Produced by Andrs V. Galia and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net NOTAS DEL TRANSCRIPTOR Las palabras en itlicas estn indicadas con _sub-ndices_, mientras que las palabras en negritas estn indicadas =de este modo=. Las reglas ortogrficas del castellano cuando esta obra fue publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realiz la transcripcin. Por ejemplo vi, fu, di, lo mismo que conjunciones como "", "", "", en esa poca llevaban acento ortogrfico, mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortogrfico, como "rer" y "or", cuando la obra fue publicada no llevaban acento ortogrfico. El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripcin ha sido el de respetar la ortografa original, salvo en caso de errores evidentes de ortografa, impresin y/o puntuacin, los cuales han sido corregidos. La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio pblico. El ndice de captulos ha sido agregado por el Transcriptor. * * * * * DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA OBRAS DEL MISMO AUTOR (De venta en la Biblioteca de LA NACIN y en las principales libreras). =La Australia Argentina=, (dos volmenes). =El Falso Inca=, (cronicn de la Conquista). =El Casamiento de Laucha=, (novela picaresca). =Sobre las ruinas=... (drama en cuatro actos). =Marco Severi=, (drama en tres actos). =El Triunfo de los otros=, (drama en tres actos). =Pago Chico.= =Violines y toneles.= =Crnicas.= =En las tierras de Inti.= AGOTADAS =Ensayos poticos.=--=Antgona=, (novela).--=Scripta.= (cuentos).--=Novelas y fantasas.=--=Los Italianos en la Argentina.=--=Emilio Zola=, etc., etc. ROBERTO J. PAYR _Divertidas aventuras Del nieto de Juan Moreira_ [Illustration] BUENOS AIRES CASA EDITORA IMPRESORA M. RODRGUEZ GILES Corrientes, nm. 1379 Imp. Sopena, Provenza, 95.--BARCELONA NDICE PG. PRIMERA PARTE 5 SEGUNDA PARTE 147 TERCERA PARTE 257 DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA PRIMERA PARTE I Nac la poltica, al amor y al xito, en un pueblo remoto de provincia, muy considerable segn el padrn electoral, aunque tuviera escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de industria y lo dems en proporcin. El clima benigno, el cielo siempre azul, el sol radiante, la tierra fertilsima, no haban bastado, como se comprender, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester otra cosa. Y los dirigentes de Los Sunchos, al levantarse el ltimo censo, por arte de birlibirloque haban dotado al departamento con una importante masa de sufragios--mayor que el natural,--para procurarle decisiva representacin en la Legislatura de la provincia, directa participacin en el gobierno autnomo, voz y voto delegados en el Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la direccin del pas. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los sunchalenses confiaban ms en sus propias luces y patriotismo, que en el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que se esforzaban por gobernar con espritu puramente altruista. El hecho es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tcita manifiesta ingerencia en el manejo de la res pblica. Pero esto, que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que s hace y quiz resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos dirigentes, quiz el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi aristocrtica cuna me diera--como en realidad me di,--vara alta en aquel pueblo manso y feliz, holgazn bajo el sol de fuego, soador bajo el cielo sin nubes, cebado en medio de la prdiga naturaleza. Hoy me parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas: milagro de mi pas, donde, virtualmente, todava se encuentran pepitas de oro en medio de la calle. Desde chicuelo era yo, Mauricio Gmez Herrera, el nio mimado de vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados pblicos de menor cuanta, quienes me ensearon pacientemente montar caballo, vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los subalternos y los humildes amigos paniaguados de las autoridades; y cuando algn opositor, vctima de mis bromas, que solan ser pesadas, se quejaba mis padres, nunca me falt defensa excusa, y si bien ambos prometan veces reprenderme castigarme, la verdad es que--especialmente el viejo--no hacan sino reirse de mis gracias. Y aqu debo confesar que yo era, en efecto, un nio gracioso si se me consideraba en lo fsico. Tengo por ah arrumbada cierta fotografa amarillenta y borrosa que me sac un fotgrafo trashumante al cumplir mis cinco aos, y aparte la ridcula vestimenta de lugareo y el aire cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la de un lindsimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada, en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia y en la juventud fu lo que mi niez prometa, todo un buen mozo, de belleza un tanto femenil, pese mi poblado bigote, mi porte altivo, mi clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me procuraron siempre, hasta en pocas de madurez... Pero, no adelantemos los acontecimientos... Tena yo por aquel entonces un carcter de todos los demonios que, segn me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada poda torcer mi voluntad, nadie lograba imponrseme, y todos los medios me eran buenos para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo los padres de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en sus hijos, renunciando, como cosa intil y perjudicial, la tan preconizada disciplina de la educacin, que slo servir para crearles luego graves y quizs insuperables dificultades en la vida. Estudien mi ejemplo, sobre el que nunca insistir bastante: desde nio he logrado, detalle ms, detalle menos, todo cuanto soaba quera, porque nunca me detuvo ningn falso escrpulo, ninguna regla arbitraria de moral, como ninguna preocupacin melindrosa, ningn juicio ajeno. As, cuando una criada un pen me eran molestos antipticos, espiaba todos sus pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; --no hallando hechos reales,--imaginaba y revelaba hechos verosmiles, valindome de las circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. Y cuntas veces habr sido profunda ignorada verdad lo que yo mismo crea dudoso por falta de otras pruebas que la induccin y la deduccin instintivas! Pero esto era, slo, una complicacin poco evidente--para descubrirla he debido forzar el anlisis,--de mi carcter que, si bien obstinado y astuto, era, sobre todo--extraa antinomia aparente,--exaltado y violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permita tomar por asalto cuanto con un golpe de mano poda conseguirse. Y como en el arrebato de mi clera llegaba fcilmente usar de los puos, los pies, las uas y los dientes, natural era que en el ataque en la batalla con el criado otro adversario eventual, resultara yo con alguna marca, contusin rasguo que ellos no me haban inferido quiz, pero que, dndome el triunfo en la misma derrota, bastaba y aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y haca recaer sobre el enemigo todas las iras paternas: --Pobre muchacho! Miren cmo me lo han puesto! Es una verdadera atrocidad!... Y tras de mis araones, puntapis, cachetadas y mordiscos, llovan sobre el antagonista los puetazos de mi padre, hombre de malas pulgas, extraordinario vigor, destreza envidiable y amn de esto grande autoridad. Quin se atreva con el rbitro de Los Sunchos? Quin no cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones pareca adelantarse como la punta de un arma? Vivamos con grandeza--naturalmente en la relatividad aldeana, que no da pretexto los lujos desmedidos,--y tatita gastaba cuanto ganaba un poco ms, pues su muerte slo hered la chacra paterna, gravada con una crecida hipoteca que hacan ms molesta algunas otras deudas menores. S; slo tenamos una chacra, pero hay que explicarse: era una vasta posesin de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco, en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corran de norte sud, y las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este Oeste. Los cuatro grandes frentes daban sobre San Martn, Constitucin, Blandengues y Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martn y Constitucin, la ms prxima la plaza y los edificios pblicos, y era una amplia construccin de un solo piso, lo largo de la cual corra una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella habitbamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita criaba sus gallos. En el resto de la chacra haba algunos montecillos de rboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero, y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincn de la chacra, pero en todo caso no fu siempre, ni siquiera con frecuencia, sin duda para no desdecir mucho del indolente carcter criollo que en aquel tiempo consideraba cosa de gringos ordear las vacas y comer legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un vergel, comparadas con las dems mansiones seoriales de Los Sunchos, y nuestras costumbres de familia tenan un sello aristocrtico que ms de una vez envenen las malas lenguas del pueblo, que zumbaban como avispas irritadas, aunque respetable distancia de los odos de tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez ms borroso, se explica naturalmente: mi padre perteneca una de las familias ms viejas del pas, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra de la Independencia, vinculada la alta sociedad y duea de una respetable fortuna que varias ramas conservan todava. Menos previsor ms atrevido que sus parientes, mi padre se arruin--ignoro cmo y no me importa saberlo,--sali correr tierras en busca de mejor suerte, y fu varar en Los Sunchos, llevando hasta all algunos de sus antiguos hbitos y aficiones. No se ocupaba ms que de la poltica activa, y de la tramitacin de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias administraciones, haba acabado por negarse ocupar puesto oficial alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que hablar, y siempre era l quien decida en las contiendas electorales, y otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba la capital de la provincia, llevado por asuntos propios ajenos--en calidad de intermediario,--pasaba el da entero en el caf, en la cancha de carreras de pelota, en el billar la sala de juego del Club del Progreso, de visita en casa de alguna comadre. Tena muchas comadres, y mam hablaba siempre de ellas con cierto retintn y veces hasta colrica, cosa extraa en una mujer tan buena, que era la mansedumbre en persona. Tatita sola mostrarse emprendedor. l se debe, entre otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundacin del Hipdromo que acab con las canchas derechas y de andarivel, hizo, tambin, para las rias de gallos, un verdadero circo en miniatura. Lea los peridicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces por semana, y gracias esto, su copiosa correspondencia epistolar y las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que suceda y de lo que iba suceder, sirvindole para prever esto ltimo su peculiar olfato y su larga experiencia poltica, acopiada en aos enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad prctica de esta clase de informacin fu, sin duda, lo que le hizo mandarme la escuela, no con la mira de hacer de m un sabio, sino con la plausible intencin de proveerme de una herramienta preciosa para despus. Esto ocurri pasados ya mis nueve aos, puede tambin que los diez. Mi ingreso en la escuela fu como una catstrofe que abriera un parntesis en mi vida de vagancia y holgazanera, y luego como una tortura, momentnea s, pero muy dolorosa, tanto ms cuanto que, si aprend leer, fu gracias mi santa madre, cuya inagotable paciencia supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya bondad tmida y enfermiza, premiaba cada pequeo esfuerzo mo tan esplndidamente como si fuera una accin heroica. Me parece verla todava, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, plida bajo sus bands castao obscuro, hablando con voz lenta y suave y sonriendo casi dolorosamente, fuerza de ternura. Mucho le costaron las primeras lecciones, como le cost hacerme ir misa inculcarme inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por mi inquietud indmita; pero poco ced y me plegu, ms que todo, interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, an ms maravillosos, de una costurerita espaola, jorobada, que deca cada paso intern, que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien crea yo ver la encarnacin de un diablillo entretenido y amistoso de una bruja momentneamente inofensiva. Intern me contaban las unas las hazaas de Pedro Urdemalas (Rimales, decan ellas), y la otra los amores de Beldad y la Bestia, las terribles aventuras del Gato, el Ujier y el Esqueleto, ledas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi naciente raciocinio me deca que mucho ms interesante sera contarme aquello m mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda abundara la letra menudita y cabalstica de los libros. Y aprend leer, rpidamente, en suma, buscando la emancipacin, tratando de conquistar la independencia. II Acab por acostumbrarme un tanto la escuela. Iba ella divertirme, y mi diversin mayor consista en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz espaol, cojo y ridculo, que, gracias m, se sent centenares de veces sobre una punta de pluma en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibi en el ojo la nariz, bolitas de pan de papel, cuidadosamente masticadas. Era de verle dar el salto lanzar el chillido provocados por la pluma, levantarse con la silla pegada los fondillos, llevar la mano al rgano acariciado por el hmedo proyectil, mientras la cara se le pona como un tomate! Qu alboroto, y cmo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tmidos condiscpulos, sin imaginacin, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, vean en m un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que, para atreverse tanto, era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carcter y de posicin. Don Lucas tena la costumbre de restregar las manos sobre el pupitre--ctedra deca l,--mientras explicaba interrogaba; despus, en la hora de caligrafa de dictado, ponase de codos en la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su cerebro pedaggico le pesara en demasa. Observar esta peculiaridad, procurarme pica-pica y espolvorear con ella la ctedra, fueron para m cosas tan lgicas como agradables. Y repet menudo la ingeniosa operacin, entusiasmado con el xito, pues nada ms cmico que ver don Lucas rascarse primero suavemente, despus con cierto ardor, en seguida rabioso, por ltimo frentico hasta el estallido final: --Todo el mundo se queda dos horas! Iba lavarse, ponerse calmantes, sebo, aceite, qu s yo, y la clase abandonada se converta en una casa de orates, obedeciendo entusiasta mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los tinteros--quebrada la inercia de mis condiscpulos,--mientras los instrumentos musicales ms inslitos ejecutaban una sinfona infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un hombre de gobierno... Volva, al fin, don Lucas rojo y barnizado de ungentos, con las pupilas saltndosele de las rbitas--espectculo bufo si los hay,--y, exasperado por la intolerable picazn, comenzaba distribuir castigos suplementarios diestro y siniestro, condenando sin distincin inocentes y culpables, juiciosos y traviesos, todos, en fin... todos menos m. No era yo, acaso, el hijo de don Fernando Gmez Herrera? No haba nacido con corona, segn solan decir mis camaradas? Vaya con mi don Lucas! Si mucho me re de ti, en aquellos tiempos, ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre sonrisas, y aunque aprecie debidamente los que, como t entonces, saben acatar la autoridad poltica en todas sus formas, en cada una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este acatamiento es la nica base posible de la felicidad de las naciones, y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que t exagerabas demasiado, olvidando que eras, tambin, autoridad, aunque de nfimo orden. Y esta flaqueza es, para m, irritante inadmisible, sobre todo cuando llega extremos como ste. Una tarde, la hora de salir de la escuela y raz de un alboroto colosal, don Lucas me llam y me dijo gravemente que tena que hablar conmigo. Sospechando que el cielo iba carseme encima, me prepar rechazar los ataques del magster hasta en forma viril y contundente, si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni yo continuara bajo su frula ni l regentando la escuela, su nico medio de vida: un araazo una equimosis no significaban nada para m--era y soy valiente,--y con una marca directa indirecta de don Lucas, obtendra sin dificultad su destierro de Los Sunchos, despus de algunas otras pellejeras que le dieran que rascar. Considrese, pues, mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y acadmico lenguaje, , mejor dicho, prosodia: --Despus de recapacitar muy seriamente, he arribado una conclusin, mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba todos los dems), usted es el ms inteligente y el ms fuerte de la escuela, aunque no el ms juicioso ni el ms aplicado... No, no se enfade todava, permtame terminar, que no ha de pesarle... Pues bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus condiscpulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, s, con la mayor eficacia, conservar el orden y mantener la disciplina en las clases, minadas por el espritu rebelde y revoltoso que es la carcoma de este pas... Aunque sorprendido por lo inslito de estas palabras, pronunciadas con solemne gravedad, como en una tribuna, comenc esperar ms serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna celada. --Pero no he querido--continu don Lucas, en el mismo tono,--adoptar una resolucin, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente. El aula estaba solitaria y en la penumbra de la cada de la tarde. Junto la puerta, yo vea, al exterior, un vasto terreno baldo, cubierto de gramneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y las mesas, en la que pareca flotar an el ruido y el movimiento de los alumnos ausentes. Esta doble visin de luz y de sombra me absorbi, sobre todo, durante una pausa trgica del maestro, para preparar esta pregunta: --Quiere usted ser monitor? Monitor! El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la autoridad ms alta en ausencia de don Lucas, quizs en su misma presencia, ya que l era tan dbil de carcter!... Y yo apenas saba leer de corrido, gracias mamita! Y en la escuela haba veinte muchachos ms adelantados, ms juiciosos, ms aplicados y mayores que yo! Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido honor, la proposicin me pareci tan natural y tan ajustada mis merecimientos, que la acept, diciendo sencillamente, sin emocin alguna: --Bueno, don Lucas. Yo siempre he sido as, imperturbable, y aunque me nombraran papa, mariscal almirante, no me sorprendera ni me considerara inepto para el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregar que el don Lucas de la aceptacin haba sido, desde tiempo atrs, desterrado de mis labios, en los que las contestaciones se limitaban un s un no, como Cristo nos ensea, sin aditamento alguno de seor don, como nos ensea la cortesa. Y sta fu una evidente demostracin de gratitud... Despus he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como un filsofo como un canalla: como un filsofo, si quiso modificar mi carcter y disciplinarme, hacindome, precisamente, custodio de la disciplina; como un canalla, si slo trat de comprarme costa de una claudicacin moral, mucho peor que la msica de su pata coja. Pero, meditndolo ms, quiz no obrara ni como una ni como otra cosa, sino, apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin mala ni buena intencin, por espritu de conservacin propia, y utiliza para ello los medios polticos su alcance--medios poco sutiles la verdad, porque la sutileza poltica no es el dote de los simples.--Para los dems muchachos, el ejemplo poda ser descorazonador, anrquico, desastroso como disolvente, porque don Lucas no saba contemporizar con la cabra y con la col; pero bah! yo tena tanto prestigio entre los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me corresponda como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso haba de ser el que protestara de mi ascensin y desconociese mi regencia. Comenc, pues, desde el da siguiente, ejercer el mando, como si no hubiera nacido para otra cosa, y segu ejercindolo con grande autoridad, sobre todo desde el famoso da en que present don Lucas mi renuncia indeclinable... He aqu por qu: Irritado contra uno de los condiscpulos ms pequeos, que, corriendo en el patio, la hora del recreo, me llev por delante, levant la mano, y sin ver lo que haca le di una soberbia bofetada. Mientras el chicuelo se echaba llorar moco tendido, uno de los ms adelantados, Pedro Vzquez, con quien estbamos en entredicho desde mi nombramiento de monitor, me falt audazmente al respeto, gritando: --Granduln! Sinvergenza! Iba precipitarme sobre l con los puos cerrados, cuando record mi alta investidura, y, contenindome, le dije con severidad: --Usted, Vzquez! Dos horas de penitencia! Me volvi las espaldas, rudamente, y se encogi de hombros, refunfuando no s qu, vagas amenazas, sin duda, frases despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba desempear un papel bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy plido, de ojos grandes, azul obscuro, verdosos veces, cuando la luz les daba de costado, frente muy alta, tupido cabello castao, boca bondadosamente risuea, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuicin cientfica y voluntad desigual, tan pronto enrgica, tan pronto muelle. Aquel da, cuando volvimos entrar en clase, Pedro, que estaba en uno de sus perodos de firmeza, apel del castigo ante don Lucas, que revoc incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad. --Pues si es as, caramba!--grit,--no quiero seguir de monitor ni un minuto ms. Mtase el nombramiento en donde no le d el sol! Don Lucas recapacit un instante, murmurando: Calma! calma! y tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la mano derecha. Sin duda evocara el punzante recuerdo de las puntas de pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, pregunt, tutendome contra su costumbre: --Es decir que renuncias? --S! Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!--repliqu, recalcando cada slaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones electorales. La clase entera abri tamaa boca, espantada, creyendo que la palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisin ms formidable an; pero volvi la serenidad, al ver que don Lucas se levantaba conmovido, y, tutendome de nuevo, me deca: --Pues no te la acepto, no puedo aceptrtela... T tienes mucha, pero mucha dignidad, hijo mo. Este nio ir lejos, hay que imitarle!--agreg, sealndome con ademn ponderativo la admiracin de mis estupefactos camaradas.--La dignidad es lo primero!... Mauricio Gmez Herrera seguir desempeando sus funciones de monitor, y Pedro Vzquez sufrir el castigo que se le ha impuesto. He dicho... Y silencio! La clase estaba muda, como alelada; pero aquel silencio! era una de esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los momentos difciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se produzca ni siquiera un conato de rebelin; aquel silencio! era, en suma, una declaracin de estado de sitio, que yo me encargara de utilizar en servicio de la buena causa, desempeando el papel de ejrcito y polica al mismo tiempo. Slo Vzquez se atrevi intentar una protesta, balbuciendo entre indignado y lloroso un: --Pero, seor!... --Silencio he dicho!... Y dos horas ms, por mi cuenta. Acostumbrado obedecer, Vzquez call y se qued quietecito en su banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me hencha el pecho y me haca subir los colores la cara, la sonrisa los labios, el fuego los ojos. III Este acontecimiento, que debi abrir un abismo entre Vzquez y yo, provocando nuestra mutua enemistad, result luego, de manera lgica, punto de partida de una unin, si no estrecha, bastante afectuosa, por lo menos. Para esto fu, naturalmente, necesaria una crisis. Sufri el castigo con estoica serenidad, quedndose en la escuela, durante dos das, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes de la hora de clase, me esper en un campito de alfalfa que yo cruzaba siempre, y, en aquella soledad, me desafi singular combate, considerando que mis fueros desaparecan extraterritorialmente de los dominios de don Lucas. --Ven, si sos hombre! Aqu te voy ensear que les pegus los chicos! Todo mi amor propio de varn, sublevndose entonces, me hizo renunciar por el momento las prerrogativas que l consideraba, errneamente, suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que caracteriza nuestros compatriotas. Sent necesaria, con romntica tontera, la afirmacin de mi superioridad hasta en el terreno de la fuerza, y contest: --Aqu no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una zurra, para que aprends meterte sonso. --Vamos donde querrs, maula! Nos dimos de moquetes, no lejos de all, en un galpn desocupado, supletorio depsito de lanas, y debo confesar que saqu la peor parte en la batalla. La excitacin nerviosa di Vzquez una fuerza y una tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde la escuela, con la cara amoratada, pero l no habl ni yo me quej, aunque me hubiera sido muy fcil la venganza. Aquel era mi primer duelo formal--toda proporcin guardada,--y el duelo, aun entre muchachos, ha sido siempre para m, no una costumbre, sino una institucin respetabilsima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio veces, si se quiere, pero no ms aleatorio y ms arbitrario que muchas de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvi para zanjar entre Vzquez y yo, diferencias que con otros trmites hubieran podido llegar al odio, y que, gracias l, no dejaron huellas, pues mi adversario no supo nunca cmo agradecer mi caballerosidad despus del combate, y hasta creo que se consider vencido, para retribuir de algn modo mi hidalgua. Los mismos tribunales, quienes muchos querran confiar la solucin de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral, dejan menudo heridas ms incurables y dolorosas que las de una partida de armas... de puos. Esta manera de considerar el duelo--confusa instintiva entonces, pero clara y lgica hoy--me haba sido inspirada por algunas lecturas, pues ya comenzaba devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si Don Quijote me aburra, porque ridiculizaba las ms caballerescas iniciativas, encantbanme las otras gestas, en que la accin tena un objeto real y arribaba un triunfo previsto inevitable. No me preocupaban las tendencias buenas malas del hroe, su concepto acertado errneo de la moral, porque, como el obispo Nicols de Osl, me hallaba en estado de inocencia ignoraba la distincin entre el bien y el mal, limbo del que, segn creo, no he llegado salir nunca. Las hazaas de Diego Corrientes, de Rocambole, de Jos Mara, de Men Rodrguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan y de otros cientos, eran para m motivo de envidia, y sus peregrinas epopeyas formaban mi nico bagaje histrico, sociolgico y literario, pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Den Funes me aburra como un libro de escuela. El universo, ms all de Los Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera hacer buena figura en el mundo, imponase la imitacin de alguno de los admirables personajes, hroes de tan estupendas aventuras, siempre coronadas por el xito. Cambibamos libros con Vzquez, desde que la conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba poco lo que l me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne, principalmente,--mientras que l desdeaba un tanto mis divertidas historias de capa y espada, considerndolas tejido de mentiras. --Como si tus Ingleses en el Polo Norte no fueran una estpida farsa--le deca yo.--Jos Mara ser un bandido, pero es, tambin, un caballero valiente y generoso, y Rocambole era ms diablo que cualquiera... Slo estbamos de acuerdo en la admiracin por las Mil y una noches, pero nuestros conceptos eran distintos: l se encantaba con lo que llamar su poesa y yo con su accin, con la fuerza, la riqueza, el poder que suelen desbordar de sus pginas. Este modo de ver, esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente an, me llev acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y semisalvajes, que me proclamaron capitn, apenas reconocieron mi espritu de iniciativa, mi imaginacin siempre llena de recursos, mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revesta mi apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figur Vzquez, hacamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares, zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los comienzos era uno de los ms entusiastas, como si lo embriagara aquel ambiente de desmedida libertad, desert desde la noche en que baamos en petrleo un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la obscuridad como un nima en pena. Yo tambin me arrepent de semejante atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaa, sola decirles con sonrisa prometedora: --Cuando cacemos un gato... Pero no reincidimos nunca, y nadie reclam la repeticin de aquella escena neroniana que haba resultado tan terrible. No nos faltaban, por fortuna, otros entretenimientos. Qu vida aqulla! Cunto dara por volver, siquiera un instante, los dulces aos de mi infancia! Cunto! y slo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos como en sueos al escribir estos garabatos! Qu magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin duda, por la displicencia de los das nublados y lluviosos, hacamos de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado vehculo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una vez.--Atravesbamos la calle con una cuerda, una cuarta del suelo, para que rodaran los caballos, quitbamos las chavetas de los carros abandonados un instante la puerta de los despachos de bebidas para darnos el placer de verles perder una rueda. Ponamos, as, en escena, episodios de Gil Blas de Paquillo Aliaga, que yo contaba compendiosamente mis hombres, sugirindonos que ramos la banda de Rolando de Juan Bautista Balseiro, y la imaginacin se encargaba de complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estril: con el pensamiento despojbamos coche y pasajeros, jinete y montura, carro y conductor, llevndonos la madriguera las personas de fuste, para exigir luego por ellas magnfico rescate. Otras proezas eran menos dramticas: algunas noches muy fras, cuando todos dorman en el pueblo, y en nuestras casas nos crean en cama, soltbamos un gato previamente enfurecido, un perro asustado, con una lata llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo los vecinos alarmados asomarse en paos menores puertas y ventanas bajo la lluvia torrencial y el viento helado. En primavera, gozbamos invadiendo los jardines de los pocos maniticos de las plantas, y podando stas hasta el tronco despojndolas simplemente de todos sus botones. Qu cara la de los dueos al encontrarse, por la maana, con la desolacin aqulla! Ni la de un candidato frustrado cuando crea ms segura su eleccin! En verano pescbamos valindonos de una especie de lnea, las ropas de los que dorman con la ventana abierta, y luego quembamos enterrbamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer dao y reirnos de la gente. As, rara vez aprovechamos del poco dinero que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos, como en todo pueblo chico, nadie tena que pagar al contado lo que compraba consuma, salvo, naturalmente, por necesaria anttesis, los ms menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin ms trascendencia que la que debe atribuirse una inocente travesura, y justificadas, adems, en cierto modo, pues slo las sufran las personas antipticas por su excesiva severidad, las que haban merecido el desdn, el desprecio el odio de mi padre; los amigos polticos, de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque siempre ha existido en m el espritu de cuerpo. Pero la gente es tan necia que, en vez de dar nuestros juegos su verdadero y limitado alcance, considerndolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas, se imagin que Los Sunchos haba sido invadido por una horda de rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ahuyentarlos. Quines eran y dnde se ocultaban? Aunque las vctimas fuesen siempre opositores indiferentes, la polica y la municipalidad se preocuparon de defenderlas, cuando las cosas haban llegado ya muy lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo de accin y cesara de respetar los partidarios de la buena causa. Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiramos sido descubiertos inevitablemente, no mediar una circunstancia salvadora: tatita, siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa: --Por fin, nos vamos sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche caern, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, y muy diablos sern si consiguen escaparse! Yo no ech la noticia en saco roto, corr prevenir los camaradas, y aquella noche y las siguientes nos quedamos ms quietos que en misa. Pero, as fu, tambin, el desquite, en cuanto comenz relajarse la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no qued ttere con cabeza, y nuestras fechoras produjeron tan honda sensacin que durante mucho tiempo no se habl sino de la semana del saqueo como de una calamidad pblica. Y la imaginacin popular cre toda una leyenda al rededor de la desaparicin de unas cuantas ropas, leyenda en que figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsn y cuantos duendes fantasmas enriquecen las supersticiones criollas. En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos infantiles: cierto verano surgi, en competencia con la ma, otra banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la posicin del padre, que se la deba al mo, trataba de disputarme mi creciente influencia, sin ver que esto no lo tolerara yo jams. No haba organizado todava su gente, cuando les camos encima. Hubo--anlogo la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas estn cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fu nuestra, tan brillante que la mayora de los guerristas se enrol en mis huestes, y Pancho se qued solo y desprestigiado para siempre. Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rstico, dur hasta mis quince aos, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla hmeda en los ojos... IV Antes de los quince aos haba comenzado ya mi historia pasional--que as debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.--Bajo la influencia del clima y las costumbres--ardiente el uno, libres las otras por su mismo carcter patriarcal,--en los pueblos de provincia y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo del nio cuando en otros pases apenas si apuntaran las primeras vislumbres de la adolescencia. La iniciacin de los muchachos era siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y ms an las provincianas y campesinas, con tres grandes patios y, veces, huerta, llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la gente mayor, hacan ineficaz la vigilancia paterna despertada por algn sntoma indicio que aconsejara la represin, tanto ms cuanto que los criados eran por lo comn cmplices y encubridores, cambio de reciprocidad[1]. Poco poco, este defecto de nuestra organizacin domstica, tan contrario los principios entonces imperantes, ha venido modificndose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor la tierra, han empequeecido las casas, facilitando la observacin y agrupando ms la familia. Vase cmo causas al parecer muy lejanas en la materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los ms inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir, por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma. Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no poda estar menos vigilado ni gozar de mayores libertades; era dueo de m mismo, y en esta independencia total realic actos que no son para contarlos y los que slo me refiero por la influencia que tuvieron despus sobre mi carcter. Mamita pasaba los das taciturna y casi inmvil, cosiendo, tomando mate rezando, presa de incurable melancola, que slo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte enfermizo. Tatita, siempre ocupado entretenido fuera de casa, no tena tiempo ni quizs inters de imponerme una moral medianamente rgida. No los critico ni hay para qu. Sin duda, ella, en su candor de mujer siempre aislada, no lleg nunca sospechar que mi inocencia corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tena por qu preocuparse de cosas que haban de suceder ms tarde ms temprano, tratndose de un muchacho robusto, de salud de hierro, alegre, decidido, apasionado, que slo se enfermaba, mejor, enervaba con la oposicin sus antojos y la restriccin su autonoma. Qu quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la vida y sepan manejarse por s solos, en lo sentimental como en lo material, en lo intelectual como en lo fsico? un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso. Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar mi padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo indiscutible del pueblo, y todos le rendan pleito homenaje; porque siempre fu muy hombre, es decir, capaz de ponrsele delante al ms pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque tena una libertad de palabra demostrativa de la ms plena confianza en s mismo; porque montaba caballo como un centauro y realizaba sin aparente esfuerzo los ejercicios camperos ms difciles, las hazaas gauchescas ms brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, en las carreras, en el juego del pato, en las domadas; porque se distingua en la taba, el truco, la carambola, el casn, el chocln y la treinta y una, amn de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores gallos de ria del departamento en una serie de cajones puestos en fila, en el patio de casa, frente mi cuarto; porque, gracias l, con quien nadie se atrevi nunca, yo poda atreverme impunemente con cualquiera. En suma, era para m un dechado de perfecciones, y yo me senta demasiado orgulloso de l, demasiado satisfecho de su proteccin directa indirecta para que este orgullo y esta satisfaccin no se tradujeran en un gran cario y en una veneracin sui generis, semejante al afecto admirativo hacia el camarada ms fuerte, ms apto y ms poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente todos nuestros caprichos. Como ms de una vez, siendo yo muy nio an, me llev las carreras, las rias y otras diversiones pblicas, y como nunca tomaba mal mi presencia en aquellos sitios--ni bien tampoco, porque siempre hizo como que no me vea,--pronto me aficion y acostumbr correr tambin, la caravana, y no tard en conocer todos los rincones ms menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y dems. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque, sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido ensearme bien poca cosa ms--quiz la ortografa, que he ido aprendiendo luego, en el camino.--Pedro Vzquez no faltaba, y nunca quiso acompaarme en mis correras la hora de clase. --Sos un sonso! Para lo que se aprende en la escuela! --Pap dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra la disciplina y el trabajo, y como me va mandar estudiar en la ciudad...--me contestaba Pedro, gravemente, muy cmico con su gran chapona crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas alas. --Se necesita ser pavo!--rea yo, encogindome de hombros y corriendo mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta de la humanidad. Entretanto mi educacin se completaba en otros sentidos: inicibame rpidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagnicas, pero que luego me han servido por igual: la fantstica, que me ofrecan los libros de imaginacin, y la real, que aprenda en plena comedia humana. Esta ltima forma me pareca trivial y circunscrita, pero consideraba que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea, y que su campo de accin estrecho, embrionario, se ensanchara y agigantara en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud que me sugeran las novelas de aventuras. Pero aun no senta el deseo de vivir la vida, para m extraordinaria, de los grandes centros, y el mismo proyectado viaje de Vzquez no me caus la menor envidia; bastbame imaginarla y soar con ella, porque estaba entonces harto absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me deca por instinto, sin reminiscencia histrica alguna: Ms vale ser el primero aqu, que el segundo en Roma. Es que, en realidad, me diverta, satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que ms arriba dejo anotada. Para no ser demasiado explcito, agregar, tan slo, que me haba hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me divertan, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosmiles intrigas. Me hacan, s, soar, en ocasiones, con aventuras imposibles difciles, ms altas y envanecedoras que la resignada pasividad del estropajo su servil provocacin. Con las vulgares realizaciones de los libros humorsticos, luchaba en mi imaginacin el idealismo sensual de algunas novelas romnticas, y estas dos fases de la sensacin, conviviendo en mi cerebro, me hacan pensar ora en la mujer tal cual la conoca, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior de la gran dama, golosina exquisita y complicada. Estos sueos, no me caba duda, eran realizables y se realizaran despus, mucho despus, cuando hubiera conquistado brillante posicin, cuando hubiera hecho... Hecho, qu? Lo ignoraba, pero deba ser alguna hazaa notable, algo dentro del gnero guerrero poltico, una victoria decisiva sobre el enemigo--qu enemigo?--que me hiciera un nuevo Napolen; un triunfo colosal sobre mis adversarios--qu adversarios?--llave que me abriese de par en par las puertas del poder; la adquisicin de una fortuna inmensa--por qu herencia, lotera hallazgo?--que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba indecisa y como ciega, sin acertar trazarse un camino, una norma de conducta que la llevara las grandes realizaciones. Las circunstancias no eran propicias, y largo tiempo esper en vano una oportunidad que me iluminara, invitndome la accin. Sin embargo, la princesa su sucedneo, estaba muy cerca y en forma tangible: viva frente casa, en un bosque durmiente, aguardando que yo fuera despertarla... Era la hija nica de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo), personaje que comparta con mi padre, muy secundariamente, la direccin poltica del departamento. Se llamaba Teresa y, segn la ve ahora mi experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan vulgar como su nombre ( es que el nombre me parece vulgar porque lo llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para m la flor de la maravilla, porque tena el divino prestigio de la juventud, y porque en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto anlogo al de una princesa, as como yo poda parecer un prncipe sin corona. Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable, tena, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las redondas mejillas, que era un verdadero encanto invitaba besarla, morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, pareca bajita y esto le afeaba un tanto el cuerpo que, ms esbelto, hubiera resultado gracioso. En cambio, tena el don de atraer con su mirada bondadosa y suave, como lejana dormida, y con su palabra lenta y melosa causa de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz. Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos hubiera obtenido el primer premio, estilarse all los concursos de belleza. Siempre una ventana del viejo casern que, rodeado de rboles, daba frente casa en la calle de la Constitucin, Teresa, que fu mi compaera en la primera infancia, me segua infatigablemente con los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes en aquel inters, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando sent las iniciales aspiraciones amorosas y comenc soar en la mujer ideal, el instinto me llev fijar la vista en ella, como en la posible realizacin de mi deseo potico de conquistar el primer perfume de una flor de invernculo, por lo menos de jardn cultivado y custodiado. Aquel hortus conclusus lleg, en fin, detener mi atencin y despertar en m un sentimiento exteriormente parecido al amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginacin en consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta de que lo experimentaba... Era una noche, tarde ya, y mientras todos dorman en casa, yo lea con entusiasmo la _Mademoiselle de Maupin_, de Tefilo Gautier; como Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual me produjo extraordinario y repentino vrtigo. La sugestin surgi, imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se haba presentado mis ojos ni mi imaginacin, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo y fascinador. Tan poderoso fu este choque recibido por mi espritu, que--cual si se tratara de una cita convenida de antemano,--salt de la cama con arrebato infantil, me vest toda prisa, y sin pensar en la ridiculez y la inutilidad de mi accin, sal la calle y, envuelto en la sombra de la noche, sola nima viviente en el pueblo amodorrado, comenc tirar piedrecitas los vidrios de la que, improvisamente llamaba ya mi novia, con la esperanza de verla asomarse y de trabar con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasin... Como ni ella ni nadie se movi en la casa, al cabo de una hora de salvas intiles me volv desalentado, como quien acaba de sufrir un desengao terrible, crendome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre. Oh, imaginacin desenfrenada! Quin podr admitir que, sin otra causa que el propio demente arrebato, aquella noche pens en el suicidio, llor, mord las almohadas y represent para m solo toda una larga escena de violencias romnticas?... Hoy quiz me explique aquel estado de nimo. De m poda decirse, seguramente, que por la edad y el temperamento, amn de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente en que se comienza amar el amor; situacin difcil y peligrosa, poco que falten los derivativos. Pero, con toda mi desesperacin, despus de divagar, algo febril, acab por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla en vigilia cedi su lugar al sueo sin ensueos de la adolescencia que se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo fsico de largas horas. V Al da siguiente, bien temprano, cuando despert, como si el sueo hubiese sido slo un parntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto y con la cabeza despejada, reanudse la pesadilla y la imaginacin recobr sobre m su imperio tirnico. Menos nervioso, sin embargo, me vest con un esmero que no acostumbraba, y me dirig casa de Teresa, resuelto aclarar la situacin, absolver posiciones, y, si mano vena, enrostrarle su desvo y acusarla de traicin. Y, en pleno drama, me senta alegre. Ya he hablado de la vehemencia de mi carcter y de mi empuje para realizar mi voluntad; no extraar, pues, que en aquella poca estas peculiaridades llegaran la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta, por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontera no resultara para ella ridcula, sino dramtica, y por otra, que aquella maana primaveral haca un calor bochornoso y enervante, soplaba el viento norte, enloquecedor, el sol, pesar de la hora temprana, echaba chispas, y la tierra hmeda con las lluvias recientes, desprenda un vaho capitoso, creando una atmsfera de invernculo. Don Inginio acababa de salir caballo, y Teresa tomaba mate, pasendose lentamente en el primer patio, cuando yo llegu. Al atravesar nuestro jardn asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra abrasaba bajo el sol, sent como un zumbido en el cerebro, y toda mi tranquila frescura desapareci. No vi Teresa, no vi ms que una imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada en mi cuarto, corr hacia ella, la as de la cintura y exclam con arrebato, como si la nia estuviera ya al corriente de cuanto haba pasado yo imaginara. --Por qu sos as? Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lgica comprend, aunque no estuviese acostumbrado tales repulsas. No se trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogi, la espant, la indign. Con violento ademn, se libert de mi brazo, y en su movimiento medroso y brusco dej caer y rodar por las baldosas el mate que se rompi con sordo ruido, mientras la bombilla de plata saltaba repicando con notas argentinas. La reaccin se produjo bruscamente en m. Al acto impulsivo y brutal sigui una timidez extrema. Quise decir algo y slo acert iniciar la frase con un risible pero... pero... varias veces repetido. Trat, nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia anloga, leda en los libros, pero no evoqu sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente fuera de situacin, y, con el amor propio herido por la vergenza, all hubiese puesto fin las cosas, si la muchacha, magnfica instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado toda importancia la escena, dicindome con su ligero ceceo, mientras recoga la bombilla y los restos del mate: --Qu zuzto me haz dado! Eztaba diztrada. No agreg ms. Era innecesario y no le hubiera sido fcil. Pero aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque. Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto enemigo poda ver un secreto aliado, comenc por donde primero se me ocurri, es decir, por la ms tonta de las trivialidades. --Has visto--pregunt con acento indiferente,--la cantidad de macachines que hay en el campo? Como si aquello la interesara de veras, sonri, di un paso hacia m, inquiri, clavndome los ojos, negros y francos: --Hay muchoz? --Muchsimos! Quers que te traiga? --Con ezte zolazo? No, no! Te podra dar un ataque la cabeza. --Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada. --Ademz, no me guztan. Lo dijo con mucha coquetera, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqu otro obsequio. --Y los huevos de gallo? --Oh! Ezo z; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con los penachos de cortadera, y resultan mz bonitoz... --Pues ya vers! Ya vers el montn que te traigo!--exclam con resolucin, como si prometiera realizar una hazaa, tanto que, alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo sala ya toda prisa: --No vayas hacer ningn dizparate, Mauricio!--suplic. --Dej, dej no ms! Y sal corriendo, s. Por tres razones: porque la situacin, mucho menos tirante que en un principio, no dejaba, todava, de serme embarazosa; porque aquel pretexto, aunque trado de los cabellos, me serva maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente la escena, y porque acababa de ocurrrseme un acto romntico que, trasnochado y todo, era de los que siempre producirn gran efecto en el corazn femenino. Huevos de gallo, no haba, por el momento, sino en una barranca pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los muchachos, colgaban sobre lo que poda llamarse un abismo, apenas ms arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores de sitios inaccesibles para instalar su nido. Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada, sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras, tenan toda mi admiracin, no slo por su herosmo, sino tambin porque su voluntad les llevaba la realizacin de sus apasionados deseos. sos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin fijarse en el precio, ms grandes que quien tira su fortuna por un capricho, aunque ste sea muy grande tambin, pese al ridculo de que suelen rodearlo los que no comprenden su accin heroica. Yo me senta capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregar que aun me sentira con disposiciones anlogas, si el motivo determinante fuera de mayor cuanta. As como en la adolescencia fu capaz de exponerme por ofrecer huevos de gallo una chiquilla, as tambin, ahora que peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico no, loable vituperable, si de l depende el logro de un fin que me importe mucho. Qu fin no hace el caso. Bstame con afirmar mi capacidad de accin. Una hora despus de mi brusca partida, volva yo casa de Teresa con el pauelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se destacaban sobre el verde ms obscuro y sucio de las hojas. La nia recibi el regalo con regocijo y se empe en que le contara dnde y cmo haba hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco impreciso que era entonces mi nico medio de expresin, relat la aventura, el descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valindome de una cuerda atada un rbol al borde del abismo, los chillidos alborotados y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la cuerda en el vaco, mientras arrancaba la fruta y la meta en los bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la dificultad de la ascensin final, cuando hubiera sido tan fcil, si la cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corra diez metros de mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba preguntas, obligndome completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados evocados de mis lecturas, para dar ms realce la proeza. Los ojos le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos, sonrean con expresin admirativa, y, al propio tiempo, angustiada, y sus mejillas se coloraban y empalidecan alternativamente. Cuando termin: --Muchaz graciaz!--murmur.--Zos muy valiente! Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista para mirar las frutitas que sostena con ambas manos en el delantal. Pens que la situacin haba cambiado radicalmente; pero no me atrev utilizar sus ventajas, no encontr el medio de aprovecharlas. Limitme decir que aquello no tena importancia, que cualquiera hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto todo por complacerla... Me di, en premio, un ramito de jazmines del pas, que ella misma cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme: --Y no hagz como antez, no seaz tan chcaro. Ven vernos de cuando en cuando. --Ya lo creo que vendr! Y fu todos los das, veces maana y tarde, preferentemente cuando don Inginio no estaba en casa. Renaci as la intimidad de la niez, pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de m, aunque cndida y confiada, Teresa se mantena en una reserva que, en otra mujer, hubiera parecido calculada y hbil. Sin tomar demasiado mal mis avances, saba tenerme distancia y rechazar sin acrimonia toda libertad de accin, permitindome, en cambio, todas las que de palabra me tomaba. stas no eran muchas, decir verdad, porque los abstrusos almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me parecan incomprensibles para ella, inadecuados por aadidura, mientras que las frmulas odas en mi mundo rstico ignorante, las burdas alusiones, los equvocos rebuscados y brutales, la frase cruda, grosera, primitivamente sensual, asomaban, s, mis labios, pero no salan de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, ms bien, buen gusto innato comenzando desarrollarse. Jugbamos, en suma, como chiquillos, corriendo y saltando, nos contbamos cuentos y ensueos, y haba en ella una mezcla de toda la coquetera de la mujer y todo el candor de la nia, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis pasiones... VI Tal fu la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gmez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados el uno la otra, por la ley sociolgica que rige las grandes casas solariegas, en el sentir de los creyentes, todava numerosos, en estas aristocracias de nuevo de viejo cuo. Aquel astuto poltico de aldea, calculaba, sin duda, que si bien mi padre no posea una fortuna muy slida, el porvenir que se me presentaba no dejara de ser, gracias mi nombre, fcil y brillante, sobre todo si tatita y l se empeaban en crearme una posicin. Ni al uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podran hacer cuanto quisieran. Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeos y renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio pareca, fsicamente, un viejo len manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no afectaba su inters, servicial con sus amigos, carioso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elstica en poltica y administracin, como si el pas, la provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hbiles para servirse de los simples, socarrn y dicharachero en las conversaciones, estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperas. Rara vez se quedaba entre Teresa y yo; prefera dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, intervenir en el momento oportuno para la mejor realizacin de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, pareca no temer que yo abusara de la situacin, quiz por su absoluta confianza en Teresa, quiz, tambin, porque contaba con mi temor y mi respeto hacia l, considerndose excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio inters. Para demostrarme cul era ste, me deca, menudo, que mi padre y l haran de m todo un hombre, hacindome vislumbrar la fortuna y el xito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, intrigado con ellos. --Qu quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme todo un hombre?--pregunt un da Teresa.--Te ha dicho algo sobre eso? --Puede ser--contest con sonrisa indefinible, llena de reticencias.--Lo nico que puedo decirte--agreg, muy afirmativa,--es que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice. No tardara, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que haban de darme los primeros das desgraciados de mi vida. Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez ms tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiracin, dulce caricia mi amor propio y causa de obscura felicidad. Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intent renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de accin, en las antiguas correras picarescas con los pillastres del pueblo que, ya mayorcitos, haban ensanchado, como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando tambin los elementos de stas. Pero cada vez me senta menos interesado por mis camaradas. Ms precoz que casi todos ellos, atraanme los hombres hechos y derechos, cuyos placeres me parecan ms intensos y picantes, ms dignos de m, y por esto se me vea continuamente en los cafs, donde se jugaba los naipes, en el reidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunin, donde si no se me reciba con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdn. Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron un tiempo, de all poco. Tatita, inspirado por don Inginio, segn supe despus--y aqu comienza la realizacin de los misteriosos proyectos de ste,--declar un da que la enseanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y que haba resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, la que me destinaba, ambicionando verme un da doctor, quiz ministro, gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisin, lo hizo, agregando juiciosas consideraciones: --El saber no ocupa lugar. Pero no es eso slo. En la ciudad te relacionars muy bien, gracias mis amigos y correligionarios, y una relacin importante, una alta proteccin, valen ms en la vida que todos los mritos posibles. Tambin, sepas no sepas, el ttulo de doctor ha de servirte de mucho. Ese ttulo es, en nuestro pas, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera poltica, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto. Algunos han subido sin tenerlo, pero costa de grandes sacrificios, porque no ostentaban esa patente de sabidura que todo el mundo acata. Pero, en fin, aunque no llegaras ser doctor, siempre habras ganado, en la ciudad, buenas cuas para los momentos difciles y para el ascenso deseado, conociendo y conquistndote los que tienen la sartn por el mango y pueden hacerte cancha cuando ests en edad. La resolucin de mi padre me di un gran disgusto, pues prev que cualquiera cosa nueva sera peor que la vida de holganza y libertad que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protest, hasta llor, tiernamente secundado por mamita, que no quera separarse de m, y para quien mi ausencia equivala la muerte, siendo yo el nico lazo que la ligaba la tierra. Mi resistencia, airada afligida, segn el momento, fu tan intil como las splicas maternas: tatita no cedi esta vez, tan profundamente lo haba convencido don Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vzquez, fletado meses antes la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra. --Mire, misia Mara--dijo irnicamente mi padre mam, que insista en tenerme su lado.--Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido la pretina de sus polleras, no servir nunca para nada. Mi madre call y se limit seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin rplica la voluntad de su marido. Rog y consigui, tan slo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdicin de los jvenes, juzgndome, en su candor, tan blanco inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto, fu desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa. Con qu asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lgrimas, en su lenguaje indeterminado veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba echar mucho de menos y le parecera estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme ver hecho un personaje. --Adems--agreg,--la ciudad te va gustar mucho, te vas divertir, te vas olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. Esto sera lo peor!--suspir tristemente.--En cuanto le tomes el gusto ya no querrs volver! --No seas tonta! Lo nico que yo quisiera sera quedarme!... Lleg el da de la partida. Momentos antes de la hora corr despedirme de Teresa que me abraz por primera vez, espontneamente, llorando, desvanecida la entereza que se haba impuesto para infundirme nimo. Yo me conmov, sintiendo por primera vez tambin que quera de veras aquella muchacha que tena un vago temor de lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente la familia. En casa, mamita, hecha una mar de lgrimas, renov la escena, dramatizndola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en m una extraa sensacin. No haba que exagerar tanto; yo no me iba morir y puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperacin materna tuvo la virtud de devolverme la sangre fra. Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los Sunchos la ciudad y de la ciudad Los Sunchos, haban llegado en manifestacin de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente municipal, don Scrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temstocles Guerra, protector conmigo, servil con tatita, el comisario de polica, don Sandalio Surez, que, tirndome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de explicarme: En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aqu. All no hay tatita que valga, y los traviesos los atan muy corto. Entre otros muchos, no olvidar don Lucas que crey de su deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carcter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos: --Este joven ir lejos! Este joven ir muy lejos! Ser una gloria para su familia, para sus maestros--entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno,--para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningn puesto, por elevado que sea, resultar inaccesible para usted... En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realizacin, agreg: --Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos. --S! Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!--dijo burlonamente don Inginio. Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quera ser tomado en serio. Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, suba entretanto nuestro equipaje la imperial--la valija de tatita y dos tres maletas atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amn de una canasta con vituallas para almorzar en el camino.--Muchos apretones de manos. Mamita me abraz, llorando desgarradoramente. --Vamos! Arriba, que se hace tarde! Pap y yo ocupamos el ancho asiento del cup, hubo algunos gritos de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera ech andar con gran ruido de hierros, chasquidos de ltigo, silbidos de los postillones y ladridos de perros, seguida la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la acompaaron hasta el arrabal. Teresa se haba asomado la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle Constitucin, todava vi flotar en el aire su pauelito blanco... VII El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre todo la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos en algo, result la larga interminable y molesto, aun para nosotros que no bamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices pasajeros del interior. --Qu brutos hemos sido en no venirnos caballo!--deca mi padre. l utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y despus de los cuales afirmaba con naturalidad no exenta de satisfaccin: --Veinte leguas en un da no me hacen ni la cola, con un buen montado y otro de tiro. Pero tema que la jornada fuese demasiado penosa para m, y no era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues considerara menoscabada con ello su fama de eximio jinete, , ms bien, de buen gaucho. En cuanto m, doce leguas era el maximum que haba alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en mi petulancia juvenil. Nuestra nica diversin era mirar el campo, que pareca ensancharse inacabablemente delante de la galera, lanzada todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenan nunca haban tenido la forma de un arns, y tres de ellos, la izquierda, montados por otros tantos postillones harapientos, de chirip, bota de potro y vincha en la frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su arriador, que caa implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los pobres mancarrones. Contreras, desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blanda con la derecha el ltigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la haca gemir por todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios un tiempo. Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del pas--hoy ocano de trigo,--estaban levantadas ya, los rastrojos tendan aqu y all sus erizados felpudos, la hierba mora, reseca y terrosa, y el campo rido nos envolva en densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del vehculo. En el paisaje ondulado y montono, el camino se desarrollaba caprichosamente, ms obscuro sobre el fondo amarillento del campo, descendiendo los baados en lnea casi recta, como un tringulo issceles de base inapreciable, subiendo las lomas en curvas serpentinas que desaparecan de pronto para reaparecer ms lejos como una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas. Pocos rboles, unos, verdes y melenudos, como baistas que salieran de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como muertos de sed, salpicaban la campia, cortada veces por la faja caprichosa y fresca de la vegetacin, siguiendo el curso de un arroyo, pero sin inters, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en suma, para la mayora, y mucho ms para m, que, medio adormecido, pensaba confusamente en mis compaeros, en Teresa, un poco en mi madre, desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que llevara durante tantos aos en Los Sunchos. Se haba acabado la fiesta para siempre? Me aguardaban otras mejores? En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones ociosos, lentos y malhumorados, reunan los caballos, siempre dispersos, aunque la galera tuviese das y horas fijos de paso, los pasajeros todos bajbamos estirar las piernas entumecidas en la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina pulpera--pongamos mesn, para hablar castellano y francs al mismo tiempo,--se explicar la inevitable ausencia del refresco hpico, con la imperativa presencia del refresco alcohlico. Tatita pagaba la copa todo el mundo, y la caa con limonada, la ginebra el suis,[2] daban nuevas fuerzas nuestros compaeros de viaje para seguir desempeando resignadamente el papel de sardinas. Cmo lo adulaban, exteriorizando familiaridades que pareceran excluir toda adulacin! Y cmo me senta yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan servilmente acatado!... Llegamos, por fin, la ciudad, anquilosados por tan largas horas de traqueo. La galera rod por las calles toscamente empedradas, despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse las puertas las comadres que nos seguan con la vista, curiosas, inmviles y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos, cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusin de los instintos y las sensaciones. Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, clida y triste, la galera nos deposit frente la casa de don Claudio Zapata, la casa cristiana, donde no haba malos ejemplos, perdicin de los jvenes, reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban la puerta. Ambos hicieron grandes agasajos tatita, casi sin parar mientes en m, lo que me lastim mucho, pensando que estaban llamados constituir provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y el apasionamiento de mi madre se llegaba un trmino medio mucho ms caluroso. Y esta primera impresin tuvo una fuerza incalculable: de semihombre que era en Los Sunchos, me sent, de pronto, rebajado nio, regresin que iba seguir experimentando despus, y que se manifest de nuevo, en otras proporciones, cuando me estren de lleno en la vida bonaerense, aos ms tarde... La hembra de aquella pareja--era la hembra, aquel sargentn de fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera castaa--postiza, claro,--bozo negro en el labio, mano de gan, mirada imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? Era el macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos (caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?--La hembra, digo, al verme inmvil y cortado, dando vueltas al chambergo al borde de la acera, crey llegado el momento de representar su papel femenino, mostrndose algo afectuosa, y se dirigi m, dicindome las palabras ms agradables y maternales que se le podan ocurrir. Pero su voz tena inflexiones desapacibles, y pese sus melosos aspavientos, me produjo una sensacin de antipata, algo como una intuicin de que todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fu esta impresin que--vuelto ser nio, como ya dije,--los ojos se me llenaron de lgrimas que disimul y me sorb como pude porque nadie advirtiera una emocin de que nadie se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado mamita, si la hubiese supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto... Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron saludarlo, y poco poco llense de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como decoracin y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja--las de enea anea de los espaoles--dos sillones de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendan algunas groseras imgenes de vrgenes y santos, iluminadas con los colores primarios, como las de Epinal, las aleluyas, una consola de jacarand muy lustroso y muy negro, sosteniendo un nio Jess de cera envuelto en oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretenda disimular, y el techo de cilndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados tambin y medio descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra. Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas la cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul fuerza de ser negro, pendientes la espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos indecisos, como de semisalvajes, hacan circular entre las visitas el interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azcar rubia de Tucumn, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa--que no he descrito,--pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y ms desarrapadas tambin. Yo me aburra solemnemente, fuera del ancho crculo regular que formaban las visitas, sentado en un rincn obscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueo, porque despus de escuchar un rato la chismografa social y poltica que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando ratos cuatro y cinco la vez, mi atencin se haba relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que slo me permita oir palabras sueltas, que no me sugeran sino imgenes borrosas inconexas. Mi padre puso, por fin, trmino esta situacin, proponiendo un paseo para estirar las piernas, frase cuyo significado interpret al momento: iran hasta el caf el club jugar al billar el truco, y beber el vermouth de la tarde. Fu el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberacin. De los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron acompaar tatita. --No vuelvan tarde, que pronto va estar la cena!--recomend misia Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la ms dulce, sin embargo, de su corto repertorio. Salimos, pues, y en el trayecto comenc conocer la maravillosa ciudad de calles angostas y rectilneas formadas por caserones la antigua espaola, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados lo Miguel ngel, sobre cuyo dintel sola verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S., flanqueados, algo ms abajo, por series de ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. cada cien varas menos se vea la fachada, el costado el bside de alguna iglesia capilla, el largo paredn de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisceo de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solan entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas, anlogas la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vrgenes de yeso, y veces un retrato de familia groseramente pintado al leo. Todo aquello era primitivo, casi rstico, de un mal gusto pronunciado y de una inarmona chocante, pero debo confesar que esta impresin es muy posterior mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me caus un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca haba experimentado en Los Sunchos. Qu hacerle! Nadie nace sabiendo! Sin embargo, ms que todo aquello, me gust la plaza pblica, muy vasta y llena de rboles, con una gran calle circular de viejos parasos cuyas redondas copas verde obscuro se unan entre s formando una techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dndose el brazo, grupos de nias cruzados por otros de jvenes que las devoraban con los ojos las requebraban al pasar, mientras que los viejos--padres benvolos y madres ceudas,--sentados en los escaos de piedra de listones pintados de verde, mantenan con su presencia la disciplina y el decoro. Apenas mi padre entr en el Caf de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corr fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la msica de las retretas, se elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre despus de tan larga sujecin. All, entre nubes de humo, contempl admirado aquel, para m enorme, hormiguear de gente, y tras de los rboles, las casas y las pardas torres de las iglesias, all lejos, las colinas que circundan la ciudad dejndola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoder de m: encontrbame solo, abandonado,--como si aquel cinturn de colinas me separara del mundo,--en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imagin que as haba de ser siempre, siempre, porque no exista ni existira vnculo alguno entre aquella ciudad y yo. Ningn presentimiento proftico me entreabri el porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volv experimentar, ms aguda, la sensacin de hambre, pero aquella congoja del estmago, ms que fsica, pareca producida por el miedo, por una espectativa temerosa, como cuando, muy nio an, los cuentos de la costurera jorobada me sugeran la presencia virtual de algn espritu malfico la aproximacin de algn peligro desconocido. Me sent tan pequeo, tan dbil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo exceso de esta sensacin hizo que la sacudiese, levantndome de pronto y corriendo hacia el Caf de la Paz. Cuando entr, las luces de petrleo, el rumor de las conversaciones, el chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre y sus amigos me devolvieron la calma. Como todava recuerdo el aspecto del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me haba perturbado--ayudndola el cansancio y el trasplante,--la intensa melancola del crepsculo. VIII En casa de Zapata nos aguardaba haca rato la cena, gargantuesca como toda comida de gala en provincia. Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, adems de don Claudio, misia Gertrudis, mi padre y yo, sentronse varios convidados de importancia: don Nstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argello, abogado y senador provincial, don Mximo Colodro, intendente de la ciudad, y el doctor Vivaldo Orlandi, mdico italiano, situacionista, que acumulaba los cargos de director del hospital, mdico de polica y de la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qu otra cosa, con gran ira y escndalo de sus colegas argentinos. El que absorbi toda mi atencin en los primeros momentos fu, con justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco sesenta aos, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeos y vivsimos, cutis aceitunado y rugoso, nariz aguilea algo rojiza en el extremo, gran cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba lo Napolen III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, deca pocas palabras, con rudo acento piamonts, en tono siempre sentencioso y dogmtico. Despus me aseguraron que era un cirujano habilsimo, el mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar, como mdico, la misma capital de la repblica. Esto no me admir tanto como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la circunstancia, haba puesto cuidadosamente sobre una de las consolas de jacarand. Tambin me ocup don Nstor, anciano bajo y grueso, blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueo siempre, amable conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales relucan hmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de los tiempos de antes, y al referirse su juventud pareca buscar el testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva. Varias veces se insinu en la mesa que haba sido muy diablo, cosa que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replic: --Y no lo tienten al diablo... Porque todava, todava... Y acurdense que ms sabe por viejo que por diablo... No es as, misia Gertrudis? --Qu quiere que yo sepa, don Nstor?--contest evasivamente el sargentn, con un tono de enfado que hizo sonreir todos menos el marido. Cuando mi padre habl, por fin, de m, al servirse los postres--arroz con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo y tabletas y confites de Crdoba--yo me estremec en el extremo de la mesa que me haban relegado con la orden tradicional de no meter mi cuchara, vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que aprendiese para estatua. Me estremec porque tatita dijo: --Aqu tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene estudiar para doctor y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los amigos. Es muy pollo todava, pero tiene enjundia suficiente para no quedarse aplastado lo mejor. Va entrar al Colegio Nacional, y usted, don Nstor, bien puede darle una manito. --Con mucho gusto--contest el interpelado.--Hasta le pondremos cuarta si es preciso--agreg mirndome con sonrisa entre burlona y afectuosa.--Ests bien preparado para el examen de ingreso? --Cmo dice?--balbuce, no entendiendo la pregunta y con toda mi indgena descortesa, como si fuera el ms chcaro de mis jvenes convecinos. --Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos. Comprendiendo medias, contest, no sin cierto orgullo: --Era monitor. --Ah!--exclam don Nstor, divertidsimo.--Conque, monitor? est bueno! est bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero... Tatita corri en mi auxilio diciendo socarronamente: --La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de campaa... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve ni para rejuntar lea... Vaya, don Nstor, no se haga el malo y no me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...! Y usted, doctor--dirigindose Orlandi,--d un arrempujoncito, pues hombre! Esto fu dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron reir; todos menos, naturalmente, doa Gertrudis, que no consegua llegar mostrarse amable ni aun para adular tatita. --Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenci el doctor, examinndome con sus ojillos escrutadores.--Y los cvenes creollos aprenden muy fchile. --Eso es verdad--asinti don Nstor.--Nuestra muchachada es viva como la luz. En cuanto ste, ya se despertar en el Colegio. Si para admitir los que vienen del campo exigiramos que se presentaran al examen de ingreso como unos Picos de la Mirndola, el Colegio quedara monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, veces, una mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesin, confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de nuestros profesores. S, amiguito; el Colegio Nacional no es la escuela primaria de Los Sunchos. Aqu se hacen hombres! Ya apareci aquello: Se hacen hombres! Este idiotismo haba de perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere decir. --Presntese el nio sin cuidado--continu don Nstor, volviendo su hmeda sonrisa que haba abandonado un instante.--Ahora lo tratarn como si lo presentaran en bandeja. Pero, despus, cuidado con los exmenes de fin de curso! Entonces... entonces habr que saber, amiguito; hay que hamacarse! Todo aquello de exmenes, colegio, profesores, plan de estudios, me parecan veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias mi profunda ignorancia; pero, inmediatamente despus me intimidaban, como algo cabalstico y misterioso, como un rito terrible y arcano que slo el poder de mi padre haca accesible para m,--tan accesible que todas las primeras dificultades se desvanecan ante su conjuro.--Por qu no habra de seguir siempre siendo as?... Y, ahito de comidas pesadas, mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente rendido por la fatiga del viaje, comenc dar cabezazos sobre la mesa, pescar como deca tatita, soando ya, semidespierto, con las pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si se impusieran un ser que, ajeno m, fuese al propio tiempo yo mismo. --Se le van los bueyes, amigo!--grit mi padre al verme dar con la frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Vyase hacer nono. Msia Gertrudis, dnde es el cuarto del chacho? --Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantndose y haciendo terminar para m aquella comida que debi asumir colosales proporciones, pues mucho ms tarde parecime oir, entre sueos, gran vocero inextinguibles carcajadas. Algo montonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi papel de cola de tatita, quien segua todas partes, esquivndome en todas para fumar corretear, pasaron los das que me separaban del misterioso y vagamente temido examen de ingreso. Entr en la vasta aula, abovedada y solemne, pese su poca elevacin y merced su aspecto alargado de catacumba, y me mezcl con otros chicos, ms azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, all, en el extremo de la sala, destacndose con su tapete verde, su campanilla de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual se sentaban, en el medio don Nstor con su sonrisa, la derecha el doctor Orlandi con el bigote y la perilla ms negros que el betn, y la izquierda un hombrecillo plido y enjuto como un haz de sarmientos, quien, segn despus supe, era el doctor Prilidiano Mndez, profesor de latn, idlatra de esta lengua que, muerta y todo, era para l el Paladin del saber y la civilizacin humanos: quien ignorara el latn estaba dispensado de tener sentido comn, y quien lo supiera poda, su juicio, ignorar todo lo dems y ser, sin embargo, una deslumbrante lumbrera. No entend nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para m un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia desconocida. Pero una desazn me oprima el pecho, perdido ya completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me lleg la vez, pesar de mi conviccin de invulnerabilidad, tiritando me acerqu la silla que, en medio de un espacio vaco y frente al tapete verde, me pareca el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte... Qu me preguntaron primero? Qu contest? Imposible reconstituirlo! Slo recuerdo que don Prilidiano se inclin al odo de don Nstor, y murmur, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por el temor: --Pero si no sabe una palabra! --Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gmez Herrera--dijo don Nstor. --Ah! entonces... El doctor Orlandi cort el aparte, preguntndome: --Cule il gondinende ms grande del mondo? Un relmpago de inspiracin me ilumin hacindome recordar lo que haba odo de la grandeza de nuestro pas, y contest, resuelta, categricamente: --La Repblica Argentina! Los tres se echaron reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta, don Nstor, estirando de oreja oreja la gruesa boca hmeda, don Prilidiano con un je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos tablas. Me desconcert y una ola de sangre me subi la cara. Don Nstor acudi en mi auxilio, diciendo entrecortadamente: --No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... No aprenden geografa en la escuela de Los Sunchos?... Est bueno!... Hice ademn de levantarme, considerando terminado el martirio con la muerte moral; pero el latinista me detuvo, hacindome esta pregunta fulminante: --Cul es la funcin del verbo? Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla, clav en l los ojos espantados y balbuc: --Yo... yo no la he visto nunca! La ira de don Prilidiano qued sofocada por las carcajadas homricas de los otros dos, entre cuyos estallidos o que don Nstor repeta: --Est bien, sintese! Est bien, sintese! Completamente cortado volv sentarme en el banquillo, dicindome que aquella tortura no acabara sino con mi muerte, material esta vez; pero el rector acert contenerse y me dijo ms claro, con burlona bondad: --No, no. Vaya su asiento. Vaya su asiento. Los odos me zumbaban, pero, al pasar junto los bancos, parecime oir: Es un burro, y pens en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos, pero no tuve fuerzas. Ca desplomado en mi asiento. Cmo se haban redo de m profesores y alumnos! de m, de quien, en mi pueblo, no se haba atrevido nadie reirse, de m, de Mauricio Gmez Herrera!... IX Como era lgico--aunque ahora quiz no lo parezca,--entr cursar el primer ao del Colegio Nacional, y con este favor empez el primer calvario de mi vida, quizs el nico hasta hoy. En cuanto supo que haba pasado, tatita se volvi Los Sunchos, dejndome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ay! muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la anttesis de la tolerancia cariosa servil que estaba acostumbrado. En un principio, trat de rebelarme contra esta tirana sobre todo contra la de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carcter inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia dulzona. --Es por tu bien!--me deca, despus de arrancarme las ms inocentes diversiones.--Qu dira tu padre, si te dejramos hacer lo que quisieras, y perder el tiempo tu antojo? --Tatita--replicaba yo airado,--no me ha tenido nunca encerrado como un preso, y no me persegua como usted. --Es por tu bien, te repito! Y, adems, seguimos las instrucciones del mismo don Fernando. Acurdate de que, cuando don Nstor le dijo que, si no estudiaba mucho, te quedaras en primer ao, tu padre me recomend: temelo soga corta, misia Gertrudis. Tngamelo en un puo! Ni ms ni menos! Y... basta de discusin! Se marchaba y yo me quedaba temblando de clera y de impotencia. Qu se haba hecho de mi indomable voluntad? Ay! desterrado, en el aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los slidos puntos de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban para adular mi padre, sentame deprimido, incapaz de iniciativa y de rebelin, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios slo arribaron hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los Zapata lo eran: no me dejaban ni sol ni sombra, no me permitan salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los das al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la rabona. Los domingos y fiestas tena que ir con ellos misa, al sermn, la doctrina, y, en los intervalos, me hacan acompaarles recorrer las calles como un bobo, cuando no hacer visitas que me daban un tedio mortal y acababan con mi resto de energa. La vigilancia de misia Gertrudis no se adormeca un momento. Me haba dado un cuarto contiguo al suyo, para tenerme siempre la vista al alcance de la mano y de la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas lo ms estrictamente necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas; registraba todas las noches mi habitacin y mis bolsillos para confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara hurtadillas; media noche se levantaba para hacer una ronda por la casa, ver si las criadas dorman y si todo estaba en orden, celosa, hasta la mana, de una moral que, segn las malas lenguas, no haba sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. Era de las que daban vuelta los santos cara la pared--contbanme sus contemporneos, aos ms tarde,--y don Nstor Orozco no fu ni el primero ni el ltimo de sus amigo, y aadan nombres y detalles que no hacen al caso, rindose unos de don Claudio, denigrndolo otros por su tolerancia segn ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monstica austeridad de los ltimos aos, ya fros, sin sol ni flores. Dios la haya perdonado en mrito de lo que hizo gozar y luego sufrir los dems, si no en gracia de los interminables rosarios que nos haca rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la sala semi obscuras! Con todo, mi ingenio me permita burlar de cuando en cuando su espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial como misia Gertrudis y don Claudio, poda haber juzgado benficos y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, haba hecho un muchachn disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca, como un perro perseguido. Ocultamente tambin escrib varias veces mi madre, quejndome de la horrible sujecin y pidiendo que le pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada poda contra la voluntad de mi padre, que ste estaba resuelto hacerme hombre, y mandndome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco, porque tatita se lo haba prohibido por consejo y exigencia de los Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que siempre le preguntaba con mucho inters por m... Estas cartas, lejos de consolarme un tanto, hacan mayor mi desaliento y mi depresin, privndome de mis ltimas esperanzas. Acababa de quitarme toda energa mi situacin en el Colegio, donde los condiscpulos me demostraban la mayor antipata, un poco por mi culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de mi admisin, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque veces recordaran, burlndose, el famoso Yo no la he visto nunca. Y es que, en un principio, falto de experiencia iniciando una poltica inhbil y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde era monitor. Esta pretensin, mezclada quizs un poco de envidia por mi buena figura, y de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencaden la enemistad de los muchachos, y el monitor-pajuerano, como me decan, fu la vctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera, tras l, la sombra omnipotente y amenazadora del pap. Esta enemistad, que se traduca en agresiones colectivas, manteos, ronga-catonga bailadas en torno mo, no sin puetazos, puntapis, escupidas y otras amenidades escolares, de que nunca me quej los superiores por caballeresco puntillo, cedi un tanto, casi por completo, despus de varios combates con los ms guapos, en los que, por fortuna, result casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no ces nunca, porque, envalentonado con mi triunfo, me mostr altivo en demasa, y porque mi forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en los claustros sombros en el gran patio del Colegio, no me permita cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vzquez, alumno de segundo ao ya. Cmo hacerme de camaradas ntimos, si don Claudio ahuyentaba en la calle mis condiscpulos, que de otro modo quizs se hubieran unido m? El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los cuentos inspidos del Compendio de Historia Sagrada, prefera quedarme horas enteras mirando al aire, evocando las risueas imgenes de Los Sunchos, rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el ms burro de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo ms mnimo, ni por mis condiscpulos ni por los profesores, olfateando instintivamente en estos ltimos, quizs, una insuficiencia si no mayor, ms perniciosa an. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se limitaban tomar las lecciones con el texto en la mano, docti cum libro, y contestaban rara vez las preguntas que se les haca para aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una poca en que las ctedras eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenan profesin ni aptitudes para ganarse el pan. Mi vida, pues, no era vida. Morame de hasto en casa de Zapata, que apenas reciba dos tres personas, adems del cura Ferreira y de fray Pedro Arosa, franciscano, y que no di fiesta alguna despus de la comida en honor de tatita; sufra y rabiaba en el Colegio, donde lo que aprend fu de oirlo repetir los dems; cada da me era ms difcil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues, como repeta misia Gertrudis: --Aqu tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdicin de los muchachos, sobre todo en una ciudad como sta--considerando que la dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un Pars. Qu hacer, entonces? Volverme Los Sunchos! Esta idea lleg convertirse en obsesin. Pero, cmo realizarla, sin medios, sin recursos? En ltimo extremo, cansado de quejarme intilmente mi madre, haba escrito tatita, pintndole mis padecimientos con los ms negros colores, y pidindole que me llamara su lado, , por lo menos, me hiciera tratar de un modo ms humano; pero l, convencido de que yo exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engaado por las cartas de don Claudio, me contest dicindome que aguantara, porque en la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejeras haba pasado l cuando muchacho para hacerse hombre. Todava no me doy cuenta de lo que se proponan doa Gertrudis y su marido tratndome as, y, lo ms que puedo llegar, es decirme que daban libre curso su carcter con los que estaban bajo su dependencia--las chinas y yo,--y que era ms sabroso para ellos dominarme, engaando tatita, so color de rigidez de principios. No cej, sin embargo, y volv al asalto por la parte ms dbil, escribiendo una y otra carta mam, con tantas jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografa, que la buena seora se resolvi, por fin, desobedecer de lleno, y quiz, por primera vez, su marido, envindome algunos pesos bolivianos que yo le peda con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar libros y otras cosas necesarias. Una vez dueo de este capital madur mi proyecto de fuga, no tan fcil como primera vista podra creerse: me cost das enteros de meditacin, pero el plan result de una pieza. La galera para Los Sunchos sala los lunes, mircoles y viernes muy temprano, de una posada cntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y despus de atravesar la ciudad, se detena en una pulpera de las afueras--la Esquina del Poste Blanco,--especie de sub-agencia para encomiendas y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real adelante. All haba que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la galera, haba de verme, necesariamente. Los hbitos recin adquiridos de disimulo me sirvieron en la circunstancia como si slo para ella me los hubieran inculcado; despus tuve ocasin de utilizarlos muchas veces con xito, probando que los frutos de la buena educacin no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tena que despertarme tres y cuatro veces cada maana, comenc madrugar por iniciativa propia, y dar cortos paseos, con el libro en la mano, como quien estudia, primero en la huerta, despus en la acera de la calle, casi siempre la vista de la vigilante centinela, pero cuidando de desaparecer veces un momento, para que fueran adormecindose sus sospechas. Cuid tambin de hablar mucho por aquellos das, de un paraje pintoresco, una legua poco ms de la ciudad, al otro extremo del Poste Blanco, que habamos visitado en una excursin con los Zapata, y donde el ro, que ms cerca era apenas un hilo de agua tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofreca entonces, gracias una especie de dique natural, un buen baadero y un excelente sitio para pescar bagres y dientudos. El Mojarral con sus sauces, sus peces y su baadero no se me caa de la boca, y cualquiera hubiese jurado que yo no pensaba en otro paraso. --As me gusta! Ests muy estudioso!--deca misia Gertrudis, no sin sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi de madrugada.--Si segus as, un da de estos te vamos llevar al Mojarral. --S! Pero que sea pronto... Tengo tantsimas ganas! En fin, un martes por la noche deposit una maletita con parte de mi ropa en el fondo de la huerta, que daba una calle excusada, y en un rincn de donde podra sacarla fcilmente sin ser visto. Me acost, en seguida, pero no me fu posible dormir: la fiebre me devoraba, considerbame libre ya, y renaca en m el muchacho inventivo y resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginacin cmo vengarme de misia Gertrudis. No encontr, por el momento, castigo alguno digno de su perversidad, y dej que la ocasin me ofreciera la venganza, jurndome, sin embargo, no abandonar jams este santo propsito. Como, apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soando que me haban descubierto, resolv levantarme, de noche an. Deb hacer ruido, porque misia Gertrudis grit de pronto: --Quin anda ah? Volv meterme en cama, medio vestido, y o que la vieja se levantaba su vez precipitadamente, encenda luz, se asomaba mi cuarto y luego sala al patio hacer una ronda extraordinaria. --Esta es la ma!--me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande amiga, la oportunidad. Y precipitndome al dormitorio de misia Gertrudis--don Claudio tena cuarto aparte,--tom de sobre la cmoda, donde las pona siempre, sus magnficas trenzas castaas, que slo se ataba la cabeza una vez terminadas las faenas matinales. Qu iba hacer con ellas? No lo saba ni me importaba por el momento. Amaneci poco despus, sin que misia Gertrudis volviera de su inspeccin, y yo sal, como de costumbre, con el libro en la mano. La vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corr la huerta, tir en el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que los cuchis se encargaran de devorar destrozar, por lo menos, como un plato exquisito, saqu la maleta de su escondite, y, por las calles solitarias an, envueltas en hmeda neblina, me fu al boliche del Poste Blanco, esperar la galera de Los Sunchos que ya estara por llegar. En efecto, la aguardaba haca dos minutos, cuando se detuvo en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados. El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron tomar su segunda maanita, de caa pura, caa con limonada ginebra, sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y recoger encomiendas, correspondencia y pasajeros, si los haba. Y haba uno: yo. Contreras, que como miembro conspicuo de la poblacin flotante de Los Sunchos, me conoca como sus manos, y respetaba tatita, quien, segn ya dije, serva de correo especial y de informante celoso, me hizo la mejor acogida, no se meti en indiscretas averiguaciones propsito de mi presencia all, y me dispens el sealado honor de invitarme que lo acompaara en el pescante, mientras pona l mismo mi valija en la imperial. Cuando hice mencin de pagar el pasaje, rechaz el dinero. --Ya me pagar don Fernando. Si yo hubiese sabido! Cuntas semanas antes hubiera desertado de la zapatil mazmorra! Charlando durante el viaje, y animado por alguna libacin en las postas, con la falta de reserva que caracteriza la petulancia infantil, y que no haba corregido del todo, todava, pese la inquisitorial fiscalizacin de misia Gertrudis, cont por lo largo Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando ya no poda aguantar ms. Sobresaltse el buen paisano en un principio, pensando en sus responsabilidades, y ya iba arrepentirme de mi desmedida confianza, cuando reaccion, echse reir carcajadas, y, haciendo restallar su largo ltigo, exclam: --Hijo tigre, overo has de ser! ste no desmiente la casta! Se ri mucho ms de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se la mereca la perra vieja aquella, y despus, como hombre ducho, me aconsej que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre, porque las madres son siempre las mejores tapaderas para los hijos, y porque hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando. Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, corta distancia de casa, guard la maleta para envirmela ms tarde, y me estrech campechanamente la mano con la suya, como papel de lija, dicindome: --Y ahora, compadre, bajes y vaya corriendo su mam, que es la nica que tendr lstima de sus penurias... Dgale que aqu, como en cualquiera otra parte puede hacerse hombre. Hacerse hombre!... Rod la galera, siguiendo su camino, y yo me qued inmvil, alelado, entre alegre y temeroso. All, muy lejos, quedaban la ciudad, el Colegio, doa Gertrudis, don Claudio, el latn, el infierno, como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en mi pueblo, en mi teatro, y aunque receloso de lo que iba ocurrir, me senta con ms valor, con ms fuerzas, dueo de m mismo, en fin! X Mi madre me recibi con transportes de alegra, extraordinarios en ella, y despus de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se ech llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lgrimas con exclamaciones entrecortadas y frases de cario. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida ms pasin que yo, olvidada como estaba por los hombres y las cosas, y que slo se desahogaba en una religin muy alta y muy pura, aunque bastante velada por la supersticin, mejor dicho, por una especie de iconolatra quietista. Slo despus de largo rato me interrog sobre los motivos de mi regreso--que adivinaba perfectamente,--y se condoli de mis padecimientos hasta las lgrimas. Tambin es verdad que yo los describ con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover otra que mi madre, siempre que fuese crdula y blanda de corazn. --Has hecho bien! Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! Pobre mi hijo!--exclamaba.--Yo hablar con tu padre y lo convencer de que tienes razn. Y en un rapto de santo egosmo, revel el fondo de su pensamiento: --Me hacas tanta falta! Cuando, la hora de comer, tatita volvi de sus quehaceres diversiones acostumbrados, mam, que me haba hecho quedar en mi cuarto, le habl largo rato solas. De tiempo en tiempo, llegaban hasta m la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpi una china dicindome desde la puerta: --Nio! Don Fernando que vaya al comedor! Mi temerosa incertidumbre desapareci como por encanto: iba verme frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Adems, auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque: si tatita no estuviera pronto ceder y quisiera castigarme, se precipitara furioso mi cuarto, no me llamara al comedor. Sin embargo, me recibi con una piedra en cada mano, colrico en apariencia, llenndome de improperios y amenazndome con darme de lazazos hasta que me corriera la sangre. Me afirm en mi opinin de que era una tormenta de verano y que ya comenzaba aclarar, pero no dej de sobresaltarme un poco cuando me dijo: --Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, veras lo que te pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento con que te vayas inmediatamente casa de Zapata, le pidas perdn y no vuelvas hacer de las tuyas. Maana sale la galera!... Yo me encabrit, y con el pecho oprimido, casi punto de romper llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente: --Pero, tatita!... Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos! Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... No, tatita! puede matarme, pero yo no ir... Prefiero que me mate! --Que no irs?--estall mi padre indignado, esta vez de veras, porque no toleraba la abierta oposicin.--Eso ser lo que tase un sastre! Habrse visto! Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! Irs la ciudad y les pedirs perdn, canejo! --Fernando, por Dios!--clam mi madre. --No tengas miedo. No le voy hacer nada. Pero, en cuanto lo otro, no hay tu ta! Ir la ciudad, y ms pronto que ligero! --No ir, no ir. Me tirar de la galera si es preciso, pero no ir! Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pens, tan slo, y me lo jur m mismo. decirlo, mi padre me da sin ms trmite una zurra de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad. Hubo un largo silencio. --Bueno! Ahora, comer!--orden tatita, por fin, calmado ya. La comida comenz lgubremente. Todos callbamos, y las mismas chinitas que servan la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la lmpara de petrleo me pareca lanzar una luz trgica sobre el mantel. Por ltimo, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga--an me parece verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de morena pelcula, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todava,--mi padre me pregunt con tono natural: --Y cmo ha sido eso? Repet el relato, primero tmidamente, despus con cierta entereza, al final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia Gertrudis, descubrindolos con repentina clarividencia, inventndolos veces. Y, por ltimo, indignado de veras, exclam: --Se vengan en m de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo el mundo. Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gmez Herrera!... Quin dijo que la lisonja es la mercanca ms barata y ms productiva? Sea quien sea, dijo una gran verdad. Tatita se sinti herido en su amor propio encontr aquella coyuntura favorable para hacer una diversin y encaminarse sus verdaderos propsitos. El caso es que vi pasar un relmpago por sus ojos, y juzgu que haba tomado el buen rumbo. --No respetan nadie!--agregu.--Para ellos todo es cuestin de suerte y de favoritismo, y los ms ricos y los que pueden ms, no son ms que unos busca vidas. --Hum, hum!--hizo tatita, receloso.--Han hablado de m? --Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada. Pero, como hablan pestes de todos los amigos... --Est bien! Est bien! sas son suposiciones y nada ms!--interrumpi, mal engestado. --No te parece, Fernando--dijo mamita despus de una pausa,--que este muchacho debera irse acostar? Con el viaje de hoy, y las aflicciones, si tiene que salir maana temprano, se nos va enfermar... --Es posible. Mam insisti?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante ya tena fiebre. Y si caa en cama en la ciudad, cmo me cuidaran? No sera mejor dejarme descansar unos das, muy pocos, hasta la vuelta de la galera, por ejemplo? --Bueno--contest, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.--Ir en el otro viaje, pero eso, sin remisin! --No ir nunca!--pens. --Voy escribir don Claudio dndole una satisfaccin y pidiendo disculpas misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone. --No me ha de perdonar!--murmur. --Por qu? Al fin y al cabo, no has hecho ms que una muchachada. No pude menos que sonreirme. -- has hecho algo ms, que no sabemos todava? Conociendo el carcter de tatita, no vacil en contarle la travesura de las trenzas, pero trat de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos, la pretensin ridcula de su coquetera senil, tan contraria la beatera, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando agregu que los cerdos se haban precipitado, en el chiquero, devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato delicado, y pint la cara que pondra misia Gertrudis buscando su cabellera, tatita rompi reir carcajadas, echndose hacia atrs en su silln, como si estuviera asistiendo la escena ms cmica de su vida. Estaba derrotado... Poco rato despus, me fu, en apariencia, dormir, pero en realidad me qued atisbando para ver si tatita escriba los Zapata, con esa incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: esto suceder y no otra cosa. No escribi, naturalmente, porque no era hombre de pedir disculpas nadie, por nada de este mundo; en cambio, adivin que comentaba risueo mis aventuras de la ciudad, primero con mamita, despus con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fu casa en procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqu al comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, ms bien, favorable para m. Don Higinio estaba pronto creer que los Zapata haban ido demasiado lejos, tanto ms cuanto que los muchachos criollos son amigos de la libertad y no hijos del rigor, y m se me haba transplantado violentamente de la independencia casi total una especie de encarcelamiento. --Pero, as y todo--termin,--es preciso que se haga hombre, no es cierto, misia Mara?... Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos se fueron al club, consider que cualquier cosa era mejor que meterme como un tonto en cama, y sin pedir permiso nadie, me escabull en busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me haba hecho pensar en Teresa, pero esta evocacin qued muy en segundo trmino, siendo lo dominante la tentadora farra con los amigotes. Sin embargo, al salir muy recatadamente, para evitar las posibles intiles objeciones de mamita, o un siseo que parta de su ventana, all, en la casa de enfrente. Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba la reja, segura de que ira conversar con ella temerosa de que no la recordara--caben ambas interpretaciones en el determinismo femenil. Al sentirla all, sbitamente despertados mis instintos novelescos, vuelto la vida de antes, corr la ventana saludar en ella toda la poesa ertico-sentimental que encarnaba para m. mis transportes, al propio tiempo ingenuos y perversos, respondi la nia con una emocin intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba ms con los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor, me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuan, pronto ser Otelo Marco-Antonio, Don Juan Marsilla. La dije--y en aquel momento yo mismo lo crea,--que haba vuelto Los Sunchos, despreciando los esplendores de la ciudad, slo porque no poda vivir lejos de ella. Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendi como una flor los labios frescos y rojos, para darme el primer beso. XI Como mi fiebre de accin no me permita quedarme all, platnicamente, observ Teresa que podran sorprendernos y que no quera enojar ms tatita, para quien estaba en cama desde haca mucho. Minutos despus entraba en el Caf de la Esperanza, buscando mis amigos, y la casualidad quiso que pap estuviera all, jugando la treinta y una ciega. Hizo como que no me vea, y sigui su partida tranquilamente. Este sntoma me pareci mucho ms favorable y decisivo que todos los anteriores. Adis los Zapata! Sal con mi pandilla, buscando un sitio ms libre para reanudar nuestras diversiones. Los camaradas me haban recibido con grandes muestras de alegra y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el trinquete de la Zorrita, la ms memorable de las fiestas, continuada en el mismo diapasn hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa, que me pareca un sueo encantado despus de mis prisiones en la ciudad. Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuid completamente la parte seria de las cosas, y mal seguro todava de mi elocuencia que poda fallar por causas exteriores y transitorias, escrib mi padre una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban las indirectas lecciones zapatiles. Decale que, dado mi carcter, tan anlogo al suyo--cosa de que me enorgulleca,--la correccin de mi conducta dependa precisamente de la mayor menor amplitud de mi libertad, pues nunca hara yo lo de otros que, desconociendo su valor, abusan de ella hasta perderla. m, como l, sin duda, la sujecin me enloqueca. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del malvolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos an pensamientos), haba sido hasta entonces ms que suficiente para hacerme cumplir con mi deber, y no vala la pena--antes bien era un error,--cambiarla por un despotismo de extraos que me impulsaba necesariamente la rebelin... Todo esto salvo su mejor parecer... Ni la sintaxis era clara ni la analoga exacta, pero el fondo result as. Adems, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan para los padres una revelacin y un encanto, si no estn corrodos por el cncer de la crtica. Y notable efecto produjo la ma en tatita. Inmediatamente escribi los Zapata, dicindoles que por razones de salud yo no volvera la ciudad, que me perdonaran si acaso les haba faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero antes me haba arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para presentarme fin de ao como libre en los exmenes. --Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya, podrs pasar fcilmente. Si pasas, el ao que viene te mandar la ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderen, como un hombre. Pero para eso hay que prometerme que te portars bien. --S, tatita! como un hombre!--jur, pensando para mis adentros que los hombres suelen no portarse bien. Llegada la poca de los exmenes fu alojarme en la casa de huspedes de la viuda de Calleja, donde vivan varios estudiantes del campo y de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes, sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota un nombre de familia veces venerable, por mercantilismo por necesidad-- falta de otro medio de subsistencia,--y que abundan en provincia. No la describir, pero no olvidar nunca, tampoco, aquellos manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las chinitas, los huspedes y los visitantes nos burlbamos como porfa de las reglas ms elementales del buen vivir. Qu casa de Tcame-Roque ni qu Auberge du Libre change! Para divertirse, all, en la respetable pensin de la distinguida viuda del seor Calleja, sobrina de un obispo y ta de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos, me quedo en aquella Capua srdida si se quiere, pero, en cambio, tan libre, precisamente lo que ms haba envidiado desde casa de Zapata... Viva la libertad! y pasemos otra cosa. qu decir que me dejaron suspenso en varias materias--creo que cuatro de seis--y que en otras pas por suerte por benevolencia de la mesa examinadora? Para qu contar que el latinista don Prilidiano Mndez, despus de otras preguntas, me invit con alevosa y ensaamiento que declinara el quis vel qui, del que yo slo saba la aleluya de todos los burros se quedan aqu? Todo aquello no me importaba un ardite. Intuitivamente comprenda que ni en colegios ni en facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente franco... En fin, no lo dir, pero es el caso que en nuestro pas, los hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han sido autodidactas, self made men, mientras que los rutinarios, los mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un pasaporte de complacencia... Para desquitarme de los malos ratos que me haba procurado el examen, ocurriseme darle uno misia Gertrudis, antes de volver la aldea. No tena que quebrarme mucho la cabeza para inventar una buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastara para darle un soponcio, y con algunos requiebros como Bicho feo! Vieja mamarracho! otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiara quince das por lo menos. Pas por su casa sin verla, dos, tres veces, la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado aspecto de sargentn que llevase la mochila sobre el pecho, y con una nueva cabellera castaa ms abundante y ms juvenil que nunca. --Bicho feo!--silb. Volvi los ojos hacia m con tal expresin al reconocerme, que el Vieja mamarracho! no pudo salir de mi boca. Tuve miedo, como hay Dios! Tuve miedo y ech correr! Es la primera y ltima vez que he sentido el pnico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre... Volv Los Sunchos con la santa intencin de no poner de nuevo los pies en la ciudad, y ni siquiera fing prepararme para los misericordiosos exmenes de marzo. No quera, no poda renunciar otra vez, ni por un momento, mi individualidad, tan sealada en el pueblo y tan desvanecida insignificante en aquel escenario. Ms vale cabeza de ratn que cola de len, como deca tatita. Mam se encarg de arreglar las cosas medida de mis deseos, para tenerme definitivamente su lado. Yo quera trabajar, empezar ganarme la vida. Era lo ms fcil procurarme una ocupacin, tarea empleo que me preparara prcticamente la lucha por la existencia, ya que la teora no era de mi agrado ni me entraba en la cabeza, como afirmaba yo. Habl varias veces con tatita al respecto, y como me val de Teresa para conquistar don Higinio que, decididamente, ejerca gran influencia sobre mi destino, pap accedi sin muchas dificultades y dicindose quizs que, como me dedicara la poltica que no exige sino fuerza en los dedos y resolvencia, cualquier camino era bueno, con tal que me permitiera meterme en danza lo ms pronto posible. Y el intendente municipal, don Scrates Casajuana, la primera insinuacin me concedi un empleto rentado que ira preparndome ms altas funciones. Pocos das despus, principios de ao, tom posesin de mi empleo, y aqu comenz mi vida de aprendiz de hombre... Como todava era muy muchacho y poco inclinado la observacin, las oficinas de la Municipalidad, cerebro y corazn del pueblo, sin embargo, me fastidiaban profundamente. la media hora de estar en mi puesto, sentado una mesa llena de papeles intiles, me mora de hasto y escapaba divertirme en otra parte. Sin embargo, la larga, conoc el personal superior y subalterno: don Scrates, el intendente, paisano astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar caballo desde nio de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temstocles Guerra, no s si menos tosco ms presuntuoso, gran comerciante tambin; el tesorero, don Ubaldo Mir, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin embargo, llevar una vida casi suntuosa, gracias su habilidad para el escamoteo y la bondad benvola con que adelantaba los sueldos los empleados y peones, mediante un mdico inters; los secretarios, uno de la intendencia--Joaqun Valdez--otro del Concejo--Rodolfo Martirena--que andaban siempre caza de propinas, y que las provocaban deteniendo los expedientes todo el tiempo que podan y prolongando indefinidamente la tramitacin de cualquier asunto que no interesara los partidarios ms caracterizados de la situacin. Yo estaba adscripto la Oficina de Guas, como escribiente; pero mi jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Scrates, no me observaba nunca por mis ausencias, antes bien pareca invitarme continuar aquella nueva especie de rabona. Despus, comprend el por qu de su conducta: no quera testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se haba quejado amargamente su hermano de mi nombramiento intempestivo. Y es que cobraba de ms los ganaderos que enviaban animales, cueros lanas otros departamentos, se robaba las estampillas que deban quedar obliteradas en el libro de guas, y hasta daba certificados falsos los encubridores de los cuatreros, ganndose as buena parte de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la misma provincia, tenan fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo, y es mxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando supe esto, ms por indiscreciones malvolas de gente envidiosa que por observacin personal, no dej de utilizar el secreto, modestamente, para mis gastos menudos, sin intencin de hacer fortuna, como los otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento. En cuanto escapaba de la oficina, divertame corriendo el pueblo y los alrededores, pie unas veces, pero, generalmente, caballo, con algunos camaradas mayores, pero tan znganos como yo, y persiguiendo las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una especie de odio, primera manifestacin, todava desviada, de mi futura inclinacin irresistible al bello sexo. Ya iniciado en las aventuras domsticas, era an incapaz de cortejar en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo el mayoral, paisanito de diez y siete diez y ocho aos, diablo y atrevido como l slo, con quien me haba ligado estrechamente, me aleccion, hacindome adoptar para mis amores un trmino medio rstico y brutal, cuya frmula es sta: Hay que pastoriarlas. Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi animales: un momento de vrtigo, una violencia y se acab. veces, continuaban algn tiempo, haba hecho una conquista; pero, en la mayora de los casos, se me hua despus como un enemigo. Teresa qued relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi todos los das, al pasar. Las otras ingenuas diversiones con los camaradas--excepcin hecha de Marto,--comenzaron parecerme, poco despus, insulsas, parangonadas con la compaa de los empleados de la Municipalidad, mucho ms entretenidos porque, siendo ms hombres, se pasaban el da en peso conversando de carreras, de rias, de partidos de pelota, diciendo compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoros ms menos escabrosos, despus de lo cual, como intervalo, salan tomar el vermouth (merm) horas de almuerzo, y como final, al caer la tarde, hablando entonces magistralmente de poltica, y combinando el programa nocturno. Comenc frecuentarlos, ms interesado cada da. Jugbamos al billar, hasta que entraba la noche; comamos en casa en el restaurant, la disparada, y despus nos reunamos, ora aqu, ora all, en la timba del Manco, en el establecimiento de Ilka, la polaca, donde sola haber descomunales bochinches, y en el que nadie entraba sin que un agente de polica lo registrase para quitarle las armas, en algn otro sitio del mismo gnero. Me sorprendi encontrar, alrededor de un tapete criollo bajo un emparrado polaco, no slo los camaradas, los dems contemporneos, sino tambin toda la flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Scrates la cabeza. Y dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro pis, con Scrates y todo!... En fin, la madrugada nos bamos acostar, y yo gozaba de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento, reconcentrndose, reconstituyndose en el sueo, para despertar, poco despus, ms fresco, ms ardiente, ms vigoroso. Siempre he tenido un flaco por los grandes espectculos de la Naturaleza, y creo que si la poltica no me hubiese absorbido por completo, hoy sera el descriptor ms notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino. Pero no es posible repicar y andar en la procesin. XII Pocos aos ms tarde, una diversin de otro orden, que me atraa muchsimo, fu el punto de arranque de una de las manifestaciones ms significativas de mi vida. Sola yo visitar de noche la redaccin de La poca, peridico semi oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven aventurero espaol, que responda al sonoro nombre de Miguel de la Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese los que le pagaban, y tipo comn de todos los pueblos y ciudades de la Repblica. La imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada pocos pasos de la plaza pblica, en una calle adyacente. En el primer cuartujo estaba instalada la Redaccin, con una mesa larga de pino blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros de caja de la Administracin, varias sillas de enea, una silla de baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes blanqueadas, llenas de telaraas y manchas de tinta y de mugre, cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras de papel, despegadas por las goteras... Aquello ola humedad, aceite, petrleo. En la segunda habitacin, obscura y mal ventilada, veanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios; en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del pen. All reinaba de la Espada, y all nos reunamos algunas noches varios jvenes situacionistas, comentar la vida domstica, social y poltica de Los Sunchos. Eran de oir las habladuras, chismes, crticas, difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas charlas, anlisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los detalles faltantes eran substitudos con ventaja por otros, fruto de la imaginacin de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada el mentidero, no aventajaba en nada la redaccin de La poca. All me inici en todos los misterios de la aldea, conoc la historia de todas las familias, supe las faltas de stos, los errores de aqullos, los delitos de los otros, aquilat la virtud exigida de las mujeres y comenc ver otro aspecto del mundo, quizs algo exagerado, quizs un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado la realidad. De la Espada era hombre de unos treinta aos, menudito y mvil, de ojos pequeos, llorosos y casi sin pestaas, cetrino, con un bigotito de cerdas, horrible, en fin, pero tan simptico merced su gracia madrilea, su picaresco pesimismo... Sola resumir las conversaciones por medio de sentencias que constituan todo un curso de enseanza, la sntesis de lo nuevo para m, en aquel entonces, aunque flaquearan bastante en cuanto originalidad. Haba sido en pocos meses, cuanto se poda ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director de peridico en Los Sunchos, y deca (vaya un ejemplo): --Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte acercrseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas. bien: --Todos los hombres se venden; la cuestin es dar con el precio. bien: --Para llamar honrado un hombre es preciso ponerlo en la mayor necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasin de que robe. Si no roba es honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe. Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engaado su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pas alguien su juicio mejor que el marido. Ante su vista tambin ante su imaginacin... Estas doctrinas me seducan, aunque hiciera de vez en cuando algunas reservas, porque, entre otras cosas, no poda admitir que mi madre hubiera faltado, ni aun soando, sus deberes. Pero esta excepcin no alcanzaba, generalmente, la madre de los dems, y pecaba por exceso de limitacin. La sabidura de de la Espada, se infiltraba, pues, en m, y no haba de tardar en ensayarla en la prctica de la vida. Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta influencia en mi vida: iba menudo tomar mate con el viejo comisario don Sandalio Surez, en la misma comisara, interesndome en la organizacin de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido todava, ni el genial Poe y el montono Gaboriau hubiesen llegado Los Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento. --Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te hablo, con todos mis aos de polica, no he agarrado ninguno, sino en fragante, por casualidad, porque, de sonso, se me entreg l mismo. Me contaba sus recuerdos, casi todos poltico-electorales, y varias veces me invit acompaarle en sus pesquisas, en las que yo colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de una mujer, cuyo autor busqu por el buen mtodo, averiguando quin podra aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches despus, un borracho se jact en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospechara de l. Detenido interrogado, supimos que haba asesinado la mujer por gusto, sin razn ni objeto, slo porque se le ocurri, estando muy ebrio, al verla asomada la puerta de su casa... Este fracaso no me desalent, y hasta me propuse perseguir y descubrir los cuatreros que infestaban el departamento. --Djate de cuatreros!--exclam don Sandalio, cuando le habl de mi intencin.--Si te mets en eso te va salir la torta un pan! El chasco que te daras si los descubrieses y supieses que eran don, y don, y otros que tampoco te quiero nombrar! Pero dejemos la polica para seguir el hilo de mi historia. Celebrbanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos espaoles y adoptadas con entusiasmo por la poblacin criolla: las Romeras. En un gran terreno cercano al pueblo alzbanse tinglados, tiendas de lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisndose una aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en el pueblo, y muchos de ocasin, ofreciendo baratijas, gneros y ropas ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buuelos, cerveza, tortas fritas, vino carln, chorizos asados... En la gran carpa de la Sociedad Espaola se instalaba un bazar de caridad, atendido por las nias ms conocidas del pueblo, y en el que se vendan, se remataban se rifaban mil clavos generosamente regalados por los comerciantes fuertes. La gente menuda tena, como diversin, palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substitudos por la banda de msica de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la carpa de la Sociedad, punto de reunin de la gente distinguida. Una atmsfera sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en las romeras, y embriagaba todos, comenzando por la masa popular, para invadir poco poco las capas superiores. Ms capitosas que el carnaval, porque reunan todo el mundo en un solo sitio, el contagio sexual era en ellas ms rpido y avasallador; pero en la ingenuidad de las costumbres, esto no lo advertan sino el cura, que predicaba contra los excesos y peda moderacin, y alguno que otro viejo, cuyas observaciones se tomaban generalmente como una demostracin de envidia de los que ya no pueden divertirse. Aquel ao fu el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa propia, un poco porque ella hall manera de cautivarme con sus monadas, acercndoseme cada rato, en un principio, con el pretexto de ofrecerme cedulillas de la rifa, artculos del bazar de Caridad. Bailamos toda la noche, cuantas veces se organiz el baile para la gente decente, en un tablado hecho propsito junto la carpa de la Sociedad; le di el brazo, acompandola cuando ejerca sus funciones de vendedora travs de la multitud acudida del pueblo y de las aldeas y estancias vecinas, y no desperdici la ocasin de decirla mil ternezas que la conmovan y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo. --Pero eres un malo, un perverso!--me deca.--No te puedo creer! Si me quisieras de veras no te pasaras los meses enteros sin ir verme! Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprs_ Rabelais? As lo cre, pues le declar que si no iba verla era porque me daba rabia hablar con ella, habiendo gente delante, con una reja de por medio. --Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar gusto, yo ira verte todas las noches. --Pero eso est muy mal hecho!--exclam. Por qu? Qu haba de malo? No tena confianza en m? No estbamos acostumbrados andar juntos y solos, desde chicos? insist: --No me digas que s ni que no. Esta noche ir la huerta. Si quieres, me esperas; si no ests, lo sentir mucho y me volver casa... Lo dije con un acento de tristeza y termin con un tono de vaga amenaza, tales que, vencida, me estrech el brazo y me mir los ojos con la vista turbia. Ira la huerta, sin duda alguna. Don Higinio, como es natural, haba notado mis asiduidades y la actitud de Teresa, pero no les di importancia, , ms bien dicho, se felicit, sin duda, de nuestro acuerdo, que deba conducirnos la ejecucin de sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados. --Ah, pcaro!--me dijo, golpendome el hombro.--Ya te he visto de temporada... Como ha de ser! Los muchachos se apuran ocupar nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos un lado... Me re, sin contestar, pensando en cun distintos de los suyos eran mis planes, y dicindome: Si ste piensa en casarme, ya est fresco. Cualquier da renuncio yo mi libertad por una cosa que puedo obtener sin semejante sacrificio! Sin embargo, me promet, tanto si Teresa acuda la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de all en adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores, para no dar asidero don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no tardaran en ser exigencias. Teresa me aguard cuando, al volver de las romeras, todos se hubieron acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que haba en el fondo de la huerta. Un momento cre que estaba completamente mi discrecin, pero la primera libertad que quise tomarme se levant sin aspavientos, y separndose un paso de m, me dijo con serenidad y blandura: --No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy aqu. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos criaturas. Sonsa! Ms que sonsa! Haba tanta tranquila resolucin en su acento, que me qued cortado, sin acertar decir palabra. La entrevista perdi para m todo su encanto. Quin la haca tan cauta? Cmo, en su inocencia y en su afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No lo s, aunque me parece efecto de la educacin, no de las lecciones paternas, sino de las charlas ntimas con las amigas que van revelndose mutuamente la vida y sus peligros. Pens que el cuarto de hora no haba sonado haba pasado ya, pero, repuesto de la primera impresin, logr decirla algunas nuevas ternezas, prometindola ser ms serio en adelante, no importunarla en otra cita que ped para la siguiente noche. --S, vendr. Pero tienes que jurarme que estars quietito. Le estrech la mano, y me fu, rabiando conmigo mismo. Deba haber sido ms audaz, deba... Y me puse forjar para lo futuro planes de seduccin anlogos los ledos en las novelas, recordando al propio tiempo el aforismo de de la Espada: Para conquistar una mujer desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. su tiempo maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el exigente se queda afeitado y sin visita. Pero me pareca que nuestros amores duraban ya tanto, tanto... --Ser que no me quiere? tiene la decidida voluntad de que me case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? Diablo de muchacha!... Bah! consultar de la Espada, lo har mi confidente... Por qu no?... l s que tiene experiencia... y no dir nada nadie... XIII Al da siguiente, revel de la Espada todos mis secretos, sin omitir ni aun el fracaso de mi ltima tentativa. Se ech reir. --No seas tonto!--dijo.--No te aflijas ni te desalientes. La muchacha est punto, y slo te falta la ocasin. No vayas asustarla! Por el contrario, insprale la mayor confianza posible, y espera. La casualidad te proporcionar, indudablemente, algn momento de gran emocin para ella. se es el bueno, y habr que aprovecharlo... Pero ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y en cuanto llegue descubrir tus intenciones, su realizacin, si no te mata es muy capaz de casarte la fuerza. Tanto ms cuanto que es ntimo amigo de tu padre. --Bah!--repliqu.--Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. Cuntos del pueblo, segn t mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para evitar que el escndalo fuese ms grande!... La oportunidad de que hablaba el galleguito, como le decamos, no tard, efectivamente, en circunstancias trgicas para m... Haba conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos, exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la ms deliciosa intimidad. Hablbamos de casarnos... hacamos proyectos... Ella quera que vivisemos en casa de su padre, yo finga exigir que habitsemos en la nuestra, y slo se arribaba un acuerdo, cuando nos proponamos hacer una sola de las dos familias, cosa fcil, dada la amistad que las vinculaba. --Lo malo es que as, nunca estaremos solos!--objetaba yo.--Siempre tendremos uno de los viejos pisndonos los talones. --Y eso, qu le hace?--replicaba Teresa.--Si no nos quisiramos sera otra cosa, pero nos queremos tanto!... Pero, vamos al caso. Una tarde, y como sola desde que yo iba hacindome hombre, tatita me invit montar caballo y acompaarlo hasta una chacra, dos ms leguas del pueblo, donde tena un negocio pendiente que era preciso arreglar sin prdida de tiempo. Su invitacin era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto ms jovial compaero de viaje, y jams me he aburrido su lado. No tardara mucho en hacerse noche, porque haban dado ya las siete, pero el asunto urga y ambos estbamos acostumbrados recorrer el campo cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de medioda, ni las luces malas de la media noche. Llegamos la chacra cuando acababa el da, con una puesta de sol admirable que envolva la pampa entera en un manto de prpura. Tatita arregl en un cuarto de hora veinte minutos lo que tena que arreglar, apretamos nuevamente la cincha los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de noche. Slo una lnea plida, al Oeste, sealaba el sitio por donde se haba marchado el sol. El crepsculo, engaoso, nos finga paisajes desconocidos, contagindonos con su propia vacilacin. Sin dejar de ver, no discernamos la naturaleza de las cosas vistas, y slo una larga prctica nos permita seguir sin desviarnos la cinta descolorida del camino. --Vamos llegar muy tarde!--exclam de pronto tatita.--Cortemos campo. --Cortemos!--contest, poniendo la cabeza del caballo en direccin Los Sunchos, sin abandonar el galope. El camino daba un gran rodeo para evitar un baado intransitable en la poca de las lluvias; aquella larga curva poda acortarse en una tercera parte tomando la lnea recta, la cuerda, como si dijramos, pero el trayecto no era muy cmodo, porque el campo, cubierto de grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tena, adems, vastos limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la plida mancha de estos rompecabezas basta para advertir del peligro un jinete experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta un caballo vaqueano, uno de nuestros criollos de tan agudo instinto campero. Me adelant, pues, al galope largo, findome de mi cabalgadura que evitaba matorrales y viscacheras atento todos los detalles, moviendo sin descanso las orejas, y habra galopado un cuarto de hora, cuando me pareci oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuch. No o nada ms, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras deban resonar, sin embargo, en la tierra del baado, dura entonces por la sequa como un pavimento de asfalto. Qu significaba aquello? Alarmado volv grupas y corr hacia atrs rienda suelta. Nada vea, nada oa. Mi caballo di de repente una terrible espantada junto una viscachera, y ech disparar pesando violentamente sobre el freno. duras penas logr contenerlo, y, acaricindolo le obligu volver al paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... Qu espectculo! Primero entrev, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco ms lejos estaba tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tir del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba el crneo, bandolo en sangre. No respiraba; el corazn pareca no latir... Volv la vista todos lados. El camino estaba lejos, y por el baado no pasaba nadie, sobre todo aquellas horas. Qu hacer? Dejar tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tena mi alcance para tratar de hacerlo volver en s? No haba otro partido que tomar. Lo recost lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi poncho, observ de nuevo si respiraba, si se mova, y, convencido de lo contrario, con el corazn en la boca, mont y emprend la ms desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se vean la distancia. Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, trat, sin embargo, de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que poda significarle la prdida de una crecida suma de dinero, tatita se haba distrado, confiando en el instinto del viejo caballo, que conoca perfectamente el campo en muchas leguas la redonda. Pero el zaino habra tenido tambin su momento de distraccin, bastante para meter las manos en una cueva de viscacha, bolearse y proyectar su jinete varios metros de distancia. El pobre tatita debi dar con la cabeza en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... Estara muerto? No! Semejante fin no era el de un hombre como l. Una simple rodada no acaba con los gauchos de su temple. No! Cuando mucho, sufrira un largo desmayo y la herida sera fcil de curar... La primera juventud se rebela contra la idea de la muerte. Volv con gente que, por fortuna, encontr en las afueras del pueblo, mientras un hombre corra avisar al mdico y buscar un coche. Yo esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto emprender la marcha; pero segua inerte, tibio an, y no fu posible hacerle tragar una gota de la ginebra llevada prevencin. El doctor Merino, que lleg diez minutos despus, slo pudo comprobar el fallecimiento. No omitir aqu un episodio que, pese las circunstancias trgicas, me ocup un instante, producindome honda impresin. Fidel Gomensoro, uno de los paisanos que me haban acompaado, oyendo que el zaino de tatita resollaba y se quejaba casi como una persona, se acerc examinarlo. --Tiene las dos patas quebradas--dijo.--Hay que despenarlo. Y, sacando el facn de la cintura, con ademn resuelto, de un solo tajo lo degoll, consumando as, sin pensarlo, un sacrificio usual en la tumba de los antiguos seores de la pampa... El cadver del pobre tatita fu tendido cuidadosamente en el carruaje, y yo lo segu al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurra, como si yo tambin hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar al pueblo, nuestro pequeo grupo haba aumentado considerablemente, y al pasar por las calles principales, dirigindonos casa, formbamos ya un imponente cortejo: la noticia haba cundido y todo el mundo acuda, los amigos, los indiferentes y los enemigos, atrados por la pena, la curiosidad la disimulada satisfaccin. Entretanto, algunas mujeres rodeaban ya mamita, preparndola para la horrible sorpresa. Al oirnos llegar, se precipit hacia el carruaje, presintiendo que slo encontrara un cadver. La escena fu desgarradora, y entonces comprend cunto amaba mi pobre madre aquel hombre que haba vivido con ella treinta aos de indiferencia y de abandono. El velorio y los funerales hicieron poca en Los Sunchos. Mamita, incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto su esposo, di carta blanca amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante treinta y seis horas largas, alternndose el chocolate con los vinos y licores, los churrasquitos con el mate dulce amargo, el puchero con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas. Una nube de chinas de las casas amigas haba ido ayudar convirtiendo la nuestra en pandemonium, y la sala, el comedor, las habitaciones de respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban de poltica, contaban cuentos, jugaban las prendas, iniciaban continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que slo falt el baile, se prolong hasta la hora de conducir los restos su ltima morada. Yo estaba aturdido. Tatita haba sido tan bondadoso, tan camarada, que lo quera de veras, y su ausencia repentina irrevocable, producame, al propio tiempo que dolor, una rara sensacin de espanto, como si me encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador. Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera, como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara por una confusa y angustiosa pesadilla... Hubo discursos junto la tumba de don Fernando Gmez Herrera, cuyo atad acompa el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de vboras. Don Scrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que era un prohombre quien la patria y su partido deban sacrificios innumerables. Don Temstocles Guerra declar que perdamos en l un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podra ser reemplazado jams. El doctor Argello, senador de la provincia, que, con el diputado Quintiliano Paz, haba ido expresamente Los Sunchos, para honrar la memoria de tatita, habl en nombre del poder ejecutivo y de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido cuando, en plena madurez, mayores servicios poda prestar la patria. Yo oa todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido, y no podra reconstituirlas ahora, si despus no las hubiera escuchado cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas, siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo de la personalidad quien se honraba, siempre sin proporcin ni medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, la hubiesen sido tambin en la existencia. la puerta del cementerio, acompaado por el cura, don Genaro Cecchi, por algunos presuntos parientes de pap de mam, y por don Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estrech una tras otra todas aquellas manos indiferentes, y escuch de aquellas bocas sin emocin las rituales palabras de psame. Esta larga, esta interminable ceremonia fu para m una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que la antevspera haba recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volv casa, en un estado de estupor, slo comprensible si me digo que la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes catstrofes, anestesindolo en cierto modo, hasta que empieza acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompaaban. En casa, y con otras seoras y nias, Teresa trataba de consolar mamita que, encerrada en su cuarto, obscuras, llorando y rezando, no quera ver nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno. Me tuvo abrazado largo rato, cubrindome de besos y bandome en sus lgrimas. la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que qued para acompaar mi madre y manejar la casa, por indicacin de don Higinio. Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda afliccin, me habl ms tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante en que nos abrazamos, perdida la cabeza. Y este fu el momento de gran emocin de que hablara de la Espada. XIV La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos polticos de Los Sunchos, que haba compartido con l. Era el caudillo nico indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los secretos del gobierno de la comuna, tena todas las autoridades como si dijramos rendidas discrecin. Convencido de que tarde temprano me casara con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos haba dejado ms deudas que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que yo no sabra manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos dieran satisfaccin. --Yo conseguir que se queden con la chacra y que puedan pagar los acreedores por medio de una amortizacin, arrendando las tres cuartas partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el puchero, la ropa y los gastos menudos, no ser difcil que el gobierno de la provincia pase una pensin la viuda, y yo mismo ir la ciudad trabajar hasta conseguirla. Es lstima que Fernando haya muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, no importa! Con todo, la chacra valdr mucho la vuelta de pocos aos y podrs venderla muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mam, entretanto, necesita muy poca cosa, vos pods manejarte con el sueldito de la Municipalidad, que ya te han aumentado dos tres veces, y lo principal es ir viviendo sin que los usureros les claven las uas. Se interrumpi, vacil un poco, como si le costara lo que iba decir, y agreg: --Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mam, nada ms! Fernando tena mucha confianza en m, y con razn, porque siempre fu muy su amigo... Temiendo que algn da pudieran obligarlo vender la chacra en malas condiciones, me pidi que se la hipotecara con pacto de retroventa. Naturalmente, esto era engaa-pichanga. Hicimos en la escribana el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina, porque entre nosotros no haba necesidad de semejante garanta. Esa carta debe estar entre los papeles del finado. Tremela y te dar otra para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos tu nombre y al de tu mam, con las formalidades de la testamentara, y as nadie podr nunca meter el diente en lo nico que les queda. Se interrumpi, para aadir despus, con una risita entre maliciosa y avergonzada: --Todo esto no ser muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las uas que tiene, y m me parece que tu tata tena mucha razn de no querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar sus acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos cobres. Vos, por tu parte, como irs pagando, no tens nada que echarte en cara... Dimos don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente nuestros asuntos. Arrend parte de la chacra en buenas condiciones, obtuvo la pensin del gobierno de la provincia y otra del nacional para la viuda hijo de un guerrero del Paraguay, arregl con los acreedores exigindoles una importante quita y hacindolos contentarse con una pequea amortizacin anual--del lobo un pelo, deca l,--de manera que, en vez de empeorar, nuestra situacin mejor, porque ya no estaba all tatita, manirroto quien ningn dinero daba abasto, y porque yo no me haba acostumbrado todava tirar la plata, gracias las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecan, y gracias, tambin, que Teresa tena an la facultad de absorberme. En casa reinaba, pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegra si mamita, como la enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y spero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, ms silenciosa y solitaria que nunca. --Pocos aos de vida le quedan misia Mara--murmuraba la gente al verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de antes, que, taciturna y resignada, tena, sin embargo, manifestaciones simpticas y amables para todos. --Por qu te afliges tanto, mamita?--me atrev decirla una vez.--Al fin y al cabo, tatita no te haca tan feliz... Me mir espantada, como si acabara de blasfemar, y exclam: --Mauricio! Era tu padre! La religin de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro sentimiento, sobre todo raciocinio. As fu pasando lenta y montonamente el tiempo, hasta que don Inginio quiso un da complementar con un golpe maestro la magnfica ayuda que nos haba prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto de hacerme hombre. Ocurri que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro departamento, figuraban dos tres que no eran, ni con mucho, de la devocin de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo, Cirilo Gmez, ex vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave indiscrecin sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra pblica, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que haban contagiado con su odio don Sandalio Surez, el comisario de polica. Los tres, salindose de madre, protestaron violentamente contra los proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre hechas de la ciudad, y ellos las hacan votar ojos cerrados, obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votaran jams aqulla, si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la candidatura ingrata de Cirilo Gmez; y, llegando en su indignacin la amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justsima exigencia, haran abstenerse sus amigos, dando el triunfo la oposicin que se envalentonara enormemente con ese primer xito que le caera de arriba... Esto agit hasta la convulsin al pacfico pueblo de Los Sunchos, desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias, don Higinio asumi su papel de caudillo, predic la moderacin, el mantenimiento de la disciplina todo trance, y se encarg de arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran satisfechos--todos menos el candidato que hoy llamaramos boycoteado.--Ira la ciudad, se pondra de acuerdo con los jefes del partido oficial, hasta vera al Gobernador si era preciso! Le dieron plenos poderes, y, preparndose para el viaje y la campaa poltica, aquella misma noche me llam: --Muchacho!--me dijo.--Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando ms que una bolada y lo que es sta no me la quita nadie. Aunque todava no tengs la edad, te vamos hacer diputado. As, como suena, diputado. Me qued estupefacto. En mis sueos ms ambiciosos no me haba atrevido esperar semejante ganga, sino para muchos aos despus, y eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad--pues aunque el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me haba dado funcin alguna, por la sencilla razn de que no la ejercera,--de simple empleadillo de la Municipalidad diputado la Legislatura de la provincia era tan grande el salto!... --De veras, don Higinio? No me est titeando?--logr preguntar por fin.--Con qu ttulos?... --Sos hijo de tu padre y un poco hijo mo, si me salgo con la ma... que me he de salir. No! si no soy ciego y no tens para qu hacer aspavientos. Claro, que si Teresa fuera macho, no te caera la ganga...! Pero viene ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando llegue el momento... La muchacha y vos son muy jvenes todava... Bueno, pues, adems del nombre de tu tata y de mi proteccin, tens tus trabajos: has escrito en La poca. En efecto, con el contagio de la redaccin, haba garabateado uno que otro sueltecito, una que otra diatriba ms menos calumniosa epigramtica contra nuestros adversarios. --De la Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que un poco de platita, y se la daremos. Ser el primero en cacarear que sos el alma del diario, y el mejor elemento del partido. En fin, sta es cosa ma, y pods estar seguro de que no me la quita nadie. Yo tena fiebre. No saba lo que me pasaba, no poda estarme quieto, ni hablar; hubiera bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me reservaba una sorpresa ms importante todava, si se mira bien. --Sers diputado--continu,--y tendrs una fortunita. Vengo pensando en eso desde hace mucho, y creo que, por fin, he dado en el clavo. Apenas te sents en tu banca de la Legislatura, yo har que la Municipalidad mande abrir las calles Santo Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad, Funes y Cadillal, que estn cortadas por tu chacra. Naturalmente habr que pagarte el valor del terreno que te quiten, es decir, unas veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te quedarn, entonces, nada menos, veintisis manzanas de pueblo, en el mismo rin, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, pods vender dos tres de las ms afuera para hacer veredas y tapias con esa platita. Lo que quede, la larga ser toda una fortuna, aunque ahora valga poco. Si el pas sigue adelantando, de repente vas ser ms rico que Anchorena. Y no te digo ms. Lo abrac, bailando. --Oh, don Higinio, cmo le podr pagar!... Me apart, sonriente y meneando su cabeza de len manso, se puso armar con cachaza un cigarrillo negro. Despus, agreg con calma un poquito conmovida: --Yo no te pido nada. S lo que vals y te tengo confianza... Adems, tambin lo hago por Teresa, que te quiere mucho y ser una compaera de mi flor... Eso te lo garanto, porque los Rivas somos todos como platita labrada, muy derecho viejo, ms leales que un perro... Y, ahora, muchacho, ten mucha paciencia y estte muy calladito la boca, no sea cosa que nos conozcan el juego. Y me mand que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud. XV Teresa me cont aquella noche que la casa era una romera desde que don Higinio se haba encargado de arreglar aquel asunto. Sabindolo con una diputacin en la mano, chicos y grandes iban pedrsela, y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas, de manifestaciones entusiastas. El viejo no solt prenda. Todos se marchaban creyendo en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra decisiva; enumeraba los mritos de cada uno, en su presencia, alababa los servicios prestados la causa, deca con aire protector veremos lo que piensan en la ciudad, y daba sendos apretones de mano. Los pechos de todos los ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un solo hombre en vsperas de un gran acontecimiento feliz, y algunos me hicieron confidente de sus esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo, suponiendo que tena cierta influencia con don Higinio. Este perodo de satisfaccin, de beatitud, pas pronto, sin embargo, dando lugar otro de irritabilidad inquina. Despertronse de pronto los recelos, y Los Sunchos se convirti en un semillero de intrigas. Medio pueblo habl pestes del otro medio, porque cada cual quera despejar de competidores el campo de la accin. Slo yo resultaba indemne en aquella lucha dentellada limpia, porque nadie me crea con la menor probabilidad de llevarme la presa. La poca, inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por muy legtimas que fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que la ardiente competencia iniciada pona en peligro la disciplina del partido, dando un psimo ejemplo de discordia, y que se impona todos los pretendientes en general, como una prueba de generosos sentimientos y altas ideas, deponer sus pretensiones en el sagrado altar de la patria. Agregaba que el nuevo candidato sera designado por los jefes del partido, es decir, en la capital de la provincia, porque, dada la disconformidad de las opiniones, algunas egostas, fuerza es decirlo, las circunstancias imponan una decisin completamente imparcial, que slo all podra obtenerse. Y as, nadie tendra, luego, motivo de queja. En el nmero siguiente el editorial de de la Espada apareci doctrinario, sin alusiones persona alguna, segn creyeron los lectores. Era indudable que, en la perplejidad de la designacin, el diario oficial se daba un comps de espera. Sin embargo, el diario deca, nada menos, que haba llegado el instante histrico de dar paso las nuevas generaciones, de llevar al gobierno del pas los hombres nuevos que haban demostrado amplitud de espritu, respeto las instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando los altos puestos pblicos, desde la presidencia abajo, estn refrescados por sangre juvenil, ser como si la nacin entera recobrase una nueva y vigorosa juventud. En pocas de revueltas y trastornos, la experiencia de los ancianos es el mejor instrumento de Gobierno; en pocas de paz y de prosperidad, el entusiasmo de los jvenes es lo que conduce mayor felicidad y ms riqueza. Nadie supuso que aquel articulejo preparaba el lanzamiento de mi candidatura, aunque en Los Sunchos se hilara muy delgado, y fu porque estas generalizaciones no son para sintetizadas por gente primitiva y en el fondo candorosa. Don Higinio se haba marchado la ciudad y me escriba casi diariamente, envindome las cartas con el mayoral Contreras, su hombre de confianza, como lo haba sido de tatita. En sus cartas me sealaba, punto por punto, lo que deba hacer para complementar sus propios trabajos. Por indicacin suya, los miembros del comit local (vale decir las autoridades del pueblo), organizaron un mitin para determinar pblicamente cul iba ser la actitud del partido. En l se rechazara sin apelacin la candidatura de Cirilo Gmez, pero, para demostrar que esto no era una rebelin, sino una desobediencia forzosa, que en nada menoscababa la disciplina, se declarara solemnemente, bajo juramento, si se consideraba necesario, que el partido votara en masa, como un solo hombre, el nuevo candidato--quienquiera que fuese,--designado por el comit central. Slo as--escriba don Higinio,--se substituir fcilmente Gmez y seguiremos gozando del favor del Gobierno. Aquella maana, en el vasto corraln de Varela, se reunieron unos cuantos centenares de personas--gente del campo y peones municipales, en su mayora,--capitaneadas por Casajuana, Guerra y Surez, quienes servamos de tenientes Mir, Valdez, Martirena, Antonio Casajuana, el doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se haba preparado un asado con cuero--una vaquillona carneada probablemente en la estancia de algn opositor,--y las damajuanas de vino y las frasqueras de ginebra prometan un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me estren como orador, repitiendo, palabra ms, palabra menos, algunos editoriales de de la Espada: Hay que sacrificarlo todo generosamente por el bien del pas. Las ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos, suelen poner en peligro la marcha de nuestro partido, el ms noble, el ms puro, el ms progresista, el nico que se ha mostrado capaz de gobernar... Esas ambiciones deben ser arrancadas de raz, como la mala hierba. Si los ambiciosos no renuncian voluntariamente ellas, los verdaderos patriotas _deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un arma funesta_ (frase original, calurossimamente aplaudida). Adems, ya es hora de que se abra paso los hombres nuevos. En la poltica, como en la milicia, hay una edad para el retiro, y el Gobierno, como el Ejrcito, debe _completarse_ con sangre joven. Y, por ltimo, nada aspiro personalmente, nada deseo, pero mi mismo desinters me autoriza recomendar mis correligionarios la ms severa disciplina y la ms estricta obediencia los mandatos de nuestros jefes. Seores! viva el partido provincial! Viva el Gobernador de la provincia! No insistir en la ovacin que se me hizo ni en las escenas que siguieron, dignas del mismo Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero necesito decir que, al otro da, La poca proclam que me haba revelado orador brillantsimo, pensador profundo, y uno de los cerebros mejor dotados del pas, que de m deba esperar maravillas. Los dems discursantes, que los hubo en gran nmero y cual ms ardoroso, se eclipsaron ante el astro nuevo, y en la alta sociedad, as como en los modestos corrillos, alguien comenz hablar de Mauricio Gmez Herrera, como de un muchacho de gran porvenir, que se estaba malgastando en aquel rincn. Como con esto se tiraba matar los prohombres de que todo el mundo estaba harto, la apreciacin cundi, especialmente desde que los diarios de la ciudad, instancias del viejo Rivas, transcribieron los artculos y sueltos de La poca, ponindome por su cuenta en los cuernos de la luna. Tom con esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche la maana me hice un hombre grave, ms grave quiz de lo que conviniese para no dejar traslucir mi secreto. Haba adquirido enorme importancia, y una de las manifestaciones exteriores de ello era que las principales familias hallaban modo de invitarme sus tertulias, almorzar, comer, cosa que antes ocurra muy de vez en cuando. Yo no paraba un momento en casa, con gran pena de mamita que, si hasta entonces slo me vea las horas de comer, desde entonces ya no me vi ninguna hora, si no es por las maanas, mientras dorma... Aprend con esto los rudimentos de la vida social (en Los Sunchos!) que tanto deba cultivar ms tarde. Haba sido un oso; pero las mujeres son tan amables, cuando quieren, que me sorprend de no haber frecuentado ms la sociedad... No; aventuras no tuve. Me faltaba atrevimiento, y, por otra parte, la bendita chismografa y el santo espionaje de los pueblos pequeos, como una especie de cinturn de honestidad, hacen las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la verdadera pasin. En fin, cuando se lanz mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno, pocos das antes de las elecciones, mi designacin sorprendi muy poca gente: estaba en el aire, sembrada espordicamente por don Higinio, de la Espada y los dems amigos. La nica persona que se sorprendi y se asust fu mamita. En cuanto supo mi proclamacin, aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su misticismo iconlatra, empez encender velas ante una imagen de Nuestra Seora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo haca para que saliera no saliera diputado... Sospecho lo ltimo. La eleccin fu cannica, porque en Los Sunchos, como en todas partes, las urnas estaban vedadas los opositores que, desde tiempo inmemorial se limitaban protestar las elecciones ante escribano pblico, sin ms resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no lo utilizar jams. Mauricio Gmez Herrera result diputado, como se proclam aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo, entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de la charanga municipal. En el comit hubo fiesta que se continu en el club, donde se destaparon algunas botellas de champaa innumerables de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los lquidos. Muy tarde, casi la madrugada, me vi por fin libre de las amables impertinencias del triunfo. Muchos me acompaaron hasta la puerta de la casa, pero, adentro ya, no s por qu se me ocurri que Teresa estara en la huerta, pese la hora intempestiva, como una esposa abnegada que aguarda al marido calavera. Y, en la satisfaccin de la victoria, que ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz. Esper que mis acompaantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran lejos, atraves la calle y entr en la huerta, casi seguro de no encontrar nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor propio... Pero all estaba la muchacha, agitada y nerviosa. --Ya cre que no vendraz--me dijo con su voz cantante.--El zeor diputado ze hace decear... Tenz razn... Lo nico que ziento ez que ahora te me iraz!... --Me ir... Me ir; pero volver cada rato. Estamos tan cerca de la ciudad! Me haba echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes innumerables. --Vendraz menudo?--pregunt, mimosa. --Cuantas veces pueda. --S! Ez preciso que vengaz--y recalc exageradamente el es preciso.--No z todava... Pero me parece que tengo que decirte... una coza... Me di un calofro, tanto temor y tanta alegra vibraban la vez en sus palabras. Sera?... Pero la inslita entrevista no se prolong, ni era posible que se prolongara, porque ya comenzaba amanecer. Como si se hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina, de la Espada, en medio de las embriagadoras congratulaciones del da siguiente, en un momento en que nos quedamos solos, me dijo con una cmica solemnidad que era exclusivamente suya: --Mira, chico, yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una cosa. Se est hablando demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te han visto entrar muchas veces en su casa, entre otras anoche mismo, y el comadreo es tremendo y va ser terrible. Yo no s, tanto se habla, cmo don Higinio no ha cado en cuenta todava... ser porque es el ms interesado. Pero no te fes. Mira de quin se trata y ndate con tiento, si es que no te propones lo mejor, que sera... santificar las fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices, y puede darte qu sentir. La misma perplejidad en que me hallaba me permiti contestar en broma al galleguito, negando toda importancia al problema que, sin embargo, era trascendental y me preocupaba hondamente, hasta imponerme la obsesin de esta pregunta: Ser?... Era. Noches despus, Teresa me revel el, para ella, terrible y encantador secreto. --Tenemos que casarnos pronto, muy pronto, queridito--me dijo, acaricindome las mejillas con las palmas de las manos.--Ya no es posible esperar ms, de veras... Despus, sera un bochorno... Y tatita! Qu dira tatita! Sera capaz de matarme... Y yo... yo me morira de vergenza... Rehu toda respuesta comprometedora, puse de relieve, como dificultades, precisamente todas las facilidades del momento--tan propicio,--pero sin mala intencin, aunque nadie lo crea, sin segunda intencin lo juro! slo por instinto, como un ademn subconsciente que me defendiera de un peligro imprevisto, atvicamente revelado no s qu parte de mi ser. Y, dominada atontada por mi elocuencia, Teresa se tranquiliz, me abraz, me bes, me hizo mil caricias, y, en la cesin completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometi no decir nada don Higinio, mientras yo no se lo mandase. Una vez solas, me di cuenta del atolladero en que me haba metido. Qu punto venan las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera hablado meses atrs... Pero, como dicen las comadres: Despus del nio ahogado... Mara, tapa el pozo!... Bah! Todava nadie se ha muerto de eso. En el peor de los casos, no tendr de qu quejarme. Pero... La verdad, la verdad es que preferira no casarme, porque aquella muchacha careca de atractivos, si los tena eran menores cada vez. Teresa no me interesaba, me interesaba poco, ya sin prestigio ni misterio, con sus grandes ojos de ternera conmovida, su cutis de magnolia, su ceceo infantil, su candor de paisanita. Eso est bueno para pasar un rato pero toda la vida!... XVI En la ciudad, alcanc un xito que no me esperaba. Muchos de los antiguos condiscpulos que me perseguan en el Colegio, y que todava no haban logrado hacerse una posicin, ni terminar una carrera, fueron visitarme en el Hotel de la Paz, y me colmaron de felicitaciones, lisonjas y bajezas, tras de las cuales sola transparentarse la envidia, una envidia rayana en odio. ste fu el prefacio de una larga serie de otras visitas y de invitaciones fiestas, comidas, tertulias, bailes, en que siempre era yo el nio mimado por excelencia. Todo el mundo vea despuntar en m un astro nuevo, un hombre predestinado por la fortuna para ocupar las ms elevadas posiciones, porque nadie quera creer en mi mrito excepcional ni en los servicios que pudiera haber prestado al pas, considerndome, slo, como una criatura nacida de pie. Y una tarde, quin se dir que me veo aparecer en el cuarto que me serva de sala de recibo? Pues, don Claudio Zapata, en cuerpo y alma! Pero esto sera bien poco, si tras l no hubiera asomado la soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al pecho, y su enorme masa de cabellos castaos que pareca aplastarle y derretirle la cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que ya no era sino una especie de vejiga vaca. --Oh! don Claudio! Oh! misia Gertrudis!--exclam sin poder contener la risa.--Cunto bueno por ac! --Hemos venido--dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi hilaridad como manifestacin de cario,--hemos venido, seguros de que no habrs olvidado los que te sirvieron de padres, los que, educndote, algo severamente, es cierto, te prepararon por eso mismo para la posicin que hoy ocupas. --Oh, don Claudio! y cmo me he de olvidar! --Eras un muchacho travieso, muy travieso, pero se vea claro que haras camino--agreg misia Gertrudis.--Siempre se lo he dicho Claudio y tu tata, que est en gloria. Pobre don Fernando! Quin haba de decir! Todava tengo su ltima carta, y la guardo como oro en pao. Nos afligi tanto su muerte!... Aqu le hemos hecho decir unas misas... pesar de los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me retozaba pensando en las trenzas y en la cara que habra puesto al no encontrarlas. Pero, dominndome, dije: --Pues me siento muy honrado con la visita de ustedes! Qu recuerdos, eh!... Vaya con don Claudio! Vaya con misia Gertrudis! Y qu bien estn los dos! Pero hganme el favor de sentarse y digan si en algo puedo servirlos... Y ante todo, tomarn un matecito. El mate comenz circular. Yo estaba seguro de que llevaban un propsito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis reiteradas instancias, doa Gertrudis consinti, al fin, en decirme cmo poda pagarles el honor de aquella visita y la refinada educacin que me haban dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho menos. Don Claudio haba prestado, en diversas ocasiones, grandes servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le haban prometido hacer algo por l; promesas que se haba llevado el viento y que slo mi padre hubiera cumplido, no morir de tan trgica manera... Muerto l, m, su hijo y el hijo adoptivo, poco menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy modesto--demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincn!--y se contentara con una insignificancia cualquiera. Bastara, por ejemplo, con que yo, diputado influyente quien el Gobierno no poda negar nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba vacante. --Pero, seora!--objet por hacerla hablar,--en primer lugar, todava no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas. --Oh! eso es una simple formalidad! --No tan simple... En segundo, no s si tengo no tengo influencia con el Gobierno, porque todava no lo he tanteado... --Bah! Eso est visto! Un Gmez Herrera! --Y en tercero, don Claudio no remediara nada, pero absolutamente nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas. Msia Gertrudis me mir como si quisiera devorarme, y lentamente, meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replic: --No le hace!... Claro que el puesto en s no ha de darle un real... Claudio no es de sos que aprovechan, no es verdad, Claudio? y son capaces de quitarles hasta la camisa los pobres que tienen una demanda... Pero, como juez de paz tendr otra espectabilidad, podr hacer muchos servicios, y esto le facilitar alguno que otro negocio que nos saque de apuros. La escena me divirti tanto que promet darles lo que me pedan en cuanto me fuera posible, si llegaba tener influencia en el Gobierno. Y, como quien hace una diablura, meses despus di don Claudio el nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomnicas sanchescas, y con sus coimas inverosmiles. Adelantar aqu, aprovechando la oportunidad, que se haca pagar por todo el mundo, por el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecunime imparcialidad. No fu tan grato mi primer encuentro con Pedro Vzquez, estudiante entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que haba ido la ciudad de paseo. Como todos los dems, me felicit por mi rpida carrera, pero con cierto aire burln, que yo tom por crtica protesta muda. --Quisieras verte en mi lugar, eh?--le dije, enfadado, con tono de superioridad hiriente, significndole que deba tener su poco de envidia. --Yo? No creas. Te va costar tanto trabajo mantenerte la altura de tu puesto!... Yo no aceptara por nada, nuestra edad, un cargo tan lleno de responsabilidades... Hacer buenas leyes y gobernar bien al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Soln ha dicho... --No me importa lo que diga Soln, seor estudiante!--interrump, rabiando por la solapada y sangrienta irona que cre ver en sus palabras.--Acaso los dems diputados se preocupan de semejantes tonteras? Sos un pavo que nunca sabrs vivir, y no te das cuenta de nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y cualquiera, con un poco de sentido comn, puede saber si son buenas malas las que se le presenten... --Oh! Ese papel est bueno para los burros que no tienen decoro ni aspiraciones, no para un muchacho como t, inteligente y de corazn, que puedes ser ms tarde muy til tu tierra. No, Mauricio, no te envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas as, y yo no estoy preparado; apenas si empiezo aprender... Dentro de algunos aos no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar. --S, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo de Mari-Castaa. Vaya una sabidura! --De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espritu de las leyes de Montesquieu y vers. --En fin, Vzquez, no estamos de acuerdo. Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intencin, esforzndome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones por burln si se rea de m, por tonto si hablaba en serio. Cuando nos separamos me fu, sin embargo, rumiando lo que haba dicho, prometindome leer Montesquieu, y confesndome que saba muy poco para legislador, aunque no mucho menos que la mayora de mis colegas. La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y mi individualidad no haba sufrido las antiguas torturas al verse empequeecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba, pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el escenario ms complejo y vasto me daba mucha mayor significacin, para m mismo y para los dems. El trasplante me favoreca esta vez, enriquecindome y vigorizndome. Haba ganado en todo, hasta en lo que sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran all ms fciles que en Los Sunchos--hablo de la gente de cierta posicin,--y no dej de aprovechar esta circunstancia. El xito es una aureola que deslumbra muchas mujeres, y mi brillante aparicin en la escena poltica, una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse, los primeros pantalones largos, me hizo el nio mimado de las damas. Algunas me concedieron amables entrevistas matinales la hora de la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los maridos slo temen la infidelidad nocturna... Cunto gracioso impudor en algunas que, para el cnyuge seran, sin duda, de una desesperante mojigatera!... Pero no se exagere el alcance de estos prrafos. Ms que inmoralidad, ms que licencia en las costumbres, debe verse en todo aquello una simple exteriorizacin de primitiva ingenuidad, una especie de regresin al estado natural, coadyuvada, si no fomentada, por la completa remisin de los pecados, en la que nadie dejaba de creer. Y si lo cuento es, slo, porque estas aventuras pasajeras ahuyentaban cada da ms de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras me alejaban, tambin, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdn que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasin que ciegue, el matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la pasin que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dir que los hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unin libre, desligable la primera falta, que en un hogar legtimo donde, al cabo de algunos aos, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularn los extraos, los mismos amigos, pero que resultar siempre evidente para los hijos... Pero no era mi intencin meterme en estas honduras, sino sencillamente, decir que cada da me afirmaba ms en el propsito de no casarme con Teresa--sobre todo con Teresa,--porque, cmo arrostrar sabiendas los peligros que vea ejemplarizados mi alrededor, el infortunio, el ridculo, quizs ambos la vez, sin una gran compensacin? Entretanto me preocupaba y me urga la aprobacin de mi diploma, pues no creera en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de diputado. interrogaba todo el mundo, con aire indiferente, si su juicio se presentaran no dificultades. --Qu se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzn. No decan en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera calamidad. Asista como interesado espectador las sesiones preparatorias de la Legislatura, mucho ms divertidas que el resto de la montona vida provinciana--salvo los amoros, los bailes y las francachelas,--y me paseaba en antesalas, trabando relacin con mis colegas futuros. All se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de poltica, de chismografa social, mezclado esto con las viejas ancdotas de que somos tan golosos los provincianos. El recinto de la Cmara era, en una casa vieja de pretencioso frontispicio Renacimiento, un saln cuadrado, disfrazado de anfiteatro mediante unas barandillas de madera que dejaban disposicin de la barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaos. Las bancas asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las mayores lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el centro, dejando en medio un espacio vaco. En el testero del saln, sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al leo de un prcer de la provincia. Qu majestuosa me pareci aquella sala la primera vez que entr en ella, con el pecho algo oprimido, como quien penetra en un antro misterioso! Y con qu religiosa atencin escuch lo que se deca, pagando la chapetonada y conquistando as el derecho de no hacerlo ms tarde! Los diputados decan sucesiva y enfticamente una docena de sandeces, que entonces me parecan rasgos de elocuencia, tal es el prestigio del poder. Eligieron la mesa y comenzaron discutir las actas de las elecciones, por mera frmula, segn me dijera misia Gertrudis: bien se vea que todos se haban puesto de acuerdo antes de entrar en sesin. Mi diploma era uno de los pocos que parecan peligrar, porque las elecciones de Los Sunchos haban sido, como de costumbre, protestadas por la oposicin abstinente. Cuando me toc el turno fu invitado entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas haban sido electos ms menos en la misma forma que yo, y haban pasado sobre iguales protestas, no les fu difcil convencerse de la legalidad de mi mandato, y de que: La impotencia hipocondraca y perversa de cuatro ciudadanos egostas y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinin pblica y desdeados y aborrecidos por ella, como se hace con una vbora venenosa, los obliga adoptar el nico medio de fingirse vivientes, firmes y numerosos, de mostrarse engaosamente al pueblo como una fuerza respetable: la cnica protesta de una eleccin legal, en que se ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quiz no sean ni siquiera electores, y la falsa afirmacin de siguen las firmas, testimoniada por un escribano sin fe, sin carcter, sin probidad. No hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, seor Presidente!... --Las firmas estn!--grit una voz desde la barra. --Habr... habr nombres inventados, nombres supuestos que no figuran en el padrn. No, no hay ciudadanos, seor Presidente! Slo hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo apoyar decididamente al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto despierta contra m el odio de los que quisieran substituirse l. Esos cuatro fomentadores de anarqua son, pues, mis enemigos naturales. Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayora del pueblo, y sa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar legtimo mi mandato sera sospechar de impopularidad al mismo poder ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser modesto, pero abnegado colaborador. Esto lo copio de la versin taquigrfica, corrigiendo apenas el estilo, no por presuncin, sino porque me gustan las buenas formas, lo que podra llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era as, vago, indeterminado insultante para los adversarios. De ms est decir que, como en mi clebre examen de ingreso, all tambin pas por unanimidad. Prest juramento y me sent por fin en mi banca. Era, definitivamente, un personaje. Escuch desde entonces los discursos con menos respeto, y comenc comprender como por vaga intuicin, que aquello no vala nada, que yo podra hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de aos que Vzquez se refera. Y resolv ponerme leer discursos parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta de unos pocos centenares de volmenes, me proporcion los diarios de sesiones del Congreso: devor Sarmiento, Avellaneda, Rawson, Mitre, Vlez Sarsfield; le docenas y docenas de discursos, reteniendo ms las frases que la doctrina y crendome un repertorio de lugares comunes que pudieran no parecer tales. Compr tambin algunos libros de Castelar, una traduccin de Cicern, otra de Mirabeau, y me puse leer la Historia de la Revolucin Francesa, que entonces me entretena como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convencin me enriquecieron notablemente, y trat de imitar su vehemente entusiasmo, su heroica entereza, en la forma de los mos. Siempre que hablaba en la Cmara era como si la patria estuviese en peligro; los otros buenos oradores, escasos entre mis colegas, hacan, por otra parte lo mismo, de modo que, propsito de la construccin de un camino de cualquier otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban el diapasn de las ms vibrantes y memorables de la historia. Un discurso que pronunci sobre el estado de las escuelas primarias en la provincia, mereci que algunos corresponsales escribieran Buenos Aires, y dos tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los sueltos. ste fu el mayor espolazo que haya recibido mi ambicin, desde entonces pronta desbocarse. Me propuse conocer la capital, los hombres de gobierno, el presidente de la Repblica, ciudadano de gran talento, elocuentsimo orador l tambin, y quin sabe! quizs abrir una brecha que me permitiese lanzarme la conquista de aquel emporio, y triunfar, y ser all lo que haba sido en Los Sunchos, lo que era en mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un porvenir de gloria y de grandeza. Viva exclusivamente para la poltica; slo en ella pensaba, estuviese donde estuviese, trabajando divirtindome, amando durmiendo, porque hasta mis sueos eran polticos, y mis amoros buscaban mayor influencia y ms poder para m. Ningn detalle me pareca nimio, y todo, hombres, cosas, hechos iban almacenndose en mi memoria, que tengo magnfica. Ahora mismo podra contar la vida y milagros de centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y comenzaba utilizarlo para avezarme su manejo. Como aprendizaje del uso de mis armas, escriba en Los Tiempos, diario que era una reproduccin agrandada de La poca de Los Sunchos, y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una ancdota verdadera imaginada, se destacaban del resto de aquella prosa indigesta y burda, lana de colchn con que se rellenaban las columnas del periodicucho. Mi fama comenz cundir, y ya muchos me consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me tenan como un muchacho mal educado insolente, capaz de las mayores desvergenzas. Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy lejos, all atrs, all abajo, como perdidos en la bruma para siempre. Slo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa vena sobresaltarme, turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba dejar de serlo; la verdad se impondra dentro de muy poco, y, desesperada, me suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda una inminente tragedia... Para qu me habra yo metido en semejante atolladero? XVII Me pareci oportuno realizar el proyectado viaje Buenos Aires, antes de decidir lo que haba de hacer. Ped licencia la Cmara y algunas cartas de presentacin de mis amigos del Gobierno para los ases de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de periodista y mi apellido patricio, sal, seguro del xito, en busca de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial y las de muchos salones provincianos, abrironse de par en par ante m. Visit varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera tenan noticia de m, pero que me recibieron deferentemente, ponindose mi disposicin y dando por cumplidos todos sus deberes con esta manifestacin de cortesa. Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirbase all una atmsfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, vista y paciencia del Gobierno de la nacin, contra quien iban, impotente para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido seal de la revolucin, quiz de la guerra civil. Las antiguas desavenencias mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacan crisis, y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no caban los dos grandes poderes, el nacional y el porteo, que se disputaban la hegemona, y el drama poltico empezado desde los albores de la independencia, corra rpidamente su desenlace. Cul sera ste? Triunfara la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del pas, imponindose como la cabeza pensante los dems miembros del cuerpo? Lograramos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en razn? Arduo problema cuya solucin pareca exigir sangre! Fu saludar, entretanto, al Presidente de la Repblica, hombre encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que, primera vista podra crersele dbil, femenil. Me parece estarlo viendo, pequeito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros tambin. Hablaba con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenan siempre un ritmo cantante. As, cuando hablaba en pblico, era una delicia escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical, persuasiva y tranquilizadora como una caricia. Me habl de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro pas, siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectculo de anarqua y violencia al mundo, que consideraba las nuevas naciones de la Amrica del Sur, y, sobre todo, la nuestra, como grupos de chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda, para no penetrar ms en el fondo de las cosas y no hacer confidencias intempestivas un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido, se levant, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volv ver, pero conservo clara y viva la impresin que me produjo. Poco dur mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes del partido me aconsejaron que volviera mi provincia, donde poda hacer falta: la inminente rebelin de la capital portea repercutira, quizs en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en pocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fu, pues, y vase cmo asocia uno egosticamente sus pequeas necesidades, los ms grandes intereses colectivos: me fu haciendo votos porque estallara no una revolucin, sino toda una guerra civil, convencido de que en esta tragedia me sera ms fcil desenlazar mi dramita ntimo, de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso. En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todava ignorante de la desgracia que lo amenazaba. La abr, no sin recelo. Se refera al negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias su muequeo. Haba conseguido que la misma oposicin clamara por la apertura de las calles, creyendo hacerme dao al desmembrar una posesin feudal, que, como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos, aunque sin protegerlo ni servirle, sino modo de dique contra su desarrollo natural. La Municipalidad finga indignarse mucho contra aquella pretensin; pero estaba, naturalmente, pronta ceder en cuanto l lo indicara. No era oportuno todava, si se quera obtener una buena indemnizacin. Contingencia feliz ingrata la vez, que me dej perplejo. Agregbase un elemento ms mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el fondo, mi resolucin fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia poltica necesitaba todava, don Higinio, que, como buen criollo, era muy capaz de vengarse sangrientamente de m, preparando este brillante negocio, me obligaba an ms contemporizar con l. Cmo salvarme del compromiso, cmo ganar tiempo, al menos?... fuerza de buscar, se me ocurri una idea luminosa, y escrib la muchacha, en una forma ambigua, slo clara para ella, dicindole que ms que nunca guardara su secreto, y don Higinio preguntndole si ira pronto la ciudad, pues me urga hablarle de un asunto muy importante que no poda tratarse por cartas, pero que tampoco era cuestin de das ms menos. Un se trata de mi felicidad, deba sugerirle el tema probable de la entrevista. Me precipitaba hacia el escndalo, precisamente para contrarrestarlo, y elega la ciudad, donde las cosas ms graves, las que seran catstrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda defensa es ms fcil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro poder y nuestras armas. Como lo haba supuesto, el viejo se precipit la cita. Creo que estaba ms contento que la misma Teresa, pues crea realizar un sueo de muchos aos y crear para sus nietos toda una aristocracia, dndoles al propio tiempo gran fortuna, elevada posicin y un nombre envidiable, un apellido patricio. --Don Higinio!--exclam al verlo.--Mi asunto no corra tanta prisa. --No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso es natural que te pregunte lo que quers. --Yo hubiera debido ir Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis ocupaciones de la Cmara me lo impiden. No haba ido, temiendo, adems de lo que ya he dicho, las escenas con Teresa, y su posible indiscrecin... Oh! las mujeres saben callar, pero de repente, cuando no hay peligro ellas les parece que no lo hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer. --Se trata de Teresa--agregu.--Usted bien sabe que nos queremos desde hace mucho, desde que ramos muchachos. Nos dar usted su consentimiento para casarnos? --Pero, hijito, cmo no! Si es mi mayor deseo, y cuanto antes! Me abraz conmovido. --Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que ser mejor esperar hasta el ao que viene. Mis asuntos no estn bien claros y los recursos no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra. --Se arreglar. Y, adems, yo soy bastante rico para que no les falte nada. --Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posicin y no puedo descuidar ni un momento la poltica, si he de hacer camino. Debo frecuentar asiduamente la sociedad, los comits, el club, la casa de gobierno, la Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva de una revolucin en Buenos Aires, quiz de una guerra civil, si me casara ahora, tendra que abandonar mi mujercita no cumplir con los deberes que me imponen mi puesto y mi partido... --Y cundo, entonces? --Oh! el ao que viene, ms tardar. El ao que viene estar completamente despejada la situacin del pas y la ma... Un relmpago de recelo atraves por los ojos de don Higinio. Le pareca extrao--y me lo dijo,--que una vez resuelto casarme, lo dejara para ms tarde, sin ardor juvenil de inmediata realizacin. Que antes vacilara, s, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba menos natural. En fin! que l no hubiera obrado as, y en su tiempo la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. Pero, sobre gustos no hay nada escrito! --Ser, pues, para el ao que viene. Escrbele Teresa. Yo mismo le llevar la carta para ver la cara que pone. Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras, y la carta anterior me haba costado prodigios de ingenio. Sal del paso lo mejor que pude. --Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme la ciudad. --Ah, picarones!... y qu calladito lo tenan! Se qued todo el da conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire, como si l fuera el novio. Seramos reyes en Los Sunchos, y en la ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillara un da como una reina. Aqu se me escap una rplica, que tuvo ms tarde consecuencias trascendentales. --Djese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que se pueda lucir en Buenos Aires. De all vengo, y debo prevenirle que las mujeres tienen una educacin muy distinta, son grandes seoras, no muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia. Se qued mirndome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera producido la ms honda impresin, y nuestra charla termin con esto. Cuatro das despus, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido en Los Sunchos, la llegada de don Higinio. ste, loco de alegra, le haba dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo agreg que el casamiento se celebrara el ao siguiente, no pudo reprimir un grito: --Cmo el ao que viene! Es imposible, imposible! Si mucho antes!... El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significacin estas palabras, pregunt, suplic, amenaz, y al fin lo supo todo. Su clera fu indescriptible. Quera montar caballo y correr la ciudad llevarme de una oreja para hacerme casar inmediatamente matarme como un perro si me resista. Y lo hubiera hecho como lo deca, si no le hubiera dado un ataque la cabeza, que lo dej tendido en medio del patio, mientras apretaba la cincha su alazn. No digo que las mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren una gran emocin? Pero, en fin, el mal trago haba que pasarlo, tarde temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino cambiar completamente el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que me casa me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama despus, muchos das, con ventosas, custicos, sangras y toda la teraputica provinciana de aquel entonces. Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del viejo haba logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto, gracias su debilidad momentnea, su cario de padre y la confianza que tena en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Haba que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casramos, que deba ser inmediatamente, iramos hacer un largo viaje Chile, Europa, al Paraguay, cualquier parte, y volveramos con nuestro hijo, sin que nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo quera, tena que hablar conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumplira mi palabra, si no me obligaba casarme en seguida. Esto sera lo mejor! La idea de venganza, la de sangre, haba pasado por el momento; pero el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sera ineludible, si yo no quera sentir la pesada mano de don Higinio, , por el contrario, hacerle sentir la ma y provocar con ello un terrible escndalo que hara fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sera muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenacin general, implacable, persigue los que violentamente perturban el buen orden social. XVIII La situacin poltica se haca ms tirante cada vez, el interior estaba agitado y receloso, Buenos Aires con las armas en la mano, dispuesta romper las hostilidades contra el Gobierno nacional, contando con la ayuda ms menos ilusoria de dos tres provincias. Nosotros, en realidad, no tenamos nada grave que temer, pues nuestro pueblo es tradicionalmente adversario del porteo; pero en pocas tan revueltas, nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias, y la oposicin local era muy capaz de servirse de ellas para provocar un cambio de Gobierno que la llevara al poder. As lo comprendamos los que pulsbamos la situacin con alguna perspicacia. Era fcil ver que los opositores se movan disimuladamente, preparando algo, un golpe de mano una revolucioncita de las que tanto abundaban por aquellos tiempos. No tenan, sin duda alguna, la menor intencin de ayudar Buenos Aires, pero desde haca mucho soaban con derribar al Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitndole al diablo para ponerle l. No administraba Camino peor que otros, pero no podan perdonrsele sus costumbres disolutas, y, especialmente, su aficin al bello sexo de baja estofa, que lo lanzaba inconfesables aventuras en las que slo le segua su asistente, Gaspar Cruz, paisano retobado, valiente como las armas, fiel como un perro, para quien el mundo estaba exclusivamente cifrado en el Gobernador, persona excepcional, casi divina, segn su cerebro obtuso y fetichista. Marido de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos lindas muchachas candorosas inteligentes, Camino era considerado realmente como un criminal, en los crculos austeros, y aparente y utilitariamente en los que no lo eran tanto, pero podan aprovecharse de su desprestigio. En suma, muchos le tenan por una especie de tirano corrompido, y, si no contribuan derrocarlo, no haran nada por sostenerlo, tampoco. Vi muy claras las ventajas que me ofreca aquella situacin, y no tard en utilizarlas. Una noche que, con otros personajes, estaba de visita en casa del Gobernador, llev la conversacin las agitaciones populares, declarando que, mi juicio, eran mucho ms graves de lo que se crea. Varias personas, con ese espritu de torpe adulacin que hace negar hasta la evidencia, si sta puede ser desagradable al que quieren lisonjear, y aunque con ello le expongan los mayores peligros, me replicaron entre risas que estaba viendo visiones, y que me asustaba de fantasmas. --No! no hablo tontas y locas!--exclam.--Tengo datos, y si el Gobernador quiere escucharme y seguir mi consejo, no durmindose en las pajas, podr evitarse un mal rato. Ms tarde, ya no sera tiempo. Camino qued un tanto preocupado, pero supo disimular, y, al cabo de un momento, me llam aparte para que le contara lo que saba. Exager un poco, creyndolo necesario para mis fines. La oposicin se armaba secretamente--lo que era cierto,--tena en la ciudad verdaderos arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que entraran en campaa la primera seal, una especie de logia revolucionaria que funcionaba todas las noches, y hasta inteligencias en la misma polica, muchos de cuyos agentes estaban complotados. --Pero qu hace don Mariano!--exclam el Gobernador, alarmado, refirindose al viejo Villoldo, jefe de polica. --Don Mariano no ve ms all de sus narices, est medio chocho y toda la vida ha sido dbil--contest.--Y en estos momentos lo que se necesita es un hombre resuelto, que no se preocupe de legalidades ni se ande con paos calientes... --Dnde encontrar ese hombre? --Vamos, Gobernador! No lo tiene delante? --Usted? Usted se considera capaz?... --De sofocar de impedir una revolucin? S, Gobernador, muy capaz! Si usted me da la jefatura de polica y me deja completa libertad de accin, le aseguro que antes de quince das todo estar ms tranquilo que nunca. Pero, eso s! nada de escrpulos tontos y carta blanca para m! Habr que meter bastante gente en la crcel. --Pero, la opinin... --Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha; adems, no pueden ser ms favorables, porque con la agitacin completa del pas, un detalle ms uno menos, viene ser la misma cosa. Djeme hacer, Gobernador, y ver como todo sale bien! --Bueno... lo pensar!--murmur, perplejo. --No. No es cuestin de perder tiempo. Hay que decidirse. Nmbreme no me nombre m, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestin de das, quiz de horas, y puede que en este mismo momento se est preparando la ratonera. --Bien! Est dicho!... Voy llamar don Mariano, y maana ser usted jefe de polica. --Entendido que conservar mi banca en la Legislatura... --Cmo? Y la Constitucin? --Es un librito, deca el viejo Vlez. La Constitucin no dice que un diputado no puede ser jefe de polica. Y aunque lo dijera, en circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por si algn da dejo la polica... usted se le antoja quitrmela... --En fin, la Cmara decidir. --No. Si ahora mismo voy pedir licencia por tiempo indeterminado. Y carta blanca, eh! Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en el momento oportuno!... Don Mariano Villoldo renunci aquella noche, pedido del Gobernador, y al da siguiente comenc ejercer mis nuevas funciones de jefe poltico de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las crticas, porque un mocozuelo al frente de la polica no poda hacer ms que barrabasadas. Pero dej hablar y me dediqu reorganizar mi gente, valindome de los comisarios y oficiales en quienes se poda tener confianza. La tarea era ardua, tanto ms cuanto que deba llevar de frente al propio tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposicin, y hallar inventar una buena oportunidad para poner presos los cabecillas, secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de meterse revoltosos. Da y noche pasaba en el despacho, dando rdenes, escuchando partes y confidencias, recibiendo espas, amonestando subalternos dudosos, pero de quienes todava se poda esperar algo. Hasta dorma en mi despacho, para estar al pie del can. Los opositores se reunan unas veces en una parte, otras en otra, nunca dos das en el mismo sitio, pero no me sera difcil sorprenderlos en cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local elegido. Sin embargo, no precipit las cosas, para no dar golpe en vago ni provocar demasiada crtica. En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente m, tanto en los asuntos privados cuanto en los polticos. Llegme, aun antes que al Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la Repblica, sus ministros y gran parte del Congreso haban abandonado la ciudad rebelde que se fortificaba, y la que pona sitio el ejrcito de lnea. La lucha iba ser terrible, pues los porteos parecan dispuestos no cejar y tenan numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos estratgicamente. Era una revolucin en regla, como no la haba habido desde muchos aos atrs, y como era de temerlo, dados los largos y ostensibles preparativos... El pas entero se hallaba bajo el estado de sitio. En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse pblico, renunci esperar otra oportunidad, y ya no trat de tomar reunidos los presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tena, impart mis rdenes, y corr casa de Camino, para darle cuenta de lo que acababa de hacer. --En estos momentos--le dije,--sacan de sus casas todos los jefes de la oposicin, y por mi orden los llevan la polica. Puede V. E. estar tranquilo. Aunque no tema el ms ligero disturbio, le mandar un piquete para su custodia, bajo las rdenes de un hombre de confianza. Todo va bien! Quiso pedirme mayores datos, pero dej los detalles para ms tarde, limitndome decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se tema, y agregando: --Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo est justificado y nadie tendr nada que decir. En cuanto secuestre las armas, y despus de tenerlos un tiempo la sombra, para que aprendan no meterse sonsos, los pondremos en libertad y ya no volvern alborotar en muchos aos. --S, pero, y los ministros? --Valiente preocupacin! Renalos y dgales... Estn acostumbrados callarse y aprobar. Cuando volv mi despacho comenzaban llegar la polica los primeros detenidos, unos protestando enrgicamente contra el atropello, el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los menos serenos y dignos, dicindose que desde un principio saban lo que se exponan, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en libertad, porque ellos no haban hecho nada, como los muchachos de la escuela. En casos as, los gobiernos de provincia solan no ser muy blandos que digamos, y vejaban los opositores presos, encerrndolos en calabozos inmundos, maltratndolos, obligndolos hacer las tareas ms viles, como limpiar los excusados barrer las aceras y la plaza pblica. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial, estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que haban ido, veces desde aos enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y sangrientos. Yo no tena nada que vengar y quise ser buen prncipe. Orden que se tratara mis prisioneros con toda consideracin, que se les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto mantenindolos, sin embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me dign hacer que uno de mis subalternos les diera noticia de la revolucin bonaerense, y les explicara que el Gobierno se vea obligado tomar precauciones excepcionales, para la seguridad del pas. Entretanto, valindome de lo que haban descubierto mis espas y, sobre todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores dbiles de carcter, por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas, supe dnde estaban ocultas las armas--casi todas,--y las hice recoger. La conspiracin quedaba sofocada: tenamos quince veinte opositores de significacin detenidos, y habamos secuestrado un centenar de fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con caas tacuaras y tijeras de esquilar. En medio de toda esta agitacin, tuve una sorpresa que en un principio me fu ingratsima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento ms favorable para m, como no tard en comprenderlo. Mi despacho estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunci que don Higinio Rivas deseaba hablar conmigo. Haba sonado la hora trgica. Un momento estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareci demasiada cobarda, y mirando al destino cara cara, le hice entrar, sin despedir mis subalternos. Casi no reconoc don Higinio. La enfermedad lo haba adelgazado y debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio herido, despus de provocar un paroxismo de rabia, lo haban dejado como inquieto y vacilante. Su cara de len manso, alargada y arrugada, expresaba ms bien melancola que fiereza, y sus ojillos negros, bajo las cejas blancas hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni investigadores, sino que vagaban indecisos, de una otra persona, de uno otro objeto. --Quiero que hablemos solos--me dijo despus de saludarme desabridamente. --Un momento, don Higinio, y estoy su disposicin. Tengo que dar algunas rdenes... Pero sintese... Las circunstancias son tan graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted... Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis ltimas instrucciones comisarios y oficiales, y me pareci conveniente--ms por don Higinio que por otra cosa,--extremar las disposiciones guerreras ofensivas y defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas en la mano, la instalacin de cantones en los puntos estratgicos para defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la polica, el Banco, los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y salan empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio, sorprendido, escuchaba con creciente atencin, tanto que su rostro comenz animarse y tomar la astuta y resuelta expresin de antes. El politiquero, el caudillo despertaba en l. No me haba equivocado al esperarlo. --Pero, de qu se trata?--pregunt por fin, sin poderse contener. --Cmo? No sabe? --Acabo de llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo la puerta; no he visto nadie, sino tu sirviente que me dijo que estabas aqu. --Pues estamos en momentos muy difciles. Ha estallado la revolucin, terrible, en Buenos Aires, y aqu se iban sublevar tambin si no los sorprendemos tiempo. Por eso me ve usted nada menos que de jefe de polica, don Higinio! --Jefe de polica... Revolucin... Y yo sin saber nada!... Olvidando por un momento lo que lo llevaba, obedeciendo sus instintos, quiso saber cuanto ocurra, me pidi datos, aclaraciones, detalles... El primer encuentro, que me haca temblar, estaba atenuado como por un para-golpes, por la oportunsima revolucin, que Dios bendiga. Y aun me era posible atenuarlo ms, dificultando para despus cualquier choque violento. --Usted llega como llovido del cielo--le dije en voz baja.--El piquete que hace la guardia en casa del Gobernador, est mandado por un oficial que no me inspira confianza. Usted podra ponerse al frente de l. Es necesario! --Si crees que puedo servir... --Voy redactar la orden de que el piquete se ponga su disposicin. Usted es amigo de Camino, y l estar ms tranquilo su lado. Juzgu que haba llegado el momento de hablar del asunto principal, y mientras escriba, ped que nos dejaran solos, indicando reservadamente que alguien volviera al poco rato para interrumpir la entrevista. Al entregarle el pliego, me atrev tomar al toro por las astas. --Quiere decir que no ha venido por la revolucin? Se levant, hosco y turbado, di algunos pasos, como buscando la manera de empezar, y estall: --No! No vengo por eso! Vengo por una cosa muy grave y muy triste, por una cosa tremenda, Mauricio!... Nunca lo hubiera credo! Se interrumpi para dominarse, y con voz lenta y sorda, agreg luego: --Tens que casarte... inmediatamente. --Inmediatamente, por qu? --S, inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero echarte en cara tu conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia. Pero, eso s, te lo repito: Tens que casarte inmediatamente!... Estas son vergenzas que no admiten los Rivas! Con acento que busqu conmovido y firme al par: --Bien sabe, don Higinio--repliqu,--bien sabe que quiero casarme y que ya lo habra hecho si no fuera por la situacin! Quiero Teresa, y ya que usted est al corriente de lo que pasa, le juro que no la dejar en mal lugar... ni ella, ni usted, que ha sido siempre como mi segundo padre... Not en l cierta emocin. Tema, probablemente, encontrarse con la negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo haca vacilar, como despus de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia sentimental. --Te casars inmediatamente? --En cuanto sea posible. --Me das tu palabra? --S. --Bueno!--y me estrech la mano, con lgrimas en los ojos.--Entonces maana mismo nos iremos Los Sunchos. --Eso no puede ser, don Higinio! En qu piensa? Sera ms que una locura, una verdadera traicin! En este puesto y en estas circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar... --S, pero, y el honor de Teresa, y el mo? Te repito que la cosa urge, que el escndalo va venir, y que yo eso no lo tolero! Se haba puesto rojo, reconquistando su cabeza de len... Yo acababa de tocar disimuladamente la campanilla elctrica... El comisario de rdenes entr en el despacho. Le hice sea de que esperase, y dirigindome Rivas: --Vaya tranquilo, viejo--le dije afectuosamente.--Todo se arreglar medida de sus deseos; todo. Ahora, cumplir cada cual con su deber. El Gobernador lo necesita. Defindalo, tome todas las medidas que le parezca y tngame al corriente. Quiso insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un ademn de descontento y sali. Aquella misma noche hice que Camino lo nombrara comandante militar extraordinario de Los Sunchos, con plenos poderes, encomendndole la misin de impedir el paso, por el departamento, de partidas revolucionarias procedentes de otras provincias, para lo cual se le di un piquete del guardia de crceles, refuerzo necesario de la escasa polica local. Deba prepararse, tambin, movilizar la guardia nacional en cuanto le llegara la orden. Con esto ganaba tiempo. Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque saba y s cunta es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto pasara el momento fisiolgico que temamos, en cuanto se impusiera lo irremediable, en cuanto se comenzara pensar peor es meneallo, yo me encontrara fuera casi fuera del atolladero. Con un poco de habilidad y un poco de suerte, aquel cuasi drama sera, slo, historia antigua... Das despus supe que don Higinio haba enviado Teresa la chacra de unas parientas pobres en quienes tena plena confianza y que vivan muy lejos de Los Sunchos, entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la complicidad, provocada por el mismo honor. Un esfuerzo ms y me vera libre para siempre. El esfuerzo necesario era toda una hazaa, pero lo realic. Fu ver Teresa. Entre halagos y ternuras, le pint mi situacin, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los que se me ofrecan an. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era preciso no comprometerme con un escndalo, era preciso llegar hasta el sacrificio para ser felices despus, como recompensa. --Qu sacrificio?--me pregunt con su candor pronto ya todas las abnegaciones. Se impona retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiera consolidado mi posicin. Y tuve la crueldad--de que ahora me arrepiento por sus consecuencias,--de decirla que ella no estaba preparada ni por su educacin, ni por su saber, ni por su modo de vestir, para ser la digna esposa de todo un personaje. Tena que modificarse, que estudiar, que ponerse mi altura, y entonces... --Pero qu pretexto darle tatita? --Dile que no tienes confianza en m, que soy demasiado calavera, que te hara desgraciada, que te matara disgustos y que no quieres, en fin! La dej llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si acceda no mis pretensiones. Pero me fu tranquilo. Conozco tanto el corazn humano! La revolucin acab pacficamente en mi provincia, no sin sangre y padecimientos en Buenos Aires, sitiada y, al fin, vencida--esta vez para siempre,--por las fuerzas de la nacin. Al propio tiempo, naca el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en un principio demasiada gente, as como despus lo supo todo el mundo. El viejo no volvi verme, causa, sin duda, de la actitud de Teresa, y, avergonzado, meses ms tarde, se fu Buenos Aires con ella y el nio. Al marcharse, la pobre me escribi recordndome mis sagradas promesas, ms sagradas ahora que tenemos un hijo, y prometindome esforzarse por ser toda una seora que me hiciera honor en cualquier parte... Oh, esperanza! oh, candor! oh, ilusiones! Yo, entretanto, me limitaba observar la realidad, utilizarla, con la va libre, al fin. NOTAS: [1] Ver La ciudad indiana de J. A. Garca. [2] Mezcla de ajenjo, horchata y agua, usual entonces y llamada _suis_ porque... el ajenjo vena de Suiza... SEGUNDA PARTE I Pas tiempo, no s cunto, aunque m me pareciera bien largo en aquella edad privilegiada en que no se toman en cuenta las horas, ni los das, pero en que los aos parecen tener el privilegio de no acabarse jams. Y aunque, terminado el perodo de Camino, tuviramos entonces otro gobernador--don Lucas Benavides,--ste se mostraba mi amigo y yo segua desempeando mis puestos, no dir con brillo, pero s con cierta discrecin que hizo acallar muchas de las malevolencias suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se me agradeca, sin decirlo, la cortesa y la blandura que haba demostrado para con los presos polticos, en la hora tragi-cmica de la revolucin, contra todas las tradiciones y los precedentes provincianos. Aunque lo comprendiera muy bien, quien me confirm en este pensamiento fu Vzquez, al volver con su ttulo de doctor, recin conquistado en la Facultad de la provincia vecina. Alab mi conducta, demostrndome que yo haba dado un paso hacia las mejores costumbres polticas y sociales que los buenos ciudadanos soaban para nuestro pas. --Empiezas bien--me dijo,--y no esperaba tanto de ti. Esas demostraciones de cultura son ms eficaces que las barrabasadas de antao, y elevan el nivel moral del pas. --Bah! No seas exagerado!--repliqu.--He hecho lo que cualquiera. --No. Has hecho ms que otros: has dado un buen ejemplo. Contribua, sin duda, su juicio benvolo, que m, en realidad, me importaba bien poco, el estado beatfico en que se hallaba, con un ttulo respetable para la mayora, recursos suficientes que su padre le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posicin social--Mara Blanco.--Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque Mara Blanco, la patricia por antonomasia, no haca, en realidad, ms que distinguirlo, dejando suponer estas distinciones que llegara probablemente ser su novia. No estaban comprometidos en forma alguna, segn l mismo me lo confi en un momento de expansin. Con todo, la posicin social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era brillante. Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difcil: haba jugado mucho en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y segn creo haberlo dicho ya, no se me ofreca otra diversin en aquella ciudad amodorrada y taciturna. Y as como haba jugado haba perdido, casi hasta agotar mi crdito. Tampoco me era posible, por el momento, echar mano de mi fortuna, grande pequea, porque estaba indivisa con mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en la calle. Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes venidos de Buenos Aires, perd cierta noche unos diez mil pesos (no eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado an el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las ms graves dificultades. Ya desesperaba de conseguir un prstamo tan crecido, cuando me acord de Vzquez, y acud l, como ltimo recurso, pensando que sera de buena poltica ocultarle la verdadera causa de mis apuros. --Quiero instalarme bien--le dije,--poner una casa decorosamente amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. T sabes que tengo con qu responder y que no estoy en el caso de trampear nadie; pero te agradecer como un sealadsimo servicio que me prestes veinte mil pesos, lo ms pronto posible. Los tienes? Porque no dudo que, tenerlos, me los prestars inmediatamente... --Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo--me contest.--Habra que esperar... --Es que el caso es urgente, muy urgente! --Entonces, no se trata slo de instalarte. --Ya te dije que tena algunas deudas de honor. --Vaya! s franco! has jugado y has perdido? No vacil, entonces, en decirle la verdad. --Es cierto--exclam.--Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes buen olfato. Podrs, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme esos pesos dentro de las veinticuatro horas? de las doce, mejor dicho, porque ya llevo otras doce perdidas? --S. Acompame, y los tendrs. Fu ver uno de sus parientes, que no vacil en prestarle la suma, sobre slidas garantas probablemente, porque los viejos de mi provincia no soltaban el dinero as como as, ni aunque se tratara de su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar mis ganadores, quedndome con una cantidad importante, que me permitira comenzar poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite, hacer una que otra partidita. Vzquez no quiso aceptar pagars, ni siquiera un recibo... Yo haba vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado, pero esto me traa ms de una seria dificultad, pues no me hallaba en mi casa, y todos mis actos se vean continua y necesariamente fiscalizados, no slo por la servidumbre, ms menos fiel y discreta, al fin y al cabo, sino tambin por los extraos que iban hospedarse all. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche la maana, era imposible impedir que los huspedes pasaran menudo por mis dominios, y, ms que todo, que vieran quin entraba y quin sala de mis habitaciones. Tom, pues, una casita en una calle poco frecuentada pero muy cntrica, y la amuebl, aunque modestamente, con las mayores comodidades que entonces podan conseguirse en provincia. Hice, tambin, arreglar el pequeo jardn que, con sus cuatro higueras, sus seis perales y su grupo de albarillos, extendindose detrs de las habitaciones, iba dar otra calle, ms solitaria an que la primera. Tena as casa y garonnire al propio tiempo, y como jefe dirigente de todo aquello, puse mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que--aspirando la dignidad de vigilante, como un bastn de mariscal,--me haba pedido muchas veces que lo llevara la ciudad, y hombre en quien poda confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz. Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolv pensar seriamente en mis asuntos de inters, y darme cuenta exacta del estado de nuestra fortuna. Don Higinio haba preparado muy hbilmente el negocio de la chacra, obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en los ltimos tiempos lo dej completamente de mano, como es natural, aunque--debo decirlo en honor suyo,--sin destruir, la obra con vindicativo espritu, quiz por ingnita caballerosidad, quiz porque abrigara an la esperanza de verme yerno suyo, quiz tambin porque yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeas y miserables. Haba que herirme de muerte no tocarme, sin trmino medio. Entretanto, como nadie se ocupara del negocio si no me ocupaba yo, resolv ir Los Sunchos, darle la ltima mano, aprovechando la noticia de que la oposicin, lanzada aos atrs en ese camino por la habilidad de Rivas, reclamaba gritos la apertura de las calles que mi chacra interceptaba, sin darse cuenta de que as haca precisamente el juego de uno de sus enemigos. En mi carrera poltica, muchas veces he tenido oportunidad de ver producirse este fenmeno, ms comn de lo que se creer. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe servirse de l. Un da, pues, sal para Los Sunchos, con toda la pompa que exiga mi alta posicin de diputado y jefe poltico, aunque con la aparente modestia que cuadra un demcrata criollo. Fu caballo, vestido de bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequea escolta, como que iba en misin oficial realizar una visita de inspeccin las policas de los departamentos, y especialmente del mo. Era bueno no dejar que aquellos tigres supieran exactamente mis propsitos, porque eran capaces de coimear la misma madre, y aunque yo estuviese resuelto darles algo, no llegaba mi desprendimiento hasta dejarles maas libres, como suele decirse alrededor del tapete verde. Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con una gran recepcin. Algunos funcionarios salieron caballo hasta las afueras del pueblo, como se haca con los antiguos seores, y me acompaaron hasta la Municipalidad, donde se haba preparado un refresco, y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la infaltable banda de msica. All hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llam orgullo de Los Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de la gloria, provocando los aplausos entusiastas del partido oficial reunido para honrarme. Trat de escapar estos agasajos, demasiado rsticos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad, pero no lo consegu antes de sostener este corto dilogo con el director de _La poca_. --Eres un ingrato! --Por qu?--inquir, sorprendido. --Yo esperaba que me llevaras la ciudad. Esto no es vida! Aqu me estoy malgastando! --Pero, qu haras all? --Toma! Dirigir, siquiera redactar algn diario. Ya sabes que tengo dedos para organista! All te puedo ser muy til, y aqu no te sirvo ti, ni me sirvo m, ni sirvo nadie. Ea! un buen movimiento, y bscame algo por all! --Pero hijo! No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes cuntos he tenido que colocar... sin tener dnde! Los Sunchos en masa se me cae encima!... --Razn de ms! Nadie te ha servido como yo. Y eso es ingratitud, Mauricio! Me lo deca con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos que reirme y prometerle trabajar para que se fuera la ciudad en buenas condiciones. Y escap con el pretexto de abrazar mamita, que estara aguardndome ansiosa. Lo estaba, efectivamente, y se arroj en mis brazos llorando y riendo la vez, sin atinar decir otra cosa que Mi hijito! Mi hijito! como si yo acabara de resucitar. Mucho me cost conseguir que calmara sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan lleno de recuerdos como vaco de muebles. Entonces pude verla. En la soledad haba envejecido con una rapidez increble. Dirase que era ms baja, mucho ms delgada, con la columna vertebral como un arco, y as, tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bands blancoceniciento, mi pobre vieja estaba hecha una pasita. Sonrea, sin embargo, entre las lgrimas que seguan corrindole por las mejillas descarnadas. --Te quedars ahora?--me pregunt. --S. Unos cuantos das... --Otra vez separarnos! --Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo la ciudad... Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos... --Nada?--y haba como un reproche en su voz, al decirlo.--Es cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo s, tengo que hacer... Yo no me puedo ir la ciudad... Esperar que vengas verme... Pero, ven ms menudo... Yo no puedo ir... Despus supe la razn de esta insistencia en quedarse: renda la memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus antiguas tendencias msticas, visitando todos los das el sepulcro que haba convertido en un jardn, y que llenaba, sin embargo, de flores cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva caracterstica de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que muri tatita lo consideraba ms suyo, ms exclusivamente suyo, y renovaba con su sombra la breve luna de miel. Si no, cmo explicar la especie de tibieza para conmigo, fenmeno extraordinario que le permita vivir voluntariamente separada de m? Por amor Los Sunchos? Por temor otro abandono, anlogo al de su marido viviente? Por amor pstumo que senta correspondido desde la tumba?... Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocup de estudiar en sus detalles la situacin de Los Sunchos. Habanse producido algunos cambios, profundos primera vista: Don Scrates Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temstocles Guerra presidente de la Municipalidad. Pero, no haya miedo! El trastorno no haba sido tan radical, porque don Temstocles ejerca la intendencia y don Scrates la presidencia, gracias una serie de hbiles permutas iniciada aos atrs. No siendo reelegible el intendente, haban hallado este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin tener ya, siquiera, la amable fiscalizacin de don Higinio. Y jugaban las dos esquinas. Hallbame, pues, en terreno amigo, y poda tentar la realizacin del negocio. --La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposicin!--exclam Casajuana, cuando los llam conferenciar. --Ahora no lo dejan uno dar ni siquiera un paso, esos indinos!--exclam Guerra. --Vaya, don Temstocles! Vaya, don Scrates!--dije, riendo irnicamente.--Si la oposicin pide gritos la apertura de las calles! es que me quieren tomar de ahijado? Casajuana, el ms ladino, se apresur contestar, teniendo ya, sin duda, preparada la objecin... y un rosario de objeciones ms, si no vea claro su provecho: --Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio. --Cmo as? Qu disparate!--protest. --No dejan de tener en qu fundarse. En el plano primitivo del pueblo, que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su extensin. --Ni aunque as fuera--objet.--Siempre faltara saber si el derecho de propiedad no es anterior ese plano. --La escritura es posterior--dijo don Scrates.--Yo mismo he comparado las fechas. Y lo que embarra ms las cosas, es que se trata de terrenos vendidos por la misma Municipalidad. --Con obligacin de abrir las calles? --Eso cae de su peso. Adems, ah est el plano. --Habra que ver la escritura, que seguramente no habla de las calles... Y, en ltimo caso, no s qu viene ese plano en los archivos... All no hace falta. Y buscando los eufemismos ms hbiles, las agachadas criollas, toda la dialctica de que era capaz, les insinu que les dara una amplia participacin en el negocio, si eran bastante gauchos para allanar esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como rindose de mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido hablarles claro, comenzaron debatir la cuestin cartas vistas, con tanta libertad como si se tratara de la ms lcita de las compraventas. En suma, que me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos lotecitos para Mir, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo, cuyos votos haba que conquistar. Acced todo, que no era mucho, en la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba terrenos casi sin valor, que ellos me retribuan con dinero, ajeno si se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba pagarme elevado precio la superficie de las calles que duplicaran, precisamente, el valor de mis solares. Tuve que vencer otra resistencia ms grande: la de mamita, que no quera por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que se sacara la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quera conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda modificacin le pareca un crimen. --Pero si todo es tuyo!--exclamaba.--Esprate que me muera, y lo tendrs, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para tirarlo la calle. Fernando no hubiera vendido ni dividido jams la chacra!... --Si le convena, s, mamita; no lo dude! Slo despus de discusiones interminables, consegu que consintiera en pedir la divisin judicial de condominio. De otra manera, siempre me hubiera sido imposible realizar el negocio tan hbilmente planteado. El sentimiento es mal consejero en pases as, como el nuestro, donde los grandes patrimonios no pueden pasar ntegros de generacin en generacin como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco hay para qu, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros. En fin, terminada mi campaa, me march de Los Sunchos no sin tener que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les haca efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazaas de pillete imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como haba salido de la ciudad en viaje de inspeccin las policas de los departamentos, no poda dejar de visitar, siquiera por frmula, la Comisara de Los Sunchos, que segua rigiendo mi viejo amigo don Sandalio Surez, el ms asiduo de los concurrentes todas las manifestaciones de simpata que se me haban hecho. la primera ojeada, comprend que don Sandalio se coma veinte vigilantes, es decir, que slo tena la mitad del personal sealado en el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad serva para aumentar decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pas revista, me divert mucho viendo la cara que pona al escuchar estas observaciones: --Pero, don Sandalio! sta es demasiado poca gente para un departamento tan grande como Los Sunchos. Habr que aumentar el personal. Cuntos hombres tiene? --Oh, no es necesario aumentarlos--contest apresuradamente, rehuyendo la cifra acusadora.--Estos son bastantes. --Pero, usted me garante la situacin de Los Sunchos con estos cuatro gatos, don Sandalio?--insist.--Mire que sta es una de las policas ms pobres!... --Que si la garanto? Ya lo creo! Dej no ms. Te pods ir tranquilo. Aqu no se ha de mover una mosca. No faltaba ms! Antes que eso resucitara el contingente!... --Qu don Sandalio ste! No se me asuste! Si todava hay otros ms comilones!...--dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso. Me mir como un Dios, y desde aquel punto cre en su fidelidad... mientras continuara de jefe de polica. II El asunto march viento en popa. El plano primitivo del pueblo desapareci de los archivos de la Municipalidad. La indemnizacin se vot, generosa y contante. Pocos meses despus las nuevas calles estaban abiertas al trfico pblico, con gran contentamiento de la poblacin, y mientras los opositores, cados por fin de su burro, gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de la Espada hall manera de dar en _La poca_ un bombo colosal la progresista Municipalidad, y de alabar el patritico desinters de Mauricio Gmez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de polica de la provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magnficamente pensado, era larga data, y por aquel entonces slo en parte resultaba realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes, y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo rin de Los Sunchos. No haba llegado todava la hora de las locas especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el porvenir, y imitacin de algunos atrevidos hombres de negocios, saqu dinero del Banco y edifiqu algunas casas en los puntos ms cercanos la plaza pblica, cercando de adobes con cina-cina lo dems, la espera de poca ms propicia. Como me quedara algn dinero disponible, poco decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vzquez, y fu verle, llevndole un cheque de cinco mil pesos. --No seas tonto!--me dijo.--Yo, por ahora, no necesito esa platita. Ya le pagu mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la necesite, te la pedir, y me la pagars toda junta. Ahora, mientras no arreglas tus negocios, ti te hace ms falta que m. Lo nico que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he prestado. --Oh, de eso pods estar seguro!--exclam.--Aunque tuviera que quitarme el pan de la boca! Resueltas las cosas en forma tan halagea, no pens sino en concederme unas vacaciones, tanto ms cuanto que el pas estaba tranquilo, tascando un freno que las veces le pareca duro, pero sin poder sacudirlo, ni siquiera corcovear, como hubiera dicho don Higinio. Y fu divertirme en Buenos Aires, donde aflua entonces, ms que nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre, como fortuna como posicin poltica. Como la primera vez, despus de despuntar el vicio, concurriendo teatros y otras diversiones menos inocentes, visit mis amigos y parentela, y, por ltimo fu reanudar mis tiles relaciones oficiales, y anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la Repblica. Tratbase esta vez de un hombre joven an, muy criollo y socarrn epigramtico, que guiaba siempre imperceptiblemente un ojo, y que, gran conocedor del corazn humano y sus flaquezas, no dejaba ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio si estaba gozando su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez veinte aos ms tarde, pero entonces era, no s si instintiva rebuscadamente, el tipo del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su procedencia, que apenas se revelaba--pero se revelaba al fin,--entre otras cosas, en su afn de contar y escuchar ancdotas, as como sus antepasados se complacan en las interminables payadas y en los cuentos del fogn. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo haca de propsito, para demostrar ms los porteos su carcter genuino de hijo del pas, y hasta sentira ganas de agradecrselo. Me sorprendi que me conociera de nombre--sin caer en la cuenta de que todos estos personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una nueva pero anunciada visita,--de que supiera lo poco que haba hecho yo hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo con quien haba hecho no s qu campaa, creo que la del Paraguay, cuando l era simple teniente. Su acogida me llen de satisfaccin: no me haba recibido como un cualquiera, sino demostrndome un grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometindome toda suerte de distinciones. Cre tener el mundo en la mano, pero no tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y que lo mismo hubiera tratado su peor enemigo. No lo quise creer. Cmo, entonces, tena tantos amigos y tan decididos partidarios, en un pas que, si ha heredado mucha parte de la hidalgua espaola, ha heredado ha aprendido tambin, de los indios, la sagrada frmula de dando, hermano, dando, traduccin brbara del latino do ut des? --En fin, seor Presidente!--pens,--lo que sea, sonar. Y no he de bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue seguir detrs de la banda y marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo primero que yo respeto es la autoridad. Y ms ahora, que soy, tambin, autoridad!... Al terminar la entrevista, que fu agradable y sin ceremonia, le ped que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y amigo. --Venga visitarme menudo, Gmez Herrera--me contest.--Yo tengo siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus opiniones. Reiter, en efecto, la visita, pero viendo que slo muy la larga podra sacar provecho de ellas, y, pesar de su evidente inters,--las reuniones no podan ser ms amenas,--resolv regresar, dejando, sin embargo, detrs de m la conviccin de que era un elemento con el que se poda contar en cualquier emergencia. --Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien--fueron las ltimas palabras del Presidente, que no volvi recordarme, sin duda porque me conoca ms que yo mismo, y saba que no tena nada que temer ni nada que esperar de m. Hacer que teman, hacer que esperen!--ssamo del xito en poltica. Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo... Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente--yo haba cuidado de dar publicidad mis visitas,--y las evidentes vinculaciones con entidades sociales y polticas de Buenos Aires, contribuyeron no poco aumentar mi prestigio, y, por ende, fijar sobre m las miradas de la siempre envidiosa y dscola oposicin. De vuelta en mi capital, de nuevo al frente de la polica, y dando los ltimos toques al negocio de la chacra, reanud mi vida de holgorio, jugando todas las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se me ofrecan, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos, ms accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis maneras de gran seor, molestaron mucha gente. As como me haba hecho una corte de aduladores todo trance, as tambin me hice de una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi propio partido y entre los mismos que me bailaban el agua delante, como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los que estn ms al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos, nadie hubiera recordado, quiz, que yo conservaba an mi banca en la Legislatura, y que ste era un hecho susceptible de ser probado, ms que cualquier otra de las acusaciones de mala administracin, de psimas costumbres y lo dems que nunca falta en la foja de servicios de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque es necesariamente culpable para sus enemigos sus competidores. En suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, qu quiere decir, y que querra significar ahora, si yo no hiciera aqu mis Confesiones? no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre, hasta una virtud--por ejemplo, la discrecin,--me la hubieran convertido en vicio, llamndola disimulo hipocresa. Parece que entre los hombres slo hubiera un propsito: matar disminuir los vivientes, que incomodan pueden incomodar, y divinizar y eternizar los muertos, incapaces ya de molestar nadie. los que parecen punto de triunfar se les opone, por aadidura, los que comienzan; y stos, su vez, ya cerca del triunfo, se ven substitudos por los que fueron y no sern ya, y por los que, como ellos, seran posiblemente... si la serie no estuviera constituda en forma de cadena sin fin... En mi caso, se sac luz mi olvido de renunciar la diputacin, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la dieta, mientras cobraba tambin mi sueldo de jefe de polica, y otras gangas. No tard en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevacin inusitada, haban buscado un competidor que ponerme delante, pero un competidor su juicio ms fcil de dominar que yo, si acaso alcanzaba el triunfo--error inevitable, alucinacin en que caen los imbciles que resultan derrotados sujetos una fuerza mayor,--y haban dado con el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vzquez. As, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por darme un mal rato m, recordaron en un momento dado que haba una representacin virtualmente vacante. Mis competidores vean en Pedrito, al universitario terico, que derramara su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejara llevar en la prctica por las narices; considerbanle, pues, mucho ms conveniente que yo, que no daba puntada sin nudo, y que utilizaba mis puestos sacndoles bien la chicha. El gobernador Benavides, trado y llevado por los politiqueros, no tard en convenir en que era necesario quitarme la diputacin y drsela Vzquez, pero, aunque decidido hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareci de pronto la intriga, que quise precipitarla, hacindola volverse en favor mo, hasta donde fuera posible. Y apenas lo pens, cuando lo puse en planta. Aleccionado por mis viajes la capital, y por la frecuentacin de los grandes restoranes, preocupbame en la ciudad de refinar mis comidas, as como refinaba el vestido y las maneras. No slo tena en casa un cocinero que saba preparar algunos pocos platos la francesa, sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exiga siempre cosas finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis primeros candorosos mens, , mejor dicho, minutas, entonces haba muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran los vinos su colocacin adecuada en una comida un almuerzo. Vzquez, cuyas tendencias fueron siempre aristocrticas, aunque l no lo quiera confesar, y que ama la vida confortable, advirti desde su vuelta la ciudad este refinamiento mo, y se propuso aprovecharlo, comiendo conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente como un aprendiz de sibarita. la mesa, siempre lo mejor servida que era posible, y con los vinos ms autnticos que se ponan al alcance de la mano, solamos tener en menos, cun equivocadamente!, la sabrosa cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son merecedores de toda una reivindicacin. Pero tambin hablbamos de otras cosas, sobre todo, de Mara Blanco. --No se te ha ocurrido nunca ser diputado?--le pregunt una tarde, mientras comamos en el Club, solitario. --Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y que lo tomaste bastante mal. --S, pero me parece que ahora habrs cambiado un poco de opinin... Sobre todo t, que eres doctor, que has estudiado, vers figurando en las Cmaras muchos que valen menos que t, ms, menos de lo que yo vala cuando me hicieron diputado. --Es verdad... Los hechos estn ah... No es posible negarlos... --En ese caso, aceptaras una diputacin? --Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento. --Y es el caso. --Cmo? --S. Yo te ofrezco la diputacin. Yo-te-la-o-frez-co!--repet, recalcando cada slaba. --Djate de bromas! --No son tales. Le cont entonces cmo estaba, en cierto modo, vacante la diputacin de Los Sunchos, y cmo poda l resultar diputado sin tener que competir con un tercero, amigo enemigo de la situacin. No me quera creer. Y en cuanto me quiso creer, asomaron los escrpulos. --En ese caso no me elegiran. Me nombrara el Gobierno!... --Resultaras elegido como todos los dems, y con esta enorme ventaja: que no tendras compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector sera yo. Vaya! Autorzame obrar, y yo te aseguro que antes de tres meses ests en la Legislatura haciendo maravillas. Fingi creer que era broma, y esto le permiti darme plenos poderes. Despus, enternecindose un tanto, me hizo esta declaracin: --Si esos sueos se realizaran, sera una suerte para m. No por la poltica. No. Pero mi novia tiene unas ideas... veces la creo demasiado ambiciosa! --Tu novia? Es tu novia, por fin? --No; pero lo ser. Todo pinta muy bien. --De modo que todava se puede tantear... sin hacerte mal tercio--dije, en broma. Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposicin, y quizs, tambin, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente del Club, habl con ms locuacidad que nunca, y se permiti hacer un examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible sus palabras, tratar de decir lo que l me pareca y la impresin que me produce todava ahora. Algo taciturno inclinado la melancola, buscaba seguramente en m un contraste que lo animara; se diverta mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las ms tontas, causa, sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir lo que l llamaba mis doctrinas mis paradojas. Desde antes de salir de Los Sunchos, escriba versos--malos decir verdad,--pero no renunci ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa, sino--aseguraba l,--porque el verso le obligaba abandonar una parte de su pensamiento, y veces escribir algo que no haba pensado. Esto me haca recordar la famosa frase del negro bozal: Corazn ladino, lengua no ayuda! Pero agregaba con sentido comn, que, para escribir versos medianos, ms vale escribir cartas la familia. Cuando yo le motejaba de teorizador, l sostena que estudiaba en los hombres y en las cosas, prefirindolos los libros, pero que stos no deben dejarse de lado, porque son la sntesis de los estudios anteriores, y, sobre todo, el ms grato de los entretenimientos. Alguna vez se me ocurri que me haba tomado como anima vile para disecarme en sus estudios psicolgicos, pero aunque esto fuera, en realidad, se lo perdonara con gusto, porque siempre se mostr muy mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espet este singular discurso: --Todos los caminos estn abiertos para ti. Eres miembro--cmplice, diran otros, los de la oposicin ciega, que no ve la marcha paulatina de las cosas,--eres miembro de una oligarqua que prepara la gran repblica democrtica de maana, as como Napolen III prepar sin comprenderlo, la todava lejana verdadera Repblica Francesa. Eres audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede llegar muy lejos, y lo que es ms curioso, lo que es casi inverosmil, hacer mucho bien al pas, con el ms perfecto egosmo... Quiz yo debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar caracterstico de la raza en formacin, de la raza de los tiempos que vienen, soy ms bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como puede contar con ella el partido que pertenecemos, por muchos errores que cometa, porque es un partido histrico, un partido de transicin marcada, y realiza por buenas por malas el papel que le corresponde... Como los dems partidos, por otra parte, pero no en el mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrs ir demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente, harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada, es una tendencia ms fuerte que yo, ms fuerte que mi voluntad, porque mi instinto me obliga comprender, y comprender es ms que perdonar, es tolerar, es hasta colaborar, segn vengan los tantos... Lo mismo que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como t, nuestro pas sera otra cosa--quin sabe cul,--pero dejara de ser lo que es y no llegara ser lo que ser. Perogrullada, dirs! Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con la gente esttica no se va ninguna parte, con la muy dinmica se puede llegar incurables desrdenes, la anarqua que engendra la tirana compensadora. La til es la acomodaticia que sabe andar y detenerse, la oportunista, en fin, como t. T, yo, nosotros, somos tan necesarios como lo son los dems, los que siguen los jefes de la oposicin, al que lo ha sido todo en nuestro pas y al que no ha sido nada--somos los reguladores,--y vers cmo, gracias nosotros y ellos,--poco poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos, aun en los momentos en que ms alejados y ms antagnicos parezcan. Y es que el hombre quiere someter la Naturaleza una armona que nadie, sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseado, que nadie, sino ella, puede crear... Vers cmo, entre todos, la larga, se establece un equilibrio, sin imponerse como nico y definitivo, porque es variable, y cambia cada hora, en un segundo para la historia, en muchos aos para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo todava... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros, en lucha por conquistar un bienestar epicreo, y que esto nos lleva al desastre. Mentira! Cada poca tiene sus exigencias y sus hroes. Y si los locos como t no aspiraran una vida de lujo y de molicie, ste sera un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en plena vida pastoril. Lo inerte es lo nico que no cambia, lo nico sometido la estabilidad que parece imponerse los pueblos que suean en ser dichosos, los pueblos que, segn el dicho famoso no tienen historia. Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. Quieres que brindemos, Mauricio, tu soberbia, tu insolente vitalidad? III Aquellas antiguas aficiones despertadas en _La poca_ de Los Sunchos, y cultivadas despus, mientras haca mis primeras armas en la ciudad, revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa hecha en hora de debilidad, consegu que se encomendase al galleguito la direccin y redaccin de _Los Tiempos_, el diario oficial, siempre necesitado de quien lo llenara de mala tinta precio vil. De la Espada conservaba an, para m, cierto vago, cierto humorstico prestigio, y ms que todo por hablarle y renovar con l, en cierta manera, las antiguas diabluras sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomenc escribir en el peridico, hazaa que no consignara aqu, pues ms lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan ntimamente ligada con lo que vengo contando. Y, propsito, antes terminar con lo atinente la diputacin de Vzquez. Poco despus de dejarlo, fu ver al gobernador Benavides, y le propuse de buenas primeras lo que l estaba deseando imponerme. --Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; no sera bueno elegir Vzquez en mi lugar? --Hombre! mire usted qu casualidad! En eso mismo he pensado estos das; sera una magnfica combinacin, en la que usted, al fin y al cabo no perdera nada, mientras que nosotros ganaramos, quitndonos de encima un posible enemigo. Vzquez, con sus lirismos, puede ser peligroso, si no nos lo conquistamos. Y con esto qued resuelta su eleccin, pues la forma republicana de gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todava. Volviendo mis artculos de _Los Tiempos_, agregar lo ya dicho que mi colaboracin era bastante asidua, pues siempre me ha divertido mucho hacer rabiar la gente. Adems, algunos correligionarios haban descubierto en m un espritu satrico de primer orden, y hablaban de mi estilo como del ms gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para ellos, segn me decan, otro Sarmiento, con la particularidad en mi favor de que yo defenda la buena causa, sin sembrar el desorden bajo pretexto alguno, mientras que al autor de Civilizacin y barbarie sola rsele la mano, arrastrado por su espritu analtico, capaz de no dejar ttere con cabeza, en un instante de acaloramiento. En lo que entonces escrib puse los hombres de la oposicin como chupa de dmine, no slo ridiculizndolos, sino sacndoles, tambin, con ms menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol. Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni las andanzas polticas ni los traspis privados de la gente. As, el hecho graciossimo de un joven que haba tenido que pasarse una noche encaramado en un rbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me tent un da, y lo escrib con alusiones desgraciadamente tan claras, que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaa para saber quin era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razn del suelto que haba hecho reir toda la ciudad su costa y la de otros miembros de su familia. Supo que era yo y me mand los padrinos, pedirme una retractacin en regla, una satisfaccin por las armas. Conflicto. Yo, jefe de polica, no deba batirme, porque el duelo estaba severamente prohibido en aquel centro catlico, donde no era slo una infraccin las leyes, sino tambin un abominable pecado mortal. Pero si me negaba, mi actitud menoscabara la reputacin de valiente que tanto bien me haba hecho hasta entonces, y la que no quera renunciar por nada. Encargu, pues, mis padrinos, Pedro Vzquez y Ulises Cabral, ex redactor de _Los Tiempos_, que concertaran el encuentro fuera de la provincia--de retractacin no quise ni oir hablar,--y me fu ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar de conciliar todo lo que ms me importaba: si no quera renunciar mi fama de valiente, tampoco quera renunciar mi puesto de jefe de polica. --Yo creo que debe evitarse todo trance ese duelo--me dijo Benavides: --Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendra que hacer un papeln. --Entonces, no veo otro camino que la renuncia. --Gobernador!--exclam;--usted me necesita, usted me necesita ms que nadie, dado su carcter bondadoso, porque no tiene otro hombre en quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo seguir sirvindole como hasta ahora. --Yo tambin lo deseo; pero no encuentro la manera. Recapacit un momento, y luego dije: --Hagamos una cosa, quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia, y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se realice el duelo... Despus, si la opinin digna de tenerse en cuenta no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se toma demasiado mal, vuelvo mi puesto y se acab. No le parece? Hizo algunas objeciones, pero acept, por fin, el arreglo. No arriesgaba nada, y as quiz le fuera posible seguir utilizando mis servicios. El duelo se realiz fuera del territorio de la provincia (aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus resultados fueron lo ms halageos que pudieran darse. Contra lo que yo esperaba, y muy afortunadamente, result herido en una pierna. All mismo me reconcili caballerosamente con mi adversario, retirando cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero en modo alguno mis convicciones de ciudadano. Era yo, pues, un mrtir de nuestro credo partidista, porque desde el primer momento habamos cuidado de dar la cuestin un alcance altamente poltico, y mi reconciliacin lo demostraba, en realidad. Adems, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos de valor, aument mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Slo haba, pues, que temer los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban de capa cada, por las malas relaciones del pas con el Vaticano, y, adems, cuid de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de los Zapata, para confesarme con l y reconciliarme con la iglesia. --Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito, porque he cometido un pecado muy grande. Aquella confesin me vali elogios de la prensa clerical, porque Fray Pedro tena grande influencia en su partido... Nadie critic, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me dejara en el puesto que tan brillantemente desempeaba--como deca de la Espada cada vez que mi nombre le caa bajo las puntas de la pluma. Mi herida era ligera, y no tard en estar bueno, acontecimiento que se festej muchsimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del Progreso vino resultar en mi honor. Tratando de igualarse Buenos Aires, orgullosa entonces del suyo, no haba en el pas ciudad, pueblo ni aldea que no tuviese pensase tener su Club del Progreso, siquiera en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepcin, patrimonio del partido del Gobierno, con abstencin generalmente voluntaria, veces forzosa, de los opositores. En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fu hroe nico, gracias mi renuevo de gloria, bail varias veces con Mara Blanco, la novia de Vzquez. ste que, fuer de padrino primerizo estaba encantado con el duelo, como con la realizacin de algo novelesco que slo puede verse en los libros en el teatro, haba contado ponderativamente la joven mi valerosa y tranquila actitud antes del combate, en el encuentro mismo, cuando ca herido y cuando ped noblemente excusas mi adversario. Mara estaba encantada de bailar y de conversar conmigo, y no trat de ocultrmelo. Yo la conoca mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella. Salamos, con Vzquez, con otros camaradas, muchas tardes en victoria descubierta, correr las calles empedradas, exhibindonos la admiracin de las muchachas, que se exhiban su vez en ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la poca romntico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos bien que se iban la estancia, paseaban caballo das enteros, para ver y hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias han sido siempre ridculas para quien las mira de afuera, pero cun interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje de la cacera de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la tertulia la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno amor, genio de la colmena, como dira Maeterlinck, instinto invencible que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al viejo! En estas andanzas conoc de vista Mara Blanco, que desde un principio me pareci una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque siguiera la costumbre de la exhibicin, que nadie tomaba mal, por otra parte, incorporada como estaba nuestra vida. Era una joven alta, rubia, muy blanca, de ademn severo, y sus ojos azules tenan pestaas y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y profunda y los haca, veces, parecer negros tambin. Su conversacin, segn observ en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada y entusiasta, y daba la impresin de un alma ardiente regida por un carcter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse ms tarde, con igual mayor intensidad. --Si ser sta la mujer que me est destinada?--llegu preguntarme entonces, casi instintivamente. Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su amabilidad--su bondad, sin duda,--y de su nombre, uno de los ms preclaros de la provincia, donde su familia desempeaba gran papel, pese cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente antimatrimoniales. S! con una mujer as, bien poda casarme, porque, aun sin el dinero, su aporte la sociedad conyugal sera importantsimo. Una alianza con los Blanco podra resultarme altamente provechosa, porque tenan positiva influencia en la provincia y eran de lo que puede llamarse la ms elevada aristocracia. Nuestros dos apellidos, vinculndonos lo ms granado de la Repblica entera--ella con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,--crearan todo un nuevo ttulo la consideracin social y poltica. Me detuve un poco en estas ideas, viendo que Vzquez perda terreno aquella noche, ms que todo por su culpa, pues, quin le mand entonar mis alabanzas ante una nia de espritu algo romntico, prendada de lo caballeresco?... Y como el padre de Mara, don Evaristo, me ofreciera su casa, agradec calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa relacin. La veleidad matrimonial haba pasado, sin embargo, como un relmpago; puede que su semilla quedara en algn rincn de mi cerebro. Ya veramos ms tarde... Pero desde entonces visit los Blanco con asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana. Entretanto, Vzquez, lleno de gratitud hacia m, su padrino, su Gran Elector, lleg ser diputado por Los Sunchos. La eleccin pas sin tropiezo, porque yo mismo fu arreglar las cosas, con autorizacin del gobernador Benavides, dejando as bien demarcada mi accin en este asunto, que Vzquez crey siempre debido mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que l se haba soado gracias mis sugestiones. Lejos de ser el leader de la Cmara, nadie le haca caso poco menos. No estaba la provincia para principismos, doctrinarismos ni teoras sacadas de los librotes. All se deba gobernar y legislar lo que te criaste, sin meterse en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, comisin, para dormir el sueo de los justos, pese sus reclamaciones, y en cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, la patria, y para que le hicieran una zancadilla que lo echara rodar fuera de la Legislatura. Hasta le enrostraron su eleccin, hecha entre gallos y media noche, ellos que tambin eran representantes del pueblo por arte de encantamento, dicindole, no sin razn, que aquello no estaba muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y ruego mo, el gobernador, considerando ambos que es ms prudente dejar tranquilo al len que duerme, y que Vzquez, en defensa propia, poda causarnos mucho dao, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por generosidad de alma, sino porque realmente lo crea de buena poltica. Aunque me convena que conservara un puesto que yo poda considerar feudo mo, y reclamarle en un momento dado--sin temor de que se negase restiturmelo,--no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener Vzquez; por el contrario, desde que conoc Mara Blanco, sent contra l y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba hablar desdeosamente de sus mritos, de su inteligencia y de su utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco, un soador, un hombre que nunca hara nada prctico ni serio, y que, cuando mucho, si su mana se agravaba, se convertira en agitador lrico, en revolucionario de anga-pichanga. Cuando llegaban sus odos estas mis apreciaciones, no las crea no le importaban. Se encoga de hombros y no haca comentario alguno. Lo que le importaba era cierta visible distincin, casi predileccin, que Mara Blanco me demostraba cuando la visitbamos juntos, pero era demasiado orgulloso para dejar ver las claras su despecho. Cuando nos encontrbamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y l no pareca muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos paseos y comidas selectas, conversbamos un rato, pero jams hizo alusin Mara, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no existiese en realidad. Pero se le vea ms reconcentrado y melanclico que antes, y pas por una crisis de inercia en la Legislatura, cuyas sesiones asista apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su despecho slo se manifest una vez, y eso indirectamente. --Contigo--me dijo,--soy como el perro dans que se cri con un cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un da de hambre de fiebre, el tigre devor al dans. T me devorars, tambin, si llega el caso... Y puede que llegue... Bien sabe Dios que esta profeca pesimista no se ha realizado nunca. Dar una dentellada un zarpazo, para abrirse camino, ser ofender, si se quiere, pero no devorar. IV Entretanto, el tiempo pareca haber comenzado deslizarse ms deprisa, bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo algunas fechas salto por encima de algunos acontecimientos que se han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no deja al presente relato menos verdico que otros escritos, pretendidos histricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad. El caso es que el perodo presidencial iniciado cuando mi estreno de jefe de polica tocaba su fin, y que mi amigo el Presidente se preparaba bajar del poder, en cuyo ejercicio haba logrado pacificar relativamente el pas, fomentar la instruccin pblica, emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las enormes fuerzas naturales de la nacin comenzaran desarrollarse por su propio impulso, abriendo un perodo de bienestar que nos daba las mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos Aires con una poblacin hostil, como algunos actos de rigor de la polica agitaron los nimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin, la necesidad de la paz se impuso todos, en provincia se deca con entusiasmo que haba domado la soberbia portea, y se le consideraba como el jefe nico, no slo de su partido sino de la Repblica entera. Nadie discuta sus rdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubirase jurado que el pas quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera que ceder su puesto otro presidente, no siendo l reelegible segn la Constitucin. Quin podra contrarrestar su fuerza? Seguira gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero, para bien del pas, que tanto haba adelantado y tanto tena que agradecerle! Y, efectivamente, gracias l, sus consejos de disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo, vivamos en una paz octaviana, que nos permita dejar un poco de lado la poltica para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor nuestras tertulias. Yo sala menudo cazar en los alrededores, acompaado por varios amigos de buen humor, con quienes tenamos grandes almuerzos campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovan las directas indirectas solicitudes de invitacin. Las largas partidas en el Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de prdida y ganancia que no comprometan ya mi presupuesto. Por las tardes sala de paseo de visita--sobre todo casa de Blanco,--y as dejaba correr los das perezosos, esperando el man que, sin duda alguna, caera del cielo, ms tarde ms temprano, en exclusivo beneficio mo. Nada, ni aun la ambicin, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida amodorrada de provincia me iba enervando, conquistndome hasta el punto de que ya casi no comprenda otra, y nuestras mismas reuniones en el despacho de la polica, que en pocas de agitacin llegaban febriles y bulliciosas, eran entonces montonas y aburridas hasta el bostezo, como si la invitacin la siesta entrara por puertas y ventanas, con el aire y la luz, con el mate inacabable que nos serva un asistente. El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada. l y sus ministros se limitaban, como quien est cayndose de sueo, pasarse unos otros, largos intervalos, desganadamente, los expedientes de asuntos en trmite que, con ese paso, nunca lograran una solucin. Me recordaban aquellos personajes de Swift, que llevan siempre detrs un criado con una vejiga para que los despierte de cuando en cuando. Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues as no hacan dao nadie, y ajustando mi accin este pensamiento hice cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando all me llevaba alguna urgencia. Entretanto, sigilosamente, de puntillas tambin, la oposicin comenz moverse, pensando que podra aprovecharse del letargo aquel para dar un buen golpe en las prximas elecciones. Habl al respecto con los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar al Presidente. Rodeen Camino, contest ste, sin ms, y la frase, conocida por una indiscrecin, se hizo famosa. Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era necesario darle la jefatura del partido y preparar su reeleccin. Por qu? No era en realidad porque la oposicin fuera de temer en las elecciones provinciales, y menos an en las nacionales. La razn se me presentaba ms honda y trascendental: aquello era una hbil previsin para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el ex presidente necesitara apoyo en las provincias, y Camino era para l un hombre de confianza. Si en los dems estados se haca lo propio, el nuevo gobernante se vera con el poder muy disminudo, y sera necesariamente, el personero de su antecesor. --No est mal! no est mal!--me dije.--Pero hay que preparar la combinacin. Despus veremos. Nadie objet palabra, sino Vzquez, cuyo don de errar es indiscutible. Se opuso resueltamente que proclamramos la jefatura de Camino y su candidatura para la prxima eleccin, diciendo que era un hombre desconceptuado, un espritu estrecho, y que los que votaran por l seran, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que aprobaban, por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo haca la poltica, tambin era necesario tener en cuenta la sociedad. Trat de disuadirlo, por frmula, demostrndole la necesidad de que el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran su autoridad, una vez fuera del poder, y recordndole que deba su diputacin al gobierno. --Ni una ni otra cosa me obligan nada--replic.--El Presidente hace mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia doble, en la que un poder anular al otro. En cuanto que el gobierno me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste t. --Con su aprobacin, y l era el que poda... --Aunque haya sido as. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso mismo lo dudo; pero nadie me dir que tengo el compromiso de hacer reelegir Camino. Eso sera monstruoso! En esa forma, el pas no cambiara jams de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos. --Te enajenars la voluntad del futuro presidente, sea quien sea. --Poco me importa. No he de vivir de la poltica. Slo en estos pases la poltica resulta una profesin, cuando es una funcin general, casi dira obligatoria, de todos los ciudadanos... --Slo en stos? No embroms! La voz de Vzquez fu, como es natural, la clamantis in deserto. Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios nuestro alcance. Pero el candidato la reeleccin no tard en saber que Vzquez le haba hecho fuego, cosa que no le perdonara nunca. No. No fu yo quien se lo dijo, no fu yo el indiscreto ni el mal intencionado. Vzquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo que otros lo haran, por adulonera, por espritu de intriga por maldad. Casi al propio tiempo se proclam en una provincia lejana y con el apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde all fu comunicndose todas partes, siempre en las mismas condiciones, como un reguero de plvora, segn decan con admiracin los diarios amigos, que ensalzaban los mritos incomparables del candidato, representante de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa, como lo haba demostrado en el gobierno de su provincia, espritu liberal, enemigo de toda hipocresa y de toda bajeza, hombre tolerante, que sera el vnculo de unin entre los estados, las sociedades, las religiones, los partidos del pas, y quien acompaaran maana, como le acompaaban hoy, las fuerzas ms sanas y eficaces del mismo, los jvenes de corazn entero y altas aspiraciones patriticas. --Paso los jvenes!--comenzamos gritar, como gritara de la Espada en otro tiempo, en Los Sunchos. Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemona poltica, aunque sta no fuese ya ms que un hecho casi legendario, quiso oponernos otras candidaturas, arrastrar la opinin del pas, enarbolando como bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un poltico eminente que poda considerar conquistado el interior, porque, en la lucha decisiva, tom, siendo porteo, partido favor suyo y contra su provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razn segn ha podido verse despus. Pero si todos los jefes de polica, si todas las autoridades obraban como yo, no haba miedo de que nos arrebataran el poder, ni con sutilezas, ni con esfuerzos. De ello qued convencido cuando Camino result electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita, vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin oposicin, , como decamos entonces, con elecciones cannicas. Qu cmo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparndolo todo con tiempo, el padrn y el registro cvico, sorteando las mesas de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los jueces provinciales federales para el posible caso de un juicio. En aquella poca no hubo sino un juez que se atreviera desafiar al poder, pero su derrota fu completa, por el momento, aunque hoy todos lo consideremos como ejemplarsimo y muchos hayamos contribudo perpetuar en el mrmol su memoria. Dir, despus de esto, que nuestro candidato la presidencia result triunfante? No, ni he de contar, tampoco, el xodo de sus conprovincianos que invadieron la capital de la Repblica, convencidos de haber triunfado con l. m mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, ser de su provincia y de sus allegados. No hay cosa mejor que tener buenas relaciones--deca tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy lejos de l, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino cuando llega la ocasin. Y m tena que llegarme, como me llegaban las pocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra provinciana en las pocas de normalidad. Por el momento, bueno era volver tranquilamente la siesta. No habamos pasado por un largo perodo de agitacin tal, que ya ni visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver mis viejas amigas, y hasta tena que interrumpir de vez en cuando mis partidas en el Club del Progreso, postergar mis caceras con almuerzo, y suspender cien otras empresas agradables?... S. Volvamos la vida epicrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la nica. Camino me pregunt un da, como si se le ocurriese de repente: --Cundo acaba Vzquez? --Creo que dentro de cuatro meses. --Hay que ir pensando en eso. --En qu? --En la eleccin. Hay que ver quien se elige. --Al mismo Vzquez, pues! Me mir primero con enojo, despus con serenidad, en seguida con sorna, y dijo: --No... No lo quieren en Los Sunchos. V Slo la ingenuidad de Vzquez es comparable la tontera de Camino; desdeando un efecto teatral, dir que Vzquez no sigui mucho tiempo en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vzquez porque Camino no quera, y Camino por... lo que se sabr en seguida. El ex presidente haba tomado sus medidas como hombre de vistas claras y largas, buen conocedor del corazn humano, para mantener todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no con la candorosa ilusin que le atribuamos de seguir gobernando entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero. Si as no fu, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo advertir que el instrumento no le obedeca, y que, como se debe cantar bien no cantar, por el instante lo ms prctico era llamarse silencio--como lo hizo. Pero algunos pazguatos, ms papistas que el papa, deslumbrados con el poder que recibieran de l, creyeron que ste era un atributo propio, que slo poda reclamarles y retirarles quien se lo haba concedido, y comenzaron corcovearle al nuevo Presidente, y no hacer sus gustos con la requerida sumisin, como si no dependieran directa ni indirectamente de l, y como si no pudiera ponerlos patas arriba las primeras de cambio. Uno de estos tontos fu mi gobernador, el del clebre Rodeen Camino! Fu torpeza la suya. Nuestra provincia haba ido pacificndose poco poco, y la oposicin, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin, su impotencia, retirndose de toda lucha, y contentndose con la lrica actitud de criticar acerbamente al oficialismo, todos los oficialismos, en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no menos ntima escasez de circulacin de sus diarios. Tambin es cierto que el Guardia de Crceles, batalln de lnea, creado aos atrs--no s si por mi inspiracin,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--stos s, organizados y disciplinados por m,--los criollos nacemos militares,--constituan una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quiz lograra suprimir substituir personas, nunca variar el rgimen. Y esta arma era ma, casi exclusivamente ma! Cuando me di cuenta de ello pas por mi imaginacin... Pero, qu contar ensueos que mi juicio mismo desvaneca entonces, apenas formulados? Vamos los hechos, que es lo importante. Molest al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, ms recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta m, insinundome cunto agradara mi ayuda para un cambio de situacin. Como poda pulsar el valimiento de los que esto me decan y la autntica procedencia de sus invitaciones, no vacil un punto, y organic una partida de guardias de crceles y vigilantes vestidos de particular. Por desgracia, yo no poda mandarlos en persona, sin comprometer gravemente la autonoma de las provincias; pero uno de mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi padrino en el duelo, se comprometi representarme y obrar como si fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de sangre y mucha intervencin nacional, y supe que el Presidente me tena muy en cuenta, agradeciendo mi colaboracin sin mentarla. Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco despus que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya persona grata, y que en las altas esferas se le vera con placer substitudo por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tena la mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa vala probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de accin. Pero no me convena hacer odos de mercader, y comprend desde el primer momento lo que de m se esperaba: que pusiera fuego la mecha, que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolucin, si tena dedos para tanto. Una agitacin era, por lo menos, inevitable, porque Camino no abandonara el puesto as como as. Pero l mismo haba de darme pie para romper las hostilidades, porque bien dijo el latino que Jpiter ciega los que quiere perder. He aqu cmo ocurri aquello: la inaccin de los opositores y alguno que otro desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba guardia pretoriana, hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de entrar en la normalidad y me exigiera el castigo de un comisario cuyo delito consista en haber hecho dar de planazos una persona conocida que le haba criticado cierta travesura, creo que la fuga de un cuatrero sorprendido infraganti. --Si empezamos as, Gobernador, pronto no tendremos polica--le dije con gravedad. --Pero vea, amigo, cmo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es inicuo. Hasta los mismos amigos me caen. --No les haga caso. Hay que acostumbrarse esas cosas cuando se es gobernador. Mire! si no fuera eso, ya le encontraran otro pretexto, y sera lo mismo. --S. Pero yo no quiero que se apalee la gente... sin necesidad. --Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto ese comisario, que es un tigre! Nos hara falta en un momento dado. --Por lo menos, cmbielo. Mndelo la campaa hasta que se acabe esta gritera. Me encog de hombros. --As no se hace patria. Djelos que aguanten... Hoy empezaramos por dejar que la oposicin echara la calle un comisario, y maana no podramos evitar que echaran un Gobernador. No hay que ser tan flojo! No replic, no insisti en el castigo del presunto culpable; pero no me perdon, tampoco, ms que mi desobediencia mi franqueza. As suelen ser, en cuanto uno se descuida y por muy til que les sea! Lo peor para l, en este caso, es que haca mi juego, iniciando la anarqua en el poder, pretexto magnfico para hacerle la deseada zancadilla. Tan ciego estaba, que cay en la trampa como un inocente. Ciertos indicios, algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los ms allegados su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino me buscaba reemplazante. --Esas tenemos? Pues ya vers quien es Callejas!--me dije. Me acerqu desde entonces, sin disimularlo, ms bien con ostentacin, al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado, glotn, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeito, endeble insignificante, ocultaba el espritu ms vicioso y ambicioso que imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo que se tramaba, lisonje su ambicin, insinundole que las debilidades de Camino comenzaban tambin, mi juicio, comprometer su Gobierno, y que no sera difcil que el mismo Presidente de la Repblica interviniera para hacerle dejar el mando, en que haca tan desairado papel. --Provoca una escisin del partido en la provincia, lo debilita, y lo enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le pondr remedio, no lo dude, Correa. --Pero cmo?--pregunt Correa, para verme venir. --Tan fcilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una revolucin, si es preciso. No hemos ido nosotros mismos ?... --Es cierto!--interrumpi.--Ahora, la cuestin es que el Presidente lo sepa. --Usted puede hacrselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es que ya no est al tanto de todo... Lo conduje que me preguntara si en un caso dado poda contar conmigo. --Incondicionalmente... Pero con una condicin. El gobernador Camino me promete hacerme diputado nacional en la prxima renovacin del Congreso. No era verdad, ni Correa lo crey, pero me prometi solemnemente que si eso llegaba depender de l, yo sera diputado nacional. Y comenz la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo, haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de pasar la mano al vicegobernador, mediante mil informes ms menos antojadizos, segn los cuales Camino le ladeaba el caballo, como dicen los paisanos, y estaba pronto hacerle, en la oportunidad, la ms violenta oposicin, en vista de que volviera el otro. Como si eso fuera posible! Pero el Presidente era crdulo, tema su antecesor como un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y crea preciso quebrantar no slo todos sus enemigos, sino tambin cuantos pudieran llegar serlo. Tena la locura de la unanimidad, lo Napolen III, con quien se le comparaba. Comenz, pues, con gran sorpresa de Camino, que hasta entonces no tema las represalias, demostrarle cierto encono, retardndole los arreglos financieros que peda, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos sus amigos personales, y hacerle directa indirectamente otras muchas manifestaciones de que haba perdido la gracia presidencial y no estaba ya en predicamento. Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se le fueron alejando, como se haban alejado de m al verme romper la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron rodearme, como si yo fuera el rbitro de la situacin. Don Casiano Correa, que ya tena, tambin, su corte, no caba en s de gozo y no vea la hora de posesionarse del mando. Camino, en tal atolladero, no encontr hombre con quien substituirme. Slo los muy desconceptuados, los intiles, hubieran aceptado un puesto en que quiz no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad presidencial. No hubo ms que un hombre de vala que hubiera aceptado el puesto, bajo ciertas condiciones: Pedro Vzquez. Lo o mucho despus, de sus propios labios. El Gobernador le ofreci la jefatura. --Yo la aceptara si usted me nombrara, pero no me nombrar--le dijo Vzquez. --Vaya si lo nombrar! Quin lo impide? Estoy harto de Gmez Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el vicegobernador. --Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, licenciar el Guardia de Crceles, que es inconstitucional innecesario... --Usted est loco!...--exclam Camino.--Licenciar el Guardia de Crceles! Sera lo mismo pedirme la renuncia. --Pues yo no lo veo as. Con la polica basta para mantener el orden y la provincia no debe tener ejrcito. El orden no se mantiene con el ejrcito, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantara notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto las otras condiciones... --Con esa basta!--interrumpi el Gobernador.--Prefiero la sospecha de que el Gobierno Nacional me mande no me mande mi casa, la seguridad de que la oposicin me ponga de patitas en la calle. Usted est, decididamente, loco, amigo Vzquez! Este agregaba, al contrmelo: --Yo saba que su cada era inevitable. Lo ms que poda conseguir Camino era caer en beaut, como dicen los franceses, lindo, como decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y un da de vida, es vida, proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas ms de Gobierno hay muchos que arrostraran el ridculo y la vergenza, sin ver que stos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como estn. Palabras profticas que luego pudieron aplicarse ms de un Presidente de la Repblica. Los nios y los locos dicen las verdades... VI La intriga iniciada en las alturas nacionales, secundada por m y tmidamente por Correa, iba dar sus frutos, pues el Presidente estaba ms que nunca resuelto dejar de mano un Gobernador que no era incondicionalmente suyo. Pero la casualidad quiso que todo el trabajo resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de nuestros deseos de tal manera que, aunque no hubiramos hecho nada, el resultado hubiera sido el mismo. Slo que este triunfo, provocado por el destino, sin nuestra intervencin, hubo de costarnos moralmente mucho ms que el que habamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qu contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hbil y suele cortar los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero vamos al caso. Hallbame una noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de siempre, cuando Cruz, el asistente del Gobernador, entr en la sala, y se me acerc, plido y agitado. Llamme aparte y me di la noticia de que Camino acababa de sufrir un ataque de apoplega, y que, segn todas las apariencias haba muerto estaba agonizando. El doctor Orlandi, llamado toda prisa, no daba esperanzas: segn l, la muerte haba sido fulminante. --Dnde est? en su casa? --No! Y eso es lo pior! Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino haba pasado su ltima hora en un sitio inconfesable. Sin decir una palabra mis compaeros, sal, dando orden al asistente de que callara como un muerto y dijera al comisario de rdenes que se reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa donde me diriga. Corr una cochera, mand atar un gran land, y al galope de los caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas haba muerto el Gobernador. Era la una de la maana, cuando llegu: la ciudad dorma, y, afortunadamente, no haba un alma en las calles. Dos agentes policiales, llamados con espritu previsor por el diablo de Cruz, hacan la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurra; creyndome un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegr mucho de la discreta precaucin del asistente, porque en las circunstancias haba que obrar con mucho tacto. En la casa no haba ms hombre que el doctor Orlandi, sentado junto una cama revuelta en que yaca el Gobernador. Estaba muerto. --Qu vamos hacer?--me pregunt el italiano, atolondrado por aquella inesperada catstrofe, producida con tan poca nobleza. --Llevrnoslo su casa lo ms sigilosamente que sea posible, en cuanto lleguen Cruz y el comisario de rdenes. --Ma! Es una responsabilidad terrible! --Qu quiere, doctor! nosotros no lo hemos trado aqu. Lo ms que podemos hacer es disimular las cosas. Momentos despus, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el cadver y lo metimos en el carruaje. El cochero fu amenazado con los ms contundentes castigos si deca una palabra, y lo mismo se hizo con la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa la polica y estaba bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al Comisario de rdenes: deba hacer acuartelar las policas y el Guardia de Crceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el ms ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pblica la noticia. La situacin era nuestra, ma, y no era cosa de perderla ni de comprometerla siquiera... Cruz abri la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el asistente y el cochero, llevamos el cadver hasta el dormitorio, y lo metimos en la cama. Ahora, cmo avisar la familia? Inmediatamente concertamos lo que bamos decir: Camino, sintindose mal, haba llamado su asistente, prohibindole que alarmara los suyos y ordenndole que llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entr ver si el doctor se encontraba all, como de costumbre, y vindome, juzg conveniente decirme lo que ocurra, pues yo poda hacer llamar Orlandi con mayor rapidez. Yo sal, por deferencia, encontramos al doctor, los tres acudimos en un coche casa de Camino... Pero, desgraciadamente, cuando llegamos haba muerto. As se dijo. Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila, los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas, las exclamaciones, los ayes. Una hora despus, los parientes, los amigos, acudan desolados. Figrense ustedes! no mora slo un pariente, un amigo, sino un gobernador!... Nuestra versin fu perfectamente admitida en los primeros momentos, y nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado as. Yo me ocup de avisar al vicegobernador Correa, que dorma profundamente, sin sospechar lo que pasaba. --Ya es gobernador, amigo!--le dije. --Qu! Ha habido revolucin? --No, hombre!--contest rindome. --Ha renunciado, entonces? --S, en casa de Maritski! --No me diga? Le cont el suceso. No dijo palabra, pero tena la cara radiante. Visti en un segundo su minscula y nerviosa persona, y sali conmigo para correr la casa mortuoria. --Diga, don Casiano, yo quedar en la jefatura de polica? --Claro! Vaya una pregunta! --Y tendr la primera diputacin? --Si depende de m... --No. Conteste categricamente, s no. De otro modo... Usted sabe que tengo la provincia en la mano. --Vaya hombre! Ni que yo fuera tu enemigo! Sers diputado nacional!--y me tuteaba, camarada hasta la muerte. --Palabra? --Palabra de honor! --En la primera eleccin? --En la primera! No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo. Amaneci aquel da sin que hubisemos dormido. En la sala de Camino haba, ms que nunca, olor encerramiento, humedad, atmsfera la que se mezclaba el humo capitoso del benju, del incienso, y del cachimbo como deca mamita hablando del cigarro. Correa firm su primer decreto--como provisional todava,--determinando los honores que deban rendirse al ex gobernador en sus funerales: la bandera media asta en todos los establecimientos provinciales, la escolta del Guardia de Crceles, la presencia del Poder Ejecutivo que encargaba al ministro de Gobierno de pronunciar la oracin fnebre... La Legislatura resolvi asistir en masa las exequias, lo mismo que el poder judicial. Preparbase una manifestacin de duelo como nunca se haba visto, tanto ms cuanto que Camino, vinculado por el parentesco casi todas las familias representativas de la provincia, arrastrara tras de su fretro buena parte de la oposicin, acalladas las pasiones ante el silencio del sepulcro. De aquella magnfica ceremonia slo quiero recordar un detalle: El ministro de Gobierno, Gonzlez Medina, termin su oracin fnebre diciendo no s si con ingenuidad con malicia provinciana: --Ha cado en el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus convicciones. Llorad, pero imitad este ejemplo, ciudadanos! No s lo que Cruz, si estaba presente, comprendi en estas palabras. En cuanto m, es la primera y ltima vez que he tenido que hacer esfuerzos para no reirme en un cementerio. VII Al da siguiente, me llam Correa su despacho de gobernador. --Mir--me dijo.--He pensado mucho en la situacin, y he resuelto cambiar el ministerio. Quers ser ministro de Gobierno? --No friegue, don!--exclam.--Usted me ha prometido otra cosa. --S. Pero, hijito, ministro!... --Y qu hay con eso? usted no le quedan ms que dos aos de gobierno; y yo quiero ir Buenos Aires. Esto es muy chico para m. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya estn acostumbrados hacer lo que quiere el gobernador. --Eran hombres de Camino. --Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan como Pedro, con tal de que ellos figuren. --Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna satisfaccin. --Llame Vzquez, entonces. --Puede que no sea mala idea. --Pero, le advierto: Vzquez es un contemporizador y una especie de puritano: como contemporizador no satisfar la oposicin, y como puritano har enfurecerse los nuestros. Adems, Camino lo ha puesto mal con el Presidente... Conque... --Conque... se puede ir al diablo. Sonre, y le di el ltimo golpe: --Y, al concluir su perodo, con Vzquez tendra usted que renunciar ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le perdonara sus lirismos. Correa no era difcil de convencer en cosas evidentes y de utilidad, y todo qued como estaba. Los ministros no me hacan sombra, porque eran completamente ineptos y yo saba la manera de manejarlos. Siempre me haban temido, y desde que Correa subi al poder, comenzaron temblar ante m aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo posible para mantenerlos en su puesto. Una amargusima incidencia que debi costarnos caro, vino darme un terrible poder, aumentando inopinadamente mi prestigio. La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas, precisamente cuando comenzaban trascender nuestras intrigas tendientes derrocarlo, pareci de pronto al pblico menos clara de lo que la presentbamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga, y aunque fuera ya tan tarde, no haban pasado inadvertidas, porque la gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo que puede alimentar la chismografa. Adems, aunque el cuento estuviera urdido magistralmente, haba demasiados testigos de la verdad: si se poda contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de rdenes, la del zorro de Cruz, no suceda lo mismo con las mujeres, los dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada suelen trascender. Uniendo esto la malevolencia de la oposicin, no es raro que comenzara de pronto correr este rumor siniestro: El gobernador Camino ha muerto envenenado. Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos no reciban sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias costumbres, que nunca haba hecho nada notable ni siquiera bueno, ni aun regular, result un defensor de los intereses del pueblo, que el Presidente de la Repblica quera suprimir, una vctima del sistema, un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, quin sabe cuntos ms! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuo. En vano trat, trat Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba cado y no poda estorbarnos ya. Todo el mundo crey, fingi creer, que lo habamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al fin,--era la mano, mientras Correa y yo ramos la voluntad!... Ah, canalla, canalla, canalla! Cmo es la canalla, y cmo maldije entonces la libertad de la calumnia que pasa de boca odo y resulta ms notoria que la insertada en los diarios! Yo haba mentido sabiendas y pblicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca haba llegado tal extremo, nunca haba inventado una calumnia que, como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las costumbres polticas de nuestro pas! Y, vean ustedes lo que son las cosas!... No me creern, pero aquello nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos rodeaba y que comenzaba ser lo ms claro de nuestro prestigio entre el pueblo bajo, se intensific hasta un grado increble. Nunca, como entonces, fumos dueos de la situacin, aunque nos execraran. Entre la gente de buena posicin, nadie crea aquella horrible calumnia, aunque algunos energmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre stos, que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponan caballerosamente en duda, el pueblo deca: --Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo. Y si gente tan bien colocada tema, qu no haba de temer el pobre pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir tales efectos. Como si estuvisemos en tiempos de Rosas, la provincia call, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacficamente como Correa. Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligi en extremo: Mara. La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instruccin artstica. Era toda una seora con los candores deliciosos de una nia. Haca tiempo que la notaba ms fra y reservada que antes, sin poder darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no s qu cuento, al difunto Gobernador, dej escapar esta frase: --Cundo se aclarar ese misterio, tan doloroso! Comprend entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando por revelarle la vida ntima de Camino, sus extravos, sus malas costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas pginas. Y termin diciendo: --Para que no tenga usted la menor duda, voy mandar que venga Cruz, y l le contar las cosas tal como pasaron. Comenzaba escribir una tarjeta cuando Mara, levantndose y poniendo su mano sobre la ma, me interrumpi as: --Nadie sino usted poda contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi... No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le hubiese parecido excesiva. Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! Decir que todava quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre de libertadas, de emancipadas, aspirantes hombre, que hoy nos rodea! Conquistar una mujer era todava entonces (y de vez en cuando) robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella; conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen. Mara se mostr aquella noche afectuossima, y comprend que la haba convencido. En cuanto Blanco, ya haca mucho que estaba al corriente de todo lo ocurrido. Pocos das despus tuve una noticia que me sorprendi. La gente se marcha mucho ms pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando sembrado de cadveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir los cuarenta aos uno estara siempre con los pelos de punta, en cuanto viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrs. La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una semana antes en Buenos Aires. Esto constitua, apenas, un incidente en mi vida, y sin embargo, me conmovi, removiendo todos los recuerdos de la infancia y la adolescencia. Don Higinio! Los Sunchos, en que an viva mi madre, hecha una pasita! Teresa, de quien nada saba! Qu lejos estaba todo aquello! Y qu jugoso y qu sabroso era, con su candor, un poco perverso veces!... Pens que un da, como Sarmiento, me sera dado revivir toda aquella conmovedora comedia primitiva, tan sentimental, componiendo mis Recuerdos de provincia... Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me content con escribir un largo artculo necrolgico para _Los Tiempos_ que, gracias mis buenos oficios, segua dirigiendo y redactando mi amigo el galleguito Miguel de la Espada. Qu dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel artculo necrolgico que conservo pegado en un cuaderno de recortes, es el que me ha servido pginas atrs para esbozar su retrato, su cara leonina, su ingenio astuto y quizs quizs su carcter dbil de gritn. Pero le hice justicia y disimul sus defectos. De la Espada, despus de leer las cuartillas que le haba llevado, me dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los autores dramticos acotan con intencin: --Bien se lo ha ganado, el pobre. Cumplido este deber, el nico de mi incumbencia, segn crea, preparbame dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi vida, cuando recib esta carta: Mi muy querido Mauricio: Slo quince das despus de la muerte de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazn. Pobre, pobre tatita! Muri abrazando tu hijito, que tanto se te parece y que todava no puede comprender todo lo que ha perdido. No habl de ti, no aludi ti, como si ya no tuviera esperanza de remedio al dao que hiciste. m me dijo--y son sus ltimas palabras:--Cudalo bien.--Para qu te escribo esta carta, Mauricio? Slo para una cosa, slo para decirte: Ya no me queda en el mundo nada ms que mi hijito, y quizs t. No te pido nada, nada, nada! Slo quisiera estar tu lado, vivir con tu vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueo por todas partes... Estoy tan triste, Mauricio!... Quieres que vaya, vendrs t, por fin, conocer tu hijo que ya va siendo un hombrecito!... Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la guard, contra mi costumbre, tanta fu la sorpresa que me caus su forma. La haba escrito Teresa? Se la haba dictado alguien?... De dnde sala todo ese atildado romanticismo, sentimentalismo, si hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volv encontrar esta carta, amarillenta ya, la rele, y debo confesar que me conmovi. Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil tiernos recuerdos que omito. Si la hubiera comprendido entonces como la comprendo ahora! Qu me peda Teresa? Nada. Qu me ofreca? Todo. Sinceramente, me lo ofreca todo, pero entonces sospech de ella y me re de la gauchesca figura de la guachita y de sus ofrecimientos, cebo, mi juicio, que deba arrastrarme al matrimonio, al reconocimiento del chico, empear mi vida, en fin, como en el Monte de Piedad. No, no. En mi opinin, su clculo era ste: vivir conmigo y esperar la ocasin propicia para hacerse duea de m, gracias al vnculo del muchacho, del hombrecito. Era una infeliz; es la nica mujer quien quizs haya hecho desgraciada. Pero, quin iba decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo? Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, despus de leer la carta me dije que poda optar por dos temperamentos, saber: contestarla no contestarla. Me acord de Vzquez, quien hubiera comparado entonces con el doctor Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tom el camino del medio. No obr, es cierto, ni como Vzquez ni como Relling, pero... tom el camino del medio: Escrib sin contestar. Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro da, cuando revolv mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida con un alfiler la extraa misiva de Teresa. Deca as: Seorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio, quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y quien siempre admir y respet como uno de los hombres ms representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado pueblo de Los Sunchos. Ha dejado un vaco que nadie podr llenar en las filas de nuestro partido, en el crculo de sus amigos y camaradas, y ms an en el corazn de su hija, la estimable compaera de mis aos infantiles quien nunca olvidar y para quien son mis mejores sentimientos. Acompao la triste hurfana en su hondo pesar, como un hermano que sufre y llora al par de ella, y lamento ms que nunca la impotencia del hombre quien el misterio de la muerte dice:--No pasars de aqu. Teresa! si en algo puedo ser til la hija del gran caudillo, no tiene ms que mandar. Ordene al compaero de los primeros aos de la vida, al que confundi con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo su candor de nio, antes de que ambos entrramos en la lucha por la existencia; al que hoy pide Dios que traiga su espritu la conformidad en tan duro, pero tambin en tan inevitable trance. Esto parecer algunos un poco... qu dir?... canalla?... Pero, he aqu la verdad: Estaban en juego mis sentimientos ms ntimos--entonces crea que comenzaba amar Mara Blanco,--estaban en juego mi afecto y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, tambin, todo mi porvenir. Mi porvenir! Un vago intil sentimentalismo deba apartarme del camino recto que se abra ante mi vista? Eso, nunca. Los mismos Evangelios lo han dicho: Rompe con tu padre, con tu madre, con tu amigo, y sgueme. Lo sent mucho: como la oveja, evanglica tambin, tena que ir dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. Teresa!... oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de hacer sacrificios para llegar donde he llegado. He ah! yo tena, fatalmente, que recorrer mi rbita y tanto peor para los que encontraba en mi trayecto. Una desviacin de un milmetro en mis comienzos, me hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado lo ignoto. Por otra parte, qu deba preocuparme? El hijo de mis amores? Bah! leve escrpulo. Mauricio Rivas haba nacido rico. VIII Ms me preocupaba Mara Blanco, quien segua cortejando con asiduidad. Teresa haba pasado la categora de los recuerdos indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No me haba contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por terminado. Comprenda la distancia que nos separaba y que se haca mayor cada vez? No s si era ste otro el orden de sus pensamientos; lo cierto es que no volv oir hablar de ella en mucho tiempo, y que no me escribi una lnea. Era, pues, un captulo terminado de mi vida, y si insisto en l es slo porque acontecimientos posteriores me lo evocaron vvidamente en circunstancias que ms tarde narrar. Entonces--lo repito,--me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres y cosas vinculadas una travesura de la niez, como de un paisaje lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la tienda en el trnsito de la vida. Pero si Mara, conocedora en parte de mis antecedentes, pretenda vengar al sexo, afectando, si no desdn--que esto yo nunca lo hubiera admitido,--una especie de despego prometedor y cautivador, pero engaoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consigui en modo alguno su propsito de venganza, cualquier otro que tuviera. Yo me le fu los caones, como vulgarmente se dice, y me esforc en aclarar la situacin con entera franqueza. Una tarde, que nos pasebamos en la huerta, poca distancia de don Evaristo, que haca como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta libertad, la habl resueltamente. --Est muy esquiva conmigo, Mara. He hecho algo que pueda enojarla? -- m? No, que yo sepa. Pero, qu viene esa pregunta? No somos tan amigos como siempre? --Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los dems, enorme para m. Las cosas que usted me dice suenan cmo dir? desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros das, que me cautiv tanto... --Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Ser usted el que ha cambiado. Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo ms aguda que de costumbre y, por lo tanto, hiriente para m. Estuve por decirla: --Pero, cmo es eso? No me ha elegido, no me ha atrado usted, como hacen las mujeres, nicas que tienen la eleccin? No me ha dicho usted, sin decrmelo, que deba festejarla, porque usted me haba designado para novio? No la atraa esa misma aureola de calavera que quiz en este momento la hace alejarse de m? No se lo dije. Slo acert esto: --Me trata de un modo que me da pena, Mara. Como un amigo, s; pero no como un amigo que puede aspirar ms, sino como una simple relacin, como un conocido que pasa y se olvida. --No soy de amistad tan fcil!--replic sonriendo, siempre fra. --Mara! Alguien le ha hablado mal de m!--exclam, pensando en Vzquez. Me mir de hito en hito, seria, pero sin acritud. --Todos--contest. --En estos das?--inquir, casi colrico. --No. Antes... mucho antes... Yo crea que no era verdad. Pero ahora veo que no se puede contar con usted. Tonta de m! Supuse por un momento, que, ocupndose de cosas ms serias, ms elevadas, se olvidara de hacer locuras... Locuras! Si no fuera ms que eso! No s por qu me acord de las escenas de la huerta de Rivas, en Los Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada, nada, ni an de la manera ms indirecta del mundo. Donde cabe el examen cabe, al propio tiempo, el amor? Me parece que no, me pareci especialmente entonces que no, y me sent desconcertado y molesto. --No la entiendo, de veras--dije con displicencia.--Ya me ve usted, sujeto todas sus voluntades, visitndola da da, no pensando sino en usted. --S, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran significacin para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada pensar y juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo, como le costara, por ejemplo, abandonar el caf, el club, las... las relaciones. Esto era significativo. Se me impona un sacrificio, sin ofrecerme nada en cambio, categricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un modo decisivo: --Mire, Mara! Soy todava muy joven y estoy lleno de defectos, es verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara... Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de lo ocurrido con Teresa. No se inmut, no replic: no saba, entonces... --Pero cmo quiere--agregu, ms seguro de m mismo,--que de la noche la maana me convierta en un viejo, ni que renuncie mis pocas diversiones--muy inocentes, por otra parte,--si no veo ms menos cercana la recompensa de ese pequeo sacrificio? Ofrzcame usted la recompensa, y yo entonces, le aseguro... --Y qu recompensa puedo ofrecerle yo? --Decirme que me quiere. --Hgase usted querer--dijo con seriedad y coquetera un tiempo. Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al dilogo, y yo me qued pensando en las desmedidas ambiciones de la nia. Conque, nada menos, quera que yo renunciara todo y que me quedara prosternado, adorndola como una imagen? Qu pretensin! Estaba enamorada de m, y se haca la desdeosa. Qu me costaba hacer lo mismo, renovando con variantes el desdn con el desdn? Yo, para m, y por una fuerza, quizs ajena mi voluntad, por un instinto poderoso, he sido, soy y ser, lo digo as, brutalmente, porque es la mejor, la ms verdadera forma de decirlo, el centro del mundo. Lo que ms me interesa es el propio yo, el resto debe supeditarse esta entidad. Pero hay una atenuante esto, demasiado absoluto quiz, atenuante que me ha permitido llegar ser lo que soy: cuando las cosas exteriores no pueden no quieren supeditarse, el yo debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, toda costa. Y jugar conmigo es cosa seria. Dej Mara y su padre, que me invitaba comer con ellos, pretextando quehaceres y jurndome tener la ltima palabra en la cuestin. Para ello, bastaba mi juicio con cesar, durante un tiempo, toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante mi esclavitud, que ella soaba probablemente redencin. Cosa fcil, porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir poltico, y ms an porque mi puesto de jefe de polica me daba nociones de la vida--exageradas por lo unilaterales,--que no ha escrito el ms negro de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redaccin de los diarios ms chismgrafos. El mejor informado de los reprteres no sabe, en cuanto la vida privada de los habitantes de una ciudad grande pequea, ni lo que sabe el ms nfimo de los policas, y si quisiera novelas escndalos, no tendra ms que pasar por ese cedazo, , mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la polica, pero si ella hablara se acabara, sencillamente, la sociedad, minada en sus cimientos, , por lo menos, en la parte convencional de sus cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educacin moral, esta escuela de la polica es, como ya dije, excesiva, porque slo pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad, invitando creer que toda ella es as, sin excepciones, casi... No se extrae, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura y altiva que pareciese. Sin embargo, Mara haba lastimado hondamente mi amor propio. Lo comprend al encontrarme aquella misma tarde de manos boca con Vzquez, quien se acerc saludarme, afectuoso, aunque con el velo de tristeza que ya no lo abandonaba nunca. --Cmo te va? --Mal!--le repliqu. --Qu te pasa? --Alguien me ha desconceptuado en la opinin de una persona que estimo muy mucho... --El Gobernador? --No te hagas el tonto! Encogise de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmur: --Mauricio! Temo que hagas desgraciadas muchas personas y, lo que es ms curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes m, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte el paso, te equivocas... Mauricio. T has nacido de pie, como decan nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente, porque sera intil. T no emprenders nunca nada en que no ests seguro del xito, impulsado ello por las circunstancias. Oh, t hars siempre lo que quieras!... --Por qu? --Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrs sino lo que est al alcance de tu mano. Eres como un chico que va la juguetera con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin ms que un deseo vivo indeterminado de tener cosas, y que va tomando todo cuanto le gusta... --Y t?--dije, no sin irona. --Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una lnea de conducta. Como s lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y los dems dirn siempre que me estrello contra las murallas en vez de buscar el portillo que encontrara seguramente abierto... Las ambiciones determinadas de Vzquez! Su lnea de conducta!... Ahora las juzgo abstracciones morales y polticas, sin nada positivo, sueos romnticos y nada ms. Pero entonces no par mientes en ello, y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto principal. --Hablemos claro! Mara Blanco? --Es la muchacha ms interesante de la ciudad. Pero est deslumbrada por un espejismo. No tratar de desengaarla. S, Mauricio, es verdad, la quiero; pero no deseara unirme una mujer convencindola, sino enamorndola. Convencida, siempre estara viendo tras de m, ms grande y ms hermoso que yo, el prncipe de su cuento azul, por insignificante que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo, de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posicin poltica, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los dems... Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga, dolorosamente, aunque con entereza. Era irona de buena ley. Le tend la mano, y le dije: --Sos un misntropo. As no irs ninguna parte. --Ni quiero!--contest. Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para m que este coloquio, pues me dej ms nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro no influa para nada en la actitud de Mara Blanco. Esperar que lo quieran, as, resueltamente, es como decirse que uno es estatua, monumento... Qu animal! Pero y si tena conciencia de valer todo eso? Era feliz? Feliz, renunciando lo que quiz pudiera conquistar? es que consideraba que la felicidad slo existe en el equilibrio perfecto, no en la lucha? Bah!... IX La lucha, en cambio, me conviene m, es mi elemento. S, como el cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las circunstancias, la atmsfera, los accidentes del terreno, todo cuanto puede contribuir la satisfaccin de mis deseos ambiciones. Este estudio es, en la prctica, una verdadera lucha, al contrario del que se hace en los bufetes en las escuelas, puramente especulativo contemplativo: exige accin continua, atencin infatigable, decisin rpida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino cazando. Ya en aquel entonces, en esos lejanos aos juveniles, tena todas estas cualidades, como habr podido verse, iba adquiriendo gran conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador de una filosofa sui generis, empricamente materialista--pese mi confesin cuando el duelo,--y en cierto modo antistnica, lo que me permita pasar por algunos detalles que otros quizs les hubieran parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de esta otra confesin. Me refiero, sencillamente, casos como el que, por ejemplo, me present el gobernador Correa... Nadie imaginar lo que le ocurri este buen seor, embriagado, sin duda, por el mando. Lo dara en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, l, que, desde los veintids aos, edad en que se cas, conoca nicamente al sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. Y quin haba de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentn, sus temores de dar que hablar, su terror pnico los celos pstumos de su mujer? Una tarde que fu su despacho, me dijo sonriendo, entre desenvuelto y cortado: --Corren las mentas de que se divierte, Herrera. --Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador. --Qu diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo... Yo tambin, si pudiese... Pero ya se me pas el tiempo... Solamente... Solamente me gustara acompaarlo alguna vez... Oh! por curiosear, como mosquetero, no ms, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin, un rato de vida es vida... --Y dnde me querra acompaar, Gobernador?--le pregunt, por tirarle de la lengua. --Bah! Usted bien sabe... No ha de ser misa, est claro... Usted tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... No me convida, entonces? --Cmo no! Cuando usted quiera... Abrevio. Lo ms difcil de decir es esto: el gobernador Correa, como novel aspirante, adopt las modas despus de abandonarlas yo. Y nadie tuvo de qu quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Slo misia Carmen, quiz. sta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y, propsito, apenas he hablado de mi accin en cuanto al orden y la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del gnero en estos ltimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente Gaboriau, Conan-Doyle, Leblanc Eduardo Gutirrez. ellos envo los que me quieran ver realizando hazaas de pesquisante, pues siempre saldr ganando; quizs, en efecto, no haya hecho nada notable como detective, pero agregar en mi defensa que nadie me lo exiga. Muy al contrario, veces se me aconsejaron procedimientos anlogos los del comisario Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero adopt siempre sistemas menos primitivos... Entretanto, la actitud de Vzquez haba producido una especie de rebote en mi espritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espritus, serios y ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer como Mara, llena de principios y de escrpulos, no era lo que me cuadraba. Haba una circunstancia favorable, y mi amor propio de gallo nico--recuerdo Ibsen,--me obligaba aprovecharla. As es que fing desdn durante una, dos semanas, pero, esforzndome por fingirlo, me iba convenciendo cada vez ms--por autosugestin,--de que era falso. Y un desdn fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse desear ardientemente Mara, y esto me obcec hasta extremos incomprensibles, tratndose de un sentimiento que hoy juzgo artificial. Como un chiquillo romntico, fu verla arrebatado, despus de dos semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos, comenc echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia, todo cuanto se me vino la boca. Se puso muy colorada, tembl toda, dejando caer los brazos inclinando la cabeza, bajo aquel alud de pasin superficial. Me dej hablar, decir cuando quise, y un rato despus de que call, alz los ojos, me mir tiernamente y me dijo: --Est tan enojado... de veras? Cre ver un relmpago de duda en sus pupilas, y me tranquilic de pronto. --No estoy enojado--contest con calma relativa.--Es mi modo de hablar. --Ah! Se irgui, se puso plida, y continu, despus de un momento: --Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero anda demasiado aprisa y me trata mal. --Mal, Mara? No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la compaera de mi vida? Diga! quiere ser mi mujer? --Su mujer? Y despus de otra pausa, contest: --Pensmoslo ms... Hablemos de eso dentro de unos meses... Djeme la ridiculez de ser algo romntica, repitindole los versos de Campoamor: La tierra est cansada de dar flores; necesita algn ao de reposo. --Tantas ha dado? --Alg...unas... --Con Vzquez? Se separ violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo. --Las flores son la condicin de la primavera. Qu importa dnde, cundo, ni cmo, ni por qu?--dijo amargamente. --Se ha enojado, Mara? Mire! Y yo que le iba pedir... --Qu? --Que nos casramos... cuando usted quisiera. --Dentro de un ao?--pregunt, sonriendo como entre nublados. --Dentro de un ao? Tanto! Pero si usted quiere... Por qu dentro de un ao? --Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta. --Yo! --Muy veleta y muy... Ah, Mauricio! quiere que volvamos hablar de esto el ao que viene? Quiere? Sea buenito! --Pero Mara, usted duda de m, usted piensa que yo... --No, Mauricio--interrumpi.--stas son cuestiones ms serias de lo que nosotros creemos. Ahora le dira s, pero quizs me arrepintiera ms tarde. Dejemos que las cosas lleguen su punto. Qu importa esperar, si luego no hay que discutir?... Y he aqu toda la declaracin de un temible donjun. No significa esto que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuent an ms y segu creyendo haberme enamorado de ella como un loco. De todos modos, modifiqu notablemente mi conducta, guardando mejor las apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llam bastante la atencin en el crculo de mis relaciones. Durante algunos meses, slo frecuent los crculos polticos, la casa de Gobierno, mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves instantes. Tambin, por entonces me absorba enormemente la cuestin de mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de pronto comenz presentarme dificultades. Haba muchos aspirantes y el gobernador Correa se senta trado y llevado por ellos. Era de buena fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tena antecedentes polticos de valor; mi vida era un semillero de locuras; hacerme elegir sera desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado, tanto ms cuanto que yo ocupaba la jefatura de polica, cosa que hara demasiado evidente la intromisin del Gobierno en las elecciones. Algo de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebat victoriosamente todas sus objeciones, y muchas otras que podra presentarme. --Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstculo, ni ser el primer diputado nacional de mi edad. En nuestro pas todos los hombres pblicos, casi sin excepcin, han empezado muy temprano su carrera. Y lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jvenes, cuando tenan ms iniciativa y ms empuje. En cuanto mis pretendidas calaveradas, no son, Gobernador, ni ms ni menos graves que las que hace todo el mundo, y usted menos que nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce la vida privada de tanta gente... Adems, pienso casarme pronto con una muchacha virtuosa, inteligente, instruda y de una familia notable. --S, s; ya s: la de Blanco. --No le parece esto suficiente garanta de seriedad? No entrar as, en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y polticas? --S; eso cambia... --Ahora, que soy jefe de polica de la provincia? Puedo renunciar, si usted quiere, pero esto le traera algn trastorno si no tiene ya bajo la mano un hombre de confianza, que yo le encontrar apenas me elijan. Adems, la Constitucin no dice que un jefe poltico no pueda ser electo diputado--agregu, repitiendo un viejo argumento. --Pero hay que tener muy en cuenta la oposicin... --Bah! Prefiere usted que grite que mande? Si le hacemos caso, ella ser la que gobierne, no nosotros... Vaya! No hablemos ms, Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, no es verdad? Dije esto sonriendo y levantndome para dar por terminada la entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa slo poda interpretar la frase de este modo: --Me ha dado su palabra, y yo sabr hacrsela cumplir, de grado por fuerza. Para algo tengo la provincia en la mano!... --Vyase tranquilo--murmur el Gobernador, vencido, prometiendo... X Una sola cosa perjudicaba realmente mi candidatura. Por falta de reflexin, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habame mostrado de un liberalismo quiz excesivo. Cualquiera hubiese dicho entonces que me desayunaba comindome un fraile y que cenaba devorando un cura poco menos. En realidad, no me importaban un ardite, pero crea que esta actitud me daba cierto carcter batallador independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antiptico pudiera haber en mi sumisin los poderes constitudos y en mi partidismo incondicional. Adems, el escepticismo estaba de moda. Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba la observacin de los hechos con documentos reales y positivos, sospech en un principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme despus de que estaba equivocado. Qu haba hecho posible, por ejemplo, la abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino? Simplemente, la inclinacin del clero hacia las filas opositoras, unos cuantos sermones contra los infieles que, amenazando la religin, conducan el pas la ruina. La palabra de los agitadores polticos era sospechosa en las campaas; pero las mismas ideas vertidas desde el plpito, difundidas de casa en casa por el seor cura, adquiran una resonancia y una eficacia extremas. As ha ocurrido siempre en nuestra tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa veneracin por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense es ms superficial y de moda que real y profundo, qu decir entonces de las provincias, que han conservado mucho ms el carcter espaol, y donde en aquel tiempo no haba una casa que no estuviese llena de crucifijos, santos de talla y vrgenes de bulto! Qu torpe y qu tonto haba sido yo, descuidando y aun enajenndome tan poderosas voluntades! Era preciso corregir aquello, todo trance, pero con la suficiente habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese an ms que si pasara inadvertida. Doa Gertrudis Zapata haba ido entregndose cada vez ms la religin, hasta llegar un feroz fanatismo. Vesta el hbito del Carmen, comase todos los santos, no sala de las iglesias, llevaba de casa en casa el Nio-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la fbrica de tal cual templo, adornaba altares, visitaba las monjas, haca escapularios. Las malas lenguas decan que los viernes pona calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo tena enjaulado en el jardn. La casa de don Claudio, quien segua desempeando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de curas y frailecitos, y los domingos haba en ella gran almuerzo, de cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistan dos tres sacerdotes de significacin, el padre predicador ms sonado, el curita de mayor influencia, las autoridades eclesisticas, en fin, pues el mismo obispo se haba dignado aceptar una dos veces la humilde invitacin de misia Gertrudis, que en esas ocasiones ech la casa por la ventana haciendo un men sardanapalesco. Equilibrbanse as la zorrera de don Claudio con la santidad de su mujer, y todo marchaba las mil maravillas. Yo los haba visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca del mismo autor, la narracin de alguna de las sentencias notables de Zapata, de modo que, cuando me mostr ms asiduo, no llam la atencin de nadie. De este modo estrech relaciones que ms tarde haban de serme utilsimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el pico de oro de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y silencioso, y con otros sacerdotes de mayor menor cuanta. Reservado en un principio, demostrles el mayor respeto, no exento de dignidad, escuch sus opiniones, se las ped veces, y me permit discutirlas con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido al fin. Esta tctica me conquist del todo sus voluntades, tanto ms cuanto que no vean, aparentaban no ver, dnde iba yo parar. Mi plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado explicarlo, sino como una simple tontera. Haba visto una fuerza que poda serme til y me colocaba en situacin tal que pudiera servirme en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, tanto peor para ellos! En el curso de mi vida me han llamado aprovechador de circunstancias. Lo cierto es, por una parte--ya lo saben ustedes,--que no las he desdeado nunca, y por otra que veces he solido verlas venir desde muy lejos, y nunca he reido con ellas antes de tiempo. Aprovechar las circunstancias! Pero si eso es, slo, saber vivir la vida! Vislumbrar las que han de producirse! Pero si eso es tener talento poltico! Qu han hecho los reformadores, los creadores de circunstancias, en nuestro pas y en todas partes, sino ir la inmolacin ponerse sencillamente en ridculo?... Fray Pedro Arosa, el ms inteligente de la tertulia, quiso saber qu atenerse respecto de m, y un da me someti un amable interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes. --Muchos hay--me dijo,--que no creen ciegamente en los sagrados misterios de nuestra religin, pero que tampoco se atreven negarlos y les tributan el ms profundo respeto. Esperan el estado de gracia que, dada su situacin, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se sienten _desgraciados_--as debe decirse,--porque les falta la inefable satisfaccin de todos los momentos que slo puede darles la fe. Pis el palito, contestando distrado que yo me hallaba precisamente en esa situacin, que quera creer, pero que no poda librarme de toda duda. Veneraba la iglesia--haba dado pruebas de ello,--pero se me haca difcil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba en el susodicho estado de gracia. Por qu no frecuenta ms los sacramentos?--pregunt campechanamente el padre Arosa. --Cmo dice, padre? --Por qu no se confiesa y comulga ms menudo? Cuando se est con un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religin, hay que hacer un esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como San Pablo en el camino de Damasco, pero tambin puede obtenerse, mediante la oracin y las prcticas religiosas. La fe, la conviccin, se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables satisfacciones, morales y materiales. Qu gana usted con su indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen los paisanos, con este aditamento: que el que no est con Dios est contra l. --Santas palabras!--exclam misia Gertrudis.--Con razn le dicen pico de oro, padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejar convencer hasta que no vea cerca su ltima hora. --Por qu dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero eso no quiere decir que sea un hereje. --No. No es el caso--repuso fray Pedro.--La hereja es otra cosa muy distinta, como es distinta la incredulidad. Aqu estamos frente un acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese estado enfermizo de su alma ir cediendo poco poco rpidamente, quin lo sabe! la celestial medicina. --Lo har, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama, me traer la paz y la felicidad. --As en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mo. Dios premia sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante. Pocas noches despus fu visitarlo al convento, y me confes con l. Pars vale bien una misa. Por otra parte, la confesin no me repugnaba, desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En efecto, nada de lo nuevo que le cont le sorprendi, quiz porque ya lo saba, quiz porque en su carrera de confesor haba odo cosas mucho ms gordas que mis travesuras. Tem un momento, como en mi primera confesin, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin duda convencido de que un matrimonio sin amor no sera ms que un semillero de pecados mortales. Lo nico que me recomend fu que huyera de las tentaciones, pues la ocasin es el arma por excelencia del demonio... --Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte la oracin, leer libros que eleven tu espritu. No quiero decirte que te hagas un anacoreta, ni un mstico, no. Tambin ha habido santos en la sociedad, y la alegra y los placeres lcitos no daan al buen cristiano. La religin necesita servidores en el mundo, no slo en la iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. _Ego te absolvo, in nmine_... La noticia de mi definitiva conversin se divulg rpidamente de sacrista en sacrista y de convento en convento, y no tard en trascender hasta el pblico. Muchos liberales la creyeron cuento, y no le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirm, ya todo el mundo estaba acostumbrado l. Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino la diputacin nacional quedaba abierto y sin obstculos. XI Aunque lo esperaba de un momento otro, no supe sino algo ms tarde que el partido catlico de la provincia apoyara indirectamente mi candidatura. Digo indirectamente, y voy explicar por qu. Desde mucho tiempo atrs, la oposicin no se presentaba las elecciones sala afrentosamente derrotada apenas trataba de dar seales de vida. Con las mesas totalmente gobiernistas, la polica nuestra, los jueces nuestros, sin grandes gastos de movilizacin de gente, el triunfo nos perteneca sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los registros durante un par de horas. Pero si la oposicin propiamente dicha no tena ingerencia alguna en la eleccin, el partido catlico en particular era influyente, sobre todo antes de la eleccin, es decir, en la designacin de candidatos. En el partido del Gobierno, as como en los dems, haba muchos de sus miembros, gente por lo general rica y conservadora, de elevada posicin social, y cuyos consejos se escuchaban siempre y se seguan menudo. La opinin de stos en cuanto hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo poda tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobacin, sera necesariamente inaguantable para los dems. Podan, pues, hacer con xito la guerra mi candidatura, antes de que saliera luz, ya que no en los comicios. Esto lo tem siempre hasta una conversacin que tuve con fray Pedro Arosa. --Ha odo usted hablar--me pregunt una tarde,--de un proyecto de ley de divorcio que va presentarse al Congreso, y que completara la iniquidad de la ley de matrimonio civil? Sabe usted si el Presidente est dispuesto apoyarlo? --No lo creo--repliqu.--El Presidente debe tener en la actualidad otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero un simple tanteo de la opinin, un preparativo para ms tarde... --Pues, ni como tanteo!--grit el padre Arosa.--Los tanteos preparan las realizaciones... Esos herejes, relapsos, mereceran un terrible castigo! Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente! Estn minando el edificio de la Iglesia, el templo del Seor, que aplastar al pas con sus ruinas. El da que se acabe la religin, esta Repblica habr dejado de existir, ser un pueblo muerto, abandonado de la mano de Dios! El divorcio! sabe usted lo que es el divorcio? La disolucin de la familia, la anarqua de la sociedad, el olvido de todas las tradiciones, el atesmo en auge! La mujer, sin el freno del matrimonio, no ir buscar consuelo y confortacin en la iglesia, arrastrada como se ver por el torrente de una vida de aventuras, corriendo como ir tras de una felicidad terrena que se le ofrecer engaosamente, en sustitucin de la dicha celestial que es, hoy por hoy, la nica que espera... Hay que hacer que ese proyecto caiga de tal modo bajo la condenacin general, que nadie se atreva, en muchos aos, volver presentarlo!... Vaya con el tanteto!... --Si llego ir al Congreso, como espero, me dedicar exclusivamente al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendr enemigo ms resuelto--dije con uncin. --Aunque el Presidente lo apoye? --En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse. Yo encontrar el medio de hacer que el Presidente deje sus partidarios en plena libertad en esta cuestin. --Es tan liberalote! En su provincia se mostr siempre tan enemigo nuestro! --Eran otros tiempos. Y, adems, padre, tena que propiciarse el pueblo bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querr mezclar la cuestin poltica una especie de guerra de religin, ni enajenarse la voluntad femenina, inclinada l por el apogeo del lujo y la riqueza, por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amn de otras cosas... --Puede que eso sea verdad. En fin, ya que est usted animado de tan buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. All hacen falta hombres como usted. No ocult mi satisfaccin. Fray Pedro, recobrando su bonhoma y regocijo acostumbrados, agreg, sonriente: --No le parecera bueno hacer un viajecito Buenos Aires? Yo creo muy til que se vea con el Presidente y le hable de cmo recibiramos el proyecto de divorcio. Oh! como simple informe, sin meterse en honduras! Tanto ms cuanto que sera magnfico que el Presidente se mostrara favorable su eleccin. Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sera capaz de ponerse en mi camino. --Ir esta misma semana--dije.--Cuente conmigo, padre. --Dios te lo pagar! Entretanto, Mara no haba cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me reciba como un buen amigo, y slo de vez en cuando pasaba--pronto reprimida,--una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fu verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad: --Ayer, incidentalmente, habl pap de que est usted muy religioso, es cierto? --No tengo por qu ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como dicen los sacerdotes, Mara--contest en tono de broma. --No se enojar si le hago algunas preguntas, que han de parecerle indiscretas? --Qu esperanza! --Dgame, pues: Usted cree, de veras, en todo lo que ensea la religin? --S, creo--dije tanto ms resueltamente cuanto que no quera dejarle ver mi vacilacin.--Por qu me lo pregunta? --Porque me parece bastante extrao. Muchas veces le he odo hablar con incredulidad y hasta con burla de ms de un misterio, de ms de un dogma. --Extravos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre sus primeras creencias, lo que le ense la madre, cuando nio... --Ah! --Siempre queda, all en el fondo, un resto de fe, que florece y fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero hacerme hombre serio, Mara. --S, s. Eso debe tambin ser un motivo... Pero no se puede ser serio sin ser religioso? Pap no cree, por lo menos l lo dice, y, sin embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligira que cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente... --Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, Mara. Lo que quiere decir que usted tampoco cree? --Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto examinar esa cuestin. Tom sin discusin lo que me ensearon, y todava no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de conducirse bien en la vida, y me someto ellos como una disciplina salvadora... Pero, si llegara dudar de los artculos de la fe, me parece tan difcil que volviera creer en ellos de la noche la maana... En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que digamos. Dejmoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso. Mucho me sorprendi esta conversacin, y la expresin de desgano y tristeza que vi en la cara de Mara. La habra mordido el demonio implacable de la duda? Desmereca yo en su concepto con mi nueva actitud? Imposible! La mujer es creyente en nuestro pas, y recuerdo que cuando incidentalmente criticaba yo satirizaba la religin en su presencia, Mara me llamaba al orden, diciendo que no deba hacer burla de las cosas respetables. Pero quin entiende las mujeres? Cualquiera dira que aquella muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y utilitario en mi conversin, y abrigaba temores respecto de mi carcter y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y anuncindole mi prximo viaje Buenos Aires, le dije que, segn todas las probabilidades, sera electo diputado al Congreso. --Ya lo saba, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho por el pas. --Lo dice usted sin inters ni entusiasmo. --Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa nada... Es un buen empleo, nada ms... Eso si no se halla manera de elevarlo hasta la altura de una misin, y de servirse de l como de una herramienta poderosa para hacer el bien. --As lo hara yo, si tuviera quien me confortara inspirara. Quiere usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. Quiere ser mi mujer en cuanto me elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires? Me mir con fijeza tranquila y severa. --Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestar dentro de un ao. Quiero... quiero estar segura de m misma... y de los dems. --Me hace usted desesperar!--dije, tomando el sombrero.--Es su ltima palabra? --No, pues! La ltima se la dir dentro de un ao. --Y ser que no? --Creo, espero lo contrario, Herrera--contest con blandura, tendindome la mano. Curiosa mujer! No me caba duda de que me quisiera, pero dirase que en ella ms poda la reflexin que el sentimiento. Haba una lucha ardiente entre su corazn y su cabeza, y sta era tan encarnizada que repercuta en su fsico, adelgazndola, y en su moral, entristecindola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer como aqulla, ni en las que conoc ntimamente, ni en las que pude observar en sus relaciones con los dems. Qu diferencia con Teresa, por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexin, sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los sentimientos, por las circunstancias. Mara, en cambio, pura y tambin candorosa su modo, tena, sin embargo, la intuicin de no dejarse arrastrar por sus sensaciones impresiones, estaba en guardia contra peligros desconocidos, quiz imaginarios, y me resultaba una criatura artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y pona en prctica su filosofa. Sabia coquetera, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez ms ella, y mi voluntad iba violentamente su conquista, por cualquier medio. Esta situacin se complic, se hizo ms vidriosa y desagradable, desde una visita de don Evaristo en mi despacho, anloga, pero, qu diferente! la del viejo Rivas. --Mi querido Mauricio--djome Blanco, afectuosamente,--debo hablarle de un asunto de importancia. Quiz le pueda molestar, pero le ruego que no tome mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con imprescriptibles obligaciones. --Hable usted con toda libertad, don Evaristo!--exclam sin sospechar an lo que me dira, aunque sabiendo de quin se trataba. La vida tiene ironas inesperadas, que resultaran cmicas, si uno pudiese considerarlas desde afuera, con nimo sereno. La escena con Blanco era ms que una irona, un sarcasmo. Iba decirme que, como mi asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometa su hija, era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la nia me retirara, como cuadra un caballero. Todo el mundo me consideraba novio de Mara, y algunos pretendientes serios se haban retirado, al verme en tal pie de intimidad. l no tena prisa en casar Mara muy al contrario! pero deseaba aclarar la situacin y no verla en una posicin anmala sin que ni l ni ella tuvieran la menor culpa. Le dej hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le agradaba ser interrumpido. Puntualiz su discurso con esa minuciosidad provinciana y ese acento oratorio que es todava atributo de algunos viejos chapados la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con una larga pausa y una mirada invitadora seal que haba terminado, repliqu, muy grave: --Todo eso est muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilara en pedirle ahora mismo la mano de Mara, considerndome muy honrado en obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora. --Cmo as! Por qu?--pregunt sobresaltado. --Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos inmediatamente, sin prdida de tiempo, pero todas mis splicas contesta que resolver dentro de un ao. Sin quitarme las esperanzas, no me las quiere confirmar tampoco... --Es posible!... Pues no me doy cuenta de qu locura... Y se interrumpi en seco, al comprender que iba hablar mal de su hija, penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer, cayendo luego en honda meditacin como si el inesperado problema lo dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recproco, no haba querido interrogar Mara, con ese exceso de pudor de ciertos padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor palabra referente al galanteo, digmoslo as, son ms incapaces an de someterlas un interrogatorio siempre escabroso, por ms tacto que se tenga. Haba respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor que se imaginara probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. Que tanto puede el misterio! --En ese caso--dijo por fin el viejo, llegando una crisis de su meditacin,--en ese caso doy por pedida la mano de Mara. Yo hablar con ella, har que me diga s no, , por lo menos, sabr qu piensa... --Creo que su intervencin, don Evaristo, ser intil... y perdone. Mara me ha declarado que est resuelta no acortar el plazo... --Oh! estas muchachas... Miren en qu situacin me ha puesto!... Pero las cosas no pueden seguir as, hay que definirlas de una vez... En cuanto usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique ms el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al contrario, es posible que as se arreglen las cosas mucho ms pronto... Se fu el buen hombre, y yo me qued riendo de rabia por la irnica comunicacin, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que iban tener padre hija. En la imposibilidad de escucharlo, trat de encontrarme al da siguiente con Blanco, lo que no era muy difcil, pues todas las tardes sala caminar. mis preguntas, contest evasivamente, con aparente franqueza: --Dice que los dos son muy jvenes todava. Que tienen tiempo de casarse. Que quiere conocerlo ms, para no lamentar despus una equivocacin... Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de Mara. La mujer debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente la crtica, porque de otro modo ni l ni ella podrn nunca ser felices. Este deba ser el fondo del pensamiento de Vzquez, al decir que no quera conquistar una mujer convencindola, sino enamorndola. Pero entonces, mis sentimientos llegaron exagerar todos sus caracteres apasionados ya, y me pareci imposible vivir sin Mara, no vencer ese primer obstculo opuesto la realizacin de mi voluntad, hasta entonces siempre vencedora. Ajustndome, pues, los deseos manifestados por don Evaristo, y siguiendo una tctica que an me pareca eficaz, pese su fracaso anterior, no fu ver Mara, sino el da antes de marcharme Buenos Aires. Estuve pocos minutos y me desped, diciendo: --Espero que mi vuelta de la capital habr variado de idea; mi vida est devorada por la impaciencia y resulta intolerable. --Por qu impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si empezara, tendra luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado. --Y usted demasiado indiferente. Adis, Mara. XII La capital me atraa poderosamente, por su vida ms amplia y ms libre, su movimiento, sus diversiones, su buen humor aparente que contrasta con la amodorrada gravedad provinciana, pero nunca produjo en m tanto efecto de atraccin como aquella vez, sin duda porque ya vislumbraba prxima la hora en que emprendera su conquista. Pis sus aceras con paso firme, de propietario, y me sent ms familiarizado que nunca con aquel torbellino que en un principio me mareara, desconcertndome. Una nueva vida pareca empezar para m, excitando mi orgullo, y con la frente alta, miraba la ciudad como cosa ma. --Soy provinciano?--me preguntaba, recorriendo aquellas calles animadas que diez veinte aos ms tarde iban convertirse en tumultuosas.--Y ese epteto de provinciano significara que esto no me pertenece como al mejor entre los mejores? Bah! sas son tonteras que slo sirven para alimentar la conversacin de los fogones y las salas de aldea. Aunque no tuviera antepasados porteos, en cuanto me pasara el primer mareo de la multitud, me encontrara en casa, como todos los del interior que han triunfado, y que slo utilitariamente mantuvieron el antagonismo tradicional. Qu es lo porteo, sino la suma de los mejores esfuerzos de todo el pas? Vamos! desde el ochenta, ms gozan de Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan menos de Pars los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es una resultancia, y yo la quiero, y todos debemos quererla, hasta por egosmo, porque todos colaboramos hemos colaborado en la tarea de su realizacin. Una capital con la quinta parte de la poblacin de un pas que es un mundo, capital que, sin embargo, vive en la abundancia, en el lujo, en la esplendidez! Qu ciudad, qu pas, qu maravilla!... Quererla mal es renegar de la propia obra, es no saber lo que estamos haciendo... La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, all atrs, y el mismo recuerdo de Mara se esfumaba como algo que comenzara ser remoto. El grande hombre del interior iba ser grande hombre de la capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el curso natural de las cosas... Pero y si el Presidente?... No! no haba nada que temer: me dara su confirmacin, pues le constaba que lo haba servido y lo servira incondicionalmente, mientras ocupara el Poder. Despus, no poda forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbara en cualquier rincn, como l mismo haba hecho con su antecesor, como lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes. Lo importante para l era contar durante su perodo, con hombres probados, y prepararse volver en las mejores condiciones posibles la vida privada... Pero, no sera peligroso hablarle de lo que me haba encargado fray Pedro? no considerara aquello como una falta de disciplina? Qu pensaba del divorcio? deseaba implantarlo realmente? Bah! todo es cuestin de tantear el terreno con destreza y no precipitarse, teniendo en cuenta, adems, que una medida tan radical no es de su temperamento... Fu verlo en su casa particular al da siguiente, y en cuanto hice pasar mi tarjeta me recibi. Era un hombre joven, bien parecido, de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con cierto dejo provinciano que no careca de gracia, y accionaba con viveza, cuando deca algo interesante, acentuando entonces ms las slabas. Vesta bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendi la mano, con ademn resuelto y franco, me hizo sentar junto l en un sof, y entr inmediatamente en materia, preguntndome--cual si sta fuera una Gua de la Conversacin de los presidentes,--cmo andaban las cosas en mi provincia y cmo se presentaran las prximas elecciones nacionales. Exager la paz y la bienandanza de que gozbamos, la fidelidad del pueblo su Gobierno, la riqueza que flua de todas partes, la floreciente situacin de los bancos, el progreso que avanzaba vertiginosamente. En cuanto las elecciones, procuraran un nuevo triunfo nuestro partido, del que l era tan digno jefe, aunque entre los candidatos hubiera alguno algunos de escaso mrito. --Por ejemplo, cul?--me pregunt extraado. --Por ejemplo, ste su servidor, Presidente--dije, mirndole al soslayo, para sorprender la impresin que le causaba. Se ech reir. --Vaya una modestia, amigo!--me contest.--Usted har muy buen papel en la Cmara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se puede contar. --Oh, en cuanto eso!... --Pero, dgame lo que pasa por all. Cmo se porta el gobernador Correa? Inicise, entonces, una larga pltica, l preguntando, yo dndole detalles de todo gnero, haciendo retratos ms menos parecidos de mis comprovincianos influyentes, contndole las ltimas ancdotas y los ltimos escndalos. Era curioso y se diverta muchsimo con aquella chismografa poltico-social, que yo manejaba como un maestro. Aprovech la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y del partido catlico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio. --Pero no ve, amigo, cmo nos atacan los clericales--exclam con un ademn violento y ponindose ligeramente encarnado.--Nunca se ha visto!... Hacen poltica hasta en el plpito, y hay que darles una leccin... Estn demasiado engredos (engridos, pronunciaba l), y no quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ra de m. --Y no cree usted, Presidente, que atacndolos as, en lo ms vivo, no se portarn peor? Todava si el proyecto se lanzara sin el apoyo ostensible del Gobierno... --Eso es lo que se har, precisamente... No tengo inters mayor en la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprendern que slo yo puedo desvanecerla alejarla indefinidamente. --De modo que nuestros diputados podrn votar como les parezca? --Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que entretenga la opinin. Preprese, amigo Herrera, pues se ser un lindo estreno para usted. Sal radiante de alegra, y corr al hotel escribir Correa, los amigos, para comunicarles que el Presidente me haba ungido diputado. Todo temor desapareca: era como si ya tuviese el diploma en el bolsillo. Tambin escrib al padre Arosa, dicindole que todo haba pasado de acuerdo con nuestros deseos, y de la Espada, pidindole que lanzara abiertamente mi candidatura en _Los Tiempos_, sin esperar que el Comit me proclamase. Me rea yo de todos los comits, de todos los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de s mismos! Pas en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro una tertulia, de una visita un paseo, de un club alguna libre y amena reunin femenina, derrochando el dinero como slo se ha derrochado en aquella poca delirante y magnfica, que la mala suerte vino interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervencin de la fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareci reiniciarse diez quince aos despus. Un entorpecimiento, una momentnea escasez de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco ms tarde que todo el edificio, cimentado en el crdito, pero que se hubiera consolidado echando profundas races, se viniera abajo de la noche la maana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de nuestro partido, es decir, del nico que tiene suficientes fuerzas para gobernar el pas, experiencia profunda y clara comprensin de cmo deben dirigirse sus progresos. Lamentable aventura, que me hizo pasar las horas ms amargas de mi vida! Pero an estbamos lejos de tan penosa situacin, y Buenos Aires se diverta bulliciosamente, despecho de la prdica incendiaria de algunos peridicos, y al amparo de una polica fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era motivo de odio para el populacho que la oposicin trataba de anarquizar. Cuando volv mi provincia, haba gastado lo que all me bastara para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa renta, se valorizaban da da, y no tardaran en constituirme una regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires ofreca fcil y seguramente, haran de m en poco tiempo un hombre muy rico. El porvenir estaba asegurado, , por lo menos, as lo crea yo. Para asegurarlo ms, siguiendo la corriente de la poca, haba sacado dinero de los bancos, no slo en el de la provincia, sino tambin en el Nacional, unas veces con mi firma--las menos,--otras con las de algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento, y no con la intencin de suspender las amortizaciones, salvo caso de fuerza mayor. Por qu haba de permitir que una casualidad pudiera arruinarme, cuando muchos en peor posicin poltica que yo, no corran riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Adems, con aquello no haca dao nadie, y esas sumas me permitan edificar, especular, aumentar el nmero y la extensin de mis propiedades... Vuelto la ciudad, mi primera visita fu para Mara, que me recibi como me haba despedido, amistosa pero framente, con una reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular. Estaba evidentemente en guardia; pero, contra qu? Hay misterios incomprensibles en el alma femenina. Fray Pedro, quien fu ver en seguida, me abrum preguntas, y slo se tranquiliz cuando le dije lo que se propona el Presidente: amenazarlos para mostrarse despus buen prncipe, y atraerlos su lado, , por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaa de oposicin que se iniciaba entonces. Bien, muy bien! Pero no conseguir ni lo uno ni lo otro, ni la ley, ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una vela Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue tan hereje como antes. Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la polica, lo mismo que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de amigos adventicios, deslumbrados por mi rpida fortuna, y quienes Zapata haca los honores, dndoles el tono y el comps en el coro de mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el ms importante, uno de los personajes ms importantes de la provincia: todo el mundo me aseguraba que iba votar por m, y me peda alguna cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo el pariente, una pensin para la viuda, la hurfana la hermana de un guerrero del Paraguay, que probablemente no haba salido de su casa, una recomendacin para que le descontaran en el Banco, mi apoyo para un pedido de concesin de privilegio, ctedras en los Colegios Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades, cuanto Dios cri y las administraciones humanas inventaron desde que el mundo es mundo. Hubirase dicho que yo tena el cuerno de Amaltea, la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fu ms rodeado que Camino, incomparablemente ms que Correa. Yo todos deca que s. Cuando se va subiendo en poltica, hay que acceder cuanto se nos pide. Basta con reservarse la ocasin de hacerlo, que siempre llega en los tiempos indefinidos... Slo que suele llegar tarde para los interesados. XIII En cambio, mi candidatura haba hecho psimo efecto en los diarios de oposicin, que me llenaban de improperios, lo mismo que los otros candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba tambin, incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local. El diario catlico de la ciudad, entretanto, me perdonaba m slo, atacando con singular violencia mis futuros colegas que, al fin y al cabo, no valan ni mucho menos ni mucho ms que yo, en cuanto preparacin, dotes intelectuales y morales y principios polticos. Como Correa, cuyas intiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron una vez conocida la voluntad presidencial, me sonrea como al elegido de su corazn, y haca cuanto estaba en su mano para ayudarme, los ataques recrudecieron, diciendo los diarios que l era el ms empeado en mi triunfo y que yo deba considerarme su hijo... poltico, agregando que sta era la mayor vejacin que se hubiese hecho sufrir la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tena segura mi banca en el Congreso, no me avine dejar pasar sin castigo todas estas impertinencias y empuando mi mejor tajada pluma, y mojndola en bilis y veneno, inici aquellas clebres Semblanzas contemporneas cuya serie forma una galera de retratos satricos de los prohombres de la oposicin de mi provincia. All salan bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y fsicos, y hasta los detalles ms menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocan la vida y milagros de la provincia entera, desde tres generaciones atrs. Aparte la genealoga minuciosa de cada familia, saban todos los escndalos verdaderos calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada uno de nuestros comprovincianos de significacin. --Qu se puede decir de Fulano, misia Gertrudis? --Que es un mulatillo y nada ms. El abuelo era un negro liberto de los Bermdez, que entr de sacristn en San Francisco. Los buenos padres ensearon leer y escribir los hijos, que se hicieron comerciantes en un boliche de almacn y pulpera, y ganaron platita. Me acuerdo que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le cantbamos para hacerlo rabiar: _La Habana se v' perder la culpa tiene el dinero: Los negros quieren ser blancos, los mulatos caballeros._ Tena el odio ms inveterado y mortal contra los negros y los mulatos, slo comparable con el que dedicaba los carcamanes, sea italianos burdos, los gringos, es decir, los extranjeros en general, y los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la pennsula ibrica, patria de sus antepasados. Para cada colectividad de stas tena una copla, ms menos chistosa, por ejemplo: _ la orilla de un barranco dos negros cantando estn: Dios mo! quin fuera blanco... aunque fuese cataln!_ los carcamanes, bachichas, mangia polenta, escasos por entonces en la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi, pese su alta posicin oficial y pecuniaria, no escapaba sus tiros. Don Claudio le haca coro y complementaba veces sus recuerdos y observaciones, con anloga malevolencia, subrayando algn detalle exhumando otros desconocidos olvidados por su cara mitad. --Acordate de que, cuando naci Zutanito, haca meses que haba parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre. Y as para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues, admirablemente mi polica oficial, en el tiempo y en el espacio, metindose donde sta no poda entrar, resucitando archivos inaccesibles para ella, y gracias sus informes insinuaciones poda yo escribir sueltecitos picantes como aj cumbar. Pero, aleccionado por el caso de Vinuesca, que no haba para qu repetir--los duelos son tiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor notoriedad,--cuidaba de indicar clara, inequvocamente mi vctima, pero sin sealarla de un modo categrico. Quiero presentar aqu un espcimen de aquella literatura, una silueta--no la ms hiriente, por cierto,--de un enemigo de significacin, el redactor en jefe de _El Grito del pueblo_, diario el ms vehementemente radical que se haya visto en mi provincia: Escribe con una copa de caa al lado. Esta copa siempre est llena, y no porque l la olvide. No. Cuando se la bebe, distrado, le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso, entre china y mulata, con quien se cas hace poco para legitimar una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo se repite cada cinco minutos cada prrafo de sana doctrina poltica. La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana, cobra, naturalmente, su comisin en especies, echando sendos tragos, de modo que al acabar un artculo atiborrado de insultos y de calumnias y hediendo alcohol, ambos, el salvador del pas y su Egeria cetrina, estn completamente borrachos. Entonces leen lo que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las palabras demasiado suaves, substituyndolas con las ms gordas del diccionario populachero, y dndoles todo el ftido aliento de su dipsomana. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del grito del pueblo. Para los dems es nicamente, y no puede ser otra cosa, el eructo del porrn. No copio ms, porque juzgo ahora este sistema de polmica menos distinguido que entonces, y mucho ms ineficaz de lo que parece. Va ms all del blanco. Pero agregar en mi descargo, si no en mi honor, que estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discrecin y agudeza, comparados con los que entonces solan leerse en la prensa provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aqul que discuta el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni insinuar se puede lo que deca. Como es fcil de comprender, este deporte periodstico era para m una diversin incomparable, que me absorba largas horas en la rebusca de insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadsimo, pues ya haba comenzado la agitacin poltica con sus asambleas de comits, sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones callejeras, sus mtines en el teatro en las canchas de pelota, su serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar casi tantos discursos como un candidato yanqui la Presidencia. Pero, con un arsenal de lugares comunes que me haba formado, sala airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos principios de poltica, el sistema republicano de gobierno, la unidad y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la hidra siempre amenazadora de la anarqua, la representacin genuina de las provincias, el Presidente de la Repblica, garanta de paz, de prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposicin, la tralla de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los altos intereses del Estado, que defendera hasta el sacrificio, la era de las instituciones... y mil otras frases ms menos hurfanas de pensamiento, que el pblico me escuchaba con tamaa boca abierta, y me aplauda rabiar, porque con esa intencin esa consigna haba acudido oirme. Pero tanto fu el _tolle_ que arm la prensa local y la bonaerense sobre mi presencia inmoral y tirnica al frente de la polica, siendo candidato, tanto se protest contra este escndalo electoral, que Correa estuvo punto de ceder y quitarme el mejor escaln para llegar al Congreso. No en mis das! Las circunstancias me ayudaron otra vez. Volvan correr rumores de revolucin. En nuestra tierra siempre han corrido rumores de revolucin, sobre todo entonces, y desde tiempo inmemorial. Poda aplicarse al pas lo de que cuando no estaba preso lo andaban buscando, y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda. Las ltimas, sin embargo, haban realizado la unidad nacional, poniendo al unsono todos los gobiernos de provincia, que pertenecan exclusivamente nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de la nacin, del ejrcito y de las intervenciones. Pero la oposicin, desalojada hasta de sus ltimos baluartes, quera tomar el desquite y se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituy excepcin. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes, resultan muy desgraciadas en nuestro pas, y nunca son as, enormemente fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La mayora, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque. No tard, pues, en saber los preparativos que se hacan contra el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de ferrocarriles, que tenan tambin la direccin del resto de sus lneas en la provincia, se permitan ser opositores con mayor menor franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era forastero como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este ltimo acudi un da mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se haban introducido algunos cajones de armas por su lnea, aunque fuera notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia. --Y si se han atrevido servirse de mi compaa--agreg,--estoy seguro de que se sirven mucho ms de las otras, y de que en estos momentos ya hay centenares de fusiles en la provincia. --Gracias por la noticia, Snchez. Ya haba olfateado algo de eso. Pero, vaya sin cuidado, que no va suceder nada... Eso s, averige quines han recibido las armas, pero sin alborotar nadie, y hgamelo saber. Lo dems corre de mi cuenta. Al da siguiente hice citar los dos jefes opositores, para que concurrieran la misma hora mi despacho. En cuanto los tuve en mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos reveladores de sus manejos, exclam: --S todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto no hacerme el desentendido, y perseguir cualquier malevolencia, cualquier traicin... As, pues, desde este mismo instante, me darn ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios... Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal, y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y resulta en la ciudad mayor nmero de armas del que yo conozco, los har responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo respecto de los pueblos de la campaa por donde pasan sus lneas. Varias veces haban tratado de interrumpirme, protestando de su inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permit. Al final, cuando renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando: --Estar siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios, pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes quedarn completamente secretos... --Esto tiene que venir de habladuras, de calumnias de Snchez--insisti uno de ellos, Smithson;--nadie sino l tiene inters en perjudicarnos. --Qu clase de inters puede tener Snchez que, por otra parte, no me ha dicho una palabra?... --Qu clase de inters?--salt el otro, llamado Peacan.--Congraciarse al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depsito de mercancas de su estacin central! --Bah! Ese asunto est en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda actividad. El culpable ser descubierto, y ms pronto de lo que ustedes creen. Y mirando Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara involuntariamente que Smithson y no otro era el sopln, agregu: --Vaya, vaya! Ni se suea usted quin me ha informado. Al despedirme de l remach el clavo dicindole en voz baja: --Me cree usted tan simple que no hubiera convocado Snchez, si ste fuese mi informante? Qu costaba llamarlo tambin, para desviar las sospechas? En cuanto Smithson, quien retuve unos minutos ms, tambin le suger la idea de que el indiscreto era Peacan, y esper el resultado de mi pequea combinacin: Cualquier otro hubiese hablado solas con cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos un tiempo, suscitando sus recprocas sospechas, tena que lograr mi objeto. Y, en efecto, das despus, Smithson me anunci que acababan de llegar dos cajones de remingtons, consignados un bolichero de las afueras, hombre de Ziga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposicin. En cuanto Peacan, ms leal menos asustadizo, haba pedido que no se siguiera enviando armas por su lnea, porque estaba descubierto. Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para que no me los escamotearan. Todava no era conveniente descubrirlos. Un tercer cajn lleg casa de un opositor catlico, el doctor Lasso; tambin lo dej. Por ltimo, Ziga cometi la tontera de recibir dos en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa de Ziga y tomarle los fusiles, recog los que haba en las chacras, en el boliche, en poder de algunos particulares, y escrib Lasso un billetito diciendo que conoca su depsito de armas pero que, como no quera molestarlo, porque ambos tenamos las mismas convicciones religiosas, l deba mandrmelas ocultamente lo ms pronto posible. Correa se qued boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los rumores haban llegado sus odos, nunca les atribuy importancia, al ver que yo me encoga de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y honrndome como nunca lo haba hecho, se fu visitarme en la polica. --Ah, muchacho!--exclam.--Si cuando yo deca que sos un tigre!... Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar todos esos revoltosos de porra! --No se precipite! Mire bien lo que va hacer, don Casiano--le dije.--El pueblo est demasiado alborotado para que nos metamos en persecuciones. Lo mejor ser practicar una larga investigacin, sin tomar preso nadie por el momento. Siempre habr tiempo de hacerlo en el curso de la instruccin, si vuelven alzar el gallo. Y, ahora, para hacerle el gusto, permtame que le presente mi renuncia... --Cmo tu renuncia! Has perdido el juicio? Por nada te dejar que renuncies en estos momentos. No faltaba ms! --S, Gobernador. As se salvan las apariencias. Y usted aceptar la renuncia, pero copiando este borrador. Y le present una minuta as concebida: Considerando: l. que el benemrito jefe de polica de la provincia, don Mauricio Gmez Herrera, tiene razones poderosas para renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempea; 2. que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia, teatro de una agitacin subversiva, hacen imprescindibles sus servicios. El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA: Art. 1. Acptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gmez Herrera; Art. 2. Encrgase al mismo don Mauricio Gmez Herrera, del desempeo de las funciones de jefe de polica de la Provincia, mientras duren las presentes anormales circunstancias. --Lo firmar?--pregunt. --Pues, est claro! --Viva la Repblica! Cualquier da iba yo dejar que _mi_ eleccin se hiciera sin dirigirla personalmente yo! XIV Estas sencillas maniobras, que no s si llamar hbiles, dieron lugar un hecho agradablemente inesperado. Mara me escribi un billetito, el primero, pidindome que fuera su casa. Haca semanas enteras que no iba visitarla, y recib su invitacin con verdadero regocijo, como una seal evidente de mi triunfo prximo y definitivo. Corr casa de Blanco sin perder un minuto, y entr en la sala con aire de conquistador, aunque ligeramente conmovido. Salud con efusin, pero qued sorprendido al ver que Mara me reciba con cierta gravedad. --Mauricio--dijo, por fin, entrando en materia.--He credo de mi deber atreverme hacerle una advertencia. Usted comprender que, dadas nuestras relaciones... amistosas, me preocupe de cuanto hace, y tenga, como si dijramos, los ojos clavados en usted... Y, perdneme, su actitud me aflige. --No he hecho el menor dao nadie!--exclam estupefacto.--Hasta he salvado los revolucionarios, negndome tomarlos presos, como quera el Gobernador. --No me considere politiquera. No lo soy. Si me informo de la poltica, es porque usted es poltico; me ocupara, tambin, de usted, en cualquier otro terreno en que actuara. La mujer que quiere conocer su destino sabe adaptarse al medio de su... de los amigos que han de influir decididamente en su vida. Una luz me ilumin como un relmpago, y despus de callar un momento, pregunt con afectada tranquilidad: --Hace mucho que no ve Pedro Vzquez? --Por qu me lo pregunta? --Simple curiosidad. --Vino ayer... --Y hablaron ustedes de m? --No. --S, Mara. --No!... Por lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos... hablamos del xito. --Y Pedro considera que el xito es caprichoso, siempre casi siempre injusto, que se ofrece al ms torpe al ms tonto, y que se niega al mrito, al esfuerzo, al sacrificio... Qu bien veo Pedro en esto, y cmo sabe hacerse la mosca muerta para intrigar mejor y dar los golpes ms certeros! --No. Vzquez considera, como yo, que el xito suele ser el salario de los que se doblegan todas las influencias y se dejan llevar por todas las corrientes, tengan mritos no... --Sabe, Mara, que usted piensa mucho? Sabe que piensa demasiado para poder sentir? --Y eso significa?... --Que quien tanto analiza, seal es que quiere poco. --Deben aceptarse las cosas y los hombres sin examen? --Bah! Bien admira Pedrito... --Analizando, como usted dice. Yo rabiaba de celos y de despecho. La Marisabidilla aquella, que se abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme! Porque si bien no me haba dicho nada concreto an, yo lea en sus ojos la amonestacin preparada... Con qu derecho? Una mujer, que no deba ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! No es odiosa esta clase de marimachos que se creen dueas de todo el saber porque han ledo cuatro librejos y han credo meditar cinco minutos? Ah! todo hubiera concludo all, si los celos el amor propio no me mordieran el corazn. No estar Vzquez presente, para saltarle al pescuezo!... Y, con las manos trmulas de ira y la voz entrecortada, dije: --Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, Mara! Usted condena mi conducta, aunque sta se ajuste estrictamente lo que exije la vida real. Bah! usted es una soadora, una criatura angelical, convengo en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo... Quiz por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dar cuenta de las cosas, y entonces comprender. Cuando uno se propone llegar un punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce l, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre precipicios... Yo voy donde debo ir por el nico camino que tengo, sin mirar hacia atrs ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos humanos materiales, pero sin faltar por ello mis principios de hombre de honor, mi... Una risita, entre dolorosa y sarcstica me interrumpi. --Usted cree, entonces--dijo en voz clara,--que sus sueltos del diario, por ejemplo, no pasan los lmites de la gentileza y la correccin, por no decir ms? --Mis sueltos? Yo no escribo. --Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente as los consideran muchos, abren todas las puertas la calumnia y al escndalo. El que hoy es objeto de burlas difamaciones, para vengarse, no se detendr maana por consideracin alguna, y har, su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser terribles, y nadie sabe de antemano hasta dnde pueden llegar. La mir de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos. --Para eso me ha llamado usted?--balbuc, ardiendo en ira.--Slo para eso me ha llamado? No poda ni siquiera esperar?... Pues bien! yo tambin tengo algo que decirle: Usted no me quiere, usted no me ha querido nunca, Mara! Inclin la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmur, arrugando el vestido entre sus dedos: --Puede ser. Puede ser muy bien. En su acento haba, nuevamente, un poco de ternura y un poco de irona. Para un fro espectador, hubiera sido evidente que en su alma luchaba la imagen que de m se haba forjado, con la realidad que iba presentndole yo poco poco. Romanticismo, en fin. Cuando alz de nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quiz treinta segundos, quiz media hora, call y medit. Qu iba ser de m, si llegaba compaero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista? Unirme ella, sera condenarme una vida de amargos sinsabores, una tirana perenne, una censura continua inflexible de todos mis actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de subyugarla, de dominarla, de someterla una incondicional adoracin de mi persona. Y obedeciendo este impulso, trat de serenarme. Cambi de tono y le dije con mimo que cuanto haca, bueno malo--sin saber que pudiera ser malo,--era por ella, por conquistarla, por prepararle tambin la ms elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la felicidad, que ella mereca ms que nadie. Yo no ambicionaba nada para m; para ella nada me pareca suficiente. --Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen los grandes hombres. Con usted mi lado estoy seguro de llegar donde me proponga, y ms lejos an... Soy rico, ser muy rico. Tengo algn poder, lo tendr cada vez mayor. En el pas no habr dentro de poco quien pueda competir conmigo... --S, Mauricio. --Quin? --El que piense mejor. La sombra de Vzquez se condens ante mi vista. El rival derrotado recuperaba poco poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinacin me desconcert, porque no acertaba explicarme la mudanza de Mara, pese los sntomas anteriores. Trat, sin embargo, de ahondar ms en el alma de la joven, y la pregunt: --Slo para eso me ha llamado? --No. Quera, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique su presencia al frente de la polica, mientras se prepara su propia eleccin. Por qu no deja el puesto y satisface as amigos y enemigos? --Porque seran capaces de dejarme pie!--exclam, sonriendo.--Se necesita ser muy ingenua, Mara, para preguntarme para pedirme semejante cosa. --Y, sin embargo, yo crea...--murmur, casi con las lgrimas en los ojos, conmovindome m tambin con su tono de queja. En esto, entr en la sala don Evaristo que, viendo nuestro enternecimiento, crey dado el gran paso y zanjadas las ltimas dificultades. --Se adelanta algo, muchacho?--me pregunt, sonriendo alegremente, en la esperanza de una grata noticia. --Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposicin se haga duea del Poder--contest. Don Evaristo entendi la frase en su sentido ms directo, y me someti todo un interrogatorio sobre la situacin poltica de la provincia. Mara escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy abiertos, tan abiertos como cuando uno mira su interior. Das ms tarde, volv. Dominbame el insensato deseo de reconquistarla, un arrebato slo semejante la sed de venganza de un ultraje terrible, todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantena toda costa la conversacin en el terreno de las generalidades, muy correcta, fra, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me pona alternativamente rojo y plido. veces, senta ganas de lanzarme sobre ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia de don Evaristo que nos acompaaba probablemente indicacin suya, impeda toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicacin. Las elecciones iban practicarse el domingo, tres das despus. Blanco me habl de mi diputacin, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos Aires. Yo le repliqu, con fingida modestia: --Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aqu, y el ltimo poco menos en la gran capital. Cuntos que brillaron en sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo mismo no llegue ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud... --Es posible--murmur distradamente Mara. Una oleada de sangre me subi la cabeza, y empec: --Y se imagina usted que yo!... Pero me contuve, y sal, trmulo de rabia, casi sin despedirme. Las elecciones me dieron el triunfo. Al da siguiente de practicado el escrutinio, resign mi puesto en manos de mi sucesor, y comenc preparar el viaje Buenos Aires, teatro de mis futuras hazaas, mientras en el cerebro me trotaba la maldita hiptesis, tan fcilmente aceptada por Mara... Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia luego, desmerecer en la capital, ocupar un rango inferior, no abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el pago y despus deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de su centro, indebidamente confundidos en la corriente de seleccin del pas que aspira y absorbe la capital. Oh, Mara, Mara! Cmo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires, para avasallarla tambin ella, de rechazo, en una apoteosis de mi amor propio! NOTAS: [3] El original da el adjetivo correspondiente su provincia en particular. TERCERA PARTE I Aunque ya estuviese bastante acostumbrado la vida intensa de la gran metrpoli, Buenos Aires me mare en un principio, y este fenmeno se explica: hasta entonces slo haba ido all por paseo, sin nada bien determinado que hacer, el tiempo completamente mo, contando siempre con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me defendera en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme prodigarme, segn me conviniera, simple visitante, en fin, quien hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate; mientras que esta vez, iba radicarme all, con un plan de conducta establecido en sus grandes lneas, y obligaciones polticas y sociales, deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al diapasn del gran centro, para no hacer un papel ridculo, sin contar ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena, ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme sera equivalente al ms estruendoso fracaso. Al mareo contribua, tambin, la embriaguez de mi triunfo, la satisfaccin arrebatadora de verme con un pie en los ltimos peldaos de la inmensa escala, pudiendo considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi mano. Y otra cosa ms: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos ensueos de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente por la unin estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la extincin total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse pensar en esta misin me pareci trivial, infantil, ya realizada en vas de realizarse, y tem dar pasos en falso, exponerme las burlas de los hombres experimentados y escpticos, hablar como una criatura... No, si no es tan fcil la iniciacin como parece. --Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que estoy algo boleado, que me azoro como un advenedizo, y, por otra, no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios. Gracias un dominio de m mismo que me permita parecer tranquilo indiferente en las mayores pellejeras, consegu que nadie advirtiera mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqu, pensando que, sin aparentes pretensiones, poda y deba presentarme en plena vida poltico-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia en cuanto mi exterior se refera. Renov, pues, mi guardarropa, abandonando los trajes que en provincia podan dar el tono, pero que en Buenos Aires resultaban lugareos por no s qu detalles de corte, de color, creo que hasta de olor, comenc frecuentar los grandes restaurants la moda, los teatros, los clubs, los crculos que ya conoca, con el rumbo discreto que siempre acostumbr, y esto me hizo creer un instante que comenzaba ser popular. Veame siempre, en efecto, rodeado por un crculo de amigos y conocidos que se ensanchaba cada da, y del que era del que crea ser eje principal, pues todos me demostraban no slo deferencia, sino tambin hasta admiracin. Seuelo de este rebao haban sido algunos camaradas, que en mis visitas anteriores se sentaban mi mesa y me iniciaban en el conocimiento de los ms amables rincones de la capital; pero antes no eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron as, al menos, gracias lo transitorio de mi estada,--mientras que, en este nuevo perodo, llegu considerarlos innumerables y pesados en demasa, sobre todo cuando saqu cuentas al cabo del segundo mes: me haba gastado lo que crea suficiente para medio ao, por lo menos. Mis recursos, grandes en provincia, resultaban escassimos en la capital, llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero como agua en da de lluvia, sin que, para quedarse sin un cntimo, sea preciso caer en la exageracin de prestar cuantos piden. Resolv, pues, substraerme un poco la admiracin de mis contemporneos, y record mis buenos propsitos de modestia, jurndome cumplirlos esta vez. Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel maelstrm devorador, sobre todo, si quera mantener ntegra mi pequea fortuna, como era mi intencin. Puede que se me considere vido y hasta mezquino por esto, pero era, slo, previsor, y saba gastarme las rentas sin pestaear. Y qu hubiera sido de m no proceder de esta manera, cuando tantos ms ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron luego rodar al abismo de la miseria, poco menos! Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escrib Correa, pidindole un auxilio, en forma de comisin gubernativa, otra cualquiera. Haba observado que los funcionarios y empleados mejor retribudos eran generalmente ricos de mediana posicin, como si los poderes pblicos se empearan en conservar y aumentar las fortunas, y mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del pas. Esto es ms lgico de lo que parece. Los hombres, por muchos mritos que tengan, acostumbrados vivir con poco, no necesitan de grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles ms que el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posicin, pues de otro modo fcil sera que hicieran disparates, perdieran la riqueza y se hundieran, comprometiendo luego buena parte de la sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta accin conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es evidente y es plausible. Quin no encontrar bien que, en el caso de Faustino Estbanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le ayudara pecuniariamente salvarse, aunque fuera un intil, mientras que Renato Pietranera, el fsico, que buscaba la solucin de no s qu problema, y se mora de hambre, nadie le facilit recursos y tuvo que desistir, buscndose la vida como dependiente de comercio? En el primer caso, la vergenza de Faustino recaa sobre todos los Estbanez, emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el pantano, por lo cual, despus de pagadas sus deudas, se le envi con una misin al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se han de evaporar por eso. Hombres ms grandes que lo que l pueda ser, han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras. En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro pas, para que nos ocupemos en aumentarla. Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo poda serle muy til en Buenos Aires, me procur inmediatamente una prebenda, una representacin innecesaria pero bien pagada, ante diversas oficinas pblicas que tenan asuntos con la provincia. Con esto poda manejarme, pues ya he dicho que tena prudencia, y no cometera locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores mi eleccin, la prensa opositora me acus ms menos injustamente, de malversaciones, de coimas exigidas los proveedores de la polica, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos de vigilantes comidos, como se los coma don Sandalio Surez, el comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo, porque en aquella poca todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que acept cuanto se me ofreci, pero tambin es verdad que no lo hice por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por darme mejor vida: todo aquello, como vino se fu, y no ser por la especulacin de mi chacra y otras emprendidas con platita de los bancos, mi fortuna sera muy modesta. Amo el dinero, pero no por el dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque la libertad, sin medios de accin, no es libertad, ni es nada, tanto, que se ha llegado hablar de la libertad de morirse de hambre.--Desgraciadamente, las gangas que ms arriba me refiero, haban cesado, y en Buenos Aires no poda conquistarme otras nuevas mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me desquitara ms tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me vena como anillo al dedo. Para modificar mi vida, dej, pues, el hotel suntuoso y caro en que me haba hospedado y alquil una casita antigua en una calle central--tres cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de la familia, que permite uno de mis tos hacer viajes Europa con el beneficio de los muebles que compra all y usa y revende aqu,--y me instal como quien est dispuesto llevar una vida seria y arreglada. Llam Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y complet el servicio con un cocinero y un sirviente que sala de una casa aristocrtica, y que hall modo de robarme como un pazguato. Y, ya en mi casa, en vez de correr cafs y restaurants y rotisseries, me limit mis clubs y crculos, y frecuent mis relaciones, previo estudio de sus caractersticas, y fu espiritual y escptico en unas partes, bonachn y creyente en otras, austero aqu, liberal all, tolerante acull, sectario unas veces, despreocupado las ms. Y as logr que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi figura permaneca indecisa y enigmtica, inspiraba, cuando mucho, una especie de tibia curiosidad. En esto, passeme el tiempo y llegaron los primeros das de mayo, el mes de la apertura del Congreso en que iba estrenarme. Ahorro la crnica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los salones y los pasillos de la vieja casa que pareca un reidero de gallos en el recinto, y una carnicera para gigantes desde afuera, y llego la defensa de mi diploma, que fu en un da desagradable, de humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como slo se ven en Buenos Aires. Los das hmedos de la capital, cuando reina el norte pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los ruidos me son ms discordantes, ms ensordecedores, los movimientos ms difciles, como dolorosos, las ideas ms escasas, como ausentes, los olores ms intensos ingratos, hasta nauseabundos, la luz falsa, engaosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables, provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonmbulas y todas parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentneos pero acrrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento as, no nos sera muy difcil acabar con el mundo, si ello dependiera de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez de mi diploma. Comenc vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me excit, me irrit poco poco, lanzndome en mi oratoria acostumbrada. Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy decir: substituyo fcilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y efectistas, con imgenes veces pintorescas, que subrayan muy bien mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese las frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo cautivar los oyentes y aun arrancarles el aplauso. Aquella tarde memorable, las acusaciones de coaccin, contest entre otras cosas, cuando ya estaba en vena: Se me acusa de la anttesis de mi accin! Precisamente! He garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en las altas funciones que me incumban; no he movido un dedo para que se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado en arrancar, ms por la persuasin que por la violencia, de manos de los agitadores, las armas con que queran imponernos un estado anrquico... Y si mi candidatura surgi en el ltimo instante, una vez pacificada la provincia, gracias mi humilde esfuerzo, cuando ya no era jefe poltico, sino comisionado eventual para mantener el orden, fu porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante de la opinin--que es, afortunadamente, la mayora en mi provincia y en el pas entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al ms modesto de los ciudadanos, al ms insignificante de todos, slo porque haba realizado desinteresados y generosos--s, generosos!--sacrificios en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni menos la incendiaria anarqua... Al oleaje desbordado de las pasiones inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi persona sin relieve ni mritos, la playa de arena, mansa, que aplaca sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unin entre la ola devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos. Ya con Pegaso desbocado agregu que estas consideraciones de hecho se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y tnicas, que, hacindome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vzquez), demostraban hasta la evidencia la bondad de mi eleccin: El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una familia que ha dado hroes y mrtires la patria,--dondequiera que vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como su ms genuino representante; y yo me encuentro aqu, en el seno de mi verdadera familia patricia, como un hijo prdigo quiz, pero afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse los suyos... S, seor Presidente! S, seores diputados! Sabis cmo me llama la gentil Buenos Aires? Sabis cmo se me indica en todos los centros polticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... El provinciano!... El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque demuestra la legitimidad de mi representacin... Aunque sin merecerlo, puedo afirmar que dondequiera que yo est est mi provincia... Y qu, si no es esto, manda la Constitucin al estatuir que todas las regiones del pas estn sintticamente reunidas en este recinto? Y cul de mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos as, adelantndome su justa sancin--puede invalidar este doble reconocimiento de mis comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital, sntesis del pas? Alguien replic que todo esto era literatura y que yo slo haba demostrado mi carcter de... provinciano; y como la barra haba aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se vot y pas prestar juramento. Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas: --Nos ha nacido un gran orador! --No desmiente la casta. --Est bien, amiguito, as me gusta! Un opositor, echndoselas de ingls, murmur el ttulo de una comedia de Shakespeare: --_Much ado about nothing._ Y otro le replic: --Esperemos que vengan las ideas. Raza envidiosa, raza de vboras. Como si ellos tuvieran tantas! II No s si bien mal inspirado, don Evaristo me convid comer antes de mi partida para Buenos Aires. La reunin, muy ntima--estbamos nicamente los tres,--fu, sin embargo, casi tan ceremoniosa como nuestros primeros encuentros con Mara en su casa. Slo Blanco demostraba afectaba buen humor, y me invit que le escribiera dndole noticia de mis primeros actos impresiones, cosa que le promet. --Y usted, Mara, me escribir?--le pregunt. --Yo no s escribir, Mauricio, pero siempre acertar decirle si estamos buenos no. Cualquier cosa que aadiera, podra hacerlo enojar. Esta alusin al final de nuestra ltima entrevista me supo mal, pero slo repliqu, tratando de ser afectuoso: --Aunque sea una lnea suya, me har muy feliz. Me permitir esperar con calma que se cumpla el plazo. --Ah!... Falta tanto an!... Ya pensar en otra cosa... Ciego, no vea no quera ver que la nia me estaba despidiendo, que desde mucho antes haba renunciado su capricho de un minuto, que yo no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi amor propio, toda mi pasin, se estrellaran contra su indiferencia. Pero, tambin, que mantendra su palabra, y que no se avena que se pisoteara su orgullo con un desdn. --Y usted pensar en otra cosa?--pregunt. --No, Mauricio, yo no tengo ms que una palabra... Lo dicho, dicho est. Y, escuche, quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida. --Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... Es decir que me quiere un poquito, Mara? --S... La despedida fu ms tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegu creer que la haba vencido, conquistado para siempre, y sent honda satisfaccin. Pero esto dur poco. un saludo que le dirig al llegar Buenos Aires, contest con una frmula corriente de cortesa, y con esto qued cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. As se explica que pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones de la capital, que, aun sin tener que concurrir la Cmara, no me hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditacin. Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitan ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de dormirme. La noche me la consuman, despus del teatro, las partidas, las largas partidas en el crculo, con los prohombres de la situacin. No s por qu se niega que el juego de naipes tenga otro inters que el del dinero y se diga que los que cambian cartas es porque no saben cambiar ideas. Yo le encuentro, entretanto, mucho inters moral y hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en s, sino por lo que desarrolla la facultad de conocer primera vista el carcter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Ms que cualquier otro, un jugador sabr cundo una persona le miente y hasta qu punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga vea ms esto por jugador que por gaucho. mi juicio, todo poltico debe ser jugador--con tal que no se dedique juegos de simple azar ni de pura destreza,--pues la prctica de los naipes le dar dominio sobre s mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clnico para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que nadie se entere, serenidad que en el pblico verstil hace sobrevivir el prestigio las mayores derrotas, facilitando as el, de otro modo, imposible desquite. Ay del poltico si el pueblo advierte que est totalmente arruinado! se no volver brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al jugador sin plata y sin crdito, que no puede apostar sobre palabra. Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho ms interesantes que las de mi club provinciano, y no porque parecieran ms animadas. Por el contrario, eran correctas, casi fras, sin las exclamaciones y los ternos que solan salpicar las nuestras; pero en los intervalos se cambiaban algunas ideas tiles, algunos datos importantes, entre todos iba formndose una especie de solidaridad, de complicidad, y no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo, extrabamos la ausencia del secretario de polica, gran punto que nos tena locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando: --Llego tarde, porque vengo de sorprender unos jugadores!... Ni faltaba su poco de psicologa, ms menos trasnochada. Uno de mis colegas de la Cmara, sin darse dndose cuenta de que escupa al cielo, me dijo cierta noche: --Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto un tapete verde; pero si permanece mucho tiempo aqu, seguro que se levanta siendo un pillo... -- un sonso--complet. Sin embargo, los griegos eran escasos en nuestras reuniones, en las que no se hacan ms trampas que las necesarias, como dicen los prestidigitadores espirituales segn la receta. Varios hubo... Pero esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qu entrar en detalles. Algunas veces, al dejar la partida y salir la calle, la hora del alba sumerga el empedrado, las aceras, las fachadas, en un bao de azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla monocroma, mucho ms sorprendente al dejar la iluminacin anaranjada de los salones. Pero slo un espectculo excesivo como ste poda llamarme la atencin en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los matices me dejan indiferente. As tambin la vida de la ciudad, que slo poda detenerme en sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la preocupacin de la importante partida que estaba dispuesto jugar, pero que no vea armada en ninguna parte: la partida de mi porvenir. La iniciacin era muy dura. Muchas veces me ech muerto, renunciando abrirme camino de las ltimas las primeras filas. Era tanta la competencia en todos los terrenos accesibles para m! Aun en el del servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres de reconocido valer, que se precipitaron abrir la portezuela del carruaje, para el Presidente que sala del Congreso. El que qued atrs, dijo al otro, irritado: --Aduln! Y su competidor triunfante, todava doblado en una gran reverencia, replic: --Envidioso! Mi incipiente reputacin oratoria no me bastaba, faltndome las ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatan cuestiones demasiado complejas, demasiado tcnicas para que pudieran lucir las lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio fondo de un asunto determinado, tanto ms cuanto que, desde nuestras filas, los argumentos deban ser muy especiosos y singularmente hbiles para que resultaran admisibles. Toda la elocuencia pareca haberse vuelto del lado de la oposicin... Debatame, pues, en la obscuridad, y ms que entonces, mucho ms que entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo mi individualidad, trato de poner aquella decoracin de ciudad-emporio, y aquella poca de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, pigmeizado, y lo peor es que tampoco acierto dar la impresin de aquel pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, slo regido por el egosmo ms feroz, y en el que la gente sola entredevorarse acaricindose. As los amigos del Club, indiferentes en cuanto se levantaban de la mesa... Pugnaba yo por abrirme paso en la alta poltica, pero el destino, mi protector incomprendido entonces, no lo permiti. Me guardaba para despus, no quera que me comprometiera. Sabio destino! l vea en el futuro que toda aquella grandeza iba caer derribada de un soplo, y que slo subsistiran, no los rboles erguidos, sino el cepelln que crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, despus, si yo he crecido, muchos de aquellos rboles tronchados han vuelto retoar. No hay que quejarse. Slo los muertos no vuelven. Perdneseme esta digresin: es la ltima una de las ltimas, porque comprendo que, despus de tan larga caminata como hemos hecho juntos, el lector, viendo creyendo ver prxima la etapa final, me incita no detenerme coger flores y contemplar el paisaje, sino seguir andando derecho viejo, hasta el apetecido descanso. Dejar, pues, que los hechos se expliquen por s solos, tanto ms cuanto que pienso en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde la primera pgina. Resultaran admirables quiz, pero no seran mis memorias, pues tengo cierta cavilosidad caracterstica que me lleva los anlisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos los hechos descarnados. Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abord cierta noche dicindome: --Usted, que es un verdadero orador, no sera capaz de hablar en una velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad formada por las seoras ms distinguidas?... --Si ellas creen que puedo servirles...--contest, pensando que aquello me era conveniente. --Me han encargado, justamente, de que se lo pida. --Entonces, no hay ms que decir... Cuando esas damas quieran. La fiesta result magnfica y en ella pronunci el ms florido de mis discursos, como podr verse por el siguiente prrafo, que no era, ni con mucho, el ms deslumbrador: Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte y toda la campia, desde la planta aromtica de la cumbre hasta la flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el rbol corpulento y aoso que crece entre las grietas del peasco, as el sentimiento desbordante, as la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo se llama Beneficencia. Oh! dadme, dadme vuestra limosna admirable como nico premio de mi vida! Si soy un mendigo, tendr por vosotras el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendr por vosotras dnde recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontrar en vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendr en vuestros ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de roco, la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros preciosos sentimientos, emanacin nica de Dios! Esto parecer rebuscado, enftico, y los ms exigentes hueco, pero haba que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademn, al propio tiempo, amplio, rtmico y dominador! Un calofro corri por toda la sala, como una rfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban, los hombres aplaudan despellejarse las manos. Qu triunfo aqul! Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos, las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando se me acerc en el vestbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes mal cubriendo con los abrigos todava innecesarios dada la estacin, sus riqusimos trajes de soire. --Un caballero y una seorita muy distinguida acaban de pedirme que lo presente. All estn aguardando el coche, quiere venir? --Quines son? --Don Estanislao Rozsahegy (pronunci Rosahegui) y su hija Eulalia, una muchacha preciosa... Y mientras yo le deca Vamos all, l agregaba an: --La ms rica heredera de Buenos Aires... III Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentame como un hombre nuevo, ms alegre y ms resuelto que de costumbre, para quien todas las empresas tenan que resultar fciles y gratas. Por el cielo azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban rpidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas, mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros la tierra sus rayos clidos an, en una iluminacin de apoteosis. Baj buen paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estacin Central, donde iba tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me haba invitado una garden-party--la ltima de la estacin,--en su magnfica quinta. Durante el viaje recapitul, sacudido por el traqueo del vagn, los preliminares de nuestra naciente amistad. Despus de la presentacin en el vestbulo de la pera, me haba abierto su casa, y suplicado Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sera capaz de no ir. Los haba visitado una dos veces, y digo los, porque quien me atraa era Eulalia, que, indiscutiblemente, haba quedado prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. Es tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulacin, que comenz su carrera triunfal ejerciendo los oficios ms bajos, quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su ausencia. Nadie saba, ciencia cierta, cul era el verdadero punto de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos decan que se haba sacado una grande en la lotera; otros que Irma, su mujer--eslava teutona zafia ignorante que quin sabe qu habra hecho en su primera juventud,--le llev en dote unos pocos miles de pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta, si no criminal, los fondos con que inici su brillante carrera de agiotista. Hablillas sin fundamento quiz, y para cuya aclaracin hubieran sido necesarias las investigaciones ms minuciosas, porque en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos habran desaparecido olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su habilidad de banquero, su adivinacin de especulador, su acierto y su suerte de bolsista, que le permitan aumentar sin tregua una fortuna ingente ya. En cuanto su fsico y sus maneras, slo dir que era rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola, los ojos pequeos y maliciosos, negros como el grueso bigote teido que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas, como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas, enormes, peludas, de dedos enanos y deformes--atractivos todos estos complementados con ademanes bruscos irregulares, voz rotunda de bajo, franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosera, y lenguaje incorrecto de hombre que nunca aprendi gramtica alguna, ni la de su pas de origen ni la de aqul en que haba clavado definitivamente su tienda.--Irma, su mujer, debi ser hermosa cuando joven, pues an le quedaban algunos restos que la hacan parecer la Isabel Bas de Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la burguesa flamenca. Era, tambin, tosca y familiar con todo el mundo, hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosmil dialecto de su exclusiva composicin. En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo pareca ms junto sus padres, por contraste, como si stos fueran zafios y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de un nio. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco, sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecame mucho ms bonita que Mara Blanco, sobre todo mucho ms mujer y mucho ms nia. La otra iba rodeada de una aureola de severidad, que la haca como lejana intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco nada ceidos la moda, aadan la impresin de alejamiento que esto produca. Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y bromista, vesta trajes elegantes, quiz demasiado ricos y vistosos para su edad y su estado--pero, por otra parte, ya se haba perdido en el pas la costumbre de hacer que las jvenes se vistieran sencillamente y sin joyas hasta el da de su casamiento...--Puestas ambas en parangn, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el triunfo corresponda Eulalia. Me haba encantado, pero no estaba enamorado de ella como podra creerse: otras aventuras, muy recientes an, y con todo el atractivo de la novedad, me absorban entonces, y mis relaciones con Laurentina de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible, no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentbamos... ni para el resto tampoco. Esta vinculacin--sobre la que no insistir porque es innecesario--bastaba para distraerme y hacerme rehuir postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto la parte seria de la vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis proyectos matrimoniales con la buena Mara. Llegu, en fin, Olivos y la quinta de Rozsahegy donde, pese al fresco intempestivo del da, numerosas parejas paseaban por los jardines y se divertan animadamente en diversos juegos, al son de una msica discreta. Eulalia deba estar atisbando, pues apenas llegu sali alegremente mi encuentro. --Bien venido! Bien venido!--me deca con una voz que pareca un canto, un arrullo, un mimo. Casi podra tomarse aquello por una declaracin, si el infantil regocijo que caracterizaba Eulalia no explicase sus arrebatos, de todas maneras inocentes. Ella misma me tom el brazo hizo que la acompaara por el jardn, que recorra como sus padres cuidando de que no faltara nada los invitados, y entretanto parloteaba como un pjaro, me miraba sonriente con sus ojos grandes ingenuos, mova el cuerpo flexible con gracia serpentina, agitaba las manos finas--sin anillos que deslucieran su belleza en el errado supuesto de llamar la atencin--con ademanes mesurados y curvilneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino don natural. Hablamos de arte, de msica, de pintura, de letras... Sin decir nada nuevo ni profundo, no deca tampoco disparates; era educada, relativamente instruda, haba pasado algunos aos en un colegio de hermanas francesas, y luego el roce social acab de barnizarla. No criticaba sus padres, pero se vea que, en el fondo, haca comparaciones, y que este mismo anlisis contribua refinarla. Pas, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del centenar de personas ms menos elegantes, ricas aristocrticas que pululaban en el jardn y en los salones. Apenas si haba cambiado cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta ltima iba tratar de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pas tomar el t en el comedor, la buena seora alz de pronto la voz y, encarndose conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa: --Herrera! Por qu no nos repite el discurso? Eulalia se puso roja, y apenas acert murmurar: Mam, por Dios! Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropsito que ya provocaba disimuladas pero irresistibles risas, repliqu: --No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan exquisita y esta reunin es tan agradable, que no hay que turbarla sino con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueos de casa. Eulalia me agradeci con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban la emocin y la alegra. Creo que me consider un hroe. Ferrando, que volvi conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial, probablemente para quitarme las ganas: --La muchacha es un coquito, pero lo que es el gringo no la larga dos tirones... El que la pretenda tiene que hamacarse... y ser muy rico. Es natural!... Un millonario como Rozsahegy... --Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza--observ, riendo. --S, pero la chica no las va por ahora... y los viejos tampoco... Veremos despus... Lo nico que me da nimo es que el gringo se pirra por entrar de veras en la buena sociedad, donde apenas si lo admiten de vez en cuando, como de lstima, y eso slo en las kermesses y en las fiestas de caridad, en que la entrada es libre para todo el mundo... Con mi nombre y mi familia... Y desarroll largamente el tema de su nobleza, l, cuyo padre haba sido mercero en la calle Buen Orden, y cuyo abuelo fu remendn sastre en la de Potos, casi en el barrio del alto, donde llueve y no gotea... Pero el dato me llam la atencin y me hizo pensar: Conque Rozsahegy y todos sus millones, ambicionaban emparentar con una familia patricia, para que sus nietos y su misma hija obtuvieran patente limpia y no sufrieran ms tarde los desaires disimulados que l deba olfatear necesariamente, pese su tosquedad? No era malo saberlo, y quin sabe si... Pero apenas bajamos del tren y nos fumos comer en el Caf de Pars, entonces en todo su apogeo, olvid Eulalia, los Rozsahegy, y creo que aquella noche slo cont dos tres veces la salida de pie de banco de Irma pidindome que repitiera mi discurso en su garden-party. En casa me esperaba una cartita muy lacnica de Mara Blanco, dicindome que todos estaban buenos y pidiendo noticias mas. Hace un siglo que no escribe, y eso no est bien. Eh! ya le escribira cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo referente mis primeras armas en Buenos Aires--no en sociedad, se entiende--y mis primeros triunfos. Me fastidi que no me dijera nada de mi xito en la pera, aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno que publicaba ntegra mi magnfica pieza oratoria, como deca el encabezamiento. Tena muchos amigos en la prensa de todos los colores, pues, desde el primer momento, trat de propiciarme el cuarto poder del Estado. Pocos periodistas son venales entre nosotros, pero ninguno, si no es un dscolo feroz, deja de mostrarse sensible las atenciones y las lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente parsitos, como los escritores del siglo de oro, considerando su parasitismo como un derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos. Los periodistas que me haban conquistado ms completamente, mejor dicho, que yo haba conquistado con mis amabilidades invitaciones, me demostraban veces su afecto, exigindome pretextos para hablar de m y renovar mis dos triunfos anteriores. --Es preciso hacer algo--repetan.--Si usted no hace nada, nada se puede decir. Usted es demasiado hombre para quedar empantanado en las noticias sociales. --Pero, qu he de hacer?--preguntaba yo. --Cualquier cosa. Escribir, hablar, dar conferencias. --Como el padre Jordn? No. Por ahora no tengo nada que hacer, y me basta con figurar en sociedad. Ya llegar el momento. Pero no dejaba de comprender que para salir de la penumbra era necesario un esfuerzo, y tanto es as que pens en realizarlo. La poca estaba completamente entregada las finanzas; nunca se ha estudiado ni discutido ms--en ninguna parte del mundo--la economa poltica, y nunca--en ninguna parte del mundo, tampoco,--se han hecho ms disparates econmicos. Juzgue, pues, que bien mal, para mi estreno definitivo en la Cmara deba hablar de hacienda pblica, cosa que quiz facilitara mi progreso en la carrera poltica. Para hacerlo, busqu algunos tratados especiales, sin detenerme mucho en ver si eran antiguos modernos, y le salto de mata algunos economistas, entre otros Paul Leroy-Beaulieu, Juan Bautista Say, Adam Smith. En esto ltimo encontr lo que buscaba, aunque fuera libre cambista rabioso. Sus opiniones sobre la fuerza del trabajo y de la industria, me dieron pie para demostrar que los argentinos debamos ser proteccionistas todo trance, porque la industria es la base de la riqueza, pero, cmo tener industria si las cosas nos vienen hechas del extranjero y los productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en precio? Ahorro lo dems al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces, que la crematstica no tena ya secretos para m, opinin en que me confirmaron varios amigos quienes le mis borradores, llenos de frases rotundas y deslumbradoras. --Eres el orador ms brillante del pas! --Todo un poeta! Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las frases! --S, pero, y el fondo? qu me dicen ustedes del fondo? --De eso yo no puedo hablar, pero... me parece que est muy bien. --Ni Rivadavia, hermano, crme! Lleg el momento de dar luz aquella pieza histrica. Tratbase de conceder entrada libre, sin derechos de aduana, la maquinaria y el alambre para una fbrica de clavos, as como la excepcin de todo impuesto nacional y municipal, y la concesin de pasajes subsidiarios (gratuitos) los obreros que deban venir de Europa poner en movimiento aquella nueva industria argentina. Mis razones eran elocuentes... Se me escuch con agrado; algunos pasajes produjeron efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba ser decididamente opositora. El proyecto pas como era lgico. Varios colegas me felicitaron. Pero en antesalas sorprend cuchicheos, en los que no desdeaban tomar parte algunos correligionarios de espritu inquieto y burln. Y por todas partes me pareca oir como un estribillo, como un zumbido persistente y cargoso: --Qu ha dicho? --Qu ha dicho? --Habla muy bien! --Lstima que no diga nada! --Decididamente--pens,--aqu no estamos en la Legislatura de mi provincia... Es preciso no volver meterse en... economas. Y luego, profundamente sorprendido, me pregunt: --Pero de dnde salen sabiendo, todos estos burros?... basta con que sepan dos tres, para elevar el nivel cientfico de la Cmara?... Eso ha de ser, pero es curioso! IV Esto me di mucho que pensar, confirmndome en mis primitivos temores de ver mi personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente experiencia me planteaba este dilema de hierro: eres un hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como tal, y entonces verte probablemente condenado al desdn si no la persecucin, pues renunciaras tus amigos actuales sin conquistarte antes otros que te defendieran, eres un hombre mediano que debe contentarse con la mediana y aprovechar las migajas sin provocar los grandes golpes de fortuna, aguardndolos, por si llegan un da, y conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo. Tengo de lo uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas, aunque no me d por los grandes sacrificios, y soy, como el hroe de Stendhal, capaz de disimular mi superioridad en beneficio propio. Opt por esto ltimo. Un gran orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho, comenz por aquel entonces una terrible campaa contra el Gobierno, tratando de demostrar que ste proceda ilegalmente en no quiero recordar qu combinaciones financieras importantes, sobre todo para las provincias. Al propio tiempo, como movimiento convergente, formbase un gran partido con todos los elementos heterogneos que no comulgaban con la poltica oficial. Vi el abismo abierto nuestros pies, cuando todo el mundo quera negarlo, pero me dije que el lado de los dirigentes era y sera siempre... el lado de los dirigentes. Los hombres de gobierno pueden verse alejados pero no suprimidos de la escena--porque forman una verdadera casta, una institucin,--y los Gobiernos se renuevan con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy pequea dosis, con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder. Comprend, pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, deba caer con los mos, y me aferr la defensa del Presidente y su poltica. Grit contra aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada de mujer, armoniosa veces, retumbante otras, y creo que, parodiando misia Gertrudis, hasta insinu que era mulato y mal nacido... Esto no lo haca en discursos--voluntaria y radicalmente suprimidos,--sino en simples interrupciones. Los correligionarios me estimulaban, me agasajaban para sacar las castaas del fuego con la mano del gato, pero yo senta el gran vaco de una posicin falsa, y de pronto ces hasta en mis invectivas, buscando tambin el silencio y el olvido. Poco antes, algunos diarios me atacaban, tomndome como pretexto para mesar las barbas del Presidente en persona, y presentndome como su vocero, como su alma condenada. Esto me afliga y me torturaba, aunque en las calles, en los clubs, en el Congreso y en el teatro, me diera aires de Matamoros, y... al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los Sunchos, el rbitro de la capital provinciana, era, cada vez ms, uno de tantos en la capital de la Repblica... Coen, el banquero, cuya mujer me haca ojitos en casa de Rozsahegy, y con quien haba hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un da: --Yo le aconsejara, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos negocios, como el de sus tierras, que pueden darle todava magnfico resultado. Si espera un tiempo ms, es muy posible que se vaya al bombo. Realice y compre oro para dentro de tres meses; pero compre oro efectivo, no se contente con las diferencias, porque si no se embromar. Est cierto de que va quebrar medio mundo el da menos pensado. --No embrome!--le dije, sonriendo.--sos son cuentos para asustar las viejas. Sin embargo, fu ver al Presidente y le hice comprender en forma velada lo que haba en la atmsfera. --Bah! sos son excesos de la oposicin--me dijo.--Y usted, qu piensa hacer? --Yo? No mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy la situacin, y por ms insignificante que sea, una maniobra temerosa ma podra acelerar un pnico que nuestros adversarios se esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de mis protectores--agregu, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo. --Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todava la marcha del pas--dijo con sorna. --La oposicin sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que se fija en todo... hasta en m... Yo estoy la baja... --S, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son alaracas de los opositores, nada ms. Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo ms tarde en el Club, que mi actitud haba complacido mucho al Presidente. --Poco me importa!--contest.--Lo nico que quiero es demostrar carcter. Podra comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen perder. Y vos? --Yo--contest Pepe,--se lo debo todo al doctor; soy consecuente, y tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejara de estimarme m mismo. Como que si me estima un poco todava es slo por eso!... Nos fumos comer juntos sin hablar ms de la cuestin, aunque ambos siguiramos pensando en ella. Alguien que coma en el mismo Caf de Pars, con otros amigos, un comprovinciano muy al corriente de todos los chismes de nuestra ciudad, me mand con el maitre d'hotel un diario de mi provincia, al margen del cual haba escrito con lpiz: Hay noticias interesantes para usted. Busqu la noticia interesante, y fuera de la habitual palabrera poltica no encontr nada. Mir al comprovinciano, mostrndole el peridico y encogindome de hombros, para indicarle que aquello me importaba un bledo. l sonri, me hizo con la mano seas de que esperase y escribi en una tarjeta: En la Crnica Social. La noticia era sta: El doctor Pedro Vzquez ha pedido la mano de la distinguida seorita Mara Blanco, hija de don Evaristo Blanco, uno de los hombres que en nuestra provincia, etc., etc... Me puse plido? Creo que s, aunque no puedo afirmarlo. S solamente que aquello, tan previsto, sin embargo, me produjo una honda sacudida, un profundo desgarramiento de mi amor propio. El plazo no haba vencido, Mara no me haba dicho nada, yo no haba retirado mi palabra, antes bien insista aparentemente en mi solicitud... --Qu tienes?--me pregunt Pepe Serna, advirtiendo mi turbacin. --Nada! Me acabo de acordar de que esta misma noche debo ir casa de Rozsahegy, y me fastidia pensar que he estado punto de cometer una gran grosera. No puedo dejar de... --De ver Eulalita, no? --Como lo dices! Precisamente, de ver Eulalia. Una vez ms era juguete de las circunstancias que, en lugar de perjudicarme, han sido siempre mis abnegadas servidoras. Algunos, quienes suelo estorbar todava, dicen que soy un oportunista. Bah! se es un rtulo como cualquier otro. La verdad es que siempre he sabido amoldarme la vida, aunque en mi interior ardan todas las pasiones, convencido de que la pasin slo sirve para hacer disparates. Y siempre he sido el hombre de las resoluciones rpidas. --Pero algo te pasa--insisti Pepe.--El simple propsito de hacer una visita no puede turbarte as... --Maana... pasado, lo sabrs... Tengo un proyecto que ha de influir en todo el resto de mi vida... --sas tenemos?--murmur, adivinando. --S. Pagu la cuenta y salimos. Eran las diez cuando entr en el palacio de Rozsahegy, la casa solariega de una vieja familia de prceres, que el advenedizo haba comprado fuerza de dinero para darse cierto barniz ladrillezco de aristocracia. Haba en el saln unas diez personas de clase muy mezclada: dos jvenes conocidos--Ferrando y otro,--un poltico secundario, muy mercachifle, con nfulas de influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope y tierna, figulina de Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de colores chillones y como infantiles, que me haca una corte asidua incondicional; una seorita extranjera, con aires de demoiselle de compagnie en reemplazo de su seora; un sabio europeo venido estudiar no s qu epizootia y llevarse no s cuntos pesos; el dueo de casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su idioma tan semejante al alemn como al castellano, y la linda Eulalia, que reuna en torno suyo los dos elegantes, la muequita de porcelana barnizada y la demoiselle de compagnie, mientras que el gran Rozsahegy acaparaba al poltico, al banquero y la germano-criolla, es decir la parte seria de la sociedad. --Por fin sale usted del bosque!--exclam Eulalia con la libertad de ideas de las nias de sociedad, acudiendo presurosa recibirme, con gran disgusto de los dos gomosos. --Del bosque, Eulalia, en pleno Buenos Aires? --No dicen que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es un poquito oso, no es verdad? Vaya! Deje los viejos que hablan de negocios y especulaciones sin ocuparse de los muchachos, y vngase con nosotros... La alusin la seora de la Selva haba sido clara, pero ni me di por entendido, ni ella insisti, por buen gusto innato, aunque criada en un medio que no era cultivador de semejantes matices. En el grupo juvenil, bullicioso, superficial y entrometido, me encontr molesto, porque no iba mantener conversaciones generales: iba en busca de algo decisivo, y necesitaba hablar aparte con Eulalia. Buscaba el medio de alejarla del grupo, cuando Rozsahegy me hizo muy indirectamente el juego, llamndome. --La situacin slida, usted cree?--pregunt con aire de inocencia y de perplejidad, aunque fuera un zorro viejo. --S, don Estanislao. Todo va bien. No hay que hacer caso de la oposicin. Su misma fiebre lo demuestra. Son perros que ladran la luna... --Muchos perros... Ese metin del Frontn... --Ha viajado por el campo? En las estancias, en cuanto ladra un cuzco, todos los perros desocupados se ponen ladrar tambin, sin saber por qu, y no muerden, porque no tienen qu morder... --Oh!--dijo Coen, con aire misterioso.--La Bolsa est intranquila... --Bah! contra los que juegan al alza estn los que juegan la baja. Es una partida reida, pero jugarreta al fin. --La apuesta es la fortuna del pas, no unos cuantos pesos de los jugadores... --El pas es demasiado rico para que eso pueda comprometer su fortuna. --Hum! usted est muy confiado, muy confiado, lo mismo que el Gobierno. Qu hace el Gobierno? --Pues, nada! Provocar la baja! Y lo conseguir. Quin lucha, don Estanislao, contra el poder y el dinero, el poder total, el dinero inagotable?... --S, eso es muy importante--murmur Rozsahegy, sin conviccin. --Papelitos impresos--murmur Coen. --Oro! El oro caer en la Bolsa como el man en el desierto! El ministro lo ha prometido. Ser el man, y los israelitas no se morirn de hambre!... --Eso no dudo--insinu Coen, burln. --Y... eso, usted tiene confianza, entonces?--pregunt Rozsahegy con aire extremadamente candoroso. --Absoluta! --Yo tambin--apoy don Estanislao, entre sonrisas indescifrables.--Yo tambin... por ahora. Y llam Eulalia para decirla que hiciera servir el t, ponindola as mi alcance fuera de odos indiscretos. Me acerqu ella y entabl el coloquio proyectado. --Conque, soy un oso, no? --Silvestre, s, segn se dice. --Vamos, Eulalia! Dejemos los rboles, y yo le demostrar que soy, por el contrario, una fiera domesticada. No me cree usted capaz de abandonar la arboricultora para dedicarme al cultivo de las flores? --De qu flores? --De las ms hermosas, las ms gallardas, las ms perfumadas... Usted, por ejemplo. --Oh!--y el rubor le invadi las mejillas, mientras que un ligero calofro le corra de los pies la cabeza. --Ni el momento ni el sitio parecen oportunos, Eulalia: pero, sin embargo, son favorables para quien no puede aguardar ms. Hace mucho que tengo que decrselo: La quiero... Y usted, me quiere? Le clav los ojos; ella no desvi los suyos, humedecidos y vagos. Busc el botn de la campanilla, tras de su espalda, con la mano izquierda, como para disimular su turbacin, y no pudo menos que tenderme la derecha, que sent trmula de emocin en la ma, seca y febril. --Est dicho? --S. Un lacayo apareci. --El t--dijo Eulalia, con voz temblorosa.--El t en el comedor. --Por qu en el comedor?--pregunt Rozsahegy.--Aqu estamos muy bien. --En el comedor, pap...--insisti Eulalia, con ese acento profundamente persuasivo que slo saben encontrar las mujeres, y sobre todo las muy jvenes, mezcla de orden y de splica. Rozsahegy no insisti, ni hubiera insistido aun tratndose de cosas de mayor importancia; en el trato social se dejaba guiar ciegamente por su hija, confiando en su discrecin y en su cultura, l que no tena el menor roce, y que slo saba tratar con los hombres de negocios, y sus empleados y peones. Entretanto, los dos grupos, interesados por nuestro aparte, hacan converger sus miradas hacia nosotros, lo que me demostr que nuestra actitud no haba sido tan disimulada como lo esperbamos. Supongo que Eulalia hara la misma observacin, pero sigui mi lado sin dar importancia la curiosidad que nos rodeaba. --Es cierto, Herrera? Es cierto... Mauricio?... --S, Eulalia! --Oh! Si usted supiera cmo tema... --Y yo, Eulalia! Cunto deseara que estuviramos solos para decirle!... --Ahora... cuando entren tomar el t. Mentira; no deseaba que estuviramos solos. Me sonrea, por el contrario, aquella declaracin en plena sociedad; sta justificaba la falta de arrebatos romnticos y me permita no buscar frases y actitudes artificiales y dramticas. Me gustaba Eulalia, me haba prendado desde el primer momento, pero me era imposible encontrar para ella frases arrebatadoras, explosiones de pasin. Tras de la princesa de cuento de hadas, vea los dos ogros que entibiaban mi ardor, como una amenaza. Cuando los invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en la sala, desierta y rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos cadas, torturando el abanico de ncar, la nia esper. --Est usted deslumbradora esta noche! --No quisiera... --Por qu, mi Eulalia? --Porque lo deslumbrante no se ve. --Ah, coqueta! Y usted quiere ser vista... --S. Con todos mis defectos y todas mis fealdades... para que despus no venga el arrepentimiento. --Usted no tiene ni defectos ni fealdades... --Quiz sea que no se ven ahora... --Para m no existen... No existirn nunca, Eulalia. --De veras?--murmur, casi burlona. --No se ra!... La quiero con el alma! Se puso seria, muy seria, de una gravedad inslita para decirme: --Yo tambin usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y otras cosas. --Y usted puede creer?... Habladuras, malevolencias. Me mir sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y pregunt con intencin: --No, pero... Qu cree usted que pensara la mujer de Csar? --No colijo... --Pues... que Csar no debera ser sospechado, l tampoco. La mir como hacindola un montn de promesas y juramentos, y, por fin, murmur, decisivo: --Es preciso que me autorice... -- qu, Mauricio? -- pedirla sus padres. Fij en m los ojos, tan vagos, tan empaados que tem verla desmayarse. --S, Mauricio--murmur apenas. Y el Mauricio sonaba en su boca como una caricia de sus labios, porque ese nombre, mi nombre, deba haber sido besado mil veces al pasar por sus labios, aunque su estructura parezca no prestarse al beso tanto como otras, Pepe, por ejemplo, que son dos besos seguidos. --Pues, esta misma noche!--dije.--Maana... ms tardar... El grupo de los jvenes, viendo que la montaa no se acercaba ellos, se acerc la montaa, saliendo del comedor. Fu buen prncipe, ayudando formar la rueda y reanudando la conversacin general, de modo que Eulalia pudo recobrar su sangre fra. La seora de Coen me lanz una indirecta como un mazazo: --No hay como la soledad para los idilios! --Oh, seora, cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estar ms y menos solo que hoy. --No entiendo... --Eh! as son los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace el que goza de ellos... Los dems, cuando mucho, aciertan echarlos perder, por indiscrecin por... competencia. Se mordi los labios, y o que se juraba en silencio, vengarse de mi impertinencia. Al despedirme, ped Rozsahegy una entrevista para el da siguiente. --Vaya mi escritorio, cualquiera hora. --No es cosa de negocios. --Entonces, aqu, de nueve diez de la noche. Le conviene? --Muchas gracias! Hasta maana, don Estanislao. V la noche siguiente, y no sin haber vacilado todo el da, me present en casa de Rozsahegy para pedir la mano de Eulalia. Era un paso comprometedor, al que me impulsaban el deseo de vengarme de Mara ms bien de demostrarle que su indiferencia y su traicin eran, por lo menos, simultneas con las mas, y al propio tiempo los atractivos indiscutiblemente seductores de la nia. Pero me fastidiaba enajenar tan prematuramente la libertad, y no ser porque una gran fortuna facilitara mi rpida ascensin, convirtindome en un hombre de verdadera importancia, mis cavilaciones de aquel da me hubieran hecho volverme atrs, y renunciar al casamiento, dejar, por lo menos, las cosas pendientes. Rozsahegy me recibi sonriente y curioso en el soberbio bufete lleno de libros vrgenes que tena en su palacio. Algo sospechaba de la naturaleza de la entrevista, pues no le poda haber pasado inadvertida nuestra intimidad con Eulalia, pero no estaba seguro, porque sta no haba querido hacerle confidencia alguna. Mostrse benvolo, casi servil, como lo era con todos los hombres de la situacin que poda utilizar como instrumentos. Yo, por mi parte, no me anduve por las ramas. --Usted es todo un hombre--comenc,--y no le gustan los rodeos. --Est claro. Al vino, vino. Es lo mecor. --Y cuando yo resuelvo algo, necesito realizarlo inmediatamente. --Yo tambin. Es lo mecor. --Todos los hombres de accin somos as... Ahora, lo que me trae, don Estanislao, no puede ser ms sencillo: Quiero Eulalia, ella me quiere, y vengo pedirle su mano... Me parece... --Eh!--exclam, interrumpindome. Abri enormemente los ojos; un deslumbramiento pas por ellos... Lo haba soado, lo haba pensado, lo esperaba, pero an le pareca imposible. Me ech las enormes y velludas manos sobre los hombros, me atrajo hacia s como si intentara besarme en la boca, y tartamude, olvidado del castellano por la emocin: --_Donner! Donner!_ Qu bueno! Yo mi mujier diciendo... Irma! Irma!... _Kommen Sie!_ Se haba asomado la puerta que da al vestbulo, y gritaba. La voz de la dama que acuda corriendo, contest desde el saln: --_Was ist d'los?_ No haba acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi la alzaba en sus cortos y forzudos brazos, gritando: --Todo hecho! Herera quiere casar con Eulalia. --Y echa qui dice?--murmur la pobre mujer, como alelada. --Hay que preguntrselo, seora--dije, sonriendo, pesar de la gravedad interna de la situacin. Y nuevos gritos: --Eulalia! Eulalia! Schnel! Schnel!--apresrate, como si se tratara de un sueo que pudiera desvanecerse de un momento otro. Eulalia apareci, muy colorada, sabiendo lo que se le iba preguntar. Pero no vacil y di su respuesta en firme: --S! Con un movimiento lleno de gracia tom entonces con la izquierda dos dedos de la mano de su padre, y me tendi la diestra m, mientras miraba mimosa y conmovida la redonda cara plcida de Irma, punto de llorar. Despus, desprendindose de ambos, corri colgarse del cuello de la madre, y le cubri las mejillas de besos, que en parte me dedicaba, sin duda. Qu contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qu s yo qu comarcas extranjeras, haba brotado como por milagro aquella suave y delicada flor criolla, como de los torturados espinillos brotan en primavera las aromas de oro, ms sutiles, ms finas y ms perfumadas que cualquier florescencia de invernculo. Irma, un instante despus, me someti, como una prueba masnica, un concienzudo abrazo, y me bes en ambas mejillas con verdadero furor. Mi solicitud haba sido aceptada, pues, no slo con benevolencia, sino con entusiasmo y sin ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo nos acercamos, mientras los viejos se hablaban aparte, y comenzamos una de esas gentiles conversaciones que pueden compararse al arrullo, porque las palabras no dicen nada, mientras que la expresin lo dice todo... y muchas otras cosas ms. Nos interrumpi Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, haban resuelto dar una comida sus amigos ms ntimos, para comunicarles los postres nuestro prximo casamiento. La comida se celebrara dos das despus. --Dentro de dos das, sin falta, don Estanislao--observ.--Tengo que ir mi provincia lo ms pronto posible. Dos das despus, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente. las ocho en punto, un lacayo abri de par en par las puertas del comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo nuestras parejas. La ma, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Slo Rozsahegy se qued atrs, como hacindonos la guardia, y fumos desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecan decirnos: --Miren ustedes cmo se hacen las cosas, y digan despus que soy un patn enriquecido... S, yo, el antiguo pen, el changador miserable, soy ahora un gran seor con mucho estilo, y esos muebles principescos, y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata--de plata legtima y maciza,--y esas orqudeas maravillosas, y esos cristales tallados, que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como ptalos de flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso y mucho ms es mo... Y mucho ms; porque, si mi mano, un poco torpe an, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta aos, como antes el chacol el espeso vino negro griego de las tabernas, llamara mis lacayos y hara cambiar en un momento la decoracin, con ms encajes, y ms plata, y ms cristales, y ms porcelanas, y flores ms hermosas, y todava podra exclamar con mi gruesa voz alegre:--Rompa, rompa, que est pago! Y ningn orgullo semejante aqul! Yo haba dado, pues, el brazo Irma, conducindola su asiento en una de las cabeceras de la mesa, y fu, menos Rozsahegy, el ltimo en ocupar su sitio. No haban puesto tarjetas indicando la colocacin de los convidados, y Ferrando, no s si distrado presuntuoso, quiso sentarse junto Eulalia. Irma, que vi esto, corri hacia l, le golpe amistosamente el hombro, y le dijo: --Permite, permite... Y cuando el otro se apart, desconcertado, me llam m, indicndome la silla y diciendo: --Sienta... sienta aqu... Al lado novia. Tal fu el parte oficial de nuestro compromiso, que agu el probable discursito de Rozsahegy. Eulalia se mora de vergenza... y yo tambin, porque jams me he visto en una situacin ms ridcula, situacin que hubiera sido intolerable, sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no saba lo que le pasaba ni cmo deba tomar semejante salida. Lo mir, y unas atroces ganas de reir me asaltaron de pronto, hacindome olvidar mi propia desventura. Ferrando, ciego, buscaba dnde sentarse, tropezaba con muebles y personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la seora de Coen, y pensaba evidentemente en marcharse la francesa, como gato escaldado, cuando sta ltima, compadecida resuelta consolarse con l de mi indiferencia, lo llam junto su redonda persona, sus ojillos miopes y parpadeantes, su traje de colores deslumbradores, sus manos regordetas anquilosadas por los anillos, su descote en que los brillantes parecan agua de manantial en la sima de un profundo barranco. Y, los postres, la voz de Rozsahegy retumb como un trueno, haciendo retemblar hasta aquellos mismos peascos de carne: --Traiga champaa! Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica Eulalia y don Mauricio Comes Herera! Oh, manes de mis antepasados! Qu satisfechos debisteis sentiros en aquel momento! Y, al fin y al cabo, por qu no? Si no entonces, lo habris estado ms tarde, al ver unida la fuerza del conquistador que ante nada se detiene, esa otra fuerza ms pura y distinguida que proviene de vosotros... No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia, donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes artesanos. Y nuestros antepasados ms nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle de educacin no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa tumba... Adems, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es hoy, una gran seora, porque como vosotros, oh, abuelos mos!, hijos de europeos tambin, naci en esta tierra de belleza y de intuicin... En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el men haba sido desbordante. Una taza de caf de t, enormes cigarros habanos, licores, ms champaa para los que lo deseaban--Coen, el poltico influyente, Ferrando, el otro high-life, varios jovenzuelos;--bombones para las nias; monadas de madama Coen, dirigidas ya abiertamente Ferrando, con abandono de mi humilde persona; una dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de la demoiselle de compagnie, sobre la demonaca maldad de los hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mam Irma; rubores y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; clculos tele-futuros de Coen--vidente de lo que yo podra ser con mi nombre y con nuestra fortuna al cabo de diez aos,--sonrisas entendidas de los mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde y la Calandraca, puntos de reunin en aquel tiempo de lo ms granado de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs y bombones los comensales de un patrn que fu quiz su camarada; un poco de msica, unas vueltas de vals... Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la demoiselle de compagnie, ms que nunca deseosa de ser actriz y no espectadora; los elegantes que hacan el inventario de la fortuna de Rozsahegy; el poltico sin prestigio que hubiera dado generosamente esta negacin cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de Coen, que haba debido cambiar el programa y postergar la data de sus deseados estudios psicolgicos; algunos otros... y nadie ms, porque ya el resto era de la familia, salvo Coen, quien, al fin y al cabo, saba que saba sacar provecho de todas las circunstancias. El tte tte con Eulalia que sigui la fiesta fu encantador, pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta me haca olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano slo haba obedecido un rapto de despecho, un impulso de orgullo satnico. Estaba enamorada de m, y nada embriaga tanto un hombre como verse querido incondicionalmente. Es como si tomara grandes copas el ms capitoso de los licores. Ah, si Mara!... --Cundo piensa usted casarse?--me pregunt Rozsahegy, acercndoseme. --Lo ms pronto posible, don Estanislao. --Tambin m me gusta. Eulalia es rica, ms rica que usted (no lo digo por mal), porque... Venga un poco aqu y le dir. Me tom aparte, y continu: --Porque usted tiene... Y me dej boquiabierto, presentndome de memoria un inventario de mi fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomndome dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total, realizando en aquel momento, mi capital ascendera, por lo menos, un milln seiscientos setecientos mil nacionales. Ahora bien, habra que rebajar la deuda los bancos (pero sta no era de preocuparse), y considerar que yo no tena renta alguna, sino el simple aumento por la especulacin. Pero eso no importaba. Eulalia tena rentas de sobra, y yo, con dejar dormir mis propiedades, me despertara una maana poderoso. --Dquese estar! dquese estar!--me repeta Rozsahegy, sonriendo con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.--En este pas, para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar las gangas. Para hacerse rico trabacando, hay que ser muy vivo y no tener sonseras. Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner trmino los desarrollos econmicos de mi suegro futuro, dicindole: --Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque la quiero, no por otra cosa. Es la nia ms bonita y ms espiritual de Buenos Aires. --Eulalia Cmez Herera--exclam sentenciosamente el viejo,--es una cosa. Pero si Eulalia Cmez Herera no tuviera ms que lo que tiene el marido, sera otra cosa. Eulalia Cmez Herera, hija de Rozsahegy, es una gran persona, y el marido tambin, y el padre tambin. --Oh, s!--exclam Irma, corriendo otra vez abrazarme. Eulalia se mora de vergenza y de amor. Yo tena unas ganas locas de echarme reir. Pero bes Eulalia en la frente, abrac la suegra, estrech la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me desped, diciendo: --Maana salgo para mi provincia. All estar dos tres das, nada ms. Entretanto, comenzarn hacerse todos los preparativos para el casamiento. --Se va!--exclam Eulalia, como si obscureciera de repente. --Pero escribir, querida--le dije al odo.--Si me voy, es precisamente para que seamos felices ms pronto... Cuando me march, parecime que aquel palacio ola grosera felicidad, como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana en orga. Eulalia era all como una flor olvidada que se agotaba en la atmsfera caliginosa. VI Golpe por golpe! Las circunstancias me permitan vengarme sin sufrir, ms que sin sufrir, ganando en cambio. Mara!... Vzquez!... La cara que iban poner en cuanto supieran que, conquistando una de las mujeres ms hermosas de Buenos Aires, conquistaba, tambin, una fortuna que me pona fuera de todo parangn: Mauricio Gmez Herrera, gran familia, gran posicin, gran talento, gran fortuna!, todo! Oh, circunstancias, amigas mas! oh, santo oportunismo, oh, propicia fatalidad, que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las cumbres los elegidos de tu capricho!... Y la venganza!... Sin embargo, la maana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las once, cuando mi valet de pied se atrevi despertarme con una serie de discretos golpecitos la puerta de mi dormitorio. --Una seora espera en la sala... --Imbcil! no te he mandado que me dejaras dormir? --Son las once, seor, y don Marto me ha dicho que poda despertarlo. --Ah, bueno! Quin es? --Una seora. No ha dicho su nombre. Tantas seoras!... Un sablazo matutino? Bah! Noblesse oblige. Sobre el pyjama me puse la robe de chambre, y me dirig serenamente la sala, seguro de que el sablazo ms feroz no podra interesar sino la superficie de mi coraza, reforzada por Rozsahegy. Quin es? No la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos, traje elegantemente cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja, nada que choque al gusto ms refinado. --Seora... usted disculpar; pero, por no hacerla esperar... quin tengo el honor?... Se haba puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada, como si slo esperara mi presencia para marcharse, ms que como demostracin de respetuosa cortedad. --He vacilado mucho antes de venir--murmur,--y ahora veo que tena razn en vacilar, puesto que ni siquiera me conoce. El ceceo me la revel. --Teresa!--exclam, atolondrado, sin acertar moverme ni decir ms. --S, Teresa Rivas... Era mi deber hablar una vez siquiera con usted, Mauricio, y por eso vengo. Hay en mi casa una criatura que ya va ser un hombre, mi hijo, que tiene derecho preguntarme quin es su padre... Se llama Mauricio Rivas, y es un muchacho inteligente y bueno, trabajador, y ms noble... Yo callaba. Teresa se interrumpi para continuar en seguida, con un esfuerzo, conmovida hasta las lgrimas: --Ese nio, ese jovencito, est al abrigo de la necesidad, ha recibido una excelente educacin, porque su madre no es ya una campesina tosca ignorante, y puede emprender cualquier carrera, aspirar cualquier situacin... con tal que la sociedad no le cierre sus puertas... Ese nio no tiene padre. Yo estaba en ascuas. La inesperada escena, descabelladamente romntica, me pona fuera de m. Ganas me daban de tomar aquella mujer por la cintura y ponerla sin ceremonia en la puerta de calle. Caramba! Y qu complemento la comedia idiota de casa de Rozsahegy! --Ese nio no tiene padre--continuaba diciendo Teresa, balbuciente,--y este defecto le har tropezar con gravsimas, con quiz insuperables dificultades, aunque sea relativamente rico, porque, por ms que se diga, en nuestro pas el dinero no es todava el todo. Por eso, como usted, Mauricio, es su... amigo ms cercano, he venido preguntarle--oh, sin segunda intencin, sin exigencia alguna!:--Mauricio, qu puede usted hacer por esa infeliz criatura? De qu modo resolver esta peripecia, como la llamara un dramaturgo? Mir las paredes, las puertas, invoqu al rayo, la presencia de cualquier persona, amiga enemiga, pens hasta en el suicidio, todo me pareci preferible aquella situacin tremenda por lo inslita inconducente... Oh, destino! oh, fatalidad! Por qu las cosas de la vida se amontonan en un instante dado, formando lo que los novelistas, poetas y comedigrafos llaman el nudo? Mara, Eulalia, ahora Teresa! Todo de golpe! todo esto exista antes, y el _nudo_ no es ms que una visin ms aguda y sinttica de lo que viene sucediendo y ha estado anudado siempre? Por los clavos de Cristo! Cmo resolver esta maldita peripecia, sin rebajarla hasta lo innoble? Yo no s lo que imaginara un novelista, dado el problema psicolgico. Lo nico que puedo exponer es lo que hice, dejndome inspirar, sencillamente, por mi instinto de conservacin. --Tenga usted confianza... Sintese... Conversemos--dije. Se sent, automticamente. --Debe estar hecho todo un hombre... Y buen mozo, eh?... Cmo se llama?... --Ya dije... Mauricio... Mauricio, como... como su padre. --Ah! Y luego, bajando cabeza y brazos hacia el suelo, como en el colmo de la desolacin, agregu: --Puedes... puede usted estar segura, seora, de que ese nio tendr siempre en m el ms resuelto, el ms abnegado de los protectores y de los amigos... Ser para m... como un hijo adoptivo... Oh, Teresa!... Y puedes... y puede usted haberlo puesto en duda?... --No se trata de eso, Mauricio--dijo, dolorosa.--Lo nico que el nio necesita es un apellido legtimo y el honor de su madre... Oh, no se espante! Usted se equivoca mucho al suponerse, ni por un momento, en una situacin sin salida, , por lo menos, difcil de resolver!... Nada ms fcil, por el contrario! Aquella pobre Teresa Rivas de Los Sunchos, tan ingenua, ha cedido su puesto la mujer experimentada que Mauricio Gmez Herrera la invit ser para que fuera digna de l... Esta nueva encarnacin no pide nada para ella, vuelta ya de su engao, pero tiene un hijo y viene preguntarle: Mauricio, qu va usted hacer por esa infeliz criatura?... Nada?... Nada?... Me qued silencioso, aterrado. Ella call, tambin, medio minuto, impvida, mirndome con sus olmpicos ojos de ternera. --Esto no es una tentativa de chantage, Mauricio, ni un arrebato de sentimentalismo malsano. Lo vengo pensando hace mucho, y creyndolo mi estricto deber y recordando sus promesas, he querido, por primera y ltima vez, ponerlo frente frente su deber, al suyo, sin imponerle que lo cumpla. Puedo hacerlo ahora, mientras es todava tiempo, mientras el nio no entre de lleno en la vida... pero ni reclamo ni impongo nada... --No s cmo...--murmur, dndome aires de irritacin. --Es cierto, entonces, el rumor que ha llegado mis odos? Se casa usted con Mara Blanco? --Con Mara Blanco? No! --Importa poco... Ser con ella, con otra, no ser... Lo que yo tena que hacer est hecho... No puedo suplicarle, no puedo llorar... Ya supondr usted todas las splicas que formul, todas las amargas lgrimas que he derramado en estos aos tan largos... inacabables... Pero comprendo que mi actitud lo sorprende y lo hiere... No me conteste por el momento, no... Yo tambin he tenido que meditar mucho antes de dar este paso... Aqu tiene usted mis seas... Hable su conciencia, ella le dir... Y yo esperar su palabra, que vendr, no... Adis, Mauricio... Dej su tarjeta sobre un velador, hizo un movimiento como para acercarse m, pero se contuvo, y, muy digna, sali paso paso del saln. Jurara que nadie creer lo que pens mientras, petrificado, miraba alejarse para siempre la nueva Teresa. Y lo que pensaba era, sencillamente: --Parece mentira que de aquello haya salido esto! Si me hubieran dicho que la cndida y vulgar Teresa... Decididamente, ste es un gran pas!... Pero, acto continuo, volv al sentimiento de la situacin. Haba sido ridculo y de una pobreza inverosmil de recursos. No encontrar nada, nada, nada que contestarle! No acertar con nada, sino con una irritacin absurda, una clera terrible, mortfera quiz, que slo haba podido dominar lo que se llama educacin, que no es sino una autodomesticacin de la fiera!... Y ella, que no me haba dado ni el ms mnimo pretexto para el estallido, para el estallido salvador que hubiera convertido en trgica siquiera dramtica aquella escena tan profundamente ridcula!... --Manuel! Manuel! Manuel! Azorado, el gallego asom su hocico la puerta de la sala. --Has hecho mis maletas? --Todava no, seorito... El almuerzo... --Imbcil, torpe! No te he dicho que hicieras mis valijas? Desapareci tiempo, pues mi puntapi hizo que la hoja de la puerta le golpeara las espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente intil, me sent en un sof, mordindome los puos, me levant, hice pedazos la tarjeta, sin leerla, corr como un loco alrededor de la sala, dando puetazos los muebles, y de repente me calm, me ech reir, y fu vestirme, completamente tranquilo, repitiendo un refrn que don Fernando Gmez Herrera, mi seor padre, sola decir menudo: Lo que no tiene remedio, remediado est. VII Dos horas despus, en el tren que me conduca mi provincia, pensaba en aquella nueva Teresa que era como el smbolo de toda la perfectibilidad de nuestra raza, y me repeta: --Si uno pudiese saber tiempo! Pero bah! nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido. No obraban los dems, conmigo, con igual desparpajo? Mara, por ejemplo... Vaya! en la guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de amoldarse las circunstancias, y entre varios males elegir el menor... cuando se puede elegir. Extraas antinomias! Quin explicar jams que, en mi fatalismo, no hiciera yo aquel viaje sino para representar ante Mara Blanco una escena anloga, sino igual la que Teresa Rivas acababa de representar ante m? No iba, nicamente, echarle en cara su falta de palabra, y afirmar mi superioridad de varn declarndole que yo haba faltado antes, al comprometerme con Eulalia Rozsahegy? Hoy creo que nunca he hecho una serie ms larga y disparatada de locuras, y tanto me escuece este recuerdo, que nunca lo escribir en toda su amplitud. Me haba cegado el xito de todas mis empresas, y mi orgullo creca tanto ms cuanto que, en la realidad, era ms mediana mi situacin intelectual, social y moral en Buenos Aires. Instintivamente senta, pese las adulaciones y los triunfos visibles, que se me haca poco caso, quiz menos del que yo mereca en realidad, porque, al fin y al cabo, modestia aparte, estoy bastante arriba del trmino medio de mis contemporneos. Esto explica bien naturalmente la exasperacin de mi amor propio... Ca como una bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la vasta sala en que parecan naufragar los viejos y pesados muebles provincianos, sentada junto la ventana, y bordando un pauelo, estaba Mara. Frente ella, un hombre: Vzquez. Sent que toda la sangre se me suba la cabeza, pero haciendo un titnico esfuerzo, me domin, y con risa sardnica acerqume la joven, haciendo como que no vea Vzquez, tranquilo y grave, y sin ver en realidad al viejo Blanco, que estaba en la sombra. --Mauricio!--exclam Mara con un tono de cndida satisfaccin que me sorprendi. --En persona--dije, inclinndome con exagerada reverencia.--Arda en deseos de saludarla, seorita. Y girando rpidamente sobre mis talones, me volv Vzquez y dije, provocativo: --Y ti tambin! Entonces vi don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tenda afectuosamente la mano. Esto me desconcert un poco, retardando la explosin de mi rabia. --Seor Blanco... Hubo un silencio, porque todos sentamos que la situacin era violenta y tempestuosa. En este corto intervalo cobr bros, y dije: --He querido venir personalmente anunciarles mi prximo enlace con Eulalia Rozsahegy, una de las... Tres exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me interrumpieron. Vi que Mara se haba puesto intensamente plida y que estaba punto de desmayarse. Los dos hombres, mudos, la miraban y me miraban, inmviles en su sitio. De pronto, Mara Blanco se levant, de una pieza, como si fuese de acero, di un paso hacia m, plida mortal, me mir los ojos, dijo con esfuerzo Muchas felicidades, y sali como una sonmbula. Don Evaristo se lanz hacia m, pero Pedro lo detuvo, me asi del brazo y me sac de la sala, diciendo al viejo: --Deje usted... Todo esto se arreglar... se arreglar... Cuando estuvimos en la calle: --Qu has hecho?--me pregunt. --Mi deber. He ledo la noticia. --Es una infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y hacer dao Mara. No has recibido su carta? --No! Pretendes reirte de m? --Mauricio! Esto es una desgracia! Esto es un infortunio causado por una perfidia! Yo te juro, te juro que hasta hoy no haba vuelto poner los pies en esta casa. Han jugado conmigo, contigo, con Mara, pobre Mara! Si me has encontrado hoy all, es porque he venido de Los Sunchos, donde estaba, buscar el modo de castigar esa infamia y evitar sus desastrosos efectos! Creme no me creas; no te doy explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin nombre, de las que slo se ven en estas sociedades inorgnicas, donde los espritus malficos encuentran terreno propicio para sus hazaas. Al chisme se agrega ahora, gracias los periodicuchos inmundos, la noticia, inocente en apariencia, pero cargada de veneno. Te callas? no me dices nada? --Ya es tarde--repliqu.--Te creo, pero ya es tarde. --Cmo! Lo de tu compromiso es cierto? --De lo ms cierto del mundo. Y no s cmo puede componerse todo esto... Call largo rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin alegra, dijo, como contestando mi ltima frase: --Yo s. --Yo tambin!--exclam, riendo forzadamente, y encogindome de hombros. Y, doblando una esquina, que llegbamos, aad, con sorna: --Muchas felicidades, como dice Mara! Se qued clavado, y yo me fu sin volver la cabeza. Mis bodas, meses ms tarde, fueron todo un acontecimiento social en la capital de la Repblica. La bendijo uno de los prncipes de la Iglesia, quien fu pedrselo por indicacin de mi suegro, que deseaba verme en buenas relaciones con el alto clero. Yo asent, naturalmente. --La fe es una de las columnas ms robustas de la sociedad--pensaba,--y cuando en Los Sunchos y en la capital de mi provincia quise desviarme de ella, hasta ponrmele en contra, no vea que atacaba mis propios intereses, mi propia personalidad. Despus, cuando me reconcili con la Iglesia, no lo hice con toda la intensidad, con toda la exageracin que deba, y segu siendo indiferente, salvo las apariencias. Ahora hay que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo necesita una disciplina: aqu la tenemos hecha. Ninguna ms fcil y eficaz que la religin. Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, har de mi aldea lo que se me antoje. Yo, Gobernador, har con el diocesano lo que creamos preciso. Yo, Presidente, har con el arzobispo cuanto se nos ocurra... ste es el nico peligro: el nos. Slo Rosas supo meterse al clero en el bolsillo; porque Rivadavia lo voltearon ellos... En fin! no me ha llegado el caso, no estoy tales alturas... Si llego, ya veremos... Entretanto, bueno es estar de ese lado... Y fu visitar Monseor, para pedirle que nos echara la bendicin nupcial. Me sorprend al verle. Era un hombre de tipo sensual y gastado, de cutis terroso y lleno de precoces arrugas, labio inferior grueso y colgante en la ancha boca cortada como un tajo, ojos pequeos, mviles y hmedos, narices chatas y muy abiertas--un mulatillo, hubiera diagnosticado misia Gertrudis.--Su historia era vulgar. Siendo simple cura y redactor de un diario catlico de su provincia, hizo gran campaa en pro de un candidato Gobernador que, una vez triunfante, le pag sus servicios con una proteccin decidida y hall medio de enviarlo Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La ayuda oficial le facilit sus ascensos en la corte de Roma, al mismo tiempo que le daba grande influencia en la sociedad bonaerense. Hombre de mundo, al par que poltico y religioso, dedicse especialmente conquistar las familias patricias, por medio de las mujeres, y alcanz brillantes resultados en esta empresa. Se le vea en todas partes, en los salones, la cabecera de los moribundos ilustres, en las fiestas oficiales, y l era quien bendeca la unin de los favorecidos del nombre y la fortuna, l quien bautizaba los futuros prceres. --Quin es el padrino?--me pregunt. --El Presidente de la Repblica. --Ah, ja! eso est bien... Y la madrina? --Mi ta Mnica Vallmitjana, ya sabe, Monseor, es de la ilustre familia catalana que... --Ah! Una seora perltica? --La misma. --Bien! Vaya en paz, hijo! Tendr el mayor gusto en casarlos... Y dir unas palabritas en la ceremonia. El da de nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vi llena de lo ms granado de la sociedad, y el lujo que all se despleg hizo poca, tanto como el clebre baile de la Bolsa en que se robaron los sobretodos y los abrigos... Mucho ms modesto fu, varios meses despus, en la iglesia matriz de aquella dormida ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vzquez con Mara Blanco. --Muchas felicidades!--como dijo Mara. VIII Qu bonita y amable ciudad es Montevideo, sobre todo cuando se llega ella dando el brazo una mujer joven y hermosa, con quien se ha compartido un regio departamento bordo del vapor de la carrera! Cmo reposan aquellas accidentadas calles, de la chata monotona de Buenos Aires, y aquella alegre limpidez del cielo, y del agua, la del mar y la del ro, que se ve un tiempo un lado y otro, desde ciertos rincones, y las playas de baos, y las plazas llenas de gente elegante, y las avenidas sombreadas de rboles, y los parques antiguos, como la quinta de Buschental, llenos de poesa... un paso de la gran ciudad argentina, y tan diversa de aspecto, de modo de vivir, hasta de calidad de ambiente! Con cunto gusto hubiramos estudiado fondo todo aquello, Eulalia y yo, si hubiramos ido all en otras condiciones! Pero, ya se ve! No tenamos un minuto que dedicar las cosas exteriores, y, seguramente, me parece que en el caso, lo mismo hubiera sido Montevideo que Martn Garca, Martn Garca que Santa Cruz Ushuaia. Porque yo estaba enamorado de mi mujer, ella de m, y nuestra luna de miel se prolongaba indefinidamente, tibia, clara y dulce, como una caricia de nio. Descubr en aquella muchacha mritos insospechados, fuera de sus atractivos fsicos, que eran avasalladores. Cmo haba nacido aquella flor del aire entre aquellas zarzas groseras? De dnde le vena toda aquella delicadeza angelical, aquella elegancia sin esfuerzo, aquella pasin ardiente y pudorosa la vez, aquella alta dignidad que se impona entre sonrisas y blandos ademanes acariciadores? Cunto y cuntas veces me felicit de que una desinteligencia inexplicable, si no un acto instintivo, me hubiera obligado romper con Mara, la severa, la que los treinta aos sera inevitablemente un fiscal pensante y actuante, un censor celoso del marido! Obligado romper, digo, y de un modo inevitable: No hubiera roto yo, de todos modos, considerando que aquel enlace no me convena y que se me ofrecan en Buenos Aires cien partidos mejores, aun sin contar Eulalia? y no hubiera roto ella, antes de finalizar el ao de plazo, considerando que yo no era el compaero soado, el hombre capaz de los grandes actos y las grandes abnegaciones que ella soaba, sino el protegido del xito y la fortuna? Es el problema que no me atrevo resolver definitivamente, quiz porque cualquiera de las dos soluciones hubiera podido imponerse. Unas veces pienso que Mara no me haba querido, que no haba tenido hacia m sino un capricho pasajero, semejante al de la nia inocente que se enamora de un viejo actor al verlo en el papel de un hroe romntico, como lo probara su casamiento con Vzquez; otras me digo que me amaba de veras pero que mi conducta la aterraba, aunque estuviera pronta an pasar por ella, si le demostraba yo, por lo menos, la perseverancia de aguardar hasta el trmino del plazo establecido. Respecto de m, ya se colige cmo hubiera procedido, y no tengo una palabra que agregar. En fin, la hija de Blanco, la mujer de Vzquez, se perda se haba perdido ya en las brumas de un pasado remoto, y Eulalia tena para m todos los atractivos de una amante exquisita y de una amiga ideal. Temblaba yo, antes de casarme y en los primeros das del viaje de novios, recordando la zafia ostentacin de los Rozsahegy, su falta de educacin, su torpe orgullo de gaanes enriquecidos, el lenguaje papagallesco de Irma, que no haba podido aprender el castellano, la irritante soberbia del marido, tan humilde con los grandes como dominador con los pequeos: imposible que, tarde temprano, todo aquel color plebeyo no destiera sobre Eulalia, quitndole su brillantez de flor inmaculada. Pero me tranquilic bien pronto, gracias un pequeo detalle. Eulalia haba llevado en sus bales una docena de trajes de gran riqueza, que Irma se empeaba en que usara toda hora, para demostrar su riqueza y su distincin. Mi mujer no se puso ninguno, ni para los paseos matinales, ni en nuestras excursiones por las playas, y aun de noche, cuando bajbamos al gran comedor del hotel, se vesta con una modestia que haca resaltar su buen gusto. Yo no estaba todava en condiciones de raciocinar sobre esto, pero me produca buena impresin, como la que se experimenta ante un cuadro bien compuesto, en que nada choca. En ella era, tambin, instintivo, y fu desarrollndose con la edad. Los grandes vestidos de nuestros Worms nuestros Paquins bonaerenses, quedaron, pues, para las noches de pera y las soires extraordinarias. En nuestras charlas interminables, mientras pasebamos lentamente por la arena de Ramrez y los Pocitos lo largo del puerto, viendo la ciudad tendida en anfiteatro, el pequeo Cerro con su fortaleza que parece un juguete de cartn, la rada con sus vapores y sus buques de vela, que cabeceaban mecidos por el oleaje, los botes de pasajeros que la marejada sacuda, los barcos de pesca con su latina al sol, las bandadas de gaviotas vocingleras, Eulalia sola mostrarse melanclica, y entonces me hablaba de mi madre con una ternura que slo poda comprender como un reflejo de su afecto hacia m. --Me llevars un da? Deseo tanto conocerla!... Mientras no la conozca me parecer que no te conozco bien ti tampoco... Debe ser una de esas seoras antiguas, tan graves y tan modestas, que se hacen respetar por todo el mundo sin necesidad de exigirlo, y que, en medio de su gravedad saben sonreir, y estar siempre de buen humor, con infinita benevolencia, con inagotable bondad, no es cierto? No quise decirle que mamita era taciturna, melanclica, mstica, aunque muy buena y muy tolerante. Por el contrario, apoy sus conjeturas, viendo que mentalmente, sin querer confesarlo quiz, haca comparaciones entre su madre y la ma, y que esto me daba una nueva inesperada superioridad sobre ella. --S, queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. Lstima que no haya podido asistir nuestro casamiento! De seguro que, apenas te viera, te querra ti ms que m, si es posible. --Oh! eso no! Pero iremos verla, quieres? --En cuanto sea posible... El verano prximo. El viaje es largo y molesto. --Eso no importa! hay que ir! Mes y medio delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que apenas conocamos unas cuantas personas que nos dejaban discretamente la ms amplia libertad. Al cabo de este tiempo, comenc encontrar algo montono nuestro continuo tte--tte, y echar de menos el movimiento y la accin de Buenos Aires. Le con ms atencin los peridicos, escrib y recib cartas, y me dije que el momento era llegado de reanudar la vida activa, porque todas las noticias venan alarmarme. Eulalia intent una ligera oposicin: --Estamos tan bien aqu! Tiempo tendrs de dedicarte los otros. Ahora te quiero todo mo, segura de que me descuidars en cuanto estemos en Buenos Aires. Pero se convenci de que era preciso regresar en cuanto le describ la situacin como yo la vea. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua ni descanso; el combate arreciaba en toda la lnea; el Presidente de la Repblica tena necesidad hasta de sus amigos ms insignificantes en los puestos avanzados; el descontento cunda, pesar de esfuerzos tan extraordinarios como una gran reunin de los jvenes, declarndose dispuestos sostener al Presidente sin condicin alguna, hiciera lo que hiciera. --No tengo el nimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me huele tormenta, y aunque yo poco he de perder, me gusta ver cmo van desarrollndose los sucesos, para que no me tomen de sorpresa. Volvimos Buenos Aires, y mi primera visita fu para el suegro, el mejor de los informantes. --La situacin es aparentemente slida--me dijo Rozsahegy, en su media lengua.--El Presidente cuenta con todos los Gobernadores de provincia, con la inmensa mayora de las Cmaras, con todo el ejrcito y toda la escuadra, con una polica aguerrida y resuelta, con diarios que defienden todos sus actos. Muy bien, perfectamente! Este conjunto parece demostrar que est firme en el poder, pero hay vagas seales de que no es as. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y aun simples comerciantes encuentran que se abusa del crdito. Los diarios de oposicin exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en el pblico. Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver ms all de sus narices. Si no fueras mi hico--agreg tutendome, pues me trataba indistintamente de tu de usted,--no te lo dira, pero... ah est... Es bueno que te ds cuenta de las cosas antes que los dems. Para algo soy tu suegro, tu suegro Rozsahegy!... Y despus de una pausa, agreg: --Hay que andar con mucho oco. Un derrepente, cataplm! No dejaron de alarmarme estos informes, pero me alarm mucho ms todava la observacin de que la poltica del Presidente no satisfaca al mismo partido que lo elevara al poder, y de que algunos de sus miembros ms conspcuos se retiraban cuarteles de invierno se plegaban ms menos abiertamente la oposicin. --Cuando las ratas se van, seal de que el barco hace agua!--me dije. Pero no eran precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los marineros, y hasta los pilotos. esta desercin contribua de un modo visible la guerra que desde un principio se haba hecho al mismo exjefe de nuestro partido, cuya voluntad creara aquella situacin, y que continuaba an, tratando de suprimir hasta los ltimos restos de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta poltica intil y equivocada, se lleg extremos tontos. Uno de los allegados al Presidente, el mismo que aos ms tarde iba ocupar elevadsimas posiciones, se ensa contra l en el diario oficioso, tratando de demostrar que era un mueco insignificante, un pobre individuo presuntuoso y ridculo, quien slo el azar de las circunstancias haba podido dar cierto relieve. Hasta entre los militares comenzaban notarse sntomas amenazadores. Entretanto, la nica situacin provincial que permaneca fiel al viejo jefe caa derrocada por una especie de revolucin que organizara el mismo Gobierno Nacional, con soldados del ejrcito disfrazados de particulares. Algunos partidarios se retiraron, pues, y sin hacer abiertamente buenas migas con la oposicin, dejaron ver que, en caso de una revuelta, no se pondran de parte del Presidente. Otros entraron resueltamente en las filas enemigas. Se pensar que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresur decir ah queda eso y abandonar al Presidente para no caer con l, si caa, como era ya muy probable. Pero quien tal crea no me conoce. Hilo ms delgado que todo eso. Sin que me preocuparan mis deudas los Bancos, que podran apretarme el torniquete en caso de defeccin (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis letras no estaban firmadas por m); sin que me moviera ningn motivo sentimental, rechac la idea de pasarme las filas contrarias desde el punto en que se present mi imaginacin. No era se el papel que me convena. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que so al venir Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significacin de la poca, no digo que no me hubiera convenido una actitud de hroe salvador del pas, tanto ms cuanto que podra adoptarla sin arriesgar nada muy poco--los situacionistas que cambiaron de casaca no se cuidaron de devolver previamente lo que haban comido;--pero, dada mi relativa insignificancia de hombre de tercero cuarto trmino, casi perdido entre la multitud, y que apenas conquistara un miserable ascenso en las filas contrarias, no haba ventaja alguna para m en la maniobra. Lo til, lo verdaderamente provechoso era pasar inadvertido, permaneciendo fiel la causa: con eso no tena nada que temer, y s mucho que esperar. Nuestro partido seguira gobernando--por lo menos en un perodo de muchos aos,--y salvo los que se hubieran comprometido exageradamente en aquel tiempo, todos quedaramos en disponibilidad, y con muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos. Sabia poltica, de la que nunca me felicitar bastante, porque mis vaticinios resultaron plenamente confirmados: los opositores tradicionales no llegaron nunca al poder, los transitorios se hicieron sospechosos y no obtuvieron ms que migajas, y los amigos del Presidente que se comprometieron demasiado tuvieron que vivir largos aos metidos en un rincn, esperando que los olvidaran! Como es de presumir dados sus antecedentes, Vzquez fu, en nuestra provincia, uno de los primeros que se plegaron la oposicin. Como yo le pidiera sus razones en uno de sus viajes Buenos Aires, me las explic candorosamente as: --La poltica del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el defecto capital de no contentar nadie sino los pocos que lo rodean en la intimidad y que no son hombres de grandes miras. Estn matando la gallina de los huevos de oro. La locura de la especulacin que hoy embriaga tantos, pasar necesariamente, porque se edifica sobre arena; y, al primer desastre, todo el mundo se volver contra el iluso que lo provoca, ms por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar mucho... --Vaya un socilogo!--pens.--Ms sabe mi suegro Rozsahegy que todos estos doctorcitos juntos! Y en voz alta repliqu Vzquez: --Puede que tengas razn, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el pas progresa maravillosamente, y eso se debe al Gobierno actual. Que tropezamos con dificultades? Siempre las hubo, y deberamos trabajar por vencerlas, no por agravarlas complicndolas, como hacen ustedes. Pedro se encogi de hombros. --Comprendera tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible!--dijo con irona. Un puesto inamovible! Qu rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que me convendra mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero, cul? No poda ser juez, porque haba desdeado hacerme dar, como tantos otros, un ttulo de doctor en alguna caritativa Facultad provinciana, y ya no era tiempo--dada mi relativa notoriedad--de volver sobre mis pasos. Me quedaba la carrera diplomtica... Por qu no hacerme nombrar ministro en Europa , por lo menos, en uno de esos hospitalarios y divertidos pases sudamericanos, donde se lleva una vida patriarcal y caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima esplndido, en medio de las ms sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie que amenace la estabilidad del puesto? Oh! gracias por la idea, dulce Vzquez! IX Fu visitar al Presidente, como lo haca todas las semanas, y le habl incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno y guardndome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no poda habrseme ocurrido tontera mayor. En aquellos momentos, necesitaba de sus verdaderos amigos; yo poda serle utilsimo presentando con elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun de permitir que me expatriara. --Preferira hacerte ministro aqu--exclam tutendome como lo haca en los grandes momentos de expansin.--Y si la situacin lo permitiera, lo hara sin vacilar, como lo har en cuanto se calmen los nimos. No te apures: tu porvenir est asegurado! Antes de dos aos sers ministro otra cosa semejante, y con eso se consolidar definitivamente tu situacin. Me march perplejo, mientras una luz iba hacindose cada vez ms clara en mi cerebro. Pensaba que haba poco que esperar de aquel hombre que se empeaba en una poltica por lo menos enojosa para todos, y que sus promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporneas. --ste es--me deca--como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo desfallecer fuerza de sangras y agua caliente, le recetaba ms sangras y ms agua caliente, y cuando mora, declaraba que era porque no se le haba sangrado lo bastante ni dado toda el agua caliente necesaria. En fin, lo mejor era vivir de la poltica hacindola lo menos posible, permanecer mudo como un sbalo, y divertirse en otras cosas. Llegu saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la vida de Teresa, desde que saliera de Los Sunchos. Habase dedicado completamente su hijo y estudiar, con la buena fortuna de encontrar una institutriz alemana, mujer de alguna edad, que haba pasado largos aos en Pars. Esta buena seora que lleg en poco tiempo al rango de amiga, si no de madre, limitse ensearla idiomas y msica, y aconsejarle lecturas, dejndole el espritu libre. La disciplina germnica estaba atemperada en ella por su segunda educacin latina, y como la discpula era ya una mujer hecha y derecha, no trat de torcer--por enderezar,--su carcter, sino de dar el mayor relieve posible sus buenas cualidades. En msica, le ense leerla y entenderla, sin esforzarse por darle la brillante ejecucin que ella tena, y la felicitaba cuando Teresa interpretaba un trozo de Beethoven Bach, de una manera distinta ella, porque esto afirma su personalidad, le deca. Con insensible gradacin, logr que Teresa pasara de las lecturas objetivas, las narraciones de accin, que estaban entonces de acuerdo con su temperamento, las lecturas algo ms subjetivas de las novelas psicolgicas, de stas, luego, los libros de simple generalizacin, y, por fin, los puramente especulativos. Para esta ltima etapa se vali de la discusin, interesando la joven en asuntos filosficos, y dndole, despus, elementos para formar juicio. Y en medio de estas tareas metafsicas, con su espritu prctico de alemana--Frulein Hildegard la enseaba las tareas domsticas, el bordado, la costura, la cocina, el arte de hacer conservas y de adornar la casa. De tal modo, que Teresa no tena un minuto desocupado y no senta la necesidad de ser feliz, tanto ms cuanto que Mauricio le absorba todos los pocos restos de su tiempo. Cuando supe esto, que lleg hasta m muy fragmentariamente, sent una gran curiosidad de verlo de cerca, y busqu toda clase de pretextos viables para acercarme Teresa. Pero nuestra ltima entrevista haba sido tan ridcula para m, ella permaneca tan encerrada, y mi casamiento era un obstculo tan grande, que tuve que renunciar mis antojadizos propsitos. Sin embargo, no fu sin un ensayo: la encontr un da en la calle, la hice un saludo hasta el suelo, y me aproxim tendiendo la mano. Hizo como que no vea el gesto, y usando la frase trivial de prctica, dijo Servir usted y pas de largo, sin exagerada modestia ni excesiva altivez, dejndome plantado en medio de la acera. Yo, por las tardes, iba la redaccin del diario oficioso, verdadero fox-terrier lanzado las pantorrillas de la oposicin. Pero no escriba. Escribir es oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer su amo, como deca Sancho Panza, y en mi caso, dada la vidriossima situacin, no hubiera hecho otra cosa que comprometerme, lo mismo que hablar en pblico. Sin embargo, veces pensaba que me gustara tener tiempo y ganas de escribir una novela: un simple antojo irrealizable de aficionado. encontrarme con la constancia necesaria para acometer el proyecto, lo iniciara como la novela del progreso de la Repblica Argentina, tomando por personaje principal una figura simblica que no fuese sino un vago mosaico cambiante, ms esplndido y luminoso cada vez. Esa figura no sera nadie y sera todo el mundo, y un todo el mundo de una fuerza genial. Obsrvese: todos trabajan, todos han trabajado, el magnfico producto est la vista, pero nadie puede discernir lo que ha hecho cada cual, ni lo que ha ejecutado un grupo, ni un partido, ni una raza, como en esos guisados de la gran cocina, en que se mezclan y confunden mil ingredientes para producir una cosa nica. En mi novela, el guisado sera el protagonista y los condimentos el resto de los actores... Pero bien pronto, renunciaba estas tontas divagaciones peligrosas, y cuando mucho escriba un sueltecito de crnica social, adulando mi ms reciente conquista. No tengo carcter para vctima, ni me gusta el papel de genio incomprendido. All, en la imprenta, estrech relacin con algunos escritores y pichones de escritor, que estas horas han muerto de miseria han cambiado de rumbo, dejando de escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacan morir de risa con su petulancia. Se reunan entre ellos para quemarse mutuamente incienso, miraban los dems por encima del hombro, como si perteneciesen una raza subalterna, y luego se entredevoraban, despreciando los ausentes. Pobres tontos! No vean ni han visto nunca que slo ellos se hacen caso, y su ceguera llega tal punto que se esfuerzan por destruirse unos otros, sin ver que todos estn destrudos por definicin en un pas como el nuestro, donde apenas si pueden hacer el papel de vctimas cmicas. Y lo ms curioso es que esos pobres parias, tomaban fingan tomar bajo su proteccin, pintores, escultores, msicos, actores y hasta sabios la violeta, que-- su vez--les formaban crculo, creando en la vida portea algo as como uno de esos islotes del Paran que nadie utiliza, porque se inundan, estn llenos de sabandija y no tienen comunicacin con la vida comercial. Mi espritu curioso me haca no espantarlos ni alejarlos; para eso los trataba en serio, finga interesarme en lo que hacan, y hasta cuid de aprender el ttulo de alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba ste, el rostro de mi escritor se iluminaba, y ya no tena ms que dejarlo hablar, porque me repeta lo que haba dicho, pidindome mi parecer, cosa fcil de exponerle con un ah! un oh! admirativo, con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza. Como los diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella poca disminuan las transcripciones y traducciones de los peridicos europeos, estos desgraciados plumferos alcanzaban de vez en cuando un sueldecito, y vivan muriendo, la espera de un puesto oficial en la espectativa de un cambio de situacin... No saben cunto me he redo de ellos, como no saben cunto se han redo de ellos los directores y administradores de los diarios que redactaban, gente cuyo nico propsito era sacar las castaas del fuego con la mano del gato... Lo digo, para que aprendan los ingenuos que quiz pretendan recoger ahora la herencia de esas pobres criaturas ridculas y pretensiosas, verdaderos parsitos de la sociedad, soadores intiles que llegan creerse llenos de influencia y de poder. Idiotizados, viven mirndose los unos los otros, y como ellos son los que escriben en los diarios y veces en los libros, llegan creer que todo el mundo est pendiente de ellos, cuando nadie importan un ardite. Chicos y grandes les han manifestado siempre su inane insuficiencia, pero ellos--tieso que tieso,--lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una envidia que slo existe en su cerebro. Y como, fuerza de escribir cuartillas, al fin llega salirles algo bonito, puede que, cuando alguno de ellos muera, le pongan una chapa de bronce en el sepulcro, le hagan un bustito, se cite su nombre en las antologas de escritores regionales. Ya se ver, despus, con qu rima ste mi justo enojo contra los escritorzuelos periodsticos de aquella poca... y de otras, anteriores y posteriores. Por el momento, en mis charlas con los redactores del rgano oficioso de la tarde y el oficial de la maana, trasluc una cosa que acab de darme mala espina: Los diarios de oposicin se enriquecan, mientras que los nuestros vivan apenas de las subscripciones gubernativas, y para circular un poco tenan que enviarse casi gratuitamente correligionarios y empleados pblicos; esto tena dos explicaciones: estaban administrados y dirigidos por gente demasiado vida de dinero, la que nada bastaba, el soberano pblico se mostraba para con ellos de un desdn desesperante. En la disyuntiva, tom sabiamente el trmino medio y me dije: --El pblico los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un mucho de la situacin. En suma, se hacen pagar dos veces... una vez y media. Esto, con los dems antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y preparar lo que podra llamarse mi coartada. Aquellos pobres escribidores que veces no tenan siquiera ropa que mudarse, eran al fin y al cabo una fuerza, y ms del lado de la oposicin que de la del Poder, porque cuando escriban no eran ellos, sino la entidad que estaba detrs. De esto no se han dado cuenta nunca, y an reclaman una individualidad refleja que jams tuvieron realmente. Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es porque ya no puede perjudicarme mi franqueza. Resolv, pues, servirme de aquella arma. En el Congreso, en los teatros, en algn Club, me encontraba con reprteres y redactores de la oposicin. Les habl de lo que escriban, cuidando de objetarlo, sin lastimarlos, y facilitndoles la rplica victoriosa. No me fu difcil conquistar su buena voluntad, porque, aparte de adularlos, sola insinuarles alguna idea y darles algunos informes. Uno dos llegaron hasta aceptar mi invitacin comer, y convinieron conmigo en que, si el _Gobierno_ les nombraba alguna cosa, no hara ms que rendirles justicia. Otros se acercaron luego casa, atrados por m y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor cuanto que Eulalia tena el don de gentes, , ignorando mis propsitos y mi poltica, los crea hombres de gran valer, literatos eximios, y los trataba con respetuosa deferencia. He aqu por qu los diarios de la poca no tienen una palabra contra m--salvo una dolorosa excepcin, algo ms tarde,--aunque en aquel entonces no quedara ttere con cabeza. stos y otros me pedan mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente mi influencia al servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando alguno de mis protegidos obtena por otro conducto lo que deseaba, nunca dej de encontrar quien le dijera que lo haba alcanzado gracias m. Entretanto, la situacin se meta en agua. Una noche que me hallaba en la tertulia del Presidente, alguien le habl aparte con decisin. Ambos gesticulaban, acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba cerca del Presidente que, irritado todava, me golpe el hombro, y me dijo, reconcentrando su rabia: --El que venga despus, har lo mismo que yo, el pas volver la anarqua. La oposicin es heterognea, y de ella no puede salir un partido de Gobierno. No te parece? --S, Excelencia!--dije, y pens:-- este hombre ve mucho no ve absolutamente nada y se va estrellar... X Pocos das despus marchse Europa uno de los hombres ms importantes del pas, el ltimo vstago de nuestra raza heroica, como hubiera podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un socilogo, un literato, un sabio, que haba optado por ser un patriarca. El pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba, considerndolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por espritu tradicional. mi juicio, era una especie de Cincinato, ilustrado y romntico, un hombre que haba tomado en serio los idealismos de 1830. Conservo viviente la impresin de nuestro nico coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera exclamacin afirmativa, dubitativa negativa, mientras que la mirada de sus ojos muy claros, como desteidos, no me revelaba nada de su interior y me pareca el cristal de unos gemelos asestados mi alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detena de pronto la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia juvenil, y narraba explicaba entonces, con acento al par sentencioso y blando, como un abuelo que hablara sus nietos y les dijera la indiscutible verdad bebida en la experiencia... --Pero... --Es como yo le digo--insista tranquilo y perentorio, y su memoria sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de pasado y de futuro. Era un prcer y un poeta. Se march Europa en medio de una formidable manifestacin de despedida, que fu como un motn pacfico. --Se da por vencido!--dijeron los que le vean como un espantapjaros, como una tcita condenacin de lo que estbamos haciendo.-- enemigo que huye, puente de plata... --No comulga con la oposicin--declararon los que husmeaban en el aire efluvios revolucionarios. Difcil me resulta la actitud del Presidente. Quiso disimular ante el pueblo? Quiso comprometer al patricio, conquistndoselo con oropeles? Realiz un acto de nobleza, sin segunda intencin, como justiciero, atenindose lo que viniera despus? Cualquiera de estos motivos es loable, por una razn por otra, y en su actitud no careci de belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le haban suspendido, porque hasta entonces manifestara su voluntad de una manera demasiado imperativa veces. Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis conveniencias, no estaba dispuesto dejarme engaar por su viaje y por su mansedumbre. --S!--me dije.--Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy, y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable. Deseara ser el gran pacificador, despus de tantas revueltas. Est bien! Est bien! pero se va para permitir que la revolucin estalle... Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con ms cuidado que nunca. Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un sentimentalismo trasnochado, utilitario lrico, yo juzgu conveniente saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el ms grande de los hombres de la poca, porque era el ms prctico. Nunca, entre nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que ser el ms egosta, pero que es tambin el ms capaz de imparcialidad. Como no se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la poltica, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de carambola: Mirn y errarla... Con la ms absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dot Eulalia, aunque se comprometa pasarle una mensualidad crecida para alfileres, y aun cuando tom su cargo todos los gastos de instalacin en nuestra casa, cercana la suya, que yo organic y Eulalia perfeccion en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no tena, pues, reparo en hablarle de asuntos de inters, cuestiones financieras, porque estbamos, respectivamente, en la independencia total. --Qu piensa de la situacin poltica... de la situacin econmica, don Estanislao? --Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto... Y despus de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refiri mis pequeos intereses: --Usted no tiene que preocuparse por ahora... Eh!... Pero no podr ser rico por usted mismo hasta que pase esto momento... La question est en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio, cuega, usted cuega demasiao en el Club y en el Crculo y en el Jocquey, y en las careras... Dquese de historias, hombre... Guarde la platita y ver despus... --Pero pap!--exclam con mimo burln.--No ve que yo tengo que vivir como quien soy, he sido y ser?... --Est claro! Yo no digo nada... Pero el ms quien soy tiene que pensar en lo que puede suceder maana... Vos, Cmez, tens una cabeza de chorlito. Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? Qu error! Comparando tu espritu prctico y el mo, no s cul resultara ms completo. Slo que hay formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo nunca correr tras l, como has podido hacerlo t... Pero lo admir, cuando me hizo el cuadro acabado de la situacin. --Con vos puedo hablar claro... sos me hico... Compr oro!... Es una cosa segura y te dar el cuatrociento por ciento, si sos capaz de guardarlo... Se interrumpi, objetndose s mismo: --Pero dnde est el efectivo? sa es la quistin!... No importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el equivalente... el equivalente... y eso lo tens... --Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he preguntado es lo que piensa de la situacin... --Es una locura, un despilfarro, una borrachera... Y me explic: Todo el mundo haba perdido el juicio. Fuera de los centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse una docena de bancos con un capital de cincuenta y tantos millones, sin base slida alguna, millones soados, escritos en el agua; se imprima papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa; se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una timba, con el bluf y todo, sobre palabra, casi exclusivamente para cobrar y pagar diferencias; la propiedad raz se haba dado un valor ficticio, pues nunca producira la renta que el capital representaba; el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del comercio extranjero, porque nuestra produccin no estaba la altura de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba estafaba al pas, con cuentas corrientes ilimitadas, prstamos hipotecarios hechos sobre propiedades que no existan, descuentos concedidos testaferros sin responsabilidad... --Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras tomando fiado donde te dejaran... Vas ver lo que pasa despus! --Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio? --S, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho... Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya dir... Usted no tiene ningn apuro, ninguna necesidad... Bueno!... Hay que esperar... ste es un pas de esperar sin asustarse. --Pero, quiz si yo pudiera liquidar en condiciones pasables... --Deque estar... Pueda ser que parezca menos rico, pero ser relativamente tan rico y ms... Cuando el nivel baja, baja para todos; y si no baja demasiado, el que est ms arriba queda ms arriba... y viene ser lo mismo. --Don Estanislao! no se equivoque! El ministro de Hacienda va sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el Gobierno tiene en caja... --Y la Bolsa har como el papel secante... Qu es un peso, cuando se deben cinco? --Se hace esperar. --Eh! S. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer... Pero aqu no nos quedamos con nada... --Usted cree entonces que la revolucin... --Pshit! Irma se precipitaba, ms que acercaba, hacia m, para increparme: --La muchacha est triste, qu tiene? --Yo no s, seora... --Debe saber! parece enferma, afligida... --Eulalia?... Bah! Monadas de muchacha mimosa. --No. Est plida y ojerosa, est intranquila... --Le ha dicho algo? --No. --Y entonces? Me levant, tom el sombrero, y encarndome con don Estanislao. --Hablaremos otra vez--dije.--Hay mucho pao que cortar. --S, hiquito s. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin consultarme antes. Sobre todo, no vends. Y en voz ms baja: --Ni pagus... hay tiempo. El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que volvimos Buenos Aires, arrebatndome el torbellino de la vida, no fu ni poda ser para Eulalia el compaero amable, despreocupado y carioso de todas las horas. Un desencanto, tambin, la afliga y marchitaba: yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal, ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino un ser comn, como un actor que no slo ha abandonado la escena sino tambin los bastidores. En cambio, m, hecho todas las libertades del sensualismo, en los acercamientos venales caprichosos, la austera unin que ella consideraba nica posible, me pareca insulsa y timorata. Sin tenernos en menos, bamos alejndonos poco poco, pues; ella, sufra, yo... filosofaba. Quizs ahond esta separacin, cuando, al recibir das despus la noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones de Montevideo, me opuse que Eulalia fuese conmigo, pretextando las molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades, con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los funerales, que haban preparado magnficos. All me hice contar los ltimos momentos de mi viejita. Se haba ido apagando poco poco. Ya no andaba, sino arrastrando los pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro de mi padre. No hablaba, pero sonrea todo, con esa sonrisa entre compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva benevolencia, total perdn... Por fin, no pudo salir, y guard cama, siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo: --Quiero vestirme. Voy al cementerio. Pero, incapaz de sostenerse, cay hacia un lado; murmur: Fernando, y se qued dormida para siempre. Fernando dijo y no Mauricio; entre las dos indiferencias olvidaba mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos, porque nunca se le ha dado tanto... Pero, quin me asegura que no nos confundiera ambos en un solo nombre, no pronunciado para los dems sino para ella misma?... Pobre mamita!; la llor de veras, no acertando, sin embargo, darle determinados relieves, como si slo fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que provoque ni grandes alegras ni grandes penas. Pobre mamita!... Cuando la evoco, no tengo ms que una sensacin de penumbra y de silencio, de renunciamiento la vida. Mi padre, don Fernando Gmez Herrera la model as, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No haba ni siquiera asistido mi casamiento; yo no le escriba desde aos atrs, pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de m, y al recordarla ahora, siento que he hecho un mal negocio, y que las caricias locas con que pudo regalarme, no sern renovadas por nadie en el mundo!... Y tanto me conmovi la evocacin de su gran figura resignada, que pens en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormira tambin, llegada mi hora. Esto consolar la pobre viejita, me deca, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio... Casi un cuarto de siglo despus, todava no he realizado el proyecto... Pero no poda yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin tener que amoldarme mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me mostraron el pueblo, que creca ojos vistas y al que hubiera llegado meses despus el ferrocarril... El villorrio iba transformndose, materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro de mis primeras correras y mis primeros triunfos, perda su carcter con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales. Iba poseer aguas corrientes, cloacas, luz elctrica, tena algunos empedrados, gas, teatro, y sus cabezas ms fuertes pensaban en hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequea de la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo. --Y para qu provincia?--pregunt. --Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!--me contestaron. No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses queran ser gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequea aristocracia, en fin, y no ser el departamento ms alejado pero ms influyente, el bourg pourri, sino una gran entidad. Bah! Si ellos supieran dnde van parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran leer en mi alma cmo calculo yo mi posicin en Buenos Aires!... Pero tienen razn. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era ms feliz que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin ms xito que el obtenido con las mujeres, que no _cuantifican_ el mrito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. S; lo dir aunque parezca no venir pelo: La mujer, en nuestro pas, como en todas partes, es el mejor vocero, el nico propagador de la fama. No se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de la vida s que quien la ha descuidado, ha cado necesariamente en el olvido, y que quien la cultiv, por nfimo que fuese, ha llegado las alturas, porque ms tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes--como dicen que dijo Rosas,--y porque, como no envidian los hombres, ni los desdean, tienen para la mercanca de su agrado recomendaciones entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales... Cuando volv Buenos Aires, cumplidas las fnebres ceremonias, reanud mi vida de agitacin. Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era cierto, pero no me inquiet. Me consideraba fuera de todo peligro, gracias mis mritos fsicos intelectuales, pese todos los ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradicin y la crnica escandalosa de nuestra poca... Eulalia, tan fina, tan discreta, podra y debera ser una gran seora en el momento oportuno, que no haba llegado todava. Cmo exhibirla con sus toscos padres? Cmo fundar refundar una aristocracia con los Rozsahegy la rastra? Yo tena fuerzas suficientes para imponer Eulalia, pero no Irma y don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quera. Eulalia, veces, pareca comprenderlo; otras, su ambicin rompa todo lazo: pero era una ambicin hacia m, no hacia la sociedad, y esto me haca desgraciado. --Mara hara lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de triunfo--me deca yo.--Teresa podra intentarlo con xito, porque, al fin, es de una vieja y respetable familia del pas. Pero, justamente, Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de Mara, es la nica que no puede exigirme que la imponga esta sociedad, por mezclada que est, porque no he de llevarla los bailes de la Bolsa otros peringundines, sino precisamente los salones tradicionales que hoy estn semicerrados, y donde sera muy posible que nos recibieran mal. Mi ta Mnica, aquella excelente dama que haba quedado soltera porque un mdico, all en su juventud, le cort un msculo del cuello y la dej para siempre con la cabeza bamboleante, como una perltica, mi madrina de casamiento, en fin, me ilustr el punto casi con tanta crueldad inhbil como la del cirujano que la mutilara agostando su juventud, su gracia y su talento de mujer. --Tenemos, s--me dijo,--la aristocracia del dinero; pero es superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en Coln, al ver cuajada de diamantes nuestra ms alta sociedad: Muy hermoso, pero huele bosta! Todos somos descendientes de negociantes estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que est ms lejos de su abuelo pulpero, tendero, zapatero criador, es el ms aristcrata. T, con tu casamiento, has perdido dos tres peldaos, porque el patn de tu suegro vive, y se muestra demasiado... Es un carcamn, y eso no se te perdona. Mauricio Gmez Herrera, sin el carcamn, sera como algunos de sus primos sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepcin, tener talento, no son sino pobres aspirantes infelices descontentos, socialistas, anarquistas cosa por el estilo... Qu mi ta Mnica! XI El juego, las mujeres, los paseos y la controversia chismogrfica--he aqu cmo distribuyo mi vida, desde que he dejado la poltica en segundo trmino, previendo lo que va suceder.--Ni tiros me hacen hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la historia de las anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversin al peso moneda corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional. --Haga una cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasldelo pronto al Banco garantido de su provincia; yo s lo que le digo... All ser ms fcil arreglar... Sin saber qu poda corresponder aquel consejo, me apresur seguirlo, y al hacer esta permuta, que mi posicin poltica me facilit, supe que, con mi nombre el de otros, deba nada menos que cerca de un milln de pesos nacionales. Aunque mis propiedades de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos, representaran entonces algo ms de esa suma, me asust, y fu consultar Rozsahegy, seguro de que se haba equivocado y me haba hecho cometer un desatino. --Creo--le dije,--que siendo yo rico, y Eulalia tambin, Eulalia debe ayudarme consolidar mi fortuna, tanto ms cuanto que ella no pierde un centavo. En su nombre, pues, vengo pedirle que sanee mis propiedades, pagando mi deuda al Banco de la provincia. --Usted es muy muchacho--me replic.--Yo no pago deudas de nadie que puede pagarlas. Eulalia no le faltar nada, ni hoy ni nunca, y, por lo tanto, usted, sobre todo si no sigue haciendo sonseras y jugando hasta la camisa. Y deje estar, ya le he dicho: nadie se ha de llevar sus tierras, mientras que viva Rozsahegy. --Debo cerca de un milln. --Eso es una porquera. No hay un allegado al Presidente ni siquiera un Gobernador de provincia que no deba otro tanto. Y vos cres que los van matar? Se acabara el pas!... Eh, nadie se muere de deudas!... Y, paternal, agreg: --Eulalia tendr cuanto necesite. Vos pods seguir haciendo negocios para tus farras. Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno, ya sabr cmo ayudarte. Eso s! no venda sus tierras, porque entonces ya no hay defensa. --El gringo sabe lo que se pesca--pens,--y lo mejor es hacer negocitos. Era todava, en sus ltimos boqueos, el tiempo llamado de las coimas. Ganar algn dinero no me costaba ms trabajo que el de leer un memorndum presentado por algn postulante de concesin, y repetirlo en otra forma en el recinto de la Cmara. Estos memorandums solan estar tan bien hechos, que afirmaban mi reputacin de orador enciclopedista, sin comprometerme como poltico. Poda hacrseme, por el mismo procedimiento, una competencia mortal, pero, pese mi modestia, dir que yo presentaba aquello con elocuencia y con xito, sobre todo porque entre los colegas habamos establecido un convenio tcito, y nos dbamos mutua y alternativamente el voto. Mis bohemios oficialistas y opositores no vean ms que fuego, como dicen los franceses, y los primeros, obedeciendo mi consigna, no me ponan nunca muy de relieve, mientras que lo segundos, conquistados, cargaban la romana sobre otros, nunca sobre m, y estaban (unos y otros) tanto ms conformes conmigo cuanto que no me daban notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio con mesura y respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me nombraban solan--rara vez, pero solan--deslizar una palabra amable junto mi nombre. Tambin es cierto que nunca me opuse un sablazo, ni negu una recomendacin, ni dej de aparentar que buscaba un puesto, ni habl mal sino de los cados, ni habl bien sino de los notorios y momentneamente indiscutibles. Y los cuentos y comentarios me llegaban. --Yo no tena talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tena ilustracin, pero era inteligente y receptivo; no tena moralidad, pero era muy tolerante para los defectos ajenos; no tena carcter, pero era incapaz de hacer dao una mosca; no era altruista, pero no dejara nadie sin comer por hartarme yo. Virtudes negativas, pero, al fin, virtudes. Pero, pasemos. Tal era mi accin, la nica que me interesaba para mantenerme en la posicin debida: frecuentando la sociedad, por lo que poda darme, gracias sobre todo las mujeres, haciendo pequeos negocios para poder vivir sin comprometer mi fortuna y con ella mi libertad de accin; entregndome veces al placer, en forma que la plebe dogmtica encuentra excesiva; presentndome como un elegante y un gran seor, sin exageracin,--para no morirme de hasto en los momentos obligados de inercia, apareca yo como un protector nato de las letras y las artes, que no me importan un pito, era el dolo en los salones, el pico de oro en la Cmara, el instrumento admirable y admirado del Gobierno-- quien no serva,--y el hombre, en suma, capaz de ponerse, si quisiera, frente frente de otro cualquiera, del ms alto, del ms popular, del ms poderoso. Qudame esta fama, todava; y si me queda es, precisamente, porque hasta ahora he rehudo el combate. _Ser_ capaz de una accin decisiva, pero cuando la sienta de antemano decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de mis antepasados emancipadores, se reducen la conquista del xito. los abuelos les obligaron ser yunque, y yo quiero y siempre quise ser martillo, aprovechando para ello nuestras mismas cualidades, diversamente encaminadas. Eulalia se haba resignado al papel de amiga. pesar de su familia, era, para m, como una decoracin, gracias su admirable don de gentes. La llevaba al teatro, alguno de esos salones curiosos que perduraban en Buenos Aires como confuso rasgo de unin entre la antigua sociedad y la que iba nacer ms tarde, muy libres, muy rastacueros, pero, en fin, lo nico que entonces haba. Era muy solicitada y muy cortejada. veces me pareci que las galanteras de algunos iban demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda corriente. Pero no cuadra Mauricio Gmez Herrera preocuparse de estos detalles, cuando cien cosas de mayor cuanta para s y los suyos solicitan en todo instante su atencin. Por otra parte, Eulalia era, ha sido y es fundamentalmente honesta-- as me ha parecido, y eso basta!... Y cuando, en aquel entonces, planteaba en parte estos problemas psicolgicos, siempre se me evocaba la imagen de Mara Blanco, y siempre refera las acciones de Eulalia las que ella hubiera realizado! Y aunque Eulalia actuase como Mara hubiera podido actuar, siempre encontraba una superioridad en Mara, quin sabe por qu atvica preocupacin, olvidando que mi mujer era toda una seora. Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aqu: cuestin de pronunciacin. Mara, entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se ocupaba para nada de m. Llevaba, seguramente, una vida anloga la de Teresa, y dedicaba Vzquez su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la vea jams en parte alguna. Vzquez deseaba hacer un viaje Europa. Quera completar su educacin y ver de cerca, en la realidad, lo que le haban mostrado los libros, sintindose capaz de ser til su tierra, no porque fuera aprender ms en el extranjero, sino por la mayor autoridad que una permanencia en el viejo mundo le dara. Imitando burlescamente aquello de Caldern de que porque no sepas que s que sabes flaquezas mas, observaba que, para ser eficaz, es preciso que los dems sepan que uno sabe, lo supongan, que es lo mismo. Una tarde, comentando la crnica del Congreso de los diarios de oposicin, en la que se me trataba muy bien, llegu decirle que despreciaba resueltamente todos esos escritorzuelos, y que, cuando mucho, los toleraba. El romntico de Vzquez me contest, animadamente: --Los toleras? Pero, tonto! No ves que ellos son los nicos que hacen algo y que tienen el derecho de tolerar? El ms insignificante tiene mayores probabilidades que t y que yo, de ser admirado y venerado por los que vienen!... Pobre consuelo, dirs. Pero es que ellos cobran su paga mental por adelantado, y no la descuentan para poder enorgullecerse an ms de s mismos... Estn bien convencidos de ser lo que son, mientras que nosotros no sabemos lo que somos. --Qu significa? --Ellos pueden oponerse las circunstancias; nosotros las estudiamos para seguirlas. --Haces juegos de palabras, y nada ms. --Me alegro de que lo tomes as. Yo crea y creo todava en la existencia de lo que se llama hombres superiores, y en que son los que sealan rumbos las sociedades y los pueblos. Y, mientras escribo estas lneas, leo un discurso de Roosevelt, pronunciado en Bruselas, panegirizando la mediana. Es una adulacin electoral, como las de nuestros discursos de provincia, en que alabamos los labradores y los ganaderos, como las ms altas y fuertes columnas de la sociedad y de la inteligencia... Otras cosas me distrajeron. El Gobierno estaba cada vez ms preocupado con la situacin, especialmente en su parte econmica. Una especie de bancarrota amenazaba al pas, y los Ministros de Hacienda se sucedan haciendo desatinos cada vez mayores. Para detener el alza del oro, el Gobierno vendi todo lo que tena, que fu inmediatamente absorbido por los banqueros, y emigr. Sin haber detenido la subida, lejos de eso, tuvo necesidad de metlico en crecida cantidad para amortizar emprstitos y pagar intereses, y debi comprarlo precios inverosmiles. Corri la voz de graves irregularidades en los bancos, y en la capital se respiraba un ambiente de desconcierto que ola revolucin. Lo que supo Rozsahegy meses antes lo saba todo el mundo ya. Mi suegro me llam entonces, con urgencia. --Has hecho lo que dije? --No s qu se refiere. --Hacer trasladar toda tu deuda al Banco garantido de tu provincia. --S. -- cunto asciende? --Con algunos intereses acumulados, ya le dije, cerca de un milln de pesos. --Con tu sola firma? --La mayor parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras no he firmado yo. Pero se sabe... --Eso no importa. Djese estar. No se apure. No haga caso de nada. Sobre todo, no venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha sangre fra, mucha... --Usted tambin cree en la revolucin?--dije, irnico. Me mir con aire socarrn, sonrindole los ojillos de cerdo. --Yo ms que nadie--contest.--Esto no puede seguir as. Comprend que saba ms de lo que quera decir, y trat de sondarlo. --Estoy seguro de que hasta ha dado dinero... --sas son cuentas mas!--exclam riendo ms que antes.--La verdad es que cualquier cosa, entiende? cualquier cosa es mejor que prolongar esta situacin. Hay que liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no hay desatino que no se haga, y se ha tocado demasiado lo hondo el bolsillo de la gente. --La revolucin no triunfar. No har ms que consolidar el Gobierno. --Puede que no triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harn gentes muy distintas. Pero el Gobierno no podr consolidarse, sino en calidad de Gobierno; es decir, quedando como es, pero variando de hombres y de procederes. --Qu curioso! --Ser lo que te parezca. Pero, quieres un consejo, Mauricio, para completar los otros, que son salvadores? --Venga el consejo. --Andate de Buenos Aires. Eulalia est delicada, el invierno amenaza ser crudo. Llvatela un rincn del Norte, Ro de Janeiro, si prefieres la ciudad al campo, y espera los sucesos. --No puedo. Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia, sera una desercin. Me quedar aqu, pie firme. --Compromete su porvenir! --No crea viejito. Tengo uas para salir del paso. Ya ver. Y nadie podr decir nunca que Mauricio Gmez Herrera es un traidor ni un cobarde! XII La revolucin estall, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni crdito con qu substituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel momento, una persona formal porque haba logrado que nadie se ocupara de m. Y en la difcil emergencia, me dije: --Hay que prepararse echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos venir. Yo no hago nada malo. La poltica es una serie de accidentes en los que uno debe poder ser til utilizable, y demostrarlo, aunque sea de un modo pasivo. La sociedad dice: S rico, ten influencia, y triunfars. La religin actual dice lo mismo, exigiendo, como la sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy rico, mejor dicho, tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de tal. Soy rico por mi mujer, y rico por m mismo, si es cierto lo que dice Rozsahegy. Tengo talento , lo que quiz sea preferible, el don de saber vivir. La cuestin es no destruirse los treinta y cinco aos. Este perodo ha sido un gran gastador de jvenes. Todava puedo ser un hombre nuevo, y muchos de nuestros prceres no haban despuntado an los cuarenta aos. Quin me dice?... Pero quise cerrar con broche de oro este largo captulo de mi vida, mostrndome fiel, si no mis principios, mis amistades y vinculaciones, y en cuanto estall la revolucin fu de los primeros en rodear al Presidente, mientras que los sublevados, contemporizadores, se encerraban en la plaza del Parque y formaban cantones en los alrededores, dedicndose matar vigilantes para satisfacer una necesidad de venganza contra la autoridad sus smbolos. --Es un motn militar--me dijo el Presidente, dndome un instante de atencin, en medio de la turba azorada de palaciegos que le rodeaba.--Pero el ejrcito fiel no tardar en reducir los revoltosos. --Es mi conviccin--dije.--Y si puedo ser til en algo... Ya sabe usted que se debe contar conmigo. --Gracias! Ya s, ya s!... Otros lo rodeaban, acaparando su atencin, y marendolo por completo. l vea la montaa que se le vena encima, pero demostraba entereza y confianza. No era el pusilnime que sus enemigos han querido presentar: iluso, s, como lo probaron ms tarde las circunstancias, dando razn mi suegro; pero quiz no hubiera sido tan iluso, si aqullos que lo rodeaban hubiesen tenido un poco ms de sentido comn y un poco menos de adulonera. En suma, los dados estaban tirados, y era preciso mostrarse buen jugador, sin cobardas ni desplantes. Es lo que hizo, pues no habl de ir ponerse personalmente al frente de sus tropas, ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada. Pens que se amoldaba, como yo, las circunstancias que lo haban llevado tan alto, y que sabra esperar otras, en caso de derrota. No era esta tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo, gritaba jurando que haba que poner raya los revoltosos y darles en seguida una fiera leccin, sin suponer por un momento, en su inconsciencia, que aquello se caa pedazos. Otros, al contrario, se agarraban la cabeza, como si el cataclismo que presenciaban fuera el anuncio del juicio final. Recuerdo un juez que, tragando saliva para parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo, despus de una torpe entrada en materia, un propsito tirado por los cabellos: --Cree usted que si la revolucin triunfa habr juicios polticos? Nuestra historia revolucionaria los repugna, y generalmente, la ms amplia amnista... No le hacan caso, como dicindole ve hacerte ahorcar en otra parte, y, en efecto, slo aos ms tarde cay como un vulgar pillastre, en un asunto de aprovechamiento de ajenas falsificaciones... El hombre que ms me interesaba era el presunto candidato Presidente de la Repblica. Pas varias veces frente m, dueo de s mismo, habiendo medido ya todas las posibilidades que se le presentaban, porque tena talento. Era el que jugaba ms fuerte en la partida, y hubiera pagado por saber el desarrollo de sus pensamientos ntimos, pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y aparente intimidad, no era aqul el momento de pedirle una confesin sincera. --Qu me dice de todo esto, doctor?--le pregunt, sin embargo, estrechndole la mano. --Que la revolucin est vencida, nada ms. Es una revolucin inerte... Pero sus ojos negros se perdan, mirando en lo futuro quin sabe qu ostracismos, y en su cara plida, de un tono amarillento, encuadrada por la barba castao obscuro y el abundante cabello lacio de msico, haba una expresin asctica de angustia aceptada. Vease ya, en lo porvenir, chivo emisario de todos los pecados de aquel fugaz momento histrico? Despus de m, aqul era el personaje que ms simpata me inspiraba; pero domin mi sentimentalismo, y dej en mi interior toda manifestacin comprometedora, pensando: Si t tambin ves las cosas tan mal paradas, hijito, qu quieres que le haga yo? No puedo ser ms papista que el Papa... Mi estudiada mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde deba conducirme. El Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de m sino como yo quera: hasta saber que yo no lo haba abandonado, nada ms. Los seguros de triunfar me encontraban demasiado tibio para enredarme en sus ensueos... Los temerosos de la derrota me vean demasiado partidario de la situacin para invitarme buscar otra cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo que fu una entidad al propio tiempo apreciable y desdeable para todos: que era lo que se quera demostrar. Volv todos los das presentarme al Presidente, hasta que la revolucin, vindose vencida, capitul. Entonces, me retir mi casa. Slo haba sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad. --Aqu no estamos en mi provincia--repliqu,--y esto es una cuestin militar. No quiero hacer de mosca de la fbula, y complicar la cosa so pretexto de simplificarla. Que el que manda me mande, y yo obedecer. La revolucin cay y con ella, de rechazo, cuatro das despus, el Presidente de la Repblica, contra quien se ensaaron el populacho, la juventud inconsciente y algunos de los que le haban arrastrado los peores extremos, para demostrar que no tenan participacin en la culpa. Y as se fu, entre el vocero, un jefe que quiz no tuvo ms culpa que confiar demasiado en las fuerzas del pas y en la lealtad de sus amigos--esto fuera de los otros defectos que pudiera tener y de los otros errores que hubiera cometido.-- m no me toca acusarlo, y debo decir que no cargu la romana sobre l cuando lo vi cado, porque... porque no me pareci un ademn elegante. Eulalia, que no haba encontrado mal mi aparente fidelidad, me dijo al fin: --Creo que han hecho bien en derrocarlo. --Me parece lo mismo. --Pero lo ayudabas... --Era mi deber. --Me gusta eso que dices--y su mirada me perdon muchas cosas. Yo pens en Mara, y reproduje el dilogo que podramos haber mantenido los dos en las mismas circunstancias: --Obedecas tu deber tu inters? Protesta violenta de mi parte. --En fin, t debas comprender que el Gobierno no marchaba, como se ha dicho en el mismo Congreso, hechura del Presidente, en ese Congreso que tendra que cambiarse antes de aplaudir el nuevo orden de cosas, que no existe. Ayudarlo era ayudar tu inters no tus principios. --Principios? T lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que mantener todo trance... el principio de autoridad. Y la discusin no hubiera podido terminar nunca, mientras que con Eulalia tuvo el ms grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado por una mujer nada vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces, cuando ste se desarrolla en una casa con todo el confort moderno, y donde no falta ni lo superfluo siquiera. Y en la nuestra no faltaba. Rozsahegy daba Eulalia cuanto poda necesitar. Yo tena mi dieta, y como al despilfarro de los aos anteriores haba sucedido una modestia franciscana, porque muchos lo haban perdido todo y otros trataban de ocultarlo todo, aquello y la poca renta que me llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el sueldecito de marras), me bastaban y aun sobraban para vivir bien, frecuentar el Club, jugar mi amena partida de pker, y hacer nuevas deudas, no muy graves, dada la modestia de los tiempos. Lo nico que sola molestarme (oh, en idea solamente!), era mi compromiso con los Bancos, , ms bien dicho, con el Banco Provincial. Lleg la hora en que las autoridades se ocuparan de liquidar y de imponer la liquidacin. Esta vez, mi suegro no me llam, sino que fu verme. --Has de darme un poder general para administrar tus bienes... --Oh, don Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aqu. --No, no es lo mismo. Usted es muy sonso. Y adems se necesita dinero contante. Le di el poder. Hizo maravillas. Descart cuantas letras estaban firmadas por testaferros, disminuyendo as notablemente mi deuda. Cedi los Bancos, en pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir, y adelantndome, en suma, unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo propietario de un milln por la parte baja. --Estos ciento cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar certificados de depsito (la plata de los unos para los otros, siempre as! pero plata annima), los va recuperar duplicando como ganancia lo que importaba la deuda. Dentro de pocos aos usted tendr dos tres millones. El pobre Vzquez venda, entretanto, todos sus bienes para pagar sus acreedores, porque no tena un liquidador como Rozsahegy. La baja de los precios era tal, que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquiri por sesenta mil pesos, prometindome cederlos Eulalia por el mismo precio en cuanto yo quisiera, por medio de una escritura privada. Y me dijo: --Te quecabas que yo no daba dote Eulalia. Aqu tens tres millones, por lo menos... Y no hay que apurarse. Si no hacs locuras, lo que gans y lo que le doy tu mujer, bastar suficiente... Ahora... cuando yo me muero, es otra cosa. Pero ni siquiera deseo que se muera mi suegro, pese la herencia incalculable. La fortuna de don Estanislao ha sido ms fortuna para m, precisamente porque nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando todo el mundo la cree ma. El crdito es inagotable... XIII Vzquez, como muchos otros, qued completamente arruinado, y ahora me consta que no pudo pagar todos sus acreedores, sino algn tiempo ms tarde, y eso, gracias m, despus de haber sufrido las consecuencias de su imprevisin de no tener un suegro como el mo, sino, apenas, como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de negocios. Fu verme, y recordndome el viejo prstamo, me pregunt cmo andaba de dinero. --Mal--le dije.--Con estas cosas, los pesos andan caballo. Tenemos apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal. --Naturalmente--replic, pensativo.--Por disminuir una desgracia no hay que hacer mayores dos desgracias. m eso no me empeora... Y se fu. En aquel momento, yo no tena veinte mil pesos disponibles, sino pidindoselos Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se haba portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando slo l poda acudir para mis pequeas necesidades de juego y otras anlogas. No era Vzquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni Vzquez tena, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de m. Por el contrario, habl tranquilamente y se fu, y aqu no ha pasado nada. Entretanto, la situacin poltica era la misma, mejor para m. Todo el mundo se haba reconciliado, y los mismos hombres gobernbamos, con sordina, pero gobernbamos. Mi actitud antes, durante y despus de la revolucin se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista. En antesalas de la Cmara, en la Casa Rosada, en las redacciones de los diarios, comenz hablarse en broma de mis probabilidades de ser ministro la primera vacante. Tomlo broma, me hice tan modesto, tan pequeo, que las burlas fueron poco poco perdiendo de acritud y displicencia y llegaron hacer ver como posible una cosa la que, desde luego, estaba acostumbrado ya el odo de la mayora. Mi carrera empezaba, mejor dicho, estaba terminada. Se habl una vez, en serio, de ministrarme, y hubo quien fuera proponrmelo. Era aos ms tarde de los sucesos que acabo de narrar, segua yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero la situacin me pareci harto ambigua, con un Presidente honestsimo, pero inseguro y burgus, y no me resolv apuntalarlo, y hacer un pasaje de ave migradora por el Ministerio. Resentidos an por la crisis financiera, los negocios no haban tomado empuje, y yo, muy rico, no era rico todava, aunque viviera como tal, y no me era permitido meterme en las honduras de ministro sin repeticin, es decir, de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro. Rechac la oferta, diciendo que mejor serva al Gobierno desde abajo que desde arriba. Lo que me sonrea era una legacin, y volv este viejo sueo, dicindome: en Europa, no en Amrica, como antes. Pero el competidor nato sali otra vez mi encuentro. Vzquez pretenda, precisamente, la nica legacin de alguna importancia que entonces se poda aspirar. Vzquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno de sus triunfos, aunque me alegre de alguna de sus derrotas... sin quererlo mal, por eso. --Un ministerio nacional... Pues una legacin es todava ms fcil de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para pedirla. Y la aprovechar, como hay Dios! Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasndome un pedazo de cartn, ajado y sucio: MIGUEL DE LA ESPADA PERIODISTA Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo: --No viene verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que estoy murindome de hambre en la capital, y he venido verte cincuenta veces, por lo menos. As est mi ltima tarjeta, Mauricio! Y viendo que su entrada en materia no me haca maldita la gracia, cambi inmediatamente de tono, y aadi: --Los aos pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas. Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro ms abajo que el betn, precisamente, por falta de conducta. No acuso nadie de ingratitud, sino m mismo de insensatez. He servido muchos, pero por la ddiva, como las mujerzuelas que no recuerdan despus quines quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como dijo tan amargamente mi paisano Caldern en circunstancias no menos trgicas el traidor no es menester, siendo la traicin pasada. Su cara me deca su historia de decepciones, pobre vocero de todas las pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, ms que de las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro pcaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de provincia. Mi situacin me obligaba tratarlo de alto abajo; un resto de juventud me hizo acercarme l, golpearle el hombro y preguntarle: --Vamos! qu quieres? --Comer!--grit con desesperacin bufonesca.--Comer todos los das por lo menos tres veces por semana! --Aqu come todo el mundo. Con el ndice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente: --Eso dicen todos los que comen! --Qu haces? --Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros mutuos, fundada por un pillastre que se socorre s mismo. No veo un cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle Corrientes, que es una cueva de anguilas, no ya de ratas. Haz algo por m! --Todo lo posible. Aqu tienes cincuenta pesos. --No era eso. En fin. Despus vendr lo otro. No par mientes en lo que me deca, preocupado por una asociacin de ideas: --Vive don Claudio Zapata?--le pregunt. --Y doa Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas de la ciudad, y nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos, maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: Dios lo traer al buen camino!, lo que significa que todava no has llegado su grado de perfeccin. --Ah, canalla! --Gracias, en nombre de don Claudio! Se sent. Call un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Despus, reanud la charla: --Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo todas las consecuencias de esto. No tena dedos para organista, por ser gallego, bueno, est bien! Pero no soy tonto, y tengo algn talento, sin muchas pretensiones, t ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos... suma respetable, sobre todo para m, que hace cinco minutos no tena un centavo ni de dnde descolgarlo... Pero dentro de diez das de dos horas, me volver encontrar en la misma situacin... Para salvarme, no hay ms que esto: tmame tu servicio; yo ser tu secretario, tu comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situacin, necesitas quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado en lo superfluo. Yo te buscar los datos que necesites, redactar tus informes, escribir tus cartas, compondr tus discursos, y... Se interrumpi al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo, como un Marcos de Obregn: --No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gmez Herrera. Yo no reclamo, yo no pido nada. Yo suplico tan slo mi derecho vivir, aunque cigarra sin arte. Empiezo ser viejo, y un gran seor como don Mauricio debe comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre hombre como yo. Es triste que... --Ven verme maana--contest, divertido.--Hablaremos maana. Fu hasta la puerta, volvi, y, modestamente, dijo: --Suprimir toda familiaridad. Yo tambin s cunto molesta la familiaridad intempestiva... Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmur: --Puesto que se me permite... hasta maana. XIV Ridculos, los escritos de de la Espada, buenos para un diario de provincia, pero trasnochados en Buenos Aires. Le indiqu otros asuntos para que me buscara datos y me extractara libros, y se desempe con un celo tal, que poco poco fu convirtindose en mi secretario. Un secretario modelo, ya sin ambicin, pronto ejecutar cuanto yo le mandaba sin hacer objeciones ni permitirse el atrevimiento de pensar. --He aqu un hombre--me dije ms de una vez--que obedece como yo las circunstancias. Por qu m me va tan bien y l tan mal? Y conclu que ocupbamos nuestras posiciones respectivas, bien equilibradas en la relatividad de las cosas. Me sirvi mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia harto descuidada, y dndome algunos de esos consejos que uno no adopta, pero que siempre sirven de punto de referencia para saber cmo piensan los dems. Es una calumnia la afirmacin de que l ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez aos esta parte; pero, en cambio, es verdad que me ayud mucho siempre, y que entre los pocos escritos mos en que no tom participacin figuran precisamente stas modo de Memorias caprichosas. En cuanto sus consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque--aunque no los siguiera exactamente--contribuyeron resolver dos graves situaciones de mi vida, los dos ltimos episodios que por ahora he de contar, y rpidamente, porque ya la pluma se me cae de las manos. Vzquez y yo desebamos la misma cosa desde haca mucho, pero uno y otro tropezbamos con la misma dificultad: la mala voluntad del Gobierno, disfrazada bajo una enorme cantidad de pretextos plausibles, como, por ejemplo, la de que no ramos diplomticos de carrera, y no caba en lo posible postergar los viejos ministros para darnos un puesto superior ( l m), como si esto no se hubiera hecho toda la vida y no fuera seguir hacindose por los siglos de los siglos. Pedro tena dos elementos en su favor y en su contra al propio tiempo: era empeoso y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo soy tenaz, tambin, aunque tengo, ahora, en la madurez, la virtud de no demostrarlo, pero, en cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier cosa que ambicione para mi brillo personal, puedo pedirla para servir al pas, y aceptarla luego en condiciones inaceptables para los dems, con la simple diferencia de que luego le he de sacar ventajas inesperadas, como tantos que reciben gratificaciones por trabajos completamente desinteresados, al parecer, en un principio... Pero esta vez mis clculos salieron errados poco menos. Las probabilidades de Vzquez subieron un da trminos tales que su nombramiento era inminente. Por indiscrecin, lament esto delante de de la Espada, que, mirndome de hito en hito, murmur: --Yo lo matara con cuchillo de palo. --Dnde est ese cuchillo? --En lo que debe! --Bah! --Un momento, un momento!--replic.--Cunto dara usted por anularlo? --Diez, vente, cincuenta mil pesos!--exclam.--Es un punto de partida tan hermoso!... --No se necesita tanto. --Cmo as? --Radnitz tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vzquez, por un valor de veinte veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando en su porvenir inmediato. En cuanto vea un negocio lo hace saltar. --Qu hombre es ese Radnitz? --Tiene un banquito y hace comercio de obras de arte. En el banquito presta liberalmente al uno por ciento mensual, que resulta el cinco el diez, porque hay que comprar acciones... --Ests muy enterado. --Te dir. Cuando vine Buenos Aires todava tena relaciones y cierto aspecto. Necesitando dinero, me presentaron Radnitz que me prest quinientos pesos, obligndome tomar dos acciones de cien pesos de su banco, y firmar una letra de setecientos. --Sin garanta? --Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constitu depositario de mis propios muebles, valuados en setecientos pesos. --Los tenas? --No. Era para renovar la crcel por deudas. Si no pagaba los setecientos pesos, yo resultara depositario infiel ira la crcel por abuso de confianza... --De modo que se puede contar con l? --En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio. --No. Eso me parece bajo!--exclam. Pero aquella misma tarde encontr Radnitz en una de sus exposiciones de pinturas y le dije que haba Bancos, etc., que bastara una denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego habl de los cuadros, que l expona, despus de haberlos comprado en Europa con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debera comprar dos tres. Y al despedirnos lament que Vzquez no fuera ser nombrado ministro, porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus fuerzas, y que aprovechar--con mucha razn,--cualquier pretexto para desmonetizarlo. Radnitz no dijo palabra, pero me estrech la mano significativamente. Al otro da le vi en los pasillos de la Cmara, muy correcto, muy elegante. Despus de algunas maniobras, se me acerc. --He venido ver ... Es muy amigo del ministro de Instruccin y deseaba saber si comprarn dos cuadros de la Exposicin de la calle de Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como yo tambin los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor como el Gobierno... --Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarn. Me lo han dicho hace un momento. Lo nico que usted conseguira es hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin, all usted... Hizo como que se iba, y agreg, en tono confidencial: --He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantas me parece una exageracin. ser uno de esos pequeos prestamistas de tres al cuarto... --Sin duda!... -- propsito! Sabe el escndalo? Pedro Vzquez acaban de demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de confianza. Parece que, en circunstancias difciles, ha hecho cosas que... que no estaban bien... No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es un hombre infecto. Creo, tambin, que el cuento del Banco bastaba y sobraba. Adems, se le pagaran sus crditos. Llegu tarde casa la hora de comer. Cuando tomaba el caf, con Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron Vzquez. --Vienes tiempo de tomar una taza de caf, pero tengo que salir en seguida--le dije rehuyendo toda explicacin delante de mi mujer. Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse. --Tienes dinero disponible?--me dijo, tomando el caf grandes sorbos.--Me encuentro en una circunstancia embarazosa. --Algn dinero tengo. Cunto necesitas? --Veinte mil pesos. Di un salto en la silla. Despus me tranquilic. --Tanto no--dije.--Apenas ochocientos mil. Pero, dentro de ocho das quince... --Ahora mismo. --Es una fatalidad. --Recuerda que yo no te hice objeciones, y que t me prometiste, cuando te prest igual suma... --Que todava no te he pagado. Me lo echas en cara? No! siempre estn tu disposicin. Slo que en este momento... Eulalia se levant y nos dej solos. --De veras? No podras conseguir?... Se trata de un asunto de honor ms grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado los Tribunales, para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me nombrarn ministro en Europa... Si hubieran tardado quince das! Es una maldicin! --Ver mis amigos en el Club. --S, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido tratar de impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situacin se prolonga, estoy reventado para toda la siega... Salimos juntos. --Es fcil. Voy buscar el dinero. --Te ver esta noche? Dnde? -- las dos, en el Crculo. , mejor, maana, temprano, en casa... Veinte mil... No te aflijas... No es una montaa. Se fu consolado y no me acord de l hasta la hora de levantarme, la una del da siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor. --Vzquez ha venido ya tres veces--me dijo. --Como si no hubiera venido. --Por qu? --Porque no he podido conseguirle el dinero. --Pero yo s. --Cmo? Los veinte mil? --Aqu estn. Pap me los ha prestado. --Es decir que has ido... --Te vea tan perplejo!... --Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guard los veinte billetes de mil, y orden que hicieran pasar Vzquez mi despacho, en cuanto volviera presentarse. Entr. --Has conseguido? --S, y no. --Cmo? --Dentro de dos das los tendrs. Imposible andar ms ligero ni aun tratndose de Bancos. Ven verme el jueves; no; el mircoles por la tarde: har que las cosas anden lo ms rpidamente posible. --Si no los tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si llego los tribunales la prensa, aunque mi nombre quede salvo, mi porvenir se va al demonio... --Tranquilzate. En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han salido triunfantes de situaciones ms difciles y escabrosas. --Ah, Mauricio! Quiera Dios! En fin! de todos mis amigos y de todos los que me deben servicios, t eres el nico quien no he acudido en vano... Ya en el hall, y cuando comenzaba bajar la escalera, le dije: --Pues, para abreviar tu espectativa, yo mismo ir buscarte el mircoles, llevndote eso... --Seguro? --Y tan seguro! De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corri los diarios que malqueran Vzquez. El hecho es que, veladamente, algunos dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escndalo en que estaba implicado un candidato ministro plenipotenciario, aadiendo datos inequvocos de que se trataba de Vzquez. Sent un movimiento de temor, de repugnancia de arrepentimiento, recordando uno dos dramas que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de algunos ilusos, pero me tranquilic inmediatamente, porque no haba hecho ms que favorecer la lgica de los hechos, separando de ellos la parte romntica y, por lo tanto, enfermiza. Quin llamaba Eulalia? Yo no tena el dinero... Por qu imponerme que cambiara el rumbo de las circunstancias? Y adems, yo estaba resuelto pagar, y el honor de Vzquez siempre quedaba salvo. El honor s; pero, y el puesto? Vamos! como si el puesto no me correspondiera! El Presidente era meticuloso y bast aquel boceto de escndalo para que hiciera encarpetar la credencial de Vzquez, mezclado un mal asunto de crdito de la poca todava execrada y no bastante maldecida. El mircoles me present en casa de Vzquez y le di los veinte mil pesos. --Aun con esto estoy arruinado!--solloz. --No creas. Ve ver mi suegro. Yo he hablado con l. Rozsahegy est seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco diez mil pesos cuando ms. Es un chantage. No tengas escrpulos. --No lo har. Me importa poco. Me voy al campo trabajar. Es lo que me aconseja Mara. Mara! Sent de pronto el spero deseo de verla, de hablar con ella, y prolongu la conversacin con la esperanza de conseguirlo. --Irse al campo es intil sin capital, sin una estancia. Qu hars? --Poco me importa. --Un hombre de tu mrito... --Mi mrito es nulo. --Por qu? --Porque no puedo amoldarme las circunstancias, ni servir nadie, ni ser mi propio instrumento. Me sueo pintor, escultor, herrero, ebanista, y, en ltimo caso, labrador pastor. Ah, Mauricio, si todo el mundo fuera como t!... Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abrindose camino costa de los otros por la fuerza, por la astucia por ambas cosas la vez. Pero Mara me preocupaba tanto en aquel momento, que acab por preguntar: --Y tu seora? --Est indispuesta. Desde que se inici este drama en que t vienes ser mi salvador, duda de todo el mundo, y lo que son las mujeres! sta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse la evidencia, y hasta sospecha de... Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adivin, y que descubr preguntando afirmativamente: --De m, eh? Y sin esperar la respuesta, le tend la mano, efusivo y conmovido, murmurando: --Qu le haremos! No hay dicha ni desgracia completas en este mundo! XV Escribo estas Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve la plenipotencia malamente ambicionada por Vzquez. Pero no fu sin sufrimientos. Apenas se comenz hablar de mi candidatura, un periodicucho efmero, de sos que suelen publicar los muchachos en los momentos de agitacin, _El Chispero_, emprendi una feroz campaa contra m, como si yo fuese el representante de toda una poca de corrupcin. No le hice caso. No le hice caso hasta que habl malvolamente de la muerte de Camino, insinuando las peores suposiciones. Y aun as, no di importancia aquellos dicterios, teniendo como tena mi nombramiento en el bolsillo y mi paz perpetua asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artculos vi esta firma desconcertante: Mauricio Rivas. Mauricio Rivas. --Mauricio Rivas! Qu quiere decir esto? Llam de la Espada. --Quin es este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en _El Chispero_?--pregunt. --Debe ser un jovencito que empieza. Yo nunca he odo hablar de l. --Hay que averiguar--dije aparentando indiferencia. Y luego: --Hay que averiguar hoy mismo. Me interesa. --Lo har. Me interesaba el artculo por dos razones: porque era una violenta diatriba contra m, para denigrarme como ministro diplomtico ante una corte europea, y porque estaba firmado con un nombre... con el nombre del hijo de Teresa. El farsante se que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella pesada broma, iba pasarlo mal. No es Mauricio Gmez Herrera de los que se dejan tocar impunemente las narices. Y, sobre todo, no me gustaba ese smbolo, trado de los cabellos, de la juventud consciente y sabia que pasa por encima de las ideas de los padres, para ir la conquista de un porvenir romnticamente soado. Busqu entre mis amigos y mis enemigos quin poda ser el autor de aquel artculo garboso, y se lo atribu Vzquez. Pero Vzquez estaba en Los Sunchos, con su Mara, como arrendatario de una estanzuela que haba ido convirtiendo en granja, si se quiere chacra, y me escriba de vez en cuando cartas llenas de amistad, seguramente escondidas de su mujer. --No es Vzquez. Pero qu canalla!--exclam, volviendo empezar el artculo para darme cuenta exacta de sus detalles. No. No poda ser un contemporneo, porque sintetizaba demasiado. Uno de mis camaradas hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto las cosas bulto, hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aqu tengo el recorte, con su ttulo y todo: DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA Tan ignorante y tan dominador como el abuelo, naci en un rincn de provincia, y creci en l sin aprender otra cosa que el amor de su persona y la adoracin de sus propios vicios. Nunca entendi ni acept cosa alguna de la ley, sino cuando le convino para sus intereses y sus pasiones. Es la sntesis de la respetable generacin que nos gobierna; y media sociedad, si se viera en el espejo, se dira cuando pasa: Yo soy se. Tuvo de su abuelo el atavismo al revs, y as como aqul pele contra la partida, muchas veces sin razn, ste pelea siempre sin razn, con la partida, contra todo lo dems. Suprime sin ruido, hasta gobernadores, como el otro compadremente, facn en mano. Que Camino lo diga... Est llamado por eso todos los triunfos, y no morir clavado una tapia por gentes de bien, sino clavando las gentes de bien, moral materialmente, en todas partes... Pero basta de prlogo y pasemos sus aventuras. Hered de su padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado, fu, desde criatura, la esencia del gaucho y del compadrito, despojado con el chirip y el poncho de todas las que pudieran parecer virtudes, conservando slo cierto valor personal y un desprendimiento que no es sino la jactancia del ente que se cree superior, y se ensoberbece tanto ms cuanto ms grandes son las personas quienes pueda trate de humillar. As, por ejemplo... Y segua una larga serie de ancdotas, casi todas falsas--entre ellas el envenenamiento de Camino,--pero tras de cuyas lneas se transparentaba claramente mi persona, para terminar diciendo: El que esto escribe, no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni don Mauricio Gmez Herrera, ni ... tantos otros! para qu citar nombres? Pero cree que es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el compadraje, de no rendir culto esos fantasmas del pasado, de respetar la cultura en sus mejores formas, y de preferir el mrito modesto al exitismo todo trance. Quiz se le crea exagerado, pero por el estudio que har detenidamente de esta personalidad y de otras anlogas, en sucesivos artculos, se ver que tiene razn de reclamar, en nombre de la juventud, contra estos crmenes de lesa patria. Que el nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! Por qu no hacer, entonces, que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que l? Y firmaba: Mauricio Rivas. Que el artculo era contra m, resultaba evidente de la lnea aquella: el autor no quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni don Mauricio Gmez Herrera... El asunto me preocup hondamente todo el da, pero no quise interrogar de la Espada, aunque lo viera salir la calle y volver varias veces, con la cara larga, y esquivndome los ojos. --Qu habr?--me deca. Por la tarde, cuando iba retirarse, vacil un rato, despus se acerc m, y me llam aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos. --Es una desgracia--tartamude. --Qu? --El autor del artculo... --Ah! --S; es un jovencito de diez y ocho veinte aos, que me parece... --El hijo de Teresa? --Tu hijo, s. --Tena que suceder!...--exclam haciendo un esfuerzo para reirme.--Pero esto no puede continuar as. Dnde vive? --No s. Pero, tienes que hablarle... --Dnde se le ve? --Come todas las noches en una fonda de la calle Carabelas. --En la cortada del Mercado del Plata? --Eso es. De todas las dificultades de mi vida, aqulla era la ms nimia porque de _El Chispero_ nadie haca el menor caso, pero ninguna me molest ni me irrit ms, hacindome llegar creer que de aquellas indiscreciones, de aquella diatriba, dependa todo mi porvenir... Tom el sombrero y sal, dejando, como de costumbre, que las visitas se quedaran se fueran, su antojo, y comenc pasearme por las calles ms solitarias, pensando en lo que habra de hacer. De pronto, me encontr en la calle Carabelas. Entr en la fonda indicada. Pregunt, despus de pedir un caf, que result infame decoccin de porotos, si estaba all don Mauricio... --Qu don Mauricio? --Rivas. Un jovencito que viene comer. --Uno que escribe sobre los diarios? --se. --Todava no vino. Esper, domando los nervios. Por fin, vi acercarse un jovencito que deba parecerse m, cuando haca mis primeras armas en Los Sunchos. Llam al mozo. --Es se? --No. se es un amigo. Todos los que vienen se parecen... la media hora, l mismo me seal un joven ojinegro, pelinegro, como Teresa, tmido en el andar y la expresin, como Teresa, pero con algo en la mirada, especie de resolucin heroica y tierna la vez. --Es usted don Mauricio Rivas? --Servidor. quin tengo la honra? --Habla usted con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere mal... --No me doy cuenta--murmur sorprendido. --Tiene usted dos minutos que dedicar un desconocido? En tal caso, hgame el favor de sentarse... Se sent, tmido, contrastando con la violencia de su escrito. --Impulsivo--pens.--Si yo soy el nieto, t eres el biznieto de Juan Moreira!... l estaba cortado, esperando un acontecimiento que no saba adivinar, ni siquiera sospechar. --Tome usted un poco de vermouth. --Bien. --Mis compaeros me esperan para comer--agreg.--Deseara saber qu me vale este honor... --He ledo su artculo de _El Chispero_. Es notable, como vigor, pero me parece exagerado. Usted har camino en el periodismo, y tengo razones para darle un consejo... --Ah?--murmur bebiendo un sorbo de vermouth. --Es preciso que usted conozca ms fondo las personas que ataca, y que no se haga un dao irreparable por impremeditacin juvenil. --Seor--me dijo incorporndose, como para marcharse,--no pido, por el momento, cursos de literatura ni de periodismo... --Muy bien contestado!--exclam, tomndolo acariciadoramente de un brazo.--Muy bien contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistira en aconsejarle. --Y quin es usted?--pregunt con enojo. --Yo soy Mauricio Gmez Herrera. Se qued boquiabierto. Yo continu, blandamente, con la serenidad que me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez: --Y si usted hubiera consultado ese artculo con su mam, con doa Teresa, no lo hubiera escrito nunca, no lo hubiera publicado... Somos amigos... amigos ntimos con su mam... desde la infancia... y despus... --Eso no impide... --Pregntele ella... --La razn se sobrepone los afectos, y las pocas tienen sus exigencias. --El deber no cambia. --Quiere decir?--grit. --Silencio! Me levant, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo: --Habla con Teresa, Mauricio. Un rayo no lo hubiera inmovilizado ms. Al da siguiente busqu _El Chispero_; no traa el artculo anunciado. En cambio, por la tarde recib esta esquela firmada _T. R._: Tuvo usted razn, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre muchacho es otro, desde que sabe. Pero vivir matando debe ser una desgracia. Vi algo horrible, y sal de mi despacho, dejando la esquela tirada en el suelo. Cuando me tranquilic y volv, la quem sin piedad, casi con rabia. Vaya una tontera! Suponer que, por vanas consideraciones sentimentales, uno ha de renunciar sus grandes proyectos dejarse manosear por quien quiera!... _Uccle-lez-Bruxelles, 9 diciembre 1910._ End of the Project Gutenberg EBook of Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, by Roberto Payr License: Share Alike