Produced by This ebook was produced by Chuck Greif & the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdpcanada.net BIBLIOTECA de LA NACIN CARLOS NODIER El Pintor de Salzburgo TRADUCCIN DE TOMS ORTS-RAMOS BUENOS AIRES 1919 Derechos reservados. Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires NDICE De los tipos en literatura El pintor de Salzburgo Las meditaciones del claustro Adela DE LOS TIPOS EN LITERATURA La imitacin es el objeto del arte propiamente dicho; la invencin es el sello del genio. Invencin absoluta, tampoco, ciertamente, la hay. La invencin ms llena de atrevimiento y de originalidad, no es ms que un conjunto de imitaciones escogidas. El hombre no compone nada de la nada; pero se eleva casi al nivel de la potencia creadora, cuando de una multitud de elementos dispersos forma una individualidad nueva y le dice: S! El escultor copia una figura de hombre; es el mismo hombre con las proporciones armoniosas de sus miembros, la ondulante flexibilidad de sus miembros, la elasticidad animada de sus carnes casi vivas a la vista: el escultor no ha hecho ms que una academia. Busca, compara, rene, pone en relacin en un orden posible, tan posible que parece verdadero, todas las partes de una organizacin perfecta, que respira la majestad soberana apenas humanizada por un resto de clera y de desdn; entonces ya no es un escultor; ha hecho un Apolo, ha hecho un dios. En el tiempo de Homero, ningn guerrero fue identificado con su Aquiles, o con su Ajax, o con su Diomedes, ni ningn rey con su Nestor; y, sin embargo, ese rey y esos guerreros, que no han existido jams, son seres vivientes. Si queris reconocer por signos seguros en el poeta la invencin y el genio, que son lo mismo, deteneos a examinar aquellos personajes que se han convertido en _tipos_ en todas las literaturas y cuyos nombres propios hacen casi el efecto de sustantivos en todas las lenguas. Es que, en efecto, el nombre de una figura tpica ya no es una etiqueta banal que se adosa al zcalo de un busto o a los plintos de un bajo relieve; es el signo representativo de una concepcin, de una creacin, de una idea. Aun hoy mismo, el ttulo de hroe o de semidis habla menos al pensamiento que el nombre de Aquiles. En las edades secundarias, en que el movimiento progresivo de la civilizacin ha puesto en juego nuevos resortes y desarrollado nuevas combinaciones, el espritu humano ha seguido dos caminos: el uno, ya trillado, que no conduca ms que a la reproduccin perpetua de los bellos _tipos_ antiguos; el otro, innovador y temerario, en el que se aspira a apoderarse del carcter y de la fisonoma de los _tipos_ modernos. Es quizs en la eleccin de estas direcciones donde se ha manifestado la divisin de las dos escuelas que se llaman _clsica_ y _romntica_, bien que al principio las dos hayan tambin sido _romnticas_ y hayan de convertirse en resultado tan _clsica_ la una como la otra. En los pueblos de segunda formacin, cuanto ms se ha pensado la educacin sobre la tradicin de los pueblos antiguos, ms se ha prevalecido el espritu de imitacin. Si se excepta esa galera fantstica de Dante, en que los tipos ms sorprendentes y ms extraordinarios estn amontonados con una profusin espantosa, como en el _Juicio Final_ de Miguel Angel, los italianos han sido raramente creadores. En cambio, Shakespeare es tan rico en tipos como Homero, y ha recorrido todos los grados de la escala de la imaginacin, desde el natural ms positivo hasta la ms delirante fantasa. La petulancia caballeresca, la fogosidad de las costumbres y la agudez del lenguaje del italiano Mercucio, no tienen ms verdad que la ferocidad sensible y la heroica ingenuidad de Otelo, ni ms individual que el vaporoso infantilismo de Puck y la grosera brutalidad de Caliban. Pero Shakespeare saba personificarlo todo, incluso el genio, las pasiones, los errores, las vagas inquietudes y la enfermedad naciente de una sociedad que se despierta con los grmenes de la muerte en el seno. La sublime figura de Hamlet, que no ser nunca bastante apreciada, es un prototipo completo de la Edad Media. Los alemanes, a quienes una propensin orgnica al misticismo arrastra siempre hacia la espiritualidad, eran menos aptos a comprender y a fijar las imgenes de la vida social en sus realidades absolutas. El impulso de un psiquismo soador les lleva hacia un mundo ms ideal, y cuando descubren un _tipo_ sensible, es ms pronto por el privilegio de la previsin que por el de la percepcin, y ms en el porvenir que en el presente. El hombre, tal como es, desaparece para ellos ante el hombre que ser o ante el hombre como debera ser. Estacionarios en las costumbres, porque han colocado su vida moral en otra regin, marchan como precursores a la cabeza de las ideas. As, en _Los bandidos_, obra maestra de Schiller, cuyo mismo autor apenas si conceba el alcance, hay un sumario potico de las prximas revoluciones. As en la pintura de esa sensibilidad soadora, irritable y apasionada de _Werther_, que acaba por verse obligado a reaccionar sobre s mismo, Goethe ha revelado el misterio. Si pudieseis encerrar esos dos tipos en un crculo trazado a comps, no habra necesidad de conservar otros monumentos de nuestra historia contempornea, porque en ellos se encuentra toda. Ya he dicho que el genio del escritor se reconoce sobre todo por la creacin de _tipos_ y que ningn carcter de invencin se convierte en _tipo_ si no presenta esa expresin de individualidad original, pero asequible, que la hace familiar a todo el mundo. Quin de vosotros no conoce a Don Quijote y a Sancho? quin no se complacer en creerlos trotando juntos, el uno sobre Rocinante, el otro sobre su rucio, por las llanuras de la Mancha? quin, encontrndose en Espaa, no abandonar a costa de grandes molestias, los animados corros de la Rambla o las voluptuosidades del Prado para ir a buscar el inmortal espritu de los dos hroes a alguna posada? En una de esas guerras imperiales que tenan por objeto dar a Espaa un soberano a hechura de nuestro seor, los franceses, hostigados por los guerrilleros, se vengaban, segn el uso inmemorial de los hroes, recorriendo el pas a la claridad del incendio. De pronto llegan a una poblacin que seguir la suerte de las otras, cuando a alguien se le ocurre preguntar su nombre: es Toboso. Una carcajada simptica y cordial se eleva en todas partes; las armas caen de las manos del vencedor y los afortunados compatriotas de Dulcinea escapan a la carnicera, bajo la proteccin del genio de Cervantes. Con frecuencia se ha negado a los franceses el genio de invencin. Y, sin embargo, ningn pueblo los ha posedo en el mismo grado ni ha sido ms variado en la creacin de sus _tipos_; lo que le ha faltado es la libertad literaria que se le disputa, desde que posee una literatura, en nombre de Aristteles, en nombre de la Sorbona, en nombre de la Universidad, en nombre de la Academia, y que, en los das de emancipacin universal a que hemos llegado, se le negar probablemente en nombre de la universidad. Yo no s por qu el genio en Francia me recuerda siempre la fbula de Gulliver y de Liliput. Si l aparece, se le huye; si se duerme, se le montan encima, y cuando despierta, se encuentra agarrotado por los enanos. Lo que hay de cierto, es que este espritu de creacin nos era propio. Nuestro viejo _Pathelin_ es un tipo inmortal y, como tantos otros, confirma mi regla; se ha convertido en substantivo. Rabelais es el inventor de _tipos_ ms fecundo que haya existido. Despus de l, no se ha hecho ms que espigar. Son los _Panurgo_, los _Hermanos Juan_, los _Rominagrobis_, _Picrochole_, _Bridoie_, _Janotus de Bragmardo_; personajes esencialmente verdaderos, los que pasan cada da al alcance de nuestra mano, pero que slo Rabelais ha sabido sorprender. Para encontrar un genio gemelo suyo hay que remontarse a Molire. Todo el mundo conoce a _Tartufo_; todo el mundo, o, poco menos, ha tenido tratos con _Harpagn_. En cuanto al _Misntropo_, ya es otra cosa. Para l se ha servido de moldes blandos, estropeados, indescifrables. Molire se ha colocado en medio de esta sociedad insignificante, sin originalidad, sin relieve, sin caracteres salientes en que poder apoyarse, y, sin embargo, l la ha sorprendido, se ha apoderado de ella y la ha arrojado en el molde inmortal de sus invenciones, ha hecho un _tipo_ de ella. Si la bella y altanera organizacin de Corneille no hubiera sido miserablemente sometida por la Academia de su tiempo a las dimensiones de este hecho de Procusto, sobre el cual deban ser torturados a su vez todos los genios de Francia, nos hubiera dejado ms _tipos_, porque la naturaleza le haba dotado en el ms alto grado de la potencia creadora. Pero, qu hacer, gran Dios!, cuando se tiene a Richelieu por enemigo, a Scudery por adversario y a Chapelain por juez? No obstante, los _tipos_ que l ha creado tienen la huella de una especialidad tan ntima, que ni siquiera la imitacin se atreve a desflorarlos. _Poliuto_ y _Nicomedes_ son figuras vrgenes. Admitiendo la hiptesis que yo he abrazado, se comprender fcilmente que Racine, an ms sometido que Corneille a las exigencias acadmicas, y para colmo de desgracias obligado a ser cortesano, haya producido menos _tipos_ sorprendentes cuya expresin viva y original representa, con toda la exactitud de una cifra, el valor real del poeta. Ha sido preciso que prescindiese un da, por la eleccin del asunto, de las tradiciones rutinarias de la antigedad y de la perniciosa influencia de los grandes seores, para que se atreviese a trazar el carcter de _Acomato_ y el de _Roxana_. Ah nicamente se ha mostrado como era, capaz de novedades atrevidas y de sublimes invenciones; el resto no es ms que un reflejo deslumbrador de los trgicos griegos y de los lricos sagrados. Despus viene Voltaire, que l mismo constitua un _tipo_. Cortesano asiduo de los poderes que acababan y de los que comenzaban, _clsico_ revolucionario y _romntico_ meticuloso, uno de esos genios inquietos, pero indecisos, que sirven de eje a las revoluciones del mundo, saba romper las cadenas, pero arrastraba los andadores. Sus personajes son casi siempre calcos en los que apenas se encuentran las lneas de una fisonoma humana. Desde _Orosmane_, que es una imitacin amanerada de _Otelo_, hasta _Pangloss_, que es una contraprueba borrosa de _Panurgo_, no ha hecho mover una imagen verdadera, una imagen tpica de hombre. Se creera que se haba impuesto la tarea de disfrazarla, de parodiarla. Sus gebros no son tales gebros, sus escitas no son escitas, sus musulmanes no son musulmanes, sus americanos no son americanos. Son comparsas del club de Holbach que recitan en versos alejandrinos fragmentos de filosofa rimada. El tipo de Mahomet era uno de los que estaban por hacer; l lo ha intentado y ha fracasado; y es, no obstante, en esta obra, donde l ha probado por una vez que no careca del espritu de invencin. _Seide_ es un _tipo_ y se ha convertido, como todos saben, en un substantivo: sta es una piedra de toque infalible. Si el genio tiene un marco adecuado para la creacin de _tipos_, es primeramente el drama y despus la novela. Teniendo esto en cuenta, es fcil calcular cun limitado es el nmero de los escritores de genio, relativamente a la masa innumerable de los escritores de profesin, y aun relativamente a la seleccin, tambin muy restringida, de los escritores de talento. La novela, gnero esencialmente moderno, se ha, en efecto, multiplicado de da en da, desde hace tres siglos, en una progresin siempre creciente y tan infinita que escapa ya a las dimensiones de las bibliografas especiales. No obstante, podran contenerse en muy pocas lneas los ttulos de todas las novelas que, despus de las inmortales obras maestras de Cervantes y de Rabelais, contienen _tipos_ verdaderos, originales y bien caracterizados, y merecen un puesto en esta categora. Nadie se atrever, sin duda, a negar a Lesage un espritu sutil, fino, creador, lleno de agilidad en la forma y de aptitud en la observacin, animado de una alegra verbosa y comunicativa y de rasgos adsticos y graciosos; pero no ha puesto ni un solo _tipo_ en la circulacin de las creaciones literarias. _Gil Blas_ es un personaje convencional colocado con una rara habilidad en una fbula ingeniosa, pero no es una individualidad arrebatada de una pieza a la cantera de la naturaleza. Crebillon, hijo, y Marivaux eran tambin observadores, pero cuyo tacto minucioso se sujetaba a maravilla a las mezquinas proporciones de una sociedad de pigmeos. Se creera que se dedicaron a aplicar a las costumbres de su tiempo el estudio de lo infinitamente pequeo. El microscopio ms eficaz en perseguir la materia en sus ltimas divisiones no os har descubrir un solo _tipo_; slo encontraris tomos. El genio absolutamente idealista de Rousseau le ha hecho incurrir en el extremo contrario. Acostumbrado a vivir en el mundo conjetural que se haba forjado, estaba demasiado alejado del otro para discernir un solo _tipo_ distinto. Nadie ha penetrado ms profundamente en el pensamiento ni nadie ha desflorado ms superficialmente al hombre. El no tena esa mirada universal del guila que le permite a la vez mirar frente a frente el sol y divisar al insecto oculto bajo la hierba: no saba leer ms que en los cielos. No obstante, a fuerza de elevacin y de poder, conseguir alguna vez hacer compartir la ilusin que se hace a s mismo; pero no hay que engaarse: es una ilusin. Los tipos que se esfuerza en imaginar no son solamente defectuosos e incorrectos, son falsos. No son _tipos_, son fichas especiales cuyo valor ficticio queda aniquilado a la primera prueba del ensayador. Hay cien veces menos realidad moral en los caracteres de Saint-Preux, de Julia y de Volmar, que en los del Ogro y Pulgarcito. Dejadle que se extrave en la vaga altura de sus concepciones con algunos espritus especulativos que no tienen contacto con nuestra naturaleza ms que por un pequeo nmero de puntos, y que han rechazado, con el pretexto de una perfeccin imaginaria, las simpatas ntimas de su propia especie. El _tipo_ de una perfecta organizacin de joven, pero ingenua y verdadera en su perfeccin, de una inocencia instintiva, de un pudor heroico, ese _tipo_, revestido de la ms celeste idealidad, es a Bernardino de Saint-Pierre a quien estaba reservado producirlo; es la deliciosa y conmovedora figura de Virginia, concepcin fresca, pura, inimitable, que su ingenuidad y su candor han hecho popular, aunque ella emane de lo alto, aunque su gracia anglica pareciera participar menos de las invenciones de un poeta que de las revelaciones de un dios. El nombre de Saint-Pierre recuerda siempre el del ms ilustre prosista de nuestros tiempos, el de Chateaubriand, y cuando se pasa revista a los tipos en literatura, no es permitido olvidar a _Ren_, imponente y magnfica creacin, en la cual el genio ha depositado el secreto de nuestra civilizacin expirante. He dicho antes que la historia anticipada de las revoluciones prximas a desbordarse sobre Europa estaba enteramente contenida en _Carlos Moor_ y en _Werther_. _Ren_ contiene, como una profeca amarga y terrible, la historia de las sociedades extinguidas. A la primera impresin no ofrece ms que rasgos graves, solemnes, msticos y de una vaguedad en la que el pensamiento se anonada, pero tienen huella del dedo todopoderoso que traz sobre las paredes del palacio de Baltasar la sentencia de una monarqua, y, cosa maravillosa, permanecern largo tiempo ininteligibles, tanto a los sabios como a los grandes de la tierra. Ser necesario, para penetrar el formidable enigma, que los reyes despierten, de la pompa de sus fiestas y de la embriaguez de sus festines, al ruido de los tronos destrozados y al crujido del cristianismo que se derrumba. En Francia cuando no se tienen los brazos bastante largos para abrazar una idea nueva en toda su intensidad, no se renuncia por ello a la pretensin de someterla y de apropirsela, y, para conseguirlo, hay un medio seguro y cmodo que no falta nunca a la crtica: el de reducir las dimensiones en una proporcin anloga a las facultades que la juzgan y empequeecerla progresivamente hasta que entra en la medida comn. As se ha querido ver en _Ren_ una imitacin de _Werther_, y es muy posible que no se vea esto ms que cuando se es corto de vista. En general, mi opinin es que no deben ser comparadas las obras maestras. Las producciones del espritu tienen su individualidad como los hombres, y las que carecen de esta individualidad no vale la pena de ocuparse en ellas. Entonces entran en los dominios de la mediocridad, donde la comparacin es fcil porque ya no se encuentran _tipos_; pero, _Werther_ y _Ren_, que son _tipos_ arcanos, son, no obstante, _tipos_ distintos. El de _Werther_ es la expresin de los trastornos de un alma que no puede bastarse a s misma; el de _Ren_ es la expresin de las angustias de un alma que lo ha abarcado todo y que siente que todo se de escapa porque todo acaba. Es la ansiedad mortal, la duda inexorable, es la inconsolable desesperacin de una agona sin porvenir, es el grito espantoso de la creacin social en el momento de disolverse. En _Werther_ hay la emocin profunda de algunas generaciones dolientes; en _Ren_ la ltima convulsin de un mundo que muere. Los ingleses, cuya fisonoma moral es ms variada que la nuestra, han podido, ms que nosotros, multiplicar sus tipos en literatura. En Fielding son ingeniosos y sorprendentes, en Richardson ingenuos y sublimes. Walter Scott, cuyas fbulas demasiado difusas, los asuntos principales subordinados con frecuencia a los accesorios y los desenlaces demasiado precipitados, no llenan siempre exactamente las condiciones de una composicin bien entendida, debe probablemente la popularidad de su genio a la abundancia y a la popularidad de sus _tipos_. Es verdad que un cierto nmero de ellos pertenece a una naturaleza fantstica, donde la imaginacin se mueve con mayor desembarazo, porque dispone entonces de una creacin que le pertenece por derecho propio, y que no reconoce por regla ms que la potencia mgica que la crea; pero sera injusto sacar de ello la conclusin de que esos _tipos_ carecen del grado de verdad relativa que es el carcter esencial de lo bello en las obras de los hombres. Poco importa el carcter ideal o positivo en el cual el autor coloca sus personajes, puesto que les da un sello de identidad que siempre puede reconocerse. Es evidentemente en virtud de una ficcin muy inverosmil y de una alucinacin muy amplia, que nosotros atribuimos a los animales nuestras costumbres y nuestras pasiones, y, sin embargo, La Fontaine es ms rico l solo en _tipos_ de una sorprendente realidad que todos los dems poetas juntos. Las gentes sensatas no creen en el diablo ni en las brujas, y todo el mundo conviene, sin embargo, en que _Fausto_ y _Mefistfeles_ son tipos admirables. En mi opinin, pues, slo el genio es capaz de inventar _tipos_, y la imitacin ms hbil no conseguir apropirselos. La contraprueba de un _tipo_ se hace ella misma traicin por los esfuerzos que hace para sustraerse a la comparacin, y sus esfuerzos son tanto ms torpes, por cuanto no pueden producir nada verosmil alterando una naturaleza verdadera. Vale ms encerrarse entonces en las atribuciones modestas del traductor y del copista, destino literario que no tiene en s nada absolutamente de humillante, porque hay cien mil copistas por cada inventor. Una traduccin espiritual, una imitacin bien hecha, un arreglo hbil, aunque no sean obras de genio, no dejan de ser obras de buen gusto y de talento; y despus, si no satisface este lote, que es el patrimonio de todos los hombres distinguidos, si se encuentran estrechas las filas sobre las cuales se elevan unos pocos genios dotados del ms raro de los privilegios, si se est provisto de una de esas presunciones robustas que consideran usurpadas todas las glorias cuyas alturas no logran alcanzar, hay un recurso an, ejemplo Aristteles, La Harpe y Marmontel; se puede clamar contra la barbarie y la estupidez al borde del camino de los triunfadores; y queda an el medio de refugiarse, como Aquiles, en su tienda, en los honores de la Academia: esto es un gran consuelo. EL PINTOR DE SALZBURGO DIARIO DE LAS EMOCIONES DE UN CORAZN DOLORIDO 1803 _25 de agosto._ S, todos los acontecimientos de la vida estn en relacin con las fuerzas del hombre, porque mi corazn no se ha roto an. Yo me pregunto an si no es alguna pesadilla la que me ha trado esta blasfemia:--Eulalia esposa de otro!--Y miro a mi alrededor para asegurarme si estoy despierto; y me desespero cuando encuentro la naturaleza en el mismo estado que antes. Valdra ms que mi razn se hubiese extraviado. Algunas veces querra tambin reposar en mi valor, pero he aqu que viene de pronto esa noticia increble que aun resuena en mis odos y que se apodera de m con las angustias de la muerte. Yo he contado muchos infortunios; pero ste es demasiado amargo! Desterrado de Baviera como un miserable faccioso, proscrito y fugitivo, errante por espacio de dos aos desde las riberas del Danubio a las montaas de Escocia, me lo haban robado todo, la patria y el honor. Pero me quedaba Eulalia! y este recuerdo inefable encantaba mi miseria y acompaaba mi soledad. Yo era dichoso por el porvenir y por ella. Ayer mismo, palpitante de deseo, de impaciencia, de amor, aun crea... y hoy!... _26 de agosto._ Hay una idea que oprime mi corazn, una idea dolorosa y mortal. En qu consiste que nuestras impresiones ms profundas sean una cosa tan incierta, tan yaga, que el transcurso de algunos meses, de algunos das, de un instante casi indiscutible, las borra? Cul es la naturaleza de este sentimiento, tan violento en su embriaguez, tan rpido en su duracin, que aspira a sojuzgar el porvenir y que un ao devora? Ser verdad que los afectos del hombre no son ms que un arenal invertido que deja escapar poco a poco todo su contenido? Y ser preciso que muramos en todas partes donde hemos vivido--all mismo donde encontrbamos tanta dulzura en inmortalizarnos--en el corazn de los que nos aman? Oh! cun sabia fue la Providencia al asignar una carrera tan corta a los viajeros de la vida! Si hubiera sido ms prdiga y si el tiempo nos hubiera trado ms lentamente la hora de nuestra destruccin, qu hombre hubiera podido envanecerse de arrastrar consigo algunos recuerdos de la juventud? Despus de haber errado en un crculo sin fin de sensaciones siempre nuevas, llegara, solo, a la tumba y, lanzando una mirada apagada sobre la escena oscura y confusa del pasado, buscara intilmente una de las emociones de sus primeros aos: lo habra olvidado todo, todo! hasta el primer beso de su amada, hasta los cabellos blancos de su padre. Pero, si el vulgo emplea sus das en esas miserables irresoluciones, me pareca, por lo menos, que era dable a ciertas almas eternizar sus sentimientos. Una vez cre haber encontrado esa alma semejante a la ma y le confi mi dicha. Quin podra repetir el encanto de esas horas de embriaguez en que, recostado sobre el seno de Eulalia, respirando su aliento, atento al menor latido de su corazn y en que todas mis facultades se abismaban en una sola de sus miradas? Y, no obstante, me ha engaado! y cuando, al estrecharla en los tristes abrazos de una larga despedida, le ped el ttulo de esposo, me lo concedi ante el padre de todo amor. Qu derecho me ha arrebatado? por qu me ha reducido a este estado de anonadamiento? Me han olvidado todos, porque si alguna voz amiga hubiera hecho vibrar mi nombre en medio del solemne perjurio...--Pero me han olvidado todos y nadie le ha dicho--: Tiembla, Eulalia, Dios te ve!--Me han olvidado todos y la traicin se ha consumado. _28 de agosto._ Esta tarde caminaba al azar, y no s cmo ha sido, he sentido un peso que me oprima, una nube que turbaba mi vista, un fuego que recorra toda mi sangre, y me he sentado. Un instante despus he levantado la vista y he reconocido en la casa que tena enfrente la mansin de Eulalia. En su habitacin haba luz. Eulalia ha llegado y se ha detenido detrs del balcn en una contemplacin silenciosa. Ella sufra, porque ha mirado al cielo. Su pecho pareca hinchado, sus cabellos en desorden; se ha llevado la mano a la frente, que sin duda arda. En seguida se ha retirado sin haber advertido mi presencia, y yo he visto su sombra crecer sobre la pared y luego confundirse con las dems sombras. Yo he querido hablar, pero mi voz se ha negado a obedecerme y he permanecido mudo como el viajero nocturno que se encuentra con una aparicin. Despus, me he aproximado a aquel balcn y me he visto inundado de la claridad que de l descenda. Pero no he podido resistir tantas agitaciones, y he reanudado tristemente mi camino, y cuando he llegado a mi casa mis piernas han flaqueado; me he dejado caer por tierra y he regado el suelo con mis lgrimas. _29 de agosto._ Todo conspira a mi desesperacin. Al atravesar por esos campos he visto, delante de mi linda quinta, una mujer limpiamente vestida y, antes de que hubiese podido distinguir sus facciones, se ha arrojado en mis brazos y ha regado mis mejillas con sus lgrimas. No me reconoce usted?--me ha dicho al verme vacilar--; soy yo, soy aquella a quien la desesperacin haba impulsado al suicidio y que usted salv con peligro de su vida; soy yo, a quien usted ha colmado de beneficios, a quien usted ha arrancado a la miseria, a quien usted ha devuelto la dicha; es a usted a quien debo la vida, y mi esposo querido, y mis hijos amados, y quiero... Ella quera que viese a sus hijos. Basta, basta--le he dicho, oprimiendo su mano contra mi corazn--. Usted no sabe si soy bastante fuerte para resistir todo eso. Y aquella seora joven?--ha aadido misteriosamente--; que el cielo os sea propicio a los dos! Tan hermosa y con un alma tan grande! Oh! Con cuntas alegras debe embellecer ahora su existencia! A estas palabras yo he vuelto el rostro, estremecindome de dolor y de indignacin; y ella ha credo... S, muerta, muerta, perdida para siempre!, y la he abandonado al error de sus lamentaciones. Al regresar aqu he sabido que Eulalia haba partido hoy para el campo. Es que acaso saba...? Oh! yo partir, yo tambin quiero partir; y mil veces he dirigido el cuchillo contra mi pecho, y mil veces he pedido a Dios la muerte y el aniquilamiento, porque si mi alma haba de sobrevivir y recordar todo lo que ha vivido, era preferible no morir. Pero yo no volvera, quiz, tal como soy--; y, adems, necesitara algn tiempo para adaptarme a una nueva vida. Vale la pena de meditar. _2 de septiembre._ El da ha sido tranquilo, el cielo puro y transparente, pero, en el momento en que el sol descenda en su pompa occidental, el horizonte ha quedado de pronto envuelto en nubes, como un cinturn, y poco a poco gigantescas tinieblas han devorado la luz del crepsculo. As, me he dicho, he comenzado en una aurora dulce y brillante, y as voy a acabar como este da en las tristezas de una tarde nebulosa. A esta idea, me he representado, con extraordinario vigor, las sensaciones nuevas de mis primeros aos; he rebuscado en mi memoria los jvenes deseos, las esperanzas ingenuas de un alma virgen, y me he mecido en estos recuerdos. Mientras tanto, frecuentes relmpagos recorran la atmsfera y abran en las nubes despedazadas deslumbrantes caminos y vastos prticos de fuego. El relmpago se deslizaba sobre las bvedas de la noche como una espada flamgera y, a la luz pasajera, se vean de cuando en cuando algunas sombras siniestras descender sobre el valle, parecidas a esos espritus vengadores que son enviados sobre las alas de la tempestad para atemorizar a los nios y a los hombres. Los vientos se estremecan en los bosques o gruan en los abismos, y en voz impetuosa se confundan en las profundidades de la montaa, con el sonido grave del toque a rebato, el tumulto de la cascada y el estruendo del trueno. Y en el silencio mismo que suceda, triste y terrible, a esas armonas imponentes, se distinguan ruidos extraos y conciertos misteriosos, como los que deben elevarse en las solemnidades del cielo. En estos trastornos que desolan la creacin, hay un blsamo para las heridas del corazn, porque nuestras aflicciones son absorbidas por aflicciones tan augustas, y nuestra compasin se ve obligada a repartirse entre otras almas. A veces, por ejemplo, me identifico con esa naturaleza doliente y la abrazo entera a mi piedad. He intentado mantenerme en este estado, pero como no tengo con quien compartir el sufrimiento a mi lado, no he tardado en recabar toda mi piedad para m solo. _3 de septiembre._ Con frecuencia he deseado volver a ver ese monasterio abandonado, en cuyos claustros silenciosos tantas conmovedoras inspiraciones haba recibido. Me acordaba de haber paseado con Eulalia por entre sus ruinas confusas y sus construcciones descalabradas, y, al advertir en lo alto de la colina la elevada flecha de la iglesia, atrevidamente lanzada al aire, me estremec de alegra, como a la vista de un amigo. Pero, y esto lo observ con dolor, haban reparado las brechas del muro y podado las hayas. El desastre de los claustros demolidos y la energa de una vegetacin libre y salvaje, me haban producido sensaciones de grandeza distintas. As y todo, como aquel recinto haba albergado mi pensamiento, cuando llegu al antiguo vestbulo, cuando o el ruido de mis pasos resonando en los ecos de las capillas y del santuario y cuando las puertas trmulas crujieron girando con dificultad sobre sus goznes, con el corazn tan oprimido y con los ojos llenos de lgrimas, amargas y voluptuosas a la vez, atraves los corredores resonantes y los patios devastados para llegar al pie de la escalinata de la terraza. De en medio de la gradera rota surgan los cilindros aterciopelados del gordolobo, las cpulas de las campnulas, manojos de arabeta, matas de quelidonia dorada y las mortferas flores del beleo. Me he apoyado contra una columna, la nica que, como el noble hurfano de una familia desgraciada, ha quedado de pie; cerca de m haba un gran olmo, cuya copa, calcinada por el sol, destacaba apenas de entre las ruinas. Yo me he dicho: Por qu mi propio genio no es ms que una ruina? Por qu la naturaleza, que yo encontraba tan hermosa, se ha marchitado con el tiempo? Por qu no poseo ya ese poder creador, esa delicadeza exquisita, esa flor de sentimiento que inspiraban mis primeras obras? Ahora mis lpices son fros, mis telas inanimadas, y mi alma se ha extinguido en los dolores. Si algunas veces se me presenta una idea fuerte y magnfica, es intil que trate de retenerla. Bien pronto mi sangre fermenta, y no la encuentro ms que a travs de dolores extravagantes; o bien me canso de semejante tensin y entonces se esfuma y palidece bajo mis pinceles; es, quiz, que la imagen de Eulalia tiene demasiada fuerza en mi cerebro y esto me distrae. Mientras tanto me he aproximado al antiguo cementerio de los monjes, y he visto una mujer que dibujaba, sentada sobre una tumba. Ha dirigido sus ojos hacia m, y cuando se han encontrado con los mos, he quedado deslumbrado, como si un meteoro hubiese pasado ante mi vista, y he cado de rodillas. Entonces Eulalia, porque era ella, ha avanzado hacia m, se ha apoderado de una de mis manos trmulas, y me ha dirigido palabras de consuelo. Cuando he vuelto en m y he podido darme cuenta de este acontecimiento, cuando he reflexionado sobre la siniestra casualidad que nos haba preparado una entrevista al pie de un sepulcro, cuando he previsto todo lo que nuestra conversacin haba de tener de penoso y la magnitud de las nuevas impresiones que deban atormentar mi corazn, he deseado que un abismo se abriese a nuestros pies y nos enterrase a los dos juntos. Usted aqu!, he dicho al fin. S--ha respondido--, en estos lugares llenos de usted y entre mis recuerdos dichosos es donde quisiera vivir siempre, y este pensamiento es el que ha encaminado hoy mis pasos hacia aqu. Mientras tanto, me haba sentado a su lado, abandonndome a todas mis lamentaciones, deshacindome en improperios contra el destino y contra ella misma; le he recordado el da de mi destierro, la hora funesta de nuestra separacin y los juramentos violados por ella; juramentos sellados con tantos besos y lgrimas! He llorado otra vez con mucha amargura, y los sollozos que me sofocaban me han impedido continuar. --Hgase la voluntad de Dios--ha seguido Eulalia--, pero que El no permita que pueda usted condenarme sin orme. Si usted supiera lo que he sufrido yo! Me vio usted cuando con los ojos llenos de lgrimas espiaba sus ltimos pasos cuando usted march al destierro? Presenci usted las largas veladas que pas ocupada en gemir y en pensar en usted? Me vio usted, en fin--y por qu no morira aquel da! Yo crea, esperaba morir, porque no pensaba que el dbil corazn de una mujer pudiese contener tantos dolores...--Diga usted, me vio usted pronta a expirar de desesperacin a la noticia de su muerte? A esta palabra, que me hera por primera vez, suspir; slo el pensamiento de que hubiese podido morir llevndome su amor y llorado por ella, me ofreca encantos sin cuento y me inspiraba deseos. Ella continu: --El seor Spronck lleg a Salzburgo procedente de Carintia y nos fue presentado. Fue agradable a mi madre y yo misma le encontr no s qu de usted, tanto en su aspecto como en su carcter y, sobre todo, esa huella de melancola que demuestra que un alma tiene penas ocultas. Efectivamente, haba experimentado grandes disgustos. El inters que me inspir, tambin lo hubiera obtenido de usted. Verdad que es imposible negar una tierna piedad a la desgracia? Ya sabe usted, Carlos, que durante su ausencia he perdido a mi madre. Cuando vio que se aproximaba el instante fatal, nos llam a los dos a su lado; despus me mir, y una nube de inquietud pareci empaar el brillo de sus ojos. Luego, nos envolvi en una misma mirada a los dos, coloc una mano de Spronck en la ma, y la expresin de una voluntad irresistible se detuvo sobre sus labios expirantes; despus pas tan dulcemente desde esta vida a la eternidad, que se hubiera credo que dorma si nuestro dolor no hubiese atestiguado que ya no exista. Ya ve usted cmo, por una deplorable herencia del infortunio y de la muerte, me he casado con otro; de modo que si le he hecho traicin ha sido por obedecer la voz de la naturaleza y de la tumba; y lo que todas las potencias del mundo no me hubieran obligado a hacer, lo ha obtenido la ltima mirada de mi madre. Acabado este relato, se volvi hacia m con una dulce compasin, y me dijo: --Carlos, henos aqu como dos viajeros del desierto que despus de haber soado en la patria, reanudan su largo camino a travs de los arenales. Todo se ha desvanecido, pero tenga usted valor, Carlos, y est seguro de que mi amistad le seguir a todas partes. Pronunciando estas palabras se escap, desapareciendo a favor de las tinieblas que descendan sobre el monasterio. Quise seguirla para verla una vez ms, pero, lo que cre el ruido de sus pasos, era el rumor de un sauce llorn que gema entre sus espesas ramas y su cabellera melanclica. Despus repet estas palabras: _su amistad me seguir_, y con qu dulzura las he repetido hasta aqu! Esta idea serenaba mis sentidos, embalsamaba el aire y arrojaba sobre toda la naturaleza un encanto indefinible que tena algo de encantamiento. Me he considerado ms dichoso. Por qu? Yo estaba vido de afectos; y Dios sabe con qu quimeras he llenado a veces el vaco de mi corazn! _4 de septiembre._ Su amistad! Hasta qu punto me bastar tal sentimiento? sta es la cuestin. Qu puede haber de comn entre una sociedad fra y austera, que no goza ms que de alegras serias y placeres acompasados, y esta unin, llena de embriaguez y de voluptuosidades, en la que dos seres predestinados vienen a confundir toda su existencia? entre ese alimento de algunas almas miserables y el fuego puro y regenerador que devora la vida y la reproduce? La amistad! y qu! al nio testarudo que pide el objeto que se le ha sustrado, se le arroja cualquier chuchera para distraerlo. A los veintitrs aos estoy cruelmente desengaado de todas las cosas de la tierra y siento un profundo desdn por el mundo y por m mismo, porque he visto que en la naturaleza no hay ms que afliccin y que en el corazn del hombre slo mora la amargura. Llega, lanza sobre lo que le rodea una mirada inexperimentada, y en inmenso afecto abraza vidamente a todas las criaturas. Se cree, por s solo, capaz de animar otro universo, mientras que marcha, ay! en medio de un mundo muerto y prodiga intilmente sus jornadas fugitivas y su amor inconsiderado. Bien pronto observa, oye, juzga; poco despus su imaginacin se extingue, sus ilusiones se marchitan, su esfera de accin se limita, lo mismo que sus relaciones, hasta el instante en que una experiencia dolorosa brilla a sus ojos, como una antorcha encendida sobre las tumbas, y acaba de iluminarle sobre su insignificancia. En fin, despus no encuentra ms que almas sordas y refractarias; la amistad le olvida, el amor le hace traicin, la sociedad le rechaza; se da cuenta de que todos los lazos estn a punto de romperse: se rompen en efecto; y, dichoso l si tambin cede a esta hecatombe! Desde entonces no veo ms que egostas que han conseguido insensibilizar su corazn y entusiastas que lo agotan en quimeras. Dar vueltas en un ocano de inquietudes y de dolores y cuando se comienza apenas a descansar de tantas emociones violentas, cuando las apreciaciones exageradas comienzan apenas a ser rectificadas, he aqu que viene la muerte, colrica e inesperada, que os estrecha entre sus brazos inflexibles y os aniquila en el silencio de la tumba!... _6 de septiembre._ Otro doloroso recuerdo! Esta tarde me he encontrado, a orillas del ro, ante el ngulo de un bastin medio derruido, al pie del cual descansbamos de nuestros paseos en las hermosas tardes de verano. El tapiz de musgo, que tantas veces nos haba servido de asiento, conserva su frescura: la ruina amenazadora que lo domina, aun permanece en pie; yo haba pensado algunas veces que poda enterrarme en su cada, y he aqu que ha sobrevivido al amor inmortal que ella me haba jurado, a la inmortal felicidad que yo me haba prometido. All, pocos das antes de mi partida, siguiendo con los ojos el movimiento de la onda y transportndome con el pensamiento a los mares lejanos que deba atravesar--penetrado de dolor, a la idea de una separacin quizs irreparable--; as una mano de Eulalia y la inund de lgrimas. Tan turbada como yo, intent distraerme cantando una de esas melodas que tantas veces haban encantado nuestras veladas. Era--podra olvidarlo jams!--Era as: Clara y Paulino vean transcurrir apaciblemente sus das, y vean florecer su juventud y sus amores. Nada, en apariencia, poda separarlos, y se aproximaba el acontecimiento alimentado por su esperanza. Su solo pensamiento era el himeneo; la alegra su solo sentimiento, que es lo que un dios consolador enva a los enamorados! Pero he aqu que un da, el padre de Paulino le dijo: Hay que partir y dejar el amor de Clara. Presa de la mayor emocin se dirige hacia su futura y le dice: Deplorable suerte la nuestra. Mi padre quiere que esta misma noche nos pongamos en camino. Pero jurmonos que, suceda lo que suceda, volveremos a vernos. Si algn amor culpable quisiera hacer presa en ti, le responders: Soy capaz de olvidarle? Bien pronto mi amigo vendr a decirme: despierta! Ha llegado al fin la hora de sonrer a tu esposo! Pero si alguno de nosotros muere en la espera, que su alma goce de constante libertad para que pueda venir desde la negra orilla a consolar al que quede. Paulino parti. Un corazn novicio es tan ligero! Un deseo, un capricho, nada, le hace cambiar. Clara est muy lejos! Rosa es tan linda! El tiempo pasa. El juramento se olvida. El amor se apaga. Clara, al conocer sus nuevos compromisos, le pregunta: Otra bien amada obtiene tus atenciones; el que ocupa a todas horas mi pensamiento ha podido hacerme traicin! Clara le perdona, le llora y se dispone a morir... Al saberlo Paulino se entreg a grandes extremos de dolor; pero Rosa le tranquiliz con un aire lleno de encanto: Podras creer en la noticia de esa muerte? puede lamentarse, llorar, pero no morir. La alegra es tan pronto arrebatada a nuestros deseos! Qu necesidad hay, pues, de consumir nuestra vida en disgustos? Ven a la fiesta que se prepara esta tarde y recibirs de tu Rosa los dones del amor. Paulino vuela al baile y la busca con ansiedad, pero le parece que todo se conjura para ocultrsela; al menor ruido cree orla entre la multitud, y ve que su espritu emprende el vuelo con la noche. Pero no, aqul es el dominio de su amante, y aqul su cuello de lis y aqulla su mano encantadora. Rosa, un dichoso proyecto te aguarda! lo recuerdas? Y me dirs demasiado pronto, cruel, que el da viene. Desaparece, mscara envidiosa, que tomas una forma que no es la tuya dijo l; y Clara, ensangrentada, se ofreci a sus ojos, el brazo armado de un cuchillo aun hmedo, la vista extraviada, el pecho marchito y destrozado, la tez lvida. La llegada del da no le libra de aquella sombra y sus sentidos caen en un sopor; ella murmura a sus odos un largo suspiro. Pero cuando su pena lleg al lmite, encontr compasin y entreg su alma envenenada por una cruel preocupacin. Pueda como l, todo perjuro a su juramento, sufrir de su cobarde impostura el castigo. Acordndome de esta balada, he comenzado a repetir esta imprecacin en voz alta y acento tan colrico, que he huido, lleno de terror, temeroso de que el cielo me oyese. _8 de septiembre._ A algunos pasos de Salzburgo, hay una pequea aldea cortada de una manera agreste sobre la montaa. Muchos arroyuelos que bajan de las rocas se renen debajo del cercado del presbiterio y forman un canal que va a travs de la llanura, como una ancha cinta de plata, hasta perderse en el ro. El murmullo de los pequeos torrentes, el rugido lejano de las ondas y el estremecimiento de los lamos, movidos por el viento, se armonizan con una dulzura indefinible y llevan al alma una languidez y una turbacin deliciosa que se quisiera prolongar. Pero nunca este cuadro tiene un encanto ms inexpresable que a la hora en que el cielo, adornado de los colores del alba, sonre a la proximidad del da, cuando una niebla hmeda y blanquecina flota sobre el valle y cuando los primeros rayos del sol comienzan a dorar los plomos del campanario. Esta maana me paseaba por aquel lado, entregado a los ms dulces pensamientos que de costumbre, cuando los sonidos lgubres, distintos y prolongados del acero mortuorio, vinieron a distraerme de mis sueos del pasado. Retroced en direccin al pueblo y vi, en el ngulo del camino, un cortejo que avanzaba lentamente, recitando plegarias en voz baja. Cuatro hombres que llevaban un atad cubierto con un lienzo, abran la fnebre comitiva, y a su lado otras tantas jvenes, vestidas de blanco, con el cabello tendido, los ojos enrojecidos por las lgrimas, el seno palpitante por los suspiros, que, con una mano, levantaban los extremos del pao mortuorio. Seguan luego mujeres, nios y ancianos que parecan penetrados del ms profundo dolor, pero de un dolor mudo y resignado, lo que me hizo suponer que a aquella infortunada criatura no la acompaaban sus padres a la ltima morada, porque las lamentaciones de la naturaleza tienen otro carcter. Me olvidaba decir que el lienzo era blanco y que encima de l haba sido colocada una pequea corona de flores. Cuando la multitud ya haba pasado, me dirig a una mujer casi octogenaria que segua con paso ms lento a la comitiva, a causa de su avanzada edad, preguntndole el nombre de la persona a quien llevaban a enterrar. Ay, seor!--me ha contestado sollozando--, no puede usted haber dejado or de hablar de la buena Cornelia. Tan joven an y ya era la madre de los pobres y el ejemplo de las personas juiciosas. Es ella la que muri ayer. Pero como yo he dicho a la buena mujer que el nombre de Cornelia me era desconocido y que haca algunos aos que estaba ausente de Salzburgo, me ha contado lo que sigue, mientras yo tomaba su brazo para atenuar la fatiga del camino: Cornelia perteneca a una familia opulenta, pero ella era tan humilde y tan compasiva, que nadie hubiera advertido su fortuna a no ser por sus liberalidades. La madre de Cornelia se miraba en su hija; los padres la daban por modelo a sus hijos; sus amigas la nombraban con orgullo, los pobres la bendecan, y hasta la envidia se detena cuando se trataba de ella; tan buena y dulce era la pobre Cornelia! Haca ya algn tiempo que su madre haba observado que una pena oculta la devoraba, esforzndose en penetrar el secreto de su corazn. Qu tienes, Cornelia ma, le deca, y Cornelia se inclinaba sobre el seno de su madre y lloraba. Ests enamorada?, le pregunt un da. Cornelia no respondi. Es que aqul era su secreto y no se atreva ni a negarlo ni a confesarlo. No obstante, no tena por qu avergonzarse de su eleccin, porque Guillermo es un muchacho honrado, pero ella crea que sus padres no consentiran en que se casara con l, porque Guillermo era pobre. He aqu por qu sus padres desconocan un mal que con el tiempo no haca ms que crecer, y finalmente, cay enferma vctima de una cruel enfermedad, y en los accesos de delirio pronunciaba con frecuencia el nombre de Guillermo. Cuando la fiebre comenzaba a calmarse y Cornelia recobraba el sentido, su madre se sentaba a su lado y la interrogaba de nuevo. Una vez lo confes todo, despus de haberla demostrado que ella misma se haba hecho traicin. Sus padres se reunieron y, despus de haber reflexionado maduramente, resolvieron casarla con Guillermo, puesto que le haba dado su amor. Aprovechando uno de aquellos momentos en que el estado de Cornelia dejaba entrever ciertas esperanzas de curacin, le dieron la noticia, y como pensaron que su salud poda depender de esta unin tan deseada, se fij el da y se convino en celebrar el enlace en una capilla inmediata a la casa. Deba ser ayer, a esta misma hora, y precisamente cuando ella cumpla los diez y siete aos. Se levant, se visti y se dirigi a la capilla entre su madre, que se haba consolado por completo, y Guillermo, que estaba fuera de s de alegra. Las mismas amigas que ahora la acompaan al cementerio, iban a su lado, y los que la vean pasar decan: Mirad a Cornelia! est ms plida, pero no menos bella. En efecto, su aspecto ofreca un conjunto de nobleza, de gracia y de serenidad. Solamente, cuando ya estaba al pie del altar, dijo en voz baja, al mismo tiempo que se apoyaba en Guillermo: Me encuentro mal. Fue de nuevo conducida a su casa, pero el golpe era ya irremediable y haban quedado destruidos todos los resortes de la vida. Algunos minutos despus del medioda su mirada pareca empaarse y extinguirse. Luego fij tiernamente los ojos en su madre y en su marido y sonri. En seguida volvi la cabeza y qued inmvil. Guillermo, asustado, asi su mano; estaba fra. Cornelia haba muerto. Mientras tanto, ya habamos llegado al lugar de la aldea en que Cornelia, durante su enfermedad, haba mostrado deseos de ser enterrada; yo quise informarme an, con una triste curiosidad, de todos los pormenores de aquel acontecimiento, gozndome en or referir cmo aquella alma sensible y generosa se haba dado a conocer a los desgraciados durante su corta estancia sobre la tierra. Compadeca, sobre todo, a Guillermo, porque sobrevivir a la que se ama... qu digo yo? sin duda l tambin morir! Llegamos ante la iglesia y la caja fue colocada en el umbral; el sacerdote, con los ojos levantados al cielo, los brazos extendidos, el hisopo en la mano, dej caer algunas gotas de agua bendita sobre la prisin estrecha y misteriosa que encerraba a Cornelia. Despus fue introducido el atad en el templo; la comitiva le acompa, silenciosa, por la nave antigua, dividindose en dos filas cerca de las rejas del coro; el pueblo se arrodill y comenz la ceremonia. Qu espectculo ofreca a mis ojos y qu sensaciones produca en mi corazn aquella pompa conmovedora que la religin ha colocado como un punto de reposo entre la muerte y la eternidad! La santidad del lugar, la grandiosidad de las ceremonias, la meloda imponente que resonaba en el recinto sagrado, los vapores del incienso mezclndose con el humo de las antorchas funerarias, un sacerdote augusto elevando al Todopoderoso las oraciones de la multitud, una muchedumbre piadosa haciendo un llamamiento a la misericordia inagotable del Creador sobre la tumba de la criatura, el mismo Dios, bajando para reunir a los fieles al pie del trono de su padre--y cerca de m, en aquella caja--, bajo las tristes vestiduras de la muerte, una joven que no haba tenido tiempo an de recibir los besos del esposo amado y que tan pronto haba trocado las rosas por los cipreses, las delicias de la primavera por los secretos del porvenir, el lecho nupcial por una fosa, una virgen que no se haba despojado an del traje de novia y se vea arrojada para siempre a la tierra hmeda y profunda, a merced de todas las intemperies y de todas las inclemencias! Inocente Cornelia! Ayer ay! llena de perfecciones y de bellezas, hoy inanimada por la muerte! Mientras yo me entregaba a estas reflexiones, el cortejo haba llegado al cementerio donde Cornelia deba ser depositada, y all, los pesares que ella inspiraba, estallaron con mayor amargura. Entonces hubiera podido creer que cada uno lloraba en ella una hija o una hermana querida; de tal modo la idea de separarse para siempre y de perder lo poco que de ella quedaba, haba aumentado la intensidad de todos los dolores. En aquel momento aproximose un desconocido. Pareca rayar en la edad madura, pero algn dolor inmenso haba grabado en su frente las huellas de una vejez anticipada. Su mirada dulce y altiva a la vez, tierna y no obstante un poco sombra, inspiraba el respeto, la admiracin y el amor, y en su rostro flotaba un no s qu de celeste y de deslumbrador con una majestad incomparable. Se ha dirigido hacia m, me ha interrogado con voz emocionada y yo le he repetido en pocas palabras lo que me haban contado de Cornelia y de su muerte, pero cuando he llegado al fin del relato, l ha cesado de interrogarme y quiz de verme; sus mejillas se han cubierto de un fuego vivsimo, sus miembros se han puesto rgidos y todo su cuerpo ha temblado con una convulsin sbita; se ha abalanzado hacia la fosa y ha mirado su interior con avidez, y cuando ha descendido el atad, sus brazos, que buscaban un apoyo, han rodeado mi cuello. Oh, usted no sabe--ha exclamado--, usted no sabr nunca los tormentos que esta maana trae a mi memoria! Usted no sabe que tambin un da vi morir y caer sobre la tierra del mismo modo a la que era, ella sola, toda mi alegra y todo mi amor, mi hermana adoptiva, la amiga de mi infancia, la esposa que me estaba destinada. Diciendo esto ha cado desmayado, y cuando, gracias a nuestros cuidados, ha vuelto en s, le he llevado lejos de aquel lugar de afliccin, y marchando apresuradamente por el lado de la ciudad, no nos hemos detenido hasta llegar al recodo del camino en que yo haba visto descender la fnebre comitiva y desde donde la aldea quedaba oculta detrs de los rboles que formaban como una cortina. All nos hemos separado, pero antes de hacerlo, el desconocido--al estrecharme contra su pecho con un fervor de amistad del cual yo me senta orgulloso, y al prodigarme testimonios afectuosos de reconocimiento por un servicio sin importancia--se ha dado a conocer, y ese desconocido, por quien mi corazn se haba sentido tan atrado, es el esposo de Eulalia! Cuando yo recuerdo, despus de esto, que Eulalia haba credo descubrir alguna semejanza entre nosotros, y cuando me lo represent con su fisonoma de semidis, pienso que las almas escogidas estn por encima de las vicisitudes y acontecimientos de la existencia y que su destino es encontrarse en este mundo. _9 de septiembre._ Otra prueba de la debilidad de nuestro espritu y de la inutilidad de los esfuerzos que empleamos en combatir nuestras inclinaciones. Estoy convencido de que nuestra vida ha sido prevista y ordenada con las dems manifestaciones de la existencia; que todas las costumbres, que todas las relaciones que contraemos en el comercio del mundo son consecuencias necesarias de nuestra organizacin, y que no depende de nosotros explicar ni vencer las simpatas con que algunas veces nos encontramos atados. Por qu otro ascendiente, si no, que el de una fatalidad todopoderosa, ese usurpador que me ha arrebatado mis ms caras esperanzas, hubiera podido reducirme y subyugarme, cuando todo me era odioso en l y yo hubiera querido interponer un mundo entre los dos? No es el esposo de Eulalia y no posee su amor? Quin impedira, no obstante, que yo pasase mi vida entre ellos? Idea tan llena de delicias que mi dbil imaginacin casi no puede concebirla! Quin impedira que yo fuese su esposo, como l, y que ella repartiese su ternura entre los dos? Un alma de una sensibilidad tan viva y tan tierna no nos confundira fcilmente en un amor? porque, es que la dicha de los dems tiene necesidad de alimentarse de mi desgracia y de mis dolores? Hay que confesar que es una condicin bien digna de lstima la ma, porque, por muy maltratados que se vean por la suerte la mayora de los hombres, cuando menos pueden encontrar algn da consuelo en alguna persona querida. En cambio yo, solo sobre esta tierra miserable, reno en m todas las miserias de la humanidad, y todo lo que puede constituir un encanto o un alivio, me est cruelmente prohibido. Mis ms dulces afectos se han convertido en tormentos insoportables, y el mismo aire que respiro se envenena en mis labios desde que Dios me ha desheredado de su Providencia. _10 de septiembre._ Y no obstante, l ha amado, ama an y llora a otra. No sabr amarla como yo la amaba. No puede dedicar a ella todos sus recuerdos, todos sus pensamientos, toda su vida, y cuando est recostado sobre su seno, pensar en otro amor y en otra felicidad. Desengate de tu dicha, alma tierna y confiada! Ese esposo no es el que el cielo te destinaba. Sus transportes, sus suspiros, sus lgrimas, no son para ti. No es a ti a quien l desea en sus ensueos. Infortunada! no es a ti a quien ama! y con qu derecho exigir de ti el afecto que l no puede darte? acaso no es nulo el compromiso que ha anulado todos los compromisos del corazn y que ha hecho traicin a la naturaleza? Yo podra, pues... jams! Esta idea ha fermentado ya en mi pecho, pero... jams! Quimera! ilusin de las tinieblas! Quin soy yo? ay! un cautivo cuya imaginacin ha reposado un momento en sueos voluptuosos; que crea andar sobre caminos llenos de verdor y bajo doseles de rosas, que no ocupaba su imaginacin ms que en esperanzas fciles y esperanzas rientes y que, de pronto, se encuentra a la vista de sus cadenas y de su calabozo. Cuando yo me veo as separado de toda dicha por un mar sin orillas; cuando me siento aplastado, anonadado por la desesperacin; cuando observo cmo todas mis facultades se degradan y se irritan en este estado de convulsin y de dolor; cuando intento calcular hasta qu punto ligeras modificaciones de circunstancias o de temperamento pueden influir sobre nuestras ms graves resoluciones, y cuando reflexiono sobre tantos desgraciados de sensibilidad ardiente que el cielo ha arrojado entre las contrariedades y las luchas de la vida, me extrao menos de contar un tan gran nmero de reputaciones escritas con sangre, y me indigno de los juicios insensatos de la multitud. Interrogad a esos altivos, a esos ciegos dispensadores de gloria y de castigo: ellos lo han apreciado, medido y previsto todo. No hay un crimen, ni un pensamiento que escape a sus leyes, a sus pesquisas, a sus verdugos; y no obstante, ellos no saben ni sabrn nunca cuan dbil, estrecha o imperceptible es la distancia que separa un rebelde de un emperador y el suplicio de un proscrito de la apoteosis de un semidis. _11 de septiembre._ Le he visto por segunda vez; entraba yo en una casa extraa y, al ser anunciado, vino a mi encuentro el seor Spronck, dando pruebas de la ms viva afeccin. Carlos Munster!--ha dicho--, ay! de modo que era usted...? y no ha terminado la frase, pero su silencio mismo hablaba a mi corazn. Pareca compadecerme y justificarme; como si quisiera evitar mi odio; y yo, mientras tanto, trmulo, cohibido, con los ojos humedecidos por las lgrimas, he estado veinte veces tentado de arrojarme a sus rodillas o en sus brazos. _12 de septiembre._ Hay placeres que hemos gustado con tanta delicia, que se nos figura que el recuerdo que de ellos nos queda, debe bastar para nutrir nuestro corazn de ideas rientes y dichosas durante todo el curso de la vida; y cuando nos encontramos, largo tiempo despus, en las mismas circunstancias, ocurre, no obstante, que esas emociones, tan agradables y tan aoradas, han perdido casi todo su prestigio. Nos lamentamos entonces de la inestabilidad de las cosas humanas y porque nosotros no tenemos ya aptitud para gozar de bellezas que nos arrebatan, acusamos locamente a la naturaleza de haber cambiado. No hay nada ms dulce, me deca, que poder, despus de grandes contrariedades y largos aos de destierro y de dolor, transportarse con el pensamiento a los das tan puros de la feliz infancia; que volver a ver los lugares que han sido el teatro de nuestros primeros juegos, de nuestros primeros trabajos y de nuestros primeros xitos, las perspectivas en que hemos empleado nuestros primeros lpices, el techo natal y los dominios hereditarios; que reconocer el campo que nuestro padre ha deslindado, el rbol cuya sombra tanto amaba, su arado, el rstico hogar y el lecho de paz desde el cual nos bendijo. Se acuerda uno con tanta emocin de aquel tiempo, rico en ignorancia y en sencillez, en que una mediocridad laboriosa limitaba nuestros deseos y un estrecho horizonte nuestro universo! Hemos tantas veces deseado reunir a nuestro alrededor a todos los que han hecho con nosotros el aprendizaje de la vida y esperamos tantos goces de la evocacin de aquellos recuerdos! He dejado Salzburgo para reanimar mi corazn en aquel hogar de inocentes voluptuosidades, y en lugar de los consuelos que yo esperaba, todo lo que he visto no ha servido ms que para redoblar mi disgusto. Placeres ms penosamente comprados que los que tienen tales recuerdos! la dicha pasada puede, pues, ser un tormento de ms!... Yo me figuro uno de esos ngeles rprobos que consumen su eternidad en intiles arrepentimientos. Algunas veces se eleva pensativo hasta los confines de su primera patria, contempla con una tristeza profunda el cielo del que ha sido desterrado y los bienes que su rebelin le ha arrebatado: su infortunio es an mayor; y, rugiendo de desesperacin, se hunde de nuevo en los abismos. _14 de septiembre._ Cuntas gentes que se quejan de la monotona de la naturaleza, que no ven ms que cuadros estriles y fastidiosos, que piensan que con una ojeada pueden verlo todo y abarcarlo todo y que no deberan quejarse ms que de la imperfeccin de sus facultades, de la pobreza de su imaginacin y de sus sentidos! En cambio, el artista gime ante la impotencia de sus recuerdos y maldice sus telas y sus paletas cuando observa tanto matiz inimitable, tantos aspectos variados, tantas expresiones infinitas en el gran cuadro de la soberbia creacin. Y qu motivo de incertidumbre para l cuando ve un solo punto modificado por todas las influencias de las estaciones, por todos los accidentes de la luz y por todas las emociones de su propio corazn! Esta maana me he detenido a la sombra de un viejo olmo, alrededor del cual, ciertos das de fiesta, los jvenes, sin otro concierto que el que les daba un pobre msico ambulante, se reunan para dar muestras de su fuerza y agilidad, mientras que los ancianos, emocionados por los ms deliciosos recuerdos, se contaban entre ellos algn acontecimiento notable de su juventud, ocurrido en semejante da. Sin duda conservan aquella hermosa tradicin, porque he visto la hierba hollada, las flores esparcidas y las margaritas deshojadas. Dichosos ellos que, al menos, son fieles a sus primeros placeres y a sus primeras costumbres! Desde aquel lugar, la vista se extiende sobre un inmenso valle que se cruza y se despliega con gracia entre las laderas de los bosques y cuyo aspecto riente y tranquilo encanta el corazn. Algunos arroyos bordeados de sauces se pierden en la llanura sin alejarse demasiado los unos de los otros, se embalsan a trechos, se acercan y se huyen cuando parece que van a darse alcance, y, finalmente, ms lejos, se ven correr todos juntos. A la derecha, entre las cabaas de los campesinos, se distinguen las torrecillas de un castillo gtico cuyas alas ruinosas se extienden sobre una ancha plataforma; y ms abajo, el ro que sale de repente de detrs de la colina, como si en ella tuviera su nacimiento, y que se pierde, a gran distancia, en el fondo azulado del horizonte. El puente que lo atraviesa a lo lejos se asemeja a una pequea media luna negra sobre un campo de azur. El oriente comienza ya a colorearse en los primeros albores del da; todo es dudoso, vago e indefinido. El paisaje, apenas esbozado, no ofrece ms que los colores inciertos, rasgos confusos y formas caprichosas. A medida que el da se levanta, las montaas nacen, las perspectivas retroceden, los planos se destacan y se caracterizan; bandadas de pjaros de todos colores recorren el aire con toda suerte de vuelos y de evoluciones. Bien pronto la hora del trabajo puebla los senderos y los campos. El campesino desciende de la aldea, el arriero camina pausadamente detrs de las mulas y el pastor sigue a sus ovejas. Cada hora que se aproxima es testimonio de otras escenas. Algunas veces una sola rfaga de aire basta para cambiarlo todo. Todas las selvas se inclinan, los sauces se blanquean en sus copas, los arroyos aparecen rizados en su superficie y los ecos suspiran. Cuando, al contrario, el sol desciende hacia occidente, el valle se oscurece y las sombras se extienden. Algunos objetos ms elevados se hacen notar an con sus reflejos de oro entre las nubes de prpura; pero esas luces mortecinas no brillan en ninguna parte con ms esplendor que sobre la superficie del ro, que se precipita centelleante y lo envuelve todo en una amplia franja de fuego. Finalmente, la luna se abre paso entre los espacios del cielo: lo mismo cuando su claridad, tierna y temerosa como la mirada de una virgen, tiembla bajo las sombras transparentes, que cuando cae en haces de luz sobre el misterio de la llanura, prestando a todos los objetos encantos inexplicables y dulzuras infinitas; es entonces cuando los bosques se pueblan de rumores misteriosos, de secretos, de pompas. Todos los aspectos del cielo y de la tierra adquieren una idealidad indecible. El aire est cargado de las emanaciones ms puras y de los perfumes ms agradables. El sonido del corno, el taido de la campana lejana, el ladrido del perro que vigila atentamente ante la morada del hombre, el ruido ms insignificante, en fin, os turba y os penetra; parece que la majestad de la noche impone tambin su misterio sobre los sentidos. Ms an; si las inspiraciones supersticiosas y los ensueos crdulos son hijos de la soledad y de las tinieblas, quin me impide dar a ese castillo habitantes y misterios; gemir por la suerte de una esposa oprimida, que agoniza en sus subterrneos, y evocar sobre sus torres las vetustas sombras de sus antiguos seores? Esas chozas, no pueden ocultarme una pareja de amantes verdaderos que han preferido el simple hogar de sus padres, un pequeo campo cultivado por sus manos y el goce de placeres sin remordimiento, a todas las seducciones de la ciudad? Soemos, soemos en esta felicidad que nos rodea, puesto que jams hemos de participar de ella. _17 de septiembre._ Esta aldea no est separada de aquella en que he visto a Eulalia ms que por una colina en la que crecen diferentes rboles y atravesada por innmeros senderos. Sea predileccin, sea casualidad, mis solitarios ensueos me conducen siempre a una linda explanada tapizada de fresco musgo y sobre las que robustos arcos forman una bveda sombra y rumorosa. En la pendiente de la colina, un campanario, ennegrecido por un incendio, eleva su torre ahumada entre algunas casuchas groseramente agrupadas en anfiteatro, y en los confines de la llanura se ven algunas alqueras con sus huertos y algunas quintas de recreo. En un cercado de aspecto elegante y de una exposicin acertada, yo haba visto con frecuencia a Eulalia errar pensativa por entre los bosquecillos dejando flotar a merced del viento los pliegues de su tnica blanca y las ondas de su cabellera, o bien, a la cada de la tarde, regar con agua pura las flores de sus parterres, cuando stas languidecan marchitas por los ardores del sol, como smbolo conmovedor de un alma tierna que se consume calladamente de amor; y cada vez un deseo inquieto, un sentimiento, mezcla de turbacin y de voluptuosidad, se deslizaba por mis venas y haca hervir mi sangre. Mi alma arda ante la idea de aliarse en el espacio con el alma de aquella desconocida; si ella se alejaba, yo la segua con la mirada hasta perderla de vista, la esperaba hasta que volviese y, al verla de nuevo, trataba de apoderarme de su imagen, de apropirmela por completo y de identificrmela, para no perderla jams. Inmvil, de pie, sin respiracin, sin movimiento, su presencia era un misterio que yo tema turbar. Algunas veces negros presentimientos se extendan sobre mi porvenir como un velo de dolores; y entonces el corazn se me desgarraba. Nubes de sangre flotaban ante mis ojos y me ocultaban el cielo; lgrimas tibias y pesadas, como las primeras gotas de una lluvia tempestuosa, caan de mis ojos, y la tierra hua bajo mis pies. Entonces hubiera querido partir y lo hubiese olvidado todo: mi papel, mis lpices y mi ossian. Despus me lanzaba al azar por los bosques y me trazaba nuevos senderos apartando con las manos las ramas hmedas y los arbustos espinosos. Entonces me placa recorrer los lugares donde el hombre no tiene la costumbre de penetrar, de tal modo estaba posedo del sentimiento que llenaba mi alma y de tal modo tema ser distrado de l. Hablaba de ella bajo mil nombres imaginarios, los grababa sobre la corteza de los rboles y sobre la arena, y a veces aada el mo. Si algn tiempo despus acertaba a pasar por el mismo sitio y vea an aquellas cifras, entrelazadas, palpitaba de alegra como si fuese ella quien las hubiese escrito. Con frecuencia curvaba jvenes rboles para formar toldos de verdura o bien los agrupaba en prticos, colgando de ellos frescas guirnaldas de enredaderas con sus hojas como lanzas de hierro brillantes an por el roco. Quizs un da, pensaba, la conducir bajo mis glorietas, la har pasar bajo mis bvedas de flores y la coronar con mis enredaderas. Estas eran dulces quimeras e ilusiones presuntuosas del amor sin experiencia. Hoy he querido ver todo eso, pero la magia de los hermosos das ha desaparecido. La casa ha sido abandonada a nuevos propietarios, y stos, sin consideracin alguna, han devastado sus parterres y arrancado sus madreselvas. No han respetado nada de lo que ella amaba; lo que ella amaba! acaso lo saben esas gentes? No obstante, he cedido al prestigio de mis recuerdos con tanta confianza y abandono, que antes de abandonar la explanada me he vuelto maquinalmente para saber si Eulalia no segua mis pasos. Despus, reflexionando sobre este error, me he echado a llorar; pero aun he llorado ms amargamente cuando he advertido mis toldos destruidos por el viento, mis arbolitos abatidos por el hacha y la tierra sembrada con sus ramas. Ante esta ltima pena, por ligera que pueda parecer, me he acordado de todo lo que he perdido; me he contemplado con espanto en mi soledad y en mi miseria; sin amigos, sin familia y sin patria, sin apoyo y sin esperanza, traicionado por el pasado, arruinado para el presente y desheredado para el porvenir; abandonado de Eulalia y del Cielo! En aquel mismo lugar haba tambin resuelto consagrar a mi querido Werther una tumba cubierta de hierba ondulante, como l la deseaba; y hoy he sentido un secreto deseo de cavar la ma. Es un destino tan cruel el de morir lejos de lo que nos fue querido y el de dejar los cuidados de nuestra sepultura en manos de un extrao! _24 de septiembre._ S, al sentir el fuego que recorre mis venas, he comprendido que para m no haba otro bien en la tierra que en esta otra mitad de m mismo, de la que la injusta suerte me ha separado! Y quin me devolver esos das de delicia y de gloria? Quin ser capaz de hacerme revivir ese pasado que ha devorado mi porvenir? Aquel tiempo ay! en que mi corazn estaba inundado de afectos tan dichosos! en que todas mis facultades gozaban de una actividad tan poderosa, en que su sola proximidad, el rumor de su voz o el ms ligero contacto me producan tal estremecimiento que me pareca que la vida iba a abandonarme o que mi alma se precipitaba en mis nervios! Entonces lamentaba no poseer bastantes fuerzas para soportar mi felicidad, o bastante amor para sucumbir a l! Por qu no deba de haber sucumbido de aquel modo, exhalar mi ltimo suspiro en aquel estado de beatitud? Por qu no me atrev a ceirla entre mis brazos, a arrebatarla como una presa, a arrastrarla fuera de la vida de los hombres y a proclamarla mi esposa ante el cielo? O si ese deseo es un crimen, por qu se ha unido al propio sentimiento de mi existencia de tal modo que no podra desterrarlo sin morir? He dicho un crimen? En los das de barbarie, cuyo recuerdo est ligado a todas las ideas de ignorancia y de esclavitud, el vulgo ha querido dar forma escrita a sus prejuicios y ha dicho: Estas son las leyes! Extraa ceguera de la humanidad, espectculo digno de desprecio el de tantas generaciones gobernadas por una generacin extinguida, y el de tantos siglos regidos por un siglo oscuro! Despus de haber gemido largo tiempo bajo el peso de tan odiosas violencias, quin no querra abreviar la penosa carga de la vida, si esta alegra dependiese al menos de nosotros? Pero el Cielo y los hombres estn conformes en prohibrnosla y no nos libertamos de nuestros das ms que para volver a comenzar nuestro dolor. Vigila a la puerta de las tumbas, como esos monstruos que se nutren de cadveres, nos desencanta del sueo de la muerte y se apodera de nuestra eternidad como de una herencia. Cualquiera que sea el terrible porvenir, el porvenir de sangre y de lgrimas que reservis a los rprobos, permitid, permitid oh Dios! que Eulalia me sea devuelta un momento, que un solo momento este pobre corazn palpite contra el suyo! que mi dbil existencia pueda desvanecerse en la embriaguez de sus miradas y de sus besos! que pueda morir en su amor! Y a este precio, un infierno! _9 de octubre._ Es una cosa admirable y llena de encanto seguir a un gran genio en su carrera, estar, en algn modo, asociado a sus descubrimientos y recorrer con l distancias que nunca se hubieran alcanzado sin gua, como el navo acostumbrado a cortas travesas, al que un piloto hbil hace surcar por entre mares inmensos y hacia puertos desconocidos. As, nuestra imaginacin arrastrada en el sublime vuelo de tu musa, oh divino Klopstock!, y recorriendo sobre sus huellas los espacios que t has poblado, se extraa de los milagros que le rodean y se detiene sobrecogido de espanto Con qu magnificencia renes bajo nuestros ojos todo lo que la poesa tiene de maravilloso, lo mismo cuando nos introduces en los consejos del Altsimo en que los ngeles celebran los misterios del cielo y los querubines, penetrados de un religioso temor, agitan en su huida sus alas de oro, que cuando nos descubres las grutas tenebrosas de los infiernos, evocas, con una autoridad increble, esos ngeles vencidos que una eterna venganza persigue con eternos tormentos, trmulos bajo sus cadenas ardientes y sus rocas calcinadas, o nos transportas al gran sacrificio del Glgota en que el Creador del mundo se abandona a las angustias de la agona para redimir a sus verdugos! Pero la lectura de la Biblia me ofrece an ms deliciosos goces. No hay circunstancia en la vida en que el hombre no pueda hallar consuelo en alguno de sus pasajes; ninguna desgracia que ella no solemnice, ninguna alegra que no embellezca: por eso es un libro emanado directamente del cielo. Con frecuencia, cuando la naturaleza, en todo el esplendor de sus galas otoales, y con todos sus bosques diademados de oro y de prpura, sonre al sol poniente, yo me siento en la pendiente de un ribazo, bajo alguna aosa encina, y releo los ingenuos buclicos de los primeros tiempos, la candorosa historia de Ruth y los cantos de amor de Salomn. Otras veces, bajo los arcos gticos de una iglesia arruinada que eleva sus torres solitarias en el valle, escucho; y, en el rumor del viento, que gime a travs de sus muros, como voces de bronce, creo percibir la palabra proftica de un Daniel o de un Jeremas. Otras veces sobre la fosa de mi padre y a la sombra melanclica de los rboles que yo he plantado, me acuerdo, con abundantes lgrimas, de la historia de Jos y de sus hermanos, porque yo que vea hermanos en todos los hombres, tambin he sido vendido por ellos y ellos son los que me han desterrado. Pero con ms frecuencia, cuando la noche, velada de negros cendales, avanza por su silencioso camino, yo repito con Job, en la efusin de mi dolor, esta profunda exclamacin del alma desengaada: _Por qu la luz ha sido dada a un miserable y la vida a los que tienen la amargura en el corazn?_ _10 de octubre._ De buena gana rompera mis pinceles cuando comparo la naturaleza de este triste Occidente, mezquina y desgraciada, con esos climas favorecidos, esos cielos puros y ese sol sin mancha del magnfico Oriente, cuando vago con el pensamiento, bajo las chozas nmadas y patriarcales de los pastorales oasis o entre los augustos monumentos del viejo Egipto y cuando el magnfico habitante de esas felices regiones se eleva ante mis ojos en toda la energa de su primitiva grandeza y de sus formas originarias, mientras aqu observo cmo se han comprimido todas las fuerzas y restringido todas las facultades. Cuando me parece ver al rabe, solo con su corcel, que como l respira toda la libertad de sus soledades, cuando con la imaginacin le veo franquear las arenas trridas o bien reposar bajo la sombra reparadora de las palmeras, entonces me quejo a la Providencia de que me haya desterrado a una zona fra, en medio de una naturaleza tmida y tan lejos de las soberbias miradas del sol inspirador, y me pregunto: Por qu los hombres me han hecho cautivo y por qu me han conducido prisionero a sus ciudades? Hubieseis visto como yo al len del desierto arrojarse sobre la tierra alterada, olvidando que ella arde, y saborearla largo tiempo entre sus dientes! He dicho en el desierto, porque entre los lazos de hierro de la sociedad y bajo el peso de sus ignominiosas instituciones, vuestros rganos relajados no podran soportar largo tiempo el esplendor de tan exuberante naturaleza. Sus ricas prodigalidades no podran pertenecer al hombre que se ha dejado degradar de la dignidad de su especie y que ha traficado cobardemente con su independencia. Y cun profundamente se siente humillada el alma generosa que ha comprometido todas sus fuerzas en este contrato, cuando conoce el precio de su sacrificio, cuando se encuentra subyugada por el audaz ascendiente de esos insolentes dominadores, y cuando compara la presente con esas edades afortunadas de la juventud del mundo en que las sociedades circunscritas en los estrechos lmites de las familias no reconocan otros poderes que los que le haban sido conferidos por la Divinidad, ni otro jefe que el que reciban de la naturaleza! Es entonces cuando se siente la necesidad de elegir entre las armonas de la tierra las que tienen una afinidad ms particular con nuestra miserable condicin; es entonces, y yo lo he experimentado con frecuencia, cuando se prefiere a la pompa radiante del sol las dudosas claridades de la luna y los misterios de la noche, a los esplendores del esto, a las gracias de la primavera, a los opulentos dones del otoo, la triste desnudez del invierno, las brisas fras y las negras escarchas. As, cuando mi alma se desprendi de sus juveniles ilusiones y cuando no encontr ya nada que la pudiera retener entre los hombres, espi los secretos de las tinieblas y las alegras silenciosas de la soledad, comenz a vagar por las moradas de la muerte y bajo los gemidos del aquiln; por eso ella ama las ruinas, la oscuridad, los abismos, todo lo que la naturaleza tiene de terrorfico, y por eso ha estudiado, sin necesidad de buscar otro modelo, algunos de los caracteres del infortunio. S; lo repito, el invierno en toda su indigencia, el invierno con sus plidos astros y sus desolados fenmenos, me promete ms goces que la orgullosa profusin de los hermosos das. Me place ver la tierra despojada de su fecunda vestidura y flotando en esos horizontes brumosos como en un mar de nubes. En medio de esas grandezas desvanecidas y de esa vegetacin ahogada, todo parece adquirir aspectos fnebres, todo se vuelve terrible y severo. A travs de los velos grisceos y de las nubes formidables en que est envuelto, se tomara al sol por un meteoro que se extingue. Los ros no tienen aquel estremecimiento divino, las selvas no murmuran ni dan sombra. No se oye ms que el crujido de la rama muerta que se rompe y el zumbido del viento que se desliza silbando sobre la llanura desolada. La nica verdura que se ve es la hiedra que extiende sus amplias alfombras por las paredes de las rocas, que se las adosa a los muros rsticos o envuelve con ellas el tronco de las viejas encinas. Unicamente algunos abetos destacan aqu y all, entre la nieve de las montaas, sus obeliscos oscuros, como otros tantos monumentos dedicados a la memoria de los muertos... Y de cuando en cuando podis ver, en la lejana, algunos viajeros que cruzan precipitadamente la llanura, o peregrinos que oran sobre una tumba. _17 de octubre._ Despus de abundantes lluvias, un torrente amplio y rpido, alimentado con todos los arroyos y barrancos, desciende desde lo alto de las montaas, cae con el ruido del trueno, se lanza furioso en la llanura, la llena de espanto y de desastre, destroza, invade, devora todo lo que se opone a su paso, y, arrastrando en su loca carrera rboles arrancados de raz, rocas y ruinas, rueda y se precipita rugiendo en el Salza. Si sobre esos bordes veis un grupo de lamos que opone dulcemente su tranquila majestad a la agitacin vehemente de la corriente, nuestro espritu no puede por menos que entregarse a pensamientos graves y religiosos, y meditis tristemente sobre esas vanas grandezas del mundo que aparecen de pronto, como esos torrentes, sin que se conozca el origen, que, como l, pasan entre estrpitos y devastaciones y como l se pierden en el abismo. En cuanto a m, sonro con piedad ante los cuidados pueriles que el hombre siente, mientras que el tiempo arrastra en su porvenir siempre naciente el corto presente de que gozan; y al considerar que la vida no es ms que un momento que huye en medio de la inmensa eternidad, siento que mis penas disminuyen. _19 de octubre._ Esta noche me encontraba en esa situacin indefinible que no tiene casi nada de la actividad de la vida, pero que tampoco es el sueo. Cre or una msica muy melodiosa, de una expresin suave y conmovedora, y cuyos sonidos eran modulados con tanta dulzura, que ni siquiera el arpa los hubiera podido producir ms tiernos y ms seductores. Se hubiera dicho que era un concierto anglico, pero su armona inconstante y caprichosa no multiplicaba mis alegras ms que para multiplicar mis pesares; apenas haba conseguido retenerla, cuando me escapaba de nuevo. En fin, despus de una cadencia sollozante que reson largo tiempo en mi alma, ces y no o ms que un ruido sordo parecido al de un ro lejano. Luego una mano fra se pos pesadamente sobre mi corazn; un fantasma se inclin hacia m y pronunci mi nombre con voz penetrante, y yo sent que el aliento de su boca me haba helado. Me volv y cre ver a mi padre, no como era antes, sino como una forma vaga y sombra, plido, desfigurado, los ojos hundidos, las pupilas sangrientas y los cabellos en desorden; despus se alej, hacindose cada vez menos distinto y disminuyendo en la oscuridad, como una luz presta a extinguirse. Quise lanzarme en su seguimiento, pero, en el mismo instante, la luz, la voz, el fantasma, todo se desvaneci con mi desvaro y no abrac ms que el vaco. _23 de octubre._ Puesto que es verdad que, desde el comienzo de este corto trnsito de la vida, todo lo que vemos a nuestro alrededor no nos deja ms que pesares, dichoso el sabio que se envuelve en su manto, se abandona en su esquife y se aleja sin volver los ojos a la orilla. Pero carezco de este difcil valor. Yo mismo me extrao de las vacilaciones de mi corazn y de la ciega facilidad con que acoge diariamente nuevas quimeras. Todo lo que tiene una apariencia de novedad le seduce, porque sabe que su estado actual es el peor y siempre saldr ganando con el cambio. Quiere emociones desiguales y diferentes, una manera de ser diversa y fortuita, porque ha observado que el azar le daba mejor resultado que la previsin. No obstante, es tal su inquietud, que en medio de las agitaciones que busca, desea an el reposo, nicamente, quiz, porque el reposo es una cosa distinta de lo que l experimenta diariamente, pero no tarda en fatigarse del mismo reposo. No ve la dicha ms que lejos de l, y, desde que cree haberla visto en alguna parte, rompe, para alcanzarla, los nudos que le atan al lugar donde se encuentra; dichoso si pudiera romperlos todos! Qu ocurre mientras tanto? Antes de haber recorrido la mitad del camino que nos conduce al sitio deseado, el prestigio cesa y el fantasma se desvanece, burlndose de nuestras esperanzas. Dios me preserve de vivir mucho tiempo as! Acercarme a Eulalia!--deca yo esta maana--, s, vivir a su lado! habitar donde ella habita! respirar el aire que respira! Y, desde entonces, todo lo que veo aqu me importuna. _30 de octubre._ El otro da, casi sin darme cuenta, me encamin hacia Salzburgo; pero, desde que vi la fortaleza de la montaa, las flechas de las iglesias, las cpulas de los palacios, y desde que pude enlazar la sensacin que experimentaba con todos mis recuerdos, me encontr tan poderosamente arrastrado, que por nada del mundo hubiese cambiado de direccin. Mientras tanto la noche se aproximaba y las brumas espesas y lluviosas hacan an mayor la oscuridad. No tena necesidad, adems, de recogimiento y de libertad de espritu y no quera entrar en la ciudad hasta despus de haber acostumbrado mi alma a las agitaciones que la amenazaban. Me abandon con voluptuosidad a aquella noche larga y rigurosa en la que nada limitaba la independencia de mi pensamiento. Todos esos cuadros que el da anima y colorea, todo lo que me recuerda la vida me enoja y me contrara. Si hay en m alguna actividad poderosa, si siento algunas veces en m una fuerza superior a la del hombre, es en el aislamiento de la noche y en la contemplacin de las tumbas. Todas las ideas sublimes nacen del corazn, y el corazn del hombre est hecho de dolor y de sombras. Al pasar por la aldea donde vi enterrar a Cornelia, y donde conoc al marido de Eulalia, penetr en el cementerio por las brechas del muro. La oscuridad era profunda. Los bhos de la vieja iglesia geman o silbaban en las cornisas. La campana, lentamente movida por el aire, produca sonidos quejumbrosos y, de pronto, no s qu acentos lgubres se elevaron a mi lado. Entonces un hombre se atraves en mi camino, y despus, inclinando la cabeza sobre el pecho, pronunci el nombre de Cornelia. Era Guillermo, y el Cielo me permiti darle algunos consuelos; porque la voz de los desgraciados llega fcilmente al corazn de los desgraciados y se dice que los que han sufrido mucho conocen palabras para calmar el dolor. Conversamos largo rato. --Si yo hubiese querido--me dijo--, es fcil dejar la vida, y los das del hombre pueden abandonarse como un vestido. Pero, me atrever a decrselo? era media noche; yo estaba sentado sobre esas piedras y dispuesto a romper el frgil talismn de la existencia, ocupaba mi imaginacin en la contemplacin de los tiempos pasados, unindolos todos en mi pensamiento. Ya todos los acontecimientos transcurridos se sucedan en mi memoria como las reminiscencias de un sueo, pero yo aspiraba an al porvenir, y este porvenir incierto lo llenaba con mis quimeras, cuando, de pronto, una idea horrible me sobrecogi. El porvenir!--exclam--, y con qu derecho, miserable suicida, te atreves a hacer planes sobre el porvenir? Has querido dejar de ser antes de que llegase tu hora, y quin sabe si tu castigo ser el no ser jams? Encuentras una salida para librarte de los dolores de la vida, pero, quien sabe si te cierras las puertas de la eternidad? Cornelia, la ms pura de las hijas de la tierra, te espera mientras tanto entre los justos, y, con una alegra inefable se prepara a iniciarte en las delicias del cielo... Pero el que ha destruido la imagen de Dios no vivir ya ms; ha sembrado la muerte y recoger la nada. Despus he reflexionado mucho--aadi Guillermo tras un buen silencio--, y creo que el que se da la muerte frustra las intenciones de la Divinidad; y reflexionando sobre este gran nmero de relaciones que enlazan al hombre con todos los objetos terrestres, yo le he considerado como el centro de una multitud de armonas que nacen y perecen con l, de modo que no puede caer sin arrastrar toda una creacin en su cada, y el ltimo suspiro que exhala lleva el luto a toda la naturaleza. Meditando sobre esas cosas, he reconocido que la suprema virtud consiste en amar a sus semejantes, y la suprema sabidura en soportar su destino. Ya s, no obstante, que la razn del hombre es una caa que cede a muchos huracanes; yo mismo ay! tengo la penosa experiencia de que es difcil luchar con el dolor cuando no se le opone la ausencia y sobre todo la religin. Por eso he resuelto desterrarme de aqu y buscarme una tumba en otro sitio. Cerca de Donnawert hay un antiguo monasterio, cuyos muros baa el Danubio, y al cual se llega despus de atravesar un bosque de abetos de un aspecto triste y formidable. Aquel lugar est lleno de misterios y de solemnidad; y el alma se abandona a sentimientos de un orden tan sublime que, segn se dice, hace olvidar, por un privilegio milagroso, todas las antiguas emociones de la vida. Ese monasterio ser mi asilo. El da nos sorprendi en esta conversacin. El sol se levantaba por detrs de la torre de la iglesia y la coronaba con sus rayos como una plida aureola; el aire estaba cargado de vapores hmedos y, a travs de la niebla que nos envolva, se nos hubiera podido tomar por sombras que erraban entre las sepulturas. Comprend que era la hora de separarnos, bes tiernamente a Guillermo y abandon el cementerio. Pero, al entrar en Salzburgo--yo no s qu presentimiento espantoso...--mi corazn se ha oprimido, mi mirada se ha oscurecido y el sentimiento de la vida me ha abandonado. CONCLUSIN Aqu acaba el diario de Carlos Munster. Parece que hubo de experimentar agitaciones tan violentas, que ni siquiera pudo darse cuenta de ellas; despus no encontramos ms que notas de poca importancia sobre sus relaciones con Guillermo, hasta la partida de aqul para el convento de Donnawert. Lo que vamos a transcribir aparece escrito por otra mano en el original. Desde haca algn tiempo la melancola del seor Spronck aumentaba continuamente; haba odo hablar de Carlos Munster antes de la boda; le crea muerto cuando se cas con Eulalia, y al saber su regreso, presinti todo lo que los infortunados amantes tendran que sufrir. El acontecimiento que le represent de una manera tan viva la prdida que algunos aos antes experimentara, fue el golpe de gracia para su dolorido corazn, y, perseguido por sus propios dolores y por los que causaba a los dems, su carcter contrajo algo de siniestro y de espantoso. Los cuidados de Eulalia contribuan a aumentar sus dolores, y cuando la joven se aproximaba a su marido con una mirada llena de ternura y de dulzura, l volva tristemente la cabeza y la rechazaba gimiendo. Por aquel entonces la casualidad le hizo saber que Carlos, al que se haba credo muy lejos, haba vuelto a Salzburgo despus de pasar algunas semanas en su aldea natal. Esta noticia pareci al principio consolarle mucho, pero la misma noche su estado empeor, de tal modo, que se tema verle expirar a cada instante. Carlos, a quien una carta del desgraciado marido de Eulalia haba enviado a llamar, acudi presuroso. El seor Spronck estaba tendido, sin conocimiento y casi sin vida. Eulalia, arrodillada ante su lecho, baaba las manos del moribundo con sus lgrimas, y una lmpara, a punto de apagarse, arrojaba una tenue claridad sobre aquella escena de dolor. Al ruido que hizo la puerta al abrirse, el moribundo hizo un movimiento; con la vista fija y la fisonoma inmvil, estaba en la situacin de un hombre que despierta de una pesadilla y trata de reconciliar sus sentidos con los objetos que le rodean. Finalmente, pareci que la luz se haca en su cerebro y pronunci con voz fuerte y clara el nombre de Carlos Munster. Este estaba a algunos pasos de distancia, y al verle Spronck, le salud con una sonrisa tan tierna y tan paternal, que Carlos se dej caer de rodillas ante l. Entonces el seor Spronck impuso sus manos sobre su esposa y sobre su amigo; y despus de haber reunido todas las fuerzas de su alma, les describi con acento conmovedor las adversidades que haban envenenado su juventud, el dolor de las pruebas a que haba sido sometido y, sobre todo, el encarnizamiento de la funesta fatalidad que les haba envuelto a ellos en su propio destino. Les pidi perdn por el mal involuntario que les haba causado, les habl de su prximo fin, y, enlazndoles con sus brazos, acab as: Sed felices ahora que mi miserable vida no puede ser un obstculo; sed felices ahora que voy a devolver a la tierra este corazn destrozado por la desesperacin; sed felices y no tengis remordimiento por los das que quizs an la suerte me habra reservado, porque yo no poda esperar nada ms agradable que esto que me es permitido legaros: un porvenir sin alarmas que podr resarciros de las penas que os haya causado. Permitiendo que mi muerte haya sido un beneficio para los que yo amo, el Cielo haba colocado en mi muerte la nica alegra que yo poda gozar aqu abajo. El me perdonar, sin duda, el haber apresurado la hora y no me condenar, como los hombres. Amaos, al menos, y perdonadme. Despus de estas palabras, su pecho se levant con gran esfuerzo, su cuerpo se estremeci y la voz expir en sus labios. Eulalia huy de la habitacin lanzando gritos espantosos, y Carlos perdi el conocimiento. Cuando algn tiempo despus volvi en s, la lmpara ya no brillaba y no le quedaban, de lo que haba pasado, ms que ideas vagas e inciertas, como las ilusiones de la noche. Extendi los brazos a tientas y tropez con un cuerpo inmvil y fro. Los hombres que haban acudido para conducir aquellos despojos a la tumba, le trasladaron a Salzburgo. Las profundas impresiones que haba recibido no eran de naturaleza que pudiesen borrarse prontamente. Pas un mes antes de que su espritu se hubiese repuesto de aquellas emociones violentas. Entonces recibi una carta de Eulalia; a la sola presencia de aquella escritura tan querida, cambi de aspecto y de color; sus mejillas se inflamaron, toda su vida pareci asomar a sus ojos, y en la inquietud que le agitaba se hubiera podido ver que su espritu estaba fluctuando entre el temor de saber su suerte y el tormento de ignorarla. Poco a poco recobr la calma y la tranquilidad. Se haba resignado a todo. Eulalia le declaraba, como l esperaba, que no poda concebir sin horror la idea de un nuevo enlace despus de la muerte voluntaria de su primer marido; que estaba segura de que l tampoco querra una dicha que haba costado tan cara, si es que poda llamarse dichosa una unin que dependiese de tal causa; que aprovecharse del generoso atentado del seor Spronck era hacerse casi autor de l y atraerse el castigo; que era conveniente, al contrario, dedicar la vida a expiarlo y colocarse como justos holocaustos entre la clera de Dios y esa sombra abnegada que se haba entregado a su castigo. Acababa diciendo que cuando recibiese aquella carta, ella ya estara separada del mundo por una barrera que no es posible franquear cuando se ha cerrado tras de s y que iba a entrar en la vida religiosa. Carlos ley muchas veces la carta con la misma resignacin. Despus la dobl, imprimi un ardiente beso sobre ella y la coloc sobre su corazn, al lado de una cinta que haba pertenecido a Eulalia. En seguida escribi a Guillermo comunicndole su proyecto de retirarse al monasterio de Donnawert; despus distribuy su patrimonio entre algunas familias pobres de Salzburgo, porque l ya no tena a nadie. Emprendi el viaje en uno de los primeros das de enero. Cuando hubo llegado cerca del convento de Eulalia, a una legua de la ciudad, se sent ante los muros del claustro y all permaneci muchas horas, pero no vio ni oy nada. Algunos conocidos suyos pasaron por delante de l, sin que l los viera. Llevaba la cabeza despeinada, la barba larga, su color era lvido y su mirada extraviada; a pesar del rigor de la estacin, slo le cubra una especie de tnica grosera, pujada por el viento, caa en torbellinos sobre su cabeza y un aquiln helado silbaba entre los pliegues de su ropa. Finalmente, cuando el sol declinaba, se levant de su asiento, y se alej con paso precipitado. El cielo se haba aclarado mucho, la luna se levant sin nubes, la noche era tranquila. Pocos das despus, la temperatura volvi a cambiar y la lluvia cay de nuevo; las nieves y los hielos fundidos descendieron de las montaas y aumentaron el curso de los ros. Todos los trabajos quedaron suspendidos, todos los caminos desiertos. No obstante, por aquella poca se vio a Carlos en una aldea bastante prxima a Donnawert. Su rostro estaba cubierto en parte por su cabellera, sus pies, desnudos, y su ropa caa en pedazos sobre su cuerpo. Tuvo ocasin de hablar con alguien; su voz, sus gestos, su mirada denotaban una profunda alienacin mental. Es probable que la soledad hubiese dejado mayor actividad al dolor, y que su razn, mal curada de las fuertes pruebas a que haba sido sometida, hubiese acabado por ceder. Se aade que algunas almas compasivas se haban esforzado en retenerle hacindole observar que los caminos estaban impracticables y que era peligroso continuar el viaje; pero l se obstin en su resolucin. Al da siguiente se desbord el Danubio. Mientras tanto, Guillermo se extraaba de que Carlos no hubiese llegado; y contaba impaciente los das transcurridos desde aquel en que su amigo deba de llegar. Pero sus temores aumentaron an cuando vio que la inundacin, que haba llegado hasta el monasterio, haba cubierto toda la campia e interrumpido todas las comunicaciones. Tan pronto segua con la vista inquieta aquel mar casi inmvil, tan pronto la segua en sus decrecimientos hacindole creer que ya faltaba muy poco para llegar a sus lmites naturales; y a medida que las tierras comenzaban a elevarse aqu y all como pequeas islas, su corazn renaca a la esperanza. Una vez, entre los restos que el ro arrastraba, crey ver algo informe y lvido que las ondas empujaban contra los arrecifes y que desapareca para volver a aparecer hasta que fue abandonado sobre un banco de arena. Impulsado por una vaga pero invencible curiosidad, descendi del claustro, atraves la iglesia, y cuando hubo llegado al pie de sus muros, reconoci el objeto que le haba atrado. Se aproxim y se estremeci de horror. Un cadver casi desnudo, plido, destrozado, cubierto de musgo y de fango, los miembros crispados, los cabellos ralos y sangrientos, y a travs del desorden de aquellas facciones deshechas y mancilladas, un aspecto lleno an de nobleza y de dulzura; as fue como Carlos Munster se ofreci a su vista. Guillermo entonces, sin lanzar una queja ni derramar una lgrima, envolvi aquel cuerpo sin vida con su hbito negro, lo carg sobre su espalda y lo llev al monasterio. Detvose en el atrio de la escalera, y despus de haber depositado su triste carga en el suelo, convoc por medio de la campana a los religiosos del convento. Cuando se hubieron reunido a su alrededor y los vio dispuestos a orle, levant bruscamente el velo bajo el cual se ocultaba su amigo, y les dijo con voz trmula y dolorosa: Este es Carlos Munster. Pero la palabra expir en sus labios, sinti que las fuerzas le faltaban y cay sobre el cadver. Al abrir los ojos no vio ms que a un hermano que le dijo que la comunidad no haba credo prudente conceder a su amigo sepultura catlica, porque en el misterio en que haba sobre la naturaleza de su muerte, haba temido excederse en sus deberes rodeando el atad del infortunado de las pompas de la religin. Guillermo se levant, cogi a su amigo en sus brazos y se dirigi silenciosamente a la orilla del ro, donde cav una fosa, colocando encima una piedra con una sencilla inscripcin, pero el primer vendaval llen la inscripcin de arena y polvo, y la primera crecida del Danubio arrastr piedra, sepultura y cadver. Guillermo muri al ao siguiente. Eulalia an vive; ahora tiene veintiocho aos. LAS MEDITACIONES DEL CLAUSTRO 1803 La existencia del hombre desengaado es un largo suplicio; sus das estn sembrados de desengaos y sus recuerdos llenos de remordimientos. Se nutre de absenta y de hiel; el comercio de los hombres se le ha hecho odioso; la sucesin de las horas le fatiga; los cuidados minuciosos que constituyen su obsesin le importunan y le sublevan; sus propias facultades son una carga para l, y maldice, como Job, el instante en que fue concebido. Vacilante bajo el peso de la tristeza que le anonada, se sienta al borde de su fosa y, en la efusin del dolor ms amargo, eleva los ojos al cielo y pregunta a Dios si es que su providencia le ha abandonado. Tan joven an y tan desgraciado, desilusionado de la vida y de la sociedad por una experiencia precoz, extrao a los hombres que han lacerado mi corazn, y privado de toda esperanza, he buscado un asilo en mi miseria y no lo he encontrado. Me he preguntado si el estado actual de la civilizacin era tan desesperado que no tena ya remedios para las calamidades de la especie, y si las instituciones ms solemnes consagradas por el sufragio de los pueblos adolecan tambin del defecto de la corrupcin universal. Caminaba al azar, lejos de los caminos frecuentados, porque yo evito el encuentro con los que la naturaleza me ha dado por hermanos, y tema que la sangre que caa de mis pies desgarrados no les sirviera de rastro. A la vuelta de un sendero hundido en el fondo de un valle sombro y agreste, vi un da un viejo edificio de una arquitectura sencilla pero imponente, y la sola contemplacin de aquel lugar hizo descender a mis sentidos el recogimiento y la paz. Llegu hasta el pie de los muros y prest atento odo a los rumores de su soledad, pero no o ms que el viento del norte que gema dbilmente en los patios interiores y el grito de las aves de presa que revoloteaban sobre las torres. En la parte exterior no encontr ms que puertas rotas sobre sus goznes, grandes vestbulos, sobre los que no se vean huellas humanas, y celdas desiertas. Despus, descendiendo por los estrechos escalones, a la claridad de un tragaluz, en los subterrneos del monasterio, avanc lentamente por entre los restos de la muerte de que estaban sembrados; y, deseoso de entregarme sin distraccin, al sentimiento vago y casi dulce que me inspiraba la solemnidad de aquel retiro, me sent sobre un atad destruido. Cuando me acord de las asociaciones venerables que haba de ver tan poco tiempo y echar de menos tantas veces, cuando reflexion sobre esa revolucin sin ejemplo que las haba devorado en su carrera de fuego, como para arrebatar a las personas honradas hasta la esperanza de un consuelo posible, cuando yo me dije, en la intimidad de mi corazn: Este lugar hubiera sido tu refugio, pero no te han dejado nada; sufrir y morir, tal es tu destino, oh! cun grandes y conmovedores me aparecieron los pensamientos que presidieron la inauguracin de esos claustros, cuando la sociedad, pasando de los horrores de una civilizacin excesiva a los horrores infinitamente ms tolerables de la barbarie, y en esta hiptesis en que el retorno al estado de la naturaleza y hasta del gobierno patriarcal no era ms que la quimera de algunos espritus exaltados, esos hombres de una austera virtud y de un carcter augusto erigieron, como el depsito de toda la moral humana, las primeras constituciones monsticas. Esos monasterios conservadores fueron otros tantos monumentos a la religin, a la justicia y a la verdad. La mana de la perfeccin, de donde derivan todas nuestras desviaciones y todos nuestros errores, estaba a punto de renacer; el mundo iba a civilizarse quizs una vez ms. Todos los pensamientos generosos, todos los afectos primitivos volveran a borrarse, y los oscuros solitarios lo haban previsto. Modestos y sublimes en su vocacin, no aspiran ms que a conservarnos la belleza moral, perdida en el resto del universo. El que era rico hace de sus bienes el patrimonio de los pobres. El que era poderoso e impona a su alrededor rdenes inviolables, se pone rudo cilicio y entra con sumisin en las vas que le son prescritas. El que arda en amores y en deseos, renuncia a los placeres prometidos y abre un abismo entre su corazn y el mundo. El menor sacrificio del ms dbil de esos anacoretas, hara la gloria de un hroe. Examinemos, no obstante, con una escrupulosa atencin lo que esa sagrada milicia pueda tener de chocante para los sabios de nuestro siglo, y por qu crmenes los humildes cenobitas se han atrado esa animadversin furiosa, nica en los anales del fanatismo. Ellos eran ngeles de paz que se entregaban en el silencio de la soledad a la prctica de una moral excelente y pura y que no aparecan entre los hombres ms que para ofrecerles algn beneficio. Sus mismos ocios estaban consagrados a la oracin y a la caridad. Dirigan la conciencia de los padres, presidan la educacin de los nios, protegan, como las hadas, los primeros das de los recin nacidos sobre los que atraan los dones del Cielo y las luces de la fe. Ms tarde, guiaban sus pasos en los senderos difciles de la vida, y cuando sta llegaba a un perodo supremo, ellos sostenan al dbil viajero en las avenidas de la tumba y le abran la eternidad. Que no se diga que el desgraciado es un anillo roto en la cadena de los seres. El pobre expirante sobre la paja, estaba al menos acompaado de sus exhortaciones y de sus consuelos. Comprendan a todos los afligidos en una misma compasin. Su viva caridad se informaba menos de la culpa que de la desgracia, y por eso encantaban con sus consuelos la agona de los moribundos y la tristeza de los prisioneros; y si el inocente les era querido, no odiaban al culpable. Acaso el crimen no necesita tambin la piedad? Cuando la justicia haba encontrado una vctima, y el paciente, abandonado de todo el mundo, avanzaba lentamente hacia el cadalso, poda ver a su lado a esos emisarios divinos de la religin, y sus ojos, antes de cerrarse, lean en sus ojos resignados la promesa de la salvacin. Sus modestas miradas se enriquecan, no obstante, con los ms ilustres recuerdos. Haban visto poderosos monarcas abdicar la prpura ante sus altares y guardaban en sus relicarios el cetro de Amadeo y la doble corona de Carlos V. Haban dado jefes al mundo cristiano; Padres y oradores a la Iglesia; intrpretes y mrtires a la verdad. Los fundadores eran elegidos que Dios haba inspirado; sus reformadores, hombres valerosos y entusiastas que el infortunio haba instruido. Es en medio de ellos que floreci el genio de Abelardo, cuya memoria est ligada a todos los sentimientos de piedad y de amor. Tambin fue en la oscuridad de sus celdas donde Ranc ocult sus penas y donde aquel espritu ingenioso que a los doce aos haba adivinado las delicadas bellezas de Anacreonte, abraz libremente, a la edad del placer, las austeridades de que nuestra debilidad se asusta. En fin, sus maneras, sus costumbres y hasta sus vestidos participan del carcter noble y severo de su misin. Casi contemporneos del verdadero culto, su origen se remonta adems a los esenios de la Siria, a los terapeutas del lago Moeris. Los desiertos del frica y del Asia hablaban de sus grutas. Vivan en comn como el pueblo de Licurgo y se trataban fraternalmente como los jvenes guerreros tebaicos. Tenan remedios secretos como los sacerdotes de Isis. Algunos se abstenan de la carne de los animales y del uso de la palabra como los discpulos de Pitgoras. Otros usaban la tnica y el gorro de los frigios, y otros, en fin, cean sus riones como el hombre primitivo. Las rdenes de las mujeres no presentaban armonas menos maravillosas. Su vida era casta como la de las musas. Cantaban con una voz melodiosa y habitaban en lugares retirados. Algunas usaban velos y bandas como las vestales, otras tnicas flotantes como las romanas, o cascos y armaduras como las jvenes srmatas. Unas se dedicaban al cuidado de los nios abandonados, como otras tantas madres dadas por la Providencia, otras vendaban las heridas de los guerreros, como las princesas de los siglos heroicos y las castellanas medioevales. Guardaban las memorias de las Eloisa y de las Chantal, de las Luisa y de las La Vallire; contaban entre los suyos los nombres de muchas hijas y de muchos amantes de reyes que haban cambiado los esplendores del lujo y las ilusiones de la voluptuosidad por el sayal y los trabajos de la penitencia. En fin, cuanto ms profundizo la historia de esos monjes tan desacreditados, ms admiro y venero la extensin de sus trabajos. Caballeros de la fe en Rodas y en Jerusaln; holocausto de la fe entre los idlatras; conservadores de la cultura en toda Europa y propagadores de la moral en ambos hemisferios; artistas y literatos en la China; legisladores en el Paraguay; instructores de la juventud en las grandes ciudades y patrones de los peregrinos en los bosques; hospitalarios en el monte de San Bernardo, y redentores de cautivos en Argelia, yo no s si las malas acciones que se les atribuyen podran contrapesar tantos servicios; pero se me ha demostrado que una institucin perfecta sera contradictoria a nuestra esencia, y que si es verdad que las asociaciones monsticas no carecen de inconvenientes, es porque el genio del mal ha impreso su sello en todas las creaciones humanas. Qu esperabas, pues, de tus orgullosas tentativas, innovador sedicioso? Anonadamiento o perfeccin? El primero de esos deseos es quizs un crimen; el segundo es seguramente el ms vano y el ms peligroso de los errores. Lleva, si quieres, la antorcha de Erstrato al edificio social; mi corazn est bastante amargado para aprobarte; pero puesto que el Cielo ha querido que habitsemos una tierra en la que todo es imperfecto, a excepcin del dolor, no ensayes ms esas reformas parciales que slo servirn de monumentos a tu nulidad. Y qu! ellos han analizado el corazn del hombre, han sondado todas sus profundidades, han estudiado todos los movimientos y no han presentido siquiera una sola de esas ocasiones para las cuales la religin haba inventado los claustros! Terrores de un alma tmida que carece de confianza en sus propias fuerzas; expansin de un alma ardiente que tiene necesidad de aislarse con su Creador; indignacin de un alma afligida que ya no cree en la dicha; actividad de un alma violenta amargada por la persecucin; debilidad de un alma consumida que la debilidad ha vencido; qu especficos oponen ellos a tantas calamidades? Preguntdselo a los suicidas. He ah una generacin entera a la cual los acontecimientos han dado la educacin de Aquiles. Han tenido por alimentos la medula y la sangre de los leones; y ahora que un gobierno, que no deja nada al azar y que fija el porvenir[A], ha restringido el desarrollo peligroso de sus facultades; ahora que se ha trazado a su alrededor el crculo de Popilio y que se le ha dicho como el Todopoderoso a las olas: De aqu no pasaris, sabis lo que tantas pasiones ociosas y tantas energas reprimidas pueden producir de funesto? sabis cun prximo est a abrirse al crimen un corazn impetuoso entregado al aburrimiento? Yo declaro con amargura, con espanto: la pistola de Werther y el hacha del verdugo han diezmado nuestras filas! ESTA GENERACIN SE LEVANTA A DIOS Y PIDE CLAUSTROS. Paz completa a los dichosos de la tierra, pero maldicin a los que niegan un asilo al infortunio. El primer pueblo que consagr entre el nmero de sus instituciones un lugar de reposo para los desgraciados, fue sublime. Una buena sociedad provee a todo, incluso a las necesidades de los que se separan de ella por su gusto o porque no tienen ms remedio. Mientras tanto, haba vuelto al piso superior y, apoyndome contra una columna gtica, adornada con tristes emblemas, advert unos caracteres penosamente trazados sobre una de las caras del zcalo, y le lo siguiente: Viendo la ceguera y las miserias del hombre, y esas contrariedades sorprendentes que se descubren en su naturaleza, y mirando al universo entero mudo y al hombre sin luz, abandonado a s mismo y como extraviado en este rincn del universo, sin saber quin le ha puesto en l, qu ha venido a hacer, cul haya de ser su destino futuro, yo me espanto como el hombre a quien hubiesen llevado dormido a una isla desierta llena de peligros, y se despertase sin conocer dnde est ni los medios de salir; reflexionando sobre esto me admira cmo el hombre no se desespera por tan miserable estado. En estas lneas Pascal ha bosquejado toda la historia del gnero humano. ADELA 1820 PREFACIO[B] Estamos lejos de la poca en que el lector deseaba en las novelas esos desarrollos hbilmente conducidos que aumentan el inters de una accin a la que concurren todas las circunstancias; esos detalles de costumbres y de caracteres que hacen vivir en el espritu las cosas y las personas, el atractivo extraordinario y punzante de las combinaciones libres de la imaginacin, conciliado a fuerza de arte con la verosimilitud de la historia. A la generacin actual, impaciente de sensaciones fuertes y variadas, le importa poco encontrar en las producciones del espritu esa acertada medida, esa exquisita conveniencia, en estilo tan puro y tan delicado que distinguen a los inimitables novelistas de Francia y de Inglaterra, a los Lesage y a los Fielding, a los Rousseau y a los Richardson. El alma no sale casi de su situacin actual ms que para cambiar el orden de sus emociones, para renovar la especie, para distraerse por sensaciones ms poderosas; y es muy cierto que las emociones puramente sociales de nuestro siglo han debido hacernos ms difciles a las emociones novelescas. Ahora, cuando nuestra curiosidad, aguijoneada por una increble variedad de cuadros que no ha buscado, se decide a buscar algo fuera de la esfera de las ideas positivas, es natural que se interese menos por los hechos que por las pasiones, por las circunstancias materiales de un relato que por el sentimiento indefinido que har nacer, ver las aventuras verdaderas o falsas de un personaje indiferente que por no s qu _idealidades_, las cuales, sin constituir un carcter particular, corresponden ms o menos con las necesidades, los afectos, las ilusiones de la mayora, en las pocas desgraciadas de la sociedad. Este orden de ideas es lo que se llama desde hace algn tiempo la _ola_ en literatura, y ya se sabe que la literatura es la expresin escrita de la moral. Esto es lo que quera decir para justificar el gnero de esta obra, en la que no se encontrarn ms que caracteres esbozados, hechos entrevistos, el cuadro defectuoso, en fin, de una obra ms que mediocre, que no he tenido el tiempo, ni el talento, ni la fuerza de hacer mejor. Como es mi hroe, con todos sus errores y pasiones, el que habla, pido permiso al lector para hablar de l. Para Gastn ha pasado ya la edad de las ilusiones, y no es que su corazn est fatigado, pero s marchito por la experiencia. La costumbre de los disgustos le ha hecho sombro y tmido. La costumbre de los desprecios le ha hecho desconfiado. Es como todos los hombres que han sufrido mucho. Teme las emociones nuevas porque siempre ha perdido en el cambio, pero las experimentar necesariamente porque hay almas que sienten la necesidad de ellas y las buscan a su pesar. Su sensibilidad se ha debilitado, pero l la cree extinguida. Su mismo estilo ser ms sencillo, ms descuidado que de ordinario. La poesa de las expresiones se decolora con la poesa de los sentimientos. No obstante, la primera chispa que reanimar este volcn har salir de su seno relmpagos ms amenazadores que nunca. Esto no ser una serie no interrumpida de ideas y de acciones vehementes, una manera continuamente violenta de ser y de sentir; sern movimientos raros, pero impetuosos y terribles, que, no obstante, no producirn nunca el mal absoluto, excepcin distintiva y cierta en favor de las pasiones que tienen su fuente en una organizacin elevada. No intentar disculparme por haberme encariado por su carcter, ni tampoco dir las razones particulares que me han decidido a pintarle bajo diversos aspectos. El inters que me haya tomado a mi pesar, no excusar la multiplicidad de mis ensayos. Por haber vivido en un orden de sensaciones afortunadamente poco comn, no se adquiere el privilegio de escribir malas novelas. Esto exige una justificacin ms especial. Con su corazn recto, pero muy exaltado, Gastn no ha podido defenderse de la influencia del espritu de paradoja que ha presidido por completo la educacin de las ltimas generaciones. Este espritu se desarrolla en razn de la situacin de Gastn, cuando la dicha de su vida viene a depender de una regla de conveniencia social y siente la posibilidad de justificar a sus propios ojos una falta por un sofisma. Una novela no es una conclusin y menos an las opiniones de un personaje de novela, que no pretende ser eminentemente razonable, contra las conveniencias pblicas a las que la razn de los siglos ha reconocido la importancia. Por otra parte, no ser yo el que acuse a los hombres que declaman contra ciertas consecuencias por aversin a todos los principios, y que no combaten, en el fantasma de la nobleza actual, ms que la existencia an positiva de la monarqua... Hay que confesar que nunca hubiera estado ms fuera de lugar semejante gnero de agresin. No me queda ms que una palabra por decir. Importa poco al pblico que yo haya escrito tal o cual novela, pero a m me importa muchsimo no haber escrito ms que las mas. Puesto que mi nombre, que yo no crea tuviese tanto crdito, ha podido convertirse para algunos libreros en un objeto de especulacin, aprovecho la ocasin para declarar que esta ltima obra es con _Juan Sbogar_, _Teresa Aubert_ y los volmenes publicados con el ttulo de _Cuentos_, _Novelas y Miscelneas_, todo lo que yo he hecho en este gnero. Estos escritos no merecen, ciertamente, mayor consideracin que los que me han atribuido y me atribuirn an, pero son mos. GASTN DE GERMANC A EDUARDO DE MILLANGES _Germanc, 12 abril 1801._ S que te place, mi querido Eduardo, el haberme sugerido esta idea. Acostumbrado a partir contigo todas mis penas y todos mis placeres, a extraer de tu corazn todos mis consuelos y todas mis esperanzas, a no creerme seguro de la posesin de un pensamiento o de un sentimiento al que t no te encuentres asociado en algn modo, ahora, separado de ti por la fuerza de los acontecimientos, lanzado en medio de una nueva existencia, me costara demasiado trabajo el no saber dnde depositar cada una de las emociones que este orden de cosas me destina. Nosotros, afortunadamente, hemos atenuado la tristeza de esta vida solitaria, obligndonos a darnos fiel cuenta de nuestras jornadas, de nuestras aventuras, de nuestros proyectos, de nuestros secretos y dulces ensueos, de modo que cada uno de nosotros, al recibir al final de cada mes el diario sincero de su amigo, pueda an identificarse con l como antes, volver a vivir todas las horas pasadas. El cambio continuo de los secretos y la confianza de todos los momentos, har nulos los efectos del tiempo y del espacio y disminuir el rigor de la ausencia. Ya hemos previsto que la calma de tu carcter, la dulzura de tus costumbres y la gravedad de tu espritu, te asegurarn das tranquilos y apacibles, que las tempestades del mundo casi no alterarn. La exaltacin de mi cabeza, el ardor de mis pasiones, mi propensin al entusiasmo, y quizs a la locura, como t dices algunas veces, te han dado lugar a suponer que mis relatos sern ms variados y ms animados que los tuyos. De acuerdo con este clculo, t te encargars de la parte filosfica, de la parte razonable de nuestra correspondencia, y yo te proporcionar un diario novelesco bastante extravagante. No esperes otra cosa. La hiptesis fundada por lo que se refiere al pasado, es falsa, absolutamente falsa para el porvenir. Tengo veintiocho aos, Eduardo mo, y, lo que es ms raro a esta edad, la experiencia de una docena de aos de desgracias. He vivido de prisa, porque mi sensibilidad, que era mi vida, se ha consumido en ensayos infructuosos y en efectos estriles. Las calamidades de la revolucin, los peligros de la proscripcin y de la guerra, las agitaciones siempre renacientes de una vida incierta y mvil, las prdidas mltiples, vivas y dolorosas, todo esto, sin duda, ha podido imprimir a mi organizacin, a mi carcter, al movimiento de mis pensamientos, a la direccin de mis expresiones, yo no s qu algo de singular, de inusitado, de raro, esa especie de exageracin, en fin, de la cual t censuras con tanta razn las desviaciones; pero, en realidad, yo no necesitaba ms que entregarme a la naturaleza y a m mismo, encontrarme libre de todas las impresiones extraas que fatigaban mi corazn, volver al reposo delicioso de la soledad y al crculo de los deberes fciles, para renovarme. No llegars a imaginar la tranquila esperanza de que estoy posedo desde que he atravesado el umbral del viejo castillo paterno, y he contemplado, a travs de los vidrios de mi habitacin nativa estos bosques, estos campos magnficos, estos bellos espacios de verdura, tan familiares y tan caros a mi infancia. Mi madre me ha recibido con ternura, pero con una ternura mezclada con ese aire ceremonioso que t ya conoces, y que rechaza, por decirlo as hasta el fondo del alma, un sentimiento pronto a estallar. Qu cruel es, Eduardo, no poder expresar lo que se siente a una persona a la que se ama y a la que se tiene el derecho de amar, sin violar las conveniencias! Pero me he contenido. Para visitar el departamento de mi padre he tenido que reunir todas mis fuerzas de hombre; fue en aquel lugar donde yo le vi por ltima vez y donde recib sus ltimas instrucciones y sus ltimos besos, cuando yo esperaba volver a verle y recibir sus besos despus de haber cumplido mis deberes para con el prncipe y la patria. Qu prdida tan grande! t, que pudiste apreciar sus cualidades, lo sabes mejor que nadie; la elevacin de su espritu, la pureza y la sencillez de sus costumbres y esa filosofa tranquila y religiosa, le hacan tan superior a la adversidad, que todas las vicisitudes parecan para l motivos de alegra. Dios no ha permitido que me asistiese por ms tiempo con sus consejos y que me guan entre los escollos de la vida. Me ha dejado solo sobre esta tierra, y ante la idea, ante la conviccin de mi abandono absoluto, se me parte el corazn. Te dejo un instante para llorar. _17 de abril._ Me he trazado un plan de vida que seguramente te sorprender. Por de pronto, tengo la intencin de ver a muy poca gente, la menos posible. Tengo la intencin de fortalecerme, de rehacerme por completo, y para esto necesito recogimiento y soledad. Todo mi servicio se limita a Latour, a quien t conoces, a ese valiente Latour que ha hecho conmigo las campaas de la Vende y que ms que un criado es un compaero seguro, un amigo fiel, sin el cual no podra pasar mi corazn. Su presencia de espritu me ha salvado la vida en dos ocasiones, en las que, adems, se distingui por prodigios de valor que le atrajeron la amistad de los oficiales, la estimacin del ejrcito y que le asimilaron a mis ojos a lo que yo conozco entre los hombres de ms noble, de ms generoso y de ms eminente. Si l hubiera deseado otro estado, otra condicin de vida, yo soy, afortunadamente, bastante rico para habrselo podido proporcionar. Est, pues, conmigo, por su voluntad. Como es difcil vivir mucho tiempo sin ocupacin, o, mejor dicho, como yo no puedo pasar, de cuando en cuando, sin aficionarme a algo para distraerme de la vida, he vuelto a la botnica, mi dulce estudio de aos pasados. Voy a volver a comenzar mis herbarios destruidos y a renovar mis relaciones con esas ricas familias de vegetales entre las que, un largo alejamiento, me han hecho casi extrao. Necesito decirte qu goces inexpresables me procuran esos dichosos recuerdos a los que se asocian tantos dichosos recuerdos y tantas armonas encantadoras? Dulce privilegio de los placeres sencillos y puros de la adolescencia; que no se pueda renovar ni uno solo sin que todos los dems vengan a enlazarse a l para embellecerlo an ms! Puedo volver a ver, por ejemplo, esa encantadora hierba doncella, tan querida de Rousseau, sin acordarme de que cuando tu primera visita a estos campos nos gustaba tomarla sobre la alfombra fresca y sombreada de este bosquecillo, en memoria de un escritor cuyas obras adorbamos? La aguilea no es rara en las tierras ligeras y arenosas que bordean el bosque, pero, Luca, a la que siempre llorar, la prefera a todas las flores. Un agavanzo herido por los rayos ardientes del Medioda o pendiente de una rama rota por la tempestad, me recordar el que Fanny me dio y que yo dej secar y marchitar sobre mi corazn. Un bosquecillo de serbales me traer el recuerdo de Victoria, y jams ver o t, el ms lindo de los rboles! tus pequeas hojas aladas, tan finas y tan ligeras, y tus amplios corimbos de flores blancas o de frutos perfumados, sin sentir arder mis labios y mi sangre al primer beso de amor que yo recib bajo tu sombra. _18 de abril._ Ocupo ahora la ltima habitacin del ala derecha del castillo, la que da sobre el lago circular por el cual tantos paseos habamos dado en nuestra infancia. Aparte de los objetos necesarios, en ella slo encontraras dos retratos, el de mi padre y el tuyo, un piano y algunos libros. En este ltimo captulo, sobre todo, he hecho grandes economas, pues estoy convencido de que, a excepcin de un pequeo nmero, los libros slo son buenos para los ociosos y ciertos espritus perezosos incapaces de pensar por cuenta propia. Aun ir ms lejos: la _Biblia_ es la nica obra indispensable que yo conozco, y me parece que al drsela al hombre, Dios le ha dado todo lo necesario para su inteligencia. Por eso yo he conservado la costumbre de leer todas las noches un captulo segn el estado de mi espritu. As, por ejemplo, cuando tengo la imaginacin encantada por mil ensueos pastorales que me han mecido en el curso de mi paseo, yo encamino mi pensamiento bajo las tiendas de los patriarcas, o entre los segadores de Belem, y asisto con la imaginacin a las bodas de Ruth. En cambio ha disminuido mi entusiasmo por Osin y aun por Shakespeare. En general me voy deshaciendo, tanto como de m depende, de la influencia de los sentimientos novelescos, sin buscar, no obstante, un gnero de ilusiones mil veces ms miserable en esas soberbias vanidades de la filosofa que llaman conocimientos positivos, como si hubiera algo positivo en la tierra y como si lo poco que Dios nos permite ver en sus obras fuese otra cosa que un pasto entregado a la orgullosa ignorancia del hombre. No puedo prescindir, claro est, de algunos mtodos de botnica; pero como la coleccin de mis especies no ser nunca muy considerable, me atengo a los mtodos ms antiguos y ms sencillos. Soy de opinin que los hombres de los tiempos pasados tenan de la naturaleza ideas ms bellas y ms conmovedoras que nosotros, y que esa manera religiosa e intelectual de penetrar en sus misterios, que distingue a nuestros antiguos escritores, vala ms que las estriles ventajas que nos proporciona el perfeccionamiento del anlisis. Los hombres de nuestro tiempo se parecen a esos nios que rompen sus juguetes para conocer el secreto de su construccin; roto el juguete, qu queda de l?; un resorte de acero, un pedazo de vidrio, un cascabel; y, en cuanto al encanto, ha desaparecido. _21 de abril._ Renovarme! te deca el otro da; ay! si pudiese solamente distraerme... olvidar! No deseo, no espero la dicha, pero s un reposo duradero y profundo, una libertad sin reserva. Te he repetido con frecuencia que no odio la vida por las cosas que en ella se encuentran y que, en general, me atraen y me retienen. Comprendo esas ilusiones y las buscara de buena gana. Odio la vida tal como los hombres la han hecho, como una obligacin mutua, como un deber social que somete mi independencia a intereses reconocidos, a conveniencias establecidas sin contar conmigo. La odio, como todo lo que no es espontneo en la voluntad de la criatura sensible, fuerte e inteligente que Dios se ha dignado formar a su imagen. Convn conmigo en que es vergonzoso el pensar que vivir no es un acto libre y que el alma est condenada por anticipado a la existencia... qu digo? a la inmortalidad, sin haberlo consentido... Esta disposicin de espritu en que he cado desde hace algunos das, me ha procurado, no obstante, una dulce emocin, una emocin tanto ms agradable, porque no estoy acostumbrado a ella. Mi madre; alarmada por mi melancola, ha querido averiguar el motivo y oponer a las penas de mi corazn el encanto de los consuelos y de las esperanzas. Yo me he estremecido con una involuntaria alegra al pensar que me amaba lo bastante para compadecerme, y despus he lamentado amargamente el haberla disgustado por un motivo tan poco fundado, porque yo mismo me vera bien embarazado si quisiera explicarme lo que ella llama mi dolor. Creers t que ella ha supuesto que el amor... el amor! miserables ilusiones de nio de las que yo tantas veces he reconocido la frivolidad!... el amor! Ah! sin duda, yo amo a las mujeres en sus brillantes armonas con la naturaleza, como una de las obras ms encantadoras, como uno de los ms seductores ornatos de la creacin; las amo como a las flores, como amara a criaturas animadas y pensantes que tuvieran, en el desarrollo de sus ideas y de sus sentimientos, la gracia y la delicadeza de las flores. Hay algunas que las distingo de las dems, y entonces experimento la necesidad de ocupar su espritu o de interesar su corazn. Si una de sus miradas cae sobre m o se encuentra con las mas, siento, como antes, que mi corazn palpita ms de prisa, que mis ojos se turban, que la sangre llena mi pecho y afluye a mis mejillas, que mis nervios se exaltan por no s qu confusin vaga y dulce de vergenza y de placer, de inquietud y de ternura. Me acuerdo, en efecto, del tiempo... Qu hombre no ha sido presa alguna vez de los errores de la adolescencia frvola, crdula y desocupada?... El roce de un vestido o de un chal, el movimiento de una pluma flotando entre los cabellos de una mujer, el juego de luz que centellea sobre la pedrera de su peinado o de su pecho, la meloda de una voz de ngel que el viento hace llegar de lejos, a travs de todos los ruidos y cuyo sonido vibra largo tiempo, la menor cosa basta entonces para absorber todos los pensamientos y para suspender toda la existencia. Hay instantes, horas, das enteros, en que uno est abstrado, a su pesar, por una imagen encantadora que le llama, que le persigue, que vanamente tratar de evitar, que encontrar en todas partes y cuya perfeccin ideal est compuesta por los rasgos de mil mujeres diferentes, o, todo lo ms, por los de una mujer a la que no se ha visto jams. Cuntos aos hace falta vivir, mi querido Eduardo, para no sentir semejantes quimeras?... Oh amigo mo! puedes estar seguro de que en el mundo que habitamos hay almas a las que se castiga por una culpa antigua, o a las que se castiga tal vez anticipadamente por una falta que inevitablemente han de cometer, almas de expiacin que llevan durante una generacin todo el peso de la venganza divina, y que estn condenadas al amor de lo imposible, como si el supremo poder que no puede, sin contravenir sus propios decretos, separar el infinito de la eternidad, hubiese querido dar la sensacin de la nada en el presente; aquellos que tienen la facultad deplorable de concebir, de ver con la imaginacin voluptuosidades ante las cuales las de la tierra resultan plidas, se aniquilan estrilmente. As, todo lo que yo comprendo ahora del amor, no pertenece al tiempo ni al espacio en que estoy encerrado. Es algo como la sensacin prematura de una dicha futura que no tiene nada de terrestre, que es ilimitada, que llenar un da el vaco inmenso de mi corazn, que colmar toda la ambicin de mis deseos. Qu queris grandes dioses! que pida a la mujer que consienta en amarme? qu podr esperar de ella? El compromiso de los seres tan dbiles, tan pasajeros, que no conocen, que no aprecian siquiera el instante en que gozan, que no pueden responder de la ms prxima de sus emociones, que se extraaran todos los das de s mismos si todos los das adivinasen lo que les haba de ocurrir al siguiente? Una transaccin, un contrato de algunos aos o de algunos meses, que una circunstancia imprevista, los celos, el despecho, el pensamiento, puede modificar; que se altera por la duracin, que se disuelve por la suerte, y que un desprecio, un capricho, una enfermedad, pueden cambiar en aversin?... No! no! Nada finito, nada perecedero puede bastar a la necesidad de amar que me atormenta. Es preciso que yo relaje, ya lo ves t, que yo rompa todos los lazos que me atan a los afectos de un da, para situarme en este camino seguro del cual mi vida es la fatigosa preparacin. Es preciso, para gozar plenamente de lo que yo ame, que encuentre en la dicha de amar y de ser amado, la seguridad de una eternidad completa y, aun la eternidad misma ser bastante larga para amar? El amor de una mujer!... de una mujer mortal!... qu entiendes por ello?... Una sonrisa llena de encanto, un timbre de voz que turba y trastorna los sentidos, un apretn de una mano que quema?... Ya s qu es eso. Pero, esa mano y ese corazn se convertirn en polvo, y el polvo de mi corazn no se confundir con ella, y lo que quede de m ser para siempre extrao a esa alma que un momento ha reemplazado a la ma. Eso no es posible, y el amor de que hablamos, Eduardo, no es ms que una invencin de nuestra vanidad. No hay cosa ms terrestre que el amor! Es la primera conquista del hombre que resucita. _25 de abril._ Ya hace algunos das que saba que anoche tenamos que visitar a la seorita de Valency, el nico retoo de esa ilustre familia y propietaria del castillo vecino. Ya haba perdido de vista a esa joven, que no tiene ms de veinte aos, y que era an una nia cuando yo sal de aqu, pero conservaba el respetuoso recuerdo de su ta Adelaida, la priora, mujer de un espritu sensato y de la mayor virtud, que me dio lecciones en mi tierna juventud, y a la cual, quiz, debo este fondo de piedad, que si no me ha preservado de muchos errores, al menos me ha consolado en no pocos reveses. Excuso decirte que me produjo la ms viva alegra el saber que el Cielo ha protegido su existencia en medio de los funestos acontecimientos que le han arrebatado a todos los suyos. Eudoxia de Valency es de una estatura elevada y bien proporcionada; su porte es majestuoso, pero no exento de afectacin. Sus facciones tienen una expresin notable, pero me parecen algo estudiadas. La sonrisa, ese amable ndice de la satisfaccin de s mismo, se detiene alguna vez sobre sus labios, pero es ms frecuente ver en ellos una mueca de desdn. Intilmente he buscado, intilmente he esperado en su conversacin un movimiento, un gesto, una inflexin que revele un pensamiento cordial. Su abandono mismo est tan cuidadosamente estudiado, hay tanta mesura en su aparente libertad, tanta circunspeccin en su franqueza, que, al verla, experimentaras el sentimiento penoso que producen las imitaciones demasiado exactas de la naturaleza que no son la naturaleza y que chocan en fuerza de su parecido. No he de decirte si sus trminos son escogidos, si su elocucin es adornada y si en sus discursos brilla la ilustracin. Conoce tres lenguas y hace versos. Cuando nosotros entramos, pareca meditar profundamente no s qu pasaje de un libro abierto sobre su pupitre; al aproximarme reconoc en aquel libro una de las obras maestras de nuestra metafsica, obra maestra, en efecto, de toda la aridez de corazn aliada a toda la presuncin de espritu. Yo dara inmediatamente una buena parte de mi vida por estar persuadido de que no hay ninguna mujer que lea a Condillac, como estoy convencido de que no hay ninguna que lo entienda; y creo que no faltaba ms que esto para indisponerme irrevocablemente con todo el sexo. Mi madre ha notado que la seorita de Valency ha cambiado de departamento; y nunca adivinars la razn. Imagnate que en la extremidad del jardn ingls sobre el cual da su saln y su tocador, hay una cascada, a decir verdad, poco ruidosa, pero cuyo sordo murmullo resulta un poco molesto. En los bordes del pequeo estanque que forma la cascada al caer, han sido plantados unos cuantos sauces llorones, rbol que odia la seorita de Valency. Despus, la exposicin de todo el departamento es al sol naciente, cuyos primeros rayos van, a pesar de todos los obstculos, a posarse todas las maanas sobre sus prpados an somnolientos. Figrate t la impresin que me ha producido una mujer que no ama el sol naciente, ni el follaje de los sauces llorones, ni el rumor del agua lejana, y que, adems, lee a Condillac o quiere hacerlo ver! La seora Adelaida est enclavada en la cama por una extraa enfermedad que mina y consume su vida y que, quizs, arrebatar bien pronto al mundo los ejemplos de su santa existencia. He conseguido que me introdujesen en su habitacin o, mejor dicho, en la modesta celda que ella misma se ha asignado en el castillo. Estaba acostada, pero vestida, con las manos cruzadas sobre el pecho. Un crucifijo de madera negra penda de su cabecera. Cerca de la cama una mesita cubierta de libros piadosos y con algunos ramos benditos ya casi secos, adosados contra la pared. Al ruido que yo hice al entrar se volvi hacia m y me dirigi una sonrisa. Es usted--me dijo--, mi querido Gastn? A mi edad, y despus de una tan larga ausencia, casi no poda esperar volver a verle. Loado sea Dios por la nueva gracia que me ha concedido!... Pero no crea usted que la Providencia no haya tenido sus motivos para salvarle de tantos peligros. Usted prometa ser bueno y generoso en sus inclinaciones, moderado en sus pasiones, y el ejemplo de las gentes de bien es un tesoro para el siglo. Yo estaba conmovido hasta saltrseme las lgrimas. Su palidez, su debilidad, su voz casi imperceptible, me atormentaban con la idea de una separacin prxima y eterna. Yo vea que ella se esforzaba en demostrarme que estaba mejor para causarme menos pena. Me retir muy emocionado. He de confesarte que la seorita de Valency no gana nada al compararla con una mujer semejante. No obstante, el juicio que he formado de la joven Eudoxia despus de un cuarto de hora de conversacin vaga, de relaciones insignificantes, en medio de las conveniencias embarazosas y del temor de una primera visita, podra ser tambin el efecto de una prevencin mal fundada. Soy tan propenso a dejarme sorprender por no s qu apariencias de simpata ridcula o de antipata injusta! pero yo ahora te hablo con arreglo a mi pensamiento. Y dgase lo que se quiera, Eudoxia no tiene nada que reprocharse; yo admito que es perfectamente bella; dudo de que se pueda tener ms talento; quiero creer, con todo el mundo, que es difcil practicar la virtud de una manera ms exacta y ms severa; pero tiene una clase de virtud, una clase de talento y una clase de belleza, que nunca sern de mi agrado. _29 de abril._ Hay gentes a quienes la mana de ser grandes les hace descender a pequeeces que uno creera con trabajo si ellas mismas no diesen todos los das ocasin de presenciarlas. En cuanto a m, esto me causa una indignacin tan violenta, que no soy dueo de contenerla y que me obliga absolutamente a demostrarla cuando me tropiezo con una de esas personas. Mi padre se senta orgulloso de uno de sus antepasados, un simple jurisconsulto del siglo XVI, pero escritor de una ciencia y de una erudicin poco comunes, que se distingui por sus obras muy preciosas sobre la jurisprudencia y las leyes de los tiempos antiguos, y que interpret con una sagacidad exquisita textos importantes, pero confusos, que los ms hbiles no se haban atrevido a poner mano sobre ellos. Hay que hacer notar, de pasada, que es a este grande hombre a quien mi familia debe su ilustracin y que mi nobleza data de l, lo que no prueba que venga de muy lejos, pero tampoco prueba que tenga un origen indigno, y esto s que sera una gran desgracia. El azar me ha conducido hoy a un saln del castillo, que yo haba visto ya en otra ocasin, tapizado de retratos de familia, y he reconocido todas las augustas imgenes de los antepasados de mi madre, con sus escudos, sus condecoraciones y sus armios; pero he buscado intilmente lo que me interesaba ms en aquella galera genealgica, la imagen del sabio respetable cuyos vastos y tiles trabajos han fundado mi fortuna y han dotado mi nacimiento con la herencia de un nombre querido a la sociedad. La memoria de este retrato era tanto ms viva en m, por cuanto, como ya te he dicho, mi padre senta una singular veneracin por l y lo mostraba con preferencia a las visitas que recibamos en el castillo. Yo hubiera podido sealar con el dedo el sitio en que lo haba visto, pero decididamente estaba vaco, y te dejo adivinar la causa de su supresin. Me avergonzara de decrtela, tanta ingratitud y tanta ridiculez encuentro en ella. Al volver al departamento de mi madre me he informado de los motivos de un cambio tan extrao; ella me ha contestado, ay! como yo esperaba; pero he insistido con una firmeza respetuosa y el retrato ha sido de nuevo colocado en su sitio. _2 de mayo._ Eudoxia nos ha devuelto esta maana la visita que ltimamente le hicimos. Vena acompaada de un caballero de los alrededores, llamado Ferreol de Montbreuse. Yo no te haba hablado an de Ferreol de Montbreuse, a pesar de que todo el mundo habla de l aqu. Es un hombre de treinta y seis aos a lo ms, pero cuya cortesa serena, la gravedad inalterable y la severidad reconocida de costumbres y de principios, haran honor a un hombre de ms edad. Me haban hablado de su trato como de la ventaja ms real de mi estancia en Turena, y, no obstante, yo no haba tratado de frecuentarle. Tengo en singular estima la perfeccin, pero sta carece para m de ese atractivo que se apodera del corazn y que mi corazn necesita experimentar. T eres el nico amigo que yo haya recibido de la sociedad (la naturaleza me haba dado otro), t eres el nico, repito, que me haya reducido a sufrir, a perdonar, ese defecto desolador e inimitable de la perfeccin; pero la tuya tiene algo tan natural, tan involuntario, tan desconocido para ti mismo; forma en ti un conjunto tan inseparable, que uno se acostumbra sin darse cuenta. Cualquiera que sea el mrito del seor Montbreuse, se pretende que haba tenido la dicha, por un momento, de ocupar los nobles pensamientos de Eudoxia; dos almas tan solemnes eran dignas de aproximarse. El descalabro de su fortuna le ha impedido ir ms adelante. Es bien lamentable que despus de una revolucin, las familias que han corrido los mismos peligros, los parientes, los vecinos, los amigos, heridos por una misma desgracia, no imiten a los nufragos que la tempestad arroja a una isla desierta y no reunan todo lo que poseen. Qu necesidad tena yo de quedar tan rico! La noticia del restablecimiento casi total de la seora priora, me ha causado una alegra tan viva, que no he podido esperar al da siguiente para rsela a demostrar, y he acompaado a su casa a la seorita de Valency con una diligencia, que ella probablemente habr atribuido a otros motivos. Su ta estaba sentada en un gran silln de brazos, en un rincn de la terraza donde los rayos del sol, dbilmente atenuados por algunos macizos de lilas, producan un agradable calor. Al verme ha querido levantarse, pero yo he corrido hacia ella para impedirlo. Hemos hablado alegre y largamente de mil cosas distintas y me ha hecho prometer que le contara mis viajes y le hablara de mis amigos, y le he dicho que t eras el mejor de ellos. Por su parte me ha recomendado, con cierta autoridad, que cultivase las relaciones con el seor de Montbreuse, al que slo encontraba demasiado austero para su edad. En fin, ya era bastante tarde y aun estbamos hablando, cuando advert que la humedad de la tarde no poda serle beneficiosa. Entonces entramos en las habitaciones, apoyada por una parte en mi y por otra en una joven a la que ama mucho y a la que siempre est elogiando. La llama su amiga, su bienhechora, su ngel salvador, en reconocimiento de algunos cuidados que ha recibido de ella durante su enfermedad, y, en efecto, es un ngel esta nia. Yo no me acuerdo haber visto nada ms gracioso ni ms dulce que sus facciones, nada ms atrayente ni ms cordial. Es uno de esos conjuntos llenos de armona y de serenidad en los que la vista se reposa. Has encontrado alguna vez alguno de esos rostros celestes en los que se lee tanta paz, tanta dicha, y cuya expresin sobrenatural fascina? Pues algo as es. Dara cualquier cosa porque la vieses. Una circunstancia encantadora! mis miradas se han encontrado por casualidad con las suyas. Entonces, si hubieses visto sus hermosos ojos inclinarse hacia el suelo, sus largas cejas fruncirse ligeramente, sus mejillas colorearse con un tinte vivo y fugaz! El ngel se ha ruborizado; entonces no era ms que una mortal, pero una mortal adorable y adorada! iba a decir, qu locura! He aqu lo que me han contado. Es una pobre muchacha a la que sus padres han abandonado sin que se sepa la causa. Hace ocho o diez aos que dejaron esta aldea donde vivan de su trabajo, para ir no se sabe dnde. Ciertas personas hasta aseguran que han acabado bastante miserablemente, pero lo ms probable es que se trate de personas mal informadas. Lo que hay de cierto es que la seora priora recogi a la pequea Adela, de la cual era madrina, y le dio cierta educacin. Si mi Adela te interesa, otra vez te dar ms detalles, aunque en el fondo no se trate ms que de la doncella de la seorita de Valency, pues me olvidaba advertirte que con este titulo vive Adela en el castillo. Como yo haba ido en el carruaje de la seorita de Valency, he vuelto a casa a pie a travs del bosque, que es magnfico y en plena vegetacin. La tarde era de una serenidad deliciosa y la puesta del sol de una pureza y de una luminosidad incomparables. Prestigios encantadores que se sucedan en mi espritu como las ideas de un hermoso sueo, suman mis sentidos en el ms dulce bienestar. Ahora no s por qu me encontraba tan dichoso, porque desde entonces nada ha cambiado en m, y, sin embargo!... Qu difcil de comprender es el hombre! Este bienestar de que yo gozo aqu, prueba por lo menos que no me equivocaba cuando te escriba que la paz del campo convena a maravilla a mi situacin actual y cuando yo concretaba toda mi felicidad en dejar transcurrir oscuramente mis das. Ya veo, pues, que el giro novelesco y la exaltacin de mis ideas obedecan a otras causas que a las locas pasiones de la juventud, y esto es lo que nunca han querido comprender los que me conocen. Y es que yo tengo una conciencia de m mismo que raramente me engaa. _3 de mayo._ Ayer por la tarde, cuando acababa de escribirte, Latour entr en mi habitacin con un aire inquieto y hasta algo asustado. S sent a cierta distancia de m, guard por algn tiempo un silencio sombro, y despus empez a murmurar no s qu entre dientes. De qu se trata--le dije--, mi pobre Latour? Que pierda mi nombre--continu como si hablase solo--, si no es Maugis, el infame, el execrable Maugis. Se acuerda el seor de aquel aventurero que se present al general con falsos poderes, que aprovech cobardemente para entregar al enemigo un destacamento considerable de los nuestros, y que se substrajo, desgraciadamente, por una pronta huida al castigo que mereca? He odo hablar de ese miserable, y creo, como t, Latour, que se llamaba, efectivamente, Maugis, sea con la nica intencin de ocultar su verdadero nombre, sea por seguir la costumbre bastante rara de nuestros oficiales; pero, a santo de qu?... A santo de qu?--exclam--. Ese infernal Maugis, que yo hubiese reconocido entre mil, no es otro que el honrado Ferreol de Montbreuse, que usted ha visto hoy, y, sin temor a equivocarme, afirmar que no hay otro Maugis. Rabia y maldicin! Es una vergenza para la Providencia ver gentes as gozar del aire y del sol! Me cost gran trabajo apaciguar la clera de Latour y hacerle comprender que era imposible que sus sospechas fuesen fundadas, por lo que sali ms extraado de mi incredulidad que convencido de mis razones. Me estaba reservado para hoy sostener una discusin ms difcil, discusin para la cual, por lo que te vengo escribiendo desde hace algunos das, estaras seguramente ms preparado que yo. Mi madre me ha hecho entrar en sus habitaciones para hablar de cosas serias, muy serias, en efecto. Se trataba de perpetuar mi nombre ilustrndolo con una noble alianza. Fjate bien, ilustrar el nombre de mi padre! Ya deba saber--ha aadido--que la nobleza de mi familia, por parte de mi padre, no responda del todo al brillo de mi fortuna; y si la fortuna tiene alguna ventaja, no es, sobre todo, la de favorecer uniones honorables que dan relieve al esplendor de nuestros propios ttulos y los transmiten an ms gloriosos a nuestros hijos? Y luego me ha hecho comprender modestamente que era una combinacin de este gnero, a la que deba yo tener la madre que tena. Y yo que cre deberla a la naturaleza y al amor! Cmo te lo dir? Los Valency son menos ricos que yo; Eudoxia es menos rica que yo; pero es noble como mi madre y piensa como ella. El resto ya puedes adivinarlo. Todo esto me ha producido una sorpresa tan viva y tan dolorosa, que he tardado mucho tiempo en buscar una idea, y ms an en encontrar una expresin. Todo lo que puedo recordar, y aun muy vagamente, de aquellos instantes de confusin y de ira, es que pronunci algunas palabras en solicitud de un plazo de unos meses para dedicarlos a la reflexin y seguramente, aad, para que no se hiciera ilusiones, que de otro modo nada obtendran de m, porque mi madre sali dirigindome una mirada ms severa que de costumbre. Es, no obstante, probable que no haya esperado ganar gran cosa haciendo violencia a mi corazn, porque ha accedido a mi demanda antes de que yo hubiese encontrado fuerzas para renovarla. Por lo dems, espera mi resolucin dentro de seis semanas, y no es de suponer que en ese tiempo haya yo cambiado de modo de pensar. Quiero decirte con esto que he tomado mi resolucin en el mismo instante, y que sta es invariable como los principios que, hasta hoy, han dirigido mi vida. No, no comprar mi dicha, y estoy seguro de que la Eudoxia no me hara dichoso; no comprar con mi tranquilidad, con mi libertad, con la incertidumbre deliciosa de mis esperanzas, el ridculo honor de asociar mi nombre al de una mujer a la que no puedo amar. Si yo concedo algn valor a mi fortuna y a la situacin que ocupo en la sociedad, es, sobre todo, por la independencia que me da y por la inmensa amplitud que deja a mis elecciones; porque, en fin... a ti bien puedo decrtelo, porque preferira cien veces favorecer a mi mujer con mi casamiento que no que ella me favoreciese a m. Soy demasiado orgulloso para consentir en aumentar por un prstamo tan odioso la suma de mi valor personal y para dar esta ventaja sobre m a la vanidad de una mujer. Antes de sufrir semejante humillacin me casara con la misma Adela. Adela! Ya lo creo! _5 de mayo._ Hay ciertos das, das pasados demasiado a prisa, que el azar, que la Providencia nos trae cuando nuestro corazn, demasiado fatigado por los disgustos, tiene necesidad, para no ceder, de volver a saborear la felicidad, y que compensaran, ellos solos, toda una eternidad de abandono y de dolores. Si me fuera dable, yo pedira: Que ese da me sea devuelto, que vuelva a comenzar con todos sus encantos, con todas sus ilusiones; que me sea permitido vivirlo como la primera vez, sin que nada distraiga mi pensamiento, gustar sus placeres con la misma confianza, con el mismo abandono, agotar sus delicias; y despus que la nada comience su obra! Cerca del castillo de Valency yo haba notado en el bosque un lugar fresco y ameno en el que mueren encantadores senderos que parten de las aldeas inmediatas y que ms lejos van a perderse en la llanura. Esta especie de vestbulo de verdura, agradablemente sombreado por una amplia bveda de follaje y tapizado de un csped florido del que se exhalan los ms dulces olores, ofrece en todas partes pequeos asientos naturales tan cmodos como si el arte hubiese intervenido en ellos. A corta distancia se ve brillar a travs del ramaje la limpia superficie de un estanque de agua clarsima, que encierra el bosque por aquel lado una vasta muralla de cristal y que atrae sobre sus bordes una multitud innumerable de pajarillos. Es all donde yo estaba sentado, contando escrupulosamente los estambres de una flor desconocida para m, cuando el ruido de un paso ligero y el roce de una falda distrajeron mi atencin. Era Adela, y aun cuando no tuviese nada de particular verla all y hasta hubiese esperado encontrarla no s cmo; aunque Adela no fuese para m ms que una joven interesante, pero casi desconocida, las palpitaciones de mi corazn se multiplicaron con violencia; me estremec, tembl; una nube, en la que entraban todos los colores, turb mi vista, y un desfallecimiento vago recorri mi cuerpo y embaraz mis pasos; porque al verla me levant, me acerqu a ella sin mirarla, o, por lo menos, sin verla, y le present mi brazo sin informarme a dnde iba. Cuando el velo que oscureca mis prpados comenz a despejarse y pude observar distintamente las facciones de Adela, not que ella se extraaba de mi proposicin y, a decir verdad, yo tambin me extra de mi proposicin, pero se la repet, sin duda, con voz ms segura. Despus de algunos momentos de una vacilacin llena de gracia, Adela pareci ceder a una orden ms pronto que acceder a una splica, apoyando ligeramente su mano en mi brazo; entonces yo fij aquella mano con fuerza, apretando el brazo contra el costado, y ech a andar precipitadamente en la direccin que Adela pareca seguir. Cuando mi agitacin, slo calmada a medias, dej alguna libertad a mi espritu, advert que la agitacin de Adela no era menos que la ma, no por sus miradas, que yo evitaba an, sino por el estremecimiento de sus dedos que mi mano derecha haba asido por un movimiento involuntario y tena apretados contra mi corazn. Nada ms adecuado para distraernos a los dos de aquel estado de emocin que la pregunta tan fra y tan natural que yo haba omitido al principio, y pens que una conversacin necesariamente menos apasionada, menos tempestuosa, que nuestro silencio, acabara por devolvernos un poco de tranquilidad. Pregunt, pues, a Adela a dnde iba y me respondi con una ligera e inocente sonrisa que era un gran secreto. Tal misterio, puedes creerlo, no me produjo la menor inquietud. Yo lo haba olvidado ya cuando el ltimo sonido de las palabras an no haba acabado de agitar el aire. Eran tales mis pensamientos, que buscaba en mi imaginacin algo nuevo que la pudiese engaar y engaarme a m mismo sobre lo que yo experimentaba. Senta a la vez el deseo y el temor de que ella lo adivinase. Me senta tan dichoso de estar a su lado y tan impaciente por quedarme solo para pensar en todo lo que le hubiera dicho! Despus de un minuto de silencio, renov mi pregunta con ms aplomo. Entonces Adela me dijo que iba a la aldea prxima a llevar un pequeo socorro que la buena priora enviaba todos los das a una familia enferma. No la o casi, tan ocupada tena la imaginacin. Paso rpidamente sobre los detalles de ese paseo de una hora, hora deliciosa que deba haber sido un siglo y que no ha sido ms que un minuto. Omito esos detalles porque perderan su encanto con la descripcin; porque resultaran fros bajo mi pluma y me abrasan el corazn; porque hay en ellos una flor de voluptuosidad que escapa a las facultades imperfectas que el hombre ha recibido para expresar y para comprender; porque yo creera limitar mi dicha limitando el espacio de mis recuerdos; porque en este relato que se refiere a Adela, hay, no obstante, circunstancias que no pertenecen a Adela, que me distraeran de Adela; de un modo o de otro, es cosa bien decidida que Adela tendr todos mis pensamientos de hoy, todos los pensamientos de mi vida! _6 de mayo._ Las conveniencias sociales me prescriben ver, al menos, a Eudoxia. El corazn me lleva hacia su ta. Las he visto. He visto a Adela tambin. Qu digo, ay! no he visto ms que a Adela. S, mi querido Eduardo, sera superfluo, sera indigno de m ocultarte este sentimiento que me domina, que llena, que absorbe mi existencia. Infierno y paraso! Quin hubiera pensado que a los veintiocho aos la vista de una muchacha toda sencillez y bondad y nada llamativa, me subyugara como en el tiempo de la debilidad y la ignorancia de mi corazn? Quin podra expresar el xtasis y el delirio que yo experimento al solo recuerdo de sus facciones y al solo rumor de su nombre? Pero no es eso tampoco. Floto en una atmsfera tan pura de felicidad, mi pecho se ensancha con una alegra tan pura y tan nueva... Porque todo es nuevo para esta alma que se despierta an una vez sobre sus despojos para amar y para sufrir... Para sufrir. Ya s cunta vergenza y desgracia puede hacer caer sobre m semejante pasin. Yo no cierro los ojos ante este extrao extravo de mi imaginacin, o, mejor dicho, ante esta implacable contrariedad de mi fortuna, que me impulsa obstinadamente hacia todo aquello de lo que debera huir, y que me hunde tanto ms profundamente en el abismo de mis resoluciones, cuanto menos esperanza veo en volver a la superficie. Yo maldigo la locura de mis proyectos, la increble debilidad de mi razn, que se deja deslumbrar por la menor ilusin y claudica ante cualquier capricho; me indigno contra m mismo y cedo, no obstante, a la indignacin que me arrastra sin intentar resistir. Hay ms an. Si yo conociese un poder capaz de librarme de mis debilidades y de borrar de mi pecho hasta la traza de un recuerdo, no tendra la fuerza de invocarlo. Todo lo que los dems hombres encuentran vil y odioso ser precisamente lo que a m me ate con nudos ms difciles de romper, y tengo necesidad de decirte que este sentimiento ha adquirido tal autoridad en mi corazn, que los consejos y las instancias de la amistad no haran ms que redoblar el mpetu. Eduardo, mi querido Eduardo, t, en quien el cielo me haba dado un hermano, un gua y un protector en medio de las tempestades de la juventud, t que has sido tanto tiempo la luz de mi espritu y el freno de mis pasiones, no me abandones en el estado de perplejidad en que me encuentro. Todo lo que he dicho antes no iba destinado a ti. Oh amigo mo! qu resultar de la violencia de tantos pensamientos contrarios que me proporcionan a cada minuto un nuevo tormento? Quin me har triunfar de la imagen que me sigue por todas partes? quin la desterrar de aqu, de mi memoria, que ocupa exclusivamente, con sus grandes ojos negros tan nobles y tan conmovedores, sus labios tan voluptuosamente bellos, el aire de amor y de bondad que flota sobre su rostro, y su hablar un poco lento cuya franca meloda me penetra? _8 de mayo._ Quin me impedir buscar en otro sitio la independencia y el gozar en un olvido profundo, cobijado bajo cualquier abrigo impenetrable a las miradas de los hombres, la dicha que la sociedad me rehsa? Qu hago yo aqu, y quin advertir mi ausencia en este torbellino de personas fras y extraas, continuamente distradas por los intereses de su fortuna y de su orgullo? No he llenado ya para con mi pas los deberes que me prescriba mi nombre? El lmite de mis obligaciones se extiende, acaso, ms all del sacrificio de mi vida cien veces expuesta en los campos de batalla? Yo abandonar esa sociedad. Opondr a todas mis conveniencias y a todas las pueriles vanidades de su etiqueta el silencio y la oscuridad de mi soledad. Llega una poca en que el alma siente la necesidad de tomar posesin de s misma y de recogerse en meditaciones imponentes, lejos del caos de los negocios sociales, bien lejos, sobre la cumbre de un monte que agujerea las nubes y domina las llanuras inmensas y los mares sin orillas. Me parece que el Creador, al producir su universo tan completo en belleza, al arrojar una magnificencia tan maravillosa sobre las obras salidas de sus manos, y al hacer contrastar sus riquezas de una manera tan humillante con la miseria de nuestros sentimientos, ha querido revelarnos por un objeto de comparacin sensible la nimiedad de todos los placeres que nos procuramos fuera de l y de todos los juicios que fundamos sobre la vana opinin de la multitud. Yo me traslado algunas veces con la imaginacin al da en que, muy joven an, pero ya proscrito, ascend por primera vez a las altas cimas del Jura. Cuando se ha seguido sobre la ms elevada de sus mesetas las sinuosidades de un camino severo que se prolonga sobre los flancos del Dole; cuando se llega al fin de ese paseo taciturno en el que, todo lo ms, no se ha tenido ms compaa que el grito de una vieja guila asustada que se extraa de or entre aquellas rocas el sonido, olvidado desde hace mucho tiempo, de una voz humana; cuando parece que la tierra va a faltar bajo los pies y que con el brazo extendido se va a tocar el azul solidificado del firmamento, entonces se manifiesta de pronto un espectculo tan poco vulgar que hace comprender en el mismo instante la necesidad de una voluntad divina en el misterio de la creacin. Se creera que el genio de la tierra levanta el teln que separa de un mundo mgico este mundo de fango y piedra, para introducirse en una regin de milagros. Yo quisiera describirte esto, pero, con qu colores? Imagnate que en la extremidad del bosque de Lavatay, sobre la ltima cresta de la montaa, hay una pobre casa, que de lejos parece perdida en el fondo de las nubes, y que se llama _casita de las hoces_, porque los senderos que antes descendan sobre el camino escarpado del abismo, se recurvaban sobre s mismos como la hoz del segador. Hoy, que la esclavitud y el trabajo han construido caminos suntuosos para los cambios corruptores del comercio y para las invasiones de la guerra, las _hoces_ se desarrollan de una manera menos amenazadora en las profundidades del precipicio y la cabra montes, sorprendida de que una mano servil haya osado embellecer su morada, no se aventura ya en los caminos del hombre. Permanece inmvil en el ngulo ms saliente de una roca cortada a pico, y contempla tristemente el cielo, lo nico que la civilizacin nos ha dejado. Todas las partes del cuadro que se presenta en conjunto a la mirada, preocupan de tal modo el pensamiento, que hay que pasar largo tiempo antes de conseguir poner en orden las sensaciones que se experimentan y de distinguir los detalles; all abajo, donde acaban el Jura y Francia, un lago que en su inmensidad presenta el aspecto de un mar; sobre sus bordes las campias romnticas del pas de Vaud, los paisajes agrestes del Valais, las speras soledades de la Saboya; confundindose con el horizonte, y tan vasta como l, la cadena de los Alpes, cuyas innumerables cpulas se agrupan sobre la semicircunferencia del cielo, diversas de formas, de carcter, de fisonoma, de color, pero todas afectando al fuego del sol el brillo de los diferentes metales; las unas resplandecientes como la plata pulimentada; las otras, segn el efecto de las sombras que se proyectan sobre sus contornos, mates como el plomo o brillantes como el acero bruido, con reflejos azules o violados; otras, en fin, tan deslumbrantes, cuando el sol poniente las inunda, que se dira que son masas de hierro blanqueadas a la fragua. Aquel da el sol se pona con tanta magnificencia y en un cielo tan puro! Los vapores del lago, aspirados por el crepsculo, suspendidos de sus rayos, se balanceaban sobre las aguas como un ligero crespn teido de rosa, se levantaban poco a poco desde los pies del viajero hasta las ms elevadas cimas y desplegaban ante l, sobre el horizonte, un teln inflamado que esparca sobre todos los objetos el prestigio de su luz; despus, ms densas y ms oscuras ya, nimbaban, en fin, aquel magnfico espectculo en un dosel de prpura y de oro cuyo esplendor nicamente palideca ante los astros de la noche. Y esas montaas inmensas, deshabitadas, desconocidas en su mayor parte, no contienen un asilo al que yo pueda llevar conmigo, robarlo a la curiosidad insolente, a la censura hipcrita el secreto de mi felicidad y de mi vida! Yo no ser dueo de relegarme, de desterrar mi porvenir. Morir amarrado a la cadena odiosa que se me ha impuesto, sin hacer un esfuerzo para romperla! Pero no, no se alabarn de mi esclavitud! Antes romper todas las cadenas a la vez. Eduardo, apidate de mi infortunio. _9 de mayo._ Yo no te haba dicho que la conversacin del otro da haba versado sobre los casamientos desgraciados, a propsito de ese loco de Subligny que ha terminado su carrera novelesca casndose con una bailarina. Yo me he apoyado en este ejemplo con un calor y una abundancia de ideas, que deba, ms que a la riqueza del asunto, a ciertas circunstancias de mi situacin particular. He sostenido que no haba nada ms imperdonable, ms antisocial, en toda la fuerza de la palabra, que las desuniones morales, y que eran extremadamente difciles porque es raro que las almas nobles no se aproximen a sus semejantes, como dice Shakespeare, o que se dejen engaar tanto tiempo por los impostores para llegar hasta el momento de formar un nudo tan solemne, sin haber tenido la triste dicha de desengaarse; que lo que se llama un matrimonio equivocado, en la acepcin general que se refiere solamente a la diferencia de posicin social, no poda chocar ms que el ms absurdo, el ms absurdo de los prejuicios; el que atribuye a una clase especial facultades especiales, o, mejor dicho, exclusivas; que como yo no saba de nadie que se hubiese atrevido a decir que la virtud se probaba por ttulos o se adquira por privilegios, no vea por qu se haba de prohibir a un hombre sensible y delicado el derecho de buscar la virtud donde se encuentre; que era una cosa atroz, en fuerza de ser ridcula, condenar a una mujer interesante, dotada de todas las cualidades y todas las gracias, a la desesperacin de no pertenecer jams al objeto amado, porque esta infortunada, a la que la naturaleza y la educacin han concedido todos los dones, se vea privada por el azar de una circunstancia que no depende ms que del azar; que si los grandes talentos imprimen a aquellos que los poseen un carcter incontestable de nobleza a los ojos del siglo y de la posteridad, el ejercicio privado de los deberes ms difciles de llenar de la religin y de la moral, aunque fuese un ttulo menos brillante a los ojos del mundo, no era un ttulo menos recomendable para las almas rectas y honradas; que, en consecuencia, yo nunca me atrevera a censurar una alianza del gnero de la que se hablaba, si poda encontrar en ella la feliz armona de costumbres y de carcter, que es la nica garanta de felicidad de los matrimonios y de la prosperidad de las familias. Es probable que estos razonamientos hayan parecido totalmente indignos de contestacin al seor de Montbreuse, porque se ha contentado con mirarme severamente sin hablarme, al mismo tiempo que diriga a Eudoxia una mirada de inteligencia en la que me ha parecido descubrir no s qu de desprecio y de amargura. Eudoxia misma, cuyas ideas son bien opuestas, no me ha parecido que hiciera tampoco suficiente caso de mis razonamientos para respetarlos seriamente; se ha contentado con algunos lugares comunes, a los que las gracias de su elocucin y la firmeza de su irona han prestado ms agrado que solidez. Adela me escuchaba con emocin, porque sus mejillas estaban muy animadas, pero en vano he tratado de encontrar su mirada. La seora Adelaida sonrea al principio, pero despus su fisonoma ha adquirido un carcter ms grave. Ha comentado dulcemente mis palabras reprochndome, de una manera afectuosa, el ardor que demostraba en la discusin y el entusiasmo con que haba abrazado las ideas ms extraordinarias y con frecuencia tan funestas. Se ha lamentado de la facilidad con que los hombres de esta generacin se apoderan y propagan los sofismas, cuyas consecuencias no aprecian, y que tienden a desnaturalizar sucesivamente todas las relaciones de las cosas. Concedindome que haba verdades noblemente sentidas en lo que acababa de decir, me recomend que reflexionase sobre el origen y los efectos de esas conveniencias morales, por otra parte tan respetables por la autoridad que han ejercido sobre nuestros antepasados, y por la consagracin casi religiosa que han recibido de los siglos, cuyo juicio definitivo es, en ltimo anlisis, toda la razn social, aadiendo, con el tono de una resignacin modesta, y no de una conviccin imperiosa, que el deber del buen ciudadano es someterse a las instituciones establecidas ni discutirlas, y que, puesto que la imperfeccin de los hombres les hace tributarios esenciales de ciertos errores sancionados por la necesidad o por el tiempo, el inters del gnero humano prescribe a los corazones rectos y sensatos el deber de plegar su razn a la conveniencia comn. Es posible que esto sea verdad. Y cunto no dara yo porque no quedasen ms que recuerdos de esta dbil demarcacin que el azar del nacimiento ha trazado entre algunas familias y la gran familia humana; de esta circunstancia tan extraa a mi voluntad, que me ha sometido a un orden particular de costumbres y de obligaciones, que ha restringido, comprimido, roto la independencia de mi corazn; que me ha prohibido los afectos ms simples y ms dichosos; que me ha separado de Adela y de la felicidad. Separado! Brbaro prejuicio! yo te entrego a la indignacin de las almas fuertes y sensibles! Separado! a m, que atravesara el globo por un beso de sus labios! Separado! Ven, ven sobre el corazn de Gastn, pobre hurfana que los hombres rechazan! ven con confianza, y te juro por la inocencia y el candor de tu alma, que todas las potencias del infierno no conseguirn separarnos. _16 de mayo._ Nunca haba sido tan asiduo al bosquecillo como desde hace algunos das, ni nunca mi herbario haba aumentado con tanta lentitud. Esto extraa mucho a Latour que se interesa por mi herbario, como por todas mis distracciones. En cambio, no te extraar a ti, que sabes que Adela pasa por all todos los das. Ya habrs notado que entre esta carta y la anterior hay una gran distancia y habrs credo sin duda que la abundancia de sensaciones ha podido distraerme durante muchos das de mis ms dulces ocupaciones. Todo esto es verdad, mi querido Eduardo, y, sin embargo, no tengo nada nuevo que decirte, porque mi amor no es ninguna novedad para ti, y toda mi vida se encierra en l. Yo no te haba dado sobre el origen de Adela ms que informes imperfectos, recogidos del vulgo. La seora Adelaida me haba dicho algo ms, pero no lo suficiente para satisfacer mi curiosidad, que, por otra parte, temo mostrar demasiado abiertamente. En fin, el otro da, me inform por la misma Adela, mientras la acompaaba del bosque a la aldea, abordando con todos los rodeos que exiga una cuestin tan delicada; y como este relato no carece de inters ni aun para las personas ms extraas a todo lo que me atae, quiero hacrtelo or de labios de la propia Adela, tal como yo lo he odo. Perdname si, con la sencillez de sus palabras, no he tenido la dicha de conservar su gracia natural y esa efusin tan fcil y tan conmovedora de sentimientos que le presta el encanto ms atractivo. Hay cosas que no se pueden expresar. --Mi padre--me dijo Adela--naci en Valency, de una familia de labradores muy ricos. Se llamaba Jaime Evrard, y como anunciaba un talento y unos modales muy superiores a la mayora, sus padres resolvieron darle una educacin adecuada que le hiciera apto para seguir una carrera ms brillante en el mundo que la que ellos haban recorrido. Sus progresos superaron a todas las esperanzas, pero intilmente. En aquel tiempo llovieron las desgracias sobre mi abuelo; malas cosechas, dos incendios que consumieron sucesivamente su casa y su granja y, en fin, la prdida de un proceso considerable, cambiaron su fortuna en miseria. Era imposible llevar a la prctica los proyectos que tena sobre mi padre y se entreg a la desesperacin. Jaime Evrard entr en un regimiento que estaba de guarnicin en Saumur. En aquella poca mi padre era an muy joven, de una figura arrogante y simptica, de un valor a toda prueba, y a esto una gran nmero de esos talentos agradables que abren a los que los poseen las puertas de todas las sociedades. Estimado por su coronel y por sus oficiales, haba ya ascendido dos veces seguidas con una rapidez inslita en el servicio, pero sin que despertase la menor envidia en sus camaradas, que hacan sincera justicia a sus condiciones. En fin, la mayor parte de sus superiores se haban acostumbrado por anticipado a mirarle como a un igual. El azar hizo que una seorita de aquella ciudad, que perteneca a una noble familia, se fijase en l y que, sin darse cuenta de su inclinacin, se acostumbraban de tal modo a l, que no poda pasar sin verle. Bien pronto sinti que aquella inclinacin era amor, pero era tarde para poner remedio; por lo menos ella lo crey as, y mi padre con ella. Qu ms le dir, seor Gastn? Yo fui el fruto de aquel error. Mi madre no pudo disimular su falta a sus padres, y stos, aunque cariosos y buenos, eran demasiado orgullosos para tolerar que Jaime Evrard la reparase. Se limitaron a tomar las precauciones necesarias para ocultar mi nacimiento a todo el mundo, y me enviaron con mi nodriza a esta aldea, donde fui bautizada bajo los auspicios de la seora priora. Ya comprender usted que no me dieron este asilo sin motivo, y que mi madre se complaca pensando que yo crecera bajo los ojos de un padre atento, a todas mis necesidades. En efecto, habiendo cumplido el tiempo de su compromiso, sacrific algn tiempo despus la esperanza de todo ascenso para tener el placer de no alejarse de mi lado y de ver desarrollarse poco a poco en mis facciones el parecido con una persona que le era tan querida. Aun fue ms lejos en su ternura. Se hubiera considerado dichoso si no me hubiese podido llamar su hija? La nodriza que me haba dado, joven y desgraciada vctima de una inclinacin engaadora, pas por mi madre y su esposa. Unicamente la seora Adelaida estaba en el secreto. As fui educada y, a decir verdad, mi infancia no transcurri sin alegras. La amistad de mi buena madrina, los cuidados atentos y verdaderamente maternales de la nodriza, a la que yo creo con ttulos an ms sagrados a mi reconocimiento, y sobre todo el afecto de mi padre, lo embellecan todo. Unicamente, cuando volva del campo le senta an algunas veces baarme con sus lgrimas, pero yo no me inquietaba, pensando que lloraba de alegra. No obstante, mi verdadera madre continuaba profesndonos el mismo cario. Escriba con frecuencia a mi padre, y le comunicaba sus pesares y sus esperanzas. Hacia el tercero o cuarto ao de la Revolucin, su padre la dej sola en Saumur, para ir a servir al rey en su ejrcito de la Vende, y ella entonces quiso aprovechar la libertad de que gozaba para verme; porque haca mucho tiempo que haba perdido a su madre. Fue un hermoso da para nosotros aquel en que nos lleg la noticia del inesperado viaje. Aun cuando yo fuese muy joven para comprender claramente aquellas cosas, mi padre me las hizo comprender como mejor pudo, y partimos despus de breves preparativos, que a l le parecieron demasiado largos. En fin, fui devuelta a aquella que me haba dado la vida y la hice presente de la ternura que otra la haba robado, pero sin olvidar tampoco mi reconocimiento para aquella al lado de la cual haba crecido. Yo era muy dichosa; pero aquello dur tan poco!... Mi padre haba concebido un proyecto digno de un alma tan noble, y mi madre lo haba aprobado. Las guerras civiles, que haban llegado a un perodo culminante, abran una carrera fcil a los hombres de resolucin, y l no desesperaba de adquirir, a los ojos de mi abuelo, tales ttulos de gloria, que le permitiese casarse. Fue por eso por lo que nos abandon, llevndose la esperanza de volver pronto para no dejarnos ya ms. Durante su ausencia, mi madre me haba colocado en un colegio al cual iba a verme con frecuencia. Pasaba all por una hurfana y me guardaban toda clase de consideraciones. Cuando estbamos solas, hablbamos de mi padre y llorbamos largo tiempo juntas. Al cabo de algunos meses advert que aun tena otros disgustos que no me deca, pero me limitaba a afligirme en secreto y no le preguntaba nada. En fin, un da dej de visitarme; as pas una semana, un mes, y nadie saba darme razn de ella. Comprend que haba acabado toda dicha para m y que en vano esperara a mi madre. He aqu lo que haba pasado: Las esperanzas de mi padre se haban realizado. Actos del mayor herosmo haban hecho que sus generales se fijasen en l y acababa de ser promovido al grado de jefe de divisin. --Es verdad--exclam yo interrumpiendo a Adela--, se llamaba Mario Evrard. --Ese era su nombre de guerra--contest Adela. --S--continu yo--, me acuerdo como si fuese ahora. El general, rodeado de enemigos, estaba a punto de sucumbir; su caballo yaca muerto a sus pies, y l mismo, gravemente herido, no opona ya resistencia alguna. De pronto, el capitn Evrard atraviesa por entre aquella multitud atnita ante su temeridad, arranca al general de las manos que se disputan el honor de darle el golpe de gracia, y vuelve a nuestras filas bajo una lluvia de balas que no le alcanzaron. El grado de jefe de divisin fue, en efecto, el premio de su valor, pero desapareci pocos das despus, y todos quedamos convencidos de que haba perecido en una emboscada. --Ahora voy a explicarle ese acontecimiento--continu Adela--. Desde el instante en que recibi ante sus compaeros el nuevo ttulo con el cual en lo sucesivo se le deba reconocer, menos orgulloso de aquella distincin que, enajenado de poderlo hacer servir para el xito de su amor, corri a arrojarse a los pies de mi abuelo y a confesarle su falta, su arrepentimiento y sus deseos. Juzgue usted del contento que sucedi en su alma a tantas inquietudes y dolores, cuando supo que se le daba a mi madre por esposa. Pero, como a l no le bastaba con experimentar semejante alegra, sinti la necesidad de hacerla compartir. Saumur no estaba lejos del cuartel general del ejrcito. Dos das de tregua le bastaron para escapar con el primer disfraz que encontr y caer en los brazos de mi madre. El primer instante lo dedicaron por completo al placer de volver a verse, el segundo a la inquietud y al terror. Saumur perteneca a los republicanos y mi padre estaba proscrito. Aun no le he dicho a usted la causa de la sombra tristeza que not en mi madre la ltima vez que recib su visita en el colegio. Un joven caballero que acababa de dejar las banderas reales bajo el pretexto de no s qu comisin secreta, y que haba obtenido de mi abuelo una recomendacin bastante vaga para mi familia, se haba atrevido a demostrar a mi madre unos sentimientos que ella no deba compartir ms que una vez. La pasin de aquel desconocido le era tanto ms importuna por cuanto todo la prevena a la vez contra l y los informes particulares la haban hecho entrar en una desconfianza respecto de l que, aun en un corazn completamente libre, no se hubieran conciliado jams con el amor. No obstante su respeto por aquella recomendacin sagrada, y sobre todo su timidez natural, aumentada an por el carcter desptico e impetuoso de aquel hombre, la imponan una especie de sumisin, soportando pacientemente sus impertinencias y disimulando en parte la aversin que le inspiraba. En cuanto a l, convencido de que tena un rival afortunado, no descuidaba nada para encontrar alguna circunstancia que confirmase sus sospechas, y la casualidad se puso al servicio de sus celos de la manera ms funesta, conducindole al lado de mi madre en el momento en que reciba los ltimos besos de su esposo. Nada puede dar idea de la clera y de la furia de aquel loco a la vista del hombre que le robaba el corazn en el cual se haba prometido reinar; llen la casa con sus amenazas y sus gritos, y no temi provocar a mi padre, cuya paciencia se agot ante aquella nueva prueba de audacia. Salieron los dos animados de los mismos sentimientos de odio y se dirigieron a un lugar adecuado para poner fin a sus disputas, mientras que mi madre esperaba su vida o su muerte del resultado de aquel terrible duelo. Apenas se encuentran solos, mi padre arroja al suelo su capa y descubre imprudentemente su pecho. Ya sabe usted que el noble corazn de los vendeanos era la nica condecoracin de aquel ejrcito; su adversario se da cuenta de ello, y viendo una ocasin de perderle sin exponer su vida, lanza un grito al cual acuden una docena de bandidos, a los cuales tena sin duda apostados all, para alguna otra cobarda. Detenedle--exclama--, es un oficial realista, un enemigo de la repblica! Mi padre lucha vanamente contra aquellos miserables que le rodean, le desarman y le arrastran a un calabozo. Mientras tanto, mi madre contaba impacientemente las horas sin recibir ninguna noticia consoladora y abandonndose a toda la amargura de sus temores, menos terribles que la verdad, cuando un tumulto confuso que suba de la calle, el redoble de un tambor peridicamente interrumpido, y el rumor sordo de los pasos de un piquete... Perdone usted, seor Gastn, que llore delante de usted, me costara demasiado contener mi dolor... La pobre escucha con ansiedad, corre, baja velozmente la escalera, atraviesa la plaza, empuja a la multitud, llega al destacamento, mira, lanza un grito y cae. Anglica! Anglica ma, vuelve en ti! S digna de tu padre y de tu amigo! Vive para Adela y por mi memoria... Pero habla sin ser odo. Los besos que deposita sobre sus ojos no la vuelven a la vida. Por fin los separan; el tambor cesa de batir, la escolta se detiene. Mi madre ha vuelto en s; sus ojos se abren asustados y se pasean sobre todo lo que la rodea. Aun es dichosa... No se acuerda de nada... pero una descarga hiere sus odos y cae de nuevo desmayada. Mi padre ya no existe! Haban pasado tres meses desde aquel da, cuando fueron a buscarme al colegio para llevarme al lado de mi madre. Estaba detenida en una casa de reclusin y yo me present a ella entre bayonetas. Mi corazn no olvidar jams la tristeza y el espanto que le sobrecogieron cuando, a travs de aquel terrible aparato y detrs de aquellos hombres odiosos cuya sola mirada me haca estremecer, reconoc sobre un montn de paja negra a mi madre, plida, desfigurada, moribunda. Me arroj en sus brazos llorando con todas mis fuerzas, y preguntndole por qu la haban encerrado all y por qu la trataban de aquel modo. Ella me dijo sin llorar, pero sus ojos estaban enrojecidos, lo que acabo de contarle, y como yo no tena ya nada ms en el mundo que la piedad de mi madrina, finalmente, con una voz apagada que arrancaba de su pecho con grandes esfuerzos, me dijo: Hija ma, mi pobre Adela, mi nico amor, Dios te proteja... y cuando El, en su bondad, te d un esposo... Lo oyes bien, hija ma?--aadi levantando la cabeza y tomando un tono de voz lgubre y grave que aun resuena en mis odos--, que ese esposo vengue a tus padres y que, a cambio de la sangre de tu padre asesinado, tome la sangre de Maugis! Ante este nombre todos mis miembros se estremecieron, y Adela, que atribuy mi agitacin a otra causa, continu su relato: --Yo no quera abandonar a mi madre en el estado en que se hallaba y permanec sentada sobre la paja hasta la hora de cerrar los calabozos. Pero entonces, uno de los carceleros me sacudi bruscamente y me dijo que no poda sentarme all. Mi madre pareca dormida; su tez estaba coloreada y su respiracin era rpida. Yo tem despertarla si la besaba, y me content con poner mis labios sobre un extremo de su vestido. Despus, me hicieron entrar en la habitacin del conserje, que permiti que durmiese con sus hijos; pero yo no pude dormir a causa de mi disgusto y de los ruidos que oa. Apenas me di cuenta de que se abran las puertas, corr a la habitacin de mi madre. Entro, busco, llamo, pregunto; ya no estaba all. Me dijeron que se la haban llevado. Muerta? Lo cierto es que ya no he vuelto a besar a mi madre. As se termin, mi querido Eduardo, la historia de los padres de Adela; y muchas veces, durante su relato, mis lgrimas se unieron a las suyas. Sobre las consecuencias de esta confidencia y sobre las ideas nuevas, que ha hecho nacer en m, te abrir sinceramente mi corazn y pronto te hablar con el abandono sin reservas a que me da derecho nuestra fraternal amistad. Por hoy, confrmate con tus propias sensaciones... Ya comprenders, mi querido Eduardo, que es un holocausto que debo a la virtud, al honor y al amor. No habr nadie que me diga quin es Maugis? _19 de mayo._ Es tiempo ya de que alivie mi corazn del peso que le embarga. Estos das se me han hecho tan largos, como cortos los hubiera querido mi impaciencia. Qu consideraciones me detienen? me preguntaba yo, y puesto que toda mi dicha es ella, quin me impide cerciorarme de su amor? No obstante, te lo confesar, me parece que olvido mis resoluciones cada vez que llega la ocasin de llevarlas a cabo, y as he llegado hasta hoy. Te contar el acontecimiento que ha triunfado de mi indecisin. He ledo una novela nueva, cuyo hroe me ha conmovido--sea que su situacin tenga con la ma esas relaciones que nos identifican a nuestro pesar con un desconocido, sea que se parezca algo al hombre que yo hubiera querido ser si esto hubiese dependido de m. Y no es que yo apruebe absolutamente los caracteres novelescos, sobre todo en una sociedad bien organizada, donde estn casi siempre fuera de lugar por su loca exageracin y necia ingenuidad; pero hay ocasiones en que el capricho de la imaginacin ms extravagante vale ms que todo aquello que uno est obligado a ver a su alrededor y que es como una compensacin de todas las tristes realidades del mundo. Viniendo al hecho te dir que mi juicio sobre este hroe imaginario haba sido para la brillante Eudoxia un motivo inagotable de ironas, mientras que el ttulo de la novela excitaba cada vez ms la curiosidad de Adela, y aunque bien convencido de que nada hay ms pernicioso para la curiosidad de una joven cuya sensibilidad comienza a desarrollarse que la lectura de una obra de ese gnero, y sabes t, adems, que no entra en mi manera de ser calcular el efecto que podra producir sobre un alma ingenua y tierna--combinacin cobarde y odiosa cuya sola idea me subleva!--no he podido negarme a dejarle ese libro; tanto es el poder que ejerce sobre mi voluntad el menor de sus deseos! Hoy, cuando ya empezaba a impacientarme de la tardanza de Adela en pasar por el bosque, y recorra agitadamente el sendero que conduce a Valency, la he visto venir con el aire preocupado, la cabeza inclinada y el libro en la mano. Tan pronto como me advirti, me lo devolvi con una sonrisa triste y ech a andar a mi lado sin decir nada. Y bien--le dije yo--, qu piensa usted de ese loco, de ese insensato cuyo solo nombre subleva a la seorita Eudoxia? Le parece a usted tan odioso? Adela no me contest nada, pero algunas lgrimas rodaron por sus mejillas y su mano tembl en la ma. Oh mi buena Adela!--exclam yo--, dichoso el corazn que sea el preferido del tuyo, mil veces dichoso el hombre a quien ames! Y llev con pasin aquella mano que retena a mis labios. Qu hace usted, Gastn, seor Gastn! qu hace usted, en nombre del Cielo! Djeme--continu con voz alterada--, ya sabe usted que soy Adela Evrard. Mi pecho estaba hinchado, mi cabeza turbada, mi respiracin anhelante. Adela, hermana ma, esposa ma, mi bien amado, nico objeto de todos mis pensamientos, nico encanto de mi existencia, mi consuelo, mi esperanza, eso es lo que eres para tu Gastn. Y mis lgrimas, lgrimas deliciosas, regaban mis mejillas. Sintindome vacilar, me sent en uno de los bancos que, como ya te he dicho, rodean la glorieta, y apoy la cabeza sobre mis manos. Pasado algn tiempo levant los ojos, y vi a Adela de pie y vuelta al otro lado, que confeccionaba un ramo de flores. Me levant, fui hasta donde estaba y le pas dulcemente un brazo alrededor del cuello, sin osar decir nada. Vea usted--me dijo--, vea usted las hermosas flores que he cogido; quisiera saber cmo se llama sta. Era la encantadora flor que se llama la silvia, porque no prospera ms que en los lugares salvajes y a la sombra de los bosques. Me acord de la linda estrofa del poeta alemn y la repet en voz alta: Es la silvia, la fresca silvia, la dulce anmona de los bosques. No hay ninguna florecilla que pueda rivalizar contigo en gracia y en belleza, cuando t balanceas al soplo del aire tu corona blanca y rosada. Toda la pompa de las otras flores, sin exceptuar a la rosa, no puede compararse con tu modesta belleza. Tu tallo enervado es el emblema de la melancola, y la movilidad de tu cliz flotante expresa las agitaciones de un corazn joven. Que el Cielo, oh la ms amable de las flores!, multiplique a tu alrededor la blandura de los tapices hmedos, la frescura de las nuevas sombras y el soplo de los nuevos cfiros. Esta silvia, la fresca silvia, la flor de la soledad y de la primavera, la dulce anmona de los bosques. Adela haba olvidado ya su ramo e iba a dejarlo caer de su mano, cuando yo me apoder de l para llevarlo sobre mi corazn. Entonces me dijo dulcemente: Gastn, no volver ms. No obstante, nuestro paseo fue tranquilo. Y lo que es ms singular, es que nuestra conversacin era tan vaga, como si se hubiese tratado de dos personas extraas, y, sin embargo, no hay ninguna de esas palabras indiferentes cuyo recuerdo no me abrase el corazn. Cosas que no me hubieran parecido dignas de atencin en otras circunstancias; producan sobre m una impresin tan extraa! Oh encanto delicioso que lo anima todo, que lo embellece todo, que esparce sobre la vida una luz de divinidad! Y los mismos sentidos, alucinados por la embriaguez del alma, no suean ms que perfumes, luces, melodas celestes. Es el ideal de un paraso. Ya oigo la eterna cantinela del prejuicio que grita a mi odo: Es la hija ilegtima de Santiago Evrard. Gastn, sa es tu amante! S, es la hija ilegtima de Santiago Evrard y se es, Adela ma, el ms precioso de tus ttulos. Cuanto ms desgraciada hayas sido, ms delicias hallar para colmar tu porvenir de una dicha sin vicisitudes. Ilegtima! es que el amor, la constancia, la gloria, los mismos deseos de tu abuelo, no te han legitimado ya? Esa ceremonia fra y seria que se llama el matrimonio, hubiera ornado mejor tu nacimiento que el ltimo beso que se dieron tus padres ante Dios, el pueblo y los verdugos, que el sacramento de sangre que los uni en la eternidad?... La hija de Jacobo Evrard! Campesino o soldado, ningn hombre le ha superado en nobleza, y si la nobleza es el premio de las ms raras acciones, el que la transmite a los suyos no es ms noble que el que la recibe de l? Nacer noble es obra del azar! serlo por su valor es la ms alta fortuna del herosmo. Un campesino! dicen. Es que no sabis, ridculos seres, que la nobleza data de las grandes revoluciones polticas, que nace, envejece y se renueva con los imperios? La verdadera nobleza, como se entiende, en las monarquas, nace con un rey y muere con l. No brilla ms que alrededor de un trono que se eleva o de un trono que cae. Los guerreros que levantan un rey sobre su bandera, los guerreros que mueren con su raza, he ah a los nobles. Yo no reconozco ms ttulos que los que se han sellado con la espada o sancionado en el cadalso. El resto no es ms que un estado llano ilustrado con cartas de nobleza. Adems, qu importa en la situacin actual de la sociedad? Despus de un orden de cosas que ha terminado, no son los nobles los que quedan, sino los hroes. Nadie se preocupa ms ahora del padre de Coriolano que del de Espartaco. Y despus de todo, tengo necesidad de buscar tantos razonamientos para justificar lo que en m es ya una resolucin invariable? No basta para m y para todos los que me aman que este afecto sea el nico capaz de hacerme gozar de una pura felicidad? Ceder al temor de los rumores imbciles del populacho distinguido? Carecer de fuerza para desafiar la censura de esos corazones estriles, llenos de orgullo y de egosmo, las burlas de alguna mujer altanera, el desprecio de algn miserable enriquecido? No, Eduardo, no, porque me siento libre. Ya s que ser preciso evitar, huir de esa sociedad cuyo aprecio tanto buscan los otros, y que prodiga ste o lo retira de acuerdo con las reglas ms extraas y ms inciertas. Tanto mejor. Yo siempre he aspirado a circunscribir mi vida, a encerrarme en el crculo de algn afecto, a no dar a las conveniencias y a las costumbres comunes ms que aquello que no les puedo quitar. Tratar de vivir para m. Y ahora pueden venir a estrellarse alrededor de mi retiro, como al pie de una roca inquebrantable, todas las tempestades del mundo, y desvanecerse, sin llegar hasta mi corazn, los murmullos insensatos del odio y de las prevenciones. Cunta piedad me inspiran esos desgraciados atormentados por la necesidad de vivir en contacto con todo lo que les rodea, que marchan apresurados en medio de la multitud, apartando penosamente lo que se opone a su paso, empujando a los dbiles o pisotendolos, y siempre dispuestos a sacrificar vctimas humanas a sus prejuicios, como los brbaros a sus dioses! _25 de mayo._ Estos ltimos das tienen la frescura de uno de esos sueos consoladores que uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas que dura este encanto y consulto con mi corazn para convencerme de que no es una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientos terribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en m una conciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura. Oigo decir a muchas gentes, deplorando la muerte de un amigo, que la muerte no quiere ms que a los dichosos y que es bien cruel ser herido por ella en medio de la juventud y de los placeres, en el mismo instante en que todo comienza a sonrernos y a halagarnos. Y, no obstante, es entonces cuando deberamos morir, antes de que el teln descendiese sobre nuestras quimeras, cuando el encanto dura an y el bien pasajero de que disfrutamos no se ha convertido en irreparables dolores. Con frecuencia me siento posedo de una alegra tan poderosa que entonces reno todas las fuerzas de mis sentidos para gustar la posesin de este presente fugitivo y fijarlo por un momento. En ese estado quisiera morir. Concibes t cun amarga y cun espantosa es la muerte de un infortunado que lo abandona todo; desengaado de la existencia, asustado de la nada, rechazando, para morir ms tranquilo, algn dulce recuerdo cuyo contraste hara an ms horrorosa su agona, y exhalando el ltimo suspiro entre unos brazos fros y sobre un pecho que no se agita? Yo quisiera morir, yo quisiera haber muerto hoy. Ella estaba all--contra m, inclinada sobre mi pecho y llorando de emocin. S, le he dicho--, ante Dios y ante los hombres prometo no tener otra esposa. Cllese!--ha exclamado--, Gastn no es un perjuro y, sin embargo, promete ante Dios una cosa que nada puede hacer posible. Qu obstculo puede haber? No, Gastn no puede ser el esposo de Adela. Gastn no es un hombre del pueblo, oscuro y pobre; el esposo, el nico esposo que conviene a mi estado y a mi indigencia. Gastn ser el esposo de Adela, he dicho yo. Es una reparacin que te debe la Providencia. Yo pagar la deuda de la sociedad. Yo le he dicho, Eduardo, y lo juro por mi honor, que es preciso que ese deseo se cumpla. Estbamos tan preocupados, que a poco nos sorprende el crepsculo en el bosque. Al dejar a mi Adela he querido, he osado estrecharla otra vez en mis brazos. Uno de los suyos me rechazaba dbilmente, el otro me retena... Un deslumbramiento semejante al que producira la claridad de un meteoro ha turbado de pronto mi vista, mi cabeza se ha inclinado y mi boca se ha encontrado con su boca. Una oleada de fuego ha descendido hasta mi corazn. Incomparable voluptuosidad! Es un beso de Adela, la huella, la dulce huella de sus labios, la que reposa sobre los mos! Oh! la conservar entera, inalterable. No la borrar jams. Que perezca el da en que profana esa preciosa prueba de amor, en los labios de otra mujer; el da en que una boca inanimada, insensible, marchite la flor hmeda de tu beso! que se aniquile mi alma antes que yo cometa tal sacrilegio! Qu difcil de soportar es el peso de mis sensaciones! Quin hubiera credo que tuviese tantas fuerzas para la dicha! _27 de mayo._ Jams he vivido tan rpidamente, jams me he visto obsesionado por tantas preocupaciones. Un solo da de mi vida actual rene tantos sentimientos tumultuosos, temores, esperanzas, alegras, tormentos, proyectos, irresoluciones como el resto de mi existencia pasada. No encuentro mejor comparacin para este estado que el de un febricitante cuya imaginacin enferma, extraviada en un mundo desconocido y perseguida por reminiscencias confusas, pasa al azar de un objeto a otro, une bajo el mismo punto de vista los contrastes ms extravagantes, las imgenes ms disparatadas, y se pierde en esas transiciones sin motivo y sin fin, tan incapaz de formar juicio de sus sensaciones como de elegirlas. Si de cuando en cuando me atrevo a razonar, el minuto que sigue me desilusiona y estoy como un alma en pena suspendida por los espritus malignos entre un cielo y un infierno. Yo haba acompaado a mi madre al castillo de Valency, donde debamos encontrar la sociedad acostumbrada, y, por consiguiente, al seor de Montbreuse, cuyas asiduidades tienen, quizs, algo de notable. Era natural que la conversacin recayese sobre el asunto ms propio, a interesar, en aquel crculo orgulloso, la vanidad de todos, y no me extra, por lo tanto, ver renovar la eterna tesis de la superioridad moral de la nobleza. Pero he aqu que despus de haber sentado en principio que nicamente entre nuestra clase se encontraban esas delicadas ideas del honor y esa elevacin de carcter y de sentimientos que son el fruto de una educacin adecuada a nuestro destino social, han asaltado el edificio _novelesco_ de las falsas virtudes del estado llano y las han reducido implacablemente a un simple espritu de emulacin, de la cual nosotros tenemos tambin el honor de ser el vehculo: disertacin que, seguramente, no me hubiera sacado de una meditacin completamente extraa a lo que all se deca, ni a propsito de la inalienable bajeza de los parias de Europa y de la poca confianza que haba que tener en las costumbres del pueblo, no hubieran citado... Gran Dios, mi sangre hierve al slo recordarlo!... Se trataba de esa joven educada con tanto cuidado a la vista de Eudoxia, que hubiera respondido ciegamente de su inocencia... Se trataba de Adela!... A este nombre perd los estribos y, con un tono de voz que denotaba ms clera que curiosidad, pregunt el crimen que haba cometido. Casi nada--dijo Eudoxia--, una de esas cosas para las cuales su filantropa sentimental de usted reserva seguramente toda su indulgencia; una de esas pasiones decentes y platnicas que producen tan buen efecto en los dramas y en las novelas; un noble y tierno afecto por algn palurdo de la aldea inmediata, al cual va a hacer todos los das inocentes visitas que acabarn Dios sabe cmo. Ya ve usted que esto no vale la pena ni de decirlo; pero no encontrar usted menos justo que yo la arroje de mi casa, mientras espero que sus elocuentes declamaciones me hayan desengaado del todo de ciertos miserables prejuicios a los que tengo la debilidad de atenerme an un poco. Ese sarcasmo es injusto--le he contestado--en un asunto como ste, en que se trata nada menos que de perder para siempre a una joven irreprochable; pero no es a m a quien toca justificarla, y no dudo que la seora priora har el sacrificio de su modestia a un inters tan precioso; ella conoce el motivo que conduce todos los das a Adela a la aldea, y la irona ha encontrado, sin saberlo, la expresin justa cuando ha calificado de inocentes visitas el viaje oficioso de la caridad. La priora estaba presente y a m me extraaba que no me hubiese ya interrumpido. Figrate mi dolorosa sorpresa cuando al fijar mis ojos en ella vi que los suyos estaban humedecidos por las lgrimas y que me miraba con un aire inquieto, como para penetrar mi intencin y adivinar lo que yo haba querido decir: Qu, seora!--aad--, no iba por orden de usted para llevar algn encargo de usted?... Un signo negativo... y ni una palabra, como si la hubiera costado demasiado condenarla ms positivamente. Confieso que no esperaba semejante golpe y que hube de salir para ocultar mi desesperacin y mi confusin. Me intern en el bosque sin saber a ciencia cierta a dnde iba, pero impaciente por alejarme del lugar que dejaba y por quedarme solo con mis pensamientos; hubiera sido dichoso en aquel momento si hubiera podido aislarme tambin de mis pensamientos, y si hubiese bastado un acto de voluntad para borrar el pasado. En fin, sea que la casualidad lo hubiese decidido as, sea que me hubiese dirigido hacia aquel punto sin darme cuenta de mi deseo, me encontr cerca de la aldea a donde tena costumbre de acompaar a Adela y reconoc la miserable choza donde tantas veces la viera entrar. Me era tan fcil informarme exactamente en aquel lugar, tena yo una necesidad tan grande de quedar tranquilizado--o convencido, porque mi alma tiene mayor energa para la desgracia que para la incertidumbre--, estaban tan comprometidos mi vida y mi honor en aquel misterio, que no vacil en entrar en aquella pobre casa, sin pensar siquiera en la impresin que podra producir en el estado de agitacin en que me hallaba. La familia estaba reunida en una habitacin bastante espaciosa, y todo anunciaba la indigencia. Un anciano de aspecto respetable estaba acostado en un rincn sobre una tarima cubierta de paja, y a su lado una mujer, tambin vieja, le haca beber un brebaje y volva de cuando en cuando la cabeza para enjugar una lgrima. Una nia de diez o doce aos haba dejado su rueca para tapar las piernas del enfermo con un trozo de alfombra vieja que le serva de manta. Dos o tres nios indiferentes a aquel espectculo, jugaban sobre el umbral de la puerta a los rayos del sol poniente, con una alegra tan llena de franqueza y de despreocupacin, que se me oprimi el corazn. Me sent al extremo de un banco roto y trat de recoger mis ideas para saber lo que tena que decir; pero cuanto mayor era la impaciencia de saber la verdad de todo lo que me inquietaba, mayor era tambin el temor de saber algo que pudiese destruir todas mis ilusiones a la vez. Estaba arrepentido de haber ido. Por fin me decid y pregunt a aquella buena mujer si tena hijos. Me pareca que sentira menos el golpe que esperaba si lo iba recibiendo poco a poco. Ay!--me respondi--, no tenemos ms que uno que es para nosotros un continuo motivo de disgusto. Dios le ha dado una terrible desgracia. Est enfermo de epilepsia desde la edad de diez y ocho aos y no puede trabajar. Los mdicos han renunciado a curarle--aadi llorando--, y esto ha aumentado su tristeza, con lo cual aun ha empeorado. Tena tambin una hija que estaba casada, pero su marido fue muerto en la guerra cuando iba ascender a suboficial, y ella pronto har tambin seis meses que muri. Estos nios son suyos. Los nios se haban agrupado detrs de m. Es una desgracia muy grande--le dije yo--, pero al menos a usted la socorren. Yo creo que esta aldea pertenece al seor de Montbreuse, y que el castillo es suyo tambin. Es un hombre sensible y caritativo que no deja padecer a los pobres. La mujer no dijo nada, pero me mir con extraeza, y sin hablar de Montbreuse empez a bendecir a las buenas almas que la amparaban. Los nombres de la seora priora y de Adela, estrechamente unidos en un reconocimiento, acudieron muchas veces a sus labios con tal conviccin que yo no poda dudar de su sinceridad. Despus de haber dejado lo poco que contena mi portamonedas en aquella triste mansin de la indigencia, sal un poco ms tranquilo, pero aun sintiendo mucha incertidumbre. A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre de elevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta aos, plido, con la cabeza inclinada, los brazos cados y los hombros cubiertos de largos cabellos negros. Al mirarle ms atentamente, vi en sus ojos extraviados un aire de melancola sombra que me hizo comprender que se trataba del hijo de los infortunados que acababa de dejar. Qu tal, amigo mo--le dije--, te encuentras ahora mejor? Oh! yo creo que estar mejor--contest--cuando los rboles cambien la hoja, y cuando los prados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez no habr primavera. El sol es blanco y fro, las flores no tienen fuerza para abrirse y no se oyen en el campo ms que pajarillos piando en los breales. Antes haba un aire tan dulce, tan agradable cuando empezaba a caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahora son brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuando rechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver una primavera como las de mi juventud, me parece que me curara, pero no las ver ya. Quise hablarle de Adela y me interrumpi poniendo un dedo sobre sus labios. No hay que nombrarla tan alto--me dijo--, podra desvanecerse. Los ngeles no hacen ms que pasar sobre la tierra. Jams se les ha visto envejecer. Dios los enva alguna vez para consolar a los pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado! Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegra, porque les place volver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno por casualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porque ya no volvera a verlo. Cuando acababa este discurso se haba arrodillado sobre una roca en actitud de orar. Me alej de all sin que l se diese cuenta, reflexionando sobre todas mis emociones del da, e incierto an sobre lo que deba hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela. Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se diriga lentamente hacia el vestbulo, por el lado de la escalera que conduce a su habitacin. Corr hacia ella y, asindola bruscamente de un brazo, la arrastr, sin decirle ni una palabra, hasta el saln donde an estaban todos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensaran ante mi actitud, la present ante ellos gritando: Hable usted, seorita, y justifquese de las sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los das a la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yo acabo de comprobarlo; pero diga usted cmo es posible que, siendo dados esos socorros en nombre de la seora priora, ella lo niegue, y qu secreto hay en todo eso. Despus me he dejado caer en un silln y he cubierto mis ojos con una mano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestara. Mientras tanto, Adela se haba arrojado a las rodillas de la priora que regaba con sus lgrimas. Perdone usted que me haya atrevido a servirme de su nombre. Al fin y al cabo eran sus beneficios de usted los que yo reparta, porque todo lo que poseo es de usted; pero, conmovida ante las desgracias de una pobre familia y no queriendo aumentar ms an sus cargas, que hartas limosnas hace usted, he acudido a mis recursos para gozar tambin del placer de hacer bien. No hubiera sido una injusticia que recogiese yo todo el fruto robndole un reconocimiento al cual slo usted es acreedora? Qu podra hacer yo por los desgraciados si usted no hubiese hecho tanto por m? De qu peso no libr a mi pecho aquella explicacin! Todos estaban emocionados, cohibidos; mi madre, el seor de Montbreuse, Eudoxia misma, guardaban un silencio respetuoso. Tal es el imperio de la bondad y de la inocencia. No haba ni una de aquellas almas soberbias que no se humillase involuntariamente ante aquella joven un momento antes despreciada. En cuanto a la seora Adelaida, haba levantado a Adela, e incapaz de expresar de otro modo su alegra, sollozaba estrechndola contra su corazn, mientras que Adela, confusa, ocultaba entre sus brazos su rubor modesto y su conmovedora emocin. Con qu saa hubiera podido yo devolver las sangrientas ironas con que poco antes me haban asaeteado si hubiera querido aprovecharme de la ventaja que la situacin me daba! pero pude contener mi justa indignacin, o, mejor dicho, me limit a expresarla por un silencio absoluto. Montbreuse, en quien veo a un hombre de bien, pero a quien una austeridad exagerada de principios, fortificada quiz por algn orgullo natural, hace con frecuencia escptico sobre la virtud, me ha demostrado, no obstante, con un apretn de manos, que estaba satisfecho de m. En fin, mi madre, despus de algunas palabras triviales, ha pedido su coche y yo la he acompaado. La turbacin de su actitud, del embarazo en que la vea, una palabra pronunciada al azar, me han dado lugar a creer que era aqul el momento de enterarla de lo que necesariamente haba de saber ms pronto o ms tarde. Le he hablado de Eudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sera mi esposa. Sea que hubiese juzgado bien de las disposiciones de mi madre, sea que le impusiera el tono resuelto de mi voz, insisti menos an de lo que yo pensaba, y todo me hace esperar que no violentar mis aficiones. Un asunto indispensable me llama a la ciudad. La fortuna propia de mi madre depende de un pleito que se ver dentro de pocos das y que me ha encargado contine yo. Mis intereses personales no me hubiesen arrancado de aqu en estas circunstancias, y no s qu terror involuntario... Las ideas supersticiosas a las que me entrego desde hace algn tiempo, te inspiraran verdadera lstima. _8 de junio._ La ciudad me inspira tal disgusto, que la he abandonado tan pronto como me ha sido posible volver a mi vida solitaria. Otros sentimientos han contribuido a apresurar mi regreso. Senta impaciencia por volver a ver a Adela y por buscar los medios de no separarme ya de ella. Los das del hombre transcurren tan rpidamente, que no hay ms que una preocupacin bien inexplicable que pueda distraernos del cuidado de embellecerlos. El proceso de mi madre yo lo vea claro, lo que no ha sido obstculo para que lo perdiese con todos los pronunciamientos, de modo que ha quedado completamente arruinada. Yo le he ofrecido toda mi fortuna y le he hecho un homenaje que me ha costado bien poco. De ahora en adelante podr disponer de ella sin responsabilidad, sin obstculo; esto es un sacrificio, pero hay ciertamente sacrificios que son placeres. Qu necesidad tengo yo de lo superfluo, de la opulencia? Yo soy un rico de gustos sencillos y de deseos moderados. Una finca cmoda que produzca un poco ms de lo necesario, un jardn no muy vasto, pero bien ordenado; un bosque, tampoco no muy grande, por el cual pueda pasear mis ensueos; una casita modesta, lo que no impide que pueda ser elegante; y a mi alrededor una hermosa naturaleza, una variedad pintoresca de sitios solitarios, una campia fecunda que pueda nutrir a sus habitantes, y, si es posible, que me sea dable aliviar la miseria que vea; qu hace falta ms para ser dichoso? Mi imaginacin no entra para nada en este deseo. Yo soy bastante rico para elegir, y sa es la eleccin que hago. Aade a esta perspectiva una esposa como Adela, un amigo como Eduardo, o, mejor dicho, mi Adela y mi Eduardo, ellos mismos, porque no hay otros para mi corazn, y tendrs una idea de mi retiro encantado, del Edn que espero. Olvidaba decirte que el contrincante de mi madre es uno de mis parientes lejanos, el viejo conde de Seligny, que con tanta distincin sirvi en nuestro ejrcito. Este hombre verdaderamente venerable me ha demostrado un inters casi paternal del cual me siento orgulloso. Me ha dicho tambin que si mi madre no se hubiese dejado engaar por las gentes que la rodean, l la hubiera dejado la mayor parte de las fincas litigiosas, pero que, a pesar de lo ocurrido, no haba cambiado de manera de pensar y que estaba dispuesto a verla, ya fuese para proponerla un arreglo, ya sea para ajustar los lazos que las disensiones haban rebajado en demasa. Ha aadido que podra ser muy bien que yo no fuese extrao a su plan, pero que esta ltima clusula estaba subordinada a ciertos informes que tena que recoger en una aldea de los alrededores. Hemos hecho, pues, el viaje juntos, hablando con calor de nuestros hechos de armas, de las batallas en que nos hemos encontrado, de los vicios de nuestra organizacin militar y de los motivos que han hecho esta guerra, de la cual hemos sido actores, tan desastrosamente intil. El seor de Seligny razona de estas cosas con un sentido recto y justo, y sus opiniones han rectificado singularmente las mas sobre muchos hechos acerca de los cuales algn da tendr ocasin de hablarte. Al pasar por delante del castillo de Eudoxia me he abalanzado a la ventanilla para ver la ventana de la habitacin de Adela, en el ngulo del edificio. Me ha molestado no verla, como si ella supiese que yo tena que pasar por all. Hoy ya no podr verla porque hemos llegado demasiado tarde, y, adems, tengo demasiado que hacer para poder permitirme una hora de ausencia; y, no obstante, necesitara una de sus miradas para disipar los terrores que me persiguen desde que me separ de ella. Dios mo, abreviad esta noche! _9 de junio._ Eduardo, qu han hecho de m? todas mis ilusiones han quedado destruidas... Mi corazn ha sido cruelmente herido... No necesito ya ms, Eduardo, que una fosa en la que pueda dormir eternamente; porque es el sueo de la nada el que yo imploro. Quiera el cielo ahorrarme el cruel beneficio de una inmortalidad que eternizara mi dolor y mi humillacin!... He aqu lo que me han dicho en el castillo de Valency; por qu no habra de comunicrtelo framente?... La tal Adela me ha engaado; as, al menos, me lo han dicho. Desgraciado de m! Es imposible dudarlo, pero t tambin buscaras algunos razonamientos para no creerlo. Amaba en secreto a uno de los domsticos de Montbreuse, un hombre vil, innoble, odioso, en el cual yo nunca me haba fijado. No es sorprendente que esto me haya pasado inadvertido, a m, cuyo corazn se alarma tan fcilmente? Me hubiera hecho traicin si yo la hubiese amado con menos confianza, con menos abandono? Ella, no obstante, me amaba... cmo ha podido dar este espantoso premio a mi ternura? Las almas ms fras se hubieran confiado como la ma. El mismo Montbreuse ha dicho que no esperaba esto. Candor celeste de la virtud, no eres ms que una quimera? Ese domstico ha pedido su sueldo y al da siguiente han partido para ir a casarse a otro sitio; esta atencin tengo que agradecerle: es todo lo que ha hecho por m. As, de pronto, nada parece ms falso que lo que te estoy diciendo. Dara mi vida por creer que, efectivamente, es falso, que ella es inocente; sera tan dulce morir con esta idea! Ha partido sin avisar a nadie; hubiera tenido que avergonzarse demasiado. No ha visto siquiera a su madrina, a su madrina que tanto la llora. Yo no la lloro, la indignacin no llora; la llorara si hubiese muerto. Hace cinco das que partieron; no hay nadie en la aldea que no los viese. Para cerciorarme ms he enviado a Latour y le han dicho que la haban reconocido; llevaba un velo puesto, pero con la cara destapada; los nios la siguieron con la mirada hasta el bosque. Me parece que la venganza me aliviara; pero, qu venganza puede tomar un hombre como yo?... Un hombre como yo!... Maldicin!... Quizs es eso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyo para escapar de un hombre como yo. Qu haba hecho yo para merecer semejante ultraje? Ah! si ella supiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y no volverlo a encontrar! Cun agradecido le estara si con una pualada por detrs--ese cobarde asesinato no tendra nada de temerario para la mano de una mujer--se hubiera dignado evitarme los tormentos que me devoran! Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores, se vera obligada a confesar que el odio ms implacable... Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos! Slo yo destruyo esta inmensa armona! Yo solo, perdido, abandonado, olvidado de Dios, que me ha retirado su proteccin! _10 de junio._ Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperacin. Es espantoso enterarme de circunstancias que nunca nos hubiramos atrevido a prever ni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayores deseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nos est prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado no queda ms que un recuerdo pesaroso. Figrate t que el seor de Seligny es el padre de la infortunada de quien Adela recibi la vida. El matrimonio de Evrard y de Anglica estaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familia vivira dichosa. Apenas entrado en posesin de sus bienes, el conde crey que nada podra hacer ms agradable a la memoria de su infortunada hija que dedicar al fruto de su unin toda la ternura que antes haba tenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopcin solemne. Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara, a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparar a fuerza de cario las penas de su infancia. Adems, haba pensado que mi padre no vacilara, en estas condiciones, a acceder a mi unin con Adela. Ella haba, en efecto, consentido, y aquella misma noche deban llamarme para informarme del proyecto. El conde tambin estaba en mi casa y figrate con qu golpe imprevisto her al pobre anciano cuando, con el corazn y los ojos llenos de lgrimas, sofocado por la vergenza y el dolor, me abrac a sus rodillas gritando: Renuncie usted, renuncie usted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanza que ha desvanecido con su conducta. Adela no es digna de su padre ni de su amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa. No hay expresin que pueda dar idea de la amargura de mi corazn al repetir los detalles que t ya conoces. Me pareca que no pronunciaba una palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubiera deseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de la humillante revelacin. Su padre--qu rubor se ha elevado sobre su venerable frente!--confunda sus lgrimas con las mas y sollozaba en mis brazos. Gastn--me ha dicho despus de un largo silencio--, no habr perdido ms que a Adela. No por eso dejar usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenan a la tierra se han roto. Ahora es nicamente usted el que me retiene. Promtame que no abandonar usted a su anciano padre y que le permitir morir a su lado. Yo he cado a sus pies y le he pedido su bendicin. Mi madre tambin estaba conmovida y me ha besado. Yo dudaba que su sensibilidad, embotada por el comercio con espritus mezquinos, pudiese renacer a las dulces emociones de la naturaleza. He encontrado en su beso toda el alma de una madre, y este descubrimiento me hubiera causado alegra, si yo aun hubiese sido capaz de sentirla. Por qu Adela nos ha abandonado cuando bamos a ser tan felices? Yo s, Eduardo, por qu nos ha abandonado. Porque no era a m a quien amaba. _11 de junio._ Yo, para quien Adela lo era todo; yo, que hubiera dado cien veces la vida por evitarle el ms ligero disgusto, a m, en fin, es a quien ha sacrificado indignamente. Y es que ella no me amaba a m! Obstculos que parecan invencibles y de los que la misma imaginacin se espanta, la distancia de nuestra posicin, el tener que rehusar la mano de Eudoxia, las censuras de la gente, el orgullo de mi madre, su maldicin tal vez; qu porvenir ms siniestro y ms amenazador! Todo se ha allanado, sin embargo, y yo, ms desgraciado que antes, querra comprar al precio de toda mi sangre derramada gota a gota, uno de esos instantes de angustia que no supe apreciar. Querra volver a verte como te haba visto, estrecharte, enlazarte entre mis brazos, desflorar con mis labios una de las trenzas de tus cabellos--querra or tan slo el rumor de tus ropas al rozar con los matorrales, el ruido de tus pasos sobre las hojas secas, como cuando en el recodo de un sendero, ese ruido me anunciaba tu presencia--. Ay! yo querra que me fuese dable perseverar en el error, creer an en tu amor, no haberme desengaado! Si al menos perdiese la razn!--Los que deliran se hacen unas ilusiones tan extravagantes! Quizs as la vera! _El mismo da._ Latour acaba de entrar en mi habitacin. Ha credo ver al amante de Adela, al hombre que, segn se dice, la ha hecho huir de aqu. El miserable ha tratado de evitar sus miradas y se ha substrado a sus preguntas apelando a la fuga. Latour, a quien yo he informado de todo lo concerniente a Adela, persiste en dudar de su traicin. Que no pueda yo dudar tambin! En ciertos momentos, no obstante, yo creo... Qu digo yo y cul no es mi ceguera! Estoy en el caso del viajero que por la noche pierde pie al borde de un abismo espantoso y se ase a lo primero que encuentra. Un dbil arbusto, una mata de hierba, un junco, el punto de apoyo ms falso y ms incierto le basta para reconciliarse con la esperanza; pero bien pronto se le escapa todo a la vez y desaparece para siempre. _15 de junio._ Ven a mi lado, Eduardo, no te fatigar ms con mis pesares; un da, una hora algunos minutos lo han cambiado todo; soy ms dichoso que nunca; slo tu presencia falta a mi felicidad. Pero, cmo contarte todo esto sin anticiparte los acontecimientos? Estos ltimos instantes estn tan llenos de hechos y de emociones! Desde la partida de Adela, yo me haba impuesto el fcil deber de substituirla en la distribucin de socorros a los enfermos de la choza; oficio bien agradable, Eduardo; esas buenas gentes la han visto tambin y no me hablaban ms que con enternecimiento. Ayer, aniversario de un da bien doloroso, yo haba ido a renovar, en la tumba de mi padre, la ceremonia de duelo, a la cual, ausente y condenado, no haba podido asistir la primera vez. Latour deba reemplazarme en mi visita a los pobres; volvi pronto y en un estado de gran agitacin. Haba encontrado en el camino a una de las nias de la choza que vena a buscarnos al seor de Seligny y a m, de parte del seor de Montbreuse moribundo. Yo no s si te he dicho que, desde hace algunos das, el seor de Montbreuse pareca haberse retirado de la sociedad y que se haba casi confinado en el castillo que posee cerca de aqu; es ms propio para alojar las aves de rapia de la comarca, cuyos viejos torreones son un lugar de cita ordinario. Su ausencia estaba justificada, no obstante, con el pretexto de la caza. Ayer, al franquear un foso sobre el cual haba apoyado su escopeta, se dispar sta y el desgraciado Montbreuse recibi toda la carga en el pecho. Un criado y algunos campesinos lo trasladaron a la cabaa del epilptico. Como yo aun tardara en llegar, el seor de Seligny no quiso perder ni un momento y parti solo a ver al agonizante que, en efecto, pareca expirar, pero, la exclamacin involuntaria del seor de Seligny, espantado, que profiri involuntariamente el nombre de Maugis al reconocerle, pareci despertarle por un instante del sueo de la muerte. Maugis!--dijo el infeliz moviendo la cabeza con esfuerzo--; que Dios me perdone!... Ay!... podr perdonarle?... Despus qued algn tiempo sin movimiento y sin respiracin, pero los cuidados que recibi del seor de Seligny y de las gentes de la casa reanimaron un momento su vida y pareci querer hacer una revelacin importante, sucedindose sonidos inarticulados en sus labios: Adela, dijo. S, ya lo s, contest el seor de Seligny tratando de evitarle la dificultad de las explicaciones difciles. Adela--continu Montbreuse--, la hija de Anglica... Ya lo s. Adela, la ms pura, la ms virtuosa de las criaturas... Y bien? Adela, inocente, digna de usted, digna de l... est secuestrada por orden ma... Maugis no pudo acabar. No te contar todas mis angustias de aquella noche. El criado de Montbreuse, a quien Latour haba estado a punto de sorprender, informado de la muerte de su seor, ha venido esta maana a mi casa y me lo ha confesado todo. Montbreuse haba urdido esta infame traicin con el pretexto de servir los intereses de Eudoxia, que probablemente era extraa a sus manejos; ella haba podido creer y, por consiguiente, haba tratado de probar a Adela que era una gran desgracia para ella autorizar mi amor, que yo sera ms dichoso si ella se alejaba de m y yo la olvidaba--porque se figuraban que yo la olvidara--, que todo la obligaba, en fin, a entrar, hasta nueva orden, en un establecimiento religioso donde vivira al abrigo de mis persecuciones. La misma priora aprob el plan e indic la casa donde podra refugiarse. Pero stos no eran los planes de Maugis, que adoraba a Adela desde haca mucho tiempo y que no tomaba una parte activa en esta intriga ms que para hacer una nueva vctima. A alguna distancia del castillo, el carruaje cambi de direccin y condujo a Adela al castillo por caminos extraviados; la noche estaba muy adelantada y nadie lo advirti. All est cautiva Adela, bajo una triple llave de la que ese domstico es el nico depositario, porque Montbreuse, fiel a su hipocresa, afectaba an no comunicarse con Adela ms que por medio de mensajes apasionados, y que era hoy cuando, por primera vez, deba presentarse a sus ojos. A la noticia de esta visita, Adela exclam: Que ese monstruo no venga aqu, porque me encontrar muerta! Ya ves, Eduardo, si soy dichoso y si Adela es digna de m. Ella no haba consentido en recluirse ms que por deferencia a su madrina, cuya ternura y buenas intenciones no poda desconocer, y por su cario abnegado hacia m, que la he calumniado. Olvida, olvida mis indignas sospechas! No te extrae que emplee todo este tiempo escribindote antes de que me sea devuelta. Qu hara para distraer mi impaciencia mientras espero la dicha? Es preciso, antes de que me sea devuelta, que yo me ocupe de ella, y es a su abuelo--he debido respetar esas conmovedoras conveniencias--a quien corresponde sacarla de su prisin. Juzga la lentitud con que transcurren los instantes esta tarde! Pero no cerrar mi carta--un carruaje entra en la avenida. Inexpresable felicidad!--Adela, mi padre, amigo mo, venid todos! Ven, Eduardo, ven a mi lado! LATOUR A EDUARDO DE MILLANGES _El mismo da._ S, seor, venga, no pierda un minuto, mi pobre amo tiene necesidad de usted. El le ha escrito su felicidad, pero no saba... Yo he acompaado al seor Seligny al castillo. Hemos subido al piso en que se encontraba encerrada la seorita Evrard, que es el ms alto de la casa. Apenas ha odo la llave girar en la cerradura, ha lanzado un grito de horror. Adela, Adela!, ha dicho el seor de Seligny fuera de s. Hemos entrado. La habitacin estaba vaca. De pronto se me ocurre una idea. La ventana est abierta y me abalanzo a ella. Qu cuadro, seor Eduardo! La infortunada haba credo or a Maugis. Y ella haba dicho que morira si se presentaba a ella! No hay esperanza ninguna; est muerta. Pobre padre! Y l sobre todo! Conciba usted su desesperacin! Venga, venga, seor Eduardo! slo usted quizs... Pero, qu ruido es se?... ser que...? Ah! Dios todopoderoso, qu os hemos hecho para atraer hasta ese punto vuestra clera? Ay, seor Eduardo, no venga usted! FIN NOTAS: [A] Es intil recordar al lector que esto fue escrito en el reinado de Napolen. [B] Este prefacio fue compuesto para la primera edicin de _Adela_. End of Project Gutenberg's El pintor de Salzburgo, by Charles Nodier License: Share Alike