Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net BIBLIOTECA DE LA NACION LUCIO V. LPEZ LA GRAN ALDEA COSTUMBRES BONAERENSES BUENOS AIRES 1908 LA GRAN ALDEA La obra que va a leerse, fue escrita all por el ao 1882 por el malogrado doctor Lucio V. Lpez, uno de los espritus ms selectos que hayan brillado en nuestro pequeo mundo literario, en nuestro foro, en nuestra poltica, en pocas en que eran muchos y muy esclarecidos los hombres que se disputaban el primer puesto ante la pblica consideracin, todos ellos con ttulos ms o menos bien conquistados y sostenidos. No es de este momento ni de este sitio hacer la biografa de Lucio Vicente Lpez, que--para ser exacta,--tendra que abarcar de paso todo un periodo de nuestra historia poltica, a la que su actuacin lo lig estrechamente. Tenemos que limitarnos a decir que, abogado distinguido y escritor agudo y sarcstico, las luchas democrticas lo llevaron las filas del periodismo, en el que milit, y que nuestros diarios guardan en sus colecciones, numerosos artculos brotados de su pluma, y que se hacen notar--como l se haca notar en la conversacin privada,--por su humorismo, sus epigramas, sus sarcasmos, a veces sangrientos, pero siempre revestidos de cultsimo y elegante estilo. De gustos refinados, Lucio Vicente Lpez cultivaba las bellas letras, ms como catador que como autor, fuera de su papel de polemista poltico, que con tanto brillo desempe; su ilustracin literaria era muy vasta, como lo era su preparacin jurdica, y segua con algo ms que simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolucin de la literatura contempornea, sirvindole para este estudio sus conocimientos clsicos, su innato buen gusto y su talento reconocido, que brillaba en cuanto atraa, siquiera momentneamente, su atencin y provocaba su accin. Pero un da tena que sentir la necesidad de hacer mover y fructificar sus capitales literarios, no en ligeros esquicios, como lo haba hecho hasta entonces, sino en obra de ciertas proporciones y de algn aliento. Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de no dejarlo enmohecer en el cerebro, como bienes de avaro, le hizo producir _La Gran Aldea_, libro de observacin y de crtica, lleno de vida y de agudeza, en el que abundan las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese un ensayo, el primer paso en un camino nuevo si no desconocido, y por el que el autor no emprendi viaje otra vez, trado y llevado enseguida por las luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las altas posiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobierno mismo del pas. _La Gran Aldea_ nos presenta un boceto lleno de gracia y de exactitud caricaturesca, si as puede decirse, de lo que era el Buenos Aires romntico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimeras los hombres que hoy cuentan cuarenta aos, pero cuyos ltimos resabios suelen aparecer todava aqu y all, como fuegos fatuos producidos por cosas pasadas y muertas hace mucho... el Buenos Aires social, desaparecido bajo el aluvin extranjero que, sin darle un nuevo carcter definido todava, le ha quitado su antigua y peculiar caracterstica, mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitacin europea. El ttulo mismo de la obra est diciendo lo que es: el retrato de un pueblo en marcha rpida y progresiva, pero que todava no ha dejado los andadores de la aldea, del villorrio, para andar con el paso seguro de la ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el exterior, sin que su intimidad responda a la apariencia. La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y de aquel cerebro; tiene defectos, pero, como deca Goldsmith, quin sabe si esos mismos defectos no constituyen un atractivo ms, y si la percepcin no deslucira el libro, quitndole individualidad. _La Gran Aldea_ apareci por primera vez en los folletines del _Sud Amrica_, que acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ella una edicin de corto nmero de ejemplares. La gran masa de lectores con que ahora cuenta nuestro pas, no puede conocerla, por lo tanto. Hubiera sido lstima que el silencio siguiese rodeando a esta novela, leda slo por escasos aficionados y cultores de las letras, cuando tiene, por su humorismo, por su crtica, por la fiel pintura de otros tiempos, otras costumbres y otros hombres, derecho a convertirse en un libro popular, y a perpetuar la memoria de su autor, como perpeta el recuerdo de su inesperada e injusta muerte, sobrevenida en la plenitud de sus fuerzas, la vibrante figura de la Protesta, levantada sobre su tumba por el gran escultor francs... _A MIGUEL CAN_ _mi amigo y camarada_, _L. V. L._ Qu'on ait trouv des personnalits dans cette comdie, je n'en suis surpris: on trouve toujours des personnalits dans les comdies de caractre comme on se dcouvre toujours des maladies dans les livres de mdecine. La vrit est que je n'ai pas plus vis un individu qu'un salon; j'ai pris dans les salons et chez les individus les traits dont j'ai fait mes types, mais, o voulait-on que je les prisse? EDOUARD PAILLERON. (_Le Monde o l'on s'ennuie_). LA GRAN ALDEA I Dos aos haca que mi to viva en mi compaa cuando, de pronto, una maana, al sentarnos a almorzar, me dijo: --Sobrino, me caso... Cualquiera creera que me dio la noticia con acento enrgico. Muy lejos de eso! Su voz fue, como siempre, suave e insinuante como un arrullo, pues mi to, aunque tena el carcter del zorro, afectaba siempre la mansedumbre del cordero. Y qu tena de particular que mi to se casara? Vaya si lo tena! Haba cumplido los cincuenta y ocho aos y apenas haca dos que mi ta haba muerto. Mi ta! Ah, el corazn se me parte de pena al recordarla!... Una seora feroz, hija de un mayor de caballera que haba servido con Rauch, que haba heredado el carcter militar del padre, su fealdad proverbial, un gesto de tigra, y una voz que, cuando resonaba en el histrico comedor de su casa, haca estremecer a mi to, y el temblor de la vctima transmita el fluido pavoroso a los platos y a las copas que se estremecan a su turno dentro de los aparadores al recibir en sus cuerpos frgiles y acsticos el choque de la descarga de terror conyugal. As pasaban las cosas cuando mi ta Medea purificaba sobre la tierra a su marido. El espanto dominaba toda la casa: los antiguos retratos al leo de sus antepasados, y hasta el del feroz mayor de caballera, tiritaban entre los marcos dorados, y perdan la tiesura lineal y angulosa del pincel primitivo que haba inmortalizado aquellos absurdos artsticos; los muebles tomaban un aspecto solemne, y parecan, por su alineacin severa, la serie de los bancos de los acusados; los relojes se paraban, los sirvientes ganaban los confines de la casa; mi to, que comenzaba por esbozar una splica en su rostro de marido hostigado durante veinticinco aos, conclua por doblar el cuello y hundir su barba en el pecho, ni ms ni menos que una perdiz a la que un cazador brutal descarga a boca de jarro los dos caones de la escopeta. Las imprecaciones y los gritos estentreos de mi ta Medea se prolongaban hasta altas horas de la noche; tena unos pulmones dignos de alimentar el rgano monstruo de Albert Hall; y sus iras inclementes y casi mitolgicas, brotaban de sus labios como un torrente de lava hablada, en medio de gesticulaciones y de ademanes dignos de una sibila que evacua sus furores tremendos. Una mujer como mi ta, tena que ser, como fue, de una esterilidad a toda prueba. Hasta los quince aos yo tuve vehementes dudas sobre su sexo; aquel retoo de los Atridas no dio fruto a pesar de mi to. Mi to estaba lejos de ser un apstol, pero era un santo. El lado dbil de mi to era el amor, y esto explicar por qu es que a los dos aos de viudez acaba de declararme que se casa. Mi to era un alfeique delante de una mujer bonita. Decir que se derreta sera poco, se revena, se volva una celda de miel. Al or una voz juvenil brotando de una garganta esbelta y alabastrina, al ver un cuerpo elstico y nervioso modelado por los contornos de la carne viva y suave a la presin, mi to, que era flaco y alto como un junco de las islas, gema involuntariamente como una arpa elica, y, no contento con saborear la estatua con los ojos, ceda, sin querer, el brazo a los movimientos irrespetuosos de la electricidad animal y gustaba de tocar el buen seor. Convengamos en que el defecto era humano y no grave. Pero ved aqu cmo dos pasiones contrarias, la clera crnica de mi ta y la ternura amorosa de mi to, haban llegado poco a poco a constituir en l una segunda persona, en la que se haban transformado todos los rasgos primitivos de su carcter. El buen viejo haba conservado toda su bondad, toda su mansedumbre; pero, perseguido, acosado, estirado, como un hilo elstico, por su mujer, se haba enflaquecido ms de lo que haba sido y haba adquirido un tipo fsico lgico, con su nuevo carcter moral: una especie de Tartufo, pero no un Tartufo odioso y antiptico, sino por el contrario, y aunque esto parezca una paradoja, un Tartufo ingenuo y cndido, a quien Orgon descubra en cada aventura por la falta de las grandes cualidades jesuticas que constituyen el carcter del ms alto representante del molierismo... As, mi to, que turbaba de cuando en cuando la paz del servicio, sufra siempre la desgracia que nadie sufre en este mundo; lo que no pasa jams: que los sirvientes lo delatasen a la seora. El regreso del paseto despus de comer casi siempre lo colocaba en una situacin crtica y zurda: o la manga de la levita blanqueada por el contacto de las paredes humanas, o el perfume de un ramo de jazmines, o lo inmoderado de un nudo de corbata poco defendido, o cualquiera otra causa, lo entregaban a las garras de la leona, y los celos de Norma estallaban: --Viejo libertino y sin vergenza, inmoral, corrompido, sucio!... --Pero, Medea!... --Silencio! hombre sin pudor!... habrse visto canalla igual!... corriendo las calles de noche, echando cuchufletas a las sirvientas en las puertas de calle! Vea usted! Esa manga denuncia al canalla! A ver, aunque no quieras, te he de registrar el pecho... Eh! Qu se me importa que se te arrugue la camisa? Qu, no veo acaso al viejo calavera degradado en ese moo indecoroso de la corbata!... Un ramo de jazmines!... Quin te ha dado ese ramo? Di, hombre infame y malvado. Quin te ha dado esa inmundicia? Puf!... huele a patchoul! Debe ser alguna guaranga, degradada como t... Esta me la has de pagar! Ha de arder Troya! Usted ha manchado mi familia y mi nombre, arrastrndolo por las ltimas capas sociales. El nombre de los Berrotarn! Si mi padre viviera, ya te habra molido las costillas; treinta aos fue militar, y mi madre no tuvo jams una queja. Valo usted all, levante los ojos y pida usted perdn al autor de mis das... marido depravado y perverso! Y Pollion caa fulminado por los anatemas. As haban pasado los das del primer matrimonio de mi to. El haca _in petto_ grandes programas de enmienda: se crea un culpable, un malvado, pero no poda con sus extravos de ternura, y a fe que tena razn: mi ta era refractaria por ndole y por naturaleza a todo afecto ntimo, y sus caricias deban ser, si alguna vez las hizo a alguien, como las manotadas de una pantera. Las impresiones que aquel hogar lleno de movimiento producan sobre mi espritu, eran mltiples y variadas. Mi ta Medea nunca dejaba de echarme en cara que al morir mis padres me haba recogido por favor y como un acto mil veces ms caritativo y recomendable que el de la hija de Faran, salvando a Moiss de la corriente del Nilo. Mi padre, hermano menor de mi to, haba muerto joven, y mi madre al darme a luz. Ante la ley natural, a Dios gracias, mi ta no poda exigirme parentesco. En aquel hogar rancio y ridculo yo me haba formado sin grandes afecciones; haba crecido lentamente como una planta extica al lado de mi pobre to, que sin duda me quera, y que, no sabindose defender a s mismo de su terrible compaera, se guardaba por su parte muy bien de protegerme cuando la brava seora la emprenda conmigo. II Me acuerdo, sin embargo, con una memoria vivsima, de los primeros aos de mi niez. Miraba la vida como pudieran mirarla los hijos del Prncipe de Gales o los de un Rothschild. Todo lo que me rodeaba, mientras vivi mi padre, era pobre y de una mediocridad bastante marcada; pero yo lo encontraba de una belleza, de una abundancia y de un gusto excepcionales. Nadie me haba inspirado estas pretensiones pueriles; por el contrario, mi padre, cuando me di cuenta de su valor moral, era de una modestia pristina en su vida. Pero yo encontraba tan hermosa la vieja casa alquilada! Tan lujosa la sala en que dominaba un gran retrato de mi madre querida, que tena, si la expresin se me permite, esa lstima egosta que siente uno por los dems nios cuando es nio tambin. Qu hombre, qu mujer, por variada y llena de contrastes que haya sido su vida, no tiene all, en el fondo del recuerdo, la fotografa vaga pero indeleble de las primeras impresiones del mundo? Es una fiesta, un da de escuela, un encuentro, un juguete, un cario recibido y devuelto, el protagonista de ese inolvidable poema de la memoria; la palabra no lo anima jams, no se comunica a nadie, porque es tal vez trivial cuando adquiere formas externas; se acaricia la reminiscencia a solas, ntimamente, y ella vuelve y retorna siempre a la mente, porque es como el cimiento de las memorias, el sedimento que han dejado las primeras impresiones de la vida en el espritu del hombre. La fisonoma de aquel hogar, trunco por la muerte de mi madre, no se borrar jams de mi mente. Dormamos con mi padre en la misma habitacin. Veo todava aquel teatro clebre de cuentos y juegos inolvidables; los seis antiguos grabados ingleses de sus paredes, colgados con poco esmero; seis escenas de los romances de Waverley, amarillentos y mareados entre sus maltratados marcos, casi siempre torcidos, pendientes de sus clavos desiguales. Cuntas veces al adormecerme bajo la media luz de la habitacin, parecame ver moverse la figura misntropa de Guy Mannering, y de espanto al verla salir del marco, encogame todo en el lecho, tapbame hasta la cabeza y cerraba los ojos para no ver la escena fantstica que fraguaba contra m mismo la imaginacin calenturienta del nio. Oigo el tic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbre resuena en mi odo an. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar en medio del sueo ese montono murmullo del silencio nocturno, reagravado por el bulto humano, horroroso, amenazante, que parecan formar las ropas de mi padre puestas al acaso sobre una silla, y en cuya ingeniosa y casual combinacin crea ver el cuerpo de un ladrn o de un bandido. Oh! Qu alegra, qu desahogo, cuando la mirada, despus de un examen ansioso, descubra el fatal engao y los objetos tomaban su forma natural disipndose el terrible fantasma! III Tena diez aos cuando muri mi padre. La ltima vez que me acercaron al borde de su cama, me abraz y me llen de besos; tendra entonces cuarenta aos, pero representaba sesenta; tanto lo haba quebrantado la terrible enfermedad que lo consuma! Espritu dbil, la muerte de su compaera lo haba abatido, haba hecho intil su existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleo subalterno que serva desde 20 aos atrs, careca de la iniciativa vigorosa de otros hombres que buscan en los trabajos variados de la vida el consuelo de los grandes dolores humanos. La monotona de sus deberes cuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, maana y siempre; el sueldo peridico que jams se aumenta ni reproduce; la falta del ideal, de la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue toda criatura en el mundo, abatieron las fuerzas de aquel noble pero desgraciado corazn, cuyo fin fue como el de una mquina que estalla y se inutiliza antes de tiempo. Mi to, dominado por su absurda mujer, nos vea poco. Pobre tambin, se haba casado con ella que tena una fortuna considerable, y en su casa, como era natural, dominaba el carcter militar de mi ta, duplicado por la influencia de su fortuna. Sin embargo, el buen to Ramn, con sus debilidades, pero excelente en el fondo, al saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos. Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confunda con la blancura de las almohadas de su cama. Aunque nio, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momento de mi vida, llor amargamente abrazado de su cuello; sent su ltimo calor vital con un ntimo estremecimiento de dolor, estrech sus manos descarnadas, me mir en sus ojos apagados y permanec mucho, mucho tiempo a su lado, sollozando y enjugando mis lgrimas. Mi padre haba abierto un pequeo libro con lminas ordinarias para distraerme, y yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmente sus pginas, y me detena contemplando los grabados, siempre estrechado por l. --Bien, hijito--me dijo al fin,--vete a recoger, que es tarde ya y yo tengo que hablar con tu to. Y como yo hiciera un movimiento de cariosa resistencia para separarme de su lado, l insisti dulcemente, me volvi a abrazar y a besar muchas veces y mi to Ramn me condujo a un cuarto inmediato donde me haba instalado desde que mi padre se agrav. Al separrmele, qued en mis manos el libro que habamos estado hojeando. Me desnudaron y me acostaron. Un instinto, qu s yo, uno de esos profundos movimientos del alma de los nios, que son como el germen de todos los variados y tiernos sentimientos que brotan despus en la adolescencia, me hizo no separarme de aquel libro. Apagose la luz de la habitacin, y yo estaba abrazado de mi precioso recuerdo. Quera protegerlo y ser protegido por l mismo; era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me lo reproduca; llor mucho sobre l y deb humedecerlo tanto con mis lgrimas, que mis manos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; y fue as, abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus pginas, que me dorm aquella noche, la ltima de mi vida en que deba ver al autor de mis das. Aquella noche muri mi padre, mientras yo dorma oprimiendo el tesoro conquistado. Pobre libro mo! A los diez aos muy lejos estaba de amarlo por el valor moral de sus pginas; era el _Ivanhoe_, el primer romance que deba deslumbrar ms tarde mi imaginacin virgen de impresiones. Lo amaba, porque haba sido de mi padre: todo era en l precioso para m, sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante estropeadas, sus ngulos doblados por los golpes que sufra, sus pginas descoloridas, en las que mis ojos inquietos se solan detener de paso. El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; muri por la madrugada, y durante todo el da me tuvieron encerrado en el cuarto en que me haban puesto, sin dejarme salir de l. En un momento yo consegu, sin embargo, escaparme, llevado por esa curiosidad inquieta de los nios, me intern en las habitaciones que conducan a la sala, y por la hoja entreabierta logr ver dos largos y gruesos cirios llenos de las congelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobre enormes candelabros de platina, semejantes a los que haba visto en las iglesias; los candelabros reposaban sobre un tapiz de pana negra rada, con guardas de oro bastante estropeadas; el olor acre de la cera de los cirios me hizo un malsimo efecto, y sin darme cuenta de lo que vea, retroced a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante. Nunca despus en la vida he dejado de recordar aquel momento, al aspirar el ambiente peculiar que forman las velas amarillosas de cera que queman alrededor del fretro de los que acaban de morir, y aquella impresin de nio, es otra de las muchas que no se borrarn jams de mi memoria. Mis parientes se dieron mucha prisa en enterrar a mi padre; a eso de las cinco de la tarde comenc a sentir el murmullo de voces y pasos de gentes que entraban. Me asom por la puerta que daba al patio y vi muchos hombres vestidos rigurosamente de negro que se congregaban en pequeos grupos, saludndose reverenciosamente los unos con los otros; todos parecan estar muy tristes y pensativos, a juzgar por la gravedad de sus rostros. Una sirvienta me arranc de la puerta desde donde yo observaba la concurrencia lleno de estraeza, al ver un nmero tan considerable de gente en mi casa, donde tan pocas y raras personas nos visitaban. Un rato despus me pareci que el ruido de los pasos aumentaba, como si un tropel de gente se pusiese en movimiento y poco a poco fui notando que se alejaba. En la calle se oyeron rodar carruajes, pero el ruido de los coches tambin se extingui y todo qued en silencio. Entonces me asom otra vez por la puerta del patio: haba quedado completamente solo, la puerta de la calle estaba entornada, cerradas las de las habitaciones; la tarde avanzaba y la humedad de un da lluvioso daba a aquella escena un aspecto tristsimo. Me dio miedo y entr en mi cuarto. Mi ta Medea conversaba en las habitaciones inmediatas con cuatro o cinco seoras viejas y de edades incalculables. Yo me present francamente entre ellas: una me acarici; las otras, incluso mi ta, me miraron con cierta indiferencia, y yo no deb preocuparme mucho tampoco de ellas, porque prefer meterme debajo de la mesa del comedor donde permanec largo tiempo recorriendo las estampas de mi libro inseparable. Las seoras tomaron algunas copas de vino y mi ta tom dos, dicindoles que estaba muy dbil, que durante el da no haba probado bocado, lo que probablemente le sirvi de pretexto para comer un plato entero de bizcochos que haban presentado junto con el vino. Aquellas seoras se levantaron al fin, y mi ta con ellas, diciendo a la sirvienta que me cuidaba, que me tuviera listo para el da siguiente en que ella vendra a buscarme temprano. En efecto, al da siguiente del entierro de mi padre volvi mi ta Medea a buscarme. Lo primero de que me apoder para decir adis a aquel hogar semejante a un nido abandonado, fue de mi buen libro; nada ms deseaba llevar. Quise, sin embargo, recorrer toda la casa antes de partir. Se aspiraba en todos los cuartos ese ambiente de tristeza que tienen los sitios que se abandonan. Entr en el cuarto en que mi padre haba muerto; todo estaba en desorden: la cama en el medio, sin colchones, como un esqueleto de hierro; los armarios vacos. Mi ta Medea haba hecho acto de generosidad con los pobres, repartiendo las ropas de mi padre; la vieja alfombra haba desaparecido; las baldosas contribuan a aumentar lo triste de la escena con su frialdad glacial; mis buenos grabados ingleses ya no estaban tampoco; algunos fragmentos de mis juguetes haban sido relegados a un rincn de la habitacin; entr en la sala y vi con jbilo que el retrato de mi madre estaba all y que mi to haba dispuesto que lo condujesen a su casa. En un ngulo de la sala estaban agrupados los cuatro candelabros con sus cirios apagados, las mechas duras y achatadas sobre la cera, que haba formado al derretirse una masa de coagulaciones semejantes a las labores gticas de una abada; a un lado de ellos estaba la manta de pana negra, rada, con sus guardas galonadas. Entraban y salan peones con muebles:--Desalojaban! Oh! qu triste es una mudanza, y cunto ms triste cuando tiene lugar porque han muerto los que habitaban la casa! Qu triste es ese desorden! Las voces de las gentes de todas menas que entran y salen; la desnudez en que quedan los pisos y las paredes; el abandono, el silencio, que van invadiendo poco a poco! El ltimo trasto que se saca, casi siempre una silla, cuyos pies desiguales le dan cierto aire de grotesca melancola, ante el cual slo el pincel de Dickens es capaz de levantar el poema que surge de la observacin sentimental de los objetos. Qu momento ese, en que el ltimo, despus de dejar desiertas las habitaciones, cierra la puerta de la calle tras de s! El eco cavernoso responde entre los ngulos de los cuartos abandonados, el eco solo, voz solemne de lo vaco, de la soledad, de las tumbas! IV El cambio de domicilio fue un acontecimiento para m; la esplndida casa de mi to Ramn, mi ropa flamante de luto, la nueva faz de mi vida, ejercieron en mi espritu toda la influencia de la novedad. Haba alguna diferencia, por cierto, entre la pobre morada de mi padre y la esplndida mansin de mi to, o ms bien dicho, de mi ta, pues todo lo que haba en ella, hasta el ltimo alfiler, como ella deca, era suyo propio y lo haba heredado del famoso mayor Berrotarn, terror de los indios y loor del ejrcito. Mi to Ramn era un pobrete que slo haba aportado al matrimonio su decencia con lo encapillado, como rezaba la antigua frmula testamentaria. Se trat de mi educacin; mi to, que se interesaba por m, quiso tomarme maestros de idiomas y proporcionarme una enseanza esmerada, pero todo fue en vano. Mi ta Medea sostuvo con argumentos sin rplica y resoluciones inapelables, que demasiado haba hecho ella consintiendo en cargar con hijos de otro. --Si no tiene usted familia, usted solo tiene la culpa! Mi padre tuvo diecisiete hijos y slo fue casado dos veces! --Bien, Medea, tienes razn, yo tengo la culpa! --Y es usted tan cnico que lo confiesa! --Pero si es por complacerte!... --Por complacerme! Y ese es el modo de complacerme? Traerme los hijos de otros, echar esa carga a su mujer! Por qu no lo ha puesto usted en un taller, para que aprenda un oficio y se haga hombre? Por qu no lo ha destinado usted a un cuerpo de lnea, para que siguiese la noble carrera militar? --Mira, Medea: es el hijo de mi pobre hermano, lleva mi apellido como t, no tenemos hijos... Qu cosa ms natural que lo hagamos nuestro hijo, que lo eduquemos conforme a nuestros medios? --Ca! No me muelas la paciencia, Ramn, no me impacientes--contestaba mi ta Medea furiosa.--Yo no necesito de tu nombre para nada! Gurdatelo, que para nada me sirve! Yo me llamo Berrotarn y usted es un pobre diablo, hijo de un lomillero. S, seor, de un lomillero! Su padre de usted era lomillero en tiempo de Rozas. Haga usted lomillero a su sobrino! Mi to se pona rojo de vergenza ante estas contestaciones, y yo, que no poda darme cuenta de cmo mi ta, tan llena de orgullo y de pretensiones, haba podido casarse con el hijo de un lomillero, deca para mis adentros que deban haberla casado por fuerza con mi to Ramn, porque, de otro modo, no podra explicarse tanta desigualdad de condiciones. Indudablemente mi to Ramn haba abusado de mi ta, permitindole que lo aceptara por esposo. Escenas conyugales como la que acabo de narrar eran muy comunes en aquella casa. Mi to estaba completamente sometido; en lo nico en que era incorregible era, como ya lo he dicho, en materias de amor, y por esta causa se daban los ms famosos combates ntimos que tenan lugar. Combates?... digo mal; mi to no combata nunca; se entregaba por completo, rendido a discrecin, y mi ta emprenda la terrible ejecucin del marido infiel. Mi ta Medea era muy dada a la poltica; ella pretenda tomar parte en el Gobierno, y era, por consiguiente, amiga de la situacin. La poca en que yo me criaba era muy agitada. Haca poco tiempo que se haba dado la batalla de Pavn. Quera mi ta llevarlo todo a sangre y fuego, y su divisa era o por la ley o por la fuerza. Mi to Ramn haba tenido que inscribirse en uno de los centros electorales en que la opinin estaba dividida, y aunque con su carcter muy indiferente por la cosa pblica, el buen ciudadano figuraba pomposamente en la comisin directiva, debido sin duda a la iniciativa de su mujer, que no admita excusas, y a sus medios pecuniarios, y no a su entusiasmo por la lucha o a sus aspiraciones polticas. El candidato de mi ta ejerca sobre ella la influencia de un profeta: no conceba que delante de su figura inspirada y magnfica pudieran levantarse adversarios; mi ta, como he dicho, era de una virtud agria e indomable, pero, cuando se hablaba de su orador y de su poeta, una especie de delirio alarmante la invada, y si hubiera sido joven y bella y su dolo le hubiera dado una cita a media noche, habra ido, loca de amor, a rendirse a sus caricias omnipotentes, porque perderse con l no habra sido para ella una falta sino el cumplimiento de un deber inexcusable. As era por aquellos das el fanatismo poltico entre las mujeres. El dolo poltico de mi ta, hombre formal, estudioso, lleno de buena fe, como el profeta de Mnster, tena una especie de virtud inconsciente e involuntaria para revolver las cabezas femeninas, y a pesar de toda su gravedad, de todo su juicio, contbase como cierto por los adversarios, que ms de una vez, la crema de la high-life del tiempo, las seoras ms encopetadas de Buenos Aires, le haban hecho manifestaciones pblicas de simpata en las ventanas de su casa, ponindolo, en una edad que no era la de Apolo, en el caso de presidir la asamblea de las mujeres, perorar ante ellas y echarles las ms metafricas, las ms eufnicas, las ms pintadas frases de su cosecha oratoria. Por supuesto que mi to dejaba hacer y jams demostr celos por aquellos actos de su mujer; tenerlos habra sido tan temerario como si los griegos los hubiesen tenido de Jpiter, cuando el rey del Olimpo haca sus parrandas nocturnas por sus hogares. En el partido de mi ta, es necesario decirlo para ser justo, y sobre todo para ser exacto, figuraba la mayor parte de la burguesa portea; las familias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esa especie de nobleza bonaerense pasablemente betica, sana, iletrada, muda, orgullosa, aburrida, localista, honorable, rica y gorda: ese partido tena una razn social y poltica de existencia; nacido a la vida al caer Rozas, dominado y sujeto a su solio durante veinte aos, haba, sin quererlo, absorbido los vicios de la poca, y con las grandes y entusiastas ideas de libertad, haba roto las cadenas sin romper sus tradiciones hereditarias. No transform la fisonoma moral de sus hijos; los hizo estancieros y tenderos en 1850. Mir a la Universidad con huraa desconfianza, y al talento aventurero de los hombres nuevos pobres, como un peligro de su existencia; crey y form sus familias en un hogar lujoso con todas las pretensiones inconscientes a la gran vida, a la elegancia, y al tono; pero sin quererlo, sin poderlo evitar, sin sentirlo, conserv su fisonoma histrica, que era honorable y virtuosa, pero rutinaria y opaca. Necesit su hombre y lo encontr: le inspir sus defectos y lo dot con sus mritos. En vida de mi ta, su casa era uno de los centros ms concurridos por todas las grandes personalidades, y en ella se adoptaban las resoluciones trascendentales de sus directores. Los grandes planes que deban imponerse al comit, para que ste los impusiese al pblico, salan de all, y en su elaboracin tomaban parte las cabezas supremas, que deliberaban como una especie de estado mayor, sin que los jefes subalternos tomasen parte en las discusiones. Lo ms curioso era que aquella gran cofrada crea, o estaba empeada en hacer creer, que era el partido quien conceba los profundos programas electorales, y la verdad era que el gran partido sola convertirse en un ser tan pasivo como los dolos asirios, que aterraban o entusiasmaban a las muchedumbres segn el humor del gran sacerdote que gobernaba los resortes ocultos de la deidad. Tenan aquellas reuniones un colorido particular, y ms de una vez fui espectador de las escenas que se producan entre sus altos y profundos augures. Mi ta no estaba quieta un solo instante; sala y entraba a la sala en que se congregaban sus correligionarios, atenda a una que otra visita ntima del barrio en las habitaciones interiores, y volva de nuevo por un instante a seguir el hilo de los debates y peroraciones que tenan lugar. Una noche prxima al da de una eleccin, segn creo, se reunieron en casa de mis tos aquellos hombres que yo consideraba providenciales. Desde temprano se haban encendido todas las araas y candelabros del saln, y yo, ardiendo de curiosidad, hice todo lo posible por ser espectador lejano, desde la antesala, de aquella notable asamblea. Eran las ocho de la noche y entraban los primeros concurrentes. --No me hable usted de la juventud, seor don Ramn, la juventud del da no sirve para nada--deca a mi to un caballero flaco, de cuarenta aos largos, con una fisonoma garabateada por la barba y las arrugas del cutis. --Tiene razn, doctor, los jvenes no sirven para nada.--No te metas, Ramn, en lo que no sabes--contestaba mi ta furibunda. --Vean ustedes, seores: llevar hombres jvenes a las cmaras sera nuestra perdicin. La juventud del da no tiene talentos prcticos; cmo quieren ustedes que los tenga? Le da por la historia y por estudiar el derecho constitucional y la economa poltica en libros! Forman bibliotecas enormes y se indigestan la inteligencia con una erudicin intil, que mata en ellos toda la espontaneidad del talento y de la inventiva. S, seores, los libros no sirven para nada! Ustedes me ven a m... Yo no he necesitado jams libros para saber lo que s. Pero no quieren seguir mis consejos, seor! Los libros no sirven para nada en los pueblos nuevos como el nuestro. Para derrocar a Rozas no fueron necesarios los libros; para hacer la Constitucin de 1853, tampoco fueron necesarios, y es la mejor constitucin del mundo. Yo soy abogado y me ha bastado Darnasca para aprender mi profesin. La nocin del derecho se pierde cuanto ms a fondo se quieren conocer los textos. Lo mismo es la poltica! Nosotros no estamos preparados para gobernar con Hamilton, Madison y Story. El buen sentido, eso basta! S, seores, el buen sentido basta! Yo por ejemplo, no leo sino los diarios, y el periodismo, seores, es como el pelcano, alimenta a sus hijos con su propia sangre. Usted ha estado en mi estudio, seor don Ramn, no es verdad? Ha estado usted? Pues bien! Qu libros ha visto usted? Colecciones de los diarios en que he escrito, eso s: la coleccin de _La Colmena_, _La Espada de Damocles_, _La Regeneracin Portea_, _El Gorro de la Libertad_, etc., todos los diarios de que he sido redactor. Pues bien, eh?... he necesitado alguna vez informarme sobre la pesca de los pengines en la costa patagnica, cuando he sido ministro, qu he hecho?... a _La Espada de Damocles_... registro la coleccin y en 1853 o 54, encuentro el artculo que escrib sobre la pesca de esos moluscos... --Pero, doctor, los pengines no son aves?--observ mi to. --Pero no vuelan, seor don Ramn, y son esencialmente martimos, y se pescan en vez de cazarse; por eso es que los clasifico entre los moluscos, y as los designo en mi artculo de _La Espada de Damocles_. Y lo mismo que digo de la pesca de los pengines, digo del gobierno parlamentario; nos estn hablando de las bondades del sistema bicamarista... Vean ustedes el resultado que nos ha dado en la nacin y en la provincia... Hemos retrocedido, seores, hemos retrocedido veinte aos; nuestro primer acto de gobierno debe ser volver a la cmara nica y poco numerosa. Yo lo he sostenido en un artculo que escrib en 1853 en _El Gorro de la Libertad_; ah estn los argumentos irrefutables de mi tesis. La cmara nica, seores, no hay nada mejor; basta el buen sentido para comprender que dos cmaras es el absurdo, seor! Una est en contra de la otra siempre, y cmo gobernar cuando dos fuerzas iguales, se chocan? El axioma fsico es que dos fuerzas iguales se destruyen... y la fsica tiene leyes anlogas a la poltica! No hay gobierno posible as! La cmara nica es lo ms sencillo, lo ms expeditivo y lo ms cmodo!... --Pero los ingleses, seor doctor, tienen dos cmaras--observ uno de los circunstantes. --Permtame, seor; la Inglaterra es un pas extravagante, de clima diferente al nuestro, y se explica el error all. Pero nosotros tenemos un clima ardiente y es un peligro grave prodigar las fuerzas y el nmero de las asambleas parlamentarias en la Repblica Argentina. Eso es lo que nos lleva siempre a las oposiciones tenaces. Nuestro partido perder el gobierno por eso, seores; por extender el nmero de las asambleas. Con una cmara nica de veinticinco amigos no seremos vencidos. Yo se lo he dicho siempre al general:--No le haga caso a don Benjamn Boston; mire que don Benjamn es de origen norteamericano, mientras que nosotros debemos seguir la escuela poltica de Rivadavia. Don Benjamn es orador muy elocuente, pero no tiene una cabeza poltica ni previsora: tiene demasiados libros para ser buen gobernante y jams ha escrito en un diario. Pero no se me hizo caso, seor, y ya vern ustedes los resultados! --Cunto me alegro, doctor Trevexo, de que Ramn oiga lo que usted dice! Cunta razn tiene usted! Figrese usted que mi marido se empeaba en llenarle la cabeza de librajos a su sobrino y ensearle idiomas, y que s yo qu otras cosas... Para qu?... --Todo eso no sirve para nada, seora. Ensele usted a leer y a escribir y deje usted al talento que se revele solo. Repito a usted que en este pas los hombres no necesitan estudiar nada para llegar a los altos puestos. No me ve usted a m? Acostumbre usted al nio a que lea los diarios y a que guarde recortes de los artculos que le interesen. A los veinte aos sabr ms que toda su generacin. --Pero ya ve usted, doctor Trevexo, que el general no debe ser de su opinin; pocos hombres tienen ms libros y papeles que l; un da que tuve el alto honor de verlo en su casa, sal pasmado de la copiosidad de su biblioteca. --A eso iba, eh! eso iba a contestarle: es que usted ha conocido al general en su mala poca; desde que ha empezado a estudiar ha empezado a degenerar, ha perdido el brillo de su palabra y la espontaneidad de su espritu y se ha envejecido. --Es posible? Qu es lo que me dice usted, doctor?--interrumpi mi ta llena de sobresalto. --Lo que usted oye: don Buenaventura se ha hecho un indiferente criminal desde que se le ha ocurrido instruirse. Quin me lo negar? Todo su talento improvisador se le ha apagado. Qu diferencia del general de hoy al de otros tiempos; qu improvisaciones las de entonces, qu discursos, qu proclamas, qu artculos! --Y qu versos!--agreg mi to Ramn lleno de buena fe, con el nimo de cooperar al elogio. --No! los versos no han sido nunca gran cosa--contest el doctor con impaciencia. --Oh! perdone, doctor, y _El Matrero_ y _el Mendigo_?--agreg mi ta. --Pschet! as, as... No! los versos no son su fuerte. Pero los discursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros de Urquiza... --Ah, s! cuando les ofreca echar las puertas de los ministerios a caonazos a aquellos bandidos--rompi mi ta electrizada. --Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: Os devuelvo intactas... --No, intactas no; la proclama deca casi intactas. --Bueno, es lo mismo. Qu bellas frases, qu verdades de a puo! Ah, qu tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. S, cada vez que me acuerdo de lo que era Buenos Aires el ao pasado no ms, me convenzo de que las porteas ya no somos lo que ramos; qu unin! Quin se atreva a hablar en contra nuestra? No haba sino un hombre, un solo hombre y ese hombre era l. --Y se acuerda usted de la discusin del acuerdo, doctor? --Cmo no, misia Medea! --Entonces, s, haba decisin popular; las injurias y denuestos que vomitaron los enemigos de Buenos Aires; aquellos bandidos! las pagaron caras. Qu barra, qu barra lucida y resuelta; cmo silbaba a los traidores y cmo aplauda a aquellos patriotas! --Yo tengo presente ese da--observ uno de los personajes que all estaban. --Es cierto, seor don Pancho, que usted estaba all--contest el doctor Trevexo. --Cmo no! Yo capitaneaba el grupo principal. --El de los tenderos patriotas, no? --Precisamente; nos habamos reunido la noche antes en mi tienda toda la crema de la calle del Per; Tobas Labao, Narciso Bringas, Policarpo Amador, Hermenegildo Palenque: la flor del mostrador, que durante la tirana de Rozas haba estado metida en un zapato, y nos fuimos a la barra. Cuando hablaba don Buenaventura, lo saludbamos con una lluvia de aplausos, y cuando los urquizistas pedan la palabra, se armaba la gorda. --Pero hubo algunos muy insolentes, no? --Cmo no! y nos insultaron; pero Buenos Aires triunf y nos libramos de Urquiza. --Y de los provincianos para siempre. Porque all se salv Buenos Aires, y si no hubiramos triunfado all, hoy estaramos conquistados y perdidos, seor don Pancho--dijo mi ta exaltadsima, devolviendo el mate a la mulatilla despus de hacerlo roncar con una chupada postrimera llena de vigor, que aplic a la bombilla. La conversacin haba llegado a esta altura, cuando los sirvientes anunciaron a varios caballeros que acababan de llegar. Los recientemente llegados eran siete u ocho personas. Cambiados los saludos de orden y algunas palabras de etiqueta sobre la salud de las familias respectivas, los circunstantes ocuparon sus asientos alrededor del saln. El doctor Trevexo se sent en el sof, al lado de dos caballeros, uno muy flaco y el otro sumamente grueso. El flaco era un hombre alto, con una cabeza diminuta. Entre las cejas y el pelo tena una faja blanca que le serva de frente; la boca era hundida como la de un crneo, la nariz de un atrevimiento procaz, no por la enormidad del tamao, sino por su afligente exigidad, y, sobre todo, por la insolencia con que la Naturaleza la haba respingado para presentar al espectador sus dos ventanas, como el hocico de un _crack_ que olfatea al aire. El gesto peculiar de aquel hombre me sugera la idea de un ser que vive aspirando un mal olor constante a su alrededor. Su rostro era una mueca perpetua contra los miasmas, que se exageraba de una manera alarmante cuando l tena la pretensin de sonrerse. Los brazos eran tan largos como las piernas, el pecho era hundido, la espalda escasa, las orejas parecan dos conchas de ostras y el pescuezo, sumamente corto para su altura, desapareca entre la cabeza y el cuerpo, dndole el aspecto de esas garzas que, para dormitar al sol sobre las aguas estancadas y verdinegras de nuestras lagunas, enroscan sus pescuezos longitudinales, tomando la actitud ms formal y venerable que es capaz de tomar un pjaro. El otro caballero era lo que se llama un hombre de peso. Si su vecino del sof pecaba por su figura angulosa y rigurosamente lineal, ste pecaba por la prodigalidad chacotona con que la Naturaleza haba empleado las lneas curvas para disearlo. La cabeza grande, y aunque vulgar por la vertiginosa rapidez con que descenda hasta la frente, exhiba un rostro lleno de majestad y de satisfecha suficiencia. El abdomen, ampliamente pronunciado, lo era bastante para poner en conflicto la resistencia pertinaz de las abotonaduras del chaleco y del pantaln, a las que estaba confiada la solemne misin de contener sus formas. La fisonoma tena grandes pretensiones a la formalidad; pero yo no s qu diablos haba en aquella cara de luna llena, que me haca verla en menguante, a pesar de su redondez. Las piernas eran diminutas, pero morrudas, el pie pequeo pero ancho; la cara completamente afeitada y una nariz invasora que haca contraste con el recogimiento desdeoso de la del seor flaco que se sentaba a su lado. --Seores--dijo el doctor Trevexo,--ya estamos en _quorum_ y es menester que comencemos. Quiere usted presidir, seor don Ramn? Mi to, que permaneca de espectador pasivo, sali de su letargo, y, algo cortado, puso una cara de signo interrogante que descubra toda su indecisin para desempear el alto y difcil cargo que se le propona. Mi ta le tiraba de la levita y le deca en voz baja pero resuelta: --No, Ramn, gurdate bien de meterte en lo que no sabes. Mi to tragaba saliva y guardaba silencio como un hombre que no sabe qu partido tomar. Por ltimo rompi... --Doctor, si yo no tengo el hbito de estas cosas... No me es posible... --Presida usted, entonces, doctor Trevexo--dijo el seor gordo. --No le parece a usted, seor don Juan?--agreg dirigindose al caballero flaco y ato que haba entrado con l. Este hizo una solemne inclinacin de cabeza que significaba un signo de aprobacin, y volvi a levantar su cara chata a tanta altura, que pude verle las cavernas de la nariz en toda su siniestra lobreguez. --Bien, que presida el doctor Trevexo,--agregaron varios concurrentes. El protagonista de aquella reunin poltica no se hizo de rogar ms. El asiento central del sof del saln fue desalojado para el presidente. Este se sent, sac del bolsillo interior de su levita unos papeles, los desdobl y los puso sobre sus rodillas; se son en seguida estruendosamente la nariz por dos o tres veces, dobl su pauelo con una sola mano alrededor del puo y lo deposit en su bolsillo, como un hombre habituado a todas esas aagazas y posturas preliminares de los discursos. --Seores--dijo,--estamos empeados en una lucha homrica; de esta lucha resultar el _ser o no ser_ para nuestro partido. Aqu no estamos todos, pero no convendra que lo estuviramos. Una cosa son las reuniones populares de los teatros y de las calles, otra cosa deben ser los actos de la direccin y de la marcha de nuestro partido: una cosa son las batallas en las guerrillas, en las cargas y en los entreveros, y otra cosa son las batallas en el cuartel general. El elector, el club parroquial, pueden ir valientemente al atrio a votar, porque no tienen responsabilidades; el soldado muere en el asalto, en la lucha cuerpo a cuerpo; la metralla lo quema y lo despedaza, pero muere sin responsabilidad. La responsabilidad de las grandes luchas electorales, como de las grandes acciones de guerra, est en los generales: el soldado no muere sino materialmente, de un bayonetazo, de un tiro de fusil, de una bala de can, de hambre y de sed; pero el descalabro de una campaa poltica o militar es la muerte moral de los jefes y la muerte moral de las cabezas es la muerte del espritu dentro del cuerpo vivo: una especie de embalsamamiento inconsciente. Tratamos, seores, de formar una lista de diputados. Nada ms prudente que confiar su elaboracin a las corrientes encontradas del pueblo--continuaba el doctor Trevexo sin escupir.--El Estado soy yo, deca Luis XIV. La forma democrtica se inspira en el derecho natural. En la tribu los ms fuertes, los ms hbiles, asumen la direccin de agrupaciones humanas: el derecho positivo codifica la sancin de las legislaciones inditas del derecho natural y nosotros exclamamos; el pueblo somos nosotros! --Muy bien, muy bien, perfectsimamente! contine usted, doctor,--le interrumpi el seor gordo sin poder contener la ola de entusiasmo. --Se critica el sufragio universal, pero no se da la razn de su crtica; el error de los que lo combaten acerbamente, consiste en creer que el sufragio universal es el derecho que todos tienen de elegir. Error! Grave error, seores! Si las leyes del Universo estn confiadas a una sola voluntad, no se comprende cmo la universal puede estar confiado a todas las voluntades. El sufragio universal, como todo lo que responde a la _unidad_, como la _Universidad_, bajo el gobierno _unipersonal_ de un rector. Unipersonal, fjense ustedes bien! es el voto de uno solo reproducido por todos. En el sufragio universal la ardua misin, el sacrificio, est impuesto a los que lo dirigen, como en la armona celeste, el sol est encargado de producir la luz y los planetas de rodar y girar alrededor del sol, apareciendo y desapareciendo como cuerpos automticos sin voz ni voto en las leyes que rigen la armona de los espacios. Y declaro, seores, que esto ltimo no es mo sino del Divino Maestro. --Pero es admirable!--exclam el seor gordo. --Entiende usted, misia Medea?--agreg dirigindose en voz baja a mi ta. --No, seor don Higinio, pero yo tambin lo encuentro admirable como usted. --Qu sera de nosotros, seores, el primer partido de la Repblica, el partido que derroc a Rozas, que abati a Urquiza, el partido de Cepeda, esa platea argentina, en que el Xerjes entrerriano fue vencido por los Alcibades y los Temstocles porteos, si entregramos a las muchedumbres el voto popular? Nosotros somos la clase patricia de este pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la fortuna, la gente decente en una palabra. Fuera de nosotros, es la canalla, la plebe, quien impera. Seamos nosotros la cabeza; que el pueblo sea nuestro brazo. Podemos formar la lista con toda libertad y en seguida lanzarla. Todo el partido la acatar; nuestra divisa es _Obediencia_: cmplase nuestra divisa. --Yo me he permitido formar un proyecto de lista que someto a la consideracin de ustedes--dijo uno de los presentes, joven de hermoso aspecto, de simptica figura, que hasta entonces haba guardado silencio. --A ver, lea usted--dijo el doctor Trevexo. El joven ley su lista en medio del silencio dignsimo de la concurrencia; dos o tres la aprobaron despus de leda, pero los dems, suspensos de la fisonoma del doctor Trevexo, que demostraba visible descontento, no articularon una sola palabra de aprobacin. --Qu le parece a usted de esa lista, seor don Ramn?--dijo don Narciso acercndose al odo de mi to. --Muy buena, muy buena--contest mi to. --Pues a m me parece muy mala! --Y a m tambin--agreg don Juan, haciendo el gesto de asco que le era peculiar. --Cosas de muchachos ambiciosos, de mozalbetes: Miren ustedes, qu atrevimiento! Slo a la juventud del da puede ocurrrsele tener pretensiones de figurar en las listas de diputados--murmuraba _sotto voce_ don Pancho el tendero,--asocindose al grupo de los descontentos. --Seores--dijo en voz alta y varonil el joven que haba propuesto la lista,--es necesario llevar fuerzas nuevas a la Cmara, y las fuerzas nuevas estn en la juventud que ha salido ayer de los claustros universitarios. Yo no tengo las ideas del doctor Trevexo sobre el sufragio universal; somos un partido oligrquico con tendencias aristocrticas, exclusivistas aun dentro de su propio seno, a quien se acusa, y con razn, seores, de gobernar o de querer gobernar siempre con los mismos hombres, y que repudia toda renovacin, toda tentativa para recibir hombres nuevos en el grupo de sus directores. Pido que se tome en consideracin la lista que he presentado. El doctor Trevexo, hombre viejo y resabiado en materia de debates agrios, contaba con un rebao muy dcil para perder tiempo en polmicas apasionadas: haba aleccionado a sus adeptos de antemano, y a una sea suya don Juan, con su voz gangosa, dijo: --Quej sje vooote la lijta. --Seor, no se puede votar todava, ni hay para qu votar la lista. Se votarn los nombres de los propuestos, uno por uno. El doctor Trevexo renov la sea. --Quej sje voote la lijta--repiti don Juan. --Seores, si se procede de ese modo, nos retiraremos--replic el joven con acento resuelto. --Retjrese--contest a su turno don Juan. El joven y el grupo que lo acompaaba, se retiraron. Los hombres de juicio y de experiencia quedaron dueos del campo. Mi ta supo con indignacin que mi to Ramn haba sido el culpable de que aquella juventud atrevida hubiese venido a turbar el orden y la paz octaviana de la reunin. Mi to Ramn los haba invitado! Don Pancho el tendero echaba sapos y culebras contra aquellos osados, y suplicaba al doctor Trevexo que los denunciara al jefe del partido al da siguiente. Don Higinio, como buen estanciero, vecino de campo y de ciudad, renegaba contra la juventud del da y la Universidad, madre engendradora de doctores intiles y de muchachos pillos y botarates. Don Benjamn era felicitado por la manera severa y eficaz con que haba enseado la puerta de la calle a los revoltosos. Los seores Palenque, don Policarpo Amador, don Narciso Bringas y don Pancho Fernndez, rodearon al doctor Trevexo y la sesin continu como si nada hubiese sucedido. --Pero qu atrevimiento, qu osada! En mi casa, en mi casa, venir a promover semejante escndalo! Y pensar, doctor, que es mi marido quien tiene la culpa de todo!--exclamaba mi ta mirando furibundamente a mi pobre to, que durante toda la escena anterior se haba conducido tan obtusamente, que no supo qu partido tomar con los que se marchaban y con los que se quedaban. --He aqu, seores, he aqu, mis amigos, lo que les deca a ustedes hace un instante sobre la juventud del da!--responda el doctor Trevexo.--Qu falta de resignacin poltica, qu carencia de sumisin y de respeto demuestran a los designios superiores de la experiencia! Un partido! Un partido es una colectividad cuya primer condicin de vida es la obediencia. Y no hay nada ms hermoso, nada ms eficaz, nada ms eficiente, que ver esa gran mquina humana movida por una sola voluntad que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ideas polticas. Ayer no ms lo hemos visto; 30.000, 40.000 almas, cuarenta mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida, aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres, madres, hijos e hijas, jvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones electorales por una sola voz, riendo a una sea, llorando a otra de entusiasmo, marchando en procesin y vivando simultneamente el adorable nombre de su divino jefe. Eso es partido! --Viva el doctor Trevexo!--exclam don Juan. --Viva!--exclamaron los dems circunstantes, incluso mi ta Medea que transpiraba de entusiasmo. --Por quin vota usted, seor don Pancho, para primer candidato de la lista? --Por mi venerado jefe, don Buenaventura. --Y yo tambin!--dijo don Policarpo Amador, antes de que le tocara el turno para votar. --Y yo!--exclam don Tobas Labao con la misma anticipacin. --Por el mismo!--grit, sin esperar que le preguntasen nada, don Pancho. --Por don Buenaventura--agreg don Narciso Bringas. --Ramn tambin vota por l, doctor Trevexo--dijo mi ta;--apunte, doctor, el voto de Ramn; y si ustedes me permiten votar a m, yo... --Vote usted, seora, vote usted mil veces; la ms poderosa vlvula poltica de nuestro partido es la mujer. Los hombres y las mujeres coexistimos en la plaza pblica. Vote usted, seora, imite usted a las matronas espartanas que se arremangaban las tnicas y declamaban en la gora. --Mil votos por mi general! --Seores, quieren ustedes designar el siguiente candidato?--pregunt el doctor. --Por el doctor Trevexo, seores. Espero que todos me acompaarn a votar por l--vocifer don Pancho. Por el doctor Trevexo, por el primer diplomtico argentino. El doctor Trevexo era en este momento objeto de toda mi admiracin. Con qu modestia aquel grande hombre, aquel espritu lgico y concienzudo, que acababa de exponer tanta doctrina luminosa, reciba las aclamaciones unnimes de la distinguida sociedad que saba aquilatar su talento superior! El doctor Trevexo fue aclamado unnimemente, y con la misma unanimidad, sin que se suscitara divergencia alguna, en una perfecta armona, fueron proclamados candidatos don Benjamn, don Pancho, don Tobas Labao, don Narciso Bringas, don Policarpo Amador y don Hermenegildo Palenque, es decir, todos los concurrentes menos mi to Ramn. El doctor Trevexo volvi a guardar los papeles en la levita y se levant. --Seora--dijo a mi ta,--pocas veces nos ha costado ms trabajo que en esta ocasin formar una lista. Pero estoy contento. El jefe la proclamar maana, y el partido la recibir de sus manos consagrada como una bandera de lucha. --Confa usted en la victoria? --Seora, cuando se dispone, como disponemos nosotros, de las imaginaciones populares, los hombres desaparecen, surgen las muchedumbres: la muchedumbre es como el mar, el viento la agita, la calma la atempera. Maana nuestros nombres sern aclamados por este pueblo, que es un gran pueblo, porque sabe marchar sin preguntar nunca adonde lo llevan. La victoria ser nuestra! V Oh, mi niez! Mi niez fue triste y rida como esos arenales africanos que desde a bordo contemplan por largas horas los viajeros al aproximarse a las costas del Senegal. Tena doce aos y pasaba con razn por un muchacho imbcil: no saba leer sino silabeando torpemente; las letras, formadas en lnea, nublaban mis ojos, y al querer mover la lengua para pronunciar las palabras, la senta amarrada por ligaduras crueles, que me hacan tartamudear y sentir delante de los extraos la herida profunda y venenosa del ridculo. Escriba torpemente y con una ortografa de la ms espontnea barbarie. Oh, mis planas! Cunto me costaba hacerlas y qu mal me salan! Mi ta Medea no se haba preocupado de hacerme ensear nada. Para qu necesitaba aprender? El doctor Trevexo ya se lo haba dicho: para ocupar altas posiciones en este pas, no se necesita aprender nada. Y tena razn. Yo me preparaba para las altas posiciones, siguiendo el consejo al pie de la letra. Mi to Ramn no se conformaba, sin embargo, con aquel sistema de educacin espontnea, y el pobre hombre, en medio de sus devaneos amorosos, sola dedicarme algunos momentos; l me haba enseado a deletrear en los ttulos de los diarios y bajo su direccin haba aprendido a hacer mis primeros garabatos. Viva en el interior de la casa, entre los criados y criadas: su sociedad me encantaba, y sera un ingrato si no recordara con afecto a aquella buena gente con quien pas los primeros aos de mi vida. Despus de la reunin que acabo de describir, la guerra haba estallado entre Buenos Aires y la Confederacin, y aunque mi propsito no es consagrar muchas pginas a la poltica, necesito contar la parte que yo tom en el entusiasmo guerrero de aquellos das. Ya he dicho hasta qu punto llegaba la exaltacin de mi ta, partidaria resuelta de la guerra con toda la buena fe de su alma, creyndose una matrona griega, hija de la invicta Buenos Aires, de la Atenas del Plata y de quin s yo qu ms. La batalla de Pavn haba tenido lugar el 17 de septiembre de 1861, y la victoria produjo en Buenos Aires un entusiasmo indescriptible. Desde antes que ella tuviera lugar, mi imaginacin estaba convulsionada por los cuentos de los sirvientes de mi casa y por las conversaciones animadas de sobremesa que sostena mi ta con sus relaciones. Yo no pensaba sino en soldados y batallas; tena cierta disposicin genial al dibujo y pasaba las noches dibujando el ejrcito y la escuadra de Buenos Aires en marcha contra Urquiza; y entre las filas de soldados, sobre un caballo trazado con el ms respetuoso cuidado, diseaba la figura de mi general, dolo de mis sueos infantiles, especie de Cid fraguado por mi fantasa de nio, caricaturado involuntariamente por mi lpiz torpe, y destinado por la Providencia a aplastar a Urquiza, a quien yo me lo representaba vestido de indio, con plumas en la cabeza, con flechas y un gran facn en la cintura, rodeado por una tribu salvaje que constitua su ejrcito. La noche en que se tuvo la noticia de la batalla, mi ta me sac a caminar, para tomar lenguas, como ella deca. Las calles estaban cuajadas de gente. Corran ya los rumores precursores de la gran noticia. Algunos dispersos haban llegado al Pergamino y unos proclamaban resueltamente la victoria, otros dudaban del xito, y los ms tranquilos manifestaban la vacilacin que se experimenta en esos trances. No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonoma de la calle Per y la de la Victoria, han cambiado mucho en los veintids aos transcurridos: el _centro_ comenzaba en la calle de la Piedad y terminaba en la de Potos, donde la vanguardia sur de las tiendas estaba representada por el establecimiento del seor Bolar, local de esquina, mostrador democrtico al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras acudan al mercado, y burgus, si no aristocrtico, entre las siete de la noche y el toque de nimas. El barrio de las tiendas de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas cinco cuadras constituan en esa poca el _bulevar_ de la _faon_ de la gran capital. Las tiendas europeas de hoy, hbridas y raquticas, sin carcter local, han desterrado la tienda portea de aquella poca, de mostrador corrido y gato blanco formal sentado sobre l a guisa de esfinge. Oh, qu tiendas aquellas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas con los ltimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de percal, la pieza de pekn lustroso de medio ancho, clavada tambin en el muro, inflndose con el viento y lista para que la mano de la marchanta conocedora apreciase la calidad del gnero entre el ndice y el pulgar, sin obligacin de penetrar a la tienda. Aquella era buena fe comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera engolosina los ojos sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible. Y qu mozos! Qu vendedores los de las tiendas de entonces! Cun lejos estn los tenderos franceses y espaoles de hoy de tener la alcurnia y los mritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, ltimo vstago del aristocrtico comercio al menudeo de la colonia. No pasaba una seora ni un nia por la calle sin tributar los ms afectuosos saludos a la rueda de contertulianos, sentados cmodamente en sillas colocadas en la calle y presididos por el dueo del establecimiento. Y cuando las lindas transentes penetraban a la tienda, el dueo dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientes con un efusivo apretn de manos, preguntaba a la mam _por ese caballero_, echaba algunos requiebros de buen tono a las seoritas, tomaba el mate de manos del _cadete_ y lo ofreca a las seoras con la ms exquisita amabilidad; y slo despus de haber cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantera, entraban clientes y tenderos a tratar de la ardua cuestin de los negocios. Haba siempre en las tiendas de antao un olor inextinguible a tripe, porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe ingls formados a la entrada de la casa que, a su calidad de mercadera de fondo, reunan la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse, a los tertulianos habituales del establecimiento. Y despus, los mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardn zoolgico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados de selvas de lana con que las fbricas de Manchester reemplazaban en nuestras mansiones aristocrticas de entonces la carencia de Aubuisson y de gobelinos. Qu agilidad aquella con la que el patrn, apoyndose sobre la mano izquierda, saltaba el mostrador! Qu gracia con la que desplegaba ante los ojos de los clientes, de un golpe, y como un prestidigitador, la pieza de percal, de muselina o de _barge_ envuelta alrededor de la tablilla que quedaba desnuda de su preciosa mercanca, abandonada indiferentemente sobre el mostrador. Qu elasticidad de movimientos, qu vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para medir sobre la vara, el lote vendido, dejndolo amontonarse ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando el gnero con los dedos, llevndolo a los ojos de la compradora, ponindoselo en la mano, refregndolo para justificar la falta absoluta de goma y otras aagazas de fbrica, y hasta trayendo el nico vaso de la trastienda lleno de agua para ensopar en l el extremo de la pieza de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela. No haba marchanta que resistiera a las gracias, al donaire y a la fuerza de las evoluciones de aquellos hechiceros. Pero stos eran los tenderos _dandys_; haba adems los tenderos sirenas, llamados as porque su cuerpo estaba dividido por la lnea del mostrador como el de la encantadora deidad de los mares est dividido por la lnea del agua. El tendero sirena era ser humano desde la cabeza hasta el estmago y pescado desde el estmago hasta los pies. De busto correcto, su medio cuerpo no dejaba nada que desear desde el punto de vista de la elegancia; desde la parte exterior del mostrador el parroquiano no tena nada que observar, pero la sirena no poda salir del mostrador sin peligro, porque, como ese era su elemento, si lo abandonaba, mostraba por fuerza la cola indecorosa: el tendero sirena usaba levita de faldn largo para economizarse el uso de los pantalones, y zapatillas para ahorrarse las incomodidades del calzado; de modo que el mostrador serva para cubrir la parte menos bella, pero no por eso menos interesante de la estatua. Entre los prncipes del mostrador porteo, el ms clebre sin disputa era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Per como el rey del mostrador. No haba mostrador como el de aquel porteo: todo el barrio junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapoln y de volverla a doblar como don Narciso; y si la pirmide misma le hubiera querido disputar su amor a Buenos Aires, a la pirmide misma le habra disputado ese derecho. Lo tengo tan presente, que si fuera pintor podra hacer su retrato de memoria y con los ojos cerrados: petizn, piernas cortas, movible como una ardilla, muy cabezn, largos cabellos ensortijados y una frente ancha y espaciosa que revelaba todos sus talentos. Sus manos parecan alas, sus ojos lucirnagas; su voz meliflua e insinuante atraa simpticamente y tena un vocabulario propio, que el mismo Molire habra envidiado para dotar con l a las mujeres sabias. Gran patriota, haba tomado parte en la revolucin de septiembre y en Cepeda, cuyos episodios narraba noche a noche explicando las causas ms remotas del desastre con razones convincentes. Pero, si en medio de la narracin alguna dama del gran mundo, y sobre todo de la gran poltica, penetraba en la tienda, don Narciso abandonaba la tertulia, saltaba el mostrador, mandaba alinearse a los dependientes desde el principal hasta el cadete, y comenzaba la batalla de los trapos con una serie de operaciones estratgicas que lo conducan indefectiblemente a la victoria por una combinacin de procedimientos tan lgica como la que empleara Napolen en sus campaas. Cuando logr conocerlo a fondo, me convenc de lo mucho que vala. Tena entre sus variadsimos talentos el de afinarse a las condiciones del marchante, ni ms ni menos que como se afina un violn a la nota que da el director de orquesta. Don Narciso suba o bajaba el tono segn la jerarqua de la parroquiana: dominaba toda la escala; posea toda la preciosidad del lenguaje culto de la poca y daba el _do_ de pecho con una dama para dar el _si_ con una cocinera. Los tratamientos variaban para l segn las horas y las personas. Por la maana se permita tutear sin pudor a la parda o china criolla que volva del mercado y entraba en su tienda. Si la cliente era hija del pas, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo. Si l distingua que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin, iniciaba la rebaja, el ltimo precio, el se lo doy por lo que me cuesta, por el tratamiento de madamita. Oh! ese madamita lanzado entre 7 y 8 de la maana, con algunas cuantas palabras de imitacin de francs que l saba balbucir, era irresistible. Durante el da, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre t y usted, entre madamita y madama, segn la edad de la gringa, como l la llamaba cuando la compradora no caa en sus redes. A esas horas del da la _toilette_ de don Narciso era negligente; pero daban las cuatro, y, no bien haba entrado el gallego cuotidiano con las viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la trastienda, sacaba del interior del mostrador un pan de jabn de Espaa, se lavaba con l, en un lavatorio cojo de hierro con pies de stiro, y a la luz de un cabo de vela, se acariciaba el cuello y la pechera de la camisa para quitarles el aspecto marchito que la labor del da les haba impreso; tomaba el peine desdentado de su uso y se peinaba sin agregar otra pomada a sus ensortijados cabellos que un poco de goma de membrillo elaborada por l mismo para su uso particular. Aderezado de esa manera, ahorcbase en sus cuellos a la _degolle_, muy en moda entonces, y con una corbata con los colores de la patria; coma en un verbo, haca comer a los muchachos, y en cinco minutos ocupaba majestuosamente su trono en el primer extremo del mostrador, campo de sus hazaas, donde, apoyado con toda la elegancia de que era capaz, pasaba la hora estril del crepsculo hasta que la noche llegaba y la _high-life_ de aquella poca entraba a disputarse las novedades de lo de Bringas. Mi ta Medea era gran parroquiana de lo de don Narciso y tena esa inclinacin garrulera, comn en ciertas seoras, de departir con el tendero todas las novedades de la crnica del da. Aquella noche no se hablaba sino de poltica, y solamente los que hemos vivido bajo la atmsfera caliente del Buenos Aires de entonces, podemos apreciar la importancia que tenan las plticas de los mostradores de la calle del Per y de la calle de la Victoria, y la concordancia de miras sociales y politiqueras que exista entre don Narciso Bringas y mi ta doa Medea Berrotarn. Era natural, pues, que aquella noche mi ta se dirigiera a lo de Bringas. --Viva la patria!--exclam don Narciso al vernos entrar. --Viva!--repiti mi ta;--supongo que usted me anuncia el triunfo, don Narciso. --El triunfo ms completo, seora: Urquiza ha sido completamente derrotado, y todo su ejrcito muerto o prisionero; la guardia nacional de Buenos Aires se ha batido de guante blanco, Jouvn legtimo. Yo solo he vendido doscientos pares de tirita. --Una ballenera que ha llegado de Zrate, ha trado la noticia de que Urquiza ha sido hecho prisionero--agreg uno de los que estaban en la tienda. --Ser posible?--exclam mi ta. --S ha de ser, seora, no le quepa duda; si la mozada que iba en el ejrcito, era de mi flor. En ese momento se oyeron las detonaciones de algunos cohetes que estallaban a no muy larga distancia. --Cohetes!--exclam don Narciso,--boletn, ese es boletn! Vaya, Caparrosa--agreg dirigindose al muchacho cadete de la tienda,--vaya y compre el boletn de un salto, y vngase volando. El cadete, que estaba detrs del mostrador, dio un brinco como un gamo, salv la valla y tom la calle por suya en direccin a la imprenta en donde reventaban los cohetes sin cesar. Al mismo tiempo, un tropel de gente se diriga a la calle Victoria, donde se aglomeraba la muchedumbre que esperaba la noticia. Mi ta tom asiento en lo de Bringas con el fin de esperar el anhelado boletn, y como el cadete que haba ido en su busca tardase demasiado, don Narciso despach otro dependiente ms, y detrs de l salieron tres o cuatro parroquianos, cuya impaciencia por conocer las nuevas no les permita esperar. Mi ta, que no era mujer de esperar, se puso tambin en marcha hasta la bocacalle y me arrastr consigo. En una vieja casa de la vereda norte de la cuadra de Victoria entre Bolvar y Per se agolpaba la muchedumbre, y de cuando en cuando un cohete volador que parta desde el interior de la casa, atronaba los aires. Mi ta pujaba por abrirse paso, haciendo esfuerzos inauditos para conservar la manteleta sobre los hombros. En la puerta de la imprenta un joven de veintids aos, ms o menos, parado sobre una mesa que interceptaba completamente el zagun de entrada, reparta con dos o tres hombres el boletn de noticias que acababa de imprimirse, y contestaba vivamente a las diferentes preguntas que le hacan los parroquianos con una vocecita tiple y chillona, que en vano se esforzaba por hacer varonil. Los compradores que conseguan obtener su boletn, salan corriendo despus de haber luchado por romper la verdadera muralla humana que cerraba la calle. Mi ta se engolfaba cada vez ms en el pelotn de gente aglomerada. Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho, haba conseguido treparse en una reja, y enfilando casi por una tangente al joven que venda los boletines en la entrada, le gritaba: --A m, don Jacinto, a m; me manda don Narciso. Eh, don Jacinto, eh! don Jacinto, don Jacinto, soy el cadete de lo de Bringas. Uno para m, aqu tiene el peso--y mostraba el billete hecho pelotn entre los dedos. El interpelado, despus de mucho rato, y aturdido probablemente por los gritos de Caparrosa, lo vio al fin trepado en la ventana y metiendo apenas la cabeza en direccin al zagun y arrugando el boletn para tirrselo, le grit: --Larg el peso! --Ah va, don Jacinto, ah va, agrrelo, ah va--y Caparrosa tir su peso con tal maestra, que don Jacinto lo caz en el aire, ni ms ni menos que un gato caza una mosca al vuelo. Caparrosa tom el boletn y trat de descolgarse de la ventana; pero mi ta, que ya haba conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le gritaba: --No te bajes, muchacho, no te bajes, cmprame a m otro, espera--y diciendo y haciendo, forcejeaba su ridculo que se obstinaba en no abrirse, hasta que, despus de mucho forcejear, pesc un peso, y estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanz a Caparrosa que continuaba trepado en la ventana. --Otro, don Jacinto, otro boletn para la seora de Berrotarn: Pshit, pshit, don Jacinto! Otro boletn!--segua gritando y accionando Caparrosa con la nica mano libre que le quedaba en su envidiable posicin de la reja. --Larg el peso--volvi a contestar don Jacinto. --Ah va, ah va el peso, barjelo--y Caparrosa tir el peso, y don Jacinto lo volvi a cazar en el aire. Caparrosa se descolg por fin de la reja con sus boletines, y junto con l, mi ta y yo comenzamos a forcejear para abrirnos paso a travs de la multitud. Al cabo de unos minutos sala mi ta baada en sudor de aquel combate; y acomodndose la gorra sobre los _bandeau_, entraba triunfante en lo de Bringas con un boletn en la mano. --Triunfo completo; aqu est, valo, lalo usted! Don Narciso tom el boletn, mi ta se sent en una silla y los dems circunstantes rodearon al lector. Don Narciso ley con voz conmovida. La victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las exclamaciones de jbilo de los oyentes interrumpan al lector. De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi ta, mira a los dems circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz ms quejumbrosa y desgarrante, exclama: --El Conde romano, muerto! --El Conde romano? Qu ha ledo usted? No puede ser! Debe usted haber ledo mal!--exclamaba mi ta sumamente afligida. --S, seora, s, lea usted, vea: tenemos que lamentar por nuestra parte la muerte del joven Conde romano... --Ah, qu lstima de joven! qu pena, qu dolor! Ms de una muchacha se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre, est perdidamente enamorada de l; en cuanto lo vea pasar a caballo, envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se poda dominar y sala a la puerta de calle para verlo. Pobre joven! --Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aqu lo encontr una noche y no le quitaba los ojos--dijo don Narciso. --Y qu ser del ejrcito enemigo?--pregunt uno de los parroquianos. --Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta. --Deme mi boletn, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido. --Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva cuando regrese el ejrcito de campaa. Como usted ha de adornar su frente... --De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... Ah! la muerte del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo. --Vamos, vamos, Julio, y mi ta me indic el camino para salir. --Y este nio es de usted?--pregunt uno de los visitantes. --No, seor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de mi marido, hijo de Toms, que muri hace tiempo. --Qu Toms?--pregunt a media voz el interpelante a don Narciso, sin que mi ta pudiese orlo. --Don Toms Rolaz, hermano de don Ramn, aquel empleado de la contadura... no se acuerda usted, hombre? --Ah! s, uno muy urquizista? --El mismo. --Ah! Adis, amiguito--me dijo el seor curioso, que tanto se interesaba por saber de m, tomndome del brazo y detenindome mientras mi ta ya pisaba la calle;--adis... cuatro balas mereca ste como el padre--agreg en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto. Yo me escurr y me prend del brazo de mi ta, llevando impresa la fisonoma de aquel seor, en quien haba tenido la desgracia de levantar tanto odio y tanta pasin de venganza. VI Cuando llegamos a casa, mi to, contra todos los clculos de mi ta Medea, ya saba la noticia de la batalla. La casa estaba llena de gente, como de costumbre. Se repetan los comentarios que habamos odo en lo de Bringas; la muerte del Conde romano produca entre las visitas extensas lamentaciones y tremendas protestas contra los cobardes enemigos. Mi ta cont cmo haba conseguido comprar uno de los primeros boletines. A cada momento entraban sirvientes trayendo recados para ella: el doctor Trevexo la haba mandado felicitar; los ministros haban hecho otro tanto; el seor Amador y el seor Palenque haban venido a hacerlo en persona. Mi ta rebosaba de orgullo y de entusiasmo. Yo me retir poco a poco de la sala y me fui en busca de los sirvientes que departan el mismo tema en las habitaciones interiores de la casa; las mulatas y negras de la servidumbre cotorreaban a destajo sobre poltica. Solamente mi buen compaero Alejandro, un mulato que haba estado al servicio de mi padre, guardaba silencio y mostrbase taciturno ante el alborozo de los dems. Yo adoraba a Alejandro; tena por l una profunda admiracin; era el nico en la casa que le haca frente a la tigra, como l llamaba a mi ta. Era Alejandro un pardo alto, delgadito, enhiesto y flexible como un lamo: tena la cabeza admirablemente puesta sobre sus hombros; entre los sirvientes tena vara alta, como se dice; todos le llamaban don, y ms de una le haca ojos tiernos, porque Alejandro era _as_ entre la gente de color. Era cochero de mi ta, y cuando Alejandro empuaba las riendas de la calesa de la seora de Berrotarn, los tordillos negros de mi ta, al tomar el trote largo, eran la pareja ms famosa que por aquellos tiempos trotaba en la calle de la Florida y en el camino de Palermo. Alejandro, del cual yo haca lo que se me antojaba, no pareca muy satisfecho con las noticias que corran por la ciudad aquella noche. Yo estaba desvelado con la excitacin natural producida por los sucesos, y mi cabeza no pensaba sino en batallas y soldados. Consegu fcilmente que Alejandro me acompaara a mi cuarto: mi to me haba regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cuales figuraba un regimiento de caballera en cuyo jefe yo crea entrever la figura invencible y milagrosa de don Buenaventura, el general y candidato de mi ta. Los detalles del boletn ledo en lo de Bringas, me quemaban los sesos. La primera vocacin de un muchacho es la guerra: tener un sable, un fusil, un can, aunque sean de juguete, generalmente por ah terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas de soldados, formarlos, hacerme la ilusin de que aquello es un ejrcito, ese era mi ideal en aquellos das. Alejandro, que me comprendi, se ech al suelo largo a largo en mi cuarto, encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamos a formar las dos hileras de guerreros de estao, una frente de la otra. Por dems est decir que en el ejrcito de Alejandro figuraba la broza de mis cajas de soldados; el enemigo no mereca otra cosa, mientras que en el mo, las filas estaban compuestas por infanteras y caballeras recin salidas de la plomera. Frente a mi lnea de batalla, cabalgando en un corcel blanco en actitud de galopar, con elstico y pluma, sable desenvainado, yo haba colocado a mi general. A su turno, Alejandro, sirvindose de un soldadito roto, haba puesto el suyo al frente de su lnea y para provocarme me deca: --Este es don Justo, mi patrn! --Muera don Justo!--le grit yo, y, sirvindome del proyectil recproco, que era una pelota de goma, envi la primera descarga al campo enemigo, consiguiendo derrumbar toda una hilera de la tropa de Alejandro. --All va!--me contest Alejandro;--y la pelota entr por mi campo, llevndose el primero por delante a mi invicto general. Lanc una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto y con toda la energa de mis dedos volv a parar a mi capitn sobre el campo de accin; pero Alejandro, con una pasin pueril y tenacsima, volvi a sembrar la muerte y la desolacin en mi campo por medio de un nuevo pelotazo que dirigi contra mi ejrcito. --Basta! no quiero jugar ms--le dije con mal humor;--mira, Alejandro. Conoces la tienda de Bringas? Sabes dnde es? --S, nio cmo no! Por qu me lo preguntas? --Porque esta noche hemos estado all, y un seor alto pregunt quin era yo, y al salir, me dijo que yo mereca cuatro balas, como las hubiera merecido pap... Por qu me ha dicho eso ese seor? --Porque su pap no era como usted, partidario de ese general de estao que usted quiere tanto. --Y cmo lo es mi to Ramn? --Bah! su to Ramn es un zonzo; ni tiene opinin ni sabe dnde tiene la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algn tendero aduln de los de por ac que conoci a su pap. --Pero qu! pap hizo algn mal a ese seor? --Ya lo creo, no tena la misma opinin de l. --Pues y mi ta? --Su ta es la que da la voz y el voto aqu, menos a m, que, al fin y al cabo, uno de estos das le voy a dar un susto haciendo desbocar los caballos y echndola a una zanja por exaltada. --Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura? --Pues ya lo creo, y ah va un pelotazo ms!--Y Alejandro acab de derribar todos los soldados de mi ejrcito, mientras yo, pensativo, vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar la ofensiva. Aquella noche me cost dormirme; era da entrado ya, cuando me despert en medio del sobresalto de un sueo en que me vea amarrado a un rbol, y en momentos de ser fusilado por el seor de la tienda. VII Una tarde del mes de enero entr mi to Ramn a casa con la noticia de que al da siguiente desembarcara indefectiblemente el ejrcito vencedor por el muelle de pasajeros. Haca das que se vena anunciando el regreso de las tropas, y mi ta, cuya casa estaba situada en una de las principales cuadras de la calle de la Victoria, aceptando la oferta de su gran amigo correligionario don Narciso, tena ocupadas a todas las sirvientas de la casa en coser piezas y piezas de coco blanco y azul para adornar los balcones con ellas y con una gran cantidad de banderas y gallardetes de toda clase que le haba prestado, segn ella contaba, un comisario de polica, gran amigo suyo. Mis tos haban invitado a todas sus relaciones para ver pasar las tropas desde los balcones, y Alejandro, bastante mal humorado por cierto, pas toda esa tarde y parte de la noche en invitar por recado a todas las amistades de la familia. Al da siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres y mujeres hervan en el puchero porteo, como dira el autor del _Diablo Cojuelo_. Todas las elegancias, todo el caudal de las modas haban sido reservadas para aquel da. Muchas matronas de peso, que hoy han trepado la cima de los cincuenta, eran criaturas adorables entonces y esperaban con las manos llenas de flores y coronas el desfile de sus guerreros predilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que purgan el delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobre una mesa de domin. Me haban vestido de nuevo aquel da, y mi ta, que participaba de la alegra general y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional, me haba trazado un programa deslumbrador, cuya primera parte consista en que yo no ocupara un sitio en los balcones, porque no haba lugar, en cambio de ir al Bajo a ver las tropas con Alejandro y por la noche al teatro con mi to. Yo bailaba de jbilo. Ir a la fiesta solo, con Alejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se haba obstinado en no salir y, encerrado en su cuarto, se negaba a complacerme; pero fueron tantas mis splicas y mis empeos, que al cabo cedi, y muy de maana nos pusimos en marcha para el muelle. La ciudad estaba completamente embanderada; yo segua absorto de la mano de Alejandro, que, caminando con desdeosa indiferencia, procuraba quitarle la vereda a todo aquel en quien l crea encontrar un transente alegre. Entramos a la plaza Victoria; frente a la Polica se levantaba un arco adornado con banderas patrias y grandes palmas de sauce llorn. Yo quise ver el arco, como era natural, a pesar de la resistencia de Alejandro. --Vamos, vamos, llvame--le deca. --Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos; vmonos. Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que a m me pareci colosal. --Vamos, pues, nio; vamos. --Agurdate, vamos a leer lo que dice all--y yo, que no era muy fuerte para leer de corrido, me puse a deletrear los motes de los bastidores:--_Men-gua y bal-dn a los cobar-des que aban-do-na-ron a sus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro_. --Mengua para ellos!--me contestaba Alejandro, taimado. --Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco. --Si no debe decir nada--me replicaba Alejandro... --S, s, vamos--y obligndolo a dar vuelta, me encontr con otro letrero.--No ves, porfiado,--le dije,--como aqu tambin han escrito.--A ver lo que dice?--Y despus de mucho esfuerzo, deletre:--_Se-pul-cro del l-timo de los ti-ranos.--Des-truc-cin de los l-ti-mos res-tos de la maz-horca_. --Ah, perros! Eso han puesto? --Eso, s, y qu tiene de malo? Por qu te enojas? --Porque todo eso es mentira, nio; es puro papel pintado, como todo lo que manda hacer el doctor Trevexo. --Pues ests equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo, sino mi ta Medea: ella lo escribi el otro da y yo le o decir que era para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza. --Ah, tigra! Slo ella es capaz de tanta rabia--dijo Alejandro contemplando con ira el arco y levantando el puo en seal de amenaza. Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia. Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereda y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que da sobre el ro. Todos miraban el horizonte. El ro estaba en bajante, y mucha gente curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de anteojos de teatro, escudriasen el ro y consultasen con sus vecinos los puntos ms remotos que se dibujaban en el lmite del agua con el cielo. --No le parece, seor, que han de venir por all?--deca un hombre a otro que, valido de un pequeo anteojo de larga vista, interrogaba el horizonte con majestad. El interpelado no contestaba nada, y pareca resuelto a emplear la ms estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente interesado en trabar relacin con l. --Es telescopio ese?--insisti el oficioso. El dueo del anteojo no contest nada. Semiavergonzado el preguntn, mironos a todos los que rodebamos al seor del anteojo, con cara de cretino como un individuo que se confiesa en una posicin falsa. Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidi. --Me quiere dejar mirar un momento? El dueo del anteojo tampoco contest esta vez. --Eh, seor!--repiti tocndole tmidamente sobre el brazo--me quiere dejar mirar? El del anteojo sac los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quin le hablaba y contest secamente: --No! El desairado trat de forjar una sonrisa para disimular. Entretanto, haba ganado posiciones junto a la reja del muralln donde estbamos, una seora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual colgaba una mantilla espaola de chapa, metiendo codo a todos los obstculos que haba encontrado a su paso; la cara, iluminada por una capa de colorete recientemente aplicada, distribua una sonrisa perenne por todas partes; y metida dentro de un vestido de moire verde, inflado por un miriaque movedizo y oscilante, pareca un montgolfier en el momento de elevarse. Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recin llegada un aire picaresco de coqueta retirada. Acompabanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustos en los cuales la Naturaleza o el arte haban abusado con cierta insolencia de una inclinacin marcada a la exuberancia. Las dos muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los 20 o 22 aos y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando, metiendo una algaraba inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no me poda explicar. --Mira, mam--dijo la mayor,--este caballero es tan amable, que te va a dejar mirar por el anteojo. --Por Dios, Raquel! no molestes a ese seor... qu va a decir de nosotras!--contestaba con un tono de aparente reproche la seora. --Seor, seor! quiere dejarnos ver por ah?--insinu la otra joven. --Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios, cllate--repeta la madre con un contoneo de cabeza continuo. El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le hablase. --All se ve un humo, all vienen--grit uno por all cerca. La ola humana se agit y se hizo un remolino; la gente se agrup en la baranda; todos queran ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros, dominaba la altura. --Ay, que me arrugan!--- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin que el miriaque la ayudara a subir.--Ay, mi vestido, que me lo estropean todo! No veo a Judit! Judit, Judit, Judiiit! Judit, que estaba all cerca, y a quien la madre no poda encontrar, conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina y pantaln blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a l por una proximidad inusitada. --Ay, mi hija, mi hija! dnde est mi hija? Se me ha perdido mi hija! Judit, Judiiit!--exclamaba la seora prolongando el grito. --Aqu estoy, mam, no alborote, aqu estoy--contest por ltimo Judit, haciendo lo posible por soltar la mano de su galn, que retena con fuerza para que no se marchara. --No te muevas de ac, bribona; no te me separes. Ven t tambin, Raquel. Ay, Jess! bien me deca tu padre! No t metas mucho entre la gente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que las manoseen en los entreveros y que a ti tambin te han de manosear: Qu gente, por Dios; qu gente! qu falta de respeto con las seoras! Cunto mejor no hubiera sido ir a los altos de Coln!... Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba todo. Cargado por Alejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abra paso como un Hrcules, avanzbamos a tomar otra posicin. Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, vea a la pobre misia Donata y a sus dos bblicas criaturas, vctimas del pronstico de su marido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cual haba mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacan las bananas y le arrancaban su esplndido vestido color cotorra, admiracin suprema del barrio de Monserrat en la misa de una. --Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!--gritaban a nuestra alrededor.--Vea, seor,--le deca un negro a un caballero petizn, que en vano se empinaba para poder ver;--vea, all, all--y apuntaba con el dedo ndice. --Adonde? adonde?--interrogaba el otro impaciente, parado sobre la punta de los pies. --All estn; ah ha fondeado el Salto, all el Pampero, ms atrs el Hrcules; aquel que viene andando todava es el Pintos, y los otros dos barcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Ro Bamba. --Ch! y vos cmo sabs los buques--le dijo Alejandro. --Oh! no ve que soy del Bajo, amigo--contest el negro.--Mire--agreg,--all van las falas a buscar la oficialidad, y las balleneras para desembarcar la tropa. Bomba! Pas! Ese es el Crdoba que hace salvas. Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvi los costados del barco y el eco del caonazo se dilat retumbando sordamente por los espacios. Eran las tres de la tarde de aquel da sofocante; las iglesias echaban a vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin interrupcin. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban formando en el muelle la columna. Mientras esta operacin tena lugar, Alejandro y yo contemplbamos desde lejos, recostados sobre la reja, porque no nos haban dejado pasar de los quioscos, de la entrada para adelante. En la playa, y al pie mismo del muralln donde nosotros estbamos, varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se haban congregado para or a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente encintada de blanco y celeste, y el otro con un acorden, cantaban coplas patrioteras en una de esas tonadas caractersticas del compadrito de Buenos Aires. --Que cante el virola!--gritaba uno de los oyentes. --Tu madrina!--contestole el guitarrero, que en efecto tena los ojos ms torcidos que una encrucijada. --Cant ch lo que has arreglao pa la Guardia Nacional. El de la guitarra con el del acorden atacaron un aire vulgar, pero cadencioso, antepasado en lnea recta de la milonga del da, y detrs del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla: Nuestra Guardia Nacional en Cepeda y en Pavn, con bravura sin igual, se lanz sobre el can del cobarde federal. --Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta a los gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted. Los resuellos chillones del acorden habran seguido, junto con los gemidos de la guitarra, si las msicas militares no hubiesen anunciado que la columna, formada ya, se pona en marcha a lo largo del muelle. Fue entonces cuando la muchedumbre que obstrua la entrada, arrebatada por una fila de vigilantes armados, encargados de abrir calle, remoline y retrocedi de espaldas, compacta, hasta apretarse contra las paredes de las casas inmediatas; un tropel de jinetes que vena de la ciudad, ocup el espacio abandonado. Me deslumbraron el oro de los galones, las plumas blancas y azules de los elsticos agitadas por el viento, los colores llamativos de los uniformes. Alejandro me alz en alto para que pudiera ver bien, pero apenas tuve tiempo de columbrar un elstico cubriendo una larga y abundante melena de guedejas indolentes que caan sobre una frente espaciosa y unos ojos color plomo; todo esto sostenido sobre un cuerpo que Dor no habra desdeado para bosquejar un Lafayette en lontananza. Quise ver ms, pero los jinetes hicieron caracolear sus caballos; las primeras hileras de la columna aparecieron, y apenas lleg a mi odo el eco de una proclama de acentos olmpicos pero simpticos que se extingua en el estruendo unsono de un aplauso tributado por veinte mil manos. Yo aplauda tambin y bata palmas. --Por qu aplaude--me dijo Alejandro, de mal humor,--si no oye nada? --Oh!--le contest--acaso es necesario entender? Cmo aplauden tambin todos los dems sin entender? VIII Por la noche, mis tos, como me lo haban prometido, me llevaron al teatro de la Victoria. La compaa de Garca Delgado cantaba el himno nacional y representaba la _Flor de un da_, de Camprodn. Oh, _Flor de un da_! Oh, Pavn del teatro dramtico espaol! Por qu mi fantasa excntrica te ve desaparecer en el pasado, en la misma tumba que trag los miriaques y el peinado de bananas? No era Lola la ms encantadora y la ms romntica de las mujeres? No tena Diego el contorno potico del amante y el Marqus de Montero la estampa grave de un bartono de zarzuela triste? Por qu has de ser un disparate, oh hija legtima de don Francisco Camprodn, adoptada por todos los teatros de la Amrica Latina? T que has hecho lagrimar un continente entero desde Veracruz hasta Buenos Aires! T has muerto con el batn blanco; porque, as como el guante de piel de Suecia, largo y arrugado, sobre el brazo flaco y nervioso de Sarah Bernhardt ha dado su pincelada a Frou-Frou, as el batn blanco, con cinturn celeste, te hizo a ti, hizo a Lola el prototipo de todas las mujeres de tu tiempo! Qu diablo! t has tenido tambin tu lugar en el siglo de Hernani!... Presidentes y ministros, generales y grandes abogados de la Repblica Argentina, han credo en ti, como la Repblica ha credo en ellos! Tus octoslabos rumorosos agitaron ms de una noche el pecho de la virgen y no fue slo el teatro tu dominio! Fue tambin la familia, el hogar; porque todo lo invadiste, desde el saln de mi ta Medea hasta la academia de negros y mulatos en que era halcn mi pardo Alejandro. Todava recuerdo con escndalo el gesto irreverente y volteriano con que el doctor Vlez se burlaba de ti una noche, dando la nota discordante en toda tu generacin literaria. Yo sostengo y sostendr siempre que t has hecho a muchos de nuestros poetas: y bastara reflexionar un poco para notar que todas las manifestaciones sociales se parecan a ti en aquellos das. Tus versos llegaron a ser clsicos. Se citaban con gravedad en el editorial por los periodistas contemporneos y en la Cmara de Diputados por los oradores noveles, con el mismo respeto con que en la restauracin se citaban los dsticos de Boileau. El da de la patria te perteneca; te perteneca el da de toda fiesta nacional! Hasta drama patritico te haba hecho el autor de tus das sin sospecharlo! Algunas de tus frases, como: tiene vuestra espada punta? se consagraron como el _Di quella pira_ y el _la donna e mobile_ de Verdi. No haba entonces realismo; mister Pickwick no haba atravesado el Atlntico; estaba en Bath presidiendo su club; _Nana_ era un microbio; Artagnan era catedrtico de historia; los Girondinos enseaban la poltica. Era la poca de las cavatinas, cuarteadas con acompaamientos rudimentarios; Lohengrin beba mosela en los vidrios blasonados de Baviera; el Trovador era la pera con Mirati y Tamberlick; t eras el drama con la Rodrguez y la Bigones, con Enamorado y Vilardeb. El teatro de la Victoria era tu campo de batalla! Oh, mis buenos y bravos cmicos, aquella noche estaban todos! Mi imaginacin los evoca; desfilan como los fantasmas del sueo del pasado y penetran al obscuro y olvidado panten de las glorias del arte argentino; all yo les levanto un monumento con los restos del guardarropa de Dagnino, en que haba de todo; forma la base el casco de Gonzalo de Crdoba, cubierto por el manto lanar moteado, arminio de Isabel la Catlica; Don Juan Tenorio vola sobre el Terremoto de la Martinica, mientras que la Campana de la Almudaina toca a rebato en la horca de los Escalones del Cadalso. Pero sobre esta pirmide funeraria, levantada a los Talma y a los Keen de la gran aldea, tres figuras se levantan: Lola, Diego y el Marqus, cantando el himno nacional antes de contar su candoroso poema de celos y de amor a una sala llena, en donde brillan las ms lindas mujeres de aquellos das. Pasad, oh sombras! * * * * * Habamos ocupado un palco-balcn de la derecha, inmediato a aquella antigua viga blanqueada que sostena el techo y que por su espesor desafiaba las fuerzas de Sansn mismo. Mi ta se haba hecho acompaar por la seorita Fernanda, que yo estaba acostumbrado a ver con frecuencia en casa. Fernanda tena dieciocho aos; plida, de ojos claros y grandes, fros y como azorados entre las densas ojeras que los sombreaban; en sus labios gruesos que dibujaban una boca que poda llamarse grande sin injusticia, trazbase no s qu vaga sonrisa, en la que un observador sagaz habra encontrado el amor y el desdn reunidos en un consorcio inexplicable; la cabeza era noble y altiva, sin embargo. En aquella poca, en que los peinados eran una epopeya de rulos y rellenos, Fernanda llevaba el suyo de una simpleza tal, que rayaba en la suma elegancia: sus cabellos, de un rubio mate, recogidos y sujetos por dos cintas de moire celeste, iban a rematar en la ms linda nuca de mujer. Su seno escaso, tena, sin embargo, no s qu atrayente seduccin, dilatada por la morbidez de todo su busto: irradiaba su semblante esa gracia aptica e indolente que el pincel del Veronese imprima en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin, aquella mujer un conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y de defectos, que atraa irresistiblemente, y en la que la originalidad del gesto y del mirar despertaban en m una profunda y codiciosa curiosidad. Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oy de pie el himno, y, cuando ste termin, se dej caer negligentemente sobre su silla y abri su enorme abanico de plumas blancas, con un ademn lleno de innata voluptuosidad. Qu contraste formaba aquella delicada criatura con mi ta Medea! Una era la distincin personificada; la envolva, la perfumaba un vapor de elegancia y de buen tono. La otra era un fauno obeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozo recio, que ya era bigote casi, hacan de ella un ser hbrido, en el que los dos sexos se confundan. Estaba esa noche verdaderamente constelada de diamantes, desde la cabeza hasta los dedos, y como los tena, y muy buenos, uno de sus orgullos era colgrselos para exhibirlos. Inquieta y parlanchina, mantena un verdadero telgrafo de saludos con todo el teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todos conoca, a todos saludaba francachonamente con el abanico. De repente, un murmullo de simpata cundi por la sala entera, y todas las miradas convergieron al palco central de la ochava: muchos personajes, vestidos con la ms rigurosa etiqueta, tomaban asiento. Mi ta empez a nombrarlos a todos. --Saluda, Ramn, saluda--le deca a mi to. --Si no ven para ac, Medea... --S que ven, saluda te digo--y mi ta, al propio tiempo que le ordenaba a mi to que saludase, haca repetidos movimientos de cabeza en direccin al palco central, sin que fuesen notados por sus ocupantes. --Quines son, seora?--preguntaba Fernanda. Pero mi ta no contestaba; empeada en colocar su saludo en la cara de sus dolos y en que su marido tambin lo colocase, lo caz materialmente del brazo y le mand que esperara la ocasin propicia para mover el pescuezo. De pronto pareciole que la miraban. --Ah mira don Buenaventura! ah te mira el doctor Trevexo...--dijo;--ahora!... saluda, Ramn. Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balance para cazar la visual del adversario, pero oh, contratiempo! Una mirada vaga e indecisa, de la cual tena yo una vaga idea, recorra la fila de los palcos sin detenerse en los brillantes de mi ta, y el saludo fue un saludo en el vaco. Mi to tosi para disimular el contratiempo. Mi ta le ech la culpa, sosteniendo que se le haba puesto por delante; mi to quiso rectificar, pero se le orden que guardase silencio, y obedeci. Yo miraba el suelo, compartiendo la vergenza de mis tos; y Fernanda, fra, sin curiosidad, con sus ojos claros desmesuradamente abiertos, abanicndose con toda calma, miraba abstrada hacia arriba, como si entre el techo y nuestro palco pasase una visin a travs de la sala. --Mira, nio--me deca mi ta Medea sin dejarme respirar,--aqul es don Buenaventura; aprende, mira qu traje tan sencillo lleva. Ese que habla con el ministro espaol, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es el coronel Valdelirio. Y yo miraba extasiado aquel grupo y me deca a m mismo:--Ah, si algn da llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! Si llegase a ser un guerrero como Valdelirio! Y despus, aterrado de mi petulancia ntima, transiga con una frmula ms modesta: Si llegase a ser ministro espaol! Las lgrimas consagraban el xito del drama y de los actores en el tercer acto. Montero recitaba sus famosos endecaslabos. La _Flor de un da_ terminaba en medio de calurosos aplausos; la concurrencia evacuaba aquel antro que se llamaba teatro y en la puerta estallaban los vivas entusiastas y patriticos del pueblo. Mi ta se ensill con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvi su linda cabeza en un pauelo de fular color caa, dentro del cual pareca un estudio inconcluso de artista. --Vamos, mal criado--me dijo mi ta,--acompae usted a esa seorita, ofrzcale el brazo. Obedec, y Fernanda me entreg el brazo sonriendo con plcida generosidad. Yo lo cerr contra el mo, y, aunque era un muchacho, no s qu vagas nociones de ternura, qu entusiasmos indefinibles experiment mi ser al sentir el fro desnudo de la carne, y al aspirar el perfume nunca aspirado de aquella singular criatura. IX Han pasado algunos aos. Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa al lector. Don Po Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajes singulares; singular era su escuela, singular la enseanza, singular todo lo que los rodeaba. Don Po era la bondad, la benevolencia personificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor, y la ira misma. Reunidos, don Po era la nota cmica del colegio, don Josef era la nota pica. Ambamos a don Po y lo ambamos con toda el alma; temblbamos ante don Josef y lo respetbamos a fuerza de malquererlo. Don Po era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo de barba, daba a su fisonoma una jovialidad perpetua y atrayente. De dulces maneras, lleno de cario por los muchachos, nadie le tema, pero todos lo contemplaban. En medio de la extrema y plcida mansedumbre de don Po, reinaba en l cierta tendencia innata a la excentricidad, en la que sola marcar rasgos positivos de talento, de observacin y de estudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes de artista cmico, solan provocar entre los alumnos ciertas sonrisas de buen carcter, porque no era posible ver y or a don Po, sin encontrarse dominado por la idea de que aquel hombre, sincero hasta el fondo de su alma, representaba sin embargo una comedia. Don Po no poda hablar de nadie sin extraerle toda su genealoga, sin hacer su retrato fsico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cmico o serio que poda tener, sin determinar el traje que usaba habitualmente, sin remontar en fin hasta la biblia, para presentarlo a propios y extraos. En la enseanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta y arreglada, careca de la nocin del mtodo como maestro. Cuando don Po haca la exposicin, no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasaba ms all del ao corriente; y en ella iba todo, una recopilacin de hechos y de datos, una enciclopedia de citas y de descripciones accionadas, cada una con su mmica y sus gestos particulares. Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias del maestro, sino a saltitos acompasados, refregndose las manos, si haca fro, o abanicndose con una pantalla de paja, si haca calor. As, con ese paso, llegaba a la puerta de la clase, se paraba en su umbral, tomaba una posicin de contradanza, miraba al centro, apuntando en el rostro una franca sonrisa; en seguida, como un mueco de cuerda, mova el pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribua su sonrisa en esa direccin para repetir despus la misma operacin y derramar su tercer sonrisa sobre la derecha. Hubirase dicho que no era el maestro el que entraba en la clase, sino Fgaro mismo, al cual slo le faltaba la navaja y el platillo del barbero. Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja como un pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bien puesta sobre los hombros. Don Josef pasaba la vida clamando contra todo lo que lo rodeaba: contra el pas, contra sus hombres, contra las mujeres, contra los muchachos y contra don Po, a quien tena en poca cuenta en las situaciones normales. Don Josef era oriundo de Catalua y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de haber sido casi vctima del hambre de una tigra mansa; precibase de haber conocido a la Reina de Espaa, doa Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un da de toros. Haca sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de Crdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quera que nadie sospechase, que l aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado. Viva crnicamente colrico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con fruicin de los tesoros de Potos y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque el buen viejo tena altamente desarrollada la nota de la codicia. Pero, cuando l levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o con los tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entonces temblaba la casa; buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro del adversario y la sazonaba con vocablos de estofado, acabando por dominar el debate con sus gritos estentreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso de rica musculatura de atleta, en el fondo de ese carcter atrabiliario, disputador y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se esconda un ser enteramente pusilnime. Don Josef era una liebre. El colegio era un vasto edificio bajo, de muros espesos y coloniales, de grandes patios y espaciosa huerta, en la que no faltaban las clsicas higueras de antao. Aquel edificio era un convento por sus dimensiones e invitaba a la melancola. Yo acababa de llegar solo, casi abandonado a mi suerte. Durante el viaje haba hecho el inventario de mi pasado; haba recordado la muerte de mi padre, mi orfandad; no tena ms compaeros ni ms amigos que dos retratos mudos que llevaba siempre conmigo; el de mi padre y el de mi madre. Quin era yo en el mundo? Qu necesidad tena de aprender nada? Acaso no tena razn el doctor Trevexo cuando fulminaba a toda una generacin con su anatema contra los sabios? Nadie me amaba a excepcin de Alejandro que era el nico que haba sentido mi partida de Buenos Aires. Todo lo que me rodeaba era nuevo y desconocido para m: mi capital se compona de poco; mis ropas, mi catre y mis libros; todos mis compaeros tenan padres que velaban por ellos, que les escriban, que los regalaban. Slo yo acostumbraba de tarde en tarde a recibir dos letras de mi to Ramn, en las que me anunciaba el envo de lo indispensable. No importa, yo tena voluntad, tena nimo y entereza, valor y constancia. Yo saba que haba de arribar: que haban de pasar para m los das de vergenza en que mis condiscpulos menores me adelantaban. Era un muchacho de quince aos cuando entr en el colegio y apenas saba leer y escribir, pero trabaj con tesn y me abr paso. Don Po me amaba y don Josef, que haba empezado por expresarme el ms profundo desprecio, haba pasado del indiferentismo al entusiasmo con una facilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su dolo. De cuando en cuando, pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sin fortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por m como se interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprenda con un progreso inesperado para l, o con un buen rasgo de conducta, entonces el buen viejo se exaltaba y pasaba los lmites del entusiasmo en sus elogios. El fuerte de don Po era la astronoma. Daba en el colegio un curso prctico de esa ciencia con un colorido de gestos y de movimientos rpidos y nerviosos, con los que l crea poner en evolucin todo el sistema planetario. La clase era para l su materia csmica. Entraba y distribua sus astros en el lugar oportuno. Cada muchacho era un planeta, y trataba siempre de representar con l, no slo la situacin de cada cuerpo celeste en el espacio, sino tambin su volumen, eligiendo los alumnos segn las proporciones de cada uno y de cada estrella que deba figurar en el sistema. Un muchacho entrerriano, grande como un patagn, cuyo desarrollo fsico no guardaba armona con su desarrollo moral, tena invariablemente a su cargo el papel modesto de sol; le haca abrir los brazos, y tomndolo por la cintura, _mal gr_, _bon gr_, lo colocaba en el centro de la clase. Buscaba en seguida al alumno ms chico y lo pona en un extremo del aro celeste discernindole el papel de luna. Era ste un bolivianito, diablo y travieso, que nunca se resignaba a hacer tranquilamente su papel de astro nocturno. En seguida ocupaban su sitio los planetas mayores y despus los menores. Jpiter con sus lunas, Urano en la ltima lnea del crculo, Saturno circundado por su anillo luminoso. En esta disposicin comenzaba a funcionar la mquina astronmica de don Po; formado su ejrcito sideral, se paraba al lado del sol y exclamaba: Yo soy la tierra, y el buen maestro comenzaba a circular de lado alrededor del entrerriano que, inmvil y mudo en el centro del crculo, desempeaba automticamente el papel del padre del da. A una voz de don Po y terminadas las evoluciones, los planetas se dispersaban y volvan a ocupar sus bancas terminndose la leccin de astronoma prctica. Pero donde don Po era famoso, era en la descripcin de las batallas del curso de historia. El entusiasmo blico se apoderaba de l: no poda limitarse a citar fechas, nombres y hechos: era necesario hacer funcionar la caballera, la infantera y la artillera. Abandonaba su ctedra, se pona en medio de la clase, sealaba el enemigo al frente, e inflando la boca, haca tronar los caones sobre la lnea imaginaria del ejrcito contrario. --Boum! Boum!--exclamaba, y con el rostro excitado por la refriega y el puo cerrado por la ira militar, caan los enemigos deshechos por las metrallas y por las bombas, y don Po, como un Murat, se levantaba jadeante, triunfante, sublime en el campo de la accin. Haba en el colegio un chicuelo que se llamaba Martn Roll, que era la piel del diablo. Lo que no se le ocurra a Martn no se le ocurra a nadie. Era holgazn como una cigarra, pero vivo como un rayo. Don Po lo reprenda con suavidad en vano. Don Josef lo anatematizaba y lo tena concienzudamente clasificado de cretino y de imbcil. El ttulo ms bondadoso que Martn sola obtener de l, era el muy moderado de animal, que se lo daba con conciencia. Pero, si Martn no abra los libros, abra y registraba las conciencias; conoca a sus maestros a fondo, y a don Josef como a su faltriquera. Haba descubierto que la condicin predominante del carcter de don Josef, era la avaricia, y pona en juego todos aquellos medios que pudiesen darle por resultado la explotacin de este defecto. En cambio, don Josef se quedaba aterrado con la prodigalidad escandalosa de Martn, quien, cada vez que volva de su casa despus de las vacaciones, traa tal surtido de regalos para toda la escuela, que el viejo avaro, mortificado sin duda por aquel mal ejemplo y por el garbo con que Martn desparramaba sus presentes, acuda a sus pergaminos, recordaba a Gonzalo de Crdoba, su antepasado, para repudiarlo por mal administrador y por derrochador, y terminaba por sacrselo de ejemplo a Martn, para que reaccionase contra la prodigalidad y la dilapidacin de la fortuna. A pesar de tener caracteres opuestos, habamos congeniado con Martn. Sus padres vivan con holgura, y yo sola pasar en su casa una parte de las vacaciones. Pero, si la alegra del colegio era Martn, la alegra de su casa era Valentina, su hermana, una preciosa muchacha de diecisis aos que yo no poda tratar quince das, sin volverme al colegio con la cabeza llena de sueos y el alma llena de tristezas. No voy a perder mucho tiempo en contar idilios de juventud, porque tengo la mano torpe y el corazn duro ya para narrar la historia vieja de los primeros afectos. Pero es que Valentina era muy linda cuando tena diecisis aos, y debe serlo todava a pesar de los treinta que ha de haber cumplido. Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de las libertades que se tomaba l con las sirvientas del colegio, a quienes manoteaba demasiado con Martn, que le haca la competencia con un xito que el buen viejo no consegua. Pero Valentina, oh! Valentina me haba hecho olvidar aquella malsana aparicin de Fernanda, porque era dulce como un rayo de luna y alegre como una aurora. A los diecisiete aos, qu diablo, me enamor de Valentina y fui menos prctico que Martn; lo confieso. Los libros de estudio no me atraan mucho; lea a Lord Byron y a Musset; las _Horas de Ocio y la Confesin d'un enfant du Sicle_ me montaron la cabeza y me enfermaron el corazn. Le hice versos a Valentina y asista a or la leccin de matemticas como quien asiste a un entierro. El romanticismo es la adolescencia del arte; la malicia, esa diosa madura que observa el mundo con una mueca perpetua, se re de los poetas gemebundos y enamorados; pero la juventud suea y delira, y creo que no hay hombre, por spero y fro que sea su carcter, que no tenga en la memoria, as como un lejano paisaje, la escena en que han despertado sus primeros sentimientos. Cmo no recordar, pues, todos aquellos libros de los primeros aos: Las _Escenas de la Vida de Bohemia y de Juventud_, de Murger; los primeros versos de Gautier, las poticas novelas de Vigny? Al calor de esas pginas que slo se escriben y se leen en una edad, yo haba visto aparecer a Valentina como Mussette o como Francine, llena de poesa, con su carita jovial, sus ojos negros, su cabello castao ondeado, sencillamente ataviada de cintas color rosa; la boca roja y fresca como las guindas; toda esta cabecita deliciosa, sostenida por una figura llena de distincin. Ella haba salido al encuentro de mi camino, en el que slo haba encontrado hasta entonces seres indiferentes. Yo no s cmo am a Valentina; pero cuando la vea, cuando ella me hablaba, la sangre no corra por mis venas, enmudeca y me abstraa en la muda contemplacin de aquella criatura. Entonces pensaba en mi mala suerte; pobre, sin padres, ni amigos, ni protectores, qu esperanza, qu risueo horizonte poda iluminar mi porvenir? El estudio me entristeca; no tena la cabeza robusta de mis compaeros que mordan y digeran el Vallejo como un manjar exquisito. En mi cuarto, por la noche, lea furtivamente las novelas de Dumas, ese gran amigo de la adolescencia, ese encantador de los primeros aos; y me adormeca entreviendo la potica figura de Ascanio u oyendo el ruido de las espuelas de D'Artagnan. Una noche, durante la poca de las vacaciones, Valentina se acerc a mi lado, y con un acento lleno de gracia, me dijo: --Va a comer maana en casa? --Si usted me invita... --No, no lo invito, pero quiero que venga--me repuso con firmeza. --Usted lo manda?...--avanc yo extendindole la mano. Valentina mir en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano y oprimindomela con la suya: --Lo exijo--me dijo a media voz. --Valentina!... --Adis!--me contest; y antes de poder dirigirle la palabra, diome la espalda y corri cantando hacia adentro como una locuela; me asom a la sala y vi desaparecer su vestido blanco en las ltimas habitaciones de la casa. No s cmo me encontr en la calle. La noche era esplndida; sobre un cielo sereno se extenda el vapor majestuoso de la va lctea, semejante a una gran veta de palo sobre una bveda de zafiro. La luna, ya en sus ltimos das, atravesaba el espacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevaba en sus rfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba el espacio. Alc los ojos al cielo, y absorto en el espectculo de la noche, me pareci ver pasar a Valentina como una visin por el ter, huyendo de m como huan aquellas nubes. Nunca la haba visto tan linda! Senta en mi mano el calor de la suya y en mi odo sonaba todava el acento misterioso de su palabra. Vagu aquella noche por la ciudad, y cuando el silencio invadi la poblacin, yo no s cmo, me encontraba an delante de los tres balcones de la casa de Valentina en muda contemplacin, levantando castillos de Espaa sobre esos andamios gigantescos que slo los diecisiete aos tienen privilegios para apoyar en el aire. No dorm aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esper el nuevo da. A las nueve de la maana entraba Martn en mi cuarto. --Qu temprano te has levantado hoy--me dijo. --En efecto, he madrugado--le repuse. --Vaya un placer! Vas a comer a casa? --S, voy. --Hola! ya estabas prevenido?--me pregunt. --S, Valentina me invit anoche. --No ha podido resistir esa muchacha!... Sabes por qu te ha invitado? --Por qu?--le pregunt sin disimular mi curiosidad. --No te pongas plido... No te va a envenenar, hombre!--me dijo Martn;--te ha invitado porque hoy es su santo. --El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cmo le agradezco que se haya acordado de m... --Y con razn debes agradecrselo, porque a mi padre no le gustan hombres en casa; figrate que los nicos invitados sois t y don Camilo como novio presunto... --Qu dices?--le pregunt dominando mi turbacin con un esfuerzo supremo. --S, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de los novios. --Y Valentina?... --Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se re a carcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que se queda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se re de l. Sent toda la rabia ponzoosa de los celos... Valentina de otro?... Pero eso no era, no sera posible! Yo vencera, arrasara todos los obstculos, me hara amar por ella y ningn hombre me arrancara la soada felicidad. Lleg la tarde; me vest, y con Martn, que haba venido a buscarme, nos fuimos a su casa. Mi bolsa era algo ms que escasa y tuve que emplearla toda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo y perfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma. Eran las cinco cuando entrbamos en lo de Valentina; ella nos esperaba en la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado por un cuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable y llena de inocente coquetera. Desde lejos nos divis, y, al vernos, desapareci de la puerta, apareciendo unos segundos despus, como si hubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martn y yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que slo ella estaba esperndonos. Martn le dio un beso en la frente y penetr precipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle mi ramo calculando propicia la ocasin, pero ella no me dio tiempo. --Qu olor a jazmines! usted los tiene? Ah, qu lindo, qu lindo ramo! Es para m? --S, Valentina...--le contest. --Gracias, muchas gracias! Sabe que no crea que usted viniese?--me dijo. --Por qu? --Por nada, porque pensaba que no habra hecho caso a la broma de anoche. --Sin embargo, usted me exigi que viniera... --Ah! lo tom usted como sacrificio? --Valentina!... Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me ha hecho! --Entremos, Julio--me repuso, ponindose seria; y en ese momento la familia sala a recibirnos, y Valentina, abrazando a su madre, le deca: --Mira, qu flores, mam, no es verdad que son divinas? Valentina se haba puesto el ramo en la cintura con una coquetera innata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como una maravilla. --Qu te ha regalado don Camilo?--le pregunt Martn. --Un lbum con su retrato. Si vieras qu _cache_ est el pobre! --Nia, no digas eso--le deca la madre. --S, mam, por qu no lo he de decir? En vez de haberme dado alguna cosa til, me sale ese zonzo dndome un lbum con su retrato, como si fuera tan buen mozo y tan joven. --Venga, Julio, venga a la sala--agreg,--se lo voy a mostrar;--y llevndome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primera hoja del lbum, me dijo: --Vea, dgamelo con franqueza se puede dar un hombre ms _cache_?...--y prorrumpi en una carcajada... En ese momento mismo Martn entraba en el saln. --Mira que ah est don Camilo, Valentina, no te ras; acaba de entrar. --S? pues lo voy a ver para darle las gracias--y, dejndonos en la sala, atraves el patio, donde don Camilo era recibido por los padres de Martn. En efecto, don Camilo poda ser excelente, pero no era el ideal de los novios; tena sus bravos cuarenta aos, una figura poco airosa y vesta con una ropa provinciana de dudosa elegancia. Pero, en cambio, don Camilo era rico; tena estancias y vacas, y prometa como yerno bajo el punto de vista de lo positivo. En la casa lo amaban y lo codiciaban; el padre de Martn y la seora no saban qu hacerse con l. Emparentado con familias de alta posicin poltica, don Camilo era por aquellas pocas un programa luminoso para una muchacha de diecisis aos como Valentina, y el buen seor, persuadido de su valimiento, no se daba mucha pena en ofrecerse, porque saba que la ley de la demanda rega en su favor y que l poda elegir como en peras entre las ms lindas muchachas de la poca. Pasemos por alto la comida; don Camilo se sent al lado de la seora y Valentina me dio la silla inmediata a la suya. Yo estuve hecho un necio durante toda la mesa; la alegra bulliciosa de Valentina me llenaba de tristeza; aun me pareca que se burlaba de m, cuando su boca, no muy correcta por cierto, pero llena de gracia, dibujaba en su rostro aquella sonrisa que le era tan peculiar. La cara inerte de don Camilo me despertaba un rencor profundo que se agravaba cada vez que la familia simulaba or con asombro todas las insulseces que aquel tonto contaba. Acabamos de comer y fuimos a pasar la tarde al jardn. Don Camilo, en un grupo, conversaba con los padres de Valentina; Martn, que se haba separado de ellos, porque era gran fumador, echaba, escondido entre los rboles, grandes bocanadas de humo. Valentina y yo mirbamos la noche que empezaba a caer, desde una glorieta formada por madreselvas y jazmines que quedaba a un extremo del jardn. --Ha estudiado astronoma usted, Julio?--me deca. --No, Valentina... --Qu ignorante!...--me repuso. --Pero Martn dice que don Po les hace a ustedes un curso de astronoma prctica muy curiosa. --Oh! broma de Martn; usted ya sabe lo que es don Po y lo que es Martn. --Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicacin?--agregaba sonriendo Valentina. Yo callaba entretanto; toda la sangre me suba a la cabeza. --Vea--me dijo--dicen que aquella estrella es la estrella del amor...--agreg sealando a Venus que titilaba como un diamante suspendido en el cielo. --Quin se lo ha dicho a usted? don Camilo?...--le pregunt. --Ja, ja! con qu tono me lo pregunta usted... Cree usted que don Camilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?... --Cmo no! No se ha fijado en usted? --Ay! que antiguo est usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro... Retrelo, por Dios...--Y prorrumpi en una larga carcajada que me penetr en el pecho como un pual. --Valentina; es cierto que usted se casar con don Camilo?--le pregunt en voz baja, pero resuelta. --Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso. --_Puede ser_, dice usted?... --Y por qu no? Si no se presenta otro... me casar con l... --Sera usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?... --Si l fuera capaz de casarse conmigo, por qu no? En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detrs caminaban su padre y don Camilo. --Vamos a la sala--nos dijo.--Est muy fresca la noche... --Tan pronto, mam!... --S, ven, tcanos algo... Un momento despus Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas y tocaba el _Clair de Lune_, esa profunda meloda de Beethoven en que cada nota parece el suspiro melanclico de un coloso. Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado y buscaba la expresin de su rostro graciosamente inclinado, y de sus ojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento de aquellas frases sabias y poticas a la vez que se elevan como los ecos de una plegaria... Por fin se extingui la ltima nota y Valentina levant la cabeza... --Le gusta, don Camilo?--pregunt dirigindose a su presunto novio. --No... yo no entiendo mucho de eso, a m me gusta mucho la zarzuela. --Has visto un imbcil igual?--me dijo al odo Martn. --Cllate--repuso Valentina,--te puede or. Valentina se levant del piano y se sent a nuestro lado. Don Camilo, hombre de orden, se retir temprano.... Mientras se despeda, yo haba salido al balcn y all me encontr Valentina que regresaba de saludarlo. --Sabe, Julio--me dijo,--que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy, qu tiene? --En efecto--le contest, como tomando una actitud resuelta.--Estoy triste y reservado.... --Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?.... Iba a decirle todo lo que senta; llegaron las palabras a mis labios, y debi traicionarme mi fisonoma, porque ella hizo un gesto en el que yo adivin toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban sus grandes y hmedos ojos negros, pero en aquel instante, pens en mi pasado, contempl con la rapidez del relmpago mi presente, y el honor, ese fro guardin de las pasiones, sell mis labios. --No--repuse con firmeza. --No?...--me pregunt con una inflexin de voz llena de ternura y de resentimiento,--no? Ah!--agreg--quiera Dios que su reserva lo haga feliz. Reaccion, e iba en aquel mismo momento a revelarle todo lo que senta por ella, cuando entraron Martn y sus padres, y el desenlace, que se haba presentado tantas veces en aquel da, qued de nuevo trunco. Era necesario partir; salud a todos y tend la mano a Valentina con efusin, pero ella dej caer la suya con indiferencia entre las mas, mientras que con la otra desprenda de su cintura el ramo de jazmines ya marchito dejndolo caer sobre el piano. Yo sent oprimrseme el corazn, y cuando llegu a la calle, dos lgrimas, que me parecieron de sangre, brotaron de mis ojos y me corrieron por el rostro. X Pocos meses despus abandonaba el colegio donde haba pasado aos tan tristes. Martn, que ya haba salido tambin, estaba con su familia en el campo y no pude por consiguiente despedirme de Valentina. Mi to me esperaba en Buenos Aires con una colocacin en una casa de comercio; llegu a Buenos Aires y encontr a mi ta tan mala como de costumbre; siempre dominada por la poltica, siempre tomando parte en todos los acontecimientos notables que tenan lugar. Haca seis aos que no me vea, y, sin embargo, no me hizo el ms mnimo cumplimiento ni el ms pequeo agasajo a mi llegada. Haba engordado mucho y su temperamento sanguneo se haba desarrollado notablemente. Mi to era el mismo. El nico que no estaba en la casa era Alejandro: el pcaro pardo haba cumplido su promesa; un da de un altercado tremendo con mi ta, desboc los caballos al descender la violenta pendiente de la barranca de la Recoleta y volc el _landeau_ en una zanja, lo hizo pedazos y magull a mi ta que fue izada por la ventanilla con la gorra en la nuca y los vestidos en un desorden inconveniente. Cmo haban cambiado en veinte aos las cosas en Buenos Aires! El doctor Trevexo, el hombre de ms talento de su tiempo, el orador, el diplomtico, el abogado y el periodista ms hbil de la Repblica, haba desaparecido de la escena pblica, y slo haban transcurrido veinte aos! Los tenderos de aquella poca haban muerto o haban cerrado sus tiendas; ya no gobernaban la opinin pblica. Mi ta Medea haba tomado parte en dos revoluciones _chingadas_ y perteneca a la oposicin. El nico puesto pblico que conservaba, era el de la Sociedad Filantrpica, donde la fila de sus contemporneas se haba raleado notablemente. Una nueva generacin poltica y literaria haba invadido la tribuna, la prensa y los cargos pblicos. Don Buenaventura pontificaba desde lejos, en el diario ms grande de la Amrica. La escuela literaria de la _Flor de un da_ haba hecho su poca; hombres y libros nuevos dirigan el pensamiento argentino. El autor del _Facundo_ revolcaba su temible maza desde las columnas del viejo _Nacional_; los salones se haban transformado; el gusto, el arte, la moda, haban provocado una serie de exigencias sin las cuales la vida social era imposible. Los cmicos espaoles de antao ya no entretenan como veinte aos atrs; la aldea de 1862 tena muchos detalles de ciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. Las golosinas de Gustavo Droz, de Halvy y aun de Maupassant, andaban en todas las manos femeninas, impresas en una forma adecuada para lectores sibaritas, e ilustradas con todas las voluptuosidades artsticas del taller de Goupil. La vieja moda, aquella que envolva a las mujeres en verdaderas bolsas de tela, haba desaparecido; ni los filsofos podan pasear de cuatro a cinco de la tarde en el invierno por la calle de la Florida, sin conmoverse ante los cuerpos de las mujeres del da, dibujados _d'aprs nature_ por Mesdames Carreau y Vigneau, con _damas_ de Gnova y terciopelos de Venecia; Kitty Bell y Flora Campbell hacan los figurines; Sarah Bernhardt, los guantes. Worth firmaba los tapados como un pintor sus cuadros; en los colores mismos se haba operado una revolucin; nada de celeste y blanco como antes, nada de color rosa: una mujer del gran mundo no estaba bien vestida sin llevar un medio color indeterminado en los siete de la paleta; oro y plata viejos, xido, y marfil antiguo. Los troncos de los carruajes particulares eran arrastrados por yeguas y caballos de raza, de pelo satinado y reluciente, con cocheros ms correctos que los del tiempo de Alejandro. No era _chic_ hablar espaol en el gran mundo; era necesario salpicar la conversacin con algunas palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre. En fin, yo, que haba conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota, sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con un pueblo con grandes pretensiones europeas que perda su tiempo en _flanear_ en las calles, y en el cual ya no reinaban generales predestinados, ni la familia de los Trevexo, ni la de los Berrotarn. Estas reflexiones me haca yo todas las tardes al salir del escritorio de comercio de don Eleazar de la Cueva, el hombre de negocios ms vastos y complicados de la Repblica Argentina, que tena vara alta con los gobiernos, con los bancos, con la Bolsa, con todo el mundo. Hombre manso y cristiano ante todo, muy devoto y muy creyente, dulce de maneras por lo general, y bastante bravo por lo particular cuando el caso lo permita, don Eleazar de la Cueva era una especie de astrlogo para sus negocios, porque todos ellos participaban de ciertas formas nigromnticas, llenas de misterio, y se preparaban por procedimientos anlogos a los que en lo antiguo se empleaban para buscar la piedra filosofal. Don Eleazar, sin ser hombre de mundo, sin ser hombre poltico, tena cierta influencia poltica; sin ser hombre de partido, tena cierta intervencin y participacin en todos los partidos. En fin, en el mar humano, don Eleazar era corriente de fondo y no de superficie: arrastraba sin ser visto ni sentido. Tena don Eleazar un cuerpo de oso y una cabeza de leona mansa; su cutis fino y terso, a pesar de sus setenta aos largos, daba a su rostro cierta capa de venerable distincin y de majestuosa ancianidad que imponan a primera vista. Los dependientes le temblbamos, sin embargo, porque era spero y cruel con nosotros, y cuando sentamos sus pisadas en el escritorio, no slo guardbamos un profundo silencio, sino que volcbamos la cara sobre nuestras mesas y hacamos lo posible por aparecer abstrados en nuestra tarea. Nada ms curioso y original que el escritorio de don Eleazar; un edificio bajo y antiguo con un vasto y desierto patio a la entrada, enlosado con grandes piedras color pizarra, perpetuamente hmedas y empaadas por una eterna capa de verdn. Frente a la puerta de la calle, tres cuartos, cada uno con tres puertas al patio. Desde la calle, aquella casa haca el efecto de estar inhabitada; tal era el abandono de sus paredes y el estado de sus puertas despintadas, casi carcomidas, y tan antiguas, que algunos de sus tableros exteriores deban haber sido pintados en tiempo de Rozas, porque, aunque sumamente descoloridos, se notaba que un da haban sido colorados. El nico adorno de los cuatro muros que formaban el cuadrado del patio, era una guarda grecorromana de relieve, en la que la intemperie haba hecho sus estragos sin que el dueo de la casa se hubiese preocupado de hacer restauraciones. Por dentro, el escritorio del seor de la Cueva representaba exactamente su apellido; todo era en l vetusto: las mesas y las sillas; los estantes, llenos de rollos de papeles, denunciaban un completo abandono. Aquellas habitaciones haban sido empapeladas un da, pero el papel se haba cado; algunos jirones que quedaban, colgaban todava de las paredes, esperando la hora de caer por s solos, sin que la mano del hombre los arrancara, porque don Eleazar, que en materia de negocios y especulaciones demostraba una actividad y un espritu innovador a toda prueba, trataba a su escritorio por el procedimiento contrario. Aquel piso jams haba conocido alfombra ni escoba, y si alguno de sus dependientes hubiese tenido la ocurrencia de arrojar en l algunos granos de alpiste, la simiente habra florecido de un da para otro, ni ms ni menos que con el riego cuotidiano que el sirviente gallego haca para aplacar el polvo de la habitacin. Nada ms caliente y sofocante que el escritorio de don Eleazar en el verano: nada ms fro tambin en el invierno, en que tenamos que pasar la noche y el da escribiendo, de pie sobre las baldosas desnudas y hmedas del piso. Mi ta Medea le haba puesto ciertos inconvenientes a mi to para que yo habitara en su casa, de modo que me fue necesario ocupar un cuarto en la casa particular de un antiguo amigo de mi padre, que era un excelente viejo alegre y soltern que me haba cobrado un franco cario. De modo que, cuando regresaba de lo de don Eleazar, encontraba en don Benito Cristal un verdadero amigo, con quien me desahogaba contra mi mala suerte y lamentaba el tiempo que mis tos me haban hecho perder. Don Benito era un carcter. En la arrogancia de su porte se reflejaba toda la entereza de su alma. Amaba con delirio la verdad y poda decir con orgullo que no haba nunca mentido en su vida. Era impetuoso, resuelto, intransigente en la defensa de todas las reglas de la gentilhombra. La honradez acrisolada de su palabra no ceda en nada a la honradez de sus acciones, y llevaba su culto por la virtud hasta la delicadeza de practicarlo en silencio sin proclamarla como el fariseo. Sin embargo, don Benito tena las debilidades mundanas de los galanteos y haba luchado en vano por muchos aos sin poder reaccionar contra ellas. Soltero, sin familia, no pensaba sino en sus buenas fortunas por el momento y en su inocente partidita nocturna; pero con todo, desde el da que supo que yo estaba empleado en lo de don Eleazar, se preocup por mi suerte, y da a da, al verme salir para mi empleo, me deca meneando la cabeza: --Amigo, amigo, busque otro destino, mire que esa casa de don Eleazar es peligrosa! Vale ms correr el peligro de perder la camisa, como yo, que exponerme a perder all la honra. Pero no era fcil salir de lo de don Eleazar, y adems, el sueldo era bueno y el pago exacto. Se trabajaba; eso s, se trabajaba noche y da, sin fin, sin tregua, pero ningn dependiente saba lo que el otro dependiente haca. Don Eleazar, que vigilaba constantemente el trabajo, estaba all para evitarlo. Sus negocios eran mltiples y complicadsimos: prestaba y tomaba prestado a tipos usurarios, segn las circunstancias; su influencia en la Bolsa era tremenda y misteriosa a la vez; la mitad crea que estaba a la baja, la otra mitad aseguraba que jugaba a la alza; don Eleazar viva en el escritorio y reciba all a las gentes de todas clases, siempre con su aparente humildad, instalando ante todo su probidad, su desinters y su honor comercial ante el interlocutor que, por ms prevenido que estuviese contra l, terminaba por escucharlo y someterse. Don Eleazar era ante todo un especulador; en su casa de comercio no se compraba ni se venda sino papeles de Bolsa. De cuando en cuando, para variar, sola comprar algn gran pleito, y con la paciencia y la tenacidad de un israelita persegua su gestin por todas las instancias, hasta liquidar y desenredar la madeja litigiosa a fuerza de dinero y de procuradores traviesos y experimentados. Cautsimo hasta el extremo, don Eleazar jams escriba una carta de su puo y letra, limitndose a firmar lo que l dictaba, no sin tener la precaucin de leer siempre antes de firmar el manuscrito que le presentbamos. En el comercio, don Eleazar estaba considerado como un corsario. Atacaba y pillaba al enemigo, pero cuando no encontraba adversarios a quienes acometer, o cuando l quera asegurar el xito de una operacin peligrosa, no tena ningn gnero de inconvenientes en consumar actos de verdadera piratera, sin perder el aspecto venerable y majestuoso de su fisonoma, y aun llorando y cubriendo sus gavilanadas con palabras de humildad que parecan salir del fondo de su alma. As suceda no pocas veces en pocas de agitaciones burstiles, que detrs del corredor que parta a venderle sus ttulos, sala por otra puerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuando uno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazar tomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varn santo y convencido: --As es, seor don Toms, as es; ya que ellos lo han querido, bien empleado les est. Ya usted sabe, seor, que a m no me gusta hacer mal a nadie! Pero qu puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tan mala fe? Es menester resguardarnos! Vea usted, seor; yo he hecho muchas obras de caridad en este pas, cuando tena cmo hacerlas; no hay uno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene. Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido por ayudarlos! Dos fortunas, seor, y slo por necesidad me veo obligado a defenderme. Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abra su caja de rap, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundas faltriqueras un largo pauelo de la India con el cual se sonaba las narices y se cubra el rostro, para hacer ms expresivas sus lamentaciones. En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad que rayaba en crueldad; jams una licencia, un respiro, un descanso para sus dependientes. Se trabajaba all de da y de noche sin reposo, bajo la direccin inmediata de don Anselmo, el _alter ego_ de don Eleazar; un mozo espaol, de cuarenta aos, sagaz, alerta y ladino para los negocios como un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazar celebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes. Don Eleazar jams se presentaba en teatros, bailes y paseos. Vena por la maana de su quinta en su clsico cup tirado por dos caballos gateados, mansos y tranquilos, que volvan a conducirlo por la tarde o por la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia en el escritorio despus de comer. Pero, si don Eleazar no andaba en sociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formas distintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sin dar su nombre, y concurra eficazmente al triunfo de ambos partidos con sumas gruesas de dinero. El saba bien que a los que saben negociar en poltica, esta buena madre les devuelve el prstamo con capital e intereses compuestos; y como para l lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteos y los provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba, porque en la via del Seor tanto vala para l ser judo como cristiano. Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba en la puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto. --Y...--me dijo al verme,--qu ha sucedido hoy en lo de don Eleazar? --Nada--le contest,--el da ha sido como el de ayer, sin novedad. --Sin novedad? Pero usted embroma o es tonto?--me replic mirndome fijamente al rostro. --Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto. No s lo que sucede... --Pero, amigo, qu; no sabe usted que su patrn ha quebrado?--me pregunt. --Quebrado? No puede ser, imposible! Quin se lo ha dicho? --Pero si es voz pblica!--me replic don Benito,--no se habla de otra cosa en la ciudad. --Pues, seor, yo no he notado lo ms mnimo en el escritorio, y hoy ha sido sbado, se ha pagado a todo el mundo! --Hombre! Est usted seguro?--me repiti don Benito con asombro. --Como que estamos hablando en este momento. --Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe--me dijo;--y tomndome confidencialmente del brazo, me llev a su cuarto, me hizo sentar y me refiri lo siguiente, despus de haber encendido un cigarro habano: --Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejrcito numeroso invade un pas dilatado, l ha puesto en juego all dos o tres millones de duros. Comenz por comprar acciones de ***, monopoliz el mercado, se hizo dueo de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que haba comprado a precio vil. Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario, preparaban su golpe, l no contaba con que en esta tierra del papel-moneda, una nueva emisin es asunto de poca monta, y la cuerda tirante con que l tena presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva emisin se ha hecho y he aqu que la baja ms espantosa se ha operado. En esta situacin, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones. El tiene razn hasta cierto punto; exige _fair play_, como los luchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como en la guerra; jugar pblicamente al alza y clandestinamente a la baja; lanzar un _gato_, dar una noticia de sensacin, asegurar que la guerra con Chile es un hecho, que nuestra escuadra est en un estado atroz, que nuestro ejrcito ser derrotado en caso de una batalla; en una palabra, sembrar el terror sin consideracin de ningn gnero por el patriotismo; pero jugar con armas de doble carga, no. Eso no, eso nunca!... Don Eleazar en estas materias es correctsimo, y, sobre todo, cuando en vez de ser l quien apunta, acontece que es contra l contra quien se vuelven las bocas de los caones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no es eso. Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque es capaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar a nadie. A l lo sitian por hambre, pero l les cercena el agua y el pan, y con la misma cuerda con que lo ahorcan, l procura ahorcar a sus adversarios. --Quiere decir que yo me encuentro en la calle--le dije al orle terminar su relacin. --Oh, no! cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosas de tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina ni lo lleva al tribunal; todo se resuelve para l en no pagar; las deudas de Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni ms ni menos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan las luces: cada jugador defiende con el puo lo que puede, y le aseguro que su patrn sabr defender lo suyo. No se alarme: no perder el puesto. --No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa--le repuse rindome a carcajadas.--Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de don Eleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo. --Hace usted bien, amigo: eso lo honra. --No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, ni tendra derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; me ha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de no imponerme de sus negocios. --Y qu va usted a hacer? --No lo s, pero maana lo sabr. Desde luego disponga usted de mi cuarto: tenemos que separarnos! --Separarnos? Jams!--me contest el buen viejo irguiendo su noble cabeza y acompaando sus palabras con un gesto enrgico que denotaba el profundo sentimiento que le haba ocasionado mi resolucin.--Separarnos? Nunca!--me repiti:--mire, Julio... Mira, hijo mo--agreg,--djame que te tutee, mis canas me dan derecho para ello, es cierto? Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosigui conmovido: --Yo he respetado hasta hoy la resolucin de tu to, pero debo confesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo no te corresponde, y lo que no me explico es cmo Ramn te ha colocado all... --Mi ta, usted sabe... --S, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razn para que te descuide. Mira--me dijo,--desde hoy yo me encargo de ti. Qu diablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todava: ser tu padre y tu hermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres como misia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades polticas; y los hombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no s hacer negocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuando oirs en mi cuarto alguna voz de mujer... qu quieres!... Soy hombre... sfreme estos extravos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido el tino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y no me he casado con ninguna; espero no caer en la tentacin de hacerlo en los aos que tengo. Soy risueo, despreocupado y franco: vivo sin misterios y tomo la vida tal como es. All en mis mocedades he ledo mucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que he hecho: ah est junto a la cabecera de la cama: _Rabelais_. Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, vers que tena razn: es el nico libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan los jesuitas. No tengo hijos, o ms bien dicho, no s si los tengo, porque, si lo supiera a ciencia cierta, no los negara como padre; pero en la duda, t bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar como propias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridculo sobre todo. No tengo ningn amigo de mi edad: mis amigos son los jvenes de la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo tambin con ellos este saln porteo en que hay muchas mujeres lindas y tanto tonto que se las lleva. Y, al terminar, don Benito me estrech fuertemente en sus brazos y contra su pecho, y yo no pude contener las lgrimas que me saltaron a los ojos. Al da siguiente me present en lo de don Eleazar, de maana. El patio estaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animacin: las puertas del escritorio cerradas. Me acerqu y golpe los cristales: al abrirme don Anselmo, que me reconoci, dos o tres de las personas del patio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensin de entrar. --Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...--les dijo don Anselmo, y les dio casi con la puerta en las narices. Y pude ver que uno de ellos levantaba el puo de la mano en actitud amenazante. En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolucin de abandonar la casa. --Vaya, vaya, a usted tambin lo ha picado la tarntula? --A m no me ha picado ninguna tarntula; ni quiero, ni tengo nada que ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro, vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle mi resolucin. Me quiere usted anunciar? --No se si podr recibirlo a usted...--me dijo don Anselmo moviendo la cabeza. --Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber. Don Anselmo pas a la habitacin contigua, que era la de don Eleazar, y despus de un rato regres. --Dice don Eleazar que puede pasar--me dijo. Yo entr resueltamente. No olvidar nunca el cuadro que se present a mi vista. Casi en el medio de la habitacin, junto a un escritorio elevadsimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba ste, desayunndose, delante de una mesita muy poco ms grande que el plato en que coma. Un sirviente gallego le serva sin pausas, plato tras plato, y don Eleazar coma con la gravedad de un oso que devora su racin. En un rincn de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colacin matutina en completo silencio. --Entre usted, seor don Julio, tambin nos abandona usted en los das de prueba?... Yo expliqu las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que ella era completamente extraa al reciente desastre comercial; pero don Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se daba maa para lamentarse con palabras que partan el corazn. --Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separmonos; pero usted me har justicia algn da... Vea usted la situacin a que me veo reducido! Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis parientes; s, seor, de la caridad de la familia... Aqu me tiene usted preso; yo preso en este pas que he colmado de beneficios! No ve usted, seor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! Vea usted, seor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me amenazan, me son completamente desconocidos! Yo nunca he tenido trato con ellos! No los conozco! Y me persiguen, seor, me persiguen a muerte! Vean ustedes a lo que estoy reducido! A no poder comer estos bocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! Y si no fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que le serva el almuerzo), si no fuera por l, quin sabe lo que habra sido de m! Pero yo te recompensar algn da... t sabes que todo lo he perdido, que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis compromisos! Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!... Dgalo usted, joven, asegrelo, usted sabe mis negocios, todos son claros, tan pblicos, tan legtimos!... Ustedes lo saben, seores... yo he sido vctima de gente (agregaba encarndose con don Anselmo que le contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... Usted lo sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... No me es posible cumplir, y no lo siento tanto por m, sino por tanta persona excelente a quien tendr que perjudicar, contra todos mis sentimientos!... Vean ustedes, vean ustedes cmo amenazan esos hombres! Se creera que yo me he quedado con algo de ellos!... Gracias, Juan, gracias, hijo mo, srveme el t, no tengo apetito!... prubalo t primero, mira si tiene mal gusto!... Ah, seores, yo tengo la conciencia tranquila!... Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oamos en silencio, como consternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial que engulla como un tiburn, en medio de la catstrofe de su fortuna. Fueme necesario cortar de un golpe aquella eterna elega y despedirme para siempre de ese antro en que haba estado ocho meses. Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, que echaban espuma por la boca, decan que don Eleazar haba realizado quinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle. Quin poda creerlo? XI Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de _pumps_ de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegante y joven como un muchacho de veinticinco aos. Yo me vesta lentamente; aquella noche haca mi estreno en el club. El club!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo, y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran _attraction_ de la _season_ portea. --Todava en ese estado?...--me dijo al verme complicado en los preparativos de la camisa;--es la una casi!... --Ah! qu cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerde usted que me estreno. --Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace... Mrame--me dijo--cuadrndose en el medio del cuarto. --Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante... --S, pero te cuadra Blanquita, no?... Y no supongo que te prenders como un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligera como la madre... y quiero que la conozcas. --No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yo tengo una novia en... --Est bien, csate con aqulla, pero enamora a sta... no seas tonto... --Y si no me hace caso? --Qu no! La madre te adora y la madre es la protectora de esa criatura. --Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tena veinticuatro aos cuando yo tena diez o doce, pero la hija... --La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avera, lindas como unas trtolas y peligrosas como dos lobas. --Esta noche estarn radiantes, sern las reinas del baile, el seor Montifiori har brillar su legacin vacante. --Montifiori!... Qu clase de hombre es Montifiori?... --Te lo dir despus... vamos, tate la corbata pronto. --Va bien as? Muy grande el moo, no?... --No; est bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de los hombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; excelente! Ests hecho un lord. Si yo tuviera tu cuerpo y tus aos y t mi experiencia!... --Siempre el viejo proverbio, don Benito!... Ah! no hay nada completo en el mundo. Di una vuelta por mi cuarto, tom mis guantes, puse el gas a media luz y salimos yo y mi viejo compaero. Haca un fro de todos los diablos, pero el cup de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en l y empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranva a todo trote. En cinco minutos estbamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que esperar algunos minutos ms para que le llegara a nuestro carruaje el turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de hombres y mujeres que suban apresuradamente la escalera muellemente tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes. Quin no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la entrada del palacio del Elseo y la escalera no es una maravilla de arquitectura. Sin embargo, para el viejo porteo que no ha salido nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recin llega de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansin soada cuya crnica est llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a todos los mortales. Don Benito conoca la casa desde su fundacin y gozaba en ella de una influencia nica. Al entrar, jvenes y viejos lo saludaron con cario como un antiguo amigo. El buen viejo, ponindome el brazo izquierdo sobre la espalda, me condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los palets y nos consultamos un momento la figura sobre los espejos. En aquel momento la orquesta tocaba la ltima parte de las cuadrillas de _Carmen_... Toreador, toreador en garde... y la msica de Bizet, saturada, por decirlo as, en la sangre misma de Merime, distribua al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros, los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extrao poema de amores plebeyos y bajas venganzas. El saln, hbrido, y en el cual el gusto refinado de un _clubman_ de raza tendra mucho que rayar, desaparecera ante la masa compacta de hombres y mujeres que lo llenaban. Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar en aquel _bouquet_ porteo que julio forma todos los aos con la exactitud con que se celebra un aniversario. Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta aos de la vida social de Buenos Aires: all han hecho sus primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del ao 52 fund ese centro del buen tono, esencialmente _criollo_, que no ha tenido nunca ni la distincin aristocrtica de un club ingls ni el _chic_ de uno de los clubs de Pars. Sin embargo, ser del Club del Progreso, aun all por el ao 70, era _chic_, como era _cursi_ ser del Club del Plata, con perdn previo de sus socios. La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario ser crema batida de la mejor burguesa social y poltica para hollar las mullidas alfombras del gran saln o sentarse a jugar un partido de _whist_ en el clsico saln de los retratos que ocupa el frente de la calle Victoria. En esta ltima sala, larga y fra como un zagun, que ha sido empapelada cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una generacin de la cual van quedando muy escasos representantes. All ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de mam indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral de las vctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia del _Barbero de Sevilla_: del _venticello_ pasa al huracn y ay de aquel que se encuentre envuelto en la rfaga! El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres pblicos que han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fcil que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; y a m, no s por qu, se me ocurre que algunos de los retratos de los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una mueca cada vez que un pollo acompaa un discurso sobre la libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes! Falta all el retrato del padre Castaeda! Y sobre todo, falta el espritu! Tambin veinte, treinta aos, de hacer lo mismo! Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos. Mucha _Memoria_, mucho _Registro Oficial_, pero a condicin de no encontrarse nunca cuando se pedan; y en la mesa de lectura, todos los diarios porteos, vacos y estriles como sbanas de monja, luciendo el artculo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme de una figura bblica, se fatigan los caballos de la imaginacin. En la mesa de lectura el _Illustrated London New_ y la _Revue_ (casi sera intil agregar _des Deux Mondes_, si no hablramos en el club); la _Revue_ en que M. de Mazade produce el artculo burgus que en un tiempo firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creera que all se lee... nada de eso! All se conversa: en el grupo de muchachos alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la ltima nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgus pantagrulico, gastrnomo noctmbulo, engordado y enriquecido por el vientre libre de sus vacas, que se hace servir all mismo un chorizo por noche, mientras que, con el profundo desdn del bruto feliz, descuidado el traje, pelado a la _mal-content_, mira todo lo que le rodea con satisfecha apata, llevando la mano al renegrido cabello y dragndose la caspa de aquella mollera inerte con la ua afilada del ndice. No falta tampoco el idiota de la aldea, magn descompuesto, candidato de pillos, vctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre filantropa, abriendo la boca de admiracin y pestaeando con un ojo que sufre de perlesa intermitente, mientras la pupila del otro se le sale como el carozo de un durazno prisco. Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano, insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que todava creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes. Y entre esta sociedad hbrida e incolora como la Memoria de un ministro, mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el positivismo contemporneo con el sueo de un iluso, sola de repente estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cun estriles han sido las desgracias del pasado y cun injustamente ha repartido el destino sus favores en el presente. Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la cuerda de los arcos, transmitan la alegra y el entusiasmo singular de la msica a todos los semblantes. De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor, yo segua el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplo caliente de un vals de Metra. No s por qu, esos valses fascinadores, de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el ter por la batuta mgica del maestro, me produjeron una profunda melancola, trayndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a travs de los cristales empaados por el fro de la noche, el cuerpo de su amada enlazado por el brazo de un rival feliz. Pero qu variado espectculo! Cunta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariosa de esas telas modernas, cmplices de la carne y del contorno que este siglo materialista teje con las alas de pjaro o ptalos de flores exticas! Cunto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo, brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridculo! Cunto contraste! Cunta cara fornea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada de raso trtola, bizantinamente enfracada, con pantaln en forma de cao y botines de brasileo guarango! Cunto gallo viejo sin pas, forcejeando contra el tiempo en vano, con las armas dbiles de los untos! Cunto ser inspido, abriendo la boca satisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda y atolondrada que busca su ideal sin encontrarlo! Cunta mam achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojn en los sofs de lamps crema! Cunto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halcones y que se sita en el buffet con el sentido prctico de un convencido! Cunto viejo fatuo, teido de pies a cabeza, prendido como un paje, que apesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerables ante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabroso renombre de afortunado! Cunto muchacho alegre y filsofo, pollos de la aldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor de los descredos! El baile estaba en su apogeo, cuando sent en torno un murmullo. Dos mujeres del gran mundo entraban en el saln y las parejas se abran para darles paso. Don Benito acompaaba a una de ellas, y la otra, contra la ms estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. Don Benito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos. --Julio!--me dijo con la ms perfecta y aristocrtica urbanidad:--Fernanda!--Y dndose vuelta y sealando a la ms joven, repiti, como toda presentacin:--Blanca! Me inclin reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doble de mi compaera de teatro dieciocho aos ha!... --Me parece que nosotros somos viejos amigos--me dijo Fernanda.--Y como querindome dar confianza, agreg:--Pero usted es un hombre! --Seora... seorita!.... Y a una finsima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extend mi brazo y Blanca se colg de l con franco y dulce abandono. No poda darse un retrato ms semejante a Fernanda. Para m, Blanca era una verdadera resurreccin del pasado; la misma aparente frialdad de la madre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos de Fernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nervios preponderaban sobre la carne. Por ltimo, un brazo que poda ser un tanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia, tena yo no s qu encanto voluptuoso, mil veces ms tico y ms puro que el que revela un pie bien calzado cubierto por una media de seda obscura. El vestido de Blanca era una anttesis con su serena palidez: una pollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como un calco las lneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo un zapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que apareca el ms bello y atractivo pie de mujer. Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho, dejando adivinar las lneas audaces de sus senos altos y erguidos como los de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de una sencillez irreprochable sostenan su cabello rubio mate, y fuera de las numerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una sola alhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucan en aquella mujer. --Qu esplndido vals!--me dijo,--bailemos, yo no resisto... La enlac estrechamente y la imaginacin debi traerme, como una brisa en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclin su mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeci mi pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y admirable, la danza lasciva nos arrebat en su torbellino. Blanca bailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, pero tambin sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando, los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la msica, nos unan involuntariamente, y yo senta ese estremecimiento inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable arcilla humana de que estn hechos todos los seres desde Satans hasta San Antonio. El vals tocaba a su trmino; mi compaera se me haba entregado completamente. En el mareo embriagador de sus ltimos giros, columbr el rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una sonrisa mefistoflica, en el momento en que el eco de los violines se apagaba, y Blanca caa fatigada voluptuosamente sobre un sof que la sostuvo y balance un instante en sus muelles y flexibles elsticos. --Pero usted valsa como nadie... Yo no podra valsar con otro despus de haber valsado con usted. --Y bien, seorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los valses... --Oh! Y los compromisos?...--me dijo con cierta petulancia altiva. --Es muy sencillo: los viola usted--le repliqu con igual tono. --Me cuadra! Est hecho el trato. En ese instante nos detena un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que se aspiraba de lejos. --Muy buenas noches, seorita. Quiere usted darme el prximo vals? --No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida--contestole Blanca con indiferencia. --La cuadrilla?... --Me fatiga bailar cuadrillas--replicole en el mismo tono. --Entonces, los lanceros?... --Menos, doctor... --Entonces que quiere usted darme?--pregunt aquel desgraciado e incmodo pretendiente. --Nada--se apresur a contestar don Benito que en ese mismo instante llegaba a nuestro grupo. El joven doctor trag saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando con generosidad en su favor, le dijo: --Pasearemos esta mazurka, y seal la pieza perdida en el eplogo del programa que comenzaba. Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran saln, en direccin al saln punz de la calle Victoria. Al entrar en l, un grupo de hombres, entre los que estaba mi to Ramn, salud a mi compaera con lisonjas y elogios. Blanca se detuvo. --Ah! pap qu haces?...--y dirigindose a los dems, les estrech francamente la mano, mientras yo haca una reverencia. Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; un ex-diplomtico de un pas hbrido como la Herzegovina o el Montenegro: no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba. El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con aire de _garon_. Saba llevar con cierta elegancia negligente la ropa que vesta y se conoca que el gusano haba vivido siempre dentro de seda. Corrase que al casarse con Fernanda, veinte aos atrs, el doctor Montifiori haba enajenado su interesante personalidad en cambio de la belleza de su esposa y ocupado una legacin en no s dnde. Corrase tambin que aquel _lion_, a pesar de su edad, haba sido el _enfant gat_ y el _bon pap_ de esas famosas golondrinas que vuelan en invierno a medioda en sus carretelas por el _Bois_, custodiadas por un lacayo impertinente y acompaadas por perros microscpicos de esas razas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica las nobles obras del Creador. El doctor Montifiori se mova por el saln como una gndola con proa de nade: tena un abdomen formado sin duda por las golosinas de los banquetes de embajada, a los que concurra invariablemente a pesar de su retiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso su bigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, deban el brillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmtico en constante ejercicio sobre la mesa de _toilette_. No hay duda, el doctor Montifiori viva teido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos _dandys_, despus de tragar sus pldoras de salud, entregaba su figura a los afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuente de Juvencio, se baaba con precauciones en agua tibia y perfumada, dorma como los donceles de Csar en lecho de plumas y su medio siglo largo, necesitaba despus de sus encantadas _soires_, que el edredn de los sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los de Jpiter, despus de sus transformaciones. Montifiori era un epicreo, y por eso, el saln de Fernanda era renombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todos sus detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesa verdaderamente tica como manifestacin culinaria, Montifiori pasaba con razn por un _gourmet_ de estirpe, por un paladar maestro para catar una becasa _au madre_, servida sobre un plato de Saxe.--Y as, aquel gran vividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubes de sus anillos de oro mate al travs del difano cristal, lleno con los topacios lquidos del Sauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, deba sufrir mucho, cuando mi ta Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a su mesa a comer aquellos platos dignos slo de su robusta pepsina de _and_. Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia al europesmo, hablaba con bastante afectacin el francs y murmuraba el ingls con una increble adivinacin del acento peculiar de este idioma. Estaba en todos los golpes de _petits mots_, saba sacar partido de esas deducciones hbridas de las palabras, que los parisienses consiguen hacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas las expresiones hasta casi llegar a formar una charla de monoslabos breves, rpidos, fugaces y casi elctricos, que hacen la desesperacin de todos los que han aprendido el francs por el Ollendorf. Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros ms, el viejo Ministro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, poltico ducho, orador brillantsimo y eficaz, gran brujuleador de cmara y antecmara, fina inteligencia, blanca erudicin, dbil y bondadoso, embrolln como una modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Se balanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personaje diminuto, que a una fisonoma rabe despejada, de ojo potico y penetrante, reuna ciertas anttesis morales y fsicas que revelan un prisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tanto enftica y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y los labios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y se contoneaba delante de las seoras como un palomo que corteja a la paloma dando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aqul uno de los finos artistas de la palabra y de la frase, segn se deca; haba cado de las ms altas posiciones, y mi ta lo abominaba como todo el partido de la gran poltica que no le conoca sino por el apodo que se le daba y que no es del caso mencionar. --Seorita Blanca, presento a usted mis ms sumisas manifestaciones de respeto y admiracin--dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo su boca como un pimpollo. --Oh, doctor! tantas gracias--contest Blanca. --Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes, Blanca...aaah!...est usted esplndida... aaah!--decale el compaero de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca. --Oh! djeme, doctor, que lo felicite por su folletn de _El Nacional_; qu linda, qu linda pgina! --La ha ledo usted? Linda era en efecto!... qu lstima que mis ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas... aaah!--dijo el doctor, mirando al seor de las Vueltas con marcada intencin. Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a propsito de un caballero de las provincias que haba pasado atufado y sin saludar al grupo. --Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo cultiva la ms cordial amistad. --En efecto--deca un gallo viejo de _monocle_ que formaba parte del grupo,--_Il a l'air bien farouche_. --Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escaote, de Corrientes, un incorruptible, me detesta, y saben ustedes por qu? Una noche en Pars este seor, que se haba instalado con toda su prole en un mal hotel de cuarto orden, haca la cola en la boletera de _Varits_ donde se daba la _Femme pap_, una mononera de cosas _cochonas_ en que Judie hace caer la baba. El buen seor, sin conocer las reglas de la cola, pretendi saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy _sot_; claro! se arm un alboroto. Ese pobre seor tena la desgracia de no hablar una palabra en francs, e interpelado por los _agents de ville_, contestaba con el acento peculiar de su provincia: No me lleven as!... soy forastero, correntino, de la Repblica Argentina!... y qu s yo qu otras cosas. De repente, _malheur_ me divisa, me conoce entre la ola de la muchedumbre y me grita:--Seor Montifiori, paisano, compatriota, venga a salvarme, me quieren llevar a la comisara! Figrese usted, doctor, yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese esplndido _Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone_! Salamos de Bignon, era imposible codearme con aquel _rastaqure_ guaran! El Prncipe not sin embargo mis seas y me deca:--_Comment! c'est un de vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas_?--Qu poda yo contestarle?...--_Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne le connais pas._ --Y cmo concluy el incidente?--pregunt el seor del _monocle_. --Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el _Caf Anglais_ y mi correntino durmiendo en la comisara. --Ja! ja!--y todos a una rean de la espiritual aventura de Montifiori. --Y qu es de tu mam, Blanca? no la veo--le pregunt a su hija. --Ah anda, con don Benito...--contestole su hija haciendo un gracioso movimiento de cabeza. --Joven y linda como la hija! _Mater pullchra, filia pullchrior!_--exclam el doctor, esbozando en su rostro moreno una sonrisa afectada y contonendose siempre con las manos sobre el vientre. --Bien, jvenes--djoles Blanca,--yo tengo sed, quiero tomar un helado; seor don Ramn,--agreg dirigindose a mi to,--llveme usted a tomar un helado. Me permite usted, que lo abandone por su to? --Con tal que el prximo vals sea mo...--le contest. --Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal--me contest, y soltndome el brazo, lo entreg coquetamente a mi to Ramn y ambos se retiraron del grupo. --No es cierto que mi hija es _charmante_?--dijo el doctor Montifiori al verla retirarse. --Es una seorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me permitir que le reitere mis ms entusiastas felicitaciones y plcemes sinceros--contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono ms melifluo de su voz. --Es una nereida, una verdadera hur, tiene la hermosura de Dido y el paso de una diosa...--exclam el otro doctor entusiasmado. --Nosotros no tenemos papel que desempear en este baile... Mucha mam _demodada_; y no es posible _glisarles_ nada a las jvenes sin que se ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer fcil... _Variedades!_... Anoche _Fleur d'Eglantier_ estuvo apetitossima en la _chansonette_... _Quelle chatte!_... --S, y qu cantaba? --_Oh, mon cher_! cantaba _Mon Oscar_!... estbamos en el _avant-scne_, con los _attachs_ de la legacin turca, y la muy ricotona me cantaba a m solo todos los _couplets_... la sala arda de envidia!... Yo estaba irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un sobretodo de cuellos de _silkskin_... en fin, esplndido! Subimos en mi cup clarence y cenamos en el caf de Pars soberbiamente... unas armoricains y un _homard_, que slo ese Semp es capaz de proporcionar en esta tierra imposible! Qu mujer tan _flirtante_!... Me llamaba _Mon petit Pichonot_! En este instante mi to Ramn regresaba con Blanca del _buffet_. --Comienza nuestro vals, seorita, y yo lo reclamo. To, usted se queda con sus amigos y me devuelve la compaera, no es as?--le dije a mi to Ramn. --Te la entrego, siempre que ella lo consienta--me contest, y como Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi to la dej hacer y nos alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los ms interesantes cuadros del saln. El vals recomenzaba; entramos en el gran saln y nos perdimos en el mar de danzantes. Blanca haba pasado de su interesante palidez a un encarnado suave, que revelaba la excitacin involuntaria que provocan en la mujer la msica y el baile. El ltimo vals lo haba bailado con un mpetu y un ardor de veinte aos. Sus ojos claros, melanclicos y un tanto extticos por lo general, se haban alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa seductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en las horas fugaces de la fiesta. Nos sentamos en un sof al concluir la pieza que habamos bailado, y como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejndose caer sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me dijo: --Por qu tan lejos? Acrquese usted ms... tome mi abanico, deme aire, me sofoco... Obedec maquinalmente, y al acercarme roc con suavidad su rodilla, que se adivinaba a travs de la veste y sent su contacto tibio y carnal. --Ms cerca, abanqueme usted... as... oh, ahora se respira!...--y suspir con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se desprendieron un instante del tul que las cubra y volvieron a dibujar su sobrio pero voluptuoso busto. Yo me haba acercado a mi compaera todo lo que el buen gusto permite. Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila compacta de las parejas nos cubra de las miradas de todo el mundo. Hay veces que un baile es ms solo que un desierto. La msica rompa en seguida y Blanca y yo, en nuestro sof, gozbamos de la ventaja de que nadie se preocupara de nosotros. --Y su padre? hace mucho que muri?...--me pregunt con un acento lleno de ternura. --Veintids aos, cuando yo era un nio...--le contest. --Es triste sin padre y sin madre, tan joven... --Muy triste, Blanca. --Y tanto ms, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable. Al menos, yo no la concibo. --No cree usted en el amor?... --Solo?--me observ vivamente. --S--le dije mirndola con fijeza. --No!--me contest ella con indiferencia...--quiere ser mi amigo? Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraa. Yo no he amado nunca y no s si lo que he sentido alguna vez, puede llamarse amor; pero jams, aun amando mucho, me casara nunca con un hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza... --Es triste--le repliqu;--ser de un hombre a quien no se ama, debe ser algo terrible en la vida... --No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al fin el marido no es otra cosa a la vuelta de diez aos. Cmo concibe que don Ramn, su to, est enamorado de misia Medea? Imposible! --No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama, cmo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?... --Pero, no cerrndola, amigo mo!... Yo no s si algn da me enamorar, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguira el imperio de mis pasiones... --Casada, tambin?...--le pregunt, aproximndome todo lo ms posible. --Casada, tambin!--me contest, y su aliento me embriag el rostro. Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento. La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle del Per, estaban entreabiertos: nosotros estbamos sentados cerca del tercer balcn. Una pareja de esas que se forman con una mam aburrida y un acompaante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos consagr una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aprovech la ocasin para invitar a Blanca a que abandonsemos el campo al enemigo y ella acept. Al pasar junto a la puerta del balcn, exclam: --Qu esplndida noche!--y se detuvo un instante sobre el marco de la puerta;--hace un calor tan insoportable en la sala! --En efecto, la noche es soberbia--le dije;--salgamos al balcn?--agregu acompaando mi palabra con una ligera presin en el brazo que tena enlazado con el mo. --Nos criticarn...--me repuso.--Este mundo no ve tan bien estas cosas... pero a m no me importa nada de l, salgamos;--agreg resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abri y juntos entramos en el balcn. Eran las tres de la maana, la luna en menguante ya, iluminaba los techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club hasta el Retiro una senda que pareca alumbrada por candilejas. Al entrar en el balcn, alguna pareja nos haba entrecerrado de nuevo las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, haca un contraste raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas de los trajes, la msica y el bullicio, producan un movimiento variado y constante. --Nos han encerrado--me dijo Blanca...--es original!... --Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...--le pregunt. --Miedo yo! jams lo he tenido... qu podra temer de usted?... --De m?... nada, sino que la admiracin que usted me inspira me hiciera aprovechar este momento para cometer una locura. --Qu locura?--me dijo, echndose para atrs con una sonrisa llena de voluptuosidad. --Esta...--le contest, y avanzando sobre el espacio del balcn hasta el rincn en que termina la reja, la impuls suavemente, le saqu en un segundo uno de sus guantes, le tom la mano, la llev a mi boca, la rode con mis brazos el cuello y la cubr de besos mudos e intensos que ella rehua apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad irritante. El reloj del Cabildo golpe en aquel momento las tres de la madrugada, y el eco de la campana se extingui en el silencio de la noche. --Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento fro--me dijo,--entremos--y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba la ms mnima impresin por lo que acababa de suceder. --Blanca--le dije,--me ama usted?... --No lo s--me repuso.--Para qu quiere saberlo? Aunque lo amara, no me casara con usted!... --Por qu? --Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis gustos... Deje que se presente, y, entretanto, meme, siga amndome, le dar todo mi corazn--aadi riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y como adoptando una resolucin, aadi:--tengo hambre, lo oye usted? llveme a cenar! Salimos del balcn y entramos de nuevo en la sala. Yo tena la sangre en la cabeza, pero aquella mujer estaba fra como una lpida. En la escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda todava. --Qu tal, hijita ma--le dijo Fernanda pasndole la mano por la cara,--te diviertes? --Ah, mucho, mucho, mam--replicole Blanca. --Y usted, seor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias por el compaero. Es un maestro; baila el vals admirablemente... --Nada ms que el vals?--pregunt con sorna don Benito. --Oh, nada ms! Ninguna mujer chic baila otra cosa... No es verdad, mam? --Por qu no?... Las cuadrillas son de regla en un baile. --Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las ltimas en el balcn... --Que dices, Blanca?--pregunt Fernanda con un acento de sorpresa. --S, mam, en el balcn! Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picarda, y yo haca un esfuerzo supremo para contener mi emocin. Pero Blanca, con una resolucin repentina, me arrastr fuertemente del brazo que me tena asido y me sac del descanso de la escalera en que nos habamos detenido. --Vaya, qu tiene de particular?--pregunt Blanca retirndose y mirando a la madre...--Tiene algo de malo lo que hemos hecho?--y encogindose de hombros con un movimiento brusco, agreg con una carcajada: --Vamos a cenar! Entramos en el comedor que todos conocemos: un gran saln al cual le falta mucho para estar bien puesto. Aquella noche, Canale, como de costumbre, haba formado la gran mesa en herradura con mesas centrales, y sobre ella, haba levantado los mismos catafalcos de cartn y pastas de azcar de todos los aos. Se cena execrablemente en el Club del Progreso, y el adorno de la mesa tiene mucho de los adornos de iglesia: los jamones en estantes de jalea, los pavos y las galantinas cubiertas por todas las banderas del mundo. En fin, all se sienta uno con la indiferencia con que Ral y Nevers se sientan en el banquete de papel pintado del primer acto de los _Hugonotes_. El mozo se nos acerc y nos dio la _carta_. Blanca pidi _bisque_ y nos hizo servir champagne. Era hija del padre; las delicadezas de la mesa la seducan ms que otras cosas. Devor el primer plato y agot la copa con ansia. Nos habamos sentado en un extremo de la mesa; las flores y los adornos centrales nos cubran de los vecinos del frente. Yo me haba aproximado a Blanca lo suficiente para atenderla, pero ella, no s si con intencin o sin ella, cerr la distancia aproximando lo ms posible su asiento al mo. --Usted no bebe nada--me dijo,--tiene miedo de perder la cabeza? --No... si usted la perdiera, me gustara perderla con usted--le repuse. --Yo!... sera intil; tengo la cabeza muy fuerte para el champagne... Bebamos otra vez... bebamos por nuestra amistad! --Yo levant la copa junto con ella, y juntos apuramos su contenido. --Usted es una mujer de hielo--le dije. --Yo? qu disparate! usted no me conoce, yo lo que soy es una mujer caprichosa... Cree usted que con una mujer de hielo habra usted hecho lo que ha hecho esta noche? No... el da que yo llegue a amar, amar como ninguna. --A m? --No lo s, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro, si usted no lo es... En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del da dibujbase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba a teirse dbilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nos acercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cual empalidecan las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo y dejaba caer su cuerpo dbilmente sobre el mo. --Es linda la madrugada--le dije, oprimindola con pasin... --No!--me repuso,--la noche me gusta ms... vmonos, tiemblo de que el sol me sorprenda en la calle--y arrastrndome con fuerza, bajamos la escalera y me oblig a conducirla al toilette. --Adis...--le dije estrechndole la mano. --Adis--me replic apretndome la ma en que quedaron impresos sus dedos finos y nerviosos. Al dar vuelta, me encontr con don Benito que acababa de abandonar a su compaera. --Y... qu tal, Blanca? --Fra como un mrmol--le dije. --Ah, hijo mo!--me contest,--la hija es como la madre, una estatua que uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se mueve nunca sin msica... --Qu msica?--le pregunt. --Inocente! la libra esterlina; una partitura que no admite rivalidades de escuela--y ponindome el sobretodo en el brazo, y armando el claque, sacome fuera y metiome en el cup que comenz a rodar apenas son el golpe de la portezuela. La fatiga me rindi aquella noche, pero no pude descansar. La imagen de Blanca me atraa involuntariamente: veala andar y detenerse burlonamente en mi camino como dndome tiempo para alcanzarla, y cuando crea tenerla cerca, la visin desapareca dejando en mi sueo el surco luminoso de su vestido rojo que pareca disolverse en el aire en deslumbrantes e impalpables copos de fuego. XII Al da siguiente coma en casa de mi ta Medea con don Benito y mi to Ramn. Hacamos la crnica del baile antes de sentarnos a comer, pero, al ocupar nuestros asientos, la conversacin vari de tema. Mi ta haba tenido aquel da una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrpica a propsito de no s qu bazar en que sus colegas se haban permitido prescindir absolutamente de ella. Al ornos hablar del baile, nos oblig a callar; dirigi dos o tres frases hirientes a mi to, por haberse permitido asistir al club y comenz a contarnos su jornada. Parece que aquello haba sido un campo de Agramante: que la emocin de mi ta haba sido puesta tres veces a votacin y que tres veces haba sido rechazada. Furiosa, como ella slo saba ponerse cuando le picaba la rabia, haba salido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando como una leona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rpido, haba llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales blasfemias con que se haba despedido de sus odiadas compaeras. Mi ta se haba sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca por el fuerte altercado que acabo de narrar sin detalles. Sus ojos, ms congestionados que de costumbre, brillaban de una manera siniestra. Mi to Ramn haba pasado de un buen humor apacible a un anonadamiento completo, fulminado bajo el fuego de aquellas pupilas felinas. La ancha cara de mi ta revelaba la refleccin alarmante de sus venas ahogadas por las ondas perezosas de una sangre espesa e inmvil. Al sentarse a la mesa le haban asaltado mil incomodidades desconocidas para ella: acaloramientos sbitos que le enrojecan momentneamente sus carrillos laxos, golpes de fuego a la vista, dolores punzantes a la nuca, relampagueos, obscurecimientos, latidos, y qu s yo qu vagos presentimientos de un ataque repentino cruzaban pinchndole su imaginacin y hacindole exclamar de cuando en cuando con cierta desesperante agitacin: --Jess, por Dios! qu tengo yo? Don Benito trataba de tranquilizarla; mi to Ramn, sumiso siempre, la miraba guardando un respetuoso silencio; la idea de una apoplega le haba cruzado la mente; pero, ya fuera por temor, ya por moderacin, se guardaba bien de aconsejar a su mujer la moderacin, el reposo y sobre todo, los purgantes que el desconocido doctor Brown le haba instituido como tratamiento haca ya muchos aos. Para l, la moderacin del carcter feroz de su consorte era cuestin de algunas libras de sal de Inglaterra, medicamento que, dada la fe que tena en sus efectos, le hubiera evitado mil disgustos, restableciendo por un instante la tranquilidad del hogar. Momentos despus del altercado, mi ta Medea se haba visto atacada sbitamente de una abundante evacuacin de sangre por las narices; pero en el paroxismo de su clera, temblando nerviosamente de ira, se haba contentado con sorber en abundancia y ruidosamente grandes cantidades de agua salada, atarse fuertemente el brazo derecho o ponerse en los lujuriosos rodetes de su nuca adiposa la llave consabida que aconseja la teraputica popular. De cuando en cuando se pasaba las manos por los ojos, en los cuales deca sentir un peso enorme; se comprima las sienes, donde latan con fuerza sus arterias o se mojaba con el agua del vaso aquella frente pecosa y chata, bajo la cual arda un volcn de odios y de futuros proyectos de venganzas. Estaba irrascible, irritable, convulsa como una fiera herida; la silla tiritaba bajo el peso de sus muslos pletricos y su marido volva a agitarse acariciando tmidamente el recuerdo favorito del tratamiento del doctor Brown. --No valen todas ellas el disgusto que me han dado, perras viejas _caches_!--exclamaba con una voz tosida y un poco gangosa. Mi to don Benito y yo continubamos inmutables nuestro programa de abstencin activa, callados y reverentes, comiendo con esa moderacin respetuosa que se confunde con el hambre modestamente disfrazada de un apetito discreto. No se oa sino el rabioso crujir de las mandbulas tiburonianas de mi ta Medea, que con cierta complacencia malfica, aunque llena de voluptuosidad, imaginaba aplastar el crneo de alguna de sus rivales en el inocente coscorrn de pan que roan sus molares y el tmido y casi silencioso masticar de los que temamos herir los odos susceptibles de la seora. Don Benito procuraba, sin embargo, intilmente, abrir temas de conversacin, pero todo era en vano, la tentativa no prenda. Mi ta Medea volva a sus imprecaciones, lanzaba un reto furibundo a sus rivales, las apostrofaba en mil formas y levantando el puo cerrado, les juraba venganza como una pitonisa poseda por la clera divina. Terminbamos la comida e iban a servir el caf. Mi ta tom posiciones para levantarse; pero, al ponerse de pie, sinti algo extrao, algo terrible pasar por su cabeza; quiso dar un paso y cay desplomada sobre el pavimento. --Jess te ampare!--exclam mi to Ramn, abriendo tamaos ojos al verla caer;--ya tenemos encima la terrible _perlesa_; y corri a socorrer a su consorte que haba cado sin sentido a los pies de la mesa, haciendo un ruido extrao con la boca llena de espuma. Don Benito y yo habamos corrido al mismo tiempo a socorrer a mi ta. Su aspecto era verdaderamente aterrador; haba cado fulminada por un violento golpe de sangre; estaba sin conocimiento, insensible, relajada y en una inmovilidad absoluta. Era una masa inerte, en la cual slo la persistencia de la respiracin y los latidos del corazn que llegamos a percibir, atestiguaban que la vida an no se haba extinguido. Mi to peda a gritos un mdico, el vinagre y los sinapismos; y mientras stos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclpeas de la seora, don Benito y yo corramos en busca de todos los mdicos del barrio. Las seoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de la relacin de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer la desesperacin de mi to. Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en las pantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y en los brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama. Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar mdico, nos chocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle. --Qu hay, nio; qu sucede? toda la vecindad est alborotada... se prende fuego la casa?...--nos pregunt. --Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece que acaba de reventar--contest don Benito con la ms perfecta calma. --Quin? la tigra?... al fin!...--replic el pardo con el acento de un hombre que se desahoga. Volvimos en seguida; habamos recorrido dos o tres cuadras y slo habamos encontrado cinco mdicos que se prestaron con suma complacencia a nuestro llamamiento. Mi ta segua agravndose por momentos. Su respiracin era estertorosa y penossima; a cada respiracin, los carrillos, privados de resistencia, se dejaban destender pasivamente, despus volvan a quedar laxos y flojos. --_Fuma la pipa_--dijo uno de los mdicos en voz baja;--esto es muy caracterstico. Mi to oy la observacin y crey sin duda que el facultativo preguntaba si la seora tena la costumbre de fumar, pues respondi con grande asombro al ver el atrevimiento de aquel hombre: --No, seor, no, cmo se imagina usted que una seora de esta clase?... ni en pipa ni en nada--agreg permitindose ciertos movimientos de una inopinada energa. Los mdicos sonrieron ligeramente y continuaron examinando a la enferma. Uno de ellos le introdujo una pluma en la garganta. Mi ta, insensible, no dio seales de sentirla. El mdico hizo un gesto de desagrado. --Es preciso mudarle la cama--agreg... --Ah! s--replic mi to haciendo una mueca forzada para disimular un profundo pesar;--pobrecita, se conoce lo grave que est! Otro de los mdicos se acerc al odo de mi to y le hizo una pregunta. --Pfs!... hace muchos aos, seor, desde soltero--dijo ste dejando errar por sus labios una melanclica sonrisa--si nunca hemos tenido hijos, y usted sabe que... el doctor Brown me deca que sin embargo era posible y que... --Ah, s!--concluy el mdico que sin duda se vio amagado por una historia patolgica de la familia de mi to;--s, el doctor Brown era un gran prctico. En este momento se acercaban los otros colegas. Haban terminado su examen e iban a celebrar consulta. Poco tendran que decir de la enferma; tal era su estado de gravedad. Segn opinin unnime, era una _hemorragia cerebral_ en su ms terrible forma. La respiracin continuaba siempre laboriosa, las pupilas dilatadsimas e insensibles a la accin de la luz, y los lquidos que apenas tomaba, se quedaban en la garganta produciendo esos estertores penosos que impresionan tanto. Este ltimo sntoma era de augurio fatal. Mi to estaba consternado: su mujer iba desapareciendo lentamente sin hacer mencin de reconocerlo cuando se acercaba a su lecho. --Tiene mucha fiebre?--se atrevi a preguntar a uno de los mdicos que sali el primero de la consulta. --No, seor, no, al contrario, su temperatura es ms bien muy baja. Sin embargo, es probable que ahora comience a subir mucho, si, como desgraciadamente lo tememos, esto termina mal. Est en un _coma_ profundo--agreg, queriendo confundir a mi to con un tecnicismo confuso:--es una hemorragia cerebral de forma apopltica paraltica. --Jess me ampare y me favorezca! cuatro enfermedades a la vez! Quin resiste a tanto! Y el pobre hombre, haciendo un esfuerzo supremo para manifestar la ms suprema emocin, se llevaba la mano a los ojos y se tiraba nerviosamente del pelo. Don Benito, que estaba al lado del lecho, miraba extinguirse aquel coloso con una frialdad perfecta. Mi to no se atreva a acercarse al borde de la cama: los mdicos se haban separado, seguros ya del desenlace. --Acrquese, seor--dijo a mi to uno de ellos... Mi to se acerc temblando, remiso y casi arrastrado por el deber... al aproximarse retrocedi: la moribunda presentaba un aspecto terrible: la fisonoma estaba amoratada; la respiracin era difcil y cavernosa. --El sacerdote!--exclamaron algunos de los circunstantes mientras los mdicos abandonaban la habitacin. Se acerc al lecho un fraile obeso, vestido de colores llamativos, impasible como una foca, gordo como un cerdo: el rostro achatado por el estigma de la gula y de los apetitos carnales, la boca gruesa como la de un stiro, el ojo estpido, la oreja de murcilago, los pmulos colorados como los de un _clown_. Abri entre sus manos grasas y carnudas un libro cuyas pginas alumbraba un monigote con un cirio, y erupt sobre el cadver en latn brbaro y gangoso algunos rezos con la pasmosa inconsciencia de un loro. Al terminar, se retir algunos pasos del lecho; hizo un ademn a mi to para que se acercara; y en aquel momento mismo, mi ta Medea clav sus ojos inmviles en su marido, abri la boca, esput un cuajarn de sangre y acab... Mientras comenzaban las mujeres a hacer los preparativos para vestirla, don Benito y yo sacamos a mi to de la habitacin. Era de observarse en aquel momento la cara de mi viejo camarada;--la cmica solemnidad que se esforzaba por mantener le daba un aire mefistoflico. Mi to lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz para explicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigan las circunstancias. Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo soltern y no se hizo esperar. Nos encerramos en el cuarto de mi to, aseguramos las puertas y don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclam: --Don Ramn... apriete, amigo!--y busc a mi to para abrazarlo. --Oh! don Benito... qu desgracia! --Desgracia? Me representa usted el hipcrita? Celebre usted, amigo, el ms grande de los aniversarios de su vida... Y mi to no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a la cama, se ech en ella y deposit sobre la blanda almohada de plumas en que hundi el rostro, una sonrisa de ntima, de voluptuosa alegra, que ya no poda contener dentro de s mismo. En ese instante golpearon la puerta; la abr; el perfil risueo de Alejandro asomaba por la rendija. --Qu quieres?--le dije en voz baja y con el tono ms serio del mundo. --Oh!--me contest muy despacio...--usted es de los tristes tambin?--y aquel negro pona una cara satnica cuando me deca esas palabras. --Vete--le dije...--vete. --S, me voy... a buscar el cajn! A las doce de la noche, mi ta estaba depositada en el atad de jacarand que Alejandro haba trado. Le haban cerrado los ojos y la boca, pero su rostro conservaba siempre el gesto de amenaza que le era caracterstico, y con el Santo Cristo, que oprima maquinalmente entre las manos lvidas y como enceradas pareca en la actitud de un centinela que dormita armado para el caso de una sorpresa. El _mulatero_ femenino de la casa y de la vecindad, haba invadido la sala: no faltaban alrededor del fretro dos o tres mulatillas arrodilladas que se turnaban sucesivamente. Claro es que la sala haba sido cubierta en un instante de crespn y de merino negros en homenaje a su ilustre duea. La noticia de su muerte haba cundido por la ciudad, y como su influjo en los grandes centros sociales, a pesar de los desastres polticos del partido de la finada, era de vieja data, la casa se vio llena toda la noche de las eminencias del pasado, destronadas por el presente. El primero con quien me encontr en la sala, fue con el doctor Trevexo. Cmo haba envejecido y enflaquecido! Sus piernas y sus brazos desgonzados, no se palpaban al travs de la ropa, pero siempre era el mismo; el gran charlador, difuso y narrador de insulseces; gran expositor de lugares comunes, de doctrinas tomadas al instinto, de principios incompletos; siempre enemigo de los libros; desolado por el prodigioso aumento de las libreras y de las ediciones: furioso contra la exagerada difusin de las obras cientficas; partidario constante, invariable, inconmovible del periodismo: siempre citando su coleccin del _Gorro de la Libertad_ y de _La Espada de Damocles_, los diarios que haba escrito despus de la cada de Rozas. Pobre doctor Trevexo! Cmo aquel hombre que haba sido el primero veinte aos antes, era hoy el ltimo! Cmo se haba detenido en su apogeo sin marchar! Me haca el efecto de una de esas fotografas antiguas de un lbum de familia, ante las que uno tiene que rer involuntariamente. Mientras que el mundo poltico haba progresado entre nosotros, con lecturas serias y sazonadas: en el siglo de Disraeli y de Gladstone, de Bismark y Gambetta, en el siglo de Taine y Lanfrey, el doctor Trevexo viva con sus recortes de diarios criollos, con toda su fama del pasado por capital y toda su estril informalidad por presente y porvenir. Sin embargo, lo que es la virtud y la consecuencia de los partidarios! Su partido crea en l todava: era siempre el gran orador, el gran diplomtico, el gran periodista, el gran abogado, del ms grande de los partidos argentinos. La muerte de mi ta Medea lo haba consternado. Su grande amiga, la mujer resuelta de todas las pocas; vencida en dos revoluciones, pronta a hacer una nueva a una sola indicacin suya, haba muerto; el partido entero la lloraba, era una prdida irreparable, tan irreparable, que el ms grande de los diarios de la Amrica del Sur, le dedic un sentido artculo necrolgico, largo como un sermn de agona, con muchas frases escogidas, que comenzaba recordando con mucho detalle a las antiguas madres griegas y romanas, las haca atravesar la trayectoria de la historia en las mltiples combinaciones de los pueblos, y terminaba con un elogio de las virtudes de la difunta y una laudatoria especial a la mansedumbre de su carcter. A este llamamiento, todo el _faubourg Saint Germain_ de Buenos Aires, se present al da siguiente. Cmo se elogiaban los mritos de la seora doa Medea Berrotarn! Cmo se condolan de la triste situacin de mi to! qu dolorosa prdida haba experimentado! Hasta don Buenaventura haba dejado sus mltiples ocupaciones literarias para asistir al entierro! Cmo no premiar treinta aos de vasallaje, mudo, entusiasta, admirador de todas sus hazaas y desgracias! Un entierro de fuste en Buenos Aires no necesita describirse: el empresario fnebre conoce los gustos de la gran capital, en los que prepondera la gran aldea: el convoy tiene que hacer corso en la calle de la Florida: no hay otra calle para ir a la Recoleta, y si a alguien se le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sera difcil que el muerto o la muerta, siendo de la aristocracia, o sobre todo de la gran poltica, resucitara protestando contra la variacin de la ruta. Mi ta haba sido muy religiosa; aunque vctima en los ltimos tiempos de un padre escolapio, que le haba eliminado graciosamente algunos miles de pesos, su fervor por los frailes y monigotes corra parejas con sus entusiasmos polticos: de modo que a su entierro asistan todos los clrigos de las parroquias principales, correctos la mayor parte, y una delegacin de cada cofrada: franciscanos, dominicos, etc., incorrectos bajo el punto de vista de la higiene personal. Entre esta turba de cuervos negros y pardos, no faltaba algn tribuno ultramontano, pedante atorado de suficiencia, orador sibilino y hueco, gran momia literaria, rellena de Blair y Hermosilla, _specimen_ del gongorismo espaol, que, sentado en el carruaje de duelo, como si lo hubiesen clavado en una estaca, mantena su gravedad solemne como para aparentar la profunda desolacin que le causaba la muerte de aquella vieja cuyas virtudes corran al fin parejas con la sinceridad de sus convicciones religiosas. Encabezando el grupo, iba la misma dignidad que ya hemos visto al lado del lecho mortuorio, con su uniforme carnavalesco de colorinches y su impasible cara de foca. Mientras depositaban el cajn en la bveda de la familia, yo me perd en las calles del cementerio. Cunta vana pompa! Cmo poda medirse all, junto con los mamarrachos de la marmolera criolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. All la tumba pomposa de un estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y las lanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el de Garca, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras. All la regia sepultura de un avaro, ms all la de un imbcil... la pompa siguindolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos y sepulcros, me top de manos a boca con mi ex-patrn, don Eleazar de la Cueva, que tambin haba ido al entierro de mi ta. --Seor don Eleazar! Usted por aqu? --Ah, seor! esperando mi hora, como todos--contest,--hoy le ha tocado el lote a mi seora doa Medea... Ah! ella es la feliz--agreg levantando las manos al cielo:--En este mundo no hacemos sino sufrir desengaos, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantos servicios y tantos sacrificios por la humanidad, aqu me tiene usted a m... de qu valgo, seor? --Pero, seor, su posicin, su fortuna... --Seor, yo estoy en la calle, en la ltima miseria; me han arruinado, seor, usted lo sabe bien--al decirme esto, el rostro de don Eleazar se descompona de tal manera que infunda la ms profunda lstima. Alineado a la salida de la Recoleta, soport con todos los parientes de la muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a uno como dicindole: eh! mreme usted, he asistido, no lo olvide, y cuando termin esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a don Benito que me esperaba. --Piensas ir con la parentela?--me dijo. --Qu hacer? --Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y maana fuera el luto. Y subimos al cup, que rompi la marcha por entre los numerosos carruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4 de la tarde; el tiempo era esplndido; el cielo, azul y sin nubes, se reflejaba en el pedazo de ro que se alcanza a ver desde la barranca de la Recoleta. Las caras de los que volvan del entierro, demostraban bien claramente que no se haban conmovido mucho con la ceremonia. Don Benito me propuso ir a comer al Caf de Pars, despus de mudarnos el traje negro, y yo acept. Salamos de la plaza de la Recoleta para entrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruz con una victoria elegantsima, tirada por una fogosa pareja de alazanes y dirigida por un cochero de una correccin irreprochable. Repantigadas cmodamente en el amplio asiento, iban dos mujeres distinguidsimas, cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar. Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por las portezuelas del cup, en el momento en que ellas tambin daban vuelta. --Van esplndidas--me dijo don Benito.--Diablo de vieja tu ta, hasta muerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, qu golpe habramos dado yendo a Palermo!... --Pero todava hay tiempo--le repliqu,--retrocedamos. --Te atreves?... --Y qu... --Alejandro!--grit don Benito al cochero,--a Palermo por el Bajo... El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a un simple chasquido del ltigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a la verja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran calle de palmas que estaba solitaria: slo en el fondo, del lado del bosque, se vea un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cup se desliz por el pedregullo de la avenida, salv la va del tren del Norte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruaje estaba vaco: preguntamos al cochero dnde estaban las seoras, y nos contest con una sea, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos y caminamos en esa direccin. Al fin de la calle, en un rincn del camino, las encontramos. Al vernos, se sorprendieron. --Ustedes por aqu?--nos dijo Fernanda,--vaya una manera de hacer el duelo! --Seora--contest don Benito,--el duelo ha concluido y la vida comienza de nuevo. --Pero usted--dijo Blanca, con irona,--sobrino carnal, y en Palermo, el mismo da del entierro; qu escndalo! --Sobrino carnal, no; poltico, s... no hay inconveniente. --Y ese pobre to, ese seor don Ramn, cmo estar de triste y desolado?--inquiri Fernanda. --Oh! aplastado; figreselo usted libre de un monstruo y con setenta millones de pesos! --Setenta millones!--exclam Blanca,--bonito dote, mam eh? Fernanda hizo un signo de aprobacin y su fisonoma se alumbr como si concibiese una vaga esperanza. --Pero don Ramn ha sido feliz con su ta... un viejo pisaverde, alegre, muy _sirvientero_... no es verdad?--pregunt riendo. --Tal cual; pero vctima de su mujer; figrense ustedes, que el da domingo, doa Medea meta en la cama a su marido para que no saliera a la calle. --De veras? --Garanto--y don Benito rea a carcajadas. Yo me haba acercado a Blanca y le haba dado el brazo. Don Benito se haba quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habamos encontrado. Caminbamos con Blanca en direccin a los rboles: estaba plida como de costumbre, vestida con un traje de pana color bronce, sumamente ceido al cuerpo; su talle se dibujaba admirablemente. Guardbamos silencio y ni ella ni yo parecamos resueltos a romperlo. De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una profunda cavilacin, exclam abstrada: --Setenta millones! --Le parece mucho?--le pregunt. --Ah!--me contest, como despertando;--pensaba que ese to es un horizonte: Es muy viejo? --Sesenta y cuatro aos, no es mucho; ms joven que su fortuna, sera mejor menos millones que aos... no? --Oh! no, de ninguna manera; diez aos ms o menos no es nada para un hombre, diez millones de menos es mucho... La tom fuertemente del brazo con un movimiento de clera y de impaciencia; la sombra del bosque nos protega: le estrech las manos, la bes en el rostro, en los ojos, en la boca, entre los labios entreabiertos. --Blanca--le dije--yo... no puedo resistir!... --Hay tiempo--me replic,--- ms tarde! Y aquella mujer pareca una estatua de hielo, en medio de la involuntaria voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto. Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito haban desaparecido. Alejandro, desde el pescante de nuestro coche, me hizo una sea que significaba que la pareja estaba all. Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cup. El viejo camarada haba perdido la correccin habitual de sus cuellos y de su corbata; dos chapas rojas alegraban su semblante. Fernanda se hallaba perezosamente reclinada en el muelle respaldo de raso del cup; a pesar de sus 38 a 40 aos estaba bellsima. Al vernos se incorpor, consult la hora y baj gilmente del carruaje, subiendo a su victoria de un salto. A su lado se sent Blanca; yo le ech la cariosa manta de nutrias sobre los pies y a un signo del cochero, las dos yeguas del tronco partieron a escape. Trepamos a nuestro cup. Don Benito estaba radiante de alegra, pero se esforzaba por aparentar una profunda severidad. --Y qu tal?--le dije con sorna. --Pscht, mucho calor! Era en julio y haca un fro de todos los diablos. XIII El doctor Montifiori era un catlico recomendable, desde todos puntos de vista; miembro de dos o tres hermandades religiosas, l saba conciliar, como nadie, la misa de la una del da con la cena alegre de la una de la noche, la hostia sacrosanta del altar con los mariscos perfumados del Caf de Pars. En su casa se saba dar el aristocrtico barniz clerical de alto tono del siglo XVIII. Bastaba echar una rpida mirada sobre su pequea librera de _amateur_, para conocer los finos gustos del hombre. Entre las trufas literarias de Brantme, de Casanova y de otros del gnero, Bossuet y Massillon, conservaban la gravedad de las hileras: en las letras, De Laharpe, M. de Bonald, Fontanes y Chateaubriand, daban la nota grave del imperio, mientras que al lado, en ediciones monsimas, brillaban todas las perfumadas indecencias pornogrficas del da. La muerte de mi inolvidable ta doa Medea haba lanzado al mundo un viudo conservado, rico y con grandes cualidades exteriores: mi to. Dos meses despus de su viudez, vivamos juntos: yo haba abandonado a mi viejo camarada, don Benito. Muy pronto la casa de mi to Ramn se transform en una habitacin completamente diferente de lo que haba sido. Se hizo all una reunin de solteros alegres y de casados emancipados de todas edades; haba dinero de sobra, y por consiguiente abundaban las comidas joviales, los vinos, las diversiones de todo gnero y el elemento amable: las mujeres. En un da, don Benito, el _lanzador_ de mi to, le hizo despedir o colocar caritativamente por ah a todo el mulatero antiguo de la finada. Slo Alejandro fue tolerado, cedido por don Benito, a cuyo servicio estaba desde su clebre colisin con mi ta. La casa fue transformada: todo el menaje de los tiempos prehistricos de Pavn fue modificado por un mobiliario moderno del ms correcto gusto contemporneo. Los viejos retratos de la familia fueron a cubrir las paredes de los ltimos cuartos, incluso el de mi ta, que haba reinado veinte aos en la pared principal del saln. Mi to Ramn ech muy luego el luto y se dio al mundo, enteramente al mundo; pero siempre dbil a las tentaciones de la carne, sus setenta millones de pesos vinieron a quedar muy luego en las condiciones de un real en la puerta de una escuela. El doctor Montifiori fue el primero en advertir que mi to era un partido; pero cmo, por qu medio iniciar la campaa diplomtica para conseguir sus fines? El insigne gomoso pens, cavil mucho, hasta que un da se dio un golpe en la frente con la mano, como el hombre que ha encontrado la solucin de un problema. Montifiori haba pensado en que l no poda ser catlico al cohete, sin servirse de sus creencias religiosas. El hombre de ms influencia en la alta sociedad bonaerense era el seor Penseroso: un abate griego, de Atenas, un hombre distinguidsimo, suave como una alondra, agudo y penetrante como una aguja: con su rostro de mrtir, y un ojo apagado que no revelaba por cierto toda la agilidad y la hondura de que aquel sacerdote estaba dotado. Dignsimo en su trato, su influencia se senta en los salones, pero era la influencia de una sombra; jams se impuso por presin o actos pblicos; su pasaje era como subterrneo, latente, pero eficacsimo. Lanzado mi to, despus de la muerte de su mujer, en una vida de desorden para sus aos y para su seriedad, recogindose tarde, picado por la tarntula de las artistas de teatro y de las bailarinas de Coln, el buen viejo le haba echado _la capa al toro_, como vulgarmente se dice. Montifiori comprendi desde el primer momento que mi to tena un lado dbil que explotar y como medio emple al seor Penseroso. El saln de Fernanda estaba abierto para nosotros todas las noches. Don Benito reinaba all como un tirano. Algunas noches sola concurrir el seor Penseroso, por quien mi to haba cobrado una viva simpata. Tan dulce, tan suave era aquel santsimo y virtuossimo padre! Blanca le haca toda clase de fiestas y carios al insinuante abate: al sentrsele al lado, aquella criatura, fra e impvida, se volva una gata mimosa con el clrigo: le besaba respetuosamente el dedo ceido por el anillo de regla: le tomaba el capelo, le traa ella misma la taza de t y le pona en la boca alguna rica golosina de Roverano, con una gracia indescriptible. El sacerdote se revena y se entregaba rendido a la encantadora. Blanca perteneca a las _Hermanas de los Santos_, sociedad de nias, de la que era presidenta y en la que ejerca una grandsima influencia. En esta sociedad andaba la mano de los jesuitas; ellos les haban confeccionado sus reglamentos disciplinarios, en los cuales preponderaba un espritu de inquisicin completa: un librito reservado, de pocas hojas, en el que abundaban las transaciones del pudor con las conveniencias sociales y las exigencias religiosas; los casos en que las socias podan inquietar la virtud de los hombres con sus prendas fsicas y morales; las ocasiones en que era lcito escotarse, y creo que hasta la lnea del busto de la que el escote no poda pasar. Blanca se gan al seor Penseroso en cuerpo y alma, y el seor Penseroso, por una parte, y Montifiori y Blanca por la otra, sitiaron y rindieron a mi to. Muy pronto don Benito y yo advertimos las consecuencias. Ya era tarde: mi to Ramn babeaba por la linda hija de su amigo y la sociedad comenzaba a anunciar su casamiento con ella. Un da, sin embargo, nos resolvimos con don Benito a hacer el ltimo esfuerzo. Comamos juntos en su casa: mi to se haba sentado a la mesa de punta en blanco, como un pollo de veinticuatro aos. Concluida la mesa, hara su visita a lo de Montifiori. --Diablo, que est usted elegante, para viudo tan fresco--le dijo don Benito. --Eh!--contest mi to...--voy a la pera esta noche... --Nosotros tambin vamos, qu diablo, pero no se nos ha ocurrido vestirnos como usted... --Es que yo no voy solo--contest mi to. --Cmo! persigue alguna aventura entre telones?--pregunt don Benito con sorna. --No... djense de bromas, acompao a la familia de Montifiori, a Blanca... --Usted?--inquiri don Benito, apuntndole con el dedo. --S, yo, qu tiene de extrao? --Don Ramn, usted enamorando a Blanca Montifiori, tiene valor? --Y por qu no?... si les dijera a ustedes que soy aceptado... --Pero, to--le dije,--esa es una unin imposible, absurda. Blanca es una mujer joven, usted casi le triplica la edad. --Julio--me dijo,--toda reflexin es intil: Blanca me ama. --Ama a su dinero, amigo--dijo don Benito dando un golpe sobre la mesa. --Don Benito!...--exclam mi to, con un gesto de impaciencia. --Eh! S, seor... su dinero... y es una vergenza ese casamiento, una gran vergenza! Usted va a ser el hazme rer del mundo. Usted, que ha salido de las garras de una mujer absurda, va a caer en las manos de... --Don Benito!...--interrumpi mi to Ramn. --To--le dije,--piense usted lo que hace, a usted no le cuadra una mujer tan joven... espere... reflexione. --Cualquiera te tornara a ti por un celoso--me contest recalcando la frase. La sangre me subi al rostro y no pude disimular mi turbacin. --Y cundo sern las bodas?--pregunt don Benito, sonrindose. --Eh! vaya usted al diablo--contest mi to Ramn;--no estoy para ser objeto de sus bromas, y se levant violentamente de la mesa. Se daba _Semiramis_ aquella noche, y Coln estaba de gala; los palcos, ocupados por las ms lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad, presentaban un aspecto deslumbrador. Se haba cantado el primer acto; la Borghi y la Scalchi electrizaban al pblico y en la sala no se escuchaba sino el eco del entusiasmo y de los elogios. Una noche clsica de pera en Coln rene todo lo ms selecto que tiene Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicrculo de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones, todos estn all; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado en medio de la sala, la empresa, en _en menage_, instalada en uno de los mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala entera. No haba concluido el primer acto, cuando en un palco de la izquierda aparecieron Fernanda y Blanca Montifiori con el doctor Montifiori y mi to. Las dos mujeres estaban radiantes de belleza y de lujo. Parecan dos hermanas. Todas las miradas se concentraron en el palco, todos los anteojos se clavaron en Blanca y Fernanda. Don Benito, que estaba a mi lado, me toc el brazo. El teatro entero haca un solo comentario. A nuestro lado, tenamos dos jvenes impertinentes que conversaban, sin conocernos, con toda desfachatez. --El viejo, aqul, el que ahora se le acerca;--le deca uno de ellos al otro... --No puede ser...--contestaba ste. --Te digo que s; ese es el novio... que _toupet_ de mujer. --Pero ests seguro? --Ciertsimo... si conozco mucho al viejo, cuando yo estaba de practicante en lo del doctor Trevexo, iba todos los das al estudio. --Y a ella la conoces? --Bah, bah, de la escuela... era la piel del diablo cuando chica... un potro!... Don Benito, mudo, pero dejando vagar una leve sonrisa por los labios, segua tocndome el brazo a cada palabra de los indiscretos. --Pero ser posible que se casen?... --Vaya, ciertsimo. --Y el padre es capaz de autorizar semejante casamiento? --El padre tiene las agallas de un dorado... Tres millones de duros valen la pena, qu diablos! Los comentarios que hacan a nuestro lado aquellos dos mozalbetes, recorran sin duda los palcos y la cazuela. Bastaba observar ciertas caras, con un poco de atencin, para conocer las impresiones que produca en el teatro la presencia de mi to en el palco de Blanca. En la cazuela se senta el tajear de las lenguas, lo mismo que se siente la hoz que siega un pastizal. La cara de la parroquiana de la cazuela se alumbra con el espectculo que presenta un palco con una mujer lujosa y mundana--la cazuelera comunica su impresin inmediatamente a su vecina;--sta le hace un gesto correspondiente al asunto de que se trata, en seguida se hablan, cuchichean, ren, se ponen graves, miran de nuevo al objeto del comentario y la escena se prolonga hasta que se levanta el teln. En la cazuela no queda ttere con cabeza: albergue de solteronas y de doncellas, a las que el lujo y la riqueza no sonren ni popularizan, se convierte en Criterion: all se pasan por cedazo todas las reputaciones, ya sean de hombres o de mujeres. All se publican los deslices de la ms linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea ms virtuosa que Lucrecia. All se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo, se ridiculiza al marido, se narra la ltima aventura con verdadera e ntima fruicin; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se contentan con afeitar; degellan, ultiman, descarnando la honra como se descarna un cadver en la sala de autopsias. All se cuentan, con nombre y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de sus hijos naturales; se explica por qu se deshizo el casamiento con fulana, cunto perdi en el club zutano, por qu se fue a Europa, por qu se vino, a qu mujer enamora actualmente, cmo le hace caso, dnde se ven y hasta en qu casa tienen lugar las citas. Madres de familia, las que creis que el cielo est arriba, no llevis jams a vuestras hijas a la cazuela. Rogad a Dios que las lleve Satans al infierno antes; en el infierno estar ms protegido su pudor, que en aquella galera donde vuela el chisme, enreda la intriga, muerde la calumnia y se ensaa la envidia. Los que tenis autoridad, abolid la cazuela: meted en ella el elemento masculino: la mujer sola se vuelve culebra en aquel antro areo. * * * * * Aquella noche la cazuela dio cuenta de la reputacin de mi to y de la de Blanca. El doctor Montifiori, en medio de la ntima satisfaccin que revelaba su rostro por el triunfo de sus planes, no alcanzaba a calcular, a pesar de su gran malicia, todo el veneno que haba destilado la cazuela sobre l, sobre su mujer, su hija y sobre la inmaculada cabeza de mi to Ramn, su futuro yerno. XIV Seis meses despus, la boda de mi to Ramn con Blanca, era cosa arreglada. Ningn casamiento ha agitado ms que aqul los crculos sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en los clubs, en las iglesias no se hablaba de otra cosa. Mi to haba hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria. Yo haba hecho la resolucin de abandonarlo, de volver a vivir con don Benito, pero l no me lo haba permitido, haba comenzado por pedirme que no lo hiciese y concluy por suplicrmelo de tal manera, que muy a pesar mo tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgus de los Berrotarn haba sido completamente transformado bajo la artstica direccin del seor Montifiori. Mi to haba decorado su casa con todo el confort y el aticismo modernos. Era aqul el nido ms hermoso en que una mujer de mundo poda soar; y cosa singular, hasta el novio se haba rejuvenecido, y haba tomado todos los contornos de un hombre de mundo. El 20 de junio de 1883, a las nueve de la noche, una larga serie de carruajes particulares se apostaba en la parte ms central de la calle San Martn y las personas que de ellos descendan, entraban por un espacioso zagun en una casa que ocupaba un extenssimo frente. La puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a una amplia galera tapizada de pao rojo y profusamente alumbrada y decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus puertas de cada lado de la entrada. Se senta all un ambiente tibio y agradable. Todo Buenos Aires aristocrtico desfilaba por aquella galera: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el ejrcito, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres, cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y apuradas, prendidas del brazo de sus acompaantes. Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde deba tener lugar aquella noche el casamiento de mi to Ramn con la seorita Blanca de Montifiori, hija nica del famoso hombre de mundo que ya conocemos. La casa del doctor Montifiori bien merece una pgina. El trpico haba brindado sus ms ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso vestbulo cubierto por mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros de la fantasa de los artistas de la botnica, rivalizaba aquella noche con los ejemplares ms curiosos del Jardn de Plantas. El jardn de la Tijuca haba contribuido en sus ms bellas muestras. Desde el vestbulo bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las hojas perezosas caan sobre sus tallos en grandes vasos de alfarera o de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenphares extendan sus hojas, cautivas de la moda desptica, bajo cuyo imperio parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron sorprendidas. La mansin de Montifiori revelaba bien claramente que el dueo de casa renda un culto ntimo al siglo de la tapicera y del _bibelotaje_, del que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestbulo: estatuas de bronce y mrmol en sus columnas y en sus nichos; hojas exticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagdicos y lozas germnicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin, Montifiori, bien juzgado, era un poco burgus a lo monsieur Jourdain al fin. Haba progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su malicia y su instinto, le haban complementado sus deficiencias, y en materia de _chic_ era _as_ en la aristocracia bonaerense, que no es tan fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos para brillar: del judo cambalachista e importador, del _brocateur_, como le llaman los franceses, y del burgus fatuo que compra y colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese inestimable _vieux_, que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte apcrifo. Montifiori renda su culto a lo antiguo; adems del gran saln Luis XV, con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Gnova color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos tapiceras flamencas, las dems habitaciones ofrecan el desorden ms artstico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes y pequeos absorba la atencin de los curiosos. Cuadros eran esos en los que Montifiori cifraba todo su orgullo. All haba un boceto de ninfa sobre un fondo ocre sombro, iluminado por dos o tres pinceladas audaces que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete de felpa cerezo que lo exhiba; ms all, cuadros firmados por Laucret, por Largilliere, por Mignard, por Trinquez, por Madrazzo, por Rico, por Egusquiza, por Arcos. De stos, slo dos de los ltimos eran autnticos. Entre las telas, algunos bajo-relieves en bronce; y sobre los muebles, pies de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupr; un sinnmero de reducciones de Bardedienne; vasos, nforas y objetos menores sobre tapices orientales, entre los cuales se vean variedades de bibelots en esmalte, en Saxe, en Svres, en carey, en marfil viejo. Como se ve, la casa del suegro de mi to pagaba su tributo a la moda; un galgo aristocrtico de raza, habra encontrado mucha incongruencia all; mucho apcrifo, mucha fruslera; pero el hecho era que Montifiori tambin entenda de japonismo, de gobelinos, de tapiceras flamencas, de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de Persia y Smirna. All andaban todos los siglos, todas las pocas, todas las costumbres, con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador de primer efecto, ante el cual el ms preparado tena que cerrar los ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era en todo un hombre de mundo. En aquel saln, nico en Buenos Aires, Fernanda jugaba su _baccarat_ con don Benito y dos o tres amigos ms, las noches vacantes de teatros y bailes; el seor Penseroso haca su propaganda evanglica, y Blanca en un rincn de la sala enloqueca a mi to, contndole la gran pasin que haba sabido inspirarle entre cien hombres de mrito a quienes haba desairado por l. El casamiento de Blanca Montifiori haba reunido en su casa a las mujeres ms lindas del da. El reportaje ya haba hecho el inventario de los regalos. Qu maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil ramos que son de orden, no poda recibir sino diamantes, perlas y zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los crculos; su novio, uno de los hombres ms ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca, la criatura ms distinguida del saln porteo, ponan aquella noche en conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes. Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas! Porque es necesario convenir, qu diablo! aun cuando se trate de mi to Ramn y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qu dirn, compra lo ms barato que puede, pero nunca sin transigir con el punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos posible. As, pues, los ms ricos regalos de una boda no los hacen generalmente los ms ricos capitalistas, sino los ms necesitados. Aquella noche, por ejemplo, el doctor don Bonifacio de las Vueltas, amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posicin poltica, en situacin de servir y no de ser servido, haba regalado qu s yo qu par de estatuas imposibles, imitacin bronce de pacotilla, mientras que mi ex-patrn, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado, en una situacin desesperante de fortuna, haba arrojado sobre la cabeza y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes. --Pero ese don Eleazar es famoso--exclamaba Montifiori, admirando los esplndidos aderezos del viejo judo...--Es un artista _homme de monde_! Qu diferencia de ese imposible y tacao ministro, que manda esos mamarrachos de lata a mi hija! La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche. Ellas conocan al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes, las perlas, los zafiros, los rubes, las cadenas de pulseras y anillos y la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la vanidad humana haba depositado a los pies de aquella criatura que venda su cuerpo a los tres millones de un viejo de ms de sesenta aos. Pero en lo que las mujeres sobresalan, era en la crnica de los trapos: se haban aprendido el _trousseau_ de memoria como el librito secreto de la _Sociedad Hermanas de los Santos_. --Doce vestidos de calle--deca una personita impertinente, de veinticinco aos largos, sacando la punta de su zapato de raso por el ruedo del vestido. --Doce?--le preguntaba la vecina,--quince... ya los he visto todos! --Es posible?... --Ya lo creo...--replicaba con suficiencia la que pareca ms informada. --Dicen que hay uno de baile esplndido, color _bleu d'eau_ y otro de terciopelo estampado color marfil, guarnecido con ramos de rosas t. Y los _matines_ son esplndidos! Pero a m lo que me gusta ms, es uno color turquesa muerto. Qu monada! Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas nias comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operacin, hasta las piezas de ropa del ms ntimo uso de la novia. Eran las nueve y media ya, y el saln estaba lleno de hombres y de mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi to, y Blanca del brazo de su padre. El seor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el sacerdote tomaba suavemente la mano a mi to y le indicaba que se la diese a Blanca. La rueda de curiosos estrech el crculo; las mujeres se ponan en puntas de pies; todos queran presenciar la ceremonia. La fisonoma de Blanca no manifestaba turbacin alguna: pareca la estatua de la satisfaccin. Yo nunca la haba visto ms linda; nunca el oro mate de sus cabellos haba dado ms realce a su fisonoma que aquella noche. Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja haban hecho las ms esplndidas estrofas a su belleza. Entre aquella cascada de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que invada el saln de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia llena de distincin, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo cincelado, y por nico adorno, una onda desbordada de encajes de Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola, despus de haber perfumado el contorno con su mstica y vaporosa blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servanle de pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tanto mal sueo me haba producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una correccin de lneas inimitable. Era feliz mi to! El seor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la ms urbana discrecin dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos ligeros, tonto y baboso, que haba vivido dominado por una vieja perversa casi toda su vida, al lado de una criatura, llena de vida, de juventud y de belleza, creyndose capaz, el pobre, de haberle inspirado una pasin. Era de ver tambin la flema con que Montifiori presenciaba el enlace de su hija; y por ltimo pasmaba la apata con que Blanca se entregaba a un marido que careca, como era natural, de todos los encantos que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella. Cuando el sacerdote termin la ceremonia, mi to se ech en brazos de Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lgrimas, y apenas hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inici el baile, con aquel mismo vals de Metra que yo haba bailado con Blanca un ao antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso saln de Montifiori. All encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequea para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es ms fcil abrir la puerta de un saln del gran mundo a un extranjero que acaba de llegar, sea quien sea, que a un hijo del pas que nunca ha salido de su patria;--costumbres sudamericanas! Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido, que ha aparecido una noche en la platea del Coln, o un domingo en el bosque de Palermo. Me acerqu a Blanca; la cumpliment; me tendi la mano sonriendo, y me dijo: --Seremos grandes amigos... Soy su ta...--agreg con una sonrisa. --Lo seremos--le contest con afecto. Mi to me abraz, pero al sentir su pecho sobre el mo, yo hubiera deseado que no lo hubiera hecho. Senta vergenza de m mismo; deseos de desprenderme de l, de no verlo, de no haberlo conocido. Amaba a Blanca? No: qu diablo! no la amaba, no la haba amado nunca, no habra podido amarla y menos desde aquel da. Ese casamiento era una explotacin, y yo le haba cobrado una innata repugnancia; porque, al fin, aquella mujer era una mujer de mrmol, una mujer sin alma, sin sentimiento, sin poesa siquiera. Casada con un truhn, con un libertino, pero joven y con el prestigio propio de un hombre, yo la habra comprendido; pero venderse a un viejo valetudinario, a un hombre sin talento, sin espritu, sin fuerzas... cmo justificarla! cmo creerla digna de ser sentida y amada! En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron precipitadamente la grande escalera, ganaron el cup que los esperaba en la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi to haba preparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta y tantos aos. Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cmara nupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debi cerrar sus pliegues con vergenza, como si se sintiese deshonrado de servir de guardin a los desposorios del Tiempo con la diosa ms joven del Olimpo. Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un rincn del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos alegres que comentaban el enlace de Blanca. --Lo nico que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un pedacito de cinta para el ojal, como la que l usa--deca riendo uno de los jvenes de la rueda. --Eh! no es tan fcil eso...--deca otro. --Qu no! mire usted aquel tipo que est all, aquel narign. Ha sido vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de algunos diplomticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moo en la _boutonnire_ y ah lo tienen ustedes. Vean con qu garbo muestra su escarapela! --Y cmo goza Montifiori con esas cosas... eh? --En fin, esperemos que don Ramn vaya a Europa maana, compre un ttulo, y que Blanca sea Baronesa de algo...--dijo don Benito despus de haber apurado una copa de champagne. --Diablo con Montifiori! qu vino nos hace beber! Pero quin lo surte?...--agregaba don Benito;--este champagne es abominable... si nos creer tontos este gran pieza de Montifiori? --El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de Montifiori estn a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre prctico al fin, l sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. Para qu? quin lo sabra apreciar. Yo me mantena retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi compaera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me haba sucedido el ao anterior. Iba a vivir en la misma casa... qu importa? Yo estaba seguro de m mismo, qu poda temer? En estas reflexiones estaba abstrado, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro. --Julio--me dijo,--vamos a cenar al club? --Vamos--le respond maquinalmente, despus de haber saludado a Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje. --Sabes--me dijo, ya en el coche don Benito,--que Fernanda me ha ganado 5000 duros... ayer. --Fernanda! qu! juega Fernanda? --Bah!... --Y... --Y... se los he tenido que pagar...--agreg riendo,--vale la pena de perderlos con ella--aadi.--Si tu honor te lo permitiera, yo te aconsejara que te los dejaras ganar por Blanca. --Vamos--le dije, ponindome serio,--don Benito, eso no es correcto... Blanca es la mujer de mi to... resptemonos, respetmosla. --Vaya, nio... no se incomode; respetemos a la seora de su to de usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar. En aquel momento mismo llegbamos al club. Cenamos y nos dieron las tres de la maana. En todo el club no se hablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crtica se recreaba en morder el argumento por todas sus faces. --Vienes a casa?--me dijo don Benito;--tu cuarto est pronto. Acept. A las cuatro de la maana entrbamos en la casa de mi viejo amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me adormec. Entonces, un sueo espantoso pas por mis ojos. Me vi trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a Valentina que pareca esperarme. Era el da de su santo. Llegu a su casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquiet la presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acerc a mi lado en el jardn, juntos miramos al cielo; vea su cara risuea y espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; o en el piano las notas graves de Beethoven, me desped de ella... La volv a ver otro da por la ltima vez... no pude, no supe decirle que la quera... Mi sueo se fue complicando poco a poco... apareci primero entre sus imgenes, la figura esculida de un clrigo, despus mi to... a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... esa mujer era Valentina!... Sent una terrible opresin en el pecho; quise correr para separarlos, no pude: tena ligados los pies; quise gritar para que me oyesen, tampoco pude, la emocin cerraba mis labios. Las fuerzas me faltaban; entonces vi caer la mano del clrigo sobre la pareja que reciba su bendicin y ca desmayado. Todo haba concluido para m!... Valentina no me perteneca ya... la haba perdido! Ah! pero entonces el terrible sueo que me oprima como una piedra, se deshizo como un vapor sutil y despert... Oh! qu ntima, qu inmensa alegra inund mi ser, cuando pens que Valentina era libre! XV Mi vida no cambi mucho por cierto con el casamiento de mi to Ramn. Blanca, con un tren de lujo extraordinario, viva en el mundo, en los teatros, en los bailes, en todas las fiestas y paseos ms concurridos. Dominado su marido desde el primer momento, el pobre viejo iba siempre a remolque de su mujer, sin oposicin, sin protesta de ningn gnero. Yo los acompaaba poco; viva aislado en un departamento independiente de la casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fra y ligera que no poda vivir sino en una atmsfera de lujo y de pompa. El crculo de los amigos solteros de mi to Ramn, se haba extendido considerablemente, con motivo de su casamiento. Montifiori le haba trado a todos sus camaradas del gran mundo; dos o tres diplomticos, aves de paso, chismosos y murmuradores, como todas las mediocridades del gnero; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algn personaje poltico de ms o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres y calaveras, que solan comer all y alegrar la tertulia de Blanca, en la que Fernanda gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba, se cantaba, se saboreaban los escndalos sociales, se criticaba, se morda en grande y se jugaba... se jugaba grueso. Era la nica mala pasin del gentil don Benito; superior en l a todas las otras, lo dominaba y lo consuma. Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijos ni parientes, haba tomado la vida con una suprema frialdad y se le importaba muy poco del mundo en todo aquello que no fuera para l materia de honra. El saba y conoca su situacin; encontraba alegre la vida en el saln de Fernanda y de Blanca, haca en l sus campaas amorosas y perda como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetes de banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto, desprendido, prdigo hasta el exceso con las mujeres; calavera sin escrpulos en materias parvas; burln de los avaros y de los necios, lengua libre y corazn de oro en medio de los terribles defectos mundanos que le atribuan ciertas mams consternadas por su mala fama. Una tarde que don Benito y otros amigos coman en lo de Blanca alegremente, como de costumbre, mi linda ta se sinti indispuesta. Mi to se alarm profundamente; todo el crculo de invitados procur manifestar igual alarma. Se llam al doctor de la familia, un mdico joven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano. Vio a Blanca, la someti a todas las aagazas y a todo el procedimiento aparatoso del arte, y en medio de la afliccin sincera de mi to y de los invitados, sac al marido aparte y le dijo sonriendo: --Bien, amigo don Ramn... le felicito... --Doctor, no entiendo... perdone usted...--le contest mi to. --Pues dgale a Blanca que se lo explique... no le ha dicho nada? --Ah!--exclam mi to golpendose en la frente.--Pobrecita! Quin lo hubiera credo?... Ser posible? Ya me lo haba sospechado! --Y por qu no? Cualquiera, conocindolo a usted... o pensaba usted... que, casndose con una muchacha como esa, no?... --Oh! no, no--contest mi to con cierto orgullo reconcentrado, como un hombre que est persuadido de haber cumplido con su deber. La novedad se cont en voz baja a los contertulianos. Blanca, echada negligentemente en un canap, la oa comentar y circular por el saln, y pasada la primera crisis y bebida la frmula anodina que haba recetado el mdico, dejaba caer sus miradas fras y distradas sobre las pginas de un peridico ilustrado que apenas poda sostener en sus manos. Mi to Ramn haca pucheros de alegra y de ntima satisfaccin. El, sin sospecharlo, l, a sus sesenta y tantos aos, haba producido aquel verdadero atentado contra la regularidad del equilibrio lunar! Blanca, plida como de costumbre, lo llamaba a ratos a su lado, le pasaba la mano por la cara, le daba en ella cariosas palmaditas con una fisonoma fingidamente huraa y resentida, ante la cual el viejo comenzaba por aflojar las rodillas, y por estirar los labios, y conclua por caer rendido como un criminal arrepentido, sobre un muelle y riqusimo _puf_ que la enferma haba hecho acercar a su lado. El cuadro era digno del satrico pincel de Hogarth; los mimos de mi to con su joven esposa, llena de caprichosos antojos, de manas y veleidades, tenan ese sello caracterstico de los devaneos seniles, que rebajan la energa del hombre y deprimen tanto la dignidad de los ancianos. Pero aquella criatura de alma viciosa saba representar su papel como una gran artista, y hasta el mismo don Benito, que no comulgaba fcilmente con ruedas de molino, estaba rendido aquella noche ante ella, al verla desfallecida sobre un sof, con la pollera de su riqusimo vestido de surah ligeramente recogida, dejando ver su pie, admirablemente calzado, y la garganta de su pierna cubierta por una media de seda bordada. --Tengo un antojo--le deca a mi to, tirndole de la pera,--y me voy a morir sino me lo satisfaces, sabes... un gran antojo! Mi to pona cara de bandido sorprendido infraganti. --Un antojo... pero que nadie sepa lo qu es... ni lo digas t a nadie... Ven, acrcate, yo te lo dir al odo... Y el viejo, con movimiento de palomo, acercaba el odo a sus gruesos y provocativos labios. --Valen muy poco, mira, y son esplndidas... quiero lucirlas en el primer baile... con el vestido de _velours frapp_ que espero... Promteme trarmelas maana... Te adorar; te perdonar todo lo que sufro. Y, al da siguiente, el pobre viejo satisfaca los antojos de aquella insaciable criatura, trayndole el collar de perlas que se exhiba en una de las joyeras ms famosas de la calle de Florida, y ella, mimosa como una gata, se arrellanaba en su victoria, se cubra de pieles y se haca arrastrar a Palermo para deslumbrar y humillar con su hermosura y su lujo a todas las mujeres de mundo que encontraba en su camino. XVI Un da, tarde ya, casi a la hora de comer, encontr a Blanca, sola, en la salita donde acostumbraba a pasar el da, cuando no sala. Al verme entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso plida y dej caer el libro que lea. La salud y me inclin para recogerlo; al drselo, abri los brazos. Comprend el movimiento y le dej caer el libro suavemente sobre las faldas. --Qu susto me ha dado!--me dijo,--estoy tan nerviosa, que todo me da miedo... --Y su marido?--le pregunt, aparentando no interesarme por su sobresalto. --No s--respondi.--Conoce este libro?--agreg, indicando con un simple gesto el libro que mantena sobre sus faldas. --No; qu libro es? --Lea su ttulo... --No puedo leerlo...--y en efecto, no era posible leerlo, porque el libro haba cado dado vuelta. --Pero dele vuelta--me respondi, siempre con los brazos levantados... Me levant, y con la punta de los dedos, volv el libro para leer el ttulo. --Lea--me dijo. --Le; _Monsieur, Madame et Beb_. --Conoce?--me pregunt, con una muequita llena de coquetera. --Oh! s, es un poco antiguo ya--le dije. Blanca se mordi los labios; pero, dominndose y con un semblante lleno de aparente placidez, tom al fin el libro y lo puso sobre una pequea mesa de felpa que tena al lado. --Sabe que usted es el ms orgulloso de mis amigos--me dijo, con un tono resuelto. --Yo, por qu? --Ah! s--continu;--usted no es el mismo que antes para m, y mire, todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me cortejan; pero usted es un indiferente en casa. --Seora--le contest, riendo,--usted est bajo la influencia de la lectura de Droz. --No se ra. Se acuerda usted ahora dos aos? Yo soy la misma mujer de entonces. Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido, querindolo?... --No... yo s que usted no lo ha querido nunca--le repuse resueltamente. --Y bien...--me contest,--yo s que usted me ha amado un da... se acuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en que necesito amar y ser amada por un hombre digno de m. Soy una desgraciada!... qu pasin puede inspirarme ese hombre que es mi marido? --Julio--agreg, levantndose de improviso y corriendo como una loba hacia la puerta abierta de la habitacin inmediata, que cerr con precipitacin;--Julio--me repiti,--yo he desairado a todos los hombres que vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombre joven, que me quiera, que me d su alma, su corazn, en cambio de todo, de todo mi amor. Yo permaneca fro e imperturbable en mi asiento. --Seora--le dije,--qu dira el mundo, si oyera sus palabras? --El mundo? qu me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo he sido su vctima. Yo quiero vengarme de l. Pero necesito de usted. Al fin, qu he sido yo hasta ahora como mujer? Una mquina para ese anciano dbil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las calles y por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nos miran y nos encuentran. --Blanca! --Ah! Julio--prosigui arrastrando junto a mi el pequeo silln que rod suavemente al impulso de su cuerpo.--Yo le amo, le amo con locura! Yo se lo haba dicho a usted; mi corazn no lo dara sino a un hombre, aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido! Y tomndome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uas como una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas. El momento era crtico; la Naturaleza rugi con toda su indmita fiereza; senta el calor de su rostro sobre el mo, su cuerpo tibio sobre mi pecho; sus lgrimas de fuego caan sobre mis labios, su piel candente me quemaba, perd la razn por un momento, abr los brazos, se me nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de clera y de pasin, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio, cuando un relmpago de la razn ilumin mi frente y pude detenerme en el borde del abismo a que me haba arrastrado un instante la fuerza estpida de la carne. XVII Los pronsticos del mdico se cumplieron. Pocos meses despus mi to era padre. La suerte haba sido prodigiosa. Difcilmente podra existir una criatura ms encantadora que la hijita de Blanca. El mundo, segn don Benito, haba puesto sus puntos interrogantes; pero el mundo es malo y es necio. Nada ms hermoso que aquella niita que, segn todos los que la conocieron, era un trasunto de su padre. Blanca, sin embargo, despus de los primeros meses, pareca hastiada ya de los cuidados maternos. Haca tres meses que no iba a bailes y que no haca su partida de _whist_ con los amigos de su padre. Era triste la vida as! Esa vida de familia, el _beb_ que llora de noche, que pide inconsideradamente el sacrificio de las mejores horas de sueo: Oh, qu vida tan insoportable! Era necesario una nodriza. Por falta de una, Blanca haba perdido un baile del club y otro baile particular y haca semanas que se limitaba a sus excursiones ntimas con la madre. Estaba desolada y con un humor irascible. El pobre to pagaba aquellas intemperancias que le eran tan propias. No era capaz aquella mujer de comprender el amor de madre en toda su sublime expresin. Mi to ponase achacoso... los catarros comenzaban a minar su naturaleza; y Blanca, una vez aliviada de sus incomodidades maternales, quera indemnizarse de su ausencia de la sociedad y exiga que su pobre marido expusiese sus constipados a las corrientes de aire de los teatros y a las salidas de los bailes. Era necesario obedecer; aquella mujer no daba tregua. No le era bastante el tren insensato de lujo que arrastraba: las rentas de mi ta Medea, inclumes hasta el segundo matrimonio de mi to, ya era materia ms que dudosa: los inmuebles de la ilustre descendiente de los Berrotarn soportaban ya algunas hipotecas en cambio de los diamantes que iluminaban la cabeza y el busto de Blanca y de las telas que arrastraba en las alfombras de los salones del gran mundo. Sobrevino el primer perodo crtico de este enlace. Blanca comenz por ir sola con la madre una noche al teatro. Su marido, que hasta entonces haba hecho todos los esfuerzos supremos para acompaarla y mantener alto el pabelln, se resign por ltimo. Los reumatismos tienen al fin la razn sobre la voluntad; y como era, segn ese esplndido Montifiori, una verdadera crueldad, privar por un dolor insignificante de cintura de su yerno, a la pobrecita Blanca, de una noche de pera, el buen viejo don Ramn, convencido al fin de toda la impertinencia de su enfermedad y de las excelentes razones de su magnfico suegro, se quedaba en su casa con _beb_ mientras su linda mujercita resista en Coln la carga de los ms peligrosos anteojos de la temporada. Pobre viejo! En las noches de soledad para l haca traer a su lado la cuna de su hijita y junto a ella, cubierto de franelas y algodones, materialmente embutido en el hogar de la chimenea, pasaba las horas contemplando el rostro de aquel ngel que le brindaba sus primeras sonrisas y balbuceos. Cunta semejanza entre los nios y los viejos! En orillas opuestas ven tranquilamente precipitarse en medio de la corriente de la vida, en la que unos se han agitado y en la que los otros no suean en agitarse maana. Un nio que sonre en una cuna, que agita inconscientemente sus manecitas, que re o llora maquinalmente, es la manifestacin ms ntima, ms pura de la ternura humana. No se concibe que esa cuna est sola: que la madre la abandone por un momento; el sueo de ese ser debe ser velado por ella, porque, si ella falta un instante, creerase que esa vida embrionaria se extinguira, falta del calor materno, de sus besos y de sus caricias. Hay algo ms bello que un nio que duerme? Ese sueo que parece alimentado por las alas de un ngel invisible, que se agitan en el misterio de la noche, ese sueo no se duerme sino en una edad. La expresin de un nio dormido atrae irresistiblemente. Qu suea esa alma inocente? Qu idea, qu pensamiento agita ese cerebro?... Por qu late suave, pausadamente, sin agitaciones ese tierno corazn de ngel? Estas reflexiones deba hacerse el pobre viejo delante de aquella cuna que en cuatro meses haba hastiado a la madre, ebria por los placeres del mundo, sedienta de lujo y de amantes. Al ver a su hijita dormida, el buen viejo deba meditar con tristeza en su porvenir. El no la alcanzara mujer tal vez! Y, entonces, pensando en su pasado ingrato, en sus aos de despotismo conyugal, deba sin duda, compararlos con el presente en que, enfermo y valetudinario casi, no tena fuego en el alma, ni sangre en las venas para correr al lado de su linda mujer la carrera vertiginosa del mundo, en la cual caa como un rezagado, mientras ella, al frente de la alegre caravana, volaba cantando los aires calientes de la fuerza y de la juventud. Oh! Es triste la vejez! Algunas noches, el viejo sola adormecerse ligeramente en medio de la muda contemplacin de su hija. El reloj daba las doce, sin que Blanca hubiese regresado a aquel hogar trunco por la oposicin de su vejez a su juventud. De repente, una puerta se abra, un ruido de sedas cuyo _frou-frou_ creerase el paso de un duende, dejbase or en la habitacin, y a travs de la media luz azulada del velador, el pobre viejo, enfermo y postrado, vea atravesar como un fantasma la sombra fascinante de Blanca, arrastrando ondas de rasos y encajes y dejando a su paso el perfume capitoso de juventud que embalsamaba la visin de Fausto. Entonces el martirio deba duplicarse: aquella aparicin deslumbrante de todas las noches, que pasaba indiferente por su lado y el de su hija, sin detenerse, que no renda culto ni a la ley del esposo ni al cario de la madre, que volva llena y tibia aun con los vapores del mundo en que viva, despus de librar la batalla del lujo en la feria de las vanidades; aquella aparicin enloquecedora desapareca, y ante los ojos fatigados del anciano se alzaba el espectro aterrador de doa Medea, riendo con una carcajada satnica, estridente y vengativa, y lanzando una blasfemia terrible contra aquel desgraciado del destino, vctima inocente de la suerte, que temblaba de espanto y de impotencia ante el recuerdo del pasado y el cuadro del presente. Una tarde de primavera, mi to, que ya haba comenzado a sentir el peso profundo de la tristeza, me invit a que lo acompaara en carruaje hasta Belgrano. Mi aceptacin llen de gusto al pobre viejo. La tarde era bella y tibia; el ro estaba claro y sereno como un cristal, y cuando los caballos comenzaron a trotar por el camino de Palermo, mi compaero comenz a reanimarse con el aire puro del campo y la tranquilidad de la tarde. El camino de la costa tiene cierto encanto potico de reminiscencias que los viejos no olvidan fcilmente. En el camino de los Olivos al Tigre estn enterradas sus primaveras. Aquellas caravanas ecuestres de otros tiempos que comenzaban por la madrugada en el Retiro y que terminaban en San Isidro o San Fernando a medioda, y con bailes y pascanas a media noche, tienen una larga historia en la vida galante de otra edad. Mi to comenz a recordarlas con cierta melancola. --Cuntos han muerto ya!--me dijo.--T no te puedes imaginar lo que era la costa entonces, en el mes de octubre, con los rboles en flor. El perfume de las aromas, de la retama y de los azahares embalsamaban el camino. Salamos quince o veinte amigos, muchachos alegres todos, y de un galope llegbamos a las chacras de los Olivos y de otro a las barrancas de San Isidro. Cmo hemos cambiado, Julio! Qu fcil y qu llana era entonces la vida, qu gratos recuerdos me traen ese ro azulado y tranquilo y esas barrancas siempre verdes y risueas! All, cerca de San Isidro, yo tena una novia; se llamaba Luciana, una linda muchacha de dieciocho aos, que cantaba con una gracia exquisita las canciones de nuestro tiempo. Yo era pobre y muy joven: la casaron con un viejo rico. Ah, no te ras, as le ha pasado a Blanca conmigo, cualquiera dira que yo he querido vengarme de las mujeres! Pero qu pocas aquellas! Toda la costa nos perteneca, en todas partes bailbamos, pasbamos el domingo entero en fiestas y por la noche, o el lunes de madrugada, nos ponamos en viaje para la ciudad. El pobre viejo se animaba con sus recuerdos, y despus, como despertado de su sueo por el presente, prosegua: --Qu disparate he hecho en casarme, Julio, con una mujer tan joven! Yo lo siento, yo lo s; no puedo hacerla feliz. --Pero y su hijita?--le dije... --Es lo nico que me da nimo y fuerza para vivir--me repuso;--si no fuera por ella, qu solo estara en el mundo! Qu horrible sera mi desesperacin! No es verdad, que es una criatura encantadora? Y aqu, para entre nosotros dos, qu poco la atiende la madre! Verdad es, una criatura como Blanca que casi no ha tenido juventud! Yo no puedo exigirle el sacrificio de su alegra; es una nia todava; una noche de teatro, un baile, una fiesta cualquiera la fascina. Yo lo encuentro natural, pero si al menos su hija le produjese el mismo entusiasmo! Ah, no te cases viejo!... Cada vez que yo pienso que no podr ya ver mujer a mi hija, me desespero. Me parece que el Cielo me ha hecho concebir una esperanza para quitrmela en seguida. T sabes cuan desgraciado he sido en mi vida pasada. Qu mujer aquella que me depar el Cielo!... Csate joven y con una mujer dulce y sencilla. Yo debo decirte que no s qu ha sido peor para m, si mi vida pasada de casado, o mi vida presente. Mi primera mujer, t la conociste; no era posible ser feliz con ella: tena un carcter agrio y duro, y mi segunda mujer, te lo aseguro, Julio, me obliga a hacer una vida tan artificial, que no s cuando he sufrido ms, si en la guerra viva de la primera poca o en la fiesta perpetua en que vive todo lo que rodea a mi suegro, el doctor Montifiori. Ante aquella ntima confidencia, que era un verdadero desahogo, yo crea conveniente guardar silencio. No tena palabras para consolar a mi to con razones completamente contrarias a mis sentimientos y prefera callar, aun corriendo el riesgo de acatar todo aquel amargo y tardo arrepentimiento. Habamos llegado casi a la entrada de Belgrano, cuando mi to dio orden al cochero que se detuviese junto a un pequeo rancho, en que jugueteaban tres o cuatro nios. Al detenernos, los nios se acercaron al carruaje y en la puerta del rancho aparecieron una mujer y un hombre, jvenes ambos, que saludaron amistosamente a Alejandro que manejaba el coche, como si ya lo conociesen de antemano. --Debe ser aqu--dijo mi to,--no, Alejandro? --S, seor, aqu es--repuso Alejandro. Mi to, a quien ya se haban acercado el hombre y la mujer, seguidos de los nios, que nos miraban curiosamente, les haca no s qu encargo domstico que Blanca le haba encomendado para ellos, y la mujer pareca orlo con cierta duda y extraeza. --Pero usted es el marido de doa Blanca?--le dijo al fin, como expresando cierta vacilacin. --Vamos a ver, cul de los dos ser?...--le contest mi to sealndome y sealndose. --Ser ese mozo--replic la mujer,--y como yo le dijera que no, permaneci sonriendo, con la desconfianza propia de una persona a quien la quieren hacer vctima de una broma. El hombre, callado, pareca participar de la desconfianza de su mujer. --Pero, vamos a ver--recomenz mi to,--les parece que soy muy viejo para mi mujer, no es verdad? --Ah! no es eso solamente--dijo el paisano, con cierta inocencia;--es que aqu ha venido la seora con otro seor, y nosotros hemos credo que ese era su marido. Una sombra instantnea obscureci la fisonoma del viejo y una palidez mortal invadi su semblante. A m me pas algo anlogo; la voz se me ahog en la garganta, y viendo que se prolongaba aquella situacin, de la que las gentes del rancho no se daban cuenta, les dirig dos o tres palabras triviales, como para salir del paso y le di orden a Alejandro de dar vuelta. Este no se la dej repetir, porque, listo y alerta como era, se debi dar cuenta en un segundo de la situacin por que atravesbamos, y puso los caballos en movimiento. Mi to dej hacer, y se hundi en un profundo silencio, pero al llegar a la barranca de la Recoleta, donde nos detuvimos--exclam suspirando--dichosos los que han muerto! Y como yo pretendiera objetarle, me interrumpi, dicindome en voz baja y acongojada. --Mi hija, slo mi hija me atrae a la vida... Llegbamos a casa en el momento mismo que entraban Fernanda y Blanca despus de una batida por las mejores tiendas de lujo. Madre e hija estaban lindsimas como de costumbre y vestidas con una suprema elegancia. Fernanda me estrech la mano y Blanca acometi a su marido con los mimos y las zalameras con que acostumbraba a hacerlo siempre delante de los extraos. Mi to suba la escalera envuelto en una reserva absoluta mientras que su mujer no cesaba de contarle todo lo que haba visto y comprado en el da, en trapos y alhajas, colgndosele del brazo y representndole toda una comedia de carios digna de una nieta que pretende engaar al abuelo. Subimos y entramos en el saln. Fernanda se me quejaba de la indiferencia de su yerno y yo procuraba imitar a mi to tratando de no dejarme entusiasmar por la chchara de aquellas dos seoras. Mi to entr en los cuartos interiores, preguntando por su hija, y Blanca, notando que la indiferencia de su marido aumentaba, lo abandon, y, furiosa, iracunda como ella sola ponerse cuando alguien le contrariaba sus gustos y sus caprichos, se volvi al saln donde yo me haba quedado con la madre, y clavndome sus ojos claros y penetrantes, con una mirada llena de desdn, me dijo, sealando las habitaciones interiores donde su marido haba desaparecido. --Eso, eso se lo debo a usted... le doy las gracias! --Blanca--le contest,--no entiendo lo que usted me dice, no s si es un cargo... --Yo no necesito explicaciones--me repuso con un mal modo marcadsimo.--Lo mejor sera no vernos nunca... --Eso no--le repuse,--no la complacer... --Qu! usted me reta--exclam atropellndome con los puos crispados. En ese momento Fernanda, excitada tambin, se pona de pie, pronta para entrar en la escena que se preparaba. --No--dije a Blanca en voz baja,--siempre que usted no me amenace. --Julio--dijo Fernanda,--por Dios, djenos... --Seora--le contest,--no tengo inconveniente en complacerla, puesto que usted me lo pide, pero antes de retirarme quiero asegurar a su hija que no soy de aquellos que rechazan un afecto, con el fin innoble de pagarlo con una traicin. Y al retirarme, clav los ojos en Blanca fijamente, mientras ella me lanzaba una mirada en la que procuraba medirme desde lo alto de su orgullo. XVIII Era la ltima noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile. Su comparsa, los Tenorios de Plata, con su brillante uniforme blanco y celeste y sus botas imitadas en hule, invada el teatro de la Alegra, campo de las batallas galantes de la clase, en los tres das clsicos del ao. Pero el corazn de Alejandro no estaba aquella noche en el saln de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos, haba cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza fueran una razn de timidez por parte del cochero o de repugnancia por parte de la sirvienta. La cuestin grave era saber cmo hara Graciana para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difcil. La seora con su mam iban al baile de mscaras del club. El viejo don Ramn permaneca en casa a causa de su reumatismo. Graciana deba velar aquella noche por el _beb_; la noche anterior haba estado de pascana con su _Otelo_; porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del mulato. Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase, con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de ser una domstica como las de Zola, no tena el ms mnimo embarazo en desempear todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la ms mnima limitacin. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada para el club, haba recomendado a Graciana, de la manera ms severa, que velara al marido a quien se le poda antojar vestirse e irla a buscar y sobre todo al _beb_, a quien don Ramn no poda atender a pesar del entraable cario que senta por su hijita. Graciana haba jurado fidelidad, pero Alejandro, as que las seoras y el seor de Montifiori desaparecieron, comenz a excitar poco a poco la imaginacin de Graciana contndole las maravillas que aquella noche iban a hacer los Tenorios en el tablado de la Alegra. La mujer es un ser dbil en todas las clases sociales. Graciana comenz por resistir y Alejandro termin por vencer. Verdad es que el pardo tena, segn el, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegra sin que los patrones lo notaran, pusieron en juego su plan. Alejandro visti su uniforme de Tenorio, color blanco y celeste, con gorra de oficial de marina, esplndido _specimen_ de mojiganga criolla; se ech al bolsillo el tringulo, su instrumento oficial en la comparsa de los Tenorios y esper a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a obscuras en el acto de la evasin de los dos danzantes fugitivos. Graciana, por su parte, recorri las habitaciones; vio que mi to no daba seales de vida, que el _beb_ dorma e hizo ruido en el cuarto de la nia, como para dar a entender que ganaba la cama. Despus de media hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa, salt de la cama, descalza, para no hacer ruido; tom la buja encendida que alumbraba apenas la habitacin y acercndose con ella a la cuna de la nia, not que sta dorma tranquilamente; dej la luz como tena de costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre el corredor, y cuya cerradura haba tenido cuidado de enaceitar para que no hiciese ruido, sali en puntas de pie llevando en una mano un par de botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el domin con que Blanca haba asistido disfrazada la primer noche de carnaval al baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerr cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias de recato por su parte, se disfraz en un instante; se calz sus botines blancos, se coloc la mscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que posea Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como _Romeo y Julieta_, si _Romeo y Julieta_ hubiesen sido sirvientes y se hubiesen escapado juntos alguna vez. Cuando llegaron a la puerta de la Alegra, el baile estaba en todo su esplendor. Los Tenorios hacan una mella terrible en aquellas Ineses de media tinta y de color entero. Las cuadrillas se bailaban, con una seriedad rgida, casi britnica; el vals no dejaba nada que desear por su correccin: la mazurka era de un remeneo de ancas de dudosa moderacin, y por ltimo la habanera algo alarmante como chacota de articulaciones. En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel saln, donde haba una absoluta proscripcin del perfil griego, una suma tendencia al tono y a la elegancia. Los Tenorios se llaman como sus amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la nica nota discordante es el pie, el pie de un Tenorio es algo de melanclico: un pedcuro con cierto talento dramtico podra escribir una tragedia ms terrible que Fedra, con slo estudiar el pasaje de su instrumento a travs del pie de un joven _high-life_ de color. He ah la causa por qu los negros, despus de tres das de carnaval, por ms elegantes y presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres das prendidos de una reja; los pies necesitan suspender su misin terrena por ese espacio de tiempo para volver a su estado primitivo. En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella noche en la Alegra con tanto garbo, y tal vez con ms suerte, que sus patrones del Club del Progreso. Un Tenorio con su uniforme blanco y celeste debe ser algo ideal para su compaera de baile y de color; porque, al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los pursimos colores del cielo, es mucho ms lgico que hacerlo de negro como los amos. Hay algo de fantstico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul con galones de plata, en ese pantaln de cotn blanco, en esas polainas de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empean en confabularse con el botn chueco de elstico, para fingirse botas granaderas. Alejandro entr en el baile, del brazo de su compaera, cuyo esplndido domin levant el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca. Alejandro, rendido a una extranjera de Europa! Qu decepcin! El, el ms aristocrtico _swell_ de la _clase_, la flor y nata de las academias de baile, entregado a una gringa! Las seoritas y las matronas no se lo perdonaban, pero el lindo mulato, sin importrsele mucho de las crticas que le hacan por todos los centros del saln, tom de la cintura a su linda compaera y acometi un _scottish_ de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifin que se quejaba entre los labios de un viejo msico panzn y dormido, representante de la msica de viento. Es de ver la galantera del negro porteo. Prescindiendo, si es posible prescindir, del ambiente del saln, que es algo pesado, la cortesa y la urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto, pero elevadsimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma compostura y con el mismo _chic_. Las nias no dejan nada que desear desde el punto de vista de la educacin: es cierto que los labios son un poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad indiscutible; all no hay _veloutine_, ni crema de perlas que formen cutis apcrifos. Los mozos son de la ms alta estirpe administrativa: entre ellos est representada la secretara del presidente de la Repblica, por un empleado, que aunque sirve el t y el agua con panal, no se apea de su categora de empleado pblico, la guerra y la hacienda forman parte de los Tenorios de Plata, que bailan en la Alegra las tres noches de carnaval. Las mams o las tas y madrinas viejas, que se le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempea cargos modestos, pero honrosos en la poltica argentina. Y, generalmente, esos _snobs_ de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad tiene sus escndalos como todas las sociedades: raptos, seducciones, adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el negro y el pardo porteo saben batirse con la bizarra del mejor de los soldados y caer sobre el campo de la accin como caen los hroes. Las dos de la madrugada haban dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro para volver a casa. La sirvienta pensaba con razn, que el seor poda haber notado su ausencia, que la niita poda haber llorado, que Blanca poda haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como todos los de su clase, quera concluir la noche con una cena en un caf de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita. Tanto hizo Alejandro, que Graciana, despus de bailar con l la ltima galopa con un mpetu y un entusiasmo indescriptibles, consinti en ir a cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de caf con leche, con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incmoda, que todos los estmagos, ya sean plebeyos o aristocrticos, sienten a las tres de la maana despus de una noche de baile. Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salan conjuntamente del teatro, con los Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche, demostrando en el rostro esa melancola peculiar que demuestra el ltimo comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval. Por entre ellos atraves orgullosamente Alejandro con su compaera del brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta de la casa de sus patrones. Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de mi to Ramn; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestbulo bajo y en el vestbulo alto. Algo de extraordinario deba de haber pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana haba sido notada. La sirviente tuvo un acceso de nervios muy comn entre las francesas y no se atrevi a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo. El pardo vacilaba tambin, y caballeresco como era, no se atreva a comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile all tocaba a su trmino, que de un momento a otro, Blanca llegara a su casa y encontrara a Graciana disfrazada con su domin. Los dos amantes optaron por lo ms prctico en aquellos instantes crticos y huyeron calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergenza de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorca, donde se instal con su compaera, resuelto a darle su nombre para cubrir su falta y purificar su honra manchada. XIX El buen to Ramn se haba recogido temprano aquella noche; el primer da de mascarada lo haba rendido por todo el carnaval. Fernanda y Blanca, con Montifiori y sus amigos, haban pasado los tres das en una jarana completa: en el corso, en los bailes, en las tertulias particulares, Fernanda y Blanca haban sido conocidas en todas partes; pero eso era lo que ellas buscaban en medio de la turba de corsarios de gran tono, que les daban caza a travs de aquellas noches de locura. El ltimo da, al regresar del corso, haban encontrado tumbado al viejo marido, presa de sus reumatismos. Blanca tuvo una pasajera contrariedad; se acerc a su esposo, le hizo algunos carios de frmula, lo puso en el caso de que le suplicase a ella misma que no dejase de ir al baile de mscaras, y simulando hallarse bajo el imperio de una orden, comenz a preparar su traje que ya estaba pronto desde muchos das atrs. Con la cabeza montada por la bulla carnavalesca y por la perspectiva del baile, se hizo vestir rpidamente por Graciana, esper impacientemente a la madre que tardaba ya algo en venir, se acerc al lecho de su marido, se despidi de l con urgencia y sali precipitadamente sin siquiera acordarse de su hijita a quien dejaba en poder de una sirvienta. El baile la atraa irresistiblemente. El buen viejo, despus de haber besado a su hija, se retir a su habitacin que estaba inmediata a la en que Graciana deba cuidar a la niita. A la una de la noche, mi to, que dormitaba, se despert sbitamente por una luz repentina que lo deslumbr como un relmpago, creyendo haber odo en sueos algo como un grito estridente y penetrante. El viejo abandon su lecho dificultosamente, y creyendo que en efecto era un relmpago, abri los postigos del balcn y mir hacia afuera: pero el cielo estaba sereno y estrellado, y la luz nocturna iluminaba las aceras. Crey en una pesadilla y trat de detener y comprimir las ideas confusas que haban pasado por su cerebro mientras dorma. Quiso volver a su cama, pero haba perdido el rumbo, la disposicin de la habitacin se haba trastornado completamente para l. Se detuvo un segundo en el centro del cuarto, procurando orientarse en vano; toc una puerta, encontrola abierta y al pasar el umbral, sinti un olor caracterstico a lienzos quemados. El pobre viejo se sinti presa de un violento golpe de fiebre: quiso recapacitar y no pudo; los ms horribles pensamientos cruzaron por su imaginacin; perdido siempre en la habitacin, volte dos o tres muebles, tuvo miedo, se le aflojaron las piernas y cay desfallecido sobre el piso. Un silencio sepulcral reinaba en las habitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Una idea fija embargaba la razn del desgraciado anciano. Se incorpor dbilmente sobre el piso y grit a Graciana, con voz ahogada y angustiosa, pero nadie le respondi. Volvi a gritar con un acento de desesperacin, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano, nadie le contest tampoco; se incorpor de nuevo y arrastrndose con trabajo tante las paredes, buscando el botn de la campanilla elctrica: despus de unos minutos lo encontr y lo hundi con desesperacin: el silencio era tan profundo que oy el martilleo peculiar del timbre en el fondo de la casa; esper, pero nadie vino: llam de nuevo y sigui llamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le responda. Entonces volvi a gritar desesperadamente a Graciana y, creyndose orientado por un momento, atropell en la direccin en que l crea que estaba el cuarto de la nia; pero, no bien haba dado tres pasos, cuando recibi un terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; haba dado contra la puerta opuesta. El viejo cay desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente de la noche volvi a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquella situacin, el reloj del Cabildo dio las tres de la maana y el eco sordo de la campana se difundi por la ciudad dormida. El viejo pensaba que Blanca no poda tardar: se oan las voces y las algazaras de las ltimas mscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del club, tocaba las ltimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruel situacin del anciano afligido, casi inmvil, presa de una fiebre terrible. En ese estado se arrastr por el suelo tanteando siempre los muebles: por ltimo, puso la mano sobre un sof, que ocupaba el espacio comprendido entre el balcn y la puerta que llevaba al cuarto de su hija y con una alegra ntima se incorpor, impuls la puerta que Graciana al partir haba dejado entornada y penetr a la habitacin, loco, convulso, desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, all se haba quemado algo: record su sueo, aquella sbita luz que haba herido sus pupilas y aquel grito penetrante que aun le pareca or y cay de nuevo en una desesperacin terrible. El humo de la habitacin comenzaba a asfixiarlo y un terror fro e indescriptible cerr sus labios y paraliz sus movimientos; un temor instintivo no le permita moverse; prefera la duda, la inmovilidad, antes de acelerar el desenlace espantoso de aquella noche de abandono y de insomnio. En esa situacin volvi a llamar tmida, cariosamente, a Graciana, pero, como antes, nadie le respondi. Postrado en el suelo, en un rincn del cuarto, rodeado siempre por la ms completa obscuridad, pudo or que un carruaje acababa de detenerse bajo de los balcones, y al rato, que se abra y cerraba con gran cuidado la puerta de calle: sinti en seguida pasos en la gran escalera: quiso llamar para apurar a los que venan, pero la palabra se ahog en su garganta y tuvo que esperar: oy los pasos en el vestbulo y unos segundos despus el ruido de una llave en la cerradura de la puerta de la habitacin en que se hallaba: la puerta se abri y dio paso a alguien: el _frou-frou_ de la seda le indic que era Blanca que regresaba. De pronto ardi un fsforo y acto continuo la luz violenta del gas ilumin toda la habitacin. Entonces el cuadro que se present a la vista de los que all se encontraron, fue terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de la nia cubierta de holln: las cortinas se haban encendido, el fuego haba invadido las ropas; la desgraciada criatura haba muerto quemada, por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, haba dejado la buja a poca distancia de la cuna. El rostro de la niita era una llaga viva: tena los dientes apretados por la ltima convulsin; con la mano izquierda asada por el fuego, se asa desesperadamente de una de las varillas de bronce de la camita, y la derecha, dura, rgida en ademn amenazante; la actitud del cadver revelaba los esfuerzos que la vctima haba hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la que haba encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su marido postrado en tierra y a su hija quemada viva en la cuna: retrocedi y dio un grito terrible: el pobre viejo se levantaba al mismo tiempo, y en la puerta que daba al vestbulo exterior por donde Blanca haba penetrado, sorprenda con la vista un hombre joven que haba entrado con ella: fue lo primero que vio, quiso lanzarse sobre l, pero el grito de horror de Blanca lo detuvo, y entonces volvi los ojos sobre la cuna de su hija. Toda esta escena fue la obra simultnea de un instante; las ms breves palabras no alcanzaran nunca a traducir su trgica rapidez. El pobre padre, al ver el horrible espectculo que presentaba el cadver de su hija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante l, quiso hablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que en actitud vacilante no saba qu partido tomar, pero apenas dio dos pasos cay al suelo, fulminado por una parlisis repentina, la lengua trabada, el rostro descompuesto, el cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con la frente en el suelo y su rostro se ba en sangre. --Huyamos, Blanca--grit el desconocido, cubrindola con el tapado que ella le haba abandonado al entrar. Aquella miserable criatura abarc la escena con una sola mirada, pero el brazo amenazante de la niita la intimid y dio vuelta al rostro. El cuerpo de su marido obstrua el paso por la nica puerta de salida; se detuvo un instante, y como tomando una resolucin repentina, con los ojos iluminados por una luz satnica, se volvi al hombre que la esperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo que yaca en tierra, le grit: --Huyamos! XX Yo no me haba olvidado de Valentina, mi dulce Valentina de otros das. Mi to, en un hospicio, idiota, sin habla y sin razn. Don Benito casado al fin, con una seora rica y de edad proporcionada a la suya. Qu diablo! A m tambin me dio por casarme y me acord de mi idilio de veinte aos. Viva solo y aislado, y lo peor de todo era, que probablemente, por no haber seguido el consejo del doctor Trevexo, de estudiar en los diarios, me encontraba sin recurso alguno para aspirar a las altas posiciones polticas con que all en el ao 62 me pronosticaba l un porvenir brillante. Pero en lo ntimo de mi corazn, yo haba guardado el recuerdo de Valentina: la nica criatura que haba dejado en mi alma una memoria dulce y tranquila. Por largo tiempo nos habamos escrito, pero despus de la muerte de su hermano, nada saba de ella. Valentina era para m un horizonte lejano, pero lmpido, y en la soledad de mi vida, la primera edad reapareca, los das de colegio volvan: pensaba en don Po y en don Josef, el clebre descendiente de Gonzalo de Crdoba y vea la imagen de mi novia, sonrindome en los nicos aos de felicidad que han iluminado la vida. Veala aparecer en uno de los balcones de la antigua casa en que viva o asomado el rostro risueo y sonrosado detrs de los cristales; linda como nunca, llena de juventud, perfumada de gracia y de castidad. Algunas veces el recuerdo inquietante de Blanca, haba turbado mi sueo; el mundo con sus pasiones y sus encuentros, habame suspendido un momento en su vorgine, pero poco a poco la pursima imagen de Valentina volva a levantarse delante de mis ojos como una cariosa sombra que me llamaba, all, al pasado, al dulce pasado de la adolescencia. Valentina me esperaba y busqu a Valentina en el pueblo del colegio. Llevaba el espritu enfermo y agitado bajo la influencia de los tormentos por que haba atravesado y la realidad de un sueo de juventud iba a darme la eterna felicidad. Llegu y busqu la casa de Valentina. Ya no habitaba su familia en ella. Averig y la encontr al fin. La potica criatura se haba casado con don Camilo, pocos meses antes y era feliz, muy feliz. Don Camilo tena una renta considerable, era hombre pblico y hasta hombre distinguido. Sent la desesperacin, la horrible desesperacin que se siente ante lo imposible, ante la muerte, ante lo irremediable, y pens si el alma podra arrancarse del cuerpo y arrojarse como intil estorbo de la vida! XXI Pero alguien, con la exigencia inexorable de todos los que leen, querr saber de Blanca. Blanca, la linda portea, corre la vida fcil y elegante, pero duerme con los ojos abiertos, porque cuando los cierra, la cara de un viejo idiota y paraltico la observa con una sonrisa inmvil y el brazo rgido de su hija muerta se levanta sobre ella como una eterna amenaza. FIN End of the Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. Lpez License: Share Alike