Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net EL MANDARN EA DE QUEIROZ OBRAS DEL MISMO AUTOR La Reliquia 1 tomos. La ciudad y la sierra 1 " El primo Basilio 2 " Los Maias 3 " El crimen del padre Amaro 2 " Epistolario de Fradique Mendes 1 " Versin castellana CASA EDITORIAL MAUCCI Gran medalla de oro en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910 Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA PROLOGO AMIGO 1. (_Bebiendo coac y soda, bajo los rboles de una terraza, a orillas del agua._) Camarada; durante estos calores que embotan la imaginacin, descansemos del spero estudio de las Realidades humanas... Partamos hacia los campos del Ensueo, a vagar por esas azuladas colinas donde se levanta la torre abandonada de lo Sobrenatural y frescos musgos cubren amorosamente las ruinas del Idealismo... Fantaseemos... Amigo 2. Ms sobriamente, camarada, ms sobriamente... y como en las sabias y amables Alegoras del Renacimiento, mezclando siempre una moralidad discreta... (_Comedia indita_) I Me llamo Teodoro, y fu amanuense en el Ministerio de la Gobernacin. En aquel tiempo viva yo en la travesa de la Concepcin, nmero 106, en la casa de huspedes de doa Augusta, la esplndida doa Augusta, viuda del comandante Marques. Tena dos compaeros: Cabritilla, empleado en la administracin del barrio central, tieso, y amarillo como una vela de entierro y el petulante teniente Conceiro, hbil tocador de viola francesa. Mi existencia se deslizaba equilibrada y tranquila. Toda la semana sentado ante el pupitre de mi negociado, trazaba en una hermosa letra cursiva, sobre el papel de oficio del Estado, estas frases hechas: Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de comunicar a V.E... Tengo el honor de poner en conocimiento de V.I. etc., etc. Los domingos descansaba. Instalado entonces en el canap del comedor, la pipa entre los dientes, admiraba a doa Augusta, que, los das de fiesta, sola limpiar con clara de huevo la caspa al teniente Conceiro. Esta hora, sobre todo en verano, era deliciosa. Por las ventanas entreabiertas penetraba el vaho clido y sooliento de la solanera, algn lejano repique de las campanas de la Concepcin Nueva, y el arrullo de las trtolas que se enamoran en las barandas. El montono susurro de las moscas se balanceaba sobre el viejo tul, antiguo velo nupcial de la seora de Marques, que cubra ahora, en el aparador, los platos de cerezas. Poco a poco, el teniente, envuelto en un pao de afeitar, como un dolo en su manto, adormecase, bajo la friccin suave de las cariosas manos de doa Augusta... Yo, entonces, enternecido, deca a la amable seora: --Ay, doa Augusta, es usted un ngel! Ella, siempre me llamaba el encanijado. Yo sonrea sin escandalizarme. El encanijado era efectivamente el nombre que me daban en casa, por ser delgado, entrar en todas partes con el pie derecho, asustarme de los ratones, tener en la cabecera de mi cama una estampa de Nuestra Seora de los Dolores, que perteneci a mi madre, y andar un tanto corcovado. S, era desgraciadamente corcovado, por lo mucho que dobl el espinazo, retrocediendo asustado delante de los seores profesores, o inclinando la frente ante jefes y directores generales. Esta actitud de respeto es conveniente al covachuelista, mantiene la disciplina en un Estado bien organizado, y me garantizaba el descanso de los domingos y das festivos, el uso de alguna ropa blanca y veinticinco duros al mes. No puedo negar, a pesar de todo, que yo no tuviese ambiciones, como lo reconocan sagazmente la viuda de Marques y el pedante de Conceiro. No agitaba mi pecho el apetito herico de dirigir, desde lo alto de un trono, vastos rebaos humanos; pero s me abrasaba el deseo de poder comer en el Hotel Central, con champagne, apretar la mano de mimosas vizcondesas, y, por lo menos, dos veces a la semana, dormir, en un xtasis mudo, sobre el fresco seno de Venus. Oh, elegantes que os dirigais vivamente a San Carlos abrigados en costosos paletots, luciendo la blanca corbata de soire! Oh, carruajes llenos de mujeres vestidas a la andaluza, rodando gallardamente hacia los toros, cuntas veces me hicsteis suspirar! Porque la certidumbre de mis veinticinco duros mensuales y mi gesto encogido de encanijado, me excluan para siempre de aquellas alegras sociales, y vena entonces a herir mi pecho, como flecha que se clava en un tronco y queda mucho tiempo vibrando. Aun as, yo nunca llegu a considerarme un paria. La vida humilde tiene sus dulzuras: es grato, en una maana de sol alegre, con la servilleta al cuello, delante de un bistek con patatas, desdoblar el Diario de las Noticias; durante las tardes de verano, en los bancos gratuitos del paseo, se gozan suavidades de idilio; y es sabroso, de noche, en Martio, mientras se toma a sorbos el caf, oir a los charlatanes injuriar a la patria. Adems, nunca fu excesivamente desgraciado, porque no tengo imaginacin; no me consuma rodando en torno de parasos ficticios, nacidos de mi propia alma deseosa, como las nubes de la evaporacin de un lago; no suspiraba mirando las lcidas estrellas, por un amor espiritual a lo Romero o por una gloria humana a lo Camoens. Soy muy positivista. Slo aspiraba a lo racional, a lo tangible, a lo que era alcanzado por otros en mi barrio, a lo que es accesible a un bachiller. Y me iba resignando como quien ante una table d' htel mastica la corteza de pan seco en espera del rico plato de la Charlotte russe. Las felicidades haban de llegar; y, para apresarlas, yo haca todo lo que me era posible como portugus y como constitucional; se las peda todas las noches a Nuestra Seora de los Dolores y compraba dcimos de la lotera. Entretanto procuraba distraerme. Y como las circunvoluciones de mi cerebro no me habilitaban para componer odas a la manera de tantos otros que, a mi lado, se desquitaban as del tedio que la profesin les produca; como mi escaso sueldo, apenas suficiente para pagar la casa y el tabaco, no me permita ningn vicio, haba tomado el hbito discreto de comprar en la feria de Sadra libros antiguos desencuadernados, y por la noche, en mi cuarto, me entretena con esas curiosas lecturas. Eran, siempre, obras de ttulos sugestivos: Galera de la inocencia, Espejo milagroso, Tristeza de los desheredados... El tipo venerable, el papel amarillento, la grave encuadernacin frailuna, la cintita verde marcando la pgina, todo esto me encantaba! Despus, aquellos relatos ingenuos en letra gorda inundaban de paz todo mi sr, producindome una sensacin comparable a la calma penetrante de una vieja cerca de un monasterio, en la quebradura de un valle, a la hora del crepsculo, oyendo correr el agua muy triste... Una noche, hace aos, empec a leer en uno de esos vetustos infolios, un captulo titulado Brecha de las almas; e iba cayendo en una soolencia grata, cuando este perodo singular se destac del tono neutro y apagado de la pgina, como el relieve de una medalla de oro nuevo brillando sobre un tapete obscuro: copio textualmente: En el fondo de la China existe un Mandarn ms rico que todos los reyes de que nos habla la Fbula o la Historia. De l nada conoces, ni el nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que t heredes sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado, sobre un libro. El exhalar entonces un suspiro, en los lejanos confines de la Mongolia. Ser un cadver: y t vers a tus pies ms oro del que puede soar la ambicin de un avaro. T, que me lees y eres hombre mortal, tocars la campanilla? Permanec asombrado ante la pgina abierta: aquella interrogacin hombre mortal, tocars t la campanilla? aunque me pareca burlona y picaresca, me turbaba prodigiosamente. Quise leer ms; pero las lneas huan ondulando como sierpes asustadas, y en el vaco que dejaban, de una lividez de pergamino, volva a brillar la interpelacin extraa: Tocars t la campanilla? Si el volumen hubiese sido de una moderna edicin Michel Levy, de cubierta amarilla, yo, que no me hallaba perdido en la floresta de una balada alemana, y poda ver desde mi cuarto blanquear a la luz del gas el correaje de la patrulla, hubiera cerrado el libro, disipando as la nerviosa alucinacin. Mas aquel sombro infolio pareca exhalar magia; cada letra afectaba la inquietante configuracin de esos signos de la vieja Kbala, que encierran un atributo fatdico; las comas tenan el retorcido petulante de rabos de diablillos, entrevistos a la luz blanca de la luna; en el punto de interrogacin final vea el pavoroso gancho con que el Tentador caza las almas que adormecieron, sin refugiarse en la inviolable ciudadela de la Oracin. Una influencia sobrenatural se apoder de m, arrebatndome fuera de la realidad y del raciocinio; y en mi espritu se fueron formando dos visiones: de un lado un Mandarn decrpito, muriendo sin dolor, lejos, en un kiosco chino, al tiln-tn de mi campanilla; y de otro toda una montaa de oro brillando a mis pies! Esto era tan claro que hasta vea los ojos oblcuos del viejo empaarse, como cubiertos de una tnue capa de polvo; y senta el sonido metlico del dinero rodando a mis plantas. Inmvil, horrorizado, clavaba ardientemente los ojos en la campanilla, puesta delante de m, sobre un diccionario francs, la campanilla prevista, citada en el magnfico infolio. Fu entonces cuando, del otro lado de la mesa, una voz insinuante y cristalina, me dijo misteriosamente: --Vamos, Teodoro, amigo mo, s fuerte, extiende la mano y toca la campanilla. La pantalla verde de la vela esparca una penumbra en derredor. Me levant temblando. Y vi, pacficamente sentado a mi lado, un individuo corpulento, todo vestido de luto, con sombrero de copa, las manos enguantadas de negro, apoyadas en el puo de un paraguas. No tena nada de fantstico. Pareca tan corriente, como si viviese del msero sueldo de un empleo... su originalidad estaba en su rostro, sin barba, de lneas fuertes y duras, la nariz brusca, presentaba la expresin rapaz y amenazadora de un pico de guila: el corte firme y acentuado de sus labios daba a su boca una expresin maligna; los ojos, al fijarse, semejaban los encendidos fulgores de un disparo, salido sbitamente de entre las zarzas tenebrosas del entrecejo fruncido; era lvido, mas, por su piel, corran a veces radiaciones sanguneas, como en un viejo mrmol fenicio. De pronto me asalt la idea de que mi visitante fuese el demonio en persona, pero luego, mi raciocinio se sublev resueltamente contra esta suposicin. Yo nunca cre en el diablo, como nunca tuve fe en Dios. Jams lo dije en voz alta ni lo escrib en los peridicos para no descontentar a los Poderes pblicos encargados de mantener el respeto hacia tales entidades: mas yo nunca cre que existiesen estos dos personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan la vida hacindose mtuas y amables perreras, uno de barbas nevadas y tnica azul, vestido como el antiguo Zoroastro y habitando las alturas luminosas, en medio de una corte ms complicada que la de Luis XIV; y el otro malhumorado y maoso, ornado de cuernos, viviendo entre las llamas, imitacin ridcula y burguesa del pintoresco Plutn. No, no creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y yo pertenezco a la clase media. Rezo, es verdad, a Nuestra Seora de los Dolores, porque, as como ped una recomendacin para licenciarme; as como, para obtener mis veinticinco duros, implor la benevolencia del diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la navaja del chulo, de la cscara de naranja escurridiza donde puede uno resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una proteccin sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraso. Con un compadre en el barrio, y una comadre mstica en las alturas, el porvenir del licenciado est seguro. Por eso, libre de torpes supersticiones, dije familiarmente al individuo vestido de negro: --Realmente me aconsejas que toque la campanilla? El desconocido se levant un poco el sombrero, descubriendo la frente estrecha y respondi, palabra por palabra: --He aqu tu caso, estimable Teodoro: Veinticinco duros mensuales es una vergenza social! Hay en este mundo cosas prodigiosas; vinos de Borgoa, como por ejemplo el Romane-Conti del 58 y Chambertn del 61, que cuesta cada botella, de diez a once duros, y el que bebe la primera copa, no vacila en asesinar a su padre, por beber la segunda... Fabrcanse en Pars y en Londres carruajes de tan suaves muelles, tan suaves forros y airosas ruedas, que es preferible recorrer en ellos el Campo Grande, a viajar, como los antiguos dioses, por el cielo, sobre los fofos cojines de las nubes. No har a tu cultura la ofensa de informarte que se amueblan hoy las casas con un estilo y un confort tan admirables que superan a ese regalo ficticio, llamado en otro tiempo Bienaventuranzas. No te hablar, Teodoro, de otros goces terrenales, como, por ejemplo: el Teatro Real, el baile, el caf Ingls... Slo llamar tu atencin sobre este hecho... Existen seres que se llaman mujeres. Estos seres, Teodoro, en mi tiempo, en la tercera pgina de la Biblia, apenas usaban exteriormente una hoja de parra. Hoy son toda una sinfona, todo un engaoso y delicado poema de encajes, batistas, sedas, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos. Comprende la satisfaccin inenarrable que sentirn los cinco dedos de un cristiano recorriendo y palpando esas maravillas; ms tambin has de percibir, que con una pieza de cinco cntimos, no se pagan las cuentas de esos serafines... Ellas poseen cosas mejores: cabellos color de oro o color de tinieblas, resumiendo as en sus trenzas la apariencia emblemtica de las dos grandes tentaciones humanas: el hambre del metal precioso y el conocimiento del absoluto trascendente. Y an tienen ms: brazos marmreos, frescos como rosas salpicadas de roco; senos sobre los cuales el gran Praxteles model su copa, que es la lnea ms pura y ms ideal de la antigedad... Los senos, en otra era, en la idea de ese ingenuo anciano que los form, que fabric el mundo, y de quien una enemistad secular me veda pronunciar el nombre, eran destinados a la nutricin augusta de la humanidad; hoy, ninguna madre racional los expone a esa funcin deterioradora y severa, sirven slo para resplandecer entre encajes a la luz de las soires y para otros usos secretos. Las conveniencias me impiden proseguir en esta exposicin radiante de bellezas, que constituye el Fatal Femenino... Del resto, ya hablaremos ms tarde. Todas estas cosas, Teodoro, estn ms all de tus veinticinco duros mensuales... Confiesa, al menos, que estas palabras tienen el venerable sello de la verdad. Yo murmur con las fauces abrasadas: --Cierto! Y su voz prosigui paciente y suave: --Qu me dices de veinte o veinticinco millones de pesetas? Bien s que es una bagatela... ms, en fin, constituye un comienzo; son una ligera habilitacin para conquistar la felicidad. Ahora reflexiona sobre esto: El Mandarn, ese Mandarn del fondo de la China, es un viejo decrpito y gotoso. Como hombre, como funcionario del Celeste imperio, es ms intil a Pekn y a la humanidad, que un pedrisco en la boca de un perro hambriento. Mas la transformacin de la substancia existe: te la garantizo yo, que s el secreto de las cosas. Porque la tierra es as: recoge aqu un hombre podrido y lo restituye all, en el conjunto de sus formas, como vegetal vigoroso. Bien puede ser que l, intil como Mandarn en el Imperio del Sol, vaya a ser til en otra tierra como odorante rosa o sabroso repollo. Matar, hijo mo, es casi equilibrar las necesidades universales. Eliminar en una parte el exceso para suplir en otra la falta. Pentrate bien en estas slidas filosofas. Una pobre costurera de Londres ansa ver florecer en su ventana un tiesto lleno de tierra negra; una flor dara consuelo a aquella desheredada; mas en la disposicin de los seres, por desgracia, en ese momento, la substancia que all deba ser rosa, es aqu un hombre de Estado... Viene entonces el chulo de navaja y hiere al estadista; la pualada le descarga los intestinos; lo entierran: la materia comienza a desorganizarse, mzclase a la vasta evolucin de los tomos, y el superfluo hombre de gobierno va a alegrar, bajo la forma de una flor a una rubia costurera. El asesino es un filntropo. Djame resumir, Teodoro; la muerte de ese viejo Mandarn idiota, trae a tu bolsillo algunos millones de pesetas! Puedes desde ese momento dar un puntapi a los Poderes pblicos: medita en lo intenso de este gusto! Y desde luego sers citado en los peridicos, a qu mayor gloria puede aspirar un sr humano! Y todo eso con slo agarrar la campanilla y hacer tiln-tn. Yo no soy un brbaro: comprendo la repugnancia de un caballejo en asesinar a un semejante suyo; la sangre ensucia vergonzosamente los puos de la camisa, y siempre es repulsiva la agona de un cuerpo humano. Mas en este caso, ninguno de esos torpes espectculos... Es como quien llama a un criado... Y son veinte o veinticinco millones de pesetas, no recuerdo bien, pero los tengo anotados en mis apuntes. No dudes de m, Teodoro. Soy un caballero; lo prob, cuando, haciendo la guerra a un tirano en la primera insurreccin de la justicia, me v precipitado desde las alturas. Tu imaginacin no lo puede concebir... Una cada espantosa, mi querido amigo! Grandes disgustos. Lo que me consuela es que el Otro est tambin muy alicado, porque, amigo mo, cuando un Jehov tiene contra s a un Lucifer, qutase este estorbo enviando contra el rebelde una legin de Arcngeles; mas cuando el enemigo es el hombre armado de una pluma de pato y un cuaderno de papel blanco, est perdido... En fin, son veinte millones de pesetas. Vamos, Teodoro, ah tienes la campanilla, s un hombre! Call el enlutado caballero. Yo bien s lo que se debe a s mismo un cristiano. Si este personaje me hubiese llevado a la cumbre de una montaa en Palestina, en una noche de luna llena, y desde all, mostrndome ciudades, razas e imperios adormecidos, me hubiera dicho sombramente: Mata al Mandarn, y todo lo que ves en valles y colinas ser tuyo, yo le habra replicado, siguiendo un ejemplo ilustre, con la mano levantada hacia las inmensidades consteladas. Mi reino no es de este mundo! Conozco bien mis autores. Mas eran veinte millones de pesetas, ofrecidos a la luz de una vela de esperma, en la travesa de la Concepcin, por un sujeto de sombrero de copa, apoyado en un paraguas. Entonces no dud. Y con mano firme repiqu la campanilla. Fu tal vez una ilusin; mas parecime que una campana de boca tan ancha como el cielo, repicaba en la obscuridad, a travs del Universo, con un sn temeroso que ciertamente ira a despertar soles que dorman y planetas panzudos. El extrao individuo llev un dedo al prpado, y limpiando una lgrima que nublaba su ojo rutilante, exclam: --Pobre Ti-Chin-F! --Muri? --Estaba en su jardn, sosegadamente, armando, para lanzarlo al aire, un papagayo de papel, pasatiempo honesto de un Mandarn jubilado, cuando le sorprendi ese tiln-tn de la campanilla. Ahora yace a orillas de un arroyo susurrante, vestido de seda amarilla, muerto sobre la hierba verde, con la panza al aire, y en sus manos fras tiene su papagayo de papel, que parece tan muerto como l. Maana son los funerales. Que la sabidura de Confucio, inspirndole, ayude a emigrar su alma! Y el buen sujeto, levantndose, se quit respetuosamente el sombrero, y sali, con el paraguas debajo del brazo. Entonces, al sentir cerrar la puerta, me pareci despertar de una pesadilla. Salt al corredor. Una voz jovial hablaba con la seora de Marques; y la cancela de la escalera cerrse sutilmente. --Quin acaba de salir ahora, doa Augusta?--pregunt sudoroso. --Cabritilla que va a la oficina... Volv a mi cuarto: todo reposaba tranquilo, idntico, real. El infolio estaba an abierto por la pgina temerosa. Volv a leerla, y ahora me pareci la prosa anticuada de un moralista cansado; cada palabra se haba vuelto como un carbn apagado. Me acost y so que estaba lejos, ms all de Pekn, en las fronteras de Tartaria, en el kiosco de un convento de Lamas, oyendo mximas prudentes y suaves que brotaban como un aroma fino de t, de los labios de un Buda vivo. II Transcurri un mes. Yo, en tanto, continu, rutinario y triste poniendo diariamente mi hermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos, la pericia con que la esplndida doa Augusta limpiaba la caspa al teniente Conceiro. Era cosa evidente para m que aquella noche, dormido, leyendo sobre el infolio, haba soado con una Tentacin de la Montaa bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupando de la China. Lea los telegramas de los peridicos buscando siempre los que se referan a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces en la regin de las razas amarillas... La Agencia Havas slo telegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otras curiosidades brbaras. Poco a poco fu olvidando mi episodio fantasmagrico; y al mismo tiempo, como gradualmente mi espritu se serenaba, volvan a l las antiguas ambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, el seno amoroso de Lola, bisteks ms tiernos que los de doa Augusta. Mas tales regalos me parecan tan inaccesibles, tan fuera de la realidad, como los propios millones del Mandarn. Y por el montono desierto de la vida, all fu marchando la lenta caravana de mis melancolas. Un domingo de Agosto, de maana, dormitaba en la cama, en mangas de camisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta se abri suavemente y entreabriendo los prpados adormilados, v inclinarse a mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmur: --El seor Teodoro? El seor Teodoro, del Ministerio de la Gobernacin? Me levant lentamente sobre mi cama, y, respond bostezando: --Soy yo, caballero! El individuo inclin el espinazo, como a presencia del Rey Bobo se arquean los cortesanos. Era pequeo y gordo: venerables lentes de oro relucan en su faz bonachona, que pareca la personificacin del Orden. Todo tembloroso, balbuce azorado: --Traigo noticias para su seora! Noticias de considerable importancia. Mi nombre es Silvestre... Silvestre Juliano y C.... Un criado servicial de vuestra excelencia... Llegaron en el correo de Southampton... Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C. de Hong-Kong. El hombre calvo sofocse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano un sobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosigui: --Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no lo estbamos... El azoramiento es natural... Lo que esperamos es que nos conserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor de virtud, espejo de bondad. Aqu estn los primeros cheques sobre Bhering and Brothers de Londres... Letras a treinta das sobre Rothschild. A este nombre, resonante como el mismo oro, salt velozmente del lecho. --Qu es eso, seor?--grit. Y l, gritando mas, blandiendo el sobre, alzado sobre la punta de las botas, exclam: --Son ciento veinte millones de pesetas sobre Londres, Pars, Hamburgo y Amsterdn, en letras a su favor! A su favor, excelentsimo seor! Por casas de Hong-Kong, de Shang-Hai y de Cantn, de la herencia del Mandarn Ti-Chin-F! Sent temblar el mundo bajo mis pies y cerr un momento los ojos. Mas de pronto, comprend que yo era desde aquel momento como una encarnacin de lo sobrenatural, recibiendo de ella mi fuerza y sus atributos. No poda considerarme como un hombre, rebajndome con explicaciones humanas. Para no interrumpir la lnea hiertica de mi indiferencia, me abstuve de ir a sollozar de alegra, como me lo peda el alma, sobre el vasto seno de la viuda de Marques. De ahora en adelante ostentara la impasibilidad de un Dios o de un Demonio; me calc con naturalidad y dije a Silvestre Juliano y C. estas palabras: --Est bien. El Mandarn! Ese Mandarn se port conmigo como un caballero. Ya s de lo que se trata. Es una cuestin de familia. Deje ah los papeles. Buenos das, Silvestre, Juliano y C.. Y se retir, retrocediendo, con el cuerpo inclinado respetuosamente. Entonces abr de par en par la ventana, y, asomando la cabeza, respir el aire clido, como un corzo cansado. Despus mir hacia abajo, hacia la calle, donde la burguesa, saliendo de misa pululaba entre dos filas de carruajes. Mis ojos se fijaban, inconscientes, ora en las joyas de las mujeres, ora en los brillantes metales de los arreos. Y de repente la idea de mi grandeza me llen de satisfaccin. Todos aquellos carruajes podran ser mos! Ninguna de las mujeres que vea, dejara de ofrecerme su seno desnudo, a la menor indicacin de un caprichoso deseo. Todos aquellos hombres de levita y guantes negros se postraran delante de m como ante un Cristo, un Mahoma o un Buda, si yo arrojase sobre ellos un puado de cheques de mis ciento veinte millones de pesetas sobre los principales Bancos de Europa. Me apoy en la baranda y re viendo la agitacin efmera de aquella humanidad subalterna que se consideraba libre y fuerte, mientras all arriba, en la habitacin de un cuarto piso, yo tena en la mano, en un sobre lacrado, el principio de su flaqueza y de su esclavitud. Entonces, satisfacciones del Lujo, regalos del Amor, orgullos del Poder, todo, todo lo goc con la imaginacin, en un instante y en un solo sorbo. Mas luego una gran saciedad me fu invadiendo el alma, y sintiendo el mundo a mis pies, bostec como un len harto. De qu me servan por fin tantos millones, sino para traerme, da por da, la desoladora afirmacin de la vileza humana? Y as, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como humo, la belleza moral del Universo! Se apoder de m una inmensa tristeza mstica. Ca sobre una silla, y con el rostro, entre las manos, llor copiosamente. Al poco tiempo la viuda de Marques abri la puerta, toda vestida de seda negra. --Le estarn esperando para comer! Sal de mi amargura para responderle secamente: --Yo no como. --Ms quedar! En aquel momento estallaban cohetes a lo lejos. Me acord de que era domingo, da de toros; de repente una visin brill, relampagueando, atrayndome deliciosamente: era la corrida vista desde un palco, despus de una comida con champagne, y a la noche una orga como una divina y suprema iniciacin! Corr a la mesa. Llen mi cartera de letras sobre Londres. Descend a la calle con el furor de un buitre que hiende el aire en busca de su presa. Pasaba un carruaje vaco. Le detuve gritando: --A los toros! --Son diez reales, mi amo! Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqu las monedas que tena: 75 cntimos... El cochero fustig el anca de la yegua y sigui refunfuando. Yo balbuce: --Tengo letras... Aqu estn! Tengo letras sobre Londres, sobre Hamburgo... --No sirven... Setenta y cinco cntimos!... Y corrida, cena de lord, andaluzas desnudas, todo este sueo expir como una pompa de jabn dentro de mi alma. Odi a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco me atropella. Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volv a mi cuarto piso. Ped perdn a doa Augusta, aceptando humildemente la comida que se dign servirme; y pas esta primera noche de riqueza, bostezando sobre el lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquino teniente con veinte duros de sueldo mensuales, rea con la viola un alegre fado. * * * * * A la maana siguiente, mientras me afeitaban, reflexion sobre el origen de mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso. Mas como mi racionalismo me impeda atribuir estos tesoros imprevistos a la generosidad de Dios o del Diablo, ficciones puramente escolsticas; como los fragmentos del positivismo que constituan el fondo de mi filosofa, no me permitan la indignacin de las causas primarias, de los orgenes esenciales, pronto me decid a aceptar el fenmeno y a utilizarlo con largueza. Por lo tanto, corr atropelladamente al Londn Brasilian Bank. All arroj por el enrejado un cheque sobre el Banco de Inglaterra, de mil libras, gritando esta deliciosa palabra: --En oro! Un cajero me respondi con dulzura: --Tal vez le fuese ms cmodo en billetes... Respond scamente: --En oro! Llen mis bolsillos; y en la calle tom un coche. Me sent extremadamente gordo; tena en la boca sabor de oro y una sequedad de polvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las casas parecan brillar como largas lminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un mar de ondas de oro. Abandonado a la oscilacin de los muelles, rebotando como un ordre mal seguro, dejaba caer sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos de amargura. En fin, tirando el sombrero sobre la nuca, estirando la pierna, empinando el vientre, bostec formidablemente. Mucho tiempo rod as por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab. Sbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenar mi pecho como una ventolina que hincha una vela. --Pra, animal!--grit al cochero. El coche se par. Mir a mi alrededor, con los prpados entornados, buscando un objeto caro que comprar: joya de reina o conciencia de estadista; nada v, y precipitadamente entr entonces en un estanco. --Cigarros! de peseta! de diez reales! --Cuntos?--pregunt servilmente el estanquero. --Todos!--respond brutalmente. A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, me extendi su mano transparente. No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro, la rechaz con impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, me met entre la turba. Fu entonces cuando v, adelantndose, la poderosa figura del Director General; inmediatamente me hall con el dorso curvado y el sombrero cumplimentador en la mano. Era el hbito de dependencia; mis millones no me haban dado an la verticalidad de la espina dorsal. En casa desparram el oro sobre el lecho y me revolqu en l mucho tiempo, gruendo sordamente. La torre de al lado di las tres; y el sol descenda llevndose consigo mi primer da de opulencia. Entonces, acorazado de libras, corr a divertirme! Ah, qu da! Com en un gabinete del Hotel Central, solitario y egosta, con la mesa atestada de botellas de Burdeos, Borgoa, Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades religiosas... como si quisiera saciar de una vez la sed de treinta aos! Despus, tambalendome, entr en un lupanar. Qu noche! La alborada clare detrs de las persianas y me encontr reclinado en un divn, exhausto y semidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse, disolverse en aquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, de hembras y de punch. Cuando volv a la travesa de la Concepcin, las ventanas de mi cuarto estaban cerradas, y la vela expiraba con resplandores lvidos, en su palmatoria de latn. Entonces, al llegar junto a la cama, v una cosa horrible; estirado, a travs de la colcha, yaca la figura del Mandarn muerto, vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre las manos, como muerto tambin, tena un papagayo de papel. Abr desesperadamente la ventana. Todo desapareci y slo hall sobre mi lecho, un viejo palet. III Entonces comenz mi vida de millonario. Dej apresuradamente la casa de la viuda de Marques, que desde que supo que era rico, me trataba de diferente manera sirvindome ella misma, con su traje de seda de los domingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compr un palacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidas por los indiscretos fotograbados que public La Ilustracin Francesa. Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de un gusto exhuberante y brbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un raro brocado negro, donde ondean, bordados en perlas, versos erticos de Ctulo; una lmpara suspendida en el interior derrama su claridad lctea y amorosa de una nube de verano. Mis primeros meses de riqueza los pas amando, amando con el sincero apasionamiento de un inexperto. La haba visto, como en una pgina de novela, regando sus claveles en el balcn; se llamaba Cndida, era pequeita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y me recordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que el arte ha creado ms fino y frgil: Mim, Virginia, Julieta... Todas las noches, en xtasis mstico caa a sus pies color de jaspe; y por la maana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cien pesetas. Al principio, ella los rechazaba con rubor, pero despus los guardaba en su gaveta, llamndome cariosamente su ngel tutelar. Un da en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria, entr en su tocador, ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedo en el aire. Al verme, plida y trmula, escondi el papel que ostentaba en tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de celos, se lo arrebat. Era la carta, la carta, que, desde la ms remota antigedad, la mujer siempre escribe; comenzaba por el indispensable: idolatrado mo, y era por un alfrez de polica. Arranqu aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfi para siempre de los ngeles rubios que conservan en su mirar azul el reflejo de los cielos que atravesaron. Desde lo alto de mi oro, arroj sobre la inocencia, el pudor, y otras idealizaciones funestas, la diablica carcajada de Mefistfeles y organic framente una existencia animal, grandiosa y cnica. Al medio da, entraba en mi pila de mrmol rosa, donde los perfumes derramados daban al agua un tono opaco de leche: despus, pajes rubios, de manos suaves, me daban fricciones con el ceremonial de quien celebra un culto; y envuelto en un robe-de-chambre de seda ndica, atravesaba la galera mirando a mis Fortunys y a mis Curots entre dos filas silenciosas de lacayos, dirigindome al comedor, donde, servidos en platos de Svres, azul y oro, humeaban los ms suculentos manjares. El resto de la maana lo pasaba en un boudoir en que el mobiliario era de porcelana fina de Dresde, y la profusin de flores hacan de l un verdadero jardn de Armida; all, reclinado sobre cojines de seda color perla, saboreaba el Diario de las Noticias, mientras lindas mujeres, vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos de plumas. Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas: era la hora ms pesada del da. La turba abyecta se paraba a contemplar los bostezos del Nabab fastidiado. A veces senta la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa, y encerrado en la biblioteca, donde el pensamiento de la humanidad reposaba olvidado y encuadernado en marroqu, coga una pluma de pato y permaneca horas enteras escribiendo sobre papel de oficio del Estado estas frases hechas de otro tiempo: Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de participar a V.E...--Tengo el honor de poner en conocimiento de V.I. Al comenzar la noche, un criado, para anunciar la comida, haca resonar por los corredores, en su bocina de plata, a la moda gtica, una harmona solemne. Yo, entonces, me levantaba y entraba en el comedor majestuoso y solitario. Una multitud de lacayos, con libreas de seda negra, serva, en un silencio de sombras que resbalan, las vituallas ms raras y los vinos ms costosos que joyas. Toda la mesa resplandeca de flores, luces, cristales y reflejos de oro; y, enroscndose entre las pirmides de frutos, mezclado en el humo de los platos, erraba en el aire un tedio inenarrable. Despus, reclinado en el fondo del cup, iba a las ventanas verdes donde alimentaba, en un jardn, digno de un serrallo, entre refinamientos musulmanes, un vivero de hembras, y envuelto en una tnica de seda fresca y perfumada, me entregaba a los delirios ms abominables... Me traan medio muerto a casa, al primer albor de la maana, haca maquinalmente la seal de la cruz, y, a poco, roncaba sonoramente, lvido y sudoroso, como un Tiberio exhausto. Entre tanto, Lisboa se arrodillaba a mis pies. El patio del palacio estaba constantemente invadido por la turba; desde las ventanas de la galera contemplaba a veces, en mis horas de fastidio, blanquear las pecheras de la aristocracia, negrear las sotanas del clero y relucir el sudor de la plebe. Todos venan a suplicar con frase abyecta, una pequea participacin en mi riqueza. A veces consenta en recibir a algn viejo aristcrata: penetraba en la sala tartamudeando adulaciones, rozando casi la alfombra con sus cabellos blancos; e inmediatamente, cruzando sobre el pecho las manos de fuertes venas donde corra sangre de tres siglos, me ofreca su hija por esposa o para concubina. Todos mis conciudadanos me brindaban presentes como un dolo sobre el altar: unos, odas votivas, otros, mi monograma bordado en pelo; algunos, chinelas o boquillas, y todos, su conciencia. Si mi mirada amortiguada se fijaba casualmente en la calle en alguna mujer, al da siguiente reciba una carta en que ella, esposa o prostituta, me regalaba su desnudez, su amor, y todas las complacencias de la lascivia. Los peridicos espoleaban su imaginacin para hallar adjetivos dignos de mi grandeza; fu el sublime seor Teodoro; llegu a ser el celeste seor Teodoro; y la Gaceta, por no ser menos, llamme el extraceleste seor Teodoro. Delante de m ninguna cabeza permaneci cubierta, usase corona o tiara. Todos los das me ofrecan una Presidencia del Consejo de Ministros o la Direccin de una Cofrada, ofrecimientos que rechaz siempre con enojo. Poco a poco el rumor de mis riquezas pas las fronteras. El Fgaro, habl de m cortesmente; en todos sus nmeros me llenaban de elogios; el grotesco inmortal que firma Saint-Genest me dirigi apstrofes, pidiendo mi ayuda para salvar a Francia; y fu tanta mi popularidad, que todas las Ilustraciones extranjeras publicaron a un tiempo los detalles ms insignificantes de mi vida ntima. Recib de todas las princesas de Europa cartas con sellos herldicos, exponindome por medio de fotografas y documentos la forma de sus cuerpos y la antigedad de sus genealogas. Dos tonteras que dije durante aquel ao fueron telegrafiadas al universo entero por la Agencia Havas; y fu considerado mucho ms ingenioso que Voltaire, que Rochefort y que ese mismo entendimiento que se llama Todo el Mundo. Cuando mi vientre indigesto se aliviaba con un sonoro estampido, la humanidad lo saba por conducto de los peridicos. Hice emprstitos a los reyes, subsidi guerras civiles, y fu aclamado por todas las repblicas latinas que ornan el golfo de Mxico. Y entre tanto, viva triste... Siempre que entraba en casa contemplaba horrorizado la misma visin; ya atravesada en el umbral de la puerta, ya tendida sobre mi lecho de oro, vea una figura extraa, de coleta negra y tnica amarilla, con un papagayo de papel entre las manos. Era el Mandarn Ti-Chin-F! Yo entraba furioso con el puo levantado, pero todo desapareca como por encanto. Entonces caa anonadado, sudoroso, sobre una poltrona y murmuraba en el silencio del cuarto, en donde las velas que ardan en los bruidos candelabros de plata prestaban tonos sangrientos a los rojos damascos: --Es preciso matar a este muerto! Y todava no era esta impertinencia de un viejo fantasma panzudo que se acomodaba sobre mis muebles, sobre las colchas de mi lecho, lo que ms me exasperaba. Mi horror supremo consista en una idea clavada en mi espritu como un hierro inarrancable: yo haba asesinado a un viejo. No fu con una cuerda al cuello, segn el uso musulmn, ni con veneno en una copa de vino de Siracusa a la manera italiana del Renacimiento, ni con ninguno de esos mtodos clsicos que en la historia de las Monarquas han recibido consagraciones augustas, con el pual como Juan II, o con la clava como Carlos IX. Haba eliminado a un sr humano desde lejos con una campanilla. Era absurdo, fantstico. Mas no disminua la trgica negrura del hecho: Yo haba asesinado a un viejo. Poco a poco esta certidumbre se fu petrificando en mi alma, y como una columna en un descampado domin toda mi vida interior, de suerte que, por ms desviado camino que tomasen mis pensamientos, vean siempre negrear en el horizonte aquella memoria acusadora; por ms alto que levantasen el vuelo mis imaginaciones, terminaban por herirse las alas en ese monumento de miseria moral. Ah, por ms que se considere la vida y la muerte como vanas transformaciones de la substancia, es pavoroso el pensamiento que ha de baarse en sangre caliente! Cuando despus de comer, mientras a mi lado humeaba el caf y yo languideca, recostado en el sof, en una sensacin de plenitud y hartura, elevbase dentro de m, melanclico, como canto que se escapa de una crcel, un susurro de acusaciones. --Miserable, ese bienestar con que te regalas, no volver a gozarlo el venerable Ti-Chin-F por tu causa! En vano yo replicaba a mi conciencia, recordndole la decrepitud del Mandarn y su gota incurable. Fecunda en argumentos, gustosa de controversia, ella me refutaba con furor: --Aun cuando en su ms pequea actividad, la vida es un bien supremo; porque el encanto de ella reside en su principio mismo y no en sus manifestaciones! Yo me revolva contra este pedantismo retrico de rgido pedagogo. Alzaba altivamente la frente, gritndole con arrogancia desesperada: --Pues bien! Yo le he matado... Qu quieres? Tu nombre de conciencia no me asusta! Eres apenas una perversin de la sensibilidad nerviosa. Puedo eliminarte con un poco de agua de azahar. Inmediatamente senta pasar por el alma, con una lentitud de brisa, un rumor humilde de murmuraciones irnicas: --Bien, entonces, come, duerme, bate y ama. Yo as lo haca. Pero luego, las propias sbanas de Holanda de mi lecho, tomaban ante mis ojos despavoridos los tonos lvidos de una mortaja; el agua perfumada en la que me baaba se pegaba a mi piel, con la sensacin espesa de sangre que se coagula; y los pechos desnudos de mis amantes, me llenaban de tristeza, como lpidas de mrmol que encierran un cuerpo muerto. Despus me asalt una amargura mayor. Comenc a pensar que Ti-Chin-F tendra, sin duda, una numerosa familia, nietos y biznietos, que, despojados de sus riquezas, mientras yo me coma lo suyo en vajilla de Svres, con una pompa de Sultn perdulario, atravesaran en China todos los infiernos tradicionales de la miseria humana, los das sin arroz, el cuerpo sin agasajos, la hermosura negada, el suelo cenagoso de la calle por lecho. Comprend entonces por qu me persegua la obesa fantasma del viejo letrado; y de sus labios cubiertos por los largos pelos blancos de su bigote, parecime oir brotar esta acusacin desolada: --Yo no me lamento por m, que estaba ya medio muerto; lloro por los tristes a quienes arruinaste, y que a estas horas, cuando t vienes de dormir sobre el fresco seno de tus amantes, gimen de hambre, apiados, para luchar con el fro, entre el grupo repugnante de leprosos y ladrones en la Puerta de los Mendigos, all al pie de las terrazas del Templo del Cielo! Oh, tortura espantosa! Tortura realmente oriental! No poda llevarme a la boca un pedazo de pan sin recordar a los descendientes de Ti-Chin-F, pidiendo de comer, como pajarillos sin plumas que abren en vano el pico y pan en un nido abandonado. Si me envolva en mi gabn de pieles me asaltaba de pronto la visin de las desgraciadas seoras, mimadas en otro tiempo por todas las comodidades del confort chino, hoy, rojas de fro, vestidas de andrajos de viejas sedas, caminando con los pies amoratados por un campo de nieve. El techo de bano de mi palacio me recordaba la familia del Mandarn; durmiendo a orillas de los canales, perseguidos por los perros; y dentro de mi lujoso cup me estremeca la idea de largas caminatas por caminos encharcados, bajo el duro invierno asitico. Lo que yo sufra! Y en este tiempo la multitud envidiosa poblaba mi palacio, comentando las felicidades inaccesibles que en l deban habitar. En fin, reconociendo que la conciencia se agitaba dentro de m como una serpiente irritada, decid implorar el auxilio de aquel que dicen es superior a la Conciencia porque dispone de la Gracia. Desgraciadamente yo no crea en l!... Recurr, pues, a mi antigua divinidad particular, a mi dolo predilecto, patrona de toda mi familia a Nuestra Seora de los Dolores. Y, regiamente pagado, un regimiento de curas y cannigos, por las catedrales de la ciudad y por las capillas de las aldeas, fu pidiendo a Nuestra Seora de los Dolores que volviese sus ojos piadosos hacia mi mal interior... Mas ningn alivio descendi de esos cielos inclementes a donde desde hace millares de aos se dirigen en vano los clamores de la miseria humana. Entonces, yo mismo me abism en prcticas piadosas; y Lisboa asisti a este espectculo extraordinario: un rico, un Nabab postrndose humildemente al pie de los altares, balbuceando con las manos juntas, rezos y plegarias, como si viese en la Oracin y en el Cielo algo ms que una consolacin ficticia que inventaron los dueos de todo, para contentar a los que no tienen nada. Yo pertenezco a la burguesa y s que si ella muestra a la plebe crdula un paraso distante, de goces inefables, es para apartar la atencin de sus cofres repletos y de la abundancia de sus sementeras. Despus, ms inquieto, hice decir millares de misas, rezadas y cantadas, para desagraviar al alma errante de Ti-Chin-F. Pueril desvaro de un cerebro peninsular! El viejo Mandarn, en clase de Letrado, de miembro de la Academia de los Ilan-Lin, colaborador probable del gran Tratado de Khou-Truane-Chou, que ya tiene publicados ms de setenta y ocho mil setecientos treinta volmenes, era sin duda alguna sectario de la moral positivista de Confucio. Nunca haba quemado teas perfumadas en honor de Buda; y las ceremonias del sacrificio mstico deban parecer a su abominable alma de gramtico y de escptico, simples pantominas de los payasos en el Teatro de Haug-Tung. Entonces, prelados astutos, con experiencia catlica, me dieron un consejo admirable: captarme con presentes, flores, brocados y joyas, como si fuese a alcanzar los favores de Aspasia; y a la manera de un ventrudo banquero que obtiene las complacencias de una bailarina regalndola una quinta entre rboles, yo, por una sugestin sacerdotal, tent conseguir la benevolencia de la Madre de los hombres, levantndole una catedral toda de mrmol blanco. La abundancia de flores entre los pilares labrados dbanle perspectivas de paraso; la multiplicidad de las luces recordaban magnificencias siderales... Dispendios vanos! El fino y erudito cardenal Nani vino de Roma a consagrar la iglesia; mas cuando yo aquel da entr a visitar a mi divina husped, lo que vi ms all de las calvas de los celebrantes, no fu la Reina de Gracia, rubia, con su tnica azul, sino al viejo Mandarn con sus ojos oblcuos y su papagayo entre las manos. Era a l, a su blanco bigote de trtaro, a su panza color de oca, a quien todo un sacerdocio recamado de oro ofreca, al roncar del rgano, la eternidad de las Alabanzas! Entonces, pensando que Lisboa y el medio adormecido en que me mova, eran favorables al desenvolvimiento de estas imaginaciones, part, viaj modestamente, sin pompa, con un baul y un lacayo. Visit, en su orden clsico, Pars, la banal Suiza, Londres y los lagos taciturnos de Escocia; levant mi tienda delante de las murallas exanglicas de Jerusaln; y desde Alejandra a Tebas recorr ese largo Egipto monumental y triste como el corredor de un mausoleo. Conoc el mareo de los buques, la monotona de las ruinas, las desilusiones del boulevard; y mi mal interior iba creciendo. Ahora, ya no era slo la amargura de haber despojado a una familia venerable; asaltbame el remordimiento de haber privado a la sociedad de un personaje fundamental, un letrado perito, columna del Orden, apoyo de las instituciones. No se puede arrancar a un Estado una personalidad que vale veinte millones de pesetas sin perturbar su equilibrio. Esta idea era mi desesperacin. Quise saber si verdaderamente la desaparicin de Ti-Chin-F fu funesta a la decrpita China; le todos los peridicos de Hong-Kong y Shang-Hai, vel noches enteras sobre historias de viajes, consult sabios misioneros; y artculos, hombres, libros, todo me hablaba de la decadencia del Celeste Imperio: provincias arruinadas, ciudades moribundas, plebes hambrientas, pestes y rebeliones, templos en ruinas, leyes sin autoridad, la descomposicin de un mundo, como una nave encallada que el mar deshace tabla por tabla! Y yo me crea el causante de las desgracias de la sociedad china! En mi espritu enfermo, Ti-Chin-F tomaba entonces el valor desproporcionado de un Csar, de un Moiss, de uno de esos seres providenciales que son la fuerza de una raza. Yo le d muerte, y con l muri la vitalidad de su patria. Su vasto cerebro tal vez hubiese salvado los rasgos geniales de aquella vieja monarqua asitica, y yo inmoviliz su accin creadora. Su fortuna hubiera podido reforzar el Erario, y yo la estaba disipando entre fiestas y prostitutas... Amigos, conoc el remordimiento inmenso, colosal, de haber arruinado un Imperio! Para olvidar este complicado tormento, me entregu a la orga. Me instal en un palacio de la avenida de los Campos Elseos, y fu terrible. Daba fiestas a lo Trimalcin; y, en las horas ms speras de la furia libertina, cuando entre la msica de las charangas, entre el estridor brutal de los cobres, rompan el can-cn, cuando prostitutas de seno desnudo, cantaban coplas canallescas; cuando mis convidados bohemios, ateos de cervecera, injuriaban a Dios, con la copa de champagne levantada, yo, posedo sbitamente como Helio y Abalo, de un furor de bestialidad, de un odio inmenso contra lo Pensante y lo Consciente, me tiraba al suelo a cuatro patas y me pona a rebuznar imitando al burro. Despus quise descender ms; confundirme con la plebe, conocer las torpezas alcohlicas de la taberna; y muchas veces, vestido de blusa, con la gorra echada hacia atrs, del brazo de Mes-Bottes o Bibi-la-Gaillarde, entre un tropel de borrachos, fu tambalendome por los boulevares exteriores, cantando con voz ronca: Allons, enfants de la patrie-e-e!... Le jour de gloire est arriv-e-e... Una maana, despus de estos excesos, a la hora en que en las tinieblas del alma del borracho se alza una vaga aurora espiritual, naci, de repente, la idea de partir para la China. Y como soldados adormecidos en el campamento, que al sn del clarn se levantan y uno a uno se van juntando y formando en columna, otras ideas se fueron reuniendo en mi espritu, alinendose en formidable formacin. Marchara a Pekn; descubrira la familia de Ti-Chin-F; casndome con una de las seoras, legitimara la posesin de mis millones; dara a aquella casa letrada su antigua prosperidad; para calmar el espritu irritado del Mandarn celebrara pomposos funerales; ira por las provincias miserables distribuyendo arroz y donativos; y una vez obtenido del emperador el botn de cristal que ostentan los Mandarines, substituira a la personalidad del Ti-Chin-F, pudiendo as restituir legalmente a su patria, sino la autoridad de su saber, al menos la fuerza de su oro. Todo esto, a veces, me pareca un programa indefinido, nebuloso, pueril e idealista. Mas el deseo de esta aventura original y pica, acababa por convencerme, arrastrndome como a las hojas secas los remolinos del viento. Suspir anhelante por pisar la tierra de China. Despus de largos preparativos aligerados a peso de oro, una noche, por fin, part para Marsella. Haba alquilado un buque entero: El Ceiln. Y a la maana siguiente, por un mar azul-prusia, bajo el vuelo blanco de las gaviotas, cuando los primeros rayos del sol ruborizaban las torres de Nuestra Seora de la Guardia, puse proa hacia Oriente. IV El Ceiln tuvo un viaje montono y lleno de calma hasta Shang-Hai. Desde all subimos por el ro Azul hasta Tien-Tsin en un pequeo steamer de la Compaa Russal. Yo no iba a visitar la China con esa curiosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia, semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, con colinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizo salir de mi sombra indiferencia. Cuando el capitn del steamer, un yanki imprudente, de hocico de cerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentales ruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechaz la proposicin con un seco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de la tranquila corriente del ro. Qu pesados e insoportables me parecieron los das de navegacin de Tien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor y suciedad de los remeros; ora a travs de las tierras bajas inundadas por el Pei-h, ora a lo largo de plidos e infinitos arrozales; cruzando aqu una lgubre aldea de loma negra, all un campo cubierto de flores amarillas, topando a cada momento con cadveres de mendigos, hinchados y verdosos, que descendan al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo! En Tung-Chou qued sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba a mi encuentro el viejo general Camilloff, herico oficial de las campaas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekn. Me haban recomendado a l como un sr precioso y raro. El lenguaraz intrprete Sa-T, que el general haba mandado para ponerse a mi servicio, me explic que las cartas del sello imperial anunciando mi llegada, se haban recibido haca tiempo por conducto de los correos de la cancillera que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobre los lomos del camello hasta la Gran Muralla trtara, y entregan all su maleta a esos corredores monglicos, vestidos de cuero escarlata, que noche y da galopan hacia Pekn. Camilloff me enviaba un poney de la Mandchuria, enjaezado de seda, y una tarjeta de visita con estas palabras escritas con lpiz bajo su nombre: Salud! El caballo es blando de boca! Mont el poney; y a un hurra! de los cosacos, entre la herica agitacin de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie, porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekn se cierran apenas el ltimo rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Al principio seguimos un camino, formado por el trnsito de las caravanas, atravesado por enormes losas de mrmol arrancadas de la antigua Va Imperial. Despus pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla de canales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadas al pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me par asombrado. Pekn estaba delante de m! Es una vasta muralla, monumental y brbara, de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacndose con la arquitectura babilnica de sus puertas de techos curvos, sobre el fondo sangriento de la prpura del sol poniente. A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, vease, como suspendidas en el aire, las montaas de Mongolia. Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirme a travs de Pekn, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, la muralla, vista de cerca, pareca levantarse hasta los cielos con todo el horror de una construccin bblica. En su base se apiaba una confusin de barracas, feria extica, donde pululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantes salpicaba el crepsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancos parecan al pie del negro muro bandadas de mariposas inmviles. Una gran tristeza se apoder de mi alma. Entr en la litera, y cerrando las cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por los cosacos, penetr en la vieja Pekn, por su puerta bablica, en medio de una turba tumultuosa, entre carretas, caballeros monglicos armados de flechas, bonzos de tnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas de dromedarios balanceando cadenciosamente su carga. Al poco rato la litera se par. El respetuoso Sa-T, descorri las cortinas y me hall en un jardn obscuro y silencioso, donde, entre sicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave, como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y las fuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderos pintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papel transparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos, apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarme hacia l, lo haca con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas, huyen sin ruido entre los rboles. El viejo hroe me apret un momento contra su pecho y me condujo luego, segn los usos chinos, al bao de la hospitalidad, una vasta pila de porcelana, donde entre rodajas finas de limn sobrenadaban esponjas blancas despidiendo un fuerte olor a lilas. Poco despus, la luna baaba deliciosamente los jardines; y yo, muy fresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el boudoir de la generala. Era alta y rubia, tena los ojos verdes de las sirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevaba prendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo bes respetuosamente, erraba un perfume fino de sndalo y de t. Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de Len XIII, y de la delgadez de Sarah. Por la galera abierta penetraba un aire clido que trascenda a heliotropo. Despus la dama se sent al piano, y con su voz de contralto rompi el silencio melanclico de la ciudad trtara, cantando las picantes arias de Madame Javart y las melodas fatigosas del Rey de Lahore. Al da siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos del jardn, le cont mi lamentable historia y los motivos fabulosos que me impulsaron a venir a Pekn. El hroe me escuchaba silencioso, retorcindose sombramente su espeso bigote de cosaco. --Sabe usted el idioma chino?--me pregunt de repente, clavando en m sus pupilas sagaces. --S dos palabras importantes, mi general: Mandarn y T. El hroe se pas la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz que le cruzaba la calva: --Mandarn, amigo mo, no es palabra china y nadie la entiende en este pas. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de su hermosa patria... --Cuando nosotros tenamos navegantes...--murmur suspirando. Mi interlocutor suspir tambin, por cortesa, y continu: --...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su verbo, de su lindo verbo... --Cuando tenamos verbos...--interrump yo, por esa costumbre instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria. El general entorn un momento sus ojos redondos de viejo astuto y prosigui paciente y grave: --De su lindo verbo mandar... Le queda, por lo tanto, una palabra, t. Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, ms lo creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi querido husped pretende casarse con una seora de la familia de Ti-Chin-F, continuar la gran influencia que ejerca el Mandarn y substituir, domstica y socialmente a ese llorado difunto... Para todo eso dispone de la palabra t. Es poco. No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de pico de milano, me opuso an otras objeciones que yo vea levantarse ante mi deseo como las murallas mismas de Pekn; ninguna seora de la familia de Ti-Chin-F consentira en casarse con un extranjero; y sera imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol, concediese a un extrao los honores privilegiados de un Mandarn. --Por qu me los negara?--exclam.--Yo pertenezco a una distinguida familia de la provincia del Mio. Soy licenciado, por lo tanto, en China como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del Estado... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo administrativo... El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis atributos. --No es--dijo al fin--que el emperador realmente lo rechaze; es que el individuo que lo propusiese, sera inmediatamente decapitado. La ley china, en este punto, es explcita y severa. Baj la cabeza abrumado. --Mas, general--murmur,--yo quiero librarme de la presencia odiosa del viejo Ti-Chin-F y de su papagayo... Si yo entregase la mitad de mis millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como Mandarn, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-F se calmase. El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro. --Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegaran al Tesoro imperial. Se quedaran en los bolsillos insondables de las clases directoras; seran disipados en plantar jardines, coleccionar porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no alimentaran una sola piedra de los caminos pblicos... Iran a enriquecer la orga asitica. El alma de Ti-Chin-F debe conocer bien el Imperio, y eso no le satisfara. --Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer particularmente, como filntropo, largas distribuciones de arroz al populacho hambriento? Es una idea. --Funesta--dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.--La corte imperial vera en esto una ambicin poltica, un plan para ganar el favor de la plebe, un peligro para la dinasta... Mi buen amigo sera decapitado... Es grave... --Maldicin!--grit.--Entonces para qu he venido a la China? El diplomtico se encogi de hombros; mas luego mostr en una sonrisa maliciosa sus dientes amarillentos de cosaco: --Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-F. Y aadi: --Yo indagar del primer ministro, su excelencia el prncipe Tong, donde pra esa familia tan interesante; despus renalos usted, y arrjeles una o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funerales de gran ceremonia con un squito de una legua de largo, filas de bonzos, todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendones encarnados y, por ltimo, legiones de plaideras lanzando gritos lamentables. Si despus de todo su conciencia no se adormece y el fantasma insiste... --Entonces? --Entonces mataos. --Muchas gracias, mi general. * * * * * Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdo Camilloff, el respetuoso Sa-T y la generala, que para tratar a la familia de Ti-Chin-F, formar en el squito de los funerales y, en una palabra, introducirme en la vida de Pekn, era preciso, desde luego, vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de los mandarines. Mi faz amarillenta y mi largo bigote cado, favorecan el plan. Y cuando a la maana siguiente, despus de haber regateado con los sastres de la calle Cha-Cona, entr en la sala tapizada de seda escarlata, donde ya brillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, la generala retrocedi como si apareciese el propio Tong-Tch, Hijo del Cielo. Yo ostentaba una tnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, con el peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de una sobrevesta de seda de un tono azul ms claro, corta, amplia y fofa; las calzas, de satn color de avellana, descubran ricas babuchas amarillas, pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitas obscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido un abanico de bamb, de los que ostenta el retrato del filsofo La-o-Ts, y son fabricados en Lwatn; y por esas misteriosas correlaciones con que el vestido influye en el carcter, yo senta ya dentro de m ideas e instintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respeto burocrtico a las frmulas, un abyecto terror hacia el emperador, el odio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de la tradicin, el gusto por las cosas azucaradas. Alma y vientre eran por completo de un Mandarn. As es que no dije a la generala: Bon jour, madame, sino que, doblado por la cintura, haciendo girar los puos cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el chinchn. --Est usted adorable, precioso!--deca ella con su linda sonrisa, golpeando las manos diminutas y plidas. En honor de mi nueva encarnacin, haban preparado aquella maana un almuerzo chino. Qu gentiles servilletas de papel de seda escarlata con monstruos fabulosos dibujados en negro! La comida di comienzo por ostras de Ning-P. Excelentes! Me sorb dos docenas con verdadero regalo oriental. Despus sirvieron deliciosas fibras de aletas de tiburn, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenfares en compota, naranjas de Cantn, y, en fin, el arroz tradicional, el arroz de los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas de excelente vino de Chao-Chign. Y, en fin, con qu gozo sabore mi taza de t imperial, t de la primera cosecha de marzo, cosecha nica que es celebrada como un rito santo por las manos puras de las vrgenes. Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumbamos, y durante largo tiempo, entonaron con una modulacin gutural viejas cntigas de los tiempos de la dinasta Ming al sn de guitarras forradas de piel de serpiente, que dos trtaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadencia melanclica y brbara. La China tiene encantos raros. Despus, la rubia generala cant con gracia, la Femme a barbe: y cuando el general march con su escolta cosaca hacia el Yamen del prncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-F, yo, repleto y bien dispuesto, sal con Sa-T a ver Pekn. * * * * * La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad trtara, en los barrios militares y nobles. Reina all una tranquilidad austera. Las calles semejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; y casi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramas horizontales de sicomoros. A veces, una carreta pasa rpidamente, al trote de un poney mogol, con altas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: el toldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ngulos; y dentro se entrev alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro, la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muecas dos aros de plata con un aire de tedio ceremonioso: Despus alguna aristocrtica litera de mandarn, que kooles vestidos de azul, con la coleta suelta, llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precdeles un criado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas, insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinfln de enormes lentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio cado. A cada momento nos parbamos para admirar las ricas tiendas con sus tabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos, en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de la dinasta Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicos maravillosos de Swatn; a veces una fresca joven de ojos oblcuos, vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algn rico brocado delante de algn grueso chino que la contempla beatficamente con los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatoso e inmvil, escribe sobre tablillas de sndalo, y un perfume suave que entristece y perturba, brota de todas las cosas. He aqu las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santa del Emperador! Jvenes de familias patricias, descienden de la terraza de un templo, donde estuvieron adiestrndose en el manejo de la flecha. Sa-T, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que en las ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragn bordado que es el emblema sagrado del Emperador. Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables, con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo y llevaba en la mano una vara donde se posaban dos pjaros domesticados. Era un prncipe del Imperio. Extraos barrios! Mas nada me diverta tanto como ver a cada instante en la puerta de un jardn, dos mandarines panzudos que para entrar se hacan infinitas zalemas y cortesas, sonriendo, todo un ceremonial dogmtico, que les haca oscilar de un modo picaresco sobre las espaldas las largas plumas de pavo. Donde quiera que se levantaban los ojos se vean siempre enormes cometas de papel, ora en forma de dragones, ora de cetceos o aves fabulosas, llenando el espacio de una inverosmil legin de monstruos transparentes y ondeantes. --Sa-T, basta de ciudad trtara! Vamos a ver los barrios chinos. Y all fuimos, penetrando en la ciudad chinesca por la parte populosa de Tchin-Men. Aqu habita la burguesa, los mercaderes y el populacho. Las calles alneanse como una pauta; y en el suelo vetusto y enlotado, hecho con inmundicias de cien generaciones, an se ven algunas de aquellas losas de mrmol de color de rosa que en otra era, en tiempo de la grandeza de Ming, lo cubran. Forman las calles, ora terrenos pedregosos donde allan manadas de perros hambrientos, ora filas de chozas toscas, ora pobres tiendas con sus tabletas balancendose en un asta de hierro. A lo lejos se alzan los arcos triunfales hechos con barrotes de color de prpura, ligados en lo alto por un tejado oblongo de tejas azules que brillan como esmaltes. Una multitud rumorosa y apiada, donde domina el tono pardo y azulado de los trajes, circula sin cesar; el polvo lo envuelve todo en una nevada amarilla; un hedor acre se respira en el aire; y a cada momento largas caravanas de camellos atraviesan la multitud, conducidos por mongoles sombros vestidos de pieles de carnero... Fuimos hasta los caminos de los puentes sobre los canales, donde saltimbanquis semi-desnudos, con mscaras simulando demonios pavorosos, hacen destrezas con una picarda brbara y sutil; y mucho tiempo estuve admirando los astrlogos que, vestidos con largas tnicas, adornados con dragones de papel, venden ruidosamente horscopos y consultas de astros. Oh, ciudad, fabulosa y singular! De repente se levant una gritera espantosa. Corrimos; era una cuerda de presos, que un soldado, de grandes lentes, empujaba con su quitasol, amarrados los unos a los otros por el extremo de la coleta. En aquella avenida vi tambin el cortejo de un funeral de Mandarn, todo ornado de oriflamas y banderolas; grupos de hombres fnebres quemaban papeles en braserillos porttiles; mujeres desarrapadas aullaban de dolor revolcndose sobre los tapices; despus se levantaban, y un kool, vestido de blanco, en seal de luto, les serva el t en un gran plato en forma de ave. Al pasar junto al Templo del Cielo, vi apiada en una grada una legin de mendigos; llevaban por todo indumento un trapo amarrado a la cintura con un cordel; las mujeres, con los cabellos cubiertos de viejas flores de papel, roan huesos tranquilamente, y los cadveres de las criaturas se pudran a su lado bajo el vuelo de los moscardones. Ms adelante encontramos una jaula donde un condenado extenda, a travs de los barrotes, las manos descarnadas, implorando una limosna... Despus Sa-T, mostrme respetuosamente una plaza estrecha: all, sobre pilares de piedra, se vean pequeas jaulas conteniendo cabezas de decapitados, goteando sangre espesa y negra. --Oh!--exclam fatigado y aturdido.--Sa-T, ahora quiero reposo, silencio y un cigarro caro... El intrprete inclinse; y por una escalera de granito me llev a las murallas de la ciudad, las cuales forman una explanada que cuatro carros de guerra apareados podran recorrer durante leguas. Mientras Sa-T, sentado en el hueco de una almena, bostezaba en un desahogo de cicerone fastidiado, yo, fumando, contempl largo rato, a mis pies, la vasta y sagrada Pekn. Es como una formidable ciudad de la Biblia, Babel o Nnive, que el profeta Jons tard tres das en atravesar. El grandioso muro cuadrado limita los cuatro puntos del horizonte con puertas de torres monumentales, que el aire azulado, desde aquella distancia, hace parecer transparentes. En la inmensidad de su recinto aglomranse confusamente verdores de bosques, lagos artificiales, canales brillantes, puentes de mrmol, terrenos cubiertos de minas, tejados barnizados relucientes al sol; por todas partes se alzan pagodas herldicas, blancas azoteas de templos, arcos triunfales, kioscos saliendo de entre el follaje de los jardines; despus, espacios que parecen montes de porcelana; y siempre a intervalos regulares la mirada encuentra algunos de los bastiones, de aspecto herico y fabuloso. La multitud, junto a esas edificaciones grandiosas, es apenas como granos de arena negra que un viento blando trae y lleva. Aqu est el vasto palacio imperial, entre arboledas misteriosas, con sus tejados de un amarillo de oro muy vivo. Con cunto gusto penetrara en sus secretos y vera desfilar, por las galeras sobrepuestas, la magnificencia brbara de esas dinastas seculares! A lo lejos se levanta la torre del Templo del Cielo, semejante a tres quitasoles sobrepuestos; despus la gran columna de los Principios, hiertica y seca como el genio de la raza, y delante blanquean en una media tinta sobrenatural, las terrazas de jaspe del Santuario de la Purificacin. Entonces interrogu a Sa-T; y su dedo respetuoso fu sealndome el Templo de los Antepasados, el Palacio de la Soberana Concordia, el pabelln de las Flores de las Letras, el kiosco de los Historiadores, brillando, entre los bosques sagrados que los cercan, con sus tejados lustrosos, azules, verdes, escarlata y de color de limn. Yo devoraba con ojos vidos aquellos monumentos de la antigedad asitica, lleno de curiosidad por conocer las impenetrables clases que los habitan, el principio de las Instituciones, la significacin de las inscripciones, el espritu de sus ciencias, la gramtica, el dogma y la extraa visa interior de un cerebro de letrado chino. Mas ese mundo es inviolable como un santuario. Me sent en la muralla, y mis ojos perdironse en la planicie arenosa que se extiende ms all de los puestos hasta los contrafuertes de los montes monglicos; all, airosamente, se arremolinan ondas indefinibles de polvo; y a todas horas negrean filas vagarosas de caravanas. Entonces invadi a mi alma una melancola que el silencio de aquellas alturas, envolviendo a Pekn, haca ms desolada; era como un cansancio de m mismo, un largo pensar de mi sentir; all, aislado, absorto en aquel mundo duro y brbaro. Me acord, con los ojos hmedos, de mi aldea del Mio, la venta con un ramo de laurel colgado sobre la puerta, el banco del herrador y las riberas fresca y rozagantes cuando verdean los linos. Era la poca en que las palomas emigran de Pekn hacia el Sur. Yo las vea reunirse en bandadas por encima de m, partiendo de los bosques, de los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para librarse de los milanos, una caita de bamb que el aire haca silbar, y aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave, dejando en silencio un lento y melanclico suspiro, una ondulacin clica, que se perda en los aires plidos. Volv a casa, lento y pensativo. * * * * * En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me pregunt mis impresiones sobre Pekn. --Pekn me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta portugus: Sbalos ros que vo por Babylonia me achei... --Pekn es un monstruo!--dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva reluciente.--Y ahora considere que en esta capital, a la clase trtara y conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres, una raza audaz, laboriosa, sufrida, poltica, invasora. Estudian nuestras ciencias... Una copita de Medoc, Teodoro?... Tienen una marina formidable! El ejrcito que en otro tiempo crea destrozar al extranjero con dragones de papel de donde salan culebras de fuego, sigue ahora la tctica prusiana y va armado con fusil de aguja! Grave, muy grave! --Y todava, mi general, en mi pas, cuando a propsito de Macao, se habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las greas y dicen negligentemente: Mandamos all cincuenta hombres y barremos la China. Despus de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo formidablemente, murmur luego, con condescendencia: --Portugal es un bello pas! Yo exclam con sequedad y firmeza: --Una pocilga, general! La generala, colocando delicadamente en el borde del plato un aln y limpindose los dedos, dijo: --Es el pas de la cancin de Mignon; el hermoso pas donde florece la naranja. El gordo Meriskoff, doctor alemn de la Universidad de Bom, canciller de la legin, hombre de aficiones poticas, y gran comentarista, observ con respeto: --Generala, el dulce pas de Mignon es Italia: Conoces t la tierra privilegiada donde la naranja da flor? El divino Goethe se refera a Italia, Italia mater. Italia ser el eterno amor de la humanidad sensible. --Yo prefiero a Francia!--suspir la esposa del primer secretario, una jovencita plida de cabello rizado. --Ah, la Francia!--murmuraron algunos comensales, poniendo los ojos en blanco. El gordo Meriskoff agit los lentes de oro. --Francia tiene un pero, que es la cuestin social. --Oh, la cuestin social!--murmur sombramente Camilloff. Y conversando con tanta sabidura, llegamos por fin al caf. Al bajar al jardn, la generala, apoyndose sentimentalmente en mi brazo, murmur, junto a mi odo: --Ay, quin pudiera vivir en esos palacios apasionados donde verdean las naranjas!... --All s que se ama, generala!--le dije en secreto, llevndola dulcemente hacia la obscuridad de los sicomoros. V Fu necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donde resida el difunto Ti-Chin-F. Qu episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicial Camilloff, que se pasaba el da entero recorriendo los Yamens del Estado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer la morada del viejo Mandarn no encubra ninguna conspiracin contra la seguridad del Imperio, y despus fu preciso que jurase que no encerraba esta curiosidad un atentado contra los Ritos sagrados. Entonces, satisfecho, el prncipe Tong permiti que se hiciese la requisitoria imperial: centenares de escribientes palidecieron noche y da, con el pincel en la mano, dibujando consultas sobre papel de arroz; misteriosas conferencias susurraron insensatamente por todos los distritos de la Ciudad Imperial desde el Tribunal Astronmico hasta el Palacio de la Bondad Preferida; y un ejrcito de kooles transportaba desde la legacin de Rusia hasta los Kioscos de la Ciudad Interdicta, y de aqu al Patio de los Archivos, parihuelas que crugan bajo el peso de los legajos de viejos documentos. Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, le contestaban satisfactoriamente que se estaban consultando los libros santos de La-o-Ts, o que se iban a explorar viejos textos del tiempo de Nor-Xa-Ch. Y para calmar la impaciencia blica del ruso, el prncipe Tong remita, con estos recados sutiles, algn substancioso presente de confites o goma de bamb en caldo de azcar. * * * * * Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia Ti-Chin-F, yo iba tejiendo horas de seda y oro (as dice un poeta japons) a los pies pequeitos de la generala. Haba un kiosco en el jardn, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el Reposo discreto; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una fuentecilla rstica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban un enrejado de bamb forrado de seda amarilla; el sol, pasando a travs de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de palo claro. En el centro, un divn de seda blanca, de una poesa de nube matutina, atraa como un lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de la poca de Yeng, alzbanse, con su esbeltez aristocrtica, lirios escarlata del Japn. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de Nankn y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de sndalo, vease abierto un abanico formado de varillas de cristal, que la brisa, al entrar, haca vibrar, con modulacin melanclica y tierna. Las montaas de fines de agosto en Pekn, son muy apacibles; ya vaga en el aire una calma otoal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los oficiales de la legacin estaban siempre en la cancillera, despachando el correo de San Petersburgo. Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta de las babuchas de satn las calles enarenadas del jardn, iba a entreabrir la puerta del Reposo discreto: --Mim? Y la voz de la generala responda, suave como un beso: --All right... Qu linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados albeaban flores raras, y sus cejas parecan ms puras y negras avivadas con tinta de Nankn. La camisa de gasa bordada, la tnica de filigrana de oro, plegbase a sus senos pequeitos y erectos. Largas y fofas calzas de fulard color cadera de Ninfa, que le daba una gracia propia de serrallo, descendan sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano caban en sus chinelitas. Llambase Wladimira; naci al pie de Nid-ji-Nowgorod y fu educada por una vieja ta que admiraba a Rousseau, lea a Foblas, usaba cabellos empolvados, y pareca una basta litografa cosaca de una dama galante de Versalles... El sueo de Wladimira era vivir en Pars; y mientras haca hervir delicadamente las hojas del t, me rogaba que la contase historias picantes de cohetes, y me confesaba su culto por Dumas, hijo. Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja muerta, y haca viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus bellos brazos; y despus, sobre el divn, enlazados, pecho contra pecho, en un xtasis mudo, sentamos las maravillas de cristal resonar elicamente, las palomas azules arrullarse en los pltanos, y el fugitivo ritmo del arroyo murmurador... Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satn negro por cima del divn, donde en caracteres chinos, se desarrollaban sentencias del libro sagrado de Li-Nun sobre los deberes de la esposa. Mas ninguno de nosotros entenda el chino... Y en el silencio, nuestros besos volvan a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables (en la lengua florida de aquellos pases) a perlas que caen, una a una, sobre una bandeja de plata... Oh, suaves siestas de los jardines de Pekn! Dnde estis ahora? Dnde estis, hojas muertas de los lirios escarlata del Japn? * * * * * Una maana Camilloff entr en la cancillera, donde yo fumaba amigablemente una pipa en compaa de Mariskoff y tirando su enorme sable sobre el canap, nos cont radiante de alegra, las noticias que le haba dado el penetrante prncipe Tong. Descubrise al fin que un opulento mandarn, llamado Ti-Chin-F, viva en otro tiempo cerca de los confines de la Mongolia, en la villa de Tien-H. Haba muerto sbitamente; y su descendencia resida all en la miseria, en una choza vil. Este descubrimiento, ciertamente, no fu debido a la burocracia imperial; lo hizo un astrlogo del templo de Faguas, que durante veinte noches hoje en el cielo el luminoso archivo de los astros. --Teodoro, ese mandarn es su hombre!--exclam Camilloff. Y Mariskoff repiti, sacudiendo la ceniza de la pipa: --Ese es su hombre, Teodoro! --Mi hombre!--murmur sombramente. Era tal vez mi hombre, s! Mas no me seduca ir a buscar su familia, en la monotona de una caravana, por aquellos desolados rincones de la China. Adems, desde mi llegada a Pekn, no haba vuelto a ver la sombra odiosa de Ti-Chin-F y su cometa en forma de papagayo. Mi conciencia reposaba como una paloma adormecida. Por lo visto, el esfuerzo supremo de voluntad que tuve que hacer para abandonar las dulzuras del boulevard y de Loreto, y surcar los mares hasta el Celeste Imperio, parecan a la Eterna Equidad una expiacin suficiente y una peregrinacin reparadora. Y Ti-Chin-F, ya calmado, regresara con su papagayo a la sempiterna inmovilidad. Para qu ir a Tien-H? Por qu no quedarme all en aquel amable Pekn, comiendo nenfares en caldo de azcar, abandonndome a la somnolencia amorosa del Reposo discreto y yendo por las tardes azuladas a dar mi paseo del brazo del buen Mariskoff, por las terrazas de jaspe de la Purificacin o bajo los cedros del Templo del Cielo? El celoso Camilloff, con el lpiz en la mano, marc en el mapa un itinerario hacia Tien-H. Mostrme en desagradable entrelazamiento, sombras de montes, lneas tortuosas de ros, dibujos ondulados de lagunas. --Aqu est! Suba usted hasta Ni-ku-h, en la margen del Pei-H. Desde all en barcos chatos va a My-yun. Buena ciudad! Hay en ella un Buda vivo. Desde all a caballo, sigue hasta la fortaleza de Ch-hia. Pasa la gran muralla. Famoso espectculo! Descansa en el fuerte de Ku-pi-h. All puede cazar gacelas!... Soberbias gacelas!... Y en dos das de camino llega a Tien-H. Brillante itinerario. Cundo quiere partir? Maana? --Maana--murmur tristemente. Pobre generala! Aquella noche, mientras Mariskoff, en el fondo de las salas, jugaba con tres oficiales de la embajada su whist sacramental, y Camilloff, reclinado en el sof, con los brazos cruzados, solemne como en una poltrona del Congreso de Viena, dorma con la boca abierta, ella se sent al piano. Yo, a su lado, en la actitud legendaria de un infante de Lara, desesperado por la fatalidad, me retorca lgubremente el bigote. Y la dulce criatura, entre dos gemidos del teclado, de una sonata penetrante, cant volviendo hacia m sus ojos brillantes y hmedos: L'oiseau s'envole, La'bas, la'bas!... L'oiseau s'envole... Ne revient pas... --El ave ha de volver al nido!--musit yo enternecido. Y, afanndome por esconder una lgrima, sal murmurando furiosamente: --Canalla de Ti-Chin-F! Por tu causa! Viejo malandrn! Al da siguiente sal para Tien-H, acompaado de Sa-T, el respetuoso intrprete, una larga fila de carretas, dos cosacos y todo un pueblo de kooles. Al dejar la muralla de la ciudad trtara, seguimos mucho tiempo caminando entre las cercas de los jardines sagrados que rodean el templo de Confucio. Era el fin de otoo; ya las hojas estaban amarillas; una dulzura suave erraba en el aire. De los kioscos santos sala un susurro de cnticos montonos y tristes. Por las terrazas, enormes serpientes veneradas como dioses, se iban arrastrando, ya entorpecidas por el fro. Y aqu y all, al pasar, encontrbamos budistas decrpitos, secos como pergaminos y nudosos como races, entrecruzados de piernas en el suelo bajo los sicomoros, inmviles como dolos, contemplndose incesantemente el ombligo en espera de la perfeccin del Nirvana. Y yo iba pensando con una tristeza tan plida como aquel cielo asitico de octubre, en dos lgrimas redonditas que al partir vi brillar en los ojos negros de la generala. VI La tarde declinaba y el sol descenda bermejo como un escudo de metal candente, cuando llegamos a Tien-H. Las negras murallas de la ciudad se alzan al Sur, al pie de un torrente que ruge entre rocas. En la parte de Oriente, la planicie lvida y polvorienta se extiende hasta un grupo obscuro de colonias donde blanquea el mplio edificio de una Misin catlica; y ms all, hacia el extremo Norte, se elevan las eternas montaas de la Mongolia, suspensas en el aire como nubes. Nos alojamos en una ftida barraca titulada: Hospedera de la Consolacin Terrestre. Me fu reservado el cuarto noble, el principal, que se abra sobre una galera formada por estacas. Estaba ornado de dragones de papel recortado, sujetos por cordeles de los travesaos del techo. Al menor soplo de la brisa, aquella legin de monstruos fabulosos oscilan cadenciosamente con un rumor seco de hojarascas, como tomando vida sobrenatural y grotesca. Antes de que oscureciese, fu acompaado de Sa-T a contemplar la ciudad, mas pronto tuve que regresar sofocado por el hedor repugnante que exhalaban las viviendas. Todo se me figur ser negro; las chozas, el suelo cenagoso, los canes hambrientos y el populacho abyecto. Regres a mi albergue, donde arrieros, mongoles y criaturas piojosas, me miraban con asombro. --Tiene vuestra merced razn. Es mala ralea. Mas no hay peligro; yo mat, antes de partir, un gallo negro, y la diosa Kaonine debe estar contenta. Podis dormir al abrigo de los malos espritus. Quiere, vuestra merced, el t? --Trelo, Sa-T. Despus de bebernos una taza, conversamos largamente sobre el vasto plan: a la maana siguiente llevara la dicha y la tranquilidad a la triste choza de la viuda de Ti-Chin-F, anuncindole los millones que le regalaba, millones ya depositados en Pekn. Despus, de acuerdo con el mandarn Gobernador, haramos una cuantiosa distribucin de arroz al pueblo, y por la noche habra danzas e iluminaciones, como en una solemnidad pblica. --Qu te parece, Sa-T? --En los labios de vuestra merced habita la sabidura de Confucio... Va a ser un hermoso espectculo! Como vena cansado, bien pronto comenc a bostezar; me tend sobre el lecho, envuelto en mis pieles, hice la seal de la cruz y me dorm pensando en los brazos blancos de la generala y en sus ojos verdes de sirena. Sera la media noche, cuando me despert un rumor lento y sordo que envolva la barraca, como un fuerte viento en una arboleda o una mar gruesa batiendo un paredn. Por la galera abierta, la luna entraba en el cuarto, una luna triste de otoo asitico, dando a los dragones colgados del techo, formas y semejanzas quimricas. Me levant, ya nervioso, cuando una silueta alta e inquieta, apareci a la claridad de la luna. --Soy yo, seor!--murmur la voz despavorida de Sa-T. Y luego, agachndose a mis pies, me cont en un flujo de palabras roncas su afliccin: mientras yo dorma se esparci por la ciudad el rumor de que un extranjero, el Diablo extranjero haba llegado con bagajes cargados de tesoros... Ya, desde el comienzo de la noche, l haba entrevisto rostros ansiosos, de ojos voraces, rondando la barraca, como chacales impacientes... Y orden a los kooles que atrincherasen la puerta con los carros de los bagajes, formados en semicrculo a la manera trtara. Mas poco a poco, el tumulto fu creciendo... Ahora acababa de espiar por un postigo, y todo el populacho de Tien-H rondaba en torno de la hospedera... La diosa Kaonine no se haba satisfecho con la sangre del gallo negro! Adems, l recordaba haber visto en la puerta de una pagoda una cabra negra andando hacia atrs. La noche sera terrorfica! Y su pobre mujer, el hueso de su hueso, que estaba tan lejos, all en Pekn! --Y ahora, Sa-T?--le pregunt. --Ahora... Vuestra seora!... Ahora... Callse, y su figura esculida temblaba, agazapndose como un perro que se le amenaza con el ltigo. Entonces yo abandon al cobarde y me adelant hacia la galera. Abajo, el muro fronterizo, proyectaba una sombra fatdica. All se apiaba una turba negra. A veces, una figura, rastreando, se adelantaba en el espacio iluminado; espiaba, forcejeaba en las carretas, y al sentir la luz de la luna sobre su cara, retroceda rpidamente, fundindose en la obscuridad; y como el techo del cobertizo era bajo, brillaba un momento algn hierro de lanza inclinado. --Qu queris, canallas?--rug en portugus. A esta voz extranjera, un gruido sali de las tinieblas; inmediatamente una piedra cay a mi lado, agujereando el papel encerado de la celosa; despus, una flecha pas silbando cerca de m, clavndose en un listn. Descend rpidamente a la cocina de la hospedera. Mis kaules, asustados, batan las mandbulas de terror; y los dos cosacos que me acompaaban, impasibles, fumaban sus pipas con los sables desnudos puestos sobre las rodillas. El viejo hostelero de lentes redondos, una vieja andrajosa que yo haba visto en el patio echando al aire una cometa de papel, los arrieros mongoles, las criaturas piojosas, todos desaparecieron. Slo qued un viejo bebedor de opio, tumbado en un rincn como un fardo. Fuera se vea la multitud que vociferaba. Interpel entonces a Sa-T, que casi se desmayaba, apoyado en la pared; nosotros estbamos sin armas, los dos cosacos solos, no podan rechazar el asalto. Era, pues, necesario ir a despintar al Mandarn gobernador, revelarle que yo era amigo de Camilloff, un convidado del Prncipe Tong, e intimarle a que acudiera a dispersar las turbas y mantener la ley santa de la hospitalidad. Mas Sa-T me contest con voz dbil como un soplo, que el gobernador, seguramente, era el que estaba dirigiendo el asalto. Desde las autoridades hasta los mendigos, la fama de mis riquezas, la leyenda de las carretas cargadas de oro, inflam todos los apetitos. La prudencia ordenaba, como un mandamiento santo, que abandonsemos parte de los tesoros, las mulas y las cajas de comestibles. --Y vamos a quedarnos aqu, en esta aldea maldita, sin camisas, sin dinero y sin comida? --Mas con la rica vida, vuestra seora! Ced y orden a Sa-T que fuese a proponer a la turba una copiosa distribucin de oro, si ella consenta en regresar a sus casas y respetar en nosotros a los huspedes enviados por Buda. Sa-T subi a la escalera de la galera, todo tembloroso, y empez a arengar a la multitud, braceando, lanzando las palabras con la violencia de un can que ladra. Yo haba abierto la maleta y le iba entregando sacos de monedas, que l arrojaba a puados sobre la multitud con ademn de sembrador... Abajo, a cada lluvia de metales resonaba un tumulto furioso; despus, un lento suspiro de gula satisfecha; y luego, el silencio, la suspensin del que espera ms. --Ms--murmuraba ansiosamente Sa-T, volvindose hacia m. Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio real envueltas en papel. Ya estaba vaca la maleta... La turba continuaba rugiendo insaciable. --Ms vuestra seora!--suplic Sa-T. --No tengo ms, criatura! El resto est en Pekn! --Oh, Buda santo! Perdidos! Perdidos!--exclam Sa-T, doblando las rodillas. El populacho, callado, esperaba an. De repente, una exhalacin salvaje rasg el aire. Y yo sent aquella masa vida, arremeter sobre las carretas que defendan la puerta, formadas en semicrculo. Al choque todo el maderamen de la Hospedera de la Consolacin Terrestre, crugi y oscil. Corr a la baranda. Abajo bulla un tropel desesperado en torno de los carros derribados. Los machetes relucan al caer sobre la tapa de los cajones; el cuero de las maletas abrase rasgado por innumerables puales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batanse como hroes. A la luz de la luna, vea alrededor del barracn agitar teas. Un alarido ronco elevbase, haciendo a lo lejos aullar a los perros; y de todas las viviendas desembocaba y corra el populacho, hombres ligeros armados de chuzos y hoces curvas. Sbitamente, o el tumulto de las turbas que asaltaban la galera, buscndome sin duda, creyendo que yo guardara el mejor de los tesoros, piedras preciosas, joyas. El terror me enloqueci. Corr a la gradera de bamb que daba al patio. Romp la valla, y penetr en la cuadra. Mi caballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente del cabestro. Salt sobre l, sujetndole por las crines. En este momento, por el postigo de la cocina que haba saltado en astillas, penetr una horda armada de linternas, lanzas, clamando delirante. El caballo, espantado, salt la valla; una flecha silba a mi lado; despus, una piedra me da en el hombro, otra en los riones, otra hace blanco en el anca del animal, y otra ms gruesa, me rasga la oreja. Agarrado desesperadamente a las crines, arqueado, con la sangre goteando de la oreja, galop en una carrera furiosa, a lo largo de una calle negra. De repente veo delante de m la muralla, un bastin, la puerta de la ciudad cerrada. Entonces, alucinado, sintiendo detrs de m rugir la turba, abandonado de todo socorro humano, me acord de Dios. Cre en l, gritndole que me salvase: y mi espritu iba tumultuosamente recordando, para ofrecerle fragmentos de oraciones, de Salves, Credos, que yacan en el fondo de mi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgi una humareda de teas; era la turba. Loco de espanto, apret los talones a los ijares del animal y corr a lo largo de la muralla que se extenda como una vasta cinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha, un boquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo la luna tena la apariencia de una gran charca de agua dormida. Lancme hacia all, sacudiendo con los talones los ijares del potro, y galop mucho tiempo por el descampado. De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna; mi boca se llen de agua ptrida, y mis pies se enredaron en las fofas races de los nenfares. Cuando me levant vi al caballo corriendo muy lejos, como una sombra, con los estribos al viento. Entonces comenc a caminar por aquella soledad, enterrndome en el fango y cortando a travs de matorrales encharcados. La sangre de la oreja caa sobre mi hombro; la ropa enlodada se me pegaba a la piel, y a veces en la sombra, me pareci ver brillar ojos de fieras. Ms lejos, encontr un cercado de piedras sueltas donde yacan, bajo unos arbustos, infinidad de cajas amarillas que los chinos abandonan sobre la tierra y donde se pudren los cadveres. Me sent sobre una caja postrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y al apoyarme sent la sensacin de un lquido viscoso que escurra por las hendiduras de las tablas. Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los rboles, las rocas, las hierbas altas, todo el horizonte comenz a girar en torno mo como un disco muy rpido. Resplandores sanguneos vibraban delante de mis ojos, y me sent cado desde muy alto, divagando a la manera de una pluma que desciende. Cuando recobr el conocimiento estaba sentado sobre un banco de piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a un convento, que el ms grave silencio envolva. Dos padres lazaristas lavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la garrucha de un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines. Levant los ojos y v una fachada blanca con ventanillas enrejadas y una cruz en lo alto, y entonces, al contemplar en aquella paz de claustro catlico como un rincn de la patria recuperada, el abrigo y la consolacin, de mis prpados cansados rodaron dos lgrimas mudas. VII Aquella maana, dos lazaristas que se dirigan a Tien-H, me haban encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot, era ya tiempo; porque alrededor de mi cuerpo inmvil revoloteaba un negro semicrculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplndome con gula. Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fu grande el regocijo de la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y sbdito de los Reyes Fidelsimos. El convento forma all el centro de un pequeo pueblo catlico, apiado en torno de la maciza residencia como un casero de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos hallbamos en los confines de la China. Ms all est la Mongolia, la Tierra de las hierbas, inmenso prado verde obscuro, bordado de flores silvestres. All se extenda la inmensa planicie de los nmadas. Desde mi ventana vea negrear los crculos de las tiendas cubiertas de fieltro o de pieles de carnero; y a veces asista a la partida de una tribu, que en filas de largas caravanas llevaba sus rebaos hacia Oeste. El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio. Su larga permanencia entre las razas amarillas lo haban tornado casi en un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su tnica roja, la larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme abanico, me pareca algn sabio letrado Mandarn comentando mentalmente, en la paz de un templo, el Libro sacro de Ch. Era un santo; mas ola a ajo, y este olor apartaba de l a las almas ms doloridas y necesitadas de consuelo. Conservo suave memoria de los das all pasados! mi cuarto, encalado de blanco, con una cruz negra, tena un recogimiento de celda. Me despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos misioneros, oa misa en la capilla; y me enterneca all, tan lejos de la patria catlica, ver a la clara luz de la maana la casulla del padre con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el silencio fosco del santo recinto los Dominus vobiscum y los Et cum espritu tuo. Por la tarde iba a la escuela a admirar a los nios chinos, declinando once horas seguidas. Y, despus del refectorio, paseando por el claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostlicas, en el Pas de las hierbas, las prisiones soportadas, las marchas, los peligros, en fin, todas las crnicas hericas de la Fe. Yo no cont en el convento mis aventuras fantsticas; dije que era un tourista curioso que recorra, tomando apuntes, el mundo entero. Y esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de alma, a aquella paz del monasterio. Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio brbaro que ahora odiaba terriblemente. Cuando me pona a pensar que haba venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la abundancia de mis millones, y que, apenas llegu, fu saqueado y apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi cuarto, meditando venganzas horribles. Retirarme con mis millones era lo ms prctico y fcil. Adems, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de Ti-Chin-F, me pareca ahora un absurdo, una insensatez de sueo. Yo no comprenda las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los sabios de aquella raza qu iba a hacer all, sino exponerme por el aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra? Ti-Chin-F y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento visible hacame olvidar el deseo de la expiacin. Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vera mis esfuerzos, mi deseo de ser til a su prole, a su provincia y a su raza, y satisfecho, se acomodara lo mejor posible para la eterna siesta. Ya, nunca ms vera su panza amarilla! Y entonces me morda el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar la alegra de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de las flores de la civilizacin. Mas la viuda de Ti-Chin-F, las mimosas seoras de su descendencia, los nietos pequeitos... los dejara brbaramente morir de hambre y fro en las negras viviendas de Tien-H? No. Esos no eran culpables de las pedradas que me tir el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo catlico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no poda partir del Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y las comodidades honestas que recomendaba el clsico de la Piedad Filial. Entonces escrib a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misin, y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le peda que remitiese a la mujer de Ti-Chin-F los millones depositados por m en casa del mercader Tsing-F, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine. El alegre padre Loriot, que iba en misin a Pekn, llev esta carta que yo lacr con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazn inflamado. Los das pasaban. Las primeras nieves albearon en las montaas septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el Pas de las Hierbas. Horas enrgicas y fuertemente vividas las de esas maanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros monglicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas bajas, estiradas y finas, parta en el filo del viento. Soltbamos el halcn que volaba sobre ella con las alas serenas, dndole a espacios regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el crneo. Y la bamos a encontrar, por fin, a la orilla de algn charco infecto, cubierto de nenfares. Entonces, los perros negros de Tartaria arrojbansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los afilados colmillos le iban descubriendo las entraas. Una maana, el lego de la portera avist al alegre padre Loriot, trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una criatura en los brazos; la haba encontrado abandonada, desnudita, murindose a la orilla desolada de un camino. La bautiz despus en un arroyo con el nombre de Bienhallado, y all la traa, enternecido, apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del convento. Despus de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor, sac de los bolsillos del pantaln un sobre con el sello del guila rusa. --Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Est bueno, y la seora tambin... Todos fuertes! Corr a un rincn del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta deca as: Amigo, husped y estimado Teodoro: A las primeras lneas de su carta quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegra, al saber que estaba con esos santos padres de la misin cristiana. Yo fu al Yamen Imperial a hacer una severa reclamacin al prncipe Tong, sobre el escndalo de Tien-H. Su excelencia mostr un jbilo desordenado. Porque aunque lamenta como particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi husped sufri, como ministro del Imperio, ve ah una dulce oportunidad para exigir a la ciudad de Tien-H, en concepto de indemnizacin, y en castigo de la injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario imperial y queda as vuestra oreja suficientemente vengada. Aqu, comienzan a picar los primeros fros y ya estamos usando pieles. El buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su criterio filosfico ni su sabia verbosidad. Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena seora Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable T-T desapareci en la maana del quince. Hizo la polica averiguaciones urgentes, mas T-T no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor cuanto es sabido que el populacho de Pekn aprecia extraordinariamente estos perritos, guisados en caldo de azcar. Ha ocurrido un hecho abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa petulante madame Gujn, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en la ltima comida de la legacin, di, despreciando todas las reglas internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa, a un sbdito ingls, Lord Gordon. Qu me dice usted de esto? Es creble? Es razonable? Eso es destruir el orden social! El brazo y la derecha en la mesa a un sbdito, a un escocs de color de piedra, un mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y yo! Esto ha causado en el cuerpo diplomtico, una sensacin inenarrable. Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff, moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave--muy grave!--Lo que prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamn del Gallo enjuto. Qu asco! qu podredumbre!... La generala no est buena, desde que usted parti para esa maldita Tien-H; el doctor Pagloff no atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne indolencia que la tiene horas enteras inmvil sobre el sof, en el Pabelln del Reposo discreto, con la mirada vaga y la boca llena de suspiros. Yo no me desespero; s perfectamente el mal que la mina, es una afeccin a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas, durante nuestra estancia en Madrid... Hgase la voluntad del Seor! Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted a Pars, si va a Pars, le remita por el correo de la Embajada para San Petersburgo (de all vendr a Pekn) dos docenas de guantes de doce botones, nmero cinco y tres cuartos, de la marca Sol, de los almacenes del Louvre; as como las ltimas novelas de Zola; Mademoiselle de Maupn, de Gautier, y una caja de frascos de Opoponex. Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la Embajada francesa para no tener relaciones con el Gallo enjuto, y vivimos ahora en el Palacio de la Legacin de Inglaterra. Estos son los inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la cancillera de San Petersburgo. All saben perfectamente que en Pekn no hay palacios; que cada legacin tiene el suyo propio, como importante elemento de instalacin y de influencia. Mas en la corte del Czar se desatienden los ms serios intereses de la civilizacin rusa! Todo lo dicho es lo nico nuevo que acontece en Pekn y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos los de esta Embajada, y tambin del condesito Arturo, el Ziz de la legacin espaola, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envo el testimonio de mi amistad. GENERAL CAMILLOFF. P.S.--En cuanto a la viuda y familia de Ti-Chin-F hubo un engao; el astrlogo del templo de Jagua se equivoc en su interpretacin sideral; no es realmente en Tien-H donde reside esa familia. Es al Sur de la China, en la provincia de Cantn. Mas tambin hay una familia Ti-Chin-F ms all de la gran Muralla, casi en la frontera rusa, en el distrito de Ka--li. Ambas perdieron el jefe y ambas estn en la miseria. Por lo tanto, esperando sus nuevas rdenes, no retir el dinero de casa de Tsing-F. Esta reciente informacin me la envi hoy su excelencia el prncipe Tong, con un delicioso tarro de compota de exquisitos almbares. Debo anunciarle que nuestro buen Sa-T apareci hace das de regreso de Tien-H, con el labio partido y leves contusiones en el hombro, habiendo salvado solamente del saqueo una litografa de Nuestra Seora de los Dolores, que por la dedicatoria manuscrita veo que perteneci a vuestra respetable mam. Mis valientes cosacos se quedaron all en un pozo de sangre. Su excelencia el prncipe Tong me ha ofrecido pagar por cada uno diez mil francos, tomados de la suma que, en concepto de indemnizacin ha impuesto a la ciudad de Tien-H. Sa-T me dice que si usted, como es natural, vuelve a empezar sus viajes a travs de la China en busca de la familia Ti-Chin-F, l se considera honrado y venturoso en acompaarle, con una fidelidad de perro y una docilidad de cosaco. CAMILLOFF. --No! Nunca!--rug con furor, estrujando la carta y monologando a largos pasos por el claustro.--No, por Dios o por el demonio! Ir de nuevo a recorrer los caminos de la China? Jams! Oh, suerte grotesca y desastrosa! Dej mi regalada vida del Loreto, mi nido amoroso de Pars, vengo volando como un tordo desde Marsella a Shang-Hai, sufro las pulgas de las habitaciones chinas, el hedor de las casas, la polvoreda de los caminos ridos para qu? Tena un plan que se levantaba hasta los cielos, grandioso y ornamentado como un trofeo; en l brillaban de alto abajo, toda suerte de acciones buenas, y he aqu, que de pronto lo veo caer al suelo, pieza tras pieza, convertido en furia! Quera dar mi nombre, mis millones, y la mitad de mi lecho de oro a una seora de la familia de Ti-Chin-F, y no me lo permiten los prejuicios sociales de una raza brbara. Pretendo, con el botn de cristal del Mandarn, reconstituir los destinos de China, traerle nuevas prosperidades, y me lo veda la ley imperial. Aspiro a conceder una limosna sin fin a este populacho hambriento, y corro el peligro de ser decapitado como instigador de rebeliones. Vengo a socorrer a un pueblo y la turba amotinada me apedrea. Iba, en fin, a brindar el reposo, la comodidad que alababa Confucio, a la familia Ti-Chin-F, y esa familia evaprase como el humo, y otras familias surgen aqu y all vagamente, al Sur y al Oeste, como claridades engaosas. Y tena que ir a Cantn, a Ka--l, a exponer otra oreja a las piedras brutales, huir an por caminos descampados, agarrado a las crines de un potro? Jams! Me par, y con los brazos en alto, hablando a las arcadas del claustro, a los rboles, al aire silencioso y fro que me envolva: --Ti-Chin-F--bram,--Ti-Chin-F, para aplacarte hice todo lo que era racional, generoso y lgico! Ests, en fin, satisfecho, letrado venerable, t, tu papagayo gentil, y tu panza artificial? Hblame! Hblame! Escuch, mir: la garrucha del pozo, en aquella hora del medioda, chirriaba dulcemente en el patio; sobre las moreras, a lo lejos de las arcadas, se secaban sobre papel de seda las hojas de t de la cosecha de octubre; de las puertas medio cerradas del aula vena un susurro lento de declinaciones latinas. Reinaba una paz severa, producto de la simplicidad de las ocupaciones o de la austeridad de los estudios y el aire pastoril de aquella colina, donde dorma bajo un sol blanco de invierno, el pueblo religioso. Y en aquel sereno ambiente, me pareci que descenda a mi alma, de repente, una paz absoluta. Encend con los dedos an trmulos un cigarro, y dije, limpindome una gota de sudor que corra por mi frente, estas palabras, resumen de mi destino: --Bien, Ti-Chin-F est contento. Fu luego a la celda del excelente padre Julio; lea su breviario cerca de la ventana, saboreando confites de azcar, con el gato del convento sobre el hombro. --Reverendsimo padre, me vuelvo a Europa. Alguno de vuestros compaeros va acaso en misin hacia Shang-Hai? El venerable superior se cal los lentes, y hojeando un mplio registro en letra china, murmur as: --Quinto da de la dcima luna. S, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a hacer una novena. Duodcima luna, el padre Snchez para Tien-Tsin tambin, a explicar el catecismo a los hurfanos. S, tendr compaa hasta Leste. --Maana? --Maana. Es dolorosa la separacin en estos confines del mundo, cuando las almas se comprenden bien en Jess. El padre Gutirrez le arreglar una buena fiambrera. Nosotros ya le ambamos como a un hermano, mi querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas estn en feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazn humano es el corazn de Dios, y el suyo est en este asilo seguro. Coma otro confite. Qu es eso, hijo mo, qu es eso? Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una pgina del Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del Banco de Inglaterra, y balbuce: --Un recuerdo para sus pobres... --Excelente, excelente... Nuestro buen padre Gutirrez le preparar una fiambrera superior... Amn, hijo mo. In Deo omnia spes... * * * * * Al da siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompaado del padre Anacleto y el padre Snchez, descend del convento al repique de las campanas. Y all vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin. Ya las tierras a lo largo del Pei-H estaban todas blancas de nieve; en las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos padres y yo bamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corra de mano en mano el frasco de ginebra. En Tien-Tsin, me separ de aquellos santos camaradas. Y despus de dos semanas, en un da de sol, me paseaba fumando un cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre la cubierta del Java; que iba a levar anclas con rumbo a Europa. Fu un momento conmovedor para m, aquel en que a las primeras vueltas de la hlice, vi alejarme de la tierra de China. Desde que despert, durante aquella maana, una inquietud sorda comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que haba ido a aquel vasto imperio a calmar por la expiacin una protesta temerosa de la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, parta, sin haber hecho ms que deshonrar los bigotes blancos de un general herico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los confines de la Mongolia. --Extrao destino el mo! Hasta el anochecer estuve recostado sombramente en la borda del buque, viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la concavidad negra, y la hlice en la sombra iba trabajando rtmicamente. Me pase errante por la cubierta, mirando aqu y all la brjula iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la mquina envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los marineros de barba rubia inmviles en sus puestos, y las figuras de los pilotos sobre el puntal, altas y sombras en la noche. En el camarote del capitn, un ingls, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas que beban cognac, tocaba melanclicamente en la flauta el aria de Bonnie Dunde. Eran las once cuando baj a mi cmara. Las luces ya estaban apagadas; mas la luna, que se ergua al nivel del agua, redonda y blanca, hera los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio oculta y plida, v rgida sobre la hamaca la figura panzuda del Mandarn, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos. Era l otra vez! Y fu l perpetuamente. Fu l en Singapore y en Ceiln. Fu l en los arsenales del desierto, cuando pasamos por el Canal de Suez; adelantndose en la proa de un barco mercante, cuando entramos en Malta, resbalando sobre las rosadas montaas de Sicilia y emergiendo de los mares que cercan el Pen de Gibraltar. Cuando desembarqu en Lisboa, su obesa figura llenaba todo el arco de la calle Angosta, y sus ojos oblcuos y los dos ojos pintados de su cometa en figura de papagayo, parecan fijos en m. VIII Entonces, teniendo la certeza de que nunca podra aplacar a Ti-Chin-F, pas toda la noche en mi cuarto del Loreto, donde, como en otro tiempo, las velas que ardan en los bruidos candelabros de plata daban a los rojos damascos tonos de sangre fresca, medit despojarme, como de un adorno de pecado, de aquellos millones sobrenaturales. Y as me librara tal vez de aquella panza amarilla, y de aquella cometa abominable! Abandon el palacio del Loreto, y con l mi existencia de Nabab. Regres a mi habitacin de la casa de la viuda de Marques, y volv a la oficina a implorar mis veinticinco duros mensuales y mi dulce pluma de amanuense. Mas un sufrimiento mayor vino a amargar mis das. Juzgndome arruinado, todos aqullos que mi opulencia humill, cubrironme de ofensas. Los peridicos, con triunfal irona, publicaron mi miseria. La aristocracia, que balbuceaba adulaciones, inclinada a mis pies de Nabab, ordenaba ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido del escribiente de secretara. El clero, a quien yo haba enriquecido, me acusaba de hechicero, el pueblo me apedreaba, y la viuda de Marques, cuando me quejaba de la dureza grantica de los garbanzos, ponase en jarras y gritaba: --Qu quiere usted ms? Aguantarse! Valiente perdulario! Y a pesar de esta expiacin, el viejo Ti-Chin-F, estaba siempre a mi lado porque sus millones que yacan ahora intactos en los Bancos, eran, desgraciadamente, mos. Entonces, indignado, volv a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbr el Loreto, y por el portn abierto vironse, como en otro tiempo, negrear con sus calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos. Luego, Lisboa, sin excepcin, se arroj a mis pies. La viuda de Marques me llam llorando: hijo de mi corazn. Los peridicos me otorgaron los calificativos que, segn la tradicin, pertenecen a los dioses. Fu el omnipotente, el omnisciente! La aristocracia me bes los pies como a un tirano y el clero me incens como a un viejo dolo. Y mi desprecio por la humanidad fu tan grande, que se extendi hasta el mismo Dios que la cre. Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas enteras tendido en un sof, mudo y terrible, pensando en la felicidad del no ser... Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de m al personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesa de la Concepcin, me hiciera a un tiln-tn de campanilla, heredar tantos despreciables millones. Corr hacia l; le agarr por la solapa des su levita burguesa, gritndole: --Lbrame de mis riquezas! Resucita al Mandarn! Devulveme la paz de la miseria! El, pas gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondi con bondad: --No puede ser, mi apreciable seor, no puede ser! Yo me arroj a sus pies hacindole una splica abyecta, mas slo v delante de m, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma esculida de un perro hambriento hociqueando en el lodo. Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece un inmenso montn de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado que vaga por entre columnas cadas, gime continuamente. Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me parece una antorcha fnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera la legin amortajada de mis alegras muertas. Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En l lego mis millones al Diablo, le pertenecen; l que los reclame y los reparta. Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario: Slo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca matis al Mandarn! Y, todava al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningn mandarn quedara vivo, si t, tan fcilmente como yo, lo pudieras suprimir y heredar sus millones, oh, lector! criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano. FIN Pginas Selectas de Ea de Queiroz (_Del Epistolario de Fradique Mendes_) A CLARA... (_Trad._) Mi adorada amiga: No fu en la exposicin de Acuarelistas, en marzo, donde tuvo conmigo el primer encuentro por decreto de los Hados. Fu en invierno, mi adorada amiga, en el baile de los Tressans. Fu all donde la vi, conversando con Md. Jouarre, junto a una consola, cuyas luces, entre los ramos de orqudeas, orlaban sus cabellos de aquel nimbo ureo que tan justamente le pertenece como reina de la gracia entre las mujeres. Recuerdo an su sonreir cansado, el vestido negro con adornos de color de oro, el abanico antiguo que tena sobre el regazo. Pas; pero luego todo me pareci alrededor feo y enfadoso, y volv a admirar, a meditar en silencio, su belleza, que me atraa por su esplendor potente y comprensible y tambin por no s qu de fino y espiritual, de doliente y de afable, que brillaba y vena del alma. Y tan intensamente me embeb en mi contemplacin, que me llev conmigo su imagen hermosa y entera, sin faltar un hilo de sus cabellos ni una ondulacin de la seda que vesta su cuerpo y corr a encerrarme con ella, alborozado, como el artista que en alguna obscura tienda, entre polvo y trastos, descubriese la Obra sublime de un Maestro perfecto. Y por qu no confesarlo? Esa imagen fue para m al principio, meramente un Cuadro colgado en el fondo de mi alma, que yo a cada momento miraba para alabar, con creciente sorpresa, los encantos diversos de Lnea y de Color. Era solamente una tela rara, puesta en un sagrario, inmvil y muda en su brillo, sin otro influjo sobre m que el de una forma muy bella que cautiva un gusto muy educado. Mi sr continuaba libre, atento a las curiosidades que hasta entonces lo solicitaban; y slo cuando senta el cansancio de las cosas imperfectas o el deseo nuevo de una ocupacin ms pura, regresaba a la Imagen que en m guardaba como un Fra Anglico en su claustro, dejando los pinceles al concluir el da, de hinojos ante la Madona para implorar de ella descanso e inspiracin superior. Poco a poco, sin embargo, todo lo que no fuese esta contemplacin perdi para m valor y encanto. Comenc a vivir cada da ms recludo en el fondo de mi alma, perdido en la admiracin de la imagen que en ella brillaba, hasta que slo esta ocupacin me pareci digna de la vida, y en el mundo todo no reconoc ms que una apariencia inconstante y fu como un monje en su celda, ajeno a las cosas ms reales, de rodillas y rgido en su sueo, que es para l la nica realidad. Mas no era el mo, mi adorada amiga, un plido y pasivo xtasis delante de su Imagen. No! Era ms bien un ansioso y fuerte estudio de ella, con el que yo procuraba conocer, a travs de la Forma, la Esencia y (pues que la Belleza es el esplendor de la Verdad) deducir de las perfecciones de su cuerpo las superioridades de su alma. Y as fu cmo lentamente sorprend el secreto de su naturaleza; su clara frente que el cabello descubre, tan clara y despejada, luego me cont la rectitud de su pensar; su sonrisa, de una nobleza tan intelectual, fcilmente me revel su desdn hacia lo mundano y lo efmero y su incansable aspiracin hacia un vivir de verdad y de belleza; cada gracia de sus movimientos me tradujo una delicadeza de su gusto; y en sus ojos diferenci lo que en ellos tan adorablemente se confunde, luz de razn, calor de corazn, la luz que mejor calienta la lumbre que ms ilumina... La certeza de tantas perfecciones bastaba ya para hacer doblar, en una adoracin perpetua, las rodillas ms rebeldes. Pero sucedi tambin que al paso que la comprenda y que su Esencia se manifestaba tan visible y casi tangible, descenda una influencia de ella hacia m, una influencia extraa, diferente de todas las influencias humanas, y que me dominaba con trascendente omnipotencia. Cmo lo podr decir? Monje encerrado en mi celda, comenc la convivencia con la Santa a quien me consagrara. Hice entonces un severo examen de conciencia. Investigu con inquietud si mi pensar era condigno de la pureza de su pensar; si en mi gusto no habra desconciertos que pudieran herir la disciplina de su gusto; si mi idea de la vida era tan alta y seria como aquella que yo presintiera en la espiritualidad de su mirar, de su sonreir, y si mi corazn no se dispersara y debilitara con exceso para poder palpitar con paralelo vigor junto a su corazn. Y he realizado ahora un jadeante esfuerzo para subir a una perfeccin idntica a aquella que tan sumisamente adoro. De suerte, mi querida amiga, que se torn sin saberlo mi educadora. Y tan subordinado qued a esa direccin, que no puedo concebir los movimientos de mi sr sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos. S perfectamente que todo lo que en m surge de algn valor, idea o sentimiento, es obra de esa educacin que su alma da a la ma desde lejos, slo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su influencia--ms bien, como un asceta, deba decir su Gracia--todo mi sr rodara sin remisin a una inferioridad. Vea, pus, cmo se convirti usted en necesaria y preciosa para m. Y considere que para ejercer esa supremaca salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mas; bast con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. As un arbusto florece en el borde de un foso porque all arriba, en los remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma... Por eso mi amor alcanza ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese conciencia, sentira por la Luz. Y considere tambin que considerando de usted como de la luz, nada le ruego, ningn bien imploro de quien tanto puede y es para m duea de tanto bien. Slo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que, emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fcil y dulcemente realiza mi perfeccionamiento. Slo pido ese caritativo permiso. Vea, pues, cun distante me mantengo en la abatida humildad de una adoracin, que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de la imagen divina... Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un da de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que realizara un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la Virgen Mara, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos, descendiendo en una nube y otorgndoles una sonrisa fugitiva, o dejando caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraso. As, maana voy a pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro all la santidad de una celda o de una ermita; pero s casi su aislamiento; y si mi querida amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no dir una rosa, sino una sonrisa, quedara entonces seguro de que este amor mo o este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va ms all del amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar. FRADIQUE. A MADAME DE JOUARRE (_Trad_) Lisboa, junio. Mi excelente madrina: H aqu lo que ha visto y hecho desde mayo en la hermossima Lisboa. Ulyssipo pulcherrima, su admirable ahijado. Descubr un compatriota mo de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres aos construyendo un sistema de Filosofa en el piso tercero de una casa de huspedes de la travesa de la Palha. Espritu libre, emprendedor y diestro, paladn de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona, y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un espiritualista, consagr su vida a la Lgica y slo se interesa por la Verdad. Es un filsofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana a su oficina de Metafsica para saber si, conducido por la dulce alma de Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevi al fin oculta tras los ltimos velos la Causa de las Causas. En estas piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huspedes, que en ese tercer piso de la travesa de la Palha gozan de una buena vida de ciudad a doce tostones por da, fuera del vino y de la ropa limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en Portugal estn aqu representadas con fidelidad, y as puedo yo estudiar sin esfuerzo, como en un ndice, las ideas y los sentimientos que en nuestro ao de gracia forman el fondo moral de la nacin. Esta casa de huspedes tiene encantos. La habitacin de mi primo Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosfica y virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pjaros por las paredes, y all se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas como slo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina, barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los calzoncillos, que los portugueses estn continuamente perdiendo, almidona las enaguas de la seora, reza el rosario de su aldea, y an le queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que est resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y abundantes, huevos y bifftec. El vino lo enva el cosechero, un vinillo ligero y temprano, hecho segn los venerables preceptos de las gergicas, y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, quo te carmine dicam, Rethica? Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneracin por los portugueses) una estampa de Po IX sonriendo y bendiciendo, una vista del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una trtola, inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe, de Paz campestre y de inocencia. La patrona, doa Paulina Soriana, es una seora de cuarenta otoos, frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella ms blanca que la blanca chambra que usa, adems de una falda de seda color violeta. Parece una excelente seora, paciente y maternal, de buen juicio y de buena economa. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo, gordo tambin, que se roe las uas y estudia en el Instituto. Se llama Joaqun, y por ternura Quinito; sufri en esta primavera no s qu grave enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baos de asiento, y est destinado por doa Paulina a la burocracia, que considera, con mucha justicia, la carrera ms segura y ms fcil. --Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace das la apreciable seora, despus del almuerzo y cruzando la pierna--es tener padrinos y lograr un empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes. Doa Paulina est tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el seor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras pblicas o en el de Justicia una silla de amanuense guardada, sealada, en espera de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los ltimos exmenes, el seor consejero Vaz Netto resolvi que en vista de que se mostraba tan desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino... --Sin embargo--aadi la buena seora cuando me honr con estas confidencias,--me agradara que Quinito terminase los estudios. No es por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino por gusto. Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo dems, supongo que doa Paulina le rene un prudente peculio. En la casa, bien acreditada, hay ahora siete huspedes, todos de confianza, estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta mil reis al mes. El ms antiguo, el ms respetado (y aquel que precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileo, el comendador Pinho. El es quien todas las maanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del comedor est descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla especial de mimbres con un almohadn de viento. Nadie sabe de este Pinho ni la edad, ni la tierra o familia en que naci, ni su ocupacin en el Brasil, ni el origen de su encomienda. Lleg una tarde de invierno en un paquebot de la Mala Real, pas cinco das en el Lazareto, desembarc con dos bales, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tom su cuarto en esta casa de huspedes, con ventana a la travesa, y aqu engorda risuea y plcidamente con el seis por ciento de sus inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel morena, con tonos de caf y de ladrillo, siempre vestido de pao fino negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que l, en la calle y en cada esquina, desenreda del cordn de oro del reloj para leer con inters y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear el orden en los Estados. Despus del almuerzo, se calza sus botas de caa, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho, donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos apoyadas en el puo del quitasol. Despus se coloca el quitasol debajo del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra, detenindose a contemplar a la seora de sedas ms rizadas o la victoria de arreos ms lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquera de Sousa, en el Roco, donde bebe una copa de agua de Canecas, y descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida, gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da la vuelta al Roco, bajo los rboles, con la cara alta y dilatada de bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodn, y come, repitiendo siempre de la sopa. Despus del caf da un higinico paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueas, en los escaparates de las confiteras, y ciertos das sube al Chiado, dobla la esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que es el London Brasilian. Los domingos, al anochecer, con recato, visita a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada semestre recibe los intereses de sus inscripciones. As, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos nicas entidades: l mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento; por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho, gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado siga pagando fielmente el cupn. Por lo dems, le basta con poco para contentar la porcin de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone. La necesidad que todo sr vivo (an las ostras, segn afirman los naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonre y dice desdoblando la servilleta: tenemos el verano encima; todos concuerdan con l y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos por la barba y murmura: tenemos encima el invierno; si otro husped disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho y dispuesto a dar gracias a Dios. El Diario de Pernambuco, el Diario de Noticias, alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginacin que Humboldt encontr an entre los botecudos. En las funciones del sentimiento, Pinho slo pretende (como revel un da a mi primo) no coger una enfermedad. Con la cosa pblica est siempre contento, gobierne ste o gobierne aqul, con tal que la polica mantenga el orden y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles, nocivas al pago del cupn. En cuanto al destino ulterior de su alma, Pinho (como me asegur a m mismo) slo desea, despus de muerto, que no le entierren vivo. Aun acerca de punto tan importante, como es para un comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lpida lisa y decente con su nombre y un sencillo Rogad por l. Erraramos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno a todo cuanto sea humano. No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a la humanidad; slo que para l la humanidad en el transcurso de su vida se restringi mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho slo lo son los prestamistas del Estado. As, mi primo Procopio, con una malicia harto inesperada en un espiritualista, contle hace tiempo en secreto, guiando los ojos que yo posea muchos papeles! muchas plizas! muchas inscripciones!... Pues en la primera maana que volv a la casa de huspedes despus de esta revelacin, Pinho, ligeramente colorado, casi conmovido, me ofreci una cajita de dulce envuelta en una servilleta, acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un egosta, un Digenes de levita negra, secamente retrado dentro del tonel de su inutilidad. No. Hay en l toda la humana voluntad de amar a sus semejantes y de servirlos. Pero, quines son para Pinho sus genunos semejantes? Los prestamistas del Estado. Y en qu consiste para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a l le es til. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo, capitalista como l, no dud, no se retrajo ms de su deber humano, y practic en seguida el acto de beneficio, y hlo aqu ruborizado y feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta. Es el comendador Pinho un ciudadano intil? No, ciertamente! Hasta para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nacin, no hay ms provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hbitos, su fcil asentimiento a todos los hechos de la vida pblica, su cuenta de todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higinico recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o acto, afirmacin o negacin que desarreglen la paz del Estado. As, gordo, pacfico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su movimiento, pero tampoco contrarindolo, Pinho ofrece todos los caracteres de una excrecencia sebcea. Socialmente, Pinho es un lobanillo. Y nada ms inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros tiempos, en que el Estado est lleno de elementos morbosos y de parsitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta inofensibilidad de Pinho hasta puede (en relacin a los intereses del orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado, segn se dice, le va a conceder el ttulo de barn. Y barn es un ttulo que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con l se rinde simultneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la Religin. El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco Jos Pinho. Y nuestro amigo va a ser hecho barn de San Francisco. Adis, querida madrina! Vamos con el dcimo octavo da de lluvia! Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este pas del sol sobre azul, en la tierra triguea del olivo y del laurel, queridos de Febo, est lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos, imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una mariposa presa en las telas de la araa. Estamos en pleno versculo XVII, captulo VII del Gnesis. En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las intenciones de Jehov para con este pas son diluvianas, y no juzgndome menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fu No, voy a comprar madera y brea y a hacer un arca segn los nuevos modelos hebraicos y asirios. Y si por acaso de aqu a algn tiempo una paloma blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aport al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a doa Paulina, para que, ms tarde, cuando hayan bajado las aguas, Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el dinero que pidi a Pinho. Suyo ahijado del corazn, FRADIQUE. End of the Project Gutenberg EBook of El Mandarn, by Ea Queiroz License: Share Alike