Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net BIBLIOTECA de LA NACIN CARLOS M. OCANTOS QUILITO BUENOS AIRES 1913 Derechos reservados. Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires QUILITO I Pampa se haba quedado dormida, acurrucada en el umbral. Envuelta su monstruosa cabeza en el refajo de bayeta amarilla, que haba levantado por detrs al sentarse; un pie montado sobre el otro, como para prestarse mutuo calor, calzados ambos en gruesos zapatos claveteados; las manos debajo del delantal blanco, dorma sobre la dura piedra, como sobre un cmodo colchn de muelles. Pobre Pampa! Cansada del fregoteo de platos, del bruido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer y llevar, de bajar y subir, de salir y de entrar, haba obtenido la promesa de acompaar a la seora a una visita de intimidad aquel da, lo que le servira de pretexto, para ver las calles y quiz la plaza de la Victoria; pues con ser 25 de Mayo, fiesta patria, haba _Tedum_, rifa, parada militar y qu s yo. Soaba la india en las lindas cosas que vera: tanta bandera; tanta gente endomingada; los nios, con traje de terciopelo, muy orondos, agarrotados los dedos por los guantes; las nias, de blanco, unas con banda azul y otras no; las personas que se agolpaban a las ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltado por una, dos o tres seoritas, que le meten por las narices, como si dieran a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le marean y le cercan, y le siguen y le persiguen, repitiendo: --Caballero! una cedulita? una cedulita, caballero?--como muletilla de mendigo. Detrs de la reja, majestuosa y cmodamente sentadas, dos matronas, tan gordas, que casi no caben las dos de frente, con las costas repletas de papelillos en la falda, despachan su mercanca, echando de vez en cuando por aquella boca un _Caballero!_ que ms parece un bostezo, que un llamado. Luego, los vendedores de naranjas, de silbatos y de globos; la corriente humana que no cesa de circular, engrosada por los torrentes que cada bocacalle vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales, en fila, los ojos sobre el jefe, que recorre la lnea a caballo, dejando ondear al viento su penacho azul y blanco; las msicas, que tocan; el can, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que vibran, y por ltimo, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la Catedral, en medio de los acordes graves y solemnes del himno nacional, precedido, rodeado y seguido de brillante cortejo. Pampa haca sonar, con fruicin, en el bolsillo de su vestido de lana nuevo, los centavos que le diera el _patrn_ para la rifa, cuando alguien la llam. --Pampa! que tienes que lavar las medias del nio, y traer azcar del almacn y limpiar el espejo de la sala, que est perdido de moscas. Y vuelta al trajn, sin una queja, encerrada en su mutismo de salvaje, no desbastada an. Y las medias quedaron lavadas, y se trajo el azcar y se limpi el espejo; pero, entonces, faltaron fsforos y hubo que poner un remiendo. En el patio de la cocina, el ltimo de la casa, tan fro que la humedad trazaba verdosos arabescos en la pared sin cal, trabajaba la chica febrilmente. Un apetitoso olor de guisado sala de la cocina abierta, donde una genovesa cerril mova esptulas y zarandeaba cacerolas, envuelta en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas; en las habitaciones altas, las del nio, se oa el chasquido del cepillo. --Pampa!--chill all arriba una voz atiplada. Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo sali disparado de las alturas y, rebotando contra los peldaos de la escalera, vino a caer en medio del patio. --Voy, nio, voy!--- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada a aquella singular forma de llamamiento. --A ver si te mueves, china salvaje!--chill de nuevo la voz atiplada. Y cay otro proyectil, un frasco vaco, que explot como una bomba. La muchacha ech a correr escalera arriba, a tiempo que sala del comedor misia Casilda, con su cara de mueca sin expresin, tan rosada y lustrosa que de porcelana pareca, y el pelo partido al medio y recogido detrs de las orejas, ennegrecido y pegado a la frente por el cosmtico. --Qu hay? qu escndalo es ste? La cocinera se mostr en la puerta de su santuario, limpiando sus manazas en el sucio delantal. --Pues el nio, seora!--dijo en su jerga endiablada. Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano. Naturalmente, quin haba de ser sino ella? Siempre que el nio llama, ha de incomodrsele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya es tarde, y la salida queda para otro da. Est bien; ya no saldra Pampa! Entr en el comedor, sin chistar, y puso la mesa con el orden y simetra de siempre: en la cabecera, el cubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de misia Casilda, y a la izquierda, el del nio; luego, los vasos, el pan, la servilleta... nada olvidaba, y si, por acaso, cometa una torpeza, all estaba la mueca de porcelana, vigilante en el sof. Entretanto, haba obscurecido ya; se encendi luz, y el comedor apareci tan pobre, tan fro y desmantelado, que ms hubiera valido no encenderla: la calva de don Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea, resplandeci como bruida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos que adornaban las paredes, se animaron con la crudeza de sus colorines. Daba la chica la ltima mano a su tarea, cuando son, de nuevo, la voz atiplada en las alturas. --Voy, nio, voy!--repiti maquinalmente Pampa. Y escabullse del comedor y subi a saltos la escalera del patinillo y volvi a bajar y a subir con los zapatos del nio y la ropa del nio y la camisa del nio... El cielo estaba obscuro y a intervalos los cohetes estallaban con alegre estampido, trazando en el espacio un reguero de fuego y deshacindose en fantstica lluvia de colores. Pampa sali a la puerta de la calle y se sent en el umbral. La dejaran tranquila, ahora? El nio acababa de vestirse, los seores charlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que no la plaza, ni las nias de banda azul, ni las seoras de la rifa, ni tanto detalle curioso del animadsimo cuadro que ofrece aquel da de las fiestas patrias, vera los cohetes desde la puerta; y era mucho, si la dejaban. La casa era de estas bajas, trazada segn el patrn antiguo, que la piqueta del progreso va ahuyentando del centro de la ciudad: una puerta y dos ventanas a la calle; el zagun recto hasta el fondo, cortado por dos patios embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos; y a la derecha, cuatro o seis habitaciones en fila; plantas y aljibe en el primer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo, cuyo maderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las pinturas murales del zagun; los figurones de las cornisas; el caprichoso enrejado de las ventanas; el alegre color del frente, ya azul, ya verde, ya rosa, en su nota ms tenue y apagada, da un aire coquetn al conjunto, que se convierte en interesante y misterioso, si el transeunte es impresionable y ve, detrs del visillo alzado de la sala, dos ojos criollos, que ven sin mirar y hablan sin voz. Desgraciadamente, en esta casita de la calle de Moreno, en cuyo umbral se haba sentado Pampa, no se vea tras los visillos ms que la figura acartonada de misia Casilda, en las tardes de los das festivos... La calle, con ser central y la hora temprana, estaba desierta; el fro era crudsimo. Miraba al cielo la pequea india, como en xtasis; los cohetes suban tan alto, que pareca iban a agujerear la negra bveda. El chico del almacn sali para un recado, y al pasar ech la zarpa a los pelos speros de la muchacha, verdadera diadema de cerda, y la obsequi con un tirn, a guisa de saludo. --Malo!--dijo ella. --India!--dijo l. Y se alej, sacando la lengua. Al rato volvi. --India, Pampa, china fea!--dijo adelantando la zarpa de nuevo. Ella le pidi castaas; l la di un puntapi. Y se march, soplndose los dedos: tanto fro haca. La muchacha acab por sentirlo: abrigse como pudo, pegada a la pared, y cerr los ojos, para contemplar mejor las cosas lindas de la plaza: tanta bandera, tanta gente endomingada, los globos, la msica y los cohetes... La fatiga del trabajo diario la venci y qued dormida, en el umbral, dando al olvido el servicio de la mesa. Y como siempre que soaba, vea a su madre, perdida, como sus hermanos, en la gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujo con fidelidad pasmosa: el buque atracado al muelle; el muelle atestado de curiosos; sobre la cubierta el montn de indios sucios, desgreados, hediondos, como piara de cerdos que se lleva al mercado, cohibidos y temblando, por lo que ven y lo que temen; las mujeres, cerca del marido; las madres, apretando a los hijos junto a los senos esculidos y tratando de ocultar a los ms grandes bajo sus andrajos... Y un militarote, que arrastra su sable con arrogancia, procede al reparto entre conocidos y recomendados, separando violentamente a la mujer del marido, al hermano de la hermana, y lo que es ms monstruoso, ms inhumano, ms salvaje, al hijo de la madre. Todo en nombre de la civilizacin. Porque aquella turba miserable es el botn de la ltima batida en la frontera... Detrs de los cristales de la puerta del comedor, apareci una sombra: la seora Casilda escudriaba en la obscuridad; pero estaba la chica tan arrebujada, tan perfectamente escondida dentro de su refajo y enroscada, por as decirlo, sobre el umbral, que era difcil distinguirla. La seora repiquete con los dedos sobre el cristal y Pampa di un salto, despertada bruscamente por este llamamiento, que ella conoca bien. --Voy, nio, voy!--barbot medio dormida. Ambos puos en los ojos, entr sin darse mayor prisa. Vamos! no la dejaran tranquila nunca. En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todava el silln y misia Casilda haba vuelto a sentarse en el sof, sus manos de cera extendidas sobre la falda negra; se esperaba al nio, a Quilito, que haba subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a comer. La cocinera asom dos o tres veces su cara encendida. --Espere usted que el nio baje--deca la seora con su voz de flauta. Entretanto, don Pablo Aquiles volva al tema que tanto le preocupaba: su inasistencia al _Tedum_. Cmo presentarse a la luz del da con un frac descolorido, deshilachado y remendado? y la _galera_ color de cucaracha, con golpes de grasa atornasolados? y el pantaln, con rodilleras y flequillo? y las botas, con puertas y ventanas, para comodidad de los dedos y recreo del calcetn? Siquiera fuese permitido ir a tales solemnidades en traje de paisano, con chaqu o chaqueta, pantaln a cuadros y sombrero hongo! Pero su traje de ceremonia estaba verdaderamente indecente, ms gastado por el tiempo y la polilla, que de haberle llevado a cuestas; la chistera no sufra ya la plancha, porque haba perdido el pelo y las botas estaban en manos del remendn de la esquina, por ms que deca Quilito, y era peritsimo en la materia, que el becerro no sienta al frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve para maldita la cosa. Y vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, que tiene que sostener una familia, y dar carrera al hijo nico, que, por tratarse con lo ms granadito de la sociedad, est obligado a presentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de stos, a mandarse hacer un frac cada dos carnavales y a gastarse la asignacin mensual para cigarrillos del nio en botas de charol, con que poder ir a cortejos oficiales. En el Ministerio, habale recomendado el jefe que no faltara. --Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe usted que a S. E. le complace que vengan todos los empleados. Prometi ir, pero no fu. No fu, porque no pudo; porque los ochenta pesos de su sueldo no le alcanzaban para comer, pagar la casa... y las cuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la familia. Qu le dira el jefe al da siguiente? Iba a entrar en la oficina sin hacer ruido, tratando de no llamar la atencin, y sin chistar se sentara en su despacho y trabajara hasta las seis, sin levantar cabeza. Y si a la hora del te, en que pasan los negros con las bandejas repletas de tazas, vena el jefe, como de costumbre, a liar un cigarro y echar un prrafo, le dara cualquier excusa, porque l era hombre tan estricto en el cumplimiento de sus deberes, que consideraba falta grave haberle dicho que ira y no haber ido. Volvindose a su hermana, ms atenta a sus manos que a su discurso, exclam: --Quin dira que un Vargas, Casilda...? No concluy la frase, pero sobrada elocuencia tena el movimiento melanclico de su cabeza. Cuando se ha tenido y ya no se tiene, el pan negro se hace ms amargo y el blanco ms deseado, y los Vargas lo haban comido sobre manteles de holanda... --Ese Quilito que no baja--dijo impaciente la ta. --Estar acicalndose para la funcin de gala--contest don Pablo Aquiles,--ya que no ha podido ir su padre al _Tedum_, que luzca el nio su frac nuevo en Coln. El da anterior lo haba pagado, juntando algunos picos sobrantes de meses atrasados, retardando la cuenta del almacn y del carnicero y pellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la complacencia del habilitado y correspondiente recibo por adelantado de sueldos. Porque Quilito, un Vargas, no poda andar vestido de cualquier manera, sino como corresponda a su origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Que en la chimenea faltara lea y carne en el puchero; pero la camisa de Quilito, el sombrero de Quilito, las botas de Quilito y el traje de Quilito, haban de ser de la ms irreprochable elegancia y novedad. Y no se sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo proporcionaban sus amigos, hijos de millonarios todos, y por ende, riqusimos. Vlgame Dios! pensar que Quilito fuera a apolillarse en una oficina, se embruteciera en una _estancia_ o se degradara en el comercio... Un Vargas! El nio estudiaba leyes y sera abogado, y estampara su ttulo sobre plancha de bronce, en la puerta de calle, como muestra de sacamuelas. Y esto tena que ser el punto de partida de sus brillantes destinos. Lo que no saba el padre, ni lo saba la ta, que le mimaba como no lo hubiera hecho su propia madre, es que el nio no pareca por la Facultad y segua estudios menos acadmicos en aulas ms favorecidas. Siempre que don Pablo Aquiles volva de la oficina, ste era el tema favorito de conversacin con su hermana; sentado al lado de la lumbre, cuando haba lea, y mirando melanclicamente los pajarracos de la pantalla de chimenea, cuando sta estaba apagada. Pero en esta noche del 25 de Mayo, no era slo su falta en el cortejo lo que le preocupaba: haba tenido un encuentro aquel da, y qu encuentro! en la calle Florida, en el sitio ms frecuentado, cuando iba l ms distrado; cataplm! la gente esa, la familia de Esteven, frente a frente, a pie, en la misma acera; la mam y las dos nias, tan esponjadas y orgullosas, que rebosaban de la acera. Aqu misia Casilda dej de mirar sus manos, y se puso plida, muy plida. --Y qu hiciste?--pregunt ansiosa;--cruzaras la calle, sin mirarlas. --Me qued plantado--contest don Pablo Aquiles. La seora protest. Siempre haba de ser el mismo. Haberse hecho el indiferente, y seguir su camino, como si tal cosa, canturriando algo para darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien debiera perderlo era ella, Gregoria, como mujer y casi cmplice del picaronazo de su marido. Pues qu! no era la primera vez que ella se las haba encontrado, no en la calle, frente a frente, sino en tiendas, lado a lado, viendo telas y regateando con el dependiente, como si no tuvieran lo poco suyo y lo mucho de los otros, total, una gran fortuna; y sin embargo, ella... tan tranquila. No tena por qu ponerse colorada y a soberbia nadie le ganaba. Con esto, estaba misia Casilda tan agitada, que su cara de mueca se haba encendido, hasta el punto de hacer dudar de su aserto. --Pero, Casilda--dijo don Pablo Aquiles,--es nuestra hermana, podremos negarlo? --S, lo niego; el parentesco no lo hace la sangre, sino el cario, qu quieres? yo soy as. No era cosa que clamaba al cielo que, mientras ellos coman los mendrugos de la miseria, l, atado al potro de una oficina, esclavo de un sueldo miserable y expuesto el da menos pensado a un puntapi del ministro; ella, lidiando con el trajn de la casa, sin ms criados que aquella indiecita y la italiana, remendando ropa, punteando medias y hasta fregando cacerolas, si era menester; Quilito, ese pobre muchacho, obligado, muchas veces, a hacer mal papel entre sus amigos, l, que naci entre encajes; los Esteven, ladrones de su fortuna, se regalen y se den la gran vida con lo que no es de ellos, con lo que han robado, s, seor, robado? Daba a esta palabra tal acentuacin, que pareca un latigazo. Y luego, pretender perdn y olvido! Bastante se haba hecho con evitar el escndalo, no acudiendo a los tribunales, contentndose con romper toda relacin. En cuanto a Gregoria (no quera llamarla Goyita, como antes, porque no lo mereca), haba demostrado tener menos corazn y menos entraas que el bribn de don Bernardino; porque ste no tena en sus venas sangre de los Vargas, y por eso la chupaba sin remordimiento, pero ella era Vargas por los cuatro costados, y sin embargo, le ayudaba a chuparla. Haba nunca pronunciado una palabra de reconciliacin? No se haba mantenido encastillada en su orgullo, fulminando con su insolente desprecio a sus hermanos despojados? Don Pablo Aquiles callaba, convencido de la verdad y justicia de aquellas lamentaciones. Y misia Casilda, tan bondadosa y tranquila siempre, _una malva_, segn la expresin de sus amigos, honroso calificativo de que rara vez es merecedora una solterona, no poda estarse quieta, porque aquel tema de los Esteven la sacaba de sus casillas; mova los vasos, cambiaba los platos, con movimientos nerviosos, sin fijarse donde colocaba los objetos, hablando a borbotones. Seguro que aquella noche iban a Coln, como que tenan abono a palco bajo, con mucho relampaguco de piedras y mucho crujir de seda; entretanto, ellos comeran su _carbonadita_ en paz y gracia de Dios y se acostaran a la hora de las gallinas, para no gastar mucha luz, pues el gas est cada da ms caro. Aqu, una copa se quej tan dolorosamente entre los dedos de la seora, que cay partida en dos sobre el mantel, detalle en que no par mientes misia Casilda, tan sobreexcitada y fuera de s estaba. Si le pareca que fu ayer la muerte de Pilar; la venta de la casa paterna, calle de Mjico; la desaparicin de muebles, alhajas y efectivo entre las manos de don Bernardino, el albacea de la testamentara, el depositario de la confianza de los tres herederos! que fu ayer cuando quedaron casi sin techo, obligado l, don Pablo, a acudir a la influencia de los amigos, para calzar un empleto, que ayudara a tirar adelante! que fu ayer cuando Esteven, con el luto todava del suegro, se present en la casa, y despus de mucho prembulo y mucho carraspear, les mostr no s qu papelotes y ley no s qu cuentas... total, que les entreg unos veinte mil pesos, la parte de la herencia que les corresponda; pues lo dems se haba ido entre escribanos, abogados y papel sellado. Entretanto, los Esteven suban, suban y suban, como globo hinchado por el gas, y hoy era una casa en tal parte, y maana dos y luego tres, coche, palco, caballos y mucho ruido y mucha bambolla. De dnde salan estas misas? Era de los negocitos del marido, de los _picholeos_ equvocos, de la jugarreta de Bolsa? A otro, que no cuela. En dos aos que dur el arreglo de la testamentara, por el incidente aquel del pretendido hijo natural, don Bernardino haba encontrado medio de acapararlo todo, de devorarlo todo, insaciable, como lobo hambriento. Dirase que hay un Dios para los pcaros! Y don Pablo Aquiles que escuchaba, en silencioso coloquio con las cigeas de la pantalla, cerr el captulo de las lamentaciones de su hermana, exclamando sentenciosamente: --Lo que hay, Casilda, lo que hay, es que los pillos reciben su recompensa en este mundo y los buenos tienen que esperar al otro para alcanzarla, y segn es sta de problemtica y aqulla de positiva, casi le vienen a uno ganas de encanallarse, ya que de los pillos es el reino de la tierra. Catalina, la genovesa, avis una vez ms que la comida se pasaba. --Y ese Quilito? qu hace ese muchacho? --Ir yo a llamarle--dijo la seora. Sali y subi a las habitaciones altas, donde encontr al nio de la casa, a medio vestir todava, plantado delante del armario de luna, a tirones con la corbata, que no consegua poner a su gusto. --Pero, Quilito!--dijo la seora en la puerta,--acabars? --Entre usted, tita Silda, as me ayudar a atar la corbata. Era l delgaducho y endeble, rubito y anmico, los ojos azules, muy grandes y muy abiertos, ojos de tonto o de inocente, como angelote de retablo; estatura, menos que regular; seas particulares, ninguna... al parecer. El cuarto era una liorna: las prendas de vestir se vean desparramadas por el suelo y sobre los muebles; todos los cajones abiertos y el espejo del lavabo tan salpicado del agua de la palangana, que pareca sudar de fatiga; un ligero tabique divida la habitacin en dos: la primera haca las veces de despacho o pieza de estudio, con una mesa en el centro, en que andaban revueltos los libros y los papeles, advirtindose ms novelas que textos y ms lbumes de fotografas que cuadernos de apuntes; y la segunda, alcoba y gabinete a un tiempo, con el techo muy bajo y las puertas muy estrechas; todo modesto, casi humilde, pero aseadsimo, como que la escoba y el plumero de Pampa hacan maravillas, bajo la inteligente direccin de misia Casilda. --Vamos a ver esa corbata--dijo la complaciente ta,--y acabemos de una vez, que tu padre espera. Y mientras anudaba los lazos a su gusto, con tal esmero que pona en ello sus cinco sentidos, el joven, con la cabeza echada atrs para facilitar la operacin, se impacientaba porque aquello conclua nunca. Al fin estuvo listo, se mir y se remir; ahora el chaleco, luego, el frac... --Sabe usted, ta, que me ajusta un poco? Qu sastres! Entretanto, la seora haba quedado parada delante de un grabado puesto en la cabecera de la cama, en lugar de la imagen de San Pablo, que yaca descolgada irreverentemente de su clavo. Y haba por qu quedarse parado, pues el tal cuadrito representaba una dama en traje tan primitivo, que no poda darse ms, qu horror! --Pero, Quilito!--exclam la ta escandalizada,--y aqu entra esa criatura y ver esta vergenza. Y l, sin volverse, muy tranquilo: --Si es la Verdad, ta, o la Fuente, que no lo s bien, puede darse nada ms natural? Indudablemente, en cuanto a natural, lo era, y aun sobraba. --Cmo estar Coln esta noche, ta! Por qu no iba ella a la cazuela? Mucho calor y mucha gente, pero una noche de las fiestas Mayas no debe desperdiciarse. El tena una butaca, que le haba regalado, a qu no saba quin? Jacintito Esteven! Este nombre hizo en la ta el efecto de una picadura. Si ya saba que andaba en grande con el chico de Esteven, pero ella no se lo perdonaba, porque no deba olvidar que aquella familia era enemiga de la suya y la causante de la triste situacin en que se hallaban. --Pero, qu culpa tiene Jacintito, ta Silda? Es un excelente muchacho, muy alegre y muy trabajador, a pesar de su fortuna; ha puesto un escritorio de corretajes en la calle Piedad! Con la ta Goya era otra cosa; l no la saludaba, y en cuanto a don Bernardino, no haca an dos das le haba tomado la acera, dispuesto a armar camorra. Bien saba Jacinto que l no poda verles, a causa de los disgustos de familia, pero no por eso eran menos amigos; todas las tardes se reunan en el escritorio, y all discutan si deban entrar o no en la jugada burstil del da. Porque l jugaba en la Bolsa, s, seor, convencido de que la carrera de abogado no le sacara nunca de pobre, y de que, despus de mucho romperse la cabeza, alcanzara un ttulo, que no sirve de otra cosa, que para adorno del apellido, y se vera obligado a mendigar un empleo, que no conseguira sino a fuerza de hacer antesala a mucho tipo con influencia y sin educacin, y de gastar saliva y paciencia. El tena que ser rico, abrigaba el firme propsito de serlo y lo sera. Y del modo ms fcil, sin matarse trabajando, ni vacindose el cerebro; sin que sufran ni los brazos ni los sesos; juego a la alza, sube el oro, gano; juego a la baja, baja el oro, gano. Y se necesita ser muy torpe y muy desgraciado, para que suceda lo contrario. Si la suerte le favoreca, bueno; si no... se pegaba un tiro. Tan cierto, como ahora es de noche. Misia Casilda tom a lo serio aquello y se asust. Vaya un bonito modo de pensar! Quin le meta a l en la Bolsa, sin experiencia y sin fondos, porque, sin duda, para comprar oro y comprar acciones, y jugar a la baja o a la alza, como l deca, se necesita tener con qu; lo mismo que en la ruleta de los garitos. El joven se ri. --Pues no, no se necesita, y ah est la gracia. Se da orden al corredor de comprar tanto o cuanto, y una vez hecha la operacin y llegado el da de liquidar, se deducen las ganancias o las prdidas, y en caso de mala suerte se paga o no se paga. Perfectamente. Para pagar se necesita dinero y para no pagar, no tener vergenza, y como ella saba, que escaseaba tanto de lo uno, como le sobraba lo otro, pues no poda creerse otra cosa, le aconsejaba que se dejara de alzas y de bajas y se ocupara seriamente de sus estudios, que deban andar muy descuidados con aquella mana de la Bolsa, que le haba entrado. Si no hay cosa mejor que ganarse el pan honradamente, por sus cabales, con tesn, sin impaciencias ni desfallecimientos, que as se va lejos, y de golpe y porrazo no puede hacerse nada bueno. Quilito volvi a rerse. --Mire usted, ta, no de otra manera se hacen fortunas en Buenos Aires; ah tiene a fulano, a zutano y a mengano: dnde se han hecho ricos? detrs de un mostrador? No, en la Bolsa. Ayer no posean un centavo y hoy _se les saca el sombrero_. Yo quiero hacer como ellos y ser como ellos. Bien se vea que el tal Jacintito le haba imbudo aquellas ideas; si siendo Esteven no poda ser bueno! Quilito ensayaba el frac delante del espejo. Cun equivocada estaba! era excelente... y luego tan carioso con sus hermanas, y Susana y Angelita se lo merecan todo, francamente. No le pareca que los faldones no caan bien? --Lo que no cae bien--replic con acritud misia Casilda,--es tanto elogio de osa gente en tu boca. --Convnzase usted, ta, que es porque no les conoce; los viejos sern todo lo que usted quiera, pero los hijos son diferentes. Susana y Angelita eran las muchachas ms bonitas de Buenos Aires, sin exageracin; en Palermo no se vea nada mejor. Luego, con una educacin de primera, amables, sencillas... Sigui ensartando alabanzas, hasta que la seora se impacient. --Mira, Quilito, que no seremos amigos, si no dejas ese tema; ya sabes cunto me desagrada. --Oh! tita Silda... pues no faltaba ms! Estamp un beso sonoro en la lustrosa mejilla de la seora, acompaado de cariosos palmoteos en la espalda. --Eres un loco, cundo sentars el juicio? No le quitaba ojo, admirada de su aire desenvuelto y de lo bien que le caa el traje de etiqueta; la luz del gas le volva ms plido y sealaba sus profundas ojeras, esa huella de las malas noches que no puede ocultarse. El, mientras haca jugar el resorte del claque, ensayaba la petitoria de ordenanza, algo para llevar en el bolsillo, dos pesos siquiera, que le prometa devolver intactos; como despus del teatro, es fuerza ir a tomar cualquier cosa al caf y cuando llega el momento de pagar al mozo, es costumbre echar mano a la cartera, discutiendo con los amigos el mejor derecho a satisfacer el gasto, l, siempre que llegaba el caso, mostraba el billete sin soltarlo, mientras daba tiempo al vecino de saldar cuentas. Qu papel iba a hacer aquella noche si no tena dinero que mostrar! dos pesos siquiera... la ta era bastante rica, porque posea su rentita de las cdulas hipotecarias y el alquiler de la casita aquella. Buen alquiler te d Dios! cien pesos, que el inquilino, un herrero con ms hijos que das tiene el ao, no le pagaba nunca, siempre llorando lstimas y pidiendo prrrogas. S, pero las cdulas? eso es seguro. --Tita Silda, se los devolver intactos. As deca siempre, y luego vena con esto y con lo otro, pero con las manos vacas. Qu haba hecho de los veinte pesos de la semana anterior? Quilito, con la cara muy afligida, dijo que los haba gastado en muchas cosas, en muchsimas cosas, en libros, por ejemplo... Bien est, le prestara los dos pesos, pero con la condicin que no haba de tirarlos de mala manera. Y mientras el joven intentaba hacerla dar unas vueltas de vals, en seal de regocijo, ella le espetaba el sermoncito con que sola sazonar sus ddivas. Ms seriedad y ms contraccin al estudio; la vida que llevaba, no era conveniente para un mocoso que no tena pelo de barba; aquellas trasnochadas frecuentes, sobre todo, deban concluir, por su salud y por su nombre. Que no le viniera con dianas, que ella se saba bien que a las tantas no se vuelve de la iglesia, y no pusiera en el duro trance a su padre de quitarle la llave de la puerta de calle que, por mal de sus pecados, haba conseguido ella se le diera antes de cumplir los catorce aos. Luego, menos gastos! si en aquella casa nunca se acababa de pagar sus cuentas! se figuraba, acaso, que tenan algn tesoro escondido? Ni la rentita de las cdulas, ni el sueldo de don Pablo alcanzaban para cubrirlas. La situacin de la familia no permita aquellas ruinosas liberalidades, de que l abusaba; a dnde iban a parar por aquel camino? El joven di un bostezo. --Tiene usted, tita, el dinero a mano?--pregunt. Y mientras la seora buscaba en el bolsillo, l larg las botaratadas con que siempre responda a tales prdicas: si no haba que apurarse por tan poca cosa, cuando l trabajaba por echar los cimientos de la fortuna de la familia, y lo conseguira en un dos por tres, porque adems de sus operaciones de Bolsa, tentaba al demonio de la lotera, comprando un numerito en cada jugada. Ya veran cuando entrara por aquellas puertas, con la gran noticia: el nmero tantos, su nmero, con tantos miles de miles de premio! o en tal venta de acciones, han resultado cuntos millones de ganancia! todo as, de la noche a la maana. Hacerse rico de otro modo, no tiene gracia. Se desloma uno sobre el yunque, suda el quilo, gasta su juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puede tenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo, de qu le sirve entonces? para pagarse el responso y hacer gozar a los dems! No se vera l en ese espejo. Mascar mientras haya dientes, porque a boca desportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a cumplir veinte aos: pues antes, mucho antes de cumplirlos, sera rico o por lo menos estara en va de serlo. Y entonces... --No le digo a usted nada, tita, no le digo nada! La seora le oa y se rea. Qu cabeza ms destornillada! era un tarambana, y nunca hara cosa de provecho, si no tena ms juicio y no dejaba de lado aquellas ideas de fortunas improvisadas, que le quitaban el sueo. Dile el billete de dos pesos, que sac de su cartera de tafilete, a tiempo que don Pablo Aquiles golpeaba las manos en la puerta del comedor, impaciente. Ta y sobrino bajaron la escalerilla, encontrando en el patio a Pampa, que pasaba con la sopera humeante en las manos; ya don Pablo Aquiles se haba sentado a la cabecera de la mesa y desdoblaba con calma la servilleta. --Qu es esto, caballerito? cmo se hace usted esperar! Minia Casilda ocup su asiento, mientras Quilito sacaba los guantes del bolsillo interior de su abrigo, arrojando de paso una mirada a la mal provista mesa: el mantel, remendado a trechos, no alcanzaba a cubrirla; la vajilla era de loza, tan maltratada, que el borde de los platos pareca haber estado expuesto a los mordiscos de hambrientos canes; los cubiertos, desdentados los tenedores y gastados los cuchillos. --Yo no como aqu--dijo el joven, enfundando las manos en sus guantes, como en el Caf de Pars, con unos amigos. Muy bien! y para eso haba hecho esperar tanto tiempo? Ir a comer fuera, cuando la ta se haba esmerado tanto en la confeccin de aquellos hojaldres, que olan deliciosamente, recin saliditos del horno! Quilito dijo que tena un compromiso anterior con los tales y los cuales, citando media docena de nombres del ms legtimo _high-life_, y mientras sacaba con negligencia un grueso habano y se dispona a encenderlo, aadi, dirigindose a su padre: --Esta tarde encontr a tu jefe, el Subsecretario, y me pregunt si estabas enfermo; le dije que s, he hecho mal? --No, seor, perfectamente. De qu otro modo disculpar su falta? Ya se encontrara bueno al da siguiente, para preparar la mejor excusa. Tom una fuente de manos de Pampa, y al colocarla sobre la mesa, insisti sobre aquello de los hojaldres: --Ea, anmate, muchacho! que esto vale ms que tus trufas del Caf de Pars. --Si l es muy francs--dijo la ta,--y desprecia estas cosas. Don Pablo Aquiles le miraba sonriendo y no se hartaba de contemplarle; qu buen mozo y qu elegante era! tena los ojos de su madre, aquella Pilar tan amada, que tanto le haba hecho sufrir, y tambin su genio, un polvorn de explosiones sin consecuencia. Entretanto, el joven haba tomado pie del dicho de misia Casilda, para fundar sus teoras gastronmicas y anonadar con sus invectivas a la humilde cocina casera... mucha grasa, mucho aceite y ningn aparato; una fuente que se presenta en la mesa sin adorno, es como un comensal que se sienta en mangas de camisa. La seora empez a toser, a causa del humo del cigarro; daban las siete. --Buenas noches--dijo Quilito. Y sali, haciendo resonar sus tacones sobre las losas del patio. --Que te diviertas!--grit el padre. --Que no vuelvas tarde!--apunt la ta. Concluy tristemente la modesta comida; con el ltimo bocado se levantaron y Pampa entr a quitar la mesa. Siempre suceda lo mismo, cuando faltaba el nio; era l el alma, la luz, el calor y la alegra de la casa, y saba con su picante charla entretener a los viejos, que babeaban, escuchndole; qu de cosas refera, qu ideas las suyas y qu pico de oro aqul! --Casilda--dijo don Pablo Aquiles a su hermana,--voy a salir; cuidado con la reja del zagun, y no dormirse hasta que yo vuelva, que no ser tarde. Abrigado en su _ruso_, que llevaba ms de seis inviernos encima, sali a dar su paseto higinico de costumbre; poda l perder la sobremesa, y an la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo de digestin, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada da. Nadie hubiera dicho que era aqulla, noche de popular regocijo, en que se celebraba una fecha memorable, tales eran la soledad, la tristeza y el silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo Aquiles quedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro del bullicio, pero l pensaba lo que era en sus tiempos aquella fiesta: de da, _pruebas_, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria, y fuegos artificiales, por la noche. Qu digo en sus tiempos? hasta hace poco se cumpla idntico programa. Pero, como si la ciudad se avergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades a la moda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a los barrios extremos, y ha quedado la gran plaza solitaria y fra, en medio de los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba por estas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presida entonces a las fiestas: en las pruebas, de da; en los fuegos, de noche, que servan de pretexto para animada tertulia, no de soldados y nieras, _compadritos_ y pilluelos, sino de damas principalsimas, que no tenan a menos descender de sus salones a la arena de la plaza. Cunta mirada de amor, cambiada entre dos volteretas del acrbata! Cunto pacto amoroso, sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores! Qu alegra entonces! los balcones ostentaban colgaduras y las ventanas ramos de olivo y de laurel; las msicas recorran las calles, y el himno nacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba tambin el amor su himno y el nombre de Pilar apareca asociado al de la patria en aquel da de tantas emociones. Despus... los desengaos, la miseria, la vejez. Qu mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste? Pero l no lo atribua al lente de su pesimismo, y se deca: --O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogndolo todo. Segua su camino, apoyado en el bastn, mirando, con burlona sonrisa, los colgajos de las tiendas de carne y comestibles: las ramas de sauce de la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa exposicin del escaparate; en las casas, muy pocas banderas se vean, pero conforme iba acercndose a las calles centrales, los establecimientos pblicos y los comercios de lujo resplandecan de luces: en el borde de las cornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya en haces, ya sueltas, encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero, la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto alguna; el silencio y la falta de animacin contrastaban con el alegre espectculo de las iluminaciones. Haca aquello el mismo efecto que un saln de baile, adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los convidados. Con el estruendo de costumbre sobre el malsimo empedrado, pasaban muchos carruajes, cuyos cristales, empaados por el fro de la noche, dejaban apenas percibir la blanca forma de una dama de copete; y seguan los tranvas su trotar montono, entretenido el conductor en regalar el odo de los viajeros con espantables sonatas de corneta. Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedse un rato, embobado como un chiquillo, mirando las luces y las banderas. Y ctate que cuando ms distrado estaba, deslumbrada la vista por los resplandores del Cabildo y de la Catedral, sinti a su espalda el galopar violento de soberbio tronco y al volverse, vi a Quilito, a su hijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. Quin diablos iba en aquel carruaje? Vile don Pablo llegar a Coln, abrirse la portezuela y bajar dos nias de blanco, que al punto no reconoci, y luego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrs, como cosido a sus talones, al mismo, al mismsimo Quilito. Era casualidad? Lo que le di aquello que pensar! Volvise mohino, con la boca amarga sin saber por qu, tan preocupado, que tropezaba en la acera con las bandadas de lindas muchachas, que se dirigan al teatro, vidas de presenciar la funcin de gala. Echse al medio de la calle, para caminar con ms desembarazo. Cuando lleg a casa, Pampa dorma otra vez en el umbral de la puerta. II Todos le han conocido, de lejos o de cerca, de vista o de odas. Don Aquiles Vargas, el primer Aquiles de la familia, padre de don Pablo y abuelo de Quilito, tuvo tienda muchos aos en la que se llam calle de Mendocinos, y en tiempos en que todo andaba revuelto y no se contaba segura la cabeza, supo hacer fortuna comerciando en gneros de las provincias. Era unitario puro, aunque llevaba el chaleco rojo de los federales, pues l deca que para andar entre lobos, es preciso disfrazarse de tal, y tan bien le sali la prctica de este consejo, que salv piel y fortuna y vino a morir, ya anciano, en olor de millonario. Haba casado muy joven con una nia de familia, sin belleza, sin voluntad y sin criterio propio, que vea por los ojos de su marido; tan tonta, sosa y descolorida, que era como cuerpo sin alma o lmpara sin aceite, precisamente el conjunto de cualidades que deba reunir una mujer, para poder desempear el pesadsimo cargo de esposa, ante Dios y los hombres, de don Aquiles Vargas. Porque don Aquiles Vargas, de suyo honradote y trabajador, de alegre carcter en corro de amigos y hasta galanteador de aficin en sus horas perdidas, tena un geniecito que no haba quien le aguantara en la casa, y slo una mujer de las condiciones apuntadas, sorda, muda y ciega, poda salir airosa de tan difcil cometido. Los que le han conocido, en la puerta del _registro_ de la calle Florida, arrellanado en ancho silln de rejilla, con su chaleco floreado y sus zapatos de pao, echando piropos a las muchachas y llevando la batuta en aquel concierto de viejos babosos y apolillados, no se imaginaran que setentn tan decidor y risueo era una fiera en su casa. El haba de reir con todos, con la mujer, con los hijos y con los criados, con pretexto o sin pretexto, y en ocasiones con todos a la vez porque era hombre muy bien templado. Aunque unitario por simpata, nunca se meti en dibujos polticos y pas la mayor parte de su vida doblado sobre el trabajo, sin ms distracciones que llevar el pendn de la cofrada, de que era protector, o las andas del santo, en la procesin del titular, porque era creyente de boca abierta, y chismorrear en el citado mentidero. Quin le ha visto con el escapulario sobre el pecho, pequeito y regordete, avanzar entre dos hileras de cirios, sudando bajo el peso del aparatoso estandarte, tan hinchado y satisfecho de su papel, que pareca creer que el incienso y las genuflexiones se ofrecan a su excelsa persona! Cuando muri su mujer, sin hacer cama ni gastos de botica, como vela que apaga invisible soplo, nada vari en la casa, porque la falta de aquella bienaventurada apenas se ech de ver: don Aquiles di a las iglesias abundantes limosnas por misas y novenarios y las cosas siguieron su corriente acostumbrada. Don Aquiles viva en la calle de Mjico, pues la antigua casa en que tuvo su tienda, fu vendida y derribada; y aunque alejado del comercio, meta baza en negocitos fciles y sin peligro, pero sin caer en el pecado de la usura; l no tena ms defecto que su genio endemoniado y aquella mana de las cosas religiosas, que secaba su corazn y descarrilaba su buen sentido. En aquel casern de la calle de Mjico, que ms pareca dependencia de cuartel que habitacin de familia, de techo de teja abohardillado y ventanas voladas de gruesos barrotes, vivi, pues, muchos aos el viejo don Aquiles, con sus tres hijos: Gregoria, la mayor; Pablo Aquiles, el varn, y Casilda, la menor, no la vida de paz del hogar, seguramente, porque all se andaba de zarpa a la grea todos los das de la semana, a causa de la mala educacin de los hijos y el carcter atrabiliario del padre. Este era duro, inflexible y tirnico, ms bien juez de su hogar, que padre de su familia; de aquellos que no inspiran cario y respeto, sino miedo y terror a los hijos; que usan el azoto, el encierro y el ayuno, como medios de represin. Cuando se presentaba en el espacioso comedor, a la hora de la cena, que es la hora de las expansiones, los hijos se ponan de pie; las mujeres, acoquinadas y silenciosas; el varn, nervioso y temblando, y eso que gastaba barbas; el padre hablaba cuando lo tena por conveniente, y los hijos escuchaban y callaban; no haba discusin de temas, ni intercambio de ideas; a una pregunta, una respuesta y otra vez el silencio. En una ocasin, Gregoria contest de mal talante y el padre le arroj un pan a la cara, bandosela en sangre; el varn estuvo desterrado quince das de la casa, por igual delito. Slo se reunan a la hora de la mesa y cuando l no sala a la calle no permita el menor ruido, ni que tocaran el piano las nias; las ventanas deban estar siempre cerradas y la puerta no se abra, sino a muy contadas personas. Ni visitas, ni teatros; muy pocos paseos; ningn vino en las comidas y ayuno todos los viernes y dems das de abstinencia. Con la edad y los achaques, se volvi tan santurrn, que oa misa a diario, obligando a acompaarle a los tres hijos, Pablo Aquiles el primero, con el libraco de horas, en la mano. No entraban en la casa sino sotanas; y de tal manera la admisin de seglares estaba prohibida que, cuando Gregoria ech novio, no se sabe cmo, en medio de aquel cautiverio, aunque para esta clase de pesca las mujeres son muy duchas, se vi y se dese para comunicar con l. Seamos francos: ni Gregoria, ni Pablo Aquiles tenan mejor carcter que el padre; Gregoria, sobre todo, a quien una simple contradiccin produca una pataleta, en que se morda los puos de rabia impotente; Pablo Aquiles desdeaba el estudio, y sin talento ni aspiraciones, se haba dedicado a la ms cmoda de las carreras: la de heredero de ricacho; y si no de genio tan violento como su hermana, luchaban ambos, sin embargo, en encarnizado y fraternal combate, no dejando vaso que romper, ni porrazo que dar, cuando el padre no estaba delante. All la bondadosa, la tierna y la delicada era Casilda, y por esta sola circunstancia era ella el pavo de la boda; sobre su humilde cabeza descargaban el mal humor del padre y las iras de los hermanos. Era tan poquita cosa, que se ahogaba en un dedal de agua, pero reconcentrada, como todos los caracteres tmidos, era a la vez rencorosa y no perdonaba fcilmente ofensas que considerase injustas. Pero, con esto, tan paciente, tan sufrida, que nunca se la oy una palabra de censura contra su padre. Ni Gregoria ni Casilda eran bellas; rubias cenicientas ambas, y de ojos que ni eran verdes ni azules, ni tenan color definido; eran de buen talle y de mejor andar, ms graciosa Casilda que Gregoria y ms elegante Gregoria que Casilda. Fuese cuestin de temperamento o de gusto, Casilda no anduvo nunca en noviazgos; para ella no haba ms hombre que su hermano Pablo Aquiles, a quien adoraba, y que saba corresponder dignamente a aquel afecto; si con Gregoria andaba a brazo partido, con Casilda estaba a partir de un pin. Los tres hermanos geman bajo aquel sistema carcelario; Pablo Aquiles, que tena ya veinticinco aos, no sala de noche sin permiso, y estaba obligado, bajo las ms severas penas, a regresar a casita a las diez: antes de acostarse, registraba el padre en camisn y palmatoria en mano las habitaciones de los hijos; una noche estaba vaco el lecho del varn... Esperle en el zagun; y cuando entr, casi le desnuca del garrotazo. Haba que recurrir al ardid, a la mentira, y todos tres, hasta la bondadosa, la tierna y la delicada Casilda, engaaban al viejo a las mil maravillas. Se hartaban de carne en los das de abstinencia, despus de haber comido en la mesa pescado y legumbres; salan de paseo, a visitas y a compras, a las horas en que don Aquiles estaba fuera, exponindose a ser pilladas infraganti... Pero las tretas de Pablo eran las que ofrecan ms peligro: despus de la ronda nocturna y de haber fingido estar entregado al ms profundo sueo, levantbase con precaucin, vestase con prisa y saltando por la ventana al patio, escabullase a la calle, para no volver hasta el alba. En lo que no valan tretas ni engaifas, era en lo de sacarle dinero al viejo; los domingos, despus de misa, daba a cada uno de los hijos un billetito de cinco pesos, de los pesos de entonces, y hasta el domingo siguiente. Atreverse a pedir ms! quin lo intentaba? Aunque ello sea en desdoro de Pablo Aquiles, dir que una vez pretendi meter mano en la gaveta del padre, pero la terca cerradura no se dej violentar y aqu par la tentativa. Y qu hacer, cuando se tiene veinticinco aos, la cabeza llena de ilusiones, el corazn de deseos y los bolsillos vacos! Figuraba en la no muy numerosa servidumbre de la casa, con el ttulo, las atribuciones y preeminencias de ama de gobierno, una mujer ya cuarentona, hija de antigua criada de la familia, de esas criadas de antao que nacan, vivan y moran a la sombra, protectora de sus _patrones_, la cual mantena a su lado un nio, que el maligno rumor pblico susurraba ser obra y gracia de don Aquiles. Era feo el muchacho y antiptico, por su facha y y por sus hechos; tena vara alta y enredaba con todos, siendo el nico que escapaba a las granizadas cotidianas del amo. Mientras vivi la mujer de don Aquiles, no se vi semejante mostrenco en la casa, pero as que aquella buena alma se march para no volver, por la misma puerta que ella sala, entr el chiquillo aquel, tan orondo y campante, como quien pisa pas conquistado. Y desde aquel da, para l fueron las golosinas, los regalitos de imgenes y medallas y las caricias que el viejo santurrn escatimaba a sus hijos. Lo que se dijo en el barrio, se repiti, se invent y se propal a los cuatro vientos! Ni Pablo Aquiles ni las nias saban nada, y si Pablo Aquiles lo haba odo, no lo crea, ms por repugnancia de semejante parentesco, que por falta de conviccin o sobra de dudas; pero, como de casi todas las barandas domsticas era el nio el principal causante, por ser correo de chismes y tejedor de embustes, cuando el viejo estaba en la calle y la cara aceitunada de Pepa, la madre, no estaba delante, entre Pablo y Gregoria y Gregoria y Casilda le daban tal vuelta de azotes y rociada de moquetes, que quedaba el chico hecho un _ecce homo_, sin temor a las reclamaciones y reconvenciones posteriores. Cosa rara! la madre, en estas circunstancias y en otras y en todas, no olvidaba su papel de mujer reposada, que todo lo tiene previsto y resuelto; cuidadosa de no ponerse mal con _los nios_, evitando todo choque con habilidad estudiada, acuda a calmar al inocente con un par de sonoras palmadas, que daban fin al asunto, aunque no al llanto de la vctima. Y era por la noche, segn los dichos de cocina adentro, que elevaba Pepa hasta su seor sus quejas y obtena el desagravio de las ofensas hechas, que se traduca al da siguiente en tempestad tan violenta, que pareca desplomarse la casa. Aparte estos frecuentes nublados, la favorita no intervena ms que en los quehaceres de su cargo, sin despegarse de las nias, a quienes acompaaba a la iglesia, tan melosa y solcita, que ellas no podan sufrirla. Los sucesos posteriores vinieron a desmentir este aserto, pero era entonces voz corriente entre la servidumbre, que esta mujer haba logrado para s y su hijo un lugarcito ventajoso en el testamento de don Aquiles y a guardar el puesto conquistado tendan todas sus artimaas. Se ha dicho que Gregoria tena novio. Cmo tuvo lugar aquella pesca milagrosa no se sabe; sin duda, el pretendiente, que era pobre, olfate la herencia en un da de vagancia, como los perros hambrientos que huelen la carne de lejos, y se plant en la esquina y rond la casa e hizo todas las tonteras que en semejantes casos se hacen, pero no entr en la fortaleza, porque estaba bien guardada. Era Bernardino Esteven tenedor de libros, de familia obscura y sin ms beneficio que su mezquino sueldo; de facha vulgar, pero listo y truhn, supo colarse en el corazn de Gregoria, por ms que la tarea no fuese difcil, pues la pobre estaba tan harta de aquella vida de ayunos, sermones, gritos, cerrojos y amenazas, que al sacristn de la parroquia diera odas, con tal de salir de su purgatorio. Y ac hace nuevamente su aparicin el condenado hijo de la Pepa; ay de la carta que caa en sus manos! Fisgoneaba en los pasillos y acuda a la esquina a espiar la llegada de Bernardino, vigilando que Gregoria no entreabriera la ventana de la sala. Qu sustos pasaron ambos, qu sinsabores, y cuntas veces contempl de lejos el pretendiente la cara acongojada de su prometida, vctima de paternal correccin la vspera! Lo que pueden el amor y el hambre, cuando van aparejados! Cansado de suspirar a la luna y de pasear su chaqu avellana por el barrio, ocurrisele a Bernardino robar a la muchacha, expediente muy socorrido en la vida y en el teatro. Los que han conocido, despus al fastuoso Esteven, tan formalote y estirado, de una gravedad de campana mayor que toca a muerto, creern que es pura invencin y fantasa esta aventura de sus mocedades; pero no es as, sino verdad incontestable, que el seor Esteven tuvo sus veinte aos, y sufri las agonas del amor y los dolores del hambre, como cualquier mortal, y arrastrado e impulsado por estas dos invencibles fuerzas, quiso apoderarse por la violencia, y se apoder, en efecto, de lo que de grado se le negaba. Cmo? Aunque parezca mentira, Bernardino tena su casa entonces, es decir, dorma bajo techado, y una hermana, muy mona, que se llamaba Pilar y cosa para fuera; sta, que saba los quebraderos de cabeza del joven, no cesaba de decirle: --Mira, Bernardino, no eres hombre, si no te casas con la de Vargas! Aguijoneado su amor propio por la frasecita sta, y no hallando otra salida, se le meti en la cabeza aquello del rapto: una carta, un coche en la esquina, y andando; su casa sera el asilo, su hermana la guardadora y aqu paz y despus gloria. Ante razones de tal calibre, tena el viejo que ceder o reventar. La carta lleg sin contratiempo a poder de Gregoria, que se pasm de tal proyecto, quedando aturdida y sin saber qu hacer; vinieron a las manos su pudor y su cario, el deber filial y su conciencia, y en esta lucha y en este sobresalto estaba, cuando lleg la hora de sentarse a la mesa. Anocheca. Don Aquiles haba entrado de la calle tan regan, que todos andaban con alas en los pies, huyendo el bulto; al ocupar el silln de cabecera, notaron los hijos, con terror, que haba nubarrones en el horizonte, y metieron los ojos en el plato, abriendo el paraguas de la resignacin. La tempestad empezaba por movimientos violentos en la silla, paseo de dedos crispados por el mantel o por la calva, resoplidos, palmadas en el borde de la mesa... Algunas veces, se agregaba a estos sntomas, el retintn del tenedor sobre el plato o el baile de la copa, a la que haca dar vueltas su mano de perltico... El criado serva, los hijos coman, o lo aparentaban, sin hablar, y el viejo, en tanto, rechazaba su racin, contentndose con la corajina que le andaba por el cuerpo y deba servirle de alimento. De repente, sonaba un trueno y caa el chaparrn, es decir, daba el padre un puetazo y rompa a hablar, en perodos entrecortados... Aquella noche, le toc el turno a la infeliz Gregoria, a quien llam desvergonzada, terca y mala hija, comparndola a las _mucamas_ de barrio, que pelan la pava por la ventana con el novio descamisado o hacen seas a los mayorales del tranva; mientras la cosa no pas de aqu, Gregoria se estuvo quieta, devorando su rabia y una pierna de gallina en pepitoria, pero cuando oy el nombre de Bernardino y vi que le pona patas arriba, con cruel y no merecido ensaamiento, sin temor a los rayos paternales protest con energa, y dijo, o quiso decir, porque no se le entenda, tal era su soberbia, que no y que mil veces no, que aquello era una gran mentira y una infamia (esta palabra la larg bien clara) lo que se deca. Gran confusin. Levantse el padre, con los puos cerrados, se interpuso Pablo Aquiles, muy plido, y Casilda, llorando; pero Gregoria, ya sin freno, se desboc, vociferando que cansada de aquella vida, se marchaba lejos y no la volveran a ver ms, nunca, nunca. Di una manotada al vaso que tena delante y sali del comedor, ciega, fu a su cuarto, se envolvi en un mantn y se plant en la calle. En aquel momento, se acord de su madre. Su madre! la haba tenido ella acaso? Este poder moderador entre la indisciplina de los hijos y la absoluta autoridad del padre, no se hizo sentir nunca en vida de aquella buena mujer, vctima ella misma y culpable inconsciente de las desventuras de la familia. En la esquina haba un coche y alguien dentro que la esperaba. Se cerr la portezuela, y andando, coma haba dicho Bernardino. Cuando el viejo se enter de la escapatoria de su hija, tuvo un acceso de coraje tal, que todos en la casa creyeron llegada su ltima hora, pero pasado el cicln de gritos y juramentos y la granizada de moquetes que descarg a ciegas y que alcanz hasta al mismo chico de la Pepa, se calm, aparentemente por lo menos, y ni volvi a hablar ni hizo cosa alguna que con el asunto se refiriese. Sigui su vida de siempre, y se apart ms que nunca del trato de sus hijos, dndose por completo a la visita de iglesias y sacristas, exacerbado su furor religioso con aquella desgracia, que pareca no haber rozado siquiera su corazn de granito. Pablo no se atreva a chistar y la pobre Casilda no tena ya ojos para llorar a su hermana. As las cosas, di don Aquiles el gran batacazo, cuando menos se esperaba. No s qu dimes y diretes tuvo aquella maana con Pepa, pues se oy el vocear de ambos en el despacho, y hasta lloriqueos y an porrazos sobre los muebles, signos evidentes de violenta disputa; luego sali la mujer muy agitada, con los pelos desordenados y echando chispas por los ojos, y alguien que la encontr al paso, la oy decir: --No quiere, no quiere! pues veremos si la ley le obliga. En esto, se oy un gran ruido en el despacho, acudieron todos los que en la casa estaban y hallaron desplomado, junto al sof, a don Aquiles, con los ojos torcidos y la boca contrada, barbotando palabras sin sentido. Mientras le trasladaban a su alcoba y se iba a buscar el mdico, lleg Pablo de la calle, y enterado del suceso, convino con la desolada Casilda en que era urgente avisar a Gregoria. Pablo saba el escondite de Gregoria; fu, pues, a golpear a la puerta de Esteven. Recibile la muchacha llorando, arrepentida sin duda de su calaverada, pues vistas ya las patas de la sota, no la quedaba ilusin que la sirviera de disculpa; y mientras el galn haca protestas de que l no era el responsable de aquel desaguisado, sino el propio seor Vargas por su maldita terquedad, estando dispuesto a reparar lo hecho del mejor modo posible, Pablo miraba la pieza, que le pareci muy pobre y hasta desaseada, y a Pilar, sentada delante de la mquina, absorta en su tarea de desenredar el hilo de un carrete, la que encontr muy bonita y muy de su gusto. Otro en su lugar se las hubiera liado con el seductor, pero l, que disculpaba la escapatoria por razones que se saba, crea que demasiado duramente la haba condenado, desoyendo los ruegos de Gregoria, que en varias cartas le haba pedido fuera a verla. Limitse, pues, a dar la referencia de la desgracia. Ella, muerta de pena y de vergenza, pregunt entre sollozos: --Me recibir si voy, Pablo? --No conoce a nadie y nada debes temer. Gregoria, sumisa, se cubri con su mantn. Cuando los dos hermanos salieron, volvise Esteven a la joven, que cosa indiferente, y con una sonrisa burlona, exclam: --Bien lo dije yo, que tena que ceder o reventar! Pablo y Gregoria llegaron silenciosos a la casa paterna, que entonces ms que en ocasin alguna, pareca convento de cartujos; y empujando la puerta entornada, atravesaron el zagun y el patio desiertos, donde algunas plantas amarilleaban ya bajo el cielo nublado de otoo, y entraron en la alcoba de don Aquiles. Al punto nada vieron, sino la llama temblorosa de una lamparilla; luego aparecieron, como esfumadas, las figuras principales del cuadro: un franciscano, rezando bajo descomunal y ttrico crucifijo; en un rincn, la Pepa, silenciosa como una esfinge; a la cabecera del lecho, Casilda... Sobre la blancura de las almohadas, destacbase la cara lvida del muerto, con los ojos todava abiertos, vueltos del lado de la puerta, por donde acababa de aparecer Gregoria; esta mirada de ultratumba, figursele a la triste arrepentida seal de eterno y enconado reproche, y sacudida por temblor convulsivo, se precipit en el cuarto y fu a prosternarse delante del padre que haba ofendido, derramando sinceras lgrimas. Pero l ya no la vea, como si hubiera de ser sordo siempre a toda compasin. Al da siguiente, avisados los amigos y parientes cercanos, hubo en la casa numeroso desfile de sotanas y sayales, que iban olfateando alguna manda del testamento, y de levitas de entierro y caras compungidas hechas de encargo; en las habitaciones interiores, cerrada toda ventana, en una obscuridad de catacumba, andaban a tropezones las sombras de las mujeres enlutadas, en busca del sitio donde pudieran estar las doloridas, para darles el largo apretn de manos y besos de rbrica, con la frase dicha entre mal ensayados suspiros: --Ay, Goyita! qu desgracia! esto ha sido un escopetazo. Cunteme usted, Casildita, cmo ha pasado esto. En fin, no hay ms que conformarse. Gregoria y Casilda en un rincn, rodeadas de media docena de inmviles fantasmas, contestaban a cada saludo con una nueva explosin de sollozos, y a esto se segua un tan furioso sonar de narices del concurso, que no pareca sino que estaban todas acatarradas. En el comedor, entretanto, se tomaba chocolate con bollos, y un grupo discuta poltica en la puerta de la sala, donde el muerto se estaba quietecito en la caja, rodeado de blandones. Dos seoras salan, con los ojos muy colorados de tanto restregarlos con el pauelo, y deca la una a la otra, al llegar al zagun: --_Sabs_ la noticia que me han dado? que Goyita se escap la semana pasada con un dependiente de almacn, y sta es la causa de la apopleja del padre. --De veras, _ch_? pues, la cosa no era para menos. Cuando Pablo Aquiles volvi del cementerio, se encerr en el despacho de su padre; la idea de que hubiera hecho testamento le preocupaba. Busc y rebusc sin encontrar nada; nada haba tampoco en el armario de caoba, que registr luego, tapndose las narices a causa del olor desagradable de cido fnico, que saturaba la atmsfera del cuarto mortuorio. Volvi al despacho, para seguir buscando, y en la puerta tropez con la Pepa, enlutada, llevando al chico de la mano. --No, no busque usted--dijo ella,--si no ha querido hacerlo. Y prorrumpi en lamentaciones sin fin, diciendo que el difunto no haba cumplido con sus promesas ni con su deber; que ella no ambicionaba nada para s, sino peda lo que de derecho corresponda a aquel inocente, que ninguna culpa tena de su triste origen. Atnito Pablo Aquiles, no saba qu responder, temeroso de que sus hermanas se enterasen del escndalo; tuvo, sin embargo, un asomo de energa, cosa rara en l, y dijo a la mujer que se _mandara mudar_ de prisita y en silencio. Lvida, ella chill: --Irme yo? pues no faltaba ms! si el mismo derecho de estar en la casa que usted lo tiene mi nio, como que lleva su sangre. --Cllese usted!--dijo Pablo Aquiles, ahogado y descompuesto. --Que no y que no; he de gritar y me han de or los sordos, me quiere usted echar a la calle, eh? pues lo veremos. Se sent en el umbral de la puerta que caa al patio, como quien ocupa cmoda tribuna para hacerse or de los vecinos; a sus voces se uni el llanto del nio, y ante tamaa algarada acudieron Gregoria y Casilda, sorprendidas. Verlas la Pepa y descargar su boca cuanta palabrota y desvergenza llevaba almacenadas, fu instantneo; hecha una fiera, las guedejas cadas sobro los ojos, increpaba a todos con el puo cerrado, maldiciendo del difunto, a quien condenaba a los fuegos del infierno. --No le han de valer rezos ni responsos--vociferaba, miren el muy hipcrita, que coma los santos y besaba la pezua a los frailes, que se daba disciplinazos y se pona cilicio, dejar en la calle a mi nio, a su hijo, tan hijo como ustedes y con tanto derecho a llevar su nombre! Hipcrita santurrn! --La hipcrita y la deslenguada es usted!--exclam Pablo, furioso, cogindola del brazo y tirando de ella. Se empe una lucha deplorable en medio del patio; chillaba el chico, y las muchachas, asustadas, refugironse en sus habitaciones. --Djeme usted, que me hace dao!--deca Pepa, agarrada con ambas manos a la reja del zagun. Pablo Aquiles la solt. Ella recogi su mantn, se arregl los pelos, limpise las babas con la bocamanga. --Queden ustedes con Dios--dijo,--me voy, pero al juzgado; la ley ha de ampararme! Y se larg, arrastrando tras s al renacuajo. La muerte de don Aquiles produjo en la casa radical transformacin; todo cambi, como en una decoracin de teatro. No ms ayunos, no ms sermones, no ms caras foscas, ni escndalos a diario; no haba quien siguiera los pasos, espiara los gestos, pescara las palabras, fiscalizara los actos. Se respiraba a plenos pulmones, se coma a dos carrillos, sin sustos ni encogimiento; se sala cuando se deseaba, se entraba cuando se quera; y todos tres, esclavos de un viejo manaco que haba entristecido su niez y sofocado su juventud, manteniendo el alma de sus hijos sujeta, por as decirlo, bajo su frrea mano, como pjaro a quien encierran en jaula demasiado estrecha, se crean felices, porque se vean libres. No faltaba, sin embargo, una oracin y una lgrima para el padre difunto, y ninguno de ellos os tocar uno solo de los objetos que le pertenecieron; los que conservaban, como reliquias, en el antiguo despacho, cuya llave guardaba Pablo con respeto. El casamiento de Gregoria se celebr a los dos meses, entre gallos y media noche, porque el luto y las circunstancias que le haban precedido, no permitan otra cosa; fu una ceremonia triste, casi fnebre: los cuadros de la sala ostentaban an negros crespones y la araa de cristal los colgajos negros, entonces de rigor; para alegrar la vista, se pusieron flores en los jarrones de las consolas. Gregoria se present de luto, sin azahares, y Bernardino con la misma levita que le prestaron para asistir al entierro de don Aquiles, y delante de los hermanos y de dos testigos, bajo la luz tristona de las bujas, ley la epstola el cura y echles la bendicin, de prisa y corriendo. Esto fu todo. Instalse la nueva pareja en la misma casa, y Pilar con ella, con gran regocijo de Pablo, a quien quitaban el sueo los atractivos de la muchacha. Ni Bernardino ni Pilar tenan un cuarto; hasta entonces haban vivido los dos de su trabajo, ella de la costura, l llevando los libros de un almacn, siempre tan pobres y hambrientos que la escasez haca para ellos todos los das iguales, por lo cual abrigaban la ambicin, muy legtima, de verlos lucir mejores. Familia no la tenan, pues sus padres haban muerto, y Agapito o Agapo, como familiarmente le decan, no era para ellos un hermano, sino un pilluelo que viva en medio de la calle, a quien no se le vea sino cuando se presentaba a pedir dinero, aporreado siempre y harapiento. Y como el dinero all no era posible hallarle, ni con candil, Agapo desapareca por meses enteros, sin dejar rastros; ya se le daba por muerto, cuando otra vez volva, para escurrirse al da siguiente, sordo a las amonestaciones de su hermano mayor y a los ruegos de Pilar, y aun a los golpes de ambos, entregado a la vagancia y a todos los vicios que ella engendra, sin reconocer ms ley que su santa voluntad. A parte de las malas inclinaciones y del carcter indomable del muchacho, la verdad es que Bernardino, obligado a buscarse el pan cotidiano donde poda, no haca por l todo lo que debiera; siendo causa de esta desidia el poco cario y aun cierto encono que senta contra aquel rapazuelo, hijo de la vejez de su padre y de una odiada madrastra, que apenas muerto el anciano, de privaciones y disgustos, alz el vuelo con un bombero vecino, dejndoles el nio aquel en hipoteca. Bernardino tena aspiraciones, una conciencia poco escrupulosa, entendimiento claro y audacia, sobre todo audacia; con esto y la suerte de por medio, se va siempre lejos. Sin embargo, nunca so l calzar el ttulo de yerno de don Aquiles Vargas, que tanta fama de ricacho tena, pues, lo cierto es, que ms que a su viveza e ingenio debi tal ventura a las circunstancias especiales en que se hallaba colocada la aburridsima Gregoria; as es que, cuando se vi metido en aquel lo, que la mano de la fortuna desenred bonitamente, y trasplantado de su modesta morada al casern de la calle de Mjico, sinti mareos y algo as como un sentimiento de orgullo. Pero, ante todo, Bernardino era prudente. No crey deber abandonar su trabajo, sino que, por el contrario, acudi a sus quehaceres con ms asiduidad, si cabe, que antes. En cuanto a Pilar, ufana con el cambio, olvidaba las miserias pasadas junto a la mquina de coser, las veladas fatigosas, los madrugones constantes, la visita, noche a noche, de _registros_, a entregar o recibir los pantalones de pao y los chalecos de bayeta. Pilar era alta, rubia y de ojos negros; no era hermosa, como una herona de novela antigua, pero s muy agraciada y simptica; no tena los dedos hechos a torno, porque la aguja y el trabajo los haban deformado, ni el busto escultural, porque no me atrevera a decir si la correccin de sus lneas era debida al cors o era natural patrimonio de su duea; mas, la verdad sea dicha: Pilar pasaba por buena moza y aun llegaba a parecer bonita, y lo hubiera parecido mucho ms sin aquella palidez de su cara, que no se saba si atribuirla a la fatiga o a la anemia. Naturalmente, entre el bobalicn de Pablo Aquiles y ella se estableci, desde el primer da, una corriente de simpata, que favorecieron Casilda y Gregoria, y ms que todos Bernardino, como hombre sagaz que busca afianzar su prestigio. El idilio tuvo su lgico desenlace, y digo lgico, porque as debieran concluir todos los idilios: hubo, pues, nueva boda en la casa, la que fu solemniza con algo ms de ruido y su poquito de msica, en reunin de ntimos; fiesta, que vino a aguar, a ltima hora, la aparicin del perdido de Agapo, que despus de una jira de recreo por los fortines de la frontera, llegaba descalzo y muerto de hambre, a recoger las migajas del banquete. Pablo Aquiles era un bendito de Dios. Entregado, por completo, al amor de su mujer, dejaba el gobierno de la casa en manos del cuado, que mandaba en jefe; ste pagaba las cuentas, reciba los criados, haca y deshaca, sin consulta ni apelacin. De la testamentara iniciada, era l el albacea, y se entenda con abogados, procuradores y escribanos. Haba echado unas carnazas y unas barbas de a pulgada, que no pareca el mismo: aquel mozo lnguido del chaqu avellana, que rondaba el barrio, escapado del almacn, donde llevaba los libros, sino un rentista satisfecho y protector. La testamentara, entretanto, segua sus pesados trmites, y hoy era un ttulo que faltaba y maana una reclamacin que surga y vengan consultas y vayan pesos; aunque, felizmente, haba con qu hacer frente a todo: adems de la casa calle de Mjico, otras tres en la ciudad, una quinta en Quilmes, una _estancia_ en Cauelas y regular nmero de cdulas en el Banco. La presentacin, ante el juez, del chico de la Pepa, como hijo natural de don Aquiles, vino a entorpecer los trmites; y mientras unos queran probar la paternidad y los otros le declaraban, por lo menos, adulterino, con lo cual la reputacin del muerto andaba en lenguas, tanta declaracin, tanta prueba, tanto reponer de fojas, tal entra y sal de testigos y de curiales, aquello era un laberinto y nadie se entenda. Lo cierto es que pasaban los meses y la testamentara no se acababa. --De todos modos, no hay apuro--deca Pablo Aquiles. Las explicaciones de Bernardino le satisfacan, pero a la callada y observadora Casilda se le antojaba que en una sucesin tan clara como el agua, no haba para qu tanto ajetreo y que el enredador y el _chicanero_ era el despierto albacea. Haca tiempo que le haban a ella chocado las libertades que se tomaba, sus aires de dueo de casa, la impertinencia con que responda a toda observacin, encogiendo, los hombros desdeoso. Siempre que poda, recriminaba a su hermano por su indolencia, de dejar as todo en manos de aquel advenedizo; poco a poco, le haba cobrado desconfianza y no le perda de vista; cuando sala, de buena gana le hubiera registrado los bolsillos, para ver si se llevaba algo. Entre ella y el cuado, haban habido ya ligeras escaramuzas, alfilerazos que no se olvidan, por la intencin de la frase y la acritud del acento. Un da, disputando por frusleras, l la llam: Solterona! y ella: Perdulario! y en una ocasin le dijo ella, que no deba darse tantos humos, cuando all tena casa y comida gratis y se le haba matado el hambre. De aqu, tiroteo de improperios y araazos de cuados. Pero, el primer disgusto grave lo tuvieron cuando el parto de Gregoria; a Bernardino se le puso ocupar el despacho del viejo, que era para los hijos un sagrario, a fin de huir del lloriqueo del recin nacido y poder trabajar tranquilo, pero Casilda dijo que jams lo consentira y cogi la llave y se la guard, desafindole a que se la quitara; Esteven, en broma o de veras, hizo ademn de tomarla por la fuerza, con lo que se arm una marimorena escandalosa. El despacho sigui cerrado, y Casilda y Bernardino pasaron mucho tiempo sin hablarse. Fueron as separndose; del cuado pas la antipata a la hermana, Gregoria, que se pona siempre del lado del marido, y que con su genio altanero lo echaba todo a perder, y se declararon una guerra sorda, agravada por las demoras de la testamentara y la actitud insolente de Bernardino, que tomaba disposiciones sin la intervencin de los herederos, estallando durante la enfermedad de Pilar. Pilar no haba gozado nunca de buena salud; era endeble, paliducha, tosa con frecuencia, sufra accidentes nerviosos, sntomas todos que se atribuyeron primero a la vida de trabajo que haba llevado, y luego al estado interesante en que qued a los dos aos de casada. Pero cuando empez a escupir sangre y a no querer comer, el pecho desgarrado por la tos, todos se alarmaron y se llam al mdico: segn el sabio profesor, no era nada; despus del alumbramiento, aquello pasara. Y sali la joven de su cuidado, dando a Pablo Aquiles un nio que era un pimpollo, con una cabezota tal, que los tos declararon unnimemente que all deba estar encerrado todo el talento del mundo. Pablo Aquiles le recibi en palmitas, orgulloso de aquel presente; pensaba el infeliz que aquel nuevo ser haba de indemnizarle de sus horas amargas, porque no estar de ms decir, que no se tena l por dichoso, a pesar del amor de su mujer, en medio de aquella lucha abierta de intereses y de cuados. Adems, no haba encontrado en Pilar el nimo y el calor que le hacan falta, carcter dbil el suyo y corazn candoroso; Pilar era, ante todo, Esteven, mujer de clculo y de reflexin, no apasionada ni sentimental. Si bien no haban reido nunca seriamente, de los siete das de la semana pasaban seis de morros, porque l quiso besarla y ella no estaba de humor de consentirlo, o porque ella pens ir al teatro y a l se le ocurri meterse en cama, con dolor de cabeza; pero, as y todo, no pertenecan al grupo de los mal casados, teniendo ambos la discrecin de no ahondar lo que pudiera separarles y mantenindose alejados, en lo posible, de la lucha que divida a sus hermanos. La enfermedad alter el carcter de Pilar, y se hizo caprichosa, dscola y regaona; tena antojos estrafalarios, como el que se le ocurri un da, de hacerse llevar por el patio en un carro de mano, que serva de distraccin a Jacintito, el nio de Gregoria, tirando de l su marido, a guisa de caballo; y accesos de mal humor tan violentos, que lleg, una vez, a arrojar por la ventana una taza de manzanilla, porque tena demasiado azcar. En la mesa acribillaba a pelotillas a Pablo Aquiles, que era siempre el pavo de la boda, y se haca servir por l la comida y ponrsela en la boca, impacientndose iracunda por su demora o sus torpezas. Con su hijo tena rachas de vehemente cario, besuquendole con tal mpetu y grosera, que haba que quitarle el angelito de los brazos; o le rechazaba con desvo, mandando que le llevaran muy lejos, para que no la aturdieran sus vagidos. Marido ms complaciente y sufrido que Pablo Aquiles, no se ha visto; no tena voluntad propia, y era manejado por su mujer como obediente maniqu, dndose el espectculo de que l cuidara del nio y le llevara en brazos, haciendo _arrorr_ y pasara junto a la cuna, muchas noches, sin dormir. Pablo esperaba, conforme a lo asegurado por el mdico, que el malestar de su mujer cesara, una vez libre de su cuidado; pero no sucedi as: si el nio trajo la alegra a la casa, no devolvi la salud a la madre. Los meses pasaron y la enfermedad fu acentundose, con caracteres tales, que se cay por fin en la cuenta de que era una tisis incurable. Entretanto, de orden del juez, segn Bernardino, se haban vendido la quinta de Quilmes y la _estancia_ de Cauelas, para pagar no s qu deudas dejadas por don Aquiles y luego, siempre de orden del juez, las tres casas de la ciudad. Los gastos de la testamentara eran tales, que todo de lo que se echara mano, no bastaba para sufragarlos. Las cuentas eran bien claras y ah estaban para que las examinasen: Don Aquiles deba casi, casi ms de lo que tena; luego, la baja de la propiedad raz, el mal estado de los campos, los honorarios de ahogados y procuradores, que sumaban un dineral, y ms que esto y ms que todo, el incidente del hijo natural. Si l sabe a tiempo la cosa, aquello se hubiera arreglado fcilmente, tapando la boca a la Pepa con un buen rollo de billetes; pero, arrojarla violentamente a la calle, al da siguiente de muerto el amo, vamos, haba sido no mediana torpeza; es cierto que el juez haba declarado no tener derecho a la sucesin y rechazado de plano la demanda; pero, cunto trabajo y cuntas desazones y cunto tiempo haba costado! Luego, la Pepa no se daba por vencida, y apelara, y mientras vena el fallo definitivo, cunto tiempo ms perdido! Era preciso, pues, quitar este obstculo, dar algo a aquella mujer para que desistiera de la apelacin, muy poco, una bicoca. Y bicoca fu, que se vendieron las cdulas del Banco y aun lleg a retirarse cierto depsito de reserva. Pablo Aquiles dejaba hacer y Gregoria lo aprobaba todo, diciendo que ms vala quedarse sin nada, que enredados en pleitos y debiendo a cada santo una vela; pero Casilda no se conformaba con lo que ella llamaba despojo y decidi dar el campanazo, antes de quedarse en la calle. Francamente, las cosas haban llegado a un extremo tal, que se necesitaba estar ciego para no ver en lo que iban a parar. Esteven marchaba derecho a su objeto, imperturbable; despertada su codicia con el manejo de intereses, cuya tercera parte le corresponda, parecile poco esto y quiso apoderarse de todo: muchas noches pas en vela, con la visin de aquella fortuna que tena en sus manos, y que estaba obligado a repartir; tonto sera l si desperdiciaba la ocasin de enriquecerse, de realizar su sueo dorado, tan a poca costa. Hbilmente traz su plan, contando con la debilidad de Pablo Aquiles y la pasividad de Casilda, y si no con la complicidad, por lo menos con la aquiescencia absoluta de su mujer; el resultado fu excelente. Con pretextos siempre plausibles, que l fundaba en elocuentes prrafos, porque posea el pico de oro de los sinvergenzas para engaar a los incautos, iba desmenuzando la herencia y recogiendo glotonamente los pedazos en su bolsa, cuya boca no se cerraba sino para volverse a abrir y devorar con ms apetito que antes. Las casas desaparecieron as, se evaporaron como tocadas por varita mgica, y lo propio aconteci con la quinta en Quilmes; respet la _estancia_ cierto tiempo, pero ya en la pendiente, no haba ms que rodar al fondo: la _estancia_ se vendi y luego lo que pudo o mejor dicho lo que quiso, porque nadie le pona cortapisas. Era un vampiro, siempre insaciable. Quera resarcirse ampliamente de su pasada miseria, abasteciendo su granero, de modo que no le faltara trigo si el mal tiempo llegaba. Pero haba un ojo que segua sus maniobras, alguien que adivinaba sus cbalas: Casilda. Resuelta a hablar, y a hablar fuerte, una tarde que se hallaban todos reunidos en la habitacin de Pilar, rodeando el silln en que descansaba la enferma, abord el tema de la testamentara, quejndose de sus demoras y de aquella furia de vender que les haba entrado; lanz dos o tres saetazos dirigidos a Esteven con tanto acierto, que salt el hombre descompuesto y con muy malos modos dijo que l no haca sino lo que mandaba el juez, y que la culpa se la tena l en haberse hecho cargo de tamao lo. --Claro est--apoy Gregoria,--slo que a esta cabeza dura nadie la convence que para hacer las particiones, hay que vender... Casilda, con mucha calma, pregunt: --Me quiere decir mi seor cuado, qu se ha hecho del producto de las ventas? --Pues... el juez se lo dir a usted y los acreedores de la testamentara. Levant la voz, gritando que aquello ya le aburra, que tales preguntas denotaban desconfianza, que ah estaban las firmas de todos autorizando la venta de las propiedades, ejecutada de orden del juez; en suma, que si tena tanto apuro en recibir su parte, la comunicaba que esto no poda ser, hasta que no se vendiera la casa en que vivan. --Tambin sta!--exclam Casilda. --Pues la compra usted, si la tiene tanto apego. --Es que no podr, porque no ha de dejarme usted lo suficiente! S, se lo deca cara a cara, bien claro para que lo entendiera; ella no saba jota de cdigos ni de la prctica de tribunales: se daba por convencida de que haba que vender todo, todo, aunque esto le pareca un despropsito que no poda mandar la ley, pero no de un modo irrisorio, a bajo precio; se daba por convencida que haba mucho que pagar y era forzoso sacar el dinero de alguna parte, mas, por qu se eternizaba un asunto tan sencillo? qu deudas eran sas? qu cuentas eran sas? All no haba ms cuentas que las del Gran Capitn y una persona sin conciencia, que quera enriquecerse a costa de los herederos. --Esto no lo puedo yo tolerar--exclam Bernardino, fuera de s. Gregoria se dirigi a su hermana, increpndola; Pablo Aquiles, que serva una taza de tisana a la enferma y no haba querido hasta entonces tomar parte en la disputa, se vi precisado a intervenir, porque la cosa tomaba mal aspecto. Los improperios se cruzaban de parte a parte, y entre las voces enardecidas, oase la de Casilda, que chillaba: --S, seor, lo dicho, dicho! Pilar se cubri la cara con su pauelo. --Mala lengua!--deca Gregoria. --Quin haba de creer esto de usted?--exclamaba con dramtico acento Esteven. --Esto es una vergenza--deca Pablo. Y entonces, dominando el tumulto, se alz de nuevo la voz de Casilda, para arrojar a la cara de su cuado esta palabra: --Ladrn! Si a Pilar no se le ocurre desmayarse, se pegan. --Hay que salir de aqu--grit Bernardino, como un energmeno. --Ya deba haberlo usted hecho--contest Casilda. Gregoria, demudada, metiendo las manos por los ojos de la hermana, exclam: --Nos iremos, s, y no hemos de vernos jams, jams y jams! A los pocos das, Esteven y su familia se mudaban; Casilda vi a su hermana guardar alhajas que haban pertenecido a su madre, cubiertos de plata y muchos objetos de uso de la familia y llevarse muebles, suficientes para llenar tres carros hasta el tope, pero no chist. Desde el da de la disputa no se hablaban, mirndose entre ojos, como enemigas a muerte, y cuando sali Gregoria de la casa, la cabeza muy levantada, ni se despidi de ella ni de Pablo Aquiles, a quien llamaba mandria, echndole la culpa de todo. --Si es la que mat a nuestro padre, qu entraas ha de tener?--dijo Casilda llorando. Triste qued el casern, despus del rompimiento. Pilar empeor, sacudidos sus nervios por tanto suceso desagradable, herida en el corazn por el desvo de su hermano, que as la abandonaba en sus ltimos das; en cuanto a Casilda, bondadosa siempre, lament el cisma de la familia, que ella misma provocara, aunque sin quererlo. Qu culpa tena ella, si Esteven era un mal hombre y la puso en el disparadero de decirle cuatro verdades? Pero Gregoria, su hermana mayor, criada y educada a su lado, copartcipe siempre de sus penas y placeres... era posible que pudiera conducirse as? Casilda no poda consolarse. Tuvo al principio la idea de buscar un abogado y presentarse al juez demandando a Esteven, y aun lleg a hablar de esto a Pablo Aquiles, que no saba ni lo que haca ni lo que le pasaba, pero desisti, temerosa del escndalo y entristecida con lo ocurrido. Est bien; que se llevaran todo, que dilapidaran la herencia o la guardaran para s, en detrimento de ella misma y de su hermano, pero que no le hablaran ms del asunto, porque le daba dolor y vergenza. Habale entrado un descorazonamiento tal, que no sala, llorando a solas en su cuarto, cuando el cuidado de la enferma no la ocupaba. Pilar muri un mes ms tarde; su vida se apag dulcemente en brazos de Pablo y de Casilda, despus de besar al pequeo Aquiles, o Quilito, como ella le deca. Ni Bernardino ni Gregoria asistieron a sus ltimos momentos, aunque se les mand recado de su gravedad; ni se mostraron en el entierro ni en los funerales, probando con esta actitud su propsito de no verse ms, de romper para siempre toda relacin. Golpes fueron stos, que acabaron de anonadar a Pablo Aquiles. Un abogado vino a verle un da, de parte de Esteven, para que firmara ciertos documentos que eran indispensables para la terminacin de la testamentara, y l firm y firm tambin Casilda, al pie del nombre de Gregoria, estampado el suyo con segura mano; deseosos ambos de concluir de una vez, sin protesta, porque no tenan ya fuerza para seguir la lucha. Cuando aparecieron en la ruinosa fachada de la casa paterna los cartelones anunciando, en letra muy gorda, la subasta, Pablo Aquiles y Casilda comprendieron que haba que marcharse; buscaron una casa pequea y modesta, recogieron lo poco que quiso dejarles Gregoria, y salieron ambos del hogar de sus padres, como tristes desterrados. La visita de Bernardino Esteven es digna de ser contada. Se present en la nueva casa correctamente vestido de negro, serio y grave, con un rollo de papeles en la mano; Casilda no quera recibirle, pero Pablo, ms conciliador, le hizo pasar a la sala y all, inclinndose con afectacin de acadmico, declar que iba a rendir cuentas del albaceazgo y a entregar lo que en la particin haba correspondido a los herederos, despus de pagar deudas y honorarios, para lo cual haba habido necesidad de vender las propiedades, como lo saban muy bien. Hablaba con voz campanuda, muy despacio, sin mirar a Pablo Aquiles, mudo delante de l. Vino Casilda, y con aire digno se sent, sin saludar a su cuado. Entonces desenroll ste el paquete que traa y puso delante de los ojos de ambos muchos garabatos y nmeros, que l descifraba con negligencia; luego sac de su cartera un mazo de billetes, que cont: veinte mil pesos, diez mil para cada uno y diez mil que haba recibido Gregoria; l, a pesar de sus trabajos en la testamentara, del derecho que le asignaba la ley, renunciaba generosamente al cobro de sus haberes. Queran conservar las cuentas para examinarlas despacio? Maquinalmente, Pablo Aquiles y Casilda dijeron con la cabeza que no. Firmado el correspondiente recibo, Esteven recogi sus papeles y sin aadir palabra, sali como haba entrado. Quin reconocera en aquel personaje tan finchado, al tenedorcillo de libros de marras? --Te convences ahora?--dijo Casilda mirando tristemente los billetes dejados sobre la consola. Pablo Aquiles baj la cabeza y suspir. Y l, que nunca haba servido para nada, se vi obligado a buscar un empleo fcil, para ayuda de gastos. Qu disgustos pas antes de lograrlo! Con su pequeo sueldo y la escasa renta que les haban dejado, no le faltara pan a su hijo. En medio de todas sus desdichas, slo le qued una ilusin y una esperanza: Quilito. Tales son los antecedentes que he conseguido reunir, acerca de las familias de Vargas y Esteven. III Agapo no era, as como as, un tipo cualquiera, sino, un _atorrante_ de raza, que haba seguido la carrera por sus pasos contados, y conquistado el ttulo a fuerza de contraccin y desvelo, favorecido, es verdad, por su vocacin a tan honroso oficio y sus excepcionales facultades. Matriculado, cuando nio, en una banda de pilluelos de barrio, sin el freno de la autoridad paterna, porque no tena padres y no haca caso de sus hermanos, libre como un pjaro y celoso de su independencia; con el sucio pantaln doblado sobre la rodilla y la camisa desteida asomando por los fondillos, un sombrero agujereado sobre la rubia cabeza, recorra las calles de su parroquia, entretenido en jugar a los cobres en la acera, darse de mojicones con los compaeros y decir desvergenzas a las seoras; no haba bautizo en que l no tomara parte, esperando a la comitiva en el atrio de la iglesia para llamar _pelao_ al padrino, ni escndalo callejero en que no estuviera, como espectador de primera fila. Parecile muy pronto estrecho el campo de sus operaciones y extendi su radio hasta el _Bajo_; all entre las _toscas_ y bajo los sauces, se daban batallas a pedradas y rara era la vez que no sacaba alguno de la banda soberbia magulladura. Como el dinero escaseaba en casa y cada vez que se presentaba Agapo, era recibido con una leccin de solfeo, no se atreva l a ir y pasaba los das vagando, comiendo naranjas o un pedazo de pan duro, mojado en el cocido de alguna lavandera caritativa; a veces, por ganar algo, haca _changas_ en el muelle, llevando la maleta de algn viajero o venda peridicos y fsforos, pero, decididamente, no serva l para el trabajo; un da le llevaron a la comisara por desorden, y ya aprendi el camino, de tal modo, que rara era la noche que no dorma en duro banco, en compaa de borrachos y ladrones. Se familiariz con su jerga, adquiri amistades vergonzosas, aprendi a beber y a jugar, pero no cay nunca en el vicio del robo; en medio de la crpula, supo mantenerse honrado, porque l no era malo, sino haragn. Sus largas ausencias no preocupaban a nadie; eran eclipses parciales, en que desapareca por encanto y reapareca por milagro, ms sucio, ms andrajoso y ms hambriento que antes. El cambio de fortuna de sus hermanos, no vari su situacin; le reciban ellos de tan mala manera, le llamaban con motes tan injuriosos, que Agapo evitaba verles; y luego, para qu? para recibir consejos, en vez de cuartos. Que abandonara esa vida de vagancia, que se hiciera hombre de provecho, que trabajara... Trabajar Agapo! si apenas poda llevar su alma a cuestas! sus brazos colgaban lnguidos de los hombros, sus piernas se negaban a sostenerle mucho rato y hasta su pensamiento era tardo y perezoso, como obrero holgazn que ama el descanso. Su delicia era tenderse al sol sobre un banco, o bajo un sauce en la ribera, segn la estacin, y dormir a pierna suelta, sin cuidados, con un sueo de ngel o de nio; y tambin, sentarse en un portal de calle muy concurrida y ver pasar la gente afanosa tras el pan de cada da, mientras l, libre de preocupaciones, sonrea filosficamente. Trabajar Agapo! si no vale la pena! mucho sudar, mucho sufrir; el hombre, como bestia de carga, dando vueltas, de sol a sol, a la rueda de la fortuna, para recibir el esquinazo, en premio de sus fatigas! ms vale estarse con el pico abierto, para que en l caiga el man del cielo, y manos quietas; dejar que los dems cuiden del rbol y comer nosotros su fruto sazonado. Hasta Agapo no haban llegado an esas ideas de socialismo, anarquismo y nihilismo que corren por ah, haciendo temblar las carnes de todo el que tiene algo que perder, pero l posea su credo, que era ste: vivir a costa del prjimo, pedir al vecino lo que falte en casa y no trabajar sino en provecho propio, dando quehacer a las mandbulas; que, al fin y al cabo, todos somos iguales: el estmago del rico, no se diferencia del pobre, y no es justo que mientras aqul engulle y se regala, sean para ste todos los das de cuaresma. Por lo dems, estaba l orgulloso de su categora de atorrante: no tena casa y no pagaba alquileres; no tena criados y no le robaban y vendan; no tena suegra, ni mujer, ni hijos, que le quemaran la sangre; ni negocios, que le preocuparan; ni amigos, que le engaaran; sobre l no pesaban impuestos ni carga alguna. Se consideraba feliz, y lo era en efecto: no ambicionaba nada y nada tema del da siguiente; envuelto en sus guiapos, paseaba por los sitios pblicos y gozaba del sol, como el que iba arrastrado en carretela; dorma donde le coga el sueo, tan ricamente como sobre un colchn de plumas; coma cuando tena hambre y no le faltaban buenos platos de casa grande, y en lo tocante a vicios menudos, llevaba en el bolsillo de su rada chaqueta provisin abundante de colillas de cigarro. Era gran maestro en el arte de _pechar_ o dar sablazos, y lo haca con tal comedimiento, que pocas veces quedaba desairado. El alud de las revoluciones pas sobre l y le arrastr como hoja seca, pero, restablecida la calma, apareca Agapo, de nuevo, sobre la superficie, como cuerpo boyante; sus peregrinaciones, ya voluntarias, ya forzadas, le llevaron por toda la Repblica y aun fuera de ella, pero su cuartel general era Buenos Aires, y a la capital volva, como bestia extraviada a la querencia. Frisaba en los cuarenta aos y pareca tener sesenta, con su barba gris de patriarca, la melena casi blanca y las arrugas de su frente de pensador: dirase un hombre combatido por las adversidades, un invlido del trabajo, un paria de la suerte, todo menos el prototipo del holgazn. Era digno, a su manera. Aunque no pudiera tachrsele de delito alguno, porque no era ladrn, ni capaz de hacer mal a nadie, ocultaba su apellido y pocos eran los que saban que perteneca a la opulenta familia de Esteven. No quera l que se supiera el cercano parentesco de Agapo el atorrante con el rico bolsista don Bernardino, por vergenza de su propia situacin; conservaba hondo rencor contra su hermano, a quien acusaba de haberle abandonado y hasta empujado al vicio para librarse de l, y no le socorra como debiera, ahora que era dueo de cuantiosa fortuna. Sabedor de los enredos de la testamentara de Vargas, y del profundo cisma de ambas familias, sola l decir con maligna intencin, en el seno de la confianza, que quin sabe cul de los dos, si el millonario don Bernardino o Agapo el atorrante, mantena ms honrado el apellido. A casa de los Esteven iba contadas veces. Le impona tanta magnificencia: la escalera toda de mrmol, con dos leonazos melenudos al pie, a derecha e izquierda, las fauces abiertas, como si quisieran tragarse al incauto visitante; en el primer descanso, plantas exticas; arriba, una vidriera de colores, y cuando la puerta se abra, vease lujoso recibimiento, con estatuas y cuadros. No conoca Agapo lo dems, porque nunca le haban dejado pasar de all, pues poda manchar las alfombras con sus patas embarradas o ensuciar la seda de los muebles con sus ropas grasientas; se sentaba humildemente en la escalera, despus de tocar el timbre. El criado sala, le miraba de pies a cabeza y desapareca, cerrando la puerta. Pasaba largo rato; se oa el manoteo del piano en la sala; Agapo pensaba que seran sus sobrinas, Susana y Angela. La puerta volva a abrirse y el criado entregaba un billete al atorrante, con este recado: --Dice el seor que no venga usted con tanta frecuencia. --Si no he vuelto desde el mes pasado... pero diga usted al seor que no le incomodar ms. Y se iba, colrico, jurando no volver... y volva, reflexionando que era fuerte cosa que mientras su familia estaba _podrida en plata_, no tuviera l ni para cigarros. En estas visitas sola ver, por la puerta entreabierta del recibimiento, a su cuada Gregoria, con su aire orgulloso y muy compuesta siempre, a pesar de sus canas y su obesidad; un da tropez en la escalera con Jacintito, que bajaba los escalones de dos en dos, silbando, de habano y bastn, y no le mir, porque le chocaba mucho este mequetrefe, que jugaba en la Bolsa y tiraba el dinero, que no saba ganar. Mostrbase, s, muy satisfecho cuando lograba ver a las dos muchachas, tan lindas y frescas como dos pimpollos; ellas pasaban a su lado, plegando las faldas vaporosas de miedo de mancharlas y haciendo un gestito de desagrado con la boca encantadora. En cuanto a su hermano, nunca le vi y si llegaba a columbrarle en la calle, escabullase avergonzado. Pero donde l iba con gusto, era a casa de los Vargas, calle Moreno, si no todos los das, porque era l muy comedido, por lo menos tres veces en la semana. Pampa le reciba poco menos que a escobazos, dicindole que la seora no estaba, que se marchara, pues no haba nada para l. --Esperar, muchacha; no tengo prisa. Y se sentaba en el umbral de la puerta del comedor, viendo barrer el patio a la india, admirando la limpieza y el orden que all reinaban, mucho ms agradables que el lujo y la farsa de Esteven; el pequeo jardn daba gloria verle, tan verdecito y tan cuidado. --Hola! ya ests aqu--deca en esto la voz simptica de misia Casilda. Y apareca la seora con un plumero en la mano, muy sofocada por el trajn de la casa, amable y sonriente. Agapo se descubra, como ante una imagen, y entraba en el comedor y se sentaba, s, seor, se sentaba en una silla de rejilla, porque all no teman que lo manchara todo con su contacto; en la alacena no faltaba el trozo de carne fra guardado para l, o el platito de arroz con leche o el resto de _carbonada_, que la seora calentaba por sus manos en la maquinilla de alcohol. Y luego, era una de charlar de todo, al comps de la escoba de Pampa... Al da siguiente de aquella noche del 25 de Mayo, en que don Pablo Aquiles vi cosas que le suspendieron y preocuparon hasta el punto de interrumpir su paseo de digestin, Agapo se present en la casa, pasadas las doce, siendo recibido con el ceremonial de estilo. --Seora no estando--dijo Pampa cerrndole el paso y esgrimiendo el domstico cetro. --Y el _patrn_? --En el Ministerio. --Y el nio? --En la Bolsa. --Esperar! --Djale pasar--dijo misia Casilda desde adentro. El atorrante entr en el comedor; iba menos rotoso y sucio que de costumbre, porque para esta visita hacase esmerada _toilette_, en lo que cabe. --Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?--exclam Agapo, sentndose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrienta mirada a la alacena. La seora tena dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con su semblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia. --Tengo un dolor de cabeza...--dijo ella, llevando una mano a la frente. Fu a la alacena, sac un plato en que se vean restos de los hojaldres desdeados por el nio la noche antes, y lo puso delante de Agapo, quien, dejando finezas a un lado, empez a devorar glotonamente. --No ests borracho?--pregunt la seora, mirndole a la cara. --Oh! no--protest el atorrante. --Pablo Aquiles te encontr ayer en un estado deplorable. --Era da de la patria... y haba que festejarlo. --Jess! qu vicio ms feo! mira, si se te ocurre presentarte aqu de esa manera, te har dar cuatro escobazos por Pampa y llamar al vigilante. Agapo segua comiendo, sin hacer mayor caso de la amenaza. Cuando qued el plato limpio, cual si lo hubieran lamido los perros, se pas la mano por la boca, restreg los dedos sobre el pantaln, y mirando con ojos tiernos a la seora, sentada al otro extremo de la mesa, exclam: --Ay, seora! yo merezco ms lstima que castigo! A buen corazn no me gana nadie, y si no fuera la fatalidad y mi hermano... --Eso s--salt misia Casilda,--siempre he dicho yo que eres lo mejorcito de esa familia; slo que te di por no querer trabajar... y ah tienes! Agapo se encogi de hombros. No, seor, no era por eso; l quera trabajar, pero no encontraba en qu: busc un empleo mucho tiempo y no quisieron drsele y ahora andaba tras de una concesioncita de ferrocarril, sin resultado; haba visitado a senadores y diputados y hasta a cierto ministro, que tena fama de dejarse untar la mano... --Pero, qu van a darte con esa facha?--dijo riendo la seora. Ah est; si l fuera vestido, de levita, y hablara en extranjero o siquiera en provinciano, lo conseguira al momento, sin ms capital que mucha labia y poca vergenza. Negocio ms lucrativo no se ha visto: le dan a usted la concesin, usted la vende al momento y se hace rico, o poco menos. Y el ferrocarril se construye o no; generalmente, no se construye... Cuntas cosas podra hacer valindose de la influencia de su hermano! Hoy, para medrar, no hay ms que meterse con el Gobierno... o en la Bolsa: un compaero suyo, que dorma en los bancos de las plazas y en los caos abandonados, se haba metido no se sabe cmo en un negocin de tierras, y se gan lo que quiso, convirtindose en un personaje que arrastra coche... --Aqu tenemos lo de Quilito--observ misia Casilda,--esas fortunas improvisadas me hacen a m el efecto de casa sin cimientos; deja que sople el aire y vers dnde van a parar. Mejor sera que tuvieran ms cabeza, pues esto se va poniendo muy malo: esta maana el casero nos mand aviso que para el mes que viene subir el alquiler, y siempre con el mismo pretextito: el oro; qu culpa tenemos nosotros de que se vaya a las nubes? --Y lo que vendr!--dijo Agapo en tono proftico, acariciando sus barbazas. --Tengo un dolor de cabeza...--volvi a decir misia Casilda. --Algn disgusto, no es verdad? --S, ese atolondrado de Quilito tiene la culpa. La noche antes haba llegado don Pablo Aquiles de mal talante, porque se encontr al nio en la puerta de Coln, detrs de las de Esteven, lo que vino a corroborar sus sospechas de que _festejaba_ a una de ellas; ya se lo haban dicho no s en qu parte, y la idea de que fuese cierto y que los otros pudieran creer que ellos autorizaban semejante cosa, les tena disgustadsimos. Decidieron sondar al muchacho, y cuando baj a almorzar, le espetaron la preguntita. Crees t que neg? qu esperanzas! es muy deslavado y tiene una manera de contestar al padre... Que s, que Susana le gusta mucho, y que si puede que ya lo creo que se casar con ella, pero que _todava_, no hay nada serio... Todava! vaya un consuelo! Entonces, yo tom la cosa por mi cuenta y le dije las del barquero. Eso es, muy bien; le pareca decente poner los ojos en una nia, cuya familia era enemiga mortal de la suya propia? no haba en Buenos Aires ninguna otra ms que ella, tan buena o mejor? no tema que la gente esa dijera que iba por su dinero y que su padre y su ta estaban mezclados en el negocio? Y luego, qu significaba eso de casarse un mocoso, que no sabe dnde tiene las narices? con qu contaba para el casorio? tena siquiera su carrera concluda? Estos muchachos de ahora son de una impavidez extraordinaria; todo se lo llevan por delante, y creen a pies juntillos en la engaifa aquella de querer es poder; as, no son pocos los desengaos. En fin, que me despach a mi gusto, y como golpe final, le hice esta pregunta: Pero, has hablado con la nia.--No.--Y entonces?--Ella me mira, y con esto basta.--Inocente! te fas de los ojos, cuando las promesas de la lengua no se cumplen! si todas las mujeres bonitas miran y remiran, porque buscan el homenaje de los hombres y quieren ver el efecto que su hermosura, su tocado o sus alhajas producen. Entonces l, retorciendo su bigotillo, dijo con petulancia:--Hay modos de mirar, ta... y yo me entiendo.--Habrse visto botarate? Un chico que no levanta media vara del suelo! Quedaba el gran argumento y se lo largu: Mira, Quilito, que se te quiten tales disparates de la cabeza: el seor don Bernardino Esteven nunca consentir en ese casamiento. Lo aplast. Pero l se irgui, y en tono de amargo reproche, replic:--Ser muy desgraciado entonces, pero la causa de mi desgracia sern ustedes, con su terquedad ridcula y su odio injustificado.--Qu te parece? mira que Pablo Aquiles tiene una paciencia de santo, pero al or aquello no se pudo contener, y eso que le aguanta cosas al muchacho, que parece mentira. Total, que Quilito subi a su cuarto muy enfadado, Pablo se fu a la oficina de mal humor, y yo qued con jaqueca. Qu muchacho, Seor! --Eso me lo saba yo de corrido--dijo Agapo,--las veces que le he visto en la calle Florida detrs de ella! y una tarde, al salir de casa de mi seor hermano, tropec en la acera con Quilito, y cuando doblaba la esquina vi a Susana en el balcn... Que ellos se entienden, no hay duda. --Si esto es una fatalidad--exclam misia Casilda, va a ser un semillero de disgustos para nosotros. Lo que Agapo no se atreva a decir, es que l era el protector de aquellos amores contrariados, el correo de gabinete entre los dos trtolos; su buen corazn no haba podido resistir al ruego de Quilito... y a la propina de dos pesos por carta, enternecido ante la desgracia que separaba a sus sobrinos ms simpticos y que ms quera. Esto le obligaba a ir con alguna ms frecuencia a casa de don Bernardino, y a valerse de estratagemas para comunicar con la muchacha; pero todo lo haca con gusto... y con provecho. Seguramente que si misia Casilda sabe que en la ocasin en que ella tanto se lamentaba de la ocurrencia, era portador Agapo de una carta traidora, que haba de encender ms la hoguera sobre la cual ella, por amor propio y amor de su sobrino, trataba de echar el agua fra de la reflexin, no hubiera sido flojo el escndalo. Pero l se guardaba bien de descubrirse... si no, adis platitos de arroz con leche! la escoba de Pampa y el vigilante... El sol entraba en el comedor, tan alegre, que pareca de primavera; a su grato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, expona su vientre de terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su pas, con acompaamiento de platos y cacerolas. --Est Quilito?--pregunt Agapo tmidamente. --Debe estar en su cuarto--contest la seora. Haba subido ms enfurruado! dando portazos y diciendo que iba a hacer y acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se le poda perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija de Gregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jams dirigido la palabra, como que le dej en mantillas... y hasta la fecha. Pero l no entenda de razones. Era un muchacha que no tena pies ni cabeza. --Sabes a qu hora lleg anoche?... hoy, mejor dicho: a las tres y treinta y cinco! Haca muy poco que haban dado las tres y media, cuando ella, metida entre sbanas, oy abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, y pasos apagados en el patio: era el nio que entraba. A las tres y treinta y cinco de la maana! --Si todos hacen lo mismo, seora--se atrevi a decir Agapo. --Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lo mismo, no s qu juventud es la de ahora; siquiera estuvieran de visita en casas honestas! pero, no, seor, no tienen sociedad ninguna; que se pongan en rueda de seoras y no hay quien les saque una palabra del cuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando le reprendo, me contesta que l no est para perder su tiempo con vejestorios. Lo que a aquel chiquillo haca falta, era un padre como don Aquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el ltigo es un remedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indcil ni descarriado. --Ms se consigue con el cario, que con los azotes--dijo Agapo acordndose de los sopapos y tundas de su niez. --Pues ste no echar de menos los mimos... Se oy sonar la escalera del patinillo. --Aqu le tenemos--murmur misia Casilda ponindose muy seria. Quilito entr, con un cigarro en la boca. --Hola! tanto bueno por ac! Tirle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera de nquel, le desliz hbilmente en el odo esta pregunta: --Hay algo? El atorrante dijo que s, moviendo la cabeza, muy risueo, a la vez que se apresuraba a desocupar la cigarrera. --Vienes, Agapo?--dijo el joven.--Me voy a la Bolsa y tengo prisa. Y mientras el otro se levantaba, la seora, silenciosa hasta entonces, llam aparte a Quilito; en un rincn, pasando la mano por el cuello de su gabn para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijo bajito que no le pareca bien saliera en compaa de aquel hombre; qu diran los que le vieran? --No es mi to?--dijo l con afectada seriedad. Eso, felizmente, nadie lo saba; bueno era protegerle en su desgracia, pero no mostrarse con l. --Si no voy a ir por la calle Florida, tita Silda, es para darle algo... y no quiero hacerlo delante de usted por no avergonzarle... En la esquina le despacho. --Eso es otra cosa. Y levantando la voz, aadi: --Que les vaya bien! Salieron ambos, y ya en la acera, a pocos pasos de la puerta, el joven, ansiosamente, pidi la carta, que le entreg Agapo con precaucin, contando las fatigas que le haba costado conseguirla. El criado de Esteven era muy bruto, y se permita ofrecerle puntapis cada vez que le vea; luego, como misia Gregoria estaba con frecuencia en la pieza que da al recibimiento, no era posible hablar a Susana, sin que ella lo _pispara_. Generalmente, la muchacha abra la puerta de la sala y por la rendija echaba la carta; pero aquel da hasta este recurso falt, porque estando sin cerrar la vidriera de colores, a causa de la limpieza, del recibimiento se vea todo lo que pasaba en la escalera; hubo que esperar la hora de Palermo. Al salir ellas al paseo, recogi en el zagun la carta de manos de la santita, en las mismas narices de la oronda misia Gregoria y de Angela, sin que ninguna se enterara. Qu tal? Quilito no le escuchaba: haba rasgado el sobre y lea; con el afn de un sediento ante un vaso de agua, saboreaba la miel de la fraseologa de su prima, temblndole las manos de emocin. --Ca... ramba!--exclam echando un terno,--maldita suerte la ma! he de estar condenado a vivir siempre separado de ella? Con gesto de mal humor, di los dos pesos de la ta a Agapo, recomendndole que no fuera a emborracharse, y all mismo le dej plantado, siguiendo la calle de Moreno a buen paso. La verdad es que tena por qu quejarse de su estrella. El abismo que separaba a las dos familias era tan hondo, que no haba medio de salvarle: en la escena del almuerzo pudo comprobarlo; no, ni su padre, tan condescendiente siempre, ni la bondadosa tita Silda se prestaran jams a una reconciliacin, y por el lado de los otros, ya se lo haba dicho Jacintito con mucha frescura: la ta Goya deca que si se atreva a poner los pies en su casa, le echara de escaleras abajo. Pero, qu culpa tenan Susana y l si hubo o dej de haber en la malhadada testamentara del abuelo? Renunciar a Susana! nunca, aunque en ello se empearan el cielo y la tierra juntos. Se amaban haca tiempo, de lejos, porque las chicas no iban a bailes y no haba medio de hablarse, y se decan muchas cosas con los ojos cuando se vean, que las cartitas traducan luego en perodos almibarados. La fatalidad haba levantado infranqueable barrera entre ellos; pero el joven, caprichoso de suyo y testarudo, con la agravante de _encamotado_, tena hecho el juramento de vencer todos los obstculos, y conseguir la mano de la muchacha: tem ms, la reconciliacin de las dos familias. Qu final de melodrama ms hermoso; una boda y pelillos a la mar, o canje de abrazos fraternales entre los que han andado durante toda la obra tirndose los trastos a la cabeza! Por eso quera hacerse rico de prisa, para tener algo que ofrecer a la novia y con qu amansar a los padres: la lotera, la Bolsa y la timba de clubs y cafs, todo lo pona a contribucin; hasta entonces su estrella segua nublada, pero el gran da llegara... porque forzosamente tena que llegar. Entretanto, a dnde iba? Por la tarde deba encontrarse en Palermo: _ella_ estara. Y aqu cumple confesar otro de los inconvenientes en que el pobre muchacho tropezaba, un sntoma ms de la vida artificial, que su mala educacin y las pretendidas exigencias sociales le obligaban a llevar. Para ir a Palermo, se necesita coche de lujo y para hacer la corte a una muchacha _high-life_ concurrir a teatros y a bailes; Quilito era pobre, pero l iba en coche de lujo y se mostraba en palco todas las noches. Cmo haca semejante milagro? Digamos la verdad: a costa de sus amigos ricos; era un gorrn y nada ms, dicho sea sin ofenderle. Pegajoso con aquellos de quienes poda sacar algo, saba llegar a la casa en el momento en que iban a sentarse a la mesa, cansado de los guisotes de Catalina y los platos criollos de la ta Silda; cuando iban al teatro, cuando iban al paseo: era un lebrel a caza de invitaciones. En todas partes estaba, y siempre de _arriba_. As poda darse ese barniz de rico, que engaaba a los ms y haca sonreir desdeosamente a los _paganos_ y sabedores del secreto, pero que bastaba para la satisfaccin de sus gustos y de sus propsitos, desde que la suerte le haba colocado en posicin inferior a la que l tena derecho a ocupar, y la sociedad, no su presuncin, le exiga cubrir las apariencias. Ahora pensaba de qu amigo valerse para ir a Palermo. X*** le haba convidado la vspera a comer en el Caf de Pars; Y***[**] le pag el coche y las entradas de las carreras del domingo ltimo; Z*** le llev a su palco de la Opera, el lunes. De dos o tres ms, haba recibido en la semana iguales o parecidos favores. Quedaba Jacinto Esteven. Con Jacintito tena ms confianza: cierto es que la butaca de Coln se la regal l la noche anterior, pero era su primo y no tena nada de particular que ocupara la tarde siguiente su elegante faetn. En definitiva, el chico de Esteven cargaba con los gastos de representacin de Quilito, comodidad muy grande e inapreciable para el que no tiene en su presupuesto partida tan importante y necesaria. Quilito pasaba por el rodrign de su primo Jacinto, y a l acuda siempre aunque, por delicadeza, no dejaba de hacerlo tambin con X***, Y*** Z*** y los dems de su crculo. Vaya por Jacintito, pues. Tena ste un escritorio de comisiones en la calle Piedad, en una casa vieja que pareca iba a derrumbarse de vergenza al ver, a sus lados y a su frente, edificios nuevos y lujosos, y de mostrar su fachada desconchada y sus ventanas del ao 10 en barrio tan concurrido. Era el escritorio una pieza reducidsima, tan obscura, que haba sido necesario abrir una claraboya; las paredes cubiertas de un papel de ramos dorados, que la humedad haba deslustrado y dejaba colgar en jirones; sin ms muebles que dos mesas de patas largas, con sus bancos correspondientes, un sof y cuatro sillas sueltas; una mampara de pino pintado cubra la puerta de calle, y al exterior, a ambos lados de esta puerta, se vean dos planchas de metal, que nunca se limpiaban, con este letrero: _Esteven y C.--Comisionistas_. Adentro, la atmsfera apestaba a cigarro; el polvo blanqueaba los muebles con espesa capa, sobre la cual el dedo de algn desocupado se haba entretenido en hacer dibujos estrafalarios, pues all pareca no haber ms plumero que los faldones de los visitantes y la manga de los escribientes; el suelo, de madera, estaba esmaltado de puchos, salivazos, fsforos servidos y papeles rotos. Cuando Quilito entr, Jacinto en el sof lea un peridico, y encaramado sobre un banco, escriba un joven muy rubio, casi albino, el socio, o la compaa de que hablaba el letrero. Hijo de ingls y nacido, en el pas, seriote, reservado, un erizo a primera vista y un pedazo de pan en el trato diario, sobre l gravitaba todo el peso de la razn social; porque Jacintito no era sino un socio de lujo, que haba aportado gran parte del capital y su apellido conocido, sin dar palotada en lo que tena entre manos, pues l slo entenda de juego y de caballos. Mster Robert llevaba los libros, trataba con los clientes, discuta transacciones; era el poder legislativo y ejecutivo del escritorio. El otro tena slo los honores de pantalla: llegaba despus de las doce, siempre sooliento; oa bostezando la relacin que, por mera frmula, haca el _ingls_, plantado en su alto sitial; recorra los peridicos, mientras venan los amigos... --A cunto el oro?--preguntaba. Quedbase absorto, como un gran financista abismado en sus clculos. --Qu le parece, mster Robert, las cdulas siguen bajando; esta es la ocasin de dar el golpe. El ingls protestaba de estas especulaciones burstiles; a pesar de la angustia que invada poco a poco la plaza, la casa pareca marchar con desembarazo, sabiamente guiada por tan prudente piloto. --La mejor jugada es no jugar--contestaba. No insista porque, al fin y al cabo, Jacinto iba a la Bolsa de su cuenta y riesgo, y tenan adems las espaldas bien guardadas, pues detrs de la razn social estaba la robusta fortuna de don Bernardino. Antes de la una, sala Jacintito para la Bolsa, despus de charlar en el escritorio con los amigos y discutir con mster Robert. Aquella sesin de barbilampios, en que se exponan las ms peregrinas teoras econmicas, con la gravedad de padre de la patria, y se barajaban los millones de pesos como simples naipes, ofreca especial inters; haba empleadillo de tres al cuarto, que hablaba de hacer una operacin de muchos miles, y nio apenas destetado, que deca con arrogancia que el Banco acababa de otorgarle fuerte suma con su sola firma; el hermano de alguien que estaba en el candelero, pellizcndose el bozo incipiente, brindaba su poderosa influencia, y un _rabonero_ recalcitrante, sin ms haber que las ddivas de su pap, se lamentaba de sus prdidas en la ltima liquidacin. Pero el que all predominaba, por su desfachatez y su audacia, era Quilito; como su padre estaba empleado en un Ministerio, y deba conocer al dedillo los secretos polticos, hacase l sabedor de noticias gravsimas, que iban a influir de manera formidable sobre la plaza; ya veran a dnde llegaba el oro! Se lo acababan de decir al salir del Caf de Pars, con el palillo todava entre los dientes. Quin? Un personaje que entra y sale en la _Rosada_, como Pedro por su casa: tal ministro se _apretaba el gorro_, porque el que todo lo puede, se lo haba sumido hasta las orejas. O si no era algo muy feo, descubierto en cierta reparticin, o algo peor atribudo a algn fantoche de las esferas oficiales. Los otros abran tamaa boca. Deba ser cierto, cuando Quilito lo deca. Y si soltaba el trapo a disertar sobre finanzas? tena tales trazas de catedrtico, que nadie chistaba. --Qu noticias traes?--le pregunt Jacinto. --Psh!--hizo Quilito,--lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo. Echse el sombrero a la nuca, y salud con un gesto familiar a mster Robert. --A quien se va a llevar el diablo es a m--dijo Jacintito estrujando con rabia el peridico,--estoy de un humor! maldito sea o senhor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo! --Te ha echado otra vez la garra? --Cmo no? pero la culpa es ma. No le cost poco arrancarle al _viejo_ los cinco mil nacionales, que deba al pcaro portugus! Si uno pudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa... Jug a la alza, cuando sta se mostraba firme, y de repente la baja se pronunci, sin saber cmo ni por qu, arrastrando en su cada a muchos incautos, l entre ellos; qued deudor de cierta suma, a pagar dentro de las veinticuatro horas, no se atrevi a acudir al padre, esperando resarcirse en otra jugada, y para salir del paso valise del usurero. Sigui adversa la suerte, y entretanto, lleg el plazo fijado por don Raimundo; no hubo ms remedio que impetrar del viejo la salvacin. Le puso una cara y le ech un sermn de fraile descalzo, pero afloj la _mosca_, que era lo esencial; dile a entender, sin embargo, que aquella sera la ltima vez, pues la borrasca se acercaba, y segn indicios, iba a ser muy fuerte y muy pocos los que escaparan de ella. --Chocheces de viejo!--dijo Quilito con suficiencia:--si te cierra la bolsa, acudes al Banco, que es el padre comn de los fieles. --No habr ms remedio... Baj la voz, porque quera contar algo que no convena oyera el socio, inclinado sobre el pupitre. El padre le haba dicho tambin, que vea con sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por la centsima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupcin la madre en el despacho, y adhiri su protesta a la de don Bernardino, significando que haba observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y el primito que le olan a _festejo_ descarado, lo que hizo enfurecer al padre. Sali Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no haba tal delito, que no poda haberlo, porque l, compaero inseparable, y a mucha honra, de su primo, tena que estar enterado, como lo estaba, de que el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la ta Goya, sin dar su brazo a torcer, llam a la barra a la supuesta cmplice, y entre todos se la someti a minucioso interrogatorio. Susana neg de plano, y el juicio qued terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino: --Ni ahora ni nunca dar mi consentimiento, en el caso desgraciado que a un hijo mo se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos ha ofendido! --Nunca, nunca!--apoy el fiscal, o sea misia Gregoria. Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugn la sentencia, declarndola improcedente, porque no haba motivo para dictarla, e inicua, porque era la sancin de odios que los aos deban haber apagado. En cuanto a la amistad del primo, demostr el propsito de perseverar en ella... porque no le quitaba a l ningn pedazo, ni le hara perder casamiento, como aseguraba su madre. --Tena los cinco mil en el bolsillo--concluy Jacinto,--y bien poda desahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan. Quilito, muy contrariado, replic: --Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada en casa. Quin ser el inventor de esa _zoncera_? Ni yo miro a tu hermana, ni ella a m. Adems, ninguno de nosotros tiene nada que ver en que ellos anden como el perro y el gato. Cambiando de conversacin, pregunt: --Vas a Palermo? --S, iremos; a las cuatro viene el faetn. --Bueno; ya que te empeas... Abrise la mampara y entr un hombre, que pareca una figura de cromo: muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojos pequeos y penetrantes, con un levitn color de caf y una chistera tornasol; era el muy respetable seor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo, de estado casado, de nacionalidad portugus y de profesin usurero, el ngel protector de empleados impagos y pensionistas atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entr haciendo saludos de miope y se sent sin ceremonia en la primera silla que encontr, colocando la chistera sobre sus rodillas, despus de mirar y convencerse que no haba sitio ms apropiado. --Ya est usted aqu, seor don Raimundo--dijo Jacintito. --Hoy estamos a 26 de mayo--contest el viejo secamente. --Lo s, lo s; Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de su almanaque! Sac la cartera y le pag, presentando los billetes con arrogancia; calse las gafas el otro, maravillado de tal espectculo y meti las narices en ellos, menos por causa de su miopa, que por regalarse el olfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; y como quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de sus clientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los odos rellenos de algodn para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudor moroso, quedse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonri, ms de gozo ntimo, que por parecer amable. --Me alegro y me felicito--dijo ensayando nuevo saludo;--esto me prueba que marchamos viento en popa. --Y tanto!--contest Jacinto con petulancia. Quilito, as que vi aparecer al portugus, sinti cierto desasosiego, y para ocultarlo, cogi el peridico que tena cerca y lo coloc delante de su cara, fingiendo estar entregado a la ms interesante lectura; de vez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le pareca tan feo y repulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y se aboc a l, ms muerto que vivo. La punta de la nariz se le mova entonces, como ahora, y mostraba tambin sus dientes mellados y los colmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas que podan servirle de fiador. --S, Vargas, Vargas--deca mascullando las palabras,--empleado con ochenta nacionales... esto no basta. No tiene usted un pariente o amigo de representacin?... Y Quilito ech mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su to, don Bernardino Esteven. --Eso es otra cosa--exclam el usurero;--conozco mucho al seor Esteven; cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida. --Espero que no hablar usted a mi to, ni a nadie, de este asunto. --Slo a plazo vencido y letra protestada--contest don Raimundo levantando un dedo, lo que al muchacho se le antoj terrible signo de amenaza. Todava el plazo no haba vencido, faltaba un mes, pero la suerte le trataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22 de junio, sin un centavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. Le habra conocido? Era tan corto de vista... Inquieto, sin embargo, se levant y fu a hablar con mster Robert, procurando dar la espalda; ambos se enredaron en una discusin poltica de tono muy subido. --Si aqu no hay opinin, ni energa, ni principios, ni nada, ni quien se levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre, como a Digenes, mster Robert. --Lo que hace falta es no vivir al da, y gastar menos de lo que se tiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar el porvenir al trabajo honrado y no al azar del juego. --Dirase que es usted _situacionista_. --No lo fu nunca y menos lo sera ahora. --Pero no me negar usted que aqu todo se vuelve hablar y nada entre dos platos. Luego, el ministro de Hacienda... --Si todos fueran como usted!--deca don Raimundo guardando enternecido los billetes en el bolsillo interior de su levitn;--se est poniendo la plaza de tal modo, que no sabe uno ya con quin trata. --Ya tendr usted sus quebraderos de cabeza--insinu Jacinto,--y qu gastar muchas botas y cansar mucho las piernas. --Ay, ay, ay! le citar a usted un caso, uno de los mil que me han ocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***, verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de viso y jugador de mueca, que vino de su provincia _cantando_ y ahora hace bailar los tteres a su antojo... Pues no puede pagarme los veinte mil pesos que me debe y que en un momento de apuro le prest a escaso inters, cralo usted, a muy escaso inters. Y S*** es un hombre que tiene todos los Bancos a su disposicin, pero est de tal modo metido en negocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar a otro. Y si esto sucede con los pjaros gordos, qu no ha de suceder con esos _chingolos_, que la enfermedad de la poca ha contaminado, pichones cados del nido y desplumados? Pero, seor, si aqu todos estamos locos o poco menos; la pasin del juego de Bolsa se ha desarrollado en forma tan alarmante, que hasta mi seora, Belarmina, una excelente mujer que no ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme los botones, ha echado tambin su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me ha preguntado, con mucho inters, si las cdulas tales suban o bajaban. Mi hijo, que tiene ocho aos, me ha declarado que l ser corredor de Bolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga del colegio.--Siquiera tuviera quince aos--dijo la madre.--Por m le habilito la edad--contest;--para ser corredor ms que inteligencia, necesita buenas piernas. En fin, sera el cuento de nunca acabar: el sebo de una fcil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afn del lucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido pie y empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas ser un rechinar de dientes. --As tuviramos buen gobierno--deca Quilito. --Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, cmo hemos de gobernar al pas?--replicaba el ingls descargando golpes con la regla sobre el pupitre;--lo que yo siento, es que aqu vamos a pagar justos por pecadores. En la calle el rumor de vehculos y transeuntes ensordeca; los muchachos pregonaban a grito herido los peridicos de la tarde. --Y su pap de usted?--pregunt don Raimundo bajando la voz,--qu tal le va en medio de esta marejada? Me haban dicho que tuvo prdidas de consideracin el ltimo mes y que dos _quebrados_ le dejaron clavado. --_Macanas!_--respondi Jacintito con desprecio;--el viejo sabe lo que se hace. --Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo. Le miraba a travs de sus gafas con insistencia: el chico deba estar en el secreto de la verdadera situacin de su padre, porque sta no puede ocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguan inconmovibles, por qu le haba buscado a l, don Raimundo? Cuando se acordaba de que existan prestamistas, es que iba a pedir lo que quiz en aquel momento no tena... Sus prdidas recientes en la Bolsa y su visita, sin resultado, porque no le encontr. Don Raimundo ataba estos cabos. Jacintito mir el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa. Aquel era el gran da! Su corredor le esperaba despus de la primera rueda; si la baja se acentuaba, la operacin se realizara con una no despreciable ganancia. No haba de hacer siempre el perdidoso... --Pues vamos all, a ver si logro pescar algunos clientes, que se me escurren como anguilas. Levantse el seor de Melo Portas e Azevedo, cubri su calva con la chistera tornasol y se dirigi a la puerta, despus de saludar a derecha e izquierda. --No vienes?--pregunt a su primo, Jacintito. --Te espero--respondi Quilito sin volverse. Cuando el joven y el prestamista salieron, un sol radiante iluminaba la ciudad; eran las dos y un hacinamiento de carros, carruajes, caballos y transeuntes obstrua la calle y las aceras, con zumbido colosal de colmena entregada al pillaje. El tranva, inmvil, peda con estridente toque de corneta paso franco, mientras un grupo de desocupados rodeaba al caballo de un vehculo, cado en mitad de la va, bajo el peso de su carga y de sus largos servicios; entre el vigilante, el carrero y el mayoral, haba ruda porfa a quin gastaba ms ajos y cebollas, para dejar bien sentado su derecho y su cultura: el vigilante, un chinazo de pera, los ojos atravesados, el kepis sobre la oreja, usando de malos modos y peores palabras; el carrero, un criollo pura sangre, de chambergo ladeado y pauelo al cuello, y el mayoral, un _compadrito_ de melena, dandy echado a perder, contoneando las caderas a comps. Y mientras estos tres oradores de plazuela desfogaban su elocuencia, en medio de las risotadas del auditorio, yaca el triste animal sin movimiento, la noble cabeza cogida bajo las varas del carro, echando en cada resoplido espumarajos sanguinolentos. Pasaban lujosos equipajes, camino de Palermo; en la calle, demasiado estrecha, no haba espacio para todos: al lado de elegante _victoria_, marchaba enorme carromato, cargado de cajones, o de pipas o de sacos, dando tumbos en los baches del empedrado, con espantoso chirriar de ruedas; se encabritaban los caballos, juraban los cocheros, y haba linda cabeza que se asomaba a la portezuela, con inquietud o impaciencia. Por la acera, las gentes andaban de prisa, no como personas que se pasean y a quienes la hora poco importa; cada cual con rumbo fijo, al grano de sus negocios, contando los pasos y los minutos. Y sobre todo aquel rumor de ocano encrespado, resonaba el grito de los vendedores ambulantes y el toque de corneta del tranva, que pareca la llamada pavorosa del juicio final. --Que vengan despus a decirnos que estamos en crisis!--exclam don Raimundo;--mire usted, amigo Esteven, el movimiento y la vida de esta ciudad populosa y rica; todos parecen nadar en la opulencia y llevan cara de satisfaccin. All va la mujer de S***, el fantasmn de quien le hablaba hace poco: fjese en su tren de princesa; entretanto, el marido no paga a nadie. Y as muchas y muchos. Pero de esto no tiene la culpa el pas, cuya prosperidad no puede sufrir eclipse sino momentneo, para volver a brillar con nuevo y poderoso resplandor. La crisis que aqu tenemos, amigo Esteven, es de sentido comn. Sigui filosofando a sus anchas, desatada su lengua y animada su imaginacin por la pesca de los cinco mil. Pas en revista las causas de la crisis y discuti sus efectos, con cifras y con datos, mientras daba a las alas de su nariz aquel movimiento de bomba aspirante, que tanto chocaba a Quilito. Jacinto, tirando nerviosamente de su patillita rala, pensaba que aquel hombre se pona muy fastidioso, cuando tomaba la palabra; contestaba con signos afirmativos a las disquisiciones del portugus, reservando su opinin para no caer en la polmica. Pero el otro no callaba; volvi a la carga sobre aquello de los pjaros gordos, que parecan repletos y sin embargo iban a pedirle un poco de alpiste, bajo secreto de confesin... Jacinto no chist. --O no hay nada, o no sabe nada--se dijo don Raimundo. Entretanto, en el escritorio, Quilito se aburra. Agotada la discusin poltica, mster Robert reanud sus anotaciones en el libro mayor, y el joven fu a sentarse en el sof, donde encendi un cigarro y se puso a leer de nuevo la carta de su prima. Pero esta vez, las palabritas dulces, no le hacan ningn efecto; sin concluirla la guard, y quedse cavilando sobre la relacin de Jacinto, desalentado ante la gravedad de la lucha; l iba a la conquista de la felicidad y de la fortuna, al asalto, al escalamiento, como tanto guerrero intrpido de la poca. Por qu no haba de hacerse rico, por un golpe audaz de la suerte? Entonces, seguramente que don Bernardino no hara ascos a su candidatura, y las diferencias de familia quedaran olvidadas. Miraba a mster Robert y se encoga de hombros con lstima. No, no se vera l en ese espejo. All estaba de la maana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin descanso, sin distraccin, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y as todos los das, todos los das... hasta que la enfermedad le clavase en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte. Entretanto, habra pasado los mejores aos de su vida sin gozarlos, dejando para otros el fruto de lo que l sembrara... Un doctorcito, de estos que apenas salen de las aulas, ya se presentan candidatos a todos los puestos vacantes de importancia, sin ms ttulos que su ttulo y sin ms bagaje cientfico que los atracones, a fin de curso, de textos sin digerir, y as hacen de jueces y diputados, como juegan los nios haciendo de generales y de obispos, entr con mucho sonar de botas nuevas, preguntando dnde estaba Jacintito. --Hace una hora que le busco, porque mi corredor me dice que las acciones siguen bajando y ya es tiempo de largarlas. Deca mi corredor, como dira mi zapatero. Quilito contest: --En la Bolsa le encontrars. Y cuando el otro sala, acompaado del chasquido de sus suelas, le asest esta cuchufleta: --Y qu tal la diputacin? te _nombran_; quiero decir, te eligen, por fin? Rease del flamante doctor, aunque con secreta envidia. Todava no haba alcanzado l la suspirada borla, pero se consolaba, porque l tena tambin _su_ corredor. Pasaba el tiempo. Mster Robert escriba imperturbable, abstrado en su tarea, como si estuviera solo. Quilito tir el cigarro y se acost en el sof, bostezando. Cerr los ojos, decidido a esperar la vuelta del primo durmiendo, porque la compaa del ingls, a quien nadie arrancaba de sus libros, era ms soporfera que una infusin de opio. La mampara volvi a abrirse, y apareci primero una chistera descomunal, luego una cara de mueco llorn y por ltimo un cuerpecito ataviado de larga levita, y botas altas, que todo l hubiera cabido, como en una funda, dentro del sombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traa el faetn. Quilito salt del sof y fu a la puerta a ver el carruaje. Qu corte ms elegante tena y cmo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! el caballo, un alazn hermossimo, tascaba el freno, impaciente, moviendo sus piernas finas y nerviosas. --No has visto al nio?--pregunt Quilito al lacayo. El chico contest que no, ajustndose el sombrero, que pareca venirle algo grande. --Mira que concluir por cubrirte del todo--dijo el joven riendo. Por fin lleg Jacinto, cariacontecido y de mal humor. --No he podido hacer la operacin--exclam con un juramento. --Lo dejas para maana, hombre, qu apuro tienes? Jacinto entr en el escritorio, vi a mster Robert trabajando siempre, y no queriendo interrumpirle, sali y dijo a Quilito: --Vamos a Palermo! Subieron ambos en el faetn, colocse detrs el lacayito, empu Jacinto las riendas y al ligero latigazo, arranc el alazn gallardamente. Y entonces, vnole a la memoria a Quilito la frase de su ta aquella maana: --Por este camino, hijo mo, no llegars a ser sino un segundo Agapo en la familia! IV A las cinco y media, cuando ya no se vea en el escritorio, mster Robert cerr su libro; la claraboya dejaba caer una luz mortecina, que embrollaba los nmeros sobre el papel, simulando extraa danza de esqueletos, y no era posible continuar el trabajo. A veces, cuando la urgencia del asunto lo requera, encenda el gas y segua en su tarea, sin preocuparse de la hora, ni de la que marcara su estmago, mientras su aristocrtico socio faroleaba en Palermo, descuidado. No sala, sin dejarlo todo en orden, cada cosa en su sitio de costumbre: la pluma, muy limpia, envuelta en el mismo pedacito de tela negra, que trajo el primer da; la chaqueta de casa, en el segundo clavo de la percha del fondo; el lpiz, la regla y el lacre en el cajn del centro de su mesa, objetos todos que cuidaba con carioso esmero, como dciles compaeros de la labor diaria. As resplandeca el sitio que l ocupaba de sorprendente limpieza, en medio del desorden y la dejadez del resto de la habitacin; al principio, quiso imponer sus hbitos morigerados, asignando su puesto a cada objeto y haciendo que la escoba y el plumero desempearan el papel que aconseja y manda la higiene; pero aquello fu lo mismo que pretender aplicar la regla de San Benito a una tropa de reclutas. Jacintito tena convertido el escritorio en club familiar, y all se charlaba y fumaba, como se jugaba al box y al palo, y en momentos de amistosa expansin volaban los libros, cual si tuvieran alas; todo lo cual contribua a darle el aspecto de sala de escuela, manchado de tinta el suelo y garabateadas las paredes por los muchachos revoltosos. Mster Robert crey poner un dique a la invasin, ordenando su mesa y los avos de escribir con la minuciosidad femenina que le caracterizaba, mas no logr escapar a sus efectos: su querida pluma, cuyo rum-rum le era tan grato, abandonaba a lo mejor el lecho de cartn y el cobertor de lana, que tan bien saba prepararle, y sala a recorrer las otras mesas, volviendo de estas calaveradas maltrecha y sin barbas; parecidas excursiones hacan el lpiz, que llegaba despuntado; el secante, que traa perfiles grotescos, y la regla, con ms porrazos que cabeza de turco. Puso entonces todo bajo llave, pero asimismo no le dejaban tranquilo: ya era Jacintito, que le peda papel y lo borroneaba o pluma y la echaba a perder; ya el escribientillo que tenan, cagatinta con aires de ministro, de onda sobre la frente, que escriba a fuerza de raspador y de sandraca, quien no saba resistir ante la roja barra de lacre o el paquete de sobres, liado en su elegante cinturn de colores. A pesar de su carcter blando, el _ingls_ tena sus cuartos de hora de mal humor, y nada le incomodaba ms que encontrar una cosa fuera de su sitio, o no encontrarla en ninguna parte: entrecerrando sus ojos de albino, como un murcilago a quien daa la luz, se revolva en su banco de patas largas, buscando en los cajones, palpando sobre la mesa; convencido de la inutilidad de sus pesquisas, miraba al escribiente, como si quisiera devorarle, pero no deca nada, porque guardaba sus sentimientos y sus pasiones bajo la llave de la reflexin, tan bien, como los objetos de su escritorio. Con Jacinto no se llevaba mal, y con esto queda dicho que, si sus relaciones no eran cordiales, tampoco estaban a matar. Para un hombre tan metdico como mster Robert, que tena clasificadas las horas del da y llevaba el _debe_ y _haber_ de su vida, con la misma escrupulosidad que el libro mayor de la casa, el carcter inconsistente de su socio, aquella falta de instruccin y de juicio, que denotaba en sus actos y en sus palabras, no poda inspirarle confianza ni simpata. La ley de la necesidad le obligaba, sin embargo, a soportar compaa tan incmoda, pues el otro representaba la fuerza bruta, es decir, el capital, y l no traa sino la inteligencia y el trabajo, que no alcanzan en plaza cotizacin alguna, menos cuando van refrendados por la firma del favoritismo. Mster Robert no concurra a cafs ni a teatros; su distraccin nica, suprema, que saboreaba con el deleite de un goloso, era su familia: la mujer, un ngel; el hijo, otro ngel, y el padre, viejo patriarca de Irlanda, ms catlico que el Papa y de una honradez a toda prueba; de esos caracteres que ya no se estilan y que, temerosos, se esconden en el santuario del hogar, como prenda pasada de moda, para no exponerse a la irrisin del pblico. Tal como llega al nido la paloma amorosa, trayendo en el pico el alimento para su prole, las alas fatigadas, pero satisfecha de no haber perdido el viaje, as entraba en su casa mster Robert cada noche; besaba a su mujer, a su hijo y a su padre, ya octogenario y medio baldado, y se sentaba sonriente, mientras la sopera humeaba sobre la mesa. Qu haba de ir l buscando fuera, si el amor y la felicidad le hacan compaa? Sali del escritorio, cerrando la puerta con el llavn, que guard, y se fu por la acera de la izquierda, que segua siempre con lluvia o con buen tiempo, a tomar el tranva en la esquina de la Catedral. Al pie del farol, recorra los diarios de la tarde, espiando la aparicin, del lado del ro, de la luz verde, azul o roja del vehculo; el fro y la humedad le incomodaban, e impaciente por la tardanza, se paseaba por el atrio solitario, como galn que espera: el rumor inmenso de la ciudad se haba apagado, las luces palidecan en medio de la neblina, las vidrieras de los escaparates sudaban de fro, las palmeras tsicas de la plaza se quejaban... Andando, mster Robert pas la esquina de Reconquista y lleg hasta la Bolsa, en su afn de salir al encuentro del tranva, creyendo as alcanzarle ms pronto. Qu triste y silencioso estaba el edificio, que en el da rebosa de animacin y de gente! Las puertas cerradas, las bombas de gas apagadas, las banderas, con que se engalanara la vspera, enrolladas al asta por el viento, todo envuelto en la niebla, como en un sudario. Ah estaba, en la actitud de fiera que reposa, bien nutrida de vidas y de honras; los lamentos de las vctimas no se oan, pero quiz, aplicando el odo, se escuchara la voz doliente de los desgraciados, que la loca ambicin sacrificara. Semejante a aquel palacio de los cuentos, en el cual se entraba por una puerta riendo y salase por la otra llorando; cuntos y cuntos habran penetrado en el fatal recinto, con la sonrisa de la esperanza en los labios, y salido con las lgrimas del desengao en los ojos! Picados todos por la tarntula del lucro fcil, vienen, en danza infernal, a ofrecer sus ddivas al monstruo: uno, el pan suyo de cada da; otro, el blanco cordero de sus ilusiones; aqul, su crdito; ste, su nombre, el porvenir, la vida... Todo lo devora la fiera hambrienta. Las filas se clarean; pero, como en las batallas, los que vienen detrs ocupan el sitio de los cados y el asalto a la fortaleza de la fortuna se renueva, con ms vigor en cada acometida. Sigilosamente, tiende el trabajo su escala al primer baluarte, y va subiendo peldao a peldao, regando el camino con el sudor de su frente, y llega y se reposa y mira todo aquel estruendo y aquel chocar de pasiones, que bulle en su derredor, como mar agitado por la tormenta; cobra nuevos alientos, y sube y sube, siempre peldao a peldao... a veces, flaquean las fuerzas, se detiene, vacila, cae... pero, agarrado a la escala, recobra pronto el equilibrio y vuelve a subir penosamente. Mira hacia arriba, y le espanta el camino que aun falta; mira hacia abajo, y le asusta el espectculo del combate. Y mientras el trabajo recorre el spero camino paso a paso, ya animoso, ya desfallecido, hay afortunado que, de un golpe de ala, llega a la cima, y desde lo alto re desdeosamente de aquel que pretende subir arrastrndose como la culebra, y le apostrofa y le insulta. Torna el otro a mirar hacia arriba y ve con desconsuelo, que hay quien sube con alas que a l le negaron y que la ansiada meta no la tocar l con sus manos callosas, sino a costa de esfuerzos supremos. Por qu no mejor dejarse caer y abandonar la empresa? Se reanima, y sigue subiendo, siempre peldao a peldao, en tanto que la cima va coronndose de vencedores. Y llega l tambin, fatigado, enfermo, moribundo casi, y se sienta en la altura a descansar, satisfecho del triunfo... Mas he aqu, que se oye un gran estruendo y la fortaleza se derrumba, falta de cimientos, arrastrando a los que subieron con alas y al que subi paso a paso. Y en el campo de la catstrofe, la fiera escarba y se ceba! De pie en la acera, meditabundo, enfrente del silencioso edificio, mster Robert pensaba que no es otro el destino del trabajo honrado, en lucha abierta con el agio: el inters los une en apretada cadena, y es tal la solidez de sus eslabones, y tal el engranaje de la mquina, que el que cae, arrastra a los dems que le siguen, envolviendo a todos en la propia ruina. Y las fatigas y los desvelos del que sembr su semilla, cuid su germinacin, se recre en la florescencia y se prepar a recoger el fruto apetecido? Quin sabe! l era de los que van poco a poco, por la recta de la honradez, enemigo de las curvas del mercantilismo, y quiz en el nublado que se aproximaba, cayera tambin, vctima inocente de ajenos errores. Qu sera entonces de su pobre familia? sembrara nueva semilla, sin temor de que las bestias del vecino pisotearan su sembrado y le arruinaran una vez ms? Haba cado en dos ocasiones: la primera, por manipulaciones de un socio desordenado; la segunda, por manejos de un corredor desleal, y en ambas tuvo que responder con su capital y sus ahorros de la impericia y de la mala fe ajenas. Horas ms amargas, no las recordaba en su vida! Su casamiento postergado, su porvenir obscurecido, decado el nimo... Y volvi al trabajo, con rabioso tesn, dispuesto a llegar o a perecer. Divisaba ya la tierra prometida, cuando nuevo golpe le sume otra vez en la desgracia, y otra vez encuentra fuerzas para rehacerse, y llega y realiza todo su programa de felicidad. Pero entonces luchaba solo, no arriesgando sino el propio bienestar, mas ahora, que tena seres dbiles y queridos que proteger... Cual otro Sisifo, suba por tercera vez la montaa, con el peso de su honradez sobre los hombros, expuesto a la acometida del agio, que le acechaba y le echara a rodar al menor descuido. Y bien, si era vencido, no haba de ser sin una feroz resistencia, sin luchar cuerpo a cuerpo con el odiado enemigo y tratar de ahogarle entre sus brazos robustos. La niebla se haca ms espesa y la fachada de la Bolsa adquira extrao aspecto, detrs de aquella cortina de tules; mster Robert crea ver en los huecos de las columnas, en el borde de las cornisas y sobre el marco de puertas y ventanas, urnas cinerarias y fnebres inscripciones, antorchas volcadas y figuras de buhos solitarios, el conjunto, en fin, de las tristes alegoras de los comenterios. Llegaba a leer el _aqu yace_ fatal y deletreaba nombres; entre stos el suyo. Antojbasele el edificio, inmenso panten de vivos. Las puertas se abran sin ruido y veanse luces amarillas y nichos que se descubran por s solos y tumbas que se destapaban, y all en el fondo una mesa, sobre la mesa una bandeja y sobre la bandeja monedas apiladas; un juego de dados muy cerca, y de pie, al lado de ella, una figura enmascarada, que bien poda ser Mercurio, a juzgar por el pie alado, que trataba de disimular bajo la vestidura que le serva de disfraz. Y de cada nicho y de cada tumba salan sombras que, en correcta formacin, avanzaban hasta la mesa, cada una con un bolsillo de oro en la mano, y en llegando arrojaban el bolsillo, al mismo tiempo que la figura enmascarada volva los dados. Una voz siniestra cantaba los nmeros, y a cada cifra, que repercuta lgubremente bajo las bvedas, se desprenda una sombra de la mesa, abandonando sobre la bandeja el bolsillo. Luego volvan con otro y ms tarde con otro, y el oro se amontonaba de manera tal, que tocaba al techo en soberbia columna de tentadores chispazos. Y los dados seguan bailando y cantando la voz siniestra. De repente, escuchse un gran rumor y estallaron, como trueno formidable, las lamentaciones de las sombras; dando ayes dolorosos, se apartaban de la mesa, volvan a sus nichos y a sus tumbas, y registraban los cuatro rincones, buscando una moneda ms que arrojar en la bandeja; las que tropezaban con ella, corran a ofrecerla a la figura enmascarada, quien, de una vuelta de dados, hacala desaparecer; las que nada encontraban, geman, la cara contra la tierra. Bien pronto, no se oy sino el concierto colosal de quejas, que la mala suerte arrancaba a los perdidosos; los dados quedaron quietos y la voz siniestra se apag. Tmidamente, acercse una sombra y ech sobre la mesa algo que brillaba como diamantes. --Aqu traigo las lgrimas de mi esposa--dijo,--tmelas usted el peso y aprecie bien los quilates. Otra trajo el corazn de su madre, diciendo: --Es de oro macizo. Dos llegaron, entregando la primera un escudo y la otra una lanza. Esta dijo: --Doy a usted mi nombre; no tiene mella. La del escudo dijo: --Entrego a usted mi crdito; no lleva abolladura. Con arrogancia, una quit de sus hombros el manto y lo arroj sobre el tapete, diciendo: --Ah va mi honra; no tiene tacha. Otra, que apareca encorvada por el pesar o por los aos, trajo costosa joya, manchada de sangre. --Aqu tiene usted la felicidad de mi hogar--dijo;--esas manchas salen con oro derretido. Fueron as todas ofreciendo lo poco que tenan, lo nico que les quedaba; y cuando la ltima vuelta de dados faltaba que dar, apareci una sombra ms pequea que las otras, con toda la cara y todas las trazas de Jacintito Esteven, trayendo un ave desplumada y malherida, y presentndola, dijo: --Este es el trabajo; brale usted el vientre y encontrar dentro huevos de oro... Aquella fantasmagora desapareci; el teln de niebla cay sobre la fachada de la Bolsa, y quedaron ocultas las figuras del sombro drama, que la imaginacin del comerciante acababa de hacer representar. Mster Robert levant su brazo, cual si lanzara un anatema, y exclam: --Garito amparado por las leyes, ladrn de haciendas, yo te maldigo! Vena el tranva, el suyo, con su luz roja brillando, como un ojo de fuego, en medio de la neblina; mster Robert se meti en l, transido de fro. El reloj del Cabildo daba las seis. Era la hora ordinaria de su regreso al hogar, en invierno, porque en verano no lo haca hasta despus de las siete. Al escritorio llegaba siempre a medioda; el mismo tranva le dejaba en la esquina de la Catedral. De ida y de vuelta, irremediablemente, tena que pasar por delante de la Bolsa, y no lo haca sin arrojarle una mirada de odio, tal era la ojeriza que senta por aquella institucin, no por lo que ella representaba, sino por lo que era al presente, convertida en mercado de especulaciones vergonzosas. Pasaba sin querer detenerse, contemplando con lstima a los que penetraban en el sitio maldito, viejos y jvenes, espoleados todos por la misma idea de crear fortuna sobre base de arena; mirbales al rostro y sorprendale la palidez intensa, la mirada inquieta, el respirar anheloso, de los que corren tras una quimera, como tras la mariposa un nio, y a intervalos, ya ponen sobre ella la mano, como la retiran desengaados, se agitan, se revuelven y consumen en estriles esfuerzos. El, entretanto, iba a su trabajo con la tranquilidad del hombre que todo lo espera de su propia iniciativa y no de una vuelta de dados, slo con el cuidado del que lleva un pedazo de pan y trata de defenderlo de los canes famlicos que le siguen. A la hora en que mster Robert pasaba para el escritorio y desde esa hora en adelante, todos los das hbiles, es tal la afluencia de gente en la Bolsa, que dirase ermita de santo milagroso en da de romera. Por ambas puertas, porque tiene dos entradas, y es por eso tan difcil de guardar, llegan, salen, se tropiezan, se codean los nefitos y los iniciados en el culto del sagrado becerro, que van a prosternarse ante el ara y a consultar el orculo; no da ste a conocer sus sentencias por medio de epilptica pitonisa, sentada en su trpode y acompaada de truenos y relmpagos, sino por modesto civil que, tiza en mano, las traduce fielmente sobre negro pizarrn, y son escuchadas con avidez y recogidas y transmitidas de los que salen, a los que entran, de stos a los que llegan despus y de los ltimos que se retiran, a la ciudad inmensa, que espera anhelante, como si de la cotizacin burstil dependieran su bienestar y su porvenir, y se regocija o alarma, alternativamente. La fila de _tlburis_ se estaciona a lo largo de la ancha acera; de cada uno baja ligeramente el corredor, abandonando las riendas en manos del lacayo, sube aprisa la escalinata y se pierde en el grupo numeroso del prtico. A bocanadas sale a la calle el rumor de adentro, y arrecia por instantes la agitacin y el vocero; una sola pregunta rueda en todos los labios: A cunto el oro? Se hacen comentarios sobre las contingencias que pueden ofrecer las operaciones realizadas, se discuten las noticias polticas y se habla de las bajas que la crisis produce. El sol cae a plomo sobre la gran plaza, y los chicos de los _tlburis_ dormitan, aburridos. Sale a paso de carga el corredor que acaba de entrar y se aleja en el ligero vehculo; va preocupado, el ceo fruncido, con el aire de un diplomtico encargado de la resolucin de arduo asunto; a poco vuelve, y cinco minutos despus est otra vez en la calle. Tal entrar y salir de gentes apresuradas, tanto secreteo en los rincones, la inquietud que en los semblantes se retrata, todo hace creer al transeunte curioso que en aquella casa tan grande, que quiere ser palacio, hay un enfermo grave que se muere por momentos. Por eso, las consultas de mdicos se multiplican y aparecen los parientes y amigos contristados. De los primeros en llegar era el insigne portugus don Raimundo, despus de dar una regular batida por las aceras del Cabildo y del Palacio de Gobierno, tarea que llevaba a cabo con el arte de un consumado polizonte; llegaba malhumorado, porque l deca repugnarle en extremo esta caza cotidiana al deudor olvidadizo, verse obligado a acechar a cada uno, correr detrs, cogerle por los faldones y recordarle por la centsima vez, por la milsima vez que en tal fecha le hizo tal prstamo, y esto todos los das, y siempre sin resultado. No entraba inmediatamente, sino que se quedaba en el prtico viendo el desfile, caladas las gafas y sonriendo a unos y a otros. Seor don Raimundo, aqu! Seor don Raimundo, all! Era alguien que le reconoca o alguien que le necesitaba. Charlaba con todos, peda informes y daba noticias, y a lo mejor se escurra, rodeaba la manzana e iba a apostarse en la puerta de la calle Piedad. --Entre usted, amigo don Raimundo--le decan. --Luego, luego--contestaba,--es la hora de levantar la caza y no quiero asustarla. De all marchaba de nuevo al Palacio de Gobierno y otra vez al Cabildo, para volver a ponerse de faccin en la Bolsa. --Ha visto usted a S***?--preguntaba. --Acaba de entrar. Segua el rastro de S***, como perro perdiguero, y no lo abandonaba hasta no dar con l, empresa tanto ms difcil, cuanto que las dos opuestas salidas del edificio son obstculo no pequeo para toda vigilancia; a pesar de su acentuada miopa, iba directamente tras la pista, de tal manera, que dirase era el olfato y no la vista que le guiaba. Veasele atravesar la plaza, agitando los faldones de su levitn color de caf, pasar bajo la arquera de la Recova, perderse entre el hormiguero de la acera y al cabo de corto rato reaparecer, por el lado contrario, la chistera en la mano y secndose la frente y la calva con el pauelo. Concluda la requisa, entraba tranquilamente en el sagrado recinto, y como era as tan locuaz y francote, tena su crculo que le festejaba; mas, ocurra a veces con l lo que con aquella gata doncella de la fbula, que, en viendo un ratn, le corra detrs, olvidando su nuevo papel y su alto rango: alguien pasaba junto al grupo, en que don Raimundo peroraba con su grandilocuencia de costumbre, veale el orador y all mismo se dejaba su discurso y su pblico, para correr en pos del otro y echarle el guante sin ms trmite. Luego volva, y con naturalidad pasmosa tomaba el hilo de la oracin, donde la haba dejado: --Pues bien, seores, sucedi que... A pesar del cargo que ejerca, que es en el comercio lo que el verdugo en la justicia, no puede decirse que fuera un mal hombre mi don Raimundo: tena sus escrpulos de conciencia, sus asomos de caridad y ms fama de blando y misericordioso, que de inexorable y de cruel; aunque esto quiz dependa de la manera en que l, ejecutor de la ley de la necesidad, se conduca con el msero sentenciado, pidindole perdn antes de apretar el nudo de la garganta, porque la forma suele salvar el principio. Hay que aclarar esto de los escrpulos de conciencia del insigne portugus: con ello ha querido decirse, que no era capaz de cometer un robo en despoblado, ni de llevar a cabo, ostensiblemente, accin alguna de las que pena el cdigo; pero realizaba sin ambages negocitos de doble fondo y a tan delicada y lucrativa faena dedicaba todo su tiempo, toda su inteligencia y todas sus uas. Apoderarse del caudal del prjimo, es un robo; sisar del tesoro pblico, no lo es. El que cae en aquel pecado, pierde la estimacin y la libertad; el que mete mano en las arcas fiscales, gana posicin y renombre. Don Raimundo, pues, la meta hasta el codo sin miramientos, y procuraba acercarse del lado que ms calentaba el sol, tras del servicio por proveer, tierras que liquidar o concesin que acordar. As tena, a ms del producto de sus prstamos usurarios, la renta fabulosa que sacaba sin repugnancia del estercolero de los negocios sucios. En cuanto a su caridad, practicaba la de su conveniencia, y nada ms. Cualquiera dir, enterado de estos datos, que, siendo don Raimundo un tipo moral despreciable, era un tipo social despreciado. Pues, no, seor! Don Raimundo de Melo Portas e Azevedo era un hombre a quien se agasajaba y mimaba, como puede serlo, y en realidad no lo es, el varn de grandes y positivos mritos. La ola de la emigracin europea, entre lo bueno y lo malo que peridicamente nos aporta, haba arrojado a nuestras playas este digno ejemplar de la familia de los natobdlidos, honorable agrupacin zoolgica a la que da tono y carcter la sanguijuela; la prodigiosa bondad del suelo y del ambiente contribuy a su rpido desarrollo. Es indudable que don Raimundo tena talento, no esa facultad creadora que da vida al libro, a la estatua, al cuadro, y que tan bajo se cotiza en el mercado social, sino ese sexto sentido indispensable para andar suelto, sin peligro, por los vericuetos del mundo, y se llama sentido prctico, el _savoir vivre_ de los franceses, y consiste en buscarle la vuelta, como quien dice, a las cosas y hablar a cada cual en su idioma. Este talento especialsimo posealo el portugus en grado sumo, y as era l de escurridizo, de flexible y de listo; saba amoldarse a las circunstancias, aprovechar los momentos y servirse de los hombres. De todo sacaba partido y lo mismo espigaba en los campos de la miseria, que segaba en los de la opulencia. Su hablar dulzn, su aire humilde, su afabilidad exquisita, le abran todas las puertas y le ganaban todas las voluntades. De lo que se deca de l, burlbase desdeoso: don Raimundo trabajaba en la sombra y sus secretos guardbanlos sus cmplices y sus vctimas, empeados todos en callar, por conveniencia o por vergenza. No era en llegar tan exacto ni tan matinal don Bernardino Esteven, otra fisonoma curiossima del pandemnium burstil. Entraba majestuosamente, como gran sacerdote que va a oficiar de pontifical, saludaba con distraccin, hablaba con misterio, tena oh! y ah! en abundante provisin, para servirlos de comentario a lo que escuchaba, pasando as por hombre que saba muchas cosas, a quien sus altas vinculaciones impiden ser explcito... Haba engrosado hasta el punto de parecer obeso; se tea la barba y llevaba pelada la coronilla; pero su aire era siempre el mismo: dirase que estaba ms hinchado de orgullo, que de grasa. Cual si fuera zahor que lleva en la mano el nmero ganancioso, estrecho crculo le rodeaba, tratando de adivinarlo en un gesto, en media palabra de tan conspicuo personaje; y cuando las rfagas de la tormenta prxima, que as teman los rboles corpulentos como los enanos arbustos, se hacan sentir con mayor mpetu, a l se acercaban todos, como barmetro seguro, a consultar su prestigioso consejo. Saban que su voz era la del Sina, que por su boca hablaban los profetas del oficialismo, porque era compadre y socio en primer grado del ministro Eneene, de aquella encanijada personilla que haba subido a la poltrona ministerial a gatas, y convertido el despacho en _pulpera_; forzosamente, tena que saber algo, que conocer el pensamiento luminoso y la frmula salvadora de los pastores del asustado rebao: el lobo estaba ah y la hora del banquete iba a sonar. Esteven hablaba entonces de planes financieros, ms o menos complicados, de economas, de reformas, que haban de volver todo a su quicio, ajustando las clavijas que el favoritismo dejara demasiado flojas, y se mostraba partidario de concluir con el despilfarro, con el agio y dems plagas de la poca, ms temibles an que las egipcias: su lenguaje era el de un puritano a machamartillo, ardoroso, intransigente. Y citaba, como prueba al canto, el presupuesto que su amigo ilustre el doctor Eneene compona: rebaja de sueldo a todos los empleados de inferior categora, porque para lo que hacen bien pagados estn con cuatro cuartos; supresin de media docena de ordenanzas y de las pastas, que una malsima costumbre haba dado de compaa al te de las tres de la tarde, en la oficina, y hasta quiz se hiciera cuestin de gabinete el suprimir tambin el te. A la tropa palo limpio, dieta perpetua a los maestros e impuestos al buen pueblo, sobre todo impuestos, muchos impuestos; la hacienda no se nivela de otra manera. Con esto, y un par de _sablazos_ ms a los ingleses, quedaba la situacin dominada. Era mucho hombre este doctor Eneene! Su lugarteniente ensalzaba los planes del seor ministro con conviccin que pareca sincera, pero los que le oan no se dejaban ganar de su entusiasmo. Era cierto que Eneene y Esteven estaban metidos hasta el pescuezo, en el pantano de los negocios turbios? que don Bernardino era el maestro concertador de los chanchullos oficiales, quien organizaba las empresas subterrneas, diriga detrs del annimo toda clase de compaas, pescaba toda clase de concesiones y dispona, como de cosa propia, de los empleos del Gobierno y del dinero de los Bancos? Hasta los nios lo saban y repetanlo todos los ecos. Su palacio era un jubileo de postulantes, un _steeple-chase_ detrs de la cartita de recomendacin, de doctorcitos sin _conchavo_ e intiles de todo pelaje, desde los que no tienen colocacin en la _estancia_, hasta los que estorban en su casa; daba audiencias como un ministro y dos secretarios le asistan en el despacho de su correspondencia. Venal hasta la impudicia, reciba regalos de sus protegidos y el precio de su firma variaba segn la ocasin y segn el asunto: desde el portal hasta el desvn, el pie tropezaba con objetos de arte, abandonados, oferta de la turba de ambiciosos agradecida. Su mujer, Gregoria, ostentaba las joyas de una reina, que los amigos del omnipotente socio de S. E. se apresuraban a ofrecerla el primero de ao o el da de su santo; y sus hijas, Susana y Angelita, no beban las perlas disueltas en el vino de sus comidas, se deca, porque no les daba la gana. Este detentador de fortunas ajenas, llegado a una insolente altura por sendas extraviadas y procedimientos vergonzosos, gozaba de un favor y de una influencia ms insolentes todava. Se le adulaba, como si sus antecedentes no se conocieran o quiz porque se conocan; entre don Raimundo y l, igualmente criminales y condenados a la misma pena por la opinin pblica, haba una capitalsima diferencia: la que existe entre el ladrn y el ratero, no porque el portugus se contentara con pequeos robos al por menor, que era un pez de primera magnitud, sino porque ante las hazaas de don Bernardino, quedbase en mantillas. La llave para abrir las arcas fiscales de que ste se serva, era la amistad de la corrompida Excelencia ya citada, y por sus manos poco escrupulosas pasaban los caudales, que dejaba caer, como lluvia de oro, sobre su familia, sus parientes y sus amigos. Naturalmente, una levita bien cortada impone siempre respeto, y cuando se sabe que el que tan airosamente la lleva es dispensador de beneficios, veneracin profunda: todos se inclinaban ante don Bernardino Esteven. Su aparicin en la Bolsa era saludada con entusiasmo; los especuladores, olfateando un indicio cualquiera, para lanzarse en las corrientes del alza, o de la baja, salan a su encuentro, le preguntaban, le seguan. --Qu dice don Bernardino? compra oro? vende cdulas? Misterio. El seor Esteven iba solo a charlar un rato, a ver a sus amigos, a tomar el pulso del mercado. Sin perder el menor de sus gestos, le hablaban de poltica, sacando a colacin las cuestiones candentes del da: Era cierto que el doctor Eneene renunciaba? Los diarios de oposicin le vapuleaban de lo lindo por la concesin aquella consabida. Esteven se enfadaba entonces; calumnias de la oposicin: cuatro perdidos que gritan, porque no se les ha tapado la boca con un empleo. Si en este pas no sale a luz medida administrativa alguna, sin que la malicia la vuelva de todos lados, para encontrarle el secreto o el quid que necesariamente debe encerrar! Eneene no renunciara, ni por la grita de la prensa, ni por la antipata del pblico tornadizo, sino cuando el seor Presidente se mostrara cansado de sus servicios, y ya haba para rato, pues ministro ms sumiso, maleable y fiel no encontrara. All mismo espetaba su discursito, ungido de la doctrina moralizadora ms ortodoxa, semejante a un fraile que, dominado de la gula y con todos los sntomas de su pasin a la vista, predicara la abstinencia, y se iba en busca del corredor favorito, a darle rdenes. En la mirada inquieta con que segua la marcha, siempre ascendente, del oro en la pizarra, los concilibulos que celebraba y el aire de contrariedad que no saba disfrazar, denunciaba claramente que la cosa no marchaba a su gusto, como l deca. --Vamos, don Bernardino, confiese usted que esto se acaba, de seguir as; si las economas y la buena administracin y la poltica honrada y todo eso que usted nos canta ah, no es infundio puro, por qu contina el oro su viaje a las regiones etreas? --Calma, mi amigo, acaso pretende usted que la situacin se normalice de golpe y porrazo? Hay que ir despacio, ensayar medios, ver, consultar... Hombre ms marrullero no se ha visto, y sin embargo, los incautos le crean; no ignoraban que sus manos estaban manchadas y que, adulador endiosado del poder, era uno de los llamados a dar estrecha cuenta ante la barra de la opinin en el da del juicio pblico, lejano, pero seguro; mas, entretanto, le iban a la zaga, como perros tras el hueso. No, la cosa no marchaba a su gusto, y prueba de ello era la corte discreta que haca a don Raimundo el prestamista, aquel pjaro que no se aventuraba en una empresa, sin probar antes la resistencia de sus alas, tan prudente, que no daba nunca un paso en falso, tan sutil, que no dejaba rastro; la situacin empeoraba, apremiaban las deudas, escaseaba el dinero, los Bancos iban a cerrarse, la campana de la liquidacin suprema a tocar a rebato... Si la marea suba siempre y llegaba hasta la poltrona de Eneene, su protector y su cmplice, era seguro que las aguas le arrastraran tambin a l... Miraba el levitn caf de don Raimundo moverse de grupo en grupo, y se deca que quiz su salvacin estaba en agarrarse de aquellos faldones y dejarse all las uas, antes que soltarlos. Pero no osaba acercarse al portugus en pblico, y espiaba la ocasin de una entrevista; un da y otro da entraba en la Bolsa, y antes que la pizarra, sus ojos buscaban el levitn caf, le segua, le rozaba con la manga al pasar, pero sin detenerse; don Bernardino saludaba sonriendo y el seor de Melo Portas mostraba sus dientes de jabal, lo que ms pareca amenaza de mordisco, que expresin de cortesa. --Si yo pudiera hablarle--deca Esteven. --Qu querr de m?--pensaba don Raimundo. Parecale muy singular que el opulento personaje diera tales muestras de su deseo de acortar distancias, cuando operaban en diversa esfera. Y el otro pensaba que con slo abrir el pico, darase cuenta el portugus de la verdad de su situacin, y el oropel de su nombre quedaba al descubierto, como alhaja falsa que pierde la capa de oro con que ha engaado la vista. Seguramente que el levitn de don Raimundo no ejerca atraccin tal sobre Jacinto y Quilito y el grupo de congresistas de la calle Piedad, que capitaneaban; al contrario, era odio mortal, era terror pnico, lo que experimentaban as que le vean acercarse, dando el hombre tropezones a causa de su miopa. Cada cual tena sus cuentecitas pendientes con el abominable acreedor, y era de los que don Raimundo persegua, la zarpa en el aire, a la hora de la batida diaria; el abogadillo aquel, aspirante a diputado, que persegua el _nombramiento_, como si se tratara del ms menguado empleo del Gobierno, escurra el bulto, cual figura de tramoya, y con l, Quilito, que ms que nadie, tena por qu ocultarse. El cigarro en la boca y el junco cimbreo en la mano, entraban en la Bolsa las dos primos, atropelladamente, asaltando los grupos, codeando a todo el mundo, en direccin a la pizarra, a ver la cotizacin de los valores: hacan un gesto, lanzaban una exclamacin, y con el lapicero tomaban rpidamente apunte. --Qu te parece, _ch_? El oro ha subido diez puntos! Nuevo gesto y nueva exclamacin del otro. Intervalo de algunos minutos, durante los cuales, Quilito y Jacinto miran los nmeros que la tiza va marcando en la pizarra, en medio de la baranda de la rueda. --Las _vitalicias_ siguen firmes--dice Quilito,--creo que debemos lanzarnos. --Vamos a ver al _gringo_ Rocchio--dice Jacinto. Y buscan a Rocchio, el corredor, llevados de la idea de que siempre es bueno tentar al diablo. Rocchio habla en un corro y da noticias de la crisis; es un hombrazo con muchas barbas, italiano con sus ribetes de criollo. --Fulano, el senador, quebrado; la casa tal y compaa, quiebra fraudulenta; el corredor B., desaparecido; Mengano, en descubierto por doscientos mil pesos; ste, por quinientos mil; aqul, obligado a hacer cesin de bienes... A cada nombre conocido se eleva un clamor del grupo, como si Rocchio diera un pinchazo en carne viva; las caras se alargan y los comentarios se suceden sordamente. --Tambin Fulano! Y como cuando en los das sombros de epidemia, al pasar por las calles desiertas y ver el fnebre convoy de los apestados camino del cementerio, la terrible idea de la muerte viene con la pregunta: --Me tocar a m maana el turno? Los que escuchan a Rocchio el corredor, ante este alud de nombres y de fortunas, que ven desaparecer en el abismo del agio, se dicen, all en su fuero interno: --Quin de nosotros caer maana? Y las orejas gachas, se separan con apretones de manos silenciosos. Quilito y Jacinto, dos capitalistas con ms agujeros en los bolsillos que moneda sonante, no se preocupaban de estas historias; si la guerra es as y la vida es as: el soldado no huye, ni abandona el fusil, porque el compaero cae y las balas silban... Adelante; el camino es corto y el premio a conseguir brillante; ofuscada la mente por la visin de fortunas instantneas, iban derecho al enemigo, sin temor al fuego ni a la muerte. --Amigo Rocchio--dice Jacintito tirando desapiadadamente de la punta de sus bigotes,--va usted a comprarme quinientas acciones del Banco Vitalicio. --Y otras quinientas para un servidor--dice el joven Vargas con mucho aplomo. --Perfectamente--contesta Rocchio,--pero... andar con cuidado, no sea cosa que se les vayan los pies. Los dos clientes se encogen de hombros y se marchan a ver los telegramas expuestos. --En la primera alza las vendemos--dice Jacinto. --Y el alza vendr en pocos das--contesta Quilito convencido;--ya lo vers! Las ideas de prdida y de insolvencia que, a pesar suyo, se entrechocan en su cerebro, les produce desagradable comezn. --Si pierdo--piensa Jacinto,--pagar el _viejo_. Quilito no tiene viejo que pague los platos rotos, y piensa que si pierde, no tendr ms recurso que el tirito prometido a la ta Silda. Las alternativas de la suerte les mantiene en una agitacin penosa, y diariamente van a leer su sentencia en la pizarra; ningn curso de catedrtico es seguido con ms asiduidad que este de la Bolsa, dictado por el demonio del juego. All estn los dos primos, a la misma hora, infaltables, ya alegres, ya decados, segn el nmero que marca la tiza; ayer en la primera rueda la fortuna les sonri, hoy se les muestra huraa. --Maana ser! Y el maana no llega, parece no querer llegar nunca. Despus de las cuatro se marchan, encargando a Rocchio mucho ojo; no hay que dejar pasar el cuarto de hora de la suerte. El lujoso faetn les espera, y se dirigen a Palermo, soando que al siguiente da andarn con el oro a paletadas. La cara que ellos llevan, iluminada por la esperanza que la inconsciencia de la edad alimenta, no la muestran todos los que en la Bolsa han entrado. Poco a poco van saliendo, abatidos unos, mohinos otros, preocupados todos; en el prtico, que hormiguea, se detienen algunos para dar la ltima puntada de un negocio o comentar los incidentes de la jornada, mientras los dems se alejan, encorvados bajo la pesadumbre del presente y la inquietud del porvenir; los tlburis se mueven y uno a uno se desprenden de la acera. Sale don Bernardino, receloso, y don Raimundo, desconfiado, y Rocchio, un corredor que teme ser corrido, y la turba de jovenzuelos bulliciosa; la ceremonia ha concludo y parece orse el galop final de endiablada orquesta. Los ltimos grupos se disuelven, se cierran las pesadas puertas y queda el inmenso edificio sumido en el silencio, en medio de la penumbra de la tarde que cae... All van todos, enroscada la horrible duda al corazn, en triste compaa con el fantasma de la bancarrota, luchando entre el pesimismo de sus impresiones y la promesa de sus esperanzas. Entretanto, la plaza se anima, con los mecheros de gas, que se encienden y el rodar de los coches, que pasan. Los tranvas hacen sonar sus cascabeles y la corneta ensaya alegres aires; se siguen, se cruzan, doblan gallardamente las curvas de la va, cada cual con su farol de color al frente y sus banderolas al tope. El reloj del Cabildo muestra su enorme esfera iluminada, marcando la hora bendita de la comida; la fesima Pirmide va a quedar pronto sola, hundida hasta las rodillas, aterida de fro, porque el viento del ro la consume y la humedad devora la cal y el revoque de su vestimenta; aburrida, porque los figurones en camisa, que la decoran, no la prestan compaa. Las tristes palmeras, sujetas al suelo por largos hilos de alambre, como prisioneras engrilladas ante el temor de una evasin al trpico, saldanla de lejos, agitando sus penachos amarillos. Sentado en un banco Agapo, el filsofo cnico, ha visto con mirada distrada el desfile de bolsistas; tiene sobre sus rodillas un peridico doblado en cuatro, a guisa de servilleta, y come tranquilamente una rueda de salchichn, un trozo de queso, pan y dos naranjas, de postre. --Vaya, vaya!--refunfua,--que si yo tuviera aqu un rifle, un miserable rifle, os cazaba como a patos en una laguna; no quedara uno de vosotros para un remedio, grandsimos pillos. Con qu gusto cargara el arma, apuntara al ms pintado y zas! lo echara a rodar hecho polvo. El primero que caa era mi seor hermano, por ladronazo y sin entraas; qu bala ms bien puesta y ms merecida! luego mi sobrino Jacintito, por botarate y sinvergenza, y ese portugus, que se me figura un lagartn de marca mayor. Y tantos otros! a ste quiero, a ste no quiero zs! zs! zs! Qu limpia ms necesaria y ms til! Despus, llevaba mi cartuchito de dinamita a ese casern que llaman la Bolsa, donde las gentes se descamisan entre s, y otro cartuchito al Palacio de Gobierno, esa caverna de pcaros. Di un mordisco al pedazo de pan y se sonri, cual si asistiera al espectculo que describa y viera los cadveres y los escombros. --No me vengan a m con revoluciones--prosigui,--con salidas a la calle, gritando viva la libertad! en la creencia estpida que vais a vencer, con el solo esfuerzo del patriotismo y que los mandones se van a amilanar ante la opinin. _Pa los pavos!_ la opinin son los remingtons, ajo. Ya veris la que os espera, y cmo se barren las calles a bala rasa, y cmo os mandan a casita a puntapis, como muchachos de escuela revoltosos que sois, con la promesa obligada de no volver a hacerlo ms, y cuidadito con alzar el gallo. Nada, nada, la dinamita o la horca; aqu en la plaza, una buena horca, slida, y a colgar a todo bicho que sea perjudicial o lleve las uas largas. Si me dieran a m el poder por una hora, nada ms que por una hora, lo arreglaba todo muy lindamente, y entregaba el pas ms limpio de pcaros y ms sano de crisis! Claro, como que los malos gobiernos son como los microbios en el cuerpo, que lo devoran y destruyen, si no se les expulsa a tiempo, y para esto se necesita un enrgico medicamento. Agapo se irgui en el banco, animndose con la idea de ejecutar las hazaas que deca; all, al pie de la Pirmide, para escarmiento, con mucho alarde de tropas y de pueblo; qu funcin de gala! El queso haba sido ya devorado y tena la boca seca; sac del bolsillo de su gabn rado una botella tapada con cuidado, y bebi. Luego atac las naranjas, navaja en mano. Una vez concluda la cena, pleg la servilleta, digo, el peridico y atraves a la acera de la Bolsa, en busca de colillas de cigarro. Casi a gatas, como un trapero que hurga en los rincones, recoga los puchos, jurando cuando no encontraba o la cosecha era escasa. --Estos bolsistas hasta los puchos pierden en la rueda!--murmuraba. Y volviendo a su idea de hacer justicia, como l la entenda, aadi: --Vaya si lo haca, y qu bien hecho estara! zas! zas! y zas! no hay otro remedio. Aplic el odo a la puerta del edificio, creyendo or sonar el oro o el crujido de las arcas que se abran. --Ca!--dijo riendo burlonamente,--si aqu no hay oro ni nada! Di un golpe en la madera, que devolvi el eco como lejano trueno, y se fu en direccin al ro, vacilante a causa del vino. El Palacio de Gobierno ergua su fachada churrigueresca, del otro lado de la plaza, tambin obscuro y silencioso, como la Bolsa. Al pasar, Agapo le mostr los puos. Y mientras l se alejaba, en la esquina de la Catedral apareca, el honrado y pacfico mster Robert, en busca de su tranva, el de la luz roja; el da ha sido malo, el trabajo rudo y piensa con delicia en el hogar, donde va a encontrar el descanso del cuerpo y del espritu. Pasa la luz verde, la azul, la anaranjada, pero la roja no se columbra todava. La espera, mirando hacia el ro, y su pensamiento, entretanto, vuela al escritorio que acaba de abandonar, abre el libro mayor, y verifica las cifras amontonadas al pie de cada hoja. Es evidente; la casa se hundir, como edificio de cartn, a pesar de toda su inteligencia, de toda su probidad y de todo su cuidado: no hay equilibrio entre las entradas y las salidas. Los gastos son enormes, los deudores numerosos, y las operaciones que se malogran, por falta de confianza o de oportunidad, incalculables. Ese Jacintito! Nunca fu un socio de consejo, y pronto dejar de ser un socio de dinero, porque el capital est ya comprometido; cada jugada de Bolsa del atolondrado joven es un golpe de azada para la casa, que descubre ya sus poco seguros cimientos. Es cierto, que ah est don Bernardino Esteven, pero malos vientos soplan tambin de ese lado; la fortuna de don Bernardino est anmica, dicen, y su cada no es sino cuestin de tiempo. Perfectamente! Mster Robert suspira y sigue andando; al tocar el lmite de la escalinata del templo, ve, cerca de la ltima columna, dos hombres que hablan en la sombra: uno es alto y grueso y est de cara a la calle; el otro lleva un levitn color de caf y da la espalda. Mster Robert les reconoce y siente dolorosa angustia. El rico Esteven en concilibulo con el prestamista don Raimundo! aquello s que no es una visin. Los rumores que corren son entonces ciertos, y el opulento personaje est herido de muerte cuando acude al recurso supremo del portugus... Parcele escuchar el estrpito de su casa que se derrumba, la casa Esteven y Compaa, y no quiere darse vuelta, de temor de no poder soportar el espectculo de la catstrofe. La luz roja llega y mster Robert sube al tranva. Se sienta y abandona la cabeza sobre el pecho; va con ms fro que nunca, con ms tristeza que nunca, porque ha credo sentir ahora, como en otro tiempo, la frrea mano del agio sobre su brazo robusto de trabajador. V Rocchio se sent, al fin, aniquilado. El trajn que llevaba desde por la maana, era suficiente para quebrar la fibra de un individuo ms bien templado, si poda haberlo, que aquel italiano atltico, cuadrado, con las crines erizadas, cuya voz era un rugido; tan brusco en sus maneras, que un _buenas tardes_ de su boca haca el efecto de un escopetazo a quema ropa, y un apretn de manos produca la sensacin de arrancar el brazo, a tirones, brutalmente. Trabajador, eso s, como una mula de carga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perda un minuto de su da comercial, ni gastaba un centavo ms de su cuenta del mes, que l estiraba cual si fuera de goma elstica, a fin de cubrir sus escasas necesidades, porque l aseguraba venirle la sbana corta para sus piernas tan largas. Con esto, de tan mala sombra, que siempre estaba a la cuarta pregunta, y haba que creerle; no se di nunca quiebra en que l no estuviera mezclado, ni colega fugado que no le comprometiera, ni deudor que no le engaara. As, vena la hora de los pagos, y todo era tirar de la cuerda, y esforzarse en hacerla llegar hasta el extremo adonde llegar deba, pero la cuerda no daba ms de s y se rebelaba contra la violencia, amenazando romperse; Rocchio deca, melanclicamente, que su presupuesto pareca el del Gobierno; que para una gotera que se tapa, ciento se abren, de tanto manotazo y dentellada que sufre al cabo del ao. Se sent, pues, aniquilado y con un humor de todos los diablos; era da de liquidacin y todava uno que le plantaba en medio del arroyo, sin presentarle sus excusas siquiera, con una grosera verdaderamente irritante. Otros, al confesar su insolvencia, invocan el nombre sagrado de la familia, piden plazos, ofrecen una satisfaccin probable, entregando su crdito en rehenes, en medio de las lamentaciones en que su dignidad, herida por la desgracia, estalla; pero ste, un falsificador de votos, gran matachn de elecciones, actor principal en todos los enjuagues polticos y picardigelas de su parroquia, ttulos todos que le facilitaron la entrada al Congreso y le aseguraban el ascenso a la primera poltrona ministerial vacante, le haba dado con la puerta en las narices, acompaando la accin con estas palabras: --Djeme usted en paz; qu gringo ms impertinente y ms j...! No tengo dinero, quiere que vaya a robarlo a los caminos? En viendo a Rocchio, cualquiera se imaginara que a aquel corpachn de elefante, corresponda un carcter de avasalladora energa, y que, si aquellos puos de gladiador, eran manejados por un genio violento e irascible, el acceso a la temible fiera era tan difcil como peligroso. Pues bien: en Rocchio todo era apariencia; incapaz de matar una mosca, su espritu conciliador acoga a todos con la misma sonrisa, sin cuidarse de los rasguos de la malicia, semejante a un len al que han limado las uas, desdeoso de la curiosidad que despierta, cautivo y domesticado, pero que sabe bien que, de un golpe de zarpa, puede pulverizar al audaz que pretenda molestarle en demasa. Mas que a Rocchio no le tocaran al bolsillo, su punto vulnerable, porque entonces ya no responda de s mismo; sala a su defensa con aquella voz tonante, que infunda pavor cual una descarga de metralla, y levantando sus puos formidables, dispuesto a aplastar, como un insecto, al que cogiera debajo. As, cuando el politicastro aquel le obsequi con tal andanada de perreras, de una patada abri la puerta, y estoy por creer que un buen boquete en ella, y puso verde y de todos colores al infeliz, alcanzndole una caricia de la mano en la mejilla. No se lo comi all mismo, porque no tena hambre, sino mucha rabia. Entretanto, no cobraba de l, ni cobrara nunca, por las trazas. Lo mismo habale ocurrido con otro cliente, un saladerista ms exacto que un reloj y cuya palabra poda venderse al peso; es decir, lo del plantn repentino, que no hubo necesidad de pedir la razn a la fuerza, pues el hombre las di tan justas y aceptables, que Rocchio se conform y aun lleg a disculparse por haberle molestado tan temprano. Otro reloj descompuesto que no marcaba la hora! Pero la de la liquidacin apuntaba en la esfera de la Bolsa. Y qu hacer? Acudir, otra vez, a los ahorrillos! Era preciso ver antes si quedaba algo todava, pues bien poda ser que su cuenta corriente estuviera exhausta, como bota de vino que las libaciones frecuentes han exprimido. El poltico de marras le haba dicho: --Conque no tiene usted de dnde sacar dinero? pues busque usted en la lana de sus colchones o en el forro de su chaqueta. Quisiera yo tener el gato que, sin duda, tiene usted encerrado. Valiente gringo est usted! siempre llorando lgrimas... No, lo que es la bofetada se la haba ganado bien y todas sus inmunidades no le valdran para quitrsela de encima. Tanto andar aquella maana, y sin resultado, abati su nimo; adems, no haba probado bocado y senta un amargor en la boca y un desfallecimiento en el estmago... Pero buenos eran los momentos para pensar en cuestiones de buclica! aunque de buclica se trataba, la ms grave y pavorosa de las cuestiones... La Bolsa presentaba un aspecto imponente; un rumor inmenso llenaba el vasto local, como huracn que ruge en la selva, y la atmsfera pareca cargada de tanta electricidad, que era inminente el incendio, si estallaba la chispa. Y todos, apiados, ahogados, torturados por una tensin de nervios insoportable, volvanse ansiosos, deseando ver saltar, por fin, la chispa salvadora, en la esperanza de que la bveda se abriera y se desplomara la fbrica y se hundiera el mundo entero. El humo de los cigarros y el polvo de las pisadas formaban una nube azulada sobre las cabezas, que el sol doraba con sus rayos, al pasar por las altas vidrieras; la rueda era como la roca, contra la cual se estrellan las oleadas tempestuosas; all los gritos eran ms fuertes, los apstrofes ms rudos, la lucha ms reida, ms desesperada, ms implacable; los bastones, esgrimidos por brazos que la pasin enardeca hasta la epilepsia, se levantaban amenazadores. Como montn de hojas secas que el viento arremolina, arrastra y desparrama, los grupos se movan, atropelladamente, se formaban y se disolvan; dominando el fragor del tumulto, alzbase una voz: --Oro 325! E inmediatamente un alarido colosal la apagaba, recorriendo todos los mbitos de la sala estremecida. Desde la mesa en que Rocchio se haba refugiado, distinguase el fnebre pizarrn; las cifras aparecan tan claras, tan netas, tan blancas, que producan el vrtigo: el oro, como habilsimo acrbata, daba saltos mortales: 325, 330, 336, 340... dos puntos, cinco puntos, diez puntos de golpe! y ah quedaba con un pie en el trapecio y en el aire el otro, pronto a dar nuevo salto, delante del pblico aterrado, que segua sus movimientos con espantosa ansiedad. Los dems valores bajaban rpidamente, como piedras que ruedan la pendiente de un precipicio. Las acciones y las cdulas, de toda especie y categora, ensayan posturas de equilibrio, se esfuerzan y luchan por sostenerse, pero a paso de cangrejo, a reculones, van perdiendo terreno y caen, las alas rotas. El oro hace una cabriola y del 40 baja al 35, de ste al 29 y luego al 28; los pechos respiran con ms facilidad... cinco puntos de golpe! esto animar quiz a las cdulas, y las acciones saldrn de su postracin. Pero ellas no se mueven, y el oro, de repente, salta del 28 al 42, en medio de la gritera del pblico desengaado. --Oro 342! Compro! Vendo! Rocchio, el cuello estirado, los ojos febriles, mira las volteretas del metal y su corazn le hace pum! pum! all dentro; su mano ancha y peluda se crispa sobre la mesa. Como un toro herido, resuella ruidosamente y echa pestes en su lengua contra el oro y los agiotistas que, entre las bambalinas, tiran de la cuerda de aquel ttere y le hacen bailar al son del organillo de sus conveniencias. --_Brigantes_, estafadores, qu celda ms confortable os preparaba yo en la Penitenciara! All podrais hacer todos los juegos de manos que quisierais; hasta cundo os burlaris de nosotros? estis comprometiendo el pas y no lo veis, egostones sin vergenza... Ahora baja el oro otra vez, dos puntos, tres puntos, cuatro puntos, y las acciones del Banco Vitalicio suben medio punto, un punto, con un trabajo que ya, ya... Pero, ya daris vosotros un tironcito de la cuerda, y vuestro mono har una pirueta, saludar con una mueca a los tontos que asistimos a la funcin, e ir otra vez a meter la cabeza en las nubes. Y esas pobrecitas, desalentadas, de nuevo boca abajo... no lo dije? ocho puntos ms el oro, y las acciones en el suelo. Ah! _sacramento! sacramento!_ A su lado, un anciano respetable comenta tambin en voz alta el curso de las operaciones, con palabras agrias que nadie escucha; a pesar de sus anteojos, no ve bien la pizarra: se empina, empuja a los vecinos y jura cada vez que algn oficioso repite la cifra que l no alcanza a distinguir. Encarndose con Rocchio, exclama: --Pero esto es la ruina de todos! El pas est perdido. Rocchio, desolado, hace un gesto. Y se ponen a hablar de la crisis, del callejn sin salida en que todos se han metido, del _krac_ que se anuncia, con todos los sntomas de un terremoto burstil. --Ya ver usted esos _chalets_ de la especulacin desmoronarse; claro est, todos han querido construir su _home_ con materiales prestados, en el aire, endeudndose con los Bancos para pagar a los obreros... Se callaron, porque muy cerca, dos corredores rean y se daban de mojicones. Quin corra, quin gritaba y algunos se interpusieron entre ambos combatientes; apabullado el sombrero, la corbata deshecha y la cara amoratada, se fueron cada cual por su lado, echndose miradas de desafo. --Los nervios estn cargados de dinamita--dijo Rocchio. --Esto es el diluvio universal, el fin del mundo--repuso el viejo. --Ojal!--exclam un joven plido, ojeroso, que acusaba en su semblante el desgaste precoz de sus fuerzas. Y volvindose al anciano, aadi: --Sabe usted cunto llevo perdido? ochenta mil nacionales, y tengo que pagarlos en las veinticuatro horas, y mujer e hijos que mantener, y un sueldo en una oficina que apenas me alcanza para comer y vestir. Que venga, que venga el diluvio! Ojal! Bondadosamente, el viejo, un antiguo conocido, le hizo reflexiones, que le impresionaron. --Ya lo s--contest el joven,--pero he querido hacer como todos; vea cada da salir de la nada en un periquete a ste, a aqul, y triunfar con lujo soberbio en todas partes. Si la Bolsa levantaba a tantos, por qu no haba yo de subir tambin? El empleado, en nuestro pas, est sujeto al capricho del jefe, sin la salvaguardia de un reglamento que, en todos los casos, es siempre la arbitrariedad y el favoritismo ms vergonzoso, ms humillante, ms indigno. No llega sino el que es amigo del ministro, el que es pariente del ministro; los mritos contrados, los servicios prestados nada significan, y sin buenas cuas no hay ascensos, y sin adulacin y sin bajeza: el empleado que quiere marchar por sus cabales, es condenado a vegetacin perpetua, y esto si, en un da de mala digestin del seor ministro, no se le borra del cuadro de una plumada. El deseo de salir de una situacin semejante y el mal ejemplo me arrastraron, y jugu, jugu lo que tena y lo que no tena. Ochenta mil nacionales! de dnde sacarlos? Mi alma al diablo vendera. Que venga el diluvio! Ojal! Call el joven plido y los dos hombres se miraron, entristecidos. Rocchio pensaba que l, siquiera, era un hongo, y que en su triste cuarto de hombre solo, no encontrara lgrimas en el da de la desgracia, si llegaba. Ya que se cae, por la propia falta, sufrir solo sus consecuencias es siempre un consuelo para los corazones generosos. Detrs, se contaba dinero sobre las mesas, afanosamente: no se escuchaba la agradable msica de las monedas, porque eran enormes mazos de billetes, sucios y deleznables, espulgados por dedos que la prctica haca parecer mecnicos. Las mesas desbordaban; sobre las sillas cercanas haba pilas simtricas: era una orga de dinero, tentadora, insolente y cruel, como mesa cubierta de suculentos platos, a los que es prohibido tocar, y que el hambriento mira encandilado, de lejos, bajo la tortura de su estmago y de su olfato. Las narices se inflaban, y sorban con delicia el aroma que la diosa Fortuna desparramaba en la sala, como oxgeno vivificante, estmulo fugaz de cansados pulmones; regocijbanse los ojos, y las manos sentan cosquilleos extraos, impulsos poderosos de pasearse sobre las mesas y tocar y acariciar tanta riqueza acumulada, y revolcarse en aquel lecho voluptuoso, posedas de una sensualidad irresistible. Don Raimundo Portas rondaba el tesoro, arrojando miradas de codicia, embriagado, subyugado con aquel espectculo, relamindose golosamente. --Oro 343!--grit una voz. Alguien toc en el hombro a Rocchio. Era Jacintito, descompuesto, con el sombrero ladeado, amarillo, muy grave. El coloso se levant. --Amigo Esteven, me alegro de verle. --Amigo Rocchio, una palabrita... Se apartaron, y a boca de jarro, Jacinto solt la palabrita: --No puede ser, no puede ser y no puede ser; el mes que viene quiz, pero hoy no, no y no. Sacuda la cabeza a cada negativa. --La liquidacin de mayo es un desastre general; no habr uno que se salve de la _volteada_: hasta Schlingen quiebra, dicen! qu puedo yo hacer? Usted me conoce bien y sabe que he cumplido siempre mis compromisos, pero hoy me es imposible, absolutamente imposible, irremediablemente imposible pagarle los cincuenta mil nacionales. Usted ve cmo est esto! quin poda prever lo que ha pasado? Acciones que han bajado veinte y treinta puntos de golpe... --Perfectamente!--dijo Rocchio, temblndole las manazas, con ganas de hacer una atrocidad, porque era la tercera acometida que sufra su bolsillo aquel da.--De modo que usted tambin me planta? y con qu voy a pagar yo las acciones compradas a su nombre y por su orden? Sabe usted que ya me andar buscando el vendedor, y que si no le pago saldr a la vergenza en la pizarra? --Pero, amigo Rocchio... --Amigo Esteven, cuando no se tiene dinero a mano, no se hacen operaciones de Bolsa; comprar al fiado, con nimo de pagar si se gana y de trampear si se pierde, es una estafa, s, seor, una estafa; y no retiro la palabra. Jacintito de amarillo se puso rojo, y de rojo, amarillo otra vez, porque el vozarrn del italiano se oa como un trompetazo, y la gente se volva, con curiosidad. --Clmese usted, no tiene usted derecho de tratarme as; cuando yo le digo que para junio... --Si usted no puede responder, responder su padre. --Mi padre? imposible; est agobiado de compromisos. --O su socio; el seor Robert es una persona decente y no querr dejar empaada la reputacin de su casa; precisamente, acabo de verle aqu, y he de hablarle. El muchacho enrojeci de nuevo hasta las orejas, hasta el blanco de los ojos. --Ya sabe usted que mi socio no tiene nada que ver con mis negocios de Bolsa; yo juego porque s, porque me da la gana, solo, por mi cuenta y riesgo. No mezcle usted mi casa en este asunto. --Bonita excusa!--tron el gigante.--Qu galimatas es se? No forma usted parte de la razn social Esteven y Compaa? Pues la casa Esteven y Compaa es la responsable de sus operaciones comerciales. El chico se ahogaba; no poder tapar la boca de aquel animal! Ensay domesticarlo, con frases cariosas y acento humilde. --Vamos, amigo Rocchio, no sea usted malo, que no es tan fiero como quiere hacerse; no es la primera vez que usted me concede plazos, y ms largos todava. Ser en junio... piense cmo est el mercado! hasta Schlingen! Rocchio, siempre encrespado, refunfuaba: --Y su alhajita de primo, el joven Vargas, tambin me dar la castaa... --No s--dijo Jacintito,--no le he visto. Con que quedamos que en junio. Escabullse, sin esperar respuesta, y desapareci. --La culpa me la tengo yo--mascull Rocchio volviendo a su sitio,--yo, que me acuesto con estos mequetrefes sin responsabilidad. _Sacramento!_ En medio de su mala ventura, la idea de que Schlingen, el especulador afortunado, el atrevido acaparador de ttulos, el rey de la rueda, en fin, estuviera comprometido en la liquidacin, le hizo el efecto de una ducha en la nuca. Era entonces tan seria la catstrofe? No haba barreras para el torrente? Si Schlingen caa, quin iba a quedar en pie? Como rbol frondoso, al que se enganchan helechos y enredaderas, poblado de nidos y cubierto de musgo, cuyo tronco arranca el huracn o corta el hacha del leador, y al venirse a tierra sepulta en su propia ruina a la colonia de parsitos que sustenta, el soberbio bolsista arrastrara tras s a toda esa turbamulta que le segua cantando el _hosanna_, de pequeos comerciantes sin capital, de ilusos con ms ambicin que buen sentido, cadena sin fin, vigorosamente remachada. Con razn le haba dado a l en la nariz aquel famoso Banco Vitalicio, creado de la nada y formado en menos de siete das; y chocado tanto su fundador, Schlingen, un alemn, cado no se saba de dnde, de las nubes, sin duda, como un aerolito, y que deslumbr en la Bolsa y domin el mercado desde el primer da, con las trazas todas de un conquistador. --_Sacramento!_--repiti entre dientes. Quilito andaba por all, como alma en pena, ms amarillo y descompuesto que su primo. Testigo de la escena entre Jacinto y Rocchio, vi venir al gigante y huy, pues lo menos que l deseaba era dar de bruces con su enemigo y sufrir el vapuleo que acababa de ganarse Jacintito. Pero, llevado en volandas por el rebullir continuo de la muchedumbre, fu a dar sobre el levitn de don Raimundo, en xtasis ante la pirmide de billetes de la sala contigua. --Usted dispense--tartamude el muchacho aterrado. Y remando con los codos, escap a un pasillo, temblando todava de haber visto tan de cerca la cara del portugus, aquella nariz movediza como una trompa y aquellos dientes de mastn, tan salientes que el labio alcanzaba apenas a cubrir. En el pasillo le encontr Jacinto, y all cambiaron ambos sus impresiones de especuladores corridos. --Creers que el _viejo_ no ha querido soltarme un centavo? ni medio! No han valido splicas ni amenazas. Le dije que me iba a pegar un tiro, y me contest muy fresco que para l lo querra. Con ese bruto de Rocchio he tenido una _agarrada_ y casi nos hemos pegado; pues no pretende el mastodonte que le d hoy mismo los cincuenta mil nacionales? En cincuenta mil pedazos me partira yo para pagarle, y luego, de _yapa_, le daba cincuenta mil puntapis con mucho gusto. Mira, _ch_, no hay suerte ms perra que la nuestra! --Sabes una cosa?--dijo Quilito,--a m me parece que tu padre se ha enredado tambin en las cuartas; l tiene acciones del Vitalicio, y es muy amigo de Schlingen. --No s, pero a pap le pasa algo; te digo que nunca le he visto as, tan duro en negarme, tan inflexible. Me dej salir del despacho, sin hacer caso de mi amenaza de suicidio; crea yo que me llamara luego, y bajando la escalera, me deca: de seguro que ahora me llama y me da los cincuenta mil nacionales. Que si quieres! Nada, ni se movi, ni chist. Si las cosas no pintan mejor en junio, te juro que me regalo una bala, como hay Dios! Quilito repuso: --No tengas cuidado, que ya pintarn mejor. --Me admira tu confianza y tu frescura--exclam el primo,--porque si a m me llega el agua a la cintura, a ti te debe subir hasta el pescuezo; qu vas a hacer con el portugus? El joven Vargas hizo un movimiento olmpico de desdn. --Mira, Jacinto, lo que yo s es que en estos casos hay que mostrarse hombres y tener mueca y saber vivir; al gringo le emplazo, como t, para junio, y al portugus... la letra vence el 22. Crees que de aqu al 22 de junio no me habr alzado con una suma suficiente para saldar mi deuda y comprarme corbatas? Todava puede ser que me anime y le pegue otra _pechada_ a don Raimundo... O mucho _toupet_ o hundirse. El Vitalicio nos ha fumado esta vez, pero, y si hubiramos ganado? qu atracn de nacionales! En realidad, estaba ms abatido que Jacinto, pues el porrazo sufrido con el desastroso bajn de las _vitalicias_, como llamaban a las acciones del Banco de Schlingen, le haba partido por la mitad, pero era l as, fanfarrn, embustero y ms soberbio cuanto ms castigado de la suerte. Deca de acercarse nuevamente a don Raimundo, y don Raimundo acababa de echarle de s con cajas destempladas, haca una hora: andaba el portugus aquel da, como cuervo revoloteando en el campo de batalla sobre los cadveres abandonados; la liquidacin era ro revuelto y la pesca fenomenal. Pero saba el usurero escoger su presa, y cuando el pez cogido en la malla era pequeo o no prometa nada de s, sin piedad arrojbalo a la corriente; el joven Vargas, no hay que decirle, era un miserable pececillo, pura escama y pura espina, a pesar de sus colores brillantes y sus aires pretenciosos; reconocerle y echarle al agua de cabeza, fu todo uno. --Otro prstamo ms?--dijo el usurero.--Estamos frescos! Ni al veinte por ciento. Usted es el sobrinito de Esteven, verdad? pues peor. --Sin embargo--se atrevi a argir Quilito,--usted tiene un pagar a mi nombre, que... que mi to... garantiza. Balbuceaba, temeroso que le oyeran. --Su to?--exclam don Raimundo con desdn,--ya lo veremos para junio; entretanto, abur, joven, que no estoy para perder tiempo. Igual cosa aconteci, cuando Jacintito trat de echar mano de sus faldones, como ahogado que se agarra a un cable. El solo nombre de Esteven, produjo en el prestamista desgraciado efecto; no, no tena dinero disponible, y mucho lo senta: ms tarde, despus, quiz... --Pero, amigo Portas--dijo Jacintito furioso,--yo no le debo a usted nada. Duda usted que he de pagarle? Con el inters que quiera, dme usted cincuenta mil pesos, a treinta das. --Diez centavos que me pidiera, no se los dara a usted! Y se larg. Chpate esa! Pero lo gordo, lo grave, lo extraordinario que en aquel fatal fin de mes ocurri al asendereado chico, fu el rompimiento con su socio, mster Robert. Rechazado por su padre, desodo por el usurero, entr en el escritorio, dispuesto a sacar de la caja los cincuenta mil pesos que necesitaba, si los haba, o a girar contra la casa, si no los haba. No contaba con la huspeda, es decir, con el _ingls_, quien, saliendo de su habitual pachorra, al averiguar los malos designios que se traa el socio, all mismo le dijo cuntas son cinco, y arm el gran escndalo. Con los libros a la vista, expuso el verdadero estado de la casa: deudas que no podan pagarse y crditos que no se cobraran nunca: la caja vaca, y en el Banco escaso depsito para hacer frente a las necesidades ms apremiantes. --Y quin tiene la culpa de todo esto?--exclam Jacinto;--usted es el que lo maneja todo, el que hace y deshace, el administrador y el tesorero de la casa. No me dir usted que soy yo el responsable de semejante ruina. Los ojos de albino de mster Robert relampaguearon. --Ahora salimos con sas?--grit dando un golpe con la regla sobre el pupitre, que la hizo saltar en dos pedazos,--yo soy un hombre honrado, seor Esteven, y en los tiempos que corren, en medio de la corrupcin y de la podredumbre poltica y social que nos devora, un hombre honrado merece respeto. El culpable y el responsable de lo que aqu pasa, es usted y slo usted; sus locas jugadas de Bolsa, sus francachelas, sus inconsecuencias, es la casa quien lo ha pagado y si la casa ha perdido su crdito, se lo debe a usted y slo a usted. Ya s lo que va usted a decirme: que su seor padre le ha ayudado a salir de apuros en muchas ocasiones, pero, no ha respondido el capital en muchas otras, bajo la garanta de don Bernardino Esteven? Y esta garanta, podr ser sostenida por su padre, hoy que corren rumores que no quiero repetir? --Calumnias!--vocifer Jacintito.--Canalladas de los envidiosos. --Lo que usted quiera, pero esto es as y no de otro modo. Por lo tanto, no dejar a usted sacar ni un centavo del Banco. --Me someto, porque me falta la firma; pero en cuanto a registrar la caja, venga usted a impedrmelo! De una manotada cogi el llavero de sobre el pupitre y se abalanz a la caja de hierro. Mster Robert le dej hacer. Jacinto abri y no encontr nada: papeles, pero ni rastros de dinero. --Maldita sea mi alma!--exclam cayendo en el sof, desesperado. Acercse mster Robert, y con desprecio y clera, le dijo: --Esto se acab, seor Esteven, entiende usted? Voy a proceder a la liquidacin de la casa, porque ni usted me conviene, ni estoy yo dispuesto a ser vctima de sus desaciertos por ms tiempo. Basta! --Liquidaremos, seor Robert, pues no faltaba ms! Valiente susto me ha dado usted! Liquidaremos, y entonces se sabr quin es el culpable de que la casa se haya fundido. Sabe usted una cosa? Lo estaba deseando, pues los hombres honrados me revientan! Se cal el sombrero de lado y sali del escritorio, echando chispas. Pues esto, tan trascendental como era, tuvo buen cuidado de no decrselo a su primo en el pasillo; los dos haban corrido un temporal deshecho, y all se guarecieron mantenindose a la capa, la mano en el timn y los ojos en el horizonte, en compaa de los fieles del escritorio, todos ms o menos aporreados, renegando de las _vitalicias_ y de su suerte. El pseudo diputado, como pollo que han zambullido en una cuba de agua, furioso, hablaba nada menos que de fusilar al alemn Schlingen por la espalda; as aprendera a no engaar a la gente. En todos los mbitos de la inmensa sala, esta idea de venganza contra el embaucador tomaba cuerpo. Abajo Schlingen! a la crcel con l! No poda quedar impune semejante crimen. Y la ruina de tanto padre de familia? En la calle, en la miseria, sin pan, por las malas artes de aquel aventurero, que supo engatusar a todos con su Banco de fantasa. Los bastones en alto, se gritaba a voz en cuello; la atmsfera hacase cada vez ms pesada, con el humo, con el polvo y el ardor de los concurrentes. --Muera Schlingen! Y se oy, como una campanada: --Oro 345! Llegaron los diarios de la tarde y pasaron de mano en mano, arrebatados, en el furor de saber noticias. Qu haba de nuevo? Nada, los decretos de agua de borrajas del Gobierno, los paos calientes de siempre: la situacin deshauciada, y sus mdicos aturdidos, sin saber a qu santo encomendarse. De pronto, la nueva de la renuncia del doctor Eneene, el ministro inamovible, surgi como un cohete, se extendi, se propag a todos lados: muchos incrdulos movan la cabeza; alguien grit: --Abajo Eneene! Pero lo cierto es que la noticia nadie la crea. Renunciar Eneene! Si para arrancar aquel hombre de su poltrona, donde estaba incrustado como el molusco a la roca, se necesitaba cogerle de una oreja y echarle a puntapis, y an as, era casi seguro que haba de volver, a hocicar. Y la prueba que no se crea la noticia, es que no produjo impresin alguna, ni sntoma de mejora siquiera; el oro, en los primeros momentos, baj cautelosamente dos peldaos, se par en el 343, mir, olfate, y luego volvi de nuevo al 45, y como all sin duda no se encontraba a su gusto, subi al 46, convencido de que la renuncia del seor ministro era una _guayaba_ de a libra; en cuanto a los dems valores, siguieron bajando la escalera de cabeza. Naturalmente, estos rumores de renuncia vinieron acompaados de la estupenda nueva de que Esteven se haba fundido, como metal puesto al fuego. Esto s produjo impresin, y muy honda, porque don Bernardino, era, como Schlingen, de los rboles grandes cuya cada pareca ms de temer. Andaba enredado en tanto negocio misterioso! de tierras, de ferrocarriles, hasta de proveeduras... Se dudaba, sin embargo, de la especie. Y los que ponan ms empeo en negarla, eran los parsitos del personaje, los que vivan de sus cbalas; ms de uno sinti calambres en el estmago. Vamos, que si Esteven se hunda, no haba ya remisin posible para nadie: las horcas caudinas en la puerta de la Bolsa, y agachar la cerviz y sufrir el yugo. Pero no; deba estar muy bien forrado, a cubierto de golpes y magulladuras; sus vinculaciones oficiales, de que l tanto alardeaba, servanle de escudo contra la crisis. Que en tiempos de escasez padezca hambre el pueblo, el pueblo que trabaja, santo y bueno, pues para eso es pueblo...que se fastidie! pero los que estn arriba, con sus graneros repletos, ca! los lacayos del magnate nunca han dado ms satisfaccin a sus apetitos, ellos tambin. Esteven era de los lacayos del poder ms en privanza: si tena las llaves de la despensa, a qu haba de apretarse la barriga? cmo haba de dejar en seco a sus fieles colaboradores? Aunque desde ya poda asegurarse que los que pagaran el pato, si el rumor se confirmaba, seran los justos, los de conciencia, los que de buena fe se hubieran embarcado en la nave negrera del compadre de Su Excelencia. Intil parceme decir que Rocchio, el molido y sin ventura, era de stos; deslumbrado por el sello oficial que se atribua a todas las operaciones de Esteven, se haba metido con l en un negocio que prometa el oro y el moro, y ms todava: ciegamente, las manos atadas. --Cuando se tiene la influencia de don Bernardino--deca,--y se manda en los Bancos y en los Ministerios, como l, porque all donde don Bernardino dice negro, negro se hace, y donde blanco, blanco... pues, con la influencia de semejante hombre por delante, no hay nada que temer. Que el negocio se malogra, porque s, pues tambin puede suceder, y queda uno en descubierto y en situacin poco airosa: --A ver, una cartita de recomendacin o una simple tarjeta, es ms sencillo, al director A. o B.; que le den lo que necesite, de orden superior. Y ctate el dinero en la mano, sin ms garanta que la sagrada orden superior; en cuanto al Banco, que espere el reintegro, y si se cansa, que se siente. Que sale bien el negocio, y casi siempre sale bien... pues al bolsillo, una vez deducidas las ganancias. Con un piloto como don Bernardino, se puede navegar confiadamente. Ahora bien: en medio de todas las amarguras porque estaba pasando, la bola aquella de la renuncia de Eneene le di escalofros; s, seor; sera muy bueno para el pas la salida de aquel hombre funesto del Gabinete, pero... (aqu Rocchio se haca egosta) con l se vena abajo Esteven, y el negocio magno se evaporaba. Qu ocurrencias tienen estos polticos! No haba por ah alguna buena alma que fuera donde ese mal aconsejado doctor y le dijera que guardara su renuncia para ms tarde, porque cuando la Bolsa liquida no es conveniente tocar a rebato? Tiempo no le faltara para retirarse a la vida privada, tan tranquilo. Qu haba de suceder, pues, cuando lleg a odos del desgraciado corredor, que el propio don Bernardino Esteven acababa de dar la soberbia costalada que decan? Se revolvi como una fiera, levantando la maza de sus puos, dispuesto a triturar, cual una nuez, entre sus dedos, la maligna noticia. --Quin habla aqu de la quiebra de Esteven?--exclam comindose con los ojos al concurso.--Calumnias, mentiras, estratagemas infames de los alcistas. El juego es tan conocido, que da risa. Uno pregunt: --Dnde est Esteven? La verdad era que a don Bernardino no se le haba visto todava; por qu desertaba el puesto en el da de la lucha? Rocchio trag saliva y se call; he aqu una pregunta, que a l no se le ocurriera: dnde estaba Esteven? --Ya vendr--dijo dndose a s mismo confianza,--ya vendr a confundir a sus detractores. Pero esta afirmacin suya no le bastaba; se fu en busca de don Raimundo y le pidi su opinin sobre lo que se deca, ansioso de saber la verdad y temeroso, al mismo tiempo, de saberla. Era lo nico que _daba_ el portugus, al contado y sin usura: noticias. --No crea usted ni una jota de la renuncia de Eneene--contest;--acabo de verle en su despacho y me ha dicho que no soltar a tres tirones la cartera, ni a cuatro; que l tiene la confianza del Presidente, y con esto le basta. Son maniobras de los bajistas, pero ya ve usted que pierden su tiempo: el oro no ha hecho mayor caso y contina su ascensin. --Razn tena yo en ponerlo en duda, porque conozco al ministro como a mis manos; pero, qu me dice usted de la quiebra de Esteven? Es creble? Es verosmil? Don Raimundo guard un rato la respuesta. Sin mostrar del Cristo, sino lo que l quera dejar ver, contest: --Esteven? No le dir a usted que no est comprometido, muy comprometido: era el principal tenedor de _vitalicias_, calcule usted! Pero quebrado, no, no... al menos a m me parece. --Pues claro--salt el coloso dando una palmada, que son como un estampido,--eso digo yo; para que quiebre don Bernardino, es preciso que la _Casa Rosada_ se derrumbe; un situacionista de su importancia! tendra que ver... --Sin embargo--concluy el prestamista,--sera bueno que se apartara usted a un lado, me entiende usted? Cuando se presiente un terremoto, hay que huir de los grandes edificios, as como en los das de tormenta no debe guarecerse uno bajo los grandes rboles; son los puntos ms expuestos, seor Rocchio, estamos? Al italiano se le sec la garganta otra vez; don Raimundo mova la nariz, con una expresin tan singular en su grotesca fisonoma, que no se saba si hablaba de burlas o de veras. --Eso quiere decir...--dijo Rocchio resoplando como un ballenato. --Lo que usted quiera, seor Rocchio. Y le di el golpe de gracia, con esta preguntita intencionada: --No siente usted hoy olor a plvora? --A chamusquina--contest el otro,--y jurara que soy yo el que arde, como costal de paja. Cuando volvi a la pizarra, el oro estaba a 347 y el tumulto era tan grande, que aquello pareca una sucursal del infierno. El joven plido, encaramado sobre una silla, gritaba como un posedo: --Ladrones, ladrones, ladrones! Se le haca coro con carcajadas, bastonazos y gritos. Del lado del pasillo, ocupado siempre por Jacinto y sus amigos, se oan, como redobles de tambor, los mueras a Schlingen. Acercse al orador el anciano aquel respetable y quiso calmarle. --Por Dios, mi amigo! basta de palabras gruesas; ya se ha desahogado usted bastante. Un poquito de tranquilidad! --Ladrones!--repiti el joven arrojando su sombrero contra la pizarra. Le acometi, de pronto, un mareo y cay de la silla, presa de un ataque de epilepsia; revolcbase en el suelo, echando espumarajos, dando alaridos, braceando y pataleando. Roderonle y quisieron llevrsele, pero no fu posible, y hubo que esperar a que la terrible crisis pasara; ms calmado, derram abundantes lgrimas. --Mi mujer, mis hijos!--exclam extraviado;--hay alguien que pueda darme ochenta mil nacionales? Una limosna, por Dios! Le sacaron de all, en medio de la emocin de los circunstantes. --Oro 348!--dijo una voz. El alboroto segua, entretanto. Alrededor de la pizarra, la batalla tomaba proporciones colosales; los dos bandos, alcistas y bajistas, luchaban cuerpo a cuerpo, rabiosamente, cada cual en defensa del santo bolsillo, con uas y dientes. Don Bernardino Esteven se present, cuando la batahola llegaba al punto ms alto de su intensidad. Tan tranquilo, como siempre, entr con la cabeza muy levantada y sonriendo; cuatro mozalbetes le sisearon en la puerta, y hay quien asegura que uno le grit: --Fuera! Pero l no se di por aludido; la exasperacin general era contra Schlingen y la primera vctima de ste, l, don Bernardino. Se mezcl a los grupos bulliciosos, dejando or su palabra de hombre grave e influyente. --Pero, seores, qu locura es sta? El oro a 348! Por qu? Tenemos o no tenemos confianza? El comercio de Buenos Aires es fuerte, es poderoso; el pas rico, lleno de recursos; el Gobierno bien intencionado; no hay razn, pues, para esta victoria de los alcistas, tan vergonzosa, tan injustificada. A la quiebra de Schlingen, la generatriz del desastroso _krac_, no le daba importancia: un accidente de la vida burstil, que nos ha cogido desprevenidos. Schlingen era el favorito, entre los caballos de la carrera, y haba dado el fiasco ms completo y ridculo; he aqu todo. Se hablaba de revolucin, de estallido de iras populares, de represalias terribles... por qu? porque Schlingen haba quebrado? La revolucin que se la clavaran a l en la frente! Todos le miraban; cuando se presentaba en la boca del lobo, y hablaba con tanto desparpajo, era que los rumores propalados carecan de fundamento: Esteven apareca de nuevo rodeado de la aureola de que se le haba querido despojar, depositario siempre de los rayos de Jpiter. Los amilanados de una hora antes, recobraron fuerzas y le hicieron una ovacin, digna de estmagos agradecidos. Don Bernardino sonrea. --No tengan ustedes cuidado, seores, ya bajar el oro, porque el nuevo emprstito se har, y muy pronto, ms pronto de lo que todos imaginan. Deca esto, y se separaba de un grupo para ir a otro, seguido de su corte de admiradores; y si alguien le hubiera observado, habra visto que el personaje evitaba cuidadoso un encuentro, que deba serle particularmente desagradable: el del levitn del seor Portas, que hasta hace poco ejerca sobre l la atraccin del imn. Misteriosa singularidad, cuya clave posea quiz mster Robert! La noticia de que era portador cay en el vaco; la escopeta de don Bernardino marr el tiro lastimosamente. A buen puerto iba con sus historias de emprstitos, sabidas de memoria y olvidadas de puro sabidas! Que se haca el emprstito; perfectamente, y qu? quin beneficiaba de l? el pas? el comercio? Quite usted all, seor don Bernardino! Muchos se encogan de hombros. Y el oro, desconfiado como ninguno, asentado con firmeza sobre el 348, no se mova, imperturbable; apostrofbanle los bajistas, le hostigaban los alcistas, y l, quieto, cansado, sin duda, de su ascensin violenta, esperando nuevas fuerzas para seguir su vuelo de guila. Esteven, entretanto, se irritaba. El crea que la salvacin de todos estaba en el emprstito; es una deuda que se contrae para pagar otras deudas, es pedir al vecino de enfrente, lo que se debe al vecino del lado; pero lo principal, lo esencialsimo es tener dinero, venga de donde viniere. Se alborotaba con esto. Le pareca verse ya, en compaa del ilustre Eneene, hundiendo las pecadores manos en las arcas recin llegadas, acariciar las flamantes monedas y atiborrarse de ellas los bolsillos, glotonamente. Su cara reflejaba la concupiscencia en que arda; sus ojos se cerraban, para mantener por ms tiempo la deslumbradora visin: un ro de oro deslizndose con suave murmullo, y l, en la orilla, llenando sus cntaros, tan numerosos que no podan contarse. Rocchio le vi venir y se le ech encima. --Lucidos estamos, seor Esteven!--dijo sacudiendo su cabeza de len.--Qu le parece a usted? Llevle hasta la pizarra y le seal la prodigiosa cifra, 348, como se muestra un cometa en el cielo. --No lo ve usted bien?--repuso el italiano,--pues empnese sobre la punta de los pies, porque est muy alta, o eche usted mano de un telescopio; un simple anteojo no basta. Los dos, pasmados, se callaron. De los ojos de don Bernardino huy la dorada visin, y sinti los escalofros de la realidad. Rocchio, que le tena bajo su mano, no pens en soltarle; deseaba averiguar muchas cosas, descifrar la charada de don Raimundo. Lo primero que hizo fu preguntarle por el negocio magno concertado entre ambos. Y entonces Esteven habl muy bajo, con misterio, como si tratara de un crimen y temiera verse descubierto. --Mal, mi amigo; buenos estn los tiempos! Todo lo que he conseguido, es que la propuesta sea includa en las sesiones de prrroga. --Pero entonces el diputado aquel... --Se ha dado vuelta en el ltimo momento. --Haber doblado la propina, haberla triplicado--exclam Rocchio con impaciencia. --Intil habra sido; usted cree que todo es soplar y hacer botellas. No hay que apresurarse. Quiere usted que, por precipitarnos, venga un diario de la oposicin, nos descubra el gazapo y salgamos todos a danzar? No hay necesidad de exponerse tan a lo tonto; mi amigo el doctor Eneene est de por medio, ya lo sabe usted, y l ha de hacer fuerza de vela para sacar el negocio adelante. --Lo que hay es que yo contaba con mi parte de la garanta, para hacer frente a mis compromisos de fin de mes... --Qu hacerle, amigo Rocchio? Aguantar la mecha, como todos. Esto de aguantar la mecha, no le saba a mieles, sin duda, al alicado corredor; pensaba que si don Bernardino haba venido a la Bolsa, era porque ni estaba quebrado, ni tema hacer frente a los dceres malvolos del vulgo, y si esto era as, como pareca, felizmente, no sera l tan simple de no largarle lo que tena en la punta de la lengua. Y as lo hizo, sin ceremonia. Cuando don Bernardino escuch aquello de Jacintito y de los cincuenta mil nacionales entrampados, se enfad, muy lastimado de que fueran a cobrarle cuentas de su hijo, joven mayor de edad, socio de una respetable casa de comercio, que marchaba sin andadores, porque no le hacan falta. --Que se le quite a usted eso de la cabeza, seor Rocchio; los negocios de mi hijo no son de mi incumbencia; Jacinto no necesita de la bolsa de su padre para sostener su crdito. El le pagar a usted... cuando le sea posible. Con estos terremotos, quin no tambalea? Decididamente, Rocchio no estaba de vena; al escuchar a don Bernardino, intenciones tuvo de hacer con l lo que con aquel poltico de marras, a quien sirvi tan singular desayuno en la misma maana. --Si le pego--pens,--nuestro gran negocio se quedar en nada y yo saldr perdiendo. Paciencia! Los dedos le bailaban, sin embargo, tal era su coraje; con tanta embestida como haba sufrido, su esculido bolsillo deba estar hecho jirones. --Ah, camastrn! esas tenemos? pues en guardia! No he de perderte de vista; el amigo Portas, que es un lince, sabe lo que se dice. No hay que fiarse de estos fantasmones. Sigamos el consejo: apartmonos, pero, alerta! Tan decidido que estaba, haca poco, a defenderle, y ahora de buena gana le hubiera mordido. _Sacramento!_ Una oleada les separ y Esteven desapareci en el torbellino, siempre sonriendo, como hombre satisfecho de s mismo y de los dems. O era un gran farsante o, efectivamente, la quiebra de Schlingen no le haba tocado sino de refiln. Rocchio mir a la pizarra y el bailoteo de sus dedos aument: ah estaban las _vitalicias_ sin dar seales de vida, a pesar de su nombre; tan rudo era el golpe sufrido, pues haban cado de una altura de treinta puntos. El oro, aguijoneado por los alcistas, subi medio punto ms, a 348 1/2, forzosamente, a disgusto, demostrando intenciones de bajar al 47, mareado quiz de verse tan alto. Todos, al pie de la pizarra, miraban como Rocchio, angustiados, con el terror pintado en las caras plidas, ms que plidas, lvidas. Y de pronto, como cuerpo muerto que un obstculo fortuito ha detenido en su cada y rueda al abismo as que la valla cede y se rompe, las _vitalicias_ se vinieron abajo estrepitosamente, dando rebotes sobre los puntos; y el oro alz el vuelo y se plant en el 350, sacudiendo sus alas orgullosas. Un clamor terrible se oy, prolongado, ensordecedor. Rocchio, inmvil, senta que aquel nmero siniestro, 350, le apretaba la garganta, le ahogaba; toda la clera de que en el da haba hecho provisin, y que haca hervir su sangre, iba a descargarla sobre aquella cifra, nuncio fatal de su ruina. A su lado, mster Robert, inmvil como l, contemplaba la pizarra con ira mal reprimida... Un corredor, ciego de furor, di un palo sobre el encerado, y como si esto hubiera sido la chispa del incendio, mster Robert se abalanz a la pizarra, de un salto prodigioso, y quiso arrancarla; quiso y no pudo, y entonces, con enrgico ademn, borr las cifras malditas. Y se volvi, los brazos cruzados, satisfecho y tranquilo, cual si acabara de pisotear bajo su planta al demonio del agio. Echronse sobre l, le increparon, le insultaron, acorralado contra la pizarra, muda ahora; y Rocchio, como fiera a quien abren la jaula, acudi a apoyarle... La lucha estall entonces: los sombreros rodaban por el suelo, los bastonazos llovan; todos gritaban, enzarzados unos con otros, en torno de mster Robert, impasible. Y Rocchio, desgarrada la pechera, babeando de rabia, repeta: --Ah, _brigantes!_ ah, estafadores! _Sacramento! Sacramento!_ Del torbellino fu arrancado el vengador, que sonrea con desprecio, por un grupo de amigos; a tiempo que sala, del pasillo, a paso de carga, el escuadrn de Quilito y se lanzaba a la pelea, al grito de muera Schingen! Don Raimundo pasaba, buscando asustado la salida. Aquella legin de diablos le rode, dando alaridos; un bastonazo le derrib la chistera tornasol, y empujn va, empujn viene, le dieron el gran manteo, entre risas y burlas. Como pelota, iba de un lado al otro, sudando, gesticulando, descompuesto. Quilito le arranc uno de los faldones y lo iz en la punta de su bastn. --Basta, dejmosle!--grit Jacinto. Y le largaron, huyendo el portugus despavorido, rabo entre piernas. Esteven, entretanto, al que un grupo de fieles protega, invocaba a todos para restablecer el orden. Qu pasaba all? por qu barullo tan grande? Se adelant, cuando un furioso se le vino encima con el puo cerrado y le escupi a la cara este insulto: --Canalla! Dos o tres voces gritaron al mismo tiempo: --Abajo Eneene! Las invectivas caan sobre l, como lluvia de piedras; una mano, ms audaz que las otras, se prendi de la solapa de su abrigo. Y abandonado de su estado mayor, que se desband, escap tambin, como don Raimundo, en completa derrota. Las iras comprimidas por tan largo tiempo, se haban desbordado; se gritaba, se forcejeaba, se luchaba. Y qu! el oro tena que burlarse siempre del comercio honrado, del que no juega, del que no busca en la especulacin sino en el trabajo el bienestar y el sustento? La mano de mster Robert, al arrojarle de un revs, de su insolente altura, haba hecho justicia. La sarracina continuaba; muchos timoratos escapaban a la calle Piedad, espantados; otros se guarecan detrs de las puertas, de las columnas, de las mesas. Y en medio de la confusin, de las voces, de las carreras, de los golpes, la ensea de la autoridad se mostr... Rocchio, indomable, protestaba, siempre al pie de la pizarra y los compaeros de Jacinto. Quilito llevaba, a guisa de bandera, el faldn de don Raimundo, y gritaba: --Muera Schlingen! VI Susana Esteven repasaba al piano una sonata de Beethoven. Antes de salir a compras, en compaa de Angelita, su madre le haba dicho: --Me atacas la cabeza, Susana, con esa sonata! Parece que tocas a nimas o que llamas a misa. Esta msica alemana no puedo sufrirla. Por qu no estudias un valsecito francs, alegre, o un aire de opereta? Mira, Madame Angot! eso es msica. Susana era muy bonita y muy simptica; un terroncito de azcar, una paloma, un dije: todas las hiprboles de la comparacin, no alcanzaran nunca a dar una idea exacta de lo que era esta nia hechicera, sin hiel y sin malicia. Tena ms de los Vargas que de los Esteven, aunque nada de su madre, Gregoria, la excepcin de la familia; aquella dulzura de carcter le vena de su ta Casilda, y era ms blanda que ella todava, ms sumisa, ms dcil, quiz porque las contrariedades de la vida no haban llegado a agriarla, y del to Pablo Aquiles esa debilidad que parece ser patrimonio de la bondad, generalmente, y por eso dicen que los buenos son los tontos. No lo era Susana, sin embargo, aunque buena y dbil; en la casa era ella el ama de llaves, la que lidiaba con sirvientes, la que organizaba y diriga todo. Vena Jacinto: --Nanita, vas a pegarme este botn, verdad? y luego me das una puntada en este ojal y otra en el forro del chaqu. Eso es; as me gusta. --Nanita--deca Angela, la menor, una nia que entre otros defectos que ya irn saliendo, tena el horrible e imperdonable de comerse las uas,--Nanita, vas a desenredarme el pelo y hacerme la trenza. As; perfectamente. Misia Gregoria llegaba: --Anda, hija ma, ve cmo esa condenada de cocinera prepara el escabeche; t entiendes de guisos. Y raro era el da en que el padre no la dijera: --Hijita, vas a ponerme en limpio ese manuscrito que est sobre la mesa del escritorio; tu letra es ms clara que la de Jacinto, y no echas borrones, ni haces raspaduras. A todos atenda Susana, y todo lo ejecutaba a maravilla. Y en el saln, en el escritorio, en el tocador y en la cocina, siempre era la misma, dispuesta y viva, amable y afectuosa. Se levantaba la primera, y ya lavada y peinada, iba a ver preparar el desayuno de la familia; que el chocolate de don Bernardino, y el mate de la madre, y el te con leche de los hermanos, estuvieran en el punto en que el capricho de cada cual lo exiga; daba prisa a los criados, y les amonestaba, suavemente. --Bernardo, quiere usted hacerme el favor de darme el jarro de la leche? Muchas gracias. Ha llevado ya al nio los diarios? ya sabe usted que l gusta de leerlos en la cama. Manuela, ha dejado usted _cortar_ el chocolate! un poquito de ms cuidado, se lo ruego a usted. Si no haba criado, ella lo haca, y arreglaba los cuartos y tenda la mesa; una vez, se despidi a la cocinera, y como el servicio anda as, como Dios quiere, Susana tuvo que ir a la cocina y prepar un almuerzo que daba gloria. --Esta Susanita--deca el padre,--es tan buena! si ella faltara, no s qu sera de la casa. Misia Gregoria la daba a arreglar los vestidos que la modista no haba conseguido sacar a su gusto. Y todava tena tiempo para repasar sus lecciones de idiomas, y acompaar a su hermana al paseo, o a tiendas, o a visitas, y tambin a su madre. Ella se complaca en ser til, en servir; no tena ms ambicin que agradar a todos. Por lo cual, todos la adoraban. Esteven la llamaba su _Nanita_ querida; la madre hablaba de mandar construir un nicho muy dorado con dosel y todo, para meterla dentro, como santita que era; Jacinto la traa regalos siempre que poda, y en cuanto a Angela, caso extrao, su anttesis, el polo opuesto de Susana, la respetaba y miraba como algo superior y sobrenatural. Desde muy nia fu as Susana, de una pasta que ni amasada por manos de ngeles. En los rincones pasaba las horas muertas jugando a las muecas, sin chistar; ella misma confeccionaba las prendas liliputienses con que vesta a su pequea familia, tan hbilmente, que todos se maravillaban de la prctica de aquellas manecitas en manejar la aguja y las tijeras; misia Gregoria guardaba todava, como oro en pao, las camisitas y vestidos hechos por su adorado prodigio a los cuatro aos. Cuando se aburra de las muecas, tomaba su libro de cuentos, y llegaba el caso de referir lo que lea sin olvidar un detalle, condimentando su relacin con observaciones propias, siempre atinadas. Don Bernardino, asustado de esta precocidad, hablaba con terror de la meningitis. --Preferira--deca a su mujer,--que fuera menos despierta, porque estas inteligencias desarrolladas as de golpe o no dan ya nada de s y se estacionan o hacen estallar el frgil vaso del cerebro. --Qu ocurrencia! De modo que estaras ms satisfecho si la nia tuviera en vez de esa cabeza llena de talento, una calabaza vaca? A ver, preciosa, cuntame la historia de Pulgarito, o dime cuntos ros tiene la Repblica Argentina. A pesar de los temores del padre, la meningitis no vino; Susana creci, como un lirio, y a los diez y ocho aos era una mujercita en la que todas las promesas de la nia haban madurado, a pesar del ambiente poco favorable en que la planta se desarrollara. Porque hay que decir, que ni el padre, ni la madre, ni los hermanos, ofrecan un ejemplo digno de imitarse: misia Gregoria, en primer lugar, que recordaba, como horrible pesadilla, los aos pasados bajo el cerrojo de su padre, don Aquiles, no quera or de poner cortapisas al capricho de sus hijos; dejarles, que hagan lo que quieran, que gocen sin trabas de la edad dichosa... Contrariar a los nios, hacerles llorar! ya vendrn, ya vendrn las penalidades de la vida, demasiado pronto, y entonces sabrn lo que es sufrir: ahora, dejarles en libertad. Con esto, soltaba tanto la cuerda, que Jacinto, que era un potro, y Angelita, una _machona_ muy de temer, campaban por sus respetos y hacan de su capa un sayo. Si Esteven intervena, pronto a castigar una travesura o una inconveniencia, acuda la seora en defensa del reo: --Djalo, Bernardino, no me toques a los nios, no quiero que les digas nada; vas a pretender, acaso, que se porten como personas mayores? En segundo lugar, misia Gregoria era muy celosa, espantosamente celosa, lo cual daba ocasin a escenas lamentables, representadas sin disfraz delante de los hijos. Para misia Gregoria, don Bernardino, aquel hombre que, salido de la nada, se haba encumbrado a la brillante posicin en que ahora estaba, era un ser superior; admiraba su inteligencia, su carcter, su figura, su andar majestuoso, su hablar solemne, todo lo que l haca y todo lo que l pensaba. La verdad es que se cas con l enamorada, locamente enamorada, hasta el punto de hacer lo que hizo, abandonar su casa y su familia por seguirle, sin importarse de su honra ni de su nombre. Pero, este amor, con la edad, se convirti en una mana, en una obsesin de todos los momentos; apenas dorma, pensando que otras mujeres pudieran robarle el tesoro de su Bernardino. Registraba sus bolsillos, en busca de cartas comprometedoras, regulaba sus salidas y sus entradas, reloj en mano; estudiaba la cara que traa, si la barba estaba desaliada o el prpado abotargado. --De dnde vienes, Bernardino? No me dirs que de casa de Eneene, mentira! t tienes alguna... de sas, que te divierte. Mira, este pelo que traes en la manga, largo y rubio, pelo de mujer, ay, qu asco! Con que de Susana, eh? quite usted, so camandulero. Y esta carta? No dice nada de particular, pero estos garabatos son de mujer. Ay, qu desgraciada soy! Si yo hubiera sabido esto, no me habra casado contigo. Don Bernardino callaba y sufra. Pues estas cosas, tan estpidas de puro vulgares, las haca y deca todos los das, y eran vistas y odas de todos; a veces, Esteven perda la paciencia, y entonces se armaban tremolinas escandalosas: que t, que yo, que si esto, que si lo otro, t eres as, t eres as; escarbaban en el pasado de ambos, para sacar toda la porquera y embadurnarse sin piedad la cara mutuamente. Milagro fu que, con estos ejemplos y esta educacin, no salieran peores de lo que eran Jacinto y Angelita; en cuanto a Susana, la santita de la casa, nada poda enturbiar la limpidez de su alma angelical, ni alterar la esencia de su carcter: entre espinos y guijarros nacen as, flores delicadas. Y no eran los celos, la sola piedra de escndalo entre marido y mujer. Cuando se hablaba de los Vargas, el vocabulario de injurias se agotaba; entonces el escndalo se produca, no porque ambos disputaran, sino porque se ponan de acuerdo, para arrojar sobre los tristes desposedos toda la inmundicia que quedaba en sus espuertas. Tengo para m que si Susana fij sus hermosos ojos en su primo, fu de tanto or echar pestes contra ese perdido, ese pillo, ese indecente de Quilito. Qu haba hecho el infeliz? Susana no lo saba; nunca consigui saberlo. Su bondadoso corazn sufra de verle tratar as, y de escuchar todas las picardas que la madre y el padre, rencorosos, decan de la ta Casilda y del to Pablo Aquiles. Ella no les conoca sino de vista, y hubiera deseado conocerles de cerca, tratarles, para juzgar si eran verdaderamente tan perversos. Quilito se le haba figurado muy feo y muy tipo, porque misia Gregoria no hablaba de l sino para motejarle de _renacuajo_, y cuando le vi en Palermo, al lado de Jacinto, despus de muchsimo tiempo que no le vea, con su carita de querubn, blanco y rubio, muy derecho, muy bien vestido, parecile un hijo de lord, y contest afectuosamente a su saludo. Al segundo encuentro, siempre en la avenida de las Palmeras, hall al renacuajo ms simptico y distinguido; le mir con inters y se dijo que el primo deba valer un poquito ms de lo que en su casa decan. Y Jacinto, aturdidamente, la di detalles que ella no conoca: --Te digo que es un excelente muchacho, el sostn de su padre y de la ta, y trabajador; estudia Derecho. Toda su ambicin es hacerse rico; ya le vers figurar, porque muchacho ms despejado no he visto. Lo que hay es que los _viejos_ no le quieren, pero no se debe ser injusto. --Pobre Quilito!--deca la nia compadecida. Cuando le trat, ms tarde, este sentimiento instintivo de compasin, se convirti fcilmente en simpata; fu en un baile, en casa del ministro Eneene. Susana, contrariadsima, porque no gustaba de fiestas, haba consentido en acompaar a su madre, de real orden, como ella deca riendo. --No, hija ma--haba dicho misia Gregoria,--es preciso que empieces a ir a sociedad, que te vean, que te admiren; esto de encerrarse en casa se queda para las feas. Adems, yo no quiero que te me vayas a hacer monja o beata, y con la encerrona y ese carcter de ngel que Dios te ha dado, vendras a parar en eso. Felizmente, hasta ahora, no te ha dado por ah, pero puede darte, y entonces, qu sera de tu madrecita? Conque, al baile y a pescar novio! Otras exhortaciones, de buen fondo, pero disparatada forma le haca, comindosela a besos. Susana, sonriendo, dijo que ira al baile y pescara novio, si poda. Entr en el saln y lo primero que vi fu a su primo, mariposeando ufano. --Me alegro--pens Susana,--as vendr a _sacarme_ y no _planchar_; no hay cosa peor que venir por primera vez a un baile y no tener conocidos. Quilito, tan pronto como pudo acercarse, vino a saludarla, y sin mediar presentacin siquiera, charlaron como antiguos amigos. No saban, acaso, que eran primos y que l se llamaba Quilito y ella Susana? Charlaron de muchas cosas: l, de sus estudios, de sus esperanzas; ella, de sus distracciones, pero ni uno ni otro se atrevi a rozar, aun incidentalmente, el tema escabroso de la familia. Los ojos de Quilito decan: --Qu bonita es! Por qu hemos de estar a mal con ellos? Y Susana pareca querer decir: --Dile a la ta Casilda y al to Pablo Aquiles de mi parte que les quiero mucho, mucho, mucho; por qu ha de haber diferencias entre nosotros, si hemos simpatizado tanto? Y sin hablar nada de esto, se comprendan en la mirada expresiva, en el acento carioso, en el gesto amable. No s si existe, en otra parte que en las comedias, aquello de las corazonadas o del flechazo amoroso, repentino e irremediable, pero lo cierto es que este dilogo, en medio de las luces y de las flores del saln, bast para que los dos primos se entendieran, y en el apretn de manos con que pusieron punto final a la entrevista, se dijeran muchas cosas, que los labios no haban osado proferir. Verdad es que el chico era insinuante, y tena una labia y una gracia, que hubiera sido para l empresa fcil la conquista de su linda prima, aunque viniera armada de prevenciones. Y mientras en Quilito naca una idea egosta de este encuentro, la del amor compartido, en el generoso corazn de Susana se despertaba un propsito digno de ella: --O he de poder yo muy poco--se dijo,--o conseguir la reconciliacin de las dos familias; resistencias y obstculos no han de faltar, pero Quilito y yo, aliados, las venceremos. La tenacidad de estas resistencias, que prevea, pudo apreciarla al siguiente da, cuando misia Gregoria, contra su costumbre, la habl acremente de aquella larga conversacin, que ola a _temporada_, con el renacuajo. A qu tanto palique? qu le haba dicho? Si l se hizo el pegajoso, como mal educado que era, haberle plantado. En cambio, pas la mayor parte de la noche perdiendo el tiempo con el insignificante de su primo, y no atendi a jvenes de mrito que la solicitaban. Vamos! y para eso fu al baile? Irritadsima, viendo cosas que ella sola se forjaba, lanz esta frase cruel: --El convento, me oyes? el convento antes! Susana llor, y costle mucho trabajo convencer a la madre, que la conversacin haba sido de lo ms soso e inocente del mundo. --Lo creo, porque t me lo dices--dijo la seora,--t no mientes nunca... pero, yo me entiendo. No hablemos ms de esto; ven a darme un beso. Desconfiada, sin embargo, porque la idea de que su prodigio, su dolo, fuera a caer en la cueva hedionda de los Vargas la horrorizaba, no quiso llevarla ms a bailes, pero esta determinacin, fcil de realizar dada la docilidad de la nia, parecile muy poco, y da a da, ella y don Bernardino, renovaban sus catilinarias contra la odiada familia. Todo, segn ellos, no haba sido sino una trama urdida por la Casilda, que era una intriganta desvergonzada, para ver de meter al muchacho en la casa y luego colarse ellos; pero la haban descubierto el juego y ya estaba aviada, la muy tal, etc., etc. --Como yo la encuentre--deca misia Gregoria,--le zampo una buena fresca, y si me apura mucho, le pongo las manos en la cara. Esteven dijo que ira al Ministerio y hara que Eneene destituyera a don Pablo Aquiles. --Eso, eso--exclam la seora,--que les corten los vveres y que vayan a pedir limosna! Pasado el chubasco, Susana consigui aplacar los nimos y obtuvo la promesa de que nada se intentara contra la desgraciada familia. --Si yo les juro que Quilito... digo, ese joven, no me ha dicho nada de particular; adems, no volver a hablarle. --Bueno, ya se acab--dijo don Bernardino;--venga ac mi Nanita querida a abrazar a su papato. Susana no renunci, sin embargo, a su idea de reconciliacin; ya les catequizara poco a poco. De qu haba de servirle, entonces, la grande influencia que ejerca sobre sus padres? Lo malo era que, si en todo lo dems se haca lo que la santita de la casa quera que se hiciese, en lo tocante al asunto de los Vargas no haba acuerdo posible; al solo nombre pronunciado, los odios dormidos se alzaban, como vboras a las que se pisa la cola. Entretanto, pasaron los das. Susana y Quilito se vean en Palermo, cambiaban una mirada y una sonrisa al cruzar rpido de ambos carruajes, recatadamente, a causa del Argos de la madre o de Angelita, que las cazaba al vuelo, y como era tan chismosilla y enredista, haba que cuidarse de ella; luego, en el teatro, algunas veces, muy pocas, porque misia Gregoria, contrariamente a lo que antes predicaba en punto a encerronas, deca ahora que las nias bien educadas no deben andar de ceca en meca, mostrndose con descaro en todos los sitios, como mercanca puesta a la venta. Se vean, pues, pero no podan hablarse. La primera carta que trajo Agapo del audaz chiquillo, no quiso Susana recibirla; encendida de rubor, dijo que no era decoroso que una seorita se carteara con ningn hombre, aunque ste fuera su primo. Pero Agapo insisti. Qu mal haba en ello? acaso iba a mancharse los dedos y a condenarse a infierno perpetuo por recibir la cartita del primo y dejarse querer? Porque Quilito la quera, la adoraba! y no era lgico esto, que se adorase a una santita como ella? Ah estn las santas de los altares: pues, bien, se incomodan o ruborizan porque los hombres, de rodillas, las prestan el homenaje de su adoracin? Y las oraciones, qu otra cosa son que cartas pedigeas, solicitudes de recomendacin, entre el pecador contrito y el intermediario de Dios? Se ha visto, hasta ahora, a una santa que se estime, rechazar una oracin que se le presenta con toda poltica y humildad? Preguntrselo a Santa Rita, que era tan seriota, sin embargo, y a Santa Clara, tan punto y coma en todos sus deberes, y a la misma Magdalena, que de tanto andar en el mundo, estaba, ya curada de espantos. Pues lo que hacan estas venerandas seoras, probando as que su corazn de piedra o de simple pino lata an por las miserias del prjimo, por qu no haba de hacerlo ella, que tena un corazoncito de mantequilla, tan blando era y tan compasivo? --Jess, Agapo! mira que hablas desatinos--deca riendo Susana, sin darse por vencida. El otro volva a la carga. No, lo que es l no haba de irse como vino, qu iba a decir el pobre Quilito? Nunca lo creyera que Susana, tan buena, alimentara la misma inquina de sus padres contra los Vargas. --Oh! no--exclam la nia,--yo no, al contrario! Entonces, por qu se resista? quin sabe si aquella carta no era el primer paso dado en el camino de la reconciliacin! Susana qued suspensa. Bien poda ser, por qu no? as, de lejos, sin estar al habla, nunca se hara nada de provecho; y si ella se haba aliado a su primo, en el pensamiento, para llevar a cabo aquella empresa que, a sus ojos, apareca tan noble y grande, estaba obligada a entenderse con l, de un modo o de otro, a fin de discutir y acordar los medios de realizarla. Es cierto que se haca culpable del pecado de desobediencia, pero Dios saba por qu lo haca y haba de perdonarla, en razn de sus buenas intenciones. Susana tom la carta. Lo que Quilito deca, ya se adivina. Fogoso e irreflexivo, pintaba a su prima un amor que arda por los cuatro costados, en medio de un bosque enmaraado de metforas, deprecaciones llorosas, exclamaciones desesperadas y llamados sentimentales a la _Parca implacable_ cada dos prrafos, los cuales concluan todos con un punto de admiracin, que daba el quin vive. Susana contest en pedestre prosa, pasando como sobre ascuas, y haba de qu, por lo que el primo declamaba, y hablando slo de sus propsitos, nada de s misma. Y as empez una dulce correspondencia entre ambos, sostenida con juvenil ardor por parte de Quilito, y con tranquilo recato por parte de Susana, siempre sobre el mismo tema y en diapasn igual: Quilito, suspirando, llorando a veces, renegando otras, desesperado de su suerte y de su porvenir; Susana, predicando la concordia, la paz, la calma, en el sagrado nombre de Dios. Y si la empresa magna, la reconciliacin deseada, no hizo muchos progresos, a causa de los obstculos insuperables casi que la contrariaban, en esta comunin de su dos almas, el retoo de los Esteven qued unido al de los Vargas por el lazo del amor, en nudo tan apretado, que no haba ya quien pudiera desatarlo sobre la tierra. Repasaba, pues, al piano Susana la sonata de Beethoven, en el saloncito de msica, y pensaba en su empresa y en su primo. Eran las tres, las cuatro, las cinco? No lo saba; deba ser tarde, porque despus del almuerzo, se puso a copiar unos documentos de don Bernardino con su letra clara y redonda, y esto le tom mucho tiempo. Su madre, muy emperifollada, de capota rosa y abrigo de terciopelo, acababa de salir con Angelita, despus de decir aquello sobre la msica, que hizo sonreir a Susana... Sonaron dos golpecitos en la puerta del vestbulo... La nia, ocupada, en el estudio de una cadencia, no oy... La puerta se abri y entr Agapo. --Chist!--hizo,--no te asustes, Nanita, que soy yo. --Qu susto me has dado!--exclam Susana abandonando la banqueta,--por qu entras as, como un ladrn? --Puedo yo entrar de otra manera en casa de mi seor hermano?--contest el atorrante con amargura;--s que no hay nadie, porque he estado espiando a la puerta y he visto salir a todos, menos a ti; hasta el _mucamo_ ha salido: si me encuentra en la escalera, me echa; es la consigna que tiene del seor Esteven. --No digas eso; siempre que hablas de pap, exageras de un modo... --Bueno, lo que t quieras; lo cierto es que nunca he pasado del vestbulo, y hoy me dije: Aprovecharemos la ocasin y entrar a ver esos lujos tan mentados; de seguro que Nanita no me echar, de miedo que la ensucie sus bruselas. Estaba tan rotoso, que daba lstima; por los agujeros del pantaln asomaba la carne de las piernas; no tena chaleco, y la camisa, si camisa puede llamarse el retazo de lienzo color de chocolate que le cubra a medias el pecho, careca de puos y de cuello o por lo menos, no se mostraban; la chaqueta estaba acribillada de manchas, y de los zapatos y el sombrero vale ms no hablar. Con este avo, pues, y una cara y unas barbas que no probaban agua ni tenan noticias del peine haca un siglo, se present Agapo en el saloncito de msica. Tan facha estaba, que, en medio de las sedas y los dorados, pareca una mala copia del _Menipo_ de Velsquez, sin la capa, dentro de un marco de precio. Mientras Susana le miraba compasiva, el filsofo recorra la pieza, metiendo las narices, estirando el hocico, con movimientos de cabeza ms de desdn que de asombro. A veces, tenda la mano para palpar un objeto, pero se contena. --No temas, Nanita--deca,--ya s que esto se llama mrame y no me toques. Pero, qu hacen ustedes con tanta chuchera, tanto mueco, tanta silla dorada, que ni para sentarse sirve? Porque, sta, por ejemplo, de raso o lo que sea, no aguanta el peso de una persona. Qu farsantes son los ricos! Ya que les sobra el dinero, por qu en vez de emplearlo en cosas intiles y de puro aparato, no lo regalan a los pobres? acaso para vivir, lo que se llama vivir, se necesita de estas faramallas? Si aqu no se puede andar con libertad, entre tanta baratija! sabes? Si me dieran esta pieza por crcel, reventaba al tercer da, si es que pasaba el primero; aire, luz y espacio suficiente donde asentar estas patazas y donde recostarse con comodidad; y libertad para moverse, sin el temor de echar una mancha en el cortinaje, o de romper una silla, o de tirar una mesa, y con ella, perniquebrar a alguno de esos personajes de porcelana... Uf! aqu se ahoga el _sursum corda_! Eso s, no vayas a creer, Nanita, que esto es lo primero que veo; muchos salones he visto, y mejores... --Ya lo s--dijo Susana risuea,--que te tratas con muchos _high-lifes_, y que comes en casas ricas; vamos a ver, dnde has comido anoche? --En casa del Presidente--contest Agapo muy serio. --Dnde?--volvi a preguntar la nia, muerta de risa. --En casa del Presidente! Y la noche antes en casa del ministro Eneene, muy mal, por cierto, porque el doctor tena gustos criollos bastante rancios y estaba a diario con puchero de cadera y asado de costilla, y alguna vez, de extraordinario, ponan _ropa vieja_, y gracias. De qu se asombraba? Cuntos, que no le llegaran a l a la sucia del zapato, trincaban con esos personajes! Por supuesto, l no se dignaba sentarse a la mesa: abajo, en la portera, reciba su buena racin y se iba tan contento. --Y hoy, dnde has almorzado?--pregunt Susana con timidez. --Ah! Nanita, qu picarona! De modo que las santas se permiten tambin ser maliciosas? Pues hoy almorc... all. --Dnde... all? --Pues, en casa de la ta Silda. --Ah!--hizo Susana. Qu enferma haba estado la ta Silda! Tres das de cama, con dolores en el costado, y fiebre, y mdico yendo y viniendo. --Dios mo! Sigue enferma la ta?--pregunt con sobresalto la joven. --Ya est levantada, pero... casi no cuenta el cuento. Jurara, Nanita, que all hay algo. --Algo! a ver, Agapo, cuntame. Se acerc al atorrante, ansiosa, sin disimular el deseo de tener noticias de la otra casa: estaban solos, y bien poda pronunciarse el nombre maldito de los Vargas, sin temor alguno. --Pero, qu he de contarte?--exclam Agapo,--no s nada, cosas que yo me imagino. Vers: hoy entro, y me encuentro a misia Casilda con los ojos como tomates, qu quiere decir, Cristo? En el patio me tropec a don Pablo Aquiles; siendo l tan poltico siempre, no me salud ni dijo palabra, entiendes? Arriba, Quilito, encerrado, sin querer abrir la puerta; cuando oy mi voz, me mand con Pampa esta carta, que ahora te dar, y para eso, la ech por la ventana. Bueno, pues todo esto, pienso yo que tiene busilis, y el busilis es la Bolsa. --La Bolsa? --Como todo el mundo ha perdido en la Bolsa este mes, nada habra de extrao que Quilito diera su tropezn tambin... Te digo que algo ha ocurrido all. --Jess! No se oye sino hablar de la Bolsa, en todas partes... Hoy, en casa, no s qu he odo de esto, pero ha habido su disgusto, porque mam ha llorado... y el otro da, cuando esos tumultos de la Bolsa, pap vino enfermo, derechito a meterse en cama. --Si te digo que va a ser preciso un escarmiento; hasta que el pueblo no eche al ajo a este Gobierno y no prenda fuego a la Bolsa, no vamos a quedar tranquilos. --Ya empiezas, Agapo, con tu dinamita y tus cataclismos... no me gusta orte as. --Y si no hay ms remedio? --Para todo lo hay, con la ayuda de Dios; ya se arreglarn las cosas, poco a poco. Ahora, dame esa carta. El atorrante meti la mano en el bolsillo de su chaqueta y sac la carta. --Y para el to Agapo, para el pobrecito to, no hay nada hoy?--dijo presentndola, con el aire de un nio que pide un juguete. Susana guard la carta, pues no quiso abrirla delante del curioso filsofo, y contest jovialmente que s, que haba muchas cosas para el to: un buen sobretodo largo, un par de pantalones, tres camisas, zapatos, calcetines... Era una vergenza que fuera con esa facha a comer a casa del Presidente; la misma ta Silda, qu dira?... Dinero? No, seor, para que saliera a bebrselo en la primera esquina. --Nanita, me ofendes con eso--replic Agapo;--hace mucho tiempo que no _tomo_... desde aquella promesa que te hice. En cuanto a mi traje, no encontrars un uniforme ms apropiado para estos tiempos de crisis; ya se vern obligados a vestirlo muchos de los ricachos _a la minuta_, que se zarandean por ah. Adems, no estoy tan mal como dices. Se miraba al espejo, adoptando posturas de academia. Y mientras l haca cucamonas a su propia figura, Susana fu adentro y trajo un gran paquete. --Aqu tienes el sobretodo, los pantalones, las camisas... todo en muy buen uso. Esto es de pap, esto de Jacinto. --Se me ocurre una cosa, Nanita. --Qu? --Que maana, quiz, tu padre y tu hermano necesiten de estas prendas, que ahora tiran... porque yo he odo que sus negocios andan as, as... te juro que no lo sentira sino por ti, que eres un pedacito de gloria; en cuanto a ellos, bien merecido lo tendrn; ese da me visto de colorado y canto el himno nacional en la calle Florida. --Qu malo eres, Agapo!--dijo Susana disgustada;--siempre con tanto rencor contra pap! Si la culpa es tuya, que nunca has querido trabajar y has sido toda tu vida un vicioso, un haragn. De la misma manera que pap ha colocado a tanto tipo que no conoce, por qu no haba de darte un empleto? --Un empleo? a m! Mira, hija, mejor es no tocar este asunto, porque me sublevo, y me alboroto y sera capaz de hacer una barbaridad o decir un desatino; todo lo que puedo decirte es que mi seor hermano es una buena pieza, un _peine_ muy fino, que no merece tener por hija esta santa Susana, que yo conozco, quiero y admiro. Muy nervioso, empaquetaba la ropa, dispuesto a marcharse ya. --Espera, hombre, que vas a romper el papel; trae ac, yo te preparar el paquete. Lo envolvi todo muy bien, asegur el lo con un cordn, y se lo entreg. --Pero no te vayas todava; no tengas cuidado, que nadie vendr. Hblame, antes, de la ta Silda, qu te ha dicho? qu te di de almorzar? Eran tan raras las ocasiones de saber de los otros que se la presentaban... Agapo cambi de fisonoma y se puso hasta risueo. --Eso es otra cosa--dijo, abandonando el pesado envoltorio, satisfecho de caer sobre un tema agradable;--cuando entro en esta casa, no te me ofendas eh!, el corazn, porque yo tambin tengo corazn, aunque no lo parezca, se me _empaca_, como quien dice, las piernas me flojean... si no fuera por el maldito estmago! pero all, entro tan alegremente, seguro de no ser despedido con una coz. Y esto no debiera ser as, porque, al fin, yo soy un Esteven, mal que les pese, y ellos, los Vargas, en vez de simpata debieran tenerme odio, y sucede todo lo contrario: el odio est aqu. Ajo!... --Bueno, volvemos a lo mismo? --Dispensa, Nanita; cuando uno es un hombre honrado, porque eso s, a honradez nadie me gana... ya la quisieran muchos para su uso personal! y uno es desgraciado... no hay razn. Todos no hemos de salir con mucha chispa en la cabeza o muchas uas en las manos. --Qu pesado ests, Agapo! A ver, qu te di de almorzar la ta Silda? --Pues la ta Silda... Hablando de la familia de Vargas, se animaba. Y Susana, sentada en la banqueta, con el codo sobre la tapa del piano, escuchaba atenta, sin perder uno del hilo de nimios detalles que el filsofo iba desatando, sin hacerse rogar mucho. La casa era as, con dos patios y tantas piezas, y arriba, el cuarto de Quilito; la habitacin de la ta, de este lado; despus del comedor, la del to. Sealaba los objetos que haba en cada pieza, qu plantas adornaban el patio, si haba canario en el zagun... Misia Casilda siempre trabajando, con su bata de lana y sus dos bands tan alisados; don Pablo Aquiles, al Ministerio a las doce... no se le oye nunca la voz. Quilito, mareando a todos con sus fantasas. El mastn de la casa era Pampa, la india, enseando los dientes al que entra. Susana oa extasiada, y se haca repetir los detalles: deca que el cuarto del to estaba de este lado? ah! despus del comedor. Parecale estar en la casa maldita, en la cueva, que deca misia Gregoria, acompaando a la hacendosa ta Silda, ayudndola a preparar la cena, o a limpiar, o a zurcir; y cuando llegara el to del Ministerio y el primito de la Bolsa, con qu gusto se sentara a la mesa, en tan amable compaa, feliz de verlo todo en regla, el mantel planchadito, los vasos bruidos, los cubiertos lucientes como plata de veras, feliz de que la ta la mirara con complacencia, convencida ya de que ella, aunque Esteven, no era ni mala ni torpe! feliz de estar cerca del primo, y poder reanudar el coloquio del baile, sin censura ni anatema! Otra vez volva sobre los detalles pueriles. Y el to, tena mucho sueldo en el Ministerio? Quilito deba ganar enormemente en la Bolsa, y ya con esto poco importaba que el sueldo fuera escaso. --Y dices que hoy encontraste llorando a la ta Silda? S, pero Agapo no saba la razn, l no haba de preguntrselo. Quin sabe las penas que sufrira la pobre ta! si ella, pudiera! cmo no consolarla, si le era tan simptica! Entonces, la idea del cisma que la separaba de aquella familia haca nublar su dulce mirada. Deba haber ocurrido algo muy grave, muy grave, para un rompimiento tan completo, tan definitivo, que pareca ser eterno; porque ella, desde que abri los ojos, recordaba haber visto siempre las cosas as. --Sabes, Agapo, cul ha sido la causa? Y Agapo deca que no, que l no saba nada, no quera saber nada; contrariado, ya no sonrea, arrojando miradas feroces a su alrededor, como si aquel lujo insolente, al despertarse el recuerdo del pasado, insultara su miseria e irritara sus nervios. Se oyeron pasos y voces en la escalera. --No huyas, que ser alguno de esos fastidiosos que asedian a pap todos los das. Pero el atorrante, que crey percibir dejo de mujer, apresurse a cargar el lo y a escapar, temiendo tropezar con su cuada y que le sorprendiera en flagrante delito de profanacin y sacrilegio. --Adis, Nanita; Dios te lo pague, hija! Fu a abrir la puerta, a tiempo que misia Gregoria entraba, con Angelita. --Aqu?--chill la seora;--se te ha dicho que no pases de la puerta, y t lo consientes, Susana! El no tiene la culpa, naturalmente. Si Bernardino estuviera en casa, l te ajustara las cuentas, vagabundo! Agapo, sin decir palabra, embisti al hueco que dejaba libre la corpulencia de misia Gregoria en la puerta, y sali al vestbulo, empujando a la cuada sin miramientos. --Ordinario, vulgarote!--vocifer ella. Y mientras el atorrante bajaba las escaleras, saltando los peldaos de cuatro en cuatro, Angelita, echada sobre la barandilla, le haca pitos, diciendo de burlas: --Adis, to Agapo! Arrojle un salivazo, tan certero, que le cay en la mano. --Puerca! vbora!--refunfu el filsofo. --Pero, mam--deca Susana,--por qu le tratas de ese modo? Hay que tenerle lstima. --Lstima, cuando es un sinvergenza, un perdido, que deshonra a la familia! --Un desgraciado, ms bien, mam--replic dulcemente la nia. Misia Gregoria se sent. Se haba puesto excesivamente, monstruosamente gruesa; el pecho desbordaba del cors; la cintura, salida de madre, invada las caderas; los brazos, del codo al hombro, tenan ms de muslos que de brazos; el cuello, corto, con un collar de grasa, que caa en blanda papada sobre el cuerpo del vestido, manchado por la transpiracin y los polvos de arroz; la cara, mofletuda, colorada, reluciente; los ojos, enterrados en tanta gordura, lacrimosos, a la sombra de un flequillo postizo, que se encrespaba sobre las cejas peladas... Y encima del peinado pretencioso, una capota rosa, una capotita monsima... Qu bajn tan grande haba dado la seora de Esteven! Ni rastros quedaban en ella de la hija mayor de don Aquiles, de aquella muchacha esbelta, ms graciosa que bonita, soberbia herona de un drama de amor. Con voz flaca y lnguida, pidi que la desembarazaran del abrigo, pues se mora de calor; Susana di satisfaccin seguidamente a su deseo, desat los lazos de la capota, que la ahorcaban, y afloj el cors, requisito indispensable cada vez que la seora volva de la calle. Ella daba suspiritos de alivio, la cabeza desmayada sobre el respaldo del silln, los ojos cerrados voluptuosamente. --Qu placer tan grande es ste! Ay, Nanita, no puedes imaginarte lo que sufre tu madre con el condenado cors; para m es como si me cincharan, hija! Se abanicaba con pereza, saboreando el descanso de que disfrutaba. Angelita, delante del espejo, despojbase del sombrero y el velo; hubiera sido bonita, sin el arremango exagerado de su nariz, que le daba una expresin de picarda y malicia, y si la boca fuera menos grande y los dientes ms iguales. Desenfadada, tena movimientos bruscos, salidas de tono violentas; era bromista de mal gusto, y necia, por consiguiente, y si se crea molestada, lanzaba la saeta de su stira, sin cuidarse dnde hera, ni a quin hera. La menor contrariedad produca en ella un ataque de nervios, y convulsiones, gritos y pataleta: a esto llamaba su madre los _prontos_ de Angelita, asegurando que, a pesar de ello, su corazn era de oro, y ante la palabra de misia Gregoria, no me atrever a ponerlo en duda, aunque no pueda afirmar si el oro era o no de ley. Lo cierto es que a estos _prontos_, segua un estado de irritabilidad tan grande, que andaba por la casa dando mordiscos a sus hermanos, a los criados, hasta a sus padres: a don Bernardino le sobajaba de lo lindo y a la madre la pona motes irrespetuosos. --Ya est atufada Angelita--deca misia Gregoria,--no hacerle caso y dejarla. Con esto, amiga de chismes, de meterse en los y enredar a la gente; caminaba con desgaire atroz, a la manera del papagallo, los pies atravesados y a pasos menudos; su voz era chillona y de timbre antiptico, tan estridente, que se meta en el odo y all se estaba vibrando sobre el tmpano, como insufrible chicharra, hasta total aturdimiento... He dicho que se coma las uas? s? pues, ya est hecho el retrato de la seorita Angela Esteven. Cogi el sombrero, arranc el velo, y tir todo sobre el sof, malhumurada. Ella no se quejaba del calor, sino del tufo a tabaco, a vino, a demonios, que haba dejado el to Agapo. Y luego el plantn de la tienda! Dos horas de revolver, de hablar, de levantarse, de volverse a sentar, para salir con las manos vacas. El dependiente tena un grano en el pescuezo, que no le dejaba mover la cabeza, y usaba onda pegada sobre la frente con goma de membrillo. Qu asco dan estas ondas engomadas! Pero lo gracioso fu que, estando ella en la puerta, aburrida del debate estril de la madre con el dependiente, vi pasar a la ta Silda con un mantn color de diablo afligido, hecha una pordiosera; si estaba tan mal, por qu no se pona a servir? El orgullo no da para el mercado. Ah! y la de Eneene? la mayor, aquella paja larga, que anda como si la llevara el viento, pas tambin, con la madre: y miren lo que vale ser hija de ministro! llevaba dos _festejantes_ de escolta, marcando el paso. Por supuesto que el coche, pagado por el Ministerio, estara en la esquina, esperando. Hablaba, y repercuta el sonido de su voz, como si dieran con un martillo sobre un caldero, dam, dam, dam! y la vibracin ensordeca. --No grites tanto, Angelita--suplic misia Gregoria, sin abrir los ojos. Ella, no hizo caso y salt de repente: --Dime, mam, es cierto eso que le has dicho a la de Eneene, que nos vamos al Frigal? En junio! sera ridculo. Mordiendo la ua del dedo meique con encarnizamiento, protestaba de esta ida a la _estancia_ en pleno invierno; que no contaran con ella, porque ni a soga haban de llevarla: la temporada de pera en lo mejor, tres bailes anunciados... la muerte antes que la _estancia_! Bien mondado el meique, pas al anular, insistiendo en su pregunta. Misia Gregoria, con un suspiro mucho ms hondo que los otros, contest que s, que se iran a la _estancia_ a fin de mes, si _esto_ no se arreglaba. --Perfectamente!--exclam Angela atacando, en su coraje, todas las uas a la vez,--y qu tenemos nosotros que ver con _esto_? Que se arregle o deje de arreglar, no es motivo suficiente para que demos la campanada de irnos a la _estancia_ ahora, a pasar fros, y aburrirnos. Lo primero que dirn todos es que pap se ha fundido, y que nos vamos al campo a economizar, y no hay cosa peor que dar pie a habladuras. La seora suspir ms hondo todava, como si quisiera arrancarse de all dentro algo que la incomodaba enormemente; este mudo comentario su pensamiento, que pareca confirmarlo en su elocuente silencio, sac de quicio a Angelita. A ver, decir la verdad y no andarse con tapujos: decir que haban descendido al nivel de la ta Silda, ms bajo, al nivel de Agapo, y acabemos; por qu no haban avisado a tiempo para salvar siquiera la camisa? Eso tiene meterse en la Bolsa y hacer gracias; claro, las mujeres pagan despus el pato: destierro a la _estancia_ y punto final. Pero lo que ms la irritaba era el qu dirn de las gentes, la murmuracin de las amigas envidiosas, darles el gusto de verla abollada. --Ay, Dios mo! tengo tanta vergenza, que quisiera morirme. La madre intervino: --Quieres callarte, Angelita? Ests ah hablando _zonceras_ sin fundamento; si nos vamos al Frigal, lo que no se ha decidido an, ser por mi salud, ni ms ni menos. --Que no voy a la _estancia_, digo--grit Angela, con todos los sntomas de sus _prontos_ ms temidos,--que no voy, no y no, han odo? Di la nota ms alta de su voz de tiple, con tal fuerza, que los cristales temblaron, y hubo que llevar la mano a las orejas; pateando, llorando, aporreando los muebles con el puo iracundo, sali del saloncito, como una exhalacin. Del golpe, la puerta casi se desencaja. Susana, consternada, no haba dicho palabra. Hojeaba, delante del piano, su cuaderno de msica, tan abstrada en la lectura de fusas y semi-corcheas, que pareca no haber odo nada, no haber visto nada. --Ya se fu esa loca?--pregunt misia Gregoria, abriendo los ojos y apartando las manos del torturado rgano auditivo,--qu carcter de muchacha! al momento se atufa, y no hay ms que dejarla desahogar. Lo mismo era yo, a su edad. Nanita, ven ac, acrcate. Susana obedeci. La atrajo a s la seora y obligla a arrodillarse delante del silln, para tenerla ms cerca todava y poder besarla a sus anchas, en la boca, en los ojos, en la frente, en el pelo rubio y ondeado. La joven, sorprendida, repeta: --Mam, mi buena mam... Pero, la seora, estrechando la hermosa cabecita de virgen contra su seno opulento, protestaba: no, la buena era ella, su hija, su Nanita adorada; a ver, que vinieran todos los ngeles del cielo y todos los santos del almanaque a competir con ella; a que se volvan avergonzados de la derrota? La di un beso ms apretado en la frente y se puso a llorar, con sollozos convulsivos que sacudan todo su cuerpo. Entonces, Susana se asust. --Qu tienes, mam? qu ha pasado? Misia Gregoria no contestaba; su llanto era tan copioso, tan sentido, que no poda hablar. Y Susana, afligida, repeta: --Mam, por qu lloras? dime, por qu? Entre el hipo de los sollozos, la seora articul: --Sabes? lo que ha dicho Angela... es la verdad... la terrible verdad! La joven, sin comprender, exclam: --Que nos vamos a la _estancia_? Mejor! Y eso te aflige tanto? La madre volvi a besarla largamente. Qu inocente era! Se afliga, s, pero no por salir de la ciudad, sino... por lo otro, un golpe tan duro y terrible! se afliga, porque este golpe alcanzaba a sus hijos, a su buena y querida Nanita. Esta, abra tamaos ojos. La madre, bruscamente, repuso: --En medio de todo, debiera alegrarme de nuestra desgracia, porque esa gente, esa chusma, te haba ya tendido el lazo y en l ibas a caer, tarde o temprano; tengo la experiencia de estas cosas, y s en lo que viene a parar la oposicin de los padres en lucha con el capricho de los hijos; porque no me lo niegues, no me digas que no: ests encaprichada con ese renacuajo de Quilito. --Mam!--suplic Susana. Que s y que s; ella tena un ojo y un olfato! Estall en invectivas contra _esa chusma_, gozosa de poder descargar en alguien la amargura de su pena inmensa; como lobos haban rondado su casa, para entrar a saco en ella y vindola bien guardada, engatusaron al cordero de su hija; ya saban ellos lo que se hacan: atacaban por el lado ms dbil, ms vulnerable; una vez ganada la hija, la conquista de los padres no era sino cuestin de tiempo. Pero, ah estaba ella, la madre, para velar por todos; no conseguiran su objeto, no: ella lo haba jurado. Sus ojos, secos ya, brillaban, animados por el odio inextinguible. Susana lloraba. Vindola as, la cabecita de penitente inclinada, misia Gregoria, afligidsima, la volvi a besar, a estrechar contra su pecho. Por Dios! qu haba hecho ella tan malo, qu crimen haba cometido, para ser as castigada en sus afecciones? Su hija, su adorada santita, renegaba de ella, acusndola quiz de verdugo, de madre sin entraas. Pero, si era por su propio bien, que lo haca... --Mam!--suplic de nuevo Susana. La apenaba tanto or hablar a su madre as... Misia Gregoria se call, embargada, otra vez, su mente, por la idea terrible, por _lo otro_, que no haba acabado de explicar. --No llores, hija ma--dijo,--mira que tu valor y tus consuelos me hacen falta, mucha falta. Lo que haba dicho Angela, era cierto: se iban a la _estancia_, en junio, en el rigor del invierno, porque su padre... su padre estaba arruinado, y su hermano arruinado, y todos, todos, absolutamente arruinados. La ahogaron los sollozos. Pas mucho tiempo sin que pudiera hablar, sorda a las palabras de su hija, que se esforzaba en animarla, mostrando cristiana resignacin. Estaban arruinados! Y bien, se iran al campo y trabajaran y ahorraran; al padre no le tomara de sorpresa esto, porque se haba formado en el trabajo, y luchado desde joven por el bienestar de la familia; era duro empezar de nuevo, pero ahora no estaba solo, sus hijos le ayudaran: estaba Jacinto, joven y robusto, estaba ella... no saba planchar, lavar, coser, bordar, guisar? Ella lo hara todo, y con qu placer! se la presentaba la ocasin de pagar esa deuda, imposible de saldar jams, del hijo con el padre, de pagarla en la moneda del cario, de la abnegacin, del sacrificio, nica moneda vlida para tales deudas. Qu la importaban el lujo, las fiestas, la vanidad de la posicin perdida? Arriba o abajo, el corazn late lo mismo... All, en el fondo de su alma, en el rinconcito ms oculto, brillaba la esperanza consoladora de que, cada de su pedestal de mujer rica, se acercaba ms a los otros, se pona a su nivel, facilitando as la realizacin de su magna empresa. Era Dios quien lo haba hecho; alabado sea Dios! Pero misia Gregoria no participaba de esta conformidad; cuando se repuso, apretando el pauelo sobre los ojos hinchados, cont la historia de la desgracia. El cicln desencadenado sobre la Bolsa haba arrastrado todo, casas, tierras, depsitos bancarios... as, en un santiamn... todo, todo! Lo nico puesto en salvo era la _estancia_, que les servira de asilo. Y ella haba sentido venir la catstrofe; el corazn se lo deca. --No te metas, Bernardino, en la Bolsa, mira por aqu, mira por all. Bernardino, vigila a ese nio, que no tiene experiencia, que no sabe por dnde anda; el socio es bueno, pero el mal ejemplo de los dems, el tuyo sobre todo, va a perderle. Bernardino esto, Bernardino aqullo. Y nada, erre que erre. Estaban ciegos, locos. Hoy mismo, agobiado por la espantosa desgracia, en la calle, sin fortuna y sin crdito, sostena que no, que la culpa no era de l, que la cosa haba sucedido sin saber cmo, inopinadamente, por sorpresa o mala suerte, pero que estaba en lo cierto al asegurar que, lo que la Bolsa quita, la Bolsa vuelve a darlo. Ay, Dios mo! Dios mo! Gimi sin consuelo, largo rato. Y de pronto exclam, enderezndose en el silln: --Lo que a m me subleva, me ahoga, me mata, me quita el sueo, el apetito, la vida, es que _ellos_ van a rerse, van a burlarse, van a gozar de nuestra desgracia. Si me parece ver a esa harpa de Casilda, a ese hambriento de Pablo Aquiles... Ay! no, yo no podr soportarlo, no, no! Se ahogaba. La joven desabroch su corpio, la hizo aire con el abanico. Y misia Gregoria desmay su cabeza sobre el seno de su hija, bajo el cual se abrigaba la traidora carta del odiado vstago de los Vargas. VII Lo ocurrido aquella maana en la casa, a que se haba referido Susana en su conversacin con el filsofo, fu lo siguiente: Que misia Gregoria, escamadsima con el teje maneje que se traa su marido, provoc una explicacin, que degener en tormenta, a causa de lo que se dir despus. Hay que repetirlo: misia Gregoria estaba enamorada de don Bernardino, y esto, a los veintitantos aos de casada, en que se ha tenido tiempo suficiente para ver el revs y el derecho del carcter, y conocer la urdimbre de la persona como las propias manos, es muy digno de respeto y alabanza. Misia Gregoria crea que cuando Esteven andaba por la calle, las miradas femeninas le seguan y le salan al encuentro y le provocaban; no vea, qu haba de ver! que el horno no estaba para rosquillas, es decir, que don Bernardino, rechoncho, pelado y teido, con patas de gallo en los ojos y los carrillos cados, no era digno de ser mirado por su linda cara, sino es por sus muchos monises. Y si esto no lo vea, tan a la vista estaba, menos haba de ver que ella, deformada por la obesidad, vieja y fea, no poda representar airosamente escenitas de celos, con mucho _puchero_ y mucho remilgo. Porque la verdad es que los dos haban llegado a la edad reglamentaria, en que es forzoso abandonar el servicio activo y entrar en la reserva; y de esto pareca convencido don Bernardino, en quien la ambicin era la pasin dominante. --Djame en paz, Gregoria--deca cuando la mujer le atosigaba demasiado;--mira, hija, que es preciso convencerse que ni uno ni otro estamos para estas cosas; el amor es gaje de la juventud, y cuando se tienen hijos con barbas, y canas y reumatismo y chocheces y goteras por todos lados, empearse en hacer los Faustos y las Margaritas es exponerse a desafinar y dar fiasco. --Pues, sin embargo, hay cada viejo... --No te fes, que es como la lea verde: no arde; mucho chisporroteo y mucho humo, pero poca llama. No quera misia Gregoria, a pesar de estas declaraciones, dar su brazo a torcer. Y cmo, si en su larga vida de casada, nunca haba visto a Esteven salir ms a menudo, entrar ms tarde, andar ms preocupado, ms sin sosiego, ms sin sueo, que esta vez? Ella no se chupaba el dedo; nada de poltica ni de negocios, un diablo con faldas estaba de por medio. Hasta se le figuraba conocer a aquella picaronaza: el pelo color de zanahoria, ltima novedad; los ojos pintados con pbilo de vela; colorete y muchos polvos en la cara, y un olor a pachol, tan fuerte, que haca estornudar. El da aquel de la sarracina en la Bolsa, que lleg don Bernardino derechito a meterse en cama, misia Gregoria, por las dudas, le ech una buena rociada: con que vena as, tan descompuesto y plido, a causa de la liquidacin? ah, farsante! alguna _agarrada_ con la rubia esa. Pas dos das don Bernardino en cama, quejndose de dolores en los riones, en la nuca y sobre todo en la cabeza; deca que por all dentro le andaba una docena de demonios, dndole patadas en los sesos y martillazos en las sienes. Misia Gregoria, instalada en la cabecera, le vigilaba, no fuera a lo mejor a escribir unos rengloncitos a su espalda o recibir algn billete sospechoso; porque eso de que estuviera enfermo, era una mentira como una casa. Si estaba desasosegado y nervioso y de mal humor, era porque la otra lo habra plantado; muy bien hecho! que si todas las damiselas hicieran lo mismo con los vejestorios enamorados, mandarlos a su casa despus de pegarles cuatro palmadas, las esposas honestas no estaran en esta agitacin y no pasaran la pena negra. Pero, enfermo o no, la verdad es que no lleg a visitarle mdico, don Bernardino no quiso recibir a nadie y as se di la consigna terminante: era una casa aquella en que a cada minuto estaba alguno colgado de la campanilla, y los visitantes no faltaron en estos dos das, pero nadie logr ver al conspicuo personaje de la situacin. A las diez de la maana del tercer da, siempre en la cama Esteven, ms dolorido que nunca, pues ahora no era ya una docena, sino ciento de demonios que le martirizaban el cerebro, le entregaron dos tarjetas, que fu lo mismo que darle dos palos, pues lanz un quejido como si los hubiera recibido en los lomos. --Que no, que no recibo! dijo revolviendo los ojos. Y echado sobre las almohadas, miraba plido las dos tarjetas, que le sacaban la lengua sobre la mesa de noche, diciendo una: Rocchio, y la otra: Portas, y las letras negras de estos dos nombres bailaban sobre la cartulina, dndole mareos. Media hora despus, vino la tarjeta nmero 3, y de la mano temblona de don Bernardino pas al lugar de las otras. --Que no, que no recibo!--repiti, con un juramento. --Seor--insisti el criado,--dice que tiene que ver forzosamente al seor; que se trata de un asunto de inters. Don Bernardino cogi de nuevo la tarjeta y ley: Robert. --Bueno, que pase; acabemos. Pidi a misia Gregoria que arreglase las mantas del lecho, que abriera las cortinas y le diera el espejo de mano. --Mucho quieres componerte--dijo la gruesa seora, mirando desconfiada a la tarjeta que el marido retena en la mano,--quin es ese afortunado que as logra violar la consigna? --Djame solo, Gregoria, y no vengas sino cuando yo llame. --A m no me la pega--refunfu misia Gregoria,--ste debe ser un emisario de la rubia, que viene a traer las condiciones de la paz. Ya les dar yo buenas paces. Se entretuvo mangoneando en la habitacin un rato y sali esconderse detrs de la cortina, que cubra la entrada de la pieza inmediata. --Que cierres la puerta, Gregoria--grit don Bernardino. --Bueno, hombre. Jess! qu misterios gastamos. Y di un portazo, dejando a Esteven solo, en la alcoba conyugal, pues lo era esta estancia lujosamente decorada... Esteven, con un gorro de terciopelo bordado de gusanillo mate y borla de oro, la barba sin teir, con unas ojeras como dos pinceladas de betn, amarillo como un cadver, los ojos fijos en los dos nombres: Rocchio, Portas, que saltaban sobre la mesa de noche, esperaba... Mster Robert entr... Lo que pas entre los dos, misia Gregoria no pudo averiguarlo, al punto; las voces no salieron del diapasn ordinario y hasta el odo curioso de la seora no lleg sino confuso murmullo; sus celos, exacerbardos con el misterio de esta entrevista sospechosa, le sugeran desatinadas reflexiones: sin duda, el tal emisario se vendra con muchas exigencias, cuando el otro segua tieso que tieso; cuestin de dinero todo, porque las rubias y las morenas de este jaez no entienden otro idioma. A que sala ella, as, de improviso, y le pona las peras a cuarto al calavern de su marido y al _alcahucil_ aquel? Las voces parecan subir un poco de tono. --Es que ha llegado al captulo de las amenazas--se deca la seora, siempre pegada a la puerta. Y como no perciba una slaba, se aferraba a su idea de salir y desbaratarlo todo. Segua el duelo all dentro entre la voz grave, la de don Bernardino, y una vocecita delgada, la del otro; tal como si un contrabajo y un flautn ensayaran, cada cual por su lado. De pronto, los dos instrumentos enmudecieron... pas un minuto, y el mismo silencio; pasaron dos, tres minutos... --Se habr ido ya?--pens misia Gregoria,--ya no suena esa vocecita de flautn, que me araaba el odo. Bernardino tampoco resuella. A que ha cedido el muy mandria? Y yo que me estoy aqu hecha una papanatas! Volvi el picaporte y entr; como un juez que llega al sitio del crimen, rastreando la pista, y hace visita inquisitorial de muebles y objetos, para deducir de su posicin la historia del delito, misia Gregoria pase su mirada severa por la alcoba y la dej caer terrible sobre el criminal: ah estaba, abatido, con el gorro de terciopelo ladeado, durmiendo o fingiendo dormir. --All voy yo a despabilarte--se dijo la seora. Y cay sobre l, sacudindole el brazo y gritndole: --Bernardino! Bernardino! Esteven abri los ojos y vi sobre s la mole inmensa de su mujer. --Qu hay? Retrate, que me sofocas. --Si es lo que yo quiero, ahogarte, sofocarte, por mal marido, por pillastrn. Quin es ese hombre? quin es esa rubia? Di, contesta, grandsimo pcaro! --Gregoria, no me tientes la paciencia... --Quin es? Di, vamos a ver. --Gregoria, no me tires de la lengua. Y lo creo que tirara de ella y se la arrancara con mucho gusto; qu hombres estos! tienen una mujer buena, que les quiere, que les mima, que les cuida cuando estn enfermos, y el pago que la dan es engaarla, traicionarla, burlarla, con esas mujeres de la calle, que as son ellas. --Gregoria, me atormentas la cabeza, por favor! Pero la seora ya se haba disparado. Arm una de gritos y amenazas, que Esteven, aturdido, meti la cabeza bajo las mantas. --S, tpate los odos, que me has de or. Sulfurado, por fin, el marido la llam vieja por tres veces, como quien tira una piedra a un perro que ladra; y esto no hizo sino aumentar la exasperacin de misia Gregoria. S, que la insultara ahora; no faltaba ms, sino que la levantara la mano... eso es. Pero, seor! cuando a uno se le acusa de algo, y es inocente, se defiende y presenta razones y excusas, pero no se queda ah callado, abriendo tan slo la boca para decir una desvergenza. Ella necesitaba una explicacin, que se la dijera qu significaban los misterios de estos das, el concilibulo reciente... --Dime quin es ese hombre! quin es esa rubia!--chill de nuevo acercndose a la cama. --Pero, qu rubia ni qu berenjenas!--exclam don Bernardino dando un golpe al gorro, que acab de ladearle;--quieres orme? sintate, y calla, que tengo muchas cosas graves que decirte. Pasmse, con esto, misia Gregoria. --Ay, Bernardino, por Dios! Si vas a confesarme la verdad, no me la digas, no; prefiero quedarme con la sospecha. Enronquecida y sin fuerzas, dejse caer en el silln ms prximo, que cruji bajo el enorme peso; tema ahora tanto de que Esteven hablara, como antes deseaba que rompiera el sospechoso silencio. Don Bernardino pregunt: --Sabes quin es el hombre que acaba de salir de aqu? --Como no me lo digas... --Pues, es mster Robert. --El socio de Jacinto? --El socio de Jacinto. --Y qu? Esteven di un puetazo sobre las almohadas. --Que liquida, mujer, que la sociedad con Jacinto se disuelve, y con un dficit de doscientos mil nacionales, que tiene el muchacho que pagar, es decir, yo! Lo dems, que no es poco, lo pagar el ingls, hombre honradsimo, vctima de las calaveradas de ese mocoso, a quien he de arrancar las orejas. Misia Gregoria, estupefacta, no encontraba palabra que decir. Don Bernardino aadi que era muy fcil asegurar que l, el padre, iba a pagarlos; pero si tena el muchacho pendiente con el corredor Rocchio una deuda de cincuenta mil nacionales, lo que haca la suma de doscientos cincuenta mil nacionales por la parte solo de Jacinto. --Y, qu vas a hacer, Bernardino?--pregunt la seora ansiosamente. Esteven, de una palmada nerviosa, se ech el gorro sobre la nariz. Qu hacer? pagarlos, despus de dar al chico una buena felpa y mandarlo a un pontn por seis meses. Misia Gregoria hall, en su amor de madre, fuerzas para decir: --Eso no, Bernardino, pobrecito! la verdad es que l no tiene la culpa; todos han hecho lo mismo: ah est el hijo de la cuada de Eneene, que la ha dejado en la calle, y el doctorcito ese que te hace la corte para que le hagas nombrar diputado, se ha comido en la Bolsa toda la fortuna, muy seria, por cierto, de su hermana viuda, aquella tan festejada y codiciada, la que se ve hoy en el caso de pedir dinero a inters a don Raimundo Portas, para poder vivir. Adems, no me vengas hacindote el inocente: el peor ejemplo se lo has dado t al muchacho! El acusado agach la cabeza. Misia Gregoria pensaba que, efectivamente, era aquello una gran desgracia, pero la fortuna que posean era bastante fuerte para poder repararla, sin resentirse; a Jacinto se le mandara a la _estancia_ o se le dara un empleo. --Ah, Gregoria, Gregoria, si no sabes de la misa la mitad!--exclam don Bernardino con un gesto desesperado. Y solt la bomba. Si all el arruinado no era solo Jacintito, sino l tambin, el opulento, el millonario don Bernardino Esteven! Desgarr la manta, tal fu la crispadura de sus dedos. Y misia Gregoria, sofocada por la revelacin terrible, muda, miraba a su marido, parpadendole los ojillos espantados. Esteven repuso: --Lo has odo? s, hija, arruinado, arruinado, as, como te lo digo. Hundi la cabeza en las almohadas, dando un suspiro. La seora repeta entre dientes: --Arruinado, arruinado!--como si la palabra fuera de un idioma extrao y buscara la significacin. Despus de un rato, vuelta en s, viendo que don Bernardino callaba, dijo con desmayada voz: --No s, Bernardino, no te comprendo, he odo bien? explcate, si no quieres que me vuelva loca. Explicaciones! hay cosas que no se explican; vienen porque s, cuando menos se piensa, de la manera ms imprevista. La fiebre de los negocios dominando al pas entero; la alucinacin de las ganancias fabulosas, que no era ms que un sntoma de la misma enfermedad; a ciegas, en el laberinto de la especulacin, la tierra pronto falta a los pies, no se pisa seguro, no se sabe por dnde se anda... Llega el da de la liquidacin, se hace el balance, se buscan las soberbias cantidades con su lucido cortejo de ceros, que en el papel cautivaban la vista... el fondo de la caja est agujereado y por los intersticios han salido los nmeros, como gotas de agua, evaporndose. Y hay que pagar! empieza entonces la caza del oro, que se escabulle, se resiste, se escapa; y como el tiempo apremia, no habiendo ya otro recurso, se cogen los cuatro cascotes de la ciudad y los cuatro terrones del campo y se arrojan, como presa, a la jaura de acreedores. Es lo que l haba hecho. Di un nuevo revs al gorro y se lo ech a la nuca. --De modo...--dijo misia Gregoria, que no poda respirar. --Nada, mujer; que la quiebra de Schlingen ha sido la piedra que ha derrumbado el castillo de mi fortuna; tengo que pagar mis propias prdidas y las de ese pcaro muchacho, que va a sentir mi mano de firme; de dnde sacar el dinero? porque hasta ahora mis ganancias en la Bolsa no se han convertido en moneda contante: se sale de un negocio, se mete uno en otro: aqu pierdo, all gano, y as hasta que se cae de pie o de cabeza. De los Bancos? han dado tanto, que no fian ya un centavo, y a un deudor, como yo, no se le sigue prestando; acud al portugus don Raimundo, y me he dejado chupar la sangre, si vieras! pero, para lo que yo debo, esto es un grano de ans. Entonces he dicho: ah estn mis dos casas de la calle Piedad, la en que vivo, sta, la de la calle Cangallo, la de la calle Suipacha, mis campos de Cauelas y Baha Blanca, mis cdulas hipotecarias... ah est todo, tmenlo, vndanlo, todo, menos la _estancia_ del Frigal, que no es ma, que es de mi mujer y a su nombre est escriturada. Y si eso no les basta, crtenme en pedazos y acabemos! De la palmada que aplic al gorro, se lo hundi hasta los ojos. --Pero, Bernardino, esto no es posible, qu va a ser de nosotros?--exclam la seora sintiendo venir las lgrimas. Qu? refugiarse en el Frigal y all estarse hasta que el temporal amainara; ya vendran tiempos mejores. --S--dijo misia Gregoria saliendo de su estupor,--y tengamos entonces otro gobierno que ste, que te ha servido y ayudado; y si no has sabido aprovecharte del favor oficial, qu hars sin su apoyo? lo que yo te digo, es que esto te est muy bien empleado, por andarte con miramientos, con remilgos, hacindote el pulcro y el decente; todos han manipulado y de qu manera! nadie les ha dicho nada y si les han dicho, se han redo de la gente. En cambio, t, qu has sacado de tu amistad con el ministro Eneene? un cuerno torcido! Estoy segura, como si lo estuviera viendo, que te ha ofrecido ms de una vez participacin en esos negocios que ellos hacen, y t has contestado que no, por temor al qu dirn... Dnde has dejado ese talento, que yo te reconozco? para cundo lo guardas? Esta era la ocasin de mostrarlo. Y si gritaban los otros, dejarlos: de pura envidia de no poder hacer lo mismo. Vlgame Dios! yo que te vea tan alto y te crea tan slido, y ahora salimos con este escopetazo, y es horrible, horrible, porque no daremos poco que hablar! y las muchachas se conformarn en irse al Frigal ahora, Angelita, sobre todo? qu desgracia, qu desgracia! Rompi a llorar. Pero, don Bernardino, exasperado, no estaba para or lamentaciones; a lo hecho pecho, y fastidiarse, y morderse el codo: cuando suceden las cosas, no hay que perder el tiempo en inquirir las razones, sino buscar el remedio, pronto, eficaz, enrgico; que no le calentara la cabeza, recriminndole; parecale que no tena l bastante con su propio sufrimiento, y con los dos das y sus noches, que haba pasado en aquella cama maldita, revolcndose, dndose de testaradas, tras de la idea, el medio, la forma de salvacin comn? que no era poco martirio, verse as, a su edad, despus de haber trabajado tanto? --Esto que nos pasa, te lo anunci yo, Bernardino--dijo gimoteando la seora,--ibas a galope, demasiado de prisa. Luego la Bolsa... --Mira, eso que dicen de la Bolsa son estupideces; hoy se gana, maana se pierde: pues lo que se hace es asegurarse del hoy, y cuando se le tiene, no dejarlo escapar por ir a tentar el maana. Eso! --Ves? No escarmientas, Bernardino, y me temo que sta no sea la ltima. Volvi a sermonearle, insistiendo en que por ser demasiado honrado, se encontraba as; pero don Bernardino no la oa, ensimismado. Y, de pronto, record la seora sus celos de momentos antes, y la escena ridcula que haba hecho a su marido, cuando ste se debata en las ansias de su crtica situacin: le mir, qu plido y deshecho estaba! qu injusta haba sido, y qu tontas son las mujeres celosas! Se acerc al lecho. --Y yo que crea...--dijo,--me perdonas, Bernardino? Soy una vieja loca, como dices, pero es que te quiero, te quiero! y he de probrtelo en esta ocasin suprema de nuestra vida. La idea aquella de que sus hermanos haban de gozarse en su dolor, no le vino sino ms tarde, repuesta ya de la impresin primera, y no fu poca suerte, mayormente para don Bernardino, pues si los dos nombres proscritos salen a danzar, la discusin se envenena y arde Troya, y Esteven no se viste, almuerza y sale, con relativa tranquilidad. Como lo hizo, a eso de las dos de la tarde. En el vestbulo le esperaban dos postulantes y apenas apareci el decado personaje, le asaltaron y all mismo le dieron la lata, como fastidiosos mendigos. Con impaciencia, tom apunte en su cartera del nombre, de la pretensin y del fiador de cada uno. --Pierdan ustedes cuidado, que yo har todo lo posible, y hablar al doctor Eneene; precisamente, ahora voy al Ministerio. Y dganselo as al buen amigo mo que les recomienda. Los dos, ebrios de esperanza, saludaron, tocando el suelo con el sombrero y el sombrero con la frente. Abajo, nuevo asalto; tres de golpe. Pero Esteven pas el obstculo con maa y se refugi en su coche. --Qu jaqueca la de estos haraganes--dijo despus de dar la orden al cochero, sujeto irrespetuosamente barbado,--no sera mejor que fueran a cuidar ovejas, o a labrar la tierra? as est el pas! Por supuesto que no dir jota al doctor; ya pueden esperar el empleto, sentados. Adems, no hay que cansar el caballo, y ahora menos, que lo necesito para tan dura jornada... Dificultosamente, a causa de los muchos vehculos que embarazaban la calle, avanz el carruaje; a cada dos pasos haba que detenerse, volver atrs, haciendo pesadas estaciones de va-crucis, y a veces rodear la manzana y tomar una calle opuesta, para sufrir nueva detencin en la primera esquina, ya por un carromato que no se mova, o un tranva y un coche que haban chocado. --Qu calles estas!--murmuraba Esteven,--si aqu no vale andar sobre ruedas; el mejor coche para ir de prisa y sin dificultad es el de San Francisco, y an as... Asomaba la cabeza por la portezuela, sonriendo a los conocidos. --Que no se te conozca, Bernardino--se deca,--es preciso mostrar cara alegre, disimular, ensear los dientes al pblico imbcil, que te mira curioso, para burlarse de tu desgracia, si descubre su huella en el semblante; haz cuenta que ests en las tablas de un teatro, y que todos te observan y siguen los movimientos: aplomo y serenidad. No darle ese gusto supremo a la envidia, que ha visto tu carrera lucida con ojos torvos, de mostrarte amilanado, porque ests vencido. Ya que se cae, caer con arte, como el gladiador antiguo... Ese ha pasado, echndome una mirada, en la que he ledo curiosidad y placer a un tiempo; seguro que va diciendo: He visto a Esteven, pero me ha parecido tan fresco! Eso, eso es lo que quiero que digan todos, que ninguno me encuentre _abatatado_... y debiera estarlo, s, s! ah! Bernardino! qu has hecho? Todo lo tenas, posicin brillante, nombre respetado, influencia, crdito, y todo lo has perdido, por querer abarcar demasiado, por glotn, por insaciable... Si yo deb retirarme en abril de los negocios: en saber retirarse a tiempo del juego, est el quid de la suerte; pero, todos creamos que esto iba a durar, que la mina era inagotable... El doctor, empujndome siempre. Anmese, amigo, mire que el negocio es soberbio; yo le respondo del xito. El xito, es cierto, se present muchas veces, franco, decidido; tan decidido, que los mismos que tenamos metidas las manos en la masa, estbamos asombrados, atnitos... as ha sido el desengao despus! Y Gregoria, que dice... Estas mujeres son de lo ms infeliz que ha echado Dios a la tierra; las hay vivas y aun de talento, ya lo creo, pero a la que sale tonta, y son muchas, el animalillo ms miserable de la creacin la gana en malicia... Gregoria es tonta de remate, de una candidez evanglica, y se traga cada rueda de molino, que da miedo; la pobrecita no tiene ms defecto que sus celos ridculos que, francamente, no sientan a su edad, pero es buena, y me quiere, eso s; me lo ha probado muchas veces! Pues, no dice que por honrado... qu risa! Cuando no ha habido negocio en estos ltimos aos, en que no haya estado yo metido y del que no haya sacado mi tajada! Precisamente, esto ha sido mi perdicin: ms parco hubiera sido y no me viera como veo... Otra parada? qu calles! as no llegaremos nunca... A m me parece que mis acreedores se darn por satisfechos con esta cesin de bienes, qu ms puedo hacer? La _estancia_, no, que no me la toquen, porque arde el mundo, no faltaba ms! Si a m me dicen esto, ahora dos meses, no lo creo, no, seor, me ro; pero, quin poda soarlo? En el ansia de ganar, de ganar mucho, de ganar siempre, no mirbamos para atrs, ni para arriba, y as se nos ha cado la casa encima y nos ha aplastado. El doctor debe estar tambin muy comprometido, y le han de obligar a renunciar, vaya! si viene la revolucin, el primero que se viene abajo es Eneene... Por eso yo me pongo a salvo a tiempo, me lavo las manos y... ah queda eso! arreglarse cada cual como pueda. Ahora, le daremos el ltimo empujoncito al amigo: que me coloque a Jacinto, de cualquier cosa; ese zanguago no puede estarse brazo sobre brazo... y veremos cmo va la concesin pendiente del Congreso; quin sabe! si cayera esa breva todava... Cmo me miran todos! Ya tengo deseos de huir, de esconderme, porque esta curiosidad me desagrada, me hiere; ah va ese otro... y no me ha saludado! naturalmente, ya lo sabr, porque estas cosas corren por el telgrafo de la murmuracin con rapidez espantosa, y como ya no ha de necesitarme, me vuelve la espalda. Ah, mundo egosta y canalla! ah! pero, pierdan cuidado, amigos y enemigos, que sois todos unos, y as cambiais de nombre y de actitud segn la ocasin nos hemos de ver las caras todava; para entonces os emplazo, cuando yo me haya rehecho de este golpe y est otra vez arriba, en la cspide: yo soy de los hombres que no se quedan nunca en el camino... Pero, llegamos o no llegamos? Aburrido, se haba replegado en el fondo del carruaje, mirando distrado el ir y venir de la gente, mientras todas estas ideas se embarullaban en su imaginacin. Y cosa rara! as como el ahogado, en su tremenda agona, ve el desfile, con pasmoso relieve, de los hechos de su vida entera, que pasa ante su mente, con sus alegras y tristezas, como proyeccin fantstica de una linterna mgica, Esteven, un ahogado de la suerte, vea ahora su pasado y el camino tortuoso recorrido, tan claramente, como pudiera ver, desde lo alto de una torre, la senda extraviada de la montaa, en pleno da. Primero, como tenedor de libros en un almacn al menudeo, lo que no era bice a que barriera la acera, por las maanas, en mangas de camisa, y despachara libras de hierba, de caf o de azcar a las _mucamas_ del barrio, efectos que saba envolver con destreza en el grueso papel amarillento, con repulgos en los lados y dos cuernitos de remate, que haca dndole graciosamente una vuelta al paquete entre sus manos; luego, cuando iba, de chaqu avellana, a rondar la casa de Gregoria, y el rapto y el casamiento, y su transplante prodigioso del almacn al casern de la calle de Mjico; cmo, la fortuna de los Vargas, hbilmente escamoteada, sirvile de pedestal, y ayudado de la poltica, subi, y de ser nadie pas a ser alguien. Y de qu manera! amigo de ministros, repartidor de gracias oficiales, protector adulado, admirado, respetado... Cada chapuzn suyo en las aguas cenagosas, en vez de cubrirle de barro, le cubra de oro. Es cierto que en cada paso del camino, haba dejado un poco de su dignidad y de su vergenza, pero, qu hermoso viaje, sin embargo! Como el ladrn que ha sido sorprendido infraganti, rebelbase contra s mismo, por torpe y por mandria. --No me lo perdonar nunca; he sido un imbcil. Cuando se tiene una posicin as, ganada a fuerza de tanto sacrificio, no se expone nadie a perderla, arrojndola en la balanza de la Bolsa. Se acord entonces de sus cuados despojados, e hizo una mueca. --Ellos hablarn de la justicia de Dios; aqu no hay ms Dios que mi suerte, que me ha abandonado. Maldito sea yo y mi suerte! Lleg, por fin, al Ministerio y entr. En el recibimiento, un negro barrigudo, dormitando en un banco, haca la guardia. --S, seor, pase usted. S. E. est solo--contest solcito a la pregunta de Esteven. Le acompa hasta la puerta, rascndose la mota, y dej paso franco: un saloncito, primero, con muebles pretenciosos, y en la pared un cuadro litogrfico, con marco negro, representando a San Martn; en medio, una mesita y un tintero de bronce, con el busto de Belgrano. Los dos prceres se miraban, como preguntndose qu diablos hacan all, porque los muebles, dorados, y la mesa, incrustada de ncar, olan a _boudoir_ a la legua, a pesar del humo de cigarro que daba en las narices, tan pronto como se pona el pie en el mullido bruselas de colores vivos. A la izquierda una puerta, entreabierta: el despacho del seor ministro; a la derecha, un saln, con muebles de pacotilla, y cortinas de damasco, y luego la fila de piezas estrechas, en que se amontonaban los empleados. En la primera de estas piezas, frente a la puerta del saln, estaba la mesa de don Pablo Aquiles Vargas, el decano de los empleados de la oficina, tan antiguo, que muchos juraran que el buen hombre haba nacido all, entre los expedientes que manipulaba desde las doce hasta las seis, todos los das laborables. Rara vez estaba el saln abierto, pero, si llegaba a estarlo, por accidente, la figura de don Pablo Aquiles divisbase la primera, surgiendo de entre el rimero de libros y papelotes, y aunque l no fuera curioso, fcil le era ver quin entraba y quin sala del despacho de S. E.; as, Esteven, no atravesaba el coquetn saloncito, sin echar hacia la derecha una mirada de desconfianza, que en alguna ocasin fu a chocar con la rencorosa que le lanzaban los ojos del viejo Vargas. --Ah est ese gaznpiro--deca don Bernardino,--espiando lo que no le importa; y pensar que con media palabra ma, poda quitarme semejante estorbo! Por su parte, don Pablo Aquiles se irritaba cada vez que vea pasar al odiado personaje. --Cerrar esa puerta!--prorrumpa apartando el mamotreto que estudiaba,--qu negros stos! Nada, tendr que cambiar de sitio. Al penetrar en el despacho, Esteven se volvi, y percibi all, en el fondo del saln rojo, a su cuado, que le miraba, y se le antoj, porque otra cosa no poda ser, dada la distancia y la poca luz, que estaba alegre y se sonrea y hasta le sacaba la lengua; pura aprensin de su espritu suspicaz, porque el otro, tan pronto como hubo conocido al visitante, se sumergi entre sus papeles, renegando, sin duda, de los negros que no tienen manos para cerrar las puertas. --Mi querido amigo Esteven... --Estimado seor ministro... El despacho era espacioso; bien amueblado, en punto a riqueza, pero sin gusto y sin estilo. S. E. estaba sentado delante del escritorio, pluma en mano; muy cerca, una bandeja con botella de Jerez y copas; del otro lado, una caja de cigarros: beba un sorbo, chupaba el puro y escriba. La poltrona pareca venirle demasiado grande; acurrucado en el borde del asiento, las piernas endebles recogidas, de bruces sobre la mesa, tan pegada la cara al papel, que deba ser miope, y no gastaba anteojos, sin embargo... Su cabeza era vulgar, de pelo lacio y aceitoso, salpicado de canas, lo mismo que la barba enmaraada, amarillenta por la falta de aseo o el incienso continuo del tabaco; llevaba la solapa de la levita y los hombros, espolvoreados de caspa, y las uas muy largas, ribeteadas de negro. --Adelante, mi querido amigo--dijo el doctor Eneene, la pluma en alto,--sintese; un momento y ya acabo. Qu tal va esa salud? y el espritu? mal, eh? caramba! no me lo diga usted. Hablaba como si escupiera las palabras, con voz desafinada y poco grata, y segua escribiendo, mientras don Bernardino, en el sof, declamaba, desganado, el introito de toda visita; la pluma di el ltimo araazo al papel, cerr la carta S. E. y llam. El negro barrigudo presentse, haciendo reverencias. --Esa carta al Congreso--orden el seor ministro. Y mientras el emisario sala, el doctor Eneene se esperezaba en la poltrona sin ceremonia, abriendo de par en par la boca, en un bostezo de correccin poco ministerial. --Conque aqu tenemos al amigo Esteven--repuso; un traguito, eh? s, hombre, pruebe este Jerez, que no es malo; he de preguntarle al Habilitado dnde lo hace comprar, para que me mande a casa algunas cajas. Y estos cigarros? ah va uno; si quiere se lleva la caja; tambin voy a decirle al Habilitado que me mande una partidita de mil, porque es raro encontrarlos tan en su punto y tan sabrosos como stos... Qu dice, mi amigo? Yo aqu siempre sobre el potro, desvelndome por el servicio pblico, y ya ve usted lo que se me agradece; no he visto cosa ms cochina que la poltica. Se haba levantado y paseaba, enfundadas las manos en los bolsillos; francamente, y con el respeto debido: S. E. tena una facha muy lastimosa; a la luz del balcn, el pao negro de su traje mostraba un lustre indiscreto, sin duda del mucho uso, los golpes de grasa aparecan sin recato, y la caspa sobre hombros y espalda, tan visible, que se dira haber estado expuesto a espesa nevada. Agregar a esto, un cuerpecito raqutico, enflaquecido, de carnes amojamadas, sobre unas piernas de alambre, que se movan nerviosamente: todas las trazas del doctor Eneene eran las de un boticario retirado, y boticario de pueblo, por aadidura; all no se vean rastros del pensador, ni del hombre de Estado, ni del tribuno, ni de nada de esto; y si su aspecto exterior no lo deca, menos lo denunciaba su conversacin, vulgarsima, sin una idea que flotara en aquel mar de lugares comunes, sin una chispa que revelara la inteligencia, a obscuras, o la ilustracin, a ciegas. Pido disculpa al seor ministro por la irreverencia, pero cmpleme repetirlo: su aire era el de un boticario, acostumbrado a lidiar con potingues y menjurges, y as eran los emplastos de sus decretos y las cataplasmas de sus discursos; o si no, tambin, el de un sacristn, hecho a soliviar los cepillos de su iglesia, y as usaba las uas largas; pero, el de un ministro? _nequaquam._ Y dispense V. E. Como todos los vacos de mollera, era hablador, y hablador insulso; tomaba la palabra y era un escupir sandeces por aquella boca... El amigo del doctor Eneene tena que aguantarle su charla y rerle sus gracias, sobre todo, cuando vena el cuento al caso, postre indispensable de su conversacin, tan indigesto, que no haba quien lo probara dos veces, sin sentirse malo de veras; don Bernardino pasaba por este amigo abnegado: era l bastante fino para apreciar debidamente la estulticia de S. E.; pero, tan calculista como fino, conocido el lado flaco, le adulaba, dejndole hablar, fingiendo escucharle con gusto y riendo a carcajada tendida el cuentecito de cajn. --Le estoy oyendo a usted, doctor, y parece que me hacen cosquillas, qu arsenal ms variado de chascarrillos tiene usted! de dnde saca usted tanto chiste y tanta memoria? Porque la verdad es que se necesita memoria... vaya si se necesita! siempre tan oportuno este querido doctor! Y los dos se rean y no quedaban serios, sino cuando llegaban al inciso _negocios_ y dems temes correspondientes. Cuando el seor Ministro aplic a la poltica aquel calificativo tan feo, que no quiero repetir, Esteven lo aprob, como todo lo que S. E. deca, con asentimiento de cabeza y repitiendo: --Diga usted que s, doctor, diga usted que s. Y el doctor repuso: --Porque es la verdad, amigo: esto de la poltica se me figura a m como un gran rbol, entiende? una higuera, supongamos, toda llenita de higos; arriba, comindoselos, los hombres del gobierno, nosotros; abajo, mirando, los de la oposicin, ellos. Y toda esa grita porque bajemos, es porque temen que no les dejemos un solo higo, para cuando ellos suban. Deje usted que estn arriba y ver cmo hacen lo mismo, peor, porque hasta las hojas se han de comer. Es cuestin de estmago, y nada ms: las palabras de patria y libertad y administracin pura... _macamas!_ Eso se dice siempre cuando se est al pie de la higuera... En todos mis discursos de oposicin no hablaba yo de otra cosa; pero, en subiendo, se olvidan, amigo, cralo. Tambin, todos los das no hay ocasin de ser ministro... qu diablos! Y uno tiene que pensar en los hijitos, y en los parientes y en los amigos. --Naturalmente--apoy don Bernardino. Sigui hablando S. E. y la cuerda pareca interminable de aquel organillo de ciego. Lo que l no poda soportar eran las picardas que le decan en los diarios, y tanta ojeriza les haba cobrado, que no quera ya leerlos; y todo porque no se bajaba de la higuera; porque lleg al Ministerio poco menos que tronado y ahora se haba hecho de propiedades, as rurales, como urbanas, y haba piloteado en el Congreso a algunos amigos, partiendo con ellos las ganancias de las diversas concesiones aprobadas, y recibido unos miserables miles de pesos de una compaa extranjera, por el despacho de un asunto, empantanado haca aos, y otros miles ms por un decretito, que a nadie perjudicaba y favoreca a un honrado industrial; y porque tena sus corredores en la Bolsa, bien amaestrados, y en los Bancos vara alta, y colocaba a los parientes, y daba a los amigos. Esto lo campaneaban todos los das. Y aunque fuera cierto, que ello no estaba bien probado, pero, seor, dnde est aqu el mal? de qu sirve ser ministro entonces? de qu el poder? de qu la influencia? si no se ha de hacer uso en provecho propio, djenlo a uno tranquilo en su casa. Un periodiqun de caricaturas haba dado en la mana de pintarle de murcilago, con las uas tan largas, que lo menos medan un metro, qu gracia, eh! y como el tal periodiqun lo exponan en todos los escaparates, andaba tropezando en la calle con el maldito avechucho. --Y qu me dice usted, de esta otra mana de echarle a uno la culpa de todo lo que pasa? Que sube el oro, que quiebra Schlingen, que se dan de palos en la Bolsa, que los emigrantes se van, que la carne est cara, y los alquileres suben, y los inquilinos no pagan... el Gobierno tiene la culpa! Mire, amigo, todo lo que a m me pueden decir, es que he cuidado ms de mi hacienda, en el poder, que de los intereses del pas; aqu nos conocemos y podemos hablar con entera confianza, y esto es muy natural y muy humano, caramba! pero, estoy ya tan cansado de que me traigan y me lleven, pues no hay tinterillo de imprenta que no me sobe a su gusto, que estoy dispuesto a largarme... mi renuncia ah la tengo y ser presentada en la primera oportunidad; yo no quiero, si la revolucin viene, como andan propalando, que me encuentre en mi poltrona. A otro perro con ese hueso! Esteven pudo encajar en este primer parntesis de S. E. su respetuosa protesta contra una resolucin que calificaba de poco patritica; el ilustre doctor Eneene se deba a los suyos, ante todo, y si la revolucin vena, que no vendra, hallbase obligado a esperarla a pie firme, dispuesto a vender cara su cartera y a defender sus actos. A lo que contest el ministro: --Defender la tajada es lo que importa, amigo, y no dejarla perder, como ha hecho usted. Y a propsito, cmo andan sus asuntos? Don Bernardino, como un enfermo al que preguntan el estado de su dolencia, contest con angustiado acento, que aquello segua muy mal. --Ha sido un desastre, mi querido doctor, la quiebra de Schlingen me ha dividido de parte a parte; luego, mis compromisos anteriores... total, que ah les abandono todo y me ir al Frigal cuanto antes, a esperar que el cicln pase... --Y nada podemos hacer por usted! Ya ve, el mismo Hipotecario se nos ha plantado, y no es cosa de dar ms que hablar. Qu chambonada la suya! En fin, hace usted bien en desaparecer de la escena por algn tiempo; despus volver con ms bros; para entonces, suceda lo que quiera, el negocio pendiente estar ya resuelto y el expediente de nuestro ferrocarril despachado: dir la oposicin que nada vamos ganando con ponernos en contacto directo con los salvajes, pero, lo de la higuera: si ellos pudieran, hacan uno a la luna. Ha visto a Rocchio? --S, pero nada de nuevo... --Pues yo tengo mucho de nuevo--dijo el doctor Eneene con una risita maligna;--el diputado aquel que nos andaba sacando el cuerpo, sin duda porque ya me tomaba olor a muerto, se ha venido a buenas y me responde de la votacin. Qu tal? y ahora, poco antes de llegar usted, estuvo a verme el representante de una sociedad annima extranjera, pero yo no he querido soltar prenda todava. Todo marcha perfectamente. Eso s, no me deje usted de mano a Rocchio, que puede ser un agente muy til... Ah! hizo usted el encarguito aquel? No quiere aflojar... ya veremos! Los dos se sumergieron en el pozo negro de sus cbalas, cuya trama urdan tan diestramente: don Bernardino daba detalles y S. E. haca comentarios, inquira, aconsejaba, resolva dudas, recorriendo a pasito de comadreja el despacho. --Es una trampa para cazar ratones--deca el seor ministro,--y si no ya ver usted cuntos caen. Y no perder tiempo, amigo Esteven; espero que me ayudar usted como siempre, pues el destierro al Frigal no es tan inminente, verdad? Mientras yo est en el Ministerio, no se mueve usted de la capital. Le necesito; es usted mi brazo derecho. --A sus rdenes estoy, mi querido doctor; aunque se presagian mayores desastres en la Bolsa, quiero ver si me rehago de alguna manera, y pensaba quedarme hasta fines de mes... --Pero, mucho pulso, amigo... y a propsito: esto que le ha sucedido a usted, me recuerda aquel cuento... Y aqu el cuento. Don Bernardino escuchaba sin pestaear, con una sonrisa de encargo en la punta de los labios, y la frase de alabanza preparada ya para salir a escena, en la punta de la lengua, as que S. E. terminara la regocijada relacin. --Graciossimo, mi querido doctor, muy bueno, muy bueno! qu sal la suya y qu memoria! porque se necesita memoria... vaya si se necesita! --Qu gracioso, eh?--deca Eneene rindose con envidiable gana. Entr un negro y present dos tazas de te en una bandeja. Por la puerta, que dej abierta, se vea, all en el fondo, pasar los negros sirviendo te a los empleados: en la primera pieza, despus del saln rojo, algunos de stos, de pie, fumaban y charlaban, familiarmente, pero Esteven, aunque mir al descuido alguna vez, no percibi al viejo Vargas y sus ojillos de vbora, y eso que ah estaba en su silln de cuero, sin levantar cabeza el excelente hombre. --Gaznpiro!--deca para s don Bernardino,--le tengo sentado en la boca del estmago; no poder hacerle saltar sin escndalo! y ah siempre, a la entrada, de cancerbero. Ahora no le veo, pero, cuando entr me mir como burlndose... Otro ms que lo sabe! ah! ahora s le veo... mrame bien, estpido, no me conoces? s, soy yo, el mismo. Estars muy alegre, naturalmente... ya se te ir el gozo al pozo, viejo cucaracha, que te pasas la vida royendo papeles y reputaciones. Estoy seguro que dirs a tus compaeros: Ese, se, es el que me rob la fortuna y me dej en la miseria y me ha obligado a apechugar con este empleo miserable; si no fuera por l, me paseara, en gran carruaje, por esas calles. O no, estpido, porque nunca has servido para nada y quiz la hubieras perdido, por inepto, esa fortuna tan mentada y otro que yo la habra aprovechado; mejor es que quedara en la familia, como qued. Mrame, murdeme... no estoy tan cado como crees... y si no, ya lo vers! qu ojos de hombre y qu cargante se pone! El negro sali, cerrando la puerta. Esteven respir. Entretanto, el ministro paladeaba el te, y deca: --Qu le parece esta bebida, amigo? Buena, eh? tambin me he hecho llevar algunos paquetes a casa, porque es un te delicioso, y a mi mujer le gusta mucho. Y don Bernardino, elogindolo como se mereca, aunque estaba tibio y revuelto y muy cargado, te de negro, en fin, crey llegado el momento de dar el empujoncito que se haba propuesto. --Tambin Jacinto, querido doctor--dijo tmidamente,--Jacintito, mi hijo... sabe? se ha dejado apretar en la mquina de la Bolsa; una desgracia, pero, qu hacerle? Los hijos cuestan caro, doctor, y un padre, mientras vive, no puede dejar el bibern de la mano, as sean ellos hombres y gasten barba. --Hola! tambin Jacinto--repiti el doctor, distrado. --Tambin! y como el muchacho no ha de estar de haragn, ahora que va a liquidar su casa de comercio, yo pens en usted y me dije: A ver si el doctor me le coloca en el Ministerio, y me le tiene all sujeto por algn tiempo, por lo menos mientras las condiciones del mercado no mejoran. --Aqu?--salt S. E., alarmado;--pero, si tengo esto hecho un hospital, y no cabe all dentro ni un alfiler! Adems, usted sabe que hay que hacer economas, o fingir que se hacen, para desarmar la oposicin. Estos nombramientos me han dado ms disgustos! porque hay que contentar a los amigos y el presupuesto no alcanza... tengo aqu ms supernumerarios!... y todo sale de eventuales, amigo. Hace poco fu necesario hacer saltar, con el primer pretexto que se encontr, a un empleado de diez aos... de diez aos, calcule usted! para colocar al recomendado de un colega... y ayer me traje al hijo de una prima ma, que es sordo-mudo, y se lo entregu al subsecretario, dicindole: Ponga donde quiera a esa buena pieza y dle diarios a leer; que se entretenga en algo. Y mand que se le asignaran doscientos pesos al mes, de eventuales. Porque mi mujer, me sacaba los ojos, repitindome: Sers capaz de no hacer nada por el desgraciado hijo de Eulogia? el pobrecito no sirve para nada, y en ninguna parte estar mejor que en el Ministerio. Y me lo traje, y ah est; el servicio pblico no ganar gran cosa, pero mi mujer y la prima Eulogia estn contentas. --Pues nada ms fcil, querido doctor--observ sonriendo Esteven,--ponga en la misma mesa a Jacintito, y le dar conversacin al sordo-mudo, y as no se aburrir. El pas no se ha de hundir por eso. --Le pondremos, amigo; muerto por mil, muerto por mil quinientos. Que venga su hijo, y si no quiere venir, que no venga; yo dar orden al Habilitado que le entreguen trescientos pesos todos los meses. Con los amigos, hasta la pared de enfrente, o no tenerlos. --Mi querido doctor--exclam Esteven reconocido... Y levantndose, la mano poco aseada de S. E. entre las suyas, agreg que se marchaba, porque no quera robar al ilustre ministro el tiempo, que tan escaso le vena para sus mltiples e importantes ocupaciones. --No se moleste usted, doctor, en acompaarme... siempre tan amable! --Lo dicho--repiti el doctor Eneene, acariciando la aceitosa melena,--no se me mueva usted de la capital, eh? y valo a Rocchio, que tenga paciencia; el asunto corre de mi cuenta. En cuanto a la recomendacin al Banco, no dejar de hacerla... se trata de usted y basta; aunque rabien, tendrn que aceptar la propuesta. --Muchas gracias, doctor... Sali don Bernardino satisfecho, muy satisfecho; en el saloncito tropez con un empleadillo, que traa la carpeta de notas a la firma de S. E. y rondaba la entrada del despacho, esperando el fin de la entrevista, y Esteven pas erguido, sin dignarse atender a la mirada provocativa que los ojillos de vbora del cuado le lanzaron, desde el fondo del saln rojo. --Anda, vejestorio inservible--deca bajando las escaleras,--mrame, murdeme; no te dar el gusto de verme en el suelo. Todava puedo levantarme... el doctor es una gran palanca; que no renuncie antes de fin de mes, y la victoria ser ma! Qu casualidad! Cuando iba a tomar su coche, pasaba precisamente Jacintito. --A dnde vamos?--dijo el padre, cogiendo el brazo del muchacho;--ayer no has comido en casa, y hoy no has almorzado. Y eso que tu padre estaba enfermo. Cualquiera dira que me huyes... Ven ac, que tenemos que hablar. Le oblig a entrar en el coche, y partieron. --Nos hemos lucido--pens el chico,--ahora me mata, s, seor, y aqu no tengo escape. Qu excusas voy a darle? Don Bernardino, sin ms trmite, fulmin el rayo de su excomunin sobre el culpable: lo saba todo, todo, con puntos y comas, de pe a pa; mster Robert acababa de descubrirle la verdad y de notificarle la gravsima resolucin adoptada: liquidar una casa que tanto haba costado formar, y con un pasivo escandaloso. No tena vergenza? no le remorda la conciencia de haber arruinado a aquel pobre hombre? con qu pensaba pagar los doscientos mil nacionales del pasivo y los cincuenta mil que adeudaba a Rocchio? --Ya cant el gringo--murmur Jacinto. --Con qu piensas pagarlos?--pregunt otra vez Esteven. Silencio prolongado, obstinado de Jacintito. S, pues; para pagarlos estaba el padre, que tena, debajo de la cama, una mina destinada al uso personal y exclusivo del hijo calavera... Bueno, esta vez sera la ltima; pero como no poda permitir que anduviera de vago ni que volviera a la Bolsa, acababa de conseguir del doctor Eneene un empleo en el Ministerio y un buen sueldo. --Qu voy a hacer en el Ministerio?--protest Jacinto, contrariadsimo. --Rascarte! y sobro todo, no me pongas los pies en la Bolsa, porque te mando a un pontn. --_Vos_ tambin, pap...--se atrevi a insinuar el muchacho. --Yo puedo hacerlo--contest el padre;--pero ustedes, mequetrefes pelagatos... qu audacia! he aqu la poca... --Peor lo ha hecho Quilito--salt Jacinto ms animado,--que ha perdido ciento cincuenta mil nacionales, y anda en la Bolsa, empeado en sacarlos debajo de tierra. --Tambin el Varguitas! y no tiene sobre qu caerse muerto! Ese es el ejemplo que te ha perdido. --No s; pero cuando yo te vi, pap, comprar tantas _vitalicias_, me dije: Esta es la ma; si pap compra, es que el alza es segura y el negocio soberbio. --Cllate--exclam don Bernardino fuera de s,--que te calles, ni una palabra ms. Y basta; no me pises la Bolsa, y cuidado cmo te portas en el Ministerio! Di por terminado el rcipe don Bernardino, y Jacintito, mordindose los labios de coraje, se preguntaba si era cuerdo, si era justo, que le sepultaran a l en una oficina, cuando tantas disposiciones tena para el comercio. Y conclua opinando, que no era ni justo ni cuerdo sino, simplemente, un disparate. VIII Don Pablo Aquiles entraba a las seis del Ministerio, minuto ms o menos: se quitaba el pesado gabn y revestase de una chaqueta vieja bien holgada, calzaba los pantuflos e iba a sentarse al lado de la chimenea, apagada desgraciadamente siempre, delante de la pantalla en que las esculidas cigeas se miraban tristonas, cual si lamentaran, ellas tambin, la ausencia del fuego alegre y reparador. Con el peridico de la tarde, enrollado como un canuto, dbase golpecitos don Pablo en las piernas, mientras comunicaba a su hermana las noticias que traa; primero, las del diario: que el Gobierno va a hacer esto o lo otro, que el oro est a tantos, que el emprstito no cuaja, que el ministro tal se va... --Qu se ha de ir--observaba misia Casilda pasando revista a la mesa, que tenda Pampa;--ya vers, Pablo, como no se va! Si no se arma la de Dios es Cristo, esto seguir hasta el da del juicio. Claro, les dejan hacer lo que quieren... --Y se armar, Casilda, se armar. --S, como siempre: que salen a la calle cuatro personas decentes, sin armas o sin municiones, y me las corren y quedan las cosas como antes, o peor; todava, si la intentona no costara sangre! pero muere ms de un padre de familia y ms de un joven... qu sacrificio tan estril! Si esta vez han de hacer lo mismo que las otras, mejor ser quedarse tranquilos y aguantar... Muchacha, ese tenedor no est bien limpio: vete a fregarlo como Dios manda... Luego venan las impresiones del da: si haba tenido mucho trabajo en la oficina, si el jefe estaba de buena cara, lo que se deca. --Pero ese Ministerio es un club--exclamaba la seora,--all se fuma, se charla, se toma te, se reciben visitas; seguro que todo el trabajo pesa sobre ti, que eres un infelizote, y hasta ahora el ministro no te ha aumentado un centavo; en cambio hay otros gandules que ganan tres y cuatro veces ms. No hay cosa peor que ser bueno y honrado, porque a se se lo comen por sopas... Pampa, dobla bien esa servilleta... Cuando don Pablo Aquiles vena con el cuento de que se haba hecho _saltar_ a algn compaero, para colocar a un paniaguado de la situacin, o relataba, con pelos y seales, los abusos cotidianos, las arbitrariedades inicuas del doctor Eneene, misia Casilda prorrumpa en violenta catilinaria. --No me lo digas, Pablo, porque no puedo contenerme; y t, ests viendo esas cosas de cerca, y te callas... qu pcaros! el da menos pensado te echarn a la calle, como no les adules bien. Y qu hacen los diarios independientes? Ah, si yo fuera hombre! no poder escribir siquiera un remitidito! Cada pillera de stas, publicarlas en letras bien grandes y adivina quin te di. Conque, le han puesto doscientos de sueldo, y acaba de entrar! como no sale de su bolsillo, eche usted que no se derrame. Y dices que se hace pagar el coche por el Ministerio, y abastecer su casa de vino y de cuanto Dios cri? Pero, dnde tiene la vergenza ese seor ministro? Qu remitido escribira yo, qu remitido! A veces, en la actitud que tomaba al sentarse, y en los golpecitos del peridico sobre la pierna, conoca ella que vena contrariado don Pablo Aquiles. --Le has visto, verdad?--preguntaba;--a que estuvo hoy en el Ministerio? Don Pablo deca que s. --Ves? me lo sospechaba; en qu andar ese par de alhajas! quisiera orles por alguna rendija. Tal para cual! Un da, cont el viejo Vargas que el chico de Esteven haba sido nombrado oficial primero o segundo, con trescientos pesos, y como l no era ms que auxiliar con ochenta y en su seccin estaba aqul, resultaba que l, don Pablo Aquiles, empleado antiqusimo, quedaba bajo las rdenes de su flamante superior, Jacintito: felizmente, ste iba tarde o no iba nunca, y cuando iba, no haca nada. Tan disgustado estaba el pobre hombre y misia Casilda se puso tan furiosa, que no comieron aquella noche. Y Quilito, razonable como pocas veces, deca que, efectivamente, era una injusticia irritante, ms, una inconveniencia ridcula, pero que Jacinto no abusara de su posicin, pues era muy buen muchacho; adems, estaba seguro que no aportara por el Ministerio nunca, y esta sera la mejor solucin. --Pillos!--exclamaba misia Casilda, mientras don Pablo, nervioso, llevaba el comps con su batuta improvisada,--Mira cmo hacen y deshacen a su antojo! Naturalmente, el que tiene padrino se bautiza. Qu pillos! con trescientos pesos, y de jefe tuyo, un mocosuelo! Quilito, hazme el favor de no defender estas iniquidades, porque creer que ests corrompido, t tambin, que te has contagiado con el mal de la poca. --Si yo no las defiendo, ta... --Las excusas, que es igual. Ella no quiso tragar, y as lo deca, eso de que Esteven se hubiera arruinado, aunque se lo asegur don Pablo y lo confirm el mismo Quilito. No, no le conocan bien: don Bernardino era un truchimn de _primo cartello_, y ya tendra a buen recaudo todos sus valores, para tomar las de Villadiego el mejor da; despus, chenle ustedes un galgo. Que la familia se iba al Frigal, y salan las propiedades a remate... farsa! ojal pudiera ella registrarles los bales! --Y la liquidacin de la casa de Jacinto?--observaba Quilito,--y su entrada en el Ministerio? --Farsa!--repeta la ta,--maniobras, juegos de manos... el tiempo ha de descubrirlo todo. A esa gente, no creo yo ni el _bendito_. No les deseo ningn mal, pero si resultara verdad la ruina de Esteven, alabara la justicia de Dios! Slo que Dios tiene mucho que hacer, para perder el tiempo en castigar a los pcaros... Lo cierto es que estas cosas les preocupaban. Y ms que todo, la conducta incalificable del nio de la casa, de Quilito, en aquellos das de junio. Su asiento en la mesa, tanto a la hora de la comida como del almuerzo, quedaba desocupado con una frecuencia alarmante, a pesar de las protestas de la ta de no hacer pasteles fritos, ni carbonada, ni ninguno de los platos criollos, que no le gustaban: se levantaba a las doce, sala, y no volva hasta las tres o cuatro de la madrugada. El padre y la ta casi no le vean la cara y cuando lograban vrsela, al atravesar el patio o al sorprenderle en su cuarto vistindose, se les figuraba muy plido, muy flaco, la estampa marcada de un calaverilla precoz y sin freno. --Acabar por enfermarse--deca misia Casilda,--se acuesta tan tarde! por qu no le hablas t? Y don Pablo, que no tena calzones para hacerse respetar, contestaba que eso era muy natural: la juventud necesita expansin, soltura; si se le cierra la puerta, se escapa por la ventana, o por el tejado, el can de la chimenea o el ojo de la llave; la cuerda que se ha mantenido tirante al joven, el viejo se encarga de aflojarla ms tarde, y es peor, muchsimo peor. Adems, por qu se haba de interpretar torcidamente las entradas y salidas del nio? El tena sus negocios en la Bolsa, sus estudios en la Facultad... --Que coma fuera, si eso le agrada--aada don Pablo,--a m me gusta verle mezclado a esa juventud dorada, rozarse con la alta sociedad: en esto ests de acuerdo conmigo, Casilda. Porque, la verdad, qu va a encontrar el muchacho aqu? La modestia, la pobreza, el aburrimiento; una mesa frugal, una chimenea sin fuego. Y si l goza de mejores cosas en la calle, dichoso l! No decirle nada, pues, y que haga lo que le d su real gana. Vers cmo se abre camino, porque es muy inteligente y tiene grandes aspiraciones. --En eso no estoy conforme contigo--replicaba la hermana;--para estos tiempos no vale la inteligencia, y mucho me temo que en los enredos de la Bolsa no est Quilito ms comprometido de lo que fuera menester. --Casilda, eres una pesimista de mal agero. --Ay, Pablo, ojal me equivocara! A los sntomas apuntados, se agregaron bien pronto el ensimismamiento, el mal humor, la irritabilidad. Se encerraba en su cuarto y no abra a nadie. Don Pablo deca que para estudiar, pero la ta, informada por Pampa que, en razn de su ministerio, llegaba hasta el recluso voluntario, en ocasiones, saba que el nio trazaba nmeros y ms nmeros, o se estaba espatarrado sobre la cama, la mirada perdida en las cortinas, los brazos inertes. Cuando sala, contestaba distrado, impaciente: --No s, no tengo nada, djenme en paz! La ta no haba querido decir nada al padre, de lo ocurrido en los primeros das del mes, hallndose ella sufriendo del segundo ataque de reumatismo de la temporada, que la postr una semana entera: sucedi, pues, que entre dos y tres de la madrugada, ella en su lecho y con la lamparilla encendida, sin dormir, a causa de sus dolores, sinti que abran la puerta de calle, cruzaban el patio y llamaban a los cristales de su cuarto. --Abra usted, tita Silda, soy yo. Como pudo, baj de la cama; en camisa y descalza, con el maldito reuma prendido a la cintura, y tir del pasado. Quilito entr, arrebujado en la bufanda. --Tita, vengo a que me d usted veinte nacionales, pero ahora mismo, inmediatamente. --Pero, muchacho, qu pasa? djame acostar... Dime, para qu quieres veinte nacionales? y a estas horas! --Me los da usted o no me los da? Cuando le digo que los necesito... --Ve ah en la cartera... sobre la cmoda; no s si llega. El joven busc el bolsillo de tafilete. Abrilo y cogi dos billetes de a diez nacionales; los guard, y sin decir ms palabra, sali del cuarto y de la casa. El golpe de la puerta de calle retumb, como un caonazo. Misia Casilda qued espantada, temblando ms de susto que de fro. --Ah! Dios mo! se va a jugar! Quilito juega, Quilito juega... Dios mo, Dios mo! Pas el resto de la madrugada en vela, y el alba la encontr acurrucada en la cama, los ojos arrasados de lgrimas amargas; se oan rodar los carros en la calle, cuando entr el nio. --No, no le dir nada a Pablo todava--pensaba la seora.--El dice que hay que dejar a los jvenes probar de todo, para ensearles a vivir! Don Pablo Aquiles sorprendila con los ojos hinchados, pero ella aleg que era a causa del insomnio, y cuando vino Agapo, como sola, la encontr abatidsima y sin nimos para cambiar una palabra siquiera; don Pablo se amilan con esto, porque, a la verdad, en la casa se notaba algo, que no se saba explicar, se senta venir algo, muy malo, muy malo, qu cosa? se ignoraba. Los das siguieron as, sin variacin notable, y lleg el 23 de junio. Aquel da, Quilito almorz en casa, o mejor dicho, no almorz, porque todo el tiempo se lo pas renegando de los bodrios de Catalina, de Pampa, que era una sucia, que as limpiaba los cubiertos como se lavaba mal la cara; del pan, sin cocer, del vino, agrio... Y don Pablo, siempre paciente, trataba de calmarle. --Hay que dispensarlo, hijito; si ya sabes que esto no es el Caf de Pars; no podemos drtelo mejor. La ta callaba. Pampa, aturdidamente, al presentarle un plato, pis un pie del nio, y ste, que reventaba de mal humor, levantse entonces hecho una fiera y se arroj sobre la india, dndole de moquetes brutales. --Ay, nio! ay, nio!--clamaba la infeliz. Misia Casilda y don Pablo acudieron en su defensa... --Toma, toma, para que aprendas y veas dnde pones las patas otra vez. --Quilito!--dijo severamente la ta. Don Pablo consigui quitrsela de entre las manos, y el joven vocifer que se iba a su cuarto, a encerrarse, y que no quera ver a nadie, pues odiaba al mundo entero. Lanzse fuera del comedor y trep la escalerilla de sus habitaciones, pero misia Casilda le sigui, dispuesta a zarandearle como se mereca: sabido es que la ta Silda tena sus momentos de energa formidables. Pero, por ms que ella se apresur, Quilito lleg el primero arriba y se encerr a piedra y lodo. --Abreme--deca la seora, aporreando la puerta,--breme: no hagas escndalo, Quilito, no me faltes al respeto! Abreme. Quilito abri. Entr la ta, su cara de mueca ms lustrosa que de costumbre, sin las chapas de color en ambas mejillas, porque el disgusto las haba borrado, y sigui al sobrino hasta la alcoba. Quilito se ech en la cama, de espaldas, y misia Casilda se sent en un silln, frente a frente. Bueno, ya estaban solos y podan explicarse: ella exiga, s, seor, exiga explicaciones categricas, para tomar una resolucin seria: aquello no haba de continuar as. Qu! el padre, la ta, los criados, todos, iban a estar sujetos al humor de un chicuelo irrespetuoso y sufrir en silencio sus rabietas inconsideradas? qu se figuraba? Si el padre no tena bien puestos los calzones, ella sabra imponerse una vez por todas! La filpica continu en este tono largo rato, y el muchacho ni se mova, ni hablaba: misia Casilda us de todas sus armas, y trat de herirle en su amor propio, en su dignidad, en medio del corazn, que ella conoca tan tierno, a pesar de todo. --A m no has de engaarme, como a tu padre--dijo por ltimo,--t andas en algo malo, Quilito, y si te escondes, es que el remordimiento te persigue... de alguna accin vituperable... no s cul! Ser muy torpe, pero me parece que t juegas... y si juegas, que has perdido... he dado en el clavo? s o no? Tan haba dado, que el chico se agit, como si acabara de recibir un alfilerazo. --Por Dios! ta, djeme usted, mrchese, quiero estar solo; no tengo gana de or sermones. Y se puso cara a la pared, rezongando. Pero, quieras que no, tuvo que orlo, de cabo a rabo, tan contundente, porque la seora no se morda la lengua, y soltaba cada varapalo que escoca de veras, que Quilito di un salto, al fin, y con el aire de un demente, prendido al enrejado de la cama, que sacuda como si deseara arrancarlo, grit: --S, he perdido, he perdido! Y qu tenemos con eso? Jadeante, se volvi a la ta, desafindola con la mirada iracunda, pero la consternacin de la seora deba ser tan grande, pues enmudeci de estupor, que Quilito sintise conmovido y su clera se apag, como si hubieran derramado agua encima. --Perdneme usted, tita Silda, soy un miserable, no s lo que me digo. Se ech a sus pies, besndola las manos y ocultando su cabeza rubia en el regazo de la seora. Y sin darla tiempo a poder hablar, de temor, sin duda, a que renovara la letana de las recriminaciones, cont sus percances de Bolsa... --He perdido, ta, y no tengo con qu pagar: maana, da de San Juan, vence el plazo, a medio da... Usted dir que por qu he jugado: todo lo que usted pueda decirme, me lo repite mi conciencia a voces, a todas horas! He jugado porque quera salir de pobre, cambiar de posicin, tener lo que otros ms afortunados tienen... Para ser rico, ta, y hacerles felices a ustedes, y hacerme a m mismo feliz, yendo a depositar a los pies de Susana... no tuerza el gesto, ta... mi fortuna y decirla: Ahora, nada ni nadie podr separarnos! Porque usted no conoce a Susana, ta; es un ngel, y all donde ella pone la planta, hay que poner los labios... Y todo lo he perdido, ve usted? Ay, tita Silda, me considero tan desgraciado, que si no fuera una blasfemia, dira que odio a mi padre, por haberme trado al mundo, sin que yo se lo pidiera!... Si aqu no haba de hallar ms que penas y miserias, a qu me han dado la vida? Tmenla, yo no la quiero, no la quiero!... Misia Casilda, acariciando la cabeza rubia, murmuraba: --Ves? si yo te lo deca, yo te lo deca... Luego, ensay arrancarle aquellas ideas disparatadas. --No hables as, Quilito, mira que Dios te est oyendo; no te aflijas tanto, hijo mo, quiz todo pueda arreglarse. Has perdido! es una desgracia, pero trataremos, unidos, de remediarla. Vamos a ver, cunto debes? --Mucho, ta, muchsimo, qu s yo! --Pero, dime... aproximadamente. --Mucho, muchsimo!--repiti el joven. Qu iba a hacer al da siguiente? Porque todos los recursos de que poda disponer, los haba probado, y todos fracasaron. Cmo no estar, pues, de mal humor? cmo no desesperar de su suerte y de la vida? --Si le digo a usted, ta, que los pobres no debieran tener hijos; que a uno nadie tiene el derecho de traerle, as, a la fuerza, a compartir las miserias de la vida. Acaso, a la edad de ser padres, no han echado de ver todava que esto no vale un centavo? y si no hay nada que ofrecer al que ha de venir, por qu obligarle a salir de dnde est sin sentir pena ni gloria? El egosmo, ta, el egosmo! Yo no he nacido, no, para pobre y todo mi afn fu siempre enmendar de un golpe lo que mi destino haba hecho... Qu desgraciado soy, tita Silda, qu desgraciado soy! Desvariaba de tal modo, que la ta, alarmada, pens con terror en lo que haba dicho aquella noche, de pegarse un tiro si la suerte no lo favoreca; se le imagin verle ya con el crneo hecho pedazos, cubierto de sangre, despus de haberse arrancado violentamente aquella vida que l deca no querer, ni haberla pedido. Besndole con frenes, le conjur por todos los santos del cielo, que se calmara: ella iba a registrar los cuatro rincones de la tierra y le traera la suma suficiente para pagar su deuda. A cunto alcanzaba? para saber, porque era necesario saber... eran mil, dos mil, tres mil nacionales? --No, ta, no--dijo Quilito arrojndose en la cama de nuevo,--no se empee usted... es intil, es imposible! Cunto le agradezco todo, tita de mi alma! --No seas bobo; desesperarse as no es cosa de hombres; ya vers, poco importa que no me digas la suma redonda... yo te he de traer lo suficiente. Y poniendo una mano sobre el hombro del joven, aadi: --Pero con la promesa de ser ms cauto en adelante, y de no buscar ms en el juego lo que slo el trabajo puede dar. Le dej y baj la escalera; en el comedor, don Pablo Aquiles se preparaba a salir. --Y qu tal--pregunt,--se le ha pasado ya el berrinchn a ese polvorilla? --S, ah le dejo tan tranquilo; a Quilito no se le debe tomar a lo serio: es un loco. --Bueno, hija, hasta luego. --Hasta luego, Pablo. Misia Casilda esper a que saliera: despus, fu derechamente a su cuarto y abri el venerable armario de caoba; en el fondo del estante mediano haba una caja de sndalo... Sentada en una silla baja, empez a escarbar en la cajita misteriosa: dos onzas de oro de Carlos IV; un par de _caravanas_ de brillantes y perlas, recuerdo de su madre; un anillo con amatista; el reloj de don Aquiles; botones de puo; prendedor de caireles con azabache... --Me darn por todo esto quinientos nacionales?--decase pensativa,--ms quiz, porque las caravanas son muy buenas... a Quilito le harn falta... a ver... unos... tres mil nacionales; es una enormidad! me parece que no puede ser ms; imposible! Reflexionemos: pongamos ochocientos por todo esto, mil por la imagen de plata maciza de la Virgen de Lujn... la Santsima Virgen ha de perdonrmelo... bueno, mil, hemos dicho, y ochocientos, son mil ochocientos; el relicario con esmeralda, que tengo en el cajn de la cmoda... cunto me darn por el relicario? doscientos? pues, ya hay dos mil nacionales... Ah! y cien que me quedan del mes, son dos mil cien. De dnde sacar el resto? Pablo? me consta que no tiene nada, porque su mensualidad me la entrega ntegra... Que la Virgen de Lujn me ayude! y si es ms de tres mil nacionales, veremos; hasta maana a las doce, hay tiempo... Se puso el mantn, y antes de salir, fu al patio interior a recomendar a las muchachas mucho silencio, no molestaran al nio y cuidaran la casa; ella iba y volva. --El nio ya encerrse--dijo la genovesa con una sonrisa imbcil. --Bueno, mujer; usted a su cocina y Pampa que quite la mesa. Sali con paso ligero, disimulando bajo el pauelo de merino la caja y la imagen de plata. Dos horas estuvo fuera. Volvi sofocada, quejndose del sol tan fuerte, que no pareca de invierno. --Ha llamado el nio?--pregunt a Pampa. --No, seora. --Qu cabeza!--decase misia Casilda,--no me he acordado de llevar los cubiertos de plata; estos prenderos son todos unos judos... Cunto corretear y qu discutir, para no traer ms que mil ochocientos nacionales! Verdad es que yo he tasado todo con mi fantasa de duea legtima... Ay mi Virgen! mi compaera de toda la vida; cuando la dej sobre el mostrador, me pareci que me lo reprochaba con sus dulces ojos... Valiente da estoy pasando! A ver esos cubiertos... Sin quitarse el mantn, entr en el comedor y abri, con la llave ms gruesa de su llavero, el cajn bajo del aparador: haba hasta tres pares de cubiertos de plata, envueltos en papeles de seda y en retazos de franela muy limpia: eran los ltimos restos del antiguo esplendor de los Vargas, cuchillos y tenedores que, ms de un bien cebado prior haba manejado, en las comidas suculentas y frailunas del mstico don Aquiles. A la casa de empeos con ellos, y andando. --Ya vuelvo--dijo la seora a Pampa,--no te muevas del patio. Media hora despus volva, sofocadsima. --Si me sale ahora con que es ms de los dos mil doscientos que le traigo--pensaba subiendo la escalera,--me parte! Ya arriba, repiquete sobre la puerta, y entr, cuando Quilito hubo corrido el cerrojo. --Aqu me tienes--dijo alegremente, echando el mantn sobre los hombros,--espero no haber perdido mi viaje, o mis viajes, porque han sido dos, hijo mo. El joven la vi sacar de un pedazo de peridico, enrollados, los billetes, que puso sobre la mesa de pino que, en aquella primera habitacin, llenaba, mal que mal, las funciones de escritorio: quinientos, seiscientos, mil, mil quinientos, ochocientos, dos mil, dos mil doscientos... Silencio. La ta, radiante, contemplaba el depsito; Quilito, turbado, miraba a la ta. Esta, mir a su vez al sobrino, y el semblante se le anubl, de pronto... --Vamos, pues, qu dices? --Que la quiero a usted mucho tita de mi alma, y que sufro de veras por la pena que la estoy causando! La abraz repetidas veces, con efusin. --Djame, no me aprietes tanto... De modo que... eso no te alcanza? Habla, habla! Quilito hizo un gesto, que quera decir: Eso, ta, es un grano de arena, una gota de agua, para lo que yo debo. Y misia Casilda, dando palmadas sobre la mesa con su mano enguantada, se impacientaba, seria, de nuevo, y severa, como antes, exigiendo se le confesara el monto total de la deuda, inmediatamente: el joven, entonces, hizo declaraciones completas... Treinta mil nacionales a don Raimundo de Melos Portas e Azevedo, el ms temible de sus acreedores, porque tena un pagar bajo su firma, que le era forzoso, absolutamente imprescindible, recobrar al da siguiente, y si no lo recobraba, perdera la vida con la honra: lo haba jurado; cincuenta mil a Rocchio, el corredor; veinte mil a un fulano del Club del Progreso, y cincuenta mil ms, repartidos entre varios corredores de la Bolsa por operaciones malogradas en los das que iban de mes... total, ciento cincuenta mil nacionales! De todo esto, lo ms urgente a pagar era el saldo de don Raimundo Portas, quien no estaba dispuesto a conceder ms prrroga que los dos das de gracia; el pagar haba vencido el 22... Los dems acreedores esperaran hasta que Dios quisiera. Necesitaba, pues, treinta mil nacionales para el 24 de junio, a las doce, ni un centavo ms, ni un centavo menos. No cay de espaldas misia Casilda, porque sus nervios, a prueba de emociones, la sostenan admirablemente, pero parecile que el mismo Lucifer le soplaba ciento cincuenta mil trompetazos en los odos, y que la casa se le caa encima. A la mente y a la lengua se le vinieron ideas y palabras, a borbotones, y las arroj a la cara del sobrino, cual si le azotara con un ltigo... Cmo! l, un chicuelo pobre, un perdulario, endeudado por suma tan crecida! pero, cmo haba podido creer que sus fondillos iban a valer tanto jams? no pens, por un instante siquiera, ya que su cabeza pareca tan hueca, que si perda, no podra pagar, y si no poda pagar, que deshonraba a su familia para siempre? en qu escuela se haba educado, que as le haban sugerido la peregrina teora de que las deudas son cosa balad y es lujo de caballero tenerlas? y esta era la manera con que l pensaba hacer la felicidad de su padre y de su ta, y la suya propia? Mordase el joven el dorado bigotito, y no replicaba, la cabeza y los ojos bajos. --Qu vas a hacer, entretanto?--pregunt la seora, recogiendo, con un movimiento de hombros, el mantn, que se caa. Y Quilito, framente, contest: --No se incomode usted, que yo s lo que debo hacer! Cogi un billete de veinte nacionales y pidi permiso para guardarlo. --Esto es todo lo que acepto de usted, tita; dgame, ahora, cuanto se le ocurra: todo lo merezco, hasta que me arrojen a puntapis a la calle, porque soy muy culpable, ms de lo que usted cree, quiz... No s, yo quera ser rico, pronto, pronto, y no pasar la vida trabajando, para comer pan negro de viejo, como sucede casi siempre... Luego, mi amor por Susana! yo me deca: Si me hago millonario, ni los Esteven se opondrn, ni en casa me harn la guerra: el rico es libre y el dinero todo lo allana. Y vea usted cmo han fallado mis clculos: en la Bolsa, la suerte siempre de espaldas, y en el club; hasta la lotera... mi nmero sin querer salir... Del cajn de la mesa sac un puado de billetes de lotera, arrugados, que arroj al suelo. --Sin querer salir!--repiti con tristeza;--en balde practicaba los medios supersticiosos de que se valen algunos jugadores: escoger el billete en da trece, entrar en la agencia con el pie derecho, tomarlo con los ojos cerrados... Nada! y el club? Si usted supiera, ta Silda! Algunas noches mucha suerte, y otras barranca abajo... Se acuerda usted de aquellos veinte nacionales que vine a pedirle esa madrugada... que sal despus? Haba perdido en el club cuatro mil nacionales, y se me puso que con un billete de veinte, que fuera suyo y hubiera usted tocado, hara saltar la banca... y la hice saltar, ta, asmbrese... para saltar yo, despus, porque ofuscado, puse cuanto haba ganado a una carta, y lo perd... Ah! tita, el juego es as... Aqu tiene usted mi proceso hecho; la sentencia usted la ha pronunciado: si no pago maana los treinta mil nacionales a don Raimundo, caer la deshonra sobre mi nombre... y deshonrado, arruinado, alejado de Susana para siempre, sin ilusiones, sin esperanzas, sin porvenir... qu voy a hacer? me pregunta usted; hacerme justicia, ta, y acabar! Dijo esto con tal sentimiento, y de modo tan lgubre, que los reproches expiraron en los labios de la ta, y se abalanz a l, como loca, estrechndole en sus brazos, suplicndole que no volviera a proferir la terrible amenaza, si no quera verla caer muerta a sus pies. Qu muchachos estos! hacen una barrabasada, y no se les ocurre mejor medio de remediarla que el suicidio; bonita manera de arreglar las cosas! la suerte que son pura boca, y que del dicho al hecho... Vamos! reflexionar un poquito y estudiar el medio ms decoroso y fcil de salir del atolladero: treinta mil nacionales no se encuentran as como as, bajo el primer adoqun de la calle... Oh, la inexperiencia y la ambicin son dos caballos desbocados que llevan al precipicio a cualquiera! Ya se lo pronostic ella, y despus dicen que las viejas no entienden... Basta; dejar ese gestito de contrariedad, que no recomenzara con sus sermones; verdaderamente, en estas circunstancias las amonestaciones huelgan: es como dar de palmadas al nio que acaba de romperse la cabeza; lo urgente era encontrar el dinero... Ella, que le haba criado y educado y mimado, que era su segunda madre, le salvara. Quilito se lo agradeca todo, besndola las manos, como un perrillo que ha sido castigado y quiere hacerse perdonar del amo la falta cometida. --No me preguntes nada, hijo mo--agreg misia Casilda,--de aqu a maana tenemos tiempo para pensar y para obrar... pero, promteme que te dejars de locuras: tu ta vieja te lo pide: en estos casos de la vida, es cuando se debe mostrar que se tiene sentido comn, sentimientos y religin! promtemelo, Quilito. --Prometido queda--contest el joven maquinalmente. Antes de salir, la seora recorri las dos piezas, buscando con los ojos si haba pual o revlver o instrumento alguno capaz de producir la muerte, y no baj sin dejar al querido sobrino ms tranquilo, en apariencia al menos, despus de nuevas y patticas exhortaciones. Bajaba los escalones, uno a uno, detenindose, apoyndose en el pasamano, y las lgrimas le caan gota a gota, sobre la falda negra; ese movimiento rencoroso de todo el que sufre, contra la indiferencia del mundo exterior, experimentlo la seora al ver el cielo tan puro y el sol tan brillante, cual si no tuvieran noticia de la desgracia ocurrida y de la ms tremenda que se preparaba. --Qu sol ms antiptico!--murmur,--todo debiera estar de duelo, como lo estoy yo! Qu hacer, qu hacer, Dios mo! Virgen de Lujn, aydame! Te ofrezco una novena y misa cantada, si nos sacas a todos de este mal paso... Lo peor, lo peor es que no me viene una idea, una sola... no queda ya nada por empear, y aunque hubiera: la casa entera no vale treinta mil nacionales... Intil ha sido llevar al prendero esos recuerdos de familia... Se haba parado en el penltimo escaln, y mirando los billetes envueltos en el peridico, que guardaba en la mano, repuso maquinalmente: --La base aqu est, sin embargo, esto ya es algo, esto es mucho... falta el resto, a quin acudir? Dios mo! no se me ocurre nada... De pronto, al poner el pie en el ltimo escaln, la idea vino, clara y precisa... --Qu disparate!--exclam. Y trat de ahuyentarla; pero, la idea, como mosca impertinente, la sigui hasta su cuarto, revoloteando sobre su cabeza, picotendola en la frente, persiguindola incansable, ms pegajosa cuanto ms desechada. --Qu disparate!--repeta misia Casilda.--De dnde ha venido a ocurrrseme semejante cosa? Solamente loca... Dios me libre! Repas la lista de sus escasas relaciones, discutiendo consigo misma cul conceptuaba ella capaz de hacer un servicio al prjimo, pero como se trataba de un servicio tan extraordinario, vease obligada a eliminar nombres, unos por ser de personas tan pobres como ella, otros por poca simpata, o ninguna confianza. Y se acord de misia Petronila Barrientos, una viuda sin hijos, riqusima, que la visitaba con frecuencia, y en cada visita la repeta sus ofrecimientos de buena vecina y antigua amiga. --Casildita, ya sabe que estoy a sus rdenes; mndeme en cuanto pueda serle til. Ocpeme con toda confianza, Casildita. A la vuelta viva, en una casa muy hermosa, de su propiedad... --Ir a ver a misia Petronila--pens la seora,--y le ofrecer la finca en garanta; mi carcter no es para estos casos: nunca he pedido dinero a nadie y creo, estoy segura, que la vergenza no me dejar hablar... Pero, a quin acudir, si no? Esto, antes que lo otro! Ya me tiemblan las piernas y me pongo colorada... A la calle otra vez. Pero, fese usted de los amigos y de sus ofrecimientos! Misia Petronila Barrientos la recibi con afecto, la escuch con atencin... y la despidi con poltica, dicindola muy fresca, que no poda ser... porque no poda ser. Y vuelta a la casa, abatida y llorosa, por el sacrificio estril que de su amor propio haba hecho, alimentando pensamientos tan negros como stos: El amigo es para ir de fiesta y no para acompaar en la desgracia. El corazn de un extrao es ms tierno que el de un amigo. En el pedir y en el dar, se aquilata la amistad, etc. Vino don Pablo Aquiles, por la tarde, y se enter de que el nio segua en su cuarto, bajo llave. --Qu demonio de muchacho!--dijo,--qu tendr? Igualito es a su madre, te acuerdas, Casilda, que Pilar era as?... Pero, aqu yo no veo motivo; el disgusto de esta maana no pas de una tontera; voy a subir. --No, Pablo, para qu? Djalo solo; es mejor. --Le dejaremos, pues; pero, hazme el favor de cambiarte de cara, Casilda. --Jess! por qu me lo dices? --Me pareces muy preocupada, hija. --Aprensin tuya, Pablo. Cuando se sentaron a la mesa y se sirvi la comida, Quilito mand a decir que l no bajaba, porque no tena gana. --Ya me va cargando el chico ste!--exclam el padre. Misia Casilda prepar en una bandeja dos platos, y bien tapada, con el pan y el vino, mand a Pampa que la subiera al nio. --Mira--observ,--si no abre, dejas todo en la escalera, delante de la puerta. --Se enfriar, mujer--dijo don Pablo, a quien tanto mimo pona de mal humor. Fu lgubre la comida. La seora no comi, empeada en la batalla con la mosca de su idea primera, que haba vuelto a acometerla, y don Pablo di satisfaccin al estmago con dos cucharadas de sopa, preocupado tambin y triste. Recogise temprano misia Casilda, y sin desvertirse, pas la noche en la sillita baja, delante del nicho vaco de la Virgen. Quilito no haba salido, y esto la tranquilizaba, pero desesperbase de que la hora fatal estuviera tan prxima, y ella no hubiera encontrado ms recurso que aquel descabellado, que le haba venido a la imaginacin, y que desechaba como impracticable y humillante. --La Virgen ha de iluminarme--deca;--ya lo sabes, madre de mi alma: novena y misa cantada; se trata de l, de nuestro orgullo, del que ha de ser nuestro sostn maana! A Pablo no le dir nada, hasta no ver, a qu darle un disgusto? y l, me parece, que huele algo... ay, Dios mo! qu es eso? qu ruido tan extrao! el corazn me ha dado un salto... Debe ser el gato, que ha tirado alguna maceta, en el patio... Tanto hablar de tiros y desatinos esa criatura! no estoy tranquila; quisiera llorar y no puedo. Otra vez eso! qu pesadez! y es un disparate, un solemne disparate... A dnde, a dnde ir? No s, me parece que todos van a recibirme como misia Petronila... Claro, apenas comprenden de lo que se trata, se encapotan y sacan el cuerpo con mucha urbanidad... Esto de hacer la pedigea no es para m, no es! y es preciso, sin embargo: cuando la necesidad habla, el amor propio se echa a la espalda. Si Pablo... pero, qu! con las cuentas de sastres y zapateros de ese nio aturdido, ha molestado tanto al Habilitado, que no quiere ste adelantarle ya nada; todava, si fuera una suma pequea... Seor! Seor! estar condenada yo a pasar por tanta vergenza? Amaneci, y la nueva luz encontrla en la sillita baja, pensativa. --Hoy es da de San Juan--dijo abriendo los postigos,--qu presente nos reservar? Durante las primeras horas de la maana, ocupse en las tareas de la casa; a golpes de plumero persegua el polvo, y cada golpe pareca descargarlo sobre la idea, que no la abandonaba. --Es estpido esto que se me ha metido aqu: si antes de las doce no se me ocurre otra cosa, no s... yo tengo confianza en la Virgen; ella ha de hacer un milagro. A la hora del almuerzo, Quilito tampoco pareci. Pampa dijo que le haba visto salir, y misia Casilda imagin que habra ido a buscar recursos por su lado, a pedir otra prrroga quiz... Entonces, antojsele que lo mejor, lo ms hacedero, era irse directamente a ese seor de Portas, y arrancarle la concesin de un nuevo plazo prudencial para efectuar el saldo del maldito pagar: veinticuatro horas de prrroga importaba quiz la salvacin! Esto es; prontito, a casa del seor Portas, que lo que es elocuencia para convencerle y lgrimas para ablandarle, no le haban de faltar. Caramba! no haberlo pensado antes... Da de fiesta era, y don Pablo Aquiles, que estaba de morro y no quiso almorzar, se fu a dar su paseo; la campanada de las diez y media son en el reloj del comedor, y la seora se cubra ya con el velo y el mantn, cuando el llamador de la puerta de calle se hizo or con grave redoble. --Quin?--pregunt Pampa acercndose a la reja;--seor no estando; nio, tampoco. Misia Casilda, en el umbral del gabinete, se asomaba, por la curiosidad de saber quin era... --Que pase ese caballero, Pampa; djale pasar. La india abri y don Raimundo de Melo Portas e Azevedo entr en el patio, saludando, la chistera tornasol en la mano; en vez del levitn legendario, llevaba ahora un sobretodo de pelo rizado, de estos color de ceniza, que no muestran la porquera... --No le conozco--se dijo la seora;--pero, a esta hora y con esa facha, viene por Quilito: debe ser un acreedor. Que la Virgen nos asista! Pas a la sala, donde el insigne portugus estaba ya instalado, en un silln de seda amarilla, gastadsima, con los flecos deshilachados. --Muy seora ma... --Servidora de usted... Al nombre de Portas, misia Casilda se anim. --Ah, es usted el seor de Portas! Pues precisamente iba yo a su casa ahora. --De veras?--exclam don Raimundo, sacando los dientes en una sonrisa,--el seor Vargas la haba encargado entonces... a eso vena yo tambin; aqu est el pagar, vencido el 22 y que hoy debe ser saldado. De una cartera de cuero, sac el papelucho y lo present, haciendo el amable. --As la evito a usted una molestia--repuso;--dgnese fijarse usted seora, si es ese el documento, porque tengo unos ojos... Misia Casilda deca: --Molestia? no, seor, al contrario. Tom el papel, sin saber qu hacer. --S--dijo,--ste es; treinta mil nacionales, y aqu est la firma, Aquiles Vargas... --Debajo, debe estar la de don Bernardino Esteven. --Qu dice usted? --S, seora, del fiador; el seor Esteven ha garantizado la firma de su sobrino. La seora sinti un desvanecimiento tan grande, que crey iba a perder el sentido. Esteven fiador de Quilito! Una de dos, o el joven mantena relacione con sus tos, de tapadillo, o aquella firma era falsificada; si lo primero, ella conoca a don Bernardino y no crea que su generosidad llegara a tanto, aunque estuvieran en los mejores trminos con el joven, luego... No vea bien, no respiraba bien; un sabor muy amargo la envenenaba la boca. --En efecto--balbuce haciendo un esfuerzo,--aqu est tambin la firma de... ese caballero. Se call, mirando atontada el papel, que conservaba en su mano temblorosa; don Raimundo, apoyado en el bastn, la chistera sobre las rodillas, esperaba. Y viendo que misia Casilda no daba muestras de aflojar los monises, el portugus se alarm. El seor Vargas no haba dejado nada para l? porque estaban a 24 de junio, trmino de la prrroga; si el pagar no lo saldaba el seor Vargas, en cumplimiento de su compromiso, se vera l en la dura necesidad de presentrselo al fiador, a Esteven. --No, no--exclam la seora, agitadsima,--se pagar, s, seor; mi sobrino sabr hacer honor a su firma y no tendr usted que recurrir al fiador, no, no. --Lo deca, porque, como yo tengo otras cuentecitas que arreglar con el seor Esteven, no haba ms que incluir sta con las otras... --Si le digo que se pagar, por qu ha de ponerlo usted en duda? Me ofende usted, caballero, me ofende usted. --Bien, seora, a sus rdenes... --Solamente que--agreg misia Casilda sudando, a pesar del fro que senta, no podr ser ahora mismo, en el acto... a eso iba yo a su casa, precisamente... a pedirle una nueva prrroga, corta, muy corta: en dos o tres das se habr reunido la cantidad suficiente... Vea usted, seor Portas, cmo andan ahora los negocios; esto usted lo sabe mejor que yo; adems, hoy es fiesta, no lo olvide usted. Estamos tan atrasados, que para el puchero apenas nos llega... pero, en dos o tres das, se lo prometo a usted; tenemos un depsito en el Banco y vamos a recibir ciertas cantidades que nos adeudan... Lloraba casi, en su splica desesperada, y don Raimundo mova la nariz, contrariado, tocando el tambor sobre la chistera, de impaciencia. --Pero, seora, comprenda usted que del 22 a aqu van ya dos das de prrroga y la ley no exige... --Caballero, sea usted bondadoso. --No puede ser... --En dos das ms... Sigui la porfa, hasta que el prestamista declar, levantndose, que si al da siguiente, a la misma hora, no le entregaban los treinta mil nacionales, ira con la letra protestada a ver a don Bernardino Esteven. Y se march, bruscamente, despus de guardar el papelucho en su cartera de cuero. Parecile a misia Casilda que, vestidita como estaba, la haban zambullido de cabeza en agua fra, porque daba diente con diente, como quien tiene tercianas, a la vez que llamaradas de fuego le quemaban la cara. Esteven fiador de Quilito! De qu manera haba el joven obtenido esta firma? directamente? Luego se vea con los tos, entraba en la casa, trincaba con ellos, los enemigos jurados de su padre; por intermedio de Jacinto? Era dudoso, y en uno y otro caso, pensaba ella que Esteven, ms calculista que caritativo, no sera tan necio como para prestar su garanta a un joven que, le constaba, no tena con qu responder a compromiso tan importante. Lo que misia Casilda deduca de todo esto, era tan espantoso, que se puso a llorar... El desgraciado nio lo haba dicho: que era ms culpable de lo que ella crea. Entonces, si la sospecha horrible resultaba evidente, urga recuperar el pagar de manos de don Raimundo, no darle ocasin de que fuera a poner bajo los ojos de ese hombre la firma falsificada... --S, recuperarlo, pero cmo, cmo, Dios mo!--exclam. La mosca impertinente volvi, agitando sus alitas impalpables, y ella no la rechaz, como antes, la acarici, al contrario... S, se humillara hasta hundir la frente en el polvo! se trataba de salvar a Quilito, y si no haba ms medio que se, el ltimo, a l, apelara, con los ojos cerrados. De pronto, se acord que el joven no haba vuelto todava; si no era a ver a don Raimundo, a dnde habra ido? El temor de que fuera a realizar su amenaza de suicidio, la asalt, arrancndola del silln. Desatentada, sali al patio, gritando a Pampa si el nio estaba en su cuarto, a tiempo que la reja se abra y entraba Quilito. --Ah! ya vuelves--dijo la ta con sofocada voz. Hzole entrar en la sala, y estrechando sus manos con fuerza, descompuesta, loca, prorrumpi en esta pregunta: --Qu has hecho, hijo mo, qu has hecho? Quilito, plido, no comprenda. Y la ta, sin soltarle, repiti su pregunta desolada: --Qu has hecho? qu has hecho? Alguien te ha aconsejado mal, te ha arrastrado al crimen, porque t has sido siempre bueno, has sido honrado, honrado como tu padre y como tu abuelo! --Ta, por Dios! Misia Casilda le solt, y sentndose en el silln, porque sus piernas, flojas, no podan sostenerla, repeta, llorando: --S, alguien te ha aconsejado, porque t no eres malo, no eres capaz... Dijo que don Raimundo acababa de salir, que haba exhibido el pagar de treinta mil nacionales, y que ella, con sus propios ojos, que comera la tierra, haba visto al pie de su firma, la firma de Esteven... Mir a Quilito, y en su turbacin y en su semblante demudado ley la verdad, la comprobacin de su sospecha. --Qu has hecho? qu has hecho?--volvi a decir con angustia. Pero, el joven se haba echado ya a sus pies e imploraba su compasin; s, era cierto, era cierto que l falsificara la firma de Esteven, para obtener del prestamista el dinero que necesitaba, pero lo hizo ciego, sin saber lo que haca, ni a lo que se expona, pensando, en su fiebre de fortuna improvisada, que, llegado el vencimiento, podra retirar fcilmente el pagar, las manos llenas de oro, como haba de tenerlas; nadie se lo aconsej, sino su mala cabeza. --Soy un miserable, ta de mi alma, no merezco que usted me mire siquiera, porque, aunque honrado en el fondo, no he sabido resistir y evitar una accin vergonzosa, que la ley castiga, ta! Y bien, como la deuda no poda saldarla, y el pagar, protestado, ira a parar a manos de don Bernardino, si no estaba ya en su poder, quedbanle a l dos caminos: o dejarse meter en la Penitenciara o saltarse los sesos... Misia Casilda di un grito y le abraz, aterrada. Quilito se debata, diciendo que, puesto que haba deshonrado las canas de su padre, deba sufrir el condigno castigo; que l no se atrevera ya a afrontar su mirada, y que la idea que Susana, su adorada Susana, conociera su delito, le enloqueca... --No, yo no podr resistir esto, no podr, no podr. --Escchame, desgraciado, tengo un medio de salvarte, un medio supremo; ya lo vers: el prestamista me ha concedido un plazo de veinticuatro horas, sabes? y en estas veinticuatro horas se puede volver el mundo patas arriba, figrate. Yo por un lado, t por el otro: cavaremos, cavaremos hasta encontrar esa suma. Nunca me haba imaginado esto, pero, ha sucedido y debemos remediarlo con algo ms positivo que con lamentaciones y amenazas: djate de tiros y de Penitenciara. Qu horror! Haba de permitir la Virgen de Lujn que t fueras tratado como un criminal empedernido! No, imposible! has cometido una falta grave, pero sin medir todo su alcance, ofuscado en esa jugarreta de la Bolsa, que yo tanto te incriminaba... Pierde cuidado, tu padre no sabr nada, y ese hombre tampoco, porque, maana, a estas horas, habremos reconquistado el pagar. Si te digo que tengo un medio, infalible no, infalible no, pero... es muy probable... veremos; quiero que te tranquilices, hijo mo. --Es usted muy buena, tita Silda, pero, ver usted como todos los medios sern intiles... --Qu sabes? djame a m, que yo s lo que me digo. Hasta sonrea la infeliz seora, ansiosa de calmarle, de inspirarle valor y confianza. --Pero, t me has de ayudar, eh? En primer lugar, no haciendo tonteras y abandonando esas ideas de desesperacin, que Dios condena; luego, viendo por ah... t tienes amigos ricos, relaciones influyentes: no desanimes, hijo mo... El joven dijo que haba visto a muchos amigos, pero sin resultado; quin presta, sin garanta, treinta mil nacionales? Y misia Casilda, recordando a la de Barrientos, contestaba que, efectivamente, muchas veces los mejores amigos son los primeros en dar el esquinazo, y que vale ms dirigirse a los extraos; pues, por dejar de pedir no quedara, y si el medio supremo, el suyo, no resultaba, se hipotecara la finquita o se vendera: con el producto bien poda pagarse al seor Portas y a alguno de los dems acreedores, pues si la casa, vieja, no vala gran cosa, el terreno, por el sitio, vala mucho. --Ahora!--arguy Quilito desalentado,--imposible! --Y por qu no? todo est en buscar comprador... conque, hijo mo, manos a la obra; tu vieja ta ha de salvarte. Se oy el golpe del bastn de don Pablo en las losas del patio y sus pasos mesurados; Quilito se arranc de los brazos de la ta y huy por las habitaciones interiores, trepando la escalerilla de su cuarto, donde se encerr con doble vuelta. --Quin estaba en la sala, Casilda?--pregunt don Pablo Aquiles detenindose junto al aljibe. --Nadie--contest la seora,--yo sola. --As, de velo y mantn? --Es que voy a salir. --A dnde? --Entra y te lo dir. Penetr don Pablo en el comedor, y sin quitarse el sombrero ni el abrigo, muy risueo, sentse en el silln de costumbre, y mirando a su hermana, dijo: --Adivina la gran noticia que traigo... --No s... --He encontrado al oficial mayor en la calle; qu casualidad! y me ha sorprendido, hija, porque no imaginaba yo que esto sucedera: asmbrate, el ministro Ensene ha renunciado! --De veras? --De veras, parece mentira, eh? pues, s, seor, el hombro ha cado, y vergonzosamente, como tena que suceder; si le dejan un da ms en el Ministerio, se lleva hasta los clavos de las paredes. Ahora s que van a empezar a descubrirse las picardas, hija. --Por m, que se descubran; como no han de hacerle nada... todava si fuera, para atarle codo con codo y mandarle a presidio! pero ya vers como echan tierra al asunto. --De esta vez, ciertos son los toros: cado Eneene, la ruina de Esteven es segura; no ves que era el compadre que le sostena? Ah decan que en la liquidacin ltima de la Bolsa, de la que Esteven sali tan comprometido, el ministro le haba echado un cable para salvarle, pero, lo que es ahora, el cable se ha roto y mi hombre se hundir y _laus Deo_! que bien ganado se lo tiene. --Pues yo no lo creo, Pablo, mientras no lo vea, no he de creerlo... Y cambiando de tono, temblndole la voz, aadi: --Hablemos de otra cosa, Pablo, de algo muy grave. Don Pablo la mir, y ech de ver entonces que haba llorado, que estaba plida y tena los labios blancos. --Habla, Casilda, me asustas, qu pasa aqu? dnde est Quilito? a dnde ibas? --Tranquilzate; Quilito est en su cuarto... Yo no quera darte este disgusto, me hubiera callado, pero se trata de algo tan grave, tan grave que... mira, Pablo, no hay otro remedio, no lo hay, aunque te rompas la cabeza buscndolo... Es una humillacin para nosotros, lo comprendo, pero, qu hacer, cuando la honra y la vida de Quilito estn de por medio? Si me ves as, Pablo, es que voy... es que voy... a casa de Esteven. El rayo haba cado, y sin embargo, don Pablo Aquiles viva, sentado en su silln, paseando sus ojos atnitos de misia Casilda, inmvil, a las cigeas de la pantalla, mudas confidentes de sus cavilaciones, y en esta mirada pareca preguntarles qu era aquello, qu significaba, aquello, porque l, francamente, no lo comprenda... IX --Explcate, Casilda, explcate--dijo ansiosamente.--Ests t loca o estoy yo idiota? Y misia Casilda habl, con esa incoherencia de las grandes emociones. --No, Pablo, es que aqu, en casa, sucede una cosa horrible, una desgracia inaudita... ves? ya estoy llorando; no puedo contenerme... tengo el cuerpo como si me hubieran dado de palos y alguien se me hubiera paseado por encima luego... anoche no he pegado mis ojos, cavilando, cavilando... pues, sucede, Pablo, que Quilito, de l se trata, desgraciadamente, en ese juego maldito de la Bolsa, ha perdido... no s cunto, mucho, y debe, y no puede pagar y ese don Raimundo ir maana a casa de Esteven, y esto no lo podemos consentir... --Qu dices, Casilda, qu dices? no te entiendo; hablas de un modo... --Vers: Quilito, entre otras deudas, debe treinta mil nacionales: figrate! treinta mil nacionales, a un prestamista, que ya estuvo hoy a cobrarlos el muy sinvergenza, porque hoy venca el plazo... ah tienes, cmo deja el Gobierno andar sueltos a estos pcaros, que as engaan y estafan a nios sin responsabilidad? Porque estoy segura que de esa suma Quilito apenas habr tomado diez mil, y el resto ser los intereses del usurero... sobre esto haba yo de escribir un remetido... ese pagar no debiera ser vlido, verdad? naturalmente. Pues, Quilito, sin darse cuenta de lo que haca, con tal de que el prestamista le diera lo que necesitaba, ofreci la garanta, de quin te parece? de Esteven! comprendes ahora? no? est bien claro, Pablo; dijo Esteven como hubiera dicho cualquier otro nombre conocido en el comercio... --No est claro--exclam don Pablo Aquiles, que iba perdiendo el color y la calma,--ningn prestamista da sin una firma de garanta, si la persona no le inspira la suficiente confianza, y no poda inspirrsela un nio de teta como esa desgraciada criatura; has visto t la firma de Esteven en el pagar? --No, la firma no--contest la seora confusa y embrollndose;--pero, en fin, yo no entiendo de esto; lo nico que puedo decirte es que si maana no entregamos los treinta mil nacionales, el prestamista, que tiene a Esteven por fiador de Quilito, no s por qu, ir a presentar a ese hombre la letra protestada: esta es la situacin. Cuando yo lo supe, figrate cmo me pondra y qu de cosas le dira a ese mal aconsejado nio, porque, no tengas duda, le arrastran los amigotes, y Quilito haba dado en la mana de hacerse un Creso de la noche a la maana... ya ves si tena yo razn y no era tan pesimista... Antes de decirte nada, intent allegar recursos, empeando cuanta antigualla de algn precio y chafalona guardaba en el armario: hasta mi Virgen de Lujn ha ido a casa del prendero; y no bastando esto, qu haba de bastar! me fu a casa de misia Petronila a pedirle un prstamo sobre nuestra casita, y no ha querido... qu hacer? el plazo es tan corto, que no da tiempo para nada; hemos de consentir que un pagar firmado por Aquiles Vargas vaya a manos de ese hombre? no, por Dios!... he luchado con la idea, he luchado, pero no encuentro yo otra solucin: Esteven nos ha robado nuestra fortuna, la que, por delicadeza y por orgullo, no hemos querido reivindicar ante los tribunales, fortuna que ha gozado y sigue gozando... pues bien, llega este caso, desgraciado, fatal, y yo, apretndome el corazn y pisoteando mi amor propio, voy a Gregoria, que dgase lo que se quiera, es nuestra hermana... con l no deseo nada, ni verle... voy a Gregoria y la digo: Mira, yo nunca te he pedido nada, nunca te he molestado en la posesin de lo que nos dej nuestro padre, pero hoy me pasa esto: Quilito, el hijo de tu hermano y de la hermana de tu marido, que es Vargas y Esteven como t y como tus propios hijos, debe esta cantidad, y la honra y quiz la vida le va en pagarla: prstame esa suma, Gregoria, y toma mi casa, lo nico que poseemos, en garanta; ya ves que no vengo a pedirte nada, no vengo a que me des nada. Esto o algo parecido la dir, y estoy segura que ha de atenderme, porque Gregoria no es mala y si se ha mostrado tan dura para nosotros, es porque el marido la domina completamente... Comprendo que, despus de veinte aos de interrupcin de relaciones, es humillante, es humillante ir a solicitar un favor de este gnero, pero... hay que salvar la vida de Quilito! sabes? me ha dicho que va a matarse, y si l muere, qu ser de nosotros que no tenemos ms luz y ms alegra que Quilito? Eran tales las sensaciones que experimentaba el msero don Pablo Aquiles, que cada palabra de la hermana era una gota de aceite hirviente que le caa sobre la piel; se quit el sombrero y el abrigo, dej el bastn sobre la mesa, volvi a sentarse y a levantarse, paseaba, se detena a escuchar a misia Casilda, hizo ademn de subir a las habitaciones altas, para ahogar al calaverilla del hijo; pero se contena y se sentaba otra vez, atusndose el bigote, mordindose los labios, palmendose la calva reluciente. Y cuando la seora call, aniquilada, l prorrumpi en amarga lamentacin contra la suerte negra que le acompaaba en la vida: de nio, torturado por la severidad exagerada del padre; de joven, castigado por la prdida de la mujer y de su fortuna, y ahora, de viejo, obligado a abandonar la ltima ilusin que le quedaba y le sostena: su hijo! Porque, despus de esto, cmo tener confianza en el porvenir? si para vencer los rigores del presente haba que agacharse a lamer las botas del aborrecido enemigo... --No, no, Casilda--exclam con desesperacin,--todo menos eso, todo menos eso... Es cierto que no pediramos sino una parte mnima de lo que nos corresponde, y no en calidad de donativo, sino en calidad de prstamo, pero siempre sera pedir un servicio, un favor, a ellos, los Esteven. Y si no te reciben, desgraciada? y si no te lo hacen ese favor que vas a pedirles poco menos que de rodillas, porque no quieren, o porque no pueden, arruinados como dicen que estn? Sera una humillacin vergonzosa y estril! --Qu me importa? Nadie ms soberbia que yo, y me humillar, sin embargo, y besar el suelo, si es preciso; se trata de Quilito que, por mi boca, va a pedir lo suyo. Para m nada quiero: cscaras comera, antes que poner los pies en esa casa. Y si nada consigo, me quedar la conciencia tranquila, por haber tentado todos los medios de salvarle. Con esto no poda transigir don Pablo Aquiles: todo, menos eso! se buscara, se pensara, se ira a golpear a todas las puertas, y cuando todas se hubieran cerrado, entonces... y aun as, quin sabe! Repas la historia antigua de la familia, insistiendo sobre los hechos conocidos en que fu triste actor Bernardino Esteven, y en que tan poco airoso papel represent Gregoria; record sus miserias de veinte aos, las estrecheces soportadas con resignacin y valenta, sin que jams hubieran necesitado pedir limosna a nadie: como se haban bastado a s mismos, y educado al nio de la casa con el mimo y la holgura de un seorito rico... --Y esto lo olvidamos hoy, Casilda, yendo a prosternarnos ante ellos, los Esteven. Mira, cuando pienso en lo que ha venido a parar nuestro orgullo, todos los nervios me vibran, y pacfico como soy, no s, siento ansias de atropellarlo todo o de romperme la cabeza contra esa pared. Seor! yo he trabajado honradamente toda mi vida; no he distrado jams un centavo de mi humilde paga, t puedes decirlo, Casilda! todo para la casa, todo para el nio de la casa: que se eduque bien, que se vista bien, que viva, que goce... maana, hombre de provecho, me resarcir de mis desvelos, y esa fortuna que su padre ha perdido, por desgracia y por inepcia, lo confieso, l sabr reconquistarla por medio de la labor honesta... en lugar de esto, qu sucede, Casilda? que no contento con el sacrificio que le hemos hecho, de dedicar nuestra vida al cuidado de la suya, de ahogar nuestros deseos ms humildes para dar expansin a los suyos, y de haber comprometido nuestra posicin modestsima, quiere ahora tomar nuestra dignidad, lo nico que nos queda, lo nico que nos ha dejado... No, esto no ser, porque yo no quiero que sea! debe? que pague; no puede pagar? que reviente! Estaba transformado don Pablo, y hasta los pjaros de la pantalla debieron volver sus cuellos arqueados y sus largos picos, asombrados de or hablar as al viejo pusilnime que, noche a noche, iba a contarles sus tristezas. --Ah! Pablo, Pablo--dijo misia Casilda con un suspiro,--no es tu corazn el que ahora habla. Recordarle a ella los hechos pasados, cuando su memoria, reavivada por el rencor, se los presentaba da a da, ms patentes cuanto ms lejanos, tena razn, muchsima razn: era horrible, era injusto, era inicuo... ella no excusaba a Quilito, pero, en la situacin en que se encontraba, haba que salvarle, de qu manera? veinticuatro horas haca que estaba sufriendo esta tortura, y no hall ms salida que esa, la ms difcil... Y pensarlo bien, no era ms humillante que el pagar cayera en poder de Esteven, quien poda creer que ella y el padre estaban complicados en el enjuague? --Pero, dnde est el enjuague?--replicaba don Pablo.--Esteven dir al prestamista: Y a m qu me cuenta usted? y le despedir con cajas destempladas. Porque si el prestamista se ha contentado con la palabra del chico, ya est aviado. La seora no tena argumentos que oponer a estas razones, porque el gordo, el de la firma falsificada, no lo largara ella jams; pero insisti en lo crtico de la situacin, en los pasos intiles que haban dado, ella y el mismo Quilito. --Si t pudieras hacer algo--deca,--pero no, tienes las manos atadas, y, acaso, una finca se enajena con la facilidad de un objeto cualquiera? hay que darse cuenta, Pablo, de la espantosa desgracia que pesa sobre nosotros. Quilito est obligado a pagar esa suma maana, y si no puede, se matar; le conozco demasiado. --Todo, menos eso!--repeta, don Pablo Aquiles, agitndose en el silln. Y misia Casilda, aferrada a su idea salvadora, repeta que era pedir lo suyo, ahora que se necesitaba, y a ttulo de prstamo: una vez reintegrado, que siguieran gozando de la fortuna benditos de Dios, porque los treinta mil pesos seran reintegrados y cuanto antes: ese dinero les quemara las manos, con ser de su propiedad, como era. Y crea l que ella no sufra de verse en la dura necesidad de recurrir a Gregoria, su implacable hermana? Al subir la escalera de aquella casa, iba a parecerle que suba los peldaos del cadalso... --Qu hacer, Pablo, si no? qu hacer? Pero don Pablo no ceda, ceudo e iracundo. Iba a matarse, deca el nio que iba a matarse; despus de asesinar a su padre, bien poda hacerlo, en desagravio! y asesinado de qu manera! a traicin, con alevosa. --Ten compasin, Pablo, de l y de m!--exclam la seora,--mira, no ir a casa de Esteven, si no quieres; buscaremos por otro lado, volver a casa de misia Petronila, correr la ceca y la meca... t mismo, por qu no sales y ensayas? Hay que evitar, a todo trance, que Esteven vea el pagar, a todo trance, Pablo!... No vendr a casa, sino cuando ya no pueda ms; aunque sea de noche, no te alarmes... Y voy a pedirte una cosa: no digas nada a Quilito, que la ocasin no es de recriminaciones. Valor, Pablo, valor; vers, la Virgen de Lujn nos ha de ayudar... Hasta luego, adis. Dejle desplomado en el silln, tan abatido, que no hizo un movimiento para detenerla, no dijo una palabra para estimularla en la espinosa jornada que emprenda: el golpe habalo atontado y se le oa barbotar: --Todo, todo, menos eso! Misia Casilda sali, con paso resuelto, y tom la calle de Moreno, rumbo al Este. --Si l supiera, sera el primero en decirme que fuera a casa de Esteven, si no iba l en persona... Cmo permitir que ese hombre se entere de la vergonzosa accin de Quilito! ay, slo de pensarlo, la cabeza se me va!... Me recibir Gregoria? Creo que no llevar su rencor hasta el punto de arrojarme de su casa; me parece que no voy a poder subir la escalera, ya los nervios me bailan y el corazn me da saltos: debo estar blanca como un papel... Por dnde empezar? entrar altiva o humilde? humilde, Dios mo! porque voy a humillarme; qu paso tan penoso! Slo por l, por salvarle... si maana no tenemos la suma justa, la falsificacin queda descubierta... qu horror! a lo que se exponen estas criaturas sin discernimiento; porque Quilito lo ha hecho de inocente, de atolondrado... Volver a casa de misia Petronila! a qu? para sufrir un segundo desaire: no, lo mejor, es esto; Gregoria no puede negrmelo: si no es para m, ni para Pablo, es para el hijo de Pilar, una Esteven, ya que desprecia tanto a los Vargas, olvidando el apellido que lleva. Entrar y la dir... no s, no s; cuando me vea delante de ella, despus de tantos aos... Dios mo! no tendr valor! y si ese hombre sale! cara a cara no le he visto, desde aquella vez que le llam ladrn con todas sus letras... Ah! y aquella otra que estuvo en casa, de luto, el muy hipcrita, a entregar la herencia irrisoria que se dign concedernos... Llevo toda la sangre revuelta, y cuanto ms me acerco, ms me abandona el valor... Cre que la provisin hecha, despus de tanto cavilar y llorar, alcanzara hasta el fin de mi empresa... Vamos, Casilda, no olvides que este sacrificio que haces, es por salvar a Quilito. Esta es la calle de Tacuar: me faltan tres _cuadras_ todava, y sospecho que no podr llegar... voy como borracha, qu dir la gente? tomar un coche... Dame fuerzas, Virgen santsima, para subir este Calvario... seguir a pie, mejor, ya falta poco... As pensaba la ta Silda, y segn sus ideas, ms o menos animosas, apresuraba o acortaba el paso; en la esquina de Piedras se par, porque al mirarse en el espejo de un escaparate, se vi de cuerpo entero, la estampa viva de esas pobres vergonzantes, viudas de pega, generalmente, que andan hocicando en las casas ricas, de mantn y velo color de ratn, con lgrimas perennes, como cristalizadas, en los ojos, y en la mano, cubierta a medias por mitones agujereados, el certificado, amarillo y grasiento, de la parroquia, lleno de borrones y de firmas ilegibles. Digo que esto se le figur a misia Casilda, a causa del estado de nimo en que se encontraba, y comparacin tan injusta como sta no se ha hecho, pues seora ms atildada y limpita que ella no poda haberla; pero lo cierto es que se par, deseosa de volverse atrs. --Segura estoy que los criados de Gregoria van a tomarme por una de estas mujeres, que piden limosna para el hijo tullido, y no me dejarn pasar... esto, si no me traen, de parte de la seora, un puado de cobres... ay, Dios mo! no sera mejor volverme? Luchando entre su amor propio, que se resista, y su cario a Quilito, que la empujaba, lleg, y desde la esquina, mir la casa. Cuntas veces haba pasado por delante, la cabeza muy alta, orgullosa de poder proclamar con esta actitud, que no necesitaba de ellos, los Esteven! quin la hubiera dicho entonces... Vi ante la puerta dos carros de mudanza, y _changadores_ que entraban y salan, y descargaban en la acera muebles, cuadros y estatuas; los sillones de brocatel, en medio de la calle, las consolas doradas y los vasos de nix, producan singular efecto sobre la alfombra poco limpia del empedrado: era la casa de Esteven que se desmoronaba, el lujo arrojado a escobazos por la ruina, la soberbia insolente castigada por la justicia; aquellos rudos gaanes eran sus ejecutores inconscientes. Misia Casilda se acerc, dando vueltas en su imaginacin a esta idea: --Ser cierto la marcha al Frigal? y si se van al Frigal, ser cierta la quiebra? El mal trago, pasarlo pronto: la seora entr, y sufriendo los codazos de los mozos mal olientes, a la verdad, subi la escalera sucia de polvo, detenindose, para dar paso a un mueble que bajaban o a un changador, que suba. Arriba, en el vestbulo, nadie: muebles por todos lados, rollos de alfombra y de cuerdas, espejos arrimados a la pared; algunas plantas, maltratadas, tristes en medio del desorden: las puertas abiertas, mostrando el piso desnudo de las habitaciones... el sol, a travs de la vidriera, pintaba preciosos cuadritos de color sobre las losas de mrmol... all dentro, se oa mucho bregar y voces y el canto alegre de un canario. --Nadie--pensaba misia Casilda,--ni un criado, llamar? Dios mo! no me atrevo; ganas me dan de bajarme y echar a correr... ah viene alguien. Valor! Cuatro changadores, con el piano en hombros, salieron por la puerta de la antesala, y una vocecita fresca deca: --Cuidado! reparar en los cristales y en el farol; ms despacio, agacharse un poco... Los mozos, sudando, hipando, echando ternos y cuaternos, avanzaban, encorvados, y el mueble, negro y lustroso, pareca un animal extrao, de muchas patas; misia Casilda se apart, y cuando la procesin hubo pasado y el piano, dando encontrones, bajaba bufando la escalera, vi delante de s a una nia de trenzas rubias, que la miraba, pasmada de sorpresa. Y de pronto, sin saber cmo, sin que ella hiciera un ademn ni dijera una palabra, clavada por el estupor y la vergenza, sintise la seora estrechar en carioso abrazo por la nia rubia, y la vocecita fresca, que murmuraba: --Oh, ta Silda, ta Silda! Sin saber cmo tampoco, se vi en una habitacin, que no haban desguarnecido todava, ella sentada y la nia a sus pies, besndola, y repitiendo: --Oh! ta Silda, ta Silda... Qu buena era! haba esperado la hora de la desgracia para venir, para ofrecer la reconciliacin a sus hermanos arruinados; antes, de ricos, no quiso presentarse, sin duda, para que no creyeran que iba a pedirles favores, pero, ahora, que la suerte les haba hecho iguales, vena, noblemente, generosamente, olvidando pasados agravios, a confundir sus lgrimas con las de la familia hermana. --Ah, ta Silda, que buena es usted! yo sin conocerla, siempre me la haba figurado as... Yo soy Susana, su sobrinita, que tanto la quiere, porque yo la quiero, ta Silda, mucho, muchsimo; qu alegre estoy! la veo aqu y no lo creo... Es Dios mismo quien le ha inspirado este paso, y su corazn bondadoso: yo siempre rogaba por usted y por el to Pablo, y peda en todas mis oraciones que la reconciliacin se hiciera, porque no haba razn, no haba razn... Vendr tambin el to Pablo? hoy es da de fiesta para m, y eso que debiera estar triste, porque, ve usted ta? estamos de mudanza, los muebles van al remate y nosotros al Frigal... pobres como usted, ta Silda, pobres, despus de haber tenido tanto. Pero, esto no es una desgracia, verdad? la pobreza es la menor de las desgracias... Dgame algo, ta, dgame que quiere mucho a su humilde sobrinita... Misia Casilda, conmovida, bes a Susana con placer inefable; no se cansaba de mirarla y de orla, tan bella y tan discreta, la santita de la casa, como saba que la llamaban: era digna, s, de ser amada, y el pobre Quilito no exageraba cuando haca su entusiasta panegrico... Ya la nia se haba levantado y hablaba gozosa, de ir a llamar a su madre. --Ver qu contenta se pone, ta Silda, porque ella la quiere, en el fondo, en el fondo, la quiere... Pero, misia Casilda, temerosa, la retena, diciendo que no deseaba incomodar, que se marchaba. --Marcharse usted! no faltaba ms, ta, sin ver a mam. Se escap, gritando alegremente: --Mam! mam!--como un ngel que va a anunciar la buena nueva. La seora se haba puesto de pie, plida como un cirio... y si sus piernas la hubieran obedecido, habra hudo de aquella casa, donde nada tena ya que hacer, puesto que su intencin era otra bien distinta de la que la santita le prestaba: repugnbale pasar por ms generosa de lo que, humanamente, se crea capaz... Y se oy la vocecita fresca: --Es la ta Silda, mam, es la ta Silda! Y cuando sta buscaba con los ojos espantados un agujero donde meterse, donde no la vieran, misia Gregoria se present, trada de la mano por Susana, radiante... En la puerta se detuvo y las dos hermanas, frente a frente, se miraron, con asombro de verse as, tan cerca, despus de veinte aos; ni una ni otra habl, rgidas las dos: Susana empuj a la madre suavemente. --Es la ta Silda, mam; abrzala, porque es muy noble lo que ha hecho, de acordarse de nosotros, ahora que ya no somos ricos. La de Esteven, arma en ristre, asest el primer golpe, diciendo entre dientes, con amargura: --Ah, t aqu! vienes a gozarte, sin duda, en mi desgracia! El tono era injurioso; la actitud, provocativa. Pero, misia Casilda, que iba desarmada, se adelant, tendiendo su mano. --No, Gregoria, no--dijo,--vengo a verte... simplemente. Susana di nuevo empujoncito a la madre, y misia Gregoria tom la mano que se la ofreca... Y blandi el arma otra vez. --Ahora te acuerdas! Las dos manos se soltaron, despus de rozarse tibiamente; y ambas hermanas sentronse, Gregoria, pronta siempre a herir; Casilda, resignada a sufrir, sin dar el cambio, todos los golpes, que le fueran dirigidos. La de Esteven pensaba: --A qu vendr sta? qu mosca la habr picado? es ocurrencia! despus de tantos aos... y cuando nadie la llamaba; ella no podr decir que haya hecho yo la menor insinuacin. Si creer que esta visita de desagravio va a hacerme olvidar su conducta con nosotros... pero, ya caigo! t vienes por el renacuajo, a ver si as, despus de este paso, logras meterlo en la casa... pero ya escampa! Y la de Vargas: --Siempre la misma! no s cmo he podido yo figurarme que iba a recibirme de otra manera... si no tiene corazn! Por qu no habr escuchado a Pablo? me he humillado intilmente... tres puntos en la lengua me dar, antes de pedirle nada; adems... estn arruinados! era cierta la quiebra. Quisiera estar a cien leguas, no haber venido. Ah, Quilito, Quilito! El silencio se haca embarazoso. Misia Casilda dijo, mirando a Susana: --Esta es la mayor, Gregoria? --S--contest la de Esteven,--la mayor. --Y a Angelita, no la conoce usted, ta Silda?--intervino la nia, viendo que el silencio volva. --La conozco, s, de vista. --La llamar... --Djala; no quiero molestarla. --Voy a llamarla. Y escap. Las dos hermanas, solas ya, mirbanse de reojo. --Qu tiempo tan hermoso!--dijo la de Vargas. --Muy hermoso--repiti la de Esteven,--no parece de invierno. --No parece, no... de modo que... se van ustedes al Frigal? --S, nos vamos al Frigal. Esto di pie a misia Gregoria para hablar de la situacin, de cmo estaba todo, los alquileres por las nubes... luego, la dichosa Bolsa! El que entra all, sale sin pellejo. As es, que se iban a la _estancia_, a reponerse; lo que no le daba vergenza confesar, porque no era ella la nica... --Si es la peste que tenemos encima--apoy misia Casilda,--no s nosotros lo que haremos, sin _estancia_ dnde refugiarnos... pero felizmente, hasta ahora no nos podemos quejar. Nuevo silencio, que una y otra interrumpan para decir una frase vulgar sobre la vida del campo, el trabajo que da una mudanza... La de Vargas pensaba: --Ni una palabra me ha dicho de Pablo, qu mala es!... y tanto hablar de su estado de fortuna: sin duda teme que yo le pida algo; me guardar bien de hacerlo. Ay! por qu habr venido? Y la de Esteven: --No me ha preguntado por Bernardino! qu rencorosa es!... he de insistir en lo de nuestra ruina, porque viene a _pechar_... ya me ha echado una indirecta sobre la _estancia_. Vino Susana con Angelita, y sta, desgreada, mordindose las uas, se par delante de misia Casilda, con aire de pifia... --Esta es Angelita--dijo Susana risuea, presentndosela.--Abraza a la ta Silda, Angelita. --Ven, monina; qu pcara es! tiene tus ojos, Gregoria. La bes, y la muchacha, en vez de devolver la caricia, solt una carcajada estridente. --Ah! la ta Silda, ja, ja, ja, ja! Y sali del cuarto riendo y haciendo cabriolas. --Es una loca--observ misia Gregoria,--est furiosa porque nos vamos al Frigal, figrate! Susana, avergonzada, dijo que la hermanita era una muchacha sin juicio, de la que no poda sacarse partido; Jacinto era otra cosa; no estaba all en aquel momento, si no le llamara, para que la ta le conociera y viera qu serio y qu hombre estaba. --Pap se fue ayer a Montevideo--aadi la nia,--y no vuelve hasta la semana entrante, que se ir al Frigal con nosotros; l va a sentir mucho no haberla visto, ta Silda... La de Vargas mova la cabeza, con una sonrisa forzada en los labios plidos. --Ah! est en Montevideo... Ah! s, en Montevideo. Y misia Gregoria, con indiferencia estudiada, explic que Esteven se haba ido por sus negocios: un paseo de ocho das y nada ms. Este nombre, torpemente lanzado por la inocente nia, acab de helar la entrevista, ya de suyo glacial; misia Casilda esperaba el momento de poder levantarse, y misia Gregoria deseaba impaciente verlo llegar. Las miradas de reojo decan ahora: la de Esteven: --No te vas todava? qu esperas? Ya habrs comprendido que nosotros somos como el aceite y el vinagre, y que si no te he echado de casa, ha sido por no dar escndalo, y de lstima de ver cmo te has agachado a pedir perdn... Es en balde, hija; nunca nos entenderemos nosotros... lo que yo siento, es no saber a qu has venido... Y la de Vargas: --Me despedir ya? me parece que aqu estoy de ms... No, si no poda ser de otro modo: con Gregoria nunca hemos congeniado, y lo que ha habido entre nosotros, no es cosa que pueda olvidarse... Sin embargo, la verdad es que me ha recibido, con poltica, si no con cario... que nunca podr existir, nunca! Y Susana se entristeca, viendo que la reconciliacin no era sellada con un abrazo fraternal; all estaban las dos, hablando de cosas indiferentes, como personas extraas; y cunto tenan que decirse, sin embargo! no vala ms explicarse de una vez? por qu se mostraba tan intratable la madre, cuando la otra haba dado, la primera, el gran paso? Por Dios! cuntas ilusiones se forjara en los breves instantes que la ta Silda estaba en la casa; cuando la descubri en el vestbulo, parada, como una evocacin; cuando la vi darse la mano con su madre... Era su magna empresa realizada! el Seor la haba escuchado, y su corazn lata de amor y de esperanza. Pero, as que misia Casilda se levant, en medio de un silencio ms largo que los otros intervalos de la conversacin desganada, que haban sostenido con la punta de los labios, Susana se abraz a ella, suplicndola no se marchara todava. --Aqu estoy molestando, hijita, estis muy ocupadas... La de Esteven, de pie, no deca nada. Y cuando misia Casilda extendi la mano, en seal de despedida, ella la toc con la punta de los dedos, articulando un adis tan fro, que se le qued congelado entre los dientes. Acompala hasta el vestbulo, y all, en la puerta de la antesala, con una inclinacin seca de cabeza, la despidi, volviendo luego la espalda, para hablar a los changadores... Susana besaba a la ta. --Promtame que no ser sta la ltima vez que vendr--murmuraba desolada,--usted es buena, ta Silda, y dispensar a mam: ella es as, pero en el fondo, la quiere... Vendr pronto? y si no, porque no estaremos, yo ir a visitarla a su casa, ir con muchsimo gusto, ta! La seora retribuyla sus caricias, prometindola cuanto quiso pedirla... --Pobrecita! es un ngel, no puede negarse--deca misia Casilda bajando la escalera. Y Susana, llorando, la tiraba besos como quien echa flores, con el presentimiento que ya no vendra ms, porque la reconciliacin no se haba pactado... no, no vendra ms; su empresa haba fracasado y su corazn, de duelo, ya no lata como antes. Pobre santita de la casa, que as, en un momento, viera trocarse la miel en acbar... Ya en la calle, misia Casilda no supo adnde ir; estaba tan quemada de la conducta de Gregoria, que se asombraba de su propia paciencia: cmo haba soportado en silencio el par de bofetadas con que la obsequi al entrar, sobre todo aquel _ahora te acuerdas_, que llevaba ms filo que un pual florentino; y luego el aire, la cara, el tono, cual si le debieran y no le pagaran... Valiente papeln haba hecho, y todo para salir como rata por tirante! Qu candor el suyo de creer que iba a conmoverse Gregoria con solo verla, que iba a sentirse tocada en el corazn ante aquel acto de nobleza! Si en Gregoria no haba que buscar ms que a la hembra y a la madre, pues fuera del instinto ciego por su hombre y por su prole, no se encontraban en ella rastros de otra clase de sentimientos, y esto habalo probado muchas veces y acababa de comprobarlo ahora. Ah! si el pagar falsificado llegaba a sus manos, la suerte de Quilito estaba jugada; felizmente, Esteven haba marchado a Montevideo... Esto dara algn respiro, un plazo de ocho das era mucho en las presentes circunstancias; entretanto, se buscara con linterna un comprador para la casa, o se haran diligencias para hipotecarla... Pero, esta plida esperanza no poda endulzar el trago amargo que la seora acababa de pasar: sus mejillas de mueca brotaban fuego, y la ira contra s misma por haber cedido a aquella idea de reconciliacin tarda y de fines interesados, se mezclaba a la que senta contra su hermana, tan orgullosa en la misma desgracia; si llega en otro momento, y pide, la hubiera recibido de idntica manera y despedido con un _no_ tan fro, como aquel _adis_, que pareca un puntapi. --Y yo callada--deca misia Casilda, caminando sin rumbo,--como si no tuviera lengua para decirle cuatro frescas; se me han quemado los libros: cuando comprend que mi visita era intil, deb erguirme y tratarla de igual a igual; a qu humillarse? Creo que me he contenido porque estaba delante aquel ngel, que no parece hija suya, si no... nos hubieran odo los sordos, seora Gregoria... a Pablo no le hablar jota de esto, porque se enfermara, y con razn, como voy a enfermarme yo, de seguro... pero, a dnde voy? no s, no s... a casa no me vuelvo as, con las manos vacas; mi gran recurso ha hecho fiasco. Dios mo! estoy tan desesperada, que me arrojara bajo ese tranva que pasa... Yo pienso que estos golpes de la vida la endurecen a una el corazn: estoy contenta, s, seor, de que haya tronado el ladrn de Esteven. Dios castiga sin piedra ni palo: toma, toma... a comer cardos al Frigal ahora... a dnde voy? a dnde voy? Se acord de mster Robert. Muchas veces le haba odo a Quilito ponderar aquel hombre, elogiando su honradez, su contraccin, su inteligencia; y cuando ella lo sacaba de ejemplo, estimulndole a imitarle, el joven haca burlas. --Si eso no sirve para nada en el comercio, ta; hoy el que no es vivo y no sabe pasar por todo, con arte, se fastidia: mster Robert, por culpa suya, no ha de caer, pero le empujarn por detrs, y le tirarn de cabeza, por _zonzo_, usted lo ver. Ella, escandalizada de tales teoras, le zurraba de firme, con aquel ltigo de la moral casera, que tan bien saba manejar... Puede ser; mster Robert la auxiliara con algn consejo, si le encontraba en el escritorio, que no le encontrara quiz, por ser da de fiesta. Dirigise a la calle Piedad: ella saba que el escritorio estaba al lado de una tienda de juguetes y de una agencia martima, pero pas y repas sin dar con l: miraba las tablillas de las puertas y no vea el nombre de Esteven... Aqu est la juguetera, cerrada; aqu est la agencia, cerrada; ser esta? haban sacado las tablillas, pero la puerta no pareca cerrada: empuj, y en la mampara de pino, imitando la caoba, vi una chapa de porcelana con letras negras, que deca: Esteven y Compaa. Aqu es... La seora entr. Tres hombres haba en el escritorio: uno, muy rubio, montado a caballo sobre un banco alto, y dos, de barba, con los sombreros puestos, paseando. Y el rubio deca: --Esta es la situacin: yo fu y le habl claro al padre y le mostr el estado de la caja y de los libros: un pasivo de doscientos cincuenta mil nacionales. Empearse en seguir era locura, porque en vez de ponernos a flote, bamos a hundirnos ms, y con el capital a perder el crdito, es decir, el mo, que el del socio ya andaba por los suelos, desde que su nombre sali en la pizarra de la Bolsa, por no poder pagar... Ese da, yo me resolv a la liquidacin; felizmente, Esteven ha estado muy razonable, lo confieso, y bien pudo no estarlo en medio de sus compromisos, hacindose cargo de la mayor parte del pasivo; pero, cincuenta mil nacionales para m es mucho, es todo, es la ruina otra vez... y va la tercera! Si esto es justicia y vale ser honrado, para hacer el papel de vctima siempre, que venga Dios y lo vea... --Y usted cree que los bienes de Esteven alcanzarn a cubrir los crditos?--pregunt uno. --Eso mismo se ha discutido en el concurso de acreedores--respondi mster Robert,--y hasta se piensa que s... Es indudable que, sin la salida del doctor Eneene del gabinete, Esteven se hubiera repuesto pronto: todos sabemos sus afinidades oficiales y el uso que haca de ellas, pero este golpe ha acabado de partirlo. --El viaje a Montevideo me huele a m a fuga--dijo el otro. --Volver o no volver, pero los bienes responden de sus compromisos y los acreedores no se preocupan de su salida de Buenos Aires; lo que s puedo asegurarles a ustedes es que el famoso don Bernardino es tipo de volver a dominar la plaza; ya le veremos entrar triunfante, de nuevo. --Y usted, amigo Robert? --No s todava... ni quiero pensar lo que har... ir a cavar la tierra, no es mejor? Ah! la Bolsa, la Bolsa! no la pizarra, las columnas hubiera querido yo arrancar, como Sansn, para hacer desplomar el templo maldito... Misia Casilda, que haba entrado sin ruido, parada junto a la mampara, tosi para llamar la atencin: el ingls salt del banco y vino a ella. --Seora... --No se moleste usted, volver ms tarde... --A quin tengo el honor...? --Soy la ta de Aquiles Vargas. Ya los otros se despedan. --No faltarme esta noche--dijo mster Robert,--hoy es el santo de mi padre, y mal que mal, lo celebraremos con pasteles hechos de manos de mi mujer. Salieron los dos, y el ex socio de Jacintito condujo a la seora al sof. --Usted dir, seora... --Pido a usted mil perdones, caballero, si he venido a importunarle, pero, usted conoce a mi sobrino, y por l conozco yo sus cualidades recomendables... Misia Casilda, francamente, no saba cmo exponer el asunto que la llevaba, de modo que lo entendiera mster Robert y el buen nombre de Quilito no sufriera menoscabo. --Esto es una consulta de mdico, ms bien--insinu sonriendo tristemente. Dijo que a l acuda, como hombre prctico en negocios, y perdindose en un laberinto de circunloquios, explic a su manera el apuro en que se encontraba: un pagar a saldar al da siguiente, una casa con qu hacer frente a este saldo y un comprador que faltaba, qu poda intentarse? El caso era grave. --Y tiene todos los sntomas de la peste actual, seora--observ mster Robert;--lo malo est que la botica grande, es decir, los Bancos, no despachan ya. A su sobrino de usted se lo advert que tuviera cuidado con el contagio... --Y yo, seor Robert? he gastado ms saliva... --Tanto andar con el apestado del primito... --Eso es, los amigotes! As se lo deca hoy a mi hermano; pero, en fin, seor Robert, espero que usted me dar un consejo o una informacin que me sea til; yo quiero vender esa casa, o hipotecarla o darla en garanta de prstamo, es posible esto en las veinticuatro horas? --Seora, hay casos, como ste, en que la sangra est indicada: acuda usted a los prestamistas particulares, a don Raimundo Portas, y no cito ms que uno, que tiene una lanceta y un pulso de operador admirables. --No, don Raimundo Portas, no--exclam misia Casilda con alarma poco disimulada. --Por qu no ve a Rocchio, el corredor? --No, Rocchio, no--dijo la seora, rechazando este nombre con igual alarma que el primero. --Pues, entonces, voy a darle una tarjeta ma para un capitalista (a usted le parecer mentira que en esta poca exista pjaro tan raro) de mi conocimiento: es un hombre que tiene su capital saneadito, pues no se ha metido en especulaciones, y compra ahora a bajo precio todas las propiedades que puede acaparar; la ma, lo nico que posea, ha pasado a sus manos as, en venta particular y por una suma irrisoria; debo prevenirla, pues, que la operacin ser dolorosa. --A todo estoy preparada, seor Robert--contest misia Casilda suspirando. Y el ingls fu a extender la receta, como deca l con amarga irona y la entreg a la ta de Quilito. --Calle de Santa Fe--ley sta;--lejitos es; tomar el tranva. Seor Robert, muchas gracias... Despidise a estilo vulgar, con ofrecimiento del domicilio y de sus servicios, y sali con ms nimo. Qu trotar aquel da la infeliz seora! No alcanz el tranva, y se fu a pie, porque tampoco hall coche, y despus de media hora de caminata, lleg a la casa indicada, y toc el llamador: nadie; subi la escalera de caracol, y en el primer descanso, di dos palmadas: silencio siempre; derrengada casi, sin alientos, sigui subiendo, y all arriba, campanille largo rato, hasta que sali un chico, con cara de Judas, y dijo que el seor no estaba. A qu hora volva? muy pronto, si quera esperar, que esperara. No haba banco en el recibimiento, y como el condenado aqul no la invit a pasar, misia Casilda se sent en un tramo de la escalera; ganas de llorar tena! con tal que pudiera entenderse con aquel hombre! Esper mucho tiempo, envuelta en el mantn, conteniendo las lgrimas, suspirando, ya de angustia, ya de impaciencia, y se colg otra vez de la campanilla, y el Judas sali y con modos dignos de su catadura, dijo que no haba nadie en la casa, y que si vena por limosna, que poda marcharse, porque el _patrn_ no la recibira. --No, hijo--contest la seora con blandura,--no vengo a pedir limosna. Tengo yo facha de pordiosera? Si el seor no est, dime dnde puedo encontrarle, porque necesito verle con urgencia. --Pues el patrn... estar en casa de su compadre, calle de Entre Ros. Apunt el nmero misia Casilda, y baj aprisa; ni tranva ni coche a mano tampoco esta vez: anda, anda, anda. Y la gente, endomingada, paseaba alegre, y el sol y el cielo parecan ms risueos que nunca. Era el de la calle Entre Ros un casern de planta baja; desde la acera se vea jugar a varios muchachos en el patio: cuando la seora se acerc a la reja, apenas poda hablar, de cansancio. --El seor de tal? Los chiquillos la rodearon: uno le sac la lengua, otro le tir del mantn, y todos pusironse a hacerle pitos, descaradamente... Vino un criado y dijo que el seor de tal se haba marchado ya... --Dios mo! volver a la calle de Santa Fe? y si no le encuentro? son las cinco; pronto obscurecer... y Quilito? llegar as, sin adelantar nada! me voy a casa de misia Petronila: un desaire ms, qu importa? En caso de deshaucio, escribir esta noche a ese caballero... yo no me rindo! Anda, anda, anda. Cuando entr en casa de la de Barrientos, no se atrevi pasar del vestbulo, porque oy mucho holgorio en la sala: voces y carcajadas y bailables tocados al piano, que se interrumpan para cantar nombres, aclamados y festejados con risas y redobles de teclas. --Estn jugando a las cedulitas--pens misia Casilda,--ahora caigo: si ayer me invit ella, dicindome que pasara un buen rato. Ay! muy bueno, muy bueno, lo estoy pasando. No, ahora no puedo entrar; volver a la calle de Santa Fe. Anda, anda, anda. De la calle de Santa Fe a la de Entre Ros, de sta a la de Suipacha, donde viva don Raimundo, de aqu otra vez a la de Santa Fe, y por ltimo, ya encendidos los faroles, a su casa, cuerpo y espritu abatidos por la fatiga y el poco xito, pues no encontr lo que buscaba, ni logr ver a nadie: en la puerta, tropez con don Pablo Aquiles, que llegaba. Mirronse. --Nada?--pregunt don Pablo. --Nada--respondi misia Casilda. Y t? --Nada--contest l sombramente. Entraron en el comedor y se sentaron: la lmpara brillaba en medio de la mesa, tendida ya con la prolijidad de siempre. Y don Pablo cont el empleo de su da: --De aqu, sin querer ver a ese desventurado nio, porque no podra verle, Casilda, no podra verle... me ha destrozado el corazn! me fu en busca del habilitado y del subsecretario y les dije no s qu: hasta creo que he llorado... Mi intencin era pedir un adelanto que, unido a lo que t has recaudado con las alhajitas, pudiramos ofrecerle a ese caimn de prestamista, que ya se contentara con una parte ahora... y si no se contentaba, menudo escndalo le armaba yo, por andar en semejantes tratos con menores de edad; pues nada, hija; me hicieron tanto caso, como a un perro: que no poda ser, que la acefala del Ministerio... Mira por donde vine a lamentar no estuviera Eneene en su poltrona! Entonces habl a un ricachn que yo conozco, y a uno de estos que comercian con los sueldos de los empleados, pero, como me vean con la soga al cuello, me hicieron tales ofertas que, de aceptarlas, estara condenado a trabajar para ellos, viviendo del aire, unos dos aos... y me he vuelto, corrido, desesperado, porque, la verdad, hay que salvar a ese muchacho... la cosa no tiene vuelta. Y t, dnde has estado? Tocle a misia Casilda el turno de relatar su odisea, y lo hizo a tropezones, balbuciente, temerosa de delatarse ella misma con sus reticencias o sus rodeos. --Pues, yo, Pablo... Insisti sobre su consulta a mster Robert, elogiando su amabilidad y su tacto: a la verdad, el nico resultado obtenido era la recomendacin del ingls para aquel individuo, que nunca estaba en su casa... pero se guard bien de aludir remotamente siquiera a la entrevista desgraciada con la hermana, con Gregoria. No lo deca y esquivaba la mirada de don Pablo, porque estaba segura que, si sus ojos se encontraban, entregara su secreto sin resistencia; y don Pablo la preguntaba, la apuraba, espiando sus gestos, desmenuzando el sentido de sus palabras, cual si sospechara que algo haba oculto y no quera mostrrsele. Por ltimo, cara a cara, hizo la pregunta, a quemarropa: --Pero... en casa de Esteven, no estuviste? --No, no, no he estado!--contest con aplomo misia Casilda. Y cada una de estas negaciones, la reforz con movimientos enrgicos de cabeza. Turbada, sin embargo, se levant a desprenderse el velo, dando la espalda al hermano, por temor de que sus colores la vendieran; y se puso a mover platos y copas para mejor disimular. --Has hecho bien--deca don Pablo Aquiles,--te aseguro que me has tenido con el alma en un hilo, de pensar que iras... imagina! despus de veinte aos, separados por un rencor cada vez ms vivo, presentarse as, de sopetn, a pedir, porque t ibas a pedir, Casilda! no te hubieran dado nada, hija, y habras sacado lo que el negro del sermn, tem ms, el amor propio herido. --Digo yo lo contrario, Pablo? Pero la desesperacin me excusa de haber... tenido la idea, porque, no ha sido ms que una idea loca, de ir a casa de Esteven; hacerme yo ilusiones de Gregoria! --Entretanto... --Entretanto, Pablo, es preciso pensar, buscar: maana vence el plazo, ves? esta noche debieras ir t a casa de ese aprovechado capitalista, que dice mster Robert: de noche ser fcil encontrarle, si no, Pablo, no s, no s... --Ir, ya lo creo que ir! todo, todo, menos eso! Misia Casilda pas a su cuarto, impotente ya para seguir fingiendo, y echada en el reclinatorio, delante del nicho desierto, llor largo rato... --No, no se lo dir, porque se morira... felizmente, nada le ped a Gregoria, nada, pero, aun as, ha sido humillante mi visita... qu no hara yo por salvar a Quilito? y si no se logra tapar la boca al portugus, no le salvaremos, no! Cmo he de estar yo tranquila, si s que la honra de nuestro apellido anda en juego? Madre ma, aunque te halles ausente ahora, t me oyes, no nos desampares! Trataba de ahogar los sollozos y no poda; don Pablo Aquiles la sorprendi as, y, aunque afligido, hizo la comedia de que se enfadaba, por lo flojas que son estas mujeres, que todo lo abultan y ennegrecen. --Vaya, mujer, no te pongas as; con lloriqueos no vas a remediar lo que est hecho. Si para maana no tenemos el dinero suficiente, yo me encargo de amansar al prestamista: y en ltimo caso, hija, le ofrecemos la finquita, aunque vale ms del doble; que la venda y se cobre o que se quede con ella y se la coma entera; en cuanto a Quilito, djalo por mi cuenta: en adelante, a sus estudios, y a llevar vida de pobre... No seas tonta, no creas en eso de tiros y pualadas: todos los muchachos dicen lo mismo, cuando algo les contrara. Cuntas veces me he suicidado yo, as, de boca! La oblig a levantarse y llevla al comedor, diciendo jovialmente, para darle nimo, que tena mucho apetito, qu _men_ haba? Como da de San Juan deba haber algo de extraordinario; la seora, silenciosa, se entretena en arreglar el cubierto del nio, mirando el lustre del cuchillo, los dientes del tenedor, palpando el pan, a fin de verificar si estaba tierno o no... Don Pablo paseaba, vuelto a su sombra preocupacin... En la chimenea el viento soplaba lgubremente... Pampa entr, preguntando si serva la comida. --Est el nio arriba? --No, seora. --Cmo? ha salido? --S, seora. --Lo oyes, Pablo? Quilito no est en casa. --Ya volver, hija... --Bueno, le esperaremos. El corazn se le haba oprimido tanto, tanto, que no poda respirar; fu a la puerta del patio interior y mir a ver si haba luz en el cuarto de Quilito, y estuvo mucho tiempo, con la frente sobre el vidrio helado, en la otra que caa al patio principal, y de donde poda verse el zagun y la calle: las seis, las seis y media, las seis y tres cuartos... --Qu hora tienes, Pablo? Cuando l deca la hora justa, ella suspiraba y el corazn se la oprima ms, todava ms; pas a la sala, abri la ventana, y a pesar del fro, se estuvo asomada, espiando el paso de los transeuntes. --Ah viene alguien, ser l? parece que se detiene... no, sigue; ah viene otro, pero pisa ms fuerte que l... Volvi al comedor; eran las siete, las siete y cuarto, las siete y media; no, a Quilito le haba ocurrido algo. Tan asustada estaba misia Casilda, que el mismo don Pablo se alarm. --Te has empeado en que tiene, por fuerza, que suceder algo... qu mujeres! llamaremos a Pampa. Interrogada, la india declar que el nio haba salido casi detrs de la seora; que, antes, subi ella al cuarto, para arreglarlo, y el nio la despidi, diciendo que _ya_ no vala la pena... --Ves, Pablo? Ese _ya_ quiere decir mucho. --Qu disparate! si esta china condenada no sabe lo que dice; a ver, qu haca el nio cuando entraste? --Pampa no sabiendo. Y aadi que le encontr con los pelos revueltos, muy agitado, y la regal un cuaderno con figuras. --Qu desatinar de muchacha!--exclam don Pablo,--si estaba as, como lo pintas, cmo iba a regalarte estampitas? Un buen sopapo te debi dar, por lengua larga; retrate, si no quieres que te lo d yo. Pero ya misia Casilda haba cogido la lmpara, y dijo que ira al cuarto, a ver... Quiz, el joven haba vuelto y no lo saban; la seora delante, alumbrando, don Pablo detrs, y la india de escolta, subieron la escalerilla, defendindose del viento huracanado, que quera matar la luz. Arriba, faltle el valor a la seora y entreg la lmpara a su hermano, pidindole entrara primero... Ya le pareca ver el cuerpo de Quilito, inanimado, en medio de la pieza. Don Pablo tom la lmpara, y, era el viento o eran sus nervios? la lmpara bailaba en su mano, a riesgo de volcarse. La puerta estaba entreabierta, y entraron... En el cuarto de estudio, todo en su sitio: los libros sobre la mesa, un montoncito de papeles rotos sobre la carpeta... En el dormitorio, nada ni nadie: la colcha de la cama revuelta, como que el cuarto estaba sin aviar, segn propia confesin de Pampa, a quien el nio haba dicho que _ya_ no haca falta. --Te convences, Casilda?--dijo don Pablo,--con tus exageraciones eres capaz de volver loco a cualquiera; bajemos, que Quilito no debe tardar. --Aqu hay un papel--salt de pronto la seora. --Qu?... dnde? --Aqu, en la almohada, prendido con alfiler. Se abalanzaron a la almohada, pero ni don Pablo ni misia Casilda podan desprenderle, tal temblor les entr a los dos; cuando lo tuvieron delante de los ojos, no podan leer, porque el susto les cegaba. --Lee, Pablo, que mis ojos no distinguen nada. --Lee t, ms bien, hija, tengo la vista nublada. Vete, Pampa, aqu estorbas. Cuando la india se march, don Pablo Aquiles, ms muerto que vivo, se acerc a la luz, y trat de descifrar lo que haba escrito, pero no poda, no poda... --Casilda, ven, ven... La entreg el misterioso rtulo, y se sent en el borde de la cama, embobado, mirando en silencio a la hermana. Y entonces, cual si vinieran del otro mundo, acompaadas del viento que gema en la puerta y sollozaba en la ventana, se oyeron estas palabras, que los labios de misia Casilda pronunciaron gravemente: Padre mo! ta de mi alma, perdn!... El papel cay al suelo, y el padre y la ta, como hipnotizados, no se movieron... De pronto, la seora di un grito y se arroj sobre don Pablo, enloquecida... Correr a la calle, a la polica y dar parte; quiz se estaba en tiempo an, quiz poda evitarse la horrible desgracia. Quilito muerto! no, ni pensarlo: Dios no sera tan cruel, la santsima Virgen de Lujn no lo permitira! Lloraba, hablaba, se revolcaba en la cama del querido nio, besando las almohadas, estrujando las sbanas: que fueran a buscarle, que se le trajeran, pronto, pronto, pronto... Don Pablo, ahogado, ensayaba calmarla: no deban interpretar as el papel, porque era muy natural que Quilito pidiera a su padre y a su ta por escrito, el perdn que no se atreva a pedir de viva voz; deca simplezas como sta, tartamudeando, y despus de vano esfuerzo, concluy por llorar l tambin, abrazado a los hierros del lecho. --Pero, no te mueves?--exclam misia Casilda,--corre, vuela a la polica, no pierdas tiempo. Le arrastr, y dando traspis, como ebrios, salieron los dos, bajaron la escalerilla atropelladamente. --Quilito! Quilito!--clamaba la seora. A sus lamentos, acudieron Pampa y la genovesa... En el comedor, la ta Silda ech sobre los hombros de don Pablo el sobretodo, le puso el sombrero de travs, y le di el bastn, por la contera. --Te vas a la polica--recomendbale sofocada,--y le hablas al jefe, al mismo jefe... y que le busquen, que le busquen... Dios mo! todo el tiempo que se ha perdido! ya estar muerto, muerto! yo voy a salir tambin, a recorrer las comisaras, y las calles... Vete, vete. Don Pablo dejaba hacer, como un maniqu, sin hablar. Y a empujones, la hermana le ech fuera. Pero, no haba dado un paso en el patio, cuando alguien llam a la puerta, y luego a la reja, con tal apresuramiento, que daba a entender la prisa que se traa. --Quilito! Quilito!--grit la ta, corriendo desaforada al zagun, en la esperanza que fuera el querido nio... No, no era Quilito: era un hombre alto, con muchas barbas, era Agapo. --T traes noticias de l--exclam misia Casilda,--dime, dime, dnde est? El filsofo, turbado, balbuce que no saba nada, que no traa ninguna noticia... --S, s--insisti la seora,--te lo conozco en la cara; vienes plido, con los ojos hinchados... y sin embargo, no ests borracho, no. Agapo se adelant, a fin de evitar la luz del farol, y dirigise a don Pablo, que no se mova, en el umbral del comedor. --Tengo que hablarle--djole rpidamente,--sgame, afuera, en la calle. El bastn cay de las manos temblorosas de don Pablo Aquiles... Misia Casilda se haba precipitado al atorrante, y le oblig a entrar y a ponerse delante de la luz, que quera evitar. --Te digo que ests plido, Agapo, no lo niegues, qu le has soplado a Pablo ahora? t vienes a hacer de lechuza aqu... dime, dime, dnde est Quilito? qu ha sido de Quilito? Le sacudi desesperada, asida a su brazo inerte, y a este violento impulso, una lgrima cay de las pestaas del filsofo y fu a perderse en el matorral de sus barbas. Esta lgrima lo dijo todo... Misia Casilda se desplom en los brazos del desventurado don Pablo Aquiles, y ste, bajo el peso de su hermana y de su pena, se postr en tierra, llorando... y Agapo, por la primera vez de su vida, sinti en el corazn la cruel picadura del dolor. X ...y se encerr en su cuarto, con doble vuelta. Corri las cortinas de la ventana, a causa del sol indiscreto que a ella se asomaba, y despus de escuchar un momento, si se sentan pasos en el patio o en la escalerilla, retir cuidadosamente del bolsillo de su gabn claro un objeto y lo coloc sobre la mesa: ah estaba el pequeo revlver, como un juguete de brillante acero: Quilito, inclinado, lo miraba, con esa fijeza con que los condenados a muerte miran el instrumento de su suplicio. Ah, si la pobre ta supiera! sus veinte nacionales haban servido para comprar la terrible alhajita... No estaba empeada generosamente en salvarle? qu mejor medio de salvacin que aquel, tan fcil y expeditivo? Lo dems, era manotear en el vaco, pretendiendo volar, cual si los brazos fueran alas. Que se pagaba al portugus, y esto era muy problemtico, evitando as el descubrimiento de la falsificacin, y luego? Rocchio, el del Progreso, y los otros; aun trampeando de aqu y de all y encallecindose las manos en el trabajo... El juego tan slo, pero no se acercara ya al tapete: su ltima carta estaba jugada. A qu luchar ms? Si su destino era ese, lo aceptaba sin pestaear: l haba entrado en la vida por la puerta color de rosa, como convidado que acude a esplndida fiesta, a deleitarse con manjares y msicas y placeres sin cuento, y encontr el saln a obscuras, la mesa del banquete desierta, pan y agua por todo manjar, los dems invitados de blusa en vez de frac, y no escuch ms msica que la del arado, de la azada y del martillo... ah! no, muchas gracias! l no haba venido para eso, por qu le engaaron? a qu le trajeron? si no exista algn medio de hacer como aquellos pocos, que no visten blusa, y se pasean y divierten, se marchaba. Haba uno? y no era necesario sudar ni quebrarse la cabeza? no, mucho pulso y buena suerte. El pulso, no lo tena; la suerte, le haba faltado: adis, y hasta la eternidad! Pero, al irse para siempre, desengaado, no lo haca sin amargo pesar, de separarse as de su padre, de su ta y de su novia... poderosa trinidad de afectos, que le ligaba al mundo, del que quera salir. Susana! este recuerdo enternecile, y llor su primero y nico amor... La vida es un viaje de recreo, en que no se paga el billete, pero s los vidrios rotos; Quilito saldara su cuenta de daos y perjuicios, y se ira all, muy lejos, a otra parte, donde el trabajo no fuera una ley. Quin sabe! dicen que hay otros mundos, bien distintos de esta miserable y carcomida nuez que habitamos, por qu no encontrara en alguno la felicidad que l buscaba? Y si no los haba, ni poda encontrarla, vala ms dormir eternamente dentro de la caja del cementerio, que andar soando aqu abajo, como sonmbulo. Cogi el revlver y lo examin, hizo jugar el gatillo, coloc las balas diminutas, y delante del espejo, como aquel suicida clebre, se par, acercando la boca del arma a la sien... --Qu sensacin tan extraa!--dijo contemplndose en aquella actitud,--el acero est tan fro, que parece recibirse el beso de una muerta... Pensar que slo con mover el dedo ya est todo concludo... pero, no aqu; sera muy cruel para ellos, mis viejos queridos del alma, que ahora mismo, all abajo, sufren la inmensa pena que les he causado, y se esfuerzan por salvarme. Voy a poner este chisme sobre la mesa y a escribirles largamente, confesando todo; quiero que me perdonen, porque sin su perdn, no me ira tranquilo... qu dir de m, pap? tanto esperar de su Quilito! tengo la pluma en la mano y el papel por delante, y no s qu decirle; me da vergenza confesarle que su hijo es un falsificador... no, no se lo dir, no le escribir nada; vale ms irse en silencio, sin despedirse... Romper esta carta y escribir dos lneas pidindoles perdn, porque sin el perdn no me voy, no me voy... A Susana, s, una carta muy larga, para que se acuerde de m, para que rece por m, qu desgracia la ma! tan feliz que poda haber sido, y no he podido serlo, a causa de esta tendencia maldita, que lo reconozco, me lleva por otro camino que el del trabajo, que, forzosamente, fatalmente, estamos obligados todos a seguir; yo creo que en m hay algo del to Agapo, solo que l se contenta con lo que tiene, y no hace nada, y yo he deseado tener ms, sin hacer nada... Lo que he puesto el nombre de Susana, la mano me ha temblado: ahora lloro, me faltar valor? ay! no puedo pensar en mis viejos y en ella, sin afligirme... Tita Silda, estoy seguro, ha de guardar mi secreto, y si logra recuperar el pagar, mi falta no la sabr nadie, nadie ms que ella y Dios; esto me consuela, porque la idea de que haba deshonrado a mi padre, despus de arruinarle, y que l lo supiera, y que Susana lo supiera, y que todos lo supieran, amargara ms mis ltimos momentos... Adis! Susana, no me olvides, ruega al cielo por tu desgraciado Quilito... Ha salido muy borroneada, pero podr leerla; aqu est ya cerrada, con la direccin bien puesta: cuando me encuentren, me registrarn, y no faltar una buena alma que se la lleve... Tambin le escribir al comisario, dicindole que a nadie se culpe de mi muerte: as hacen todos los que se matan, cuntas veces lo he ledo en los diarios! esta carta la guardar en el bolsillo, con la otra. La despedida a mis viejos, voy a ponerla en sitio visible... ay, Dios mo! cuando entren y la vean! pobrecitos!... aqu, en la mesa, la hara volar el viento; dnde la pondr? en la almohada, prendida con un alfiler... as! estoy pronto ya? saldr de puntillas, para que no me sientan, pero, antes voy a asomarme a la ventana, a ver si viene alguien... Han llamado! y no he odo pasos en la escalera, ser pap? no, si es l, me mato aqu mismo: su presencia me sera insoportable... Quin es? ah! es Pampa... algn recado de tita Silda... el revlver aqu, en el bolsillo, bien disimulado. Abri, y entr la india, diciendo que vena a arreglar la pieza, pero l quiso despedirla, porque ya no vala la pena. --Mira, deja las cosas revueltas como estn, y vete. La tom del brazo y empujla hacia la puerta; ella se resista, mirando al joven con sus ojos extraos. --Nio no queriendo Pampa--dijo pronunciando lentamente, con la singular entonacin que acostumbraba,--nio pegando ayer Pampa, por qu? --Porque eres muy mala y desobediente. --Qu queriendo decir desobediente? --Qu gracia! desobediente es aquella persona que no hace caso de lo que se le manda. --Ah! Pampa haciendo siempre caso! Pampa estando muy triste... anoche soando que madre haber muerto! cristiano matando con cuchillo muy largo... yo queriendo morir tambin! Pobrecilla! con las manos, deformadas horriblemente por los sabaones, restregbase los ojos, haciendo ese hipo lastimero del nio que va a llorar; Quilito, compadecido, la acarici los pelos cerdosos, irreductibles a la disciplina de la peineta. --No llores, tonta, que eso que has soado es una mentira muy grande; todo lo que se suea es mentira, te lo digo yo! tu madre est sana y buena, y un da de estos vendr a verte. Por qu crees que yo no te quiero? no te acuerdas que el da aquel que llegaste en ese vapor, fu yo con tita a buscarte y te regal confites? --S, s, ese da quitando madre Pampa, y hermanitos... Pampa no verles ms! --Bueno; si te he dicho que has de verles pronto... no llores as, que te pones muy fea... y despus te he enseado a leer, y a escribir y a contar: si no sabes bien todo esto, es que no eres muy despejada... Y para probarte que el nio te quiere, voy a regalarte una cosa. Sbitamente, la india dej de gimotear. --Ves este lbum? todo llenito de figuras: pues te lo doy, para que te acuerdes del nio y seas buena y aplicada; te lo doy, con una condicin: que has de ser fiel y sumisa para el seor y la seora, que te visten, te alimentan y te educan... que los cuidars bien, si se ponen enfermos... me lo prometes? Pampa dijo que s con la cabeza y recibi el lbum, muy sorprendida de ver llorar al nio. --Ahora, vete, vete. La india sali, con el cuaderno bajo el brazo, la cara de bronce inundada de lgrimas y mocos, que ella limpiaba a lengetadas, mientras bajaba la escalera; Quilito, en la ventana, la miraba. Este incidente le haba conmovido; bien es verdad, que su corazn desbordaba de amargura en aquel momento supremo. --Me ha hecho llorar esta criatura; pobre Pampa! ahora me duele haberla pegado ayer, tan injustamente... qu hermoso da! para estar alegre, para ser feliz... No saldr hasta que tita no salga, si no, me atajara en el patio, y me molestara a preguntas, y quiz, no me dejara marchar, de miedo... y va a salir, porque desde aqu la veo en el comedor, de velo puesto... hasta les oigo hablar, aunque no distingo lo que dicen: esto es lo que ms me aflige! si yo no lo merezco, viejecitos de mi alma, que as os preocupis por m! soy un miserable, indigno de vuestro cario, que no he sabido hacer vuestra felicidad, como era mi deber; ya lo veris: Quilito muerto, quedaris tranquilos, disfrutaris en paz de vuestra rentita; y Quilito morir, porque es un estorbo y una vergenza para su familia, porque no quiere ser un segundo Agapo, como tita lo profetiz con tantsima razn... otra vez llorando?... tita se levanta, sale... ya son la reja, ya est en la calle, a dnde ir? a poner en prctica el medio de que me ha hablado, a arrastrarse, a cavar la tierra, como ella dice... y por mi culpa! ah! no merezco perdn: lo que he hecho es inicuo... no se moleste usted, tita: si el medio, el medio infalible, aqu lo tengo, en el bolsillo. Lleg la hora: me voy, no sea que pap suba y me sorprenda... no puedo respirar, tiemblo como si tuviera miedo, y no tengo miedo, pero s tristeza, mucha tristeza... Fu al dormitorio, y de la percha descolg el sombrero; la vista de objetos que le eran familiares, le caus emocin tan grande, y sobre todo, el papel clavado en la almohada, a manera de fnebre _inri_, que se puso a sollozar. --Es una vergenza, pero no puedo contenerme: s, aqu, en este cuartito, he vivido soando... qu ilusiones! para llegar a esto!... en marcha y tener valor! Sali, descendi de puntillas y mir por los vidrios de la puerta del comedor a don Pablo Aquiles, de espaldas, sentado; tena la cabeza sobre la mano, y esta mano pasaba, de vez en cuando, por sus ojos y por su frente. --Sufre, sufre, y por culpa ma! Ya voy a hacerme justicia, papato de mi alma; no nos volveremos a ver, pero Quilito no te dar ms disgustos. Adis, pap, adis! Atraves el zagun, abri la reja y se fu por esas calles, sin rumbo. Todos paseaban en aquel da de San Juan, todos estaban alegres, todos parecan felices; los tranvas iban llenos de gente, vida de respirar, de divertirse, satisfecha de vivir... --Quisiera hacer como todos hoy--pensaba el joven,--reirme, gozar... parece que soy yo solo el triste y el desgraciado! ay, no! que estn mis viejos, que ya no volvern a rer ellos tampoco... por qu he tomado esta calle? ir por el ro, es ms solitario... pero, antes, pasar por casa de Susana, quiero despedirme de ella: cuntas veces he seguido este camino! en esta cigarrera entraba a comprar cigarros, en aquella esquina me esperaba el italianito vendedor de diarios: daba luego mis tres paseos frente a la casa de Esteven: ella, en el balcn o detrs de la celosa, me miraba y me sonrea, y as que desapareca, me iba al escritorio de Jacinto, y despus a la Bolsa, la Bolsa! por qu habr pisado la Bolsa? no me vera en la que me veo. Caminaba muy despacio. As lleg a la casa de Esteven y el mismo espectculo que sorprendi a misia Casilda, le choc a l igualmente. --Susana me escribi que se iban al Frigal, pero no crea yo que fuera tan pronto... Se va entonces a la _estancia_! y pobre, completamente arruinada; con qu alegra me lo dice en su ltima carta: Ahora que somos iguales, no habr ms obstculo a nuestra felicidad que la desavenencia de las dos familias, pero de esto me encargo yo. Siempre la misma, confiando en Dios! bien se ha portado Dios con nosotros, que no ha querido ornos... All est el balcn, por donde ella me apareca: un changador se ve ahora, triste representacin de la realidad... T no me ves, Susana, ni puedes orme, pero, desde aqu, te digo que te quiero, que te adoro: ah va un pedacito de mi corazn destrozado, sabes? todas tus cartas las he quemado, conforme me indicaste: nadie sabr nuestros secretos... adis, Susana, adis!... vamos, si sigo aqu, concluir por llorar... Di una ltima mirada a la casa, y march ms aprisa; atraves la plaza de la Victoria, y desviando sus ojos de la Bolsa, baj la barranca que lleva a la estacin y entr en los descuidados jardines del paseo de Julio; en un banco apartado descans un rato, dando vueltas en sus manos al junco, y en su cabeza a la idea de suicidio, que le dominaba. Echado sobre el parapeto, se entretuvo tambin en la muda contemplacin del ro soberbio, de los botes que se balanceaban, de las _toscas_ verdinegras que las aguas iban cubriendo poco a poco; de los pilluelos, desnudos de pie y pierna, que jugaban en la orilla con barquichuelos de papel... En cuchillas sobre la roca, con una larga caa guiaban la frgil armazn que, deslizbase como barco de verdad, hasta tanto el agua no coma su mal blindado casco; as, hacan regatas inverosmiles, distinguindose los botes rivales por medio de banderitas de color, enastadas en canutos de paja... En el jardn, correteaban los nios, haciendo de caballitos briosos, duros de boca, dando corcovos y coces... Quilito sigui andando, lastimado de ver rer a todos, y que la decoracin de aquella tarde de invierno no estuviera en armona, con las tristezas de su alma, por qu no se nublaba el cielo? por qu no se esconda el sol? por qu las gentes no cantaban en coro la oracin de agonizantes, si l iba a morir? Esta idea de la muerte dbale escalofros. Ahora poco, haba visto un bote de papel, que un golpe de caa hizo zozobrar, y que, sacado del agua y bien escurrido, pusieron a secar al sol; pues al rato, este bote navegaba otra vez como si tal cosa, desafiando a sus rivales nuevecitos... Quiz l cometa una gran tontera en pegarse un tiro, por prdidas de juego; si todo el que pierde se matara, aviados iban a estar los jugadores. El instinto de conservacin, siempre despierto, le soplaba al odo que bien poda esperarse un poco, que la ta, por ejemplo, ensayara el gran recurso que deca: reconquistado el pagar, lo dems era cosa de poca monta; a Rocchio y comparsa se les pagara o no, segn las circunstancias, y por eso no haba de dejar de ser l tan caballero y tan decente como el que ms. Fulano, zutano y mengano haban hecho lo mismo, y no se les ocurri tomar billete para el otro mundo con un pistoletazo; al contrario, ah andaban tan frescos... Mejor era volver a casa, y ver si tita Silda consigui algo, no dijo que iba a vender la finca? pues con eso haba de sobra para arrancar el pagar del poder de don Raimundo... Eso es, y luego echarse panza arriba, para que los dos viejos, arruinados, le dieran de comer, y le vistieran y le costearan sus lujos, como antes, y meterse de nuevo en la Bolsa, vido de desquite, para hundirse ms en el pantano. El estaba convencido: trabajar, no poda, de ninguna manera; sujeto a un sueldo, sin porvenir, vegetando, aunque no tuviera que mover los brazos, como Jacinto, tampoco... --Soy ms canalla de lo que yo crea--se dijo;--me parece que tengo miedo, y por eso me vienen estas ideas de encadenarme a la vida... miedo de qu, estpido? si es cuestin de un momento: se mueve el dedo y zas! ya est. He dicho que no quiero la vida, no la quiero: qudense ustedes con ella, y divertirse; prefiero ser comido de gusanos y no que la miseria me devore... Yo creo que la fra impresin del revlver sobre la sien, me dura todava, y es por eso que el valor me abandona; siento el peso del arma en el bolsillo, y la sangre se me hiela, soy un cobarde! pues no, no lo soy y he de probarlo... En lugar de apuntarme a la cabeza, me apuntar al corazn: as, la muerte vendr ms pronto; ya te ensear a no brincar como ahora, saltarn de los demonios. Tendra que ver que volviera a casa, despus de darles el gran susto; si no tengo valor para matarme, iba a tenerlo para mirar a mi padre frente a frente, y para vivir de l, como lo he hecho siempre? en mi casa soy un estorbo, y en el mundo no hay sitio para m... Me irrita la alegra de esta chusma... Sali del paseo y se meti en los sauzales del ro: all estaba ms a gusto, ms solo, y poda llevar a cabo su propsito sin dificultad, porque en aquel paraje no luca el sol: arriba, el dosel tupido de los sauces llorones; delante, el ro, desenvolviendo sus aguas turbias; detrs, la ciudad, con sus ronquidos de gigante. El tren del Norte pasaba, resoplando y silbando... Quilito sinti fro y se abroch el gabn; un calambre del estmago le hizo recordar que no haba comido aquel da. --He debido tomar algo--pens,--para tener fuerzas: si el cuerpo desfallece, el espritu se amilana... No es extrao, pues, que me sienta sin valor y eche mano de todos los sofismas de la cobarda para convencerme que no debo suicidarme; a los condenados a muerte, se les da un cordial, para que resistan: con razn, el armero me pregunt si iba a batirme, porque estaba muy plido... plido de debilidad y no de miedo, debilidad de estmago, entendmonos... aqu me encuentro mejor... pero, todava no, ms tarde; hay tiempo. Sentse sobre un tronco, suspirando. Y se qued absorto, mirando correr las olas, que se perseguan las unas a las otras, encrespadas de furor, e iban a morir mansamente a sus pies... La lucha interna segua, entretanto. Qu triste! era dejar as la vida, lejos de los suyos, en la aurora risuea de los veinte aos; se pegara el tiro, bueno, ya lo haba dicho y cumplira su palabra, pero su cuerpo quedara all sobre la maleza, como el de un perro callejero, y pronto vendran los curiosos y los vigilantes, y le registraran, an caliente, con sus manazas rudas para saber quin era, y sin miramientos, como se carga la res que se acaba de desollar, le colocaran sobre sucias angarillas y le llevaran a la comisara, al depsito de cadveres, hasta que pap o tita Silda vinieran a reclamarle. Qu triste! qu triste! no sera mejor arrojarse al ro, con una gruesa piedra a la cintura, para quedarse all abajo dormido, y que nadie, nadie, volviera a verle? ay, no! el ahogarse cuesta mucho, se sufre y la muerte tarda en venir... Qu hora era? el sol iba a ponerse, y bajo los sauces se senta ms fro que antes: cuando la noche cerrara del todo, entonces, entonces... Qu haran en su casa? los viejos estaran esperndole: a su cuarto no haban de subir, hasta que el retardo no les alarmara. Habra conseguido algo tita Silda? --Padre mo! ta de mi alma, perdn!--murmur, repitiendo las palabras de su despedida. Si fuera, no ira, era una suposicin... si fuera y les sorprendiera en el comedor, qu alegra! all mismo se echaba a las plantas del padre, prometiendo regenerarse, ser bueno, ser trabajador, y tita Silda, mostrndole, muy risuea, el pagar de don Raimundo, le deca: --Aqu lo tienes, pero, cuidadito en adelante! Y el cobarde instinto de conservacin, le quemaba las orejas. --No te mates, tonto, que la vida es muy buena y muy agradable; una vez hecho a ella, ya vers... Si no tienes ms que veinte aos, y por eso, inexperto, exageras tus faltas y crees que no podrs sobrellevarlas; pero piensa en tanta cosa de que vas a privarte, de que todos se hartan a dos carrillos, y que t, por flojo y to melindres, te irs sin catar siquiera... Mira Jacinto, no ha hecho lo que t? es cierto que no ha falsificado firmas... esto de la falsificacin es fcil remediarlo con la venta oportuna de la finquita... pero Jacinto ha jugado y ha perdido, y sin embargo, no piensa en matarse; ah le tienes en una oficina, mano sobre mano, viviendo del erario. Crees que el mundo va a despreciarte, porque no pagues? si el no pagar est a la moda, y es muy _high-life_; y mira, hijito, al mundo con el pie, si no quieres que te monte encima. Adems, piensa que es muy doloroso morir a tu edad, y estarse pudriendo tierra tontamente, mientras los otros ren y bailan sobre tu sepultura... Sabes lo que suceder despus que te ds el tiro? te llamarn _malogrado_ por los diarios, y _requiescat in pace_; a los dos das nadie se acuerda del santo de tu nombre: no olvides el refrancito: el muerto al hoyo, y el vivo al bollo; slo pap y tita Silda te llorarn hasta la consumacin de los siglos y esto ser el nico resultado de tu suicidio; bien triste, no es cierto? Y no te parece, hijito, que aqu hace mucho fro, que el suelo est muy hmedo, y que, ah, encima de la maleza, se debe estar muy incmodo? y no temes que la mano te tiemble, en el momento de disparar, y vayas a herirte malamente, y en lugar de volver muerto a casita, te lleven herido, para sufrir dolores y apsitos y visitas de mdico? creme y fjate bien en lo que voy a decirte: tu falta, a los ojos de la moral, siempre pudibunda, es grave, naturalmente, no tiene vuelta de hoja, pero, tal como andan hoy las cosas en nuestro pas, es una chiquillada, una gracia, que ms que la censura, despertar la risa, con esta frase por todo comentario: Qu diablo de muchacho! este Varguitas es muy vivo... No tiene ms que hacer, pues, que ponerte bajo la gida de un fantasmn de la poltica, un Eneene cualquiera, y vers cmo esa falta, que a ti te parece tan deshonrosa, sirve maravillosamente para tu carrera, y recorres de un salto la escala, mientras los que se emperran en hacer el desairado papel de honrados, vegetan en los ltimos tramos... Qu no? no te convenzo? eres honrado, t tambin? tienes delicadeza? tienes vergenza? pues, hijo, pgate el tiro, porque, francamente, no sirves para nada... pero, cuidado no tiembles!... Y Susana? qu me dices de Susana? has visto _portea_, ms deliciosa? y la dejas, para que se la lleve otro: t comprendes que, siendo como es, no quedar para vestir imgenes, y aunque constante y santa, por aadidura, no va a guardarte duelo toda la vida; fate y no corras: las santas son de carne y hueso, por ms que digan, y cuando la carne habla, no valen disciplinas, hijo... Ah tienes: Susana hubiera sido tuya, a la larga; no lo dudes. Esos tiquis miquis de los viejos tenan que acabarse, y si no se acababan, porque, en tu familia, las mujeres son muy tercas, cargabas con la santita a cuestas, y a vivir; las santas se dejan robar tambin, cuando llega la ocasin: no habrs visto a ninguna defenderse, si entran ladrones en la iglesia... Tampoco te convence esto? entonces, a matarse, y de prisa. Quilito se descubri la cabeza; tena fiebre. La marea le mojaba ya los pies, y se retir al otro extremo del tronco: miraba el agua avanzar y deca: --Cuando llegue hasta aqu y los faroles del muelle se enciendan, entonces, entonces... Es intil, ser cierto y muy razonable todo eso, pero yo no quiero la vida, lo repetir cien veces; ni ante mi padre, ni ante Susana me atrevera a presentarme ahora, aunque estuviera seguro del perdn del uno y del amor de la otra. No y no. Aun en el supuesto de que pudiera echarse tierra sobre la falsificacin... qu porvenir me espera? trabajar, trabajar siempre! porque de esto s estoy convencido, el juego no saca de pobre a nadie: los jugadores son ricos de relumbrn, y aun as, en las raras ocasiones que la suerte les permite brillar, pues, a lo mejor, se quedan a obscuras por larga temporada... y con franqueza, yo no podra trabajar, no podra; acaso me voy a poner detrs de un mostrador? a entrar de cagatinta en una oficina? a ir de guardador de ovejas a una _estancia_? sera vergonzoso! y como carezco de capital, me sera imposible emprender un negocio cualquiera... Creo que, si lo tuviera, el capital, lo jugaba de un golpe, a ver... No sirvo, pues, para trabajar, y no pudiendo avenirme, naturalmente, con mis gustos y mi educacin, a hacer las del to Agapo, me doy yo mismo el pasaporte... Ya llega, ya llega el agua y el farol de la punta del muelle est encendido... pero, todava no... La noche cerraba, y bajo los sauces el fro y la obscuridad aumentaban; sobre la superficie del ro, brillaban, desparramadas, lucecitas amarillas, a lo lejos, que se movan, como fuegos fatuos. En el cielo, ni una estrella; los ecos del paseo se haban acallado... Quilito sac el revlver. --A ver quin es ms valiente--dijo acariciando el arma;--por m te prometo que no he de temblar; pero no vayas a echar el tiro por la culata: recto al corazn y me lo partes, para no sufrir ms... Suspir, guard otra vez la alhajita y abandon el tronco, internndose en el sauzal. Un hombre iba delante de l, andrajoso, con un saco a la espalda, recogiendo los residuos de toda especie que encontraba: huesos, ramas, papeles, trapos, canturriando para amenizar su faena; lleg as a un sitio, cerca del terrapln del ferrocarril, en que haba dos enormes caos de estos que debieran servir, y no sirven, para las obras de salubridad, abandonados, y se sent sobre una piedra, dej el saco repleto en el suelo, sac la colilla de tras de la oreja y la encendi... A la luz del fsforo, Quilito reconoci al gran Menipo, o sea Agapo, en prosa llana. Ya el otro le haba sentido, y se vino derecho al bulto, con la cerilla en la mano. --Sobrinito!--exclam el filsofo,--qu haces aqu, en mis dominios? Vienes a visitarme, qu amable! pues, haremos los honores, como corresponde... Esta es m casa: ves ese cao maestro? ah tengo el dormitorio; bien tapado por un extremo, echo el poncho y duermo dentro muy abrigado y a gusto; el otro, ms pequeo, me sirve de despensa... mi lavabo est enfrente: el ro, con agua limpita y fresca... y nada ms, no necesito ms... hasta chimenea tengo: el sol, de da, y de noche no me faltan ramas secas para hacer una hoguera. Pero, qu demonios te ha dado por venir aqu? es ocurrencia, ajo! has comido? no te invito, pues t vendrs de esos _cafeses_ de lujo, harto y reharto... pero no creas que mi cocinero es malo; voy a encender mi hoguera: hoy es da de San Juan. En un periquete, prepar una pila de rastrojos y la prendi fuego. Y sentado en la piedra, sonrea al sobrinito, quien, a caballo sobre el cao pequeo, miraba, ensimismado, la alegre llamarada... --Qu tal mi chimenea? no hace humo, como las de los ricos... Pero, explcame, cmo te encuentras por estos andurriales? ahora, cuando te vi, se me figur que seras alguno de esos pilluelos, que vienen a robar en mi despensa: por eso me ech encima de ti, sin prevenirte... Ni soaba, hijo, que pudieras ser t, ajo! miren al Varguitas, el rey de los _cajetillas_, en casa del to Agapo! Me pareces triste, Quilito; ests paliducho, con muchas ojeras... vamos a ver, de qu lado te duele? El to Agapo es mdico, y de los buenos, precisamente porque no ha estudiado: el estudio seca la mollera y hace evaporar el talento; mira si no: los que se comen los libros son, generalmente, los ms brutos... Conque, dime lo que te pasa, es un dolor de _bolsa_ lo que sientes o, simplemente, una _nanita_ pasajera? El joven quiso sonreir, y contest, con esfuerzo, que ni la Bolsa ni la prima venan a cuento ahora; l andaba por all... por capricho, porque le daba la gana. --Bueno, hombre, no te enojes; el geniecito de la familia... De la _despensa_ retir una botella y un trozo de pan, y del saco un envoltorio que, una vez abierto, dej ver apetitosos relieves de pavo asado y pasteles y rosquillas de maz. --Anmate, hombre, y prueba un bocadito; si te digo que mi cocinero es de primera, qu tal? me doy yo la gran vida o no? ya ves cmo me regalo el estmago, y esto es de todos los das, que, para m son siempre de fiesta, pavo y pasteles! cuntos, de casa propia, no lo catarn hace siglos; ayer tuve pollo, y anteayer tambin, y un habano, de postre, enterito, eh?... Quilito le miraba comer, y su estmago, en ayunas, excitado por los ojos y el olfato, rezongaba, impaciente. Con mucho gusto hubiera trincado con el to, pero le daba vergenza mostrar que tena hambre; un traguito, s, bebera, para no desfallecer en el trance fatal, pero le repugn ver a Agapo chupar la boca de la botella con sus labios grasientos. --Tampoco querrs beber--dijo el atorrante,--no hay vaso y somos muy delicados; pues as es la mejor manera de apreciar el vino, me creers? he pasado tres das sin probar gota, porque a Nanita le haba prometido no emborracharme, y siempre caa en falta: con el vicio no se puede luchar, hijo; cuando no tomaba, me dola la cabeza, no dorma bien... en fin, para m el vino, es como el riego para una planta: me secara y quedara en los huesos, si no bebiera. Pues, el otro da, me present algo mareado, lo confieso, y mi santita me excomulg y arroj de casa, condenndome a ocho das de destierro, en penitencia... Para volver a su gracia, me jur a m mismo aborrecer el vino... por una semana: he pasado los peores das de mi vida, ajo! pero, yo no le aflojaba al cuerpo, y le deca: Aguante usted so vicioso! y no le di ni esto! en tres das... Cuando ayer supe la culada del hermano Bernardino, y que al otro pjaro del Ministerio le haban tambin _colgado la galleta_, te digo que mona ms a gusto, no la he tomado nunca: pas cantando el _Od mortales!_ por su casa, con tales gritos, que la gente sala a las puertas, y de miedo que los vigilantes me aguaran la fiesta, me vine a mi palacio y aqu la continu, en la alegre compaa de algunas de mis aristocrticas relaciones... Se bebi y se cant, hasta la madrugada, ajo! te parece a ti, que no iba a estar yo alegre? pillo, ladrn! La llama de la hoguera dbale un aspecto siniestro, as, con el chambergo ladeado, los ojos fulgurantes de odio, la navaja abierta en la mano, que blanda, como si quisiera despachurrar a alguien. Quilito no le haca caso, abstrado. --Pillo, ladrn!--repiti el filsofo,--ya las pagars todas juntas: esto no es nada; si l es el culpable de que yo me haya descarriado; nunca me tuvo cario, porque mi madre no era su madre, y deca que yo haba ido a comerle su parte de pan, y en vez de darme educacin y oficio, me ech a la calle, a que me lo buscara donde Dios quisiera... El, entretanto, estaba manoteando en casa de tu abuelo: ya lo sabes. Toma, pcaro, toma, ajo! ahora conocers lo que es tener hambre... no, siento que no lo sepas todava, porque te queda la _estancia_, pero, ya te llegar tu San Martn, como a los _chanchos_... Lo principal, que es el primer paso, est ya hecho: el Bernardino, patas arriba y el ministril aquel de las uas largas, boca abajo; la tierra tiembla: mira, Quilito, ponte como los gauchos o los indios, la oreja contra el suelo, y sentirs un rumor as como de muchos caballos que galopan: es la vanguardia de la revolucin, que se anuncia, que se armar pronto... ay! qu gusto! ese da, cuando el _bochinche_ est en lo mejor, atrapo al doctorcito Eneene... no, lo que es a ese nadie me lo toca, es mo... y con unas buenas tijeras le podo las uas, cortndole hasta raz de las yemas; le pongo un bonete con un murcilago pintado y un letrero que diga: por ladrn! y a patadas, amarrado codo con codo, le llevo a la plaza Victoria y all, delante del respetable pblico, le ensarto en la lanza del mueco de la Pirmide; qu tal? qu bueno sera, ajo! Quilito, abstrado, pensaba: --Y he de llegar yo a estar como este hombre, sucio, harapiento, comiendo las sobras de los otros, durmiendo en el suelo, dominado por el vicio y la pereza? Cuanto ms le miro, ms asco me da: la mugre le brota encima, como el verdn en las casas viejas... me parece imposible que pueda vivirse de esta manera, y tan contento; ah! pero l est contento, porque es honrado, porque, en medio del vicio, ha sabido mantener limpia la conciencia... qu bueno debe ser mirar para adentro y no ver ninguna mancha! qu bien se debe dormir, aun envuelto en el poncho de Agapo, dentro del cao! pero, con esta comezn del remordimiento, no es posible conciliar el sueo... Cada vez estoy ms decidido a matarme: me estoy mirando en el espejo de Agapo, y me horrorizo, de verme con su chambergo rooso, sus guiapos prestados, y la cara abotargada por las malas noches... En l es el vino; en m sera el juego... y todava, l sale ganando en la comparacin, pues si ha tenido que ver con las comisaras, no ha estado nunca en la crcel: Agapo es honrado y yo un falsificador... ah viene el tren, me echar en los rieles? sera horrible! mejor es el revlver, que el tren y que el ro... El filsofo vaciaba la botella. --Acrcate, muchacho--dijo con el ltimo trago,--y calintate un poco: tienes fro; ests temblando... mi saln no es muy abrigado, pero, ya ves que la salud no se afecta: ni un resfriado me viene, quiz por aquello de: mala hierba... Vivo tan a gusto aqu y soy tan feliz, que no te envidio tus lujos; si aqu me he criado, ajo! a m nadie me molesta y hago mi santa voluntad, vagabundeando como un rentista, y sin importrseme de que el oro baje o suba: para m, siempre est a la par. Mira, si hicieras lo que yo, no tendras esa cara; t te has metido en la Bolsa, y me parece que te han pegado una soba... no lo niegues; si yo s que tenas a Jacintito de compaero, y Jacintito ha salido disparado... bueno, ya te enojas otra vez! no te dir nada. Lo que s te prometo es que, ese da, el da que yo le cobre las cuentas a Eneene de la manera que te he indicado, hago saltar la Bolsa en seguida, y si no ese da, la vspera, cuando no haya empezado el alboroto todava: he de elegir la hora en que todos los especuladores estn reunidos tramando sus picardas: ya subirn todos ms alto que el mismo oro! te lo advierto, para que te cures en salud y no vayas por all. Despus... he de realizar mi programa, sin suprimir un solo nmero. Se oy el silbato de la locomotora, y el tren pas, haciendo retemblar el suelo; algunas brasas encendidas cayeron a los pies del filsofo. --Ajo!--exclam dando un puntapi a los tizones,--que vais a quemar mi palacio! siempre ocurre lo mismo con estos condenados maquinistas! Quilito se haba estremecido, porque parecile que las ruedas le pasaban por encima, triturndole los huesos... De pronto, Agapo, que se calentaba a la lumbre, volvindose de lado y de frente, para repartir el calorcito equitativamente, pregunt: --Ah! dime... bien deca yo que tena algo que preguntarte y no caa qu cosa era... hoy debe haber ocurrido algo muy grave, muy extraordinario, en tu casa. --Por qu?--dijo asustado el joven. --Porque he visto, he visto, entiendes? a la seora Casilda entrar... repito que lo he visto... en casa de Esteven. --Tita Silda en casa de Esteven!--exclam Quilito, tan sorprendido que di un salto y casi fu a dar de bruces en la hoguera. --S, seor, te sorprende? pues lo mismito qued yo; estaba entretenido, en la acera de enfrente, en ver sacar los muebles de mi seor hermano, y a cada uno que echaban al carro, lo saludaba, diciendo: toma, pillo! toma, ladrn! cuando cataplum! la seora Casilda que llega y se para a la puerta, con el aire de quien vacila, diciendo: Entro o no entro? Y entr... si te digo que lo he visto! Ave Mara Pursima! deca yo; una Vargas en casa de Esteven! y misia Casilda, nada menos, ella, que truena contra los Esteven, exceptuando tan slo, Dios se lo pague! a un servidor. No te habrs equivocado, Agapo? mira que cuando ests borracho, y ahora tienes una mona medianita, ves las cosas al revs, y todo lo cambias, las caras, los nombres, hasta las palabras, porque, con la memoria, se te pone torpe la lengua. A pesar de esto, estaba convencido que era la mismsima ta Silda, la que acababa de entrar: y no volva en m, te lo juro; ver lo que yo haba visto, era para dejar patitieso a cualquiera, figrate! Y me devanaba los sesos, pensando: qu habr pasado en la calle Moreno? una desgracia, sin duda. O ser la Gregoria que mand por la hermana; entonces aqu se ha hundido la casa, solamente as... y la casa no se ha hundido. Entretanto, Agapo no se mueve de este sitio, hasta que la seora de mantn, que a l se le ha antojado ser doa Casilda Vargas, salga de enfrente y pueda confirmarlo o no... Pues, hijo, sali y era, sin sombra de duda... Te dir a qu hora ocurri el extraordinario suceso: a las cinco, s, de cuatro y media a cinco... ah! un detalle: la seora sali muy agitada, y se estuvo un segundo en la orilla de la acera pensativa, y cuando se decidi a marcharse, hizo ademn de secar los ojos o de pasar la mano por la frente, con disgusto o despecho, digo yo... a que se han tirado de los pelos? claro, era de presumir. Pero, me pareci tan acongojada, que si no atraves la calle para ofrecerle mis servicios, fu porque no me tena firme sobre mis piernas y me daba vergenza... Explcame, pues, qu significa esta visita de tu ta a una casa donde no ha puesto los pies, desde que t abriste los ojos. Quilito, a horcajadas otra vez en el cao, la barba sobre sus manos, lvido, mirando la llama con fijeza magntica, balbuce que no saba nada, que l desde medioda faltaba de casa... --Es un disparate tuyo--agreg,--cuando se est mal de la cabeza, se ven visiones. Agapo atizaba el fuego. --Por estas!--dijo besando los dos ndices en cruz,--estaba mareado, pero no ciego. Creme, hijo, creme... La cabeza de Quilito echaba chispas, como la hoguera que remova el filsofo. --Ah, desventurado!--deca la voz interior,--y todava alientas, despus de lo que has odo? por qu no empuas el revlver y te arrancas de una vez la miserable vida, que a pesar de todo pareces empeado en conservar? no comprendes que ya para ti no hay remisin? Mira, observa, reflexiona, hasta dnde han llevado tus calaveradas a tu familia infeliz: a humillarse a los Esteven! a solicitar, de rodillas, su favor para salvarte! porque, no lo dudes: el medio supremo, a que se refera tita Silda, y que ella misma no consideraba infalible la desgraciada, era se: recurrir al odiado pariente... ah! qu corazn tan grande el de tita! y por lo que dice Agapo, el recurso ha fracasado, y a los Vargas han dado los Esteven una vez ms con la punta de la bota... ves? te imaginas... no es posible, pues no eres dueo de tu razn... pero, si pudieras imaginar cmo estn en tu casa esos viejos que has deshonrado, y que llamas _queridos_, falsamente, mentirosamente, porque si verdad fuera, no habras hecho lo que has hecho; y t dudando todava, vacilando cobardemente; no te hagas ilusiones; en tu casa no puedes presentarte ya, y ahora menos que antes, ahora que sabes toda la extensin de tu falta; los umbrales aquellos no puedes pasarlos sino muerto, en expiacin... Ests creyendo que bastara con echarte a los pies de tu padre! y tendras valor? no comprendes que si no te rechazaba, sera por compasin y por lstima? convncete! no eres un segundo Agapo en la familia; eres un Quilito, y este nombre est por debajo del otro... vete, huye, y cumple con tu deber! Se levant, vacilante, los ojos extraviados, y a Agapo, que, asustado, le cort el paso, con un ademn le rechaz, diciendo, entre dientes, que se iba, que se iba... --Ajo!--exclam el otro persistiendo en detenerle,--no, as no te vas, me das miedo, Quilito, qu tienes? bien me pareci desde un principio que haba algo de extrao en ti. --Djame, djame... --No, as no, as no; si quieres que te acompae a tu casa... pero, solo no, aunque te enojes y me pegues. --A mi casa!--exclam el joven delirante,--no puedo ir, no puedo, porque no, porque soy un miserable, entiendes? porque he deshonrado a mi familia, entiendes? porque deba estar ahora en la Penitenciara, entiendes? escpeme, Agapo, escpeme, pero, djame marchar! Embisti al filsofo denodadamente, pero el otro le cogi por la cintura y le carg como a un nio, obligndole a sentarse en sus rodillas, a pesar de sus esfuerzos rabiosos por soltarse... S, le dejara ir cuando se calmara, pero no solo: l no se fiaba de su buen juicio, ahora que le haba visto hecho un loco, como si quisiera tirarse al ro; ya lo creo que le llevara a su casa, y de la mano, como se hace con los chicos que se ha encontrado _raboneando_ en el _Bajo_. Qu desatinos eran esos que acababa de decir? qu Penitenciara, ni qu as de copas, ajo! alguna tunda de papato, por haber entrado tarde o hecho una diablura de jovencito desbocado. Que le tirara de las barbas cuanto quisiera, pero l no le soltaba hasta que no le viera tranquilo... bueno, se lo prometa? de esta manera, s; pero, mucho cuidado, porque Agapo tiene muy malas pulgas y fuerzas suficientes para hacerse respetar, ajo! Quilito, libre, se calm. Repiti con energa, que lo dicho, dicho estaba: que l no poda volver a su casa, por razones que al to no le importaban un bledo, pero que si le dejaba marchar en paz, le prometa ser todo lo juicioso posible... --Si no vas a tu casa, muchacho, a dnde vas? --A tomar el fresco... Agapo le vigilaba, y vi que se sonrea, que pareca tranquilo... --Qu bruto eres, Agapo!--dijo Quilito sentndose de nuevo en el cao, para acabar de desorientar al to;--qu te has figurado entonces? qu iba a darme un bao a estas horas? tienes razn: un regao del viejo me ha puesto as... chocheces y niadas, por una y otra parte. Y punto final. Cuando se me pase el coraje, volver a casa... Ahora, se me ocurre darte un encargo, ya que he tropezado contigo: irs esta noche a casa de Esteven? --No s... --Irs? la familia no saldr hasta maana, quiz, para el Frigal... Vete, pues, y entregas esta carta, en mano propia, a Susana. --Esta carta? La tom el filsofo, apenas repuesto, sin quitar ojo del sobrinito, que sonrea siempre. --En mano propia--recomend otra vez el joven,--t vas a verla, Agapo, feliz, cien veces feliz! dile de mi parte... no, no le digas nada; entregas la carta, y te marchas, para evitar preguntas: ah dentro est todo. La emocin le dominaba, y sus ojos azules se empaaron. Registr en sus bolsillos y sac un reloj de nquel, que ofreci al atorrante. --Quisiera darte el estipendio de costumbre, Agapo, pero no tengo un mezquino centavo; toma esto, y gurdalo, en recuerdo mo, ojal fuera de oro! --Y por qu has de drmelo, ajo? para pagarme el porte de la carta? no me da la gana: yo te he servido siempre, pues es mi deber de to, y de to que te quiere, Quilito; t y los tuyos habis compadecido y tratado bien a Agapo: no os habis burlado de su desgracia, ni avergonzado de su parentesco, como los otros. Por eso os quiero, ajo! y si he recibido de ti los dos nacionales de las cartas a la primita, es porque soy pobre, y comprenda que aquella era una manera delicada tuya de auxiliarme. --Precisamente; por eso deseo que aceptes este reloj, que quiz no valga dos nacionales... --Bueno, si es as... pero, conste que yo no te pido nada. El filsofo guard la modesta alhaja. --Y ahora--repuso Quilito con la voz un poco alterada,--dame la mano, Agapo, que quiero decirte adis. Le estrech la diestra, nerviosamente, y Agapo not que la mano del sobrino estaba helada, y al resplandor de la hoguera, que mora, su semblante demudado y la misma mirada de demente de ahora poco. Se haba puesto el joven de pie y se despeda, pero el filsofo, intranquilo, le retuvo, diciendo que iba a acompaarle... --Ir detrs, si no quieres que vaya al lado... --Ests muy pesado, Agapo... --No, solo no te dejo; repito que me das miedo. --Vas a hacerme perder la paciencia. --Solo no; no te dejo! Quilito, colrico, dio un empujn al to, que volvi a cogerle de la cintura, echando ms ajos que nunca, furioso tambin; el joven entonces, las manos libres, sac el revlver y puso la boca del can en la frente del atorrante. --Sultame, sultame o te mato. La sorpresa de Agapo fu tan grande que, maquinalmente, le solt. Y Quilito, en salvo, a la distancia, le apuntaba con el arma. --No me sigas, te prohbo que me sigas; si te siento detrs, te mando un tiro. La hoguera se haba apagado; la noche era obscura, y debajo de los sauces no se vea... Agapo corri en pos del sobrino, desaparecido entre las tinieblas. Y Quilito, loco, sin sombrero, iba delante. Imbcil! quin le daba al otro velas en su entierro? se haba de matar, aunque vinieran a impedrselo todos los filsofos de la tierra. La maleza cruja bajo sus pasos y detrs se oan las zancadas de Agapo, que vena persiguindole; Quilito se acurruc al pie de un sauce, se quit el sobretodo claro, que poda denunciarle, y esper, el revlver amartillado en la mano... Agapo lleg, pas y se alej, rastreando la caza, gritando desesperado: --Quilito! Quilito! Y cuando no se oyeron ni los pasos ni la voz del to, y el joven se vi solo, frente al ro que arrastraba sus aguas negras, en medio de la obscuridad, con rumor siniestro, desprendi el chaleco, abri la camisa, y sobre la piel que despeda el dulce calor de la vida, coloc la boca del arma, en el sitio en que sus dedos vacilantes, sintieron agitarse ms el corazn... Sali el tiro, la sangre tibia brot mansamente y Quilito experiment un escozor vivsimo... pero la vida no quera soltar su presa, porque l vea, pensaba, senta an. --Ah! vida infame--murmur con un quejido de dolor,--cunto me cuestas! djame, no quiero nada de ti, te desprecio! la mano me ha temblado, qu cobarde soy! A tientas y a gatas, perdiendo sangre, busc el revlver, cado en la maleza, lo cogi de nuevo, y se dispar otro tiro, en la sien esta vez... Cay de espaldas, los brazos en cruz y qued inmvil; del horrible agujero de la frente, el hilo de sangre corra, manchando sus cabellos rubios, y en el pecho, el lquido rojo se coagulaba sobre la blanca camisa. Y la vida huy de aquel cuerpo, arrojada por el espritu obcecado, que deca no querer nada de ella, porque l no la haba llamado... Ya las zancadas y los gritos de Agapo se oan de nuevo. --Quilito! Quilito! Dos hombres venan con l. Y todos tres buscaban, olfateando como lebreles, ms cerca, ms lejos, se iban y volvan, hasta que el pie del filsofo di con el cuerpo del suicida. --Ajo! una luz aqu! pronto, pronto! Encendida la cerilla, Agapo la acerc y retrocedi, dando un alarido de espanto: ah estaba el desgraciado nio, los ojos azules aun abiertos... --Dios mo! la culpa es ma, por haberle dejado solo... no me lo perdonar! quin lleva ahora esta noticia a la familia? ir yo. Quedarse aqu vosotros, hasta que la polica venga; avisar. Qu desgracia, ajo, qu desgracia! Desapareci y el cuerpo de Quilito qued all, frente al ro, que murmuraba su letana indiferente, y entre los dos desconocidos, que fumaban, en silencio... * * * En esta misma fatal noche de San Juan, mster Robert, a la espera de su tranva, despus de cerrar el escritorio por ltima vez, paseaba por la acera de la Catedral. Vencido en la lucha con el agio, haba salido destrozado del combate, sin fe y sin esperanza, sin fuerzas ya para mantener el peso de su honradez sobre los hombros. Ah! si era una carga intil, por qu no arrojarla a la calle? La luz roja no vena, y mster Robert sigui su camino y fu a pararse delante de la Bolsa. Cosa rara! mster Robert no beba vino, y es probado, pero padeca de alucinaciones sin duda; y tal como aquella vez crey ver las extravagancias, de que se ha hecho mencin, ahora, al mirar el edificio con encono, observ, crey observar, mejor dicho, se le figur, se le antoj que vea, en la cornisa del frente, sobre la puerta principal, un gran caballo, de piedra o de lo que fuera, con un hombrazo encima, de casco y espada desenvainada, y la adarga cada entre las patas del animal... Y debajo haba dos letreros, que era lstima no pudiera leer, como mster Robert, el desgraciado joven rubio, de ojos azules, que en aquel momento, tendido sobre sucias angarillas, atravesaba sin vida los umbrales de una casa de la calle Moreno. Deca el uno: Que tu caballo de combate sea el trabajo y tu espada la perseverancia; mas, si quieres vencer en la contienda, no dejes caer a tierra el escudo de la prudencia. Y el otro: La mejor lotera es el ahorro, no el que amontona por vicio, sino el que guarda por previsin. FIN End of the Project Gutenberg EBook of Quilito, by Carlos Maria Ocanto License: Share Alike