Produced by David Starner, Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was produced from scanned images of public domain material from the Google Print project.) [Illustration] LA LETRA ESCARLATA POR NATANIEL HAWTHORNE NUEVA YORK D. APPLETON Y CA. Editores "=Confusin.=--Tal es el ttulo de una preciosa obrita que acabamos de recibir, y que es una joya de la literatura Inglesa. Su autor, el famoso literato Conway, en esta nueva produccin de su fecundo ingenio, ha sido tan feliz como en sus obras anteriores: una trama siempre viva interesante que mantiene viva la atencin del lector que vido devora los captulos tan correctos como elegantemente escritos."--_El Mentor de los Nios_, Guadalajara. * * * * * "=Misterio * * * *.=--Hemos ledo esta novela sin poderla dejar de la mano un solo instante, tal es el inters verdaderamente extraordinario de su argumento, as como la novedad del mismo y la admirable armona de todos sus captulos."--_La Lucha_, Habana. * * * * * "=Las Minas del Rey Salomn.=--Esta obra est escrita sin pretensiones de ningn gnero, con esa sobriedad que tanto nos encanta en los novelistas Ingleses, con un lenguaje claro y correcto y un estilo grfico y elegante, es un acabado cuadro de las costumbres de los habitantes del frica austral, hecha con discrecin, exactitud imparcialidad."--_El Buscapi._, Puerto Rico. * * * * * "=Dora.=--Profunda moralidad, correcto y elegante estilo literario, unidos una viva interesante trama, que mantiene siempre vido al lector por continuar devorando sus captulos, son las cualidades de esta joya de la literatura Inglesa."--_El Mentor de los Nios_, Guadalajara, Mjico. LA LETRA ESCARLATA _NOVELA ESCRITA EN INGLS_ POR NATANIEL HAWTHORNE VERSIN CASTELLANA DE FRANCISCO SELLN TERCERA EDICIN [Illustration: colophon] NUEVA YORK D. APPLETON Y COMPAA, EDITORES 1903 COPYRIGHT, 1894, BY D. APPLETON AND COMPANY. _La propiedad de esta obra est protegida por la ley en varios pases, donde se perseguir los que la reproduzcan fraudulentamente._ _Traduccin espaola, registrada segn el Tratado Internacional de Propiedad Literaria._ INTRODUCCIN Al presentar en lengua castellana la obra maestra del novelista americano Nataniel Hawthorne, que sin duda es tambin una de las ms notables producciones de la literatura amena de los Estados Unidos, hemos credo conveniente hacerla preceder de la traduccin de los prrafos que, manera de prefacio, aparecen en una de las ltimas ediciones de esta novela en su idioma nativo. Como ver el que lo leyere, se dan en dicho trabajo algunos detalles, que no carecen de inters, acerca de la obra y de su autor:-- "LA LETRA ESCARLATA fu la primera produccin de gran aliento que escribi Hawthorne despus de haberse dado conocer con sus "Cuentos dos veces referidos;" y tambin el primero de sus libros que alcanz popularidad. En el intermedio haba publicado "El Silln del Abuelo," para nios, y "Musgos de una antigua morada;" pero solo despus de fijada su residencia en Salem, donde desempeaba el empleo de Administrador de la Aduana de aquel puerto, fu cuando comenz experimentar la sensacin, segn manifest l mismo un amigo suyo, de "que una novela le bulla en el cerebro." Esta novela es la que hoy goza de fama universal y se ofrece los lectores en el presente volumen. La comenz principios del invierno de 1849 1850, y la termin en 3 de Febrero del ao ltimamente nombrado. Al da siguiente de concluda, escribi su amigo Horacio Bridge dicindole:-- "Ayer fu cuando vine dar remate mi libro, una parte del cual, el principio, se hallaba ya en prensa en Boston, mientras la otra, el final, aun yaca en las profundidades de mi cerebro, en esta ciudad de Salem; de modo que, como Vd. v, la historia tiene por lo menos catorce millas de largo.[1]... Algunas partes estn escritas con vigor; pero mis producciones nunca se han dirigido ni se dirigirn jams los sentimientos generales de la humanidad, y por lo tanto no sern nunca muy populares; y si bien hay personas que gustan mucho de mis escritos, hay otras quienes les son completamente indiferentes y no encuentran en ellos nada digno de notarse. Precede este libro una introduccin (La Aduana) en la que bosquejo mi vida de empleado: hay de vez en cuando en ella ciertas pinceladas, que acaso la hagan ms interesante que la historia misma, la cual es en extremo sombra." Lo grave y lbrego de la situacin en que haba colocado Ester y Dimmesdale le abrumaban de tal modo, que deca de s mismo que, durante el invierno citado, su espritu haba sido "un tegido de dolores." Hawthorne, semejanza de Balzac, se aislaba mientras estaba escribiendo una novela; y puede decirse, sin exageracin, que entonces apenas vea nadie. En ciertas pocas de su vida lleg notarse que adelgazaba de una manera visible; y hasta qu punto le conmovan las vicisitudes de los seres creados por su imaginacin, puede juzgarse por el siguiente pasaje de sus "Notas inglesas," donde con fecha de 14 de Septiembre de 1855, dice:-- "Al hablar de Thackeray, no puedo menos que sorprenderme de la indiferencia que mostraba respecto las situaciones patticas de sus obras, y compararla con la emocin que experiment yo al leer mi esposa la ltima escena de _La Letra Escarlata_, inmediatamente despus de escrita. No puedo decir que la le, sino que trat de hacerlo, pues mi voz se hencha y se elevaba, como si me viera levantado hundido, alternativamente, por las olas del mar cuando comienza calmarse tras una tempestad." Ni slo en las horas en que, pluma en mano, se empleaba Hawthorne en la composicin de sus ficciones embargaban stas sus potencias. Mientras estuvo escribiendo _La Letra Escarlata_, se le vea con frecuencia olvidarse de cuanto le rodeaba, sumergido en profundo ensimismamiento. Refirese que un da, hallndose en este estado, tom del costurero de su esposa una pieza que ella estaba cosiendo, y la pic en pedazos muy menudos, sin reparar en lo que haba hecho. Esta costumbre de destruccin inconsciente databa de su juventud. El que esto escribe posee un silln mecedor que us Hawthorne, y del que casi hizo desaparecer los brazos con un cortaplumas mientras estaba en el colegio estudiando sus lecciones, divagando con la imaginacin por los espacios. En Febrero de 1850 fu terminada _La Letra Escarlata_, pero no se public hasta el mes de Abril; y aunque el editor, que era el Sr. Fields, form el ms elevado concepto de su mrito como obra de arte, parece, sin embargo, que no tena mucha confianza en su valor comercial inmediato, si hemos de juzgar por los hechos siguientes. La primera edicin fu de cinco mil ejemplares, lo que ya era un bonito nmero; pero el tipo con que se haba parado el libro se distribuy inmediatamente, lo que prueba que no se abrigaban muchas esperanzas de obtener una venta rpida. Pero la edicin desapareci en diez das, y hubo necesidad de parar de nuevo todo el libro y estereotiparlo para poder dar abasto la demanda. Una prueba de la manera con que llevaba cabo Hawthorne sus tareas literarias, y de la madurez con que meditaba sus novelas desde que conceba la primera idea, nos la ofrece su historia de "Endicott y la Cruz Roja," escrita y publicada antes de 1845. Hblase en esa produccin de--"una joven dotada de belleza nada comn, cuyo destino fu llevar la letra A en el cuerpo del vestido, la vista de todo el mundo, y aun de sus mismos hijos, quienes saban lo que esa letra significaba. Como si se recreara en su propia infamia aquella criatura perdida y llena de desesperacin, haba bordado la divisa fatdica en pao de color escarlata, con hilos dorados, y con todo el arte de que es capaz la aguja; de tal modo, que aquella A mayscula podra haberse tomado por la inicial de la voz Admirable de otra por el estilo, excepto la de Adltera, que realmente significaba." Cuando se public dicha historieta, la Srta. E. P. Peabody le escribi un amigo: "Ya oiremos algo ms acerca de esta letra, pues es evidente que ha hecho profunda impresin en el nimo de Hawthorne." Muchos aos despus de publicadas las lneas arriba citadas, que aparecen en sus "Cuentos dos veces referidos," el castigo especial aludido en ellas vino transformarse, merced una completa elaboracin mental, en el argumento de _La Letra Escarlata_. Es un hecho autntico que el cdigo puritano impona semejante castigo; y se supone que Hawthorne lo vi mencionado en alguno de los archivos de Boston, y an puede verse en las leyes de la Colonia de Plymouth del ao 1658. No hace mucho que el erudito investigador de los anales de la Nueva Inglaterra, el Reverendo Dr. Jorge Ellis, vecino de Boston, manifest incidentalmente, en una conferencia pblica, que no haba ni el ms ligero asomo de verdad en lo referente al carcter y personalidad del ministro que tan importante papel desempea en _La Letra Escarlata_. Sostiene el Dr. Ellis, que puesto que se hace predicar Dimmesdale el sermn de la eleccin el ao en que falleci el Gobernador Winthrop, es claro que Dimmesdale personifica tambin al Reverendo Toms Cobbett, vecino de Lynn, que fu realmente quien predic dicho sermn en el referido ao; y agreg que deseaba defender su memoria de cualquier sospecha que pudiesen abrigar los que, como l, hubieran credo que Dimmesdale era simplemente una mscara bajo la cual se ocultaba Cobbett, el verdadero predicador de aquella poca. En aquel tiempo, dijo, no haba en Boston sino una iglesia, y sus pastores ministros eran Juan Wilson y Juan Cotton. En la novela se menciona Wilson con su propio nombre; de modo que no puede confundirse su identidad con la de Dimmesdale; ni hay tampoco motivos para suponer que Hawthorne tuviese la ms ligera intencin de que Juan Cotton Toms Cobbett, de Lynn, cargasen con el delito de su ministro imaginario. La mera circunstancia de ser ficticio el nombre de Arturo Dimmesdale, mientras el Reverendo Wilson y el Gobernador Bellingham figuran con sus nombres y ttulos verdaderos, debera constituir suficiente prueba para no imputar los hechos de Dimmesdale al Reverendo Cobbett, predicador genuino del sermn de la eleccin en 1649. Tngase presente que esta disquisicin erudita sirve tan slo para realzar la verosimilitud de la novela, por ser incuestionables su verdad potica general y la posibilidad de que la accin pasara en la Nueva Inglaterra de los primeros tiempos. Creo que hasta ahora no se ha mencionado la circunstancia de que cuando tena Hawthorne casi concluda la novela, ley lo escrito su esposa, y preguntndole sta cul sera el desenlace, obtuvo por toda respuesta: "Realmente no s." su cuada, la Srta. Peabody, le dijo una vez: "La dificultad no estriba en _cmo_ decir las cosas, sino en lo que se ha de decir,"--significando con esto, que cuando empezaba escribir algo, tena ya el asunto tan bien estudiado y desenvuelto en su cerebro, que slo se trataba entonces de lo que deba elegirse; y fcil es de comprender que, al llegar la solucin final de un problema dificultoso, vindose arrastrado en diversas direcciones por los intereses contrarios de los diferentes personajes, vacilase acerca del desenlace que tena que dar la obra. Cuando se public _La Letra Escarlata_ recibi Hawthorne numerosas cartas de personas desconocidas que, haban delinquido, estaban en gran peligro de delinquir, y se hallaban padeciendo las consecuencias de su situacin especial. Estas personas se dirigan al autor en solicitud de consejos, como si se tratara de un amigo experimentado, de un antiguo y venerable confesor. El captulo titulado "La Aduana," que sirve de introduccin la novela, destinado por Hawthorne que formara una especie de contraste con el cuadro sombro de la historia, gracias la ligereza de las pinceladas y al buen humor que en l reinan, realiz perfectamente el fin apetecido; pero en la poca en que se public, su inocente desenfado concit contra el autor las iras de algunos de los ciudadanos de Salem, que creyeron verse retratados lo vivo en los bosquejos de empleados de quienes ya nadie se acuerda. Se asegura que hubo quien, pesar de ser persona inteligente, se abstuvo por completo en lo sucesivo de leer nada de lo que Hawthorne escribi. Extraa venganza que parece ideada expresamente en perjuicio del que la perpetr, sin que el autor padeciera lo ms mnimo, pues nunca lleg sus odos semejante resolucin! Hasta aqu lo traducido. Poco tenemos que agregar lo que en las pginas que preceden se dice acerca del mrito de este notable libro. Como se habr visto en ellas, la primera edicin, que const de 5,000 ejemplares, se agot en el breve espacio de diez das. Desde 1850, fecha en que se public LA LETRA ESCARLATA, su reputacin ha ido constantemente en aumento, y las ediciones de todas clases y de todos precios, se han sucedido unas otras, no slo en los Estados Unidos, sino en Inglaterra, gozando de una gran popularidad en todos los pases en que se habla el ingls. El teatro se ha apoderado de la novela, y la ha convertido en drama: tenemos noticias de dos. Uno, que se remonta muchos aos atrs, es produccin de un dramaturgo americano, no muy conocido, Gabriel Harrison; el otro, ms reciente, es obra del autor dramtico ingls J. Hatton, y se ha representado en estos ltimos tiempos en los teatros de Nueva York. Pero los dramas estn muy por debajo de la novela. Se habla tambin de hacer una pera de esta vigorosa obra maestra de la literatura novelesca de los Estados Unidos. LA LETRA ESCARLATA se ha traducido casi todos los idiomas europeos. No conocemos versin alguna en castellano, lo menos no ha llegado nuestras manos. En la presente hemos procurado reproducir, hasta donde es posible, las peculiaridades del estilo de Hawthorne, nada sencillo por cierto, antes al contrario, elaboradsimo y abundante en toda clase de metforas, imgenes y comparaciones. Si lo hemos conseguido, el lector lo dir. F. S. _Julio de 1894._ PREFACIO DEL AUTOR LA SEGUNDA EDICIN AMERICANA Con gran sorpresa del autor, y habindole proporcionado, si cabe, mayor divertimiento que sorpresa, ha llegado sus noticias que el bosquejo que sirve de introduccin LA LETRA ESCARLATA, relativo la vida oficial de los empleados de la Aduana de Salem, ha sido causa de no poca algarada y agitacin en la respetable comunidad donde vive. duras penas habran sido ms intensos esos sentimientos, si el autor hubiese reducido cenizas el edificio de la Aduana, apagando sus ltimos rescoldos con la sangre de cierto venerable personaje, contra quien se le supone la ms negra inquina. Y como la desaprobacin del pblico, dado caso de merecerla, habra sido insoportable para el autor, desea ste manifestar que ha reledo atentamente las pginas de dicha introduccin, con nimo de suprimir alterar todo aquello que pudiera parecer descomedido impropio, subsanando, en cuanto le fuera dable, las atrocidades de que se le acusa. Sin embargo, lo nico que ha podido hallar en el bosquejo es cierto desenfado y buen humor, unidos la exactitud general con que ha expresado la impresin sincera que dejaron en su nimo los caracteres all descritos. Y en lo que hace inquina, malquerencia, enemistad alguna, ya poltica, ya personal, confiesa redondamente, que no hay nada de eso. Quizs el tal bosquejo pudo haberse suprimido sin prdida para el pblico, ni detrimento del libro: pero una vez que tom la resolucin de escribirlo, no cree que pudiera haberse inspirado en sentimientos de mayor benevolencia, ni, hasta donde alcanzan sus fuerzas, haberlo llevado cabo con mayor verdad. Por consiguiente, el autor se ve obligado reimprimir el bosquejo de introduccin, sin alterar una palabra. N. H. SALEM, _Marzo 30, 1850_. LA LETRA ESCARLATA LA ADUANA INTRODUCCIN LA LETRA ESCARLATA No deja de ser singular que, pesar de mi poca aficin hablar de mi persona y de mis asuntos, ni aun mis amigos ntimos cuando estoy en mi hogar, al amor de la lumbre, se haya sin embargo apoderado de m, en dos ocasiones distintas, una verdadera comezn autobiogrfica al dirigirme al pblico. Fu la primera har cosa de tres cuatro aos cuando, sin motivo justo que lo excusara, ni razn de ninguna especie que pudieran imaginar el benvolo lector el autor intruso, obsequi aquel con una descripcin de mi gnero de vida en la profunda quietud de la "Antigua Mansin."[2] Y ahora, porque entonces, sin mritos que lo justificaran, tuve uno dos oyentes, echo de nuevo mano al pblico por el ojal de la levita, por decirlo as, y quieras que no quieras, me pongo charlar de mis vicisitudes durante los tres aos que pas en una Aduana. Parece, no obstante, que cuando un autor da sus pginas la publicidad, se dirige, no la multitud que arrojar un lado el libro, jams lo tomar en las manos, sino los muy contados que lo comprendern mejor que la mayora de sus condiscpulos de colegio sus contemporneos. Y no faltan autores que en este punto vayan an ms lejos, y se complazcan en ciertos detalles confidenciales que pueden interesar slo, y exclusivamente, un corazn nico y una inteligencia en perfecta simpata con la suya, como si el libro impreso se lanzara al vasto mundo con la certeza de que ha de tropezar con el sr que forma el complemento de la naturaleza del escritor, completando el crculo de su existencia al ponerlos as en mutua comunicacin. Sin embargo, no me parece decoroso hablar de s mismo sin reserva alguna, aun cuando se haga impersonalmente. Pero como es sabido que si el orador no se pone en completa ntima relacin con su auditorio, los pensamientos carecern de vida y color, y la frase quedar desmayada y fra, es de perdonarse que nos imaginemos que un amigo, sin necesidad de que sea muy ntimo, aunque s benvolo y atento, est prestando odos nuestra pltica; y entonces, desapareciendo nuestra reserva natural, merced esta especie de intuicin, podremos charlar de las cosas que nos rodean, y aun de nosotros mismos, pero siempre dejando que el recndito _Yo_ no se haga demasiado visible. Hasta ese extremo, y dentro de estos lmites, se me alcanza que un autor puede ser autobiogrfico, sin violar ciertas leyes y respetando ciertas prerrogativas del lector y aun las consideraciones debidas su persona. Ya se echar de ver que este bosquejo de la Aduana no carece de oportunidad, por lo menos de esa oportunidad apreciada siempre en la literatura, puesto que explica la manera como llegaron mis manos muchas de las pginas que van continuacin, la vez que presenta una prueba de la autenticidad de la historia que en ellas se refiere. En realidad, la nica razn que he tenido para ponerme en comunicacin directa con el pblico, viene ser el deseo de presentarme como autor de la ms larga de mis narraciones; y al paso que realizaba mi objeto principal, me pareci que podra permitrseme, por medio de unas cuantas pinceladas, dar una vaga idea de un gnero de vida hasta ahora no descrito, bosquejando los retratos de algunas de las personas que se mueven en ese crculo, entre las cuales la casualidad ha hecho que se contara el autor. Haba en mi ciudad natal de Salem, har cosa de medio siglo, un muelle muy lleno de animacin, y que hoy sucumbe bajo el peso de almacenes de madera casi podrida. Apenas se ven otras seales de vida comercial que uno que otro bergantn barca, atracado al costado del melanclico muelle, descargando cueros, alguna goleta de Nueva Escocia en que se est embreando un cargamento de lea que ha de servir para hacer fuego en las chimeneas. Donde comienza este dilapidado muelle, veces cubierto por la marea, se alza un espacioso edificio de ladrillos, desde cuyas ventanas se puede disfrutar de la vista de la escena poco animada que presentan las cercanas, y de la abundante hierba que crece por todas partes, y han dejado tras s los muchos aos y el escaso movimiento comercial. En el punto ms alto del techo del espacioso edificio de que se ha hecho mencin, y precisamente durante tres horas y media de cada da, contar del medioda, flota al aire se mantiene tranquila, segn que la brisa sople est encalmada, la bandera de la repblica, pero con las trece estrellas en posicin vertical y no horizontal, lo que indica que aqu existe un puesto civil, y no militar, del gobierno del To Samuel.[3] Adorna la fachada un prtico formado de media docena de pilares de madera que sostienen un balcn, debajo del cual desciende hacia la calle una escalera con anchas gradas de granito. Encima de la entrada se cierne un enorme ejemplar del guila americana, con las alas abiertas, un escudo en el pecho y, si la memoria no me es infiel, un haz de rayos y dardos en cada garra. Con la falta acostumbrada de carcter peculiar esta malaventurada ave, parece, juzgar por la fiereza que despliegan su pico y ojos y la general ferocidad de su actitud, que est dispuesta castigar al inofensivo vecindario, previniendo especialmente todos los ciudadanos que estimen en algo su seguridad personal, que no perjudiquen la propiedad que proteje con sus alas. Sin embargo, pesar de lo colrico de su aspecto, muchas personas estn tratando, ahora mismo, de guarecerse bajo las alas del guila federal, imaginando que su pecho posee toda la blandura y comodidad de una almohada de edredn. Pero su ternura no es grande, en verdad, aun en sus horas ms apacibles, y tarde temprano,--ms bien lo ltimo que lo primero,--puede arrojar del nido sus polluelos, con un araazo de las garras, un picotazo, una escocedora herida causada por sus dardos. El suelo alrededor del edificio que acabo de describir--que una vez por todas llamar la Aduana del Puerto--tiene las grietas llenas de hierbas tan altas y en tal abundancia, que bien las claras demuestra que en los ltimos tiempos no se ha visto muy favorecido con la numerosa presencia de hombres de negocios. Sin embargo, en ciertos meses del ao suele haber alguno que otro medioda en que presenta un aspecto ms animado. Ocasiones semejantes pueden traer la memoria de los ciudadanos ya entrados en aos, el tiempo aquel antes de la ltima guerra con Inglaterra[4] en que Salem era un puerto de importancia, y no desdeado como lo es ahora por sus propios comerciantes y navieros, que permiten que sus muelles se destruyan, mientras sus transacciones mercantiles van engrosar, innecesaria imperceptiblemente, la poderosa corriente del comercio de Nueva York Boston. En uno de esos das, cuando han llegado casi la vez tres cuatro buques, por lo comn de frica de la Amrica del Sur, cuando estn punto de salir con ese destino, se oye el frecuente ruido de las pisadas de los que suben bajan toda prisa los escalones de granito de la Aduana. Aqu, aun antes de que su esposa le haya saludado, podemos estrechar la mano del capitn del buque recin llegado al puerto, con los papeles del barco en deslustrada caja de hojalata que lleva bajo el brazo. Aqu tambin se nos presenta el dueo de la embarcacin, de buen humor mal talante, afable spero, medida que sus esperanzas acerca de los resultados del viaje se haban realizado quedado fallidas; esto es, si las mercancas tradas podan convertirse fcilmente en dinero, si eran de aquellas que ningn precio podran venderse. Aqu igualmente se vea el germen del mercader de arrugado ceo, barba gris y rostro devorado de inquietud, en el joven dependiente, lleno de viveza, que va adquiriendo el gusto del comercio, como el lobezno el de la sangre, y que ya se aventura remitir sus mercancas en los buques de su principal, cuando sera mejor que estuviera jugando con barquichuelos en el estanque del molino. Otra de las personas que se presenta en escena es el marinero enganchado para el extranjero, que viene en busca de un pasaporte; el que acaba de llegar de un largo viaje, todo plido y dbil, que busca un pase para el hospital. Ni debemos tampoco olvidar los capitanes de las goletas que traen madera de las posesiones inglesas de la Amrica del Norte; marinos de rudo aspecto, sin la viveza del yankee, pero que contribuyen con una suma no despreciable mantener el decadente comercio de Salem. La reunin de estas individualidades en un grupo, lo que aconteca veces, juntamente con la de otras personas de distinta clase, infunda la Aduana cierta vida durante algunas horas convirtindola en teatro de escenas bastante animadas. Sin embargo, lo que con ms frecuencia se vea la entrada del edificio, si era en verano, en las habitaciones interiores, si era en invierno, reinaba mal tiempo, era una hilera de venerables figuras sentadas en sillones del tiempo antiguo cuyas patas posteriores estaban reclinadas contra la pared. Con frecuencia tambin se hallaban durmiendo; pero de vez en cuando se les vea departir unos con otros en una voz que participaba del habla y del ronquido, y con aquella carencia de energa peculiar los internos de un asilo de pobres y todos los que dependen de la caridad pblica para su subsistencia, de un trabajo en que reina el monopolio, de cualquiera otra ocupacin que no sea un trabajo personal independiente. Todos estos ancianos caballeros,--sentados como San Mateo cuando cobraba las alcabalas, pero que de seguro no sern llamados como aquel desempear una misin apostlica,--eran empleados de Aduana. Al entrar por la puerta principal del edificio se v mano izquierda un cuarto oficina de unos quince pies cuadrados de superficie, aunque de mucha altura, con dos ventanas en forma de arco, desde donde se domina el antedicho dilapidado muelle, y una tercera que da una estrecha callejuela, desde donde se v tambin una parte de la calle de Derby. De las tres ventanas se divisan igualmente tiendas de especieros, de fabricantes de garruchas, vendedores de bebidas malas, y de velas para embarcaciones. Delante de las puertas de dichas tiendas generalmente se ven grupos de viejos marineros y de otros frecuentadores de los muelles, personajes comunes todos los puertos de mar, charlando, riendo y fumando. El cuarto de que hablo est cubierto de muchas telaraas y embadurnado con una mano de pintura vetustsima; su pavimento es de arena parduzca, de una clase que ya en ninguna parte se usa; y del desaseo general de la habitacin bien puede inferirse que es un santuario en que la mujer, con sus instrumentos mgicos, la escoba y el estropajo, muy rara vez entra. En cuanto mueblaje y utensilios, hay una estufa con un tubo can voluminoso; un viejo pupitre de pino con un taburete de tres pies; dos tres sillas con asientos de madera, excesivamente decrpitas y no muy seguras; y--para no olvidar la Biblioteca--unos treinta cuarenta volmenes de las Sesiones del Congreso de los Estados Unidos y un ponderoso Digesto de las Leyes de Aduana, todo esparcido en algunos entrepaos. Hay, adems, un tubo de hoja de lata que asciende hasta el cielo de la habitacin, atravesndolo, y establece una comunicacin vocal con otras partes del edificio. Y en el cuarto descrito, habr de esto unos seis meses, pasendose de rincn rincn, arrellanado en el taburete, de codos sobre el pupitre, recorriendo con la vista las columnas del peridico de la maana, podras haber reconocido, honrado lector, al mismo individuo que ya te invit en otro libro[5] su reducido estudio, donde los rayos del sol brillaban tan alegremente al travs de las ramas de sauce, al costado occidental de la Antigua Mansin. Pero si se te ocurriera ahora ir all visitarle, en vano preguntaras por el Inspector de marras. La necesidad de reformas y cambios motivada por la poltica, barri con su empleo, y un sucesor ms meritorio se ha hecho cargo de su dignidad, y tambin de sus emolumentos. Esta antigua ciudad de Salem,--mi ciudad natal,--y no obstante haber vivido mucho tiempo lejos de ella, tanto en mi infancia como ms entrado en aos, es, fu objeto de un cario de parte ma de cuya intensidad jams pude darme cuenta en las temporadas que en ella resid. Porque, en honor de la verdad, si se considera el aspecto fsico de Salem, con su suelo llano y montono, con sus casas casi todas de madera, con muy pocos casi ningn edificio que aspire la belleza arquitectnica,--con una irregularidad que no es ni pintoresca, ni rara, sino simplemente comn,--con su larga y soolienta calle que se prolonga en toda la longitud de la pennsula donde est edificada,--y que estos son los rasgos caractersticos de mi ciudad natal, tanto valdra experimentar un cario sentimental hacia un tablero de ajedrez en desorden. Y sin embargo, aunque ms feliz indudablemente en cualquiera otra parte, all en lo ntimo de mi sr existe un sentimiento respecto de la vieja ciudad de Salem, al que, por carecer de otra expresin mejor, me contentar con llamarlo apego, y que acaso tiene su origen en las antiguas y profundas races que puede decirse ha echado mi familia en su suelo. En efecto, hace ya cerca de dos siglos y cuarto que el primer emigrante britnico de mi apellido hizo su aparicin en el agreste establecimiento rodeado de selvas, que posteriormente se convirti en una ciudad. Y aqu han nacido y han muerto sus descendientes, y han mezclado su parte terrenal con el suelo, hasta que una porcin no pequea del mismo debe de tener estrecho parentesco con esta envoltura mortal en que, durante un corto espacio de tiempo, me paseo por sus calles. De consiguiente, el apego y cario de que hablo, viene ser simplemente una simpata sensual del polvo hacia el polvo. Pero sea de ello lo que fuere, ese sentimiento mo tiene su lado moral. La imagen de aquel primer antepasado, al que la tradicin de la familia lleg dotar de cierta grandeza vaga y tenebrosa, se apoder por completo de mi imaginacin infantil, y an puedo decir que no me ha abandonado enteramente, y que mantiene vivo en m una especie de sentimiento domstico y de amor lo pasado, en que por cierto no entra por nada el aspecto presente de la poblacin. Se me figura que tengo mucho ms derecho residir aqu, causa de este progenitor barbudo, serio, vestido de negra capa y sombrero puntiagudo, que vino ha tanto tiempo con su Biblia y su espada, y holl esta tierra con su porte majestuoso, hizo tanto papel como hombre de guerra y hombre de paz,--tengo mucho ms derecho, repito, merced l, que el que podra reclamar por m mismo, de quien nadie apenas oye el nombre ni v el rostro. Ese antepasado mo era soldado, legislador, juez: su voz se obedeca en la iglesia; tena todas las cualidades caractersticas de los puritanos, tanto las buenas como las malas. Era tambin un inflexible enemigo, de que dan buen testimonio los cukeros en sus historias, en las que, al hablar de l, recuerdan un incidente de su dura severidad para con una mujer de su secta, suceso que es de temerse durar ms tiempo en la memoria de los hombres que cualquiera otra de sus buenas acciones, con ser estas no pocas. Su hijo hered igualmente el espritu de persecucin, y se hizo tan conspcuo en el martirio de las brujas,[6] que bien puede decirse que la sangre de stas ha dejado una mancha en su nombre. Ignoro si estos antepasados mos pensaron al fin en arrepentirse y pedir al cielo que les perdonara sus crueldades; si an gimen padeciendo las graves consecuencias de sus culpas, en otro estado. De todos modos, el que estas lneas escribe, en su calidad de representante de esos hombres, se avergenza, en su nombre, de sus hechos, y ruega que cualquiera maldicin en que pudieran haber incurrido,--de que ha odo hablar, y de que parece dar testimonio la triste y poco prspera condicin de la familia durante muchas generaciones,--desaparezca de ahora en adelante y para siempre. No hay, sin embargo, duda de que cualquiera de esos sombros y severos puritanos habra credo que era ya suficiente expiacin de sus pecados, ver que el antiguo tronco del rbol de la familia, despus de transcurridos tantos y tantos aos que lo han cubierto de venerable musgo, haya venido producir, como fruto que adorna su cima, un ocioso de mi categora. Ninguno de los objetos que ms caros me han sido, lo consideraran laudable; cualquiera que fuese el buen xito obtenido por m,--si es que en la vida, excepto en el crculo de mis afectos domsticos, me ha sonredo alguna vez el buen xito,--habra sido juzgado por ellos como cosa sin valor alguno, si no lo crean realmente deshonroso. "Qu es l?"--pregunta con una especie de murmullo una de las dos graves sombras de mis antepasados la otra. "Un escritor de libros de historietas! Qu clase de ocupacin es esta? Qu manera ser esta de glorificar Dios, y de ser durante su vida til la humanidad? Qu! Ese vstago degenerado podra con el mismo derecho ser un rascador de violn." Tales son los elogios que me prodigan mis abuelos al travs del ocano de los aos! Y pesar de su desdn, es innegable que en m hay muchos de los rasgos caractersticos de su naturaleza. Plantado, por decirlo as, con hondas races el rbol de mi familia por esos dos hombres serios y enrgicos en la infancia de la ciudad de Salem, ha subsistido ah desde entonces; siempre digno de respeto; nunca, que yo sepa, deshonrado por ninguna accin indigna de alguno de sus miembros; pero, rara vez, nunca, habiendo tampoco realizado, despus de las dos primeras generaciones, hecho alguno notable que por lo menos mereciere la atencin del pblico. Gradualmente la familia se ha ido haciendo cada vez menos visible, manera de las casas antiguas que van desapareciendo poco poco merced la lenta elevacin del terreno, en que parece como que se van hundiendo. Durante ms de cien aos, padres hijos buscaron su ocupacin en el mar: en cada generacin haba un capitn de buque encanecido en el oficio, que abandonaba el alczar del barco y se retiraba al antiguo hogar de la familia, mientras un muchacho de catorce aos ocupaba el puesto hereditario junto al mstil, afrontando la ola salobre y la tormenta que ya haban azotado su padre y su abuelo. Andando el tiempo, el muchacho pasaba del castillo de proa la cmara del buque: all corran entre tempestades y calmas los aos de su juventud y de su edad viril, y regresaba de sus peregrinaciones por el mundo envejecer, morir, y mezclar su polvo mortal con el de la tierra que le vi nacer. Esta prolongada asociacin de la familia con un mismo lugar, la vez su cuna y su sepultura, crea cierta especie de parentesco entre el hombre y la localidad, que nada tiene que ver con la belleza del paisaje ni con las condiciones morales que le rodean. Puede decirse que no es amor sino instinto. El nuevo habitante,--procedente de un pas extranjero, ya fuere l, su padre, su abuelo,--no posee ttulos ser llamado Salemita; no tiene idea de esa tenacidad, parecida la de la ostra, con que un antiguo morador se apega al sitio donde una generacin tras otra generacin se ha ido incrustando. Poco importa que el lugar le parezca triste; que est aburrido de las viejas casas de madera, del fango y del polvo, del viento helado del Este y de la atmsfera social aun ms helada,--todo esto, y cualesquiera otras faltas que vea imagine ver, nada tienen que hacer con el asunto. El encanto sobrevive, y tan poderoso como si el terruo natal fuera un paraso terrestre. Eso es lo que ha pasado conmigo. Yo casi crea que el destino me forzaba hacer de Salem mi hogar, para que los rasgos de las fisonomas y el temple del carcter que por tanto tiempo han sido familiares aqu,--pues cuando un representante de la raza descenda su fosa, otro continuaba, por decirlo as, la acostumbrada faccin de centinela en la calle principal,--an se pudieran ver y reconocer en mi persona en la antigua poblacin. Sin embargo, este sentimiento mismo viene ser una prueba de que esa asociacin ha adquirido un carcter enfermizo, y que por lo tanto debe, al fin, cesar por completo. La naturaleza humana, lo mismo que un rbol, no florecer ni dar frutos si se planta y se vuelve plantar durante una larga serie de generaciones en el mismo terreno ya cansado. Mis hijos han nacido en otros lugares, y hasta donde dependiere de m, irn echar races en terrenos distintos. Al salir de la Antigua Mansin, fu principalmente este extrao, aptico y triste apego mi ciudad natal, lo que me trajo desempear un empleo oficial en el gran edificio de ladrillos que he descrito, y serva de Aduana, cuando hubiera podido ir, quiz con mejor fortuna, otro punto cualquiera. Pero estaba escrito. No una vez, ni dos, sino muchas, haba salido de Salem, al parecer para siempre, y de nuevo haba regresado la vieja poblacin, como si Salem fuera para m el centro del universo. Pues bien, una maana, muy bella por cierto, sub los escalones de granito de que he hablado, llevando en el bolsillo mi nombramiento de Inspector de Aduana, firmado por el Presidente de los Estados Unidos, y fu presentado al cuerpo de caballeros que tenan que ayudarme sobrellevar la grave responsabilidad que sobre mis hombros arrojaba mi empleo. Dudo mucho, mejor dicho, creo firmemente, que ningn funcionario pblico de los Estados Unidos, civil militar, haya tenido bajo sus rdenes un cuerpo de veteranos tan patriarcales como el que me cupo en suerte. Cuando los v por vez primera, qued resuelta para m la cuestin de saber dnde se hallaba el vecino ms antiguo de la ciudad. Durante ms de veinte aos, antes de la poca de que hablo, la posicin independiente del Administrador haba conservado la Aduana de Salem al abrigo del torbellino de las vicisitudes polticas que hacen generalmente tan precario todo destino del Gobierno. Un militar,--uno de los soldados ms distinguidos de la Nueva Inglaterra,--se mantena firmemente sobre el pedestal de sus heroicos servicios; y, considerndose seguro en su puesto, merced la sabia liberalidad de los Gobiernos sucesivos bajo los cuales haba mantenido su empleo, haba sido tambin el ncora de salvacin de sus subordinados en ms de una hora de peligro. El general Miller no era, por naturaleza, amigo de variaciones: era un hombre de benvola disposicin en quien la costumbre ejerca no poco influjo, apegndose fuertemente las personas cuyo rostro le era familiar, y con dificultad se decida hacer un cambio, aun cuando ste trajera aparejada una mejora incuestionable. As es que al tomar posesin de mi destino, hall no pocos empleados ancianos. Eran, en su mayor parte, antiguos capitanes de buque, que despus de haber rodado por todos los mares y haber resistido firmemente los huracanes de la vida, haban al fin echado el ancla en este tranquilo rincn del mundo, en donde con muy poco que los perturbara, excepto los terrores peridicos de una eleccin presidencial, que podra dejarlos cesantes, tenan asegurada la subsistencia y hasta casi una prolongacin de la vida; porque si bien tan expuestos como los otros mortales los achaques de los aos y sus enfermedades, tenan evidentemente algn talismn, amuleto algo por el estilo, que pareca demorar la catstrofe inevitable. Se me dijo que dos tres de los empleados que padecan de gota y reumatismo, quiz estaban clavados en sus lechos, ni por casualidad se dejaban ver en la Aduana durante una gran parte del ao; pero una vez pasado el invierno, se arrastraban perezosamente al calor de los rayos de Mayo Junio, desempeando lo que ellos llamaban su deber, y tomando de nuevo cama cuando mejor les pareca. Tengo que confesar que abrevi la existencia oficial de ms de uno de estos venerables servidores de la Repblica. peticin ma, se les permiti que descansaran de sus arduas labores; y poco despus,--como si el nico objeto de su vida hubiera sido su celo por el servicio del pas,--pasaron un mundo mejor. No deja sin embargo de servirme de piadoso consuelo la idea de que, gracias mi intervencin, se les concedi tiempo suficiente para que se arrepintieran de las malas y corruptas costumbres en que, como cosa corriente, se supone que tarde temprano cae todo empleado de Aduana, pues sabido es que de dicha institucin no arranca senda alguna que nos lleve derechamente al Paraso. La mayor parte de mis subordinados perteneca un partido poltico distinto del mo. Y no fu poca fortuna para aquella venerable fraternidad, que el nuevo Inspector no fuera lo que se llama un politicastro, ni hubiera recibido su empleo en recompensa de servicios prestados en el terreno de la poltica. De lo contrario, al cabo de un mes de haber subido el ngel exterminador las escaleras de la Aduana, ni un solo hombre del antiguo personal de funcionarios hubiera quedado en pie. Y en remate de cuentas, no habra hecho ni ms ni menos que conformarse la costumbre establecida en casos semejantes por la poltica. Bien visible era que aquellos viejos lobos marinos teman que yo hiciera algo parecido; y no poca pena, mezclada con cierta risa, produjeron en m los terrores que di origen mi llegada, al notar cmo aquellos rostros curtidos por medio siglo de exposicin las tempestades del mar, palidecan al ver un individuo tan inofensivo como yo; al percibir, cuando alguno me hablaba, el temblor de una vez que, en aos ya remotos, acostumbraba resonar en la bocina del buque tan ronca y vigorosa que habra causado espanto al mismsimo Breas. Muy bien saban aquellos excelentes ancianos que, segn las prcticas usuales, y, respecto de algunos de ellos en razn de su falta de aptitud para los negocios, deberan haber cedido sus puestos hombres ms jvenes, de distinto credo poltico, y ms adecuados para el servicio de nuestro Gobierno. Yo tambin lo saba, pero no pude resolverme proceder de acuerdo con ese conocimiento. Por lo tanto, con grande y merecido descrdito mo, y considerable detrimento de mi conciencia oficial, continuaron, durante mi poca de mando arrastrndose, como quien dice, por los muelles, y subiendo y bajando las escaleras de la Aduana. Una parte del tiempo, no poca en honor de la verdad, la pasaban dormidos en sus rincones acostumbrados, con las sillas reclinadas contra la pared, despertando sin embargo una dos veces al medioda para aburrirse mutuamente refirindose, por la milsima vez, sus viejas historias martimas y sus chistes enmohecidas jocosidades que ya todos se saban de memoria. Me parece que no tardaron en descubrir que el nuevo jefe era hombre de buena pasta, de quien no haba mucho que temer. De consiguiente, con corazones contentos y con la ntima conviccin de creerse empleados de utilidad y provecho,-- lo menos en beneficio propio, si no en el de nuestra amada patria,--estos santos varones continuaron desempeando, nominalmente, en realidad de verdad, sus varios empleos. Con qu sagacidad, auxiliados por sus grandes espejuelos, dirigan una mirada al interior de las bodegas de los buques! Qu gresca armaban veces con motivo de nimiedades, mientras otras, con maravillosa estupidez, dejaban pasar por alto cosas verdaderamente dignas de toda atencin! Cuando algo por el estilo aconteca, por ejemplo, cuando un carromato cargado de valiosas mercancas haba sido trasbordado subrepticiamente tierra, en pleno medioda, bajo sus mismas narices, sin que se lo olieran, era de ver entonces la energa y actividad que desplegaban, cerrando doble llave todas las escotillas y aperturas del buque delincuente, redoblando la vigilancia, de tal modo, que en vez de recibir una reprimenda por su anterior negligencia, pareca que eran ms bien acreedores todo elogio por su celo y sus medidas precautorias, despus que el mal estaba hecho y no tena remedio. no ser que las personas con quienes tenga yo algn trato, sean en extremo displicentes y desagradables, es mi costumbre, tonta si se quiere, cobrarles afecto; pues las cualidades mejores de mis compaeros, caso que las tengan, son las que comunmente noto, y constituyen el rasgo saliente que me hace apreciar al hombre. Como la mayor parte de aquellos viejos empleados del resguardo tenan buenas cualidades, y como mi posicin respecto de ellos era casi paternal y protectora, y favorable por lo tanto al desarrollo de sentimientos amistosos, pronto se granjearon todos mi cario. En el verano, al medioda, cuando los fuertes calores que casi hacan derretir al resto del gnero humano apenas si vivificaban sus soolientos organismos, era sumamente grato oirlos charlar recostados todos en hilera, como de costumbre, contra la pared, trayendo la memoria los chistes ya helados de pasadas generaciones que se referan, medio balbuciendo, entre sonoras carcajadas. He notado que, exteriormente por lo menos, la alegra de los ancianos tiene muchos puntos de contacto con la de los nios, en cuanto que ni la inteligencia ni un profundo sentimiento humorstico entran por algo en el asunto. Tanto en el nio como en el anciano viene ser manera de un rayo de sol que juguetea sobre la superficie, impartiendo un aspecto luminoso y risueo, lo mismo la rama verde del rbol, que al tronco decado y seco. Sin embargo, en uno es un verdadero rayo de sol; en el otro, se asemeja ms bien al brillo fosforescente de la madera carcomida. Sera realmente injusto que el lector llegase creer que todos mis excelentes viejos amigos estaban chocheando. En primer lugar, no todos eran ancianos: haba, entre mis compaeros subordinados, hombres en toda la lozana y fuerza de la edad: hbiles, inteligentes, enrgicos, y en todo y por todo superiores la ocupacin rutinaria que los haba condenado su mala estrella. Adems, las canas de ms de uno cubran un cerebro dotado de inteligencia conservada en muy buenas condiciones. Pero respecto la mayora de mi cuerpo de veteranos, no cometo injusticia alguna si la califico, en lo general, de conjunto de seres fastidiosos que de su larga y variada experiencia de la vida no haban sacado nada que valiera la pena de conservarse. Se dira que, habiendo esparcido todos los vientos los granos de oro de la sabidura prctica que tuvieron tantas oportunidades de atesorar, haban conservado, con el mayor esmero, tan slo la intil inservible cscara. Hablaban con mayor inters y abundancia de corazn de lo que haban almorzado aquel da, de la comida del anterior, de la que haran el siguiente, que del naufragio de hace cuarenta cincuenta aos, y de todas las maravillas del mundo que haban visto con sus ojos juveniles. El abuelo de la Aduana, el patriarca, no slo de este reducido grupo de empleados, sino estoy por decir que de todo el personal respetable de todas las Aduanas de los Estados Unidos, era cierto funcionario inamovible. Podra apellidrsele, con toda exactitud, el hijo legtimo del sistema aduanero, nacido y criado en el regazo de esta noble institucin, como que su padre, coronel de la guerra de la Independencia, y en otro tiempo Administrador de Aduana, haba creado para l un destino en una poca que pocos de los hombres que hoy viven pueden recordar. Cuando conoc este empleado, tendra cuestas sus ochenta aos, poco ms menos: con las mejillas sonrosadas; cuerpo slido y trabado; levita azul de brillantes botones; paso vigoroso y rpido, y aspecto sano y robusto, pareca, si no joven, por lo menos una nueva creacin de la Madre Naturaleza en forma de hombre, con quien ni la edad ni los achaques propios de ella, nada tenan qu hacer. Su voz y su risa, que resonaban constantemente en todos los mbitos de la Aduana, no adolecan de ese sacudimiento trmulo manera de cacareo de gallina tan comn en la vejez: parecase al canto de un gallo al sonido de un clarn. Considerndole simplemente desde el punto de vista zoolgico,--y tal vez no haba otro modo de considerarlo,--era un objeto realmente interesante, al observar cuan saludable y sana era su constitucin, y la aptitud que en su avanzada edad tena para gozar de todos de casi todos los placeres que siempre haba aspirado. La certidumbre de tener la existencia asegurada en la Aduana, vindose exento de cuidados, y casi sin temores de ser dado de baja, junto con el salario que reciba puntualmente, haban sin duda contribudo que los aos pasaran por l sin dejar ninguna huella. Sin embargo, haba causas mucho ms poderosas, que consistan en la rara perfeccin de su naturaleza fsica, la moderada proporcin de su inteligencia, y el papel tan reducido que desempeaban en l las cualidades morales y espirituales, que para decir la verdad, duras penas bastaban para impedir que el anciano caballero imitase en la manera de andar al rey Nabucodonosor durante los aos de su transformacin. La fuerza de su pensamiento era nula; la facultad de experimentar afectos, ninguna; y en cuanto sensibilidad, cero. En una palabra, en l no haba sino unos cuantos instintos que, auxiliados por el buen humor que era el resultado inevitable de su bienestar fsico, hacan las veces de corazn. Se haba casado tres veces, y otras tantas haba enviudado: era el padre de veinte nios, la mayor parte de los cuales haba pagado, diversas edades, el tributo comn la madre tierra. Esto es bastante para hacernos suponer que la naturaleza ms feliz, el hombre ms contento con su suerte, tena que dar cabida un dolor suficiente para engendrar cierto sentimiento de melancola. Nada de esto con nuestro anciano empleado! En un breve suspiro se exhalaba toda la tristeza de estos recuerdos; y al momento siguiente estaba tan dispuesto y alegre como un nio; mucho ms que el escribiente ms joven de la Aduana que, pesar de no contar sino diez y nueve aos de edad, era con todo un hombre ms grave y reposado que el octogenario oficial del resguardo. Yo estudiaba y observaba este personaje patriarcal con una curiosidad mayor que la que hasta entonces me hubiera inspirado ningn sr humano; pues era, en realidad, un raro fenmeno: tan perfecto y completo, desde un punto de vista, como superficial, ilusorio, impalpable, y absolutamente insignificante desde cualquiera otro. Llegu creer puo cerrado que ese individuo no tena ni alma, ni corazn, ni intelecto, ni nada, como ya he dicho, excepto instintos; y sin embargo, de tal manera estaba compaginado lo poco que en realidad haba en l, que no produca una impresin penosa de deficiencia; antes al contrario, por lo que m hace, me daba por muy satisfecho con lo que en l haba hallado. Difcil sera concebir su existencia espiritual futura, en vista de lo completamente terrenal y material que pareca; pero es lo cierto que su existencia en este mundo nuestro, suponiendo que terminara con su ltimo aliento, no le haba sido concedida bajo duras condiciones: su responsabilidad moral no era mayor que la de los seres irracionales, aunque poseyendo mayores facultades que ellos para gozar de la vida, y vindose exento igualmente de los achaques y tristezas de la vejez. En un particular les era vasta, inmensamente superior: en la facultad de recordar las buenas comidas de que haba disfrutado y que constituan no pequea parte de su felicidad terrenal. Era un gastrnomo consumado. Oirle hablar de un asado, bastaba ya para despertar nuestro apetito; y como nunca posey otras dotes superiores, ni pervirti ni sacrific ningn don espiritual anteponindolo la satisfaccin de su paladar y de su estmago, me causaba siempre gran placer oirle discurrir acerca del pescado, de la volatera, de los mariscos, y de la diversidad de carnes, espacindose en lo referente al mejor modo de condimentarlos y servirlos en la mesa. Sus reminiscencias de una buena comida, por antigua que fuera su fecha, eran tan vivas que pareca que estaba realmente aspirando el olor de un lechoncito asado de un pavo trufado. Su paladar conservaba todava el sabor de manjares que haba comido haca sesenta setenta aos, como si se tratara de las chuletas de carnero del almuerzo de aquel da. Recordaba con verdadero deleite, con fruicin sin igual, un pedazo de lomo asado, un pollo especial, un pavo digno de particular elogio, un pescado notable, otro manjar cualquiera que adorn su mesa all en los das de su primera juventud; mientras los grandes acontecimientos de que haba sido teatro el mundo durante los largos aos de su existencia, haban pasado por l como pasa la brisa, sin dejar la menor huella. Hasta donde me ha sido dable juzgar, el acontecimiento ms trgico de su vida, fu cierto percance con un pato que dej de existir hace treinta cuarenta aos, pato cuyo aspecto auguraba momentos deliciosos; pero que una vez en la mesa, result tan inveteradamente duro, que el trinchante no hizo mella alguna en l, y hubo necesidad de apelar una hacha y un serrucho de mano para dividirlo. Pero es tiempo ya de terminar este retrato, aunque tendra el mayor placer en dilatarme en l indefinidamente, pues de todos los hombres que he conocido, este individuo me parece el ms apropsito para vista de Aduana. La mayora de las personas, debido causas que no tengo tiempo ni espacio para explicar, experimentan una especie de detrimento moral en consecuencia del gnero peculiar de vida de dicha profesin. El anciano funcionario era incapaz de experimentarlo; y si pudiera continuar desempeando su empleo hasta el fin de los siglos, seguira siendo tan bueno como era entonces, y se sentara la mesa para comer con tan excelente apetito como de costumbre. Hay an otra figura sin la cual mi galera de retratos de empleados de la Aduana quedara incompleta; pero que me contentar simplemente con bosquejar, porque mis oportunidades para estudiarla no han sido muchas. Me refiero nuestro Administrador, al bizarro y antiguo general Miller quien, despus de sus brillantes servicios militares y de haber gobernado por algn tiempo uno de los incultos territorios del Oeste, haba venido, haca veinte aos, pasar en Salem el resto de su honorable y agitada vida. El valiente soldado contaba ya unos setenta aos de edad, y estaba abrumado de achaques que ni aun su marcial espritu, ni los recuerdos de sus altos hechos podan mitigar. Solo con el auxilio de un sirviente, y asindose del pasamanos de hierro, poda subir lenta y dolorosamente las escaleras de la Aduana; y luego, arrastrndose con harto trabajo, llegar su asiento de costumbre junto la chimenea. All permaneca observando con sereno semblante los que entraban y salan, en medio del rumor causado por la discusin de los negocios, la charla de la oficina, el crujir de los papeles, etc., todo lo cual pareca no influir en manera alguna en sus sentidos, ni mucho menos penetrar, perturbndola, en la esfera de sus contemplaciones. Su rostro, cuando el General se hallaba en semejante estado de quietud, era benvolo y afable. Si alguno se le acercaba en demanda de algo, iluminaba sus facciones una expresin de cortesa y de inters, que bien las claras demostraba que aun arda interiormente el fuego sagrado, y que slo la corteza exterior se opona al libre paso de su luz intelectual. Cuanto ms de cerca se le trataba, tanto ms sana se revelaba su inteligencia. Cuando no se vea como forzado hablar prestar atencin lo que se le deca, pues ambas operaciones le costaban evidentemente un esfuerzo, su rostro volva revestirse de la tranquila placidez de costumbre. Debo agregar que su aspecto no dejaba en el nimo del que le contemplaba ninguna impresin penosa, pues nada acusaba en l la decadencia intelectual propia de la vejez. Su armazn corprea, de suyo fuerte y maciza, no se estaba todava desmoronando. Bajo condiciones tan poco favorables, era difcil estudiar su verdadero carcter y definirlo, como lo sera, por ejemplo, reconstruir, por medio de la imaginacin, una antigua fortaleza como la de Ticonderoga, teniendo la vista slo sus ruinas. Aqu y acull tal vez se encuentre un pao de muralla casi completo; pero en lo general se v nicamente una masa informe, oprimida por su mismo peso, y la que largos aos de paz y de abandono han cubierto de hierbas y abrojos. Sin embargo, contemplando al viejo guerrero con afecto,--pues pesar de nuestro poco trato mutuo, los sentimientos que hacia l abrigaba, como aconteca con cuantos le conocieron, no podan menos de ser afectuosos,--pude discernir los rasgos principales de su carcter. Descollaban en l las nobles y heroicas cualidades que ponan de manifiesto que el nombre distinguido de que disfrutaba, no lo haba alcanzado por un mero capricho de la fortuna, sino con toda justicia. Su actividad no fu hija de un espritu inquieto, sino que necesit siempre algn motivo poderoso que le imprimiera el impulso; pero una vez puesta en movimiento, y habiendo obstculos que vencer, y un resultado valioso que alcanzar, no fu hombre que cediera ni fracasara. El fuego que le anim un tiempo, y que an no estaba extinguido sino entibiado, no era de esas llamaradas que toman cuerpo rpidamente, brillan y se apagan al punto, sino una llama intensa y rojiza, como la de un hierro candente. Solidez, firmeza, y peso: tal es lo que expresaba el reposado continente del General en la poca que me refiero, aun en medio de la decadencia que prematuramente se iba enseoreando de su naturaleza; si bien puedo imaginarme que, en circunstancias excepcionales, cuando se hallase agitado por un sentimiento vivo que despertara su energa, que slo estaba adormecida, era capaz de despojarse de sus achaques, como un enfermo de la ropa que le cubre, y arrojando un lado el bculo de la vejez, empuar de nuevo el sable de batalla, y ser el guerrero de otros tiempos. Y aun entonces su aspecto habra revelado calma. Semejante exhibicin de sus facultades fsicas es solo para concebirse con la fantasa, y no fuera de desearse que se realizara. Lo que v en l--fueron los rasgos de una tenaz y decidida perseverancia, que en su juventud pudiera haber sido obstinacin; una integridad que, como la mayor parte de sus otras cualidades, era maciza, slida, tan poco dctil y tan inmanejable como una tonelada de mineral de hierro; y una benevolencia que, pesar del impetuoso ardor con que al frente de sus soldados mand las cargas la bayoneta en Chippewa el Fuerte Erie, era tan genuina y verdadera como la que pueda mover cualquier filntropo de nuestro siglo. Ms de un enemigo, en el campo de batalla, perdi la vida al filo de su acero; y ciertamente que muchos y muchos quedaron all tendidos, como en el prado la hierba segada por la guadaa, impulsos de aquellas cargas que su espritu comunic su triunfante energa. Pero de todos modos, nunca hubo en su corazn crueldad bastante para poder ni aun despojar una mariposa del polvo brillante de sus alas. No conozco otro hombre en cuya innata bondad tanto pudiera yo confiar. Muchas de las cualidades caractersticas del General,--especialmente las que habran contribudo en sumo grado que el bosquejo que voy trazando se pareciese al original,--deban de haberse desvanecido debilitado antes de que yo le hubiera visto por primera vez. Sabido es que los atributos ms delicados son tambin los que ms pronto desaparecen; ni tiene la naturaleza por costumbre adornar las ruinas humanas con las flores de una nueva hermosura cuyas races yacen en las grietas y hendeduras de los escombros de donde sacan su sustento, como las que brotan en las arruinadas murallas de la fortaleza de Ticonderoga; y sin embargo, en lo que toca gracia y belleza, haba en l algo digno de atencin. De vez en cuando iluminaba su rostro, de agradable manera, un rayo de buen humor socarrn; mientras que tambin poda notarse un rasgo de elegancia y gusto delicado natural, que no siempre se v en las almas viriles pasada la primera juventud, en el placer que causaban al General la vista y fragancia de las flores. Es de suponerse que un viejo guerrero estima, antes que todo, el sangriento laurel para sus sienes; pero aqu se daba el ejemplo de un soldado que participaba de las preferencias de una joven muchacha hacia las bellas producciones de Flora. All, junto la chimenea, acostumbraba sentarse el anciano y valiente General; mientras el Inspector, que si poda evitarlo, raras veces tomaba sobre s la difcil tarea de entablar con l una conversacin, se complaca en quedarse cierta distancia observando aquel apacible rostro, casi en un estado de semi-somnolencia. Pareca como si estuviera en otro mundo distinto del nuestro, aunque le veamos unas cuantas varas de nosotros; remoto, aunque pasbamos junto su silln; inaccesible, aunque podramos alargar las manos y estrechar las suyas. Era muy posible que all, en las profundidades de sus pensamientos, viviera una vida ms real que no en medio de la atmsfera que le rodeaba en la poco adecuada oficina de un Administrador de Aduana. Las evoluciones de las maniobras militares; el tumulto y fragor de la batalla; los blicos sonidos de antigua y heroica msica oda haca treinta aos,--tales eran quiz las escenas y armonas que llenaban su espritu y se desplegaban en su imaginacin. Entre tanto, los comerciantes y los capitanes de buques, los dependientes de almacn y los rudos marineros entraban y salan: en torno suyo continuaba el mezquino ruido que produca la vida comercial y la vida de la Aduana: pero ni con los hombres, ni con los asuntos que les preocupaban, pareca que tuviera la ms remota relacin. All, en la Aduana, estaba tan fuera de su lugar, como una antigua espada, ya enmohecida, despus de haber fulgurado en cien combates, pero conservando aun algn brillo en la hoja, lo estara en medio de las plumas, tinteros, pisapapeles y reglas de caoba del bufete de uno de los empleados subalternos. Haba especialmente una circunstancia que me ayud mucho en la tarea de reanimar y reconstruir la figura del vigoroso soldado que pele en las fronteras del Canad, cerca del Nigara, del hombre de energa sencilla y verdadera. Era el recuerdo de aquellas memorables palabras suyas--"Lo probar, seor!"--pronunciadas en los momentos mismos de llevar cabo una empresa tan heroica cuanto desesperada, y que respiraban el indomable espritu de la Nueva Inglaterra. Si en nuestro pas se premiase el valor con ttulos de nobleza, esa frase,--que parece tan fcil de emitir, pero que solamente l, ante el peligro y la gloria que le esperaban, ha llegado pronunciar,--esa frase, repito, sera el mote mejor, y el ms apropiado, para el escudo de armas del General. Mucho contribuye la educacin moral intelectual de un hombre hallarse en contacto diario con individuos de hbitos no parecidos los suyos, que no tienen inters alguno en sus ideas y ocupaciones, y que nos fuerzan en cierto modo salir de nosotros mismos, para poder penetrar en la esfera en que se mueven sus pensamientos y sus aptitudes. Los accidentes de mi vida me han proporcionado con frecuencia esta ventaja; pero nunca de una manera tan completa y variada como durante el tiempo que permanec en la Aduana de Salem. Haba all, particularmente, un hombre que me di una nueva idea de lo que pudiera ser el talento, gracias al estudio que hice de su carcter. Posea realmente las dotes que distinguen un verdadero hombre de negocios: era vivo, muy listo, y de clara inteligencia; de una rpida mirada vea donde estaba la dificultad en los asuntos ms embrollados, y tena el don especial de hacerla desaparecer como por encanto. Criado y desarrollado, como quien dice, en la Aduana, era sta el campo propio de su actividad; y las muchas complicaciones de los negocios, tan molestas y enojosas para el novicio, se presentaban su vista con toda la sencillez de un sistema perfectamente arreglado. Para m, era ese individuo el ideal de su clase, la encarnacin de la Aduana misma, lo menos el resorte principal que mantena en movimiento toda aquella maquinaria; porque en una institucin de este gnero, cuyos empleados superiores se nombran merced motivos especiales, y en que raras veces se tiene en cuenta su aptitud para el acertado desempeo de sus deberes, es natural que esos empleados busquen en otros las cualidades de que ellos carecen. Por lo tanto, por una necesidad ineludible, as como el imn atrae las partculas de acero, del mismo modo nuestro hombre de negocios atraa hacia s las dificultades con que cada uno tropezaba. Con una condescendencia notable, y sin molestarse por nuestra estupidez,--que para una persona de su gnero de talento deba de ser punto menos que un crimen,--lograba en un momento hacernos ver claro como la luz del da, lo que nosotros nos haba parecido incomprensible. Los comerciantes le tenan en tanto aprecio como nosotros, sus compaeros de oficina. Su integridad era perfecta; innata, ms bien que resultado de principios fijos de moralidad. Ni poda ser de otro modo, pues en un hombre de una inteligencia tan lcida y exacta como la suya, la honradez completa y la regularidad suma en la administracin de los negocios, tenan que ser las cualidades dominantes. Una mancha en su conciencia, respecto cualquiera cosa que se relacionase con sus deberes de empleado, habra atormentado una persona semejante, del mismo modo, aunque en un grado mucho mayor, que un error en el balance de una cuenta, un borrn de tinta en la bella pgina de un libro del Registro. En suma, hall en l lo que raras veces he visto en el curso de mi vida,--un hombre que se adaptaba perfectamente al desempeo de su empleo. Tales eran algunos de los individuos con quienes me puse en contacto al entrar en la Aduana. Acept de buen talante una ocupacin tan poco en armona con mis hbitos y mis inclinaciones, y me puse con empeo sacar de mi situacin el mejor partido posible. Despus de haberme visto asociado los trabajos y los planes impracticables de mis soadores compaeros del _Brook Farm_;[7] despus de haber vivido tres aos bajo el influjo sutil de una inteligencia como la de Emerson; despus de aquellos das pasados en Assabeth en fantsticas especulaciones en compaa de Ellery Channing, junto los trozos de lea que ardan en nuestra chimenea; despus de hablar con Thoreau acerca de los pinos y de las reliquias de los indios, en su retiro de Walden; despus de haberme vuelto en extremo exigente, merced la influencia de la elegante cultura clsica de Hillard; despus de haberme saturado de sentimientos poticos en el hogar de Longfellow,[8]--era en verdad tiempo de que empezara ejercer otras facultades del espritu, y que me alimentase con un manjar hacia el cual, hasta entonces no me senta muy inclinado. Hasta el octogenario oficial del resguardo de que he hablado antes, me pareca, como cambio de dieta, muy apetecible para un hombre que haba conocido Alcott.[9] Tengo para m que, en cierto sentido, es prueba evidente de una constitucin bien equilibrada, y de una organizacin en que no falta nada esencial, el hecho de que, pesar de haberme asociado algn tiempo con hombres tales como los que acabo de mencionar, hubiera podido mezclarme despus con individuos de cualidades completamente distintas, sin quejarme del cambio. La Literatura, su ejercicio y sus fines, eran la sazn objetos de poca monta para m. En esa poca no tena por los libros inters alguno. La naturaleza--excepto la humana--la naturaleza visible en cielo y tierra, puede decirse que no exista para mis ojos; y toda aquella delicia con que la imaginacin la haba idealizado en otros tiempos, se haba desvanecido en mi espritu. Como suspensos inanimados, si es que no me haban abandonado por completo, se hallaban un cierto don y una cierta facultad; y no haber tenido la conciencia de que me era dado evocar, cuando quisiera, todo lo que realmente tena algn valor en lo pasado, mi posicin habra sido infinitamente triste y desconsoladora. Seguramente era esta una clase de vida que no poda llevarse con impunidad por mucho tiempo; de lo contrario, me habra convertido, de un modo permanente, en algo distinto de lo que siempre haba sido, sin transformarme tampoco en algo que valiera la pena de aceptarse. Pero nunca consider aquel estado de vida sino transitorio, pues una especie de instinto proftico, una voz misteriosa me murmuraba continuamente al odo, dicindome que en una poca, no lejana, y cuando para bien mo fuera necesario un cambio, ste se efectuara. Entre tanto, ah me estaba yo, todo un Inspector de Aduana, y hasta donde me ha sido posible comprenderlo, tan bueno como se pueda desear; porque un hombre que siente, que piensa, y que est dotado de imaginacin (aunque fueran sus facultades diez veces superiores la del Inspector) puede, en cualquiera tiempo, ser un hombre de negocios, si quiere tomarse el trabajo de dedicarse ellos. Mis compaeros de oficina, los comerciantes y los capitanes de buques con quienes mis deberes oficiales me pusieron en contacto, me tenan slo por hombre de negocios, y probablemente ignoraban por completo que fuera otra cosa. Creo que ninguno haba ledo nunca una pgina de mis escritos, ni hubiera pesado yo un adarme ms en la balanza de su consideracin, aunque hubiesen ledo todo lo que he borroneado: aun hay ms, poco habra importado que esas mal aventuradas pginas hubieran sido escritas con la pluma de un Burns la de un Chaucer,[10] que en su tiempo fueron como yo empleados de Aduana. No deja de ser una buena leccin, aunque veces algo dura, para el que ha soado con la fama literaria y con la idea de crearse, por medio de sus obras, un nombre respetado entre las celebridades del mundo, descubrir de buenas primeras que, fuera del crculo estrecho en que se tiene noticia de sus mritos y presunciones, nada de lo que ha llevado cabo, ni nada de aquello que aspira, tiene importancia significacin alguna. No creo que yo tena una necesidad especial de recibir leccin semejante, ni siquiera como aviso preventivo y saludable, pero ello es que la recib por completo, bien que no me caus ningn dolor, ni me cost un solo suspiro. Cierto es tambin que en materia de literatura, un oficial de marina que entr servir en la Aduana al mismo tiempo que yo, con frecuencia echaba su cuarto espadas conmigo en discusiones acerca de uno de sus dos temas favoritos: Napolen y Shakespeare; y que tambin uno de los escribientes del Administrador, aun muy joven y que llenaba, segn se deca en voz baja, las blancas cuartillas de papel de la Aduana con lo que cierta distancia tena la apariencia de versos, de cuando en cuando me hablaba de libros, como de un asunto que quiz me sera familiar. esto se reduca todo mi comercio literario, y debo confesar que era ms que suficiente para satisfaccin de mis necesidades intelectuales. Pero aunque haca tiempo que no trataba de que mi nombre recorriese el mundo impreso en el frontis de un libro, ni me importaba, no poda sin embargo menos de sonreirme al pensar que tena entonces otra clase de boga. El marcador de la Aduana lo imprima, con un patrn y pintura negra, en los sacos de pimienta, en las cajas de tabacos, en las pacas de todas las mercancas sujetas derechos, como testimonio de que estos artculos haban pagado el impuesto y pasado por la Aduana. Llevado en tan extrao vehculo de la fama, iba mi nombre donde jams haba llegado antes, y donde espero que nunca ir de nuevo. Pero el pasado no haba muerto por completo. De vez en cuando, los pensamientos que en otro tiempo parecan tan vitales y tan activos, pero que se haban entregado al reposo de la manera ms tranquila del mundo, cobraban vida y vigor. Una de las ocasiones en que mis hbitos de otros das renacieron, fu la que di margen que ofrezca al pblico el bosquejo que estoy trazando. En el segundo piso de la Aduana hay una vasta habitacin cuyas vigas y enladrillado nunca han sido cubiertos con torta y artesonado. El edificio, que se ide en una escala en armona con el antiguo espritu comercial del puerto y la esperanza de una prosperidad futura que nunca haba de realizarse, tiene ms espacio del que era necesario y al que no se puede dar uso alguno. Por lo tanto, el gran saln que est encima de las habitaciones del Administrador, se ha quedado por concluir, y pesar de las telaraas que adornan sus empolvadas vigas, parece como que espera la mano del carpintero y del albail. En una extremidad de dicha habitacin haba cierto nmero de barriles, amontonados unos sobre otros, y llenos de los de documentos oficiales, de los cuales gran nmero yaca tambin en el pavimento. Tristeza causaba pensar en los das, y semanas, y meses y aos de trabajo que se haban empleado en esos papeles enmohecidos, que eran ahora simplemente un estorbo, estaban ocultos en un olvidado rincn donde jams ojos humanos les daran una mirada! Pero tambin, cuntas resmas y resmas de otros manuscritos, llenos, no de las fastidiosas frmulas oficiales, sino de los pensamientos de una clara inteligencia y de las ricas efusiones de un corazn sensible, han ido parar igualmente al olvido ms completo! Y lo ms triste de todo, sin que en su tiempo, como las pilas de papeles de la Aduana, hubieran proporcionado aquellos que los borronearon las comodidades y medios de subsistencia que obtuvieron los aduaneros con los rasgos inservibles y comunes de sus plumas. Sin embargo, esto ltimo no es completamente exacto, pues no carecen de valor para la historia local de Salem; y en esos papeles podran descubrirse noticias y datos estadsticos del antiguo trfico del puerto, y recuerdos de sus grandes comerciantes y otros magnates de la poca, cuyas inmensas riquezas comenzaron ir menos mientras sus cenizas estaban an calientes. En esos papeles pudiera hallarse el origen de los fundadores de la mayor parte de las familias que constituyen ahora la aristocracia de Salem, desde sus obscuros principios cuando se dedicaban trafiquillos de poca monta, hasta lo que hoy consideran sus descendientes una jerarqua establecida de larga fecha. Es lo cierto que hay una gran escasez de documentos oficiales relativos la poca anterior la Revolucin, circunstancia que muchas veces he lamentado, pues esos papeles podran haber contenido numerosas referencias personas ya olvidadas, de que an se conserva recuerdo, as como antiguas costumbres que me habran proporcionado el mismo placer que experimentaba cuando encontraba flechas de indios en los campos cerca de la Antigua Mansin. Pero un da lluvioso, en que no tena mucho en que ocuparme, tuve la buena fortuna de hacer un descubrimiento de algn inters. Revolviendo aquella pila de papeles viejos, y huroneando entre ellos; desdoblando alguno que otro documento, y leyendo los nombres de los buques que luengos aos ha desaparecieron en el fondo del ocano, se pudrieron en los muelles, as como los de los comerciantes que ya no se mencionan en la Bolsa, ni an apenas pueden descifrarse en las dilapidadas losas de sus tumbas; contemplando esos papeles con aquella especie de semi-inters melanclico que inspiran las cosas que no sirven ya para nada, me vino las manos un paquete pequeo cuidadosamente envuelto en un pedazo de antiguo pergamino amarillo. Esta cubierta tena el aspecto de un documento oficial de un perodo remoto, cuando los escribientes trazaban sus signos en materiales de mayor solidez que los nuestros. Haba en el paquete algo que despert vivamente mi curiosidad y me llev deshacer la cinta de un rojo desvanecido que lo ataba, animado de la idea de que iba sacar luz un tesoro. Al desdoblar el rgido pergamino, v que era el nombramiento expedido por el Gobernador Shirley en favor de un tal Jonatn Pue para el empleo de Inspector de las Aduanas de Su Majestad en el puerto de Salem, en la Provincia de la Baha de Massachusetts. Record que haba ledo, creo que en los Anales de Felt, la noticia del fallecimiento del Sr. Inspector Pue, ocurrido haca unos ochenta aos; y que tambin en un peridico de nuestros das haba visto el relato de la extraccin de sus restos mientras se restauraba la Iglesia de San Pedro, en cuyo pequeo cementerio estaban enterrados. Por ms seas que slo hallaron un esqueleto incompleto y una enorme peluca bien conservada. Al examinar los papeles con mayor detenimiento, v que no eran oficiales, sino privados, y al parecer de letra y puo del Inspector. La nica explicacin que pude darme del porqu se encontraban en la pila de papeles de que he hablado, consiste en que el Sr. Pue falleci repentinamente, y esos escritos, que probablemente conservaba en su bufete oficial, nunca llegaron manos de sus herederos, por suponerse que tal vez se referan asuntos del servicio de la Aduana. Se me figura que las ocupaciones anexas su empleo dejaban al antiguo Inspector en aquellos tiempos muchas horas libres que dedicar investigaciones histricas locales y otros asuntos de igual naturaleza. No pequea parte de los datos que hall en los papeles de que hablo, me sirvieron de mucho para el artculo titulado la CALLE PRINCIPAL includo en uno de mis libros. Pero lo que ms me atrajo la atencin en el misterioso paquete, fu algo forrado con pao de un rojo hermoso, bien que bastante gastado y desvanecido. Haba tambin en el forro visibles huellas de un bordado de oro, igualmente muy gastado, de tal modo que puede decirse que apenas quedaba nada. Se conoce que haba sido hecho la aguja con sorprendente habilidad; y las puntadas, como me aseguraron damas muy peritas en el asunto, dan prueba patente de un arte ya perdido, que no es posible restaurar, aunque se fueran sacando uno uno los hilos del bordado. Este harapo de pao color de escarlata,--pues los aos y las polillas lo haban reducido en realidad un harapo, y nada ms,--despus de examinado minuciosa y cuidadosamente pareca tener la forma de la letra A. Cada una de las piernas trazos de la letra tena precisamente tres pulgadas y cuarto de longitud. No quedaba duda alguna que se haba ideado para adorno de un vestido; pero cmo debi de usarse, y cul era la categora, dignidad empleo honorfico que en otros tiempos significaba, era para m un verdadero enigma que no tena muchas esperanzas de resolver. Y sin embargo, me produjo un extrao inters. Mis miradas se fijaron tenazmente en la antigua letra de color escarlata, y no queran apartarse de ella. Haba con seguridad algn sentido oculto en aquella letra, que mereca la pena de investigarse, y que, por decirlo as, pareca emanar del smbolo mstico, revelndose sutilmente mis sentimientos pero rehuyendo el anlisis de la inteligencia. Mientras me hallaba as, todo perplejo, pensando, entre otras cosas, que acaso esa letra habra sido uno de los adornos de que hacan uso los blancos para atraerse la atencin de los indios, me la puse casualmente sobre el pecho. El lector sin duda se sonreir cuando le diga, aunque es la pura verdad, que me pareci experimentar una sensacin, que si no enteramente fsica, casi era la de un calor abrasante; como si la letra no fuera un pedazo de pao rojo, sino un hierro candente. Me estremec, involuntariamente la dej caer al suelo. La contemplacin de la letra escarlata me haba hecho descuidar el examen de un pequeo rollo de papel negruzco al que serva de envoltorio. Lo abr al fin, y tuve la satisfaccin de hallar, escrita de puo y letra del antiguo Inspector de Aduana, una explicacin bastante completa de toda la historia. Haba varios pliegos de papel de folio que contenan muchos particulares acerca de la vida y hechos de una tal Ester Prynne, que pareca haber sido persona notable para nuestros antepasados, all fines del siglo diez y siete. Algunos individuos, muy entrados en aos, que vivan an en la poca del Inspector Pue, y de cuyos labios haba ste odo la narracin que confi al papel, recordaban haberla visto cuando jvenes, y cuando dicha Ester era ya muy anciana, aunque no decrpita, y de aspecto majestuoso imponente. De tiempo inmemorial era su costumbre, segn decan, recorrer el pas como enfermera voluntaria, haciendo todo el bien que poda, y dando consejos en todas las materias, principalmente en las que se relacionaban con los afectos del corazn, lo que di lugar que si muchos la reverenciaban como un ngel, otros la consideraran una verdadera calamidad. Registrando ms minuciosamente el manuscrito, hall la historia de otros actos y padecimientos de esta mujer singular, muchos de los cuales encontrar el lector en la narracin titulada "LA LETRA ESCARLATA"; debiendo tenerse presente, que las circunstancias principales de dicha historia son autnticas, como que cuentan con la autoridad que les da el manuscrito del Inspector Pue. Los papeles originales, juntamente con la letra escarlata, que dir de paso es una reliquia muy curiosa, estn an en mi poder, y se mostrarn quienquiera que, incitado por el inters de esta narrativa, deseare verlos. Mas no por eso se crea que al compaginar esta novela, y al idear los motivos y pasiones que influyeron en los personajes que en ella figuran, me he ceido servilmente lo que reza la docena de pginas del antiguo manuscrito. Al contrario, me he tomado en ciertos puntos casi tanta libertad como si el asunto fuera enteramente de mi invencin. Lo que deseo afirmar es la autenticidad de los hechos fundamentales de la historia. El incidente del manuscrito despert en cierta manera mis antiguas aficiones literarias. Me pareci ver en l la armazn de una novela. Fu para m, realmente, como si el antiguo Inspector, con su traje de hace cien aos, y su inmortal peluca, sepultada con l, pero que no pereci en el sepulcro, me hubiera visitado en la desierta habitacin de la Aduana. Su porte tena toda la dignidad de quien haba desempeado un empleo de Su Majestad Britnica, y estaba iluminado, por lo tanto, con un rayo del esplendor que tan deslumbrantemente brilla en rededor del trono. Ah! Cun diferente es el aspecto de un empleado de la Repblica que, siendo un servidor del pueblo, se considera punto menos que un cualquiera, inferior al ms nfimo de sus seores! Imagin que con su mano espectral, la majestuosa figura del Inspector Pue me haba dado el smbolo escarlata y el pequeo manuscrito que lo explicaba; y que tambin con su voz espectral me haba exhortado que, como una prueba de deber filial y de respeto hacia l,--que poda considerarse oficialmente mi antepasado,--diese al pblico sus lucubraciones ya mohosas y rodas por la polilla.--"Haz esto,"--dijo el espectro del Sr. Inspector Pue con un movimiento de cabeza que pareca tan imponente como su imperecedera peluca,--"haz esto, y el lucro ser todo tuyo. Pronto lo necesitars, pues estos tiempos no son como los mos en que los empleos eran vitalicios, y veces hereditarios. Pero te pido que en este asunto de la anciana Seora Prynne, no olvides honrar como se debe la memoria de tu predecesor."--Y yo respond al espectro del Sr. Inspector Pue:--"Lo har." Por consiguiente, dediqu mis pensamientos la historia de Ester Prynne, que fu objeto de mis meditaciones muchas y muchas horas, mientras me paseaba lo largo de mi habitacin, atravesaba cien y cien veces el espacio, nada corto por cierto, que mediaba entre la puerta principal de la Aduana y una de las laterales. Grandes eran el fastidio y la molestia que experimentaban el octogenario empleado y los pesadores y aforadores, cuyo sueo se vea perturbado implacablemente por la acompasada y constante resonancia de mis pasos, de ida y vuelta en mi continuo andar. Mis subordinados, recordando sus antiguas ocupaciones, acostumbraban decir que el Inspector se estaba paseando en la toldilla del buque. Probablemente imaginaban que mi nico objeto era despertar el apetito. Y en puridad de verdad, el nico resultado valioso de mi infatigable ejercicio de piernas era el desarrollo de un buen apetito, aguzado por las rfagas del viento del Este, que generalmente soplaba en aquel lugar. Pero tan poco favorable era la atmsfera de la Aduana para el cultivo de las delicadas producciones del espritu, que si yo hubiera permanecido all cuarenta aos, dudo mucho que la historia de LA LETRA ESCARLATA hubiese visto jams la luz pblica. Mi cerebro se haba convertido en un espejo empaado que no reflejaba las figuras con que trataba de poblarlo, si lo haca era vaga y confusamente. Los personajes de mi narracin no queran entrar en calor, ni poda yo convertirlos en materia dctil con ayuda del fuego que arda en mi imaginacin. Ni me era posible conseguir que los inflamara la llama de la pasin, ni que experimentasen la ternura de sentimientos delicados, sino que conservaban toda la rigidez de cuerpos sin vida, que fijaban en m sus horribles miradas como si me retaran desdeosamente. Pareca que me apostrofaban dicindome: "Qu tienes t que ver con nosotros? La escasa facultad que en un tiempo poseste para manejar las creaciones de la fantasa, ha desaparecido. La trocaste en cambio de un poco del oro del pblico. Vete ganar tu sueldo." En una palabra: las inertes criaturas, hijas de mi imaginacin, me tachaban de imbecilidad, y no sin algn fundamento. Y no solo durante las tres horas y media que consagraba diariamente al desempeo de mis deberes en la Aduana senta aquella especie de parlisis, sino que me acompaaba en mis paseos por la orilla del mar y por los campos, cuando, lo que no era frecuente, buscaba el vigorizador encanto de la naturaleza que tanta frescura y actividad de pensamiento me infunda desde el instante que traspasaba el umbral de la Antigua Mansin. Ese mismo marasmo intelectual no me abandonaba en mi casa, ni an en la habitacin que, sin saber derechas por qu, llamaba yo mi gabinete de estudio. Ni tampoco desapareca cuando, muy entrada la noche, me encontraba solo en mi saln desierto, iluminado nicamente por el resplandor del fuego que arda en la chimenea y la luz melanclica de la luna, y trataba de representarme escenas imaginarias que me prometa fijar al da siguiente en pginas de brillante descripcin. Si las facultades creadoras se niegan funcionar semejante hora, hay que perder toda esperanza de que jams puedan hacerlo. La luz de la luna, en una habitacin que nos es familiar, dando de lleno en la alfombra y dejando ver con toda claridad las figuras en ella dibujadas, y haciendo igualmente visibles todos los objetos, por pequeos que sean, aunque de un modo diferente que la luz de la maana del medioda,--es la situacin ms apropiada para que un novelista entre en conocimiento con sus huspedes ilusorios. Ah est el espectculo domstico que conocemos perfectamente: las sillas, cada una con su distinta individualidad; la mesa del centro, con uno dos volmenes y una lmpara apagada; el sof; el estante de libros; el cuadro que cuelga en la pared: todos estos detalles, que se ven de una manera tan completa, se presentan sin embargo tan idealizados por la misteriosa luz de la luna, que se dira que pierden su verdadera realidad para convertirse en cosas espirituales. Nada hay que sea demasiado pequeo insignificante para que se libre de esta transformacin, adquiriendo con ella cierta dignidad. El zapatito de un nio; la mueca, sentada en su cochecito; el caballito de madera,--en una palabra, cualquier objeto que se hubiere usado con que se hubiere jugado durante el da, reviste ahora un aspecto extrao y singular, aunque sea tan perfectamente visible como con la claridad del sol. De este modo el suelo de nuestro cuarto se ha convertido en una especie de terreno en que lo real y lo imaginario se confunden; algo as como una regin intermediaria entre nuestro mundo positivo y el pas de las hadas. Aqu podran entrar los espectros sin causarnos temor: y de tal manera se adaptaran al medio ambiente, que no experimentaramos sorpresa alguna si, al dirigir la vista nuestro alrededor, descubriramos la forma de un sr querido, aunque ya ausente de este mundo, sentada tranquilamente la luz de este mgico rayo de luna, con un aspecto tal, que nos hara dudar si es que ha regresado de la regin ignota, si nunca se alej del hogar domstico. La dudosa claridad que esparcen los carbones encendidos que arden en la chimenea, tiende producir el efecto que he tratado de describir. Vierten una luz suave en toda la habitacin, acompaada de una ligera tinta rojiza en las paredes y en el cielo raso, y de un dbil reflejo del pulido barniz de los muebles. Esta luz, ms caliente, se mezcla con la frialdad de los rayos de la luna, y puede decirse que dota de corazn, de ternura y de sensibilidad humana, las formas que evoca la fantasa. De imgenes de nieve que son, las convierte en hombres y mujeres. Dando una mirada al espejo, contemplamos la moribunda llama de los carbones medio extinguidos, los plidos rayos de la luna en el pavimento, y una reproduccin de toda la luz y sombra del cuadro, que nos aleja ms de lo real y nos acerca ms lo imaginario. En tal hora, pues, y con semejante espectculo la vista, si un hombre sentado solo en las altas horas de la noche, no puede idear cosas extraas y conseguir que tengan stas un aire de realidad, debe abandonar para siempre toda tentativa de escribir novelas. Por lo que m hace, durante todo el tiempo que permanec en la Aduana, la luz del sol de la luna, el resplandor de la lumbre de la chimenea, eran idnticos en sus efectos; y tanto importaban, para el caso, como la msera llama de una vela de sebo. Cierto gnero de aptitudes y de sensibilidad, juntamente con un don especial para sacar partido de ellas,--ni muy grande ni de mucho valor por lo dems, pero lo mejor de que yo poda disponer,--haba desaparecido por completo. Creo, sin embargo, que si hubiera ensayado las fuerzas en otra clase de composiciones, no habra hallado mis facultades tan obtusas inertes. Por ejemplo, podra haber puesto por escrito las narraciones de un veterano capitn de buque, uno de los empleados del resguardo, con quien me mostrara muy ingrato si no lo mencionara, pues apenas se pasaba un da sin que me movieran la vez risa y admiracin sus maravillosas dotes de cuentista. Si hubiera podido conservar la fuerza pintoresca de su estilo, y el colorido humorstico con que adornaba sus descripciones, creo firmemente que el resultado habra sido algo nuevo en literatura. pudiera haberme dedicado fcilmente una ocupacin ms seria. En medio de mis diarias y prosaicas obligaciones era mi deseo, quizs insensato, lanzarme en alas de la imaginacin siglos remotos, tratar de crear las apariencias de la vida con materiales areos, cuando, cada instante, la impalpable belleza de mis burbujas de jabn se deshaca al rudo contacto de algo real. Lo ms cuerdo habra sido dedicar talento imaginacin los asuntos del da, y buscar resueltamente el verdadero indestructible valor que yace oculto en los pequeos y enojosos incidentes y en los caracteres comunes que me eran familiares. La falta fu ma. La pgina de la vida abierta ante mis ojos, me pareci vulgar y fastidiosa, slo por no haber penetrado yo ms ntimamente su significacin. All haba un libro mejor que el que jams podr escribir, que se me iba presentando hoja tras hoja, precisamente como las llenaba la realidad de la hora fugitiva, y que se desvanecan con la misma rapidez con que haban sido escritas, porque mi inteligencia careca de la profundidad necesaria para comprenderlas, y mi pluma de habilidad suficiente para transcribirlas. Algn da recuerde quizs unos cuantos fragmentos esparcidos por todas partes, y los reproduzca con gran provecho mo, hallando que las letras se convierten en oro en las pginas de mi libro. Pero estas ideas se me ocurrieron demasiado tarde. la sazn, tena tan solamente la conciencia de que lo que en un tiempo haba sido un placer para m, era ahora una tarea irrealizable. No era ocasin para entrar en lamentaciones acerca del estado de las cosas. Haba cesado de ser un escritor de historietas y de artculos, bastante malos, para convertirme en un Inspector de Aduana tolerablemente bueno. Ni ms ni menos. Sin embargo, no es nada agradable verse acosado por la sospecha de que nuestra inteligencia se va extinguiendo; que se va desvaneciendo, sin darnos cuenta de ello, como el ter en una redoma, que hallamos ms y ms reducido cada mirada que le dirigimos. No me quedaba duda alguna del hecho; y al examinarme m mismo y otros de mis compaeros, llegu conclusiones no muy favorables relativamente al efecto que produce un empleo del gobierno en el carcter de los individuos. Acaso algn da me extienda ms sobre la materia; por ahora, baste decir que un empleado del resguardo, de larga fecha, duras penas puede ser persona digna de elogios de mucho respeto, por numerosas razones; entre otras, por las circunstancias que debe su destino; y luego, por la naturaleza especial del mismo, que si bien muy honroso, como creo, es esta una opinin de que no participa todo el gnero humano. Uno de los efectos que he notado, y creo que puede observarse ms menos en cada persona que haya tenido uno de esos destinos, es que al paso que el hombre se reclina en el brazo poderoso de la Repblica, su propia fuerza individual le abandona. Si posee una gran suma de energa natural, si el empleo pblico no ejerce en l su enervante influjo por mucho tiempo, podr recobrar sus facultades embotadas. El empleado que ha perdido su destino, puede volver sobre sus pasos, y ser de nuevo todo lo que era antes. Pero esto rara vez acontece, pues por lo regular permanece en su puesto el tiempo necesario para que se efecte su propia perdicin y decadencia, y entonces le ponen de patitas en la calle, para que contine su marcha por el camino de la vida como mejor pueda. Teniendo conciencia de su propia debilidad, y de que todo el temple de su espritu ha desaparecido, en adelante slo dirige miradas inquietas en torno suyo en demanda de quien le auxilie. Su constante esperanza,--que viene ser una especie de alucinacin que, despecho de todo lo que sea desalentador, y sin hacer alto en imposibilidades le persigue mientras viva,--consiste en que al fin y al cabo, y en no lejano tiempo, merced una reunin de circunstancias felices, ser restablecido en su empleo. Esta esperanza, ms que ninguna otra cosa, mina por completo y hiere de muerte, desde sus principios, cualquiera empresa que intente llevar cabo. Por qu trabajar y afanarse y tratar de salir de la miseria en que se encuentra, si de un momento otro el brazo del Gobierno lo pondr flote? Por qu procurar librarse la subsistencia aqu con el sudor de su frente, ir California extraer oro,[11] cuando no pasar mucho tiempo sin que ese mismo Gobierno le haga feliz, poniendo en sus bolsillos, con intervalos mensuales, un puado de monedas brillantes procedentes de las arcas de la Repblica? No deja de ser curioso, y triste al mismo tiempo, observar cun pronto se inficiona con esta enfermedad un pobre diablo, por poco que haya probado el turrn de un destinillo. El dinero del Gobierno tiene, bajo este concepto, una cualidad semejante la de los pactos con el demonio: quien lo toca, tiene que andar muy listo, de lo contrario al fin y al cabo, si no pierde su alma, como con el pacto mencionado, perder muchas de sus mejores cualidades: la fuerza, el valor y constancia, la sinceridad, la confianza en s mismo, y todo lo que constituye un carcter varonil. Hermoso porvenir me esperaba por cierto! Y no porque el Inspector se hubiese aplicado s propio la moral de la historia, pudiese admitir que la continuacin en su empleo, la cesanta, influira en l de un modo desastroso. Nada de eso: pero pesar de todo, mis reflexiones sobre el asunto no eran muy alentadoras. Comenc volverme melanclico inquieto, examinando constantemente mi inteligencia para descubrir si mis facultades estaban cabales, y ver qu detrimento haban experimentado. Trat de calcular cunto tiempo podra aun permanecer en la Aduana, y salir de ella siendo todava lo que se llama un hombre. Para decir la verdad, comenc temer que,--puesto que no habra sido poltico declarar cesante las calladas un hombre de mi importancia, ni es muy corriente en un empleado del Gobierno hacer dimisin de su destino,--comenc temer, repito, que podra darse conmigo el caso de envejecer y hasta de volverme decrpito en mi puesto de Inspector, convirtindome en algo parecido al octogenario empleado de marras. Y por qu, en el curso de los largos aos de la vida oficial que crea me estaban aun reservados, no me sucedera al fin y la postre lo mismo que mi venerable amigo; esto es, llegar convertir la hora de la comida en la ms importante del da, y el resto del tiempo pasarlo durmiendo la sombra al calor del sol? Triste perspectiva para un hombre que hace consistir la felicidad en vivir en el pleno ejercicio de sus facultades y de sus sentimientos! Pero durante todo este tiempo me estuve atormentando intilmente, porque la Providencia haba dispuesto la realizacin de cosas mucho mejores y benficas para m, que las que yo mismo pude jams idear. En el tercer ao de mi empleo de Inspector hubo un acontecimiento notable, cual fu la eleccin del General Taylor la Presidencia de los Estados Unidos. Para que se comprendan perfectamente las tribulaciones de la vida de un empleado del Gobierno, es preciso considerarlo en los primeros tiempos de la Administracin de un Presidente que pertenece un partido poltico distinto del suyo. Su posicin es entonces realmente la ms dificultosa y hasta desagradable en que pueda hallarse un infeliz mortal, casi sin alternativa alguna en buen sentido, aunque lo que l juzga como lo peor que le puede acontecer, sea tal vez lo mejor. Mas para un hombre digno y sensible es bien doloroso saber que sus intereses dependen de personas que ni le estiman ni le comprenden, y quienes ms bien tratarn de hacerle dao que de beneficiarlo. Ni deja tampoco de sorprenderle, y mucho, al que supo conservar toda su calma durante una contienda electoral, ver la sed de sangre que se desarrolla en la hora del triunfo, y tener la conciencia de que l es una de las vctimas en que los vencedores tienen fijas las miradas. Pocas cosas hay tan feas en la naturaleza humana como esta tendencia la crueldad, tan slo porque se tiene el poder de hacer dao, que llegu entonces notar en personas que despus de todo no eran peores que sus vecinos. Si en vez de ser una expresin metafrica, aunque muy apropiada, fuera un hecho real lo de la guillotina aplicada los empleados del Gobierno, despus de una nueva Administracin, creo sinceramente que los miembros del partido victorioso, en los primeros momentos de la agitacin causada por su triunfo, nos habran cortado la cabeza todos los del partido opuesto. Pero sea de ello lo que fuere, y pesar de lo poco agradable que era mi situacin, hall que tena ms de un motivo para congratularme de estar del lado de los vencidos ms bien que del de los vencedores. Si hasta entonces no haban sido muy ardientes mis convicciones polticas, en aquella hora de peligro y de adversidad comenc sentir vivamente hacia qu partido se inclinaban mis predilecciones; y no sin cierto dolor y vergenza llegu vislumbrar que, segn clculos razonables, tena yo ms probabilidades de conservar mi destino que mis otros correligionarios polticos. Pero quin puede ver en lo futuro ms all de sus narices? Mi cabeza fu la primera que cay. Tengo para m, que cuando un empleado lo declaran cesante, , para hablar metafricamente, le cortan la cabeza, rara vez, nunca, es aquella la poca ms feliz de su vida. Sin embargo, como sucede en la mayor parte de nuestros grandes infortunios, aun ese grave acontecimiento trae aparejado consigo su remedio y su consuelo, con tal de que la vctima trate de sacar el mejor partido de su desgracia. Por lo que m respecta, el consuelo lo tena la mano, y ya se me haba presentado en mis meditaciones mucho tiempo antes de que fuera absolutamente necesario apelar ese remedio. En la Aduana de Salem, como anteriormente en la Antigua Mansin, pas tres aos; tiempo ms que suficiente para que descansara mi cerebro fatigado y para que rompiera con antiguos hbitos intelectuales y adoptara otros nuevos; y tiempo tambin demasiado largo para la vida que llev, tan completamente ajena mis inclinaciones naturales, sin haber hecho en realidad nada que fuera provechoso agradable algn sr humano, habindome retrado de una labor que, por lo menos, habra satisfecho los latentes deseos de mi espritu. Adems, la manera poco ceremoniosa con que le declararon cesante, y el haber sido considerado como enemigo por sus adversarios polticos, fu en cierto modo agradable al ex-Inspector de Aduana, puesto que su apata en los asuntos de la poltica,--su tendencia divagar, merced de su voluntad, por el vasto y apacible campo en que todo el gnero humano puede codearse sin reparo, antes que ceirse los estrechos senderos en que los hermanos de un mismo hogar tienen que separarse unos de otros,--haba hecho que sus mismos correligionarios le mirasen con cierta sospecha, dudando si en realidad les perteneca. Pero ahora, despus de haber obtenido la corona del martirio, la duda desapareci. Por otra parte, pesar de lo poco heroica que es su naturaleza, pareca ms decoroso verse tambin arrastrado en la cada del partido que estaba afiliado, que no permanecer de pie cuando tantos hombres, mucho ms meritorios, iban cayendo da tras da; y, por ltimo, era eso preferible quedarse cuatro aos ms en su puesto, la merced de una Administracin hostil, para verse la postre obligado definir su posicin de nuevo, y mendigar tal vez la buena voluntad de los vencedores.[12] Entretanto, la prensa peridica haba tomado por su cuenta el asunto de mi cesanta, y durante un par de semanas me exhibi ante el pblico en mi nuevo estado de persona decapitada, deseando yo que me dejaran en paz y me enterrasen al fin, como conviene un hombre polticamente muerto. Esto, hablando naturalmente en el sentido figurado, porque en la realidad, todo este tiempo en que se trataba de m en los peridicos como del Inspector decapitado, tena yo muy bien asegurada la cabeza en los hombros, y haba llegado la excelente conclusin de que no hay mal que por bien no venga; y empleando algunos cuantos reales en tinta, papel y plumas, abr mi olvidado escritorio, y me convert de nuevo en hombre de letras. Entonces fu cuando dediqu toda mi atencin las lucubraciones de mi antiguo predecesor el Inspector de Aduana Sr. Pue; y como mis facultades intelectuales se hallaban un tanto entorpecidas por la falta de conveniente uso durante largo tiempo, pas tambin alguno antes de que me fuera dado trabajar en mi narracin de una manera algo satisfactoria. Y con todo, pesar de que la obra absorba por completo mis pensamientos, sta se presenta mi vista con un aspecto sombro y grave, sin que la alegre un festivo rayo de sol, sin que se hagan sentir mucho en ella las dulces y familiares influencias que menudo suavizan casi todas las escenas de la naturaleza y de la vida real, y debieran suavizar tambin la pintura que de ellas se hace. Este efecto poco halageo es quizs el resultado del perodo de agitacin incertidumbre en que la historia tom forma; sin que indique carencia de buen humor en el espritu del novelista, pues era ms feliz mientras divagaba entre la lobreguez de estas tristes fantasas suyas, que en ninguna otra poca desde que sali de la Antigua Mansin. Pero continuando con la metfora de la guillotina poltica, si este bosquejo de la Aduana, que voy terminar, pareciere por ventura demasiado autobiogrfico para que lo publique en vida una persona que, como su autor, no es de mucho viso, tngase en cuenta que procede de un caballero que lo escribe desde ultratumba. La paz sea con el mundo! Mi bendicin para mis amigos! Mi perdn para mis enemigos! Me encuentro en la regin del reposo! La vida de la Aduana yace en lo pasado, como si fuera un sueo. El octogenario empleado del resguardo,--que, siento decirlo, muri hace algn tiempo en consecuencia de la coz de un caballo, pues de lo contrario habra vivido de seguro eternamente,--as como todos los dems venerables personajes que se sentaban junto con l en la Aduana, se han convertido para m en sombras: imgenes de rostros arrugados y cabezas blancas en canas, con quienes mi fantasa se ocup algn tiempo y que ya ha arrojado lo lejos para siempre. Los comerciantes, cuyos nombres me eran tan familiares hace slo seis meses, estos hombres del trfico que pareca ocupaban una posicin tan importante en el mundo,--cun corto tiempo se ha necesitado para separarme de todos ellos, y aun para borrarlos de la memoria, hasta el punto de haberme sido preciso un esfuerzo para recordar el rostro y nombre de alguno que otro! Pronto, igualmente, mi antigua ciudad nativa se me presentar al travs de la bruma de los recuerdos que la envolver por todas partes, como si no fuera una porcin de este mundo real y positivo, sino una gran aldea all en una regin nebulosa, con habitantes imaginarios que pueblan sus casas de madera, y pasean por sus feas callejuelas y su calle principal tan uniforme y poco pintoresca. Desde ahora en adelante cesa de ser una realidad de mi vida: soy un ciudadano de otro lugar cualquiera. No lo sentirn mucho las buenas gentes de Salem, pues aunque me he empeado en llegar con mis tareas literarias ser algo los ojos de esos paisanos mos, y dejar una memoria grata de mi nombre en esa que ha sido cuna, morada y cementerio de tantos de mis antepasados,--nunca encontr _all_ la atmsfera genial que requiere un hombre de letras para que se sazonen debidamente los frutos de su inteligencia. Har algo mejor entre otras personas; y apenas tengo que aadir que aquellas, que me son tan familiares, no echarn de menos mi ausencia. LA LETRA ESCARLATA I LA PUERTA DE LA PRISIN Una multitud de hombres barbudos, vestidos con trajes obscuros y sombreros de copa alta, casi puntiaguda, de color gris, mezclados con mujeres unas con caperuzas y otras con la cabeza descubierta, se hallaba congregada frente un edificio de madera cuya pesada puerta de roble estaba tachonada con puntas de hierro. Los fundadores de una nueva colonia, cualesquiera que hayan sido los ensueos utpicos de virtud y felicidad que presidieran su proyecto, han considerado siempre, entre las cosas ms necesarias, dedicar un cementerio una parte del terreno virgen, y otra parte la ereccin de una crcel. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera crcel en las cercanas de Cornhill, as como trazaron el primer cementerio en el lugar que despus lleg ser el ncleo de todos los sepulcros aglomerados en el antiguo campo santo de la Capilla del Rey. Es lo cierto que quince veinte aos despus de fundada la poblacin, ya la crcel, que era de madera, presentaba todas las seales exteriores de haber pasado algunos inviernos por ella, lo que le daba un aspecto ms sombro que el que de suyo tena. El orn de que estaba cubierta la pesada obra de hierro de su puerta, la dotaba de una apariencia de mayor antigedad que la de ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo que se relaciona de un modo otro con el crimen, pareca no haber gozado nunca de juventud. Frente este feo edificio, y entre l y los carriles rodadas de la calle, haba una especie de pradillo en que crecan en abundancia la bardana y otras malas hierbas por el estilo, que evidentemente encontraron terreno apropiado en un sitio que ya haba producido la negra flor comn una sociedad civilizada,--la crcel. Pero un lado de la puerta, casi en el umbral, se vea un rosal silvestre que en este mes de Junio estaba cubierto con las delicadas flores que pudiera decirse ofrecan su fragancia y frgil belleza los reos que entraban en la prisin, y los criminales condenados que salan sufrir su pena, como si la naturaleza se compadeciera de ellos. La existencia de este rosal, por una extraa casualidad, se ha conservado en la historia; pero no trataremos de averiguar si fu simplemente un arbusto que qued de la antigua selva primitiva despus que desaparecieron los gigantescos pinos y robles que le prestaron sombra, si, como cuenta la tradicin, brot bajo las pisadas de la santa Ana Hutchinson[13] cuando entr en la crcel. Sea de ello lo que fuere, puesto que lo encontramos en el umbral de nuestra narracin, por decirlo as, no podemos menos que arrancar una de sus flores y ofrecrsela al lector, esperando que simbolice alguna apacible leccin de moral, ya se desprenda de estas pginas, ya sirva para mitigar el sombro desenlace de una historia de fragilidad humana y de dolor. II LA PLAZA DEL MERCADO El pradillo frente la crcel, del cual hemos hecho mencin, se hallaba ocupado hace unos doscientos aos, en una maana de verano, por un gran nmero de habitantes de Boston, todos con las miradas dirigidas la puerta de madera de roble con puntas de hierro. En cualquiera otra poblacin de la Nueva Inglaterra, en un perodo posterior de su historia, nada bueno habra augurado el aspecto sombro de aquellos rostros barbudos; se habra dicho que anunciaba la prxima ejecucin de algn criminal notable, contra el cual un tribunal de justicia haba dictado una sentencia, que no vena ser sino la confirmacin de la expresada por el sentimiento pblico. Pero dada la severidad natural del carcter puritano en aquellos tiempos, no poda sacarse semejante deduccin, fundndola slo en el aspecto de las personas all reunidas: tal vez algn esclavo perezoso, algn hijo desobediente entregado por sus padres la autoridad civil, reciban un castigo en la picota. Pudiera ser tambin que un cukero otro individuo perteneciente una secta heterodoxa, iba ser expulsado de la ciudad punta de ltigo; acaso algn indio ocioso y vagamundo, que alborotaba las calles en estado de completa embriaguez, gracias al aguardiente de los blancos, iba ser arrojado los bosques bastonazos; tal vez alguna hechicera, como la anciana Seora Hibbins, la mordaz viuda del magistrado, iba morir en el cadalso. Sea de ello lo que fuere, haba en los espectadores aquel aire de gravedad que cuadraba perfectamente un pueblo para quien religin y ley eran cosas casi idnticas, y en cuyo carcter se hallaban ambos sentimientos tan completamente amalgamados, que cualquier acto de justicia pblica, por benigno severo que fuese, asuma igualmente un aspecto de respetuosa solemnidad. Poca ninguna era la compasin que de semejantes espectadores poda esperar un criminal en el patbulo. Pero por otra parte, un castigo que en nuestros tiempos atraera cierto grado de infamia y hasta de ridculo sobre el culpable, se revesta entonces de una dignidad tan sombra como la pena capital misma. Merece notarse que en la maana de verano en que comienza nuestra historia, las mujeres que haba mezcladas entre la multitud, parecan tener especial inters en presenciar el castigo cuya imposicin se esperaba. En aquella poca las costumbres no haban adquirido ese grado de pulimento en que la idea de las consideraciones sociales pudiera retraer al sexo femenino de invadir las vas pblicas, y si la oportunidad se presentaba, de abrir paso su robusta humanidad entre la muchedumbre, para estar lo ms cerca posible del cadalso, cuando se trataba de una ejecucin. En aquellas matronas y jvenes doncellas de antigua estirpe y educacin inglesa haba, tanto moral como fsicamente, algo ms tosco y rudo que en sus bellas descendientes, de las que estn separadas por seis siete generaciones; porque puede decirse que cada madre, desde entonces, ha ido trasmitiendo sucesivamente su prole un color menos encendido, una belleza ms delicada y menos duradera, una constitucin fsica ms dbil, y aun quizs un carcter de menos fuerza y solidez. Las mujeres que estaban de pie cerca de la puerta de la crcel en aquella hermosa maana de verano, mostraban rollizas y sonrosadas mejillas, cuerpos robustos y bien desarrollados con anchas espaldas; mientras que el lenguaje que empleaban las matronas tena una rotundidad y desenfado que en nuestros tiempos nos llenara de sorpresa, tanto por el vigor de las expresiones cuanto por el volumen de la voz. --Honradas esposas,--dijo una dama de cincuenta aos, de facciones duras,--voy deciros lo que pienso. Redundara en beneficio pblico si nosotras, las mujeres de edad madura, de buena reputacin, y miembros de una iglesia, tomsemos por nuestra cuenta la manera de tratar malhechoras como la tal Ester Prynne. Qu pensis, comadres? Si esa buena pieza tuviera que ser juzgada por nosotras, las cinco que estamos aqu, saldra acaso tan bien librada como ahora con una sentencia cual la dictada por los venerables magistrados? No por cierto! --Buenas gentes, deca otra, se corre por ah que el Reverendo Sr. Dimmesdale, su piadoso pastor espiritual, se aflige profundamente de que escndalo semejante haya sucedido en su congregacin. --Los magistrados son caballeros llenos de temor de Dios, pero en extremo misericordiosos, esto es la verdad,--agreg una tercera matrona, ya entrada en la madurez de su otoo.-- lo menos deberan haber marcado con un hierro hecho ascua la frente de Ester Prynne. Yo os aseguro que Madama Ester habra sabido entonces lo que era bueno. Pero qu le importa esa zorra lo que le han puesto en la cotilla de su vestido. Lo cubrir con su broche, con algn otro de esos adornos paganos en boga, y la veremos pasearse por las calles tan fresca como si tal cosa. --Ah!--dijo una mujer joven, casada, que pareca de natural ms suave y llevaba un nio de la mano,--dejadla que cubra esa marca como quiera; siempre la sentir en su corazn. --Qu estamos hablando aqu de marcas sellos infamantes, ya en el corpio del traje, en las espaldas en la frente?--grit otra, la ms fea as como la ms implacable de aquellas que se haban constitudo jueces por s y ante s.--Esta mujer nos ha deshonrado todas, y debe morir. No hay acaso una ley para ello? S, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrn que culparse s propios, si sus esposas hijas se desvan del buen sendero. --El cielo se apiade de nosotros! buena duea,--exclam un hombre--no hay por ventura ms virtud en la mujer que la debida al temor de la horca? Nada peor podra decirse. Silencio ahora, vecinas, porque van abrir la puerta de la crcel y ah viene en persona Madama Ester. La puerta de la crcel se abri en efecto, y apareci en primer lugar, semejanza de una negra sombra que sale la luz del da, la torva y terrible figura del alguacil de la poblacin, con la espada al cinto y en la mano la vara, smbolo de su empleo. El aspecto de este personaje representaba toda la sombra severidad del Cdigo de leyes puritanas, que estaba llamado hacer cumplir hasta la ltima extremidad. Extendiendo la vara de su oficio con la mano izquierda, puso la derecha sobre el hombro de una mujer joven la que haca avanzar, empujndola, hasta que, en el umbral de la prisin, aquella le repeli con un movimiento que indicaba dignidad natural y fuerza de carcter, y sali al aire libre como si lo hiciera por su propia voluntad. Llevaba en los brazos un tierno infante de unos tres meses de edad, que cerr los ojos y volvi la carita un lado, esquivando la demasiada claridad del da, cosa muy natural como que su existencia hasta entonces la haba pasado en las tinieblas de un calabozo, en otra habitacin sombra de la crcel. Cuando aquella mujer joven, madre de la tierna criatura, se hall en presencia de la multitud, fu su primer impulso estrechar la niita contra el seno, no tanto por un acto de afecto maternal, sino ms bien como si quisiera de ese modo ocultar cierto signo labrado fijado en su vestido. Sin embargo, juzgando, tal vez cuerdamente, que una prueba de vergenza no podra muy bien ocultar otra, tom la criaturita en brazos, y con rostro lleno de sonrojo, pero con sonrisa altiva y ojos que no permitan ser humillados, di una mirada los vecinos que se hallaban en torno suyo. Sobre el corpio de su traje, en un pao de un rojo brillante, y rodeada de bordado primoroso y fantsticos adornos de hilos de oro, se destacaba la letra A. Estaba hecha tan artsticamente, y con tal lujo de caprichosa fantasa, que produca el efecto de ser el ornato final y adecuado de su vestido, que tena todo el esplendor compatible con el gusto de aquella poca, excediendo en mucho lo permitido por las leyes suntuarias de la colonia. Aquella mujer era de elevada estatura, perfectamente formada y esbelta. Sus cabellos eran abundantes y casi negros, y tan lustrosos que reverberaban los rayos del sol: su rostro, adems de ser bello por la regularidad de sus facciones y la suavidad del color, tena toda la fuerza de expresin que comunican cejas bien marcadas y ojos intensamente negros. El aspecto era el de una dama caracterizado, como era usual en aquellos tiempos, ms bien por cierta dignidad en el porte, que no por la gracia delicada, evanescente indescriptible que se acepta hoy da como indicio de aquella cualidad. Y jams tuvo Ester ms aspecto de verdadera seora, segn la antigua significacin de esta palabra, que cuando sali de la crcel. Los que la haban conocido antes y esperaban verla abatida y humillada, se sorprendieron, casi se asombraron al contemplar cmo brillaba su belleza, cual si le formaran una aureola el infortunio ignominia en que estaba envuelta. Cierto es que un observador dotado de sensibilidad habra percibido algo suavemente doloroso en sus facciones. Su traje, que seguramente fu hecho por ella misma en la crcel para aquel da, sirvindole de modelo su propio capricho, pareca expresar el estado de su espritu, la desesperada indiferencia de sus sentimientos, juzgar por su extravagante y pintoresco aspecto. Pero lo que atrajo todas las miradas, y lo que puede decirse que transfiguraba la mujer que la llevaba,--de tal modo que los que haban conocido familiarmente Ester Prynne experimentaban la sensacin de que ahora la vean por vez primera,--era LA LETRA ESCARLATA, tan fantsticamente bordada iluminada que tena cosida al cuerpo de su vestido. Era su efecto el de un amuleto mgico, que separaba aquella mujer del resto del gnero humano y la pona aparte, en un mundo que le era peculiar. --No puede negarse que tiene una aguja muy hbil, observ una de las espectadoras; pero dudo mucho que exista otra mujer que haya ideado una manera tan descarada de hacer patente su habilidad. qu equivale esto, comadres, sino burlarse de nuestros piadosos magistrados, y vanagloriarse de lo que esos dignos caballeros creyeron que sera un castigo? --Bueno fuera,--exclam la ms cariavinagrada de aquellas viejas,--que despojsemos Madama Ester de su hermoso traje, y en vez de esa letra roja tan primorosamente bordada, le clavramos una hecha de un pedazo de esta franela que uso para mi reumatismo. --Oh! basta, vecinas, basta,--murmur la ms joven de las circunstantes,--hablad de modo que no os oiga. No hay una sola puntada en el bordado de esa letra que no la haya sentido en su corazn! El sombro alguacil hizo en este momento una seal con su vara. --Buena gente, haced plaza; haced plaza en nombre del Rey! exclam. Abridle paso, y os prometo que Madama Ester se sentar donde todo el mundo, hombre, mujer nio, podr contemplar perfectamente y su sabor el hermoso adorno desde ahora hasta la una de la tarde. El cielo bendiga la justa Colonia de Massachusetts, donde la iniquidad se v obligada comparecer ante la luz del sol. Venid ac Madama Ester, y mostrad vuestra letra escarlata en la plaza del mercado. Inmediatamente qued un espacio franco al travs de la turba de espectadores. Precedida del alguacil, y acompaada de una comitiva de hombres de duro semblante y de mujeres de rostro nada compasivo, Ester Prynne se adelant al sitio fijado para su castigo. Una multitud de chicos de escuela, atrados por la curiosidad y que no comprendan de lo que se trataba, excepto que les proporcionaba medio da de asueto, la preceda todo correr, volviendo de cuando en cuando la cabeza ya para fijar las miradas en ella, ya en la tierna criaturita, ora en la letra ignominiosa que brillaba en el seno de la madre. En aquellos tiempos la distancia que haba de la puerta de la crcel la plaza del mercado no era grande; sin embargo, midindola por lo que experimentaba Ester, debi de parecerle muy larga, porque pesar de la altivez de su porte, cada paso que daba en medio de aquella muchedumbre hostil era para ella un dolor indecible. Se dira que su corazn haba sido arrojado la calle para que la gente lo escarneciera y lo pisoteara. Pero hay en nuestra naturaleza algo, que participa de lo maravilloso y de lo compasivo, que nos impide conocer toda la intensidad de lo que padecemos, merced al efecto mismo de la tortura del momento, aunque ms tarde nos demos cuenta de ello por el dolor que tras s deja. Por lo tanto, con continente casi sereno sufri Ester esta parte de su castigo, y lleg un pequeo tablado que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, cerca de la iglesia ms antigua de Boston, como si formara parte de la misma. En efecto, este cadalso constitua una parte de la maquinaria penal de aquel tiempo, y si bien desde hace dos tres generaciones es simplemente histrico y tradicional entre nosotros, se consideraba entonces un agente tan eficaz para la conservacin de las buenas costumbres de los ciudadanos, como se consider ms tarde la guillotina entre los terroristas de la Francia revolucionaria. Era, en una palabra, el tablado en que estaba la picota: sobre l se levantaba la armazn de aquel instrumento de disciplina, de tal modo construdo que, sujetando en un agujero la cabeza de una persona, la expona la vista del pblico. En aquella armazn de hierro y madera se hallaba encarnado el verdadero ideal de la ignominia; porque no creo que pueda hacerse mayor ultraje la naturaleza humana, cualesquiera que sean las faltas del individuo, como impedirle que oculte el rostro por un sentimiento de vergenza, haciendo de esa imposibilidad la esencia del castigo. Con respecto Ester, sin embargo, como aconteca ms menos frecuentemente, la sentencia ordenaba que estuviera de pie cierto tiempo en el tablado, sin introducir el cuello en la argolla cepo que dejaba expuesta la cabeza las miradas del pblico. Sabiendo bien lo que tena que hacer, subi los escalones de madera, y permaneci la vista de la multitud que rodeaba el tablado cadalso. La escena aquella no careca de esa cierta solemnidad pavorosa que producir siempre el espectculo de la culpa y la vergenza en uno de nuestros semejantes, mientras la sociedad no se haya corrompido lo bastante para que le haga reir en vez de estremecerse. Los que presenciaban la deshonra de Ester Prynne no se encontraban en ese caso. Era gente severa y dura, hasta el extremo de que habran contemplado su muerte, si tal hubiera sido la sentencia, sin un murmullo ni la menor protesta; pero no habran podido hallar materia para chistes y jocosidades en una exhibicin como esta de que hablamos: y dado caso que hubiese habido alguna disposicin convertir el castigo aquel en asunto de bromas, toda tentativa de este gnero habra sido reprimida con la solemne presencia de personas de tanta importancia y dignidad como el Gobernador y varios de sus consejeros: un juez, un general, y los ministros de justicia de la poblacin, todos los cuales estaban sentados se hallaban de pie en un balcn de la iglesia que daba la plataforma. Cuando personas de tanto viso podan asistir tal espectculo, sin arriesgar la majestad la reverencia debida su jerarqua y empleo, era fcil de inferirse que la aplicacin de una sentencia legal deba de tener un significado tan serio cuanto eficaz; y por lo tanto, la multitud permaneca silenciosa y grave. La infeliz culpable se portaba lo mejor que le era dado una mujer que senta fijas en ella, y concentradas en la letra escarlata de su traje, mil miradas implacables. Era un tormento insoportable. Hallndose Ester dotada de una naturaleza impetuosa y dejndose llevar de su primer impulso, haba resuelto arrostrar el desprecio pblico, por emponzoados que fueran sus dardos y crueles sus insultos; pero en el solemne silencio de aquella multitud haba algo tan terrible, que hubiera preferido ver esos rostros rgidos y severos descompuestos por las burlas y sarcasmos de que ella hubiese sido el objeto; y si en medio de aquella muchedumbre hubiera estallado una carcajada general, en que hombres, mujeres, y hasta los nios tomaran parte, Ester les habra respondido con amarga y desdeosa sonrisa. Pero abrumada bajo el peso del castigo que estaba condenada sufrir, por momentos senta como si tuviera que gritar con toda la fuerza de sus pulmones y arrojarse desde el tablado al suelo, de lo contrario volverse loca. Haba sin embargo intervalos en que toda la escena en que ella desempeaba el papel ms importante, pareca desvanecerse ante sus ojos, lo menos, brillaba de una manera indistinta y vaga, como si los espectadores fueran una masa de imgenes imperfectamente bosquejadas de apariencia espectral. Su espritu, y especialmente su memoria, tenan una actividad casi sobrenatural, y la llevaban la contemplacin de algo muy distinto de lo que la rodeaba en aquellos momentos, lejos de esa pequea ciudad, en otro pas donde vea otros rostros muy diferentes de los que all fijaban en ella sus implacables miradas. Reminiscencias de la ms insignificante naturaleza, de sus juegos infantiles, de sus das escolares, de sus rias pueriles, del hogar domstico, se agolpaban su memoria mezcladas con los recuerdos de lo que era ms grave y serio en los aos subsecuentes, un cuadro siendo precisamente tan vivo y animado como el otro, como si todos fueran de igual importancia, todos un simple juego. Tal vez era aquello un recurso que instintivamente encontr su espritu para librarse, por medio de la contemplacin de estas visiones de su fantasa, de la abrumadora pesadumbre de la realidad presente. Pero sea de ello lo que fuere, el tablado de la picota era una especie de mirador que revelaba Ester todo el camino que haba recorrido desde los tiempos de su feliz infancia. De pie en aquella triste altura, vi de nuevo su aldea nativa en la vieja Inglaterra y su hogar paterno: una casa semi-derruida de piedra obscura, de un aspecto que revelaba pobreza, pero que conservaba an sobre el portal, en seal de antigua hidalgua, un escudo de armas medio borrado. Vi el rostro de su padre, de frente espaciosa y calva y venerable barba blanca que caa sobre la antigua valona del tiempo de la reina Isabel de Inglaterra. Vi tambin su madre, con aquella mirada de amor llena de ansiedad y de cuidado, siempre presente en su recuerdo y que, an despus de su muerte, con frecuencia y manera de suave reproche, haba sido una especie de preventivo en la senda de su hija. Vi su propio rostro, en el esplendor de su belleza juvenil iluminando el opaco espejo en que acostumbraba mirarse. All contempl otro rostro, el de un hombre ya entrado en aos, plido, delgado, con fisonoma de quien se ha dedicado al estudio, ojos turbios y fatigados por la lmpara cuya luz ley tanto ponderoso volumen y medit sobre ellos. Sin embargo, esos mismos fatigados ojos tenan un poder extrao y penetrante cuando el que los posea deseaba leer en las conciencias humanas. Esa figura era un tanto deformada, con un hombro ligeramente ms alto que el otro. Despus vi surgir en la galera de cuadros que le iba presentando su memoria, las intrincadas y estrechas calles, las altas y parduscas casas, las enormes catedrales y los edificios pblicos de antigua fecha y extraa arquitectura de una ciudad europea, donde le esperaba una nueva vida, siempre relacionndose con el sabio y mal formado erudito. Finalmente, en lugar de estas escenas y de esta especie de variable panorama, se le present la ruda plaza del mercado de una colonia puritana con todas las gentes de la poblacin reunidas all y dirigiendo las severas miradas Ester Prynne,--s, ella misma,--que estaba en el tablado de la picota, con una tierna nia en los brazos, y la letra A, de color escarlata, fantsticamente bordada con hilo de oro, sobre su seno. Sera aquello verdad? Estrech la criaturita con tal fuerza contra el seno, que la hizo dar un grito: baj entonces los ojos, y fij las miradas en la letra escarlata, y an la palp con los dedos para tener la seguridad de que tanto la niita como la vergenza que estaba expuesta eran reales. S: eran realidades--todo lo dems se haba desvanecido! III EL RECONOCIMIENTO De esta intensa sensacin y convencimiento de ser el objeto de las miradas severas y escudriadoras de todo el mundo, sali al fin la mujer de la letra escarlata al percibir, en las ltimas filas de la multitud, una figura que irresistiblemente embarg sus pensamientos. All estaba en pie un indio vestido con el traje de su tribu; pero los hombres de piel cobriza no eran visitas tan raras en las colonias inglesas, que la presencia de uno pudiera atraer la atencin de Ester en aquellas circunstancias, y mucho menos distraerla de las ideas que preocupaban su espritu. Al lado del indio, y evidentemente en compaa suya, haba un hombre blanco, vestido con una extraa mezcla de traje semi-civilizado y semi-salvaje. Era de pequea estatura, con semblante surcado por numerosas arrugas y que sin embargo no poda llamarse el de un anciano. En los rasgos de su fisonoma se revelaba una inteligencia notable, como la de quien hubiera cultivado de tal modo sus facultades mentales, que la parte fsica no poda menos que amoldarse ellas y revelarse por rasgos inequvocos. Aunque merced un aparente desarreglo de su heterognea vestimenta haba tratado de ocultar disimular cierta peculiaridad de su figura, para Ester era evidente que uno de los hombros de este individuo era ms alto que el otro. No bien hubo percibido aquel rostro delgado y aquella ligera deformidad de la figura, estrech la nia contra el pecho, con tan convulsiva fuerza, que la pobre criaturita di otro grito de dolor. Pero la madre no pareci oirlo. Desde que lleg la plaza del mercado, y algn tiempo antes que ella le hubiera visto, aquel desconocido haba fijado sus miradas en Ester. Al principio, de una manera descuidada, como hombre acostumbrado dirigirlas principalmente dentro de s mismo, y para quien las cosas externas son asunto de poca monta, menos que no se relacionen con algo que preocupe su espritu. Pronto, sin embargo, las miradas se volvieron fijas y penetrantes. Una especie de horror puede decirse que retorci visiblemente su fisonoma, como serpiente que se deslizara ligeramente sobre las facciones, haciendo una ligera pausa y verificando todas sus circunvoluciones la luz del da. Su rostro se obscureci impulsos de alguna poderosa emocin que pudo sin embargo dominar instantneamente, merced un esfuerzo de su voluntad, y de tal modo, que excepto un rpido instante, la expresin de su rostro habra parecido completamente tranquila. Despus de un breve momento, la convulsin fu casi imperceptible, hasta que al fin se desvaneci totalmente. Cuando vi que las miradas de Ester se haban fijado en las suyas, y not que pareca haberle reconocido, levant lenta y tranquilamente el dedo, hizo una seal con l en el aire, y lo llev sus labios. Entonces, tocando en el hombro una de las personas que estaban su lado, le dirigi la palabra con la mayor cortesa, dicindole: --Le ruego Vd., buen seor, se sirva decirme quin es esa mujer, y por qu la exponen de tal modo la vergenza pblica? --Vd. tiene que ser un extranjero recin llegado, amigo,--le respondi el hombre, dirigiendo al mismo tiempo una mirada curiosa al que hizo la pregunta y su salvaje compaero,--de lo contrario habra Vd. odo hablar de la Seora Ester Prynne y de sus fechoras. Ha sido motivo de un gran escndalo en la iglesia del santo varn Dimmesdale. --De veras, replic el otro. Yo soy aqu forastero; y muy contra mi voluntad he estado recorriendo el mundo, habiendo padecido contratiempos de todo gnero por mar y tierra. He permanecido en cautiverio entre los salvajes mucho tiempo, y vengo ahora en compaa de este indio para redimirme. Por lo tanto quiere Vd. tener la bondad de referirme los delitos de Ester Prynne (creo que as se llama), y decirme qu es lo que la ha conducido ese tablado? --Con mucho gusto, amigo mo, y me parece que se alegrar Vd. en extremo, despus de todo lo que ha padecido Vd. entre los salvajes, dijo el narrador, de encontrarse en fin en una tierra donde la iniquidad se persigue y se castiga en presencia de los gobernantes y del pueblo, como se practica aqu, en nuestra buena Nueva Inglaterra. Debe Vd. saber, seor, que esa mujer fu la esposa de un cierto sabio, ingls de nacimiento, pero que haba habitado mucho tiempo en Amsterdam, de donde hace aos pens venir fijar su suerte entre nosotros aqu en Massachusetts. Con este objeto envi primeramente su esposa, quedndose l en Europa mientras arreglaba ciertos asuntos. Pero en los dos aos ms que la mujer ha residido en esta ciudad de Boston, ninguna noticia se ha recibido del sabio caballero Seor Prynne; y su joven esposa, habiendo quedado entregada su propia extraviada direccin.... --Ah! ah! comprendo, le interrumpi el extrao con una amarga sonrisa. Un hombre tan sabio como ese de quien Vd. habla, debera de haber aprendido tambin eso en sus libros. Y quin se dice, mi excelente seor, que es el padre de la criaturita, que parece contar tres cuatro meses de nacida, y que la Sra. Prynne tiene en los brazos? --En realidad amigo mo, ese asunto contina siendo un enigma, y est por encontrarse quien lo descifre, respondi el interlocutor. Madama Ester rehusa hablar en absoluto, y los magistrados se han roto la cabeza en vano. Nada de extrao tendra que el culpable estuviera presente contemplando este triste espectculo, desconocido los hombres, pero olvidando que Dios le est viendo. --El sabio marido, dijo el extranjero con otra sonrisa, debera venir descifrar este enigma. --Bien le estara hacerlo, si aun vive, respondi el vecino. Sepa Vd., buen amigo, que los magistrados de nuestro Massachusetts, teniendo en cuenta que esta mujer es joven y bella, y que la tentacin que la hizo caer fu sin duda demasiado poderosa, y pensando, adems, que su marido yace en el fondo del mar,--no han tenido el valor de hacerla sentir todo el rigor de nuestras justas leyes. El castigo de esa ofensa es la pena de muerte. Pero movidos piedad y llenos de misericordia, han condenado Madama Ester permanecer de pie en el tablado de la picota solamente tres horas, y despus, y durante todo el tiempo de su vida natural, llevar una seal de ignominia en el cuerpo de su vestido. --Una sentencia muy sabia,--observ el extranjero inclinando gravemente la cabeza. De este modo ser una especie de sermn viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa se grabe en la losa de su sepulcro. Me duele, sin embargo, que el compaero de su iniquidad no estuviera, por lo menos, su lado sobre ese cadalso. Pero ya se sabr quin es! ya se sabr quin es! Salud cortsmente al comunicativo vecino, y diciendo en voz baja algunas cuantas palabras su compaero el indio, se abrieron ambos paso por en medio de la multitud. Mientras esto pasaba, Ester haba permanecido en su pedestal, con la mirada fija en el extranjero; tan fija era la mirada, que pareca que todos los otros objetos del mundo visible haban desaparecido, quedando tan solos l y ella. Esa entrevista solitaria quizs habra sido ms terrible aun que verle, como suceda ahora, con el ardiente sol del medioda abrasndole ella el rostro iluminando su vergenza; con la letra escarlata, como emblema de ignominia, en el pecho; con la nia, nacida en el pecado, en los brazos; con el pueblo entero, congregado all como para una fiesta, fijando las miradas implacables en un rostro, que deba haberse contemplado solo al suave resplandor de la lumbre domstica, la sombra de un hogar feliz, bajo el velo de novia en la iglesia. Pero por terrible que fuera su situacin, saba, con todo, que la presencia misma de aquellos millares de testigos era para ella una especie de amparo y abrigo. Preferible era estar as, con tantos y tantos seres mediando entre l y ella, que no verse faz faz y solas. Puede decirse que busc un refugio en su misma exposicin la vergenza pblica, y que tema el momento en que esa proteccin le faltara. Embargada por tales ideas, apenas oy una voz que resonaba detrs de ella y que repiti su nombre varias veces con acento tan vigoroso y solemne, que fu odo por toda la multitud. --yeme, Ester Prynne! dijo la voz. Como se ha dicho, directamente encima del tablado en que estaba de pie Ester, haba una especie de balconcillo galera abierta, que era el lugar donde se proclamaban los bandos y rdenes con todo el ceremonial y pompa que en ocasiones tales se usaban en aquellos das. Aqu, como testigos de la escena que estamos describiendo, se encontraba el Gobernador Bellingham, con cuatro maceros junto su silla, armados de sendas alabardas, que constituan su guardia de honor. Una pluma de obscuro color adornaba su sombrero, su capa tena las orillas bordadas, y bajo de ella llevaba un traje de terciopelo verde. Era un caballero ya entrado en aos, con arrugado rostro que revelaba mucha y muy amarga experiencia de la vida. Era hombre propsito para hallarse al frente de una comunidad que debe su origen y progreso, y su actual desarrollo, no los impulsos de la juventud, sino la severa y templada energa de la edad viril y la sombra sagacidad de la vejez; habiendo realizado tanto, precisamente porque imagin y esper tan poco. Las otras eminentes personas que rodeaban al Gobernador se distinguan por cierta dignidad de porte, propia de un perodo en que las formas de autoridad parecan revestidas de lo sagrado de una institucin divina. Eran indudablemente hombres buenos, justos y cuerdos; pero difcilmente habra sido posible escoger, entre toda la familia humana, igual nmero de hombres sabios y virtuosos, y al mismo tiempo menos capaces de comprender el corazn de una mujer extraviada, y separar en l lo bueno de lo malo, que aquellas personas cuerdas de severo continente quienes Ester volva ahora el rostro. Puede decirse que la infeliz tena la conciencia de que si haba alguna compasin hacia ella, deba de esperarla ms bien de la multitud, pues al dirigir las miradas al balconcillo, toda tembl y palideci. La voz que haba llamado su atencin era la del reverendo y famoso Juan Wilson, el clrigo decano de Boston, gran erudito, como la mayor parte de sus contemporneos de la misma profesin, y con todo eso hombre afable y natural. Estas ltimas cualidades no haban tenido, sin embargo, un desenvolvimiento igual al de sus facultades intelectuales. All estaba l con los mechones de sus cabellos, ya bastante canos, que salan por debajo de los bordes de su sombrero; mientras los ojos parduscos, acostumbrados la luz velada de su estudio, pestaeaban como los de la nia de Ester ante la brillante claridad del sol. Se pareca uno de esos retratos sombros que vemos grabados en los antiguos volmenes de sermones; y para decir la verdad, con tanta aptitud para tratar de las culpas, pasiones y angustias del corazn humano, como la tendra uno de esos retratos. --Ester Prynne, dijo el clrigo, he estado tratando con este joven hermano cuyas enseanzas has tenido el privilegio de gozar,--y aqu el Sr. Wilson puso la mano en el hombro de un joven plido que estaba su lado,--he procurado, repito, persuadir este piadoso joven para que aqu, la faz del cielo y ante estas rectas y sabias autoridades y este pueblo aqu congregado, se dirija t y te hable de la fealdad y negrura de tu pecado. Conociendo mejor que yo el temple de tu espritu, podra tambin, mejor que yo, saber qu razones emplear para vencer tu dureza y obstinacin, de modo que no ocultes por ms tiempo el nombre del que te ha tentado esta dolorosa cada. Pero con la extremada blandura propia de su juventud, pesar de la madurez de su espritu, me replica que sera ir contra los innatos sentimientos de una mujer, forzarla descubrir los secretos de su corazn la luz del da, y en presencia de tan vasta multitud. He tratado de convencerle de que la vergenza consiste en cometer el pecado y no en confesarlo. Qu decides, hermano Dimmesdale? Quieres dirigirte al alma de esta pobre pecadora, debo hacerlo yo? Se oy un murmullo entre los encopetados y reverendos ocupantes del balconcillo; y el Gobernador Bellingham expres el deseo general, al hablar con acento de autoridad, aunque con respeto, al joven clrigo quien se diriga. --Mi buen Seor Dimmesdale, dijo, la responsabilidad de la salvacin del alma de esta mujer pesa en gran parte sobre vos. Por lo tanto, os pertenece exhortarla al arrepentimiento y la confesin. Lo directo de estas palabras atrajeron las miradas de toda la multitud hacia el Reverendo Sr. Dimmesdale, joven clrigo que haba venido de una de las grandes universidades inglesas, trayendo toda la ciencia de su tiempo nuestras selvas y tierras incultas. Su elocuencia y su fervor religioso le haban hecho eminente en su profesin. Era persona de aspecto notable, de blanca y elevada frente, ojos garzos, grandes y melanclicos, boca cuyos labios, menos de mantenerlos cerrados casi por la fuerza, tenan cierta tendencia la movilidad, expresando al mismo tiempo que una sensibilidad nerviosa, un gran dominio de s mismo. pesar de sus muchos dones naturales y vastos conocimientos, haba en el aspecto de este joven ministro[14] algo que denotaba una persona asustadiza, tmida, fcil de alarmarse, como si fuera un sr que se sintiese completamente extraviado en el camino de la vida humana y sin saber qu rumbo tomar, sintindose tranquilo y satisfecho tan slo en un lugar apartado, escogido por l mismo. Por lo tanto, hasta donde sus obligaciones se lo permitan, su existencia se deslizaba, como si dijramos, en la penumbra, habiendo conservado toda la sencillez y candor de la infancia; surgiendo de esa especie de sombra, cuando se presentaba la ocasin, con una frescura, fragancia y pureza de pensamiento tales que, como afirmaban las gentes, hacan el efecto que producira la palabra de un ngel. Tal era el joven ministro hacia quien el Reverendo Sr. Wilson y el Gobernador haban llamado la atencin del pblico, al pedirle que hablase, en presencia de todos, del misterio del alma de una mujer, tan sagrado an en medio de su cada. Lo difcil y penoso de la posicin que as le crearon, hizo agolprsele la sangre las mejillas y volvi trmulos sus labios. --Hblale esa mujer, hermano, le dijo el Sr. Wilson. Es de la mayor importancia para su alma, y por lo tanto, como dice nuestro digno Gobernador, importante tambin la tuya, cuyo cargo est la de esa mujer. Exhrtala que confiese la verdad. El Reverendo Sr. Dimmesdale inclin la cabeza como si estuviera orando, y luego se adelant. --Ester Prynne,--dijo reclinndose sobre el balconcillo y fijando sus miradas en los ojos de aquella mujer,--ya has odo lo que ha dicho este hombre justo, y ves la responsabilidad que sobre m pesa. Si crees que conviene la paz de tu alma, y que tu castigo terrenal ser de ese modo ms eficaz para tu salvacin, te pido que reveles el nombre de tu compaero en la culpa y en el sufrimiento. No te haga guardar silencio una mal entendida piedad y compasin hacia l; porque, creme, Ester, aunque tuviera que descender de un alto puesto, y colocarse tu lado, en ese mismo pedestal de vergenza, sera sin embargo mucho mejor para l que as sucediera, que no ocultar durante toda su vida un corazn culpable. Qu puede hacer tu silencio en pr de ese hombre sino tentarlo, s, compelerlo agregar la hipocresa al pecado? El cielo te ha concedido una ignominia pblica, para que de este modo puedas conseguir un triunfo pblico sobre lo malo que en t pueda haber. Mira lo que haces al negarle, quien tal vez no tenga el valor de tomarla por s mismo, la amarga pero saludable copa que ahora te presentan los labios. La voz del joven ministro, al pronunciar estas palabras, era trmulamente dulce, rica, profunda y entrecortada. La emocin que tan evidentemente manifestaba, ms bien que la significacin de las palabras, hall honda resonancia en los corazones de todos los circunstantes, que se sintieron movidos de un mismo sentimiento de compasin. Hasta la pobre criaturita que Ester estrechaba contra su seno pareca afectada por la misma influencia, pues dirigi las miradas hacia el Sr. Dimmesdale y levant sus tiernos bracillos con un murmullo semi-placentero y semi-quejumbroso. Tan vehemente encontr el pueblo la alocucin del joven ministro, que todos creyeron que Ester pronunciara el nombre del culpado, que bien ste mismo, por elevada humilde que fuera su posicin, se presentara movido de interno irresistible impulso y subira al tablado donde estaba la infeliz mujer. Ester movi la cabeza en sentido negativo. --Mujer! no abuses de la clemencia del cielo,--exclam el Reverendo Sr. Wilson con acento ms spero que antes.--Esa tierna nia con su dbil vocecita ha apoyado y confirmado el consejo que has odo de los labios del Reverendo Dimmesdale. Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento, pueden servir para que te libren de la letra escarlata que llevas en el vestido. --Nunca! jams!--replic Ester fijando las miradas, no en el Sr. Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven ministro.--Est grabada demasiado hondamente. No podis arrancarla. Y ojal pudiera yo sufrir la agona que l sufre, como soporto la ma! --Habla, mujer, dijo otra voz, fra y severa, que proceda de la multitud que rodeaba el tablado. Habla; y dale un padre tu hija. --No hablar,--replic Ester volvindose plida como una muerta, pero respondiendo aquella voz que ciertamente haba reconocido.--Y mi hija buscar un padre celestial: jams conocer uno terrestre. --No quiere hablar!--murmur el Sr. Dimmesdale que, reclinado sobre el balconcillo, con la mano sobre el corazn, haba estado esperando el resultado de su discurso.--Maravillosa fuerza y generosidad de un corazn de mujer! No quiere hablar!... Y se ech hacia atrs respirando profundamente. Comprendiendo el estado del espritu de la pobre culpable, el ministro de ms edad, que se haba preparado para el caso, dirigi la multitud un discurso acerca del pecado en todas sus ramificaciones, aludiendo con frecuencia la letra ignominiosa. Con tal vigor se espaci sobre este smbolo, durante la hora ms que dur su peroracin, que llen de terror la imaginacin de los circunstantes quienes pareci que su brillo escarlata provena de las llamas de los abismos infernales. Entretanto Ester permaneci de pie en su pedestal de vergenza, con la mirada vaga y un aspecto general de fatigada indiferencia. Haba sufrido aquella maana cuanto es dado soportar la humana naturaleza, y como su temperamento no era de los que por medio de un desmayo se libran de un padecimiento demasiado intenso, su espritu poda solamente hallar cierto desahogo bajo la capa de una insensibilidad marmrea, mientras sus fuerzas corporales permanecieran intactas. En condicin semejante, aunque la voz del orador tronaba implacablemente, los odos de Ester nada perciban. Durante la ltima parte del discurso la nia llen el aire con sus gritos y sus quejidos; la madre trat de acallarla, mecnicamente, sin que le afectara, al parecer, el desasosiego de la criaturita. Con la misma dura indiferencia fu conducida de nuevo su prisin y desapareci la vista del pblico tras la puerta de hierro. Los que pudieron seguirla con la vista dijeron, en voz muy baja, que la letra escarlata iba esparciendo un siniestro resplandor lo lago del obscuro pasadizo que conduca al interior de la crcel. IV LA ENTREVISTA Despus de su regreso la crcel fu tal el estado de agitacin nerviosa de Ester, que se hizo necesaria la vigilancia ms asidua para impedir que intentase algo contra su persona, que en un momento de arrebato hiciera algn dao la pobre criaturita. Al acercarse la noche, y al ver que no era posible reducirla la obediencia ni por medio de reprensiones ni de amenazas de castigo, el carcelero crey conveniente hacer venir un mdico, que calific de hombre muy experto en todas las artes cristianas de ciencias fsicas, y que al mismo tiempo estaba familiarizado con todo lo que los salvajes podan ensear en materia de hierbas y races medicinales que crecen en los bosques. En realidad, no solamente Ester, sino mucho ms an la tierna nia, necesitaban con urgencia los auxilios de un mdico; la nia, que derivaba su sustento del seno maternal, pareca haber bebido toda la angustia, desesperacin y agitacin que llenaban el alma de su madre, y se retorca ahora en convulsiones de dolor. Era, en pequea escala, una imagen viva de la agona moral por que haba pasado Ester durante tantas horas. Siguiendo de cerca al carcelero en aquella sombra morada, entr el individuo de aspecto singular cuya presencia en la multitud haba causado tan honda impresin en la portadora de la letra escarlata. Lo haban alojado en la crcel, no porque se le sospechase de algn delito, sino por ser la manera ms conveniente y cmoda de disponer de l hasta que los magistrados hubieran conferenciado con los jefes indios acerca del rescate. Se dijo que su nombre era Rogerio Chillingworth. El carcelero, despus de introducirlo en la habitacin, permaneci all un momento, sorprendido de la calma comparativa que haba causado su entrada, pues Ester se haba vuelto inmediatamente tan tranquila como la muerte, aunque la criaturita continuaba quejndose. --Te ruego, amigo, que me dejes solo con la enferma, dijo el mdico. Creme, buen carcelero, pronto habr paz en esta morada; y te prometo que la Sra. Prynne se mostrar en adelante ms dcil la autoridad y ms tratable que hasta ahora. --Si Su Seora puede realizar eso, contest el carcelero, os tendr por un hombre indudablemente hbil. En verdad que esta mujer se ha portado como si estuviese poseda del enemigo malo; y poco falt para decidirme arrojar de su cuerpo Satans y latigazos. El extranjero haba entrado en la habitacin con la tranquilidad caracterstica de la profesin que se deca pertenecer. Ni tampoco cambi de aspecto cuando la retirada del carcelero le dej faz faz con la mujer que le haba reconocido en medio de la multitud, y cuya abstraccin profunda al reconocerle indicaba mucha intimidad entre ambos. Su primer cuidado fu atender la tierna criaturita, cuyos gritos, mientras se retorca en su cama, hacan de absoluta necesidad posponer todo otro asunto la tarea de calmar sus dolores. La examin cuidadosamente y procedi luego abrir una bolsa de cuero, que llevaba bajo su traje, y pareca contener medicinas, una de las cuales mezcl con un poco de agua en una taza. --Mis antiguos estudios en alquimia, dijo por va de observacin, y mi residencia de ms de un ao entre un pueblo muy versado en las propiedades de las hierbas, han hecho de m un mdico mejor que muchos que se han graduado. Oye, mujer, la nia es tuya, no tiene nada mo, ni reconocer mi voz ni mi rostro como los de un padre. Adminstrale por lo tanto esta pocin con tus propias manos. Ester rechaz la medicina que le presentaban, fijando al mismo tiempo con visible temor las miradas en el rostro del hombre. --Trataras de vengarte en la inocente criatura? dijo en voz baja. --Loca mujer! respondi el mdico con acento entre fro y blando. Qu provecho me vendra m de hacer dao esta pobre y bastarda criatura? La medicina es buena y provechosa; y si fuera mi hija, mi propia hija as como tuya, no podra hacer nada mejor en beneficio suyo. Como Ester aun vacilaba, no hallndose realmente en aquellos momentos en su sano juicio, el mdico tom la nia en brazos y l mismo le administr la pocin, que pronto dej sentir su eficacia. Los quejidos de la pequea paciente se calmaron, sus convulsiones fueron cesando gradualmente; y los pocos momentos, como es la costumbre de los tiernos nios despus de verse libres del dolor, qued sumergida en un profundo sueo. El mdico, pues as puede llamrsele con todo derecho, dirigi entonces su atencin la madre. Con calma y despacio la examin, le tom el pulso, di una mirada sus ojos; mirada que le oprimi el corazn y la hizo estremecer, por serle tan familiar, y sin embargo tan extraa y fra,--y finalmente, satisfecho de los resultados de su investigacin, procedi preparar otra pocin. --No s donde hallar el _leteo_ ni el _nepentes_, dijo, pero he aprendido muchos nuevos secretos entre los salvajes; y esta receta que me di un indio en cambio de algunas lecciones mas, tan antiguas como Paracelso, es uno de esos secretos. Bebe esto. Ser sin embargo menos calmante que una conciencia limpia y pura; pero no puedo darte eso. Calmar pesar de todo la agitacin de tu pecho y las marejadas de tu pasin, as como lo hace el aceite arrojado sobre las olas de un mar tempestuoso. Present la taza Ester, que la recibi mirndole con fijeza de una manera lenta y seria; no precisamente con una mirada de temor, sino llena de dudas, como interrogndole acerca de lo que podran ser sus propsitos, y al mismo tiempo dirigi tambin una mirada la niita dormida. --He pensado en la muerte, dijo, la he deseado, hasta hubiera rogado por ella, si pudiera rogar por algo. Sin embargo, si la muerte se encierra en esta taza, te pido que lo reflexiones antes de que me veas beberla. Mira: ya la he llevado los labios. --Bebe, pues, replic el mdico con el mismo aire de sosiego y frialdad de antes. Tan poco me conoces, Ester? Podran ser mis propsitos tan vanos? Aun en el caso de que imaginara un medio de vengarme, qu podra servir mejor para mis fines que dejarte vivir, y darte estas medicinas contra todo lo que pudiese poner en peligro tu vida, de modo que esa candente ignominia contine brillando en tu seno? Al hablar as, toc con el ndice la letra escarlata, que pareca abrasar el pecho de Ester como si hubiera sido en efecto un hierro candente. El mdico not su gesto involuntario, y con una sonrisa dijo: --Vive, s, vive; y lleva contigo este signo ante los ojos de hombres y mujeres,--ante los ojos de aquel quien llamaste tu marido,--ante los ojos de esa niita. Y para que puedas vivir, toma esta medicina. Sin decir una palabra, Ester apur la taza, y obedeciendo una seal de aquel hombre de ciencia, se sent en la cama en que dorma la niita, mientras l, tomando la nica silla que haba en la habitacin, se sent su lado. Ella no pudo menos de temblar ante estos preparativos, pues comprenda que, habiendo ya hecho l todo lo que la humanidad, el deber, si se quiere, una refinada crueldad le obligaban hacer en alivio de sus dolores fsicos, iba tratarla ahora como hombre quien haba ofendido de la manera ms profunda irreparable. --Ester, dijo, no pregunto por qu motivos, ni cmo has cado en el abismo, mejor dicho, has subido al pedestal de infamia en que te he hallado. La razn es fcil de hallar. Ha sido mi locura y tu debilidad. Yo,--un hombre dado al estudio, una verdadera polilla de biblioteca,--un hombre ya en el declive de sus aos, que emple los mejores de su vida en alimentar su afn devorador de saber,--qu tena que ver con una belleza y juventud como la tuya? Contrahecho desde que nac, cmo pude engaarme con la idea de que los dones intelectuales podran en la fantasa de una joven doncella arrojar un velo sobre las deformidades fsicas? Los hombres me llaman sabio. Si los sabios fueran cuerdos en lo que les concierne, yo debera haber previsto todo esto. Yo debera haber sabido que, al dejar la vasta y tenebrosa selva para entrar en esta poblacin de cristianos, el primer objeto con que haban de tropezar mis miradas, seras t, Ester, de pie, como una estatua de ignominia, expuesta los ojos del pueblo. S, desde el instante que salimos de la iglesia, ya unidos por los lazos del matrimonio, debera haber contemplado la llama ardiente de esa letra escarlata brillando la extremidad de nuestro sendero. --T sabes, dijo Ester,--quien pesar del estado de abatimiento en que se encontraba, no pudo sufrir este ltimo golpe que le recordaba su vergenza,--t sabes que fu franca contigo. Ni sent amor, ni fing tener ninguno. --Es verdad, replic el mdico: fu una locura ma! Ya lo he dicho. Pero, hasta aquella poca de mi vida, yo haba vivido en vano. El mundo me haba parecido tan triste! Mi corazn era como una morada bastante grande para dar cabida muchos huspedes, pero fra y solitaria. Yo deseaba tener un hogar, experimentar su calor. pesar de lo viejo, de lo contrahecho y sombro que era, no me pareci un sueo extravagante la idea de que yo poda gozar tambin de esta simple felicidad, esparcida en todas partes, y de que toda la humanidad puede disfrutar. Y por eso, Ester, te albergu en lo ms recndito de mi corazn, y trat de animar el tuyo con aquella llama que tu presencia haba encendido en mi pecho. --Te he agraviado en extremo, murmur Ester. --Nos hemos agraviado mutuamente, respondi el mdico. El primer error y agravio fu mo, cuando hice que tu floreciente juventud entrara en una relacin falsa, y contraria la naturaleza, con mi decadencia. Por consiguiente, como hombre que no ha pensado ni filosofado vanamente, no busco venganza, no abrigo ningn mal designio contra t. Entre t y yo la balanza est perfectamente equilibrada. Pero, Ester, el hombre que nos ha agraviado los dos vive. Quin es? --No me lo preguntes, replic Ester mirndole al rostro con firmeza. Eso nunca lo sabrs. --Nunca, dices?--replic el mdico con una sonrisa amarga de confianza en s mismo. Nunca lo sabr? Creme, Ester, hay pocas cosas,--ya en el mundo exterior, ya cierta profundidad en la esfera invisible del pensamiento,--hay pocas cosas, repito, que queden ocultas al hombre que se dedica seriamente y sin descanso la solucin de un misterio. T puedes ocultar tu secreto las miradas escudriadoras de la multitud. Puedes ocultarlo tambin las investigaciones de los ministros y magistrados, como hiciste hoy cuando procuraron arrancar ese nombre tu corazn y darte un compaero en tu pedestal. Pero en cuanto m, yo me dedicar la investigacin con sentidos que ellos no poseen. Yo buscar este hombre como he buscado la verdad en los libros; como he buscado oro en la alquimia. Hay una simpata oculta que me lo har conocer. Le ver temblar. Yo mismo al verle, me sentir estremecer de repente y sin saber por qu. Tarde temprano, tiene que ser mo. Los ojos del mdico, fijos en el rostro de Ester, brillaron con tal intensidad, que sta se llev las manos al corazn como temiendo que pudiese descubrir all el secreto en aquel momento mismo. --No quieres revelar su nombre? Sin embargo, de todos modos lo sabr,--continu el mdico con una mirada llena de confianza, cual si el destino lo hubiera decretado as. No lleva ninguna letra infamante bordada en su traje, como t; pero yo la leer en su corazn. Pero no temas por l. No creas que me mezclar en la clase de retribucin que adopte el cielo, que lo entregue las garras de la justicia humana. Ni te imagines que intentar algo contra su vida; no, ni contra su fama si, como juzgo, es un hombre que goza de buena reputacin. Le dejar vivir: le dejar envolverse en el manto de su honra externa, si puede. Sin embargo, ser mo. --Tus acciones parecen misericordiosas, dijo Ester desconcertada y aterrada, pero tus palabras te hacen horrible. --Una cosa te recomendar, t, que eras mi esposa, dijo el sabio. T has guardado el secreto de tu cmplice: guarda tambin el mo. Nadie me conoce en esta tierra. No digas ningn sr humano que en un tiempo me llamaste tu esposo. Aqu, en esta franja de tierra plantar mi tienda; porque habiendo sido donde quiera un peregrino, y habiendo vivido alejado de los intereses humanos, he encontrado aqu una mujer, un hombre, y una tierna nia entre los cuales y yo existen los lazos ms estrechos que puedan imaginarse. Nada importa que sean de amor de odio, justos injustos. T y los tuyos, Ester, me pertenecis. Mi hogar est donde t ests y donde l est. Pero no me vendas! --Con qu objeto lo deseas?--le pregunt Ester, negndose, sin saber por qu, aceptar este secreto convenio. Por qu no te anuncias pblicamente y te deshaces de m de una vez? --Pudiera moverme ello, replic el mdico, no querer arrostrar la deshonra que mancha al marido de una mujer infiel. Pudieran moverme tambin otras razones. Basta con que sepas que es mi objeto vivir y morir desconocido. Por lo tanto, tu marido ha de ser para el mundo un hombre ya muerto, y de quien jams se recibir noticia alguna. No me reconozcas ni por una palabra, ni por un signo, ni por una mirada. No descubras nadie tu secreto, sobre todo al hombre que sabes. Si me faltares en esto... ay de t! Su fama y buen nombre, su posicin, su vida, estarn en mis manos! Gurdate de ello! --Guardar tu secreto, como guardo el suyo, dijo Ester. --Jralo, replic el otro. Y ella prest el juramento. --Y ahora, Ester,--dijo el anciano Rogerio Chillingworth, como haba de llamarse en lo sucesivo,--te dejo sola: sola con tu hija y con la letra escarlata. Qu es eso, Ester? Te obliga la sentencia dormir con la letra? No tienes temor de que te asalten pesadillas y sueos horribles? --Por qu me miras y te sonres de ese modo?--le pregunt Ester toda inquieta al ver la expresin de sus ojos.--Eres acaso como el Hombre Negro que recorre las selvas que nos rodean? Me has inducido aceptar un pacto que dar por resultado la perdicin de mi alma? --No la de tu alma,--respondi el mdico con otra sonrisa. No; no la de tu alma! V ESTER AGUJA EN MANO Terminado el perodo de encarcelamiento que fu condenada Ester, se abrieron las puertas de la prisin y sali la luz del sol que, brillando lo mismo para todos, le pareca sin embargo su mrbida imaginacin que haba sido creado con el nico objeto de revelar la letra escarlata que llevaba en el seno de su vestido. Quiz padeci moralmente ms cuando, habiendo cruzado los umbrales de la crcel, empez moverse libre y sola, que no en medio de la muchedumbre y espectculo que quedan descritos, donde se hizo pblica su vergenza y donde todos la sealaron con el dedo. En aquel entonces se encontraba sostenida por una tensin sobrenatural de los nervios y toda la energa batalladora de su carcter, que la ayudaban convertir aquella escena en una especie de lbrego triunfo. Fu, adems, un acontecimiento aislado y singular que solo ocurrira una vez durante su vida; y para arrostrarlo tuvo que gastar toda la fuerza vital que habra bastado para muchos aos de tranquilidad y calma. La misma ley que la condenaba, la haba sostenido durante la terrible prueba de su ignominia. Pero ahora, fuera ya de la prisin, sola y sin compaa en el sendero de la vida, empezaba para ella una nueva existencia, y tena que sostenerse y proseguir adelante con los recursos que le proporcionara su propia naturaleza, de lo contrario, sucumbir. No poda contar con lo porvenir para sobrellevar su dolor presente. El da de maana aportara su racin de pesadumbre, y lo mismo el siguiente y los sucesivos: cada uno traera su propio pesar que, en esencia, era sin embargo el mismo que ahora le pareca tan inmensamente doloroso. Los aos por venir se sucederan unos otros, y ella tendra que continuar sobrellevando la misma carga, sin poder jams arrojarla; pues la sucesin de das y de aos no hara ms que acumular miseria sobre ignominia. Durante todo ese tiempo, despojndose Ester de su propia individualidad, se convertira en el ejemplo vivo de que podran servirse el moralista y el predicador para encarecer sus imgenes de fragilidad femenina y de pasin pecaminosa. Le dira la joven y la pura, que contemplasen la letra escarlata que brillaba en su seno,--que se fijasen en esa mujer, la hija de padres honrados,--la madre de una criaturita que ms adelante sera tambin una mujer,--que recordasen que en un tiempo haba sido inocente--y que vieran ahora en ella la imagen, la encarnacin, la realidad del pecado; y sobre su tumba, la infamia que la haba acompaado en vida, sera tambin su nico monumento. Parecer sorprendente, que con el mundo abierto ante ella, sin ninguna restriccin en su sentencia que la impidiera dejar aquella obscura y remota colonia puritana y volver al lugar de su nacimiento, cualquiera otro pas europeo, y ocultar all su persona y su identidad, bajo un nuevo exterior, como si empezara por completo otra existencia,--y teniendo tambin su alcance los bosques sombros y casi impenetrables, donde lo impetuoso de su sr espiritual podra asimilarse al pueblo cuyas costumbres y vida nada tenan de comn con la ley que la haba condenado;--parecer sorprendente, repito, que esta mujer pudiera an dar el nombre de hogar aquel sitio donde haba ella de ser el tipo de la ignominia. Pero hay una especie de fatalidad, un sentimiento tan irresistible inevitable, que tiene toda la fuerza del destino, que casi obliga invariablemente los hombres permanecer y vagar, manera de espectros, en el lugar mismo en que un acontecimiento grande y notable ha infludo en el curso de su vida, y que es tanto ms irresistible cuanto ms sombra ha sido su influencia. Su pecado, su ignominia, eran las races que la retenan en aquel suelo, que haba llegado convertirse en el hogar permanente y final de Ester. Todos los otros sitios del mundo, aun aquella aldea de Inglaterra donde corrieron su infancia feliz y su juventud inmaculada, se haban convertido en cosas extraas. Los lazos que la ataban este nuevo suelo estaban formados de eslabones de hierro que penetraban en lo ms ntimo de su alma, sin que jams llegaran romperse. Pudiera ser tambin,--y sin duda lo era aunque se lo ocultaba s propia, y palideca cuando luchaba por salir de su corazn como una serpiente de su agujero,--pudiera ser tambin que otro sentimiento la hiciera permanecer en el lugar que tan funesto le haba sido. All moraba, all pasaba su existencia alguien quien ella se consideraba unida con lazos que, si bien no reconocidos en la tierra, los llevaran juntos ante el tribunal del juicio final, donde quedaran enlazados para un futuro comn de retribucin inextinguible. El tentador del gnero humano haba presentado repetidas veces esta idea la mente de Ester, y se rea del gozo apasionado, al mismo tiempo que lleno de desesperacin, con que ella al principio la acoga, y despus se esforzaba en rechazarla. Apenas acariciaba semejante idea, cuando ya quera destruirla. Lo que al fin quiso creer, lo que ella misma consider la razn suprema para continuar viviendo en aquel sitio, era en parte verdad y en parte una ilusin con que trataba de engaarse. Aqu, se deca para sus adentros, comet mi falta, y aqu debe efectuarse mi castigo terrenal; y quizs de este modo las torturas de su diaria ignominia purificarn al fin su alma, dotndola de una nueva pureza en cambio de la que haba perdido, ms sagrada puesto que sera el resultado del martirio. De consiguiente Ester no se movi de all. En los lindes de la poblacin, aunque no en la vecindad inmediata de ninguna morada, haba una choza cabaa, construda por uno de los primeros colonos, y abandonada porque la tierra era demasiado estril para el cultivo. Su aislamiento y distancia de la poblacin, la ponan fuera del crculo de la actividad social que ya se notaba en las costumbres de los colonos. Aquella pequea habitacin estaba orillas del mar, medio oculta por un bosquecillo de rboles no muy corpulentos; y en ese lugar solitario, con los pocos recursos que posea, y gracias al permiso de los magistrados que aun ejercan una especie de vigilancia inquisitorial sobre Ester, se instal sta con su niita. Inmediatamente se asoci aquel lugar una vaga idea de algo misterioso y desconocido. Los nios, demasiado tiernos para comprender por qu aquella mujer se encontraba separada del resto de sus semejantes, se arrastraban lo ms cerca posible para verla ocupada con su aguja sentada la ventana de su cabaa, de pie la puerta de la misma, trabajando en el jardincito, pasendose en el sendero que conduca la poblacin; y al contemplar la letra escarlata en el seno de su vestido, emprendan la carrera con un temor extrao y contagioso. pesar de lo solitario de la situacin de Ester, y aunque no tena un amigo en la tierra que se atreviese visitarla, no corra sin embargo el riesgo de padecer escaseces. Posea un arte que bastaba para proporcionarle el sustento ella y su hijita, aun en un pas que ofreca comparativamente pocas oportunidades para su ejercicio. Arte que en aquella poca, como hoy, era casi el nico que estuviera al alcance de la mujer,--la costura. Llevaba en el seno, en la letra primorosamente bordada, una muestra de su habilidad delicada y de su inventiva, de que se habran alegrado las damas mismas de la Corte poder aprovecharse para agregar sus ricas telas de seda y oro los adornos aun ms preciados del arte humano. Cierto es que, dada la sencillez del traje negro que caracterizaba en lo general las modas puritanas de aquel tiempo, no se presentaran muchas ocasiones en que pudiera desplegar Ester sus talentos con la aguja; sin embargo, el gusto de la poca que se complaca en lo que era complicado en esta clase de trabajos, no pudo menos de ejercer su influencia en aquellos severos puritanos, nuestros antepasados, que se haban desprendido de tantas cosas que hoy nos parecen muy difciles de renunciar. Las ceremonias pblicas, tales como la instalacin de magistrados, y cuanto pudiera agregar majestad al modo con que un nuevo gobernador se presentaba al pueblo, se distinguan por un ceremonial imponente y una sombra pero estudiada magnificencia. Grandes cuellos lechuguillas, fajas de intrincadas labores, y guantes lujosamente bordados, eran de absoluta necesidad para los altos funcionarios al hacerse cargo de las riendas del poder; y su uso se permita tambin los individuos distinguidos por su posicin riqueza, aunque las leyes suntuarias prohiban estos y otros lujos semejantes los plebeyos. En los funerales, ya en el vestido del difunto, ya para expresar por variedad de signos emblemticos de pao negro y linn blanco el dolor de los sobrevivientes, haba tambin una demanda frecuente de la clase de labor que Ester poda suministrar. Los paales y faldellines para nios, pues en aquella poca los nios de tierna edad llevaban vestidos de gala, ofrecan tambin ocasin para labores delicadas de aguja. Poco poco, aunque no con mucha lentitud, los trabajos de Ester se fueron haciendo de moda, como hoy se dice, ya por compasin hacia una mujer cuyo destino haba sido tan desgraciado, ya por la mrbida curiosidad que da un valor ficticio cosas comunes que no tienen ninguno, ya porque entonces, como ahora, se concediera ciertas personas, por cualquiera razn, lo que otros solicitan en vano, porque Ester llenara realmente un vaco que se dejaba sentir; es lo cierto que hall frecuente empleo para su aguja, y bien remunerado. Tal vez la vanidad escogi, como medio de mortificarse, llevar las pompas y ceremonias del Estado los adornos labrados por sus manos pecadoras. Vease su labor en los cuellos del Gobernador; los militares la mostraban en sus bandas y fajas; el ministro del altar tambin dejaba verla en su traje severo; adornaba el gorrito de los recin nacidos, y hasta los atades de los que llevaban enterrar. Pero no se recuerda un solo caso en que la habilidad de Ester se solicitase para bordar el velo blanco que deba de cubrir el rostro pudoroso de una novia conducida al altar. Esta excepcin indicaba lo inextinguible del rigor con que la sociedad reprobaba su pecado. Ester no trataba de adquirir ms all de lo necesario para su subsistencia, siendo sta de la naturaleza ms sencilla y asctica que pueda darse en lo que ella se refera; y para su nia, alimentos muy sencillos si bien con abundancia. Los vestidos que usaba eran hechos de las telas ms bastas y del color ms sombro, con un solo adorno,--la letra escarlata--que estaba condenada llevar siempre. El trajecito de la nia, por el contrario, se distingua por cierto corte y adornos caprichosos, mejor dicho, fantsticos, que servan para realzar una especie de encanto areo que desde muy temprano empez notarse en la criaturita, la que tambin daba muestras de una seriedad profunda. Ya hablaremos de esto ms adelante. Excepto la pequea suma que dedicaba Ester al adorno de su hija, el resto lo empleaba en obras de caridad, en infelices menos desgraciados que ella, y que con frecuencia insultaban la mano que los socorra. Mucha parte del tiempo que hubiera podido aplicar labores ms productivos, la pasaba haciendo vestidos de estofas groseras para los pobres. Es probable que esta clase de ocupacin asociara ella una idea de penitencia, y que al dedicar tantas horas esa ruda labor, las ofreciera como una especie de sacrificio de otros goces. En la naturaleza de Ester haba algo de la rica y voluptuosa naturaleza oriental, un gusto por todo lo que era esplendorosamente bello, y que, excepto en las exquisitas producciones de su aguja, no encontraba en qu poder ejercitarlo. Las mujeres hallan en la delicada labor de la aguja un placer incomprensible para el sexo fuerte. Para Ester era quizs una manera de expresar la pasin de su vida, y por lo tanto de calmarla. semejanza de todos los otros goces, rechaz esta pasin como un pecado. Semejante mrbida intervencin de la conciencia en cosas de poca monta pudiera muy bien considerarse indicio de una penitencia que no era genuina ni constante, sino ms bien algo dudoso, y que en el fondo no era lo que debera ser. De este modo Ester Prynne tuvo su parte que desempear en el mundo. Merced la energa natural de su carcter, y su rara inteligencia, no fu posible segregarla por completo de la sociedad, aunque sta la haba marcado con una seal ms intolerable para el corazn de una mujer que la grabada en la frente de Can. En todas sus relaciones con esa sociedad, no haba sin embargo nada que la hiciera comprender que perteneca ella. Cada gesto, cada palabra, y hasta el silencio mismo de aquellos con quienes se pona en contacto, implicaban y expresaban con frecuencia la idea de que estaba desterrada, y tan aislada como si habitase en otra esfera. Encontrbase separada de los intereses morales de sus semejantes, pesar de estar tan cerca de ellos, manera de un espritu que volviese visitar el hogar domstico sin poder hacerse ver ni dejarse sentir; sin participar de sus alegras, ni poder tomar parte en sus dolores; y que, caso de que llegase manifestar los sentimientos que le estaban vedados, habra sido para despertar solamente terror y horrible repugnancia. Y en realidad esto, y el ms acerbo desdn, pareca que era lo nico que haba para ella en el corazn de sus conciudadanos. No era aquella una poca de delicadeza y refinamiento en las costumbres; y aunque Ester se diese exacta cuenta de su posicin, y no hubiera peligro de que la olvidara, con harta frecuencia se la hacan sentir de una manera muy ruda, y cuando ella menos lo esperaba. Los pobres, como ya hemos dicho, quienes haba hecho el objeto de sus bondades y de su beneficencia, menudo depriman la mano que se extenda para socorrerlos. Las damas de alto copete en cuyas moradas penetraba desempear sus labores de costura, acostumbraban destilar gotas de acbar en su corazn; veces, merced esa alquimia secreta y refinada con que la mujer puede infiltrar un veneno sutil extrado de las cosas ms balades; y en otras ocasiones, con una rudeza de expresin que caa en el pecho indefenso de aquella infeliz como un golpe asestado una herida ulcerada. Ester se haba amaestrado por largo tiempo en el arte de sufrir en silencio: jams responda estos ataques, sino con el rubor que irresistiblemente enrojeca su plida mejilla y despus desapareca en las profundidades de su alma. Era paciente, una verdadera mrtir; pero se abstena de rezar por sus enemigos, por temor de que, despecho de sus buenas intenciones, las palabras con que implorase la bendicin para ellos se convirtiesen irremediablemente en una maldicin. Continuamente, y de mil maneras, experimentaba los innumerables tormentos que para ella haba ideado la sentencia imperecedera del tribunal puritano. Los ministros del altar se detenan en medio de la calle para dirigirla palabras de exhortacin, que atraan una multitud implacable alrededor de la pobre pecadora. Si entraba en la iglesia los domingos, confiada en la misericordia del Padre Universal, era con frecuencia, por su mala suerte, para verse convertida en el tema del sermn. Lleg tener un verdadero terror de los nios, que haban concebido, gracias las conversaciones de sus padres, una vaga idea de que haba algo horrible en esa triste mujer que se deslizaba silenciosa por las calles de la poblacin, sin otra compaa que su nica nia. Por lo tanto, dejndola al principio pasar, la perseguan despus cierta distancia con agudos chillidos, pronunciando una palabra cuyo sentido exacto no podan ellos comprender, pero que no por eso era menos terrible para Ester, por venir de labios que la emitan inconscientemente. Pareca indicar una difusin tal de su ignominia, como si esta fuera conocida de toda la naturaleza; y no le habra causado pesar ms profundo si hubiera odo las hojas de los rboles referirse entre s la sombra historia de su cada, y las brisas del verano contarla entre susurros, los bregos del invierno proclamarla con sus voces tempestuosas. Otra especie de tortura peculiar que experimentaba la pobre mujer era cuando vea un nuevo rostro, cuando personas extraas fijaban con curiosidad las miradas en la letra escarlata, lo que ninguna dejaba de hacer y era para ella como si le aplicasen un hierro candente al corazn. Entonces apenas poda contener el impulso de cubrir el smbolo fatal con las manos, aunque nunca lleg hacerlo. Pero las personas acostumbradas contemplar aquel signo de ignominia, podan hacerla sufrir tambin intensa agona. Desde el primer momento en que la letra form parte integrante de su vestido, Ester haba experimentado el terror secreto de que un ojo humano estaba siempre fijo en el triste emblema: su sensibilidad en ese particular, lejos de disminuirse con el tiempo, era cada vez mayor, merced al tormento cuotidiano que sufra. Pero alguna que otra vez, quizs con intervalo de muchos das acaso de varios meses, tena la sensacin de que una mirada--una mirada compasiva--se fijaba en la letra ignominiosa; y esto pareca proporcionarla un alivio momentneo, como si alguien compartiera la mitad de su agona. Pero un instante despus se reduplicaba sta con renovado dolor, porque en aquel breve momento haba pecado nuevamente. Haba Ester pecado sola? Su imaginacin estaba un tanto afectada, y haber posedo menos fibra intelectual y moral, se habra afectado aun mucho ms, en consecuencia de la soledad y de la angustia continua en que viva. Yendo al reducido mundo exterior con que estaba en relaciones y regresando su morada, y siempre solitaria en esos paseos, crey Ester, se imagin creer, que la letra escarlata la haba dotado de un nuevo sentido. Se estremeca al pensar, y no poda menos de pensar as, que aquella le proporcionaba una especie de conocimiento intuitivo de las culpas secretas de otras almas. Las revelaciones que de este modo se presentaron sus ojos la llenaban de terror. Y cules eran? Pero qu podan ser sino las insidiosas insinuaciones del ngel malo, que habra deseado persuadir aquella mujer, que estaba luchando y era solo su vctima medias, que el aspecto exterior de pureza no era ms que una mentira, y que si la verdad se conociera, la letra escarlata brillara en ms de un seno, y no nicamente en el de Ester Prynne? Deba ella acaso recibir esas obscuras insinuaciones como si fueran una cosa real y positiva? Esta especie de sentido sobrenatural de que se crea dotada, era de lo ms terrible insoportable que hubiese experimentado en el curso de su desgraciada existencia. La llenaba de perplejidad y de malestar, pues veces aquella marca roja de infamia en el pecho de su vestido, pareca como si latiera y se agitase cuando Ester pasaba junto un venerable eclesistico magistrado, modelos de piedad y de justicia, quienes el mundo contemplaba como si fueran los compaeros de los ngeles. --Qu malvado pasa junto m? Se deca Ester para sus adentros. Y levantando con repugnancia la cabeza vea que en aquellos alredederes no haba ms ser humano que aquel hombre que todos consideraban un santo. Otras veces crea tener su lado una hermana en la culpa, y al levantar los ojos tropezaba con la forma de una devota y spera matrona, cuyo corazn, segn la creencia pblica, haba sido un pedazo de hielo durante toda su vida. Aquel hielo en el pecho de la matrona y la candente ignominia de Ester qu tenan de comn? Otras veces el estremecimiento elctrico le daba la seal, como si le dijera: "Ester, ah tienes una compaera,"--y al alzar los ojos, vea una joven doncella que contemplaba la letra escarlata, hurtadillas, y se alejaba rpidamente con un ligero rubor en las mejillas, como si su pureza se hubiera empaado con aquella ojeada instantnea. Semejante falta de fe en la virtud de los dems, es una de las consecuencias ms tristes del pecado. Pero una prueba de que en esta pobre vctima de su propia fragilidad y de la dureza de las leyes del hombre, la corrupcin no haba hecho mucho progreso, consista en la constante lucha de su espritu para creer que ningn mortal era tan culpable como ella misma. El vulgo, que en aquellos rudos tiempos aada siempre el elemento de lo grotesco todo lo que hiriera su imaginacin, haba inventado una historia acerca de la letra escarlata, que fcilmente podramos convertir en una terrible leyenda. Afirmaban que aquel smbolo no era simplemente un pao escarlata, teido con un color que era obra del hombre, sino que el rojo ardiente lo produca el fuego del infierno, y se le poda ver brillar con todo su fulgor cuando Ester se paseaba sola, junto su morada, durante la noche. VI PERLA Hasta ahora apenas hemos hablado de la nia; de la criaturita cuya inocente vida pareca una bella inmortal flor brotada en medio de la excesiva lozana de una pasin criminal. Cun extraa se presentaba esa nia los ojos de la triste mujer, medida que sta contemplaba el desarrollo y la hermosura, cada vez ms brillante, y la inteligencia que iluminaba con sus trmulos rayos las delicadas facciones de su hija, de su Perla! Tal era el nombre que le haba dado Ester, no porque tuviese analoga alguna con su aspecto, pues no tena nada del blanco, tranquilo y fro lustre que podra indicar la comparacin; sino que la llam "Perla," por haberla obtenido un gran precio, por haberla comprado en realidad con todo lo que ella posea, con lo que era su nico tesoro. Cun singular era todo esto! El hombre haba hecho patente la falta de esta mujer por medio de una letra escarlata dotada de tan grande y desastrosa eficacia, que impeda que aquella fuera objeto de las simpatas humanas, no ser de personas igualmente culpables. Pero la naturaleza, en compensacin de esta falta que el hombre haba castigado, la dot de una nia encantadora, que reposaba en aquel mismo seno infamado por la ley, para poner por siempre la madre en relacin con la raza humana, y para que llegara al fin ser un alma escogida en el cielo. Sin embargo, estas ideas llenaban la mente de Ester con sentimientos de temor ms bien que de esperanza. Saba que su accin haba sido mala, y por lo tanto no poda creer que sus resultados fueran buenos. Con creciente sobresalto contemplaba el desarrollo de la criatura, temiendo siempre descubrir alguna peculiaridad sombra y extraa, que guardara correspondencia con la culpa que debi el ser. Defecto fsico no haba ninguno en la nia: por su forma perfecta, por su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era digna de haber nacido en el Edn; de haber sido dejada all para que jugara con los ngeles, despus de la expulsin de nuestros primeros padres. Posea una gracia ingnita que no siempre acompaa la belleza perfecta: su traje, pesar de su sencillez, despertaba en el que la vea la idea de que era precisamente el que ms le convena. Pero la tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre, merced cierta tendencia mrbida, que ms adelante se comprender mejor, haba comprado las telas ms ricas que pudieran procurarse y daba rienda suelta su fantasa creadora en el arreglo y adorno de los vestidos de la nia, cada vez que sta se presentaba en pblico. Tan magnficamente luca aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al travs de los trajes vistosos que habran podido apagar una hermosura mucho menos radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un crculo de fulgente luz en el suelo de la obscura cabaa. El aspecto de Perla tena un encanto de infinita variedad: en aquella nia se compendiaban y resuman muchos nios, comprendiendo desde la belleza manera de flor silvestre de un nio campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una princesita. En toda ella haba sin embargo algo de apasionado, una cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de sus cambios ese color se hubiera vuelto ms dbil ms plido, habra cesado de ser ella, no habra sido Perla. Esta movilidad externa indicaba y expresaba completamente las diversas condiciones de su vida interior. Pareca que en su naturaleza la profundidad se hermanaba con la variedad; pero, no ser que los temores de Ester la engaasen, diramos que le faltaba la facultad de adaptarse al mundo en que haba nacido. La nia no poda someterse reglas fijas. Al darle la existencia, se haba quebrantado una gran ley moral, y el resultado fu un sr cuyos elementos tal vez eran bellos y brillantes, pero en desorden, con un orden que les era peculiar, siendo difcil, casi imposible, descubrir donde empezaban terminaban la variedad y el arreglo. Ester nicamente poda darse cuenta del carcter de Perla, y eso de una manera vaga imperfecta, recordando lo que ella misma haba sido durante aquel perodo crtico en que el alma y el cuerpo de la nia se estaban formando. El estado de agitacin apasionada en que se hallaba la madre haba servido para transmitir la criaturita por nacer los rayos de su vida moral; y por claros y puros que fueran primitivamente, haban adquirido ciertos tintes ya vivos y brillantes, ya intensos y sombros. Pero sobre todo, se haba perpetuado en el alma de Perla aquella violenta lucha que reinaba en el nimo de Ester, quien poda reconocer en su hija el mismo espritu libre, inquieto, provocativo y desesperado, y la misma ligereza de su carcter, y aun algo del mismo abatimiento que se haba apoderado de su corazn. Ahora todo eso estaba iluminado por los rayos de la aurora que doran el cielo de la infancia, pero ms entrado el da de la existencia terrenal, pudiera ser fecundo en torbellinos y tempestades. La educacin de la familia era en aquellos tiempos mucho ms severa que ahora. El entrecejo, la reprensin spera y la aplicacin de la correa de las varillas, no tenan por objeto castigar solamente faltas cometidas, sino que se empleaban como un medio saludable para el desenvolvimiento de todas las virtudes infantiles. Sin embargo, Ester, la madre solitaria de esta su nica hija, corra poco riesgo de pecar por demasiado severa. Teniendo plena conciencia de sus propios errores y de sus infortunios, trat desde muy temprano de ejercer una estricta vigilancia sobre la tierna alma cuyos destinos estaban su cargo. Pero esta tarea era superior sus fuerzas, su capacidad. Despus de probar tanto la sonrisa como el entrecejo, y viendo que nada ejerca una influencia notable, decidi por fin dejar que la nia obedeciera sus propios impulsos. Por supuesto que la restriccin la compulsin producan su efecto mientras estaban vigentes; pero toda otra clase de disciplina moral, ya se dirigiere su inteligencia su corazn, daba no daba resultados segn fuera la disposicin caprichosa de su nimo la sazn. Cuando Perla era todava muy tierna, su madre haba observado en ella cierta expresin peculiar de la fisonoma, que era seal de que entonces todo cuanto se hiciera para que la nia obedeciese sus rdenes sera en vano. Aquella expresin era tan inteligente, y sin embargo tan inexplicable, tan perversa, y veces tan maligna, aunque en lo general acompaada de una gran exuberancia de extravagante buen humor, que Ester no poda menos de preguntarse si Perla era en realidad una criatura humana. Pareca ms bien un espritu areo que, despus de haberse divertido con sus juegos fantsticos en el suelo de la cabaa, desaparecera en los aires con una sonrisa burlona. Siempre que sus ojos profundamente negros y brillantes tomaban esa expresin, la nia semejaba un sr intangible de indefinible extraeza. Se dira que se estaba cerniendo en el aire y que podra desvanecerse manera de una luz que no sabemos de dnde viene ni dnde ir. Entonces Ester se vea obligada arrojarse sobre la nia, perseguirla en la carrera que invariablemente emprenda el pequeo duende, y estrecharla contra el seno cubrindola de besos y caricias, no tanto por un efecto de excesivo amor, sino para cerciorarse de que era la misma Perla en carne y hueso, y no una forma completamente ilusoria. Pero la risa de Perla cuando se vea atrapada, bien que armoniosa y rebosando contento, solo daba por resultado aumentar las dudas de su madre. Herida en el corazn por esta especie de misterio indescifrable y desconcertador que con tanta frecuencia se interpona entre ella y su nico tesoro, tan caramente adquirido, y que era todo su universo, Ester rompa veces en amargo llanto. Entonces, y sin saber por qu, Perla frunca el entrecejo, cerraba el puo, y daba su pequeo rostro una expresin dura, severa y de seco descontento; bien prorrumpa de nuevo en una risa ms ruidosa que antes, como si fuera un sr incapaz de sentir y comprender el pesar humano; acaso, aunque muy raramente, experimentaba convulsiones de dolor, y en medio de sollozos y palabras entrecortadas expresaba su amor hacia su madre, y pareca que deseaba probar que tena un corazn hacindoselo pedazos. Sin embargo, Ester no confiaba mucho en aquel exceso de ternura, que pasaba con tanta rapidez como se haba presentado. Pensando en todas estas cosas, la madre se encontraba en la posicin de una persona que ha evocado un espritu, como se lee en las historias fantsticas, pero que ignora la palabra mgica con que debe mantener bajo sus rdenes y dominar aquel poder misterioso. Sus nicas horas de completa tranquilidad eran cuando la nia yaca en el reposo del sueo. Entonces estaba plenamente segura de la criaturita, y gozaba de deliciosa y apacible felicidad hasta que, acaso con aquella perversa expresin que se vea vislumbrar bajo los entreabiertos prpados,--Perla despertaba. Cun pronto!--y realmente con cunta extraa rapidez!--alcanz Perla una edad en que ya era capaz de oir algo ms que las palabras casi sin sentido con que una madre habla su pequeuela. Y qu felicidad habra sido entonces para Ester poder oir la voz clara y sonora de Perla mezclada al tumulto de otras voces infantiles, y distinguir y reconocer los sonidos que emitiera su adorado tesoro entre la mezcla confusa de la gritera de un grupo de nios juguetones! Pero semejante dicha le estaba vedada. Perla, desde que naci, era una proscripta del mundo infantil. Siendo un enjerto del mal, emblema y producto del pecado, no tena derecho estar entre nios bautizados. Era muy notable el instinto con que la niita comprenda su soledad y el destino que haba trazado un crculo inviolable en derredor suyo; en una palabra, todo lo peculiar de su posicin respecto otros nios. Jams, desde que sali de la crcel, haba arrostrado Ester la presencia del pblico sin ir acompaada de Perla. En todas sus visitas la poblacin, iba Perla tambin: primero, cuando tierna nia, la llevaba en brazos; luego, ms crecida, iba como una pequea compaera de su madre, asida de un dedo y dando saltitos. Vea los nios del pueblo ora sobre la hierba que creca en las aceras de las calles, ya en los umbrales de las puertas de sus casas, jugando de la manera que les permita su educacin puritana, esto es: jugando ir la iglesia; arrancar cabelleras en simulacro de combates con los indios; bien asustndose mutuamente con algo en que trataban de imitar actos de hechicera brujera. Perla lo vea todo, lo contemplaba todo intensamente, pero jams trat de trabar conocimiento con ninguno de los nios. Si le hablaban, no responda. Si los nios la rodeaban, como aconteca veces, Perla se volva realmente terrible en su clera infantil, cogiendo piedras para arrojarlas aquellos, acompaando la accin con gritos y exclamaciones incoherentes y penetrantes que hacan temblar su madre, porque se asemejaban los acentos de una maldicin que pronunciara una hechicera en algn idioma desconocido. La verdad del caso era que aquellos puritanitos en agraz, como dignos vstagos de la casta ms intolerante que jams haya existido, abrigaban una vaga idea de que haba algo extrao, misterioso y fuera de lo comn y diario tanto en la madre como en la hija, y por lo tanto las despreciaban en lo ntimo de su corazn, y con frecuencia las insultaban de voz en cuello. Perla resenta la ofensa, y se vengaba con todo el odio de que puede suponerse capaz un pecho infantil. Estas explosiones de un carcter violento, tenan algn valor y aun servan de consuelo la madre, puesto que por lo menos revelaban cierta seriedad comprensible en aquella manera de sentir, lo que no aconteca con los caprichos fantsticos que tantas veces la llenaban de sorpresa y que no acertaba explicarse en algunas manifestaciones de su hija. Le aterraba, sin embargo, discernir aqu y all una especie de reflejo del mal que haba existido en ella misma. Todos estos sentimientos de enemistad y de clera los haba heredado Perla de su madre: en el mismo estado de exclusin de todo trato social, se encontraban la madre y la hija; y en la naturaleza de esta ltima pareca que se perpetuaban todos aquellos elementos de inquietud que tanto agitaron Ester antes del nacimiento de la nia, y que despus haban comenzado calmarse merced la influencia benfica de la maternidad. Al lado de su madre, en el hogar domstico, Perla no tena necesidad de mucho trato social. Su imaginacin prestaba los atributos de la vida millares de objetos inanimados, como una antorcha que enciende una llama donde quiera que se le aplique: la rama de un rbol, unos cuantos harapos, una flor, eran los juguetes en que se ejercitaba la magia creadora de Perla; y sin que experimentasen ningn cambio exterior, se adaptaban todas las necesidades de su fantasa. Prestaba su voz infantil multitud de seres imaginarios, viejos y jvenes, con quienes emprenda de ese modo animados dilogos. Los antiguos pinos, negros y solemnes, que emitan una especie de gruido y otros rumores melanclicos cuando los agitaba la brisa, convertanse sin dificultad en clrigos puritanos los ojos de Perla; las hierbas ms feas del jardn, eran sus hijos; hierbas que la nia pisoteaba y arrancaba sin compasin. Era en realidad sorprendente la vasta variedad de formas en que se complaca su inteligencia, sin orden ni concierto, siempre en un estado de actividad sobrenatural, sucedindose unas otras como las emanaciones y despliegues caprichosos de la aurora boreal. En el mero ejercicio de la fantasa y la festiva disposicin de una mente en desarrollo, tal vez no hubiera mucho ms de lo que se podra observar en otros nios dotados de facultades brillantes, excepto que Perla, por verse privada de compaeros de juego, acuda, para reemplazarlos, los recursos que le prestaba su imaginacin. Lo singular del caso consista en la actitud hostil que la nia desplegaba hacia esas criaturas hijas de su fantasa y de su corazn. Jams cre un amigo, sino que siempre, imitacin del Cadmo de la fbula, pareca sembrar derecha izquierda los dientes del dragn, de los que brotaban batallones de enemigos armados los cuales la nia declaraba al punto la guerra. Era en extremo triste observar en un sr tan tierno esta idea constante de un mundo adverso, y el fiero despliegue de energa que la preparaba para las luchas del mundo; y fcil es de suponer el dolor intenso que todo esto producira en su madre, que hallaba en su mismo corazn la causa de aquel fenmeno. Contemplando Perla, dejaba con frecuencia Ester caer la costura en el regazo, y rompa llorar con una afliccin que hubiera deseado ocultar, y que se manifestaba con sollozos y palabras entrecortadas exclamando:--"Oh Padre que ests en los cielos! si es que eres aun mi Padre, qu criatura es esta que he trado al mundo?"--Y Perla, al oir esta exclamacin, al percibir aquellos sollozos de angustia, volva hacia su madre la viva y preciosa carita, sonrea dulcemente y continuaba su juego. Nos resta hablar de una peculiaridad de esta niita. La primer cosa que not en su vida, no fu la sonrisa de la madre respondiendo lo que, como en otros nios de tierna edad, puede tomarse por una sonrisa, mejor dicho, embrin de sonrisa. No: el primer objeto que parece haber llamado la atencin de Perla, fu la letra escarlata en el seno de Ester. Un da, al inclinarse sta sobre la cuna, las miradas de la niita se fijaron en el brillo del bordado de oro que cercaba la letra, y extendiendo las manecitas trat de asirla, sonriendo sin duda, aunque con una extraa expresin que hizo que su rostro pareciera el de un nio de mucha ms edad. Entonces Ester, trmula y convulsa, apret con la mano el signo fatal, como si instintivamente quisiera arrancrselo del seno. Tan intensa fu la tortura que le caus la accin de aquella criaturita! Y como si la agona que revelaba el rostro de la madre, no tuviera otro objeto que divertirla, la niita fij las miradas en ella y se sonri. Desde esa poca, excepto cuando Perla estaba durmiendo, Ester jams tuvo un instante de seguridad, ni un momento en que gozara con plena calma de la compaa de su hija. Cierto es que veces transcurran semanas enteras sin que las miradas de la criaturita se fijaran en la letra escarlata; pero tambin es cierto que lo contrario aconteca cuando menos se esperaba, y siempre con aquella sonrisa peculiar y la extraa expresin de los ojos de que ya se ha hablado. Una vez, mientras Ester contemplaba su propia imagen en los ojos de su hija, como es costumbre en las madres, brill en ellos esa expresin singular y fantstica; y como las mujeres que viven solitarias y cuyo corazn est inquieto se hallan sujetas innumerables ilusiones, se imagin de repente que vea, no su propia imagen en miniatura, sino otra faz que se reflejaba en los ojos negros de Perla. Era un rostro enemigo, lleno de malignas sonrisas, pero que sin embargo tena gran semejanza con facciones que haba conocido muy bien, aunque raras veces las animara una sonrisa y jams una expresin malvola. Se dira que un espritu maligno se haba posesionado de la nia, y se mostraba en sus ojos. Despus de ese suceso, Ester se vi atormentada varias veces con la misma ilusin de sus sentidos, aunque no con tanta fuerza. En la tarde de cierto da de verano, cuando ya Perla haba crecido lo bastante para poder andar sola, se diverta la nia en recoger flores silvestres, arrojndolas una una al regazo de su madre; y ejecutando una especie de baile cada vez que una de las flores acertaba dar en la letra escarlata. El primer movimiento de Ester fu cubrir la letra con ambas manos; pero fuese orgullo resignacin, la idea de que la pena que haba sido condenada la satisfara ms pronto por medio de este dolor indecible, resisti el impulso y se irgui en su asiento, plida como la muerte, mirando con tristeza profunda Perla cuyos ojos brillaban de inusitado modo. Y sigui la nia lanzndole las flores que invariablemente daban contra la letra, llenando el pecho maternal de heridas para las que no poda hallar blsamo en este mundo, ni saba cmo buscarlo en el otro. Al fin, cuando concluy de arrojar las flores, la nia permaneci en pie mirando Ester precisamente como aquella imagen burlona del enemigo que la madre crea ver en el abismo insondable de los ojos negros de su hija. --Hija ma quin eres t?--exclam la madre. --Oh! yo soy tu pequea Perla, respondi. Pero mientras Perla deca esto, se ech reir y empez bailar con la gesticulacin petulante de un pequeo trasgo, cuyo prximo capricho sera escaparse por la chimenea. --Eres t en realidad mi hija? le pregunt Ester. Y no fu una pregunta ociosa la que hizo, sino que, en aquel momento, as lo senta; porque era tal la maravillosa inteligencia de Perla, que su madre hasta llegaba imaginarse que la nia conoca la secreta historia de su existencia y se la revelara ahora. --S; yo soy tu pequea Perla, repiti la nia continuando sus cabriolas. --T no eres mi hija! T no eres mi Perla! dijo la madre con aire semi risueo, porque frecuentemente en medio del ms profundo dolor le venan impulsos festivos.--Dme, pues, quin eres y quin te ha enviado aqu. --Dmelo, madre ma,--respondi Perla con acento grave, acercndose Ester y abrazndose sus rodillas,--dmelo, madre, dmelo. --Tu Padre Celestial te envi, respondi Ester. Pero lo dijo con una vacilacin que no escap la viva inteligencia de la nia; la cual, bien sea movida por su ordinaria petulancia, porque un maligno espritu la inspirara, levantando el dedito ndice y tocando la letra escarlata, exclam con acento de conviccin: --No; l no me envi. Yo no tengo Padre Celestial. --Silencio, Perla, silencio! T no debes hablar as,--respondi la madre suprimiendo un gemido. El Padre Celestial nos ha enviado todos este mundo. Hasta me ha enviado m, tu madre; y con mucha mayor razn t. Y si no de dnde has venido t, nia singular y caprichosa? --Dmelo, dmelo,--repiti Perla, no ya con su carita seria, sino riendo y dando brinquitos en el suelo. T eres quien debes decrmelo. Pero Ester no pudo resolver la pregunta, encontrndose ella misma en un laberinto de dudas. Recordaba, entre risuea y asustada, la charla de las gentes del pueblo que, buscando en vano la paternidad de la nia, y observando algunas de sus peculiaridades, haban dado en decir que Perla proceda de un demonio, como ya haba acontecido ms de una vez en la tierra; ni fu Perla la nica quien los puritanos de la Nueva Inglaterra imputaron origen tan siniestro. VII LA SALA DEL GOBERNADOR Un da fu Ester la morada del Gobernador Bellingham llevarle un par de guantes que haba ribeteado y bordado por orden suya, y que deba de usar en cierta ceremonia oficial, porque si bien no desempeaba ya el alto puesto de antes, aun ocupaba un destino honroso influyente en la magistratura colonial. Pero algo ms importante que la entrega de un par de guantes bordados, oblig Ester entonces solicitar una entrevista con un personaje de tanto poder y tan activo en los negocios de la colonia. Haba llegado sus odos el rumor de que algunos de los principales habitantes de la poblacin trataban de despojarla de su nia, deseosos de que imperaran ms rgidos principios en materias de religin y de gobierno. Suponiendo estas buenas gentes, como ya se ha dicho, que Perla era de estirpe diablica, creyeron que para mayor beneficio del alma de la madre, convena quitarle ese obstculo de su sendero; agregando, que si la nia era realmente capaz de una educacin religiosa y moral, y tena en s los elementos de su futura salvacin, gozara indudablemente de todas estas ventajas si se la separase de su madre y se confiara su educacin persona mejor y ms cuerda. Se deca tambin que entre los promovedores de esta idea, era el Gobernador uno de los ms activos. Parecer singular, y hasta ridculo, que un asunto de esta naturaleza haya sido cuestin pblicamente discutida, en la que tomaron parte en pro y en contra varias personas eminentes del gobierno. Pero en aquella poca de prstina sencillez, negocios de menor importancia pblica, y de menor trascendencia que el bienestar de Ester y de su hija, tenan cabida en las deliberaciones de los legisladores y en los actos del Estado; y hasta se refiere que una disputa relativa al derecho de propiedad de un cerdo di margen, en una poca anterior la en que pasa nuestra historia, debates acalorados en el cuerpo legislativo de la colonia, y ocasion importantes modificaciones en el modo de ser de la Legislatura. Llena, pues, de temores, aunque con tan pleno convencimiento de su derecho, que no le pareca desigual la lucha entre el pblico de una parte y una mujer solitaria de la otra, Ester se puso en marcha saliendo de su cabaa acompaada, como era de esperarse, de Perla. Esta haba alcanzado ya una edad que la permita correr al lado de su madre, y como estaba siempre en constante movimiento desde la maana hasta la noche, hubiera podido hacer una jornada mucho ms larga. Sin embargo, veces, ms por capricho que por necesidad, peda que la llevaran en brazos; pero los pocos momentos quera que la dejasen andar, y continuaba junto Ester dando saltitos y tropezando cada instante. Hemos hablado de la belleza singular de Perla, belleza de tintes vivos y profundos, de tez brillante, ojos que posean la vez fulgor intensidad meditativa, y un cabello de color castao, lustroso, suave, y que ms tarde seran casi negros. Toda ella era fuego y pareca el fruto de un momento de pasin impremeditada. La madre, al idear el traje de su hija, haba dado rienda suelta las tendencias vistosas de su imaginacin, y la visti con una tnica de terciopelo carmes, de un corte peculiar, abundantemente adornada con caprichosos bordados y floreos de hilo de oro. Tal lujo de colores, que habran dado un plido y macilento aspecto mejillas menos brillantes, se adaptaba admirablemente la belleza de Perla, y la convertan en la ms reluciente llama que jams se haya movido sobre la tierra. Pero era una particularidad notable de este traje, y en realidad de la apariencia general de la nia, la de traer irremediablemente la memoria del que la contemplaba el recuerdo del signo que Ester estaba condenada llevar en su vestido. Era la letra escarlata bajo otra forma: la letra escarlata dotada de vida. La madre misma,--como si aquella ignominia roja se hubiera grabado profundamente en su cerebro de modo que todas sus ideas revistieran su aspecto,--la madre misma haba encontrado aquella semejanza, empleando muchas horas de mrbida ingeniosidad en hallar una analoga entre el objeto de su cario y el emblema de su falta y de su tormento. Pero como en realidad Perla era al mismo tiempo una y otra cosa, pudo Ester imaginarse perfectamente que la apariencia de la nia guardaba completa semejanza con la letra escarlata. Al llegar madre hija los linderos de la poblacin, los nios de los puritanos, en medio de sus juegos, de lo que pasaba por juego entre aquellos sombros chicuelos, fijaron en ellas las miradas y dijeron: --Ah viene la mujer de la letra escarlata; y su lado viene saltando lo que tambin se parece una letra escarlata. Vamos arrojarles fango. Pero Perla, que era una nia intrpida, despus de fruncir el entrecejo, de golpear el suelo con el piececito y de apretar el puo con diversos gestos amenazadores, se lanz de repente contra el grupo de sus enemigos y los puso todos en fuga. Al mismo tiempo chill y grit con violencia tal, que el corazn de los fugitivos tembl de espanto. Terminada su victoria, Perla regres tranquilamente al lado de su madre, la que dirigi una risuea mirada. Sin otra aventura llegaron la morada del Gobernador. Era sta una gran casa de madera, fabricada al estilo de las que aun se ven en las calles de nuestras ciudades ms antiguas; ahora cubiertas de musgo, derrumbndose, y de aspecto melanclico, mudos testigos de las penas alegras de que fueron teatro sus obscuras habitaciones. Entonces, sin embargo, haba en su exterior la frescura de la juventud, y en sus ventanas, iluminadas por el sol, pareca brillar aquel contento que reina en las moradas humanas en que aun no ha entrado la muerte. La casa del Gobernador tena, la verdad, una apariencia muy alegre: las paredes estaban cubiertas con una especie de estuco con innumerables fragmentos de vidrio, de modo que cuando el sol alumbraba oblicuamente el edificio, brillaba y fulguraba como si sobre l se hubieran arrojado diamantes manos llenas, lo que le haca parecer ms propio para el palacio de Aladino, que para mansin de un viejo y grave jefe puritano. Estaba adems adornado con figuras y diagramas extraos y al parecer cabalsticos, de acuerdo con el raro gusto de la poca, que haban sido dibujados en el estuco cuando se acab de poner, y se haban endurecido con el tiempo, sin duda para que sirvieran de admiracin las edades futuras. Perla, cuando contempl esta especie de casa maravillosa, comenz palmotear y bailar, y pidi con acento decidido que arrancaran todo aquel frente radiante del edificio, y se lo dieran para jugar con l. --No, mi querida Perlita, le dijo su madre. T misma tienes que procurarte tus rayos de sol; yo no tengo nada que darte. Se acercaron la puerta, que tena la forma de un arco, y estaba flanqueada cada costado por una torre estrecha proyeccin del edificio, con ventanas de enrejado de alambre y postigos de madera. Levantando el aldabn de hierro, Ester di un golpe al que respondi uno de los siervos del Gobernador, ingls de nacimiento y libre, pero que la sazn era esclavo por siete aos. Durante ese tiempo tena que ser la propiedad de su amo, lo mismo que si fuera un buey. El siervo llevaba el traje azul que era el vestido ordinario de los siervos de aquella poca, como lo fu tambin mucho antes en las antiguas casas solariegas de Inglaterra. --Est en casa Su Seora el Gobernador Bellingham? pregunt Ester. --Ciertamente que s, respondi el siervo, contemplando con tamaos ojos la letra escarlata, pues habiendo llegado recientemente al pas, no la haba visto todava. S, Su Seora est en casa; pero con l hay un par de piadosos ministros, y al mismo tiempo un mdico: no creo que podis verle ahora. --Entrar, sin embargo, replic Ester. Y el siervo, juzgando tal vez por el tono decisivo con que pronunci estas palabras, y el brillante smbolo que llevaba en el pecho, que era una gran seora del pas, no opuso resistencia alguna. Madre hija fueron, pues, admitidas en el vestbulo. El Gobernador, teniendo en cuenta la naturaleza de los materiales de construccin disponibles, as como la diferencia del clima y costumbres sociales de la colonia, haba trazado el plano de su nueva morada imitacin de las de los caballeros de moderados recursos en su pas natal. Haba por lo tanto un ancho y elevado vestbulo que se extenda hasta el fondo de la casa y serva de medio de comunicacin ms menos directa con todas las otras piezas. En una extremidad se hallaba alumbrada esta espaciosa habitacin por las ventanas de las dos torres; y en la otra, aunque protegida por una cortina, lo estaba por una gran ventana abovedada, provista de un asiento de almohadones, en el que haba un volumen en folio, probablemente de las Crnicas de Inglaterra otra literatura por el estilo. El mueblaje consista en algunas sillas macizas, en cuyos respaldares haba esculpidas guirnaldas de flores de roble; en el centro haba una mesa del mismo estilo que las sillas, todo del tiempo de la Reina Isabel de Inglaterra, quizs anterior l, y trado de la casa paterna del Gobernador. Y en la mesa, como prueba de que la antigua hospitalidad no haba muerto, un gran jarro de peltre en el fondo del cual el curioso podra haber visto la espuma de la cerveza bebida recientemente. Colgaba en la pared una hilera de retratos que representaban los antepasados del linaje de Bellingham, algunos vestidos con petos y armaduras y otros con cuellos alechugados y ropa talar. Como rasgo caracterstico, tenan todos aquella severidad y rigidez que invariablemente hay en los antiguos retratos, como si en vez de pinturas fueran los espritus de hombres ilustres, ya muertos, que estuvieran contemplando con dureza intolerancia, criticndolos, las acciones y placeres de los vivos. Hacia el centro de los tableros de roble que cubran las paredes del vestbulo haba suspendida una cota de malla y sus accesorios, no una reliquia hereditaria, como los retratos, sino de fecha ms moderna, fabricada por un hbil armero de Londres el ao mismo en que el Gobernador Bellingham vino la Nueva Inglaterra. All haba un yelmo, una coraza, una gola y grebas, con un par de manoplas, y colgando debajo una espada; todo, y especialmente el yelmo y la coraza, tan perfectamente bruido, que resplandecan con un blanco radiante, iluminando el pavimento. Esta brillante panoplia no serva de simple ornato, sino que el Gobernador se la haba endosado ms de una vez, especialmente la cabeza de un regimiento en la guerra contra los indios, pues aunque por estudios y profesin era un abogado, las exigencias del nuevo pas haban hecho de l un soldado y un Gobernante. Perlita,-- quien agrad la resplandeciente armadura tanto como el brillante frontispicio de la casa, se entretuvo algn tiempo mirando la pulida superficie de la coraza que resplandeca como si fuera un espejo. --Madre! grit, madre, te veo aqu. Mira! mira! Ester, por complacer su hijita, di una mirada la coraza, y vi que, debido al efecto peculiar de este espejo convexo, la letra escarlata pareca reproducida en proporciones exageradas y gigantescas, de tal modo que vena ser lo ms prominente de toda su persona. En realidad, pareca como si Ester se ocultara detrs de la letra. Perla le llam tambin la atencin otra figura semejante en el yelmo, sonriendo su madre con aquella especie de expresin de duendecillo tan comn su inteligente rostro. Esta mirada de traviesa alegra se reflej igualmente en el espejo, con tales proporciones y tal intensidad de efecto, que Ester no crey que pudiera ser la imagen de su propia hija, sino la de algn trasgo duende que trataba de amoldarse la forma de Perla. --Vamos, Perla, dijo la madre llevndosela consigo. Ven ver este hermoso jardn. Quizs haya en l flores ms hermosas que las de los bosques. Perla se dirigi la ventana abovedada en el fondo del vestbulo, y tendi la mirada lo largo de las calles del jardn, alfombrado de hierba recin cortada, y guarnecido con algunos arbustos, no muchos, como si el dueo hubiera desistido de su idea de perpetuar en este lado del Atlntico el gusto ingls en materia de jardines. Las coles crecan la simple vista, y una calabacera, plantada alguna distancia, se haba extendido al travs del espacio intermediario, depositando uno de sus gigantescos productos directamente debajo de la ventana indicada. Haba, sin embargo, unos cuantos rosales, y cierto nmero de manzanos, procedentes probablemente de los plantados por los primeros colonos. Perla, al ver los rosales, empez clamar por una rosa encarnada, y no quiso estarse tranquila. --Cllate, nia, cllate, dijo la madre encarecidamente. No llores, mi querida Perla. Oigo voces en el jardn. El Gobernador se acerca acompaado de varios caballeros. Cllate. En efecto, por la avenida del jardn se vea cierto nmero de personas con direccin hacia la casa. Perla, sin hacer caso de las tentativas de su madre para aquietarla, di un grito agudsimo, y guard entonces silencio; no debido un sentimiento de obediencia, sino la viva y mvil curiosidad de su naturaleza que hizo que todo su inters se concentrara en la aparicin de estos nuevos personajes. VIII LA NIA DUENDE Y EL MINISTRO El Gobernador Bellingham, vestido en traje de casa, que consista en una bata no muy ajustada, y gorra, abra la comitiva y pareca ir mostrando su propiedad los que le acompaaban, explicndoles las mejoras que proyectaba introducir. La vasta circunferencia de un cuello alechugado, hecho con mucho esmero, que proyectaba por debajo de su barba gris, segn la moda del tiempo antiguo, contribua darle su cabeza un parecido la de San Juan Bautista en la fuente. La impresin producida por su rgido y severo semblante, por el que haban pasado algunos otoos, no estaba en armona con todo lo que all le rodeaba y pareca destinado al goce de las cosas terrenales. Pero es un error suponer que nuestros graves abuelos,--aunque acostumbrados hablar de la existencia humana y pensar en ella como si fuese una mera prueba y una lucha constante, y aunque se hallaban preparados sacrificar bienes y vida cuando el deber lo requera,--hicieran caso de conciencia rechazar todas aquellas comodidades, y aun regalo, que estaban su alcance. Semejante doctrina no fu nunca enseada, por ejemplo, por el venerable pastor de almas Juan Wilson, cuya barba, blanca como la nieve, se vea por sobre el hombro del Gobernador Bellingham, mientras le deca que las peras y los melocotones podran aclimatarse en la Nueva Inglaterra, y que las uvas de color de prpura podran florecer si estuvieran protegidas por los muros del jardn expuestos ms directamente al sol. El anciano ministro tena un gusto legtimo y de larga fecha por todas las cosas buenas y todas las comodidades de la vida; y por severo que se mostrase en el plpito en su reprobacin pblica de transgresiones como las de Ester Prynne, sin embargo, la benevolencia que desplegaba en la vida privada le haba grangeado mayor cantidad de afecto que la concedida ningn otro de sus colegas. Detrs del Gobernador y del Sr. Wilson venan otros dos huspedes: uno el Reverendo Arturo Dimmesdale, quien el lector recordar tal vez por haber desempeado, no voluntariamente, un corto papel en la escena del castigo pblico de Ester; y su lado, como si fuera su compaero ntimo, el viejo Rogerio Chillingworth, persona de gran habilidad en la medicina, y que haca dos tres aos haba fijado su residencia en la colonia. Se deca que este sabio anciano era al mismo tiempo el mdico y el amigo del joven eclesistico, cuya salud se haba deteriorado mucho ltimamente causa de su abnegacin sin lmites y su consagracin completa los trabajos y deberes de su sagrado ministerio. El Gobernador, adelantndose sus huspedes, subi dos tres escalones, y abriendo una de las hojas de la gran ventana del vestbulo, se encontr cerca de Perla. La sombra de la cortina ocultaba parcialmente la madre. --Qu tenemos aqu?--dijo el Gobernador mirando la figurita color de escarlata que estaba delante de l. Confieso que no he visto nada parecido desde los das de mis vanidades, all en mis tiempos juveniles, cuando consideraba inestimable favor ser admitido en los bailes de disfraces de la Corte. Haba entonces un enjambre de estas pequeas apariciones en los das de fiesta. Pero cmo ha entrado este husped en mi antecmara? --S, en efecto, exclam el buen anciano Sr. Wilson, qu pajarito color de escarlata podr ser ste? Me parece haber visto algo semejante cuando el sol brilla al travs de los cristales de una ventana de variedad de colores, y dibuja imgenes doradas y carmeses en el suelo. Pero eso era all en nuestra vieja patria. Dme, nia, quin eres, y qu ha movido tu madre aderezarte de un modo tan extrao? Eres una nia cristiana? Sabes el catecismo? eres acaso uno de esos petulantes duendes trasgos que creamos haber dejado para siempre en la alegre Inglaterra? --Yo soy la hija de mi madre, respondi la visin escarlata, y mi nombre es Perla. --Perla?--ms bien Rub, Coral, Rosa encendida por lo menos, juzgar por tu color, respondi el anciano ministro extendiendo la mano, intilmente, para acariciar la mejilla de Perla.--Pero dnde est tu madre? Ah! Ya comprendo, agreg; y dirigindose al Gobernador le dijo en voz baja:--Esta es precisamente la nia de que hemos hablado; y ved ah esa infeliz mujer, Ester Prynne, su madre. --Eso dices? exclam el Gobernador. S, deberamos haber pensado que la madre de tal nia tena que ser una mujer escarlata, y un tipo digno de Babilonia. Pero buen tiempo llega, y trataremos de este asunto inmediatamente. El Gobernador entr en la antecmara seguido de sus tres huspedes. --Ester Prynne, dijo clavando la mirada naturalmente severa en la portadora de la letra escarlata, en estos das se ha hablado mucho de t. Hemos discutido con toda calma y seso, si nosotros, que somos personas de autoridad influencia, cumplimos con nuestro deber confiando la direccin y gua de un alma inmortal, como la de esta criatura, quien ha tropezado y cado en medio de los lazos y redes del mundo. Habla, t que eres la madre de esta nia. No crees que sera mejor, tanto para el bienestar temporal como para la vida eterna de tu pequeuela, que se te prive de su cuidado, y que vestida de una manera menos vistosa, se la eduque en la obediencia y se la instruya en las verdades del cielo y de la tierra? Qu puedes hacer en pr de tu nia en este particular? --Yo puedo instruir mi hija segn la enseanza que he recibido de esto,--respondi Ester tocando con el dedo la letra escarlata. --Mujer, esa es tu insignia de vergenza, replic el severo magistrado. Precisamente en consecuencia de la falta que indica esa letra, deseamos que tu hija pase al cuidado de otras manos. --Sin embargo, dijo la madre tranquilamente, aunque volvindose cada vez ms plida, esta insignia me ha dado, y me da diariamente, y hasta en este momento, lecciones que harn mi hija ms cuerda y mejor, aunque para m no sean ya de provecho. --Ahora lo sabremos, dijo el Gobernador, y decidiremos lo que hay que hacer. Mi buen Seor Wilson, os ruego que examinis esta Perla, pues tal es su nombre, y veis si tiene la instruccin cristiana que conviene una nia de su edad. El anciano eclesistico se sent en un silln hizo un esfuerzo para atraer Perla entre sus rodillas. Pero la nia, acostumbrada solamente al tacto familiar de su madre y no al de otra persona, se escap por la ventana abierta y se plant en el escaln ms alto, pareciendo entonces un pjaro tropical silvestre, de brillante plumaje, dispuesto emprender el vuelo en los espacios. El Sr. Wilson, no poco sorprendido de esto, pues era una especie de patriarca favorito de los nios, trat sin embargo de proceder al examen. --Perla, le dijo con gran solemnidad, tienes que recibir instruccin para que, su debido tiempo, logres llevar en tu seno una perla de gran precio. Puedes decir, hija ma, quin te ha creado? Perla saba perfectamente qu responder, porque siendo Ester la hija de una familia piadosa, poco despus de la conversacin que haba tenido con su nia acerca de su Padre Celestial, haba comenzado hablarle de esas verdades que el espritu humano, cualquiera que sea su estado de desarrollo, oye con intenso inters. Por lo tanto Perla, aunque solo contaba tres aos de edad, podra haber sufrido con buen xito un examen en algunas materias religiosas; pero la perversidad ms menos comn todos los nios, y de la cual la chicuela tena una buena dosis, se apoder de ella en el momento ms inoportuno, y la hizo cerrar los labios proferir palabras que no venan al caso. Despus de llevarse el dedo la boca, y de muchas negativas de responder las preguntas del buen Sr. Wilson, la nia finalmente anunci que no haba sido creada por nadie, sino que su madre la haba recogido en un rosal silvestre que creca junto la puerta de la crcel. Esta respuesta fantstica le fu probablemente sugerida por la proximidad de los rosales del Gobernador, que tena la vista, y por el recuerdo del rosal silvestre de la crcel, junto al cual haba pasado al venir la morada de Bellingham. El viejo Rogerio Chillingworth, con una sonrisa en los labios, murmur unas cuantas palabras al odo del joven eclesistico. Ester dirigi una mirada al hombre de ciencia, y pesar de que su destino estaba colgando de un hilo, se qued sorprendida al notar el cambio verificado en las facciones de Rogerio, que se haba vuelto mucho ms feo, su cutis ms atezado, y su figura peor formada que en los tiempos en que le haba conocido ms familiarmente. Sus miradas se cruzaron un instante, pero inmediatamente tuvo que prestar toda su atencin lo que estaba pasando respecto su hija. --Esto es horrible!--exclam el Gobernador volviendo lentamente del asombro que le haba causado la respuesta de Perla. He aqu una nia de tres aos de edad, que no sabe quin la ha creado. No hay duda de que en la misma ignorancia se encuentra respecto su alma, su actual perversidad y su futuro destino. Me parece, caballeros, que no hay necesidad de proseguir adelante. Ester tom entonces Perla y la estrech entre sus brazos, mirando al viejo magistrado puritano casi con una feroz expresin en los ojos. Sola en el mundo, arrojada de l como fruto podrido, y con este nico tesoro que era el consuelo de su corazn, tena la conciencia de que posea derechos indestructibles contra las pretensiones del mundo, y se hallaba dispuesta defenderlos todo trance. --Dios me ha dado esta nia, exclam. Me la ha dado en desquite de todo aquello de que he sido despojada por vosotros. Es mi felicidad, y al mismo tiempo mi tormento. Perla es quien me sostiene viva en este mundo. Perla tambin me castiga. No vis que ella es la letra escarlata, capaz solamente de ser amada y dotada de un poder infinito de retribucin por mi falta? No me la quitaris: primero morir. --Pobre mujer, dijo con cierta bondad el anciano eclesistico, la nia ser muy bien cuidada, tal vez mejor que lo que t puedes hacer. --Dios la confi mi cuidado, repiti Ester esforzando la voz. No la entregar. Y entonces, como movida de impulso repentino se dirigi al joven eclesistico, al Sr. Dimmesdale, quien, hasta ese momento apenas haba mirado, y exclam: --Habla por m! T eras mi pastor, y tenas mi alma tu cargo, y me conoces mejor que estos hombres. Yo no quiero perder mi hija. Habla por m: t sabes,--porque ests dotado de la conmiseracin de que carecen estos hombres,--t sabes lo que hay en mi corazn, y cules son los derechos de una madre, y que son mucho ms poderosos cuando esa madre tiene slo su hija y la letra escarlata. Mrala! Yo no quiero perder la nia. Mrala! este llamamiento frentico y singular que indicaba que la posicin actual de Ester casi la haba privado del juicio, el joven eclesistico se adelant plido y llevndose la mano al corazn, como era su costumbre siempre que su nervioso temperamento le pona en un estado de suma agitacin. Pareca ahora ms lleno de zozobra y ms extenuado que cuando lo describimos en la escena de la pblica ignominia de Ester; y bien sea por lo quebrantado de su salud, por otra causa cualquiera, sus grandes ojos negros revelaban un mundo de dolor en la expresin inquieta y melanclica de sus miradas. --Hay mucha verdad en lo que esta mujer dice,--comenz el Sr. Dimmesdale con voz dulce y trmula, aunque vigorosa, que reson en todos los mbitos del vestbulo;--hay verdad en lo que Ester dice, y en los sentimientos que la inspiran. Dios le ha dado la nia, y al mismo tiempo un conocimiento instintivo de la naturaleza y las necesidades de ese tierno sr, que parecen muy peculiares, conocimiento que ningn otro mortal puede poseer. Y, adems, no hay algo inmensamente sagrado entre las relaciones de esta madre y de esta nia? --Ah! cmo es eso, buen Sr. Dimmesdale?--interrumpi el Gobernador,--os ruego que aclaris este punto. --As tiene que ser,--continu el joven eclesistico,--porque, si pensamos de otro modo, no implicara que el Padre Celestial, el Creador de todas las cosas de este mundo, ha tenido en poco una accin pecaminosa, y no ha dado mucha importancia la diferencia que existe entre un amor puro y uno impuro? Esta hija de la culpa del padre y la vergenza de la madre ha venido, enviada por Dios, influir de varios modos en el corazn de la que ahora con tanta vehemencia y con tal amargura reclama el derecho de conservarla su lado. Fu creada para una bendicin, para la nica felicidad de su vida. Fu creada sin duda, como la madre misma nos lo ha dicho, para que fuera tambin una retribucin; un tormento de todas las horas; un dardo, una congoja, una agona siempre latente en medio de un gozo pasajero. No ha expresado ella este pensamiento en el traje de la pobre nia, que de una manera tan eficaz nos recuerda el smbolo rojo que abrasa su seno? --Bien dicho, bien dicho! exclam el buen Sr. Wilson. Yo tema que la mujer pensaba solo en hacer de su hija una saltimbanquis. --Oh! no, no; continu Dimmesdale. La madre, credmelo, reconoce el solemne milagro que Dios ha operado en la existencia de esa criatura. Pueda tambin comprender,--lo que es para m una verdad indiscutible,--que este don, ante todo, tiene por objeto conservar el alma de la madre en estado de gracia y librarla de los abismos profundos del pecado en que de otro modo Satans la hubiera hundido. Por lo tanto, es un bien para esta pobre mujer pecadora tener su cargo un alma infantil, un sr capaz de eterna dicha de eterna pena,--un sr que sea educado por ella en los senderos de la justicia, que cada instante le recuerde su cada, pero que al mismo tiempo le haga tener presente, como si fuera una sagrada promesa del Creador, que si la madre educa la nia para el cielo, la nia llevar tambin all su madre. Y en esto, la madre pecadora es ms feliz que el padre pecador. De consiguiente, en beneficio de Ester Prynne, no menos que en el de la pobre nia, dejmoslas como la Providencia ha considerado conveniente situarlas. --Hablis, amigo mo, con extraa vehemencia,--le dijo el viejo Rogerio con una sonrisa. --Y tiene gran peso lo que mi joven hermano ha dicho,--agreg el Reverendo Sr. Wilson. Qu dice el muy digno Gobernador? No ha defendido bien los derechos de la pobre mujer? --Seguramente que s,--respondi el magistrado,--y ha aducido tales razones, que dejaremos el asunto como est; por lo menos, mientras la mujer no sea objeto de escndalo. Hemos de tener, sin embargo, cuidado de que la nia se instruya contigo en el catecismo, buen Sr. Wilson, con el Reverendo Sr. Dimmesdale. Adems, su debido tiempo es preciso ocuparse en que vaya la escuela y la iglesia. Cuando el joven ministro acab de hablar se alej unos cuantos pasos del grupo, y permaneci con el rostro parcialmente oculto por los pesados pliegues de las cortinas de la ventana, mientras la sombra de su cuerpo, que la luz del sol haca proyectar sobre el suelo, estaba toda trmula con la vehemencia de su discurso. Perla, con la viveza caprichosa que la caracterizaba, se dirigi hacia l, y tomndole una de las manos entre las suyas, apoy en ella su mejilla: caricia tan tierna, y la vez tan natural, que Ester, al contemplarla, se dijo para sus adentros: "Es esa mi Perla?" Saba, sin embargo, que el corazn de su hija era capaz de amor, aunque ste se revelaba casi siempre de una manera apasionada y violenta; y en el curso de sus pocos aos apenas si se haba manifestado dos veces con tanta suavidad y ternura como ahora. El joven ministro,--pues excepto las miradas de una mujer que se idolatra, no existe nada tan dulce como estas espontneas caricias de un nio, que son indicio de que hay en nosotros algo verdaderamente digno de ser amado,--el joven ministro arroj una mirada en torno suyo, puso la mano en la cabeza de la nia, vacil un momento, y la bes en la frente. Aquel tierno capricho, tan poco comn en el carcter de Perla, no dur mucho tiempo: se ech reir, y se fu lo largo del vestbulo saltando tan ligeramente, que el anciano Sr. Wilson se pregunt si haba tocado el pavimento con la punta de los pies. --Este pequeo traste tiene en s algo de hechicera,--le dijo Dimmesdale: no necesita del palo de escoba de una vieja para volar. --Extraa nia!--observ el anciano Rogerio. Es fcil ver lo que hay en ella de su madre. Creeris por ventura, seores, que est fuera del alcance de un filsofo analizar la naturaleza de la nia, y por su hechura y modo de ser adivinar quin es el padre? --No: en tal asunto, sera pecaminoso atenerse la filosofa profana,--dijo el Sr. Wilson. Vale ms entregarse al ayuno y la oracin para resolver el problema; y mucho mejor an dejar el misterio como est, hasta que la Providencia lo revele cuando lo tenga bien. De consiguiente, todo buen cristiano tiene el derecho de mostrar la bondad de un padre hacia esta pobre nia abandonada. Resuelto as el negocio de una manera satisfactoria para Ester, sta parti con su hija para su cabaa. Cuando descendan las escaleras, se cuenta que se abri el postigo de la ventana de uno de los cuartos, asomndose el rostro de la Sra. Hibbins, la iracunda hermana del Gobernador, la misma que algunos aos despus fu ejecutada por bruja. --Eh! Eh! dijo,--dejando ver un rostro de mal agero que contrastaba con el aspecto alegre de la casa. Quieres venir con nosotros esta noche la selva? Tendremos all gentes muy alegres; y he prometido al Hombre Negro que Ester Prynne tomara parte en la fiesta. --Servos disculparme,--respondi Ester con una sonrisa de triunfo. Tengo que regresar mi casa y cuidar de mi Perlita. Si me la hubieran quitado, entonces habra ido con gusto la selva en tu compaa, firmando mi nombre en el libro del Hombre Negro, y eso con mi propia sangre. --Ya te tendremos all antes de mucho,--dijo la dama bruja, frunciendo el entrecejo y retirndose. Pero aqu,--si suponemos que este dilogo entre la Sra. Hibbins y Ester es autntico, y no una fbula,--aqu tenemos ya una prueba de la razn que tuvo el joven eclesistico en oponerse que se cortaran los lazos que unen una madre delincuente al fruto de su fragilidad. Ya en esta ocasin el amor de la nia salv la madre de las asechanzas de Satans. IX EL MDICO Como el lector recordar, el nombre de Rogerio Chillingworth ocultaba otro nombre, cuyo antiguo poseedor haba resuelto que no se mencionara jams. Ya se ha referido que en medio de la muchedumbre que presenciaba el castigo ignominioso de Ester, un individuo de edad provecta, recin llegado de las tierras ocupadas por los indios, contempl de repente, expuesta los ojos del pblico, como si fuera una imagen viviente del pecado, la mujer en quien haba esperado hallar encarnados la alegra y el calor del hogar. La honra de su esposa la vea pisoteada por todos los circunstantes. Su infamia palpitaba all, en la plaza pblica. Si la noticia llegaba alguna vez odos de los parientes y de las compaeras de infancia de aquella mujer, qu otra cosa les quedara sino el contagio de su deshonra, tanto mayor cuanto ms ntimas y sagradas hubieran sido sus relaciones de parentesco? Y en cuanto l, cuyos lazos de unin con la mujer delincuente haban sido los ms estrechos y sagrados que puedan darse, por qu presentarse reclamar una herencia tan poco apetecible? Resolvi, por lo tanto, no dejarse exponer en la picota de la infamia al lado de la que en un tiempo fu su esposa. Desconocido para todo el mundo, excepto para Ester, y poseyendo los medios de que sta guardara silencio, escogi borrar su nombre de la lista de los vivos, considerar completamente disueltos sus antiguos lazos intereses, y, en una palabra, darse por segregado del mundo como si en realidad yaciera en el fondo del ocano, donde el rumor pblico hace mucho tiempo lo haba consignado. Una vez realizado este plan, surgiran inmediatamente nuevos intereses y la vez un nuevo objeto que consagrar su energa, tenebrosa, es verdad, y acaso criminal, pero de incentivo bastante absorbente para que dedicara su realizacin toda la fuerza de sus facultades. Para llevar cabo este proyecto, fij su residencia en la ciudad puritana, bajo el nombre supuesto de Rogerio Chillingworth, sin otra recomendacin que sus conocimientos cientficos y su inteligencia, de que posea una suma no comn. Como los estudios que hizo en otros tiempos le haban familiarizado con la ciencia mdica del da, se present como fsico, y como tal fu cordialmente recibido. En la colonia eran muy raros los hombres hbiles en medicina ciruga. La salud de los vecinos de la buena ciudad de Boston, por lo menos en lo que se refiere la medicina, haba estado hasta entonces confiada la tutela de un anciano dicono y farmacutico, cuya piedad y rectitud eran testimonios ms convincentes en favor suyo, que los que podra haber presentado bajo la forma de un diploma en regla. El nico cirujano era un individuo que una al ejercicio casual de esa noble profesin, el manejo diario y habitual de la navaja de afeitar. Para semejante cuerpo facultativo fu Rogerio Chillingworth una adquisicin brillante. Pronto manifest su familiaridad con la ponderosa imponente maquinaria de la antigua medicina, en la que cada remedio contena una multitud de extraordinarios y heterogneos ingredientes, compuestos con tanto trabajo y esmero como si se tratara de obtener el Elixir de Vida. Durante su cautiverio entre los indios, haba adquirido un notable conocimiento de las propiedades de las hierbas y races indgenas; ni ocult sus pacientes que estas simples medicinas, que la sabia naturaleza haba dado conocer al inculto salvaje, merecan su confianza en el mismo grado que la farmacopea de los europeos, en cuya formacin se haban empleado tantos siglos y tantos sabios doctores. Era este erudito extranjero una persona ejemplar, por lo menos en cuanto las formas externas de la religin, y poco despus de su llegada la colonia escogi al Reverendo Sr. Dimmesdale como gua espiritual. El joven eclesistico, que haba hecho sus estudios en la Universidad de Oxford, donde se conservaba su memoria con respeto, era tenido por sus ms ardientes admiradores casi como un apstol consagrado por el cielo y destinado, si poda trabajar y vivir el trmino ordinario de la existencia humana, hacer mucho en beneficio de la Iglesia de la Nueva Inglaterra. En el perodo en que estamos de nuestra historia, su salud, sin embargo, haba empezado evidentemente decaer. Aquellos que estaban ms familiarizados con los hbitos y costumbres de Dimmesdale, crean que la palidez de sus mejillas era el resultado de su celo intenso por el estudio, del escrupuloso cumplimiento de sus deberes religiosos, y ms que todo de los ayunos y vigilias que con tanta frecuencia practicaba para impedir que la materia terrenal obscureciera disminuyese el brillo de su lmpara espiritual. Algunos declaraban que si el Sr. Dimmesdale estaba realmente punto de morir tan joven, consista en que el mundo no era digno de ser hollado por sus pies. Por otra parte, l mismo, con caracterstica humildad, deca que si la Providencia juzgaba conveniente llevrselo de este mundo, sera causa de su poco mrito para desempear la ms humilde misin en la tierra. Pero pesar de la divergencia de opiniones en el particular, lo cierto era que su salud estaba muy quebrantada. Haba adelgazado mucho; su voz, aunque todava sonora y dulce, tena cierta melanclica expresin de decaimiento; con frecuencia se le vea, al menor ruido accidente de poca importancia, llevarse la mano al corazn, con una sbita rubicundez del rostro, seguida de palidez, indicio de dolor. Tal era el estado del joven Dimmesdale, y tan inminente el peligro de que se extinguiera esa naciente luz del mundo, antes de tiempo, cuando Rogerio Chillingworth lleg la ciudad. Su primera entrada en escena, sin que se supiera de dnde vena, si era cado del cielo si proceda de las regiones inferiores, le daba cierto aspecto de misterio, que fcilmente se convirti en algo casi milagroso. Se saba que era un hombre hbil inteligente; se haba observado que recoga hierbas y flores silvestres, que arrancaba races, que cortaba ramas de los rboles del bosque, como persona familiarizada con las ocultas virtudes de lo que no tena ningn valor los ojos del vulgo. Se le haba odo hablar de Sir Kenelm Digby[15] y de otros hombres famosos, cuyos conocimientos en asuntos cientficos se consideraban casi sobrenaturales, con quienes se haba asociado tenido correspondencia. Por qu, ocupando tan alto puesto en el mundo de la ciencia, haba venido la colonia? Qu podra buscar en un pas semisalvaje este hombre cuya esfera de accin estaba en las grandes ciudades? En respuesta esta pregunta, empez entonces circular un rumor,--al que, por absurdo que fuera, hasta personas sensatas le daban crdito. Se deca que el cielo haba operado un verdadero milagro transportando por el aire, desde una Universidad de Alemania, un eminente Doctor en Medicina, depositndolo la puerta del estudio del Sr. Dimmesdale. Personas mucho ms sensatas en materias de fe, y que saban que el cielo alcanza sus fines sin lo que se llama intervencin milagrosa, se hallaban inclinadas ver algo providencial en la llegada tan oportuna de Rogerio Chillingworth. Daba consistencia esta idea el gran inters que el fsico, como se deca en aquellos tiempos, manifest desde el principio por el joven eclesistico, quin se apeg como uno de sus feligreses; y pesar de la reserva natural de aquel, trat de ganarse su amistad y su confianza. Manifest gran alarma por el estado de la salud de su pastor, y tambin grandes deseos de probar si poda curarle, y no desesperaba de conseguirlo si se emprenda la obra en tiempo. Los funcionarios de la iglesia del Sr. Dimmesdale, as como las damas casadas y las jvenes y bellas seoritas, sus feligreses, le instaron para que se aprovechara de la habilidad del mdico, que tan generosamente se haba ofrecido servirle. El Sr. Dimmesdale, rehus con dulzura sus instancias. --No necesito medicina, dijo. Pero cmo poda hablar as el joven ministro, cuando con cada domingo que pasaba sus mejillas se volvan ms plidas, su rostro ms delgado, y su voz ms trmula; y cuando ya se haba convertido en hbito constante oprimirse el corazn con la mano? Estaba fatigado de sus labores? Deseaba morir? Estas preguntas le fueron solemnemente hechas al Sr. Dimmesdale por los ministros ms ancianos de Boston y por los dignatarios de su misma iglesia quienes, para emplear su propio lenguaje, le amonestaron acerca del pecado que cometa en rechazar el auxilio que la Providencia tan manifiestamente le presentaba. Los oy en silencio y finalmente prometi consultarse con el mdico. --Si fuere la voluntad de Dios,--dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale cuando en cumplimiento de su promesa pidi al anciano Rogerio Chillingworth los auxilios de su profesin,--estara contento con que mis labores, y mis penas, y mis pecados, terminaran pronto junto con mi existencia, y lo que en m es terrenal se enterrase en mi sepultura, y lo que es espiritual me acompaara mi morada eterna, antes que poner prueba vuestra habilidad en beneficio mo. --Ah!--replic el mdico con aquella calma que, natural impuesta, distingua todas sus maneras,--as es como un joven eclesistico habla por lo comn. La juventud, por lo mismo que no ha echado aun races profundas, con facilidad renuncia la vida. Y los hombres devotos y buenos que siguen en la tierra los preceptos de Dios, con gusto dejaran este mundo para estar su lado en la Nueva Jerusaln. --No,--replic Dimmesdale llevndose la mano al corazn, con una rpida rubicundez en la frente y una contraccin de dolor en el rostro,--si yo fuera ms digno de ir all, tendra ms satisfaccin en trabajar aqu. --Los hombres buenos siempre se forman de s propios una idea demasiado mezquina,--dijo el mdico. De esta manera el misterioso Rogerio Chillingworth se convirti en el consejero mdico del Reverendo Sr. Dimmesdale. Como no solamente la enfermedad despertaba el inters del mdico, sino tambin el carcter y cualidades de su paciente, estos dos hombres, tan diferentes en edad, gradualmente llegaron pasar mucho tiempo juntos. En beneficio de la salud del eclesistico, y para facilitar al mdico la mejor manera de recoger las plantas con propiedades medicinales que le eran necesarias, daban largos paseos orillas del mar por el bosque, mezclando su variada conversacin con el rumor y cadencia de las olas, y el solemne murmullo del viento en la copa de los rboles. Con frecuencia tambin, uno era el husped del otro; y para el joven ministro haba una especie de fascinacin en la sociedad del hombre de ciencia, en quien reconoca un desenvolvimiento intelectual de un alcance y profundidad nada comunes, juntamente con una liberalidad y amplitud de ideas que en vano tratara de buscar en los miembros de su profesin. En realidad de verdad, se qued sorprendido, si no escandalizado, al descubrir esta ltima cualidad en el mdico. El Sr. Dimmesdale era un verdadero sacerdote, en la significacin vasta de esta palabra: un hombre verdaderamente religioso, con el sentimiento de la reverencia muy desarrollado, y con un gnero de inteligencia que le obligaba no desviarse de los senderos estrechos de la fe, que cada da se volva en l ms profunda. En ningn estado de la sociedad habra sido lo que se llama hombre de ideas liberales; siempre hubiera necesitado, para la paz de su espritu, sentir que la fe le rodeaba por todas partes, sostenindolo, al mismo tiempo que estrechndolo en un crculo de hierro. pesar de esto, si bien con trmulo gozo, experimentaba una especie de desahogo temporal en poder contemplar el universo al travs de una inteligencia del todo diferente aquellas con que habitualmente estaba en contacto. Era como si se hubiere abierto una ventana por donde penetrara un aire ms puro en la atmsfera densa y sofocante de su estudio, donde su vida se iba consumiendo la luz de la lmpara, los rayos del sol que all penetraban con dificultad, y donde aspiraba solamente el olor enmohecido que se desprende de los libros. Pero aquel aire era demasiado sutil y fro para que pudiese respirarse con seguridad por mucho tiempo; de consiguiente, el eclesistico, as como el mdico, volvieron entrar en los lmites que permite la iglesia para no caer en hereja. De este modo examin su paciente con el mayor esmero y cuidado, no solo como le vea en su vida diaria, sin desviarse del sendero de las ideas y sentimientos que le eran habituales, sino tambin como se le presentaba cuando, en otro medio diferente tanto moral como intelectual, la novedad de ese medio haca dar expresin algo que era igualmente nuevo en su naturaleza. Parece que consideraba esencial conocer al hombre antes de intentar curarle; porque donde quiera que existen combinados corazn inteligencia, tienen estos cierto influjo en las enfermedades del cuerpo. La imaginacin y el cerebro eran tan activos en Arturo Dimmesdale, y tan intensa la sensibilidad, que sus males fsicos tenan seguramente origen en aquellos. Por lo tanto, Rogerio Chillingworth,--el hombre hbil, el mdico benvolo y amistoso,--trat de sondear primero el corazn de su paciente, rastreando sus ideas y principios, escudriando sus recuerdos y tentndolo todo con cautelosa mano, como quien busca un tesoro en sombra caverna. Pocos secretos pueden escapar al investigador que tiene la oportunidad y la licencia de dedicarse semejante empresa, y posee la sagacidad de llevarla adelante. El hombre que se siente abrumado bajo el peso de un grave secreto, debe evitar especialmente la intimidad de su mdico; porque si ste se hallare dotado de natural sagacidad y de cierto no s qu, manera de intuicin; si no demuestra vanidad importuna, ni cualidades caractersticas desagradables; si tiene la facultad innata de establecer tal afinidad entre su inteligencia y la de su paciente, que ste llegue hablar, con llaneza y por descuido, lo que se imagina haber pensado solamente; si tales revelaciones se reciben en silencio, con una simple mirada de simpata, lo ms con una que otra palabra en que se d entender que todo se ha comprendido; y si estas cualidades necesarias un confidente se unieren las ventajas que presta la circunstancia de ser mdico,--entonces, en un momento inevitable, el alma del paciente se abrir descubriendo la luz del da sus ms ocultos misterios. Rogerio Chillingworth posea todas, casi todas las condiciones arriba enumeradas. El tiempo sin embargo transcurra; una especie de intimidad, como ya hemos dicho, se haba establecido entre estos dos hombres instrudos inteligentes; discutan todos los temas relativos asuntos morales religiosos, as como los negocios pblicos de carcter privado; cada uno hablaba tambin mucho de materias que parecan puramente personales; y sin embargo, ningn secreto, como el mdico imagin que deba de existir, se escap de los labios del joven ministro. Tena, no obstante, la sospecha de que ni siquiera la naturaleza exacta de la enfermedad corporal del Sr. Dimmesdale le haba sido revelada. Era una extraa reserva! Al cabo de algn tiempo, debido una indicacin del mdico, los amigos del Sr. Dimmesdale arreglaron las cosas de modo que los dos se alojaran bajo un mismo techo, de manera que el facultativo tuviese ms oportunidades de velar por la salud del joven eclesistico. Gran alegra caus en la ciudad este arreglo. Se crea que era lo ms acertado para el bienestar del Sr. Dimmesdale; menos que, como se lo haban aconsejado repetidas veces los que tenan autoridad para ello, se decidiera escoger por esposa una de las muchas seoritas que espiritualmente le eran adictas. Pero por el presente no haba esperanzas de que Arturo Dimmesdale se decidiera hacerlo; haba respondido con una negativa todas las indicaciones de esta naturaleza, como si el celibato sacerdotal fuera uno de sus artculos de fe.[16] Hallndose las cosas en tal estado, pareca que este anciano, sagaz, experimentado y benvolo mdico, sobre todo si se tena adems en cuenta el amor paternal y el respeto que profesaba al joven ministro, era la nica persona y la ms apta para estar constantemente su lado y al alcance de su voz. Los dos amigos fijaron su nueva morada en la casa de una piadosa viuda, de buena posicin social, la cual asign al Sr. Dimmesdale una habitacin que daba la calle, baada por el sol, pero con espesas cortinas en la ventana que suavizaban la luz cuando as se deseaba. Las paredes estaban colgadas con tapices que se deca provenir de los Gobelinos, y representaban la historia de David y de Betsab, y la del profeta Nathn, como se refiere en la Biblia, con colores aun vivos que daban aspecto de horribles profetisas de desgracias las bellas figuras femeninas del cuadro. Aqu deposit el plido eclesistico su biblioteca, rica en enormes libros en folio forrados en pergamino, que contenan las obras de los Santos Padres, la ciencia de los Rabinos y la erudicin de los monjes, de cuyos escritos se vean obligados servirse con frecuencia los clrigos protestantes por ms que los desdeasen y hasta vilipendiasen. Al fondo de la casa arregl su estudio y laboratorio el anciano mdico, no como un hombre cientfico moderno lo considerara tolerablemente completo, sino provisto de un aparato de destilar y de los adminculos necesarios para preparar drogas y sustancias qumicas, de que el prctico alquimista saba hacer buen uso. Con una situacin tan cmoda, estas dos sabias personas se fijaron cada una de asiento en su respectivo dominio, pero pasando familiarmente de una habitacin otra, manifestando cada uno sumo inters en los negocios del otro, sin llegar sin embargo los lmites de la curiosidad. Los amigos ms sensatos del Reverendo Arturo Dimmesdale, como ya hemos indicado, se imaginaban, muy fundadamente, que la mano de la Providencia haba hecho todo esto con el objeto,--demandado en tantas preces, as pblicas como privadas,--de restaurar la salud del joven ministro. Pero es preciso decir tambin que cierta parte de la comunidad haba comenzado ltimamente considerar de un modo distinto las relaciones entre el Sr. Dimmesdale y el misterioso y anciano mdico. Cuando una multitud ignorante trata de ver las cosas con sus propios ojos, por su cuenta y riesgo, corre grave peligro de engaarse. Sin embargo, cuando forma su juicio, como acontece comunmente, guiada por las enseanzas de una gran alma, las conclusiones que llega son con frecuencia tan profundas y tan exactas, que puede decirse que poseen el carcter de verdades reveladas sobrenaturalmente. El pueblo, en el caso de que tratamos, no poda justificar su prevencin contra Rogerio Chillingworth con razones ningunas dignas de refutarse. Es verdad que un antiguo artesano que haba vivido en Londres treinta aos antes de los sucesos que narramos, afirmaba haber visto al mdico, aunque con un nombre distinto, que no recordaba, en compaa del Doctor Forman, el famoso y viejo mgico implicado en el asunto del asesinato de Sir Toms Overbury, que ocurri por aquel entonces y caus lo que hoy se llama gran sensacin. Dos tres individuos decan que el fsico, durante su cautiverio entre los indios, haba aumentado sus conocimientos mdicos tomando parte en los encantamientos ceremonias mgicas de los sacerdotes salvajes; quienes, como se saba de fijo, eran hechiceros poderosos que veces realizaban curas casi milagrosas merced su pericia en la Magia Negra. Un gran nmero de individuos,--y muchos de ellos dotados de sensatez, y observadores prcticos, cuyas opiniones en otras materias hubieran sido muy valiosas,--afirmaban que el aspecto externo de Rogerio Chillingworth haba experimentado un notable cambio desde que se haba fijado en la poblacin, y especialmente desde que viva bajo el mismo techo que Dimmesdale. La expresin de su rostro tranquila, meditativa y de hombre dedicado al estudio que le caracterizaba al principio, haba sido reemplazada por algo maligno y desagradable, que antes no se notaba, pero cuya intensidad se iba aumentando medida que se le observaba ms de cerca y con ms frecuencia. Segn la idea vulgar, el fuego que arda en su laboratorio proceda del infierno, y estaba alimentado con sustancias infernales; y por lo tanto, como era de esperarse, su rostro se iba tambin ennegreciendo ms y ms con el humo. Para resumir diremos, que tom cuerpo la creencia de que el Reverendo Arturo Dimmesdale, semejanza de otros muchos personajes de especial santidad en todas las pocas de la religin cristiana, se vea tentado por Satans mismo, por un emisario suyo en la persona del viejo Rogerio Chillingworth. Este diablico agente tena el permiso divino de gozar por algn tiempo de la intimidad del joven eclesistico, y de conspirar contra la salvacin de su alma; aunque ningn hombre sensato poda dudar por un momento de qu lado quedara la victoria. El pueblo esperaba, con fe inquebrantable, ver al ministro salir de aquella lucha transfigurado con la gloria que le proporcionara su triunfo inevitable. Entretanto, era sin embargo muy triste pensar en la mortal agona por que tena que pasar antes de salir vencedor. Ay! juzgar por la tristeza y terror que se revelaban en las miradas del pobre eclesistico, la batalla estaba siendo muy ruda sin que pudiera decirse que la victoria fuera segura. X EL MDICO Y SU PACIENTE El anciano mdico haba sido durante toda su vida un hombre de temperamento tranquilo y benvolo, aunque no de afectos muy calurosos, y siempre puro y honrado en todos sus tratos con el mundo. Haba comenzado ahora una investigacin con la severa imparcial integridad de un juez, como l se imaginaba, deseoso tan slo de hallar la verdad, como si se tratara de un problema geomtrico, y no de las pasiones humanas y de las ofensas de que l era vctima. Pero medida que proceda en su labor, una especie de terrible fascinacin, una necesidad imperiosa ineludible se apoder del anciano Rogerio, y no le dej paz ni reposo mientras no hubo hecho todo lo que crea de su deber. Sondeaba ahora el corazn del pobre ministro como un minero cava la tierra en busca de oro; un sepulturero una fosa en busca de una joya enterrada con un cadver, para encontrar al fin solamente huesos y corrupcin. Ojal que, para beneficio de su alma, hubiera sido esto lo que Chillingworth buscaba! veces en los ojos del mdico brillaba un fulgor ominoso manera del reflejo de una hoguera infernal, como si el terreno en que trabajaba este sombro minero le hubiese dado indicios que le hicieran concebir fundadas esperanzas de hallar algo valioso. --Este hombre,--se deca en tales momentos all para sus adentros,--este hombre tan puro como lo juzgan, que parece todo espritu, ha heredado una naturaleza animal, muy fuerte, de su padre de su madre. Ahondemos un poco ms en esta direccin. Entonces, despus de escudriar minuciosamente el alma del joven clrigo, y de descubrir muchos materiales preciosos en la forma de elevadas aspiraciones por el bienestar de la raza humana, amor ferviente de las almas, sentimientos puros, piedad natural fortalecida por la meditacin y el estudio, iluminada por la revelacin,--todo lo cual, si bien oro de muchos quilates, no tena valor ninguno para el escudriador mdico,--ste, aunque desalentado, empezaba sus investigaciones en otra direccin. Se deslizaba hurtadillas, con pisadas tan cautelosas y aspecto tan precavido como un ladrn que penetra en una alcoba donde hay un hombre medio dormido, quiz completamente despierto, con el objeto de hurtar el tesoro mismo que este hombre guarda como la nia de sus ojos. pesar de todas sus precauciones y cuidado, el pavimento cruja de vez en cuando; sus vestidos formaban ligero ruido; la sombra de su figura, en una proximidad no permitida, casi envolva su vctima. El Sr. Dimmesdale, cuya sensibilidad nerviosa era frecuentemente para l una especie de intuicin espiritual, tena veces una vaga idea de que algo, enemigo de su paz, se haba puesto en medio de su camino. Pero el viejo mdico posea tambin percepciones que eran casi intuitivas; y cuando el ministro le diriga entonces una mirada de asombro, el mdico se sentaba tranquilamente sin decir palabra como su amigo benvolo, vigilante y afectuoso, aunque no importuno. Sin embargo, el Sr. Dimmesdale acaso se habra dado ms perfecta cuenta del carcter de este individuo, si cierto sentimiento mrbido, que estn expuestas las almas enfermas, no le hubiera hecho concebir sospechas de todo el gnero humano. No confiando en la amistad de hombre alguno, no pudo reconocer un enemigo cuando ste realmente se present. Por lo tanto, continuaba manteniendo su trato familiar con el mdico, recibindole diariamente en su estudio, visitndole en su laboratorio, y, por va de recreo, prestando atencin los procedimientos por medio de los cuales se convertan las hierbas en drogas poderosas. Un da, con la frente reclinada en la mano, y el codo en el antepecho de la ventana que daba un cementerio cerca de la casa, hablaba con el mdico, mientras ste examinaba un manojo de plantas de fea catadura. --Dnde,--le dijo, contemplando de soslayo las plantas, pues rara vez miraba ahora frente frente ningn objeto, ya fuera humano inanimado,--dnde, buen Doctor, habis recogido esas hierbas de hojas tan negras y lacias? --En el cercano cementerio,--respondi el mdico continuando en su ocupacin. Son nuevas para m. Crecan sobre una fosa sin lpida sepulcral, ni sin ningn otro signo que conserve la memoria del muerto, excepto estas feas hierbas. Parece que brotaban de su corazn, como si simbolizaran algn horrible secreto sepultado con l y que habra hecho mucho mejor en confesar durante su vida. --Quiz,--replic el Sr. Dimmesdale,--lo dese ardientemente, pero no le fu dado hacerlo. --Y por qu?--dijo el mdico,--por qu no hacerlo, cuando todas las fuerzas de la naturaleza demandan de tal manera la confesin de la culpa, que hasta estas hierbas negras han salido de un corazn enterrado, para que quede manifiesto un crimen que no se revel? --Eso, buen seor, no pasa de ser una fantasa vuestra. Si no me equivoco, solo el poder de la Divinidad alcanza descubrir, ya por medio de palabras proferidas, por signo, emblema, los secretos que pudieran estar sepultados en un corazn humano. El corazn que se hace reo de tales secretos, tiene por fuerza que conservarlos, hasta el da en que todas las cosas ocultas se revelarn. Ni he ledo interpretado las Sagradas Escrituras de modo que me hagan comprender que el descubrimiento de los hechos pensamientos humanos que entonces ha de verificarse, deba formar parte de la retribucin. Esto sera seguramente una manera muy superficial de ver las cosas. No; estas revelaciones, no ser que yo me equivoque muy mucho, sirven slo para aumentar la satisfaccin intelectual de todos los seres racionales que en ese da estarn esperando ver la explicacin del sombro problema de la vida. Para que sea completa en todas sus partes la resolucin de ese problema, ser necesario un conocimiento del corazn de los hombres. Y yo creo, adems, que los corazones que encierran esos tristes secretos de que hablis, lo darn conocer en ese da postrimero, no con repugnancia, sino con alegra inexplicable. --Entonces por qu no revelarlos aqu?--pregunt el mdico mirando de soslayo y tranquilamente al ministro--por qu los culpables no se aprovechan cuanto antes de este gozo indecible? --La mayor parte lo hacen,--dijo Dimmesdale llevndose la mano al pecho como si fuera presa de repentino dolor. Ms de una infeliz alma ha depositado en m su secreto, no solo en el lecho de muerte, sino en la plenitud de la existencia y del goce de una buena reputacin. Y siempre, despus de una confesin semejante, oh! qu aspecto de interna tranquilidad he visto reflejarse en el rostro de esos hermanos que haban errado en la senda del deber! Y cmo podra ser de otro modo? Por qu habra de preferir un hombre culpable, por ejemplo, de asesinato, conservar el cadver enterrado en su propio corazn, ms bien que arrojarlo lejos de s de una vez y por siempre, para que el mundo lo tome por su cuenta? --Sin embargo, algunos hombres entierran sus secretos de esta manera,--observ el tranquilo mdico. --S, es cierto; existen semejantes hombres,--contest el Sr. Dimmesdale. Pero, por no presentar otras razones ms obvias, pudiera ser que no desplieguen los labios causa de la constitucin misma de su naturaleza. --por qu no suponerlo?--por culpables que fueren, como todava abrigan verdadero celo por la gloria de Dios y el bienestar de sus semejantes, les arredra acaso la idea de presentarse manchados y culpables ante los ojos de los hombres, pues temen que en lo futuro nada bueno podr esperarse de ellos, ni podrn redimir por medio de buenas obras el mal que hubieren hecho. De consiguiente, para su propio indecible tormento, se mueven entre sus semejantes, al parecer puros como la nieve recin cada, mientras sus corazones estn todo tiznados y manchados con iniquidad de que no pueden deshacerse. --Estos hombres se engaan s propios,--dijo el mdico con alguna ms vehemencia de la que le era natural, y haciendo un signo ligero con el dedo ndice,--temen echarse sobre s la ignominia que de derecho les pertenece. Su amor los hombres, su celo en el servicio de Dios, todos estos santos impulsos, pueden no existir en sus corazones la par de las iniquidades que sus faltas han dado cabida, y que necesariamente engendrarn en ellos productos infernales. Pero no eleven al cielo sus manos impuras si trataren de glorificar Dios. Si quieren servir sus semejantes, hganlo dejando ver de un modo patente el poder y realidad de la conciencia, humillndose voluntariamente y haciendo penitencia. Querrs hacerme creer, oh sabio y piadoso amigo! que un falso exterior puede hacer ms por la gloria de Dios el bienestar de los hombres, que la pura y simple verdad? Creme, esos hombres se engaan s mismos. --Tal vez sea as,--dijo el joven ministro con aire indiferente, como esquivando una discusin que consideraba poco del caso no muy razonable; pues posea en alto grado la facultad de desentenderse de un tema que agitara su temperamento demasiado nervioso y sensible. Tal vez sea as, continu, pero ahora quiero preguntar mi hbil mdico si cree en realidad que me ha sido de provecho el bondadoso cuidado que viene teniendo de esta mi dbil mquina humana. Antes que el mdico pudiera responder, oyeron la risa clara y alocada de un labio infantil en el cementerio contiguo. Mirando instintivamente por la ventana entreabierta, pues era verano, el joven ministro vi Ester y Perla en el sendero que atravesaba el recinto sepulcral. Perla luca tan bella como la luz de la aurora, pero se encontraba precisamente en uno de esos accesos de alegra maligna, que cuando se presentaban, parece como que la segregaban por completo de todo lo que era humano. Iba saltando sin respeto alguno de sepultura en sepultura, hasta que lleg una cubierta con una gran lpida en que haba grabado un escudo de armas, y se puso bailar sobre ella. En respuesta las amonestaciones de su madre, la nia se detuvo un momento para arrancar los espinosos capullos de una cardencha que creca junto la tumba. Tomando un puado de capullos, los fu prendiendo lo largo de las lneas de la letra escarlata que decoraba el pecho de su madre, la que se quedaron tenazmente adheridos. Ester no se los arranc. El mdico que, entretanto, se haba acercado la ventana, dirigi una mirada al cementerio, y sonri amargamente. --En la naturaleza de esa nia,--dijo tanto para s como dirigindose su compaero,--no hay ni ley, ni reverencia por la autoridad, ni consideracin las opiniones y costumbres de los dems, sean buenas malas. Das pasados la v rociar con agua al Gobernador mismo en el bebedero para el ganado. Qu es esta nia, en fin, en nombre del cielo? Es un trasgo completamente perverso? Tiene afectos de alguna clase? Tiene algn principio patente? --Ninguno, excepto la libertad que proviene del quebrantamiento de una ley,--respondi el Sr. Dimmesdale con reposado acento, como si hubiera estado discutiendo este asunto consigo mismo. Si es capaz de algo bueno, no lo s. Probablemente la nia oy la voz de estos hombres, porque alzando con inteligente y maliciosa sonrisa los ojos hacia la ventana, arroj uno de los capullos espinosos al Reverendo Sr. Dimmesdale, quien con nerviosa mano y cierto temor trat de esquivar el proyectil. Perla, notando su inquietud, palmote con la alegra ms extravagante. Ester tambin haba alzado los ojos involuntariamente; y todas estas cuatro personas, viejos y jvenes, se miraron unos otros en silencio, basta que la nia prorrumpi en una carcajada, y grit: --Vmonos, madre; vmonos, ese viejo Hombre Negro que est ah te atrapar. Ya se ha apoderado del ministro. Vmonos, madre, vmonos, te atrapar tambin. Pero no puede atrapar Perlita. hizo partir su madre, saltando, bailando, retozando fantsticamente entre los tmulos de los muertos, como criatura que nada tuviese de comn con las generaciones all enterradas, ni aun el ms remoto parentesco con ellas. Pareca como si hubiera sido creada de nuevos elementos, debiendo por lo tanto vivir forzosamente una existencia aparte, con leyes propias y especiales, sin que pudieran considerarse un crimen sus excentricidades. --Ah va una mujer,--prosigui el mdico despus de una pausa,--que sean cuales fueren sus faltas, no tiene nada de esa misteriosa corrupcin oculta que creis debe ser tan dura de llevar. Pensis acaso que Ester Prynne es menos infeliz causa de esa letra escarlata que ostenta en el seno? --As lo creo,--replic el ministro. Sin embargo, no puedo responder por ella. Hay en su rostro una expresin de dolor, que hubiera deseado no haber visto. Creo, no obstante, que es mucho mejor para el paciente hallarse en libertad de mostrar su dolor, como acontece con esta pobre Ester, que no llevarlo oculto en su corazn. Hubo otra pausa; y el mdico empez de nuevo examinar y arreglar las plantas que haba recogido. --Me preguntsteis, no ha mucho, dijo, mi opinin acerca de vuestra salud. --As lo hice,--respondi Dimmesdale,--y me alegrara conocerla. Os ruego que hablis francamente, sea cul fuere vuestra sentencia. --Pues bien, con toda franqueza y sin rodeos,--dijo el mdico ocupado aun en el arreglo de sus hierbas, pero observando con circunspeccin al Sr. Dimmesdale,--la enfermedad es muy extraa; no tanto en s misma, en su manera de manifestarse exteriormente, lo menos hasta donde puedo juzgar por los sntomas que me ha sido dado observar. Vindoos diariamente, mi buen seor, y habiendo estudiado durante meses los cambios de vuestra fisonoma, podra quizs consideraros un hombre bastante enfermo, aunque no tan enfermo que un mdico instrudo y vigilante no abrigara la esperanza de curar. Pero--no s qu decir,--la enfermedad parece serme conocida, y sin embargo no la conozco. --Estis hablando en enigmas, mi sabio seor, dijo el plido ministro mirando por la ventana hacia afuera. --Entonces, para hablar con ms claridad,--continu el mdico, y os pido perdn, si es necesario que se me perdone la franqueza de mi lenguaje,--permitidme que os pregunte,--como amigo vuestro, cuyo cargo ha puesto la Providencia vuestra vida y bienestar fsico,--si me habis expuesto y referido completamente todos los efectos y sntomas de esta enfermedad. --Cmo podis hacerme semejante pregunta?--replic el ministro. Sera ciertamente un juego de nios llamar un mdico y ocultar la llaga. --Me dais, pues, entender que lo s todo,--dijo Rogerio Chillingworth con acento deliberado y fijando en el ministro una mirada perspicaz, llena de intensa y concentrada inteligencia. As ser; pero aquel quien se le expone solamente el mal fsico y externo, veces no conoce sino la mitad del mal para cuya curacin se le ha llamado. Una enfermedad del cuerpo, que consideramos un todo completo en s mismo, puede acaso no ser sino el sntoma de alguna perturbacin puramente espiritual. Os pido de nuevo perdn, mi buen amigo, si mi lenguaje os ofende en lo ms mnimo; pero de todos los hombres que he conocido, en ninguno, como en vos, la parte fsica se halla tan completamente amalgamada identificada, si se me permite la expresin, con la parte espiritual de que aquella es el mero instrumento. --En ese caso no necesito haceros ms preguntas,--dijo el ministro levantndose un tanto precipitadamente de su asiento. No creo que tengis vuestro cargo la cura de almas. --Esto hace,--continu el mdico sin alterar la voz, ni fijarse en la interrupcin, pero ponindose en pie frente al extenuado y plido ministro,--que una enfermedad, que un lugar llagado, si podemos llamarlo as, en vuestro espritu, tenga inmediatamente su manifestacin adecuada en vuestra forma corprea. Quisirais que vuestro mdico curara el mal fsico? Pero cmo podr hacerlo sin que primero le dejis ver la herida pesadumbre de vuestra alma? --No!--no t!--no un mdico terrenal!--exclam el Sr. Dimmesdale con la mayor agitacin y fijando sus ojos grandemente abiertos, brillantes, y con una especie de fiereza, en el viejo Rogerio Chillingworth. No t! Pero si fuere una enfermedad del alma la que tengo, entonces me pondr en manos del nico Mdico del alma; l puede curar puede matar segn juzgue ms conveniente. Haga conmigo en su justicia y sabidura lo que crea bueno. Pero quin eres t, que te mezclas en este asunto? T, que te atreves interponerte entre el paciente y su Dios? Y con ademn furioso sali toda prisa de la habitacin. --Me alegro de haber dado este paso,--se dijo el mdico para sus adentros, siguiendo con las miradas al ministro y con una grave sonrisa. Nada hay perdido. Seremos amigos de nuevo y pronto. Pero ved cmo la clera se apodera de este hombre y lo pone fuera de s! Y lo mismo que acontece con un sentimiento acontece con otro. Este piadoso Sr. Dimmesdale ha cometido antes de ahora una falta, en un momento de ardiente arrebato. No fu difcil restablecer la intimidad de los dos compaeros, en el mismo estado y condicin que antes. El joven ministro, despus de unas cuantas horas de soledad, comprendi que el desorden de sus nervios le haba hecho incurrir en una explosin de ira, sin que en las palabras del mdico hubiera habido algo que pudiera disculparle. Se maravill de la violencia con que haba tratado al bondadoso anciano, cuando no haca ms que emitir una opinin y dar un consejo que eran parte de su deber como mdico, y que l mismo haba solicitado expresamente. Lleno de estas ideas de arrepentimiento, no perdi tiempo en darle la ms completa satisfaccin, y en suplicar su amigo que continuase con su tarea y cuidados, que si no llegaban restablecer completamente su salud, haban sido indudablemente parte prolongar su dbil existencia hasta aquella hora. El anciano Rogerio accedi fcilmente, y continu su vigilancia mdica, haciendo cuanto poda en beneficio del ministro, con la mayor buena fe, pero saliendo siempre de la habitacin del paciente, despus de una entrevista facultativa, con una sonrisa misteriosa y extraa en los labios. Esta expresin era invisible en la presencia de Dimmesdale, pero se volva ms intensa cuando el mdico cruzaba el umbral. --Un caso extrao!--murmuraba. Necesito escudriarlo ms profundamente. Rara simpata entre alma y cuerpo! Aunque no fuera ms que en beneficio de la ciencia, tengo que investigar este asunto fondo. Poco tiempo despus de la escena arriba referida, aconteci que el Reverendo Sr. Dimmesdale, al medioda, y enteramente de improviso, cay en profundsimo sueo mientras, sentado en su silln, estaba leyendo un volumen en folio que yaca abierto sobre la mesa. La intensidad del reposo del ministro era tanto ms notable, cuanto que era una de esas personas de sueo por lo comn ligero, no continuado, y fcil de interrumpirse por la menor causa. Pero su espritu no estaba tan hondamente aletargado, que le impidiera moverse en el silln cuando el anciano mdico, sin ningunas precauciones extraordinarias, entr en el cuarto. Chillingworth se dirigi sin vacilar su enfermo amigo, y poniendo la mano en el seno de ste, ech un lado el vestido que lo haba mantenido cubierto siempre, an las miradas del facultativo. Entonces fu cuando el Sr. Dimmesdale se estremeci y hasta se movi ligeramente. Despus de una breve pausa el mdico se retir. Pero con qu feroz mirada de sorpresa, de alegra y de horror! Con qu siniestro placer, demasiado intenso para que pudiera hallar plena expresin en sus miradas y facciones, y que por lo tanto se esparci por toda la fealdad de su rostro y cuerpo, manifestndose por medio de extravagantes gestos y ademanes, ya levantando los brazos hacia el cielo, ya golpeando el suelo con los pies! Si alguien hubiera podido ver en aquel momento de xtasis al viejo Rogerio Chillingworth, no tendra que preguntarse cmo se comporta Satans cuando logra que se pierda un alma preciosa para el cielo y la gana para el infierno. Pero lo que distingua el xtasis del mdico del que experimentara Satans, era la expresin de asombro que lo acompaaba. XI EL INTERIOR DE UN CORAZN Despus del suceso ltimamente referido, las relaciones entre Dimmesdale y el mdico, aunque en apariencia las mismas, eran en realidad de un carcter distinto al que haban tenido antes. El mdico vea ahora una senda bien sencilla que seguir, aunque no precisamente la que l se haba trazado. pesar de lo tranquilo, apacible y fro que pareca, era de temerse que existiera en l un fondo de malignidad, hasta entonces latente, pero ahora activa, que le impulsaba imaginar una venganza ms ntima que la que ningn otro mortal hubiera tomado jams de su enemigo. Aspir convertirse en el amigo fiel cuyo corazn se confiara todo el temor, el remordimiento, la agona, el arrepentimiento intil, la repetida invasin de ideas pecaminosas que en vano haba querido rechazar. Todo aquel dolor culpable, oculto las miradas del mundo y del que ste se habra compadecido y le habra perdonado, deba revelrsele l, el Implacable, l, que no perdonara jams. Todo aquel tenebroso secreto tena que mostrarse precisamente al hombre quien ninguna otra cosa podra colmar, como esta y de una manera tan completa, el deseo de venganza! La natural reserva y esquivez del joven ministro haba sido un obstculo para este plan. El mdico, sin embargo, no estaba dispuesto darse por satisfecho con el aspecto que, casi providencialmente, tom el asunto en sustitucin los negros planes que l se trazara. Poda decir que se le haba hecho una revelacin; y poco le importaba que su procedencia fuera celestial infernal. Gracias esa inesperada revelacin, en todas sus relaciones subsecuentes con el Sr. Dimmesdale, pareca que lo ms recndito del alma del joven ministro estaba visible los ojos del mdico para que pudiese observar y estudiar sus ms ntimas emociones. Desde entonces se convirti, no slo en espectador, sino tambin en actor principal de lo que pasaba en lo ms recndito del pecho del pobre ministro. Poda hacer de l lo que quisiera. Si se le antojaba despertarle con una sensacin de agona, ah estaba su vctima sobre el potro del tormento. Slo necesitaba mover ciertos resortes de su alma, que el mdico conoca perfectamente. Quera estremecerle con un sbito temor? Como si obedeciese la varilla de un mgico prodigioso, surgan mil visiones de formas diferentes, que giraban en torno del infeliz eclesistico con los dedos apuntando su pecho. Todo esto lo ejecutaba con tan perfecta sutileza, que el ministro, aunque constantemente con una vaga percepcin de que algo maligno le estaba vigilando, nunca pudo darse cuenta exacta de su verdadera naturaleza. Es cierto que miraba con duda y temor, y aun veces con espanto intensa aversin, al viejo mdico. Sus gestos, sus movimientos, su barba gris, sus acciones ms insignificantes indiferentes, hasta el corte y la moda de su traje, le eran odiosos: seal todo de una antipata en el corazn del ministro ms profunda de lo que l se hallaba dispuesto confesarse s mismo. Y como era imposible asignar una causa tal desconfianza y aversin, el Sr. Dimmesdale, con la conciencia de que el veneno de algn punto mrbido en su espritu le estaba inficionando todo el corazn, atribua esto todos sus presentimientos. Se empe, pues, en curarse de sus antipatas hacia el viejo mdico, y sin parar mientes en lo que deba haber deducido de ellas, hizo cuanto pudo para extirparlas. Sindole imposible conseguirlo, continu sus hbitos de relaciones familiares con el anciano, proporcionndole de este modo oportunidades constantes para que el vengativo mdico,--pobre y msera criatura ms infeliz que su vctima,--consiguiese el fin que haba dedicado toda su energa. Mientras padeca corporalmente, con el alma corroda y atormentada por alguna causa tenebrosa, y entregado por completo las maquinaciones de su ms mortal enemigo, el Reverendo Sr. Dimmesdale haba ido alcanzado una brillante popularidad en su sagrado ministerio. En gran parte la obtuvo seguramente merced sus padecimientos. Sus dotes intelectuales, sus percepciones morales, su facultad de comunicar otros las emociones que l mismo experimentaba, le mantenan en un estado de actividad sobrenatural debido la angustia inquietud de su vida diaria. Su fama, aunque todava en constante ascenso, haba dejado ya en la sombra las reputaciones menos brillantes de algunos de sus colegas, entre los cuales se contaban hombres que haban empleado en adquirir sus conocimientos teolgicos muchos ms aos que los que tena de edad el Sr. Dimmesdale, y que por lo tanto deberan de hallarse mucho ms llenos de slida ciencia que su joven compaero. Haba otros dotados de ms tenaz empeo, de mayor peso y gravedad, cualidades que, unidas cierta dosis de conocimientos teolgicos, constituye una variedad eficiente y altamente digna de respeto, aunque poco amable, de la especie clerical. Otros haba, verdaderos Santos Padres, cuyas facultades se haban desenvuelto con el paciente, constante infatigable estudio de los libros, y cuya pureza de vida puede decirse que los haba puesto en comunicacin espiritual con un mundo superior. Pero todos estos hombres carecan de aquel don divino que descendi sobre los discpulos del Seor en lenguas de llamas el da de Pentecosts, simbolizando, no solo la facultad de hablar en idiomas extraos y desconocidos, sino la de dirigirse todo el gnero humano en el idioma propio del corazn. Todos estos ministros, por lo dems muy apostlicos, carecan de ese don divino de una lengua de llamas. Vanamente habran procurado, dado el caso que lo intentaran, expresar las verdades ms sublimes por medio de voces imgenes familiares. Probablemente que esta clase perteneca el Sr. Dimmesdale tanto por temperamento como por educacin. Se habra remontado las altas cimas de la fe y de la santidad, no habrselo impedido el peso del crmen, de la angustia, de lo que fuere, que le arrastraba hacia abajo. Este peso,--no obstante ser l un hombre de etreos atributos cuya voz hubieran escuchado tal vez los mismos ngeles,--le mantena al nivel de los ms humildes; pero al mismo tiempo le pona en ms ntima relacin con la humanidad pecadora, de modo que su corazn vibraba al unsono del de sta, comprendiendo sus dolores, y haciendo compartir los suyos propios millares de corazones, por medio de su elocuencia melanclica y persuasiva, aunque veces terrible. El pueblo culpable conoca el poder que de tal modo lo conmova. Las gentes pensaban que el joven ministro era un milagro de santidad: se imaginaban que por su boca hablaba el cielo, ya para consolarlas, ya para reprobarlas bien para decirles palabras de amor de sabidura. sus ojos, el terreno que pisaba estaba santificado. Las jvenes doncellas de su iglesia se volvan cada vez ms plidas en torno suyo, vctimas de una pasin tan llena de sentimiento religioso, que imaginaban ser todo solamente religin, y la ofrecan pblicamente al pie de los altares como el ms aceptable de los sacrificios. Los miembros ancianos de su feligresa, contemplando la delicada constitucin fsica del Sr. Dimmesdale, y comparndola con el vigor de las suyas, pesar de la diferencia de edad, crean que les precedera en su viaje la regin celestial, y recomendaban sus hijos que enterrasen sus viejos restos junto la santa fosa del joven ministro. Y mientras tanto, cuando el infortunado Sr. Dimmesdale pensaba en su sepultura, se preguntaba si sera posible que la hierba creciera sobre ella, puesto que all haba de enterrarse una cosa maldecida. Es inconcebible la angustia de que le llenaba esta veneracin pblica! Adorar la verdad era en l un impulso genuino, as como considerar vaco, vano y completamente desprovisto de todo peso y valor, lo que no estaba vivificado por la verdad. Qu era l, pues? Algo corpreo, la ms impalpable de las sombras? Anhelaba, por lo tanto, hablar una vez por todas desde lo alto de su plpito, y decir en alta voz, ante todo el mundo, lo que l en realidad era:--"Yo, quien veis vestido con este negro traje del sacerdocio;--yo, que asciendo al sagrado plpito y levanto hacia el cielo el rostro plido tratando de ponerme en relacin, en nombre vuestro, con el Todopoderoso;--yo, en cuya vida diaria creis discernir la santidad de Enoch;--yo, cuyas pisadas, como suponis, dejan una huella luminosa en mi sendero terrenal, que servir los peregrinos que vengan despus de m para guiarlos la regin de los bienaventurados;--yo, que he puesto el agua del bautismo sobre la cabeza de vuestros hijos;--yo, que he repetido las ltimas preces por las almas de los que han partido para siempre;--yo, vuestro pastor, quien tanto reverenciis y en quien tanto confiis, yo no soy ms que una mentira y una profanacin." Ms de una vez el Reverendo Dimmesdale haba subido al plpito con el firme propsito de no descender hasta haber pronunciado palabras como las anteriores. Ms de una vez se haba limpiado la garganta, y tomado largo, profundo y trmulo aliento para librarse del tenebroso secreto de su alma. Ms de una vez,--no, ms de cien veces,--haba realmente hablado. Hablado! Pero cmo? Haba dicho sus oyentes que l era un sr completamente abyecto, el ms abyecto entre los abyectos, el peor de los pecadores, una abominacin, una cosa de iniquidad increble; y que lo nico digno de sorpresa era que no viesen su miserable cuerpo calcinarse en su presencia por la ardiente clera del Todopoderoso. Poda darse un lenguaje ms claro que ste? No se levantaran los oyentes de sus asientos, por impulso simultneo, y le haran descender del plpito que estaba contaminando con su presencia? No; de ningn modo. Todos oyeron eso, y todos le reverenciaron mucho ms. No tenan la menor sospecha del terrible alcance de estas palabras con que l mismo se condenaba. "El excelente joven!--se decan unos otros. El santo sobre la tierra! Ay! si en la pureza de armio de su alma puede l percibir semejante iniquidad, qu horrible espectculo no ver en la tuya en la ma!" Bien saba Dimmesdale,--hipcrita sutil, aunque lleno de remordimientos,--de qu modo se considerara esta vaga confesin. Haba tratado de forjarse una especie de ilusin, exponiendo al pblico el espectculo de una conciencia culpable, pero consigui solamente recargarse con un nuevo pecado, y agregar una nueva vergenza la antigua, sin obtener siquiera el momentneo consuelo de engaarse s mismo. Haba hablado la pura verdad, transformndola sin embargo en la falsedad ms completa. Y no obstante esto, por instinto, por educacin, por principios, amaba la verdad y aborreca la mentira como pocos hombres. Pero ante todas cosas, y ms que todo, se detestaba s propio. Sus angustias ntimas le haban llevado adoptar prcticas ms en armona con las de la iglesia catlica, que no con las de la protestante en que haba nacido y se haba educado. Encerrndose en su alcoba, bajo llave, se entregaba al empleo de la disciplina en su enfermo cuerpo. Con frecuencia este ministro protestante y puritano se las haba aplicado las espaldas, rindose amargamente de s mismo al mismo tiempo, y fustigndose aun ms implacablemente causa de esta risa amarga. Como otros muchos piadosos puritanos tena por costumbre ayunar; aunque no como ellos para purificar el cuerpo y hacerlo ms digno de la inspiracin celestial, sino de una manera rigorosa, hasta que le temblaban las rodillas, y como un acto de penitencia. Pasaba tambin en vela noche tras noche, algunas veces en completa obscuridad; otras alumbrado slo por la luz vacilante de una lmpara; y otras contemplndose el rostro en un espejo iluminado por la luz ms fuerte que le era posible obtener, simbolizando de este modo el constante examen interior con que se torturaba, pero con el cual no poda purificarse. En estas prolongadas vigilias su cerebro se turbaba, y entonces crea ver visiones que flotaban ante sus ojos; quizs las perciba confusamente la dbil luz que de ellas irradiaba, en la parte ms remota y obscura de su habitacin, ms distintamente, y su lado, reflejndose en el espejo. Ya era una manada de formas diablicas que hacan visajes al plido ministro, mofndose de l invitndole seguirlas; ya un grupo de brillantes ngeles que se remontaban al cielo, llenos de dolor, tornndose ms etreos medida que ascendan. eran los amigos de su juventud, ya muertos, y su padre, de blanca barba, frunciendo piadosamente el entrecejo, y su madre, que le volva el rostro al pasar por su lado. Espritu de una madre! Creo que habra arrojado una mirada de compasin su hijo. Y luego, al travs de la habitacin que hacan tan horrible estas visiones espectrales, se desliz Ester Prynne, llevando de la mano Perlita, en su traje color de escarlata, y sealando con el ndice, primeramente la letra que brillaba en su seno, y luego el pecho del joven eclesistico. Ninguna de estas visiones le enga jams por completo. En cualquier instante, con un esfuerzo de su voluntad, poda convencerse de que no eran sustancias corpreas sino creaciones de su inquieta imaginacin; pero pesar de todo, en cierto sentido, eran las cosas ms verdaderas y reales con que el pobre ministro tena ahora que hacer. En una vida tan falsa como la suya, el dolor ms indecible consista en que las realidades que nos rodean, destinadas por el cielo para sustento y alegra de nuestro espritu, se vean privadas de lo que constituye su propia vida y esencia. Para el hombre falso, el universo entero es falso, impalpable, y todo lo que palpa se convierte en nada. Y l mismo, mostrndose bajo un falso aspecto, se convierte en una sombra, acaso cesa de existir. La nica verdad que continuaba dando al Sr. Dimmesdale una existencia real en este mundo, era la agona latente en lo ms recndito de su alma, y la no disfrazada expresin de la misma en todo su aspecto exterior. Si hubiera hallado una vez la facultad de sonreir, y presentar un rostro alegre, no habra sido el hombre que era. En una de esas terribles noches que hemos tratado vanamente de describir, el ministro se levant sobresaltado de su asiento. Una nueva idea se le haba ocurrido. Podra haber un momento de paz en su alma. Vistindose con el mismo esmero que si fuera desempear su sagrado ministerio, y precisamente de la misma manera, descendi las escaleras sin hacer ruido, abri la puerta y sali la calle. XII LA VIGILIA DEL MINISTRO Andando como en un sueo, y quiz realmente bajo la influencia de una especie de sonambulismo, el Sr. Dimmesdale lleg al lugar en que, aos atrs, Ester haba sufrido las primeras horas de su ignominia pblica. El mismo tablado, negro y percudido por las lluvias, soles y tormentas de siete largos aos, con los escalones gastados por las pisadas de los muchos reos que desde aquella poca los haban subido, se elevaba all bajo el balcn de la iglesia casa de reunin. El ministro ascendi los escalones. Era una obscura noche de principios de Mayo. El cielo estaba cubierto en toda su extensin con un manto espeso de nubes. Si la misma multitud que presenci el castigo de Ester Prynne hubiera podido ser convocada ahora, no le habra sido posible distinguir las facciones de rostro alguno en el tablado, ni apenas los contornos de una forma humana en las profundas tinieblas de la media noche. Pero la poblacin toda estaba entregada al sueo. No haba peligro de que pudieran sus moradores descubrir nada. El ministro poda permanecer all de pie, si as le agradaba, hasta que la maana tiera de rojo el oriente, sin correr otro riesgo sino el dao que el aire fro y hmedo de la noche pudiera ocasionar su organismo. Ningn ojo alcanzara verle, excepto Aqul, siempre alerta y despierto, que le haba visto cuando estaba encerrado en su alcoba retirada azotndose con las sangrientas disciplinas. Por qu, pues, haba ido all? Era aquello acaso una parodia de penitencia? S, una parodia, pero en la cual su alma se engaaba s misma mientras los ngeles vertan triste llanto y el enemigo de los hombres se regocijaba. Haba ido all arrastrado impulsos del Remordimiento, que donde quiera le acosaba, y cuya compaera era aquella Cobarda que invariablemente le haca retroceder en el momento mismo en que iba desplegar los labios. Pobre, infeliz hombre! Qu derecho tena de abrumar bajo el peso del delito hombros tan flacos como los suyos? El crimen es para los fuertes que pueden soportarlo en silencio, librarse de l descargando de una vez su conciencia si encuentran el peso demasiado grave. Pero esta alma tan extremadamente dbil y sensible no poda hacer ni lo uno ni lo otro, sino vacilar contnuamente entre los dos extremos, enredndose cada vez ms en los lazos inextricables de la agona de un intil arrepentimiento y de un oculto delito. Y as, mientras se hallaba en el tablado, ocupado en la tarea de esta vana muestra de expiacin, se vi Dimmesdale sobrecogido de un gran horror, como si el universo entero estuviera contemplando una marca escarlata en su seno desnudo, precisamente encima de la regin del corazn. Y en aquel lugar, en verdad, estaba, y all haba estado desde hace largo tiempo, el roedor y emponzoado diente del dolor fsico. Sin esfuerzo ninguno de su voluntad para impedirlo, y sin poder dominarse, lanz un grito agudo penetrante, que fu repercutiendo de casa en casa, y que devolvieron las colinas lejanas, como si una comparsa de espritus malignos, conociendo cuanto horror y miseria encerraba aquel grito, se hubiera divertido en hacer rebotar el sonido de un lado otro. Ya no hay remedio!--exclam el eclesistico cubrindose el rostro con las manos,--la ciudad toda se despertar y saldr la calle apresuradamente y me hallar aqu. Pero no fu as. El grit reson tal vez en sus asustados odos con mayor fuerza de la que realmente tuvo. La poblacin no se despert; si algunos se despertaron, lo atribuyeron algo horrible que pas en un sueo, al ruido de las brujas hechiceras cuyas voces, en aquella poca, se oan con frecuencia en los lugares solitarios cuando cruzaban el aire en compaa de Satans. El Sr. Dimmesdale, por lo tanto, no oyendo nada que indicase una alarma general, separ las manos del rostro y mir en torno suyo. En una de las ventanas de la casa del Gobernador, que estaba cierta distancia, vi la figura del anciano magistrado envuelta en una blanca bata de dormir, con una lmpara en la mano y un gorro de noche en la cabeza. Pareca una fantasma evocada en mal hora. El grito evidentemente le haba asustado. En otra ventana de la misma casa apareci la vieja Seora Hibbins, hermana del Gobernador, tambin con una lmpara que, aun la distancia en que se encontraba, dejaba ver la expresin displicente y dura del rostro de la seora. Esta asom la cabeza por el postigo y mir hacia arriba con cierta ansiedad. Seguramente la venerable hechicera haba odo tambin el grito del Sr. Dimmesdale y crey que era, con la multitud de sus ecos y repercusiones, el clamor de los demonios y de las brujas nocturnas con quienes, como es sabido, tena la costumbre de hacer excursiones la selva. Al notar la luz de la lmpara del Gobernador, la anciana seora apag prontamente la suya y desapareci probablemente entre las nubes. El ministro no la volvi ver. El magistrado, despus de una escrupulosa observacin de las tinieblas, en las que por otra parte nada le habra sido posible distinguir, se retir de la ventana. El ministro entonces se tranquiliz algo. Pronto distingui, sin embargo, el brillo de una luz lejana que se iba acercando gradualmente, y que le permita reconocer all un objeto, ms ac otro, tales como la puerta arqueada de una casa, con aldabn de hierro, una bomba de agua, etc., que fijaban su atencin, pesar de que estaba firmemente convencido de que medida que se aproximaba aquella luz, que pronto dara de lleno en su rostro, se iba tambin acercando el momento en que su suerte quedara decidida y revelado el funesto secreto oculto por tanto tiempo. Cuando la luz estuvo ms cerca, pudo distinguir la figura de su hermano en religin, para hablar con ms propiedad, de su padre espiritual al mismo tiempo que muy estimado amigo, el Reverendo Sr. Wilson quien, como el Sr. Dimmesdale conjeturaba con razn, haba estado rezando la cabecera de un moribundo. El bueno y anciano ministro vena precisamente de la alcoba mortuoria del Gobernador Winthrop, que acababa de pasar mejor mundo, y se diriga ahora su casa alumbrndose con una linterna. El brillo de sta haba hecho imaginar al Sr. Dimmesdale que vea al buen padre Wilson rodeado de un halo corona radiante como la de los santos varones de otros tiempos, lo que le daba un aspecto de gloriosa beatitud en medio de esta noche sombra del pecado. Dimmesdale se sonri, mejor dicho, se ech reir ante tales ideas sugeridas por la luz de la linterna, y se pregunt si se haba vuelto loco. Cuando el Reverendo Sr. Wilson pas junto al tablado, envolvindose muy bien en los pliegues de su manto genovs con una mano, mientras sostena con la otra la linterna, el Sr. Dimmesdale apenas pudo reprimir el deseo de hablar. --Buenas noches, venerable padre Wilson; os ruego que subis y que pasis un rato en mi compaa. Cielos! Haba hablado realmente el Sr. Dimmesdale? As lo crey l mismo un instante; pero esas palabras fueron pronunciadas slo en su imaginacin. El venerable padre Wilson continu lentamente su camino, teniendo el mayor cuidado en evitar mancharse con el lodo de la calle, y sin volver siquiera la cabeza hacia el fatdico tablado. Cuando la luz de su linterna se hubo desvanecido lo lejos por completo, el joven ministro se di cuenta, por la especie de desmayo que le sobrecogi, de que los ltimos momentos haban sido para l una crisis de terrible ansiedad, aunque su espritu haba hecho un esfuerzo involuntario para salir de ella con la especie de apstrofe semijocoso dirigido al Sr. Wilson. Poco despus se desliz nuevamente en Dimmesdale el sentimiento de lo grotesco en medio de las solemnes visiones que se forjaba su cerebro. Crey que las piernas se le iban poniendo rgidas con el fro de la noche, y empez imaginarse que no podra descender los escalones del tablado. La maana se acercaba entretanto y all se encontrara l: los vecinos empezaran levantarse. El ms madrugador, saliendo en la semiobscuridad del crepsculo, percibira una vaga figura de pie en el lugar consagrado expiar los crmenes y delitos; y casi fuera de juicio, movido de susto y de curiosidad, ira llamando de puerta en puerta todo el pueblo para que viniese contemplar el espectro,--pues as se lo figurara,--de algn difunto criminal. En esto, la luz de la maana ira creciendo cada vez en intensidad: los ancianos patriarcas de la poblacin se iran levantando apresuradamente, cada uno envuelto en su bata de franela, y las respetables matronas sin detenerse cambiar su traje de dormir. Toda la congregacin de personas decentes y decorosas, que jams hasta entonces se haban dejado ver con un solo cabello despeinado, se presentaran ahora con la cabellera y el vestido en el mayor desorden. El viejo Gobernador Bellingham saldra con severo rostro llevando sus cuellos de lechuguilla al revs; y la Seora Hibbins, su hermana, vendra con algunos ramitos de la selva prendidos su traje, y con rostro ms avinagrado que nunca, como que apenas haba podido dormir un minuto despus de su paseo nocturno; y el buen padre Wilson se presentara tambin, despus de haber pasado la mitad de la noche junto la cabecera de un moribundo, sin que le hubiera agradado mucho que le turbaran el sueo tan temprano. Vendran igualmente los dignatarios de la iglesia del Sr. Dimmesdale y las jvenes vrgenes que idolatraban su pastor espiritual y le haban erigido un altar en sus puros corazones. Todos llegaran apresuradamente, dando tumbos y tropiezos, y dirigiendo con espanto y horror las miradas hacia el tablado fatdico. Y quin percibiran all la luz rojiza de la aurora? quin, sino al Reverendo Arturo Dimmesdale, medio helado de fro, abrumado de vergenza, y de pie donde haba estado Ester Prynne! Movido por el grotesco horror de este cuadro, el ministro, olvidndose de su inquietud y alarma infinitas, prorrumpi en una carcajada, que fu respondida inmediatamente por una risa ligera, area, infantil, en la que con un estremecimiento del corazn--que no saba si era de intenso dolor, de placer extremo,--reconoci el acento de la pequea Perla. --Perla! Perlita!--exclam despus de un momento de pausa; y luego, con voz ms baja, agreg:--Ester, Ester Prynne, estis ah? --S; es Ester Prynne,--replic ella con acento de sorpresa;--y el ministro oy sus pisadas que se iban acercando.--Soy yo y mi pequea Perla. --De dnde vens, Ester?--pregunt el ministro. Qu os ha trado aqu? --He estado velando un moribundo,--respondi Ester,--he estado junto al lecho de muerte del Gobernador Winthrop, he tomado las medidas para su traje, y ahora me dirijo mi habitacin. --Sube aqu, Ester; ven tu con Perlita, dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale. Ambas habis estado aqu antes de ahora, pero yo no me hallaba vuestro lado. Subid aqu una vez ms, y los tres estaremos juntos. Ester subi en silencio los escalones, y permaneci de pie en el tablado, asiendo Perla de la mano. El ministro tom entre las suyas la otra mano de la nia. No bien lo hizo, parece como si una nueva vida hubiera penetrado en su sr, invadiendo su corazn manera de un torrente y esparcindose por sus venas. Se dira que madre hija estaban comunicando su calor vital la naturaleza medio congelada del joven eclesistico. Los tres formaban una cadena elctrica. --Ministro!--susurr la pequea Perla. --Qu deseas decir, nia?--le pregunt el Sr. Dimmesdale. --Quieres estar aqu maana al medioda con mi madre y conmigo?--pregunt Perla. --No; no as, Perlita ma,--respondi el ministro; porque con la nueva energa adquirida en aquel instante, se apoder de l todo el antiguo temor de revelacin pblica que por tanto tiempo fu la agona de su vida, y ya estaba temblando, aunque con una mezcla de extraa alegra, al fijarse en la situacin en que se encontraba en la actualidad.--No, no as, nia ma, continu. Estar de pie contigo y con tu madre otro da; s, otro da; pero no maana. Perla se ri intent desasir la mano que le tena asida el ministro, pero ste la mantuvo firme. --Un instante ms, nia ma,--dijo. --Pero quieres prometerme que maana al medioda nos tomars de la mano mi madre y m?--le pregunt Perla. --No, no maana, Perla,--dijo el ministro,--pero otro da. --Qu da?--persisti la nia. --En el gran da del Juicio Final,--murmur el eclesistico, que se vi como obligado responder de este modo la nia en su carcter sagrado de ministro del altar.--Entonces, y all ante el Juez Supremo, continu, tendremos que comparecer tu madre, t y yo, al mismo tiempo. Pero la luz del sol de este mundo no habr de vernos reunidos. Perla empez reir de nuevo. Pero antes de que el Sr. Dimmesdale hubiera terminado de hablar, brill una luz en toda la extensin del obscuro horizonte. Fu sin duda uno de esos meteoros que el observador nocturno puede ver menudo, que se inflaman, brillan y se extinguen rpidamente en las regiones del espacio. Tan intenso fu su esplendor, que ilumin por completo la densa masa de nubes entre el firmamento y la tierra. La bveda celeste resplandeci de tal modo, que dej ver la calle como si estuviera alumbrada por la luz del medioda, pero con la extraeza que siempre comunica los objetos familiares una claridad no acostumbrada. Las casas de madera, con sus pisos que sobresalan y sus curiosos caballetes rematados en punta; las escaleras de las puertas y los quicios con las primeras hierbas de la primavera que empezaban brotar en las cercanas; los bancos de tierra de los jardines que parecan negros con la tierra removida recientemente;--todo se volvi visible, pero con una singularidad de aspecto que pareca darle los objetos una significacin diferente de la que antes tenan. Y all estaba el ministro con la mano puesta sobre el corazn; y Ester Prynne, con la letra bordada brillando en su seno; y la pequea Perla que era en s misma un smbolo y el lazo de unin entre aquellos dos seres. All estaban de pie al fulgor de aquella extraa y solemne luz, como si sta fuera la que haba de revelar todos los secretos, y fuera tambin la alborada que haba de reunir todos los que mutuamente se pertenecan. En los ojos de Perla haba cierta expresin misteriosa, y en su rostro, cuando lo alz para mirar al ministro, aquella sonrisa maliciosa que la haca comparar un trasgo. Retir su mano de la del Sr. Dimmesdale, y seal al otro lado de la calle. Pero l cruz las manos sobre el pecho y levant las miradas hacia el cielo. Nada era tan comn en aquellos tiempos como interpretar todas las apariciones metericas, y todos los otros fenmenos naturales, que ocurren con menos regularidad que la salida y la puesta del sol y de la luna, como otras tantas revelaciones de origen sobrenatural. As es que una lanza brillante, una espada de llamas, un arco, un haz de flechas, pronosticaban una guerra con los indios. Era sabido que una lluvia de luz carmes indicaba una epidemia. Dudamos mucho que haya acontecido algo notable en la Nueva Inglaterra, desde los primeros das de su colonizacin hasta el tiempo de la guerra de la Independencia, de que los habitantes no hubieran tenido un previo aviso merced un espectculo de esta naturaleza. veces haba sido visto por la multitud; pero con mucha mayor frecuencia, todo reposaba en el mero dicho de un solitario espectador que haba contemplado el maravilloso fenmeno al travs del trastornador vidrio de aumento de su imaginacin, dndole ms tarde una forma ms precisa. Era sin duda una idea grandiosa pensar que el destino de las naciones deba revelarse en estos sorprendentes geroglficos en la bveda celeste. Entre nuestros antepasados era una creencia muy extendida, indicando que su naciente comunidad estaba bajo la custodia especial del cielo. Pero qu diremos cuando un individuo descubre una revelacin en ese mismo libro misterioso dirigida l solamente? En ese caso, sera nicamente el sntoma de una alteracin profunda del espritu, si un hombre, en consecuencia de un dolor prolongado, intenso y secreto, y de la costumbre mrbida de estarse estudiando constantemente, ha llegado asociar su personalidad la naturaleza entera, hasta el extremo de que el firmamento no venga ser sino una pgina adecuada para la historia del futuro destino de su alma. Por lo tanto, esta enfermedad de su espritu atribumos la idea de que el ministro, al dirigir sus miradas hacia el cielo, creyese contemplar en l la figura de una inmensa letra,--la letra A,--dibujada con contornos de luz de un rojo obscuro. En aquel lugar, y ardiendo opacamente, solo se haba dejado ver un meteoro al travs de un velo de nubes; pero no con la forma que su culpable imaginacin le prestaba, lo menos, de una manera tan poco definida, que otra conciencia delincuente podra haber visto en l otro smbolo distinto. Haba una circunstancia especial que caracterizaba el estado psicolgico del Sr. Dimmesdale en aquel momento. Todo el tiempo que estuvo mirando al zenit, tena la plena conciencia de que Perla estaba apuntando con el dedo en direccin del viejo Rogerio Chillingworth, que se hallaba en pie no muy distante del tablado. El ministro pareca verle con la misma mirada con que discerna la letra milagrosa. As como los dems objetos, la luz meterica comunicaba una nueva expresin las facciones del mdico; bien pudiera suceder que ste no se cuidaba en esta ocasin, como siempre lo haca, de ocultar la malevolencia con que miraba su vctima. Ciertamente, si el meteoro ilumin el espacio hizo visible la tierra con un fulgor solemne que oblig recordar al clrigo y Ester el da del Juicio Final, en ese caso Rogerio Chillingworth debi parecerles el gran enemigo del gnero humano, que se presentaba all con una sonrisa amenazadora reclamando lo que le perteneca. Tan viva fu aquella expresin, tan intensa la percepcin que de ella tuvo el ministro, que le pareci que permaneca visible en la obscuridad, aun despus de desvanecida la luz del meteoro, como si la calle y todo lo dems hubiera desaparecido por completo. --Quin es ese hombre, Ester?--pregunt Dimmesdale con voz trmula, sobrecogido de terror.--Me estremezco al verlo. Conoces ese hombre? Le odio, Ester. Ella record su juramento y permaneci en silencio. --Te repito que mi alma se estremece en su presencia,--murmur el ministro de nuevo.--Quin es? Quin es? No puedes hacer nada por m? Ese hombre me inspira un horror indecible. --Ministro, dijo Perlita, yo puedo decirte quin es. --Pronto, nia, pronto,--dijo el ministro inclinando el odo junto los labios de Perla.--Pronto, y tan bajo como te sea posible. Perla murmur algo su odo que resonaba manera de lenguaje humano, cuando no era en realidad sino la jerigonza ininteligible y sin sentido alguno que usan veces los nios para divertirse cuando estn juntos. De todos modos, no le comunic ninguna noticia secreta acerca del viejo facultativo. Era un idioma desconocido para el erudito clrigo, que slo sirvi para aumentar la confusin de su espritu. La nia entonces prorrumpi en una carcajada. --Te burlas de m ahora?--dijo el ministro. --No has sido valiente, no has sido sincero,--respondi la nia,--no quisiste prometerme que nos tomaras de la mano m y mi madre maana al medioda. --Digno seor!--exclam el mdico que se haba adelantado hasta el pie del tablado,--piadoso Sr. Dimmesdale, sis realmente vos? S, s, seguramente que s. Vaya! Vaya! Nosotros, hombres de estudio, que tenemos la cabeza metida en nuestros libros, necesitamos que se nos vigile. Soamos despiertos, y nos paseamos durmiendo. Venid, buen seor y amigo querido; dejadme que os conduzca vuestra casa. --Cmo supiste que yo estaba aqu?--pregunt Dimmesdale con temor. --En realidad de verdad, respondi el mdico, no saba nada de esto. Gran parte de la noche la he pasado la cabecera del digno Gobernador Winthrop haciendo en su beneficio lo que mi poca habilidad me permita. un mundo mejor ha partido, y yo me diriga mi morada, cuando brill esa luz extraordinaria. Os ruego que vengis, reverendo seor; de otro modo no os hallaris en estado de cumplir vuestros deberes maana domingo. Ah! Ved cmo los libros perturban el cerebro! Estos libros, estos libros! Debis estudiar menos, buen seor, y procuraros algn recreo, si no queris que estas cosas se repitan. --Ir con vos mi casa,--dijo el Sr. Dimmesdale. Completamente abatido, con una sensacin de fro, como el que despierta de una pesadilla, acompa al mdico, y partieron juntos. El da siguiente, domingo, predic sin embargo un sermn que se consider el mejor, el ms vigoroso y ms lleno de uncin celeste que hasta entonces hubieran pronunciado sus labios. Se dijo que ms de un alma se sinti regenerada con la eficacia de aquel discurso, y que fueron muchos los que juraron eterna gratitud al Sr. Dimmesdale por el bien que les haba hecho. Pero, cuando baj del plpito, le detuvo el anciano sacristn presentndole un guante negro que el ministro reconoci por suyo. --Se encontr esta maana,--dijo el sacristn,--en el tablado en que se expone los malhechores la vergenza pblica. Satans lo dej caer all deseando sin duda jugar una mala pasada su Reverencia. Pero ha procedido con el mismo desacierto y ligereza de siempre. Una mano limpia y pura no necesita guante que la cubra. --Gracias, buen amigo,--dijo el ministro con gravedad, pero muy sobresaltado, pues tan confusos eran sus recuerdos, que casi crea que los acontecimientos de la noche pasada eran solo un sueo.--S, agreg, parece que es mi guante. --Y puesto que Satans ha credo conveniente robroslo, en adelante Vuestra Reverencia debe tratar ese enemigo sin miramientos de ninguna clase. Duro con l;--dijo el anciano sacristn con horrible sonrisa. Pero, ha odo Vuestra Reverencia hablar del portento que se vi anoche? Se dice que apareci en el cielo una gran letra roja, la letra A, que hemos interpretado significa ngel. Y como nuestro buen Gobernador Winthrop falleci tambin anoche, y fu convertido en ngel, de seguro que se crey conveniente publicar la noticia de algn modo. --No; nada he odo acerca de ese particular,--contest el ministro. XIII OTRO MODO DE JUZGAR ESTER En su ltima y singular entrevista con el Sr. Dimmesdale, se qued Ester completamente sorprendida al ver el estado que se hallaba reducido el ministro. Sus nervios parecan del todo arruinados: su fuerza moral era la de un nio: andaba arrastrando los pasos, aun cuando sus facultades intelectuales conservaban su prstina fuerza, haban adquirido acaso una mrbida energa, que solamente pudo haberles comunicado la enfermedad. Conociendo ella toda la cadena de circunstancias que eran un profundo secreto para los otros, poda inferir que, adems de la accin legtima de su propia conciencia, se haba empleado, y se empleaba todava contra el reposo y bienestar del Sr. Dimmesdale, una maquinaria terrible y misteriosa. Conociendo tambin lo que haba sido en otros tiempos este pobre hombre, ahora cado, su alma se llen de compasin al recordar el hondo sentimiento de terror con que le pidi ella,--la mujer despreciada,--que lo protegiese contra un enemigo que instintivamente haba descubierto; y decidi que el ministro tena el derecho de esperar de su parte todo el auxilio posible. Poco acostumbrada, en su largo aislamiento y estado de segregacin de la sociedad, medir sus ideas de lo justo de lo injusto segn el rasero comn, Ester vi, crey ver, que haba en ella una responsabilidad respecto Dimmesdale, superior la que tena para con el mundo entero. Los lazos que este ltimo la ligaron, cualquiera que hubiese sido su naturaleza, estaban todos destrudos. Por el contrario, respecto al ministro exista el frreo lazo del crimen mutuo, que ni l ni ella podan romper, y que, como todos los otros lazos, traa aparejadas consigo obligaciones ineludibles. Ester no ocupaba ya precisamente la misma posicin que en los primeros tiempos de su ignominia. Los aos se haban ido sucediendo, y Perla contaba ya siete de edad. Su madre, con la letra escarlata en el pecho, brillando con su fantstico bordado, era ahora una figura muy conocida en la poblacin; y como no se mezclaba en los asuntos pblicos privados de nadie, en nada ni para nada, se haba ido formando una especie de consideracin general hacia Ester. En honra de la naturaleza humana puede decirse que, excepto cuando interviene el egosmo, est ms dispuesta amar que odiar. El odio, por medio de un procedimiento silencioso y gradual, se puede transformar hasta en amor, siempre que ello no se opongan nuevas causas que mantengan vivo el sentimiento primero de hostilidad. En el caso de Ester Prynne, no haba ocurrido nada que lo agravase, porque jams ella se declar en contra del pblico, sino que se someti, sin quejarse, todo lo que ste quiso hacer, sin demandar nada en recompensa de sus sufrimientos. Hay que agregar la pureza inmaculada de su vida durante todos estos aos en que se haba visto segregada del trato social y declarada infame, y esa circunstancia influy mucho en favor suyo. No teniendo ahora nada que perder para con el mundo, y sin esperanzas, y acaso tampoco sin deseos de ganar alguna cosa, su vuelta la senda austera del deber slo podra atribuirse un verdadero amor de la virtud. Se haba notado igualmente que si bien Ester jams reclam la ms mnima participacin en los bienes y beneficios del mundo, excepto respirar el aire comn todos y ganar el sustento para Perlita y para ella misma con la labor de sus manos,--sin embargo, siempre se hallaba dispuesta servir sus semejantes, cuando la ocasin se presentaba. No haba nadie que con tanta prontitud y buena voluntad compartiera sus escasas provisiones con el pobre, aun cuando ste, en recompensa de los alimentos llevados con toda regularidad su puerta, de los vestidos trabajados por aquellos dedos que habran podido bordar el manto de un monarca, le pagase con un sarcasmo una palabra ofensiva. En tiempos de calamidad general, de epidemia, de escasez, nadie haba tan llena de abnegacin como Ester: en los hogares invadidos por la desgracia, all entraba ella, no como husped intruso inoportuno, sino como quien tiene pleno derecho hacerlo; cual si las sombras que esparce el dolor fueran el medio ms adecuado para poder tratar con sus semejantes. All brillaba la letra escarlata manera de luz que derrama consuelo y bienestar: smbolo del pecado en todas partes, en la cabecera del enfermo era emblema de caridad y conmiseracin. En casos tales, la naturaleza de Ester se mostraba con todo el calor que le era innato, y con aquella ternura y suavidad que nunca dejaban de producir el efecto deseado en los afligidos que ella acudan. Su seno, con el signo de ignominia que en l luca, puede decirse que era el regazo donde poda reposar en calma la cabeza del infortunado. Era una hermana de la caridad, ordenada por s misma, mejor dicho, ordenada por la ruda mano del mundo, cuando ni ste, ni ella, podan prever semejante resultado. La letra escarlata fu el smbolo de su vocacin. Ester se volvi tan til, despleg tal facultad de hacer el bien y de identificarse con los dolores ajenos, que muchas personas se negaron dar la _A_ escarlata su significado primitivo de "Adltera," y decan que en realidad significaba--"Abnegacin." Tales eran las virtudes manifestadas por Ester Prynne! Slo las moradas en que el infortunio haba arrojado un velo sombro, eran las que podan retenerla; desde el instante en que comenzaban iluminarlas los rayos de la felicidad, Ester desapareca. El husped caritativo y servicial se alejaba, sin dar siquiera una mirada de despedida en que recoger el tributo de gratitud que le era debido, si es que exista alguna en los corazones de aquellos quienes haba servido con tanto celo. Al encontrarlos en la calle, jams levantaba la cabeza para recibir su saludo; y si alguno se diriga ella resueltamente, entonces indicaba en silencio la letra escarlata con un dedo, y continuaba su camino. Esto podra atribuirse orgullo, pero se asemejaba tanto la humildad, que produca en el espritu del pblico todo el efecto conciliador de esta virtud. El temperamento del pblico es en lo general desptico, y capaz de denegar la justicia ms evidente, cuando se demanda con demasiada exigencia como de derecho; pero concede frecuentemente ms de lo que se pide, si, como sucede con los dspotas, se apela enteramente su generosidad. Interpretando la conducta de Ester como una apelacin de esta naturaleza, la sociedad se hallaba inclinada tratar su antigua vctima con mayor benignidad de la que ella misma deseaba tal vez mereca. Los gobernantes de aquella comunidad tardaron ms tiempo que el pueblo en reconocer la influencia de las buenas cualidades de Ester. Las preocupaciones que compartan en comn con aquel, adquiran en ellos mayor fuerza merced una serie de razonamientos que dificultaba en extremo la tarea de desentenderse de dichas prevenciones. Sin embargo, da tras da, sus rostros avinagrados y rgidos se fueron desarrugando y adquiriendo algo que, con el transcurso de los tiempos, se podra tomar por una expresin de benevolencia. As aconteca tambin con los hombres de alto copete, que se consideraban los guardianes de la moralidad pblica. Los individuos privados haban perdonado ya completamente Ester Prynne su fragilidad; an ms, haban empezado considerar la letra escarlata, no como el signo que denunciaba una falta, tan larga y duramente expiada, sino como el smbolo de sus muchas y buenas acciones. "Vis esa mujer con la divisa bordada?"--decan los extraos. "Es nuestra Ester, la Ester de nuestra poblacin, tan compasiva con los pobres, tan servicial con los enfermos, tan consoladora para los afligidos." Cierto es que entonces la propensin de la naturaleza humana referir lo malo cuando se trata de otro, les impela tambin contar en voz baja el escndalo de otros tiempos. Y pesar de todo, era un hecho real que los ojos de las mismas personas que as hablaban, la letra escarlata produca un efecto parecido al de la cruz en el pecho de una monja, comunicando la que la llevaba una especie de santidad, que le permita atravesar con toda seguridad por en medio de cualquier clase de peligro. Si hubiera cado entre ladrones, la habra protegido. Se deca, y muchos lo crean, que un indio dispar una vez una flecha contra la letra, y que, al tocarla, cay la flecha al suelo hecha pedazos, sin haberle causado el menor dao la letra. El efecto de la divisa, mejor dicho, de la posicin que sta indicaba con respecto la sociedad, fu poderoso y peculiar en el nimo de Ester. Toda la gracia y ligereza de su espritu haban desaparecido influjos de esta funesta letra, dejando solamente algo ostensiblemente rudo y tosco, que habra podido hasta ser repulsivo para sus amigas compaeras, haberlas tenido. Los atractivos fsicos de su persona haban experimentado un cambio igual; quiz debido en parte la seriedad de su traje, y en parte la sequedad de sus maneras. Tambin fu una triste transformacin la que experiment su hermosa y esplndida cabellera que, haba sido cortada, estaba tan completamente oculta bajo su gorra, que ni siquiera se alcanzaba ver uno solo de sus rizos. En consecuencia de todas estas causas, pero aun mucho ms debido algo desconocido, pareca que no haba ya en el rostro de Ester nada que pudiera atraer las miradas del amor; nada en la figura de Ester, aunque majestuosa y semejante una estatua, que despertara en la pasin el anhelo de estrecharla entre sus brazos; nada en el corazn de Ester que pudiera responder los latidos amorosos de otro corazn. Algo haba desaparecido en ella, algo completamente femenino, como acontece con frecuencia cuando la mujer ha pasado por pruebas de una severidad peculiar: porque si ella es toda ternura, esto le costar la vida; y si sobreviviere estas pruebas, entonces esa ternura tiene que extinguirse por completo, reconcentrarse tan hondamente en el corazn, que jams se podr mostrar de nuevo. Tal vez esto ltimo sea lo ms exacto. La que una vez fu una verdadera mujer, y ha cesado de serlo, puede cada instante recobrar sus atributos femeninos, si solamente viene el toque mgico que efecte la transfiguracin. Ya veremos si Ester Prynne recibi ms tarde ese toque mgico y qued transfigurada. Mucha parte de la frialdad marmrea de que pareca estar dotada Ester, debe atribuirse la circunstancia de que se haba operado un gran cambio en su vida, reinando ahora el pensamiento donde antes reinaban la pasin y los sentimientos. Estando sola en el mundo, sola en cuanto depender de la sociedad, y con la pequea Perla quien guiar y proteger,--sola y sin esperanzas de mejorar su posicin, aunque no hubiera desdeado semejante idea,--arroj lejos de s los fragmentos de una cadena hecha pedazos. La ley universal no era la ley de su espritu. Viva adems en una poca en que la inteligencia humana, recientemente emancipada, haba desplegado mayor actividad y entrado en una esfera ms vasta de accin que lo que haba hecho durante muchos siglos. Nobles y tronos haban sido derrocados por los hombres de la espada; y antiguas preocupaciones haban sido destrudas por hombres aun ms atrevidos que aquellos. Ester se haba penetrado de este espritu puramente moderno, adoptando una libertad de especulacin, comn entonces al otro lado del Atlntico, pero que, haber tenido noticia de ello nuestros antepasados, lo habran juzgado un pecado ms mortal que el que estigmatizaron con la letra escarlata. En su cabaa solitaria, orillas del mar, la visitaban ideas y pensamientos tales, como no era posible que se atrevieran penetrar en otra morada de la Nueva Inglaterra: huspedes invisibles, que habran sido tan peligrosos para los que les daban entrada en su espritu, como si se les hubiera visto en trato familiar con el enemigo del gnero humano. Es digno de notarse que las personas que se entregan las ms atrevidas especulaciones mentales, son con frecuencia tambin las que ms tranquilamente se conforman las leyes externas de la sociedad. El pensamiento les basta, sin que traten de convertirlo en accin. As parece que pasaba con Ester. Sin embargo, si no hubiera tenido Perla, las cosas habran sido muy diferentes. Entonces tal vez su nombre brillara hoy en la Historia como la fundadora de una secta religiosa par de Ana Hutchinson:[17] quizs habra sido una especie de profetisa; pero probablemente los severos tribunales de la poca la habran condenado muerte por intentar destruir los fundamentos en que descansaba la colonia puritana. Pero en la educacin de su hija, la osada de sus pensamientos haba abatido en gran parte su entusiasta vuelo. En la persona de su niita, la Providencia le haba asignado Ester la tarea de hacer que germinaran y florecieran, en medio de grandes dificultades, los ms dignos atributos de la mujer. Todo estaba en contra de la madre: el mundo le era hostil; la naturaleza misma de la nia tena algo perverso en su esencia, que haca recordar continuamente que en su nacimiento haba presidido la culpa,--el resultado de la pasin desordenada de la madre,--y repetidas veces se preguntaba Ester con amargura si esta criaturita haba venido al mundo para bien para mal. Verdad es que la misma pregunta se haca respecto al gnero humano en general. Vala la pena aceptar la existencia, aun los ms felices entre los mortales? Por lo que ella misma tocaba, tiempo haca que la haba contestado por la negativa, dando el punto por completamente terminado. La tendencia la especulacin, aunque puede verter la calma en el espritu de la mujer, como sucede con el hombre, la vuelve sin embargo triste, pues acaso v ante s una tarea irrealizable. Primeramente, todo el edificio social tiene que derribarse, y reconstruirse todo de nuevo; luego, la naturaleza del hombre tiene que modificarse esencialmente antes de permitrsele la mujer que ocupe lo que parece ser una posicin justa y adecuada; y, finalmente, aun despus de allanadas todas las otras dificultades, la mujer no podr aprovecharse de todas estas reformas preliminares hasta que ella misma haya experimentado un cambio radical, en el cual, quiz, la esencia etrea, que constituye el alma verdaderamente femenina, se habra evaporado por completo. Una mujer nunca resuelve estos problemas con el mero uso del pensamiento: son irresolubles, solamente pueden resolverse de una manera. Si por casualidad prepondera el corazn, los problemas se desvanecen. Ester, cuyo corazn, por decirlo as, haba perdido su ritmo regular y saludable, vagaba errante, sin luz que la guiase, en el sombro laberinto de su espritu; y veces se apoderaba de ella la duda terrible de si no sera mejor enviar cuanto antes Perla al cielo, y presentarse ella tambin aceptar el destino que la Eterna Justicia la creyese acreedora. La letra escarlata no haba llenado el objeto que se la destin. Ahora, sin embargo, su entrevista con el Reverendo Sr. Dimmesdale en la noche de la vigilia de ste, la haba proporcionado nueva materia de reflexiones, presentndole en perspectiva un objeto digno de toda clase de esfuerzos y sacrificios para conseguirlo. Haba presenciado el suplicio intenso bajo el cual luchaba el ministro, , para hablar con ms propiedad, haba cesado de luchar. Vi que se encontraba al borde de la locura, si es que ya su razn no se haba hundido. Era imposible dudar que, por mucha que fuese la eficacia dolorosa de un punzante y secreto remordimiento, un veneno mucho ms mortfero le haba sido administrado por la misma mano que pretenda curarle. Bajo la capa de amigo y favorecedor mdico, haba constantemente su lado un secreto enemigo que se aprovechaba de las oportunidades que as se le presentasen para tocar, con malvada intencin, todos los resortes de la naturaleza delicada del Sr. Dimmesdale. Ester no poda menos de preguntarse si no fu desde el principio una falta de valor, de sinceridad y de lealtad de parte suya, permitir que el ministro se encontrara en una situacin de la que nada bueno, y s mucho malo, podra esperarse. Su nica justificacin era la imposibilidad en que haba estado de hallar otro medio de librarle de una ruina aun ms terrible de la que ella le haba cado en suerte. Lo nico posible fu acceder al plan del disfraz de Rogerio Chillingworth. Movida de esta idea, se decidi, entonces, como ahora lo comprenda, por el partido peor que pudiera haber adoptado. Determin, por lo tanto, remediar su error hasta donde le fuera posible. Fortalecida por aos de rudas pruebas, ya no se senta tan incapacitada para luchar con Rogerio como la noche aquella en que, abatida por el pecado, y medio loca por la ignominia que acababa de ser expuesta, tuvo con l la entrevista en el cuarto de la prisin. Desde entonces, su espritu se haba ido remontando mayores alturas; mientras que el anciano mdico haba ido descendiendo al nivel de Ester, quizs muy por debajo de ella, merced la idea de venganza de que se hallaba posedo. En una palabra, Ester resolvi tener una nueva entrevista con su antiguo marido, y hacer cuanto estuviera en su poder para salvar la vctima de que evidentemente se haba apoderado. La ocasin no tard en presentarse. Una tarde, pasendose con Perla en un sitio retirado en las cercanas de su cabaa, vi al viejo mdico con un cesto en una mano, y un bastn en la otra, buscando hierbas y races para confeccionar sus remedios y medicinas. XIV ESTER Y EL MDICO Ester le dijo Perla que corretease por la ribera del mar y jugara con las conchas y las algas marinas, mientras ella hablaba un rato con el hombre que estaba recogiendo hierbas cierta distancia; por consiguiente, la nia parti como un pjaro, y descalzndose los piececitos empez recorrer la orilla hmeda del mar. Aqu y all se detena junto un charco de agua dejado por la marea, y se pona mirarse en l como si fuera un espejo. Reflejbase en el charco la imagen de la niita con brillantes y negros rizos y la sonrisa de un duendecillo, la que Perla, no teniendo otra compaera con quien jugar, invitaba que la tomara de la mano y diese una carrera con ella. La imagen repeta la misma seal como diciendo:--"Este es un lugar mejor: ven aqu;"--y Perla, entrando en el agua hasta las rodillas, contemplaba sus piececitos blancos en el fondo mientras, aun ms profundamente, vea una vaga sonrisa flotar en el agua agitada. Entretanto la madre se haba acercado al mdico. --Quisiera hablarte una palabra,--dijo Ester,--una palabra que ambos nos interesa. --Hola! Es la Sra. Ester la que desea hablar una palabra con el viejo Rogerio Chillingworth?--respondi el mdico, irguindose lentamente.--Con todo mi corazn, continu; vamos, seora, oigo solamente buenas noticias vuestras en todas partes. Sin ir ms lejos, ayer por la tarde, un magistrado, hombre sabio y temeroso de Dios, estaba discurriendo conmigo acerca de vuestros asuntos, Sra. Ester, y me dijo que se haba estado discutiendo en el Consejo si se podra quitar de vuestro pecho, sin que padeciera la comunidad, esa letra escarlata que ostentis. Os juro por mi vida, Ester, que rogu encarecidamente al digno magistrado que se hiciera eso sin prdida de tiempo. --No depende de la voluntad de los magistrados quitarme esta insignia,--respondi tranquilamente Ester.--Si yo fuere digna de verme libre de ella, ya se habra cado por s misma, se habra transformado en algo de una significacin muy diferente. --Llevadla, pues, si as os place,--replic el mdico.--Una mujer debe seguir su propio capricho en lo que concierne al adorno de su persona. La letra est bellamente bordada, y luce muy bien en vuestro pecho. Mientras as hablaban, Ester haba estado observando fijamente al anciano mdico, y se qued sorprendida la vez que espantada, al notar el cambio que en l se haba operado en los ltimos siete aos; no porque hubiera envejecido, pues aunque eran visibles las huellas de la edad, pareca retener aun su vigor y antigua viveza de espritu; pero aquel aspecto de hombre intelectual y estudioso, tranquilo y apacible, que era lo que ella mejor recordaba, haba desaparecido por completo, reemplazndole una expresin ansiosa, escudriadora, casi feroz, aunque reservada. Pareca que su deseo y su propsito eran ocultar esa expresin bajo una sonrisa, pero sta le venda, pues vagaba tan irrisoriamente por su rostro, que el espectador poda, merced ella, discernir mejor la negrura de su alma. De vez en cuando brillaban sus ojos con siniestro fulgor, como si el alma del anciano fuera presa de un incendio, que se manifestara solo de tarde en tarde por una rpida explosin de clera y momentnea llamarada. Esto lo reprima el mdico tan pronto como le era posible, y trataba entonces de parecer tan tranquilo como si nada hubiera sucedido. En una palabra, el viejo mdico era un ejemplo de la extraordinaria facultad que tiene el hombre de transformarse en un demonio, si quiere por cierto tiempo desempear el oficio de ste. Transformacin tal se haba operado en el mdico, por haberse dedicado durante siete aos al constante anlisis de un corazn lleno de agona, hallando su placer en esa tarea, y aadiendo, por decirlo as, combustible las horribles torturas que analizaba y en cuyo anlisis hallaba tan intenso placer. La letra escarlata abrasaba el seno de Ester Prynne. Aqu haba otra ruina de que ella era en parte responsable. --Qu vis en mi rostro, que contemplis con tal gravedad de expresin?--pregunt el mdico. --Algo que me hara llorar, si para ello hubiese en m lgrimas bastante acerbas,--respondi Ester;--pero no hablemos de eso. De aquel infortunado hombre es de quien quisiera hablar. --Y qu hay con l?--pregunt el mdico con ansiedad, como si el tema fuera muy de su agrado, y se alegrara de hallar una oportunidad de discutirlo con la nica persona con quien pudiera hacerlo.--Para decir la verdad, mi Sra. Ester, precisamente mis pensamientos estaban ahora ocupados en ese caballero: de consiguiente, hablad con toda libertad, que os responder. --Cuando nos hablamos la ltima vez, dijo Ester, de esto hace unos siete aos, os complacsteis en arrancarme la promesa de que guardara el secreto acerca de las relaciones que en otro tiempo existieron entre nosotros. Como la vida y el buen nombre del ministro estaban en vuestras manos, no me qued otra cosa que hacer sino permanecer en silencio de acuerdo con vuestro deseo. Sin embargo, no sin graves presentimientos, me obligu ello; porque hallndome desligada de toda obligacin para con los dems seres humanos, no lo estaba para con l; y algo haba que me murmuraba en los odos que al empear mi palabra de que obedecera vuestro mandato, le estaba haciendo traicin. Desde entonces, nadie como vos se halla tan cerca de l: segus cada uno de sus pasos; estis su lado, despierto dormido; escudriis sus pensamientos; minis y ulceris su corazn; su vida est en vuestras garras; le estis matando con una muerte lenta, y todava no os conoce, no sabe quin sois. Al permitir yo esto, he procedido con falsedad respecto al nico hombre con quien tena el deber de ser sincera. --Qu otro camino os quedaba?--pregunt el mdico.--Si yo hubiera sealado este hombre con el dedo, habra sido arrojado de su plpito un calabozo--y de all tal vez al cadalso. --Habra sido preferible,--dijo Ester. --Qu mal le he hecho ese hombre?--pregunt de nuevo el mdico.--Te aseguro, Ester Prynne, que con los honorarios ms crecidos y valiosos que un monarca pudiera haber pagado un facultativo, no se habra conseguido todo el esmero y la atencin que he consagrado este infeliz eclesistico. no ser por m, su vida se habra extinguido en medio de tormentos y agonas en los dos primeros aos que siguieron la perpetracin de su crimen y el tuyo. Porque t sabes, Ester, que su alma carece de la fortaleza de la tuya para sobrellevar, como lo has hecho, un peso semejante al de tu letra escarlata. Oh! yo podra revelar un secreto digno de ser conocido! Pero basta sobre este punto. Lo que la ciencia puede hacer, lo he hecho en su beneficio. Si aun respira y se arrastra en este mundo, m solamente lo debe. --Ms le valiera haber muerto de una vez,--dijo Ester. --S, mujer, tienes razn,--exclam el viejo Rogerio haciendo brillar en los ojos todo el fuego infernal de su corazn;--ms le valiera haber muerto de una vez. Jams mortal alguno padeci lo que este hombre ha padecido.... Y todo, todo, la vista de su peor enemigo. Ha tenido una vaga sospecha acerca de m: ha sentido que algo se cerna siempre sobre l manera de una maldicin; conoca instintivamente que la mano que sondeaba su corazn no era mano amiga, y que haba un ojo que le observaba, buscando solamente la iniquidad, y la ha encontrado. Pero no saba que esa mano y ese ojo fueran los mos! Con la supersticin comn su clase, se imaginaba entregado un demonio para que le atormentara con sueos espantosos, con pensamientos terribles, con el aguijn del remordimiento, y con la creencia de que no ser perdonado, todo como anticipacin de lo que le espera ms all de la tumba. Pero era la sombra constante de mi presencia, la proximidad del hombre quien ms vilmente haba ofendido, y que vive tan solo merced este veneno perpetuo del ms intenso deseo de venganza. S; s por cierto! No se equivocaba, tena un enemigo implacable junto s. Un mortal, dotado en otro tiempo de sentimientos humanos, se ha convertido en un demonio para su tormento especial. El infortunado mdico, al pronunciar estas palabras, alz los brazos con una mirada de horror, como si hubiera visto alguna forma espantosa, que no poda reconocer y estuviese usurpando el lugar de su propia imagen en un espejo. Era uno de esos raros momentos en que el aspecto moral de un hombre se revela con toda fidelidad los ojos de su alma. Probablemente jams se haba visto s mismo como se vea ahora. --No lo has torturado ya bastante?--le pregunt Ester notando la expresin del rostro del anciano.--No te ha pagado todo con usura? --No! no! Ha aumentado su deuda,--respondi el mdico, y medida que prosegua, su rostro fu perdiendo la expresin de fiereza, volvindose ms y ms sombro.--Te acuerdas, Ester, cmo era yo hace nueve aos? Aun entonces me encontraba en el otoo de mis das, y no al principio del otoo. Pero toda mi vida haba consistido en aos tranquilos de estudio severo y de meditacin, consagrados aumentar mis conocimientos, y tambin, fielmente, al progreso del bienestar del gnero humano. Ninguna vida haba sido tan pacfica inocente como la ma: pocas, tan ricas en beneficios conferidos. No recuerdas lo que yo era? Aunque fro en la apariencia, no era yo un hombre que pensaba en el bien de los dems, sin acordarse mucho de s mismo; bondadoso, sincero, justo, y constante en sus afectos, si bien stos no muy ardientes? No era yo todo esto? --Todo esto, y ms,--dijo Ester. --Y qu soy ahora?--pregunt el anciano, mirndola fijamente al rostro, y dejando que toda la perversidad de su alma se retratase en la fisonoma.--Qu soy yo ahora? Ya te he dicho lo que soy: un enemigo implacable: un demonio en forma humana. Quin me ha hecho as? --Yo he sido,--exclam Ester estremecindose.--Yo he sido, tanto ms que l. Por qu no te has vengado en m? --Te he dejado entregada la letra escarlata,--replic Rogerio.--Si eso no me ha vengado, no puedo hacer ms. Y puso un dedo en la letra, con una sonrisa. --Te ha vengado!--replic Ester. --Es lo que crea,--dijo el mdico.--Y ahora qu es lo que quieres de m respecto ese hombre? --Tengo que revelarle el secreto,--respondi Ester con firmeza,--tiene que ver y saber lo que realmente eres. No s cules sern las consecuencias. Pero esta deuda ma para con l, cuya ruina y tormento he sido, tiene al fin que quedar satisfecha. En tus manos est la destruccin la conservacin de su buen nombre y estado social, y tal vez hasta su vida. Ni puedo yo,-- quien la letra escarlata ha hecho comprender el valor de la verdad, si bien hacindola penetrar en el alma como con un hierro candente,--no, ni puedo yo percibir la ventaja que l reporte de vivir por ms tiempo esa vida de miseria y de horror, para rebajarme ante t implorarte compasin hacia tu vctima. No; haz con l lo que quieras. No hay nada bueno que esperar para l--ni para m--ni para t--ni aun siquiera para mi pequea Perla. No hay sendero alguno que nos saque de este triste y sombro laberinto. --Mujer, casi podra compadecerte,--dijo el mdico quien no fu posible contener un movimiento de admiracin, pues haba una cierta majestad en la desesperacin con que Ester se expres.--Haba en t grandes cualidades; y si hubieras hallado en tus primeros aos un amor ms adecuado que el mo, nada de esto habra acontecido. Te compadezco por todo lo bueno que en t se ha perdido. --Y yo t,--contest Ester,--por todo el odio que ha transformado en un monstruo infernal un hombre justo y sabio. Quieres despojarte de ese odio y volver de nuevo ser una criatura humana? Si no por l, lo menos por t. Perdona; y deja su ulterior castigo al Poder quien pertenece. Dije ahora poco que nada bueno podamos esperar l, ni t, ni yo, que andamos vagando juntos en este sombro laberinto de maldad, tropezando cada paso contra la culpa que hemos esparcido en nuestra senda. No es as. Puede haber algo bueno para t; s, para t solo, porque t eres el profundamente ofendido, y tienes el privilegio de poder perdonar. Quieres abandonar ese nico privilegio? Quieres rechazar esa ventaja de incomparable valor? --Basta, Ester, basta,--replic el anciano mdico con sombra entereza.--No me est concedido perdonar. No hay en m esa facultad de que hablas. Mi antigua fe, olvidada hace tiempo, se apodera de nuevo de m y explica todo lo que hacemos y todo lo que padecemos. El primer paso errado que diste, sembr el germen del mal; pero desde aquel momento ha sido todo una fatal necesidad. Vosotros que de tal modo me habis ofendido, no sois culpables, excepto en una especie de ilusin; ni soy yo el enemigo infernal que ha arrebatado al gran enemigo del gnero humano su oficio. Es nuestro destino. Deja que se desenvuelva como quiera. Contina en tu sendero, y haz lo que te parezca con ese hombre. Hizo una seal con la mano y sigui recogiendo hierbas y races. XV ESTER Y PERLA De este modo Rogerio Chillingworth,--viejo, deforme, y con un rostro que se quedaba grabado en la memoria de los hombres ms tiempo de lo que hubieran querido,--se despidi de Ester y continu su camino en la tierra. Iba recogiendo aqu una hierba, arrancaba ms all una raz, y lo pona todo en el cesto que llevaba al brazo. Su barba gris casi tocaba el suelo cuando, inclinado, prosegua hacia adelante. Ester le contempl un momento, con cierta extraa curiosidad, para ver si las tiernas hierbas de la temprana primavera no se marchitaran bajo sus pies, dejando un negro y seco rastro al travs del alegre verdor que cubra el suelo. Se preguntaba qu clase de hierbas seran esas que el anciano recoga con tanto cuidado. No le ofrecera la tierra, avivada para el mal, en virtud del influjo de su maligna mirada, races y hierbas venenosas de especies hasta ahora desconocidas que brotaran al contacto de sus dedos? no bastara ese mismo contacto para convertir en algo deletreo y mortfero los productos ms saludables del seno de la tierra? El sol, que con tanto esplendor brillaba donde quiera, derramaba realmente sobre l sus rayos benficos? acaso, como ms bien pareca, le rodeaba un crculo de fatdica sombra que se mova par de l donde quiera que dirigiera sus pasos? Y dnde iba ahora? No se hundira de repente en la tierra, dejando un lugar estril y calcinado que con el curso del tiempo se cubrira de mortfera yerba mora, beleo, cicuta, apcimo, y toda otra clase de hierbas nocivas que el clima produjese, creciendo all con horrible abundancia? tal vez extendera enormes alas de murcilago, y echando volar en los espacios, parecera tanto ms feo cuanto ms ascendiera hacia el cielo? --Sea no un pecado,--dijo Ester con amargura y con la mirada fija en el viejo mdico,--odio ese hombre! Se reprendi s misma causa de ese sentimiento, pero ni pudo sobreponerse l ni disminuir su intensidad. Para conseguirlo, pens en aquellos das, ya muy lejanos, en que Rogerio acostumbraba dejar su cuarto de estudio la cada de la tarde, y vena sentarse junto la lumbre del hogar, los rayos de luz de su sonrisa nupcial. Deca entonces que necesitaba calentarse al resplandor de aquella sonrisa, para que desapareciera de su corazn de erudito el fro producido por tantas horas solitarias pasadas entre sus libros. Escenas semejantes le parecieron en otro tiempo investidas de cierta felicidad; pero ahora, contempladas al travs de los acontecimientos posteriores, se haban convertido en sus recuerdos ms amargos. Se maravillaba de que hubiera habido tales escenas; y sobre todo, de que se hubiera dejado inducir casarse con l. Consideraba eso el crimen mayor de que tuviera que arrepentirse, as como haber correspondido la fra presin de aquella mano, y haber consentido que la sonrisa de sus labios y de sus ojos se mezclara las de aquel hombre. Y le pareca que el viejo mdico, al persuadirla, cuando su corazn inexperto nada saba del mundo, al persuadirla que se imaginase feliz su lado, haba cometido una ofensa mayor que todo lo que l se le hubiere hecho. --S, le odio!--repiti Ester con ms intenso rencor que antes.--Me ha engaado! Me hizo un mal mucho mayor que cuanto yo le he inferido! Tiemble el hombre que consigue la mano de una mujer, si al mismo tiempo no obtiene por completo todo el amor de su corazn! De lo contrario, le acontecer lo que Rogerio Chillingworth, cuando un acento ms poderoso y elocuente que el suyo despierte las dormidas pasiones de la mujer; entonces le echarn en cara hasta aquel apacible contento, aquella fra imagen de la felicidad que se la hizo creer era la calurosa realidad. Pero Ester hace tiempo que deba haberse desentendido de esta injusticia. Qu significaba? Acaso los siete largos aos de tortura con la letra escarlata haban producido dolores indecibles sin que en su alma hubiese penetrado el remordimiento? Las emociones de aquellos breves instantes, en que estuvo contemplando la figura contrahecha del viejo Rogerio, arrojaron una luz en el espritu de Ester, revelando muchas cosas de que, de otro modo, ella misma no se habra dado cuenta. Una vez que el mdico hubo desaparecido, llam su hijita. --Perla! Perlita! dnde ests? Perla, cuya actividad de espritu jams flaqueaba, no haba carecido de distracciones mientras su madre hablaba con el anciano herbolario. Al principio se divirti contemplando su propia imagen en un charco de agua; luego hizo pequeas embarcaciones de corteza de abedul y las carg de conchas martimas, zozobrando la mayor parte; despus se empe en tomar entre sus dedos la blanca espuma que dejaban las olas al retirarse, y la esparca al viento; percibiendo luego una bandada de pajarillos ribereos, que revoloteaban lo largo de la playa, la traviesa nia se llen de pequeos guijarros el delantal, y deslizndose de roca en roca en persecucin de estas avecillas, depleg una destreza notable en apedrearlas. Un pajarito de pardo color y pecho blanco fu alcanzado por un guijarro, y se retir revoloteando con el ala quebrada. Pero entonces la nia ces de jugar, porque le caus mucha pena haber hecho dao aquella criaturita tan caprichosa como la brisa del mar como la misma Perla. Su ltima ocupacin fu reunir algas marinas de varias clases, haciendo con ellas una especie de banda manto y un adorno para la cabeza, lo que le daba el aspecto de una pequea sirena. Perla haba heredado de su madre la facultad de idear trajes y adornos. Como ltimo toque su vestido de sirena, tom algunas algas y se las puso en el pecho imitando, lo mejor que pudo, la letra A que brillaba en el seno de su madre y cuya vista le era tan familiar, con la diferencia de que esta A era verde y no escarlata. La nia inclin la cabecita sobre el pecho y contempl este ornato con extrao inters, como si la nica cosa para que hubiera sido enviada al mundo fuese para desentraar su oculta significacin. --Quisiera saber si mi madre me preguntar qu significa esto?--pens Perla. Precisamente oy entonces la voz de su madre, y corriendo con la misma ligereza que revoloteaban los pajaritos ribereos, se present ante Ester, bailando, riendo, y sealando con el dedo el adorno que se haba fijado en el pecho. --Mi Perlita,--dijo la madre despus de un momento de silencio,--la letra verde y en tu seno infantil no tiene objeto. Pero sabes t, hija ma, lo que significa la letra que tu madre tiene que llevar? --S, madre,--dijo la nia,--es la A mayscula. T me lo has enseado en la cartilla. Ester la mir fijamente; pero aunque en los ojos negros de la nia haba la singular expresin que tantas veces notara en ellos, no pudo descubrir si para Perla tena realmente alguna significacin aquel smbolo, y experiment una mrbida curiosidad de averiguarlo. --Sabes acaso, hija ma, por qu tu madre lleva esta letra? --S lo s,--respondi Perla fijando su inteligente mirada en el rostro de la madre,--por la misma causa que el ministro se lleva la mano al corazn. --Y cul es esa causa?--pregunt Ester medio sonrindose al principio con la absurda respuesta de la nia, pero palideciendo un momento despus.--Qu tiene que ver la letra con ningn corazn, excepto el mo? --Nada, madre; he dicho todo lo que s,--respondi Perla con mayor seriedad de la que le era habitual.--Pregntale ese viejo con quien has estado hablando. Tal vez l te lo pueda decir. Pero dime, mi querida madre, qu significa esa letra escarlata? Y por qu la llevas t en el pecho? Y por qu el ministro se lleva la mano al corazn? Diciendo esto tom la mano de su madre entre las dos suyas y fij en su rostro las miradas con una expresin grave y reposada, poco comn en su inquieto y caprichoso carcter. Se le ocurri Ester la idea de que tal vez la nia estaba tratando realmente de identificarse con ella con infantil confianza, haciendo lo que poda y del modo ms inteligente que le era dable, para establecer entre las dos un lazo ms estrecho de cario. Perla se le mostraba bajo un aspecto que hasta entonces no haba visto. Aunque la madre amaba su hija con la intensidad de un afecto nico, haba tratado de conformarse con la idea de que no poda esperar en cambio sino muy poco: un cario pasajero, vago, con arranques de pasin, petulante en sus mejores horas, que nos hiela con ms frecuencia que nos acaricia, que se muestra besando las mejillas con dudosa ternura, jugando con el pelo, de otro modo semejante, para desvanecerse el instante inmediato y continuar con sus juegos de costumbre. Y esto era lo que pensaba una madre acerca de su hijita, pues los extraos habran visto tan solo unos cuantos rasgos poco amables, hacindolos aparecer aun ms negros. Pero ahora se apoder de Ester la idea de que Perla, con su notable precocidad y perspicacia, haba llegado ya la edad en que poda hacerse de ella una amiga y confiarle mucho de lo que causaba el dolor de su corazn maternal, hasta donde fuera posible teniendo en cuenta la consideracin debida la nia y al padre. En el pequeo caos del carcter de Perla haba sin duda en embrin un valor indomable, una voluntad tenaz, un orgullo altivo que poda convertirse en respeto de s misma, y un desprecio por muchas cosas que, bien examinadas, se vera que estaban contaminadas de falsedad. Se hallaba igualmente dotada de afectos que, si bien poco tiernos, tenan todo el rico aroma de los frutos aun no madurados. Con todas estas altas cualidades crea Ester que esta nia se volvera una noble y excelente mujer, menos que la parte mala heredada de la madre fuese grande en demasa. La tendencia inevitable de Perla ocuparse en el enigma de la letra escarlata, pareca una cualidad innata en la nia. Ester haba pensado menudo que la Providencia, al dotar Perla con esta marcada propensin, lo hizo movida de una idea de justicia y de retribucin; pero nunca, hasta ahora, se le haba ocurrido preguntarse si, enlazada esta idea, no habra tambin la de benevolencia y perdn. Si tratara Perla teniendo en ella fe y confianza, considerndola mensajero espiritual al mismo tiempo que criatura terrestre, no sera su destino suavizar y finalmente desvanecer el dolor que haba convertido el corazn de su madre en una tumba? No servira tambin para ayudarla vencer la pasin, en un tiempo tan impetuosa, y aun hoy ni muerta ni dormida sino slo aprisionada en aquel sepulcro de su corazn? Tales fueron algunos de los pensamientos que bulleron en la mente de Ester, con tanta viveza como si en realidad algn sr misterioso se los hubiera murmurado al odo. Y all estaba Perla todo este tiempo estrechando entre las manecitas suyas la mano de su madre, con las miradas fijas en su rostro, mientras repeta una y otra vez las mismas preguntas. --Qu significa la letra, madre ma? y por qu la llevas t? y por qu se lleva el ministro la mano al corazn? --Qu le dir?--se pregunt Ester s misma.--No! Si este ha de ser el precio del afecto de mi hija, no puedo comprarlo tal costo. Despus habl en voz alta. --Tontuela,--le dijo,--qu preguntas son esas? Hay muchas cosas en este mundo que una nia no debe preguntar. Qu s yo acerca del corazn del ministro? Y en cuanto la letra escarlata, la llevo por lo bonito que lucen sus hilos de oro. En todos los siete aos ya transcurridos, jams Ester haba mostrado falsedad alguna respecto al smbolo que ostentaba su pecho, excepto en aquel momento, como si pesar de su constante vigilancia hubiese penetrado en su corazn una nueva enfermedad moral, alguna otra de antigua fecha no hubiera sido expulsada por completo. En cuanto Perla, la seriedad de su rostro ya haba desaparecido. Pero la nia no se di por vencida en el asunto de la letra escarlata; y dos tres veces, mientras regresaban su morada, y otras tantas durante la cena, y cuando su madre la estaba acostando, y aun una vez despus que pareca estar ya durmiendo, Perla con cierta malignidad en las miradas de sus negros ojos, continu su pregunta: --Madre, qu significa la letra escarlata? Y la maana siguiente, la primera seal que di la nia de estar despierta fu levantar la cabecita de la almohada y hacer la otra pregunta que de tan extrao modo haba asociado la letra escarlata: --Madre, madre, por qu tiene siempre el ministro la mano sobre el corazn? --Cllate, nia traviesa,--respondi la madre con una aspereza que nunca haba empleado hasta aquel momento.--No me mortifiques ms, te encerrar en un cuarto obscuro. XVI UN PASEO POR EL BOSQUE Ester permaneci firme en su propsito de hacer que el Reverendo Sr. Dimmesdale conociera el verdadero carcter del hombre que se haba apoderado de su confianza, fuesen cuales fuesen las consecuencias de su revelacin. Durante varios das, sin embargo, en vano busc la oportunidad de hablarle en uno de los paseos solitarios que el ministro acostumbraba dar, todo meditabundo, lo largo de la costa en las colinas cubiertas de bosques del campo vecino. No habra habido sin duda nada de escandaloso ni de particular, ni peligro alguno para la buena reputacin del ministro, si Ester le hubiera visitado en su propio estudio donde tanto penitente, antes de ahora, haba confesado culpas quizs aun ms graves que la que acusaba la letra escarlata. Pero sea que ella temiese la intervencin secreta pblica de Rogerio Chillingworth, que su conciencia le hiciera temer que se concibiese una sospecha, que ningn otro habra imaginado, que tanto el ministro como ella necesitaban de ms amplitud de espacio para poder respirar con toda libertad mientras hablasen juntos,-- quizs todas estas razones combinadas, lo cierto es que Ester nunca pens en hablarle en otro lugar sino la faz del cielo, y de ningn modo entre cuatro paredes. Al fin, una noche que asista un enfermo, supo que el Reverendo Sr. Dimmesdale, quien haban ido buscar para que le ayudase bien morir, haba partido visitar al apstol Eliot, all en su residencia entre sus indios convertidos, y que regresara probablemente el da siguiente al medioda. Al acercarse la hora indicada, tom de la mano Perla, su constante compaera, y parti en busca del Sr. Dimmesdale. El camino no era ms que un sendero que se perda en el misterio de una selva virgen, tan espesa que apenas poda entreverse el cielo al travs de las copas de los rboles. Ester la compar la soledad y laberinto moral en que haba estado ella vagando tanto tiempo. El da era fro y obscuro: cubran el firmamento espesas y cenicientas nubes ligeramente movidas por la brisa, lo que permita que de cuando en cuando se vislumbrara un rayo de sol que jugueteaba en la estrecha senda. Esta tenue y vacilante claridad se perciba siempre en la extremidad ms lejana, visible al travs de la selva, y parece como que se desvaneca se alejaba medida que los solitarios viajeros avanzaban en su direccin, dejando aun ms sombros los lugares en que brillaba, por lo mismo que haban esperado hallarlos luminosos. --Madre,--dijo Perla,--la luz del sol no te quiere. Corre y se oculta, porque tiene miedo de algo que hay en tu pecho. Mira ahora: all est jugando, una buena distancia de nosotros. Qudate aqu, y djame correr m para cogerla. Yo solamente soy una nia. No huir de m porque aun no llevo nada sobre mi pecho. --Y espero que nunca lo lleves, hija ma,--dijo Ester. --Y por qu no, madre?--pregunt Perla detenindose precisamente cuando iba emprender la carrera. No vendr eso por s mismo cuando yo sea una mujer grande? --Corre, hija ma,--respondi la madre,--y atrapa el rayo del sol, pues pronto se ir. Perla emprendi la carrera toda prisa y pronto se hall en medio de la luz del sol, riendo, toda iluminada por su esplendor, y con los ojos brillantes de alegra. Pareca como si el rayo solar se hubiera detenido en torno de la solitaria nia regocijndose en jugar con ella, hasta que la madre lleg bastante cerca para penetrar casi tambin en el crculo mgico. --Ahora se ir,--dijo Perla moviendo la cabeza. --Mira,--dijo Ester sonriendo,--ahora yo puedo alargar la mano y atrapar algo. Pero al intentarlo, el rayo de sol desapareci; , juzgar por la brillantez con que irradiaba el rostro de Perla, su madre poda haberse imaginado que la nia lo haba absorbido, y lo devolvera luego iluminando la senda por donde iban, cuando de nuevo penetrasen en los parajes sombros de la selva. Ninguno de los atributos de su tierna hija le causaba la madre tanta impresin como aquella vivacidad constante de espritu, reflejo quizs de la energa con que Ester haba luchado combatiendo sus ntimos dolores antes del nacimiento de Perla. Era ciertamente un encanto dudoso, que comunicaba al carcter de la nia cierto brillo metlico y duro. Necesitaba un dolor profundo para humanizarse y hacerse capaz de sentir compasin. Pero Perla tena tiempo sobrado para ello. --Ven, hija ma,--dijo Ester;--vamos sentarnos en el bosque y descansar un rato. --Yo no estoy cansada, madre,--replic la nia; pero t puedes sentarte si quieres, y entretanto contarme un cuento. --Un cuento, nia,--dijo Ester,--y qu clase de cuento? --Ah! algo acerca de la historia del Hombre Negro,--respondi asindola del vestido y mirndola con expresin entre seria y maliciosa.--Dme cmo recorre este bosque llevando bajo el brazo un libro grande, pesado, con broches de hierro; y como este Hombre Negro y feo ofrece su libro y una pluma de hierro todos los que le encuentran aqu entre los rboles, y como tambin todos tienen que escribir sus nombres con su propia sangre. Y entonces les hace una seal en el pecho. Has encontrado alguna vez al Hombre Negro, madre? --Y quin te ha contado esta historia, Perla?--pregunt la madre reconociendo una supersticin muy comn en aquella poca. --Aquella seora vieja que estaba sentada en un rincn junto la chimenea en la casa donde estuviste velando anoche,--dijo la nia. Ella me crea dormida mientras estaba hablando de eso. Dijo que mil y mil personas lo haban encontrado aqu, y haban escrito en su libro, y tenan su marca en el pecho. Y una de las que lo han visto es esa mujer de tan mal genio, la anciana Seora Hibbins. Y, madre, dijo tambin que esa letra escarlata que t tienes es la seal que te puso el Hombre Negro, y que brilla como una llama roja cuando lo ves media noche, aqu, en este bosque obscuro. Es verdad, eso, madre? Y es verdad que t vas verle de noche? --Te has despertado alguna vez sin que me hayas visto junto t?--le pregunt Ester. --No lo recuerdo,--dijo la nia.--Si temes dejarme sola en nuestra choza, debes llevarme contigo. Mucho me alegrara acompaarte. Pero, madre, dime ahora, existe semejante Hombre Negro? Y lo has visto alguna vez? Y es sta su seal? --Quieres dejarme en paz, si te lo digo de una vez?--le pregunt su madre. --S, si me lo dices todo,--respondi Perla. --Pues bien, una vez en mi vida encontr al Hombre Negro,--dijo la madre.--Esta letra escarlata es su seal. Conversando as, penetraron en el bosque lo bastante para ponerse cubierto de las miradas de algn transeunte casual, y se sentaron en el tronco carcomido de un pino que en otros tiempos habra sido un rbol gigantesco y ahora era tan solo una masa de musgo. El lugar en que se sentaron era una pequea hondonada, atravesada por un arroyuelo que se deslizaba sobre un lecho de hojas de rboles. Las ramas cadas de estos rboles interrumpan de trecho en trecho la corriente del arroyuelo, que formaba pequeos remolinos aqu y all, mientras en otras partes se deslizaba manera de un canal sobre un lecho de piedrecitas y arena. Siguiendo con la vista el curso del agua se vea veces en su superficie el reflejo de la luz del sol, pero pronto se perda en medio del laberinto de rboles y matorrales que crecan lo largo de sus orillas: aqu y all tropezaba con alguna gran roca cubierta de liquen. Todos estos rboles y estas rocas de granito parecan destinados hacer un misterio del curso de este arroyuelo, temiendo quizs que su incesante locuacidad revelase las historias de la antigua selva. Constantemente, es verdad, mientras el arroyuelo continuaba deslizndose hacia adelante, dejaba oir un suave, apacible y tranquilo murmurio, aunque lleno de dulce melancola, como el acento de un nio que pasara los primeros aos de su vida sin compaeros de su edad con quienes poder jugar, y no supiese lo que fuera estar alegre, por vivir entre tristes parientes y aun ms tristes acontecimientos. --Oh arroyuelo! Oh loco y fastidioso arroyuelo!--exclam Perla despus de prestar odo un rato sus murmullos.--Por qu ests tan triste? Cobra nimo y no ests todo el tiempo suspirando y murmurando! Pero el arroyuelo, en el curso de su existencia entre los rboles de la selva, haba pasado por una experiencia tan solemne que no poda menos sino expresarla con el rumor de sus ondas, y pareca que no tena otra cosa que decir. Perla se asemejaba al arroyuelo, en cuanto que la corriente de su vida haba brotado de una fuente tambin misteriosa, y se haba deslizado entre escenas harto sombras. Pero, todo lo contrario del arroyuelo, la nia bailaba, y se diverta y charlaba medida que su existencia transcurra. --Qu dice este arroyuelo tan triste, madre?--pregunt la nia. --Si tuvieras algn pesar que te abrumara, el arroyuelo te lo dira,--respondi la madre,--as como me habla m del mo. Pero ahora, Perla, oigo pasos en el camino y el ruido que forma el apartar las ramas de los rboles; vete jugar y djame que hable un rato con el hombre que viene all lo lejos. --Es el Hombre Negro?--pregunt Perla. --Vete jugar,--repiti la madre,--pero no te internes mucho en el bosque, y ten cuidado de venir en el instante que te llame. --S, madre,--respondi Perla,--pero si fuere el Hombre Negro, no quieres permitirme que me quede un rato para mirarlo con su gran libro bajo el brazo? --Vete jugar, tontuela,--dijo la madre impaciente,--no es el Hombre Negro. Ahora puedes verlo por entre los rboles. Es el ministro. --S, l es,--dijo la nia.--Y tiene la mano sobre el corazn, madre. Eso es porque cuando el ministro escribi su nombre en el libro, el Hombre Negro le puso la seal en el pecho. Y por qu no la lleva como t fuera del pecho? --Ve jugar ahora, nia, y atormntame despus cuanto quieras,--exclam Ester.--Pero no te alejes mucho. Qudate donde puedas oir la charla del arroyuelo. La nia se alej cantando lo largo de la corriente del arroyuelo, tratando de mezclar algunos acentos ms alegres la melanclica cadencia de sus aguas. Pero el arroyuelo no quera ser consolado y continu, como antes, refiriendo su secreto ininteligible de algo muy triste y misterioso que haba sucedido, lamentndose profticamente de algo que iba acontecer en la sombra floresta; pero Perla que tena harta sombra en su breve existencia, se alej del arroyuelo gemidor, y se puso recoger violetas y anmonas y algunas florecillas color de escarlata que encontr creciendo en los intersticios de una alta roca. Cuando la nia hubo partido, Ester di un par de pasos hacia el sendero que atravesaba la selva, aunque permaneciendo todava bajo la espesa sombra de los rboles. Vi al ministro que avanzaba solitario apoyndose en una rama que haba cortado en el camino. Su aspecto era el de una persona macilenta y dbil, y se revelaba en todo su sr un abatimiento, que nunca se haba notado en l en tanto grado, ni en sus paseos por la poblacin, ni en ninguna otra oportunidad en que creyera que se le pudiese observar. Aqu, en la intensa soledad de la selva, era penosamente visible. En su modo de andar haba una especie de cansancio, como si no viera razn alguna para dar un paso ms, ni experimentase el deseo de hacerlo, sino que con sumo placer, si es que algo pudiera causarle placer, habra preferido arrojarse al pie del rbol ms cercano y tenderse all descansar para siempre. Podran cubrirle las hojas, y el terreno elevarse gradualmente y formar un montecillo sobre su cuerpo, sin importar nada que ste estuviera animado no por la vida. La muerte era un objeto demasiado definido para que pudiese anhelarla desease evitarla. Para Ester, juzgar por lo que ella poda ver, el Reverendo Arturo Dimmesdale no presentaba sntoma ninguno visible de un padecimiento real y profundo, excepto que, como Perla ya haba notado, siempre se llevaba la mano al corazn. XVII EL PASTOR DE ALMAS Y SU FELIGRESA pesar de lo lentamente que caminaba el ministro, haba ste pasado casi de largo, antes de que Ester le hubiera sido posible hacerse oir y atraer su atencin. Al fin lo consigui. --Arturo Dimmesdale!--dijo al principio con voz apenas perceptible, pero que fu creciendo en fuerza, aunque un tanto ronca,--Arturo Dimmesdale! --Quin me llama?--respondi el ministro. Irguindose rpidamente, permaneci en esa posicin, como un hombre sorprendido en una actitud en que no quisiera haber sido visto. Dirigiendo las miradas con ansiedad hacia el lugar de donde proceda la voz, percibi vagamente bajo los rboles una forma vestida con traje tan obscuro, y que se destacaba tan poco en medio de la penumbra que reinaba entre el espeso follaje, que casi no daba paso la luz del medioda, que apenas pudo distinguir si era una sombra una mujer. Se adelant un paso hacia ella y descubri la letra escarlata. --Ester! Ester Prynne!--exclam,--eres t? Ests viva? --S,--respondi,--con la vida con que he vivido estos siete ltimos aos! Y t, Arturo Dimmesdale, vives an? No debe causar sorpresa que se preguntaran mtuamente si estaban realmente vivos, y que hasta dudasen de su propia existencia corporal. De tan extraa manera se encontraron en el crepsculo de aquella selva, que pareca como si fuese la primer entrevista que tuvieran ms all del sepulcro dos espritus que haban estado ntimamente asociados en su vida terrestre, pero que ahora se hallaban temblando, llenos de mutuo temor, sin haberse familiarizado an con su condicin presente, ni acostumbrado la compaa de almas desprovistas de sus cuerpos. Cada uno era un espritu que contemplaba, lleno de asombro, al otro espritu. Igualmente experimentaban respecto de s mismos una extraa sensacin, porque en aquel momento cada cual se le represent, de una manera viva intensa, toda su ntima historia y toda la amarga experiencia de la vida, como acontece tan solo en tales instantes en el curso de nuestra existencia. El alma se contempla en el espejo de aquel fugitivo momento. Con temor pues, y trmulamente, cual si lo hiciera impulsado por necesidad ineludible, extendi Arturo Dimmesdale su mano, fra como la muerte, y toc la helada mano de Ester Prynne. pesar de lo frgido del contacto de aquellas manos, se sintieron al fin habitantes de la misma esfera, desapareciendo lo que haba de extrao y misterioso en la entrevista. Sin hablar una sola palabra, sin que uno ni otro sirviera de gua su compaero, pero con silencioso y mutuo acuerdo, se deslizaron entre las sombras del bosque de donde haba salido Ester, y se sentaron en el mismo tronco de rbol cubierto de musgo en que ella y Perla haban estado sentadas antes. Cuando al fin pudieron hallar una voz con que hablarse, emitieron al principio solo las observaciones y preguntas que podran haber hecho dos conocidos cualesquiera, acerca de lo sombro del cielo, del mal tiempo que amenazaba, y luego de la salud de cada uno. Procedieron despus, por decirlo as, paso paso, y con muchos rodeos, tratar de los temas que ms profundamente les interesaban y ms pecho tenan. Separados tan largo tiempo por el destino y las circunstancias, necesitaban algo ligero, casual, casi indiferente en que ocuparse, antes de comenzar dar salida las ideas y pensamientos que realmente llenaban sus almas. Despus de un rato, el ministro fij los ojos en los de Ester. --Ester, dijo, has hallado la paz del alma? Ella sonri tristemente dirigindose una mirada al pecho. --La has hallado t?--le pregunt ella su vez. --No: no; solamente desesperacin,--contest el ministro.--Ni qu otra cosa poda esperar, siendo lo que soy, y llevando una vida como la que llevo? Si yo fuera ateo, si fuera un hombre desprovisto de conciencia, un miserable con instintos groseros y brutales, ya habra hallado la paz hace tiempo: mejor dicho, nunca la habra perdido. Pero tal como es el alma ma, cualquiera que fuese la capacidad que originalmente pudiera existir en m para el bien, todos los dones de Dios, los ms selectos y escogidos, se han convertido en otros tantos motivos de tortura espiritual. Ester, yo soy inmensamente infeliz! --El pueblo te reverencia,--dijo Ester,--y ciertamente producen mucho bien entre el pueblo tus palabras. No te proporciona esto consuelo? --Ms padecimientos, Ester, solo ms padecimientos!--contest Dimmesdale con una amarga sonrisa.--En cuanto al bien que yo pueda aparentemente hacer, no tengo fe en l. Qu puede realizar un alma perdida como la ma, en pro de la redencin de otras almas? Ni qu puede un alma manchada hacer en beneficio de la purificacin de otras almas? Y en cuanto la reverencia del pueblo, ojal que se convirtiera en odio y desprecio! Crees t, Ester, que pueda servirme de consuelo tener que subir mi plpito, y all exponerme las miradas de tantos que dirigen m sus ojos, como si resplandeciera en mi rostro la luz del cielo? tener que contemplar mi rebao espiritual sediento de verdad y oyendo mis palabras como si fueran vertidas por uno de los escogidos del Eterno, y luego contemplarme yo m mismo para no ver sino la triste y negra realidad que ellos idolatran? Ah! me he redo con intensa amargura y agona de espritu ante el contraste que existe entre lo que parezco y lo que soy verdaderamente! Y Satans se re tambin! --T eres injusto contigo mismo en esto,--dijo Ester con dulzura.--T te has arrepentido profunda y amargamente. Tu falta ha quedado relegada una poca que hace tiempo ha pasado para siempre. Tu vida presente no es menos santa, en realidad de verdad, de lo que aparece la vista de los hombres. No tiene por ventura fuerza alguna la penitencia que han puesto un sello y de que dan testimonio tus buenas obras? Y por qu no han de traer la paz tu espritu? --No, Ester, no!--replic el ministro.--No hay realidad en ello: es fro, inanimado y no puede producirme bien alguno. Padecimientos, he tenido muchos; penitencia, ninguna. De lo contrario, hace tiempo que debera haberme despojado de este traje de aparente santidad, y presentarme ante los hombres como me vern el da del Juicio Final. Feliz t, Ester, que llevas la letra escarlata al descubierto sobre el pecho! La ma me abrasa en secreto! T no sabes cun gran alivio es, despus de un fraude de siete aos, mirar unos ojos que me ven tal como soy. Si tuviera yo un amigo,-- aunque fuese mi peor enemigo,--al que, cuando me siento enfermo con los elogios de todos los otros hombres, pudiera abrir mi pecho diariamente para que me viese como al ms vil de los pecadores, creo que con eso recobrara nuevas fuerzas. Aun esa parte de verdad, con ser tan poca, me salvara.... Pero ahora, todo es mentira!--todo es vanidad!--todo es muerte! Ester le dirigi una mirada, quiso hablar, pero vacil. Sin embargo, al dar el ministro rienda suelta sus emociones largo tiempo reprimidas, y con la vehemencia que lo hizo, sus palabras ofrecieron Ester la oportunidad de decir aquello para lo cual le haba buscado. Venci sus temores, y habl. --Un amigo como el que ahora has deseado,--dijo,--con quien poder llorar sobre tu falta, lo tienes en m, la cmplice de esa falta. Vacil de nuevo, pero al fin pronunci con un gran esfuerzo estas palabras:--en cuanto un enemigo, largo tiempo lo has tenido, y has vivido con l, bajo un mismo techo. El ministro se puso en pie, buscando aire que respirar, y llevndose la mano al corazn como si quisiera arrancrselo del pecho. --Cmo! Qu dices?--exclam.--Un enemigo! Y bajo mi mismo techo! Qu quieres decir, Ester? Ester Prynne comprendi ahora perfectamente el mal inmenso hecho este hombre desgraciado, y de que era ella responsable, al dejarle permanecer por tantos aos, ms aun, por un solo momento, la merced de un hombre cuyo propsito y objeto no podan ser sino perversos. La sola proximidad de este enemigo, bajo cualquiera mscara que quisiera ocultarse, era ya suficiente para perturbar un alma tan delicadamente sensible como la de Arturo Dimmesdale. Hubo cierto tiempo en que Ester no se di bastante cuenta de todo esto; quizs, en la profunda contemplacin de su propia desgracia, dej que el ministro soportara lo que ella podra imaginarse que era un destino ms tolerable. Pero ltimamente, desde la noche aquella de su vigilia, sinti profunda compasin hacia l, pues poda leer ahora con ms acierto en su corazn. No dudaba que la continua presencia de Rogerio Chillingworth,--infectando con la ponzoa de su malignidad el aire que le rodeaba,--y su intervencin autorizada, como mdico, en las dolencias fsicas y espirituales del ministro, no dudaba, no, que todas esas oportunidades las haba aprovechado para fines aviesos. S, esas oportunidades le haban permitido mantener la conciencia de su paciente en un estado de irritacin constante, no para curarle por medio del dolor, sino para desorganizar y corromper su sr espiritual. Su resultado en la tierra sera indudablemente la locura; y ms all de esta vida, aquel eterno alejamiento de Dios y de la Verdad, del que la locura es acaso el tipo terrestre. tal estado de infortunio y miseria haba ella trado al hombre que en otro tiempo,--y, por qu no decirlo?--que aun amaba apasionadamente! Ester comprendi que el sacrificio del buen nombre del eclesistico y hasta la muerte misma, como se lo haba dicho Rogerio Chillingworth, habran sido infinitamente preferibles la alternativa que ella se haba visto obligada escoger. Y ahora, ms bien que tener que confesar este funesto error, hubiera querido arrojarse sobre las hojas de la selva y morir all los pies de Arturo Dimmesdale. --Oh Arturo!--exclam Ester,--perdname! En todas las cosas de este mundo he tratado de ser sincera y atenerme la verdad. La nica virtud que poda haberme aferrado, y la que me aferr fuertemente hasta la ltima extremidad, ha sido la verdad; en todas las circunstancias lo hice, excepto cuando se trat de tu bien, de tu vida, de tu reputacin; entonces consent en el engao. Pero una mentira nunca es buena, aun cuando la muerte nos amenace, No adivinas lo que voy decir?... Ese anciano,--ese mdico,--ese quien llaman Rogerio Chillingworth... fu mi marido! Arturo Dimmesdale la mir un instante con toda aquella violenta pasin que,--entrelazada de ms de un modo sus otras cualidades ms elevadas, puras y serenas,--era en realidad la parte que diriga sus ataques el enemigo del gnero humano, y por medio de la cual trataba de ganar todo el resto. Nunca hubo en su rostro una expresin de clera tan sombra y feroz como la que entonces vi Ester. Durante el breve espacio de tiempo que dur, fu verdaderamente una horrible transformacin. Pero el carcter de Dimmesdale en tal manera se haba debilitado por el sufrimiento, que aun esos arranques de energa de un grado inferior no podan durar sino un rpido momento. Se arroj al suelo y sepult el rostro entre las manos. --Deba haberlo conocido!--murmur.--S: lo conoc, No me revel ese secreto la voz ntima de mi corazn desde la primera vez que le v, y despus cuantas veces le he visto desde entonces? Por qu no lo comprend? Oh Ester Prynne! qu poco, qu poco conoces todo el horror de esto! Y la vergenza!... la vergenza!... la horrible fealdad de exponer un corazn enfermo y culpado las miradas del hombre que con ello tanto haba de regocijarse!... Mujer, mujer, t eres responsable de esto!... Yo no puedo perdonarte! --S, s; t tienes que perdonarme,--exclam Ester arrojndose junto l sobre las hojas del suelo.--Castgueme Dios, pero t tienes que perdonarme! Y con un rpido y desesperado arranque de ternura le rode el cuello con los brazos y le estrech la cabeza contra su seno, sin cuidarse de si la mejilla del ministro reposaba sobre la letra escarlata. Dimmesdale, aunque en vano, intent desasirse de los brazos que as le estrechaban. Ester no quiso soltarle por temor de que fijase en ella una mirada severa. El mundo entero la haba rechazado, y durante siete largos aos haba mirado con ceo esta pobre mujer solitaria,--y ella lo haba sufrido todo, sin devolver siquiera al mundo una mirada de sus ojos firmes, aunque tristes. El cielo tambin la haba mirado con ceo, y ella no haba sucumbido sin embargo. Pero el ceo de este hombre plido, dbil, pecador, quien el pesar abata de tal modo, era lo que Ester no poda soportar y seguir viviendo. --No me quieres perdonar? No quieres perdonarme?--repeta una y otra vez.--No me rechaces! Me quieres perdonar? --S, te perdono, Ester,--replic el ministro al fin, con hondo acento salido de un abismo de tristeza, pero sin clera.--Te perdono ahora de todo corazn. As nos perdone Dios entrambos. No somos los ms negros pecadores del mundo, Ester. Hay uno que es aun peor que este contaminado ministro del altar! La venganza de ese anciano ha sido ms negra que mi pecado. sangre fra ha violado la santidad de un corazn humano. Ni t ni yo, Ester, jams lo hicimos. --No: nunca, jams,--respondi ella en voz baja. Lo que hicimos tena en s mismo su consagracin, y as lo comprendimos. Nos lo dijimos mutuamente. Lo has olvidado? --Silencio, Ester, silencio,--dijo Arturo Dimmesdale alzndose del suelo;--no: no lo he olvidado. Se sentaron de nuevo uno al lado del otro sobre el musgoso tronco del rbol cado, con las manos mutuamente entrelazadas. Hora ms sombra que sta jams les haba trado la vida en el curso de los aos: era el punto que sus sendas se haban ido aproximando por tanto tiempo, obscurecindose cada vez ms y ms medida que avanzaban, y sin embargo tena todo aquello un encanto singular que les haca detenerse un instante, y otro, y despus otro, y aun otro ms. Tenebroso era el bosque que les rodeaba, y las ramas de los rboles crujan agitadas por rfagas violentas, mientras un solemne y aoso rbol se quejaba lastimosamente como si refiriese otro rbol la triste historia de la pareja que all se haba sentado, estuviera anunciando males futuros. Y all permanecieron aun ms tiempo. Cun sombro les pareca el sendero que llevaba la poblacin, donde Ester Prynne cargara de nuevo con el peso de su ignominia y el ministro se revestira con la mscara de su buen nombre! Y as permanecieron un instante ms. Ningn rayo de luz, por dorado y brillante que fuera, haba sido jams tan precioso como la obscuridad de esta selva tenebrosa. Aqu, vista solamente por los ojos del ministro, la letra escarlata no arda en el seno de la mujer cada. Aqu, visto solamente por los ojos de Ester, el ministro Dimmesdale, falso ante Dios y falso para con los hombres, poda ser sincero un breve momento. Dimmesdale se sobresalt la idea de un pensamiento que se le ocurri sbitamente. --Ester!--exclam--he aqu un nuevo horror! Rogerio Chillingworth conoce tu propsito de revelarme su verdadero carcter. Continuar entonces guardando nuestro secreto? Cul ser ahora la nueva faz que tome su venganza? --Hay en su naturaleza una extraa discrecin,--replic Ester pensativamente,--nacida tal vez de sus ocultos manejos de venganza. Yo no creo que publique el secreto, sino que busque otros medios de saciar su sombra pasin. --Y cmo podr yo vivir por ms tiempo respirando el mismo aire que respira este mi mortal enemigo?--exclam Dimmesdale, todo trmulo, y llevndose nerviosamente la mano al corazn,--lo que ya se haba convertido en l en acto involuntario.--Piensa por m, Ester; t eres fuerte. Resuelve por m. --No debes habitar ms tiempo bajo un mismo techo con ese hombre,--dijo Ester lenta y resueltamente.--Tu corazn no debe permanecer por ms tiempo expuesto la malignidad de sus miradas. --Sera peor que la muerte,--replic el ministro,--pero cmo evitarlo? Qu eleccin me queda? Me tender de nuevo sobre estas hojas secas, donde me arroj cuando me dijiste quien era? Deber hundirme aqu y morir de una vez? --Ah! de qu infortunio eras presa!--dijo Ester con los ojos anegados en llanto.--Quieres morir de pura debilidad de espritu? No hay otra causa. --El juicio de Dios ha cado sobre m,--dijo el eclesistico cuya conciencia estaba como herida de un rayo.--Es demasiado poderoso para luchar contra l. --El cielo tendr piedad de t!--exclam Ester. Ojal tuvieras la fuerza de aprovecharte de ella! --S t fuerte por m,--respondi Dimmesdale. Aconsjame lo que debo hacer. --Es por ventura el mundo tan estrecho?--exclam Ester fijando su profunda mirada en los ojos del ministro, y ejerciendo instintivamente un poder magntico sobre un espritu tan aniquilado y sumiso que apenas poda mantenerlo en pie.--Se reduce el universo los lmites de esa poblacin, que hace poco no era sino un desierto, tan solitario como esta selva en que estamos? dnde conduce ese sendero? De nuevo la poblacin, dices. S: de ese lado, ella conduce; pero del lado opuesto, se interna ms y ms en la soledad de los bosques, hasta que algunas millas de aqu las hojas amarillas no dejan ya ver vestigio alguno de la huella del hombre. All eres libre! Una jornada tan breve te llevar de un mundo, donde has sido tan intensamente desgraciado, otro en que aun pudieras ser feliz. No hay acaso en toda esta selva sin lmites un lugar donde tu corazn pueda estar oculto las miradas de Rogerio Chillingworth? --S, Ester; pero solo debajo de las hojas cadas--replic el ministro con una triste sonrisa. --Ah est tambin el vasto sendero del mar,--continu Ester:--l te trajo aqu; si t quieres, te llevar de nuevo tu hogar. En nuestra tierra nativa, ya en alguna remota aldea, en el vasto Londres,-- seguramente, en Alemania, en Francia, en Italia,--te hallars lejos del poder y conocimiento de ese hombre. Y qu tienes t que ver con todos estos hombres de corazn de hierro ni con sus opiniones? Ellos han mantenido en abyecta servidumbre, demasiado tiempo, lo que en t hay de mejor y de ms noble. --No puede ser,--respondi el ministro como si se le pidiese que realizara con sueo.--No tengo las fuerzas para ir. Miserable y pecador como soy, no me ha animado otra idea que la de arrastrar mi existencia terrenal en la esfera en que la Providencia me ha colocado. pesar de que mi alma est perdida, continuar haciendo todava lo que pueda en beneficio de la salud de otras almas. No me atrevo abandonar mi puesto, por ms que sea un centinela poco fiel, cuya recompensa segura ser la muerte y la deshonra cuando haya terminado su triste guardia. --Estos siete aos de infortunio y de desgracia te han abrumado con su peso,--replic Ester resuelta infundirle nimo con su propia energa.--Pero tienes que dejar todo eso detrs de t. No ha de retardar tus pasos si escoges el sendero de la selva y quieres alejarte de la poblacin; ni debes echar su peso en la nave, si prefieres atravesar el ocano. Deja estos restos del naufragio y estas ruinas aqu, en el lugar donde aconteci. Echa todo eso un lado. Cominzalo todo de nuevo. Has agotado por ventura todas las posibilidades de accin en el fracaso de una sola prueba? De ningn modo. El futuro est aun lleno de otras pruebas, y finalmente de buen xito. Hay aun felicidad de que disfrutar! Hay aun mucho bien que hacer! Cambia esta vida falsa que llevas por una de sinceridad y de verdad. Si tu espritu te inclina esa vocacin, s el maestro y el apstol de la raza indgena, ,--pues acaso se adapta ms tu naturaleza,--s un sabio y un erudito entre los ms sabios y renombrados del mundo de las letras. Predica: escribe: s hombre de accin. Haz cualquier cosa, excepto echarte al suelo y dejarte morir. Despjate de tu nombre de Arturo Dimmesdale, y crate uno nuevo, un nombre excelso, tal como puedes llevarlo sin temor ni vergenza. Por qu has de soportar un solo da ms los tormentos que de tal modo han devorado tu existencia,--que te han hecho dbil para la voluntad y para la accin,--y que hasta te privarn de las fuerzas para arrepentirte?--nimo; arriba, y adelante. --Oh Ester!--exclam Arturo Dimmesdale cuyos ojos brillaron un momento, para perder el fulgor inmediatamente, influjos del entusiasmo de aquella mujer,--oh Ester! ests hablando de emprender la carrera un hombre cuyas rodillas vacilan y tiemblan. Yo tengo que morir aqu! No tengo ya ni fuerzas, ni valor, ni energa para lanzarme un mundo extrao, inmenso, erizado de dificultades, y lanzarme solo. Era esta la ltima expresin del abatimiento de un espritu quebrantado. Le faltaba la energa para aprovecharse de la fortuna ms favorable que pareca estar su alcance. Repiti la palabra. --Solo, Ester! --T no irs solo,--respondi Ester con profundo acento. Y con esto, todo qued dicho. XVIII UN TORRENTE DE LUZ Arturo Dimmesdale fij los ojos en Ester con miradas en que la esperanza y la alegra brillaban, seguramente, si bien mezcladas con cierto miedo y una especie de horror, ante la intrepidez con que ella haba expresado lo que l vagamente indic y no se atrevi decir. Pero Ester Prynne, con un espritu lleno de innato valor y actividad, y por largo tiempo no slo segregada, sino desterrada de la sociedad, se haba acostumbrado una libertad de especulacin completamente extraa la manera de ser del eclesistico. Sin gua ni regla de ninguna clase haba estado vagando en una especie de desierto espiritual; tan vasto, tan intrincado, tan sombro y selvtico como aquel bosque en que estaban ahora sosteniendo un dilogo que iba decidir del destino de ambos. El corazn y la inteligencia de Ester puede decirse que se hallaban en su elemento en los lugares desiertos que ella recorra con tanta libertad como los indios salvajes sus bosques. Durante aos haba contemplado las instituciones humanas, y todo lo establecido por la religin las leyes, desde un punto de vista que le era peculiar; criticndolo todo con tan poca reverencia como la que experimentara el indio de las selvas por la toga judicial, la picota, el cadalso, la iglesia. Tanto su destino como los acontecimientos de su vida haban tendido hacer libre su espritu. La letra escarlata era su pasaporte para entrar en regiones que otras mujeres no osaban acercarse. La Vergenza, la Desesperacin, la Soledad: tales haban sido sus maestras; rudas y severas, pero que la haban hecho fuerte, aunque inducindola al error. El ministro, por el contrario, nunca haba pasado por una experiencia tal que le condujera poner en tela de juicio las leyes generalmente aceptadas; bien que en una sola ocasin hubiera quebrantado una de las ms sagradas. Pero esto haba sido un pecado cometido por la pasin, no las consecuencias de principios determinados, ni siquiera de un propsito. Desde aquella malhadada poca, haba observado con mrbido celo y minuciosidad, no sus acciones, porque stas eran fciles de arreglar, sino cada emocin por leve que fuera, y hasta cada pensamiento. Hallndose la cabeza del sistema social, como lo estaba el eclesistico en aquella poca, se encontraba por esa misma causa ms encadenado por sus reglas, sus principios y aun sus prevenciones injustas. Como ministro del altar que era, el mecanismo del sistema de la institucin lo comprima inevitablemente. Como hombre que haba cometido una falta una vez, pero que conservaba su conciencia viva y penosamente sensible, merced al roce constante de una herida que no se haba cicatrizado, poda suponrsele ms salvo de pecar de nuevo que si nunca hubiese delinquido. As nos parece observar que, en cuanto Ester, los siete aos de ignominia y destierro social haban sido slo una preparacin para esta hora. Pero, y Arturo Dimmesdale? Si este hombre delinquiera de nuevo, qu excusa podra presentarse para atenuar su crimen? Ninguna, menos que le valiera de algo decir que sus fuerzas estaban quebrantadas en virtud de largos intensos padecimientos; que su espritu estaba obscurecido y confuso por el remordimiento que lo corroa; que entre la alternativa de huir como un criminal confeso permanecer siendo un hipcrita, sera difcil hallar la decisin ms justa; que est en la naturaleza humana evitar el peligro de muerte infamia y las sutiles maquinaciones de un enemigo; y, finalmente, que este pobre peregrino, dbil, enfermo, infeliz, vi brillar inesperadamente, en su senda desierta y sombra, un rayo de afecto humano y de simpata, una nueva vida, llena de sinceridad, en cambio de la triste y pesada vida de expiacin que estaba ahora llevando. Y dgase tambin la siguiente y amarga verdad: la brecha que el delito ha abierto una vez en el alma humana, jams queda completamente cerrada mientras conservamos nuestra condicin mortal. Tiene que vigilarse y guardarse, para que el enemigo no penetre de nuevo en la fortaleza, y escoja quizs otros medios de entrar que los empleados antes. Pero siempre est all el muro abierto, y junto l el enemigo artificioso que, con cautela y hurtadillas, trata de obtener de nuevo una victoria ms completa. La lucha, si hubo alguna, no es preciso describirla; baste decir que Dimmesdale resolvi emprender la fuga, y no solo. --Si en todos estos siete aos pasados--pens--pudiera yo recordar un solo momento de paz de esperanza, an lo soportara todo confiando en la clemencia del Cielo; pero puesto que estoy irremediablemente condenado, por qu no gozar del solaz concedido al sentenciado antes de su ejecucin? si este sendero, como Ester trata de persuadirme, es el que conduce una vida mejor, por qu no seguirlo? Ni puedo vivir por ms tiempo sin la compaa de Ester, cuya fuerza para sostenerme es tan vigorosa, as como lo es tambin su poder para calmar las angustias de mi alma. Oh T quien no me atrevo levantar las miradas!--me perdonars? --T partirs,--dijo Ester con reposado acento al encontrar las miradas de Dimmesdale. Una vez tomada la decisin, el brillo de una extraa alegra esparci su vacilante esplendor sobre el rostro inquieto del ministro. Fu el efecto animador que experimenta un prisionero, que precisamente acaba de librarse del calabozo de su propio corazn, al respirar la libre y borrascosa atmsfera de una regin selvtica, sin leyes y sin freno de ninguna especie. Su espritu se elev, como de un golpe, alturas ms excelsas de las que le fu dado alcanzar durante todos los aos que el infortunio le haba mantenido clavado en la tierra; y como era de un temperamento en extremo religioso, en su actual animacin haba inevitablemente algo espiritual. --Siento de nuevo la alegra?--se preguntaba, sorprendido de s mismo.--Crea que el germen de todo contento haba muerto en m. Oh Ester, t eres mi ngel bueno! Me parece que me arroj, enfermo, contaminado por la culpa, abatido por el dolor, sobre estas hojas de la selva, y que me he levantado otro hombre completamente nuevo, y con nuevas fuerzas para glorificar Aquel que ha sido tan misericordioso. Esta es ya una vida mejor. Por qu no nos hemos encontrado antes? --No miremos hacia atrs,--respondi Ester,--lo pasado es pasado: para qu detenernos ahora en l? Mira! con este smbolo deshago todo lo hecho y procedo como si nunca hubiera existido. Y diciendo esto, desabroch los corchetes que aseguraban la letra escarlata, y arrancndola de su pecho la arroj una gran distancia entre las hojas secas. El smbolo mstico cay en la misma orilla del arroyuelo, y poco ms lo habra hecho en el agua que le hubiera arrastrado en su melanclica corriente, agregando un nuevo dolor la historia que constantemente estaba refiriendo en sus murmullos. Pero all qued la letra bordada brillando como una joya perdida que algn malhadado viajero podra recoger, para verse despus perseguido quiz por extraos sueos de crimen, abatimiento del corazn infortunio sin igual. Una vez arrojada la insignia fatal, di Ester un largo y profundo suspiro con el que su espritu se libr de la vergenza y angustia que la haban oprimido. Oh exquisito alivio! No haba conocido su verdadero peso hasta que se sinti libre de l. Movida de otro impulso, se quit la gorra que aprisionaba sus cabellos, que cayeron sobre sus espaldas, ricos, negros, con una mezcla de luz y sombra en su abundancia, comunicndole al rostro todo el encanto de una suave expresin. Jugueteaba en los labios y brillaba en los ojos una tierna y radiante sonrisa, que pareca tener su origen en su femenino corazn. Las mejillas, tan plidas hasta entonces, se vean animadas de rosado color. Su sexo, su juventud, y toda la riqueza de su hermosura se dira que haban surgido de nuevo de lo que se llama el pasado irrevocable, y se agrupaban en torno de ella con su esperanza virginal y una felicidad hasta entonces desconocida, y todo dentro del mgico crculo de esta hora. Y como si la obscuridad y tristeza de la tierra y del firmamento solo hubieran sido el reflejo de lo que pasaba en el corazn de estos dos mortales, se desvanecieron tambin con su dolor. De pronto, como con repentina sonrisa del cielo, el sol hizo una especie de irrupcin en la tenebrosa selva, derramando un torrente de esplendor, alegrando cada hoja verde, convirtiendo las amarillentas en doradas, y brillando entre los negruzcos troncos de los solemnes rboles. Los objetos, que hasta entonces haban esparcido solamente sombras, eran ahora cuerpos luminosos. El curso del arroyuelo podra trazarse, merced su alegre murmullo, hasta all lo lejos en el misterioso centro de aquella selva que se haba convertido en testigo de una alegra an ms misteriosa. Tal fu la simpata de la Naturaleza con la felicidad de estos dos espritus. El amor, ya brote por vez primera, surja de cenizas casi apagadas, siempre tiene que crear un rayo de sol que llena el corazn de esplendores tales, que se esparcen en todo el mundo interior. Si la selva hubiera conservado aun su triste obscuridad, habra parecido sin embargo brillante los ojos de Ester, y brillante igualmente los de Arturo Dimmesdale. Ester le dirigi una mirada llena de la luz de una nueva alegra. --Tienes que conocer Perla,--le dijo,--nuestra Perlita! T la has visto,--s, yo lo s,--pero la vers ahora con otros ojos. Es una nia singular. Apenas la comprendo. Pero t la amars tiernamente, como yo, y me aconsejars acerca del modo de manejarla. --Crees que la nia se alegrar de conocerme?--pregunt el ministro visiblemente inquieto.--Siempre me he alejado de los nios, porque con frecuencia demuestran cierta desconfianza, una especie de encogimiento en entrar en relaciones familiares conmigo. Yo he temido siempre Perla! --Eso era triste,--respondi la madre,--pero ella te amar tiernamente y t la amars tambin. No se encuentra muy lejos. Voy llamarla. Perla! Perla! --Desde aqu la veo,--observ el ministro.--All est, en medio de la luz del sol, al otro lado del arroyuelo. De modo que crees que la nia me amar? Ester sonri y llam de nuevo Perla que estaba visible cierta distancia, como el ministro haba dicho, y semejaba una brillante visin iluminada por un rayo de sol que caa sobre ella al travs de las ramas de los rboles. El rayo se agitaba de un lado otro, haciendo que la nia pareciera ms menos confusa, ya como una criatura humana, ora como una especie de espritu, medida que el esplendor desapareca y retornaba. Oy la voz de su madre, y se dirigi ella cruzando lentamente la selva. Perla no haba hallado largo ni fastidioso el tiempo, mientras su madre y el ministro estuvieron hablando. La gran selva, que tan sombra y severa se presentaba los que all traan la culpa y las angustias del mundo, se convirti en compaera de los juegos de esta solitaria nia. Se dira que, para divertirla, haba adoptado las maneras ms cautivadoras y halageas: le ofreci bayas exquisitas de rojizo color, que la nia recogi, deleitndose con su agreste sabor. Los pequeos moradores de aquella soledad apenas se apartaban del camino de la nia. Cierto es que una perdiz, seguida de diez perdigones, se adelant hacia ella con aire amenazador, pero pronto se arrepinti de su fiereza y se volvi tranquila al lado de su tierna prole, como dicindoles que no tuvieran temor. Un pichn de paloma, que estaba solo en una rama baja, permiti Perla que se le acercase, y emiti un sonido que lo mismo poda ser un saludo que un grito de alarma. Una ardilla, desde lo alto del rbol en que tena su morada, charlaba en sn de clera de alegra, porque una ardilla es un animalito tan colrico y caprichoso que es muy difcil saber si est iracundo de buen humor, y le arroj una nuez la cabeza. Una zorra, la que sobresalt el ruido ligero de los pasos de la nia sobre las hojas, mir con curiosidad Perla como dudando qu sera mejor, si alejarse de all, continuar su siesta como antes. Se dice que un lobo,--pero aqu ya la historia ha degenerado en lo improbable,--se acerc Perla, olfate el vestido de la nia inclin la feroz cabeza para que se la acariciara con su manecita. Sin embargo, lo que parece ser la verdad es que la selva, y todas estas silvestres criaturas que daba sustento, reconocieron en aquella nia un sr humano de una naturaleza tan libre como la de ellas mismas. Tambin la nia desplegaba aqu un carcter ms suave y dulce que en las calles herbosas de la poblacin, en la morada de su madre. Las flores parecan conocerla, y en un susurro le iban diciendo cuando cerca de ellas pasaba: "Adrnate conmigo, linda nia, adrnate conmigo;"--y para darles gusto, Perla cogi violetas, y anmonas, y columbinas, y algunos ramos verdes, y se adorn los cabellos, y se rode la cintura, convirtindose en una ninfa infantil, en una tierna drada, en algo que armonizaba con el antiguo bosque. De tal manera se haba adornado cuando oy la voz de su madre y se diriga ella lentamente. Lentamente, s, porque haba visto al ministro. XIX LA NIA JUNTO AL ARROYUELO --T la amars tiernamente,--repiti Ester mientras en unin de Dimmesdale contemplaban Perla.--No la encuentras bella? Y mira con qu arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas. Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubes en el bosque, no le sentaran mejor. Es una nia esplndida! Pero bien s qu frente se parece la suya. --Sabes t, Ester,--dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa,--que esta querida nia, que va siempre dando saltitos tu lado, me ha producido ms de una alarma? Me pareca... oh Ester!... qu pensamiento es ese, y qu terrible la idea!... Me pareca que los rasgos de mis facciones se reproducan en parte en su rostro, y que todo el mundo podra reconocerlas. Tal es su semejanza! Pero ms que todo es tu imagen. --No, no es as,--respondi la madre con una tierna sonrisa. Espera algn tiempo, no mucho, y no necesitars asustarte ante la idea de que se vea de quin es hija. Pero qu singularmente bella parece con esas flores silvestres con que se ha adornado el cabello! Se dira que una de las hadas que hemos dejado en nuestra querida Inglaterra la ha ataviado para que nos salga al encuentro. Con un sentimiento que jams hasta entonces ninguno de los dos haba experimentado, contemplaban la lenta marcha de Perla. En ella era visible el lazo que los una. En estos siete aos que haban transcurrido, fu la nia para el mundo un jeroglfico viviente en que se revelaba el secreto que ellos de tal modo trataron de ocultar: en este smbolo estaba todo escrito, todo patente de un modo sencillo, haber existido un profeta un hbil mago capaces de interpretar sus caracteres de fuego. Sea cual fuere el mal pasado, cmo podran dudar que sus vidas terrenales y sus futuros destinos estaban entrelazados, cuando vean ante s tanto la unin material como la idea espiritual en que ambos se confundan, y en que haban de morar juntos inmortalmente? Pensamientos de esta naturaleza,--y quizs otros que no se confesaban no describan,--revistieron la nia de una especie de misteriosa solemnidad medida que se adelantaba. --Que no vea nada extrao, nada apasionado, ni ansiedad alguna en tu manera de recibirla y dirigirte ella,--le dijo Ester al ministro en voz baja.--Nuestra Perla es veces como un duende fantstico y caprichoso. Especialmente no puede tolerar las fuertes emociones, cuando no comprende plenamente la causa ni el objeto de las mismas. Pero la nia es capaz de afectos intensos. Me ama y te amar. --T no tienes una idea,--dijo el ministro mirando de soslayo Ester,--de lo que temo esta entrevista, y al mismo tiempo cunto la anhelo. Pero la verdad es, como ya te he dicho, que no me gano fcilmente la voluntad de los nios. No se me suben las rodillas, no me charlan al odo, no responden mi sonrisa; sino que permanecen alejados de m y me miran de una manera extraa. Aun los recin nacidos lloran fuertemente cuando los tomo en brazos. Sin embargo, Perla ha sido cariosa para conmigo dos veces en su vida. La primera vez... bien sabes cuando fu! La ltima, cuando la llevaste contigo la casa del severo y anciano Gobernador. --Y cuando t abogaste tan valerosamente en favor de ella y mo,--respondi la madre.--Lo recuerdo perfectamente, y tambin deber recordarlo Perla. No temas nada! Al principio podr parecerte singular y hasta huraa, pero pronto aprender amarte. Ya Perla haba llegado la orilla del arroyuelo, y all se qued contemplando silenciosamente Ester y al ministro, que permanecan sentados juntos en el tronco musgoso del viejo rbol, esperando que viniese. Precisamente donde la nia se haba detenido, el arroyuelo formaba un charco tan liso y tranquilo que reflejaba una imagen perfecta de su cuerpecito, con toda la pintoresca brillantez de su belleza, que realzaba su adorno de flores y hojas, si bien ms espiritualizada y delicada que en la realidad. Esta imagen, casi tan idntica lo que era Perla, pareca comunicar algo de su cualidad intangible y flotante la nia misma. La manera en que Perla permaneca all, mirndoles fijamente al travs de la semi-obscuridad de la selva, era realmente extraa; iluminada ella, sin embargo, por un rayo de sol atrado all por cierta oculta simpata. Ester misma se senta de un modo vago y misterioso como alejada de su hija; como si sta, en su paseo solitario por la selva, se hubiera apartado por completo de la esfera en que tanto ella como su madre habitaban juntas, y estuviese ahora tratando de regresar, aunque en vano, al perdido hogar. Y en esta sensacin haba la vez verdad y error: hija y madre se sentan ahora mutuamente extraas, pero por culpa de Ester, no de Perla. Mientras la nia se paseaba solitariamente, otro sr haba sido admitido en la esfera de los sentimientos de la madre, modificando de tal modo el aspecto de las cosas, que Perla, al regresar de su paseo, no pudo hallar su acostumbrado puesto y apenas reconoci su madre. --Una singular idea se ha apoderado de m,--dijo el enfermizo ministro.--Se me figura que este arroyuelo forma el lmite entre dos mundos, y que nunca ms has de encontrar tu Perla. acaso es ella una especie de duende espritu encantado los que, como nos decan en los cuentos de nuestra infancia, les est prohibido cruzar una corriente de agua? Te ruego que te apresures, porque esta demora ya me ha puesto los nervios en conmocin. --Ven, querida nia,--dijo Ester animndola y extendiendo los brazos hacia ella.--Ven: qu lenta eres! Cundo, antes de ahora, te has mostrado tan floja? Aqu est un amigo mo que tambin quiere ser tu amigo. En adelante tendrs dos veces tanto amor como el que tu madre sola puede darte. Salta sobre el arroyuelo y ven hacia nosotros. T puedes saltar como un corzo. Perla, sin responder de ningn modo estas melosas expresiones, permaneci al otro lado del arroyuelo, fijando los brillantes ojos ya en su madre, ya en el ministro, incluyendo veces entrambos en la misma mirada, como si quisiera descubrir y explicarse lo que haba de comn entre los dos. Debido inexplicable motivo, al sentir Arturo Dimmesdale que las miradas de la nia se clavaban en l, se llev la mano al corazn con el gesto que le era tan habitual y que se haba convertido en accin involuntaria. Al fin, tomando cierto aspecto singular de autoridad, Perla extendi la mano sealando con el dedo ndice evidentemente el pecho de su madre. Y debajo, en el cristal del arroyuelo, se vea la imagen brillante y llena de flores de Perla, sealando tambin con su dedito. --Nia singular, por qu no vienes donde estoy?--exclam Ester. Perla tena extendido aun el dedo ndice, y frunci el entrecejo, lo que le comunicaba una significacin ms notable, atendidas las facciones infantiles que tal aspecto tomaban. Como su madre continuaba llamndola, lleno el rostro de inusitadas sonrisas, la nia golpe la tierra con el pie con gestos y miradas aun ms imperiosos, que tambin reflej el arroyuelo, as como el dedo extendido y el gesto imperioso de la nia. --Apresrate, Perla, me incomodar,--grit Ester, quien, acostumbrada semejante modo de proceder de parte de su hija en otras ocasiones, deseaba, como era natural, un comportamiento algo mejor en las circunstancias actuales.--Salta el arroyuelo, traviesa nia, y corre hacia aqu: de lo contrario yo ir donde t ests. Pero Perla no hizo caso de las amenazas de su madre, como no lo haba hecho de sus palabras afectuosas, sino que rompi en un arrebato de clera, gesticulando violentamente y agitando su cuerpecito con las ms extravagantes contorsiones, acompaando esta explosin de ira de agudos gritos que repercuti la selva por todas partes; de modo que pesar de lo sola que estaba en su infantil incomprensible furor, pareca que una oculta multitud la acompaaba y hasta la alentaba en sus acciones. Y en el agua del arroyuelo se reflej una vez ms la colrica imagen de Perla, coronada de flores, golpeando el suelo con el pie, gesticulando violentamente y apuntando con el dedo ndice al seno de Ester. --Ya s lo que quiere esta nia,--murmur Ester al ministro, y palideciendo, pesar de un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y su mortificacin, dijo:--los nios no permiten el ms leve cambio en el aspecto acostumbrado de las cosas que tienen diariamente la vista. Perla echa de menos algo que siempre me ha visto llevar. --Si tienes algn medio de apaciguar la nia,--le dijo el ministro,--te ruego que lo hagas inmediatamente. Excepto el furor de una vieja hechicera, como la Sra. Hibbins,--agreg tratando de sonreir,--nada hay que me asuste tanto como un arrebato de clera cual ste en un nio. En la tierna belleza de Perla, as como en las arrugas de la vieja hechicera, tiene ese arrebato algo de sobrenatural. Apacguala, si me amas. Ester se dirigi de nuevo Perla, con el rostro encendido, dando una mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun antes de haber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se convirti en mortal palidez. --Perla,--dijo con tristeza,--mira tus pies.... Ah... frente t... al otro lado del arroyuelo. La nia dirigi las miradas al punto indicado, y all vi la letra escarlata, tan cerca de la orilla de la corriente, que el bordado de oro se reflejaba en el agua. --Trela aqu,--dijo Ester. --Ven t buscarla,--respondi Perla. --Habrse visto jams nia igual!--observ Ester aparte al ministro.--Oh! Te tengo que decir mucho acerca de ella. Pero la verdad, en el asunto de este odioso smbolo, tiene razn. Debo sufrir este tormento todava algn tiempo, unos cuantos das ms, hasta que hayamos dejado esta regin y la miremos como un pas con que hemos soado. La selva no puede ocultarla. El ocano recibir la letra de mis manos, y la tragar para siempre! Diciendo esto se adelant la margen del arroyuelo, recogi la letra escarlata y la fij de nuevo en el pecho. Un momento antes, cuando Ester habl de arrojarla al seno del ocano, haba en ella un sentimiento de fundada esperanza; al recibir de nuevo este smbolo mortfero de la mano del destino, experiment la sensacin de una sentencia irrevocable que sobre ella pesaba. La haba arrojado al espacio infinito,--haba respirado una hora el aire de la libertad,--y de nuevo estaba aqu la letra escarlata con todo su suplicio, brillando en el lugar acostumbrado. De la misma manera una mala accin se reviste siempre del carcter de ineludible destino. Ester recogi inmediatamente las espesas trenzas de sus cabellos y las ocult bajo su gorra. Y como si hubiera un maleficio en la triste letra, desapareci su hermosura y todo lo que en ella haba de femenino, manera de rayo de sol que se desvanece, y como si una sombra se hubiera extendido sobre todo su sr. Efectuado el terrible cambio, extendi la mano Perla. --Conoces ahora tu madre, nia?--le pregunt con acento de reproche, aunque en un tono moderado. Quieres atravesar el arroyo, y venir donde est tu madre, ahora que se ha puesto de nuevo su ignominia,--ahora que est triste? --S, ahora quiero,--respondi la nia atravesando el arroyuelo, y estrechando su madre contra su pecho. Ahora eres realmente mi madre, y yo soy tu Perlita. Y con una ternura que no era comn en ella, atrajo hacia s la cabeza de su madre y la bes en la frente y en las mejillas. Pero entonces,--por una especie de necesidad que siempre la impulsaba mezclar en el contento que proporcionaba una parte de dolor,--Perla bes tambin la letra escarlata. --Eso no es bueno,--dijo Ester,--cuando me has demostrado un poco de amor, te mofas de m. --Por qu est sentado el ministro all?--pregunt Perla. --Te est esperando para saludarte,--replic su madre.--V y pdele su bendicin. l te ama, Perlita ma, y tambin ama tu madre. No lo amars t igualmente? V: l desea acariciarte. --Nos ama realmente?--dijo Perla mirando su madre con expresin de viva inteligencia.--Ir con nosotros, dndonos la mano, y entraremos los tres juntos en la poblacin? --Ahora no, mi querida hija,--respondi Ester.--Pero dentro de algunos das iremos juntos de la mano, y tendremos un hogar y una casa nuestra, y te sentars sobre sus rodillas, y te ensear muchas cosas y te amar muy tiernamente. T tambin lo amars, no es verdad? --Y conservar siempre la mano sobre el corazn? --Qu pregunta es esa, locuela?--exclam la madre: ven y pdele su bendicin. Pero sea que influyeran en ella los celos que parecen instintivos en todos los nios mimados, en presencia de un rival peligroso, que fuese un capricho de su naturaleza singular, Perla no quiso dar muestras de afecto alguno Arturo Dimmesdale. Solamente, y la fuerza, la llev su madre hacia el ministro, y eso quedndose atrs y manifestando su mala gana con raros visajes, de los cuales, desde su ms tierna infancia, posea numerosa variedad, pudiendo transformar su mvil fisonoma de diversas maneras, y siempre con una expresin ms menos perversa. El ministro,--penosamente desconcertado, pero con la esperanza de que un beso podra ser una especie de talismn que le ganara la buena voluntad de la nia,--se inclin hacia ella y la bes en la frente. Inmediatamente Perla logr desasirse de las manos de su madre, y corriendo hacia el arroyuelo, se detuvo en la orilla y se lav la frente en sus aguas, hasta que crey borrado completamente el beso recibido de mala gana. Despus permaneci un lado contemplando en silencio Ester y al ministro, mientras stos conversaban juntos y hacan los arreglos sugeridos por su nueva posicin y por los propsitos que pronto haban de realizar. Y ahora esta fatdica entrevista qued terminada. Aquel lugar donde se encontraban, permanecera abandonado en su soledad entre los sombros y antiguos rboles de la selva que, con sus numerosas lenguas, susurraran largamente lo que all haba pasado, sin que ningn mortal fuera por eso ms cuerdo. Y el melanclico arroyuelo agregara esta nueva historia los misteriosos cuentos que ya conoca, y continuara su antiguo murmullo, no por cierto ms alegre de lo que haba sido durante siglos y siglos. XX EL MINISTRO PERDIDO EN UN LABERINTO ARTURO DIMMESDALE parti el primero, adelantndose Ester y Perla, y ya cierta distancia dirigi una mirada hacia atrs, como si esperara descubrir tan slo algunos rasgos dbiles los contornos de la madre y de la nia desvanecindose lentamente en la semiobscuridad de la selva. Acontecimiento de tal importancia en su existencia, no poda concebir que fuese real. Pero all estaba Ester, vestida con su traje de pardo color, de pie todava junto al tronco del rbol que algn viento tempestuoso derrumb en tiempos inmemoriales, todo cubierto de musgo, para que esos dos seres predestinados, con el alma abrumada de pesar, pudieran sentarse all juntos y encontrar una sola hora de descanso y solaz. Y all tambin estaba Perla, bailando alegremente orillas del arroyuelo, ahora que aquel extrao intruso se haba ido, y la dejaba ocupar su antiguo puesto al lado de su madre. No: el ministro no se haba quedado dormido, ni haba soado. Para conseguir que desaparecieran de su mente la vaguedad y confusin de sus impresiones, que le hacan experimentar una extraa inquietud, se puso recordar de una manera precisa y definida los planes y proyectos que l y Ester haban bosquejado para su partida. Se haba convenido entre los dos que el Antiguo Mundo, con sus ciudades populosas, les ofrecera mejor abrigo y mayor oportunidad, para pasar inadvertidos que no las selvas mismas de la Nueva Inglaterra de toda la Amrica, con sus alternativas de una que otra choza de indios las pocas ciudades de europeos, escasamente pobladas, esparcidas aqu y all lo largo de las costas. Todo esto sin hablar de la mala salud del ministro, que no se prestaba ciertamente soportar los trabajos y privaciones de la vida de los bosques, cuando sus dones naturales, su cultura y el desenvolvimiento de todas sus facultades le adaptaban para vivir tan slo en medio de pueblos de adelantada civilizacin. Para que pudiesen llevar cabo lo que haban determinado, la casualidad les depar que hubiera en el puerto un buque, una de esas embarcaciones de dudoso carcter, cosa muy comn en aquellos tiempos, que sin ser realmente piratas, recorran sin embargo los mares con muy poco respeto las leyes de propiedad. Este buque haba llegado recientemente del Mar de las Antillas, y deba hacerse la vela dentro de tres das con rumbo Brstol en Inglaterra. Ester, cuya vocacin para hermana de la Caridad la haba puesto en contacto con el capitn y los tripulantes de la nave, se ocupara en conseguir el pasaje de dos individuos y una nia, con todo el secreto que las circunstancias hacan ms que necesario. El ministro haba preguntado Ester, con no poco inters, la fecha precisa en que el buque haba de partir. Probablemente sera dentro de cuatro das contar de aquel en que estaban. "Feliz casualidad!"--se dijo para sus adentros. Por qu razn el Reverendo Arturo Dimmesdale lo consider una feliz casualidad, vacilamos en revelarlo. Sin embargo, para que el lector lo sepa todo, diremos que dentro de tres das tena que predicar el sermn de la eleccin; y como semejante acto formaba una poca honrosa en la vida de un eclesistico de la Nueva Inglaterra, el Sr. Dimmesdale no poda haber escogido una oportunidad ms conveniente para terminar su carrera profesional. " lo menos, dirn de m,--pens este hombre ejemplar,--que no he dejado por desempear ningn deber pblico, ni lo he desempeado mal."--Triste es, indudablemente, ver que una persona que poda hacer un examen tan profundo y minucioso de s mismo, se engaara tal extremo! Ya hemos dicho, y aun nos quedan por decir, cosas peores de l; pero ninguna tan lastimosamente dbil; ninguna que diera una prueba tan irrefragable de la sutil enfermedad que haba, desde tiempo atrs, minado la verdadera base de su carcter. Ningn hombre puede llevar por mucho tiempo, por decirlo as, dos rostros: uno en pblico y otro frente frente de su conciencia, sin que al fin llegue no saber cul es el verdadero. La agitacin que experiment el Sr. Dimmesdale al regresar de su entrevista con Ester, le comunic una energa fsica inusitada, y le hizo caminar hacia la poblacin con rpido paso. El sendero al travs de los bosques le pareci ms bravo, ms spero con sus obstculos naturales, y menos hollado por pies humanos, que cuando lo recorri en sentido inverso. Pero saltaba sobre los lugares pantanosos, se introduca por entre el frondoso ramaje, trepaba cuando encontraba cuestas que subir, descenda las hondonadas; en una palabra, venci todas las dificultades que se le presentaron en el camino, con una actividad infatigable que l mismo le sorprenda. No pudo menos de recordar cun fatigosamente, y con cuntas paradas para recobrar aliento, haba recorrido ese mismo camino tan solo dos das antes. medida que se acercaba la ciudad fu creyendo que notaba un cambio en los objetos que le eran ms familiares, como si desde que sali de la poblacin no hubieran transcurrido solamente dos tres das, sino muchos aos. Ciertamente que las calles presentaban el mismo aspecto que antes, segn las recordaba, y las casas tenan las mismas peculiaridades, con su multitud de aleros y una veleta precisamente en el lugar en que su memoria se lo indicaba. Sin embargo, la idea de cambio le acosaba cada instante, acontecindole igual fenmeno con las personas conocidas que vea, y con todas las que le eran familiares en la pequea poblacin. No las hallaba ahora ni ms jvenes ni ms viejas; las barbas de los ancianos no eran ms blancas, ni el nio que andaba gatas ayer poda moverse hoy haciendo uso de sus pies: era imposible decir en qu diferan de las personas quienes haba visto antes de partir; y sin embargo, algo interno pareca sugerirle que se haba efectuado un cambio. Recibi una impresin de esta naturaleza, de la manera ms notable, al pasar junto la iglesia que estaba su cargo. El edificio se le present con un aspecto la vez tan extrao y tan familiar, que el Sr. Dimmesdale estuvo vacilando entre estas dos ideas: que hasta entonces lo haba visto solamente en un sueo, que ahora estaba simplemente soando. Este fenmeno, en las varias formas que iba tomando, no indicaba un cambio externo, sino un cambio tan repentino importante en el espectador mismo, que el espacio de un solo da de intervalo haba sido para l equivalente al transcurso de varios aos. La voluntad del ministro y la de Ester, y el destino que sobre ellos pesaba, haban operado esta transformacin. Era la misma ciudad que antes; pero no era el mismo ministro el que haba regresado de la selva. Podra haber dicho los amigos que le saludaban: "No soy el hombre por quien me tomis. Lo he dejado all en la selva, retirado en un oculto vallecillo, junto un tronco musgoso de rbol, no lejos de un melanclico arroyuelo. Id: buscad vuestro ministro, y ved si su cuerpo extenuado, sus mejillas descarnadas, y su plida frente surcada de arrugas por el dolor, no han sido arrojados all como vestido de que uno se deshace." Sin duda alguna sus amigos habran insistido, dicindole: "T eres el mismo hombre"; pero el error hubiera estado de parte de sus amigos y no del ministro. Antes de que el Sr. Dimmesdale llegara su morada, su sr ntimo le di otras pruebas de que una revolucin se haba operado en su modo de pensar y de sentir. la verdad, solo una revolucin de esa naturaleza, completa y total, podan atribuirse los impulsos que agitaban al infortunado ministro. cada paso se senta movido del deseo de hacer algo extrao, inusitado, violento perverso, con la conviccin de que sera la vez involuntario intencional y despecho de s mismo, pero emanando de un sentimiento ms profundo que el que se opona al impulso. Por ejemplo, se encontr con uno de los diconos de su iglesia, buen anciano que le salud con el afecto paternal y el aire patriarcal que tena derecho por sus aos, sus virtudes y su posicin, y al mismo tiempo con el profundo respeto, casi veneracin, que el carcter pblico y privado del ministro reclamaban. Nunca se vi un ejemplo ms hermoso de cmo la majestad y sabidura de los aos pueden hermanarse la obediencia y respeto que una categora social inteligencia inferiores deben una persona superior en esas cualidades. Pues bien, durante una conversacin de unos pocos momentos entre el Reverendo Sr. Dimmesdale y este excelente y anciano dicono, solo merced la ms cuidadosa circunspeccin y casi hacindose violencia, evit el ministro proferir ciertas reflexiones herticas que se le ocurrieron sobre varios puntos religiosos. Temblaba y palideca temiendo que sus labios, despecho de s mismo, emitiesen algunos de los horribles pensamientos que le cruzaban por la mente. Y sin embargo, aunque con el corazn lleno de tal terror, no pudo menos de sonreirse al imaginar lo estupefacto que se habra quedado el santo varn y patriarcal dicono ante la impiedad de su ministro. Referiremos otro incidente de igual naturaleza. Yendo toda prisa por la calle, el Reverendo Sr. Dimmesdale tropez de manos boca con uno de los ms antiguos miembros de su iglesia, una anciana seora, la ms piadosa y ejemplar que pueda darse: pobre, viuda, sola, y con el corazn todo lleno de reminiscencias de su marido y de sus hijos, ya muertos, as como de sus amigos fallecidos tambin haca tiempo. Sin embargo, todo esto, que de otro modo habra sido un dolor intenso, se haba casi convertido para esta alma piadosa en un goce solemne, gracias los consuelos religiosos y las verdades de las Sagradas Escrituras, con que puede decirse que se haba nutrido continuamente por espacio de ms de treinta aos. Desde que el Reverendo Sr. Dimmesdale la tom su cargo, el principal consuelo terrenal de la buena seora consista en ver su pastor espiritual, ya de propsito deliberado, ya por casualidad, y sentir confortada el alma con una palabra que respirase las verdades consoladoras del Evangelio, y que saliendo de aquellos labios reverenciados, penetrase en su pobre pero atento odo. Mas en la presente ocasin, al querer el Reverendo Sr. Dimmesdale abrir los labios, no le fu posible recordar un solo texto de las Sagradas Escrituras, y lo nico que pudo decir fu algo breve, enrgico, que segn le pareci l mismo entonces, vena ser un argumento irrefutable contra la inmortalidad del alma. La simple insinuacin de semejante idea habra hecho probablemente caer tierra sin sentido esta anciana seora, como por efecto de una infusin de veneno intensamente mortfero. Lo que el ministro dijo en realidad, no pudo recordarlo nunca. Tal vez hubo en sus palabras una cierta obscuridad que impidi la buena viuda comprender exactamente la idea que Dimmesdale quiso expresar, quizs ella las interpret all su manera. Lo cierto es, que cuando el ministro volvi la mirada hacia atrs, not en el rostro de la santa mujer una expresin de xtasis y divina gratitud, como si estuviera iluminado por los resplandores de la ciudad divina. Aun referiremos un tercer ejemplo. Despus de separarse de la anciana viuda, encontr la ms joven de sus feligreses. Era una tierna doncella quien el sermn predicado por el Reverendo Sr. Dimmesdale, el da despus de la noche pasada en vela en el tablado, haba hecho trocar los goces transitorios del mundo por la esperanza celestial que ira ganando brillantez medida que las sombras de la existencia se fueran aumentando, y que finalmente convertira las tinieblas postreras en oleadas de luz gloriosa. Era tan pura y tan bella como un lirio que hubiese florecido en el Paraso. El ministro saba perfectamente que su imagen se hallaba venerada en el santuario inmaculado del corazn de la doncella, que mezclaba su entusiasmo religioso con el dulce fuego del amor, y comunicaba al amor toda la pureza de la religin. De seguro que el enemigo del gnero humano haba apartado aquel da la joven doncella del lado de su madre, para ponerla al paso de este hombre que podemos llamar perdido y desesperanzado. medida que la joven se iba acercando al ministro, el maligno espritu le murmur ste en el odo que condensara en la forma ms breve, y vertiera en el tierno corazn de la virgen, un germen de maldad que pronto producira negras flores y frutos an ms negros. Era tal la conviccin de su influencia sobre esta alma virginal, que de este modo l se confiaba, que el ministro saba muy bien que le era dado marchitar todo este jardn de inocencia con una sola mirada perversa, hacerle florecer en virtudes con una sola buena palabra. De consiguiente, despus de sostener consigo mismo una lucha ms fuerte que las que ya haba sostenido, se cubri el rostro con el capote y apresur el paso sin darse por entendido que la haba visto, dejando la pobre muchacha que interpretase su rudeza como quisiera. Ella escudri su conciencia, llena de pequeas acciones inocentes, y la infeliz se reproch mil faltas imaginarias, y al da siguiente estuvo desempeando sus quehaceres domsticos toda cabizbaja y con ojos llorosos. Antes de que el ministro hubiera tenido tiempo de celebrar su victoria sobre esta ltima tentacin, experiment otro impulso no ya ridculo, sino casi horrible. Era,--nos avergonzamos de decirlo,--nada menos que detenerse en la calle y ensear algunas palabrotas muy malsonantes un grupo de nios puritanos, que apenas empezaban hablar. Habiendo resistido este impulso como completamente indigno del traje que vesta, encontr un marinero borracho de la tripulacin del buque del Mar de las Antillas de que hemos hablado; y esta vez, despus de haber rechazado tan valerosamente todas las otras perversas tentaciones, el pobre Sr. Dimmesdale dese, al fin, dar un apretn de manos este tunante alquitranado, y recrearse con algunos de esos chistes de mala ley de que tal acopio tienen los marineros, sazonado todo con una andanada de ternos y juramentos capaces de estremecer el cielo. Detuvironle no tanto sus buenos principios, como su pudor innato y las decorosas costumbres adquiridas bajo su traje de eclesistico. --Qu es lo que me persigue y me tienta de esta manera?--se pregunt el ministro s mismo, detenindose en la calle y golpendose la frente.--Estoy loco por ventura, me hallo completamente en poder del enemigo malo? Hice un pacto con l en la selva y lo firm con mi propia sangre? Y me pide ahora que lo cumpla, sugirindome que lleve cabo todas las iniquidades que pueda concebir su perversa imaginacin? En los momentos en que el Reverendo Sr. Dimmesdale razonaba de este modo consigo mismo, y se golpeaba la frente con la mano, se dice que la anciana Sra. Hibbins, la dama reputada por hechicera, pasaba por all, vestida con rico traje de terciopelo, fantsticamente peinada, y con un hermoso cuello de lechuguilla, todo lo cual le daba una apariencia de persona de muchas campanillas. Como si la hechicera hubiese ledo los pensamientos del ministro, se detuvo ante l, fij las miradas astutamente en su rostro, sonri con malicia, y,--aunque no muy dada hablar con gente de la iglesia,--tuvo con l el siguiente dilogo: --De modo, Reverendo Seor, que habis hecho una visita la selva,--observ la hechicera inclinando su gran peinado hacia el ministro.--La prxima vez que vayis, os ruego me lo avisis en tiempo, y me considerar muy honrada en acompaaros. Sin querer exagerar mi importancia, creo que una palabra ma servir para proporcionar cualquier caballero extrao una excelente recepcin de parte de aquel potentado que sabis. --Os aseguro, seora,--respondi el ministro con respetuoso saludo, como demandaba la alta jerarqua de la dama, y como su buena educacin se lo exiga,--os aseguro, bajo mi conciencia y honor, que estoy completamente obscuras acerca del sentido que entraan vuestras palabras. No he ido la selva buscar ningn potentado; ni intento hacer all una futura visita con el fin de ganarme la proteccin y favor de semejante personaje. Mi nico objeto fu saludar mi piadoso amigo el apstol Eliot, y regocijarme con l por las muchas preciosas almas que ha arrancado la idolatra. --Ja! ja! ja!--exclam la anciana bruja, inclinando siempre su alto peinado hacia el ministro.--Bien, bien: no necesitamos hablar de esto durante el da; pero media noche, y en la selva, tendremos juntos otra conversacin. La vieja hechicera continu su camino con su acostumbrada majestad, pero de cuando en cuando volva hacia atrs las miradas y se sonrea, exactamente como quien quisiera dar entender que exista entre ella y el ministro una secreta y misteriosa intimidad. --Me habr vendido yo mismo,--se pregunt el ministro,--al maligno espritu quien, si es verdad lo que se dice, esta vieja y amarillenta bruja, vestida de terciopelo, ha escogido por su prncipe y seor? Infeliz ministro! Haba hecho un pacto muy parecido ese de que hablaba. Alucinado por un sueo de felicidad, haba cedido, deliberadamente, como nunca lo hizo antes, la tentacin de lo que saba que era un pecado mortal; y el veneno inficionador de ese pecado se haba difundido rpidamente en todo su sr moral; adormeciendo todos sus buenos impulsos, y despertando en l todos los malos vida animadsima. El odio, el desprecio, la malignidad sin provocacin alguna, el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno y santo, se despertaron en l para tentarle al mismo tiempo que le llenaban de pavor. Y su encuentro con la vieja hechicera Hibbins, caso de que hubiera acontecido realmente, slo vino mostrarle sus simpatas y su compaerismo con mortales perversos y con el mundo de perversos espritus. Ya para este tiempo haba llegado su morada, cerca del cementerio, y subiendo apresuradamente las escaleras se refugi en su estudio. Mucho se alegr el ministro de verse al fin en este asilo, sin haberse vendido l mismo cometiendo una de esas extraas y malignas excentricidades, que haba estado continuamente expuesto, mientras atravesaba las calles de la poblacin. Entr en su cuarto, y di una mirada alrededor examinando los libros, las ventanas, la chimenea para el fuego, y los tapices, experimentando la misma sensacin de extraeza que le haba acosado durante el trayecto desde la selva la ciudad. En esta habitacin haba estudiado y escrito; aqu haba ayunado y pasado las noches en vela, hasta quedar casi medio muerto de fatiga y debilidad; aqu se haba esforzado en orar; aqu haba padecido mil y mil tormentos y agonas. All estaba su Biblia, en el antiguo y rico hebreo, con Moiss y los Profetas que le hablaban constantemente, y resonando en toda ella la voz de Dios. All, sobre la mesa, con la pluma al lado, haba un sermn por terminar, con una frase incompleta tal como la dej cuando sali hacer su visita dos das antes. Saba que l era el mismo, el ministro delgado de plidas mejillas que haba hecho y sufrido todas estas cosas, y tena ya muy adelantado su sermn de la eleccin. Pero pareca como si estuviera aparte contemplando su antiguo sr con cierta curiosidad desdeosa, compasiva y semienvidiosa. Aquel antiguo sr haba desaparecido, y otro hombre haba regresado de la selva: ms sabio, dotado de un conocimiento de ocultos misterios que la sencillez del primero nunca pudo haber conseguido. Amargo conocimiento por cierto! Mientras se hallaba ocupado en estas reflexiones, reson un golpecito en la puerta del estudio, y el ministro dijo: "Entrad"--no sin cierto temor de que pudiera ser un espritu maligno. Y as fu! Era el anciano Rogerio Chillingworth. El ministro se puso en pie, plido y mudo, con una mano en las Sagradas Escrituras y la otra sobre el pecho. --Bienvenido, Reverendo Seor!--dijo el mdico.--Y cmo habis hallado ese santo varn, el apstol Eliot? Pero me parece, mi querido seor, que estis plido; como si el viaje al travs de las selvas hubiera sido muy penoso. No necesitis de mi auxilio para fortaleceros algo, cosa de que podis predicar el sermn de la eleccin? --No, creo que no,--replic el Reverendo Sr. Dimmesdale.--Mi viaje, y la vista del santo apstol, y el aire libre y puro que all he respirado, despus de tan largo encierro en mi estudio, me han hecho mucho bien. Creo que no tendr ms necesidad de vuestras drogas, mi benvolo mdico, pesar de lo buenas que son y de estar administradas por una mano amiga. Durante todo este tiempo el anciano Rogerio haba estado contemplando al ministro con la mirada grave y fija de un mdico para con su paciente; pero pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido de que Chillingworth sabia, por lo menos sospechaba, su entrevista con Ester. El mdico conoca, pues, que para su enfermo l no era ya un amigo ntimo y leal, sino su ms encarnizado enemigo; de consiguiente, era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es sin embargo singular el hecho de que veces transcurra tanto tiempo antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y as vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el asunto que ms pecho tienen, se acercan hasta sus mismos lmites y se retiran sin tocarlo. Por esta razn, el ministro no tema que el mdico tratara de un modo claro y distinto la posicin verdadera en que mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio, con su manera tenebrosa de costumbre, se acerc considerablemente al particular del secreto. --No sera mejor, dijo, que os sirvierais esta noche de mi poca habilidad? Realmente, mi querido seor, tenemos que esmerarnos y hacer todo lo posible para que estis fuerte y vigoroso el da del sermn de la eleccin. El pblico espera grandes cosas de vos, temiendo que al llegar otro ao ya su pastor haya partido. --S, otro mundo,--replic el ministro con piadosa resignacin.--Concdame el cielo que sea un mundo mejor, porque, en verdad, apenas creo que podr permanecer entre mis feligreses las rpidas estaciones de otro ao. Y en cuanto vuestras medicinas, buen seor, en el estado actual de mi cuerpo, no las necesito. --Mucho me alegro de orlo,--respondi el mdico.--Pudiera ser que mis remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora surtir efecto. Por feliz me tendra si as fuere, pues merecera la gratitud de la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura. --Os doy las gracias con todo mi corazn, vigilante amigo,--dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa.--Os doy las gracias, y slo podr pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios. --Las preces de un hombre bueno son la ms valiosa recompensa,--contest el anciano mdico al despedirse.--Son las monedas de oro corriente en la Nueva Jerusaln, con el busto del Rey grabado en ellas. Cuando estuvo solo, el ministro llam un sirviente de la casa y le pidi algo de comer, lo que trado que fu, puede decirse que despach con voraz apetito; y arrojando las llamas lo que ya tena escrito de su sermn, empez acto continuo escribir otro, con tal afluencia de pensamientos y de emocin que se crey verdaderamente inspirado, admirndose slo de que el cielo quisiera transmitir la grande y solemne msica de sus orculos por un conducto tan indigno como l se consideraba. Dejando, sin embargo, que ese misterio se resolviese por s mismo, permaneciera eternamente sin resolverse, continu su labor con empeo y entusiasmo. Y as se pas la noche hasta que apareci la maana, arrojando un rayo dorado en el estudio, donde sorprendi al ministro, pluma en mano, con innumerables pginas escritas y esparcidas por donde quiera. XXI EL DA DE FIESTA EN LA NUEVA INGLATERRA Muy temprano, en la maana del da en que el nuevo Gobernador haba de ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla la plaza del mercado, que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la ciudad en nmero considerable. Entre estos haba muchos individuos de aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban conocer que pertenecan algunos de los establecimientos situados en las selvas que rodeaban la pequea metrpoli de la colonia. En este da de fiesta, como en todas las dems ocasiones durante los siete ltimos aos, llevaba Ester un traje de pao burdo de color gris, que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de su corte, daba por resultado relegar su persona la obscuridad, como si la hiciera desaparecer las miradas de todos, mientras la letra escarlata, por el contrario, la haca surgir de esta especie de crepsculo penumbra, presentndola al mundo bajo el aspecto moral de su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar las gentes de la ciudad, dejaba ver la calma marmrea que estaban acostumbrados contemplar. Era una especie de mscara; mejor dicho, era la calma congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste semejanza se deba la circunstancia de que Ester estaba en realidad muerta, en lo concerniente poder reclamar alguna simpata afecto, y que ella se haba segregado por completo del mundo con el cual pareca que an se mezclaba. Quizs en este da especial pudiera decirse que haba en el rostro de Ester una expresin no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan marcada que pudiese notarse fcilmente, no ser por un observador dotado de tales facultades de penetracin que leyera, primero, lo que pasaba en el corazn, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, ms bien adivino, podra haber pensado que, despus de haber sostenido Ester las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados aos soportndolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de severa religin, ahora, por la ltima vez, las afrontaba libre y voluntariamente para convertir tambin en una especie de triunfo lo que haba sido una prolongada agona. "Mirad por ltima vez la letra escarlata y la que la lleva!"--pareca decirles la vctima del pueblo.--"Esperad un poco y me ver libre de vosotros. Unas cuantas horas, no ms, y el misterioso y profundo ocano recibir en su seno, y ocultar en l para siempre, el smbolo que habis hecho brillar por tanto tiempo en mi pecho!" Ni sera incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si supusiramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en aquellos instantes mismos en que estaba punto de verse libre del dolor, que puede decirse se haba encarnado profundamente en su sr. No habra quizs en ella un deseo irresistible de apurar por ltima vez, y grandes tragos, la copa del amargo absintio y acbar que haba estado bebiendo durante casi todos los aos de su juventud? El licor que en lo sucesivo se llevara los labios, tendra que ser seguramente rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; de otro modo producira una languidez inevitable y tediosa, viniendo despus de las heces de amargura que hasta entonces haba apurado manera de cordial de intensa potencia. Perla estaba ataviada alegremente. Habra sido imposible adivinar que esta brillante y luminosa aparicin deba su existencia aquella mujer de sombro traje; que la fantasa tan esplndida, y la vez tan delicada, que ide el vestido de la nia, era la misma que llevase cabo la tarea, quiz ms difcil, de dar al sencillo traje de Ester el aspecto peculiar tan notable que tena. De tal modo se adaptaba Perlita su vestido, que ste pareca la emanacin el desarrollo inevitable y la manifestacin externa de su carcter, tan imposible de separarse de ella, como al ala de una mariposa desprenderse de su brillantez abigarrada, los ptalos de una esplndida flor despojarse de su radiante colorido. En este da extraordinario, haba sin embargo una cierta inquietud y agitacin singular en todo el sr de la nia, parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al comps de los latidos del pecho en que se ostentan. Los nios participan siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes estn en ntima relacin; experimentan siempre el malestar debido cualquier disgusto trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar domstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto corazn de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que nadie poda descubrir en la impasibilidad marmrea de la frente de Ester. Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, ms bien que andar al lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron la plaza del mercado, se volvi an ms inquieta y febril al notar el bullicio y movimiento que all reinaban, pues por lo comn aquel lugar tena en realidad el aspecto de un solitario prado frente la iglesia de una aldea, y no el del centro de los negocios de una poblacin. --Qu significa esto, madre?--grit la nia.--Por qu han abandonado todos hoy su trabajo? Es un da de fiesta para todo el mundo? Mira, ah est el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese solamente quien le ensease el modo de estarlo. Y aqu est el Sr. Brackett, el viejo carcelero, que se sonre conmigo y me saluda. Por qu lo hace, madre? --Se acuerda cuando t eras muy chiquita,--hija ma,--respondi Ester. --Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreirme ni saludarme,--dijo Perla.--Que lo haga contigo, si quiere, porque ests vestida de color obscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, cuntas gentes extraas, y entre ellos indios y tambin marineros! Para qu han venido todos esos hombres la plaza del mercado? --Estn esperando que la procesin pase para verla,--dijo Ester,--porque el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas las personas notables y buenas han de marchar con msica y soldados la cabeza. --Y estar all el ministro?--pregunt Perla,--y extender las dos manos hacia m, como hizo cuando t me llevaste su lado desde el arroyuelo? --S estar,--respondi su madre,--pero no te saludar hoy, ni tampoco debes t saludarle. --Qu hombre tan triste y tan raro es el ministro!--dijo la nia como si hablara en parte solas y consigo misma.--En medio de la noche nos llama y estrecha tus manos y las mas, como cuando estuvimos juntas con l sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos rboles pueden oir uno, y donde slo un pedacito de cielo puede vernos, se pone hablar contigo sentado en un tronco de rbol. Y me besa la frente de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aqu, la luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni nosotros debemos conocerle. S, un hombre raro y triste con la mano siempre sobre el corazn! --No hables ms, Perla,--le dijo su madre,--t no entiendes de estas cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa tu alrededor y vers cun alegre parece hoy todo el mundo. Los nios han venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas, sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy empieza regirlos un nuevo Gobernador. Como Ester deca, era mucho el contento y alegra que brillaban en el rostro de todos los presentes. En un da semejante, como sucedi despus durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban todo el regocijo y alborozo pblico que consideraban permisibles la fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un da de fiesta, aquella nube sombra en que siempre estaban envueltos, pero de manera tal, que apenas si aparecan menos graves que otras comunidades en tiempo de duelo general. Pero tal vez exageramos el aspecto sombro que indudablemente caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del adusto y triste carcter puritano. Haba all individuos naturales de Inglaterra, cuyos padres haban vivido en la poca de la Reina Isabel, cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber sido tan magnfica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber presenciado jams. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos de la Nueva Inglaterra habran celebrado todos los acontecimientos de inters pblico con hogueras, banquetes, procesiones cvicas, todo con gran pompa y esplendor. Ni habra sido difcil combinar, en la observacin de las majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste una nacin, estuviese adornado de una manera brillante la vez que grotesca. Algo parecido esto haba en el modo de celebrar el da que daba comienzo al ao poltico de la colonia. El vago reflejo de una magnificencia que viva en el recuerdo, una imitacin plida y dbil de lo que haban presenciado en el viejo Londres, no diremos de una coronacin real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord Corregidor de aquella gran capital, podra trazarse en las costumbres que observaban nuestros antepasados en la instalacin anual de sus magistrados. Los padres y fundadores de la Repblica,--el hombre de Estado, el sacerdote y el militar,--crean de su deber revestirse en esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminculo indispensable de la eminencia pblica social. Todos venan formar parte de la procesin que haba de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando de este modo cierta dignidad la sencilla estructura de un gobierno tan recientemente constitudo. En ocasiones semejantes se le permita al pueblo, y hasta se le animaba, que se solazara y dejase sus diversos trabajos industrias, que en todo tiempo pareca se aplicaba con la misma rigidez y severidad que sus austeras prcticas religiosas. Por de contado que aqu no poda esperarse nada parecido lo que se hubiera visto en las fiestas populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas legendarias; ni msicos ambulantes con un mono bailando al son de la msica; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios de hechicera; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la multitud con sus chistes, quizs de varios siglos de antigedad, pero surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen los sentimientos universales dispuestos la alegra y buen humor. Toda esta clase de profesores de los diferentes ramos de diversin y entretenimiento haban sido severamente suprimidos, no slo por la rgida disciplina de la ley, sino por la sancin general que es lo que constituye la vitalidad de las leyes. Sin embargo, an careciendo de todo esto, la honrada y buena cara del pueblo sonrea, quizs con cierta dureza, pero tambin quijada batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase que los colonos haban presenciado muchos aos atrs, en las ferias campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban sera conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se vean luchas brazo partido, de diferentes clases, aqu y all en la plaza del mercado; en una esquina haba un combate amistoso al garrote; y lo que ms que todo llamaba la atencin, en el tablado de la picota que ya se ha hecho referencia varias veces en estas pginas, dos maestros de armas comenzaban dar una muestra de sus habilidades con broquel y espadn. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores, este entretenimiento fu suspendido mediante la intervencin del alguacil de la ciudad, que no quera permitir que la majestad de la ley se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados. Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la plaza del mercado fueran en lo general sombros, no por eso dejaban de estar animados con diversidad de matices. Haba una cuadrilla de indios con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de punta de pedernal, que permanecan aparte, como separados de todo el mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los puritanos poda superar. Pero pesar de todo, no eran estos salvajes pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo ms violento licencioso de las gentes que all estaban congregadas. Semejante honor, si en ello le hay, podan reclamarlo con ms fundamento algunos de los marineros que formaban parte de la tripulacin del buque procedente del Mar Caribe, que tambin haban venido tierra divertirse el da de la eleccin. Eran hombres que se haban echado el alma las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un cinturn, que veces cerraban placas hebillas de oro, y del cual penda siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo de las anchas alas de sus sombreros de paja, se vean brillar ojos que, aun en momentos de alegra y buen humor, tenan una especie de ferocidad instintiva. Sin temor ni escrpulo de ninguna especie, violaban las reglas de buen comportamiento que se sometan todos los dems, fumando las mismas narices del alguacil de la poblacin, aunque cada bocanada de humo habra costado buena suma de reales, por va de multa, todo otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningn reparo tragos de vino de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que ofrecan liberalmente la asombrada multitud que los rodeaba. Nada caracteriza tanto la moralidad medias de aquellos tiempos, que hoy calificamos de rgidos, como la licencia que se permita los marineros, no hablamos slo de sus calaveradas cuando estaban en tierra, sino an mucho ms tratndose de sus actos de violencia y rapia cuando se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella poca correra hoy el peligro de que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por ejemplo, poca duda podra abrigarse que los tripulantes del buque de que hemos hablado, aunque no de lo peor de su gnero, haban sido culpables de depredaciones contra el comercio espaol, de tal naturaleza, que pondran en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia. Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se hencha y se rizaba, segn su capricho, estaba sujeto solamente los vientos tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer cdigo alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero poda abandonar su profesin y convertirse, si as lo deseaba, en hombre honrado y piadoso, dejando las olas y fijndose en tierra; y ni aun en plena carrera de su existencia borrascosa se le consideraba como individuo con quien no era decente tener tratos ni relacin social, aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus capas negras y sombreros puntiagudos, no podan menos de sonreirse ante la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros; sin que excitara sorpresa, ni diese lugar crticas, ver que una persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en la plaza del mercado en ntima y amistosa pltica con el capitn del buque de dudosa reputacin. Puede afirmarse que entre toda aquella multitud all congregada no haba figura de aspecto tan vistoso y bizarro, lo menos en lo que hace al traje, como la de aquel capitn. Llevaba el vestido profusamente cubierto de cintas, galn de oro en el sombrero que rodeaba una cadenilla, tambin de oro, y adornado adems con una pluma. Tena espada al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced cierto arreglo especial del cabello, pareca ms deseoso de mostrar que de esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habra atrevido llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y arrogancia, sabiendo que se expona sufrir un severo interrogatorio ante un magistrado, incurriendo probablemente en una crecida multa en algunos cuantos das de crcel: pero tratndose de un capitn de buque, todo se consideraba perteneciente al oficio, as como las escamas son parte de un pez. Despus de separarse del mdico, el capitn del buque con destino Brstol empez pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta que, acercndose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareci reconocerla y no vacil en dirigirle la palabra. Como aconteca por lo comn donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un corto espacio vaco, una especie de crculo mgico en el que, aunque el pueblo se estuviera codeando y pisoteando muy corta distancia, nadie se aventuraba ni se senta dispuesto penetrar. Era un ejemplo vivo de la soledad moral que la letra escarlata condenaba su portadora, debido en parte la reserva de Ester, y en parte al instintivo alejamiento de sus conciudadanos, pesar de que haca ya tiempo que haban dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, ms que nunca, le sirvi admirablemente, pues le proporcion el modo de hablar con el marino sin peligro de que los circunstantes se enteraran de su conversacin; y tal cambio se haba operado en la reputacin de que gozaba Ester los ojos del pblico, que la matrona ms eminente de la colonia en punto rgida moralidad, no podra haberse permitido aquella entrevista, sin dar margen al escndalo. --De modo, seora,--dijo el capitn,--que debo ordenar mi mayordomo que prepare otro camarote, adems de los que Vd. ha contratado. Lo que es en este viaje no habr temor de escorbuto tifus; porque con el cirujano de abordo, y este otro mdico, nuestro nico peligro sern las pldoras las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una buena provisin de medicinas que compr un buque espaol. --Qu est Vd. diciendo?--pregunt Ester con mayor alarma de la que quisiera haber mostrado.--Tiene Vd. otro pasajero? --Cmo! No sabe Vd.,--exclam el capitn del barco,--que el mdico de esta plaza,--Chillingworth como dice llamarse,--est dispuesto compartir mi cmara con Vd.? S, s, Vd. debe saberlo, pues me ha dicho que es uno de la compaa, y adems ntimo amigo del caballero de quien Vd. habl, de ese que corre peligro aqu en manos de estos viejos y speros gobernantes puritanos. --S, se conocen ntimamente,--replic Ester con semblante sereno, aunque toda llena de la ms profunda consternacin,--han vivido juntos mucho tiempo. Nada ms pas entre el marino y Ester. Pero en aquel mismo instante vi sta al viejo Rogerio de pie en el ngulo ms remoto de la plaza del mercado, sonrindole; sonrisa que,--al travs de aquel vasto espacio de terreno, y en medio de tanta charla, alegra, bullicio y animacin, y de tanta diversidad de intereses y de sentimientos,--encerraba una significacin secreta y terrible. XXII LA PROCESIN Antes de que Ester hubiera podido darse cuenta de lo que pasaba, y considerar lo que poda hacerse en vista de este nuevo inesperado aspecto del asunto, se oyeron los sones de una msica militar que se acercaba por una de las calles contiguas, indicando la marcha de la procesin de los magistrados y ciudadanos en direccin de la iglesia, donde, de acuerdo con una antigua costumbre adoptada en los primeros tiempos de la colonia, el Reverendo Seor Dimmesdale deba predicar el sermn de la eleccin. Pronto se dej ver la cabeza de la procesin que, procediendo lenta y majestuosamente, doblaba una esquina y se abra paso al travs de la muchedumbre que llenaba la plaza del mercado. Primeramente vena la banda de msica, compuesta de variedad de instrumentos, quizs imperfectamente adaptados unos otros, y tocados sin mucho arte; sin embargo, se alcanzaba el gran objeto que la armona de los tambores y del clarn debe producir en la multitud; esto es, revestir de un aspecto ms heroico y elevado la escena que se desarrollaba ante la vista. Perla, al principio, empez palmotear, pero luego, por un instante, perdi la agitacin febril que la haba mantenido en un estado de continua efervescencia toda la maana: contempl silenciosamente lo que pasaba, y pareca como si los sonidos de la msica, arrebatando su espritu, la hicieran, manera de ave acutil, cernerse sobre aquellas oleadas de armona. Pero volvi su antigua agitacin al ver fulgurar los rayos del sol las armas y brillantes arreos de los soldados que venan inmediatamente despus de la banda de msica, y formaban la escolta de honor de la procesin. Este cuerpo militar,--que aun subsiste como institucin, y contina su vieja existencia con antigua y honrosa fama,--no se compona de hombres asalariados, sino de caballeros que, animados de ardor marcial, deseaban establecer una especie de Colegio de Armas donde, como en una Asociacin de Caballeros Templarios, pudieran aprender la ciencia de la guerra y las prcticas de la misma, hasta donde lo permitieran sus ocupaciones pacficas habituales. La alta estimacin en que se tena los militares en aquella poca, poda verse en el porte majestuoso de cada uno de los individuos que formaban la compaa. Algunos, en realidad de verdad, por sus servicios en los Pases Bajos y en otros campos de batalla, haban conquistado perfectamente el derecho de usar el nombre de soldado con toda la pompa y prosopopeya del oficio. Toda aquella columna vestida con petos de luciente acero y brillantes morriones coronados de penachos de plumas, presentaba un golpe de vista cuyo esplendor ningn despliegue de tropas modernas puede igualar. Y sin embargo, los hombres de eminencia en lo civil, que marchaban inmediatamente en seguida de la escolta militar, eran aun ms dignos de la observacin de una persona pensadora. Su aspecto exterior tena cierto sello de majestad que haca parecer vulgar, y hasta absurdo su lado, el altivo continente del guerrero. Era aquel un siglo en que el talento mereca menos estimacin que ahora, reservndose sta en mayor grado para las cualidades slidas que denotaban firmeza y dignidad de carcter. El pueblo, por herencia, era respetuoso y deferente; y los colonos ingleses que haban fijado sus moradas en estas speras costas, dejando tras s, rey, nobles, y toda la escala de la jerarqua social, aunque con la idea de respeto y obediencia todava muy arraigada en ellos, la reservaban para las canas y las cabezas que los aos hacan venerables; para la integridad toda prueba; para la slida sabidura y amarga experiencia de la vida; en fin, para todas aquellas cualidades que indican peso, madurez, y se comprenden bajo el calificativo general de respetabilidad. Por lo tanto, aquellos primitivos hombres de Estado, tales como Bradstreet, Endicott, Dudley, Bellingham y sus compaeros, que fueron elevados al poder por la eleccin popular, no parece que pertenecieron esa clase de hombres que hoy se llaman brillantes, sino que se distinguan como personas de madurez y de peso, ms bien que de inteligencias vivas y extraordinarias. Tenan fortaleza de nimo y confianza en sus propias fuerzas, y en tiempos difciles peligrosos, cuando se trataba del bienestar de la cosa pblica, eran como muralla de rocas contra los embates de las tempestuosas olas. Los rasgos de carcter aqu indicados se manifestaban perfectamente en sus rostros casi cuadrados y en el gran desarrollo fsico de los nuevos magistrados coloniales; y en lo que concierne porte y autoridad natural, la madre patria no se habra avergonzado de admitir estos hombres en la Cmara de los Pares en el Consejo del Soberano. Despus de los magistrados vena el joven y eminente eclesistico cuyos labios haban de pronunciar el discurso religioso en celebracin del acto solemne. En la poca de que hablamos, la profesin que l ejerca se prestaba mucho ms que la poltica al despliegue de las facultades intelectuales. Los que vean ahora al Sr. Dimmesdale, observaron que jams mostr tanta energa en su aspecto y hasta en su modo de andar, como la que desplegaba en la procesin. Su pisada no era vacilante, como en otras ocasiones, sino firme; no iba con el cuerpo casi doblado, ni se llevaba como de costumbre la mano al corazn. Sin embargo, bien considerado, su vigor no pareca corporal sino espiritual, como si se debiera favor especial de los ngeles; quizs era la animacin procedente de una inteligencia absorbida por serios y profundos pensamientos; acaso su temperamento sensible se vea vigorizado por los sonidos penetrantes de la msica que, ascendiendo al cielo, le arrastraban y hacan mover con inusitada vivacidad. Sin embargo, tal era la abstraccin de sus miradas, que poda pensarse que el Sr. Dimmesdale ni aun siquiera oa la msica. All estaba su cuerpo marchando adelante con vigor no acostumbrado. Pero dnde estaba su espritu? All en las profundidades de su sr, ocupado con actividad extraordinaria en coordinar la legin de pensamientos majestuosos que pronto haban de verter sus labios; y de consiguiente ni vea, ni oa, ni tena idea de nada de lo que le rodeaba; pero la parte espiritual se apoder de aquella dbil fbrica y la arrastr consigo adelante, inconscientemente, y convertida tambin en espritu. Los hombres de inteligencia poco comn, que han llegado adquirir cierta condicin mrbida, poseen veces esta facultad de hacer un esfuerzo poderoso en el cual invierten la fuerza vital de muchos das, para permanecer despus como agotados durante mucho tiempo. Ester, con los ojos fijos en el ministro, se senta dominada por tristes ideas, sin saber por qu ni de qu provenan. Se haba imaginado que una mirada, siquiera rpida, tena que cambiarse entre los dos. Recordaba la obscura selva con su pradillo solitario, y el amor y la angustia de que haba sido testigo; y el tronco mohoso del rbol donde, sentados, asidos de las manos, mezclaron sus tristes y apasionadas palabras al murmullo melanclico del arroyuelo. Cun profundo conocimiento adquirieron entonces de lo que eran en realidad uno y otro! Y era ste el mismo hombre? Apenas lo conoca ahora. Era acaso l, ese hombre que pasaba altivo al comps de la hermosa msica, en compaa de los venerables y majestuosos magistrados, l, tan inaccesible en su posicin social, y an mucho ms como ahora le vea all, entregado los poco simpticos pensamientos que le preocupaban? El corazn de Ester se entristeci la idea de que todo haba sido una ilusin, y que por vvido que hubiera sido su sueo, no poda existir un verdadero lazo de unin entre ella y el ministro. Y haba en Ester tal suma de sentimiento femenino, que apenas poda perdonarle,--y menos que nunca ahora cuando casi se oan, cada vez ms prximas, las pisadas del Destino que se acercaba toda prisa,--no, no poda perdonarle que de tal modo le fuera dado abstraerse del mundo que los dos les era comn, mientras ella, perdida en las tinieblas, extenda las manos congeladas buscndole, sin poder hallarle. Perla, vi y respondi los pensamientos ntimos de su madre, sinti por s misma tambin el alejamiento del ministro y crey notar la especie de barrera inaccesible que los separaba. Mientras pasaba la procesin, la nia estuvo inquieta, movindose y balancendose como un ave punto de emprender el vuelo; pero cuando todo hubo terminado, mir Ester en el rostro, y le dijo: --Madre, es ese el mismo ministro que me bes junto al arroyo? --Calla ahora, mi querida Perla,--le contest su madre en voz baja,--no debemos hablar siempre en la plaza del mercado de lo que nos acontece en la selva. --No puedo estar segura de que sea l, tan diferente me parece!--continu la nia;--de otro modo habra corrido hacia l y le hubiera pedido que me besara ahora, delante de todo el mundo, como lo hizo all, bajo aquellos rboles sombros. Qu habra dicho el ministro, madre? Se habra llevado la mano al corazn, rindome y ordenndome que me alejara? --Qu otra cosa podra haber dicho, Perla,--respondi su madre,--sino que no era esta la ocasin de besar nadie, y que los besos no deben darse en la plaza del mercado? Perfectamente hiciste, locuela, en no hablarle. Hubo otra persona que expres igualmente sus ideas acerca del Sr. Dimmesdale. Esta persona era la Sra. Hibbins, cuyas excentricidades, mejor dicho, locura, la llevaban hacer lo que pocos de la poblacin se hubieran atrevido realizar, esto es: sostener una conversacin, delante del pblico, con la portadora de la letra escarlata. Vestida con gran magnificencia, con un triple cuello alechugado, talle bordado, bata de rico terciopelo y apoyada en un bastn de puo de oro, haba salido ver la procesin cvica. Como esta anciana seora tena la fama (que despus le cost la vida) de ser parte principal en todos los trabajos de nigromancia que continuamente se estaban ejecutando, la multitud le abri paso franco y se apart de ella, pareciendo temer el contacto de sus vestidos, como si llevaran la peste oculta entre sus primorosos pliegues. Vista en unin de Ester Prynne,-- pesar del sentimiento de benevolencia con que muchos miraban esta ltima,--el terror que de suyo inspiraba la Sra. Hibbins se aument y di lugar un alejamiento general de aquel sitio en que se encontraban las dos mujeres. --Qu imaginacin mortal podra concebirlo?--dijo la anciana en voz baja, confidencialmente, Ester.--Ese hombre religioso, ese santo en la tierra como el pueblo lo crea, y como realmente lo parece! Quin que le vi ahora en la procesin podra pensar que no hace mucho que sali de su estudio,--apostara que murmurando algunas frases de la Biblia en hebreo,-- dar una vuelta por la selva? Ah! Nosotras, Ester Prynne, sabemos lo que eso significa. Pero, en realidad de verdad, no puedo resolverme creer que ese sea el mismo hombre. He visto marchando detrs de la msica ms de un eclesistico que ha bailado conmigo cuando Alguien, que no quiero nombrar aqu, tocaba el violn, y que tal vez sea un hechicero indio un brujo lapons que nos saluda y estrecha las manos en otras ocasiones. Pero eso es una bicoca, para quien sabe lo que es el mundo, Pero este ministro? Podrs decirme con seguridad, Ester, si es el mismo hombre quien encontraste en el sendero de la selva? --Seora, no s de qu me estis hablando,--respondi Ester, conociendo, como conoca, que la dama Hibbins no tena todos sus sentidos cabales, pero sorprendida en extremo, y hasta amedrentada, al oir la seguridad con que afirmaba las relaciones personales que existan entre tantos individuos (entre ellos Ester misma) y el enemigo malo.--No me corresponde m hablar con ligereza de un ministro tan piadoso y sabio como el Reverendo Sr. Dimmesdale. --Ja! ja! mujer!--exclam la anciana seora alzando el dedo y movindolo de un modo significativo.--Crees t que despus de haber ido yo la selva tantas veces, no me sera dado conocer los que han estado tambin all? S; aunque no hubiera quedado en sus cabellos ninguna hojita de las guirnaldas silvestres con que se adornaron la cabeza mientras bailaban. Yo te conozco, Ester; pues veo la seal que te distingue entre todas las dems. Todos podemos verla la luz del sol; pero en las tinieblas brilla como una llama rojiza. T la llevas la faz del mundo; de modo que no hay necesidad de preguntarte nada acerca de este asunto. Pero este ministro!... Djame decrtelo al odo! Cuando el Hombre Negro ve alguno de sus propios sirvientes, que tiene la marca y el sello suyo, y que se muestra tan cauteloso en no querer que se sepan los lazos que l le ligan, como sucede con el Reverendo Sr. Dimmesdale, entonces tiene un medio de arreglar las cosas de manera que la marca se ostente la luz del da y sea visible los ojos de todo el mundo. Qu es lo que el ministro trata de ocultar con la mano siempre sobre el corazn? Ah! Ester Prynne! --Qu es lo que oculta, buena Sra. Hibbins?--pregunt con vehemencia Perla.--Lo has visto? --Nada, querida nia,--respondi la Sra. Hibbins haciendo una profunda reverencia Perla.--T misma lo vers algn da. Dicen, nia, que desciendes del Prncipe del Aire. Quieres venir conmigo una noche que sea hermosa visitar tu padre? Entonces sabrs por qu el ministro se lleva siempre la mano al corazn. Y riendo tan estrepitosamente, que todos los que estaban en la plaza del mercado pudieron oirla, la anciana hechicera se separ de Ester. Mientras esto pasaba, se haba hecho la plegaria preliminar en la iglesia, y el Reverendo Sr. Dimmesdale haba comenzado su discurso. Un sentimiento irresistible mantena Ester cerca del templo. Como el sagrado edificio estaba tan lleno que no poda dar cabida ninguna persona ms, se situ junto al tablado de la picota, hallndose lo bastante cerca de la iglesia para poder oir todo el sermn como si fuera un murmullo vago, pero variado, lo mismo que el dbil acento de la voz peculiar del ministro. El rgano vocal del Sr. Dimmesdale era de suyo un rico tesoro, de modo que el oyente, aunque no comprendiera nada del idioma en que el orador hablaba, poda sin embargo sentirse arrastrado por el simple sonido y cadencia de las palabras. Como toda otra msica respiraban pasin y vehemencia, y despertaban emociones ya tiernas, ya elevadas, en una lengua que todos podan entender. pesar de lo indistinto de los sonidos, Ester escuchaba con atencin tal y con tan profunda simpata, que el sermn tuvo para ella una significacin propia, completamente personal, y sin relacionarse en manera alguna con las palabras; las cuales, si las hubiera podido oir ms claramente, slo habran sido un medio materializado que hubiera obscurecido su sentido espiritual. Ya oa las notas bajas semejanza del viento que se calma como para reposarse; ya se elevaba con los sonidos, como si ascendiera por gradaciones progresivas, ora suaves, ya fuertes, hasta que el volumen de la voz pareca envolverla en una atmsfera de respetuoso temor y solemne grandeza. Y sin embargo, pesar de lo imponente que veces se volva aquella voz, tena siempre algo esencialmente quejumbroso. Haba en ella una expresin de angustia, ya leve, ya aguda, el murmullo el grito, como quiera concebrsele, de la humanidad sufriente, que brotaba de un corazn que padeca iba herir la sensibilidad de los dems corazones. veces lo nico que se perciba era esta expresin inarticulada de profundo sentimiento, manera de un sollozo que se oyera en medio de hondo silencio. Pero an en los momentos en que la voz del ministro adquira ms fuerza y vigor, ascendiendo de una manera irresistible, con mayor amplitud y volumen, llenando la iglesia de tal modo que pareca querer abrirse paso al travs de las paredes y difundirse en los espacios,--an entonces, si el oyente prestaba cuidadosa atencin, con ese objeto determinado, poda descubrir tambin el mismo grito de dolor. Qu era eso? La queja de un corazn humano, abrumado de penas, quizs culpable, que revelaba su secreto, cualquiera que ste fuese, al gran corazn de la humanidad, pidiendo su simpata su perdn,-- cada momento--en cada acento--y nunca en vano. Esta nota profunda y dominante, era lo que proporcionaba gran parte de su poder al ministro. Durante todo este tiempo Ester permaneci, como una estatua, clavada al pie del tablado fatdico. Si la voz del ministro no la hubiese mantenido all, habra de todos modos habido un inevitable magnetismo en aquel lugar, en que comenz la primera hora de su vida de ignominia. Reinaba en Ester la idea vaga, confusa, aunque pesaba gravemente en su espritu, de que toda la rbita de su vida, tanto antes como despus de aquella fecha, estaba relacionada con aquel sitio, como si fuera el punto que le diera unidad su existencia. Perla, entretanto, se haba apartado de su madre y estaba jugando como mejor le pareca en la plaza del mercado, alegrando aquella sombra multitud con sus movimientos y vivacidad, manera de un ave de brillantes plumas que ilumina todo un rbol de follaje obscuro, saltando de un lado otro, medio visible y medio oculta entre la sombra de las espesas hojas. Tena movimientos ondulantes, veces irregulares, que indicaban la inquietud de su espritu, mucho mayor en aquel da porque reflejaba la de su madre. Donde quiera que Perla vea algo que excitara su curiosidad, siempre alerta, all se diriga rpidamente, pudiendo decirse que la nia tomaba plena posesin de lo que fuere, como si lo considerase su propiedad. Los puritanos la miraban y si se sonrean; mas no por eso se sentan menos inclinados creer que la nia era el vstago de un espritu malo, juzgar por el encanto indescriptible de belleza y excentricidad que brillaba en todo su cuerpecito y se manifestaba en su actividad. Se dirigi hacia el indio salvaje y le mir fijamente al rostro, hasta que el indio tuvo conciencia de que se las haba con un sr ms selvtico que l mismo. De all, con innata audacia, pero siempre con caracterstica reserva, corri al medio de un grupo de marineros de tostadas mejillas, aquellos salvajes del ocano, como los indios lo eran de la tierra, los que con sorpresa y admiracin contemplaron Perla como si una espuma del mar hubiese tomado la forma de una niita, y estuviera dotada de un alma con esa fosforescencia de las olas que se v brillar de noche bajo la proa del buque que va cortando las aguas. Uno de estos marinos, el capitn seguramente, que haba hablado con Ester, se qued tan prendado del aspecto de Perla, que intent asirla para besarla; pero viendo que eso era tan imposible como atrapar un colibr en el aire, tom la cadena de oro que adornaba su sombrero, y se la arroj la niita. Perla inmediatamente se la puso al rededor del cuello y de la cintura, con tal habilidad que, al verla, pareca que formaba parte de ella y era difcil imaginarla sin ese adorno. --Es tu madre aquella mujer que est all con la letra escarlata?--dijo el capitn.--Quieres llevarle un recado mo? --Si el recado me agrada, lo har,--dijo Perla. --Entonces dile,--replic el capitn,--que he hablado otra vez con el viejo mdico de rostro moreno, y que l se compromete traer su amigo, el caballero que ella sabe, bordo de mi buque. De consiguiente, tu madre slo tiene que pensar en ella y en t. Quieres decirle esto, nia brujita? --La Sra. Hibbins dice que mi padre es el Prncipe del Aire,--exclam Perla con una maligna sonrisa.--Si vuelves llamarme bruja, se lo dir ella, y perseguir tu buque con una tempestad. Atrevesando la plaza del mercado regres la nia junto su madre y le comunic lo que el marino le haba dicho. Ester, pesar de su nimo fuerte, tranquilo, resuelto, y constante en la adversidad, estuvo punto de desmayarse al oir esta noticia precursora de inevitable desastre, precisamente en los momentos en que pareca haberse abierto un camino para que ella y el ministro pudieran salir del laberinto de dolor y de angustias en que estaban perdidos. Abrumado su espritu y llena de terrible perplejidad con las noticias que le comunicaba el capitn del buque, se vi adems sujeta en aquellos momentos otra clase de prueba. Se hallaban all presentes muchos individuos de los lugares circunvecinos, que haban odo hablar con frecuencia de la letra escarlata, y para quienes sta se haba convertido en algo terrfico por los millares de historias falsas exageradas que acerca de ella circulaban, pero que nunca la haban visto con sus propios ojos; los cuales, despus de haber agotado toda otra clase de distracciones, se agolpaban en torno de Ester de una manera rudamente indiscreta. Pero pesar de lo poco escrupulosos que eran, no podan llegar sino unas cuantas varas de distancia de ella. All se detenan, merced la especie de fuerza repulsiva de la repugnancia que les inspiraba el mstico smbolo. Los marineros, observando la aglomeracin de los espectadores, y enterados de lo que significaba la letra escarlata, vinieron con sus rostros ennegrecidos por el sol, y de hombres de alma atravesada, formar tambin parte del crculo que rodeaba Ester; y hasta los indios se vieron contagiados con la curiosidad de los blancos, y deslizndose al travs de la multitud, fijaron sus ojos negros, manera de serpiente, en el seno de la pobre mujer, creyendo acaso que el portador de este brillante emblema bordado tena que ser persona de alta categora entre los suyos. Finalmente, los vecinos de la poblacin, pesar de que no experimentaban ya inters alguno en este asunto, se dirigieron tambin aquel sitio y atormentaron Ester, tal vez mucho ms que todo el resto de los circunstantes, con la fra indiferente mirada que fijaban en la insignia de su vergenza. Ester vi y reconoci los mismos rostros de aquel grupo de matronas que haban estado esperando su salida en la puerta de la crcel siete aos antes; todas estaban all, excepto la ms joven y la nica compasiva entre ellas, cuya veste funeraria hizo despus de aquel acontecimiento. En aquella hora final, cuando crea que pronto iba arrojar para siempre la letra candente, se haba sta convertido singularmente en centro de la mayor atencin y curiosidad, abrasndole el seno ms dolorosamente que en ningn tiempo desde el primer da que la llev. Mientras Ester permaneca dentro de aquel crculo mgico de ignominia donde la crueldad de su sentencia pareca haberla fijado para siempre, el admirable orador contemplaba desde su plpito un auditorio subyugado por el poder de su palabra hasta las fibras ms ntimas de su mltiple sr. El santo ministro en la iglesia! La mujer de la letra escarlata en la plaza del mercado! Qu imaginacin podra hallarse tan falta de reverencia que hubiera sospechado que ambos estaban marcados con el mismo candente estigma? XXIII LA REVELACIN DE LA LETRA ESCARLATA La elocuente voz que haba arrebatado el alma de los oyentes, hacindoles agitarse como si se hallaran mecidos por las olas de turbulento ocano, ces al fin de resonar. Hubo un momento de silencio, profundo como el que tendra que reinar despus de las palabras de un orculo. Luego hubo un murmullo, seguido de una especie de ruido tumultuoso: se dira que los circunstantes, vindose ya libres de la influencia del encanto mgico que los haba transportado las esferas en que se cerna el espritu del orador, estaban volviendo de nuevo en s mismos, aunque todava llenos de la admiracin y respeto que aquel les infundiera. Un momento despus, la multitud empez salir por las puertas de la iglesia; y como ahora todo haba concludo, necesitaban respirar una atmsfera ms propia para la vida terrestre que haban descendido, que aquella que el predicador los elev con sus palabras de fuego. Una vez al aire libre, los oyentes expresaron su admiracin de diversas maneras: la calle y la plaza del mercado resonaron de extremo extremo con las alabanzas prodigadas al ministro, y los circunstantes no hallaban reposo hasta haber referido cada cual su vecino lo que pensaba recordar saber mejor que l. Segn el testimonio universal, jams hombre alguno haba hablado con espritu tan sabio, tan elevado y santo como el ministro aquel da; ni jams hubo labios mortales tan evidentemente inspirados como los suyos. Podra decirse que esa inspiracin descendi sobre l y se apoder de su sr, elevndole constantemente sobre el discurso escrito que yaca ante sus ojos, llenndole con ideas que haban de parecerle l mismo tan maravillosas como su auditorio. Segn se colige de lo que hablaba la multitud, el asunto del sermn haba sido la relacin entre la Divinidad y las sociedades humanas, con referencia especial la Nueva Inglaterra que ellos haban fundado en el desierto; y medida que se fu acercando al final de su discurso, descendi sobre l un espritu de profeca, que le obligaba continuar en su tema como aconteca con los antiguos profetas de Israel, con esta diferencia, sin embargo, que mientras aquellos anunciaban la ruina y desolacin de su patria, Dimmesdale predeca un grande y glorioso destino al pueblo all congregado. Pero en todo su discurso haba cierta nota profunda, triste, dominante, que slo poda interpretarse como el sentimiento natural y melanclico de uno que pronto ha de abandonar este mundo. S: su ministro, quien tanto amaban, y que los amaba tanto todos ellos, que no poda partir hacia el cielo sin exhalar un suspiro de dolor,--tena el presentimiento de que una muerte prematura le esperaba, y de que pronto los dejara baados en lgrimas. Esta idea de su permanencia transitoria en la tierra, di el ltimo toque al efecto que el predicador haba producido; dirase que un ngel, en su paso por el firmamento, haba sacudido un instante sus luminosas alas sobre el pueblo, produciendo al mismo tiempo sombra y esplendor, y derramando una lluvia de verdades sobre el auditorio. De este modo lleg para el Reverendo Sr. Dimmesdale,--como llega para la mayora de los hombres en sus varias esferas de accin, aunque con frecuencia demasiado tarde,--una poca de vida ms brillante y llena de triunfos que ninguna otra en el curso de su existencia, que jams pudiera esperar. En aquel momento se encontraba en la cspide de la altura que los dones de la inteligencia, de la erudicin, de la oratoria, y de un nombre de intachable pureza, podan elevar un eclesistico en los primeros tiempos de la Nueva Inglaterra, cuando ya una carrera de esa clase era en s misma un alto pedestal. Tal era la posicin que el ministro ocupaba, cuando inclin la cabeza sobre el borde del plpito al terminar su discurso. Entre tanto, Ester Prynne permaneca al pie del tablado de la picota con la letra escarlata abrasando an su corazn. Oyronse de nuevo los sones de la msica y el paso mesurado de la escolta militar que sala por la puerta de la iglesia. La procesin deba dirigirse la casa consistorial, donde un solemne banquete iba completar las ceremonias del da. Por lo tanto, de nuevo la comitiva de venerables y majestuosos padres de la ciudad empez moverse en el espacio libre que dejaba el pueblo, hacindose respetuosamente uno y otro lado, cuando el Gobernador y los magistrados, los hombres ancianos y cuerdos, los santos ministros del altar, y todo lo que era eminente y renombrado en la poblacin, avanzaban por en medio de los espectadores. Cuando llegaron la plaza del mercado, su presencia fu saludada con una aclamacin general; que si bien poda atribuirse al sentimiento de lealtad que en aquella poca experimentaba el pueblo hacia sus gobernantes, era tambin la explosin irresistible del entusiasmo que en el alma de los oyentes haba despertado la elevada elocuencia que aun vibraba en sus odos. Cada uno sinti el impulso en s mismo y casi instantneamente este impulso se hizo unnime. Dentro de la iglesia duras penas pudo reprimirse; pero debajo de la bveda del cielo no fu posible contener su manifestacin, ms grandiosa que los rugidos del huracn, del trueno del mar, en aquella potente oleada de tantas voces reunidas en una gran voz por el impulso universal que de muchos corazones forma uno solo. Jams en el suelo de la Nueva Inglaterra haba resonado antes igual clamoreo. Jams, en el suelo de la Nueva Inglaterra, se haba visto un hombre de tal modo honrado por sus conciudadanos como lo era ahora el predicador. Y qu era de l? No se vean por ventura en el aire las partculas brillantes de una aureola al rededor de su cabeza? Habindose vuelto tan etreo, habiendo sus admiradores hecho su apoteosis, pisaban sus pies el polvo de la tierra cuando iba marchando en la procesin? Mientras las filas de los hombres de la milicia y de los magistrados civiles avanzaban, todas las miradas se dirigan al lugar en que marchaba el Sr. Dimmesdale. La aclamacin se iba convirtiendo en murmullo medida que una parte de los espectadores tras otra lograba divisarle. Cun plido y dbil pareca en medio de todo este triunfo suyo! La energa,--, mejor dicho, la inspiracin que lo sostuvo mientras pronunciaba el sagrado mensaje que le comunic su propia fuerza, como venida del cielo,--ya le haba abandonado despus de haber cumplido tan fielmente su misin. El color que antes pareca abrasar sus mejillas, se haba extinguido como llama que se apaga irremediablemente entre los ltimos rescoldos. La mortal palidez de su rostro era tal, que apenas semejaba ste el de un hombre vivo; ni el que marchaba con pasos tan vacilantes como si fuera desplomarse cada momento, sin hacerlo sin embargo, apenas poda tampoco tomarse por un ser viviente. Uno de sus hermanos eclesisticos,--el venerable Juan Wilson,--observando el estado en que se hallaba el Sr. Dimmesdale despus que pronunci su discurso, se adelant apresuradamente para ofrecerle su apoyo; pero el ministro, todo trmulo, aunque de una manera decidida, alej el brazo que le presentaba su anciano colega. Continu andando, si es que puede llamarse andar lo que ms bien pareca el esfuerzo vacilante de un nio la vista de los brazos de su madre, extendidos para animarle que se adelante. Y ahora, casi imperceptiblemente pesar de la lentitud de sus ltimos pasos, se encontraba frente frente de aquel tablado, cuyo recuerdo jams se borr de su memoria, de aquel tablado donde, muchos aos antes, Ester Prynne haba tenido que soportar las miradas ignominiosas del mundo. All estaba Ester teniendo de la mano Perla! Y all estaba la letra escarlata en su pecho! El ministro hizo aqu alto, aunque la msica continuaba tocando la majestuosa y animada marcha al comps de la cual la procesin iba desfilando. Adelante!--le deca la msica,--adelante, al banquete! Pero el ministro se qued all como si estuviera clavado. El Gobernador Bellingham, que durante los ltimos momentos haba tenido fijas en el ministro las ansiosas miradas, abandonando ahora su puesto en la procesin, se adelant para prestarle auxilio, creyendo, por el aspecto del Sr. Dimmesdale, que de lo contrario caera al suelo. Pero en la expresin de las miradas del ministro haba algo que hizo retroceder al magistrado, aunque no era hombre que fcilmente cediese las vagas intimaciones de otro. Entre tanto la multitud contemplaba todo aquello con temor respetuoso y admiracin. Este desmayo terrenal era, segn crean, slo otra faz de la fuerza celestial del ministro; ni se hubiera tenido por un milagro demasiado sorprendente contemplarle ascender en los espacios, ante sus miradas, volvindose cada vez ms transparente y ms brillante, hasta verle por fin desvanecerse en la claridad de los cielos. El ministro se acerc al tablado y extendi los brazos. --Ester!--dijo,--ven aqu! Ven aqu tambin, Perlita! La mirada que les dirigi fu lgubre, pero haba en ella la vez que cierta ternura, una extraa expresin de triunfo. La nia, con sus movimientos parecidos los de un ave, que eran una de sus cualidades caractersticas, corri hacia l y estrech las rodillas del ministro entre sus tiernos bracitos. Ester, como impelida por inevitable destino, y contra toda su voluntad, se acerc tambin Dimmesdale, pero se detuvo antes de llegar. En este momento el viejo Rogerio Chillingworth se abri paso al travs de la multitud, , tan sombra, maligna inquieta era su mirada, que acaso surgi de una regin infernal para impedir que su vctima realizara su propsito. Pero sea de ello lo que se quiera, el anciano mdico se adelant rpidamente hacia el ministro y le asi del brazo. --Insensato, detente! qu intentas hacer?--le dijo en voz baja.--Haz sea esa mujer de que se aleje! Haz que se retire tambin esta nia! Todo ir bien. No manches tu buen nombre, ni mueras deshonrado! Todava puedo salvarte! Quieres cubrir de ignominia tu sagrada profesin? --Ah! tentador! Me parece que vienes demasiado tarde,--respondi el ministro fijando las miradas en los ojos del mdico, con temor, pero con firmeza.--Tu poder no es el que antes era. Con la ayuda de Dios me librar ahora de tus garras. Y extendi de nuevo la mano la mujer de la letra escarlata. --Ester Prynne,--grit con penetrante vehemencia,--en el nombre de Aquel tan terrible y tan misericordioso, que en este ltimo momento me concede la gracia de hacer lo que, con grave pecado y agona infinita me he abstenido de hacer hace siete aos, ven aqu ahora y aydame con tus fuerzas. Prstame tu auxilio, Ester, pero deja que lo gue la voluntad que Dios me ha concedido. Este perverso y agraviado anciano se opone ello con todo su poder, con todo su propio poder y el del enemigo malo. Ven, Ester, ven! Aydame subir ese tablado. En la multitud reinaba la mayor confusin. Los hombres de categora y dignidad que se hallaban ms inmediatos al ministro, se quedaron tan sorprendidos y perplejos acerca de lo que significaba aquello que vean, tan incapaces de comprender la explicacin que ms fcilmente se les presentaba, imaginar alguna otra, que permanecieron mudos y tranquilos espectadores del juicio que la Providencia pareca iba pronunciar. Vean al ministro, apoyado en el hombro de Ester y sostenido por el brazo con que sta le rodeaba, acercarse al tablado y subir sus gradas, teniendo entre las manos las de aquella niita nacida en el pecado. El viejo Rogerio Chillingworth le segua, como persona ntimamente relacionada con el drama de culpa y de dolor en que todos ellos haban sido actores, y por lo tanto con derecho bastante hallarse presente en la escena final. --Si hubieras escudriado toda la tierra,--dijo mirando con sombros ojos al ministro,--no habras hallado un lugar tan secreto, ni tan alto, ni tan bajo, donde hubieras podido librarte de m,--como este cadalso en que ahora ests. --Gracias sean dadas Aquel que me ha trado aqu!--contest el ministro. Temblaba sin embargo, y se volvi hacia Ester con una expresin de duda y ansiedad en los ojos que fcilmente poda distinguirse, por estar acompaada de una dbil sonrisa en sus labios. --No es esto mejor,--murmur,--que lo que imaginamos en la selva? --No s! No s!--respondi ella rpidamente.--Mejor? S: ojal pudiramos morir aqu ambos, y Perlita con nosotros! --Respecto t y Perla, sea lo que Dios ordene!--dijo el ministro,--y Dios es misericordioso. Djame hacer ahora lo que l ha puesto claramente de manifiesto ante mis ojos, porque yo me estoy muriendo, Ester. Deja, pues, que me apresure tomar sobre mi alma la parte de vergenza que me corresponde. En parte sostenido por Ester, y teniendo de la mano Perla, el Reverendo Sr. Dimmesdale se volvi los dignos y venerables magistrados, los sagrados ministros que eran sus hermanos en el Seor, al pueblo cuya gran alma estaba completamente consternada, aunque llena de simpata dolorosa, como si supiera que un asunto vital y profundo, que si repleto de culpa tambin lo estaba de angustia y de arrepentimiento, se iba poner ahora de manifiesto la vista de todos. El sol, que haba pasado ya su meridiano, derramaba su luz sobre el ministro y haca destacar su figura perfectamente, como si se hubiera desprendido de la tierra para confesar su delito ante el tribunal de la Justicia Eterna. --Pueblo de la Nueva Inglaterra!--exclam con una voz que se elev por encima de todos los circunstantes, alta, solemne y majestuosa,--pero que con todo era siempre algo trmula, y veces semejaba un grito que surga luchando desde un abismo insondable de remordimiento y de dolor,--vosotros, continu, que me habis amado,--vosotros, que me habis credo santo,--miradme aqu, mirad al ms grande pecador del mundo. Al fin, al fin estoy de pie en el lugar en que deba haber estado hace siete aos: aqu, con esta mujer, cuyo brazo, ms que la poca fuerza con que me he arrastrado hasta aqu, me sostiene en este terrible momento y me impide caer de bruces al suelo! Ved ah la letra escarlata que Ester lleva! Todos os habis estremecido su vista. Donde quiera que esta mujer ha ido, donde quiera que, bajo el peso de tanta desgracia, hubiera podido tener la esperanza de hallar reposo,--esa letra ha esparcido en torno suyo un triste fulgor que inspiraba espanto y repugnancia. Pero en medio de vosotros haba un hombre, ante cuya marca de infamia y de pecado jams os habis estremecido! Al llegar este punto, pareci que el ministro tena que dejar en silencio el resto de su secreto; pero luch contra su debilidad corporal, y aun mucho ms contra la flaqueza de nimo que se esforzaba en subyugarle. Se desembaraz entonces de todo sostn corporal, y di un paso hacia adelante resueltamente, dejando detrs de s la mujer y la nia. --Esa marca la tena l!--continu con una especie de fiero arrebato. Tan determinado estaba revelarlo todo!--El ojo de Dios la vea! Los ngeles estaban siempre sealndola! El enemigo malo la conoca muy bien y la estregaba constantemente con sus dedos candentes! Pero l la ocultaba con astucia la mirada de los hombres, y se mova entre vosotros con rostro apesadumbrado, como el de un hombre muy puro en un mundo tan pecador; y triste, porque echaba de menos sus compaeros celestiales. Ahora, en los ltimos momentos de su vida, se presenta ante vosotros; os pide que contemplis de nuevo la letra escarlata de Ester; y os dice que, con todo su horror misterioso, no es sino la plida sombra de la que l lleva en su propio pecho; y que aun esta marca roja que tengo aqu, esta marca roja ma, es solo el reflejo de la que est abrasando lo ms ntimo de su corazn. Hay aqu quin pueda poner en duda el juicio de Dios sobre un pecador? Mirad! Contemplad un testimonio terrible de ese juicio! Con un movimiento convulsivo desgarr la banda eclesistica que llevaba en el pecho. Todo qued revelado! Pero sera irreverente describir aquella revelacin. Durante un momento las miradas de la multitud horrorizada se concentraron en el lgubre milagro, mientras el ministro permaneca en pie con una expresin triunfante en el rostro, como la de un hombre que en medio de una crisis del ms agudo dolor ha conseguido una victoria. Despus cay desplomado sobre el cadalso. Ester lo levant parcialmente y le hizo reclinar la cabeza sobre su seno. El viejo Rogerio se arrodill su lado con aspecto sombro, desconcertado, con un rostro en el cual pareca haberse extinguido la vida. --Has logrado escaparte de m!--repeta con frecuencia.--Has logrado escaparte de m! --Que Dios te perdone!--dijo el ministro.--T tambin has pecado gravemente! Apart sus miradas moribundas del anciano, y las fij en la mujer y la nia. --Mi pequea Perla!--dijo dbilmente, y una dulce y tierna sonrisa ilumin su semblante, como el de un espritu que va entrando en profundo reposo; mejor dicho, ahora que el peso que abrumaba su alma haba desaparecido, pareca que deseaba jugar con la nia,--mi querida Perlita, me besars ahora? No lo queras hacer en la selva! Pero ahora s lo hars. Perla le di un beso en la boca. El encanto se deshizo. La gran escena de dolor en que la errtica nia tuvo su parte, haba madurado de una vez todos sus sentimientos y afectos; y las lgrimas que derramaba sobre las mejillas de su padre, eran una prenda de que ella ira creciendo entre la pena y la alegra, no para estar siempre en lucha contra el mundo, sino para ser en l una verdadera mujer. Tambin respecto de su madre la misin de Perla, como mensajera de dolor, se haba cumplido plenamente. --Ester,--dijo el ministro,--adis! --No nos volveremos encontrar?--murmur Ester inclinando la cabeza junto la del ministro.--No pasaremos juntos nuestra vida inmortal? S, s, con todo este dolor nos hemos rescatado mutuamente. T ests mirando muy lejos, all en la eternidad, con tus brillantes y moribundos ojos. Dme, qu es lo que ves? --Silencio, Ester, silencio!--dijo el ministro con trmula solemnidad.--La ley que quebrantamos,--la culpa tan terriblemente revelada,--sean tus solos pensamientos. Yo temo!... temo!... Quizs desde que olvidamos nuestro Dios, desde que violamos el mutuo respeto que debamos nuestras almas,--fu ya vano esperar el poder asociarnos despus de esta vida en una unin pura y sempiterna. Dios slo lo sabe y l es misericordioso. Ha mostrado su compasin, ms que nunca, en medio de mis aflicciones, con darme esta candente tortura que llevaba en el pecho; con enviarme ese terrible y sombro anciano, que mantena siempre esa tortura cada vez ms viva; con traerme aqu, para acabar mi vida con esta muerte de triunfante ignominia ante los ojos del pueblo. Si alguno de estos tormentos me hubiera faltado, yo estara perdido para siempre! Loado sea su nombre! Hgase su voluntad! Adis! Con la ltima palabra, el ministro exhal tambin su ltimo aliento. La multitud, silenciosa hasta entonces, prorrumpi en un murmullo extrao y profundo de temor y de sorpresa que no pudieron hallar otra expresin, sino en ese murmullo que reson tan gravemente despus que aquella alma hubo partido. XXIV CONCLUSIN Al cabo de muchos das, cuando el pueblo pudo coordinar sus ideas acerca de la escena que acabamos de referir, hubo ms de una versin de lo que haba ocurrido en el tablado de la picota. La mayor parte de los espectadores asegur haber visto impresa en la carne del pecho del infeliz ministro una LETRA ESCARLATA, que era la exacta reproduccin de la que tena Ester en el vestido. Respecto su origen se dieron varias explicaciones, todas las cuales fueron simplemente conjeturas. Algunos afirmaban que el Reverendo Sr. Dimmesdale, el mismo da en que Ester Prynne llev por vez primera su divisa ignominiosa, haba comenzado una serie de penitencias, que despus continu de diversos modos, imponindose l mismo una horrible tortura corporal. Otros aseguraban que el estigma no se haba producido sino mucho tiempo despus, cuando el viejo Rogerio Chillingworth, que era un poderoso nigromntico, la hizo aparecer con sus artes mgicas y venenosas drogas. Otros haba,--y estos eran los ms propsito para apreciar la sensibilidad exquisita del ministro y la maravillosa influencia que ejerca su espritu sobre su cuerpo,--que pensaban que el terrible smbolo era el efecto del constante y roedor remordimiento que se albergaba en lo ms ntimo del corazn, manifestndose al fin el inexorable juicio del Cielo por la presencia visible de la letra. El lector puede escoger entre estas teoras la que ms le agrade. Es singular, sin embargo, que varios individuos, que fueron espectadores de toda la escena, y sostenan no haber apartado un instante las miradas del Reverendo Sr. Dimmesdale, negaran absolutamente que se hubiese visto seal alguna en su pecho. Y juzgar por lo que estas mismas personas decan, las ltimas palabras del moribundo no admitieron, ni aun siquiera remotamente, que hubiera habido, de su parte, la ms leve relacin con la culpa que oblig Ester llevar por tanto tiempo la letra escarlata. Segn estos testigos, dignos del mayor respeto y consideracin, el ministro, que tena conciencia de que estaba moribundo y tambin de que la reverencia de la multitud le colocaba ya entre el nmero de los santos y de los ngeles, haba deseado, exhalando el ltimo aliento en los brazos de la mujer cada, expresar ante la faz del mundo cun completamente vano era lo que se llama virtud y perfeccin del hombre. Despus de haberse acabado la vida con sus esfuerzos en pr del bien espiritual de la humanidad, haba convertido su manera de morir en una especie de parbola viviente, con objeto de imprimir en la mente de sus admiradores la poderosa y triste enseanza de que, comparados con la Infinita Pureza, todos somos igualmente pecadores; para ensearles tambin que el ms inmaculado entre nosotros, slo ha podido elevarse sobre sus semejantes lo necesario para discernir con mayor claridad la misericordia que nos contempla desde las alturas, y repudiar ms absolutamente el fantasma del mrito humano que dirige sus miradas hacia arriba. Sin querer disputar la verdad de este aserto, se nos debe permitir que consideremos esta versin de la historia del Sr. Dimmesdale, tan slo como un ejemplo de la tenaz fidelidad con que los amigos de un hombre, y especialmente de un eclesistico, defienden su reputacin, aun cuando pruebas tan claras como la luz del sol al medioda iluminando la letra escarlata, lo proclamen una criatura terrenal, falsa y manchada con el pecado. La autoridad que hemos seguido principalmente,--esto es, un manuscrito de fecha muy antigua, redactado en vista del testimonio verbal de varias personas, algunas de las cuales haban conocido Ester Prynne, mientras otras haban odo su historia de los labios de testigos presenciales,--confirma plenamente la opinin adoptada en las pginas que preceden. Entre muchas conclusiones morales que se pueden deducir de la experiencia dolorosa del pobre ministro, y que se agolpan nuestra mente, escogemos esta:--"S sincero! S sincero! S sincero! Muestra al mundo, sin ambajes, si no lo peor de tu naturaleza, por lo menos algn rasgo del que se pueda inferir lo peor." Nada hubo que llamara tanto la atencin como el cambio que se oper casi inmediatamente despus de la muerte del Sr. Dimmesdale, en el aspecto y modo de ser del anciano conocido bajo el nombre de Rogerio Chillingworth. Todo su vigor y su energa, toda su fuerza vital intelectual, parecieron abandonarle de una vez, hasta el extremo de que realmente se consumi, se arrug, y hasta desapareci de la vista de los mortales, como una hierba arrancada de raz que se seca los rayos ardientes del sol. Este hombre infeliz haba hecho de la prosecucin y ejercicio sistemtico de la venganza el objeto primordial de su existencia; y una vez obtenido el triunfo ms completo, el principio malfico que le animaba no tuvo ya en que emplearse, y no habiendo tampoco en la tierra ninguna obra diablica que realizar, no le quedaba aquel mortal inhumano otra cosa que hacer, sino ir donde su Amo le proporcionase tarea suficiente, y le recompensase con el salario debido. Pero queremos ser clementes con todos esos seres impalpables que por tanto tiempo han sido nuestros conocidos, lo mismo con Rogerio Chillingworth que con sus compaeros. Es asunto digno de investigarse saber hasta qu punto el odio y el amor vienen ser en realidad la misma cosa. Cada uno de estos sentimientos, en su ms completo desarrollo, presupone un profundo ntimo conocimiento del corazn humano; tambin cada uno de estos sentimientos presupone que un individuo depende de otro para la satisfaccin de sus afectos y de su vida espiritual; cada una de esas sensaciones deja en el desamparo y la desolacin al amante apasionado al aborrecedor no menos apasionado, desde el momento en que desaparece el objeto del odio del amor. Por lo tanto, considerados filosficamente los dos sentimientos de que hablamos, vienen ser en su esencia uno mismo, excepto que el amor se contempla la luz de un esplendor celestial, y el odio al reflejo de sombra y lgubre llamarada. En el mundo espiritual, el anciano mdico y el joven ministro,--habiendo sido ambos vctimas mutuas,--quizs, hayan encontrado toda la suma de su odio y antipata terrenal transformada en amor. Pero dejando un lado esta discusin, comunicaremos al lector algunas noticias de otra naturaleza. Al fallecimiento del anciano Rogerio Chillingworth (que aconteci al cabo de un ao), se vi por su testamento y ltima voluntad, del cual fueron albaceas el Gobernador Bellingham y el Reverendo Sr. Wilson, que haba legado una considerable fortuna, tanto en la Nueva Inglaterra como en la madre patria, Perlita, la hija de Ester Prynne. De consiguiente Perla, la nia duende, el vstago del demonio como algunas personas an persistan en considerarla, se convirti en la heredera ms rica de su poca en aquella parte del Nuevo Mundo; y probablemente esta circunstancia produjo un cambio muy notable en la estimacin pblica, y si la madre y la hija hubieran permanecido en la poblacin, la pequea Perla, al llegar la edad de poder casarse, habra mezclado su sangre impetuosa con la del linaje de los ms devotos puritanos de la colonia. Pero no mucho tiempo despus del fallecimiento del mdico, la portadora de la letra escarlata desapareci de la ciudad y con ella Perla. Durante muchos aos, aunque de tarde en tarde solan llegar algunos vagos rumores al travs de los mares, no se recibieron sin embargo noticias autnticas de la madre y de la hija. La historia de la letra escarlata se convirti en leyenda; la fascinacin que ejerca se mantuvo poderosa por mucho tiempo, y tanto el tablado fatdico como la cabaa junto la orilla del mar donde vivi Ester, continuaron siendo objeto de cierto respetuoso temor. Varios nios que jugaban una tarde cerca de la referida cabaa, vieron una mujer alta, con traje de color obscuro, acercarse la puerta; sta no se haba abierto ni una sola vez en muchos aos; pero sea que la mujer la abriera, que la puerta cediese la presin de su mano, por hallarse la madera y el hierro en estado de descomposicin, sea que se deslizara como un fantasma al travs de cualquier obstculo,--lo cierto es que aquella mujer entr en la desierta y abandonada cabaa. Se detuvo en el umbral, y dirigi una mirada en torno suyo,--porque tal vez la idea de entrar sola, y despus de tantos cambios, en aquella morada en que tambin haba padecido tanto, fu algo ms triste y horrible de lo que ella poda soportar. Pero su vacilacin, aunque no dur sino un instante, fu lo suficiente para dejar ver una letra escarlata en su pecho. Ester Prynne haba, pues, regresado y tomado de nuevo la divisa de su ignominia, ya largo tiempo dada al olvido. Pero dnde estaba Perlita? Si an viva, se hallaba indudablemente en todo el brillo y florescencia de su primera juventud. Nadie saba, ni se supo jams ciencia cierta, si la nia duende haba descendido una tumba prematura, si su naturaleza tumultuosa y exuberante se haba calmado y suavizado, hacindola capaz de experimentar la apacible felicidad propia de una mujer. Pero durante el resto de la vida de Ester, hubo indicios de que la reclusa de la letra escarlata era objeto del amor inters de algn habitante de otras tierras. Se reciban cartas estampadas con un escudo de armas desconocidas en la herldica inglesa. En la cabaa consabida haba objetos y artculos de diversa clase, hasta de lujo, que nunca se ocurri Ester usar, pero que solamente una persona rica podra haber comprado, en los que podra haber pensado slo el afecto hacia ella. Se vean all bagatelas, adornos, dijes, bellos presentes que indicaban un recuerdo constante y que debieron de ser hechos por delicados dedos, impulsos de un tierno corazn. Una vez se vi Ester bordando un trajecito de nio de tierna edad, con tal profusin de oro, que casi habra dado origen un motn, si en las calles de Boston se hubiera presentado un tierno infante con un vestido de tal jaez. En fin, las comadres de aquel tiempo crean, y el administrador de aduana Sr. Pue, que investig el asunto un siglo ms tarde, crea igualmente,--y uno de sus recientes sucesores en el mismo empleo cree tambin puo cerrado, que Perla no solo viva, sino que estaba casada, era feliz, y se acordaba de su madre, y que con el mayor contento habra tenido junto s y festejado en su hogar aquella triste y solitaria mujer. Pero haba para Ester Prynne una vida ms real en la Nueva Inglaterra, que no en la regin desconocida donde se haba establecido Perla. Su culpa la cometi en la Nueva Inglaterra: aqu fu donde padeci; y aqu donde tena an que hacer penitencia. Por lo tanto haba regresado, y volvi llevar en el pecho, por efecto de su propia voluntad, pues ni el ms severo magistrado de aquel rgido perodo se lo hubiera impuesto, el smbolo cuya sombra historia hemos referido, sin que despus dejara jams de lucir en su seno. Pero con el transcurso de los aos de trabajos, de meditacin y de obras de caridad que constituyeron la vida de Ester, la letra escarlata ces de ser un estigma que atraa la malevolencia y el sarcasmo del mundo, y se convirti en un emblema de algo que produca tristeza, que se miraba con cierto asombro temeroso y sin embargo con reverencia. Y como Ester Prynne no tena sentimientos egostas, ni de ningn modo viva pensando solo en su propio bienestar y satisfaccin personal, las gentes iban confiarle todos sus dolores y tribulaciones y le pedan consejo, como persona que haba pasado por pruebas seversimas. Especialmente las mujeres, con la historia eterna de almas heridas por afectos mal retribuidos, mal puestos, no bien apreciados, en consecuencia de pasin errada culpable,-- abrumadas bajo el grave peso de un corazn inflexible, que de nadie fu solicitado ni estimado,--estas mujeres eran las que especialmente iban la cabaa de Ester consultarla, y preguntarle por qu se sentan tan desgraciadas y cul era el remedio para sus penas. Ester las consolaba y aconsejaba lo mejor que poda, dndoles tambin la seguridad de su creencia firmsima de que algn da, cuando el mundo se encuentre en estado de recibirla, se revelar una nueva doctrina que establezca las relaciones entre el hombre y la mujer sobre una base ms slida y ms segura de mutua felicidad. En la primera poca de su vida Ester se haba imaginado, aunque en vano, que ella misma podra ser la profetisa escogida por el destino para semejante obra; pero desde hace tiempo haba reconocido la imposibilidad de que la misin de dar conocer una verdad tan divina y misteriosa, se confiara una mujer manchada con la culpa, humillada con la vergenza de esa culpa, abrumada con un dolor de toda la vida. El ngel, y al mismo tiempo el apstol de la futura revelacin, tiene que ser indudablemente una mujer, pero excelsa, pura y bella; y adems sabia y cuerda, no como resultado del sombro pesar, sino del suave calor de la alegra, demostrando cun felices nos puede hacer el santo amor, mediante el ejemplo de una vida dedicada ese fin con xito completo. As deca Ester Prynne dirigiendo sus tristes miradas la letra escarlata. Y despus de muchos, muchos aos, se abri una nueva tumba, cerca de otra ya vieja y hundida, en el cementerio de la ciudad, dejndose un espacio entre ellas, como si el polvo de los dos dormidos no tuviera el derecho de mezclarse; pero una misma lpida sepulcral serva para las dos tumbas. Al rededor se vean por todas partes monumentos en que haba esculpidos escudos de armas; y en esta sencilla losa,--como el curioso investigador podr an discernirlo, aunque se quede confuso acerca de su significado, se vea algo semejanza de un escudo de armas. Llevaba una divisa cuyos trminos herldicos podran servir de epgrafe y ser como el resumen de la leyenda que damos fin: sombra, y aclarada solo por un punto luminoso, veces ms ttrico que la misma sombra:-- "EN CAMPO, SABLE, LA LETRA A, GULES."[18] FIN. * * * * * "=La Isla del Tesoro.=--Es una sabrosa narracin con un nio por hroe, con peripecias dramticas y conmovedoras. Conserva en toda ella una pureza y una sencillez muy dignas, que la darn franca entrada en el hogar domstico ms severo."--_La Ilustracin Espaola y Americana_, Madrid. * * * * * "=Pan, Queso y Besos.=--Es un relato fiel de esas escenas tan magistralmente descritas, que al contemplarlas experimenta el lector grandsimas impresiones."--_Boletn de la Sociedad Protectora de los Nios_, Madrid. * * * * * "=Azabache.=--Qu alta enseanza se desprende de la lectura de tan precioso libro! Cmo se pone de relieve en sus pginas el atraso de los hombres y pueblos que maltratan, estropean, torturan y aniquilan los animales, esos buenos amigos y compaeros del hombre en su evolucin histrica y social travs de los tiempos! No es para sorprender, en vista del mrito excepcional de esta obra, las numerosas ediciones que de ella se han hecho y la circunstancia de haber sido declarada como texto suplementario de lectura en las escuelas de Massachusetts. Desde el punto de vista de la educacin moral, _Azabache_ es un valiossimo contingente, que no deba faltar en ninguna familia, si esta desea fomentar en los jvenes los sentimientos de la bondad, de la justicia y aun de la filantropa."--_La Escuela Primaria_, Mrida de Yucatn, _Junio 15, 1893._ * * * * * "=La Casa del Pantano=, escrita por FLORENCE WARDEN, pertenece al gnero de literatura moderno. All, pues, nada hay que no sea verosmil y el argumento est descrito con tanta habilidad, que nuestra imaginacin no tiene que divagar para encontrar los personajes que figuran en la obra, aunque en distintos pases y con diferentes nombres."--_El Callao_, Callao. LAS AVENTURAS DEL VICARIO DE WAKEFIELD POR OLIVERIO GOLDSMITH. Versin castellana hecha con sumo esmero y la nica completa en nuestra lengua, de esta famossima obra, considerada universalmente como CLSICA. Un tomo de unas 300 pginas, bien impreso, con preciosos grabados y encuadernado artsticamente. Edicin econmica 50 centavos. De medio lujo 75 centavos. EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"La novela ms interesante en lengua inglesa."--LORD BYRON. EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"Excelente, interesante, lo mejor de cuanto se ha escrito como novela domstica."--GOETHE. EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"Lo ms delicado de cuanto la inteligencia humana ha producido en su gnero."--WALTER SCOTT. EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"Ningn otro escritor ha logrado con tan buen suceso llegar los fines del moralista. Pensamientos, humoradas y agudezas abundan en cada pgina."--WASHINGTON IRVING. La nica versin espaola del VICARIO DE WAKEFIELD., completa y correcta es la publicada por D. APPLETON Y COMPAA, EDITORES, NUEVA YORK. NOTAS: [1] Boston es la capital del Estado de Massachusetts, y Salem, donde se escribi el libro, es un puerto de mar en el mismo Estado, distante unas 14 millas del primero. esa distancia hace referencia el autor.--N. del T. [2] El autor se refiere al bosquejo as titulado que sirve de introduccin uno de sus primeros libros: _Musgos de una Antigua Mansin_, donde entra en ciertos pormenores autobiogrficos.--N. del T. [3] De las letras U. S., iniciales y abreviacin del nombre ingls United States, sea los Estados Unidos, se ha formado _Uncle Sam_, el To Samuel, apodo mote que se d vulgarmente dicha nacin.--N. del T. [4] La ltima guerra entre Inglaterra y los Estados Unidos fu en 1812-'14. [5] Hawthorne se refiere los _Musgos de una Antigua Mansin_, que ya antes se ha mencionado.--N. del T. [6] Hawthorne alude al famoso proceso, mejor dicho, persecucin de las brujas individuos acusados de sostener tratos con el diablo, que cost la vida unas veinte personas en el verano de 1692. Este acontecimiento es clebre en los anales de la Nueva Inglaterra.--N. del T. [7] Hawthorne alude la famosa "Asociacin literaria del _Brook Farm_ (Finca del Riachuelo) para la Educacin y la Agricultura," fundada por el crtico y literato americano Jorge Ripley y Sofa Ripley en 1841, a unas diez millas de Boston. El objeto de esa asociacin unitaria, comunstica y humanitaria era crear las condiciones necesarias para producir el adelanto intelectual y una civilizacin ideal, reduciendo su mnimum el trabajo material, simplificando la maquinaria social, y consiguiendo de este modo el mximum de tiempo para el desenvolvimiento y educacin moral y espiritual. Tomaron parte en el proyecto muchas personas de ambos sexos que despus brillaron en la literatura, el periodismo, etc. Hawthorne permaneci en la asociacin muy poco tiempo. La empresa, como es de suponerse, fracas al cabo de cuatro cinco aos.--N. del T. [8] Los nombres que cita el autor son de los ms distinguidos de la literatura de los Estados Unidos. R. Waldo Emerson, poeta, filsofo eminente y educacionista, talento original, autor de gran valer, nacido en 1803, falleci en 1882. Guillermo Ellery Channing, telogo, filntropo, y autor de nota, naci en 1780 y muri en 1842. Enrique D. Thoreau, filsofo, naturalista, y autor, tambin muy original, naci en 1817 y muri en 1862. Jorge S. Hillard (1803-1879) fu un abogado muy distinguido, un orador notable, y autor no comn; por ltimo Enrique W. Longfellow es uno de los pocos poetas americanos que goza de reputacin universal y cuyas obras estn traducidas casi todos los idiomas europeos. Naci en 1807 y muri en 1882.--N. del T. [9] Amos Bronson Alcott (1799-1888) fu un filsofo transcendentalista y neoplatnico, y un idealista consumado.--N. del T. [10] Chaucer y Burns, dos clebres poetas ingleses que florecieron, el primero en el siglo XIV, y el segundo fines del siglo pasado.--N. del T. [11] Cuando se escribi _La Letra Escarlata_, haca poco tiempo que se haban descubierto las ricas minas de oro de California, que atraan aventureros de todas partes del mundo halagados con la esperanza de enriquecerse en poco tiempo.--N. del T. [12] En la poca en que se escribi _La Letra Escarlata_ haba en los Estados Unidos dos grandes partidos polticos, los _whigs_ (hoy republicanos) y los demcratas, al que perteneca Hawthorne. El perodo presidencial dura cuatro aos, al cabo de los cuales se celebran elecciones para nombrar un sucesor la Presidencia. Un nuevo Presidente trae numerosos cambios en el personal de los empleados federales y muchas cesantas, especialmente cuando uno de los dos partidos polticos entra tomar el puesto del otro. En este caso las decapitaciones, como dice Hawthorne, no tienen fin.--N. del T. [13] Ana Hutchinson fu una mujer notable por sus virtudes y sus ideas en materia de religin. Nacida en Inglaterra hacia 1590, vino Boston con su familia en 1634, y comenz dar conferencias religiosas. Por desgracia para ella, sus doctrinas no eran las que profesaban los puritanos de la Nueva Inglaterra, quienes alarmados al ver los proslitos que haca, la acusaron de hereje y sediciosa, y la desterraron de la Provincia de Massachusetts, con muchos de sus partidarios, despus de haberla tenido en prisin algn tiempo. En 1643 fu asesinada por los indios, juntamente con varios miembros de su familia.--N. del T. [14] Casi es intil observar que en las sectas protestantes se da el nombre de Ministros Pastores los ministros del altar y que les est permitido casarse.--N. del T. [15] Filsofo ingls y hombre de ciencia que floreci en la primera mitad del siglo 17.--N. del T. [16] Sabido es que los ministros pastores de las sectas protestantes les est permitido casarse.--N. del T. [17] Vase acerca de Ana Hutchinson la nota en la pgina 59 [nota 13]. [18] Esta frase herldica, vertida en lenguaje comn, quiere decir que en un campo fondo obscuro, resalta la letra A de color escarlata.--N. del T. End of Project Gutenberg's La letra escarlata, by Nathaniel Hawthorne License: Share Alike