E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) BIBLIOTECA DE LA NACION H. L. N. INCERTIDUMBRE BUENOS AIRES 1909 Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires. La novela que con el presente volumen ofrecemos a nuestros lectores, es de un corte delicado, y de tal manera interesa, que quien empiece su lectura es difcil la deje sin haberla saboreado hasta el final. Tiene una tendencia altamente moral y transcendental, cual es el premio al amante noble, desinteresado y constante, que, creyndose inferior en mritos a la persona amada, oculta su amor y slo aspira a la felicidad del ser querido. Tambin desarrolla otros temas de no menor inters: tales son las vacilaciones de la mujer elegante entre el hombre de mundo superficial y vano y el hombre honrado, trabajador y noble que carece de dotes mundanas, y el castigo de la persona que slo va al matrimonio como medio de elevar la situacin en que vive, aunque sta sea bastante buena. Es un estudio social perfectamente acabado que ha de agradar a nuestros lectores. Sobre todo, _Incertidumbre_ ser una de las obras que ms inters ha de despertar en el bello sexo. Su autor se oculta bajo un pseudnimo, seguramente por un sentimiento de excesiva modestia, pues, por lo interesante de la fbula y el perfecto estilo en que est escrita, revela altas dotes literarias. Slo se sabe de l que es el mismo autor de otra novela titulada _Amiti Amoureuse_, publicada anteriormente en Pars, que llam la atencin de toda Francia. INCERTIDUMBRE I En una admirable noche del mes de junio reina extraordinaria animacin en el viejo castillo de Creteil. En el patio de entrada, el continuo rodar de los carruajes no cesa hasta despus de haber dado las doce en el campanario de la iglesia. Los curiosos de la aldea se han alejado, satisfechos de haber admirado algunas elegantes toilettes, y contemplado la suntuosa decoracin del vestbulo, de columnas enguirnaldadas, con flores y luces elctricas. Todo es all alegra, calor y perfume. Sin embargo, no lejos de la fachada de la vasta mansin, que da sobre el Marne, un joven se pasea a lo largo, en actitud meditabunda y de una manera nerviosa. Ni las armonas de la orquesta del baile que dan los Aubry de Chanzelles, en honor de los veinte aos de su hija Mara Teresa, ni el bullicio de las voces juveniles, que llegan hasta el paseante solitario, por las grandes ventanas abiertas de los salones, lo distraen de su melancola. Las fragantes flores del jardn exhalan en vano sus perfumes penetrantes: permanece insensible a las bellezas misteriosas de la noche, tan absorto est en sus pensamientos. As es que, grande es su sobresalto, cuando un amigo, a quien no ha sentido aproximarse, exclama, golpendole familiarmente en la espalda: --Y bien, Juan! Por qu nos has dejado hace ms de una hora? --Para tomar aire. --No te bastan las ventanas abiertas? --No. --Prefieres la compaa de las tinieblas a la de las jvenes que han venido a festejar a mi hermana? --Desde aqu veo desfilar sus elegantes siluetas, tan bien como en el saln. --Creo que muy poco te ocupas de esas seoritas, amigo mo; lo que t miras es el suelo, y con tal persistencia, que hace un momento crea que te ejercitabas en clasificar cientficamente las piedras de los caminos. --Te engaabas, Jaime. El tono seco de la rplica puso fin a las bromas del recin llegado. Distradamente sac una cigarrera de su bolsillo y tendindola hacia su compaero: --Quieres uno?--dijo. --No, gracias. --Son exquisitos... --Me gusta el tabaco sin perfume; el tuyo no puede ser apreciado por un plebeyo como yo. --Como quieras!... Jaime Aubry de Chanzelles conoca demasiado a su amigo para insistir. Cerr la tabaquera con un golpe seco, encendi su cigarrillo, y, despus de haber lanzado al espacio algunas bocanadas de humo, dijo: --Brillante la fiesta, eh? --Muy brillante. --Por qu has desertado del cotilln? --Podra devolverte la pregunta. --Oh! yo, es bien sencillo: me substraigo a las confidencias de mi prima. No habrs dejado de reparar que la querida Diana, siente por m la clsica simpata de las personas que se han criado juntas, cuando, por milagro, no se detestan. Pues, en estos casos, sucede una u otra cosa. Hacia los veinte aos, por poco que escaseen los pretendientes, la prima descubre de pronto que el primo es lo que le conviene. De esta manera, no hay miedo de equivocarse, ni sobre el carcter, ni sobre la salud, ni sobre la fortuna. El mundo contempla el suceso con enternecimiento. Me parece que oigo los cuchicheos: Saben ustedes la nueva? Diana Gardanne se casa con su primo!--Oh! querida ma, esto es delicioso!--Un casamiento por amor!--Lo creo, se adoran desde la poca en que paseaban en brazos de sus nieras! Y as se escribe la historia! Divertido, a pesar suyo, por el tono burln de Jaime y por las exclamaciones grotescas con que recitaba su monlogo, Juan sonrindose murmur: --Exageras... --Absolutamente! Nadie pondr en duda nuestro amor ardiente; nadie se dir: Diana es una joven prudente; no tiene ninguno de los gustos, ninguna de las aspiraciones de su primo; pero, como los pretendientes no abundan, no quiere quedarse para vestir imgenes. La vida de familia la abruma; desea llevar una vida ms mundana; entonces por qu no echarle el anzuelo al primo? Y es por una serie de razonamientos semejantes, usuales en las jvenes extremadamente prcticas, que no se preocupan de encontrar el amor en el matrimonio por lo que mi prima se ha decidido a amarme. --Oh! considero a Diana Gardanne incapaz de hacer tales clculos. --Ests equivocado. Por disfrutar de fortuna, sospecho que est decidida a todo. --La perspectiva de casarte con ella te asusta?... --En efecto, nunca he tenido tanto miedo! Por eso, hace un momento, he pretextado una repentina indisposicin para substraerme a los encantos del boston. No tengo ni sombra de carcter. As es que evito con mucho cuidado, desde hace dos meses, lo que la querida nia llama: nuestras deliciosas horas de intimidad. Aunque su mirada es glacial y su nariz ostenta proporciones borbnicas, me conozco: si por desgracia me hablase de su ternura y de su admiracin _por mi hermosa inteligencia_, en una noche como sta, sera capaz de contestarle: Como no!... o Perfectamente! En fin, cualquiera de esas palabras apasionadas, irreparables, que lo hunden a uno en un abismo, para toda la vida. --No haces mal el papel de bufn; sin embargo, no carece de encanto el casarse con una amiga de la infancia, cuyo carcter se conoce, cuyos gustos... --Inocente! Crees t que jams pueda conocerse a una joven? Casi no me atrevo a alabarme de conocer a mi hermana! --Mara Teresa tiene un carcter franco, leal... no comprendo cmo puedes compararla... --Ciertamente; pero, en cuanto le llegue la hora de la ambicin y el amor sabemos lo que ser? Pap, el otro da, le dijo, rindose, que tena seducido al Conde de Chateliez... T, como yo, la viste sonrojarse hasta parecer una amapola y murmurar: --Padre, su amigo es algo maduro... No ha pasado ya los cuarenta aos?... Si fuera ms joven, tal vez me dejara tentar... Seduce el ttulo de condesa. Condesa Mara Teresa! No hara mala frase!... --Es cierto. El tono sombro con que Juan pronunci estas palabras, pareci a Jaime tan expresivo que estuvo a punto de exclamar:--Ea, cuntame tu secreto, Juan! Acaso no soy tu hermano, por nuestra larga intimidad? Tmame por confidente, pobre diablo, y sufrirs menos! Pero guard silencio, conociendo la naturaleza altiva de su amigo, y los obstculos serios que lo separan de su hermana. Jaime piensa que lo mejor era provocar las confidencias. Pero cmo? El medio ms sencillo no sera demostrar a Juan la misma confianza que reclamaba de l? Se apresur, pues, a aprovechar la hora para llevar la conversacin a un terreno propicio: --Ah! el pensamiento de las jvenes, es para nosotros indescifrable; su jardn secreto nos es inaccesible. Si nos aventuramos en l ser a fuerza de sutileza o a golpes de hacha como conseguiremos hallar el camino que conduce a su corazn? Gran problema por resolver! --Es esa la causa que te ha determinado a viajar? Cuentas ejercitarte en los corazones extranjeros, antes de atacar los de nuestras compatriotas? --Qu genio! Reconozco la admirable ciencia de las sabias deducciones! Has adivinado! Marcho a estudiar el alma de la desconocida que amar quiz!, y sobre todo... Oh!, muy sobre todo... por huir de la joven que no amo. Si supieras cunta energa se tiene en estas tristes circunstancias! Es espantoso! Maana, tomar el rpido para Strasburgo. Dentro de ocho das estar en Viena. Pasar a Budapest, y regresar por el Tirol austriaco y la Suiza. Y t qu piensas hacer en tus vacaciones? --Todava no s si las tendr. Tu padre y yo no podemos dejar a un mismo tiempo la fbrica. El seor Aubry me ha parecido algo fatigado en estos ltimos das; deseara que descansase de una manera continua, en vez de veranear, como el ao pasado, yendo y viniendo de Etretat a Creteil. --En caso que l acepte mi combinacin, yo permanecer aqu. Oh!--aadi contestando a un gesto de su amigo,--no me compadezcas! Me gusta la tranquilidad de mi casa. Ese pequeo pabelln que tu padre me hizo construir all, al extremo del jardn, a orillas del Marne, es mi paraso. Desde all observo todo lo que pasa en la fbrica y en el parque. La arboleda que me aisla, no es tan espesa que me impida ver las avenidas... He reunido tan buenos recuerdos en seis aos que habito ese pabelln! --Seis aos ya! Me parece que ayer hacamos los planos. Recuerdas? --Si me acuerdo! Tu hermana fue el hbil arquitecto y quien dibuj el jardn que lo rodea. Las rosas Niel y las yedras, que plant contra las paredes, guarnecen ahora las ventanas; no puedo abrirlas sin creer ver a Mara Teresa con sus delicadas manos llenas de tierra, plantando las enredaderas... --Qu buenos tiempos eran aqullos! Ella tena catorce aos, t veintitrs, yo veinte. Qu dulce compaerismo nos una entonces! Y cmo nos trataba mi buena hermanita! Por tu culpa: t aprobabas todo lo que ella te deca! --Bah, eran fantasas propias de su edad! --T lo crees? Eran caprichos de una dspota insoportable. --S, pero qu corazn y qu sinceridad! Jams una mentira sali de sus labios! Qu hermosa mirada resplandeca en sus ojos cuando se le corregan sus faltas!... siempre leves. Su inalterable alegra era contagiosa; yo corra y jugaba con ella como un chiquillo. Hermoso tiempo en efecto! Todo eso ha pasado, concluido... Jaime se mordi los labios para no rer; observ que el sentimiento exaltado convierte a los ms inteligentes en seres ingenuos como nios. --Mi buen Juan, todo el mal proviene de que hemos crecido. --Tienes razn; cada ao me aleja de Mara Teresa, y as es mejor, puesto que un abismo me separa de ella... --No veo cul es ese abismo. T, como mi padre, eres hijo de tus propias obras. --Con esta diferencia, que tu padre pertenece a una distinguida familia; si un da conoci la miseria, antes haba gozado de una buena fortuna y vivido en la alta sociedad. --No hagamos juego de palabras, Juan. Voy a decirte, antes de mi partida, algo que hasta ahora he guardado para m y que quiero hacerte conocer: siempre he deseado que t y mi hermana os amaseis. --Ests loco? --No, no estoy loco. Y la emocin de tu voz me prueba que la mitad, por lo menos, de mi deseo se ha cumplido. Pero, hay que convenir, en que, con tu maldita modestia y tu gran orgullo, nunca llegars a nada. Cada da te alejas ms de Mara Teresa. La habitas a no ver en ti ms que un empleado fiel, cuando debas hacerle comprender tu gran valor. T, que tienes tan buena presencia como cualquiera de los jvenes que la rodean; t, en cuanto ests cerca de ella, tomas un aire sombro y unas actitudes tmidas que te perjudican. Te complaces, se creera, en ser exclusivamente el hombre de la fbrica, cuando no debas olvidar que, educado con nosotros, casi lo mismo que nosotros, tienes el deber de transformarte en ciertas horas en hombre de mundo. --Pero... --No me interrumpas! Es as como quiero que te reveles a mi hermana. En vez de esto, te alejas de ella, huyes. Cmo puedes esperar que ella te descubra? Piensas que por s sola, sin que la ayudes un poco, llegar a apreciar tu verdadero mrito, ni comprender al hombre de gran valor que solamente mi padre y yo conocemos? --Sin embargo, no puedo ir a tirarle de la manga y decirle: Atencin, yo no soy un cualquiera! --Eh! Quin habla de eso? Veamos, por qu no has bailado con ella esta noche? Has pasado el tiempo vagando como un marido, de puerta en puerta, para concluir por refugiarte aqu. Esto es absurdo, permteme que te lo diga. --No, Jaime, procedo con lealtad. No es posible que yo asuma la actitud que me indicas, sin abusar odiosamente de los inmensos beneficios que he recibido de tu padre. S yo el destino que l aspira para su hija? Tengo la confianza del seor Aubry hasta el punto de que me trata como a un hijo; tengo una amplia libertad para hablar con Mara Teresa veinte veces al da y me aprovechara yo de estas circunstancias para ir a turbar la paz de su hija, procurando hacerme amar? No, mil veces no! Tanto ms, cuanto que esta vil seduccin parecera inspirarse en una especulacin abominable. No se sospechara que quiero aduearme de la fbrica de cristales y convertirme en el sucesor de tu padre, solicitando la mano de tu hermana? --Eres intratable! --Soy sensato. Tu hermana puede aspirar a todo. Quin soy yo para ella? Olvidas generosamente mi humilde origen, y la manera cmo tu padre me sac de la miseria; a m me toca acordarme! --Pero si Mara Teresa supiera... quien sabe si... --Escucha, Jaime: Vas a jurarme que no hars nada porque lo sepa. Sera odioso y cruel. Ahora le soy indiferente no me detestar si sabe que me atrevo a amarla? Amigo mo, te lo suplico, djala en la ignorancia. Si ella supiese algo, yo la perdera para siempre. No tendra ms esa confianza, ese abandono, que tiene cuando me habla; nuestras relaciones se haran tirantes, cesaran probablemente... Jaime, te ruego, puesto que me has arrancado esta confidencia, que guardes el secreto! --Te lo prometo. Pero no sera mejor que yo hablase? --Me perderas! No, no! cllate, por favor! Si hablas, dejo la casa, me marcho, huyo... --Bueno, est bien, no dir nada. Adis, Juan. Dentro de algunas horas estar lejos; abracmonos, pues pasar mucho tiempo antes que nos veamos. --Te deseo un feliz viaje, mi querido Jaime. Se unieron en estrecho abrazo. Luego, Jaime subi al vestbulo; su elegante silueta se destac sobre el resplandor del saln iluminado, y pronto desapareci entre la muchedumbre. Juan continu sus paseos, no ya ante la casa, sino a la sombra protectora de una doble fila de tilos, bveda sombra que desciende en suave pendiente desde el castillo hasta el Marne. Una dulce alegra, turbada por ligeros remordimientos, embarga su espritu. Sin dejar de sentir infinita gratitud hacia Jaime, por no haberse indignado cuando le revel el misterio de su corazn, lamenta no ser ya el nico dueo de su querido secreto. Teme que una palabra, menos an, una mirada, un gesto de Jaime, no sea una revelacin para Mara Teresa. Y eso, Juan, no quiere que suceda. No solamente se reprocha su amor a la seorita Aubry de Chanzelles, sino que su gran preocupacin subsiste: Si ella supiese que la amaba no cambiara de actitud hacia l? Ante esta dolorosa perspectiva, sus ojos se velan, su corazn se contrae de angustia, y murmura, desesperado: --Por qu no he tenido energa para negar? Qu esperaba? Que Jaime hiciera desaparecer la distancia que me separa de su hermana? Locura, locura! Con tal, Dios mo, que nadie sospeche la osada de mi sueo! Sufre, y su pensamiento evoca, con angustiosa lucidez, el lejano pasado. Se mira tal como era la tarde de invierno en que el azar lo puso ante el seor Aubry, en Pars, en el saln escolar del sexto distrito. Un extrao fenmeno de su memoria sobreexcitada le produce una reminiscencia exacta no slo de los hechos sino tambin de su estado de alma de nio. Experimenta casi la dolorosa opresin que paraliz su corazn y anud su garganta a su entrada en el saln profusamente iluminado. Muchos nios estn ah acompaados de sus madres o de sus padres; l est solo y se siente pequeo, triste, desgraciado. Los seores de la comisin escolar, sentados, tranquilos y solemnes, detrs de una ancha mesa cubierta con tapiz verde, se le figuran jueces, tan terribles, que trata de no ser visto; se esconde en un ngulo de la vasta sala. Suenan nombres lanzados por los ujieres; algunas personas se levantan, hablan, salen. Juan mira casi inconsciente; de pronto ve adelantarse a una mujer hacia la mesa. La voz del alcalde, seor Aubry de Chanzelles, llega por primera vez a los odos de Juan. El alcalde habla con claridad en un tono grave y benvolo. En vez de amonestar a aquella mujer, llamada a justificar las ausencias demasiado frecuentes de su hijo a la escuela, se afana en demostrarle la necesidad de velar sobre la instruccin y desarrollo de la inteligencia de los nios. Juan, tranquilizndose poco a poco, escucha con atencin. Cuando el seor Aubry, inclinado hacia la pobre mujer, la interroga con bondad, y luego oye las respuestas embrolladas de la desgraciada que se excusa de no poder mandar todos los das a su chico a la escuela, porque le ayuda en su trabajo, Juan no pierde una palabra de los consejos que le da el seor Aubry al explicar el verdadero inters del nio. La buena mujer, muy conmovida, se aleja sin poder responder. El gran saln se halla casi desierto. El seor Aubry va a levantar la sesin, cuando el ujier llama con voz sonora: --Juan Durand! Estas dos palabras, que hace tanto tiempo resonaron en el vasto saln de la alcalda de la plaza de San Sulpicio, por qu prodigio, su sonoridad llena an los odos de Juan? Se ve a s mismo acercarse a la gran mesa de tapete verde con paso vacilante, arrastrando sobre la alfombra sus gruesos zapatos clavados. Semejante a muchos chicuelos de Pars que han soportado duras privaciones, Juan se presenta con una figura flaca y demacrada. Intimidado y tembloroso, hace girar entre sus manos una vieja gorra color azul desteido, y se detiene ante la comisin. El alcalde examina sus notas con aire grave. Ah, desgracia! por qu su rostro se llena de severidad? --Qu significa esto, seor Durand?--interroga el seor Aubry.--Hace quince das que no se le ve a usted en la escuela. Por qu eso, eh? Juan baja la cabeza y con voz lastimera contesta: --Es porque mam estaba enferma y despus se ha muerto. --Muerto? --S. La llevaron hace tres das... Toda la severidad del alcalde desaparece; bondadosamente lo interroga: --De qu enfermedad ha muerto tu mam? Oh, cmo recuerda Juan la emocin con que aquella frase fue dicha! Sbitamente recuper la confianza y se hizo locuaz. --Fue un da que llova... en el mnibus... Estuvo enferma un mes; pero el mdico dijo en seguida que no poda hacerse nada porque estaba cansada de haber trabajado demasiado. --En qu trabajaba tu madre? --Era costurera para las tiendas. Cosa todo el da, y hasta por la noche. Yo quera trabajar para ayudarla, pero ella no quera. Deca siempre: Tienes que ir a la escuela para aprender. --Y tu padre? --Hace mucho tiempo que ha muerto tambin; era emplomador y se cay de un techo cuando trabajaba. --No tienes parientes? --No, nadie. --Despus que ha muerto tu mam en dnde vives? quin te da de comer? --La portera de la casa, porque me quiere mucho. Dijo ella a su hermano, que es carpintero, que me tomase de aprendiz, y ahora trabajo... El seor Aubry, pensativo, no lo escuchaba ya. Juan recuerda el miedo que sinti creyendo haber hablado demasiado. --Seores--dijo el alcalde dirigindose a los miembros de la comisin,--hemos concluido; pueden ustedes retirarse. Voy a ocuparme de este nio. Y cuando se qued solo con Juan, continu sus interrogaciones. --Te gusta trabajar de carpintero? --Uf! si me gusta?... el patrn es muy duro, cuando se emborracha pega fuerte. Juan no ha olvidado an la mirada llena de ternura con que el seor Aubry lo contempl durante largo tiempo, mirada penetrante y buena, que le dio valor. --Ven ac, Juan Durand. Puesto que el oficio de carpintero no te gusta quieres que yo sea tu patrn? --Usted? --S, yo. Juan recuerda que dijo con desenfado: --Pero si usted es el seor alcalde, no puede ser mi patrn... El seor Aubry se sonrea. --S, Juan, yo puedo ser tu patrn. Tengo una gran fbrica de cristales, y muchos obreros. T ya tienes edad bastante para comprender lo que te voy a decir; escchame con atencin. Yo he sido, como t, un pobre nio desgraciado. Como t, yo he tenido hambre, he tenido fro. Como t, yo encontr un hombre que me socorri. Me ense a trabajar y a tener perseverancia y valor, y ahora soy un hombre rico, considerado. Voy a hacer lo mismo contigo; te ensear a trabajar, y si tienes perseverancia y energa tambin sers rico. As diciendo, lo tom de la mano y march a hablar a la portera protectora del hurfano. Un mundo de pensamientos confusos agitaba el cerebro de Juan, estupefacto. En aquella misma hora, se asombraba de su suerte inverosmil, y en su corazn rebosaba la gratitud por los inmensos beneficios recibidos. Y para demostrar su reconocimiento ira a pedir a su bienhechor la mano de su hija? No! sera odioso, grotesco. No, jams confiar su amor ni al seor Aubry ni a Mara Teresa! Cualquiera que sea el destino que le reserve el capricho o la fantasa de la que ama, se consagrar a ella, en recompensa de la noble accin de su padre, que educ al hijo del pueblo, al hurfano pobre, con un esmero igual al que dedic para la educacin de su propio hijo. Reflexionando de esta manera, recordando el pasado, Juan llegaba ante su pabelln, situado al borde del Marne. Era un pequeo chalet de grandes ventanas y levantados techos de tejas rojizas. Mara Teresa haba sido casi su arquitecto, pues, cuando su construccin fue decidida, exigi que se copiase fielmente cierta casita pintoresca salida de la imaginacin fantstica de Kate Greenway. La noche hua, el da asomaba. El jardn dormido hasta haca un momento, en el seno de las tinieblas, empezaba a revivir; por el cielo se extenda la argentina aurora de una finura de tonos exquisitos; los pjaros piaban dbilmente, lanzando intermitentes cantos. El joven penetr en su casita en busca de un reposo que calmase la agitacin de sus pensamientos. II Pablo Aubry de Chanzelles haba dicho la verdad cuando se compar a Juan Durand. La impresin de piedad que sinti al contemplar al nio desgraciado, provena en gran parte de que, como l, haba conocido el abandono, el desprecio, la indiferencia y la miseria. Su abuelo, Eugenio Estanislao Aubry de Chanzelles, soldado de Napolen, al morir gloriosamente entre los hielos del Berezina, haba dejado una viuda y ocho hijos. Esta numerosa familia demand grandes gastos para ser educada y establecida. El padre de Pablo Aubry, ltimo hijo del hroe de la campaa de Rusia, habindose casado muy joven con una mujer sin dote, no tard en verse reducido a los ms mdicos recursos. Su naturaleza era delicada, y los tormentos de una vida difcil acabaron de arruinar su salud; luch algunos aos contra la mala suerte, pero la muerte lo arrebat pronto. Como todos sus esfuerzos haban fracasado, su familia se encontr, entonces, en una situacin vecina a la miseria. Su mujer no le sobrevivi mucho tiempo; Pablo y Matilde quedaban hurfanos. Estos nios fueron recogidos por un to sin fortuna, quien, para mayor desdicha, era un inventor desgraciado que slo se ocupaba en gastar sus ltimos pesos en extravagantes combinaciones qumicas. El oro desapareca rpidamente en las retortas, y, al cabo de muy poco tiempo, se encontr en la miseria, as como sus pupilos. Entonces fue cuando Pablo Aubry conoci das dolorosos. Su hermana Matilde pas a un convento, donde tenan una ta religiosa; pero l tuvo que entrar de aprendiz: lo colocaron en una tipografa. Vivi penosamente, pues el oficio era demasiado duro para un nio poco preparado para el trabajo fuerte. Adems, se hallaba en un ambiente hostil, bien diferente del suyo; le hacan pagar caro la blancura de sus manos y sus hbitos de persona bien educada. Cuando, por la noche, volva a su casa, dolorido de fatiga, se encontraba frente a su to, enloquecido y brutal, por el mal xito de sus experiencias. Luego tena que partir con este triste pariente su pequeo jornal y soportar todo gnero de recriminaciones. Cuando el seor Aubry de Chanzelles recordaba esta poca de su vida, en la que, dbil y abandonado, no entrevea ninguna esperanza de salvacin, senta an una viva emocin y se preguntaba cmo haba tenido fuerzas para resistir aquellas noches de fiebre y los malos tratamientos. Al fin, la dura prueba termin; un antiguo amigo de la familia de Chanzelles, compadecido de la situacin lastimosa en que vegetaban el to y el sobrino, ofreci a Pablo un puesto bastante ventajoso en la fbrica de cristales de que era propietario en Creteil. Pablo acept con alegra. Aquel trabajo le gustaba; se entreg a l por completo; teniendo la dicha de encontrar en el seor Bontemps, el amigo de su to, un director inteligente y bueno. Los inventos de su tutor, cuyas retortas ardan siempre, en busca de alguna quimera, haban familiarizado a Pablo con las preparaciones qumicas; de manera que en poco tiempo pudo hacerse til, y se hizo apreciar. Acababa de cumplir veintiocho aos cuando estall la guerra de 1870, que hizo sufrir al pas la vergenza de las derrotas. El seor Bontemps fue muerto en Gravelotte. A su lado, Pablo combati valientemente. Pasada la tormenta, se vio que estos horribles acontecimientos, la guerra primero, y luego la Comuna, haban herido mortalmente la fbrica de Creteil. Los hornos estaban apagados, las construcciones se derrumbaban; haban recibido las balas prusianes y las balas francesas. La familia Bontemps propuso entonces a Pablo prestarle una corta cantidad de dinero, para que tratase de poner la fbrica en actividad. Pero la suma que se le entreg era tan insignificante, que el joven tuvo que vencer las ms grandes dificultades. Empez por encender un horno, y con dos obreros; l mismo se puso a la obra. Los comienzos de la nueva cristalera fueron terriblemente penosos: los das de pago eran para el seor Aubry motivo de constantes angustias. Pero despus de algn tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y aumentar el nmero de sus obreros. Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho ms blanco que el Baccarat, que, con un tallado hbil, produca reflejos de diamante. Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fbrica. Lleg a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueo se permiti emprender obras de arte. Se revel ah, fabricante de genio, creador de obras maravillosas; as en los _vitraux_, inspirados en las antiguas cristaleras, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron xito creciente entre los buenos conocedores. Seguro de su porvenir, se cas. La mujer que eligi era hermosa, inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa se afirmaron, y no huyeron ms del hogar del infatigable trabajador. Haca doce aos que el seor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando encontr a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de los tiempos lejanos lo asalt violentamente, y estos recuerdos dolorosos abogaron con elocuencia en favor del hurfano. El nuevo propietario de la fbrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicacin de una deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La fisonoma franca del desgraciado nio le agrad, e hizo promesa de dar a Juan Durand la misma proteccin que l haba recibido de su antiguo patrn. III De esta manera fue como Juan entr de aprendiz en la fbrica de cristales de Creteil. El seor Aubry lo confi desde luego al guardin del establecimiento, un viejo obrero invlido, cuya mujer, como no tena hijos, acept gozosa la misin de cuidar al chico. Instalado as en familia, en una pequea casita a orillas del Marne, Juan se aclimat fcilmente a su nueva residencia. l, que conoca apenas el Sena, qued admirado de aquel ro que se ofreca a su constante contemplacin. Las hermosas campias que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrdulo y rebelde. Un sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadi; todas las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera de plegaria: Gracias, patrn! Y dicho esto se dorma en plena felicidad. Poco tiempo despus, Juan era el nio mimado de la fbrica. El patrn lo haba recomendado a todos los jefes de seccin, y como el chico era inteligente y activo, se granje rpidamente la amistad de todos. Un da, sin embargo, sucedi que un obrero le dio algunos golpes. El estado de ebriedad en que se hallaba no le vali de excusa ante el seor Aubry, que lo despidi. Desde ese da, el sentimiento de Juan hacia su protector se convirti en verdadera idolatra. Los actos justos conmueven infinitamente a los nios. Por segunda vez, el seor Aubry hera el corazn de su protegido. Entretanto el seor Aubry se encariaba cada vez ms con aquel hurfano que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le ofreca la ocasin. Pero precisamente porque el seor Aubry comenzaba a interesarse seriamente por el nio, quera formarlo, como haba sido formado l mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso en condiciones de completar su instruccin, a fin de que se convirtiera en un qumico bastante prctico para auxiliarlo en sus experimentos, as como tambin en un dibujante bastante hbil para crear formas originales. Le procur maestros, le suministr libros y le facilit todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dcil, aprovechaba las lecciones, los consejos, y pona tanto celo en sus estudios como en el trabajo de operario. La fbrica fue bien pronto la nica ocupacin personal de Juan: no la abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en ella; la escudriaba, la recorra en todos sentidos, cuando, terminado el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a s mismo. Nadie conoci tan bien como el pequeo operario los pasajes secretos ni los rincones del gran establecimiento. All estaba en su casa, era dueo de ir donde mejor le pareciera, examinando todo, interesndose por todo, tomando conocimiento de todo lo que exista en ella hasta en los escondrijos ms oscuros y olvidados. La experiencia que Juan adquiri viviendo constantemente en esta labor, lo puso en breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero. El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jams, y que le haban causado gran estupor la primera vez que los vio. No se cansaba de admirar las gruesas y pequeas puertas, que daban, al parecer, sobre el infierno, y nada para l igualaba la destreza del obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caa larga, o moldeaba con hbil ademn el cristal en fusin. Todas las operaciones diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y lquida, lo interesaban con pasin, y de esta suerte se desarrollaba en l una alma de artista, prendado de su arte. Durante el tiempo de su aprendizaje no dej un solo instante de tener la ms perseverante energa. Para recompensarlo, el seor Aubry lo envi a trabajar algunos meses en las principales cristaleras de Bohemia e Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los mtodos de fabricacin, y facilitarle el estudio del alemn e ingls. En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destac; adquiri en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada en la posesin de la ciencia de su arte. Todo esto lo deba al seor Aubry. A medida que avanzaba en la vida, consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino al hombre excelente que lo haba recogido y educado, senta hacia su protector una afeccin sin lmites. Este culto libr a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El ascendiente de su patrn lo mantuvo en la va recta, y con su temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por completo, con su conducta, a quien deba todo. Desde que el seor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa del hurfano, no vacil en admitirlo en su casa, para perfeccionar su educacin moral. La seora Aubry se prest maternalmente a desempear esta tarea; adems de ser muy cariosa con el joven, le dio consejos, lo oblig a vencer su timidez, y lo anim a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su corazn. Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los das festivos en el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle Vaugirard, frente al jardn del Luxemburgo. Pero el principal atractivo que encontraba all, era la presencia de los nios de Aubry, Jaime y Mara Teresa. Jaime, muchacho gordinfln y bullicioso, se encari en seguida con este camarada calmoso y fuerte que se someta a sus caprichos. Su amigo Juan se le hizo indispensable. No tard el nio pobre y reflexivo en tener una ligera influencia saludable sobre el nio rico. En cuanto a Mara Teresa, demasiado pequea para ser otra cosa que un desptico baby, era gran favorita de Juan. Nunca haba visto nada tan lindo como esta criatura, deliciosa mueca blanca y rosada, primorosamente vestida con sedas, bordados y encajes, que le sonrea siempre que la tomaba en sus brazos. Los nueve aos que lo separaban de Mara Teresa lo convertan en un hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dej de apercibirse de la impresin que produca en Juan, que permaneca extasiado ante su gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequea princesa acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se someta, sin vacilar, a sus caprichos ms fantsticos o imaginaciones ms locas. Para contestar a su exigente seora, tena que practicar todos los oficios: encolador de muecas rotas, remendn de juguetes destrozados en momentos de clera; unas veces haca de cochero, otras de caballo, de payaso, de oso, de mago, etctera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la chicuela. El apego que los nios demostraban hacia su amigo, hizo ms necesarias sus visitas a la casa. Mara Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el domingo, da en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de cristal, fabricados expresamente por l. Si, por acaso, Juan no poda salir de la fbrica, la presencia de sus primos Bertrn y Diana Gardanne no bastaba a consolar a los nios de la ausencia de su gran camarada, tan ansiosamente esperado, y que tena el secreto de divertirlos sin contrariarlos jams. Se entristecan y no jugaban. Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado ms a menudo al hotel de la calle Vaugirard. Despus, poco a poco, sus buenas condiciones le atrajeron la simpata general, y el seor y la seora Aubry, habiendo observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban como miembro de la familia. Transcurrieron los aos. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su amor al trabajo y a su disposicin para los negocios, obtuvo un puesto preferente en la fbrica. El seor Aubry, que lo apreciaba cada da ms, concluy por nombrarlo subdirector para procurarse algn descanso. El seor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinacin; comprob muy pronto que Juan posea dotes naturales que no se adquieren fcilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de administrador. El joven se convirti en su alter ego, en quien poda confiar con toda seguridad. Juan sera el continuador de su obra. Su naturaleza leal, su espritu estudioso, su vida entera pasada en la fbrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le haban formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio haba en l; marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los veintinueve aos representaba el tipo del hombre que por el doble trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posicin de una individualidad superior. Era un hombre fuerte: poda ganarse la vida con su labor manual; era un intelectual tambin: merced a los conocimientos adquiridos, su inteligencia creadora haba sabido encontrar formas nuevas en un arte antiguo. Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fbrica y a la familia de Aubry; pero si no haba sentido tentaciones de ampliar este crculo estrecho, de buscar fuera de l, el ideal a que todo hombre aspira, era porque lo tena en ellas. Desde haca muchos aos, su pensamiento se haba acostumbrado a gozar con la presencia de Mara Teresa, y la influencia misteriosa de la joven se afirmaba en l de una manera lenta, oscura, inconsciente, pero segura. Mientras Juan se absorba en esta vida seria, como la juventud dichosa y alegre de Jaime y de su hermana, exiga mayor expansin, los Aubry transformaron poco a poco su gnero de existencia; recibieron ms gente, y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparicin en aquel hogar hasta entonces casi austero. A Juan le fue dado contemplar los ms hermosos ejemplares de la gente del gran mundo, de la que haba odo hablar, pero que desconoca. Todos aquellos desocupados, aquellos intiles, se daban delante de l aires de gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy observador, sinti en breve cerca de ellos un sentimiento de inferioridad que le hizo pensar. Se apercibi de que su aspecto y sus maneras, contrastaban con las de aquellos jvenes tan seductores exteriormente. Se vea en seguida que no haban sido obreros, ellos. Saban vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta privilegiada de que procedan. Entonces, poco a poco, Juan se repleg sobre s mismo y se alej de la casa, para huir de estos contactos dolorosos. Los Aubry que lo queran mucho, atribuyeron primeramente a su carcter hurao, su obstinacin en no aparecer por el hotel sino cuando saba que estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia l, pero dejaron que procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso, lo haba embargado. Cmo podan conocer su pesadumbre, ellos que tenan a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas? Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimacin se haca cruel. El corazn sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su penetracin, y Juan se sorprenda de sentirse, de pronto, tan lejos de ellos. Pensaba:--Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo enfermara se alarmaran, pero nunca adivinarn el dolor moral que me ahoga... Conocern nunca mi corazn? Ah! si supieran hasta qu punto sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazn, si supieran cmo los amo. No se sorprenderan de mi audacia? Y con el alma destrozada, el espritu quebrantado, el pobre joven, desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:--Mara Teresa... Mara Teresa! * * * * * Cmo, por qu Mara Teresa, con su instinto de mujer, nada haba visto? Porque era dichosa y nada atrofa tanto el corazn como la felicidad. Slo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Adems, la joven estaba tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecan perfectamente naturales. No habra acaso tambin en el fondo de aquel ser de gracia y de belleza, algn otro sentimiento? Aunque Juan se hubiera transformado, no permanecera siendo para ella, el hombre del pueblo que deba su elevacin a la generosidad del seor de Chanzelles? Ciertamente, Mara Teresa no manifestaba claramente esta especie de menosprecio; pero su atavismo y su educacin aristocrtica, ahondaban el pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurran los aos, la fuerza de las cosas tenda a separarlos. Juan tena conciencia de esto, mientras que Mara Teresa, acostumbrada a la adoracin respetuosa de su amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el corazn del nio salvado en otro tiempo por su padre. As, cuando algunos das despus del baile, Juan acompa a los Aubry de Chanzelles a la estacin, la joven no se sorprendi de encontrar un ramo de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecan en un artstico vaso de cristal, en el vagn que el seor Aubry haba encargado para el viaje, como tampoco se admir de hallar helados de aromas variados, en las pequeas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el teatro. Dijo simplemente: --Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mo. Y como l se excusase respondiendo framente: --Esto es completamente natural; yo s que a su mam le gustan las flores. --Pero y los helados? --Oh! no me he olvidado que cierta seorita era muy golosa, en los tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condicin de que yo no comiese nada. Se rieron. Luego, Mara Teresa repuso: --Yo ya no soy golosa... --Pero aun le gustan los helados! --Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta rosa, que la llevar consigo todo el da, para que le recuerde que ha sido mordaz con su antigua amiga... Vamos, adis! Subi ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, baj el vidrio y tendi su mano al joven; l, en equilibrio sobre el estribo, la tom en la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel dbil lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a Mara Teresa. Juan salt al andn, la contempl durante un instante con pasin y saludando por ltima vez se perdi entre la multitud. Mientras el tren se pona en movimiento, la seora Aubry murmur: --Qu excelente joven es Juan! --Ciertamente! Y hombre de gran mrito, adems, querida esposa. --S, un excelente amigo, madre. Para m es como un hermano mayor, ms atento que Jaime, pero a veces un poco severo... no es verdad, pap? --Es todo un hombre... Alcnzame el diario, hija ma. Mara Teresa le entreg el diario, rindose del aire de conviccin con que el seor Aubry haba pronunciado: Es todo un hombre... --Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a m me quieres ms, cierto, pap querido?--dijo besando a su padre. El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombro de desesperacin. --Dios mo!--murmuraba en su interior--cmo librarme de la constante, de la abrumante idea que me domina! Mi corazn sufre hasta convertirme en un alucinado. Ella no pensaba en nada al darme por ltima vez la mano!... Pero yo, yo! Con tal que no haya sentido el estremecimiento de la ma! Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! Ah, no; todo menos eso! Y un pesar tan grande lo invada, ante la sola idea de permanecer tres meses sin verla, que haba preferido seguir sufriendo como en el tiempo pasado, a la angustia de la hora presente. IV Los Aubry dejaban, pues, a Creteil, en los primeros das de julio, para instalarse en su villa de Pervenches. Construida sobre una de las barrancas gredosas que rodean la playa de Etretat en semicrculo pintoresco, este chalet blanco domina el mar, y hacia el otro lado, el jardn, de verdes campos sembrados de flores, desciende en suave pendiente, flanqueando una amplia alameda, hasta la carretera de Bennville. Durante la estacin de baos, Etretat es una estacin encantadora. Mara Teresa encontraba all numerosos amigos; adems, Diana y Bertrn Gardanne, sus primos, pasaban all tambin sus vacaciones. Toda esta brillante juventud llevaba a la casa de campo de los Aubry, una vida alegre y feliz. Algunas semanas despus de su llegada, reinaba gran animacin en el jardn. Jugando el tennis, Bertrn, en un match con el campen invencible Roberto Milk, se dejaba batir vergonzosamente por la Inglaterra, ante los ojos atentos de su amigo d'Ornay, experto jugador, quien, furioso, le diriga vivas recriminaciones. Mara Teresa, Diana, Mabel d'Ornay, Alicia y Juana de Blandieres, conversaban en la terraza, reclinadas en rocking-chairs. --No ha hecho usted prevenir a Max Platel que hoy nos reunamos aqu, por la tarde, Mara Teresa?--pregunt con aire ansioso la linda Mabel d'Ornay. --Tranquilcese usted, Mabel--se apresur a contestar la burlona Diana;--ha sido prevenido por orden ma. Qu extraa idea tiene usted de nuestra manera de comprender los deberes para con los huspedes, para suponer que Mara Teresa y yo no trataramos de procurar a nuestras amigas el mayor placer posible! Y como Max Platel constituye el atractivo de la playa, por el momento a lo menos, sera preciso ser muy ignorante o muy culpable para no servirlo con el t, los muffins y los bombones a la violeta. --Por qu esa correlacin?--pregunt Alicia de Blandieres.--Acaso Max Platel es un literato a la violeta? --Max Platel?... es un amigo excelente--interrumpi Mara Teresa. --Oh!--exclam Diana--para mi prima todas las personas que recibe son sagradas, no es permitido tocarlas, ni aun con rosas sin espinas! Pero se puede ser un amigo excelente y hacer mala literatura: son cosas que no tienen nada de incompatible. --Encuentras que es malo lo que escribe? Pues no se creera, porque no le escatimas las felicitaciones! --Adems--dijo la seora d'Ornay, joven casada haca pocos meses,--me imagino que usted no ha ledo todo lo de Platel: escribe poco para las seoritas. --Diana no habla sino por lo que se dice--respondi Mara Teresa;--sus crticas se refieren a los juicios de los inteligentes y en tales asuntos las opiniones son diversas. --Pues no es as--interrumpi con viveza Diana,--yo tengo mi opinin personal; he ledo, de Platel, _El Valle de los Lirios y La Aventura de la seora Tarbes_. --Entonces, si lo has ledo, no has comprendido, y viene a ser lo mismo que yo te deca. En cuanto a m, soy de la opinin de los que, sin haberlo ledo, encuentran que tiene talento. Diana estaba mortificada, pero Mabel d'Ornay triunfaba. Desde el principio de la estacin, Max Platel se mostraba muy solcito con ella; la joven estaba envanecida, pues el novelista a un exterior atrayente reuna una reputacin lisonjera, y la circunstancia de que se le reconociera talento, aumentaba el mrito de sus atenciones. --Y nuestro amigo Huberto Martholl cmo es que no se encuentra ya aqu?--pregunt Diana.--Generalmente, cuando nos reunimos l es el primero en llegar. --Ah, s!--dijo con animacin Juana de Blandieres,--tengo muchos deseos de verlo, a ese Huberto Martholl de quien ustedes hablan tanto! --Cmo no conoce usted al hermoso Martholl? --Estamos aqu desde hace dos das solamente, y hoy es la primera vez que salimos. Hemos trado tanto equipaje que no podamos encontrar nada de lo que necesitbamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino en traje de viaje. --Naturalmente el exceso de bales es un estorbo!--repuso Diana.--Si usted no hubiera trado ms que uno, encontraba en seguida el vestido que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le hubiera sido presentado, habra usted bailado con l, y hoy sera para usted una relacin antigua, mientras que ahora rescatar el tiempo perdido? --Bah! no creo que sea tan grande el perjuicio! --Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por aqu?--pregunt Juana de Blandieres. --S, ha venido a vernos. --Se quedar mucho tiempo? --Creo que unos quince das. --Oh! no es mucho; habr que decidirlo a pasar toda la estacin; hay tan pocos flirts interesantes... --Ya ver usted qu chic es--dijo Diana.--Pero, ah viene con Platel: puede empezar a contemplarlo. --Hacia el extremo de la larga avenida, dos jvenes avanzaban. El uno era pequeo y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, fro, era infinitamente ms elegante. Cuando se aproximaron para saludar a las jvenes, todas ellas los recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin a quienes se espera. --Y bien! pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!--dijo aturdidamente Diana, despus de la presentacin de Huberto Martholl;--hace una hora que suspiramos por turno: Vendrn? Les has avisado? Con tal que no se hayan olvidado! Me gustara ser esperada con tanta ansiedad. --Pero, seorita--respondi Platel sentndose al lado de la seora d'Ornay,--estoy cierto que cuando usted no est, son esos los sentimientos que se manifiestan... --Lo cree usted?--replic Diana.--Yo pienso que un novelista vale por varias mujeres lindas. Aunque el literato sea algo menos raro, hoy, que tanta gente se entromete a escribir, es, sin embargo, un artculo suyo muy buscado en el mundo; se lo arrebataban. Las mujeres lindas adornan, es cierto; pero los hombres de talento adornan de un modo ms interesante. --Usted quiere enorgullecerme, seorita Diana. Esta acogida me confunde. Pero le ruego que no contine tejindome coronas; me conozco, no me resolvera nunca a dejar un sitio donde la permanencia es tan agradable. Luego, mirando a las jvenes con aire de admiracin: --Seoritas, ustedes tienen el secreto de hacerme feliz; sus palabras destilan la miel de la lisonja, y son ustedes tambin el placer de los ojos. Dime, Martholl--y se volvi hacia su amigo que se haba sentado entre Mara Teresa y Diana,--Puede verse algo ms hermoso, ms encantador que este grupo de nias? Se dira que estn vestidas con ptalos de flores, tan delicados son los colores que llevan. Huberto se sonri asintiendo, en tanto que su mirada contemplaba con manifiesta satisfaccin el pequeo crculo. Platel continu: --No sabra expresar hasta qu punto soy esclavo de la belleza. Los tonos armoniosos son para m sinfonas exquisitas que me encantan, en tanto que la reunin de ciertos colores y formas hacen rechinar mis nervios como el chirrido de una sierra al cortar la piedra. Sufrir de esta manera ante la fealdad de las cosas, es pagar muy caro el placer de buscar la belleza en sus manifestaciones diversas, por desgracia demasiado fugaces, frecuentemente. Yo soy Pan persiguiendo a Syrinx; pero hoy he cazado a la diosa, puesto que puedo contemplar a mi gusto estas formas graciosas adornadas con arte delicado. --Cunta razn tenamos en esperarlo a usted con impaciencia--suspir la seora d'Ornay;--no hay como usted para pronunciar palabras lisonjeras. Max Platel, sintindose en disposicin de dar una conferencia, y halagado por su xito, que lea en las sonrisas plcidas y en las miradas atentas de su auditorio femenino, continu: --Las mujeres no se imaginan bastante, creo, la importancia de la esttica en el vestido. No es que las acuse de falta de coquetera, oh, no! Lamento solamente que no tengan siempre el gusto seguro. Hay muchas personas que, como yo, viven principalmente por los ojos; debera tenerse cuenta de ellos y cuidrseles la decoracin. En nuestra poca toda la fantasa, toda la alegra del color, se ha refugiado en el vestido femenino, puesto que nosotros no somos ya ms que tristes maniques, todos iguales, negros y dibujados por igual. --Ah! permteme, querido amigo--interrumpi Martholl.--Con algn empeo y gusto personal, se puede obtener gran resultado de estos nfimos elementos. --Dices esto para hacernos notar que t has sabido realizar ese prodigio? --Puede ser!--murmur Martholl sonriendo.--Un hombre hbil no debe jams desperdiciar la ocasin de hacerse valer. Las miradas de las jvenes le daban razn; se posaban con simpata en su elegante persona, admirando su irreprochable traje de verano, desde la corbata de batista clara hasta el barniz de sus zapatos amarillos donde se reflejaba el cielo. --Admitamos que Martholl sea una excepcin y que se afana por vestirse para deleitar a sus contemporneos; en cuanto a ustedes, djenme darles un consejo, mis encantadoras amigas: preocpense siempre de ser lo ms hermosas posible; piensen en el placer que nos causan con un adorno feliz. --Platel, deba usted habernos prevenido; esto es una conferencia. --Seguramente... --Entonces, voy a servirle una taza de t en reemplazo del vaso de agua clsico de los oradores--dijo Diana levantndose. --Acepto, seorita, y contino: observen ustedes cmo el vestido entristece o alegra una poca: la gente deba divertirse poco en la corte de Felipe II, bajo la austeridad del terciopelo negro! Y hay que convenir en que, a pesar de las escenas sangrientas de la Revolucin y las cabezas cortadas durante el Terror, no nos horripilan estos espectculos, en los cuales las vctimas aparecen engalanadas con gracia ligera y voluptuosa, empolvadas y vestidas de sedas claras. Estos espectros nos conmueven, pero no nos espantan. Imaginmonos qu cosa ms horrorosa sera una revolucin hoy, entre toda esta gente difrazada con nuestros trajes modernos, imposible de evocar trgicamente con aires de pera! --La Revolucin!--exclam Mabel d'Ornay, simulando un temblor de espanto para acercarse al joven novelista.--Brrr! espero que ya no habr jams otra. Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? No tiene todo lo que le hace falta? --Oh, Mabel!--intervino Mara Teresa,--puede usted decir eso! Hay tanta miseria todava!... Me sorprende que todos los que se mueren de hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos... --Culpables?... culpables de qu? --De preocuparnos muy poco de sus sufrimientos; nosotros, los burgueses, los ricos de hoy, no comprendemos mejor nuestro deber que los nobles el suyo antes de la Revolucin. --Yo soy de la opinin de Mabel--dijo Diana.--Me pregunto qu otros privilegios podra reclamar el pueblo: acaso cualquiera, por pobre que sea, no llega, si tiene carcter y ambicin, a ser rico y obtener todo lo que quiere? Mira, sin ir ms lejos, Juan Durand a quien esperamos esta noche, es un ejemplo vivo del hombre del pueblo que sabe vencer; el porvenir es suyo. --Ciertamente--repuso Mara Teresa con viveza,--pero debas agregar que el hombre del pueblo tiene que reunir a una inteligencia nativa, una suma de trabajo, de energa y de paciencia poco comunes, para llegar a una posicin igual a la de Juan. Adems, Juan tuvo la suerte de encontrar a mi padre quien lo dirigi y sostuvo. --Quin es ese Juan? --Un nio abandonado, que mi padre recogi en otro tiempo y que ha sabido adquirir en nuestra cristalera de Creteil, la ciencia completa de su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rara facultad de asimilacin sigui los cursos nocturnos y aprovech toda ocasin de instruirse. Habla el ingls, el alemn, y actualmente es subdirector de la fbrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y lo obedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza. --Pero ese hombre es un prodigio entonces! --No se entusiasme, Alicia--dijo Diana;--un prodigio, quiz; pero seguramente un flirt imposible. --Es feo? --No, hasta es hermoso a su modo; no se le podr reprochar que sea enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio, severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo. --Por qu dices eso?--exclam Mara Teresa, dirigindose a su prima con cierta vehemencia.--Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no est bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Est tan ocupado, que no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no puede realmente tener el aire de un clubman. --La seorita Mara Teresa defiende admirablemente a sus amigos--observ Platel;--esto provoca el deseo de aumentar el nmero de ellos. Mara Teresa tendi, sonrindose, la mano al joven. --Usted figura en el nmero, Platel; en efecto, creo ser una buena amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo dems, usted va a conocer a Juan; llega esta noche y pasar algunos das con nosotros. Ustedes podrn apreciar por s mismos, que es merecedor de todas las simpatas. --Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma--dijo Huberto Martholl, que no perda un solo movimiento de la joven. La conversacin fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron hazaas que nadie escuch, y formaron crculo aparte. Despus, cuando los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches, muffins, dulces, t y vino de Madera, todo el mundo se levant. Alicia de Blandieres se aproxim a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay, para decirle a sta, en tono de confidencia: --Oh! querida ma, es exquisito, su Huberto Martholl. Mabel d'Ornay se ech a rer: --Mi Huberto Martholl! con qu posesivo comprometedor lo califica usted!... Vaya! ya est usted conquistada, mi pobre Alicia! Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jvenes, nuestro amigo. Alicia tom cmicamente la mano de la joven, y sacudindola con fuerza: --Qu hermoso ejemplo de desinters da usted, Mabel, no atesorando sus flirts y ponindolos a la disposicin de sus amigas! --Pero, si Martholl no es mi flirt--gimi Mabel, mirando con inquietud hacia Max Platel. --Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar--continu alegremente Alicia.--Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de llegar primero para plantar la bandera vencedora. --Ah!--exclam Diana,--despus de esto, nadie se atrever a afirmar que la juventud femenina no es colonizadora! La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrn Gardanne que iba a recibir a Juan, todo el mundo se dispers, dndose cita para la noche en el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. Mara Teresa baj sola poco despus; quera estar all para recibir a Juan. Algunos das antes, Jaime haba escrito, desde Budapesth, que crea que Juan pasaba por una crisis moral, que deban atenderlo un poco, as como deban convidarlo a pasar unos das en Pervenches. Inmediatamente la joven rog a su madre que invitase a Juan, y ste acept la invitacin porque, con el fin de sacudir su preocupacin moral, haba resuelto visitar por segunda vez las cristaleras de Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobacin del seor Aubry. La hora de la llegada del tren se aproximaba. Mara Teresa pens que Juan se alegrara de la prueba de amistad que le daba saliendo a su encuentro. Vera, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa dulce y feliz que tena siempre cuando la vea. Despus de haber cortado algunas flores en el jardn que rodeaba la casa, se sent ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado y esper. Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque vea con menos frecuencia que antes al compaero de su infancia, le conservaba mucha afeccin. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven consideraba lejano, le venan a la memoria; pero como el ambiente en que viva por el momento, haca predominar en ella las impresiones mundanas, pens de pronto en lo que su ta haba dicho un da, al or alabar las grandes cualidades de Juan: --Juan Durand, es quiz un carcter, pero nunca ser un hombre de mundo, a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instruccin que le hacen dar. Para una joven de veinte aos, por sensata que sea, el joven que no es un lindo maniqu acicalado, buen bailarn y diestro jinete, pierde mucho de sus mritos. Mara Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del ningn valor del juicio de la seora Gardanne, pero a pesar suyo estaba preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distrada el crepsculo que descenda lentamente hacia la tierra, la idea de la obligacin en que se vera de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente. Suspir con real inquietud. --Con tal que no se le ocurra bailar!--pens. En esto su temor era vano. Juan conoca tan bien lo que le faltaba para figurar en sociedad, que se haba convertido casi en un salvaje. En un principio se haba irritado contra s mismo. Aislado y solitario despus, se desahogaba juzgando framente la vaciedad y frivolidad de las palabras y actos mundanos. El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvi a Teresa la nocin del momento presente. Ante la escalinata, Bertrn salt al suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de ver a la joven. Esta avanzaba hacia l, cordialmente, tendindole las manos. --Gracias, por haber venido... Espero que se quedar algn tiempo con nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aqu no hay que pensar sino en descansar y en divertirse no es verdad? Juan no contest en seguida. Al fin consigui dominarse y con voz casi exenta de vestigios de emocin dijo: --Usted es demasiado buena en aadir estas palabras de bienvenida a la amable insistencia que han tenido en invitarme el seor y la seora Aubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar; sera hacerme un mal servicio. Mi trabajo es mi sola razn de ser. Para qu servira yo, si no trabajase? Al pronunciar estas ltimas palabras, Juan no pudo reprimir cierto acento de amargura, como si se burlase de s mismo. Mara Teresa not la ligera tristeza que trascenda a travs del aire feliz de su amigo. --Venga, Juan--le dijo tomndolo por la mano;--voy a conducirlo a su habitacin. He elegido la que tiene ms linda vista; por la maana, cuando abra los ojos, ver el mar; eso lo distraer de los horizontes de la fbrica. Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, la segua lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abri una puerta y mirando a su compaero, dijo: --Aqu est su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo de todo corazn que sea usted mi prisionero por mucho tiempo. Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le haba tomado para aliviarla, ella arranc del ramo unas rosas, que le entreg, agregando: --Tome usted para su _boutonnire_, y ahora apresrese, que la campana de la comida sonar dentro de media hora. --Guardo estas flores porque tienen para m el mrito de venir de sus manos; pero yo no sabra llevarlas con gracia en mi _boutonnire_, como sus elegantes amigos; estara ridculo. --Por qu?--interrog Mara Teresa simulando no comprender.--Son ideas que usted se hace; djeme colocarle las flores... Y Juan vio con emocin, aquellas pequeas manos colocar hbilmente sobre la solapa de su vestido las fragantes rosas. --Mire un poco--dijo sonriendo la joven.--Est usted igual a esos jvenes tan elegantes!... Hasta luego; lo esperamos en el hall. Media hora despus la familia se encontraba reunida, y Juan reciba de todos una acogida afectuosa. La seora Aubry tom su brazo para pasar al comedor; el seor Aubry se coloc entre las dos jvenes y se apoder alegremente de un brazo de cada una de ellas, en tanto que Bertrn y Martholl, invitados ese da, seguan muy correctos. Estos jvenes, al lado de Juan, ofrecan un visible contraste: delgados, plidos, delicados, parecan no haber nacido para la lucha. Las finas siluetas de hijos de familia, holgados dentro del smoking, hacan resaltar la fuerza muscular de Juan. Sus anchas espaldas, su rostro enrgico tenan cierta belleza, una belleza viril que haca dominante su mirada luminosa, sbitamente dulcificada, hasta la ms infinita ternura, cuando se posaba sobre Mara Teresa. Pero Diana tena razn; Juan no era el joven sociable y seductor que Alicia de Blandieres hubiera querido que le fuese presentado, a la noche, en el Casino. Alicia no habra mirado con buenos ojos a aquel caballero poco elegante, poco versado en la ciencia de las actitudes, e ignorante de la moda que rige, como soberana, los movimientos de los saludos y de los _shakehands_. Juan, al lado de Bertrn y Huberto, reclamos vivientes de sus sastres, pareca un hijo del pueblo, de ese pueblo que es carne y sangre de la nacin, y se destacaba entre aquellos dos jvenes incoloros pero selectos. De toda su persona, tallada vigorosamente, emanaba como una promesa de proteccin fsica o moral; su aspecto confortaba, y su fisonoma inspiraba confianza. En la mesa, sentado entre Mara Teresa y la seora Aubry, produca la impresin de la fuerza serena y tranquila, mientras escuchaba, sonriendo, las frases que revoloteaban a su alrededor. Apenas terminado el primer plato, el seor Aubry le dirigi la palabra. --Y bien, amigo mo, qu hay de nuevo en la fbrica? Tus ltimas cartas eran un poco lacnicas. Me debes algunos detalles. --Oh! pap--exclam Mara Teresa,--por favor, espere usted a estar solo con Juan para hablar de sus asuntos. Adems hay que dejarlo descansar a este pobre joven; le hace falta. Aqu, hay una tregua; son las vacaciones; no se habla de la fbrica. Al or a su hija, el rostro del seor Aubry se haba oscurecido. --Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y lo siento mucho. Habra sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido un hijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivar este arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espritu. Un buen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio y un hombre de accin. Ah tienes, hija ma, un programa, que seguramente no realizar un cualquiera. No tengo razn, Juan? Y como Juan aprobase con una inclinacin de cabeza, el seor Aubry continu: --Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le son indiferentes. Ah, no! siente en su alma la misma pasin que yo por el cristal. Cmo nos entendemos! Lo que hemos trabajado juntos al resplandor de los mismos hornos, cspita! Y es de la raza de aquellos hombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales. --Usted exagera, seor--respondi Juan;--cristalero, sea, pero caballero, no. Esta denominacin le sienta a usted mejor que a m! S, yo amo a nuestra querida cristalera. Solamente que comprendo que no se diviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en las ridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante de personas que ningn inters tienen. Adems, aunque el estado de cristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes. Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, qu sera de nosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habra trabajado el cristal sin conviccin, en tanto que ser un soberbio abogado, bajo su toga. Y podr sernos til si tenemos pleitos, l nos defender. --Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios. Prefiere las causas sensacionales. --Yo s lo que le conviene a Jaime--interrumpi Diana:--un hermoso crimen con un asesino difcil de defender. Lo que hace la reputacin de un abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas de resonancia. Se habla ms de los que dejan guillotinar a sus clientes, que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime se dedicar a la clientela de la Corte de Asises. La seora Aubry la interrumpi para dirigirse a Juan. --Dime, hijo mo, espero que te quedars con nosotros algunas semanas. Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quiero verdaderamente que pases aqu la estacin entera de baos; s que tendrs gran placer... --Mi mayor placer es estar con ustedes, seora, usted lo sabe bien; pero el reposo no me conviene. No s qu hacer cuando no me entrego a mis ocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayor tiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil. Antes de salir de all, he organizado todo, y para el trabajo corriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No es solamente en previsin de una permanencia en Pervenches, por lo que he tomado estas disposiciones; tengo la intencin de volver a visitar las cristaleras de Bohemia. He odo hablar de nuevos procedimientos de fabricacin; querra examinarlos, para someterlos a su aprobacin, mi querido protector. --Bien, amigo mo, reconozco ah tu espritu de iniciativa; pero por el momento, no veo la necesidad... --Oh! no, to--exclam a su vez Bertrn,--no vuelva a caer en sus historias de cristalera. Un poco de paciencia, que pronto vamos a dejarlos solos; entonces podrn conversar libremente y ocuparse de sus negocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos, pero es intil enterarnos de cmo se hacen. Mi intervencin es de mera prudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantes llegaremos a las combinaciones qumicas, y como no entendemos nada, ustedes habrn hablado sin provecho para nadie. --Vaya--dijo Juan festivamente,--no hay nada que hacer, tenemos un mal pblico! Cuando se levantaron de la mesa, Mara Teresa se acerc a Juan y le pregunt si quera acompaarla al Casino. --Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy a quedarme con su pap. Soy un ser hurao, me gusta poco la sociedad. Cree usted que yo consentira en darle la molestia de mezclar mi persona a travs de sus relaciones balnearias? Tendra que presentarme a sus amigas qu tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincn, usted se creera obligada a dejar a sus amigos para venir a conversar conmigo. Sera, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que me permita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardn, hablando de cosas que nos interesan. --Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad para abandonarnos? Mara Teresa fue interrumpida por Diana: --Y bien! cundo acabarn de hablar en ese rincn los dos? Sabes? son ya las diez... No partiremos nunca, ta? --Las estoy esperando, hijas mas--respondi la seora Aubry. --Juan, aydeme usted, entonces. Y Mara Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur de Irlanda. Despus de haberlo colocado delicadamente sobre los frgiles hombros, Juan retrocedi, diciendo con admiracin: --Parece usted una reina, Mara Teresa! Ella se sonri, y le tendi las manos: --Pero muy pobre reina, pues no s hacerme obedecer. Juan la acompa hasta el coche, donde se hallaban ya la seora Aubry y Diana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendo a travs de los rboles, qued all inmvil, como si aquella forma pura y blanca le hubiera arrebatado el espritu. Senta ahora no haber ido. Por qu no haba querido acompaar a Mara Teresa al Casino? No era su ms grande felicidad verla, estar a su lado? Qu necedad dejar escapar aquellos minutos preciosos en que la habra visto vivir y moverse en aquella decoracin de lujo y alegra! Sin embargo, haba sido prudente no acompaarla; conoca demasiado, por haberlo experimentado ya, el suplicio de verla en un baile. Qu celos tan espantosos sufra cuando la vea, amable, sonriente, y siempre rodeada de jvenes! En estas ocasiones se haba dado cuenta del estado de su corazn. En un principio, desesperadamente, haba tratado de luchar contra aquel sentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconoca el derecho de abrigar. Si bien los aos haban transcurrido, modificando su situacin y dndole la esperanza de un hermoso porvenir, crea que para los Aubry, l era siempre el nio pobre recogido por caridad. En cuanto a Mara Teresa no era absurdo esperar el ser a sus ojos jams otra cosa que un buen empleado, a quien le haca demasiado honor con atenderlo amablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo ms profundo de su ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar el mayor tiempo posible de la presencia querida de Mara Teresa, y viva en el temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a un baile o que algn joven desconocido era recibido en casa de los Aubry, Juan, angustiado, se preguntaba: --Ser ste quien se la llevar? Hasta entonces, felizmente, Mara Teresa se haba mostrado difcil, declarando que no se casara nunca sin conocer bien, apreciar y amar a quien haba de ser su marido. A pesar de estas declaraciones de principios, Juan no se haca muchas ilusiones; saba que el acontecimiento que l tema, ms o menos tarde tendra que producirse, pues Mara Teresa, rica y linda, reuna todas las condiciones de un brillante partido. Al salir para Etretat, se haba prometido ahogar valerosamente en s lo que senta. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volver a ver a la joven, despus de una ausencia de dos meses, se dio cuenta de que su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podra ser para ella un simple amigo. Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el seor Aubry se aproxim a l: --Y bien, Juan, en qu piensas? Te andaba buscando; la noche est magnfica; vamos a dar una vuelta por el jardn a la claridad de las estrellas. --Como usted quiera, mi querido seor. Juan encendi un cigarro, y sigui al seor Aubry. --A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de un reposo deliciosos. Cmo han crecido estos rboles despus de la ltima vez que vine, hace tres aos! --El hecho es, mi querido amigo, que t no tomas vacaciones con frecuencia. --No las necesito todava; son convenientes para usted, que trabaja desde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para que usted pueda descansar un poco. Lo tiene bien merecido despus de haber creado una inmensa fbrica que est hoy en plena prosperidad!... Yo no tengo por qu darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocio que marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fcil; basta ser un trabajador celoso. --No seas tan modesto, amigo mo; desde luego, un trabajador inteligente es cosa rara; t sabes cmo lo cuido; t, adems, tienes el espritu creador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del xito de tu trabajo. A propsito de qu proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellas criaturas terribles? Decas que queras ver las cristaleras de Bohemia? --Mi verdadero pensamiento voy a decrselo a usted; nuestra cristalera es nica, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejor que nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de los numerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandes desembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de la venta. Recuerde lo que nos cost el tallado en agujas marinas. Creo que si conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos una fabricacin de objetos de venta ms corriente, podramos obtener grandes beneficios, que nos ayudaran prodigiosamente a ensayar otras combinaciones qumicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma, hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no es nunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Por ejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el palo nos han exigido grandes desembolsos; si nos ocurriese cualquier contratiempo, tendramos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo, sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que corren respecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Se habla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco; habra que tomar, quiz, algunas precauciones. Siempre he temido alguna catstrofe que pudiera repercutir contra nosotros; como lo veo tan confiado a usted!... Desde que Juan empez a hablar de la casa Raynaud, el seor Aubry se haba puesto inquieto. --Qu me dices? Eso es inverosmil! Ests cierto de tu informacin? Sera muy grave... Bah! no puedo creer, debe ser algn falso rumor; hay gente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; es una casa slida la de Raynaud, qu diablos! --Cuando el furor de la especulacin interviene, nunca se est seguro de la solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia, y yo no tengo tanta confianza como usted. --T eres juicioso y de buen consejo, lo s; es una excelente cosa; pero cspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no la encuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricar objetos de venta corriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellas formas. Decididamente, te haces ms prctico que yo; tienes el espritu ms comercial, es evidente; ests en el movimiento, y, adems, es conveniente que las antiguas casas sean renovadas; t eres joven, activo, enrgico, y he pensado, con frecuencia, que podas sustituirme... No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mo, cuento contigo para la continuacin de mi obra; cuando conoc la defeccin de mi hijo, una gran tristeza se apoder de m; es terrible, sabes, pensar que una casa creada por m mismo, que contiene toda nuestra vida, ha de pasar a manos extraas. Y, entretanto, es fatal, despus de largos aos de labor, la inteligencia se entorpece, la energa se debilita. Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Por eso, slo despus que te he visto en la obra, dejndote en plena libertad, he recuperado la tranquilidad. --Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fbrica... Qu sera yo sin usted? --Yo te he formado, s lo que vales. Seguramente mi colaboracin te es til todava; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad de dirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que t ests all, no temo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre de valer que eres. T tienes todas las condiciones que se necesitan para continuar mi obra. --Mi querido protector, sin usted yo no sera nada. --Y sin ti yo me convertira en nada. Desgraciadamente para los hombres de mi carcter, llega un momento en que es imposible producir la misma suma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de una casa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificio construido con tanto trabajo. As, volviendo a lo que te deca durante la comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprob la poca aficin de Jaime a nuestra industria. Ah! no tiene ese fuego sagrado! Tener en sus manos un negocio como ste, que da, en bueno o mal ao, unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarse con ser el hijo de su pap!... En fin! Contigo, sin embargo, la tarea le habra sido fcil... Pero no, no le gusta. Tendra que levantarse temprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se ha preocupado en saber que, aparte de un milln, puesto laboriosamente en un Banco, la fbrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. Qu sera de ellos si yo desapareciese? Te lo declaro; slo despus que te he visto dirigir las cosas, es cuando he recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. T sers el continuador de mi obra. Ah! la realizacin de mi sueo sera que t llegases a ser mi hijo a otro ttulo... Pero, esto slo puedo desearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen el derecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar sus destinos en materia de sentimientos. No importa! para ti, para Mara Teresa, para m, este suceso constituira nuestra mayor felicidad. Juan, paralizado por indecible emocin, estaba absorto ante aquella revelacin; luego tom una mano del seor Aubry y la estrech con fuerza, murmurando con voz ahogada: --Oh, gracias, mi querido seor! pero usted tiene razn; ni usted ni yo debemos influir... Juan, en su profunda turbacin, no pudo terminar la frase. El seor Aubry no insisti, y hasta simul no apercibirse de nada, inquieto por la impresin que sus palabras haban causado en el alma de su hijo adoptivo, y temeroso de haberse avanzado demasiado. Dej de caminar, y dijo con aire indiferente, tirando su cigarro: --No encuentras que hace un poco de fresco bajo estos rboles? Voy a ponerme el sobretodo para ir al Casino. Quieres venir conmigo? Juan dio una respuesta evasiva, y permaneci solo, quebrantado por la emocin, incapaz de dominar los pensamientos confusos, felices y angustiosos que hervan en su mente. No era un sueo lo que acababa de or? Lo dudaba, despus que el seor Aubry se haba ido; pero el fuego del cigarro que brillaba an entre el csped, lo tranquiliz. As, pues, el seor Aubry y Jaime, no se indignaban ante la idea de que el hurfano pudiera un da convertirse en un hijo y en un hermano? Cmo resonaban an en sus odos aquellas palabras mgicas! Y l, Juan, que apenas se atreva a soar en lo que el seor Aubry haba expresado en alta voz, con tanta sencillez y naturalidad! No era, pues, un irrealizable sueo! Los sentimientos que l sofocaba con tanta pena, los alentaba en l, le daban casi el derecho de declararlos! Era demasiado. Y, loco de alegra, se repeta las palabras de esperanza... Entonces, una rfaga de orgullo se apoder de l. Gracias a su energa para el trabajo, poda aspirar a aquella gran felicidad que era toda su ambicin: casarse con la que amaba, vivir cerca de ella, tenerla siempre a su lado. Y arrebatado por la imaginacin, se vea paseando con Mara Teresa por pases que conoca bien, pero que se transformaban con la presencia de su amada, aparecindosele como comarcas fabulosas y encantadas. Al fin, se substrajo a esta alucinacin, y mir a su alrededor. La Naturaleza pareca asociarse a su felicidad; las hojas, mecidas por suaves brisas murmuraban en la noche; vapores argentinos flotaban sobre el jardn adormecido, y, con sus rayos, la luna acariciaba las flores que, desfallecidas, exhalaban su perfume. Fue aquel un momento de embriaguez. Pero Juan sinti bien pronto desvanecerse su dicha. As como el pesar, olvidado durante el sueo, vuelve a apoderarse de nosotros al despertar, as su espritu, que se haba complacido un instante en deliciosas fantasas, le mostr, de improviso, que aquello era para l, una simple quimera. --Qu insensato soy!--exclam.--Para qu admitir esta posibilidad, puesto que Mara Teresa no la aceptar nunca? Acaso tengo la pretensin de ser el hombre de mundo, que ella desea para marido? Si hasta me siento molesto entre esos intiles elegantes que ella trata como ntimos!... No soy completamente distinto de los que a ella le gustan? Ah, s! lo s muy bien: al lado de toda esa gente yo no represento ms que un contramaestre endomingado. Cmo debo disgustarle, Dios mo! Quin me habra dicho un da que yo aspirara ardientemente a parecerme a esos hombres frvolos que la rodean! Fue interrumpido en sus reflexiones por un ruido de voces y risas, que se acercaba. La gente volva, por grupos, del Casino; las despedidas y los adioses resonaban claros en la calma de la noche, mientras la alegre turba se diriga hacia las villas diseminadas en la costa. Juan oy, poco despus, abrir la puerta de la verja del jardn. En su estado de espritu, le habra sido penoso hablar, aunque slo fuera algunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales, se ocult en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir la forma blanca y ligera que estaba esperando. Mara Teresa y Diana seguan a distancia al seor y la seora Aubry. Se rean. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana deca en son de burla: --Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de extraar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres veces con Huberto Martholl y flirteado con l toda la noche. Vamos, confiesa que te gusta! En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de Mara Teresa, lleg hasta Juan: --Pues s, lo prefiero a todos los dems, porque baila el boston admirablemente. Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jvenes se fueron apagando, se sinti el ruido de las puertas que se cerraban, y luego, poco a poco, rein el silencio. Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vag al azar por las avenidas. Para l, todo lo que emanaba de Mara Teresa era grave y razonado; de manera que, lo que acababa de decir, deba ser definitivo, estaba seguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con Huberto Martholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan: estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, Mara Teresa lo prefera a todos los dems... Para que esto sucediese qu le habra dicho ese hombre? Qu encanto misterioso haba ejercido sobre ella? Ah el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan, martirizndolo, enloquecindolo hasta el punto de hacerle transformar las simples palabras: Lo prefiero a todos los dems, porque baila admirablemente el boston, en una ardiente confesin de amor. La visin de la inmensa dicha que se cerna sobre Martholl, evoc en el espritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida, esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en los cabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... la vea as a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo... cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo, slo encontraba un rostro de mrmol. No tena la expresin dulce de los ojos de Mara Teresa, sino una mirada fra, severa, que pareca reprochar a Juan la audacia de su evocacin. Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultneamente lo afligan y le daban vagas esperanzas, recorra el jardn como un loco. En su paseo incierto lleg cerca de la casa. Un ligero ruido le hizo levantar la cabeza y lo clav en el suelo; no se atreva a moverse por temor de hacer crujir la arena bajo sus pies. Mara Teresa, antes de desnudarse, abra la ventana de su cuarto para gozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacio estrellado. Sus cabellos caan, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido; apoy los brazos sobre la balaustrada del balcn. Iluminada por la luz rojiza de las lmparas del cuarto, y del lado del jardn, por el resplandor plido de los rayos de la luna, pareca un ser fantstico, de una delicadeza y de un encanto sobrehumanos. Juan goz en contemplar aquella aparicin, goce intenso y doloroso. En tal momento nada poda serle ms cruel. Todas sus dudas se afirmaban. Senta, con lucidez desesperante, que no eran slo obstculos materiales los que lo separaban de ella; la voluntad misma del seor y la seora Aubry no los acercara; exista entre ella y l una diferencia de raza; la misma sangre no corra por sus venas. Aquella joven elegante y fina, baada de luz en ese momento, no poda estar destinada a ser su mujer. No obstante, senta que jams podra arrancarla de su pensamiento. El pobre joven, anonadado, no tena ya ms que un solo deseo: ah! si al menos le fuera dado esperar que en la vida de Mara Teresa, el nombre de Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazn! En qu pensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante sus ojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche haba tenido el placer de estrecharla. Torturado por el sufrimiento, murmur: --Es locura, locura, yo debera condenarme a evitarla, a no verla ms! Y ocult la cara entre sus manos. Cuando levant la cabeza, las persianas estaban cerradas. A su alrededor, ahora, todo apareca bajo un aspecto prosaico, desesperante. La luna, velada por las nubes, no esparca ya su claridad sobre el misterio de la noche; la masa negra de los rboles se ergua hostil, y los grupos de plantas floridas no formaban ms que sombras manchas. El alma del jardn haba volado. V A la maana siguiente, cuando Juan se despert, un criado le previno que el almuerzo tendra lugar en las cercanas, en Saint Jouin, en la venta de la bella Ernestina, y que se le rogaba que estuviera a las once en la casa para la partida. A Juan lo contrari mucho este aviso; habra deseado no mezclarse en el movimiento social durante su estancia en Etretat; pero juzg que sera poco corts rehusar la invitacin, y contest que no faltara. Algunos momentos antes de la hora sealada, Juan, de vuelta de un paseo solitario, por la orilla del mar, lea en su cuarto. Al or el aviso de Bertrn, cerr su libro con resignacin y baj. La seora Aubry lo present a sus invitados. Los hombres le tendieron la mano, las jvenes lo saludaron; luego, despus de un ligero examen, no se ocuparon ms de l. Su aire, su manera de vestir, lo clasificaban. Era el invitado que no se cuenta. Juan adivin la impresin que haba producido, dej pasar a los jvenes, y subi a un coche con el seor y la seora Aubry. De todos los nombres que la seora Aubry haba pronunciado al presentarlo, uno solo retena su memoria: el de Huberto Martholl. A este joven que, la vspera, durante la comida, apenas haba notado, porque le haba parecido un mundano cualquiera, con qu ojo investigador no lo observaba ahora! Juan comprob, con profundo disgusto, que Huberto Martholl se precipitaba tras de Mara Teresa, y se instalaba al lado de ella en el break; la joven lo recibi con una sonrisa. Oh! cunto habra dado Juan por or las palabras que cambiaban... De la encantadora campia normanda, el pobre joven no vio nada; toda su atencin era atrada por las voces alegres y las risas que salan del otro carruaje; adems, estaba atormentado por lo que poda hablar el feliz Martholl, inclinndose con tanta frecuencia hacia Mara Teresa. Llegados a Saint Jouin, la juventud invadi el jardn a la francesa de la clebre hotelera, mientras que la gente ms seria, o ms hambrienta, se preocupaba del almuerzo. Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una cocina notablemente organizada, de la que salan olores incitantes, y todo el mundo se instal en el jardn, bajo una carpa, alrededor de una larga mesa ya preparada. Antes de tomar asiento, Juan observ que los dems jvenes hacan prodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que les interesaba. Resignado a su mala suerte, se coloc enfrente de Mara Teresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercrsele. Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella prefiere, porque baila admirablemente el boston, pensaba siempre Juan, acosado por la frase oda. Aislndose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos, que le demacraban el semblante y le endurecan la mirada, segua con ojos insistentes los menores gestos de Huberto y de Mara Teresa. A pesar de sus esfuerzos, le domin el despecho. Estaba seguro: aqul iba a conquistar a la joven, a llevrsela. Por vez primera, la vea particularmente interesada en la conversacin de su vecino de mesa; pareca estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendo y sin hacer caso a los dems convidados. Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire de felicidad, y este espectculo pona a Juan fuera de s; se exasperaba tanto ms cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspecto distinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareci interminable. Bajo la influencia del malestar moral que senta, su clera comprimida lleg al ms alto grado de intensidad; comprenda cun superflua era su presencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corra el riesgo de ser ridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos. Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos a las barrancas y otros a la playa. Juan, no sabiendo qu hacer, sigui a distancia a Mara Teresa; sus amigas la llevaban hacia la orilla del mar. La joven, una vez que mir para atrs, repar en Juan; la expresin dolorosa de su semblante la impresion, se detuvo para darle tiempo a que la alcanzase y le dijo entonces: --Las barrancas de Saint Jouin son magnficas. No es verdad, amigo mo? --Cree usted?... S, quiz son muy hermosas, pero es una decoracin intil. --Por qu? nada de lo que es hermoso es intil... --Realmente? Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con los ojos y con el corazn... --El corazn? a propsito de qu dice usted eso? El placer de la vista me basta por el momento... --Naturalmente... --Qu significa ese excptico: naturalmente? --Nada, en verdad. --Me alegro. Pero l aadi, a pesar suyo, con tono irnico, despechado por la serenidad del lindo rostro de su amiga: --Sera mal hecho de mi parte turbar esta alegre fiesta... Qu quiere usted? estas partidas en comparsa siempre me han parecido odiosas, salvo que no disimulen... --Disimulen qu? --Qu s yo! algn encuentro sentimental; el placer de codearse durante largas horas con el que o la que se ama, el permitirse una libertad de lenguaje que no se podra usar en otra parte. --Perverso! se refiere usted a la seora d'Ornay y a Platel... Y la risa musical de Mara Teresa estall en un gorjeo, acabando de exasperar a Juan. --Oh! no son ellos los nicos que aprovechan hbilmente la ocasin... Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El seor Martholl, ese feliz mortal tan elegante, es tan admirable en su conversacin como en su manera de bailar el boston? Mara Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado de alma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella ms que un amable indiferente, mir a Juan con sincera sorpresa: --Qu tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor. Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted as? --Hay grados, entonces, en el flirt? Explqueme usted cmo puede uno contentarse con un poco... Esta dosis me parece difcil de graduar, sobre todo, de no extralimitarla. Al decir esto, sealaba con los ojos los grupos dispersos de los jvenes que marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y James Milk, las de Blandieres con Martholl y Bertrn, y otras parejas ms, todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atraccin. Juan, repuso muy excitado: --Explqueme usted de una vez lo que es en su justo lmite, ese odioso flirt... --El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta de una y que discretamente lo dice. --Realmente? Entonces cualquiera puede disfrutar de sus encantos, de su sonrisa? Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosas que ustedes prodigan? Del mismo modo le dan el derecho de manifestar lo que siente? --No creo que sea muy grave preferir la compaa de las personas que nos son simpticas. --Posiblemente esas personas que son simpticas no obtienen ese resultado sino gracias al mrito de sus sastres. --Tranquilcese usted--respondi la joven, que tom el partido de convertir en broma los reproches de Juan;--me ocupo muy poco de tal asunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de los jvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buen bailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y como usted est de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo. Dicho esto, alegremente, con la dulce entonacin que le era habitual, Mara Teresa se esquiv y corri a reunirse con sus amigas. Juan tuvo un violento acceso de desesperacin, cuando se encontr solo. Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de hacer algunas observaciones ridculas, y con qu derecho? Decididamente nunca sera un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro no le haba servido; porque si l, a pesar de su labor de obrero, haba permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de nacimiento posea esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jams. Afligido, Juan se sent al borde de un sendero que baja casi cortado verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde all dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y poda seguir, por entre las rocas, la marcha caprichosa de las jvenes y de sus flirts. El traje claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban principalmente su atencin. En cierto momento, pudo ver a Mara Teresa y a las jvenes que la precedan, detenidas ante una bajada difcil. Y como Martholl, Platel, Bertrn y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las primeras siluetas finas fueron deslizndose una a una. Entonces el corazn de Juan lati con violencia. Pero pronto su semblante se seren; lo que l tema, no sucedi; gilmente, Mara Teresa salt sin la ayuda de nadie. Por la emocin que haba sentido, Juan comprendi que no poda permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dndose cuenta que su mal humor sera la ltima expresin de lo ridculo, resolvi abreviar su permanencia y buscar un pretexto para marcharse. El resto del da continu lleno de tristezas para l. Felizmente, Bertrn como buen camarada, vindolo aislado y melanclico, vino a hacerle compaa; sin su presencia, Juan habra llorado. Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que haban preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta, declararon que no tenan la intencin de volver tan temprano a Etretat, que queran comer en Saint Jouin, y bailar despus en la vasta pieza alfombrada de csped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de las curiosidades artsticas de la hostera. El proyecto fue aceptado, y el desgraciado Juan que no poda eludir este programa improvisado, tuvo que resignarse a ver exasperarse su suplicio. Mara Teresa se haba divertido mucho en el curso de su paseo accidentado. Huberto no se haba separado de ella un momento. Senta una secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven, que Diana y Alicia de Blandieres se haban disputado. Al ver el desconcierto de las dos jvenes, cada vez que Huberto las dejaba para reunirse con ella, una sonrisa maliciosa apareca en sus labios. La impresin que le hicieron las palabras de Juan se haba disipado pronto. Conoca bastante la displicencia del joven; pens que se encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No era la primera vez que Mara Teresa adverta los celos de Juan, pues consideraba legtimo que un antiguo compaero sintiese ojeriza hacia los que trataban de captarse su amistad. Acaso tema que ella olvidara a los que tenan derechos ms antiguos. Encontraba as excusas al mal humor de Juan. Pero era su husped, y no quiso guardarle rencor; vindolo, pues, al entrar en el jardn, sentado sobre la hierba a los pies de la seora Aubry, se dirigi hacia l y le dijo con amabilidad: --Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con nosotros los peascos? Hemos tenido algunos pasos difciles de franquear; usted nos habra sido muy til: lamento tambin que se haya privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de hierbas y de musgos; ha sido un espectculo grandioso, a la puesta del sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le haca usted compaa a mi querida mam, a quien todos hemos abandonado. Juan levant sus ojos sombros hacia Mara Teresa, y su clera desapareci, no dejndole ms que una herida secreta que sangrara mucho tiempo; l lo saba bien... La que lo miraba con cara risuea, no sospechaba la turbacin que su presencia provocaba. Con tal que no lo supiera nunca! Juan crea que para l era cuestin de honor dejarle ignorar siempre las torturas que padeca a causa de ella. --Qu buena es en olvidar mis estpidas palabras!--pensaba, y en su confusin habra querido implorar perdn, de rodillas. Sin embargo, nada pudo contestar; la emocin lo ahogaba, y la joven se alej antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus sentimientos. --Es una suerte para m que me hagas compaa, Juan--dijo la seora Aubry;--hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran distraccin; parece que se divierte mucho. --Tiene razn--respondi tristemente el joven,--en estar alegre y expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire usted cmo est rosada, cmo brillan sus ojos... Ah! que sea siempre feliz, qu importa lo dems! Durante la comida, la animacin fue grande. Platel, lleno de inspiracin, no ces de hablar, y las nias de Blandieres, algo sobrexcitadas por el champaa, elevaron ms de lo razonable sus juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el seor d'Ornay y el flemtico James Milk. Huberto Martholl se haba colocado al lado de Mara Teresa; pero Juan, esta vez, se prometi no mirar ms hacia ellos. Como tena al servicio de sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y a pesar del bullicio, se engolf en una conversacin tcnica con el seor Aubry. Despus de comer, atravesaron el jardn para ir a bailar. Juan se esquiv. Anduvo errante por las barrancas, paseando su pesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compaera de los tristes. Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta l los aires de un vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente. El ritmo de aquella turbadora msica de baile se impona a su espritu enfermo y lo aniquilaba. Las armonas que perciba, evocaban a Mara Teresa y Huberto enlazados; entonces sinti un irresistible deseo de verlos, volvi sobre sus pasos, y pas el resto de la noche detrs de una de las ventanas de la sala donde bailaba. De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, vea evolucionar a Alicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabel con Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinaban complacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atencin distrada; para l, todos all eran cortesanos que se agitaban en torno de la estrella, y no tena bastantes ojos para seguir los movimientos de Mara Teresa. Estaba deliciosa en aquella decoracin de muebles antiguos, destacndose delicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocado tendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un silln gtico cuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cpula por encima de su cabeza rubia. La contempl arrobado; as era como la vea en sus sueos. Sentada en aquel trono torneado y extrao; con su ligero vestido de linn y trmulas blondas, pareca una princesa de leyenda. Duraba su xtasis ante esta visin encantadora cuando la sombra de Martholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoder de Juan contra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosa imagen. Juan no vea ya ms que el impecable traje de Martholl que permaneca plantado all, completamente inconsciente de la tormenta que levantaba en el corazn de otro, su presencia delante del dolo. Aquel hombre estara siempre a su lado? Juan haba temido la llegada del que ella prefera; pero nunca se haba imaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Se alarm de la tempestad que ruga dentro de l, simplemente contra aquella silueta importuna. Cmo hara para asistir en lo sucesivo a toda una serie de incidentes de los cuales ste no era ms que el preludio, desde que Mara Teresa y Huberto no eran novios an? No, cmo permanecera impasible, mientras todo su ser gemira de dolor? Si el seor Aubry no hubiera pronunciado la vspera las palabras que alentaron su locura, quiz se habra resignado. Pero haber entrevisto, como casi posible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldad del destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquella felicidad, era demasiado duro... Lgrimas de desesperacin enrojecieron sus ojos. En el mismo instante, la joven, sonriendo, tom el brazo que le ofreca Martholl, y entonces Juan se lanz a las espesas sombras del jardn, para no ver ms nada. VI Los das que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorra cada da, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volva, embrutecido de fatiga, y suba a su cuarto para prolongar indefinidamente su soledad. Aguardaba as, del azar, un motivo plausible para salir de Etretat sin herir a la seora Aubry, que no se habra explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocan su carcter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de hacerle modificar la manera de vivir que haba adoptado. Mara Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar de sus amigos y de lo que suceda en la playa o en el Casino. Se esforzaba en no conversar ms que sobre cosas susceptibles de interesar a Juan. Pero Diana no proceda con el mismo tacto y abrumaba a su prima con alusiones ms o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos de Huberto Martholl. Estos temas de conversacin eran dolorosos para Juan, y le aumentaban el deseo que tena de huir de Pervenches. La ocasin que buscaba se present en breve. Un da, paseando, habl con entusiasmo a Bertrn, de la Alemania y de la Selva Negra. --Parece increble--declaraba Bertrn,--que yo no haya ido todava por all. --Te diviertes mucho aqu?--pregunt Juan. --Moderadamente, por qu me preguntas eso? --Porque, si tu placer es negativo, deberas pedir a tu padre autorizacin para acompaarme a Bohemia, adonde ir prximamente. Estoy seguro que este viaje te interesar. Para no perjudicar tus estudios, partiramos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones. --Pues s, es una magnfica idea la tuya! Esta misma noche le escribir a mi padre, rogndole que me deje ir contigo. El seor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consinti de buena gana en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jvenes fue decidido. Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algn alivio en huir de las emociones torturadoras, llevaba en el corazn la terrible herida de los celos, convencido de que cuando volviese a ver a Mara Teresa, ella no sera ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven. En cuanto a ella, la decisin de su amigo de la infancia, la turb un poco. No comprenda cmo la permanencia en Etretat no le era agradable. Pero, sin indagar ms all, no vio en esto ms que la aversin del joven hacia la vida social. El da de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que conduca a la estacin a los dos jvenes, Diana le dijo: --Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las vacaciones, es estpida. Me imagino que no vas a extraar a ese hurao. No estaba Bertrn mejor aqu que en Alemania?... Dios mo, Juan ha estado bastante spero en estos das!... Es incomprensible que lo hayas podido soportar. Debera cuidarse de presentar semejante cara, y considerarse dichoso de que lo reciban aqu. --Por qu eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la sociedad, y si no es hipcrita para mostrar cara alegre, es sa una razn para que lo maltrates? En cuanto a m, le perdono todo al amigo abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica desptica y mimada, Juan me diverta con paciencia horas enteras. Estoy cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagracin absoluta hacia nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda afeccin y lo quiero en razn de sus nobles sentimientos. Estaba muy conmovido, hace poco, cuando se despeda... Yo sera, pues, una ingrata si mis relaciones de hoy, pudieran hacrmelo olvidar. --Bueno, no hablemos ms--concluy Diana;--no quiero arrancar de tu corazn recuerdos tan tenaces, pero podramos distraernos paseando, qu te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club, vamos? Mara Teresa se dej convencer; se diverta siempre en las partidas de tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en las villas vecinas. Despus de subir a su departamento para vestirse, las dos jvenes reaparecieron en seguida, vestidas de piqu blanco, cubiertas con el indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas en tela gris. Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se reunan ese da. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido un lunch en mesitas. La seora de Blandieres, que lo haba pedido, haca los honores, auxiliada de sus hijas. Juana y Alicia de Blandieres, o ms familiarmente, las de Blandieres, jvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos por este medio, y exigan como cualidad primordial, que fuesen ricos. Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicndose con demasiada conciencia al servicio del lunch ofrecido ese da por su madre, excitando a comer y a beber a los jvenes que acudan a su invitacin. Sera para estimular las fuerzas que aquella juventud empleara luego en el tennis o en el flirt? Audaces y provocadoras, estas jvenes eran el _specimen_ ms completo de lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy impropiamente en Francia la educacin americana. Este gnero de educacin, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras, desprovistas por temperamento de la moderacin y de la dignidad de las jvenes anglosajonas, produca un singular resultado. La mayor hablaba mucho y rea sin cesar; la segunda, ms dcil, imitaba a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables, los jvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces ninguno se haba presentado como pretendiente. Cerca de las mesas, la seora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Saba hablar con gracia, sin dejar de comer sandwiches de caviar. --Qu espiritual es usted!--repeta continuamente al joven literato.--Nadie como usted me entretiene tanto... --Entonces todo va bien en el mejor de los mundos--aprobaba Platel.--Yo soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos otros, el llamado a desempear la importante funcin de hacerla rer a usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre encanto de todo su ser... Dgame, encantadora seora, a quin prefiere usted, a m o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus amigas? En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesin de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomana exagerada. Nada le pareca bueno, ni chic, si no proceda de Londres; a cada instante, en la conversacin, encontraba medio de alabarse de sus relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor satisfaccin era ser tenido por ingls. Cuando Mara Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de alegra y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jams sino con James Milk, que no era del match, abandon el juego y se apresur a ir a hacer su corte. --Al fin ha venido usted!--murmur, cuando estuvo al lado de Mara Teresa.--Crea que no vena ya, y me aburra espantosamente. --Qu?--dijo ella con sonrisa incrdula.--Usted se aburra tanto? Y el tennis? Me esperaba usted para jugar? --No. Pero yo vengo aqu atrado por otra cosa que por el tennis, usted lo sabe bien. --Ah, goloso! atrado por el lunch, entonces! --Tampoco, querida seorita... --Seor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo he venido aqu a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer honor, nutrindome substancialmente, a la invitacin de mis amigas de Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quin ganar el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman Pablo Arnault. Tercero... ah, Dios mo! pues no me acuerdo!... --Est usted segura... --Muy segura, seor fatuo. Tercero?... Ah, ya estoy! tercero, para despus del t, tennis, flirt, etc., subir al magnfico automvil de mi amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con l hasta el bosque de Loges y contemplar desde lo alto del camino de Fcamp una soberbia puesta de sol. Ah est todo! --Usted es desesperante, seorita, y es acaso por causa de eso por lo que... --Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadera. --Una majadera? --Califico as, de una manera un poco general, todo lo que me parece inoportuno, falso... --Le juro... --Ah, un juramento! Ese es juego conocido, seor Martholl! Seamos serios: estn organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros amigos, salvo que usted no prefiera... --Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de orla... Martholl transport sillas de tijera y se instalaron a fin de poder conversar mirando el juego. Era un espectculo encantador el de aquellas jvenes de trajes cortos y claros, movindose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre. Se jug durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la tarde, la seora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o imprecaciones. Las frases se entrecruzaban: --Hemos ganado tres partidas! --D'Ornay juega muy mal! Pierdo siempre que voy con l! Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino. --Y bien, seorita! ha llegado la hora de la despedida... Dnde est el hermoso automvil de su amigo? --No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero maana... --Ah, sta es buena! maana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios, segn dice el poeta. Mara Teresa se sonri, y reunindose al grupo de sus amigos, Martholl y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel d'Ornay: --Qu deliciosa vida llevamos! En Pars no hay tiempo para ver a las personas que nos gustan; aqu, por lo menos, se goza de su presencia. --Y sin fatigarse! --Naturalmente. Fatigarse en dos meses! Sera preciso ser muy voluble en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco justificado. En verdad, es as como se debera vivir: trabajar muy poco, pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupacin que la de la hora del bao, del tiempo que har, y del cambio de expresin de los ojos que nos cautivan. Iban as caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas alegres, las jvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia, que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jvenes dejaban rebosar de su espritu y de su corazn, esa adoracin inconsciente, tan impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza, hacia la gracia y la belleza. Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de Mara Teresa, a quien haba despojado de su raqueta y de su abrigo. Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol se sumerga en las aguas como triunfador, en una decoracin de prpura y oro. Mara Teresa se sent sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante aquella apoteosis de luz, se senta conmovida y se olvidaba de su ser, para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba en la contemplacin de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunin con la Naturaleza, senta poderosamente la belleza de las cosas creyendo comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba en ella, un alma hecha para aspiraciones ms elevadas que las pequeas satisfacciones de vanidad en que se entretena generalmente. Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar, como para demostrar cun poco le importaba el despliegue de la pompa solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su compaera, trat de arrancarla a su contemplacin: --En qu piensa usted, seorita Mara Teresa? --No pienso--respondi ella sin dejar de mirar el horizonte,--recibo emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la inmensidad. No sabra explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones que se suceden en m, mientras admiro estos efectos de luz. Son impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rpidamente como los contornos de aquellas nubes. --Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del sol que baja. Donde usted est, no veo ms que su persona, y nada ms: en su contemplacin mis ojos se llenan de alegra y de belleza, y... Mara Teresa lo interrumpi con un gesto. Como ciertas naturalezas delicadas, tena propensin a amar idealmente, o ms bien, a amar un ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de l, deseaba que no se declarase, ante el temor de que una brusca desilusin no la hiciese caer en la realidad. Aspiraba con pasin a encontrar una alma simple, enrgica, y un vago presentimiento la haca temer que no encontrara lo que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irnicamente, para contenerlo: --Que me prefiere usted a tales esplendores!... Qu podr yo hacer para indemnizarlo de la privacin de este maravilloso espectculo? Ser suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? Me temo que perdera mucho en el cambio! --No se burle! Si usted supiera cunto la admiro, comprendera por qu he sido completamente conquistado. --Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas... --Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos, ellas saben bien de quin me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera a ellas, ya estara convencida de la naturaleza de mis sentimientos, pero es usted tan diferente!... Ni siquiera puedo saber cmo recibe usted mis atenciones! --Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase... --Si realmente no fuera un importuno, qu feliz sera! Veamos, deme usted alguna esperanza, autorceme, por ejemplo, a decirle cosas tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted constantemente. --Ah, qu programa! Es asustador para m, que no s jugar ni con mis sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer, para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No... no... no le permito nada todava. Adems, en este momento, casi no lo escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo. --No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo decirle le fuera agradable, no cree usted que formase una armona que completara este maravilloso espectculo? --Qu pretensin!... Quiere usted acompaar con su msica de ternura las ms hermosas horas de la Naturaleza? --No tengo ms que una pretensin: la de agradarle a usted. Quiero que un da, estando yo a su lado, no contemple ms las puestas de sol. Mara Teresa se levant riendo, con risa forzada; las frases de Huberto empezaban a molestarla; juzg prudente interrumpirlas. Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la retir bruscamente. --No me permite subir con usted a la terraza?--interrog l. --No; no debo escucharlo ms; es bastante por hoy. Qudese aqu buscando frases nuevas; nada inspira como la cada de la tarde. Y con una voz que la alegra y tambin la emocin contenida hacan temblar un poco, aadi, subiendo a la terraza del Casino: --Adis, adis! querido flirt. VII El tiempo transcurra rpidamente para la alegre banda. Todos los das se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automvil o en coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto no dejaba a Mara Teresa y acentuaba cada vez ms su preferencia. El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir de Etretat. Todos sentan alejarse despus de aquella estacin que haba corrido tan alegremente. Ante la inevitable perspectiva de la separacin, hasta las seoritas de Blandieres se ponan melanclicas. Una noche, en el Casino, habindose discutido la cuestin de la partida, Huberto se aproxim a Mara Teresa y le dijo con aire triste: --No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada da me digo: me ir maana! El maana llega, y no tengo valor. Mi madre no se explica cmo puedo permanecer aqu tanto tiempo. Haba venido por quince das. Me escribe carta tras carta, llamndome. Yo deba haber ido a buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora est instalada en la finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con ella. Jams he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted, exclusivamente usted quien me retiene. De estos das pasados a su lado conservo tal impresin de encanto que no quiero salir de Etretat sin que usted me autorice a verla en Pars lo ms pronto posible. La seora de Chanzelles querr recibirme? se lo preguntar usted? Diga que usted lo desea, dgamelo para que yo no me vaya desolado. --Mi madre est en casa todos los mircoles. Puedo asegurarle que tendr gran placer en recibirle. En cuanto a m, confieso que lamentara que las agradables relaciones que hemos iniciado aqu, quedasen interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido es para siempre. --Ah! qu buena es usted en haberme comprendido! Me permite tener esperanza, verdad? --Le contestar a usted a eso en Pars, cuando nos volvamos a ver. --Qu largo va a parecerme el tiempo!... --Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy qu dira usted? --Tiene razn, es usted muy delicada; no tengo el derecho de acriminarla. Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tom la mano y la llev a sus labios balbuceando en un soplo:--La adoro! Aquella noche Mara Teresa tard mucho en dormirse. Le pareca or an la voz conmovida de Huberto y las frases que haba pronunciado. Era, pues, verdad? La amaba, pona en ella sus secretas esperanzas? La asiduidad que haba demostrado durante los meses transcurridos, su empeo en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el proyecto que persegua. Se interrog. Le gustaba? Ah, s! Huberto era elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Saba que haba frecuentado mucho el gran mundo, y, adems, la amaba... Seguramente, consentira de buena gana en llamarse la seora Martholl. Por otra parte, esta unin le aseguraba una existencia agradable. Una serie de placeres envidiables se present a su imaginacin: recepciones, viajes, yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y sportiva parecan ser las favoritas de Huberto. Por qu de improviso, sin motivo, en la fantasmagora de los placeres que le prometa aquella unin plausible, segn las leyes del mundo, se irgui una imagen un poco olvidada en el espritu de Mara Teresa? Por qu el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una asociacin de ideas, cuya lgica no perciba, se puso a hacer la comparacin entre l y Huberto, y record que nunca haba visto en los ojos de ste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasin que sorprenda a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jams haba sentido en Huberto la misma expresin de ternura profunda. Pero qu relacin poda existir entre los sentimientos de afeccin de Juan y el amor de Huberto? No la vea, y, sin embargo, la afeccin reciente no sofocaba en su corazn el antiguo sentimiento. En fin si Huberto Martholl peda su mano, dira que s? Y sus padres qu pensaran de este joven? Era un desocupado, un intil. He ah algo que no le gustara al seor Aubry. En realidad, pareca que el nico objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los das a su club. Lament que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia ms propensa para cosas ms tiles a la vida. Con todo y si se equivocaba en su estimacin? Si bajo aquella elegante envoltura no encontraba luego ms que una naturaleza de petimetre sin ms propsito que disfrutar de los placeres del mundo, y cuidar en sus horas frvolas de su toilette esmerada y de la elegancia de sus ademanes? Agitada por estos pensamientos indecisos y contradictorios la sorprendi el sueo. VIII A la maana siguiente, cuando Mara Teresa se despert, haca un sol bellsimo. El aire tibio penetraba en su cuarto, cargado de brisas marinas y del perfume de las flores. Ante la belleza del da, todas sus preocupaciones se disiparon. No pens ms que en vestirse rpidamente, no sin escoger el ms rosado de sus trajes de batista y el sombrero de maana que mejor le sentaba para ir a reunirse con sus amigas y Huberto Martholl que ya deban estar esperndola en la playa. Era la hora del bao. Siguiendo su costumbre Mara Teresa pas directamente a su casilla. Algunos minutos despus un enjambre de graciosas jvenes descenda a la arena. Este bao era el acontecimiento esperado de la maana. Al llegar a la orilla del mar, Mara Teresa dej caer su peinador a sus pies y apareci delicada y flexible. Algo molestada por las miradas asestadas sobre ella, se lanz gilmente al encuentro de las olas, en tanto que Juana y Alicia, sin apresurarse, disfrutaban del placer, como todos los das, de sentirse admiradas en sus elegantes trajes de bao. Mara Teresa, que era muy buena nadadora, gozaba con delicia en el bao; se alej un poco dejando a las jvenes de Blandieres disputarse a Huberto entre risas, gritos y golpes de agua. Mientras nadaba, pensaba en el placer que tendra en hacer as largos paseos en la frescura del agua. Solamente que necesitara un compaero robusto con quien no tuviera que temer ningn peligro. Este protector quin sera?... Huberto, sin duda, pues... Pero le inspiraba bastante confianza?... Con su auxilio podra desafiar peligros?... Unirse para gozar de la vida cuando se es joven y rico, poco significa. El alma del hombre ms indolente puede ser atrada y seducida por una tarea tan fcil; pero despus en los das de prueba desfallece... Comprenda que sin dejar de gustarle Huberto no le daba la seguridad, la tranquilidad fsica y moral que impulsa a confiarse por completo a un ser, y esto era precisamente lo que hubiera querido encontrar en el compaero de su eleccin. La aparicin de Martholl la distrajo de estas reflexiones. Estaba de muy mal humor porque al ayudar a Alicia de Blandieres a subir a la balsa, desde donde quera tirarse, se haba roto una ua. Su preocupacin por este incidente le impeda desplegar su amabilidad habitual y su excitacin no se haba calmado an, cuando la seora Aubry hizo seas a su hija para que saliera del agua. Mara Teresa se aproxim a la ribera; Huberto la sigui; vindolo nadar tan armoniosamente le vino a la mente la idea de que si no haba quiz en l temple para hacer un hroe, saba presentar hermosas formas artsticamente amoldadas en una malla de seda negra. Cuando se hubo vestido subi a la terraza del Casino para pasearse; Huberto se aproxim a ella y le dijo: --Me permite usted quedarme un momento a su lado? La he visto venir desde lejos; para m es un placer verla caminar. Son muy pocas las mujeres que saben moverse con gracia; es un verdadero signo de raza. Yo no amara nunca, ni aun me fijara en una mujer que no tuviera esa elegancia de movimientos cuyo ritmo es, a mi juicio, la revelacin del carcter. Las personas vulgares conservan siempre una actitud vulgar; se conoce la distincin de una mujer en su manera de andar. Observe usted a la seorita Diana, a las jovencitas de Blandieres, y lo mismo a la linda Mabel d'Ornay qu diferencia! Examinando su modo de andar, cuando se es verdaderamente observador y conocedor, es fcil apercibirse que en ellas las proporciones del cuerpo no son armnicas; hay all, seguramente, algn defecto de arquitectura. En cambio usted debe tener las piernas de Diana. La joven se ruboriz, pero qued excusada de contestar porque en ese momento llegaban Alicia y Diana. --Cmo, todava de flirt!--exclam Alicia, acercndose;--es demasiado! Diga, Martholl, espero que esto no le habr hecho olvidar su promesa de acompaarme en bicicleta hasta la granja Dutot, donde encontraremos a los d'Ornay y sus amigos. Vendrn ustedes, con nosotros?--aadi sin entusiasmo, dirigindose a las dos primas. --No, querida ma--se apresur a decir Mara Teresa que no quera dar tiempo a Diana de contestar afirmativamente.--Mam nos ha pedido hoy que la ayudemos en ciertos arreglos de la casa que tienen que estar concluidos antes de nuestra partida, y no quisiera substraerme a este pequeo trabajo bajo pretexto de pasear. A la noche nos veremos en el Casino; hasta la vista! divertirse mucho. Y llevndose consigo rpidamente a Diana, dej al joven en las garras de Alicia que quera absolutamente que la acompaase hasta su casa. Mientras se alejaban las dos jvenes, Diana, contrariada por haber perdido aquel paseo, dijo a su prima: --Por qu has rehusado la partida en bicicleta? Ta se habra pasado muy bien sin nosotras esta tarde. --No, Diana; es mejor que nos quedemos con mam. Y adems, no me gusta mucho correr as por los caminos, solas con jvenes. --Qu rgida eres! Pero si ahora es perfectamente admitido! Has hecho mal en no ir a la granja Dutot; estoy cierta que Alicia va a aprovecharse de tu ausencia para apoderarse de tu flirt. No le gusta que sus amigas tengan ms xito que ella, y este verano, no hay duda, eres t quien ha tenido ms xito. Martholl era el punto de mira de todas las jvenes que han pasado la estacin aqu. Cada una de nosotras esperaba conquistarlo, es tan chic! Realza el tener un flirt de esa calidad. No s si es inteligente--aadi Diana, que no habiendo sido cortejada por l, quera gratificarlo con algn defecto.--Es seguramente menos entretenido que Platel. Huberto slo vale cuando se le mira... es intil que alces los hombros, tiene algo as como la belleza del ganso, pero la tiene, y superior, convengo en ello. Diana estaba locuaz; continu hablando, en tanto que Mara Teresa la segua en silencio. --Te lo aseguro, querida, Alicia est furiosa; no puede negar que eres t la elegida. Al principio, estbamos siempre todas juntas, no se saba todava a cul de nosotras se dirigiran las asiduidades del seor Martholl. Pero Alicia con su habitual modestia, creyendo siempre, cuando hay un joven en nuestra sociedad, que lo seduce con su encanto, se haca ilusiones y esperaba que se le declarase. Ahora ha comprendido que para que Martholl se fije en su graciosa persona, tiene que trabajar mucho; entonces, antes de su partida, va a jugar fuerte. Cuida tu grano, querida! --Qu expresiones tan extravagantes tienes, Diana! Alicia puede hacer lo que quiera para seducir a Martholl sin que yo me preocupe... --Sinceramente?... En todo caso, Alicia plantar algunos jalones para que vaya al _five o'clock_ y a los bailes de su madre. Es una buena figura la de Huberto; deben disputrselo para adornar los salones. Alicia no va a dejar escapar la ocasin de mostrar a sus amigas en este invierno, el ms hermoso ejemplar de los nuevos flirts que han aparecido en este verano. Digo esto, pues en mi concepto, sabes, se contentar con el flirt. Huberto Martholl no me hace el efecto de un seor decidido a casarse con una joven sin fortuna, y dudo mucho que las de Blandieres tengan ni sombra de dote. La seora de Blandieres lleva gran tren, es cierto; pero todo se va en cebos. Martholl se mantiene en guardia; por eso Juana y Alicia lo han dejado fro. Es una mariposa que elige las flores doradas; cuando, adems, son frescas y lindas como mi querida primita, no vacila, se posa. Las dos jvenes haban llegado cerca de la casa. Diana, satisfecha de la pequea malignidad que haba insinuado a su prima, se puso a correr, bajo pretexto de que llegaban tarde para almorzar. Mara Teresa, muy ofuscada por las palabras de Diana, se qued atrs, queriendo disimular la pena que tan prfida insinuacin le haba causado. No era la primera vez que la joven se aperciba de la envidia de su prima y de su solicitud en decirle cosas desagradables bajo el falso aspecto de cordialidad. Pero como Diana, aunque algo mayor que ella, haba sido su compaera de infancia, no le guardaba rencor por su falta de corazn, y atribua sus saetazos a una necesidad de irona natural en su carcter. Sin embargo, hoy Diana acababa de herir un punto sensible. Por qu le haba dicho todo aquello? Mara Teresa, humildemente, se interrogaba: acaso no poda ser amada por ella misma? Verdad era que un gran nmero de sus amigas, tan lindas como ella, ciertamente, no se casaban por falta de dote suficiente. Y si Diana deca lo cierto, si la razn que decida a Huberto a preferirla a las otras se apoyaba en tal motivo?... Sinti en su corazn una emocin angustiosa. Pero no, Diana se equivocaba; Huberto, desde la noche que les fue presentado en el Casino, pareci conquistado; Mara Teresa recordaba que la haba mirado con insistencia e invitado para todos los valses. No poda conocer ya la cifra de su dote... quin lo habra informado? Por qu entonces suponer que su admiracin se fundaba en clculos interesados? Por qu no creer ms bien que Diana inventaba una perversidad para amargarle el placer de haber gustado a Huberto? Cuando eran pequeas, la envidia de su prima se revelaba a propsito de Juan, a quien no poda perdonar que no fuera para ella tambin un complaciente esclavo. Juan se someta nicamente a las arbitrariedades de Mara Teresa. Toda la animosidad de Diana hacia el joven databa de aquellos lejanos aos de la infancia; esto Mara Teresa lo saba bien. S, s, slo la envidia impulsaba a Diana, la envidia! Esto explicaba las palabras que haba pronunciado y la causa de su veneno. Diana quera hacerle creer que la preferencia marcada de Huberto, la dejaba profundamente indiferente. En realidad, senta despecho... Cunta mezquindad en esta manera de proceder! Y decir que Diana, su prima, su amiga, no vacilaba en ser cruel con ella!... Mara Teresa era bondadosa; despus de haber juzgado la accin de su prima, le busc circunstancias atenuantes. Espiritual, alegre, con un rostro de facciones regulares, Diana careca de ese encanto femenino que poseen a veces las ms feas; su talle era poco esbelto, su cabellera pobre y su tez sin frescura. La atendan de buena gana, pero si sus amigas se ponan a su lado, no la miraban ms. De ah que Mara Teresa encontrase plenamente excusable el descontento de aquella alma poco dispuesta a regocijarse del xito de sus compaeras. Confortada por estas reflexiones, la joven consider que era una tontera atribuir importancia a las invenciones que germinaban en el cerebro ligero de Diana. Alarmarse por una frase inspirada por la malignidad, le pareci puerilidad, y como sonase la campana para el almuerzo, se reuni a su familia en el comedor, sintindose completamente repuesta de su corta pero fuerte emocin. Hacia las cuatro, terminados los arreglos, las dos jvenes bajaron al jardn y se instalaron en la terraza. Las dos se sentan incmodas. Mara Teresa demostraba, a pesar suyo, alguna frialdad, y Diana fastidiada por este silencio, no se atreva a iniciar el nico motivo de conversacin que la interesaba. La campana de jardn anunci una visita; Diana se levant, curiosa, y volvi precipitadamente hacia su prima. --Ah, esto es demasiado! Adivina quin est ah! Martholl mismo! Ha dejado a Alicia y renunciado a su bicicleta! Mara Teresa disimul la satisfaccin de vanidad que le procuraba aquel pequeo triunfo, y como el joven se acercase a ella, le dijo simplemente, tendindole la mano: --Qu feliz idea de venir a vernos! Mi madre tendr un gran placer... Diana, por el contrario, exclam aturdidamente: --Y bien! y la bicicleta? Yo lo crea a usted en la granja, Dutot, prisionero de Alicia. Ha sido abandonado el paseo? --Puesto que usted es tan amable que quiere interesarse por mis acciones, seorita, voy a confesarlo todo. Creo que las seoritas de Blandieres, los d'Ornay y sus amigos han pasado la tarde bajo los manzanos; pero, en verdad, no s nada. Dir que me preocupo muy poco de ello. La seorita Alicia ha querido obligarme a seguirla por entre el polvo de los caminos; iba a resignarme, contando con la presencia de ustedes. Cuando supe que ustedes no iran, sin vacilar falt a la cita. Me imagino que nadie habr notado mi ausencia... Diana lanz una ruidosa carcajada; se representaba el chasco de su amiga esperando en vano, en su lindo traje de ciclista, la llegada del caballero que haba elegido. --Oh! puede usted estar seguro de que Alicia estar furiosa, si le ha esperado; no se lo perdonar nunca. --S, me perdonar, pues no hemos tenido siquiera un flirt; a su alrededor hay siempre ms de un comparsa perfectamente dispuesto a desempear el primer papel. Sin embargo, si me guardase rencor, no ocultar que no sentira ningn pesar; la seorita Alicia de Blandieres me es completamente indiferente. Mara Teresa cambi el curso de la conversacin. --Voy a prevenir a mam que usted est aqu. Mientras la joven se alejaba, Diana interrog coquetamente a Huberto. --Supongo que el sentimiento de indiferencia de que usted hablaba hace un momento, no se extiende a todas las jvenes que ha conocido en esta estacin y si as fuera, tanto mejor para usted; no llevar ningn pesar en su equipaje. --Quiero creer, seorita, que su deseo de conocer mis sentimientos, es una prueba de simpata. En efecto, mi indiferencia no se extiende, por el contrario, se detiene, y se transforma en un inters muy vivo cuando se trata de usted o de su prima. Guardar un recuerdo precioso de mi permanencia entre ustedes, y esto me hace deplorar, se lo aseguro, la necesidad que tengo de dejarlas. Voy ahora a confiarle mi deseo. Espero que la seora de Chanzelles y su mam de usted, querrn permitirme que me presente en sus casas a mi regreso a Pars. El pesar que llevo por mi partida, sera demasiado cruel si no me acompaase la esperanza de volver a verlas pronto. Diana se sonrea todava de esta galante declaracin, cuando la seora Aubry de Chanzelles apareci en la terraza con su hija. --Es usted muy amable en venir a vernos--dijo, tendiendo la mano al joven. --Ah, seora! desgraciadamente, es mi despedida lo que traigo hoy. Vengo a manifestarles mi gran satisfaccin por haberles sido presentado y agradecerles su amable acogida. --Usted se marcha entonces? --Pasado maana, seora. He recibido de mi madre varias cartas muy apremiantes; yo me haca un poco el sordo, lo confieso. Pero esta vez tengo que hacer caso, porque la Condesa Husson misma, me pide que no demore ms. Los Husson son buenos y antiguos amigos de mi familia. Se caza en su propiedad de Valremont; no tiene hijos y me considera como si yo lo fuera. Soy yo quien se ocupa all de organizar la cacera. Estoy, pues, absolutamente forzado a abandonar a Etretat para preparar la apertura de la caza. --Veo que hay sobrado motivo para justificar su desercin. Lamento que no se quede usted hasta el fin de la estacin. Los ltimos das son, a mi juicio, los ms agradables. Cuando el movimiento social se ha calmado, vuelvo a encontrar al Etretat de antes, el de la poca lejana en que yo vena aqu siendo joven. Qu diferencia! La playa estaba tranquila y solitaria; no se encontraba en ella ms que pescadores, lo cual no exiga el despliegue de toilettes que vemos hoy. Adems, se gozaba un poco del jardn propio y no se iba continuamente fuera de casa, renunciando al reposo para entregarse a toda clase de sports. --No hay que hablar mal de los sports, seora; con ellos cuentan los sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses, no se han regenerado sino por la prctica constante de los ejercicios fsicos. En el siglo ltimo era un pueblo anmico; hoy figura entre los primeros, desde el punto de vista de la energa y de la resistencia; estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o burcratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que debe ocupar la gimnstica en la educacin. --Tiene usted razn, los sports son excelentes para la juventud. Saba que usted era un fantico por ellos y que los practica todos con xito. --Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi tiempo. --Es posible que los burcratas, a quienes usted reprocha el no dedicarse a esos placeres, segn usted higinicos, no tienen tan mala voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirn sino ser menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Estn obligados a trabajar para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo, no descuida acaso otros trabajos ms serios, por cultivar sus gustos sportivos? --Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no s en qu ocuparlo. Mi madre tiene tantas relaciones, que yo encontrara fcilmente una ocupacin si lo desease. En el da estoy apasionado del automovilismo. He encargado una mquina pequea, prctica y elegante, que me ser entregada en la primavera prxima, y si usted me permite hacerle los honores, sera muy dichoso, seora. --Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a estas novedades; la traccin elctrica, el vapor y el petrleo, son cosas que, en breve, no tendrn secretos para ellas. --Es necesario, ta. Seramos muy antiguas si ignorsemos eso. --Entonces, yo lo ser siempre, hija ma. Huberto se haba levantado para despedirse. --Seor, en Pars, yo permanezco en mi casa los mircoles, de cuatro a siete. Espero que usted nos demostrar su amistad yendo a vernos de tiempo en tiempo. Martholl agradeci y se retir, acompaado de las dos jvenes que, en Etretat, haban tomado la costumbre de conducir a los visitantes hasta la puerta del parque. En el jardn, Diana volvi a dar bromas a Huberto sobre su desercin: Alicia de Blandieres le hara pagar caro semejante proceder. La seorita de Gardanne prevea complacientemente todo el trabajo que tendra en hacerse perdonar por su amiga cuando Huberto la encontrase en sociedad. l escuchaba vagamente, responda apenas y miraba a Mara Teresa, que caminaba con paso rtmico, levantando con mano flexible su vestido de lana gris plido. Este gesto inconsciente modelaba su cuerpo de lneas perfectas, de una gracia exquisita en su esbeltez. En sus cabellos dorados y ondeados, jugaba la luz. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo y los ojos entornados, como si quisieran guardar su secreto entre sus largas pestaas, la nariz fina y vibrante, la boca de labios rojos algo gruesos y bien dibujados, la barba fina, el cutis transparente, ofreca, destacndose sobre aquel fondo de verde otoal, un maravilloso espectculo de belleza. Huberto, para verla caminar ms tiempo as, silenciosa y preocupada, a dos pasos de l, habra querido que Diana fuese ms habladora, y la alameda infinitamente ms larga. Era un dilettante en materia de vivir. Se felicitaba de haber presentido una perfeccin en Mara Teresa, y una fuerza creciente lo atraa hacia ella. El espritu hastiado de Martholl por la vida fcil que haba llevado siempre, encontraba un encanto nuevo en el estudio de aquella alma pura y sana de la joven. Hasta entonces no haba pedido al amor ms que una embriaguez ligera y un sueo dulce. Jams esta pasajera impresin haba dejado en su cerebro y en su corazn otra huella que el recuerdo de un placer momentneo. En la ternura formada por sacrificios, abnegacin, consagracin, en el amor serio, en fin, l no crea. Y, sin embargo, todos los sentimientos que en otro tiempo habra calificado implacablemente de sensiblera, hacan presa en l ahora. Encontraba exquisito el piar de los pjaros; el rumor de las hojas estremecidas llevaba a sus odos melodas desconocidas; la Naturaleza se le revelaba hermosa y fascinadora, y en su espritu asociaba la belleza de Mara Teresa a aquel culto algo pagano que lo impulsaba a desear arrodillarse y adorar a Dios en los seres y en las cosas. Pero llegaban a la verja. Como nunca la emocin haca descuidar a Huberto sus actitudes, tom una despus de otra las manos de las dos primas, las bes con respeto, y silencioso y correcto, franque la puerta y se alej. --Buen viaje, seor Posturas!--murmur Diana cuando estuvo algo distante. Luego, bruscamente: --Me adelanto, Mara Teresa, porque tengo que probarme un vestido antes de comer. Hasta luego. Y ech a correr, cortando el camino a travs de los cspedes. Cuando Mara Teresa estuvo sola bajo los rboles de la avenida, pens que un adis definitivo le haba causado a ella tambin alguna pena. Se sinti turbada y un poco triste al considerar que los das felices de aquella estacin tan alegre, pertenecan ya al pasado. Suba la avenida del parque lentamente, abstrada, cuando sinti caminar a alguien detrs de ella. Maquinalmente se dio vuelta y no pudo reprimir una exclamacin de sorpresa al apercibir a Huberto. --Usted? --S, todava yo. Perdneme esta indiscrecin; pero he visto desde el camino a la seorita Diana que desapareca tras de los pinos, y no he podido resistir el deseo de verla a usted una vez ms, de encontrarme a solas un instante con usted, para darle un adis menos trivial... --El primero lo era entonces? --En la forma, si no en el fondo... Siento tanto marcharme! --Tanto? --Mucho ms de lo que pudiera expresar. En usted, seorita, he encontrado el ideal de la mujer soada por todo hombre deseoso de ver reunidos el encanto, la inteligencia, la belleza y la elegancia. Usted es la ms seductora, la ms... --Basta, por favor! no prosiga en su enumeracin... Vea que me ro para no mostrar mi confusin, mi... --Su?... concluya, se lo suplico! Su turbacin es tan deliciosa!... Si usted supiera hasta qu punto me hace feliz ese rubor, esa risa que quiere disimular una emocin tal vez ms fuerte y ms sincera... --No vaya usted a creer... he querido decir que lamento... --Mi partida? Dios mo! eso podra usted decirlo a Platel, a d'Ornay; no hay ah motivo para ruborizarse; pero yo estoy triste, profundamente triste al separarme de usted. --Ninguna partida es alegre; a m me habra gustado que usted se quedase todava... --Cierto? Por qu no retenerme entonces? --Usted se hace un poco exigente respecto a demostraciones amistosas. --S, mis exigencias son terribles. Me permite usted decrselas, puesto que parece no querer adivinarlas? Pero la leal sonrisa que resplandeca en el rostro de Mara Teresa desapareci, y con expresin grave, dijo: --Seor Martholl, cuidado! No se apresure a manifestar sentimientos demasiado... vivos. La gran intimidad en que acabamos de vivir todos, podra engaarlo sobre la naturaleza de la simpata que usted me inspira o que yo le inspiro a usted. --Por qu dice usted eso? --Porque me temo que usted da demasiada importancia a una atraccin, muy real, sin duda, pero cuyas bases son todava demasiado frgiles para implicar un sentimiento serio. --Es usted exageradamente juiciosa... Spalo, seorita: yo no tengo ms que un deseo, ahora que tengo que dejarla: el de volverla a encontrar. Y no solamente para continuar una relacin agradable, sino porque la adoro. No se retire, Mara Teresa, se lo ruego!... S, yo la amo a usted, y mi ms ardiente deseo es el de obtener su mano... --Por favor, no me diga usted ms nada; en Pars lo escuchar... Quin sabe tambin si el paseo que va usted a hacer a Valremont no modificar sus ideas! --Qu fra est usted y qu suspicaz! Los sentimientos que abrigo para usted despus que la he visto... --S, s, conozco esas lindas frases; por muy sinceras que sean, hgame gracia de ellas, se lo ruego. No es la hora ni el sitio de decrmelas--se apresur a aadir la joven, molestada por la actitud apremiante de Huberto. --Entonces, tengo que esperar para conocer mi suerte?--interrog l tomando la mano de Mara Teresa entre las suyas. Reconozca que es un poco duro! Puedo, a lo menos, ir a visitarla en cuanto est en Pars, en los ltimos das de noviembre? --Venga usted, mam lo ha autorizado. --Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se muestra bien dispuesta a acceder a mi peticin!--murmur Huberto apoyando sus labios sobre la fina mano que la joven le tenda para darle un adis definitivo. Mara Teresa, sin responder, desprendi su mano prisionera, y, sonriendo, pas su brazo bajo el del joven y lo condujo suavemente hacia la puerta del jardn, dicindole: --Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa, pisoteando los deberes ms elementales de la hospitalidad. Pero es en inters de su estmago. Es tarde y no quiero privarlo de comer, a pesar del gran placer que tengo en orlo... Adis! --No! diga usted: hasta la vista y hasta muy pronto; si no, no me voy... estoy decidido, y la noche me encontrar de centinela delante de su puerta... La joven se sonri, y conciliante: --Hasta muy pronto, pues--dijo. Estas simples palabras fueron pronunciadas en una inflexin de voz tan suave, que llenaron de esperanza a Huberto. Se alej bruscamente, no queriendo comprometer la dulzura de aquel adis. Mara Teresa, apoyada contra uno de los pilares de piedra de la verja, sigui con la vista al joven que se alejaba. Largo tiempo lo vio sobre el camino desierto. Experimentaba una dulce emocin. Esta sensacin era causada por el que caminaba all, o por el encanto sugestivo del crepsculo? Una gran calma reinaba a su alrededor; en el horizonte el mar pareca adormecerse. Huberto mir varias veces hacia atrs, como atrado por el fluido de las miradas de Mara Teresa; despus, su silueta se desvaneci, lejana, entre el polvo del camino y los ltimos reflejos de una aglomeracin de nubes blancas. Cuando el joven hubo desaparecido, Mara Teresa cerr los ojos un instante. No lo vea ya, pero conservaba su imagen. El placer que senta por la declaracin oda, se avivaba por el hecho de que quien la haba pronunciado posea una sonrisa seductora y unos ojos persuasivos. Volvi a ver tambin, oprimiendo su mano, una mano larga y blanca adornada con un curioso anillo antiguo. --Me gusta!--murmur. IX Poco a poco todos abandonaban a Etretat. En el Casino, en la playa, no se vea sino alguno que otro baista. Una vida tranquila, retirada, en el interior de las villas, reemplazaba al movimiento y a la animacin que haba reinado durante la estacin. La seora Aubry gustaba mucho del encanto del otoo; disfrutaba entonces, durante algunas semanas, de un verdadero reposo, por lo cual demoraba su regreso hasta los primeros das de noviembre. Esta decisin no era recibida de igual manera por las dos primas. Desde que no se vea rodeada de una sociedad dispuesta a divertirse y ocupada exclusivamente en crear distracciones nuevas, Diana se aburra espantosamente. Apurada por volver a Pars, a sus visitas y a sus correras por las tiendas, se quejaba de la humedad de la atmsfera, de la tristeza del paisaje, de la soledad, pues las villas se cerraban una a una y la nica distraccin mundana consista, durante el mes de octubre, en concurrir a la estacin del ferrocarril, a despedir a los que se marchaban. Mara Teresa, por lo contrario, gozaba ante aquella playa desierta y le encontraba encantos no sospechados. Despus de la partida de la muchedumbre abigarrada y tumultuosa de los baistas, le pareca que la Naturaleza cambiaba de aspecto. Para recibir a los huspedes fugaces, para no espantar los ojos de los ciudadanos, ms habituados a las decoraciones teatrales, pareca que a su real magnificencia, esta Naturaleza consenta en mostrarse ms vulgar y menos salvaje. Deba ser una concesin hecha a estos profanos, venidos de las ciudades para pasmarse de admiracin ante ella, durante dos meses, y que, transcurrido este tiempo, se apresuraban a huir y olvidarla. El mar tambin se presentaba de otra manera a la vista de la joven, ms grandioso y ms trgico, batiendo incesantemente las costas abruptas. Era este paisaje el mismo que haban contemplado los concurrentes al Casino? Ahora flotaban sobre l vaporosos velos de brumas, y aquella tierra normanda color verde de esmeralda plida, sin horizontes, humedecida por la niebla, pareca salida, como en las primeras edades del mundo, de las ondas y del caos. Mara Teresa, que conoca todos sus rincones, procuraba a su imaginacin el placer de evocar regiones desconocidas en los mismos sitios donde existan granjas, villas y aldeas. Era sobre todo en los das en que el cielo estaba ms brumoso y causaba ms ilusiones, cuando Mara Teresa prefera pasear a travs de los campos. Seguida de Flog, su perro de pelo rojizo, vagaba al gusto de su fantasa por los senderos que serpenteaban entre los matorrales. De tiempo en tiempo, desatenda la Naturaleza para pensar en Huberto. Lo vea bajo la alameda, besndole las manos. Era, pues, cierto! La amaba! Nadie hasta entonces le haba hablado as. De aquella voz musical, arrulladora, le venan las primeras palabras de amor que hubiera odo. Por qu le haba gustado a l? Por qu ella, ms bien que alguna de las otras? La encontraba, pues, ms seductora, ms amable, ms inteligente que las dems jvenes que conoca? La haba elegido entre sus amigas, tan hermosas... Jams se le ocurri que pudiera ser la preferida. Y, sin embargo, Huberto no esperaba sino una palabra suya para pedir su mano. De lejos, se le representaba ms seductor. Recordaba sus actitudes elegantes, su rostro distinguido cortado por un bigote dorado. La idea de que fuera un espritu superficial, no inquietaba a la joven, tanto la haba conquistado su flirt galante, cuyo recuerdo exageraba, y a veces se sorprenda contando los das que la separaban del mircoles en que lo volvera a ver. Cunto lugar ocupaba en su vida, aquel desconocido de ayer! Pensando siempre en l, recordaba las reuniones, los bailes, los paseos, todas las ocasiones que haba aprovechado, solcito, para acercarse a ella y expresarle sus sentimientos. Despus de agotar estos recuerdos, formaba proyectos para el porvenir; pero, cuando imaginaba lo que sera su existencia si el destino los una, no se representaba ms que fiestas, viajes, diversiones de todas clases. Se le haca imposible evocar la imagen de una vida tranquila, ntima, serena, en la calma del hogar, en compaa de aquel mundano tan imperiosamente absorbido por la vida exterior. No; no se vea con l, al lado del fuego, trabajando a la luz de la lmpara, con nios jugando a su alrededor. Huberto no sera jams un hombre de casa, capaz de comprender estos ntimos placeres. Y ella habra deseado imitar a sus padres que eran tan felices en su inalterable comunidad! El seor y la seora Aubry envejecan juntos, en una ternura recproca que los aos no debilitaban. Su ejemplo probaba a Mara Teresa que no se engaaba ambicionando los goces de la familia. En la tarde de la vida, la felicidad consiste en hallarse juntos; pero para disfrutar de la dulce paz del hogar, no hay que abandonarlo por mucho tiempo, si no el encanto se rompe y la felicidad vuela para no volver ms. El alma fuerte y recta de Mara Teresa la haca prudente, aunque estuviese bajo la influencia sugestiva de Huberto, y si inconscientemente prolongaba el misterio de su decisin, era para estudiar a aquel futuro novio y no exponerse a entregar a un ser indigno la hermosa y noble ternura que los corazones apasionados transforman en perdurable amor. Tanto para dedicarse a estos pensamientos, Mara Teresa buscaba la soledad, cuanto para huir de su prima, cuyas observaciones la horripilaban, porque acentuaban el lado snob que lamentaba encontrar en Huberto. Un da que la joven volva de un largo paseo, encontr a Diana leyendo en el saln, recostada sobre un divn. Esta al ver entrar a su prima la recibi con una risa burlona. --Es posible ponerse en ese estado! Pero si ests cubierta de barro! Dime qu extrao placer encuentras en caminar durante horas enteras sobre la tierra mojada? Dirs lo que quieras--continu, despus de un bostezo prolongado,--el campo es inspido en esta poca, y es necesario, para complacerse en l, tener gustos muy extravagantes o... estar enamorada! Felizmente, mi ta acaba de darme una buena noticia; nos vamos despus del da de Todos los Santos, es decir el martes. Ya era tiempo! Se me figuraba ser uno de esos vestidos apolillados que se olvidan en los armarios. --Me gustan tus comparaciones--dijo Mara Teresa mirando humear sus botines hmedos ante el fuego de la chimenea;--no son vulgares. --Escucha--exclam Diana que ya segua otra idea,--vamos a estar bien ridculas al llegar a Pars: sombreros de paja en pleno noviembre... --Bah! los reporters de la moda no hacen guardia alrededor de las estaciones como en el Club Hpico. --Me inquieta un poco el trayecto de la estacin a casa, pero no tengo otra cosa que ponerme, y se necesitan varios das para enterarse de lo que se usa y otros tantos para elegir entre las creaciones nuevas. --Puedes estar tranquila! no quedars deshonrada porque te vean con una toilette que no es de otoo. --Depende de la persona que encuentre. No quisiera que fuera Martholl, por ejemplo. --Por qu eso? --Porque constituye, para m, el rbitro de la elegancia. Es curioso cmo entiende de toilettes femeninas. No has notado que nos mira siempre de pies a cabeza como si fuera un juez en un concurso de belleza? As es que halaga cuando pronuncia flemticamente Tiene usted un lindo vestido o Ese sombrero es maravilloso. A m me ha otorgado algunos elogios, en este verano pues bien! qued tan orgullosa de ellos como el da en que gan un conejo, tirando al blanco en la feria de Neuilly, despus de haber agujereado seis veces el centro. --Sin duda, Martholl se alegrara mucho de orte a juzgar por el efecto que te producen sus elogios; ese joven debe poseer el alma de un gran modisto. --Es con intencin de despreciarlo como hablas as? Hay irona en tus palabras... Mara Teresa no se dign contestar; Diana call un instante y repuso, mirando socarronamente a su prima: --Quieres que te diga una cosa? T eres muy reservada; no quieres hacerme confidencias; disimulas tu juego. Vamos a ver, confiesa de una vez que te ha hecho la corte. --Si te has apercibido, es intil preguntrmelo. --Me gustara saber en qu punto est ese flirt trascendental, y si Huberto te agrada. --Ciertamente que me agrada; pero no lo conozco bastante para tener un sentimiento definitivo hacia l. --Esperas, para decidirte, verlo en Pars en traje de ciudad? Temes otra desilusin como la que tuvimos el ao pasado, al encontrar de levita y sombrero alto, a aquel Marcelo Mingot que nos haba parecido tan bien aqu, con su gran fieltro gris y su elegante traje de ciclista? --No, no! sobre este punto estoy tranquila; de cualquier manera que Martholl est vestido, ha de ser siempre con el esmero que le vale tantas admiradoras. Quisiera solamente, para tomar mi resolucin, ver a Martholl con ms frecuencia, para conocerlo mejor. --Sabes una cosa? Pues bien, me ha sorprendido que se entusiasmara tanto contigo! --Eres muy amable; tu cumplido me conmueve. --Antes de sublevarte, espera que me explique: Te concedo que tienes todo lo que se precisa, y ms de lo que se precisa, para gustar a los ms difciles, puesto que eres rica y linda. --Rica sobre todo no es verdad?... Gracias decididamente ests dispuesta a hacerme justicia! --Solamente que--continu Diana imperturbable,--moralmente, no eres la mujer que le conviene; t no eres bastante fastuosa ni aficionada al gran mundo. Seguramente, se creera que ests en l, pero, yo te conozco, s que con frecuencia te sales de l porque no te diviertes. --Entonces? --Entonces, creo que hay incompatibilidad de caracteres entre ustedes. --Antes de buscarnos motivos de ruptura, sera prudente esperar a que Martholl pidiera mi mano! --Si no la ha pedido todava, la pedir, puedes estar segura, y no veo qu razn te hara rechazar a un novio tan extraordinariamente chic. Anda, no lo dudes, hay muchas probabilidades de que pronto seas la seora de Martholl. T no quieres aparecer como aceptndolo muy ligeramente; pero eso es una tctica. --Oh, Diana!--protest Mara Teresa;--por qu no has de creer en lo que yo te digo? --Pero si t no me dices nada! --Por qu he de decirte que amo a Huberto cuando todava no es verdad? --Me gusta ese todava desprovisto de artificios; es revelador!... Querida ma, querra que tomases una decisin. Te confesar, francamente, que me alegrar de veros casados; primero, porque siendo t mucho ms linda que yo, me perjudicas; despus, porque podramos salir solas. Se acabaron las acompaantes! qu suerte! Sin contar con que tu casamiento pondra en circulacin en nuestro mundo a algunos jvenes ms; los amigos de tu marido seran mis amigos! Por qu no he de contar con ellos? --Esta vez, s, me explico tu deseo de verme encadenada; pero qu importa, para tus proyectos, que sea a Martholl o a cualquier otro? --Es que Huberto me place. Lo encuentro muy bien. Cuando vayamos juntas al teatro me gustar tenerlo en el fondo del palco; los hombres como l, hacen valer a las mujeres que acompaan. Es gentleman desde su peinado hasta la forma de sus zapatos, y, al mismo tiempo, tiene una distincin, una desenvoltura... Dios nos preserve del seor vulgar, del maniqu siempre endomingado o de la cabeza de peluquera! Prefiero una cabeza de turco! --Adelante con las comparaciones!... Pero, estara yo fresca si tomase tus ocurrencias a lo serio! Con tu mana por lo chic y el buen tono, te olvidas de la ms noble aspiracin: la ternura del corazn que debe identificar al hombre con la mujer. Las exigencias del mundo son muy mezquinas comparadas con ese placer del alma. La intimidad sin amor, sin un amor tan noble, tan dulce como el que une a mis padres qu sera para m? Un martirio! Permteme, pues, que reflexione, antes de arriesgar mi porvenir, para apresurar tu emancipacin y procurarte la vanidad decorativa de lucir a mi marido en el fondo de tu palco. En cambio, te prometo tenerte al corriente de mis decisiones, puesto que te interesan tan directamente! Pero te pido, encarecidamente, que cuando volvamos a Pars, no pregones a son de trompeta que soy novia de Huberto, pues no lo soy an. --No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es porque no tiene ninguna importancia. --Es precisamente lo que te reprocho, querida ma. Si no atribuyes ninguna importancia a lo que dices, no le sucede lo mismo a los interesados. --Si me reprendes, no dir una palabra ms!--dijo Diana recogiendo su libro que se le haba cado al suelo. Sin embargo, despus de un corto silencio, repuso, temiendo haber contrariado a su prima: --Cuando estemos en Pars quieres que salgamos juntas? Iremos a tomar el lunch al Palacio de los Campos Elseos, y a probarnos sombreros, y a ver los modelos del incomparable Doucet, quieres? Pero Mara Teresa no la escuchaba ya. Sentada delante del fuego, amodorrada por la fatiga y por el calor que le daba la chimenea, le pareca or distintamente dos voces en su interior: la una acariciadora, inspirada en las mismas ideas de Diana, que la incitaba a alegrarse de la asiduidad de Huberto; la otra, evocando consideraciones de un orden diferente, dominadora, imperiosa, le aconsejaba que esperase antes de decidirse. --Acaso conoca al que solicitaba unirse a ella? Cierto es que dos meses de intimidad en el mar, ayudan a formar opinin sobre las personas. No le haba faltado tiempo para conocer a Huberto como flirt; saba a no dudar, que era un sportman perfecto, que su conversacin de hombre de club distraa agradablemente a su auditorio, pero se daba cuenta tambin que, moralmente, le era perfectamente desconocido. De qu viva la inteligencia de aquel hombre? Cul poda ser la naturaleza de sus aspiraciones, el valor de su conciencia, el objetivo de su vida? Hacia qu ambiciones o ensueos diriga su voluntad? Prevea su sufrimiento si descubra, demasiado tarde, que no se entenderan nunca sobre ciertas cuestiones, y que las cosas que ella consideraba ms importantes, que tocaban a su corazn, lo dejaban indiferente, si no hostil. Lejos de imitar a la mayor parte de las jvenes que no piden al ansiado novio ms que fortuna o una posicin envidiable, ella se preocupaba principalmente de las cualidades del alma del hombre a quien entregara su vida. Presenta que el matrimonio es cosa grave y que no deben ligarse ligeramente los nudos. Para tener la seguridad de conservar siempre su mano en la de un compaero elegido, hay que saber, primero, si esa mano es leal, si podr proteger, dirigir y amparar, en todas las vicisitudes de la vida. Educada por una madre inteligente y seria, que se haba dedicado a desarrollar el corazn y el espritu de su hija, Mara Teresa haba aprendido que a veces es peligroso juzgar a las personas por su exterior ms o menos brillante; por lo cual deseaba, para apreciar la cultura moral e intelectual de Martholl, que se presentasen otras circunstancias distintas del perodo del flirt de los baos de mar. Su sensatez la induca a escuchar la voz de la razn que le aconsejaba no precipitar su eleccin, no apresurarse a contraer compromiso bajo la influencia de la atraccin innegable que senta hacia aquel joven. X Los Aubry de Chanzelles haban regresado a Pars haca un mes. Ocupaban un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas, la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur, frente a los jardines del Luxemburgo, hacan atrayente esta mansin. A pesar de toda la calma de Mara Teresa, el tiempo que medi entre el da de llegada y el mircoles en que deba recibir a Martholl, le pareci largo. Qu corazn de joven no se sentira turbado por la esperanza del amor entrevisto? Este primer da de recepcin, tan impacientemente esperado, lleg por fin. Hacia las tres, la joven, sola en el saln, gozaba anticipadamente del placer que deba causarle la visita de Huberto. Cmo lo encontrara? Siempre enamorado a pesar de las semanas de separacin? Y si no vena? Esta ltima idea la tena ansiosa; consultaba la hora con inquietud. Para disipar su enervamiento, se acerc a una ventana, levant la cortina de antiguo guipur, y mir hacia el jardn que se extenda ante ella. En aquel da de sol de diciembre, nada haba revelado el invierno ni la Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las plantas, si los rboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como esqueletos descarnados. Una luz clara esparca sus rayos, y las avenidas hormigueaban de nios alegres, primavera de carne en aquella estacin atrasada. Las hojas secas cubran de manchas amarillas y oscuras la arena de los caminos. Las nieras adornadas con cintas de mil colores, llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebs, en tanto que las siluetas plidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro pintoresco que bien poda haber distrado el espritu de Mara Teresa del pensamiento que la absorba; pero la contemplacin del Luxemburgo no calmaba su impaciencia. Sus miradas seguan con frecuencia los coches que surcaban la calle, y si alguno de ellos pareca querer detenerse delante de la puerta de su casa, la joven senta latir su corazn un poco ms ligero. Un buen rato haca que estaba all cuando Diana entr silenciosamente en el saln. Se aproxim a un espejo para contemplar el efecto de su vestido de tela roja bordada, pas una mano ligera sobre sus negros cabellos, y volvindose hacia su prima, que no la haba sentido: --Y bien qu haces en ese puesto de viga?--le dijo. Mara Teresa se estremeci como sorprendida en falta, pero reponindose: --Hola! eres t, Diana?--respondi sin moverse de su observatorio.--Entras como rayo de sol, sin hacer ruido... --Y qu ves venir? --Nada! --Espas simplemente la llegada del que esperas. Mara Teresa, un poco abochornada, se ruboriz. Entonces Diana se aproxim a ella, pas un brazo alrededor de su cintura, y mir, a su vez, hacia afuera. --De qu lado debe venir el hermoso Martholl? --Pero si es probable que no venga!--murmur Mara Teresa, descontenta de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto. --Eh!--dijo Diana con incredulidad.--Que Martholl se olvide de venir, he ah, estoy segura, una cosa que t no temes que suceda! Es fcil prever que se har anunciar al sonar las cinco. Mara Teresa recorra el saln simulando ocuparse en arreglar las cosas; remova las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots, levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de t, donde el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmvil en su puesto de observacin, la llam: --Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriar la calle. Ha regresado tu hermano? --S, anteayer. --Y est contento de su viaje a Austria? Parece que no tard en plantar en el camino al estudioso Juan. --Ha hecho una gran vida, y ha sido presentado a varios Archiduques. Mara Teresa se sonri. --Entonces estar maravillado de aquel pas. --Perversa! --No, de veras, me alegro que Bertrn se haya divertido tan fcilmente; es de los que gozan con todas esas pequeas satisfacciones de vanidad... Cunto los envidio! --Que t puedas envidiar a alguien, por el momento, es algo que no se explica! --Por qu? --Porque tienes en perspectiva todo lo que se puede ambicionar. --Puede ser...--murmur Mara Teresa, distrada. Su mirada erraba por el saln; de pronto, designando sobre una consola Luis XV, un jarrn de cristal verde incrustado de oro, que sostena un gran ramo de violetas de Parma, exclam: --Mira qu linda copa!... Juan acaba de mandrmela de Bohemia. --A propsito, qu se hace tu Juan? No lo veremos nunca? --Est an en Alemania. Creo que le gusta aquel pas, porque no habla de volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontr muy atareado. Maana, Jaime estar aqu; si deseas otras noticias, l te las dar ms frescas. --Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostara que se nos va a presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en llamarse seora Durand. Es como para afligir: seora Durand! mam Durand! --Todos los nombres pueden ser ridiculizados as... Entonces t, para casarte, tendrs en cuenta el nombre que llevarn tus tarjetas? --La verdad es que no me gustara dejar de ser Diana Gardanne para convertirme en la seora Durand, la seora Dupont o la seora Boucher; se me figura que tendra un aire de vulgaridad espantosa. --Pues yo, cuando he soado en las cualidades que pudiera tener mi marido, nunca he formulado el deseo de que est adornado con un nombre decorativo. Ah viene mam! --Buen da, ta!--exclam Diana. --Buen da, querida ma--dijo la seora Aubry, besando a la joven.--Ver hoy a tu madre? --No, ta; mam est con jaqueca, como siempre; pero Bertrn vendr a buscarme. La puerta del saln se abri. Dos seoras ancianas, vestidas de negro, entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la seora Aubry acogi con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado introdujo a Huberto Martholl. Diana se inclin hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo: --No te deca que vendra hoy? Mara Teresa, un poco turbada, la escuch apenas. Segua con la mirada a Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente ante la seora Aubry. La joven se sorprendi de que no se precipitase hacia ella, y al mismo tiempo comprenda que esta exigencia de su emocin, era incompatible con las reglas del trato social. Qu extraa naturaleza se descubra! Ella misma haba calmado el ardor de los sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habra querido que manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepcin en vez de una alegra, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de visitante correcto y dueo de s mismo. Despus de algunos instantes, consagrados a la seora Aubry, Martholl pas a saludar a Mara Teresa; sta, por un esfuerzo de voluntad, recobr su calma habitual, y el apretn de manos que se dieron, fue perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo desaparecer pronto la turbacin que se haba producido entre ellos. Los llev al saln chico, bajo pretexto de que la conversacin interminable que la seora Aubry sostena con sus primas de provincia, la incomodaba; instal a Huberto confortablemente, y exclam semiseria y semi-irnica: --Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazn, est en buen grado para nosotras? --Ciertamente, ms que nunca; lo dudaban ustedes? Marca treinta grados sobre cero. --Mara Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, dudaba! --Diana!--exclam Mara Teresa, realmente ofendida por la ligereza de su prima. --Y bien, no es verdad, acaso? Para desvanecer la animosidad que senta nacer entre las dos jvenes, Martholl, con habilidad, se dirigi a Mara Teresa. --No lamente lo que acaba de decir la seorita Diana, pues me ha hecho muy feliz. --Feliz? --S, seorita; porque, sin ella, quiz no habra conocido la confianza justificada que usted tiene en m. He credo que este mircoles no llegara nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han parecido contener ms das que los otros. Saben ustedes que he experimentado una verdadera sensacin de vaco despus de haberme separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme atrs, y despus, slo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir a pasar dos das a Etretat. Pero me retenan en Valremont. Mis funciones me hacan indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la fuga. --S, s, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido mucho--repuso Diana.--Haba mujeres lindas entre las invitadas? --Algunas. Y ustedes qu han hecho durante el fin de la estacin a la orilla del mar? Aquello deba estar espantosamente triste, cerrado el Casino, abandonada la playa! No conozco nada ms inspido que permanecer en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estacin de la caza. Mara Teresa levant sus lindos ojos, y dijo sorprendida: --Es decir que usted no se habra encontrado bien en Etretat, por la nica razn de que en esa poca del ao, no es de buen tono quedarse? Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitacin para algn castillo, precisamente en la poca de la caza? Huberto adivin la irona en la sonrisa fina de su interlocutora; qued dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia: --Tiene razn l! Aquello era un horror! Cmo me he aburrido cuando se fue todo el mundo! Vivamos como lobos; no se vea a nadie. --Por eso mismo me agradaba Etretat--repuso Mara Teresa.--Me gusta la soledad, la vida contemplativa. Qu descanso verse libre de los indiferentes! --Es por m por quien dice usted eso?--protest Huberto. Mara Teresa se sonri con malicia. --No; a usted lo habra soportado muy bien algunas horas por da. Lo que me gusta despus de la estacin de los baos, es esa gran calma que permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un placer a otro. Huberto comprendi que contrariaba a Mara Teresa no emitiendo opiniones ms de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consider, pues, prudente agregar: --Es muy cierto que cuando uno est bien instalado en su casa, con libros, el tiempo pasa ligero; adems, ustedes montaran a caballo, sin duda... --No. Como Jaime y Bertrn se hallaban en Alemania, no tenamos a nadie que nos acompaase. Nos contentbamos con dar grandes paseos a pie, y admirar las puestas de sol; eran magnficas, no es verdad, Diana? --Confieso que no tengo el alma tan potica como t, querida ma, y que soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas reuniones del Casino. Un movimiento se produjo en el saln. Las parientas de la seora Aubry se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jvenes, cuyas toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tmidas, la temible insolencia del lujo parisiense. Las recin llegadas, Mabel d'Ornay, la seora de Blandieres y sus hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto. --Qu feliz encuentro, seor Martholl! --Justamente--dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada apareca entre blondas,--justamente esta misma maana, yo le deca a mam, que formaba su lista de invitados para nuestro t: no olvide al seor Martholl, tengo un inters especial en que venga. Huberto se inclin. --Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, seorita. Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se mantena en las notas agudas; continu: --No me agradezca nada; mi invitacin es interesada. De todos mis amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston con usted. Y al hablar, pona en toda su personita una gracia risuea capaz de seducir a los ms recalcitrantes, lo que no impidi que Martholl le respondiese: --Siento, seorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero no podr quedarme hasta el cotilln; tengo la obligacin de ir a otra tertulia. --Oh, qu fastidio!--murmur ella contrariada. Luego, recuperando su aplomo, y acompaando su frase con una alegre risa comprometedora, aadi: --Veremos; ya sabr yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno se divierte ms, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegra, no permitir que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo. Huberto se content con decir: --El hombre es dbil, y si usted emplea armas que no se puedan resistir... --A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el aspecto de una amazona mutilada--observ Diana, indicando con un gesto el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de breitschwantz. --A propsito de amazona, no han ido ustedes al bosque, despus de su regreso? --No, Bertrn trabaja por la maana, y Jaime no llegar de Viena hasta de aqu a unos das. --Y yo que recorra la gran avenida todas las maanas, en busca de ustedes!...--dijo Martholl. --A qu hora va usted? --Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa; lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable. Mientras la juventud conversaba as, de una manera general, el criado introduca sucesivamente a Max Platel y a Bertrn Gardanne. Cada uno de los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. Mara Teresa y Diana pasaban y volvan a pasar entre todos, ofreciendo tazas de chocolate, de t, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas, dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se deslizaban. En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproxim a Huberto: --La seorita Mara Teresa es una armona viva--dijo, mientras su mirada la segua por el saln. El joven literato tena razn. Desde su vestido color malva, hasta sus cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de su voz algo velada, acentuaba ms el encanto armonioso de su persona; slo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza fina. En medio de todas aquellas jvenes engalanadas y hermosas, se destacaba como una excepcin, tan marcada era la expresin indefinible y casi sobrenatural que el vigor y la elevacin de sus pensamientos impriman a su fisonoma. En ese da nada era ms misterioso ni ms melanclico que su semblante. Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atencin. Una voz son de pronto en una risa argentina: --Cmo? Platel est aqu y todava no se le ha odo? es inverosmil! --Mabel reclama su trovador--exclam Diana. --Aqu est!--grit alegremente Platel, avanzando hacia el crculo formado por las jvenes. Se sent en un asiento bajo, casi a los pies de la seora d'Ornay, y mir curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la hizo exclamar: --Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mo! Qu quiere usted inventariar? El literato transport su mirada sobre la linda persona que cubierta de terciopelo y azabache, se mova entre crujidos de seda. --Excseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que tengo el honor de venir a casa de la seora de Chanzelles; me pongo, pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaucin, para m, indispensable; ciertos muebles me son tan antipticos, que no podra verlos dos veces, y el ms insignificante bibelot me abre horizontes sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores. --Y bien, est usted contento de m, volver a verlo?--pregunt la seora Aubry, rindose del dicho del joven. --S, seora--contest Platel, inclinndose,--estoy muy contento; hay en sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la sensacin del arte; est el arte mismo. Pero nunca tem una desilusin; antes de venir, saba lo que iba a ver: la seorita Mara Teresa no puede sembrar sino belleza a su alrededor. Hubo un murmullo de aprobacin. Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfaccin sin dejar de interesarse por s mismo, y Mara Teresa continuaba circulando en medio de esta discreta animacin, llevando de un grupo a otro su sutil melancola y su soledad. Hallndose en su casa, en medio de sus amigos, qu extrao malestar la converta en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversacin y charla vacas le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo, resonaban en su corazn como golpes de martillo. Su primo Bertrn, provocado por la seora de Blandieres, que diriga la conversacin, con la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos del gran mundo, refera su viaje a Austria, y la acogida que le haban hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendacin de su to Aubry para el embajador de Francia, con quien tena relaciones amistosas. El joven, embriagado de grandeza, narraba sus xitos y la invitacin con que haba sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de Luxemburgo, residencia imperial. Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates hngaros, archiduquesas y algunos prncipes alemanes, haba trastornado la cabeza a este hijo de ricos burgueses, que ahora senta un verdadero sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con la presencia de testas coronadas, deca: --Solamente all puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes seores. Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, aadi: --No es como en Francia, donde todas las clases estn espantosamente mezcladas. --Tiene usted razn, querido amigo--aprob Martholl;--esto ha concluido; nunca ms nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo, actualmente, es una aglomeracin singular de rasta cueros y de advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio ms que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en ninguna parte si ejerca el comercio. Por desgracia, todo ha cambiado! El dinero hace abrir de par en par las puertas de los ltimos rebeldes. As es que no me sorprendera encontrar uno de estos das, en el gran mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de caballos. --No diga usted semejante cosa!--exclam con indignacin muy noble la seora de Blandieres, protestando en nombre de todas las seoras que, como ella, hacan profesin de tener saln abierto. --Por eso--continu Martholl, con gran pesar de Bertrn, que deseaba contar la historia de una cacera de ciervos, a que lo haba invitado un archiduque,--por eso, en Francia, la fisonoma de los salones ha cambiado prodigiosamente. No se podr citar uno solo donde no haya mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes fortunas en productos alimenticios, farmacuticos, industriales ms o menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradicin de la exquisita cortesa francesa que, en otro tiempo, nos sealaba a los ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: qu figura quieren ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una trastienda? No aportan a las reuniones sociales ms que un espritu embotado por la preocupacin de los negocios, y no buscan, al frecuentar los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones. Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que conocen todos. --Lo creo!... Nada ms que de pensarlo, siento fro--suspir irnicamente Platel.--Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una barrera infranqueable!... Horrible labor, amigo mo! Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la teora eminentemente aristocrtica de Martholl, surgieron de todos lados; luego la conversacin recuper su curso tranquilo, en tanto que Mara Teresa senta aumentar su malestar moral. Por qu Martholl senta tales cosas? Cmo osaba decirlas? De qu muslo de Jpiter habra salido su familia? Qu noble genealoga de hroes o hidalgos, protega aquel nombre de Martholl? El resto de la conversacin no fue escuchado por la joven. Un pensamiento desolador absorba su espritu. Pero en breve fue despertada por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto, apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecan brotar de los sentimientos ms sinceros. Huberto aprovech el momento para acercarse a ella y murmurar: --No he podido conversar con usted; cundo volver a verla? Puedo venir antes del mircoles prximo? Mara Teresa lo miraba. Qu elegante era, qu seductor! A pesar de la intranquilidad de su corazn, hizo, sonriendo, un signo de cabeza afirmativo, y le tendi la mano, la pequea mano fuerte y confiada que, si l era digno, le entregara en breve, como esposa. El saln, lleno de animacin y alegra algunos minutos antes, qued solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban an en el aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes. La seora Aubry, que se haba puesto a leer al lado del fuego, volviose de pronto y vio a su hija sentada en un rincn, con aire pensativo. --En qu piensas?--le pregunt.--No debes estar muy fatigada de tus conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado. --Es cierto, mam, estoy preocupada. --Hace algn tiempo que me apercibo de eso, hija ma--dijo la seora Aubry con ternura.--No he querido preguntarte nada; esperaba tus confidencias. --T lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazn, que muy pocas cosas tengo que contarte, creo... --Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... Huberto Martholl te gusta? --Me gusta, madre querida... --Y bien? --Es que... --Veamos, voy a ayudarte, querida ma; sabes si t le gustas a l? --S... pero esta simpata que siento por l basta para que me case? No s todava si lo amo; me halaga ver que se ocupa de m ms que de las otras jvenes, y me agradan mucho las galanteras que me dice. Esto es todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado ms slidamente nuestra atraccin recproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una gran desilusin, te lo confieso, querida mam. --Entonces, reflexiona bien, hija ma. De la eleccin que hacemos, depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no te dejes influenciar por ninguna consideracin ftil. El seor Martholl parece una excelente persona, es de buena familia, rene todas las condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si t te decides en favor suyo, ninguna objecin tendremos que hacer, tu padre y yo; nuestro nico pesar sera, sin embargo, que el seor Martholl permaneciese desocupado. --Tambin yo espero que no est resuelto a pasarse toda la vida sin hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo. La puerta acababa de abrirse; el seor Aubry entr. Al ver a su mujer y a su hija, una sonrisa ilumin su rostro. Mara Teresa se precipit hacia l, y ponindole su frente a besar: --Buenas tardes, pap--le dijo. --Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga ma. Y bien! qu tal ha estado el primer mircoles? --Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl. --Ah, ah! ya? No pierde su tiempo se; sospecho que tiene sus motivos... Se conserva siempre hermoso? T no dices nada, Mara Teresa? --S, querido pap! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y no tengo razn?--interrog la joven con una linda sonrisa. --Mi querida Mara Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo modo. Si algn da tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad del seor Martholl, no ser seguramente por ese lado por el que mirar... Ah! preveo que esto suceder dentro de poco tiempo; est muy apurado ese joven! Puede ser que tambin sea tu opinin, chicuela... Qu debo contestarle? T me lo dirs no es cierto? Hubo un silencio. El seor Aubry se recost en una poltrona; luego, al cabo de algunos minutos, exclam, desperezndose: --Hijas mas, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable; he hecho a la vez de patrn y de obrero. Este diablo de Juan, demorndose en venir, me recarga la tarea. Es que l solo se ocupa de todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme. --Y por qu no lo llamas, amigo mo? Haces mal en fatigarte de ese modo. --Querida mujer, por la sencilla razn de que Juan tiene que terminar un buen trabajo en Alemania. Adems--aadi sonriendo el seor Aubry,--hago cuestin de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera, no sera confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos? --Nunca creeremos eso, Pablo--dijo cariosamente la seora Aubry,--pero es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes que puedes confiar en Juan. --No, no, ese muchacho es ms entendido que yo; el discpulo ha sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos ltimos meses ha tenido una idea de fabricacin casi genial. --Qu entusiasmo, pap querido! --Digo la verdad; Juan es el alma de la fbrica, y me felicito de ello. Haca algunos minutos que la seora Aubry miraba atentamente la cara de su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza. --En fin--aconsej,--no te fatigues; te encuentro algo cansado desde hace algunos das, sobre todo hoy... --Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortar; no vayas ahora a ponerte cavilosa. Diciendo estas palabras, el seor Aubry tom afectuosamente el brazo de su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequea, y agreg alegremente: --A la mesa, hijas mas! Por la noche, cuando Mara Teresa se retir a su cuarto, se instal cerca de la chimenea, con un libro; pero su espritu volaba lejos de lo que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su impaciencia, que no haba podido disimular, de volver a ver a Huberto, y en el placer mezclado de angustia que haba experimentado al encontrarlo siempre encantador, enamorado, amable, pero tan frvolo!... Por turno se presentaron a su imaginacin las caras amigas de las Blandieres, de Platel, de la seora d'Ornay. La de Bertrn Gardanne le trajo bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razn al husped de los archiduques. En el gran mundo no encontramos ya, haba dicho, ms que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la industria. Entonces Huberto no daba su estimacin a los que llegan a la fortuna por la inteligencia y la labor?... Ella, que haba sido educada en el culto del trabajo y de la energa individual, ella, que admiraba la obra de su padre, se haba sentido ofendida por aquella disposicin de espritu de Huberto. Por qu hablaba con tanto desprecio de cosas respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, deba haber comprendido cunto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que haba ganado no era ms honorable an por haber sido ganada en la industria con su propio trabajo? Pero no, aqullas eran palabras al aire, de esas palabras insignificantes de que estn sembradas las conversaciones sociales. --Es imposible--se repeta, queriendo convencerse a toda costa,--que un ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su propio mrito al intil, cuyo nico bagaje consiste en una lnea de abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas. Luego, poco a poco, olvid este motivo de discordia y dej volar su fantasa recordando las manifestaciones del amor que el joven pareca sentir hacia ella. XI La seora de Blandieres era muy amiga de infancia de la seora Aubry. Hurfana y sin fortuna, se haba casado muy joven con Hctor de Blandieres, coronel retirado de caballera. Durante doce aos tuvo que dedicar sus cuidados a su anciano marido y a sus dos hijas, llevando una vida montona e incmoda, pues el coronel, a causa de la gota, que le sobrevino con la edad, haba adquirido un carcter agrio y mostraba gustos difciles. La muerte de su marido la libr de tales incomodidades. Deseando huir de un lugar donde tanto haba sufrido, abandon el castillo de Blandieres, lo vendi, y fue a instalarse en Pars, con la firme intencin de indemnizarse de los tristes aos que haba pasado. Arrend un hermoso departamento en la calle General Foy, y terminado su perodo de luto, se lanz al mundo con frenes. Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien estimada y solicitada. Esta existencia de placeres la absorbi completamente. Visitar mucho y recibir ms an, fue su nica ocupacin; senta por la vida social, verdadero fervor. Ocupada nicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones que rigen las obligaciones de una mujer que quiere brillar en la carrera difcil de alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna para alcanzar este fin; pero la disipaba alegremente, y encontraba la recompensa de sus esfuerzos en las crnicas de los diarios relatando sus paseos y sus recepciones; las lneas de elogios de los ecos sociales la halagaban, aunque, a menudo, era ella misma quien pagaba la insercin. Esta consideracin, completamente secundaria para ella, no amenguaba su satisfaccin. La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la casa de la seora Aubry, los salones de la seora de Blandieres presentaban un magnfico aspecto, y la alegra era ya grande cuando los Aubry llegaron. La primera persona que Mara Teresa percibi, fue a Huberto, quien, semioculto detrs de una tapicera de Beauvais, no quitaba los ojos de la puerta de entrada. La joven se sinti lisonjeada al verse as esperada. Martholl avanz hacia ella en el momento en que, habindose quitado el amplio abrigo de pieles, apareci, fresca y luminosa, con su vestido de tul plido. --Sera indiscreto si le rogase que me reservara todos los valses?--pregunt l, ofrecindole el brazo. --Sera algo ms que indiscreto, y yo no puedo autorizar semejante monopolio--respondi sonriendo Mara Teresa.--Cree usted que no encontrar tan buenos bailadores como usted entre todos esos jvenes? --No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe bien por qu espero bailar con usted sola esta noche... Y mientras hablaba, con una presin suave de su brazo, sobre el cual se apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia l. Mara Teresa, turbada, trat de separarse un poco. Huberto continu: --Quiere usted que la lleve donde estn sus amigas? Hay all, al extremo de los salones, un rincn florido en el que esas seoritas han establecido su cuartel general. Estn hermossimas esta noche; Mabel d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; est usted maravillosa con su toilette. --Vaya--dijo Mara Teresa con coquetera,--no me haga tantos cumplimientos al empezar la noche, no tendra nada que decirme a las dos de la maana. --Tiene usted muy pobre idea de mi imaginacin; le parece que tan pronto quedar agotado? Adems, la admiracin que tengo por usted me hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables das e interminables noches. --El talento de Scheherazade sera escaso al lado del suyo, entonces? --No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiracin que yo. Hablando as, llegaron ante el grupo formado por las jvenes. Estas hacan por disimular en sus labios una sonrisa burlona al ver avanzar a Mara Teresa con Huberto. --Qu suerte!--exclam Alicia con su voz aguda,--al fin llega! Querida ma, si usted no hubiera venido, Martholl habra pasado la noche entre las cortinas. Hace ms de una hora que se ocultaba bajo las mamparas, acechando a los que llegaban, y como no la vea entrar a usted, empezaba a poner una cara!... --No es muy amable para nosotras semejante conducta!--protest Juana, igualmente indignada de la defeccin de un compaero tan envidiable. --El grupo encantador que ustedes formaban no estaba completo--explic Huberto.--Yo esperaba a la seorita de Chanzelles para traerla con ustedes. --Por su buena intencin, yo lo perdono--dijo Diana pegando ligeramente con el abanico en el hombro del joven.--Pero cuidado con hacerlo otra vez! Seoritas, perdnenlo ustedes tambin; con Martholl nadie puede enojarse en una noche de baile: la que l no invitase, quedara demasiado castigada. Y como el preludio de un vals se hiciera or, una por una las jvenes se alejaron del brazo de sus respectivos compaeros. Mara Teresa y Huberto no tardaron en quedar solos. --Al fin!--dijo el joven,--al fin ha llegado el momento que yo esperaba con tanta impaciencia. Tengo tantas cosas que decirle! No quiere usted escucharme? No me mire con ese aire de altiva indiferencia; usted sabe bien que yo la amo. Recuerda sus palabras, cuando me march de Etretat? En Pars, le dir si usted debe esperar... Ya estamos en Pars, puede, pues, contestarme. Me es imposible seguir viviendo as. Mi primera idea fue pedir a mi madre que fuese a hablar al seor de Chanzelles, pero he tenido miedo; usted no me haba autorizado a hacerlo. Dgame, se lo ruego, si consiente usted esa gestin... Deseo que usted misma me conteste. No comprende cun desgraciado soy esperando indefinidamente?... --No podemos quedarnos en este rincn aislado--murmur Mara Teresa levantndose,--entremos en el saln. Luego, volviendo hacia Huberto su cara sonriente: --Para que tenga usted paciencia, le concedo este vals. Pero Huberto continuaba: --Usted no se librar de mi demanda importuna con el don de un vals. No la dejar esta noche sin haber obtenido una respuesta cierta. Y de nuevo, oprima contra l el brazo de la joven. Cuando llegaron al umbral de los salones iluminados a giorno por globos elctricos revestidos de flores, Huberto la enlaz y la arrebat en vertiginosos giros, al son de una orquesta de zngaros. En su vestido de tul que la envolva como una nube, esfumando graciosamente sus formas finas y puras, Mara Teresa estaba interesantsima. Las palabras que le murmuraba Huberto le daban una animacin, un brillo inslito; atraa todas las miradas. Adems, los dos jvenes formaban una pareja tan encantadora, que todos se detenan para admirar la flexibilidad y la gracia de sus movimientos. La joven, al sorprender las miradas de sus amigas fijas en ella, presinti que le envidiaban aquel novio probable, y esto no la contrari. Por lo contrario, experiment cierta satisfaccin, como si la circunstancia de que Martholl gustase de ella la hubiese hecho superior a las otras jvenes all reunidas. Eran ideas que nunca se le ocurran, pero que, en aquel instante, bajo la influencia de aquel ambiente tendan a impresionarla en favor de Huberto. l tambin gozaba de aquel homenaje rendido a la mujer que haba elegido. As, en el corazn de ambos, la vanidad, satisfecha de excitar envidia, contaminaba un poco el amor naciente. El contacto del mundo ejerce presin o turba las inclinaciones del sentimiento. Bailaron varias veces, pues Huberto no quera alejarse de Mara Teresa, como para afirmar los derechos que esperaba obtener. La joven se apercibi pronto que se cuchicheaba sonriendo cuando ellos pasaban; pero, enervada por el placer y mecida por el ritmo de los valses, oa complacida los ruegos que renovaba Huberto, sin fijarse que mostrndose siempre juntos durante toda la noche, daban lugar a la maledicencia. En aquel momento, no se explicaba su indecisin en acceder a las splicas de Huberto. Ninguno de los jvenes que la rodeaban tena su elegante presencia. Qu ms poda pedir? No sera muy agradable pasearse por el mundo del brazo de tal marido? Diana tena razn; era verdaderamente chic. En los momentos en que se preparaba el cotilln, alguien vino a decirle a Huberto: --La seorita Alicia de Blandieres lo espera en el saln azul. Huberto se aproxim a Mara Teresa. --Alicia de Blandieres me hace llamar, probablemente para dirigir el cotilln con ella. Yo me niego. Quiere usted permitirme que pase a su lado el final de la noche? --Eso no estar bien hecho! no recuerda usted que dijo a Alicia, cuando lo invit, que no podra asistir al cotilln? --S, pero he cambiado de parecer. Cree usted que yo voy a privarme del placer de quedarme a su lado durante algunas horas ms por no contrariar a esa joven que tiene el aplomo de forzar el consentimiento de las personas? Entonces por qu le hizo la historia de que tena otra invitacin para esta noche? --Para no prometerle una cosa que yo esperaba obtener de usted. Supona que de entonces ac se le habra pasado su propsito; pero parece que cuando tiene algo en la cabeza... Fue interrumpido; Alicia vena hacia ellos: --Ha sido muy amable usted, Martholl, en no haberse ido. Es Mara Teresa quien ha sabido retenerlo tan bien? Mis felicitaciones, querida! Sera indiscreta pidindole que me cediera su inseparable caballero? Supongo que tambin el cotilln ha influido para que se quedase, pues yo le haba prevenido que contaba con l. Vamos, una buena voluntad y cdame a este apreciable Martholl; yo devuelvo siempre las cosas prestadas; lo tendr, pues, para algunas figuras, ya que parece interesarse tanto por l. Mara Teresa haba palidecido. El tono burln con que Alicia haba declamado su singular peticin, la sorprendi de tal manera que no encontr nada que contestar. Huberto, irritado por aquella salida, dijo bruscamente: --Seorita, si bailar con usted es un impuesto que usted establece sobre sus huspedes, no tengo ms que dejarme ejecutar, pero siempre contando con que la seorita de Chanzelles que ha aceptado mi invitacin, quiera desligarme de mi compromiso. Mara Teresa, que se haba repuesto, lo interrumpi para decir, serena y fra: --Excsese usted, querida amiga! pero no presto al seor Martholl; lo guardo por toda la noche, y sin duda, por mayor tiempo an. Me alegro mucho de que, gracias a su falta de tacto, usted sea una de las primeras en saber una cosa que le causar placer, indudablemente: el seor Martholl y yo somos novios... Alicia, estupefacta al or esta nueva, no encontr nada que decir. Confusa, balbuce algunas vagas felicitaciones; luego, pretextando urgencia, se fue a buscar otro compaero, no sin esparcir inmediatamente la gran noticia. Cuando Mara Teresa y Huberto quedaron solos, se miraron, estupefactos a su vez. En l, pronto estall un sentimiento de triunfo; en ella, una turbacin infinita. Gracias a la intervencin de aquella extraa Alicia, Mara Teresa acababa de comprometer su palabra. Por qu tan ligeramente? Ella senta crecer en su corazn un vago remordimiento al pensar en el mezquino mvil que la haba impulsado a realizar aquel acto tan grave. Estaba confusa y asustada de su decisin. Huberto tema casi un arrepentimiento de la joven, no explicndose bien cmo un incidente tan ftil, frisando en lo ridculo, haba provocado bruscamente la declaracin que l solicitaba. Y permanecan all, mudos y molestos los dos, sin alegra, sin felicidad, aturdidos y desconcertados. El enjambre de parejas que se instalaban para el cotilln, obligndolos a moverse, los libr en parte de su perplejidad. En la algazara de las solicitudes de baile, de la remocin de sillas, de los primeros acordes del interminable vals, Huberto murmur, al fin, algunas palabras de gratitud: --Usted acaba de hacerme muy feliz, mucho ms feliz de lo que podra imaginarse. Gracias, Mara Teresa! Entonces ella balbuce, ruborosa, oprimida la garganta: --Su seora madre puede ir a ver a mi padre. * * * * * En la oscuridad del cup, Mara Teresa, temblorosa todava, cont a su madre, excusndose, lo que haba ocurrido. La seora Aubry comprendi el motivo que haba impulsado a su hija a proceder con tanta precipitacin. Lejos de hacerle ningn reproche, la estrech con ternura, dicindole: --Supongo que no lamentas nada... --No, mam querida. Esta noche me haba dado cuenta de que no poda prolongar ms tiempo aquella situacin. Huberto exiga una respuesta definitiva; este incidente no ha hecho, pues, ms que adelantarla un poco. Ciertamente, me habra gustado que las cosas hubieran pasado de otra manera; ese brusco consentimiento, lanzado como desafo a la pobre Alicia, nuestra actitud confusa, todo aquello fue torpe, si no grotesco. Pero, ahora, deseo una cosa que, espero, tendr tu aprobacin; es que nuestro noviazgo dure varios meses. --Eso depende exclusivamente de tu voluntad, hija ma, yo no tengo para qu intervenir. Ser como t quieras. Mara Teresa inclinndose hacia su madre y besndola con efusin dijo: --Qu buena eres, mam ma! Cuando el coche entraba por la puerta principal del hotel, Mara Teresa se asom a la portezuela. El seor Aubry haba abandonado el baile mucho antes que su familia; pero sin duda trabajaba todava, porque la ventana de su gabinete se destacaba iluminada en la oscuridad del gran patio. --Pap est despierto--dijo Mara Teresa--voy a prevenirlo; cmo se va a emocionar! --Tanto como yo, querida ma--dijo la seora Aubry estrechando cariosamente a su hija. XII Huberto aguardaba el regreso de su madre que haba ido a pedir la mano de Mara Teresa. Se paseaba por el saln fumando y empezaba a impacientarse. Aunque no abrigaba inquietud alguna, estaba deseoso de conocer la impresin de su madre respecto a Mara Teresa y de su familia. Para l esa opinin tena gran peso. A fin de calmarse, calculaba que la distancia era grande entre el Luxemburgo y la calle de Artog, donde viva la seora Martholl, y que, en suma, aquella tardanza no poda ser sino de buen augurio, dado que la visita se prolongaba. La seora Martholl, de la familia Reversy-Jollambeau, tena gran influencia sobre su hijo. Orgullosa y altiva, crea identificar en su persona las clases elevadas y superiores. Por esto mismo se atribua el derecho de imponerse a todos, y estaba persuadida de que personificaba el buen tono. No faltaba mucho para que se considerase como una rueda esencial en el mantenimiento del orden social. Teniendo numerosas relaciones, las conservaba como si hubiera sido un deber de Estado; juzgaba haber cumplido ampliamente los deberes de caridad que le incumban cuando haba inscripto su nombre en la lista de las damas del patronato de todas las obras que podan gloriarse con su ilustre presidencia. Sin embargo, haca todo con benevolencia, pues el mundo, para ella, se compona casi nicamente de personas inferiores. Viuda de Patrick Martholl, consejero de Estado del segundo Imperio, haba educado a su hijo de una manera singular, cultivando su egosmo natural. Toler sus distracciones elegantes en cuanto podan hacerlo interesante a los ojos del mundo; pero se mostr de una severidad extrema respecto a la eleccin de sus relaciones y al cumplimiento de los deberes exteriores que correspondan, segn ella, a un joven de su rango. Sobre el matrimonio, particularmente, sus ideas eran bien definidas; Huberto las conoca, y aprobaba la lnea de conducta que desde muy antes ella le haba trazado. La seora Martholl exiga que su nuera tuviera por lo menos seis mil pesos de renta. Era tambin necesario que perteneciera a una familia conocida, noble, tanto como fuera posible, en todo caso, de una honorabilidad perfecta. Adems deba ser linda, distinguida, bien educada, obediente y piadosa. Huberto, que trataba a muchas seoritas, comenzaba a desesperar de encontrar la mujer soada por su madre, cuando, en Etretat, hall este ideal en Mara Teresa. Seducido desde un principio por su gracia, se inform de la posicin de su padre, y habiendo sabido que Mara Teresa responda absolutamente, en cuanto a fortuna y a honorabilidad, al programa que le haba sido impuesto por su madre, se apresur a su regreso a hablarle de ella con entusiasmo; la seora Martholl se interes de su noviazgo y casi conquistada, se someti de buena gana a dar los pasos oficiales acerca del seor Aubry de Chanzelles. Al sonar la campanilla que anunciaba el regreso de su madre, Huberto se apresur a salir a su encuentro. Era una seora flaca, alta, fra y plida. Vestida siempre de negro, apareca imponente. --Y bien! madre, est usted contenta? le gusta a usted la joven? ha sido bien recibida por sus padres? --Habra sido sorprendente--dijo ella sentndose en un alto silln, cuya forma rgida armonizaba con el aspecto altivo de su persona,--que no hubiera sido bien recibida nuestra demanda. La contestacin es conforme a tus esperanzas, hijo mo. --Cmo ha encontrado usted a Mara Teresa y a los Chanzelles? --La seorita Mara Teresa me ha gustado, es distinguida y no se parece, convengo en ello, a todas esas jvenes alocadas de hoy. La familia es bien honorable; pero vas a tener una decepcin: su situacin pecuniaria no es tan hermosa como t imaginabas. --Ah!--dijo Huberto inquieto--hay diferencia grande entre mis clculos y la realidad? --La fortuna del seor Chanzelles est colocada en negocios, y no puede dar a su hija ms que sesenta mil pesos en dinero efectivo; pero le pasar una renta anual de tres mil pesos. Importa ahora saber si la casa Aubry es bastante slida para garantir el pago regular y continuo de la renta prometida. El seor de Chanzelles me ha expresado tambin su deseo de que no permanezcas desocupado. Esta peticin me ha sorprendido; le he hecho observar que las dos fortunas de ustedes reunidas, les asegura la independencia, pero he agregado, sin embargo, que t consentiras de buena gana en aceptar una ocupacin, en relacin con tus gustos y las ideas que profesamos al respecto. No le he ocultado que con el Gobierno actual la poltica es carrera cerrada y que tengo horror a los negocios, porque los considero como aventuras y no estoy dispuesta a permitir que se juegue con nuestro nombre. He tomado ya informes sobre la casa de Aubry; hasta ahora no he descubierto nada que no le sea favorable; pero hay que continuar la informacin; en esta clase de asuntos nunca hay demasiada prudencia. --Es cierto; pero yo amo a Mara Teresa y, al casarme, no contraigo nicamente un matrimonio de conveniencia. --Comprendo que te gusta esa joven y apruebo tu proyecto de hacerla tu mujer; pero, t lo sabes como yo, si no aporta con su dote tanto como t, la vida os ser difcil y no podrn mantener su rango. Se necesita tanto dinero hoy para figurar en nuestro mundo! Aparte de esta restriccin, no tengo ninguna objecin que hacer; esa joven te conviene mucho. Te pido, pues, hijo mo, que te procures informaciones serias sobre esa cristalera que representar una parte importante de la renta de ustedes. --Puede usted estar tranquila, madre; un matrimonio mediocre no me convendra, y aunque Mara Teresa sea bastante seductora para justificar una conducta irreflexible, ser circunspecto. Por lo dems, lo repito, mi decisin no data sino del da en que me inform de la solidez de la casa Aubry. Huberto tom la mano de la seora Martholl y llevndola a sus labios, aadi: --Slo me resta agradecerle a usted sus gestiones. --Est bien, hijo. Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de que slo la preocupacin de tu felicidad y situacin gua mis actos e inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te gues por las apariencias, por excelentes que sean. Adis, hijo mo. --Adis, madre. Cuando Huberto dej el sombro departamento de la calle Astorg, llevaba ideas pesimistas. En ese da la inquietud que ennegreca su espritu se traduca en molestas cuestiones de dinero; quera que sus intereses quedasen garantidos, porque podan procurarle comodidades y placeres; pero era bastante gran seor para no querer hablar de ellos. --Vamos--pensaba con melancola al marcharse--esto no est concluido todava; habr que hacer diligencias e informaciones; con tal que no tenga desilusiones y el producto de esa cristalera sea el que me han asegurado! Mi madre es demasiado desconfiada: personas y acontecimientos, todo le es sospechoso. Qu tenemos que temer si los informes que tengo son perfectos? Absorto en estas meditaciones, se encaminaba hacia la Magdalena. Un violento deseo de ver a Mara Teresa lo domin de pronto; se detuvo al borde de la acera, levant su bastn en ademn de llamar: un fiacre se aproxim. Se hizo conducir a casa de los Chanzelles esperando que la linda cara de su novia, disipara el fastidio que esta conversacin haba dejado en su espritu. XIII Los primeros tiempos del noviazgo de Mara Teresa se pasaron en presentaciones, comidas y placeres constantemente renovados. Huberto era un incomparable organizador de fiestas. Con l era imposible estar sin distracciones; adems, saba variarlas maravillosamente. Mara Teresa se crea transformada en una princesa de un cuento de hadas, pues no tena otra ocupacin que la de divertirse de la maana a la noche, bajo la direccin de un maestro de ceremonias parecido al Prncipe Encantador. Las maanas eran dedicadas al bosque; por las tardes haba siempre diversiones nuevas; en cuanto a las noches, terminaban invariablemente en el teatro o en las tertulias. En cada una de estas circunstancias, la joven concluy por notar que Huberto se preocupaba, sobre todo, del efecto que produca la belleza de su novia, y que sus goces crecan en razn directa de la admiracin que manifestaban por ella y de la envidia que suscitaba. Saturado de este sentimiento de vanidad, aconsejaba a Mara Teresa arreglos en su toilette que consideraba propios para hacerla valer, y escoga para acompaarla, las reuniones y los sitios donde ms atraan la atencin. En fin, en todos sus actos apareca el deseo de formar con ella el grupo que la gente contempla y admira. Mara Teresa pensaba tristemente: --Ser solamente por estos dones exteriores por los que me ama? Y se preguntaba algo ansiosa: --Sentira el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien vestida? No experimentaba gran satisfaccin en ser rica, elegante, admirada. En el fondo de su corazn, habra preferido que Huberto le demostrase su cario de otra manera. Luego, haba notado tambin un ligero cambio en su actitud desde que eran novios. La emocin que mostraba al principio, cuando esperaba solamente se haba transformado en una especie de despego lleno de confianza; esto era quizs imperceptible para los dems, pero no escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afeccin de una manera diversa; Mara Teresa le encontraba menos dulzura, sumisin afectuosa, ms familiaridad y seguridad conquistadora. Esta toma de posesin que no le produca ninguna felicidad ntima, a ella le molestaba. Por intervalos se deca: --Dios mo, qu difcil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten que desearan estar en mi lugar; entonces por qu no estoy satisfecha? No tengo una suerte envidiable? Ah! para qu me habrn dado una educacin destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? Cuntas jvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito, tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me siento invadida por escrpulos ante la perspectiva de disfrutar demasiados placeres. Es esto lo que me turba? No ser ms bien el pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para l como el accesorio de una decoracin de fiesta?... Pero qu ridcula soy! Por qu preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la Providencia no declarndome completamente satisfecha. As, pues, se daba cuenta del vaco y futilidad de la existencia a que Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desapareca la excitacin pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin, a confiar sus temores a su novio. En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el saln. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopn porque, haba dicho, esa msica se armoniza bien con un tiempo oscuro y melanclico. Juzgando favorable el momento, dej el piano y fue a sentarse al lado de Huberto. --Mara Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera sorprendente; me senta emocionado escuchndola. --Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato de establecer armonas entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas. Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme. --Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre intiles. --En el verano pasado usted deca, cuando menos seguro estaba de m, empleando un lenguaje florido para conquistarme. No hay palabras intiles cuando es usted quien las pronuncia... Por qu no dice ahora lo mismo? --Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba enfticas y exageradas, y ahora las echa de menos. He ah lo que son las mujeres! --Sea; somos variables, y es difcil contentarnos; ya ve usted, me adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quera abordar ante este cielo lgubre. --Razn tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversacin en armona con el tiempo, y reconoce que es lgubre. --He dicho hablemos seriamente, nada ms. Hagamos proyectos para el porvenir quiere usted? Por ejemplo ha encontrado alguna ocupacin que pueda convenirle? --Cmo?--exclam Huberto, en tono de burla--usted tambin piensa en eso? Crea que era una idea exclusiva del seor de Chanzelles, y que yo era libre de seguir sus consejos. --Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que perdonarle esta preocupacin, de la que yo participo, porque siempre ha dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted sabe sin duda que, siendo hurfano y sin recursos, edific con sus propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra fortuna. Siempre me dijo que no consentira de buena gana en otorgar mi mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada tambin en la admiracin del esfuerzo individual, me haba yo prometido conformarme a su deseo, al elegir un marido. Pero he aqu, que una casualidad... feliz... lo ha conducido a usted hacia m, y que yo no puedo cumplir mi promesa. Busco el modo de conciliarlo todo comprende usted por qu insisto? --Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una ocupacin en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujecin, y que produzca bastante para justificar mi desercin... es difcil. Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra fantasa. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis proyectos. Luego, irnicamente, aadi: --Es por conservarse ms independiente por lo que usted desea que yo tenga una ocupacin? Si es por esto, nada tiene que temer; estar siempre bastante comprometido en el engranaje social para dejarla libre durante largas horas, si as lo desea. Crame, usted ser la primera en agradecerme la manera como organice todo para nuestra mayor comodidad. --No es la idea de librarme de su afectuosa tutela la que me induce a hacerle este ruego; lamento igualmente que usted haya podido suponerlo--repuso la joven algo entristecida,--pero, se tiene jams la seguridad de conservar una fortuna? Quin conoce el porvenir? Hay catstrofes financieras terribles... Sin ir tan lejos, mi padre, cuya fortuna consiste, en su mayor parte, en la fbrica de cristales, podra verse comprometido por alguna desgracia imprevista... Estas ltimas palabras causaron a Huberto cierto malestar; para disimular las ideas que le sugeran, interrumpi a la joven y dijo afectando un temor cmico: --Qu desgracia! Usted me hace estremecer! Volemos en socorro de su querido padre! --No hay que rerse... hay huelgas... revoluciones... y muchas otras calamidades... No sera la primera vez que se viera derrumbarse una importante casa industrial. Las huelgas y las revoluciones parecieron a Huberto peligros bastante problemticos, lo cual tranquiliz su espritu. --Amiga ma--dijo, tomando las manos de la joven,--no me gusta or su linda voz predecir tan lgubres acontecimientos, ni a sus labios pronunciar tan fatdicos presagios... El sol ha vuelto a brillar, hablemos, pues, de cosas ms alegres, desde que es el estado del cielo lo que inspira los temas de su conversacin. Mara Teresa comprendi que los sentimientos que invocaba no haran jams vibrar ninguna cuerda en Huberto. Renunci a convencerlo y dijo conciliante: --Qu fastidiosa soy! verdad? Perdneme, pero mi padre me inspira tanta admiracin que estoy mal preparada para apreciar a los que no tienen su ideal de vida. Adems, me desolara ver nacer motivos de discordia entre ustedes dos, y por esto es por lo que quiero prevenirlos... --Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarn: inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una ciudad interesante que no le disgustar conocer. Despus iremos a Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra disposicin para dar un paseo por el Adritico. Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un carruaje que penetraba bajo el prtico del hotel la inquiet. --Qu es eso?--exclam levantndose. Casi inmediatamente sonaron las campanillas elctricas y voces, en el silencio de la casa. Mara Teresa se excus y sali precipitadamente. Algunos minutos despus, la puerta del saln se abra, para dar paso al seor Aubry, sostenido por sus dos hijos. Estaba muy plido; se dej caer pesadamente sobre un sof; luego, a Martholl le dijo: --Disclpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido en la fbrica y han tenido que traerme en coche como un bulto. Al pronunciar estas palabras con voz dbil, el seor Aubry trataba de sonrer. --Seor--protest Huberto,--usted me deja confuso; creo que puedo ser considerado por usted como perteneciente a su familia. La seora Aubry entr. Se dirigi hacia su marido, le tom las manos y le pregunt, temblorosa: --Amigo mo, qu tienes? qu ha sucedido? Jaime la interrumpi: --Querida mam, no te alarmes. El mdico que se llam cuando pap se encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado por el trabajo. --No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algn tiempo. --S, pero adems hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha trastornado. --Es cierto--declar el seor Aubry con voz dbil,--he tenido una fuerte conmocin... moral... una gran contrariedad... No s lo que pas despus... me desvanec. --Rousseau, el jefe de los talleres encontr a pap tendido, sin conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de mandar buscar un mdico y de llamarme por telfono. --No te inquietes, querida ma--y el seor Aubry para tranquilizar a su esposa trat de afirmar la voz:--estoy mejor. Pero quisiera acostarme. Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo necesito. Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una preocupacin grave, se apresur a tranquilizarlo. --Puedes estar seguro, pap, de que Juan se hallar aqu maana a la noche, si no es imposible. Corro al telgrafo. --Excseme, seor Martholl--balbuce el seor Aubry levantndose penosamente,--voy a pasar a mi cuarto, no puedo ms... Y sostenido por su mujer y su hija, sali del saln. Mara Teresa volvi pronto, con el rostro oscurecido y los ojos hmedos. --Mi querida Mara Teresa, no se atormente usted--le dijo Huberto,--esto ser nada seguramente, un poco de anemia, sin duda. --Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jams ha estado enfermo. Usted ha visto qu mala cara tiene? Est preocupado; por eso tiene fiebre. Dios mo, si Juan estuviera aqu! l slo puede ocuparse tilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre. --Ese Juan de quien usted habla es aquel hermoso joven de aspecto salvaje, que pareca aburrirse tanto en Saint-Jouin, el da que hicimos el paseo? --Es l. Excseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir a acompaar a mi padre. --Vaya, querida amiga; adems, me despido de usted hasta maana que vendr en busca de noticias. --Oh! s, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por m, sobre todo. Lo espero... Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin pronunciar una palabra ms, experiment una gran decepcin. Ella, que observaba con serenidad los acontecimientos, sinti de pronto llenarse su corazn de tal angustia, que se desplom sobre un silln, sollozando. XIV El seor Aubry pas muy agitado la noche, y el da siguiente no fue mejor. El mdico, sin pronunciarse de un modo categrico, recomend el reposo absoluto. La seora Aubry y Mara Teresa muy inquietas no salieron ms de la habitacin de su querido enfermo; pero en la noche del segundo da, cuando se hallaba adormecido, Mara Teresa aprovech este instante para ir a buscar un libro. Atraves el gabinete de trabajo de su padre y entr en la biblioteca. Mientras examinaba los volmenes oy abrir la puerta del gabinete. El criado introduca a alguien. Qued muy contrariada de encontrarse prisionera en aquella pieza de la que no se poda salir sin pasar por el escritorio del seor Aubry. Estaba en traje de casa, y le era desagradable mostrarse as a nadie. Sin embargo, tuvo la curiosidad de ver quin estaba all. Se acerc con precaucin a la mampara de cristales que separaba las dos piezas, y levantando suavemente la cortina de seda mir. Frente a ella, violentamente iluminado por el resplandor de una lmpara elctrica se hallaba Juan. Plido y extraordinariamente enflaquecido, pareca contemplar con pasin algo que estaba sobre el muro y que ella no vea. Tuvo que sofocar un grito de sorpresa; tan cambiado lo encontraba. Qu mirara con aquellos ojos extasiados? De pronto record: en la pared que haba frente al escritorio de su padre haba un gran cuadro que la representaba a ella a la edad de ocho aos; un magnfico retrato de cuerpo entero, de Boldini, en el que su rostro infantil sonrea bajo la sombra dorada de sus largos cabellos. El joven prosegua absorto en su contemplacin. Por qu tena aire de sufrimiento ante aquel retrato? Qu pena infinita y secreta poda contraer as los rasgos de su fisonoma? La cara de aquel hombre expresaba una idea tan torturante que Mara Teresa, sin alcanzar la causa, se sinti profundamente conmovida. De pronto de aquellos ojos sombros, siempre apasionadamente fijos sobre el mismo punto, brotaron lgrimas. Ella se sinti profundamente conmovida, y ms tarde, cuando recordaba esta corta escena muda, le pareca que haba estado mucho tiempo mirando llorar a Juan. El ruido de una puerta que se abra arranc al joven de su xtasis. Un criado vena a buscarlo para conducirle al lado del seor Aubry. Apresuradamente, Juan pas el pauelo por su cara y sali de la pieza. Entonces Mara Teresa entr, y a su vez se detuvo ante la imagen que haba suscitado aquella crisis dolorosa. Una suave melancola se apoder de ella, mientras contemplaba su retrato. Sobre un fondo claro se elevaba una elegante silueta de nia, cuyo vestido corto dejaba ver las finas piernas y estrechos pies calzados con zapatitos de charol. Record que cuando se pareca a aquella chicuela, Juan era su gran amigo. Y qu dulce y complaciente gran amigo! Siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, sin cansarse jams de sus caprichos. Se sonri recordando que cierto da en que llevaba aquel mismo vestido quiso a toda costa jugar al viajero en el desierto, y para esto oblig al pobre muchacho a hacer el papel ingrato de dromedario. A una seal de ella, Juan se pona en las posiciones ms humillantes, sin que la nia habituada a su alegre sumisin se sorprendiera. Cmo en lo sucesivo poda haber tenido conciencia de la transformacin que la accin del tiempo lenta y segura, haba hecho de aquel ardor en otros sentimientos? Ahora el velo caa; de aquellas lgrimas sorprendidas surga la verdad. Todo se explicaba: la tristeza persistente de Juan durante su permanencia en Etretat, sus vacaciones acortadas, y su retirada a Bohemia donde se haba refugiado para huir de ella, sin duda... --Juan, mi pobre Juan--murmur,--cunto va a sufrir! Mir otra vez con gratitud su propia imagen, causante de la explosin de pesadumbre que haba presenciado. --Delante de m--pensaba,--jams se habra revelado y yo habra ignorado siempre su secreto... Y despus de todo no habra sido mejor? Qu hacer ahora? No lo s! Preocupada con este doloroso problema se diriga a su cuarto, cuando su madre la llam: --Hija ma, tranquilicmonos, Juan ha llegado, tu padre est muy contento. Creo que no nos deca cuanto deseaba su presencia. --T has visto a Juan, mam? --S, comer con nosotros. La joven entr a su habitacin. Para calmarse trat de resolver la manera cmo debera conducirse con Juan; pero en vano se esforzaba en seguir el curso de sus reflexiones; su pensamiento volva con desesperante obstinacin sobre su extraordinario descubrimiento. Poda nunca haberse imaginado que aquel Juan que conoca voluntarioso y brusco fuese capaz de amar con una reserva tan llena de desesperacin? Cunta razn haba tenido para alejarse! Haba sido una determinacin juiciosa. Pero qu hara ahora que trado a su lado por la fuerza de los acontecimientos se vera mezclado de nuevo en su vida y sera testigo de las efusiones entre ella y su novio? Ante esta ltima suposicin, Mara Teresa se sinti conmovida por una gran piedad. Por nada del mundo consentira en afligir con tal espectculo a este amigo que sufra por amarla. Era necesario que a toda costa se alejase otra vez. Luego vari el curso de sus pensamientos. Se sorprendi de preocuparse tanto de los sentimientos que crea que dominaban a Juan. Se necesitaba tener un espritu muy romntico para imaginar semejantes tormentos de amor en honor suyo, en el alma de los jvenes! Se burl de s misma, vindose a punto de caer en la mana ridcula de ciertas jvenes que creen que inspiran violentas pasiones. Quin le deca que no se haba equivocado en la naturaleza de la emocin que haba sorprendido, y que Juan no estaba probablemente tan desesperado como le haba parecido? A la verdad, estaba loca! No, seguramente Juan no la amaba, era inverosmil, imposible. Entonces en el fondo de s misma en la regin oscura donde nacen las sensaciones ignoradas le pareci sentir algn pesar... Por qu? A este pesar, a esta indecisin sentimental, se una confusamente una inefable dulzura de impresiones nuevas; la confesin de aquel sentimiento sorprendido tan inopinadamente, inundaba su alma de una extraa melancola. La dominaba de improviso el encanto superior del lazo moral que la una a Juan. No era ya para ella el indiferente que haba credo; las lgrimas que brotaban poco antes de los ojos del joven, Mara Teresa las senta caer una a una en su corazn, y las menores inflexiones de la voz lenta y baja de Juan dirigindose a ella, semejante a la del sacerdote ante el altar, surgan en su memoria como msica misteriosa. Acababa de descubrir en l el sentimiento exclusivo, apasionado, que desde haca mucho tiempo haca converger sus esfuerzos en busca de una perfeccin a que no habra aspirado una ambicin ordinaria. Sbitamente Mara Teresa qued impresionada de la grandeza, de la perseverancia de aquella energa infatigable, recordando los orgenes del nio convertido en hombre de mrito. En el campo de batalla de la vida, Juan haba encontrado por enemigos, el desprecio, la injusticia, la envidia, el egosmo, la maldad bajo todas sus formas. Mara Teresa lo haba socorrido una sola vez? No! Abandonndolo, sin comprender sus esfuerzos, lo quera con una afeccin fra y tranquila, como se quiere a un compaero, a un aliado fiel, a un humilde a quien se tolera; no se haba dado cuenta de que a cada minuto arriesgaba su vida, ms que su vida, la paz de su corazn, persiguiendo un ideal que ella lo constitua. S, Juan se haba formado para ella, adquiriendo por ella instruccin, educacin y hasta la sobria elegancia que le haba llamado la atencin, cuando vio al joven en el escritorio. Un alma ardiente, leal y sincera como la de Mara Teresa, no poda enorgullecerse de tal triunfo sobre una alma fuerte. Sin equivocarse, comprendi lo que con exquisita delicadeza Juan haba esperado de ella, respetuoso y en silencio. Al pensar en la plenitud de aquel amor que no deba aceptar y que, sin embargo, haba involuntariamente suscitado, una sensacin de espanto la domin. La necesidad de su casamiento con Huberto le hizo intolerable la vida durante un minuto, y por un impulso de piedad hacia Juan, agitada por confusos pensamientos contradictorios, murmur: --Pobre joven, pobre joven! Si me ama con todas las nobles energas de su hermosa naturaleza, qu cruel ser el despertar, y cunto vaco y desesperacin dejar tras s!... Y brotaron lgrimas de sus ojos, semejantes a las de Juan, originadas por un mismo dolor secreto; lgrimas del esclavo de las leyes, de las convenciones sociales, que siente sus cadenas, sufre las heridas que ellas causan y llora su libertad. Cuando algunas horas despus, Juan baj a comer, en el umbral del saln se sinti desfallecer. Detrs de aquella puerta iba a encontrarse con la mujer de quien haba querido huir y cuyo imperioso recuerdo lo posea. Ah, cmo le acosaba y llenaba todo su ser, la querida visin! Pero tambin era bien suya, nicamente suya, la amada que lo acompaaba a todas partes, que apareca deslumbrante y fascinadora ante sus ojos alucinados. Habitaba en su corazn aquella Mara Teresa de sus ensueos, y nada podra separarlos jams, ni la ausencia, ni el espesor de los muros, ni la distancia de los caminos... Pero iba a ver a la otra, la verdadera, a quien tena que felicitar porque pronto sera la seora de Huberto Martholl!... Al ver entrar a Juan, una singular emocin sinti Mara Teresa. l, muy plido, se aproxim y tomando la mano que ella le tenda: --Mara Teresa...--comenz. Pero aprovechando la vacilacin de Juan, una fuerza inconsciente impuls a la joven a cortarle la palabra, para ahorrarle el sufrimiento de pronunciar la frase que adivinaba. --Al fin, ha venido usted, Juan!--dijo casi alegremente.--Todos estamos contentos por su regreso. Era necesario que mi padre estuviera enfermo para que usted se decidiera a volver? --Veo que usted ha notado mi ausencia. Muchas gracias. La seora Aubry, que haca un momento miraba al joven con atencin, interrumpi inocentemente la respuesta de la joven, diciendo a Juan con afeccin: --T has trabajado demasiado all. Te encuentro muy delgado, hijo mo. --No es nada, he estado un poco enfermo. --Y por qu no has venido a nuestro lado para hacerte cuidar? Es muy mal hecho. No soy ya tu madre? Juan envi a la seora Aubry una sonrisa de ternura; luego, deseoso de que no se ocupasen ms de l, dijo: --Usted me manifest que el seor Aubry haba estado muy agitado. Despus que hemos hablado juntos, creo que se ha calmado. Si yo pudiera conseguir que se tranquilizase del todo... --Por qu est tan inquieto mi marido? --Sucede una cosa que puede tener consecuencias graves: el banco Raynaud Hermanos ha quebrado, y el seor Aubry tena all una gruesa suma, toda la parte lquida de su fortuna, creo. --Es posible? yo no saba nada... T tampoco, Jaime? --No, madre, lo s en este momento ese desastre nos perjudica mucho? --Me lo temo. Desde hace algunos meses, no s exactamente lo que pasa en el escritorio, no puedo, pues, decir nada preciso; sin embargo, no me sorprendera que el seor Aubry hubiera hecho importantes depsitos en esa casa, despus de mi partida. Como las explicaciones que quiere darme a este respecto son causa de agitacin para l, no me atrevo a interrogarlo. Es de lamentarse que esta catstrofe nos hiera en el momento mismo que acabamos de hacer grandes gastos en ensayos de cristalera antigua. --Entonces t atribuyes a la noticia de esta quiebra la gran emocin que ha ocasionado la enfermedad de mi padre? --Probablemente. --Por qu te ausentaste tanto tiempo, Juan? Si t hubieras estado presente mi marido habra soportado mejor este golpe. Se encontraba muy fatigado ya, aunque no quera confesarlo. La direccin de la fbrica es pesada ahora para l solo. --Tena necesidad de hacer este viaje, seora. Adems, ser fructuoso; traigo un procedimiento nuevo para practicar una clase de fabricacin ms econmica. --En fin, estoy contenta de que hayas venido, esto me tranquiliza mucho. --Agradezco su prueba de confianza, seora--murmur Juan. Dejaron la mesa para pasar al saln; el joven armndose de valor se aproxim a Mara Teresa. --Su mam me ha anunciado su futuro casamiento pactado durante mi permanencia en Bohemia--comenz con voz un poco sorda. Luego, en tanto que su mirada triste suba del extremo del flotante vestido a la cara de la joven, aadi despus de una corta lucha interior: --Permtame expresar mis sinceros votos porque sea usted feliz. Su voz se haca angustiosa; Mara Teresa, entristecida de verlo forzado a darle estas penosas felicitaciones, en un impulso de piedad le tom la mano que apoyaba en el respaldo de un silln, y retenindola entre las suyas, pronunci con una entonacin de ternura que la sorprendi a ella misma: --Gracias, Juan. Yo s que no tengo mejor ni ms seguro amigo que usted, y esta seguridad es una gran satisfaccin para m, se lo juro... Juan retrocedi bruscamente; pero esta vez, ella no se admir y sabiendo que nada ms le dira, se alej. Algunos minutos despus, vinieron a avisar al joven que el enfermo lo llamaba; la seora Aubry intervino, inquieta: --Mi querido Juan, si le hablas de asuntos esta tarde va a agitarse y no dormir en toda la noche. --No tema nada, querida seora, voy a tranquilizarlo; es mejor, casi, que lo vea antes de irme. Cuando haya concluido de explicarme todo, se encontrar ms calmado. Pero la conversacin fue larga y no termin hasta muy entrada la noche. A la maana siguiente, el estado del enfermo se resenta del esfuerzo cerebral que haba hecho para poner a Juan al corriente de la situacin; la fiebre aument, y Mara Teresa empez a inquietarse seriamente. Martholl, cuando vino a hacer su visita habitual la encontr en esta triste disposicin de espritu. Despus de haberle hecho algunas preguntas triviales sobre la salud de su padre, Huberto opin con desenvoltura que deba ser un malestar pasajero del que no haba por qu inquietarse demasiado; en seguida, con aire indiferente pas a otros asuntos. --Ah!--exclam de pronto,--he tomado para esta noche un palco en el Teatro Francs. Hoy es ese estreno que usted deseaba ver. --Ha sido usted muy amable en acordarse de mi deseo, pero no puedo ir, no tengo ninguna gana de divertirme hoy. El joven hizo un gesto de contrariedad. --Sus inquietudes me parecen un poco exageradas, querida amiga. No hay motivo suficiente para que usted se atormente hasta ese punto. Usted puede muy bien ausentarse por dos horas. En suma, su pap no tiene ms que un simple ataque de fiebre, resultado de una gran fatiga; no corre peligro alguno; hay aqu bastantes personas para cuidarlo. Piense tambin en m, en el placer que tendra en que fuese esta noche al teatro.--Mara Teresa qued desagradablemente sorprendida de la manera como hablaba su novio, de la ligereza con que acoga sus inquietudes, y respondi: --Acaso se sabe el nombre de una enfermedad que comienza? Casi todas principian con los mismos sntomas. El mdico mismo, no puede decir nada. --Espere, entonces, para manifestar tales alarmas. --Tengo miedo; a veces los malos se agravan de pronto--murmur tristemente la joven. Luego, creyendo haber encontrado un argumento decisivo, aadi: --Adems, estoy segura que mam no querr salir de casa. --Todo puede arreglarse--propuso Huberto conciliante,--ofrecer dos sillas en el palco a la seora Gardanne y a su hija. Venga, le ruego, Mara Teresa, me contrariara mucho que usted faltase a este estreno. --Me cuesta mucho rehusar, puesto que ha sido por m por quien usted ha tomado el palco... En fin, puesto que desea tanto mi presencia, tenga prevenida a mi ta; pero no prometo ir, sino en el caso de que mi padre no se empeore. Hasta la noche Mara Teresa se ocup en cuidar al seor Aubry, cuyo estado de fiebre y de debilidad continuaba siendo el mismo. La noche estaba muy adelantada cuando Juan lleg, con aire preocupado. Algunos minutos despus, la seora Gardanne haca decir a su sobrina que la esperaba abajo, en su coche. --Oh, cunto me cuesta ir!--exclam Mara Teresa,--y, sobre todo, dejarte sola aqu, mam. --Pero su mam no quedar sola, puesto que yo estoy aqu--dijo Juan.--Adems, he venido esta noche con la intencin de exigir que ustedes descansen; yo velar solo a su pap; hoy es mi turno. --Querido Juan--intervino la seora Aubry,--t trabajas bastante de da, me opongo, absolutamente, a que te prives del sueo. --Me paso muy bien durmiendo poco, y nunca me he sentido fatigado. Despus, que me quede aqu o en casa, es lo mismo, tengo que examinar estos papeles durante toda la noche. Y Juan mostr un grueso paquete. --El tiempo apremia, es necesario que yo me d cuenta exacta de la situacin; hay aqu trabajo para varias noches. En todo caso, puede usted estar segura de que el asunto se arreglar, y permtanme tener la satisfaccin de serle doblemente til a mi protector. --Puesto que lo quieres, amigo mo...--dijo la seora Aubry. --Voy a instalarme en su cuarto, y estoy cierto que dormir, a pesar del resplandor de mi lmpara: mi presencia lo calma. Luego, dirigindose a Mara Teresa: --Usted ve que puede ir sin temor: le ruego que as lo haga, a fin de probarme su confianza en m. --Y bien, anda a vestirte, hija ma--aconsej la seora Aubry.--Juan insiste tan afectuosamente, que tenemos que aceptar. Despchate ligero. Entretanto, voy a hacer subir a tu ta, debe dormirse en su coche, y le har compaa; nos encontrars en el saln chico. La seora Aubry baj a los departamentos de recepcin. Mara Teresa qued sola con Juan. Vacilante todava, le pregunt despus de un corto silencio: --No le choca a usted que vaya al teatro? --Absolutamente, es muy natural. Adems, siempre me ha gustado verla divertirse. --Oh! este estreno no es para m una diversin, inquieta como estoy por la salud de mi padre... --Entonces, supongo que no es por la pieza por la que va al teatro esta noche...--no pudo dejar de decir Juan. Pero se detuvo, algo avergonzado, no sabiendo cmo terminar su frase sin irona, y agreg con voz diferente, de arrepentimiento: --Deme, al menos, la pobre satisfaccin de hacerme creer que le sirvo para algo. Mara Teresa call, convencida de que cuanto dijera en adelante, sera para Juan motivo de tristeza. --Jaime le acompaar, sin duda?--interrog el joven. Mara Teresa no haba pensado en eso; reflexion y aprob la idea. --Tiene usted razn! As ser mejor... Voy a prevenir a mi hermano. De esta manera, mi ta no tendr que esperarme, nos reuniremos en el teatro, y despus, si yo quiero salir antes del fin del espectculo, podr hacerlo. Gracias por su idea, Juan! Y en una expansin cordial le tendi la mano para darle el adis; l la estrech dbilmente en la suya. Esta observacin de Juan, que le sugera una combinacin prctica, que la haca libre de sus actos durante la noche, probaba una vez ms a Mara Teresa la importancia que sus menores acciones tenan para su amigo. El teln caa, terminando el primer acto, cuando Mara Teresa y Jaime hacan abrir el palco de Huberto. Al entrar fueron recibidos por las exclamaciones de Huberto, de la seora Gardanne y de su hija. --Al fin llega usted!--dijo Martholl, ayudando a Mara Teresa a quitarse el abrigo, mientras su ta agregaba: --Era tiempo! Felizmente no los hemos esperado, que si no, perdamos el primer acto, que es precioso. Por qu tardaron tanto? --Hasta el ltimo minuto, mi hermana no saba si vendra... --Todo es bien, si bien termina, Jaime!--respondi alegremente Martholl, instalando a Mara Teresa entre su ta y Diana. Como mirara a las dos jvenes, no pudo contenerse de decir, dirigindose a su novia: --No encuentra usted que su prima est interesantsima esta noche? Diana estaba, en efecto, muy elegante con un traje blanco, discretamente escotado. Al or estas palabras de alabanza, no pudo disimular una sonrisa de triunfo. Mientras la cumplimentaba, Huberto, habiendo examinado a su novia con ojo escrutador, aadi en el mismo tono que habra empleado para reprochar una incalificable falta de correccin: --Por qu se ha puesto usted este vestido tan sombro? Su toilette est algo fuera de lugar aqu, en una noche de estreno. En efecto, Mara Teresa, en sus preocupaciones hasta el momento de salir, no haba pensado en ponerse un traje de gala. Ofendida por esta observacin, que consideraba inoportuna, la joven replic con viveza: --Qu singular es usted! cree que no hay ms ocupacin que la de pensar en vestirse y adornarse? --Perdneme, querida amiga, pero he hablado por amor a la oportunidad y a la correccin. Despus de contestar, Huberto, incomodado, se ech un poco hacia atrs. Entonces la seora Gardanne, como si hubiera querido prevenir una querella de enamorados, dijo en tono conciliante: --Es un trastorno tan grande, un enfermo en una casa! --Muchas gracias, ta; pero no necesito ser excusada--declar framente Mara Teresa. El teln se levantaba y todo el mundo call. Desde las primeras palabras de los actores, la joven comprendi que no podra interesarse en lo que pasaba en la escena. Su atencin no se sostena, a pesar del inters de la pieza, la calidad de los actores y la amenidad de una sala tan selecta. Todo lo que all haba, gente, ruido, luces, desapareca ante su preocupacin. Sus ojos, rehusando ver la realidad, miraban en su interior el cuadro que su imaginacin inquieta les presentaba. En lugar de aquella sala de teatro, donde florecan hermosas mujeres entre terciopelo rojo, oro y brillantes, tena la percepcin de un cuarto sombro, de la cama de su padre y bajo la luz velada de la lmpara, inclinado sobre un montn de papeles, de un rostro grave y pensativo. Oa rer a Huberto y a Diana. De qu? Ella nada haba comprendido. Ellos seguan la pieza, sin duda; trat de hacer como ellos, de dirigir su espritu fugitivo a la obra, pero fue en vano: la imagen de Juan reapareca. Lo vea alineando cifras a la luz triste de la habitacin. No era como los otros, Juan no se pareca a ninguno de los que la rodeaban. No conociendo ms que el trabajo y el deber, la imperiosa necesidad de distracciones sociales no exista para l. Sin embargo, l haba dicho: Vaya a divertirse, yo estoy contento de quedarme aqu. Pero, qu pensara de ella, de la poca vacilacin que haba tenido en dejar a su padre para venir al teatro? --Qu hago yo aqu?--pensaba,--para qu he venido? Se acord que haba sido con el nico objeto de complacer a Huberto; dio vuelta hacia l, a fin de convencerse, a lo menos, de que su presencia lo haca feliz. Pero Huberto no la miraba, su atencin estaba consagrada a la seorita Brandes, que estaba en la escena, y pareca no ocuparse ms que de ella. --Me alegrara mucho de irme a casa--pensaba Mara Teresa. Tuvo, no obstante, que esperar al fin del segundo acto, y que asistir a una parte del tercero; entonces, no pudiendo contenerse ms, y a pesar de la insistencia en que se quedase, present sus excusas a su ta, agradeci a Huberto su atencin y rog a su hermano que la acompaase a su casa. Apenas haba salido del palco, cuando ya Diana se volva hacia el novio abandonado, y le deca: --No comprendo a Mara Teresa. Marcharse as en el momento ms interesante, es absurdo... Casi es una descortesa hacia usted. No ha tomado usted este palco para ella? Convengamos: mi to no est tan enfermo como para que ella no pudiera quedarse hasta el fin. --Est inquieta--dijo Huberto;--se explica; adora a su padre. --S, pero esta es una exageracin de amor filial, y casi un atentado a su amor conyugal. --En fin, esperar a que el seor de Chanzelles se restablezca, entonces recuperar mis derechos de novio. --Es de desearse--dijo la seora Gardanne.--Mi pobre hermano tiene, creo, en este momento, graves intereses en juego; no convendra que estuviese mucho tiempo enfermo. --Ah! realmente?--interrog el joven. --S, mi marido se preocupa de eso hace varios das. Huberto, comprendiendo que sera poco delicado sorprender de esa manera, cosas susceptibles de interesarlo, demostr indiferencia, con gran contrariedad de Diana, y habl de otra cosa. Una gran calma adormeca su casa cuando entr Mara Teresa. Tranquilizada por este silencio, subi sin hacer ruido hasta el cuarto de su padre, y como la puerta estaba entreabierta, se desliz al interior. En seguida se detuvo. Era el mismo cuadro que se le representaba, acosndola, en el teatro: la plida cabeza del enfermo descansaba sobre las almohadas, y la blancura del lecho resaltaba bajo las cortinas cadas. En un rincn, dbilmente iluminado por una lmpara baja, Juan escriba. Avanz suavemente hacia la mesa de trabajo, y el joven, habiendo levantado los ojos, vio surgir de la penumbra el rostro de la que amaba. No pareci sorprendido; mirando la aparicin con sonrisa de exttico, murmur como en sueos: --Fantasma querido! Mara Teresa no poda sorprenderse de los extraos efectos alucinantes de un pensamiento absorto. No haba evocado ella haca un momento, lo que vea all, en aquel cuarto? Comprendi que su verdadera imagen se sobrepona al sueo interior de Juan; respetando su locura permaneci ante l, muda y pensativa, no osando moverse. Pero Juan haba recobrado el sentido de la realidad; balbuce, levantando los ojos hacia ella: --Es usted?... Es usted?... Ya!... Ha concluido el espectculo? Disculpe mi confusin, pero estoy absorto en abominables clculos. Mara Teresa, simulando que no vea la turbacin de Juan, dijo: --No he tenido valor para or el tercer acto; la inquietud me torturaba. --Por qu, si yo estaba aqu? Hace usted mal en no tener confianza en m. Mire, su padre est tranquilo; se despierta de tiempo en tiempo, me llama, y despus vuelve a dormirse, satisfecho de verme trabajar a su lado. --Ah, qu bueno es usted de velarlo as! Juan, contemplando siempre a la joven, respondi sonriendo: --Entonces usted cree realmente que yo hago algo meritorio? Espero que no... Porque eso me hara suponer que usted no es muy difcil de contentar en materia de acciones loables. Mara Teresa, sin contestar, evolucion lentamente por la pieza. Descubri, en breve, lo que buscaba, sobre una pequea mesa: jamn, pollo fro, asados, manteca, miel, ron y todos los utensilios necesarios para hacer t. Se volvi hacia el joven: --Juan, mi madre ha hecho preparar algunos alimentos para ayudarle a pasar la noche. Quiere usted que yo le sirva su cena? --Gracias, no necesito nada. --S, usted necesariamente tiene que tomar algo. --No, no, se lo aseguro. Hablaban en voz baja; sus palabras eran, apenas un murmullo. Juan vea cerca de l la cara querida, los hermosos ojos soadores que evocaba tan a menudo y en el silencio de aquel cuarto de enfermo, una profunda turbacin lo invadi. Mara Teresa, como si tuviera conciencia de lo que pasaba en l, creyendo eludir aquel lazo tendido por la soledad y la exaltacin de la velada, pronunci con entonacin imperiosa y porfiada: --No le pido su opinin: hay que cenar; esta mesa revela de una manera perentoria la orden de mam... es intil que se ra y mueva la cabeza, usted cenar, Juan! Quin me habr dado un amigo tan caprichoso? Pronto, un fsforo para encender el calentador! Ah! Juan, usted era un amigo ms obediente en otro tiempo... Entonces cumpla todas las rdenes de Teresita! Juan se estremeci y sin fuerzas ante el recuerdo del querido pasado, que era su nico placer, tendi su caja de fsforos. Mara Teresa con voz seria y cariosa continu: --Deje un momento sus nmeros. Quiere que yo participe de su cena, diga?... Llevaremos la mesa al gabinete de vestir; dejaremos la puerta abierta para velar a pap, sin que nos oiga. Vamos, vamos, abandone sus papeles durante cinco minutos, y venga a hacer la cenita... Juan no pudo resistir ms. Dijo: --Entonces permtame que la sirva... No era as como hacamos cuando usted era la querida Teresita? Con mil precauciones y cuidando de no tropezar con nada para no despertar al seor Aubry, transport la mesa y se puso a manejar hbilmente los diversos utensilios, preparando el t y cortando los asados. --Qu diestro es usted!--observ Mara Teresa. --Le sorprende? Un buen cristalero tiene que ser diestro de manos. Para no hacer ruido en el cuarto cambiando muebles, Juan tom un taburete y se sent casi a los pies de la joven. Bebieron y comieron en silencio. Juan obedeca las menores rdenes de Mara Teresa, sintiendo una extraa voluptuosidad en resistir primero para verse despotizado y darse luego el placer de la obediencia. --Juan, este sandwich ms! --No, no puedo... --Es preciso!... --No tengo ms ganas. --Yo lo quiero! --Le aseguro... --He dicho que quiero! Y l tomaba el sandwich ofrecido por aquella mano delicada. Qu no habra comido, con tal de ver la sonrisa de triunfo que entreabra los labios de su amiga! Murmur: --Como por dems... felizmente el t me salvar, si no concluira usted por ahogarme. Se sonrean confiados y alegres. El seor Aubry hizo un movimiento; temiendo despertarlo, volvieron a su lado y permanecieron silenciosos en la calma del cuarto. Entonces, bajo la influencia algo misteriosa del silencio y de la luz discreta de la lmpara, el bienhechor olvido expuls del alma de Juan todo lo que no era la real felicidad de la presencia querida. Nada existi para l fuera de aquel ser de tal delicadeza y de encanto; crea vivir en un sueo, no quera ni saber en qu lugar de la tierra se encontraba all solo con ella. S, ella estaba all, tan cerca, que senta el fino aroma de iris con que perfumaba sus cabellos, tan cerca, que poda tocar el extremo de su vestido avanzando la mano. Ay! tantas veces aquel ademn haba hecho desvanecer su sueo, que no se arriesgaba ahora. Mara Teresa se senta retenida en el canap como por invisible lazo. Sin embargo, Juan no la miraba, ni pronunciaba una palabra. Pero, semejantes a nubes de incienso, los efluvios de adoracin que emanaban del joven, la envolvan en una atmsfera de ternura, y gozaba de una sensacin de felicidad ignorada hasta entonces. Ella misma, sin darse cuenta, rompi el encanto: habiendo avanzado la mano sobre la mesa, en la rbita luminosa de la lmpara velada, irradiaron los fulgores del rub de su anillo de novia y el ojo de Juan, atrado, vio como sangrar la mano de su amada. Con este simple juego de luz, la realidad entr de nuevo en su espritu como duea imperiosa, suscitando el recuerdo del novio. Juan, desalentado, apoy sobre el muro su cabeza aniquilada. Mara Teresa que lo miraba, le dijo, sin comprender el verdadero motivo de aquel sbito desfallecimiento: --Usted se fatiga demasiado; no trabaje ms esta noche, se lo ruego. Vea, mi padre duerme, es intil que usted se quede a velar toda la noche. Y como se levantase dirigindose hacia la cama, Juan exclam con un gesto de indiferencia: --Qu importa que yo duerma o que yo vele!... Adis, Mara Teresa!... Y la condujo hasta la puerta de la habitacin. XV A la maana siguiente Huberto fue a hacer su visita habitual. Cuando su prometido se march, Mara Teresa se sinti desamparada, y se preguntaba por qu aquella visita de Huberto la dejaba tan triste. Contribua tambin a ello la idea suya de reprocharle de nuevo el traje sombro que se haba puesto la vspera para ir al teatro. Ah! era siempre el clubman ligero, el hombre chic, eternamente esclavo de sus preocupaciones de snob y esto, en el momento mismo en que ella ansiaba sentir una emocin tierna, una solicitud afectuosa, capaz de confortarla durante el perodo de inquietud que atravesaba. S, ese da, todo la irritaba en l: su levita impecable, sus cabellos admirablemente brillantes, su cara de placidez, reflejando la ntima satisfaccin de s mismo. Pero, despus de dar libre curso, durante algunos instantes a su irritacin, concluy por pensar que quiz no era razonable de su parte ensaarse as con su novio. Porque ella estaba triste, no era motivo para que l cambiase su manera de vestir. Luego, examinndose con sinceridad, descubri que era otra la causa de su mal humor as como de las distracciones que haba tenido durante la visita de Martholl. En efecto, mientras escuchaba a Martholl decirle, con su voz de entonaciones rebuscadas, las cosas amables y triviales que acostumbraba, el recuerdo de un semblante de rasgos demacrados, de expresin angustiada y ardiente, hera su espritu de una manera singular. Despus de haberse distrado pensando en esto, mir con atencin a su interlocutor y le pareci que no vea con el mismo agrado aquellos bigotes sedosos que antes le gustaban tanto. Ah! Huberto no tena aspecto de fatigado, y no crea que fuera cuidando enfermos como se fatigara nunca. Agitada por estos pensamientos, se sinti de pronto invadida por un remordimiento; haca mal en acordarse tanto de Juan desde que saba que era amada por l, y mal en acoger las emociones que le produca este recuerdo. Siendo prometida de Huberto, no deba permitir que otro ocupase su pensamiento. Trat de convencerse que su turbacin provena de la sorpresa que haba recibido al descubrir el amor de Juan. Y despus, es tan triste ver sufrir! Y Juan sufra. Se conmova todava, recordando su mirada desesperada. En su ingenuidad atribuy a un sentimiento de piedad sus frecuentes cavilaciones sobre Juan. Pero, puesto que ella iba a casarse, y se ira de la casa, se consolara, sin duda, cuando no la viese ms. Los sentimientos ms violentos no resisten a las largas separaciones. Por qu, entonces, inquietarse tanto por aquel dolor pasajero? Ella tambin, deba olvidarlo. Para llegar a este resultado trat de concentrar todo su poder de evocacin sobre los meses de verano, durante los cuales Huberto la haba conquistado, en la alegra de aquella playa normanda tan propicia para el flirt. Pero desgraciadamente, el estado de su espritu no se prestaba a las reminiscencias alegres; no se armonizaban con su tristeza. Por qu, pues, aquel amor no la sostena en las horas de prueba? Por qu no era su refugio en los momentos sombros? No poda admitir que, al pedir su mano, Huberto procediese por vanidad. No! no poda creerlo. Y sin embargo, cunto vaco no dejaba en su alma el amor de su novio! Ah! cmo habra agradecido que le murmurase palabras de consuelo! Qu barrera contena en l esas expansiones tan naturales entre dos seres destinados el uno al otro? Si no le demostraba compasin en su desgracia cul era la causa? Sin duda, la naturaleza poco sensible del joven no lo incitaba a profundizar la pena que ella senta, ante las fatalidades que amenazaban a los seres ms caros a su corazn. Pero ella misma no tena algo que reprocharse? Se haba confiado a l como a un amigo y protector, en quien se busca amparo y consuelo en el dolor? No; en vez de revelarle sus angustias se haba contentado con escuchar distradamente las frases de saln y las historias de club que, en su inconsciencia, Huberto no consideraba inoportuno referirle. En justicia, se reconoci algo culpable. As, pues, tom la resolucin de demostrarse ms afectuosa en sus prximas entrevistas. Sera, sin duda, el mejor medio de excitar la sensibilidad latente que, no quera dudarlo, deba haber en l. Con el espritu lleno de estas ideas, se dirigi al cuarto de su padre; pero, cuando estuvo a su lado, todas sus preocupaciones desaparecieron ante el sentimiento, punzante como un dolor fsico, de su impotencia para cuidar al querido enfermo. En la semioscuridad entrevea aquella faz plida y demacrada, con una expresin de sufrimiento que alteraba, hasta hacerla desconocida, su amada fisonoma. El seor Aubry no sala de un profundo sopor, y Mara Teresa pas las lentas horas del da velando aquella somnolencia. Al empezar la noche, se agit, y pidi con insistencia que llamaran a Juan. Mara Teresa experiment un singular alivio cuando apareci el joven, como si su presencia constituyera el soberano remedio. Desde el umbral de la puerta, Juan tuvo que responder a las interrogaciones febriles del seor Aubry. Oyndolos hablar de negocios, la joven se retir y baj al saln para esperar a su prometido que deba llegar a comer con ella. Algunos minutos despus, Huberto llegaba de frac, como era su costumbre. Aun en la intimidad de aquellas comidas de familia, no se desprenda de las formas convencionales de los centros mundanos. El molde de impecabilidad social que se haba impuesto, le haba hecho perder el sentido ntimo y familiar de la existencia. Aun a solas con su novia, no se desarmaba, y su conversacin se refera generalmente a todas las manifestaciones de la vida elegante y del sport. Las primeras palabras que dirigi a la joven no eran las ms apropiadas para animarla a abrirle su corazn, como se haba propuesto. Antes de que ella se hubiese sentado a su lado, Huberto comenz con aire alegre: --Estoy encantado; esta tarde he ensayado mi automvil. Es una joya, usted ver; vuela y hace sus sesenta kilmetros por hora. Maana temprano vengo a buscarlas! Iremos a Versalles, almorzaremos en el camino. --Pero usted sabe bien que mi madre y yo no podemos salir--dijo Mara Teresa, que, para permanecer fiel a su programa, no se formaliz por la falta de memoria de Huberto, respecto a la enfermedad de su padre. Y se aproxim a l, cariosa y afable, tratando de provocar el incidente sobre el cual contaba para dar ms expansin y afectuosidad a sus conversaciones. En ese momento se abri la puerta del saln y Juan entr. Bruscamente, tuvo bajo sus ojos este grupo: Mara Teresa, al lado de su prometido, sentados en un silln, e inclinada hacia l, en tanto que Huberto estrechaba en su mano la mano de la joven. El pobre Juan tembl, pero por un esfuerzo de voluntad se domin; no era aqul un espectculo al que deba habituarse? Mara Teresa bastante turbada present a los dos jvenes, aunque ya se conocan de Etretat. Huberto salud sin levantarse. Para l, Juan no era ms que un empleado. La joven advirti esta actitud, se ofendi y queriendo evitar a Juan una humillacin, trat de distraer su atencin preguntndole vivamente: --Y bien! Juan cmo ha dejado usted a mi padre? --Est muy nervioso. He bajado para substraerme a sus preguntas. Me veo obligado a contestarle; eso lo fatiga; no quiero decirle nada ms esta tarde. Como voy a comer con ustedes, su seora madre me ha aconsejado que me refugie aqu. No incomodo? --Absolutamente, amigo mo!--se apresur a contestar Mara Teresa. Hablando, Juan se acerc a una mesa, tom de ella unos diarios, y se aisl en un rincn del vasto saln. Prob a leer, pero la hoja temblaba en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer ridculo abandonando el saln porque ellos estaban all. La entrada de la seora Aubry y de Jaime lo sac de apuro. --Amigo mo--dijo Huberto a este ltimo,--si yo hubiera sabido dnde encontrarlo hoy, habra ido a buscarlo; he ensayado mi mquina, es una maravilla. --Desgraciadamente, yo trabajaba y no habra podido aceptar su amable invitacin. Paso los das trabajando, lo cual no es divertido. En seguida volvindose hacia Juan, Jaime continu: --Y bien, amigo, qu hay de nuevo hoy? Vas a tranquilizarnos o a aumentar nuestras alarmas. La seora Aubry se acerc tambin al joven. --No tienes aire de satisfecho, hijo mo. Se complican las cosas? Juan respondi en voz baja, pero Huberto, al fijarse en aquellas interrogaciones cuyas respuestas no haba odo, record las frases inquietantes de la seora Gardanne, haciendo alusin a un asunto que poda ser perjudicial para su hermano. Durante la comida, Huberto hizo hbilmente algunas preguntas las cuales fueron contestadas evasivamente, pues en el fondo todos estaban ms preocupados de la salud del seor Aubry que de su situacin comercial. En cuanto a Juan, haca lo posible por soportar valerosamente su sufrimiento moral, para que nadie lo sospechase; no deba, acaso, acostumbrarse a la idea de ver a otro al lado de la que amaba? Para escapar a su suplicio, no tena siquiera el derecho de huir: todo lo ataba a aquella casa, en aquel momento en que dos sombras amenazadoras se cernan sobre ella: la ruina y la muerte. Su deber estaba all, no poda substraerse a esta ineludible tarea. Para olvidar la penosa hora presente, haciendo abstraccin de la situacin en que se encontraba, se absorbi en el doloroso problema de los acontecimientos que iban a surgir y que era necesario evitar a toda costa. S, luchara, intentara supremos esfuerzos, y esto, sobre todo, por Mara Teresa, a fin de ahorrarle un pesar, una preocupacin, una lgrima. Fue todo lo que se le ocurri para consolarse de la persistencia con que ella diriga hacia otro, la brillante luz de sus ojos. Despus de comer, la seora Aubry, muy fatigada por su tarea de enfermera, se adormeci en un silln. Jaime subi a acompaar a su padre, y los dos prometidos, no obstante los esfuerzos de Mara Teresa para atraer a Juan a una conversacin entre los tres, concluyeron por refugiarse en un rincn del saln. Entonces Juan tom un libro y ley a la claridad de una lmpara; pero pronto sucumbi a la irresistible tentacin de mirar a los que el destino irnico pona a su frente para torturarle. --Es necesario--se deca,--que me resigne a verlos con ojos impasibles, y que me acostumbre a la idea de verlos luego unidos por lazos ms estrechos an. Nunca me habituar a este sufrimiento, si lo huyo siempre. Dej su libro; se crea fuerte y dueo de sus sensaciones, en tanto que fijaba sobre los novios ojos de loco. Pensando que Mara Teresa estaba demasiado ocupada para fijarse en l, no trataba de disimular la turbacin que le agitaba. Fcil era notar todos los sentimientos que pasaban bajo aquella mscara de un ser apasionado y simple, asolado por un amor contra el que su voluntad nada poda. Como Juan se hallaba en plena luz, ninguna contraccin de sus rasgos escap, en breve, a Mara Teresa; comprendi la emocin intensa y dolorosa que le haca vibrar ante sus menores ademanes y los de Huberto. Incapaz de continuar haciendo sufrir a Juan semejante suplicio, Mara Teresa se levant. --Soy muy mala duea de casa, seores! Puesto que mam duerme podemos pasar al saln chico. Venga usted con nosotros, Juan, voy a tocar una pieza de Mozart en el clavicordio de Mara Antonieta. Cerraremos la puerta para que las dbiles notas del clavicordio no se oigan en el piso de arriba. El saln chico era precioso con su tapicera Luis XVI de muar blanco rayado de azul plido, sus muebles de vieja laca de coromandel y sus largos espejos colocados sobre delicadas consolas. --Van ustedes a penetrarse--dijo la joven abriendo el viejo instrumento,--qu lindo sonido tiene todava. Mientras Juan, que los haba seguido, buscaba el medio de hacerse olvidar, Martholl se instalaba al lado de Mara Teresa, emitiendo algunas reflexiones de conocedor sobre las cosas que adornaban el saln. --Es por herencia como tienen ustedes este instrumento, y saben si realmente ha estado en algn Triann? --Usted ignora, entonces, que no existen clavicordios de la poca, que no hayan pertenecido a la Reina? Supongo que ste no escapa a la ley comn, y aunque proviene simplemente de la venta de un coleccionista clebre, cultivo piadosamente esta leyenda, cuya autenticidad tiene por suprema garanta mi propia autoridad reforzada con la del profano vendedor. La joven se puso a tocar un _Lied_ de Mozart, y despus cant la romanza de Martini Placer de amor. Las notas volaban como suspiros, su timbre antiguo haca ms adorable aquel canto entonado por una voz fresca. Juan, cerrados los ojos, saboreaba el encanto de aquella meloda de antao, que pareca el eco lejano de un pasado muerto. Se senta triste hasta derramar lgrimas. Un grito de espanto de la joven lo arranc a su sueo doloroso. Abri los ojos, y vio cerca de Mara Teresa una llama ondulante que suba hasta el techo. Un doble movimiento, arroj en sentido inverso a Juan y a Huberto. Mientras ste tocaba apresuradamente el botn elctrico, Juan arrancaba la pantalla de vitela que arda, los papeles de msica encendidos a su contacto y, oprimiendo todo entre sus manos, sofoc el fuego. --Ha tenido usted miedo, Mara Teresa?--pregunt ansioso.--Yo tambin. He temido un instante que el tul de sus mangas recibiera alguna chispa. --No, no tengo nada, gracias, Juan--respondi la joven. Luego mir rindose a Martholl que vena hacia ella, y aadi, algo maliciosamente: --Qu ha ido usted a hacer cerca de la puerta, en vez de apagar este fuego artificial? --Pues... llamaba al criado. En efecto, el criado entraba en este momento; slo tuvo que recoger los restos carbonizados tirados por el suelo. --Y si nadie me hubiera socorrido--continu Mara Teresa sonriendo,--habra sido vctima de este accidente. No se lo reprocho; pero usted ha querido encender estas bujas de cera que quieren ser de la poca, y ha colocado mal la pantalla que usted ha hecho arder. Luego ponindose seria y tomando de improviso los puos de Juan: --Mustreme usted sus manos, estoy cierta que se ha quemado! Algunas manchas blancas aparecan, en efecto, estirando las manos que Mara Teresa tena entre las suyas. --No es nada--dijo Juan,--un cristalero viejo sabe jugar con el fuego. --Yo comprend en seguida que no haba ningn peligro--repuso Huberto, tratando de justificarse,--tena tiempo de llamar, y no me cre obligado a ensuciarme las manos por un apresuramiento intil. Es ridculo perder la cabeza por tan poca cosa. --Pero--contest Mara Teresa en un tono de suave irona,--no me habra disgustado verlo desafiar por m el peligro de tiznarse un poco las manos. Luego, despus de un silencio, aadi: --Basta por hoy, yo no podra seguir tocando despus de semejante emocin. Adems es tarde; le pido permiso para despedirlo, Huberto. Haba abierto la puerta del otro saln, y mostrando a su madre dormida cerca de la chimenea: --Miren a la pobre mam, no quiero obligarla a quedarse ms tiempo aqu. Voy a conducirlo--agreg, viendo que el joven la segua obediente. A Juan le pareci que Mara Teresa permaneca una eternidad en la soledad del vestbulo. Qu hacan all? qu le dira aquel hombre que ahora tena casi derechos sobre ella? No, no, lo presenta, no se curara nunca de aquellos espantosos celos. Cuando la joven volvi, qued asustada del aire desesperado de Juan. Entonces, en su turbacin, todos sus proyectos de calma y de frialdad volaron. Un sentimiento que ella crey ser de piedad, la arrastr de una manera irresistible hacia aquel ser que sufra por ella, y en un arrebato de ternura le pregunt: --Le duelen sus quemaduras, Juan? No? Bueno, vamos a subir juntos quiere, amigo mo? Haba pasado su brazo bajo el de Juan e instintivamente buscaba un apoyo en aquel hombro robusto. Sintindose as al lado de l, como en otro tiempo, los recuerdos de su infancia se agolpaban en su mente: --Recuerda el tiempo en que yo era chica? Yo lloraba para que usted me condujera sobre sus espaldas al subir las escaleras; qu triunfo cuando usted ceda a mis caprichos de beb, usted, el muchacho grande y juicioso! --Que si me acuerdo!--exclam Juan. Y mentalmente pensaba: --No sospecha que es de ese pasado de lo que vivo! Ah! si pudiera tenerla as a mi lado, libre todava! Para aturdirse, busc algn recuerdo que evocar: --Y aquel gran ltigo que usted se haba procurado para pegarme mejor cuando jugbamos a los caballos? Usted deca que pegando fuerte tena aire de verdadero cochero. --Oh! Juan, cunto he debido hacerlo sufrir! Por qu soportaba con tanta paciencia aquellos caprichos de nia mimada? l, mirndola con infinita ternura, murmur a pesar suyo: --Jams, en aquellos minutos, sufr tan cruelmente como ahora! Mara Teresa se estremeci, pero no pudo responder porque la seora Aubry que suba detrs de ellos, los alcanz para decirle a Juan: --Quieres velar tambin esta noche, hijo mo? No, esta noche le corresponde a Jaime... --Voy solamente a ver si mi querido seor no me necesita--respondi Juan sencillamente--y si Jaime no se ha dormido. Despus, estrech las manos de la seora Aubry y de Mara Teresa, y se march. XVI A la maana siguiente, Huberto reciba un mensaje de su madre invitndolo a pasar por su casa sin demora. Algo inquieto, se dirigi a la calle Astorg y encontr a la seora Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metdica, termin primeramente la carta que escriba; en seguida, tendiendo la mano a su hijo: --Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano; pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi indicacin, t no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry. --No, en efecto--balbuce Huberto con turbacin. --Es confesar que no tienes en cuenta mi opinin. --Ya le dije a usted, madre, que los informes que tenamos me parecan decisivos. --Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que t no has credo conveniente hacer, yo lo he hecho. --Y qu ha sabido usted de nuevo? --Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto banco Raynaud, y que le costar mucho reponerse del golpe, si se repone. --Ah!--dijo Huberto visiblemente contrariado. --Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del seor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida por la conmocin que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He sabido tambin, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar semejante choque; el seor Aubry es menos industrial que artista; parece que el ao pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ah cul es su situacin. Como ves, no es brillante. --Y qu puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi palabra... Adems, yo amo a Mara Teresa. La seora Martholl mir framente a su hijo y pronunci: --Naturalmente... Yo no te aconsejara tal villana. La vida no se compone nicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como t no puede romper su casamiento por tal razn; pero si te es imposible retirarte desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios medios perfectamente correctos. Huberto mir a su madre con estupefaccin; la conoca como muy hbil, pero aquella astuta previsin lo desconcertaba. Despus de un silencio dijo: --Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a Mara Teresa; una ruptura me hara desgraciado. --Comprendo ese sentimiento--concedi la seora Martholl duea siempre de s misma;--est justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos la cuestin bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa casa, a consecuencia de la catstrofe conocida, hiciera malos negocios, que si para colmo de mala suerte, el seor Aubry llegase a morir, sobrevendra la ruina en breve trmino. Ahora bien, no se tratara ya de la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener a su madre a tu cargo. Qu haras t, entonces, mi pobre Huberto? No seran tus ocho mil pesos de renta los que bastaran para todo eso y te permitiran llevar la vida tal como t lo comprendes. Reflexiona, hijo mo, y concluirs por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la razn, que me aconsejan hablarte as, por ms pesar que sienta de perder tal nuera. --Y si yo me conformase con su opinin qu sera necesario hacer, segn usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo tan run como el de la cuestin de dinero? --Habra que dejar correr el tiempo--dijo lentamente la seora Martholl--y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo indefinidamente. El tiempo, a menudo, se encarga de dar solucin a los problemas ms difciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza. Huberto se separ de su madre, triste y descontento, pero bien decidido a mantener la palabra dada a Mara Teresa. De vuelta en su casa, recorri los diarios y pudo leer los detalles de la quiebra Raynaud, as como el relato de la muerte trgica de Pablo Raynaud, a quien haban encontrado en su cuarto, perforada la sien por una bala de revlver. Varias casas importantes, se deca, se encontraban envueltas en este desastre. Huberto arroj el diario con clera; todo se conjuraba en ese da para certificarle la catstrofe. A fin de distraerse de estas preocupaciones nuevas para l, decidi que ira a almorzar al club. Pero en el camino lo atacaron penosas reflexiones. Qu hara? Seguir el consejo de su madre? Era duro abandonar a una prometida tan encantadora. Tendra el herosmo de tomarla por esposa, sin dote? No faltan familias que viven con ocho mil pesos de renta. Se puso a equilibrar un presupuesto sobre esa modesta fortuna; pero vagamente buscaba, combinaba y cercenaba; todas sus previsiones lo llevaban fuera de aquella suma. Pronto se cans de este trabajo, y, desanimado, comprendi que su buena voluntad nada poda contra las exigencias creadas por las necesidades del mundo en que viva, por su educacin y por sus gustos. Qu sucedera si no tena en cuenta los apetitos que senta? Tendra espritu de sacrificios? Un cortejo de privaciones, el largo rosario de las economas, desfil ante l: nada de viajes, nada de caballos, nada de partidas de placer. Despus, se abism en visiones, para l aterrorizadoras: un sastre de segundo orden, una mujer mal vestida, obligada a frecuentar los mnibus y los tranvas. No tard en confesarse que sufrira de todos estos pequeos inconvenientes, y fijndose en la importancia que haban tomado las cosas que se relacionaban con su bienestar y su vanidad, en su alma ftil y ligera, se puso triste. Aquellos hbitos de lujo y de confort eran ahora sus dueos tirnicos y soberanos; no dejaran crecer nunca ms en l ningn sentimiento desinteresado. Perspicaz y desilusionado, comprob con loable sinceridad: --Es demasiado tarde, la cizaa ha crecido. Luchar, pero no estoy seguro de la victoria. Pobre Mara Teresa! Pobre de m! Pas algunos das en una penosa alternativa no sabiendo qu hacer. Decididamente, en el matrimonio las cuestiones de dinero se aliaban mal con el amor. Observ entonces que la imagen de Mara Teresa, que antes lo encantaba, se converta ahora en fuente de preocupaciones tristes, y pensaba: --Quiero amarla, pero no con la perspectiva de tantas molestias. Estoy ya descorazonado y hastiado. No hay nada igual a estas terribles cuestiones de la lucha por la vida, para sofocar todo noble impulso de amor. Bajo el imperio de este sentimiento, saturado de prudente indecisin, el joven concurra cada vez ms irregularmente al hotel de la calle Vaugirard. Mara Teresa pareca cambiada tambin; no estaba ya alegre; su tristeza, justificada por la enfermedad persistente del seor Aubry, corroboraba las reflexiones desesperantes de Huberto. Durante sus visitas, que haca sucesivamente ms cortas, evitaba con habilidad toda alusin a los acontecimientos desagradables que haban perjudicado la cristalera. Un da, sin embargo, encontr a su prometida tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de preguntarle la causa: --Qu tiene usted, Mara Teresa? Se dira que usted ha llorado... --Es cierto, he llorado. Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan enrgico como pap! Ha pasado por las ms grandes pruebas con valor, y ah est, abatido por la enfermedad. Lo que ms me hace sufrir, es la idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. Sabe usted, Huberto, que los asuntos de la cristalera van mal? Esa quiebra de Raynaud nos ocasiona prdidas considerables, y es triste para mi padre ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un especulador imprudente. Comprendo cunto sufre mi padre; estoy segura que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. Dios mo! qu importa el dinero! Creo que yo me pasara fcilmente sin l, con tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo... Obligado por la nueva actitud que se haba impuesto, Huberto permaneci fro. Cuando reproch a su madre su exceso de desconfianza, se conoca mal. A su vez l la abrigaba tambin hasta el punto de quedar impasible, correcto, ante tanta afliccin. El giro que tomaba la conversacin, lo sumi en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y sencillas de la joven despertaron en l sentimientos bastante caballerescos, pero contra los cuales se apresur a luchar, consiguiendo triunfar. Si hasta entonces no haba sido desconfiado ahora lo era; separndose de las regiones sentimentales a que lo conduca, a pesar suyo, el desinters expresado por Mara Teresa, entr pronto en consideraciones que juzg llenas de perspicacia. En efecto, por qu su prometida le confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su padre? No era aquello una maniobra hbil, a fin de prepararlo a la idea de casarse sin dote? Quiz quera enternecerlo con lgrimas, y arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran ms. Las jvenes son a veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su infancia, Mara Teresa se mostrase tan indiferente por la prdida de su fortuna. Y de induccin en induccin, Huberto se convenci de la verdad de las hiptesis sugeridas por su egosmo desconfiado. --No pisar la trampa--se dijo. Sinti alguna vanidad en justificar lo dueo que era de s y de los acontecimientos, y se crey estar al abrigo de los desfallecimientos de su sensibilidad. No! no sera el ingenuo susceptible de caer en un lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la ms seductora de las mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operacin de juzgar framente la situacin y de encontrar palabras de consuelo para aliviar el pesar de la joven, no supo qu decir, y se content con dar a su fisonoma de hombre de mundo bien educado, una expresin de compasin. Mara Teresa que no comprenda aquellos movimientos de alma, no poda, en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defeccin. Absorta en sus punzantes inquietudes, continu pensando en alta voz: --No s lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y asegura que slo se trata de un momento difcil, del cual saldremos con la frente alta. A m lo nico que me preocupa es la enfermedad de mi padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo dems suceda lo que Dios quiera. Huberto encontr por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la significacin de las palabras, como una buena salsa disimula un mal manjar, dijo: --Tiene usted razn, Mara Teresa, de preocuparse nicamente de la salud del seor de Chanzelles. Qu importa lo dems al lado de eso? Sabremos esperar con paciencia das mejores; seguiremos de novios un ao... dos aos si es necesario. Mara Teresa, distrada por sus inquietudes, no atribuy ninguna importancia a esta proposicin hecha en un tono afectuoso. Durante una hora ms, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de que, mientras estaban all frente a frente, sus dos almas, perdidas en abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra. Al dejar a Mara Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se senta librado de un gran peso. Por qu aquel alivio? Reflexionando, comprendi que haba terminado con el perodo de indecisin que su amor a su novia y algunas veleidades de desinters por los bienes terrenales, le haban hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda indicada por la experiencia de su madre. No haba habido violencia; le haba bastado dejarse dirigir por los acontecimientos, secundados por su naturaleza egosta. La solucin, bajo la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos das antes, le pareca hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos seguan mal. En ese momento todo iba perfectamente: Mara Teresa pareca haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinacin, que lo alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometi no precipitarse. Si los asuntos se arreglaban, sera muy feliz casndose con Mara Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabra substraerse por medio de alguna ltima habilidad. Siempre le quedara el placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven distinguida, porque era realmente encantadora, tan fina, tan linda! Sin embargo, haca unos das mostraba un carcter demasiado inclinado a la melancola. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los lmites de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, sbitamente y sin pena, en enfermera. Qu diablos! hay que ser razonable; no sera divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario de su existencia porque haba algn enfermo en la familia; no deseaba este exceso de sensibilidad en la futura seora Martholl. Quera una mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo, satisfecha de ser del mundo y contenta de divertirse en su compaa. El encanto que lo haba retenido al lado de Mara Teresa, haba volado al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce fisonoma que lo seduca todava, la de miss Maud Watkinson, bellsima joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa Husson. Esa, s, se interesaba en cuanto puede inventarse de ms excitante, en punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de Mara Teresa, le habra agradado buscar la compaa de aquella joven yanki. Se deca que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para l, era protestante y de familia desconocida y no responda mucho a la segunda parte del programa trazado por la seora Martholl, que no aceptara jams a aquella nuera de ultramar. El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba invitado para la maana siguiente a una partida de sport en que ella deba encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne. Haca algn tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba Mara Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, haba vivido en lo que llamaba el retiro; es decir que se haba presentado poco en el gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas ntimas. Pero las palabras dichas a Mara Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado de noviazgo deba prolongarse, no poda continuar aquella vida de anacoreta. Por lo pronto haba hecho bastantes sacrificios en obsequio a los lazos superficiales que lo unan a la joven; tena que serle permitido distraerse, y concluy dicindose en su fuero interno: --Maana, a ms tardar, partir para Compiegne; me olvidaran si no me viesen ms en casa de Brimont ni en las caceras del Marqus de Gerfant. Adems, acabara por enfermar en esta casa de Chanzelles; son lgubres a desesperar, desde que la enfermedad ha entrado en la casa y la ruina la amenaza. Cuando he pasado una hora all siento que me salen canas. Hasta por la misma Mara Teresa es mejor que durante algn tiempo la vea menos a menudo. Yo no puedo amar en la tristeza, y me causa un fastidio tan grande ver caras de enfermos y ojos con lgrimas, que no tardara en tomarle horror a la casa misma. Por nada del mundo querra que mi pobre amiga viese un da que me pongo de mal humor a su lado. No fue, pues, por pura caridad que Huberto resolvi ir con menos frecuencia a casa de los Aubry. Al mismo tiempo juzg que en su estado de espritu le convena divertirse, y como pasaba por delante del Teatro de Variedades, entr a tomar un palco, para pasar aquella noche en alegre compaa. XVII Lejos de decrecer, la enfermedad del seor Aubry tenda cada da a agravarse; senta grandes dolores de cabeza; el menor ruido, repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos sufrimientos, por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su descanso. Se hablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido de los pasos; el palacete, tan alegre antes, pareca habitado ahora por sombras tristes y silenciosas. Desde la misma calle, no suba ningn ruido; una espesa capa de arena haba sido extendida delante de la fachada para apagar las pisadas de los caballos y el rodar de los carruajes. La luz tambin estaba proscripta del cuarto del enfermo, que era cuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las cortinas corridas, al trmulo resplandor de una lmpara. En estas condiciones la permanencia a su lado durante das enteros, constitua una verdadera fatiga, pues el seor Aubry, como nunca haba estado enfermo, demostraba muy poca paciencia. Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto ms que a su mujer y a su hija, y no quera ser cuidado y servido sino por ellas. Como enfermero, Jaime no serva; su padre no poda tolerar la torpeza de sus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y a pesar de su buen deseo, se adaptaba poco a las circunstancias: los muebles, las porcelanas, los vasos temblaban a su aproximacin. Para la noche no se poda contar con l; la atmsfera pesada del cuarto lo adormeca en seguida, y los quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo. Generalmente era Juan quien velaba al seor Aubry. Este, por lo dems, lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la cristalera. Algunas veces el joven consegua calmar sus inquietudes, pero otras le daba trabajo, sobre todo cuando se impona la necesidad de obtener una firma. Entonces el seor Aubry sala de su sombro abatimiento para caer en una especie de fiebre exasperada. Tena a Juan de pie delante de la cama durante horas enteras, lo interrogaba, y frecuentemente toda la noche transcurra en discusiones interminables. La paciencia del joven era inagotable y pasaba, sin lamentarse, de la labor del da a la fatiga de las noches. Mara Teresa se habituaba tambin a confiar en su presencia. Cuando sonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos en la escalera. Al principio lo haca maquinalmente, ansiosa de ver calmarse a su padre; pero una noche sorprendiose de esperar a Juan tan febrilmente... Cmo, su camarada de la infancia la preocupaba haca algn tiempo! Era, pues, un hombre nuevo o lo haba desconocido hasta entonces? Tuvo que reconocer que su inters por l haba estado paralizado durante mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir, porque las maneras de Juan no haban tenido siempre esa elegancia convencional que se encuentra en los hombres de mundo. S, lo reconoca; el exterior de un cualquiera la haba inducido a ignorar el alma de aquel ser superior. Cunto deploraba en ese momento su snobismo que tantas veces haba contribuido a que prestase atencin a los jvenes segn el mrito de apariencias superficiales y ftiles! Juan, por lo dems, no chocaba ya las ideas exageradas que tena respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario, la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni sus fuerzas. Sentada en el gran silln, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo en aquella oscuridad entregarse a ningn trabajo manual, pasaba estos momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacan en su espritu. Mecida por el montono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el alto respaldo del silln, dejando errar sus miradas de las llamas de la chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en Huberto y en Juan. Mara Teresa posea ese sentido crtico, ese espritu de anlisis que sabe deducir de un hecho algo ms que el incidente trivial. Desde que los das transcurran para ella en largas meditaciones, la noche en que los dos jvenes se haban encontrado, le haba venido frecuentemente a la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la haba hecho rer primero, le sugera ahora serias reflexiones. Toda la oposicin de carcter que exista entre aquellos dos hombres se revelaba en la accin impulsiva que cada uno de ellos haba tenido, obrando bajo la influencia del instinto. Aquella accin la iluminaba sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera que haban conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo para reflexionar, obedecan a la esencia misma de sus naturalezas. Mara Teresa comprenda que la actitud del uno y del otro era la expresin franca de sus respectivas educaciones. De deduccin en deduccin, un juicio razonado se formulaba en el espritu de la joven. Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aqul, concurrente asiduo de las salas de armas, recurra a un criado para apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operacin que le pareca indigna de l. A este sentimiento se una una cierta impotencia fsica: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos apagar un fuego que encenderlo. Existe en las regiones subterrneas, en lo ms profundo de las entraas de la tierra, animalculos que viven y se reproducen en aquellas capas oscuras, y no suben jams hasta la luz del da. Como madre econmica, enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas los rganos que le son intiles. Estos habitantes de las regiones tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido hasta las trazas de los rganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre; en l se transforman y atrofian en lo moral como en lo fsico todas las facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el tipo del hombre tal cual lo hacen sus hbitos, en una vida de lujo, mecnica y fcil. Mara Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparicin del hombre de las cavernas, defensor de su compaera en el fondo de las grutas, con palo y hacha de piedra; pero vea con sentimiento la degeneracin de los hijos de la burguesa, alejados por una educacin imprevisora de todo espritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en ellos, la energa ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a luchar para conquistar un sitio al sol. Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz dbil del seor Aubry llam: --Mara Teresa? La joven se levant, e inclinndose sobre el lecho, dijo: --Qu desea usted, padre? --Qu hora es? --Cerca de las siete. --Cmo es que Juan no ha venido? La impaciencia del seor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven. Con voz cariosa, Mara Teresa trataba de calmarlo: --No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho. --Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con ansiedad; lo sabe y deba apresurarse. --No se altere, querido pap--dijo Mara Teresa poniendo su cara sobre el rostro del enfermo,--Juan llegar pronto. El seor Aubry mir con dulzura a su hija. --Mi querida hija, qu trabajo te doy! Soy muy exigente, no es verdad? --No, pap; solamente que temo que se exaspere. El mdico le ha recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, pap querido. El seor Aubry call un instante, luego dijo: --Dime, por qu no me hablas de Martholl y por qu no sube a verme? --Creo que teme fatigarlo a usted. --Ah!--exclam distradamente el seor Aubry, que pareca seguir una idea.--Pide noticias mas a lo menos? Se me figura que no viene tan a menudo; ahora no te llaman todos los das para recibirlo como en los primeros das de mi enfermedad. --Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no tena tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al lado de usted. --Me dices la verdad, hija ma?--interrog el seor Aubry con aire triste. --S, padre, por qu esa pregunta? --Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan... --Dgame a m... --Sera intil; Juan ser claro; quiero hablar con Juan. --Con Juan?--protest la joven alarmada.--No, padre, se lo ruego, no le hable de Huberto a Juan! Para qu!... Qu puede l saber!... --Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que l solo... Son las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo retienen abajo. --No quiere usted que yo me quede? --No, no, estoy fuerte, no te inquietes intilmente. Anda, hija ma, y mndame a Juan. En el momento en que sala del cuarto, Mara Teresa inclinndose sobre el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo que su padre poda decirle respecto de su novio, y aunque considerase esta accin poco correcta, en su gran deseo de or, entr precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta detrs de una cortina, escuch. --Al fin llegas!--refunfu el seor Aubry con voz dbil,--qu tarde vienes! Sabas que yo deba estar atormentado hoy, esperando tus noticias. Piensa en lo horrible que es mi situacin: verme amenazado, y estar aqu, paralizado, incapaz de moverme, y an de pensar!--aadi llevando las manos a su cabeza, en un ademn de sufrimiento. --Crame, seor, si usted tuviese ms calma, estara ya en pie. --Ms calma, ms calma! es fcil de decir. Cmo quieres que asista impasible a la crisis que nos aplasta? --Deseara que usted tuviera en m plena confianza--respondi Juan, que evidentemente quera eludir las preguntas sobre asuntos y nmeros. --Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar seguro. --Pues bien; si es as, por qu se inquieta? Le afirmo que conseguir restablecer nuestro crdito y reponer nuestra casa al estado en que se hallaba, gracias a la fabricacin a bajo precio que hemos iniciado. Le suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe creerme puesto que yo se lo afirmo; podra yo engaarlo? Los modelos que he hecho fabricar rpidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a trmino fijo, para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir estn asegurados; respondo de ello, mi querido seor. --Tu iniciativa, tu energa me confunden... Ah, t me salvas, Juan! --Pero, no, no, nada est en peligro; yo lo ayudo simplemente. En tanto que el joven hablaba, Mara Teresa lo contemplaba: cmo haba cambiado su fisonoma bajo la triple influencia de los tormentos de su corazn, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su cara haba palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre, acompaaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tena gran encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad mezclada de dulzura. --Est bien, tengo fe en ti--dijo el seor Aubry que se debilitaba.--T respondes del porvenir y del presente de la cristalera; pero hay otro presente que me preocupa: me inquieta la situacin de mi hija a causa de la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje compromisos, y sos t no puedes asegurarme que los cumplir... --Por qu no?--respondi Juan, con gran calma;--sera necesario saber qu compromisos ha contrado usted... Pero el seor Aubry se exasperaba: --Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos esponsales, he prometido una dote... S, tres mil pesos de renta y sesenta mil en dinero contante. Podr, estando embrollados mis asuntos, retirar todos los aos esa renta de la casa? Juan, ayudando al seor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo: --Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar los rendimientos de la fbrica, indispensables a nuestra produccin y a la reconstitucin del capital perdido en el banco Raynaud. --Cmo? di pronto!... Por qu medios? Yo he buscado y no he encontrado nada... --Es muy sencillo. Mientras la casa no est completamente a flote, yo renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a su hija; la seora Aubry, haciendo economas en la casa, encontrar pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha hecho ganar. Usted podr colocarlos en el canastillo de bodas, rogando al seor Martholl, que le conceda un pequeo plazo para la entrega de los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrn algunos aos de absoluta seguridad, aunque la fbrica no marche bien, lo que no tenemos que temer, ciertamente. Dominado por una gran emocin, el seor Aubry murmur con voz temblorosa: --Juan, hijo mo, jams consentir en que hagas tales sacrificios, jams, hijo mo... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me propones con tanta sencillez; es la accin de un noble corazn. T has ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sera expoliarte. --No diga usted eso, mi querido seor... yo sera muy desgraciado. Cmo! no comprende usted mi satisfaccin de retribuir en tan nfimas proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el autor de la propuesta que yo hago, no la aceptara usted? Confiese que s, que la habra aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecera una diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creera yo cuando me llamase su hijo. --Juan, Juan!--se limitaba a repetir el seor Aubry, dominado por la emocin.--Si t tambin eres mi hijo! --Permtame hacer la combinacin tal como yo la entiendo. Exijo por el momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos, estara ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al casamiento de Mara Teresa, no debe usted retardarlo por miserables cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la felicidad de su hija por tan fciles medios. --Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... Si supieras cunto me hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija! --No, no la perjudicar, ni siquiera lo sospechar--dijo Juan con voz enrgica.--Ella no sabr nada, jams, de nuestra combinacin; las cosas pasarn como si esta catstrofe no nos hubiese afectado... Ah, mi querido seor! todo, con tal que sea dichosa! --Pero--respondi el seor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la oferta generosa de Juan,--tal vez Martholl aceptara nuevas condiciones... Ama a Mara Teresa. --Le ruego no d ningn paso en ese sentido. No sera proceder con dignidad, crame; eso no servira sino para arrojar el descrdito en nuestros asuntos. Y adems, reflexione, si ese seor desconfiase de las nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, sera bien hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de Mara Teresa? Ella cree en ese hombre, ella lo ama... Querido seor, le suplico que haga sin vacilar lo que le aconsejo. --Pero, qu ser de ti, hijo mo? yo te despojara! T puedes equivocarte. Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se levantase?... --Piense usted primero en Mara Teresa, en ella sola; poco importa lo dems. Se trata de ella, no se ocupe usted de m: yo no necesito de nada. Con tal que yo trabaje hasta mi ltimo da y que usted me guarde un sitio a su lado, vivir resignado, si no feliz... Mara Teresa, que no haba perdido una palabra de esta entrevista, se sinti incapaz de continuar oyendo; abandon el gabinete y se refugi en su cuarto para llorar. As era lo que Juan quera hacer para que ella pudiera casarse con Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habra empleado su voluntad, en crear obstculos a su matrimonio. No le bastaba sufrir en silencio! quera adems dar cuanto posea! Qu alma ms generosa y noble! La admiracin que senta la joven por Juan, la hizo notar, sin querer, lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. Por qu la rareza de sus visitas coincida con el mal estado de los asuntos del seor Aubry? Por qu haba expresado el deseo de demorar su casamiento? Sera solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al cuidado del enfermo por lo que Huberto haba manifestado aquel deseo? S, s, ahora comprenda; tema que ella no tuviese dote, y tomaba sus precauciones. Haba sabido, sin duda alguna, que el desastre del banco Raynaud, perjudicaba a la cristalera. Realmente, su novio haca triste figura al lado de aquel Juan, a quien en su estrechez de espritu, haba considerado durante aos como un hombre de condicin inferior a la suya. Cunta vergenza experimentaba al comprobar que no haba sabido adivinar el valor moral de aquel ser humilde, y que haba necesitado de aquellas circunstancias para conocerlo! Entonces se acus de ingratitud, comprendiendo que ella era el dolo del amor de Juan. Llamaron a la puerta; la criada vena a anunciarle que le esperaban para comer. Se levant y se mir a un espejo; como las huellas de sus lgrimas eran visibles todava, no quiso bajar, temiendo alarmar a su madre, y sobre todo, porque no tena valor para ver a Juan. Contest que, sintindose fatigada, iba a meterse en cama. En efecto, una gran pesadez la invada; habra querido dormir, no pensar ms; pero su sobreexcitacin demasiado grande ahuyentaba el sueo bienhechor. Sus ojos, al cerrarse en las tinieblas, aprisionaban la imagen de Juan entre sus prpados. Vea aquel varonil semblante, inclinado sobre el seor Aubry, en tanto que le explicaba con voz cariosa su rudo y mltiple trabajo, y las medidas que deba adoptar, para no aplazar el casamiento anunciado. Qu alma ms enrgica y amorosa descubra en l! Por un fenmeno singular, le impresionaba menos su desinters que su pasin silenciosa semejante a un culto. Todos los flirts le haban preparado poco para apreciar aquel noble y grande amor que se expresaba con tanta abnegacin. Qu palabras de amor haba pronunciado Juan? Ninguna. La pasin pura que lo devoraba no precisaba de palabras para que la joven estuviese segura de su intensidad, ms segura que de la que otro, no haca mucho tiempo, le afirmaba sentir con declaraciones y juramentos. --Huberto y yo nos hemos dicho mentiras muy dulces--se deca;--pero, l que no se ha atrevido a hablar cmo ha sabido encontrar el camino de mi corazn! Luego juzg que era demasiado severa con Martholl; en suma no poda reprocharle nada decisivo que hubiese contribuido a la modificacin de sus sentimientos. Su admiracin por la conducta de Juan bastaba, pues, para hacerla injusta? Lanz un suspiro, viendo que no entenda nada de lo que pasaba en ella. Y, sin embargo, entre aquel caos de impresiones, distingua claramente la felicidad que senta por haber inspirado una pasin tan grande. Conmovida ms profundamente de lo que hubiera deseado, permaneci largas horas despierta, gozando unas veces en hacer revivir los incidentes que le haban revelado la pasin de Juan, y desolada en seguida y llena de remordimientos ante la idea de lo que crea ser su defeccin respecto a Huberto. Muy adelantada estaba la noche, cuando le pareci or gemidos. Se levant, se puso apresuradamente un peinador blanco, y abriendo la puerta, escuch en efecto quejidos que partan del cuarto de su padre. Corri hacia l. Juan estaba inclinado sobre el lecho. --Qu hay?--interrog ansiosa, en voz baja. Al or su voz el joven se estremeci y contest sin volverse: --Sufre... no lo encuentro bien... todava no ha tenido un momento de descanso. --Por qu no ha llamado usted? --Era intil; no hay ms que darle la pocin calmante prescripta por el doctor, pero, esta vez, no lo calma nada; tuvo, hace poco, un sncope corto; creo que ahora est un poco mejor. Por prudencia acabo de telefonear al mdico. Juan pasaba suavemente por la frente del enfermo un pauelo mojado en ter. Mara Teresa se inclin y rodeando con su brazo la cabeza de su padre, lo contempl con inquietud. Aquella fisonoma dolorosa, poblada por una barba gris y mal cortada era el rostro de antes? Tan rpido cambio, en un ser tan querido, la conmovi profundamente. De improviso, el seor Aubry pareci salir de su sopor, pase a su alrededor una mirada vaga, y una tenue sonrisa entreabri sus labios secos. Despus, pasando sobre su frente la mano temblorosa como para concentrar sus pensamientos, se puso a hablar ligero con voz entrecortada: --Eres t, Juan?... ah! s, yo saba bien que seras t quien me sacara de este agujero... fuera de las tinieblas... t tienes un brazo robusto... robusto... s, s, yo te esperaba... yo saba que t vendras... oh! qu mal estaba, qu mal!... pero ya ests aqu... quita esa piedra... aqu, aqu, sobre mi pecho, sobre mi cabeza. --Ay, Dios mo!--exclam Mara Teresa, asustada,--est delirando!... Padre!... Pap!... aqu estoy yo, que te adoro... pap me oyes? Oh, padre, padre, no delires ms! El seor Aubry continuaba: --Sabes, Juan... hijo mo, mi verdadero hijo... s, t, Juan... tengo el medio de... te sorprendes... espera... espera... Ah, ah, ah! aqu esta... el medio de!... Y el seor Aubry atraa hacia s a Juan, con sus manos temblorosas. --Escucha, voy a decirte el medio... ah, ah! vas a quedar contento... escchame... voy a darte el... Ah, Dios mo!... Yo... qu, qu? te dar... dar... mi querida hija... s, eso es!... Mara Teresa a ti... a ti! t trabajars para ella, t... para que sea siempre feliz... Juan, Juan? promete... promete... Juan, plido hasta en los labios, haba tratado de detener al seor Aubry; pero a medida que ste hablaba, se apoder de l una emocin tan violenta que qued mudo, escuchando, enloquecido, las palabras febriles del enfermo, y los sollozos ahogados de Mara Teresa. De pronto, el seor Aubry pareci percibir a su hija: --T ests ah tambin, mi querida hija?... soy feliz... t... l... reunidos... cudala bien, Juan... cudala... no la dejes llevar... por... la desgracia! la desgracia... cuida... cuida... Y haciendo un supremo esfuerzo, tom entre sus manos las dos cabezas inclinadas hacia l, y los aproxim en un abrazo. Juan se estremeci al sentir contra su cara la carne perfumada de Mara Teresa, y las caricias de sus cabellos. --...As... as... bueno!--prosegua el seor Aubry,--ahora puedo irme... ah! vindolos a los dos... juntos... sobre mi corazn... Abri los brazos y cay sobre las almohadas. Una atmsfera densa se cerna sobre ellos y Mara Teresa, extenuada, continu sollozando sobre el hombro de Juan. Debilitado por las fatigas y las veladas, incapaz de dominar ya sus nervios, exasperados ms an por las palabras del seor Aubry, trastornado por el contacto de Mara Teresa que, desfallecida, se apoyaba sobre l, Juan, no pudo resistir. Rodeando a la joven con sus brazos, la estrech, y con voz ardiente y apasionada, solt al fin su secreto: --Mara Teresa, yo la amo! Ella balbuce sin fuerzas: --Dios mo, Dios mo! La hora que acababa de transcurrir haba sido tan angustiosa para sus almas turbadas que, inconscientes, permanecieron as en brazos uno del otro, creyendo vivir en un sueo. La joven fue la primera en reponerse; se apart de Juan, y sealando la ventana: --Es necesario abrir--dijo--no vemos a mi padre. Juan obedeci. La plida claridad del alba naciente entr en la habitacin. Acostado en su lecho, el enfermo dorma; sus rasgos, momentos antes contrados por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiracin era menos jadeante, ms regular. Mara Teresa, aniquilada, se recost en el gran silln, en tanto que Juan, yendo hacia ella e inclinndose a su lado, le deca con voz grave: --Mara Teresa me perdonar usted algn da de haberme atrevido?... Dgame cuando menos que tengo disculpa; dgamelo, se lo suplico. Hace tanto tiempo que ahogo mi corazn y sello mis labios para ocultar mi locura! Pero las palabras que acababa de or no eran como para hacerme perder la razn? Yo s muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he tenido, se lo juro; yo s que ama usted a otro... Esas palabras, las he pronunciado a pesar mo, mi amiga, mi hermana, al orla llorar sobre mi pecho. Le suplico que me diga que me perdona!... Yo har lo que usted quiera, no volver a verla ms, renunciar a mi nica alegra: la de contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo. Y como la joven permaneciera muda, enloquecida por aquella situacin nueva que haba creado la confesin de Juan, ste aadi, interpretando mal su silencio: --Pero mreme por favor, vea cunto sufro! No merezco su piedad? Ah, tenga piedad! Piedad, solamente! Involuntariamente, ella volvi hacia l su cabeza recostada sobre un almohadn. Al ver las miradas de splica que ardan en aquella plida cara, una extraa angustia la sobrecogi, y mientras que Juan deca en tono suplicante: --Le ruego, Mara Teresa, que me diga que no est irritada contra m... perdneme! La emocin de la joven se hizo tan fuerte que su garganta no pudo dar paso a ningn sonido; entonces, sintindose incapaz de formular sus pensamientos y de substraerse a las sensaciones que la agitaban, le tendi la mano, cerrando los ojos. Qu poda decir, adems, si no se reconoca en el derecho de pronunciar las palabras que a sus labios suban de su corazn? En aquella hora decisiva haba sido conquistada por completo; Juan le haba revelado el amor verdadero, el que brota vibrante y natural de la humanidad. Ah! aquel grito que resonaba an en sus odos cmo haba conmovido todo su ser! Haba comprendido aquel clamor lanzado por la sangre y por la carne, por el espritu y por el alma de un hombre. Magia de la voz humana: las palabras de amor hacan arder su corazn y la saturaban de una dulzura incomparable. Por qu estaba comprometida? Por qu no poda romper aquella ftil promesa, y dar a Juan no slo el placer del perdn sino tambin la dicha de aceptar su mano? Asustada del impulso irresistible que senta crecer en ella, y queriendo substraerse a la tentacin de mostrar a Juan la emocin que la embargaba, se levant y sali del cuarto sin pronunciar una palabra. Juan la vio alejarse y crey haber perdido para siempre todo lo que le quedaba de ella: su confianza y su amistad. Un dolor inmenso lo anonad; crea haber sufrido hasta entonces; pero esto no era nada en comparacin de lo que senta en aquel momento, torturado por la certidumbre de haberse hecho ridculo u odioso a su adorada Mara Teresa. XVIII Despus de esta ltima crisis, el seor Aubry estuvo varios das en peligro. Durante algn tiempo, los mdicos consideraron desesperado su estado. Al fin, los solcitos cuidados y la fuerza de su constitucin triunfaron de la enfermedad. Huberto haba ido a enterarse del estado del enfermo, pero cada vez ms se senta helar a la vista de aquella casa triste y de aquella familia desolada. Adems, los informes que reciba sobre la cristalera aumentaban su reserva y su circunspeccin. Su madre y l contemplaban con inquietud los acontecimientos probables: la muerte del seor Aubry y la quiebra de la casa. La seora Martholl concibi temores muy serios. Preocupada de que su hijo pudiera encontrarse en una situacin comprometida, se hizo apremiante y persuasiva. Huberto se mostr dcil a las exhortaciones maternales; no pareci obstinarse en demostrar a Mara Teresa sentimientos inoportunos; sin embargo, dbil y vacilante, no osaba provocar una franca ruptura. Con tenacidad, la seora Martholl se ech en busca de algn motivo honorable que los sacase de apuros; pero su imaginacin, prctica en habilidades diplomticas, permaneca infecunda, no sugirindole sino medios evasivos y dilatorios. Finalmente, a fuerza de acumular sobre aquella idea que la acosaba, todos los recursos de su espritu fino y despreocupado, concluy por encontrar un subterfugio. Un da que su hijo vena de la calle Vaugirard trayendo muy malas noticias, le dijo: --Mi querido Huberto, hay que acabar y no eternizarnos en esta situacin. Si no te decides a solucionar las cosas, podemos ser sorprendidos por los acontecimientos y vernos en la imposibilidad de esquivarnos. Mientras ms esperes, ms difcil ser eludir las responsabilidades que te amenazan. Y despus qu actitud observars ante la impresin de ciertas emociones? El espectculo del dolor y de la muerte nos hace sensibles y arriesgas proceder irreflexivamente, influido por la presencia de una novia deshecha en lgrimas. A Huberto le pareca que la prudencia de su madre tomaba un aspecto algo maquiavlico, pero no lo llevaba a mal; saba que hay que ser indulgente con las exageraciones del amor materno. Las de la seora Martholl le procuraron el famoso medio honorable. Segn sus consejos, Huberto deba decir a su novia que la seora Husson acababa de caer enferma en Valremont, donde haba ido a pasar algunos das. l y su madre se vean en la obligacin de ir a prodigar sus afectuosos cuidados a aquella excelente amiga que los llamaba y los esperaba. Huberto puso en ejecucin este proyecto en el momento mismo en que el estado del seor Aubry inspiraba ms vivas inquietudes; anunci a Mara Teresa que se ausentara por algunas semanas. Para la joven fue un alivio la noticia de esta partida; las visitas de Huberto le eran penosas desde que estaba segura de la tibieza de su amor, comparado con el de Juan. Adems, sufra, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron conocer el estado de alma de Juan, haba interpuesto una sombra entre ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afeccin creciente que senta hacia Juan, y referirle los sacrificios que ste quera hacer para que su casamiento no fuese demorado. Pero cmo abordar tal asunto sin cometer una indiscrecin respecto a Juan y aparecer haciendo presin sobre el mismo Huberto? Tema humillar injustamente a este ltimo declarndole que no sera su esposa si no la tomaba sin dote, pues no consideraba digno de l ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan. Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdan, no encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugera tomar para salir al gran camino donde evolucionara lealmente. Mil escrpulos la detenan; si hubiera estado cierta de que su novio deseaba una ruptura, no habra vacilado en retirar su palabra. Pero Huberto nada haba dicho que justificase tan repentino cambio de ideas. Que quisiera romper su compromiso despus de seis meses de contrado, por una miserable cuestin de dinero, le pareca una suposicin grave e infundada. Por qu sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente de su dote? Probablemente considerara muy natural renunciar a las ventajas pecuniarias que ella poda haberle proporcionado. Por otra parte, no haba dejado de observar un cierto despego en su novio, pero esta impresin no era una certidumbre. Los das de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su padre a la muerte, la alejaron por algn tiempo de todo lo que no fuera aquella nica y piadosa ocupacin. Solamente cuando la mejora esperada permiti, al fin, a toda la familia vivir en una atmsfera de libertad, fue cuando Mara Teresa volvi a ser presa de las mismas irresoluciones, tanto ms cuanto que durante aquellas horas crueles Juan haba continuado demostrando una consagracin admirable, luchando a la vez contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se mostraba como avergonzado. Hua de su presencia, no atrevindose a mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del seor Aubry, l palideca de angustia, y, en el silencio de la alcoba, Mara Teresa senta los latidos precipitados de aquel corazn sobre el cual, una noche, se haba apoyado cariosamente. --Hasta cundo conseguira ocultar al joven el lugar, cada da ms grande, que ocupaba en su pensamiento? En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la mejora sobrevenida en el estado del seor Aubry, la aprovechaba, haba escrito, para quedarse en Valremont al lado de la seora Husson que quera retener a sus amigos. Mara Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se resolva por lo tanto a romper con l, cuando una conversacin la ilumin y le suministr la solucin que buscaba. Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre reciban a las personas que iban a informarse de la salud del convaleciente. Entre las ms asiduas se contaban a la seora Gardanne y su hija. La solicitud de esta ltima no se refera exclusivamente a la salud del seor Aubry; exista otro asunto que picaba su curiosidad. Un da, no pudiendo contenerse ms, Diana pregunt: --Qu se hace tu Huberto? No se le ve ya por aqu. Mara Teresa, confusa, se limit a responder evasivamente: --Probablemente viene a otras horas que t, lo cual explica que no lo encuentres. Pero Diana escuchaba distradamente la respuesta a su pregunta; en el mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante. --Hola!--exclam, sealando el dedo de su prima,--ya no llevas tu anillo? --Mi anillo?--dijo Mara Teresa ruborizndose,--lo habr olvidado en mi tocador. En realidad, haca algn tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su anillo de novia; haba observado que los ojos de Juan eran invenciblemente atrados por el fulgor del rub tornasolado, sobre el cual parecan caer todas las caricias de la luz. De manera que por una delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un smbolo que deba afligirlo, no se pona el anillo. Muchos eran los das que esta joya descansaba en su estuche. --No se debe quitar el anillo de novios--declar sentenciosamente Diana. --Qu quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales angustias, que no es extrao que se me haya olvidado de ponerme hoy esa alhaja. --Eso no es una alhaja, es tu anillo--insisti Diana. Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su perspicacia natural la haba conducido sobre la buena pista, continu: --Entonces Huberto no ha sabido que mi to ha estado muy mal? --Por qu me preguntas eso? --Pues, por una razn muy sencilla; porque no ha estado a tu lado en los das de peligro. --En efecto--respondi Mara Teresa, que por un exceso de delicadeza no quera acusar a Huberto,--tuvo que ausentarse algunos das antes de la ltima crisis que sufri pap. --Y t no lo llamaste? Supongo que habra venido, en vez de ir a las carreras de Ascot; Bertrn lo encontr all... Huberto manejaba un _mail_ lleno de seoras muy chic, y en el que todo el mundo, incluso l, pareca divertirse extraordinariamente; Bertrn pudo reconocer a miss Maud Watkinson, sabes? esa americana tan rica de quien se ha hablado tanto este invierno y que anda por todas partes con la Condesa de Husson. --No conozco a miss Maud Watkinson--dijo Mara Teresa, tratando de encubrir bajo un aire de gran indiferencia la sorpresa que le causaban las palabras de Diana.--Hace cuatro meses que vivo reclusa... Pero dime, a propsito de esto, la Condesa de Husson no acaba de estar muy enferma en Valremont adonde haba ido a pasar unos das? --T sueas, mi pobre Mara Teresa! Enferma en Valremont la Condesa de Husson? Es imposible; no ha cesado de mostrarse en todos lados: en el Bosque, en la Opera los viernes, en las quincenas de la Marquesa de Beaufort, en el garden-party de la Embajada de Inglaterra, en la fiesta de los Drags en Auteuil... y qu s yo! Mara Teresa sinti que la inundaba una alegra indefinible; por fin adquira la prueba manifiesta de la defeccin de Huberto! Diana qued confundida al ver el aire de alegra con que su prima reciba aquellas revelaciones. No se anim a servirle las frases de consuelo que traa preparadas, como buena persona que trata de curar las heridas que ha hecho. --Esto no es posible, me hace una comedia!--se deca ante los ojos risueos que la miraban;--no se recibe de esa manera la noticia de la mala conducta de un novio. En otro rincn del saln, la seora Gardanne, de muy buena fe, pona un celo no menos caritativo en instruir a su cuada del encuentro que haba hecho Bertrn en las carreras de Ascot. La pobre seora Aubry, que no tena las mismas razones que Mara Teresa para recibir alegremente estas confidencias, qued desolada. Cuando la seora Gardanne y Diana hubieron partido, llam a su hija, y su aire afligido prob a Mara Teresa que su ta y su prima se haban complacido en hacer el mismo relato. La joven tom el brazo de su madre, apoy su linda cabeza sobre el hombro materno, y dijo cariosamente: --Querida mam, puedes estar tranquila, no estoy afligida. --T sabes, entonces? Mara Teresa se sonri. --Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se diverta mientras nosotros suframos. No solamente esto no me desagrada, sino que me llena de felicidad... La seora Aubry no comprenda. Azorada de or una confidencia tan inesperada, balbuce: --T eres feliz? --Mam, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algn tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tena ms que el pretexto de mi desafeccin y me pareca cruel invocarlo; no me atreva por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del seor Martholl me deja libre, libre, libre. Qu dicha! --Pero qu ha pasado entonces? Por qu no me has enterado de la transformacin de tus sentimientos? --Acabo de hacerte la mitad de mi confesin, querida madre--y sbitamente la joven se ruboriz,--aqu est la otra: amo a Juan. La seora Aubry levant suavemente la cara de su hija, apoyada siempre en su pecho, y mirndola, con tono grave le dijo: --Amas a Juan? Ests bien segura? No vayas a equivocarte esta vez. Sufrira tanto se!... --Ah, madre! cmo no lo he de amar, despus de todo lo que ha hecho por nosotros! --Es precisamente porque se ha conducido como un hijo admirable, que te pongo en guardia contra una inclinacin que no es tal vez amor, sino un gran, un vivo reconocimiento; porque, desgraciadamente, no es cumpliendo su deber, como un hombre consigue atraerse el amor de una joven. --Madre, eso es una crtica merecida por la ligereza de mi primera eleccin; ahora veo ms claramente lo que pasa en m. Juan ha hecho algo ms que cumplir su deber hacia m; no lo sabas? Y como la seora Aubry la mirase interrogativamente, Mara Teresa cont la conversacin que haba sorprendido, el sacrificio de Juan poniendo sus haberes en el fondo social de la cristalera, para asegurarle a ella el casamiento con otro, aunque la amaba en silencio desde haca mucho tiempo. Cuando la joven conclua de referir cmo despus del regreso de Juan haba sentido el amor verdadero, el amor grande, penetrar lentamente en su alma, Jaime entr. Enterado de los sentimientos que Mara Teresa acababa de expresar, abraz contentsimo a su hermana. --Te felicito, mi querida Teresa; esta vez tu eleccin es realmente buena. Ahora me veo libre de una gran responsabilidad; la conducta de Martholl me inquietaba; se le vea por donde quiera que haba diversiones, despreocupado de nuestras desgracias. Comprendo su tctica. Me haban prevenido de que no cesaba de recoger informes en todas partes sobre nuestra situacin financiera. Como no la encontraba muy de su gusto, quera desligarse de su compromiso, y para no hacer un papel odioso, se ha arreglado de manera que la ruptura la inicisemos nosotros. No est mal imaginado. No piensas lo mismo, Mara Teresa? Gravemente, la joven dijo: --Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho, el ms meritorio es el de haberme hecho comprender lo que constituye la grandeza del alma. Cunto habra sufrido yo, siendo la mujer de Martholl, al descubrir poco a poco la naturaleza ligera de ese ser exclusivamente egosta! --Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres: la quiebra y la muerte de nuestro padre, porque pap habra muerto. Gracias a una nueva invencin, Juan levanta nuestra casa, restablece nuestro crdito y nos salva de terribles desgracias. --La Providencia, hijos mos, nos devuelve centuplicado lo que hemos hecho por ese hurfano--dijo la seora Aubry, con voz conmovida.--Que sea bendito! Un enternecimiento sbito o intenso de gratitud y cario hacia Juan los invada. --Qu dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, si supieras cunto me quiere! --Pero qu vamos a hacer ahora? T, parece olvidas que eres la novia de Huberto Martholl, hija ma... --Quieres dejarme escribirle? Tomar sencillamente, la iniciativa de la ruptura; no podr menos de quedar agradecido. --Haz como quieras, querida ma, tengo confianza en la bondad de tu corazn y en la rectitud de tu espritu. --Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime; promtanme guardar secretas para mi padre, para todo el mundo, para Juan, principalmente, las resoluciones que he tomado. Quiero que la calma vuelva a nuestros espritus antes de comenzar una vida nueva. Despus de haber obtenido la promesa que exiga, la joven subi alegremente a su cuarto, y escribi en seguida a Martholl. XIX De regreso de Londres, la vspera, Martholl se despert de muy mal humor. Lo primero que se present a su espritu fue el pesar de haber perdido una fuerte suma de dinero en las carreras de Ascot, donde haba visto desaparecer sus esperanzas con el caballo que las llevaba. Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del dinero, detestaba el perder. Haba jugado en Ascot por espritu de imitacin, para no ser menos que los amigos que lo rodeaban; pero como la prdida que haba sufrido iba a desequilibrar su presupuesto durante algn tiempo, su disgusto era profundo. La escasez de dinero que lo amenazaba, lo hizo pensar en la desagradable vida que pasara si, en el curso de su existencia, se viese obligado a imaginar sin cesar combinaciones financieras, a fin de vivir decentemente. Gran Dios! qu dificultades tendra, si no se casaba con una mujer rica. --Mara Teresa es encantadora--se deca,--pero cuanto ms reflexiono, ms me convenzo de que sera una locura casarme con ella en las circunstancias actuales. Somnoliento todava, abri los ojos, mir a su alrededor, y experiment una sensacin de vivo placer al contemplar las cosas confortables y elegantes que lo rodeaban. --No soy feliz as?--pensaba.--Casarme, para llevar una existencia agradable, exenta de preocupaciones pecuniarias, pase! Pero ir a encerrarme en un pequeo departamento, ser mal servido por un personal reducido cmo resignarme, a menos de estar loco? Y, como Huberto era razonable, se absorbi en meditaciones para encontrar el medio de esquivarse. En aquel piso bajo, amueblado en un estilo ingls muy puro, poca de la Reina Ana, la vida interior se desarrollaba segn las reglas de un reglamento severo, completamente britnico. Huberto fue interrumpido en sus reflexiones por la entrada de un criado, ingls, como los muebles, que le traa el t y el correo. El joven ech sobre su correo una mirada distrada, pero habiendo notado entre las cartas y los diarios un amplio sobre sellado con lacre blanco, hizo un gesto de inquietud. --Una carta de Mara Teresa!--murmur sorprendido.--Qu me escribir? Estar inquieta por mi ausencia? diantre! esto no concuerda con mi proyecto de concluir. Rompi el sobre y ley: Voy a decirle adis, Huberto, y espero que su pesar no ser grande. No quiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la Mara Teresa de quien usted gust, hace un ao. Los acontecimientos de este ltimo tiempo han aclarado mi inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son tan contrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor que renunciemos a unir nuestros destinos. Tenemos una manera demasiado diferente de concebir el empleo de nuestros das. He reflexionado mucho, he tratado igualmente de conformarme a sus deseos, y encuentro que no me divierto nada, divirtindome! Estoy cierta que usted no amara mucho tiempo a una compaera tan poco aficionada a la gran vida. Crame, hemos equivocado el camino. Tengo, pues, escrpulos de privar a alguna joven, hermosa y encantadora, de una posicin que yo ocupara sin ningn placer, en tanto que para ella sera, fuera de duda, una fuente de distracciones y alegras. Otra razn me decide a hablarle a usted as. Recuerda los proyectos para el porvenir que formbamos juntos? He deducido en ellos este hecho singular: yo no era para usted ms que un accesorio de la decoracin de sus fiestas. Jams me dijo: usted ser mi amiga, mi compaera amante y fiel; qu placer tendr en gozar a su lado de la paz del hogar y del encanto de la intimidad! No me equivoco, verdad? afirmando que jams ideas tan mundanas fueron formuladas por usted. Por el contrario, usted me deca: Haremos gran vida; recibiremos mucho, saldremos ms, aprovecharemos los yates de nuestros amigos, y, si heredamos a la Condesa de Husson, tendremos caballos de carrera. Un stud! Este es mi sueo. Ay! pero no es el mo! Cada vez pienso y me convenzo ms de la imposibilidad de ligarme a una existencia semejante. Adems, su realizacin, depende de una condicin esencial: mucho dinero. Yo no soy indispensable... Una compaera ms mundana, que forme hermosa pareja con usted en esa vida de alegra, no le ser difcil encontrar. En cuanto a que yo sea esa compaera, es, actualmente, irrealizable en absoluto, por esta razn convincente y muy sencilla: no tengo dote. No tengo dote, porque rehso recibir la que quiere darme mi familia. Mi padre me adora, usted lo sabe, y, a pesar del mal estado de sus negocios, se impondra los ms duros sacrificios para asegurarme la dote y la renta prometidas... No juzga usted que sera odioso que la vida de trabajo sobrellevada por mi padre no sirviera sino a mantener en el lujo y en los placeres a dos personas jvenes y fuertes, mientras l debera continuar su dura labor, y condenarse a una existencia mediocre o incmoda? Seguramente, usted piensa como yo: seramos despreciables si aceptsemos tal situacin. Cierto, no lo pongo en duda, usted es bastante gentleman para tomarme por esposa sin dote; pero mi padre no lo consentira, se considera obligado por su formal promesa. As es que, como usted ve, en esta alternativa no me queda ms que decirle adis. Durante algn tiempo he sido la novia de su seleccin; esta preferencia no ha dejado de envanecerme; es una especie de estimacin de mi humilde persona, que me da algn valor, y del cual har don a mi marido. Espero que ya estar completamente tranquilo por la salud de su amiga, la seora Husson, que tantas inquietudes le caus. Qu buena idea ha tenido para restablecerse, de hacerse acompaar por usted a Ascot, en los das de carreras! * * * * * Y la carta terminaba con un correcto y trivial adis. Cuando termin la lectura, Huberto se sinti algo indignado. Consideraba casi una afrenta la iniciativa de Mara Teresa para deshacer sus esponsales. Lo crea, pues, incapaz de casarse sin recibir dote? Pero en seguida se sonri de este ltimo resto de caballerosidad que haba brillado en su interior. No quedaba todo bien arreglado as? La carta lo libraba de un gran compromiso. La reley, pes las palabras y analiz las frases... La que haba escrito aquellas lneas tan mesuradas, tan finamente irnicas, pareca bien determinada a persistir en su resolucin; ni un arrebato que revelase clera de celos, ni reproches exigiendo explicaciones, ni emplazamientos de ninguna clase. Evidentemente no le despeda con la secreta esperanza de atraerlo. Estaba sorprendido, y no comprenda aquel carcter de mujer. Por un instante, su fatuidad se rebel de lo poco que lo sentan. Sin embargo, pronto volvi a sus sentimientos prcticos y agradeci a Mara Teresa el haber sabido comprender sus intenciones. Qu inteligente, fina, llena de tacto y espiritual era aquella Mara Teresa! Lstima grande perderla. Pero consider que se enterneca intilmente. Puesto que los acontecimientos se imponan, l no tena ms que inclinarse. Los rayos de sol que brillaban sobre la bandeja de plata, atrajeron sus miradas. --Otra carta?--dijo, tomando un sobre.--Ah! es de la seora de Husson. Y ley: Amigo mo: Esta noche comeremos en Armonville. He resuelto hacer locuras; en seguida iremos a la fiesta de Neuilly. Cuento contigo y con dos o tres amigos ms, para que nos acompaen. Es una fantasa de mi amable nia Watkinson. No dejes de ser exacto. A Armonville, esta noche, a las ocho.--Tu vieja amiga--_Matilde Husson_. La seora de Husson, segura de la aprobacin de la seora Martholl, no ocultaba sus proyectos. Haba mirado siempre con malos ojos el casamiento de Huberto con la seorita Aubry. Habiendo decretado que el joven no se casara sino bajo sus auspicios, su compromiso, contrado sin que ella hubiera tenido en l la menor participacin, no le pareci nada ortodoxo. De aqu que repitiera sin cesar que Huberto y sus esperanzas valan una fortuna mayor. Enterada de los incidentes desagradables ocurridos en la familia Aubry, uni sus esfuerzos a los de la seora de Martholl, para que Huberto no cometiera la falta de entrar en una familia amenazada por la ruina. Habiendo tenido la suerte de encontrar la famosa gran fortuna en las lindas manos de miss Maud Watkinson, emple sabias maniobras para poner constantemente a su protegido frente a la joven heredera. De acuerdo con la madre de Huberto, ponderaba, delante de l, a los jvenes argonautas modernos que saben conquistar el Vellocino de Oro. La victoria reciente del joven Duque de Castillon, que se haba cubierto de gloria en una aventura semejante, alentaba las esperanzas en el corazn de muchas madres. La seora de Martholl no se libr de este contagio, y, desde entonces, razonablemente, habitu su espritu a las concesiones. Una nuera protestante es susceptible de ser convertida por la influencia de piadosas exhortaciones, y devolver al regazo de Nuestra Seora Madre la Iglesia una oveja descarriada, no es hacer una obra piadosa? Continuando la lectura de su correo, Huberto descubri una pequea caja, cuidadosamente envuelta. La abri: era el estuche, sobre cuyo terciopelo blanco descansaba el anillo de rub. --Si el proyecto de la Condesa de Husson marcha bien, he aqu algo que compensar mis prdidas en Ascot--pens juiciosamente.--Este rub sentar deliciosamente en la mano de miss Maud. Har rehacer el engaste con algunos brillantes; un anillo ms relumbrante se armonizar mejor con su gnero de belleza. Huberto cerr el estuche y lo puso en la bandeja, no sin ahogar un suspiro; hasta murmur: --Quin sabe!... En fin, mejor es que sea as... Ah, Mara Teresa! eres tan linda, sin embargo! Luego, filosficamente, bebi su t, estir el brazo, tom un diario, y se puso a leer. Tal fue la oracin fnebre de lo que Huberto crey ser, de su parte, un grande y delicado amor. XX Hacia el fin de agosto, Juan se hallaba solo en el gran escritorio de la cristalera de Creteil. Era uno de esos das de calor deprimente, que parecen retardar el transcurso de las horas lentas. Aquella atmsfera tempestuosa, que pesaba sobre la Naturaleza, haciendo cesar el canto de las aves y el murmullo de las hojas, exasperaba los nervios enfermos del joven. Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un abatimiento fsico y moral angustioso, como nunca haba sentido, segua con la mirada distrada las nubes negras que invadan poco a poco todo lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas sombras chocaban entre s, torturando su cerebro. El esfuerzo tentado, el abandono completo de s mismo, la abnegacin llevada hasta el martirio de qu servan? Cada da, con toda injusticia, senta ms pesado el fardo de su aislamiento. Por qu tambin haba dejado que aquella pasin lo dominase hasta el punto de quebrantarlo? Juan vea con terror desvanecerse su valor y su fe en el porvenir. Saba que jams conocera la felicidad. Una sola cosa subsista todava a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por gratitud al seor Aubry. Esta idea lo mantena fiel en su puesto. A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso. Ante su impotencia para encontrar la calma, la energa de su voluntad desamparada se acusaba de debilidad y de egosmo; pero no poda dominar su tristeza creciente. La preocupacin de los negocios tena al menos esta ventaja: que distrayendo su espritu, le haca olvidar momentneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en l a la fiebre del recargo de tarea de los ltimos meses, y que, libre de inquietudes pecuniarias, vea a la fbrica prosperar de nuevo. Pero sera el enervamiento causado por sus fatigas? Ese da senta impulsos de rebelin desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos disipar, entre aquellos muros donde haba crecido; erraba, desamparado, en aquella fbrica que contena todo su pasado, retenido por la fuerza del hbito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos. Cada evocacin del pasado, le refera su amor, la alegra, el sol de su juventud. En uno de aquellos hornos no haba l mismo fabricado toda una minscula vajilla de mueca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera datado de la vspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa hecha a la nia, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas partes, era ella, que apareca, siempre ella. Qu hacer para olvidarla? No alcanzara jams el reposo del espritu sino en el olvido, aun no volvindola a ver? Plante el problema de lo que hara cuando ella estuviera casada y se llevara lejos todos los sueos de amor fundados sobre ella. Le pareci que le sera imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo tena embelesado desde haca tanto tiempo. Entonces, en un acceso de rabia interior, sinti haberse sacrificado. No deba ms bien haber dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera derrumbado? Mara Teresa sin dote quin sabe lo que habra sucedido! Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella aquel Juan que desdeaba. l se habra puesto a trabajar con encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna. Desalentado nuevamente, pens: --Para qu? Mara Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazn. La ltima vez que haba visto a la joven fue en la estacin del ferrocarril de Saint-Lazare. Cinco semanas haca que los Aubry haban partido para Etretat, por haber aconsejado el mdico que el convaleciente tomase los aires del mar. Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagn, stos le demostraron, al darle el adis, un extraordinario cario, lleno de emocin; guardaba como un tesoro la visin de la radiante sonrisa de Mara Teresa, y la durable presin de su mano. Pero era esto sorprendente? Bah! los Aubry eran bastante inteligentes para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella tambin, sin duda, le guardaba mayor afeccin, agradecida a los cuidados prodigados a su padre y al xito de sus esfuerzos para salvar la cristalera. Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado las palabras locas en que dej escapar su secreto, en una noche de fiebre y de angustia? No, ella no comprendera jams cunto la amaba. Y ahora, cundo la volvera a ver? Huberto Martholl se haba reunido a ellos, indudablemente. El casamiento no poda demorarse ms, puesto que el seor Aubry estaba ya bueno y los asuntos arreglados... Ah! los terribles, los dolorosos celos atenazaban el corazn y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora tan prxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar en aquellos novios felices, reunidos all en Pervenche, entre una decoracin de flores, de vegetacin, de savia calentada por el esto... Y el desgraciado desfalleca de dolor. Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traa un telegrama. Juan lo abri, presintiendo que vena de Etretat; ley: Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.----_Aubry._ Juan qued estupefacto. Para qu podan necesitarlo? Por qu llamarlo as bruscamente? El seor Aubry habra recado en su enfermedad? El laconismo del telegrama lo alarmaba. Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas. Pero, en breve, la idea de aproximarse a Mara Teresa, de verla, de satisfacer as su nico deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y temores. El da estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma noche; telegrafi que ira al da siguiente. Llam a Rousseau, el viejo jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se perturbase mientras l estuviera en Etretat. En seguida hizo sus preparativos para el viaje. Al da siguiente, durante la inaccin forzosa del viaje, Juan permaneca absorto, inquieto por el llamamiento del seor Aubry, y perdido en la contemplacin interior de Mara Teresa. Entre este tormento y este goce, se hallaba tan absorto en s mismo, que nada del exterior atraa sus miradas. No vea la campia normanda huir ante sus ojos en la opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atencin hacia l de una joven que viajaba en el mismo compartimiento. Qu le importan los campos frtiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los fuertes, lo dominaba. Cada da amaba ms a Mara Teresa; ella lo saba, y, sin embargo, dentro de algunas semanas sera la mujer de otro... Este tenaz pensamiento haca palidecer su semblante, y daba a su mirada una expresin singular. De pronto cree comprender: lo llaman porque el seor Aubry, estando an convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo esperan para encargarle la prctica de estas diligencias. He ah por qu debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razn de su viaje le parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes. Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misin rehusar cumplirla; no! ni por el amor a Mara Teresa, desempeara ese oficio; sera demasiado doloroso. Si se exige eso de l, recurrir a Jaime, su amigo, su hermano, que le evitar ese martirio. Al fin, Juan llega; el tren para, y poco despus, el coche de los Canzelles se detiene en el vestbulo de la villa; un criado, de pie, cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que ste, ansioso, le interroga: --Cmo est el seor Aubry, Francisco? --El seor Aubry est muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene ya muy buen semblante. El seor Juan quiere subir a su cuarto? Todos han salido; sin duda no esperaban al seor hasta la noche. Juan sigue al criado. En su cuarto, el mismo que ocup el ao anterior, los recuerdos vuelven a acosarlo. El tiempo no ha hecho ms que agravar su mal, puesto que lo irremediable va a cumplirse. Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le sorprende. El hombre reflejado all no est tan alejado de la elegancia de aquellos que antes envidiaba. Se sonre con burla. Empez a comprender por qu atraa la atencin de aquella joven del vagn; este xito se lo debo a mi nuevo sastre. Despus de todo, puesto que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia que se puede comprar por qu no habr tratado antes de parecerme a los que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el hombre mejor vestido de Pars y de Londres, mas ella ver siempre detrs de mi traje al hurfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba las manos... Se arroja sobre un silln, echa la cabeza hacia atrs, y permanece as, posedo de la desesperacin. * * * * * --Juan, Juan, baje, que lo espero! Es la voz de la mujer amada, que lo llama desde el jardn. Juan se levanta. Del fondo del cuarto, por la ventana abierta, ve destacarse sobre el csped un vestido de verano. Ah! por qu aquella voz es tan alegre, cuando en el mismo instante l sufre tanto que el temblor le impide bajar? En la puerta, una ltima emocin lo contiene. Qu va a ver abajo? A Huberto Martholl al lado de ella, sin duda? Cunto valor necesita todava! Llega al vestbulo. Al divisarlo Mara Teresa, exclama de nuevo: --Venga, Juan! Aquel nombre pronunciado por la voz adorada, conmueve al joven profundamente. Y, en una admiracin apasionada, contempla a la joven en toda la plenitud de su belleza, de pie y silenciosa al lado de un bosquecillo de flores. Permanece all, en efecto, no atrevindose a avanzar, presa de un sentimiento singular que no ha previsto; porque el que se acerca en aquel momento es el hombre a quien ama, cuyo pensamiento la llena de ternura y de esperanza. De pronto, un pudor inquieto, una timidez extraa la turba, y no sabe qu palabras pronunciar para hacer a Juan la confesin que, lejos de su presencia, crea fcil. Juan se aproxim, y, tratando de afirmar su voz, le dice: --Buenos das, Mara Teresa, su pap sigue bien, verdad? Al llegar, he tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su telegrama me haba alarmado mucho. Mientras l habla, la joven se ha serenado. --S, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, no necesita tambin un poco de este aire vivificante, despus de tantas penas y fatigas? --Es por esa razn por lo que su padre me ha llamado? Cree usted, realmente, que yo encontrar aqu... en estos das... el reposo que podra serme saludable? Mara Teresa, duea de s misma ahora, dijo sonriendo con coquetera: --Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha telegrafiado. Dnde estar usted mejor que con nosotros? no somos su verdadera, su nica familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para venir, cuando sabe que lo queremos tanto... No, no proteste!--exclam con alegra, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que se estremeci al contacto de aquella caricia. Y, despus de un malicioso suspiro ahogado, aadi: --Yo s: los hombres son as; nos aman y nos descuidan... es su manera de ser... hay que resignarse a tomarlos como son! --Ah, Mara Teresa, Mara Teresa!--rugi sordamente la voz de Juan,--por qu juega usted con mi dolor? Por qu ha tenido la crueldad de llamarme? Su alegra me mata... La fisonoma atormentada de Juan tena una nueva belleza. Como Mara Teresa lo miraba conmovida, l continu: --Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla al lado de otro? Dgame, para qu me ha llamado? en qu puedo servirla? Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de Creteil, usted por lo menos, usted que saba... por qu no encontr un pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel... Mara Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando: --Djeme as... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco quiere? Lo lleva, silenciosa, a travs del jardn, hacia la terraza que domina el mar. All le dice, con una expresin de voluntad reflexiva: --No, yo no soy cruel; yo quera verle, Juan; necesito su presencia; los das me parecen largos sin usted... espantosamente largos! Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, slo despus de un largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras: --Los das le parecen largos?... qu me dice usted?... no est aqu el que usted quiere? --Ahora s...--dijo la joven. Pero en seguida, con aire grave, aadi: --Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de las promesas que nos unan... Una palidez mortal se extendi por el rostro de Juan, y todo su cuerpo tembl. --Me vuelvo loco!--balbuce.--No comprendo... diga, ah! diga... La joven continu: --Es bien sencillo lo que pas en m. Me convenc de que me haba equivocado, que nunca haba amado a Huberto. --Que usted no lo am nunca?... Nunca...--repeta Juan.--Entonces cmo fue su novia? --Acaso lo s yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones... Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... qu razn haba para que le rechazase? Yo no saba que otro me amase... otro... Todo esto es bien simple... muy triste tambin... No hay que guardarme rencor, Juan. Vivimos tan futilmente nosotras, las jvenes! nos conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos gua en la educacin de nuestro corazn; nuestras madres no se atreven... nada es, pues, ms fcil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero amor. --Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... Ah, Mara Teresa, Mara Teresa!... Y trastornado, Juan balbuceaba: --Libre, usted es libre! La joven respondi: --No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante mis fras relaciones con Martholl, conoc que todo mi corazn perteneca a otro... --A otro! --Ah! Juan, no adivina usted? Como alucinado, l la mir, y en la turbacin, en la emocin visible de su amada, lee la confesin que sus labios no se atreven a pronunciar. Enloquecido, la atrae hacia s en un movimiento apasionado. --Ser posible! Mara Teresa, le suplico, hable! dgame que soy yo... es posible? yo!... yo! Entonces la joven inclin su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmur en un soplo: --...S, Juan, es usted! Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador. Entonces, tomando las manos de Mara Teresa, de pie ante l, la contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la intensidad de su emocin. Est transfigurado; el oro del sol se refleja en sus negras pupilas, y una palidez de mbar cubre sus mejillas; una felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son impotentes para pronunciar palabras. --Es, pues, cierto!...--repite,--yo! yo! Ansioso o incrdulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta: --Cmo es posible que sea para m esta dicha inmensa... que no he merecido?... --No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energa, la hermosura del espritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazn hacindome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y al trabajo. --Oh, Mara Teresa!--exclam l, atrayndola hacia s en un arrebato de todo su ser,--puedo decirle entonces cunto la amo? Mara Teresa! yo la adoro... mi amada, mi bien amada; no teme usted que sean demasiado rudos estos brazos que la estrechan? --No, Juan, puesto que yo le amo... Y la joven inclin su cabeza sobre el corazn de su novio. En un ademn de proteccin y amor, l la rode con sus brazos y la estrech con ardor silencioso. Aquel abrazo grave y fuerte llen de dulce emocin a Mara Teresa; se senta segura como en un estuche, entre aquellas manos cariosas y potentes. Perciba las palpitaciones del corazn de su novio; su fuerza, su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias, entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante. Presenta cunto ideal y generosa energa llevara, por el don de s misma, a la vida de su amado. Era cierto: Juan aprisionaba su sueo entre sus brazos; tena estrechada contra su pecho a la mujer nicamente amada. Esta posesin, exaltando su alma, lo haca capaz de acometer las ms grandes obras humanas. Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados... * * * * * El horizonte infinito se extenda ante ellos. En el mar el sol trazaba un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus pies, para perderse en la inmensidad; les pareci el smbolo de la senda que se abra para ellos y que seguiran en adelante. Una emocin intensa los embargaba. Confundan aquella claridad con la irradiacin de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegra por el mundo. No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste humanidad, lo nico que siembra algunas chispas de alegra y embriaguez en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba. License: Share Alike