Produced by Chuck Greif and La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes Amistad funesta _Novela_ Jos Mart Introduccin, por Gonzalo de Quesada Sea su novela _Amistad funesta_ el dcimo volumen de las obras del Maestro. Es milagro que ella, como casi todo lo que escribi, no se haya perdido. Se public en 1885, en varias entregas, en _El Latino Americano_, peridico bimensual, de vida efmera--rgano de la Compaa Hecktograph, de New York--que no se encuentra hoy en biblioteca pblica alguna. Adems, no apareci con el nombre de su autor sino con el seudnimo de Adelaida Ral, y esto hubiera hecho aun ms difcil su hallazgo. Afortunadamente, un da en que arreglbamos papeles en su modesta oficina de trabajo, en 120 Front Street--convertida, en aquel entonces, en centro del Partido Revolucionario Cubano y redaccin y administracin de _Patria_--di con unas pginas sueltas de _El Latino Americano_, aqu y all corregidas por Mart, y exclam al revisarlas: Qu es esto Maestro? Nada--contestome cariosamente--recuerdos de pocas de luchas y tristezas; pero gurdelas para otra ocasin. En este momento debemos solo pensar en la obra magna, la nica digna; la de hacer la independencia. En efecto; esta novela vio la luz a raz de fracasados intentos para levantar en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoy Mart estimando que el plan no era suficiente ni el momento oportuno; brot de su pluma cuando--en desacuerdo con los caudillos prestigiosos, nicos capaces, con sus espadas heroicas y legendarias, de despertar el alma guerrera cubana--pareca oscurecido, para siempre, en la poltica; fue engendrada en horas de la mayor penuria, en las que, no obstante, rechazando las tentaciones de la riqueza y sin otra gua que su conciencia ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad, sus principios no capitularon. A una miseria por palabra se pag este trabajo, elevado de pensamiento, galano de estilo, con enseanzas--como todo lo suyo--para sus compatriotas; con algo de su propia existencia. No s que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario; pero su traduccin de _Called back_, de Hugh Conway--por la cual una casa editora le concedi, como gran generosidad, cien pesos--, luego con brillante vestidura y el nombre de _Misterio_ vendida por millares, y la versin suya, que talmente parece un original, amorosa y admirable, de _Ramona_ de Hellen Hunt Jackson--buscada en vano en las libreras--, son prueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego para ello, hubiera, tambin, triunfado en la Novela. No le faltaban elementos por su conocimiento de la realidad del mundo y sus pasiones, anhelos y torturas; le sobraba fantasa para hacerla resaltar; esplndido lenguaje con que exponerla. Ni sus versos, ni parte de su correspondencia, ni sus artculos de doctrina y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografa he olvidado; pero cumpliendo con lo principal que l nos ense--el servicio de Cuba--poco se ha podido terminar y solamente ha habido tiempo para este volumen--y reunir los homenajes a su memoria que van en el mismo prenda de que aqu, en los lejanos montes de Turingia, donde aun vibran entre pinos seculares las liras de Goethe, Schiller y Wieland, pienso en l y en la patria! Oberhof, 4 de julio de 1911. Gonzalo de Quesada Jos Mart, por Miguel Tedn _La Nacin_, Buenos Aires, diciembre 1. de 1909 A principios del ao 1888 llegu a Nueva York en cumplimiento de una misin profesional, y una de mis primeras diligencias fue [ir] a buscar a Mart cuyas correspondencias a _La Nacin_ me haban impresionado vivamente, revelndome un talento superior y un alma eminentemente americana. Encontrele en su despacho del consulado oriental en Front Street, una de las antiguas calles de la gran metrpoli y apenas llam a la puerta se adelant a recibirme dicindome: Es usted el seor Tedn? (un amigo comn le haba anticipado la visita), a la vez que me extenda ambas manos con tal efusin de franqueza y sinceridad, que ese apretn sell entre ambos una amistad que solo la muerte del gran ciudadano ha podido cortar. Era Mart de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeaba una frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante, tez blanca plida, como son generalmente los cubanos, bigote negro y crespo y un valo perfecto redondeaba su fisonoma armoniosa y vivaz. En su cuerpo delgado predominaba el temperamento nervioso, que haca rpidos todos sus movimientos y sus manos finas y alargadas revelaban al hombre culto consagrado a las tareas intelectuales. Llevaba como nico adorno en uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabada la palabra Cuba. Cubran los muros de su despacho estanteras de pino blanco, algunas de las cuales l mismo construy, y en los pocos espacios libres que ellas dejaban colgaban retratos de los hroes de la revolucin cubana que termin con la paz del Zanjn, y entre los de varios literatos ocupaba lugar preferente el de Vctor Hugo. Constituan su biblioteca, en primer trmino, las publicaciones que se hacan en la Amrica latina, cuyo progreso intelectual segua con avidez, habiendo escrito juicios sobre muchas de ellas; pero tampoco faltaban los de la literatura norteamericana, cuya lengua conoca profundamente, aunque no fuera inclinado a hablarla. Su mesa de trabajo, sumamente sencilla, estaba siempre repleta de papeles que formaban sus numerosos trabajos de correspondencia para los peridicos de Cuba, Mjico, Guatemala, Argentina, y las revistas que bajo su direccin se publicaban en Nueva York, aparte de los documentos oficiales de su consulado. El nico ornamento de ella era un tosco anillo de hierro que tuvo de grillete durante su prisin en la isla de Cuba, cuando aun era un nio, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado por su seora madre despus de su deportacin a Espaa, para que le sirviera de amuleto en su peregrinacin por la libertad de su patria. En aquel modesto despacho mantuvo por muchos aos el fuego sagrado de la independencia cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer ni las disidencias entre sus propios amigos, muchos de los cuales crean utpica la revolucin, ni el espectculo de las fortunas que se acumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligencia y su autoridad a los negocios comerciales. All llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanos que deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos de la vida americana, sino todos los cubanos interesados en la poltica de su pas. All conoci a Estrada Palma, que a la sazn ganaba su vida manteniendo un pensionado de enseanza en el estado de Nueva Jersey, y a muchos otros despus actuaron en la revolucin. A todos reciba con los brazos y el corazn abiertos y para todos tena no solo las hermosas palabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus modestos recursos. Su fisonoma moral se caracterizaba por la ms absoluta honestidad en todos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus propios intereses en favor del ideal a que haba consagrado su existencia, la libertad de Cuba. Su espritu eminentemente altruista, se asociaba a todos los dolores ajenos y a ellos llevaba el consuelo de su palabra inspirada; lo mismo comparta las alegras de sus amigos. Su alma sensible y delicada sufra con las asperezas del alma yanqui, y nunca pudo fundirse en los moldes de ambicin en que esta est vaciada. Recibi ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor al servicio de intereses comerciales; pero jams quiso desnaturalizar su pluma que solo deba servir para unir a la familia latinoamericana y para luchar por la libertad. Prefiri ser pobre con decoro (palabra que se encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar sus convicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que aquella en que se haba empeado. Posea un raro talento de asimilacin y de generalizacin que le permita abordar con brillo y con criterio slido todos los problemas que en el orden poltico o sociolgico entraan el desenvolvimiento de las naciones y su memoria privilegiada le permita recordar todo cuanto haba pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de un libro recientemente publicado que l no lo conociera y sobre el cual pudiera expresar su propio juicio; as como conoca a todos los hombres que haban desempeado un papel prominente en la vida de las naciones latinoamericanas. Su palabra era suave, fluida, lmpida como su pensamiento, sin afectacin ni rebuscamiento, y produca el encanto de una fuente cristalina que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuntas veces en los das festivos, solamos atravesar el ro Hudson e internarnos en las hermosas arboledas de las Palisades o recorramos las avenidas del Parque Central, y all transcurran insensiblemente las horas, bajo la influencia de su palabra sana y amena que haca olvidar el bullicio de la metrpoli. Su oratoria slida y rica en imgenes brillantes se derramaba como raudales de perlas y de flores, y su auditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella. Recuerdo que en una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propsito de reunir y vincular a los latinos residentes en Nueva York, tom como tema las flores y los pjaros que adornaban el sombrero de una seorita all presente, y sobre l hizo la pintura ms hermosa que jams haya ledo de la naturaleza y de la sociedad centroamericana. La impresin que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que nos hallbamos bajo un cielo gris y helado, creyndonos transportados a los trpicos, y solo volv a la realidad de nuestra existencia cuando sent un _hurry up_, pronunciado con spero acento sajn por dos jvenes que pasaban a mi lado. Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor con la lectura de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hasta la nueva aurora que sola sorprenderlo cuando, como l deca, se hallaba engolosinado por algn estudio en que pona toda su alma para transmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de sus amigos a quienes reciba con solcito cario. Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Las divida entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, en las que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los de las clases superiores, porque unos y otros deban servir para preparar la revolucin cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos. A pesar de los largos aos que all vivi, nunca pudo identificarse con la vida americana, porque su espritu generoso y desinteresado era refractario a los procedimientos egostas que constituyen el fondo del carcter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas de esa nacin y crea que abrigaba propsitos absorbentes, contra los cuales las repblicas latinas debieran estar prevenidas. Mjico, deca, solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una poltica hbil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasin de intereses americanos. Consideraba la conferencia monetaria internacional, iniciada por Blaine y a la que l fue delegado por el Uruguay, y yo lo fui por la Argentina, ms como el medio de favorecer los intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar los vnculos de todas las naciones de Amrica. Carece, pues, completamente de fundamento la versin de un escritor franco-argentino, de que Mart fuera partidario de la anexin de Cuba a los Estados Unidos, cuando, por el contrario, vea en ellos un peligro para la independencia. Creo, sin embargo, que sus temores eran infundados a este respecto, como lo ha demostrado la conducta de aquella nacin, para terminar la guerra y establecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que no tienen ambiciones de predominio sobre la Amrica latina. Mr. Elihu Root me dijo durante su visita a esta capital, que los Estados Unidos nunca anexionaran a Cuba y tengo la ms absoluta confianza en la sinceridad de este gran estadista americano. Los ltimos aos de la vida de Mart en Nueva York me son poco conocidos. Su ltima carta me revelaba un estado moral deprimido por el exceso del trabajo, que haba creado en su organismo una excitacin nerviosa. Tengo horror a la tinta, me deca, y deseara huir a los bosques, aunque me crecieran las barbas verdes, para no ver papeles ni sentir las fealdades de las gentes. Pasaron algunos aos, durante los cuales solo tuve noticias de l por intermedio de un amigo, cuando un da recib un telegrama en que me deca: deberes ineludibles me llaman a mi patria y necesito su ayuda, mndeme por cable quinientos dlares. Mi situacin en aquel momento era difcil y me fue imposible ayudarlo. Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma a la independencia de Cuba, puesto que en esos das sala Mart de Nueva York para reunirse con el general Mximo Gmez e invadir la isla, iniciando la nueva insurreccin que dio por resultado la terminacin del dominio espaol. La noticia de su muerte en los primeros combates librados entre cubanos y espaoles me produjo hondo pesar. Consideraba a Mart uno de los hombres de ms talento que me haba sido dado tratar y su muerte representaba no solo una prdida irreparable para Cuba, de la que habra sido uno de sus preclaros presidentes, sino para la Amrica latina toda, pues desapareca el escritor genial en quien el fuego de la solidaridad americana brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes. Jos Mart, por Romn Vlez _Notas de Arte_ (Colombia), agosto 15 de 1910 Le conoc y trat en New York el ao de 1891. Me consagr su amistad. La amistad es la nica rosa que no tiene espinas. La nica fuente arrulladora que no tiene lodo. Fui su amigo--en el trajn social--de pocos meses. Soy su amigo perdurable por el recuerdo y la memoria. Su recuerdo es para m un ariete, relmpago que cruza las soledades de mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, guila que despierta--en horas de abatimiento--a picotazos mi alma. Fui, con varios condiscpulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa humilde y viva modestamente. Enamorado yo de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de cndores de su prosa soberana, entr a aquel Arepago con el pensamiento en las nubes y el corazn en los labios. Eran das ttricos para los colombianos residentes en New York, das en que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido, haba llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas. Fue ese el tpico obligado, y Mart me deca: los suramericanos enviamos trozos humanos putrefactos para que estos pases los escarben y examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la Patria para que estos pases lo abofeteen. Sobre Cuba exclamaba: Estoy desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la cumbre inaccesible. En mi tierra no hay ms que dos hombres: Gmez y Maceo, y una bandera: yo. A ellos los tienen como visionarios y a m me consideran loco. Nos han dejado solos. Aqu, en los momentos de angustia, en esos das lbregos en que en vano lucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar al papel mis pobres pensamientos, no me explico, no comprendo cmo no se transforma en Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en bayoneta. Ustedes, los colombianos, tienen aun esperanzas de redencin: all hay vida, hay savia, hay esplendor. Nosotros no tenemos nada. Cuba es una tumba muy grande que guarda un cadver ms grande que ella: la raza india muerta. Esa raza me alienta, y la mxima de Bolvar me conforta: 'Venceremos!'. Call, inclin la cabeza meditabundo, me pareci escuchar el ruido estruendoso de las armas en la manigua, y comprend que aquel hombre era algo ms que tribuno, algo ms que genio: era la Libertad! La Amrica latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el clebre arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en Amrica sino muy de tarde en tarde. Ha habido ilustraciones altas y macizas, pensadores vastos y profundos, prosistas, oradores y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el genio autntico, la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la lengua de fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que vierte a raudales la ternura, la ciencia y la filosofa... esos, han sido muy raros en Amrica. Genio Montalvo; genio Jos Mart. El primero con una sombra: el arcasmo; el segundo, sin sombras y sin manchas. La estulticia de las muchedumbres, el espritu fcil al aplauso de nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el coro vacuo y frvolo de las mediocridades, han hecho aparecer en ocasiones como lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros peldaos de la gloria. Entes grandes y pomposos--como la encina de Lebes--, pero huecos. rboles corpulentos de esplndido ramaje, pero torcidos e inclinados a la tierra. Hoy la serie de pensadores es como una serie de montaas, pero sin cumbres que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras. La constante difusin de las luces, el espritu incansable e investigador del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones, la escuela, el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas eminencias, cspides de la humanidad. Con la abundancia de las colinas han desaparecido los Himalayas. Con la dilatacin ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se ha perdido la altitud. El pen abrupto es arena rutilante. El nido es colmena. La altura es extensin. La cima ha sido cubierta por la arboleda en marcha: no se ven ms que rboles. La roca altsima ha sido invadida por el mar: no se ven ms que olas. Hoy es plaza lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cielo inconmensurable lo que fue astro esplendoroso. Las cumbres se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres. Son muchos los poetas secundarios, escasos los poetas eminentes solitarios. El genio va pasando de individual a colectivo. El hombre pierde en beneficio de los hombres. Se diluyen, se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa. Las golondrinas se han elevado y los cometas han descendido. Las legiones han subido y Jpiter ha bajado. El mrito de Mart consisti precisamente en eso: haber dado sombra a tantas grandezas. En poca, en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, l fue Argos impoluto, gigante, solo, y nico! Todo tiene en la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, su faz grave y severa: la selva, el roble centenario; el ocano, la ola inmensa de cresta arrebolada; el desierto, el len hirsuto y arrogante; y la sociedad, el genio. Y genio fue Jos Mart! Muri a los 42 aos y es asombrosa su labor poltica y literaria. A la edad en que otros comienzan a ascender, ya l traa guirnaldas del Olimpo. En un mismo da, y en ocasiones en una misma hora, escriba un discurso, redactaba una carta, pergeaba una revista, otorgaba una clase, lea un libro, hojeaba un folleto, traduca una fbula, hablaba de cosas ftiles con su familia y de cosas lisonjeras con sus amigos. Tena el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de la centuplicacin. Un caso de polizosmo. Trabajaba en una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y _magazines_, sostena incansable correspondencia con sus adictos, enseaba a los desgraciados, meditaba, discuta, exaltaba a los pusilnimes, asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, se ergua ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tena un bculo para cada cada, una esperanza para cada lacera, un blsamo para cada dolor, una rosa para cada beldad, un pensamiento dulce para cada prvulo, y aun le quedaba tiempo para ser rendido y galante con la esposa y carioso y afable con los hijos. Sneca, Aristteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massilln, San Agustn, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda una legin, se agitaba, bulla, vibraba en aquel cerebro poderoso, hecho para los torneos y las epopeyas, para las recias batallas y las hondas lucubraciones. En sus manos eran a diario: el _Tratado de la Naturaleza_ de Malebranche, _Los Pensamientos_ de Marco Aurelio, la _Historia de Espaa_ de Mariana, los _Epigramas_ de Marcial, las endechas de Massinger, el _Capital_ de Marx, las elegas de Propercio, los _Ensayos_ de Macaulay, las _Observaciones_ de Llorente, el _Catecismo_ de Lutero, todo le era familiar, conocido, ntimo, y consideraba los peridicos como soldados y los libros como hermanos. Para l todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todos los guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas. El reptil, a sus ojos, se converta en ave; el barro en oro; el erizo en flor; el espectro en ngel. Su voluntad era granito; su espritu, llama. Una, a la calma de Massena, el arrojo de Murat. Aunaba, al candor de Carlos Dickens, la precisin de Vctor Hugo. Odiaba el estilo misoneico y la poesa macrstica. Admiraba ms a Martos que a Castelar. Para sus compaeros y admiradores era inofensivo como la malva; para sus enemigos, venenoso como el quedec. Polgloto, enciclopdico, pollogo. En aquellos, atardeceres mincosos de la gran Metrpoli, en que Mart sola pasearse por las alamedas de Green Wood, quin iba a imaginarse que de aquella mano tan sencilla penda un mundo, que tras aquella cabeza silenciosa iba una bandada de guilas libertadoras! Su erudicin, pasma. Si todos van contra l, l va contra todos. Tiene del ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja y del rayo. Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta el abismo. Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su palabra, ora corre mansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan, ora estallan. Algo como un trueno avanza por entre sus frases calolgicas. Se siente calor de nube y rodar de caones. Esculpe de una plumada; retrata de un brochazo. Tiene arranques sublimes en que parece que la tierra se levanta o el cielo se desploma. Tiene voces que gimen, trminos que gritan, giros que rimbomban. Se escucha vuelo de pjaros y fuego de fusilera. Su dibujo es lnea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel. Es terso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que se aleja; su dialctica, escuadra que combate. Por entre la malla de su prosa hay pueblos que se hunden, ejrcitos que se destrozan, mares que se revuelcan, bosques que caminan. Es raso y es acero. Es guzla y es clarn. Es halago y es centella. Escribe versos que enamoran, filpicas que entusiasman, libros que glorifican. Es diminuto y es excelso. Sencillo y complicado. Es len y paloma. Oruga y colibr. A veces se detiene, como ante un precipicio; a veces corre veloz, como una locomotora. Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa y el estircol, la mirla y el escarabajo, el dicterio y la cancin. Todo sale embellecido y purificado de aquella pola incomparable, pola que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad. Su vida fue un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta a todas las iniquidades. Fue mentor augusto, patriota insigne. Fue principio y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apstol. Mecenas y Catn. Sufri, am, cre. Conoci lo pasado, vislumbr lo porvenir. Fue artista, gladiador, vidente. Se ech un mundo a la espalda y con l se le vio, radioso y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante los obstculos se duplicaba; ante los imposibles, no ceda. Enrgico, rpido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumerga. Para l era pira la existencia, tomo el universo, minutos las edades. Limpiaba, talaba, esclareca. Haca surgir proclamas de los muertos, lanzas de las tumbas, auroras de los antros, escuadrones de las piedras. Brotaba chispas su espada; relmpagos, su pensamiento. Domin, coron, ascendi. Y al caer, rota la frente, en un charco de sangre, hubo irrupcin de llamas en el cielo, aglomeracin de palmas en la tierra, condensacin de recuerdos y sentimientos en el corazn de los americanos. Para llorar a Mart no son suficientes las lgrimas de todos los hombres ni el grito clamoroso de todos los siglos. Santa memoria de Mart, bendita seas! Mart Discurso pronunciado por el Doctor Jos Antonio Gonzlez Lanuza _En la Cmara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910_ Seor Presidente y seores Representantes: Cuantos aqu nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesin anloga a esta--igual a esta dira mejor--en el ao precedente. El entonces designado para hablar de Mart, fue el seor Miguel Viondi, y los que aqu estamos y estbamos aquella tarde, recordamos cun gratamente nos entretuvo; dando a su disertacin el inters de la relativa novedad, nica a que puede aspirarse cuando del Padre de nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se encontraba el seor Viondi en ventajosas condiciones para ello: amigo ntimo de Mart, lo haba tratado durante largo tiempo y de la manera ms estrecha y poda referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condicin peculiar de un personaje. Refirindonos historias de esa clase, poda entretenernos con algo nuevo que no supiramos los dems, que pudiera servir para rectificar algn juicio de detalle y para confirmar, como no poda, menos de resultar confirmado, el juicio que en conjunto formramos todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en estos instantes. En cambio, el que se ha designado para que lleve la palabra en el da de hoy, y de l os hable, se encuentra en condiciones ms desventajosas, porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista; y porque de l sabe lo que sabemos todos; y de l no puede decir otra cosa que lo que est en la mente y en el corazn de todos. No era posible que en Cuba se ignorara quin fue Mart, cul fue su obra y cul su representacin entre nosotros. Desde los ms humildes--desde el punto de vista de la inteligencia--hasta los que pueden decirse prceres de esa inteligencia, muchos han hablado entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha llamado el Maestro. Historia de su vida, antecedentes de su carrera poltica, antecedentes de la agitacin que organizara y todos los detalles relativos a su participacin en el movimiento revolucionario que definitivamente independiz a Cuba, son, para cuantos aqu estamos, cosas sabidas; e igualmente son sabidas por todos los cubanos. En tal concepto, al que no pueda referir algn aspecto de la vida personal de aquel gran cubano, a un auditorio distinguido como este, se le coloca en una situacin verdaderamente difcil cuando se le hace hablar de Mart. El tema es atractivo, es simptico, y porque siempre ha sido tema atractivo y simptico, muchos lo han tratado, muchos lo han desarrollado. El terreno, de tal modo, est espigado por completo; y yo he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para que con esa benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso no puede menos de ser una repeticin. Pudiramos dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso como el que debo pronunciar en el da de hoy: en una se puede hablar de la vida de Mart; en otra, de su carcter y de los rasgos prominentes del mismo; en la tercera, de su obra. Digo que no pueden ser iguales, porque acaso algo pueda decirse ms extensamente, con un relativo aire de novedad de la segunda y de la tercera; de la primera, imposible. Hacer aqu un resumen de su existencia, de todos conocida, sera hacer perder tiempo a los seores que me escuchan. Su infancia; su juventud, pobre y agitada, mucho ms que su infancia; su amor al estudio; las deficiencias de sus medios econmicos; la consagracin de toda su vida al logro de un ideal; su paso por Espaa, sus pasos en Cuba, su residencia en las repblicas de la Amrica latina, su residencia en los Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participacin en el movimiento revolucionario, su agitacin en las emigraciones cubanas, su recorrido por todos los pases en los cuales crey que poda encontrar un eco simptico al pensamiento revolucionario y su dedicacin absoluta y definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueo, qu son sino una cosa que est en la memoria y en el corazn de todos nosotros y que no necesita ser repetida, que no debe ser repetida, porque la repeticin no sera ciertamente excusable, sera incuestionablemente vana y presuntuosa? No hablemos, por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece destacarse de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente habr de volver, porque fue rasgo tpico de su temperamento. Fue una vida dirigida, como la aguja magntica, hacia una sola direccin; y todas las vicisitudes y agitaciones de aquella existencia, realmente tormentosa, vinieron al cabo a culminar en un mismo punto y en el sentido de una sola va, por la que se encaminaron en definitiva sus pasos. Donde quiera que encontr cualquier oficio por el cual trat de librar su subsistencia, la adopcin de ese oficio no tuvo ms objeto sino el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que su vida se prolongara, se realizase la obra que se haba impuesto. La tarea que desde sus tiempos de muy joven concibi en su espritu, despert en el mismo el propsito de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente, su vida fue, en cuanto a esa tarea, una definitiva consagracin. Naturalmente, en un hombre obsedido por esa misin, que debi creer que providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qu lo digo, no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo y constante en la existencia. Dado el hecho de imponerse a s mismo semejante misin, todo lo que no fuera el cumplimiento de ella, tena que ser accesorio para l y accidental. Era preciso vivir; no tena fortuna y era preciso buscar el pan de todos los das. Un hombre de inteligencia suficiente para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no francamente lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se poda ocupar de ninguna de ellas. Teniendo ttulo de Abogado, no le fue dable ejercer la profesin. Para ello hubiera tenido que radicar en un mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba espaola, que someterse a la mirada recelosa de la polica espaola, que prescindir de todo lo que l entenda que constitua su destino. Era preciso que librara la subsistencia con oficios que le permitieran al propio tiempo viajar, moverse de ac para all, preparar el movimiento revolucionario en definitiva. Y tan es as, que una especie de visin, de destino providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayora de sus conciudadanos, contra el parecer casi unnime de ellos, entendi que estaban maduros los tiempos, cuando todo el mundo pensaba que su tentativa habra de abortar como extraa aventura de dementes. A veces sucede esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de la humanidad: no son precisamente los hombres de mayor reposo en el carcter y ms serena cultura mental los que han decidido a las multitudes a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de su destino verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una obsesin pasional y la impulsin que naturalmente se produce en virtud de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa y hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar; aun muchas veces contra la voluntad general, adivinando cul es el estado de la subconciencia, el deseo ntimo y verdadero de una agrupacin de hombres, para llevarlos a que ejecuten lo que quisieran ejecutar, pero lo que no se atreven siquiera a pensar en ejecutar. De aqu el que fiel a su destino, Mart viviera como corresponsal de peridicos, movindose de ac para all, remitiendo correspondencias a un diario denominado _El Partido Liberal_ y despus a _La Nacin_ de Buenos Aires, ganndose su subsistencia modestsimamente de este modo, a fin de girar por el mundo, aunando voluntades aqu como all, reuniendo fondos, procurando contar con la colaboracin de los que podan ponerse al frente del movimiento, y no desmayando nunca ante ningn desastre, ni ante ningn desengao. Para qu dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes de la misma no haran sino presentar diversas facetas de esto que he indicado como su conjunto general. Discurrir ahora acerca de su temperamento y de su carcter, de su papel y de su misin en la obra revolucionaria cubana, tiene para m tambin un relativo inconveniente. Hace poco ms de un ao, cuando, en la prxima ciudad de Matanzas se inauguraba, por iniciativa de un hombre a quien vi entonces por ltima vez, el doctor Ramn Miranda, un artstico monumento en honor de Mart, el doctor, que a ello me haba comprometido de antemano, me llev a dicha ciudad a hacer uso de la palabra en la ceremonia de inauguracin. Entonces, refirindome en un breve discurso dicho en la plaza pblica, y que por ello no poda ser ni largo, ni reposado, ni serenamente meditado, a aquello que para m constitua carcter tpico y saliente de Mart, sealaba estas dos circunstancias que no dir que sean absolutamente exclusivas de l, pero que en realidad son en l ms prominentes que en ningn hombre que haya podido vivir una vida anloga a la suya y que se haya impuesto una misin como la que l se impuso. En primer lugar, un hombre que mova a los dems a pelear, que encenda en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al propio tiempo animado de un amor sin lmites a la humanidad y de una benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen o por errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente, para los que consideraba sus enemigos. Y adems hubo en l rasgo peculiar de su tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres que han podido determinar a una colectividad, grande o pequea, a realizar una obra comn, un propsito general, quizs l sea el que representa en esa obra comn una parte ms grande por razn de su esfuerzo individual. Mart, en efecto, fue el determinante principalsimo de la revolucin cubana. El pueblo cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en aquella poca lo sabemos, no quera en su mayora al menos, la revolucin. El Gobierno de Espaa nos haba dejado entrever una mejor condicin poltica, sin sacudidas ni agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello hubiera podido contener la obra revolucionaria que, como se ha dicho despus y repetido muchas veces, la actitud que tom el Gobierno espaol por la iniciativa del Ministro Maura contuvo un poco a Mart. Le pareci que su ideal y su tarea corran peligro si aquellas reformas polticas se implantaban en Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas por el pueblo cubano, en virtud de lo cual l ya no tendra ambiente adecuado para poner por obra sus propsitos. Fue la obcecacin de los polticos espaoles, de ac y de all, la que se levant como una barrera ante el Ministro que acabo de indicar y dej el terreno aun ms preparado que antes lo estaba para que pudiera fructificar la semilla. No obstante, el Gobierno espaol, volvi, como todos sabemos, a la idea de reformas polticas. El plan del seor Maura se desech; pero se plante otro nuevo, que llev el nombre de Abarzuza; y aun cuando la generalidad entre nosotros crey que se iba a obtener menos de lo prometido, la mayora se resignaba a obtener aquello, a cambio de no tener delante de s el fantasma de ninguna agitacin, de ninguna revolucin, de ninguna lucha. Yo recuerdo que no ya entre los elementos espaoles, sino aun entre los elementos cubanos, y muy cubanos, y muy probados, pero que no se encontraban en la conspiracin que estallaba en aquellos instantes, fue un efecto terrible el que produjeron los primeros movimientos. He tratado a algunos, emigrados de la guerra de los diez aos, de aquellos que desde su principio marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repblicas Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se iniciaba en aquellos das. Creyeron que todo lo que se haba adelantado, en 17 aos de predicacin pacfica, por el Partido Autonomista, iba a ser irremediablemente perdido; y un amigo particular mo, que se hallaba en Madrid cuando los primeros sucesos estallaron, que sali de Espaa muy poco despus y regres a Cuba, hubo de declararme que en una entrevista que tuvo pocos das antes de embarcarse con el famoso tribuno espaol don Emilio Castelar, este le signific que en Cuba, se haba cometido un acto de demencia irreparable, y que los que lo cometan y los que no lo cometan, en virtud de irremediable consecuencia de la solidaridad, veran perturbado el sistema poltico de Cuba, ya que aquellos sucesos lo haran volver mucho ms atrs de donde se encontraba en el momento en que se iniciaron los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea de don Emilio Castelar era la idea que aqu tengan todos los que no estaban, dir mejor, los que no estbamos comprendidos en la conspiracin; porque a pesar del papel que yo posteriormente pude desempear, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario, he de declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario, en la conspiracin inicial no estuve comprendido ni iniciado; hasta el punto de que, no sospechando que yo poda ser capaz de semejante cosa, el seor Juan Gualberto Gmez, a pesar de haber llevado su defensa ante la Audiencia de la Habana cuando se le proces por la publicacin de un artculo titulado Por qu somos separatistas, jams cont conmigo y aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos encontramos, que l se hubiera dirigido a m si hubiese sabido que yo era susceptible de ser inyectado con semejante virus; a lo que le contest que quizs, en aquellos momentos, no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto, la inyeccin. En tales condiciones se encontraba la poblacin de Cuba cuando Mart empez la obra revolucionaria. Es verdad que, como l deca, en el suelo no se advertan los brotes primeros de la planta, pero l sinti lo que pasaba en el subsuelo, y en el subsuelo estaba ya preparada la semilla; prueba cmo ella fructifera. Aun los ms ajenos al movimiento inicial, se sintieron (y aqu tambin puedo decir, nos sentimos) inmediatamente arrastrados por l; de tal manera que aun antes de que la invasin de las provincias occidentales diera grave y decisiva importancia al guante arrojado al Gobierno de Espaa, ya habamos sentido muchos, que veamos venir la ola arrolladora, que lo peor que poda suceder a los nacidos en Cuba sera que ese Gobierno de Espaa aplastara militarmente a la revolucin; y aun algunos, sin creer que aquella revolucin poda tener un xito, mucho menos cercano; sin pensar que en el perodo relativamente corto de tres aos se triunfara; pensaron que era necesario un movimiento general para prestar auxilios a dicha revolucin, procurando al menos colocar el pleito en condiciones de transaccin que a Espaa resultara irremediable; primera victoria, que haba de ser victoria definitiva, un poco ms tarde, de Mart ya muerto, sobre nuestros corazones. Era, indudablemente, un hombre extraordinario el que lleg a producir en un pueblo, pequeo o grande, eso poco importa, fenmeno como el que acabo de indicar. Decales a ustedes hace poco que haba en realidad en su vida toda algo que indica que l se consideraba providencialmente destinado a semejante misin. Esa impresin, mucho tiempo despus de muerto l, la recib directamente por unos renglones suyos, y en la obra de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el seor Gonzalo de Quesada, piadoso recolector de sus escritos; en una que se titula _La Edad de Oro_ y que es un volumen que contiene los trabajos que insertara Mart en cuatro o cinco nmeros, muy pocos, de una revista que public, dedicada a los nios, y de la que l era el director y el redactor casi nico. En uno de esos artculos, que se encuentra al principio, el que se denomina Tres Hroes, Mart habla a los nios, en sencillo lenguaje, de Bolvar, de Hidalgo y de San Martn; y refirindose al primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y en las que entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y en sntesis, un poco de autorretrato: Bolvar era pequeo de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salan de los labios. Pareca como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su pas, su pas oprimido, que le pesaba en el corazn, y no le dejaba vivir en paz. La Amrica entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca ms que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie ms que a s mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mrito de Bolvar, que no se cans de pelear por la libertad de Venezuela, cuando pareca que Venezuela se cansaba. Lo haban derrotado los espaoles: lo haban echado del pas. l se fue a una isla, a ver a su tierra de cerca, a pensar en su tierra. Cuando esto le hace poco ms de un ao, poco antes de que el seor Viondi pronunciara aqu el discurso del ao anterior, me pareci que en estas palabras Mart se retrataba a s mismo. No era l de aventajada estatura, era ms bien pequeo de cuerpo (acaso fuera de la propia estatura de Bolvar); era nervioso tambin, como a Bolvar pintara; sus ojos, todos los que lo conocieron lo dicen, relampagueaban; las palabras asimismo se salan de sus labios; y cuando su pueblo se haba cansado de pelear, l no se haba cansado del propsito de iniciar una nueva lucha; l haba decidido la guerra solo, porque solo a s mismo se consultaba; no necesitaba consultar a su pueblo y le pareca tambin muy difcil consultar la opinin de muchos. Y tan haba decidido la guerra l solo, que a los jefes principales de aquella lucha, a los generales Mximo Gmez y Antonio Maceo, los fue a buscar; y lo que no haban decidido ellos, l hubo de decidirlo y fue l solo, l quien sac de su inaccin a tales hombres y en la aventura los embarc. Cuando escriba tales palabras de Bolvar, es probable que pensara en s mismo; es probable que no quisiera establecer una franca comparacin, cosa que su propia modestia haba de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya conocido, de que nadie que, aun sin conocerlo, haya odo hablar de l tanto como lo hemos odo nosotros todos, deje de encontrar su propio espritu, su propio temperamento, la condensacin de su carcter y de su historia, en esas lneas en que l trataba de pintar a los nios al que fue el Libertador de la Amrica, Central y Meridional. Aquel otro rasgo del que hablara hace poco ya se sealaba en los momentos mismos en que la lucha tena comienzo. Pareca a Mart que deba dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible y absurda (no hay un solo rengln en el documento a que voy a referirme en que tal propsito aparezca), hasta a los propios soldados espaoles que estaban en Cuba; y en una especie de alocucin y manifiesto que de antemano publicara, les deca que era su adversario y enemigo, pero que no senta por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos a la desercin, no; les adverta el noble propsito de la lucha; y antes de comenzarla, l, el ms dbil, el que solo contaba con su esfuerzo, el que bien se daba cuenta de lo spera y difcil que iba a resultar, en el momento en que el encono es ms natural en el espritu del hombre, proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario y de antemano quera asegurar para un maana ms o menos incierto, pero en el cual l tena mucha fe, un programa de perdn, de ausencia total de rencores, de olvido de la lucha misma. Y en efecto, ese espritu que dominaba a toda su tentativa revolucionaria, se vio reproducido en el momento de la victoria al final de la guerra de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar una cosa que consignara tambin all en Matanzas, en la oportunidad a que antes me refera. Colaboradores entrambos enemigos en que tal fuera el resultado de la revolucin y de su triunfo, no solo los cubanos no tuvimos, salvo alguna que otra manifestacin aislada, que nunca pudo traducirse en hechos, el propsito vindicativo de las ofensas pasadas, sino que tampoco dieron los espaoles muestras de despecho o de inconformidad con los hechos consumados, y dndose cuenta oportuna de la situacin la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas que tuvieron la discrecin de no exteriorizar jams; y as nunca, manifestaron expresa y pblicamente, ni aun durante el tiempo intermedio de la Intervencin primera, que, contentos con tal fracaso de la Revolucin vencedora, ellos deseaban que no triunfaran sus ideales definitivos. De este modo, y con la discrecin de un lado y del otro, se ha podido lograr que la Repblica, ni antes ni despus de constituida, se mirara por esos hombres como una condicin de cosas en la cual la vida era para ellos imposible, y tanto los unos como los otros, los que haban triunfado con el auxilio americano, y los que haban sido vencidos por las fuerzas unidas de cubanos y americanos; aceptaron como cosa definitiva el nuevo orden poltico, cooperando todos a mantenerlo, cada cual como ha querido, como ha podido o como ha debido. Ese amor de Mart para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nada que fuera humano, en efecto, le era extrao, se manifiesta muy principalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los dbiles. Mart se abra muy fcilmente camino en el corazn de ellos. Cuando en compaa del que fue primer Presidente de nuestra Repblica, ya constituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Toms Estrada Palma, en los ltimos tiempos de la revolucin, en la poca en que en el puerto de la Habana vol el acorazado americano Maine, hice yo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llam profundamente mi atencin. En las casas ms pobres haba uno o ms retratos de Mart. No se contentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenan pequeo buscaban uno ms grande y conservaban el pequeo para trasladarlo a otra habitacin. Si lo tenan de busto, queran tenerlo tambin de cuerpo entero. Si lo tenan a l solo, queran otro en que Mart estuviese fotografiado en compaa de algn amigo. Y en todas las casas, por humildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez. As la vea uno por todos lados; la vea en el exterior de los edificios como en el interior de los mismos; en la sala en donde se reciba al husped como en las habitaciones privadas; en los talleres de tabaquera, en nmero bastante considerable, hasta el punto de haber podido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes le hablaban a uno de Mart. Y haba gentes que se saban de memoria el primer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no haba reunin poltica en que alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada de la funcin de que se trataba; y las palabras de l, lo que haba dicho, lo que haba indicado en las conversaciones particulares, el consuelo que haba prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se repetan diariamente; y no viva uno en aquel lugar y en aquella poca sin ver su imagen por donde quiera, sin or repetir sus palabras y sus ideas por todas partes; hasta el punto de que era difcil sustraerse a la ilusin de que estaba vivo; ciertamente mucho ms vivo entonces que cuando real y efectivamente viva! Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un testimonio constante) fue la elevacin de su mente, su perenne altura mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su carcter, cualquiera la facilidad con que se le podan acercar, altos o bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombre alegre. No poda serlo, puesto que tena la obsesin de una triste idea, la idea de una misin dura y difcil, no solo para l, sino tambin para sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a ser causa de que se derramara sangre. Su misin no se poda realizar si no a costa de sangre y de lgrimas; y un hombre que tena en el corazn tan abundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obra semejante, no poda ser jovial, no poda abundar en l la alegra. Por consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que a veces, a los dems, a los que vivimos reducidos a un nivel normal humano, nos proporcionan esa frvola, pero grata impresin que hace rer. No tena, no poda tener lo que un amigo mo suele llamar el sentido cmico de los acontecimientos. Y as a veces, ante cosas verdaderamente cmicas, su espritu encontraba siempre un aspecto sobre el cual se poda discutir seriamente, abandonando la broma, como algo incompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serio y elevado a que la cosa misma pudiera prestarse. Mi compaero de trabajo y mi ntimo amigo Pablo Desvernine, me ha referido lo siguiente, que presenciara l una tarde, en el bufete del seor Viondi, en donde se encontraba Mart. En aquella poca el Liceo de la Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes de la revolucin, durante un breve paso de Mart por Cuba; no solo antes de que el movimiento revolucionario estallara, sino tambin antes de aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparicin de Antonio Maceo en La Habana. Y result ser que lleg al bufete del seor Viondi un empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, y declar, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor Jos Antonio Cortina disertara aquella noche en el susodicho Liceo acerca de un ingls que pretenda que el hombre descenda del mono. Mart se indign en medio de la risa general. Comenz por advertir a aquel pobre hombre estupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejante ingls. Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos Darwin, y su frente es la ladera de una montaa; y continu disertando en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieron para hacerle comprender lo perdido e intil de aquella disertacin. En ese estado de excitacin mental y con su espritu en ese plano intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que se halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, la de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa y la franca alegra. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativa y en el desarrollo de la revolucin fue individualmente tan decisivo como he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estima que todo lo que se hizo posteriormente no fue ms que consecuencia de su energa, de su accin individual; cuantos murieron, murieron, entre otras cosas, y principalmente porque l los lanz a la muerte, porque a ella los mand; y aun as, cuantas viudas, cuantos hurfanos lloraron, derramaron lgrimas por l; cuantos aqu se arruinaron, y cuantas propiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre nuestros campos, y cuanto humo ti la pureza de nuestro cielo, fueron ruina, y destruccin, y escombros, y humo que a l pueden referirse como a su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarse un balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber, para saber cul era su saldo, si no hubiera l comprendido la triste tarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propio sacrificio. Y en efecto, tanto como el que ms, mucho ms que otros revolucionarios de su ndole, no tan solo entendi que deba lanzar a su pueblo a una lucha desesperada, sino que comenz por lanzarse con l; y aun creo que pens que, inmolndose en holocausto voluntario, deba morir a las puertas mismas de la revolucin. Quin podr, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que se derram, de las lgrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponer aquella lucha postrera de la actual generacin cubana, cuando l fue la primera vctima, prestndose a su propia inmolacin? De ese modo, redimi todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombro en su obra, aceptando para l, espontneamente, la parte ms sombra. Ya antes haba hecho un sacrificio prolongado, que no haba sido cruento, pero que haba sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momento de morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueron cosas por l renunciadas. La estabilidad de la residencia en un punto determinado; los lazos establecidos, cada da ms firmes, y que hubieran sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tan fcilmente cautivaba el corazn de los otros; la posibilidad de una posicin econmica relativamente holgada, que para ello tena aptitudes, condiciones, simpata, relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal vez no el carcter que se necesita para estas apacibles empresas, un tanto vulgares; todo esto lo renunci, momento tras momento, un da tras otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres del propio hogar. Errante siempre, de ac para all; en la propia Espaa, en Cuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de la Amrica latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacer estallar la revolucin cubana. Todo lo dems que hizo fue perfectamente secundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes sacrificios. Por eso, con toda razn, en una conferencia que pronunciara en 1894, sobre l, en New York, en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de la cual Mart fue Presidente y fundador, terminaba el seor Enrique Jos Varona declarando que su carrera poda sintetizarse en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra Sacrificio. En ello, seores, no hizo Mart ms que seguir aquella vieja tradicin de sus mayores; de nuestros mayores, sera mejor decir; ya que la firme decisin del sacrificio haba de ser la nica arma de bastante temple para proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible. Cuando se recuerdan los das preliminares del conflicto, se comprende que todo el que pensara, ya exaltado por la pasin patritica o sin esa exaltacin y contemplando el espectculo desde fuera, en que Cuba iba a luchar contra Espaa, en que una revolucin no bien organizada iba a lanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podra nunca concebir que los revolucionarios aspiraran a un xito militar decisivo y rpido. Aquella guerra, para resultar, tena que prolongarse. Se tena el ejemplo de los diez aos de martirio anterior, y aquellos diez aos de combate haban producido el efecto de que la riqueza se escapara al pueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara ms que un residuo de su anterior preponderancia econmica. Empear una nueva lucha era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente a aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no poda aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante una perseverancia constante en el sacrificio. Algunas veces, en medio del combate, la posicin respectiva de los adversarios se exageraba por unos y por otros; y de aqu que la revolucin tropezara con algunos inconvenientes propios de la exageracin natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el general Mximo Gmez penetr un da en la ciudad de Santa Clara, y estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surti y surti a sus tropas de calzado y vveres, y ocup ropas y municiones, y armamentos, y caballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no poda sostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas espaolas. Dado lo que era la guerra de los cubanos contra Espaa, aquella era, para tal guerra, una brillante operacin militar; pero si realmente se le anunciaba al mundo, como se le anunci, que el Ejrcito cubano se haba apoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de la isla y que all se haba hecho fuerte contra las tropas espaolas, la noticia tena el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando se supo despus lo que haba pasado realmente, la cosa pareci pequea, precisamente en virtud de su exageracin; y el resultado fue que los peridicos franceses, ms tarde, cuando reciban algunas noticias por nuestro conducto ponan delante de ellas, con letra bastardilla, _Source Cubaine_, para dar a entender que todo aquello era sospechoso de exageracin, si no de mentira. Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha estado en el tesn del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado ese empeo del sacrificio para conseguir la realizacin de un ideal, ninguno lo ha hecho con ms firmeza y ms altura y ms decisin que Mart; muchos han sido inferiores, ciertamente, a l en este terreno. Por eso creo que el seor Varona tena razn cuando afirmaba que aquella palabra era la sntesis ms cabal de toda su existencia: en el tiempo de su vida, hacindola penosa, mirndolo todo como secundario, salvo aquel propsito fundamental y esencial de todos sus das, uno tras otros; y despus, al iniciarse la lucha, lanzndose frente al enemigo, buscando la muerte y encontrndola al fin; l no fue ms que un sacrificado consciente y espontneo, desde el primer momento hasta el ltimo! Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras que se han unido a la de l en una tarea comn; y una herencia como esta, no es lcito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos deben aceptarla sin ninguna especie de restriccin, con las ventajas y con los inconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que he pasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de un modo ms claro, y he tenido un tanto ms de atrevimiento para decirlo en alta voz, lo que haba entre nosotros de inconveniente y de malo, me he dado a m mismo una, si se quiere, inmodesta satisfaccin, declarndome, cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta tal punto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez dicindome que la lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espritu una peculiar atona, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando un libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier poca, encontraba en sus pginas el relato de una situacin infinitamente peor. Y es verdad, seores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en la coleccin de monografas histricas publicada bajo la direccin del profesor Oncken, de Berln, una _Historia del Islamismo en Oriente y Occidente_, encontr un pasaje en que el autor habla de los Emiratos independientes que surgieron de la primera invasin mogola, en el Asia Menor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de aos en que toda aquella historia tuvo una trgica monotona desesperante: degellos de poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sus habitantes sin perdn ni aun para nios ni ancianos, lucha incesante de los pueblos entre s y contra los invasores comunes; tales son las simtricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene ms sucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del libro declaraba que para no repetir hasta la nusea hechos exactamente iguales y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello dur hasta el ao tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo ese tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: Todava los turcos encuentran armenios que degollar!; y recordaba con cunta razn, aunque el consuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistfeles adoctrinaba a Fausto dicindole: En vano un da tras otro amontono torbellinos, huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo extirparlo, de la superficie de la Tierra; pero no lo logro en definitiva, porque aquella maldecida simiente de Adn, jams perece y siempre germinal, siempre brota, en ancho ro, una sangre vigorosa y nueva!. Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en toda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por llegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que maana nos esperan, tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarn tan solo los que vengan detrs de nuestra generacin. Qu importa? Nosotros somos en Cuba la generacin que consigui realizar la libertad. No es esto bastante premio para nuestro esfuerzo? Si no nos ha sido posible, si no nos ha de ser posible llegar tambin a conseguir la felicidad, pensemos que esta ser sin duda el premio de una generacin posterior: el nuestro lo tenemos ya, lo hemos conseguido! No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para serlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo nosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos. Qu mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el esfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente, persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la generacin que nos precediera fue mucho ms desgraciada, mucho ms sacrificada que la nuestra. Luch ms tiempo que nosotros. Los que la componan se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron lo indecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humana fortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangraron y murieron; y no tuvieron la compensacin que nosotros hemos tenido, la de ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de sus ilusiones y de sus ensueos! Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en una realidad, por qu pedir ms? Siempre me he dicho esto a m mismo, y realmente no he pedido mucho ms. Creo, s, que cuanto haga el hombre por sealar a sus compatriotas las deficiencias del presente en que vive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira, cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesn y energa, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humano y que de l no se podr jams desligar la humanidad. Porque hay que tener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresa solo muy lentamente y adelanta de una manera anloga a aquella empleada para cumplir su voto por un conde francs que, en la Edad Media, hizo el juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia adelante y tres hacia atrs; de manera que andando siete pasos tan solo adelantaba uno. No marcha ms rpidamente la humanidad. Al contrario, aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y eso es lo nico que podemos pedir al Destino. As el maana ser ciertamente mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos de nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas no como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorio que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condiciones polticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que en ellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cada cual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su inters personal con el inters colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir ese mejoramiento. En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la aspiracin ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad ms perfecta, que est aun por fundar, y trabajamos para fundarla, qu nos impedir ser ms felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro? Y as pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido la atencin vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido, una frase que se contiene en la epstola de San Pablo a los hebreos: No tenemos aqu por cierto una residencia duradera, permanente; es una residencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar. _Non habemus hic manentem civitatem_ 2, _sed futuram inquirimus_!. Mart, por Federico Uhrbach _El Fgaro_, noviembre 30 de 1910 Mart _Ante su mrmol_ Para Manuel Sanguily, grande de corazn y pensamiento. Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima el dolor y el desaliento que florecen en tu sima cuando evoca la tristeza la visin de la contienda, y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueo con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeo 5 y el fugaz deslumbramiento de la trgica leyenda. S en la niebla del recuerdo melanclica perdura desolada la memoria que en un vuelo de amargura reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo, no perturbe de tu llanto la corriente inagotable 10 la salmodia del tributo que se eleva inmensurable de la patria, en la piadosa gracia cndida de un vuelo. Si inextinto el sedimento doloroso de la brega engaosos espejismos simulando dulce entrega fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones, 15 rinde el plcido reclamo de sagrada tregua, el triste cavilar en la tragedia de tus lgrimas, y asiste con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones. Cun radiante en la lejana perspectiva del pasado, como lampo que emergiera de las ondas de un nublado 20 se destaca luminosa de la plida penumbra, la apostlica figura del vidente mensajero del amor y la justicia, con su rostro de lucero y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra! De la gloria a los destellos la romntica silueta 25 del creyente que adunaba sus lirismos de poeta con la viva llamarada de sus trgicos lirismos, resplandece como un astro que las almas ilumina con el fuego milagroso de su bblica doctrina, como un rayo de la aurora diafaniza los abismos. 30 Soador de rara estirpe de sublimes soadores que persiguen la anhelada redencin de los dolores, heredad fosca y estril de los seres infelices, fue su vida inmaculada de fecundas enseanzas, en los tristes vencimientos alentar las esperanzas 35 y en las bregas afanosas restaar las cicatrices. Prisionero que en la sombra perdi el alba de la vida, desterrado que en la playa de regin desconocida inici su apostolado domeando adversidades, al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces 40 prendi el sol que disipara las profundas lobregueces que opusieran a su empeo las humanas tempestades. Las estancias cadenciosas de sus trmulos poemas guardan blsamos y mieles, no los fieros anatemas forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa, 45 y en la gama de su verso melanclico y flexible hay, si hiere, un dulce ruego de perdn indefinible, y un espritu doliente y amoroso si apostrofa. Incansable peregrino de un errante y largo viaje, fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje 50 en la alforja de sus sueos su dolor de clima en clima, su dolor que fue acicate, voz nostlgica de aliento, al lanzar, transfigurado, su proftico lamento en la brea de la pampa y en la nieve de la cima. Con su influjo persuasivo de amoroso misionero, 55 anunci la buena nueva prodigando en el sendero de su gracia luminosa floraciones tempraneras, y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo un radiante Nazareno de exaltado iluminismo de un Jordn prvido y nuevo predicando en las riberas. 60 De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones la piedad acariciaba los heridos corazones como un trmolo de liras, como un trmolo de auroras, y el fulgor ultraterrestre que irradi en clarividencias, fulgur como la estrella que orientaba las conciencias 65 a las mrgenes lustrales de las iras redentoras. Paladn de una cruzada de gloriosos caballeros que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros, ofreciose en holocausto como smbolo y proclama, y cay como una torre que alevoso el rayo asedia, 70 reflejando en la pupila la visin de la tragedia y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama. Mart: su vida y su obra por Nstor Carbonell _Oracin pronunciada el da 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La Habana_ Seoras y seores: o mis buenos amigos y buenos compaeros, Jess Castellanos y Max Henrquez Urea, entusiastas organizadores de estas hermosas lides del pensamiento, me hicieron el honor de invitarme para que consumiera un turno en ellas, consult la mente, y no hall tema que me subyugara: consult luego el corazn, y hall, Jos Mart. Con este amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna. Pero yo no vengo aqu como juez a juzgar su personalidad, ni como crtico a analizar su obra letra luego difundir por los aires el juicio que lo rebaje o enaltezca. No es ese mi propsito: quede tarea tan difcil como ingrata, para quien tenga ms ambicin que la ma y menos temor de su saber y su persona. Yo vengo aqu, sin ms autoridad que la del limpio corazn enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera sea brevemente, la vida meritsima y gloriosa, la vida llena de infinitas ternuras y cruentos martirios de ese enorme soador melanclico, caballero de todas las justicias, que sufri por la patria al travs de los aos de su existencia, cuanto hombre puede sufrir, y cay desplomado de su corcel de guerra, para no levantarse jams, como un Aquiles de poema, en la trgica hermosura del combate, peleando como simple soldado por la libertad, en un luminoso medioda de mayo.... Yo vengo aqu a recordar sus doctrinas, su bello y magnfico ideal: la Repblica con todos y para el bien de todos, la Repblica de ojos abiertos y sin secretos, la Repblica equitativa y trabajadora, ancha y generosa, altar de sus hijos y no pedestal de ellos, la Repblica cuya primera Ley fuera el amor y el respeto mutuo de todos los derechos del hombre, la Repblica culta, con los libros de aprender al lado de la mesa de ganar el pan, la Repblica con su templo orlado de hroes, la Repblica sin camarillas, sin misterios y sin calumnias, la Repblica! y no la mayordoma espantada o la hacienda lgubre de privilegios y monopolios irritantes; la Repblica justa y real en donde fuera un hecho el reconocimiento y la prctica de las libertades verdaderas. Yo vengo aqu, hoy que crece en nuestro suelo el manzanillo enfermo del pesimismo, y en que dirase que se est pudriendo y desmigajando por momentos el alma nacional, a evocar su memoria sagrada, y al evocarla, a pedir a vosotros todos--y en vosotros a todos mis conciudadanos--, menos poltica aleve, menos intriga sutil, menos ambiciones, menos complicidades, menos emboscadas tenebrosas: y ms piedad para los yerros y ofensas, y ms respeto para todos los preceptos constitucionales, y ms rectitud para rechazar a los que sean capaces de invitar al deshonor y al crimen, y ms pureza para defender los principios patrios, y ms voluntad para no codearse con los viles, y ms valor para sacarlos por el cuello y ponerlos adonde el sol los queme y los destruya.... Yo vengo aqu, a rendir el tributo infeliz de mis palabras, al literato insigne, al poeta sincero, al orador maravilloso, al hombre tierno y sonoro, grande y bueno, que despert en mi alma, ya con las armonas incomparables de su joyante prosa, ya con los trinos melodiosos de sus versos, ya con el himno triunfal de su voz pitonisaria, el amor inextinguible por la Libertad y la Belleza; al hombre cuya cabeza ya est hueca, cuyos labios ya estn mudos, cuya mano est ya deshecha, al apstol y al mrtir que reposa para siempre en la almohada eterna y en el inmortal silencio.... Vengo aqu, en fin, trmulo y reverente, como hijo agradecido y amoroso, a ofrendarle mis pobres flores, mis flores descoloridas y sin perfume, mis pobres flores que acaso manos traidoras arrebaten y despedacen, atendiendo al dolor que en algunos vivos proporciona la glorificacin de aquellos muertos cuyas virtudes no saben; o no quieren imitar.... S, porque es triste cosa, pero es lo cierto; todo aquel que posee una cualidad extraordinaria, lstima, sin ms que eso, al que no tiene ninguna: no hay bien de uno que no traiga la tristeza de otro; no se rinde homenaje a un muerto que no vaya acompaado por malignas lgrimas o malignas sonrisas. El mundo rebosa de gentes que sufren con todo triunfo ajeno y quisieran ir por l con una pica derribando cuanto les sobresale: y de gentes parasitarias que se ren de todo lo que no comprenden. Pero... desprecio para ellos los envidiosos y desdeosos de oficio, lstima de sus humanas envolturas tan vilmente rebajadas! Aunque, quin sabe si por ello son ms grandes los grandes de la tierra, los que han pasado sin doblar las rodillas por el mundo. Ellos son la espuma que salpica la barca y tambin la ola que la lleva a seguro puerto; la nube que oculta la estrella y tambin la sombra que la hace resaltar; el pual que hiere y que envenena y la mano que venda y que restaura; el chiste raqutico que rebaja y la oda resonante que eleva y dignifica; la multitud que recrimina y aplasta y el pueblo que corona y premia; los gusanos que destruyen el cadver y las flores que crecen sobre las sepulturas. Ellos son la consagracin: no hay gloria completa sin el beso de una hermosa y sin la mordedura de un malvado; nadie puede llamarse francamente triunfador si no ha sentido posarse sobre su frente tiernas miradas de mujeres y crueles y sarcsticas miradas de hombres... Ah! quin diera a mis palabras la pujanza de guilas bravas o potros cerriles, para pregonar con ellas a despecho de afilados dientes y rastreros silbidos, y no ya por la isla infeliz, sino bajo todos los techos del mundo, el genio y la bondad del divino maestro. Pero mis palabras, dbiles mariposas, apenas si podrn en su vuelo llegar hasta vosotros, y apenas si podrn expresar el sobrenatural trastorno que de m se ha apoderado, desde que s, porque lo he prometido, que es deber mo rememorar su vida llena de sacrificios y perdones, recordar sus doctrinas baadas de fe y amor, decir algo que sea de su literatura y poesa originales, rendir mi homenaje de admiracin y de cario entraable al hombre sin tacha, a pesar de fealdades e impurezas de la tierra, al hombre dulce y amable, que es hoy, al cabo de quince largusimos aos de desaparecido, luz serena y deleitosa en mi cerebro, ternura y bondad y alas en mi corazn... Su vida! Y podr el pensamiento desbordado seguirla en su carrera de gloria y de dolor? Podr la palabra humana, humo y cscara, y vestidura tantas veces de las ms bajas pasiones, relatar tanta grandeza como encierra su vida? Naci Jos Mart en cuna humilde, en La Habana, el 28 de enero de 1853, en la casa marcada con el n. 102 de la calle de Paula. Naci en plena corrupcin colonial, cuando era Cuba mrtir, el vertedero de todo lo podrido, el refugio de todos los estorbos, de todos los hambrientos y desocupados de Espaa, cuando era nuestra tierra, el criadero de una milicia viciosa y enfermiza, robada a la Agricultura y a la Industria de su pas; cuando era esta ciudad, jardn de Amrica hoy, corral blando y holgado de Capitanes Generales infecundos, logreros e imperiosos; cuando la bandera roja y gualda flotaba sobre nuestra casa y a su sombra los cubanos estaban condenados a perpetua cobarda y los espaoles autorizados para enriquecerse y engordar sus vicios insolentes; cuando el criollo mora en la miseria y el peninsular paseaba satisfecho en el carruaje comprado con el oro que manaba del crimen; cuando haba ms crceles que escuelas, y el ltigo infamante chasqueaba sobre las espaldas de los hombres de una raza tan necesitada de justicia como la nuestra; cuando el cubano que no se someta a servir de celestino al pisaverde madrileo que lo solicitara, iba a purgar su osada en el presidio; cuando el talento de los nativos dorma echado bajo la bota del dspota ceudo, y la capa torera sobre los hombros y la cinta de hule en el sombrero, eran los nicos pasaportes de honor y las nicas cdulas de vida, verdaderas. Entonces naci Mart. Fue su padre don Mariano, espaol, y Sargento cumplido del Ejrcito; y su madre, doa Leonor Prez, hija de Canarias. El sbado 12 de febrero del mismo ao en que naciera, fue bautizado en la iglesia del Santo ngel Custodio por el presbtero don Toms Sala y Figuerola. Al nacer Mart su padre desempeaba el cargo de Celador de Polica, o lo que es lo mismo, tena ttulo sobrado para matar o encarcelar a los que no creyera fieles a la _madre patria_. Pero don Mariano era un hombre honrado aunque de escasa inteligencia y maneras rudas y despticas. Cuando Mart tena un ao de nacido, lo llevaron a Espaa a donde fueron sus padres a visitar unos parientes. Cerca de diez meses estuvieron por Valencia, al cabo de los cuales regresaron a La Habana, continuando don Mariano en el desempeo de su antiguo destino. Los padres, pues, de Mart, espaoles, lo educaban en el amor a Espaa y en la sumisin ms absoluta a su Gobierno. Y la aspiracin ms ardiente de ellos era el ver algn da a su Pepe--as lo llamaban--empleado en la misma faena policiaca que el viejo. Pero aunque el hombre no viene al mundo hecho, sino que se hace y se moldea al calor de los acontecimientos, Mart, rebelde desde nio a freno y reclusiones, fue como esos robles vigorosos que levantan su copa robusta a pesar de la enredadera que los envuelva y de los gusanos que lo roan. Verdad que Mart fue un genio, y los genios como los volcanes traen sus entraas hechas: ellos mismos se tejen el amor y se acrisolan la capacidad. Se nace rey como se nace esclavo, pero quien lo nace no se da cuenta de ello hasta que no manda y es obedecido, o hasta que no lo mandan y obedece. Mart, dijrase que trajo al nacer la infinita comprensin del porvenir. En l se realiz el milagro: de un huevo de paloma naci un guila; en el spero huerto creci el lirio perfumador.... En una escuela de barrio, de la que contaba l que no poda olvidarse, porque a su maestro le deba que sus orejas estuvieran ms separadas de la cara que lo regular, aprendi las primeras letras. De all sali a los nueve aos para el colegio San Anacleto, que en aquel entonces diriga en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en este colegio donde comenz a sobresalir, siendo el primero en las clases y el ganador de todos los premios; donde comenz a mostrar que no era aire lo que traa en la cabeza sino pensamiento y accin. De esa niez suya, estudiosa, contaba Fermn Valds Domnguez y cuenta todava el doctor Eduardo F. Pl, sus condiscpulos dichosos en las aulas felices, rasgos asombrosos de inteligencia y de carcter. Y fue de ese colegio de donde su padre, creyndolo ya bastante ilustrado lo sac para emplearlo de Escribiente en la Celadura. Y acaso si se hubiera sepultado all y se hubiera malogrado el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen amigo de don Mariano, a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para matricularse en el Instituto de Segunda Enseanza, y lo hubiera alentado para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar, empero, meses despus, hostigado por el autor de sus das que no estimaba necesario para desempear su empleo, ni para aspirar al de Celador, saber ms de lo que l ya saba. Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo llev ms tarde, cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de educacin, San Pablo, colegio de Segunda Enseanza que fund y dirigi en aquel tiempo, el culto y valiente poeta Rafael Mara de Mendive. En l se gan el cario y la estimacin de su Director y estrech la amistad con Fermn Valds Domnguez, quien le abri su casa acomodada, le prest sus libros y le colm de sincero afecto. De los ms dulces tiempos de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos, vino a sacarlo, sacudindole las ms recnditas fibras del corazn, el grito de independencia lanzado en Yara, en la madrugada heroica del 10 de octubre de 1868, por el varn ilustre, por el caudillo insigne, por Carlos Manuel de Cspedes. Das despus redujeron a prisin, en el Castillo del Prncipe, a Rafael Mara de Mendive, ms tarde deportado a Santander: y cuentan que Mart, ansioso de ver a su amado maestro, se fue al Gobierno, y sin ms recomendacin que su persona, consigui un pase para poderlo visitar: y all iba l diariamente, al calabozo del cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento y su ternura. El toque de clarn de Yara, primero, haciendo vibrar su joven alma de patriota, la prisin de su viejo amigo, los sucesos de Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos por el Gobierno de Espaa en Cuba, fueron seguramente los que fijaron en su mente la divina idea de libertad y la necesidad de conquistarla. Fue entonces como su despertar glorioso. Fue entonces acaso que se jur en secreto a ella y celebr sus bodas con la patria: fue entonces que recibi esa consagracin del dolor que sublima el alma y seala cumbres desconocidas al pensamiento.... Cuando Mendive sali para Espaa a cumplir condena, Mart, a quien la existencia se le qued por esa causa como sin luz y sin gua y sin amparo, empleose, con el fin de ayudar a su padre, siempre grun y descontento de l, en el escritorio de don Cristbal Madan, antiguo amigo del bardo desterrado. A su vez, Mart segua sus estudios en el Instituto de Segunda Enseanza. Y cuentan que en las horas que mediaban de clase a clase, se reuna un grupo de estudiantes para hablar de poltica: y que era siempre Mart, el que ms hablaba y con ms entusiasmo, de los problemas de la patria, y que daba gusto or de sus labios infantiles, sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya a manejar los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a desatar batallas y a desplegar victorias.... En esa misma poca, y como Domingo Dulce, Capitn General de la Isla, decretara la libertad de imprenta, comenz Mart a publicar en compaa de Valds Domnguez un peridico titulado _El Diablo Cojuelo_, al mismo tiempo que diriga _La Patria Libre_, siendo este ltimo el peridico donde public por vez primera su poema Abdala, canto brioso y fulgurante de levantado espritu patritico. Para l fue un da de jbilo casi celestial, un da de esos en que el sol parece como que retoza en las almas, aquel en que vio publicado sus versos. Mas, poco le dur este contentamiento, pues cuando lleg a su casa mostrando su produccin, los padres, que no estaban de acuerdo con esos juegos de la fantasa y viriles arranques de cubanismo, lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los padres como el aplauso primero a sus demostraciones de hombra, de saber y de talento: Mart no; Mart no tuvo en el hogar ms que spera voz, seca ria, cruel amenaza, injusta reprensin de la mano como nica recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores.... Y lleg el momento aciago en que haba de sufrir el primer castigo, en que haba de comenzar a descender la cuesta de la vida, por amar a su patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corra el ao de 1869. Era el 4 de octubre. Acusados por unos voluntarios, Eusebio Valds Domnguez, hermano de Fermn, Manuel Selln y Atanasio Fortier, del _enorme delito_ de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada, por la casa de la familia de Valds Domnguez, vinieron, ya entrada la noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un registro en la casa ya citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos, de hallar algo que sancionara la matanza. En el registro llevado a cabo, encontraron, entre otras cosas, una carta cuyo sobre estaba todava sin cerrar, y que haban escrito y firmado Mart y Fermn Valds Domnguez, para mandrsela a un condiscpulo de ellos que haba cometido la mala accin de apuntarse como oficial de un regimiento, siendo criollo, para ir a combatir a sus hermanos que en esos momentos bregaban y sangraban por conquistar para ellos y para todos, casa libre y justa. La breve carta, escrita por Mart, estaba redactada en estos trminos: Seor Carlos de Castro y de Castro: (as se llamaba el traidor) Compaero: Has soado t alguna vez con la gloria de los apstatas? Sabes t cmo se castigaba en la antigedad la apostasa? Esperamos que un discpulo de Rafael Mara de Mendive, no dejar sin contestacin esta carta. Este hecho determin la prisin de Mart y de Fermn Valds Domnguez, siendo ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron llamados los dos. Valds Domnguez, primero, declar que l haba sido el autor de la carta y de las dos firmas. Pero cuando Mart fue interrogado, jadeante y como si llevara en el pecho una montaa, se acerc a los jueces, y afirm con enrgica y vibrante voz que l si era el nico y verdadero autor de la carta citada. Y para corroborar de manera elocuente su aserto, formul duros ataques contra la dominacin espaola, su tirnica poltica y sus hombres nulos e infames. Este fue el primer discurso de Mart y la primera demostracin pblica de su talento y su carcter irreductibles. Hay hombres que vienen al mundo como los huracanes y las avalanchas, purificando y retumbando desde que nacen. As Mart. Diez y seis aos contaba entonces, el bozo en flor y el pjaro en el alma y Espaa quiso matarlo. El Fiscal pidi para l la pena ltima y para Fermn Valds Domnguez diez aos de presidio. Pero el fallo fue: seis aos de prisin para Mart y uno para su camarada de infortunios e ideales. Y Mart fue a presidio. Lo que all sufri l, lo dijo en pginas que todava gotean sangre, en su folleto El presidio poltico en Cuba y en el que exclamaba: Dante no estuvo en presidio. Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su infierno. Lo hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor. Si existiera el Dios providente, y lo hubiera visto, con una mano se habra cubierto el rostro y con la otra habra hecho rodar al abismo aquella negacin de Dios. Y fue luego deportado a Isla de Pinos y ms tarde enviado a Espaa en calidad de deportado. Para ella embarc el 15 de enero de 1871. Momentos antes de salir le escriba a su benefactor seor Mendive: De aqu a dos horas embarco desterrado para Espaa. Mucho he sufrido, pero tengo la conviccin de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente un hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto de bueno y carioso tengo. Diga usted a Micaela que si he tenido muchas imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace quererla ms. Y a Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos mi afecto. Muchsimos abrazos a Mario: y de usted toda el alma de su hijo y discpulo. As escriba a su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes de abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo que haba de ser ms tarde el Libertador de su pueblo, y el que le arrancara su ltima presa en Amrica a la hambrienta monarqua espaola. A Espaa lleg Mart, apesadumbrado, pobre, comido de pesar el corazn. A causa del grillete que haba llevado se le form un tumor del cual lo operaran dos veces y las dos sin xito. Primeramente vivi en Madrid del escaso producto de unas clases que daba a los nios de don Leandro lvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet. Viva, como es de suponerse, miserablemente. Viviendo as se lo encontr, cuando fue deportado a Espaa por los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermn Valds Domnguez, su amigo, o ms bien, su hermano. Y como Valds Domnguez llevaba en la bolsa, oro bastante, se instalaron juntos en amplias habitaciones, bien situadas. Y Mart comenz una nueva existencia. Mejor de salud, se le animaron los ojos tristes, y de nuevo emprendi sus estudios. En esa poca y no obstante estudiar sin descanso, el tiempo no le faltaba para escribir folletos, para pronunciar discursos desde la tribuna de la logia Armona, para hacer versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades de la patria y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en que para tratar sobre el asesinato de los Estudiantes de Medicina, se reunieron los cubanos all residentes, Mart habl: y recuerda uno que estuvo en aquella reunin memorable, que fue su discurso relampagueante, encendido, arrebatador; y recuerda tambin, que sucedi esa noche una cosa sobrenatural. Colgando de la pared, sobre la tribuna, haba una mapa de Cuba, y cuando Mart, lleno del ms tierno lirismo haca una invocacin a su patria llorosa y rodeada de cadenas, cuando la concurrencia, suspensa de su palabra, temblaba de emocin, el mapa cay como una corona sobre su cabeza. Fue como si su tierra toda entera, respondiera a su llama miento! Y cuando la proclamacin de la Repblica en Espaa--golondrina fugaz como un suspiro--, Mart puso en manos de Estanislao Figueras, un largo escrito abogando por la independencia de Cuba. Y cuando los federales en sesin solemne celebrada en la Academia de jurisprudencia, quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que se contentaban con la Repblica federal espaola, Mart, all presente, se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie siete horas, ech por el suelo esos propsitos. Mart se opuso tambin a la creacin en Madrid de un Casino Cubano. Por eso y por otros rasgos ms, fue a sus pocos aos, y en plena Corte de Espaa, como el verbo y el alma de su pueblo atormentado y miserable.... Debido a que Fermn Valds Domnguez enferm gravemente y los mdicos le recomendaron que cambiara de aires, pasaron Mart y l a Zaragoza en donde apenas llegados, se ganaron el afecto y la estimacin de los hijos de aquel noble pedazo de Espaa. Los _insurrectos_ los llamaban en Aragn, pero los llamaban as, sin ira y sin odio. Mart en Zaragoza lo fue todo, el orador en las reuniones, el escritor en los peridicos, el poeta siempre. En una velada organizada para recoger fondos con que aliviar la miseria de las viudas y hurfanos de los bravos que sucumbieron por defender el honor que un rey criminal quiso asesinarles, Mart pronunci una oracin bellsima, y el seor Leopoldo Burn recit unos versos, tambin suyos, alusivos al acto. En Zaragoza obtuvo Mart, el grado de doctor en Derecho a ttulo de suficiencia, y el de doctor en Filosofa y Letras, a pesar de la marcada oposicin del claustro de aquella Universidad carlista. As, a puro esfuerzo, entre flaquezas e impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el mrito ajeno, caminando siempre del lado de los pobres, y sin andar de pedigeo por entre bastidores y escaleras, se hizo hombre, grande hombre!, el nio bondadoso del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de Medina, el joven enfermizo y desterrado de la pennsula ibera, nuestro Jos Mart.... Y con sus ttulos de Abogado y doctor en Filosofa y Letras, dej la nacin hispana, en 1873, y se fue a visitar a Pars, Londres y otras importantes ciudades de Europa, siguiendo luego viaje a Mxico, en donde le esperaban, ansiosos de abrazarlos, sus padres y hermanas. En Mxico, tierra ancha y generosa en la que los cubanos han hallado siempre alegra y calor de propio hogar, lo recibieron con marcadas demostraciones de aprecio. A poco de estar Mart entre los mexicanos, era altamente conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo, orador y poeta. Durante los cuatro aos que en esa Repblica permaneci, fue Director de _La Revista Universal_, la cual se escriba a veces desde el fondo hasta las gacetillas; conferencista en el _Liceo Hidalgo_ y en otras Sociedades; autor dramtico en los principales teatros. Los trabajadores de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y el Gobierno lo colm de atenciones a cada instante. Mart, sin el grande amor por su patria, hubiera sido en Mxico, como en cualquier otro pas, conductor de conciencias. Pero la estrella herldica que lo llev a morir entre el humo y el fragor de la metralla, le segua como un lamento y como el grito de una madre: de ah que ese hombre que pudo ser monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo, sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde no haba justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan sin mancha. En Mxico, trmulo de femenil pasin y llena el alma como siempre, del ansia de morir a caballo, peleando por su pas, escribi l, aquella composicin suya, titulada Patria y mujer; composicin que expresa bien, la grandeza de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada por gritos desesperados de deber. Lleno de ternura el corazn y poblada la mente de trgicas visiones, escribi sin duda esa valiente poesa de la que yo recuerdo estas estrofas: suspiro del amor, cual si cupiera, triste la patria, pensamiento alguno que al patrio suelo en lgrimas no fuera. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Y con qu corazn, mujer sencilla, esperas t que mi dolor te quiera? Podr encender tu beso mi mejilla, pero lejos de aqu, mi alma me espera. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Miente mi labio si se acerca al tuyo, mienten mis ojos si de amor te miran; de mujeril amor mis fuerzas huyo: en incorprea agitacin se inspiran. Amo yo ms el rbol que sombrea la tumba incierta del guerrero hermano, que ese nido de perlas que hermosea blonda ms dbil que tu amor liviano. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Sus cuerdas una la robusta lira, y el corazn sus tomos perdidos: a un solo amor mi corazn aspira, para un solo guarda latidos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Este cuerpo gentil rebosa vida, y cada rbol all cobija un muerto: a todo goce esta mujer convida, a toda soledad aquel desierto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . No habla de amor mi corazn que late: cuando en mi corazn hay un latido, es que me anuncia que en algn combate un hroe de la patria ha perecido. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . De la tierra del padre Hidalgo, el cura heroico, pas a principios de 1877, a Guatemala, detenindose antes en La Habana, a recoger unas cartas de presentacin para distintas personalidades del Gobierno de aquella Repblica. All, apenas sacudido el polvo del camino, fue nombrado Catedrtico de Derecho Poltico, y Director de la _Revista Guatemalteca_. All escribi, a peticin del Gobierno, un drama histrico en cuatro actos y en versos, y tambin all, una angelical alma de nia, sinti por l la ms pursima de las pasiones. Era una distinguida seorita, hija de un General ilustre de aquel pas, que lo am locamente. Y dicen que Mart sufra como de un crimen, al tener que mostrarse indiferente ante aquel amor primaveral. Pero l cuando fue a Guatemala, ya estaba comprometido en Mxico con Carmen Zayas Bazn, a quien hizo luego su esposa y es hoy su viuda respetada: por eso no am Mart aquella criatura tan tierna y talentosa. Mart sali a Mxico de nuevo a contraer matrimonio, y volvi casado a Guatemala. Y dicen que la pobre enamorada muri entonces de dolor, del dulce mal de sentir demasiado las ingratitudes de la vida. Mart, aos despus, pensando sin duda en esa historia romntica que estremeci su existencia, escribi estos divinos versos de ternura y melancola: Quiero a la sombra de un ala, contar este cuento en flor: la nia de Guatemala, la que se muri de amor. Eran de lirio los ramos, y las orlas de reseda y de jazmn: la enterramos en una caja de seda... Ella dio al desmemoriado una almohadilla de olor; l volvi, volvi casado: ella se muri de amor. Iban cargndola en andas Obispos y Embajadores: detrs iba el pueblo en tandas, todo cargado de flores ...Ella, por volverlo a ver, sali a verlo al mirador: l volvi con su mujer; ella se muri de amor. Como de bronce candente al beso de despedida era su frente, la frente que ms he amado en mi vida! ...Se entr de tarde en el ro, la sac muerta el doctor; dicen que muri de fro: yo s que muri de amor. All, en la bveda helada, la pusieron en dos bancos: bes su mano afilada, bes sus zapatos blancos. Callado, al oscurecer, me llam el enterrador: Nunca ms he vuelto a ver a la que muri de amor!. Otras pasiones inspir Mart, a otras mujeres, pero acaso ninguna tan pura y tan hermosa como esa que inspir a la nia de Guatemala, la de las manos de lirios y la frente pursima: luz y msica hecha carne.... Y cuando de orden del seor Ministro de la Guerra se le quit la direccin de la Escuela Normal de aquel pas, a su amigo y paisano Jos Mara Izaguirre, renunci puestos y honores y vino a Cuba, ya firmada la paz del Zanjn, en 1878. La Habana lo recibi afectuosamente. Primero se puso a trabajar como abogado, aunque sin jurar su ttulo, en los bufetes de don Nicols Azcrate y Miguel Viondi, dndose luego a conocer de sus paisanos como orador, en notables discursos y conferencias pronunciadas en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo en un banquete celebrado en honor del genial periodista Adolfo Mrquez Sterling. Cuatro fueron las veces que habl Mart en el Liceo de Guanabacoa. La primera sobre el realismo en el Arte; la segunda sobre su amigo, el poeta Alfredo Torroella, en que arranc lgrimas; la tercera sobre los dramas de don Jos Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Daz Albertini. A esta ltima asisti el General Blanco, Capitn General de la Isla entonces, y notables personalidades cubanas y peninsulares. Y dice Miguel Viondi que Mart habl de tal manera, de patria y libertad, que el General Blanco se retir de la fiesta diciendo al seor Azcrate: quiero no recordar lo que yo he odo y que no conceb nunca se dijera delante de m, representante del Gobierno Espaol: voy a pensar que Mart es un loco.... Y aadi: pero un loco peligroso. A pesar del trabajo excesivo y de su dedicacin a la literatura, Mart no dej un da de conspirar desde que lleg a La Habana. Su casa era un centro de conspiracin y un templo de arte: all se reunan tan pronto, hombres de armas y accin, para hablar de guerra, como se reunan hombres de saber y pensamiento para hablar de suspiros y risas, colores y notas. Ms tarde, el mismo general Blanco, creyndolo--como era la verdad--complicado en aquel conato de revolucin de 1879, le pidi que hiciera pblica protesta de adhesin al Gobierno de Espaa, a lo que l indignado contest: Mart no es de la raza de los vendibles. Y fue nuevamente deportado a Espaa, de donde se fug al poco tiempo, pasando a Pars y de all a New York, lugar en que sigui conspirando, conspiracin que culmin con aquel desembarco en Cuba de Calixto Garca, el glorioso General de la frente horadada. Y cuando l vio el fracaso de aquella intentona y palp la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de Bolvar, y all agrup en torno suyo numerosos admiradores y amigos. En Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa. Varias veces a la semana y por espacio de dos horas, vibr su voz elocuente en mitad de sus alumnos que lo escuchaban maravillados. Y consign uno de aquellos, que en una de las sesiones oratorias, le sirvi de tema el pueblo de Israel, y con lenguaje expresivo y sublime enarr las maravillas de aquel pueblo excepcional: que no era posible decir cosas ms hermosas y poticas, pero que cuando el orador se consider en la cumbre del monte Nebo y present al pueblo israelita y a Moiss contemplando la tierra prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime pareca poco ante aquel espritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las ideas. Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de Amrica: El poema de 1810 est incompleto y yo quise escribir su ltima estrofa. Luego Mart, no pudiendo amoldarse a las exigencias del Gobierno de aquella Repblica, del cual era entonces Presidente el general Guzmn Blanco, sali de all, despidindose en una carta bellsima de los venezolanos que am. A esa carta pertenece este prrafo: Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra; vehementemente pago sus carios; sus goces, me sern recreo; sus esperanzas plcemes; sus penas, angustias; cuando se tienen los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero en su camino: los ideales enrgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un nimo sincero por las contrariedades de la vida. De Amrica soy hijo: a ella me debo. Y de la Amrica, a cuya revelacin, sacudimiento y fundacin urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay para labios dulces copa amarga ni el spid muerde en pechos varoniles; ni de su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qu servirla: ella tiene en m un hijo. De Venezuela pas, de nuevo, llena el alma de tristezas y emociones viriles, a la Babel moderna de los rubios mocetones y las nevadas inclementes: a New York, a esa ciudad de las ansias, de las regatas, de los afanes, de las prisas, a ese horno colosal donde se sazona el egosmo y se pierden entre espirales de humo y ruidos de maquinarias, los besos y las lgrimas.... Triste, apesadumbrado, como un nufrago que despus de clamar en vano en la noche vaca y negra, arriba a playa desconocida, as lleg Mart nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo, una medicina que de los ms graves males cura al hombre: las ternuras y cuida dos de su esposa que all lo esperaba y los besos de su amado chiquitn, el hoy coronel de nuestro Ejrcito. Sacudi sus lgrimas calladas, escondi sus penas hondas, y comenz a trabajar en la tierra hostil y ajena. El conocer a los hombres, tanto como los conoca, lo hizo superior a todas las pasiones: de ah que pudo, entre gentes que miden, que desdean, que empujan, que desprecian, que viven con el apetito desmesuradamente abierto, pasear su amable cultura y ocenica bondad, y sacar a puerto y con honra, su divina existencia. Veamos cmo se abri paso en el pueblo spero y extrao. No era l de los soberbios que se impacientan porque no le conocen el talento, aprisa, ni de los pobres de espritu que porque los visite el dolor, languidecen y desmayan o se despedazan el crneo; sino de los de enrgica voluntad y firme intento: de los que vencen. Las alturas se han hecho para subirlas: en lo ms elevado de ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la vida. l lo saba, y se senta con la fuerza inquieta y seductora de los que poseen la capacidad de mirar desde lo alto. Mart fue en New York, y en el perodo de diez aos, dependiente de una casa de comercio en la cual llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia; redactor de _El Sun_, el gran diario americano; corresponsal de varios peridicos de la Amrica Latina, para los cuales escriba kilomtricas epstolas, verdaderos estudios filosficos y literarios de asuntos y hombres de los Estados Unidos; traductor de la casa editora Appleton; redactor de _La Amrica_, y el _Economista Americano_, Director de _La Edad de Oro_, revista exclusivamente para nios, a los que amaba entraablemente; profesor en La Liga, la Sociedad de los necesitados de cario y hambrientos de sabidura; representante de tres naciones, Uruguay, Paraguay y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y alma en pie siempre, para responder a todo llamamiento cubano, bien fuera para remediar miserias o para mitigar dolores. Jams pas una fiesta del patriotismo, de recordacin gloriosa, sin que l tomara parte. Ao tras ao, cada diez de octubre, aniversario glorioso de aquel da sublime, Mart dejaba or su pintoresco, brillante y enrgico lenguaje, flores tristes y lanzas enlutadas que l depositaba a los pies de los hroes muertos. En el sudor y la fatiga del trabajo viva, pero consagrado a Cuba, a desenterrar su epopeya de luz y a aadirle y hacerla entender, a los que parecan no querer entenderla: y a la Amrica nuestra entera, a su Amrica enferma. En 1883, invitado para tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de las Repblicas latinoamericanas, en New York, haban de conmemorar el Centenario del nacimiento de Bolvar, Mart asisti a ella, y habl y derram a raudales, en legiones de primorosas frases, los productos de su genio. Y termin con estas palabras: Brindo por los pueblos libres y por los pueblos tristes! Siempre pensando en Cuba! En la Sociedad Literaria Hispano Americana, de la cual era Presidente, el alma toda, fueron innumerables las veces que hizo Mart resonar su palabra portentosa. All Mart habl sobre Mxico, sobre Centro Amrica, sobre Venezuela, sobre Bolvar. Hablando de Bolvar dijo, entre otras muchas cosas grandilocuentes: Oh no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivi jams en ella: de Bolvar se puede hablar con una montaa por tribuna, o entre relmpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puo y la tirana descabezada a los pies!. Sobre Espadero habl, el de El Canto del Esclavo, el que aprision en sus notas, como en red de cristal fino, los espritus dolientes, que velan y demandan desde el ter fulguroso y trmulo del cielo americano; sobre Heredia, nuestro gran Heredia: y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de patritico ardimiento en que exclam: Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor qu hacen en la playa los caracoles que no llaman a guerra a los indios muertos? Qu hacen las palmas que gimen estriles en vez de mandar? Qu hacen los montes que no se juntan faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los hroes?. Y siempre, y en todos los casos, la patria sala por sus labios a relucir, altiva y llorosa, como una trtola gemidora que abrigara un cndor bravo.... Pero injustos o malvados--que siempre ha de haber injustos o malvados cerca de todo grande hombre--, lo tacharon una vez de mal cubano, en 1885, cuando l se opuso a los trabajos emprendidos por algunos jefes de la revolucin del 68 para llevar una guerra nueva a Cuba, por creerla incompleta y parcial, y por estimar que con ella solo se lograra alarmar y ensangrentar intilmente el pas, en vez de asegurarle su entusiasmo y confianza para cuando se pudiera llevar a la isla la guerra pujante, digna y definitiva. De una carta en que haca referencia a su oposicin a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se mantuvo por un espacio de tiempo, es este prrafo: Crear una rebelin de palabras en momentos en que todo silencio sera poco para la accin, y toda la accin es poca, ni me hubiera parecido digno de m, ni mi pueblo sensato lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender camino quin sabe a qu y hasta dnde!, en servicio activo de una empresa, y cuando cre que el patriotismo me vedaba emprenderlo, qu tristeza, qu tristeza moral de la que nunca podr ya reponerme! Cmo servir yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jams me pregunto otra cosa; y me respond de esta manera: Ahogando todos tus mpetus; sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto; mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme a los planes de nadie, ni levantar yo planes por m mismo, me he quedado en el silencio, significando con l que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con un espritu de generosidad, casi divino, en que los que se sacrifican por l, garanticen de antemano, con actos y palabras, el explcito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus hijos, en vez de poner como harn los malvados, sus propias manos, en ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en el respeto que los deberes pblicos demuestre a cada uno de sus hijos. En la hora de la victoria solo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra. Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene que saber tras de qu va, y adnde va, y qu le ha de venir despus. Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en m es locura el deseo, y roca la determinacin de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se reconozca que en las cosas del pas no hay ms voluntad que la que exprese el pas, ni ha de pensarse en ms inters que en el suyo. Una noche de conmemoracin gloriosa, en ese tiempo, al ir a ocupar Mart la tribuna, el auditorio pidi con marcadas muestras de hostilidad, que hablara otro antes que l, otro que era _patriota_. Y Mart tom asiento y escuch tranquilo, de labios plidos de clera, alusiones injustas; y cuando fue a la tribuna l, y el pblico esperaba que se desatara en denuestos, que vaciara su ira sobre cuantos le eran contrarios, fueron sus palabras como voces de perdn. Sus palabras llevaban el desquite: pareca como si con un manojo de lirios azotara las frentes de los pecadores: sus anatemas eran alfileres con alas.... Esa noche triunf y ya ms nunca dej de ser el triunfador. En todo demostraba Mart las extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los dems hombres... No lo dijo l? Si los hombres nutren con sus manos prcticas lo que tienen de fieras, yo har con las mas por nutrirles lo que tienen de palomas. Y as era, ministerio pursimo de amor y de ternura, brazos de par en par abiertos para todos los hombres.... Fue en ese tiempo, durante esos aos, que Mart mostr con ms pujanza la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de su genio. Filsofo, poeta, economista, diplomtico, polglota, periodista, orador, legista, estadista, de todo se mostr Mart entonces, en aquel hervidero de pasiones e intereses. All se le vea tan pronto en la tribuna, predicando, como se le vea en el peridico, en el informe, en la revista literaria, en la traduccin, en el libro de versos. All public l su _Ismaelillo_, un primoroso y pequeo volumen de composiciones breves; en las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los cabellos rubios y los pies ligeros de su hijo. Y tambin _Versos sencillos_, en el que cada estrofa, responde a un estado de espritu, y en el que como l deca: a veces ruge el mar, y revienta la ola, en la noche negra, contra la roca del castillo ensangrentado; y a veces susurra la abeja, merodeando entre las flores. De _Ismaelillo_ es este primoroso juguete: S de brazos robustos, blandos, fragantes; y s que cuando envuelven el cuello frgil, mi cuerpo, como rosa besada, se abre, y en su propio perfume lnguido exhlase. Ricas en sangre nueva las sienes laten; mueven las rojas plumas internas aves; sobre la piel, curtida de humanos aires, mariposas inquietas sus alas baten; savia de rosa enciende las muertas carnes! Y yo doy los redondos brazos fragantes, por dos brazos menudos que halarme saben, y a mi plido cuello recios colgarse, y de msticos lirios collar labrarme. Lejos de m por siempre brazos fragantes! Y este otro: Por las maanas mi pequeuelo me despertaba con un gran beso. Puesto a horcajadas sobre mi pecho, bridas forjaba con mis cabellos. Ebrio l de gozo, de gozo yo ebrio, me espoleaba mi caballero: qu suave espuela sus dos pies frescos! Cmo rea mi jinetuelo! Y yo besaba sus pies pequeos, dos pies que caben en solo un beso! Y este, que es como un suspiro hondo: Qu me das Chipre? Yo no lo quiero: ni rey de bolsa ni posaderos tienen del vino que yo deseo; ni es de cristales de cristaleros la dulce copa en que lo bebo. Mas est ausente ni despensero, y de otro vino yo nunca bebo. Y estas estrofas sueltas cogidas al azar de los _Versos sencillos_: Yo s bien que cuando el mundo cede, lvido, al descanso, sobre el silencio profundo murmura el arroyo manso. Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar: el arroyo de la sierra me complace ms que el mar. Busca el Obispo de Espaa pilares para su altar: en mi templo, en la montaa, el lamo es el altar! Si ves un monte de espumas es mi verso lo que ves: mi verso es un monte, y es un abanico de plumas. Amo la tierra florida, musulmana o espaola donde rompi su corola la poca flor de mi vida. Arpa soy, salterio soy donde vibra el Universo; vengo del sol, y al soy voy; soy el amor: soy el verso! No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor: yo soy bueno, y como bueno morir de cara al sol! Hay montes, y hay que subir los montes altos: despus veremos alma, quin es quin te me ha puesto a morir! Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca el corazn con que vivo, cardo ni oruga cultivo: cultivo la rosa blanca. Yo quiero cuando me muera, sin patria, pero sin amo, tener en mi tumba un ramo de flores y una bandera. Y cuando el destino le ofreca el goce de una existencia bella, sosegada, cmoda; cuando su talento reconocido y su grandeza de espritu, le daban asiento firme entre los que ya podan echarse a descansar, form con su vida una flor, y la puso a los pies de la patria. Era el ao 1891, y era el mes de octubre. Anunciado que en una velada, patrocinada por el club Los Independientes de New York, que haba de celebrarse en recordacin de los hroes del 10 de octubre de 1868, tomara parte principal Mart, quien desempeaba el cargo de Cnsul General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, el Ministro de Espaa protest ante los respectivos Gobiernos, y l, con un desprendimiento asombroso, renunci a sus cargos diciendo: Antes que todo cubano!. Hay hombres que suben, como suben las zarzas y las piedras que tienen en su cspide las montaas: otros son montaas y las coronan flores y las visitan vboras. Mart fue de esos. Hombre montaa desde la cual se puede ver pasar hoy y se ver mejor, a medida que los aos vayan limndola, toda el alma compleja y revuelta de esa poca de creacin y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba, hizo resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que haba cubanos. Mart, si perdi con ese acto, el gusto y el regalo de su vida, gan en prestigio entre sus compatriotas, para los cuales fue desde entonces, antorcha encendida de patriotismo, brazo infatigable, el _pensamiento a caballo_ como lo llam un ilustre hombre americano, el altar ms hermoso y ms puro de las libertades cubanas. Mart supo conquistar gloria: y cuando la conquist, no la puso a precio en mercadera, ni se puso a vivir de ella en ocio cobarde, sino que se consagr a sembrar con sus manos, la buena semilla republicana entre sus compatriotas emigrados.... As, cuando das despus de este hermoso hecho, fue invitado por el Presidente del Club Ignacio Agramonte de Tampa--la ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanos proscriptos--para que tomara participacin en una fiesta poltico-literaria que dicho Club haba de celebrar, l respondi aceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de 1891, a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arrib jubiloso a la estacin, henchida de cabezas, de aquel pueblo de hombres libres que lo amaba ya sin conocerlo y que fue, por el sino misterioso de las cosas, cuna de la gloriosa revolucin del 95 que sac a la vida libre nuestra nacionalidad. A la siguiente noche, da 26, Mart dej or su palabra sedosa y centelleante en aquel Liceo histrico, que yo aoro ahora entristecido, y me veo nio, llena el alma de ilusiones, escuchando exaltado al pie de la tribuna, los tiernsimos acentos de su voz incomparable. Lo que all dijo Mart no hay frases que lo abarquen. Por Cuba y para Cuba titul l su discurso, y por ella y para ella fue cuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora, expres. Su discurso fue todo amor, todo esperanza, todo verdad. Seal todos los males que podran la tierra de sus amores, los escollos con que se haba de tropezar y la manera de vencerlos. Habl de los egostas y los miedosos y los crticos que siempre le salen al encuentro a toda obra cuando esta se halla en los sudores de la creacin, y dijo: Pero qu le hemos de hacer? Sin los gusanos que fabrican la tierra no podran hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraa fea y sangrienta; es fango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo ftido de la vida, saca almbar la fruta y colores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; y las fuerzas magnficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos, a los ojos humanos sino manchas!. Hablando de los peligros que podan hacer desfallecer y cejar al cubano en su afn de libertad, deca entre otras cosas: O nos ha de echar atrs el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que est a paga del Gobierno espaol, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya, muy comn en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tiene en Cuba zapatos ms que los cmplices y los ladrones?. Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cario al escucharlo, y el alma de todos, como una marejada, lo envolvi y llen de una titnica alegra. l vio sin duda en aquella noche radiosa, en aquella noche memorable, al terminar su oracin, a su pobre patria llorosa, entre convites y villanas, de barragana y flor marchita por el mundo, y vio tambin, alucinado por el estruendo de los aplausos y los vtores, a caballo el ejrcito de la Libertad, echndose sobre los palacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana, smbolos de la secular dominacin de Espaa.... A la siguiente noche, 27 de noviembre, habl sobre el asesinato de los estudiantes del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no se secar nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y el 28 del mismo mes, sali de nuevo para New York, en donde a los pocos das recibi un ejemplar del peridico _El Yara_, de Cayo Hueso, que diriga el irreductible cubano Jos Dolores Poyo, y en el que se expresaba vivamente el deseo de que les hiciera una visita. Con este motivo, Mart le escribi el 25 de diciembre del mismo ao, una carta a Poyo, en la que le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar a los cubanos del pen rebelde. En esa carta le deca entre otras cosas: Pero cmo ir al Cayo de mi propia voluntad como pedigeo de fama que va a buscarse amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en m, es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que sus hermanos pudieran caer en la poltica engaosa y autoritaria de las malas Repblicas? Es tan dulce obedecer el mandato de los compatriotas, como es indecoroso solicitarlo. Es mi sueo que cada cubano sea hombre poltico enteramente libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, y obre en todos sus actos, por su simpata juiciosa y su eleccin independiente, sin que le venga de fuera de s, el influjo daino de algn inters disimulado. Pues aunque se muera uno del deseo de entrar en la casa querida, qu derecho tiene a presentarse de husped intimo, a donde no lo llaman? Mejor pasar por seco--aunque se est saliendo de cario tierno el corazn--, que pasar por lisonjeador, o buscador, o entrometido, que faltar con una visita meramente personal al respeto que debo a la independencia y libre creacin de los cubanos. Pero mndenme, y ya vern cun viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras. En Cayo Hueso hubo indecisin sobre si deba o no llamrsele. Pero por fin, y por acuerdo del Club Patria y Libertad, se le llam. Mart sali enseguida para Cayo Hueso, siendo acompaado en su viaje, desde Tampa, por representantes de los Clubs Ignacio Agramonte, y La Liga Patritica. El 25 de diciembre lleg, mal de salud, al Cayo. No obstante, habl varias ocasiones, arrebatando al auditorio, hasta que ya, verdaderamente enfermo, le prohibieron los mdicos que saliera de su habitacin. En cama estuvo doce das, al cabo de los cuales, un tanto restablecido, se levant y visit, uno por uno, todos los talleres, predicando la fe patritica. Ms tarde, en una reunin a que cit y a la que asistieron varios jefes de la guerra del 68, se expuso la idea de organizar bajo una sola, bandera a los cubanos emigrados. Mart recogi esa idea y redact entonces, ese monumento de amor y de concordia que se llama: Bases del Partido Revolucionario Cubano. De regreso de Cayo Hueso pas por Tampa, siendo aprobadas en esta ciudad las referidas bases, siguiendo a New York, en donde lo esperaba un gran pesar: la carta denostadora que el General Enrique Collazo, por error o ceguedad del momento, le escribiera desde La Habana, y que firmaron con l, otras distinguidas personalidades de la revolucin. A esa carta contest Mart con otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara en su corriente la hoja de una espada. Refirindose a los ataques personales que se le hicieron escribi: Y ahora seor Collazo, qu le dir de mi persona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare ms que ella. Y si mi vida me acusa, nada podr decir que la abone. Defindame mi vida. Queme usted la lengua seor Collazo, a quien le haya dicho que serv yo a la madre patria. Queme usted la lengua a quien le haya dicho que serv de algn modo, o ped puesto alguno, al partido liberal. Creo seor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conoc la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa. Este incidente qued satisfactoriamente arreglado para ambos servidores de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo, y reliquia viva el otro, escapada al peligro del naufragio y de la muerte.... A la sazn, por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadas las Bases del Partido Revolucionario Cubano: y el diario de abril de 1892--aniversario de aquel otro 10 de abril de Guimaro--, qued proclamado este y nombrado Mart, por el cmputo de votos de todos los emigrados, Delegado, cargo que llevaba en s la suprema direccin de los trabajos de esa gigantesca corporacin, que fue casa, tribuna y trinchera de las libertades cubanas en el exterior.... Desde el momento en que asumi Mart ese cargo, comenz la labor ms extraordinaria que pueda imaginarse la mente humana. De New York, pas a Costa Rica, a entrevistarse con los generales Antonio y Jos Maceo, y Flor Crombet, de los cuales tuvo la aprobacin ms calurosa por los trabajos emprendidos. En Costa Rica habl y fund Clubs, pasando luego por segunda vez a Mxico en donde despert el entusiasmo patritico de los cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le dirigi una carta al general Mximo Gmez, invitndolo a que aceptara la investidura de encargado supremo del ramo de la guerra, a que ayudara a organizar dentro y fuera de la isla, el Ejrcito Libertador que haba de poner a Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar con mtodos ejecutivos y espritu republicano su deseo manifiesto y legtimo de independencia. En dicha carta invitaba al generalsimo, a ese nuevo sacrificio, en momentos en que no tena ms remuneracin que ofrecerle--segn sus palabras--que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres; invitacin a la que el general Gmez contest aceptando, en noble y generosa carta, y a la que Mart correspondi, yendo a visitarlo en Santo Domingo, la Repblica hermana por la gloria y el martirio. De Santo Domingo emprendi Mart una excursin por todos los pueblos de la Unin Americana y algunos de Amrica Latina, volviendo a New York. All su vida era un vrtigo. Se escriba _Patria_, el peridico que fund, junto con el Partido Revolucionario, contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs, escriba artculos de propaganda, en ingls, para peridicos de Filadelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relmpagos pareca tener aquel hombre por msculos, tal era la prisa en que viva. Increble parece que aquel cuerpo flaco y endeble, encerrara dentro de s espritu tan gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias de ala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar el dolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad y para echarse todo entero en el cliz de un jazmn.... En 1893, la intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud. Pero no por eso se ech como dbil mujerzuela a llorar tristezas, sino que despus de publicar un manifiesto de levantado espritu patritico, continu, con ms bros si cabe, la tarea enorme de hacer patria, tarea que fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara, a travs de su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno de los cristianos. Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra evidente de la inquietud que ya reinaba en la isla mrtir, los pronunciamientos de Lajas y Ranchuelo, en 1894, lo magullaron hondamente. Pero, incansable, a cada golpe se levantaba ms potente. A fines de ese mismo ao fue que, tenindolo ya todo dispuesto para la lucha, escribi a Eduardo H. Gato, el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidindole $5000 y otra a Jos Mara Izaguirre, cubano rico de New Orleans, pidindole cantidad parecida. De la carta a Gato son estas frases: Todo minuto me es preciso para ajustar la obra de afuera con la del pas. Y me habr de echar por esas calles, despedazado y con nuseas de muerte, vendiendo con mis splicas desesperadas nuestra hora de secreto, cuando usted con este gran favor, puede darme el medio de bastar a todo con holgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?. Si le escribo ms me parece que le ofendo. Usted es hombre capaz de grandeza: esta es su ocasin. Le prestara a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme una razn ms de tener orgullo de ser cubano. Y de la carta a Izaguirre este es el final: Me lastimar usted mi fe? Y en vano habr salido su fiador? Porque lo garantic desde el principio como si hubiramos hablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. No me la da su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que me quiera por haber tenido esta certeza de usted, no en la hora de la gloria, sino en la del sacrificio. Yo voy a morir, si es que en m queda ya mucho de vivo. Me matarn de bala, o de maldades. Pero me queda el placer de que hombres como usted me hayan amado. No s decirle adis. Srvame como si nunca ms debiera volverme a ver. Y esos cubanos respondieron mandndole lo que l les peda. Y cmo no! Se poda negar, se poda decir que no, a quien peda de ese modo, resplandeciente de limpieza y de angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa definitiva, recorri por ltima vez las emigraciones, y cuando se detuvo en un puerto de la Florida, en enero de 1895, ya todo lo tena preparado para caer sobre su tierra a bandera desplegada. Tres barcos, Amads, Lagonda y Baracoa, cargados de armas y pertrechos ya estaban para salir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad, los detuvieron. La traicin de un miserable, que estar mientras viva, libre de todo, menos del remordimiento, vendi su poderoso plan. Entonces s que sufri Mart lo indecible. Imagnenselo triste, rabioso, colrico--colrico l, Dios mo!--viendo acaso en el espanto y horror de sus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria como un sudario de muerte, y sobre su corazn como una mano de hierro.... Perseguido por los Agentes espaoles sali de Fernandina y lleg a New York. All le volvi la vida: poda salvar parte de las armas apresadas! Y el 29 de enero escribi la orden de levantamiento para los jefes de la revolucin en Cuba, y el 31 sali en compaa de los generales Mara Rodrguez y Collazo para Santo Domingo, con el fin de unirse all con Mximo Gmez. Se detuvo en Cabo Haitiano, en donde pas varias semanas de verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes. All fue a moverle con furia, el espritu, la noticia del levantamiento del 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba, cumpliendo rdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto lo anim y desesper ms. Despus de ese momento ni el sueo ni el descanso le hicieron falta: viva en una constante actividad. As vio pasar todo el mes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las playas amadas, donde ya se mora como l sabra morir. El 25 de marzo, ya en vsperas de viaje, en el _prtico_ del _gran deber_, le escribi a su amigo, el dominicano y poeta y escritor, Federico Henrquez Carvajal, una carta que alguien ha llamado su testamento poltico, y de la cual vienen a mi mente estos conceptos que deba grabar todo cubano en lo ms puro y bueno de sus entraas: Yo evoqu la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para m la patria no ser nunca triunfo, sino agona y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable e inexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo nico quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavndome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabra morir, tambin tendr ese valor. Quien piensa en s no ama a la patria; y est el mal de los pueblos, por ms que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el inters de sus representantes ponen en el curso natural de los sucesos. De m espere la deposicin absoluta y continua. Yo alzar el mundo. Pero mi nico deseo sera pegarme all, al ltimo tronco, al ltimo peleador: morir callado. Para m ya es hora. Pero aun puedo servir a este nico corazn de nuestras Repblicas. Las Antillas libres salvarn la independencia de nuestra Amrica y el honor ya dudoso y lastimado de la Amrica inglesa, y acaso acelerarn y fijarn el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo a rastras con mi corazn roto. Yo obedezco, y aun dir que acato como superior disposicin y como Ley americana, la necesidad feliz de partir, al amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cario, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino. En esta carta dej Mart mucho de su alma llena del himno glorioso de la naturaleza y de la ntima majestad de lo divino. Pero donde puso todo el corazn rebosante de ternura y amor, fue en la carta ltima, que le escribi a su anciana madre, entonces aqu, al lado de los que se sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla a comer el plato del robo y de la villana. Od esa carta: Madre ma: Hoy 25 de marzo, en vsperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la clera de su amor del sacrificio de mi vida: y por qu nac de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre est all donde es ms til. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agona, el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compaeros. Ojal pueda algn da verlos a todos a mi alrededor, contentos de m. Y entonces s que cuidar yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora bendgame, y crea que jams saldr de mi corazn obra sin piedad y sin limpieza. La bendicin. Yo no s que se pueda decir ms y de manera ms genial en tan pocas palabras! Si Mart no hubiera escrito ms que esta carta, por ella solo tendra asiento perdurable entre los hombres que saben lo que es un adis, lo que es desafiar la muerte, y lo que una madre significa!... Y lleg por fin el momento feliz, trmino de todas sus angustias, satisfaccin de todos sus anhelos. Despus de publicar el grandioso manifiesto de Montecristi de despachar el barco expedicionario para Maceo, de vencer cuantas dificultades le salieron al camino, se embarc, en unin de cinco compaeros, Mximo Gmez, Paquito Borrero, ngel Guerra, Csar Salas y Marcos del Rosario, en un vapor alemn que haba llegado de paso a Cabo Haitiano, y que segn la promesa de su Capitn a Mart, los conducira cerca de las costas de Cuba y les cedera un bote para llegar a tierra. Od el relato, hecho a tajos, de esa odisea milagrosa. Era el 10 de abril, da glorioso dos veces en los anales de la historia cubana, cuando se echaron al mar esos hombres magnficos; y el 11, a pocas millas de la costa, detiene el vapor que los conduca su marcha, bajan la escala, echan al agua uno de sus botes y en l se instalan los seis expedicionarios con gran carga de parque y un saco con queso y galletas. Y a las seis horas de remar, bajo un cielo negro y tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos sobre la costa de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro que haban corrido y que haban de correr. Ya en tierra, cargados como bestias, subieron los espinares y pasaron las cinegas y cruzaron ros crecidos y subieron cumbres, hasta que dieron con la guerrilla baracoana de Flix Ruenes hombre de consejo y moderacin como lo llam Mart, y a quien la gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las impresiones primeras de Mart, en los campos de Cuba libre: Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el jbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio. Es muy grande mi felicidad: sin ilusin alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en m propio, ni alegra egosta y pueril, puedo decir que llegu al fin, a mi plena naturaleza; y que el honor que en mis paisanos vea, en la naturaleza que nuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez. Solo la luz es comparable a mi felicidad. Cerca, de la costa permanecieron Mart y sus compaeros hasta el da 16 que salieron con direccin a la jurisdiccin de Guantnamo. Los espaoles, sabedores de la llegada de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, le salieron al encuentro en nmero de cuatrocientos hombres. Y el da 27, por suerte, estando ya Mart y los suyos con las fuerzas de Garzn y Mariano Snchez y Jos Maceo que asumi el mando de todas, fueron atacados por el enemigo. De este encuentro contaba Mart: Me siento puro y leve, y siento en m algo como la paz de un nio. Por qu me vuelvo a acordar ahora de la larga marcha, para m la primera marcha de batalla que sigui al combate victorioso con que nos recibi el valiente y sencillo Jos Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes la hubieran visto conmigo. O tena el cielo balcones y los seres que me son queridos estaban asomados a uno de ellos? A la maana venamos, aun los pocos de la expedicin de Baracoa, los seis y los que se nos fueron uniendo, revueltos por el monte de espinas y con la mano al arma, esperando por cada vereda al enemigo. Retumba de repente el tiroteo como a pocos pasos de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros han vencido. Cien cubanos bisoos han apagado treinta hombres de la columna entera de Guantnamo: trescientos tenamos, pero solo pelearon cien; ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados, con los muertos en brazos, regando las armas. En el camino mismo del combate nos esperaban cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo; nos abrazan y nos vitorean; nos suben a caballo y nos calzan las espuelas; cmo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino? ni la sangre a medio secar de una cabeza que ya est enterrada, en la cartera que le puso de almohada un jinete nuestro?. Ya duerme el campamento: al pie de un rbol grande ir luego a dormir, junto al machete y el revlver, y de almohada mi capa de hule: ahora, abro el jolongo y saco de l la medicina para los heridos. Qu cariosas las estrellas... a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos los ojos.... A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el corte de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera, porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje ms remedios que ropa, y no para m que no estuve ms sano nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputacin, sin ms que saber como est hecho el cuerpo humano, y haber trado conmigo el milagro del iodo. Y el del cario, que es otro milagro; en el que ando con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer vergonzosa adulacin, aunque es rara la claridad del alma, y como finura en el sentir que embellece, por entre palabras pcaras, y disputas y fritos y guisos, esta vida de campamento. Hasta aqu de sus cartas. Triunfal fue la marcha de Mart por los campos de Cuba libre: por donde quiera que pasaba iba dejando--como dicen que proclamaba Jos Maceo--, _vergenza y alegra_. Ms de diez veces les habl Mart a fuerzas cubanas en guerra y siempre les dej la mente en alto y el alma contenta. Todava viven algunos de los que oyeron a caballo y con la mano a la cintura su elocuencia arrebatadora: todava viven algunos de los que le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle al hombro por las montaas agrias, por los pedregales speros, por los ros credos, por las cinegas espantables. Y llega el 19 de mayo, el da aciago, el da tremendo. El sol luca en el zenit. Mart y Mas estaban acampados en Vuelta Grande cuando lleg el General Gmez y fue como un jubileo el campamento. Mas y Mart y Mximo Gmez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados. A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ros la proximidad del enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ros haba poco ms de una legua. Los soldados cubanos, entusiasmados por las arengas que acababan de or, a vuelo de caballo se ponen frente a los contrarios. En breves momentos el combate se generaliza; la atmsfera se prea de humo y olor a plvora; el aire es pico. Entonces es que Mart, desmadejado el cabello, los ojos flgidos y relampagueantes, el pecho henchido de orgullo, enardecido, arrebatado, impaciente por el sacrificio e inquieto por la emulacin, invita a la carga a su ayudante ngel la Guardia--aquel fiero aguilucho cado en Victoria de las Tunas--, aviva con las espuelas su noble bruto, y gozoso como un nio que ha crecido un palmo, y como si hubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeez de un montn de carne humana, todo el Gobierno de rencores, de insultos, de envidias, de mezquindades, de ambiciones, de la oligarqua esquilmadora que le vejaba su tierra, se echa sobre los rifles enemigos y cae acribillado a balazos, con la limpieza y majestad de un Dios, del brazo de la muerte que es inmortal, y coronado por la fulgente claridad del martirio y de la gloria.... As termin, as se obscureci para siempre, la lmpara pura y serena de aquel gran cerebro, dictador de genio; as dej de latir aquel gran corazn, profesor de virtudes; as, entre chocar de aceros y estampidos de fusilera, pas el gran Apstol a ser husped eterno de la suprema luz. All, en los campos de Dos Ros, campos ya para siempre memorables, se apag aquel astro inmenso que pareca inmortal; all cay peleando por la independencia de su patria, arremetiendo contra los defensores de la tirana, la cabeza imperial descubierta y nutrida de leyendas y de asombros, con el alma en el aire, el batallador infatigable que fue para los cubanos, con sus racimos de palabras y sus manantiales de ternuras, como otra isla sonora y espiritual.... All, a aquellos campos, en silencio, que recogieron su ltima mirada y su ltimo suspiro y que supieron tambin del primer grito de desolacin y de angustia que arranc a los suyos su cada; all debieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse de sus culpas y pecados. All, a aquellos campos donde entreg su vida el hroe ms puro y grande del poema de hierro de nuestras guerras de independencia, debieran ir los que ahora, olvidados de todo lo que no sea su personal inters, ponen la patria de cabalgadura y de ltigo la gloria que conquistaron en su defensa; los _prcticos_ eternos que no piensan ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertad y s en lo cmodo de vivir, aunque sea de rodillas, a los pies de los amos del momento; los que no saben que hay algo ms triste que ser esclavo, y es mostrar que no se es digno de ser libre... Y se perder entre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan meritsima y ejemplar? Ser tanta nuestra pequeez, que ocupados en buscar la comodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puede caer la casa de todos, la obra santa que l coron a costa de su sangre? Ser todo chiste, ira, medro? Inspirmonos en l, y depongamos nuestros agravios y nuestras inquinas: ammonos los unos a los otros, y clavemos en lo ms firme y alto de nuestra tierra la bandera de nuestra nacionalidad. Y vigilemos para que de su tringulo rojo no se salga jams la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar su brillo, entonces ms sola que nunca, entre el montn de estrellas del pabelln americano.... Hasta aqu de su vida; de su obra hablar en otra ocasin. Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el nio aquel que en la emigracin te sigui febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el nio aquel que por serlo, no te acompa en la hora de tu muerte, se ha hecho hombre y te es fiel, y de las semillas de amor que t le dejaste caer en el pecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza, como un faro lo gua, como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vida humana no es toda la vida, si es verdad que despus de ella hay otra existencia superior, ordena, que l no quiere para s mayor gloria que la de obedecer a tu mandato. l no se cansa de predicar tus doctrinas ni de continuar, a la medida de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y de reparacin universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tu buen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y todas las noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, y murmura agitado como por un temblor de hroe: Maestro gloria a ti! Padre, bendito seas.... * * * * * Amistad funesta Novela Captulo I Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos demasiado acadmicas, cubra aquel domingo por la maana con su sombra a los familiares de la casa de Luca Jerez. Las grandes flores blancas de la magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas y puntiagudas, no parecan, bajo aquel cielo claro y en el patio de aquella casa amable, las flores del rbol, sino las del da, esas flores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se oscurece, la desdicha empieza. La prctica y conciencia de todas las virtudes, la posesin de las mejores cualidades, la arrogancia de los ms nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo extravo. Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luz azul, y por entre los corredores de columnas de mrmol, la magnolia elegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus mecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas, en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas Jacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya prxima a morir, prendida sobre el corazn enfermo, en su vestido de muselina blanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Luca, robusta y profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmes, porque no se conoca aun en los jardines la flor que a ella le gustaba: la flor negra!. Las amigas cambiaban vivazmente sus impresiones de domingo. Venan de misa; de sonrer en el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos; de pasear por las calles limpias, esmaltadas de sol, como flores desatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas, desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las haban saludado al pasar. No haba mancebo elegante en la ciudad que no estuviese aquel medioda por las esquinas de la calle de la Victoria. La ciudad, en esas maanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas de par en par, como si en ese da no se temiesen enemigos, esperan a los dueos los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han visto en la semana, se renen a la salida de la iglesia para ir a saludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Los viejos ese da se remozan. Los veteranos andan con la cabeza ms erguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruido el puo del bastn. Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su mejor chaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y su sombrern de castor fino, da gozo verlos. Los indios, en verdad, descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz, parecen llagas. Pero la procesin lujosa de madres fragantes y nias galanas contina, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los pobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a trechos en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de las arrias de mercaderas, llenan las calles, tirados por caballos altivos, carruajes lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos, y como de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay una quietud magna y una alegra casta. En las casas todo es algazara. Los nietos qu ir a la puerta, y aturdir al portero, impacientes por lo que la abuela tarda! Los maridos qu celos de la misa, que se les lleva, con sus mujeres queridas, la luz de la maana! La abuela, cmo viene cargada de chucheras para los nietos, de los juguetes que fue reuniendo en la semana para traerlos a la gente menor hoy domingo, de los mazapanes recin hechos que acaba de comprar en la dulcera francesa, de los caprichos de comer que su hija prefera cuando soltera, qu carruaje el de la abuela, que nunca se vaca! Y en la casa de Luca Jerez no se saba si haba ms flores en la magnolia, o en las almas. Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas puso sus enseres de coser y los ajuares de nio que regalaba a la Casa de Expsitos, haban dejado caer Adela y Luca sus sombreros de paja, con cintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que retozan. Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero que ha estado una hora en la cabeza de una seorita! Se le puede interrogar, seguro de que responde: de algn elegante caballero, y de ms de uno, se sabe que ha robado a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus cintas largamente, con un beso entraable y religioso! El sombrero de Adela era ligero y un tanto extravagante, como de nia que es capaz de enamorarse de un tenor de pera: el de Luca era un sombrero arrogante y amenazador; se salan por el borde del costurero las cintas carmeses, enroscadas sobre el sombrero de Adela como una boa sobre una trtola: del fondo de seda negro, por los reflejos de un rayo de sol que filtraba oscilando por una rama de la magnolia, parecan salir llamas. Estaban las tres amigas en aquella pura edad en que los caracteres todava no se definen: ay, en esos mercados es donde suelen los jvenes generosos, que van en busca de pjaros azules, atar su vida a lindos vasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores fuertes de la vida, ensean la zorra astuta, la culebra venenosa, el gato fro e impasible que les mora en el alma! La mecedora de Ana no se mova, tal como apenas en sus labios plidos la afable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en su falda, como si siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo se mantena en su mecedora, que unas veces estaba cerca de Ana, otras de Luca, y vaca las ms. La mecedora de Luca, ms echada hacia adelante que hacia atrs, cambiaba de sbito de posicin, como obediente a un gesto enrgico y contenido de su duea. --Juan no viene: te digo que Juan no viene! --Por qu, Luca, si sabes que si no viene te da pena? --Y no te pareci Pedro Real muy arrogante? Mira, mi Ana, dame el secreto que t tienes para que te quiera todo el mundo: porque ese caballero, es necesario que me quiera. En un reloj de bronce labrado, embutido en un ancho plato de porcelana de ramos azules, dieron las dos. --Lo ves, Ana, lo ves; ya Juan no viene--y se levant Luca; fue a uno de los jarrones de mrmol colocados entre cada dos columnas, de las que de un lado y otro adornaban el sombreado patio; arranc sin piedad de su tallo lustroso una camelia blanca, y volvi silenciosa a su mecedora, royndole las hojas con los dientes. --Juan viene siempre, Luca. Asom en este momento por la verja dorada que divida el zagun de la antesala que se abra al patio, un hombre joven, vestido de negro, de quien se despedan con respeto y ternura uno de mayor edad, de ojos benignos y poblada barba, y un caballero entrado en largos aos, triste, como quien ha vivido mucho, que retena con visible placer la mano del joven entre las suyas: --Juan, por qu naci usted en esta tierra? --Para honrarla si puedo, don Miguel, tanto como usted la ha honrado. Fue la emocin visible en el rostro del viejo; y aun no haba desaparecido del zagun, de brazo del de la buena barba, cuando Luca, demudado el rostro y temblndole en las pestaas las lgrimas, estaba en pie, erguida con singular firmeza, junto a la verja dorada, y deca, clavando en Juan sus dos ojos imperiosos y negros: --Juan, por qu no habas venido? Adela estaba prendiendo en aquel momento en sus cabellos rubios un jazmn del Cabo. Ana cosa un lazo azul a una gorrita de recin nacido, para la Casa de Expsitos. --Fui a rogar--respondi Juan sonriendo dulcemente--, que no apremiasen por la renta de este mes a la seora del Valle. --A la madre de Sol? de Sol del Valle? Y pensando en la nia de la pobre viuda, que no haba salido aun del colegio, donde la tena por merced la Directora, se entr Luca, sin volver ni bajar la cabeza, por las habitaciones interiores, en tanto que Juan, que amaba a quien lo amaba, la segua con los ojos tristemente. * * * * * Juan Jerez era noble criatura. Rico por sus padres, viva sin el encogimiento egosta que desluce tanto a un hombre joven, mas sin aquella angustiosa abundancia, siempre menor que los gastos y apetitos de sus dueos, con que los ricuelos de poco sentido malgastan en empleos estpidos, a que llaman placeres, la hacienda de sus mayores. De s propio, y con asiduo trabajo, se haba ido creando una numerosa clientela de abogado, en cuya engaosa profesin, entre nosotros perniciosamente esparcida, le hicieron entrar, ms que su voluntad, dada a ms activas y generosas labores, los deseos de su padre, que en la defensa de casos limpios de comercio haba acrecentado el haber que aport al matrimonio su esposa. Y as Juan Jerez, a quien la Naturaleza haba puesto aquella coraza de luz con que reviste a los amigos de los hombres, vino, por esas preocupaciones legendarias que desfloran y tuercen la vida de las generaciones nuevas en nuestros pases, a pasar, entre lances de curia que a veces le hacan sentir ansias y vuelcos, los aos ms hermosos de una juventud sazonada e impaciente, que vea en las desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, en los esfuerzos estriles de una minora viciada por crear pueblos sanos y fecundos, de soledades tan ricas como desiertas, de poblaciones cuantiosas de indios mseros, objeto ms digno que las controversias forenses del esfuerzo y calor de un corazn noble y viril. Llevaba Juan Jerez en el rostro plido, la nostalgia de la accin, la luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberes corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeos; y en los ojos llevaba como una desolacin, que solo cuando haca un gran bien, o trabajaba en pro de un gran objeto, se le trocaba, como un rayo de sol que entra en una tumba, en centelleante jbilo. No se le dijera entonces un abogado de estos tiempos, sino uno de aquellos trovadores que saban tallarse, hartos ya de sus propias canciones, en el mango de su guzla la empuadura de una espada. El fervor de los cruzados encenda en aquellos breves instantes de heroica dicha su alma buena; y su deleite, que le inundaba de una luz parecida a la de los astros, era solo comparable a la vasta amargura con que reconoca, a poco que en el mundo no encuentran auxilio, sino cuando convienen a algn inters que las vicia, las obras de pureza. Era de la raza selecta de los que no trabajan para el xito, sino contra l. Nunca, en esos pequeos pueblos nuestros donde los hombres se encorvan tanto, ni a cambio de provechos ni de vanaglorias cedi Juan un pice de lo que crea sagrado en l, que era su juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o por paga al servicio de ideas o personas injustas; sino que vea Juan su inteligencia como una investidura sacerdotal, que se ha de tener siempre de manera que no noten en ella la ms pequea mcula los feligreses; y se senta Juan, all en sus determinaciones de noble mozo, como un sacerdote de todos los hombres, que uno a uno tena que ir dndoles perpetua cuenta, como si fuesen sus dueos, del buen uso de su investidura. Y cuando vea que, como entre nosotros sucede con frecuencia, un hombre joven, de palabra llameante y talento privilegiado, alquilaba por la paga o por el puesto aquella insignia divina que Juan crea ver en toda superior inteligencia, volva los ojos sobre s como llamas que le quemaban, tal como si viera que el ministro de un culto, por pagarse la bebida o el juego, vendiese las imgenes de sus dioses. Estos soldados mercenarios de la inteligencia lo tachaban por eso de hipcrita, lo que aumentaba la palidez de Juan Jerez, sin arrancar de sus labios una queja. Y otros decan, con ms razn aparente--aunque no en el caso de l--, que aquella entereza de carcter no era grandemente meritoria en quien, rico desde la cuna, no haba tenido que bregar por abrirse camino, como tantos de nuestros jvenes pobres, en pueblos donde por viejas tradiciones coloniales se da a los hombres una educacin literaria, y aun esta descosida e incompleta, que no halla luego natural empleo en nuestros pases despoblados y rudimentarios, exuberantes, sin embargo, en fuerzas vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas, cuando para hacer prsperas a nuestras tierras y dignos a nuestros hombres no habra ms que educarlos de manera que pudiesen sacar provecho del suelo providsimo en que nacen. A manejar la lengua hablada y escrita les ensean, como nico modo de vivir, en pueblos en que las artes delicadas que nacen del cultivo del idioma no tienen el nmero suficiente, no ya de consumidores, de apreciadores siquiera, que recompensen, con el precio justo de estos trabajos exquisitos, la labor intelectual de nuestros espritus privilegiados. De modo que, como con el cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan naturales en los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas de una nia quincea; como en las tierras calientes y floridas, se despierta temprano el amor, que quiere casa, y lo mejor que haya en la ebanistera para amueblarla, y la seda ms joyante y la pedrera ms rica para que a todos maraville y encele su duea; como la ciudad, infecunda en nuestros pases nuevos, retiene en sus redes suntuosas a los que fuera de ella no saben ganar el pan, ni en ella tienen cmo ganarlo, a pesar de sus talentos, bien as como un pasmoso cincelador de espadas de taza, que sabra poblar stas de castellanas de larga amazona desmayadas en brazos de guerreros fuertes, y otras sutiles lindezas en plata y en oro, no halla empleo en un villorrio de gente labriega, que vive en paz, o al pual o a los puos remite el trmino de sus contiendas; como con nuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa y Norteamrica, somos en nuestros propios pases a manera de frutos sin mercado, cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, y no como su natural florecimiento, sucede que los poseedores de la inteligencia, estril entre nosotros por su mala direccin, y necesitados para subsistir de hacerla fecunda, la dedican con exceso exclusivo a los combates polticos, cuando ms nobles, produciendo as un desequilibrio entre el pas escaso y su poltica sobrada, o, apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante fuerte que les paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel por nuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestos servicios. De estas pesadumbres pblicas venan hablando el de la barba larga, el anciano de rostro triste, y Juan Jerez, cuando este, ligado desde nio por amores a su prima Luca, se entr por el zagun de baldosas de mrmol pulido espaciosas y blancas como sus pensamientos. * * * * * La bondad es la flor de la fuerza. Aquel Juan brioso, que andaba siempre escondido en las ocasiones de fama y alarde, pero visible apenas se saba de una prerrogativa de la patria desconocida o del decoro y albedro de algn hombre hollados; aquel batallador temible y spero, a quien jams se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano, las ofertas y seducciones corruptoras a que otros vociferantes de temple venal haban prestado odos; aquel que llevaba siempre en el rostro plido y enjuto como el resplandor de una luz alta y desconocida, y en los ojos el centelleo de la hoja de una espada; aquel que no vea desdicha sin que creyese deber suyo remediarla, y se miraba como un delincuente cada vez que no poda poner remedio a una desdicha; aquel amantsimo corazn, que sobre todo desamparo vaciaba su piedad inagotable, y sobre toda humildad, energa o hermosura prodigaba apasionadamente su amor, haba cedido, en su vida de libros y abstracciones, a la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretar sobre su corazn una manecita blanca. La de esta o la de aquella le importaban poco; y l, en la mujer, vea ms el smbolo de las hermosuras ideadas que un ser real. Lo que en el mundo corre con nombre de buenas fortunas, y no son, por lo comn, de una parte o de otra, ms que odiosas vilezas, haban salido, una que otra vez, al camino de aquel joven rico a cuyo rostro vena, de los adentros del alma, la irresistible belleza de un noble espritu. Pero esas buenas fortunas, que en el primer instante llenan el corazn de los efluvios trastornadores de la primavera, y dan al hombre la autoridad confiada de quien posee y conquista; esos amoros de ocasin, miel en el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda ms valiosa y ms cara, la de la propia limpieza; esos amores irregulares y sobresaltados, elegante disfraz de bajos apetitos, que se aceptan por desocupacin o vanidad, y roen luego la vida, como lceras, solo lograron en el nimo de Juan Jerez despertar el asombro de que, so pretexto o nombre de cario, vivan hombres y mujeres, sin caer muertos de odio a s mismos, en medio de tan torpes liviandades. Y no ceda a ellas, porque la repulsin que le inspiraba, cualesquiera que fuesen sus gracias, una mujer que cerca de la mesa de trabajo de su esposo o junto a la cuna de su hijo no temblaba de ofrecerlas, era mayor que las penosas satisfacciones que la complicidad con una amante liviana produce a un hombre honrado. Era la de Juan Jerez una de aquellas almas infelices que solo pueden hacer lo grande y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de los espectculos que vea en s mismo, y de los dolores y sorpresas de su espritu, unos versos extraos, adoloridos y profundos, que parecan dagas arrancadas de su propio pecho, padeca de esa necesidad de la belleza que como un marchamo ardiente, seala a los escogidos del canto. Aquella razn serena, que los problemas sociales o las pasiones comunes no oscurecan nunca, se le ofuscaba hasta hacerle llegar a la prodigalidad de s mismo, en virtud de un inmoderado agradecimiento. Haba en aquel carcter una extraa y violenta necesidad del martirio, y si por la superioridad de su alma le era difcil hallar compaeros que se la estimaran y animasen, l, necesitado de darse, que en su bien propio para nada se quera, y se vea a s mismo como una propiedad de los dems que guardaba l en depsito, se daba como un esclavo a cuantos parecan amarle y entender su delicadeza o desear su bien. * * * * * Luca, como una flor que el sol encorva sobre su tallo dbil cuando esplende en todo su fuego el medioda; que como toda naturaleza subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e impaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza verdadera, amaba lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos desalados, de los ascensos por la montaa, de las noches de tempestad y de los troncos abatidos; Luca, que, nia aun, cuando pareca que la sobremesa de personas mayores en los gratos almuerzos de domingo deba fatigarle, olvidaba los juegos de su edad, y el coger las flores del jardn, y el ver andar en parejas por el agua clara de la fuente los pececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas blandas de su ltimo sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojos brillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como guilas, que Juan reprima siempre delante de gente extraa o comn, pero dejaba salir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y de flores, apenas se senta, cual pjaro perseguido en su nido caliente, entre almas buenas que le escuchaban con amor; Luca, en quien un deseo se clavaba como en los peces se clavan los anzuelos, y de tener que renunciar a algn deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando el anzuelo se le retira queda la carne del pez; Luca que, con su encarnizado pensamiento, haba poblado el cielo que miraba, y los florales cuyas hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que lo escriba con lpices de colores, y el pavimento a que con los brazos cados sobre los de su mecedora sola quedarse mirando largamente; de aquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas partes por donde miraba le resplandeca, porque ella lo fijaba en todas partes con su voluntad y su mirada como los obreros de la fbrica de Eibar, en Espaa, embuten los hilos de plata y de oro sobre la lmina negra del hierro esmerilado; Luca, que cuando vea entrar a Juan, senta resonar en su pecho unas como arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles, unas rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo vea salir, le tenda con desdn la mano fra, colrica de que se fuese, y no poda hablarle, porque se le llenaban de lgrimas los ojos; Luca, en quien las flores de la edad escondan la lava candente que como las vetas de metales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho; Luca, que padeca de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojos de Juan Jerez, puesto que era pura, sinti una noche, una noche de su santo, en que antes de salir para el teatro se abandonaba a sus pensamientos con una mano puesta sobre el mrmol del espejo, que Juan Jerez, lisonjeado por aquella magnfica tristeza, daba un beso, largo y blando, en su otra mano. Toda la habitacin le pareci a Luca llena de flores; del cristal del espejo crey ver salir llamas; cerr los ojos, como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como si la felicidad tuviese tambin su pudor, y para que no cayese en tierra, los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo a aquel cuerpo envuelto en tules blancos, de que en aquella hora de nacimiento pareca brotar luz. Pero Juan aquella noche se acost triste, y Luca misma, que amaneci junto a la ventana en su vestido de tules, abrigados los hombros en una area nube azul, se senta, aromada como un vaso de perfumes, pero seria y recelosa.... * * * * * --Ana ma, Ana ma, aqu est Pedro Real. Mralo qu arrogante! --Arrodllate, Adela: arrodllate ahora mismo--le respondi dulcemente Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes cabellos castaos--; mientras que Juan, que vena de hacer paces con Luca refugiada en la antesala, sala a la verja del zagun a recibir al amigo de la casa. Adela se arrodill, cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Ana hizo como que le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo al odo, como quien cie un escudo o ampara de un golpe, estas palabras: --Una nia honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que no haya recibido de l tantas muestras de respeto, que nadie pueda dudar que no la solicita para su juguete. Adela se levant riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones, en el galn caballero, que del brazo de Juan vena hacia ellas, los esper de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro, pareca querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva viveza. Pedro, aturdido y ms amigo de las mariposas que de las trtolas, salud a Adela primero. Ana retuvo un instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellos derechos de seora casada que da a las jvenes la cercana de la muerte. --Aqu--le dijo--, Pedro: aqu toda esta tarde a mi lado--Quin sabe si, enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le pesaba a la pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! Quin sabe si quera solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno de aquella luz de belleza, se lastimase las alas! Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba, resplandeca. Y aunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estaba brillando aquella tarde, alrededor de Ana se vea una claridad de estrella. Corran arroyos dulces por los corazones cuando estaba en presencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparca por los adentros del alma, como la luz de la maana por los campos verdes, dejaba en el espritu una grata intranquilidad, como de quien ha entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo, aquellas musicales claridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar a quien lo hace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablaba aquella dulce Ana, purificaba. Pedro era bueno, y comenz a alabarle, no el rostro, iluminado ya por aquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a las almas vulgares, sino el ajuar de nio a que estaba poniendo Ana las ltimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosa, y armaba lazos, y los probaba en diferentes lados del gorro de recin nacido: Adela sbitamente se haba convertido en una gran trabajadora. Ya no saltaba de un lugar a otro, como cuando juntas conversaban haca un rato ella, Ana y Luca, sino que haba puesto su silla muy junto a la de Ana. Y ella tambin, iba a estar sentada al lado de Ana toda la tarde. En sus mejillas plidas, haba dos puntos encendidos que ganaban en viveza a las cintas del gorro, y realzaban la mirada impaciente de sus ojos brillantes y atrevidos. Se le desprenda el cabello inquieto, como si quisiese, libre de redes, soltarse en ondas libres por la espalda. En los movimientos nerviosos de su cabeza, dos o tres hojas de la rosa encarnada que llevaba prendida en el peinado, cayeron al suelo. Pedro las vea caer. Adela, locuaz y voluble, ya andaba en la canastilla, ya revolva en la falda de Ana los adornos del gorro, ya coga como til el que acababa de desechar con un mohn de impaciencia, ya sacuda y ergua un momento la ligera cabeza, fina y rebelde, como la de un potro indmito. Sobre las losas de mrmol blanco se destacaban, como gotas de sangre, las hojas de rosa. Se hablaba de aquellas cosas banales de que conversan en estas tertulias de domingo, la gente joven de nuestros pases. El tenor, oh el tenor! haba estado admirable. Ella se mora por las voces del tenor. Es un papel encantador el de Francisco I. Pero la seora de Ramrez, cmo haba tenido el valor de ir vestida con los colores del partido que fusil a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partido contrario, que firm como auditor en el proceso del seor Ramrez. Es muy buen mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la seora Ramrez ha gastado mucho, ya no es tan rica como antes; tuvo a siete bordadoras empleadas un mes en bordarle de oro el vestido de terciopelo negro que llev a _Rigoletto_, era muy pesado el vestido. Oh! Y Teresa Luz? lindsima, Teresa Luz: bueno, la boca, s, la boca no es perfecta, los labios son demasiado finos; ah, los ojos! bueno, los ojos son un poco fros, no calientan, no penetran: pero qu vaguedad tan dulce; hacen pensar en las espumas de la mar. Y, cmo persigue a Mara Vargas ese caballerete que ha venido de Pars, con sus versos copiados de Franois Coppee, y su poltica de alquiler, que vino, sirviendo a la oposicin y ya est poco menos que con el Gobierno! El padre de Mara Vargas va a ser Ministro y l quiere ser diputado. Elegante s es. El peinado es ridculo, con la raya en mitad de la cabeza y la frente escondida bajo las ondas. Ni a las mujeres est bien eso de cubrirse la frente, donde est la luz del rostro. Que el cabello la sombree un poco con sus ondas naturales; pero a qu cubrir la frente, espejo donde los amantes se asoman a ver su propia alma, tabla de mrmol blanco donde se firman las promesas puras, nido de las manos lastimadas en los afanes de la vida? Cuando se padece mucho, no se desea un beso en los labios sino en la frente. Y ese mismo poetn lo dijo muy bien el otro da en sus versos A una nia muerta, era algo as como esto: las rosas del alma suben a las mejillas; las estrellas del alma, a la frente. Hay algo de tenebroso y de inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela, no, a usted le est encantadora esa selva de ricitos: as pintaban en los cuadros de antes a los cupidos revoloteando sobre la frente de las diosas. No, Adela, no le hagas caso: esas frentes cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensan unas cosas, que las mujeres se cubren la frente de miedo de que se las vean. Oh, no, Ana: qu han de pensar ustedes ms que jazmines y claveles? Pues que no, Pedro: rompa usted las frentes, y ver dentro, en unos tiestitos que parecen bocas abiertas, unas plantas secas, que dan unas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba as ennobleciendo la conversacin, porque Dios le haba dado el privilegio de las flores: el de perfumar. Adela, silenciosa haca un momento, alz la cabeza y mantuvo algn tiempo los ojos fijos delante de s, viendo como el perfil cltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se destacaba, a la luz sana de la tarde, sobre el zcalo de mrmol que revesta una de las anchas columnas del corredor de la casa. Baj la cabeza, y a este movimiento, se desprendi de ella la rosa encarnada, que cay deshacindose a los pies de Pedro. * * * * * Juan y Luca aparecieron por el corredor, ella como arrepentida y sumisa, l como siempre, sereno y bondadoso. Hermosa era la pareja, tal como se venan lentamente acercando al grupo de sus amigas en el patio. Altos los dos, Luca, ms de lo que sentaba a sus aos y sexo, Juan, de aquella elevada estatura, realzada por las proporciones de las formas, que en s misma lleva algo de espritu, y parece dispuesta por la naturaleza al herosmo y al triunfo. Y all, en la penumbra del corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de su brazo, aunque un poco a su zaga, vena Luca, en la frente de l, vasta y blanca, pareca que se abra una rosa de plata: y de la de Luca se vean solo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes, como dos amenazas. --Est Ana imprudente--dijo Juan con su voz de caricia--: cmo no tiene miedo a este aire del crepsculo? --Pero si es ya el mo natural, Juan querido! Vamos, Pedro: deme el brazo. --Pero pronto, Pedro, que esta es la hora en que los aromas suben de las flores, y si no la haces presa, se nos escapa. --Este Juan bueno! No es verdad, Juan, que Luca es una loca? Ya Adela y Pedro me estn al lado cuchicheando, de apetito. Vamos, pues, que a esta hora la gente dichosa tiene deseo de tomar el chocolate. El chocolate fragante les esperaba, servido en una mesa de nix, en la linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre los jvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor, con dos caballeros de edad, discuta las cosas pblicas el buen to de Luca y Ana, caballero de gorro de seda y pantuflas bordadas. La abuelita de la casa, la madre del seor to, no sala ya de su alcoba, donde recordaba y rezaba. * * * * * La antesala era linda y pequea, como que se tiene que ser pequeo para ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos en un ramo del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipn simuladas en bronce, caa sobre la mesa de nix la claridad anaranjada y suave de la lmpara de luz elctrica incandescente. No haba ms asientos que pequeas mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento de mosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya, tena la inscripcin Salve en el umbral, estaba lleno de banquetas revueltas, como de habitacin en que se vive: porque las habitaciones se han de tener lindas, no para ensearlas, por vanidad, a las visitas, sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo bello. Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el alma, todo, libros y cuadros, negocios y afectos, aun en nuestros pases azules! Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor, ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra, objetos bellos, que la coloreen y la disipen. Linda era la antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas de flores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble liso dorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini, grabados en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entre cada dos grupos de ellos, un estantillo de bano, lleno de libros, no ms ancho que los cuadros, ni ms alto ni bajo que el grupo. En la mitad del testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbelta columna de mrmol negro sustentaba un areo busto de la Mignon de Goethe, en mrmol blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de Tokio, de ramazones azules, Ana pona siempre mazos de jazmines y de lirios. Una vez la traviesa Adela haba colgado al cuello de Mignon una guirnalda de claveles encarnados. En este testero no haba libros, ni cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la triste nia, y distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Y en las esquinas de la habitacin, en caballetes negros, sin ornamentos dorados, ostentaban su rica encuadernacin cuatro grandes volmenes: _El Cuervo_ de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatdico, con lminas de Gustavo Dor, que se llevan la mente por los espacios vagos en alas de caballos sin freno: el _Rubaiyat_ el poema persa, el poema del vino moderado y las rosas frescas, con los dibujos apodcticos del norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito, empastado en seda lila, de _Las Noches_, de Alfredo de Musset; y un _Wilhelm Meister_ el libro de Mignon, cuya pasta original, recargada de arabescos insignificantes, haba hecho reemplazar Juan, en Pars, por una de tafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claros como el alma de la nia, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas, porque no hubo en aquella vaporosa vida; palos, como sus sueos; y un rub grande y saliente, como su corazn hinchado y roto. En aquel singular regalo a Luca, gast Juan sus ganancias de un ao. Por los bajos de la pared, y a manera de sillas, haba, en trpodes de bano, pequeos vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo y escaso rojo. Las paredes, pintadas al leo, con guirnaldas de flores, eran blancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo influy Juan, una impresin de fe y de luz. * * * * * Y all se sentaron los cinco jvenes, a gustar en sus tazas de coco el rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa. No tena mucho azcar, ni era espeso. Para gente mayor, el chocolate espeso! Adela, caprichosa, peda para s la taza que tuviese ms espuma. --Esta, Adela--le dijo Juan, poniendo ante ella, antes de sentarse, una de las tazas de coco negro, en la que la espuma herva tornasolada. --Malvado!--le dijo Adela, mientras que todos rean--; me has dado la de la ardilla! Eran unas tazas, extraas tambin, en que Juan, amigo de cosas, patrias, haba sabido hacer que el artfice combinara la novedad y el arte. Las tazas eran de esos coquillos negros de valo perfecto, que los indgenas realzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas stas como su condicin, y aquellas pomposas, atrevidas y extraas, muy llenas de alas y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que la conquista hundi en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillos negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajados en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trpode de plata, formada por un atributo de algn ave o fiera de Amrica, y las dos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata tambin, del animal simbolizado en la trpode. En tres colas de ardilla se asentaba la taza de Adela, y a su chocolate se asomaban las dos ardillas, como a un mar de nueces. Dos quetzales altivos, dos quetzales de cola de tres plumas, larga la del centro como una flecha verde, se asan a los bordes de la taza de Ana: el quetzal noble, que cuando cae cautivo o ve rota la pluma larga de su cola, muere! Las asas de la taza de Luca eran dos pumas elsticos y fieros, en la opuesta colocacin dedos enemigos que se acechan: descansaba sobre tres garras de puma, el len americano. Dos guilas eran las asas de la de Juan; y la de Pedro, la del buen mozo Pedro, dos monos capuchinos. * * * * * Juan quera a Pedro, como los espritus fuertes quieren a los dbiles, y como, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual forma suavsima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo es. Los hombres austeros tienen en la compaa momentnea de esos pisaverdes alocados el mismo gnero de placer que las damas de familia que asisten de tapadillo a un baile de mscaras. Hay cierto espritu de independencia en el pecado, que lo hace simptico cuando no es excesivo. Pocas son por el mundo las criaturas que, hallndose con las encas provistas de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un placer ms profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos. Pues, para qu es la dentadura, se dicen los ms; sobre todo cuando la tienen buena, sino para lucirla, y triturar los manjares que se lleguen a la boca? Y Pedro era de los que lucan la dentadura. Incapaz, tal vez, de causar mal en conciencia, el dao estaba en que l no saba cuando causaba mal, o en que, siendo la satisfaccin de un deseo, l no vea en ella mal alguno, sino que toda hermosura, por serlo, le pareca de l, y en su propia belleza, la belleza funesta de un hombre perezoso y adocenado, vea como un ttulo natural, ttulo de len, sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son sus bellas criaturas. Pedro tena en los ojos aquel inquieto centelleo que subyuga y convida: en actos y palabras, la insolente firmeza que da la costumbre de la victoria, y en su misma arrogancia tal olvido de que la tena, que era la mayor perfeccin y el ms temible encanto de ella. Viajero afortunado; con el caudal ya corto de su madre, por tierras de afuera, perdi en ellas, donde son pecadillos las que a nosotros nos parecen con justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer sin el que, por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lcito gozar, puesto que no le es lcito creer en el amor de la ms limpia criatura. Todos aquellos placeres que no vienen derechamente y en razn de los afectos legtimos, aunque sean champaa de la vanidad, son acbar de la memoria. Eso en los ms honrados, que en los que no lo son, de tanto andar entre frutas estrujadas, llegan a enviciarse los ojos de manera que no tienen ms arte ni placer que los de estrujar frutas. Solo Ana, de cuantas jvenes haba conocido a su vuelta de las malas tierras de afuera, le haba inspirado, aun antes de su enfermedad, un respeto que en sus horas de reposo sola trocarse en un pensamiento persistente y blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jams hubiera puesto a aquel turbulento mancebo de seor de su alma apacible, como un palacio de ncar; pero que, por esa fatal perversin que atrae a los espritus desemejantes, no haba visto sin un doloroso inters y una turbacin primaveral, aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta por la naturaleza como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunos cantantes transportar a inefables deliquios y etreas esferas a sus oyentes, con la expresin en notas querellosas y cristalinas, blancas como las palomas o agudas como puales, de pasiones que sus espritus burdos son incapaces de entender ni de sentir. Quin no ha visto romper en actos y palabras brutales contra su delicada mujer a un tenor que acababa de cantar, con sobrehumano poder, el Spirto Gentil de la _Favorita_? Tal la hermosura sobre las almas escasas. Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, por aquella benignidad de los espritus superiores, por aquella aficin a lo pintoresco de las imaginaciones poticas, y por lazos de nio, que no se rompen sin gran dolor del corazn, Juan quera a Pedro. Hablaban de las ltimas modas, de que en Pars se rehabilita el color verde, de que en Pars, deca Pedro, nada ms se vive. --Pues yo no--deca Ana--. Cuando Luca sea ya seora formal, adonde vamos los tres es a Italia y a Espaa: verdad, Juan? --Verdad, Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto. A Granada, donde el hombre logr lo que no ha logrado en pueblo alguno de la tierra: cincelar en las piedras sus sueos; a Npoles, donde el alma se siente contenta, como si hubiera llegado a su trmino. T no querrs, Luca? --Yo no quiero que t veas nada, Juan. Yo te har en ese cuarto la Alhambra, y en este patio Npoles; y tapiar las puertas, y as viajaremos! Rieron todos; pero Adela ya haba echado camino de Pars, quin sabe con qu compaero, los deseos alegres. Ella quera saberlo todo, no de aquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa, leyendo libros buenos, despus de curiosear discretamente por entre las novedades francesas, y estudiar con empeo tanta riqueza artstica como Pars encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que en Pars generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempre adolorido; la vida de las heronas de teatro, de las gentes que se ensean, damas que enloquecen, de los nababs que deslumbran con el prdigo empleo de su fortuna. Y mientras que Juan, generoso, dando suelta al espritu impaciente, sacaba ante los ojos de Luca, para que se le fuese aquietando el carcter, y se preparaba a acompaarle por el viaje de la existencia, las interioridades luminosas de su alma peculiar y excelsa, y deca cosas que, por la nobleza que enseaban o la felicidad que prometan, hacan asomar lgrimas de ternura y de piedad a los ojos de Ana-Adela y Pedro, en plena Francia, iban y venan, como del brazo, por bosques y bulevares. La Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es la ms bonita de Pars. En las carreras es donde se lucen los mejores vestidos. Qu linda estara Adela, en el pescante de un coche de carreras, con un vestido de tila muy suave, adornado con pasamanera de plata! Ah, y con un gua como Pedro, que conoca tan bien la ciudad, qu pronto no se estara al corriente de todo! All no se vive con estas trabas de aqu, donde todo es malo! La mujer es aqu una esclava disfrazada: all es donde es la reina. Eso es Pars ahora: el reinado de la mujer. Ac, todo es pecado: si se sale, si se entra, si se da el brazo a un amigo, si se lee un libro ameno. Pero esa es una falta de respeto, eso es ir contra las obras de la naturaleza! Porque una flor nace en un vaso de Sevres, se la ha de privar del aire y de la luz? Porque la mujer nace ms hermosa que el hombre, se le ha de oprimir el pensamiento, y so pretexto de un recato gazmoo, obligarla a que viva, escondiendo sus impresiones, como un ladrn esconde su tesoro en una cueva? Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres ms lindas de Pars son las sudamericanas. Oh, no habra en Pars otra tan chispeante como ella!. --Vea, Pedro--interrumpi a este punto Ana, con aquella sonrisa suya que haca ms eficaces sus reproches--, djeme quieta a Adela. Usted sabe que yo pinto, verdad? --Pinta unos cuadritos que parecen msica; todos llenos de una luz que sube; con muchos ngeles y serafines. Por qu no nos enseas el ltimo, Ana ma? Es lindsimo, Pedro, y sumamente extrao. --Adela, Adela! --De veras que es muy extrao. Es como en una esquina de jardn y el ciclo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen mozo... vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos asombrado. Acaba de romper un lirio, que ha cado a sus pies, y le han quedado las manos manchadas de sangre. --Qu le parece, Pedro, de mi cuadro? --Un xito seguro. Yo conoc en Pars a un pintor de Mxico, un Manuel Ocaranza, que haca cosas como esas. --Entre los caballeros que rompen o manchan lirios quisiera yo que tuviese xito mi cuadro. Quin pintara de veras, y no hiciera esos borrones mos! Pedro: borrn y todo, en cuanto me ponga mejor, voy a hacer una copia para usted. --Para m! Juan, por qu no es este el tiempo en que no era mal visto que los caballeros besasen la mano a las damas? --Para usted, pero a condicin de que lo ponga en un lugar tan visible que por todas partes le salte a los ojos. Y por qu estamos hablando ahora de mis obras maestras? Ah! porque usted me le hablaba a Adela mucho de Pars. Otro cuadro voy a empezar en cuanto me ponga buena! Sobre una colina voy a pintar un monstruo sentado. Pondr la luna en cenit, para que caiga de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permita simular con lneas de luz en las partes salientes los edificios de Pars ms famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por el contraste del perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo, con cabeza de mujer, estar devorando rosas. All por un rincn se vern jvenes flacas y desmelenadas que huyen, con las tnicas rotas, levantando las manos al cielo. --Luca--dijo Juan reprimiendo mal las lgrimas, al odo de su prima, siempre absorta--: y que esta pobre Ana se nos muera! Pedro no hallaba palabras oportunas, sino aquella confusin y malestar que la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en la compaa ntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra, a manera de visin, extinguindose plcidamente, con la feliz capacidad de adivinar las cosas puras, sobrehumanas, y la hermosa indignacin por la batalla de apetitos feroces en que se consume, la tierra. --De fieras, yo conozco dos clases--deca una vez Ana--: una se viste de pieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se viste de trajes elegantes, come animales y almas y anda sobre una sombrilla o un bastn. No somos ms que fieras reformadas. Aquella Ana, cuando estaba en la intimidad, sola decir de estas cosas singulares. Dnde haba sufrido tanto la pobre nia salida apenas del crculo de su casa venturosa, que as haba aprendido a conocer y perdonar? Se vive antes de vivir? O las estrellas, ganosas de hacer un viaje de recreo por la tierra, suelen por algn tiempo alojarse en un cuerpo humano? Ay! por eso duran tan poco los cuerpos en que se alojan las estrellas. * * * * * --Conque Ana pinta, y _La Revista de Artes_ est buscando cuadros de autores del pas que dar a conocer, y este Juan pecador no ha hecho ya publicar esas maravillas en _La Revista_? --Esta Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la queramos sacar a luz. Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los juzgue bastante acabados para resistir la crtica. Pero la verdad es, Ana, que Pedro Real tiene razn. --Razn, Pedro Real?--dijo Ana con una risa cristalina, de madre generosa--. No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que no son absolutamente necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacer enteramente bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras en lo hondo de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, me quedan luego en la tela tan contrahechas y duras que creo que mis visiones me van a castigar, y me regaan, y toman mis pinceles de la caja, y a m de una oreja, y me llevan delante del cuadro para que vea cmo borran colricas la mala pintura que hice de ellas. Y luego, qu he de saber yo, sin ms dibujo que el que me ense el seor Mazuchell, ni ms colores que estos tan plidos que saco de m misma? Segua Luca con ojos inquietos la fisonoma de Juan, profundamente interesado en lo que, en uno de esos momentos de explicacin de s mismos que gustan de tener los que llevan algo en s y se sienten morir, iba diciendo Ana. Qu Juan aquel, que la tena al lado, y pensaba en otra cosa! Ana, s, Ana era muy buena; pero qu derecho tena Juan a olvidarse tanto de Luca, y estando a su lado, poner tanta atencin en las rarezas de Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella deba ser su nico pensamiento. Y apretaba sus labios; se le encendan de pronto, como de un vuelco de la sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente en el dedo ndice de la mano izquierda un finsimo pauelo de batista y encaje. Y lo enroll tanto y tanto, y lo desenrollaba con tal violencia, que yendo rpidamente de una mano a la otra, el lindo pauelo pareca una vbora, una de esas vboras blancas que se ven en la costa yucateca. --Pero no es por eso por lo que no enseo yo a nadie mis cuadritos--sigui Ana--; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o me entristezco como una loca, sin saber por qu: salto de contento, yo que no puedo saltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he dado a unos ojos, o a la trtola viuda que pint el mes pasado, la expresin que yo quera; y si pinto una desdicha, me parece que es de veras, y me paso horas enteras mirndola, o me enojo conmigo misma si es de aquellas que yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mas que t conoces, Juan, _La madre sin hijo_ y el hombre que se muere en un silln, mirando en la chimenea el fuego apagado: _El hombre sin amor_. No se ra, Pedro, de esta coleccin de extravagancias. Ni diga que estos asuntos son para personas mayores; las enfermas son como unas viejitas, y tienen derecho a esos atrevimientos. --Pero, cmo--le dijo Pedro subyugado--, no han de tener sus cuadros todo el encanto y el color de palo de su alma? --Oh! oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto ser lisonjero. La lisonja en la conversacin, Pedro, es ya como la Arcadia en la pintura: cosa de principiantes! --Pero, por qu decas, puso aqu Juan, que no queras exhibir tus cuadros? --Porque como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en ellos tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma misma, y me da vergenza de que me la vean, y me parece que he pecado con atreverme a asuntos que estn mejor para nube que para colores, y como solo yo s cunta paloma arrulla, y cunta violeta se abre, y cunta estrella lucen lo que pinto; como yo sola siento cmo me duele el corazn, o se me llena todo el pecho de lgrimas o me laten las sienes, como si me las azotasen alas, cuando estoy pintando; como nadie ms que yo sabe que esos pedazos de lienzo, por desdichados que me salgan, son pedazos de entraas mas en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejor que hay en m, me da como una soberbia de pensar que si los enseo en pblico, uno de esos crticos sabios o cabalierines presuntuosos me diga, por lucir un nombre recin aprendido de pintor extranjero, o una linda frase, que esto que yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a mi cuadrito _Flores vivas_, que he descargado sobre l una escopeta llena de colores! Te acuerdas? como si no supiera yo que cada flor de aquellas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres o cuatro personas de un mismo carcter, antes de simbolizar el carcter en una flor; como si no supiese yo quin es aquella rosa roja, altiva, con sombras negras, que se levanta por sobre todas las dems en su tallo sin hojas, y aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese a hacerse pjaro y a tender a l las alas, y aquel aguinaldo lindo que trepa humildemente, como un nio castigado, por el tallo de la rosa roja. Malos! escopeta cargada de colores! --Ana: yo s que te recogera a ti, con tu raz, como una flor, y en aquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir, te tendra perpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma. --Juan--dijo Luca, como a la vez contenindose y levantndose--: quieres venir a or el M'odi tu que me trajiste el sbado? No lo has odo todava! --Ah! y a propsito, no saben ustedes--dijo Pedro como ponindose ya en pie para despedirse--, que la cabeza ideal que ha publicado en su ltimo nmero _La Revista de Artes_.... --Qu cabeza?--pregunt Luca--una que parece de una virgen de Rafael, pero con ojos americanos, con un talle que parece el cliz de un lirio? --Esa misma, Luca: pues no es una cabeza ideal, sino la de una nia que va a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es un pasmo de hermosura: es la cabeza de Leonor del Valle. Se puso en pie Luca con un movimiento que pareci un salto; y Juan alz del suelo, para devolvrselo, el pauelo, roto. * * * * * Captulo II Como veinte aos antes de la historia que vamos narrando, llegaron a la ciudad donde sucedi, un caballero de mediana edad y su esposa, nacidos ambos en Espaa, de donde, en fuerza de cierta indmita condicin del honrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las gentes del poder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidi al fin salir el seor don Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento su humilde mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tena, por moverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman all al polica, encima; y porque, a consecuencia de querer la libertad limpia y para buenos fines, se qued con tan pocos amigos entre los mismos que parecan defenderla, y lo miraban como a un celador enojoso, que esto ms le ayud a determinar, de un golpe de cabeza, venir a las Repblicas de Amrica, imaginando, que donde no haba reina liviana, no habra gente oprimida, ni aquella trabilla de cortesanos perezosos y aduladores, que a don Manuel le parecan vergenza rematada de su especie, y, por ser hombre l, como un pecado propio. Era de no acabar de orle, y tenerle que rogar que se calmase, cuando con aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buena cerrazn de truenos y relmpagos y unas amenazas grandes como torres, los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando ligerezas ajenas queran hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o tal historia de un capitn de guardias, que pareci bien en la corte con su ruda belleza de montas y su cabello abundante y alborotado, y apenas entrevi su buena fortuna tom prestados unos dineros, con que enrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestir de pao bueno, y en lo del calzador comprarse unos botitos, con que estar galn en la hora en que deba ir a palacio, donde al volver el capitn con estas donosuras, pareci tan feo y presumido que en poco estuvo que perdiese algo ms que la capitana. Y de unas jiras, o fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, as como de ciertas cenas en la fonda de un francs, que cuando contaba de ellas no poda estar sentado; y daba con el puo sobre la mesa que le andaba cerca, como para acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abra cuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen caballero espaol, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberle dado riendas en tierra que al fin no era la suya, vena siempre a parar en que don Manuel tocase en la guitarra que se haba trado cuando el viaje, con una ternura que sola humedecer los ojos suyos y los ajenos, unas serenatas de su propia msica, que ms que de la rondalla aragonesa que le serva como de arranque y _ritornello_, tena de desesperada cancin de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un duro castellano, en un castillo, all tras de los mares, que el trovador no haba de ver jams. En esos das la linda doa Andrea, cuyas largas trenzas de color castao eran la envidia de cuantas se las conocan, extremaba unas pocas habilidades de cocina, que se trajo de Espaa, adivinando que complacera con ellas ms tarde a su marido. Y cuando en el cuarto de los libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba don Manuel, sacudindose ms que echndose sobre uno y otro hombro alternativamente los cabos de la capa que so pretexto de fro se quitaba raras veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, con su cuerpo elegante y modesto, la buena seora doa Andrea, poniendo mano en un pisto manchego, o aderezando unas farinetas de Salamanca que a escondidas haba pedido a sus parientes en Espaa, o preparando, con ms voluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababan de calmar las iras del republicano, jams dijo mal don Manuel del Valle, aun cuando en sus adentros reconociese que algo se haba quemado all, o sufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o entrambos. Fuera de la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedras negras parece que sale luz de astro! Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos que fueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos ni escasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por el mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agona a las gentes de talento menesterosas, con tal que stas se presten a ayudar con sus habilidades el xito de las tramas con que aquellos promueven y sustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, est hoy viviendo la gente con tantas maas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado. En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el pas, escribi el seor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta, sus azotainas contra las monarquas y vilezas que engendra, y sus himnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, de que los campos nuevos y los altos montes y los anchos ros de esta linda Amrica, parecen natural sustento. Mas a poco de esto, haca veinticinco aos a la fecha de nuestra historia tales cosas iba viendo nuestro seor don Manuel que volvi a tomar la capa, que por intil haba colgado en el rincn ms hondo del armario, y cada da se fue callando ms, y escribiendo menos, y arrebujndose mejor en ella, hasta que guard las plumas, y muy apegado ya a la clemente temperatura del pas y al dulce trato de sus hijos para pensar en abandonarlo, determin abrir escuela; si bien no introdujo en el arte de ensear, por no ser aun este muy sabido tampoco en Espaa, novedad alguna que acomodase mejor a la educacin de los hispanoamericanos fciles y ardientes, que los torpes mtodos en uso, ello es que con su Iturzaeta y su Aritmtica de Krger y su Dibujo Lineal, y unas encendidas lecciones de Historia, de que sala bufando y escapando Felipe Segundo como comido de llamas, el seor Valle sac una generacin de discpulos, un tanto romnticos y dados a lo maravilloso, pero que fueron a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los gobiernos tirnicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las de poner en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el seor don Manuel de ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar en manos de los guindillas americanos en estas mismsimas Repblicas de Amrica. A la fecha de nuestra historia, haca ya unos veinticinco aos de esto. Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba ao sin que los discpulos tuviesen ocasin de celebrar, cul con una gallina, cul con un par de pichones, cul con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo de la casa. --Y qu ha sido, don Manuel? Algn Aristogitn que haya de librar a la patria del tirano? --Calle usted, paisano, calle usted; un malakoff ms!--Malakoff, llamaban entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo que en llano se ha llamado siempre miriaque o crinolina. Y don Manuel quera mucho a sus hijos, y se prometa vivir cuanto pudiese para ellos; pero le andaba desde haca algn tiempo por el lado izquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba de verdad, como una cestita de llamas que estuviera all encendida, de da y de noche, y no se apagase nunca. Y como cuando la cestita le quemaba con ms fuerza senta l un poco paralizado el brazo del corazn, y todo el cuerpo vibrante como las cuerdas de un violn, y despus de eso le venan de pronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por tierra, que le ponan muy triste, aquel buen don Manuel no vea sin susto cmo le iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte haban de ser ms un estorbo que una ayuda para esa pobre Andrea, que es mujer muy seora y bonaza, pero para poco, para poco!. * * * * * Cinco hijas lleg a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas le haba nacido un hijo, que desde nio empez a dar seales de ser alma de pro. Tena gustos raros y bravura desmedida, no tanto para lidiar con sus compaeros, aunque no rehua la lidia en casos necesarios, como para afrontar situaciones difciles, que requeran algo ms que la fiereza de la sangre o la presteza de los puos. Una vez, con unos cuantos compaeros suyos, public en el colegio un periodiqun manuscrito, y por supuesto revolucionario, contra cierto pedante profesor que prohiba a sus alumnos argumentarles sobre los puntos que les enseaba; y como un colegial aficionado al lpiz pintase de pavo real a este maestrazo, en una lmina repartida con el periodiqun, y don Manuel, en vista de la queja del pavo real, amenazara en sala plena con expulsar del colegio en consejo de disciplina al autor de la descortesa, aunque fuese su propio hijo, el gentil Manuelillo, digno primognito del egregio varn, quiso quitar de sus compaeros toda culpa, y echarla entera sobre s; y levantndose de su asiento, dijo, con gran perplejidad del pobre don Manuel, y murmullos de admiracin de la asamblea: --Pues, seor Director: yo solo he sido. Y pasaba las noches en claro, luego que se le extingua la vela escasa que le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a caminar, con las _Empresas_ de Saavedra Fajardo bajo el brazo, por las calles umbrosas de la Alameda, y creyndose a veces nueva encarnacin de las grandes figuras de la historia, cuyos grmenes le pareca sentir en s, y otras desesperando de hacer cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompa a llorar, de desesperacin y de ternura. O se iba de noche a la orilla de la mar, a que le salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban del agua salada al reventar contra las rocas. Lea cuanto libro le caa a la mano. Montaba en cuanto caballo vea a su alcance: y mejor si lo hallaba en pelo; y si haba que saltar una cerca mejor. En una noche se aprenda los libros que en todo el ao escolar no podan a veces dominar sus compaeros; y aunque la Historia Natural y la Universal y cuanto aadiese algo til a su saber y le estimulase el juicio y la verba, eran sus materias preferidas, a pocas ojeadas penetraba el sentido de la ms negra leccin de lgebra, tanto que su maestro, un ingeniero muy mentado y brusco, le ofreci ensearle, en premio de su aplicacin, la manera de calcular lo infinitsimo. Escriba Manuelillo, en semejanza de lo que estaba en boga entonces, unas letrillas y artculos de costumbres que ya mostraban a un enamorado de la buena lengua; pero a poco se solt por natural empuje, con vuelos suyos propios, y empez a enderezar a los gobernantes que no dirigen honradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindrico, y recibidas con tal favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta que tramaron contra el Gobierno unos patricios que andaban muy solos, pues llevaban consigo la buena doctrina, fue hecho preso don Manuelillo, quien en verdad tena en la sangre el microbio sedicioso; y bien que tuvieron que empearse los amigos pudientes de don Manuel para que en gracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien su padre, rindole con los labios, en que le temblaban los bigotes, como los rboles cuando va a caer la lluvia, y aprobndole con el corazn, envi a seguir, en lo que cometi grandsimo error, estudios de Derecho en la Universidad de Salamanca, ms desfavorecida que otras de Espaa, y no muy gloriosa ahora, pero donde tena la angustiada doa Andrea los buenos parientes que le enviaban las farinetas. Se fue el de las odas en un bergantn que haba venido cargado de vinos de Cdiz; y sentadito en la popa del barco, fijaba en la costa de su patria los ojos anegados de tan triste manera, que a pesar del guila nueva que llevaba en el alma, le pareca que iba todo muerto y sin capacidad de resurreccin y que era l como un rbol prendido a aquella costa por las races, al que el buque llevaba atado por las ramas pujando mar afuera, de modo que sin races se quedaba el rbol, si lograba arrancarlo de la costa la fuerza del buque, y mora: o como el tronco no poda resistir aquella tirantez, se quebrara al fin, y mora tambin; pero lo que don Manuelillo vea claro, era que mora de todos modos. Lo cual, ay! fue verdad, cuatro aos ms tarde, cuando de Salamanca haba hallado aquel nio manera de pasar, como ayo en la casa de un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se muri de unas fiebres enemigas, que le empezaron con grandes aturdimientos de cabeza, y unas visiones dolorosas y tenaces que l mismo describa en su cama revuelta, de delirante, con palabras fogosas y desencajadas, que parecan una caja de joyas rotas; y sobre todo, una visin que tena siempre delante de los ojos, y crea que se le vena encima, y le echaba un aire encendido en la frente, y se iba de mal humor, y se volva a l de lejos, llamndole con muchos brazos: la visin de una palma en llamas. En su tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de palmas. * * * * * No muri don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bien pudo ser; sino que dos aos antes, y sin que Manuelillo lo supiese, se sent un da en su silln, muy envuelto en su capa, y con la guitarra al lado, como si sintiese en el alma unas muy dulces msicas, a la vez que un frescor hmedo y sabroso, que no era el de todos los das, sino mucho ms grato. Doa Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y, lo miraba con los ojos secos, y crecidos, y le tena las manos. Dos hijas lloraban abrazadas en un rincn: la mayor, ms valiente, le acariciaba con la mano los cabellos, o lo entretena con frases zalameras, mientras le preparaba una bebida; de pronto, desasindose bruscamente de las manos de doa Andrea, abri don Manuel los brazos y los labios como buscando aire; los cerr violentamente alrededor de la cabeza de doa Andrea, a quien bes en la frente con un beso frentico; se irgui como si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cay sobre el respaldo del asiento, estremecindosele el cuerpo horrendamente, como cuando en tormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta al muelle; se le llen de sangre todo el rostro, como si en lo interior del cuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco, y sonriendo, con la mano casualmente cada sobre el mango de su guitarra, qued muerto. Pero nunca se lo quiso decir doa Andrea a Manuelillo, a quien contaban que el padre no escriba porque sufra de reumatismo en las manos, para que no le entrase el miedo por las angustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas, interrumpiendo antes de tiempo sus estudios. Y era tambin que doa Andrea conoca que su pobre hijo haba nacido comido de aquellas ansias de redencin y evanglica quijotera que le haban enfermado el corazn al padre, y acelerado su muerte, y como en la tierra en que vivan haba tanto que redimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que poner derecho, vea la buena Madre, con espanto, la hora de que su hijo volviese a su patria, cuya hora, en su pensar, sera la del sacrificio de Manuelillo. --Ay!--deca doa Andrea--, una vez que un amigo, de la casa le hablaba con esperanzas del porvenir del hijo. l ser infeliz, y nos har aun ms infelices sin quererlo. l quiere mucho a los dems, y muy poco a s mismo. l no sabe hacer vctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque de todos modos, por desdicha de doa Andrea, Manuelillo haba partido de la tierra antes de volver a ver la suya propia, detrs de la palma encendida! Quin que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma cada, no piensa en las viudas? A don Manuel no le haban bastado las fuerzas, y en tierra extraa esto haba sido mucho, ms que para ir cubriendo decorosamente con los productos de su trabajo las necesidades domsticas. Ya el ayudar a Manuelillo a mantenerse en Espaa le haba puesto en muy grandes apuros. Estos tiempos nuestros estn desquiciados, y con el derrumbe de las antiguas vallas sociales y las finezas de la educacin, ha venido a crearse una nueva y vastsima clase de aristcratas de la inteligencia, con todas las necesidades de parecer y gustos ricos que de ella vienen, sin que haya habido tiempo aun, en lo rpido del vuelco, para que el cambio en la organizacin y repartimiento de las fortunas corresponda a la brusca alteracin en las relaciones sociales, producidas por las libertades polticas y la vulgarizacin de los conocimientos. Una hacienda ordenada es el fondo de la felicidad universal. Y bsquese en los pueblos, en las casas, en el amor mismo ms acendrado y seguro, la causa de tantos trastornos y rupturas, que los oscurecen y afean, cuando no son causa del apartamiento, o de la muerte, que es otra forma de l: la hacienda es el estmago de la felicidad. Maridos, amantes, personas que aun tenis que vivir y anhelis prosperar: organizad bien vuestra hacienda! De este desequilibrio, casi universal hoy, padeca la casa de don Manuel, obligado con sus medios de hombre pobre a mantenerse, aunque sin ostentacin ni despilfarro, como caballero rico. Ni quin se niega, si los quiere bien, a que sus hijos brillantes e inteligentes, aprendan esas cosas de arte, el dibujar, el pintar, el tocar piano, que alegran tanto la casa, y elevan, si son bien comprendidas y caen en buena tierra, el carcter de quien las posee, esas cosas de arte que apenas hace un siglo eran todava propiedad casi exclusiva de reinas y princesas? Quin que ve a sus pequeines finos y delicados, en virtud de esa aristocracia del espritu que en estos tiempos nuevos han sustituido a la aristocracia degenerada de la sangre, no gusta de vestirlos de linda manera, en acuerdo con el propio buen gusto cultivado, que no se contenta con falsificaciones y bellaqueras, y de modo que el vestir complete y revele la distincin del alma de los queridos nios? Uno, padrazo ya, con el corazn estremecido y la frente arrugada, se contenta con un traje negro bien cepillado y sin manchas, con el cual, y una cara honrada, se est bien y se es bien recibido en todas partes; pero, para la mujer, a quien hemos hecho sufrir tanto! para los hijos, que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos ponen en el corazn la embriaguez del vino, y en las manos el arma de los conquistadores! para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco! De manera que, cuando don Manuel muri, solo haba en la casa los objetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse ms el buen gusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba la madre como pensamientos vivos de su esposo, que deban guardarse ntegros a su hijo ausente, y los enseres de la escuela, que un ayudante de don Manuel, que apenas le vio muerto se alz con la mayor parte de sus discpulos, hall manera de comprar a la viuda, abandonada as por el que en conciencia debi continuar ayudndola, en una suma corta, la mayor, sin embargo, que despus de la muerte de don Manuel se vio nunca en aquella pobre casa. Hacen pensar en las viudas las palmas cadas. Este o aquel amigo, es verdad, queran saber de vez en cuando qu tal le iba yendo a la pobre seora. Oh! se interesaban mucho por su suerte. Ya ella saba: en cuanto le ocurriese algo no tena ms que mandar. Para cualquier cosa, para cualquier cosa estaban a su disposicin. Y venan en visita solemne, en da de fiesta, cuando suponan que haba gente en la casa; y se iban haciendo muchas cortesas, como si con la ceremonia de ellas quisiesen hacer olvidar la mayor intimidad que podra obligarlos a prestar un servicio ms activo. Da espanto ver cun sola se queda una casa en que ha entrado la desgracia: da deseos de morir. Qu se hara doa Andrea, con tantas hijas, dos de ellas ya crecidas; con el hijo en Espaa, aunque ya el noble mozo haba prohibido, aun suponiendo a su padre vivo, que le enviasen dinero? qu se hara con sus hijas pequeas, que eran, las tres, por lo modestas y unidas, la gala del colegio; con Leonor, la ltima flor de sus entraas, la que las gentes detenan en la calle para mirarla a su placer, asombradas de su hermosura? qu se hara doa Andrea? As, cortado el tronco, se secan las ramas del rbol, un tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra. Pero los libros de don Manuel no! esos no se tocaban: nada ms que a sacudirlos, en la piececita que les destin en la casa pobrsima que tom luego, permita la seora que entrasen una vez al mes. O cuando, ciertos domingos, las dems nias iban a casa de alguna conocida a pasar la tarde, doa Andrea se entraba sola en la habitacin, con Leonor de la mano, y all a la sombra de aquellos tomos, sentada en el silln en que muri su marido, se abandonaba a conversaciones mentales, que parecan hacerle gran bien, porque sala de ellas en un estado de silenciosa majestad, y como ms clara de rostro y levantada de estatura; de tal modo que las hijas cuando volvan de su visita, conocan siempre, por la mayor blandura en los ademanes, y expresin de dolorosa felicidad de su rostro, si doa Andrea haba estado en el cuarto de los libros. Nunca Leonor pareca fatigada de acompaar a su madre en aquellas entrevistas: sino que, aunque ya para entonces tena sus diez aos, se sentaba en la falda de su madre, apretada en su regazo o abrazada a su cuello, o se echaba a sus pies, reclinando en sus rodillas la cabeza, con cuyos cabellos finos jugaba la viuda, distrada. De vez en cuando, pocas vedes, la coga doa Andrea en un brusco movimiento en sus brazos, y besando con locura la cabeza de la nia rompa en amargusimos sollozos. Leonor, silenciosamente, humedeca en todo este tiempo la mano de su madre con sus besos. * * * * * De Espaa se trajo pocas cosas don Manuel, y doa Andrea menos, que era de familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco, para atender a las necesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas perlas margaritas que haba llevado de Amrica a Salamanca un to, abuelo de doa Andrea, y un aguacate de esmeralda de la misma procedencia, que recibi de sus padres como regalo de matrimonio; hasta unas cucharas y vasos de plata que se estrenaron cuando se cas la madre de don Manuel, y este sola ensear con orgullo a sus amigos americanos, para probar en sus horas de desconfianza de la libertad, cunto ms slidos eran los tiempos, cosas y artfices de antao. Y todas las maravillas de la casa fueron cayendo en manos de inclementes compradores; una escena autgrafa de _El Delincuente Honrado_ de Jovellanos; una coleccin de monedas romanas y rabes de Zaragoza, de las cuales las rabes estimulaban la fantasa y avivaban las miradas de Manuelillo cada vez que el padre le permita curiosear en ellas; una carta de doa Juana la Loca, que nunca fue loca, a menos que amar bien no sea locura, y en cuya carta, escrita de manos del secretario Passamonte, se dicen cosas tan dignas y tan tiernas que dejaban enamorados de la reina a los que las lean, y dulcemente conmovidas las entraas. As se fueron otras dos joyas que don Manuel haba estimado mucho, y mostraba con la fruicin de un goloso que se complace traviesamente en hacer gustar a sus amigos un plato cuya receta est decidido a no dejarles conocer jams: un estudio en madera de la cabeza de San Francisco, de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lpiz rojo, dulce como una cabeza del mismo Rafael. Con las cucharas de plata se pag un mes la casa; la esmeralda dio para tres meses; con las monedas fueron ayudndose medio ao. Un desvergonzado compr la cabeza, en un da de angustia, en cinco pesos. Un tanto se auxiliaban con unos cuantos pesos que, muy mal cobrados y muy regaados, ganaban doa Andrea y las hijas mayores enseando a algunas nias pequeas del barrio pobre donde haban ido a refugiarse en su penuria. Pero el dibujo de Goya, ese si se vendi bien. Ese, l solo, produjo tanto como las margaritas y las cucharas de plata, y el aguacate. El dibujo de Goya, nica prenda que no se arrepinti doa Andrea de haber vendido, porque le trajo un amigo, lo compr Juan Jerez; Juan Jerez que cuando muri en Madrid Manuelillo, y la madre extremada por los gastos en que la puso una enfermedad grave de su nia Leonor, se hall un da pensando con espanto en que era necesario venderlos, compr los libros a doa Andrea, mas no se los llev consigo, sino que se los dej a ella porque l no tena donde ponerlos, y cuando los necesitase, ya se los pedira. Muy ruin tiene que ser el mundo, y doa Andrea saba de sobra que suele ser ruin, para que ese da no hubiese satisfecho su impulso de besar a Juan la mano. Pero Juan, joven rico y de padres y amistades que no hacan suponer que buscase esposa en aquella casa desamparada y humilde, comprendi que no deba ser visita de ella, donde ya eran alegra de los ojos y del corazn, ms por lo honestas que por lo lindas, las dos nias mayores, y muy distrado el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino y generoso, y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostraba a su prima Luca, ni visitaba frecuentemente la casa de doa Andrea, ni haca alarde de no visitarla, como que le llev su propio mdico cuando la enfermedad de Leonor, y volvi cuando la venta de los libros, y cuando saba alguna afliccin de la seora, que con su influjo, el no con su dinero que sola escasearle, poda tener remedio. * * * * * Lo que, como un lirio de noche en una habitacin oscura, tuvo en medio de todas estas agonas iluminada el alma de doa Andrea, y le asegur en su creencia bondadosa en la nobleza de la especie humana, fue que, ya porque en realidad le apenase la suerte de la viuda, ya porque creyera que haba de parecer mal, siendo como el don Manuel bien querido, y maestro como ella, que permitieran la salida de sus hijas del colegio por falta de paga, la directora del Instituto de la Merced, el ms famoso y rico del pas, hizo un da, en un hermoso coche, una visita, que fue muy sonada, a casa de doa Andrea, y all le dijo magnnimamente, cosa que enseguida vocifer y celebr mucho la prensa, que las tres nias recibiran en su colegio, si ella no lo mandaba de otro modo, toda su educacin, como externas, sin gasto alguno. Aquella vez s que doa Andrea, sin los miramientos que en el caso de Juan haban ms tarde de impedrselo, cubri de besos la mano de la directora, quien la trat con una hermosa bondad pontificia, y como una mujer inmaculada trata a una culpable, tras de lo cual se volvi muy oronda a su colegio, en su arrogante coche. Es verdad que las nias no decan a doa Andrea que, aunque no las haba en el colegio ms aplicadas que ellas, ni que llevaran los vestiditos ms blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasen mayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos en las competencias, y los premios en los exmenes, no eran nunca para ellas; los regaos, s. Cuando la nia del ministro haba derramado un tintero, de seguro que no haba sido la nia del ministro, cmo haba de ser la hija del ministro? haba sido una de las tres nias del Valle. La hija de Mr. Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, la descuidada, la envidiosa Iselda, haba escondido, donde no pudiese ser hallado, su caja de lpices de dibujar: por supuesto, la caja no apareca: All todas las nias tenan dinero para comprar sus cajas! las nicas que no tenan dinero all eran las tres del Valle! y las registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la cara llena de lgrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la nia de otro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que haba visto a Iselda poner la caja de lpices en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas, y serviciales fueron, tan apretaditas se sentaban siempre las tres, sin jugar, o jugando entre s, en la hora de recreo; con tal mansedumbre obedecan los mandatos ms destemplados e injustos; con tal sumisin, por el amor de su madre, soportaban aquellos rigores, que las ayudantes del colegio, solas y desamparadas ellas mismas, comenzaron a tratarlas con alguna ternura, a encomendarles la copia de las listas de la clase, a darles a afilar sus lpices, a distinguirlas con esos pequeos favores de los maestros que ponen tan orondos a los nios, y que las tres hijas de del Valle recompensaban con una premura en el servirlos y una modestia y gracia tal, que les ganaba las almas ms duras. Esta bondadosa disposicin de las ayudantes subi de punto cuando la directora, que no tena hijos, y era aun una muy bella mujer, dio muestras de aficionarse tan especialmente a Leonor, que algunas tardes la dejaba a comer a su mesa, envindola luego a doa Andrea con un afectuoso recado; y un domingo la sac a pasear en su carruaje, complacindose visiblemente aquel da en responder con su mejor sonrisa a todos los saludos. Porque los que poseen una buena condicin, si bien la persiguen implacablemente en los dems cuando por causa de la posicin o edad de estos, teman que lleguen a ser rivales, se complacen, por el contrario, por una especie de prolongacin de egosmo y por una fuerza de atraccin que parece incontrastable y de naturaleza divina, en reconocer y proclamar en otros la condicin que ellos mismos poseen, cuando no puede llegar a estorbarles. Se aman y admiran a s propios en los que, fuera ya de este peligro de rivalidad, tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran como una renovacin de s mismos, como un consuelo de sus facultades que decaen, como si se viesen aun a s propios tales como son aquellas criaturas nuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a s, y las retienen a su lado, como si quisiesen fijar, para que no se les escapase, la condicin que ya sienten que los abandona. Hay, adems, gran motivo de orgullo en or celebrar la especie de mrito por que uno se distingue. Verdad es que no haba tampoco mejor manera de llamar la atencin sobre s que llevar cerca a Leonor. Qu mirada, que pareca una plegaria! Qu valo el del rostro, ms perfecto y puro! Qu cutis, que pareca que daba luz! Qu encanto en toda ella, y qu armona! De noche doa Andrea, que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, no bien la vea dormida, la descubra para verla mejor; le apartaba los cabellos de la frente y se los alzaba por detrs para mirarle el cuello, le tomaba las manos, como poda tomar dos trtolas, y se las besaba cuidadosamente; le acariciaba los pies, y se los cubra a lentos besos. Alfombra hubiera querido ser doa Andrea, para que su hija no se lastimase nunca los pies, y para que anduviese sobre ella. Alfombra, cinta para su cuello, agua, aire, todo lo que ella tocase y necesitase para vivir, como si no tuviese otras hijas, quera ser para ella doa Andrea. Sola Leonor despertarse cuando su madre estaba contemplndola de esta manera; y entreabriendo dichosamente los ojos amantes y atrayndola a s con sus brazos, se dorma otra vez, con la cabeza de su madre entre ellos; de su madre que apenas dorma. Cmo no padecera la pobre seora cuando la directora del colegio, estando ya Leonor en sus trece aos, la vino a ver, como quien hace un gran servicio, y en verdad para el porvenir de Leonor lo era, para que lo permitiese retener a Leonor en el colegio como alumna interna! En el primer instante, doa Andrea se sinti caer al suelo, y, sin palabras, se qued mirando a la directora fijamente, como a una enemiga. De pensarlo no ms, ya le pareci que le haban sacado el corazn del pecho. Balbuce las gracias. La directora entendi que aceptaba. --Leonor, doa Andrea, est destinada por su hermosura a llamar la atencin de una manera extraordinaria. Es nia todava, y ya ve usted cmo anda por la ciudad la fama de su belleza. Usted comprende que a m me es ms costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mi deber, por cario a usted y al seor don Manuel, acabar mi obra. Y la madre pareca que quera adelantar una objecin; y la mujer hermosa, que en realidad, en fuerza de la plcida beldad de Leonor, haba concebido por ella un tierno afecto, deca precipitadamente estas buenas razones, que la madre vea lucir delante de s, como puales encendidos. --Porque usted ve, doa Andrea, que la posicin de Leonor en el mundo, va a ser sumamente delicada. La situacin a que estn ustedes reducidas las obliga a vivir apartadas de la sociedad, y en una esfera en que, por su misma distincin natural y por la educacin que est recibiendo, no puede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse en mi colegio como interna, se rozar mucho ms, en estos tres aos, con las nias ms elegantes y ricas de la ciudad, que se harn sus amigas ntimas; yo misma ir cuidando especialmente de favorecer aquellas amistades que le puedan convenir ms cuando salga al mundo, y le ayuden a mantenerse en una esfera a que de otro modo, sin ms que su belleza, en la posicin en que ustedes estn, no podra llegar nunca. Hermosa e inteligente como es, y movindose en buenos crculos, ser mucho ms fcil que inspire el respeto de jvenes que de otro modo la perseguiran sin respetarla, y encuentre acaso entre ellos el marido que la haga venturosa. Me espanta, doa Andrea--dijo la directora que observaba el efecto de sus palabras en la pobre madre--, me espanta pensar en la suerte que correra Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparo en que tienen ustedes que vivir, sobre todo si llegase usted a faltarle! Piense usted en que necesitamos protegerla de su misma hermosura. Y la directora, ya apiadada del gran dolor reflejado en las facciones de doa Andrea, que no tena fuerzas para abrir los labios, ya deseosa de alcanzar con halagos su anhelo, haba tomado las manos de doa Andrea, y se las acariciaba bondadosamente. Entr Leonor en este instante, y en el punto de verla, fue como si los torrentes de llanto apretados por la agona se saliesen al fin de sus ojos; no dijo palabras, sino inolvidables sollozos; y se lanz al encuentro de su hija, y se abraz con ella estrechsimamente. --Yo no ir, mam, yo no ir--le deca Leonor al odo--, sin que lo oyese la directora; aunque ya Leonor le haba dicho a esta que, si quera doa Andrea, ella quera ir. A los pocos momentos doa Andrea, plida, sentada ya junto a Leonor, a quien tena de la mano, pudo por fin hablar. Porque era ceder a cuanto le quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas suyas de silencio, en que su alma, a solas con su amargura y con su nia, recordaba y viva; porque conforme se haba ido apartando de todo, en sus hijas, y en Leonor, como un smbolo de todas ellas, se haba refugiado, con la tenacidad de las almas sencillas que no tienen fuerza ms que para amor; porque dar a Leonor era como dar todas las luces y todas las rosas de la vida! Por fin pudo hablar, y con una voz opaca y baja, como de quien habla de muy lejos, dijo: --Bueno, seora, bueno. Y Dios le pagar su buena intencin. Leonor se quedar en el colegio. Y ya hemos visto en los comienzos de esta historia que estaba Leonor a punto de salir de l. * * * * * Captulo III De qu ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? Era como la maana que sigue al da en que se ha revelado un orador poderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo. Era esa conmocin inevitable que, a pesar de su vulgaridad ingnita, experimentan los hombres cuando aparece sbitamente ante ellos alguna cualidad suprema. Despus se coligan todos, en silencio primero, abiertamente luego, y dan sobre lo que admiraron. Se irritan de haber sido sorprendidos. Se encolerizan sordamente, por ver en otro la condicin que no poseen. Y mientras ms inteligencia tengan para comprender su importancia, ms la abominan, y al infeliz que la alberga. Al principio, por no parecer envidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es de fuertes no temer, ponen un empeo desmedido en alabar al mismo a quien envidian, pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por el encono comn, van agrupndose, cuchicheando, hacindose revelaciones. Se ha exagerado. Bien mirado, no es lo que se deca. Ya se ha visto eso mismo. Esos ojos no deben ser suyos. De seguro que se recorta la boca con carmn. La lnea de la espalda no es bastante pura. No, no es bastante pura. Parece como que hay una verruga en la espalda. No es verruga, es lobanillo. No es lobanillo, es joroba. Y acaba la gente por tener la joroba en los ojos, de tal modo que llega de veras a verla en la espalda, porque la lleva en s! Ea; eso es fijo: los hombres no perdonan jams a aquellos a quienes se han visto obligados a admirar. Pero all, en un rincn del pecho, duerme como un portero sooliento la necesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al champaa su fragancia, destilan en cada botella, por un procedimiento desconocido, tres gotas de un licor misterioso. As la necesidad de la grandeza, como esas tres gotas exquisitas, est en el fondo del alma. Duerme como si nunca hubiese de despertar, oh, suele dormir mucho! oh, hay almas en que el portero no despierta nunca! Tiene el sueo pesado, en cosas de grandeza, y sobre todo en estos tiempos, el alma humana. Mil duendecillos, de figuras repugnantes, manos de araa, vientre hinchado, boca encendida, de doble hilera de dientes, ojos redondos y libidinosos, giran constantemente alrededor de portero dormido, y le echan en los odos jugo de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan en las sienes, y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de las manos, y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre el respaldo del silln, mirando hostilmente a todos lados, para que nadie se acerque a despertar al portero: mucho suele dormir la grandeza en el alma humana! Pero cuando despierta, y abre los brazos, al primer movimiento pone en fuga a la banda de duendecillos de vientre hinchado. Y el alma entonces se esfuerza en ser noble, avergonzada de tanto tiempo de no haberlo sido. Solo que los duendecillos estn escondidos detrs de las puertas, y cuando les vuelve a picar el hambre, porque se han jurado comerse al portero poco a poco, empiezan a dejar escapar otra vez el aroma de las adormideras, que a manera de cendales espesos va turbando los ojos y velando la frente del portero vencido; y no ha pasado mucho tiempo desde que puso a los duendes en fuga, cuando ya vuelven estos en confusin, se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas de las puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendo las grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilsimamente por las piernas y brazos, y uno se le para en un hombro, y otro se le sienta en un brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de rata que roe, las adormideras. Tal es el sueo del alma humana. De qu ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiesta alcanz inesperadamente, a influjo de aquella nia ayer desconocida, una elevacin y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron a ello volveran a alcanzar jams. Tal como suelen los astros juntarse en el cielo, ay! para chocar y deshacerse casi siempre, as, con no mejor destino, suelen encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, el genio, y ese otro genio, la hermosura. * * * * * De fama singular haba venido precedido a la ciudad el pianista hngaro Keleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aun ms por su arte, no viajaba, como otros, en busca de fortuna. Viajaba porque estaba lleno de guilas, que le coman el cuerpo, y queran espacio ancho, y se ahogaban en la prisin de la ciudad. Viajaba porque cas con una mujer a quien crey amar, y la hall luego como una copa sorda, en que las armonas de su alma no encontraban eco, de lo que le vino postracin tan grande que ni fuerzas tena aquel msico-atleta, para mover las manos sobre el piano: hasta que lo tom un amigo leal del brazo, y le dijo Crate, y lo llev a un bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas msicas se le entraron por el alma medio muerta, se quedaron en ella, sentadas y con la cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron al fin de nuevo al mundo en unas fantasas arrebatadas que en el barco que lo llevaba por los mares improvisaba Keleffy, las que eran tales, que si se cerraban los ojos cuando se las oa, pareca que se levantaban por el aire, agrandndose conforme suban, unas estrellas muy radiosas, sobre un cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en las nubes de colores ligeros iban dibujndose unas como guirnaldas de flores silvestres, de un azul muy puro, de que colgaban unos cestos de luz: qu es la msica sino la compaera y gua del espritu en su viaje por los espacios? Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacan ver las fantasas que en el mar improvisaba Keleffy: otros hay, que no ven, por lo que niegan muy orondos que lo que ellos no han visto, otros lo vean. Es seguro que un topo no ha podido jams concebir un guila. Keleffy viajaba por Amrica, porque le haban dicho que en nuestro cielo del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo, y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como cabeza de mujer y blancas como la leche, que crecen en los pases del Atlntico, y de unas anchas hojas que se cran en nuestra costa exuberante, y arrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella, como los brazos de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen, perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y las diosas. Y aquel dolor de vivir sin cario, y sin derecho para inspirarlo ni aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aquel dolor que no dorma, ni tena paces, ni le quera salir del pecho, y le tena la fantasa como apretada por serpientes, lo que daba a todo su msica un aire de combate y tortura que sola privarla del equilibrio y proporcin armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel dolor, en un espritu hermoso que, en la especie de peste amatoria que est enllagando el mundo en los pueblos antiguos, haba salvado, como una paloma herida, un apego ardentsimo a lo casto; aquel dolor, que a veces con las manos crispadas se buscaba el triste msico por sobre el corazn, como para arrancrselo de raz, aunque se tuviera que arrancar el corazn con l; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le haca parecer a las veces extravagante y hurao, y aunque por la suavidad de su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primer instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le vean, poco a poco senta l que en aquellos afectos iba entrando la sorda hostilidad con que los espritus comunes persiguen a los hombres de alma superior, y aquella especie de miedo, si no de terror, con que los hombres, famlicos de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajo la pesadumbre de un infortunio, ni sabe dar alegras, ni tiene el nimo dispuesto a compartirlas. * * * * * Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente acomodada haba ido toda, y en ms de una ocasin, de viaje por Europa, donde apenas haba casa sin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en l con natural buen gusto, tena Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre los msicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entre la gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De modo que cuando se supo que Keleffy vena, y no como un artista que se exhibe sino como un hombre que padece, determin la sociedad elegante recibirle con una hermossima fiesta, que quisieron fuese como la ms bella que se hubiera visto en la ciudad, ya porque del talento de Keleffy se decan maravillas, ya porque esta buena ciudad de nuestro cuento no quera ser menos que otras de Amrica, donde el pianista haba sido ruidosamente agasajado. En la casa de mrmol dispusieron que se celebrase la gran fiesta: con un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones, ya en las salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de la escalera central haba un enorme vaso chino lleno de plantas de camelia en flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla; de higares ocultos por cortinas vena un ruido de fuentes. Cuando se entraba en el saln, en aquella noche fresca de la primavera, con todos los balcones abiertos a la noche, con tanta hermosa mujer vestida de telas ligeras de colores suaves, con tanto abanico de plumas, muy de moda entonces, movindose pausadamente, y con aquel vago rumor de fiesta que comienza, pareca que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapa del piano, levantado para dar mayor sonoridad a las notas, pareca, como dominndolas a todas, una gran ala negra. Keleffy, que discerna la suma de verdadero afecto mezclada en aquella fiesta de la curiosidad y senta desde su llegada a Amrica como si constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos negros; Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus ltimos dolores, vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manos tiernas y amigas, que se las devolvan a sus propios odos como atenuados y en camino de consuelo, porque en Europa se toca--deca Keleffy--, pero aqu se acaricia el piano; Keleffy, que no notaba desacuerdo entre el casto modo con que quera l su magnfico arte, y aquella fiesta discreta y generosa, en que se senta el concurso como penetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de lo extraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melanclica, y ms de quien se aleja que de quien llega, toc en el piano de madera negra, que bajo sus manos pareca a veces salterio, flauta a veces, y a veces rgano, algunas de sus delicadas composiciones, no aquellas en que se hubiera dicho que el mar suba en montes y caa roto en cristales, o que braceaba un hombre con un toro, y le henda el testuz, y le doblaba las piernas, y lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexibles fantasas que, a tener color, hubieran sido plidas, y a ser cosas visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepsculo. * * * * * En esto, se oy en todo el saln un rumor sbito, semejante al que en das de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de las plazas cuando rompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de artificio. Ya se saba que en el Instituto de la Merced haba una nia muy bella! que era Sol del Valle; pero no se saba que era tan bella! Y fue al piano; porque ella era la discpula querida del Instituto y ninguna como ella entenda aquella plegaria de Keleffy, Oh, madre ma, y la toc, trmula al principio, olvidada despus en su msica y por esto ms bella; y cuando se levant del piano, el rumor fue de asombro ante la hermosura de la nia, no ante el talento de la pianista, no comn por otra parte; y Keleffy la miraba, como si con ella se fuese ya una parte de l; y, al verla andar, la concurrencia aplauda, como si la msica no hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita de un ser de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando haba entre los seres humanos tan grande hermosura. Cmo era? Quin lo supo mejor que Keleffy! La mir, la mir con ojos desesperados y avarientos. Era como una copa de ncar, en quien nadie hubiese aun puesto los labios. Tena esa hermosura de la aurora, que arroba y ennoblece. Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino la vea. La nia, cuando se sent al lado de la directora, casi rompi en lgrimas. La revelacin, la primera sensacin del propio poder, lisonjea y asusta. Se tuvo miedo la nia, y aunque muy contenta de s, halagada por aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas, se sinti sola y en riesgo, y busc con los ojos, en una mirada de angustia a doa Andrea, ay! a doa Andrea que, conforme iban pasando los aos, se hunda en s misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera que ya, si sonrea siempre, apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente. Todos los ojos estaban sobre ella. Quin es? Quin es? Las mujeres no la celebraban, se erguan en sus asientos para verla; movan rpidamente el abanico, cuchicheaban a su sombra con su compaera; se volvan a mirarla otra vez. Los hombres, sentan en s como una rienda rota; y algunos, como un ala. Hablaban con desusada animacin. Se juntaban en corrillos. La median con los ojos. Ya la vean de su brazo ostentndola en el saln, y le estrechaban el talle en el baile ardiente y atrevido; ya meditaban la frase encomistica con que haban de deslumbrar al ser presentados a ella. Conque esa es Sol del Valle?. En qu casas visita?. Va a casa de Luca Jerez?. Juan Jerez es amigo de la seora. All est Juan Jerez; que nos presente. Yo soy amigo de la directora: vamos. Quin nos presentar a ella?. Pobre nia! Su alcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos curiosos. No es para la mayor parte de los hombres una obra santa, y una copa de espritu la hermosura; sino una manzana apetitosa. Si hubiera un lente que permitiese a las mujeres ver, tales como les pasean por el crneo los pensamientos de los hombres, y lo que les anda en el corazn, los querran mucho menos. Pero no era un hombre, no, el que con ms insistencia, y un cierto encono mezclado ya de amor, miraba a Sol del Valle, y con dificultad contena el llanto que se le vena a mares a los ojos, abiertos, en los que se movan los prpados apenas. La conoca en aquel momento, y ya la amaba y la odiaba. La quera como a una hermana; qu misterios de estas naturalezas bravas e iracundas! y la odiaba con un aborrecimiento irresistible y trgico. Y cuando un caballero apuesto y corts, que saludaba mucha gente a su paso, se acerc, por lo mismo que viva en esfera social ms alta, ms que a saludar, a proteger a Sol del Valle, cuando Juan Jerez lleg al fin al lado de la nia, y Luca Jerez, que era quien de aquella manera la miraba, los vio juntos, cerr los ojos, inclin la cabeza sobre el hombro como quien se muere; se le puso todo el rostro amarillo; y solo al cabo de algn tiempo, al influjo del aire que agitaban sus compaeras con los abanicos, volvi a abrir los ojos, que parecan turbios, como si hubiera cruzado por su pensamiento un ave negra. Y Keleffy en aquellos instantes tena subyugada y muda a la concurrencia. All sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonas de esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar sereno luego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombro del alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasin de luz que encendiese la atmsfera, y penetrase por los rincones ms negros de la tierra, y a travs de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y corales; una como guila herida, con una llaga en el pecho que pareca una rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos desesperados y estridentes. As, como un espritu que se despide, toc Keleffy el piano. Jams pudo tanto, ni nadie le oy as segunda vez. Para Sol era aquella fantasa; para Sol, a quien ni volvera a ver nunca, ni dejara de ver jams. Solo los que persiguen en vano la pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que mueren de amor a la hermosura entienden cmo, sin vil pensamiento, ya a punto de decir adis para siempre a la ciudad amiga, toc aquella noche en el piano Keleffy. Pero toc de tal manera que, aun para la gente inculta, es todava aquel un momento inolvidable. Nos llevaba como un triunfador, deca un cronista al da siguiente, sujetos a su carro. Adnde bamos? nadie lo saba. Ya era un rayo que daba sobre un monte, como el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su dama encantada; ya un len con alas, que iba de nube en nube; ya un sol virgen que de un bosque temido, como de un nido de serpientes, se levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los rboles no tenan hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, se quebraba; era una grande alma que se abra. Mucho se haba hecho admirar el apasionado hngaro en el comienzo de la fiesta; mas, aquella arrebatadora fantasa, aquel desborde de notas; ora plaideras, ora terribles, que parecan la historia de una vida, aquella, que fue su ltima pieza de la noche, porque nadie despus de ella os pedirle ms, vino tan inmediatamente despus de la aparicin de la seorita Sol del Valle, orgullo desde hoy de la ciudad que todos reconocimos en la improvisacin maravillosa del pianista el influjo que en l, como en cuantos anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de inocencia, ejerci la pasmosa hermosura de la nia. Nace bien esta beldad extraordinaria, con el genio a sus plantas. * * * * * Dos amigas estn sentadas a la sombra de la magnolia, nuestra antigua conocida. En un silln est sentada Luca. Otras sillas de mimbre esperan a sus dueas, que andan preparando dulces por los adentros de la casa, o con Ana, que no est bien hoy. Est muy plida. No se espera gente de afuera aquella tarde; Juan Jerez no est en la ciudad: fue el viernes a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos de unos indios a sus tierras, y aun no ha vuelto. Luca hubiera estado ms triste, si no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan no puede venir. Ferrocarril no hay hoy. A caballo, es muy lejos. A los pies de Luca, en una banqueta, con los brazos cruzados sobre las rodillas de la nia, quin es la que est sentada, y la mira con largas miradas, que se entran por el alma como reinas hermosas que van a buscar en ella su aposento, y a quedarse en ella; y la deja jugar con su cabeza, cuya cabellera castaa destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba con mucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los pies de Luca est Sol del Valle. * * * * * Desde la noche de la fiesta de Keleffy, Luca y Sol se han visto muchas veces. De conocerla, cmo haba de librarse, en estas ciudades nuestras en que todo el mundo se conoce? Aquella misma noche, y no fue Juan por cierto, Luca, muy adulada por la directora del Instituto de la Merced, de donde haba salido tres aos antes, se vio en brazos de Sol, que la miraba llena de esperanza y ternura. Se levant la directora y llev a Sol de la mano a donde Luca estaba, taciturna. Las vio venir, y se ech atrs. --Vienen a m, a m!--se dijo. --Luca, aqu te traigo una amiga, para que te la pongas en el corazn, y me la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la puedo dejar: t no eres envidiosa. Y a Sol se le encenda el rostro, sin saber qu decir, y a Luca se le desvaneca el color, buscando en balde fuerzas con que mover la mano y abrir los labios en una sonrisa. --Pero esto no ha de ser as, no. Y la directora puso el brazo de Sol en el de Luca, y acompaadas de miradas celosas, se refugi por algunos momentos con ellas en un balcn, cuya baranda de granito estaba oculta bajo una enredadera florecida de rosas salomnicas. El balcn era grande y solemne; la noche, ya muy entrada, y el cielo, carioso y locuaz, como se pone en nuestros pases cuando el aire est claro, y parece como que platican y se hacen visitas las estrellas. --Y ante todo, Luca y Sol, dense un beso. --Mira, Luca--dijo la directora juntando en sus manos las de las los nias y hablando como si no estuviese Sol con ellas, quien se senta las mejillas ardientes, y el pecho apretado con lo que la maestra iba diciendo, tanto, que por un instante vio el cielo todo negro, y como que desde su casita la estaba llamando doa Andrea--. Mira, Luca, t sabes cmo entra en la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Su padre se ha muerto. Su madre est en la mayor pobreza. Yo, que la quiero como a una hija, he procurado educarla para que se salve del peligro de ser hermosa siendo tan pobre. Sinti Luca en aquel instante como si la mano de Sol le temblase en la suya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y ponerse en pie. --Seora.... --No, no, Luca. La que va a ser mujer de Juan Jerez.... La sombra de una de las cortinas de la enredadera, que flotaba al influjo del aire, escondi en este instante el rostro de Sol. --... merece que yo ponga en sus manos, para que me la ensee al mundo a su lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido Juan Jerez tan bueno. Aqu la cortina flotante de la enredadera cubri con su sombra el rostro de Luca. --Juan.... --Juan ha sido muy bueno--dijo como con cierta prisa voluntaria la directora--. l apenas conoce a Sol, porque ha ido muy poco a casa de doa Andrea; pero como es tan generoso, se alegrar de que t ampares a esta nia, con el respeto de tu casa, de los que, porque la vern desvalida.... Ms blanco que su vestido pudo verse en este momento, el rostro de Sol. --... querrn faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado su colegio; pero para que mi obra no quede incompleta, voy a dejarla en l como profesora, y as ayudar a su madre a llevar los gastos de la casa, y le hemos tomado ya a doa Andrea una casita mejor, cerca del Instituto. Yo espero--aadi la seora gravemente, y como si las estrellas no estuviesen brillando en el cielo--, que Sol ser una buena maestra. Yo, Luca, no podr llevarla a todas partes, porque ya he dejado de ser joven, y los cuidados del colegio me lo impiden; pero quiero que t hagas mis veces, y ya lo sabes--dijo con una ligera emocin en la voz dando un beso en la mejilla de Luca--, cudamela. Que sientan que el que no pueda llegar hasta ti, no puede llegar hasta ella. Cuando haya una fiesta, llvala. Ella se vestir siempre linda, porque yo la he enseado a hacrselo todo y es maestra en coser. Convdala a tu casa, para que nadie tenga reparo en convidarla a la suya: que el que entra en tu casa puede entrar en todas partes. Sol es tan bonita como agradecida. --S, s, seora--interrumpi Luca que en sus mejillas propias estaba sintiendo la palidez de las de Sol--. Yo la llevar conmigo. Yo s, yo s, ahora mismo la presentar a todas mis amigas. Iremos juntas la Semana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre juntas. Y el cario le iba creciendo con las palabras, que deca amontonadamente, como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiese vengarse de s misma. --Bueno, vamos entonces, que yo veo que la gente curiosea porque estamos cuchicheando tanto tiempo. Vamos. Sol no hablaba. Luca, como que quera defenderla de la directora, que entraba ya en el saln con su paso pomposo. --Enseguida, seora, enseguida. Entre usted y detrs vamos nosotras. Voy a coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol--y se la prendi con mucha ternura, mirndola amorosamente en los ojos--; esta, que es la menos bonita, para m. --Oh, usted es tan buena! --Usted? No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de lo que dice la directora. Yo te querr siempre como una hermana--y abri los brazos, y apret en ellos a Sol, a la que llevaba sin miedo, prestsimamente. --Oh!--dijo Sol de pronto ahogando un grito. Y se llev la mano al seno, y la sac con la punta de los dedos roja. Era que al abrazarla Luca, se le clav en el seno una espina de la rosa. Con su propio pauelo sec Luca la sangre, y de brazo las dos entraron en la sala. Luca tambin estaba hermosa. * * * * * --Cmo entenderte, Luca?--deca Juan a su prima unos quince das despus de la noche de la fiesta, con una intencin severa en las palabras que l con Luca nunca haba usado--. Desde hace unos quince das, espera, creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro tan injusta, que a veces, creo que no me quieres. --Juan! Juan! --Bueno, Luca: t s me quieres. Pero qu te hago yo que explique esas durezas tuyas de carcter, para m que vengo a ti como viene el sediento a un vaso de ternuras? Ms cario no puedes desear. Pensar, yo s pienso en todo lo ms difcil y atrevido; pero querer, Luca, yo no quiero ms que a ti. Yo he vivido poco; pero tengo miedo de vivir y s lo que es, porque veo a los vivos. Me parece que todos estn manchados, y en cuanto alcanzan a ver un hombre puro empiezan a correrle detrs para llenarle la tnica de manchas. La verdad es que yo, que quiero mucho a los hombres, vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancola dolorosa. Qu me falta? La fortuna me ha tratado bien. Mis padres me viven. Me es permitido ser bueno. Y adems, te tengo--le dijo tomndola, cariosamente de la mano que Luca le abandon como apenada y absorta. --Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas que necesito para que el corazn no se me espante y debilite. Cada vez que me asomo a los hombres, me echo atrs como si viera un abismo; pero de cada vez que vengo a verte, saco un bro para batallar y un poder de perdn que hacen que nada me parezca difcil para que yo lo acometa. No te ras, Luca; pero es la verdad. T has ledo unos versos de Longfellow que se llaman Excelsior? Un joven, en una tempestad de nieve, sube por un puerto pobre, montaa arriba, con una bandera en la mano que dice: Excelsior. No te sonras: yo s que sabes t latn: Ms alto!. Un anciano le dice que no vaya adelante, que el torrente ruge abajo y la tempestad se viene encima: Ms alto!. Una joven linda, no tan linda como t!, le dice: Descansa la cabeza fatigada en mi seno. Y al joven se le humedecen los ojos azules, pero aparta de s a la enamorada y le dice: Ms alto!. --Ah no! pero t no me apartars a m de ti. Yo te quito la bandera de las manos. T te quedas conmigo. Yo soy lo ms alto! --No, Luca: los dos juntos llevaremos la bandera. Yo te tomo para todo el viaje. Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. No te me canses!--y le bes la mano. Luca le acariciaba con los ojos la cabeza. --Y el joven al fin sigui adelante: y los monjes lo hallaron muerto al da siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la mano asida a la bandera, que deca: Ms alto!. Pues bien, Luca: cuando no te me pones majadera, cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de frente como con odio y te burlaste de m y de mi bondad, y sin saberlo llegaste hasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer, me parece cuando salgo de aqu, que me brilla en las manos la bandera. Y veo a todo el mundo pequeo, y a m como un gigante dichoso. Y siento mayor necesidad, una vehemente necesidad de amar y perdonar a todo el mundo. En la mujer, Luca, como que es la hermosura mayor que se conoce, creemos los poetas hallar como un perfume natural todas las excelencias del espritu; por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres a quienes aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que no es casi nunca la primera a quien han credo querer, por eso cuando creen que algn acto pueril o inconsiderado las desfigura, o imaginan ellos alguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de s, y sienten unos dolores mortales, y tratan a su amante con la indignacin con que se trata a los ladrones y a los traidores, porque como en su mente las hicieran depositarias de todas las grandezas y claridades que apetecen, cuando creen ver que no las tienen, les parece que han estado usurpndoles y engandoles con maldad refinada, y creen que se derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan viviendo, abrazados a las hojas cadas de su rosa blanca. Los poetas de raza mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alfreces; de la poesa, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo besando en venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos y hmedos en lo que se ve, pero en lo que no se ve tintos de veneno! Vamos, Luca, me ests poniendo hoy muy hablador. T ves, no lo puedo evitar. Si me oyeran otras gentes, diran que era un pedante. T no lo dices, verdad? Es que en cuanto estoy algn tiempo cerca de ti, de ti que nadie ha manchado, de ti en quien nadie ha puesto los labios impuros, de ti en quien mido yo como la carne de todas mis ideas y como una almohada de estrellas donde reclino, cuando nadie me ve, la cabeza cansada, estas cosas extraas, Luca, me vienen a los labios tan naturalmente que lo falso sera no recordarlas. Por fuera me suelen acusar de que soy rebuscado y exagerado, y t habrs notado que ya yo hablo muy poco. Qu culpa tengo yo de que sea as mi naturaleza, y de que al influjo de tu cario ensee todas sus flores? Y le bes las dos manos, como pudiera un nio haber besado dos trtolas. As, aunque no parezca cierto, suelen hablar y sentir algunos seres vivos y efectivos, como dicen las lpidas de los nichos en que estn enterrados los oficiales militares muertos en el servicio de la corona espaola. As exactamente, y sin quitar ni poner pice, era como senta y hablaba Juan Jerez. * * * * * --T me perdonas, Juan--dijo Luca antes de que hubieran pasado algunos momentos, bajos los ojos y la voz, como pecador contrito que pide humildemente la absolucin de su pecado--. Juan yo no s que es, ni s para qu te quiero, aunque si s que te quiero por lo mismo que vivo, y que si no te quisiera no vivira. Y mira, Juan, te miento; ahora mismo te estoy mintiendo, yo creo que no s por qu te quiero, pero debo saberlo muy bien, sin notarlo yo, porque s por qu pueden quererte los dems. Y como si te conocen, han de quererte como yo te quiero, no me regaes Juan! yo no quisiera que t conocieses a nadie! Yo te querra mudo, yo te querra ciego: as no me veras ms que a m, que le cerrara el paso a todo el mundo, y estara siempre ah, y como dentro de ti, a tus pies donde quisiera estar ahora! T me perdonas, Juan? Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: t dices que yo soy hermosa! yo s que fuera de m hay muchas cosas y muchas personas bellas y grandes; yo s que no estn en m todas las hermosuras de la tierra, y como a ti te caben en el alma todas, y eres tan bueno que te he visto recoger las flores pisadas en las calles y ponerlas con mucho cuidado donde nadie las pise, creo, Juan, que yo no te basto, que cualquier cosa o persona hermosa, te gustara tanto como yo, y odio un libro si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que es bella y puedes verla t. Quisiera reunir yo en m misma todas las bellezas del mundo, y que nadie ms que yo tuviera hermosura alguna sobre la tierra. Porque te quiero, Juan, lo odio todo. Y yo no soy mala, Juan; yo me avergenzo de eso, y luego me entran remordimientos, y besara los pies de los que un momento antes quera no ver vivos, y de mi sangre les dara para que viviesen si se muriesen; pero hay instantes, Juan, en que odio a todas las cosas, a todos los hombres y a todas las mujeres! Oh, a todas las mujeres! Cuando no ests a mi lado, y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento, cremelo, Juan; ni s lo que veo, ni s qu es lo que me posee, pero me das horror, Juan y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades, y te las echo en cara, como ayer, para ver si llegas t a odiarlas, y a no ser tan bueno, y si as no te quieren! Eso es, Juan, no es ms que eso. A veces, y te lo dir a ti solo, sufro tanto que me tiendo en el suelo en mi cuarto, cuando no me ven, como una muerta. Necesito sentir en las sienes mucho tiempo el fro del mrmol. Me levanto, como si estuviera por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enorme por todo lo que t puedas querer y lo que pueda quererte. Yo no s si eso es malo, Juan: t me perdonas? La magnolia, nuestra antigua conocida oy, a las ltimas luces de la tarde, el final de esta conversacin congojosa. * * * * * Lindo es el montecito que domina por el Este a la ciudad, donde a brazo partido lucharon antao, macana contra lanza y carne contra hierro, el jefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de barranco en barranco abrazados, matndose y admirndose iban cayendo, hasta que al fin, ya exhausto, e hirindose con su propia macana la cabeza, cay el indio a los pies del espaol, que se levant la visera, dejando ver el rostro baado en sangre, y bes al indio muerto en la mano. Luego, como que era recio de subir, le escogieron para sus penitencias los devotos, y es fama que por su falda pedregosa suban de rodillas en lo ms fuerte del sol, los penitentes, contando el rosario. Vinieron gentes nuevas, y como que el monte es corto y de forma bella, y desde l se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios de arbolado, como una gran cesta de esmeraldas y palos, limpiaron de piedras y yerbajos la tierra que, bien abonada, no result ingrata; y de la mejor parte del monte hicieron un jardn que entre los pueblos de Amrica no tiene rival, puesto que no es uno de esos jardinuelos de flores enclenques, y arbustos podados, con trocitos de csped entre enverjados de alambre, que ms que cosa alguna dan idea de esclavitud y artificio, y de los que con desagrado se aparta la gente buena y discreta; sino uno como bosque de nuestras tierras, con nuestras propias y grandes flores y nuestros rboles frutales, dispuestos con tal arte que estn all con gracia y abandono, y en grupos irregulares y como poco cuidados, de tal manera que no parece que aquellos bambes, pltanos y naranjos han sido llevados all por las manos de jardinero, ni aquellos lirios de agua, puestos como en montn que bordan el estrecho arroyo cargado de aguas secas, fueron all trasplantados como en realidad fueron: antes bien, parece que todo aquello floreci all de suyo y con libre albedro, de modo que all el alma se goza y comunica sin temor, y no bien hay en la ciudad una persona feliz, ya necesita ir a decrselo al montecito que nunca se ve solo, ni de da ni de noche. Por all, en la tarde en que vamos caminando, hall Pedro Real razn para encontrarse a caballo, el cual dej en la cumbre, mientras que, golpendose con el latiguillo los botines, se perda, sin recordar el cuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por all, y sin saber por cierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con tres amigas suyas, que estrenaban unos sombreros de paja crema adornados con lilas, de bajar del carruaje, que en la cumbre, con los caballos, esperaba. Por all, sin que lo supiese Adela tampoco, aunque s lo saba Pedro, andaban lentamente, con las dos nias menores, Sol y doa Andrea: doa Andrea, que desde que el colegio le devolvi a su Sol y poda a su sabor recrear los ojos, con cierto pesar de verle el alma un poco blanda y perezosa, en aquella nia suya de cutis tan trasparente--deca ella--como una nube que vi una vez, en Pars, en un medio punto de Murillo, andaba siempre hablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras regaaba por todo, ella que no regaaba antes jams, pues lo que quera en realidad, sin atreverse, era regaar a Sol, de quien se encenda en celos y en miedos, cada vez que oa preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto no eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doa Andrea por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en el colegio haba entrado en la casa, se contentaba doa Andrea; y a veces se dio la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tanto mimaba, y que desde la infancia de la nia cuidaba ella y favoreca, se la echase en cara como un pecado, que le llev un da a prorrumpir en este curiossimo despropsito, que a algunas personas pareci tan gracioso como cuerdo: Si Manuel viviera, t no seras tan hermosa. Enojbase, doa Andrea, cuando oa, all por la hora en que Sol volva con una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo de cierto caballero que ella muy especialmente aborreca; y si Sol hubiese mostrado, que nunca lo mostr, deseos de ver la arrogante cabalgadura, fuera de una vez que se asom sonriendo y no descontenta, a verla pasar detrs de sus persianas, es seguro que por all hubieran encontrado salida las amarguras de doa Andrea, que miraba a aquel gallardsimo galn, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galn alguno hubiera soportado doa Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre de que aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, que poseyese a su Sol, no sera de Sol nunca, por lo alto que estaba, y porque era ya de otra. Mas aquella manssima seora se estremeca cuando pensaba que, por parecer proporcionados en la gran hermosura externa, pudiesen algn da acercarse en amores aquel catador de labios encendidos y aquella copa de vino nuevo. Senta fuerzas viriles doa Andrea, y determinacin de emplearlas, cada vez que el caballo de Pedro Real piafaba sobre los adoquines de la calle. Como si los cuerpos enseasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una habitacin recamada de ncar, se encontr refugiado a un bandido. Da horror asomarse a muchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de una madriguera. Y ya se saba por toda la ciudad, con envidia de muchas locuelas, que tras de Sol del Valle haba echado Pedro Real todos sus deseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballos caracoleadores, sus mpetus de enamorado de leyenda. Y lo desptico de la aficin se le conoca en que, bruscamente, y como si no hubiera estado perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, ces de decir gallardas, a afectar desdenes a aquellas que ms de cerca le tuvieron desde su llegada de Pars, ya porque de pblico se las sealase como las conquistas ms apetecidas, ya porque lo picante de su trato le diese fcil ocasin para aquellas conversaciones salpimentadas que son muy de uso entre aquellos de nuestros caballeros jvenes que han visto tierras, y suplen con lo atrevido del discurso la escasez de la gracia y el intelecto. La conversacin con las damas ha de ser de plata fina, y trabajada en filigrana leve, como la trabajan en Gnova y Mxico. En ser visto donde Sol del Valle haba de verlo, pona Pedro Real el mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a l; si al teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora, y no ms que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en Semana Santa, por donde Sol iba con Luca y Adela, Pedro, sin piedad por Adela, apareca. Decirle, nada le haba dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al saludarla en pblico, encogimiento y moderacin mayores. Y pareca ms arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le deca, ni le escriba; pero quera llenarle el aire de l. A la salida del teatro, la segunda noche que fue a l Sol, ofreca un pequeuelo de sombrero de pita y pies descalzos un ramo de camelias color de rosa, que eran all muy apreciadas y caras. Y en el punto en que sali Sol, y con rapidez tal que pareci a todos cosa artstica, tom el ramo Pedro Real, lo deshizo de modo que las camelias cayeron al suelo, casi a los pies de Sol, y dijo, como si no quisiera ser odo ms que del amigo que tena al lado: Puesto que no es de quien debe ser, que no sea de nadie. Y como la fantasa que la hermosura de Sol arranc a Keleffy era ya a manera de leyenda en la ciudad, Pedro Real, con tacto y profundidad mayores de los que pudieran suponrsele, compr, para que nadie volviese a tocar en l, el piano en que haban tocado aquella noche Sol y Keleffy. * * * * * Sonaban por la ciudad alegremente las chirimas, los pfanos y los tambores. Los balcones de la calle de la Victoria eran cestos de rosas, con todas las damas y nias de la ciudad asomadas a ellos. Por cada bocacalle entraba en la de la Victoria, con su banda de tamborines a la cabeza, una compaa de milicianos. Unos llevaban pantaln blanco de dril, con casaqun de lana perla, cruzado el pecho de anchas correas blancas, con asta plateada. Otros iban de blanco y rojo, blanco el pantaln, la casaca roja. Iban otros ms de ciudadanos, y aunque menos brillantes, ms viriles: llevaban un pantaln de azul oscuro y uno como gabn corto y justo, cerrado con doble hilera de botones de oro por delante: el sombrero era de fieltro negro de alas anchas, con un delgado cordn de oro, que caa con dos bellotas a la espalda. En las esquinas iban las compaas tomando puesto. Qu conmovedoras las banderas rotas! Qu arrogantes, y como sacerdotes, los que las llevaban! Parecan altos aunque no lo fueran. No parecan bien, cerca de aquellos pabellones desgarrados, los banderines de seda y flores de oro en que con letras de realce iban bordados los nmeros de las compaas. Qu correr desalados, el de los muchachos por las calles! Verdad que hasta los hombres mayores, peridico en mano y bastn al aire, corran. A algunos, se les saltaban las lgrimas. Pareca como que de adentro empujaba alguien a las gentes. Cuando una banda sonaba a distancia, como si estuviera yndose, los muchachos, aun los ms crecidos, corran tras ella, con la cara angustiada, como si se les fuera la vida. Y los ms pequeos, cruzando de un lado para otro, mirados desde los balcones, parecan los granos sueltos de un racimo de uvas. Las nueve seran de la maana, y el cielo estaba alegre, como si le pareciese bien lo que suceda en la tierra. Era el da del ao sealado para llevar flores a las tumbas de los soldados muertos en defensa de la independencia de la patria. Entre compaa y compaa, iban carros enormes en la procesin, tirados por caballos blancos, y henchidos de tiestos de flores. All en el cementerio haba, sobre cada tumba, clavada una bandera. Qu caballern, de los elegantes de la ciudad, no estaba aquella maana, con un ramo de flores en el ojal, saludando a las damas y nias desde su caballo? Los estudiantes, no, esos no estaban por las calles, aunque en los balcones tenan a sus hermanas y a sus novias: los estudiantes estaban en la procesin, vestidos de negro, y entre admirados y envidiosos de los muertos a quienes iban a visitar, porque estos, al fin, ya haban muerto en defensa de su patria, pero ellos todava no: y saludaban a sus hermanas y novias en los balcones, como si se despidieran de ellas. Los estudiantes fueron en masa a honrar a los muertos. Los estudiantes que son el baluarte de la Libertad, y su ejrcito ms firme. Las universidades parecen intiles, pero de all salen los mrtires y los apstoles. Y en aquella ciudad quin no saba que cuando haba una libertad en peligro, un peridico en amenaza, una urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunan, vestidos como para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos del brazo, se iban por las calles pidiendo justicia; o daban tinta a las prensas en un stano, e impriman lo que no podan decir; se reunan en la antigua Alameda, cuando en las ctedras queran quebrarles los maestros el decoro, y de un tronco hacan silla para el mejor de entre ellos, que nombraban catedrtico, y al amor de los rboles, por entre cuyas ramas pareca el cielo como un sutil bordado, sentado sobre los libros deca con gran entusiasmo sus lecciones; o en silencio, y desafiando la muerte, plidos como ngeles, juntos como hermanos, entraban por la calle que iba a la casa pblica en que haban de depositar sus votos, una vez que el Gobierno no quera que votaran ms que sus secuaces, y fueron cayendo uno a uno, sin echarse atrs, los unos sobre los otros, atravesados pechos y cabezas por las balas, que en descargas nutridas desataban sobre ellos los soldados? Aquel da qued en salvo por maravilla Juan Jerez, porque un to de Pedro Real desvi el fusil de un soldado que le apuntaba. Por eso, cuando los estudiantes pasaban en la procesin, vestidos de negro, con una flor amarilla en el ojal, los pauelos de todos los balcones soltbanse al viento, y los hombres se quitaban los sombreros en la calle, como cuando pasaban las banderas; y solan las nias desprenderse del pecho, y echar sobre los estudiantes, sus ramos de rosas. En un balcn, con sus dos hermanas mayores y la directora, estaba Sol del Valle. En otro, con un vestido que la haca parecer como una imagen de plata, una linda imagen pagana, estaba Adela. Ms all, donde Sol y Adela podan verlas, ocupaba un ancho balcn, amparado del sol por un toldo de lona, Luca con varias personas de la familia de su madre, y Ana. En una silla de manos haban trado a Ana hasta la casa. Muy mala estaba, sin que ella misma lo supiese bien; estaba muy mala. Pero ella quera ver, con su derecho de artista, aquella fiesta de los colores; a la tierra le faltaba ahora color, verdad, Juan? Mira, si no, como todo el mundo se viste de negro. Quiero or msica, Luca: quiero or mucha msica. Quiero ver las banderas al viento. Y all estaba en el ancho balcn, vestida de blanco, muy abrigada, como si hubiese mucho fro, mirando avariciosamente, como si temiera no volver a ver lo que vea, y sintiendo como dentro del pecho, porque no se las viesen, le estaban cayendo las lgrimas. Luca distingui a Sol, y mir si estaba en el balcn, o dentro, Juan Jerez. Sol, no bien vio a Luca, no quit de ella los ojos, para que supiese que estaba all, y cuando le pareci que Luca la estaba viendo, la salud cariosamente con la mano, a la vez que con la sonrisa y con los ojos. Prefera ella que Luca la mirase, a que la miraran los jvenes mejor conocidos en la ciudad, que siempre hallaban manera de detenerse ms de lo natural frente a su balcn. A Pedro Real, pag con un movimiento de cabeza, su humilde saludo, cuando pas a caballo; y no lo vio con pena, ni con afecto que debiera afligir a doa Andrea, todo lo cual vio Adela desde su balcn, aunque estaba de espaldas. Pero Luca se haba entrado por el alma de Sol, desde la noche en que le pareci sentir goce cuando se clav en su seno la espina de la rosa. Luca, ardiente y desptica, sumisa a veces como una enamorada, rgida y frentica enseguida sin causa aparente, y bella entonces como una rosa roja, ejerca, por lo mismo que no lo deseaba, un poderoso influjo en el espritu de Sol, tmido y nuevo. Era Sol como para que la llevasen en la vida de la mano, ms preparada por la Naturaleza para que la quisiesen que para querer, feliz por ver que lo eran los que tena cerca de s, pero no por especial generosidad, sino por cierta incapacidad suya de ser ni muy venturosa ni muy desdichada. Tena el encanto de las rosas blancas. Un dueo le era preciso, y Luca fue su duea. Luca haba ido a verla; a buscarla en su coche para que paseasen juntas; a que fuese a su casa a que la conociera Ana; y Ana la quiso retratar; pero Luca no quiso porque ahora Ana estaba fatigada, y la retratara cuando estuviese ms fuerte, lo que, puesto que Luca lo deca, no pareci mal a Sol. Luca fue a vestirla una de las noches que iba Sol al teatro, y no fue ella: por qu no ira ella? Juan Jerez tampoco fue esa noche; y por cierto que esa vez Luca le llev, para que lo luciese, un collar de perlas: A m no me lo conocen, Sol: yo nunca me pongo perlas; pero doa Andrea, que ya haba comenzado a dar muestras de una brusquedad y entereza desusadas, tom a Luca por las dos manos con que estaba ofreciendo el collar a Sol, que no vea mucho pecado en llevarlo, y mirando a la amiga de su hija en los ojos, y apretando sus manos con cario a la vez que con firmeza, le dijo con acento que dejaba pocas dudas: No, mi nia, no, lo que Luca entendi muy bien, y qued como olvidado el collar de perlas. A la maana siguiente, a la hora de que Sol fuese a sus clases, fue Luca a buscarla para que diesen una vuelta en el coche por cerca del colegio, y le pregunt con ahnco sobresaltado y doloroso, que a quin vio, que quin subi a su palco, que a quin llam la atencin, que dnde estaba Pedro Real: Oh! Pedro Real, tan buen mozo; no te gusta Pedro Real? Yo creo que Pedro Real llamara la atencin en todas partes. Has visto cmo desde que te conoce no se ocupa de nadie Pedro Real; pero pronto acab de hablar de esto Luca. Quin estaba en el teatro, no le importaba mucho saberlo: Juan no haba estado; pero a la salida quin estaba? no recuerdas quin estaba a la salida? Estaba...? y no acababa de preguntar quin haba estado. Ni saba Sol por quin le preguntaba. No: Sol no haba visto a nadie. Iba muy contenta. La directora la haba tratado con mucho cario. S, Pedro Real haba estado; pero no a saludarla: nadie haba subido a saludarla. La haban mirado mucho. Decan que el cnsul francs haba dicho una cosa muy bonita de ella. Pero al salir, no, no vio a nadie. Sol quera llegar pronto, porque se haba quedado triste doa Andrea. Y al llegar en esta conversacin al colegio, Luca bes a Sol con tanta frialdad, que la nia se detuvo un momento mirndola con ojos dolorosos, que no apearon el ceo de su amiga. Y de pronto, por muchos das, ces Luca de verla. Sol se haba afligido, y doa Andrea no; aunque la pona orgullosa que le quisiesen a su hija; pero Luca no: ella no vea nunca con gusto a Luca. Un da antes de la procesin Luca haba vuelto a la casa de Sol. Que la perdonase. Que Ana estaba muy sola. Que Sol estaba ms linda que nunca. Mira, maana te mandar la camelia ms linda que tenga en casa. Yo no te digo que vengas a mi balcn, porque.... Yo s que t vas al balcn de la directora. Pero mira, vas a estar lindsima; ponte la camelia en la cabeza, a la derecha, para que yo pueda vrtela desde mi balcn. Y le tom las manos, y se las bes; y conforme conversaba con Sol, se pasaba suavemente la mano de ella por su mejilla; y cuando le dijo adis, la miraba como si supiera que corra algn peligro, y le avisase de l, y cuando fue hacia el coche, ya se le iban desbordando las lgrimas. --All est, all est!--dijo como involuntariamente, y reprimindose enseguida que lo haba dicho, una de las hermanas de Sol, la mayor, la que no era bella, la que no tena ms que dos ojos muy negros y acariciadores, expresivos y dulces como los de la llama, el animal que muere cuando le hablan con rudeza. --Quin? --No, no era nadie: Juan Jerez, en el balcn de Luca. --S, ya lo veo. Luca est mirando para ac--y se desprendi, y volvi a prender, para que Luca lo notase, y supiera que pensaba en ella--. Hermanita--dijo de pronto Sol en voz baja--; hermanita, no te parece que Juan Jerez es muy bueno? Yo quisiera verlo ms. Nunca lo he visto cuando he ido a casa de Luca. Yo no s qu tiene, pero me parece mejor que todos los dems. T crees que l querr mucho a Luca? Hermanita no quera decir nada, haca como que no oa. --Juan Jerez iba antes algunas veces a casa, antes de que yo saliese del colegio; verdad? Cuntame, t que lo conoces. Yo s que l se va a casar con Luca, aunque ella no me habla de l nunca; pero a m me gusta hablar de l. A Luca no me atrevo a preguntarle, como ella no me dice... l ha sido muy bueno con mam, no? La directora lo quiere tanto! Mira, all vuelve a pasar Pedro Real: es buen mozo de veras! pero yo le hallo unos ojos extraos, no son tan dulces como los de Juan. No s; pero el nico que me dijo algo la noche de Keleffy, que no se me ha olvidado, fue Juan Jerez. Hermanita no deca palabra. Se le haban puesto los ojos muy negros y grandes como para contener algo que se sala a ellos. Ella, que no miraba hacia el balcn, senta que Juan Jerez haba tenido puesta buen tiempo su mirada larga y bondadosa en Sol. Juan, que acariciaba los mrmoles, que segua por las calles a los nios descalzos hasta que saba donde vivan, que levantaba del suelo las flores pisadas, si no lo vean, y les peinaba los ptalos, y las pona donde no pudiesen pisarlas ms. De la misma manera, y con aquel deleite honrado que produce en un espritu fino la contemplacin de la hermosura, haba Juan mirado a Sol largamente. Luca no estaba all entonces. Pobre Ana! Cuando ya iban pasando los ltimos soldados, palideci, se le cubri el rostro de sudor, cerr los ojos, y cay sobre sus rodillas. La llevaron cargada para adentro, a volverle el sentido. Pareca una santa, vestida de blanco, con su cara amarilla. Luca no se apartaba de su lado; Ana haba vuelto en s; Luca haba mirado ya muchas veces a la puerta, como preguntndose dnde estara Juan. En el balcn? Que no est en el balcn!. Y aun desmayada Ana, por poco no le abandona la mano. --Vete, vete con Juan!--le dijo Ana, apenas abri los ojos, y le not el trastorno; y con la mano y la sonrisa la echaba hacia la puerta suavemente. --Bueno, bueno, vengo enseguida. Y fue al balcn derechamente. --Juan! --Y Ana? Cmo est Ana? El balcn de la directora estaba ya vaco. --Ya est bien: ya est bien. Yo no saba dnde t estabas! * * * * * Y volvemos ahora al pie de la magnolia, cuando ya llevaba das de sucedido todo esto, y Sol estaba en una banqueta a los pies de Luca, sentada en un silln de hierro. Ana, con sus caprichos de madre, haba querido que le llevasen aquel domingo a Sol. Es tan buena, Luca! T no tienes que tenerle miedo: t tambin eres hermosa. Mira: yo veo a las personas hermosas como si fueran sagradas. Cuando son malas no: me parecen vasos japoneses llenos de fango; pero mientras son buenas, no te ras, me parece, cuando estoy delante de ellas, que soy un monaguillo y que le estoy alzando la cogulla, como en la misa, a un sacerdote. Vamos, treme a Sol; pero es de veras que Juan no viene hoy?. --Es de veras! S, s; ahora mismo voy, y te traigo a Sol. Sol vino, y otras amigas de Ana, mas no Adela. Viva ya Ana en un silln de enfermo, porque andar le era penoso, y reclinarse no poda. Ya, como las tardes cuando se est yendo la luz, tena el rostro a la vez claro y confuso, y todo l como baado de una dulce bondad. Ni deseos tena, porque de la tierra dese poco mientras estuvo en ella, y lo que Ana le hubiera pedido a la tierra, de seguro que en ella no estaba, y tal vez estara fuera de ella. Ni senta Ana la muerte, porque no le pareca a ella que fuese muerte aquello que dentro de s senta crecientemente, y era como una ascensin. Cosas muy lindas deba ver, conforme se iba muriendo, sin saber que las vea, porque se le reflejaban en el rostro. La frente la tena como de cera, alta y bruida, y hundidas las paredes de las sienes. Aquellos ojos eran una plegaria. Tena fina la nariz, como una lnea. Los labios violados y secos, eran como una fuente de perdn. No deca sino caridades. Sola, s, no quera estar ella. Tampoco se quiere estar solo cuando se va a entrar en un viaje: tampoco, cuando se est en las cercanas de la boda. Es lo desconocido, y se le teme. Se busca la compaa de los que nos aman. Y ms que con otras se haba encariado Ana, en su enfermedad, con Sol, cuya perfecta hermosura lo era ms, si cabe, por aquel inocente abandono que de todo inters y pensamiento de s tena la nia. Y Ana estaba mejor cuando tena a Sol cogida de la mano, en cuyas horas Luca, sentada cerca de ellas, era buena. Dorma Ana en aquellos momentos, cuando en el patio hablaban Luca y Sol. Hablaban del colegio, que haba dado su examen en aquella semana, y dejaba a Sol libre durante dos meses: y a Sol no le gustaba mucho ensear, no, pero s me gusta: no ves que as no pasa mam apuros? Mam!. Y Sol contaba a Luca, sin ver que a esta al orlo se le arrugaba el ceo, cmo inquietaban a doa Andrea los cuidados de Pedro Real, de que no hablaba la seora, porque la nia no se fijase ms en l; pero ella no, ella no pensaba en eso. --No, por qu no? --No s: yo no pienso todava en eso; me gusta, s, me gusta verle pasear la calle y cuidarse de m; pero ms me gusta venir ac, o que t vayas a verme, y estar con Ana y contigo. Luego, Pedro Real me da miedo. Cuando me mira, no me parece que me quiere a m. Yo no s explicarlo, pero es como si quisiera en m otra cosa que no soy yo misma. Porque a m me parece, anda, Luca, t puedes decirme de eso! a m me parece que cuando un hombre nos quiere, debemos como vernos en sus ojos, as como si estuviramos en ellos, y dos veces que he visto de cerca a Pedro Real, pues no me ha parecido encontrarme en sus ojos. No es, verdad, Luca, que cuando a uno lo quieren le sucede a uno eso? En la mano de Luca se encogi de pronto el cabello de Sol con que jugaba. --Ay! me haces dao. --Quieres que vayamos a ver cmo est Ana? Y ya se estaba poniendo en pie para ir a verla, y arreglndose Sol los cabellos, aquellos cabellos suyos finos, de color castao con reflejos dorados, cuando a un tiempo se oyeron dos diversos ruidos: uno en el cuarto de Ana, como de mucha gente que se moviera y hablara agitadamente, otro a la puerta de la calle, donde, con aire desembarazado, saltaba un hombre opuesto, de una mula de camino. --Juan!--murmur Luca, ponindose ms blanca que las camelias. --Juan Jerez?--dijo Sol alegrndosele el rostro, y acabando apresuradamente de sujetarse las trenzas. Luca, en pie y ceuda, y con los ojos puestos sobre Sol, a quien turbaba aquel silencio, aguard apoyada en la silla de hierro, a Juan que, reparando apenas en Sol, vena haca su prima con las manos tendidas. --Seorita Sol, qu me le ha hecho a mi Luca? Por qu no sales a recibirme? para castigarme porque por verte hoy he andado veintids leguas en mula? A Luca se le vean temblar los labios imperceptiblemente, y como crecer los ojos. Su mano se sacuda entre las de Juan, que la miraba con asombro. Sol haca como que sobre una mesita un poco alejada arreglaba las flores de un vaso. --Luca, qu tienes? --Sol, Luca, vengan!--dijo acercndose a ellas una de sus amigas que sala del cuarto de Ana precipitadamente--. Ah, Juan, que bueno que est aqu. Ve, Luca, ve, yo creo que Ana se muere. --Ana! --S, mande enseguida por el mdico. Salt Juan en la mula, y ech a escape. Sol ya estaba al lado de Ana, Luca mir muy despacio a la puerta de la calle, mir con ira a aquella por donde haba entrado Sol, y se qued unos momentos de pie, sola en el patio, los dos brazos cados, y apretados a los costados, fijos los ojos delante de s tenazmente. Y ech a andar hacia el cuarto de Ana despus de haber mirado a su alrededor a todos los lados, como si temiese. * * * * * Al campo! al campo! Todos van al campo. Todos, s, todos. Adela y Pedro Real, Luca y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto, las personas mayores que por no influir directamente en los sucesos de esta narracin no figuran en ella. Al campo todos! El mdico lleg aquel domingo en momentos en que Ana abra los ojos, que a Sol arrodillada al borde de su cama fue lo primero que vieron. --Ah, t, Sol!--y Sol le pasaba la mano por la frente, y le apartaba de ella los cabellos hmedos. Luca arreglaba las almohadas de manera que Ana pudiera estar como sentada. Sus amigas todas rodeaban la cama, y Ana, sin fuerzas aun para hablar, les pagaba sus miradas de angustia con otras de reconocimiento. Pareca que era dichosa. Sol quiso retirar la mano con que tena asida la de Ana; pero Ana la retuvo. --Qu ha sido, eh, qu ha sido? Sent como si todo un edificio se hubiese derrumbado dentro de m. Ya, ya pas. Ya estoy bien. Y se le cay la cabeza al otro lado de las almohadas. El mdico la hall de esta manera, le puso el odo sobre el corazn, abri de par en par la ventana y las puertas, y aconsej que solo quedase junto a ella la persona que ella desease. Ana, que pareca no or, abri los ojos, como si el aire le hubiese hecho bien, y dijo: --Juan ha llegado, Luca. --Cmo sabes? --Vete con Juan, Luca. Sol, t te quedas. Mir Sol a Luca, como preguntndole; a Luca, que estaba en pie al lado de la cama, duros los labios y los brazos cados. Juan llamaba a la puerta en este instante, y el mdico lo entr en el cuarto, de la mano. --Venga a decirme si no es locura pensar que corre riesgo esta linda nia--y con los ojos, desdeca el mdico sus palabras--. Pero es indispensable que la enfermita vea el campo. Es indispensable. No me pregunte usted qu remedio necesita--dijo el mdico clavando los ojos en Juan--. Mucho reposo, mucho aire limpio, mucho olor de rboles. Llvenmela donde haya calor, estos tiempos hmedos pueden hacerle mucho dao. Si maana mismo pueden ustedes disponer el viaje, sea maana mismo. Pero, nia, no se me vaya a ir sola. Lleve gente que la quiera, y que la arrope bien por las maanitas y por las tardes. Y esta seorita?--aadi volvindose a Sol--. Y creo que usted se me pone buena si lleva consigo a esta seorita. --Oh, s, Sol va conmigo; no, Juan? --Por supuesto--dijo Juan vivamente, pensando con placer en que as se regocijara Ana, cuya aficin a Sol le era ya conocida, y se dara una prueba de estimacin a la pobre viuda--: por supuesto que la llevamos. Va a ser una gala de los ojos ver ir por un caminito de rosales que yo me s, cogidas del brazo, a Sol, Ana y Luca. Luca, maana nos vamos. Sol, voy ahora a su casa a pedirle permiso a doa Andrea. Te parece, Luca que invitemos a Adela y a Pedro Real? Upa, Ana, upa! All tengo unos inditos en el pueblo que te van a dar asunto para un cuadro delicioso. Vamos, doctor?--acarici Juan una mano de Ana, bes la de Luca, con un beso que la regaaba dulcemente y sali al corredor, hablando como muy contento, con el mdico. Ana llam a Luca con una mirada, y as que la tuvo cerca de s, sin decir palabra, y sonriendo felizmente, trajo sobre su seno con un esfuerzo las manos de Luca y de Sol, que estaban cada una a un lado de ella, y paseando sus ojos por sobre sus cabezas, como conversndoles, retuvo largo tiempo unidas las manos de ambas nias bajo las suyas. Y Sol mir a Luca de tan linda manera, que no bien Ana se qued como dormida, se acerc Luca a Sol, la tom por el talle cariosamente, y una vez en su cuarto, empez a vaciar con ademanes casi febriles sus cajas y gavetas. --Todo, todo, todo es para ti--y Sol quera hablar, y ella no la dejaba--. Mira, prubate este sombrero. Yo nunca me lo he puesto. Prubatelo, prubatelo. Y este, y este otro. Esos tres son tuyos. S, s, no me digas que no. Mira, trajes: uno, dos, tres. Este es el ms bonito para ti. Oyes? Yo quiero mucho a Pedro Real. Yo quiero que t quieras a Pedro Real. Que te vea muy bonita. Que te vean siempre ms bonita que yo. Pero yeme, a Juan no me lo quieras. T djame a Juan para m sola. Enjalo. Trtalo mal. Yo no quiero que t seas su amiga. No, no me digas nada! s, es chanza, s, es chanza. Ves? Este vestido malva s te va a estar bien. A ver, qu bien hace con tu pelo castao. Ves? Es muy nuevo. Tiene el corpio como un cliz de flor, un poco recto; no como esos de ahora, que parecen una copa de champaa: muy delgados en la cintura, y muy anchos en los hombros. La saya es lisa; no tiene tableados ni pliegues; cae con el peso de la seda hasta los pies. Ves? a m me est muy corta. A ti te estar bien. Es un poco ancha, a lo Watteau. Mi pastorcita! mi pastorcita! Yo nunca me la he puesto. T sabes? A m no me gustan los colores claros. Ah! mira: aqu tienes--y esconda algo con las dos manos cerradas detrs de su espalda--, aqu tienes, y no te lo vas a quitar nunca, aunque se nos enoje doa Andrea. Cierra los ojos. Los cerr Sol venturosa de verse tan querida por su amiga, y cuando los abri, se vio en el brazo, e hizo por quitarse con un gesto que Luca le detuvo, un brazalete de cuatro aros de perlas margaritas. --S, s, es muy rico; pero yo quiero que t lo tengas. No: nada, nada que me digas: ves? yo tengo aqu otro, de perlas negras. Y nunca, nunca te lo quites! Yo quiero ser muy buena--y la tom de las dos manos, y la bes en las dos mejillas apasionadamente--. Ven, vamos a ver a Ana! Y salieron del cuarto, cogidas del talle. Al campo, al campo! Doa Andrea no sabe que va Pedro Real; que si lo supiese, no dejara ir a Sol: aunque a Juan qu le negara ella? A Juan! Ese, ese era el que ella hubiera querido para Sol. Bueno, Juan: que no salga al sol mucho. Juan pregunt en vano por la hermana mayor, por Hermanita. Ella estaba en la casa cuando entr l; pero ahora no: estar en casa de alguna vecina. No, Hermanita estaba all; estaba en el comedor, detrs de las persianas! Ella vea a quien no la vea. Cierra los ojos, Hermanita, no veas a lo que no debes ver!. Y cuando Juan sali, las persianas se entornaron, como unos ojos que se cierran. Al campo, al campo! Cuatro mulas tiran del carruaje, con collares de plata y cencerro, porque Ana vaya alegre: y las mulas llevan atadas en el anca izquierda unas grandes moas rojas, que lucen bien sobre su piel negra. El cochero es Pedro Real, que lleva al lado a Adela, en la imperial, Juan y Luca, adentro, con la gente mayor, que es muy respetable, pero no nos hace falta para el curso de la novela, Ana sentada entre almohadas, muy mejor con el gozo del viaje, con su cuaderno de apuntes en la falda, para copiar lo que le guste del camino, que ya le perece que est buena, y Sol a su lado, con un vestido de sedilla color de palo, tranquila y resplandeciente como una estrella. Pedro Real se mordi el bigote rizado cuando vio que no iba a ser Sol su compaera en el pescante. Y con Adela iba muy corts. Pero Ana no necesitara nada? Juan, ir Ana bien? Deberamos bajar. Voy a bajar un momento, a ver si Ana va bien! Baj muchos momentos. Y las mulas, aunque diestras, ms de una vez se iban un poco del camino, como si no estuviese bastante puesto en ellas el pensamiento del cochero. Era como de seis leguas el camino, y todo l a un lado y otro de tan frondosa vegetacin que no haba manera de tener los ojos sino en constante regalo y movimiento. Porque all al fondo era un bosque de cocoteros, o una hilera de palmas lejanas que iba a dar en la garganta de dos montes; ya era, al borde mismo del camino, una pendiente llena de flores azules y amarillas que remataba en un ro de espumas blancas, nutrido con las aguas de la sierra, o eran ya a la distancia, imponentes como dos mensajes de la tierra al cielo, dos volcanes dormidos, a cuya falda serpeada por arroyuelos de agua blanca viva y traviesa, se recogan, como siervos azotados a los pies de sus dueos, las ciudades antiguas, desdentadas y rotas, en cuyos balcones de hierro labrado, mantenidos como por milagro sin paredes que los sustentasen sobre las puertas de piedra, crecan en hilos que llegaban hasta el suelo copiosas enredaderas de ipomea. De una iglesia que tuvo los techos pintados, y dorados de oro fino de lo ms viejo de Amrica los capiteles de los pilares, quedaba en pie, como una concha clavada en tierra por el borde, el fondo del altar mayor, cobijado por una media bveda: un bosquecillo haba crecido al amor del altar; la pared interior, cubierta de musgo, le daba desde lejos apariencia de cueva formidable; y era cosa comn y sumamente grata ver salir de entre los pedruscos florecidos, al menor ruido de gente o de carruajes, una bandada de palomas. Otra iglesia, de que no haba quedado en pie ms que el crucero, tena el domo completamente verde, y las paredes de un lado rosadas y negras, como los bordes de una herida. Y por el suelo no poda ponerse el pie sin que saltase un arroyo. Llegaron a los volcanes; pasaron por las ciudades antiguas: ms all iban; y no se detuvieron. Luca, a la sombra de su quitasol rojo, se senta como la seora de toda aquella natural grandeza, y como si el mundo entero, de que tena a los ojos hermosa pintura, no hubiera sido fabricado ms que para cantar con sus mltiples lenguas los amores de Luca Jerez y de su primo. Y se vea ella misma lo interior del crneo como si estuviese lleno de todas aquellas flores: lo que le suceda siempre que estaba sola, con Juan Jerez al lado. Adela y Pedro hablaban de formalsimos sucesos, que tenan la virtud de poner a Adela contemplativa y silenciosa, dando a Pedro ocasin para ir callado buena parte del camino, lo cual aprovechaba l en celebrar consigo mismo animados coloquios: y a cada instante era aquello de: Juan, cmo estar Ana? Bajar un instante, a ver si se le ofrece algo a Ana. Y Luca rea, y daba por cosa cierta que, aunque Sol era nia recatada, ya le haba dicho que Pedro Real le pareca muy bien, y se la vea que le llevaba en el alma: lo que a Juan no pareca un feliz suceso, aunque prudentemente lo callaba. Adentro del carruaje, la dichosa Sol era toda exclamaciones: jams, jams, en su vida de hurfana pobre, haba visto Sol correr los ros, vestirse a los bosques fuertes de campanillas moradas y azules, y verdear y florecer los campos. De un color de rosa de coral se le tean las mejillas, y el nix de Mxico no tuvo nunca mayor transparencia que la tez fina de Sol, en aquella maana de ventura en la naturaleza. Ay! la buena Ana sonrea mucho, pero haba olvidado levantar de su falda el cuaderno de notas. * * * * * Y de pronto sonaron unas msicas; se oscureci el camino como por una sombra grata, y refrenaron las mulas el paso, con gran ruido de hebillas y cencerros. De un salto estaba Pedro a la portezuela del carruaje, al lado de Sol, preguntndole a Ana qu se le ofreca. Pero aqu bajaron todos, y Sol misma, que se volvi pronto al carruaje, para acompaar a Ana, y animarla a tomar del breve almuerzo que los dems, sentados en torno de una mesa rstica, gustaban con vehemente apetito, sazonado por chistes que el piadoso Juan encabezaba y atraa, porque los oyese Ana desde su asiento en el coche, trado a este propsito cerca de la mesa. All, en las tazas de giro posadas en trpodes de bejuco recin cortado de las cercanas, herva la leche que, a juzgar por lo fragante y espumosa, acababa de salir de la vaca de Durham que asom su cabeza pacfica por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar un lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto all por los dueos de la finca, para que los visitantes hiciesen de veras, al llegar de la ciudad, su almuerzo a la manera campesina. All el queso, que manaba la leche al ser cortado, y saba ricamente con las tortas de maz humeantes que serva la indita de saya azul, envueltas en paos blancos. All unos huevos duros, o blanquillos, que venan recostados, cada uno en su taza de giro, sobre unas yerbas de grata fragancia, que olan como flores. All, en la cscara misma del coco recin partido en dos, la leche de la fruta, con una cucharilla de coco labrado que la desprenda de sus tazas naturales. Y mientras duraba el almuerzo, unos indios, descalzos y en sus trajes de lona, puestos en tierra sus sombreros de palma, tocaban, bajo otro paradorcillo ms lejano, dispuesto para ellos, unos aires muy suaves de msica de cuerda, que blandamente templada por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba a nuestros alegres caminantes como una caricia. Adela solo rea forzadamente. Violencia tena que hacerse Sol para no palmotear en el carruaje. Muy feamente arrug el ceo Luca una vez que se acerc Juan a la portezuela del lado de Ana, y habl con ella, hacindola rer, unos minutos: y en cuanto oy rer a Sol, dej Luca su asiento, y se fue ella tambin a la portezuela. Ea! Ea! ya tocan diana, que es el toque de bienvenida y adis, los indios habilidosos. La indita de saya azul da a gustar a la vaca mirona una de las tazas de coco abandonadas. Al pescante van Pedro y Adela: Luca, menos contenta, a la imperial con Juan. Ya la casa de la finca, toda blanca, de techo encarnado, se ve a poca distancia. Ana ya va muy plida; y las mulas, al olor del pesebre, vuelan camino arriba, bajo la bveda de espesos almendros que llenan la avenida con sus hojas redondas y sus verdes frutas. * * * * * Mucha, mucha alegra. Luca tambin estaba alegre, aunque no estaba Juan all. Porque no estaba Juan: el pleito de los indios, aunque aquellos eran das de receso en tribunales como en escuelas, le haba obligado a volver al pueblecito, si no quera que un gamonal del lugar, que tena grandes amigos en el Gobierno, hurtase con una razn u otra a los indios la tierra que la energa de Juan haba logrado al fin les fuese punto menos que reconocida en el pleito. Los indios haban salido de la iglesia con su msica, el domingo antes, apenas se supo que Juan no esperara el tren del da siguiente: y cuando le trajeron a Juan la mula, vio que la haban adornado toda con estrellas y flores de palma, y que todo el pueblo se vena tras l, y muchos queran acompaarle hasta la ciudad. Una viejita, que vena apoyada en su palo, le trajo un escapulario de la Virgen, y una guapa muchacha, con un hijo a la espalda y otro en brazos, lleg con su marido, que era un bello mancebo, a la cabeza de la mula, puso al indito en alto para que le diese la mano al caballero bueno; y muchos venan con jarras de miel cubiertas con estera bien atada, u otras ofrendas, como si pudiesen dar para tanto las ancas de la caballera, muy oronda de toda aquella fiesta; y otro viejito, el padre del lugar, mi seor don Mariano, que jams haba bebido de licor alguno, aunque l mismo trabajaba el de sus plantos propios, lleg, apoyado en sus dos hijos, que eran tambin como senadores del pueblo, y con los brazos en alto desde que pudo divisar a Juan, y como si hubiera al cabo visto la luz que haba esperado en vano toda su vida: Abrazarlo--deca--. Djenme abrazarlo! Seor, todito este pueblo lo quiere como a su hijo!. De modo que Juan, a quien haba conmovido aquellos carios, dej la finca, dos das despus de haber llegado a ella, no bien supo que los indios, a pesar de su esfuerzo, corran peligro de que se les quitase de las manos la posesin temporal que, en espera de la definitiva, haba Juan obtenido que el juez les acordase--el juez, que haba recibido el da anterior de regalo del gamonal un caballo muy fino. * * * * * Mucha, mucha alegra. Luca misma, que en los dos das que estuvo all Juan le dio ocasin de extraeza con unos cambios bruscos de disposicin que l no poda explicarse, por ser mayores y menos racionales que los que ya l le conoca, estaba ahora como quien vuelve de una enfermedad. Era la casa toda de los visitantes, por no estar en ella entonces sus dueos, que eran como de la familia de Juan Pedro, al anochecer, sala de caza, porque era el tiempo de la de los conejos, por all abundantsimos. De los que traa muertos en el zurrn no hablaba nunca, porque Ana no se lo haba de perdonar, por haber todava en este mundo almas sencillas que no hallan placer en que se mate, a la entrada misma de la cueva donde tiene a su compaera y a su prole, a los pobres animales que han salido a descubrir, para mudarse de casa, algn rincn del bosque rico en yerbas. Pero los conejos, de puro astutos, suelen caer en las manos del cazador; porque no bien sienten ruido, se hacen los muertos, como para que no los delate el ruido de la fuga, y cierran los ojos, cual si con esto cerrase el cazador los suyos, quien hace por su parte como que no ve, y echada hacia la espalda la escopeta, por no alarmar al conejo que suele conocerla, se va, mirando a otro lado, sobre la cama del conejo, hasta que de un buen salto le pone el pie encima y as lo coge vivo: una vez cogi tres, muy manso el uno, de un color de humo, que fue para Ana: otro era blanco, al cual hall manera de atarle una cinta azul al cuello, con que lo regal a Sol; y a Luca trajo otro, que pareca un rey cautivo, de un castao muy duro, y de unos ojos fieros que nunca se cerraban, tanto que a los dos das, en que no quiso comer, baj por primera vez las orejas que haba tenido enhiestas, mordi la cadenilla que lo sujetaba, y con ella en los dientes qued muerto. * * * * * Paseos, haba pocos. Sin Ana, quin haba de hacerlos? Con ella no se poda. Ni Sol dejaba a Ana de buena voluntad; ni Luca hubiera salido a goce alguno cuando no estaba Juan con ella. Adela, s, haba trabado amistades con una gruesa india que tena ciertos privilegios en la casa de la finca, y viva en otra cercana, donde pasaba Adela buena parte del da, platicando de las costumbres de aquella gente con la resuelta Petrona Revolorio: y no crea la seorita que le converso por servicio, sino porque le he cobrado aficin. Era mujer robusta y de muy buen andar, aunque esto lo haca sobre unos pies tan pequeos que no haba modo de que Petrona llegara a ver a sus nios sin que le pidieran que los ensease, lo cual ella haca como quien no lo quiere hacer, sobre todo cuando estaba delante el nio Pedro. Las manos corran parejas con los pies, tanto que algunas veces las nias se las pedan y acariciaban; llevaba una simple saya de listado, y un camisoln de muselina transparente, que le cea los hombros y le dejaba desnudos los hermosos brazos y la alta garganta. Era el rostro de facciones graciosas y menudas, de tal modo que la boca, medio abierta en el centro y recogida en dos hoyuelos a los lados, no era en todo ms grande que sus ojos. La naricilla, corta y un tanto redonda y vuelta en el extremo, era una picarda. Tena la frente estrecha, y de ella hacia atrs, en dos bandas no muy lisas, el cabello negro, que en dos trenzas copiosas, veteadas de una cinta roja, llevaba recogida en cerquillo, como una corona, sobre lo alto de la cabeza. Un chal de listado tena siempre puesto y cado sobre un hombro; y no haba quien, cuando remataba una frase que le pareca intencionada, se echase por la espalda con ms bro el chal de listado. Luego echaba a correr, riendo y hablando en una jerga que quera ser muy culta y ciudadana; y se iba a preparar a la nia Ana, lo cual haca muy bien, unos tamales de dulce de coco y un chocolatillo claro, que era lo que con ms gusto tomaba, por lo limpio y lo nuevo, nuestra linda enferma. Y mientras Ana los gustaba, Petrona Revolorio, con el chal cruzado, se sentaba a sus pies no por servicio, sino porque le haba cobrado aficin y le haca cuentos. El alba, sin que Petrona Revolorio estuviese a la puerta del cuarto de la nia Ana con su cesta de flores, que ella misma quera ponerle en el vaso y ver con sus propios ojos, cmo segua la nia? Mi niita: mrenla que galana est hoy!; se lo voy a decir al nio Pedro que nos d un baile de convite a las seoras, y vamos a sacarla a bailar con el nio Pedro. Y l s que es galn tambin, el nio Pedro! Mire, mi niita: no le traigo de esos jazminotes blancos, porque los de ac huelen muy fuerte; pero aqu le pongo, en este vaso azul, esos jazmines de San Juan, que ac se dan todo el ao y huelen muy bien de noche. Con que, mi niita, preprese para el baile, y que le voy a prestar un chal de seda encarnada que yo tengo, que me la va a poner ms linda que la misma nia Sol. Cmo est que se muere el nio Pedro por la nia Sol! Pero yo no s qu tiene la nia Adela, que est como aburrida. Quiere mi niita los tamales hoy de coco, o de carnecita fresca? Ayer mat un cochito, que est de lo ms blando: era el cochito rosado, y la carne est como merengue! Jess, mi niita, no me diga eso! Si yo me muero por servirla: mire que yo soy como las tacitas de coco, que dicen en letras muy guapas: 'yo sirvo a mi duea'. Voy a poner la puerta de mi casa llena de tiestos de flores, y a alquilar a los msicos, el da que mi niita vaya a verme. Y, eso que yo no se lo hago a nadie: porque no lo hago por servicio, sino porque le he cobrado mucha aficin!. * * * * * Y Pedro, como que con la ausencia de Juan vena a ser el caballero servidor de las cuatro nias, qu haba de hacer sino estarlas sirviendo, y mucho mejor cuando no estaba cerca Adela, y mejor aun cuando no estaba junto a Ana, que no pona buenos ojos cuando miraba a la vez a Sol y a Pedro, y mejor que nunca cuando por algn acaso Luca y Sol estaban solas? Y siempre entonces tena Luca algo que hacer, ir de puntillas a ver si segua durmiendo Ana, ver si haban puesto de beber a los pajaritos azules, preguntar si haban trado la leche fresca que deba tomar Ana al despertarse: siempre tena Luca, cuando Pedro y Sol podan quedarse solos, alguna cosa que hacer. Era el lugar de conversacin un colgadizo espacioso, de tablilla bruida el pavimento: la baranda--como toda la casa, de madera--abierta en tres lados para las tres escalerillas que llevaban al jardn que haba al frente de la casa. Estaba el colgadizo siempre en sombra, porque lo vesta de verdor una enredadera copiossima, esmaltada de trecho en trecho por unos ramos de florecitas rojas. Colgaban del techo pintado el fresco de unas caprichosas guirnaldas de hojas y flores como las de la enredadera, unos cestos de alambre cubiertos de cera roja, que les haca parecer de coral, todos llenos de florecillas naturales, brillantes y pequeas, y a menudo adornados con las hebras de una parsita que creca sobre los rboles viejos de la finca, y era, por su verde blancuzco y por crecer en hilos, como las canas de aquella arboleda. En los tramos de pared, entre las ventanas interiores, realzadas con unas lneas de vivo encarnado, haba unos grandes estudios de flores en madera, pintada con los colores naturales por los artistas del pas, con propiedad muy grande: dos de los cuadros eran de magnolia, la una casi abierta, y con cierta hermosura de emperatriz; la otra aun cerrada en su propia rama: y otros dos cuadros eran de las flores pomposas del marpacfico, con sus hojas de rojo encendido, agrupadas de modo que realzase su natural tamao y hermosura. Y all, a la suave sombra, contaba Pedro maravillas y glorias europeas a Ana, que le oa con cario--a Adela, que haca como si no le interesasen--, a Luca, que pensaba con amorosa clera en Juan, en Juan, que no deba venir, porque estaba all Sol, en Juan, que deba venir puesto que estaba Luca--y a Sol contaba tambin aquellas historias, quien sin desagrado ni emocin las escuchaba y con sus hbitos de nia hurfana, azorada a veces de la sbita rudeza que templaba Luca luego con arrebatos afectuosos, solo se senta duea de s cerca de quien la necesitaba, y ni con Adela, que pareca esquivarla, ni con la misma Luca, aunque esto le pesaba mucho, tena ya la naturalidad y abandono que con Ana, con Ana a quien aquellos aires perfumados y calurosos haban vuelto, si no el color al rostro, cierta facilidad a los movimientos y unos como asomos de vida. Hallaba Pedro con asombro que el atrevimiento desvergonzado y celebracin excesiva a que se reduce, casi siempre pagado deprisa y con usura por las mujeres, todo el arte misterioso de los enamoradores, no le eran posibles ante aquella nia recin salida del colegio, que con franca sencillez, y mirndole en los ojos sin temor, deca en alto como materia de general conversacin lo que con ms privado propsito dejaba Pedro llegar discretamente a su odo. Era la nia de tal hermosura que llevaba consigo, y de s misma, la majestad que la defiende; y lo usual iba siendo que cuando Luca encontraba modo de ir a ver si los pajaritos azules tenan agua, o si haba llegado la leche fresca, no mudarse la conversacin entre Sol y Pedro, abierta por lo dems y no muy amena, del asunto en que se estaba antes de que Luca fuera a ver los pjaros. Ni haba cosa que a Luca pusiese en mayor enojo que hallarlos conversando, cuando volva, de la caza de ayer, del jabal en preparacin, de las fiestas de cacera en los castillos seoriales de Europa, de la pobre Ana, de los tamales de Petrona Revolorio. Y Pedro, de otras mujeres tan temido, era con la mayor tranquilidad puesto por Sol, ya a que le leyese la _Amalia_ de Mrmol o la _Mara_ de Jorge Isaacs, que de la ciudad les haban enviado, ya, para unos cobertores de mesa que estaba bordando a la directora, a que devanase el estambre. * * * * * --S, s, hoy estaba muy hermosa. Dime, t, espejo: la querr Juan? la querr Juan? Por qu no soy como ella? Me rasgara las carnes: me abrira con las uas las mejillas. Cara imbcil, por qu no soy como ella? Hoy estaba muy hermosa. Se le vea la sangre y se le senta el perfume por debajo de la muselina blanca. Y se sentaba Luca, sola en su cuarto en una silla sin espaldar, sin quitarse los vestidos, ya a ms de medianoche, y a poco rato se levantaba, se miraba otra vez al espejo, y se sentaba nuevamente, la cara entre las manos, los codos en las rodillas. Luego rompa a hablarse: --Yo me veo, s, yo me veo. Qu es lo que tengo, que me parezco fea a m misma? Y yo no lo soy, pero lo estoy siendo. Juan lo ha de ver; Juan ha de ver que estoy siendo fea. Ay! por qu tengo este miedo! Quin es mejor que Juan en todo el mundo? Cmo no me ha de querer l a m, si l quiere a todo el que lo quiere? quin, quin lo quiere a l ms que yo? Yo me echara a sus pies. Yo le besara siempre las manos. Yo le tendra siempre la cabeza apretada sobre mi corazn. Y esto ni se puede decir, esto que yo quisiera hacer! Si yo pudiera hacer esto, l sentira todo lo que yo lo quiero, y no podra querer a ms nadie. Sol! Sol! quin es Sol para quererlo como yo lo quiero? Juan!... Juan!... Y conteniendo la voz se iba hacia la ventana abierta, y tenda las manos como sin querer, llamando a Juan a quien acababa de escribir sin decirle que viniese. Empuj violentamente las dos hojas de la ventana, y arrodillndose de repente junto a ella, sac afuera, como a que el aire se la humedeciese, la cabeza; y la tuvo apoyada algn tiempo sobre el marco, sin que le molestase aquella almohada de madera. --No puede ser! no puede ser!--dijo levantndose de pronto--: Juan va a quererla. Lo conozco cada vez que la mira. Se sonre, con un cario que me vuelve loca. Se le ve, se le ve que tiene placer en mirarla. Y luego esa imbcil es tan buena! No es mentira, no: es buena. Yo misma, yo misma no la quiero? S, la quiero, y la odio! Qu s yo qu es lo que me pasa por la cabeza? Juan, Juan, ven pronto; Juan, Juan, no vengas! Cmo no ha de quererla Juan?--deca la infeliz, entre golpes de lgrimas, a los pocos momentos, siendo aquel llanto de Luca extrao, porque no vena a raudal y de seguida, aliviando a la que lloraba, sino a borbotones e intervalos, sofocndola y exaltndola, parecido al agua que baja, tropezando entre peas, por los torrentes--. Cmo no ha de quererla Juan, si no hay quien ame lo hermoso ms que l, y la Virgen de la Piedad no es tan hermosa como ella? Juan.... Juan...--deca en voz baja, como para que Juan viniese sin que nadie lo viera--; sin que Sol lo viera! Y si viene... y si la mira... yo, no puedo soportar que la mire!... ni que la mire siquiera! Y si est aqu un mes, dos meses. Y si ella no quiere a Pedro Real, porque no lo quiere, y Ana le dice que no lo quiera. Y ella va a querer a Juan cmo no va a quererlo? Quin no lo quiere desde que lo ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya l me quera a m; porque Ana es buena! Adela lo quiso como una loca; yo bien lo vi, pero l no puede querer a Adela. Y Sol por qu no lo ha de querer? Ella es pobre; l es muy rico. Ella ver que Juan la mira. Qu marido mejor puede tener ella que Juan? Y me lo quitar, me lo quitar si quiere. Yo he visto que me lo quiere quitar. Yo veo como se queda oyndole cuando habla; as me quedaba yo oyndole cuando era nia. Yo veo que cuando l sale, ella alza la cabeza para seguirle viendo. Y van a estar aqu un mes, dos meses! ella siempre con Ana, todos con Ana siempre. l recreando los ojos en toda su hermosura. Yo, callada a su lado, con los labios llenos de horrores que no digo, odiosa y fiera. Esto no ha de ser, no ha de ser, no ha de ser. O Sol se va, o yo me ir. Pero cmo me he de ir yo?; que me lo robe alguien si puede!--y abri los brazos en la mitad del cuarto, como desafiando, y le cay por las espaldas desatada la cabellera negra. Que no se sienten juntos: que yo no lo vea! Y con los labios apoyados sobre el puo cerrado, qued dormida en un silln cerca de la ventana, sombrendole extraamente el rostro, al agitarse movida por el aire, la cabellera negra. A quin vio la maana siguiente Luca, sentado en el colgadizo, con Sol y con Ana? Vena con paso lento, y como si no hubiera querido venir. --No le diga, no le diga!...--a Sol que se levantaba como para avisarle. Vena Luca con paso lento, y Ana y Sol, que conocan las habitaciones de la casa, saban que era ella quien vena. Volvi Sol a su asiento. Juan hizo como que hablaba muy animadamente con Ana y con ella. Luca lleg a la puerta. Los vio sentados juntos, y como que no la vean. Tembl toda. Entra? Sale? Juan! all Juan! Juan as! Se clav los dientes en el labio, y los dej clavados en l. Volvi la espalda, se entr por el corredor que iba a su habitacin; a Sol que fue corriendo detrs de ella: Vete! vete!, y entr en su cuarto, cerrando tras de s con llave la puerta. A Juan que, suponindola apenada, no bien acab con cuanta prisa pudo su empeo en el pueblo de los indios volvi a la ciudad, y de all, aprovechando la noche por sorprender a Luca con la luz de la maana, emprendi sin descansar el camino de la finca a caballo y de prisa! A Juan, que con amores muy altos en el alma, consenta, por aquella piedad suya que era la mayor parte de su amor, en atar sus guilas al cabello de aquella criatura, no tanto por lo que la amaba l, sin que por eso dejase de amarla, sino por lo que lo amaba ella! A Juan que, puestos en las nubes del cielo y en los sacrificios de la tierra sus mejores carios, no dejaba, sin embargo, por aquella excelente condicin suya, de hacer, pensar u omitir cosa con que l pudiera creer que sera agradable a su prima Luca, aunque no tuviese l placer en ella! A Juan que, joven como era, senta, por cierto anuncio del dolor que ms parece recuerdo de l, como si fuera ya persona muy trabajada y vivida, quienes a las mujeres, sobre todo en la juventud, parecan encantadores enfermos! A Juan, que se senta crecer bajo del pecho, a pesar de lo mozo de sus aos, unas como barbas blancas muy crecidas, y aquellos carios pacficos y paternales que son los nicos que a las barbas blancas convienen! A Juan, que tena de su virtud idea tan exaltada como la mujer ms pudorosa, y entenda que eran tan graves como las culpas groseras los adulterios del pensamiento! A Juan, porque, ya despus de aquellas cartas extraas que Luca le haba escrito a la finca sin hablarle de su vuelta, recibirlo de aquel modo, con aquella mirada, con aquella explosin de clera, con aquel desdn! Pues cundo haba cesado de pensar Juan, cundo, que aquel cario que con tanta ternura prodigaba, sin fatiga ni traicin, sobre su prima, era como una concesin de l, como un agradecimiento de l, como una tentativa, a lo sumo, de asir en cuerpo y ver con los ojos de la carne las ideas de rostro confuso y vestidura de perlas, que cogidas del brazo y con las alas tendidas, le vagaban en giros majestuosos por los espacios de su mente? Pues sin el alma tierna y fina que de propia voluntad suya haba supuesto, como natural esencia de un cuerpo de mujer, en su prima Luca, qu vena a ser Luca? Qu hombre, que lo sea, ama a una mujer ms que por el espritu puro que supone en ella, o por el que cree ver en sus acciones, y con el que le alivia y levanta el suyo de sus tropiezos y espantos en la vida? Pues una mujer sin ternura qu es sino un vaso de carne, aunque lo hubiese moldeado Cellini, repleto de veneno? As, en un da, dejan de amar los hombres a la mujer a quien quisieron entraablemente, cuando un acto claro e inesperado les revela que en aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que la invisti su fantasa. --Estar enferma Luca. Ana--dile que la saludar luego--. Voy a ver a Pedro Real. Sol, gracias por lo buena que es usted con Ana. Usted tiene ya fama de hermosa, pero yo le voy a dar fama de buena. Luca oy esto, que hizo que le zumbasen las sienes y le pareciese que caa por tierra: Luca, que sin ruido haba abierto la puerta de su cuarto, y haba venido hasta la de la sala, para or lo que hablaban, en puntillas. * * * * * Violentos fueron, a partir de entonces, los das en la finca. Ni Ana misma saba, puesto que tena a Sol constantemente a su lado, qu causaba la ira de Luca. Esta ces cuando Juan, tomndola a la tarde de la mano, la llev, mientras que Pedro y Adela buscaban flores de saco para Ana, a la sombra de un camino de rosales que daba al saucal, y donde haba de trecho en trecho unos bancos de piedra, y al lado unos atriles, de piedra tambin, como para poner un libro. En la mirada y en la voz se conoca a Juan que algo se le haba roto en lo interior, y le causaba pena; pero con voz consoladora persuada a Luca quien, con pretextos ftiles, que no acertaba Juan a entender ni excusar, ocultaba la razn verdadera de su ira, que ella a la vez quera que Juan adivinase y no supiese: porque si no lo es, y se lo digo, tal vez sea! Y no lo es, no, yo creo ahora que no lo es; pero si no sabe lo que es cmo me va a perdonar?. Y airada ya contra Juan irrevocablemente, como si las nubes que pasan por el cielo del amor fueran sus lienzos funerarios, se levantaron como si hubieran hecho las paces, pero sin alegra. Pusironse en esto los das tan lluviosos, que ni Pedro iba a casa, ni Adela a la de la Revolorio, ni poda Ana salir al colgadizo, ni Sol y Luca, sino estar cerca de ella; ni Juan, fuera de sus horas de leer, que le fatigaban ahora que no estaba contento, tena modo de estar alejado de la casa. Ni haba con justicia para Juan placer ms grato, ahora que en Luca haba entrevisto aquel espritu seco y altanero, que estar cerca de Ana, cuyo espritu puro con la vecindad de la muerte se esclareca y afinaba. Y se asombraba Juan, con razn, de haber pasado, libre aun, cerca de aquella criatura que se desvaneca, sin rendirle el alma. Esta misma contemplacin del espritu de Ana, cuya cabalidad y belleza entonces ms que nunca le absorban, le apartaron del riesgo, en otra ocasin acaso inevitable, de observar en cun grata manera iban unidas en Sol, sin extraordinario vuelo de intelecto, la belleza y la ternura. Con Luca, no haba paces. Lo que no penetraba Ana, cmo lo haba de entender Sol? En vano, Sol, aunque ya asustadiza, aprovechando los momentos en que Ana estaba acompaada de Juan o de Pedro y Adela, se iba en busca de Luca, que hallaba ahora siempre modo de tener largos quehaceres en su cuarto, en el que un da entr Sol casi a la fuerza, y vio a Luca tan descompuesta que no le pareci que era ella, sino otra en su lugar: en el talle un jirn, los ojos como quemados y encendidos, el rostro todo como de quien hubiese llorado. Y ese da Luca y Juan estaban en paz: ni permita Juan, por parecerle como indecoro suyo, aquel llevar y traer de cleras, que le sacaban el alma de la fecunda paz a que por la excelencia de su virtud tena derecho. Pero ese da, como que Ana se fatigase visiblemente de hablar, y Adela y Pedro estuviesen ensayando al piano una pieza nueva para Ana, Juan, un tanto airado con Luca que se le mostraba dura, habl con Sol muy largamente, y se anim en ello, al ver el inters con que la enferma oa de labios de Juan la historia de Mignon, y a propsito de ella, la vida de Goethe. No era esta para muy aplaudida, del lado de que Juan la encaminaba entonces, y tan hermosas cosas fue diciendo, con aquel arrebatado lenguaje suyo, que se le encenda y le rebosaba en cuanto senta cerca de s almas puras, que Pedro y Adela, ya un tanto reconciliados, vinieron discretamente a or aquel nuevo gnero de msica, no sealada por el artificio de la composicin ni pedantesca pompa, sino que con los ricos colores de la naturaleza sala a caudales de un espritu ingenuo, a modo de confesiones oprimidas. Luca se levantaba, se mostraba muy solcita para Ana, interrumpa a Juan melosamente. Sala como con despecho. Entraba como ya iracunda. Se sentaba, como si quisiera domarse. Sol, habrn puesto agua a los pjaros?. Y Sol fue, y haban puesto agua. Sol, habrn trado la leche fresca para Ana?. Y Sol fue, y haban trado la leche fresca para Ana. Hasta que, al fin, sali Luca, y no volvi ms: Sol la hall luego, con los ojos secos y el talle desgarrado. Y aquello creca. Hoy era una dureza para Sol. Otra maana. A la tarde otra mayor. La nia, por Ana y por Juan, no las deca. Juan, apenas bajaba. Luca, con grandes esfuerzos, lograba apenas, convertido en odio aparente todo el cario que por Juan senta, disimularlo de modo que no fuese apercibido. Quin haba de achacar a Sol tanta mudanza, a Sol cuya pacfica belleza en el campo se completaba y esparca, pues era como si la vertiese en torno suyo, y por donde ella anduviese fueran, como sus sombras, la fuerza y la energa? A Sol, que sobre todos levantaba sus ojos limpios, grandes y sencillos, sin que en alguno se detuviesen ms que en otro; con Luca, siempre tierna; para Ana, una hermanita; con Pedro, jovial y buena; con Juan, como agradecida y respetuosa? Pero ese era su pecado: sus ojos grandes, limpios y sencillos, que cada vez que se levantaban, ya sobre Juan, ya sobre otros donde Juan pudiese verlos, se entraban como garfios envenenados por el corazn celoso de Luca; y aquella hermosura suya, serena y decorosa, que sin encanto no se poda ver, como la de una noche clara. * * * * * Hasta que una noche: --No, Sol, no: qudate aqu. --Ana, adnde vas? Qu tienes, Ana? Salir t del cuarto a estas horas? Ana! Ana! --Djame, nia, djame. Hoy, yo tengo fuerzas. Llvame hasta la mitad del corredor. --Del corredor? --S: voy al cuarto de Luca. --Pues bueno, yo te llevo. --No, mi nia, no--se sent un momento, con Sol a sus pies, le abraz la cabeza, y la bes en la frente. Nada le dijo, porque nada deba decirle. Y se levant, del brazo de ella. --Es que s lo que tiene triste a Luca. Djame ir. De ningn modo vayas. Es por el bien de todos. Fue, toc, entr. --Ana! Ana, casi lvida y tendiendo los brazos para no caer en tierra, estaba de pie, en la puerta del cuarto oscuro, vestida de blanco. --Cierra, cierra. Se habl mucho, se oyeron gemidos, como de un pecho que se vaca, se llor mucho. All a la madrugada, la puerta se abra, Luca quera ir con Ana. --No, no, quiero llevarte; cmo has de ir sola si no puedes tenerte en pie? Sol estar despierta todava. Yo quiero ver a Sol ahora mismo. --Loca! Hasta cundo eres buena, loca! A Juan, s, en cuanto lo veas maana, que ser delante de m, bsale la mano a Juan. A Sol, que no sepa nunca lo que te ha pasado por la mente. Vamos: acompame hasta la mitad del corredor. --Mi Ana, madrecita ma, mi madrecita! Y llor Luca aquella maana, como se llora cuando se es dichoso. * * * * * Fiesta, fiesta! El mdico lo ha dicho; el mdico, que vino desde la ciudad a ver a la enferma, y hall que pensaba bien Petrona Revolorio. Fiesta de flores para Ana! Todos los msicos de las cercanas! Telegramas a los sinsontes! Recados a los amarillos! Mensajeros por toda la comarca, a que venga toda la canora pajarera! Ana, ya se sabe de Ana: Aqu no est bien, y debe ir adonde est bien! Pero es buena idea esa de Petrona Revolorio, y la enferma quiere que se d un baile que haga famosa la finca. Petrona, por supuesto, no estar en la sala, ni ese es el baile que deba dar el nio Pedro Real; pero ella estar donde la pueda ver su niita Ana, y mandarle todo lo que necesite, porque ella baila con ver bailar, y lo que hace no lo hace por servicio, sino porque ha cobrado mucha aficin. Ya est tan contenta como si fuese la seora. Tiene un jarrn de China, que hubo quin sabe en qu lances, y ya lo trajo, para que adorne la fiesta; pero quiere que est donde lo vea la nia Ana. Ahora s que ha empezado la temporada en la finca! Andar, bien, andar, Ana no puede; pero Petrona la acompaa mucho y Sol, siempre que van Juan y Luca a pasear por la hacienda, porque entonces qu casualidad! entonces siempre necesita Ana de Sol. El mdico vino, despus de aquella noche. El baile lo quiere Ana para sacudir los espritus, para expulsar de las almas suspicaces la pena pasada, para que con el roce solitario no se enconen heridas aun abiertas, para que viendo a Luca tierna y afable, torne de nuevo la seguridad en el alma de Juan alarmado, para que Luca vea frente a frente a Sol en la hora de un triunfo, y como Ana le hablar antes a Juan, Luca no tiemble. Ana se va, y ya lo sabe!: ella no quiere el baile para s, sino para otros. * * * * * Qu semana, la semana del baile! Pedro ha ido a la ciudad. Luca quiso por un momento que fuera Juan, hasta que la mir Ana. --Oh, no, Juan! t no te vayas. Una tristeza haba en los ojos de Juan Jerez, que acaso ya nada hara desaparecer: la tristeza de cuando en lo interior hay algo roto, alguna creencia muerta, alguna visin ausente, algn ala cada. Mas se not en los ojos de Juan una dulce mirada, y no como de que se alegraba l por s, sino por placer de ver tierna a Luca. Son tan desventurados los que no son tiernos! De la ciudad vendra lo mejor; para eso iba Pedro. Quin no quera alegrar a Ana? Y ver a Sol del Valle, que estaba ahora ms hermosa que nunca quin no querra? Carruajes, los tenan casi todos los amigos de la casa. El camino, salvo el tramo de las ciudades antiguas, era llano. All habra caballeras para ayuda o repuesto. Cerca de la casa, como a dos cuadras de ella, aderezaron para caballerizas dos grandes caserones de madera, construidos aos atrs para experimentos de una industria que al fin no dio fruto. Pedro, antes de salir, haba encargado que por todas las calles del jardn que haba frente a la casa, pusieran unas columnas, como media vara ms altas que un hombre, que haban de estar todas forradas de aquella parsita del bosque, sembrada ac y all de flores azules; y sobre los capiteles, se pondran unos elegantes cestos, vestidos de guas de enredadera y llenos de rosas. Las luces vendran de donde no se viesen, ya en el jardn, ya en la casa; y estaba en camino Mr. Sherman, el americano de la luz elctrica, para que la hubiese bien viva y abundante: los globos se esconderan entre cestos de rosas. De jazmines, margaritas y lirios iban a vestirle a Ana, sin que ella lo supiese, el silln en que deba sentarse en la fiesta. Con una hoja de palma, puesta a un lado de los marcos y encorvada en ondulacin graciosa por la punta en el otro, vistieron los indios todas las puertas y ventanas, y hubo modo de aadir a las enredaderas del colgadizo, otras parecidas por un buen trecho a ambos lados de las tres entradas, en cada uno de cuyos peldaos, como por toda esquina visible del colgadizo o de las salas, pusieron grandes vasos japoneses y chinos con plantas americanas. En las paredes del saln como desusada maravilla, colg Juan cuatro platos castellanos, de los que los conquistadores espaoles embutan en las torres. Era por dentro la casa blanca, como por fuera, y toda ella, salvo el colgadizo, tena el piso cubierto por una alfombra espesa como de un negro dorado, que no llegaba nunca a negro, con dibujos menudos y fantsticos, de los que el del ancho borde no era el menos rico, rescatando la gravedad y monotona que le hubiera venido sin ellos de aquella masa de color oscuro. * * * * * Gentes, carruajes, caballos! Pedro y Juan jinetean sin cesar toda la tarde, de la casa al parador, y de este a aquella. En las ciudades antiguas donde aun hay alegres posadas, y cierto indio que sabe francs, han comido casi todos los invitados. A las ocho de la noche empieza el baile. Toda la noche ha de durar. Al alba, el desayuno va a ser en el parador. Oh qu tamales, de las especies ms diversas, tiene dispuestos Petrona Revolorio! esta tarde, cuando los hizo, se puso el chal de seda. Ana no ha visto su silln de flores. Adnde ha de estar Adela, sino por el jardn correteando, enseando cuanto sabe, a la cabeza de un tropel de flores, de flores de ojos negros? Y Luca? Luca est en el cuarto de Ana, vistiendo ella misma a Sol. Ella, se vestir luego. A Sol, primero! Mrala, Ana, mrala. Yo me muero de celos. Ves? el brazo en encajes. Tomo; te lo beso! Qu bueno es querer! Dime, Ana, aqu est el brazo, y aqu est la pulsera de perlas: cules son las perlas? Y de qu iba vestida Sol? De muselina; de una muselina de un blanco un poco oscuro y transparente, el seno abierto apenas, dejando ver la garganta sin adorno; y la falda casi oculta por unos encajes muy finos de Malines que de su madre tena Ana. --Y la cabeza cmo te vas a peinar por fin? Yo misma quiero peinarte. --No, Luca, yo no quiero. No vas a tener tiempo. Ahora voy a ayudarte yo. Yo no voy a peinarme. Mira; me recojo el cabello, as como lo tengo siempre, y me pongo te acuerdas? como en el da de la procesin, me pongo una camelia. Y Luca, como alocada, haca que no la oa. Le deshaca el peinado, le recoga el cabello a la manera que deca. As? No? Un poco ms alto, que no te cubra el cuello. Ah! y las camelias?... Esas son? Qu lindas son! qu lindas son!. Y la segunda vez dijo esto ms despacio y lentamente como si las fuerzas le faltaran y se le fuera el alma en ello. --De veras que te gustan tanto? Qu flores te vas a poner t? Luca, como confusa: --T sabes: yo nunca me pongo flores. --Bueno: pues si es verdad que ya no ests enojada conmigo, qu te hice yo para que te pusieras enojada? si es verdad que ya no estas enojada, ponte hoy mis camelias. --Yo, camelias! --S, mis camelias. Mira, aqu estn; yo misma te las llevo a tu cuarto. Quieres? Oh! si se pusiera toda aquella hermosura de Sol la que se pusiese tus camelias. Quin, quin llegara nunca a ser tan hermosa como Sol? Qu lindas, qu lindas, son esas camelias! Pero t, qu flores te vas a poner?. --Yo, mira: Petrona me trajo unas margaritas esta maana, estas margaritas. * * * * * Gentes, caballos, carruajes! Las cinco, las seis, las siete. Ya est lleno de gente el colgadizo. Caballeros y nias vienen ya del brazo, de las habitaciones interiores. Carruajes y caballos se detienen a la puerta del fondo, de la que por un corredor alfombrado, con grabados sencillos adornadas las paredes, se va a la vez a los cuartos interiores que abren a un lado y a otro, y a la sala. Ya desde l, al apearse del carruaje, se ve a la entrada de la sala, donde hay un doble recodo para poner dos otomanas, como si hubiese all ahora un bosquecillo de palmas y flores. En un cuarto dejan las seoras sus abrigos y enseres, y pasan a otro a reparar del viaje sus vestidos o a cambiarlos algunas por los que han enviado de antemano. A otro cuarto entran a aliarse y dejar sus armas los que han venido a caballo. Una panoplia de armas indias, clavada a un lado de la puerta de los caballeros, les indica su cuarto. Un gran lazo de cintas de colores y un abanico de plumas medio abierto sobre la pared, revelan a las seoras los suyos. Ya suenan gratas msicas, que los indios de aquellas cercanas, colocados en los extremos del colgadizo, arrancan a sus instrumentos de cuerdas. Del jardn vienen los concurrentes; del cuarto de las seoras salen; Ana llega del brazo de Juan. Juan, quin ha sido? para m ese silln de flores?. No la rodean mucho; se sabe que no deben hablarle. Y Luca que no viene? Ella vendr enseguida. Y Sol? Dnde est Sol? Dicen que llega. Los jvenes se precipitan a la puerta. No viene aun. Se est inquieto. Se valsa. Sol viene al fin: viene, sin haberla visto, de llamar al cuarto de Luca. Voy! Ya estoy!. As responde Luca de adentro con una voz ahogada. No oye Sol los cumplimientos que le dicen: no ve la sala que se encorva a su paso; no sabe que la escultura no dio mejor modelo que su cabeza adornada de margaritas, no nota que, sin ser alta, todas parecen bajas cerca de ella. Camina como quien va lanzando claridades, hacia Juan camina: --Juan Luca no quiere abrirme! Yo creo que le pasa algo. La criada me dice que se ha vestido tres o cuatro veces, y ha vuelto a desvestirse, y a despeinarse, y se ha echado sobre la cama, desesperada, lastimndose la cara y llorando. Despus despidi a la criada, y se qued vistindose sola. Juan! vaya a ver qu tiene! En este instante, estaban Juan y Sol, de pie en medio de la sala, y otras parejas, pasando, en espera de que rompiese el baile, alrededor de ellos. --All viene! all viene!--dijo Juan, que tena a Sol del brazo, sealando hacia el fondo del corredor, por donde a lo lejos vena al fin Luca. Luca, todo de negro. A punto que pasaba por frente a la puerta del cuarto de vestir, interrumpiendo el paso a un indio, que sacaba en las manos cuidadosamente, por orden que le haba dado Juan, una cesta cargada de armas, vio, viniendo hacia ella del brazo, solos, en pleno luz de plata, en mitad del bosquecillo de flores que haba a la entrada de la sala, a Juan y a Sol, a la hermossima pareja. Se afirm sobre sus pies como si se clavase en el piso. Espera! Espera!, dijo al indio. Dej a Juan y a Sol adelantarse un poco por el corredor estrecho, y cuando les tena como a unos doce pasos de distancia, de una terrible sacudida de la cabeza desat sobre su espalda la cabellera: Cllate, cllate!, le dijo al indio, mientras haciendo como que miraba adentro, pona la mano tremenda en la cesta; y cuando Sol se desprenda del brazo de Juan y vena a ella con los brazos abiertos.... Fuego! Y con un tiro en la mitad del pecho, vacil Sol, palpando el aire con las manos, como una paloma que aletea, y a los pies de Juan horrorizado, cay muerta. --Jess! Jess! Jess!--y retorcindose y desgarrndose los vestidos, Luca se ech en el suelo, y se arrastr hasta Sol de rodillas, y se mesaba los cabellos con las manos quemadas, y besaba a Juan los pies; a Juan, a quien Pedro Real, para que no cayese, sostena en su brazo. Para Sol, para Sol, aun despus de muerta, todos los cuidados! Todos sobre ella! Todos queriendo darle su vida! El corredor lleno de mujeres que lloraban! A ella, nadie se acercaba a ella! --Jess, Jess!--entr Luca por la puerta del cuarto de vestir de las seoras, huyendo, hasta que dio en la sala, por donde Ana cruzaba medio muerta, de los brazos de Adela y de Petrona Revolorio, y exhalando un alarido, cay, sintiendo un beso, entre los brazos de Ana. End of the Project Gutenberg EBook of Amistad funesta, by Jos Mart License: Share Alike