Produced by Stan Goodman, Chuck Greif and the PG Online Distributed Proofreading Team. OBRAS COMPLETAS DE D. JOS MARA DE PEREDA =LIBRERA GENERAL DE VICTORIANO SUREZ= PRECIADOS, 48 MADRID OBRAS COMPLETAS DE D. JOS MARA DE PEREDA A CINCO PESETAS TOMO EN MADRID I.--LOS HOMBRES DE PRO (sexta edicin), con el retrato del autor. II.--EL BUEY SUELTO (sexta edicin). III.--DON GONZALO GONZLEZ DB LA GONZALERA (sexta edicin). IV.--DE TAL PALO, TAL ASTILLA (sexta edicin). V.--ESCENAS MONTAESAS (quinta edicin). VI.--TIPOS Y PAISAJES (cuarta edicin). VII.--ESBOZOS Y RASGUOS (tercera edicin). VIII.--BOCETOS AL TEMPLE.--TIPOS TRASHUMANTES (cuarta edicin). IX.--SOTILEZA (sptima edicin). X.--EL SABOR DE LA TIERRUCA (quinta edicin). XI.--LA PUCHERA (cuarta edicin). XII.--LA MONTLVEZ (cuarta edicin). XIII.--PEDRO SNCHEZ (tercera edicin). XIV.--NUBES DE ESTO (cuarta edicin). XV.--PEAS ARRIBA (sptima edicin). XVI.--AL PRIMER VUELO (cuarta edicin) XVII.--PACHN GONZLEZ (segunda edicin). TIPOS TRASHUMANTES; _edicin elegantemente ilustrada, en 4., 5 pesetas_. DISCURSOS _ledos por los Sres. Menndez y Pelayo, Pereda y Prez Galds, ante la Real Academia Espaola, en las recepciones pblicas verificadas los das 7 y 21 de febrero de 1897; en 8., 2 pesetas_. OBRAS COMPLETAS DE D. JOS M. DE PEREDA DE LA REAL ACADEMIA ESPAOLA CON UN PRLOGO POR D. MARCELINO MENNDEZ Y PELAYO TOMO I LOS HOMBRES DE PRO SEXTA EDICIN MADRID LIBRERA GENERAL DE VICTORIANO SUREZ PRECIADOS, 48 1921 _Es propiedad del autor_. IMPRENTA CLSICA ESPAOLA. MADRID DON JOS MARA DE PEREDA Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad crtica con que leo otros libros. Para m (y pienso que lo mismo sucede a todos los que hemos nacido _de peas al mar_), esos libros, antes que juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra vida, como la brisa de nuestras costas o el maz de nuestras mieses. Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a traducirse con tanta energa en forma de arte. Porque Pereda, el ms montas de todos los montaeses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un punto y de cuyo contacto recibe fuerzas, como el Anteo de la fbula, apacentando sin cesar sus ojos con el espectculo de esta naturaleza dulcemente melanclica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de potico en nuestras costumbres rsticas, ha trado a sus libros la Montaa entera, no ya con su aspecto exterior, sino con algo ms profundo e ntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con eso que el autor y sus paisanos llamamos _el sabor de la tierruca_, encanto misterioso, producidor de eterna _saudade_ en los numerosos hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por largo camino de montes y de mares. Esta recndita virtud es la primera que todo montas, aun el ms indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no slo los lee y relee, sino que se encaria con la persona del autor, y le considera como de casa. No s si ste es el triunfo que ms puede contentar la vanidad literaria. S nicamente que al autor le agrada ms que otro alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma artstica y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta nuestra raza septentrional, que con rebosar de poesa, no haba encontrado hasta estos ltimos tiempos su poeta. Le encontr al fin, y le reconoci al momento, cuando lleg a sus odos el eco profundo y melanclico de _La Leva_ y de _El fn de una raza_, o cuando vi desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holands o flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de _La Robla_ o de _La Romera del Carmen_, el nocturno solaz de la _Hila_ al amor de los tizones, o el viaje electoral de don Simn de los Peascales por la tremenda hoz de Potes. Mirse el pueblo montas en tal espejo, y no slo vi admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y transfigurada por obra del arte, y se encontr ms potico de lo que nunca haba imaginado, y le pareci ms hermosa y ms rica de armonas y de ocultos tesoros la naturaleza que cariosamente le envolva, y aprendi que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en las arenas de su playa, haba ignorados dramas, los cuales slo aguardaban que viniera tan soberano intrprete de la realidad humana a sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplacin de la muchedumbre. Y eso que el artista no adulaba en modo alguno al personaje retratado, ni pretenda haber descubierto ninguna Arcadia ignota; antes consista gran parte de su fuerza en sacar oro de la escoria y lgrimas del fango, haciendo que por la miseria atravesase un rayo de luz, que descubra en ella joyas ignoradas. Estos primeros cuadros de Pereda, para m los ms admirables, no son ni los ms conocidos de lectores extraos, ni los que ms han contribudo a extender su nombre fuera de Cantabria. Slo as se explica la necia porfa con que, a despecho de los datos cronolgicos ms evidentes, y cual si se tratase de un principiante recin llegado, insiste el vulgo crtico en emparentarle con escuelas francesas y con autores que an no haban hecho sus primeras armas cuando ya Pereda haba dado la ms alta muestra de las suyas. Pide una especie de lugar comn, en todo estudio acerca de Pereda, que se discuta el ms o menos de su _realismo o naturalismo_, tomada esta palabra en su sentido modernsimo. Que Pereda emplea procedimientos naturalistas, es innegable; que se va siempre tras de lo individual y concreto, tambin es exacto; que enamorado de los detalles, los persigue siempre, y los trata como lo principal de su arte, a la vista est de cualquiera que abra sus libros; que en la descripcin y en el dilogo se aventaja ms que en la invencin y en la composicin, es consecuencia forzosa de su temperamento artstico; que no rehuye la pintura de nada verdadero y humano, y, finalmente, que ha vigorizado su lengua con la lengua del pueblo, tambin es verdad y para honra suya debe decirse. Pero todo esto lo hace Pereda, no por imitacin, no por escuela (que en literatura siempre es daosa), no por seguir las huellas de tal o cual novelista ms o menos soporfero de estos tiempos, que, a buscar Pereda modelos, ms nobles los tendra dentro de su propia casa, sino porque sa es su ndole, porque as fu desde sus principios y porque no podra ser otra cosa sin condenarse a la vulgaridad y a la muerte. No es el naturalismo cuestin de doctrina que, con visible exclusivismo y ciega intolerancia, quiera imponerse o proscribirse, sino cuestin individual, genial y, por tanto, relativa. Unos ven primero lo universal, y buscan luego una forma concreta en que exprimirlo. Otros se van embelesados tras de lo particular, que tambin, y a su modo, es revelacin de lo universal. En los reinos del arte se encuentran todos, y todo es legtimo como sea bello, sin pedantescas excomuniones, sin hablar de ideales que mueren ni de ideales que viven, y sin mezclar a la serena contemplacin esttica intereses ajenos y de nfima vala, que slo sirven para enturbiarla. Yo tengo en mis aficiones ms de idealista que de realista; pero cmo he de negar al realismo el derecho de vivir y desarrollarse? Es ms: en cierto sentido amplio y generalsimo, soy realista, y todo idealista debe serlo, puesto que lo que l persigue no es otra cosa que la _realidad realsima_, la verdad ideal, en una palabra, que es la nica verdad que se encuentra en este bajo mundo. Desde este punto de vista, la potica de los romnticos ms exaltados era fundamentalmente realista, mucho ms realista que el grosero mecanismo que hoy usurpa ese nombre. En aquel clebre prefacio de Alfredo de Vigny sobre _la Verdad en el Arte_, es cierto que se distingue cuidadosamente esta verdad de la que el autor llama _verdad de los hechos_, y aun se afirma que en el espritu humano coexisten, con derecho igual, el amor de lo verdadero y el de lo fabuloso; pero tambin se ensea (y es enseanza ms fundamental) que la verdad artstica es la nica que nos revela el oculto encadenamiento y la lgica relacin de los hechos, la nica que conduce a la formacin de grupos y series, hacindonos ver cada hecho como parte de un todo orgnico. De donde infera aquel ilustre heraldo del romanticismo, y con frase elocuente declaraba, que la verdad artstica no era otra cosa que el conjunto ideal de las principales formas de la naturaleza, una especie de tinta luminosa que comprende sus ms vivos colores, una manera de blsamo, de elixir o de quintaesencia extrada de los jugos mejores de la realidad, una perfecta armona de sus sonidos ms melodiosos. Entenda con esto Alfredo de Vigny, a quien tomo (y en tal concepto le tiene todo el mundo) como uno de los ingenios ms radicalmente idealistas que han existido; entenda, digo, prescindir del estudio de la realidad, o ms bien la daba como supuesto y condicin obligada de todo arte digno de tal nombre? Quin dudar que este ltimo era su pensamiento, cuando le vea imponer, ante todo, al artista dramtico el estudio profundo de la verdad histrica de cada siglo, as en el conjunto como en los detalles? Advirtase que he escogido de intento el testimonio de uno de los romnticos ms intransigentes, para que se vea cmo no existe y debe tenerse por un fantasma, creado por las necesidades de la polmica, ese idealismo enemigo de la verdad humana, del cual triunfan tan fcilmente los crticos naturalistas, como triunfaba el ingenioso hidalgo de los cueros que encontr en la venta. No hay en el mundo escuela alguna potica, ni de otro ningn gnero de arte, que se haya atrevido nunca a cargar con el sambenito de proclamar como dogma el desprecio del mundo objetivo, o exterior, o real, o como quiera llamarse. Lo convencional, lo falso, lo amanerado no es doctrina de ninguna escuela, sino prctica funesta y viciosa de muchos artistas, que pueden caer en ella hasta por el camino del naturalismo. La cuestin, evidentemente, no est puesta ni puede ponerse entre la verdad de un lado y la falsedad de otro. Nadie que est en su juicio puede declararse idealista, si el idealismo consiste en sustituir las quimeras y alucinaciones a las sanas y robustas realidades de la vida. De aqu que muchos, con reprensible ligereza, hayan credo salir del paso negando que tal cuestin exista, y que realismo e idealismo sean escuelas verdaderamente antitticas, puesto que todo productor de obras vivideras toma del natural sus elementos. A lo cual todava puede aadirse que, formulada en esos trminos la cuestin, envuelve una verdadera logomaquia, a lo menos para las gentes, todava muy numerosas, que creemos en alguna metafsica, y afirmamos la existencia de algo superior a lo fenomenal, relativo y transitorio. Admitido el mundo de las ideas, no hay sino declarar que todo es a un tiempo real e ideal, segn se mire, sin que para esto sea preciso ahondar mucho en el sistema de Platn ni en el de Hegel. Pero tal solucin, en fuerza de ser sencilla y de ser generalsima, es nula, porque borra todas las diferencias histricas, merced a las cuales viven cabalmente y medran, siendo igualmente necesarios para el progreso del arte el llamado idealismo y el llamado naturalismo o realismo. Por sabido se calla que este realismo no es la misma cosa que en las escuelas de filosofa se llama as, y que es precisamente el sistema ms idealista de todos. No se dice, pues, _realismo_ en contraposicin a _nominalismo_. El arte que hoy llamamos realista, es precisamente un arte _nominalista o fenomenalista_, si vale la frase; en una palabra, un arte experimental. Entindase, pues, que la palabra realidad se toma aqu en su acepcin vulgar de realidad del hecho. Luego veremos si en algn caso puede, aun dentro de la ortodoxia de la escuela, detenerse en los hechos el arte. Disputan algunos si hay o no verdadera diferencia entre los trminos realismo y naturalismo. El primero parece ms comprensivo; pero el segundo lleva hoy consigo un carcter de literatura militante, y aun de motn demaggico, que exige establecer algn matiz entre ambos vocablos, por mucho que los identifique su origen, ya que en lo real entra la naturaleza y en ella el espritu humano con cuanto crea y concibe. Pero es evidente que en el uso comn, y aun en el de las gentes doctas, una cosa es el realismo de Cervantes, de Shakespeare y de Velzquez, y otra muy diversa el _naturalismo_ francs, que reconociendo por patriarca y maestro al gran Balzac (verdadero _realista_ de los de la primera clase, y que probablemente renegara de los que se dan por descendientes suyos, si hoy viviera), se autoriza luego con los nombres de Flaubert, de los Goncourt, de Zola y de otros que pudiramos llamar _minora sidera_. A decir verdad, el calificativo de _naturalistas_, aplicado a la mayor parte de estos escritores, no tiene explicacin plausible, sobre todo si se los estudia en el conjunto de sus obras. Por otra parte, muchos de ellos, aun aplicando los procedimientos naturalistas, eran casi idealistas en teora, apareciendo sus principios y aficiones estticas en abierta contradiccin con sus obras. Puede llamarse novela naturalista a _Madame Bovary_; pero no cabe duda de que Flaubert vivi y muri romntico impenitente, y nadie negar, por de contado, que _La Tentacin de San Antonio_ es obra de un desenfrenado idealismo, y que _Salamb_ pinta un mundo tan convencional y tan falso como el de cualquiera otra de las novelas con pretensin de histricas. De la misma manera, sin negar que _Germinia Lacerteux_ caiga bajo la jurisdiccin de la escuela realista, puede dudarse y aun negarse que la supersticiosa y enfermiza adoracin que los Goncourt profesan al color (la cual idolatra, ya por s sola, constituye un verdadero elemento idealista), encaje plenamente en la ortodoxia de los principios sostenidos con tanto aparato por Zola en sus libros de crtica. En cuanto a Daudet, los mismos naturalistas no le cuentan entre los suyos sino con muchas atenuaciones y distingos, tenindole ms bien por un aliado til que por un partidario fervoroso. Y realmente, en los libros de Daudet no faltan figuras de convencin, ni deja de respirarse cierta atmsfera potica, que los intransigentes de la escuela condenan con los nombres de _romanticismo y lirismo_. De todo lo cual resulta que el nico naturalista acrrimo y consecuente es Emilio Zola, puesto que sus discpulos apenas merecen ser nombrados. A la doctrina profesada y practicada en libros interminables por el prolfico autor de los _Rougon-Macquart_ es, pues, a lo que se llama hoy en Francia y en otras partes (donde los libros y las clasificaciones de los franceses influyen ms de lo que fuera justo) _escuela naturalista_. Aceptemos el nombre, y distingmosle del eterno y vastsimo realismo, del cual ese reducido grupo de novelas (no todas ellas obras maestras ni muchsimo menos) no es ms que una de tantas manifestaciones histricas. Todo naturalista es _realista_, si se mantiene fiel a los preceptos de su escuela; pero no todo _realista_ es naturalista. Y as, v. gr., tratando de Pereda, todos dirn unnimes que es realista; pero muchos negarn, y yo con ellos, que deba contrsele entre los naturalistas, por ms que algunos de sus procedimientos de trabajo se asemejen a los que emplea y preconiza la novsima escuela. Los dogmas de esta escuela andan escritos en muchos libros, conforme a la costumbre moderna de escribir cada poeta y cada novelista su propia potica. As, verbigracia, Zola, en cinco o seis libros sucesivos de crtica (entre los cuales los que importan ms para el caso son _Le Roman Experimental y Les Romanciers Naturalistes_), ha aplicado sus principios a la novela y al teatro. Y entre nosotros los ha expuesto recientemente, y aun defendido hasta cierto punto, una ingeniossima escritora gallega, mujer de muy brioso entendimiento y de varia y slida ciencia, bastante superior a la del maestro Zola, hombre inculto y de pocas letras, como sus libros preceptivos lo declaran. Esta falta de cultura literaria y filosfica que en Zola se advierte, y de que tanto provecho han sacado sus adversarios, sin llegar por eso a obscurecer la genial perspicacia con que juzga de las obras en particular, explica la flaqueza de sus teoras, los psimos argumentos con que las explana y defiende, el aparato con que presenta como descubrimientos y novedades las mximas de crtica ms triviales y manoseadas, y las frmulas absurdas que da a algunos pensamientos, por otra parte muy razonables. Quin no ha de sonrerse del candor mezclado de soberbia con que confunde a cada paso los trminos de la ciencia y los del arte? Quin podr sufrir que, por todo sistema de esttica, se nos d un trozo de la _Introduccin_ de Claudio Bernard _al estudio de la medicina experimental_? Ni cmo llevar con paciencia el que unas veces se asimile el arte con una estadstica y otras con una clnica, y se le d, por nica misin, el recoger y coordinar _documentos humanos_? Todo esto es, a la verdad, inaudito, y el aplauso y la boga que tales libros alcanzan en una nacin tan civilizada como Francia, indican bien claro cun aceleradamente van retrogradando los estudios estticos, que parecan llamados a tan gloriosos destinos despus del impulso que les imprimi la mano titnica de Hegel. El que recorra atentamente esos libros de Zola, advertir, sin duda, cun vagas y confusas nociones tiene el autor de lo que debe entenderse por _verdad humana_, y qu concepcin tan torcida del arte es la que se ha formado. Entendidos ambos conceptos en el sentido grosersimo en que l los entiende, ni sus novelas, ni otras algunas, tendran razn de existir. En la misma nocin del arte va envuelta la del ideal, siendo la una inseparable de la otra. El mismo Zola viene a reconocer lo as, aunque con una frase de crudo materialismo, cuando declara que el arte no viene a ser otra cosa que la _naturaleza vista a travs del temperamento del artista_; es decir, _modificada_ por eso que Zola llama _temperamento_. Pues bien: esa modificacin que el artista ms apegado a lo real hace sufrir a los objetos exteriores, por medio de los dos procedimientos que llamar de _intensidad_ y de _extensin_, arranca de la realidad material esos objetos, y les imprime el sello de otra realidad ms alta, de otra verdad ms profunda; en una palabra, los vuelve a crear, los _idealiza_. De donde se deduce que el idealismo es tan racional, tan real, tan lgico y tan indestructible como el realismo, puesto que uno y otro van encerrados en el concepto de la forma artstica, la cual no es otra cosa que una _interpretacin_ (ideal como toda interpretacin) _de la verdad oculta bajo las formas reales_. Merced a esta verdad interior, que el arte extrae y quintesencia, todos los elementos de la realidad se transforman como tocados por una vara mgica, y hasta los personajes que en la vida real pareceran ms insignificantes, se engrandecen al pasar al arte, y por la concentracin de sus rasgos esenciales adquieren un valor de _tipos_ (que es como adquirir carta de nobleza en la repblica de las letras); y sin dejar de ser individuos, rara vez dejan de tener algo de simblico. Y es que los ojos del artista en algo han de distinguirse de los del hombre vulgar, y su distincin consiste en ver, como entre sombras y figuras, lo mismo que el filsofo alcanza por procedimientos discursivos; es decir, la medula de las cosas, y lo ms esencial y recndito de ellas. De donde procede que los grandes personajes creados por el arte (que a su manera es creacin, y perdonen Zola y sus secuaces) tienen una vida mucho ms palpitante y densa que la mayor parte de los seres plidos y borrosos que vemos por el mundo. Pero todo esto lo consigue el arte por medio de sus procedimientos, radicalmente contrarios a los de la ciencia, con la cual nunca puede confundirse sino en un trmino supremo, que no ha de buscarse ciertamente en los mtodos experimentales, sino en la cima de la especulacin ontolgica, en aquella cumbre sagrada donde la verdad y la belleza son una misma cosa, aunque racionalmente todava se distingan. Pero ac, en este bajo mundo, una cosa es el artista y otra cosa el filsofo, y con mucha ms razn una cosa es el artista y otra el autor de trabajos estadsticos, demogrficos y sanitarios. En este punto, el fanatismo de escuela mal entendida y peor profesada ha llevado a los naturalistas franceses a las ms risibles exageraciones. Zola construye el rbol genealgico de su familia favorita, y explica en una larga serie de tomos el desarrollo de una _neurosis_ en los individuos de esa familia, y las formas que sucesivamente afecta el mal. Y as, por este orden, y con gran lujo de exactitud y de pormenores. Todo este aparato cientfico, o ms bien pedantesco, debe de ser slo _ad terrorem_ (puesto que no nos consta que de tales lucubraciones novelsticas haya sacado fruto alguno la ciencia, ni siquiera que los autores de esas novelas estn muy en disposicin de entender y aprovechar datos y documentos que pretenden recoger); pero, sea lo que fuere, envuelve una tendencia docente y utilitaria, que a todo trance importa combatir y desarraigar, como daosa por igual modo a la ciencia y al arte, y engendradora de libros tan soporferos como intiles. Ya Flaubert (que no era, lo repito, naturalista ms que a medias) di el perniciossimo ejemplo (en _Bouvard y Pecuchet_) de _hacer leer_ a sus personajes buen nmero de libros, y copiar largos trozos de ellos. Por fortuna, no di a su obra todas las proporciones que al principio haba pensado; pero no faltar algn _naturalista_ fervoroso que copie al pie de la letra la Biblia, o la Suma de Santo Toms, o el Cdigo penal, si a algn personaje de la novela se le ocurre leer cualquiera de estas cosas. Esta _verdad_ grosera, esta acumulacin de frrago incongruente, unida a otro dogma de la escuela, es a saber, al desprecio profundo por todo lo que huela a accin y a complicacin de inters, va haciendo tan fatigosa la lectura de novelas, que, dentro de poco, y como las cosas continen as, no van a tener razn de ser los antiguos clamores de los moralistas contra este gnero literario, puesto que ms difcil se va haciendo la lectura de una novela (aun para gente avezada a lecturas largas y ridas) que la de un censo de poblacin o la de unas tablas de logaritmos. Es verdad que, temerosos de este dao, han procurado con excesiva frecuencia Zola y los suyos cargar sus novelas de especias picantes, que estimulen los paladares estragados. Y es triste decirlo, pero necesario. Las _nicas_ novelas de Zola que han alcanzado verdadero xito de librera, as en Francia como en Espaa, son las que, ms o menos, estn cargadas de escenas libidinosas. Si exceptuamos _Nana, Pot-Bouille_ y el _Assommoir_, todas las dems novelas de la serie de los _Rougon_ duermen el sueo de los justos en los estantes de los libreros de ac y de all. Todo esto prueba, sin duda, lo soez y bestial del gusto del pblico; pero prueba tambin otra cosa peor; es, a saber: el poco o ningn respeto que los artistas tienen a la dignidad de su arte y la facilidad con que se dejan corromper y prostituir por su pblico. Yo no entrar en la escabrossima cuestin tica de si puede o no tenerse por cosa inmoral la representacin artstica de vicios y torpezas hediondas, cuando esto se hace, no con el fin de enaltecerlos, sino con el de clavarlos en la picota. La intencin social del autor puede ser sansima, y de esto no disputo. El efecto que hagan en el lector tales pinturas ser un efecto individual y distinto, segn la variedad de condiciones, temperamentos y edades. Pero sea lo que quiera del resultado tico de tales novelas, y aunque se diga, quiz con razn, que, ms que a malos pensamientos, provocan a asco, siempre ser verdad que el gnero es detestable, no ya por inmoral, sino por feo, repugnante, tabernario y extrao a toda cultura, as mundana como esttica. Cuando se hacen cargos a los naturalistas por tales obras, responden siempre que el naturalismo no es eso; y tienen razn, sin duda, y es una verdadera necedad de crticos adocenados el estribillo opuesto. Pero no es menos verdad que si la _doctrina_ naturalista nada tiene que ver con semejantes horrores, la _prctica_ de los naturalistas, lejos de rehurlos, los busca con fruicin, habindose llegado a crear dentro de la escuela una especie de derecho consuetudinario que los autoriza y recomienda, y que hace creer a los mentecatos que la novela naturalista ha de ser forzosamente un arte de manceba, de letrina y de presidio, como si slo de tales lugares se compusiese esta inmensa variedad de la naturaleza y de la vida. En obsequio a la verdad, debe decirse que algo ms que esto hay en la obra del mismo Zola, aunque mucho menos rica, interesante y variada que la inmortal _Comedia Humana_ de Balzac. Por otra parte, aun en sus obras ms licenciosas de expresin, sera verdadero ultraje (en que yo, como adversario leal, no quiero incurrir) confundir al autor de _Nana_ con otros inmundos escritorzuelos franceses, fabricantes de novelas afrodisacas, cuyos ttulos no deben manchar el papel. Harto tiene Zola con otros pecados ms graves an, por referirse a tendencias sistemticas y extraas al arte, cuya integridad corrompen, falseando la representacin de la vida humana, que el autor dice proponerse como nico objetivo. Salta a la vista de todo el que haya recorrido sus libros, que el patriarca de la nueva escuela, sectario fantico, no ya del positivismo cientfico, sino de cierto materialismo de brocha gorda, del cual se deduce, como forzoso corolario, el _determinismo_, o sea la negacin pura y simple de la libertad humana, restringe deliberadamente su observacin (y aun de ello se jacta) al campo de los instintos y de los impulsos inferiores de nuestra naturaleza, aspirando en todas ocasiones a poner de resalto la parte irracional, o, como l dice, _la bestia humana_. De donde resulta el que haga moverse a sus personajes como mquinas o como vctimas fatales de dolencias hereditarias y de crisis nerviosas, con lo cual, adems de decapitarse al ser humano, se aniquila todo el inters dramtico de la novela, que slo puede resultar del conflicto de dos voluntades libres o de la lucha entre la libertad y la pasin. Nace de aqu el escassimo inters que la mayor parte de estas novelas despiertan y el tedio que a la larga causan, como que carecen, en realidad, de principio y de fin, y de medio tambin, reducindose a una serie de escenas mejor o peor engarzadas, pero siempre de observacin externa y superficial, siendo para el autor un arca cerrada el mundo de los misterios psicolgicos, ya que fuera demasiada indulgencia aplicar tal nombre a los actos ciegos y bestiales de individuos en quienes la estupidez ingnita o los hbitos viciosos, llegados a la extrema depravacin, han borrado casi del todo el carcter de seres racionales. Mucho parece que nos vamos alejando de Pereda, y, sin embargo, esta que parece digresin, era de todo punto necesaria para entender cmo Pereda, que tiene a gala el ser realista, ha rechazado con indignacin en varios prlogos suyos toda complicidad con los naturalistas franceses. Pero si del naturalismo se separa todo lo que contiene de elementos positivistas y fatalistas, y se separa tambin la protesta y reaccin violenta contra el idealismo mujeril y enteco de los Feuillet y de otros novelistas de saln, a quienes Zola (y tambin Pereda) parece tener entre ceja y ceja, lo nico que queda de l es una afirmacin realista incompleta y una tcnica minuciosa y detallista, que Pereda no puede condenar, puesto que la practica l mismo. Y, sin embargo, Pereda hace bien en no llamarse, ni querer que le llamen, naturalista, no slo porque l es realista a la buena de Dios y reduce toda su esttica a la proposicin de sentido comn de que _el arte es la verdad_, sino porque cuando l empez a escribir sus _Escenas Montaesas_, coleccionadas ya en 1864, ni exista el naturalismo como escuela artstica, ni tal nombre se haba pronunciado en Espaa, ni estaban siquiera escritas la mayor parte de las obras capitales del gnero, en el cual yo no incluyo, sino con grandes limitaciones, las de Balzac, ni muchsimo menos los caprichos psicolgicos de Stendhal, que ni en su tiempo, ni ahora ni nunca, han podido formar escuela, ni tienen cosa alguna que ver con las novelas de Zola, por ms que ste, en su afn de buscar progenitores, le incluye entre los suyos, con evidente falta de sentido crtico. Pereda, pues, cuando en poca ya muy lejana (hacia 1859) empez a publicar sus cuadros de costumbres en _La Abeja Montaesa_, de Santander, no conoca ni aun de odas a Flaubert, y no poda adivinar a Zola, que no haba escrito, probablemente, ni una lnea de sus obras. De donde resulta que, si a toda costa se quiere alistar a Pereda entre los naturalistas, habr que declararle un naturalista proftico y darle por antigedad el decanato de la escuela. La verdad es que Pereda, ni entonces ni ahora, hizo otra cosa que seguir los impulsos de su peculiarsima complexin literaria, ni se mostr jams ansioso de teoras y novedades, ni reconoci nunca otros maestros que la hermosa naturaleza que tena enfrente y el estudio de nuestros clsicos, de quienes hered, sin afectacin de arcasmo, el buen sabor de su prosa, tan castiza y tan serrana. Y tan cierto es esto, que casi me da vergenza haberme detenido (siguiendo la corriente) en hablar tanto de literatura extranjera, cuando me propongo hacer el debido encomio de uno de los escritores ms espaoles que han florecido en el presente siglo. Quin sabe si dentro de cincuenta aos todas estas discusiones de naturalismo y realismo parecern tan anticuadas e impertinentes como la antigua cuestin de clsicos y romnticos? Quin sabe si entonces sus mismos admiradores de hoy se acordarn de Zola ni de los Goncourt, y que, si se acuerdan, dejarn de convenir con nosotros en que tales autores y tales libros, como todo lo que es exagerado, monstruoso o violento, compraron, a costa de las esperanzas de la inmortalidad, la boga pasajera del escndalo? Quin sabe si en las apologas que han hecho de tan pobre doctrina ingenios espaoles muy dignos de profesar otra ms elevada, no ha entrado por mucho el anhelo de la singularidad, el odio a los lugares comunes y a las opiniones recibidas? Cmo se comprendera si no que tan de buen grado hubieran abierto las puertas a una doctrina tan anticuada y vulgar como la de la _imitacin de la naturaleza_, retrogradando hasta el abate Batteux y su _sistema de las Bellas Artes reducidas a un principio_, como si tal principio pudiera aplicarse, aun con esfuerzos singulares de ingenio, a la msica y a la arquitectura y a la poesa lrica, y como si no quedasen tambin fuera de ese crculo vil todas las grandes concepciones teognicas y mitolgicas, de las cuales vive la poesa pica, todas las grandes construcciones del arte simblico, todas las maravillas de la escultura y de la tragedia atenienses, artes ideales por excelencia, y con ellas la comedia fantstica o aristofnica, y todo el mundo encantado de los antojos humorsticos de Rabelais, de Quevedo, de Swift, de Sterne, de Juan Pablo, que acaban por anular la realidad exterior, reprimindola o exaltndola, hasta reducirla a un capricho imaginativo, en el cual se desborda sin diques la personalidad omnipotente del poeta? Ser malo todo esto porque es idealismo? O habremos ms bien de confesar que es endeble y raqutica una teora que procede como si en el mundo no existieran ni hubieran existido ms artes que el drama _burgus_ y la novela de costumbres domsticas y prosaicas, y como si no vivieran en el alma humana (pese a quien pese) mil anhelos de belleza ideal, hambrientos e insaciables, que jams encontrarn su satisfaccin en la pintura, por muy perfecta que la supongamos, de un lavadero, de una taberna o de un mercado? Qu esttica es sa, dentro de la cual no son posibles ni Fidias, ni Sfocles, ni Dante? Sobre qu cabezas van a parar los anatemas anti-idealistas! Verdad es que llegado el caso, y a trueque de aumentar con nombres ilustres el catlogo de los suyos, no se paran en barras los naturalistas de ac ni los de all, llegando a enumerar en el recuento de sus huestes (que deban componerse slo de fieles observadores de la realidad) a los humoristas ms excntricos y personales, slo porque descubren en ellos groseras y pormenores crudos, como si nada de esto tuviera que ver con el punto de la dificultad, y como si no fuera cosa muy hacedera ser a un tiempo grosero e idealista. Y no reparan que si en el mundo no hay Amadises, tampoco hay Gargantas ni Pantagrueles, porque las caricaturas gigantescas no son ms que idealizaciones _sui generis_, siendo bajo este aspecto tan ideal un _Sueo_ de Quevedo como una tragedia de Esquilo o unos tercetos de Dante. A nadie se le persuadir que don Francisco de Quevedo, que era en prosa y en verso un poeta lrico antes que todo, idealizador de lo feo, como quien miraba la miseria con vidrios de aumento, hizo la figura de ningn avaro real ni posible en su Licenciado Cabra. El _Euclion_ de Plauto o el _Harpagon_ de Molire, tipos abstractos, creados para demostrar una mxima tica, estn, con todo eso, ms cerca de la vida que el personaje quevedesco, lo cual no quita nada a la excelencia de este ltimo; antes, a mi entender, la aumenta. Casi parece una perogrullada decir que por el camino idealista se pueden hacer obras maestras; pero tal es la intolerancia de la crtica al uso, que nos obliga a reforzar esa verdad tan obvia. Es ms: a quien naci idealista, es decir, con un exceso de vida espiritual propia, que tie con sus matices el espectculo de lo real, ser siempre en vano predicarle que tome por otra senda, como ser no menos imposible empeo apartar de la suya al que, escaso de facultades imaginativas, ve las cosas como son, y les aplica el menor grado de transformacin artstica posible. Todo lo que va escrito (y que por lo mismo que es tan verdadero, es poco nuevo), servir, entre otras cosas, para que los abogados oficiosos del naturalismo me apliquen de fijo los blandos calificativos de ignorante y aun de idiota con que suelen favorecer a todos los que no confiesan paladinamente que, desde el padre Homero hasta nuestros das, no se ha producido cosa ms perfecta y admirable que _La Faute de l'abb Mouret_ o cualquier otro mamotreto por el estilo. Pero yo, que tengo mejor idea del gusto de esos seores que el que ellos tienen de los crticos idealistas, y s, por otra parte, que esa alharaca no ha de durar arriba de una docena de aos, para entonces los emplazo (si es que para entonces vivimos), apelando de su juicio de hoy al de aquel da venidero. Y vamos andando. Lo que importa dejar consignado es que si Pereda no debe ser tenido por naturalista en el sentido francs de la palabra, quiz la principal razn de esto sea su propia _naturalidad_ y el sano temple de su espritu. Porque lo cierto es que no conozco escritores menos naturales y ms artificiosos que los que hoy pretenden copiar exclusiva y fielmente la naturaleza. Todo es en ellos bizantinismo, todo artificios de decadencia y afeites de vieja, todo intemperancias coloristas y estremecimientos nerviosos en la frase. Si ese estilo es natural, mucho debe de haber cambiado la naturaleza al pasar por los _boulevards_ de Pars. A la vista salta que la naturaleza y la realidad no son en el sistema de Zola y sus discpulos ms que un par de testaferros, tras de los cuales se oculta un romanticismo enfermizo, caduco y de mala ley, donde, por sibaritismo de estilo, se rehuye la expresin natural, que suele ser noble, y se persigue con psima delectacin y artificio visible la expresin ms violenta y torcida, por imaginar los autores que tiene _ms color_. Y cunto suelen engaarse! Precisamente uno de los mritos ms sealados que para m tiene Pereda, consiste en haber hudo de esa bsqueda malsana. Por eso, sin duda, le han llamado algunos _naturalista de la naturaleza_. Y tienen razn, si esto se entiende como en oposicin a naturalista de escuela. Bajo dos aspectos principales puede y debe considerarse a Pereda: como autor de artculos o cuadros sueltos de costumbres, y como novelista. La segunda manera es una evolucin natural de la primera, o ms bien no es otra cosa que la primera ampliada. No hay gnero ms difcil que el de costumbres, ni otro ninguno tampoco a que con ms audacia se lleguen todos los aventureros y escaramuzadores de la repblica de las letras. Aun en los crticos reina extraa confusin sobre la ndole y lmites de este modo de escribir, relativamente moderno. Y no porque hayan escaseado los pintores de costumbres desde los tiempos de la comedia griega hasta nuestros das, sino porque la descripcin de _tipos y paisajes_ no era en ellos el principal asunto, apareciendo slo como accesorio de una fbula dramtica o novelesca. As, en Espaa, no son, hablando con todo rigor, cuadros de costumbres, ni las insuperables escenas de la _Celestina_ y sus continuaciones, ni las mismas novelas picarescas, aunque suelen no tener ms accin que la que les presta la vida del hroe. Slo Cervantes, en _Rinconete y Cortadillo_, di el primero y hasta ahora no igualado modelo de cuadro de costumbres. All la accin es poca o nula, y todo el exquisito primor de aquel rasgo se cifra en la acabada y realista pintura de los hroes de la cofrada de Monipodio. Desde Cervantes existe, pues, el cuadro de costumbres, con jurisdiccin independiente de la novela y con formas variadsimas. A veces conserva un resto de accin, no ms que la suficiente para mover los personajes; otras acude a invenciones fantstico-alegricas; otras se limita a describir con cuatro indelebles rasgos un carcter. En este sentido, La Bruyre es un grande escritor de costumbres, aunque no hiciese verdaderos cuadros. En Espaa fue cultivado este gnero ms o menos incidentalmente por Quevedo (prescindo de la finalidad poltica de algunos de los _Sueos_); por Lin y Verdugo en su _Gua y aviso de forasteros_ (obra donossima, que me duele ver olvidada en las reimpresiones que nuestros modernos biblifilos hacen de los libros antiguos); por Luis Vlez de Guevara en _El Diablo Cojuelo_, y por Baltasar Gracin en muchas partes de su _Criticn_, donde anda mucho oro de ley mezclado con escorias infinitas. Pero ms de propsito describieron tipos y costumbres Salas Barbadillo (feliz imitador de Cervantes, hasta beberle los alientos) en varias obras suyas, especialmente en _El Curioso y Sabio Alejandro;_ don Juan de Zavaleta en su _Dia de fiesta_, ms encomiado en nuestros das que lo que merece su estilo afectado y ttrico, apenas realzado sino por dotes de observacin superficial, y Francisco Santos, que en su _Da y noche de Madrid_ todava se muestra ms culterano y enigmtico que su modelo. La pintura de costumbres, que pareci morir en el siglo pasado con don Diego de Torres, imitador poco dichoso del inimitable Quevedo, y con don Ramn de la Cruz, cuyos sainetes son, por la mayor parte, cuadros en dilogo (tal es la sencillez de su fbula!), hase renovado en la edad presente con brillo no pequeo, aunndose a las veces el influjo de extranjeros modelos con la tradicin castiza. As, don Jos Somoza, amigo de Quintana, y uno de los ltimos escritores de la gloriosa escuela salmantina, pero libre de los pecados de afectacin, que en los poetas lricos a veces la desdoran, mostr en sus cortos y delicados bosquejos alguna reminiscencia de los humoristas ingleses (principalmente de Sterne), unida a exquisita sobriedad de estilo y a un sentimiento que no degenera en _sensiblera_. As, el ejemplo del hoy tan olvidado Jouy en _L'Ermite de la Chause d'Antin_, fu despertador para que Mesonero Romanos comenzara su _Panorama Matritense_, a pesar de lo cual su obra es muy espaola en pensamiento y aun en estilo, sin que falten cuadros, como el de _Madre Claudia_, donde la inspiracin est directamente bebida en nuestros clsicos del siglo, XVI. Muy superior a Mesonero en la pureza, abundancia y gallarda de la lengua, objeto para l de fervoroso culto, y superior tambin en facultades descriptivas y en intensidad y viveza de rasgos tpicos, se mostr don Serafn Estbanez Caldern (_El Solitario_), uno de los escritores ms castellanos de estos tiempos, si no en la eleccin de cada palabra, a lo menos en el giro y rodar de la frase; cosa que vale mucho ms y es harto ms rara, como discretamente ha hecho notar el moderno y elocuente panegirista de las _Escenas andaluzas_, libro para el cual la posteridad ha llegado muy tarde, como si las aficiones arcaicas del biblifilo Estbanez hubiesen levantado un muro entre el escritor y su pblico, que slo a medias poda disfrutar de aquel primoroso engarce y taracea de piedrezuelas antiguas de las fbricas de Hurtado de Mendoza y de Quevedo; labor sabia y paciente ms digna de admiracin que de ser propuesta por modelo. No saba tanto la hija de Bhl de Fber; pero as en los que llama _cuadros de costumbres_, como en muchas de sus novelas, donde la accin es escasa y los personajes y las escenas de familia lo son todo, ray tan alto como el que ms en este linaje de escritos, aunque no estaba inmune de cierto sentimentalismo a la alemana o a la inglesa, enteramente extrao a la ndole de las escenas que describe, ni tampoco se libraba del inmoderado afn de declamar a todo propsito, y de interrumpir sus mejores cuentos con inoportunos si bien encaminados sermones. Gran cosa es el espritu moral y la pureza de ideas; pero no ha de mostrarlos el novelista por su cuenta y disertando (como no sea en alguna breve sentencia), sino infundirlos calladamente en el total de la composicin y hacerla religiosa y moral, sin que la moral se anuncie ni inculque en cada pgina. As y todo, aun los ms prevenidos contra aquella ndole literaria tan angelical y tan simptica, ante quien toda crtica enmudece, no podrn menos de reconocer a la insigne dama andaluza, autora de _Clemencia_ y de _La Gaviota_, el mrito supremo de haber creado la novela moderna de costumbres espaolas, la novela de sabor local, siendo en este concepto discpulos suyos cuantos hoy la cultivan, y entre ellos Pereda, que afn adems por sus ideas con las de Fernn Caballero, se ha gloriado siempre de semejante filiacin intelectual. Ntase, pues, en los primeros cuadros de Pereda (salvas radicales diferencias de temperamento, que pueden reducirse a la sencilla frmula de ms vigor y menos ternura) la influencia de Fernn Caballero, y ntase tambin la de otro discpulo suyo (vecino de la Montaa por su nacimiento), el cual, con cierta candidez de estilo, que al principio pareci graciosa y luego se convirti en _manera_, vino a exagerar el _optimismo_ de la clebre escritora, empeado en ver las costumbres populares slo por su aspecto ideal y potico. Malos vientos corren hoy para esa literatura patriarcal; pero aun conserva Trueba su pblico infantil, y adems, quin se atrever a negar en todo el mbito de las Provincias Vascongadas la exactitud de sus pinturas, que nos muestran all un terrestre paraso? Trueba, que por los aos de 1864 se hallaba en el apogeo de su fama, fu el encargado de hacer el prlogo de las _Escenas Montaesas_; tarea que llev a cabo con buena voluntad, sin duda, a pesar de la muy poca que l (como buen encartado) tiene a los montaeses, y aun con cierto entusiasmo por la persona del autor; todo lo cual debe constar aqu en honra y alabanza del prologuista, a lo menos para que los paisanos de Pereda le perdonemos de buen grado aquellas variaciones sentimentales sobre las _vulgarsimas mujeres_ (vulgo pasiegas) _que hacen granjera con el_ _nctar de sus pechos_, y sobre los mendigos (montaeses, por supuesto) _que explotan el carcter hospitalario y caritativo del pueblo vascongado_. Y luego nos concede como por misericordia que formamos _parte_ de la heroica Cantabria, aunque de fijo fuimos los sometidos! Que se lo cuente a sus paisanos los Autrigones, eternos aliados de los Romanos, a quienes azuzaban contra nosotros. Pero dejando para mejor ocasin a las pasiegas y a los Autrigones, y aun al hospitalario pueblo vascongado, no puedo dejar de hacerme cargo de la sinrazn artstica con que el seor Trueba en ese prlogo acusa a Pereda de _pesimista_ (an no estaba inventado lo de _naturalista_), tildndole de _fotografiar_ con marcada fruicin _lo mucho malo_ que la Montaa tiene, como todos los pueblos. Este cargo, repetido hasta la saciedad por otros crticos, di ya motivo a una vigorosa rplica de Pereda en el prlogo de sus _Tipos y Paisajes_; pero como todos los lugares comunes, y ms si son irracionales, traen aparejada larga vida, no es de temer que desaparezcan tan pronto del vocabulario de los crticos de Pereda los trminos de _sarcstico y pesimista_, como tampoco aquellos otros _de gran fotgrafo_, ni siquiera el de _Teniers cntabro_. Ya he escrito en otras ocasiones que Pereda aborrece de muerte los idilios y las fingidas Arcadias, y tiene horror instintivo a los idealismos falsos, optimistas, bonachones y empalagosos; pero esto no quita que haya en sus cuadros idealidad y pureza, toda la que en s tienen las costumbres rsticas. No andan en sus cuadros Melibeos y Tirsis, sino montaeses ladinos y litigantes _a nativitate_, entreverados de sencillez y malicia, atentos a su inters y a las contingencias del papel sellado, y juntamente con esto cautelosos y solapados en sus palabras, como suelen ser los rsticos, a lo menos en nuestra tierra, aunque no sean as los que se pintan en las _glogas_ y _cuentos de color de rosa_. Nada de patriarcas de la aldea, ni de pastoras resabidas y sentimentales, ni de discretos y canoros zagales. Cada uno habla como quien es, y el zafio como zafio se expresa. El seor Pereda, por lo mismo que siente mucho y bien, es enemigo jurado de la sensiblera; pero cuando llega a situaciones patticas, encuentra para el dolor o la alegra la expresin natural y no rebuscada, y conmueve ms que otros novelistas serios y estirados, por lo mismo que no se esperan tales ternuras en un autor de continuo alegre y jacarandoso. Hay, ciertamente, tesoros de sentimiento en el alma y en los escritos de Pereda; pero esos sentimientos son siempre viriles, robustos y primitivos, como infundidos en hombres de tosca y ruda corteza. Yo no conozco ni en la literatura antigua castellana, ni en la moderna, cuadro de tan honda y conmovedora impresin como la que dejan en el nimo las ltimas pginas de _La Leva_ y de _El Fin de una raza_. Y de autor capaz de tal grandeza en los afectos, han osado decir algunos que no sabe herir las fibras del alma! Es cierto que Pereda no rehuye jams la expresin valiente y pintoresca, por spera y disonante que en un saln parezca, ni se asusta de la miseria material, ni teme penetrar en la taberna y palpar los andrajos y las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse de que corre por su alma una vena inagotable de pasin fresca, espontnea y humana, y que sabe y siente como pocos todo gnero de delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de poesa hasta en lo que parece ms miserable y abyecto. En ese artculo de _La Leva_, que nunca me cansar de citar, porque desde Cervantes ac no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo (igualado, pero no superado, por otros del autor), hay alcoholismo como en los libros ms repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y rias conyugales, hay inmundicias y harapos y un penetrante y subido olor a _parrocha_, y, sin embargo, qu melancola y ternura la del final! Cmo sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del Arrabal! Qu hroe de saln o de _boudoir_ interesar nunca lo que el desdichado _Tuerto_, lanzando en la escena del embarque aquel solemne _larga_? Si esto es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir guerra al convencionalismo, a la falsa retrica y al arte docente y sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien venido sea. As pintaba Velzquez. El seor Pereda no es _fotgrafo_ grande ni chico, porque la fotografa no es arte, y el seor Pereda es un grande artista. La fotografa reproducir los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y curtida faz del viejo marinero santanderino; pero slo el seor Pereda sabe crear a Tremontorio, reuniendo en l los esparcidos rasgos, infundindole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador al gran mundo de la fantasa. Esa pretendida exactitud fotogrfica es el grande engao del arte, la gran prueba del poder mgico del artista: sus personajes no estn en la realidad, pero pueden estarlo, son humanos; nos parece que viven y respiran; son la idealizacin de una clase entera, la _realidad idealizada_. Por su aficin a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y colorido, hanle llamado algunos _Teniers cntabro_. Convengamos en que tal vez _Cafetera, y El Tuerto, y Tremontorio, y El to Jeromo, y Juan de la Llosa_, y el mayorazgo _Seturas_, y el jndalo _Mazorcas_, y hasta el erudito _Cencio_, sern de mal tono en un saln aristocrtico; pero vayan a consolarse con sus hermanos mayores _Rinconete y Cortadillo, Lzaro de Tormes, Guzmn de Alfarache_, y con los venteros, rufianes y mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los hroes del Rastro, eternizados por don Ramn de la Cruz. Y si a algunos desagradan los porrazos de _La Robla_, y las palizas sacudidas por su marido a la nuera del to Bolina, y las consecuencias de _Arroz y gallo muerto_, acurdese de los molimientos de huesos que sac don Quijote de todas sus salidas, de las extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de Sancho en la clebre noche de los batanes, y acurdese (si es hombre erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la _Odisea_, de los regeldos de Polifemo, y de otros rasgos semejantes del padre Hornero, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y cualquiera puede resignarse a ser _Teniers_ en compaa de Homero y de Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones. Si yo dijera que para m son las dos series de las _Escenas Montaesas_ lo ms selecto de la obra de Pereda, no dira ms que lo que siento; pero temo que muchos no sean de mi opinin, y que en ella influyan demasiadamente, por un lado el amor a las cosas de mi tierra, y por otro recuerdos infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendi a leer en las _Escenas_, y las conserva de memoria con tal puntualidad, que a su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos personales, todava admiro yo ms en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de gnero que al de novelas largas, y entre las escenas cortas, todava doy la preferencia a las de costumbres marineras sobre las de costumbres campesinas, sintiendo que no sea mayor el nmero de las primeras, en las cuales logra el ingenio de su autor un grado de vigor y de fuerza creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo as, le levanta sobre s mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de Santander, que la obra maestra de Pereda, y el monumento que mejor vincular su nombre a las generaciones futuras, ha de ser su proyectada novela de pescadores: _Sotileza_. Aun sin eso, ya no morir, gracias a Pereda, el tipo hoy casi perdido del viejo marinero de la costa cantbrica, levantado por l a proporciones casi picas, y digno de hombrearse con muchos hroes de Fenimore Cooper. Ms serenos y apacibles, menos trgicos y apasionados son los cuadros rurales, en cuya riqusima serie descuellan dos verdaderas novelas primorosas y acabadas, aunque de cortas dimensiones: _Suum cuique y Blasones y talegas_. Entre los ms breves no se sabe cul escoger, porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos _La Robla, El da 4 de octubre y Al amor de los tizones_. Entre la publicacin de las dos series de _Escenas Montaesas_ mediaron muchos aos. Todava pasaron ms antes que Pereda se decidiese a abandonar sus jndalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y a ensanchar el radio de sus empresas, imaginando fbulas de mayor complicacin y cuadros ms amplios. Hizo entretanto algunos _Ensayos dramticos_ (verdaderos cuadros de costumbres en dilogo y en verso), los cuales andan coleccionados en un libro ya rarsimo[1]; y para probar sus fuerzas en trabajo de ms empeo, compuso las tres narraciones que llenan el volumen de los _Bocetos al temple_. All apareci por segunda vez la pintoresca, ingeniossima y mordicante novela de costumbres polticas, _Los Hombres de pro_, preludio de _Don Gonzalo_, y glorioso trofeo de la nica campaa electoral y de la nica aventura poltica de Pereda. Publicada esta novela en das de tremenda crisis y de universal exacerbacin de los nimos, y escrita, no ciertamente con parcial injusticia, pero s con calor generoso y comunicativo (hasta en los dursimos ataques que encierra contra el sistema parlamentario), apareca, en su primera edicin, un tanto sobrecargada de reflexiones, en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta propia, como en libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido en la edicin presente, y as retocado el libro, y convertido en obra de arte puro, no teme la comparacin con ninguna otra del autor. Qu dilogo el de las nias de la villa que no quiero nombrar! Qu tipo el del hidalgo don Recaredo! Se dir que la novela sigue siendo poltica, y que esto la daa; pero aunque sea cierto que las ideas polticas salen de los lmites del arte, quin duda que las extravagancias y ridiculeces de la vida pblica caen, como todas las dems rarezas humanas, bajo la jurisdiccin del satrico y del pintor de costumbres? Por qu no ha de describirse una escena de _club_ o de comicios electorales, como se describe una escena de taberna o de mercado? [1] De l se tiraron slo 25 ejemplares. Aviso a los biblifilos del porvenir. La segunda poca de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y abarca cinco largas novelas: _EL buey suelto, Don Gonzalo Gonzlez de la Gonzalera, De tal palo, tal astilla, El sabor de la tierruca y Pedro Snchez_. De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y forzoso me ser repetir algunos de los conceptos que entonces expuse. El asunto de _El buey suelto_, es el ms viejo y el ms nuevo que puede imaginarse. Si hay cosa tratada o discutida en el mundo, ya seriamente, ya en burla, es la cuestin del matrimonio, aunque sea cierto que ni los razonamientos ni las _facecias_ influyen mucho en la resolucin que cada prjimo toma segn cuadra a su genialidad, temple y ms o menos escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con poca dificultad pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan mucho ms las invectivas que las defensas. Sera grave error, sin embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra muchas de esas diatribas, dndoles una transcendencia y alcance que las ms veces no tenan en el nimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las mujeres ha sido en manos de los satricos clsicos un lugar comn, un motivo de chistes y de amplificaciones, como poda serlo el elogio del mosquito o de la pulga. Observemos, no obstante, que nunca se multiplican ni recrudecen tanto las stiras contra el matrimonio como en los tiempos de decadencia y senectud moral. No suele empezar la corrupcin por las mujeres, pero el hombre les atribuye toda la culpa; y el vnculo natural y santo, que l huella y profana el primero, es a sus ojos la fuente y origen de todo mal. _Hoc fonte derivata clades_. En vez de acusarse a s propio, acusa a la institucin, acusa a la naturaleza; y entonces brotan, como indicios del malestar social, speras y desolladuras stiras, al modo de la 6. de Juvenal, o livianos cuentos como los que manchan el _Asno_ de Apuleyo, constituyen el fondo de los _fabliaux_ de la Edad Media y corren en inagotable vena a regar los huertos de Boccacio y de todos los _novellieri_ italianos, torpemente remedados por los franceses. Dicho se est que no haba de faltar en nuestros tiempos semejante literatura, como no falt en los de la Roma imperial, ni en el siglo XIV (en que la barbarie no exclua la liviandad), ni en la Italia del siglo XVI, ni en la Francia del XVIII. Pero al reaparecer (si alguna vez falt) el gnero _anti-matrimonial_ en la moderna Europa, vistise de nuevos paos, adopt ms grave arreo, tono ms doctoral y circunspecto, propsose dogmatizar y hacer anlisis _fisiolgicos_. Algo se corrigi en lo desmandado de la forma (sabido es que somos ms pudibundos, aunque no ms honestos, que nuestros abuelos); pero el veneno fu mayor, como destilado por alquitara. Ms honda y corrosivamente ha influido esta literatura que todos los sarcasmos y _verduras_ de otras pocas. Fra, impasible, calculadora como eco de una sociedad que era positivista antes que el positivismo tuviese una frmula cientfica, ha agotado el arsenal de los sofismas ligeros, parto de esa lgica sin entraas, con la cual el hombre pretende engaarse a s mismo; pero sofismas de xito seguro, porque hablan al egosmo, cifra y compendio de todos los malos instintos de nuestra cada y pecadora naturaleza. Yo bien s que los libros son la expresin de la sociedad, y que la sociedad slo a medias es discpula de los libros; pero quin negar que cada uno de ellos es lea echada en el fuego de la concupiscencia, incentivo del general descreimiento, piedra en que tropiezan las voluntades mal inclinadas, ocasin nueva de desaliento para las voluntades marchitas? Por eso es obligacin ineludible en el escritor cristiano y de bien ordenado entendimiento, aplicar su ingenio a la reparacin del edificio social, lidiando por la familia, que es su primera y necesaria base. Y cuando ese autor es un novelista de primer orden, un pintor de costumbres como ha visto pocos nuestra Pennsula desde Cervantes ac, un hombre de agudo ingenio, rico de observacin, y en donaires y gracias de decir excelente, natural es que emplee el mtodo _fisiolgico_ contra los fisilogos, y que, convirtiendo la defensa en ataque, en vez de vindicar directamente el matrimonio, ponga y clave en la picota de la stira a la _cnica e infame soltera_, que dice Jovellanos. El libro que, como antdoto a los harto clebres de Balzac y de sus muchos y desafortunados imitadores, ha escrito el seor Pereda, pudo parecer plido en los caracteres y poco interesante o animado en la accin. Quiz entraba esto en los propsitos del autor. Para personificar una plaga social, busc un tipo insignificante, un _Geden_, egosta, vulgar, sin ninguna cualidad dominante buena ni mala, que no es sabio ni tonto, ni hermoso ni feo, ni rico ni pobre, ni muy viejo ni muy joven, sin aficiones polticas ni literarias; un ser por excelencia prosaico, envuelto en las ms ruines y mezquinas contradicciones de la vida. Todos sus desrdenes y malas andanzas son de escalera abajo. Lo singular del tipo est en su absoluta carencia de idealismo. Todo es vulgar en torno suyo: sus amigos, su criada, su manceba. Y as deba ser para que el libro surtiese el efecto que el seor Pereda se propuso. Qu soltern recalcitrante haba de convencerse, en vista de las desdichas que sobre _Geden_ atrajeran sus personales manas y rarezas, o una serie de casualidades novelescas regidas por la mano del autor y no por el curso ordinario de las cosas humanas? _Geden_ tiene de hombre lo bastante para no ser una _idea pura_; en lo dems puede pasar por el _substratum_ de una clase entera, de las ms numerosas, por desgracia, entre los hijos de Adn. Es la encarnacin del egosmo, pero de un egosmo _bourgeois_, que no afecta proporciones titnicas ni colorido trgico. La sobriedad de la accin slo parecer pobreza a quien considere _El buey suelto_, no como una novela (que no pens en tal cosa el autor), sino como una serie de cuadros en que externa e internamente se va desarrollando la mala vida del hroe. Cada captulo trae nuevos personajes y escenas nuevas, reproducidas unas veces con el pincel de Stein y de Teniers, otras con el brioso toque de la escuela espaola. Lstima que en algunos pasajes la tendencia a la caricatura aparezca tan de resalto, y convierta en falsos tipos que de cmicos no debieran degenerar en bufos! Como magistrales cuadros de costumbres, lanse sobre todo _La primera catstrofe, No es casa de huspedes, Entre Venus y Marte, La tienda de la esquina, Los parientes de Geden_, sin olvidar el extrao y fantstico capricho de _La gran batalla_, cuya ejecucin es maravillosa y digna de Goya. Mas no se crea que slo a lo cmico y alegre se inclina la musa del autor, aun en este libro, el ms endeble de los suyos. Testimonio son de que sabe hablar en veras y herir al alma, adems de alguno de los captulos antes citados, los que terminan la _ltima jornada_, sobre todo el intitulado _La vanguardia de la muerte_, donde lo fcil se hermana con lo bien y hondamente sentido. Aun a los crticos ms adustos que consideraron _El buey suelto_ como una cada, parecieron admirables algunas porciones del _Don Gonzalo_, publicado al ao siguiente. Si como novela se la considera, puede tachrsela de accin escasa, aunque tiene la que basta y sobra para mover unas cuantas figuras, principal, si no nico, propsito del libro. No es el fin de ste, como a algunos podr antojrseles, la stira poltica, ni viene sta ms que como episodio, y sin salir de los lmites del arte, debiendo estimrsela como un recurso para poner en juego a los personajes. Es cierto que hay en _Don Gonzalo_ algunos captulos donde la revolucin queda puesta en solfa. No falta un estudiante que en la taberna de su pueblo haga discursos pomposos y altisonantes, remedando los que en Madrid haba odo. Ni se echa de menos tampoco un _pardillo_ montas, _albitrante y con otras industrias saludables_, el cual pesca a ro revuelto, y en das de revolucin echa al fuego, a impulsos del patritico entusiasmo, los papeles del Ayuntamiento donde constaban sus trapisondas. Hay, finalmente, una parodia de junta revolucionaria, y milicia ciudadana, y clubs y manifiestos electorales. Yo no s si en otras partes ser todo esto muy serio; pero en Coteruco, pueblo de 300 vecinos, se convierte por s mismo en caricatura. Yo no admito que el seor Pereda se haya propuesto en esta novela _probar_ nada (es demasiado artista para eso); pero si alguna enseanza se deduce de su libro, es la demostracin del absurdo que se comete llevando a un pueblo rstico y laborioso las miserias polticas. El abandono del trabajo, la taberna perpetua, los palos y asonadas, son la consecuencia primera y forzosa de tal delirio. Eso acontece en Coteruco, pueblo que llegan a corromper dos intrigantes y un mentecato, sin otro fin que el de satisfacer ruines pasiones y venganzas. Y eso que Coteruco era antes el mejor pueblo del valle, y aun el dechado de todos los pueblos de la Montaa, por la honradez y amor al trabajo de sus moradores. Debase tal milagro a un don Romn Prez de la Llosa, seor rico, franco y campechano, sin aires de patriarca de la aldea, pero con muy buen sentido y recta intencin en todo. El era la Providencia del pueblo, y su cocina la tertulia de Coteruco. Enfrente de don Romn coloca el seor Pereda otro tipo, montas de pura raza, y el mejor tipo de Pereda, el arbitrante Patricio Rigelta, _Maquiavelo de Campanario_, como dijo aguda y felizmente un crtico. Patricio, personaje esbozado ya en ciertas stiras polticas del autor[2], adquiere aqu proporciones extraordinarias y se convierte en verdadero hroe y rueda principal de la novela, dejando muy en segundo trmino al _indianete_ que la da nombre, verdadera figura decorativa, aunque admirablemente trazada. Don Gonzalo es mero instrumento y juguete de la omnipotente voluntad y de las negras tramas de Patricio, que le maneja como blanda cera, y explota sus rencores contra don Romn por el desaire de las bodas. Unese _Gonzalera_ con toda la gente dscola y revoltosa del pueblo; hace propaganda el estudiante (que es cojo, por ms seas); se juega en la taberna una becerra a costa del indiano; los apstoles de la nueva idea desacreditan al cura y a don Romn (el _confesonario_ y el _feudalismo_, que dice el cojo), y aquello en pocos das muda de aspecto. [2] Vid. _El To Cayetano_, peridico poltico que Pereda y algunos amigos suyos publicaron en Santander en 1868. Tal es la sencilla trama de _Don Gonzalo_, que comienza con una maravillosa descripcin de la tertulia de don Romn (inferior, sin embargo, al antiguo cuadro de la _hila_, uno de los ms exquisitos primores de las _Escenas_), y acaba con un crimen cometido en das electorales, y con la huda del noble Prez de la Llosa de aquel lugarejo msero y pervertido. En ningn libro suyo ha congregado Pereda igual nmero de tipos tan vivos y tangibles. Queda dicha la excelencia satnica del carcter de Patricio, tan complicado, tan difcil y de tan paciente estudio. Pero en torno de esta creacin singular se agrupan, como digno cortejo, todos con fisonoma propia y rebosando de vida: la vieja _Narda_, sentenciosa consejera de Magdalena; el hidalgo don Lope, alma de oro con corteza de hierro, tan breve en palabras como largo en hechos, ltimo vstago de aquellos indomables banderizos del siglo XV, y condenado en el nuestro a matar las solitarias horas sobre su _potro_ de piedra; el estudiante, el indiano, la solterona Osmunda, providencial castigo de don Gonzalo; Carpio y Gorio, en quienes se cifra y compendia el carcter del campesino montas con todos sus rodeos y suspicacia, y hasta los personajes de segundo orden, Chisqun, Toazos, Polinar, Barriluco.... Qu plenitud de sangre espaola en todos ellos! Y qu cuadros los que llevan los ttulos de _La feria de Pedreguero, La romera de Verdellano y El festn_! Este ltimo es un cuadro de Teniers, con toque ms vigoroso y ms caliente entonacin. Parece que sentimos el peso de la becerra sobre la mesa, y el del vino tinto en las cabezas de los comensales. Y que dilogos los de Carpio y Gorio! _De tal palo, tal astilla_ es quiz el libro menos realista de Pereda, y no ya porque pinte costumbres campesinas, fciles y risueas, que esto bien cabe en el realismo, ni menos porque en este libro, y todava ms en _El sabor de la tierruca_, el tan decantado pesimismo de las _Escenas Montaesas_ se haya ido convirtiendo en simptica benevolencia, harto natural en quien, viviendo tantos aos en la quieta soledad de su Tusculano, se ha ido prendando cada vez ms de las escenas rurales, y vindolas bajo un aspecto ms potico y halageo. La nica diferencia substancial que encuentro yo entre esta novela y las dems de Pereda, y lo que me hace declararla _realista_ a medias, consiste en que es un libro de tesis, en que abandonando el autor, hasta cierto punto, la observacin desinteresada, principal musa suya, trata de inculcar, aunque no directamente, no una, sino muchas y varias moralidades. Plantea, pues, lo que llaman ahora _conflicto o problema religioso_, y le plantea por medio de una fbula, que no deja de guardar cierta analoga lejana con la de _Sibila_, de Octavio Feuillet, y la de _Gloria_, de Galds. Aunque esta semejanza no pasa de los datos fundamentales, y yo s adems que Pereda no ha ledo _Sibila_ y que no gustara de ella si la leyese, no ha de negarse que el _conflicto_ (usemos la jerga corriente) viene a ser en las tres novelas el mismo. Pero _Sibila_ (con ser libro delicadamente escrito) tiene algo de enteco y enfermizo, respira falsedad en las ideas y en los afectos: aquel cristianismo vaporoso es un cristianismo de saln, mundano y sentimental; se dira que la moda y no la conviccin dictaron aquellas pginas, donde falta de un cabo a otro la naturalidad, y no hay un solo carcter acentuado y vigoroso. Es un libro sin uncin y sin nervio. Mayor talento, y ms firme conviccin, aunque extraviada, inspiraron a Galds en _Gloria_; pero sus declarados intentos de propaganda anti-catlica por una parte, y por otra el exceso del simbolismo y de las abstracciones personificadas, la enturbian y obscurecen, y casi la sacan fuera de los lmites del arte, convirtindola en un alegato librecultista, y a la herona en pedante e insufrible disputadora. De fijo lo menos afortunado en la novela de Pereda es tambin el carcter de la herona. Puede decirse, sin agravio de l, que los tipos femeniles y los dilogos de amor han sido, son y sern siempre la parte ms endeble de su armadura de novelista. Y aun aadir que los huye, o los trata con frialdad y despego. Y, sin embargo, el carcter de gueda estaba bien concebido, y cuan hermosos y trgicos efectos poda haber sacado el autor de la eterna lucha entre la pasin y la ley moral! Bien est que Agueda, catlica a la espaola y montaesa a toda ley, cumpla su deber sin aparato ni estruendo, aunque su resolucin le cause dolores mortales. Bien est que su fe acendrada y robusta, su buen sentido natural, lo recto y nunca maleado de su razn la impidan transigir con la impiedad, aunque vaya unida a toda la gallarda de la juventud, a todo el fuego de la pasin y a todo el poder y alteza del ingenio. Pero era preciso para esto hacerla tan impasible, estoica y marmrea, cuando al fin era mujer y enamorada? Pero cmo se venga Pereda de esta inferioridad suya en otros tipos ms de su cuerda que la obra tiene, y sobre todo en los que forman el _coro_! Slo el recuerdo, no fcilmente borrable, de Patricio Rigelta, puede perjudicar al malvado de esta otra novela, el don Sotero, abominable _tartuffe_, en cuya negra alma no ha temido penetrar y ahondar hasta con encarnizamiento el seor Pereda, como si quisiera dar hermosa muestra de que lo extremado de su ultramontanismo no corta las alas a su ingenio ni le hace oo o meticuloso. Hasta puede aadirse que ha recargado las tintas ms de lo que suele, y ha hecho contra su costumbre, y quiz contra la conveniencia artstica, un carcter de una sola pieza, porque entes tan completa y absolutamente perversos como don Sotero, sin ninguna cualidad buena ni vislumbre de ella, son, por dicha, rarsimos, y aun pueden tenerse por aberraciones de la humana naturaleza. No as el cerncalo de su sobrino, dechado de barbarie y grosera, ni menos el espolique Macabeo, admirable personaje, uno de los mejor hechos del libro, dentro del cual tiene l una novela propia y especial suya. Cuntas veces ha presentado el seor Pereda al tipo del campesino montas, y, sin embargo, no se ha repetido nunca! Y ahora, cuando la materia pareca agotada, nos regala a Macabeo, que vale l solo ms que Carpio y Gorio y todos los anteriores juntos. Habla y discurre como ellos, tiene aire de familia, y, no obstante, es distinto. _Facies non omnibus una, nec diversa tamen, qualem decet esse sororum_. As en lo serio como en lo jocoso, tiene el libro escenas de extraordinaria belleza, cuadros insuperables de costumbres. Si yo hubiera de elegir entre los captulos del libro, me fijara sin duda en _La hoguera de San Juan_. La luz de esa hoguera es luz de Rembrandt. Y puesto ya a citar bellezas de pormenor, no olvidar _el paso de la hoz_, donde el dilogo supera a la descripcin, con ser la descripcin tan buena; y los captulos de presentacin de los diversos personajes, especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los Pearrubias; el maquiavlico dilogo en que don Sotero va persuadiendo a su sobrino a que intente la deshonra de gueda, y, finalmente, cuanto dice y hace Macabeo, a quien mi amigo _Clarn_ ha llegado a comparar nada menos que con el _Renzo_ manzoniano. El paisaje en que toda esta gente vive y se mueve, es el paisaje montas de siempre. A quien haya ledo otros libros de Pereda, no es preciso decirle cmo estn descritos Valdecines y Perojales, y tambin es casi superfluo repetir que la obra es un tesoro de lengua, no con afectada y mecnica correccin, sino con toda la riqueza, gala, armona y color del habla de nuestra Montaa, pasada por el tamiz de un gusto privilegiado, aunque amante siempre de lo ms espontneo y de lo ms rstico. _De tal palo, tal astilla_ es, hasta el presente, la nica tentativa de Pereda en el campo de la novela _tendenciosa_. Como si hubiera querido desagraviar a los crticos amantes del arte puro y desinteresado, escribi inmediatamente otro libro, de los que no prueban nada ni van a ninguna parte sino a hacer sentir y gozar. Posible ser que, apoyados en esto mismo, y volviendo por pasiva sus antiguas censuras, le nieguen algunos alcance y transcendencia, y hasta le disputen el ttulo de novela. Cuestin de nombres, propia de retricos ociosos. A qu buscar ms enseanza ni ms transcendencia en un libro, que deja al fin la impresin de salud robusta, de frescura patriarcal y de primitivos afectos que deja en el alma _El sabor de la tierruca_? Y en cuanto al nombre, el autor no le ha dado ninguno. Novela es, aunque sencilla, y llmese as o de otro modo, no dejar de ser un libro excelente. Novelas muy celebradas hay que no tienen ms accin; algunas, ni tanta. Sea como quiera, la novela es aqu un pretexto para que aparezca en accin la vida rstica de nuestra comarca. La obra es un poema idlico, gnero de literatura que puede decirse propio de nuestro siglo y que ha producido en Alemania, en Amrica y en Provenza[3] tres obras superiores, del todo ajenas al amanerado convencionalismo de la buclica antigua. Pereda haba ensayado este gnero, aunque en prosa, pero siempre como episodio de sus novelas polticas o morales, o bien en cuadros cortos, v. gr.: el del _4 de Octubre_. Hoy le cultiva de frente, y hay trozos en su libro, como el de la lucha de los dos pueblos rivales, o el de la entrada del ganado en las mieses, que parece que estn reclamando el antiguo y largo metro pico, solemne y familiar a la vez. El inters, cualquiera que l sea, de las domsticas disensiones entre el irascible don Jun de Prezanes y su vecino, pesa e importa poco ante el alarde de fuerza muscular de los nuevos Entellos y Dares, ante el empuje del brego desatado, o ante la nube de polvo que levantan novillos y terneras. [3] _Herman y Dorotea, Evangelina y Mireya_. Tambin Jorge Sand dej preciosos ejemplares de este gnero, aunque un tanto idealistas, en _La Mare au Diable, La Petite Fadette_, etc., etctera. No le pese al insigne novelista montas ser ms feliz en lo segundo que en lo primero. Lo uno es ms fcil, y es campo abierto a todos; lo otro es para pocos, y quien lo alcanza se acerca a las primitivas y sagradas fuentes de la poesa humana, crecida y arrullada con los halagos de la madre Naturaleza; y con verlo todo ms sencillo, lo ve ms prximo a su raz, ms ntegro y ms hermoso, y se levanta enormemente sobre todo este conjunto de estriles complicaciones, de interiores ahumados, de figuras lacias, de sentimientos retorcidos y de psicologas pueriles, de que vive en gran parte la novela moderna. Yo confieso que en las novelas de Pereda, y sobre todo en sta, que yo, apartndome de la opinin general, pongo sobre todas (exceptuando, por de contado, los cuadros sueltos), llega a desagradarme lo que no es rstico y agreste, y me impaciento hasta que tornan los Niscos y Chiscones, por muy bien y discretamente que haga hablar el autor a personajes de condicin superior y ms altos propsitos. Y no es desventaja del autor, sino ventaja de los tipos. Que as como (segn el profundsimo parecer de los filsofos escolsticos) las inteligencias superiores, conforme ms altas estn en la escala, comprenden por menor nmero de ideas, as en el arte es lo ms bello lo menos complejo, y es lo ms alto lo ms prximo a la naturaleza simple y ruda. Bendito sea, pues, este libro rstico y serrano, que viene cargado de perfumes agrestes, y no nos trae ni _problemas_ ni _conflictos_, ni tendencias ni _sentidos_, ni otra cosa ninguna, sino lo que Dios puso en el mundo para alegrar los ojos de los mortales: agua y aire, hierba y luz, fuerza y vida! Quin se acuerda de naturalismos ni de _estticas_ cuando lee la _deshoja_, o cuando oye las quejas de Catalina a Nisco, o cuando asiste con la imaginacin al mercado de la villa? Por eso yo no le _El sabor de la tierruca_, sino que le sent, y por eso ahora no le juzgo, sino que traslado al papel la impresin de placidez y de bienestar que me caus, sin ponerle peros, porque, a mi entender, no los tienen ni aquel paisaje ni aquellas gentes. Reciente est el xito ruidoso de _Pedro Snchez_. Aun los crticos que no hace mucho tiempo hablaban de los _verdores_ de Pereda, y como que se resistan a considerar sus obras perfectamente _maduras_, se han rendido ante _Pedro Snchez_, encontrando para ella un caudal de elogios que ciertamente no haban desperdiciado al juzgar _Los hombres de pro_ o _El sabor de la tierruca_. Confieso que la unnime y entusiasta aprobacin, dir mejor, la alabanza sin restricciones que ha coronado a _Pedro Snchez_, ha sido para m, como para su autor, una verdadera aunque agradable sorpresa. Era la primera vez que Pereda abandonaba aquel su huerto hermoso, bien regado, bien cultivado, oreado por aromticas y salubres auras campestres, como dijo de perlas Emilia Pardo Bazn. Temamos el autor y yo que pareciese esta novela conjunto de reminiscencias algo plidas o de adivinaciones remotas, y que la ausencia del modelo vivo le quitase frescura y animacin. Temamos que pareciese lenta y perezosa en los primeros captulos, y un tanto atropellada hacia el final. Temamos que, renunciando el pintor a casi todas sus ventajas indiscutibles, al paisaje, al dilogo, al provincialismo, a lo ms enrgico y caracterstico de su manera, renunciase por el mismo hecho a sus mayores triunfos. Temamos que la forma autobiogrfica y _subjetiva_, la forma de Memorias, perjudicase al fcil caudal de un ingenio tan exterior y tan objetivo y tan poco amigo de reconditeces psicolgicas. Temamos que el mismo carcter del hroe, entidad algo pasiva, movida por las circunstancias mucho ms que movedora de ellas, comunicase cierta languidez al conjunto de la obra, impidiendo al lector interesarse sinceramente por el protagonista. Temamos, finalmente, que el carcter en gran manera prosaico de las escenas polticas, que son la mayor parte del libro, hubiese infludo en detrimento de su valor esttico; y esto lo tema yo ms que nadie, viendo correr con tibieza y desaliento la pluma del autor por las descripciones de un club o de una redaccin de peridico, como si le aquejase la nostalgia de sus montes y de sus marinas. Y, sin embargo, lo declaro ingenuamente: Pereda y yo nos hemos llevado en esta ocasin un solemnsimo chasco. _Pedro Snchez_ ha parecido, no ya a la masa de los lectores, sino a los crticos ms agudos y perspicaces, la ms novela entre las novelas de Pereda, la mejor compuesta y aderezada, la ms grave y madura en el pensamiento, la ms apasionada en los momentos de pasin. Todos han ensalzado unnimes la serena melancola que el libro revela, la mirada firme y desengaada que el autor dirige sobre las cosas humanas, la amargura sin misantropa con que juzga nuestro estado social, y la verdad potica con que le ennoblece. Todo esto es verdad, y, sin embargo, estimando a _Pedro Snchez_ ms que nadie, no acabo de convencerme de que Pereda y yo nos equivocsemos tan de medio a medio; y sea montaesismo, sean recuerdos infantiles, vuelvo siempre con amor los ojos hacia el poeta de _La Robla_ y de _La Leva_, y por ms esfuerzos que hago, no puedo simpatizar con _Matica_ y sus amigos, ni con el seor de Valenzuela, como simpatizo con don Silvestre Seturas o con don Robustiano Tres-Solares. _Pedro Snchez_ me parece mucho mejor novela que _El buey suelto_; pero me quedo con _El sabor de la tierruca_ y con _Don Gonzalo_. Y, por otra parte, esta opinin ma a nadie quiere imponerse. Yo en este caso soy, ante todo, montas, y quiz me equivocar y dar a Pereda un mal consejo excitndole, por su gloria misma, a no salir de _su huerto_ y a no hacer caso de los que encuentran limitados sus _horizontes_. Sin salir de ellos, ha encontrado la novela poltica en _Don Gonzalo_ y en _Los hombres de pro_, la novela religiosa en _De tal palo_..., la novela o ms bien el poema idlico en _El sabor de la tierruca_, la novela social en _Blasones y talegas_ y hasta la ms conmovedora tragedia en _La Leva_. No hay pasin, no hay afecto, no hay inters, no hay problema que no pueda traerse a la Montaa como a cualquiera otra regin del mundo. Slo que en Pereda parecer todo mejor si se viste y arrea con traje montas. A m me ha encantado ms que a nadie el xito de _Pedro Snchez_; pero con este encanto iba mezclado en cierta dosis el temor de una desercin. Me tacharn de crtico apocado; me dirn que sta es la novela ms transcendental y ms universal de Pereda, la ms comprensible para todos, la ms traducible.... Todo esto es verdad; pero cada cual tiene sus manas: yo me vuelvo a _La Robla_ y a _La Leva_ y a _Suum cuique_. Y consiste todo en que los crticos madrileos y yo juzgaremos siempre a Pereda desde puntos de vista muy distintos. Para ellos es un eminente novelista, a quien colocan entre Valera, Alarcn y Galds; pero, en suma, un novelista a quien tasan por su valor como tal, y cuyos triunfos literarios empiezan a contar desde _Don Gonzalo_. Para m, Pereda es, antes que toda otra cosa, el compaero y el amigo de mi infancia, el Pereda de las _Escenas_, el que en 1864 imprima en _La Abeja Montaesa_ los dilogos del _Raquero_, el Pereda sin transcendentalismos, ni filosofas, ni polticas; pintor insuperable de las tejidas nieblas de nuestras costas; de la tormenta que se rompe en las _hoces_; del alborozo de los prados despus de la lluvia; de la vuelta de las _cabaas_ desde los puertos; de la triste partida del mozo que va a Indias; de la entrada triunfal y ostentosa del _jndalo_; de la alegra del hogar en Nochebuena, amenizada por el estudiante de Corbn; de los supersticiosos terrores que vagan en torno de la pobre _Rmila_, y la traen a miserable muerte; de la salvaje independencia de los antiguos pobladores de la calle Alta y del Muelle de las Naos, ltimos degenerados retoos de los que en la Edad Media daban caza a los balleneros ingleses en los mares del Norte, y ajustaban tratados de paz y de comercio con sus reyes; y finalmente, de la casa solariega prxima a desplomarse, y apuntalada, si acaso, por los dineros del indiano; y del concejo de la aldea, donde a duras penas vegeta algn rastro de las antiguas costumbres municipales. Y para m, al nombre de Pereda van unidos inseparablemente, no _Pedro Snchez_, en las barricadas ni en la oficina de un gobierno poltico, sino _don Silvestre Seturas_, en su perpetua lucha con los curiales, heredada de tres generaciones; _Cafetera_, trincando la estopa y sosteniendo batalla campal con _Pipa_ y los de su cuadrilla, a la sombra veneranda del castillo de San Felipe; _Juan de la Llosa_, examinando gravemente la estampa de _la Leona_ y de _la Gallarda; Tremontorio_, tejiendo su red o consolando a las mujeres en la _rampa_ grande del Muelle; _don Recaredo_, marcados pecho y espalda por la garra de los osos inmolados en sus caceras.... El otro Pereda ser una de las esperanzas, o mejor dicho, una de las realidades de la novela contempornea espaola; tendr algo de Balzac y algo de Dickens y algo de Topffer.... Yo lo reconozco, y le admiro ms que nadie, y me alegro que haya demostrado esta vez que sabe hacer una novela en todo el rigor de la frase; en suma, que puede hacer cuanto hacen otros. Pero con todo eso, el Pereda de mi ms ntima predileccin y fervoroso cario ser siempre el Pereda que veranea en Polanco, y que en invierno habita en el muelle de Santander, un poco antes de llegar a la capitana del puerto, en el teatro mismo de las hazaas de _Cafetera_ y de la lgubre partida de _El Tuerto_, para morir en la fiera rompiente de las _Quebrantas_. Se comprende ahora por qu al principio he confesado mi incompetencia para juzgar a Pereda? Porque yo no admiro slo en l lo que todo el mundo ve y admira: el extraordinario poder con que se asimila lo real y lo transforma; el buen sentido omnipotente y macizo; la maestra del dilogo, por ningn otro alcanzada despus de Cervantes; el poder de arrancar tipos humanos de la gran cantera de la realidad; la frase viva, palpitante y densa; la singular energa y precisin en las descripciones; el color y el relieve, los msculos y la sangre; el profundo sentido de las ms ocultas armonas de la naturaleza no reveladas al vulgo profano; la gravedad del magisterio moral; la vena cmica, tan nacional y tan inagotable, y, por ltimo, aquel torrente de lengua no aprendida en los libros, sino sorprendida y arrancada de labios de las gentes; lengua verdaderamente patricia y de legtimo solar y cepa castellana, que no es la lengua de segunda o de tercera conquista, la lengua de Toledo o de Sevilla, sino otra de ms intacta prosapia todava, dura unas veces como la indmita espalda de nuestros montes, y otras veces hmeda y _soledosa_; lengua que, educada en graves tristezas, conserva cierta amargura y austeridad aun en las burlas. Por todo esto amo yo a Pereda; pero le amo adems como escritor de raza, como el poeta ms original que el Norte de Espaa ha producido, y como uno de los vengadores de la gente cntabra, acusada hasta nuestros das de menos insigne en letras que en armas. Y esto parecer algo pueril a los que no tienen patria ni hogar; pero como en este prlogo voy dejando hablar al corazn tanto o ms que a la cabeza, no quiero ocultar el ntimo regocijo con que oigo sonar, cercado de alabanzas, el nombre de Pereda unido al nombre de su tierra, que es la ma. En otro tiempo, los montaeses, cuando queramos presumir de abolengo literario, tenamos que buscar entre las nieblas del siglo VIII el nombre de San Beato de Libana, o imaginarnos que el autor del romance del _Conde Alarcos_ era paisano nuestro porque se llamaba Riao, o desenterrar del frrago del _Reloj de Prncipes_ la fbula del Villano del Danubio, principal fundamento del renombre de nuestro invencionero Fray Antonio de Guevara, o rebuscar en algn olvidado cdice de la Academia de la Historia las fciles quintillas con que Fray Gonzalo de Arredondo celebr al conde Fernn Gonzlez; y a duras penas podamos ufanarnos, en tiempos menos remotos, con las gongorinas poesas lricas y las discretas comedias de don Antonio de Mendoza (imitado alguna vez por Molire y por Le Sage), o con las novelas inglesas de Trueba y Coso, mediano iniciador del romanticismo. Algo consolaba nuestra penuria la consideracin de que si no vencimos reyes moros, engendramos quien los venciese, puesto que de nuestra sangre eran Lope y Quevedo. Pero hoy, loado sea Dios!, no tenemos ni que hacer sutiles razonamientos para apropiarnos lo que slo a medias nos pertenece, ni que recoger las migajas de los autores de segundo orden, puesto que plugo a la Providencia concedernos simultneamente dos ingenios peregrinos, bastante cualquiera de ellos para ilustrar una comarca menos reducida que la nuestra; montaeses ambos hasta los tutanos, pero diverssimos entre s, a tal punto que puede decirse que se completan. Y no creera yo cumplir con lo que pienso y con lo que siento, si no terminase este prlogo estampando, al lado del nombre del gran pintor realista de las _Escenas Montaesas_, el nombre del pintor idealista, rico en ternuras y delicadezas, que ha envuelto aquel paisaje en un velo de suave y gentil poesa. Unidos quiero que queden en esta pgina el nombre de Pereda y el de _Juan Garca_[4], como unidos estn en el recuerdo del montaessimo crtico que esto escribe. M. MENNDEZ Y PELAYO. [4] Ams Escalante, autor de _Costas y Montaas_ y de _Ave Maris Stella_; dos libros que pasarn por clsicos cuando los espaoles volvamos a aprender el castellano. * * * * * POSTDATA En los aos transcurridos desde la primera edicin de este prlogo, el seor Pereda ha publicado tres novelas ms: _Sotileza, La Montlvez_ y _La Puchera_. Como complemento de la historia de sus libros, reproduzco a continuacin los dos artculos que escrib sobre la primera y la tercera de estas novelas al tiempo de su aparicin. SOTILEZA Siempre fu la vida martima asunto adecuado y nobilsimo para el arte. Dondequiera que el empuje de la voluntad humana se muestra; dondequiera que la _fuerza_, principal elemento artstico y quiz razn suprema de todos los grandes efectos de la poesa, llega a revestirse de la majestad solemne y serena o del poder avasallador y turbulento, la emocin esttica se engendra necesariamente y obra con profundsima energa en el nimo del contemplador, por avezado que est a lo delicado y a lo tierno. Y si esta energa no se desenvuelve en el vaco de la contemplacin, ni se apaga estril en el campo de las ideas y del pensamiento puro, regin helada y poco accesible a la mayora de los humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tirnicas de la naturaleza fsica o con otras voluntades personales tan imperiosas y tan frreas como la del hroe mismo, la emocin llega a lo trgico, y en medio del conflicto se disfruta el espectculo ms digno de la consideracin humana, el que ms eleva y ennoblece el espritu, el de un poder racional y consciente en el pleno uso y ejercicio de su soberana, que se reconoce y afirma ms a s propia cuando ms braman en torno suyo las tempestades y ms amenazan vencerla y sumergirla. Y cuando estas tempestades no son metafricas; cuando real y verdaderamente despliega el mar todas sus furias, y no por excepcin, sino constante y diariamente, va educando el mar en los pueblos que le cien y sin cesar le hostigan y provocan a desafo, una raza tan entera, tan indomable y tan brava como los mismos huracanes, cuyo rugido acaricia su sueo; tan spera como las puntas de la costa, sin cesar invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y tan acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la comunicaron su penetrante acritud las ondas mismas; tan avezada a mirar la muerte de frente, que ni cabe en su nimo el temor pueril, ni la alegra insensata, ni el fcil y liviano contentamiento, sino una cierta melancola resignada, un cierto modo grave, llano y sereno de mirar las cosas de la vida como si fuese palestra continua, en que el brazo se fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin provocarla estrilmente. Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su ltima novela, la mejor y ms genial de las suyas. No parece sino que el asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor a regiones que ni l mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le reconoca como insuperable descriptor de costumbres populares, como maestro en el dilogo, como dechado en el idilio rstico. De todas sus novelas podan citarse admirables pginas aisladas; algunos dudaban que hubiese encontrado la novela perfecta. Los ms amigos del novelista, todava ms conocedores que l de su propia fuerza, murmuraban siempre en sus odos un _ms all_, y no le dejaban adormecerse con los halagos de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio esttico se reduce a admirar lo que est ms cerca de sus gustos y propensiones. Por eso, despus de _Pedro Snchez_, como despus de _El sabor de la tierruca_ y _De tal palo...,_ oy siempre Pereda la voz de quien mejor le quera, repitindole: T eres ante todo el autor de _El Raquero_, de _La Leva_ y de _El fin de una raza_. Si quieres elevar un verdadero monumento a tu nombre y a tu gente, cuenta la epopeya martima de tu ciudad natal. Dios te hizo, an ms que para ser el cantor de las flores y de la primavera, para ser el cantor de las olas y de las borrascas. T solo puedes traer a la literatura castellana ese mundo nuevo de intensas melancolas y de rudos afectos. Hazte cada da ms _local_, para ser cada da ms universal; ahonda en la contemplacin del detalle; hazte cada da ms ntimo con la realidad, y tus creaciones engaarn los ojos y la mente hasta confundirse con las criaturas humanas. Todo esto lo ha hecho Pereda, mucho ms porque su buen genio se lo deca, que porque se lo dictasen al odo sus paisanos y sus amigos. Y en _Sotileza_, aquella misma robusta inspiracin que haba dado perpetua vida a _Cafetera_, al _Tuerto_ y a _Tremontorio_, ha roto el estrecho marco del cuadro de gnero y penetrado en el ancho y generoso cerco de la gran pintura, poniendo con entera franqueza a sus hroes entre cielo y mar, y hacindoles verdaderos protagonistas de una accin trgica, que llega y toca a lo ms alto de la pasin humana, acentuada aqu en vigoroso contraste con una naturaleza brava y rebelde. Porque lo primero que hay que admirar en _Sotileza_, y lo que desde luego la da conocida ventaja sobre las novelas anteriores de su autor, es el tener verdadera accin, y accin tan bien graduada, tan natural, tan sencilla, tan en lnea recta, tan consonante con los datos psicolgicos y fisiolgicos de los personajes, tan a tiempo ligada, tan a tiempo resuelta, tan ajena de todo lo que parezca artificio, violencia o amao, que el nimo no puede menos de pararse gustosamente ante tan severa estructura y trama tan bien concertada. Todo el libro parece concebido en un solo aliento; los personajes han recibido al nacer tales bros, que, semejantes a los dioses homricos, alcanzan de un solo salto cuanto espacio puede divisar el espectador colocado a orillas del mar sobre altsima roca. Todo tiene en este libro un sello de fiereza titnica, de salvaje energa, de grandiosidad sublime: la tierra, y el mar, y los hombres. Nada hay dbil, enteco ni afeminado: recorriendo tales pginas, se respira un soplo de barbarie que _hace bien_, que templa los nervios y vigoriza la sangre. La expresin es lo ms libre y lo ms suelta que puede darse: el autor ha agotado los infinitos recursos del vocabulario _callealtero_, crudo, pintoresco, desgarrado, apestando a _parrocha_ y a pescado podrido; pero todo esto, con qu arte y con qu soberano conocimiento de las condiciones de la lengua, a la cual se puede vencer y domar por halagos, pero no forzar brutalmente como vil concubina! Al fin del libro va un glosario de los trminos nuticos y de las frases populares empleadas en el libro; pero con qu habilidad estn derramados por todo l, bien al contrario de esa pedantesca ostentacin de ciertos novelistas franceses de escuelas modernsimas, que, haciendo gala de un externo y superficial conocimiento del tecnicismo de tal o cual arte o ciencia, le derraman a carretadas en todas las pginas de su libro, con la necia ostentacin del aventurero llegado de improviso a los honores y a la riqueza! No: Pereda no ha tenido necesidad de hacer estudio especial de la lengua de los marineros de la calle Alta para escribir _Sotileza_. Esa lengua la tiene l aprendida muchos aos hace, no por _dilettantismo_ erudito, sino porque ha vivido en perpetuo y desinteresado comercio con el pueblo. Esa lengua tan palpitante y tan densa, que tan diversos matices adquiere, ya el de brusquedad estpida y semisalvaje en _Muergo_, ya el de dulcsima elega amatoria en labios de _Cleto_, ya el de patriarcal ternura en boca del _to Mecheln_ y de su mujer, ya el de reconcentrada soberbia femenina en _Silda_, especie de diana selvtica y feroz de un barrio de pesca, presenta tales variedades y se mueve con tal libertad en ondulaciones tan diversas, que nadie dira que por primera vez viene ahora el arte, y que ninguno ha precedido a Pereda en trabajarla y domearla. Y para que mayor sea el contraste, suena de vez en cuando, entre esas rudas voces que traen la impresin de resaca de la playa, la voz medio martima, medio frailuna, del padre Apolinar, el tipo de fraile ms asombroso que yo he visto en novelas, desde el _Fra Cristforo_, de Manzoni, personaje de ms noble alcurnia que el de Pereda, pero no ms rico que l de aquella elevacin moral, que por lo mismo que nace como fruto espontneo y agreste, y se desarrolla sin ms riego que el de los cielos, trae estampado el sello de primitiva grandeza que acompaa a la fuerza del bien cuando se desenvuelve sin conciencia de s propia. El pensamiento artstico de _Sotileza_, la idea primera es tan honda, que casi parece un enigma. Pero entendamos bien: no es el enigma pueril en que se deleitan los hacedores de novelas transcendentales. _Sotileza_ es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intencin ulterior, en las profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en la conclusin le elude ms bien que le resuelve. Ha hecho bien, despus de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos personajes en quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crtica. De este modo quedan como algo simblico y misterioso entrevisto en el crepsculo de la poesa, que adivina tales naturalezas ms bien que las penetra. _Sotileza_, con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor no ha hecho ms que levantar una punta del velo sagrado. Todos los instintos de su rebelde y altiva naturaleza han recibido desde el principio una direccin extraa, merced a aquella vida errabunda de playa y de muelle de las Naos en que gast sus primeros aos. Su corazn es recio y duro para amar. El mismo agradecimiento apenas ha llegado a rayar aquella piedra tosqusima. Quiz duerman en su corazn escondidos deseos, tanto ms fogosos cuanto ms contenidos; pero nunca asoman a la lengua. Lo mismo rechaza el amor brutal de _Muergo_, que el honrado y caballeroso de _Andrs_ o el suave y delicadsimo de _Cleto_. Si alguna inclinacin muestra, es aquella que Petronio atribua con tan enrgicas palabras a las matronas de su tiempo: _Quoedam foeminoe sordibus calent_. A _Sotileza_, el oculto incentivo que la lleva hacia _Muergo_, por extraa aberracin fisiolgica, es la suciedad, la barbarie, el desaseo, la ingnita grosera de aquel semibruto. Con todo eso, Pereda no ha pasado la lnea en materia en que tan fcil era resbalar, siguiendo las huellas de otros naturalistas; y como su franco y bien nacido ingenio no le lleva a pintar lo excepcional y monstruoso, sino a mirar con amplitud la vida, no insiste en el imperceptible punto mrbido, y logra conservar a la herona la ms arrogante y seoril castidad desde el principio hasta el fin de la obra. Los pescadores que intervienen en la obra nada tienen del marinero idealista, del _Gilliat_ de Vctor Hugo (pongo por caso). Su horizonte es tan estrecho como su condicin, sus propsitos tan limitados como sus medios. El duelo continuo que sostienen con la mar, influye en el temple de su voluntad mucho ms que en el calor de su fantasa. Su vida y su muerte tienen una simplicidad heroica, tanto ms grande cuanto menos buscadora del efecto y menos sabedora de s misma. El mar interviene como tremendo coro de tal drama, levantando y agigantando los hombres y las cosas con su presencia. Unas veces risueo, como en _el da de pesca_, acompaa el idilio amoroso de Andrs; otras veces es campo de palestra virgiliana para las barcas del cabildo de Abajo y del de Arriba; y en la prodigiosa _galerna_ final parece que lleva consigo, al estrellarse contra las _Quebrantas_ y salpicarlas de rabiosa espuma, todas las iras, todos los odios y todas las venganzas de los personajes. Arte singular de Pereda: saber hacer paralelos de esta suerte los fenmenos de la naturaleza y los del espritu! Todo esto y mucho ms podr admirar en _Sotileza_ quien la mire solamente bajo la razn de arte. Pero qu he de decir yo, que no solamente soy montas, sino santanderino y _callealtero_? Qu he de decir de un libro que es la epopeya de mi _calle_ natal, libro que he visto nacer y que casi presenta y soaba yo antes de que naciese? Nunca comprendern los extraos de qu manera suenan para nosotros en el libro una porcin de nombres de lugares y de personas, y qu fuentes tan escondidas van a buscar en el alma de aquellos para quienes el libro ha sido principalmente escrito, de aquellos cuyo aplauso desea Pereda ms que otro alguno. Ya no morir la calle Alta, aunque acaben de caer las pocas casas viejas que le restan en pie, porque consagrada queda en el arte hasta la menor de sus piedras. Y cuando se extinga hasta el ltimo resto de aquella raza marinera, de la cual en otra ocasin he escrito que en la Edad Media daba caza a los balleneros ingleses en los mares del Norte y ajustaba tratados de paz y de comercio con sus reyes, todava vivirn en un libro de slida e indestructible fortaleza ciertos nombres y reminiscencias que tienen virtud de conjuro, como todo lo que toca la vara mgica del arte. Otros juzgarn el libro; que yo en esta ocasin me reconozco incompetente para todo lo que no sea saludar, desde lo ms ntimo de mi alma, la bandera que flota sobre el libro, la _bandera blanca y roja de la matrcula de Santander_. (_La poca_ del 27 de marzo de 1885.) LA PUCHERA Por primera vez he ledo un libro de Pereda al mismo tiempo que el pblico, y sin estar iniciado previamente en el secreto del autor. Fue voluntad suya y ma, para que nada extrao a la obra misma preocupase mi juicio, y no hablasen en favor de ella intimidades de las que forzosamente nacen entre el crtico y el libro que va a juzgar, cuando l ha asistido a la elaboracin de este libro, embriagndose con el fervor de la produccin ajena, y participando de ella en algn modo. He querido por esta vez sola no saber nada de lo que Pereda escriba en Polanco este verano, y tomar su novela como obra de un extrao. He procurado olvidarme de que el autor era montas, y entraable y fidelsimo amigo mo desde que tengo uso de razn, y amigo de los de mi casa antes que yo naciera; y haciendo un esfuerzo, que me ha costado mucho, y que no pienso volver a repetir, he detenido mi impaciencia, que me llevaba a leer con el pensamiento antes que con los ojos las pginas de un libro, que ms que libro parece fragmento de la realidad viva; y he tenido el valor de estarle aplicando por das y das eso que llaman _el escalpelo de la crtica_. Y el libro ha salido triunfante de la prueba. Yo soy quien me quedo con el sentimiento de no haberle disfrutado con fruicin espontnea y sincera, sin pensar ni en la crtica ni en el pblico, dejndome llevar slo por la magia del relato y por las dulces memorias que en mi espritu evocaba. Duro e impertinente oficio el del que intenta razonar su propia impresin y la impresin ajena, para ahuecar luego la voz y decir solemnemente al pblico lo que mucho mejor sienten y mucho mejor expresaran, si tal expresin cupiese en palabras, los crticos que no escriben, los espritus delicados y rectos a quienes no aqueja la comezn de hacer confidente suyo al pblico, y que por lo mismo rinden al autor, a quien admiran con admiracin silenciosa, tributo ms de agradecer que el de vanos artculos encomisticos! Pero los tiempos andan tales, y crece tanto la depravacin del gusto, que empieza a ser ya deber de conciencia en todo el que clara u obscuramente profesa algn gnero de magisterio literario, alzar la voz cuando una obra maestra aparece, y llamar la atencin del vulgo circunstante, para que no pase de largo por delante de ella, y se guarde de confundirla con el frrago de producciones insulsas y balades que son actualmente el oprobio de nuestras prensas. Por eso escribo hoy acerca de _La Puchera_, no precisamente por ser obra montaesa, sino por ser el mejor libro de amena literatura que en estos ltimos tiempos ha aparecido en Espaa. Quin sea Pereda, y cul el valor de sus escritos, no necesito yo declarrselo a un pblico que ya comienza, aunque algo tardamente, a hacerle justicia y a conocerle y admirarle. Su fama, modesta al principio, y reducida al crculo de sus paisanos, es hoy universalmente espaola, y traspasa ya nuestras fronteras, como lo prueban recientes traducciones de novelas suyas en francs y alemn. Su carcter local le favorece mucho ms que le perjudica, en el momento presente. De su aparente limitacin nace su fuerza positiva. El arte, como la historia, tiene algo de concreto, limitado y relativo; lo abstracto y lo general le matan. Con razn, aunque en trminos demasiados absolutos, afirmaba Goethe que en la vida de las llamadas _clases altas_, que son en todo pas las ms semejantes y las ms descoloridas, no haba encontrado ni un tomo de poesa. Poesa puede haber; pero anda muy oculta bajo la dura ley social, que obliga a todos a decir la mitad, cuando mucho, de lo que piensan y de lo que sienten, y que al detener en los labios la expresin pintoresca y enrgica, engendra hbitos de convencin elegante y de disimulo acadmico, a los cuales difcilmente se allana, ni siquiera para remedarlos, una naturaleza artstica tan sana, robusta y viril como la de Pereda. Por eso, a mi juicio, err en la _Montlvez_, no por culpa suya, sino por culpa del asunto. Por eso ha acertado plenamente en las dos grandes formas del idilio rstico y del idilio martimo, que son los verdaderos timbres de su gloria. En ambos gneros, as como no ha tenido maestros, tampoco es fcil que llegue a tener rivales, a lo menos en nuestra lengua castellana. _La Puchera_ (ttulo que a los lectores melindrosos habr parecido vulgar, pero que tiene sublime explicacin en uno de los captulos de la novela) rene ambos gneros de excelencia: es a un tiempo novela campesina y novela costea, respondiendo al modo de ser _anfibio_ de los habitantes de aquel rincn de nuestra provincia, donde pasa la escena; el ms amado del autor, aquel con quien sus ojos estn ms encariados. Los que hayan ledo _El sabor de la tierruca, Don Gonzalo_, _De tal palo, tal astilla_, y aquellos incomparables cuadros cortos de las dos series de las _Escenas Montaesas_, entre los cuales sobresale el no bastante conocido de _La hila_, aqu encontrarn, sin que el autor se repita, el mismo mundo de alegra franca, de plcida honradez, de salud rstica, con que ya estn familiarizados. Los que han llegado a saborear otros rasgos de Pereda, todava de ms singular y exquisita literatura, de emocin trgica e intensa, de cruda expresin y ardiente colorido; los que recuerdan, quiz con lgrimas, _La Leva, El fin de una raza_ y las mejores escenas de _Sotileza_, aqu hallarn la misma grandeza y el mismo bro; la misma arrogancia, casi pica, con que el autor realza y ennoblece las catstrofes vulgares y los ms desdeados esfuerzos del trabajo humano, dando nobilsimos ejemplos de una poesa verdaderamente cristiana y verdaderamente moderna. No s qu gnero de influencia poderosa y benfica han ejercido siempre sobre Pereda, aldeano de nacimiento, los tipos de gente de mar y las escenas de pesca. Pero lo cierto es que siempre que toca a ellas se engrandece y resulta superior a s mismo. Los personajes que entonces crea, exuberantes de vida potica, con cierta poesa salina y acre, tienen no s qu grandiosidad y fiereza primitiva, crecida y educada con los arrullos y las tremendas caricias del mar resonante. Tremontorio y el Tuerto, el Lebrato y el Josco, son figuras de tal potencia y resalto, que en vano se les buscara competidores aun dentro de las obras mismas de Pereda. Sobre todos ellos corre un viento de tempestad heroicamente resistida y sobrellevada con herosmo silencioso y viril, tanto ms admirable, cuanto menos consciente. Pereda sobresale en la descripcin de estas naturalezas sencillas y rudas. Y lo mejor de _La Puchera_, lo verdaderamente incomparable, est en aquellos captulos donde el Lebrato y su hijo intervienen, con su locuacidad el uno, con su timidez el otro, los dos con el mismo natural resignado y austero, sacudido por bruscas impaciencias en el joven, acrisolado por divina serenidad en el viejo. En tales cuadros la vida resulta amable y digna de ser vivida, por spera y brava que parezca. Y el mar, inmenso coro de esta humilde tragedia, parece asociarse al esfuerzo de sus domadores, entonando con ritmo pausado y solemne el himno de la paz de la conciencia, que huye del _agosto_ del Berrugo y calienta _la puchera_ del Lebrato. He nombrado intencionadamente los dos mejores captulos del libro, los que por s solos bastaran para labrar la reputacin de un artista que no tuviese tan hechas sus pruebas en este gnero de cuadros. El del _agosto_, que por la pureza clsica de sus lneas recuerda el famoso lienzo de _Los segadores_ de Leopoldo Robert, se aparta de l hondamente por el ardor del colorido y por la embriaguez naturalista que le convierte en acabadsimo tipo de gergica moderna. Nunca ha sido tan intrpido el estilo de Pereda, tan grande la fuerza plstica de su lenguaje, y ese raro poder de asimilacin que Dios le concedi para que se hiciera ntimo de todo hilo de luz, de toda hebra de maz, de todo zumbido de insecto, de todo rielar del agua. Hay que remontarse a Tecrito para encontrar idilio tan bello y humano como el rstico idilio de Pedro Juan y de su amada. El final del captulo traspasa ya los lindes de lo bello, y empieza a rayar en los de lo sublime. Lo ms dbil de _La Puchera_ es, a mi juicio, la historia de Ins, del seminarista y del indiano. En la transformacin de los sentimientos de Ins, hay cierto alarde de psicologa un poco infantil, que no va bien con los hbitos literarios ni con las facultades dominantes de su autor, a quien le basta con su psicologa instintiva y adivinatoria para crear cuerpos y almas, sin necesidad de perderse en sutiles y tortuosos anlisis. El seminarista peca por otro concepto: es real, pero con realidad bestial y grosera, que el autor marca y acenta con verdadero encarnizamiento y saa. Su ta vale mucho ms, y a veces habla una lengua digna de la mismsima madre Celestina. El indiano, _rara avis_ entre los indianos de Pereda, por lo sentimental, romntico y atildado, aparece como cado de las nubes, y sirve slo para desenlazar la fbula. He dicho que todo esto era dbil, pero slo en comparacin con otras bellezas ms altas. Si aisladamente se lo considera, todo est bien, todo en su punto. Pero en un libro como _La Puchera_, donde hay tanto oro de ley y captulos que desde el da de su aparicin deben pasar por clsicos, es lcito ser exigente y posponer lo bueno a lo mejor y lo mejor a lo ptimo. Lo ptimo es el Lebrato y su hijo, y _Pilara_ y Quilino, y el mdico don Elas, y el magnfico tipo del Berrugo, avaro supersticioso, que Balzac adoptara por suyo, y la fantstica historia del descubrimiento del tesoro, que Walter Scott hubiera robado para su _Anticuario_. Y ahora ya tiene el lector abierta la novela: no incurrir en la puerilidad de contar su argumento; me basta con haber contado mi impresin. M. MENNDEZ Y PELAYO. (_El Correo_ del 10 de febrero de 1889.) ADVERTENCIA _La siguiente novela ha formado parte, hasta ahora, de un libro titulado_ BOCETOS AL TEMPLE. _Personas cuyos dictmenes son leyes para m, pretenden que_ Los HOMBRES DE PRO _deben establecerse de cuenta propia y correr solos las aventuras que les depare la suerte. Por eso aparecen aqu dando nombre a este primer tomo de mis_ =Obras completas=, _en cuya impresin no se seguir el mismo orden en que fueron saliendo a luz por vez primera, sino el ms conveniente a mis propsitos, que en nada perjudican el escaso inters que puedan merecer del pblico mis libros. Siguiendo los consejos de las mencionadas personas, no ser la alteracin hecha en los_ BOCETOS AL TEMPLE _la nica que se observe durante el curso de esta publicacin. Parece ser que ha llegado la oportunidad (y no quiero desaprovecharla) de que se completen mutuamente algunos tomos de mis cuadros_ _sueltos, adquiriendo, por ejemplo, l de_ ESCENAS MONTAESAS _lo que indebidamente posee el de_ ESBOZOS y RASGUOS, _y desprendindose, en cambio, de lo que, con muy justos ttulos, le reclama este su hermano menor. Ignoro si con todos estos cambalaches y trastrueques falto a alguna ley que debe respetarse. Varios ejemplos, que recuerdo, me dicen que no; uno solo, pero de mucha calidad, afirma que ni las erratas de la primera edicin de un libro deben desaparecer de las sucesivas, por respeto a los lectores que le poseen, o le han adquirido o conocido con ellas. Mientras se ventila esta cuestin de derecho y se llega a formar jurisprudencia sobre el caso, creo yo que no debe estar prohibido en la propiedad literaria lo que es lcito y hasta recomendable en las rsticas y urbanas. Ahora, si se me dice que eso de propiedad literaria es, en Espaa, msica celestial, porque los libros son aqu_ primi capientis, _y todo el mundo, menos su autor, puede hacer de ellos mangas y capirotes..., ya es otra cosa. Por de pronto, y aceptando la responsabilidad que me alcance por el atrevimiento, a mi parecer me agarro..., y lo dicho, dicho_. J.M. DE PEREDA. Febrero de 1884. LOS HOMBRES DE PRO CAPTULO PRIMERO Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en semicrculo, a lo cual se llamaba _plaza_, y en el punto ms alto de ella una iglesia a la moda del da, es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya, era lo que compona aos hace, y seguir componiendo probablemente, un pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno ni debe figurar tampoco en esta historia. En el tal pueblo todos los vecinos eran pobres, incluso el seor cura, que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las cuatro patatas y pocas ms alubias con que se alimentaba cada da. Los tales pobres eran labradores de oficio, y todos, por consiguiente, coman el miserable mendrugo cotidiano empapado en el sudor de un trabajo tan rudo como incesante. Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este uno se llamaba Simn Cerojo, que haba logrado interesar el corazn de una moza de un pueblo inmediato, la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de una herencia que _le cay_ de repente un ao antes de que Simn la pretendiera. Era Juana, que as se llamaba la moza, ms que regularmente vana por naturaleza, a la cual deba algunos favores, no muchos en verdad; pero desde los cuatro mil de la herencia, fu cosa de no podrsela aguantar. Parecale gentezuela de poco ms o menos toda la que la rodeaba en su pueblo, y se prometi solemnemente morir soltera si no se presentaba por all un pretendiente que, a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco de educacin, algo de mundo y cierto _aquel_ a la usanza del da. Simn Cerojo, que acababa de recibir su licencia de soldado, que saba un poco de pluma y haba corrido media Espaa con su regimiento, de cuyo coronel fue asistente cinco aos, y era, adems, un mocetn fresco y rollizo, se crey con todas las condiciones exigidas por la vanidosa muchacha; y se atrevi a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial y a mayor abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros y alguna de la ropa que, como prenda de una buena estimacin y una fina amistad, le haba regalado su coronel al despedirle. Acept Juana la pretensin de buen grado, y se celebr en su da la boda, con la posible solemnidad; y como Simn, hurfano de padres aos haca, y sin pizca de parentela en el mundo, posea en su pueblo, por herencia, una casuca con su poco de balcn a la plaza, trasladse a ella el flamante matrimonio. Como Simn manejaba la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela, dando un pellizco al caudal de su mujer, blanque la fachada principal, pint de verde el balcn y las ventanas y una cruz del mismo color sobre cada hueco; puso por veleta en el tejado, despus de retejarle convenientemente, un guardia civil de madera, apuntando con su fusil (obra admirable y admirada, que l mismo tall), y arregl el cuarto del portal, que hasta entonces haba estado sirviendo de cubil. Coloc en l, segn lo previamente pactado y convenido con su mujer, un mostrador y una estantera que improvis con cuatro tablones viejos, e invirti el resto de la herencia en aceite, aguardiente de caa, hormillas, hilo negro, cordones de justillo y otras baratijas por el estilo. Distribuyse todo convenientemente entre el mostrador y la anaquelera; sentse Juana detrs del primero, muy grave y emperejilada; coloc Simn sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero verde en campo rojo, que deca: _Abacera de San Quintn_, en memoria del regimiento en que l haba servido, y qued abierto al pblico aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta entonces haba tenido que surtirse en la villa, a dos leguas de distancia, de los artculos ms indispensables. Por eso se celebr el acontecimiento como uno de los de ms transcendencia, por aquellos sencillos habitantes, y fueron los tenderos, durante algunos das, el objeto de la admiracin de todos sus convecinos; admiracin que recibieron los admirados con toda la dignidad del caso: Simn, con los brazos remangados hasta el codo, de pie, y con el ndice y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana, sentada detrs de ste, con el hocico plegado y los prpados muy cados. As al principio; y luego, con bastante ms sencillo ceremonial, fueron los de la tienda recaudando poco a poco las roosas economas de aquellos campesinos, a cambio de sus bebidas y chucheras, no cobrando siempre al contado, pero cuidando, en las _fas_, de sacar hasta los intereses al vencer los plazos. Por esta razn, la casa de Simn Cerojo era la nica que en el pueblo de que se trata ofreca un aspecto bastante risueo..., si bien se nublaba un tantico los das festivos, por reunirse en ella ms gente de la que dentro caba, a jugar a las cartas y a beber algo que no se pareca al agua sino en el color. Mas eran stas ligeras nubculas que trataba de disipar el seor cura con algunas plticas oportunas desde el altar mayor, aunque sin conseguirlo; pero que jams (sea dicho en honor de aquellas buenas gentes) dieron que hacer cosa alguna al juzgado de primera instancia. Ya ir comprendiendo el lector por qu al decir que _todos_ los vecinos del consabido pueblo coman el pan amasado con el sudor de su rostro, exceptuamos a Simn Cerojo. Es de advertir que ste era la persona ms notable del pueblo, no solamente por su condicin de comerciante, de hombre de pluma y de campanudo consejo, sino por estar agarrado a buenas aldabas, o sase por privar con gente de mucha _soflama_. En efecto: ya se ha dicho que Simn fu durante cinco aos asistente de su coronel, y que le despidi colmndole de atenciones, y, al decir del licenciado, de pruebas de una buena estimacin y una fina amistad. Pues spase ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido a general en menos de dos aos, por no s qu ni cuntos pronunciamientos, el tal seor coronel no se desdeaba de responder muy atento a las cartas en que Simn le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba las ofertas de hacer algo por l cuando fuese necesario; ofertas que cumpli en dos ocasiones, en las cuales el ex asistente le puso a prueba, no muy dura por cierto, en beneficio de dos convecinos suyos que se creyeron atropellados por la Administracin de Hacienda. --Y cmo Simn--se nos preguntar--estaba al tanto de esos ascensos y de esas evoluciones de su antiguo jefe, viviendo en aquel humildsimo rincn? Para responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo que Simn no mostraba a sus convecinos; y como yo haba de denuncirselo al lector ms tarde o ms temprano, lo har en este momento, y eso tendremos adelantado. Haba en la naturaleza de Simn algo refractario a lo imposible. Para l, dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo; y si cuando le toc la suerte de soldado alguien le hubiera dicho en broma adis, mi general, l, encogindose de hombros, de seguro habra contestado muy serio para sus adentros: Quin sabe?... No por esto le asust su condicin de soldado raso mientras sirvi de asistente a su coronel. El cmo y el cundo no preocupaban a Simn gran cosa. Gustbale mucho viajar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; y viendo aqu y escuchando all, fue familiarizndose con ciertas cosas y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este modo, al tomar su licencia en Madrid, sali hacia su pueblo sin penas ni alegras; y al mirar a la corte desde lejos, envile una despedida que tanto poda significar adis para siempre, como hasta la vista. Senta, sin embargo, dentro de s mismo, aunque muy poco pronunciada, una aficin especial: la poltica; y el temor de perderla de vista, era lo nico que le haca poco placentero el recuerdo de su pueblo. No necesito decir que la poltica que amaba Simn era la callejera, la poltica de las noticias. Esta le embelesaba tanto, que haciendo una calaverada, como l deca, invirti una parte de la rumbosa gratificacin que le hizo el coronel al despedirle en la suscripcin a un peridico noticiero y baratito, que no le falt un solo da despus de llegar a su casa. He aqu por qu estaba al tanto de los ascensos de su coronel. Era Simn de voz sonora, reposado en el hablar, de palabra rebuscada y frase difcil; pobre de imaginacin, por ende, y no muy sutil de entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia, si es que tena alguna opinin poltica. Y digo de conveniencia, porque en sus expansiones con el coronel sola decirle: Me gustan los liberales porque con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No estoy yo, como _los otros_, porque slo hablen de ciertas cosas los que lo entienden. Instalado Simn en su pueblo, como sabemos, se guard muy bien de ocuparse en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero le tom tanto cario a este ltimo, que estuviese resuelto a seguir explotndole mientras a ello se prestase? No por cierto. Antes al contrario: a medida que se iba haciendo independiente, iba mirando con menos apego los reducidos horizontes de la aldea. No se acentuaba en l una ambicin determinada, quizs porque se crea capaz de todo, en teniendo alas con que volar. Pero todava no le atormentaba la prisa; y esto poda consistir en que tena que ocuparse en refrenar la que devoraba incesantemente a su mujer, que volaba en ambiciones mucho ms alto que l. Simn, cuando menos, tena la habilidad o el privilegio ingnito de saber disimular. Juana, por el contrario, se haba hecho insufrible. _Despachaba_ detrs del mostrador con ms humos que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus parroquianos con un hocico y unos dengues como una seorona de horca y cuchillo. Indignbale la osada de los muchachos que, a veces y por curiosear, asomaban la cabeza dentro del establecimiento, y prohiba severamente a su hija, nia de tres aos, jugar con sus conocidas, por no haber entre ellas ninguna de su _parigual_. Un da dijo a su marido, que estaba meditabundo, sentado junto a ella detrs del mostrador: --Simn, la verdad es que esto se va poniendo cada vez ms inaguantable. --Eh?--respondi Simn, un tanto azorado, como si le hubieran descubierto un secreto. --Quiero decir que t y yo estamos siendo los _cerineos_ de todo el pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido. --Pues no te entiendo, Juana--repuso Simn, disimulando el placer con que entraba a discutir aquel punto. --Digo que esta casa es el pao de lgrimas de toda esa _gentuza_. Que un vecino no tiene que comer; pues aqu a empear la manta o el jergn. Que otro necesita un par de pesetas; aqu a vender el grano. Que otro quiere un empeo para _all arriba_; aqu a buscar la carta tuya. Que a una le pega el marido una paliza; aqu al vuelo a llorar la lstima. Que me echo yo un refajo nuevo; aqu en seguida a saber lo que me cost, y en qu tienda de la villa le compr.... Que el medio cuartern de aceite, que los dos cuartos de hilo, que la moneda roosa, que la fa.... Vamos, Simn, que esto es un laberiento que acaba conmigo. --Y nada ms?--djola Simn con mucha flema. --Y te parece poco? --Pues ven ac, mal pecao, y dime: sin ese cuartern de aceite, y esos dos cuartos de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeo de la manta, y el servir a todo el que se presenta, si se puede y vale la pena, qu sera de nuestros intereses? Acurdate que cuando nos establecimos, apenas haba en casa cuatro mil reales mal contados. Te dejaras hoy ahorcar por treinta mil? --Cierto es eso, Simn, y no me quejo yo de la fortuna. --Pues de qu te quejas entonces? --Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aqu tenemos, podamos hacer ms..., pinto el caso, en otra parte. --Conque en otra parte!... Y cmo? Se te figura a ti que estos cuatro cachivaches que uno tiene en casa van a producir ms en otro lado, donde haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba? --Claro que no. Pero deca yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el caso, un estanco que te sacara el general... en la villa.... --Agurdate un poco--dijo Simn, fascinado de repente con la indicacin de su mujer--. No haba dado yo en lo del estanco. --Y de este modo--continu Juana, explotando aquella favorable actitud de su marido--podramos ensear algo a la nia para el da de maana, si la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo.... Porque aqu, ya ves t que nada bueno puede aprender. --Que estamos conformes, mujer!... Pero.... Y Simn se rascaba la cabeza y frunca la boca. En esto entr el seor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos de hilo negro para recoserse la sotana. --Ms a tiempo no poda usted llegar, seor don Justo--le dijo Simn. --Pues que ocurre?--pregunt el cura. --Algo muy serio para nosotros--respondi Simn ingenuamente. --Que no le importa un rbano a nadie de fuera de esta casa--salt Juana con acento brusco, temiendo que la intrusin de un tercero pudiera torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba. --Pues quedaos con Dios--dijo el seor cura, que ya conoca el humor de Juana, disponindose a salir de la tienda. --Poco a poco, seor don Justo, y usted perdone--dijo Simn detenindole--, que para estas ocasiones son los consejos de los hombres de saber. --Pues aconsjate de tu mujer--repuso el cura--, que parece no necesitar consejos de nadie. --Mi mujer, que quiera que no, tomar el que usted le d--aadi Simn mirando con firmeza a Juana. Hizo sta un gesto de desagrado, y continu su marido: --Es el caso, seor cura, que quisiramos trasladarnos a la villa con la tienda y algo ms que pudiramos aadirla. --Si ese es vuestro gusto--dijo el cura,--quin os lo ha de impedir? --No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo. --Pues si temes eso, por qu te quieres mover de aqu? --Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa. --Pues entonces id benditos de Dios. --No me explico bien, seor don Justo. --Pues explcate mejor. --Voy a hacerlo sin rodeos. A usted qu le parece? Nos conviene o no nos conviene salir de aqu? --Antes de responder a esa pregunta, necesito que t me respondas a otra. --A cuantas usted quiera, seor cura. --Pregunto, pues: es slo el deseo de acrecentar vuestras ganancias, extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este pacfico rincn, o hay en vosotros alguna otra ambicin de distinto gnero? Al sentir esta estocada al pecho, Simn mir a Juana, Juana mir a Simn; y el seor cura, mirando al uno y a la otra, adivin lo que, al cabo de un rato y despus de sonrer y vacilar mucho, contest Simn en estas palabras: --Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas. La verdad es que tenemos una nia que no puede educarse aqu como nosotros quisiramos. Por otra parte, Juana, como no ha nacido en este pueblo, no le tiene gran ley que digamos.... Adems de que tambin yo tengo ac en mis adentros cierto escarabajeo que... en fin, seor cura, ya sabe usted que la paloma no vuela a su gusto en el palomar. --No te haca yo pjaro de tan alto vuelo, Simn--dijo don Justo con sorna. --Es un decir, seor cura--aadi Simn algo confuso--. Por lo dems, esto es todo lo que tena que decirle a usted. Conque hgame el favor de darme su parecer sin reparos ni miramientos. --Pues sin miramientos ni reparos voy a drtele desde el fondo de mi corazn, en vista de lo que me dices..., y de lo que te callas, y, sobre todo, de que me le pides: Llevis aqu cuatro o cinco aos de establecidos, y en ese tiempo habis hecho una fortuna que os permite ser las personas ms independientes del pueblo. Todos en l os necesitan, casi todos os respetan y muchos os envidian. Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza ilusoria de otra cosa mejor, tngolo por verdadera temeridad a ms de insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes, vuestra procedencia, vuestra educacin, concededme, y no os ofendis por ello, que lo probable, lo racional, lo seguro, es que no hagis en parte alguna papel ms alto y ms airoso que el que hacis aqu. Y en cuanto a la educacin de vuestra hija..., qu he de deciros? Yo tengo para m que el mejor colegio para una nia es una buena madre; especialmente cuando la nia, como la vuestra, se ha envuelto en toscos paales y no conoce otras grandezas que las que Dios ha impreso en sus obras. Tal es mi parecer, en substancia; y si an os resulta largo, os le condensar en dos axiomas, que no por ser vulgarsimos, dejan de ser muy dignos de que meditis sobre ellos: _La piedra movediza no cra moho. Ms vale ser cabeza de ratn que cola de len_. Pensativo dej al matrimonio el desengaado parecer de don Justo; pero todava se atrevi Simn a hacer este pequeo reparo: --En todo caso, seor cura, siempre nos quedar el recurso, si nos pinta mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos. --Por supuesto!--dijo con irona don Justo--. Al salir de aqu dejis a la fortuna clavada detrs de la puerta, hasta que volvis a decirla que os ampare. Como si no hubiera otros que se aprovecharn de ella en cuanto vosotros la abandonis! Inocentes! Volvi a mirar Simn a su mujer, como preguntndola: qu te parece de esto?; pero con tal mirada y tal semblante le contest Juana, que, no pudiendo aqul resistirla sereno, volvi sus ojos al seor cura, y le dijo por decir algo: --Lo pensaremos, seor don Justo. --Y haris bien--replic ste. Y como haba ledo muy claro en la ltima mirada de Juana a su marido, comprendiendo que estaba all de ms, concluy con estas palabras: --Conque, hijos mos: dicho lo dicho, me largo a mis quehaceres; pero conste que no me he mezclado en vuestros asuntos hasta que lo habis solicitado, y no dudis que aqu o dondequiera que la fortuna os coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones ni mis deseos de que Dios, autor y dispensador de toda felicidad, os la d tan cumplida como duradera. --Amn!--dijo Juana en un arranque de despecho, mientras sala de la tienda el santo varn. Simn se qued pensativo. Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre la mujer, que estaba dominada por el demonio de la impaciencia, y el marido, que no lo estaba tanto, cuando entr la nia llorando en la tienda. --Qu tienes, hija del alma?--le pregunt Juana entre iracunda y alarmada. --Te me pel... Titina... la del Toco.... Hi, hiiii... --Que te peg Cristina la del Cojo, hija ma?--dijo Juana, nico intrprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por la media lengua de la inocente--. Y por qu te pego, ngel de Dios? --Hi... hiii.... Polque tela tugal tomigo, y yo..., hi, hiii..., no tela tugal ton ella, y... y... y la llam piojosa. --Hiciste bien en llamrselo, hija ma! Quin es ella para ponerse a jugar contigo?--exclam, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de Simn--. Y si despus de esto no saca tu padre al suyo los ojos, o el dinero que le debe, te digo que no tendr sangre ni vergenza. Miserables! Tras de que si no fuera por uno, se moriran de hambre!... Y todava hemos de andar aqu en contemplaciones, pedriques y gazmoeras, para hacer lo que nos d la gana de nuestra hacienda! |Ah, si yo tuviera los calzones!... Disponase a responder Simn a Juana desde la puerta, contra la cual estaba recostado, mirando a la calle, cuando sali botando, de hacia la cocina, un perrazo de spero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalacin; pero vindola ocupada por _el amo_, salt sobre el mostrador, sin duda para que le sirviera de trampoln; y derribando y haciendo aicos media docena de vasos y una botella, cruz el espacio como un cohete; pas, sin tocar, sobre la cabeza de Simn; cay en la calle, sin soltar la morcilla, por supuesto, y desapareci en la calleja inmediata. --El perro del sacristn!--grit Simn al verle, disponindose a coger una tranca. Pero todo fue intil: la aparicin del animal, el desastre del mostrador, el salto sobre Simn y el desaparecer en la plaza, fu obra de un solo instante. Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos causados por el perro ladrn. --Y esto es de todos los das!--gritaba fuera de s. --Yo te aseguro--grua Simn--que he de hacer pagar caro a su amo este estropicio. --S!--deca Juana--; como la media libra de tocino que te rob de entre las manos el otro da ese mismo demonio de animal! Como el pollo que me sac de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! Como el grano que se zamparon ayer en el desvn las gallinas del vecino! Como tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio! Y como todo lo converta al punto en substancia aquella impetuosa mujer: --Cuando te digo--concluy--que no se puede vivir en este pueblo!, que nos han de dejar en l sin camisa y sin salud! --La verdad es--refunfu Simn--que se le acaba a uno la paciencia para bregar con esta gente. --Eso te estoy predicando yo todos los das, y no me haces maldito el caso. --Ms de lo que a ti se te figura. --Poco se te conoce. --Porque me gusta ms hablar a tiempo que hablar mucho. --Pues a qu esperas, alma de hielo? --A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle hoy mismo. --Acabaras, con dos mil demonios!--exclam Juana en un desahogo de insensata alegra. --Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural--dijo Simn con acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran sentencia--. Te aseguro--aadi en tono an ms campanudo--que _esto del perro me ha llegado al alma_, y que me pesa en ella mucho ms que las palabras del seor cura. No hay que rerse de esta ocurrencia de Simn, que a razones de igual peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazn humano cuando ste desea ser vencido. * * * * * Algunos das despus vi el vecindario dos carros _enrabados_ a la puerta de la abacera; luego vi cargar en uno de ellos las aceiteras, los barriles, los cacharros, las chucheras de la tienda, hasta los estantes y el mostrador!; vi en seguida cmo en el otro carro se colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batera de cocina..., todo el ajuar de la casa de Simn; cmo se acomodaron en un hueco dejado al efecto sobre los colchones, Juana y su nia, despus de haberse restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidsimas veces, mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofenda; vi la gente tambin cmo, despus de sacar hasta la escoba, cerr Simn la puerta y se guard la llave en el bolsillo, y luego ponerse en movimiento los carros, a los cuales segua Simn, saludando con gravedad a cuantas personas le despedan desde lejos con un movimiento de cabeza; no vi una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba; y vi, por ltimo, que los dos carros y Simn, que marchaba siempre junto a ellos, despus de atravesar la plaza, tomaron el camino de la villa y desaparecieron en l. CAPTULO II Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de Espaa: un mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tena de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plcido aislamiento; pero s sus miserias, sus _vecindades_, su escasez de recursos, su soledad, su desamparo, su pequeez. No tena de la ciudad los monumentos, los espectculos, la polica, la provisin de todo, la cultura, las comodidades; pero s sus etiquetas, sus necesidades, sus estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Rega all la ley de razas, si no por colores, por posiciones o categoras, y se guardaban las distancias hasta en la casa de Dios, nico punto de la tierra en que es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos ridculos trminos medios entre la confusin de las grandes poblaciones y la tranquila sencillez de la vida campestre. Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de tiendas de gran fachada, no se venda en ellas lo ms indispensable para la vida que all haca la gente encopetada; gruan y se revolcaban los cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las grietas de las aceras y en los rincones de la plaza, y en el campo inmediato, mitad jardn y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno creca. Por todo este conjunto desentonado y angustioso, haban trocado Simn y Juana su pintada casita de aldea, sus hermosos horizontes y sus floridos linderos, cuatro aos antes del momento en que el lector y yo entramos en la villa de que se trata. Corra el mes de mayo a la sazn, y el follaje, los pjaros, las flores y el cfiro que los columpiaba, llenaban toda la campia. De todos estos primores de la naturaleza, slo alcanzaba a la villa tal cual penacho de mortecinas flores, que algunos frutales raquticos dejaban ver sobre los mohosos lomos de esta y de la otra tapia, aun en las calles ms cntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no haba de llegar a la madurez. Tena aquel pueblo tambin, como todos los pueblos, como todos los hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su _ananke_ insuperable, como dira Vctor Hugo. Este _ananke_ era un regato, el cual regato naca en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante el verano a la pobre campia que atravesaba, tena la desvergenza de inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte ms baja de la villa a cuya proximidad pasaba.--Aquel regato, los desmanes de aquel regato, el partido que poda sacarse de aquel regato encauzado convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiterno de todos los municipios de la villa y de sus ms reposadas deliberaciones. La cuestin del regato reapareca nueva y palpitante de inters entre el vecindario a cada Congreso que se constitua en Madrid, a cada municipio que se elega en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la capital de la provincia. Y dicho queda con esto que la tal cuestin apenas se olvidaba un punto. Y era de or cmo se hablaba entre aquellas gentes de _canalizar_, de _fecundizar_, de _obras de fbrica_, del _curso del ro_, de _empalizadas, murallones y_ otras magnitudes por el estilo, ni ms ni menos que si trataran de dar nuevo cauce al _Amazonas_, o de poner un dique a los furores del Atlntico, cuando, en rigor, todo estaba reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de profundidad! Esta era la necesidad ms apremiante; y era otra, bastante urgente, la de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase toda la campia por igual, de modo que en verano conservara alguna frescura, ya que en tan calorosa estacin todo canal era intil, puesto que se secaba el regato hasta su origen, y no corran por su cauce otras cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y las cucarachas. Cabalmente el da en que nosotros entramos en la villa con esta narracin, haba en las Casas Consistoriales reunin de contribuyentes para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la proteccin tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa. Estaba el saln de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en los bancos de preferencia, inmediatos a la comisin, el _se__oro_, o sea la gente de levita, aunque all la gastaban casi todos. Abierta la sesin, y despus de leda la exposicin de razones que se elevaba a la consideracin del Gobierno, dijo el presidente: --Creo, seores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas del ro perjudican a la poblacin, y que el canalizarle aprovechara a la campia no puede negarlo nadie. --Conformes--dijeron todos. --Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa--continu el presidente--: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos calculados, y la otra mitad el pueblo. --Conformes--contest la concurrencia. --Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya aprobacin solicita--aadi el presidente hojeando la instancia en borrador, que estaba sobre la mesa--. Primero: la demolicin de la capilla de San Roque que se halla a la vera del ro... Seores--dijo volvindose al auditorio, en ademn resuelto--: La comisin ha tenido presente, al hacer esta proposicin, la proximidad de la capilla al sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que puede darnos para la obra de fbrica que est indicada all mismo, y el dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados oportunamente a remate. Se me dir por algunos que en esa capilla se dice la primera misa en los das festivos, por lo cual es, hasta cierto punto, una necesidad para el vecindario la conservacin de ese pequeo templo; pero, seores, lo cierto es tambin que esa necesidad es puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, seores, que somos muy liberales.... Digo, por tales os tengo... (_Voces estrepitosas: S, s_!) Pues bueno: si, como liberales que somos, no nos pagamos de ciertas preocupaciones aejas... (_Voces: No, no_!), a qu desechar ese recurso, cuando con l podemos remediar en gran parte la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y, en sentido inverso, todo el verano? (_Muchas voces: Abajo la capilla de San Roque! Abajo los curas_!) No tanto, seores, no tanto!; con la capilla hay bastante _por ahora_. (_Bravos frenticos en la sala_.) brese discusin sobre este asunto. Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban conformes con la opinin del presidente, o que nadie se atreva a manifestar otra distinta. Creyendo lo primero, iba a dar la comisin por aprobada la base, cuando se levant un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que haba obtenido voz, pero no voto, en el saln, por una especial merced de los congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostr, en voz cascada y lenta, pero impvido, primero: que era una superchera lo de que la demolicin de la capilla pudiese proporcionar los recursos a que se refera el presidente; que no haba en el edificio ms sillares que los pequesimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no valdran, en subasta, dos pesetas, y que no llegaran a treinta reales las esculturas del pobrsimo y desmantelado altar. Esto lo demostr como dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los risueos clculos del presidente, la fe de un pueblo catlico, las santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al derecho de los dems y a la ley comn, exigan que no se procediese tan de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algn malicioso que se obedeca a un _resabio de partido_ ms bien que al rigor de una apremiante necesidad. Todo lo cual vali al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el saln, por no autorizar con su presencia la discusin de un punto para l indiscutible. Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidi la palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era Simn Cerojo, que tena ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo el traje, propios de un tratante en _caldos_ que va en prspera fortuna, pero que no ha llegado todava a la mitad de su carrera. --Seores--dijo Simn, despus de carraspear mucho y de atusarse el pelo no poco--: Yo, el ms incompetente y el ms... y el ms ineto (_Risas hacia los bancos de la comisin_), y el ms ineto, digo, de los presentes que aqu estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que nadie ha querido hacerlo despus que us de la palabra el dino seor cura. (_Risas y jujeos a su lado_.) S, seores, dinsimo... (_Risas generales_.) Dinsimo digo, y circunspecto aado! (_Carcajadas_.) Pero voy al caso. Dice el seor presidente que el inters moral no es quin contra el inters material y del momento. No dir que no tenga razn el seor presidente; pero tampoco dir que la tenga. (_Ms jujeos_.) Me explicar, seores; que, por lo visto, aqu todos son eruditos y saben latinidades. (_Risas de levita y aplausos de chaquetn_) Que es respetable la necesidad de echar el ro por otra parte, y respetable la cantidad que valga la ermita despus de derribada, y respetables los materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: No es respetable el inters moral. Yo no dir que lo sea; pero las aparencias tan siquiera, seores; las aparencias! (_Risotadas ac y all_.) Reirvos lo que queris, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser ni menos contingente... (_Asombro_), ni menos liberal. (_Sensacin_.) Deca, seores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el que ms... _Rumores_. S, seores, tan cristiano como el que ms; pero ms liberal que el primero que se presente. (_Estrepitosos aplausos_.) Y claro est que mi concencia no se asusta porque haiga una iglesia ms o menos...; porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la religin!... Frenticos aplausos, ni tampoco de esos otros que no quieren nada con ella! (_Rumores_.) Me gusta vivir bien y ser tolerante con todos. Por eso soy buen cristiano... (_Murmullos_), buen catlico!... (_Risas_) y buen liberal! (_Aplausos. El orador se limpia la cara con el pauelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le sirven_.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del seor cura, que, al cabo, todava hay muchas almas que le escuchan. Cmo yo haba de oponerme a ningn proyecto de inters general? Que caiga la ermita, si est de Dios que ha de caer; pero que caiga con el respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quera yo decir..., porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal. He dicho. _(Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el pauelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)_ No habiendo quien quisiera ilustrar ms el asunto, psose a votacin, y fu aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisin. Y continu el presidente: --Segundo medio de arbitrar recursos: Se autoriza al municipio para imponer a los artculos de _beber_ y _arder_ un recargo de seis por ciento. --Eso no, voto al demonio!--dijo Simn Cerojo, ponindose de pie sobre el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su tolerancia y su _contingencia_ acostumbradas. --Lo mismo digo!--gritaron otras muchas voces alrededor de Simn--. Fuera ese artculo! Abajo la comisin! --Orden!--gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa. --Afuera _la canalla_!--vociferaban los seores propietarios, encarndose con la masa tabernera. --Abajo los tiranos!--gritaban algunos _caldistas_ desde lo ltimo de la sala--. Viva el pueblo que trabaja! --Viva el duque de la Victoria!--grit un zapatero. --Orrrden! --Abajo los de arriba! --A la calle los de abajo! --Orrrrrdeeennn! Y nadie se entiende all, porque todos gritan y se revuelven y manotean, armndose un tumulto tan espantoso, que me ro yo de los que se promueven cada da en el templo de nuestra Representacin nacional. Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad. --Es digno de observacin, seores--dijo entonces el presidente--, lo que acaba de pasar aqu. Un hombre que, segn l mismo nos ha dicho, es todo _tolerancia_, todo _moderacin_ y todo _contingencia_ (_Risas_), es cabalmente quien ha amotinado el saln en cuanto ha visto que se tocaba al pelo, no ms, de sus intereses particularsimos. _(Simn Cerojo pide la palabra para una alusin personal.)_ As es, seores, el patriotismo de algunos hombres! Y no digo ms. --Seores diput..., digo circunstantes: cumple a mi hombra de bien, a mi lealtad y a mi... contingencia (_Risas_) dejar bien claro este punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha ledo slo por lo que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los dems. (_Murmullos_) Me explicar. Se trata de hacer una obra que beneficie los terrenos que hoy cruza el ro, y se propone que la paguemos, en su mayor parte, los que tratamos en artculos de beber y arder..., precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campia. Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este pueblo ese modo de proceder, y por lo mismo que no es nuevo, y ya estoy cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo que me rebelo con ms empeo. _(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia arriba.)_ Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me atropelle; y tambin muy tolerante, pero no a costa de mis intereses, que son el pan, y el sustento, y la... contingencia intelectual... (_Jujeos_) de mi familia. Yo pagar la parte que me corresponda para echar el ro por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al cabo, y bien sabe Dios por qu, en ella vivo; pero el que quiera buenas tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. _(Aplausos entre los caldistas.)_ --El seor Cerojo--dijo con retintn un personaje muy soplado de la seccin de propietarios--, y los dems taberneros que le rodean, no son muy partidarios de que se aleje el ro, o mejor dicho, el agua que lleva, de sus establecimientos. No me extraa. --Oiga ust, si pendn--respondi un caldista, asaz mugriento y desengaado--, piensa ust que, aunque pobres, vivimos aqu de estafar a inocentes, como hace algn seorn que yo me s? --Al orden, seores!--grit el presidente deseando torcer el sesgo peligroso que tomaba el debate. --Yo no s cmo piensan en esto mis _clegas_--objet Simn, afectando desdn hacia las palabras del propietario--; pero s cmo pienso yo, y por eso he dicho lo que dije; y ahora aado que siempre somos la carne de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cmodo y lo de lustre, all se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta con nosotros ni para un triste saludo de cortesa, porque lo tienen a menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (_Protestas de arriba_), se nos busca y se nos mima. (_Aplausos abajo_.) Y esto es insufrible, inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del da en que puse los pies en la geografa de este pueblo. --Seor Cerojo, seor Cerojo!--grit el presidente sin poderse contener por ms tiempo--, esas palabras son indignas de este sitio y de esta concurrencia, y yo espero que usted las retirar espontneamente. --Yo no tengo nada que retirar ms que a mi persona, que voy a retirarla de aqu ahora mismo. --No ser sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillsima, todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y digna que han observado otros seores comerciantes que se hallan aqu presentes. --Es que a esos seores no se les ha pedido nada. --Eso es lo que usted no sabe.... Seores, para que se comprenda toda la intemperancia del seor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la base que tanto le ha sulfurado, no se ha ledo ms que la mitad! (_Atencin general_.) La otra mitad dice as: ... y otro recargo de tres por ciento sobre la clavazn y quincalla (_Protestas de los quincalleros_), paos del reino.... (_Enrgicos rumores entre los paeros_), y otros artculos de vestir y calzar. (_Alaridos en varias partes del saln_.) --Ahora no soy yo el intemperante, seor presidente!--vocifer Simn, dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala. --Orrrdeeen, seores!--grit el presidente. --Justicia era mejor!--le contestaron muchas voces. --Catalana hay que hacerla en este pueblo!--aadieron otras. --Orrrrdeeeen! --Afuera esa _gentuza_!--gritaron otra vez los propietarios. --Abajo la comisin! --Y los que quieran engordar a la sombra de ella! --Vivan los pobres honrados! --Viva el duque de la Victoria!--volvi a gritar el zapatero. --Orrrdeeen! --Canalla! --Ladrones! Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y logra hacerse or breves momentos. --Seores--dice--: Por la centsima vez en mi vida presencio este espectculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal regato. La comisin, al comprenderlo as tambin, hace respetuosa renuncia de su cargo y levanta la sesin. Silbidos, denuestos, un estrpito espantoso y alguna que otra bofetada, fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el trmino de aquella reunin. CAPTULO III Mientras tales cosas pasaban en las Casas Consistoriales, ocurran otras de bien distinta naturaleza junto al mismo regato de que se ha tratado, a la escasa sombra que proyectaba el an no bien formado follaje de dos cortas hileras de chopos, a las cuales se llamaba en la villa la _Alameda grande_. Como el da era de trabajo y la hora la menos a propsito para el descanso, eran dueas absolutas de todo el paseo, para correr por l sin estorbos ni tropiezos, hasta media docena de nias, de nueve aos la ms esponjada; todas risueas, todas giles, todas hechiceras, como son todas las nias a esa edad, cuando no estn cohibidas por la opresin del vestido de gala o de las botitas recin estrenadas. Tras aquellas nias tan alegres, que corran y gritaban sin cesar un punto, no corra, sino andaba a lentos pasos, mustia y como recelosa, otra nia no menos agraciada y no ms entrada en aos que ellas. Haba, sin embargo, notables diferencias entre una y otras. De stas, las que no eran rubias eran muy blancas; aqulla era morena. Las que corran eran giles como cabritillas, y al correr pareca que no tocaban el suelo con sus diminutos pies; la que las segua con la vista, era de formas ms abultadas y de movimientos menos suaves y graciosos; y aunque vesta lo mismo que ellas en forma y calidad, en la combinacin de los colores y en _el aire_ de su vestido haba algo que no era del mejor gusto. Indudablemente aquella nia no perteneca, como las otras, al _buen tono_ de la villa, y por eso no tomaba parte en sus juegos ms que con la intencin. He observado muchas veces que las nias de corta edad son muy exigentes en la eleccin de amigas, por lo cual difcilmente se familiarizan con las que no sean de su categora social, o de otra ms alta si es posible. Los nios son todo lo contrario: parece que tienen a gala asociarse, para sus juegos y empresas, a todo lo ms perdido y desarrapado que encuentran en la calle. La nia rezagada de nuestra historia segua siempre, y aunque de lejos, las evoluciones de las que corran, y frecuentemente, al encontrarse con alguna de ellas, corra tambin, como si se forjara la ilusin de que la perseguan al _escondite_ o la disputaban el sitio a _las cuatro esquinas_. Y como estas _libertades_ se las haba permitido varias veces, en una de ellas la nia con quien tropez se detuvo jadeante; y echndose atrs los rizos con ambas manos, exclam en el tono ms desdeoso que pudo: --Qu plaga de moco, hija!... Cmo se agarra! --Eso es de familia--dijo otra, que se par a su lado. --Pues vamos a decirla una fresca--aadi otra--, a ver si se va. --Si yo creo que hasta debe de tener _miseria_, mujer!--apunt una delgadita como un mimbre, que oscilaba mucho al andar y se chupaba un dedo en cuanto se paraba--. Cmo se _arrasca_! --Oye, t--dijo al odo de la anterior, abriendo mucho los ojos y enarcando las cejas, una pequeuela, muy nerviosa y asombradiza--. Si traer la navaja! --Qu navaja?--pregunt la delgadita, no muy segura de su valor. --Una muy grandona que tena en la mano el otro da, a la puerta de su casa. --Y qu nos hara con ella, t?... --Madre de Dios!... Como estamos aqu solas y en medio de este bosque... --Quieres que nos vayamos a casa?... --Para ella estaba!--dijo con desenvoltura una mayorzuela que haba odo estas observaciones--. Miedosas, ms que miedosas!... --Pues juega t con ella si no! --Como no juegue yo con ese pendn!... Primero iba y se lo deca a mi pap. --Vamos a buscar el perro que tenemos nosotros en la huerta, y a _hinchrsele_ aqu mismo?--propuso la miedosa. --Y si se la come toda? --Que se la coma. Mi pap es alcalde... --S; pero eso lo castiga Dios..., y puede que nos caiga algo malo. --Pues qu hacemos si no? --Vmonos a aquel rincn, a ver si se queda aqu sola y despus se marcha. Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente y mirando hacia atrs con el rabillo del ojo; llegaron a un ngulo de la alameda, y all se acurrucaron en el suelo, formando estrecho y apretado crculo. A todo esto, la pobre desdeada nia, que haba estado observando a las otras durante su breve dilogo, mirando de reojo y mordindose las uas, cuando las vi sentadas se dirigi hacia ellas paso a paso, con la cabeza gacha; y al estar a media vara de las desdeosas, se dej caer al suelo lentamente y se puso a deshojar las florecillas del csped, sin arrancarlas, flechando ojeadas de travs de vez en cuando al grupo, y sorbiendo muy recio el aire con las narices. --Hija, qu peste de chica!--exclam impaciente la mayorzuela al verla a su lado otra vez--. Ni aunque fuera de engrudo! --As ella se pega!--observ la ms cachazuda. --Si el otro da la vi yo limpiarse las narices con la enagua!--dijo muy admirada la delgadita, sonndose las suyas con los dedos. --Vamos a araarla?--propuso la nerviosa, crispando los suyos. --Eso no es de tono, hija--respondi la mayor--. Mejor es otra cosa, ahora que me acuerdo. --Qu cosa es? --Darla mate, para que rabie de envidia. --Pues empieza t. --Vers qu pronto. Amigas de Dios--continu muy recio, de modo que lo oyera la intrusa--: mi pap vino de las Indias el ao pasado..., y trajo cinco fragatas cargadas de onzas..., y un negrito para que le sirviera el chocolate...; y es tan rico, que se cartea con el rey de las Indias...; y a m me da dos reales cada vez que es su santo..., y yo los echo en lo que me da la gana...; y tengo tres muecas de resorte, y un muestrario de botones que le regal a mam para m una modista que quit la tienda...; y tengo dos marmotas de lana para ir al colegio en el invierno..., porque yo voy al colegio, y no a la escuela de zurri-burri, como algunas infelices... que yo conozco..., y puede que no estn muy lejos de aqu. Yo voy a cumplir siete aos; y cuando los cumpla, me dar mam una pechera de imitacin, que ella ya no pone, para hacer unos encajes a la mueca grande; y un seor que viene a casa, me da dos cuartos todos los domingos; y si yo quisiera, me regalara una almohadilla de coser, con su llave de oro y su dedal de plata..., y... y... (Ahora t)--dijo a la nerviosa, que la segua por la derecha; la cual, despus de estremecerse y de mirar con ojos espantados a la solitaria nia, continu: --Pues mi pap es alcalde de toda la villa, y tiene tres casas como tres palacios, y un primo en la corte del rey; y mi mam tiene una doncella que es hija de condes, y siete vestidos para cada hora que da el rel, y una cadena as, as, as de larga, que le cost un milln a pap cuando estuvo en Pars de Francia. Y cuando yo sea grande, me comprarn tres vestidos cada mes, y un rel con diamantes y botas a la emperatriz. Yo voy tambin al colegio con sta; y en mi casa se come principio todos los das, y los domingos se toma caf; y mi pap tiene un perro en la huerta que muerde a las tarascas pegotonas. --Yo soy hija de juez--dijo la que segua a la nerviosilla--; y siendo hija de juez, a mi pap le sirven cuatro alguaciles, de levita, y le llaman _usa_; y adems le pagan una onza cada da todos los espaoles; y cuando va a Madrid, vive en los palacios del rey; y la otra noche me dijo en la mesa que si le tocaba la lotera me iba a comprar una caja de msica. Y mi mam compra los garbanzos por mayor: ayer compr tres libras; y por Navidad nos regalan pavos los seores que van a casa porque tienen pleitos; y yo tengo muchos vestidos, ms de tres, y dos pares de botas, con las que tengo puestas y otro par que me harn para San Pedro, si le cae a pap la lotera; y mi pap es tan poderoso, que manda a la crcel a todo el que quiere, _u_ le manda ahorcar, como ya lo ha hecho otras veces; y si yo le dijera que metiera en la crcel a una pegotona que yo s, en seguida la meta. --Pues en mi casa--continu la delgadita, dejando de chuparse el dedo--todo es un puro merengue. Mi mam no come ms que pastelillos; mi pap, bizcochos; y yo, jalea; y mi hermana Carmen, suspiros. No queremos puchero, porque no es de tono; y por eso a las muchachas les damos hojaldre. Y mi pap recibe todos los aos, de renta, ms de doce sacos de harina, quince arrobas de manteca y dos cajas de azcar de la Habana.... Porque mi pap es indiano, y trae todas las noches mucho dinero a casa, cuando viene de la tertulia, adonde va tambin el juez, el pap de sta; y si no comieran tanta inmundicia algunas nias zanguangas que yo s, no estaran tan pringosas y tendran mejor educacin. --Toda mi casta--dijo la ms seria y conceptuosa--viene de reyes; y en mi casa las camas son de oro y las ropas de seda de la India; y si mi pap gana el pleito que le defiende el pap de sta, ensanchar la huerta en ms de otro tanto...; y como soy tan fina por principios, cuando me apesta una nia ordinaria, se lo digo, y al sol. --Pu... pu... pues yo--concluy la sexta, que era bastante tartamuda--ta... ta... ta... tamin.... Or esto y soltar la carcajada la nia, hasta entonces taciturna y desdeada, fu una misma cosa. --Y se chancea!--exclamaron admiradas las otras. --Ta... ta... ta!--repeta entre carcajada y carcajada la burlona. --El demonio de la...! --El diantre de...! --Miren si...! Atreverse a burlarse de una nia fina! --Y s; y me ro. Y qu? Ta... ta... ta.... --Ahora mismo voy a decrselo a mi pap--exclam la que nos dijo ser hija del juez. --Y dile de paso que pague los doscientos reales que debe a mi padre--replic con desgarro la amenazada. --Ay, qu atrevida! --Djate, que yo traer el perro--dijo la nerviosa. --Fachenda traers t! Y no tendrs tanta cuando le ajusten las cuentas a tu padre en el Ayuntamiento. --Ay, qu bribona! --Chismosas! --Pegotona, aceitera! --Hambronas! Tramposas, ms que tramposas! --Aldeana! Tarasca! --Golosas! Relambidas! --Ta... ta... ta... tab... tabernera!--logr decir la tartamuda, despus de un esfuerzo desesperado. --Tar... tar... tartajosa!--la contest, remedndola, la otra. En esto se oyeron muy cercanos los ladridos de un perrazo. La del alcalde, pensando que era el de su huerta, que vena a vengarla, comenz a gritar: --Aqu, chucho, aqu!... ntrala, ntrala!... --A ella, chucho, a ella, que aqu est!--gritaron a coro sus amigas. La amenazada chica comenz a mirar, asustada, en todas direcciones, y aunque no se vea el perro, como los ladridos se oan cada vez ms cerca, di a correr desesperadamente, buscando la entrada de la villa por un atajo. --A ella, chucho!--seguan gritando las otras--. Cmela, cmela! Y viendo que el perro no apareca, siguieron a la fugitiva arrojndole piedras, con una de las cuales la descalabraron al fin. --Que me matan!--grit la pobre chica llevndose las manos a la cabeza. Pero cuando, al retirarlas, las vi manchadas de sangre, su espanto no tuvo lmites, y sus alaridos pudieron orse desde media legua. Entonces retrocedieron aterradas las perseguidoras, cuya intencin no alcanzaba ms que a meter miedo a la fugitiva; pero al volver a la alameda, se hallaron con el perro que, por desgracia, no era el del alcalde. Acabaron de aturdirse en su presencia, y huyeron a la desbandada; mas el animal, a una quiero y a la otra la dejo, hartse de romper vestidos; y sabe Dios qu ms hubiera roto, si a los gritos y a los ladridos no hubieran acudido algunas personas que ahuyentaron a palos a la fiera, y condujeron al pueblo a las inocentes criaturas, bien merecedoras del susto que pasaron si se les toma en cuenta lo que hicieron padecer a la pobre descalabrada. CAPTULO IV Esquina a la plaza y a una de las calles que desembocaban en ella, haba una casa ms pequea que cuantas la seguan en la fila. Debajo del balcn del nico piso que tena, y sobre la puerta principal, se lea, en un largo tablero coronado con las armas de Espaa, lo siguiente: ESTANCO NACIONAL ESTABLECIMIENTO DE SAN QUINTN LQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES Penetrando por aquella puerta, se vea la razn del letrero en un mostrador sobrecargado de cacharros menudos; en una gran aceitera con canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente de otras tantas denominaciones; en una estantera espaciosa, ocupada con paquetes de cigarros y de cajas de cerillas, libritos de fumar, grandes pedazos de bacalao, tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros artculos, tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en algunas mesas simtricamente colocadas fuera del mostrador; en tal cual barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban entre la obscuridad del fondo..., y en otros mil detalles propios de semejantes establecimientos, los cuales conoce el discreto lector tan bien como yo. Detrs del mostrador estaba sentada, haciendo media, nuestra antigua conocida Juana, la mujer de Simn Cerojo. Como ste, haba engordado y echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto corte presuntuoso. Pero, al revs que en su marido, su entrecejo se haba ido frunciendo, y todo su semblante agriando, a medida que la suerte fu favorecindolos. Porque la suerte los haba favorecido. Para convencerse de ello, bastaba echar una mirada a su establecimiento, en una sola de cuyas secciones haba ms capital empleado que el que representaba toda la antigua abacera..., y permtaseme una corta digresin a este propsito. Merced al estanco que obtuvo Simn sin dificultad, a los ahorros que trajo de la aldea y al crdito, aunque muy limitado, que no tard en abrrsele en algunos depsitos al por mayor, en el primer ao de establecido en la villa duplic su capital. En el segundo se dedic, por extraordinario, a hacer ligeros prstamos, bien garantidos, a un inters variable, segn las personas y las circunstancias: entre una peseta por duro a la semana, si el menesteroso era jugador de aficin bien puesta, y treinta por ciento al ao, si era _artista_ establecido convenientemente. Esta nueva industria le permiti ensanchar un tanto sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir los dos aos de su estancia en la villa, se encontr con un capitalito de ms de seis mil duros, libre y desempeado. Entonces se hizo _caldista_ de veras; es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y aguardiente, sino que surti de estos artculos su establecimiento, por mayor; lo cual le permiti hacer prstamos ms en grande, ms a menudo y en condiciones de mayor atractivo.--Resultado de estas y otras combinaciones: que el da en que nos hallamos con Simn en las Casas Consistoriales y con Juana en su establecimiento, eran dueos de la casa que ste ocupaba, de lo que la tienda contena y de un respetable sobrante en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor de muchos miles de duros. Por este lado, pues, los asuntos de Simn y de Juana haban marchado viento en popa. No as los dems; es decir, aquellos que se relacionaban ntimamente con la vanidad de Juana, y las no ms cortas, aunque ms disimuladas, aspiraciones de Simn. Todos los esfuerzos de la primera, todas sus meditaciones, todos sus desvelos y todas sus consultas al espejo antes de darse a luz en los sitios ms pblicos de la villa, hecha un brazo de mar y cargada de relumbrones, no lograron colocarla en jerarqua ms alta que la correspondiente al nombre de _la tabernera_, con el cual se la design desde el primer da en que se hizo notar por sus humos estrafalarios. Aunque poco avisada, no desconoci que este descalabro la alejaba para siempre, en aquel centro, de la altura a que haba querido trepar de un salto. El primer efecto de una presentacin jams se olvida en la sociedad, mxime cuando sta es reducida y presuntuosa. Bien penetrada de esta verdad, Juana la sinti en su alma, como un toro siente en el morrillo el primer par de banderillas; hzose ms spera y brutal que de costumbre, y se prometi arrollar cuanto hallara por delante, creyendo demostrar as, mejor que con dulzura y sencillez, que era tan digna como la ms encopetada de ocupar el puesto que no se le conceda. Con esto consigui adquirir en la villa cierta celebridad que acab de exasperarla. Un solo ejemplo dar la medida de la altura a que haba llegado la insensatez de Juana. Menudeaban all los bailes y las _recepciones_ entonadas, a maravilla; y, naturalmente, nadie se acordaba de invitar a _la tabernera_. Pues estas _desatenciones_ sacaban de quicio a Juana.--Yo bien conozco, deca, que no estoy _todava_ al corriente de esas ceremonias, y me guardara mucho de concurrir a ellas; pero la voluntad es lo que se agradece. Por qu no se tiene para m un mal recado de atencin, por lo mismo que soy forastera? Se les caera la venera a algunas de esas fachendosas por acordarse de m, que soy ms rica que muchas de ellas? Pues no parece sino que todas son marquesas! Y el marido de la una vende pao de Munilla y sogas de esparto, y el de la otra _pecajuana_ y _engento_ de soldado, y me debe a m hasta la sal con que sazona lo poco que come!... Pues vinos y jabn vende mi marido. Qu ms da lo uno que lo otro? Saturada tambin de estas mximas su hija, apenas comenz a concurrir al entonado colegio en que quiso darle educacin su madre, hubo que retirarla de l. Era ya la nia medio montuna por naturaleza, y con las predicaciones de Juana lleg a hacerse indomesticable. En los cuchicheos, en las sonrisas, hasta en los juegos ms inocentes de sus compaeras, vea burlas y desprecios; y en esta creencia, las pona a todas como ropa de pascua; se pegaba con algunas, y conclua por volver a su casa, todos los das, llorando soados agravios hasta de sus maestras. De este modo la nia se hizo tan antiptica a sus condiscpulas, como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la retiraron del colegio y la enviaron a la escuela pblica, donde, segn el parecer de Juana, no la enseaban tanto, pero se la miraba con el respeto debido. Ms de tres aos de martirio llevaba la mujer de Simn al encontrarnos con ella de nuevo, no porque se fijase en que en la villa se haca con ella lo que ella haba hecho con los dems en la aldea, ni porque suspirara por volver a recuperar su pequeo trono abandonado; no, en fin, porque le atormentasen la memoria los atinados consejos del anciano seor cura, sino porque deseaba un campo ms ancho en que explayarse, otro mundo ms revuelto en que campar por lo que se era y no por lo que se haba sido. Y un da y otro da predicaba a su marido la conveniencia de establecerse _en grande_ en la capital de la provincia, donde, segn ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres envidiosos. Oala Simn sin soltar prenda, y aun haciendo como que no la oa; pero la verdad es que en el fondo de su corazn detestaba de la villa tanto como su mujer. Simn no poda perdonar a aquella gente el que se le tratase como a persona de poco ms o menos, en los momentos ms crticos para la vida de los pueblos, y, por consiguiente, para la de los ciudadanos, como l deca en ms de un monlogo que no lleg a or su mujer. Se pagaba muy poco de que no se acordasen de l para invitarle a un baile particular, o a una tertulia de ms o menos tono; pero que nunca hubiera para su nombre un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le agregase jams a una comisin de respeto que haba de representar ciertos intereses del pueblo en el Gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante el Municipio mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase de buena gana, su opinin en tal cual corrillo formado en la plaza por personas de importancia, en que no entraba l sino a fuerza de brazo, como quien dice, o poco menos; que se le tuviera, en fin, por un tabernerillo de tres al cuarto, cosa era que le haca perder su serenidad habitual, y le pona a pique de echarlo todo a trece, aunque no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado a esas miserias de aldea. Pero Simn, que no era tan insensato como su mujer, guardaba estos sentimientos en el fondo del pecho, y, entretanto, iba ocupndose en adquirir alas con que volar.--Por eso se le vea atender con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco... y a sus prstamos garantidos. Odiando tanto como Juana aquella sociedad inaguantable, slo trataba de redondearse lo preciso para darle un adis de despedida y caer en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen en lo ms mnimo su importancia de actualidad las reliquias del pasado. Estaba convencido de que, sin una precaucin por el estilo, en todas partes seran l y su mujer los taberneros de marras, por grandes que fueran sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de la cuestin, estaban perfectamente de acuerdo Juana y su marido. Y dejando esto bien consignado, porque importa, volvamos a tomar el hilo de nuestra historia. CAPTULO V As que la nia descalabrada en la alameda not la presencia del perro entre sus implacables ofensoras, por los ladridos del uno y por los gritos de las otras, contuvo su llanto, y con ntima complacencia, se volvi para presenciar los destrozos que el enfurecido animal pareca estar haciendo en las ropas y pellejo de aquellas mal aconsejadas criaturas. Fuera aqul el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo cierto que a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba vengando a ella cumplidamente.... Pero no era posible que despus de concluir con las seis desventuradas nias la emprendiese con la sptima, por lo mismo que a nadie conoca ni en remilgos se paraba? Esta consideracin tan cuerda, que asalt de pronto la mente de la pobre chica, hzola retroceder; y menudeando los pasos cuanto pudo, y tornando a recordar su herida y a llorar, por ende, lleg a la villa y no par de correr hasta el estanco que conocemos, en el cual entr momentos despus que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba tambin, aunque por distinto sendero, Simn Cerojo, demudado el semblante y apretando los puos de ira. Tanta, que ni siquiera repar en la nia, que, por haberse limpiado las lgrimas con las manos despus de oprimirse con ellas la cabeza, tena la cara manchada de sangre. Pero Juana s, y al punto arroj la obra en que se ocupaba; salt por encima del mostrador sobrecogida de espanto, y tomando a la nia en sus brazos, --Hija ma!--grit--. Qu sangre es sa? Entonces se fij Simn en la nia; y olvidando por un momento sus disgustos, corri tambin hacia ella. --Te has cado?--la pregunt con carioso anhelo--. Te han pegado? Por qu sangras?... Habla, hija ma, por Dios!... La nia, despus de sollozar un rato, refiri, punto por punto, cuanto la haba ocurrido. --Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del alcalde--exclam Simn en seguida, con rencoroso acento--son las que ms te han injuriado, porque tenan a menos jugar contigo!... Las hijas de esos personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par de duros para comer aquel da, o media docena de onzas para apuntarlas a una carta, o pagar una trampa que podra ponerlos en vergenza..., si alguna les queda!... Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de sacrsela a la cara..., y a algunos ms tambin! Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenz a lavar con agua fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante. Y tranquilo ya sobre este punto, Simn refiri a su mujer cuanto haba ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la Casa de Ayuntamiento recargando un poquillo los colores, a fin de que resultasen ms justificado su enojo y de ms efecto sus _discursos_, que repiti al pie de la letra. --Y qu piensas hacer despus de tanto desengao como vas sufriendo y de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de levita?--pregunt Juana, que no desperdiciaba ocasin de hablar de su pleito. --Qu pienso hacer?--dijo Simn con su poquito de rescoldo--. Lo que estoy pensando tres aos hace, desde que conoc que en esta recua siempre haba de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a ms de cuatro fachendosos a la vergenza pblica, y largarme en seguida con la msica a otra parte. Juana vio el cielo abierto. --Lo mismo que yo te he dicho tantas veces!--exclam, retozndole la alegra en el semblante--. Qu necesidad tenemos nosotros de sufrir lo que aqu estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, cunto no podramos ganar establecindole en la ciudad? --No, Juana, no!... Basta de taberna! Si con ella entrramos en la ciudad, _taberneros_ seramos hasta el fin de los siglos. Y si con ser taberneros, aunque ricos, nos conformramos, yo no saldra de esta villa, donde he ganado en cuatro aos una riqueza, y podra ganarla mayor en poco ms. Pero hay una _noble ambicin_ que manda en ti y en m con mayor fuerza que los tres ochavos de una buena ganancia; y esa ambicin est reida con las manos manchadas de vino tinto y con las ropas que huelen a anisado. As, pues, ya que las alas me lo permiten, saldremos de aqu _volando por alto_, para que en la ciudad se vea _cmo caemos_, pero no _de dnde venimos_. Este es el modo; que, segn yo llevo observado, desde _nada_ a _bastante_ estn los ascos y los reparos; desde _bastante_ para arriba, ya todos somos iguales, y todo nos est bien.... Nosotros tenemos _lo bastante_: quin ser capaz de probar que no tenemos hasta _de sobra_? No s lo que dira a esto el cura de mi pueblo; pero llevo corrido ya mucho mundo y tratados muchos hombres, y a mi experiencia me agarro. Lo que Simn ignoraba con respecto al seor cura, lo sabemos nosotros. Cuando alguno de sus feligreses le deca: --Sabe usted, don Justo, que Simn se va saliendo con la suya?..., que ya es hombre rico? --No lo dudo--contestaba el santo varn--. Pero le dan ms importancia?..., es ms feliz que aqu? Este es el problema. CAPTULO VI Para volver a encontrar al protagonista de esta verdica historia, no nos bastara ya la luz del candil de su taberna. Tal se ha borrado la huella de sus pasos en los quince aos que van corridos (y perdonen ustedes el modo de sealar) desde que le omos hablar lo que fielmente consta al final del captulo anterior. Pero es el caso que tenemos que hallarle; y como podra llevar muy a mal que lo intentramos indagando aqu y all por los pelos y seales de su vida pasada, lo cual, por otra parte, no nos conducira al fin que nos proponemos, ya que, por especial privilegio que gozo, me es posible dar con l a la primera tentativa, vngase el lector conmigo para acabar ms pronto y evitar un mal rato a nuestro personaje. Estamos en la ciudad, en una de sus calles principales y frente a un portal no muy limpio, pero s muy espacioso; subimos el primer tramo de la ancha escalera que de l arranca; atravesamos, sin detenernos, la puerta del entresuelo, en la cual se lee, sobre bruida chapa metlica, el siguiente letrero: SIMN C. DE LOS PEASCALES; prescindimos de cuanto se halla a nuestro paso al entrar en un saln largo y estrecho; cruzmosle en toda su extensin, y nos detenemos a la puerta de un gabinete. All hay un alto escritorio de caoba, sobrecargado de libros y papeles; algunas banquetas de gutapercha, dos mapas, un barmetro, un aguamanil y pocas cosas ms por el estilo. Adjunta al escritorio hay una butaca, y embutido en ella, un hombre como de cincuenta aos de edad, frescote, de cara ancha y risuea, con recortadas patillas grises, gorro de terciopelo azul, lujosa bata, blanca pechera y leve corbata de raso negro sobre holgadas y relucientes tirillas. Ese hombre, lector amigo, absorto a la sazn en el examen de algunos papeles llenos de nmeros de varios colores, es, para ti y para m... (pero cuidado con que se lo cuentes a nadie!), Simn Cerojo; para la sociedad en que vive, _el seor don Simn de los Peascales_, y para la plaza mercantil en que figura en primera lnea, SIMN C. DE LOS PEASCALES. Aquella carpeta y aquel gabinete son _su despacho_; y esas personas que trabajan silenciosas en modestos atriles en el saln en que estamos, los dependientes de su casa. Pero aun hay ms. Cuando don Simn suspende, dos veces al da, sus tareas, sube al primer piso; y atravesando alfombradas estancias, alfombradas, as como suena, entra en un gabinete lujosamente amueblado tambin, y all se cambia la bata por un elegante traje de calle; se quita el gorro de la cabeza, en la cual ocasin puede vrsela coronada por una calva nada aristocrtica por cierto, y se pone el grave, reluciente sombrero de copa. Antes de salir a la calle pasa a otro gabinete frontero al suyo, con la aparatosa sala por medio; y all encuentra, ordinariamente solas, y rara vez con _visitas_, a una seora tan gruesa como l, dura de semblante y rica aunque charramente vestida, y a una joven como de veintids aos, ancha de hombros y caderas; bien destacada de pecho; de ojos y cabellos negros como el azabache; de blancos dientes y moreno cutis; bien proporcionada y airosa de talle, y vestida con todo el rigor de la moda...; una buena moza en toda la extensin de la palabra. Estas dos seoras son la esposa y la hija, respectivamente, de don Simn; dcelas ste adis desde la puerta, si estn solas, o saluda cumplidamente a las personas que las acompaan, y sale en busca de sus amigos para dar el acostumbrado paseo. Si no se trata de salir a la calle, sino simplemente de almorzar o de comer, usa el mismo ceremonial, pero sin quitarse la bata ni el gorro; y cuando una doncella avisa que est la sopa sobre la mesa, pasa la familia al elegante comedor, y all se hace servir una bien sazonada comida; despus de la cual, _echa_ don Simn una hora de siesta sobre la cama; _descabeza_ el sueo su seora en una butaca, y medita, o lee, o mira por los cristales a la calle la repolluda muchacha. Y en este _tono_ todo lo dems inherente a la vida domstica y social de esta _respetabilsima_ familia. * * * * * Amigo lector, me cargan las digresiones; pero hay casos en que no puede prescindirse de ellas, y ste es uno de esos casos. T seras el primero en negar la verosimilitud de esta ltima transformacin del _abacero_ de marras; y yo quiero que no se dude de la realidad de mis personajes, sobre todo cuando escribo historia pura. Conque rmate de paciencia, y escucha, que yo procurar ser breve y hasta entretenido. CAPTULO VII Firme en sus manifestados propsitos de abandonar la villa tan pronto como le fuera posible, Simn Cerojo, desde el da en que le omos hablar de ello con su mujer, se consagr exclusivamente a realizar, pero con mucho pulso, sus existencias y crditos; indispensable tarea que le ocup algunos meses. Cuando tuvo su caudal entero en el bolsillo, como quien dice, y despus de haber sacado a la vergenza pblica a algunos de sus deudores que ms le haban atormentado el amor propio; despus, repito, de haber puesto en evidencia ante la villa entera los apuros de unos y las perpetuas trampas de otros, dejando, de este modo, encendida una guerra civil entre muchas de aquellas encopetadas familias, tom de su caudal una pequea parte, y se dijo:--Esto (el caudal) _para las alas_, y esto (el pico) _para pintar__las_.--En seguida se meti con su familia y con su tesoro en la diligencia, y se larg a Madrid; buena escuela, como l deca, para tomar aire y tono que lucir despus en la ciudad. Ya en la corte, puso a su hija en un buen colegio, con promesa de no sacarla de l mientras no estuviera completamente instruida en cuanto poda saber la seorita ms encopetada; y con este fin, pag rumbosamente, por adelantado, las estancias de un ao, y prometi hacer lo mismo en los sucesivos. Libre de este cuidado, consagrse a recorrer con Juana paseos, teatros y toda clase de espectculos, estudiando aqu las exigencias de la moda, y all la manera de lucirlas. Pero su entretenimiento favorito era el Congreso; y ya con su mujer, ya solo, rara era la sesin que l no presenciara desde la tribuna pblica.--No se habr olvidado que Simn era muy dado a la poltica y a la elocuencia.--Por eso buscaba all una buena escuela en que nutrir sus inclinaciones; no precisamente porque esperase utilizarla algn da desde aquellos lujosos escaos, como padre de la patria, sino porque _un buen decir_ le juzgaba l indispensable para entrar con desembarazo en el terreno al cual pensaba trasplantarse en breve. Y como si la suerte se complaciera en allanarle todos los caminos que emprenda, dale la corazonada de jugar un billete a la lotera, y le _cae_, como quien nada dice, ms de medio milln. Este golpe inesperado le puso a pique de desbaratar sus maduros proyectos, excitndole a darse por satisfecho de los mimos de la suerte, y a quedarse a vivir de sus rentas en Madrid. Pero como en Simn haba algo ingnito que le obligaba a caminar siempre, aunque sin fijarse en el punto de parada, desech la tentacin fundndose en que Madrid era demasiado grande para que nadie reparara en un hombre como l; y l quera, por ms que no lo intentara en una forma concreta, descollar, un poquito siquiera, sobre el comn de las gentes que le rodearan. Lo nico que hizo, que no haba pensado hacer al salir de la villa, fu permanecer en Madrid cuatro meses en lugar de uno, y adquirir esos tres grados ms de civilizacin que lucir en la ciudad. Cuando, tanto l como su mujer, creyeron bastante borrados en sus personas los rastros de la taberna, tom Simn letras sobre la capital de su provincia; y bien provistos de ropa los bales, sali con Juana de Madrid, dejando muy recomendada a la nia en el colegio. Su nica pena al abandonar la corte fu el no haber podido encontrar en ella a _su general_, que, sin duda, se hubiera alegrado al conocer la rpida transformacin ocurrida ltimamente en la fortuna del humilde asistente; pero _Su Excelencia_ haba andado aquella vez ms torpe que de costumbre en el pronunciamiento que fraguaba para adquirir honradamente el segundo entorchado; sorprendile el Gobierno, y le desterr a Filipinas, pocos das antes de llegar Simn a Madrid. Calculen ustedes el efecto que causara en una plaza mercantil de segundo orden la aparicin de un hombre que se anuncia con letras de cambio, a cargo de las principales casas de comercio, por valor de ochenta mil duros, pagaderos a tocateja. Excitada vivamente la pblica curiosidad, hablse largamente del suceso, suponindose, no sin fundamento racional, que persona que tales recursos traa _a la mano_, mucho ms deba de tener en reserva. Hubo quien, puesto ya el caso en el terreno de las indagaciones, asegur haber _odo algo_ muy parecido a lo que el lector y yo sabemos de la historia de nuestro personaje; pero como los nombres de uno y de otro no coincidan exactamente, y haba quien aseguraba muy formal que el recin llegado era un rico negociante de Madrid que haba trasladado su residencia, call la murmuracin y tomsele de buena gana, a pesar de ciertos resabios de mal gnero que de vez en cuando le asomaban, y sobre todo a su mujer, por un seor de importancia, muy rumboso adems y muy atento.... Y esto s que era la verdad pura. Veamos ahora por qu no coincidan los nombres del Simn de la ciudad y los del Simn de la aldea. Observ ste, viviendo en la villa, que cuando su apellido Cerojo (sinnimo de _ciruelo_ en el pas) se pronunciaba recio en ciertas solemnidades, causaba en el pblico un efecto desgraciadsimo; y queriendo evitar en lo sucesivo los inconvenientes a que esta circunstancia pudiera dar lugar, resolvise, al salir de la villa, a firmar en adelante con otro apellido que, sin dejar de ser de su familia, fuera menos vulgar que el primero de los de su padre. Tarea harto difcil, en verdad; pues al pasar revista, de memoria, a toda su ascendencia por ambas lneas, se encontr con que sta pareca formada en un bosque virgen, segn eran sus antepasados _Carrascas, Bardales, Cajigas y Abedules_. Al cabo, entre lo ms remoto de su progenie, hall ciertos _Peascales_ que le convinieron, pues sobre salirse este apellido de la rutina forestal de los dems, amn de ser muy sonoro, tena sus ribetes de empingorotado. Pero no era cosa de prescindir totalmente del que haba usado hasta entonces, por ms de una razn que tuvo presente. As es que, en sus propsitos de conciliario todo, resolvise a adoptar en adelante, para todo documento de carcter particular y privado, la firma a secas de _Simn de los Peascales_; y para los que tuvieran relacin con su vida pblica, es decir, para _nombre de guerra_, el ms aparatoso de _Simn C. de los Peascales_. Como el ya _don_ Simn no conoca bien al pormenor el carcter de la plaza mercantil en que se haba establecido, dedicse el primer ao, y mientras la estudiaba a fondo, a descuentos ventajosos y prstamos sobre fincas; negocios que le proporcionaron cmodas y pinges utilidades. Al siguiente, ya se matricul como comerciante capitalista. Al tercero, _bot_ dos barcos a la mar. Al cuarto, todo lo anterior, ms dos magnficas casas en construccin en lo mejorcito de la ciudad. Al quinto, era su firma una de las ms respetables de la plaza, y de las ms respetadas fuera de ella. Entonces le avisaron de Madrid que su hija estaba al corriente de cuantas materias de utilidad y adorno podan ensearse a una joven de la _buena sociedad_, y fu con su seora a recogerla. Mas en lugar de volver directamente a casa, hicieron los tres un rodeo por Pars; y con la disculpa de que el padre deseaba resarcir a su hija de la larga reclusin en que la haba tenido, estuvo la madre un invierno entero _perfeccionando_ su civilizacin en la capital de Francia, escuela que no desaprovech el marido para tomar nuevas tinturas de _hombre del da_. De retorno de este viaje es cuando, verdaderamente, se ve darse a luz a la familia de don Simn. ste, muy afecto siempre a estudiar en el libro de su experiencia, recordando lo ocurrido en la villa con las intemperancias de su mujer, trat de que, en lo posible, no se reprodujera en la ciudad. Y digo en lo posible, porque demasiado conoca el ex tabernero que, a pesar de todas las podaderas de la civilizacin, _doa_ Juana haba de soltar las bellotas en cuanto se la sacudiera un poco. Proponase don Simn sacar partido del caudal de nociones de cultura que indudablemente traera su hija del colegio para dar a sus salones y a su seora cierta entonacin que doa Juana no poda prestarles, y tener siempre en la joven una especie de tribunal de consulta para los casos de apuro. Quiero decir que hasta la vuelta de Pars de toda la familia, no se estableci sta a la altura de sus recursos, ni don Simn consinti a su mujer que abriese sus salones ni adquiriese otras visitas que las ms indispensables. Por supuesto que, as y todo, por debajo de los damascos de la _gran dama_ asom ms de una vez el mandil de la taberna. Pero qu se le haba de hacer? En cambio, se declar aquella casa, desde entonces, el centro de la buena sociedad del pueblo; y a doa Juana se le caa la baba de placer con las atenciones de que era objeto: sinceras unas, es verdad, por tratarse de gentes no mucho ms avisadas que ella, e hijas otras de la diablica intencin de dar pbulo a las majaderas de la encumbrada lugarea; pero interesadas todas, porque, al cabo, en aquella casa se bailaba mucho y se cenaba bien, lo cual en ninguna parte se desdea en estos tiempos. Felizmente, Julieta (no s si he dicho antes de ahora que as se llamaba la nia) era sumamente precoz en su desarrollo fsico, y no atrasada en el intelectual; de modo que su madre tuvo en ella, no slo un auxiliar activo, sino un prudente consejero para _hacer los honores_ de su casa desde el momento en que sta se declar, como se ha indicado, centro del _buen tono_ de la ciudad. Y as fueron corriendo los aos. Don Simn, acrecentando en cada uno prodigiosamente su caudal, sin duda por aquello de dinero llama dinero; doa Juana, sudando placer y vanidades por todos los poros de su cuerpo, y Julieta transformndose en una arrogante moza, desesperacin de imberbes, codiciada de talludos y obsequiada de todos. En esta poca floreciente es cuando el carcter de don Simn _hace crisis_; o mejor, cuando don Simn _entra en carcter_. Ya no es hombre que ama las situaciones _eminentemente_ liberales porque en ellas cada uno puede hablar de cuanto le acomode, aunque no lo entienda; al contrario, es apasionado defensor de los gobiernos _de orden_, que sin negar al tiempo las libertades que le corresponden, sostengan a cada uno en su esfera, y no alimenten, en _ciertas clases, insensatas ambiciones_. Odia toda suerte de tiranas; y por lo mismo, no dejndose imponer de sus braceros y empleados, despus de regatearles cuarto a cuarto sus jornales, les paga _religiosamente_ lo convenido. Tambin es filntropo; y si no se le ve prdigo con los pobres que llegan a su puerta, no es por falta de buen deseo, ni por sobra de economa, sino porque no quiere alimentar vicios ni fomentar la vagancia. Cree en el progreso moral de los pueblos; pero bajo la direccin _paternal_ de los gobiernos, y con el esfuerzo... de los aos. En cuanto al progreso material, le protege rumbosamente; pero alrededor de su casa, como, en su concepto, debe hacer todo ciudadano, a fin de que el progreso llegue a sentirse y a palparse en todas partes.--Ha comprado muchas tierras en su aldea, y las ha distribuido entre sus antiguos convecinos... a renta; pero dispensando a stos el favor de no embargarles la manta de la cama cuando, por bien probada necesidad, dejan de pagarle... un ao; al segundo ya vara de conducta, si el _abuso_ se repite; y esto, nicamente por respeto a su derecho, no porque necesite para nada las mseras economas de aquellos pobres campesinos. No ha reformado con una mala teja su antigua casita de la plaza, ni ha vuelto a poner en sta los pies; y se comprende en un hombre de sus circunstancias; muerto el seor cura, don Justo, qu otra persona quedaba all con quien pudiera entenderse l? Por lo dems, contina siendo el hombre dado a las grandes frases y al aplomo en el decir, y no ha enriquecido su erudicin ni reformado su ortografa; pero aqulla no la necesita en la vida que trae, ni sta le es indispensable, dictando, como dicta, hasta su correspondencia particular. Y en cuanto a sus peroraciones frecuentes, vayan ustedes a conocer que aquellas palabras _culminantes_ de su oratoria, que son su delicia, las escribe con _q_! Lejos de perjudicarle esto en su importancia, todo el mundo se la concede para todo; as es que, al creer lo que afirma la opinin pblica, don Simn es _una gran persona_, es decir, prudente en el consejo, elocuente en emitirle, rico de hacienda, honra del comercio, provecho de la ciudad, benemrito patricio, y cuanto ustedes quieran. Adase a esto que sonre muy poco, y que jams se re; que se afeita todos los das, y gasta una ropa muy fina y muy holgada; muy destacados el pecho, los cuellos y los puos de su camisa, y muy abarquilladas las alas del sombrero; adanse, digo, estas gravsimas circunstancias, y se comprender mejor por qu don Simn ha llegado a ser, en la regin que habita, el hombre indispensable: indispensable en las juntas, indispensable en las comisiones de dentro y fuera, e indispensable en el Municipio, que ya no sabe qu hacerse si l no lo preside. Don Simn, pues, es ya todo UN HOMBRE DE PRO; y para que nada le falte, hasta tiene la conciencia de su importancia. Y la tiene, no porque se lo dicen los que le inciensan, sino porque una vez, vindose tan alto, di en mirar a su alrededor, y observ que as en la plaza como fuera de la plaza, los hombres que daban vida a los pueblos modernos e impriman carcter a la poca, ni eran de ms noble estirpe, ni ms sabios ni ms ricos, ni tenan mejor ortografa que el. Entonces, penetrado de la grandeza de su alta jerarqua, perdi hasta aquellos pocos arranques que le quedaban de expansiva franqueza, y se hizo solemne y ceremonioso aun en los actos ms triviales de su vida. Y aqu enlaza, lector amigo, el asunto de que tratbamos en el captulo anterior; es decir, concluye la digresin y contina la historia. CAPTULO VIII Haba en aquella ciudad, como hay en casi todas, un centro o crculo o _casino_ para esparcimiento del espritu de ciertas personas que pasaban la vida bregando por enderezar la varia suerte de los negocios de lucro; y haba entre los socios muchos que, no gustando del juego, aunque lcito, ni de otras recreaciones toleradas en el establecimiento, formaban una camarilla _sui generis_, especie de senado moderador de la ebullicin que reinaba constantemente en gabinetes y pasillos; el cual senado, _auctoritate propria_, se instalaba siempre en el saln principal. Componanle los hombres ms _serios_ de la banca, del foro y de la propiedad urbana; y con decir que eran _muy serios_, dicho queda, conforme al rigorismo de la moderna _bourgeoisie_, hasta qu punto era entre ellos poco menos que un pecado mortal la risa franca y desenvuelta. Pero no as la sonrisa, que la conocan y la usaban, aunque sobriamente, en todos sus caracteres y expresiones. Porque es de advertir tambin que aquellos seores no aceptaban ms que el _justo medio_ de todas las cosas. Con esto creo excusado decir que en poltico eran todos hombres _desapasionados, de orden y de progreso racional_, implacables enemigos de toda afirmacin absoluta, o segn su lenguaje, _de toda exageracin_. De esto se desprende, a su vez, que esa misma poltica slo la aceptaban como un motivo ms de conversacin en sus expansiones amistosas. Y para que la tarea les fuera an ms fcil, tomaban por base de sus disertaciones los ingeniosos conceptos de cierto peridico, al cual haban subordinado ciegamente su criterio. El tal peridico no asentaba jams un principio sin un _pero_; no mostraba un color que no pudiera confundirse con otro a la ms leve interposicin de una frase artificiosa, que nunca faltaba a la mano. Pasaba por reaccionario entre los liberales, y entre los reaccionarios por liberal; no haba situacin poltica _bastante_ buena para l mientras imperasen sus ideas, ni _bastante_ mala cuando no imperaban. Era su estilo ampuloso, sonoro, claro en apariencia, turbio en el fondo, meloso siempre y seductor por estudio; y saltaban a la vista, en el momento de fijarla en sus columnas, las palabras _orden, progreso, paz, religin y patria.._. Era, en substancia, la representacin escrita del espritu yerto de la poca en que se daba a luz; pero hasta el punto de dudarse si proceda de tal padre, o, al contrario, si era l quien haba formado ese espritu; quien alimentaba y nutra el alma de esa nueva raza, verdadera plaga del siglo que corre; raza sin convicciones, sin fe, sin entusiasmo; que llaman _orden_ a todo cuanto le garantiza una tranquila digestin, y _progreso_ a cuanto redunda en aumento de su caudal; que entiende por _patria_ su hogar domstico, y por _sociedad_, un conjunto de ciudadanos _matriculados_ para vender y comprar, tranquilamente, fardos de algodn, harinas de Castilla o papel del Estado; raza que transige con todo, menos con que se suba un cuarto la libra de pan. A esta raza pertenecan los hombres de la citada camarilla, en la cual se daba siempre a don Simn la butaca de preferencia, no tanto por la importancia mercantil de ste, cuanto porque nadie lea mejor que l, con voz ms recia y sonora, ni con mejor _sentido_, los artculos de fondo del peridico, todas las noches, a los congregados. Pero vamos al caso. Aquellos hombres, que haban visto sin alarmarse, durante muchos aos, cmo cundan y se propagaban ciertas tendencias _niveladoras_, y cmo se iba rebajando poco a poco el carcter nacional, corrompiendo aquel conjunto de cualidades que un da hicieron del tipo espaol el modelo proverbial de los caballeros; aquellos hombres, digo, que haban visto todo esto y mucho ms, sin temblar por el da siguiente, observaron una vez que las predicaciones, que las tolerancias, que las concesiones, que toda aquella poltica de _ancha base_ que encomiaban a destajo y en la cual crean sin conocerla, estaba dando ya sus frutos naturales y lgicos; que aquellas _muchedumbres_ por las que nada haban hecho ellos nunca, y de las que jams se haban acordado sino para explotar su trabajo a cambio de un mezquino pedazo de pan, se alzaban imponentes, en virtud de las alas que les prestara una libertad mal entendida; que aquella _canalla_, como ellos llamaban a la multitud desheredada cuando sta era dcil, se aprestaba, con la tea en la mano, a imponerse al mundo entero y a transformar, en un instante dado, el modo de ser de la familia y de la sociedad. Y all fu el temblar de la voz y el crujir de los dientes!... Porque temieron por sus casas, por sus campos, por sus fbricas, por sus tesoros; es decir, su Dios, su patria, su alma. --Pero es preciso defenderse!--exclamaron, resueltos a hacer una hombrada. Y poder del egosmo! Aun en aquella triste situacin, pensaron, ante todo, en sacar la sardina con la mano del gato. Nada dir del temple del arma que eligieron para tan ruda batalla. El lector va a conocerle, y dir de l lo que mejor le parezca. Yo, mero historiador, a los hechos me atengo, y sos voy a referirle. Abrase, a la sazn, una campaa electoral para padres de la patria; y, segn los sujetos de quienes vamos tratando, nada ms eficaz contra la tormenta que les amenazaba, que enviar al Parlamento _hombres de orden, de progreso racional, enemigos implacables de toda exageracin_, y ricos e independientes, por contera. Pero, concretndose a aquella localidad, quin, entre todos ellos, era bastante rico, bastante abnegado, bastante generoso, y aun bastante elocuente, para aceptar tamao compromiso con buen xito, y capaz de abandonar, sin partrsele el alma, la direccin de los propios negocios y las comodidades de su casa? Ni siquiera se puso en tela de juicio: don Simn, y nadie ms que l. Una noche se le hizo la proposicin en plena tertulia; y, francamente, no poda habrsele hecho otra que ms le halagara. Quiz se anticipaban sus amigos a un deseo que le embriagaba el alma mucho tiempo haca. No se olvide que don Simn se crey siempre capaz de todo; y tngase presente que cuando lleg a la posicin social en que ahora le hallamos, los lmites de sus aspiraciones se perdieron de vista. Por lo dems, que en el fondo de su conciencia se crea agudo, elocuente, sutil y travieso, ya lo sabemos. Cmo dudar que fu el primero en comprender que nadie era ms digno de ejercer el cargo que quera confirsele? Pero se guard muy bien de darlo a conocer. Al contrario, hzose el pequeo y el indigno, y hasta pidi toda aquella noche para reflexionar. Cuando volvi a su casa, llam a su mujer y le dijo solemnemente: --Juana: la patria reclama mi cooperacin, y necesito hacer por ella el sacrificio de prestrsela. --Que la patria te reclama..., qu?...--pregunt la oronda seora, dudando si la palabrilla se coma o se sembraba. --Que _el pas_ desea que yo le represente en las Cortes--aadi don Simn con parsimonia. Y qu es eso? --Pues bien claro est, mujer. Se trata de que yo sea diputado por esta provincia. --_Carcholes_!--exclam, fuera de s, la _gran dama_, olvidndose en aquel instante de todos los miramientos que la esclavizaban desde que era rica. Frunci el entrecejo el marido al or aquella interjeccin espontnea en boca de su mujer, y dijo a sta severamente: --Te _alvierto_ que esa palabra no es del mejor gusto para dicha por una seora de tus... contingencias. --Djate ahora de eso, que ya se arreglar--repuso doa Juana con un desdn admirable--. Y dime: si llegas a ser diputado, te sentars en aquellos bancos de terciopelo que veamos desde la trebuna? --Es claro. --Y te llamarn _de_ Usa? --Naturalmente. --Y te codears con los ministros? --Es de razn. --Y viviremos en Madrid? --Regularmente. --Y nos publicarn en los papeles? --Puede que s. --Y casaremos a Julieta con un embajador? --No te dir que no, si a mano viene. --Aja! Y con eso espantaremos de una vez tanto moscn como nos zumba aqu alreguedor de las talegas de tu hija. --Ese ser uno de los motivos que ms me animen a llevaros conmigo. --Pues mira, Simn: por si se vuelve atrs y no te ves en otra, coge a ese pas por la palabra. Y como don Simn opinaba lo mismo que su mujer, no durmi aquella noche, contando las horas que faltaban hasta la en que pudiera presentarse _al pas_ para decirle que aceptaba su proposicin... por no desairarle. Amaneci al cabo; y como los instantes son preciosos en tales ocasiones, nuestro personaje no esper a la noche para ver a sus amigos. Busclos en sus casas acto continuo; citronse para el medioda en la del candidato, y en ella se discutieron ampliamente los preliminares de la batalla. Para darla con mejor xito se eligi un distrito rural; designse a cada uno el puesto que le corresponda, conforme a sus relaciones en aquellos pueblos, o a sus influencias, y se disolvi el cnclave, a fin de poner en prctica, sin prdida de un solo momento, el discutido plan. CAPTULO IX Los trabajos preliminares fueron un aluvin de cartas que inund el distrito. Para todos hubo: para el que deba, para el que deseaba y para el que vala, y a cada cual se le hablaba en el tono conveniente. Las que escribi don Simn, menos relacionado que sus auxiliares con la gente del distrito, venan a decir, salvas ciertas _contingencias_ y otras pequeeces de estilo, lo siguiente: Muy estimado amigo y seor mo: Las aflictivas circunstancias por que atraviesa la nacin, obligan a los hombres independientes y de recta voluntad a hacer grandes sacrificios. En tal concepto, y cediendo adems a las exigencias de mis amigos y de otras muchas personas de saber y de arraigo, me he decidido a presentarme candidato _independiente_ para diputado a Cortes por ese distrito, en las prximas elecciones; y como usted es uno de los hombres que ms legtima influencia ejercen en ella, a usted acudo en demanda de su cooperacin, en la esperanza de que me la prestar cumplida; por lo cual le anticipa las gracias y se ofrece nuevamente de usted afectsimo amigo y seguro servidor q.b.s.m., SIMN DE LOS PEASCALES. Las respuestas ms placenteras que obtuvieron estas y otras cartas, fueron como la siguiente: Muy seor mo y amigo de toda mi consideracin y respeto: Grande ha sido mi complacencia y la de mis amigos al tener conocimiento, por su grata del tantos de los corrientes, de que usted se presentaba candidato por este distrito; y desde luego puede contar con nuestra escasa importancia. Pero debo advertirle, para su gobierno, que ya se le han anticipado a usted otras influencias que pesan mucho entre esta gente, por lo cual temo que el xito de nuestra batalla no sea tan cumplido como deseara. De todas maneras, y por aquello de que al ojo del amo engorda el caballo, ser muy conveniente que usted se decida, sin prdida de un momento, a recorrer el distrito. A este fin, y para cuanto le ocurra, me ofrezco de usted, como siempre, afectsimo amigo y seguro servidor q.b.s.m., CELSO LPERO. Hecho el primer estudio del terreno por medio de estos y otros datos parecidos y no ms lisonjeros; odo el dictamen del centro electoral, y corridos los indispensables propios con las necesarias cartas e instrucciones, arregl don Simn la maleta; rellen todos sus huecos con cigarros del estanco; vistise un traje coquetn de camino, hecho _ad hoc_; adorn las manos con sus sortijas ms voluminosas; ech sobre el pescuezo la cadena ms larga, ms gorda, ms relumbrante de cuantas tena; y cabalgando en un rocn de mal pelo, pero de mucha resistencia, parti de la ciudad al amanecer de un da, quince antes del en que haban de dar comienzo las elecciones. Lleg al primer pueblo del distrito, y all le esperaban, a la puerta de un viejo mesn, a cuyos postes y rejas estaban atados otros tantos caballejos enjaezados a la usanza del pas, hasta seis agentes electorales _de nota_. Recibironle los seis sombrero en mano; alarg don Simn la suya a cada uno, con el aditamento de afectuosa sonrisa; y abrindole despus ancha y respetuosa calle, obligronle a pasar, delante, al comedor, donde haba una mesa preparada para docena y media de convidados, y hasta doce nuevos personajes envueltos en burdas capas, que, al ver entrar al candidato, se levantaron y se descubrieron. Estos doce eran los edecanes, como si dijramos, de los otros seis, que bien pudieran llamarse el _estado mayor_ del aspirante a diputado. Ola el saln aquel punto peor que una caballeriza; pues de esencia de ella, de aguardiente, de tabaco _de hoja_ comn y de otras no ms suaves ni voluptuosas, se compona el ambiente que all se mascaba; pero de mbar y ambrosa le pareci a don Simn, juzgndose ya electo con el esfuerzo de aquellos auxiliares, todos famosos en el pas por sus gloriosas campaas electorales. Dise al candidato, por aclamacin, la presidencia de la mesa, y sentronsele a cada lado tres de su estado mayor y seis de los subalternos. Cumplido este requisito, y dichas las indispensables _agudezas_, y hechos los acostumbrados restregones de manos, sirvi una Maritornes, en abismo de sopera, media arroba de fideos; vertise negro y abundante mosto en los vasos al efecto; circul el cucharn de estao de plato en plato; y entre sorbos, resoplidos, eructos y taconazos, dise comienzo a la discusin del punto que all reuna a tan insignes personajes. Segn las noticias tradas por los doce encapotados, que conocan el distrito como la palma de la mano, y acababan de recorrerle todo, cumpliendo previas y acertadas instrucciones de los seis jefes, presentes tambin, la batalla iba a ser muy reida, y ofreca un xito muy dudoso. Tres eran los candidatos que haban de luchar. Uno ministerial, otro de oposicin radical, y otro, don Simn, indefinido, _independiente_. El primero, aunque desconocido en el pas y sin arraigo en ninguna parte, era el ms temible, porque con la tenaza del Gobierno tena cogidos por los cabezones a casi todos los Ayuntamientos. El de oposicin se llevaba las grandes masas _inconscientes_; y en cuanto a don Simn, no contaba en aquel instante ms que con lo que le rodeaba; pero as y todo, bien saba l que no era el ms desamparado de los tres. Haba sonrisas a su lado que valan media eleccin, y gestos y caras y, sobre todo, antecedentes que, cuando menos, le garantizaban una lucha a muerte y una derrota gloriosa. Hzosele saber, como dato muy importante, que el candidato de oposicin daba, a cada elector que le votara, media libra de pan y un trago de vino. Del ministerial nada se saba, porque corra la eleccin por cuenta de los Ayuntamientos, al decir de la fama. Era, pues, necesario, para ganarse simpatas y proslitos, hacer por los electores un poquito ms que el ms rumboso de los candidatos; y como don Simn era rico, y en ciertas ocasiones no se paraba en barras, autoriz a sus agentes para que hiciesen saber en el distrito que l daba a sus votantes lo mismo que el candidato de oposicin, ms dos docenas de castaas, y, en caso de apuro, un cigarro de dos cuartos. Estas larguezas, en opinin de sus auxiliares, podan facilitar algo ms el triunfo. Pero si, en ltimo caso, la batalla ofreca ciertas dificultades, no era don Simn candidato _independiente_? No poda, sin mengua de su dignidad, declararse, _in extremis, adicto_, y obtener de este modo los auxilios del poder, que se los dara con preferencia al otro candidato, simple aventurero poltico? En stas y otras, y devorados por los comensales, amn de los pucheros bien atacados, dos docenas de pollos en salsa, media arroba de carne estofada y una calderada de arroz con leche, reparti entre ellos don Simn un mazo de puros del estanco; encarg a cada uno de los doce subalternos el mayor esmero en el cumplimiento de la comisin que se les haba dado; los favoreci con un afectuoso apretn de manos; pag la comida a los diez y ocho, y los piensos de otros tantos caballos, ms algunas herraduras que hubo que poner a tres o cuatro de los ltimos; y seguido de la consabida media docena de personajes que formaban su estado mayor, baj al corral. All montaron los siete, y partieron a trote menudito, entre las sombreradas de los que quedaban en el mesn y la afanosa curiosidad del vecindario, que haba acudido en masa a las inmediaciones de la venta para conocer al candidato, de cuya riqueza se contaban maravillas en el pueblo. All empezaba para don Simn, si no lo ms difcil, lo ms penoso de la campaa electoral. CAPTULO X Segn lo acordado en la mesa, en ciertos pueblos del trnsito no haba necesidad de apearse, pues no ofrecan la menor dificultad; a lo sumo, detenerse un momento a saludar, por una atencin que sera muy agradecida, a tal cual influyente. Pero, en cambio, haba que echar el resto en aquellas localidades dudosas o adictas al enemigo. Y con estos propsitos, caminando en ala los siete donde el terreno lo permita, o en hilera si el sendero no daba ms de s, pero ocupando siempre don Simn el puesto de preferencia, ensanchbasele el pecho al pobre hombre a impulsos de su vanidad, creyendo de buena fe que todas aquellas deferencias con l guardadas eran hijas de una adhesin espontnea y desinteresada a su persona. Y estaba cansado de or hablar de ciertos caciques de aldea, perpetuos muidores electorales, para quienes es una fiesta acompaar candidatos, y comer ac, y cenar all, y desayunarse en el otro lado con ellos y a sus expensas, y frecuentemente un negocio cada eleccin despus de cada _paseo_! Pues de todo esto se olvidaba don Simn al verse rodeado de tanto _caballero_. Diriga la cabalgata uno de los seis caciques, hombre enjuto, moreno, largo de nariz y penetrante de mirada; casi imberbe, aunque ya picaba en viejo; poco hablador, pero al caso, y desconfiado hasta de su sombra. Conoca, uno a uno y con sus mritos, vicios, resabios y necesidades, a todos los electores del distrito, y, por consiguiente, el modo de interesarlos o de reducirlos. Esta circunstancia era la que ms fuerza y realce le daba como muidor incomparable e irresistible. Era, adems, alcalde perpetuo de su pueblo, y consejero nato de media docena de Municipios limtrofes, y estaba muy bien relacionado con gentonas de Madrid, que le deban favores semejantes al que estaba dispensando a don Simn. Llambase don Celso Lpero, y era el autor de la carta que dejamos reproducida ms atrs. Los otros cinco auxiliares eran por el estilo; pero no tan famosos ni tan fuertes, aunque lo eran mucho, como don Celso. Y volvamos a la historia. Al pasar cerca de un pueblecillo, despus de tres horas de marcha continua, dijo Lpero a don Simn: --Aunque a esta gente la concepto nuestra por completo, ser muy conveniente que se detenga usted un instante a saludar al que la maneja a su gusto. El tal Mayorazgo, que as se le llama, es hombre algo bruto, pero muy pagado de que le mimen y le soben. Al despedirse, dele usted un cigarro; no de los que nos ha repartido en la mesa, sino de los que lleva usted en la petaca para su uso particular. Sin fijarse don Simn en la indirecta de don Celso, psose a sus rdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la casa del Mayorazgo, que estaba en lo ms escondido del pueblo. Sali a abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asust al ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el cierro. Dile las seas de ste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la meseta de una montaa, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la roturacin de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas alturas. Era hombre joven todava y de rostro desengaado. No mostr gran curiosidad al verse acometido por el pequeo escuadrn. Limitse a contestar framente al caluroso saludo que le dirigi don Celso en nombre de los dems, y especialmente de don Simn, a quien present al impvido, diciendo: --El seor es _nuestro_ candidato, don Simn de los Peascales; persona ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en las elecciones, mientras tiene ocasin de pagarle su atencin de otra manera. --Para servir a usted--dijo lacnicamente el Mayorazgo, mirando hacia el presentado. --Muy seor mo--respondi don Simn, descubrindose la cabeza y tendiendo su diestra al del cierro--. Est usted bueno? --Yo bien, gracias a Dios--dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto. --Usted fuma?--le pregunt el candidato sacando la petaca. --Algunas veces, si el tabaco es bueno--respondi el otro. --Pues ah va uno de la Vuelta de Abajo. --Se estima--refunfu el obsequiado mordiendo la punta. --Y qu tal andamos por ac?--preguntle el candidato, deseando arrancar siquiera un gesto de inters a aquel pedazo de brbaro. --Pues... all veremos--contest ste, gastando media caja de fsforos en encender el puro al aire libre. --Eso no hay que preguntarlo, don Simn--observ Lpero--, que de cuenta del seor corre dejar a usted satisfecho. --Pues en ese caso--repuso don Simn comprendiendo a don Celso--, y toda vez que nos falta mucho que andar hoy todava, ya que he tenido el gusto de conocer al seor, slo me resta ofrecerme a sus rdenes para cuanto desee, ahora y siempre. --Lo mismo digo--murmur el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la que le tendi don Simn, y volviendo a mirar a sus cavadores. Cuando la cabalgata se alej de all, don Simn no pudo menos de decir a don Celso, con desencanto: --Si ste es de los que me apoyan en el distrito, cmo sern los que me combaten? Qu puedo prometerme de los dudosos? --No haga usted caso de palabras ni de semblantes, seor don Simn--respondi don Celso--. Ese hombre, como usted le ve, donde pone la intencin mete la cabeza. Est usted seguro de que en este Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. Algo ms duro de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni se decide hasta el ltimo momento.... Y a propsito: tiene usted alguna buena recomendacin para la Audiencia del territorio? --Absolutamente ninguna. --No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados? --Le digo a usted que no. --Ni siquiera a un mal portero? --Aguarde usted.... Pero qui! --Siga usted, siga usted... --Calle usted, hombre, qu majadera! Recordaba ahora que estando paseando, tres meses hace, con un amigo, lleg a saludarle un forastero; y al separarse ste de nosotros, supe que era un primo tercero de la cuada de un amigo del regente. --Pues tenemos cuanto nos hace falta. --Para qu, don Celso? --Ya lo ver usted. Ahora tenga presente que la persona que vamos a saludar es muy arisca y muy agarrada; pero que se lleva a las urnas a todos los electores del Ayuntamiento, y a algunos ms. --Y de qu procede esa influencia?--pregunt don Simn con curiosidad. --De que el sujeto se vende vino y tabaco; razn por la que no hay un vecino que no le deba algo; como no le hay del Mayorazgo que no se lo deba a ste por razn de arrendamiento o de prstamos..., o de otra cosa peor. As se ejercen en los pueblos las grandes influencias, y con ese criterio se hacen siempre las elecciones, como usted ir viendo poco a poco. Pero vamos al caso. Como nuestro hombre es avaro, conviene que se quite usted los guantes para que brillen bien las sortijas, y que se desabroche las solapas para que relumbre la cadena. Don Simn comenz a obedecer como un recluta, y luego dijo: --Y cree usted que ser conveniente que yo pronuncie algn discursito? --Trae usted alguno bien estudiado? --Hombre!, estudiado precisamente...--repuso don Simn un tanto resentido--. Pero creo que no me saldra del todo mal. --Pues si es bueno, diga usted poco. --Y el cigarro? --Tambin de los de la petaca; que para malos, ya los tiene l, como estanquero. En stas y otras, y despus de trasponer un breal casi inaccesible y de vadear un ro y de saltar tres estacadas, lleg la comitiva a la primera casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, ms bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rtulo ilegible que se haba trazado con almazarrn y alguna escoba, en un lienzo de la fachada. --Aqu es--dijo don Celso. Al mismo tiempo apareci a la puerta de la taberna, y la tap casi toda, un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamao y aseo. Hunda los brazos hasta los codos en los enormes bolsillos de sus mugrientos pantalones, y asomaban entre sus gruesos amoratados labios las hmedas y requemadas hebras de una punta de cigarro, que destilaba, por la barbilla abajo, un regato de negruzca saliva, y, en tanto, fijaba el tal, con expresin estpida, sus ojuelos verdes en los recin llegados. --Ese es nuestro hombre--dijo don Celso por lo bajo a don Simn. Y mientras ste se echaba las solapas hacia atrs y destacaba cuanto poda sus dedos cuajados de anillos, don Celso, apendose, abraz al tabernero, que apenas se movi del sitio en que estaba, ni sac las manos de los bolsillos. Echaron pie a tierra tambin los otros cinco de la comitiva; y cuando lo hubo hecho don Simn, tomle don Celso de la mano, y dijo, mostrndosele al hombre gordo de la puerta: --El seor es el candidato a quien votan todas las personas decentes del distrito. Se llama don Simn de los Peascales; es de arraigo, como a usted le gustan los hombres; tiene treinta mil duros de renta, y adems mucho talento. --Ya, ya!--gru por toda respuesta el tabernero. --El seor--dijo don Celso, sealando a ste y hablando con don Simn--es don Zambombo, como le llamamos los que nos honramos con su amistad ntima, o don Jeromo Cuarterola, como le llaman en el pueblo y fuera de l cuantos le conocen y le quieren, porque se lo merece; y por eso le sirven a ojos cerrados.... En fin, que el seor es el jefe electoral de toda esta comarca. --Ya, ya!--volvi a gruir el tabernero. --Muy seor mo y mi dueo--djole don Simn, doblndose, descubrindose y tendindole una mano; atenciones a las cuales correspondi Cuarterola tocando apenas el ala de su grasiento sombrero hongo con la extremidad del ndice de su diestra, que sac perezosamente del bolsillo, volviendo a hundirla en l en seguida. --Nosotros--aadi don Celso, atropellando la humanidad de don Zambombo--tenemos que hablar despacio, y nos colamos como Pedro por su casa. Conque venga la mejor habitacin y el mejor vino, y sganme todos, caballeros. Siguironle, en efecto, los aludidos, despus de amarrar afuera, como mejor pudieron, las cabalgaduras; y precedidos de Cuarterola, instalronse ante una mesa larga, estrecha y sucia, que se sostena mal en el interior de la taberna, cerca del mostrador, sobre el cual no haba ms que una _vasera_ de hoja de lata con cuatro jarros de arcilla; una aceitera, capaz de media arroba; un pedazo de yeso para _apuntar_; dos vasos para aguardiente, y un botelln de cristal conteniendo vino tinto. Detrs del mostrador se alzaba penosamente un mal estante con media docena de mazos de cigarros, envueltos en papel de estraza; algunos libritos de fumar, y un paquete de cerillas. Mientras los recin llegados se sentaban en los duros y estrechos bancos contiguos a la mesa, don Zambombo entr en la bodega, de la que sali al cabo de un cuarto de hora con un gran jarro de vino blanco en una mano, y en la otra un vaso de vidrio sucio. --Aqu hay que hacer un esfuerzo, don Simn--dijo Lpero mientras el tabernero volva--. Es preciso, aunque sea con repugnancia, beber, y beber de largo. --Pero, hombre--respondi don Simn asustado--, si yo no pruebo jams el vino! --Es que nunca ha sido usted candidato. --En fin, haremos un esfuerzo--exclam ste con heroica resignacin. Lleg al cabo don Zambombo, y puso lentamente sobre la mesa el jarro y el vaso. En seguida volvi a meter las manos en los bolsillos, y se coloc de pie a un lado de la mesa, haciendo descansar su panza sobre el tablero. Entretanto, don Celso escanci el primer vaso de vino y se le present al candidato, que, cerrando los ojos, se le bebi sin resollar. El segundo fu para el tabernero, a quien dijo, mientras ste apuraba el lquido, mitad por el gaznate y mitad entre cuero y camisa: --Seor don Jeromo, el mundo est perdido; los tunantes se nos suben a las barbas, y los hombres de bien andamos por los suelos. Es preciso que la cosa cambie, y cambiar! Para conseguirlo, contamos con usted. --Ya, ya!--gru por tercera vez don Zambombo. --En efecto, seor de Cuarterola--dijo don Simn enredando con su larga y gruesa cadena de reloj, de modo que se vieran a un tiempo sta y los anillos de sus dedos--: la sociedad se desquicia si pronto no se le busca el remedio. Los pueblos gimen agobiados por los impuestos ms insoportables; la familia est amenazada de un cataclismo, porque las leyes se hacen y se interpretan por gentes sin arraigo, sin moralidad y sin... contingencia. Es preciso, pues, llevar al Parlamento hombres de recta voluntad, de posicin; hombres verdaderamente..., cmo lo dir ms claro?..., hombres, en fin..., contingentes, que no vayan all a hacer su propio negocio, sino la felicidad de los pueblos.... Ahora bien: para que un hombre de estas condiciones eche sobre s carga tan pesada, no basta la abnegacin ms patritica; se necesita tambin el concurso de los dems hombres que como l piensan. Yo, seor don Jeromo, no he tenido inconveniente en sacrificar al bien de mi pas la tranquilidad de mi hogar, y hasta el lucro de mis negocios particulares; pero ser estril mi abnegacin si los hombres influyentes, de arraigo, de convicciones slidas y saludables, de contingencia, en fin, como usted, me niegan su apoyo en estos instantes supremos. He dicho. --Bravo! Bravo!--grit a coro su estado mayor. --Ya, ya!--gru por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero. --Esto es hablar como un libro, don Jeromo!--exclam Lpero--. Que vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como l, y Espaa se pone camisa limpia! --Ya, ya!... _Pero_...--murmur Cuarterola. --Pero... qu, hombre de Dios! Acabar usted de romper a hablar?--le dijo Lpero ya exasperado. --Vamos a ver qu tiene que objetar el bueno de don Jeromo--aadi don Simn afablemente. --Pues digo--repuso el tabernero perezosamente y con voz aguardentosa--que todo lo que usted dice est muy bien dicho... --En tal caso... --Slo que--continu don Zambombo--es lo mismo que me han dicho todos los candidatos que me han pedido el voto. --Sin embargo...--replic don Simn algo resentido. --Y luego que han sido diputados--concluy Cuarterola--, si te he visto, no me acuerdo. --Pues precisamente porque eso que usted dice es cierto, los hombres de mi carcter y de mi posicin nos lanzamos esta vez a la lucha, resueltos a que sea una verdad el sistema representativo. --Ya, ya!--volvi a gruir Cuarterola. --Conque, amigo don Jeromo--salt aqu don Celso, persuadido de que toda preparacin era ociosa con aquel brbaro--, estamos al cabo de la calle y nos hemos entendido. Me consta que a usted, de buena o de mala gana, le siguen a las urnas todo el vecindario y algunos votantes ms. --Ya, ya!... --Dganos usted cuntas candidaturas impresas necesita, para que se las enviemos oportunamente; y no se hable ms del asunto. --Ya, ya!... --Y antes que se me olvide: cmo va el pleito? --El pleito?... Ya, ya! --Est en segunda instancia? --Ya, ya!... Ya va para tiempo. --Pues en qu consiste la parada? --A la vista est.... Soy pobre, no tengo arrimos... --Y me haban asegurado a m que se le haba ofrecido a usted la absolucin libre a cambio de sus votos para el candidato del Gobierno!... --Ya, ya!... Ofrecer, bien ofrecen; pero... --Pero qu? --Que quiero yo cobrar adelantado, y ellos no quieren pagar hasta el da siguiente. --Justo, para dejarle a usted en blanco, despus de haberlos servido... Si anda ahora una pillera!...--concluy Lpero, fingiendo cierta indignacin, como si quisiera conmover al tabernero. --Y qu pleito es se?--pregunt don Simn. --Una verdadera infamia!--le respondi Lpero guindole el ojo--. Un _supuesto_ contrabando, por el cual han formado causa a este pobre hombre, y le estn arruinando miserablemente. --Eso digo yo!--suspir don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro su monstruosa cabeza. --Pues, amigo mo--dijo don Celso--, jams hallar usted mejor ocasin que sta para salir airoso en su empeo. Cabalmente tiene usted delante al mejor amigo del regente de la Audiencia. Al or esto, don Zambombo abri los ojos cuanto se lo permita la carne de los prpados, y clav la mirada en don Simn. Este se qued como quien ve visiones. Y no era extrao. --Pero, don Celso--dijo sin poderse contener--, cmo es eso?... --En efecto--repuso Lpero atajndole--: no es el mismo regente a quien usted conoce, sino a la persona que ms le domina. --Repare usted, don Celso... --Nada, nada, amigo don Jeromo--continu Lpero desentendindose de los escrpulos del candidato...--Y advierta usted que esto no va como favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos aos hace, y esto nos basta al seor don Simn y a m para prestarle de buena gana este ligersimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted. Como nada perda en ello el tabernero, movise perezosamente para complacer a don Celso. Entretanto, dijo ste a don Simn: --Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que salud a su amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuada de un amigo del regente. --Pero don Celso!... --Pero don Simn!... --Si ni siquiera s cmo se llama! --Diablo! --Ni dnde reside! --Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor as. --Cmo que no importa? --Lo dicho. Escriba usted a Juan Prez o a Luis Fernndez, y hblele como si realmente existiera. --Don Celso!... Y he de firmar yo una superchera semejante? --Y por qu no? Sobre que la carta no ha de salir de la administracin adonde vaya a parar.... Pregunte usted en Madrid o en Barcelona por un Juan Prez, sin ms seas! El asunto es engatusar a este bodoque. --Pero eso es indigno de una persona seria como yo! --Ay, ay, ay!--exclam con sorna don Celso--. Esas tenemos? Con escrpulos de monja nos venimos? Pues cuente usted desde ahora con que le han de ocurrir en el distrito doscientos lances por el estilo, y si usted est resuelto a hacerles ascos a todos, ya puede volverse a su casa en la seguridad de no sentarse en los bancos del Congreso. --La verdad es que ser diputado a ese precio... --Pues a qu precio cree usted que son diputados los dems? Terciaron en la porfa, auxiliando a don Celso, sus cinco camaradas; y al cabo lograron reducir a don Simn, en el instante en que pona Cuarterola sobre la mesa un tintero de cuerno con pluma de ave, y medio pliego de papel con lamparones de aceite. Entregselo todo a don Simn, que, a regaadientes, tuvo que escribir lo que sigue, dictado muy recio por don Celso, no tanto para que lo oyera bien Cuarterola, cuanto para llenar una exigencia del candidato, que de este modo crea echar menor responsabilidad sobre su conciencia: Seor don Pedro Gutirrez. Madrid. Mi queridsimo amigo y pariente: Como s que tambin lo eres del seor regente de la Audiencia de este territorio, y que es raro el paso que da en el cumplimiento de sus altos deberes sin or tu dictamen, espero que le recomiendes con todo empeo la pronta y favorable resolucin del pleito que pende ante aqulla, contra don Jeromo Cuarterola, de esta vecindad, y persona de todo mi aprecio, sobre un supuesto contrabando. Te anticipo las gracias, y espero que esta vez, como otras muchas, valga, en cuanto deseo, la recomendacin de tu afectsimo amigo y pariente, SIMN DE LOS PEASCALES. --Esto es infame!--dijo don Simn por lo bajo, al cerrar la carta. --Pero muy conveniente--le contest don Celso, echando polvos en el sobrescrito. En seguida se la puso en la mano al tabernero, que se qued mirndola, como distrado, y dndole vueltas. --Repito--le dijo don Celso, un tanto quemado con aquella actitud--que esta carta no es un favor que queremos vender a usted.... La hemos escrito porque..., porque nos ha dado la gana; y nosotros somos as. --Ya, ya!... _Pero_.... --Pero qu?... --Que sin sello no correr..., me parece a m. --Verdad es--dijo don Celso rindose--. Me olvidaba de que esto es tambin estanco donde se venden los sellos de franqueo. Traiga usted uno por nuestra cuenta. Obedeci Cuarterola. Volvi con el sello; pegle a la carta Lpero, y al devolvrsela al tabernero, le dijo: --Ahora veamos cunto se le debe a usted por todo. Quedse el botarga mordiendo la carta por un pico y murmurando: --Dos del papel, y cuatro y medio del sello..., siete...; siete..., y por la tinta.... Por la tinta, nada. Y luego, el vino: dos azumbres a siete... Pero enredndose en estos los muchas veces, fu al mostrador; llenle con la tiza de nmeros como la palma de la mano; los borr dos veces con saliva y la manga del chaquetn; escribilos de nuevo, y al fin volvi a la mesa, diciendo en seco: --Tres pesetas, con la _estaca_. La estaca era, lector, el estar los caballos amarrados afuera, aunque sin haber rodo un mal grano, ni haber hecho un cntimo de gasto ni de desperfecto. Ech don Simn un duro sobre la mesa. --Qudese usted con la vuelta--dijo don Celso, que mandaba hasta en los deseos del candidato. Guard el avaro la moneda; pero no dijo una palabra. --Conque, en resumen, don Jeromo--concluy Lpero, ponindose de pie, en lo que le imitaron los dems de la partida--: quedamos en que, en igualdad de circunstancias, preferir usted nuestra candidatura a las otras dos, y en que probablemente la votar usted con toda su gente. --Ya, ya!--respondi con su muletilla de costumbre el tabernero. --Si usted tuviera la bondad de ser un poco ms franco!--se atrevi a decirle don Simn. --Psse!--refunfu don Zambombo--. Como tampoco ustedes lo son!... --Cmo que no? --Es la verdad. Y si no, a verlo vamos. Yo me comprometo a votarle a usted con todos mis amigos... --Muchas gracias, seor don Jeromo. --Con tal de que usted se comprometa a otra cosa. --Nada ms justo, seor de Cuarterola. Ve usted cmo al cabo nos vamos entendiendo? --Ahora lo veremos. Lo que yo quiero es que se haga en todo este ao una carretera desde esta misma puerta al camino real, que no va muy lejos de aqu. --Nada ms justo, seor don Jeromo; y desde luego me comprometo, si llego a ser diputado, a hacer cuanto pueda por conseguirlo..., y lo conseguir, de seguro. --Lo ve usted? Pues esto me van diciendo todos los diputados que me han pedido el voto de diez aos a esta parte. --Ya! Promesas vanas. --Como las de usted. --Hgame usted ms favor, seor mo, que yo soy una persona de formalidad! --Que el da en que sea diputado tendr cien mil cosas en qu ocuparse, ms formales que este pobre camino. --Cuando yo doy una palabra... --Mire usted, seor don Simn: el camino costar, segn presupuesto que se ha hecho, sobre tres mil duros. Deposite usted esa cantidad donde mejor le parezca y con condicin de que se ha de emplear en esa obra, y yo le doy a usted la votacin de todo el ayuntamiento..., y algo ms. --Eso es desconfiar de m; y sobre todo, yo no puedo pagar tan cara mi eleccin. --No me ha dicho usted que est seguro de que el camino se har si yo le voto? --Si llego a ser diputado. --Que es lo mismo, segn yo voy observando. Pues bueno. El da en que el Gobierno, o la provincia..., o el demonio, haga el camino, recoge usted su depsito... y en paz. --Se pensar, seor don Jeromo, se pensar--dijo don Celso cortando aquel dilogo, con el cual se iba amoscando algo el inexperto don Simn, y con el fin de no desahuciar por completo al tabernero. --Pues aqu estoy siempre a sus rdenes--concluy ste--, con la condicin que he dicho. Si conviene, bueno; y si no, tan amigos como siempre. --Esa es la fija, y hasta la primera--contest don Celso montando a caballo. --Quede usted con Dios, _buen hombre_--aadi el candidato, montando tambin, abrochndose las solapas y ponindose los guantes, seal de que nada se prometa ya del brillo de sus alhajas para mover el nimo de aquel pedazo de bruto, con costras de taimado... y de sebo.... Cabalgaron tambin los otros cinco auxiliares; y bajando callejones, y resbalando sobre lastras, y vadeando regatos, salieron a una senda que se llamaba _camino real_, por el que continuaron su marcha a obscuras; porque es de advertir que haba anochecido una hora antes, y adems caa una lluvia menudita que enfriaba hasta los huesos. CAPTULO XI Deban los expedicionarios ir a pernoctar a un pueblo que an distaba tres horas, y a cierto casern medio feudal, perteneciente a un hidalgo solitario que le habitaba. Era ste persona de bastante prestigio en aquel pas, aunque de escasas rentas, y estbale don Simn muy recomendado por algunos amigos de la ciudad. Conocanle adems todos cuantos le acompaaban en la expedicin, por otras anlogas. Y dicho est que el tal hidalgo era experto en los intrngulis electorales. Pero era muy diplomtico antes de comprometerse con ninguno. En cambio, una vez comprometido, no poda hablrsele ms del asunto. Esto lo saba muy bien don Simn; y para mayor pesadumbre, ignoraba, a aquellas horas, la actitud en que el hidalgo se hallaba con respecto a l; pues la nica carta en que haba contestado a las muchas que se le escribieron desde la ciudad pidindole su apoyo, tanto tena de dulce como de amarga. Y caminando siempre, y meditando sobre este y otros puntos, y rara vez hablando, el agua segua cayendo espesa y muy fra, y el candidato no vea chispa...; digo mal, vea las que sacaban las herraduras del caballo que preceda al suyo, al resbalar sobre los morrillos; y esto suceda frecuentemente al borde de un precipicio, en cuyo fondo se despeaba rugiendo un torrente, cada vez ms impetuoso con el caudal de la lluvia. Veinte aos antes, Simn Cerojo no se hubiera fijado siquiera en estos imponentes detalles, y hubiera caminado impvido a la misma hora y por el mismo sendero, entonando unas seguidillas, a pesar de la lluvia y del fro. Pero la vida regalona y el apego a las comodidades del rico Peascales, haban enervado los bros y arrugado el corazn del apuesto cortejante de la arisca Juana. Don Simn, pues, era, enfrente de todo peligro serio, tmido como una liebre. Por eso se estremeca de espanto al considerar la facilidad con que l y su apreciable candidatura podan ir en un momento a contar la campaa al otro mundo. Y no bastaban a tranquilizarle las seguridades que le daban sus compaeros, fundndose en el instinto y la firmeza de las cabalgaduras.... No era mucho, a la verdad, semejante garanta, nica con que, de tejas abajo, contaban en ciertos pasos peligrosos! Aterrbale otra vez la tenebrosa soledad de un bosque, impenetrable a la tenue claridad del firmamento, nica luz que hasta entonces haba visto desde que anocheciera. Asaltbanle all toda clase de miedos, a los ladrones principalmente; pero de ste se sacuda con alguna facilidad, considerando que hasta para robar era cruel aquella noche, aun en el supuesto de ser creble que en semejantes soledades habitaran los que viven a expensas de lo que tienen los que jams pasaran por all, a no estar tentados del demonio, o del afn de ser diputados a Cortes, que tanto monta. Del miedo a las fieras le curaban sus acompaantes, asegurndole que el lobo y otros animalitos por el estilo no hacen caso del hombre como tengan bestias en que cebarse; y los viajeros llevaban, por de pronto, siete caballos que ofrecer a la voracidad del soado enemigo. Con estos y otros consuelos, don Simn hasta se atreva a toser sin taparse la boca, cuando el fro de la noche le obligaba a ello. De pronto se encontraba en una poza con el agua hasta las cinchas. --Afloje usted las riendas--le gritaban desde atrs--, y deje al caballo que siga la calzada! --Es decir--pensaba, aterrado, don Simn--, que este animal sigue a tientas y por instinto cierta calzada que est cubierta por el agua. De modo que si se sale de ella, porque el instinto no le alcanza, o si tropieza y cae.... Dios eterno!... Y todo, por qu? Por ir a buscar unos cuantos votos que, de fijo, no han de darme, para una eleccin que, de todos modos, y si no me agarro a otras aldabas, he de perder, y con el fin de ejercer un cargo que maldita la falta me hace! Y el buen seor, sincero y cuerdo en aquellos instantes, renegaba de la hora en que se resolvi a luchar en semejante terreno, y se acordaba del amor de su familia y de la paz de su hogar. Pero sala del atolladero por un esfuerzo de su cabalgadura y un milagro de la Providencia, y hasta que se meta en otro ms apurado no volva a ser cuerdo ni razonable.... As nos hizo Dios, y no hay que darle vueltas. De vez en cuando se distingua una luz muy a lo lejos. --Es _all_?--preguntaba con ansia el candidato, que ya no poda sostenerse en el caballo, de fro, de miedo y de cansancio. --_Un poco_ ms all--le respondan siempre. Y para hacer ms llevadera su impaciencia, encontrbase de pronto en una _hoz_, cuyos taludes de escuetos peascos parecan juntarse sobre la cabeza del aturdido expedicionario, y cerrarle la salida en todas direcciones. Oa los mugidos del ro que pasaba a su izquierda; tocaba los jaramagos que brotaban entre las rendijas a su derecha, y senta en el rostro el fango con que le salpicaban los caballos que le precedan, y el aire sutil y nauseabundo, como el de una caverna, que silbaba al pasar por aquel tubo retorcido y caprichoso. Pero nada vea, si no era la espantosa representacin de su cadver, magullado por las peas del ro y dando tumbos con la corriente. Salase tambin de aquel mal paso, y otra luz se ofreca a la vista del asendereado candidato.... Pero tampoco era _all_! Al cabo, perdiendo en cada luz una esperanza, como Coln antes de ver la tierra que buscaba; salvando nuevos precipicios y lloviendo siempre y haciendo cada vez ms fro, lleg la expedicin a puerto de seguridad. Estaban los viajeros delante de la casa del hidalgo.... Pero esto lo supo don Simn porque se lo dijeron; pues tal era la obscuridad, que, por no ver nada, ni siquiera vea las orejas de su caballo. Oy que alguien aporreaba una puerta, o cosa as, con algo tan duro como un morrillo, y que a cada golpe responda, _adentro_, un ladrido tremebundo. Estos porrazos duraron cerca de un cuarto de hora, y otro tanto los ladridos. Al cabo de este tiempo percibi un rechinamiento, como el de una gran llave dentro de una inmensa cerradura; despus el sonido de un barrote de hierro rebotando por un extremo sobre otro cuerpo menos duro; despus el chirrido de unos goznes roosos..., y, por ltimo, _vi_ la luz de un farol muy ahumado, a cuyos dbiles resplandores pudo observar que se haba abierto enfrente una _portalada_. Pregunt el jayn que alumbraba quienes eran los de afuera; respondieron stos cumplidamente, y los hizo entrar en una corralada, donde fueron recibidos por un perrazo que se adivinaba por los feroces ladridos, que no cesaban un punto, y por el crujir de la cadena con que estaba amarrado, pues la luz del farol no alcanzaba tres varas ms all del hombre que le sostena. En esto apareci en el ancho soportal, con otro farol en la mano, una especie de fantasma envuelto en un largo ropn, y cubierta la cabeza con una gorra de pieles. Al ver al _aparecido_ los acompaantes de don Simn, corrieron a l; y con el acento del ms afectuoso inters, dijeron a una: --Seor don Recaredo!... Mirlos ste despacio, arrimando el farol a la cara de cada uno; y cuando los hubo conocido, --Tanto bueno por ac!--exclam--. Ya me esperaba yo la visita. --Se la han anunciado a usted, acaso? --Qu ms anuncio que la proximidad de las elecciones? --Je, je, je!... Qu don Recaredo ste! --Siempre el mismo! --Qu _clebre_! --Y a propsito de elecciones--dijo don Celso--: tengo el gusto de presentar a usted a nuestro.... Calle! Dnde est don Simn? --Aqu est!--respondi desde el corral una voz dbil y enronquecida. Corrieron all los seis caciques, y encontraron al candidato haciendo los mayores esfuerzos para apearse, ayudado del jayn. El pobre hombre estaba entumecido, yerto. Bajronle entre todos del caballo, y medio suspendido en el aire le llevaron al portal. --El seor--dijo don Celso continuando la interrumpida presentacin a don Recaredo--es nuestro candidato; persona ilustradsima y de gran arraigo, y se llama don Simn de los Peascales. --Conque el seor es don Simn de los...! Hombre, hombre! Pues no me le han recomendado poco mis buenos amigos de la ciudad! Cmo haba yo de sospechar que vena entre tanta buena pieza!... Pero se siente usted mal, seor don Simn? --Nada de eso, mi seor don Recaredo--respondi con dificultad el interrogado--; sino que con una jornada tan larga a caballo, y la falta de costumbre..., y luego el fro..., est usted?... Pero, ante todo, le ruego que excuse mi poca cortesa al corresponder a sus atenciones, en vista de la dificultad que... --Pues no faltaba ms sino que anduviramos ahora en cumplidos! Lo que usted necesita es un buen fuego y un regular alimento, y de todo le proveeremos al punto, si Dios quiere. Conque, seores, vamos arriba, que de las cabalgaduras ya cuidar el mozo. Gui don Recaredo a los expedicionarios por una vieja, ancha y sucia escalera de pocos tramos, y llegaron a un gran pasadizo, cuyo tillado, carcomido a trechos, se cimbreaba al andar sobre l. A uno de sus extremos estaba la cocina, en la cual entraron todos detrs del hidalgo. Arda en ella una hoguera enorme, y esta hoguera estaba encerrada por el alto poyo del fondo y tres largos bancos, ms un silln de madera que ocupaba el sitio de preferencia. La cocina era inmensa, y la haca parecer mayor an de lo que era el negro brillante de sus paredes, que no permita ver lneas ni contornos, ni, por consiguiente, dnde concluan el techo y el pavimento y comenzaba la obscuridad del vaco. Y grande necesitaba ser aquella pieza para contener lo que contena! Adems de la espetera y medio bosque de lea y otros objetos propios del lugar, se vean all una montura completa de caballo; dos escopetas, una carabina, un cuchillo de monte y un morral de caza; un banco de carpintero con todas las herramientas; dos ruedas de carro, a medio hacer; madera labrada para otras tantas; tres sacos llenos de grano; una gata con seis hijuelos recin nacidos; varias pieles de oso; una piedra de afilar, de una vara de dimetro, montada sobre su piln correspondiente..., y qu s yo cuntas cosas ms! En ciertos pueblos se vive en la cocina durante el invierno, y el invierno duraba ocho meses en aquel pueblo. No es extrao, pues, que la de don Recaredo fuera tan grande y estuviera tan provista. Despojado don Simn de cuantas prendas llevaba encima de s contra la lluvia, sentronle en el silln de preferencia, a media vara del fuego. Sus amigos y el hidalgo, despus de dar a sus criados algunas rdenes, se colocaron en los bancos. Y bien lo necesitaban los seis caciques; pues, menos provistos de impermeables que don Simn, estaban calados de agua hasta el pellejo. Era don Recaredo hombre que pasaba ya de los sesenta; alto, musculoso, de rostro atezado, medio cubierto por una barba muy cerrada y fuerte, pero casi blanca, o ms bien amarillenta; el pelo, que conservaba tan espeso como en su juventud, era mucho ms blanco que la barba, as como las pestaas y las cejas. Al verle don Simn a la luz de la fogata, con aquella cara, con aquel birrete de piel y envuelto desde el cuello hasta los pies en un capotn de monte, crey estar contemplando a uno de los _magos_ que l haba visto salir alguna vez por escotilln en el teatro, entre llamaradas de resina. Pero, lejos de ser un personaje siniestro, don Recaredo era todo lo contrario: afable, hospitalario y benvolo como pocos. Unico resto de una familia antiqusima del pas, y poco aficionado a las delicias matrimoniales, haba dejado pasar los mejores aos de su vida entre los placeres de la caza y las atenciones de su hacienda, que le daba lo necesario para vivir hecho un seor en aquellas soledades. Respetbanle los campesinos por su carcter... y por sus fuerzas, y tambin por ciertas convidadas que saba darles oportunamente. Todo sinceridad y franqueza, no se le conoca vicio ni repliegue que tratase de ocultar a sus vecinos; aunque no faltaba mala lengua que asegurase que el tal hidalgo menudeaba demasiado las visitas a cierta cuba de lo aejo que conservaba en la bodega; pero lo cierto es que nadie pudo probarlo..., no el vino, sino el hecho. Sus verdaderas aficiones, bien notorias, eran la carpintera y la caza. Como carpintero, haca primores; como cazador, no tena rival en el pas. Amaba la garlopa y el escoplo, y se pasaba das enteros sobre el banco; pero amaba mucho ms su escopeta y su pual. Ir al monte con sus sabuesos; seguir la pista del oso; llegar a verle, apuntarle, herirle, oh placer!..., y, sobre todo, rematarle a pualadas, luchando con la fiera cuerpo a cuerpo, brazo a brazo, solo, sin ms testigos que sus perros, sin otro auxilio que el de su corazn impvido, su puo de bronce y su pual de acero. Oh embriaguez sublime! Estos lances, de los que contaba muchos en la vida, eran todo su orgullo, toda su gloria. Por eso creo yo que no deba de ser verdad lo del vino..., ni lo que tambin se murmuraba sobre ciertos mocetones del pueblo, que, a ms de parecrsele en figura como un huevo a otro, reciban de l frecuentsimos agasajos y deferencias, y le llamaban _padrino_ sin haberlos sacado de pila. Buen caso haca don Recaredo de esas debilidades de la naturaleza! Como hombre de rancia progenie, estaba muy relacionado en toda la provincia, aunque se pasaba aos y aos sin salir de su aldea; y como elector de empuje, era uno de los ms mimados del distrito. De aqu la intimidad que pareca haber entre l y los acompaantes de don Simn. Todos eran veteranos del mismo ejrcito. Cmo pensaba el hidalgo antes de comprometerse en una eleccin, jams se supo; y mal poda saberse cuando l mismo lo ignoraba. Y lo ignoraba, porque no era hombre de inclinaciones polticas. Salvos ciertos resabios de estirpe, cualquier color, y aun forma de gobierno, le eran indiferentes; porque, despus de todo, para l no presentaba la historia ms que un rey digno de haberlo sido: don Fabila; y mientras el tiempo o las circunstancias no trajeran a reinar otro idntico, y capaz, no slo de luchar con el oso, sino de vencerle, no pensaba afiliarse en ningn bando. Por estas y otras razones, o no votaba a nadie cuando de elecciones se trataba, o se iba con el primero que supiera pedirle su apoyo con cierta habilidad. En el caso de que vamos tratando, se haba comprometido con alguno seriamente antes de visitarle don Simn? Esta era la duda. En vano intentaron aclararla el candidato y sus amigos, confortado ya el primero y secos los segundos al calor de la lumbre. El hidalgo no se franqueaba. Esto era un mal sntoma para ellos. Mientras los unos persistan en el tema, aunque con ciertos rodeos y miramientos, y el otro escurra el bulto, como decirse suele, una mocetona preparaba al fuego un perol de sopas de ajo, media arroba de lomo y otras _menudencias_ por el estilo, que siempre abundaban en casa de don Recaredo. Cuando la cena estuvo pronta, condujo ste a los huspedes a un saln tan grande como la cocina, pero no tan _amueblado_. All estaba preparada la mesa. Era alta, de tijera, y supongo que tallada, porque lo estaban, hasta con escudos y motes, los dos bancos de respaldo a ella adjuntos. Cubrala un mantel blanqusimo y fino, pero demasiado rado por el uso; y se conoca por el tamao, por el peso y por la forma, que tambin eran de abolengo los cubiertos y dos cucharones de plata que brillaban sobre el mantel, a la luz de un veln de cuatro mecheros que penda de una tablilla, clavada por un extremo en una vigueta del techo. Con el auxilio de esta luz, cuyo alcance no pasaba de la mesa, pareca distinguirse all en lontananza, entre las sombras del fondo, dos grandes cuadros al leo, un armario y un reloj de caja. Durante la cena, se habl largamente de las aficiones de don Recaredo, de sus ascendientes, de las peripecias del viaje, del tiempo..., de todo, menos de las elecciones. Concluda la cena, hubo para cada husped una cama, no muy blanda, pero s muy limpia, y la mejor para don Simn. En buena justicia, qu ms haba de pedir ste al hidalgo, sin ser un grosero? Acostse, pues, sin saber lo que deseaba; durmise al cabo... y amaneci el nuevo da, tan fro, tan lluvioso y tan desagradable como el anterior. Y haba que continuar el viaje!; y cuanto ms se anduviera, mayor altura se ganara, y mayores, por consiguiente, seran los rigores de la intemperie! Con estas reflexiones, se le erizaban a don Simn los pocos pelos que tena. Cuando acab de vestirse sali en busca de su gente; pero se extravi en un laberinto de salones y pasadizos desmantelados y sin orden ni concierto. Por casualidad tropez con la cocina al cabo de un buen rato, y all encontr a sus amigos calentndose a la lumbre y almorzando sopas en leche, acompaados de don Recaredo, cuyo sitial de preferencia tuvo que aceptar. Nada se habl tampoco en aquella ocasin de lo que ms interesaba al candidato, por mucho que ste y sus acompaantes buscaron la lengua al hidalgo. Y el tiempo apremiaba, y era preciso dejar sin tardanza el hospitalario albergue. Y se di la orden para que se aparejaran los rocines; y lleg el caso de que los expedicionarios bajaran al portal con las espuelas calzadas; y montaron todos..., y todava no se cruzaron entre don Simn y don Recaredo otras palabras que no fueran lisonjas, cumplidos y finezas! Por fin, al ponerse en marcha la gente en el corral, y teniendo entre las suyas el hidalgo una mano de don Simn, dijo al segundo el primero: --Crea usted, amigo y seor mo, que mi satisfaccin hubiera sido cumplida, si al honor que recibo hospedndole en mi casa, pudiera aadir el placer de servirle en cuanto desea. --Tan invencibles son los obstculos que se lo impiden a usted, mi seor don Recaredo?--preguntle don Simn, en tono compungido y casi con lgrimas en los ojos. --No tanto como de ordinario--respondi el hidalgo--, porque la verdad es que a ninguna eleccin me he ligado con menos fuerza que a sta. --Entonces--repuso don Simn, apretando ms y ms las manos de don Recaredo--, me ser lcito esperar que logre usted romper, o desatar, esos compromisos de tan poca consistencia? --Para m, seor don Simn--dijo el hidalgo con cierta solemnidad--, tratndose de compromisos de mi palabra, lo mismo son las ligaduras de hierro que las de estambre. --Entonces no insisto--replic don Simn, aflojando su mano hasta soltar las de don Recaredo. --Vaya usted en la inteligencia--djole ste con cierta sonrisilla y dando dos pasos atrs--de que para hacer por usted cuanto me fuera posible, bastaban las cartas de sus amigos. Si esto fu una pulla, jams se supo, pues don Simn, que era a quien ms interesaba averiguarlo, ni lo intent siquiera; y en cuanto a sus acompaantes, bien _cenados_, bien _dormidos_ y bien _almorzados_ en casa y a expensas del hidalgo, qu diablo les importaba una frase ms o menos, por intencionada que fuese? Al salir de la corralada tuvo don Simn la curiosidad de fijar la vista en la fachada del casern. Era de piedra amarillenta, y estaba cubierto de blasones, de musgo... y de rendijas; el alero se caa, y los balcones se desmayaban. All no se haba gastado un real en reparaciones durante muchos aos. Estara don Recaredo decidido a que fenecieran juntos el solar y el solariego? Todo era creble en su carcter. CAPTULO XII La marcha de aquel da fue ms penosa que la del anterior; pues a los inconvenientes de la vspera hubo que aadir los que ofrecan una capa de nieve de ms de media vara de espesor, con que se hallaron a las pocas horas de camino, y la que continuaba cayendo. Frecuentes veces tenan que apearse los viajeros para descender rpidas pendientes. Entonces, sueltos los caballos y buscando los jinetes los pasos menos inseguros, solan rodar unos y otros, y cada cual por su lado, como troncos inertes; lo que no diverta gran cosa a don Simn, aunque haca rer ms de una vez a sus acompaantes. Estas peripecias y otras anlogas duraron tres das, hasta que, vueltos los expedicionarios al llano, encontraron una regular temperatura, mejores caminos y un sol radiante. En sus diversos altos y paradas, que dispona siempre aquel de los seis caciques ms conocedor del terreno electoral que iba a pisarse, no encontr siempre don Simn un albergue tan placentero como el del hidalgo, ni muchos tipos que se le parecieran en la nobleza del carcter. Cunto abundaban los traficantes en votos y los especuladores en candidaturas! Durante el largo trayecto de algn punto a otro, departan calurosamente los expedicionarios sobre los azares de la eleccin, o _discreteaban_ los acompaantes de nuestro candidato, o le pintaban muy lisonjero el desenlace de la campaa, con el fin de hacerle el viaje ms divertido. Pero ni por sas! Don Simn, nuevo en el oficio, hallaba en cada trmite casos y cosas que le aburran, quizs ms que las dificultades materiales del camino. Tena encargo especial de su estado mayor de saludar cortsmente a todo viandante que se cruzara con ellos, y as lo haca el santo varn, por aquello de que donde menos se piensa se adquiere un voto. Una vez se le deca, al pasar junto a una choza miserable y solitaria: --Es preciso que haga usted una _visita_ a la persona que vive ah. --Pero si no la conozco, hombres de Dios, ni aunque la conociera valdra el trabajo de detenernos!--observaba don Simn, con repugnancia. --Djese usted de remilgos, don Simn, y considere que esta choza, entre padres, hijos y allegados, vale ms de cinco votos. Y all tenan ustedes a todo un capitalista, cargado de oro y diamantes, apendose entre puercos, terneros y mastines, descubrindose humildsimo, dando la mano y preguntando por _la seora_ y dems familia a un rstico destripaterrones, que ola a boiga y aguardiente, y apenas se dignaba responder como saba a tantas deferencias, no obstante haberle sido presentado el candidato con los ttulos consabidos de persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento!. Otra vez se encontraban en el camino con un par de reses y su conductor. --Es preciso--se le deca entonces--que pondere usted mucho y muy recio esos animales. --Para qu?--preguntaba asombrado don Simn. --Para que lo oiga el que va con ellos. --Y qu tengo yo que ver con l? --Friolera!... Es un elector! --Aunque sea el preste Juan de las Indias!... Yo no hago esas tonteras! --El que algo quiere, seor don Simn, algo tiene que sufrir. --Ya, ya; pero hay cosas!... --Mire usted que cada uno de nosotros es viejo en el oficio, y cuando le aconsejamos algo, con su cuenta va! Y el soplado personaje, que se senta dominado por aquellos seis diablillos en cuanto se relacionara con su empresa electoral, no tena ms remedio que parar su caballo cuando se le acercaban los animales, fijarse en ellos, y comenzar a gritar como un energmeno: --Oh!... Magnficos! Qu gallarda! Qu cuarto trasero! Qu _anchos_! Soberbia raza! Son de usted, buen hombre?--preguntaba por remate al conductor. --Para servir a usted--responda el interrogado, con cara de recelo. Acto continuo le asaltaban los caciques; y despus de abrazarle y sobarle mucho, --Tenemos el gusto--le decan--de presentarte a nuestro candidato, el seor don Simn de los Peascales, persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento. --Muy seor mo--aada don Simn, quitndose los guantes, abriendo las solapas y dando un cigarro al campesino, para lucir tres cosas de un golpe: su rumbo, su cadena y sus diamantes. Tomaba el buen hombre el cigarro, sin hacer gran caso de lo dems; y mientras chupaba para encenderle, deca con mucha calma: --De la que yo entend a un seor tan principal como ste alabarme tanto las bestias, dije para m: por qu ser? Mil demonios si me acordaba de la eliciones! --Pues ya te las han recordado... --Como si callaran; que nosotros, los probes, vamos por onde nos llevan, y gracias que as y todo!... Conque ea!, se agradece el osequio y la alabanza, y hasta otra. --Pero oye un momento!... --No puede ser, que se me van las bestias, y temo que hagan alguna que me cueste los cuartos. --Lo ven ustedes?--deca don Simn, muy amoscado, volvindose hacia sus consejeros. Pero stos se le rean a las barbas por toda respuesta; y llevados del mejor deseo, y fundados en su experiencia, ni se arrepentan ni se enmendaban. CAPTULO XIII Si el objeto exclusivo de estas pginas fuera pintar los azares y fatigas de un candidato en vsperas de su eleccin, yo siguiera paso a paso al de mi historia en su peregrinacin por el distrito; pero como son varios los asuntos que abarcan estos captulos mal pergeados, me limitar a decir, en compendio y para gobierno del inexperto lector, que por dondequiera que iban nuestros expedicionarios, hallaban con frecuencia el terreno electoral rebelde a su cultivo, y el ms propicio no pasaba del aspecto dudoso que ofreca el del Mayorazgo. En todas partes aparecan huellas de _la influencia moral_ del Gobierno. Aqu se haba ofrecido un juzgado de primera instancia; all, una carretera; en el otro pueblo, la aprobacin de sus cuentas municipales, que ya tenan que ver!; en el del otro lado, la tala de un monte, y en el de enfrente, el repartimiento, entre los vecinos, de ciertos terrenos de propios. En vano don Simn saludaba hasta a los perros, y mostraba varas de cadena y adoquines de diamantes, y se desgaitaba don Celso para demostrar a las gentes reacias, con el recuerdo de otras muchas elecciones, que el poder _oficial_ hace esas y otras muchas ofertas, y jams las cumple aunque consiga su objeto. Los jefes de los diversos grupos electorales preferan ser engaados sirviendo al Gobierno, a ser servidos a medias por un charlatn con el desacreditado ttulo de candidato _independiente_. En cuanto a las masas de electores, que eran los verdaderos rbitros de la contienda, nadie se cansaba en pedirles su parecer: iran como dciles rebaos a depositar en las urnas una candidatura que se les entregara cerrada; y ni ms saban ni ms sabrn en los siglos de los siglos, aunque siglos dure, que lo dudo, esta comedia. Siempre que la expedicin haca un alto, y muchas veces mientras caminaba, recontaba los votos seguros, aada los _recaudados_ ltimamente, y acababa por formar un estado general, cercenando una tercera parte de los probables y aadindoselos al enemigo, para ponerse don Simn en el peor caso imaginable. El ltimo cmputo que se hizo dejaba muy dudoso el xito de la lucha; y tener duda en tales casos, equivale a una derrota segura. Bajo esta triste impresin, y, adems, molido, sucio, desgarrado y con la cara roja como un pimiento, volvi don Simn a su casa, ocho das despus de haber salido de ella. Para colmo de angustias, cuarenta y ocho horas ms tarde supo por don Celso (que haba quedado con sus cinco compaeros recorriendo el distrito, el cual no abandonaran hasta que votar el ltimo elector; tenacidad incomprensible para todo el que no sepa con qu encarnizamiento se lucha en tales batallas), supo, repito, que el Mayorazgo se haba pasado al enemigo con armas y bagajes, a cambio de no s qu ensanche que la administracin le permita dar al cierro que conocemos; otra falange _segura_ de votos se iba detrs de cierto cacique, seducido a ltima hora con la resolucin favorable de un expediente escandaloso; don Recaredo decididamente no le votaba, y tres Ayuntamientos, hasta entonces _seguros_, haban pasado a la categora de _muy dudosos_, merced a ciertas garantas de favores ofrecidas por el candidato ministerial. Y lo peor de todo era que slo faltaban tres das para dar principio a la eleccin; y en tan corto plazo no poda conjurarse el conflicto, aunque don Simn echara la casa por la ventana. Don Celso conclua su carta diciendo que haba que decidirse o por la derrota o por transigir con el Gobierno. Segn l, esto ltimo era lo ms conveniente; pues, bien mirado, el Gobierno no era mejor que otros muy malos, pero tampoco era peor; y, al cabo, para hacer algo por el pas, mejor se estaba al calorcillo ministerial, que en el infierno de la oposicin o en el limbo de los independientes. Repugnbale a don Simn perder este ltimo carcter que tanto le halagaba; pero no poda resignarse a no ser diputado, ya que estaba con las manos en la masa. En tan apurado trance, consult a sus amigos, quienes, por unanimidad, opinaron como don Celso. A consecuencia de este acuerdo, mediaron negociaciones en ciertos centros oficiales, y don Simn fue admitido en ellos hasta con palio. Jug el telgrafo; supo el Gobierno que acababa de hacer la adquisicin de uno de los personajes ms importantes del pas; dijronlo as al punto los peridicos oficiosos de la corte; spolo toda Espaa; desapareci la candidatura del pobre aventurero, a quien se di en pago una credencial _de primera_, que es cuanto l ambicionaba, y se le dijo a don Simn: --Puede usted ir a descansar tranquilo. Ya es usted diputado. Y as fu. Verificadas las elecciones, y mientras se verificaban, se habl mucho de palizas, de urnas suplantadas, de electores presos, de muertos que votaban, y aun de algunos vivos que por votar murieron; de casas que ardan, y de otros recursos tan usuales y lcitos como stos, empleados en beneficio de la candidatura de don Simn; pero lo cierto es que a ste se le proclam diputado electo por el distrito, y se le entreg un acta que as lo declaraba, limpia como el oro. Dironsele, pues, las consabidas serenatas por todas las murgas de la poblacin; recibi las acostumbradas felicitaciones, y, oh fuerza de la vanidad satisfecha!, lleg a creerse merecedor de tanto obsequio, y hasta legtimo representante de la librrima voluntad de sus electores. Y lo crea tanto, que, das despus de elegido, se indignaba, con la mejor buena fe, al hablar de las _coacciones_ ejercidas contra l por el pobre candidato de oposicin durante las elecciones. Qu ms poda pedirse a don Simn?... Estaba en perfecto carcter de diputado _independiente_. A todo esto, doa Juana estaba como nio con zapatos nuevos. En cuanto su marido recibi el acta de su eleccin, se lanz a la calle y encarg a la modista tres vestidos _de lo mejor_, y uno de _media cola_... Ira al Congreso, a las tribunas de preferencia, muy a menudo; a palacio alguna vez; dara rumbosas fiestas a los hombres de Estado; obsequiaran a su hija ministros y embajadores...; quizs obtendra un ttulo de Castilla!... Todo esto, y mucho ms que antes pasaba lentamente y como una ilusin por su fantasa, vi en un momento, palpable y como ya realizado, ante sus ojos. Menudo sofocn iban a pasar las seoras _provincianas_ que haban hecho mofa de sus resabios de lugarea! Pues y cuando _La Correspondencia_ anunciara sus idas y venidas? Y cuando _La poca_ historiase sus recepciones entonadas? Bajo impresiones tan embriagadoras, vestida con lo mejor que tena, y su hija con lo ms elegante de su bien provisto ropero, estuvo una semana haciendo visitas que siempre haba desdeado, y pagando otras que deba de muy atrs, slo por buscar ocasiones de anunciar su salida para Madrid, adonde la llevaba el delicado cargo con que el pas haba honrado a su marido. Entretanto, ordenaba ste sus asuntos mercantiles, para dejarlos bajo la direccin y al arbitrio de un dependiente de su confianza. CAPTULO XIV Lo que resta de la presente historia, con ser lo ms importante por lo que al protagonista afecta, ha de ser lo ms soporfero para el lector, que, de seguro, conoce a palmos el terreno que vamos a pisar, y ha de anticiparse con la memoria a mucho de lo que yo le refiera. Y no ser poca mi suerte si no me interrumpe ms de una vez para decirme: Y a m qu me cuenta usted? Si me lo s de corrido mucho ha! Si ese tipo y cuantos con l se rozan viven en mi calle!... Desdichado inconveniente que toca todo aquel que falto de ingenio, como yo, para inventar personajes y escenas _del otro mundo_, busca el asunto de sus prosaicas relaciones en los hechos vulgares y tangibles de la vida real y prctica de los hombres y de los pueblos! Pero ha de impedirme esta razn, que en m pesa mucho, seguir narrando los sucesos hasta el fin de la comenzada historia? No a fe; que, despus de todo, no est mandado por ninguna ley que siempre que se cuente algo hayan de ser maravillas. Prosiguiendo, pues, sin ms prembulo el suspendido relato, encontramos ya a Periquito hecho fraile; es decir, a don Simn en Madrid con su _augusto_ carcter de diputado a Cortes, y a su familia acomodada con l en una de las principales calles, y no en la peor de sus casas. Pero an no haba tomado asiento en el Congreso el flamante poltico, y ya estaba convencido de una, para l, triste verdad, a saber: que para brillar en Madrid como brillaba en su provincia, no bastaban el caudal del rico negociante y las dems preeminencias que sobre ste haban ido recayendo una tras de otra. _La Correspondencia_ haba anunciado su llegada a Madrid, no solamente como diputado, sino como una de las personas ms importantes y benemritas del pas; y no se haba sacudido el polvo del viaje, cuando el ministro de la Gobernacin, en un atento _B.L.M_., le haba citado a su despacho. All, S.E. le haba llenado de incienso, asegurndole, entre otras cosas, que con el concurso de hombres tan respetables e ilustrados como el seor de los Peascales, todos los conflictos polticos y econmicos se conjuraban, y Espaa estaba de enhorabuena. Y a pesar de estas y otras deferencias que, dicho sea de paso, l crea merecer, don Simn se echaba a la calle, de intento a pie, y nadie le saludaba ni le miraba con curiosidad. Iba al Congreso en los das que precedieron a su solemne apertura, y en sus alfombrados salones y pasillos, y en cada uno de los infinitos grupos de diputados, periodistas, altos funcionarios y otras gentes de mucha nota, que se formaban aqu y all, hablbase de todo menos de su llegada, de su caudal o de su _importancia_. Y, sin embargo, all no haba muchos gabanes ms flamantes que el suyo, ni muchas camisas ms limpias, ni muchas botas ms aplomadas. Al contrario, abundaban los paos rados, los pantalones con rodilleras, las camisas de tres das y los tacones de medio lado. En qu consista, pues, la indiferencia con que se le miraba all y fuera de all? Quiz se necesitase en Madrid algo ms que dinero para brillar; tal vez un poco de osada, o muchas conexiones de familia, o algn triunfo ruidoso; elementos todos hijos del tiempo y las circunstancias, que l adquirira indudablemente. Pero lo cierto era, y esto le contristaba hondamente, que su _cada_ en Madrid no haba hecho el menor efecto en el pblico. Tena, pues, que ganar en la corte, grado a grado, la altura que en la ciudad gan de un brinco. La empresa, a la verdad, era superior a las fuerzas de don Simn; pero l no lo crea as, y esto le consolaba un poco. Entretanto, se regodeaba con las distinciones que le correspondan por su investidura. Mientras las puertas del Congreso estaban cercadas por una multitud de papanatas, a quienes se prohiba hasta aproximarse a la acera, l las atravesaba erguido entre las reverencias de los porteros, que, al abrirle respetuosamente la mampara de rojo terciopelo, le decan: --Pase _Usa_. Una vez adentro, poda tocar el botn elctrico que se le antojase, para pedir a un ujier lo que tuviera por conveniente; pasear en el saln que mejor le pareciese; sentarse en el divn ms cmodo; escribir en los gabinetes al efecto; pedir en secretara el expediente ms difcil de hallar, y en el archivo el libro ms extrao; en fin, hasta beber, de balde, un vaso de agua con azucarillo en la _cantina_ de la casa. El ministro continuaba citndole frecuentemente a su despacho con otros diputados de la mayora, y all, mano a mano y como en familia, se contaban las fuerzas y se discutan las batallas que, por de pronto, necesitaba dar el Gobierno, sin perjuicio de otras ms rudas que tendra que librar ms adelante. No se apuraba don Simn por esto, pues no paraba mientes en tan poca cosa. Fijbase nicamente en las distinciones con que se le honraba en aquella alta regin. El ministro le pasaba la mano por el lomo; le llamaba mi excelente don Simn, y hasta le daba un cigarro o se le peda; y los porteros del Ministerio, esos proverbiales cancerberos, bruscos y desabridos hasta la ferocidad con todo _simple mortal_, con l se descoyuntaban a reverencias y cortesas. Muy envanecido con estas y otras parecidas distinciones, a falta de las ms populares y solemnes que aguardaba para ms adelante, considrese el efecto que le causara la noticia que se le di una vez en los pasillos del Congreso, de que las oposiciones iban a hacer una guerra implacable a las actas ministeriales, y que la suya figuraba en primer trmino como la ms escandalosa. Don Simn no haba perdido an la fe en el, para entonces, desacreditado aforismo: de la discusin nace la luz. No contena el acta una mala protesta, ni l crea lo que se contaba de su eleccin sobre atropellos cometidos por sus auxiliares; pero tales cosas podran decirse en el Congreso; de tal modo podran presentarse los hechos, que al fin vacilaran los nimos y se pusiera todo el mundo de parte del vencido, lo cual equivala a echarle a l de all y obligarle a volverse a su cosa, como un Juan particular, sin haber llegado a ser _inviolable_. Esta consideracin le aterr; y sin prdida de un solo momento, acudi con la noticia y sus temores al ministro. --No haga usted caso, santo varn!--djole riendo S.E. --Es que se asegura mucho! --Y qu? --Que si realmente me la atacan, tales cosas podrn decir, aunque sean inventadas, que extraven la opinin. --Y para qu sirve la mayora? --No entiendo... --Fjese usted bien. La comisin ser nuestra. --Bueno. --Y presentar el acta entre las ms limpias. --Bien; pero luego la atacarn... --Corriente; y hablarn contra ella una hora, dos horas..., tres meses, si usted quiere! --Canastos! --Pero vendr al cabo la votacin, y como somos tantos contra tan pocos.... --Ah, ya!.. Pero como yo crea que al discutirse una cosa, para algo servira esa discusin... --Medrado estaba el Gobierno entonces, amigo mo!... Cmo se conoce que usted es nuevo en la _casa_! --Todo eso es verdad; pero yo tendr que defenderme. --No, seor! Eso sera dar importancia a un asunto que no la tiene. La comisin se basta y se sobra para dejarle a usted en buen lugar.... Para que usted _debute_, ya le buscaremos un motivo verdaderamente digno de su carcter y de su talento. --Oh!, mil y mil gracias, seor ministro--dijo don Simn cayndosele la baba--; pero yo no merezco ese concepto... --Vaya si le merece usted!--replic S.E. con una sonrisilla y un retintn que acabaron de emborrachar a don Simn; retintn y sonrisa que en aquel personaje y en aquella ocasin venan a significar un pensamiento que poda traducirse en estas palabras:--Qu hermoso _suizo_! A todo esto, doa Juana y su hija Julieta, luciendo cada da un traje nuevo en paseos y espectculos, no pasaban de ser, en espectculos y paseos, _dos seoras ms_, muy bien vestidas, lo cual halagaba poco la vanidad de la ex tabernera, que aspiraba a mayores triunfos. CAPTULO XV Corrieron los das, y se aprob el acta de don Simn, como se lo tena prometido el ministro; se constituy el Congreso, y dieron comienzo los primeros debates polticos, apareciendo en escena los _guerrilleros_ parlamentarios, como en avanzada de los expertos capitanes que haban de salir ms tarde a dar las batallas decisivas. Ya para entonces nuestro diputado haba conseguido vencer el estupor en que vivi los primeros das, efecto de la alta idea que se haba formado del mrito de cuantos le rodeaban en el saln; idea que le acoquinaba hasta el punto de no atreverse a mirar a nadie a la cara, por si le aludan y le obligaban a tomar la palabra _de repente_, lo cual le hubiera hecho el efecto de un rayo sobre la mollera. Sereno, pues, y en completa posesin de s mismo, todo se volvi ojos y odos. Poda ver y or de cerca a aquellos hombres _extraordinarios_ que saban pronunciar discursos como los que l haba ledo tantas veces en las reseas de las sesiones; discursos llenos de substancia y elocuencia; discursos que le revelaban oradores de majestuosa apostura y de irresistible autoridad, hasta en el menor de sus ademanes. De sus labios estara pendiente el Congreso entero, unas veces convencido, otras veces indignado; pero siempre bajo la influencia poderosa de aquel chorreo de elocuencia. Intil afn el suyo! Cuanto ms miraba y ms quera or, menos hallaba lo que iba buscando. Haba all verdadera fiebre habladora; pero quin de los que hablaban vala el trabajo de ser odo diez minutos con paciencia? De aqu que no se sorprendiera maldita la cosa al observar que mientras un orador de mala facha y peor estilo se desgaitaba echando pestes por la boca, manoteando sobre el banco delantero y tragando vasos de naranjada, entre consulta y repaso a sus apuntes, los poqusimos diputados que quedaban en el saln se entretuviesen en hacer pajaritas de papel, en despachar su correspondencia o en chupar los caramelos del presidente; _dulzuras_ de que provee a este personaje abundosamente el Estado, teniendo en cuenta, quiz, que para soportar la amargura de ciertas horas, no basta un muelle sitial de terciopelo, por muy elevado que se ponga. De vez en cuando oa don Simn conceder la palabra a un diputado cuyo nombre le era bastante conocido. Vamos--pensaba--, ahora ir lo bueno. Pero tampoco le sala la cuenta, porque se levantaba una figura ruin y mal trajeada, que, con voz de grillo mal emitida, soltaba un aluvin de prrafos enmaraados que nadie se tomaba la molestia de desenredar; o un finchado presuntuoso, que entre perodo y perodo de su discurso pona una eternidad de paseos en corto, estirones de chaleco, montaduras de lente y mares de agua con azcar; ya un perezoso desaplomado Adn, que pareca _sacar_ las pocas y desmadejadas frases que deca a fuerza de restregarse contra el banco y de tirar de sus bragas hacia arriba; o un mozo encanijado y presumido, que sin ciencia, sin virtudes, sin voz y sin palabra, quera convencer como los sabios y convertir como los justos; ya un osado boquirrubio, cuyo nico afn era medir sus fuerzas con las de los _padres graves_ del Parlamento, que se guardaban muy bien de replicarle; ya un viejo atrabiliario, cuyos furores causaban risa y cuyos chistes hacan llorar de compasin; ya una especie de cuquero mugriento, demagogo impenitente, que vociferaba sobre justicia y amor al prjimo, no en nombre de Dios, a quien negaba, blasfemo, sino de una razn que pareca faltarle a l, ya que no a los que en santa calma le escuchaban.... De todo, en fin, vea y oa, menos lo que era de esperar, dada la reputacin de ciertos nombres aceptados por la opinin pblica, si no como tribunos de primera fuerza, cuando menos como _oradores distinguidos_. Qu valdran cuando don Simn se crea capaz de terciar en un debate con el ms guapo de todos ellos! Verdad es que el afn, que empezaba a comerle, de echar su cuarto a espadas, le haca ver las cosas ms a su alcance de lo que en rigor estaban. Desde luego era para l evidente, y en esto no se equivocaba, que la redaccin del _Diario de Sesiones_ se encargaba de convertir en un discurso perfecto la ms completa sarta de desatinos. Y suplida con este auxiliar su carencia absoluta de nociones retricas y hasta gramaticales, quedbanle tantos estmulos que le aguijoneaban! Haba en el Parlamento unos detalles tan seductores para l!... Aquellos galoneados ujieres, llevando sobre la argentina bandeja el vaso de agua azucarada para el orador, tan pronto como ste comenzaba a hablar; aquellos taqugrafos, anotando, escrupulosos, cuanto se dijera y se accionara; aquellos dilogos entre la presidencia y el diputado, sobre la intencin de cierta frase; aquellos discreteos entre las mismas dos _potencias_, con los cuales terminaba siempre el altercado; aquellas tribunas atascadas constantemente de _aficionados_, que seguan sin pestaear todos los incidentes de una sesin; aquellas seoras tan elegantes, entre las que podan figurar su mujer y su hija; aquellos diplomticos, que tal vez se apresuraran a comunicar por telgrafo a sus respectivos Gobiernos el efecto de un discurso pronunciado a tiempo y de cierta manera..., no imposible para l, si se le daba _punto_ conveniente y no mucha prisa, y por ltimo, y sobre todo, aquel _pas_ que le contemplaba, y que al da siguiente haba de comenzar a pronunciar su nombre y a enterarse del asunto y a tomarle por lo serio.... Cielos, y cmo envidiaba a los que, ms osados o ms prcticos..., o ms apremiados por las circunstancias, se lanzaban desde luego a la pelea! Qu importaba all el temple de los argumentos? Qu ms daba que fuesen stos de acero que de cartn? Decidan acaso las razones aquellos debates? Mal poda ser as, cuando slo se enteraban de ellos los taqugrafos y algn que otro curioso por observar, no _lo que_ se dijera, sino _el modo_ de decirlo. --_Qu se vota_?--era la pregunta obligada de todo diputado al entrar en el saln de sesiones, despus de or la campanilla que anuncia fuera a los dispersos que ha concluido de discutirse un asunto y va a comenzar una votacin nominal; y segn que el sustentante fuera de _los suyos_ o del _enemigo_, se le responda: --Vote usted que SÍ», o vote usted que NO. Con semejante criterio se resolvan (y continan resolvindose) los asuntos de ms trascendencia para la patria! Tan insensatas eran, teniendo esto en cuenta, las pretensiones de nuestro diputado? Poco a poco, aquella mar ligeramente agitada comenz a encresparse rugiendo; soplaron los huracanes de la pasin poltica, y se desencaden la tempestad. Entonces se dejaron ver los _dioses mayores_ de aquel Olimpo, los cuales, como Jpiter en el de la Mitologa, nunca aparecen sino entre rayos y centellas. Peregrina _misin_ la suya! Durante aquel perodo turbulento, qu escenas presenci don Simn!, qu refriegas!, qu motines!, qu escndalos! Una vez eran dos atletas del Parlamento, que del uno al otro lado del saln se lanzaban mutuamente los dardos ms agudos y los dicterios ms envenenados: _partido sin pudor, grupo faccioso, hombre funesto, pandilla hambrienta_... Tales piropos eran lo menos que se decan, entre el silencio ms absoluto de la Cmara y la curiosidad febril de las tribunas, de las cuales se desbordaban racimos de humanas cabezas con los ojos fijos en los combatientes, las cejas arqueadas y la boca abierta. Y cuando don Simn, pasada la tempestad, los vea salir del saln por diferente puerta, esos hombres--pensaba--van a matarse ahora. Y sala tras ellos azorado; y se los hallaba... comiendo, en un mismo plato, sendos pasteles de crema en el ambig de la casa. Lejos de continuar all la batalla empezada adentro, parecan, con sus custicas sonrisas, decir de la nacin entera lo que del pblico aquellos dos cmicos al pararse jadeando entre bastidores, despus de haber cruzado en la escena sus aceros, y de salir el uno persiguiendo al otro, entre frenticos aplausos y gritos de indignacin: --Estpidos! Veinte veces nos han visto hacer lo mismo, y todava no se convencen de que todo ello es una farsa! Otra vez eran dos fracciones polticas que, bramando de ira, se levantaban en masa, la una contra la otra.--_Facciosos_!--gritaba la de la derecha.--_Pancistas_!--responda la de la izquierda. Y los gritos y las amenazas, y el estruendo de doscientas voces y de dos mil porrazos llenaban el _Santuario de las leyes_, y hasta las figuras pintadas en el techo parecan temblar y querer despegarse del lienzo para romperse el crneo contra los mrmoles del hemiciclo. Pero aquella tempestad no se haba revuelto porque la fraccin de un partido inutilizara propsitos de otro, encaminados a proporcionar algn bien a los pueblos. Cuando de esto se trataba, ya saba don Simn que los bancos se quedaban desiertos y el presidente dormitando. Semejantes tumultos siempre eran provocados por alguna palabra suelta que no era del agrado de la fraccin a la cual se diriga. En ocasiones se discutan hechos, o se desenterraban expedientes, tras de los cuales apareca la honra de algn diputado enemigo en el mismsimo traje que llevar suelen a la crcel o a presidio los reos vulgares. Y aquellas discusiones provocaban otras parecidas en son de represalias; y siempre acusando los unos y respondiendo los otros ms eres t, llegaba a dudar don Simn si aquello era el patio de un correccional, o, como se le aseguraba, una _respetable Asamblea de legisladores_. Entretanto, era el noble afn de purgar aquella atmsfera de ciertas impurezas lo que mova a los acusadores a descubrir tales gatuperios? No por cierto: era siempre el espritu de partido; o mejor, el odio de _partida_; pues frecuentemente se promovan estos edificantes debates entre dos agrupaciones que, juntas y en amigable inteligencia, haban saboreado poco antes las dulzuras del presupuesto. Probbalo tambin la curiosa circunstancia de que, pasada la refriega, quedbanse en sus bancos los acusados tan padres de la patria como el ms caballero; y tan frescos y descansados como la madre que los pari. Lo que estos escndalos y aquellos tumultos y los otros motines atolondraban a don Simn, no hay para qu decirlo, conociendo, como conocemos, su sencilla buena fe. Pero ms que los mismos sucesos le admiraba el poco rastro que dejaban en aquella casa. Buscndole con afn, se iba el buen hombre de pasillo en pasillo y de saln en saln; mas no hubiera dado con l ni la nariz de un sabueso. Se gritaba en unos corrillos, se cuchicheaba en otros y se agitaban todos..., y bulla entre ellos el redactor de _La Correspondencia_ con el lpiz en una mano y las cuartillas de papel en la otra, apuntando lo que se deca, lo que se pensaba y hasta lo que no se haba soado; y don Simn, tomando de cada grupo las frases necesarias, slo sacaba en limpio que todo aquel hervidero humano era un puro cabildeo para tirar un da ms en el poder los que mandaban, o para hacrsele soltar los que le queran. En cuanto a la nacin, en cuanto a la moralidad, en cuanto a lo ocurrido adentro..., como si hablramos de la China! Ya nadie se acordaba de esas _pequeeces_. --Me parece--se atreva a decir entonces don Simn a algn compaero ms viejo que l en el oficio, pero no ms entusiasta del sistema--que no se observa aqu la mayor formalidad.... Quiero decir que con estos enconos polticos, el pas no gana cosa mayor. --El pas va al abismo, seor de Peascales! --Qu me cuenta usted? --La verdad, compaero. Esto es una farsa, cralo usted. --Hombre!..., no me atreva yo a decir tanto. --Pues atrvase usted, aqu que no nos oye la patria. --Luego, es decir, que todo esto de Parlamento... --Es una calamidad. Aqu no hay ms que ambiciones personales, con las que es imposible todo gobierno. --Tiene usted mucha razn. --Y siempre suceder lo mismo! --De manera que si _esto_, que es notoriamente malo, se suprimiese... --Jams!--gritaba entonces el veterano enardecido.--Yo soy muy liberal! --Oh, en cuanto a eso, tambin yo!--replicaba el novel, contonendose, y hasta mirando con cara de lstima al primer tradicionalista que casualmente pasara a su lado frotndose las manos. --Vivir sin Parlamento es vivir fuera del siglo!, caer en la abyeccin! --Y en la _iznorancia_!--conclua, ahuecando la voz, el _ilustrado_ Cerojo, que en su vida haba gastado media peseta en libros que no fueran rayados, para cuentas. CAPTULO XVI Don Simn de los Peascales, como todo diputado, y a mayor abundamiento ministerial, reciba por docenas y cada da las cartas de sus amigos y electores, y en todas ellas le pedan algo estos apreciables caballeros, desde un destino hasta un sombrero; desde una recomendacin para el otro mundo, hasta la colocacin de una nodriza[5]. Porque a un diputado se le considera en su distrito capaz de los imposibles, y, por ende, se le cree, y se le hace, el mejor y ms barato agente de negocios en Madrid. El de nuestra historia, que crea darse importancia correspondiendo a tantas y tan raras exigencias, destinaba dos das de la semana a aquellas que tuvieran que ver con los centros oficiales, y encomendaba las de ms baja estofa al cuidado de doa Juana. [5] Histrico. Era de ver lo que pasaba en los Ministerios cuando don Simn entraba en ellos, a las horas marcadas por los Ministros para recibir a los diputados, cargado de pretensiones y atacados sus bolsillos de memoriales! Sus compaeros que siempre madrugaban ms que l, haban cado ya sobre el terreno como nube de langostas. Uno quera un gobierno de provincia para su hermano; otro, una alcalda en la isla de Cuba para s mismo; otro, un juzgado para su pueblo; otro, una administracin de aduanas para un primo arruinado por la causa de la libertad; otro, la destitucin de un funcionario probo que se opona tenazmente a ciertas pretensiones de su familia; otro, un ascenso; otro, una ctedra...; en fin, por pedir, se pedia all hasta la luna; y el Ministro, o el Subsecretario en su deseo de complacerlos a todos, tecleaba sin cesar sobre los botones de las campanillas, a cuya msica iban apareciendo los altos empleados que podan entender en aquel cmulo de solicitudes. --Es imposible--se oa decir en un lado.--No hay plaza vacante. --Pues crela usted. --No lo consiente el presupuesto. --Haga usted un cesante en tal parte. --Es un empleado antiqusimo e inteligente. --Mi recomendado es un consecuente liberal. --Tiene siete hijos. --Que los mande a una casa de Caridad. --_En fin_, le complaceremos a usted. * * * * * --Y de que procede esa cantidad que se reclama? --De inicuas cesantas sufridas en tiempos de gobiernos reaccionarios. --No es bastante motivo; y aun cuando lo fuera, no estamos facultados.... --Es una friolera todo ello. --A cuanto asciende la _indemnizacin_? --A setenta mil reales. --Imposible. --Por qu? --Porque no hay fondos de qu sacarlos. --Yo digo que s. --De cul? --Del de calamidades pblicas, por ejemplo. --Est agotado; y adems, tenemos al clero y a los maestros de escuela sin pagar, medio siglo hace. --Y a m qu me importa? Lo que usted debe tener presente es que mi recomendado es en su pueblo el mejor agente de la poltica del Gobierno; que es un incansable propagandista de ella, y que tal vez a sus esfuerzos heroicos debo yo mi eleccin. --_En fin_, hablar con el jefe, y trataremos de complacerle a usted. * * * * * --Y cmo va mi asunto? --Regularmente. --No basta eso. --Hay un obstculo muy difcil de vencer. --Cul? --El fallo del Consejo de Estado, enteramente contrario... --Demonio! De cundo ac? --Desde esta maana. Aqu est a la aprobacin de S.E. --Es preciso que se revoque ese fallo! --No lo veo fcil. --Pero yo lo veo necesario. Con l se perjudican los intereses de mi familia hasta un punto que usted no puede concebir. --Todo eso est bien; pero... --No hay pero que valga. --_En fin_, hable usted con el jefe, que, si quiere, mucho puede hacer. * * * * * Todos estos dilogos, y otros muchos por el estilo, oa don Simn a su entrada en los Ministerios, mientras se abra paso entre aquel enmaraado laberinto de pretendientes y otorgantes; y en semejante ocasin, como era bastante novel en el trfico para haber perdido el rubor por completo, solan saltarle a la cara algunas chispas de l..., lo cual no le impeda llegar con sus peticiones al punto en que haban de ser atendidas. Verdad es que l no iba a pedir nada para s ni para su familia; pero tambin es cierto que peda para sus amigos o protegidos, y que jams, al pedir, preguntaba: _es justo_?, sino _es posible_? El rubor, pues, de don Simn no dejaba de ser algo farisaico. Pocas de estas visitas a aquellas verdaderas _casas de contratacin_ necesit para conocer el _ingrediente_ con que se adheran de una manera tan tenaz las huestes ministeriales al poder. Ciego hubiera sido para no verlo, y aun para no distinguir entre la nube invasora ms de un rabioso oposicionista que tocaba el cielo con las manos cada vez que, fuera de all, oa hablar de destinos concedidos al favor, o del caudal de la patria despilfarrado. Porque resulta que los gobiernos al uso, ya porque se les defiende, ya porque no se les pegue con mucha fuerza, lo mismo necesitan ser rumbosos con sus huestes que con las enemigas. Lo que nunca vi bien claro don Simn fu lo repugnante del papel que l mismo desempeaba entre aquellos hombres, de cuya conducta, y con razn, se escandalizaba. Muchos de ellos no vivan, sin embargo, de otra cosa, ni adivinar les era fcil de qu viviran cuando en el cargo cesaran, o _los suyos_ cayeran. Pero l, hombre rico, mucho ms, infinitamente ms de lo que necesitaba para el sostenimiento, muy lujoso, de su corta familia, por qu cobraba en credenciales y en preferencias de los Ministerios un apoyo _a todo trance_ que daba al Gobierno, sin ms criterio ni mayor dignidad que si fuera un _suizo_ asalariado? Y no es extrao que no lo viera. Merced a esos procedimientos, se plantan de un salto junto al poder supremo, y son dueos de echar por la ventana la casa de la nacin, muchos hombres que, fuera de ella, no tienen una triste buhardilla en qu albergarse, y otros que, teniendo mucho ms, necesitan subir a grande altura para conseguir que alguien los contemple y acaso los envidie. Don Simn, como sabemos, era de estos ltimos. En l poda la vanidad lo que la ambicin o el hambre en otros muchos. Y si esto no fuera cierto, por qu haban de hacerse las elecciones a garrotazos casi siempre? Por qu un diputado, cuantas ms veces lo es, con ms afn desea volver a serlo? Pues qu, tanto abunda el verdadero patriotismo que sea necesario conquistar a tiros la _molestia_ y el _pesar_ de abandonar la propia casa y la familia y los negocios, por ir a cuidar de los ajenos? CAPTULO XVII Sabemos ya que don Simn, aunque muy halagado con la importancia que le conceda su propio cargo en las altas regiones en que ste pesaba algo, no estaba satisfecho. Su ambicin de _lustre_ abarcaba mucho ms. Qu era l todava en la corte? Quin hablaba del seor de los Peascales, ni de la familia del seor de los Peascales? Qu peridico haba cantado su opulencia, o la _severa dignidad_ de doa Juana, o los atractivos de Julieta? Por ventura, aquellas resmas de prospectos, o aquellas circulares de industriales que acaban de recibir el surtido para la estacin, o las esquelas mortuorias, o los folletos insulsos que diaria y profusamente le llegaban por el correo interior y que al principio crey muestras de una especial deferencia a su persona, pues le eran desconocidos los remitentes, no se le enviaban a ttulo de diputado a Cortes? No los reciban igualmente todos sus colegas, muchos de los cuales no tenan sobre qu caerse muertos? Y fuera de estas distinciones y las que tambin conocemos, de qu otras haba sido objeto hasta all? Decididamente necesitaba hacer algo _extraordinario_ en sus dos conceptos de hombre poltico y acaudalado personaje. Por ejemplo: pronunciar un discurso en las Cortes y dar un baile en su casa. Sumido en tales meditaciones, pasebase una tarde en el saln de conferencias, solo y cabizbajo, cuando se le acerc un mozo de lustrosas patillas y retorcido bigote, agradable de rostro y pulcramente vestido, dicindole con la mayor solemnidad: --Saludo al seor de los Peascales! Volvise ste y mir al otro atentamente; y como no lo conoci, quedse sorprendido. --A los hombres pblicos--aadi el intruso, viendo la sorpresa de don Simn--les pasa mucho de esto. Como son conocidos de tantos a quienes ellos jams han visto!... Pero a bien que a m, el temor de una fra respuesta no ha de quitarme el placer que recibo al estrechar la mano de una persona digna de todo mi respeto. --Un milln de gracias por mi parte--dijo entonces don Simn, un poco envanecido con semejantes lisonjas, y aun recelndose si sera l ms popular de lo que crea. --No las admito, seor mo--contest el mozo quebrndose a cortesas--. Deseaba estrechar su mano de usted; acabo de verle pensativo y solo, y he elegido esta ocasin.... Y a propsito de cavilaciones, va usted a hablar maana, quiz? --Maana?... Maana, dice usted?... Hombre, precisamente maana, no...--respondi don Simn desconcertado, por dos razones: porque le haban ledo parte de su pensamiento, y esto no le gustaba, y porque se le haca desde luego capaz de hablar en el Congreso, lo cual le halagaba sobre toda ponderacin. --Se me haba figurado, no s por qu--aadi el intruso--. Como los periodistas estamos tan avezados a discutir hasta las fisonomas!... --Conque es usted periodista?--exclam don Simn ms y ms satisfecho. --Hasta cierto punto, seor de los Peascales. --No comprendo... --Quiero decir--continu el otro, afirmndose los lentes sobre la nariz--que soy periodista de devocin, no de profesin. Ms claro: mato mis ocios y mis hastos escribiendo la parte de poltica palpitante en un peridico batallador. Por lo dems, por inclinacin y por carrera, soy diplomtico. --Hola!--dijo don Simn abriendo mucho los ojos--. Agregado, quiz, a alguna embajada? --Un poquito ms. --Secretario acaso... --Un poquito ms, si a usted le parece. --Caramba!--grit aqu Peascales, acordndose hasta de su hija--. En este caso--aadi--, estar usted con licencia? --No, seor: jubilado. --Y tan joven! --Seor de los Peascales, la poltica no reconoce edades ni servicios. --Verdad es. --Sobre todo, cuando los funcionarios tenemos carcter y dignidad. --Tambin es cierto. Pero no piensa usted volver a ejercer?... --Lo veo difcil con este Gobierno, con el que no me reconciliar jams mientras yo observe que da al favor lo que debe al mrito. --Segn eso, se cree usted postergado? --Slo s, mi respetable amigo, que por mis antecedentes, por mis servicios prestados hasta el da en que ces, me corresponda hoy una embajada de primera clase... --Y quiz le han ofrecido a usted... --Una indignidad, seor de los Peascales... lo que puede desempear un cnsul de tres al cuarto. --Qu atrocidad!--exclam don Simn sinceramente escandalizado. --Pues as va todo, amigo mo. Pero a bien que no me extraa, porque soy viejo en esta casa, y conozco hasta sus menores escondrijos. --Habr usted sido diputado varias veces... --No he querido serlo... o mejor dicho, han tenido siempre los gobiernos buen cuidado de hacerme en las urnas cuanta guerra han podido. No ve usted que a los gobiernos como los de Espaa no les conviene en el Parlamento hombres como yo?... Ahora me ofrecieron un distrito; pero era con el fin de hacerme olvidar, mentecatos!, el desaire de la embajada, y especialmente para atar mis manos en la prensa: pues ya saben ellos que tienen cada da la existencia pendiente de mi pluma. --Luego es usted de oposicin? --Le dir a usted: observo una actitud expectante. Amenazo de vez en cuando; transijo al ver que ceden, y vuelvo a la benevolencia.... Porque conozco que el pas no est para escndalos ni para cadas ruidosas. Ah..., pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!... Y se dio dos golpecitos con el junquillo en una pantorrilla, mientras volva a afirmar los lentes sobre la nariz. Don Simn, que le crea como artculo de fe, no cesaba de regodearse con la idea de que un hombre de tanto valer le conociera, le admirara y le juzgase capaz de hablar all como el ms guapo. Bajo esta impresin le dijo, pasados breves instantes de silencio: --Pues volviendo a la pregunta con que me hizo el honor de saludarme, ha de saber usted que me sorprendi, tanto ms, cuanto que estuvo a dos dedos de mi pensamiento. --Naturalmente. Diplomtico y periodista, figrese usted qu se me ocultar a m! --No es esto decir que maana precisamente... --Es lo mismo, seor don Simn. Ser pasado maana, o dentro de unos das... --Podr ser. --Y sobre qu va usted a hablar?--pregunt el periodista, sacando de su cartera unas cuartillas y un lpiz. Aqu se vio cogido don Simn, que an no haba madurado el cundo ni el asunto. --Pues, hombre--respondi por decir algo--, pienso hablar... sobre... Ya se ve, son tantas las cosas que uno...! --Vamos, ya le comprendo a usted. Versar el discurso sobre algn asunto importante para la provincia que usted representa. --Cabalmente--exclam don Simn, mientras el otro escriba con el lpiz en una cuartilla, sobre el mrmol de la contigua chimenea. --A ver si es esto--dijo a poco rato el periodista, leyendo al diputado lo que haba escrito. Dentro de algunos das tratar en las Cortes el opulento diputado don Simn de los Peascales un asunto de vital inters para el distrito que representa. La autoridad de que, por su brillante posicin social, est revestido este digno miembro de la Cmara, y el talento que le distingue, hacen creer que la discusin ser una de las ms interesantes que, en su gnero, se promuevan en la presente legislatura. Don Simn se qued exttico. Cuando aquel prrafo se publicara, su nombre comenzara a sonar tan recio como l deseaba; _pero_, una vez publicado, adquira el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no hablar mal del todo. As es que no pudo menos de decir al periodista: --Canario, canario!... Usted me favorece mucho; pero... --Cree usted que le lisonjeo? Bah!... Dejando aparte que usted se lo merece, y mucho ms, aqu no se gasta otra cosa. --Ya lo observo; pero as y todo.... Y cmo se llama su peridico de usted? --_El Ariete_. --Muy conocido, en efecto. --Oh!, de primer orden. Desde maana lo recibir usted en su casa. --Tantas gracias. --Cabalmente son subscriptores _tambin_ todos los hombres notables de la poltica y de la Bolsa. Slo usted nos faltaba, como quien dice. --En ese caso--dijo don Simn comprendiendo entonces la intencin del periodista, que no era seguramente la de regalarle el peridico--, enveme usted el recibo. --A su tiempo, seor de los Peascales. Con hombres como usted guarda la administracin ciertos trmites de confianza. No los guardara ciertamente con muchos de sus colegas de usted. Aqu hay que tener ms ojos que los de Argos! --Hombre, usted exagera! --Quiere usted que le trace algunas biografas? Le aseguro a usted que sern deliciosas. --No hay para qu, no hay para qu--se apresur a responder don Simn, como si temiera _comprometerse_ con la oficiosa espontaneidad del diplomtico; el cual aadi inmediatamente: --Y su apreciable familia de usted, se divierte en Madrid? --Psh.... Como todava no conocen el terreno bien, por ms que tenga muchas y buenas relaciones... --Cierto: faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo, ciertas reuniones de confianza.... Y a propsito: creo haber entendido que pensaba usted dar algunas. --Es usted el mismo demonio!--salt don Simn, admirado de que tambin le hubiese ledo su segundo pensamiento. --Luego es cierto? --Psh...--volvi a responder el pobre hombre, sonriendo de gusto. --Magnfico dato para la _Crnica de salones_!--dijo el periodista, sacando sus avos de nuevo y escribiendo a escape en otra cuartilla de papel. Mientras esto haca, admirbale ms y ms don Simn, no tanto por su extrao desenfado, cuanto por las consideraciones reverentes que pareca merecerle. Sin saber por qu, todo le interesaba en aquel hombre; por lo cual arda en deseos de saber cmo se llamaba, y (vean ustedes qu curiosidad!) si era soltero. Acab de escribir el periodista, y ley acto continuo a don Simn lo siguiente: Muy en breve contar la buena sociedad de Madrid con otro centro de amenidad y de elegancia. El opulento capitalista y diputado a Cortes don Simn de los Peascales, y su distinguida familia, se disponen a recibir a sus numerosos amigos en sus esplndidos salones de la carrera de San Jernimo. --Pero usted me compromete!--dijo don Simn, trmulo de gusto, al recibir aquella rociada de piropos-. Y si no llego a dar esas reuniones? --No habr nada de lo dicho, y en paz. Pero qu ha de hacer usted sino darlas? Los hombres ricos e ilustrados y que, como usted, tienen adems una seora modelo de elegancia y de agrado, y una hija, conjunto de todos los hechizos imaginables... --Pero qu sabe usted de todo eso?--pregunt don Simn hecho ya un caramelo. --Ha podido usted acaso creer--respondi el diplomtico, explotando a su gusto la candidez del diputado--que personas de la significacin de usted pasan inadvertidas en ninguna parte? Bah! Se le conoce a usted en Madrid casi tanto como en su provincia. --Cielos, si ser verdad!--pens el bolonio; y aadi en voz alta--: Usted me lisonjea, sin duda. --No es ese mi carcter, seor de los Peascales--respondi el tuno hacindose el ofendido. --Quiero decir...--se apresur a rectificar el primero. --Hagamos punto sobre ello, amigo mo. --Puesto que usted lo desea, hagmosle. Y podra saber _su gracia_? --Arturo Maraas; y por aadidura, andaluz y soltero. --Soltero tambin!--exclam don Simn sin poder disimular su alegra. --Y qu le choca? --Nada, nada--rectific, aturdido, el candoroso diputado--; sino que, como lo deca usted a continuacin de su apellido, ja, ja, ja!, me hizo mucha gracia. --Ja, ja, ja!... Yo soy as--dijo el diplomtico siguindole el humor--. Como nada debo, ni nada ni a nadie temo, doy todo mi pasaporte cuando me preguntan cmo me llamo.... Pero observo--dijo, interrumpindose de pronto y consultando su reloj--que con el placer de estar a su lado, olvido uno de mis deberes. As, pues, si usted me da su permiso, vuelvo a mi tribuna a tomar algunas notas sobre la sesin de hoy. --Pues no faltaba ms sino que yo...! Corra usted, amigo mo; y mil gracias por tantas bondades. --Seor don Simn... --Seor don Arturo... --Hasta la vista. --Hasta la primera. Marchse el mozo, y quedse Peascales hecho un papanatas. Aquel encuentro le pareca providencial. Un diplomtico, y diplomtico soltero; un periodista que anunciaba su futura peroracin y sus reuniones en proyecto, y un probable encomiador de ambas cosas en la prensa. Todo esto en una pieza y a sus rdenes. Porque ya le era indispensable _echar_ el discurso y abrir sus salones. Cierto que el nombre del diplomtico, a quien tendra que convidar a las fiestas de su casa, no le sonaba a conocido; pero estaba l en la obligacin de conocer a todos los personajes polticos, hoy que tanto abundan? En esto se oy la campanilla de marras, y un su colega de la mayora, que, por su apresuramiento y cara de vinagre, ms pareca cabo de comparsas. --Vaya usted a votar!--le dijo en tono desabrido. --Qu voto?--le pregunt don Simn, disponindose a obedecer. --Que _s_--le respondi el otro, pasando de largo y rebuscando ansioso callejuelas y rincones, como pastor que junta su rebao. CAPTULO XVIII Continuaban doa Juana y Julieta divirtindose cuanto podan en Madrid, pero no satisfaciendo por completo sus aspiraciones. Estaban lo bastante relacionadas para no concurrir solas al teatro, y para asistir de vez en cuando a algunas reuniones de _medio carcter_; pero no lo suficiente para figurar entre lo ms rechispeante del _buen tono_ madrileo, que era lo que ellas deseaban. Esto entendido, calculen ustedes su asombro y descomunal alegra cuando don Simn las sorprendi con el peridico en el cual se estampaban los dos sueltos que conocemos, y con la noticia de que el autor de ellos era un elegante joven con sus barruntos de embajador. Aquel da no se comi ni se hizo nada de traza en la casa. Leanse los fascinadores prrafos cien y cien veces, arrebatando el peridico a Julieta doa Juana; a doa Juana don Simn, y a don Simn Julieta; y as una hora y dos horas, y toda la maana y toda la tarde, sin cruzarse una palabra entre los tres individuos de la familia; pero rindose todos, como idiotas, a cada instante; tal vez pensando en el efecto que estaran causando en el pblico las noticias, y a qu negarlo?, en el elegante periodista. Cerca ya del anochecer, y cuando empezaban a volver en s los extasiados personajes, propuso doa Juana que se adquiriesen algunas docenas de aquel nmero de _El Ariete_, y que se inundaran con ellas el distrito de su padre y la capital de la provincia; proposicin que fu aceptada con entusiasmo, por lo cual pas el resto de la noche la apreciable familia empaquetando peridicos y escribiendo tantos sobres cuantas personas _notables_ de su pas recordaba. No era todo, sin embargo, miel sobre hojuelas para don Simn; pues si lo de las fiestas era realizable desde luego, por ser los obstculos vencibles con dinero, lo del discurso no dejaba de tener tres bemoles, dado que, hasta aquel instante, ni haba probado sus fuerzas parlamentarias, ni siquiera elegido asunto para su estreno. Escribanle con frecuencia sus amigos de la ciudad y los electores del distrito, pidindole no slo lo que ya hemos visto que l les consegua sin dificultad en los Ministerios, sino otra multitud de gangas en forma de privilegios o de mejoras materiales, que no podan otorgarse sin el parecer de las Cortes. De la ciudad, por ejemplo, se le pedan franquicias ms o menos latas para el comercio o la navegacin, a ttulo de no s qu mritos contrados por la _plaza_ en determinadas crisis polticas... o meteorolgicas, pues cuando se trata de pedir, toda razn se alega por motivo justo: del distrito le _exigan_ carreteras o canales; y tal cual elector, porque haba perdido la cosecha, por obra de no s qu plaga, pretenda que se le perdonara la contribucin de aquel ao, amn de drsele grano para la nueva siembra, y de declarar desde luego exento del servicio militar a un su hijo que deba entrar en el sorteo prximo. En este arsenal de pretensiones pens siempre inspirarse, para su discurso, nuestro diputado: con doble motivo haba de pensarlo desde que el suelto del peridico le comprometa a hablar de asuntos de inters para su provincia. Pero entre tantos y tan varios como se ofrecan a su vista, cul era el ms a propsito para lucirse el orador, ya que no el ms atendible por su naturaleza? Esta fu su gran cuestin durante algunos das, desde el en que palp la necesidad de formalizar su antes vago propsito. Tremendas y muchas fueron sus cavilaciones con este motivo. Al fin, y como aquel nio que, de repente, halla el resorte que imprime fcil movimiento a una mquina, hasta entonces inmvil ante los ms desesperados esfuerzos, hizo una zapateta y se di tres manotadas sobre las nalgas, faltando as, por primera vez despus de muchos aos, a la compostura y circunspeccin que guardaba hasta con su propia persona. Haba logrado resolver la dificultad muy sencillamente. En lugar de elegir entre tantos un asunto solo, y de pedir una sola cosa, era preferible pedirlas todas y algo ms. Esto, sobre proporcionar mayores bienes a su pas, abra ms ancho campo a su fantasa. Presentara, pues, una proposicin al Congreso pidiendo las franquicias para el comercio y la navegacin, solicitadas por sus amigos; una carretera para cada pueblo, enlazadas con la general, y la exencin de pago de contribuciones pecuniarias y de sangre a toda la provincia, por el ao prximo venidero, en virtud de los mritos de la consabida plaga... y de otras muchas razones que l sabra exponer, de tal modo, que no solamente llevaran al nimo de los diputados el convencimiento, sino tambin el espanto y la consternacin. Firme ya en su propsito, comenz a estudiar su papel, escribiendo a ratos y buscando en otros los gabinetes ms solitarios de la casa, para manotear a su gusto y ensayar posturas interesantes delante de un espejo y detrs de una silla, en cuyo respaldo apoyaba sus manos para imitar en lo posible la posicin que ocupara en el Congreso el da en que hablara. Su mujer y su hija, entretanto, con el parecer, la habilidad y los recursos prestados de un tapicero de fama, preparaban su casa para dar cuanto antes la primera reunin con el lujo que el pblico tena _derecho_ a exigir de los opulentos seores de los Peascales. Cuando el templo estuvo convenientemente decorado, y las sacerdotisas bien vestidas, y el ambig rumbosamente surtido, por consejo de personas conocedoras de las aficiones ms exigentes de la _buena sociedad_, y las invitaciones repartidas, _El Ariete_ public la siguiente noticia: En conformidad con lo que dijimos en nuestro nmero del tantos, en la _Crnica de salones_, esta noche inaugurarn los suyos los seores de los Peascales. Sabemos que en ellos todo ser digno, as de la brillante concurrencia que ha de llenarlos, como de la proverbial amabilidad y del exquisito gusto de las seoras de la casa, y de la bien acreditada prodigalidad del opulento patricio y esclarecido anfitrin. Y se abrieron, y se llenaron, en efecto; que para eso, a ms de las intimidades de familia, haba convidado don Simn a todo el Congreso de diputados, autorizndolos de paso para llevar a sus seoras, los que las tuvieran, o a las personas de su confianza; y en parte alguna del mundo civilizado se desaira una fiesta que, por remate, ofrece ocasin de regodear el estmago de balde. No abusar de la paciencia del lector contndole punto por punto lo que pas en aqulla, ni le dir tampoco cuntos padres de la patria llevaban el frac mal sentado, como si no estuviera cortado a su medida, ni cules seoras de estos insignes patricios iban hilvanadas con las marchitas rebuscaduras del bal, ni qu familias _visibles_ de la corte estaban representadas all por apuesto mancebo o seductora dama. De algo de esto y mucho ms dieron detallada cuenta al da siguiente los peridicos que lo tienen por costumbre, y en ellos consta todava. Unicamente debo dejar consignado que Julieta estaba hecha una real moza, y que no se separ de ella un solo instante el consabido diplomtico de _El Ariete_; que doa Juana no caba en la casa, de satisfecha, soplada y bullidora; que don Simn se desviva por obsequiar a todo el mundo, a pesar de hallarse algo contrariado por la circunstancia de que un inesperado Consejo de Ministros haba impedido a alguno de stos honrar la casa con su presencia; y, por ltimo, que la concurrencia, deseando corresponder de un modo digno a tantos obsequios, bail de firme; registr toda la casa; murmur en cada rincn de la simplicidad del dueo y de la estrepitosa _cursilera_ de su seora; desafin el piano; desgaj, con parte de los tabiques, dos cortinones; se chup o se embols medio millar de ricos habanos, y dej el ambig como si sobre l hubiera pasado un huracn. Ni migas quedaron all. Por la razn apuntada ms atrs, no reproduzco algunos prrafos de los dedicados a la fiesta por _El Ariete_ al da siguiente, en los cuales se decan de Julieta cosas peregrinas a propsito de sus ojos negros, sedosas pestaas, morena tez y trgido seno; pintndola como la realidad del sueo ms oriental, y ponindola por encima de todas las sultanas habidas y por haber. Claro est que estos piropos eran hijos de la ardorosa fantasa del joven diplomtico. Pero en defecto de estas y otras sabrossimas lucubraciones, he de transcribir una carta que doa Juana escribi a cierta su amiga ntima de la ciudad, al da siguiente de la fiesta, y que, corregida por m, nicamente en lo ms indispensable de la ortografa, para mejor inteligencia del lector, al pie de la letra deca as: Ya habr usted visto por los papeles, cmo pensbamos dar en casa reuniones de tono. Pues, amiga de Dios, todo lo que all se dijo fue pantomina, comparado con lo que result anoche. Ay, doa Regustiana de mi alma! Djeme tomar aqu vientos, porque, de resultas, tengo la cabeza como una zambomba, y el palagar en carnes vivas. Pues, como la deca, lo de la noticia primera fu alcuerdo de un embajador soltero, que viene mucho a casa (y esto resrvelo en secreto, por si acaso), que adems escribe en papeles pblicos. Pues, amiga, la gente que aqu vino anoche, fu mucho de todo. Le digo a usted que los coches no caban en la calle; y del ruido que metan entend que el padimento se polvatizaba. Como mi marido es tan vistoso en las Cortes, y de los que ms figuran, vinieron horror de diputados con sus familias; y estuvo en un tris que no vinieran dos ministros, ntimos amigos de Simn. Pero otro da vendrn, si Dios quiere; que estas funciones han de repetirse. Pues a lo que la iba. Tumultos de gente vinieron tambin de fuera de las Cortes, y todas las amigas de casa, y mucha sociedad del buen tono que ya nos trataba.... Hija, no es alabanza; pero cmo cant este mal demonches de Julieta, y qu manos las suyas para teclear el peano! Le digo a usted que la casa se despampanaba despus con el palmoteo. El embajador estaba enftico de entusiasmo. No s en lo que parar esto del embajador; pero (y encltelo mucho) si va de la que va, le digo a usted que no s en qu va a parar. Pues estaba la casa adornada con mucho gusto; pues le aseguro a usted que en Madrid se consiguen los imposibles en hubiendo dinero largo. Tenamos hasta gfaros (_bcaros_ querra decir doa Juana), y llegaban hasta el portal la alfombra y las estautas. Aunque todo era gente muy circunspuesta, gloria daba ver cmo se divertan bailando e hiciendo miles diabluras toda la santa noche sin resollar. Pues lo que estaba manfico era el amegud que nos puso el fondista en el comedor; pues como no le regateamos el precio, puso el hombre all de cuanto Dios cri, con su pastalagrs (_pat foie-gras_, sin duda), y su pavo tup (_truff_). As es que la gente deca, a voz en cuello, que otra como ella no se haba visto en Madrid en jams de los jamases. Pues le aseguro a usted, doa Regustiana, que por bien empleado dbamos el dineral que nos costaba, al ver cmo todo aquel seoro tan principal se lo iba envasando al cuerpo sin ms ni ms. Pues no s de nde ha salido el dicho de que esta gente fina gasta remilgos para comer; que, por cierto y mi vida, le aseguro a usted que mayor franqueza que en mi casa tuvieron en la mesa, no la tendrn en la suya. Mire usted, doa Regustiana, que al ver cmo despachaban cuanto haba por delante, y al no conocer lo principal y regalona que era aquella gente, cualisquiera creera que mucha de ella haba venido a mi casa a matar el hambre. Pues vea usted si haba franqueza en la reunin. As es que cuarto que gaste usted en Madrid, en seguida luce. Da gusto, hija. Conque hemos quedado muy animados a poner otro amigud al primer baile que tengamos, que ser luego, segn de satisfechos que quedamos. Hoy no hablan de otra cosa los papeles, y ah le mando una docena de ellos para que reparta a las amigas, a ms de los que mandar Simn por el correo. Mucho, mucho papel hacemos aqu, y mucho ms nos espera si a Simn le sale bien la soflama que va a echar en Cortes! Lo que es l mucho manotea en los ensayos que tiene en su cuarto consigo mismo. Siempre levantar en cuajo a algn menisterio, y le obligar S.M. a tomar cartera. Pues yo lo sentira, porque el hombre est ya demasiado contrito de trabajo; y aunque con ello tendra una ms inflas, y podra ir a palacio como a su casa, la salud es lo primero, doa Regustiana; que a perro ladrador, la cebada al rabo. Pues Julieta estren un vestido de color de huevo estrellado, con sobrefalda de puf, y un enderezo de rubines y trompacios. Yo llevaba cuerpo alto y falda de media cola.... En fin, ya lo ver usted en los papeles, que lo relatan sin quitar un pelo. Pues desear que me diga usted lo que se cuenta por ah de nosotros con estos triunfos tan atroces. Julieta no escribe, porque est durmiendo. A m se me caen los plpagos de sueo, porque, hija, no he pegado el ojo desde antanoche; y por eso no soy ms oppara en esta carta. Otra vez la contar lo que ahora me callo, que le aseguro a usted, doa Regustiana, que es mucho y bueno. Conque reciba usted muchos besos de Julieta y atentos osequios de mi esposo; y con expresiones a las amigas, se despide hasta otra esta su servidora, que de veras la estima, JUANA ALUBIN DE LOS PEASCALES. CAPTULO XIX Pasaron das, y con ellos fueron creciendo las intimidades entre Julieta y el diplomtico, hasta el punto de vrselos como la sombra y el cuerpo en calles, paseos y espectculos; siendo de advertir que don Simn, no solamente lo consenta, sino que lo fomentaba con reiteradas atenciones hacia aqul, y con desmedidos elogios de sus prendas cuando de l hablaba en familia. En cuanto a doa Juana, era madre, y adems tonta, y adems vanidosa. Cmo no haba de entusiasmarse con aquel joven que, sobre ser un personaje, la llenaba a ella y a toda su casta de incienso en los peridicos y de lisonjas en la conversacin? Cmo no pagarle con todo gnero de deferencias la popularidad que iba dando en Madrid a la familia Peascales? Y qu podra suceder al cabo? Que Julieta y Arturo llegaran a mirarse como nacidos la una para el otro? Pues mejor que mejor. No era ella rica? No era l un personaje? No era joven? No tena talento y elegancia? Verdad es que, hasta aquella fecha, con ninguna credencial haba demostrado el embajador que lo hubiera sido real y efectivamente; pero no bastaban su aserto, y, sobre todo, las familiaridades que se permita con ministros y diputados en el saln de conferencias? De todas maneras, ya pensaba don Simn pedir, con cierto tino y cuando cayera la pesa, los necesarios informes a persona que pudiera drselos. Por de pronto, consultaba con l algunos puntos que deba tocar en su discurso, y aceptaba agradecido las enmiendas que le haca y los consejos que le daba acerca del uso de ciertas frases y determinados _arranques_. Presentado haba ya su proposicin a las Cortes, cuando fu llamado con gran urgencia por el Ministro de la Gobernacin, su _especial amigo_. Acudi a la cita ms que de prisa; encerrle S.E. en el camarn ms oculto de su despacho; y despus de pasarle la mano por el lomo y de regalarle una _breva_, --Cmo anda usted de fondos en Madrid?--le pregunt en seco. Don Simn se qued petrificado. Aquella pregunta, despus de los otros preparativos, le hizo temer que el Ministro le buscara la bolsa. Conoci ste, como si se los leyera en la cara, sus recelos, y se apresur a decirle, soltando la carcajada: --No lo pregunto para pedrselos prestados, seor don Simn.... Amigo, los hombres ricos tienen ustedes la tranquilidad en un hilo. Volvi a petrificarse entonces don Simn; pero fue de abochornado al ver descubierta su ruin sospecha; y como para enmendarlo, respondi con grandes aspavientos: --Ah, seor Ministro! Me juzga usted muy mal. Ya usted sabe que cuanto soy y tengo est a su disposicin. --Muchas gracias--contest con sorna su excelencia--. Pero, felizmente, no se trata ahora de eso, sino de todo lo contrario. --Cmo!--exclam Peascales abriendo mucho ojo. --En una palabra, deseo demostrar a usted que el Gobierno es buen amigo de sus amigos, revelndole, en confianza, la ocasin de hacer un buen negocio. --A ver, a ver!--dijo con ansia don Simn, arrimndose ms al Ministro. --Ya usted sabe--continu ste--cmo estamos autorizados, por un rasgo de confianza que nunca agradeceremos bastante a las Cortes, no solamente para arbitrar recursos con los cuales podamos vencer los gravsimos obstculos que entorpecen la marcha desembarazada del Tesoro, nterin se discuten los nuevos presupuestos, sino para decidir a nuestro gusto el cundo y el cmo; en fin, que se nos han dado amplias facultades para contratar. --Conformes. --Pues bien: el Gobierno tiene ya su plan formado, su resolucin hecha. --Adelante. --Y como usted es uno de sus mejores amigos, mis colegas y yo deseamos enterarle, antes que al pblico, de ciertos pormenores, a fin de que, como hombre de negocios, se prepare... y... ya usted me entiende. --Tantsimas gracias! Pero esos pormenores.... --Voy all. El Gobierno.... Y por Dios!, sea usted en esto reservado como una mazmorra; el Gobierno va a hacer un emprstito por suscripcin. Emitir papel con un inters anual de veinte por ciento. --Aprieta! --Mis colegas y yo hemos credo que un cebo semejante es el mejor atractivo. Las oposiciones dirn que lo hacemos porque est el Tesoro en quiebra, y porque el que se ahoga no mira el agua que bebe; pero le aseguro a usted que quien tal diga no estar en lo cierto. Por su parte, el Ministro de Hacienda se compromete a demostrar a usted que el emprstito, a pesar de ese inters, se hace en condiciones ventajossimas para el Estado. --Posible es--observ don Simn arrugando la cara. --No he concluido todava--aadi su excelencia--. El papel se emitir a setenta por ciento. --Santa Brbara! --Otra ventaja para el suscriptor! --Ya, ya!--refunfu don Simn. --No le parece a usted bastante claro todava el negocio?--preguntle con picaresca sonrisa el Ministro. --No es eso precisamente--respondi indeciso el diputado--. Es que, por regla general, no me gustan los negocios en papel. --Pero cuando el papel produce un veinte y se compra con un descuento de treinta... --Bien, y qu? --Que con el cebo de ese inters extraordinario..., figrese usted! --S; pero no veo yo garantas... --Qu ms garanta que el favor del pblico? --Adems, seor Ministro, y sta es la pura verdad: yo no tengo en Madrid ms fondos que los estrictamente indispensables para cubrir mis atenciones de familia, ni puedo distraer de mi casa de comercio grandes sumas. --Pues si usted tuviera que hacer eso--dijo entonces el Ministro, encareciendo mucho sus palabras--, qu importancia tendra la consideracin que quiere guardar a usted el Ministerio? --No comprendo... --Si cabalmente se trata aqu de que haga usted _la jugada_ sin desembolsar un cuarto, o poco ms! --Si usted se explicara... --Cree usted, alma de Dios--continu el Ministro exagerando el tono declamatorio de su discurso--, que un papel que se emite a setenta con un inters de veinte, no subir otros veinte..., diez, siquiera, al siguiente da de cubierto el emprstito..., al abrirse ste quiz? Pues vende usted en el acto, y de este modo hace usted en un par de das el negocio del siglo. --S: eso es el _a b c_ del oficio--dijo don Simn con un poquillo de desdn--; pero y si en vez de subir baja? --Amigo, si se cae el cielo!... Pero cmo ha de bajar un papel semejante en cuatro das? No era don Simn tan tirols en negocios como en poltica; por lo cual estuvo largo rato defendindose de los _desinteresados_ apremios del Ministro. Pero la verdad es que le halagaba no poco la consideracin de que, si bien se corran riesgos al tomar un papel tan barato y de tan pinges rendimientos, en cambio, si llegaba a mantenerse firme, se haca el negocio ms bonito que pudiera imaginarse. Y como tanto le empujaba el estmulo como le detena el temor, faltbale energa para adoptar una resolucin terminante. En estas dudas le sorprendi S. E., que lea en su cara como en un libro abierto. --Conque resueltamente no se anima usted?--le dijo, en su afn de obligarle ms y ms. --El caso es arduo--respondi don Simn mirndose las puntas de los pies. Conociendo S. E. que por aquel camino no llegaba al fin que se propona, se resolvi a echar por el atajo, y, en consecuencia, se expres as: --Debe usted considerar, adems, que el tomar ese papel ser un acto eminentemente patritico, atendidas las circunstancias extraordinarias que obligan al Gobierno a crearle. --Sin duda alguna; pero...--respondi don Simn, sin dar ms lumbres. --Tan patritico--aadi el Ministro--, que, tenindolo en cuenta el Gobierno, ha resuelto..., y esto s que ha de ocultarlo usted hasta de su propia sombra! --Por de contado--dijo don Simn, sintiendo excitada su curiosidad--. Y qu es lo que ha resuelto? --Distinguir de una manera honrosa a los seis mayores suscriptores. --Y cul es esa manera?--pregunt don Simn entonces, cegado ya por la vanidad. --Se trata--respondi el Ministro, hablando muy bajo y mirando alrededor, como si temiera ser odo--de repartir entre los seis citados suscriptores cuatro ttulos nobiliarios y dos grandes cruces.... Y sta es otra de las razones que yo he tenido, por encargo de mis colegas, y _aun de S.M._, para hablar a usted antes que a nadie; pues nos consta que el emprstito va a tener muchos golosos, y nosotros deseamos que sus ventajas recaigan en hombres tan dignos de ellas como usted. Mucho amaba don Simn a su caudal; pero no hasta el punto de no ser capaz de sacrificar una gran parte de l a cambio de una corona para sus membretes y carruajes, y de un pergamino que le elevase al nivel de la ms encopetada aristocracia. No poda el Ministro, por consiguiente, haberle puesto un cebo ms estimulante. Lo saba S.E.? Yo no lo dir, aunque bien pudiera. Lo que me cumple consignar es que a don Simn se le llen la boca de agua; le palpit el corazn con inusitada violencia; le temblaron las piernas, y, como por encanto, le desaparecieron aquellos reparos que antes le impedan ver en la compra del papel un negocio ventajoso. Por qu haba de bajar el papel y no subir? Y si bajaba, qu valdra toda la prdida? Y de todas maneras, cmo desairaba l _a S. M_. que, por lo visto, tena empeo en ennoblecerle? Todo esto y mucho ms se le ocurri a don Simn en un solo instante; y de tal modo influy en su nimo, que slo le tuvo para decir al Ministro, con mucho miedo de parecer demasiado exigente: --Si usted me permitiera meditar un poco sobre el particular..., aplazar mi respuesta hasta dentro de unos das... Demasiado conoca el Ministro que semejante proposicin era un modo, como otro cualquiera, de ocultarle don Simn que le haba convencido la promesa del ttulo nobiliario. As es que, accediendo con gusto a su peticin, le dijo despus, para obligarle ms: --Una sola cosa debo aadir a usted, por remate de nuestra conversacin; y es que el Gobierno, gracias al concurso de hombres tan importantes como usted, est asegurado para mucho tiempo, y que mientras viva, ese papel ha de merecerle una proteccin decidida. --Mi apoyo--repuso don Simn, ms blando que un guante--no ha de faltarle mientras yo le vea dispuesto a velar por los intereses del pas. --Maana le dar a usted otra prueba ms de que el bien del pas es su nico afn... --Maana, dice usted? --En el supuesto de que apoye usted su proposicin ese da, como asegura hoy _El Ariete_.... Y a propsito: tiene usted buenos amigos en la Prensa. Don Simn, que no haba ledo todava la noticia que le citaba el Ministro, rindi en el fondo de su corazn un nuevo tributo de gratitud al incansable celo del diplomtico, y respondi: --Favor inmerecido que me dispensan. --Justicia que se le hace a usted, amigo mo. Y aun me atrevera a asegurar a quin se la debe. --De veras?--pregunt don Simn con ansiedad, creyendo llegada la ocasin de saber lo que deseaba acerca del joven Arturo. --Es el mismo diablo ese chico!--dijo sonriendo S.E. --Luego le conoce usted? --Y quin no le conoce en Madrid?... Digo, en el supuesto de que sea el que yo creo, como me lo dan a entender el peridico, el estilo de los sueltos y sus frecuentes paseos con usted en el saln de conferencias. --Luego usted alude...? --Al insigne Arturo Maraas. --En efecto, le conozco, pero superficialmente...; quiero decir, que no hay entre nosotros... --Por supuesto, amigo mo. Cmo haba yo de creer que haba otro gnero de tratos entre un hombre como usted y _una persona semejante_? --Pues yo le crea un... medio personaje--replic don Simn, disimulando el mal efecto que le causaron las ltimas palabras del ministro, que aadi: --Hoy lo parecen todos, seor de los Peascales. --Y aun jurara--insisti ste--que le haba odo decir que perteneca al cuerpo diplomtico. Su excelencia solt la carcajada. --Luego no es cierto?--exclam don Simn--. Luego no ha representado nunca a Espaa en ninguna corte extranjera? El ministro volvi a rerse con toda su alma. Don Simn entonces solt tambin su poco de carcajada; pero su risa era la del conejo. Despus exclam: --Pero es posible que con tal descaro se mienta? --Si cabalmente lo que ms gracia me hace en ese hombre--dijo al cabo S.E.--es su especial habilidad para mentir sin faltar por completo a la verdad! --No comprendo... --A usted le ha dicho, quiz, que ha sido embajador? --Poco menos...; y que los gobiernos han combatido siempre en las urnas su candidatura, por el miedo que les inspiraba. --Ja, ja, ja! --Por lo cual no ha logrado todava salir diputado. --Ja, ja, ja! --Conque no es cierto, eh? --Ni con cien leguas! --Qu demonio de chico!--exclam entonces don Simn, pellizcndose los muslos. --Recuerdo--continu el ministro--que una vez se le di una comisin extraordinaria, que nadie haba querido aceptar, para la costa de Africa, con motivo de unos nufragos que estuvieron a punto de ser engullidos por aquellos brbaros; y me consta que varias veces le han sido rechazadas sus pretensiones de presentarse en un distrito como candidato ministerial. A esto llama l, sin duda, pertenecer al cuerpo diplomtico y ser temible a los gobiernos. --Evidentemente! --Ja, ja, ja! --Ja, ja, ja!--repiti a regaadientes don Simn, creyendo saber ya demasiado y ponindose en pie. --Si hay cada gato en Madrid--djole el ministro, levantndose tambin--, que se pierde de vista!... Y no lo digo precisamente por el joven Arturo, de quien, en honor de la verdad, nada s que pueda afrentarle, aparte de ese afn que muestra siempre de darse una importancia que no tiene. Pero abundan otros pjaros de mucha cuenta, de los cuales hay que huir como de la peste. --No me duermo yo sobre la paja!--observ don Simn, queriendo decir un chiste. --Por lo dems--aadi S.E. llevndole hasta la puerta de su despacho--, excuso recomendarle de nuevo el asunto que aqu nos ha reunido, y la ms completa reserva por unos das. --En cuanto a reservado--dijo don Simn hinchndose mucho--, no es por alabarme; pero soy lo mismo que un alcornoque. --Me consta, amigo mo--repuso el ministro sonriendo, quizs sin segunda intencin. Y nuestro diputado baj las escaleras echando chispas. Se le figuraba que tardaba demasiado en llegar a su casa para cerrar las puertas de ella al diplomtico de pega. Si el da antes hubiera hecho las averiguaciones que acababa de hacer respecto de este personaje, en el acto habra roto con l todo gnero de relaciones: cmo no proceder as desde el momento en que estaba abocado a ser ttulo de Castilla? Qu dira la aristocracia vieja si le vea cultivando el trato de un charlatn semejante?... Pero sera tiempo todava de evitar algo que sospechaba? Estara Julieta tan resuelta como l a cortar todo trato con aquel hombre?... Pero si no lo estuviera, cundo mejor que entonces haban de servirle de algo sus derechos de padre y de jefe de familia? En estas y otras cavilaciones, lleg a casa; tan oportunamente, que se encontr en ella al joven Arturo en ntima conversacin con Julieta, mientras doa Juana se haca la desentendida, removiendo sillas y muecos que estaban muy en su lugar. --Seor don Arturo--dijo sin otro ceremonial don Simn, al aparecer en escena--, tengo que hablar con usted, a solas unas cuantas palabras. El interpelado, tan fino como siempre y no sospechando lo que iba a sucederle, tom el sombrero que tena sobre una silla, se levant de la que ocupaba, y dijo al recin llegado: -Estoy siempre a la disposicin de usted. Don Simn le condujo hasta el vestbulo; y echando una mano al pasador de la puerta de la escalera, le dijo muy serio: --Como yo nunca miento, creo siempre a los hombres por su palabra. Creyendo las de usted, le abr mi corazn y las puertas de mi casa. Hoy he sabido que no es usted digno del uno ni de la otra, y le planto de patitas en la calle. Y abri la puerta de par en par. Arturo, de pronto, se puso plido; pero recobrando en seguida su serenidad, calse el sombrero, y respondi con descaro y cierta altivez: --Nada hay en mi vida cuyo recuerdo pueda abochornarme; por lo tanto, le exijo a usted una explicacin de esas palabras que me ha dirigido en son de afrenta. --No necesito dar ms explicaciones que sta!--dijo don Simn, empujndole hasta la escalera y cerrando en seguida la puerta. Arturo, al verse tratado as, rugi de ira; y no sabiendo qu partido tomar en momentos tan crticos, satisfzose, por de pronto, con arrimar la boca al ventanillo y gritar con todas sus fuerzas: --Estpido!... Tiembla por ti! Y baj en seguida la escalera, como si le llevaran los demonios. Pero don Simn oy la amenaza y tembl; no de miedo a la muerte, sino de horror a la palabra _estpido_! con que le bautizaba aquel hombre, el mismo que tantas veces haba ponderado su talento. Cundo le haba dicho la verdad? Aturdido por esta duda, se dirigi al gabinete en que haban quedado su mujer y su hija; y sin tomar nuevo aliento, les refiri lo que acababa de hacer y lo que, como causa de ello, le haba contado el ministro. Doa Juana se qued hecha una estatua; pero a Julieta le centellearon los ojos. Pocos momentos despus se enredaba una agitadsima discusin entre aquella familia, hasta entonces modelo de paz y de armona. Don Simn estaba resuelto a que Arturo no volviera a poner los pies all. Julieta, que haba sabido por multitud de respuestas, arrancadas a su padre, que en la conducta de aqul no haba de censurable ms que el afn de darse importancia, protestaba contra una medida tan violenta; y doa Juana apoyaba a su hija. Don Simn insista en sus propsitos, y se abroquelaba en sus indiscutibles derechos. Pero Julieta era ms difcil de someter de lo que a su padre se le haba figurado hasta entonces. Bajo aquella capa de glacial desdn, se ocultaron siempre un corazn fogoso y una voluntad de hierro. Slo haba faltado a estos elementos, para dejarse sentir en toda su fuerza poderosa, algo que los estimulara. Este estmulo le tena ya en Arturo, en su recuerdo gratsimo. --En la ciudad--dijo, entre otras cosas, Julieta a su padre--, todos los pretendientes a mi mano le parecieron a usted indignos de ella, por juzgarlos hombres de poca importancia; y como ninguno me interesaba, renunci a ellos sin grande esfuerzo. En Madrid, pareca haberse hallado el tipo del marido que me convena. Presentronmele, hicironme conocer su talento y su hermosura; y cuando ha llegado a interesarme, cuando quiz... le amo, se le arroja para siempre de mi lado por un delito que es cabalmente, aunque en otra forma, el pecado capital de mi propia familia. Y se pretende ahora que con la facilidad con que se le cierran las puertas de esta casa, le cierre yo las de mi corazn!... Esto es imposible! Don Simn no supo qu responder a esta parrafada. Estaba admirado de su hija, a quien jams haba credo mujer de tal tesn ni de semejante elocuencia. En cuanto a doa Juana, no slo la aplaudi con todas sus fuerzas, sino que la di un apretado abrazo. Entonces comprendi don Simn que no bastaban sus propios elementos para conjurar los que se le ponan enfrente, y se decidi, como los malos predicadores, a sacar el Cristo para conmover ms fcilmente. As, pues, confi a su mujer el _secreto_ del fascinador ttulo nobiliario, y la pregunt en seguida, con el acento ms dramtico que pudo, si le parecera regular proteger los amores de su hija con un _perdulario_ semejante, cuando estaba prxima a ceir sus sienes... acaso con la ducal corona. No se enga don Simn, en cuanto al efecto que se prometa, en su mujer a lo menos, de este argumento; pues doa Juana, como si le hubiera recibido en medio de la nuca, descompuesta y febril, comenz a fulminar tempestades sobre su hija, porque, con sus locos amores, quera desautorizar a su familia ante la ilustre clase a que ya se daba por perteneciente. Al ver tan loca intemperancia, Julieta, por toda respuesta, mir a su madre con un gesto que daba la medida exacta de la capacidad de doa Juana; lanz otra ojeada no menos expresiva ni ms lisonjera a su padre, y sali del gabinete para encerrarse en el suyo, en el cual devor en silencio muchas lgrimas de ira, y tal vez ech los cimientos de algn propsito rebelde. Y como don Simn no tena mucho tiempo que perder, se fu a su despacho, desprendindose a duras penas de su mujer, que no se cansaba de preguntarle _cmos y cundos_, y se puso a escribir al encargado de su casa de comercio, ordenndole que, a vuelta de correo, le librase cuantos fondos tuviera disponibles y le dijera con qu otros podra contar y en qu fechas. En seguida se dedic a repasar su discurso, el cual deba pronunciar al da siguiente. Pero con qu nimos _ensayaba_! La discordia haba entrado ya en su casa, y el hombre que deba ser su panegirista al otro da, acababa de llamarle _estpido_! a sus barbas, y probablemente se lo repetira muy luego en letras de molde. Oh!..., si le hubiera sido posible retirar del Congreso su proposicin! Si el demonio no le hubiera tentado para presentarla! Si, a lo menos, los compromisos de su posicin jerrquica le hubieran permitido retardar unos das el rompimiento!... Pero ya no tena enmienda. El abismo estaba abierto, y era preciso lanzarse sobre l. A bien que al otro lado le esperaban un ilustre pergamino, objeto de las ambiciones de la mitad de su vida, y la gloria de su nombre en la admiracin del pas. No era corto el espacio comparado con las alas? CAPTULO XX Y lleg el instante fiero. Un secretario ley en el Congreso la proposicin de nuestro diputado, y el presidente dijo en seguida: --El seor de los Peascales tiene la palabra para apoyarla. Jams oy el aludido un estruendo tan horripilante como el que formaron estas palabras en sus odos. La proposicin, por sus extraos trminos, haba adquirido cierta celebridad en el Congreso, y el _orador_ se estrenaba con ella. Todo esto contribuy a que los diputados, contra lo que esperaba don Simn por nico consuelo, permaneciesen en sus bancos. El trance en que se le pona era superior a sus fuerzas. Y para acabar de perderlas, en el momento de levantarse para hablar, vi en la tribuna de periodistas, que tena enfrente, a su jurado enemigo, de pie, en primer trmino, con el lpiz en una mano y el papel en la otra, mirndole con ojos de basilisco. Ms que a tomar nota de las palabras del diputado, pareca dispuesto a dibujar su caricatura. Las dems tribunas, llenas como siempre. Felizmente su familia se haba quedado en casa, por no querer Julieta salir de ella. Plido como la muerte, y trmulo de espanto, se levant don Simn de su banco, y se apoy con ambas manos en el delantero. Quiso hablar y le falt la voz. Pidi por seas un vaso de agua, y mientras se le traan, se limpi la boca con el pauelo; tosi e hizo cuanto es de rigor en casos de angustia semejante. Un ujier se le acerc con dos vasos llenos en una bandeja. Bebise el contenido de uno sin resollar. Poco despus hall voz en su garganta, y dijo: Seores diputados.... Nueva dificultad! No se le oa. Quiso decirlo ms recio, y lo dijo a gritos. (_Risas_.) Baj de tono, pero no se puso en el conveniente. As recorri todos los de la escala, y no di con la _tessitura_ hasta la sptima embestida. Pero haba perdido en el tanteo la poca serenidad que le quedaba. Entonces se trag el segundo vaso de agua; y al ver desocupados los dos, el ujier puso a su lado otra bandeja con otros tres. (_Carcajadas en escaos y tribunas_.) Don Simn sinti entonces trocarse su angustia en desesperacin. Hizo un esfuerzo supremo, y se tir de pechos al asunto, como pudiera haberse tirado desde un balcn a la calle, si junto a s le hubiera tenido abierto. As sali ello! En su vrtigo desatentado, troc todos los frenos; y viendo las cosas del revs, pidi que se abriera un canal en cada habitante de su provincia, y que se eximiera del pago de la contribucin a todas las carreteras de aquel pas, como era justo... y _contingente_, segn pensaba demostrarlo. Pero la ebullicin del Congreso lleg entonces a parecerse a una tempestad, y el _honorable_ diputado, sintiendo hundirse el suelo bajo sus plantas y desplomarse el techo sobre su cabeza, cort de pronto el hilo de su enmaraado discurso, y concluy en seco. Levantse en seguida en el banco azul su amigo el ministro de la Gobernacin, a asegurar al aturdido diputado que el Ministerio estaba dispuesto a secundar, en cuanto le fuera dable, el propsito contenido en la proposicin que acababa de apoyarse; mas a pesar de esto y de haber sido tomada en consideracin por el Congreso, don Simn no pudo consolarse. La corrida que acababan de darle haba sido mayscula, y temblaba tambin por la que le dara el pas si lea su discurso tal cual haba sido pronunciado. Por ver si tena enmienda, se fue ms tarde a la redaccin del _Diario_, y all le tranquilizaron un poco. Siguiendo la costumbre establecida, se le dijo que se pondra lo que l quisiera, para lo cual dej sobre la mesa todo su discurso, tal como se le haba corregido Arturo cuando an era su amigo. Del mal, el menos. Aquella noche se acost temprano y no durmi; pero, en cambio, sud copiosamente. Al otro da no tuvo valor para hojear los peridicos de oposicin; pero una fuerza irresistible le hizo fijarse en _El Ariete_. Primero ley su discurso en el extracto de la sesin, y se admir al ver _qu bonito_ estaba. En seguida clav su vista en la _Crnica parlamentaria_; y entonces estuvo a pique de morirse de repente, al leer, entre otros, nada lisonjeros para l, estos renglones: La proposicin del diputado Peascales, clebre desde ayer en los fastos parlamentarios, es una verdadera monstruosidad en la forma y en el fondo; y bien seguro es que no hubiramos dicho de ella lo que dijimos al anunciarla, si la hubiramos conocido entonces como la conocemos ahora. Esa misma monstruosidad hace muy difcil, si no imposible, que se la pueda presentar a la Cmara como hija de una verdadera necesidad de los pueblos, a cuyo beneficio se encamina. Para empresa tan colosal no bastan las fuerzas del ms hbil tribuno. Qu efecto haba de causar ante las Cortes, apoyada por un ignorante ridculo, que cree que es lo mismo sumar columnas de guarismos qu hablar ante la representacin del pas! Responda por nosotros la sesin de ayer. Y cuenta que no sentimos lo ocurrido en ella por la gloria del _orador_, corrido all como una liebre, pues por muchas que sean sus presunciones, no debe, en su estulticia ingnita, aspirar a mayores triunfos; sino por el prestigio del Parlamento y por la dignidad del Ministerio, que acogi bajo su amparo un asunto que pas los lmites de lo grotesco. Cuando tales cosas deca de l un diario ministerial, que poco antes le haba puesto en los cuernos de la luna, qu no diran los que, amn de ser de oposicin, no tenan que guardarle miramiento alguno? Jams supo el pobre hombre hasta qu punto le maltrat aquel da la prensa de todos matices. Y no fu poca su suerte en ignorarlo, pues la sospecha de ello solamente le tuvo tres das en la cama, a caldo colado. Cuando se levant, entre la montaa de cartas que se le haban aglomerado en la mesa de su despacho, hall tres que merecieron su preferencia. La una era de sus amigos de la ciudad, que le felicitaban por el _triunfo_ obtenido en las Cortes al defender tan _brillantemente_ los intereses de su pas. Con este _golpe_--le decan entre otras cosas--, ha tapado usted la boca a los que aqu se permitan murmurar de su ciego ministerialismo, bien probado con el voto que di al Gobierno en la cuestin del emprstito. Revivi con esta incensada el amortiguado espritu de don Simn, y en el acto se puso a contestar a sus amigos, dndoles las gracias y asegurndoles que en la ya prxima discusin de los presupuestos demostrara a sus murmuradores cun leve era su adhesin al Ministerio, comparada con su amor al pas que representaba. La segunda carta era de su apoderado. Le remita letras por valor de veinte mil duros, y pona a su disposicin cuarenta mil ms para dentro de quince das, y otros veinte mil para fin de mes, fechas en las cuales tena la casa esos vencimientos que cobrar de las acreditadsimas A... y B..., y cubiertas todas sus atenciones del momento. La tercera carta era del ministro, el cual le participaba, _en confianza_, que el emprstito estaba a punto de abrirse. El caso era de apuro para don Simn. Resuelto a hacer una hombrada en lo del emprstito, los ochenta mil duros de que poda disponer le parecieron poca cosa, y, por consiguiente, una miseria los veinte mil del momento. Qu valan stos para aspirar l, como principal suscriptor, a la ofrecida recompensa? Habra tantos banqueros que le aventajaran por triplicado! Poda ir comprando papel a medida que le fueran remitiendo fondos; pero y si se cubra el emprstito el primer da? Adis ttulo nobiliario entonces!... No le quedaba otro remedio que _hacer dinero_ a todo trance; y lo ms sencillo le pareci girar a cargo de su casa las cantidades, y a las fechas marcadas por su apoderado, y negociar las letras en la Bolsa. Y as lo hizo. CAPTULO XXI Don Simn consigui muy fcilmente ser, no de los primeros, sino el primero entre los primeros suscriptores, porque el emprstito tuvo pocos golosos. Pero el Ministro no le concedi el ofrecido premio. Al abrirse aqul, volvi a combatirle, desbordada, la prensa de oposicin; prob, sin gran dificultad, que semejante operacin era el sntoma ms evidente de la bancarrota que amenazaba; cundi la desconfianza, y del primer tirn baj el papel diez por ciento. Cmo haba de colocarse el resto? Y no colocndose todo, cmo haba de saber el Gobierno quin mereca los ttulos de nobleza y las grandes cruces? Pero bueno estaba el Ministerio para pensar en tales frusleras! Al desastre del emprstito haba seguido otro no menos grave para los Ministros. Una contradanza de gobernadores y una hornada de altos funcionarios se haban hecho indispensables en aquellos das; y como las vacantes eran menos que los diputados ministeriales, hubo entre stos disgustos, discordias y desavenencias, ya por razn de despecho, ya por razn de estmago; cundi la indisciplina, y de la noche a la maana se hall el Gobierno en grave riesgo de perder la mitad de sus huestes. Entonces tom la poltica ese aspecto edificante, que es la delicia de los hombres libres y la mostaza del _sistema_. Cabildeos por ac, reuniones por all, ofertas de este lado, splicas del otro, grupos en aquel rincn, voces en este pasillo, citas a deshora, carruajes que van, personajes que intervienen.... Y entretanto, la prensa hablando de crisis; refiriendo idas y venidas; resultados que se esperan; fines que se temen; bofetones que se dieron, y lances de honor que se _arreglan_. Para colmo de complicaciones, haba empezado en el Congreso la discusin de los presupuestos, cosa rara!; y el Gobierno, que haba prometido dejar la cuestin libre a sus diputados, como las oposiciones le cercenaban los ingresos y el emprstito no se cubra, no tuvo ms remedio que hacer _cuestin de gabinete_ la aprobacin de ciertos captulos. Entonces fu cuando Peascales perdi la serenidad y se ech de bruces en el agitado mar de la poltica. Su situacin no era para menos. Por compromiso adquirido con sus amigos y aun con su propia conciencia, deba votar todo aquello que tendiera a aliviar las cargas de los agobiados pueblos.... Y cabalmente iba a darse la batalla primera en los artculos que recargaban desatentadamente la propiedad territorial, ya de muy antiguo gravada con impuestos insoportables. Y l era representante de un distrito rural! Pero tena comprometida la mitad de su fortuna, acaso toda ella al da siguiente, en un negocio cuya nica garanta era la conservacin del Ministerio que le haba metido en el ajo; Ministerio a la sazn tan inseguro por las deserciones ocurridas en sus filas, que un solo voto de ms o de menos poda salvarle o perderle. Cmo votaba l con la oposicin?... No vacil siquiera. Con cuerpo y alma se dedic, y con mayor empeo a medida que el da funesto se acercaba, a predicar la paz y la concordia entre las fuerzas disidentes. Loco intento el suyo!... Aquellos polticos, al revs que l, cuando ms hundido vean a un Gobierno, con menos inters le miraban; y en cuanto le consideraban moribundo, como ya nada poda darles, corran a agruparse en derredor de los hombres indicados para sucederle en el poder. Cuando don Simn se hubo penetrado de esta ya vieja _teora_ parlamentaria, se di a los demonios, y hasta se atrevi a decir iracundo a algunos desertores: --Pero qu patriotismo es se? Ayer apoyando al Gobierno, como al mejor de los posibles, y hoy combatindole por una nimiedad! --Y qu patriotismo es el de usted?--le contestaron.--Votar contra los intereses de los pueblos, por salvar los que tiene usted comprometidos con _esta gente_! La rplica no tena vuelta; y ya sudaba don Simn por falta de una, cuando el Ministro se le acerc. Insinundosele ste con un discreto tirn de la levita, le llev hasta el pasillo ms obscuro, y all le dijo muy callandito: --Animo, amigo mo! La cosa marcha bien. Firme con ellos, y cuidado con dejarse seducir por esa _patulea de hambrientos_! Su ttulo de usted est firmado ya, y el emprstito cubierto, a juzgar por las ltimas noticas transmitidas al Gobierno. Y dejando a don Simn ms turulato de lo que estaba, coga S.E. a otro diputado y le deca algo que pudiera halagarle; mientras a Peascales le agarraba un disidente, y pintndole con vivos colores la situacin de la patria, y ofrecindole en nombre de _su partido_ torres y montones, pona al Ministerio y a los ministeriales como trapos de fregar. Y en estas vertiginosas evoluciones, todo el Congreso durante muchos das; el Ministerio prolongando el debate cuanto le era dado para alejar la votacin hasta tanto que pudiera ganarla, o convencerse de que la tena perdida; la prensa desatada, y los centros administrativos cruzados de brazos, esperando la resolucin de la inminente crisis que acabara con un cambio completo del personal; en el cual caso, para qu dar una plumada ms? Entretanto, la muerte del Gobierno era inevitable. Los diputados que le quedaban fieles, lo eran a causa de haberse visto complacidos en aquello mismo en que haban sido desairados los disidentes. Cmo atraer a stos y no perder a los otros, no habiendo cebo para todos? Y el da de la votacin avanzaba rpido, a pesar de los subterfugios del Gobierno; y los peridicos se desgaitaban descomponiendo en cifras las fracciones del Congreso. Segn el clculo ms lisonjero que podan hacer los ministeriales, el Gobierno iba a ser derrotado por tres miserables votos! --Para cundo son las pulmonas y los clicos cerrados?--exclamaba, al leerlo, don Simn en su despacho, y sin pararse ya en barbaridad ms o menos. Reflexionaba as el Ministerio? Tal vez; pero no se le trasluca. Nada ms fcil a ste que inutilizar media docena de diputados hostiles por medio de otros tantos autos de prisin, o de falsos telegramas que los alejasen de Madrid el da crtico; pero estaba l seguro de que apelando a estos extremos, aunque muy parlamentarios, nada buenos, no le exterminasen las oposiciones otros tantos auxiliares, con una paliza, por ejemplo? No haba, pues, otro remedio que tomar los acontecimientos como se presentaran. Y lleg as el da fatal; y aunque los cabildeos y la efervescencia no cesaron un instante, y don Simn vot con tal ira y tal mpetu que arranc carcajadas a las tribunas, el Gobierno perdi el pleito; y como no tena a la mano un decreto dado por la _regia prerrogativa_, dise por muerto y present su dimisin. Peascales entonces, creyendo ver un abismo abierto a sus pies, cay con un sncope, entre la rechifla de las huestes victoriosas. CAPTULO XXII El nuevo Ministerio pareca complacerse en deshacer cuanto su predecesor haba hecho. Eran ambos de una misma familia; y sabido es que las guerras intestinas son tanto ms encarnizadas cuanto ms afines son los beligerantes. Los peridicos ministeriales sacaron a la luz de la publicidad todos los trapillos del Gobierno cado, y hubo especial empeo en hablar de los cuatro ttulos de nobleza y las dos grandes cruces consabidas, y en trastear particularmente a don Simn, como a novillo bravo. Con estas tendencias del nuevo Ministerio, el papel del emprstito baj hasta la mitad de su valor. Tal fu el primer caldo que tom Peascales al convalecer del sofocn que le tumb en el Congreso al caer el Gobierno que le _protega_. El segundo caldo fue todava ms amargo. Faltaban dos das para vencer los primeros giros que haba hecho a cargo de su misma casa, y segua bajando desastrosamente el papel en que haba invertido aquellos fondos, cuando recibi el siguiente lacnico telegrama de su apoderado: _Casa A... suspendi pagos; necesito fondos vencimientos pasado maana. Consternacin plaza_. Este golpe era terrible para don Simn. Se recordar que con lo que deba entregar la casa A... a la suya contaba sta para pagar los cuarenta mil duros girados por aqul. Qu desquiciamiento no sufrira la mquina de sus negocios, para llenar tan enorme vaco con recursos destinados a otras atenciones indispensables! Qu serie de complicaciones no podra traer la quiebra de una casa tan importante como la que acababa de suspender los pagos! Cmo se presentaran las cosas a fin de mes, poca en que vencan los otros giros! Y entretanto, qu haca l para ayudar a su casa, con ochenta mil duros invertidos en un papel que no vala diez mil, vendido en el acto? Entonces s que maldijo con todo su corazn la hora en que sali de su casa, y el momento en que se decidi a pisar el campo de la poltica y a dejar las apacibles tareas de sus fciles negocios; a trocar el prestigio y la consideracin de que gozaba entre los prohombres de su pas, por una ilusin de grandeza, que, en realidad, slo le haba valido desengaos, y empezaba a amenazarle con la ruina y la miseria! No cabindole el susto en el corazn ni hallando sus pulmones aire bastante en el recinto de su despacho, sali en busca de su familia para desahogar con ella una parte siquiera de la angustia que le asfixiaba; pero no tuvo necesidad de recorrer mucho camino, porque a la mitad de l se tropez con doa Juana, que vena buscndole, plida, con la boca abierta, las manos sobre el cogote y los ojos extraviados. Creyndola enterada del desastre por alguna noticia particular, la dijo con el mayor desaliento: --Conque ya lo sabas? --Hace diez minutos nada ms!--respondi doa Juana, trmula y tartamudeando. --Quin te lo cont? --Nadie. --No puede ser eso. Alguno te ha dicho... --Repito que nadie. Viendo yo que no sala de su cuarto a la hora acostumbrada, fu all para ver si estaba enferma. Entro, y no la hallo; la busco por toda la casa, y no parece; llamo a la doncella, y tampoco est en casa; vuelvo a su gabinete, y veo la cama sin deshacer, su ropero en desorden y vaco el cofrecillo de sus alhajas. --Pero de quin me ests hablando?--grit el infeliz Peascales, dominado de pronto por una horrible sospecha. --De Julieta--respondi con igual asombro doa Juana--; de Julieta, que debe de haber hudo de casa anoche o esta maana muy temprano.... Pues de qu otra cosa venas a hablarme t? Doa Juana no obtuvo respuesta a esta pregunta, porque su marido cay al suelo como un tronco, sin soltar el telegrama que llevaba en la mano. Apoderse de l doa Juana, por ver si hallaba un poco de luz en tan pavorosa obscuridad; y aunque no comprendi por la lectura de las desvencijadas frases toda la verdad, temi lo ms malo; y como en todo era extremosa, se desplom sobre su marido, formando los dos cuerpos en el suelo un solo montn, y no pequeo. Poco despus de volver ambos en s, entregaron a don Simn una carta, con sello del correo interior. Era de Julieta, y deca: Cuando ustedes reciban sta, har muchas horas que he abandonado esa casa, amparada por el elegido de mi corazn; el mismo a quien ustedes arrojaron de ella. Estoy en la de una persona de toda respetabilidad, hasta tanto que no se me conceda el ms cordial beneplcito para unirme ante Dios al que ya es dueo de mi libertad. Si este mi deseo vivsimo les merece una respuesta favorable, dirjanmela por el correo, que yo cuidar de recogerla en la lista. Si con el silencio me responden, me acoger al derecho que me da la ley, pues estoy resuelta a todo, menos a renunciar a un enlace en el cual fundo toda la felicidad de mi vida. Comprendo la magnitud del dolor que a ustedes causar la forma violenta de mi inquebrantable resolucin, y le lloro con el alma, porque es muy grande el amor que les profesa su desgraciada hija, JULIETA. Necesito pintar el efecto que produjo esta carta en el atribulado matrimonio? Seguramente que no. Don Simn y su mujer podran ser todo lo bestias que se quisiera para no comprender la inminencia de ciertos peligros en un carcter como el de Julieta; pero, al cabo, eran padres de sta, y la amaban con delirio. En su afn de recobrarla, pensaron en poner en juego a la polica, dando parte del suceso hasta al Gobierno, si fuese necesario; pero no equivaldran estos pasos a publicar su propia deshonra? Preferible era proceder de otra manera ms sigilosa para hallar la oveja descarriada. Pero vuelta sta al redil, sola, y en el supuesto, nada aventurado, de que el suceso hubiese transcendido, por muy honrada que volviera, habra muchas personas que lo creyesen, y, entre stas, una que se atreviera a pedir su mano? Ms an: se atrevera a concederle la suya el mismo hombre que la haba robado, si llegaba a advertir que el caudal de la fugitiva estaba expuesto a deshacerse como la nieve al sol? Todas estas y otras anlogas reflexiones se hicieron al instante sus acongojados padres, que al fin se decidieron a poner en el correo una carta, segn la cual accedan de buena gana a los deseos de Julieta, con la condicin de que sta tornase pronto al paterno hogar. Hecho esto, procedi don Simn a vender de cualquier modo el papel que tena del emprstito y a remitir a su casa su mezquino valor. CAPTULO XXIII Pocos das despus se celebraron las bodas de Julieta y Arturo, hechas las paces y prometida de ambas partes la ms cordial intimidad para lo futuro. Pero don Simn, al mostrarse afable y complacido en la _fiesta_, slo rea con la cara. Su corazn estaba herido por el desengao triste que le haba dado la violenta resolucin de su hija, y por el no ms alegre que le costaba la mitad de su fortuna. Doa Juana estaba hecha una simple, y tan pronto rea como lloraba. Arturo y Julieta eran, en cambio, completamente felices en aquellos momentos. Pero qu novios no lo fueron el da de la boda y aun algunos despus? Que _El Ariete_ habl largamente de la boda de la hermosa Julieta de los Peascales con nuestro compaero el distinguido escritor y diplomtico don Arturo Maraas, no hay para qu decirlo, porque se supone fcilmente; pero, ay!, a don Simn no le pas de las narices aquel incienso: conservaba mucho ms adentro el recuerdo martirizador de la palabra _estpido_, con que le haba calificado el mismo que quiz redactaba aquellos lisonjeros prrafos, y saba de memoria los que haba dedicado la misma pluma a su desastre parlamentario. Doa Juana era la que todava se pagaba mucho de esas cosas, y las aceptaba con entusiasmo, por el efecto que haran en la ciudad, para la cual anunciaba _El Ariete_ la inmediata salida de los recin casados, con toda su familia. CAPTULO XXIV Y salieron, en efecto; mas no como principio de un largo viaje de recreo, segn afirmaba el peridico, sino porque a don Simn le urga mucho volver a su casa para enterarse del verdadero estado de sus negocios, y prevenirse, si le era dable, contra nuevos desastres. A su llegada tuvo visitas sin cuento, felicitaciones sin nmero, y hasta serenatas; pero todo ello le supo a rejalgar; porque la quiebra que le haba cogido los cuarenta mil del pico, haba hecho vacilar a otras casas, con las cuales tena tambin la suya no pocas relaciones, resultando de semejante complicacin que se vi muy mal para llenar sus compromisos a fin de mes. Cumplilos al cabo; pero no sin ver mermada su fortuna en ms de dos terceras partes, y, lo que fu an ms triste, su crdito comprometido. Entonces enter a su yerno de cuanto le ocurra; y Arturo, que se haba propuesto brillar en el ancho campo de la poltica a expensas de su suegro, hall ms conveniente, si no ms placentero, pedir a ste un atril en su escritorio y ayudarle con todas sus fuerzas a levantar el edificio que pareca desmoronarse. Acept la oferta de buen grado don Simn; y como el otro no era tonto, ayudado de su inters particular, ya que no de sus inclinaciones naturales, que eran bien opuestas al comercio, hzose en poco tiempo un _pinche_ de primera fuerza, y lleg a ser un comerciante en toda regla. Las ltimas noticias que yo tuve de esta apreciable familia, la pintaban en camino de recobrar la hundida fortuna, pero muy lejos todava de conseguirlo; doa Juana se haba quedado mema de un _aire perltico_; Julieta tena dos hermosos nios; Arturo diriga la casa de comercio, y don Simn haba sido expulsado del Casino por haber dicho en pleno _Senado_, en una de sus tertulias ms borrascosas, estas sencillsimas palabras, hijas legtimas de sus desengaos, que tan caro le costaban: --El mal no est en que, por casualidad, salga de un mal tabernero un buen ministro, o un gran alcalde, o un perfecto modelo de hombres de sociedad; la desgracia de Espaa, la del mundo actual, consiste en que quieran ser ministros todos los taberneros, y en que haya dado en llamarse verdadera _cultura_ a la de una sociedad en que _dan el tono_ los _caldistas_ como yo. 1872. =LIBRERA GENERAL DE VICTORIANO SUREZ= PRECIADOS, 48 MADRID =Cortejn= (C.), Director y Catedrtico de Historia de la Literatura en el Instituto de Barcelona y Correspondiente de la Real Academia Espaola. _Arte de componer en Lengua castellana_. 4. edicin. Madrid, 1911. En 4., 6 pesetas. =Mayans y Sscar= (G.).--_Orgenes de la lengua espaola_, compuestos por varios autores, recogidos por D. Gregorio Mayans y Sscar, Bibliotecario del Rey, publicados por primera vez en 1737 y reimpresos en 1873, con un prlogo de D. Juan Eugenio Hartzenbusch y notas al Dilogo de las lenguas y a los orgenes de la lengua, de Mayans, por D. Eduardo Mier. Madrid, 1873. En 4., 8 pesetas. End of Project Gutenberg's Los Hombres de Pro, by D. Jos M. de Pereda License: Share Alike