E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) BIBLIOTECA DE LA NACION FRANCISCO BRET HARTE BOCETOS CALIFORNIANOS TRADUCIDA POR RAMN VOLART BUENOS AIRES 1911 Reservados los derechos de traduccin. NDICE Melisa El Hijo prdigo del seor Toms Magdalena El Idilio de Red-Gulch De cmo San Nicols lleg a Bar Sansn La suerte de Campo Rodrigo El socio de Tennessee Un pobre hombre Los Desterrados de Poker Flat Una Noche en Wingdam Moreno de Calaveras Carolina--Episodio de Fiddletown De-Hinch, el idlatra A principios de 1902 falleci en Londres un americano cuya vida podra parecer singular aun en su pas natal, donde por cierto abundan los hombres que se complacen en desafiar las circunstancias de una existencia azarosa y llena de incertidumbre. Fue sucesivamente minero, maestro de escuela, corrector de pruebas, tipgrafo, editor y ltimamente cnsul de los Estados Unidos en Glasgow y Londres. Quiso la suerte que le diera por escribir, y entonces este hombre hizo lo que debieran hacer todos los que se sienten con vocacin o que creen sentirla: se inspir en un ambiente donde haba vivido por muchos aos, y copi, o mejor, idealiz costumbres y figuras de ese ambiente, con tanto arte y tanto talento que dej admirado al mismo Dickens cuando este gran novelista ingls ley por primera vez _Los Desterrados de Poker Flat_. El lector habr ya comprendido que aludimos a FRANCISCO BRET HARTE, el novelista americano. No ser intil agregar que la muerte le sorprendi a los 62 aos, cuando estaba todava en la plena actividad de su espritu, habiendo editado el ao anterior _Under the Redwoods_ y otro cuento _From Sandhill to Pine_. A los catorce aos emigraba de Albany, su ciudad natal, para California, en busca de mejor fortuna. Era en la poca de la fiebre del oro, y una verdadera corriente humana se precipitaba en los valles de este territorio en busca de Eldorado con su relativo Pactolo. Era por lo general la hez del mundo esta que iba a la conquista del Vellocino. Gente de antecedentes ignorados, pero resuelta y hecha como para el gnero de vida que iba a emprender. En unos pocos aos aquella sociedad, bizarramente cosmopolita, hizo todo lo que en el resto de la tierra se ha organizado poco a poco, a travs de los siglos; esto es, se orden, se dio una ley y una administracin. Pero entretanto, en el comienzo (justamente cuando BRET HARTE se hallaba en California), la nica ley fue la del ms fuerte y las pendencias acababan a tiros, y quien poda imponerse tena razn. De aqu esa vida errabunda de los _placers_, esos mineros que jugaban en una noche una fortuna ganada en tres meses, esos juicios sumarios contra los que violaban la ley improvisada de los campamentos, esos aventureros formidables, hroes de garitos y terribles Don Juanes en un pas y en una poca en que los favores de las pocas mujeres que se aventuraban a vivir en un ambiente como aqul, eran disputados con el revlver. Ay de los dbiles y de los cobardes! As nace ese intrpido Oarkust, de una frialdad temeraria, bello como un hroe griego. As viven los personajes de BRET HARTE en esa sociedad catica, mitad aventureros y mitad hombres de bien, bandidos y mineros, varones de voluntad indomable, duros, speros, acerados, dispuestos a cualquier cosa en cualquier momento, y hasta a acciones generosas y nobles tambin, en caso de presentrseles la ocasin. Porque esto es especialmente digno de notar: una indefinida melancola se difunde sobre todos los personajes de BRET HARTE. Esa gente parece, despus de tanto roce brutal, y de tanto combate, tener una secreta nostalgia de amores ms puros y de ideales ms elevados. De esa tosca y en ese cieno brotan como plidas flores del destierro, figuras encantadoras de hombres, mujeres y nios. Hay amores quimricos, amistades salvajes, una necesidad de querer a alguien que todo un campamento de mineros siente prepotentemente al adoptar al pequeo Tommy, el hijo de una desgraciada, nacido en el abandono y en la infamia en el Roaring Camp. Y esta poesa singular os penetra en lo ms ntimo del alma, por contraste con la aspereza de esas figuras endurecidas, como quien, ante vosotros, inesperadamente, arrancase de un tosco instrumento las ms suaves y tiernas melodas. Durante muchos aos BRET HARTE esparci estas perlas de su talento en las revistas americanas, especialmente en el _Overland Monthly_, por l mismo editada. Rim tambin con sentimiento exquisito, delicadas poesas como los _Poemas del Este y el Oeste_. Pero a nuestro parecer, la nota ms alta y original de su obra son, precisamente, estos cuentos, que constituyen la _cristalizacin literaria_--en el sentido stendhaliano,--de la California de los tiempos heroicos, de la tierra del oro, de la sangre y de las aventuras, que afortunadamente para la civilizacin--pero quiz no para el arte,--ha cedido ante otra California buclica, comercial, donde se vive tan bien como en todas partes, y que el corte del istmo de Panam acercar a Europa de unos veinte das. MELISA I En el lugar en que empieza a ser menor el declive de Sierra Nevada y donde la corriente de los ros va siendo menos impetuosa y violenta, se levanta al pie de una gran montaa roja, Smith's-Pocket[1]. Contemplado desde el camino rojizo, a travs de la luz roja del crepsculo y del rojo polvo, sus casas blancas se parecen a cantos de cuarzo desprendidos de aquellos altos peascos. Seis veces cada da pasa la diligencia roja, coronada de pasajeros, vestidos con camisas rojas, saliendo de improviso por los sitios ms extraos, y desapareciendo por completo a unas cien yardas del pueblo. A este brusco recodo del camino dbese tal vez que el advenimiento de un extranjero a Smith's-Pocket, vaya generalmente acompaado de una circunstancia bastante especial. Al apearse del vehculo, ante el despacho de la diligencia, el viajero, por dems confiado, acostumbra salirse del pueblo con la idea de que ste se halla en una direccin totalmente opuesta a la verdadera. Cuentan que los mineros de a dos millas de la ciudad, encontraron a uno de estos confiados pasajeros con un saco de noche, un paraguas, un peridico, y otras pruebas de civilizacin y refinamiento, internndose por el camino que acababa de pasar en coche, buscando el campamento de Smith's-Pocket, y apurndose en vano para hallarlo. Tal vez encontrara alguna compensacin a su engao en el fantstico aspecto de aquella Naturaleza singular. Las enormes grietas de la montaa y desmontes de rojiza tierra, ms parecidos al caos de un levantamiento primario geolgico que a la obra del hombre; a media bajada, un largo puente rstico parece extender su estrecho cuerpo y piernas desproporcionadas por encima de un abismo, como el enorme fsil de algn olvidado antediluviano. De tanto en tanto, fosos ms pequeos cruzan el camino, ocultando en sus sucias profundidades feos arroyos que se deslizan hacia una confluencia clandestina con el gran torrente amarillento que corre ms abajo, y ac y acull vense las ruinas de una cabaa con la piedra del hogar mirando a los cielos y conservando slo intacta la chimenea. El origen del campamento de Smith's-Pocket se debe al encuentro de una bolsa en su emplazamiento por un cierto Smith. Este individuo sac de ella cinco mil dllars, tres mil de los cuales gastaron l y otros construyendo varias minas y trazando un acueducto. Viose entonces que Smith's-Pocket no era ms que una bolsa, expuesta, como otras bolsas, a vaciarse, pues aunque Smith taladr las entraas de la gran montaa roja, aquellos cinco mil dllars fueron el primero y ltimo fruto de su labor. Aquella montaa se mostr avara de sus dorados secretos y la mina poco a poco fue tragando el resto de la fortuna de Smith. Dedicose entonces ste a la explotacin de cuarzo; despus a moler este mineral, luego a la hidrulica y a abrir zanjas, y finalmente, por grados progresivos, a guardar un establecimiento de bebidas. Luego se cuchiche que Smith beba mucho; pronto se supo que Smith era un borracho habitual, y despus la gente, segn acostumbra, pens que jams haba sido nada bueno. Afortunadamente, el porvenir de Smith's-Pocket, como el de la mayor parte de los descubrimientos, no dependa de la suerte de su fundador, y otros siguieron proyectando zanjas y encontrando bolsas, de manera que Smith's-Pocket se convirti en un campamento con sus dos quincalleras, sus dos hoteles, su casa-correo y sus _dos primeras familias_. Con frecuencia, su larga y nica calle quedbase asombrada por la importacin de las modas de San Francisco, tradas expresamente para estas primeras familias; esto haca que la ultrajada naturaleza, en el miserable lodazal de su surcada superficie, pareciese ms fea an, humillando de este modo a la mayora de la poblacin para la que el domingo trajo solamente la necesidad de limpieza, con una muda de ropa y sin el lujo del adorno. Haba tambin una iglesia metodista cerca de un barranco; un poco ms all, en la falda de la montaa, una reducida escuela, y, adems, un camposanto. El maestro de la escuela, sentado una noche slo ante algunos cuadernos abiertos y trazando con cuidado aquellos atrevidos y llenos caracteres que se suponen ser el non plus ultra de la excelencia quirogrfica y moral, haba llegado hasta las riquezas engaan, y estaba floreando el substantivo con una falta de sinceridad en el rasgueo, que corra parejas con el espritu del texto, cuando oy golpear dbilmente. Los carpinteros trabajaban con el martillo, en el techo, durante todo el da, y el ruido no le haba estorbado el trabajo en lo ms mnimo; pero el abrir de la puerta y el golpear continuo desde el interior, hizo que levantase los ojos. Al aparecer la figura de una nia sucia y andrajosamente vestida, sobresaltose algo su espritu. No obstante, sus ojazos negros como el azabache, su ordinario y despeinado pelo mate, cayendo sobre una cara tostada por el sol, sus descarnados brazos y pies tiznados por el rojizo barro, todo le era conocido. Acababa de llegar Melisa Smith, la nia sin madre, de Smith. --Qu puede querer de m?--pens el maestro. Todo el mundo conoce a Melisa, que as se la llamaba por toda la comarca del Red-Mountain; todos la conocan por una chica indmita. Su temperamento dscolo e ingobernable, sus locas extravagancias y carcter desordenado, eran tan proverbiales a su manera como la historia de las debilidades de su padre, y eran aceptadas por los vecinos con la misma filosofa. Discuta y luchaba con los escolares con ms aguda invectiva y brazo ms poderoso que cualquiera de stos, y el maestro la haba encontrado varias veces a algunas millas de distancia, descalza, sin medias y con la cabeza descubierta, en los senderos de la montaa, siguiendo las pistas con el olfato y maa de un montas. Los mineros de campamentos situados a lo largo del riachuelo, provean a su subsistencia, durante estas peregrinaciones voluntarias, por medio de donativos ofrecidos de la manera ms sincera y generosa. No es porque no se hubiese dispensado previamente a Melisa una proteccin ms amplia y decidida. El reputado predicador oficial, reverendo Josu Mac Sangley, la haba colocado de criada en un hotel, para que empezara a adiestrarse, presentndola luego a sus discpulos en la clase de los domingos. Mas el camino que se le haba trazado era demasiado estrecho para ella. De vez en cuando tiraba los platos al fondista, responda prontamente a los inspidos chistes de los huspedes, y produca en la clase del domingo una sensacin tan en absoluto contraria a la monotona y placidez ortodoxa de aquellas instituciones, que por respeto y deferencia a los almidonados delantales y moral inmaculada de los dos nios de cara sonrosada y blanca de las primeras familias, el reverendo seor no tuvo ms remedio que expulsarla. As era la figura y antecedentes de Melisa, al encontrarse en pie delante del maestro; mostrbanse aqullos tanto por el haraposo vestido, el despeinado cabello y los sangrientos pies, que movan a compasin, como por el brillo de sus grandes ojos negros, cuya fijeza produca una extraa impresin. --Si he venido aqu esta noche--dijo rpida y atrevidamente, fijando en la de l su dura mirada,--es porque saba que estaba usted solo; no quera venir cuando estuvieran aquellas chicas. Las aborrezco y ellas me aborrecen: he aqu la causa. Usted tiene escuela, verdad? Quiero aprender! El maestro que haba escuchado hasta entonces aquellas palabras con cierta impasibilidad, hubiera otorgado la indiferente limosna de la compasin y nada ms a aquella criatura desaliada, si al poco donaire de su destrenzado cabello y sucia cara, hubiese aadido la humildad de las lgrimas; pero con el instinto natural aunque ilgico de sus semejantes, su atrevimiento despert en l algo de aquel respeto que todas las naturalezas originales se tributan inconscientemente unas a otras, en cualquier posicin social, y la contempl con ms fijeza a medida que continuaba an hablando rpidamente, con la mano en la aldaba y la mirada fija en l: --Me llamo Melisa, Melisa Smith! Le juro que es as. Mi padre es el viejo Smith, el viejo Bumero Smith, ste es mi padre. Soy Melisa Smith y me vengo a la escuela. --Bueno! Y qu?--dijo el maestro. Acostumbrada a ser contrariada y a que se la opusieran a menudo, porque s y cruelmente, y sin otro fin que el de excitar los vivos impulsos de su naturaleza, la tranquilidad del maestro la sorprendi en gran manera. Callose; principi a retorcer entre los dedos un rizo de sus cabellos, y la rgida lnea del labio superior apretado sobre los perversos dientecitos, suavizose, experimentando un ligero temblor. Dirigi la vista al suelo, y sus mejillas se tieron de un ligero rubor al travs de las manchas de rojizo barro y de un asoleado cutis. De sbito, se ech hacia adelante invocando a Dios para que la matara en el acto, y desalentada e inerte cay de cara contra el pupitre del maestro, llorando y gimiendo, como una Magdalena. El maestro la alz suavemente esperando a que se le pasara el paroxismo de la primera excitacin. Cuando, volviendo an la cara, repeta entre sollozos el mea culpa de la penitencia infantil, que no lo quera hacer, ocurrisele al maestro preguntarle por qu haba dejado la clase dominical. --Por qu he dejado la clase del domingo? Por qu? Ah, s! Qu necesidad tena l (Mac Sangley) de decirle que era mala? Por qu le deca que Dios la odiaba? Si esto era verdad, de qu le serva ir a la clase y aprender? _Ella_ no quera deber nada a nadie que la odiase. S; ella le haba dicho esto a Mac Sangley. S, se lo haba dicho. El maestro se ri. Su risa era franca, pero despert un eco tan extrao en la pequea casa escuela y pareci tan inconsecuente y discorde con el gemido de los pinos del exterior, que a ella sigui un suspiro, tan sincero, a su manera, como la risa anterior. Sucediose un momento de grave silencio, que el maestro fue el primero en romper, preguntando a Melisa por su padre. Su padre? Qu padre? El padre de quin? Qu haba hecho por ella? Por qu la aborrecan las chicas? Vamos! Por qu, cuando pasaba, le deca la gente: la Melisa del viejo Bumero Smith!? Oh, s, quisiera estar ya muerta, completamente muerta, que todo el mundo estuviese muerto! Y rompi de nuevo en sollozos. El maestro, a quien la escena haba conmovido algn tanto, inclinado sobre ella, le dijo lo que usted o yo podamos haber dicho despus de or teoras tan poco naturales en boca infantil; pero, recordando sin duda mejor que usted o yo lo poco naturales que eran tambin su andrajosa indumentaria, sus sangrientos pies y la omnipresente sombra de su borracho padre. Asiola ligeramente, envolvindola con su pauelo. La encarg que viniera temprano a la maana siguiente y la acompa parte del camino dndole las buenas noches. La luna iluminaba brillantemente ante ellos el estrecho camino. El maestro permaneci de pie contemplando la encogida y pequea figura a medida que se alejaba vacilante por el camino, aguard hasta que hubo pasado el pequeo camposanto y alcanzado la cima de la colina, en donde se volvi y se detuvo un instante como un tomo de sufrimiento perfilado entre las lejanas y apacibles estrellas que pueblan el infinito. Despus, el maestro volvi a su tarea, pero las lneas del cuaderno se desarrollaban en largas paralelas del interminable camino, sobre el cual parecan pasar, en la noche, figuras infantiles gimiendo y suspirando. Entonces, parecindole la pequea sala de la escuela ms lgubre y comprimida que antes, cerr la puerta y regres a su casa. Al da siguiente, fue Melisa a la escuela. Se haba lavado previamente la cara, y su cabello negro y ordinario llevaba trazas de una reciente pelea con el peine, en la cual, al parecer, ambos llevaban mala parte. La mirada desafiadora brillaba de cuando en cuando en sus ojos, pero su manera era ms dcil y modesta. Entonces comenz una serie de pequeas pruebas y de sacrificios mutuos, en los cuales maestro y alumna obtuvieron partes iguales y que aumentaron su mutua simpata. Aunque obediente ante la mirada del maestro, a menudo, durante el asueto, contrariada o irritada por un desprecio imaginario, Melisa rabiaba con furia indmita, y ms de una vez algn pequeo educando, que haba querido igualar con ella sus armas de combate, palpitante, con rasgada chaqueta y araado rostro, buscaba proteccin al lado del profesor. Hubo sobre el asunto una seria divisin entre los vecinos; muchos amenazaron con retirar a sus hijos de una compaa tan mala, y otros, con el mismo calor, defendieron la conducta del maestro en su obra educativa. De este modo, con terca persistencia que ms adelante, al considerar lo pasado, le pareci firmeza, el maestro sac poco a poco a Melisa de las tinieblas de su pasada vida, como si no fuese ms que su progreso natural en el estrecho sendero por el cual la haba encaminado en la estrellada noche de su primitivo encuentro. Teniendo presente la experiencia del evanglico, Mac Sangley evit con cuidado y paciencia el escollo sobre el cual, ste, poco adiestrado piloto, haba hecho naufragar la fe reciente de la nia. Si en el transcurso de la lectura tropezaba casualmente con aquellas pocas palabras que han levantado a sus semejantes sobre el nivel de los ms viejos, ms sabios y ms prudentes, si aprenda algo de una fe que est simbolizada por el sufrimiento, y si la antigua llama se suavizaba en sus ojos, no era nunca bajo la fuerza de una leccin. Entre la gente ms sencilla de aquellos buenos colonos se reuni una pequea suma, por medio de la cual la haraposa Melisa pudo vestir la ropa de la decencia y de la civilizacin, y con frecuencia un rudo apretn de manos y palabras de franca aprobacin y confortamiento de alguna de esas figuras arrugadas, groseras y vestidas con la encarnada camisa, hacan acudir el rubor a las mejillas del joven maestro y le obligaban a pensar si eran del todo merecidos los plcemes y tributos que se le prodigaban. Unos tres meses haban transcurrido desde la poca de su primer encuentro y el maestro estaba entregado una noche a sus copias morales y sentenciosas, cuando se oy llamar a la puerta y otra vez se vio a Melisa delante de s. Vestida con cierta extraa pulcritud, tena la cara limpia, y tal vez nada, excepto el largo cabello negro y los brillantes ojos, poda recordarle la anterior aparicin. --Est usted ocupado?--pregunt.--Puede venir conmigo? Y al significar aqul su asentimiento, con su antigua manera voluntariosa y decidida, dijo: --Venga pronto, pues. Salieron precipitadamente, y penetraron en el oscuro camino. Al entrar en el pueblo, el maestro le pregunt a dnde iban, y ella contest: --A ver a mi padre. Por primera vez oa nombrarle con aquel ttulo filial, o darle otro fuera del de viejo Smith o bien de el Viejo. Por primera vez, tres meses, hablaba de l, y al maestro le constaba que le haba evitado resueltamente desde el cambio experimentado en la escuela. Pero convencido por sus ademanes, sera por dems preguntarle sus propsitos, la sigui pasivamente por sitios solitarios, por bajas tabernas, restaurants y salones, por casas de juego y de baile; el maestro, precedido por Melisa, entraba y sala como un autmata. Entre el humo y los reniegos de los antros del vicio, la nia, asida de la mano del maestro, se paraba mirando ansiosamente, tratando de descubrir, al parecer inconsciente de todo, el objeto que buscaba y que absorba todos sus sentidos. Algunos bebedores, reconociendo a Melisa, llamaban a la nia para que les cantara y bailara, y la hubieran obligado a beber a no interponer el maestro su respetable autoridad. Otros, reconocindole, les hicieron paso silenciosamente. As transcurri bastante tiempo. La nia le dijo entonces al odo, que del otro lado del torrente, atravesado por una larga palanca, quedaba an una cabaa donde pensaba que poda estar. Marcharon en aquella direccin, durante media hora de fatigosa caminata, pero intilmente. Volvan ya sobre sus pasos por la zanja, siguiendo el canal y contemplando las luces del pueblo en la orilla opuesta, cuando de pronto son agudamente en el fresco aire de la noche un disparo de arma de fuego, que el eco se encarg de reproducir varias veces en torno de Red-Mountain, haciendo que los perros ladraran a lo lejos. Las luces del pueblo parecieron vibrar y moverse rpidamente por algunos momentos. El riachuelo hirvi a su lado en borbotones tumultuosos; algunas piedras se desprendieron de la cuesta y cayeron ruidosamente en el agua; un fuerte viento pareci sacudir las ramas de los fnebres pinos, y luego el silencio se restableci ms de lleno, ms profundo y ms lgubre. Entonces el maestro volviose hacia Melisa con un movimiento instintivo de proteccin, pero la nia haba desaparecido entre las sombras. Impulsado por un extrao terror, corri rpidamente camino abajo hacia el lecho del ro, y saltando de roca en roca, alcanz la aldea. Una vez en el centro de Red-Mountain y en las cercanas del estribo de la palanca, mir hacia arriba y detuvo el aliento con temor; pues en lo alto, sobre la estrecha tabla, vio la pequea y area figura de su compaera de poco ha, cruzando rpidamente como una aparicin. Subi nuevamente la orilla, y guiado por algunas luces que se movan en torno de un punto fijo de la montaa, encontrose pronto rodeado de una multitud de hombres sombros y presa de profundo terror. De en medio de la multitud sali la nia, y tomndole de la mano, le condujo silenciosamente delante de lo que pareca ser un profundo boquete en la montaa. Melisa tena la cara lvida, pero su excitacin haba desaparecido y su mirada era como la de una persona a quien algn suceso, por largo tiempo esperado, hubiese acontecido; expresin que al maestro, en su atolondramiento, le pareca casi como de alivio. All delante apareca una cabaa cuyo techo aguantaban dos maderos apolillados. La nia seal un montn como de vestidos andrajosos, deshechos y echados en el agujero por el ltimo habitante de la misma. El maestro se aproxim y a la luz de una antorcha se inclin sobre ellos. Era el cuerpo inerte de Smith con la pistola en la mano y la bala en el corazn, tendido al lado de su _bolsa_ vaca. II El juicio que Mac Sangley aventur con referencia al cambio de sentimientos que supuso haber experimentado Melisa, haba ganado terreno, y muchos pensaron que Melisa haba dado con el filn de una buena conducta. As es que, cuando se hubo aadido una nueva tumba al pequeo cercado, y a expensas del maestro se coloc en ella una lpida con su correspondiente inscripcin: _La Bandera de la Red-Mountain_, se port como buena e hizo lo que deba respecto de la memoria de uno de nuestros ms antiguos zapadores, refirindose graciosamente a aquel tsigo de las ms nobles inteligencias, y relegando generosamente al olvido el pasado de nuestro querido hermano. Llora hoy su prdida una hija nica, deca _La Bandera_, que es ahora una alumna ejemplar gracias a los esfuerzos del reverendo Mac Sangley. En verdad, el reverendo Mac Sangley haca gran caso de la conversin de Melisa, y atribuyendo indirectamente a la desgraciada nia el suicidio de su padre, se permiti intencionadas alusiones a los efectos beneficiosos de la silenciosa tumba, y en tan alegre contemplacin redujo la mayor parte de los nios a un estado de horror tan grande que fue causa de que los vstagos de las primeras familias guardasen en clase silencio tal, que bien lo hubiese querido el maestro para todo el ao. El largo y clido verano no se hizo esperar. A medida que cada ardiente da se consuma en pequeas neblinas color gris perla en las cimas de las montaas, y la naciente brisa esparramaba rojas cenizas sobre el panorama, la verde alfombra que la temprana primavera haba tendido por encima de la tumba de Smith, se marchit hasta secarse por completo. Todos los domingos por las tardes, al entrar el maestro por el camposanto, se sorprenda de encontrar arrojadas all algunas flores silvestres, tomadas en el hmedo pinar, como tambin toscas guirnaldas prendidas de la pequea cruz de madera. Algunas de aquellas guirnaldas estaban formadas de hierbas odorferas, de esas que las nias gustan de guardar en su pupitre, aqu y acull, enlazadas con las plumas del bacai de la vainilla y de la anmona silvestre, el maestro repar en la capucha azul oscuro de la adormidera o acnito venenoso. Instintivamente y al asociar la vista de esta planta con aquellos recuerdos, experiment el maestro una sensacin capaz de contrarrestar el efecto esttico que primero haba sentido. Un da, al dar un largo paseo por la silvestre sierra, top en el corazn del bosque con Melisa, sentada sobre un derribado pino, como sobre un tronco fantstico formado por los colgantes penachos de siniestras ramas, con la falda llena de hierbas y de pias, y canturreando para s una de las negras melodas que en aquel preciso momento haba recordado. Dando muestras de franca simpata, le hizo lugar en su elevado trono, y con aire hospitalario y aun de proteccin, con ser el maestro tan terriblemente serio, le colm de piones y frutas silvestres. Aprovech el maestro aquella oportunidad para explicarle las propiedades nocivas del acnito, cuyos oscuros capullos vea en su falda, y arranc de ella la promesa de no tocar flores de aquella planta, en tanto que fuese alumna suya. Despus, habiendo puesto a prueba su integridad, se qued satisfecho, desvanecindose el extrao sentimiento que antes le haba sobrevenido. De entre los hogares que se le abrieron a Melisa cuando se supo su conversin, el maestro prefiri el de la seora Morfeo, un ejemplar femenino y bondadoso de la flora del Sudoeste, conocido en su mocedad por el apodo de Rosa de la Pradera. Era la seora Morfeo uno de aquellos seres que luchan resueltamente contra su propia naturaleza, por medio de una larga serie de actos de lucha y de abnegacin, habiendo subyugado, por fin, su disposicin, naturalmente descuidada, hasta tener principios de orden, que, al igual que el seor Pope, consideraba como la primera ley moral. Pero no poda gobernar del todo las rbitas de sus satlites por regulares que fuesen sus propios movimientos, y hasta su mismo Jaime, tena a veces con ella frecuentes choques. Su antigua naturaleza afirmbase de nuevo en su descendencia. Licurgo huroneaba a deshora en la alacena, y Arstides vena de la escuela a casa sin zapatos, dejando tan importantes artculos en el umbral para tener el placer de hacer un viaje por el lgamo de las zanjas a pies desnudos. Octavia y Casandra eran descuidadas en sus vestidos. As, que, por ms que la Rosa de la Pradera hubiese espaldado, podado y disciplinado su propio y ya maduro temperamento, los retoos crecieron a porfa, bravos y desparramados con una sola excepcin. Esta nica excepcin la constitua Sofa Morfeo, de quince aos de edad y que realizaba la concepcin inmaculada de su madre, ntida, ordenada, y de inteligencia calma y reposada. La seora Morfeo tena la amorosa debilidad de imaginarse que Sofa era un consuelo y un ejemplo para Melisa, y siguiendo esta sofistera, la seora Morfeo sacaba a Sofa a colacin ante Melisa, cuando sta era mala, presentndola a la nia como modelo reverente en sus momentos de contricin. De modo que no se extra el maestro cuando supo que Sofa ira a la escuela evidentemente tan slo como un favor para el maestro y como un ejemplo para Melisa y todos los educandos, pues Sofa era ya toda una seorita, como suele decirse. Como heredera de las cualidades fsicas de su madre, y en obediencia a las leyes climatolgicas de la regin de Red-Mountain, la muchacha entraba en eflorescencia prematura. La juventud de Smith's-Pocket, para quien esta especie de flor era escasa, suspiraba por ella en abril, languideca en mayo y la soaba todo el ao. Serios hombrecitos rondaban la escuela a la hora de salida y hasta algunos estaban celosos de Mac Sangley. Quiz esta ltima circunstancia fue la que abri los ojos de ste a una observacin. No le fue difcil notar que Sofa era romntica; que en la clase necesitaba de mucha atencin, que sus plumas eran siempre malas y necesitaban cortarse; que acompaaba generalmente la splica con cierto xtasis en la mirada, que no guardaba relacin con el servicio que verbalmente peda; que a veces toleraba que las curvas de su rollizo y torneado brazo blanco reposaran sobre el del maestro cuando estaba escribiendo sus muestras, y que cuando tal haca se ruborizaba y echaba hacia atrs los rizos de sus blondos cabellos. No recuerdo si he dicho que el maestro era joven, cosa, de todas maneras, de poca trascendencia. Educado severamente en la escuela en que Sofa dio sus primeras lecciones, a pesar de todo resisti como un hermoso y joven espartano, las flexibles curvas y fascinadoras miradas, en cuyo ascetismo tal vez pudo contribuir lo exiguo de la comida que tomaba. Por lo general, evitaba a Sofa; pero una tarde, cuando ella volvi a la escuela en busca de algo que haba olvidado y no encontr hasta que el maestro se encamin a su casa con ella, quiz trat de hacerse particularmente agradable, en parte, segn imagino, para que su conducta aadiera hielo y amargura a los ya desbordados corazones de los platnicos admiradores de Sofa. A la maana siguiente de este sentimental episodio, Melisa no fue a la escuela. Lleg el medioda, pero no Melisa. Interrogada Sofa sobre el asunto, dijo que haban salido juntas hacia la escuela, pero que la voluntariosa Melisa haba tomado otro sendero. Por la tarde el mismo misterio, y al llegar la noche vio el maestro a la seora Morfeo, cuyo corazn maternal estaba realmente sobresaltado. La seora Morfeo haba pasado todo el da buscndola, sin hallar traza que pudiera ayudar al descubrimiento de la fugitiva. Arstides fue llamado como presunto cmplice, pero aquel honrado muchacho consigui convencer a la familia de su inmaculada inocencia. La seora Morfeo alimentaba la viva esperanza de que an hallara a la nia ahogada en una zanja, o lo que casi era tan terrible, cubierta de lodo, manchada y sin esperanza de que por medio de jabn y agua volviera a su primitivo estado. El maestro volvi a la escuela con el corazn contristado. Al encender su lmpara y sentarse en el pupitre, encontr ante s una esquela, a l dirigida. La tom en sus manos rpidamente, no tardando en reconocer la letra de Melisa. Pareca estar escrita en una hoja arrancada de un viejo libro de notas, y al efecto de evitar alguna indiscrecin sacrlega, estaba cerrada con seis obleas rotas. Abrindola casi tiernamente, el maestro ley lo siguiente: Honorable seor: Cuando lea esto, habr huido, para nunca ms volver. Jams, jams, jams! Puede usted regalar mis abalorios a Mara Juanita, y mi Orgullo de Amrica (un cromo pintarrajeado de una caja de tabaco) a Florinda Flanders. Pero le encomiendo no d nada a Sofa Morfeo. No lo haga por lo que ms quiero. Sabe usted cul es mi opinin sobeo ella? Pues, sta: Que es detestable. Esto es todo, y nada ms por hoy de su respetuosa servidora,--_Melisa Smith_. Despus de haber ledo esta extraa epstola, el maestro qued meditabundo, hasta que la luna alz su brillante faz por encima de los montes e ilumin el camino que conduca a la casa escuela, camino endurecido con el ir y venir de los menudos pies de los educandos. Enseguida, ms satisfecho, hizo trizas la misiva y esparci por el suelo los pequeos pedazos. Al da siguiente, al amanecer, se levant rpidamente, abriose camino al travs de los helechos a modo de palmeras, y del espeso matorral del pinar, asustando a la liebre en su madriguera y despertando la malhumorada protesta de algunos grajos calaveras, que al parecer haban pasado la noche en orga; as lleg a la selvtica cumbre donde una vez haba hallado a Melisa. Encontr all el derribado pino de enlazadas ramas, pero el trono estaba vaco. Acercose ms, y algo que pareca ser un animal asustado, moviose por entre las crujientes ramas del rbol y corriose hacia arriba de los extendidos brazos del cado monarca, y amparndose en algn follaje amigo. El maestro, subiendo al viejo asiento, encontr el nido caliente an, y mirando a lo alto hacia las enlazadas ramas, se hall con los ojos negros de Melisa. Se miraron en suspenso. Melisa fue la primera en hablar. --Qu quieres?--pregunt secamente. El maestro se haba preparado su plan de batalla. --Quiero algunas manzanas silvestres--dijo en tono humilde. --No las tendrs; vete. Por qu no las pides a Sofa?--Y pareca que Melisa se desahogaba al expresar su desprecio por slabas adicionales al ttulo ya algo dilatado de su tentadora compaera.--Eres muy malo! --Tengo hambre, Melisita. Desde ayer a la hora de comer no he probado bocado. Estoy muerto de hambre! Y el joven, en un estado de inanicin extraordinario, apoyose contra el primer rbol que encontr delante. El corazn de Melisa se enterneci. En los das amargos de su vida de gitana, haba conocido la sensacin que l tan maosamente finga. Vencida por su tono acongojado, pero no del todo exenta de sospecha, dijo: --Cava bajo el rbol, cerca de las races, y encontrars muchas; pero cuidado en decirlo. Melisa tena, como los ratones y las ardillas, sus escondrijos; pero, naturalmente, el maestro fue incapaz de encontrarlas, probablemente porque los efectos del hambre cegaban sus sentidos. Melisa empezaba a inquietarse. Por fin, le mir de soslayo al travs de las hojas, a la manera de un hada, y pregunt: --Si bajo y te doy algunas, me prometes mantenerte a distancia? El maestro asinti. --As te mueras si lo haces! El maestro acept resignadamente tan terrible maldicin. Melisa se desliz del rbol, y durante algunos momentos no se oy ms que el mascar de piones. --Ests mejor?--pregunt con cierto inters. El maestro, dndole gravemente las gracias, confes que se iba reanimando, y entonces comenz a volverse por donde haba venido. Como lo esperaba, no se haba alejado mucho cuando ella le llam. Volviose. Ella estaba all, de pie, plida, con lgrimas en los ojos. El maestro comprendi que haba llegado el momento oportuno. Acercndose a ella le tom ambas manos, y contemplando sus hmedas pupilas, dijo en tono insinuante al par que grave: --Melisita, te acuerdas de la primera tarde que fuiste a verme? Me preguntaste si podas asistir a mi escuela, pues queras aprender algo y ser ms buena, y yo te dije... --Ven--dijo la nia con presteza. --Qu diras _t_ si el maestro viniese ahora a buscarte y dijese que estaba triste sin su pequea alumna, y que estaba deseoso de que volviera con l para ensearle a ser ms bueno? Melisa baj silenciosamente la cabeza por algunos instantes. El maestro esperaba con impaciencia. Dando descomunales saltos, una liebre corri hasta cerca de la pareja, y alzando su brillante mirada y aterciopeladas patas delanteras, se sent y los contempl. Una bulliciosa ardilla se desliz por medio de la corteza resquebrajada de un pino derribado, y se qued all parada. --Te estamos esperando, Melisita--dijo el maestro en voz baja, y la nia se sonri. Las cimas de los rboles se balanceaban, movidas por el cfiro, y un largo rayo de luz se abri camino entre las enlazadas ramas, dando de lleno en la indecisa cara, sorprendindola en una mueca de irresolucin. De pronto, agarr con su habitual ligereza la mano del maestro. Balbuce algunas palabras, apenas perceptibles; pero el maestro, separando de su frente el negro cabello, la bes, y as, asidos de la mano, salieron de las hmedas y perfumadas bvedas del bosque por el abierto camino baado en la luz matinal. III No tan malvola en su trato respecto a los dems alumnos, Melisa conservaba todava, una actitud ofensiva respecto a Sofa. Quiz el elemento de los celos no estaba apagado del todo en su apasionado y pequeo corazn. Quiz sera tan slo que las redondas curvas y la rolliza silueta, ofrecen una superficie ms extensa y apta para el roce. Pero como que tales efervescencias estaban bajo la autoridad del maestro, su enemistad a veces tomaba una forma nueva que no se dejaba reprender. Mac Sangley, en su primer juicio del carcter de la nia no pudo concebir que jams hubiese posedo una mueca. Y es que el maestro, parecido a muchos otros perspicaces observadores, estaba ms seguro en los raciocinios _a posteriori_ que en los _a priori_. Melisa tena mueca, pero era propiamente la mueca de Melisa una reproduccin en pequeo de ella misma. Por una casualidad, descubri la seora Morfeo el secreto de su poco grata existencia. Como compaera que haba sido de las excursiones de Melisa, llevaba seales evidentes de los sufrimientos y peripecias pasadas. La intemperie y el barro pegajoso de las zanjas borraron prematuramente su color primitivo. Era en un todo el retrato de Melisa en pasados tiempos. Su nica falda roja, ajada, estaba sucia y harapienta, como lo haba sido la de la nia. Jams se haba odo a Melisa aplicarla cualquier trmino infantil de cario. Nunca le enseaba en presencia de otros nios. Severamente acostada en el hueco de un rbol cercano a la escuela, slo le estaba permitido hacer ejercicio durante las excursiones de Melisa, quien, cumpliendo para con su mueca, como lo haca consigo misma, un severo deber, aqulla no conoca lujo de ningn gnero. Se le ocurri a la seora Morfeo, obedeciendo a un laudable impulso, comprar otra mueca que regal a Melisa. La nia la recibi curiosa y gravemente. Al contemplarla el maestro un da, crey notar en sus redondas mejillas encarnadas y mansos ojos azules, un ligero parecido a Sofa. En seguida se ech de ver que Melisa haba reparado tambin en el mismo parecido; de consiguiente, cuando se vea sola, le golpeaba la cabeza de cera contra las rocas, la arrastraba a veces con una cuerda atada al cuello, al ir y volver del colegio, y otras, sentndola en su pupitre, converta en acerico su cuerpo paciente e inofensivo. No me meter a discutir si haca aquello en venganza de lo que ella consideraba una nueva e imaginaria intrusin de las excelencias de Sofa, o porque tuviese como una intuicin de los ritos de ciertos paganos, y entregndose a aquella ceremonia fetichista, imaginara que el original de su modelo de cera desfallecera para morirse ms tarde. Esto sera un arduo problema de metafsica muy difcil de resolver. El maestro no pudo menos de observar, a pesar de esas incongruencias morales, el trabajo de una percepcin rpida y vigorosa, propia de una inteligencia sana. Melisa no conoca ni el titubear ni las dudas de la niez. Las contestaciones en clase estaban ligeramente impregnadas de inslita audacia. Claro que no era infalible, pero su valor y aplomo en lanzarse en honduras por las que no habran osado bogar los tmidos nadadores que la rodeaban, suplan los errores del discernimiento. Los nios, por lo visto, en cuanto a esto, no valen ms que las personas mayores; pues siempre que la pequea mano encarnada de la nia se ergua por encima del pupitre para pedir la palabra, reinaba el silencio de la admiracin, y el mismo maestro estaba a veces oprimido por una duda de su propio criterio y experiencia. No obstante, ciertas particularidades que en un principio le entretenan y divertan su imaginacin, comenzaron a afligirle, y graves dudas asaltaron su conciencia. No poda ocultrsele que Melisa era vengativa, irreverente y voluntariosa, que slo tena una facultad superior propia de su condicin semisalvaje, la facultad del sufrimiento fsico y de la abnegacin, y otra, aunque no muy constante, atributo de fiera nobleza, la de la verdad. Melisa era a la vez intrpida y sincera; dos cosas que en aquel carcter venan a reducirse a una sola. Medit mucho el maestro sobre este particular y haba llegado a la conclusin ordinaria de aquellos que piensan sinceramente, a saber: que l era esclavo de sus propias preocupaciones, cuando determin visitar al reverendo Mac Sangley para pedirle consejo y parecer. Claro que esta decisin humillaba su orgullo, pues l y Mac Sangley no estaban en muy buena armona. Pero el pensamiento de Melisa se sobrepuso en l, y en la noche de su primer encuentro, y tal vez con la supersticin perdonable de que la mera casualidad no haba guiado sus pies hacia la escuela, y con la conciencia satisfecha de la rara magnanimidad de su accin, venci su antipata y se avist con el reverendo. Mac Sangley se alegr de la visita en grado sumo. Observ, adems, que el maestro tena buen semblante, y esperaba verle curado de la neuralgia y del reumatismo. Tambin le haba molestado a l con un sordo dolor, desde la ltima entrevista, pero tena de su parte la resignacin y el rezo, y callndose un momento, a fin de que el maestro pudiese escribir en su libro de memorias una receta que le dict para curar la sorda intermitencia, el seor Mac Sangley acab por informarse de la respetable seora Morfeo. --Ornato y prez de la cristiandad es tan buena seora, y su tierna y hermosa familia prospera--aadi el reverendo,--Sofa est perfectamente educada, y es tan atenta como cariosa. Las buenas prendas y cualidades de Sofa parecan afectarle hasta tal extremo, que se extendi en consideraciones sobre ellas un buen lapso de tiempo. El maestro viose doblemente confuso. De un lado, resultaba un contraste violento para la pobre Melisa, en toda aquella alabanza de Sofa, y de otro, este tono confidencial le desagradaba al hablar de la primognita de la seora Morfeo; as es que el maestro, despus de algunos esfuerzos ftiles por decir algo natural, crey conveniente el recordar otro compromiso y se fue sin pedir los informes, pero en sus reflexiones posteriores, daba injustamente la culpa al reverendo seor Mac Sangley de no habrselos procurado. Este hecho colocaba de nuevo al maestro y a la alumna en la estrecha comunin de antes. Melisa pareci reparar el cambio en la conducta del maestro, forzada desde haca algn tiempo, y en uno de sus cortos paseos vespertinos, detenindose ella de repente, y subiendo sobre un tronco de rbol, le mir de hito en hito con ojos insinuantes y escudriadores. --No est usted loco?--dijo con un sacudimiento interrogativo de todo su cuerpo. --No. --Ni fastidiado? --No. --Ni hambriento? (El hambre era para Melisa una enfermedad que poda atacarle a uno en cualquier ocasin). --No. --Ni pensando en ella? --En quin, Melisita? --En aquella chica blanca. (Este fue el ltimo epteto inventado por Melisa, que era muy morenita, para indicar a Sofa, cuya blancura competa con la de la nieve). --No. --Me da usted palabra? (frase con que se sustituy el as murieses por sabio consejo del maestro.) --S. --Y por su sagrado honor? --S. Entonces Melisa le dio un beso salvaje, salt del rbol y se escap volando. En los dos o tres das que siguieron se dign parecerse ms a los nios en general, y llevar ms buena conducta. Haban transcurrido ya dos aos desde la llegada del maestro a Smith's-Pocket y como su sueldo no era grande y las perspectivas de Smith's-Pocket, para convertirse eventualmente en capital del Estado, no parecan del todo positivas, haca tiempo que meditaba un cambio de situacin. Privadamente, haba descubierto ya sus intenciones a los patronos de la escuela; pero, siendo en aquel tiempo escasos los jvenes de un carcter moral intachable, consinti en continuar el curso hasta la prxima primavera, pasando as todo el invierno. Nadie conoca su intencin excepto su nico amigo, un tal doctor Duchesne, joven mdico criollo, conocido de la gente de Wingdam por _Duchesny_. Jams lo comunic a la seora Morfeo, ni a Sofa, ni menos a los alumnos que asistan a sus clases. Esta reserva tena su explicacin en la antipata constitucional a enredar, sobre todo en el deseo de ahorrarse las preguntas y conjeturas de la curiosidad vulgar y de que nunca crea que iba a hacer algo hasta el momento que lo haba puesto en prctica. No le gustaba pensar en Melisa. Quiz por un instinto egosta se esforzaba en figurarse su sentimiento por la nia como necio, romntico y poco prctico. Incluso quiso convencerse de que sus adelantos seran mayores bajo la direccin de un maestro ms viejo y ms riguroso. Melisa tena entonces once aos, y de all a pocos ms, segn las leyes de Red-Mountain, sera una mujer. Despus de todo, l haba cumplido con su deber. Cuando muri Smith, dirigi cartas a los parientes de ste y recibi contestacin de una hermana de la madre de Melisa; dando las gracias al maestro, le manifestaba su intencin de abandonar con su marido los Estados del Atlntico en direccin a California, dentro de poco tiempo. El maestro fund con esto un ligero castillo en el aire, imaginando acaso fundar la casa de Melisa; pues era fcil creer que una mujer cariosa y simptica podra guiar mejor su caprichosa naturaleza. Pero, cuando el maestro le ley la carta, Melisa escuchola como quien oye llover, la recibi sumisamente y despus recortola con sus tijeras en figuras que representaban a Sofa, rotuladas _la nia blanca_, para evitar errores, y que plant sobre las paredes exteriores del edificio. El verano tocaba a su fin, y la ltima cosecha haba pasado de los campos al granero, cuando el maestro pens tambin recoger por medio de un examen los maduros frutos de las tiernas inteligencias que se haban puesto bajo su cultivo y direccin. As es que los sabios y gente de profesin de Smith's-Pocket se reunieron para sancionar aquella tradicional costumbre de poner a los nios en violenta situacin y de atormentarles como a los testigos delante del Tribunal. Como de costumbre, los ms audaces y serenos fueron los que lograron obtener los honores del triunfo y ver coronada su frente con los laureles de la victoria. El lector imaginar que Melisa y Sofa alcanzaron la preeminencia y compartan la atencin del pblico. Melisa, con su claridad de percepcin natural y confianza en s misma; Sofa, con el plcido aprecio de su persona y la perfecta correccin en todas sus cosas. Los otros pequeuelos eran tmidos y atolondrados. Como era de esperar, la prontitud y el despejo de Melisa, cautivaron al mayor nmero y provocaron el unnime aplauso. La historia de Melisa haba inconscientemente despertado las ms vivas simpatas de una clase de individuos, cuyas formas atlticas se apoyaban contra las paredes y cuyas bellas y barbudas caras atisbaban con inusitada atencin. Sin embargo, la popularidad de Melisa se hundi por una circunstancia inesperada. Mac Sangley se haba invitado a s mismo y disfrutaba la agradable diversin de asustar a los alumnos ms tmidos con las preguntas ms vagas y ambiguas, dirigidas en un tono grave e imponente; Melisa se haba remontado a la astronoma, y estaba sealando el curso de nuestra manchada bola al travs del espacio y llevaba el comps de la msica de las esferas describiendo las rbitas entrelazadas de los planetas, cuando Mac Sangley se levant y dijo con su voz gutural: --Melisa! Est usted hablando de las revoluciones de esta tierra y de los movimientos del sol y creo ha dicho que esto se efecta desde la creacin, no es verdad? Melisa lo afirm desdeosamente. --Bueno, y es esto cierto?--exclam Mac Sangley, cruzndose de brazos. --S--dijo Melisa, apretando con fuerza sus labios de coral. Las hermosas figuras de las barandas se inclinaron ms hacia la sala, y una cara de santo de Rafael, con barba rubia y dulces ojos azules, pertenecientes al mayor bribn de las minas, se volvi hacia la nia y le dijo muy quedo: --Mantente firme, Melisa! Mac Sangley, que hasta aquel momento haba tenido fija la mirada en Melisa, dio un profundo suspiro, ech primero al maestro y despus a los nios una mirada de compasin, y luego pos su vista sobre Sofa. La nia levant nuevamente su regordete y blanco brazo, cuyo seductor contorno realzaba un brazalete modelo, chilln y macizo regalo de uno de sus ms humildes admiradores, que llevaba gracias a la solemnidad del da. Rein un silencio sepulcral. Las redondas mejillas de Sofa eran sonrosadas y suaves, los grandes ojos de Sofa eran muy brillantes y azules, y la muselina blanca del trajo escotado de Sofa descansaba muellemente sobre sus hombros blancos y rollizos. Sofa mir al maestro y el maestro asinti con la cabeza. Entonces Sofa dijo con dulce voz: --Josu mand al sol que se parase y le obedeci! Un sordo murmullo de aplauso se oy por todos los mbitos de la escuela, pintose una expresin triunfal en la cara de Sangley, una grave sombra en la del maestro, y una cmica mirada de contrariedad irradi de las ventanas. Melisa hoje rpidamente su astronoma y cerr el libro con estruendo. Y con un gemido de Mac Sangley, estallaron murmullos de asombro en la clase y un aullido desde las ventanas, cuando Melisa descarg su sonrosado puo sobre el pupitre con esta revolucionaria manifestacin: --Es una maldita impostura! No lo creo! IV La larga estacin de las lluvias tocaba ya a su trmino. Bandadas de pjaros inundaban los campos, y la primavera mostraba nueva vida en los hinchados capullos, y en los impetuosos arroyos. Los pinares despedan el ms fresco aroma. Las azaleas brotaban ya y los ceanothus preparaban para la primavera su librea de color morado. En la ladera meridional del Red-Mountain, la larga espiga del acnito se lanzaba hacia arriba desde su asiento de anchas hojas y de nuevo sacuda sus campanillas de azul oscuro en el suave declive de las cimas. Una alfombra de verde y mullida hierba, ondulaba sobre la tumba de Smith esmaltada de brillantes botones de oro, y salpicada por la espuma de un sin fin de margaritas. El pequeo camposanto haba recogido en el pasado ao nuevos habitantes, y nuevos montculos se elevaban de dos en dos a lo largo de la baja empalizada hasta alcanzar la tumba de Smith, dejando junto a ella un espacio. La supersticin general la haba evitado y el sitio al lado de Smith esperaba morador. Varios carteles fijados en los muros del pueblo participaban que, dentro de un breve plazo, una clebre compaa dramtica representara, durante algunos das, una serie de sainetes para desternillar de risa; que, alternando agradablemente con stos, darase algn melodrama y diversiones a granel. Como es natural, estos anuncios ocasionaron un gran movimiento entre la gente menuda y eran tema de agitacin y de mucho hablar entre los alumnos de la escuela. El maestro haba prometido a Melisa, para quien esta clase de placer era sagrado y raro, que la llevara, y en la importante noche del estreno el maestro y Melisa asistieron puntualmente. El estilo dominante de la funcin era el de la penosa mediana; el melodrama no fue bastante malo para rer ni bastante bueno para conmover los espritus. Pero, el maestro, volvindose aburrido hacia la nia, sorprendiose y sinti algo como vergenza, al reparar en el efecto singular que causaba en aquella naturaleza tan sensible. Sus mejillas se tean de prpura a cada pulsacin de su palpitante corazoncillo; sus pequeos y apasionados labios se abran ligeramente para dar paso al entrecortado aliento; sus grandes y abiertos ojos se dilataron y se arquearon sus cejas frecuentemente. Melisa no ri ante las sosas mamarrachadas del gracioso, pues Melisa raras veces se rea; ni tampoco se afect discretamente, hasta acudir al extremo de hacer uso de su pauelo blanco, como Sofa, la del tierno corazn, que estaba hablando con su pareja y al mismo tiempo mirando de soslayo al maestro, para enjugar alguna lgrima. Pero cuando se termin el espectculo y el pequeo teln baj sobre las reducidas tablas, Melisa suspir profundamente y se volvi hacia la grave cara del maestro, con una sonrisa apologtica y cansado gesto. --Ahora, vmonos a casa--insinu. Y baj los prpados de sus negros ojos, como para ver una vez ms la escena en su imaginacin virgen. Al dirigirse a casa de la seora Morfeo, el maestro crey prudente ridiculizar la funcin de arriba abajo. --No me extraara--dijo--que Melisa creyese que la joven que tan bellamente representa lo hace en serio, enamorada del caballero del rico traje, y aun suponiendo que estuviere enamorada de veras, sera una desgracia. --Por qu?--dijo Melisa, alzando los cados prpados. --Oh! Porque con el salario actual no puede mantener a su mujer y pagar sus bonitos vestidos a tanto por semana, y, adems, porque, casados, no tendran tanto sueldo por los papeles de amantes. Esto, con tal--aadi el maestro--que no estn ya casados con otras; sospecho que el marido de la bella Condesita recibe los billetes a la entrada, alza el teln, o despavila las luces, o hace alguna otra cosa de igual refinamiento y distincin. Por lo que respecta al joven del vestido bonito, que lo es, realmente ahora, y debe costar a lo menos de dos y medio a tres pesos no contando para nada aquel manto de droguete encarnado, del cual conozco el precio, pues compr de l una vez para mi cuarto; en cuanto a este joven, Melisa, no es mal chico, y si bien bebe de vez en cuando, creo que la gente no debiera aprovecharlo para criticarlo tan acerbamente y echarlo en el lodo, verdad? Puedes creerme que podra deberme durante mucho tiempo dos pesos y medio, antes no se lo echase en cara como en Wingdam lo hizo la otra noche aquel hombre. Melisa haba tomado la mano del maestro entre las suyas, procurando mirarle a los ojos, pero el joven los mantuvo desviados con firmeza. Melisa tena una vaga idea de la irona, permitindose a veces una especie de humor sardnico, que se manifestaba por igual en sus acciones y en su manera de hablar. Pero el joven continu de este talante, hasta que hubieron llegado a casa de la seora Morfeo y hubo depositado a Melisa bajo su cuidado maternal. Se le ofreci descanso y un refresco que rehus, restregndose los ojos, para evitar las miradas de sirena de los ojos azules de Sofa, excusose y se fue derecho a casa. Durante los dos o tres das siguientes al arribo de la compaa dramtica, Melisa iba tarde a la escuela, y a causa de la ausencia de su constante gua, el paseo usual del maestro la tarde del viernes, fue por una vez omitido. Al retirar el joven sus libros, preparndose para abandonar la escuela, son a su lado una infantil voz: --Con su permiso? El maestro se volvi y encontrose con Arstides Morfeo. --Qu ocurre?--dijo el maestro con impaciencia,--digan! Pronto! --Bueno, seor, yo y Hugo creemos que Melisa se va a escapar nuevamente. --Cmo! Qu significa esto, caballerito?--dijo el maestro con el injusto enojo con que siempre reciba las noticias que no le eran gratas. --Melisa, seor, no se queda nunca en casa, y Hugo y yo la vemos hablar con uno de aquellos cmicos y en este momento est con l, y, adems, ayer nos dijo a Hugo y a m que poda echar un discurso tan bien como la seorita Celestina Montemoreno, y se puso a declamar... Y el nio se call, como asustado. --Qu cmico?--exclam el maestro. --Aquel que lleva el sombrero negro... y cabello largo y alfiler de oro... y cadena de oro--dijo Arstides, poniendo perodos en lugar de comas para poder dar paso a su respiracin. El maestro sinti una opresin desagradable en el pecho y en la garganta, y tomando maquinalmente los guantes y el sombrero se sali a la calle. Arstides trotaba a su lado, esforzndose en igualar el paso de sus cortas piernas con las zancadas del maestro, cuando ste se par de repente y Arstides dio con l un fuerte topetazo. --Dnde estaban hablando?--pregunt, como siguiendo la conversacin. --En la Arcada--dijo Arstides. Cuando hubieron llegado a la calle Mayor, el maestro se detuvo. --Ve corriendo a casa--dijo al nio.--Si Melisa est all, ven a la Arcada y dmelo, y si no est qudate en ella; oyes? Y Arstides se escap al trote de sus cortas piernecillas, desplegando toda su velocidad. A pocos pasos del camino estaba la Arcada. Con este nombre era conocido un largo e irregular edificio, conteniendo taberna, saln de billar y restaurant. Al cruzar el joven la plaza, observ que dos o tres transentes se volvieron y le siguieron con la vista fijamente durante un buen trecho. Arreglose el vestido, sac el pauelo y se enjug la cara antes de penetrar en el establecimiento. Dentro de la taberna haba su habitual nmero de holgazanes, bebiendo y gritando desaforadamente. Una cara le mir tan fijamente y con expresin tan extraa, que el maestro se par, encarndose con l, y entonces vio que no era ms que su propia imagen reflejada en un espejo pintarrajeado la cual le hizo creer que tal vez estaba un poco excitado, de manera que tom de una mesa un nmero de _La Bandera de Red-Mountain_, y trat de recobrar su serenidad, leyendo la seccin anunciadora. Atraves luego la taberna, el restaurant y entr en la sala de billar. Melisa no estaba all. De pie, al lado de una de las mesas, haba un individuo que llevaba en la cabeza un sombrero de hule con anchas alas, que el maestro reconoci en seguida por el agente de la compaa dramtica. Era un hombre eminentemente antiptico por la manera de llevar la barba y el pelo. En vista de que el objeto de su cuidado no estuviese all, se volvi hacia el hombre del sombrero negro. Este haba reparado en el maestro, pero con la astucia comn en la cual siempre se estrellan los caracteres vulgares, afect no verle. Contonendose con un taco en la mano, aparentaba apuntar a una bola en el centro del billar. El maestro permaneci de pie delante de l, hasta que alz los ojos. En el momento que sus miradas se cruzaron, el maestro fuese a su encuentro derechamente. Cuando principi a hablar, algo se le fue subiendo a la garganta que retardaba su palabra; su propia voz le asust; tan profunda y vibrante sonaba. Pero moder sus impulsos pues quera a toda costa evitar un escndalo. --He sabido--principi,--que Melisa Smith, una hurfana, una de mis alumnas, ha estado tratando con usted para seguir su profesin. Es esto exacto? El hombre del sombrero de azabache se inclin de nuevo sobre la mesa, y como si jugara, de un golpe vigoroso de taco lanz la bola contra la tabla con absoluta falta de lgica. Despus, dando la vuelta a la mesa, recogiola y la coloc en su punto primitivo. Hecho esto, y preparndose para otra jugada, dijo: --Supongamos que as sea. El maestro se atasc de nuevo, pero, haciendo un ntimo esfuerzo que quiz trascendi al exterior, continu: --Si es usted caballero, nicamente tengo que decirle que soy su tutor y responsable de su educacin. Usted sabe, tan bien como yo, la clase de vida que pretende ofrecer a un corazn virgen y henchido de ilusiones. Por poco que se haya usted enterado, tiene que saber que la he sacado de una existencia peor que la muerte, la he arrancado del lodo de las calles y quiz de una futura corrupcin. Estoy tratando de hacerlo otra vez. Tenemos que hablar formalmente, pues las circunstancias as lo exigen. La nia no tiene padre, ni madre, ni hermana, ni hermano. Es que usted trata de sustituir a alguna de estas personas? El cmico examin la punta de su taco y mir despus en torno, con aire displicente, y hasta en sus labios pareci dibujarse una sonrisa sardnica. --S que es una nia extraa y voluntariosa--continu el maestro,--pero es mejor de lo que era. Me parece que an tengo alguna influencia sobre ella. As es que le ruego y espero que no tome ms cartas en este asunto, sino que, como hombre y como caballero, no ose estorbarla en su camino. Adems, tengo grandes deseos... Aqu las palabras se atravesaron otra vez en la garganta del maestro, y la frase qued entrecortada. El hombre del negro chambergo, interpretando mal el silencio del maestro, alz la cabeza con una risa irnica y salvaje y exclam: --La quiere para usted slo, verdad? Ni una palabra ms! El tono en que haba pronunciado aquellas palabras, la mirada de que haban ido acompaadas, y, ms que todo, la naturaleza del hombre que se atreva a soltar tamao insulto, hirieron como una saeta la dignidad del joven preceptor. La retrica que mejor convence a esta clase de animales, es un golpe. Posedo el maestro de esta verdad, y encontrando ya slo de este modo expresiva la accin, hizo acopio de toda su energa para dar a puo cerrado en el cnico rostro de aquel malvado. El golpe ech a rodar por un lado el reluciente chambergo y el taco por otro, y arranc el guante y la piel de la mano del maestro; destroz los ngulos de la boca del patn y ech a perder la forma particular de su barba de un modo lamentable. Oyose un grito, una imprecacin, una pelea, y el pisotear de mucha gente. La muchedumbre penetr apresuradamente en la sala, se separ a derecha e izquierda y sonaron dos tiros que se oyeron casi al mismo tiempo. Se arrojaron todos sobre los contrincantes, y se vio al maestro de pie, sacudindose con la mano izquierda los tacos encendidos, de la manga de su chaqu. Alguien le detena por la otra mano. Mirsela y vio que todava sangraba del golpe, pero entre sus dedos luca una hoja de acero. No pudo recordar cundo ni cmo vino a su poder. La persona que le sujetaba por la mano, era el seor Morfeo, que arrastr al maestro hacia la puerta, pero ste se resista y se esforz en articular el nombre de Melisa, tan bien como lo permita su boca contrada y convulsa. --Todo va bien, hijo mo--dijo el seor Morfeo.--Est en casa. Y juntos salieron al camino. Durante el trayecto, el seor Morfeo le dijo que Melisa haba entrado corriendo en la casa algunos momentos antes, y le haba arrancado de ella, diciendo que mataban al maestro en la Arcada. Con el deseo de estar solo, el maestro prometi al seor Morfeo que no buscara otra vez aquella noche al agente y se alej en direccin al colegio. Al acercarse a l se asombr de hallar la puerta abierta, y an ms de encontrarse a Melisa acurrucada detrs de una mesa. El carcter del maestro, como lo he indicado antes, tena al igual que la mayor parte de las naturalezas de excesiva susceptibilidad, su base de egosmo. La cnica burla proferida por su reciente adversario, bulla an en su espritu. Probablemente, pens, otros daran semejante interpretacin a su afecto por la nia, tan vivamente demostrado, y que aun sin esto, su accin era necia y quijotesca. Y, adems, no haba ella voluntariamente olvidado su autoridad y renunciado a su afecto? Y qu haban dicho todos? Cmo es que slo l se empeaba en combatir la opinin de todos para tener finalmente que confesar tcitamente la verdad de cuanto se le haba predicho? Haba provocado una ordinaria reyerta de taberna, con un qudam soez y villano, y arriesgado su vida para probar qu? Qu es lo que haba probado? Nada! Qu diran sus amigos? Y, sobre todo, qu dira el reverendo seor Sangley? La ltima persona a quien en estas reflexiones hubiera querido encontrar, era Melisa. Con aire de contrariedad dirigi sus pasos hacia su pupitre, y le dijo en breves y fras palabras, que estaba ocupado y que deseaba estar solo. Levantada, Melisa, tom la silla abandonada y sentndose a su vez, escondi su cabeza entre las manos. Alz de nuevo la vista, y ella permaneca an all, de pie; le estaba mirando a la cara con expresin contristada y pesarosa. --Le has muerto?--exclam. --No!--dijo el maestro. --Pues no te di yo el cuchillo para eso?--dijo la nia rpidamente. --Me dio el cuchillo--repiti el maestro maquinalmente. --S, te di el cuchillo. Yo estaba all debajo del mostrador. Vi cundo comenz la lucha y cmo cayeron los dos. l solt su viejo cuchillo y yo te lo di. Por qu no le mataste?--dijo Melisa, rpidamente, con un centellear expresivo de sus negros ojos y alzando una mano amenazadora. El maestro slo pudo expresar su asombro con la mirada. --S--dijo Melisa,--si lo hubieses preguntado, te hubiera dicho que me iba con la compaa de cmicos. Sabes por qu? Porque no me quisiste decir que ibas a dejarme t a m. Yo lo saba, te o decrselo al doctor. Yo no iba a quedarme aqu sola con los Morfeo, preferira morir. Hubo una pequea pausa y Melisa sac de su pecho algunas hojas verdes, ya marchitas, y mostrndolas con el brazo tendido, y con su rpido y vvido lenguaje y con la extraa pronunciacin de su primitiva infancia, en que reincida en los momentos de excitacin, dijo: --Ah tienes la planta venenosa que mata y que t mismo me enseaste. Me ir con los actores o comer esto y morir aqu. Todo me es igual. No me quedar donde me aborrecen y soy despreciada. Tampoco me dejaras, si no me despreciases y aborrecieses. Y, esto diciendo, su apasionado pecho palpit con fuerza y dos grandes lgrimas aparecieron en el borde de sus prpados, pero las sacudi con el extremo de su delantal, como si fuesen insectos inoportunos. --Si me encierras en la crcel--dijo Melisa fieramente,--para separarme de los actores, me envenenar. Si mi padre se mat, por qu no puedo hacerlo yo tambin? Dijiste que un bocado de aquella raz me matara y siempre la llevo aqu. Y golpe su pecho con fiereza. Por la imaginacin del joven maestro pas la vista del lugar vaco al lado de la tumba de Smith, y el porvenir del dbil ser que temblando de pasin tena ante s, inquiet vivamente su espritu. Asiole ambas manos entre las suyas, y mirndola de lleno en sus sinceros ojos, le dijo: --Melisita, quieres venirte _conmigo_? Melisa le ech los brazos al cuello, y dijo, llena de alegra: --S. --Pero ahora, esta noche? --Tanto mejor. Agarrados de las manos salieron al camino, al estrecho camino por el que una vez la haban conducido sus cansados pies a la puerta del maestro, y que pareca no deber pisar sola ya ms. Miriadas de estrellas centelleaban sobre sus cabezas. Para el bien o para el mal, la leccin haba sido aprovechada, y detrs de ellos la escuela de Red-Mountain se cerr para siempre, dejando un rastro imperdurable. EL HIJO PRDIGO DEL SEOR TOMS Todo el mundo saba que el seor Toms andaba en busca de su hijo, y por cierto que era ste un buen truhn. As es que no fue un secreto para sus compaeros de viaje, que vena a California con el nico objeto de efectuar su captura. Sinceramente y con toda franqueza, nos puso el padre al corriente as de las particularidades fsicas, como de las flaquezas morales del ausente hijo. --Relataba usted de un joven que ahorcaron en Red-Dog por robar un filn?--deca un da el seor Toms a un pasajero del vapor.--Recuerda usted el color de sus ojos? --Negros--contest el pasajero. --Ah!--dijo el seor Toms, como quien consulta un memorndum mental,--los ojos de Carlos eran azules. Y alejbase inmediatamente. Quiz por tan poco simptico sistema de pesquisas o por aquella predisposicin del Oeste, a tomar en broma cualquier principio o sentimiento que se exhiba con sobrada persistencia, las investigaciones del seor Toms sobre el particular despertaron el buen humor de los viajeros del buque. Circulose privadamente entre ellos un anuncio gratuito sobre el tal Carlos, dirigido a _Carceleros y Guardianes_, y todo el mundo record haber visto a Carlos en circunstancias dolorosas, pero en favor de mis paisanos debo confesar que, cuando se supo que Toms destinaba una fuerte suma a su justificado proyecto, slo en voz baja siguieron las bromas, y nada se dijo, mientras l pudo orlo, que fuera capaz de contristar el corazn de un padre, o bien de poner en peligro el provecho que podan esperar los bromistas de toda calaa. La proposicin de don Adolfo Tibet, hecha en tono jocoso, de constituir una compaa en comandita, con el objeto de encontrar al extraviado joven, obtuvo, en principio, favorable acogida. Psicolgicamente considerado, el carcter de el seor Toms no era amable ni digno de atencin. Sus antecedentes, tal como l mismo los comunic un da en la mesa, denotaban un temperamento prctico, aun en medio de sus extravagancias. Tuvo una juventud y edad madura speras y voluntariosas, durante las cuales haba enterrado a disgustos a su esposa, y obligado a embarcarse a su hijo, experiment de repente una decidida vocacin para el claustro. --La agarr en Nueva Orlens el ao 59--nos dijo el seor Toms, como quien se refiere a una epidemia.--Psenme las chuletas! Tal vez este temperamento prctico fue el que lo sostuvo en su indagacin aparentemente infructuosa. No tena en su poder indicio alguno del paradero de su fugitivo hijo, ni mucho menos pruebas de su existencia. Con la confusa y vaga memoria de un nio de doce aos, esperaba ahora identificar al hombre adulto. Sin embargo, lo consigui. Lo que no dijo jams es cmo se sali con la suya. Hay dos versiones del suceso. Segn una de ellas, el seor Toms, visitando un hospital, descubri a su hijo, gracias a un canto particular, que entonaba un enfermo delirante, soando en su edad infantil. Esta versin, dando como daba ancho campo a los ms delicados sentimientos del corazn, se hizo muy popular, y narrada por el reverendo seor Esperaindeo al regreso de su excursin por California, jams dej de satisfacer a los oyentes. La otra, menos sencilla, es la que yo adoptar aqu, y, por lo tanto, debo relatarla con la detencin que se merece. Era despus que el seor Toms desisti de buscar a su hijo entre el nmero de los vivos y se dedicaba al examen de las necrpolis y a inspeccionar cuidadosamente las fras lpidas de los cementerios. Un da, visitaba con cuidado la Montaa Aislada, lgubre cima, bastante rida ya en su aislamiento original, y que parece ms rida an por los blancuzcos mrmoles con que San Francisco da asilo a los que fueron sus ciudadanos, y los protege de un viento furioso y persistente, que se empea en esparcir sus restos, retenindolos bajo la movediza arena que parece rehusar cobijarlos. Contra este viento, el viejo opona una voluntad no menos frrea y tenaz. Todo el da se pasaba con su cabeza dura y gris, cubierta por un alto sombrero enlutado, hundido hasta las cejas, leyendo en alta voz las inscripciones funerarias. Las citas de las Santas Escrituras le gustaban y se complaca en corroborarlas con una Biblia manual. --Aqulla es de los salmos--dijo un da al cercano enterrador. El interpelado call. Sin inmutarse en lo ms mnimo, el seor Toms se desliz en la abierta fosa, entablando un interrogatorio ms decidido. --Ha tropezado usted alguna vez en su profesin con un tal Carlos Toms? --El diablo se lleve a Toms!--replic el enterrador framente. --Si no tena religin creo que ya lo habr hecho--respondi el viejo, trepando fuera de la tumba. Quiz diera esto ocasin a que el seor Toms tardara ms tiempo del ordinario en salir del cementerio. Al regresar de frente hacia la ciudad, principiaron a brillar ante l las luces, y un viento impetuoso, que la neblina haca sensible, ya le impela hacia adelante, ya como puesto en acecho le atacaba enfadosamente desde las desiertas calles de los suburbios. En uno de estos recodos otra cosa no menos indefinida y malvola, se arroj sobre l con una blasfemia, encarndole una pistola y requirindole la bolsa o la vida. Pero se encontr con una voluntad de hierro y una mueca de acero: agresor y agredido rodaron agarrados por el suelo; en el mismo instante, el viejo se irgui, tomando con una mano la pistola que haba podido arrebatar y con la otra sujetando con el brazo tendido la garganta de un joven de hosco y salvaje semblante, que pretenda deshacerse con esfuerzos sobrehumanos. --Joven--dijo el seor Toms, apretando sus delgados labios.--Cmo se llama usted? --Toms! La frrea mano del anciano resbal desde la garganta al brazo de su prisionero, aunque sin disminuir la presin con que le tena asido. --Carlos Toms, ven conmigo--dijo luego. Y llevose a su cautivo al hotel en que se hospedaba. Lo que tuvo lugar all no ha trascendido fuera, pero a la maana siguiente se supo que el seor Toms haba dado con el hijo prdigo. Sin embargo, ni la apariencia de los modales del joven justificaban a un perspicaz observador la anterior narracin. Serio, reservado y digno, entregado en cuerpo y alma a su recin encontrado padre, acept los beneficios y responsabilidades de su nueva condicin con cierto aire de formalidad, que se asemejaba al que haca falta a la sociedad de San Francisco y que ella arrojaba de s. Algunos quisieron despreciar esta cualidad como una tendencia a cantar salmos, otros vieron en esto las cualidades heredadas del padre, y estaban dispuestos a profetizar para el hijo la misma dura vejez; pero todo el mundo convino en que era compatible con los hbitos de hacer dinero, en los cuales padre e hijo haban coincidido de un modo singular. Y, no obstante, el anciano pareca que no era feliz. Quiz porque la realizacin de sus deseos le haba dejado sin una misin prctica; tal vez, y esto es lo ms probable, senta poco amor por el hijo que haba con tanta fortuna recobrado. La obediencia que de l exiga, le era otorgada de buen grado; la conversin en que haba puesto su alma entera, fue completa, y, a pesar de todo, nada de esto le satisfaca su espritu. Haba cumplido con todos los requisitos de su deber religioso al redimir a su hijo, y, no obstante, parecale que faltaba algo a su brillante accin. En semejante duda, leyose la parbola del Hijo Prdigo, que no haba perdido nunca de vista en su peregrinacin, y observ que haba omitido el festn final de reconciliacin. No pareca ofrecrsele nada mejor a la deseada cualidad del ceremonioso sacramento entre l y su hijo; de manera, que un ao despus de la aparicin de Carlos, se prepar a darle un banquete suntuoso. --Rene, llama a todo el mundo, Carlos--dijo solemnemente,--para que todos sepan que te he sacado de los abismos de la iniquidad y de la compaa de los cerdos y de las mujeres perdidas, y mndales que coman, beban y se regocijen. No s si el anciano tena para esto otro motivo, no analizado todava. La hermosa casa que haba mandado construir sobre las arenosas colinas, parecale a veces solitaria y triste. A menudo, sorprendase a s mismo, tratando de reconstruir con las graves facciones de Carlos las de aquel nio cuyo vago recuerdo tanto le ocup en el pasado y que tanto hoy le preocupaba. Imaginbase que era sta seal de que se le acercaba la vejez y con ella una nueva infancia. Un da, en su sala de ceremonias dio de manos a boca con un nio de uno de los criados, que se aventur a llegar hasta all, y quiso tomarle en sus brazos: pero el nio huy ante su hosco y arrugado semblante. Por todo esto, pareciole muy pertinente reunir en su casa la buena sociedad de San Francisco, y de entre aquella exposicin de doncellas elegir la compaera de su hijo. Despus tendra un nieto, un nio a quien criar desde el principio y a quien amara, como no amaba a Carlos. Intil es decir que todos fuimos al convite. Aquella distinguida sociedad vino provista de aquella exuberancia de animacin, alegra y locuacidad, sin freno ni respeto alguno para el anfitrin, que la mayor parte distribuy del modo ms generoso posible, principalmente a costa de los festejados. La cosa hubiera terminado con escndalo, a no pertenecer los actores a la ms alta escala social. En efecto, el seor Tibet, dotado por naturaleza de ingenioso humorismo y excitado adems por los brillantes ojos de las muchachas Jonnes, se port de una manera tal, que atrajo las serias miradas de don Carlos Toms, quien se le acerc, diciendo casi al odo: --Parece que se siente usted malo, seor Tibet; permtame que le conduzca a su carruaje. (Resiste, perro, y te echar por la ventana). Por aqu, si gusta; la habitacin est caldeada y quiz poda perjudicarle. Intil es decir que slo una parte de este discurso fue perceptible para la sociedad y que el resto lo divulg el seor Tibet, sintiendo en el alma que su repentina indisposicin le privase de lo que la ms excntrica de las seoritas Jonnes, bautiz con el nombre el ramillete final de la fiesta, y que voy a referir. El acontecimiento se guardaba para el final de la cena. Probablemente el seor Toms haca la vista gorda ante la desordenada conducta de la gente joven, abstrado en la meditacin del efecto dramtico que tena en incubacin. En el momento de levantarse los manteles, psose de pie y golpe solemnemente sobre la mesa. Entre las muchachas Jonnes, se inici una tosecita que contagi todo aquel lado de la mesa. Carlos Toms, desde un extremo de aqulla, alz la mirada con tierna expectacin. --Va a cantar un himno. --Va a rezar. --Silencio! que es un discurso! Estas voces dieron vuelta a la sala. Y el seor Toms empez: --Hoy hace un ao, hermanos y hermanas en Jesucristo--dijo con severa pausa,--un ao cumple hoy, que mi hijo regres de correr los lodazales del vicio y de gastar su salud con las hijas del pecado. La risa ces de golpe. --Vanle ahora, Carlos Toms, levntate! Carlos Toms obedeci. --Hoy hace un ao y ahora pueden contemplarle. A la verdad, era un hermoso hijo prdigo, all de pie, con su severo traje de ltima moda. Un prdigo arrepentido, con ojos tristes y obedientes, vueltos hacia la dura y antiptica mirada del autor de sus das. La seorita Smith, un capullo de quince aos, sinti en las puras profundidades de su loquillo corazn un movimiento de involuntaria simpata hacia l. --Quince aos hace que abandon mi casa--dijo el seor Toms,--hecho un prdigo y un libertino. Pero yo mismo era un hombre de pecado!... Oh, amigos en Jesucristo! Un hombre de ira y de rencor.--(Amn--aadi la mayor de las Jonnes). Pero, alabado sea Dios, he huido de mi propia clera. Cinco aos ha que obtuve la paz que supera a la humana comprensin. La tienen ustedes, amigos? Un subcoro de no, no, por parte de las muchachas, y un venga el santo y sea por la del teniente de navo, Coxe, de la corbeta de guerra de los Estados Unidos, _El Terror_, sirvieron de contestacin. --Llamad y se os abrir. Y cuando descubr lo errado de mi camino y la preciosidad de la gracia--continu el seor Toms,--vine a darla a mi querido vstago. Busqu por mar y por tierra sin desmayar. No esper que l viniera a m, lo cual podra haber hecho, justificndome con el libro de los libros en la mano, sino que le busqu en el cieno, entre los cerdos, y... (el final de la frase se perdi por el roce de los vestidos de las seoras al retirarse). Obras, hermanos en Jesucristo, es mi divisa; por sus obras los conoceris y ah estn las mas, que todos pueden juzgar a la luz del da. Y, al decir esto, el seor Toms, gesticulando y haciendo extraas muecas, miraba fijamente hacia una puerta abierta que daba a la terraza, atestada haca poco de criados mirones y convertida ahora en escena de un tumulto infernal. En medio del ruido, cada vez creciente, un hombre, miserablemente vestido y borracho como una sopa, se abri paso por entre los que se le oponan, y penetr en la sala con paso nada seguro. El brusco cambio entre la neblina y la oscuridad de fuera, y el resplandor y el calor de dentro, lo deslumbraron, as es que en su estupor quitose el estropeado sombrero y lo pas una o dos veces ante sus ojos, mientras se sostena, aunque con poca seguridad, contra el respaldo de un sof. De pronto, su errante mirada cay sobre la plida fisonoma de Carlos Toms, y con un destello de infantil inteligencia y una dbil risa de falsete, echose hacia adelante, agarrose a la mesa, hizo caer los vasos, y, finalmente, se dej caer sobre el pecho del joven. --Carlos! Caramba de truhn! qu tal? --Silencio! Sintate! Calla!--dijo Carlos Toms, forcejeando rpidamente por desembarazarse del abrazo de su inoportuna visita. --Mrenlo!--continu el forastero, sin hacer caso del aviso y con la mayor despreocupacin. Y en tono de amorosa y expresiva admiracin, y reteniendo al pobre Carlos con vacilante mueca, lleno de ternura, prosigui: --Contemplen, pues, a este pillastre! Carlos, as Dios me condene, estoy orgulloso de ti! --Salga usted de casa!--dijo el seor Toms, levantndose con la amenazadora y fra mirada de sus ojos grises, y haciendo acopio de autoridad.--Carlos, cmo te atreves?... --Clmate, vejete! Carlos, quin es ese to, vamos? Corre! --Cllate, insensato! Vamos, toma esto!--Y con mano nerviosa Carlos Toms llen de licor una copa.--Bebe y vete, hasta maana... en cualquier parte, pero djanos; vete en seguida y djanos en paz. Pero antes de que el miserable pudiera beber, el anciano, plido de rabia, precipitose sobre el intruso, y asindolo con sus poderosos brazos y arrastrndolo a travs del grupo de asustados comensales que los rodeaban, alcanz la puerta abierta de par en par por los criados, cuando Carlos Toms exclam, con un grito angustioso: --Detngase! Parose el anciano. A travs de la puerta, abierta de par en par, la neblina y el viento llevaron al interior una oleada de fro. --Qu significa esto?--pregunt, volviendo hacia Carlos su colrico rostro. --Nada! Pero, detngase, se lo suplico... Aguarde hasta maana, pero no esta noche. No lo haga. Se lo ruego. Por el amor de Dios, no haga usted eso. En el tono de la voz del joven, o tal vez en el contacto del miserable que luchaba entre sus poderosos brazos, haba un no s qu indefinible y extrao. Sea como fuere, un terror confuso e indefinible se apoder del corazn del anciano, que murmur con voz salvaje: --Quin es este sujeto? Carlos no contest. --Atrs todos!--grit con voz de trueno el seor Toms a los convidados que lo rodeaban.--Carlos, ven aqu! Yo te lo mando, yo... yo... yo... yo te ruego... me digas quin es este hombre. Ahora mismo. Dos personas, tan slo, oyeron la contestacin que sali, dbil y quebrantada, de los labios de Carlos Toms: --ES SU HIJO. * * * * * * * Al da siguiente, cuando el sol haba rebasado las ridas colinas de arena, los convidados haban desaparecido de los festivos salones del seor Toms. Las luces ardan an plidas y tristes en los desiertos salones, y en medio de este abandono, slo tres personas se acurrucaban apretadas en un ngulo de la fra sala, formando confuso montn. La una, tendida en un canap, dorma el sueo de la borrachera; sentbase a sus pies el que hemos conocido por Carlos Toms, y junto a ambos, encogida y rebajada a la mitad de su tamao encorvbase la figura del seor Toms, la mirada hosca, los codos sobre las rodillas y tapndose con las manos los odos, como para evitar la voz triste y suplicante que pareca llenar los mbitos de la habitacin. --Bien sabe que no emple voluntariamente artificio alguno para engaar a usted. El nombre que di aquella noche fue el primero que me vino a las mientes; precisamente el nombre de uno a quien cre muerto; el del disoluto compaero de mi vida de libertino. Cuando ms tarde me interrog usted, emple el conocimiento que de l haba adquirido, para enternecer su corazn y ganarlo para una vida honrada. Juro que nicamente fue por esto! Y cuando me dijo quin era, vi por primera vez abrirse ante m una nueva vida... entonces... entonces... oh, seor! s, estaba hambriento, desnudo y sin recurso, cuando iba a robar su bolsillo; me senta solo en el mundo, infeliz y desesperado, cuando quise robar la ternura de un padre dolorido. El anciano permaneca imperturbable. Desde su suntuoso lecho, el recobrado hijo prdigo roncaba confiadamente. --Yo no tena padre que pudiese reclamar. Jams conoc otro hogar que el que he tenido hasta estos momentos. Ca en la tentacin. He sido tan dichoso... tan dichoso! Irguiose y permaneci de pie ante el viejo. --No tema que me interponga entre su hijo y la herencia. Parto hoy de este lugar para jams volver. El mundo es grande, y, gracias a su bondad, s ahora ganarme la vida honradamente. Adis! No quiere usted aceptar mi mano?... Sea. Adis! Y dio media vuelta para marcharse. Pero, cuando lleg a la puerta, retrocedi de repente, y alzando entre ambas manos la encanecida cabeza del anciano, la bes unas y ms veces con efusin. --Carlos! No hubo contestacin. --Carlos! Incorporose el anciano estremecido y corri bambolendose dbilmente hacia la puerta. Estaba abierta. Por ella llegaba el tumulto de una gran ciudad que despierta, y entre este tumulto las pisadas del hijo prdigo que se perdan a lo lejos, para siempre. MAGDALENA El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera, dando frecuentes sacudidas. En su interior ramos siete personas que no habamos despegado los labios desde que uno de aquellos saltos vino a dejar sin concluir la ltima cita potica del juez, mi honorable vecino. El hombre alto sentado junto a ste, dorma con el brazo pasado por la colgante correa, y apoyada la cabeza en ella, formaba como un objeto fofo e indefinible, pareca que se hubiese ahorcado a s propio, y le hubieran cortado la cuerda que le haba servido de instrumento. En el asiento posterior, la seora francesa dormitaba tambin, conservando una actitud de estudiado recato, que se echaba de ver en la posicin del pauelo cado sobre la frente ocultando a medias su rubicunda cara. Otra seora de Virginia City, que viajaba en compaa de su esposo, yaca en un ngulo, arrebujada en un mar de cintas, pieles y abrigos que inundaban por completo su persona. No se perciba otro ruido que el chirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando de repente la diligencia se par, y omos unas voces que llegaban confusamente hasta nosotros. El conductor sostena un vivo dilogo con alguien en el camino, dilogo que nos pareci deba ser poco halageo a juzgar por las palabras que en medio del furioso viento que soplaba pudimos apreciar; puente arrastrado, camino inundado, paso imposible y otras por el estilo. El silencio ms absoluto rein un momento, y despus una misteriosa voz lanz desde el camino este consejo: --Prueba en casa de Magdalena. Al dar el vehculo una brusca vuelta, alcanzamos a vislumbrar los caballos delanteros, y luego un jinete que se desvaneca en la bruma. Indudablemente, emprendamos el camino de la casa de Magdalena. Quin era y dnde estaba Magdalena? El juez, nuestra autoridad, dijo no recordar aquel nombre, y eso que conoca por completo el pas; el viajero canadiense opin que Magdalena tendra alguna posada; pero lo nico que realmente supimos fue que la crecida de las aguas nos haba cortado el camino por el frente y por la espalda, y que Magdalena era nuestra tabla salvadora. Por espacio de diez minutos nos encharcamos por un tortuoso camino, ancho a duras penas para la diligencia, y nos detuvimos delante de un reja atrancada y aforrada, fija a una extensa pared de cerca de unos dos metros de alto. Aquello era, sin duda alguna, la casa de Magdalena. Pero, sin duda alguna tambin, aquella mujer no tena posada. El cochero baj y tante la puerta, que estaba slidamente cerrada. --Magdalena! Magdalena! Nadie contest. --Magdalena! T, Magdalena!--continu el cochero con irritacin cada vez ms patente. --Magdalena!--aadi el correo persuasivamente.--Oh, Magdalenita! Pero la tal Magdalena, al parecer insensible, dio la callada por respuesta. El juez acababa de bajar el vidrio de la ventanilla, sac fuera la cabeza, y comenz una serie de preguntas que, a ser contestadas satisfactoriamente, hubieran dilucidado, sin duda alguna, todo aquel misterio. A todo esto replic el auriga que si no saltbamos del coche para ayudarle en llamar a Magdalena quiz tendramos que permanecer toda la noche en l. Nos levantamos, pues, y llamamos a Magdalena en coro, y luego cada cual a solo, y apenas hubimos acabado, cuando un hiberns, compaero de viaje, grit desde el imperial: Magdalena! con un acento tan extrao que todos nos echamos a rer. Mientras nos estbamos riendo, nuestro cochero dijo a voz en grito: --Silencio! Todos prestamos odo, y con infinita admiracin omos que el coro de Magdalena! se repeta a la otra parte de la pared, juntamente con el final e infame grito del hiberns. --Extraordinario eco!--dijo el juez. --Extraordinario y remaldito!--exclam el conductor, con desprecio.--Sal ya de ah, Magdalena, y mustrate en persona de una vez. S humana. No juegues al escondite; yo no bromeara en tu lugar, Magdalena--continu Yuba-Bill, que en un exceso de furor daba ya vueltas pateando. --Magdalena!--continu la voz.--Oh, Magdalena! --Mi buen seor!--dijo el juez, en el tono ms pattico.--Imagnese lo inhospitalario de rehusar un abrigo contra la inclemencia del tiempo, a mujeres desamparadas. Seor mo de mi alma! Pensar que... Una letana de Magdalena terminando con una carcajada interrumpi su peroracin. Yuba-Bill acab la paciencia; tomando del camino una pesada piedra derrib la verja, y seguido del correo penetr en el cercado: nosotros tomamos la misma direccin. Reinaba la ms completa oscuridad, y todo cuanto pudimos saber, gracias a los rosales que nos rociaban con su hmedo follaje a cada rfaga de viento, fue que estbamos en un jardn o cosa parecida. --Conoce usted al inquilino de esta casa?--pregunt el juez a Yuba-Bill. --No; ni ganas--contest Yuba-Bill secamente, viendo ofendida en su persona, por tan contumaz individua, a toda la compaa pionera de diligencias. --Pues, s que la hemos hecho buena!...--replic el juez, pensando en la verja allanada. --Mire usted--dijo Yuba-Bill, con delicada irona,--no hara mejor en volverse y tomar asiento en el coche hasta que le avisaran? Yo entro. Y dicho y hecho, empuj la puerta de la casa. En apretada haz penetramos todos en una larga sala iluminada nicamente por el rescoldo de un fuego que se extingua en un rincn de la chimenea. La luz vacilante que aquel rescoldo despeda daba relieve al grotesco dibujo de las paredes extraamente pintadas. Distinguase una persona sentada en gran silln de brazos junto al hogar. Todo esto lo vimos, apiados en el umbral detrs del conductor y del correo. --Hola! Dnde est Magdalena?--dijo Yuba-Bill, al misterioso solitario. Aquella figura no habl ni se movi. El cochero se acerc furiosamente a ella, dirigiendo sobre su rostro el ojo de la linterna que llevaba en la mano. Todos pudimos observar la cara de un hombre envejecido y prematuramente arrugado, con grandes ojos en que se mostraba la solemnidad caracterstica del bho. Los grandes ojos erraron desde la cara de Yuba-Bill hasta la linterna y acabaron por fijar sus inconscientes miradas en aquel objeto deslumbrador. Bill estaba ciego de coraje. --Vamos. Es usted sordo? De todas maneras no ser mudo!; no es verdad? Yuba-Bill sacudi por el hombro aquella figura inmvil. Con gran sobresalto por parte nuestra, cuando Bill quit la mano de encima del venerable forastero, ste fue encogindose hasta quedar reducido a la mitad de su tamao y convertirse en un lo informe de trapos viejos. --Maldita sea mi estampa!--dijo Bill, retirndose despechado. Rehecho de la primera impresin, el juez se adelant y volvimos a enderezar aquel misterioso invertebrado en su posicin primitiva. Se encarg en seguida a Bill y a su linterna que se dedicasen a explorar el terreno, pues era evidente, dada la impotencia del solitario, que deba tener a mano sirvientes, y todos nos acercamos al fuego para secar nuestros chorreantes vestidos. El juez, que haba recobrado su autoridad y que no haba cesado de desplegar su talento en la conversacin, vuelto hacia nosotros y de espaldas al fuego, nos dirigi la palabra, como a un jurado imaginario, del modo siguiente: --Ciertamente que nuestro distinguido amigo aqu presente, se encuentra en aquella disposicin descripta por Shakespeare, como la de la marchita y amarilla hoja, o bien ha sufrido algn percance que abati de un modo prematuro sus facultades fsicas e intelectuales. Dado que sea realmente... Aqu fue interrumpido por un grito extrao de Magdalena! Oh, Magdalena, Magdalena! y por todo el coro de Magdalenas en un tono semejante al que ya conocemos. Todos nos miramos por un momento, con alguna alarma. Yo en particular, abandon rpidamente mi posicin, pues la voz pareca provenir directamente de mi espalda. No tardamos mucho en descubrir la causa: una gran urraca estaba posada sobre la repisa, en la bveda de la chimenea, sumida en un silencio sepulcral que contrastaba singularmente con su anterior volubilidad. Aquella voz fue la que omos desde el camino, y nuestro amigo no era responsable de la descortesa. Nuestro auriga, Yuba-Bill, que penetraba en aquel momento de regreso de una pesquisa infructuosa, tuvo que contentarse con la explicacin, no sin que el sentado paraltico se librara de una fiera mirada. Como cumple a todo buen cochero, haba buscado y encontrado, por fin, un cobertizo en donde acomodar sus caballos, pero regresaba calado, y como de costumbre, malhumorado. --Nadie ms que ste hay en diez millas a la redonda de la casucha, y al maldito viejo le consta eso perfectamente. Pero en seguida se prob que no andbamos equivocados en nuestras apreciaciones, pues apenas hubo cesado Bill de gruir, cuando hacia la entrada omos un paso rpido y el roce de un vestido empapado en agua; la puerta se abri de par en par, y apareci una joven que, mostrndonos con su sonrisa los destellos de sus blancos dientes, y el centellear de sus ojos negros, con una carencia absoluta de toda ceremonia y timidez, entr, cerr la puerta y apoyose jadeante contra ella. --Yo soy Magdalena para todo cuanto les plazca. Y aquella era Magdalena. Aquella joven de ojos vivarachos, de turgente pecho, cuyas faldas, de ordinaria tela azul, no podan ocultar, mojadas por la lluvia, la belleza de las curvas femeninas a que esculturalmente se adaptaban. Desde su cabello castao, cubierto por un sombrero impermeable de hombre, hasta los diminutos pies y tobillos sepultados en las cavidades de unos zapatos de colosal tamao, todo era en ella gracioso; as apareci Magdalena rindose de nosotros de la manera ms alegre, franca y bonachona. --Vean, seores--dijo falta de aliento y apoyando coquetamente su pequea mano contra el costado, sin tener en cuenta nuestra confusin, que no encontraba palabras para expresarse, ni los extraos visajes de Yuba-Bill, cuyo rostro haba cado en una expresin de extempornea e imbcil alegra,--vean, como estaba a ms de dos millas de distancia cuando les vi pasar por la carretera, pens que podan detenerse aqu, y he venido con la mayor prisa, sabiendo que no haba en casa nadie ms que Juan; no extraen, pues, que haya llegado echando los bofes. En esto Magdalena, con un arranque malicioso, que esparci sobre nosotros una lluvia de gotas, quitose el sombrero de hule, se esforz en echar hacia atrs su cabello, en cuya operacin perdi dos horquillas, sonriose y pas al lado de Yuba-Bill, poniendo airosamente las manos atrs. El juez fue el primero en volver en s y trat de componer un requiebro, despus de haber torturado en vano su cerebro. --Le molestar pidiendo a usted aquella horquilla?--dijo gravemente Magdalena. El juez alarg displicentemente la mano hacia adelante; la horquilla perdida fue devuelta a su duea, y Magdalena, cruzando el cuarto, mir con inters la cara del tullido. Los solemnes ojos del enfermo miraron los de la mujer con una expresin verdaderamente desusada. La vida y la inteligencia parecan luchar para volver a aquella tosca y arrugada cara. Magdalena volvi otra vez sobre nosotros sus negros ojos y sus blancos dientes sonrindose con una elocuencia singular. --Este pobre impedido es?...--pregunt el juez con indecisin. --Juan--dijo Magdalena. --Su padre acaso? --No. --Hermano? --No. --Esposo? Magdalena, lanzando una mirada rpida y penetrante sobre las dos pasajeras, de quienes haba observado que no participaban de la admiracin general de los hombres respecto a ella, dijo con gravedad no exenta de soberbia: --No; es Juan. Hubo una enojosa pausa. Aproximronse entre s las pasajeras, y el canadiense mir, abstrado, el fuego. En cuanto al hombre alto aparent replegar su mirada sobre s para poderse sostener en aquel aprieto; pero la risa de Magdalena, que era contagiosa, rompi el silencio. --Ea!--dijo vivamente,--deben ustedes tener apetito, no es verdad? Quieren ayudarme a preparar la merienda? No falt quien de muy buena gana se brindase. A los pocos instantes, Yuba-Bill andaba ya atareado, como Caliban, en llevar trozos de lea para aquella Miranda; el correo mola caf en el mirador; a m me fue asignada la delicada tarea de cortar tocino, y el juez ayud a todos con sus bienhumoradas y atinadas observaciones. Y cuando Magdalena, eficazmente ayudada por el juez y por nuestro hiberns, pasajero de cubierta, puso la mesa con toda la loza disponible, ya habamos recobrado todos nuestro buen humor, a pesar de la lluvia que bata las ventanas, del viento que bajaba a bocanadas por la chimenea, de las dos seoras que cuchicheaban entre s, en un rincn, y de la urraca que desde su ennegrecido vasar subrayaba con satricos graznidos su entretenido dilogo. Mediante la luminosa ayuda del fuego que chisporroteaba ya, pudimos ver un pao de pared empapelado con peridicos ilustrados, dispuestos con sumo arte y femenina discrecin. El improvisado mueblaje estaba compuesto con envases de velas y cajas de embalaje, tapadas con calic de alegre color, o con pieles de geneta. Una barrica de harina, ingeniosamente transformada, constitua el silln del paraltico. En conjunto, puede afirmarse que la limpieza ms exquisita y el ms pintoresco gusto reinaban en los escasos detalles de aquella rstica vivienda. La merienda fue un triunfo culinario. Pero lo que triunf en toda la lnea fue nuestra sociabilidad, debido, principalmente, al raro tacto de Magdalena en llevar la conversacin, haciendo por s todas las preguntas e imprimiendo en todo una naturalidad que rechazaba cualquier idea de disimulo, por parte nuestra, de manera que hablamos de nosotros mismos, de nuestras esperanzas, del viaje, del tiempo, y unos de otros; de todo, menos del bueno del paraltico y de nuestra amable patrona. En honor a la verdad, no ocultar que la conversacin de Magdalena no era nunca elegante, rara vez gramatical y que a veces empleaba expresiones cuyo uso est por lo general reservado a nuestro sexo; pero las deca con tales destellos de dientes y ojos, e iban, como de costumbre, seguidas por una risa tan peculiar de unos labios frescos y retozones, que todo poda pasar sin grave quebranto de la moral ms frgil. De repente, durante la comida, omos un ruido como el roce de un cuerpo pesado contra los muros exteriores de la casa; inmediatamente despus se sinti rascar y olfatear junto a la puerta del saln. --Es Joaqun--dijo Magdalena en contestacin a nuestras interrogadoras miradas.--Desean verle? Y apenas habamos tenido tiempo de contestar, cuando abri la puerta, y nos dej ver un lanudo oso a medio crecer que inmediatamente se levant sobre sus patas traseras, mientras las manos colgaban en actitud mendicante, y contempl a Magdalena con una admiracin que le daba cierta semejanza con Yuba-Bill (y ste me perdone). --Miren, ese es mi perro guardin--dijo Magdalena a modo de exordio.--Oh, pero no muerde!--aadi al ver la justa alarma de las dos pasajeras, que estaban sentadas en un ngulo,--verdad, viejo Tofi? Esta ltima pregunta iba dirigida al sagaz Joaqun. --Voy a decirles una cosa, seores--continu Magdalena, despus que hubo dado de comer y cerrado la puerta al pequeo plantgrado.--Han tenido la suerte de que Joaqun no hubiera andado rondando por ah esta noche. --Dnde estaba?--pregunt el juez. --Conmigo--contest Magdalena.--Dios me valga! Trota a mi lado, por la noche, como si fuera un fiel esclavo. Durante un corto intervalo, guardamos silencio todos y escuchamos el viento; en nuestra imaginacin se pintaba Magdalena en camino a travs de los bosques y de la lluvia, escoltada por su feroz guardin. Me parece recordar que el juez dijo algo de Una y de su len; pero Magdalena lo recibi como lo hizo con las dems galanteras, con fra impasibilidad. Creo que se dio cuenta de la admiracin que excitaba, por lo menos la de Yuba-Bill no poda dejar de observarla; pero su misma franqueza estableci una perfecta igualdad entre todos, cruel y humillante para los miembros ms jvenes de nuestra compaa. La escena del oso nada aadi a favor de Magdalena en la opinin de las personas de su sexo que estaban presentes. As es que, terminada la comida, se manifest una frialdad tal en las dos pasajeras, que las ramas de pino tradas por Yuba-Bill y echadas como en sacrificio al hogar, no pudieron contrarrestarla del todo. Magdalena lo sinti, y declarando de repente que era tiempo de retirarse, se levant para acompaar a las seoras a un cuarto vecino en donde tenan el lecho que se les haba destinado. --Ustedes, seores, tendrn que acampar por ah fuera, cerca del fuego, de la mejor manera que puedan--aadi,--pues no hay otra habitacin en la casa. La chismografa, caro lector, no ha sido jams, segn opinin generalmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, me veo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras de Magdalena, cuando nos apiamos cuchicheando, sonrindonos y trocando entre nosotros sospechas, suposiciones y mil hiptesis respecto de nuestra bonita patrona y su extrao husped: creo que hasta llegamos a empujar a aquel imbcil paraltico, que estaba quieto como una esfinge, sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia del pasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo ms vivo y animado de la discusin, abriose de nuevo la puerta y entr Magdalena. Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes haba surgido ante nuestra vista. Tena los ojos bajos y titube un momento en el umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y pareca haber dejado tras s la franca resolucin que horas antes nos haba encantado. Entrando en el cuarto, arrastr un banquillo hasta el silln del paraltico; sentose, y dijo echndose la manta sobre las espaldas: --Seores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedar aqu esta noche. Puso en su mano la mano marchita del invlido y volvi la mirada al fuego que se extingua lentamente. Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimiento instintivo de que esto no era ms que un preliminar de relaciones ms confidenciales, y quiz tambin por cierta vergenza de nuestra anterior curiosidad. La lluvia bata an sobre el techo: violentas rfagas de viento removan las pavesas con momentneos destellos; en un momento de sosiego de los elementos, Magdalena levant de repente la cabeza, y echndose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo y exclam: --Hay alguno entre ustedes que me conozca? Nadie contest. --Pinsenlo otra vez! Yo viva en Marysville, el 53: todos me conocan por cierto con razn. Yo tuve el Saln Polka, hasta que vine a vivir aqu con Juan. Como de esto hace seis aos, tal vez he cambiado algn tanto. Quiz la desconcert el que no la reconociesen; volviose otra vez hacia el fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continu: --Sospech que alguno de ustedes deba reconocerme; pero, de todas maneras, no importa; lo que yo iba a decir es que este Juan--y al nombrarlo tom su mano entre las de ella--me conoca si ustedes no me conocen, y gast mucho dinero en mi compaa. Calculo que gast cuanto posea. Un da, por este invierno har seis aos, Juan vino a mi cuarto interior, se sent en mi sof, como lo ven ahora en aquel silln, y luego ya jams volvi a moverse por s mismo, herido como por un rayo y sin darse cuenta de lo que le ocurra. Los mdicos dijeron que la causa era su mal modo de vivir, pues Juan fue siempre algo libertino y calavera, que no curara, y que, de todas maneras, jams volvera a ser lo que antes. Se me aconsej que lo mandase a Frisco[2] al hospital, puesto que ya no serva para nada, y que toda la vida sera una criatura; pero yo, quiz porque haba algo en la mirada de Juan, o tal vez porque nunca haba tenido una criatura, me opuse a ello tenazmente. Yo era rica en aquella ocasin. Mi popularidad era inmensa; hasta caballeros, tales como usted, seor, iban a mi casa; vend mi comercio y compr esto que est, como quien dice, en un rincn de mundo. Comprenden? Una intuicin potica singular hizo que mientras hablaba cambiase poco a poco de posicin, de manera que las mudas ruinas del enfermo se interpusieran entre ella y sus oyentes. Oculta en la sombra, ofrecalas como una tcita apologa de sus acciones. Aquella figura de expresin enigmtica y silenciosa, hablaba an en favor de ella; anonadada y herida por el rayo divino, extenda an en torno de ella su invisible brazo. Desde la oscuridad, pero estrechando todava su mano, continu: --Transcurri mucho tiempo antes de que pudiese acostumbrarme a las cosas de por aqu, pues estaba habituada a la sociedad y a sus gustos y comodidades. Busqu una mujer que pudiera auxiliarme, pero fue en vano, y por otra parte no osaba fiarme de un hombre. Ahora, con los indios de los alrededores que me ayudan de vez en cuando, y con lo que me mandan de North Fork, Juan y yo vamos pasando. De tarde en tarde, en tiempo, el mdico suba de Sacramento: preguntaba por la criatura de Magdalena, como llama a Juan, y cuando se marchaba, sola decir: Magdalena, es usted un portento: Dios la bendiga, y despus de esto, no me pareca la vida tan triste y desabrida. Pero la ltima vez que estuvo aqu, al abrir la puerta para marcharse, dijo: --Soy de opinin, Magdalena, que su criatura acabar por hacerse hombre y dar honra a su madre. Pero no aqu, Magdalena, no aqu! Y se me figur que se iba triste y... y... y... Al llegar aqu, la voz de Magdalena y su cabeza parecieron perderse por completo en la oscuridad. --La gente de los alrededores es muy buena--dijo Magdalena despus de una pausa, saliendo de la penumbra.--Los hombres de la bifurcacin del ro dieron vueltas por aqu, hasta que comprendieron que no me hacan maldita la falta, y las mujeres son tan bondadosas!... no han venido una sola vez. Estuve muy sola hasta que recog a Joaqun en los bosques cercanos, cuando no era ms alto que un gato, y le ense a pedir la comida; pero ahora tengo, adems, a Poli, sta es la urraca, sabe infinidad de juegos, y por las noches me acompaa con su charla, de manera que se me figura que no soy el nico bicho viviente que aqu se cobija. Y este Juan--dijo Magdalena con su risa de antes y saliendo del todo a la claridad del fuego,--este Juan, seores, les maravillara de ver cunto sabe; a veces, le leo todas aquellas cosas de la pared, y a menudo le traigo flores y las contempla con tanta naturalidad como si leyera algo en su interior. Bendito sea Dios!--dijo Magdalena con su franca risa,--todo aquel lado de la casa le he ledo este invierno. Si supiesen lo que le entusiasma a Juan la lectura! --Por qu--pregunt el juez--no se casa con la persona a quien ha consagrado toda su juventud? --Comprender usted, amigo--dijo Magdalena,--que esto sera jugarle una mala partida a Juan, abusar de su desamparo, adems que, en siendo ambos marido y mujer, sabra yo que estoy obligada a hacer lo que ahora hago de mi propio sentir y arbitrio. A lo que replic el juez, despus de haberlo madurado plenamente: --Sin embargo, todava es usted joven y tiene atractivos. --Se hace ya tarde--dijo gravemente Magdalena,--y deberamos dormir ya todos. Seores, buenas noches. Y arrebujando su cuerpo con la manta, Magdalena se tendi al lado del silln de Juan, con la cabeza apoyada contra el taburete donde ste descansaba los pies y no habl ms ya. El fuego se fue extinguiendo lentamente en el hogar. Todos echamos mano a nuestras mantas en silencio, y pronto no se oy otro ruido que el gotear de la lluvia sobre el techo y la fatigosa respiracin de los que uno tras otro se iban durmiendo. Despuntaba casi el da, cuando despert de un sueo agitado. La pertinaz lluvia haba cesado, las estrellas centelleaban, y a travs de la ventana sin postigos, la luna llena, alzndose por encima de los fnebres pinos, penetraba en el cuarto, baando con sus rayos de plata la solitaria figura del silln. Pareciome que la onda de luz deslumbradora inundaba en regenerador bautismo la humilde cabeza de la mujer cuyos cabellos, como en la bella y dulce leyenda del Evangelio, besaba los pies del que amaba: hasta prest una bondadosa poesa al irregular perfil de Yuba-Bill que con abiertos y pacientes ojos velaba en guardia, medio recostado entre este grupo y los viajeros. Esta impresin de encanto artstico meci mi espritu suavemente, contribuyendo quiz a que conciliara de nuevo el sueo, del que no despert sino entrado el da al grito de al coche! que, de pie e inclinado sobre m, lanzaba nuestro buen cochero. El caf nos esperaba sobre la mesa, pero Magdalena haba desaparecido. Dimos vuelta a toda la casa y an nos detuvimos mucho tiempo despus de enganchados los caballos; pero no volvi; no caba duda que, evitando una despedida formal, nos dejaba partir como habamos venido. Instaladas en la diligencia las seoras, volvimos a la casa y estrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del paraltico Juan, reponindole en su asiento despus de cada apretn de manos. Echamos una ltima mirada en torno del cuarto, y sobre el taburete donde Magdalena se haba sentado, despus de lo cual nos dirigimos al camino para ocupar con lentitud nuestros asientos en la diligencia que nos aguardaba. El ltigo chasque y nos pusimos en marcha, pero cuando llegamos al camino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que los seis caballos cayeran sobre sus patas traseras y la diligencia se par bruscamente: all, en una pequea eminencia junto al camino, estaba Magdalena, flotante el cabello, centelleantes los ojos, ondeando el pauelo y entreabiertos sus labios por un ltimo adis. Nosotros, en contestacin, agitamos nuestros sombreros, las seoras no pudieron contener una ltima mirada de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una nueva fascinacin, azuz locamente sus caballos, dando el coche tan terrible sacudida que camos todos sobre las banquetas. Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una sola palabra; la diligencia par en el Hotel de la Paz. El juez, tomando la delantera, nos acompa hasta la sala comn y ocupamos gravemente nuestros puestos junto a la mesa. --Estn llenas sus copas, seores?--dijo solemnemente el juez quitndose su blanco sombrero. --S, seor. --Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga. Y todos apuramos de un sorbo su contenido. EL IDILIO DE RED-GULCH Sandy[3] estaba beodo. Bajo una mata de azalea encontrbase en el suelo, tendido, casi en la misma actitud en que haba cado haca algunas horas. El tiempo transcurrido desde que se tendi all no lo saba ni le importaba, y cunto tiempo continuara all tendido era para l cosa que igualmente le tena sin cuidado. Una filosofa tranquila, nacida de su situacin fsica, se extenda por su ser moral, y lo saturaba por completo. Duleme tener que confesar que el espectculo de un hombre borracho, y de este hombre borracho en particular, no constitua en Red-Gulch ninguna novedad. Aprovechando la ocasin, un humorista del lugar haba erigido junto a la cabeza de Sandy un cartel provisional que llevaba esta inscripcin: _Resultado del aguardiente Mac Corcil; mata a una distancia de cuarenta varas_. Debajo haba una mano pintada que sealaba la taberna de Mac Corcil. Pero imagino que sta, como otras muchas de las stiras locales, era personal, y ms bien una reflexin sobre la bajeza del medio que sobre la inmoralidad del fin. Fuera de esta chistosa excepcin, nadie molest al beodo. Un asno extraviado, suelto de su recua, comiose las escasas hierbas de su alrededor, y limpi de polvo con sus resoplidos el lecho del hombre tendido; un perro vagabundo, con aquella profunda simpata que siente la especie por los borrachos, despus de lamer sus empolvadas botas, se haba echado a sus pies, y yaca all guiando un ojo a la luz del sol; a manera perruna, adulaba con la imitacin al humano compaero que haba escogido. Entretanto las sombras de los rboles dieron poco a poco la vuelta hasta ganar el camino, y sus troncos cerraban ya el csped de la libre pradera entre paralelos gigantescos de negro y amarillo, y algunas rfagas de polvo rojizo, levantadas al paso de los caballos de tiro, se dispersaban en dorada lluvia sobre el hombre acostado. Sandy permaneca inmvil; el sol descendi ms y ms, y entonces el reposo de este filsofo fue interrumpido, como otros filsofos lo han sido, por la intrusin de un sexo poco amigo en general de elucubraciones filosficas. Doa Mara, como la llamaban los alumnos que acababa de despedir de la cabaa de madera con pretensiones de colegio, situada al extremo del pinar, daba su paseo vespertino. El magnfico arbusto de azaleas bajo el cual descansaba el bueno de Sandy, ostentaba un racimo de flores de inslita belleza que atrajeran sus miradas desde el otro lado de la carretera; ella, que no haba reparado en el yacente vecino, cruzola para arrancarlo, eligiendo su camino por entre el encarnado polvo, no sin sentir cortos y terribles estremecimientos de asco y refunfuar un poco entre dientes. De repente tropez con Sandy. Un agudo grito de inconsciente terror se escap de aquel pecho femenino, pero una vez hubo pagado este tributo a la fsica debilidad, volviose ms que atrevida, y se par un momento, a seis pies, por lo menos, de distancia del monstruo tendido, recogiendo con la mano sus blancas faldas, en actitud de huir. Sin embargo, ni un ruido ni el ms tenue movimiento se produjeron en la mata. Reparando en seguida en el stiro carteln, derribolo con su menudo pie, murmurando:--Animales!--epteto que probablemente, en aquel momento, clasificaba con toda oportunidad en su mente a la poblacin masculina de Red-Gulch; pues doa Mara, poseda de ciertas maneras rgidas que le eran propias, no apreciaba an debidamente la expresiva galantera por la que el californiano es tan justamente celebrado de sus hermanas californianas, as es que tena tal vez muy bien merecida la reputacin de _tiesa_ que gratuitamente la haban otorgado sus conciudadanos. En aquella posicin, observ tambin que los inclinados rayos solares calentaban la cabeza a Sandy ms de lo que ella juzg ser saludable, y que su sombrero estaba echado intilmente en el suelo en pleno abandono de sus funciones. El levantarlo y colocrselo en la cara, era obra que requera algn valor, sobre todo teniendo como tena los ojos abiertos. Sin embargo, lo hizo, tomando en seguida las de Villadiego. Pero, al mirar hacia atrs, sorprendiose al ver el sombrero fuera de su sitio y a Sandy sentado y mirando a todos lados como para orientarse. La verdad es que Sandy, en las tranquilas profundidades de su conciencia, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benficos y saludables; adems, desde la niez, se haba negado a echarse con el sombrero puesto; slo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero; y, por ltimo, su derecho a prescindir de l cuando le diese la gana le era inalienable. Esa fue la ntima representacin de su mente, pero, por desgracia, su expresin externa era confusa y se limitaba a la repeticin de la siguiente incoherencia: --El sol est bien! qu hay? qu hay, sol? Magnfico! Se detuvo doa Mara, y sacando nuevo valor de la ventajosa distancia que le separaba de l, le pregunt si le faltaba algo. --Qu ocurre? qu hay?--continu Sandy con voz aguardentosa. --Levntese, hombre degenerado!--dijo exasperada.--Levntese y vyase a casa! Sandy se levant zigzagueando. Meda seis pies de altura; doa Mara temblaba. Sandy adelant con mpetu algunos pasos y parose de sbito. --Por qu me he de ir a casa?--pregunt de repente con seriedad. --Para tomar un bao--contest la maestra lanzando una ojeada a su sucia persona con gran indignacin. De pronto, con infinito contento de doa Mara, Sandy se quit la levita y chaleco, tirolos al suelo, se arranc las botas, y con la cabeza hacia adelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en direccin al torrente. --Virgen santa! Este hombre va a ahogarse!--dijo doa Mara. Y entonces, con femenil inconsecuencia, ech a correr hacia el colegio y se encerr con llave en su cuarto. Durante la cena, mientras estaba sentada a la mesa con su huspeda, la mujer del herrero, se le ocurri a doa Mara preguntarle con gazmoera si su marido atrapaba curdas con frecuencia. --Abner--contest reflexivamente Filomena,--djeme que lo piense: Abner no ha estado chispo desde la ltima eleccin. Entonces le hubiese gustado a doa Mara preguntarle si en tales ocasiones prefera tenderse al sol y si un bao fro era perjudicial, pero esto hubiera provocado una explicacin a la que no tena ganas de dar publicidad. De manera que se content con abrir sus grandes ojos, sonriendo a la ruborosa mejilla de Filomena, bello ejemplar de la florescencia del sudoeste, y despus dej a un lado la cuestin. En una sabrosa epstola que escribi a su mejor amiga de Boston poda leerse lo siguiente: Opino que la parte de esta comunidad que se emborracha, es an la menos digna de objecin. Por de contado, querida, me refiero a la masculina. No s nada que pueda hacer tolerable a la femenina. Al cabo de una semana haba doa Mara olvidado ya por completo este episodio: pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otra direccin. Con cierta extraeza not que todas las maanas un fresco ramo de flores de azalea apareca por entre las dems, sobre su pupitre. En un principio, no fue muy grande su extraeza, puesto que los nios conocan su cario para las flores, y mantenan siempre adornado su pupitre con anmonas, heliotropos y lupinos; pero al ser severamente interrogados, cada cual y todos a una manifestaron ignorar lo del ramito de marras. Una tarde, Juanito, cuyo pupitre estaba prximo a la ventana, fue acometido de repente por una risa espasmdica, al parecer inmotivada y atentatoria a la disciplina escolar. Lo ms que doa Mara pudo sacarle fue que alguien miraba por la ventana, y ofendida e indignada sali de su colmena para librar batalla al impertinente. Al volver la esquina de la escuela, dio con el qudam borracho, a la sazn completamente sereno, corrido a ms no poder y con cara suplicante y cariosa. Doa Mara no hubiera dejado de sacar de estos hechos una ventaja femenil, si no se hubiese fijado, algo confusa tambin, de que el patn, a pesar de algunas leves seales de pasada disipacin, tena agradable aspecto; era una especie de rubio Sansn, cuya sedosa barba, de color de trigo, jams haba conocido el filo de la navaja del barbero, ni de las tijeras de Dalila. As es que la custica frase que bailaba en la punta de su lengua expir en sus labios y se limit a recibir una tmida excusa con altiva mirada, recogindose la falda como para evitar la proximidad de un ser contagioso. De regreso a la sala del colegio, sus ojos cayeron sobre las azaleas, presintiendo una revelacin. Involuntariamente se ech a rer, y toda la gente menuda se ri tambin, y sin saber por qu se sintieron muy felices. Unas semanas despus de esto, y en un da caluroso, sucedi que a dos chicos pernicortos les pas una desgracia en el umbral de la escuela con un cubo de agua que haban trado laboriosamente desde la fuente, y que la compasiva doa Mara tom el cubo para llevarlo a su destino. Al pie de la cuesta, una sombra cruz el camino y un brazo vestido de una camisa azul, la alivi con destreza de aquella carga, que empezaba a quebrantar sus delicadas articulaciones. Doa Mara sintiose a la vez enojada y confusa. Y sin dignarse elevar los ojos hacia el bienhechor, dijo con cierto despecho: --Si ms a menudo llevases esto por tu cuenta haras mucho mejor. Arrepintiose luego del discurso, ante el sumiso silencio que sigui, y dio las gracias tan dulcemente en la puerta, que Sandy tropez, lo cual hizo que los nios riesen otra vez, risa de que particip doa Mara, hasta el punto de que sus plidas mejillas se tieron dbilmente de carmn. Al da siguiente, apareci misteriosamente un barril al lado de la puerta, y con igual misterio cada maana quedaba lleno de agua fresca de la fuente. Y no slo eran stas las nicas delicadas atenciones que reciba esta joven singular. El cochero Bill de la diligencia Sangulion, famoso entre todas las aldeas y aldehuelas de la localidad, por su galantera en ofrecer siempre el asiento del pescante al bello sexo, haba exceptuado de esta atencin a doa Mara, y bajo el pretexto de que tena costumbre de blasfemar en las cuestas, pona la mitad de la diligencia a su disposicin. Jacobo Meln, de oficio jugador, despus de un silencioso viaje en la misma diligencia que la maestra, arroj una botella a la cabeza de un apreciable colega, por el atrevimiento de mentar su nombre en una taberna. Y la emperifollada madre de un alumno, cuya paternidad era dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal, contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos y sin atreverse a profanar su sagrado recinto. La montona procesin de cielos azules y soles deslumbradores, de cortos crepsculos y noches estrelladas, que se deslizaba sobre Red-Gulch, fue interrumpida algn tanto por los incidentes que se acaban de relatar. La maestra se aficion a pasear por los bosques apacibles y silenciosos; quiz crea con Filomena que los balsmicos olores de los pinos hacan bien a su pecho, pues lo cierto era que su tosecita iba siendo menos frecuente y su paso ms firme; quiz haba aprendido la eterna leccin que los pacientes pinos nunca se cansan de repetir a odos ya atentos ya indiferentes; as es que un da dispuso una partida campestre hacia Selva Negra y se llev a los nios consigo. Cun infinito desahogo no era el suyo, lejos del empolvado camino, de las esparramadas cabaas, de las amarillas zanjas, del clamoreo de locomotoras impacientes, del abigarrado lujo de los aparadores, del color chilln de la pintura y de los vidrios de colores y del ligero barniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades! Pasado el ltimo montn de roca triturada y arcilla, cruzando la ltima disforme hendidura, cmo abran sus largas filas para recibirles los hospitalarios rboles! Con qu indefinible alegra los nios, no destetados por completo del pecho de la generosa madre comn, se echaron boca abajo sobre su rstico y atezado seno con extraas caricias, llenando el aire con su risa! y de qu manera doa Mara, esa persona felinamente desdeosa y atrincherada siempre en la pureza de su apretada falda, cuello y puos inmaculados, lo olvid todo y corri como una codorniz, al frente de su nidada hasta que, saltando, riendo y palpitante, suelta la trenza de cabello castao, el sombrero colgando del cuello por una cinta, dio de repente en lo ms espeso del bosque con el malaventurado Sandy! Intil es indicar aqu las explicaciones, disculpas y no sobrado prudente conversacin que all se sostuvo. Sin embargo, parece que la maestra haba ya entablado algunas relaciones con este ex-borracho. Slo dir que pronto fue aceptado como uno de la partida; que los nios, con aquella pronta inteligencia que la Providencia da a los inocentes, reconocieron en l un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedoso bigote, y se tomaron otras libertades segn su inveterada costumbre. Sobre todo, su admiracin no conoci lmites, cuando les arm un fuego contra un rbol y les ense otros secretos de la vida de monte. Al cabo de dos ociosas y felices horas de locuras, encontrose tendido a los pies de la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en la pendiente de la cuesta, teja coronas de laurel con el regazo lleno de mil variadas flores. Su posicin era muy parecida a la que tena cuando le haba encontrado por primera vez. No es aventurada la semejanza. Aquella naturaleza fcil y sensual, a la que la bebida haba dado una exaltacin fantstica, era de temer que encontrase en el amor algo parecido al arrebato alcohlico. Opino que el mismo Sandy estaba vagamente convencido de esta verdad. Su imaginacin vagaba con vehemencia para hacer algo, matar un oso, partir el crneo a un salvaje o sacrificarse de alguna otra manera por aquella profesora de rostro plido y de grises ojos. Como mi gusto sera ahora presentarle en una situacin heroica, con gran dificultad contengo mi pluma en este momento, y nicamente me abstengo de introducir semejante episodio con el profundo convencimiento de que generalmente nada de esto ocurre en semejantes casos, y tengo la esperanza de que la ms bella de mis lectoras perdonar la omisin, recordando que en una crisis verdadera, el salvador es siempre algn forastero poco interesante, o bien un poco romntico agente de autoridad, y jams un Adolfo. Durante un buen rato, permanecieron all, sentados en plcida calma, mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las voces de los nios jugando a escondite llegaban algo dbiles desde la hondonada. Lo que hablaron, poco importa, y lo que pensaron, que podra ser interesante, no pudo traslucirse. Los pjaros, siempre curiosos, slo pudieron saber que la maestra era hurfana; que sali de la casa de su to para ir a California en busca de salud e independencia; que Sandy era hurfano tambin; que lleg a California en busca de aventuras, que haba llevado una vida de agitacin desordenada, y que trataba de reformarse, y otros detalles que desde el punto de vista de aquellos alados seres sin duda deban de parecerles estpidos y de poca miga. Pero, sea como sea, se pas la tarde, y cuando los nios se reunieron otra vez, y Sandy, con una delicadeza que la maestra comprendi perfectamente, se despidi de ellos con toda tranquilidad, en los arrabales del pueblo, les pareci a todos aquel da el ms corto de su vida. Conforme el sol del largo y rido verano iba marchitando las plantas hasta la raz, la poca de colegio de Red-Gulch, para emplear un modismo local, se iba secando tambin. Un da ms, y doa Mara sera libre ya, o, por lo menos, Red-Gulch no la vera en toda una estacin. Sola en la escuela y sentada con la mejilla descansando en su mano, los ojos medio cerrados, mecase en uno de aquellos ensueos a que, con peligro de la disciplina escolar, se entregaba tan a menudo, desde no haca mucho tiempo. Con la falda llena de musgos, helechos y otros recuerdos silvestres, se encontraba tan preocupada y metida en sus propios pensamientos, que le pas inadvertido un suave golpear en la puerta, o bien lo tradujo por una lejana extraa alucinacin. Cuando por fin se afirmaba ms claramente en ello, sobresaltose, y con ruborizadas mejillas se dirigi a la puerta, preguntando, quin hay? En el umbral estaba una mujer cuya audacia y vestidura formaban extrao contraste con su ademn irresoluto y lleno de timidez. La maestra reconoci al primer golpe de vista a la dudosa madre de su annimo discpulo. Contrariada quiz, tal vez enojada, invitola framente a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puos y cuello, y recogi su corta falda castamente. Quiz esto fue motivo de que la turbada forastera, despus de dudar un momento, dejase al lado de la puerta, plantada en el polvo, su llamativa sombrilla abierta, y se sentara en el extremo opuesto de un banco inconmensurable. Su voz, al comenzar, era ronca. --Me han dicho que se va usted maana a la baha, y no poda dejarla marchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con mi Tomasito. En opinin de doa Mara, Tomasito era un buen chico y mereca algo ms que el pobre cuidado que de ella poda esperar. --Gracias, seora, gracias!--dijo la forastera, sonrojndose an a travs de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su pintura de batalla, y procurando en su confusin arrastrar el largo banco ms cerca de la maestra.--Le doy a usted las ms cumplidas gracias. Y, sin nimo de lisonja alguna, no hay muchacho viviente ms dcil y carioso, ni mejor que l. Y... a pesar de lo poco que soy para decirlo, no existe maestra ms paciente, ms bondadosa, ms angelical que la que l ha tenido la feliz estrella de encontrar. Doa Mara, sentada muy peripuesta detrs de su pupitre, con una regla al hombro, abri a esto sus ojos grises, pero guard silencio. --Bastante s--prosigui rpidamente aqulla,--que mujeres como yo no pueden halagarla. No deba tampoco entrar aqu en mitad del da, pero vengo a pedir un favor, no para m, seora, no para m, sino para mi pobre hijito. Gracias al inters que observ en los ojos de la joven maestra, se anim, y juntando entre las rodillas sus dos manos, enguantadas de color de lila, continu en tono confidencial: --Seora, ya ve usted que nadie ms que yo tiene derecho sobre el nio, y, sin embargo, yo no soy la persona que debiera educarle. El ao pasado tuve intencin de llevarle a la escuela, en Frisco, pero, cuando se habl de traer aqu una maestra, esper hasta que la vi a usted y entonces cre la cosa arreglada y que poda guardar a mi hijo algn tiempo ms... Si supiese, seora, lo que l la quiere! Si pudiera orle hablar de usted a su bonita manera, si l pudiera pedirle lo que ahora le pido yo, sera usted incapaz de oponerse a ello. Es natural--continu con rapidez, con una voz que tembl extraamente, entre orgullosa y humilde,--es natural que la ame, seora, pues su padre, cuando le conoc, era un caballero, y es forzoso que el nio me olvide tarde o temprano... as es que no voy a llorar por esto. En una palabra, vengo a pedirle que se encargue de Tomasito, y Dios le bendiga como al mejor, al ms querido de sus hijos sobre la tierra... vengo a... pedirle que... le lleve en su compaa. Y, esto diciendo, la forastera se haba levantado, y postrndose de rodillas a sus pies, tena agarrada la mano de la joven entre las suyas. --Tocante a dinero, tengo mucho, y todo es de usted y de l, para que lo ponga en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a... a... a olvidar a su madre. Puede usted hacer con l lo que le parezca; lo peor que haga ser bueno, comparado con lo que aprender a mi lado. Con tal que no hiciese ms que sacarle de esta mala vida, de este pueblo, de este hogar de pena y de vergenza. Lo har? Dgame que lo har! No es verdad? Lo har; no puede, no debe negrmelo. De este modo, mi hijo se har tan puro, tan dcil como usted misma, y cuando haya crecido le dir el nombre de su padre, el nombre que hace aos no han pronunciado mis labios, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aqu Sandy. Doa Mara, no retire su mano! Doa Mara, contsteme! Se llevar a mi hijo? No vuelva la cara! ya s que no debera contemplar a una mujer como yo. Pero por Dios, seora, sea clemente! Que esta mujer me deja! Doa Mara se levant, y a la luz del expirante crepsculo tent su camino hasta la abierta ventana; all permaneci en pie, apoyada contra el marco, con los ojos fijos en los ltimos rosados matices del crepsculo. Quedaba todava algo de aquella luz en su pura y tersa frente, en su nveo cuello, con sus finas manos entrelazadas; pero todo desapareci lentamente. La suplicante se haba arrastrado an de rodillas hasta su lado. --Ya me hago cargo de que se necesita tiempo para pensarlo. Aguardar aqu toda la noche; pero no puedo marcharme sin que haya usted resuelto. No me lo niegue ahora. Se lo llevar? lo veo en su hermosa cara, cara semejante a la que he visto algunas noches, soando. Lo veo en sus ojos, doa Mara. Va a llevarse a mi hijo. El postrer rayo del crepsculo, que serpente hasta el cenit, reflejose en los ojos de la maestra con algo de su gloria, fluctu y apagose desapareciendo en el ocaso. El sol se haba puesto en Red-Gulch. En el crepsculo y silencio la voz de doa Mara son majestuosamente. --Me llevar al nio; envemelo esta noche. Las manos de la afortunada madre alzaron hasta sus labios el borde de la falda de doa Mara, y de buena gana habra sepultado su ardiente cara en sus virginales pliegues, pero no se atrevi y se puso en pie. --Ese hombre conoce su intencin?--pregunt de repente la maestra. --No; ni le interesa. Ni siquiera ha visto al nio para conocerlo. --Vaya a verle en seguida, esta noche, ahora mismo. Comunquele lo que ha hecho. Dgale que me he llevado a su hijo, y hgale saber que jams debe ver... ver... otra vez al nio. All donde vaya ste, l no debe venir; dondequiera que me lo lleve, l no debe seguir. Basta, pues. Estoy cansada y... me queda an mucha tarea. Y la acompa hasta la puerta. En el umbral, la mujer se volvi. --Buenas noches. Se hubiera echado a los pies de doa Mara, pero, en el mismo momento, la joven le tendi sus brazos, estrech por un momento contra su puro pecho a la pecadora mujer, y despus empuj y cerr la puerta con llave. Sin poder librarse de un repentino sentimiento de responsabilidad, tom el hereje Bill a la maana siguiente las riendas de la diligencia Silio Gullon, pues aquel da uno de sus pasajeros era la maestra, doa Mara. Al enfocar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior, refren de repente los caballos y esper respetuosamente mientras Tomasito saltaba del coche por orden de la maestra. --La otra mata: no aqulla, Tomasito. El interpelado sac su cuchillo nuevo, y cortando una rama de una alta mata de azalea, volvi con ella hacia doa Mara. --Adelante? --Adelante. Y la portezuela de la diligencia cerrose sobre el Idilio de Red-Gulch. DE COMO SAN NICOLS LLEG A BAR SANSN Estaba el tiempo muy metido en aguas en el valle del Sacramento. El North Fork se haba salido de madre y la Rattlesnake Creek estaba impracticable. Bajo una enorme extensin de agua que alcanzaba la base de las montaas desaparecan los gruesos cantos rodados que durante el verano haban sealado el vado en el cruce de Sansn. El servicio ascendente de diligencias tuvo que parar en la casa Granger; el ltimo correo fue abandonado en los tneles y su jinete salv la vida luchando a brazo partido con la corriente. Como observaba el _Alud de la Sierra_ con cierto orgullo local, un rea tan grande como el Estado de Massachusetts, est a estas fechas bajo el agua. Y en la sierra el tiempo no se presenta mejor. El barro era denso en el camino de la montaa. En la carretera, galeras que ni la fuerza fsica ni el ingenio podan arrancar de los baches en que haban cado, obstruan el paso, y los tiros de caballos rezagados y las blasfemias mostraban ms que otra cosa el camino de Bar Sansn. A lo lejos, aislado e inaccesible, empapado en agua, azotado por un viento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Bar Sansn, en la Nochebuena de 1862, colgaba de Table Mountain como el nido de golondrina que la borrasca sacude en los viejos triglifos de ptreo entablamento. Mientras la noche descenda sobre el campamento, unas pocas luces brillaban, al travs de la neblina, desde las ventanas de las cabaas a entrambos lados del camino, surcado a la sazn por riachuelos desordenados y azotado por violentas ventoleras. Afortunadamente, la mayora de los vecinos estaban recogidos en el almacn de drogas de Daniel, alrededor de una roja estufa, en la cual escupan, silenciosamente con tan ostensible acuerdo de la comunidad social, que relevaba a todos de cualquier otra ocupacin. Como la crecida de las aguas haba suspendido las faenas de las minas y del ro, haca ya mucho tiempo que los medios de diversin se haban agotado en Bar Sansn. Adems, la subsiguiente falta de dinero y aguardiente quitaba el gusto hasta la ms inocente diversin. El mismo seor Perrn abandon el Bar con cincuenta pesos en el bolsillo, nica cantidad que alcanz a realizar de las grandes sumas que llevaba ganadas en el lucrativo y arduo ejercicio de su negocio. --Si me dijesen otro da, si me dijesen que sealara una bonita aldea en donde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero, pudiera divertirse a menudo y alegremente, dira que Bar Sansn; pero para un joven con una numerosa familia que depende de su trabajo, no produce lo suficiente. Como la familia del seor Perrn la formaban nicamente damas elegantes, citamos esta observacin ms para dar una idea de su humor que de sus deberes. Formando abigarrado conjunto, encontrbanse reunidas aquellas personas con la indiferente apata que engendra la pereza y el fastidio. Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo a la puerta, les hizo volver en s. Slo Federico Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alz la cabeza, pero nadie ms del grupo dio a conocer el menor inters hacia el hombre que entraba pausadamente, por cierto. Era una figura bastante familiar a la sociedad que en Bar Sansn le llamaban El viejo. A pesar de esto, pareca an de complexin fresca y juvenil, y su cabello escaso y entrecano denotaba al hombre de unos cincuenta aos. De cara simptica y complaciente, tena una aptitud as como la del camalen para adoptar la sombra y el color de las opiniones y caracteres de los que entraban en su trato. Acababa de dejar a unos compaeros de diversin, as es que, de momento, no observ la gravedad del grupo, pero golpe amistosamente por la espalda al hombre ms prximo, y se ech en una silla que vio libre. --Acabo de or la cosa mejor del mundo, muchachos! Conocen ustedes a Meln? El de all abajo, Joaqun Meln, el hombre ms divertido de Bar? Pues Joaqun nos estaba contando el cuento de ms chispa que... --Meln es un animal!--interrumpi una voz seca. --Un cuadrpedo--aadi otro, en tono sepulcral. Y el silencio volvi a reinar despus de estas declaraciones. El viejo mir rpidamente en torno al grupo. Luego, su cara se transform poco a poco. --Es verdad--dijo, despus de un momento de reflexin,--es realmente una especie de cuadrpedo, algo tiene de animal, no puede negarse. Y frunci el ceo, como en dolorosa meditacin de la ignorancia e imbecilidad del impopular Meln. --Hace un tiempo bien triste, verdad?--aadi, engolfndose en la corriente del general sentimiento.--Mala la van a pasar los obreros y poco dinero corre esta temporada... Y maana es Navidad. Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no se trasluci claramente si era de satisfaccin o de disgusto. --S--continu el viejo en el tono lgubre que desde los ltimos momentos involuntariamente adoptara,--esto es... se me ocurri la idea, comprenden? de que tal vez les gustara venir a mi casa y pasar all una Nochebuena. Ahora tal vez no les gustara... Quiz no estn en buena disposicin?--aadi con simptica solicitud, observando las caras de sus oyentes. --No dir que no--respondi Toms Flavio, algo ms animado.--Puede que s. Pero y tu mujer, viejo? Qu tal va? El viejo titube. Todo Bar Sansn saba que las experiencias conyugales no haban sido felices para l. Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, haba sufrido las ms vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un da ste convid a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedase plenamente probada. Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tmida e inocente criatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieron que retirarse corridos y avergonzados. La delicada sensitiva no se repuso fcilmente del choque de tan extraordinario ultraje. Le cost trabajo recobrar el aplomo para dar suelta a su amante, de un armario en que estaba escondido y escaparse con l. Para consuelo del marido, le dej abandonado un nio de tres primaveras. La actual consorte del viejo haba sido su cocinera: mujer corpulenta, de carcter brutal. Antes que pudiera contestar, Juan Dimas expuso en breves razones que la casa era del viejo, y que, invocando el poder divino, si estuviera l en su casa convidara a quien le pluguiese, aun cuando hacindolo pusiera en peligro su salvacin. Los espritus malignos, aadi adems, lucharan en vano contra l. Todo esto dicho con una sequedad y vigor perdidos en esta traduccin obligada. --Naturalmente... seguro... esto es--dijo el viejo frunciendo tambin el entrecejo.--No hay nada de particular. Es mi casa; yo mismo he levantado todos sus maderos. No hay por qu temerla. Tal vez grite un poco, como hacen las mujeres, pero volver a las buenas. El viejo fiaba, para sus adentros, en la exaltacin del licor y en el poder de un valeroso ejemplo para sostenerse en semejante situacin. Hasta aquel momento, Federico Bullen, orculo y cabeza de Bar Sansn, no haba hablado. Pero se quit la pipa de los labios y prorrumpi: --Viejo, y cmo sigue tu nio Juanito? Se me figur algo enfermizo la ltima vez que lo vi en el camino tirando piedras a los chinos, y no pareca interesarle eso en gran manera. Ayer pas por aqu una tropa de ellos, ahogados en el ro, y pens en Juanito. Oh! cmo los echara de menos! Tal vez estorbaremos si est enfermo? Visiblemente afectado, no slo por este cuadro pattico de la privacin de Juanito, sino tambin por tan circunspecta delicadeza, se apresur el padre a asegurarle que Juanito estaba mejor y que _un poco de broma quiz le mejorara algn tanto_. Entonces Federico se levant, y desperezose diciendo: --Ya estoy. Ensanos el camino. En marcha. Y con un salto y un aullido caractersticos, precediolos, saliendo a fuera. Al pasar por delante del hogar agarr un tizn encendido, accin que repitieron los dems de la partida, siguindolo de cerca, codendose, y antes de que Daniel, el asombrado propietario de la droguera, conociera la intencin de sus huspedes, la sala estaba completamente desocupada. Haca una noche ms oscura que boca de lobo. Las improvisadas antorchas se extinguieron a la primera racha de viento y nicamente los rojos tizones oscilando en las tinieblas como fuegos fatuos iluminaban vagamente el estrecho sendero. Este les conduca por la caada del Pino arriba, a cuya entrada se esconda en la cuesta una ancha pero baja cabaa con un techo primitivo hecho de caas y cortezas de pino. Era el hogar del viejo y a la vez entrada de la mina en que trabajaba cuando lo haca. Una vez all el acompaamiento, se par un momento por delicada deferencia al anfitrin, que lleg de la retaguardia jadeante. --Quiz hicieran ustedes bien en aguardar un segundo aqu fuera, mientras yo entro y veo si todo est corriente--dijo el viejo con una indiferencia que estaba muy lejos de su nimo. La indicacin fue buenamente aceptada; la puerta se abri y cerr tras del anfitrin, y sus compaeros, apoyando las espaldas contra la pared y cobijndose bajo el alero del tejado, esperaron con el odo atento. Por algunos momentos no se oy ms sonido que el gotear del agua del alero y el de las ramas que luchaban contra el viento que las sacuda, crujiendo por encima de sus cabezas. Los convidados principiaron a inquietarse y cuchichear indicaciones y sospechas que pasaron de boca en boca. --Sospecho que para empezar ya me le ha roto la crisma. --Le habr metido en el tnel y all le dejar emparedado, seguramente. --Le tendr en el suelo y estar sentada encima. --Probablemente est hirviendo algo para echrnoslo; apartmonos de la puerta por lo que pudiera ser. Pero en este momento el pestillo cruji, abriose despacio la puerta, y una voz dijo: --Entren a cubierto de la lluvia. La voz no era la del viejo ni la de su mujer. Era una voz infantil, cuyo dbil timbre quebrantaba aquella ronquera antinatural, que slo pueden dar la vagancia y el abuso prematuro del alcohol. Apareci ante ellos la figura de un nio, cuya cara poda haber sido bonita y aun distinguida a no oscurecerla de por dentro las maldades aprendidas y a no haber impreso en ella su sello la suciedad y el abandono. Su cuerpecito estaba envuelto con una manta, y se conoca que acababa de levantarse de la cama. --Entren--repiti--y no hagan ruido. El viejo est all hablando con madre--prosigui sealando un cuarto adyacente, que pareca ser una cocina, desde la cual la voz del viejo llegaba en tono de clemencia. --Sultame--aadi el nio refunfuando y dirigindose a Federico Bullen que le haba agarrado envuelto en la manta y finga quererle echar al fuego del hogar. --Djame, maldito viejo loco! oyes? Puesto as a raya Federico Bullen, dejole en el suelo, mientras que los hombres entraron silenciosamente, colocndose en el centro del cuarto y alrededor de una larga mesa de toscas tablas. Inmediatamente Juanito encaminose con gravedad hacia un armario y sac varios objetos que coloc sobre la mesa pausadamente. --Ah tienen ustedes aguardiente y bizcochos, arenques ahumados y queso (y en su camino hacia la mesa dio una dentellada a este ltimo). Y azcar. (Sac con mano muy sucia un puado.) Hay tambin manzanas secas en la alacena; pero no me chocan. Las manzanas hinchan. Helo aqu todo--termin.--Olvidbame el tabaco. Ahora a ello y sin temor: no hago caso de la vieja; al fin y al cabo, no me es nada Ea, pues! Y se retir hacia el umbral de un reducido cuarto, apenas mayor que un armario, separado del cuarto principal por un tabique y que tena una pequea cama en su pequeo y oscuro recinto. Se detuvo all un momento de pie mirando la compaa, salindole los desnudos pies por debajo de la manta, y se despidi haciendo un ligero movimiento. --Escucha Juanito! Vas a acostarte otra vez?--dijo Federico. --S, voy--respondi con decisin el interpelado. --Pues qu tienes, vejete? --No estoy bueno. --Cmo? --Tengo fiebre. Y sabaones. Y reuma--contest Juanito. Y se hundi entre las sbanas. Despus de una pausa momentnea, aadi desde la oscuridad: --Y el corazn me duele. Sucediose un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre s y despus al fuego. A pesar del apetitoso banquete que se les presentaba, pareci que caan otra vez en el desaliento de la droguera de Daniel, cuando la voz quejumbrosa del viejo, incautamente elevada, lleg hasta la reunin de un modo bastante claro para ser oda. --En esto te sobra la razn... Es mucha verdad... Claro est que lo son. Una cuadrilla de borrachos y holgazanes!... y ese Federico Bullen es el peor de todos. Es que no tiene juicio para venirse aqu, habiendo en casa un enfermo y sin que tengamos provisin de ninguna clase?... Ya se lo deca yo... Bullen, le he dicho, es que ests borracho o loco para pensar tal cosa?... Y a Conrado? Cmo ha podido ocurrrsete convertir mi casa en un campo de Agramante, teniendo a mi nio enfermo? Es que quisieron venir, te digo. He aqu lo que debe esperarse de esta canalla del Bar. Una carcajada homrica sigui a esta desgraciada manifestacin. En este momento, sea que fuera oda la risa en la cocina, o que la iracunda compaera del viejo hubiese apurado todos los restantes modos de expresar su desprecio e indignacin, lo cierto fue que cerraron una puerta trasera con gran estrpito. Todos permanecieron suspensos hasta que reapareci el viejo, ignorando por fortuna la causa del ltimo estallido de hilaridad y sonriendo hipcritamente. --Mi esposa ha tenido la idea de pasar un rato con la seora Mac Fadden--dijo a modo de explicacin y con aire indiferente, al tomar asiento entre los comensales. Y, cosa singular, se necesit de este adverso incidente para aliviar el embarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural se recobr con el regreso del anfitrin. No intentar contar los chistes del banquete de Nochebuena. Basta decir que la conversacin se caracteriz por la exaltacin intelectual, el cauteloso respeto, la meticulosa delicadeza, la precisin retrica y por el mismo discurso lgico y coherente que distinguen a estas varoniles reuniones en localidades ms civilizadas y en donde reina el ms fino trato social. No se rompi un solo vaso a causa de no haberlos, ni se derramaron intilmente licores por el suelo ni sobre la mesa, por la escasez de aquel artculo. Sera casi media noche cuando fue interrumpida la fiesta. --Es preciso callar--dijo Federico alzando la mano. Era la quejumbrosa voz de Juanito, desde su dormitorio inmediato. --Oh, padre! El viejo se levant apresuradamente introducindose en la habitacin del enfermo. Al poco rato reapareci. --El reuma le vuelve con fuerza--dijo--y necesita unas fricciones. Tom de la mesa la damajuana de aguardiente y la sacudi. Estaba vaca completamente. Federico Bullen dej su taza de hojadelata con una risa forzada. Los dems hicieron lo propio. El viejo examin el contenido y dijo ms animado: --Me parece que hay bastante. Esperar un momento; vuelvo en seguida. Y entr de nuevo en el cuartito, llevndose una camisa vieja de franela y el aguardiente. Como la puerta qued entreabierta, se oy distintamente el siguiente dilogo: --Dime, hijo mo, dnde te duele ms? --Me duele todo. Ora aqu y ora ah debajo; pero es ms fuerte de aqu a aqu. Corre, padre, friega fuerte. Y el silencio pareca indicar una viva friccin. Entonces, Juanito dijo: --Pasas un buen rato all fuera, padre? --S, hijo mo. --Es Navidad maana, verdad? --S, hijo mo. Cmo te sientes ahora? --Mejor, frota un poco ms abajo. Y qu es Navidad? Dime: por qu es tal fiesta? --Oh, es un da!... Aqu, al parecer, pudo ms el dolor que la infantil curiosidad, pues hubo un silencioso intervalo, durante el cual el viejo continu frotando. Al poco rato, Juanito continu: --Madre dice que en todas partes, menos aqu, todos se dan cosas unos a otros por ese da. Dice que hay un hombre que le llaman San Nicols, comprendes? Pero no un blanco, sino una especie de chino, que baja por la chimenea la noche antes de Navidad, dejando cosas a los nios como yo que han tenido cuidado de dejar all sus botas. Eso... eso es lo que me quera hacer creer... Vamos, padre, dnde ests frotando? Ests a un kilmetro del sitio... Dime: no habr inventado esto para hacernos rabiar a ti y a m?... No frotes ah... Contesta. En medio del silencio nocturno que pareca cernerse sobre la casa, se oa claramente el murmullo de los cercanos pinos como arpas elicas taidas por el viento. --Vamos, no seas as, padre, pues pronto me voy a poner bueno. Qu hacen esos hombres ah fuera? El viejo entreabri la puerta y mir distradamente. Los hombres estaban sentados en buena compaa, con unas cuantas monedas de plata sobre la mesa y una flaca bolsa de piel de gamuza en las manos. --Estn armando... algn juego. Ya se las arreglan--contest a Juanito y volvi a sus fricciones. --Me gustara ser mano y ganar dinero--dijo reflexivamente Juanito, despus de un corto silencio. Por todo consuelo, el viejo repiti lo que a todas luces era para l estribillo eterno, es decir: que si Juanito quisiera esperar hasta que diesen con el filn, en la mina, tendra mucho dinero, y seran muy ricos. --S--dijo Juanito,--pero no lo encuentras. Adems, dar con l o que yo lo gane, es casi lo mismo. Al fin y al cabo, todo es cuestin de suerte. Pero es muy extrao lo de Navidad, no es cierto? Por qu la llaman Navidad? Sea por deferencia instintiva a las preocupaciones de sus huspedes, sea por un vago sentimiento de incongruencia, la contestacin del viejo fue tan baja, que qued aprisionada entre las paredes de la habitacin. --S--dijo Juanito, con inters ya algo decado.--Me han hablado ya de _l._ Basta, padre; no me hace, ni con mucho, tanto dao como antes. Ahora cbreme bien con la manta y--aadi murmurando bajo la ropa--sintate a mi lado, hasta que me duerma. Oyes? Y se compuso para descansar, no sin antes sacar una mano fuera de la manta y agarrar fuertemente a su padre por una manga con objeto de que no le burlase en su justa pretensin. El viejo esper pacientemente algunos minutos. La inusitada tranquilidad de la casa excit su curiosidad; con la mano desasida y sin levantarse, abri cautelosamente la puerta y atisb hacia la sala. Con gran extraeza, la vio oscura y vaca. Pero en aquel instante un leo que humeaba en el hogar se rompi, y a la luz de su llamarada vio a Federico Bullen sentado junto a los amortiguados tizones. --Hola! Federico se sobresalt, psose de pie y fue hacia l, medio tambalendose. --Los compaeros dnde han ido?--dijo el viejo. --Al momento vuelven por aqu. Han salido a fuera a dar un pequeo paseo. Les estoy esperando. Qu miras tan fijamente, viejo?--aadi con risa forzada,--vas a creer que estoy borracho? Poda habrsele perdonado al viejo la suposicin, pues los ojos de Federico estaban hmedos y su cara como un tomate. Hzose un poco el remoln, y volvi a la chimenea. Bostez, desperezose, abroch su levita, y dijo riendo: --El vino no anda tan abundante como eso, viejo. No te levantes--prosigui, cuando el viejo hizo un movimiento para librar su manga de la mano de Juanito.--No hagas cumplidos. Puedes quedarte ah donde ests; me voy al instante. Ya estn aqu. Llamaron suavemente a la puerta. Federico Bullen abriola, con un ademn se despidi del viejo y desapareci. El viejo le hubiera seguido a no ser por la mano que an inerte le detena fuertemente, no siendo fcil desprenderse de ella. Era pequea, dbil y flaca; pero quiz por ser pequea, dbil y demacrada cedi a su presin y, aproximando an ms la silla a la cama, apoy sobre ella la cabeza, sorprendindole el sueo en esta actitud. La habitacin oscil y se desvaneci ante sus ojos; reapareci, se desvaneci de nuevo, oscureciose y le dej dormido del todo. En tanto, Federico Bullen cerr la puerta, y se junt a sus camaradas. --Ests listo?--dijo Conrado. --Listo!--dijo Federico,--qu hora es? --La una--contest,--puedes hacerlo? Son casi cincuenta millas entre ida y vuelta. --As me parece--contest Federico brevemente.--Est la yegua aqu? --Bill y Jaime la tienen ya en el pinar. --Pues que la guarden un momento. Volviose y entr otra vez cautelosamente en la casa. Guiado por la dbil luz de la vela que se corra y del amortiguado fuego, observ que la puerta del cuartito estaba abierta y se fue hacia ella de puntillas. El viejo roncaba echado en su silla, con las piernas extendidas, la cabeza hacia atrs y el sombrero calado hasta las cejas. A su lado, sobre una estrecha cama de madera, yaca Juanito envuelto estrechamente como una momia en la manta, que le tapaba todo, excepto una parte de la frente y una manecita crdena y estirada que pugnaba intilmente por entrar. Federico Bullen avanz un paso, titube y mir por encima del hombro la desierta sala. Reinaba el silencio ms profundo. Con sbita resolucin se inclin sobre el dormido muchacho, separando con ambas manos sus grandes bigotes. Mas, en el instante de hacerlo, un travieso soplo de aire que le acechaba, gir en torbellino por la chimenea abajo, reanimando el hogar y despidiendo viva claridad, de la que huy Federico como asustado. Sus compaeros le esperaban ya en el pinar. Dos de ellos luchaban para sujetar en la oscuridad un ser extraamente disforme, el cual a medida que Federico se acercaba, fue delineando su figura. Era la yegua. El cuadrpedo no tena, en realidad, bonita estampa. Nada notable ofreca desde su romo hocico hasta sus alzadas ancas, y desde su arqueado espinazo, oculto por las radas y tiesas _machillas_ de una silla mejicana, hasta sus gruesas, derechas y huesosas piernas, no tena una sola lnea de la gracia y noble aspecto que distingue a su especie. Con los blancos ojos medio ciegos, pero malignos, su labio inferior colgante y su monstruoso color, era incapaz de despertar el ms leve sentimiento esttico. --Bueno--dijo Conrado,--cuidado con las herraduras, muchachos, arriba! Ojo con no descuidarte en agarrar ante todo las crines, y cuida de agarrar en seguida el otro estribo. Arriba! Mont atropelladamente el jinete, pate luchando el solpedo, apartronse con precipitacin los espectadores y volaron sacudidas en crculo las herraduras, retemblando la tierra a los saltos del animal. Por ltimo, sonaron las espuelas y parti _Jovita_. Federico, en las tinieblas, grit: --Bien va! --Al volver no tomes el camino de abajo, a no ser que apremie el tiempo. No la detengas al bajar la cuesta! A las seis te esperamos en el vado. En marcha. Hop! Adelante! Y chispearon las piedras, cruji ruidosamente la grava del camino y Federico se hundi en la oscuridad. * * * * * * * Oh, musa! canta; la cabalgada de Federico Bullen! Oh, musas, venid en mi ayuda para cantar los caballerescos varones, la sagrada empresa, las hazaas, la batida de los patanes malandrines, la terrible cabalgada y temerosos peligros de la flor de Bar Sansn! Ah, musa ma! Desdeosa ests!... Nada quiere con este animal coceador y con su andrajoso jinete, y fuerza me es seguirlos en simple prosa. Eran las dos; apenas alcanzara Rattlesnake-Hill, y ya en aquel intervalo _Jovita_ haba hecho gala de todos sus vicios, y sacado a relucir todas sus habilidades. Tres veces tropez. Dos veces alz el romo hocico en lnea recta con las riendas, y resistiendo el freno y la espuela, ech a correr locamente a travs de campos y sembrados. Dos veces se puso de manos, y se dej caer hacia atrs, y dos veces el gil Federico tuvo que recurrir a todo su ingenio y buena estrella para recobrar su asiento. Y una milla ms adelante, al pie de una prolongada colina, estaba Rattlesnake-Creek. Federico saba que all le esperaba la prueba capital de su habilidad, si quera llegar al trmino de su jornada. Apret los dientes, encaj sus rodillas en los costados de la yegua y cambi su tctica de defensa en una enrgica ofensiva. Excitada y enardecida _Jovita_, emprendi el descenso de la cuesta. El artificioso Federico finga detenerla con represin manifiesta, y mentidos gritos de temor. Intil es aadir que _Jovita_ en seguida emprendi vertiginosa carrera. Ni es necesario fijar aqu el tiempo empleado en el descenso; est inscrito en las crnicas de Bar Sansn. Slo dir que al cabo de un momento, pareciole a Federico que le salpicaba el barro de las inundadas orillas de Rattlesnake-Creek. Conforme a los planes de Federico, el empuje que haba adquirido la llev ms all del margen, y tenindola a propsito para un gran salto, se lanzaron en medio de la impetuosa corriente del ro. Unos momentos de lucha, coceando y nadando, y Federico respir ruidosamente, despus de ganar la orilla opuesta. El camino desde Rattlesnake-Creek hasta Red-Mountain era bastante bueno. Sea porque el bao en Rattlesnake-Creek hubiese templado su maligno ardor, o bien porque el arte con que Federico la condujo le hubiese demostrado la superior malicia de su jinete, _Jovita_ ya no malgastaba su energa sobrante en vanos caprichos, y pareca haber adquirido una grave solemnidad. Una vez tan slo coce con las piernas traseras, pero fue por la fuerza de la costumbre; otra vez se espant, pero fue por una maldita vieja que se interpuso en el camino con un monumental cesto en la cabeza. Fosos, montones de grava, trozos que emergan sembrados de fresca hierba, volaron bajo sus piernas que parecan infundidas de extrao vigor. Empez a resollar; una o dos veces tosi ligeramente, pero no disminuyeron su fuerza ni la velocidad de su carrera. A las tres haba pasado la Red-Mountain y comenzaba el descenso hacia el llano. Diez minutos ms tarde, el cochero de la rpida diligencia _Pionner_ fue alcanzado y dejado atrs por un hombre sobre un caballo _pinto_, segn expresin del conductor. A las tres y media Federico se alz sobre sus estribos y lanz una exclamacin. Al travs de rasgadas nubes brillaban las estrellas, y frente a l, ms all de la llanura, se alzaban dos agujas, dos astas de banderas y una silueta de objetos negros escalonados. Federico sacudi sus espuelas y blandi su _riata_. Precipitose _Jovita_, y un momento despus penetraron a la carrera en Tuttleville, y pararon en la plaza de la Fonda de las Naciones. Lo que ocurri aquella noche en Tuttleville no forma, precisamente, parte de esta historia. Pero sin pecar de prolijo puedo manifestar que, cuando _Jovita_ hubo pasado a poder del somnoliento mozo de cuadra, a quien muy pronto le sacudi el sueo con un par de coces, Federico sali con el tabernero a dar una vuelta por el pueblo que dorma silencioso. Las luces de unas pocas tabernas y casas de juego brillaban an, pero evitando la tentacin, pararon delante de varias tiendas cerradas, y llamando repetidamente despus del consiguiente gritero, consiguieron hacer levantar de sus camas a los propietarios y obligndoles a desatrancar las puertas de sus almacenes y a exponer sus gneros a los importunos visitantes. En algunos puntos no se pudieron librar de ciertas maldiciones, pero las ms de las veces por inters o por necesidad se mostraron complacientes, y terminando la entrevista del modo ms cordial. Eran las tres cuando acab esta ruta, y con un pequeo saco de goma impermeable, atado con correas a sus espaldas, Federico volvi a la posada. Pero all le acechaba la Belleza. La Belleza opulenta en encantos y ricos vestidos, persuasiva en el hablar y espaola en el acento. En vano repiti la invitacin del _Excelsior_. El hijo de las sierras rechaz a la Belleza con gallarda, no sin mitigar el desaire con una sonrisa y su ltima moneda de oro. Volvi a montar despus, y emprendi su camino por la triste calle abajo, y luego por la llanura siempre lgubre. Muy pronto la negra lnea de casas, las aguas y el asta de bandera se perdieron en lontananza detrs de l, como si la tierra las hubiese tragado. El tiempo haba amainado. El aire era penetrante y fro, las siluetas de los cercanos mojones se perciban ya; eran las cinco y media cuando Federico alcanz la iglesia de la Encrucijada en el camino del Estado. Con objeto de evitar la rpida pendiente haba tomado un camino ms largo y de mayor rodeo, en cuyo lodo viscoso _Jovita_ se hunda hasta las orejas a cada paso. No era muy buena preparacin para una seria subida de cinco millas; pero _Jovita_ arremeti con su habitual, ciega e impetuosa furia, y media hora ms tarde alcanz la extensa llanura que conduce a Rattlesnake-Creek: treinta minutos ms, y llegaban a la meta. Federico solt ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua, excitola con un silbido, y tarare una cancin. Espantose de pronto _Jovita_, y dio un salto que hubiera desmontado a un rabe. Agarrado a las riendas, estaba un hombre que haba saltado desde la cuneta y al mismo tiempo se alzaban ante l y en el camino un caballo y otro jinete en la oscuridad. --Afloja tu bolsa, canalla!--dijo en voz de mando y con una blasfemia la segunda fantasma. Federico sinti a la yegua temblar debajo de s y como si fuese a caer desplomada. Saba lo que esto significaba, y se prepar. --Aprtate, Simn, te conozco, maldito bandido; djame pasar o vers... Dej la frase sin terminar. La yegua levant las patas al aire con un salto terrible, sacudiendo del bocado a la persona que la haba agarrado y descarg su mortal malevolencia contra el obstculo detentor. Una blasfemia rasg los aires, son un pistoletazo, caballo y salteador rodaron por el suelo y un momento despus _Jovita_ estaba a cien metros de aquel funesto lugar. Pero el brazo derecho del jinete, destrozado por una bala, colgaba inerte a su lado. Sin disminuir la velocidad, cambi las riendas a su mano izquierda. Algunos momentos ms tarde viose obligado a parar y a apretar la cincha, que, mal asegurada, poda estpidamente lograr lo que no haban conseguido el peligro ni el ataque. Esta operacin requiri unos minutos de suprema angustia. Sin embargo, no tema la persecucin. Mirando al cielo, vio que las estrellas de oriente palidecan, y que las lejanas cumbres, perdida su espectral blancura, se destacaban ya con sombras tintas sobre un cielo cada vez ms argentino. El da se le vena encima. Haciendo un heroico esfuerzo y completamente absorto en una sola idea, olvid el dolor de su herida, y montando de nuevo corri hacia Rattlesnake-Creek. Pero el aliento de _Jovita_ era ya entrecortado, Federico vacilaba en la silla y el cielo se aclaraba ya del todo. --Adelante! Corre, _Jovita_! oh, da, si pudiese detenerte con una mano! En los ltimos pasos senta ya un zumbido en sus odos. El brazo del jinete desangraba ms y ms... Al atravesar el camino por bajo de la colina, estaba deslumbrado y desvanecido y no reconoci el terreno que pisaba. Haba tomado un mal camino o era aquello Rattlesnake-Creek? Federico iba por el recto camino. Pero el alborotado arroyo que algunas horas antes haba vadeado, estaba desbordado, y las aguas invadan los campos vecinos, de modo que se interpona entonces como rpido e irresistible ro entre l y Rattlesnake-Hill. Por primera vez en aquella noche, sinti Federico el corazn oprimido. Todo fluctuaba ante sus ojos, y el ro, la montaa y la temprana aurora giraban a su alrededor con velocidad vertiginosa. Entonces los cerr, concentrndose en s mismo para recobrar la conciencia que empezaba a vacilar. En aquel breve intervalo, por algn fantstico procedimiento mental, el cuartito de Bar Sansn y el grupo del padre e hijo dormidos, apareci a su vista. De repente abrironse de nuevo sus ojos; tir su levita, la pistola, las botas y la misma silla, at fuertemente a sus espaldas el precioso lo; con las desnudas rodillas apret los costados de _Jovita_, y tendido sobre el lomo del animal la azuz hacia la corriente. Un grito se alz desde la orilla opuesta, mientras que la cabeza de un hombre y de un caballo se mostraban por algunos momentos sobre la batalladora corriente, para ser arrastrados luego fuera del ro, por entre descuajados rboles y viscosas masas de lodo. * * * * * * * El fuego se haba extinguido en el hogar. La vela de la habitacin interior espiraba, y en la puerta dieron un fuerte aldabonazo. El viejo despert sobresaltado. Descorri precipitadamente el cerrojo, pero dando un grito retrocedi ante la choreante y deshecha figura que vacilaba en el umbral. --Federico! --Silencio! Despert ya? --No; pero... Federico? --Calla, animal! Treme un poco de aguardiente, vivo. Federico no se acordaba, por lo visto, de la escena de aquella misma noche, pues el viejo vol en su busca y volvi con... una botella vaca. Si sus fuerzas se lo hubieran permitido, Federico hubiera blasfemado. Titube, y agarrndose del tirador de la puerta, llam con una seal al viejo mientras aseguraba el bulto de la espalda. --Hay algo aqu en ese lo para Juanito. Qutamelo. A m me es imposible. Lleno de turbacin, el viejo desat el lo y colocolo ante el pobre Federico que estaba desfalleciendo. --Abrelo, en seguida! Hzolo con dedos temblorosos. Contena tan slo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, pero relucientes de pintura y oropel. Intil es decir que todos llevaban impresas las huellas de la odisea que haban seguido. En efecto, uno de ellos estaba roto, otro estropeado por el agua irreparablemente, y sobre el ltimo una mancha de sangre extenda su fatdico contorno. --No parece gran cosa, en verdad--balbuce Federico tristemente.--Pero es lo mejor que hemos podido hacer. Recbelos, viejo, y pnselos en sus zapatos, y dile... dile... dile, sabes... me rueda la cabeza. El viejo tomolo en sus brazos. --Dile--aadi Federico sonriendo dbilmente,--dile que San Nicols ha venido. Y de esta manera, manchado de lodo y sangre, casi desnudo, anonadado, andrajoso, con un brazo colgando inerte a su lado, San Nicols lleg a Bar Sansn, y cay desfallecido en el umbral de una msera vivienda. El sol extenda ya por el firmamento sus dorados rayos; elevose dulcemente, y con inefable amor pint de rosadas tintas los lejanos picachos. Y el albor de Navidad acarici tan tiernamente a Bar Sansn, que la montaa entera, como sorprendida en una accin generosa, se sonroj hasta las nubes. LA SUERTE DE CAMPO RODRIGO Agitbase en conmocin Campo Rodrigo. Cuestin de rias no sera, pues en 1850 no era esta novedad bastante para reunir todo el campamento. No solamente quedaron desiertos los fosos, sino que hasta la especera de Tut contribua tambin con sus jugadores, quienes, como todos saban, continuaron reposadamente su partida el da en que Pedro el francs y Kanaka Joe se mataron a tiros por encima del mostrador, frente mismo de la puerta. Formando compactos grupos estaban los vecinos reunidos ante una tosca cabaa, hacia el lado exterior del campamento. Se cuchicheaba con verdadero inters, y a menudo se repeta el nombre de una mujer, nombre bastante familiar en el campamento: Genoveva Sal. Hablar de ella prolijamente sera contraproducente. Basta consignar que era una mujer grosera y desgraciadamente muy pecadora, pero al fin y al cabo la nica mujer del campamento Rodrigo, que precisamente pasaba la crisis suprema en que su sexo requiere mayor suma de cuidados y atenciones. Viciosa, abandonada e incorregible, padeca, sin embargo, un martirio cruel aun cuando lo atienden y dulcifican las compasivas manos femeninas. En aquel aislamiento original y terrible, sin duda haba cado sobre ella la maldicin que atrajo Eva en castigo del primer pecado. Tal vez formaba parte de la expiacin de sus faltas, que en el momento en que ms falta le haca la ternura intuitiva y los cuidados de su sexo, slo se encontrara con las caras indiferentes de hombres egostas. De todos modos, creo que algunos de los espectadores se encontraban afectados compadecindola sinceramente. Alejandro Tipton pensaba que aquello era muy duro para Sal, y conmovido con tal reflexin, se hizo por el momento superior al hecho de tener escondidos en la manga un as y dos de triunfos. Hay que confesar que el caso no era para menos. No escaseaban en Campo Rodrigo los fallecimientos, pero un nacimiento no era cosa conocida. Varias personas haban sido expulsadas del campamento resuelta y terminantemente, y sin ninguna probabilidad de ulterior regreso; pero sta era la primera vez que en l se introduca alguien _ab initio_. He aqu la causa de la sensacin. --Oye, Edmundo--dijo un ciudadano prominente, conocido por Len, dirigindose a uno de los curiosos.--Entra aqu y mira lo que puedas hacer, t que tienes experiencia en estas cosas. Y a la verdad que la eleccin no poda ser ms acertada. Edmundo en otros climas haba sido la cabeza putativa de dos familias. Precisamente, a alguna informalidad legal en ese proceder, se debi que Campo Rodrigo, pueblo hospitalario, le contase en su seno. Todos aprobaron la eleccin y Edmundo fue bastante prudente para acomodarse a la voluntad de sus conciudadanos. La puerta se cerr tras del improvisado cirujano y comadrn, y todo Campo Rodrigo se sent en los alrededores de la cabaa, fum su pipa y aguard el desenlace de la tragedia. La abigarrada asamblea contaba unos cien individuos; uno o dos de stos eran verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y todos del qu se me da a m. Exteriormente no dejaban traslucir el menor indicio sobre su vida y antecedentes. El ms desalmado tena una cara de Rafael, con profusin de cabellos rubios: Arturo, el jugador, tena el aire melanclico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet: el hombre ms sereno y valiente apenas meda cinco pies de estatura, con una voz atiplada y maneras afeminadas y tmidas. El trmino truhans aplicado a ellos constitua ms bien una distincin que una definicin. Individualmente considerados, quiz faltaban a muchos los detalles menores, como dedos de la mano y pies, orejas, etc.; pero estas leves omisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El ms hbil de entre ellos, no tena ms que tres dedos en la mano derecha; el ms certero tirador era tuerto de solemnidad. Tal era el aspecto fsico de los hombres dispersos en torno de la cabaa. Formaba el campamento de Campo Rodrigo un valle triangular entre dos montaas y un ro, y era su nica salida un escarpado sendero que escalaba la cima de un monte frente a la cabaa, camino iluminado entonces por los plateados rayos de Diana. La paciente poda haberlo visto desde el tosco lecho en que yaca. Poda verlo serpentear como una cinta de plata, hasta expirar en lo alto confundido con las nubes. Un fuego de ramas de pino carcomidas fomentaba la sociabilidad en la reunin. Lentamente, reapareci la alegra natural de Campo Rodrigo. Cambironse apuestas a discrecin respecto al resultado: Tres contra cinco que Sal saldra con bien de la cosa; adems, tambin apostose que vivira la criatura y se atravesaron apuestas aparte sobre el sexo y complexin del futuro husped. En lo ms recio de la animada controversia, oyose una exclamacin de los que estaban ms cercanos a la puerta, y todo el mundo aguz los odos. Dominando el rumor del aire entre los pinos que agitaba, el murmullo de la rpida corriente del ro y el chisporroteo del fuego, oyose un grito agudo, quejumbroso, un grito al que no estaban avezados los habitantes del campamento de Campo Rodrigo. Las hojas cesaron de gemir, el ro ces en su murmullo y el fuego de chisporrotear: pareca como si la Naturaleza hubiese suspendido sus latidos. El campamento se levant como un solo hombre. No s quin propuso volar un barril de plvora, pero prevalecieron ms sanos consejos, y slo se acord el disparo de algunos revlvers en consideracin al estado de la madre, la cual, sea debido a la tosca ciruga del campamento, sea por algn otro motivo, feneca por momentos. No transcurri una hora sin que, como ascendiendo por aquel escarpado camino que conduca a las estrellas, saliese para siempre de Campo Rodrigo, dejando su vergenza y su pecado. No creo que tal noticia preocupara a nadie a no ser por la suerte del recin nacido. --Pero, podr vivir ahora?--preguntaron todos a Edmundo. Su contestacin fue dudosa. El nico ser del sexo de Genoveva Sal que quedaba en el campamento en condiciones de maternidad, era una borrica. Suscitose breve debate respecto a las cualidades de semejante nodriza, pero se someti a la prueba, menos problemtica que el antiguo tratamiento de Rmulo y Remo y al parecer tan satisfactoria. Disponiendo todos estos adminculos, se pas todava otra hora. Por ltimo, se abri la puerta y la ansiosa muchedumbre de hombres, que ya se haba formado en cola, desfil ordenadamente por el interior de la fnebre cabaa. Inmediato del bajo lecho de tablas, sobre el cual se dibujaba fantsticamente perfilado el cadver de la madre envuelto en la manta, haba una tosca mesa cuadrada. Encima de esta haba una caja de velas, y dentro, envuelto en franela de un encarnado chilln, yaca el recin llegado a Campo Rodrigo. Al lado mismo de la improvisada cuna, haba colocado un sombrero; pronto se comprendi su destino. --Seores--dijo Edmundo con una extraa mezcla de autoridad y de complacencia _ex oficio_,--los seores tendrn la bondad de entrar por la puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puerta posterior. Los que deseen contribuir con algo para el hurfano, encontrarn a mano un sombrero que se ha dispuesto para el caso. El primer visitante entr con la cabeza cubierta, pero al girar una mirada en torno suyo se descubri, y as, inconscientemente, dio el ejemplo a los dems, pues en tal comunidad de gentes, las acciones buenas y malas tienen efecto contagioso. A medida que desfilaba la procesin, se dejaban or los comentarios crticos, dirigidos ms particularmente a Edmundo en su calidad de expositor y cirujano. --Y es eso? --El ejemplar es verdaderamente minsculo. --Qu encarnado est! --Si no es ms largo que un revlver! Pero lo verdaderamente caracterstico fueron los donativos: una caja de rap, de plata; un dobln; un revlver de marina, montado en plata; un lingote de oro; un hermoso pauelo de seora primorosamente bordado (de parte de Arturo, el jugador), un prendedor de diamantes; una sortija tambin de diamantes (regalo sugerido por el precedente, con la observacin del dador de que vio aquel alfiler y lo mejor con dos diamantes); una honda; una biblia (dador incgnito); una espuela de oro; una cucharita de plata cuyas iniciales no eran precisamente las del generoso donante; un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billete de Banco de Inglaterra, de cinco libras, y como unos doscientos pesos sueltos, en oro y en monedas de todo cuo. Mientras dur la ceremonia, Edmundo mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta que tena a su izquierda y una gravedad tan indescifrable como la del recin nacido, que yaca encima de la mesa. Un ligero incidente rompi la monotona de aquella extraa procesin. Al inclinarse Len curiosamente sobre la caja de velas, la criatura se volvi, y en un movimiento de espasmo agarr el errante dedo del minero y por un momento lo retuvo con fuerza. Len puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor se esforz en asomar a sus mejillas curtidas por el sol. --Maldito bribn!--dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidado de los que se podran sospechar de l. Y al salir, mantena el dedo algo separado de los dems, examinndolo con extraa atencin. Este examen provoc la misma original observacin respecto del angelito. En efecto, pareca regocijarse al repetirlo. --Ha reido con mi dedo!--dijo a Alejandro Tipton, mostrando este rgano privilegiado. --Maldito bribn! Haban dado las cuatro cuando el campamento se retir a descansar. En la cabaa, donde alguien velaba, ardan unas luces; Edmundo no se acost aquella noche ni Len tampoco; ste bebi a discrecin y relat gustosamente su aventura de un modo invariable, terminndola con la calificacin caracterstica del recin nacido; esto pareca ponerle a salvo de cualquier acusacin injusta de sensibilidad, y Len no era hombre de debilidades... Despus que todos se hubieron acostado, llegose hasta el ro, silbando con aire indiferente. Remont despus la caada, y pas por delante de la cabaa silbando an con significativo descuido. Sentose junto a un enorme palo campeche y volvi sobre sus pasos y otra vez pas por la cabaa. Al llegar all, encendi pausadamente su pipa, y en un momento de franca resolucin llam a la puerta. Edmundo la abri. --Cmo va?--dijo Len, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja de velas. --Perfectamente--contest Edmundo. --Ocurre algo? --Nada. Sucedi una pausa, una pausa embarazosa. Edmundo continuaba con la puerta abierta; Len recurri a su dedo, que mostr a Edmundo. --Se pele con l el maldito bribn!--dijo, y parti en seguida. Al amanecer del da siguiente, tuvo Genoveva Sal la ruda sepultura que poda darle Campo Rodrigo; despus, cuando su cuerpo hubo sido devuelto al seno del monte, celebrose una reunin formal en el campamento para discutir lo que debera hacerse con su hijo, recayendo el acuerdo unnime y entusiasta de adoptarlo. Pero a la vez se levant un animado debate respecto de la posibilidad y manera de subvenir a los dispendios de su mantenimiento. Digno de consignarse es que los argumentos no participaron de ninguna de aquellas feroces personalidades a que conducan, por lo general, las discusiones en Campo Rodrigo. El excirujano propuso enviar la criatura a Red-Dog, a cuarenta millas de distancia, en donde se le podran prodigar femeniles cuidados: pero la desgraciada proposicin encontr en seguida la ms unnime y feroz oposicin. Indudablemente, no se quera tomar en cuenta plan alguno que encerrase la idea de separarse del recin venido. Ms desconfiado, Toms Rider observ que aquella gente de Red-Dog poda cambiarlo y endosarles otro, incredulidad respecto a la honradez de los vecinos campamentos que prevaleca en Campo Rodrigo tocante a todos los asuntos. La proposicin de tomar una nodriza encontr tambin en la asamblea una oposicin formidable. Djose, en primer lugar, que no se alcanzara de una mujer decente el que aceptara como hogar Campo Rodrigo, y aadi el orador que no haca falta nadie de otra especie. Esta indirecta, poco caritativa para la difunta madre, por dura que pareciese, fue el primer sntoma de regeneracin del campamento. Edmundo nada dijo; tal vez por motivos de delicadeza no quiso meterse en la eleccin de su posible sucesor, pero cuando le preguntaron, afirm resueltamente que l y _Jinny_, la borrica antes aludida, podan componrselas para criar al pequeuelo. Algo de original, independiente y heroico haba en este plan, que gust al campamento, por lo que se ratific la confianza a Edmundo, envindose a Sacramento por unos paales. --Cuidado--dijo el tesorero poniendo en manos del enviado un saco de arena aurfera que se pudo encontrar;--encajes, trabajos de filigrana y randas... todo lo que sea menester. Aunque parece milagro, la criatura sali adelante; tal vez el clima vigoroso de la montaa se encarg de subsanar las deficiencias de la cra. La Tierra amamant con sus ubres a este aventurero. En aquella atmsfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, de olores balsmicos, encontr cordial a la vez purificante y vivificador, que le serva de alimento, o bien una qumica sutil que converta la leche de burra en cal y fsforo y dems nutritivos elementos. Edmundo se inclinaba a creer que era lo ltimo, y su solcita y esmerada atencin. --Yo y la burra--deca--le hemos servido de padre y madre. Y aada a menudo, dirigindose al envoltorio mal pergeado que tena delante: --Nunca jams te vuelvas contra nosotros. Al cabo de treinta das, hzose evidente la necesidad de dar nombre al nio, pues hasta entonces haba sido conocido como el corderito, el nio de Edmundo, el cayote, alusin a sus facultades vocales, y aun por el tierno diminutivo de el maldito bribn. Sin embargo, pronto se dijo que esto era vago y poco satisfactorio, y finalmente prevaleci una nueva opinin. Los aventureros y jugadores son supersticiosos: Arturo declar un da que la criatura llevaba la _suerte_ a Campo Rodrigo, y a la verdad el campamento no haba sido desgraciado en los ltimos tiempos. As, pues, ste fue el nombre convenido, con el prefijo de Tomasn, para hacerlo un poco ms cristiano. No se hizo alusin alguna a la madre, y el padre poco importaba. --Mejor es--dijo el filosfico Arturo--dar de nuevo las cartas, llamarle _La Suerte_ y comenzar el juego otra vez. Se seal, pues, da para el bautizo. A juzgar por la despreocupada irreverencia que reinaba en Campo Rodrigo, puede imaginarse lo que vena a significar dicha fiesta. El maestro de ceremonias era un tal Boston, clebre taravilla, y la ocasin pareca prestarle magnfica ocasin para lucir sus chistes y agudezas. Este ingenioso bufn pas dos das preparando una parodia del ceremonial de la iglesia, con algunas alusiones de sabor local. Ensayose convenientemente el coro y se eligi padrino a Alejandro Tipton. Despus de la procesin lleg ste a la arboleda con msica y banderas al frente, y la criatura fue depositada al pie de un altar simulado. Pero de pronto apareci Edmundo, y adelantndose al frente de la muchedumbre en expectativa, dijo lo siguiente: --No es mi costumbre echar a perder las bromas, muchachos--y en esto irguiose el hombrecillo resueltamente, haciendo frente a las miradas en l fijas,--pero me parece que esto no cuadra. Es hacer un desafuero al chiquitn, eso de mezclarle en bromas que no puede comprender. Y respecto a la eleccin de padrino, dijo en tono autoritario:--Quisiera saber quin tiene ms derechos que yo. Un grave silencio sigui a estas palabras, pero sea dicho en honor de todos los bromistas, el primer hombre que reconoci la justicia fue el organizador del espectculo, privndose as del legtimo disfrute de su trabajo. Aprovechando estas ventajas, continu Edmundo rpidamente:--Pero, estamos aqu para un bautizo y lo tendremos: Yo te bautizo, Toms La Suerte, segn las leyes de los Estados Unidos y de California, y... en nombre de Dios. Amn. Por primera vez se profera en el campamento el nombre de Dios de otro modo que profanndolo. La ceremonia que acababa de celebrarse era tal vez ms risible que la que haba concebido el satrico Boston, pero, cosa extraa, nadie repar en ello. Tomasn fue bautizado tan seriamente como lo hubiera sido bajo las bvedas de un templo cristiano, y en igual forma tratado y considerado. Y as fue cmo principi la obra de regeneracin de Campo Rodrigo, operndose en el campamento un cambio imperceptible. Lo que primeramente experiment las primeras seales de progreso, fue la modesta vivienda de Tomasn. Limpiada y blanqueada cuidadosamente, fue luego entarimada con maderas, empapelada y adornada. La cuna de palo rosa trada de ochenta millas sobre un mulo, como deca Edmundo a su manera, fue digno remate de todo aquello. De este modo, la rehabilitacin de la cabaa fue un hecho consumado. La numerosa concurrencia que sola pasar el rato en casa de Edmundo para ver cmo segua La Suerte, apreciaban el cambio, y, en defensa propia, el establecimiento rival, la especera de Tut, se restaur con un espejo y una alfombra. Consecuencia saludable de estas novedades, fue fomentar en Campo Rodrigo costumbres ms rgidas de aseo personal; adems, Edmundo impuso una especie de cuarentena a aquellos que aspiraban al honor de tener en brazos a La Suerte. Claro que esto fue una mortificacin para Len, quien, gracias al descuido de una varonil naturaleza y a las costumbres de la vida de fronteras, haba credo hasta entonces que los vestidos eran una segunda piel que, como la de la serpiente, slo se cambiaba cuando se caa por carecer de utilidad. No obstante, fue tan sutil la influencia del ejemplo ajeno, que desde aquella fecha en adelante apareci regularmente con camisa limpia y cara an reluciente por el contacto del agua fresca. Tampoco fueron descuidadas las leyes higinicas, tanto morales como sociales. Tomasito, al que se supona en necesidad permanente de reposo, no deba ser estorbado por ruidos molestosos, as es que la gritera y los aullidos tan connaturales a los habitantes del campamento, no fueron permitidos al alcance del odo de la casa de Edmundo. Los hombres conversaban en voz baja o bien fumaban con gravedad india, la blasfemia fue tcitamente proscrita de aquellos sagrados recintos, y en todo el campamento la forma expletiva popular: maldita sea la suerte o maldita la suerte, fue desechada por prestarse a enojosas interpretaciones. Slo fue autorizada la msica vocal por suponrsele una cualidad calmante, y cierta cancin entonada por Jack, marino ingls, desertor de las colonias australianas de S. M. Britnica, se hizo popular como un canto de cuna. Se trataba del relato lgubre de las hazaas de la _Aretusa_, navo de 74 caones, cantado en tono menor, cuya meloda terminaba con un estribillo prolongado al fin de cada estrofa. Era de ver a Jack meciendo en sus brazos a La Suerte con el movimiento de un buque y entonando esta cancin de sus tiempos de fidelidad. No s si por el extrao balanceo de Jack, o por lo largo de la cancin--contena noventa estrofas, que se continuaban en concienzuda deliberacin hasta el deseado fin,--el canto de cuna causaba el efecto deseado. Al volver del trabajo, los mineros se tendan bajo los rboles, en el suave crepsculo de verano, fumando su pipa y saboreando las melodiosas cadencias de la composicin. Una vaga idea de que esto era la felicidad de Arcadia, se infundi a todos. --Esta especie de cosa--deca el Chokney Simons, gravemente apoyado en su codo--es celestial. Le recordaba a Greenwich. En los calurosos das de verano, generalmente llevaban a La Suerte al valle, donde Campo Rodrigo explotaba el metal precioso. All, mientras los hombres trabajaban en el fondo de las minas, el pequeuelo permaneca sobre una manta extendida sobre la verde hierba. La intuicin artstica de los mineros acab por decorar esta cuna con flores y arbustos olorosos, llevndole cada cual, de tiempo en tiempo, matas de silvestre madreselva, azalea, o bien los capullos pintados de las mariposas. De all en adelante, se despert en los mineros la idea de la hermosura y significacin de estas bagatelas que durante tanto tiempo haban hollado con indiferencia. Un fragmento de reluciente mica, un trozo de cuarzo de variado color, una piedra pulida por la corriente del ro, se embellecieron a los ojos de estos valientes mineros y fueron siempre puestos aparte para La Suerte. De esta manera, la multitud de tesoros que dieron los bosques y las montaas para Tomasn, fue incalculable. Circundado de juguetes tales como jams los tuvo nio alguno en el pas de las hadas, es de esperar que Tomasn viviese satisfecho. La felicidad se asentaba en l, pero dominaba una gravedad infantil en todo su aspecto una luz contemplativa en sus grises y redondos ojos que alguna vez pusieron a Edmundo en grave inquietud. Era muy dcil y apacible. Dicen que una vez, habiendo caminado a gatas ms all de su corral o cercado de ramas de pino entrelazadas que rodeaban su cuna, se cay de cabeza por encima del banquillo, en la tierra blanda, y permaneci con las encogidas piernas al aire, por lo menos, cinco minutos, con una gravedad y un estoicismo admirables, levantndolo sin una queja. Otros muchos ejemplos de su sagacidad sin duda se sucederan, que desgraciadamente descansan en las relaciones de amigos interesados. No carecan muchos de cierto tinte supersticioso. Por ejemplo. Un da Len lleg en un estado de excitacin verdaderamente extraordinario. --No hace mucho--dijo,--sub por la colina, y maldito sea mi pellejo, si no hablaba con una urraca que se ha posado sobre sus pies. Charlando como dos querubines, daba gozo verles all tan graciosos y desenvueltos. De cualquier manera que fuese, ya corriendo a gatas por entre las ramas de los pinos o tumbado de espaldas contemplase las hojas que sobre l se mecan, para l cantaban los pjaros, brincaban las ardillas y se abran las flores suavemente. La Naturaleza fue su nodriza y compaera de juego, y tan pronto deslizaba entre las hojas flechas doradas de sol que caan al alcance de su mano, como enviaba brisas para orearle con el aroma del laurel y de la resina, le saludaban los altos palos campeches familiarmente, y somnolientas zumbaban las abejas, y los cuervos graznaban para adormecerlo. As transcurri el verano, edad de oro de Campo Rodrigo. Feliz tiempo era aqul, y la Suerte estaba con ellos. Las minas rendan enormemente; el campamento estaba celoso de sus privilegios y miraba con prevencin a los forasteros; no se estimulaba a la inmigracin, y al efecto de hacer ms perfecta su soledad, compraron el terreno del otro lado de la montaa que circundaba el campamento en donde hubiese cuajado perfectamente el clebre _adversus hostem, eterna auctoritas_ de los romanos. Esto y una reputacin de rara destreza en el manejo del revlver mantuvo inviolable el recinto del afortunado campamento. El peatn postal, nico eslabn que los una con el mundo circunvecino, contaba algunas veces maravillosas historias de Campo Rodrigo, diciendo a menudo: --All arriba tienen una calle que deja muy atrs a cualquier calle de Red-Dog; tienen alrededor de sus casas emparrados y flores, y se lavan dos veces al da; pero son muy duros para con los extranjeros e idolatran a una criatura india. La prosperidad del campamento hizo entrar un deseo de mayores adelantos; para la primavera siguiente se propuso edificar una fonda e invitar a una o dos familias decentes para que all residiesen, quiz para que la sociedad femenina pudiese reportar algn provecho al nio. El sacrificio que esta concesin hecha al bello sexo cost a aquellos hombres, que eran tenazmente escpticos respecto de su virtud y utilidad general, slo puede comprenderse por el entraable afecto que Tomasn inspiraba. No falt quien se opusiera, pero la resolucin no se poda efectuar hasta el cabo de tres meses, y la misma minora cedi, sin resistencia, con la esperanza de que algo sucedera que lo impidiese, como en efecto sucedi. El invierno de 1851 se recordar por mucho tiempo en toda aquella comarca. Una densa capa de nieve cubra las sierras: cada riachuelo de la montaa se transform en un ro y cada ro en un brazo de mar: las caadas se convirtieron en torrentes desbordados que se precipitaron por las laderas de los montes, arrancando rboles gigantescos y esparciendo sus arremolinados despojos por doquier. Red-Dog fue inundado ya por dos veces, y Campo Rodrigo no tardara en correr la misma suerte. --El agua llev el oro a estas hondonadas--dijo Edmundo,--una vez ha estado aqu, otra vendr. Y aquella noche el North-Fork rebas repentinamente sus orillas y barri el valle triangular de Campo Rodrigo. En la devastadora avenida que arrebataba rboles quebrados y maderas crujientes, y en la oscuridad que pareca deslizarse con el agua e invadir poco a poco el hermoso valle, poco pudo hacerse para recoger los desparramados despojos de aquella incipiente ciudad. Al amanecer, la cabaa de Edmundo, la ms cercana a la orilla del ro, haba desaparecido. En el fondo de la hondonada, encontraron el cuerpo de su desgraciado propietario; pero el orgullo, la esperanza, la alegra, la Suerte de Campo Rodrigo no pareci. Emprenda ya el regreso con corazn triste, cuando un grito lanzado desde la orilla los detuvo; era una barca de socorro que vena contra corriente. Dijeron que, unas dos millas ms abajo, haban recogido un hombre y una criatura medio exnimes. Quiz algunos los conocera si pertenecan al campamento. Una sola mirada les bast para reconocer a Len, tendido y magullado cruelmente, pero teniendo todava en los brazos a La Suerte de Campo Rodrigo. Al inclinarse sobre la pareja extraamente junta, vieron que la criatura estaba fra y sin pulso. --Est muerto--dijo uno. Len abri los ojos desmesuradamente. --Muerto?--repiti con voz apagada. --S, buen hombre, y t tambin te ests muriendo. Y el rostro de Len se ilumin con una suprema sonrisa. --Murindome--repiti,--me lleva consigo. Conste, muchachos, que me quedo con La Suerte. Y aquella viril figura, asiendo al dbil pequeuelo, como el que se ahoga se aferra en una paja, desapareci en el tenebroso ro que corre a abocarse en la inmensidad del mar. EL SOCIO DE TENNESSEE Jams conocimos su nombre verdadero, y por cierto que el ignorarlo no caus nunca en nuestra sociedad el menor disgusto, puesto que en 1854 la mayor parte de la gente de Sandy-Bar[4] se bautiz nuevamente. Con frecuencia, los apodos se derivaban de alguna extravagancia en el traje, como en el caso de _Dungaree-Jack_, o bien de alguna singularidad en las costumbres, como en el de _Saleratus-Bill_, as nombrado por la enorme cantidad de aquel culinario ingrediente que echaba en su pan cotidiano, o bien de algn desgraciado _lapsus_, como sucedi al _Pirata de hierro_, hombre apacible e inofensivo, que obtuvo aquel lgubre ttulo por su fatal pronunciacin del trmino _pirita de hierro_. Tal vez haya sido esto principio de una tosca herldica; pero me inclino a pensar que, como en aquellos das el verdadero nombre de un individuo descansaba nicamente en su deleznable palabra, nadie haca de ello el ms leve caso. --Te llamas Clifford, no es verdad?--dijo Boston, dirigindose con soberano desprecio a un tmido recin llegado al campamento.--El infierno est empedrado de tales Cliffords. Y acto continuo present al desgraciado, cuyo nombre por casualidad era realmente Clifford, como el _Papagayo Carlos_, repentina y profana inspiracin que pes sobre l para siempre. Volvamos ahora al socio de Tennessee, a quien siempre conocimos por este ttulo relativo, aunque ms tarde supimos que existi como una individualidad distinta y separada. Segn informes, parece que en 1853 se march de Poker-Flat[5] para San Francisco, con el propsito manifiesto de buscar mujer, aunque no pas ms all de Stocktown. Una vez all, se sinti atrado por una joven que serva a la mesa en la fonda en que haba tomado habitacin. Un da le dijo algo que la hizo sonrer no desfavorablemente, y romper con alguna coquetera un plato de pan tostado contra la seria y sencilla cara, que se le diriga, retrocediendo luego a la cocina. Siguiola, y pocos momentos despus regres cubierto por ms pan tostado, pero victorioso. Al cabo de ocho das se casaron ante un juez de paz y volvieron a Poker-Flat. Confieso que se podra sacar ms partido de este episodio, pero prefiero narrarlo tal como corra por las caadas y tabernas de Sandy-Bar, donde todo sentimiento se modificaba por un subido barniz humorista. Poco se supo de su felicidad matrimonial hasta que Tennessee, que viva entonces con su socio, tuvo un da ocasin de decir por cuenta propia algo a la novia, que la hizo sonrer no desfavorablemente, retirndose sta hacia Marisvilla, a donde la sigui Tennessee y donde pusieron casa, sin requerir la ayuda de ningn funcionario judicial. El socio de Tennessee sobrellev sencilla y pacientemente, segn su costumbre, la prdida de su mujer; pero la sorpresa de todo el mundo fue cuando, al volver un da Tennessee de Marisvilla sin la mujer de su socio, porque ella, siguiendo su costumbre, se haba sonredo y marchado con otro, el socio de Tennessee fue el primero en estrecharle la mano y darle afectuosamente los buenos das. Claro que los muchachos que se haban reunido en la caada para presenciar el tiroteo se indignaron, y su indignacin se hubiera manifestado por medio del sarcasmo, a no ser una cierta mirada en los ojos del socio de Tennessee, que indicaban una actitud muy poco favorable al holgorio. En resumen, era un hombre grave, en quien dominaba el detalle prctico de ser desagradable en un caso de dificultad. Mientras tanto, el sentimiento pblico del Bar contra Tennessee se pronunciaba creciendo cada vez ms. Se le conoca por jugador y sospechoso de ladrn, y estas sospechas alcanzaban igualmente a su socio; la continua intimidad con Tennessee despus del citado asunto, slo poda explicarse por la hiptesis de la complicidad. Por ltimo, la culpa de Tennessee se hizo patente: un da alcanz a un forastero en el camino de Red-Dog; ste cont despus que Tennessee lo acompa distrayndolo con interesantes ancdotas y recuerdos, pero que con poca lgica termin la entrevista con la siguiente arenga: --Permtame, joven, que le moleste pidindole su cuchillo, sus pistolas y su dinero. Digo esto, porque en Red-Dog estas armas y el dinero que lleva consigo podran ser una tentacin para los mal intencionados. Me parece que tengo ya sus seas en San Francisco, y har lo posible por visitarle. Aqu podemos decir de paso que Tennessee posea una verbosidad humorstica, que ninguna preocupacin comercial poda dominar en absoluto. Tal suceso fue su ltima hazaa. Tanto en Red-Dog como en Sandy-Bar, se hizo causa comn contra el bandolero, y Tennessee fue cazado en la trampa que se le haba preparado. Demostr su audacia cuando en el saln de las Arcadas se lanz desesperado al travs del Bar, descargando su revlver contra la muchedumbre, llegando as hasta el Can del Oso; pero al extremo de ste fue detenido por un hombre pequeo montado en un pequeo caballo. Mirronse un momento en silencio. Los dos hombres eran intrpidos; ambos de sangre fra e independientes, y ambos tipos de una civilizacin que en el siglo XVII hubiera sido llamada heroica, y en el siglo XIX slo _despreocupada_. --Qu llevas? muestra el juego--dijo Tennessee con tranquilidad. --Dos triunfos y un as--contest el forastero con la misma sangre fra, enseando dos revlveres y un cuchillo. --Paso--repuso Tennessee. Y con este epigrama de jugador, tir su intil pistola y retrocedi junto con su aprehensor. Haca una noche calurosa por dems. El fresco vientecillo que de ordinario, al ponerse el sol, descenda por la empinada montaa de chaparros, fue aquella noche negado a Sandy-Bar. La estrecha caada sofocaba con sus clidos y resinosos olores, y la madera podrida en el Bar despeda exhalaciones ftidas. Latan an en el campamento la excitacin del da y el hervor de las pasiones. Agitbanse las luces sin descanso en ambos lados del ro, y ni un solo reflejo de la oscura corriente les contestaba. Detrs de la negra silueta de los pinos, los balcones del viejo desvn del correo se destacaban brillantemente iluminados, y al travs de sus ventanas, sin cortinas, los desocupados podan ver desde abajo las sombras de los que en aquel momento decidan de la suerte de Tennessee, y por encima de todo esto, destacndose sobre el oscuro firmamento, se alzaba majestuosa la lejana sierra, coronada de un inmenso y estrellado firmamento. El procedimiento contra Tennessee se llev tan lealmente como era de esperar de un juez y de un jurado que se sentan hasta cierto punto obligados a justificar en su veredicto las irregularidades del arresto y primeras diligencias. La ley de Sandy-Bar era implacable, pero no se inspiraba en la venganza. Por otra parte, la excitacin y el resentimiento personal que motivaron semejante caza, se haban terminado. Una vez seguro el criminal en sus manos, estaban dispuestos a escuchar impasibles la defensa, convencidos de que ya sera insuficiente, y no teniendo en su interior duda alguna, queran conceder al preso el derecho ms lato que posible fuese. Partiendo de la hiptesis de que deba ser ahorcado en virtud de principios generales, lo favorecan permitindole ms amplio derecho del que su despreocupada osada reclamaba. El representante de la justicia pareca ms inquieto que el mismo preso, quien indiferente para los dems, afectaba al parecer una lgubre satisfaccin en el conflicto a que haba dado lugar. --No tomo carta alguna en este juego--era la contestacin invariable, aunque humorstica, que daba siempre a quien le preguntaba. El juez, que era al propio tiempo su aprehensor, se arrepinti vagamente de no haberle descerrajado un tiro aquella maana; pero pronto desech esta flaqueza vulgar como indigna de un numen forense. No obstante, cuando son un golpe a la puerta y se dijo que el socio de Tennessee estaba all para defender al prisionero, fue admitido en seguida sin el menor interrogatorio; acaso los miembros ms jvenes del jurado, para quienes los sucesos se prestaban a graves reflexiones, lo saludaban como un poderoso auxilio. Hay que confesar que no era en rigor de verdad una figura imponente: bajo y regordete, con la cara cuadrada, tostado por el sol hasta un color casi sobrenatural, vistiendo una ancha chaqueta y pantalones listados y manchado por barro rojizo, en cualquier circunstancia su aspecto hubiera sido extrao y risible, pero en la presente era hasta ridculo. Al hacer la accin de inclinarse para dejar a sus pies un pesado saco de noche que llevaba, echose de ver, por las inusitadas inscripciones que puso de manifiesto, que la tela con que estaban remendados sus pantalones, fue destinada en su origen a un envoltorio ms humilde. Despus de haber estrechado con afectada cordialidad la mano de cuantos estaban en el saln, enjug su seria y perpleja cara con un pauelo rojo de seda menos oscuro que su tez, apoy su robusta mano sobre la mesa, y se dirigi al jurado con suma gravedad, diciendo: --Pasaba por aqu, y se me ocurri entrar a ver cmo segua el asunto de ese Tennessee, mi socio y compaero. Uf, que noche ms sofocante! No recuerdo un tiempo parecido desde mi venida a estas regiones. Hizo una pequea pausa, pero como a nadie se le ocurri impugnar esta observacin metereolgica, acudi segunda vez al recurso de su pauelo, y por algunos momentos se enjug con diligencia la frente. --Tiene usted algo que decir en favor del preso?--pregunt por fin el juez. --A eso voy--dijo el socio de Tennessee;--vengo aqu como su socio, pues lo trato desde hace cuatro aos, en la comida y bebida, en el mal y en el bien, en la fortuna y en la desgracia. Sus caminos no son siempre los mos; pero no hay en ese joven cualidad, no ha hecho calaverada que yo no conozca. Si ahora me dice, me pregunta usted confidencialmente de hombre a hombre, s s algo en su favor, yo le digo, le digo confidencialmente, de hombre a hombre: qu quiere que uno sepa de su amigo? --Vamos! Es eso todo cuanto tiene que decir?--interrumpi el juez impaciente, previendo tal vez que una peligrosa simpata humorstica vendra a humanizar su flamante tribunal. --A eso, a eso voy--continu el socio de Tennessee.--No ser yo quien diga algo contra l. Veamos, pues, el caso. Figurarse que a Tennessee le hace falta dinero, que le hace mucha falta dinero, y no le gusta pedirlo a su viejo socio. Est bien, pues qu es lo que hace Tennessee? Echa el anzuelo a un forastero y pesca al forastero. Y ustedes le echan el anzuelo y lo pescan a l. Tantos a tantos de triunfos! Apelo a su sano criterio y a la recta conciencia de este alto tribunal, para que diga si es esto as o no... --Preso--dijo el juez, interrumpindo de nuevo,--tiene usted alguna pregunta que hacer a ese sujeto? --No, no!--continu rpidamente el socio de Tennessee.--Esta partida me la juego yo solo. Y yendo directamente al grano de la cuestin, esto es lo que hay: Tennessee la ha jugado muy pesada y muy cara contra un forastero y contra este campamento.--Y como haciendo un esfuerzo de sinceridad, continu:--Y ahora, qu es lo justo? Unos dirn sus ms, otros dirn sus menos; en fin, aqu van 1700 pesos en oro sencillo y un reloj (es todo mi montn), y no se hable ms del asunto. Y acompaando la palabra a la accin y antes de que mano alguna se pudiese levantar para evitarlo, haba vaciado ya sobre la mesa el contenido del saco de viaje. Durante unos instantes estuvo su vida en peligro. Uno o dos hombres se levantaron en el acto, varias manos buscaron armas ocultas, y slo la intervencin del juez pudo dominar la propuesta de echar a aquel insolente por el balcn. El reo se rea, y su socio, al parecer ignorante de la sobreexcitacin que causaba, aprovech la oportunidad para enjugarse otra vez la cara con el pauelo de bolsillo. Restablecido el orden y despus de haberse hecho comprender al buen hombre, por medio de enrgicas demostraciones, que la ofensa de Tennessee no poda ser expiada por compensaciones metlicas, su fisonoma tom un color ms sanguinolento an, y los que estaban cerca de l notaron que su ruda mano experimentaba un ligero temblor. Titube un momento, antes de volver el oro al saco de noche, como si no hubiese comprendido del todo el elevado sentimiento de justicia que guiaba al tribunal, y recelase no haber ofrecido bastante cantidad. Despus, volvindose hacia el juez, dijo: --Esta partida la he jugado solo, sin mi socio. Tom el sombrero y saludando al Jurado iba a retirarse, cuando el juez llamole: --Si algo tiene que decir a Tennessee, hara usted mejor en comunicrselo ahora mismo. Los ojos del preso y los de su extrao abogado se encontraron aquella noche por primera vez. Tennessee mostr sus blancos dientes con franca sonrisa y diciendo: --Partida perdida, viejo!--le tendi la mano con efusin. El socio de Tennessee la estrech entre las suyas largo rato. --Como pasaba por casualidad--dijo,--entr slo por ver cmo seguan las cosas. Dej caer despus pasivamente la mano que le haba tendido, y aadiendo que la noche era calurosa, se enjug de nuevo la cara con el pauelo, y sin ms, se retir del local. Aquellos dos hombres no se encontraron ya jams en la vida. El insulto fue demasiado grave, y el hecho de haberse propuesto sobornar a un juez de la ley de Linch, la cual aunque fantica, dbil o estrecha, era, por lo menos, incorruptible, excluy de un modo irrevocable de la mente de aquel inflexible funcionario toda vacilacin respecto al destino de Tennessee, y al amanecer, estrechamente escoltado, se le condujo a la cima del Monte Marley, donde deba ejecutarse la fatdica sentencia. De la impasibilidad con que la arrostr, de cun sereno estaba, de cmo se neg a declarar cosa alguna, de cun legales eran las disposiciones del comit, de todo se trat debidamente en el _pregn de Red-Dog_, con el aditamento de una amonestacin moral a modo de leccin para todos los futuros malhechores, y ya que el editor estaba presente, a su vigoroso ingls remito de buena gana al que me lee. Lo que no describi esta hoja local, fue la belleza de aquella maana de verano, la santa armona de la tierra, del aire y del cielo, la vida que rebosaba de los libres bosques y montes, el alegre renacimiento, las divinas promesas y la serenidad infinita de la Naturaleza, porque no formaban parte de la leccin moral. Y no obstante, despus que el insignificante acto se hubo consumado y que una vida, con todos sus derechos y deberes, hubo salido de aquella cosa diforme que colgaba entre la tierra y el cielo, los pjaros piaban an alegremente, las flores se abran y el astro del da resplandeca tan majestuoso como siempre. Tal vez el _pregn de Red-Dog_ tena razn. El poco experto defensor de Tennessee no se encontraba en el grupo que rodeaba el lgubre rbol; pero cuando los asistentes nos volvimos para dispersarnos, atrajo nuestra atencin la presencia de un carrucho tirado por un burro y parado en el borde de la carretera. Todos nos acercamos y reconocimos desde luego al paciente borriquito y el carro de dos ruedas, propiedad del socio de Tennessee y que ste empleaba para extraer las tierras de su _placer_. Unos metros ms all, el propietario del vehculo en persona, sentado bajo un buckeye[6], enjugaba el sudor de su rostro congestionado. Hbilmente interrogado por los curiosos, dijo que haba ido all por el cuerpo del difunto, si no lo tena a mal el comit; que no quera apresurar las cosas, poda esperar, pues aquel da no trabajaba, y cuando los seores hubiesen concluido con el difunto, se hara cargo de l. --Adems--aadi sencilla y gravemente,--si alguno de los presentes gusta tomar parte en el entierro, puede asistir. Sea por una de tantas humoradas, que como ya he indicado eran caractersticas de Sandy-Bar, sea por razones ms altruistas, el caso es que las dos terceras partes de los desocupados aceptaron en seguida la invitacin que tan desinteresadamente se les haca. Haban dado ya las doce, cuando el cuerpo de Tennessee fue puesto en manos de su socio. Cuando se acerc el carro al rbol fatal, observamos que contena una tosca caja oblonga, hecha al parecer de tablas de _sluice_[7] medio rellena de cortezas y ramillas de pino. Formaban parte de la ornamentacin de la carreta recortes de sauce y unas cuantas docenas de flores de mucho olor. Un vez depositado el cuerpo en la caja, el socio de Tennessee lo cubri con una tela embreada, mont gravemente en el estrecho pescante delantero, y con los pies sobre las varas, arre al jumento, avanzando el vehculo lentamente, con aquel paso decoroso que, aun en circunstancias menos solemnes, es habitual a tan inteligentes cuadrpedos. Medio por curiosidad, medio por broma, pero todos de buen humor, siguieron los mineros a entrambos lados del carro; unos delante, otros detrs del sencillo atad; pero sea por la estrechez del camino o por algn sentimiento momentneo e instintivo de piedad, a medida que adelantaba el carro, el acompaamiento se retrasaba en parejas, guardando el paso y tomando el aspecto de una solemne procesin. El divertido Jacobo Polibin, que a la salida haba empezado la parodia de una marcha fnebre, moviendo los dedos sobre una flauta imaginaria, desisti de proseguirla, por no hallar una acogida favorable, tal vez por faltarle la aptitud del verdadero humorista, que sabe divertirse con su propia gracia y humor. El fnebre camino atravesaba la caada del Oso, revestida a aquella hora de sombro y tenebroso aspecto. Los campeches, escondiendo en el rojizo terreno sus pies, guarnecan la senda como en fila india, y sus inclinadas ramas parecan echar una extraa bendicin sobre el fretro que avanzaba lentamente. Una preciosa liebre, sorprendida en su ingnita actividad, sentose sobre las patas traseras, rebullendo entre los helechos del borde del camino, mientras desfilaba la comitiva. Las ardillas se apresuraron a ganar las ramas ms altas para atisbar desde all en seguridad, y los arrendajos, tendiendo las alas, revoloteaban a la delantera, como postillones, hasta que alcanzamos los arrabales de Sandy-Bar y la solitaria cabaa del director de la ceremonia. Visto aquel lugar, aun en circunstancias ms placenteras, no hubiese sido un lugar risueo. La tosca y fea silueta y los groseros detalles que distinguen las construcciones del minero californiano, y adems su poco pintoresco emplazamiento, todo se reuna all a la tristeza de la ruina. A pocos metros de la cabaa, se extenda un inculto cercado que, en los cortos das de felicidad matrimonial del socio de Tennessee, haba servido de jardn, pero que, en aquel entonces, disfrutaba de una exuberante vegetacin de helechos y hierbas de todas clases. Conforme nos aproximamos al cercado, nos sorprendimos viendo que lo que habamos tomado por un reciente ensayo de cultivo, era slo desmonte que rodeaba una tumba recin abierta. La carreta estaba parada ya delante del cercado, y rehusando el socio de Tennessee las ofertas de auxilio, con el mismo aire de confianza que haba demostrado en todo, carg con la caja y la deposit, sin auxilio de nadie, en la poco profunda fosa. Pegando despus con clavos la tabla que serva de tapa, y subindose al montculo de tierra que se alzaba junto a la huesa, descubriose y se enjug lentamente la cara con el pauelo. Todo el mundo comprendi que eran stos los preliminares de un discurso, y se esparci sobre los troncos de rbol y las rocas en situacin expectante. Revestido de dignidad el socio de Tennessee dijo pausadamente: --Digan; cuando un hombre ha estado corriendo en libertad todo el da, qu es natural que haga? Pues volver a casa. Pero si no puede volver a casa por s mismo, qu es lo que debe hacer su mejor amigo? Claro que traerle a ella! Y aqu tenis a Tennessee que ha estado corriendo en libertad y de sus peregrinaciones lo traemos al hogar. Aqu, como para concentrar sus ideas, call, bajose a tomar un fragmento de cuarzo, y frotndolo pensativo contra su manga, continu: --Otras veces lo haba cargado sobre mis espaldas como ahora habis visto; otras veces lo haba trado a esta cabaa, cuando no se poda valer por s mismo; ms de una vez yo y el borriquito lo habamos esperado all arriba, recogindolo y trayndolo a casa cuando no poda hablar, ni le era posible reconocerme. Y hoy, que es el ltimo da... ya veis... Callose otra vez y frot el cuarzo contra su manga. --Como puede verse, el caso es duro para su socio... Y ahora, seores--aadi bruscamente, recogiendo su pala de largo mango,--se acab el entierro; les doy las gracias y... Tennessee se las da tambin por la molestia que les ha ocasionado. Oponindose a cuantas ofertas de ayudarlo se le hicieron, comenz a llenar la tumba, dando la espalda al gento, que, despus de algunos momentos de indecisin, se retir poco a poco. Al doblar la pequea cresta que ocultaba a su vista Sandy-Bar, algunos, volvindose hacia atrs, creyeron ver al socio de Tennessee, terminada ya su obra, sentado sobre la tumba, con la pala entre las rodillas y la cara sepultada en su rojo pauelo de seda; pero otros arguyeron que, a tal distancia, no era posible distinguir la cara del pauelo, y este punto no se esclareci jams. En medio de la calma que sigui a la agitacin febril de aquel da, el socio de Tennessee no fue echado en olvido por los habitantes del campamento. Cierta rigurosa requisitoria que se hizo en secreto lo libr de la supuesta complicidad en el crimen de Tennessee, pero no de cierta sospecha sobre si estaba o no en su cabal juicio. La poblacin de Sandy-Bar hizo caso de conciencia el visitarlo, ofrecindole varios regalos toscos, aunque inspirados en sinceros sentimientos. Pero, desde el fatdico da, aquella salud y enorme fuerza parecieron declinar visiblemente, y entrada ya la estacin de las lluvias, cuando las hojillas de hierba comenzaron a asomar por entre el pedregoso montculo que cubra la tumba de Tennessee, se dej vencer por la enfermedad. Metiose en cama. Aquella noche, los pinos que rodeaban la cabaa, sacudidos por la tempestad, arrastraban sus esbeltas ramas por encima del techo, y a lo lejos se oan el rugido y los embates de la impetuosa corriente del ro. El socio de Tennessee se incorpor y dijo: --Ya es hora, voy en busca de Tennessee; enganchar el carrito. Y se hubiera levantado de la cama a no habrselo impedido su criada. Sin embargo, haciendo extraos movimientos, continu en su singular delirio: --Ven ac, borriquita! So, so! quieta! Qu oscuro est! Alerta con los baches, y cuida tambin de l, vieja. Ya sabes que a veces, cuando est borracho, rueda como un tronco hasta la cuneta. Corre, pues, en derechura hasta el pino de all arriba, en la colina. Bueno... no lo dije!... ah est!... ya viene... solo... sereno... Cmo brillan sus ojos! Tennessee! Y as fue a su encuentro... UN POBRE HOMBRE En el ao 1852, vino con nosotros a California, a bordo del _Skiscraper_, un individuo llamado Fag, David Fag. Opino que el espritu aventurero no influy mucho en su partida; probablemente no tendra otro lugar a donde ir. Por las tardes, cuando reunidos los jvenes, ponderbamos las magnficas colocaciones que habamos abandonado, y cun tristes haban quedado nuestros amigos al vernos partir; cuando ensebamos daguerreotipos, y bucles de cabello, y hablbamos de Mara y de Susana, _el pobre hombre_ sola sentarse entre nosotros y nos escuchaba penosamente humillado, aunque sin decir esta boca es ma. Quiz no tena nada que decir. Careca de camaradas, excepto cuando nosotros lo protegamos, y en honor de la verdad, nos diverta bastante. No haca viento para hinchar una gorra, y ya se mareaba; nunca pudo acostumbrarse a la vida de a bordo. Jams olvidar cunto nos remos cuando Abelardo le trajo un pedazo de tocino en un cordel, y... pero ya conoce todo el mundo esta chanza clsica; luego bromeamos a sus costas con gran regocijo. La seorita Engracia no poda sufrirlo; le hacamos creer que se haba encaprichado con l, y le envibamos al camarote libros y golosinas. Era de ver la chistosa escena que tuvo lugar cuando, tartamudeando y luchando contra el mareo, subi a darle las gracias por los obsequios. Menudo enfado tuvo ella! Parecase a Medora, segn dijo Abelardo, que saba a Byron de memoria, y no estaba poco sofocado el viejo Fag! Sin embargo, no nos guard rencor, y cuando Abelardo cay enfermo en Valparaso, el viejo Fag lo cuid esmeradamente. Era, en resumen, un chico de buena pasta, pero le faltaban valor y empresa. Careca en absoluto de todo sentimiento esttico, pues alguna vez lleg a vrsele sentado remendando su ropa vieja, mientras que Abelardo recitaba los conmovedores apstrofes de Byron al Ocano. En cierta ocasin, pregunt muy serio a Abelardo si crea que Byron se hubiese mareado en alguna ocasin. No recuerdo la respuesta de Abelardo, pero s que todos nos remos, y creo que no dejara de ser buena, pues Abelardo no careca de humorismo. El da que el _Skiscraper_ lleg a San Francisco, celebramos un gran banquete. Convnose en reunirnos todos los aos y perpetuar tal acontecimiento. Por supuesto, que no convidamos a Fag. Fag era un pasajero de tercera, y como se comprender, era necesario, ya que estbamos en tierra, ser un poco prudentes. Pero el viejo Fag, como lo llambamos, aunque no tendra ms all de veinticinco aos (sea dicho entre parntesis), fue para nosotros aquel da objeto de gran guasa. Segn parece, concibi la idea de ir a pie a Sacramento, y realmente parti en dicha forma. La fiesta fue cabal: nos dimos todos un buen apretn de manos, y cada uno fuese por su lado. Ay de m! No hace de ello ocho aos, y, sin embargo, algunas de aquellas manos, estrechadas entonces amistosamente, se han alzado de unos contra otros, y han entrado furtivamente en nuestros bolsillos. No comimos ya juntos al ao siguiente, porque el joven Baker jur que no sentara jams en la misma mesa que ocupase un canalla tan despreciable como Remigio, y a Cols, el que pidi dinero prestado en Valparaso al joven Lupo, que serva de mozo en un restaurant, no le gustaba encontrarse con gente de tal ralea. Habiendo comprado una cantidad de acciones del Cayote's Tunnel, en Mugginswille, el 54, se me ocurri subir hasta all y examinarlo. Me hosped en la Fonda del Imperio, y despus de comer, busqu un caballo, di la vuelta al pueblo y me dirig a las minas. Se me indic uno de aquellos individuos a quienes los corresponsales de los peridicos llaman nuestro inteligente noticiero y que en las comunidades pequeas se toman fcilmente el derecho de dar toda clase de informes. La fuerza del hbito le permita ya trabajar y hablar a un tiempo, sin olvidar jams una cosa por otra. Hzome una especie de historia del criadero, y aadi: --Mire usted (y se diriga al banco que tena ante s), de all debe salir seguramente oro (y aqu interpuso una coma con su pica), pero el anterior propietario (sac a retortijones la palabra de su pica) era un pobre hombre (y subray la frase con la pica), un infeliz que careca de toda autoridad, que permita a los chicos que se le subiesen a las barbas... (el resto lo confi a la operacin de quitarse el sombrero, a fin de enjugar su frente varonil con un pauelo de grandes cuadros azules.) La curiosidad me llev a preguntarle quin era el primitivo propietario. --Se llamaba Fag. Me apresur a hacerle una visita; me pareci ms viejo y ms feo. Haba trabajado mucho, segn dijo, y sin embargo, la cosa slo le marchaba as, as. Tomele aficin y hasta cierto punto lo proteg. Si lo hice, porque empezara a sentir desconfianza para chicos como Abelardo y Remigio, no es preciso decirlo. Todo el mundo recuerda cmo lo del Cayote's Tunnel se vino abajo y cun ignominiosamente fuimos estafados. Pues, bien; lo primero que supe fue que Abelardo, uno de los principales accionistas, se vea reducido en Migginswille a guardar la cantina del hotel, y que el viejo Fag se haba enriquecido, al fin, y vareaba la plata. Remigio me enter de todo ello cuando volvi de arreglar sus asuntos. Me dijo tambin que Fag le haca cocos a la hija del propietario del mencionado hotel. As es que, por habladuras y por cartas, vine a saber que Robins, el dueo del hotel, trataba de arreglar el casamiento entre su hija Rosita y Fag. Era Rosita una chiquilla muy linda y regordeta, y que no hara ms que lo que su padre mandase. Me pareci muy conveniente para Fag que se casara y estableciese, pues, como hombre casado, podra adquirir toda otra autoridad. Resolv, pues, un da subir a Mugginswille, para cuidar yo mismo del asunto. All tuve la gran satisfaccin de que Abelardo me sirviese las bebidas; s, porque se trataba de Abelardo, el alegre, el brillante, el invencible Abelardo, que haca dos aos haba tratado de despreciarme. Hablele del viejo Fag y de Rosita, precisamente, porque cre que el asunto no le sera grato. Declarome que nunca le haba gustado Fag, y que estaba seguro de que a Rosita tampoco le agradaba: acaso otra persona ocupaba los pensamientos de Rosita. En seguida volviose hacia el espejo del mostrador y se atus el cabello; comprend al vanidoso bribn, y pens poner en guardia a Fag a fin de que se diera prisa en formalizar su unin. En el curso de una larga conversacin que tuvimos y por el tono en que se expres, ech de ver que el pobre chico estaba perdidamente enamorado de la muchacha. Suspir y prometiome revestirse de valor para llevar el asunto a una crisis. Comprend tambin que sta, de excelente corazn, senta una especie de silencioso respeto por Fag; pero le haban vuelto la cabeza las cualidades superficiales de Abelardo, que eran agradables y cortesanas. No creo que Rosita fuera peor que t y yo: estamos ms dispuestos a juzgar de los conocidos por su valor aparente que por su valor interno. Nos da menos trabajo y es ms cmodo, excepto cuando necesitamos fiarnos de ellos. Lo difcil para con las mujeres, est en que en ellas el sentimiento se interesa ms pronto que en nosotros, y ya comprenden ustedes que en este caso se hace imposible la reflexin. Esto es lo que se le hubiera ocurrido al viejo Fag si hubiera sido un hombre dotado de la ms ligera psicologa. Pero no era as. La cosa no tena remedio. Algunos meses despus, estaba sentado en mi despacho cuando se me apareci el viejo Fag. Despus de un efusivo apretn de manos, hablamos de los asuntos corrientes, de aquella manera mecnica, propia de gente que sabe que tiene algo que decir, pero que se ve obligada a llegar a ello por medio de las ceremonias acostumbradas. Despus de una pausa, Fag, con su naturalidad acostumbrada, me dijo: --Me vuelvo a mi casa. --A tu casa? --S; es decir, me parece que har una excursin a los Estados del Atlntico. Te he venido a ver, pues, como sabes, tengo algunas propiedades y he otorgado poderes a tu nombre para que puedas administrarlas: traigo algunos papeles que deseara guardases en tu poder. Deseas encargarte de ellos? --S--dije.--Pero, qu hay de Rosita? Fag enmudeci; trat de sonrer, y de este juego result uno de los efectos ms sorprendentes y grotescos que jams haya presenciado. Por fin, dijo: --No me casar con Rosita; es decir--y pareca pedirse interiormente perdn de una frase tan categrica,--creo que har mejor en no casarme. --David Fag--dije con repentina severidad,--eres un pobre hombre. Y con extraeza ma, se anim su rostro. --S--dijo,--eso es; soy un pobre hombre; eso me lo he sabido siempre; te dir, me pareci que Abelardo quera a la muchacha tanto como yo, y supe, adems, que ella lo amaba ms que a m, y que tal vez sera ms feliz con mi rival. Adems, me constaba tambin que el viejo Robins me hubiese preferido al otro porque yo era rico, y que la chica habra obedecido a su padre; pero, me entiendes?, se me figur que estorbaba, como quien dice, de manera que opt por retirarme. Sin embargo--continu cuando iba ya a interrumpirlo,--por temor de que el padre rechazara a Abelardo, le he prestado lo bastante para establecerse por su cuenta en Dogtown. Hombre emprendedor, activo, brillante, como sabes que es Abelardo, puede adelantar y hacerse otra vez con su antigua posicin, y no hay necesidad alguna de que le apremien si no lo logra. Alargome nuevamente la mano para despedirse. Sentame hastiado de sobras por su modo de tratar al tal Abelardo para mostrarme amable; pero como el negocio era de provecho, promet encargarme de l, y Fag parti. Transcurri algn tiempo. Lleg el prximo vapor de regreso, y durante algunos das, un terrible accidente ocup la atencin de los Estados Unidos. En todas las regiones del Estado leanse con avidez los detalles de un terrible naufragio, y los que tenan amigos a bordo se reunan para leer con aliento comprimido la larga lista de las vctimas. Busqu los nombres de todos los seres interesantes, afortunados y queridos que haban perecido, y creo que fui el primero en descubrir, entre stos, el nombre de David Fag. El pobre hombre haba, pues, en realidad, vuelto a su casa! LOS DESTERRADOS DE POKER FLAT Al poner el pie don Jorge, jugador de oficio, en la calle Mayor de Poker-Flat, en la maana del da 22 de noviembre de 1850, presinti ya que, desde la noche anterior, se efectuaba un cambio en la atmsfera moral de la poblacin. Algunos grupos donde se conversaba gravemente, enmudecieron cuando se acerc y cambiaron miradas significativas. Era de notar que dominaba en el aire una tranquilidad dominguera; lo cual en un campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, pareca de mal agero, y sin embargo, la cara tranquila y hermosa de don Jorge no revel el menor inters por estos sntomas. Tena conciencia acaso de alguna causa predisponente? Eso era cosa distinta. --Sospecho que van tras de alguno--pens;--tal vez tras de m. Introdujo en su bolsillo el pauelo con que haba sacudido de sus botas el encarnado polvo de Poker-Flat, y con entera calma desech de su mente toda conjetura. La verdad era que Poker-Flat andaba tras de alguno. Haba sufrido recientemente la prdida de algunos miles de pesos, de dos caballos de valor y de un ciudadano preeminente, y en la actualidad pasaba por una crisis de virtuosa reaccin, tan ilegal y violenta como cualquiera de los actos que la originaron. El comit secreto haba resuelto expulsar de su seno todo miembro podrido. Practicose esto de un modo permanente, respecto a dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicomoro, en la hondonada, y de un modo temporal con el destierro de otras varias personas de psimos antecedentes. Es sensible tener que decir que algunas de stas eran seoras; pero en descargo del sexo, debo advertir que su inmoralidad era profesional y que slo ante un vicio tal y tan patente se atreva Poker-Flat a erigirse en inflexible tribunal. A don Jorge le sobraba razn al suponer que estaba l incluido en la sentencia. Alguien del comit haba insinuado la idea de ahorcarlo, como ejemplo tangible y medio seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo, de las sumas que les haba ganado. --No es justo--deca Simn Velero--dejar que ese joven de Campo Rodrigo, extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestros ahorros. Sin embargo, un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que haban tenido la buena suerte de limpiar en el juego a don Jorge, acall las mezquinas preocupaciones de los ms irreductibles. Don Jorge recibi el fallo con filosfica calma, tanto mayor en cuanto sospechaba ya las vacilaciones de sus juzgadores. Era muy buen jugador para no someterse a la fatalidad. En su sentir, la vida era un juego de azar y reconoca el tanto por ciento usual en favor del banquero. Una escolta de hombres armados acompa a esa escoria social de Poker-Flat hasta las afueras del campamento. Formaban parte de la partida de los expulsados, adems de don Jorge, reconocido como hombre decididamente resuelto, y para intimidar al cual se haba tenido cuidado de armar el piquete, una joven conocida familiarmente por la Duquesa, otra mujer que se haba ganado el ttulo de madre Shipton, y el to Billy, sospechoso de robar filones y borracho empedernido. La cabalgada no excit comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la menor palabra. Solamente cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el ltimo lmite de Poker-Flat, el jefe habl cuatro palabras en relacin con el caso: el que desease conservar su vida, no deba poner ms los pies en Poker-Flat. Luego, cuando se alejaba la escolta, los sentimientos comprimidos se exhalaron en algunas lgrimas histricas por parte de la Duquesa, en injurias por la de la madre Shipton y en blasfemias que, como flechas envenenadas, lanzaba el to Billy. Tan slo el estoico don Jorge permaneca mudo. Escuch impasible los deseos de la madre Shipton de sacar el corazn a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de que se morira en el camino, y tambin las alarmantes blasfemias que al to Billy parecan arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Para no desmentir la franca galantera de los de su clase, insisti en trocar su propio caballo, llamado _El Cinco_, por la mala mula que montaba la Duquesa; pero ni aun esta accin despert simpata alguna entre los de la comitiva errante. La Duquesa arregl sus ajadas plumas con cansada coquetera; la madre Shipton mir de reojo con malevolencia a la posesora de _El Cinco_, y el to Billy no perdon a ninguno de la partida con sus diatribas. De todos modos, el camino de Sandy-Bar, campamento que en razn de no haber experimentado an la regeneradora influencia de Poker-Flat, pareca ofrecer algn aliciente a los emigrantes, atravesaba una escarpada cadena de montaas, y ofreca a los viajeros una jornada bastante regular. En aquella avanzada estacin, la partida pronto sali de las regiones hmedas y templadas de las colinas, al aire seco, fro y vigoroso de las sierras. El sendero era estrecho y dificultoso; hacia el medioda, la Duquesa, dejndose caer de la silla de su caballo al suelo, manifest su resolucin de no continuar ms all. El paraje era singularmente imponente y salvaje. Un anfiteatro poblado de bosque, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro precipicio que dominaba la llanura. Sin duda alguna, era el punto ms a propsito para un campamento, si hubiera sido prudente el acampar. Pero don Jorge, que no perda fcilmente su orientacin, saba que apenas haban hecho la mitad del viaje a Sandy-Bar, y la partida no estaba equipada ni provista para hacer alto. Sin embargo, no hizo ms que recordar esta circunstancia a sus compaeros acompandola de un comentario filosfico sobre la locura de tirar las cartas antes de acabar el juego. Estaban provistos de licores, y en esta contingencia suplieron la comida y todo lo dems de que carecan. A pesar de su protesta, no tardaron en caer en mayor o menor grado bajo la influencia del alcohol. La madre Shipton se ech a roncar; el to Billy pas rpidamente del estado belicoso al de estupor y la Duquesa qued como aletargada. Slo don Jorge permaneci en pie, apoyado contra una roca, contemplndolos con tranquilidad, pues don Jorge no beba; esto hubiera perjudicado a una profesin que requiere clculo, impasibilidad y sangre fra; en fin, para valernos de su propia frase, no poda permitirse este lujo. Contemplando a sus compaeros de destierro y al filosofar sobre el aislamiento nacido de su oficio, sobre las costumbres de su vida y sobre sus mismos vicios, sintiose oprimido por primera vez. Procedi a quitar el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar otros actos caractersticos de sus hbitos de extremada limpieza, y por un momento olvid su situacin. No incurri jams en la pecaminosa idea de abandonar a sus compaeros, ms dbiles y dignos de lstima; pero, sin embargo, echaba de menos aquella excitacin que, extrao es decirlo, era el mayor factor de la tranquila impasibilidad de que gozaba. Examinaba embebido las tristes murallas que se elevaban a mil pies de altura, cortadas a pico, por encima de los pinos que lo rodeaban; el cielo cubierto de amenazadoras nubes, y ms abajo el valle que se hunda ya en la sombra, cuando oy de repente que lo llamaban. Un jinete ascenda poco a poco por el camino. No tard mucho en reconocer en la franca y animada cara del recin venido a Toms Bfalo, llamado el Inocente de Sandy-Bar. Le haba encontrado haca algunos meses en una partidilla, donde con la mayor legalidad gan al cndido joven toda su fortuna, que ascenda a unos cuarenta dllars. Despus que hubo terminado la partida, don Jorge se retir con el joven especulador detrs de la puerta, y all le dijo estas o parecidas palabras: --Toms, eres un buen muchacho, pero no sabes jugar ni por valor de un centavo; no lo pruebes otra vez si has de seguir mis consejos. Y diciendo esto, le devolvi su dinero, lo empuj suavemente fuera de la sala de juego, y as hizo de Toms, ms que un amigo, un esclavo. El entusiasta y cordial saludo que Toms dirigi a don Jorge, recordaba este generoso acto. Segn dijo, iba a tentar fortuna en Poker-Flat. --Solo? --Completamente solo, no: a decir verdad (aqu se ri), se haba escapado con Flora Vods. No recordaba ya don Jorge a Flora Vods, la que serva la mesa en el Hotel de la Templanza? Haca tiempo ya que segua en relaciones con ella, pero el padre, Jaime Vods, se opuso; de manera que se escaparon e iban a Poker-Flat a casarse, y htelos aqu! Qu fortuna la suya en encontrar un sitio donde acampar en compaa tan agradable! La conversacin qued interrumpida al aparecer Flora Vods, muchacha de quince aos, rolliza y de buena presencia; sala de entre los pinos, donde se ocultara ruborizndose y se adelantaba a caballo hasta ponerse al lado de su prometido. No era don Jorge hombre a quien le preocupasen las cuestiones de sentimiento y an menos de las de conveniencia social, pero instintivamente comprendi las dificultades de la situacin. No obstante, tuvo suficiente aplomo para largar un puntapi al to Billy que ya iba a soltar una de las suyas, y el to Billy estaba bastante sereno para reconocer en el puntapi de don Jorge un poder superior que no tolerara guasas de ningn gnero. Esforzose despus en disuadir a Toms de que acampara all; pero fue intil. Prevnole que no tena provisiones ni medios para establecer un campamento; pero, por desgracia, el Inocente desech estas razones asegurando a la partida que iba provisto de un mulo cargado de vveres, y descubriendo adems una como tosca imitacin de choza abierta al lado del camino. --Flora podr ocuparla con la seora de Jorge--dijo el Inocente, sealando a la Duquesa.--Yo ya me las compondr. Pronunciadas estas palabras, le fue preciso a don Jorge toda su energa para impedir que estallase la risa del to Billy, que an as hubo de retirarse a la hondonada para recobrar la formalidad. All confi el chiste a los altos pinos, golpendose repetidas veces los muslos con las manos, entre las muecas, contorsiones y blasfemias que en l eran tan comunes. A su regreso encontr a sus compaeros sentados en amistosa conversacin alrededor del fuego, pues el aire haba refrescado en extremo y el cielo se cubra de espesos nubarrones. Flora estaba hablando de una manera expansiva con la Duquesa, que la escuchaba con un inters y animacin que desde haca mucho tiempo no haba demostrado. Bfalo discurra con igual xito junto a don Jorge y a la madre Shipton, que se mostraba amable hasta cierto punto. --Es este caso una tonta partida campestre?--dijo el to Billy para sus adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las oscilaciones de la llama y las caballeras atadas. De pronto, una idea se mezcl con los vapores alcohlicos que enturbiaban su cabeza. La idea sera seguramente chistosa, pues se golpe otra vez los muslos y se meti un puo en la boca para contener la risa. Lentamente las nubes se deslizaron por la montaa arriba, una ligera brisa cimbre las copas de los pinos y aull a travs de sus largas y tristes hondonadas. La ruinosa choza, toscamente reparada y cubierta con ramas de pino, fue cedida a las seoras. Los novios, al separarse, cambiaron un beso tan puro y apasionado, que el eco pudo repetirlo en los vecinos peascos. La frgil Duquesa y la cnica madre Shipton estaban, probablemente, demasiado asombradas para burlarse de esta ltima prueba de candor, y se dirigieron sin decir palabra hacia la cabaa. Avivaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de la puerta, y pocos momentos despus dorman todos a pierna suelta. Don Jorge tena el sueo ligero; antes de apuntar el da, despert aterido de fro. Al remover con un tizn el moribundo fuego, el viento que soplaba entonces con fuerza llev a sus mejillas algo que le hel la sangre: la nieve. Dirigiose sobresaltado a los que dorman con intencin de despertarles, pues no haba tiempo que perder; pero al volverse hacia donde deba estar tendido el to Billy, vio que ste haba desaparecido. Cruz rpidamente por su mente una idea desagradable, y una maldicin sali de sus labios. Vol hacia donde haban atado a los mulos: ya no estaban all. Mientras tanto, las sendas desaparecan rpidamente bajo la nieve que caa con profusin. Por un momento qued aterrado don Jorge, pero pronto volviose hacia el fuego, con su serenidad acostumbrada. No despert a los dormidos. El Inocente descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su rostro cubierto de pecas, y la virgen Flora dorma entre sus frgiles hermanas, como si le custodiaran guardianes angelicales. Don Jorge, echndose la manta sobre los hombros, se atus el bigote y esper la luz del medioda, que vino poco a poco envuelta en neblina y en un torbellino de copos de nieve que cegaba y confunda. El paisaje pareca transformado como por arte de magia. Pas sin atencin la vista por el valle y resumi el presente y el porvenir en cuatro palabras: Sitiados por la nieve. El detenido examen de las provisiones, que, afortunadamente para la partida estaban almacenadas en la choza, por lo que escaparon a la rapacidad del to Billy, les dio a conocer que, con cuidado y prudencia, podan sostenerse an diez das ms. --Eso--dijo don Jorge _sotto voce_ al Inocente,--con tal que nos quiera usted tomar a pupilaje; si no (y tal vez har usted mejor en ello), esperaremos que el to Billy regrese con las nuevas municiones de boca que seguramente habr ido a buscar. No s por qu ingrato motivo, don Jorge no dio a conocer la infamia del to Billy, exponiendo la hiptesis de que ste se haba extraviado del campamento en busca de los animales que se haban escapado sin duda. Ech una indirecta acerca de lo mismo a la Duquesa y a la madre Shipton, que, como es natural, comprendieron la defeccin de su consocio. --Si se les da el ms pequeo indicio, descubrirn tambin la verdad respecto de _todos_ nosotros--aadi con intencin,--y es por dems alarmar a la feliz pareja. Toms Bfalo no slo puso a disposicin de don Jorge todo lo que llevaba, sino que pareca disfrutar ante la perspectiva de una obligada reclusin. --Habremos pasado una semana de campo, despus se derretir la nieve, y partiremos cada cual por su lado. El franco optimismo del joven y la serenidad de don Jorge, comunicose a los dems. El Inocente, por medio de ramas de pino, improvis un techo para la choza, que no lo tena, y la Duquesa contribuy al arreglo del interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro a la joven y fugitiva campesina. --Ya se conoce que est acostumbrada a casas hermosas en Poker-Flat--dijo Flora. La aludida dio media vuelta rpidamente, para ocultar el rubor que tea sus mejillas, aun a travs del colorido postizo de las de su profesin, y la madre Shipton rog a Flora que guardase silencio. Al regresar don Jorge de su penosa e intil exploracin en busca del camino, oy el sonido de una alegre risa que el eco repiti varias veces. Algo alarmado, parose pensando en el aguardiente que haba escondido prudentemente. --Esto no suena a aguardiente--dijo el jugador. Sin embargo, hasta que a travs del temporal vio la fogata y en torno de ella el grupo, no se convenci de que todo ello era una broma de buen gnero. Yo no s si don Jorge haba ocultado su baraja con el aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto os que, valindome de las propias palabras de la madre Shipton, no habl una sola vez de cartas durante aquella noche. Menos mal que pudo matarse el tiempo con un acorden que Toms sac con aparato de su equipaje. Luchando con algunas dificultades en el manejo de este instrumento, Flora logr arrancarle una meloda recalcitrante, acompandola el Inocente con los palillos. La pieza que coron la velada fue un rudo himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron con gran entusiasmo y vehemencia. Creo que el tono de desafo, del coro y aire del _Covenanter_[8], y no las cualidades religiosas que pudiera encerrar, fue motivo de que acabaran todos por tomar parte en el estribillo: Estoy orgulloso de servir al Seor, y me obligo a morir en su ejrcito. Los rboles crujan, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable grupo y las llamas del ara se lanzaban hacia el cielo como un testimonio del voto. Entrada la noche, calm la tempestad; los grandes nubarrones se corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el negro fondo del firmamento. Don Jorge, a quien sus costumbres profesionales permitan vivir durmiendo lo menos posible, comparti la guardia con Toms Bfalo de modo tan desigual, que cumpli casi por s solo esta obligacin. Disculpose con el Inocente, diciendo que muy a menudo se haba pasado sin dormir ocho das seguidos. --Pero haciendo qu?--pregunt Toms. --El _poker_[9]--contest don Jorge gravemente.--Mira: cuando un hombre llega a tener una suerte borracha, antes se cansa la suerte que uno. No hay cosa ms extraa que la suerte. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe cambiar. Y el descubrir cundo va a cambiar, es lo que te forma. Ahora, por ejemplo, desde que salimos de Poker-Flat hemos dado con una vena de mala suerte. Llegan ustedes y les pillo tambin de lleno. El que tiene nimo para conservar los naipes hasta el fin, ste se salva. Y aadi el filsofo y jugador de una pieza, con alegre irreverencia: Estoy orgulloso de servir al Seor, y me obligo a morir en su ejrcito. Pasaron tres das, y el sol, a travs de las blancas colgaduras del valle, vio el cuarto a los desterrados repartirse las reducidas provisiones para el desayuno. Por un fenmeno singular de aquel montaoso clima, los rayos del sol difundan benigno calor sobre el paisaje de invierno, como compadecindose arrepentidos de lo pasado; pero, al mismo tiempo, descubran la nieve apilada en grandes montones alrededor de la cabaa. Por todas partes se extenda un mar de blancura sin esperanza de trmino, mar desconocido, sin senda, de que eran juguetes estos nufragos de nuevo gnero. A muchas millas de distancia y a travs de un aire maravillosamente sutil, se elevaba el humo de la rstica aldea de Poker-Flat. Observolo la madre Shipton, y desde lo ms alto de la torre de su fortaleza de granito lanz hacia aquella una maldicin. Fue su ltima blasfemia y tal vez por aquel motivo revesta cierto carcter sublime. --Me siento mejor--dijo confidencialmente a la Duquesa.--Pruebe de salir all y maldecirlos, y te convencers. Luego, se impuso la tarea de distraer a _la criatura_, como ella y la Duquesa tuvieron a bien llamar a Flora; Flora no era una polluela, pero las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que no fuese indecorosa ni soltase maldiciones. Otra vez vino la noche a cubrir el valle con sus tinieblas. Las quejumbrosas notas del acorden se elevaban y descendan junto a la vacilante fogata del campamento con prolongados gemidos y frecuentes intermitencias. Pero como la msica no alcanzaba a llenar el penoso vaco que dejaba la insuficiencia de alimento, Flora propuso una nueva distraccin: contar cuentos. No tenan ganas don Jorge ni sus compaeras de relatar las aventuras personales, y el plan hubiera fracasado tambin a no ser por Toms Bfalo. Algunos meses antes haba encontrado por casualidad un tomo desparejado de la ingeniosa traduccin de la _Iliada_, por Mr. Pope. Se impuso pues la tarea de relatar en el lenguaje corriente de Sandy-Bar, los principales incidentes de aquel poema, cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de algunos nombres propios. Los semidioses de Homero volvieron aquella noche a pisar el planeta, y el pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el viento, y los inmensos pinos _del can_ parecan inclinarse ante la clera del hijo de Peleo. Al parecer, don Jorge escuchaba con apacible fruicin; pero se interes especialmente por la suerte de As-quiles, como el Inocente persista en denominar a Aquiles, _el de los pies ligeros_. De este modo, con poca comida, mucho Homero y el acorden, transcurri una semana que con paciencia soportaron los fugitivos. De nuevo los abandon el sol, y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo, cubrieron el congelado suelo. Poco a poco les fue estrechando cada vez ms el crculo de nieves, hasta que los muros deslumbrantes de blancura se levantaron a veinte pies por encima de la cabaa. El fuego fue cada vez ms difcil de alimentar; los rboles cados a su alcance, estaban sepultados ya por la nieve. Y no obstante, nadie se quejaba. Los novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de otro, y eran felices, y don Jorge se resign tranquilamente al mal juego que se le presentaba ya como perdido. La Duquesa, ms alegre que de costumbre, se dedic a cuidar a Flora; slo la madre Shipton, antes la ms fuerte de la caravana, pareca enfermar y fenecer poco a poco. A media noche del dcimo da, llam a su lado a don Jorge: --Me voy--dijo con voz de quejumbrosa debilidad.--Le ruego no diga nada a los corderitos; tome el lo que est bajo mi cabeza y bralo. Efectundolo, don Jorge vio que contenan intactas las raciones recibidas por la madre Shipton durante los ltimos ocho das. --Delas a _la criatura_--dijo, sealando a la dormida Flora. --Infeliz! Se ha dejado morir de hambre!--dijo el jugador con sorpresa. --As se llama esto--repuso la mujer con voz apagada. Se acost de nuevo, y volviendo la cara hacia la pared, entr en una rpida agona. Aquel da enmudecieron el acorden y las castauelas, y se olvid la _Iliada_ y sus hroes. Al ser entregado el cuerpo de la madre Shipton a la nieve, don Jorge llam aparte al Inocente y le mostr un par de zuecos para nieve, que haba fabricado con los fragmentos de una vieja albarda. --Hay todava una probabilidad contra ciento de salvarla; pero es hacia all--aadi sealando a Poker-Flat.--Si puedes llegar en dos das, cantaremos victoria. --Y usted?--pregunt Toms. --Yo me quedo--contest secamente. La pareja se despidi con un estrecho y efusivo abrazo, al que siguieron algunas lgrimas. Don Jorge! Tambin se va usted?--pregunt la Duquesa cuando vio a aqul que pareca aguadar a Toms para acompaarle. --Hasta _el can_--contest. Y, diciendo esto, bes a la Duquesa, dejando encendida su blanca cara y rgidos de asombro sus entumecidos nervios. La soledad nocturna vino otra vez, pero no don Jorge. Trajo otra vez la tempestad y la nieve con sus torbellinos. Avivando el expirante fuego, vio la Duquesa que alguien haba apilado a la callada contra la choza, lea para algunos das ms. Sus ojos se llenaron de lgrimas, pero las ocult a Flora. Dominadas por el terror, aquellas vrgenes durmieron poco. Al amanecer, al contemplarse cara a cara comprendieron su comn destino, observando el ms riguroso silencio. Flora, hacindose la ms fuerte, se acerc a la Duquesa y la enlaz con su brazo, en cuya disposicin mantuvironse todo el resto de la jornada. La tempestad lleg aquella noche a su mayor furia, destroz los pinos protectores e invadi la misma cabaa. Al romper el nuevo da, no pudieron ya avivar el fuego, que se extingui poco a poco. A medida que las cenizas se amortiguaban, la Duquesa se acurrucaba junto a Flora, y por fin rompi aquel silencio que pareca eterno: --Flora; puedes rezar an? --No, hermana...--respondi Flora dulcemente. La Duquesa, sin saber por qu, sintiose ms libre, y apoyando su cabeza sobre el hombro de Flora no dijo ms. Y as, reclinadas, prestando la ms joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, quedaron dormidas. El viento, como si temiera despertarlas, ces. Muchos copos de nieve, arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pjaros de blancas alas y se posaron sobre aquel grupo sublime. Diana, la de argentinos rayos, contempl al travs de las desgarradas nubes aquel lugar selvticamente bello. Toda impureza humana se haba fundido, todo rastro de dolor terreno haba desaparecido bajo el inmaculado manto tendido misericordiosamente desde arriba. Todo aquel da durmieron su apacible sueo, y al siguiente no despertaron, cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquel mudo paraje. Y cuando manos piadosas separaron la nieve de sus marchitas caras, apenas poda decirse, por la paz igual que ambas respiraban, cul fuera la que se haba manchado. La misma ley de Poker-Flat lo reconoci as y se retir, dejndolas todava enlazadas una en brazos de otra. En la embocadura del desfiladero, sobre uno de los mayores pinos, encontrose un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de monte. Contena la siguiente inscripcin, hecha con vigorosos trazos de lpiz: [cruz] AL PIE DE ESTE RBOL YACE EL CUERPO DE DON JORGE QUE DIO CON UNA VENA DE MALA SUERTE EL 23 DE NOVIEMBRE 1850 Y ENTREG SUS PUESTAS EL 7 DE DICIEMBRE 1850 [cruz] Y, en efecto. All, fro y sin pulso, con un revlver a su lado y una bala en el corazn, yaca bajo la nieve el que a la vez haba sido el ms fuerte y el ms dbil de los expulsados de Poker-Flat, cosas ambas que se lean todava a travs del rostro apacible pero enrgico del jugador. UNA NOCHE EN WINGDAM Todo el da haba corrido en diligencia y me senta atontado por el traqueteo y molestias de tan pesado viaje. De modo que cuando al caer de la tarde descendimos rpidamente al pueblecito arcadiano de Wingdam, resolv no pasar adelante y sal del carruaje en un estado disppsico insoportable. Senta an los efectos de un pastel misterioso, contrarrestados un tanto por un poco de cido carbnico dulcificado que con el nombre de limonada carbnica, me haba servido el propietario del mesn de _Medio Camino_. No alcanzaron siquiera a interesarme los chistes del galante mayoral que conoca los nombres de todo el mundo en el trayecto; que haca llover cartas, peridicos y paquetes desde lo alto de la vaca; que mostraba sus piernas en frecuente y terrible proximidad a las ruedas, subiendo y bajando cuando bamos a toda velocidad; cuya galantera, valor y conocimientos superiores en el viaje nos admiraban a todos los viajeros, reducindonos a un silencio envidioso, y que cabalmente entonces estaba hablando con varias personas con visible inters y entusiasmo. Quedeme sombriamente de pie con mi manta y saco de viaje bajo el brazo, contemplando la diligencia en marcha, y ech una mirada de despedida al galante conductor, que, colgado del imperial por una pierna, encenda su cigarro en la pipa de un postilln que corra. Despus, me volv hacia el apacible hotel de la _Templanza_, en Wingdam. No s si por causa del tiempo o por causa del pastel, la fachada no me hizo una impresin muy favorable. Quiz era porque el rtulo, extendido a lo largo de todo el edificio, con letras dibujadas en cada ventana, haca resaltar de mala manera a aquellos que miraban por ellas, o quiz porque la palabra templanza siempre ha despertado en m la idea de bizcochos flojos y chocolate de poca consistencia. A la verdad, la casa no convidaba. Podasele haber llamado fonda de la abstinencia, segn era la falta de todo lo necesario para deleitar o cautivar al pasajero. Presidi, sin duda, a su construccin cierta tristeza artstica. De excesivas dimensiones para el campamento y destartalada no produca la ms remota idea de confort. Tena, adems, una rstica condicin: sentase en ella la humedad del bosque y el olor del pino. La naturaleza violentada, pero no sometida del todo, retoaba en lagrimillas resinosas por puertas y ventanas. No s por qu me pareci que instalarse all, deba asemejarse a pasar un da de campo perpetuo. Al hacer mi entrada en el hotel, los habituales huspedes de la casa salan de un profundo comedor y se esforzaban en quitarse por la aplicacin del tabaco en varias formas, el sabor detestable de la cena recin ingerida. Algunos se colocaron inmediatamente en torno de la chimenea, con las piernas sobre las sillas, y en aquella postura se resignaron silenciosamente a la labor mproba de una pesada digestin. En atencin a mi estado gstrico, no acept la invitacin que para cenar me hizo el posadero, pero me dej conducir al saln. Era el tal posadero un magnfico tipo barbudo del hombre animal. Pas por mi imaginacin un personaje dramtico. Con la vista fija en el chisporroteante fuego, pensaba para mis adentros cul podra ser, esforzndome en seguir el hilo de mis memorias hacia el revuelto pasado, cuando una mujercita de tmido aspecto apareci en la puerta, y apoyndose pesadamente contra el marco, dijo con voz dbil. --Marido! Al volverse el posadero hacia ella, el singular recuerdo dramtico centelle claramente ante m en un par de versos: Dos almas con un solo pensamiento y palpitando acorde el corazn... Se trataba de Ingomar y Partenia, su mujer. Ni ms ni menos. In mente di en seguida al drama un desarrollo diferente: Ingomar se haba trado a Partenia a la montaa, donde tena un hotel a beneficio de los _allemani_ que acudan all en nmero no escaso. Partenia iba bastante cansada y desempeaba el trabajo sin criados de ningn gnero. Tena dos _brbaros_, pequeos an, un nio y una nia; estaba ajada, pero conservaba an sus trazos bellos. Permanec sentado, hablando con Ingomar, que pareca encontrarse en su centro. Contome varias ancdotas de los _allemani_, que exhalaban todas un fuerte aroma del desierto, y sobre todo guardaban cabal armona con la siniestra casa: habl de cmo Ingomar haba muerto algunos osos terribles, cuyas pieles cubran su cama; de cmo cazaba gamos, de cuya piel hermosamente adornada y bordada por su esposa, se vesta; de cmo haba muerto a varios indios y de cmo l mismo estuvo una vez a punto de seguir la misma suerte. Esto, explicado con el ingenuo candor que tan bien sienta en un brbaro, pero que un griego hubiese considerado de sabor poco tico. Recordando a la fatigada Partenia, comenc a considerar que otra hubiese sido su suerte, de casarse con el antiguo griego del drama; al menos habra vestido siempre decente y sin aquel traje de lana pringado por las comidas de un ao entero y las grasas de cocina, no se hubiese visto obligada a servir la mesa con el cabello sin peinar, ni se hubieran colgado de sus vestidos los dos nios con los dedos sucios, arrastrndola inconscientemente a la sepultura. Estas poco optimistas cavilaciones las supuse inducidas por el pastel que todava tena en el estmago, de manera que me levant y dije a Ingomar que me mostrara la habitacin, pues quera acostarme. Siguiendo al terrible brbaro, que blanda una vela de sebo encendida, sub por la escalera arriba, hacia mi cuarto. Hzome notar que era el nico que tena con una sola cama, y que lo haba construido para los matrimonios que pudiesen hacer alto all; pero que no habindose presentado an ocasin, lo haba dejado a medio amueblar. Una de las paredes estaba tapizada y la otra tena grandes grietas. El viento que soplaba constantemente sobre Wingdam, penetraba en el aposento por diferentes aberturas; la ventana era sobrado pequea para su rompimiento, donde colgaba dando extraos chirridos. Parecame todo repugnante y desaseado. Antes de retirarse Ingomar me trajo una de las pieles de oso, y echndola sobre una especie de atad que estaba en un rincn, asegur que me abrigara cmodamente y se despidi, desendome un feliz sueo. Me estaba todava desnudando, cuando la luz se apag a la mitad de esta operacin; me acurruqu bajo la piel de oso y trat de acomodarme lo mejor posible para conciliar pronto el sueo. Sin embargo, estaba desvelado. O el viento que barra de arriba abajo la montaa, agitaba las ramas de los melanclicos pinos, entraba luego en la casa y forcejeaba en todas las puertas y ventanas del edificio. Fuertes corrientes de aire esparramaban a menudo mi cabello sobre la almohada con extraos aullidos. La madera verde de las paredes despeda humedad, que penetraba an al travs de la piel de plantgrado que me haban entregado. Me sent como Robinson Crusoe en su rbol, despus de retirar la escalera, o bien como el nio a quien se mece en la cuna. Al cabo de media hora de insomnio, sent haberme parado en Wingdam. Despus del tercer cuarto de hora me arrepent de haberme acostado, y al cabo de una hora de inquietud, me levant dispuesto a vestirme. Animome la creencia de que haba visto lumbre en la sala comn, y que tal vez estaba ardiendo todava. Sal fuera de mi habitacin y segu a tientas el corredor que resonaba con los ronquidos de los _allemani_ y con el silbido del viento implacable. Me deslic escaleras abajo, y por fin, entrando en la sala, vi que arda an el fuego. Acerqu una silla, lo remov con el pie y me qued sorprendido de ver a Partenia sentada all tambin, con una criatura de demacrado rostro en el regazo. Djele si no sera indiscrecin preguntarla por qu estaba levantada todava. No se acostaba los mircoles hasta la llegada del correo, para llamar a su marido si haba pasajeros a quienes atender. No se cansaba? A veces, pero Abner (el nombre del brbaro) le haba prometido darle quien le ayudase, a la primavera siguiente, si el negocio prosperase. Cuntos huspedes tenan? Calculaba que acudiran unos cuarenta a las comidas de hora fija y haba parroquia de transentes, que eran tantos, que ella y su marido podan servirlos, pero l trabajaba tambin. Qu trabajo? Oh! descargar lea, llevar los equipajes de los pasajeros... Haca mucho tiempo que estaba casada? Unos nueve aos; haba perdido una nia y un nio y tena otros tres. l era de Illinois; ella de Boston. Haba sido educada en la escuela superior de nias de Boston; saba un poco de latn y griego y matemticas. Cuando murieron sus padres vino sola al Illinois para poner escuela; lo vio; se casaron... un casamiento por amor... (_Dos almas_... etc.) Emigraron despus al Arkansas; desde all, a travs de las llanuras, hasta California, siempre a orillas de la civilizacin. Deseaba quiz alguna vez volver a su casa? No le hubiera desagradado por motivo de sus nios, pues hubiese querido darles alguna educacin. Ella les haba enseado algo, pero no mucho a causa de la excesiva ocupacin. Estaba convencida que el hijo sera, como su padre, fuerte y alegre: tema que la nia se pareciese ms bien a ella. Muchas veces haba pensado que no estaba educada para ser la mujer de un fondista. Por qu? Sus fuerzas no eran muchas y haba visto mujeres de los amigos de su marido, en el Kansas, que podan hacer ms trabajo; pero l no se quejaba: era tan bueno! (_Dos almas_... etc.) Contemplela a la luz del hogar, cuyos reflejos jugueteaban en sus facciones ajadas y marchitas, pero finas y delicadas an. Reclinada la cabeza y en actitud pensativa, tena en los cansados brazos al nio clortico y medio desnudo; a pesar del abandono, de la suciedad y de sus harapos, conservaba un resto de pasada distincin y no es de extraar que no me sintiera yo entusiasmado por lo que ella llamaba la bondad de su marido. Alentada por mi sincera curiosidad, me dijo que poco a poco haba abandonado lo que imaginaba ser debilidades de su primera educacin, pero notaba que perda sus ya escasas fuerzas en esta nueva situacin. Al pasar de la ciudad a los bosques, se vio odiada por las mujeres, que la tachaban de soberbia y presuntuosa; todo esto engendr la impopularidad de su marido entre los compaeros, y arrastrado en parte por sus instintos aventureros y en parte por las circunstancias, la llev a otras tierras. Continu la narracin de la triste odisea. En su memoria no quedaba otro recuerdo del camino recorrido que un desierto inmenso y desolado, en cuya uniforme llanura se levantaba un pequeo montn de piedras, la tumba de su hijo. Haca tiempo, observaba que Guillermito enflaqueca y lo hizo notar a Abner, pero los hombres no entienden de criaturas, y, adems, estaba fastidiado por un viaje con tanta gente y en tales condiciones. Acaeci que despus de pasar Sweetwater, iba ella caminando una noche al lado del carruaje y mirando el centellear de las estrellas, cuando oy una vocecita que deca:--Madre!--Corri hacia el interior del carromato y vio que Guillermito dorma descansadamente y no quiso despertarlo; un momento despus oy la misma apagada voz que repeta:--Madre!--volvi al carruaje, se inclin sobre el pequeuelo y recibi su aliento en la cara, y otra vez lo arrop como pudo y volvi a emprender la marcha a su lado, pidiendo a Dios que lo curase, y con los ojos levantados al cielo, oy la misma voz, ya exnime, que por tercera vez la llamaba:--Madre!--y en seguida una grande y brillante estrella cruz el espacio, apartndose de sus hermanas, y se apag, y presinti lo que haba sucedido y corri al carromato otra vez, tan slo para estrechar sobre su dolorido corazn una carita desencajada y fra como el mrmol. Al llegar aqu, llev a los ojos sus manos delgadas y enrojecidas y por algunos momentos permaneci en silencio. Una rfaga de viento sopl con furia en torno de la casa y dio una embestida violenta contra la puerta de entrada, mientras que Ingomar, el brbaro, en su lecho de pieles de la trastienda, roncaba con placidez beatfica. Naturalmente que en el valor y fuerza de su marido habra encontrado siempre una proteccin contra las agresiones y los ultrajes de todo gnero. Eso haba que decirlo bien claro! Cuando Ingomar estaba con ella, no tema nada; pero era muy nerviosa, y un da le dieron un susto regular. Cmo? Era en los primeros tiempos de su estancia en California. Haban establecido una casa de bebidas y vendan licores y refrescos a los pasantes. Abner era hospitalario, y beba con todo el mundo por el aliciente de la popularidad y del negocio; a Ingomar comenz a gustarle el licor y acab por tomarle excesiva aficin. Una noche en que haba mucha gente y ruido en la cantina, ella entr para sacarle de all, pero nicamente logr despertar la grosera galantera de los alborotadores semiborrachos, y cuando, por fin, consigui ya llevrselo a su habitacin con sus espantados hijos, l se dej caer sobre la cama como aletargado, lo que le hizo creer que el licor tena algn narctico. Y permaneci sentada a su lado durante toda la noche, sin pegar los ojos. A la madrugada oy pisadas en el corredor, y mirando hacia la puerta vio que levantaban sigilosamente el pestillo, como si intentaran abrir la puerta; sacudi a su marido para despertarlo, pero en vano; finalmente, la puerta cedi poco a poco por arriba (por abajo tena corrido el cerrojo) como a un empuje exterior gradual, y una mano se introdujo por la hendidura. Movida por un extrao impulso, se levant como un relmpago, clavando aquella mano contra la puerta con sus tijeras (su nica arma), pero la punta se rompi y el intruso escap lanzando una terrible maldicin. Jams habl de ello a su marido, por temor de que matara a _alguien_; pero un da lleg a la posada un extranjero, y al servirle el caf, le vio en el reverso de la mano una extraa cicatriz. Continuamos hablando un buen rato; el viento soplaba todava, e Ingomar roncaba en su lecho de pieles, cuando resonaron en la calle ruedas y herraduras y el relinche de caballos. Era la diligencia del correo. Partenia corri a despertar a Ingomar, y casi simultneamente el galante conductor se apareci ante m, llamndome por mi nombre y convidndome a beber de una misteriosa botella que llevaba. Abrevaron rpidamente los caballos, termin su faena el conductor y, despidindome de Partenia, ocup mi sitio en la diligencia. Qued en seguida profundamente dormido para soar que visitaba a Partenia e Ingomar, y que era agasajado con pastel a discrecin, hasta que a la maana siguiente me despert en Sacramento. No podra asegurar si todo esto fue un sueo, pero jams presencio el drama ni oigo la noble frase referente a _Dos almas_... sin pensar en los hosteleros de Wingdam. MORENO DE CALAVERAS Acababa de llegar la diligencia de Wingdam. Lo corts y comedido de la conversacin y la ausencia de humo de cigarro y de tacones de bota en las ventanillas del carruaje, indicaban bien a las claras que albergaba una mujer en su interior. Y el cuidado y compostura que desplegaban los holgazanes que estaban parados delante de las ventanillas, segn inveterada costumbre, arreglando sombreros y corbatas, indicaba adems que la mujer era bonita: todo lo cual observaba desde la banqueta, don Jacobo Meln, con sonrisa filosfica. A la verdad, no era que despreciase el sexo, sino que reconoca en l un elemento engaoso, cuya persecucin separaba al hombre de los no menos inconstantes halagos del _poker_[10], en el cual se puede decir que don Jacobo Meln era maestro consumado. As es que, cuando coloc su estrecha bota en la rueda para apearse, ni siquiera ech una mirada hacia la portezuela donde revoloteaba un velo verde; sino que haragane de arriba abajo con aquella indiferencia negligente y de buen tono, que es acaso la caracterstica de los de su clase. Su grave indumentaria y continente reservado presentaban un sealado contraste con la inquietud febril y emocin ruidosa de los dems pasajeros, y aun estoy convencido de que el mismo Master, graduado en Harvard, con su descuidado vestido y exuberante vitalidad, sus largos discursos acerca del desorden y del barbarismo y su boca llena de bizcochos y de queso, representaba un pobre papel al lado de este solitario calculador de suertes, con su plida cara griega y su seoril comedimiento. Oyose al mayoral el grito de: Al coche, seores, y el seor Meln volvi a ocupar su puesto. Tena ya el pie en la rueda y la cara a nivel de la corrida ventanilla, cuando sus ojos se encontraron de repente con otros que le parecieron los ms hermosos del mundo. Se ape de nuevo tranquilamente, dirigi unas pocas palabras a uno de los pasajeros, y efectuando con l un cambio de asiento, con tranquilidad sin igual tom el suyo en el interior, pues don Jacobo no toleraba que su filosofa estorbase la accin pronta y decisiva con que siempre proceda. Creo que esta irrupcin de Jacobo infundi alguna reserva en los dems pasajeros, particularmente en los que procuraban hacerse ms agradables al bello sexo. Inmediatamente uno de ellos se inclin hacia la seora del velo, y al parecer la inform con un solo epteto de la profesin de don Jacobo. Si don Jacobo lo oy y si reconoci en el informante a un abogado distinguido, al cual, pocas noches antes, haba ganado algunos miles de pesos, no podra decirlo con certeza, pues su impasible rostro no revel el menor indicio de ello. Sus negros ojos, framente observadores, giraron con indiferencia, pasando de corrido sobre el caballero legista y descansaron, por fin, sobre las facciones ms placenteras de su vecina. La buena dosis de estoicismo indio, que le atribuan como herencia de sus antepasados maternos, prestole inapreciables servicios hasta que las ruedas giraron rechinando sobre los guijarros del ro en el vado Scott, y la diligencia se detuvo, a la hora de la comida, en el Hotel Internacional. El distinguido jurista y un diputado de la cmara saltaron del carruaje y permanecieron junto a la portezuela dispuestos a ayudar a la deidad en su descenso, mientras que el coronel Estrella, de Siskyon, cargaba con su sombrilla y su saco de mano. Esta multiplicidad de galanteras produjo una confusin y retardo momentneos. Entonces Jacobo Meln abri tranquilamente la portezuela opuesta de la diligencia, tom la mano a la seora, con aquella decisin y seguridad que un sexo indeciso e inseguro sabe admirar, y en un instante descendiola hasta el suelo. Yuba-Bill, el cochero, desde la banqueta donde estaba, no pudo reprimir una sonora carcajada. --Tenga cuidado con ese equipaje, coronel--dijo el conductor con afectada solicitud, siguiendo con la vista al coronel Estrella, que marchaba tristemente a la retaguardia de la triunfante procesin. Don Jacobo no se detuvo a comer. Su caballo le esperaba ya con todos sus arreos. Montando con rapidez, subi por la arenosa ribera y desapareci en la polvorienta perspectiva del camino de Wingdam como presuroso para alejar de s una idea ingrata. Las humildes gentes que habitaban las empolvadas cabaas prximas al camino, se cubran los ojos con las manos para mirarlo y le seguan con la vista; reconociendo al hombre por su caballo, preguntbanse qu le ocurrira al Comanche Jacobo para emprender tan veloz carrera. No obstante, este inters se concentraba ante todo en el caballo, lo que nada tena de particular en una vecindad donde la carrera recorrida por la yegua de French Pitt al escaparse del magistrado de Calaveras, eclips todo el inters para el trmino fatal de personaje tan digno y benemrito. Al darse cuenta don Jacobo del sudor que baaba los costados de su caballo tordo, refren, al fin, su velocidad, e introduciendo al animal por un sendero que serva de atajo, tom un trote corto, dejando colgar con descuido las riendas de sus manos. A medida que adelantaba el camino, variaba el aspecto del paisaje, hacindose ms pintoresco. Descubranse por entre los claros de las arboledas de pinos y sicomoros, algunos toscos ensayos de cultivo; una cepa en flor trepaba por la puerta de una cabaa y una mujer meca a su hijo bajo las rosas que tapizaban otra rstica choza. Unos pasos ms all, don Jacobo alcanz a unos nios que, con las piernas desnudas, removan las aguas de la corriente bajo los sauces, y se familiariz de tal modo con ellos, gracias a su charla peculiar, que fueron bastante atrevidos para subrsele por las piernas del caballo hasta la silla, y tuvo al fin que afectar una cara exageradamente feroz y largarse dejando tras de s algunas monedas cuando quiso librarse de ellos. Bien entrado ya en la espesura de los bosques, donde no haba huella alguna de habitacin, comenz a cantar, modulando una voz de tenor de tan singular dulzura y un _pattus_ tan suave y tierno, que los pitirrojos y pardillos debieron pararse a escuchar sus notas. La voz de don Jacobo no era una voz cultivada. El tema de su canto, divagacin amorosa tomada de los obreros negros, tena un no s qu conmovedor y una expresin ntima que la penetraba de un sentimiento indefinible. Era curioso espectculo, en verdad, el de este matn con una baraja en el bolsillo y un revlver al cinto, enviando delante s, al travs de los espesos bosques, su voz en tiernos lamentos sobre la Tumba de su Nelly, de una manera que habra arrasado en lgrimas los ojos a ms de algn espritu delicado. Un halcn que acababa de devorar a su apresada vctima, se fij en Jacobo Meln con sorpresa porque debi reconocerle probablemente un cierto grado de parentesco, al mismo tiempo que la superioridad del hombre, ya que con una capacidad superior para la rapia, a l no le era dable entonar canciones. De nuevo don Jacobo en el camino real, emprendi otra vez rpida marcha. Trozos de pared desmoronados, cuestas ridas, troncos de rbol cados sucedieron a los bosques y hondonadas, indicando la proximidad del hombre. Levantose a su vista un campanario: haba llegado ya al trmino de su viaje. Poco despus resonaban las pisadas de su caballo por una estrecha calle que se perda al pie de la colina, en una ruina catica de fosos y acueductos, y se ape delante de las doradas ventanas de una regia cantina. Despus de atravesar la larga nave del Saln Magnolia, empuj una mampara, entr por un oscuro pasadizo, abri con llave maestra una puerta, y se encontr en un cuarto dbilmente iluminado, cuyos muebles, aunque elegantes y de precio para la localidad, daban seales de dejadez. La consola del centro estaba cubierta de discos o manchas, que no haban entrado en el dibujo original; los sillones bordados, descoloridos por el tiempo, y el sof de terciopelo verde, sobre el cual se dej caer don Jacobo, estaban manchados por la roja arcilla del camino. Don Jacobo, en su jaula, ya no cantaba, y tendido e inmvil contemplaba sobre su cabeza la pintura en colores chillones de una ninfa o diosa de la mitologa. Quiz por primera vez, se le ocurri que jams haba visto una mujer semejante, y que si la viera, probablemente no se enamorara de ella. Tal vez le preocupaba otra especie de beldad. De este modo vagaba con la imaginacin, cuando llamaron a la puerta. Tir sin levantarse de una cuerda que suspenda el pestillo, la puerta se abri de par en par y entr un hombre. El visitante era de anchas espaldas y constitucin robusta; este vigor no se reflejaba en su cara, bella an, pero singularmente enfermiza y desfigurada por la influencia de una vida desarreglada. La bebida pareca tambin haber impreso su huella en aquella naturaleza, pues se sobresalt al ver a don Jacobo, y pareca embarazado y confuso. --Cre que estaba aqu Catalina...--balbuce. Don Jacobo sonri, con la sonrisa que le hemos conocido en la diligencia de Wingdam, y se incorpor como dispuesto a tratar de graves cosas. --Pero. No has venido en la diligencia?--continu el recin llegado. --No--contest don Jacobo,--la dej en el vado Scott. No llegar hasta dentro de media hora. --Dime, qu tal marcha la suerte, Moreno? --Psimamente mal!--dijo Moreno con repentina expresin desesperada.--Otra vez me han dejado sin blanca--continu en tono quejumbroso, que formaba un lamentable contraste con su voluminoso cuerpo;--no podras ayudarme siquiera con un centenar de pesos, hasta que me componga algn tanto? Tengo que remitir dinero a casa, a la parienta, y me han ganado eso y veinte veces ms. La deduccin no era muy lgica que digamos, pero don Jacobo pas por ella, y alarg la cantidad al peticionario. --El cuento de la parienta est muy gastado--aadi a modo de comentario.--Por qu no dices que quieres reponerte jugando al faran? Ya sabemos que no ests casado! --Por esas--dijo Moreno con repentina gravedad, como si el contacto del oro en la palma de la mano hubiera comunicado alguna dignidad a su organismo,--tengo en los Estados una mujer, y una bellsima mujer por cierto. Tres aos hace que la vi, y un ao que no le he escrito, en espera de que las cosas vayan por el buen camino y lleguemos al filn. Cuando esto ocurra, voy a mandar por ella. --Y Lina?--pregunt don Jacobo con su clsica sonrisa. Moreno de Calaveras ensay una mirada picaresca para ocultar su embarazo, mas su dbil fisonoma y su inteligencia turbada por el alcohol, carecan ya de expresin, y exclam: --El diablo me lleve! Qu caramba! Un hombre debe tener un poco de libertad. En fin, qu te parece si hiciramos una partidita? Voy a perder o doblar este puado de oro. Jacobo Meln examin con curiosidad a su presuntuoso contrincante. Quiz saba que estaba predestinado a perder el dinero, y prefera que refluyese en sus propios cofres a que entrase en los de cualquier forastero; as es que asinti con un gesto, y acerc su silla a la mesa. En aquel mismo momento, llamaron a la puerta. --Es Lina--dijo Moreno. Jacobo descorri el cerrojo, y la puerta se abri; pero por vez primera en su vida perdi el aplomo, se levant bamboleando, y una oleada de sangre enrojeci hasta la frente su plida cara. All mismo, en su cuarto, estaba la seora de la diligencia de Wingdam, a quien Moreno, dejando caer las cartas, salud, exclamando con ojos de asombro. --Mi mujer!... Cielos! Se dice que la seora Moreno prorrumpi en llanto y reproches contra su marido; pero yo que le vi en 1857 en Marysville, no lo he credo jams. _La Crnica de Wingdam_ de la semana siguiente, bajo el ttulo de Escena conmovedora, deca: En nuestra ciudad, donde tan frecuentes son hechos e incidentes de todo gnero, ha tenido lugar ayer uno de los ms tiernos y conmovedores que registra la historia de California. La esposa de uno de los ms eminentes _pionners_ de Wingdam, cansada de la caduca civilizacin del Este y de su ingrato clima, resolvi reunirse con su noble esposo en estas playas de oro, y sin noticiarle su intencin, emprendi el largo viaje, llegando har cosa de unos ocho das. El jbilo del marido ms es para imaginado que para descrito. Dcese que el encuentro fue indescriptiblemente dramtico. Esperamos que este ejemplo tendr imitadores. Desde este hecho, sea por la influencia de la seora de Moreno o por especulaciones afortunadas, la situacin financiera de Moreno mejor notablemente. Al cabo de poco tiempo, compr la participacin de sus socios en la mina Nip-y-Tack, con dinero, que se deca ganado al _poker_ una semana o dos despus de la llegada de su mujer, pero que los maldicientes, adoptando el criterio de la seora Moreno sobre la conversin de su marido, atribuan a Meln. Edific y amuebl tambin la Wingdam House, que los atractivos de su esposa mantuvieron siempre rebosando de huspedes; fue elegido miembro de la asamblea, hizo donativos a iglesias y se dio su nombre a una calle del pueblo. Su carcter no particip, sin embargo, de tal prosperidad. Notose que a medida que se enriqueca tornbase plido, flaco y malhumorado, y su recelo e inquietud crecan cuanto ms aument la popularidad de su mujer. l, el ms mujeriego de los hombres, era celoso hasta lo absurdo. Segn se cuchicheaba, si no se entrometa en la libertad social de su mujer, era porque, su primero y nico ensayo de este gnero, haba tenido por resultado una grave disputa con su seora, que le impuso el silencio, quieras que no. El bello sexo era el que tomaba parte ms activa en estos chismes y se comprende, pues aqulla las haba suplantado en las galantes atenciones de Wingdam, que, como todas las aficiones populares rendan culto de admiracin al poder de la fuerza masculina o de la beldad femenina. Recordar en su descargo, que desde su llegada haba sido la inconsciente sacerdotisa objeto de un culto mitolgico que no ennoblece ms a su sexo que el peculiar de la antigua Grecia. Moreno sospechaba vagamente esto, y su nico confidente era Jacobo Meln, cuya mala reputacin le prohiba una amistad ntima con la familia y cuyas visitas no se repetan muy a menudo. El verano enviaba todos sus rigores, y en una noche de luna, la seora Moreno, con sus rasgados ojos, sonrosada y bonita como siempre, estaba sentada en la plaza disfrutando el perfumado incienso de la brisa de la montaa, y de otro incienso no tan puro ni tan inocente, pues a su lado estaban sentados el coronel Estrella y el juez Roberto Bob, y un turista recin agregado a la reunin. --Qu ve usted a lo lejos, en el camino?--pregunt el galante coronel, observando que desde haca algunos minutos la atencin de la seora Moreno se fijaba hacia aquel punto. --Una nube de polvo--dijo con un suspiro la interpelada.--Veo el rebao de la hermana Ana. Los recuerdos literarios del militar no se remontaban ms all del peridico de la semana anterior, as es que lo comprendi al pie de la letra. --No son ovejas--continu,--es un jinete. Juez, no es aqul el tordo de Jacobo Meln? Pero el juez no lo saba, y segn indic la seora Moreno, el aire era demasiado fuerte para ms averiguaciones; de manera que tuvieron que retirarse. El celoso marido estaba en la cuadra, donde generalmente se retiraba despus de cenar. Quiz lo haca para demostrar su desagrado a los compaeros de su esposa; tal vez a semejanza de tantas dbiles naturalezas, encontraba un placer en el ejercicio del poder absoluto sobre animales inferiores. Experimentaba cierta satisfaccin en amaestrar una yegua pa, a la cual poda pegar o acariciar a su antojo, lo que no poda hacer con su seora. Al penetrar en la cuadra, reconoci a cierto caballo tordo que acababan de entrar, y mirando un poco ms all vio a su dueo. Saludole cordial y sinceramente, correspondiendo Meln bastante hoscamente. Sin embargo, accediendo al importuno empeo de Moreno, le sigui por una escalera excusada, hasta un estrecho corredor, y de all a un pequeo cuarto con ventana interior, sencillamente amueblado con una cama, una mesa, algunas sillas, ltigos y un escaparate para escopetas. --Ah tienes mi casa--dijo Moreno, suspirando, echndose sobre la cama y haciendo sea a su compaero de que tomase asiento.--Su habitacin est al otro extremo del edificio. Hace ms de seis meses que no hemos vivido juntos ni nos hemos visto, fuera de las horas de comer. Qu triste papel para el cabeza de familia! verdad?--dijo con forzada risa;--pero me alegro de verte, Jacobo, me alegro inmensamente de verte. E inclinose sobre el borde de la cama, para estrechar la mano de Meln, que permaneca mudo. --He querido que subieses aqu, porque no quera hablarte en la cuadra; aunque eso lo sabe toda la ciudad. No enciendas la vela. Podemos hablar as, a la luz de la luna. Apoya tus pies en este sof y sintate aqu a mi vera. En ese jarro hay buen ans. Jacobo no utiliz el aviso. Moreno de Calaveras volvi la cara hacia la pared y continu: --Nada me importara si no la amase, Jacobo. Pero amarla y verla un da tras otro da seguir en este talante, como lo est haciendo, y que yo no ponga la ms leve cortapisa... esto es lo que me mata! Pero me alegro de verte, Jacobo, me alegro infinitamente. Y tent en la oscuridad, hasta que pudo estrechar la mano de su confidente. La hubiera retenido consigo, pero Jacobo la desliz en su abrochada levita y pregunt con indiferencia cunto tiempo haca que aquello duraba. --Desde que lleg, desde el mismo da en que entr en la Magnolia. Yo a la sazn fui un torpe, Juan, y ahora soy un torpe tambin; pero no supe cunto la amaba hasta el presente. Y ya no es la misma mujer. Mas no es esto todo; de otra cosa quera hablarte, y me alegro de que hayas venido. No se trata tan slo de que no me ame, y coquetee con el primero que se presenta, pues tal vez jugu su amor y lo perd, como hice con todo lo dems en la Magnolia, y acaso la coquetera es natural en ciertas mujeres; esto no sera grave, sino para los bobos que se dejaran seducir. Pero, amigo... creo que ama a otro. No me dejes, Jacobo, no me dejes; si tu pistola te molesta, trala. Hace cosa de seis meses que la veo inquieta y triste, y como nerviosa y taciturna. Y a veces, la he sorprendido mirndome tmida y compasiva. Se comunica con alguien. He observado que ha recogido sus cosas... vestidos, dijes y joyas. Jacobo, yo creo que prepara una fuga. Y te juro que eso no lo soportara. Todo, menos que se escurra como un alevoso ladrn. Apoy fuertemente su cara en la almohada, y por algunos momentos no se oy otro ruido que el tic-tac del reloj, encima de la mesa. Meln encendi un puro y se acerc a la abierta ventana. La luna ya no iluminaba el cuarto, y la cama y el que la ocupaba quedaron en las tinieblas. --Qu resolver, Jacobo?--dijo una voz profunda. La contestacin centelle pronta y claramente. --Buscar al hombre y matarlo en el acto. --Jacobo! --Quien ama el peligro, perecer en l! --Pero esto me la devolver? Jacobo no contest, pero se alej de la ventana, con nimo de retirarse. --No te vayas an, Jacobo; enciende la vela y sintate a la mesa. Cuando menos, ser un placer para m no verte ocupar este sitio. El confidente titube y consinti al cabo, sacando del bolsillo una baraja. Revolviola, mirando de soslayo a la cama. Pero Moreno tena la cara vuelta hacia la pared. Cuando Meln hubo barajado, cort y puso una carta al lado opuesto de la mesa, hacia la cama, y otra a su lado en la mesa destinada a l. La primera era un as; la suya un rey. Baraj y cort. Esta vez al dummy[11] le toc una sota y a l un cuatro. Animose para la tercera vuelta. Le toc a su adversario un as y sac otra vez un rey para s. --De tres, dos--dijo Jacobo en alta voz. --Qu es eso, Meln?--pregunt Moreno. --Nada. Prob despus Meln la suerte con los dados, pero siempre tir a seises y su supuesto adversario a ases. --Esto es sorprendente--exclam el autojugador. Mientras tanto, alguna influencia magntica latente en la presencia de Jacobo, o el anodino de la bebida, o acaso ambas cosas a la vez, mitigaron el dolor de Moreno, que qued dormido. Acerc entonces Meln su silla a la ventana, y contempl la ciudad de Wingdam, a la sazn pacficamente dormida bajo sus duras siluetas y chillones colores, armonizados por la luz que la luna derramaba sobre el panorama. En medio del nocturno silencio, oase el murmullo del agua en los canales y el suspiro del aire en los pinos de la selva vecina. Alz los ojos al firmamento, en el momento que una estrella se corra a travs del negro cielo, tras de ella otra, y otra cruz rauda despus, dejando tras s un rastro luminoso. El fenmeno sugiri a Jacobo un nuevo augurio. --Si dentro de unos quince minutos cayese otra estrella... Reloj en mano permaneci en aquella posicin el doble de aquel intervalo de tiempo, pero el fenmeno no se repiti. En el campanario dieron las dos y Moreno dorma todava. Meln se acerc a la mesa y sac de su bolsillo un billete que ley a la luz vacilante de la vela. No contena ms que una sola lnea, escrita en lpiz con letra femenina. Espera en el corral con el boghey a las tres. Moreno se agit desasosegado y por fin despert. --Jacobo! Ests ah? --S. Te suplico no te marches an. Soaba ahora, soaba en los pasados tiempos; Susana y yo nos casbamos otra vez y el sacerdote, Jacobo, era... Sabes quin era? T! Meln se ri y sentose sobre la cama, con el papel en los dedos. --Es buena seal?--pregunt Moreno. --Ya lo creo: di, compadre, no sera mejor que te levantases? Moreno de Calaveras se levant con la ayuda de la mano que Meln le ofreca. --Creo que fumas. Moreno tom maquinalmente el cigarro que le alargaba. --Fuego? Jacobo arroll la carta en espiral, la encendi y ofreciola a su amigo. Quedose con ella entre los dedos, hasta que se hubo consumido, y tir el cabo que como fulgurante estrella, cay ventana abajo. Siguiolo con la vista y se volvi luego hacia Moreno. --Compadre--dijo poniendo sus manos sobre los hombros de su amigo,--en seis minutos me planto en el camino y me desvanezco como esa llama. No volveremos a vernos, pero antes de que me marche toma el consejo de un loco. Liquida todo cuanto tengas y llvate a tu mujer lejos de este sitio. No es lugar para ti ni para ella. Annciale que debe partir: oblgala a que se vaya, si no quiere de buen grado. No te lamentes de no ser un Scrates ni ella un ngel. Acurdate de que eres hombre y trtala como a una mujer. No seas torpe. Abur. Desprendiose de los brazos de Moreno y salt por las escaleras abajo como un gamo. Una vez en la cuadra tom por el cuello al medio dormido mozo y le empuj contra el muro. --Pon la silla al instante a mi caballo, o te... La disyuntiva era terrible y fcil de entender. --La seora dijo que enganchase el boghey para usted--tartamude el infeliz. --Al diablo el boghey! El tordo fue ensillado tan rpidamente como las nerviosas manos del asombrado mozo pudieron manejar las correas y hebillas. El mozo, quien, como todos los de su clase, admiraba el empuje de su fogoso patrn, y realmente se interesaba en su suerte, no pudo menos de preguntar: --Ocurre algo, seor? --Qutate de ah! El mozo se apart tmidamente. Son un latigazo y una blasfemia, pate el caballo y Jacobo caminaba ya a trote tendido. Un momento despus, a los ojos somnolientos del mozo no era ms que una movediza nubecilla de polvo en el horizonte hacia donde una estrella, separndose de sus hermanas, dejaba un rastro luminoso. Los moradores a orillas del camino de Wingdam, oyeron, al amanecer, una voz vibrante como la de la alondra, cantando por la llanura. Los que dorman se revolvieron en sus toscos lechos para soar en la juventud, en el amor y en la vida. Campesinos de tosca cara y ansiosos buscadores de oro, ya en el trabajo, cesaron en sus faenas y se apoyaron en sus picos para escuchar a este romntico aventurero que, destacando a la luz de la rosada aurora, cabalgaba al paso castellano. CAROLINA (EPISODIO DE FIDDLETOWN) I En la poblacin de Fiddletown se la consideraba por todo el mundo como una mujer bonita. Su buena figura, realzada por una esplndida mata de cabello castao se caracterizaba por un hermoso color y cierta gracia lnguida que le prestaban un no s qu interesante y distinguido. Vesta siempre con gusto y para Fiddletown era la ltima moda. No tena ms que dos defectos: uno de sus aterciopelados ojos, examinado de cerca, se desviaba ligeramente, y manchaba su mejilla izquierda una pequea cicatriz causada por una gota de vitriolo, felizmente la nica de un frasco entero que le haba arrojado una celosa rival, con la aviesa intencin de desfigurar tan bonito jeme. Sin embargo, cuando el observador alcanzaba a notar la irregularidad de su mirada, quedaba por lo general incapacitado para criticarla y no faltaba quien pretenda que la mancha de su mejilla le aada mayor seduccin y donaire. El joven editor de _El Alud_, de Fiddletown, sostena reservadamente que era un hoyuelo disimulado y al coronel Roberto le recordaba las tentadoras pecas de los tiempos de la reina Ana, y ms especialmente a una de las ms hermosas y malditas mujeres, s, malditas sean! en que jams se hayan podido fijar ojos humanos. Era una criolla de Nueva Orlens. Dicha mujer tena una cicatriz, un costurn que le cruzaba (a fe que es verdad), desde el ojo derecho a la boca. Y esta mujer, amigo, le penetraba a uno... amigo, le enloqueca... verdaderamente le condenaba el alma con su maldita fascinacin. Un da le dije: --Celeste, cmo demonio se te hizo esa maldita cicatriz? A lo que me contest: --Roberto, a ningn blanco ms que a usted lo contara; esta cicatriz me la hice yo con toda intencin, me la hice yo misma, a fe. Estas fueron sus propias palabras; puede que ustedes las tomen por una solemne impostura; pero yo puedo aportar todas las pruebas de que es verdad. La poblacin masculina de Fiddletown estaba o haba estado enamorada de ella en su mayor parte. De este nmero, como una mitad crea que su amor era correspondido, con excepcin de su propio esposo que mantena ciertas dudas respecto a ello. El caballero que disfrutaba de esta infeliz distincin se llamaba Galba. Habase divorciado de su excelente esposa para casar con la sirena de Fiddletown. Tambin sta se haba divorciado, pero murmurbase que algunas experiencias previas de esta formalidad legal la hacan menos inocente y acaso ms egosta, sin que de ello se infiriese que le faltaba ternura ni que estuviera exenta del ms elevado sentimiento moral. Uno de sus admiradores escriba con motivo del segundo divorcio: el mundo egosta no comprende todava a Clara, y el coronel Roberto observaba que, excepcin hecha de una sola mujer de la parroquia de Opeludas, en Luisiana, tena ms alma ella que toda la restante grey femenil. Y a la verdad, pocos podan leer aquellos versos titulados Infelicissimus, que empezaban: Por qu no ondea el ciprs sobre esta frente? publicados por vez primera en _El Alud_, bajo la firma de _Lady Clara_, sin sentir temblar en sus prpados una lgrima de potica uncin. Encendase la sangre en generosa indignacin al pensar que a la semana siguiente el _Noticiero de Dutch Flat_, contest a la tierna pregunta con una chanza pobre y brutal, haciendo constar que el ciprs es una planta extica y desconocida por completo en la flora de la comarca. Precisamente esta tendencia a elaborar los sentimientos en forma mtrica, y a entregarlos al mundo inteligente por medio de la prensa, fue lo que primero atrajo la atencin de Galba, que por aquellos tiempos guiaba un carro de transportes con seis mulas entre Knight's Ferry y Stocktown. As es que, impresionado por unos poemas que describan el efecto de las costumbres de California sobre un alma sensible y las vagas aspiraciones al infinito de un pecho generoso a la vista del cuadro desconsolador de la sociedad californiana, decidi buscar a la ignorada musa. Galba crea tambin sentir en su alma las secretas vibraciones de una aspiracin superior que no poda satisfacer en el comercio del aguardiente y tabaco de que provea a campesinos y mineros de los campamentos. Despus de una serie de hechos que no es sta ocasin de relatar, vino un breve noviazgo, tan breve que fue compatible con las previas formalidades legales, los casaron, y Galba trajo a su ruborosa novia a Fiddletown o Fideletown, como la seora de Galba prefera llamarla en sus poesas. No fueron muy felices en el nuevo estado. Galba no tard en descubrir que los ideales halageos que concibi mientras traginaba con sus mulas entre Stocktown y Knight's Ferry, nada de comn tenan con los que a su mujer inspiraba la contemplacin de los destinos de California y de su propio espritu. Acaso por esto, el buen hombre, que no era muy fuerte en lgica, pegaba a su mujer, y como ella no era muy fuerte en materia de raciocinio, se dej conducir por el mismo principio a ciertas infidelidades. Entonces, Galba se dio a la bebida y la seora a colaborar con regularidad en las columnas de _El Alud_. En esta ocasin fue cuando el coronel Roberto descubri en la poesa de la seora Galba una semejanza con el genio de Safo y la seal a los ciudadanos de Fiddletown en una crtica de dos columnas firmada A. S., que se public tambin en _El Alud_, apoyada en extensas citas de los clsicos. No poseyendo _El Alud_ una coleccin de caracteres griegos, el editor se vio obligado a reproducir los versos leucdeos en letra ordinaria romana, con grandsimo disgusto del coronel Roberto e inmensa alegra de Fiddletown, que acept el texto como una excelente imitacin de _choctaw_, lengua india que se supuso familiar al coronel, como residente en los territorios salvajes. En efecto, _El Noticiero_ de la semana siguiente contena unos versos muy libres, en contestacin al poema de la moderna Safo, que se atribuan a la mujer de un jefe piel-roja, seguido de un brillante elogio firmado A. S. S.[12] Las consecuencias de esta broma las explic brevemente un nmero posterior de _El Alud_. Ayer, deca, tuvo lugar un lance lamentable frente al saln Eureka, entre el digno Juan Flash, del _Noticiero de Dutch Flat_, y el tan conocido coronel Roberto. Cambironse dos disparos, sin que sufriesen dao alguno los contendientes, aunque se dice que un chino que pasaba recibi desgraciadamente en las pantorrillas varios perdigones que procedan de la escopeta de dos caones del coronel. As aprender John[13] a ponerse, en lo sucesivo, fuera del alcance de las armas de fuego. Ignrase la causa que ha motivado el lance, aunque se susurra entre los que se suponen mejor enterados, que el origen inmediato del duelo, fue una conocidsima y bella poetisa, cuyas producciones han honrado a menudo las columnas de nuestra publicacin. La actitud pasiva adoptada por Galba en estas circunstancias de prueba, se apreciaba con todo su valor en los campamentos. --No puede darse mejor juego--deca un filsofo de altas botas y brazos hercleos.--Si el coronel mata a Flash, venga a la seora de Galba; si Flash tumba al coronel, Galba queda vengado en lugar suyo. As es que con un juego tal no se puede perder. Aquella delicada coyuntura fue aprovechada por la seora de Galba para abandonar la casa de su esposo y refugiarse en el Hotel Fiddletown, con la sola ropa que llevaba puesta. Permaneci all algunas semanas, en cuyo perodo, justo es reconocer que se port con el ms estricto recato. Una hermosa maana de primavera, la poetisa sali del hotel y se encamin por un callejn hacia la franja de sombros pinos que limitaban a Fiddletown. A aquella hora temprana los escasos transentes que discurran por el pueblo, se paraban al otro extremo de la calle para ver la salida de la diligencia de Wingdam, y _Lady Clara_ alcanz los arrabales del campamento minero, sin que nadie reparase en ella. All tom una calle transversal que corra en ngulo recto con la calle principal de Fiddletown y que penetraba en la zona del bosque de pinos. Era sin duda alguna la avenida exclusivamente aristocrtica del pueblo; las viviendas eran pocas, presuntuosas y no interrumpidas por tiendas ni comercios. All se le junt el coronel Roberto. El hinchado y galante coronel, a pesar del apacible porte que habitualmente le distingua, de su levita estrechamente ceida, de sus apretadas botas y del bastn que, colgado de su brazo, se meca garbosamente, no las tena todas consigo. Sin embargo, _Lady Clara_ se dign acogerlo con amable sonrisa y con una mirada de sus peligrosos ojos, y el coronel, con una tos forzada y pavonendose, se coloc a su izquierda. --El camino est expedito--dijo el coronel.--Galba ha ido a Dutch Flat de paseo; no hay en la casa ms que el chino y no debe usted temer molestia de ningn gnero. Yo--continu con una ligera dilatacin de pecho, que pona en peligro la seguridad de los botones de su levita,--yo cuidar de protegerla para que pueda usted recobrar lo que es de justicia. --Es usted muy bueno y desinteresado--balbuce la seora mientras proseguan su marcha.--Es tan agradable encontrar un hombre de corazn, una persona con quien poder simpatizar en una sociedad tan endurecida e insensible como la que nos ha tocado en suerte!... Y _Lady Clara_ baj los ojos, pero no antes de que hubiese producido el efecto ordinario sobre su acompaante. --Ciertamente, en verdad--dijo el coronel, mirando inquieto de soslayo por encima de sus dos hombros:--s, realmente. No notando, pues, a nadie que los viera ni escuchase, procedi en seguida a informar a _Lady Clara_ de que la mayor pena de su vida haba sido cabalmente el poseer un alma demasiado grande. Infinitas mujeres, cuyo nombre, como caballero, le dispensara que no mencionase, muchas mujeres hermosas le haban ofrecido su amor, pero faltndoles en absoluto aquella cualidad, no poda corresponderles en manera alguna. Mas cuando dos naturalezas unidas por la simpata desprecian igualmente las preocupaciones bajas y vulgares y las restricciones convencionales de una sociedad hipcrita, cuando dos corazones en perfecta armona se encuentran y se confunden en dulce y potica comunin... Pero aqu el discurso del coronel, en el que se notaba la influencia de los licores, se enturbi hasta hacerse ininteligible e incoherente. Posible fuera que _Lady Clara_ hubiese odo en casos semejantes algo parecido y por lo tanto estuviese dispuesta a suplir las omisiones e incongruencias del maduro galn. Sea como fuere, las mejillas de la pareja del coronel conservaron el rubor virginal y la timidez consiguiente hasta que ambos llegaron al trmino de su jornada. Constitua el final de la excursin una bonita aunque pequea quinta recientemente blanqueada, y que se destacaba en agradable contraste sobre un grupo de pinos, algunas de cuyas primeras filas haban arrancado para dar lugar al muro que rodeaba un simtrico jardinito. Baada en la luz solar y en completo silencio, tena apariencia de nueva y deshabitada, como si acabasen de dejarla carpinteros y pintores. En la mitad del huerto, un chino cavaba imperturbable, pero la casa no daba otras seales de vida. El camino, como haba dicho el coronel, estaba realmente expedito y la seora de Galba se par junto a la reja. El coronel hubiera entrado con ella, pero le detuvo con un gesto. --Vuelva a buscarme dentro de dos horas y tendr hecho mi equipaje--dijo tendindole la mano y con una semisonrisa en los labios. Asiola el coronel y estrechola efusivamente. Tal vez la presin fue ligeramente correspondida, pues el galante coronel se alej ahuecando su pecho y con paso triunfante, tan vigoroso como lo permitan la estrechez y altos tacones de sus botas. Cuando se hubo alejado convenientemente, _Lady Clara_ abri la puerta, escuch por un momento desde la desierta entrada, y luego subi la escalera rpidamente, hasta llegar a su antigua habitacin. El aspecto del dormitorio no haba cambiado desde la noche de su fuga. Su sombrerera, encima del tocador, como record haberla dejado al tomar su sombrero; sobre la chimenea un guante, que haba olvidado en su huida; los dos cajones inferiores de la cmoda entreabiertos (no haba cuidado de cerrarlos) y su alfiler de pecho y un puo sucio descansaban sobre el mrmol de la mesa. No s qu otros recuerdos se le ocurrieron; pero, de repente palideci, estremeciose y escuch con el corazn palpitante y con la mano en la puerta; acercose al espejo, y entre tmida y curiosa, separ las trenzas de rubio cabello, de su sonrosada oreja, descubriendo una fea herida no bien restaada todava. Contemplola largo tiempo, levant indignada su cabecita, y la desviacin de sus ojos aterciopelados se acentu. Luego volviose, y lanzando una carcajada, despreocupada y resuelta corri hacia el armario, donde colgaban sus preciosos vestidos, y los inspeccion con visible excitacin. De repente, vio que faltaba de su acostumbrado colgador uno de seda negro, y pens desvanecerse; pero lo descubri un instante despus, tirado sobre una maleta, donde ella misma lo haba echado. Por vez primera, estremeciose agradecida al Ser superior que protege a los atribulados. Luego, aun cuando el tiempo urga, no pudo resistir la tentacin de probar delante del espejo el efecto de una cinta de color de alhucema, sobre la chaqueta que a la sazn vesta. De repente, oy junto a s una voz infantil, y se detuvo nerviosa. La voz repeta: --Mam! mam! La seora Galba se volvi sbitamente. Saltando en la puerta estaba una nia de seis a siete aos. Su indumentaria, elegante en sus buenos tiempos, estaba rota y sucia, y el cabello, despeluznado y de un rojo subido, formaba un cmico tocado sobre su vivaracha cabecita. A pesar de todo ello, la nia era una monada. Un cierto aire de confianza en s mismo que suele caracterizar a los nios que por mucho tiempo se crean abandonados, despuntaba a travs de su timidez infantil. Debajo del brazo traa una mueca hecha de harapos, al parecer de confeccin propia, y casi tan grande como ella; una mueca de cabeza cilndrica y facciones toscamente dibujadas. Un largo chal, que visiblemente perteneca a una persona mayor, le caa de los hombros barriendo el entarimado. Esta inesperada visita no complaca a la seora de Galba. La nia, de pie an en el umbral, pregunt nuevamente: --Es mam? Contestole secamente: --No, no es mam. Y ech una severa mirada al arrapiazo. La nia retrocedi unos pasos y luego, adquiriendo valor con la distancia, dijo en su habla caracterstica: --Vete, pues. _Poqu_ no te _machas_? La seora de Galba miraba de soslayo el chal. De pronto, corri a arrancarlo de los hombros de la nia, y dijo colricamente: --Quin te ha mandado tomar mis cosas, descarada? --Es tuyo? Entonces, t eres mi mam! Verdad? T eres mam!--prosigui con jbilo infantil. Y antes de que _Lady Clara_ hubiese podido evitarlo, haba dejado ya caer la mueca, y, agarrndole con ambas manos las faldas, se ech a bailar ante ella con sin igual desenfado. --Cmo te llamas?--dijo _Lady Clara_ framente, quitando de sus vestidos las pequeas y no muy limpias manos de la nia. --Tarolina. --Tarolina? --_C_... Tarolina. --Carolina? --_C_... Tarolina. --De quin eres?--pregunt an ms framente para ahogar un incipiente temor. --Caramba! soy tu nia--dijo la criatura sonriendo.--T eres mi mam, mi nueva mam. No _zabez_, no _zabez_ que mi otra mam se ha marchado y que no volver? Ya no vivo con mi otra mam. Ahora tengo que vivir con pap y contigo. --Hace mucho tiempo que ests aqu?--pregunt de mal humor _Lady Clara_. --Me parece que hace tres das--contest Carolina despus de una pausa. --Te parece? No ests segura?--dijo con sorna _Lady Clara_.--Pues, de dnde viniste? Los ojos de Carolina comenzaron a parpadear bajo este vivo examen. Con gran esfuerzo reprimi su llanto, contuvo un sollozo y dijo: --Pap... pap me trajo de casa _miss_ Simmons... de Sacramento, la semana ltima. --Cmo! Acabas de decir hace tres das--replic aqulla con severidad. --Quise decir un mes--dijo entonces Carolina, completamente perdida en su confusin e ignorancia. --No sabes lo que te pescas--exclam a gritos _Lady Clara_, resistiendo al impulso de sacudir la figurita que tena ante s y de precipitar la verdad por medios de orden puramente material. La rubia cabecita desapareci repentinamente en los pliegues del vestido de la seora de Galba, como esforzndose en extinguir el abrasado color de sus mejillas. --Djate de lloriqueos--dijo _Lady Clara_ librando su vestido de los hmedos besos de la nia, y sintindose molesta por extremo.--Vamos, enjgate la cara, vete y no incomodes. Escucha--prosigui cuando Carolina se marchaba.--Dnde est tu pap? --Tambin ha partido... Est enfermo... Parti... (aqu titube) hace dos o tres das. --Quin te cuida, nia?--dijo _Lady Clara_ mirndola fijamente. --John, el chino. Me _vizto zola_; John hace la comida y arregla las camas. --Vete, pues, prtate bien y no me fastidies ya--dijo _Lady Clara_ recordando el motivo de su visita.--Espera, a dnde vas?--aadi mientras la nia, arrastrando tras de s su larga mueca agarrada por una pierna, se dispona a subir la escalera. --Me voy arriba a jugar y ser buena y no fastidiar a mam. --No soy tu mam!--grit la aludida, y luego volvi rpidamente a su dormitorio y cerr violentamente la puerta. Continuando los preparativos, sac del cuarto ropero un gran bal y empez a empaquetar su equipaje con enfadosa y colrica rapidez. Rasg su mejor vestido al sacarlo del colgador, y por dos veces se ara las blandas manos con ocultos alfileres, mientras mentalmente comentaba indignada el suceso que le ocurra. Ah! entonces lo comprenda todo. Su alevoso marido haba trado esta nia de su primera mujer, esta nia cuya existencia nunca pareci importarle, para insultarla, para ocupar su puesto. Sin duda, la primera mujer en persona la seguira pronto all, o tal vez tendra una tercera mujer de cabello rojo, no castao sino rojo. Como es natural, la nia, Carolina, se pareca a su madre, y as, lo sera todo menos bonita. Quiz el enredo estaba preparado de antemano, acaso tena a esta nia de cabello rojo, como el de su madre, en Sacramento, a una distancia conveniente, y preparada para traerla cuando fuese oportuno. Record entonces los asiduos viajes debidos, segn deca l, a negocios. Acaso la madre estaba tambin all; pero no, se haba ido hacia el Este. No obstante, en su actual situacin de nimo, prefera descansar en la idea de que all estaba. Experimentaba una vaga satisfaccin en exagerar su estado de nimo. Seguramente que jams se haba abusado de tan escandalosa manera de una mujer. Concluy el cuadro de su mala fortuna. Yaca sola y abandonada, a la puesta de sol, en medio de las cadas columnas de un templo en ruinas, en actitud graciosa aunque melanclica, mientras que su marido se alejaba rpidamente, con una mujer de rojo cabello, pavonendose a su lado en un lujoso carruaje tirado por un magnfico tronco. Apoyada sobre la maleta que acababa de llenar, compuso el plan del lgubre poema de su desgracia. Abandonada, sola y pobremente vestida, encontrbase con su marido y la _otra_, radiante de sedas y pedrera. Imaginose a s propia, muriendo tsica a causa de sus pesares, pero bella an en su ruina y fascinando con sus postreras miradas al director de _El Alud_ y al coronel Roberto, que la contemplaban con efusiva pasin... Mas, dnde estaba, en tanto, el coronel Roberto? Por qu no vena? El, por lo menos, la comprenda. El... y se ri otra vez con la indiferencia y ligereza de algunos momentos antes, y luego volvi de repente a la primitiva seriedad. Y el duendecillo de cabello rojo, qu estara haciendo en aquellos momentos? Por qu estaba tan quieta? Corri silenciosamente la puerta, y entre la multitud de pequeos rumores y crujidos de la desierta casa, se le figur or una voz dbil que cantaba en el piso de arriba. Record que ste no era ms que un desvn utilizado para cuarto de trastos viejos. Casi avergonzada de su accin, subi furtivamente las escaleras, y entreabriendo la puerta, mir hacia adentro. Un rayo de sol penetraba en diagonal y entre inquietas motas por la nica ventanilla del desvn e iluminaba una parte del vaco y triste cuarto. En este rayo de sol vio brillar el cabello de la nia como si estuviera coronada por una aureola de fuego. All, con su enorme mueca entre las rodillas y sentada en el suelo, pareca hablarle y no tard _Lady Clara_ en comprender que reproduca la entrevista ocurrida haca unos instantes. Reprendi severamente a la mueca, preguntndole sobre la duracin de su estancia en la casa y acerca de la medicin de los das y las semanas. Imitaba acertadamente las maneras de la seora de Galba y la conversacin casi reproduca literalmente la anterior, con una sola diferencia. Despus que hubo informado a la mueca de que no era su madre, y terminada la entrevista, aadi cariosamente: Que si era muy _gea_, muy _gea_, sera su mam y la dara un beso. A la malhumorada fugitiva, esta escena la afect muy desagradablemente y la conclusin hizo que sus mejillas se tieran de carmn. Lo desamueblado del aposento, la luz a medias, la monstruosa mueca, cuyo tamao casi natural pareca dar a su falta de habla pattico lenguaje, la debilidad de la nica figura animada del cuadro, afectaron profundamente la sensibilidad de la mujer y la imaginacin del poeta. En esta situacin, no pudo menos de aprovecharse de la sensacin y pens en el hermoso poema que podra trazar con aquellos materiales, si el cuarto hubiese sido ms oscuro y la criatura quedara ms abandonada; por ejemplo: sentada al lado del fretro de su madre mientras gema el viento por puertas y ventanas. Sbitamente, oy pasos en el portal y reconoci el ruido del bastn del coronel resonando en el piso. Salt rpidamente la escalera y encontr al coronel en el recibidor, faltndole tiempo para hacerle la voluble y exagerada historia de su descubrimiento y la indignada relacin de sus agravios. --Oh! no diga usted que el enredo no estuviese ya arreglado de antemano, pues s que lo estaba!--deca a voces.--Y juzgue--aadi--del corazn del infame, que abandona a su propia hija, de un modo tan inhumano. --Es una solemne desvergenza!--tartamude el coronel sin la menor idea de lo que estaba diciendo. Imposibilitado de encontrar motivo para la exaltacin de su dolo y de comprender su carcter, no saba qu actitud tomar. Balbuce, resoll, se puso grave, galante, tierno, pero de un modo tan necio e incomprensible que _Lady Clara_ experiment la dolorosa duda de que estuviese en su perfecto juicio. --No vamos--dijo la seora de Galba con repentina energa contestando a una observacin hecha en voz baja por el coronel, y retirando su mano de la vehemente presin de aquel hombre apasionado.--Es intil; mi decisin est ya tomada. Es usted libre de mandar por mi maleta tan pronto como quiera; pero yo me quedar aqu para poner frente a frente de este hombre la prueba de su infamia. Le pondr cara a cara con su villano proceder. Estoy convencido de que el coronel Roberto no apreciaba en todo su valor la prueba convincente de la infidelidad y perversin acusada y demostrada hasta la evidencia por el albergue concedido a la hija de Galba en su propia morada. Sin embargo, entrole en seguida como un presentimiento vago de que un obstculo imprevisto se opona a la perfecta realizacin de los deseos de su romntico espritu. Pero antes de que pudiera proferir palabra, Carolina apareci en el descanso de la escalera, contemplando a la pareja entre tmida y curiosa. --Es aqullo--dijo febrilmente _Lady Clara_. --Ah!--dijo el coronel con repentino arranque de afecto y alegra paternales, chocantes por su falsedad y afectacin.--Ah! Bonita nia, bonita nia! Cmo ests? Ests bien, eh, hermosa? Qu tal te va? Volvi a cuadrarse el militar en elegante actitud y a dar vueltas a su junco, hasta que se le ocurri que estos medios de seduccin eran acaso intiles para con una criatura de tan corta edad. Carolina, sin embargo, no se fij en estos cumplidos, sino que sofoc ms an al caballero coronel corriendo a toda prisa hacia _Lady Clara_, buscando proteccin en los pliegues de su vestido. Sin embargo, el coronel no se dio por rendido, y arrebatado de respetuosa admiracin, hizo notar la admirable semejanza del grupo con la Madona y el Nio. Ella se ri locamente, pero ya no rechaz como antes a la nia. Sucediose una pausa embarazosa pero momentnea, y luego la seora de Galba, haciendo a la nia un gesto significativo, dijo en voz apenas perceptible: --Adis. No vuelva aqu, pero... Vaya al hotel esta noche. Alarg su mano; el coronel se inclin ante ella con galantera y se retir. --Ests segura--dijo la seora de Galba, ruborizada y confusa, mirando al suelo y como dirigindose a los rojos rizos, apenas visibles por entre los pliegues de su vestido,--ests segura de que sers _gena_ si te permito quedarte aqu en mi compaa? --Y me dejars llamarte mam?--pregunt Carolina, mirndola fijamente. --Y te dejar que me llames mam!--respondi _Lady Clara_ con forzada sonrisa. --S--dijo Carolina con energa. Entraron juntas en el dormitorio, siendo la maleta lo que ms pronto llam la atencin de Carolina. --Pero, mam, te vas otra vez?--dijo con una ojeada rpida e inquieta y agarrndose a su falda. --No...--dijo mirando por la ventana la interpelada. --Entonces es que solamente juegas a irte--dijo Carolina riendo.--Djame, pues, jugar a m tambin. Asinti _Lady Clara_ y Carolina vol al cuarto vecino, reapareciendo con una cajita, en donde comenz gravemente a empaquetar sus vestidos. _Lady Clara_ observ que no eran muchos. Algunas preguntas respecto de ellos dieron motivo a nuevas respuestas de la nia, que en pocos minutos pusieron a _la mam_ al corriente de su corto pasado. Pero para obtener esto, la seora de Galba viose obligada a tomar a Carolina en su regazo, acariciando a la terrible criatura. Aun cuando ya _Lady Clara_ no se interesaba en las declaraciones de Carolina, permanecieron todava algn tiempo en esta situacin. Abandonada a sus pensamientos y deslizando los dedos por entre sus rojos rizos, dej que la nia desatase toda su charla. --No me tienes bien, mam--dijo Carolina finalmente despus de cambiar una o dos veces de postura. --Pues, cmo he de tenerte?--pregunt _la mam_, riendo entre divertida e incomodada. --As--dijo Carolina, y enroscndose pas un brazo por el cuello de la seora de Galba y descans la mejilla en su seno.--De esta manera, verdad? Acomodose nuevamente, acurrucose como un gatito, cerr los ojos y qued dormida. Por un buen rato, la mujer permaneci silenciosa en aquella postura, atrevindose apenas a respirar, y luego fuese por motivo de alguna oculta simpata nacida del contacto, o Dios sabe por qu, empezaron a estremecerla ciertos pensamientos. Acordose de un antiguo dolor que haba resuelto apartar de su memoria durante aos enteros; record das de enfermedad y desconfianza, das de punzante terror por algo que debi evitar... y que evit con horror y pesar mortales; pens en un ser que podra haber existido... tambin ella hubiera tenido un hijo de la edad de Carolina. Los brazos que se juntaban indiferentes en torno de la dormida criatura, comenzaron a temblar y a estrecharla convulsivamente. Y despus, con un impulso profundo, potente, prorrumpi en sollozos, y atrajo hacia su seno a la nia una y otra vez, como si quisiese sustituirla a la que all haba guardado en otro tiempo. De este modo, la borrasca que la estremeca pas deshacindose en un copioso llanto. Algunas lgrimas cayeron sobre los rizos de Carolina, que se movi inquieta en su sueo. Pero otra vez la tranquiliz. Era tan fcil hacerlo entonces! y permanecieron all tan silenciosas y solitarias, que parecan formar parte de la solitaria y silenciosa morada. Sin embargo, como en esta ltima, alegremente iluminada por los rayos del sol, la apariencia de soledad y abandono no llevaba consigo la decadencia, la desesperacin ni el abandono. En el hotel de Fiddletown, el coronel Roberto esper en vano toda aquella noche, y a la maana siguiente, cuando el seor Galba regres a su casa, la encontr vaca, sin habitantes y sin huella alguna del drama del da anterior. II Al tenerse noticia de que la seora de Galba haba huido definitivamente, llevndose la hija de su marido, se conmovi todo Fiddletown, suscitndose sobre el caso diversidad de pareceres. _El Noticiero_ de Dutch Flat, aluda abiertamente el rapto violento de la nia, con la misma desenvoltura y severidad con que haba criticado las producciones de la poetisa. El pblico del sexo de _Lady Clara_, y una fraccin del sexo opuesto, formado, sin embargo, por personas de poco carcter, adoptaba la opinin de tal peridico. Pero los ms no deducan del acto consecuencias morales; les bastaba saber que la raptora haba sacudido de sus primorosas zapatillas el encarnado polvo de Fiddletown; lamentaban ms bien su prdida que el crimen cometido. Pronto se desentendieron de Galba, el ofendido esposo y padre desconsolado, y pusieron en duda la sinceridad de su dolor; pero guardaron su cmica compasin para el coronel Roberto, abrumando a este hombre, hombre excelente, con intempestiva simpata manifestada en las tabernas, salones pblicos y otros lugares no menos inadecuados para demostraciones de tal gnero. --Coronel, siempre fue inconstante esa mujer--deca un amigo compasivo, con afectado inters y plaidero tono,--y es natural que un da se haya escapado del animal de su marido; pero que le deje a usted, coronel, que realmente le haya burlado, esto es lo que no me puedo acabar. Y andan por ah diciendo que estuvo usted rondando por el hotel toda la noche, y que se pase por aquellos corredores y subi y baj las escaleras, y como alma en pena vag por aquella plaza, y todo ello intilmente! Otro amigo no menos generoso y compasivo, verti nuevo blsamo en las heridas del chasqueado galn. --Imagnese que esos deslenguados de por ah pretenden que la seora consigui de usted que cargase con su maleta y la nia desde la casa hasta el despacho de la diligencia, y que el galn que se march con ella le dio las gracias, ofrecindole unas monedas y que le ocupara a la primera ocasin porque le gustaba su trato... por supuesto, que todo ello ser una burda invencin? Claro; ya sabr yo contestar a esos juzgamundos. Me alegro de haberle encontrado, pues la mentira corre que es una bendicin. Pero, felizmente para la reputacin de _Lady Clara_, el criado chino de su marido, nico testigo ocular de la fuga, refiri que slo la acompaaba la nia. Aadi que, obedeciendo a sus rdenes, haba hecho parar la diligencia de Sacramento y ajustado asiento para ambas, hasta San Francisco. La verdad es que el testimonio de Ah-Fe no era de ningn valor legal; sin embargo, nadie le puso tacha alguna. Incluso los que ms dudaban de la veracidad pagana, reconocieron en este caso la ms desinteresada indiferencia por parte del chino. Y con todo, a juzgar por un pasaje hasta ahora desconocido de esta verdica crnica, se equivocaban de medio a medio. Unos seis meses haban transcurrido desde la desaparicin de la bella herona. El chino trabajaba un da, como de costumbre, en el terreno de Galba, cuando dos mineros compatriotas suyos que pasaban provistos de largos palos y cestos, lo llamaron. Se entabl animada conversacin entre Ah-Fe y sus hermanos mongoles, una de esas conversaciones caractersticas, parecidas a una disputa por sus precipitados chillidos, que hacen la delicia y provocan el desprecio de los inteligentes europeos, que no comprenden una sola palabra de aquellas elucubraciones. As por lo menos juzgaban su jerigonza pagana el seor Galba, desde su mirador y el coronel Roberto que se acertaba a pasar. Este ltimo los sac lisa y llanamente de su camino con un puntapi, y el irritado Galba, con una blasfemia, tir una piedra al grupo y lo alej, pero no antes de que hubiesen trocado una o dos tirillas de papel de arroz amarillo con jeroglficos y de pasar a manos de Ah-Fe un pequeo envoltorio. Abriolo Ah-Fe en la soledad de su cocina, y descubri un delantal de nia, recientemente lavado y planchado. Llevaba en el ngulo del dobladillo las iniciales C. T. Escondiolo el chino en un pliegue de su blusa, y prosigui lavando sus platos en el fregadero con cndida sonrisa de contento. Unos das despus, Ah-Fe se present a su seor. --Yo no gustar Fiddletown: Yo muy enfermo. Yo marchar. Galba lo mand a todos los diablos. Ah-Fe lo contempl plcidamente y retirose decidido a poner en prctica su propsito. Con todo, antes de marcharse de Fiddletown, encontrose por casualidad al coronel Roberto y se le escaparon algunas frases incoherentes que interesaron al militar. Cuando hubo terminado, el coronel le entreg una carta y una pesada moneda de oro. --Si me trae una contestacin duplicar esto: entiende, Ah-Fe? Movi afirmativamente la cabeza. Otra entrevista tuvo lugar entre Ah-Fe y otro caballero, el joven editor de _El Alud_, entrevista igualmente casual y con idntico resultado. Sin embargo, siento verme obligado a manifestar que al ponerse en camino, Ah-Fe rompi tranquilamente el sello de ambas cartas, y despus de intentar leerlas al revs y de lado, las dividi por fin en cuadritos primorosamente cortados, y en tal disposicin los vendi por una bagatela a un hermano amarillo con quien durante su camino tropez. No es para descrita la pesadumbre del coronel Roberto al descubrir en la cara blanca de uno de estos cuadritos, que lleg a sus manos con la ropa blanca de la semana, la cuenta de su lavandero, y al adquirir el convencimiento de que los restantes trozos de la carta circulaban por igual mtodo entre los clientes del lavadero chino de Fiddletown. No obstante, tengo la firme creencia de que este abuso de confianza encontr cumplido castigo en las dificultades que acompaaron la peregrinacin de Ah-Fe. Al dirigirse a Sacramento, fue por dos veces arrojado de la vaca de la diligencia abajo, por un caucasiano civilizado, pero borracho a ms no poder, a quien la compaa de un fumador de opio hera en lo ms vivo su dignidad. En Hangtown, un transente le casc para dar una sencilla prueba de la supremaca del blanco. En Dutch Flat le robaron manos muy conocidas por motivos tambin ignotos. En Sacramento lo arrestaron por sospecha de ser esto o lo otro y lo pusieron en libertad despus de una severa reprimenda, probablemente porque no era lo que buscaban y entorpeca de esta manera el curso del procedimiento incoado. Ya en San Francisco, lo apedrearon los nios de las escuelas pblicas; pero evitando cuidadosamente estos templos de la ilustracin y del progreso, lleg por fin en relativa seguridad a los barrios chinos, donde los abusos contra l quedaban al menos inscriptos en los libros policacos y arrostraban casi siempre la merecida sancin. Sin prdida de tiempo logr entrar en el lavadero de Chy-Fook como asistente, y el viernes prximo fue enviado con un cesto de ropa limpia a los varios clientes de la empresa. Era una de esas tardes de nieblas, uno de estos das descoloridos, grises, que desmienten el nombre del verano para cualquiera, excepto para la exaltada imaginacin de los ciudadanos de San Francisco. Ah-Fe trepaba por la larga colina de la calle de California, barrida por el viento; no se senta la temperatura ni se distingua el color en la tierra ni en el cielo; ni luz al exterior ni sombra por el interior de los edificios, slo s un tinte gris, montono, universal, que se cerna por todas partes. Una febril agitacin reinaba en las calles barridas por el viento, y en las casas reinaba una profunda quietud. Cuando el chino hubo llegado a la cima de la cuesta, la colina de la Misin se ocultaba ya a su vista y la fresca brisa del mar le daba escalofro. Descargose de su cesto para descansar. Probablemente para su limitada inteligencia y desde el punto de vista pagano, el clima de Dios, como solemos llamarlo, no brindaba con las dulzuras, suavidad y misericordia que se le atribuyen. Quiz el buen hijo del cielo confundiera ilgicamente los rigores de la estacin con los de sus perseguidores, los nios de las escuelas, que libres a esta hora del instructivo encierro, eran mucho ms audaces y atrevidos. De manera que sigui su camino apresuradamente, y volviendo una esquina, detvose por fin delante de una casa y penetr decididamente en ella. Precedida la casa en cuestin de un mezquino planto de arbustos, con su terraza al frente, tena por encima de sta un feo balcn que quiz no haba sido utilizado en la vida. Ah-Fe tir de la campanilla; apareci una criada; ech una mirada a su cesto y lo admiti con repugnancia como si fuera un animal domstico, molesto pero imprescindible. Ah-Fe subi silenciosamente las escaleras, entrose hacia el aposento delantero, dej el cesto y esper en el umbral. Una mujer sentada a la fra y agrisada luz de la ventana, con una nia en la falda, levantose con indiferencia y se fue hacia el visitante. Inmediatamente, reconoci Ah-Fe a la seora de Galba, pero no se alter ni un slo msculo de su cara, ni sus oblicuos ojos se animaron al encontrarse plcidamente con los de su ex ama. Evidentemente, ella no lo reconoci, pues empez a contar las piezas de ropa que llevaba. Pero la nia, examinndolo con curiosidad, profiri de repente un repentino grito de jbilo: --Pero mam, si es John! No le conoces? Es el chino que tenamos en Fiddletown. Los ojos hirientes de Ah-Fe brillaron por un instante con elctrica conmocin. La nia palmote y le agarr por el vestido. El chino exclam: --Yo, John, Ah-Fe, todo es uno. Yo conocer a ti. Qu tal va? La seora de Galba dej caer con espanto la ropa y mirole fijamente. Como no senta para l el cario que avivaba la percepcin de Carolina, no poda distinguirlo an de sus congneres. En un momento record la pasada pena, y con vaga sospecha de un peligro inminente, le pregunt cundo se haba marchado de la casa de su amo. --Oh, mucho tiempo! Yo no gustar Fiddletown. No gustar Tlevelick. Gustar San Flisco. Gustar lavar. Gustar Carolina. Agrad a la seora de Galba el laconismo de Ah-Fe, as es que no se detuvo a reflexionar la influencia que tena en su buena intencin y sinceridad el imperfecto conocimiento del idioma de Shakespeare. Pero dijo: --Rugole no diga a nadie que me ha visto. Y sac su limosnero. El chino, sin mirarlo, vio que estaba casi vaco; sin escudriar el aposento, observ que estaba pobremente amueblado, y sin apartar su vista del techo, not que la seora y Carolina vestan con la mayor pobreza. No obstante, debo confesar que los largos dedos de Ah-Fe apretaron de firme el medio peso que aqulla le alarg. Empez luego a registrar los pliegues de su blusa entre extraas contorsiones y muecas. Despus de algunos momentos, sac de Dios sabe dnde un delantal de nia, que coloc sobre el cesto, diciendo: --Olvidar una pieza lavadero. Y comenz de nuevo su registro. Por ltimo, el xito coron al parecer sus esfuerzos; sac de su oreja derecha un pedazo de papel de seda pacientemente arrollado. Desdoblndolo cuidadosamente, descubri por fin dos monedas de oro de a veinte dllars, que alarg a la seora de Galba. --Deja usted dinero encima blul[14] Fiddletown, yo encontrar monedas. Yo traer a usted en seguida. --Pero yo no dej dinero alguno encima del _boureau_, John!--dijo la obsequiada con sincero asombro. Debe haber equivocacin. Sern de otra persona. Llvatelo, John. Ah-Fe se turb por unos instantes. Apart la mano de la seora de Galba que le tenda el dinero y procedi rpidamente a recoger sus trastos. --No, no, yo no devolver. No. Luego prenderme un _policeman_[15]. Yo s: Dios maldiga ladrn, tomar cuarenta pesos, a la crcel. Yo no devolver. Usted dejar dinero arriba blul Fiddletown. Yo traer dinero. Yo no llevar dinero otra vez. Dudaba _Lady Clara_ de que en su precipitada huida hubiese dejado el dinero como l deca; pero, de cualquier manera que fuese, no tena el derecho de poner en peligro la seguridad de este honrado chino, rehusndolo; as es que exclam: --Est bien, John. Me quedar con l; pero has de volver a verme. _Lady Clara_ titube. Por vez primera se le ocurri que un hombre pudiera desear ver a otra que no fuera ella. --A m, y... a Carolina! El rostro de Ah-Fe se ilumin. Incluso profiri una corta risa de ventrlocuo, sin mover un slo msculo facial. Luego, echndose la cesta al hombro, cerr cuidadosamente la puerta y se desliz tranquilamente por la escalera. Sin embargo, a la salida, tropez con una dificultad inesperada al abrir la puerta, y despus de forcejear un momento en la cerradura intilmente, mir en torno suyo como esperando quien le sacara del apuro. Pero la camarera irlandesa que le haba facilitado la entrada, no se dign presentarse. Pas entonces un incidente misterioso y sensible, que relatar sencillamente sin esforzarme en darle una explicacin. Sobre la mesa de la entrada haba un pauelo de seda, propiedad sin duda de la criada a quien acabo de referirme. Mientras Ah-Fe tentaba el cerrojo con una mano, descansaba ligeramente la que le quedaba libre en la mesa. De pronto, y al parecer por impulso espontneo, el pauelo comenz a deslizarse poco a poco hacia la mano del chino. Desde la mano de Ah-Fe, sigui hacia dentro de su manga, lentamente y con un movimiento pausado, como el de la serpiente, y luego desapareci en alguno de los repliegues de su vestidura. Sin manifestar el menor inters por este fenmeno, Ah-Fe repeta an sus tentativas sobre el cerrojo. Poco despus, el tapete de damasco encarnado, movido acaso por igual impulso misterioso, se recogi lentamente bajo los dedos de Ah-Fe y desapareci ondulando con suavidad por el mismo escondido camino. Qu otros misterios podran haber seguido? Esto no sera fcil averiguarlo, pues en aquel momento descubri Ah-Fe el secreto del cerrojo y pudo abrir la puerta, coincidiendo esto con el ruido de pasos que se oa en la escalera. El chino no apresur su salida, sino que cargando pausadamente con el cesto, cerr con todo cuidado la puerta tras de s, y penetr en la espesa niebla que se cerna impenetrable por la calle. Reclinada en la ventana, contempl _Lady Clara_ la figura de Ah-Fe hasta que desapareci en la espesa bruma. En su triste situacin sinti por l vivo reconocimiento, y acaso _Lady Clara_, como siempre, potica y sensible, atribuy a profundas emociones y a la conciencia satisfecha de una buena accin, el ahuecamiento del pecho del chino que en realidad era debido a la presencia del pauelo y del tapete debajo de su vestimenta. Despus, y a medida que con la noche, la neblina gris se haca ms densa, la seora de Galba estrechaba a Carolina contra su pecho. Dejando la charla de la criatura, sigui entre sentimentales recuerdos y egostas consideraciones a la vez amargas y peligrosas. La repentina aparicin de Ah-Fe la haba unido de nuevo con su pasada vida de Fiddletown; la senda recorrida desde aquellos das era por dems triste y sembrada de abrojos; llena de dificultades y de espinas e invencibles obstculos. Nada de extrao fue, pues, que por fin Carolina cesara repentinamente a la mitad de sus infantiles confidencias, para echar sus bracitos en torno del cuello de la pobre mujer, y suplicndola que no llorase pues se pona triste. Lbreme el cielo de emplear una pluma, que debe dedicarse siempre a la exposicin de principios morales inalterables, en transcribir las especiosas teoras de _Lady Clara_ sobre esta poca y su conducta que defenda con sofsticas apologas, ilgicas deducciones, tiernas excusas y dbiles paliativos. A la verdad, las circunstancias fueron muy crueles, agotndose prontamente su escaso caudal. En Sacramento tuvo ocasin de experimentar que los versos, aunque elevan a las emociones ms sublimes del corazn humano, y merecen la mayor consideracin de un editor en las pginas de un peridico, son insuficiente recurso para los gastos de una familia, aunque sta no constase ms que de una seora y de una nia de corta edad. Recurri luego al teatro, pero fracas completamente. Tal vez su concepto de las pasiones fuese diferente del que profesaba el auditorio de Sacramento, pero lo cierto es que su bella presencia, encantadora y de tanto efecto a corta distancia, no era para la luz de las candilejas bastante acentuada. Admiradores en su gabinete, no le faltaron; pero no despert en el pblico afecto duradero. Entonces, record que tena voz de contralto, de no mucha extensin y poco cultivada, pero sumamente dulce y melodiosa. Por fin, logr una plaza en un coro de capilla, sostenindola durante tres meses, muy en su provecho pecuniario, y segn se deca, a satisfaccin de los caballeros de los ltimos bancos que volvan la cara hacia ella durante el canto del ltimo rezo. La tengo perfectamente grabada en la memoria. Un rayo de sol que descenda desde la ventana del coro de San Dives, sola acariciar dulcemente las tupidas masas de cabello castao de su hermosa cabeza y los negros arcos de sus cejas, y oscureca la sombra de las sedosas pestaas sus ojos de azabache. Daba gusto observar el abrir y cerrar de aquella boquita finamente perfilada, mostrando rpidamente una sarta de perlas en sus blancos dientecitos, y ver cmo sonrojaba la sangre su mejilla de raso: porque la seora de Galba era por dems sensible a la admiracin que causaba y a semejanza de la mayor parte de las mujeres hermosas, se recoga bajo las miradas lo mismo que un caballo de carrera bajo la espuela del jinete. No tardaron mucho en venir los disgustos. Me inform de todo una soprano (mujercita algo ms que despreocupada en las cuestiones de su sexo). Anunciome que la conducta de la seora de Galba era poco menos que vergonzosa; que su vanidad era inaguantable; que si consideraba a los dems del coro como esclavos, ella, la soprano, quera que lo dijese claramente; que su conducta con el bajo el domingo de Pascua haba atrado la atencin de todos los fieles, y que ella misma haba visto cmo el reverendo Cope la miraba dos veces durante el oficio; que sus amigos (los de la soprano), se haban opuesto a que cantara en el coro con una mujer que haba pisado las tablas, pero que esto, para ella, todava poda pasar. No obstante, saba de buena tinta que la seora de Galba se haba fugado de su marido, y que la nia de cabello rojo que algunas veces llevaba al coro, no le perteneca. El tenor le confi un da, detrs del rgano, que la contralto posea un medio para sostener la nota final de cada frase, al objeto de que su voz quedara por ms tiempo en el odo del auditorio, acto indigno que slo poda atribuir a un carcter vicioso e inmoral; que el tenor, dependiente muy conocido de una quincallera en los das laborables, y que cantaba los domingos, no estaba dispuesto a soportarla por ms tiempo. Y slo el bajo, un alemn pequeo, de pesada voz que deba avergonzarlo, defenda a la contralto y se atrevi a decir que tenan celos de ella, por poseer un buen palmito. La tempestad se encon y por fin se solventaron estas diferencias en una querella descarada, en la que _Lady Clara_ hizo uso de su lengua, con tal precisin de argumentos y de eptetos, que la soprano estall en un ataque histrico, y su marido y el tenor tuvieron que sacarla en brazos del coro: todo lo cual lleg a conocimiento de los parroquianos por la supresin del _solo_ acostumbrado de la soprano. _Lady Clara_ volvi a casa sonrojada por el triunfo, pero al llegar a su habitacin no se mostr propicia a los halagos de Carolina, diciendo que desde entonces eran mendigas; que ella, su madre, acababa de quitarle su ltimo bocado de pan, y termin rompiendo en un llanto inconsolable. Las lgrimas no acudan a sus ojos tan fcilmente como en los pasados y poticos das, pero cuando las verta era con el corazn lacerado. Volvi en s al anuncio de la visita de un _vestryman_, del comit de msica. Entonces enjug sus largas pestaas, atose al cuello una cinta nueva, y baj al saln. Permaneci all dos horas; eso pudiera ocasionar habladuras a no estar el buen hombre casado y con hijos de alguna edad. Al volver _Lady Clara_ a su cuarto, tarareaba mirndose al espejo y ri a Carolina. Por aquella vez haban salvado su colocacin en el coro de la capilla. Sin embargo, no fue por mucho espacio. Con el tiempo, las fuerzas del enemigo recibieron un poderoso auxilio en la persona de la esposa del _committee-man_. Esta seora visit a varios de los feligreses y a la familia del doctor Cope, lo cual dio por resultado que una junta posterior del comit musical decidiese que la voz de la contralto no era adecuada a la capacidad del edificio y fue invitada a presentar su dimisin, lo cual no tard en hacer. Ocho semanas haca que estaba sin colocacin y sus escasos medios se encontraban casi agotados, cuando Ah-Fe derram en sus manos el subsidio inesperado. III La plmbea niebla se hizo ms intensa con la noche, y los faroles entraron temblando a la vida, mientras la seora de Galba, absorta en dolorosos recuerdos, permaneca an asomada a su ventana tristemente. Ni siquiera se dio cuenta de que Carolina se haba escurrido de la sala, y de su bullicioso regreso, llevando en la mano el peridico de la noche, hmedo an. Con la presencia de la nia volvi _Lady Clara_ en s y a los apuros del presente. En su triste situacin sola la pobre mujer examinar minuciosamente los anuncios, con la efmera esperanza de encontrar entre ellos proposiciones para un empleo (no saba cul), que pudiera proveer a sus necesidades, y Carolina se haba fijado en esto. La seora de Galba cerr maquinalmente los postigos, encendi las luces y desdobl el diario. Instintivamente, su vista se pos en el siguiente prrafo de la seccin telegrfica: Fiddletown, 7.--Don Juan Galba, personamuy conocida en este lugar, muri anoche de _delirium tremens_. Don Juan se entregaba a desarregladas costumbres, ocasionadas, segn se dice, por disgustos de orden familiar. _Lady Clara_ no se inmut. Volvi tranquilamente la pgina y mir de soslayo a Carolina, que estaba absorta en la lectura de un cuaderno con lminas. _Lady Clara_ no dijo una palabra, y durante el resto de la noche permaneci absorta, contra su costumbre, y sumamente silenciosa y meditabunda. Por fin, ya en la madrugada, dirigindose donde dorma Carolina cay de repente de rodillas junto a la cama, y tomando entre las manos la tierna cabeza de la nia, le pregunt: --Dime. Te gustara tener otro pap? --No--dijo despus de meditar un momento la interpelada. --Quiero decir un pap que ayudase a mam y te cuidara con amor, que te diese bonitos vestidos y que, por fin, cuando fueses mayor, hiciese de ti una seora. Carolina volvi hacia ella sus ojos somnolientos. --Y a ti, te gustara, mam? _Lady Clara_ se sonroj hasta las orejas. --Duerme--dijo bruscamente. Y volviose. Pero al cabo de poco rato la nia sinti dos tiernos brazos que la estrechaban contra un pecho palpitante y conmovido por los sollozos desgarradores. --No llores, mam!--murmur Carolina, recordando como en sueos la conversacin pasada.--No quiero que llores. Creo que me gustara un nuevo pap si te quisiera mucho... mucho... y me quisiera mucho a m. Un mes ms tarde, se cas la seora de Galba, con sorpresa general. El afortunado novio era un tal Roberto, coronel elegido recientemente para representar el condado de Calaveras en el consejo legislativo. En la imposibilidad de relatar el acontecimiento en lenguaje ms escogido que el de corresponsal del _Globo de Sacramento_, citar algunas de sus frases ms graciosas: Las implacables flechas del pcaro Cupido se ensaan estos das en nuestros galantes salones: hay una nueva vctima. Se trata del honorable A. Roberto de Calaveras, cautivo hoy de una bellsima hada, viuda, un tiempo sacerdotisa de Thespis, y hasta hace poco, mula de Santa Cecilia, en una de las iglesias ms a la moda de San Francisco, donde disfrutaba de un sueldo regular. _El Noticiero de Dutch Flat_ coment el suceso con su poca aprensin caracterstica: El nuevo _leader_ de los demcratas de Calaveras, acaba de llegar a la legislatura con un flamante proyecto. Se trata de la conversin del nombre Galba en el de Ponce, apellido del coronel Roberto. Creemos que llaman a eso una _fe_ de casamiento. No ha transcurrido un mes desde que muri el seor Galba, pero es de suponer que el intrpido coronel no tiene miedo a los duendes de alcoba. Sin embargo, decir que la victoria del coronel fue fcilmente obtenida, sera no hacer justicia a _Lady Clara_. A la timidez propia del sexo femenino, aadase el obstculo de un rival, acomodado empresario de pompas fnebres, de Sacramento, a quien debi cautivar la seora de Galba, en el teatro o en la iglesia, ya que los hbitos profesionales del galn lo excluan del ordinario trato social y de todo otro que no fuese religioso o de ceremonial. Como este caballero posea una bonita fortuna adquirida en la propicia ocasin de una larga y terrible epidemia, el coronel lo tena por rival algo temible. Pero, por fortuna, el empresario de pompas fnebres hubo de ejercer su profesin en la persona de un senador, colega del coronel, a quien la pistola de ste mat en un lance de honor, y sea que temiese la rivalidad por consideraciones fsicas, o bien que calculase con prudencia que el coronel poda procurarle clientes, ello fue que se retir, dejando expedito el campo. La luna de miel fue corta, y termin con un incidente inesperado. Durante el viaje de bodas, confiaron a una hermana del coronel Roberto el cuidado de la nia. Al regresar a la ciudad, la seora de Ponce determin inmediatamente visitar a la guardadora, para traerse la nia a casa nuevamente. Pero su marido, desde haca algn tiempo daba muestras de inquietud que se esforzaba en vencer por medio del uso repetido de bebidas fuertes. Al fin se decidi, abrochose estrechamente la levita, y despus de pasear el cuarto una o dos veces con paso inseguro, detvose de repente ante su esposa con aire de autoridad. --Hasta el ltimo momento--dijo el coronel con labio balbuciente y afectada majestad que aumentaba su miedo interior--he diferido, es decir, he suspendido la revelacin de un hecho que creo comunicndotelo cumplir con mi deber. Todo con objeto de no nublar el sol de nuestra mutua felicidad... para no marchitar nuestras tiernas promesas en flor, ni oscurecer el cielo conyugal con una explicacin desagradable, pero debo hacerlo... vive Dios!... Seora... debo hacerlo hoy. La nia no est ya aqu! --Cmo!--exclam la seora de Ponce con sorpresa. Algo haba en el tono de su voz, en el repentino estrabismo de sus pupilas, que en un momento disip los vapores alcohlicos en la cabeza del coronel y encogi su gallarda figura. Me explicar en cuatro palabras--dijo moviendo la mano en ademn conciliador,--me explicar. El... el... el... melanclico suceso que precipit nuestra felicidad, la misteriosa Providencia que te libert, libert tambin a la nia. Comprendes? Libert a la nia. En el momento de morir Galba, el parentesco que por l te una desapareci tambin. La cosa es clara como la luz. De quin es la nia? De Galba? Este ha muerto y la nia no puede pertenecer a un muerto. Es una solemne tontera pretender que pertenece a un muerto. Es hija suya? No? De quin, pues? La nia pertenece a su madre. No es eso? --Dnde est?--dijo la seora de Ponce con voz concentrada y plido rostro. --Todo lo explicar. La nia pertenece a su madre. De eso no cabe duda alguna. Soy abogado, legislador y ciudadano de la Unin. Mi deber como abogado, legislador y ciudadano de la Unin, es restituir la nia a su afligida madre... cueste lo que costare. --Pero, dnde est?--repiti la seora de Ponce, fija todava la vista en el semblante del coronel. --Pues, en camino para reunirse con su madre; parti ayer en el vapor, con rumbo al Este y transportada por favorables vientos hacia aqulla que, sin duda, la espera con los brazos abiertos. La seora de Ponce permaneci inmvil. El coronel sinti que su pecho se encoga poco a poco, pero apoyose contra una silla, y se esforz en ostentar una galantera caballeresca unida a la severidad del togado. --Seora, honran sobre manera a su sexo, pero es preciso tambin considerar los sentimientos, la situacin de una madre, y, al propio tiempo, mi misma situacin. El coronel hizo aqu una pausa y, sacando un pauelo blanco, lo pas descuidadamente sobre su pecho y luego se sonri cnicamente a travs de sus bordados pliegues. Luego aadi: --Por qu una leve sombra ha de nublar la armona de dos almas que mueve un solo pensamiento? Ciertamente, la nia es hermosa, es buena, pero, al fin y al cabo, es hija de otro! Fuese la nia, Clara, pero no todo se fue con ella. Clara, considera, querida, que siempre me tendrs a m a tu lado! Clara se levant con energa. --Usted!--grit con una nota de pecho que hizo vibrar los cristales.--Usted, con quien me cas para que mi querida nia no muriese de hambre! Usted, perro al que llam a mi lado para alejar de m a los hombres! Usted!... No pudo continuar. Precipitose en el cuarto vecino, que ocupaba Carolina; luego pas rpidamente a su propio dormitorio, y apareci de repente ante l, erguida, amenazadora, con un fuego abrasador en los pmulos, fruncidas las cejas y contrada su garganta. Pareciole al coronel que su cabeza se achataba y se deprima su boca como la de un ofidio. --Roberto!--dijo con voz ronca y enrgica.--Oiga, coronel! Si desea alguna vez fijar su vista en m, trigame antes a la nia. Si alguna vez quiere hablarme o acercarse, tiene que devolvrmela. Donde ella est, estar yo, oye? All donde ella ha ido, me encontrar a m! Y otra vez pas por delante de l furiosa, echando hacia fuera los brazos desde los codos abajo, como si se librase as de vnculos imaginarios, y, penetrando en su cuarto, cerr la puerta y dio vuelta a la llave con violencia. El coronel Roberto, aunque no era cobarde, senta para una mujer enojada un miedo supersticioso; retrocedi para dejarle libre el paso y fue a rodar impotente por el canap. All, despus de uno o dos esfuerzos infructuosos para ponerse en pie, permaneci inmvil, profiriendo de vez en cuando blasfemias mezcladas con protestas incoherentes, hasta que, por fin, sucumbi al cansancio de la emocin y al narcotismo del alcohol ingerido. Mientras tanto, la seora de Ponce recoga excitada sus joyas y haca su maleta, como ya otra vez la haba hecho en el transcurso de su accidentada existencia. Quiz un recuerdo de aquella escena vagaba por su mente, pues repetidas veces se detuvo para apoyar las encendidas mejillas en su mano, como si otra vez debiese aparecer la figura de la nia, de pie en el umbral y repitiendo con voz angelical la consabida pregunta de:--es mam?--Mas este nombre le atormentaba ahora cruelmente. Apartolo de su imaginacin con un rpido y apasionado gesto y enjug una lgrima que rodaba por sus mejillas. Despus quiso la casualidad que, removiendo sus ropas, diese con una zapatilla de la nia, con una de las cintas estropeada. Un agudo grito sali de su pecho, el primero que haba proferido aquel da, y la estrech contra s, besndola apasionadamente una y otra vez; meciola con ese movimiento maternal propio de la mujer, y despus la llev hasta la ventana, para verla mejor a travs de las lgrimas que nublaban sus pupilas. De repente sufri un fuerte ataque de tos que intent ahogar llevando el pauelo a sus labios rojos como la grana. Y luego sinti que desfalleca; pareciole que la ventana hua delante de ella, que el suelo se hunda bajo sus pies, y tambalendose lleg a la cama, cay boca abajo sobre ella, estrechando convulsivamente contra su pecho el pauelo y la zapatilla. Su rostro estaba horriblemente plido, las rbitas de sus ojos se oscurecan, y en sus labios primero, luego en su pauelo y por fin sobre el blanco cubrecama aparecieron unas gotas de sangre. Levantose el viento con fuerza, sacudi las celosas y agit las blancas cortinas de un modo fantstico; luego, una niebla gris se desliz suavemente por encima de los tejados, acariciando las paredes barridas por el viento y envolvindolo todo en luz incierta e imponente quietud... * * * * * * * Clara yaca inmvil; a pesar de todas sus desdichas, era una bellsima desposada, pero al otro lado de la puerta cerrada con cerrojo, el coronel roncaba con violencia en su lecho improvisado. IV El pequeo pueblo de Gnova, en el Estado de Nueva York, pona de manifiesto la semana anterior a la Navidad del ao 1870, an ms que de costumbre, la amarga irona del nombre que le dieron sus fundadores. Una copiosa nevada blanqueaba matorrales, plantas, paredes y palos de telgrafo; pona estrecho cerco a la dulce capital italiana, arremolinbase alrededor de las enormes columnas dricas de madera en la casa de correos y en el hotel, suspendase de las persianas verdes de las mejores casas y empolvaba las siluetas angulosas, rgidas y oscuras de sus vas. Las naves de las cuatro principales iglesias de la ciudad, se alzaban abruptas rompiendo la lnea de las casas, y escondan en el bajo torbellino sus deformes torres. Cerca de la estacin, la nueva capilla metodista, semejante a una enorme locomotora, precedida, a manera de salvavidas, de su piramidal escalinata, pareca esperar que algunas casas se le agregaran para irse a un lugar ms placentero. Y el orgullo de Gnova, el gran Instituto Crammer, para seoritas, dominaba la avenida principal con su extraa fachada de ladrillo y su alta y majestuosa cpula. Desde cualquier punto de la ciudad, se divisaba fcilmente el Instituto Crammer; as es que, bajo este punto de vista, no desmenta su carcter de establecimiento pblico en el que no faltaba nunca un visitante en su escalera y una cara bonita asomada a sus ventanas. El silbido de la locomotora del expreso septentrional de las cuatro, atrajo a la estacin a muy poca de su habitual y desocupada concurrencia. Slo un pasajero baj y se dirigi en el solitario trineo hacia el Hotel de Gnova. En seguida el tren huy indiferente como todos los trenes expresos, por la curiosidad humana; volvi el vaco furgn de equipajes a su cochera y el jefe de la estacin cerr la puerta con llave y se fue a retiro. El chillido de la locomotora despert la culpable conciencia de tres seoritas del Instituto Crammer que en aquel momento se regalaban en una calle vecina, en la dulcera de doa Brgida, comiendo pasteles. Las reglas del Instituto dejaban amplio desarrollo a la naturaleza fsica y moral de sus alumnas; en pblico se conformaban con sus excelentes reglas de dieta, pero privadamente se permitan extrarreglamentarios festines con las golosinas de su abastecedor particular del pueblo; asistan a la iglesia con formalidad ejemplar, pero coqueteaban durante el oficio divino con la dorada juventud del pueblo; en las clases reciban severa y moral instruccin y durante el asueto devoraban las novelas ms edificantes. El fruto de esta doble enseanza era una agrupacin de jvenes robustas, alegres y encantadoras que daban al Instituto infinito crdito. Doa Brgida, a pesar de que le deban importantes sumas, alababa el buen humor y belleza juvenil de sus parroquianas y declaraba que la vista de estas seoritas la rejuveneca, pero se sospechaba de ella que favoreciese sin escrpulos las clandestinas incursiones que aquellas hacan. --Amigas! las cuatro; si no estamos de vuelta para las oraciones, daremos que hablar--dijo levantndose la ms alta de estas vrgenes locas, muchacha de nariz aguilea y maneras resueltas que revelaban a la inteligente directora del cotarro. --Tienes los libros, Adelaida? Adelaida ense debajo de su impermeable tres libros de no muy santa apariencia. --Y las provisiones, Carolina? Carolina mostr de su saquito un paquete de aspecto sospechoso. --Todo est corriente. Chicas, en marcha. Pngalo en la cuenta--aadi saludando con la cabeza a la huspeda, mientras se adelantaban hacia la puerta.--Le pagar cuando llegue el trimestre a mi poder. --No, Catalina--repuso Carolina, sacando su portamonedas,--djame pagar, me toca a m. --De manera alguna--dijo Catalina, arqueando soberanamente sus negras cejas,--ya s que tienes ricos parientes en California que te envan puntualmente fondos, pero no quiero permitirlo. Vamos, chicas, adelante! Al abrir la puerta, una fuerte rfaga de viento penetr violentamente en la tienda, lo cual asust a la bondadosa doa Brgida. --Por Dios, seoritas, no deberan ustedes salir con este tiempo! Ser mejor que me dejen mandar un recado al Instituto y les arreglar aqu una buena cama. Mas la ltima frase se perdi en el coro de chillidos medio ahogados que arrojaban las nias, agarradas de la mano, lanzndose en mitad del temporal, y muy pronto fueron envueltas en el torbellino huracanado. Anocheca, y las breves horas de aquel da de diciembre, que no alumbraban los vivos colores de la puesta del sol, terminaban rpidamente. La temperatura era fra por dems y en el aire giraban densos copos de nieve. La inexperiencia, y sobre todo los bros de la juventud, daban a las muchachas resolucin; pero osaron atravesar el campo por un atajo para evitar los recodos de la calle Mayor, y la risa expir en sus labios y las lgrimas comenzaron a apuntar en los ojos de Carolina. Retrocedieron, y al llegar al camino, estaban abrumadas de fatiga. --Volvmonos--dijo Carolina. --No nos sera posible ya atravesar otra vez el campo--dijo Adelaida. --Parmonos, pues, en la primera casa--repuso aquella. --La primera casa--dijo Adelaida, mirando a travs de la naciente oscuridad,--es del squire Robinson--dijo y ech a Carolina una mirada picaresca que hasta en su inquietud y miedo hizo que las mejillas de la nia se tieran de carmn. --Eso es! S--dijo Catalina irnicamente,--por supuesto, detengmonos en casa del squire, y nos convidar a cenar, y luego nos llevar a casa en coche tu querido amigo Enrique, con formales excusas del seor Robinson, suplicando que por esta vez se nos perdone. No--prosigui Catalina con repentina energa,--eso puede que te plazca a ti; pero yo me vuelvo como he venido, por la ventana, o bien me quedo en este mismo lugar. Y cay repentinamente sobre Carolina, que lloraba sobre un montn de nieve, y la sacudi con fuerza. --Luego dormirs. Chito! Callemos! qu es eso? Se oan los cascabeles de unas colleras y en la oscuridad vena hacia ellas un trineo con un solo conductor. --Escondmonos, chicas: si es alguien que nos conozca, estamos perdidas. Afortunadamente, no lo era, y antes de que pudiesen poner por obra su pensamiento, una voz desconocida a sus odos, pero bondadosa y de agradable timbre, pregunt si poda serles til en alguna cosa. Era un hombre envuelto en una hermosa capa de piel de foca, cubierta la cabeza por una gorra de la misma piel, y con la cara medio tapada por una bufanda tambin de pieles, dejaba ver solamente unos largos bigotes y dos ojos negros de gran viveza. --Es un hijo del viejo San Nicols--dijo en voz baja Adelaida. Las muchachas, conversando en voz natural, recostadas en el trineo, recobraron su anterior tranquilidad. --A dnde voy a llevar a ustedes?--dijo tranquilamente el incgnito sujeto. Hubo, entre ellas, una rpida consulta, y por fin, Catalina dijo con decisin: --Al Instituto Crammer. Ascendieron en silencio la cuesta hasta que el largo y asctico edificio se destac ante ellas. El desconocido tir repentinamente de las riendas y pregunt: --Por dnde entran ustedes? Ustedes saben el camino mejor que yo. --Por la ventana posterior--dijo Catalina con repentina y asombrosa franqueza. --Ya comprendo!--contest el extrao gua sin inmutarse. Y apendose al momento, quit de los caballos los sonoros cascabeles. --Ahora podemos aproximarnos tanto como ustedes quieran--aadi a modo de explicacin. --Seguramente es un hijo de San Nicols--dijo en voz baja Adelaida,--no podramos pedirle noticias de su padre? --Silencio!--dijo Catalina con decisin,--puede que sea un ngel. Y con deliciosa incoherencia perfectamente comprendida por su femenil auditorio, prosigui: --Estamos hechas tres visiones. Saltaron cautelosamente los cercados y finalmente pararon a pocos pies de distancia de un sombro muro. El desconocido ayudolas a apearse. La confusa y escasa luz de poniente reverberaba en la nieve, y a medida que el gua presentaba la mano a sus bonitas compaeras, cada una de stas se vea sometida a un examen detenido, aunque respetuoso. Revestido de la mayor gravedad, ayudolas a abrir la ventana, retirndose luego discretamente al trineo hasta que termin el difcil y un si es no es descompuesto acceso al interior. Despus volvi hasta la ventana. --Gracias: buenas noches--murmuraron las nias a un tiempo. Una de las tres figuras permaneca an en la ventana, y el desconocido inclinose sobre el pretil. --Permtame que encienda aqu este cigarrillo, pues la luz del fsforo ah fuera podra llamar la atencin? Con la ayuda de esta luz pudo ver a Catalina bonitamente encuadrada en la ventana. Consumiose la cerilla lentamente entre sus dedos, y una sonrisa picaresca asom en los labios de Catalina. La astuta joven haba comprendido tan pobre subterfugio. De qu le haba de valer, pues, el ser primera en su clase, y para qu si no, habran sus padres satisfecho la matrcula durante tres aos consecutivos? Al da siguiente la tempestad haba cesado, y el sol resplandeca vivo y alegre en la sala de estudio, cuando Catalina de Corlear, que tena su sitio junto a la ventana, llevose patticamente la mano al corazn y se dej caer sobre el hombro de su vecina Carolina, simulando un repentino desvanecimiento. --Est aqu--suspir. --Quin?--pregunt con inters Carolina, que no comprenda nunca claramente cundo Catalina hablaba formal. --Quin? Pues el hombre que nos salv anoche! Acabo de verle hace un instante llegar a la puerta. Calla: dentro de un momento estar mejor. Y la hipcrita se pas patticamente la mano por la frente con ademn trgico. --Qu es lo que querr?--pregunt Carolina con curiosidad cada vez ms acentuada. --Pregntaselo--dijo Catalina en tono despreocupado.--Quiz poner en el colegio a sus cinco hijas. Tal vez quiera perfeccionar la educacin de su mujer y ponerla en guardia contra nosotras. --Pues chica, no parece viejo, y menos casado--contest Adelaida doctrinalmente. --Pobre muchacha! Eso nada significa!--contest la escptica Catalina.--No puede una nunca decir nada de estos hombres... Son tan falsos! Adems, yo siempre tengo tan mala fortuna. --Pues... Catalina!--comenz Carolina. --Silencio! La seora va a decir algo--dijo Catalina, con una sonrisa. --Las educandas harn el favor de prestar atencin--dijo pausadamente una voz indolente.--En el locutorio preguntan por la seorita Carolina Galba. Don Juan Prncipe, nombre estampado en la tarjeta y en varias cartas y credenciales sometidas al Reverendo seor Crammer, se paseaba impaciente por el severo aposento designado oficialmente con el nombre de sala de recepcin, y privadamente entre las alumnas con el de purgatorio. Con escrutadora mirada examinaba los rgidos detalles de la sala, desde el pulimentado calorfero de vapor parecido a un enorme soda-cracker barnizado, que calentaba un extremo del cuarto, hasta el busto monumental del doctor Crammer, que daba escalofros en el opuesto, desde el padrenuestro dibujado por un ex maestro de caligrafa, con tal variedad de elegantes rasgos de escritura, que disminua notablemente el valor de la composicin, hasta tres vistas de la poblacin, tomadas del natural desde el Instituto, por el profesor de dibujo, y que nadie hubiese sido capaz de reconocer; desde dos citas ilustradas del Antiguo Testamento, escritas en letra inglesa, tan horriblemente remotas que helaban todo humano inters, hasta una gran fotografa de la clase superior, en la cual las nias ms bonitas tenan el color etipico, sentadas, al parecer, unas sobre las cabezas y hombros de las otras. Hoje maquinalmente las pginas de catlogos escolares, los _Sermones_ del doctor Crammer, los _Poemas_ de Henry Kirke White, las _Leyendas del Santuario_ y _Vidas de mujeres clebres_; su ya viva imaginacin, nerviosamente acrecentada por su situacin especial, le represent las tiernas reuniones y conmovedoras despedidas que deban haber tenido lugar all, y extraose de que el aposento no guardara algo que pudiese expresar tales humanos sentimientos, y hasta haba olvidado casi el objeto de su visita, cuando se abri la puerta para dejar paso a Carolina Galba. El rostro del visitante que haba vislumbrado la noche anterior, le pareci ms bonito an de lo que le haba parecido entonces, y sin embargo, estaba como desorientado o descontento, aun cuando no poda esperar encontrarse con tan bella criatura. Conservaba su abundante y ondulado cabello el tinte dorado metlico de antes; su color, de extraa delicadeza como el de una flor, y sus ojos, castaos del color de algas marinas en aguas profundas. No era, pues, su belleza la que le desilusionaba. Carolina se encontraba, por su parte, como violenta, sin ser tan impresionable como l. Ante s tena a uno de estos hombres a quien su sexo califica en trminos vagos de simpticos, esto es, correcto en todos los superficiales accesorios de moda, vestido, ademanes y de figura agradable. Sin embargo, haba en l una distincin excepcional; no se pareca a nadie que ella pudiera recordar, y como la originalidad suele tan a menudo asustar a las gentes como atraerlas, no se sinti predispuesta en su favor. --No puedo apenas esperar--principi en amable tono,--que me recuerde usted. Hace once aos era una nia muy pequea. Tal vez ni siquiera pueda reivindicar en mi favor el haber disfrutado de la familiaridad que poda existir entre una nia de seis aos y un joven de veintiuno. Creo que no era muy amigo de los nios. Sin embargo, conoc muy bien a su madre, pues cuando ella le llev a San Francisco era yo editor de _El Alud_ en Fiddletown. --Quiere usted decir mi madrastra; ya sabe usted que no era mi madre--interpuso Carolina con viveza. --Quise decir su madrastra--dijo gravemente.--Nunca he tenido el gusto de encontrarme con su madre de usted. --No; hace doce aos que mam no ha estado en California. El tono de aquel ttulo y la distincin que estableca era tan intencionado, que principi a interesar a Prncipe, despus que se hubo repuesto de su primera sorpresa. --Perfectamente, pero como ahora vengo de parte de su madrastra--prosigui sonriendo,--tengo que rogarle que por algunos momentos vuelva a aquel punto de partida. Su seora madre, digo, su madrastra, reconoci que su madre, la primera Galba, era legal y moralmente su tutora, y aunque muy a pesar de sus inclinaciones y afectos, la coloc de nuevo bajo la tutela de aqulla. --Mi madrastra se volvi a casar antes de cumplir el mes de la muerte de mi padre, y me envi a casa--dijo Carolina, alzando ligeramente la cabeza y con mucha intencin. El seor Prncipe sonriose tan dulcemente, y al parecer con tanta simpata, que principi a gustar a Carolina. Sin contestar a la interrupcin, prosigui: --Una vez realizado este acto de simple justicia, pusironse de acuerdo su madre y su madrastra para costear los gastos de su educacin hasta que cumpliese diez y ocho aos, poca en que deber usted elegir cul de las dos ha de ser en adelante su tutora. Me parece que a la sazn se le comunic a usted todo eso y que por lo tanto tiene reconocimiento del citado convenio. Entonces, yo no era ms que una criatura--dijo Carolina. --Ciertamente--dijo el seor Prncipe, con la misma sonrisa.--Con todo, me parece que las condiciones jams han sido molestas a usted ni a su seora madre, y la nica vez que quiz le causen alguna inquietud, ser cuando llegue a decidir en la eleccin de su tutora, lo cual ser al cumplir los diez y ocho aos... creo que el da 20 del mes corriente. Carolina permaneci en silencio. --Sentira creyese que he venido aqu para conocer su decisin, aun cuando est hecha ya. Tan slo he venido a manifestarle que su madrastra, la seora de Ponce, estar maana en la ciudad y pasar algunos das en ella. Si es su deseo verla antes de decidir, ella se alegrar de poder estrecharla en sus brazos, sin que ello implique la ms remota intencin de influir en su decisin, libre de todo punto. --Sabe madre que ella viene?--dijo apresuradamente Carolina. --No podra contestarlo--dijo Prncipe gravemente.--Slo s que si ve usted a la seora de Ponce ser con permiso de su madre, pues ella sabr respetar sagradamente esta parte del convenio hecho hace ocho aos. Su salud es muy delicada, y el cambio de aires y quietud del campo durante unos das le sern altamente beneficiosos. Prncipe pos la mirada de sus vivos y penetrantes ojos sobre la joven, y contuvo el aliento hasta que ella anunci: --Madre llegar hoy o maana. --Ah!--dijo Prncipe con dulce y lnguida sonrisa. --El coronel Roberto est aqu tambin?--pregunt Carolina despus de una pausa. --El coronel Roberto ha muerto; por segunda vez ha enviudado su madre. --Muerto!--repiti Carolina. --S--contest Prncipe,--su madrastra ha tenido la singular desgracia de sobrevivir a sus afectos ms caros. No pareci comprenderlo Carolina, pero Prncipe, sin dar explicaciones, se sonri con dulzura. Dos lgrimas temblaron al poco rato en los prpados de Carolina. El seor Prncipe aproxim su silla hacia ella dulcemente. --Temo--dijo con extrao brillo en su mirada y retorciendo las guas de su bigote,--temo que se preocupa usted demasiado del asunto. Pasarn algunos das antes que se le pida una resolucin. Hablemos de otra cosa; supongo que no se resfri ayer noche. El rostro de Carolina adquiri con una sonrisa su gracia peculiar. --Le pareceramos sin duda tan alocadas!... Y dmosle tanta molestia!... --En manera alguna, se lo aseguro. Mis sentimientos de las conveniencias sociales--aadi con gazmoera,--se hubieran alarmado quiz con cierta justicia si me hubiesen propuesto que ayudara a tres seoritas a salir de noche por la ventana de la clase, pero ya que se trataba de entrar nuevamente en ella... Son con fuerza la campanilla de la puerta de entrada y el seor Prncipe se puso en pie. --En fin; tmese todo el tiempo que necesite, y reflexione bien antes de resolver. Sin embargo, el odo y la atencin de Carolina estaban fijos en las voces que sonaban en la entrada. De repente, se abri la puerta y el criado anunci: --La seora Galba y el seor Robinson. V Don Juan Prncipe se diriga a travs de los arrabales del pueblo hacia el hotel, mientras el tren de la tarde lanzaba en un silbido su habitual e indignada protesta al tener que pararse en Gnova. Estaba fatigado y de mal humor: un paseo de una docena de millas en coche a travs de los pueblos circunvecinos nada pintorescos, y por entre pequeas y econmicas casas de labranza y otros edificios del campo que molestaban su delicado gusto, haba dejado a este caballero en un psimo estado de nimo. Habra incluso evitado a su taciturno posadero a no acecharle en la entrada misma del hotel. --Hay una seora en la sala que le est esperando. Apresurose Prncipe a subir la escalera, y al entrar en el cuarto, la seora de Ponce vol a su encuentro. A decir verdad, habase desmejorado mucho en los ltimos diez aos. Su arrogante talle habase reducido; las seductoras curvas de su busto y espaldas estaban quebradas o perdidas; el brazo, antes lleno de plasticidad, encogase en su manga, y los brazaletes de oro que cercaban sus nveas muecas casi se le escurrieron de las manos, cuando sus largos y huesosos dedos sacudieron convulsivamente las manos de Juan. Pintaba sus mejillas el abrasado calor de la fiebre; sus brillantes ojos an eran hermosos, su boca sonrea dulcemente an, pero en los hoyos de aquellas mejillas demacradas estaban sepultados los graciosos hoyuelos de antao y los labios se entreabran para facilitar la respiracin fatigosa exponiendo los blancos dientes, ms an de lo que acostumbraba hacerlo en tiempos ya lejanos. La aureola de su rubio cabello persista an; era ms fino, ms etreo y sedoso, pero, a pesar de su abundancia, no ocultaba los huecos de las sienes cruzadas de azules venas. --Clara--dijo Juan en tono de reproche. --Te ruego me perdones, Juan!--dijo, dejndose caer en una silla, pero asida an de su mano,--perdname, amigo mo, pero ya no poda aguardar ms; me hubiera muerto. Juan, muerto sin que acabaran estos das. Te pido conmigo un poco ms de paciencia; no va a ser largo, pero deja que me quede aqu. S que no debo verla, no le hablar; pero es tan dulce sentir que por fin estoy cerca de ella, que estoy respirando el mismo aire que mi amada... Me siento mejor ya, Juan, te lo aseguro. Y la has visto hoy? Qu tal estaba? Qu dijo? Dmelo todo, todo, Juan. Estaba hermosa? Dicen que lo es. Ha crecido mucho? La hubieras reconocido?... Vendr, Juan? Acaso ha estado ya aqu; quiz... Se haba puesto de pie, excitada, trmula y miraba hacia la puerta de entrada. --Acaso est aqu ahora. Por qu no hablas, Juan? Por Dios! Explcate. Unos penetrantes ojos se fijaron vivamente en ella, con una ternura que quiz ella sola era capaz de comprender. --Amiga Clara--dijo afectando alegra,--tranquilzate. El cansancio te ha rendido y la excitacin del viaje te ha puesto en un estado lamentable. He visto a Carolina; est buena y hermosa. Por ahora, esto es bastante. El grave tono y suave firmeza con que subray estas palabras la sosegaron, como a menudo lo haca en otros tiempos. Acariciando su delgada mano, dijo despus de un corto intervalo: --Te ha escrito alguna vez Carolina? --S, en dos ocasiones, dndome las gracias por algunos presentes; no eran ms que cartas de colegiala--- aadi impaciente, contestando a la interrogadora mirada de Juan Prncipe. --Ha llegado alguna vez a saber tus penas? Tus aprietos, los sacrificios que hiciste para pagar sus cuentas, que empeaste alhajas y la ropa... --No, no!--interrumpi rpidamente aqulla.--No! Cmo poda saberlo? No tengo enemigo bastante cruel para haberle hecho estas revelaciones. --Pero si ella lo hubiese sabido por algn conducto? Si Carolina pensase que eres pobre para mantenerla, podra influir en su decisin. Los espritus jvenes gustan de la posicin que da el dinero. Quiz tenga amigos ricos... puede que un amante... A estas palabras, la seora de Ponce se estremeci. --Pero--dijo ella con vehemencia, asiendo la mano de Juan,--cuando me encontraste enferma y sin recursos en Sacramento; cuando... Dios te bendiga por ello, Juan! me ofreciste tu apoyo para venir a Oriente, dijiste que sabas algo, que tenas algn plan, que poda hacernos a Carolina y a m independientes. --Es verdad--dijo Juan, precipitadamente,--pero antes quiero que te pongas fuerte y buena, y ahora que ests ms tranquila, quiero contarte fielmente mi entrevista con ella. Y empez Prncipe a describir la ya narrada entrevista, con singular acierto y discrecin que haran palidecer mi propio relato sobre aquella escena. Sin omitir una palabra ni un detalle sin suprimir un slo incidente, logr cubrir con potico velo aquel prosaico episodio, hizo lo posible para rodear a la herona de conmovedora atmsfera, que, aunque no del todo falsa, dejaba entrever, no obstante, el genio que diez aos antes haca a la vez interesantes e instructivas las columnas de _El Alud_ de Fiddletown. Tan slo cuando vio el encendido color y not la entrecortada respiracin de su ansiosa oyente, sinti una repentina punzada de remordimiento, murmurando entre sus apretados dientes: --Dios la ayude y me perdone! Pero, cmo es posible que yo se lo diga todo ahora? Aquella noche, al apoyar la seora de Ponce su cansada cabeza sobre la almohada, trat de imaginarse a Carolina durmiendo en aquel momento tranquilamente en la gran casa-colegio de la colina, y a la sola idea de que la tena tan cerca senta la infeliz pecadora inefable consuelo. Pero en aquel momento estaba Carolina inestablemente sentada en el borde de su cama; semidesnuda, y con un gracioso mohn en sus bonitos labios, enroscaba entre los dedos sus largos rizos leonados, mientras que su compaera, Catalina de Corlear, dramticamente embozada en un largo cubrecama blanco, con su altiva nariz latiendo de indignacin y sus negros ojos chispeantes, dominaba sobre ella como un enojado duende. Aquella noche haba Carolina confiado sus desdichas e historia a Catalina, y esta excntrica seorita, en lugar de prodigarle los consuelos de la amistad, mostrbase vehemente, indignada contra la indecisin de Carolina, y defenda las pretensiones de la seora de Ponce del modo ms entusiasta y convincente. --Ya ves, si la mitad de lo que me dices es verdad, tu madre y estos Robinson te estn convirtiendo no slo en una cobarde, sino en una ingrata mujer. Vaya que respetabilidad! Mira, mi familia data de algunos siglos antes que los Galba, pero si mi familia me hubiese tratado alguna vez de esta manera y me hubiese pedido luego que volviera la espalda a mi mejor amiga, me llamara andana. Y Catalina castaete los dedos, frunci sus negras cejas, y ech miradas de indignacin alrededor del dormitorio, como buscando algn cobarde en sus antepasados de Corlear. --T hablas as, porque te ha cado en gracia ese seor Prncipe--dijo Carolina. Segn posterior manifestacin de Catalina, empleando los ordinarios modismos de actualidad que haban penetrado hasta los virginales claustros del Instituto Crammer, aqul desde luego la embisti. Catalina, sacudiendo altivamente la cabeza, echose sobre el hombro su abundosa cabellera de azabache, dej caer una punta del cubrecama a manera de tnica vestal, y avanz hacia Carolina a trgicas y exageradas zancadas. --Y aunque as fuese, amiga? Que si s distinguir a primera vista un caballero? Que si acierto a saber que entre un millar de entes tradicionales, cortados por un mismo patrn, incorrectas ediciones de sus abuelos como Enrique Robinson, por ejemplo, no encontraras un solo caballero original, independiente, individualizado como tu Prncipe!... Acurdate, amiga, y ruega al cielo que realmente sea de veras tu Prncipe! Impetra del santo cielo que te d un corazn contrito y reconocido, y da gracias al Seor por haberte enviado una amiga como Catalina de Corlear. Con todo, despus de esta imponente y dramtica salida, rpida como un relmpago, asi la cabeza de Carolina, la bes entre las cejas y se retir. El da siguiente fue muy triste para Juan Prncipe. Estaba convencido en el fondo de su alma de que no conseguira nada de Carolina. Sin embargo, era tarea dura y difcil ocultar esta conviccin a la seora de Ponce, y alentar su sencilla esperanza con aparente optimismo y firmeza. Hubiera querido distraer su imaginacin llevndola a dar un largo paseo en coche, pero ella tema que Carolina viniera durante su ausencia, y sus fuerzas decaan con rapidez. Cada vez que la miraba, se persuada de que la decepcin que la amenazaba extinguira la escasa vida que lata en su debilitado organismo. Comenz a dudar de la eficacia y prudencia de sus gestiones; recapitul los incidentes de su entrevista con Carolina, y casi atribuy el mal xito a su propia torpeza. No obstante, la seora de Ponce esperaba tan paciente y confiada, que lleg a quebrantar los presentimientos de Prncipe. Cuando el estado de la infeliz lo permiti, la llevaron, reclinada en una silla, al lado de la ventana, desde donde poda ver el colegio y la entrada del hotel. Trazaba a menudo agradables planes para el porvenir, en un imaginario hogar campestre. Incluso pareca que el pueblo le haba cado en gracia; pero es de notar que el porvenir que bosquejaba era tranquilo y apacible. Crea que pronto estara buena, deca que estaba ya mucho mejor, aunque acaso tardara en encontrarse otra vez fuerte del todo. Sola proseguir de esta manera en voz baja hasta que Juan se echaba como un loco por la escalera abajo, y entrando en la sala comn peda licores que no beba, encenda cigarros que no fumaba, hablaba con hombres a quienes no escuchaba, y su conducta era, en una palabra, la que es propia del sexo fuerte en perodos de prueba y de tribulacin. Termin el da con el cielo encapotado y un viento penetrante y fro por dems. Algunos copos de nieve caan pausadamente. La seora de Ponce estaba an tranquila y confiada, y cuando Prncipe hizo correr su silln desde la ventana hasta el fuego, le explic que como el ao escolar terminaba, probablemente retenan a Carolina sus lecciones, y que no poda dejar el colegio ms que por la noche, una vez terminadas aqullas. As es que permaneci levantada la mayor parte de la velada entretenida en adornarse y en peinar su sedoso cabello, tan bien como lo permita su triste estado, para recibir dignamente a la suspirada visita. --No he de dar miedo a la nia, Juan--deca como excusndose y con resabios de su antigua coquetera. Transcurrido algn tiempo, recibi Juan un recado del posadero, diciendo que el mdico deseaba verlo abajo un momento. Al entrar en el mal iluminado saln, Juan observ la figura embozada de una mujer cerca del hogar y disponase a retirarse, cuando una voz, que recordaba muy agradablemente, exclam: --Oh! no hay cuidado! El mdico soy yo. Y esto diciendo, se ech el capuchn hacia atrs, y Prncipe vio el negro cabello y los atrevidos ojos de Catalina de Corlear. --No quiera usted inquirir ms. Yo soy el mdico, y he aqu mi receta. Y seal a Carolina que temblorosa y sollozando se acurrucaba en un ngulo del aposento. --Debo tomarla inmediatamente! --Pero, es que su madre ha dado ya el permiso? --No tal; si yo comprendo los sentimientos de aquella seora!--contest Catalina con resolucin. Pues entonces, cmo se han escapado ustedes?--pregunt Prncipe gravemente. --Por la ventana. Cuando Prncipe hubo dejado a Carolina en brazos de su madrastra, volvi a la sala. --Y bien?--pregunt Catalina. --Se queda; tambin espero que esta noche nos dispensar el honor de quedarse con nosotros. --Como no cumplir diez y ocho aos ni ser duea de m misma el da veinte, y como no tengo una madrastra enferma, no es de razn que me quede. --Me permitir entonces que la acompae otra vez hasta la ventana del Instituto? Al volver media hora ms tarde, Prncipe encontr a Carolina sentada en un taburete a los pies de la seora de Ponce. Con la cabeza sepultada en la falda de su madrastra, y sollozando, se haba dormido. La seora de Ponce llev un dedo a sus labios. --No te dije que vendra? Dios te bendiga, Juan. Buenas noches. Al da siguiente la seora de Federico, acompaada del Reverendo Asa Crammer, director del Instituto, y de don Jos Robinson, personas respetables en extremo, se present indignada a Prncipe, teniendo lugar una borrascosa entrevista para reclamar a Carolina. --No, no podemos permitir en manera alguna tal intervencin--deca la seora de Federico, mujer vestida a la moda y de dudosa apariencia.--El trmino de nuestro convenio no ha llegado an, y en las actuales circunstancias no estamos dispuestos a dispensar de sus condiciones a la de Ponce. --La seorita Galba debe sujetarse al reglamento y disciplina del Instituto, hasta que salga oficialmente de l. --Esta conducta puede daar el porvenir y comprometer la situacin de la educanda en la sociedad--indic el seor Robinson. Fue en vano que Prncipe expusiera el estado de la seora de Ponce, que no tena complicidad alguna en la fuga de Carolina, que la accin de sta era perdonable y natural, y que podan tener la seguridad de que se someteran a su expontnea decisin. Despus, subindole la sangre a las mejillas, y con desdeosa mirada, pero con singular sangre fra, aadi: --Permtame dos palabras ms. Tengo el deber de informarles de una circunstancia que seguramente me justificara, como albacea del finado Galba para rechazar sus pretensiones. Unos meses despus de la muerte del seor Galba, un chino que ste haba tenido a su servicio, descubri que tena hecho un testamento, que se descubri ms tarde entre su documentacin. El valor insignificante del legado, en su mayora de terrenos, en aquel entonces escaso de valor, impidi a sus ejecutores testamentarios llevar a cabo su voluntad, y aun abrir y hacer pblico el testamento con las frmulas prescritas por las leyes, hasta hace cosa de dos o tres aos, cuando el valor de la propiedad hubo ya aumentado considerablemente. Las disposiciones de aquel legado son sencillas, pero terminantes. Los bienes de Galba quedan divididos entre Carolina y su madrastra, con la explcita condicin de que sta ltima sea su tutor legal, provea a su educacin y substituya y haga las veces de padre en todo lo que sea del caso. --Y cul es el valor de ese legado?--pregunt Robinson. --No puedo decirlo exactamente; pero se acerca a medio milln--repuso Prncipe. --Si es as, debo declarar que la conducta de la seora Ponce es tan honrada como justificada--contest el seor Robinson. --No ser yo quien se atreva a oponer dudas ni obstculos al cumplimiento de las intenciones de mi difunto marido--aadi la de Galba. Y la entrevista se termin. Al comunicarse el resultado de aqulla a la seora de Ponce, llev sta la mano de Juan a sus enjutos labios. --Nada puedes aadir a mi felicidad presente, Juan; pero, dime, por qu se lo ocultaste a Carolina? Juan se sonri en silencio. Al cabo de una semana terminaron las formalidades legales necesarias, y Carolina fue devuelta a su madrastra. A propuesta de la enferma, arrendaron una casita en los arrabales de la poblacin, para esperar all la primavera que lleg tarde aquel ao, y la convalecencia de la seora de Ponce que no vino jams. No obstante, era paciente y dichosa. Le gustaba observar cmo retoaban ms all de su ventana los rboles desconocidos para ella en California, y preguntar a Carolina sus nombres y sus frutos. Proyectaba an para el verano largos paseos con Carolina a travs de los frondosos bosques, cuyas grises y secas filas podan verse desde la casita. Quiso escribir una poesa a ellos dedicada; uno de los miembros de esta improvisada familia conserva de ella un cantar alegre, puro y sencillo; como un eco del pitirrojo que la llamaba desde la ventana al nacer el alba. Luego, sin transicin, se extendi sobre el cielo un da sereno, msticamente suave, somnoliento y bello; palpitante como si revoloteara en el aire la vida con alas invisibles; la Naturaleza despertaba a una exuberante resurreccin. Y a la pobre enferma la sentaron al aire libre, postrada bajo aquel sol glorioso que lo doraba todo con sus rayos. All estuvo tendida por largo tiempo en dulce y apacible beatitud. Un da, cansada Carolina de velar, se haba dormido a su lado, y los delgados dedos de la seora de Ponce se posaban sobre su cabeza como en tierna bendicin. A poco, llam a Juan. --Quin ha venido hace poco?--dijo en voz apenas perceptible. --La seorita de Corlear--dijo Juan, contestando a la mirada de sus hundidas pupilas. --Juan--dijo despus de una pausa,--querido Juan; sintate a mi lado un momento; tengo que decirte algo. Si en pasados das te he parecido alguna vez dura o fra o coqueta, era porque te amaba, Juan; te amaba demasiado para comprometer tu porvenir, encadenndolo con el mo ya caduco. Siempre te am, querido Juan, hasta cuando pareca menos digna de ti. Todo aquello pas ya, pero he tenido hace poco un sueo, Juan, he soado con una mujer, en quien encontraras lo que a m me faltaba--y mir amorosamente al tierno capullo que dorma a su lado,--y que amaras como me has amado. No es verdad? Y le clav sus ojos, que despedan un postrer destello de luz. Juan le estrech la mano, pero no contest. Despus de algunos momentos de silencio, aadi: --Acaso aciertes en tu eleccin. Es buena muchacha, Juan... aunque un poco atrevida. Y no dijo ms. El ltimo rastro de vida se desprendi de aquella cabeza dbil, loca y apasionada. Una mariposa que se haba posado en su pecho vol, y la mano que apartaron de la cabeza de Carolina, cay a su lado, inerte. DE-HINCH, EL IDLATRA Al abrir la carta de Hop-Sing, revolote hacia el suelo una tira de papel amarillo, que a primera vista me figur cndidamente que sera la etiqueta de un paquete de sorpresas chinas, tantas eran las figuras y jeroglficos que contena. Haba tambin en su interior una tira ms pequea de papel de arroz con dos caracteres exticos, trazados con tinta china, en los que reconoc inmediatamente la tarjeta de visita de Hop-Sing. La traduccin de todo aquello era la siguiente: Las puertas de mi casa no estn cerradas para el forastero; el jarrn de arroz est a la izquierda y los dulces a la derecha de la entrada. El maestro dio estas dos sentencias: La hospitalidad es la virtud del hijo y la sabidura de los padres. El cuerdo es tierno de corazn; despus de recogida la cosecha, celebra una fiesta. Si ves al forastero en tu cercado de melones, no le observes muy de cerca; dejar de atender es, a menudo, la ms alta forma de sabidura. Felicidad, paz y prosperidad.--_Hop-Sing._ Me veo obligado a confesar que, despus de una traduccin muy libre, me encontr en grave aprieto para llevar a inmediata ejecucin el mensaje que se me diriga. Por sabios y juiciosos que fuesen los citados adagios, me qued, como vulgarmente se dice, en ayunas, respecto a lo que quera indicarme Hop-Sing, el ms sombro de todos los humoristas, como buen filsofo chino. Por fortuna, descubr un tercer papel, doblado en forma de esquela, conteniendo algunas palabras en ingls, escritas con letra corrida de Hop-Sing. Decan: Espera que honrar usted con su asistencia el nmero... de la calle de Sacramento, el viernes prximo a las ocho de la noche.--_Hop-Sing._ Una taza de te a las nueve en punto. Eso me dio la clave de todo. Se trataba de una visita al almacn de Hop-Sing, la apertura y exposicin de algunas raras curiosidades y novedades chinas, una sesin en el despacho posterior de la casa, una taza de te, de bondad desconocida fuera de estos sagrados lugares, cigarros y una visita al teatro o templo budhista. En efecto, ste era el programa favorito de Hop-Sing, cuando estaba en el ejercicio de su hospitalidad, como agente principal o superintendente de la Compaa Ning-Fu. El da prefijado y a las ocho en punto entraba en el almacn de Hop-Sing. La casa estaba embalsamada de ese misterioso olor, agradable e indefinible, de los gneros extranjeros; vease all la acostumbrada exposicin de objetos de apariencia rara, la interminable procesin de lozas y porcelanas, la caprichosa hermandad de lo grotesco y de lo matemticamente acabado y exacto, las manifestaciones sin fin de la frivolidad frgil; la falta de armona cromtica, cada cosa con su coloracin extraa y peculiar. Enormes cometas en forma de dragones y gigantescas mariposas; otras tan ingeniosamente dispuestas, que a intervalos lanzaban, al entrar de cara al viento, el grito del halcn; algunas tan grandes que era imposible que ningn muchacho pudiera dominarlas, tan grandes que hacan comprender el por qu en China echar los cometas es una diversin para los mayores; mitologa de porcelana y bronce tan desastrosamente fea que, por la misma imposibilidad de serlo, no despertaban ni simpata humana ni sentimiento alguno de piedad; jarros de dulce cubiertos completamente por pensamientos morales de Buda y de Confucio; sombreros que se parecan a cestos, y cestos que se parecan a sombreros; sedas tan tenues y delicadas que no me atrevo a decir el increble nmero de yardas cuadradas que podran atravesar a la vez un anillo infantil. Estos y muchos otros objetos indescriptibles me eran conocidos. Prosegu mi camino a travs del almacn parcamente alumbrado, hasta llegar al despacho posterior o saln, donde encontr a Hop-Sing que me recibi con su afabilidad peculiar. No entrar en su descripcin sin que el lector ilustrado deseche de su mente toda suerte de ideas que acerca de los chinos pueda haber adquirido en obras y representaciones tendenciosas. No vesta sus piernas con festoneados calzoncillos llenos de campanillas, jams he encontrado un chino que los llevase, no adelantaba constantemente su dedo ndice extendido en ngulo recto con el cuerpo, ni siquiera lo he odo jams proferir la misteriosa frase _Ching a ring a ring chaw_, ni bailaba como aqullos a la ms leve indicacin. Ms bien era, en conjunto, un caballero grave, decoroso y de toda respetabilidad. Su color, que se extenda por toda la cabeza hasta su larga trenza, se pareca al de un hermossimo papel agarbanzado y lustroso, y eran sus ojos negros y penetrantes. Tena nariz recta y delicadamente formada, la boca pequea, los dientes menudos y limpios, y cejas inclinadas en ngulo de quince grados. Su vestido caracterstico era una blusa de seda azul oscuro, y para la calle, en das fros, una corta chaqueta de piel de Astrakn. En las piernas no llevaba ms que unas polainas de brocado azul estrechamente ceidas a las pantorrillas y tobillos; hubirase dicho que aquella maana se le haba olvidado ponerse los pantalones, pero eran tan seoriles sus modales, que disimulaban por completo la pretendida falta de aqullos. Aunque de gravedad espartana, era persona fina y hablaba con facilidad el ingls y el francs. En suma, dudo que hubieran ustedes podido encontrar a otro igual a este tendero pagano entre los cristianos de su clase en San Francisco. Algunas personas ms haba all. Un juez de la Audiencia Federal, un oficial superior del Gobierno, un rico comerciante y un editor. Luego que hubimos bebido nuestro te y probado algunos dulces de un artstico jarrn, Hop-Sing se levant, y haciendo gravemente sea de que lo siguiramos, indconos que bajsemos al stano con l. Una vez all, nos sorprendi verlo brillantemente iluminado y con algunas sillas dispuestas en crculo sobre el liso pavimento. Despus que nos hubo hecho sentar, dijo ceremoniosamente: --He invitado a ustedes a presenciar un espectculo que puedo asegurarles que jams extranjero alguno habr visto, fuera de ustedes. El prestidigitador de la corte, De-Hinch, lleg ayer maana. Nunca ha dado funcin fuera del palacio; sin embargo, le he pedido que divirtiera a mis amigos esta noche y ha accedido gustoso. Para sus juegos no necesita de teatro, tablas, accesorios, ni auxiliar alguno, sino slo de lo que aqu se ve. Reconozcan, seores, y examinen el terreno por s mismos. Como es natural, fuimos a examinar aquello. Era el piso bajo usual, o sea el de los stanos en los almacenes de San Francisco, asfaltado, para evitar la humedad. Golpeamos el pavimento con nuestros bastones y tanteamos las paredes para complacer a nuestro poltico husped, no por otro motivo, pues estbamos del todo conformes en ser vctimas de cualquier diestro manejo. De m se decir que me senta dispuesto a dejarme engaar, y si me hubiesen ofrecido una explicacin de lo que sigui, probablemente la hubiera excusado. Estoy convencido de que, en conjunto, la funcin de De-Hinch era la primera de su especie dada en tierra americana; sin embargo, como seguramente se habr hecho desde entonces tan familiar a alguno de mis lectores, creo no ser enojoso al insistir sobre ella. Empez por echar al vuelo, con ayuda de su abanico, un numeroso enjambre de mariposas, hechas a nuestra vista de pequeos pedacitos de papel de seda, y las mantuvo en el aire durante el resto de la sesin. Por cierto que el juez prob de agarrar una, que se haba parado en su rodilla, y escapsele con la ligereza de un lepidptero de verdad. Y al mismo tiempo De-Hinch, manejando todava su abanico, sacaba gallinas de sombreros, escamoteaba naranjas, extraa yardas de seda sin fin, de sus mangas, y llenaba la superficie del stano de gneros que brotaban misteriosamente del suelo, de su propio vestido, de la nada. Se trag cuchillos en menoscabo de su digestin por muchos aos venideros; descoyunt todos los miembros de su cuerpo y se recost en el aire, como descansando en el ter. Pero la suerte que coron la funcin, y que hasta ahora no he visto repetida, fue la ms sorprendente, fantstica y misteriosa. Es mi apologa por este largo prembulo, mi sola excusa para escribir esta narracin, el gnesis de este verdico relato. En un momento, despej el terreno de los objetos que estorbaban, y luego nos invit a todos a levantarnos y examinarlo nuevamente. Hicmoslo con gravedad; nada notamos sino el asfaltado pavimento. Despus pidi que le prestaran un pauelo, y como por casualidad me encontraba yo ms cerca de l le ofrec el mo. Tomolo en sus manos y extendiolo abierto en el suelo, despleg sobre l un gran cuadro de seda, y sobre ste, de nuevo, un gran chal, que cubra casi todo el terreno libre. Situose despus en uno de los vrtices de este rectngulo, y principi un canto montono, mecindose de aqu para all al comps de una lgubre meloda. Esperamos inmviles, y, dominando el canto, oamos las campanas de los relojes de la ciudad, y las sacudidas de un carro que rodaba por la calle sobre nuestras cabezas. La inquieta expectacin; la opaca y misteriosa media luz del stano, cernindose de una manera fantstica sobre el bulto disforme de una deidad china en el fondo; el somnoliento aroma del opio mezclado con el olor de especias y la incertidumbre de lo que realmente estbamos esperando, nos sobrecogan con estremecimientos de instintivo temor: nos mirbamos unos a otros con forzada sonrisa. El malestar lleg a su colmo cuando Hop-Sing, levantndose despacio, seal con el dedo el centro del chal, sin decir la menor palabra. Haba algo debajo del chal! Y algo que antes no estaba all; al principio, un imperceptible relieve, de contornos indefinidos, pero creciendo ms y ms distinto y visible a cada instante que pasaba. El canto continuaba an; el sudor comenzaba a correr por la cara del cantor; por momentos el escondido objeto iba adquiriendo forma y cuerpo, que elevaba el chal en su centro unas cuantas pulgadas del suelo. Era ya indudablemente el contorno de un pequeo pero perfecto cuerpo humano con los brazos y piernas abiertos. Palidecimos y nos sentamos inquietos; al fin, el editor rompi el silencio con un chiste que, por pobre que fuera, recibimos con espontnea alegra. Ces de repente el canto, y De-Hinch, con un rpido y diestro movimiento, arrebat chal y seda, y descubri, durmiendo pacficamente sobre mi pauelo, un diminuto arrapiezo. El estrepitoso aplauso que sigui a este descubrimiento debieron dejar satisfecho a De-Hinch, aun cuando era reducido su auditorio; por lo menos, fue bastante ruidoso para despertar a la criatura, un bonito nio de cosa de un ao de edad, que pareca una estatuita de Cupido. Fue arrebatado casi tan misteriosamente como haba aparecido. Cuando Hop-Sing me devolvi, con un saludo, mi pauelo, le pregunt si el prestidigitador era padre del tierno infante. --Quin sabe!--dijo el impasible Hop-Sing, recurriendo a esa frmula espaola de ambigedad tan comn en California. --Pero tiene una criatura nueva para cada funcin?--repuse. --Acaso! Quin sabe? --Pero qu ser de ste? --Lo que ustedes quieran, seores--replic Hop-Sing, haciendo una corts reverencia.--Naci aqu; ustedes son sus padrinos. Por aquella poca en que corra el ao 1856, dos particularidades caracterizaban a la sociedad californiana. Estar pronta a comprender una indirecta y manifestarse generosa hasta la prodigalidad en cualquier llamamiento altruista. Por srdido y avaro que el individuo fuera, no poda resistir tan imperiosa influencia. As es que dobl las puntas de mi pauelo convirtindolo en un saco, dej caer dentro una moneda, y, sin decir palabra, lo pas al juez, quien aadi sencillamente otra moneda de oro de veinte pesos y la pas a su vecino; cuando el pauelo volvi a mis manos contena una cantidad respetable que entregu inmediatamente a Hop-Sing. --Para el recin nacido, de parte de sus padrinos. --Pero qu nombre le daremos?--dijo el juez. Con un derroche de alusiva erudicin, hubo un tiroteo de Erebo, Nox, Platn, Terracota, Anteo, etc., etc. Por ltimo, dejamos que decidiera nuestro husped la cuestin. --No ha nacido de De-Hinch? Pues por qu no darle su propio nombre?--dijo tranquilamente. Y as se hizo. De este modo naci De-Hinch en esta verdica crnica, en la noche del viernes 5 de marzo de 1856. Acababa de entrar en prensa la ltima pgina de _La Estrella del Norte_ de 19 de julio de 1865, nica publicacin diaria editada en Klamath County, y a las tres de la maana dejaba yo a un lado mis manuscritos y pruebas, preparndome para irme a casa, cuando debajo de algunas hojas de papel que separaba, descubr una carta. No llevaba sello alguno de correo y el sobre estaba algo sucio, pero no me fue difcil reconocer la letra de Hop-Sing, mi antiguo amigo. Abrilo apresuradamente y le lo siguiente: Distinguido amigo: No s si el dador le convendr para el cargo de diablo en su diario; si esta plaza no es puramente del oficio, creo que rene todas las cualidades apetecibles. Es activo, listo e inteligente; comprende el ingls mejor que lo habla, y es capaz de compensar cualquier defecto con el hbito de observacin y su espritu imitativo. No hay ms que ensearle una vez cmo se hace una cosa y la repetir, sea buena o mala. Pero ya le conoce, usted es uno de sus padrinos; es De-Hinch, el hijo putativo del prestidigitador De-Hinch, a cuyas representaciones tuve el honor de invitarle; aunque quiz olvidado ya. Procurar mandarlo con una partida de _culis_ a Stocktown y de all por expreso a esa ciudad. Me har grandsimo favor si puede utilizarlo aqu y probablemente le salvar la vida, que en la actualidad est amenazada, gracias a los miembros ms jvenes de su cristiana y altamente civilizada raza, que asisten en San Francisco a los modernos e instructivos colegios. Est muy versado en el ejercicio de la profesin De-Hinch, que sigui por algunos aos, hasta que se hizo sobrado grande para entrar en la manga de su padre, o bailar en un sombrero. El dinero que tan generosamente le fue entregado lo he gastado en su educacin; ha ledo de cabo a rabo los Clsicos, pero creo que sin gran provecho: sabe poco de Lao-Ts y absolutamente nada de Confucio. Adems, por descuido de su padre, se asoci, tal vez demasiado, con nios americanos. Era mi intencin contestar antes por correo a su carta; pero he pensado que el mismo De-Hinch poda ser el portador de la misiva. Su amigo y respetuoso servidor, _Hop-Sing._ En tales trminos contest Hop-Sing a mi carta. Pero, dnde estaba el portador? Por qu arte misterioso fue entregada? Consult inmediatamente con el aprendiz, los impresores y el regente, pero no saqu nada en claro; nadie haba visto la carta, ni saba cosa alguna del que la trajo. Pocos das despus recib la visita de Ah-Ri, el lavandero. --Usted querer diablo? Bueno; yo tomar l. Momentos despus, volvi con un nio chino, listo en apariencia, cuyo aspecto inteligente me hizo tan buena impresin que lo contrat en seguida. Cuando estuvo cerrado el trato, le pregunt su nombre. --De-Hinch--dijo el muchacho. --Pero, eres t el nio enviado por Hop-Sing? Cmo diablos no has venido hasta ahora? Cmo has entregado la carta? De-Hinch me mir con una sonrisa. --Yo tirar parte arriba ventana. No lo comprenda. Me mir por un momento perplejo, y luego, arrancndome la carta de la mano se desliz rpidamente por la escalera. Al cabo de un momento, con gran sorpresa ma, la carta entr volando por la ventana, dio dos veces la vuelta por la habitacin y luego se pos suavemente como un pjaro sobre mi escritorio. No repuesto an de la sorpresa, De-Hinch reapareci, sonrindose, mir la carta, luego me mir a m, y exclam: --As, hombre. Y no aadi una palabra ms. Este fue su primer acto oficial. La hazaa que voy a relatar, siento tener que decirlo, no tuvo un xito igualmente placentero. Uno de nuestros habituales repartidores cay enfermo, y en el apuro se mand a De-Hinch que desempease interinamente sus funciones. Con objeto de evitar equivocaciones, la noche anterior le ensearon la ruta, y al amanecer le entregaron el nmero ordinario de ejemplares para repartir. Al cabo de una hora volvi de buen humor y sin los peridicos, diciendo que estaban ya todos en poder de los subscriptores. Pero, por desgracia para De-Hinch, a cosa de las ocho de la noche, empezaron a llegar a la redaccin subscriptores con indignada faz. Haban recibido sus ejemplares; pero, de qu modo? Pasando a travs del vidrio de las ventanas, en forma de balas de can fuertemente comprimidas, dndoles de lleno en la cara, como una pelota del juego de _football_ si por casualidad se encontraban asomados; por cuartas partes, metidas por ventanas distintas; incluso los haban encontrado en la chimenea, clavados contra la puerta, en las ventanas de las buhardillas, en los terrados, embutidos en los ventiladores, introducidos en forma de arrolladas cerillas por el ojo de la cerradura, y anegados en los jarros con la leche matinal. Uno de aquellos furibundos subscriptores que esper algn tiempo a la puerta de la redaccin, al efecto de tener una entrevista personal con De-Hinch (a la sazn, para mayor seguridad, encerrado bajo llave en mi habitacin), djome con lgrimas de rabia en los ojos, que a las cinco le haba despertado una gritera horrible debajo de sus ventanas; que al levantarse, muy agitado, dejole estupefacto la aparicin repentina de _La Estrella del Norte_, y doblada en forma de _boomerang_, o sea cachiporra de la India Oriental, y fuertemente arrollada, que entr disparada por la ventana, describi en el cuarto un nmero infinito de crculos, ech la luz por tierra, dio un cachete en la cara al nio, le sacudi a l en la mejilla y luego sali por la ventana opuesta y cay, finalmente, en el patio, falto de impulso. Durante el resto del da, aparecieron en la redaccin los ejemplares de _La Estrella del Norte_ de la edicin de aquella maana, en fragmentos de papel sucios y estrujados que traa indignada la suscripcin. De aquel modo se perdi tambin un admirable artculo sobre Los recursos de Humboldt County que haba yo compuesto la noche antes, y que, sin duda alguna, hubiera cambiado el aspecto de los negocios del ao siguiente y llevado a la bancarrota a los muelles de San Francisco. Por tal motivo se juzg que deba mantenerse encerrado a De-Hinch en la imprenta reducindolo a la parte puramente mecnica del oficio. All, en poco tiempo, desarroll maravillosa actividad y aptitud, granjendose, al fin, el favor y buena voluntad de los impresores y del regente, que al principio tenan como de la mayor gravedad y trascendencia poltica su iniciacin en los secretos del arte de Guttemberg. Muy pronto aprendi a componer los tipos, ayudndolo en la operacin mecnica su extraordinaria destreza en la prestidigitacin; su ignorancia del idioma pareca serle ms favorable que perjudicial, aseverando el axioma de impresor, de que el cajista que sigue las ideas del original, es un psimo operario. A menudo y deliberadamente, solan darle largas diatribas contra l mismo, que sus compaeros de trabajo colgaban del gancho de su caja como original, pasndole inadvertidas frases tan lacnicas como stas: De-Hinch es hijo del mismsimo diablo, De-Hinch es un bribn amarillo, y me traa an la prueba tan contento, brillando sus ojos y sacando a relucir sus dientes con una sonrisa de satisfaccin. No pas, sin embargo, mucho tiempo sin que se desquitara de sus malvolos perseguidores, y una vez estuvo en un tris de que sus represalias me envolvieran en un serio disgusto. El regente de la imprenta se llamaba Webster, y De-Hinch pronto aprendi a reconocer al individuo y las letras combinadas de su apellido. En lo ms reido de una campaa poltica, el elocuente y fogoso coronel Armando, de Siskyon, haba hecho un discurso sensacional que fue especialmente taquigrafiado para _La Estrella del Norte_. En el transcurso de la peroracin, el coronel Armando haba dicho: yo, como el sublime Webster, repetir... y aqu segua la cita que no recuerdo ahora. Pues bien, De-Hinch, mirando casualmente la galera, despus de revisado el discurso, vio el nombre de su principal perseguidor, y como es natural, imagin que era de l la frase que se transcriba. Una vez el molde en prensa, De-Hinch aprovech la ausencia de Webster para quitar la cita y sustituirla con una delgada tirita de plomo del mismo tamao del tipo, grabada con caracteres chinos, formando una frase que, segn creo, era una denigrante y completa declaracin de la incapacidad y repugnancia de aquel funcionario, acompaada, en cambio, de una clusula laudatoria de su propia personalidad. A la maana siguiente, el peridico contena ntegro el discurso del coronel Armando, en el que se lea que el sublime Webster, en cierta ocasin, haba expresado sus pensamientos en un chino excelente pero del todo incomprensible. La rabia del coronel Armando no tuvo lmites. Tengo un vivo recuerdo de cuando aquel hombre y orador admirable entr en mi despacho y me pidi una retractacin del aserto estampado. --Pero seor de mi alma--le dije:--Est usted pronto a negar bajo su firma que Webster haya pronunciado semejante frase? Se atrever usted a negar que, entre los notorios conocimientos de Webster, no estaba comprendido el idioma de los hijos del celeste imperio? Quiere usted someter una traduccin adecuada a nuestros lectores y negar bajo palabra de honor, que el gran Webster haya expresado jams tales conceptos? Si lo desdea, caballero, estoy pronto a publicar su rplica. El pundonoroso militar no lo quiso, pero se march indignado. En cuanto a Webster, el regente, lo tom con ms sangre fra: felizmente ignoraba que durante dos das los chinos de los lavaderos, de las mineras, de las cocinas, miraban por la puerta de los talleres con la cara radiante de malicia; incluso que nos hicieron un pedido de trescientos ejemplares sueltos de _La Estrella del Norte_, para los lavaderos de la poblacin. Tan slo observ que durante el da a De-Hinch, de vez en cuando, le atacaban espasmos convulsivos, que se vio obligado a reprimir dndole de puntapis y otros argumentos contundentes. Algunos das despus del suceso, llam a mi presencia a De-Hinch. --De-Hinch--dije con gravedad,--quisiera que para mi propia satisfaccin me tradujeras aquella frase china que mi privilegiado compatriota, el divino Webster, pronunci pblicamente en cierta solemne ocasin. Mirome el chino fijamente y sus negros ojos centellearon. Despus contest gravemente. --Seor, Webster dice:--Nio chino hacer yo muy tonto. Nio chino hacer mi muy enfermo. Sin embargo, temo que est retratando una parte y no la mejor del carcter de De-Hinch. Segn me refiri, haba sido la suya una vida muy dura y accidentada. No conoci la niez ni tena noticia de sus padres. Educolo el prestidigitador De-Hinch, pasando los siete primeros aos de su vida saliendo de cestos, cayndose de sombreros, subiendo por escalas y dislocando sus tiernos miembros a fuerza de colocarse en violentas actitudes. Criado en una atmsfera de engao y artificio, consideraba a los hombres como perennes vctimas de sus sentidos; en fin, si hubiese pensado algo ms, para su edad hubiera sido un cnico; con unos aos ms habra sido un escptico, y ms tarde, cuando viejo, hubiese llegado a filsofo. A la sazn era un diablejo: un diablejo bien humorado, es verdad! diablejo cuya naturaleza moral nadie model, un diablejo en huelga, dispuesto a adoptar la virtud como un entretenimiento. Que yo sepa, no tena conciencia de su alma; era muy supersticioso; llevaba consigo un horrible dios de porcelana, pequeo, al que tena costumbre de insultar o de invocar, segn crea procedente. Adems, era demasiado inteligente para seguir los vicios ordinarios chinos de robar, o de mentir mecnicamente. Sea cual fuere la doctrina que practicase, no tena otro gua que su razn. Opino que no le faltaba sensibilidad, aunque era casi imposible alcanzar de l expresin alguna que la diera a conocer, y debo confesar en conciencia, que tena apego a los que eran buenos para con l. Difcil sera determinar a qu podra haber llegado en condiciones ms favorables que las de esclavo de un periodista poco retribuido y abrumado de trabajo; solamente s que reciba las escasas e irregulares muestras de bondad que le conceda con suma gratitud. Leal y paciente, posea dos cualidades de que carecen la generalidad de los criados americanos. Mi persona le haba inspirado siempre grave deferencia y respeto; solamente una vez, despus de provocarlo, recuerdo que dio muestras de alguna impaciencia. Por la noche, cuando me retiraba del despacho, sola llevrmelo a mis habitaciones, para que me sirviera de portador de cualquier adicin o pensamiento feliz que pudiera ocurrrseme antes de que pasaran las cuartillas a la imprenta. Recuerdo que una vez haba estado yo borroneando papel hasta mucho ms tarde de la hora a que acostumbraba a despedir a De-Hinch, y habaseme olvidado completamente su presencia en la silla al lado de la puerta, cuando de pronto lleg a mis odos una voz en tono quejumbroso, que deca: --Chylee. Volvime maquinalmente. --Qu dices? --Yo decir: Chylee! --Y qu?--dije con impaciencia. --Usted saber, cmo est, John? --S. --Usted saber, tanto tiempo John? --S. --Bueno, pues; Chylee! es lo mismo! Lo comprend claramente. De-Hinch deseaba acostarse y se vala de aquella palabra para dar las buenas noches. Sin embargo, un instinto de picarda que posea yo lo mismo que l, me impeli a obrar como si no comprendiera la indirecta; murmur algo en este sentido, y me inclin otra vez sobre mis papeles. A los pocos minutos o que sus suelas de madera pataleaban sobre el entarimado. Mirelo: estaba junto a la puerta, de pie. --Usted no saber, Chylee? --No--dije con fingida seriedad. --Usted ser mucho grande tonto! Todo igual! Y se larg, asustado por su propia audacia. No obstante, a la maana siguiente, apareci como siempre, dcil y sumiso, y no le record su defeccin. Probablemente, como ofrenda de paz, limpi todas mis botas, deber que nunca le haba exigido, incluy en el obsequio un par de zapatos y unas inmensas botas de montar, todo de piel de ante, sobre las cuales tuvo ocasin de expiar durante dos horas sus remordimientos. He hablado de su honradez como cualidad ms inteligente que moral, pero recuerdo dos excepciones. Para cambiar la pesada alimentacin usual de los pueblos mineros, deseaba yo comer huevos frescos, y sabiendo que los paisanos de De-Hinch eran celebrados por sus criaderos de aves de corral, me dirig a l con tal fin. Cada da me trajo huevos, pero se neg a recibir paga de ninguna especie, diciendo que el hombre no los venda, ejemplo extraordinario de abnegacin, pues los huevos valan entonces medio peso cada uno. Una maana, mi vecino Forster, hzome durante el almuerzo una visita, y con esta ocasin lament su mala suerte, pues sus gallinas haban cesado de poner, o bien l no saba dar con los nidales. De-Hinch que estaba presente durante nuestro coloquio, conserv el grave y caracterstico silencio de costumbre. Pero cuando mi vecino se hubo marchado, se volvi hacia m, con una ligera risa, diciendo: --Gallinas de Flostel, gallinas de De-Hinch, todo es igual. Despus, en una temporada de grandes irregularidades en los correos, De-Hinch me haba odo deplorar los retardos en la entrega de mi correspondencia. Un da, al llegar a mi despacho, me sorprend de encontrar la mesa cubierta de cartas, acabadas de llegar por el correo, pero desgraciadamente ninguna de ellas llevaba mi direccin. Volvime hacia De-Hinch, que las estaba contemplando tranquilamente satisfecho y le ped una aclaracin. Seal a mis ojos espantados un saco de correos, vaco en un rincn, y dijo: --Cartero dice siempre: No hay cartas, John, no hay cartas, John! Cartero mucho mentir! Cartero ser intil. Yo anoche tomar saco de cartas, todo igual! Por fortuna, era an temprano y no haban hecho el reparto; tuve una precipitada entrevista con el jefe de Correos sobre el atrevido atentado de De-Hinch, al robar la correspondencia de la Unin. Con la compra de un nuevo saco de correos, qued solventado el asunto. Cuando volv a San Francisco, despus de colaborar durante dos aos en _La Estrella del Norte_, hubiese podido dar por terminada mi misin, llevndolo conmigo a De-Hinch, si no lo hubiese impedido el profundo cario que le profesaba. Adems, no creo que hubiese visto con gusto el cambio, y lo atribu a un temor nervioso de la aglomeracin de gente, pues cuando tena que cruzar la ciudad para algn recado, daba un gran rodeo por los barrios extremos. Lo atribu tambin al horror de la disciplina del colegio anglochino, al cual me propuse enviarlo; a su cario por la vida libre y vagabunda de las minas, o a mera inclinacin natural. Hasta mucho tiempo despus, no se me ocurri que fuera por presentimiento. Pareca haber llegado ya la ocasin que tanto esperaba y anhelaba. Poda colocar a De-Hinch, bajo influencias suavemente restrictivas, someterlo a una vida y enseanza que le inclinara al bien ms que mis mal reguladas bondades y cuidado superficial. De-Hinch ingres en la escuela de un misionero chino, pastor inteligente y bondadoso, que haba demostrado gran inters por el chico, y quien, sobre todo, cifraba en l firmes esperanzas. Acogiole en su casa una pobre viuda, con una sola hija, de uno o dos aos menos que De-Hinch. Esta criatura, lista, alegre, inocente y sin artificio, fue la que toc el corazn al muchacho y despert la susceptibilidad moral que haba permanecido insensible a los sermones del telogo y a las enseanzas de la sociedad. De-Hinch debi ser feliz aquellos breves meses, ricos en promesas que no vimos cumplidas. Tena para su pequea amiga la misma supersticiosa adoracin, aunque no el mismo capricho, que para su dios pagano, de porcelana. Senta una inefable dicha en caminar tras de ella hasta el colegio, llevndole los libros, servicio siempre acompaado de algn cachete, debido a las pequeas manos de sus hermanos de raza mogol. Construa para ella los ms maravillosos juguetes, recortaba de zanahorias y de nabos las ms sorprendentes flores y figuras, haca de pepitas de meln, gallinas como naturales, construa abanicos y cometas, y era singularmente diestro en cortar para las muecas fastuosos vestidos de papel. Ella, por su parte, jugaba tambin con l; le enseaba canciones y lindezas, diole para su trenza una cinta amarilla, la que mejor sentaba a su color; leale cuentos y narraciones y lo llevaba consigo a la clase del domingo; en oposicin a los precedentes de la escuela y a manera de las mujeres mayores, triunfaba en esta innovacin. Sera mi deseo poder aadir que consigui que se convirtiera y que lo hizo abandonar su dolo de porcelana; pero estoy contando una historia verdad. La nia se contentaba con inspirarle su cristiana bondad, sin dejarle ver que estaba ya convertido. De modo, que hicieron muy buenas migas la nia cristiana con su dorada cruz colgando de su blanca garganta, y el amarillo idlatra, con su horrible deidad de porcelana escondido en las profundidades de su vestidura. El ao de 1869 se recordar por mucho tiempo en San Francisco; durante dos das, una turba de sus ciudadanos se arrojaron sobre extranjeros indefensos, los mataron porque eran extranjeros y de otra raza, religin y color, y porque ofrecan su sudor al precio que podan obtener de l. Magistrados hubo tan pusilnimes, que se figuraron que haba llegado el fin del mundo; hubo hombres de Estado, eminentes, cuyos nombres me avergenzo de escribir aqu, que dudaron de que el artculo de la Constitucin que garantiza a todo ciudadano extranjero la libertad civil y religiosa, era un principio moral incontrovertible. Sin embargo, no faltaron hombres no tan fciles de asustar, y que en veinticuatro horas arreglaron las cosas de manera que los tmidos pudieran estrecharse las manos con seguridad, y los eminentes estadistas proferir sus dudas sin daar a nada ni a nadie. Por aquellos das, recib una esquela de Hop-Sing, rogndome que fuese en seguida a verlo. Su almacn estaba cerrado y defendido contra los ataques posibles de los revoltosos por numerosa polica. Hop-Sing me recibi con su habitual e imperturbable tranquilidad, pero, segn me pareci, con mayor gravedad que de ordinario. Con el mayor silencio, me tom de la mano y me condujo al fondo de la habitacin y de all por las escaleras al stano. Reinaba en su interior casi una completa oscuridad, pero se distingua algo tendido en el suelo, cubierto por un chal. Cuando me acerqu retir el chal bruscamente y descubri a De-Hinch, el idlatra, tendido all exnime! Muerto, mis queridos amigos, muerto!... Maltratado hasta morir en las calles de San Francisco, en el ao de gracia de mil ochocientos sesenta y nueve, por una banda de colegiales cristianos!... nios de su edad!... Con el corazn conmovido puse mi mano sobre su pecho, sent algo que se desmenuzuba bajo su blusa y mir interrogativamente a mi acompaante. Hop-Sing introdujo su mano entre los pliegues de seda, y con la nica sonrisa de amargura que vi jams en el rostro de aquel caballero pagano, retir un objeto de porcelana. Era el dolo de De-Hinch, hecho trizas por una piedra de aquellos iconoclastas cristianos. FIN FOOTNOTES: [Nota 1: Bolsa de Smith.] [Nota 2: San Francisco.] [Nota 3: Diminutivo de Alejandro.] [Nota 4: Dique arenoso.] [Nota 5: Dase el nombre de _flats_ a los depsitos de aluviones aurferos.] [Nota 6: rbol del pas.] [Nota 7: Canal formado con tablas de madera, por donde se dejan correr, disgregadas con agua, las tierras aurferas pasando sobre mercurio donde se amalgama el oro.] [Nota 8: Partidario del Convenant.] [Nota 9: Juego de cartas, en California.] [Nota 10: Juego de azar americano.] [Nota 11: El supuesto jugador.] [Nota 12: En ingls _ass_, borrico.] [Nota 13: Nombre humorstico que se da a los inmigrantes chinos.] [Nota 14: Por _bureau_.] [Nota 15: Agente de polica.] License: Share Alike