cuando el rey... --Pero vos podis ms que el rey. --Yo! --S, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para que la puerta de la prisin se abra, y yo quiero que don Juan salga libre y seguro... porque le amo, lo entendis?... porque es mi vida, y el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo misma abrirle su prisin; quiero ser para l la libertad, la vida; quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme nunca... y tanto har, que no me olvidar... Oh, no! y con eso slo ser feliz. --Pardiez, y lo que amis ese mozo!--dijo contrariado el duque. --No os enfadis seor, vos me tenis por lujo... ya os lo he dicho... pues bien: vuestra querida pblica ser, ya que esto os halaga, hasta la muerte, hasta la muerte, seor; pero... tened compasin de m; concededme lo que os pido. El duque mir la cortina de la puerta tras la cual haba desaparecido el bufn. Aquella cortina estaba inmvil. Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo impenetrable de la fatalidad. --No puedo...--dijo al fin. --S, s podis--dijo Dorotea--, vos lo podis todo. --No me atrevo--dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina. --Necesito la libertad y la seguridad de don Juan--dijo con acento voluntarioso Dorotea. --Yo no puedo sobreponerme las leyes. --Sobreponos--dijo la voz ronca del bufn detrs de la cortina. Tembl el duque al sonido terrible, fatdico de aquella voz. --Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza veces... --No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagis cuanto ella quiera? es que sois tan torpe que no comprendis lo que se os manda?--dijo el bufn abriendo la cortina y apareciendo. Sonrojse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufn en presencia de una tercera persona, y balbuce algunas palabras. El bufn adelant lento y sombro. --No te agites, Dorotea--dijo--; no llores; no supliques: el seor duque har lo que sea necesario hacer; el seor duque no puede negarte nada: excelentsimo seor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo s dnde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos, que Dorotea est impaciente. --Esto es ya demasiado--dijo el duque colrico. --Ya lo creo que es demasiada obstinacin la vuestra. --No os irritis, seor--dijo Dorotea--; yo os lo ruego, yo os lo suplico. --No hay que suplicar; t no tienes que suplicar nadie, hija ma; yo soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mo. Ayer quisiste la prisin de don Juan, y fu preso; hoy quieres su libertad y hoy se ver libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos. --No temis que llegue un da en que os pese de lo que hacis? --Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todava no me ha pesado; servidnos ahora, y despus, cuando podis, no tengis compasin de m... pero ahora... haced lo que ella quiere. Y seal Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un seor desptico, la puerta que conduca la sala. El duque se levant maquinalmente y sali de la alcoba. Maquinalmente se encamin una mesa donde haba recado de escribir y escribi. Luego cerr la carta y la entreg al bufn. Aquella carta estaba concebida en estos trminos: Mi buen Ruy Prez Sarmiento: En el punto en que recibis sta, rasgad todas las diligencias que hayis practicado en averiguacin del delito cometido en la persona de don Rodrigo Caldern; proveed auto de libertad en favor de don Juan Tllez Girn y de don Francisco de Quevedo Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisin de oidor en la Real Audiencia de Mxico. A cualquier hora, maana, me encontraris en la secretara de Estado en mi casa. Gurdeos Dios.--_El duque de Lerma._ Apenas entregada esta carta, el duque sali de casa de Dorotea, sin despedirse de ella, trmulo, irritado. El bufn sali tambin, llevando consigo la carta del duque de Lerma. Dorotea qued en un estado horrible de ansiedad. Una hora despus, el to Manolillo volvi con unos pliegos en la mano. --Tenis ya la orden de libertad?--dijo la joven con anhelo. --S--respondi con voz ronca el bufn--. Este pliego es el auto de libertad de tu amadsimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que est preso; y este otro pliego, es una orden para que t puedas entrar en la torre de los Lujanes, donde est encerrado don Juan. Dorotea, pesar de la fiebre que la devoraba, llam Casilda, salt de la cama, se hizo vestir, pidi una litera, y sali de su casa. CAPTULO LXXIV LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes. La opaca luz de aquel da nublado y lluvioso, penetrando en el encierro por dos estrechsimas saeteras, apenas bastaba para determinar los objetos que en el aposento haba. Poda juzgarse, sin embargo, que no se haba tratado mal don Juan; algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una alfombra usada, pero aceptable an, y un brasero con fuego, hacan cmodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser cmodo para un preso. Comprendase claro que aquel encierro estaba destinado personas quienes, por su clase, era necesario tratar bien. Don Juan no saba por qu estaba preso, pero se lo figuraba; no poda ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Caldern. Lo que ms inquietaba al joven era que supona que Quevedo habra sido tambin preso, porque cmo explicarse que estando libre Quevedo no hubiese hecho en su favor maravillas? Y dolale, adems, el estado aflictivo que supona en doa Clara Soldevilla. Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso plida y se desmay. Don Juan no viva, agonizaba en aquel calabozo, haba pasado una noche horrible, de cavilaciones, de temores; se haba acordado de todo, haba dado vueltas todo, y sin embargo, no se haba acordado de Dorotea. Cuando el carcelero la noche antes le entr la luz, don Juan le di dinero y le pregunt por la causa de su prisin. El carcelero le respondi con sumo respeto, pero encogindose de hombros, que nada saba. Encargle don Juan que procurara informarse, que avisase su esposa del lugar donde se encontraba, y que procurase ver don Francisco de Quevedo saber de l. El carcelero volvi la hora de la cena, trayendo una escogida y abundante. Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad. Empez por asegurarle que, por ms que haba hecho, no haba podido averiguar la causa de su prisin; pero que l crea que cuando lo haban trado la torre de los Lujanes, y con tal misterio, deba tratarse de un grave asunto de Estado. Aadi que haba ido al alczar y que no haba podido hablar Doa Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto don Francisco de Quevedo, ninguna de las personas quienes por l haba preguntado le haban dado razn de tal persona. Se empeoraba el negocio la vista de don Juan, y como hemos dicho, no pudo dormir en toda la noche. Al da siguiente, cuando volvi el carcelero con el almuerzo, cuando don Juan le habl, el carcelero le respondi con gran respeto: --Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan. No me pregunte vuesa merced ms, porque no le contestar. Despus de esto el carcelero sali, y don Juan qued ms cuidadoso que antes. Adelant el da y con l la desesperacin y la impaciencia de don Juan. Nadie pareca tomarle declaracin ni darle noticia alguna. Al fin, al medio da se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido de los candados y cerrojos de la puerta. Entr el carcelero. No traa la comida. Esto di alguna esperanza don Juan. --A qu vens?--dijo al carcelero. --Vengo pediros licencia, en nombre de una dama que quiere hablaros--contest aqul. --De una dama? qu seas tiene? --Est completamente encubierta por un manto; pero parece principal y hermosa. --Ah, es ella!--dijo don Juan pensando en doa Clara y sin acordarse, ni remotamente, como hasta entonces no se haba acordado, de Dorotea. --Trae una orden terminante para que se la permita hablaros solas, del seor alcalde de casa corte, Ruy Prez Sarmiento, de quien pende vuestro proceso. --Oh, pues que entre! que entre!--exclam con afn el joven. --Entrad, seora--dijo el carcelero llegando la puerta. Entr una mujer completamente envuelta en un manto, y mand con un ademn enrgico al carcelero que saliese. La puerta se cerr. Entonces la mujer se ech atrs el manto, adelant hacia don Juan, le asi de las manos y le mir exhalando toda su alma, y su alma enamorada por sus ojos. --Ah! Dorotea!--exclam con una sorpresa dolorosa don Juan. --La esperbais ella?--dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre un dolor agudo. --Os confieso que... seora... me sorprende...--dijo trastornado don Juan. --Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este horrible encierro? No sabais, no habais podido saber cunto yo os amaba! cunto era capaz de hacer por vos! pues sabedlo, os traigo vuestra libertad! --Mi libertad! vos!--exclam dejando ver la expresin de una profunda sorpresa don Juan. --S, yo... aqu est--dijo Dorotea mostrando al joven un pliego cerrado. --De modo que ya puedo salir de aqu? --An no--contest dolorosamente Dorotea. Esta respuesta de la joven irrit don Juan. --Ah! vens imponerme condiciones! --Condiciones! condiciones yo vos! qu condiciones puede dictar el esclavo su seor! cun poco me conocis, por mi desdicha! --Entonces, por qu no me dais esa orden? --Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el amor que os tiene ante Dios y los hombres! una mujer que por vos sufre, que por vos est enferma, que por vos muere! una mujer que por vos se ha arrojado las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni aun saber el lugar donde estis preso! Vuestra esposa! Doa Clara Soldevilla, que es vuestra vida! --Ah!--exclam don Juan. --Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer quien nicamente debis amar, esa ser la que reciba, sin saber de quin lo recibe, este pliego cerrado; esa mujer ser la que venga abriros la puerta de vuestra prisin; esa mujer ser, porque debe serlo, quien goce toda la alegra de recobraros, cuando os crea perdido, cuando se crea casi viuda. --Viuda! --Pues no sabis de lo que os acusan? --No. --De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo Caldern. --Mentira: como hidalgo y frente frente, re con l por un grave asunto, y sirviendo la reina: vos lo sabis. --Pero vos no podis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciaran cometiendo una injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden nadie en Espaa. Me debis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepis; para que no podis olvidarme. --Me estis desgarrando el alma, Dorotea. --Y qu importo yo... pobre cmica... querida miserable del duque de Lerma? pero dad gracias Dios de que yo sea querida del duque, y de que el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un hombre terrible, que es su vez esclavo mo. --Y quin es ese hombre? --El to Manolillo, el bufn del rey. l, porque sabe que os amo, y que vos bais salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. l, porque yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia, ese hombre me insulta, quiero vengarme de l y de ella, mtale; hubirais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, quien Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepis para que no podis olvidarme jams; os lo repito. Qu me importa que os apartis de m, que no os vuelva ver ms, si estoy segura de que vos no olvidaris nunca mi memoria? Don Juan inclin la cabeza y no supo qu responder. Estaba seguro de que no poda engaar Dorotea, porque sta saba demasiado que l amaba, que l no poda dejar de amar doa Clara. Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si hubiera podido, sin dejar de amar doa Clara y de ser feliz con ella, hubiera sido amante de Dorotea. Pero esto era imposible: Dorotea tena demasiado corazn. Dorotea no poda partir el amor de su alma con otra, por ms que aquella otra fuese la esposa del hombre de su amor. La situacin de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera enloquecedora, dndole la libertad y con la libertad la vida, sacrificndoselo todo, con la abnegacin sublime de que slo es capaz una mujer que ama, la situacin de don Juan era horrible. --Cmo podr yo hacer--dijo al fin--, que vos me perdonis la desgracia de no haberos conocido antes? --No blasfemis de vuestra fortuna--dijo gravemente Dorotea--; Dios os ha dado en doa Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla, alegros como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En cuanto m, con que vos me apreciis, con que me recordis, con que os cause compasin mi desdicha, estoy satisfecha, ser feliz. Y Dorotea, quien hasta entonces haba sostenido la excitacin febril de la alegra que la causaba el llevar la libertad don Juan, se sent y se puso sumamente plida. --Estis mala, Dorotea--dijo el joven acercndose rpidamente ella--. Qu tenis? --Me muero! --Disponed de m: yo soy vuestro... yo os amo--dijo don Juan embriagado. Y en aquel momento, olvidndolo todo, asi con sus dos manos la hermosa cabeza de Dorotea y la bes en la boca. --Oh! qu horror!--exclam la joven ponindose en pie de un salto--; qu crueldad! qu dao me habis hecho tan terrible! Y arreglndose el manto, se dirigi la puerta y llam. --A dnde vais, Dorotea?--dijo don Juan. --Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa. Sonaron entonces las llaves del carcelero. --Esperad un momento--dijo don Juan asiendo por el manto Dorotea, que estaba vuelta hacia la puerta. --Qu ms queris de m?--contest la joven. --Quiero... quiero volveros ver. --Que queris volverme ver!... s, yo tambin quiero! pues bien: estad esta noche, las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros. --Estar. En aquel momento se abri la puerta. --Adis--dijo Dorotea, y sali precipitadamente. --Adis--dijo don Juan, y se dej caer aniquilado sobre una silla. El carcelero cerr la puerta. --No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma--murmuraba la comedianta bajando precipitadamente las escaleras--. Yo estoy loca! yo me muero! Dios mo! ir! ir! le parezco hermosa! le embriago!... s, ir! pues bien... me vengar de l y de ella! l me obliga! aquel horrible beso!... Oh, Dios mo! Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaida sin reparar en nadie, sali. En la puerta de la torre haba una litera. Al aparecer Dorotea, un criado abri la portezuela. Dentro de la litera haba un hombre. Era el to Manolillo. Estaba ms plido, ms cadavrico que Dorotea. Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperacin de la joven, una chispa de alegra involuntaria pas por los ojos del bufn. --Ese miserable no te comprende--dijo. --Os engais, Manuel; le enamoro, hara de l cuanto quisiera, menos que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la clera y la desesperacin me matan. Quiero vengarme, y empiezo. Pedro! al alczar! La litera se puso en movimiento. --A qu vas al alczar, hija ma? --No voy yo, sino vos. Tomad. --Ah! la orden de libertad de don Juan! no se la has dado! quieres que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! haces bien! ese no es digno de nuestra proteccin! no amarte ti que tanto le amas! que tanto haces por l! vngate! ya que no sea tuyo, que no sea de la otra! --Vais entrar en el alczar y hacer de modo que doa Clara Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dnde viene. --Cmo! --Lo quiero! --Haces mal. --Lo quiero. Y cuenta con que doa Clara pueda ni aun por indicios sospechar! --Haces mal!--repiti el bufn, y tom la orden y la guard suspirando. Ni Dorotea ni el bufn hablaron una palabra hasta que la litera lleg las puertas del alczar. --Entrad--dijo Dorotea al bufn--; haced que esa orden llegue, como os he dicho, las manos de doa Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y hacedle que vaya verme. El bufn sali de la litera. --A casa!--dijo la Dorotea. La litera se puso de nuevo en marcha. --El bufn, despus de meditar un momento en el vestbulo, se entr resueltamente en la secretara de Estado. --Decid su excelencia--dijo--que yo, mi majestad el bufn, le mando que me reciba y me oiga. Rironse todos de la manera cmica con que el to Manolillo dijo estas palabras, y uno de los oficiales contest: --No est su excelencia de humor para recibiros, to. --Quin le mete al menguado en lo que no le importa!--repuso gravemente el bufn--; diga al duque que Felipito mi amigo me enva. --Ah! si trais orden del rey!... --Qu pesado! Te pagan para que repliques, para que hagas lo que se te mande? --Vamos, no os incomodis, to--dijo el oficial--; decid su excelencia, Lasala, que el bufn de su majestad quiere verle. El enviado entr. --Ya veris cmo Lerma no me hace esperar tanto--dijo el bufn pasendose con gran prosopopeya por la secretara. En efecto, un momento despus de haber entrado, Lasala abri una mampara y dijo: --Su excelencia espera al bufn de su majestad. Cinco minutos despus de haber entrado el to Manolillo en el despacho del duque, ste suba por una escalera de servicio la cmara del rey. Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnfica escopeta de dos caones que acababa de regalarle respetuosamente la muy noble y leal villa de Eibar. --Eh! vienes tiempo--dijo el rey al ver al duque--; t que eres aficionado, qu te parece este arcabuz de caza? Mira qu llaves, Lerma: una invencin, una verdadera invencin. --En efecto, seor--dijo el duque--, los vizcanos son muy hbiles y muy industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con licencia de vuestra majestad, vengo hablarle de un negocio muy importante. --Tan importante que no admite demora? --De ningn modo, seor. --No me dejarn reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma, vamos: y t espera aqu--dijo el rey al montero mayor. Felipe III y su secretario universal se encerraron. --Veamos de qu se trata--dijo el rey con el empacho que le causaban todos los negocios. --Del asunto de doa Clara Soldevilla. --Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doa Clara me pidi ayer una audiencia, se la d, me rog por su esposo, se arroj los pies, llor... y como t me habas dicho que se trataba de un negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmay doa Clara, y la llevaron su cuarto sin sentido. Despus he tenido una verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la obligase hablar... y yo no s qu tenga que hablar la reina en este asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes, eminentes servicios ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo don Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. Qu dices t eso? --Digo, seor, que su majestad la reina tiene mucha razn. --Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte ese don Juan y don Francisco de Quevedo, su cmplice? --Ayer estaba mal informado, seor; por las primeras diligencias del proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario, don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo ms que ayudar como hidalgo su amigo, y que don Juan se vi en la necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo. --Pues entonces es necesario formar proceso Caldern. --Aconsejo vuestra majestad que me permita echar tierra este negocio. --Pues bien, chasela; pon en libertad don Juan y Quevedo y que se vayan benditos de Dios Naples. --Ya, contando con el beneplcito de vuestra majestad, he mandado al alcalde Ruy Prez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de libertad para Quevedo y Girn; el auto de libertad de don Juan est aqu, seor. --Ah! Conque est todo hecho? --An falta algo que hacer. --Y qu hace falta? --Tan activo ha andado el alcalde Ruy Prez en este proceso y tan leal, que merece un premio. --Ah, merece un premio! Pues dsele. --Aqu est extendida ya la provisin para l, de oidor de la real audiencia de Mjico, con las costas del viaje, y slo falta la firma de vuestra majestad. El rey firm la provisin, y la recogi el duque. --Por aqu--dijo para s Lerma, guardando la provisin del licenciado Sarmiento--, hemos salido de un testigo enojoso. --Queda algo ms que hacer?--dijo el rey, que en su marcada antipata por los negocios deseaba verse libre. --S, seor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasin de complacer su majestad la reina. --Y cmo? --Dndola este auto, que pone cubierto de todo proceso al marido de su dama favorita. --Tienes razn, Lerma, tienes razn; y ahora ms que nunca conozco el grande afecto que me tienes; no me gusta estar reido con la reina. Voy... voy... adis, Lerma, adis. Y el rey abri una puerta, atraves un largo corredor, abri otra puerta y se encontr en la recmara de Margarita de Austria. La reina lea. Al ruido de los pasos del rey volvi la cabeza. Al verle, dej el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y mir al rey con severidad. --Veo que an ests enojada, Margarita--dijo el rey. --En efecto, seor--contest la reina--; tengo un profundo disgusto. --Por tu queridsima doa Clara! --Me he propuesto no volver hablar ms vuestra majestad de este asunto. --Mi majestad!... Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos! Sintate aqu al lado mo! Vengo que hagamos las paces. La reina se sent al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante nublado y sin mirar Felipe III. --Lo que yo digo! eso, eso es!--exclam con impaciencia el rey--; yo soy lo ltimo de todo! --Seor!--dijo la reina con dignidad. --Se me respeta, pero no se me ama; basta el ms ligero motivo para que no se me oculte el desvo que causo. Como ha de ser! Y yo, pesar de todo, me afano por complacerte, Margarita! La reina comprendi que deba bajar del empinado lugar que se haba subido; que deba ser mujer, y combatir al hombre, no al rey. --S--dijo, hiriendo con su pequeo pie la alfombra y mordindose impaciente su grueso labio austriaco--; s se conoce que mi esposo... me ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa ellos; ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; qu puedo yo desear? Qu reina ha tenido ms influencia sobre su esposo? --Puedo hacerte que llores de alegra, y que me abraces como una loca, Margarita--dijo el rey. --De veras?--pregunt disimulando mal su ansiedad la reina, porque en las palabras y el aspecto del rey conoci que poda prometerse algo satisfactorio. --Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondr buena de repente tu amiga doa Clara, que creo que anda enferma. --Cmo queris que est una recin casada que adora su marido, y que ni aun sabe dnde para? --Es verdad! es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado romper el proceso de don Juan Tllez Girn, y aqu est la orden de libertad. El rey di Margarita de Austria el pliego cerrado que contena el auto. Pas una alegra infinita por los ojos de la reina. Rompi el sobre y ley vidamente la orden de soltura. --En la torre de los Lujanes! y all est mi libertador preso, dudando, temiendo...! --Tu libertador!--dijo el rey con asombro. --S, mi generoso y valiente libertador! --No te comprendo. --Por qu he de callar ms? Yo estaba resuelta revelroslo todo, cuando no me quedase otro medio de salvar ese caballero. Por qu no he de ser franca y leal con vos, cuando est salvado? --Qu! t me ocultabas algo, Margarita? --Oh! s, seor! no s por qu he tenido miedo! vos no podis dudar de m, no es verdad? --Dudar yo de la reina! de mi esposa!--dijo el rey en uno de los arranques de verdadera dignidad que veces dejaba conocer--. Cmo! por qu haba yo de dudar de vos, seora? --Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi vida he obrado con ligereza. --Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada--dijo el rey volviendo su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en explicaciones que le asustaban, porque primera vista parecan graves. --No, no; me habis de or: os lo suplico--dijo la reina--, necesito librar mi conciencia de este peso. Al or la palabra conciencia, el rey, que tena algo de lo asustadizo de su padre, aunque no su firmeza ni su sombro recelo, se alarm. --T conciencia, dices! --S, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no deba haberos callado. --Tendremos alguna otra conspiracin?--dijo todo asustado el rey. --S; s, seor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron. --Conspiraciones vuestras? --Por recobrar vuestra dignidad y la ma. --Pues lo de siempre. Y quin os ayudaba conspirar? porque nadie conspira solo. --Don Rodrigo Caldern. --Ah! ah! --Se me mostr leal... cuando era traidor; le conced algunas audiencias secretas. --Contra el duque de Lerma? --Contra el duque de Lerma. --Ah! don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre quien todo lo debe! No saba yo que ese tal era tan malvado! --Lo es ms an: ese hombre se ha atrevido dictarme condiciones. --Condiciones la reina! un vasallo! pero cmo poda ese miserable atreverse dictarte condiciones? --Fu imprudente; creyndole un vasallo leal, le escrib algunas cartas de mi puo y letra, avisndole de la hora que poda entrar en palacio y verme. --Y esas cartas! esas cartas! --Las he quemado yo por mi propia mano, gracias don Juan Tllez Girn, que se las arranc estocadas. --Ah!--dijo respirando el rey--; y de resultas de esas estocadas est herido don Rodrigo? --S, seor. --Pero don Juan sabr...? --Don Juan entreg aquellas cartas sin leerlas doa Clara. --Ah! ya; s... esas cartas acompaaban sin duda al rizo de cabellos aquel de doa Clara, y don Juan habr credo que de doa Clara eran las cartas... --S; s, seor--dijo la reina, que no se atrevi ser ms explcita. --Pues es necesario premiar ese caballero. --Harto premiado est ya con ser esposo de doa Clara; slo os pido una cosa, seor. --Qu! --Que me perdonis si por amor vos, por la dignidad de la monarqua, pude ser una vez imprudente. Y la reina se arroj los pies del rey. --Oh! no! no! en mis brazos, que tan ansiosos estn de ti! en mis brazos, Margarita ma! oh, qu hermosa eres! Y bes la reina en la frente. --Oh! cunto te amo, Felipe mo!--dijo la reina llorando de placer y estrechando al rey entre sus brazos. --No me dices eso siempre--contest el rey con el acento y la expresin de un nio voluntarioso. --Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno, Felipe; has vuelto su esposo mi buena doa Clara, y pesar de lo que te he revelado, no has dudado de m. Te amo! te amo! --Oh, Dios mo!--dijo el rey--si esto durara mucho!... --Durar... todo lo que t quieras que dure, Felipe... oh! y qu feliz soy! pero hay alguien quien debemos mucho, que llora por nosotros, y cuyas lgrimas es necesario enjugar. --Doa Clara! --Doa Clara... y voy... sin perder un momento. --Ir t!... la reina!...--dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria. --Ir... por las comunicaciones interiores... nadie me ver... enviar delante la duquesa de Ganda, para que doa Clara, cuando llegue yo, est sola. Y adis, adis; es necesario no olvidarnos de que para el que sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adis. Y la reina escap. --Ah!--dijo el rey--; cuando se hace una buena accin se le queda uno el alma tan llena de no s qu... Vamos, Dios quiera que por estos momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva ponernos tristes. Y el rey, por el mismo sitio por donde haba ido la recmara de la reina, se volvi la suya y al examen de la escopeta vizcana que tena an entre las manos su montero mayor. CAPTULO LXXV EL SOL TRAS LA TORMENTA Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la almohada, en una bellsima alcoba, haba una mujer. Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo desesperado haca desgarrador su llanto. En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los Dolores, haba una lamparilla encendida. Fuera de la alcoba, junto la puerta, estaban sentadas dos dueas silenciosas inmviles. Pas algn tiempo as. Abrise al cabo una puerta, y asom por ella la cabeza de una doncella. --La camarera mayor de la reina quiere ver la seora--dijo la joven en voz baja. --Qu hacemos, doa Ins?--dijo tambin en voz baja la una duea la otra. --Qu os parece que hagamos, doa Mara?--pregunt la preguntada. --La seora no duerme, que solloza--dijo doa Mara. --Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doa Ins. --Pues, avismosla. --Avismosla. --Id vos. --No, vos. --Cualquiera. Y doa Ins se levant, abri las vidrieras, y de puntillas se acerc al lecho, y dijo casi al odo de su seora: --La escelentsima seora camarera mayor de su majestad, quiere veros, seora. --Oh! que entre! que entre al momento!--dijo doa Clara, apartndose de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; por qu la habis detenido? La duea sali como un relmpago. Cuando doa Clara abri las vidrieras y sali la cmara, ya estaba en ella la duquesa de Ganda. --Qu noticias me trais, seora? exclam anhelante la joven arrojndose al cuello de doa Juana de Velasco. La duquesa mir en torno suyo, y al ver que haban quedado solas, exclam llorando: --Ah! no s nada; desdichado hijo mo! --Me habais hecho concebir una esperanza,--dijo con desaliento doa Clara. --Su majestad est en la saleta azul,--dijo la duquesa enjugndose las lgrimas--; me ha enviado delante, para que apartis de aqu las personas que pudieran verla. Su majestad os crea muy enferma. --Ah! s, del corazn, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan dbil que no pueda ir ver su majestad. Vendr consolarme. La reina viene alegre, impaciente. --Oh! Dios mo! exclam doa Clara. Y apartndose de la duquesa di correr, loca, anhelante, atraves algunas habitaciones, y en una cay entre los brazos de la reina que la haba salido al encuentro. --Oye, Clara,--la dijo Margarita--; consulate, enjuga tus lgrimas; te traigo buenas noticias. --Dnde est, seora? --En la torre de los Lujanes. --Y puedo verle? --S. --Ah! seora, perdonad... pero... permtame vuestra majestad que vaya al momento... le he credo perdido... son esos hombres tan infames... y... le amo tanto! --Espera, espera... sernate, tranquilzate, Clara, amiga ma: no ves que yo me sonro, que estoy contenta. Cmo poda estarlo si te amenazase una desgracia? --No corre peligro su vida! --No, ni mucho menos... --Y entonces, qu hay que temer? --Nada. --Nada! pues si no hay nada que temer, por qu contina preso? --T eres valiente, Clara. Domnate, preprate... --Para qu? --Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir la noticia inesperada de una dicha. --Ah! seora! tendr valor, le tengo. --Pues bien: toma, Clara ma, toma, y ve t misma sacarle de su prisin. Y la reina di doa Clara el auto de libertad. La joven le ley, se domin, se puso plida, y mir con una elocuente ansiedad la reina. --S, s; ve amiga ma--dijo la reina--; pero no te olvides de decir doa Juana que la espero para volverme mi cmara. Doa Clara se arroj los pies de la reina, y la cubri las manos de besos y lgrimas. Luego se levant y di correr, como una loca, hacia sus habitaciones. --Libre! libre, madre ma!--exclam arrojndose en los brazos de la duquesa y riendo y llorando un tiempo--libre! y libre de todo cargo! --Ah! gracias Dios! --Y no poda eso ser de otro modo, porque Dios no poda querer mi desesperacin; pero la reina os espera. Y voy por l. Un manto! una litera!--aadi dirigindose una puerta--. Despus, venid, madre ma; l estar ya aqu. No os! dueas! lacayos! --Adis, hija ma, adis--dijo la duquesa viendo que se acercaba gente, y sali. --Pronto, doa Ins, mi manto; que pongan una litera al momento--repiti con impaciencia doa Clara. Y cinco minutos despus, dentro de una litera sala del alczar la joven. Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban la litera iban de prisa, muy pronto la litera par la puerta de la torre, sali de ella doa Clara, y present la orden de soltura al alcaide. --Y van dos, las dos principales y hermosas--dijo entre dientes el alcaide leyendo la orden. Afortunadamente no le oy doa Clara. --No hay que oponer nada esto--dijo el alcaide dando vueltas la orden--; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los muebles... --Bien, bien, pero llevadme donde est--dijo doa Clara. --Y quin le dir que le busca? --Su esposa. --Ah! perdonad, seora--dijo el carcelero quitndose su caperuza, que hasta entonces haba tenido encasquetada--; como vuestro esposo es joven y gentilhombre, estos tales seores suelen buscarlos... --Pero hay algn inconveniente para que yo vea al momento mi marido? --Ninguno, seora. Qu ha de haber? yo mismo voy llevaros. Molinete, dame las llaves del encierro alto. Vamos, seora, vamos. El alcaide se meti por una estrecha puerta y por una escalera obscura. Doa Clara le segua sin pensar en donde pona los pies, acertando con los escalones y con las revueltas por instinto. Al fin se vi alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas, cuyo fin haba una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados. Doa Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir. Golpe con su pequea mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus pulmones y toda la alegra de su alma: --Juan! Juan! --Clara de mi alma!--grit desde adentro el joven. --Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan as delante de gentes--dijo el alcaide acabando de abrir. Y cuando la puerta estuvo franca, como nada haba ya que guardar all, se volvi dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras: --Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le d la gana. Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa. Entre tanto doa Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados, mudos, en el primer momento de alegra. Parecales entrambos que haban resucitado el uno para el otro. Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vi en los ojos de su mujer lo que jams haba visto, lo que ni aun haba sospechado, lo que no saba que existiese: un amor sobrenatural, una vida que viva en su vida; una alegra que era su alegra; un alma que absorba la suya, la envolva, la acariciaba y la defenda; una fuerza infinita de absorcin que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doa Clara. Habale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareci que la hermosura de su mujer no perteneca la vida, que tena algo de fantstico, de divino. --Juan de mi alma!--le dijo doa Clara--; vmonos de aqu: me parece que me van arrancar de tus brazos, que se va cerrar de nuevo esa puerta, que no te voy volver ver. Vmonos, vmonos; ests libre; he trado la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie, como no sea Dios, me volver separar de ti. --Quin te ha dado esa orden, Clara ma?--dijo don Juan acordndose pesar de todo de la pobre Dorotea. --La reina!--contest doa Clara--; no s por qu medio: anoche yo me arroj en balde los pies de su majestad: en balde la reina suplic al rey. Ni aun pudimos saber dnde estabas preso. --La reina te ha dado esa orden!--dijo profundamente pensativo don Juan, que no acertaba comprender cmo aquella orden haba pasado de las manos de Dorotea las de la reina. --S, s--repuso impaciente doa Clara--; pero qu importa eso? Lo que importa es salir de aqu. Y tir de su marido, que se dej conducir. Al pasar por la alcaida, el alcaide les sali al encuentro respetuosamente y gorra en mano. En la otra mano tena una daga y una espada, sencillas pero hermosas y fuertemente bruidas las empuaduras de acero. --El seor alcalde de casa y corte, Ruy Prez Sarmiento, acaba de enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocup cuando le prendi--dijo el alcaide. El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y di las gracias al alcaide. --Perdonad, caballero--dijo el alcaide al ver que los dos esposos seguan hacia la puerta--; pero quisiera que antes de salir mirseis esta cuentecita. Y present un papel don Juan. Aquel papel deca: Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Tllez Girn, en las veinte y cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes. Por alquiler de la habitacin alta donde estuvo preso en otro tiempo el rey Francisco, y donde slo se encierran personas principales, diez ducados. Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sbanas de holanda y repostero de damasco, mantas y dems, cinco ducados. Por dem de doce sillas, un silln, una mesa, un candelero de plata y una alfombra, seis ducados. Por una comida trada de la hostera de los Tudescos, ocho ducados. Por una cena de dem, cuatro ducados. Por un almuerzo de dem, cuatro ducados. Por una vela de cera, cuatro reales de velln. Por asistencia, dos ducados. Por derechos de carcelaje, ocho ducados. Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales de velln.--_Gins Piedrahita._ Debemos advertir, que de esta cuenta slo ley don Juan la suma total. --Traes contigo dinero, Clara?--dijo don Juan. --S, por acaso; qu se necesita? --Da este hombre, dos doblones de ocho. Doa Clara sac un precioso bolsillo, y de l dos doblones. --Aqu sobra dinero, seor--dijo con un acento particular el alcaide, al recibir las dos monedas de oro. --Guardadlo--dijo don Juan. --Vivis mil aos, seor--dijo el alcaide apresurndose abrir la puerta. Doa Clara, llevando don Juan de la mano, sali de la torre con la precipitacin y alegra con que sale un pjaro quien abren la jaula, y se meti con su marido en la litera. --Ah!--dijo, cuando se vi caminando hacia el alczar--, gracias Dios que ha pasado esta horrible pesadilla! Y estrech de una manera ardiente las manos de su marido que tena entre las suyas. Don Juan, sin embargo, se mostraba sombro, pensativo y cabizbajo. Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tena aquella noche con ella en Puerta de Moros. CAPTULO LXXVI DE CMO EL COCINERO MAYOR CONOCI CON DESPECHO QUE NO HABAN ACABADO PARA L LAS ANGUSTIAS Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tena en su casa Francisco Martnez Montio, se ocupaba en contar una gran cantidad de dinero que tena sobre la mesa. Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y otro lado los escudos y los ducados de plata. --Cabal, cabal--deca--, nada he perdido; ni un maraved; mi mujer no me ha engaado; haba puesto cubierto mi dinero, y el seor Gabriel Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados estn aqu... completos, justos. Slo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y ms que hubiera sido. El arca de hierro donde est el dinero de don Juan la tiene el mayordomo mayor del rey, y me ser entregada, segn me han dicho, para que yo responda de ella su dueo. Adems, ese bribn de sargento mayor que haba llegado inquietarme, ha muerto. Casar mi hija con ese Cristbal Cuero, y all se arreglen; har lo posible para que el duque de Lerma d un empleo al galopn Cosme Aldaba, y cuando todo est hecho, me ir con Luisa y con lo que haya nacido Asturias, comprar una tierra y vivir en paz. El cocinero empez poner en sacos su dinero, y colocar aquellos sacos en una arca. --Slo me inquieta una cosa--deca entre dientes y compungido...--la muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y quien no me atrevo delatar porque sera necesario delatar mi mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo no he tenido la culpa; y luego, quin sabe si aquellos polvos que me di en la crcel Cristbal son un hechizo un veneno? los tengo aqu; me los met sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevar al seor Gabriel Cornejo que entiende de esto y l me lo dir. Vamos... por ltimo... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha sucedido. Acab de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y cerrndole cuidadosamente, se fu una habitacin donde su mujer y su hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden. --Eh! qu tal? se te ha pasado ya el susto, mujercita ma?--dijo Montio, en quien la debilidad era un defecto incurable. --No ha sido tan pequeo que pase tan pronto, marido mo; si vos hubirais sido mejor de lo que sois y no hubirais pensado mal de vuestra mujer, y no la hubirais hecho meter en la crcel, estaramos mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habis hecho contra m; yo no puedo perdonaros tan fcilmente. Esto lo deca Luisa, subida en una silla, de espaldas Montio, clavando clavos en la pared y dejndole ver el pie ms pequeo y el principio de unas piernas lo ms bonito que poda darse. --Vamos, no hablemos ms de esto, mujercita ma; yo he estado loco y los locos se les perdona todo; yo te comprar un justillo y una saya de terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te dar aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto. --Ya sois bueno--dijo Luisa--, conocis que habis sido malvado, y queris contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse el alma. Y Luisa se ech llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la muerte del sargento mayor quien amaba, y con quien haba pensado gozar fuera de Espaa el dinero robado su marido. Pero Montio era de esos ciegos que no ven no quieren ver, y exclam: --Vlgame Dios y qu llanto tan intil! ya no tienes nada que temer, y yo te amo ms que nunca. --No queris que llore, y me habis llamado adltera y miserable!--dijo Luisa buscando un pretexto su llanto. --Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba loco. No ests bastante vengada de m? --No, no y no; necesito vengarme ms. --Pues bien, haz de m lo que quieras, pero no me atormentes ms con tus lgrimas. Tendrs todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas... --Ah!--exclam desconsoladamente Luisa. --Y m, padre, qu me daris m?--dijo la Inesilla. --A ti, hija ma, te dar un hermoso ajuar, un buen dote y te casar con Cristbal. --Ay, padre! y qu bueno es vuesa merced! --No lo cree as tu madre, que dice que se ha de vengar de m. --Bah! madre Luisa est irritadilla... pero eso se le pasar: no es verdad, madre? --Eh! no!--dijo Luisa. --Todo sea por Dios!--dijo Montio--; voy las cocinas, que ya es tiempo de que yo vuelva de nuevo mi obligacin; quiera Dios que cuando vuelva te encuentre de mejor humor, mujer. Y Montio sali y se traslad las cocinas. --Seor Gmez Puente--dijo al oficial mayor, que adelant cuchilla y tenedor en mano--, qu hacis? --Salpimento unos lechones, seor Francisco--contest el oficial mayor. --Muchas gracias, seor Gmez--dijo Montio. --De qu, seor Francisco?--dijo el oficial mayor. --Todo est en orden, todo limpio, todo punto; parece que no he faltado yo de las cocinas. --Vos nos tenis acostumbrados trabajar bien. --Veamos qu vianda habis preparado su majestad. --Aqu est la lista--dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil. Montio desdobl con gran inters aquel papel y le recorri. --Bien, muy bien--dijo--; diez principios con perniles, diez platos de volatera, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos, seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estacin y abundancia de conservas y dulces de repostera; bien, muy bien, seor Gmez; ya veo que no hago aqu gran falta. Y la cena, seor Gmez? --Hela aqu--dijo el oficial sacando otra lista. Recorrila con suma avidez Montio y con cierto disgusto, porque no hall nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofenda su amor propio. --Est visto que yo aqu no hago absolutamente falta--repiti--. Todo esto est muy bien. --Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas--dijo Gmez--; hemos podido salir adelante dos das; pero si vuesa merced faltara un da ms, no sabramos cmo componernos. As como as, faltan en estas dos listas algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan delicados, que slo vuesa merced los sabe preparar. --En efecto, y quiero hacer dos platillos de los mos reservados, para que el rey conozca que no me he muerto todava. Hola! Lamprea, hijo: preprame unos filetes de ternera. --Buenos das, ms bien, buenos medios das, seor Francisco--dijo una voz spera, en aquel punto, las espaldas del cocinero, al mismo tiempo que una mano pesada se apoyaba en su hombro. Volvise de una manera nerviosa Montio, y vi detrs al to Manolillo que le presentaba una escudilla de madera. Estremecise el triste del cocinero. El bufn le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresin que era un misterio para el cocinero mayor. --Qu queris?--dijo Montio con la voz temblorosa de miedo. --Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no puede esperar mi estmago la mesa de mi hermano don Felipe; parceme que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son de guilas; apropiadme una. Montio puso por s mismo una hermosa empanada en la escudilla del bufn. --Ah veo formadas en batalla algunas botellas con telaraas; la masa, seor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella. El cocinero di al bufn una botella, que ste se puso debajo del brazo. --Ahora, echadme aqu--dijo quitndose la caperuza--algunos pastelillos y confituras con que acabar mi almuerzo. Montio le llen la caperuza. --Muchas gracias, hermano--dijo el bufn. --Y qu ms queris?--dijo con voz chillona, con impaciencia Montio, viendo que el bufn con la botella bajo un brazo, la escudilla en una mano y la caperuza en otra, no se mova. --Quiero que me acompais. --Yo he almorzado ya. --Que me acompais mientras almuerzo yo. --No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera sobreasados por mi propia mano... --Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado yo y que quiero que hagis--dijo con voz ronca el bufn. --Ah! habis inventado un manjar!...--dijo el cocinero, que tena graves motivos para no atreverse desobedecer al bufn--. Pues esto es distinto. Vamos, to Manolillo, y veamos vuestra invencin. Y sali con el to Manolillo. --Pobre seor Francisco!--dijo el oficial mayor--. Cada da me convenzo ms de que est loco. --Tiene los ojos que le echan fuego--dijo otro de los oficiales. --Y se sonre de una manera que mete miedo--observ otro. --Pobre seor Francisco!--dijeron todos. Entretanto el bufn haba llevado al cocinero su aposento y se haba encerrado con l. Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empez comer con ansia. --Es necesario alimentarse para tener fuerzas--dijo--, y sobre todo cuando hay que obrar. --Decidme, to Manolillo, para qu me habis trado aqu? --Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al momento. --Yo no puedo ir... y no ir...--dijo el cocinero. --Cmo que no iris? Ignoris que sobre vuestra cabeza pende un proceso de asesinato? --El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso. --Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandar prender de nuevo cuando se lo mande yo. --En cuanto vos se lo mandis! Bah! vos sois algo fanfarrn, to Manolillo. --Oye, Montio: si te vuelves permitir burlas conmigo, te doy una paliza, me entiendes? El cocinero mayor se acobard. --Y si te niegas servir Dorotea te llevo la horca. Entrle pavor Montio. --Pero en qu hay que servir Dorotea? --Puede suceder que Dorotea quiera matar alguien. --Y se valdr de m? --Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno. --Os digo que no, que no y que no--exclam Montio ponindose lvido de miedo--; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo ser. --Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy revelar lo que slo sabemos Lerma y yo; voy convencerte de que Lerma es mi esclavo. Mira. El bufn sac de su pecho un legajo de papeles, le desat y, desdoblando uno de aquellos papeles, le dijo: --Lee. --Dios mo!--exclam el cocinero despus de haber ledo aquella carta. --Es una prueba de traicin favor de la Inglaterra contra el duque. No es verdad? Pues lee estotra. --Seor, seor!--exclam el cocinero despus de haber ledo aquella segunda carta. --Aqu se prueba que Lerma roba al rey, no es verdad? --S, s. --Y crees t que quien tiene stas y otras terribles pruebas contra Lerma no te tiene en sus manos? --Dios mo!--exclam medio muerto de terror el cocinero. --Y crees t que si yo digo Lerma: la vida de Francisco Martnez Montio por estas cartas, no te llevar Lerma al cadalso? --Tened compasin de m, Manuel; tened lstima de un hombre de bien que ningn mal os ha hecho. --Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. T eres mo y yo uso de ti. Qu importa una muerte ms? No mataste anoche al amante de tu mujer? --Le mat Dios, le mat Dios! Yo solo fu la mano de Dios! --Pues bien, seguirs siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que Dorotea te mandar, habrs matado ese infame. --Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien. --Lo tengo pensado. --Y decs que...? --Que si no obedeces Dorotea vas la horca. --Dejadme tiempo para pensar. --Si no te decides te dejo encerrado aqu, voy ver Lerma, le arranco la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia. --Bien--dijo el cocinero sudando de angustia--, ir casa de Dorotea. --Vendrs conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con ms fuerzas que nunca. Vamos. Y llevndose tras s Montio, que estaba adherido l por el terror, sali de su aposento y poco despus del alczar. Encaminronse casa de la Dorotea. Cuando llegaron la puerta, el bufn dijo al cocinero: --Llamad y entrad, aqu os aguardo. Montio llam temblando. Abrise la puerta y apareci Pedro. --Decid vuestra seora--dijo Montio con voz apenas inteligible--que aqu est el cocinero mayor del rey. --No es necesario avisarla--dijo Pedro--; os espera y me ha dicho que en cuanto vengis, entris. El cocinero entr, y poco despus estaba solas con Dorotea. CAPTULO LXXVII EN QUE SE ENNEGRECE SU VEZ EL CARCTER DE DOROTEA La joven cerr las puertas en cuanto entr en la sala Montio. A pesar de su turbacin, Montio not que Dorotea estaba llorosa, muy plida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa haba mucho dinero en oro. --Tomad de aqu lo que necesitis para una buena merienda para dos personas--dijo Dorotea. Montio, que iba resignado, contest: --Cmo queris que sea esa merienda, seora? --Como pudiera serlo para el rey. --Con vinos y licores? --S... s... con vinos y licores. --Pues bien, tomo diez doblones. --Tomad lo que queris. --Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda? --Para esta noche las ocho. --Es muy pronto. --Tomad por vuestro trabajo lo que queris. --No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios. --Cocina tendris; utensilios, compradlos. --Entonces se necesitan otros cuatro doblones. --Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ah est, os dar ms. --Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en palacio. --Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda est dispuesta para las ocho de la noche. --Lo estar. --El to Manolillo os llevar la casa donde habis de guisar y servir esa merienda. --Ser necesario buscar vajilla? --No, se llevar de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para lo cual no dudo que necesitreis mucho dinero. --Qu cosa, seora? --Un veneno que mate como un rayo. Y al decir estas palabras Dorotea, se cubri el rostro con las manos y rompio llorar. --Un veneno, seora!--exclam aterrado el cocinero--; un veneno! y para qu le queris? --Buscad un veneno; cuando habis venido aqu, no habis venido resuelto obedecerme? --S. --Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad ms si es necesario. Ah deben quedar sesenta doblones. Habr bastante? --S; s, seora. --Pues tomadlos. El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guard. --Od: el veneno le pondris en una sola confitura, pero en gran cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaris que no haya otra; esa pera la pondris un lazo rojo y negro. --Seora! seora! --Estis demasiado turbado; voy escribiros lo que debis envenenar, con la seal que debis ponerle, para que no podis equivocaros. Y la joven se puso escribir con mano segura, pero llorando sobre el papel. Cuando hubo acabado de escribir, entreg el papel Montio. --Tomad, idos--le dijo--; las ocho todo ha de estar dispuesto. Lo entendis? --Adis, seora, adis!--dijo Montio, y sali apresurado, porque le pareca que saliendo de all, se libertaba del horrible compromiso en que se vea metido. Pero al abrir la puerta se encontr delante al to Manolillo. Entre l y el bufn crey el cocinero ver levantarse los dos palos rojos de la horca, y se decidi hacer todo lo que quisiese con tal de no verse colgado de aquel patbulo horrible. La fatalidad arrastraba Montio. --Estis dispuesto?--le dijo el bufn. --S; s, seor; estoy dispuesto todo. --Pues vamos donde sea necesario ir. --Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para preparar la vianda que quiere Dorotea. --Vamos, pues. No haba pasado una hora, cuando Montio, ayudado por el bufn, guisaba sin mandil y sin gorro, sin ms oficial ni galopn que el to Manolillo, en la cocina de una casa deshabitada. Eran las dos de la tarde. A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar toda prisa un inmenso saln en aquella misma casa. CAPTULO LXXVIII EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA VERDICA HISTORIA Era ya cerca del obscurecer. En dos bufetes (as se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas aparadoras) se vean puestos en tres filas como hasta dos docenas de platos, conteniendo una riqusima variedad de manjares. Sentado un lado de la cocina, limpindose el sudor que corra en abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable pesar de la situacin, su magnfica merienda, perfectamente arreglada, estaba el cocinero mayor. Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnfica vajilla de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el to Manolillo, ceudo y taciturno. Ninguno de los dos hablaba una palabra. Pero como obscureci hasta el punto de que ya no se vea en la cocina, el bufn dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho un criado: --Encended una luz. --Dejad, dejad que descanse un tanto, to Manolillo--contest humildemente el cocinero--; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las empanadas se han trado de fuera, pero as y todo, he hecho ms de doce platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun siquiera galopines. Slo yo podra hacer otro tanto; qu da! qu da, Seor! --Despus descansaris--dijo el bufn--; pero antes, concluyamos; encended, encended la luz. --Pues qu? no hemos concludo?--dijo el cocinero levantndose. --Yo creo que no. --Pues yo creo que s--dijo el cocinero mientras encenda una tras otra seis bujas que puso sobre los bufetes. --No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir la mesa, sealada con un lazo de seda negro y rojo? Montio se estremeci todo; sus ojos erraron vagos, atnitos, espantados, sin fijarse en ningn objeto. --El lazo est aqu--dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el to Manolillo--, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres reales, pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montio; no es verdad que es muy bello? Y desenvolvi el papel y mostr al cocinero un precioso lazo de seda. Montio mir y apart instintivamente los ojos del terrible lazo. --Adems--dijo el to Manolillo tomando otro papel ms abultado--, aqu hay una porcin de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese plato de confituras, Montio, que est vistoso; vamos, que se pasa el tiempo. Montio se acerc uno de los bufetes, tom un plato de frutas confitadas, y lentamente, plido, convulso, fu poniendo cada dulce un lazo, un adorno, una flor, que tambin las haba. Quedaba nicamente por poner el lazo negro y rojo. Montio le tom con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que si hubiera sido un reptil ponzooso. --Esperad, esperad--dijo el to Manolillo--; voy daros la confitura que debis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa pera; tomad. Y desenvolvi de un papel que tom de sobre una mesa una magnfica pera confitada. Montio tom la pera con la misma repugnancia que haba tomado el lazo, y fu adornarla con l. --Esperad, esperad, Montio--dijo el to Manolillo--; an falta algo esa pera. --Por Dios! Por su Santsima Madre! Por todos los santos y santas del cielo! No me obliguis ser asesino!--exclam el cocinero juntando las manos y llorando. --Bien, no lo hagis; todo se reduce que desde aqu mismo os lleve yo la crcel. --Pues bien--dijo Montio desesperado--, no soy yo el asesino, sino vos, vos que me obligis elegir entre mi vida y la de otro; yo juro Dios... --Acabad, que lugar tendris de jurar despus. --Pues bien, sea--dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregescos--: que Dios tenga piedad de la criatura que va morir. Y sac un papel ajado y le desenvolvi. --Cuidado! cuidado con lo que hacis! no vaya caer el tsigo en algn otro plato--dijo el bufn dando la confitura al cocinero y apartndole del bufete donde los otros platos estaban servidos--. Hacedlo aqu. --Ni veo, ni s lo que me hago--dijo el cocinero mirando con terror los polvos rojizos que contena el papel. --Pues ved de ver--dijo el bufn. --Y cmo pongo yo esto en la pera?--dijo Montio, cuya voz aterrada por el miedo, apenas se oa. --Introducid el veneno con la punta de un cuchillo. Montio se domin, tom la pera, y con un cuchillo la hizo una hendedura. Luego, con una agona infinita, llorando, rezando, estremecindose todo, tom de aquellos polvos con la punta del cuchillo, introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufn le hizo repetir esta operacin tres veces consecutivas. Una gran cantidad de los polvos haba sido introducida en la pera. --Ahora podis ponerla ese lazo--dijo el to Manolillo. Montio puso en la pera el lazo rojo y negro. Tom la pera el bufn, y colocndola sobre una hoja de parra contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras. --Ahora podis descansar cuanto queris--dijo el bufn. --No; no, seor--dijo el cocinero mayor--; lo que yo quiero es irme de aqu; irme muy lejos de aqu, porque aqu tengo mucho miedo, porque me muero aqu; porque creo que se me va caer encima esta maldita casa. Dios mo! Dios mo! Dios mo! Y se ech estrepitosamente llorar. El to Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de arreglar la vajilla, una cancin picaresca. Pero haba algo de horrible en el acento y en el canto del bufn. --Dnde estn mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?--dijo Montio, que buscaba por todos los rincones. --Cmo, os empeis en iros? --Os juro que no me quedo aqu si no me matis. --Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa abandonada. --Es que si he de quedarme solo, no me quedo. --Y bien mirado--dijo el to Manolillo, como hablando consigo mismo--, para qu quiero yo ste aqu? para que cometa alguna imprudencia? Vamos, vamos, Montio, saldremos juntos. Afuera estn vuestras prendas. Y tomando una buja sali de la cocina. En la pieza inmediata encontr el cocinero mayor su capa, su sombrero y sus armas. Psoselos como pudo, y sigui al to Manolillo, que no se haba detenido. Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufn dej la buja en el patio, entr en el obscuro zagun y abri la puerta. Montio escap con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa un pjaro quien abren la jaula. Y sin detenerse, sin volver la cara atrs, temeroso de ser cogido de nuevo, no par de correr hasta que dobl tres esquinas. Entonces se detuvo y escuch con atencin. Nada se oa ms que el rumor montono y sostenido de la lluvia, porque segua lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte lo largo de las estrechas calles. Mir y tampoco vi nada, porque la noche era obscura. Montio no poda apreciar en dnde estaba precisamente, porque haba salido de la casa tan azorado, que no saba si haba tomado hacia la derecha hacia la izquierda. Y tal era el miedo, tal la preocupacin del menguado cocinero, que no se le ocurri orientarse, ni otra cosa ms que seguir adelante, y aun esto no se le ocurri, sino que lo hizo maquinalmente. Y sigui, sigui torciendo esquinas la ventura, empapndose en agua, tropezando aqu, resbalando all, sin encontrar ningn transeunte, sino de tiempo en tiempo y aun as sin reparar en l. No se haba atrevido desenvainar la daga, porque tema no le aconteciese otra negra aventura como la que crea haberle acontecido la noche anterior; esto es: matar un hombre entre lo obscuro, sin voluntad alguna de matarle. Y sigui, sigui andando con paso tan rpido, que se cans al fin y se sent en el escaln de una puerta. Y all, encogido, temblando un mismo tiempo de fro y de miedo, se puso llorar sin saber por qu lloraba, porque el pobre cocinero mayor en aquellos momentos haba perdido la conciencia de todo. Pero pas algn tiempo, y con el fro de la noche, con la lluvia, con el viento, afectado de una manera externa, fu volviendo al uso de sus facultades, recordando, apreciando su situacin. Entonces, no estando sujeto la influencia prxima del to Manolillo, la conciencia del cocinero se rebel contra lo que haba hecho, operse en su alma una reaccin poderosa, y se levant como al impulso de un sacudimiento galvnico. --Ah, Dios mo, Dios mo!--exclam--; no ha sido un sueo, no! no ha sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo; de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee ese miserable, ese infame Manolillo! y por mi miedo va morir una criatura humana y yo me condenar! No, no; es necesario evitar... es necesario correr... avisar... y quin? la justicia... porqu... qu s yo quin quieren matar?... El cocinero adelant algunos pasos. --Pero Dios mo--dijo al fin--, dnde estoy yo? he venido hasta aqu sin saber por dnde he venido, y no pasa nadie, y la noche est obscura como boca de lobo. En aquel momento y como contestando la pregunta del cocinero, trado por el viento, lleg hasta l el sonido de un reloj cercano. --Dios mo!--exclam Montio--; es el reloj de Nuestra Seora de Atocha. Me he perdido; estoy de extremo extremo de palacio y son las nueve de la noche. Cuando yo sal de aquella maldita casa deban ser, cuando ms, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa el crimen. Pero ah! Dios sin duda me ha trado aqu cerca del padre Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelar bajo secreto de confesin, y que tiene mucho ingenio y sabr sacarme del paso sin comprometerme; y no hay que perder tiempo: no, Dios mo, no! Y sigui adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y casi la carrera. Cinco minutos despus tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del convento y peda al portero ver al padre Aliaga de orden del rey. Inmediatamente fu introducido. El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceudo y sombro, pensaba ms que lea sobre un libro. Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levant la cabeza. Al ver el aspecto de Montio, su palidez singular, su temblor, y sobre todo, la extraa insensata mirada de sus ojos, se estremeci instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, haba credo ver el presagio de una desgracia. --Qu sucede?--dijo cerrando el libro y levantndose. --Sucede, que va suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya. --Un crimen? Y por qu no habis ido la justicia en vez de venir mi? --Porque... porque... yo no revelar ese crimen sino bajo sigilo de confesin. --Pero no decs que va cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el impedirlo. --Por lo mismo, seguidme, seor, seguidme, y por el camino os har mi confesin. --Vamos--dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo sin avisar nadie, de su celda con Montio. Cuando el portero vi salir no menos que su seora ilustrsima el inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, tal hora y con tal prisa, y pie con un hombre que haba entrado en el convento trayendo rdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque aquello era verdaderamente extraordinario. --Empezad, empezad, pues--dijo el padre Aliaga--, y sobre todo, sepamos dnde me llevis. --A la calle de Don Pedro. --Nos perderemos; est la noche muy obscura y nos hemos olvidado de tomar una linterna: esta calle est lejos. Volvamos al convento, y provemonos de luz. --No podemos perder un instante, seor; acaso ya no sea tiempo de impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asos mi brazo, que seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, la calle de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; ira con los ojos vendados. --Pues bien, vamos y apresurmonos--dijo el padre Aliaga recogindose con una mano los hbitos y asindose con otra del brazo de Montio--; empezad, pues, os escucho--aadi el religioso. --Advierto vueseora que no le revelo nada sino bajo sigilo de confesin. --Os prometo el sigilo por lo que respecta vuestra persona, _in verbo sacerdotis_. --Cmo! --Bajo palabra de sacerdote. Entonces, y con esta seguridad, Montio se persign y rez apresuradamente la confesin general. Despus dijo: --Hace dos horas envenen una confitura que ha de servir en una merienda. Y apenas pronunciadas estas palabras, Montio rompi llorar. El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montio, hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtindose de fraile en hombre, y en hombre enrgico y terrible, exclam sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa: --Miserable! habis envenenado un manjar que debe comer una criatura de Dios! Montio tembl de los pies la cabeza, vacil y cay de rodillas sobre el suelo encharcado, murmurando: --Ah! Perdn! perdn, seor!--exclam--; me aterraron... el to Manolillo... --El to Manolillo!... el bufn del rey!--exclam aumentando en severidad el padre Aliaga--. Pero levantos y seguid! Sigamos, corriendo, volando, si pudiramos! Llevadme al lugar donde esa criatura va morir, donde est muriendo acaso! El cocinero, que haca ya mucho tiempo no era otra cosa que una mquina que se mova voluntad de la potencia que tena al lado, se levant y di correr, temblando, llorando y rezando, todo un tiempo. El padre Aliaga, levantndose los hbitos, asido del brazo de Montio, corra tambin. --Y quin es la persona quien mata el to Manolillo?--dijo el padre Aliaga. --No lo s, no lo s!--contest todo gemibundo y miedoso Montio. --Cmo! No os ha dicho el to Manolillo?... --No, ni la Dorotea tampoco. --Qu decs de la Dorotea? --La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar una merienda. --La Dorotea!... Dios mo! Corred, corred, que la Dorotea quiere envenenar una persona!... Y no os ha dicho el nombre de esa persona!... --No; no, seor. --Si fuera por acaso don Juan Tllez Girn... --Mi supuesto sobrino? --S, s; l ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le ama... le ama con toda su alma... --S; s, seor. --Y pudiera suceder tambin que no sea don Juan quien se quiera matar... sino su mujer... doa Clara de Soldevilla... --Dios mo! --Corramos! Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y retrasan nuestra marcha. Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse ms que de tiempo en tiempo alguna exclamacin angustiosa del cocinero. Y as, sin encontrar nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento, llegaron en muy poco tiempo la calle de Don Pedro. Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que se chocaban, y poco un grito de agona, tras el cual no se volvi or el choque del acero. Montio se detuvo, pero el padre Aliaga tir violentamente de l y le arrastr hacia un lugar donde resonaban grandes golpes la puerta de una casa. CAPTULO LXXIX DEL MEDIO EXTRAO DE QUE SE VALI QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIN EN QUE LE HABA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS Dejamos al final del captulo LXXI Quevedo y la condesa de Lemos en un magnfico saln de una quinta, y sentados una mesa admirablemente servida. El moreno y hermossimo semblante de la condesa estaba embellecido por el color febril de una excitacin extraa; el amor, pero un amor lastimado, ofendido, receloso, entumeca sus ojos fijos en Quevedo. Su mrbida garganta se hinchaba hasta el punto de que pareca no poderla contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qu la cea, y la magnfica cruz que penda de esta gargantilla, se levantaba y descenda impulsos de la continua dilatacin y compresin del casi desnudo seno de doa Catalina; sus hermosas manos cuajadas de cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado blanco, temblaban al hacer el plato Quevedo. Este, por su parte, tena fija una mirada atnita, ardiente, asombrada en la condesa. Nunca la haba visto, ni aun la haba soado tan hermosa. Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar su hermosura. El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cmo pensando en seducirle, en deslumbrarle, se haba ataviado, todo lo cual la haca resplandeciente, y luego el carcter particular de aquella aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban la condesa un podero terrible, tratndose de un hombre tan sensual y tan espiritual un tiempo como Quevedo, que se senta halagado por completo en los sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura, toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para l y slo por l. Y adems, hasta la vanidad de Quevedo, que tambin tena vanidad, estaba halagada, y su buen gusto, que le tena exquisito, estaba satisfecho. Todo lo que le rodeaba era magnfico, rico y bello; desde el techo, de madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una alfombra de terciopelo, las tapiceras, los cuadros, los cortinajes, los muebles, las araas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de plata cincelada, las mesas cargadas de bujeras preciosas, aquella otra mesa con riqusimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y lmpidos vinos generosos en costosas y raras cristaleras; el fausto, el brillo, la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para l solo, hermosa para l solo, enamorada para l solo, una mujer engalanada con un tesoro de joyas y del alhajas, semejante un sueo, noble por su cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva, sensible, potica, valiente, obstinada, en lucha con l, todo esto mareaba Quevedo, le aturda, le adormeca, le fascinaba. Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de Quevedo un bello prtico dorado y misterioso, cuyo interior serva de teln una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse, por decirlo as, en los estribos y acordarse de su porvenir; sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza, aquel su bellsimo presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la condesa. Se encontraba en el alczar mgico de una encantadora. --Cuando hayamos dado un enorme escndalo--dijo la condesa sirviendo un plato Quevedo y hacindole la copa--; cuando sin temor nadie ni nada, seamos yo tuya y t mo; cuando nuestro nido de amor sea ms hermoso y ms rico que ste; cuando nos rodee una familia tuya y ma... --Dios me libre de bastardos..--dijo Quevedo mascando dos carrillos y tomando una copa de oro rebosando de vino--. Un bastardo tiene la culpa de que nos suceda lo que no deba sucedernos. --Qu! te pesa... don Francisco?... --Pesarame por ti... pero qu digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de mis ojos, bebe... embriagumonos... olvidmonos de todo... pidamos Dios que disponga como nos conviene de mi seor el conde de Lemos. --Qu! seras t capaz?... --Yo... eh! de qu he de ser yo capaz!... abrira yo de buena gana, que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte... --Ah! s... s... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si t fueras otro hombre, no s dnde me llevara mi locura; pero si t fueras capaz de una infamia... yo no te amara... --Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra conciencia. Pero... no bebes, luz de mis ojos! --No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el corazn no quiero perder la cabeza. Resgnate ser mo, y no esperes escapar por ningn medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto. --Hablemos con juicio, Catalina ma. --Juicio! no s si lo he tenido alguna vez; pero ahora slo tengo amor y miedo de que te me vayas. --No puedo irme; aunque estuvisemos separados, aunque t, lo que Dios no permita, murieses, yo no me vera libre; tu memoria... la memoria de mi felicidad perdida, de mi corazn muerto... --Ah! don Francisco! por qu antes no nos comprendimos! --El hombre es necio insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro para conocer que era suyo lo que le han robado... oh! si yo hubiera sido menos necio! si no hubiera mirado en ti tu padre!... porque en fin, qu tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma, la has heredado de l; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros aos he vivido soando, y an sueo... an sueo... Las dos ltimas palabras de Quevedo fueron sombras. Despus de pronunciarlas, inclin la cabeza sobre el pecho, instantneamente la levant, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos negros una expresin de soberbia y de blasfemia tales que aterraron doa Catalina. --Oh! qu soy yo para ti!--dijo la joven comprendiendo la mirada de Quevedo. --T... qu puedes ser t, Catalina? T puedes ser y eres mi diablo amor. --Oh! y qu palabras! --Creo que he nacido maldito, Catalina--continu Quevedo. --T quieres asustarme. --No...--respondi Quevedo con voz vibrante--; las palabras que te digo, se me salen borbotones del corazn. Escchame, Catalina: t eres la nica mujer nacida para m; t... t tienes todo lo que yo he soado en la mujer... ya lo ves, te estoy hablando fro y desnudo como si hablara conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo, porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos ti, que eres mi mujer como yo tu hombre... entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo de Satans... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista fija en un punto, la cabeza firme en un propsito... por qu te me pones delante de ese propsito? por qu me has obligado huir, ofenderte? Quevedo miraba de hito en hito doa Catalina, que de hito en hito le miraba tambin. Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias. El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el mismo hombre que doa Catalina conoca; hasta su lenguaje, aquel lenguaje artificial, tan usado por l, haba desaparecido. Y era que doa Catalina, verdad para l, le arrastraba con su influencia, le llevaba por el camino de la verdad. --Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco--dijo la condesa dejando su asiento, dando vuelta la mesa, rodeando con un brazo el cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos. --Ahora de mucho, de todo, Catalina ma--dijo Quevedo, rodeando la cintura de la condesa, que se estremeci. --Cuenta conmigo. --Cuidado con lo que ofreces--dijo Quevedo. --Todo cuanto yo pueda es tuyo. --La ambicin de tu padre?... --S... --La vida de tu esposo?... --S, y cien veces s. Pas algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es, por sus ojos. La condesa no vi aquella mirada breve y rpida, pero sombra, que pas como un relmpago. Si la hubiera visto se hubiera asustado. Quevedo empezaba cobrar miedo la condesa. Era demasiado enrgica, demasiado terrible. Quevedo vi de un golpe que doa Catalina poda ser el obstculo perenne de su vida. Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio como doa Catalina, era respetable; ms que respetable, terrible. Quevedo lleg temer si haba ms que amor en doa Catalina hacia l. Si la ambicin la impulsaba recurrir l por una poderosa simpata. Seren su semblante, y atrayendo s con ambas manos la cabeza de la joven, la dijo: --Oh, y cuan bien que brillara sobre esta serena y noble frente una corona! --S, una corona de mirto y rosas purpreas--dijo doa Catalina sonriendo--; una corona de amor. Desconcertse Quevedo; doa Catalina no tena ms ambicin que su amor. Si la ambicin de doa Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera tenido esperanzas de dominarla. Para con doa Catalina no haba otro dominio que el amor, y estaba escarmentada, recelosa. --Dime, don Francisco--dijo doa Catalina sentndose sobre sus rodillas--: es cierto que t sueas grandezas?... --Yo?... --Que, porque las sueas, te sirves de la soberbia y de la locura del duque Osuna? --El duque de Osuna es mi amigo. --No; es tu criado. --Catalina! --No has pensado nunca en el reino de Npoles? Quevedo mir profundamente la joven. La joven sonrea de una manera singular. --Rey!--dijo con acento hueco Quevedo--. Y qu es ser rey? --Ser esclavo de un favorito--dijo la condesa--; de modo que si el duque de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Npoles, lo que no sera otra cosa que un reino ms perdido para el rey de Espaa, el secretario del virrey sera secretario del rey... y quin sabe?... --El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada ms que para equivocarse. --Y qu tiene que ver mi padre?... --T... no has sido t quien ha pensado ese desvaro que me supones... lo has odo al duque de Lerma. --Es que te he adivinado, don Francisco. --Y bien, qu! Si eso fuera cierto?... --Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de Espaa, que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te amase... sera tus pies y tu cabeza; podras obrar aqu y all... aprovechar las ocasiones propicias... Crees t que yo puedo ser esa mujer? --S. --Crees t que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti? --Lo creo. -Crees t que sera capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase ser reina? --S. --Y entonces, por qu quieres destrozarme el corazn, abandonndome? --Es que yo no te abandono, me ausento. --Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. Dicen que son tan hermosas las napolitanas! No has dejado all ningn amor, don Francisco? --No he amado nadie ms que ti; virgen del alma, me has tenido y no me has dejado alma para otra mujer. --Pues bien; no nos separaremos. --Es urgente, necesario, que yo salga de aqu esta noche. No s lo que ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna. --Yo lo sabr. --Lo que yo puedo hacer por l no puede hacerlo nadie. --Es decir, que tienes empeo en salir de aqu? --Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al auxilio de don Juan. --Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrs. --Te aborrecer. --Aunque me aborrezcas; qu me importa, si insistiendo en huir de aqu me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la mujer de su amor. Y doa Catalina se levant irritada de sobre las rodillas de Quevedo. --Conque somos decididamente enemigos?--dijo don Francisco. --An hay un medio de entendernos. --Cul? --Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Npoles. --Oh! pues entonces... --Si me pruebas que me amas, abandono Espaa, y con el pretexto de la salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mas, me voy contigo. --No puedes dudar de mi amor. --Necesito una prueba. --Cul? --Permanece aqu, deja mi cuidado el salvar ese don Juan, y cuando est en salvo, partiremos juntos. --A don Juan no puede salvarle nadie ms que yo. La condesa se irrit. --Y bien--dijo--, t me desprecias; nada te avienes; quieres verte libre de m... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; pirdete t y pirdame yo en buen hora... todo me importa nada. --Malhaya, amn, la primera mujer que vino al mundo para producir mujeres--exclam perdida ya la paciencia Quevedo. --Malditas sean--dijo la condesa--, si han nacido para ser tan desventuradas. --Ello es necesario, seora, que yo salga de aqu--dijo Quevedo, acabando de perder completamente la paciencia. --Por lo mismo que t quieres salir, yo no quiero que salgas, y no saldrs. --No me obliguis cometer una villana. --Ser necesario que me mates, y nada me importa morir; no te he dicho que estoy desesperada? --Hasta en amor me persigue la desventura--dijo Quevedo. --Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar. Quevedo se puso pasear lo largo de la cmara; la condesa se sent en un silln silenciosa y sombra, y qued profundamente pensativa. Pas algn tiempo, durante el que ni ella ni l hablaron una sola palabra. De improviso se detuvo Quevedo. --Parceme que se acerca alguien--dijo. La condesa se puso sobresaltada de pie. --Y bien, qu me importa?--dijo dominndose y sentndose de nuevo--; sea quien quiera, nada me importa. --Pues no--dijo Quevedo--; oye, se acercan... llaman. La condesa volvi ponerse de pie. Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oy una voz de mujer que dijo recatadamente detrs de la puerta: --Seora! seora! por amor de Dios! od, si no queris que suceda una desdicha! La condesa se acerc la puerta. --Qu sucede, Josefina?--dijo. --El seor conde de Lemos acaba de llegar la quinta y pregunta por vuecencia. --Ah! mi marido!--dijo la condesa. --Tu marido! ve, Catalina, evtame un desastre; el conde es orgulloso y yo estoy desarmado. --Desarmado! desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases, blancas, de fuego... Oh! Dios mo! Dios mo! Espera, Josefina, espera... y t espera tambin... Yo te juro que, pesar de todos los condes y de todos los maridos del mundo, no te me escapars, no huirs de mi. Doa Catalina abri violentamente la puerta y sali. Quevedo la oy cruzar por fuera una barra y echar llaves. --Pues no--dijo Quevedo--, ella es muy capaz de engaar ese imbcil de don Fernando de Castro, lo que es peor, de hacerle consentir en un convenio vergonzoso, como si lo viera; despus de una hora de conversacin con su marido, volver para tenerme al lado y no separarse de m en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ah! no! Quevedo! muy poco valdrs y merecers todo cuanto te suceda si no logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel retrete hay armas, armmonos. Quevedo tom una buja de sobre la mesa y se dirigi una puerta situada un extremo de la cmara, la abri y entr. En los ngulos haba algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una especie de espeteras de madera rica y tallada, gran nmero de espadas y dagas; algunos preciosos pistoletes se vean ac y all. Quevedo tom una espada, una daga y dos pistoletes, despus de cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; seguida sali de la cmara y abri una de las puertas que supona de balcn; pero se haba engaado, aquella puerta tena detrs una fuerte reja. Quevedo era un hombre de imaginacin pronta; record que en el estante, entre las armas de caza, haba algunos frascos de plvora, y entr, se apoder de aquellos frascos y los puso junto la reja; luego, con la daga, abri algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellen de plvora aquellos huecos, puso en comunicacin con ellos un reguero que llev hasta un lugar desde donde poda ponerle fuego cubierto de la explosin de las cargas de plvora de la reja, y continuacin se puso apilar las mesas, las sillas y los muebles junto la puerta de entrada. Luego se dirigi aquel misterioso apartamiento, cubierto por una cortina, en el que tantas veces se haba fijado la vista de la condesa, y se encontr en un precioso dormitorio. Quevedo suspir, pero suspirando carg con un colchn y le llev la cmara; volvi y carg con otro, y as sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el montn que cubra la puerta de entrada de la cmara; y cortinas, tapices, cuadros, ropas, todo fu parar all, y todo esto en pocos momentos. Entonces Quevedo aplic la luz de una buja aquella especie de pira que casi tocaba al techo, y luego otra buja y luego otra; una llama viva y brillante apareci los pocos momentos, y un humo denso y blanco inund la cmara. Era inevitable un incendio. La cmara deba convertirse en pocos minutos en una hoguera. Quevedo aprovecho el tiempo, se fu al ngulo donde empezaba el reguero de plvora que iba terminar en los depsitos de plvora de la reja y le puso fuego; instantneamente retumb una detonacin y seguida un golpe, como de un objeto desprendido y que haba parado poca profundidad. Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies, corri al vano cubierto antes por la reja, y la encontr franca. Como haba previsto Quevedo, la plvora haba hecho volar la reja. Y sin pararse meditar si la altura era no tal que pudiese arrojarse tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dej caer. Pero Quevedo no haba contado con el reblandecimiento de la tierra por una lluvia que haba sido constante durante cuatro das, y sucedi lo que no poda menos de suceder: que al llegar al suelo se clav hasta las rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa imposibilidad de salir por s solo. Dejmosle all para concluir este captulo y sigamos la condesa de Lemos. Su primer cuidado fu cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no se hiciese sospechoso su marido. Por poco que quiso tardar, tard lo bastante para que, cuando fu encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cmara principal de la quinta, ste la recibiese de una manera duramente excepcional. Ni uno ni otro dieron seales de alegra al verse, como convena esposos que haban estado separados largo tiempo. La condesa hizo una reverencia su marido, y don Fernando de Castro baj levemente la cabeza en contestacin al saludo de doa Catalina. --Parceme, seora--dijo el conde--, que habais tomado la resolucin de haceros ermitaa. --Si lo sabais no debais haber dado ocasin disgustarme, respetando mi voluntad. --Siempre nos hemos llevado mal, seora, desde el momento en que nos casamos, y en que tuvsteis la franqueza de decirme que, casada conmigo contra vuestra voluntad, nada poda esperar de vos, sino vuestra sumisin vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisin; yo no he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habis respetado mi honor. --Bien; concluid. --Tenis un amante! --Fuerza era que yo amara alguien. --Lo confesis! --Haba pretendido que no lo supirais; haba tomado mis medidas para ocultroslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningn derecho tenis sobre m, sino delante del mundo, y aqu estamos solos, os lo confieso: amo un hombre y soy suya... es ms... lo ser. --Y quin es ese hombre? --Don Francisco de Quevedo. --Y est aqu? --Aqu est. --Bien: esto me da ocasin para encerraros en un convento y matar ese hombre. --Al separaros de m... ruidosamente, perderis la administracin de mis bienes. Psose plido el conde. --Si me servs--continu la condesa--os pagar bien. --Meditis bien lo que decs?--dijo aturdido el conde, porque la amenaza de perder la administracin de los bienes de su mujer le haba aterrado. --Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo haba querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera querido ms bien que hubirais meditado mejor lo que os convena y que nos hubiramos entendido tcitamente. Pero ya que me habis amenazado, yo, que si estoy obligada ser vuestra ante los hombres, no lo he estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que tengo un esposo del corazn; que digna y honrada he sido de ese esposo, por ms que yo no se lo haya confesado; que suya ser nicamente, y no vuestra ni de ningn otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro nombre, que podr suceder se necesite, tomad de m lo que queris y contad con mi apoyo en la corte. --Lo que me decs--dijo balbuceando el conde--es horrible. --Haced lo que mejor os plazca; en ocasin estis de consentir de rehusar. --Pero el escndalo... --Evitarle yo por m misma. --Lo pensar. --Pensadlo en buen hora. En aquel momento son una detonacin, y poco despus se oyeron las voces de los criados que gritaban: --Fuego! fuego en la cmara de su excelencia la seora condesa! --Eso es que Quevedo se me escapa!--exclam doa Catalina. Y corri desolada al lugar del incendio. Entre tanto el conde sac del bolsillo una carta, la retorci y la puso la luz. Aquella carta ardi. Aquella carta antes de quemarse deca: Excelentsimo seor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que habis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro lugar un amante, y se solaza con l en vuestra hacienda del ro. Esta carta no tena fecha y era annima. CAPTULO LXXX DE CMO EL INTERS AJENO INFLUY EN LA SITUACIN DE QUEVEDO No sabemos cunto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso hubiera perecido, no ser por un incidente imprevisto para l. Y decimos _si acaso hubiera perecido_, porque el incendio haba progresado con una voracidad tal, que las llamas salan en turbiones rugidores por las rejas de la cmara de la condesa de Lemos, al poco tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no deban tardar en caer, deban caer sobre l inflamados. Al resplandor de estas llamas, Quevedo vi un hombre embozado que se deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no haban podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros. --Quin ser ste--dijo Quevedo--que adelanta y me mira? estara cercada la casa? pues si es as, lo menos con ste me quedo. Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le arm y apunt. --Eh! vive Dios! don Francisco!--dijo detenindose de repente el embozado que adelantaba--; as queris tratar quien viene salvaros? --Ah! por mis pecados! conque eres t, Francisco de Juara?--dijo todo admirado Quevedo--. Milagro patente que t hagas una buena accin! --Me conviene. Os tengo cogida una palabra. --Cgeme primero m, y scame de este atollo. --A eso vengo, y por vos esperaba. All va la punta de mi capa, que si yo me meto me atollo tambin y somos dos pjaros en vez de uno. --Parceme bien la idea y agrrome ella--dijo Quevedo agarrndose la punta de la capa que le haba echado el matn. Tir ste, y crujiendo costuras, abrindose telas, y con gran trabajo, logr verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en cada pierna y perdidos los zapatos. --Descalzdome has, condesa--dijo Quevedo--, pero fuego te dejo; agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo y de ti me escapo; no crea tanto; pero das pasan y das vienen, y tal vez llegue alguno en que vuelva pedirte lo que de m contigo se queda. Y dnde vamos en esta guisa?--aadi Quevedo. --Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un caballo. --Est muy lejos ese ventorrillo? --Como un tiro de arcabuz. --Sabes que, sin ofensa, no me fo de ti, Juara? --Hacis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me confieso vuestro. --Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que t me veas las espaldas. --No me quejo, y delante echo. --Vime fiando de ti, porque te tengo fiado. --Dentro de poco fiaris ms. --Parceme que suena gritera en la quinta. --Sin duda vienen apagar el fuego. --Pues andemos de prisa, si es que yo puedo. --Ya no dan con nosotros; est muy lejos y por aqu hace obscuro. --Pues silencio, no nos sientan. Siguieron caminando en silencio. Poco despus estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un ventorrillo. --Ahora--dijo Juan--, lo que importa es que vuesa merced se mude de medias y se ponga zapatos. --Y con qu, voto Baco?--dijo Quevedo. --Con mis zapatos y con mis medias. --Parceme bien--dijo Quevedo echndose fuera las calzas enlodadas--, pues digo que el enclavamiento fu donoso. --A l debis la vida, que si la tierra no est blanda, os estrellis. --Y t qu vas ponerte? --Las medias y los zapatos del ventero. --Ah! pues... s... bien... y Madrid escape. --Como gustis. --Pues en marcha--dijo Quevedo--, ya estoy listo. --Esperad, esperad un momento que yo est listo tambin. Quiero daros resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede acontecer de aqu Madrid, que hay media legua larga. Y Juara entre tanto se pona apresuradamente unas medias y unos zapatos que le haba dado el ventero. --Saca los caballos--dijo este ltimo Juara--, y toma un ducado. El ventero tom la moneda y sac dos caballos. Quevedo y Juara montaron y se encaminaron Madrid. --Oh! y cmo arde la quinta!--dijo Juara--no entris en parte donde no hagis dao. En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera. --Oblganme--dijo Quevedo--, malo me hacen culpas ajenas; la maldicin me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar Madrid cuanto antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos trae el viento. --Las nueve!--dijo Juara. --Pues pica largo, y gracias que an estn abiertas las puertas; enderecemos la de Segovia. --Me place; que as podremos dejar en el mesn del Bizco los caballos. --A caballo ir yo hasta el alczar, que as llegar ms pronto. --Como queris. --Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenas cogida una palabra. --S por cierto: prima noche, cuando os libr de los alguaciles que os llevaban Segovia, para entregaros cierta dama, me ofrecsteis si os soltaba dinero y una compaa en los tercios de Npoles. Yo dije para m: ahora no puedo soltar don Francisco, porque la condesa de Lemos no me lo perdonara nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no la tema; pero despus que yo haya entregado don Francisco, es distinto. En efecto, apenas entrsteis en el coche, dije aquel criado de la condesa, amigo mo, si saba dnde os llevaban y aun tuve que darle algn dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no s dnde ir la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he odo all en la casa que se haba mandado arreglar la cmara de la seora en la quinta que tiene el seor junto al ro. --Bueno--dije para m--; ya sabemos algo; y despidindome de mi compadre, me met en Madrid y me fu en derechura casa del conde de Lemos. Yo esperaba que habindole sido levantado el destierro su excelencia, y estando cerca, hubiese llegado Madrid, y no me enga. El conde de Lemos haba llegado al obscurecer, y no encontrando la condesa en su casa, se haba ido la del duque de Lerma; entonces, me met en la primera taberna que encontr, escrib una carta al conde avisndole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un galn en la quinta del ro, llev la carta casa del duque de Lerma, la entregu con un dobln un criado para tener seguridad de que la carta haba llegado manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era para esperada, fume de all al mesn del Bizco, alquil dos caballos, y por lo que pudiera tronar me fu rondar la quinta.--Ya veis que si no es por m no escapis, y que he ganado bien todo el dinero que queris darme, y ms mi compaa de los tercios de Npoles. --Rico sers y capitn, Juara, y perdnenme los soldados quienes en ti tal capitn he de darles. --Tendrn en m una cabeza valiente. --No lo dudo; ni tampoco de que les dars buen ejemplo; pero llegamos la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alczar. Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco despus Quevedo, echando pie tierra en la puerta de las Meninas, dijo Juara dndole las bridas: --Desde ahora ests mi servicio. --Muy bien, don Francisco, y me alegro. --Despdete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta misma noche marchamos Npoles. --Todos los cuidados los llevo conmigo. --Bien; busca un buen coche de camino, ajstalo para Barcelona y llvalo al mesn del Bizco. --Muy bien. --Despus busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados la jineta y con arcabuces, que no estn los caminos muy buenos para ir desprevenidos. --Y dinero para todo eso? --Ya se te dar. --Y para cundo ha de estar todo preparado? --Para las doce de la noche. --Estar. --Pues adis, que me importa no perder tiempo. --Quede vuesa merced con Dios. Juara se alej, y Quevedo se meti en el alczar y se encamin en derechura la habitacin de doa Clara Soldevilla. CAPTULO LXXXI DE CMO QUEVEDO SE ASUSTA MS DE SABER QUE DON JUAN EST EN LIBERTAD, QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO Doa Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entr en su cuarto Quevedo. La joven le recibi con alegra. --Plceme--la dijo Quevedo--, encontraros tan bien entretenida... --S; he llegado cobrar miedo la corte. --Y habis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacn de peligros; conque nos vamos? --S por cierto; slo necesitbamos saber de vos para marchar, pero esperbamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os ha buscado. --Tened milagro el verme, porque punto he estado de perdido. --Qu os ha pasado? --Cosas que solo por m pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo. --Don Juan tambin ha estado preso. --Lo esperaba, lo tema; pero vos le habris soltado. --No por cierto; el rey no quiso orme, ni la reina ha conseguido nada; pero al fin, cuando menos lo esperbamos, el rey ha llamado su majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo. --El rey, que se haba negado oros, y que haba desodo la reina, os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan! --S; l y vos habis sido declarados libres. --El y yo! y no adivinis quin ha podido alcanzar esa gracia del rey? --Indudablemente ha sido el duque de Lerma. --El duque de Lerma!--dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y ponindose plido--; el duque de Lerma no hace nada de balde. Pero recobrando su expresin impenetrable, aadi: --Sin duda el duque de Lerma, despus de haber meditado, ha conocido que le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague su excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan, dnde anda que junto vos no le veo? --Ha salido--dijo doa Clara fijando su mirada tranquila y profunda en Quevedo--; ha salido las ocho sin decirme dnde iba... --Y no le habis preguntado? --Yo jams pedir cuentas de nada mi marido. --Sois la perla de las mujeres. Pero no ha indicado al menos?... --Nada, y estoy con sumo cuidado: sali las ocho, son las nueve y media, l no conoce nadie en Madrid... como no sea esa comedianta con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero pensar en ello. --Ni hay para qu--dijo Quevedo--; amores de un da han sido, por mejor decir, conocimiento de un da, y aun as conocimiento simple. --Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no est en su casa. --Cmo! os habis metido en averiguar?... --S, don Francisco, s... he tenido celos... los tengo... no hace ni ms ni menos tiempo que me conoce m don Juan, que el que hace que conoce esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; tendr algo de extrao que esa mujer, que le ama tambin, sea su amante? --Blasfemia! suposicin negra que slo puede engendrar los celos, que con llamarse celos est dicho que son locos! vos no debais haber llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa mujer. --Tengo el presentimiento de que mi marido est con ella. --Pero no sabis nada de cierto? --No; Juana, mi doncella, fu buscar la comedianta con un pretexto: con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa mujer no estaba en casa... es decir, no reciba nadie. --Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, seora, que hemos de marchar esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de media hora don Juan. Y Quevedo, saludando doa Clara y evitando prolongar la conversacin, sali, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio. --Y es muy posible--deca encaminndose hacia la casa de la Dorotea, bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento--; es muy posible que los celos de doa Clara sean verdades; se prende don Juan, no bastan las lgrimas de una mujer como doa Clara para que le suelten, ni aprovechan para nada las splicas de la reina. Despus y de _motu proprio_, el rey nos pone en libertad. Veo detrs del rey Lerma, detrs de Lerma al bufn, y detrs del bufn la Dorotea. Quin haba de haber credo que esa muchacha era capaz de un amor tal? pecador de m! de modo que si le sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doa Clara, yo tengo tambin un presentimiento. Dios quiera que quede en imaginacin y en miedo, que tal podra suceder, que no lo olvidsemos en mucho tiempo! Y don Francisco apret cuanto pudo el paso, y lleg al fin casa de la Dorotea. Llam con la misma desenvoltura que si la puerta de su casa hubiera llamado. Pedro contest desde arriba. Quevedo intim que le abriesen. Pedro replic que su seora no estaba en casa. Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama dispensaba Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir. --Entrad y os convenceris--le dijo--: si queris esperar la seora, esperadla. --Dejadme, sin embargo, subir, hija. --Subid enhorabuena. Quevedo subi, y con su audacia acostumbrada, lo registr todo, hasta la alcoba. --Pues es verdad--dijo. --Qu! haba credo vuesa merced que le engabamos?--dijo Casilda. --Todo pudiera ser. Pero veamos si me decs tambin ahora la verdad. --Veamos--dijo Casilda. --Dnde est tu seora? --No lo s. --Cmo que no lo sabes? --Ha venido por ella el bufn del rey y se la ha llevado en una silla de manos. --T sabes dnde est tu seora--dijo Quevedo encarndose de repente Pedro. --Yo! --S, t: te ests rascando una oreja. --Porque me pica. --No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podra decir dnde est mi seora. --No; no, seor, yo no lo s. --A dnde has ido con un recado de tu seora?--dijo bulto Quevedo, pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan dominadora, que Pedro se turb. --Pero don Francisco!...--dijo Casilda. Quevedo no la dej continuar. --Vendr la justicia, y se sabr todo--dijo--, y os llevarn la crcel y... lo pasaris mal... porque no sabis de lo que se trata. --Pues de qu se trata? --Por qu nos han de llevar la crcel?--dijeron un mismo tiempo los dos domsticos. --Por encubridores. --Nosotros no encubrimos nada--dijo Casilda. --Yo no s nada--aadi Pedro. --Sabis demasiado: peor para vosotros si no queris declarar, porque todava sera tiempo de impedir un gran crimen. Quevedo, sin saberlo, deca la verdad. Los criados de Dorotea se aterraron. --Yo slo s que la seora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes de obscurecer se ha vestido como una diosa--dijo Casilda. --Yo slo he ido llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal una casa de la calle de Don Pedro. --Vajilla! copas! botellas! y dnde?... hacia dnde de la calle de Don Pedro est esa casa? --Hace esquina la calle de la Flor. Quevedo no esper saber ms. Una intuicin poderosa le deca que habiendo salido Dorotea en silla de manos, vestida como una diosa, segn el dicho de Casilda, no poda haber ido otra parte que aquella casa donde Pedro haba llevado vajillas de plata y de cristal. All donde estuviese Dorotea, all deba estar don Juan. Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre sta y el bastardo de Osuna, en que intervena el to Manolillo, asustaba Quevedo. Por la primera vez de su vida procur correr. No pudo; pero por la primera vez de su vida, pesar de la defectuosa configuracin de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa. La calle donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid. CAPTULO LXXXII EN QUE EL TO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA DOROTEA Apenas haba salido Quevedo del cuarto de doa Clara Soldevilla, cuando uno de sus criados la anunci que el bufn del rey quera hablarla. En otras circunstancias doa Clara se hubiera negado recibir al to Manolillo; pero el to Manolillo era una persona allegada la comedianta Dorotea, aquella mujer que la haca probar la amargura mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su orgullo, en su dignidad; doa Clara, pues, mand que introdujesen al to Manolillo. Entr lentamente el bufn, abarcando en una mirada sombra el aposento. Sus ojos estaban encarnados, parecan arrojar el fuego de una calentura horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprima impulsos de una respiracin poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y seca, produciendo un silbido ronco y dbil, veces un ruido semejante al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, lo largo de los cortos miembros del to Manolillo, corra una convulsin rpida, fuerte, instantnea. Detvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral, terrible, que estremeci doa Clara: --Estis preparando vuestra marcha! quedos! pensis iros!... iros... y con l! para qu queris partir ya, si l se quedar aqu? Doa Clara no palideci ni tembl; pero sus ojos inmviles, incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del bufn, con toda la expresin funesta de odio, de desesperacin, de horrible alegra. --Qu decs?--dijo marcando fuertemente su pregunta doa Clara. --Digo que sois viuda. --Viuda!--grit doa Clara, salvando de un salto la distancia que le separaba del bufn y asindole con violencia: viuda habis dicho! --S, viuda--contest el bufn desasindose de doa Clara con un ligero sacudimiento--; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podis daros por viuda porque os lo roban. --Que me le roban! --S, no volver! --Explicos, por mi alma, llamo... --Y si me prenden, quin llevar la hermosa doa Clara que vea por ltima vez su hermoso don Juan? --Est con ella! --S, con Dorotea. --Mentira! --An tendris un manto fuera de esos bales; an os quedar valor; ese valor que hace pocas noches demostrsteis para salvar la reina, para venir salvaros vos misma; yo os guiar. --Dnde estn ellos? --S; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el mundo ms hombre que l, ni ms mujer que ella; oh! temblis de clera y de celos; yo tambin tiemblo de celos y de desesperacin; mirad, mis ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la amo... la amo... y quiero... quiero venganza. Doa Clara no le escuchaba. Buscaba apresuradamente un objeto. Al fin levant de entre sus ropas un manto y se envolvi rpidamente en l. --Decs, Manuel--exclam con voz concentrada y breve--, que sabis dnde estn juntos ese hombre y esa mujer? --S--dijo el bufn. --Venid. Doa Clara abri con un llavn una puerta de servicio, y seguida por el to Manolillo, atraves un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar, como quien conoca perfectamente el sitio, y obscuras siempre se oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rpidamente por una escalera de caracol. El bufn, sin vacilar, sin dudar, como ella, la segua. Escuchbase sobre el pavimento de mrmol el fuerte ruido de sus zapatos guarnecidos de clavos. Al fin de la escalera se oy el ruido de una llave en una cerradura; salieron doa Clara y el to Manolillo, y volvi cerrarse la puerta. A la luz de un turbio farol que arda en aquel lugar, que era el zagun de la puerta de las Meninas, se vi doa Clara envolverse completamente en su manto, y al bufn rebujarse en su capilla. El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zagun, se detuvo un momento, y al desaparecer, lanzndose en la calle, doa Clara y el bufn volvi su paseo. --Llevadme donde estn--dijo doa Clara. --Seguidme--contest el bufn. Y tir adelante. Doa Clara le segua con esa rapidez incomprensible de las mujeres cuando andan de prisa. Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua lluvia, detena doa Clara, el bufn la asa por la cintura, y levantndola como una pluma, pesar del enorme peso de buena moza de la joven, la pona al otro lado del arroyo. Luego l y ella seguan su rpida marcha. En pocos minutos haban atravesado el barranco de Segovia, y subiendo las pendientes callejas que estn al otro lado, llegaron las vistillas de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro. De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de amenaza, viniendo de la direccin opuesta la que llevaban el to Manolillo y doa Clara: --Alto all! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos. El bufn se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedi. --Quevedo!--exclam doa Clara. Y por instinto, en vez de retroceder, avanz hasta el bulto informe, del cual al parecer haba salido la voz. --Doa Clara!--exclam Quevedo--, con quin vens? --Con el to Manolillo. --A mis espaldas, mis espaldas, seora--exclam Quevedo ponindose rpidamente delante de doa Clara, tercindose la capa y echando al mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada. --Ah! ah!--dijo soltando una horrible carcajada el bufn--; conque habr de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habis puesto por medio? Y acometi hierro en mano Quevedo. --Hacos, hacos la pared, doa Clara--dijo Quevedo parando los primeros golpes del to Manolillo--; las habemos con un gato garduo, tan gil de pies como yo quisiera serlo; as, contra esa puerta, ahora no hay miedo. To Manolillo, idos, y no me obliguis despacharos; ya veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero ms yo... no me fatiguis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate. El bufn no hablaba una sola palabra; acometa en silencio, y de tiempo en tiempo salan de su pecho rugidos poderosos, sordos; hlitos abrasadores, con los que pareca querer comunicar su acero la fuerza de su rabia. --Ved que me canso, to--repiti Quevedo. El to Manolillo redobl su ataque. --Ah!--dijo Quevedo--; conque os empeis, hermano? pues seor, descansemos. Y dej caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufn, que apenas recibido cay el to Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de debajo de los pies. Lo primero que hizo Quevedo fu volver la punta de su espada al suelo, apoyarse en su pomo y descansar; el combate haba sido corto, pero reidsimo, duro, formidable; Quevedo se haba visto obligado resistir los golpes tirados por el puo de hierro del bufn, y sudaba, estaba jadeante. Pero en el mismo punto en que se haba apoyado en su espada se irgui y se prepar. Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban la carrera. --Quin va?--dijo Quevedo. --El cocinero de su majestad--contest una voz angustiosa. --Y quin ms?--repiti Quevedo. --Fray Luis de Aliaga--contest otra voz. --Ah, bien venido seis! He aqu, doa Clara, que Dios nos enva amigos. Pero doa Clara no contest. Helsele la sangre Quevedo. Temi que, replegado la pared contra la puerta de una casa, teniendo inmediatamente pegada s las espaldas para protegerla de todo ataque de costado doa Clara, no la hubiese alcanzado algn golpe del bufn. --Una luz, una luz! exclam Quevedo--. No trais con vosotros una luz para ver lo que ha acontecido doa Clara? --Cmo! Est doa Clara con vos?--dijo el padre Aliaga. --La trajo, no s para qu, el to Manolillo; he reido con l, le he tendido; pero no s si habr alcanzado algn golpe doa Clara. --Oh, qu de crmenes, qu de desgracias!--exclam el padre Aliaga--. Pero socorrmosla; dnde est? --Vamos--dijo Quevedo, que entre tanto haba corrido al socorro de doa Clara--; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene las mil maravillas; quedos vos aqu, padre Aliaga, y esperadnos. --A dnde vais? --A llevar doa Clara una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, Montio. --Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie. --Os ayudaremos los dos y es ms breve--dijo el padre Aliaga. Y entre los tres cargaron con doa Clara, que estaba sin sentido. Despus de algunos minutos doa Clara estaba recibida en una casa que se abri al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre Aliaga. A aquel nombre no haba puerta que no se abriera en aquellos tiempos en Espaa. Y ninguna persona ms competente para usar de l que el inquisidor general. Nadie vi doa Clara, que fu introducida envuelta en su manto. En efecto, slo estaba desmayada. Aquel rudo combate la haba aterrado, porque si bien doa Clara era valiente, su valor era el valor de la mujer. El cocinero mayor se qued encerrado con ella. Pero antes dijo Quevedo: --Si habis matado al to Manolillo, importa que le quitis unos papeles que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuros y entrad cuanto antes en la casa cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa casa estn de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato envenenado. --Ah!--exclam Quevedo, y escap. Y lleg al lugar donde estaba el bufn y le registr. Quitle unos papeles que encontr bajo su ropilla y una llave. El bufn no se mova. Quevedo guard los papeles, se alz, se volvi la puerta que estaba tras l, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le haba seguido: --Entremos, fray Luis, entremos. Poco despus el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta volvi cerrarse. CAPTULO LXXXIII EN QUE SE VE QUE EL BUFN Y DOROTEA HABAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO Hora y media antes de los ltimos sucesos poda verse en la casa donde acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso saln magnficamente engalanado. Tapices de Flandes cubran las paredes, una gruesa alfombra el pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y caprichos admirables, penda una araa de cristal cargada de bujas de cera encendidas. Debajo de esta araa haba una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de la estacin, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y adornada con un lazo rojo y negro. A los dos extremos de la mesa haba un bosque, por decirlo as, de botellas de riqusimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas. A la derecha y la izquierda de esta mesa haba otras dos cubiertas de otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente contrahechas, salan las bujas. Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa; una hilera de sillones dorados alrededor del saln junto los tapices, y espejos y cuadros cubrindolos stos. Ultimamente, delante de la mesa haba un brasero de plata con fuego. Gran parte de aquellos efectos haban sido llevados de la casa de la Dorotea; el resto comprado ac y all, donde se haba encontrado y por lo que haban pedido. Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de ducados. Pero qu importaba esto? quera presentarse hermosa y grande ante su amante en una habitacin rica y bella. Como las ocho de la noche se levant un tapiz y entr una mujer envuelta en un manto. Tras ella entr un hombre pequeo y ancho, embozado en una capa. La mujer se desprendi el manto y le arroj al hombre, que haba echado abajo su embozo. Eran Dorotea y el bufn. Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta que por orgullo enriqueca el duque de Lerma, la nia de los grandes ojos azules y del seno de ncar, que enloqueca los galanes de Madrid; la reina de las entretenidas, como dira un francs de nuestros das; la tentacin viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella quien si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el pblico, aplauda con frenes, por inimitable comedianta y por incomparable en hermosura. La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo. Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la horrible decisin que aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la lucidez de su mirada, un no s qu portentoso que emanaba de la dolorosa contraccin de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mrbidos, en que la vista pareca tocar una suavidad dulcsima; de aquel seno cuya parte superior no cubra el escote, agitado por una respiracin poderosa, por un aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin, emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea pareca divinizada, sobrenatural, hija de la imaginacin, no real y efectiva; una de esas bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como una sombra al ser tocadas. Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos; estos rizos, de un tono obscuro, ceidos en la frente por una corona de rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea, contrastando con su blancura, que la palidez haba llevado hasta el ltimo punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado por las mltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetn de brillantes y encendidos rubes. Los brazaletes eran del mismo gnero: perlas y rubes, y del mismo gnero tambin los herretes y el ceidor de su magnfico traje de raso blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho, flotante, maravilloso, que an no haba estrenado Dorotea, que an no haba visto nadie. Jams se haba presentado de tal modo al pblico, por ms que fuesen famosos por su lujo sus trajes y sus joyas hiciesen que muchos tuviesen lstima del duque de Lerma y la mayor parte envidia. Aquello lo pagaba Espaa, como ha pagado tantas otras cosas. Plida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelant hasta la mesa; la examin y luego mir en torno suyo. --Gracias, Manuel--dijo dirigiendo la palabra de una manera fra al bufn--; habis hecho ms de lo que yo quera; esto es magnfico. --Ha costado mucho y se ha trabajado bien--dijo el to Manolillo con la voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea. --Qu hora es?--dijo la joven. --Ya es hora de ir en su busca. --Pues id; tengo grandes deseos de acabar. --De acabar! de acabar! y qu ha de acabar? --Esta agona que me devora, esta muerte en vida. --Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer. --Qu?--dijo Dorotea sonriendo tristemente--vengarme! --No, t no le matars!--dijo el bufn--; le amas demasiado! no te atrevers! --Dnde est el dulce envenenado, Manuel?--dijo Dorotea sin contestar la observacin del to Manolillo. --Aqu, en este plato del centro--dijo el bufn estremecindose--; esa pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero para qu quieres ese veneno? --Para un ltimo caso. --Pero qu ltimo caso es ese? --Que don Juan no quiera seguirme. --Mientes; no hay nada preparado para una marcha. --Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se har. --Me espantas, Dorotea, yo no s por qu tiemblo, yo, que no tiemblo por nada; yo que no me aterro; t no eres franca conmigo, Dorotea; y debas serlo... porque yo soy... tu padre... m me debes la vida. --Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temis; no suceder nada; don Juan me debe la vida tambin. --Don Juan no te ama. --Peor para l. --Doa Clara le tiene loco. --Oh! doa Clara! aborrezco mi pesar esa mujer; porque ella, ella no tiene la culpa de que l la haya amado; hay momentos en que matara esa mujer. --Y eso, eso es lo que deba hacerse; pero no t... t no debas matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye, Dorotea: voy quitar de ah esa pera... Y el bufn tendi su mano hacia el plato. --Dejadla, dejadla ah--dijo Dorotea--; en cuanto doa Clara, mirad, Manuel: yo quisiera que doa Clara me viera junto l aqu... --Oh!--dijo con alegra el bufn--, la traer. --S; que vea cmo su marido cae mis pies... porque caer, Manuel, caer; no me ama, pero me desea... cuando est mi lado algn tiempo, se embriagar en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero... quiero que doa Clara vea que desprecio ese hombre quien ama ella... quiero... --Oh! t no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me espanta... para qu te has engalanado de ese modo? para qu te has puesto tan hermosa como un ngel?... pobre nia! tu alma, tu corazn, tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo hombre quien has amado; terrible Dios, que has dado al hombre amor y caridad, sangre y lgrimas, y no le has dado poder!... maana me pedirs cuenta de lo que yo haya destrudo, arrastrado por mi desesperacin, y no tendrs en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada, muerta, apurando la hiel ms amarga que t has destinado para probar las criaturas! oh! yo estoy loco! mi cabeza se rompe! mi corazn revienta! Maldito sea ese hombre! maldito! maldito! Y el to Manolillo se paseaba iracundo, terrible, lo largo de la estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del len enjaulado. Dorotea tena una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tena el lazo rojo y negro. Hubo un momento en que se estremeci de pies cabeza y cerr los ojos. Luego se pas la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separ de la mesa la que pareca retenida por una influencia fatal. --Don Juan estar esperando--dijo al bufn. --Oh! no piensas ms que en l!--dijo el to Manolillo sin detenerse en su paseo. --S, s, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por l. --Y luego?... porque supongo que querrs que l entre solo. --S, s, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aqu obscuras; que no pueda ver la desnudez de esta casa; adems, esa obscuridad tendr para l algo de misterioso, y esta habitacin le parecer mejor. Luego, Manuel, necesito que nadie me escuche; lo entendis? --Nadie te escuchar, hija ma--dijo dolorosamente el bufn. --Luego, as que haya entrado don Juan, vos saldris de la casa, dejaris la llave debajo de la puerta y os retiraris. --Y quin ha de acompaarte cuando hayas concludo? --El. --El! --S, l. --Pero entonces ese veneno! --No me preguntis, por Dios, ms. Prometedme hacer lo que os he dicho. --Lo har; pero no te comprendo. --Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentis ms. --Una sola palabra. Quieres que traiga aqu doa Clara? --No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad doa Clara en paz. --Pero no habas pensado vengarte?... --Me vengar, Manuel, pero noblemente. Aborrezco esa mujer, pero slo como una cosa que me hace dao... no quiero ser infame... que nada sepa doa Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa l. --Pero qu es lo que ha de saber l?--exclam el tenaz bufn. Dorotea hizo un movimiento de colrica impaciencia. --Sois mi seor mi amigo?--exclam--pretenderis que os diga lo que cuando no os he dicho ya, debais comprender que no quiero, que no puedo deciros? --Ests loca y es necesario perdonrtelo todo, Dorotea. Pero tienes razn; no soy tu seor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti. Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia. --S, s, voy... perdname, porque no s ni lo que digo ni lo que hago. Voy por don Juan. Y el bufn sali. Aquel hombre singular, que slo viva por Dorotea, que por Dorotea era capaz de todos los crmenes y de todas las grandezas; de matar y de morir, llor cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de Moros. Cuando lleg vi pasendose delante de la cruz un hombre. Se acerc l y le dijo: --Esperis una persona? --S. --Os llamis don Juan? --S. --Seguidme, os esperan. --Guiad. El bufn tir adelante; no quera hablar ni una sola palabra ms con aquel hombre que haca tan infeliz Dorotea, con aquel hombre quien aborreca, porque no amaba la comedianta. Y as, el to Manolillo delante y don Juan detrs, llegaron en muy poco espacio la calle de Don Pedro. Abri el bufn la puerta de la casa y se dej ver un fondo tenebroso. --No recelis en entrar--dijo el to Manolillo procurando dar su acento el tono ms amistoso posible--; venturas os esperan, que no desgracias; el amor os llama, no la traicin. --Adelante--dijo don Juan. --Seguid mis pasos--dijo el bufn entrando y cerrando la puerta--; cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora la izquierda, ahora la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien--dijo el bufn detenindose--, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan. Adis. El bufn se volvi. Don Juan entr. Cuando don Juan hubo entrado, el bufn se detuvo. --No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre--dijo--; ella est fuera de s; yo no s lo que intenta; es necesario que yo observe; observar, comprimir mis celos... ser capaz de ser testigo de su alegra si se comprenden... y ser capaz de alegrarme. Oh, Dios mo! por qu no soy yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? por qu don Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo? Y quitndose los zapatos, se acerc silenciosamente al tapiz y se puso en acecho. CAPTULO LXXXIV EN LO QUE VINIERON PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN Don Juan se asombr al ver el lugar donde le esperaba Dorotea. Porque aquel saln, dispuesto como se encontraba, era completamente bello y fuertemente voluptuoso. Dorotea estaba indolentemente reclinada en un silln junto la copa, en la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume. Don Juan haba ido all vivamente excitado por el recuerdo de lo que haba pasado entre Dorotea y l aquella maana en la prisin. A pesar de su amor doa Clara, Dorotea era un astro bellsimo, que ponindose entre los dos esposos, produca un eclipse de amor. Don Juan no vea entonces ms que Dorotea. Se acerc ella, y al verla de cerca, sinti una conmocin poderosa, tembl, se deslumbr. Dorotea le miraba, le sonrea, y le mostraba una hermossima mano. De una manera irreflexiva, dominado por la situacin, por la magia poderosa que se desprenda de Dorotea, por aquella voluptuosidad concentrada, por decirlo as, don Juan cay de rodillas, y asi la mano de Dorotea y quiso llevarla sus labios. Pero Dorotea la retir. --Perdonad, seor mo--le dijo sonriendo--; pero me hacis mucho dao, y no tengo valor para que me lastimis de nuevo; an siento el dolor horrible del cruel beso que me dsteis esta maana. Tratadme, pues, con caridad; sentos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para no volverse ver. --Ah, Dorotea! estis irritada conmigo? --Irritada no; estoy lastimada y nada ms. Pero sentos. Don Juan puso el otro silln que estaba junto la mesa muy cerca de Dorotea, y se sent. Dorotea retir su silln. Don Juan dijo para s: --Dejmosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara. Entrambos guardaron por un momento silencio. Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, don Juan; le transmita su alma entera, y con su alma todos los embriagadores sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le transmitiera tambin su vida, Dorotea se pona ms plida, se espiritualizaba ms y ms, se haca irresistible. -Cundo os vais?--le dijo Dorotea. --Nunca--respondi el joven--; me quedo con vos. --Conmigo! sabis si yo quiero que os quedis? --Oh, vos me amis! --Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra. --No ms que el alma? --No ms. --Es decir, que pretenderis que apuremos una vida desesperada? --Desesperada! y por qu? --Un deseo voraz que crecer con el tiempo; un deseo contrariado; un volcn comprimido... --Y qu queris? no somos libres: no nos pertenecemos. --Tratndose de vos, yo soy enteramente libre. --Pertenecis doa Clara. --Decidme... apartos de ella... no es necesario que me lo digis... --Yo no os dir eso jams. --Harlo yo... os seguir. --No me seguiris... os lo juro. --Y por qu? --Porque no debis seguirme. --No me hablis de deber, cuando se trata de amaros... no os debo la vida? --Me debis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no aade ni un quilate ms la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha tenido doa Clara. --Vos sois ms hermosa... vuestro amor ms ardiente. --Ya que os amo, don Juan, no procuris perder mi aprecio. --Vuestro aprecio! --S por cierto. No me demostris que el amor en vos es un devaneo; que al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidis de otra mujer que es ms hermosa que yo, y que si no os ama ms que yo, os da lo menos un amor ms puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y desengaos; si yo aceptase esa promesa que me habis hecho en un momento de embriaguez, serais mo durante ocho das; pero los ocho das verais doa Clara, porque doa Clara os buscara, os embriagara, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os irais con ella; pero habindola lastimado, habiendo turbado su alma con un recuerdo que no perdera nunca. No hagamos infeliz esa seora, ya que nosotros no podamos ser felices. --Ser esta una lucha que durar mientras vivamos; hay en vos, Dorotea, una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es un amor tal que me enloquece; os miro, y parceme que no sois una criatura mortal; para una fra despedida yo no hubiera venido, os lo aseguro, y os aseguro tambin, que si no alcanzo completamente vuestro amor, vuestra confianza, vuestra alegra, vuestra posesin... mirad, Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperis hasta el punto de que ponga prueba vuestro amor. --Y cmo le pondrais prueba? --Perdonad; pero al slo pensamiento de perderos, pasan por m horribles tentaciones. --No... no moriris...--dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano y dejndosela besar. Dorotea sufri sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de que don Juan cubri su mano. --Basta de locuras, don Juan--dijo Dorotea--; os he llamado para cenar con vos antes de separarnos para siempre. --Separarnos! pero eso no puede ser. --No veis que estoy vestida de una manera particular? --Eso es, Dorotea, que os habis propuesto demostrarme que sois ms blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan ms que los diamantes, que vuestra hermosura domina todas las riquezas. --No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda. --Ah! para casaros conmigo! --No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, ser enteramente mo, y yo ser enteramente suya; nada alterar la paz de nuestra unin; nadie podr separarnos; fiel yo para l, l ser fiel para m, y ningn pensamiento, ningn recuerdo ajeno empaar nuestra unin. --Es decir, que me olvidaris? --S. --No os creo. --Cuando sepis con quien me caso, lo creeris. --Hablis formalmente, Dorotea? --Oh! s! --Y quin es ese afortunado esposo? Me estis atormentando, Dorotea. --Os juro que no tendris celos del esposo que he elegido. --Vais meteros monja? --Llevar yo Dios un corazn lleno del amor impuro de un hombre! No, don Juan! no soy tan impa. Podr faltarme valor para el martirio, podr ser criminal, podr llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de Dios sobre mi cabeza; pero no cometer un sacrilegio, no, no tomar Dios por esposo, amando un hombre! otro es el esposo que he elegido, don Juan! --No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos, en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me espanta. Encuentro en vos no s qu calma fra, horrible. --S, el resultado de una decisin irrevocable. --Pero explicos. No os inspiro yo confianza? --S, mucha, muchsima; Dios mo! vos lo sois todo para m; sin vos no quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para m una carga insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos. --Si vos cenis--dijo sonriendo don Juan--, cenar yo. --Tenis razn; ms fcil sera que una gota de agua horadase una roca, que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, el corazn y los sentidos, llenos de vos; nada veo ms que vos, nada respiro ms que el amor que siento por vos. --Y qu entonces esa extraa mentira? --Qu mentira? --La de vuestro casamiento. --Quisiera que no fuese una horrible verdad. --Os repito que no os comprendo. --Dentro de poco me comprenderis. --Y me amis? --Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego. Suponed, don Juan, un pobre nufrago que flota sobre una dbil barca, sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorfera, que le llama, que le convida; suponed que el nufrago ha tocado esa ribera, que se ha credo salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El nufrago, acostumbrado antes la tempestad, sostenido por su dbil esquife, se adorma al bramar de las olas, le era indiferente que stas le llevasen ac all, estaba seguro de que un da le tragara el mar, y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese nufrago; el mundo, el mar tempestuoso en que flotaba la ventura el esquife, que me sostena, mi ingenio como cmica, mi belleza como mujer; el da en que una enfermedad me imposibilitase para la escena, los aos destruyesen mi hermosura, estaba previsto por m; un hospital era mi destino, sin parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no haba amado nunca; no crea en el amor: pero os vi; vos habis sido para m la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir, acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos... bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la locura, y yo estoy loca. Dorotea se levant y llen dos copas. Luego vino con una salvilla, y sirvi una copa don Juan. --Por mi amor--dijo don Juan bebiendo. --Por mi vida--dijo bebiendo tambin Dorotea. Y dej la salvilla con las dos copas vacas sobre la mesa, y volvi sentarse en el silln. Don Juan acerc el suyo. Por aquella vez Dorotea no se retir. Don Juan rode la cintura de Dorotea. Dorotea se alz radiante de dignidad. --La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que venda sus favores--dijo--; respetadme, don Juan, respetad en m lo ms noble que Dios ha dado sus criaturas: el amor y la pureza del alma. Don Juan se retir, no confundido, sino enojado. Dorotea, pensativa y triste, guard silencio. --Dorotea--dijo al fin don Juan--, queris que hablemos seriamente? --Pues qu, don Juan, creis que yo me chanceo? --Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo la situacin en que estamos colocados. --Hablemos. --No hay un medio de unirnos? --Ninguno. --Ni aun de que vivamos como dos hermanos? --Ya habis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo. --Vivamos como amantes. --Como amantes! pues qu, no os vais de Madrid? --S por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podis ir vos. --Y bien; suponiendo que yo consienta... Y Dorotea miraba de una manera ansiosa don Juan. --Escucha, alma de mi alma--la dijo don Juan--; una casita bella, apartada, donde yo vaya verte de noche; un jardn solitario, donde slo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos... --Sin celos!... --Qu amante puede tenerlos de una esposa! --Ay de m!--exclam Dorotea oprimindose el pecho. --Bebamos, luz de mi alma!--dijo don Juan, y se levant y llen las copas y las trajo en la salvilla, y se arrodill sonriendo para que Dorotea tomase la suya. Dorotea se inclin para levantar don Juan. Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus ojos se sintieron atrados por la mirada dulce, apasionada, saturada de amor y de deseo del joven. Aquellos dos semblantes se unieron y reson el estallido de un doble beso. Y entonces el bufn se separ del tapiz, se alej y dijo bajando las escaleras: --Oh! gracias Dios! el veneno es intil: el veneno no matar nadie. Pero es preciso... s... s... es preciso que doa Clara se separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y slo de Dorotea; es preciso que doa Clara los vea aqu juntos, enamorndose, acaricindose, embriagados de amor. Y el bufn baj silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos, abri la puerta, sali, cerr y se encamin al alczar en busca de doa Clara. Don Juan y Dorotea, sin embargo, no haban cambiado de situacin: tras aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo as, Dorotea se haba rehecho de nuevo. --Sentos, don Juan--le dijo--, y hablemos por ltimo con seriedad; hemos vuelto caer en las locuras. Tenis sobre m un poder maravilloso: ya lo saba yo, y me he prevenido; lo que me habis propuesto es imposible. --Imposible! --S; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros tampoco, y no os dir: abandonad vuestra esposa; os debis al gran nombre que llevis, y no podis deshonrarle; aunque queris yo no permitir que le deshonris por m. Vemonos por la ltima vez.. y tened mucho valor si me amis. --Qu queris decirme con esas palabras? --Que cuando salgis de aqu llevaris de m tal recuerdo, que no me olvidaris jams. --Qu misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos, que os defiende de m, que me desespera, que me mata?... --Mi amor. --Extrao amor que se complace en despedazarme. --Amor desdichado, muerto apenas nacido. --Dorotea, no me obliguis ser villano. --Conmigo no podis ser ms que lo que sois. --Un hombre burlado, por no s qu intencin que no comprendo. --Ah! no hay ningn hombre que merezca el amor de una mujer; no hay ninguno que comprenda el alma de una mujer. Don Juan call confundido. --Oye, don Juan--dijo Dorotea asindole las manos con acento triste y con los ojos arrasados de lgrimas--: yo no comprendo el amor como t le comprendes; para m el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni la embriaguez, ni el entretenimiento; para m el amor es ms, mucho ms; tiene algo de divino; para m el amor es ser el pensamiento entero de un hombre, el espritu poderoso que le engrandezca, que le impulse las grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada, cuando se trata de un hombre como t, que se llama Girn, que es hijo del gran duque de Osuna, que debe su espada sus abuelos y su patria, y el corazn una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no puedo ser para ti ms que la amante oculta y misteriosa, que te sonra apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre, porque... tu nombre pertenece entero los hijos de la mujer con quien te has unido: yo slo puedo ser para ti un sueo embriagador durante algn tiempo; despus... despus, cuando hasta el misterio hubiera perdido para ti su encanto, yo sera una carga para ti.. --Una carga! --S, una carga enojosa. --Crees t que yo repar jams en...? Don Juan se detuvo, porque lo que iba decir era inconveniente. Pero Dorotea oy con el alma las palabras que don Juan no haba pronunciado; las oy dentro de su corazn. --No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender las necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso; el dinero hace dao al amor; yo cmica, yo cortesana, no he pertenecido un amante sino trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazn sino por otro corazn; de otra carga ms pesada he querido hablarte: de la carga que consiste en tener que sacrificar algn tiempo todos los das una mujer quien no se ama, quien nunca se ha amado, por quien slo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y la que se sigue fingiendo amor por compasin; carga que acaba por hacerse insoportable, porque el sacrificio ms pequeo se hace insoportable cuando es continuo; yo sera dentro de poco una carga para ti y despus un remordimiento, porque me abandonarais... --Te he dejado seguir porque quera saber dnde ibas parar. Que yo no te amo! --Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo ests; ests loco... --No vivo ms que para ti. --Es necesario que vivas para los dems; no eres dueo de ti mismo. --De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver mi libertadora, me encuentro con una especie de hermossimo fraile que me predica un sermn de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como dices, con el deseo antes de hoy: te am de ese modo desde el punto en que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado amarte; t me has procurado la libertad, y con la libertad la vida, no s precio de qu sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo mi mujer: t, su esposa; t, la dama hermossima, noble, rica, favorita de la reina, no has podido salvarle; y yo, la cmica, yo, su querida, le he salvado; y t no has hecho eso, Dorotea; t has sufrido tu despecho, tu desesperacin, y has hecho llegar por las manos del rey mi mujer la orden que me pona en libertad; t sabas que yo libre haba de partir de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; cmo quieres que no te ame, no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable, por qu me amas? --Don Juan!--exclam Dorotea con la voz trmula, ardiente, opaca, y la mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven--; don Juan! mira no mientas involuntariamente! --No, no; te amo--dijo don Juan estrechndola contra su seno. Dorotea pugn por desasirse. --Slo ti amo--murmur el joven en su odo. Dorotea rompi llorar. --Por ti y para ti vivir--continu el joven--, y escucha: mi vida es tuya; para qu quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio ese nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldr de Madrid, pero saldr contigo, todo por ti y para ti. --Separarte de doa Clara!--dijo Dorotea levantando de sobre el hombro de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se haban desordenado sobre su frente, plida y tersa--. Ser mo, nicamente mo! Salir de esta casa en que haba entrado muerta, contigo, llena de una vida hermosa! Oh! reptemelo, reptemelo! creo que me he engaado! que t no has dicho eso! --Oh, s! tuyo y no ms que tuyo! --Y partiremos? --S. --Desde esta casa? --S. --Y no volvers ver doa Clara? --No amo nadie ms que ti. Y don Juan la atrajo sus brazos. Dorotea le sonri de una manera tal, le dej ver de tal modo su alma, que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borr, como una nube al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea. En la sonrisa de don Juan haba visto, no amor, sino voluptuosidad, alegra, y aun podemos decir vanidad, por la posesin segura de una mujer vivamente deseada. Entonces, Dorotea se levant de los brazos de don Juan, haciendo un violento esfuerzo para desasirse de ellos. Su palidez haba crecido. Durante algunos segundos, una seriedad sombra, y tal que lleg imponer respeto don Juan, apareci en su semblante. Luego volvi sonreir. Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa haba pasado una agona completa. --La hora de la partida se acerca--dijo apoyndose dulcemente en el hombro de don Juan. --Partamos--dijo don Juan levantndose. --Espera, espera un momento--dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre los hombros de don Juan y mirndole frente frente. Don Juan exhal una exclamacin de asombro. Nunca haba visto Dorotea tan hermosa. Tembl bajo la impresin de la mirada de la comedianta. --Siempre, siempre tu sed--dijo Dorotea--; nunca tu amor. --Cmo! an dudas? --No, no dudo ya--dijo la joven. Y dej los hombros de don Juan y se acerc la mesa. --Qu haces?--dijo don Juan. --Tengo sed! una sed que me devora!--contest Dorotea fijando una mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se vea en medio de la mesa. Y tom una botella y llen de vino una copa. --Yo tambin tengo sed--dijo don Juan, que tena la boca amarga, como cuando experimentamos una fuerte conmocin en nuestro organismo. Dorotea llen otra copa. Luego se apoy sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro y rojo. Su semblante estaba contrado; gruesas gotas de sudor corran por sus mejillas. Hubo un momento en que tembl toda, como la sensacin imprevista de un fro agudo. --Estos confites son muy buenos--dijo--; probmoslos antes de beber. Y tom la pera envenenada. Al tomarla mir don Juan y pas por sus ojos algo horrible. --Toma--le dijo, y le mostr la confitura. Don Juan extendi la mano. Dorotea se estremeci de nuevo, retir vivamente la pera y la mordi exclamando: --No, no; esta es para m, para m sola. Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequea parte de aquel confite mortal, le devor. A seguida cay de rodillas. --Qu haces, Dorotea?--dijo don Juan. --Dejadme! dejadme orar!--exclam la joven. --Orar!--exclam asombrado don Juan. --S; orar por mi alma--respondi Dorotea. Y junt las manos, las cruz y dobl la cabeza sobre el pecho. En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de espadas. Don Juan sinti un terror vago y se abalanz Dorotea y la levant en sus brazos. La joven se abandon en los brazos de don Juan y le sonri de una manera embriagadora. --Oh! no me olvidars!--exclam. --Olvidarte, olvidarte yo, vida ma! Y don Juan, embriagado, la bes en la boca. --Adis!--exclam Dorotea entre un beso ardiente. --Por qu me dices adis, alma ma? --Me llama mi esposo--dijo sonriendo siempre Dorotea. --Tu esposo! --S; acabo de desposarme... con quien estar eternamente conmigo y yo eternamente con l. --S, s--exclam don Juan engaado por las palabras de Dorotea--; no nos separaremos jams. --S--dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan--; vamos separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he desposado con la muerte. Ahora djame orar; no acabes de perderme. --Con la muerte!--grit don Juan. --S, el dulce que acabo de comer estaba envenenado. --Envenenado!.. Dios mo! Hola! aqu! aqu!--grit don Juan, llamando. --No hay nadie! estamos solos!--exclam Dorotea. Y una leve contraccin de dolor resistido, pas por su semblante. --Oh! esto es horrible! esto no puede ser verdad!--exclam don Juan reteniendo entre sus brazos Dorotea. Otra contraccin ms violenta, indic don Juan que Dorotea senta un dolor ms agudo. Al mismo tiempo su cuerpo se hizo ms pesado. Don Juan se vi en la necesidad de doblar una rodilla para sostener Dorotea. --No me abandones! no me dejes!--exclam--; quiero morir en tus brazos! toma... porque apenas puedo hablar... haba escrito este papel... que es mi ltima palabra para ti... y mi ltima voluntad... Oh Dios mo! Y sac del seno un papel doblado, que se desprendi de sus manos y cay sobre la alfombra. Don Juan estaba inmvil, mudo, dominado por el terror. Dorotea hizo an un nuevo esfuerzo, an tuvo una sonrisa para don Juan; luego lanz algunos gritos agudos, horribles; se retorci de una manera violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; di dos pasos desatentados, y cay desplomada. Don Juan corri ella, la volvi, mir su semblante y di un grito de horror. Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan lleno de vida, estaba afeado por una contraccin horrible. Hay en la vida algunos momentos comparables la muerte. Momentos de atona en que los msculos se petrifican y el corazn se hiela. Momentos los cuales sucede una reaccin horrible. Don Juan prob unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de una pesadilla horrorosa, grit con un acento imposible de hacer comprender: --Muerta! muerta! y muerta por m! Y seguidamente se arroj sobre el cadver y uni su boca la boca helada de Dorotea. Y en otra nueva y ms terrible reaccin, se alz, y desnudando violentamente su daga, exclam: --Muerta por m!... y yo, miserable, vivo! Y volvi la punta de su daga al pecho. Pero en aquel momento, se sinti sujeto por detrs, asidos los brazos, retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena de hierro. --Oh! no! no! mientras yo est vuestro lado!--dijo una voz. Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en lgrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo. Este y el padre Aliaga, haban entrado sin que causa de lo horrible de la situacin los sintiera don Juan. --Desarmadle, fray Luis! vive Dios! que tiene las fuerzas de un toro y se me escapa!--grit Quevedo luchando con don Juan. El inquisidor general, arranc la daga al joven, y le quit la espada. --Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes la cintura--dijo Quevedo. El padre Aliaga, en silencio como hasta all, registr la cintura de don Juan y le quit dos pistoletes. --Ah, ya era tiempo! ya no poda resistir ms!--dijo Quevedo soltando al joven. Este se levant, di tres pasos vacilantes, y luego se dej caer sobre un silln, y se cubri el rostro con las manos. --Vamos--dijo Quevedo--, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos salvar esta infeliz. --Muerta!--dijo el padre Aliaga roncamente. Y se arrodill junto al cadver y or. Entre tanto Quevedo haba levantado el papel que se haba cado de la mano de Dorotea y que sta haba sacado de su seno. Quevedo, que tena siempre valor para dominar las situaciones ms difciles, que no desatenda jams ninguna circunstancia por ligera que fuese, se acerc la mesa, desdobl el papel y le ley: Don Juan--deca--: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me amis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me habis hecho demasiado dao para que yo quiera vengarme de vos; me he vestido de boda para acudir vuestra cita; de esa cita saldr envuelta en una mortaja; sois noble y generoso, y el nico medio que tengo para que no me olvidis jams, es morir en vuestros brazos; cuando leis este papel, habr muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo pierdo; hasta mi alma; s que no me olvidaris nunca, mientras vivis, y quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os haga infeliz; amad... amad mucho vuestra esposa, porque si os ama como yo os amo, y un da se ve desdeada por vos como yo me he visto, morir como yo muero. Adis, recibid mi alma.--_Dorotea._ Y por bajo se lea: Decid don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajn de la mesa de la sala, est mi testamento; que lo haga cumplir. Dos lgrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel. [imagen:...arranc la daga al joven y le quit la espada.] Luego le dobl en silencio, y le guard. --Padre Aliaga--dijo dirigindose al religioso que oraba en silencio--, vos os quedaris, no es verdad? --Debo orar junto esta desgraciada, y tanto ms, cuanto que es hija de otra infeliz, quien he amado mucho, antes de dejar el mundo. --Y yo necesito apartar de aqu don Juan. --S, s; llevoslo. --Esperad, esperad--dijo don Juan levantndose y dando algunos pasos hacia Dorotea. --Que hacis!--dijo dulcemente el padre Aliaga. --Dejadme, por Dios, que la vea la ltima vez! --Apartad, caballero, apartad, y no profneis ese cadver--dijo el padre Aliaga, ponindose delante de Dorotea. --Oh! para qu quiero vivir! --Para doa Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!--dijo severamente Quevedo--; ya que esa desgracia es irremediable, no causis otra desgracia mayor! --Clara! mi esposa!--exclam don Juan. Y se dulcific la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y llor. --Oh! Dios mo! Dios mo!--dijo--; la vida es un sueo de Satans! --S, s, un sueo horrible! pero, seguidme! tomad vuestras armas, que ya no hay peligro en que las tomis, y vamos. Don Juan tom sus armas, su sombrero, su capa, y sigui Quevedo; pero antes de salir se volvi hacia Dorotea. --Doa Clara os espera!--dijo Quevedo. Don Juan sigui su amigo, y entrambos salieron de la casa. El padre Aliaga se qued orando al lado del cadver de Dorotea. CAPTULO LXXXV EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO QUEDEN SUELTOS El cocinero de su majestad supo al da siguiente, al ir or misa Santo Domingo el Real, una noticia horrible. Al pasar junto dos comadres que charlaban en una esquina, oy las siguientes palabras: --Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; est que da compasin verla: los ojos hundidos, que le cabe un puo en cada uno; la boca torcida... ella, que era tan hermosa!... dicen que ha muerto de repente. Helsele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor. Y tal comezn le di en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse Dios ni al diablo, se acerc las dos viejas y las dijo: --Perdonen voacedes, pero he odo no s qu de una muerte que me ha trastornado. --Qu! si todo Madrid est que lo ahogan con un cabello, y aquella casa parece un jubileo!--dijo una de las viejas--; yo he sudado y me he estropeado para poder entrar donde est la difunta, y me han roto la saya; si aquello es mucho! y qu lujo! y all estn todos los cmicos del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Prncipe, y los del coliseo de la Cruz, y muchos seores, y muchos grandes, y cuatro lacayotes con hachas, que diz que son del seor duque de Lerma, que diz era querido de la comedianta; y all est tambin el inquisidor general y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y todos llorosos; y estn dando limosna ms y mejor en la puerta todos los pobres que llegan. Si parece que se ha muerto una persona real! Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con moquillo, nos agarrarn de un zancajo y nos echarn un estercolero. Pues ya se ve! como era tan hermosa!... y como era querida de un seor... he ah! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, ta Brgida, vamos, que ya es tarde. El cocinero mayor no oy ni la mitad de la relacin de la vieja; la noticia de que la Dorotea haba muerto de repente, le haba encogido, le haba helado, le haba dejado inmvil, presa de uno de esos pavores que no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros. l, aunque se haba quedado con doa Clara Soldevilla en la casa, donde haba entrado con aquella seora al nombre de la Inquisicin, pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo haban ido buscar doa Clara, Montio no saba nada acerca de la muerte de Dorotea, porque Quevedo le haba echado con cajas destempladas, sin darle explicacin alguna, para quedarse solo cuanto antes con doa Clara y don Juan. En el mismo punto se fu al alczar, evitando pasar por el sitio donde se supona muerto al bufn; se haba metido entre sbanas, y haba pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre. Por la maana se durmi y despert las diez. Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio... (Entre parntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas despus de la muerte de Dorotea, doa Clara y don Juan, en un coche, que tena prevenido Francisco de Juara en el mesn del Bizco, ces de repente la lluvia; lentamente se despej el cielo; luego amaneci claro, y un sol brillante inund de una luz dorada el espacio; pareca que al despejarse completamente la situacin de nuestros personajes, se haba credo el cielo obligado despejarse tambin; esto pudo ser una casualidad, pero una casualidad reparable.) Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio, decamos, el cocinero mayor salt del lecho, se visti apresuradamente, y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fu ir arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le haba sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la noticia de la muerte de su vctima. Porque Montio no tena duda, no se atreva tenerla; Dorotea le haba mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea haba muerto de repente, luego Dorotea se haba envenenado. Nada tiene, pues, de extrao, la parlisis total que acometi al cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea. Haca un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todava estaba Montio hecho un garabito en el mismo lugar donde se haba parado para informarse. Pero de repente se enderez, se volvi y di correr como un insensato en direccin la calle Ancha de San Bernardo, atrado por ese magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino. Cuando lleg hubo de detenerse; la afluencia de gentes le haba cortado el paso. La calle estaba llena. Y nada tena esto de extrao. La Dorotea era muy conocida, y ms de esto, se daba una abundante limosna la puerta de su casa. Montio codeaba derecha izquierda, pero no poda pasar. Entonces, y como la atraccin que le impulsaba hacia el cadver era ms poderosa medida que se acercaba l viendo que por codos no poda abrirse paso, di gritar de una manera desentonada: --Dejadme, dejadme pasar, por Dios! quiero verla! no os que quiero verla antes de que se la lleven? Dejadme pasar! Y redoblaba sus gritos. Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron paso. Y as gritando y codeando, logr llegar la puerta de la casa. En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando los pobres que se presentaban. Dos alguaciles, delante de l, impedan que fuese atropellado por los mendigos, y que entrase gente en la casa, pesar de lo cual, ms de uno se colaba. Colbase tambin Montio. --Eh! dnde vais?--le dijo uno de los alguaciles cogindole del brazo. --Que dnde voy?--dijo Montio volviendo su mirada escandencida insensata al alguacil--. A dnde he de ir sino verla antes de que se la lleven? A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvi la cabeza y le reconoci. --Ah! sois vos, seor Montio?--dijo tambin lloroso Pedro--. Oh, qu desgracia! qu desgracia tan grande y tan impensada! No la olvidaremos jams! --Ni yo! ni yo! yo no puedo olvidarla nunca!--exclam Montio--; pero, cmo ha sucedido eso? cundo? --Casilda, que est adentro, en la cocina, os dar razn, seor Montio. Yo no puedo marcharme de aqu. Como veis, estoy dando limosna por su alma. Dejad pasar ese hidalgo, seor Casimiro Trompeta; es de la casa--dijo Pedro al alguacil que an tena asido Montio. El corchete solt al cocinero, que se despidi, subi las escaleras, atraves un pasillo, y se entr de rondn en la cocina, donde, envuelta en un paoln negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas comadres de la vecindad y algunas doncellas de cmicas que estaban en la casa, y componan aquella especie de duelo criaderil. --Pero qu es lo que aqu ha sucedido?--dijo Montio dirigiendo bruscamente la palabra la doncella de Dorotea. --Qu ha de haber sucedido? desdichada que yo soy, sino que mi seora se ha muerto! Y tan hermosa! tan joven! tan buena! Y siguieron las lgrimas y los sollozos. --Pero cmo se ha muerto la seora?--dijo Montio, cuya voz tena cada momento una acentuacin ms extraa y ms punzante. --Y qu se yo?--dijo Casilda--; yo no la he visto morir. --Pero no ha muerto en la casa? --S; s, seor, segn dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray Luis de Aliaga, que la trajeron all muy tarde. --Que la trajeron? --S, seor; la trajeron al obscurecer; la seora haba salido muy engalanada con el to Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado al to Manolillo. --Eso dicen, eso dicen--exclam el cocinero mayor--; pero seguid, seguid; decais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron la seora. --S; s, seor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando; luego se encerraron con ella, y despus sali don Francisco de Quevedo; poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un escribano; entonces supe que mi seora haba muerto; pero haba tenido tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor general, ni escribano que autorizase su ltima voluntad. --Y no vino ningn mdico? --S; s, seor, el doctor Campillos, que era el mdico del coliseo; all dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de Quevedo. --Y no dijo de qu haba muerto? --S; s, seor: de repente, de enfermedad natural. --Eso dijo! --S; s, seor, eso dijo. --Y eso ha escrito la justicia? --S, seor; eso ha escrito. Al travs de su locura un rayo de razn penetr en el pensamiento de Montio, ms bien un instinto de conservacin. Aguantse, dej las cosas como los hombres y la justicia de los hombres las haban puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, ms poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte. Y la fascinacin que le haba llevado hasta all, poderosa, terrible, le arrastr todava. Se despidi de Casilda, y se entr en la sala. Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo cubiertos con paos de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo cubierto con un pao negro. En medio de la sala, sobre un magnfico lecho rodeado de gigantescos candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadver, humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca. A los cuatro ngulos del lecho haba cuatro lacayos de gran librea, inmviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos. Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma. Detrs del lecho se vea la manguilla negra de terciopelo bordado de oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martn. El cura y los clrigos de la parroquia, y en medio de ellos el inquisidor general con sus hbitos negros y blancos de dominico, rezaban. Detrs de los sacerdotes, arrodillados, rezando tambin, haba una multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto. Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cmicos de los coliseos de Madrid. Al fondo de la sala, junto la puerta de entrada, silenciosos y graves, haba algunos hidalgos. Al verse all, el cocinero mayor sinti un vrtigo horrible, parecile que las luces se agrandaban, que se iban hacia l, que le rodeaban, que giraban, que suban, que bajaban, que se revolvan en un torbellino de fuego. Parecile ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro y flameante, levantarse el cadver de Dorotea, adelantar, asirle, estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo. Y presa de este vrtigo infernal, Montio adelant con paso nervioso, lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente dilatados, con la boca contrada, temblorosa, con el semblante lvido, estremecindose todo, hacia el cadver, junto al cual lleg y le contempl de una manera horrorosa en el momento que la clereca empezaba entonar el terrible salmo: _Dies ir, dies ill_. Montio no pudo resistir ms; su cabeza se parta, su pecho se abrasaba, y antes de que pudiese separarse de all, su locura estall, y grit con un acento espantoso: --Perdn! perdn! yo pasar todos los das de mi vida en la penitencia! pero! sultame! sultame! no me arrastres contigo! yo pasar mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti! Y tras esto, en medio del escndalo de los que en la sala estaban, di con su cuerpo en tierra. --Este hombre est loco--dijo el padre Aliaga, mandando sacar de all al cocinero mayor, y llevarle un cuarto, en donde se encerr con l. Pero haba causado tal impresin la muerte de la Dorotea, haban dicho tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se haba murmurado tanto, que se sospech por todos, y aun se di por seguro, que all haba _gato encerrado_. El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Prez Sarmiento, quien ya conocemos, haba sido llamado entre doce y una de la noche anterior por el duque de Lerma. El duque de Lerma haba llamado al alcalde de casa y corte, porque entre diez y once de la noche haba estado encerrado un largo espacio con l don Francisco de Quevedo. Quevedo haba hecho llegar, valindose de frases hinchadas y misteriosas para obligar los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que slo contena estos tres renglones: Excelentsimo seor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros la cabeza; pero yo os dar este cuchillo si me dais licencia para hablaros.--_Francisco de Quevedo._ Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente Quevedo, fu todo uno. Quevedo entr con unos papeles en la mano. Y por cierto que aquellos papeles estaban teidos de sangre. Pero digamos antes de dnde vena Quevedo. Cuando sali con el corazn desgarrado de la casa donde haba visto muerta Dorotea, llevando consigo don Juan, hizo dar ste algunas vueltas por las tenebrosas calles. An no haba dejado de llover, y Quevedo, que como tena de todo, era algo mdico, esper que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan. Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en los nervios. No se enga don Francisco. La excitacin nerviosa del joven se modific. Anduvo por algn tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo. Luego exclam: --Qu sueo tan horrible! --Ya que de sueos hablis--dijo Quevedo--, tomad lo pasado como sueo y escarmiento. No juguis ms con el alma de la mujer, porque las mujeres son terribles. Olvidad. --No puedo. --Dominos. --Tengo el corazn despedazado. --Por lo mismo, y porque estis experimentando lo que es tener el corazn amargo y sangriento, no queris que le tenga tambin vuestra esposa. --Clara! --Si supirais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloris! --Dorotea! --S; vos veis en ella un ngel perdido, y era un demonio. Quevedo era un mdico terrible; pona sangre fra los dedos sobre la llaga y la estrujaba. La muerta nada tena ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo quera salvar los que, vivos an, tenan que perder y que esperar. Calumniaba Dorotea. --Qu decs, don Francisco?--exclam el joven. --Digo que Dorotea era una aventurera que quera perderos. --Perderme y ha muerto por m? --Vos no comprendis ese animal que se llama hombre, quien aventaja en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. Hubirais vos credo que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte? --No... eso es inconcebible. --Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre de la mujer que le ha desdeado. --Oh, no! no puede ser! --Y sin embargo, es. --Yo... me haba entregado enteramente Dorotea. --Dorotea saba que mientras existiese doa Clara, ella no poda ser para vos ms que un entretenimiento. Quevedo estaba en la situacin, y sus ltimas palabras influyeron terriblemente en el nimo del joven, porque haba odo aquellas mismas palabras Dorotea. --Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?--dijo. --No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la ms terrible de las rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera satisfecho su deseo por vos, y los quince das os hubiera burlado. Don Juan no contest. Cada una de las palabras de Quevedo, le hacan experimentar el fro de la hoja de un pual. El implacable Quevedo continu: --Y dad gracias Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me haya trado tiempo de impedir el gran crimen que haba meditado Dorotea, y su contrahecho amante el bufn del rey. --Cmo! aquel hombre era...? --S; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era su pual. --Me estis revelando cosas horribles. --Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en que se la quita la camisa. --Y qu era lo que haban meditado ese hombre y esa mujer? Quevedo not con alegra, con una alegra _sui generis_, que don Juan llamaba _esa mujer_ la desdichada Dorotea. --Haban querido matar un ngel. --A Clara? --S por cierto; en el momento en que vos estuvsteis encerrado con Dorotea, el to Manolillo fu al alczar, dijo doa Clara que vos os olvidbais de ella con otra, y doa Clara le sigui loca de celos, porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al to Manolillo que con doa Clara vena, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa, os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera matado segura de que os dejaba entrambos muertos. --Oh! ved no os engais, don Francisco! --El bufn, que est all en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le he sacado por la cabeza del tajo ms lleno y ms derecho que he dado en toda mi vida, es un testimonio, y doa Clara, que est en una casa de la misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la aflige, es otro. --Cmo! Clara, mi adorada Clara me espera! --Y sufre y llora. --Pues vamos, vamos al momento; qu tardamos? --Estis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno despus de lo que habis sufrido? --Ha sido un sueo, un horrible sueo que ha pasado. --Cuenta con que el sueo no se conozca en los ojos. --Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habis revelado me ha cerciorado. --Ved que doa Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa fcil hacerla ver lo negro blanco. --No necesito engaarla; verla ser para m la vida, la entrada en el cielo despus de haber salido del infierno. --Es necesario que la mintis. --La dir que he ido ver mi madre. --No; decidla ms bien que habis ido ver al duque de Lerma. --Y para qu? --No habis sido puesto en libertad? No necesitis licencia del rey para partiros esta misma noche de Madrid? --Ah, s! Es cierto! --Pues vamos. --Vamos. --Esperad, esperad; all, en aquella esquina, medio agoniza un farol delante de una imagen; vamos all, don Juan, quiero veros el rostro. Esta fu una intimacin indirecta al joven para que se dominase, para que compusiese su semblante. Llegaron la esquina y Quevedo le quit el sombrero para verle mejor el rostro. --No importa que os mojis la cabeza--dijo--; cuanto ms agua cae sobre el fuego, mejor. --Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre--dijo don Juan sonriendo de una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedi espantado. --Esperad; os he enseado mi corazn, ahora voy mostraros mi valor. Y don Juan se sonri de una manera franca, abierta, natural, tranquila. --Oh! S, s, hijo mo!--dijo Quevedo conmovido--; tenis un hermoso corazn y un valor como hay pocos; ello pasar, ello pasar; vuestro corazn es todo entero de doa Clara, y ella ser el ngel glorioso que os cure de ese otro ngel condenado. Vamos, hijo mo, vamos; seguid siendo valiente y acordos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la inapreciable compaera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras fuerzas, preparos y no hablemos ms. Y tir de don Juan. Algunas calles ms all se encontraron en la de Don Pedro. Quevedo llam la puerta de la casa donde estaba doa Clara Soldevilla. Cuando entr en el aposento donde estaba sta con don Juan, la joven se levant de una silla y corri su marido, le asi las manos temblorosa y le mir con ansiedad. Quevedo despidi al cocinero mayor, que todava estaba all. Don Juan sonri enamorado, transportado de alegra, doa Clara. Y esta alegra no era fingida. Quevedo haba operado con su cruel tratamiento una reaccin en el nimo del joven; le haba ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le haba hecho temblar por doa Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella, estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la agona del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y enamorados, en contacto con aquella vigorosa organizacin que se estremeca aterrada. Don Juan lo olvid todo; no vi ms que doa Clara. Su vista fu para l lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de placer, y de amor, y de alegra, y de esperanza, abraz doa Clara y la bes en la boca. Quevedo miraba aquello con una triste gravedad. --El alma de los jvenes!--dijo--; humo que agita el viento en el cielo de la esperanza! Helos curados los dos. --Dnde has estado?--dijo doa Clara. --Casa del duque de Lerma. --Oh! s--dijo doa Clara con toda la fe de su alma--, no poda ser otra cosa; me haban engaado horriblemente. Quevedo dej los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de los vecinos de la casa envi pedir dos sillas de manos. Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doa Clara y don Juan entraron y se dirigieron al alczar. Luego, con la otra silla de manos se fu la casa donde estaba el padre Aliaga, con lo que haba sido Dorotea, abri, hizo que los ganapanes que conducan la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera. Poco despus Quevedo abri hizo que los conductores llevasen la silla, cerr la puerta, y pie y lentamente escolt la silla de manos. Dentro de la silla iban el cadver y el padre Aliaga. Ms all de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el cadver del to Manolillo. Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se encerraron con ella, Quevedo se fu sin vacilar al cajn de la mesa donde, segn la postdata de la carta pstuma de Dorotea don Juan, estaba el testamento de la comedianta. Abrile, y le encontr fechado y autorizado con muchos das de anterioridad, pesar de que con arreglo todos los indicios, haba sido otorgado aquel mismo da. Dorotea dejaba su hacienda al bufn, al cocinero mayor, sus dos criados Pedro y Casilda, los pobres y su alma. Al bufn, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al cocinero mayor, _por un gran beneficio que le haba hecho_, mil doblones; Pedro y Casilda, mil ducados cada uno; cuatro mil ducados para los pobres, que deban darse de limosna para su alma, y diez mil ducados la parroquia de San Martn por una sepultura en tierra, sin losa ni letrero, y para sufragios por su alma. Esta cantidad deba encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto deba completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles. Quevedo ley conmovido este testamento, y sobre todo una clusula en que Dorotea le constitua su albacea nico y le suplicaba tomase en amor suyo, en memoria suya, la prenda que ms quisiese de lo que dejaba. Quevedo se enjug las lgrimas con el envs de la mano, y luego escribi con mano firme al fin del testamento: No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrsimo seor Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de Npoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro seor, que conmigo firma aceptando.--_Don Francisco de Quevedo y Villegas_, del hbito de Santiago. Esto escrito, Quevedo apart del cdaver al padre Aliaga, y le ley el testamento. Oylo en silencio el confesor del rey. Pero cuando Quevedo ley la nota adicional escrita por l, exclam: --Qu! Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros? --Antes de irme yo os abrir camino fray Luis. --Y por qu no os quedis? por qu no nos ayudis con vuestras grandes fuerzas soportar el enorme peso de aconsejar su majestad en la gobernacin del reino? --Lbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos seran para seguidos; y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir donde mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queris aqu; que en cuatro das que hace que en esta ltima vez en la corte ando, han sucedido cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que donde yo voy va la desdicha, y el bien que hago sangre y lgrimas me cuesta. --Os debemos, sin embargo, demasiado. --Qudanse las cosas como se estaban, y no poda suceder de otro modo; que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja quien se la va el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me mandis para Npoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera de Madrid antes de que acabe la noche. --Sacadme antes de iros, si podis, de este pantano en que me encuentro. --A ver voy Lerma y os le enviar, y l har lo que sea menester, que l lo puede todo. --Y no volveremos veros por aqu? --Acaso. --Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribindonos, no nos olvidaris. --As har, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy diligente. Y adis, fray Luis, y no me detengis ms, que estoy decidido y an me queda que hacer, y ansia tengo por acabar. --Y no os despeds de esa desdichada? Quevedo se volvi en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entr en ella, se acerc al lecho, asi una helada mano del cadver y se descubri. Su ancha frente, nublada, sombra, transparentando un pensamiento desesperado, pareca absorber el amarillo reflejo de una lmpara que estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de una virgen de los Dolores. La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadver afeado por la muerte, de que quedaban an los hombros desnudos, redondos y mrbidos, y las maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tena algo de espantoso. --Te he calumniado--dijo--en el corazn del hombre por quien has muerto; pero t ya ests donde la verdad resplandece, pobre nia; t vers que de los que aqu quedan, slo queda en uno la amarga memoria tuya; yo har que en los templos de Npoles se eleven preces por tu alma y por tu descanso; yo rogar Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo sern lo nico que de ti quede algn tiempo sobre la tierra. Y Quevedo desnud su daga, cogi uno de los sedosos y pesados rizos de Dorotea, le cort, le anud, le guard en el seno y sali de la alcoba. --Adis, fray Luis, adis--dijo abrazndole--. Hasta que la desdicha nos vuelva juntar. --Adis, don Francisco, adis, y que l os de fuerzas para sufrir vuestras amarguras. Quevedo sali y se encamin casa del duque de Lerma, en cuya portera escribi la carta en tres renglones que le abri paso hasta el despacho del duque. Recibile Lerma afablemente y le mostr la carta que acababa de leer. --Explicadme esto, don Francisco--le dijo. --La explicacin est en estos sangrientos papeles--dijo Quevedo entregando al duque los que llevaba en la mano. El duque los examin rpidamente. Eran los papeles que le haba robado el to Manolillo, y que le tenan sujeto. --Qu precio queris por estos papeles, don Francisco? --Yo no vendo seguridades ni en ser sopln he pensado nunca. Lo que quera ya lo tengo, una audiencia vuestra. El duque se acerc una buja y quem uno por uno aquellos papeles. --Nada habis hecho--dijo Quevedo--, si no quemis tambin vuestra ambicin y vuestra soberbia. --Siempre cruelsimo conmigo! por qu no me ayudis? --Porque no quiero. --Breve estis! --Tengo prisa. --Y qu habis venido? --A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podran enmaraarnos. --Veamos. --Recordad que sangre tenan los papeles que habis quemado. --Habis muerto herido?... --He sacado de penas al bufn del rey. Desdichado era y por m descansa. All est en la calle de Don Pedro. --Bien; no se harn informaciones acerca de esa muerte. --Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido justa. --Bien, bien; el secreto se enterrar con el muerto. --Hay adems en la calle de Don Pedro, esquina la de la Flor, una casa deshabitada, de cuya puerta es esta llave. Y Quevedo di al duque una llave que el duque puso sobre la mesa. --En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando mandis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podra acontecerle lo que Dorotea. --Cmo! pues qu ha sido de Dorotea! --Debis alegraros por lo que toca vuestra hacienda, aunque la lloris como cristiano; la Dorotea os tena apurado; dndose muerte desesperada, os ha librado de apuros y de gastos. Psose densamente plido el duque de Lerma. --Pero quin ha asesinado ... Dorotea? --Su despecho. --Su muerte va causar un alboroto, un escndalo; era muy querida del pblico. --Pues ved ah lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento en el escndalo que iba dar matndose. --Pero explicadme... --Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre con la infeliz, como el otro con el bufn. --Se enterrar, se enterrar. Pero dnde est Dorotea? --En su casa, en su cama, y orando junto su cama el bueno del inquisidor general. --Y qu ms queris, don Francisco? --Quiero real licencia para que partan cuando quieran Naples don Juan Tllez Girn, capitn de la guardia espaola del rey, con su esposa doa Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina. --Pedir la licencia su majestad. --Ddmela vos por traslado, que otras ms graves reales rdenes se han dado sin que lo sepa su majestad. El duque, dominado por Quevedo y por la situacin, se sent en la mesa, escribi, firm, ley lo que haba escrito Quevedo y luego dobl el papel, le puso un sobre y le sell y le sobrescribi. --Beso vuecencia las manos y le doy las gracias--dijo Quevedo tomando el pliego. Y se encamin la puerta. --No me atrevo deciros ms--dijo el duque--, porque estoy seguro de no reteneros. --Adis, don Francisco de Sandoval y Rojas--dijo con un acento singular Quevedo--; plegue Dios que no paguis, como me temo, el favor de su majestad. Y Quevedo sali. Poco despus fu cuando el duque llam al alcalde de casa y corte, Ruy Prez Sarmiento. --Tomad--dijo el duque dndole una orden firmada por el rey--; presidente sois desde ahora de la real audiencia de Mjico. --Oh! seor! seor excelentsimo!--dijo doblegndose todo el alcalde. --Anteanoche me servsteis bien; pero an os queda que hacerme un ltimo servicio. --Mandad, seor. --En la calle de Don Pedro encontraris un hombre muerto hierro. --Y quiere vuecencia que se descubra?... --Por el contrario, quiero que hagis el proceso de manera que no pueda, ni aun por barruntos, sospecharse quin es el homicida. --Lo har, seor. --Pues id al momento, no d con el difunto una ronda. --A tal hora y lloviendo, jurara que no hay un alcalde fuera de su lecho, ni ms alguaciles de pie que los que yo traigo. --Pues id, alcalde, despachos, depositad el difunto y volved, porque os necesitar an. Cuando el duque se encontr solo, una expresin de contento anim su semblante. Esto consista en que se le haba quitado una montaa de sobre el corazn, en el momento en que destruy las pruebas de traicin que en poder del to Manolillo eran su inquietud mortal. En cuanto Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte. Pero el corazn humano es un abismo. Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro. Le sacrificaba. Viva Dorotea, no era posible dejarla. Qu se hubiera dicho de la magnificencia del duque de Lerma? No dejndola, era preciso satisfacer sus gastos. Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro. Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto. Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la prdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma sala bien heredado, estaba en unas magnficas disposiciones de consuelo. Todo se arregl las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era hombre que lo entenda. El to Manolillo pas por asesinado por una mano oculta, y con su entierro se termin el proceso. Dorotea pas por muerta de repente en su casa, en su cama; se la hicieron, costendolos el duque de Lerma, que no poda dispensarse de aquel ltimo gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterr segn su voluntad, en la iglesia de San Martn, en una sepultura en el suelo, sin piedra ni letrero. Haba cesado de llover y haca sol. Un mes despus, la duquesa de Ganda recibi por un correo expreso una larga carta del duque de Osuna. El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices. A la carta de Osuna acompaaban una de don Juan y otra de doa Clara. Aquellas cartas respiraban felicidad. El autor debe decir, que tal maa se di Quevedo, que cur los dos esposos completamente, l del recuerdo de Dorotea, ella de sus celos. Atemos los ltimos cabos. Don Rodrigo Caldern san al fin de su herida, y como era necesario al duque de Lerma, ste se guard muy bien de mostrarse enojado con don Rodrigo. El incendio de la quinta del conde de Lemos se apag, pero no se apag del mismo modo el incendio del corazn de la condesa. En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fu visitar sus posesiones de Npoles. En resumen, cul de nuestros personajes era la vctima de los sucesos que acabamos de relatar? La situacin de la corte haba quedado en el mismo estado que antes; las intrigas seguan, los que antes eran enemigos, seguan profesndose un razonable odio. Doa Clara tena su don Juan. La condesa de Lemos su don Francisco. Dorotea y el bufn haban dejado de sufrir, porque los muertos no sufren. Doa Ana segua siendo la maestra de amor del prncipe de Asturias. El padre Aliaga quedse ms desesperado que lo estaba cuatro das antes. Unos personajes haban ganado. Otros se haban quedado como estaban. Pobre Francisco Martnez Montio! T solo, parte paciente de esta historia; t, pagador constante de pecados ajenos, t solo fuiste la vctima superviviente estas aventuras de cuatro das lluviosos. Su locura se haba determinado. Perdi, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya prdida no se le indemniz sino con dejarle un mechinal donde viva en palacio y una mezquina pensin nominal, porque no se le pagaba. No le encerraron porque su locura era tranquila. Consista sta en la mana de querer hacer creer todo el mundo, que detrs de l, siguindole, persiguindole, engalanada con sedas y joyas, iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba, Dorotea se sentaba la cabecera de su cama. Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de palacio, era una verdad para el infeliz. Vea por todas partes Dorotea, engalanada, pero lvida, horrible. Hua de s mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba consigo, porque su locura haba dado una forma real sus remordimientos. El infeliz se haba quedado solo. Su mujer se haba fugado con un nuevo amante, robndole su dinero ahorrado en tantos aos, los dos mil doblones que haba contenido el cofre de hierro que haba trado de Navalcarnero Francisco Martnez Montio, donde haba hallado las pruebas de su nacimiento don Juan Tllez Girn, que ste le haba cedido generosamente, y los dos mil ducados que le haba legado Dorotea, como precio horrible de su envenenamiento. Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas, comiendo de la caridad de los que en otro tiempo haban sido sus oficiales, fu necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria, le sealase una pensin decente, le diese aposento cmodo en uno de sus palacios de Madrid, y destinase una persona su servicio que slo tena esta obligacin, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien no hemos vuelto ocuparnos desde el primer captulo de este libro, de _Cascabel_, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual haba entrado el seor Juan Montio en Madrid. As pasaron algunos aos. El excocinero hablando siempre de Dorotea y vindola siempre, pero sin nombrar jams la palabra envenenamiento. _Cascabel_, rumiando su pienso cernido en un rincn de las caballerizas del duque de Osuna. Un da encontraron _Cascabel_ muerto. Pocos das despus, al entrar por la maana en el aposento de Francisco Montio el hombre que le asista, le encontr sentado sobre la cama, mirando con extraeza cuanto le rodeaba. --Dnde estoy!--dijo--; y mi mujer! dnde est mi mujer! dnde est mi hija! y tan tarde, y sin haber acudido las cocinas! El asistente le crey ms loco que nunca. Y sin embargo, Montio haba recobrado la razn, pero para morir. Cuando le dijeron cmo haba vivido seis aos; que su mujer le haba robado y abandonado; que su hija haba desaparecido con el paje Cristbal Cuero; que viva de la caridad del duque de Osuna, Montio fu lentamente desplomndose; cuando, por ltimo, le contaron que nombraba continuamente Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible sali del pecho del desdichado, y cay sobre el lecho acometido de un vrtigo mortal. Llamse al padre Aliaga, que no se separ de l, y tanto se esforzaron que le creyeron salvado. Haba dejado el lecho. Pero el mismo da en que le dej, en que sali la calle, le esperaron en vano. Lleg la noche y tampoco vino. Al da siguiente se supo que le haban hallado muerto sobre la sepultura de Dorotea. Aquella sepultura no tena losa ni nombre. Montio no haba preguntado nadie por el lugar de la sepultura de Dorotea. Quin le haba llevado morir sobre la tumba de su vctima? --Quin sabe? una casualidad tal vez. Tal vez la mano de Dios. Madrid, 1. de Mayo de 1858. FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD [imagen] End of the Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by Manuel Fernndez Y Gonzlez License: Share Alike