E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this file which includes the original illustrations. See 28212-h.htm or 28212-h.zip: (https://www.gutenberg.org/dirs/2/8/2/1/28212/28212-h/28212-h.htm) or (https://www.gutenberg.org/dirs/2/8/2/1/28212/28212-h.zip) VI Biblioteca Moderna JACINTO O. PICN LA VISTOSA Ilustraciones de L. Valera. Madrid Administrador, M. Poveda. Calle de Manuel Fernndez y Gonzlez, nm. 8. 1901 * * * LA VISTOSA LAS CORONAS DIVORCIO MORAL * * * LA VISTOSA Conoc a Enriqueta, por mal nombre la Vistosa, cuando estaba en relaciones con mi amigo Perico, hombre tan celoso que se le antojaban los dedos huspedes, lo cual unido a ser la muchacha demasiado comunicativa me hizo tratarla con exquisita precaucin, deseoso de que por ningn pretexto se me pudiese acusar de un delito que yo era incapaz de cometer. Los negocios para que estbamos asociados, hacan necesario que Perico y yo nos visemos a menudo; algunos das iba a comer con l, es decir, con ellos, pues viva maritalmente en compaa de Enriqueta. Pocas mujeres tan agradables he conocido; sobre todo, tan listas. Pronto se dio cuenta de la extremada prudencia con que yo le diriga la palabra, de mi empeo en esquivar todo exceso de confianza y del exquisito cuidado que pona para que nunca nos quedsemos solos. Mortificada sin duda por suponer que en mi excesiva cautela haba un fondo de mal disimulado desprecio, procur desvanecer la prevencin de que yo pudiera estar animado contra ella. [ilustracin] Una noche, en que cre encontrarles a ambos la hall sola: hasta despus de estar sentado en su gabinete no me dijo que Perico haba salido, y cuando quise marcharme aadi entre seria y burlona: --Qui, amiguito! tenemos que hablar. Aunque _ese_ es un turco y Vd. todo un caballero, lo cual explica que Vd. me hable siempre con indiferencia o sequedad, como me consta que no es Vd. hipcrita ni intolerante, sino que tiene Vd. manga ancha y caridad para ciertos pecados, no me cabe la menor duda de que cuando Vd. me trata con el... con el desvo, con la antipata, que me demuestra, es porque tiene de m muy mala idea. Quise interrumpirle y no me dej, siguiendo de este modo: --S; le habrn hablado a usted mucho de m; me lo figuro. Hay maldicientes de las mujeres honradas, que las calumnian por despecho de deseos frustrados, hasta por vanagloria, y no los hemos de tener las que somos... cualquier cosa? Pero yo no quiero que usted tenga mala idea de m... Cuntas cosas le habrn a Vd contado! Que soy interesada, codiciosa, egosta, fra, insensible hasta el punto de que por mi culpa se suicidara un hombre! Vamos, que casi le puse yo el revlver en la mano, dicindole.--Anda hijo, a que no te matas? Pues no me remuerde la conciencia. Soy alegre, por oficio, cuando no estoy sola; tengo _cosas_, como dice la gente, porque a falta de consideracin algo hay que tener en la vida para no morirse de tristeza. Conque, oiga Vd., y jzgueme como quiera. Se puso muy seria y hablando con una mezcla de lealtad y desvergenza que daba pena, sigui diciendo: --No he conocido a mi madre. Mi padre era comerciante; se retir de los negocios con una renta de cuatro mil duros. Tena un amigo de alguna ms edad que l y muchsimo ms rico, don Ulpiano Garca Pignorado, el banquero de quien habr Vd. odo hablar. Pap le nombr, al morir, tutor mo; yo tena entonces quince aos. Mi padre crea que don Ulpiano era honrado y de superior entendimiento... en su honradez, pudo creer, porque mientras l vivi aquel seor no sufri reveses de fortuna, que son los que ponen a prueba la verdadera hombra de bien: lo de considerarle como inteligencia superior no me lo explico ms que por una cosa: mi padre era dbil de puro bondadoso; uno de esos hombres que ni desconfian de nadie ni saben decir que no; y don Ulpiano era de carcter duro, spero: pap confundiendo la dureza con la energa, crey de buena fe admirar, y hasta puede que envidiase, la cualidad opuesta a la que formaba la base de su carcter. Para que pueda Vd. darse cuenta de la condicin de aquel to, de don Ulpiano, bastar un rasgo. Tena un hijo nico, muy jovencito, de no mucho entendimiento, que por culpa de malas compaas, de tacaera, descuido y desamor de su padre comenz a malearse; contrajo deudas y firm un pagar de cuatro mil reales. Don Ulpiano en vez de atarle corto por otros medios y a pesar de no tener ms que aquel hijo, le _larg_ a Londres empleado en una casa de banca, con un sueldo mezquino y encargo de que le tuvieran bien sujeto... Al quedar yo hurfana, don Ulpiano en vez de llevarme a su casa, me confi a una hermana de mi padre que hasta entonces haba vivido sola, con una pequea viudedad que tena y con lo que pap de cuando en cuando le daba. Dispuso, adems, que se entregasen a esta seora mensualmente dos mil reales para mis gastos, acumulando el resto de mi renta para engrosar el capital. Transcurrieron cuatro aos, durante los cuales fue pagada puntualmente aquella suma. Luego, de pronto, un mes no nos dio ms que la mitad, y al siguiente nada. Yo acababa de cumplir veinte aos, y haca uno que tena novio. bamos a casarnos, estaba preparando mi equipo para el cual se haban destinado cuatro mil pesetas con anuencia de mi tutor... De mi novio no quiero hablar... Cuando pienso en lo engaada que me tuvo, en lo ciega que estuve, comprendo que salgan mal tantos matrimonios. Crame Vd., el noviazgo es en muchos casos un periodo de mentira, de hipocresa, de fingimiento; unas veces el falso es l otras ella, con frecuencia los dos se caen de tontos. Entonces la tonta fui yo... Un da cuando an no sospechaba cual fuera la causa del retraso en el pago de la renta, me encontr leyendo un peridico, con la noticia de que haba quebrado una de las casas ms fuertes de Madrid; el nombre y apellidos del banquero estaban indicados por iniciales; U. G. P., es decir, Ulpiano Garca Pignorado. Corr a su casa con mi ta. El pjaro haba volado. Pocos das despus un abogado, al cual consult, amigo de mi padre, me quit toda esperanza. En primer lugar mi padre, al otorgar testamento, haba relevado a Pignorado de prestar fianza; y adems mi pequea fortuna estaba en papel del Estado y ttulos al portador... Qued completamente arruinada. Pero, vamos a mi novio. El mozo ech sus cuentas: yo le convena con mis tres mil y pico de duros de renta; los perd... pues abur, amor mo! Busc un pretexto, celos sin causa, y me dej. Hgase usted cargo de mi situacin. Yo estaba acostumbrada a vivir bien, sin pensar en maana, y de pronto... nada, lo que se llama nada. Empeando y malvendiendo cuanto haba en casa, ayudadas solamente por la viudedad de mi ta, pasamos algunos meses. Luego la miseria y con qu circunstancias, con qu detalles! Mas vale no acordarse. Dicen que soy bonita; entonces si que lo era! Yo le ensear a Vd. un retrato de aquel tiempo y comprender Vd. que ciertas cosas no pueden menos de suceder. Porque, una de dos: o tiene la mujer valor para tirarse por el balcn o no lo tiene... A m me falt coraje. No quiero confesarme con Vd. de... cmo... de lo que me pas... en fin, de cmo conoc a m primer amante. Si llego a caer con un hombre bueno... le aseguro a usted que aquel hubiera sido el nico. [ilustracin] Al cabo de dos aos, supe que don Ulpiano andaba otra vez por Madrid gastando mucho y viviendo a lo grande, pero sin meterse en negocios ni tener fortuna conocida. Todo el mundo saba que la quiebra pasada fue falsa, y sin embargo yo no poda hacer nada: las leyes eran completamente intiles. Ni yo pensaba en ellas. A don Ulpiano le dur poco aquella segunda poca de prosperidad porque el grandsimo bribn muri y adems para que necesitaba yo recurrir a l? No me hubiera podido devolver lo mejor que por su causa haba perdido. Entonces estaba yo en amores, no se ra Vd., en amores, hasta encariada, con un hombre ms bueno! Desgraciadamente su familia le apart de m... y con l perd la ltima esperanza de poder ser juiciosa y relativamente honrada. Despus entr en relaciones con el vizconde de Manjirn o sea Pepe Garca, el que se mat por mi culpa. Acababa l de llegar del extranjero, vena haciendo alarde de gastar mucho, tirando materialmente el dinero. A m, por el modo de vestirme por mi tipo, qu se yo? por si me pona colorines y trajes estrambticos me llamaban la Vistosa o la rubia vistosa; me vio, le ca en gracia y comenz a obsequiarme. Primero quiso que me fuera a vivir con l; luego desisti de ello comprendiendo que en Madrid no puede ser, porque aqu se toleran los los de casadas, pero no se consiente que vivan juntos un hombre y una mujer libres, que no deshonran ni envilecen a nadie. Total, que acab por ponerme casa, y qu casa! Y para mi persona que lujo! Desde los zapatos hasta las horquillas me traan de Pars. Me quera? Estoy persuadida de que no. Si hubiese habido otra ms exigente, ms cara, esa hubiera deseado; pero ni yo le inspiraba el ms leve afecto, ni an creo que considerndome como mujer, solo como mujer, estuviera entusiasmado conmigo. Le agradaba que supiesen que era suya, que mi lujo corra de su cuenta, y que le costaba mucho; me tena por vanidad. Si le hubiese dicho que quera vivir en un piso cuarto, modestamente, me deja plantada. Era de carcter spero, duro, difcil de tratar por lo suspicaz y receloso, como quien se ha educado lejos de toda confianza y cario, sin calor de hogar. Su placer era gastar, lucir, llamar la atencin, pareca un advenedizo, un rico hecho de pronto. Era incapaz de ternura y delicadeza hasta en los instantes de mayor intimidad Concibe usted amor, aunque sea parodia de amor, sin expansin y confianza? Pues, eso! Yo nunca me he hecho ilusiones. Harto s que mi situacin, mi vida, lo que pudiramos llamar mi historia, me quitan por completo derecho a ciertas exigencias... pero, por naturaleza, por instinto, por temperamento, soy cariosa, humilde; me gusta ms ceder que mandar, y sobre todo, quisiera envolver, velar, la crudeza, la grosera del amor material, rodendolo de algo delicado, limpio; hasta potico dira, si no temiese que se burlara usted de mi. El amor de las mujeres como yo, es pura comedia, verdad? Ya se sabe que es mentira; pues cuanta ms ilusin procure, mejor. Con el vizconde no haba modo de lograrlo. Su nico goce era que hablasen de l, aunque fuese mal: no le gustaban los placeres por disfrutarlos, sino porque se los envidiaran. Al segundo ao de conocernos tuve un capricho; que Pepe me llevase a Pars. Estaba l entonces arreglando sus caballerizas y se neg en redondo, hacindolo de tan mala manera, con tal rudeza que me sent humillada.--Primero son los caballos que t--me dijo... [ilustracin] Iba por aquel tiempo con Pepe a todas partes, y vena mucho a comer con nosotros, un amigote sayo que entre burlas y veras, pero ponindose muy serio sola decirme:--Ay, Enriqueta, si yo tuviese fortuna, qu vida tan distinta hara usted!--Yo nunca le contestaba... Era uno de esos hombres a quienes se siente no haber conocido antes... La imagen de la dicha que llega tarde. Bueno, pues este amigo hablando una tarde de la negativa de Pepe a llevarme a Pars me dijo:--Yo le he aconsejado que vayan ustedes, que de all podr traer quien le arregle todo eso de los caballos mejor que aqu; pero es muy terco. Basta que le hagan una indicacin para que no la siga. Lo mismo era su padre.--Entonces comenz a contarme que se conocan desde nios, que luego, de muchachos, haban estado juntos en Londres empleados en la misma casa de banca. Por ltimo, que su padre, el de Pepe, le haba mandado de chico a Inglaterra por una trastada que hizo aqu, y que el tal padre era un to muy malo que haba quebrado en falso arruinando a mucha gente. Escuch aquello con verdadero asombro; le hice mil preguntas, le habl de quien era mi padre, de mi familia dud, volv a preguntarle, y sacamos en limpio que Pepe Garca, el vizconde de Manjirn, mi amante, era el hijo de mi tutor, de don Ulpiano, el hijo del hombre que haba causado mi desgracia y mi envilecimiento. Fcilmente se explica que yo no lo supiera antes. Mi tutor se llamaba Ulpiano Garca Pignorado, pero todo Madrid le designaba por el segando apellido; Pepe pona naturalmente despus del Garca paterno el apellido de su madre: adems, al morir mi tutor, Pepe vino de Londres, recogi su herencia y se volvi al extranjero: viaj mucho y en Roma, por un donativo que hizo al Papa durante una peregrinacin, consigui titularse con el nombre de una dehesa de Manjirn que tena cerca del Escorial. Cuando le conoc todo Madrid le llamaba Pepe Garca, o el vizconde de Manjirn. Cmo poda yo suponer que fuese el hijo de don Ulpiano? Desde que lo supe se me hizo aborrecible. Me pareca que su riqueza, el lujo que me daba, sus regaos sin cario y sus caricias sin ternura, todo era un sarcasmo continuo, una mofa brutal y despiadada de la suerte. Su padre me rob, siendo causante de mi perdicin y l, en parte con mi propio dinero, acababa de hundirme y encenagarme... Puede que estos sentimientos no estuvieran enteramente justificados, pero a mi me dominaban con imperio irresistible. Determin romper con l inmediatamente, y sin explicaciones que era incapaz de comprender. [ilustracin] Haba por entonces en Madrid un seorito rico, aunque no tanto como Pepe, que rivalizaba con l en aquella estpida vida de ostentacin y vanagloria: me haba requebrado con frecuencia, estaba segura de que en cuanto yo quisiera, por gusto de humillar a mi amante le tendra a mis pies. Le llam, le puse por condicin que nos fusemos a viajar, que me llevase a Pars, y nos entendimos; por su parte me exigi que permanecisemos en Madrid ocho das y que durante ellos no pusiera Pepe los pies en mi casa. Lo promet formalmente y aquella misma tarde comenc a cumplir mi compromiso. Escrib al vizconde, que como usted puede figurarse, para m ya no era ms que el hijo de don Ulpiano, rompiendo resueltamente. Ningn lazo nos una; no ignoraba lo que yo era; a nada tena derecho; harto haca con avisarle. Fue a verme y no le recib: volvi tres o cuatro veces y lo mismo; no hubo modo de que yo cediese. Aquello se supo por el _todo Madrid_ que se preocupa de estas cosas y la ira de Pepe no tuvo lmites. El desvo, la infidelidad, el abandono de una mujer cuyos favores eran cuestin de dinero, constituyeron para l una humillacin insoportable. Ahora me da lstima... debi de sufrir mucho. Indudablemente, el amor propio se le exacerb envenenndole los pensamientos: en su cabeza debi de fermentar la soberbia, la ira, qu s yo! todo lo malo, como en otros cerebros fermentan la debilidad, la desesperacin, la honra mal entendida. Yo creo que se mat en un arranque de locura. Al cuarto da de no vernos, el sereno de mi calle, que naturalmente le conoca, le abri la puerta de abajo. Eran las doce y media de la noche; subi, y llam, porque yo haba mandado cambiar la cerradura de la puerta de la escalera, de la cual tena l antes una llave... Comprendiendo que no haba de hacer caso a la doncella, yo misma le habl por el ventanillo.--Es verdad que te vas con ese?--me pregunt--sabes que me pones en un ridculo espantoso?--Le contest que era verdad, que no volviera a acordarse de m, pero que para l no haba humillacin porque las traiciones y las infidelidades de una mujer como yo no deshonran a nadie. Se puso frentico. Cerr el ventanillo, me alej taconeando y volv de puntillas. Deba de estar ya perturbada su razn porque fuera de s, aplicando los labios a las ranuras del ventanillo, dijo:--Abre que te quiero matar!--No contest... pasaron unos instantes en silencio: de repente son un tiro que retumb en la caja de la escalera, como si fuese un trueno; luego o el chocar de un cuerpo contra el entarimado del piso, y enseguida el caer de algo que debi de ser el revlver... Afortunadamente, en aquel momento salan dos caballeros del cuarto tercero alumbrados por un criado. Sus declaraciones me salvaron; no digo yo que de una acusacin en regla, pero por lo menos de muchas impertinencias y molestias. A fuerza de splicas logr que aquellos seores entraran en mi casa y esperasen la llegada del juzgado, que se present a las dos de la madrugada. Pepe estaba en el descansillo de la escalera tendido poca arriba: haba dejado el bastn apoyado en la pared: el sombrero debi de tirarlo porque se hall en el tramo de abajo: se dispar en la sien derecha, en la cual se vea un agujero muy pequeo de donde manaba un hilo de sangre que se escurra metindose entre la camisa y el cuello... Qu cosa tan horrible! El juez me molest poco: primero por la explicacin que le hicieron aquellos caballeros, y adems... se me figura que le gust. Ya ve usted que no tuve la culpa de que el vizconde se matara, como no pude vencer la aversin que me inspir desde que supe quien era. Ni me am nunca ni yo a l... No hubo traicin. Despus Enriqueta se qued un instante ensimismada, y luego, de pronto, pasndose ambas manos por el rostro, acab diciendo con la voz impregnada de amargura y cinismo: --Gast mucho conmigo... Y qu? Ya se sabe: las que vivimos as somos las predestinadas para devolver a la circulacin lo mal ganado. LAS CORONAS No hay palabras con que expresar el conjunto de impresiones que experiment Emilia viendo morir a su marido casi repentinamente, al ao y medio escaso de perfecta dicha conyugal: la sorpresa, el miedo y el dolor invadieron su alma. En los primeros momentos crey que se volva loca: despus, sacando fuerzas de flaqueza, mostr extraordinaria serenidad. Le amortaj, fue tras el fretro hasta la puerta de la escalera, y en seguida, sin que parientes ni amigos pudiesen contenerla, corri al gabinete, y pegando el rostro al vidrio del balcn, vio ponerse en marcha el cortejo fnebre, desplomndose sobre la alfombra, rendida a la pesadumbre del dolor cuando dobl la esquina el carro mortuorio. Y al volver en s, qu horrible le pareci la soledad! Porque dnde mayor desventura que enviudar a los veinticuatro aos siendo hermosa y vindose amada? Qu espantoso rastro de pavor dej en su pensamiento aquella noche del 31 de Octubre al 1. Noviembre! Cmo lo recordaba todo hasta con los menores detalles! A las doce pidi que le arreglase las almohadas, lo hizo y le pag con un beso; el ltimo!; a la una y cuarto perdi el conocimiento; a las tres expir. Pobre Gabriel... y pobre de ella! Luego, viendo que los das pasaban sin que la pena la matara, que dorma y senta hambre y sed, que pensaba y discurra como antes, siempre sujeta a las groseras necesidades del organismo, se dijo, con desprecio a s misma, que lo animal, lo puramente instintivo es en la naturaleza humana anterior y superior a todo sentimiento. Entonces cay en un pesimismo mudo y sombro. Pasaba horas enteras sentada en una butaca, sin llorar siquiera, al parecer tranquila, pero en realidad presa de una desesperacin que agitaba su cuerpo con estremecimientos nerviosos y hera su imaginacin con ideas tristsimas. En vano le decan que era hermosa, rica y, lo que vale ms, joven; que por fuerza, si no a consolarse y olvidar, llegara a resignarse. De nadie haca caso. Qu le importaba ser bonita si no exista el hombre a quien voluntariamente hizo dueo y seor de sus encantos? Qu representaba para ella la juventud sino un por venir consagrado a sufrir recordando? Y la riqueza heredada de l, ltimo beneficio que le deba, qu era sino un motivo ms para rendir culto a su memoria? Como antes, en la luna de miel, sabore la plenitud de la pasin satisfecha, as ahora se complaca en analizar y desmenuzar con el pensamiento la ndole de sus penas, deleitndose en la amarga voluptuosidad del dolor, y cuanto ms excitaba su desconsuelo mejor crea que demostraba su amor al pobre muerto. No haba de llorarlo si lo eligi voluntariamente estudiando sus cualidades y sus prendas de modo que se ajustase a lo que, segn ella, deba ser un marido? Joven, buen mozo, admirablemente educado, y rico: enrgico para los dems, blando para su mujer: trabajador sin exceso para que no la dejase sola das enteros, y algo laborioso para que el ocio no le indujese a malos pasos: de claro entendimiento para que no hiciera mal papel, pero condescendiente, bondadoso, dbil, a fin de que ella pudiese dominarlo. Y despus de elegir tan bien, tras el tiempo preciso para persuadirse de que haba acertado, aquella enfermedad rpida, brutal, y aquella muerte que trastornaba por completo las condiciones de su vida. Tu crees que no podrs olvidar--le decan sus amigas,--pero el tiempo todo lo acaba. Emilia sonrea tristemente y no contestaba por no gastar palabra en balde. Lo que no poda escuchar en calma era que le preguntasen por Julin, creyendo siempre que pronunciaban su nombre con sobrada frecuencia, y hasta con cierto retintn malicioso. Qu extrao haba en que Julin la visitase, si era el amigo ntimo del pobre muerto, el continuador de sus negocios y el encargado de arreglar los asuntos de la testamentara? Pero nunca faltan gentes mal pensadas y lenguas viperinas: adems no conoca todo Madrid a Julin? Y conocindole, qu mujer juiciosa sera capaz de prestarle odos? Su carcter alegre, su genio bromista, su conversacin libre, y sobre todo el franco desprecio que haca de las mujeres dibujaban con rasgos tan claros su personalidad, que ninguna verdadera seora poda considerarle peligroso. Era tan lealmente cnico en cosas de amor, que slo una loca o una pervertida tendra la desvergenza de dejarse cortejar seriamente por l. En este exceso de mala fama, en esta aureola de escndalo, estaba precisamente la salvaguardia de Emilia, que tena intachable reputacin de prudente y discreta. Adems, conocida la amistad con el difunto, de cuyos negocios era partcipe y abogado, nada tena de particular que la viuda continuase tratndole. Por ltimo, los amigos de Emilia podan observar que Julin hablaba con ella, como con todas, siempre chanceando, siempre en broma, en son de burla, en continua hiprbole, en perpetua exageracin, sin emplear jams esas frases falsamente tmidas, de doble sentido y cobardemente astutas, ni esos discreteos ms o menos hbiles en que el hombre funda la estrategia amorosa cuando procede con intencin aviesa. Durante unos cuantos meses, mientras estuvo reciente la viudez, se contuvo por buena educacin, por buen gusto, pero luego us con ella su lenguaje habitual, diciendo cuanto quera descaradamente, provocando su risa, como si a fuerza de bromas pretendiese distraerla y alegrarla. La misma osada de sus frases quitaba valor a cuanto sala de su boca. Por qu incomodarse con l si todo el mondo saba su condicin? Requebraba a las hijas delante de sus padres, a las casadas en presencia de los maridos... y nadie le haca caso. En una palabra, era de esos que tienen _cosas_ y _salidas_, a quienes se tolera cuanto les viene a los labios, porque en ellos no hay ofensa posible, pues su propia ligereza quita importancia y valor a cuanto dicen--Emilia, yo quiero ser el sucesor de Gabriel.--Emilia, tenga Vd. paciencia.... pero hay que dejar pasar un ao.--Emilia, alguno ha de ser, y si l nos ve desde el otro mundo preferir que sea yo.--Emilia, un da va Vd. a tener que echarme de mala manera.--Y todo esto delante de sus amigas, sin rebozo, con inocente descaro, seguro de que ponindose serio o dando la mejor seal de enojo haba de caer sobre ella un ridculo espantoso. Qu mujer discreta iba a contestarle en serio? Emilia se contentaba con sonrer, le llamaba majadero, o deca:--Qu pesado se pone Vd.! Sin embargo, cuando acabada la testamentara sigui yendo a verla con la misma asiduidad, la viuda no cay en la cuenta de que ya no estaba justificada tanta visita. Iba casi todas las tardes al salir de la Bolsa para decirle el alza o baja de sus valores; otros das se plantaba a almorzar sin previo aviso; como tena la costumbre de escribir las cartas _donde le pillaba_ se pona a escribir en la mesa del pobre Gabriel; y por ltimo, sabiendo que Emilia no sala de noche y que jugaba al tresillo con varias amigas se presentaba dos o tres veces por semana pidiendo por amor de Dios un ratito de conversacin y una taza de t, y all se estaba hasta que entre burlas y veras haba que echarle. Su frase de despedida era siempre la misma: Una noche me quedo!. Ella le reciba con la sonrisa en los labios, fina, corts, sin asomo de desconfianza, completamente segura de que aquel perdido era inofensivo. Ni cmo sospechar de l, si una de las cosas que hizo fue aumentarle considerablemente la renta en tres o cuatro operaciones burstiles. Por otra parte, siendo como era incapaz de enamorarse, claro estaba que slo haba de concebir y fraguar ciertos planes contra una mujer ms rica que l, y la fortuna de Emilia era muy inferior a la suya De lo cual sacaba en limpio incautamente que no pudiendo inspirarle pasin ni codicia, sus bromas, sus requiebros y atrevimientos eran pura palabrera. As trascurran los meses y se acercaba el aniversario de la muerte del pobre Gabriel cuando las amigas ntimas de Emilia comenzaron a importunarla con avisos y advertencias que la sacaban de sus casillas. Aseguraban que Julin no iba a ninguna parte, que se haba hecho hombre serio hasta el punto de no requebrar a ninguna mujer, y por ltimo, que cuando hablaba de ella, aun tratando de mostrarse reservado, revelaba una emocin profunda. Emilia comenz a observarle y le pareci que todo eran chismes y habladuras, porque Julin segua dicindole cosas muy atrevidas con la mayor serenidad, sonriendo, bromeando tan a las claras que a la menor observacin un poco seria podra responder ofendido: Seora! Pero usted qu se ha figurado? No se atrevi a llamarle al orden, como le aconsejaron sus amigas, pero tanto machacaron y tanto le dijeron, que determin hacerle alguna observacin. Ya lo tena resuelto cuando recibi una tarjeta en que Julin le anunciaba que por exigencias de un negocio marchaba a Barcelona, donde pasara dos meses. Esas tontas--pens Emilia--no saben lo que se pescan. Si este hombre hubiese puesto en m los ojos, o no se marchara o hubiese venido a despedirse. En aquellos dos meses no la escribi una sola carta. Volvi a Madrid y tard ms de una semana en ir a visitarla. Lleg el da de su santo, y nada, ni un miserable ramo de flores. Entonces, sin darse cuenta, empez a sentirse mortificada por una impresin, mitad sorpresa y mitad despecho. Habran sido intencionadas sus bromas y luego desisti de ellas por considerarlas estriles? Jug con fuego hasta quemarse? Y sobre todo, por qu desistira de su empeo? Poco a poco, involuntariamente, pens en l con tal insistencia, que no poda arrancrselo de la imaginacin. El resultado de tales cavilaciones fue que, aunque Julin no le dijo nunca cuatro palabras con formalidad, ella se persuadi de que la haba querido y de que probablemente seguira querindola. Pero cmo se explicaba su conducta? Por qu no escribirle durante el viaje ni presentarse a la vuelta? Acaso imaginara el muy necio que esquivando la ocasin quitaba el peligro? Ofuscada por la vanidad, se acostumbr insensiblemente a la creencia de que la haban amado dos hombres, Gabriel y Julin: el muerto y el vivo. Su corazn, sus recuerdos, sus lgrimas pertenecan de derecho al primero; el segundo no deba importarle nada; cuanto pensase en l era profanar la memoria del esposo querido... Por fin, una tarde muy lluviosa de esas en que nicamente hace visitas quien desea hallar solo al que busca, se present Julin. Emilia le recibi con su habitual afabilidad, pero no le dijo palabra de su silencio durante el viaje, ni se quej porque no hubiese luego ido a verla, ni le llam olvidadizo ni descastado. Estuvo con l como si hubiesen hablado la vspera. La actitud de Julin fue la de costumbre. En el modo de dejar guantes, bastn y sombrero, cada cosa por su lado; en la manera de sentarse, en la confianza y familiaridad de su lenguaje, en todo pareca, no un amigo, sino el amo de la casa. Para colmo de atrevimiento se convid a comer, diciendo con el mayor desparpajo: --Aqu me quedo... Solitos... Lo nico que siento es tener que marcharme luego. Durante la comida charlaron de mil cosas indiferentes, y ni l ni ella nombraron al muerto para nada. De pronto, en un momento en que el criado les dej solos, Julin, bajando cuanto pudo la voz, pregunt: --Vendr gente esta noche? --No espero a nadie... y con el agua que est cayendo... --Pues me alegro, porque en cuanto nos vayamos al gabinete le voy a decir a usted unas cosazas gravsimas: lo que usted menos se figura. --Viene usted de broma? --Ya ver usted cmo las gasto. A Emilia le saltaba el corazn dentro del pecho como pjaro en jaula. Pasaron al gabinete donde haban de tomar el caf, y all qued Julin solo unos instantes mientras la viuda, llamada por la doncella, entr en la habitacin que fue despacho de Gabriel. --Qu quieres?--Para que me molestas?--pregunt. La chica, sealando seis o siete grandes cajas de cartn que haba sobre la mesa y en el suelo, repuso: --Aqu estn las coronas que ha encargado la seora para el cabo de ao. --Baja esa voz! --...no las han trado antes porque no haban llegado, y dice el dependiente de la tienda que tenga la seora la bondad de escoger ahora mismo la que quiera porque hay muchos pedidos. Julin que paseaba inquieto de un lado para otro del gabinete cruzando tambin la sala, lleg en aquel momento a la entrada del despacho y podo or perfectamente que la chica deca hacindose cruces: --Qu bonitas! Desea la seora que las lleve al gabinete, que est mejor alumbrado? Emilia, sintiendo tan cerca aquellos pasos de hombre impaciente, se turb contrariada y confusa; pero de pronto se rehizo, mat de un soplo la luz, prepar sumas hechicera sonrisa y atrayendo hacia s la puerta para que l no se enterase de lo que causaba su vergenza, sali al encuentro de Julin, diciendo entre dientes y rapidsimamente a la doncella: --No tengo tiempo de elegir! Gurdalas a escape... y di que me quedo con las siete! DIVORCIO MORAL [ilustracin] Las diez o doce personas reunidas aquella tarde en el lujoso saloncito de la Marquesa, amigos ntimos y parientes que iban a felicitarla por ser su santo, haban permanecido largo rato formando grupitos separados hasta que alguien dijo en voz alta: --Lo que usted oye; se han separado, l se queda en el cuarto donde hasta ahora han vivido juntos, y ella se est poniendo casa y se lleva al nio. --Pero qu marido es ese que lo tolera?--pregunt una seora anciana de aspecto venerable. --Vayan ustedes a saber quien tiene la culpa... porque uno de ellos ha de tenerla--aadi otra seora joven que pareca lista y curiosa. --Yo creo--dijo la Marquesa--que si alguno ha faltado, no es l, porque hace muy pocos das estuvo aqu precisamente hablando de su mujer... y enamoradsimo. --Esto no significa gran cosa--interrumpi la que tena cara de lista--porque cuando un hombre pretende engaar bien a su mujer lo primero que hace es despistar a las amigas de ella hacindoles creer que la adora para que se lo cuenten a la interesada. --Dios me libre de murmurar--aadi un caballerete--pero l anda demasiado absorbido por sus negocios, y ella es demasiado guapa; adems sin ofenderla, me parece que ella se alegrar de tener ocasiones en que convencerse de hasta donde llega el poder de su hermosura. --Tan presumida es?--pregunt una voz femenina. --En realidad--contest la Marquesa--es inexplicable esa desavenencia en un matrimonio del cual nadie sabe que el marido se vaya con otra ni que la mujer sea capaz de torcerse. Entonces un seor ya viejo con restos de buen mozo, simptico, de mirada inteligente y fcil palabra que basta entonces permaneci callado, tom parte en la conversacin diciendo: --Conque no se engaan, tienen un hijo y se separan... pues no lo entiendo: pero de quin se trata? --De la de Herils, Rosita Castilla, la casada con Herils. --Rosa! Separada Rosa?--exclam asombrado el seor viejo--Vaya, vaya, y ustedes dispensen pero no saben lo que dicen o les han informado con mala intencin. Rosa es incapaz de hacer nada que pueda ser causa de que su marido la deje con sombra de razn, y si l la engaara a ella le sobran talento, virtud y recursos para traerle al buen camino... y en ltimo caso, grandeza de alma para perdonarle. Sepan ustedes,--y esto lo dijo ya con una entonacin grave--que mujeres como Rosa hay pocas y cuando se habla de ellas conviene no pecar de ligero. Vindole ponerse serio y oyndole hablar de aquel modo callaron todos, menos la seora que pareca lista, la cual sin andarse por las ramas, habl de este modo: --Todo eso est muy bien don Luis, pero no echa por tierra nada de lo dicho. Si a l no se le conocen los, ni ella es susceptible de... debilidades y sin embargo teniendo un hijo, se separan... aydeme usted a sentir. Ella una santa, conformes; adems es rica, l gana mucho: por falta de recursos no ser. Luego... --Rosa sabra resistir a la pobreza y a miseria--aadi el caballero viejo con entusiasmo. --Vaya, vaya--acab la dama diciendo algo picada--yo no calumnio a nadie. No quera soltarlo pero lo s, me consta, sucede algo y gordo. Puedo asegurarle a usted que hace cinco das, Rosa se ha marchado de casa de su marido con cuatro muebles y unos cuantos bales de ropa, y llevndose al chico, y que sola con la doncella, vive en la calle del Guadarrama nm. 92, no s que piso. Ahora diga usted que esto es hablar por hablar. --Lo que digo--repuso enojndose el caballero--es que yo he llegado ayer maana de Pars, que no he salido sino para venir a felicitar a la Marquesa, que no s nada de lo que pueda haber ocurrido y de que, sea lo que fuere, estoy seguro de que Rosa estar harta de razn. Pasa por ser una de las mujeres ms bonitas y elegantes de Madrid verdad?--y esto no lo dijo con nimo de complacer a su interlocutora--nadie pone en duda su hermosura eh? pues tambin son indiscutibles su talento y su virtud. Pronunci don Luis estas palabras esforznzose por aparecer tranquilo pero con tal energa que ni caballeros ni seoras se atrevieron a replicarle; y la Marquesa dio discretamente otro rumbo a la conversacin. De all a poco don Luis se despidi y al poner el pie en el estribo de su berlina, que le esperaba en la puerta, dijo al cochero: calle del Guadarrama 92, y deprisa. * * * * * * --Se ha mudado aqu hace pocos das una seora que se llama doa Rosa?--pregunt a la portera. --Segundo: hay entresuelo. Si grandes fueron las cavilaciones que mortificaron a don Luis desde que sali del saloncito de la Marquesa hasta llegar all, aun crecieron mientras subi la humilde escalera de aquella vulgarsima casa. Qu le habr pasado, qu le habrn hecho a esta muchacha--iba dicindose mentalmente--para que transija con semejante cambio? Si esto es para ella la pobreza... qu barrio, qu portal y qu escalera! Con mayor celeridad de la que al parecer permitan sus aos lleg al piso segundo y llam, saliendo a abrirle una doncella cuyo limpio y fino aspecto contrastaba con lo pobre de la casa. El pasillo de entrada lleno de muebles, bales y cajas, todo desordenado, indicaba lo reciente de la mudanza. --Dnde est? dnde est?--pregunt don Luis. [ilustracin] Mas antes de que la doncellita contestase se abri la puerta de un pequeo gabinete, tambin lleno de trastos a medio colocar, y apareci una mujer como de veinticinco a treinta aos de singular gentileza, que arrojndose en brazos del anciano rompi a llorar amarga y calladamente. Era alta, esbelta, el pelo rubio muy claro, los ojos grandes de un azul muy oscuro y, a pesar de las lgrimas que los baaban enrojecindole los prpados y desbordndose por las mejillas, de mirar inteligente, llenos de viveza pero serenos, dulces, como incapaces de expresar nunca sentimiento que no naciese de amor o de ternura. --Luis de mi alma!--dijo entre sollozos. --Qu ha sido esto, mujer? Qu has hecho? Pero es verdad...? Qu te ha hecho?... porque de ti estoy seguro... Ante la sospecha, an tan tibiamente formulada, se irgui ella sonriendo con plcida altivez. --Pero ha podido usted imaginar que yo hiciese algo feo? Venga usted, venga usted y lo sabr todo. Llevole al gabinete, sentronse en un pequeo sof y despus de permanecer mirndole cariosamente unos instantes como recapacitando la manera de expresarse o el modo de empezar, dijo as: --Primero contsteme a lo que voy a decirle. Si alguien le preguntase a usted quin era mi padre, cmo me educ, qu sentimientos inculc y desarroll en mi alma, cmo obedec a lo que quiso que yo fuera, en fin, hasta dnde puedo yo saber lo que son bondad, honra y virtud... Qu respondera usted? --Dira--repuso con la mayor naturalidad don Luis--que tu padre fue hombre tal que pudiendo salvar su inmensa fortuna sin ms que pasar la frontera y acaso con slo sostener un pleito prefiri perderlo todo por cumplir fielmente sus compromisos, aun aquellos en que no medi documentacin alguna, sino slo su palabra: que luego rehizo parte de su riqueza entre el asombro y el respeto de todos porque aquella conducta le dio inmenso crdito. Dira que tu educacin, hecha exclusivamente por l, fue un prodigio de sensatez, de cordura, que te hizo buena... no s como expresarlo, sin que tuvieras nunca que violentarte ni vencerte, inspirndote aversin a lo malo y lo mezquino. Vamos que hizo que tuvieses bondad y virtud casi por naturaleza, como tienes los ojos azules y el pelo rubio... Pero a qu viene esto? --De modo que usted cree que ni por liviandad, ni por conveniencia, ni por perversin ni por nada puedo transigir con la deshonra. --Cabal. Si fueras hija ma, y como a hija te quiero desde que tu padre me encomend tu porvenir, no me inspiraras mayor confianza. Siempre dije que si para ser feliz bastara tener clara idea de lo que es bueno y voluntad de seguirla t seras dichosa. --Yo no digo que sea buena. Cuntas veces es uno injusto y malo sin saberlo! Lo que digo es que nuestra virtud, la virtud de la mujer, no consiste slo en... cmo se lo dir a usted...? en dejar de hacer lo que deshonra y pone en ridculo a los hombres. --No te comprendo. --Oiga usted. Procur serenarse recogindose hacia las orejas los rizos que se le haban deshecho y con voz que en sus dulces o enrgicas entonaciones reflejaba la ndole de sus recuerdos e impresiones, dijo: --Tiene usted razn! Pobre padre mo! Qu hombre! Se acuerda usted de la quiebra? De la comida que hicimos el da de los pagos? Todos abatidos, todos apocados, menos l! Esto de arruinarse--deca pap,--tiene sus ventajas: ahora contaremos los amigos; ahora sabr si la fortuna se me entreg por capricho o porque supe merecerla. Volvimos a ser relativamente ricos. Seis meses antes de morir me sent sobre sus rodillas y me dijo: Si te falto ahora, te quedar una renta de cinco o seis mil duros: poca cosa en comparacin de lo que tenais antes. Pero puedes gozarla tranquila; ninguna de las alegras que te procure ese dinero habr nacido de un dolor ajeno; la limosna que des no ser nunca restitucin. Este fue mi padre! As me educ!... Figrese usted la impresin que, andando el tiempo, me causara convencerme de que mi marido era... de otro modo. Habr quien diga que deb conocerle antes; pero qu mujer joven puede conocer a un hombre en uno o dos aos de noviazgo, por slo conversaciones de palco o baile, con miradas en paseo y misa, con cartas donde la imaginacin vence al juicio en ese periodo de la vida en que ella no se cuida sino de parecer bonita y l no piensa ms que en ocultar defectos? Durante las primeras semanas de nuestro matrimonio fui feliz. No dej sin embargo de comprender que Pepe era brusco, de carcter impetuoso, aunque procuraba contenerse o se arrepenta pronto de ciertos arranques para no enojarme. De vuelta del viaje de novios empez a trabajar; hasta entonces haba encargado del bufete a un amigo. Trabajaba mucho, ms pronto me enter de que senta poco entusiasmo por su carrera; al salir del despacho siempre estaba de mal humor; lo que le preocupaba e interesaba no era la ndole de los pleitos, la ocasin de lucirse, la probabilidad de reparar una injusticia, sino la esperanza y la cuanta del pago: no se le vea contento sino cuando cobraba una cuenta de honorarios los cuales acostumbraba a poner muy altos: en ms de una ocasin le cost esto serios disgustos o recibi cartas desagradables. Por fin supe que tena fama de interesado y codicioso. No era avaro; gastaba sin prudencia y me hubiese permitido hacer lo mismo si quisiera, pero senta ansias de ganar y tener mucho, incurriendo para conseguirlo, con los clientes pobres, en faltas de consideracin, casi de misericordia; adoleciendo con los ricos de cierta carencia de dignidad y altivez que a mis ojos le haca desmerecer: lo que le importaba era cobrar, cobrar... A veces toleraba lo que no deba. Cierto banquero al mandarle el importe de una cuenta que le pareci excesiva le escribi dicindole, poco ms o menos: le remito a usted lo que me pide y siento no poder seguir llamndome amigo de quien me trata con tan poca consideracin. Dije a Pepe que esto me pareca humillante y repuso: lo que hace falta es que pague.--Mejor sera--repliqu--que cobrases algo menos y conservaras la amistad de un hombre que podra regatearte de mal modo lo que te da. Me mir de alto a bajo y contest: el mejor amigo... un duro. Sufr un desencanto y call por espritu de sumisin; pero se me hizo dura la conformidad. Le cuento a usted estos detalles para que se haga cargo de como fui convencindome de lo que es: no conoce ms Dios ni ms ley que el oro... Llegamos, en fin, al motivo de la separacin, mejor dicho, de mi propsito irrevocable de no vivir con l. Afortunadamente estoy segura de que mi ta Juana no me desatender; hasta podremos darle dinero para que me deje en paz. Y ahora escuche usted. Un da se present en casa una mujer pobremente vestida con aspecto de seora venida a menos; nada de pedigea ni aventurera. Haba estado a buscarle varias veces y nunca quiso recibirla. Entr porque en lugar de abrir el criado lo hizo la doncella. Luego desde mi gabinete o que Pepe y aquella mujer levantaban mucho la voz: me acerqu a una puerta y la o llorar, llegando a mis odos palabras que me helaron de espanto: despojo compasin maldad. Por fin sali nerviosa, excitadsima, blanca de clera, y desde la puerta de la escalera, tragndose las lgrimas dijo: Ojal, si tiene usted hijos que paguen lo que hace con el mo! Me qued aterrada, volv al gabinete, llam a Faustina mi doncella, en quien sabe usted que tengo absoluta confianza, y mostrndole desde el balcn a la mujer que en aquel instante sala del portal le dije: Coge el mantn, sguela y averigua quien es y donde vive. Pepe pas la tarde de un humor intolerable y orden que bajo ningn protesto se abriese la puerta a aquella desdichada. Le pregunt quin era y me respondi que una trapisondista. Para abreviar: Faustina volvi dicindome como se llamaba y donde viva. A la maana siguiente fui a verla: vacil mucho antes de hacerlo pero no me pude contener ni quise dominar el deseo de salir de dudas, porque todo me induca a sospechar, y un presentimiento amargusimo me gritaba que Pepe deba de haber cometido una maldad muy grande. Afortunadamente, aquella mujer no me conoca, saba que Pepe era casado y nada ms. La portera de su casa me dijo que la infeliz haba estado en buena posicin pero que se vea ya en la mayor miseria, sin que ganase cosiendo lo bastante para mantener a su hijo, nio de cinco aos. Sub a su sotabanco, ni ms ni menos que en las novelas, y para hablar con ella invent una piadosa mentira. La esperanza de la limosna hizo que no se parase a inquirir si yo deca o no verdad. Poco me cost que hablase. Era parlanchina, locuaz, imprudente, de lengua demasiado suelta, culpas atenuadas por el afn de contar la cada desde una posicin acomodada hasta la ms dura pobreza: pero en el fondo de su palabrera y su exceso de charla lata algo terrible. Mi marido haba robado al suyo veintids mil duros! La historia es sencillsima. Su esposo era procurador. En cierta ocasin se le form causa para exigirle responsabilidad por irregularidades en un pleito en que intervino decretndose contra l un embargo. Entonces busc a Pepe que era ntimo amigo suyo y sin recibo ni documento alguno, que por otra parte, dadas las circunstancias, hubiera sido intil, le entreg para que se los guardase veintids mil duros en ttulos de la deuda. Va usted adivinando? [ilustracin: Mujer con nio] Luego le prendieron, pas en la la crcel ao y medio, sali absuelto y al reclamar el depsito Pepe, se lo neg... Es decir, no neg la devolucin, sino lo que es ms infame, la entrega. No exista, no poda existir prueba. El infeliz procurador, muri al cabo de unos cuantos meses y Pepe sigui negando a la viuda. Cuanto esta me dijo era verdad. Hasta he averiguado que con parte de esos veintids mil duros hizo Pepe los gastos de nuestra boda. Qu base para nuestra felicidad! De mi entrevista con aquella mujer saqu el convencimiento de que no menta: la ndole y el carcter de Pepe servan de acusadores contra l, adems quise ponerle en al trance de que confesase y lo consegu. Hice una cosa horrible, pero en relacin con su maldad. Dej una noche que se acostase antes que yo, esper a que se durmiese, y al cabo de dos horas, cuando estaba en el ms profundo sueo, teniendo antes cuidado de poner la luz de modo que le iluminara de lleno el rostro, le llam a grandes voces gritando Pepe, Pepe... El dinero de Gozalvez, Gozalvez, Gozalvez... su dinero! Despert preso de un sobresalto indecible, y sin tiempo para reponerse, sorprendido como criminal por astucia del juez, pregunt fuera de s enrojecido de rabia: Dnde est Gozalvez? Cmo lo sabes? Quin te lo ha contado? [ilustracin] Pero no eran menester tales palabras: su cara, su espanto, bastaron para persuadirme de que la viuda no me haba engaado. Qu pena la ma! Juro que hubiera preferido sorprenderle en brazos de una mujer! Entonces se levant en mi corazn una tempestad de asco y de desprecio. Y aquel era el hombre que me haba posedo, el que sabore mis primeros besos de amor! Cuanto he intentado para que prometa la restitucin del depsito ha sido intil: niega, insiste en negar, y cada negativa le aparta ms de m. No podemos divorciarnos: lo s, me han ledo el Cdigo; pero yo me separo de l porque siento que el contacto de ese hombre me manchara como envilecen al marido honrado los besos de la esposa traidora y consentida. Yo creo, don Luis, que ni el honor ni la conciencia tienen sexo. Me ha deshonrado con su delito como yo hubiera podido deshonrarle con mi infidelidad. Ser legalmente suya, llevar su nombre y lo que es ms doloroso lo llevar mi hijo, pero no volver a estrecharme entre sus brazos ni comer su pan. Quien me comprenda que me juzgue. * * * * * BIBLIOTECA MODERNA TOMOS PUBLICADOS _I._ A. Palacio Valds. _Seduccin._ _II._ Jacinto Benavente. _Noches de verano._ _III._ Juan Valera. _Asclepigenia._ _IV._ Salvador Rueda. _Piedras preciosas_ _V._ B. Prez Galds. _La novela en el tranva._ _VI._ Jacinto O. Picn. _La vistosa._ EN PRENSA _VII._ S. y J. Alvarez Quintero. EN PREPARACIN Obras de Mariano de Cavia. _Clarin_, Balart, Navarro Ledesma, etc. Dirigir los pedidos a la Administracin, calle de Don Manuel Fernndez y Gonzlez, nm. 8. OBRAS DEL MISMO AUTOR Pesetas Apuntes para la Historia de la Caricatura 2 Lzaro (casi novela), segunda edicin 2 Del Teatro (_Lo que debe ser el drama._) Memoria leda en el Ateneo de Madrid. Segunda edicin 1 La Hijastra del amor. (Novela), tercera edicin (agotada) 4 Juan Vulgar. (Novela), tercera edicin. 3 El Enemigo. (Novela), tercera edicin 4 La Honrada. (Novela), ilustrada por J. L. Pellicer y J. Cuchy 4 Dulce y Sabrosa. (Novela) 4 Novelitas 3,50 Cuentos de mi tiempo 3,50 Tres mujeres. (Coleccin Klong) 2,50 Cuentos (coleccin _Mignon_) 0,75 Vida y obras de D. Diego Velzquez, con fotograbados 5 Castelar. Discurso de recepcin en la Real Academia Espaola. Contestacin del Excmo. Seor D. Juan Valera 1 License: Share Alike