E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) ANTONIO AZORN [Illustration] ANTONIO AZORN PEQUEO LIBRO EN QUE SE HABLA DE LA VIDA DE ESTE PEREGRINO SEOR [Illustration] MADRID RENACIMIENTO _Pontejos, 3._ 1913 _ES PROPIEDAD_ ESTABLECIMIENTO TIPOGRFICO EDITORIAL--PONTEJOS, 3 _DEDICATORIA_ _Quiero dedicarle este pequeo libro a Ricardo Baroja, como prueba de amistad. Ricardo Baroja es, a mi entender, un original y ameno artista; en sus charlas he encontrado muchas sutiles paradojas y un recio espritu de independencia. Yo siento que mi ofrenda no sea ms consistente; pero la vida de mi amigo Antonio Azorn no se presta a ms complicaciones y lirismos. Porque en verdad, Azorn es un hombre vulgar, aunque_ Correspondencia _haya dicho que "tiene no poco de filsofo". No le sucede nada de extraordinario, tal como un adulterio o un simple desafo; ni piensa tampoco cosas hondas, de esas que conmueven a los socilogos. Y si l y no yo, que soy su cronista, tuviera que llevar la cuenta de su vida, bien pudiera repetir la frase de nuestro comn maestro Montaigne:_ Je ne puis tenir registre de ma vie par mes actions; fortune les met trop bas: je le tiens par mes fantasies. _J. M. R._ PRIMERA PARTE I A lo lejos una torrentera rojiza rasga los montes; la torrentera se ensancha y forma un barranco; el barranco se abre y forma una amena caada. Refulge en la campia el sol de Agosto. Resalta, al frente, en el azul intenso, el perfil hosco de las Lometas; los altozanos hinchan sus lomos; bajan las laderas en suave enarcadura hasta las vias. Y apelotonados, dispersos, recogidos en los barrancos, resaltantes en las cumbres, los pinos asientan sobre la tierra negruzca la verdosa mancha de sus copas rotundas. La luz pone vivo claror en los resaltos; las hondonadas quedan en la penumbra; un haz de rayos que resbala por una cima hiende los aires en franja luminosa, corre en diagonal por un terrero, llega a esclarecer un bosquecillo. Una senda blanca serpentea entre las peas, se pierde tras los pinos, surge, se esconde, desaparece en las alturas. Aparecen, ac y all, solitarios, cenicientos, los olivos; las manchas amarillentas de los rastrojos contrastan con la verdura de los pmpanos. Y las vias extienden su sedoso tapiz de verde claro en anchos cuadros, en agudos cornijales, en estrechas bandas que presidan blancos ribazos por los que desborda la impetuosa verdura de los pmpanos. La caada se abre en amplio collado. Entre el follaje, all en el fondo, surge la casa con sus paredes blancas y sus techos negruzcos. Comienzan las plantaciones de almendros; sus troncos se retuercen tormentosos; sus copas matizan con notas claras la tierra jalde. El collado se dilata en ancho valle. A los almendros suceden los viedos, que cierran con orla de esmeralda el manchn azul de una laguna. Grandes juncales rompen el cerco de los pmpanos; un grupo de lamos desmedrados se espejea en sus aguas inmviles. A la otra parte de la laguna recomienza la verde sbana. Entre los viedos destacan las manchas amarillentas de las tierras paniegas y las manchas rojizas de las tierras protoxidadas con la labranza nueva. Ejrcitos de olivos, puestos en lios cuidadosos, descienden por los declives; solapadas entre los olmos asoman las casas de la Umbra; un tenue teln zarco cierra el horizonte. A la izquierda se yergue el cabezo rido de Cabreras; a la derecha el monte de Castalla avanza decidido; se detiene de pronto en una mella enorme; en el centro, sobre el azul del fondo, resalta el ingente pen de Sax, coronado de un torren moruno. El sol blanquea las quebradas de las montaas y hcelas resaltar en aristas luminosas; el cielo es difano; los pinos cantan con un manso rumor sonoro; los lentiscos refulgen en sus diminutas hojas charoladas; las abejas zumban; dos cuervos cruzan aleteando blandamente. * * * Cae la tarde; la sombra enorme de las Lometas se ensancha, cubre el collado, acaba en recia punta sobre los lejanos almendros; se entenebrecen los pinos; resaltan las bermejas hazas labradas; el dbil sol rasero ilumina el borde de los ribazos y guarnece con una cinta de verde claro el verde oscuro de los viedos baados en la sombra. Cambia la coloracin de las montaas. El pico de Cabreras se tinta en rosa; la cordillera del fondo toma una suave entonacin violeta; el castillo de Sax refulge ureo; blanquea la laguna; las vias, en la claror difusa, se tien de un morado tenue. Lentamente la sombra gana el valle. Una a una las blancas casitas lejanas se van apagando. La tierra se recoge en un profundo silencio; murmuran los pinos; flota en el aire grato olor de resina. El cascabeleo de un verderol suena precipitado; calla, suena de nuevo. Y en la lejana el dorado castillo refulge con un postrer destello y desaparece. * * * Anochece. Se oye el traqueteo persistente de un carro; tintinea a intervalos una esquila. El cielo est plido; la negrura ha ascendido de los barrancos a las cumbres; los bancales, las vias, los almendros se confunden en una mancha informe. Destacan indecisos los bosquecillos de pinos en las laderas. La laguna desaparece borrosa. Y vibra una cancin lejana que sube, baja, ondula, plae, re, calla... El campo est en silencio. Pasan grandes insectos que zumban un instante; suena de cuando en cuando la flauta de un cuclillo; un murcilago gira calladamente entre los pinos. Y los grillos abren su coro rtmico: los comunes, en notas rpidas y afanosas; los reales, en una larga, amplia y sostenida nota sonora. Ya el campo reposa en las tinieblas. De pronto pardea a lo lejos una fogata. Y de los confines remotos llega y retumba en todo el valle el formidable y sordo rumor de un tren que pasa... II La casa se levanta en lo hondo del collado, sobre una ancha explanada. Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos. El primero es un solo piso terrero; el segundo, de tres; el tercero, de dos; el cuarto, de otros dos. El primero lo compone el horno. El ancho tejado negruzco baja en pendiente rpida; el alero sombrea el dintel de la puerta. Dentro, el piso est empedrado de menudos guijarros. En un ngulo hay un montn de lea; apoyadas en la pared yacen la horquilla, la escoba y la pala de rabera desmesurada. Una tapa de hierro cierra la boca del hogar; sobre la bveda secan hacecillos de plantas olorosas y rotenes descortezados. La puerta del amasador aparece a un lado. La luz entra en el amasador por una pequea ventana finamente alambrada. La artesa, ancha, larga, con sus dos replanos en los extremos, reposa junto a la pared, colocada en recias estacas horizontales. Sobre la artesa estn los tableros, la raedera, los pintorescos mandiles de lana: unos de anchas viras amarillas y azules, bordeadas de pequeas rayas bermejas; otros de anchas viras pardas divididas por una rayita azul, y anchas viras azules divididas por una rayita parda. En un rincn est la olla de la levadura; del techo penden grandes horones repletos de panes; en las paredes cuelgan tres cernederas y cuatro cedazos de espesa urdimbre a diminutos cuadros blancos, rojos y pardos, con blancas cintas entrecruzadas que refuerzan la malla. El segundo cuerpo de la casa tiene las paredes doradas por los aos. En la fachada se abren: dos balcones en el piso primero, tres ventanas en el piso segundo. Los huecos estn bordeados de ancha cenefa de yeso gris. Y entre los dos balcones hay un gran cuadro de azulejos resguardado con un estrecho colgadizo. Representa, en vivos colores, rojos, amarillos, verdes, azules, a la Trinidad santa. El tiempo ha ido echando abajo las losetas, y entre anchos claros aparecen el remate de una cruz, una alada cabeza de ngel, el busto del Padre con su barba blanca y el brazo extendido. El tercer cuerpo tiene una diminuta ventana y un balconcillo rebozado con el follaje de una parra que deja caer su alegra verde sobre la puerta de la casa. Esta casa la habitan los labriegos. La entrada es ancha y empedrada, jaharradas de yeso las paredes, con pequeas vigas el techo. A la izquierda est la cocina; a la derecha, el cantarero; junto a l una pequea puerta. Esta puerta cierra un pequeo cuarto sombro donde se guardan los apechusques de la limpieza. El cuarto cuerpo tiene cuatro ventanas que dan luz a una espaciosa cmara, con vigas borneadas en el techo, colgada de ristras de pimientos y de horcas de cebollas y ajos, llena de simples mantenimientos para la comida cotidiana. Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay una cochera y una ermita. La ermita es pequea; es de orden clsico. Tiene cuatro altares laterales con lienzos; tiene uno central con cuatro columnas jnicas; tiene una imagen; tiene ramos enhiestos; tiene velas blancas; tiene velas verdes. En la sacrista cuelga un diminuto espejo con marco de talladas hojas de roble, y un aguamanil blanco rameado de azul pone en la pared su nota gaya. En los muros, entre viejas estampas, hay un cartel amarillento que dice en gruesas letras: _Sumario de dos mil quinientos y ochenta das de indulgencia concedidos a los que devotamente pronuncien estas palabras_: _Ave Mara Pursima_; y abajo, a dos columnas, una nutrida lista de obispos y arzobispos. En un armario reposan antiguas casullas, bernegales con coronas de oro abiertas sobre el cristal, un cliz con un blasn en el pie y una leyenda que dice: _Se izo en 24 de Agosto de 1714. Del Dr. Pedro Ruiz y Miralles._ Junto a la cochera est el aljibe, ancho, cuadrado, con una bveda que se hincha a flor de tierra. Las pilas son de piedra arenisca; el pozal es de madera; sobre la puertecilla destaca un cuadro de azulejos. San Antonio, vestido de azul, mira exttico, cruzados los brazos, a un nio que desciende entre una nube amarillenta y le ofrece un ramo de blancas azucenas. Detrs del aljibe hay una balsa pequea y profunda. La cubre una parra. Es una parra joven. Este ao--segn la bella frase de uno de estos labriegos tan pantestas en el fondo--, este ao es el primero que trabaja. Y es laboriosa, y es aplicada, y es vehemente. Sus sarmientos se enroscan y agarran con los zarcillos al encaado, cuelgan profusos los racimos, y los redondos pmpanos anchos forman un toldo de suave color presado sobre las aguas quietas. En el borde de la balsa hay una pila de fondo verdinegro. Las abejas se abrevan en su agua limpia. El agua nace en un montecillo propincuo, corre por subterrneos atanores de barro, surte de un limpio cao, cae transparente con un placentero murmurio en la ancha pila. La casa es grande, de pisos desiguales, de estancias labernticas. Hay espaciosas salas con toscas cornucopias, con viejos grabados alemanes, con pequeas litografas en las que se explica cmo Matilde, hermana de Ricardo de Inglaterra, antes de pronunciar su voto, etc. Hay una biblioteca con cuatro mil volmenes en varias lenguas y de todos los tiempos. Hay una pequea alacena que hace veces de archivo, con papeles antiguos, con ttulos de las Universidades de Orihuela y Ganda, con cartas de desposorio, con ejecutorias de hidalgua, con nombramientos de inquisidores. Hay viejas cmaras con puertas cuadradas, con cerraduras chirriantes, con techos inclinados de retorcidas vigas, con lejas anchas, con armarios telaraosos que encierran un espejo roto, un veln, una careta de colmenero; con largas caas colgadas del techo, de las que en otoo penden colgajos de uvas, melones reverendos, gualdos membrillos, manojos de hierbas olorosas. Hay graneros oscuros, sosegados, silenciosos, con largas filas de alhorines hechos de delgadas citaras. Hay un tinajero para el aceite con veinte panzudas tinajas, cubiertas con tapaderas de pino, enjalbegadas de ceniza. Hay una gran bodega, con sus cubos, sus prensas, sus conos, sus largas ringleras de toneles. Hay una almazara, con su alfarje de moln cnico, y su ancha zafa, y su tolva. Hay dos cocinas con humero de ancha campana. Hay palomares eminentes. Hay una cuadra con mulas y otra con bueyes. Hay un corral con pavos, gallos, gallinas, patos, y otro con cerdos, negros, blancos, jaros. Hay dos pajares repletos de blanda y clida paja... Ante la casa se abre una alameda de almendros. Cuatro, seis olmos gayan la plazoleta con su follaje. En lo hondo, sobre la pincelada verde del ramaje, resalta la pincelada azul de las montaas; ms bajo, por entre los troncos, a pedazos, espejea la laguna. El cielo est difano. Las palomas giran con su aleteo sonoro. Y un acridio misterioso chirra con una nota larga, hace una pausa, chirra de nuevo, hace otra pausa... * * * La entrada de la casa principal es ancha. Est enladrillada de losetas amarillentas. Hay una puerta a la derecha y otra a la izquierda; una y otra estn ceidas por resaltantes cenefas lisas. Recia viga, jaharrada de yeso blanco, sostiene las maderas del techo. A los lados, dos mnsulas entasadas adornan la jacena. Sobre la pared, bajo las mnsulas, resaltan los emblemas de Jess y Mara. Al piso principal se asciende por una escalera oscura. La escalera tiene una barandilla de hierros sencillos; el pasamanos es de madera; en los ngulos lucen grandes bolas pulimentadas. La primera puerta del piso principal da paso a dos claras habitaciones: una es un cuarto de estudio, la otra sirve de alcoba. El estudio tiene el techo alto y las paredes limpias. Lo amueblan dos sillones, una mecedora, seis sillas, un velador, una mesa y una consola. Los sillones son de tapicera a grandes ramos de adelfas blancas y rojas sobre fondo gris. La mecedora es de madera curvada. Las sillas son ligeras, frgiles, con el asiento de rejilla, con la armadura negra y pulimentada, con el respaldo en arco trilobulado. El velador es redondo; est cargado de infolios en pergamino y pequeos volmenes amarillos. La mesa es de trabajo; la consola, colocada junto a la mesa, sirve para tener a mano libros y papeles. La mesa es ancha y fuerte; tiene un pupitre; sobre el pupitre hay un tintero cuadrado de cristal y tres plumas. Reposan en la mesa una gran botella de tinta, un enorme fajo de inmensas cuartillas jaldes, un diccionario general de la lengua, otro latino, otro de trminos de arte, otro de agricultura, otro geogrfico, otro biogrfico. Hay tambin un vocabulario de filosofa y otro de economa poltica; hay, adems, en su edicin lyonesa de 1675, el curiossimo _Tesoro de las dos lenguas, francesa y espaola_, que compuso Csar Oudn, intrprete del rey. La consola es de nogal. Los pies delanteros son ligeras columnillas negras con capiteles clsicos de hueso, con sencillas bases toscanas. Los tiradores del cajn son de cristal lmpido; un gran tablero de madera se extiende a ras del suelo, entre las bases de las columnas y los pies de la mesa. Sobre esta mesa yacen libros grandes y libros pequeos, un cuaderno de dibujos de Gavarni, cartapacios repletos de papeles, nmeros de _La Revue Blanche_ y de la _Revue Philosophique_, fascculos de un censo electoral, mapas locales y mapas generales. El cajn est repleto de fotografas de monumentos y paisajes espaoles, fotografas de cuadros del museo del Prado, fotografas de periodistas y actores, fotografas pequeas, hechas por Laurent, de las notabilidades de 1860, daguerrotipos, en sus estuches lindos, de interesantes mujeres de 1850. Las paredes del estudio estn adornadas diversamente. En la primera pared, a los lados de la puerta, hay dos grandes fotografas en sus marcos de noguera pulida: una es de la divina marquesa de Legans, de Van Dyck; otra, cuidadosamente iluminada, es de _Las Meninas_, de Velzquez. En la segunda pared, correspondiente al balcn, cuelga una fotografa de _Doa Mariana de Austria_, de Velzquez, con su enorme guardainfante y su pauelo de batista. Sobre esta fotografa se eleva, surgiendo del marco e inclinndose sobre el retrato, una fina y dorada pluma de pavo real; y esta pluma es como un smbolo de esta mujer altiva, desdeosa, con su eterno gesto de displicencia que perpetu Velzquez, que perpetu Carreo, que perpetu Del Mazo. El segundo cuadro es una litografa francesa. Se titula _La Msica_; representa una mujer que toca un arpa. Lleva los cabellos en dos lucientes cocas; sus mejillas estn amapoladas; sus pechos palpitan descubiertos; un gran brial de seda blanca cae sobre el csped y forma a sus pies un remolino airoso. Esta litografa est encerrada en un valo bordeado de un estrecho filete de oro; el valo destaca en una amplia y cuadrada margen blanca, y el cuadro todo est ceido por un ancho y plano marco negro. Junto a l est el retrato en busto de Felipe IV, por Velzquez. Tiene el rey austriaco ancha la cara de mentn saledizo; sus bigotes ascienden engomados por las mejillas fofas; pone la luz un tenue reflejo sobre la abundosa melena que cae sobre la gola enhiesta. Y sus ojos distrados, vagorosos, parecen mirar estpidamente toda la irremediable decadencia de un pueblo. En la tercera pared--en la que se abre la puerta de la alcoba--hay tres cuadros. El primero es una fotografa que lleva por ttulo: _Guadalajara; vista de la carretera por las entrepeas del Tajo._ El ro se desliza ahocinado por su hondo cauce; resbala el sol por los altos peascos y besa las aguas en viva luminaria; y la carretera, a la izquierda, se pierde a lo lejos, en rpido culebreo blanco, por la estrecha garganta. El segundo cuadro es un paisaje al leo de un pintor desconocido y meritsimo: Adelardo Parrilla. Es una tabla pequea. En el fondo cierra el horizonte una fronda verde y brava; cuatro, seis lamos esbeltos se han separado del boscaje y se adelantan a mirarse en un ancho y claro arroyo; sus hojas tiemblan de placer; el cielo es de un violeta plido, tenue. Y el agua--a travs del cristal en que sabiamente est puesto el cuadro--parece que corre, irisa, palpita bajo la luz suave. Al lado de este paisaje hay una fotografa titulada: _Salamanca; vista del seminario desde los Irlandeses._ En primer trmino, una baja techumbre con sus simtricas ringlas de tejas, corre de punta a punta. A la otra banda, en los cuadros de un huertecillo y a lo largo de las paredes blancas de la cerca, se desgrea el claro boscaje de una parra y se esponjan las copas de los frutales florecidos. Ms all, entre el follaje, asoma el remate de un enorme letrero blanco:... _SAL_; ms lejos aparece otra huerta con sus bancales y su noria. Y por todas partes, sobre las albardillas, en los rincones de los patios, cabe a misteriosas ventanas, surgiendo de la oleada de casuchas que se alza, se deprime, ondula entre el bside de los Irlandeses y el Seminario lejano, destaca la apacible copa de un rbol. Sobre los tejados negruzcos las chimeneas ponen su trazo blanco, las lumbreras se abren inquietadoras. Y en el fondo, el Seminario con sus dos cuerpos formidables, trepados por infinitas ventanas, cierra hoscamente la perspectiva. Es primavera; la verdura de los huertos no est an tupida; resaltan alegres las paredes a la luz viva; y las torres y las cpulas de las dos catedrales se yerguen serenas en el ambiente difano. En la tercera pared--sobre la cual est adosada la mesa de trabajo--lucen otras tres litografas de la misma coleccin que la pasada; se titulan: _La Escultura_, _La Poesa_ y _La Pintura_. Entre la primera y la segunda hay colgado un zapatito autntico de una dama del siglo XVIII. Es de tafilete rosa, con la punta agudsima y con el tacn altsimo de madera, aforrado en piel; tiene la cara bordada al realce, con seda blanca. Entre la segunda y tercera litografa penden, de rojas cintas de seda, dos lucientes braserillos de cobre, en los que antao se pona la lumbre para encender pajuelas y cigarros. Debajo, encerrado en un patinoso marco dorado, pendiente de un viejo listn descolorido, hay un dibujo de Ramn Casas. Es una de esas cabezas de mujeres meditativas y perversas en que el artista ha sabido poner toda el alma femenina contempornea. Frente al pupitre, en sencillo marco de caoba, est una fotografa del autorretrato del _Greco_. Destacan en la negrura la mancha blanca de la calva y los trazos de la blanda gorguera; sus mejillas estn secas, arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con melancola a quien frente por frente a l va embujando palabras en las cuartillas. Las paredes del estudio son de brillante estucado blanco; las puertas estn pintadas de blanco; las placas de las cerraduras son niqueladas; el piso, en diminutos mosaicos a losanges azules, blancos y grises, forma una pintoresca tracera encerrada en una ancha cenefa de color lila. Tamiza la luz una persiana verde, y una tenue cortina blanca de hilo vuelve a tamizarla y la difluye con claridad suave. Reina un profundo silencio; de rato en rato suena el grito agudo de un pavo real. Las palomas, que en el palomar de arriba saltan y corren, hacen sobre el techo con sus menudas patas un presto y entrecortado ruido seco. * * * La alcoba es amplia y clara. Recibe la luz por un balcn. Estn entornadas las maderas; en la suave penumbra, la luz que se cuela por la persiana marca en el techo unas vivas listas de claror blanca. Adornan las paredes cuatro fotografas de los tapices de Goya. Las esbeltas figuras juegan, bailan, retozan, platican sentadas en un pretil de sillares blancos; el cielo es azul; a lo lejos la crestera del Guadarrama palidece. Amueblan la alcoba: una cama de hierro, un lavabo de mrmol con su espejo, una cmoda con ramos y ngeles en blanca taracea, una percha, tres sillas, un silln de reps verde. En este silln verde est sentado Azorn. Tiene ante s una maleta abierta. Y de ella va sacando unas camisas, unos pauelos, unos calzoncillos, cuatro tomitos encuadernados en piel y en cuyos tejuelos rojos pone: MONTAIGNE. III Azorn pasa toda la maana leyendo, tomando notas. A las doce, cuando tocan el caracol--a modo de bocina--para que los labriegos acudan, baja al comedor. El comedor es una pequea pieza blanca; en las paredes cuelgan apaisados cuadros antiguos--que como estn completamente negros es de suponer que no son malos--; frente a la puerta destaca un armario, en que estn colocados cuidadosamente los platos, las tazas, las jcaras, guarnecidos por las copas puestas en simetra de tamaos, dominado todo por un diminuto toro de cristal verdoso como los que Azorn ha visto en el museo Arqueolgico. Sirve a la mesa Remedios. Remedios es una moza fina, rubia, limpia, compuestita, callada, que pasa y repasa suavemente la mano por encima de las viandas, oxeando las moscas, cuando las pone sobre la mesa; que coloca el vaso del agua en un plato; que permanece a un lado silenciosa, apoyada la cara en la mano izquierda y la derecha puesta debajo del codo izquierdo; que algunas veces, cuando por incidencia habla, mueve la pierna con la punta del pie apoyada en tierra. Esta moza tan meticulosa y apaada--piensa Azorn--me recuerda esas mujeres que se ven en los cuadros flamencos, metidas en una cocina limpia, con un banco, con un armario coronado de relucientes cacharros, con una ventana que deja ver a lo lejos un verde prado por el que serpentea un camino blanco... * * * Despus de comer, Azorn se tumba un rato. A esta siesta le llama Azorn _la siesta de las cigarras_. No porque las cigarras duerman, no; antes bien porque Azorn se duerme a sus roncos sones. La habitacin est en la penumbra; fuera, en los olmos, comienza la sinfona estrepitosa... Las cigarras caen sobre los troncos de los olmos lentas, torpes, pesadas, como seres que no conceden importancia al esfuerzo extraesttico. Son cenicientas y se solapan en la corteza cenicienta. Tienen la cabeza ancha, las antenas breves, los ojos saltones, las alas difanas. Son graves, sacerdotales, dogmticas, hierticas. Se reposan un momento; saludan un poco desdeosas a los rades agazapados en las grietas; miran indiferentes a las hormigas diminutas que suben rpidas en procesin interminable. Y de pronto suena un chirrido largo, igual, uniforme, que se quiebra a poco en un ris-rs ligero y cadencioso. Luego, otra cigarra comienza; luego, otra; luego, otra... Y todas cantan con una algaraba de ritmos sonorosos. IV Azorn gusta de observar las plantas. En sus paseos por el monte y por los campos, este estudio es uno de sus recreos predilectos. Porque en las plantas, lo mismo que en los insectos, se puede estudiar el hombre. Quiz parezca tal aserto una paradoja; pero los que no creen que slo en el hombre se manifiesta la voluntad y la inteligencia, es decir, los que son un poco paganos y lo ven todo animado, desde un cristal de cloruro de sodio hasta el _homo sapiens_, no encontrarn lo dicho paradjico. Las plantas, como todos los seres vivos, se adaptan al medio, varan a lo largo del tiempo en sus especies, triunfan en la concurrencia vital. Los que se adaptan y los que triunfan son los ms fuertes y los ms inteligentes. Y este triunfo y esta adaptacin, no constituyen una finalidad? Y puede nunca ser obra del azar ciego una finalidad, cualquiera que sea? No, la seleccin no es una obra casual; hay una energa, una voluntad, una inteligencia, o como queramos llamarlo, que mueve las plantas como el mineral y como el hombre, y hace esplender en ellos la vida, y los lleva al acabamiento, de que han de resurgir de nuevo, en una u otra forma, perdurablemente. As nadie se extrae de que digamos que existen plantas buenas y plantas malas; unas poseen salutferos jugos; otras, ponzoas violentsimas. Pero como no hay nada bueno ni malo en s--como ya not Hobbes--y la tica es una pura fantasa, podra resultar en ltimo caso que las plantas no son buenas ni malas. Sin embargo, esto sera destruir una de las bases ms firmes de la sociedad; la moral desaparecera. Por lo tanto, hemos de mantener el criterio tradicional: las plantas, unas son buenas y otras son malas. Las hay tambin que, como muchos hombres, viven a costa del prjimo; es decir, son explotadoras, lo cual sucede, por ejemplo, con las orobancas, que crecen sobre ajenas races. Otras, en cambio, vienen a ser lo que las clases productoras en las sociedades humanas. Linneo llam a las gramneas _los proletarios del reino vegetal_. No le faltaba razn a Linneo, porque no hay entre todas las plantas otras ms humildes, ms laboriosas, y, sobre todo, ms resignadas. Las plantas aman unas la vida libre y sacudida; otras el trato poltico y medido; aqullas viven en las montaas; stas crecen a gusto recoletas en los jardines y en los huertos. Sin embargo, as como de las familias campesinas salen a veces sutiles cortesanos, as tambin las plantas campestres se truecan en urbanas. Ello debe de ser, en parte al menos, obra de los hortelanos. Los hortelanos son arteros y maliciosos; ya lo dicen los viejos sainetes y los cuentecillos de las _florestas_. Con sus maas los hortelanos persuaden a las plantas silvestres a que dejen sus parajes bravos; les dicen que en los cuadros de los huertos lucirn ms su belleza; que tendrn lindas compaeras; que, en fin, estarn mejor cuidadas. Las plantas se dejan seducir: quin se resiste a los halagos de la vanidad? De las montaas pasan a los huertos, como, por ejemplo, el tomillo, que de _silvestre_ se convierte en _salsero_; o lo que es lo mismo, de hosco y solitario se cambia en sociable, y como tal da gusto con su presencia a las salsas y asaborea gratamente las conservas. Sucede, sin embargo, que del mismo modo que los campesinos no logran hacerse nunca por completo a la vida de las ciudades, en las cuales parece que les falta sol y aire, y en las que se encuentran molestos por sus mil triquiuelas, hasta el punto de que enflaquecen y se opilan, del mismo modo estas plantas selvticas que vienen a los huertos, crecen en ellos desmedradas y acaban por perecer si no se las acorre oportunamente. Estos auxilios a que aludo los conocen los hortelanos: consisten en plantar entre ellas, para ayudarlas, otras plantas alegres y animosas que les quiten las tristes aoranzas; por ejemplo: las orucas, que confortan y animan a la manzanilla; el organo, la mejorana, la toronjina y otras tales. La higuera es tambin muy amiga de la ruda; el ciprs, de la avena; y as por este estilo podran irse nombrando, si hiciera falta, muchas amistades y predilecciones de las plantas, que, como es natural, tambin tienen sus odios y sus desavenencias. Quin contar, por otra parte, sus buenas y malas cualidades? Crea el lector que es empresa ardua, pero, con todo, intentaremos decir algo. La borraja es alegre; quien la coma puede estar seguro de tener nimo divertido. En cambio, la berenjena trae cogitaciones malignas a quien la gusta. Dicen los autores que es una planta de mala complexin. S lo es; los hortelanos, para quitarle algo de sus intenciones aviesas, plantan junto a ellas albahacas y tomillos; estas hierbas, como son bondadosas e inocentes, acaban por amansar un poco a las berenjenas. Las espinacas y el perejil son metdicos, amigos del orden, muy apegados a la casa donde siempre han vivido y donde, por decirlo as, estn vinculadas las tradiciones de sus mayores. Lo cual significa que tanto la espinaca como el perejil _no quieren_ ser trasplantados. Esta frase es de un viejo tratadista de horticultura; yo creo que hubiese encantado al autor de _La Voluntad de la Naturaleza_, o sea, Schopenhaer. Tambin acompaa a estas plantas en sus ideas conservadoras la hierbabuena. Ya el nombre lo dice: es una buena hierba. Pero si no estuviera ya honrada suficientemente por su mismo nombre, habra que declarar a la hierbabuena emblema del patriotismo. No existe ninguna hierba que se aferre ms a la tierra donde ha crecido; se la puede arrancar, perseguir con el arado y la azada... es intil; la hierbabuena vuelve a retoar indmita. La cebolla es recia, valerosa, ardiente. Su linaje pica en ilustre; algunos pueblos remotos se dice que la adoraban, y los soldados romanos la coman para ganar fortaleza con que vencer a los pueblos extraos. De modo que se puede decir que la cebolla ha dado a los Csares el imperio del mundo. No olvidemos otro dato importante. El Rey Sabio, que recomienda en sus _Partidas_ que los barcos de las escuadras lleven yeso para cegar a los adversarios y jabn para hacerles resbalar, no se olvida tampoco de encarecerles que se provean tambin de cebollas, porque las cebollas--dice l--les librarn del corrompimiento del yacer de la mar. La calabaza tiene de dctil lo que la cebolla tiene de fuerte; pudiera decirse, sin intencin malvola, que la calabaza simboliza la diplomacia. La calabaza se pliega a todo, contemporiza, transige, posee un alto sentido mimetista. Si se la pone cuando es pequea dentro de una caa hueca, corre por dentro y toma su forma; y si se la deposita en jarros y pucheros de formas extraas, o aun en los ms humildes recipientes, tambin se adapta a ellos y crece segn el molde. La albahaca es caprichosa; todas las plantas han de ser regadas, segn la buena horticultura, por la maana o por la tarde; la albahaca pide el riego a medioda. Esta planta, tan ufana con su agradable aroma, parece una mujer bonita. Los viejos dicen que el olerla produce jaquecas; tambin las producen las mujeres bonitas. El cilandro es apasionado; ama al ans. Dicen los labradores que es el macho del ans; as lo parece. l ama al ans con locura, junta sus tallos a sus tallos, acaricia sus hojas, besa sus olorosos frutos pubescentes. El cilandro tambin es oloroso, pero su olor es hediondo. Vais a cogerlo, lo apauscis entre los dedos y lo soltis aina. Esta es una superchera del cilandro; es que no quiere ser cogido entonces, cuando est verde, cuando es joven, cuando puede gozar an de la alegra y del amor. Dejad que envejezca, es decir, que se seque, y entonces cogedlo y veris cmo sus frutos despiden una fragancia exquisita, que es como un recuerdo delicado de sus pasadas ilusiones. La malva es humilde; no requiere cultivo, ni necesita ninguna clase de cuidado. Crece en cualquier sitio, y es tan modesta y tan exorable, que aun las mismas durezas y tumefacciones de los hombres ablanda. Pero con ser tan humilde, guarda esta hierba una ambicin secreta y de tal magnitud, que casi se puede afirmar que es una monstruosidad. Esta planta est enamorada del sol! Cuando el sol sale, ella abre sus hojas; cuando se pone, las cierra en seal de tristeza; no vive, en resolucin, sino para su amado. Es el eterno caso del villano que se enamora de la princesa. En cambio, la arrebolera tiene por el sol un profundo desprecio; cierra sus flores de da y las abre de noche. Hace bien la arrebolera? Azorn cree que s. Francisco de Rioja le dedic una silva, y en ella aprueba su conducta en versos que parecen hechos para censurar la insana pasin de la malva. Vase lo que dice Rioja: Oh, como es error vano fatigarse por ver los resplandores de un ardiente tirano, que impo roba a las flores el lustre, el aliento y los colores! Todas las plantas tienen, en suma, sus veleidades, sus odios, sus amores. Las pasiones que nosotros creemos que slo en el hombre alientan, alientan tambin en toda la Naturaleza. Todo vive, ama, goza, sufre, perece. El cido y la base se estrechan en la sal; el cilandro ama al ans; el hombre ansa las bellas criaturas que palpitan de amor entre sus brazos. V Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades humanas. Los socilogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y las abejas se agrupan en urbes regimentadas sabiamente; son metdicas unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son humildes, son industriosas. Las araas, en cambio, no se agrupan en sociedad jerarquizada; son los ms fuertes de todos los insectos. Los naturalistas se plaen de su insociabilidad. Y no hay animal ms difundido sobre el planeta. Viven bajo las aguas, como la argironeta; corren sobre la superficie de los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada so las piedras, como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como la teniza minera; se columpian en areas redes, como la tejenaria. Corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido esencialsimo, el amor a la raza. El amor a la raza est en las araas sobrepuesto a todo inters peculiarsimo. La raza ha de ser fuerte, recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora despiadadamente al macho dbil que se le acerca a cortejarla. Y de este modo slo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones su audacia y fortaleza. Es un animal nietzschano la araa? Yo creo que s. Y entre todas las araas hay un orden que ms que ningn otro profesa en el reino animal esta novsima filosofa que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de estos arcnidos--Ron, King y Pic--ha estudiado Azorn pacientemente. A continuacin doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excseme el lector si las encuentra deficientes, y vea slo en estas lneas un modesto intento de contribuir al estudio de la sociologa comparada. * * * Ron es un varn fuerte, a quien los naturalistas llaman _saltador escnico_, y dicen que es de la clase de los _aracnoides_, y aseguran que pertenece al orden de los _atidos_. Los saltadores son los ms intelectuales y elegantes de los arcnidos. No son metdicos, no son extticos. Corren, brincan, se mueven prestamente. No fabrican urdimbres donde permanecer hastiados; no labran agujeros donde esperar aburridos. Son mundanos, son errabundos. Vagan ligeros por las puertas y por las paredes soleadas. Persiguen las moscas; las atrapan saltando. Y de este modo han sabido unir a la utilidad la belleza, puesto que su caza es un deporte airoso. Ron vive en una confortable casa; tiene catorce centmetros de larga y seis de ancha. Son de cartn sus muros, es de cristal su techumbre. El interior es blanco. Y en la blancura, Ron va y viene gallardo y se destaca intenso. Ron es grande; mide ms de un centmetro; tiene henchido el abdomen; su cuerpo parece afelpado de fina seda; sobre el fondo blanquecino resaltan caprichosos dibujos negros. Ron es ligero; tiene ocho patas cortas. Ron es polividente; tiene en la frente dos ojuelos negros, flgidos; y junto a stos, a cada lado, otros dos ms pequeos; y encima de stos, sobre la testa, otros dos diminutos. Ron es nervioso; tiene dos palpos, como minsculos abanicos de plumas blancas, que l mueve a intervalos con el movimiento rtmico de un nadador. Ron es voluble; corre por pequeos avances de dos o tres segundos; se detiene un momento; yergue la cabeza; da media vuelta; se pasa los palpos por la cara; torna a correr un poco... Azorn cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa. El ha entrado tranquilo, indiferente, impasible; luego ha dado una vuelta con el discreto desdn de un hombre de mundo. Azorn lo observaba; esta frivolidad le ha molestado un poco. Y, sin embargo, esta frivolidad no era ficticia. He aqu la prueba: Ron, _sin pensarlo_, ha dado un topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja. La mosca se ha sobresaltado un tanto. Entonces Ron, ya vuelto a la realidad, ha advertido su presencia. He hecho una tontera--debe de haber pensado--; tena aqu a mi lado una mosca y yo estaba completamente distrado. Inmediatamente ha retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centmetros. Ha transcurrido un instante de espera. Ron se contrae, se repliega como un felino. Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centmetro; luego, ms lentamente, otro centmetro; luego se para, aplanado, encogido. La mosca est inmvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta segundos, solemnes, angustiosos, trgicos. La mosca hace un ligero movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No, no se marchar; Ron la tiene bien cogida. Las moscas--debe de pensar l, que, como hombre de grueso abdomen, ser conservador, y como conservador, creer en las causas finales--; las moscas se han hecho para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se ha criado para que yo me la coma. Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como queriendo convencerla de su teleologa. Azorn no sabe si la mosca quedar convencida; ello es que sus patas han cesado de moverse y que Ron se la lleva a un ngulo, donde permanece quieto con ella un gran rato. Despus de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como limpindosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva tambin su segunda pata izquierda a la boca, como si se estuviese hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco ms de un minuto. En la succin del trax emplea Ron veintiocho, treinta, treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre no aprieta, suele desdear el abdomen; esto es plausible. Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y cae de pie con suave movimiento elstico. De cuando en cuando se frota los ojos con los palpos, con gesto inteligentsimo. A las moscas las percibe a 12 centmetros de distancia. Entonces se yergue gallardo como un len; alza la cabeza; pone las dos patas delanteras en el aire; las observa atento; se vuelve rpido cuando ellas se vuelven... La Naturaleza es maravillosa; estos saltadores diriase que son felinos diminutos. Ron es audaz y feroz. Azorn ha soltado en la caja un moscardn fuerte y voluminoso. Es grisceo; tiene cerca de dos centmetros; salta e intenta volar, y cuando cae de espaldas hace sobre el cartn un ruido sonoro de tambor. Ron, al principio, se ha azorado un poco de este estrpito. Corra velozmente; no me atrevo a decir que hua. Este bicho--pensara l--es demasiado grande para m. Luego, cuando el moscardn se ha amansado, Ron, que estaba a su derecha, ha descrito un perfecto medio crculo y se ha colocado frente a frente de su adversario. Entonces el moscardn se ha movido, y Ron ha desandado el camino recorrido. Despus ha tornado a describir el medio crculo, y como el moscardn se estuviese quedo, se ha lanzado contra l audazmente. He dicho que Ron es feroz; aadir que no tiene ni un tomo de piedad. Esto de la piedad es cosa para l totalmente desconocida. Azorn ha metido en la caja un saltador joven, casi un nio, a juzgar por su aspecto, puesto que caminaba lentamente y apenas saba hacer nada. Pues bien; a la maana siguiente, Azorn ha visto que los despojos de este saltador pendan de una de las paredes; lo cual indica que Ron lo haba devorado durante la noche. Ha soltado tambin Azorn en la caja una tejenaria, o sea una de esas araas domsticas de largas patas. Qu ha sucedido con esta tejenaria? Lo primero que ha hecho esta araa es fabricar una tela en medio de la caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa asaz absurda, porque las moscas son para Ron, segn su filosofa teleolgica. En su tela permaneca inmvil la tejenaria; cuando se daba un golpecito sobre el cristal, se agitaba en un baile frentico. As ha permanecido dos das, y al fin ha sucedido lo que haba de suceder, es decir, que Ron ha devorado tambin a la tejenaria. He de declarar que Ron tiene una cama. Esta cama es como una especie de hamaca, que l ha colgado en un rincn; en ella dormita algunos ratos despus de haber comido. Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo est sembrado de cadveres. Al principio, Ron vea uno de estos cadveres y los crea cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorn ha observado que en una ocasin, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con discrecin a un cadver y ha alargado una pata y lo ha tocado ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo. * * * King es ms chico que Ron. Es delgado y negro; los palpos los tiene tambin negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base. Vive en una casa ms pequea. King ha probado a correr por el cristal y no poda. Luego se ha comido dos moscas y se deslizaba por l perfectamente. Sin duda, este saltador haca tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por consiguiente, bastante dbil. King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta y cinco segundos. En sorber el trax emplea treinta y un minutos; desdea el abdomen. King, como todas las araas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la maana siguiente, todas, sean las que fueren, aparecern muertas. * * * Pic es el ms pequeo de todos y el que ms ancha casa habita. Pic mide medio centmetro; tiene tambin negros los palpos, y el cuerpo es a rayas pardas y blancas, que le cogen de arriba abajo, como esos bellos trajes del Renacimiento italiano. Es, indudablemente, Pic un nio de estirpe principesca. Es gallardo, vivo; se yergue hasta poner en el aire las cuatro patas anteriores; sube por las paredes, y corre, seguro, por el cristal; da, de cuando en cuando, rpidos saltitos; se deja caer del techo, y permanece un instante balancendose cogido a un hilo tenue. Cuatro moscas le han sido puestas en la caja; cuando se encuentra con alguna, huye azorado. Decididamente--ha pensado Azorn--, es muy nio an este saltador para atreverse con una mosca. Toda la tarde ha estado Pic sin tocarlas; a la maana siguiente, cuando Azorn ha ido a ver qu tal haba pasado Pic la noche, ha encontrado las cuatro moscas difuntas. Porque Pic ser pequeo, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyndola, sin duda, muerta; la mosca suelta una patada; Pic se queda atnito. Despus se vuelve a acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone de pie. He aqu un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario, salta sobre ella tratando de cogerla; la mosca, como es natural, es esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es pequeito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo lleva un momento revolando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra afianzarla en un rincn, donde la mosca permanece cuatro minutos pataleando, y al cabo sucumbe. VI Azorn, cansado de los insectos y de las plantas, se ha venido a Monvar. La casa que Azorn habita en Monvar est en la calle del Bohuero, esquina a la de Masianet, en lo alto de la pendiente sobre que el pueblo se asienta, en limpia hilera de viviendas bajas, en un barrio silencioso, blanco, soleado. La casa de Azorn tiene una fachada pequea, jaharrada de albo yeso, con dos ventanas diminutas. Desde la esquina se divisa abajo, al final de la calleja, el boscaje de un huerto, una palmera que arquea blanda sus ramas, una colina que se perfila sobre el azul luminoso del cielo. La entrada de la casa est pavimentada con grandes losas cuadradas; la amueblan seis sillas de esparto y una mesita de pino. En un ngulo est el cantarero, que es una gran losa, finamente escodada, empotrada en la pared y sostenida por otras dos losas verticales. Encima del cantarero se yerguen cuatro cntaros, y encima de cada cntaro, acomodadas en su ancha boca, cuatro alcarrazas que rezuman en brilladoras gotas. Y hay tambin una tinaja con una tapadera de palo, y un pequeo lebrillo puesto en un soporte que est clavado en el centro de un pintoresco cuadro de azulejos, y una toalla limpia que cuelga de la pared y flamea al viento que se cuela del patio. El cual patio est tambin enlosado y tiene una cisterna en un ngulo, que recibe sus aguas de un canal de latn que recorre el borde del tejado, que desciende por la pared, que llega a una pila repleta de menuda grava por donde las aguas se filtran y bajan en un claro raudal a lo profundo. Una parra se enrosca a un varillaje de hierro, extiende su toldo verde, festonea un balconcillo de madera. A este balcn es al que se asoma Azorn de cuando en cuando, porque es el de su cuarto, y aqu en este cuarto es donde l pasa sus graves meditaciones y sus tremebundas tormentas espirituales. Azorn se sienta, lee un momento, baja, sale, tambin de cuando en cuando, a la puerta. Salir a la puerta es una cosa que no se puede hacer en Madrid; es una de las pequeas voluptuosidades de provincias. Salir a la puerta es asomarse, un poco indeciso, un poco hastiado, mirar al cielo, escupir, saludar a un transente, auparse el pantaln... y volverse adentro, hasta otra media hora, en que volver a salir, tambin cansado, tambin indeciso, a escudriar la monotona del cielo y la soledad de la calle. Otras veces Azorn permanece largos ratos en una modorra plcida, vagamente, trado, llevado, mecido por ideas sin forma y sensaciones esfumadas. Cerca, en la casa de al lado, hay un taller de modistas, y a ratos estas simples mujeres cantan largas tonadas melanclicas, tal vez acompaadas por la guitarra de un visitador galante. Y las voces frescas y traviesas vuelan junto a las voces serias y graves, que las persiguen, que las amonestan, que reclaman de ellas cordura, mientras las notas de la guitarra, prestas, armoniosas, volubles, se mezclan agudas en los retozos de las unas, se adhieren profundas a los consejos de las otras. Y Azorn escucha a travs de su letargo este concierto de centenarias melodas, este concierto de melodas tan dulces, tan voluptuosas, que traen a su espritu consoladoras olvidanzas. VII Entonces, cuando una dbil claridad penetra por las rendijas de la ventana, se oye sobre la canal de latn, que pasa sobre ella, un traqueteo sonoro, ruido de saltos, carreras precipitadas, idas y venidas afanosas. Y los trinos alegres se mezclan a este estrpito y sacan a Azorn de su sueo. Todo est an en silencio. La calle reposa. Y de pronto suena una campana dulce y aguda: en el umbral de una puerta aparece una vieja vestida de negro con una sillita en la mano. El cielo est azul; en lo hondo, las palmeras del huerto destacan sus ramas pndulas; detrs aparecen los senos redondos de la colina yerma. Ya los pardillos han descendido del tejado hasta el patio. Desde la parra caen rpidos sobre las losas del piso y corren a saltitos comiendo las migajas que Azorn ha esparcido por la noche. Cacarea a lo lejos un gallo; suena el grito largo de un vendedor; se oye sobre la acera el rascar de una escoba. Y la campana vuelve a llamar con golpes menuditos. La ciudad ha despertado. Tintinea a lo lejos una herrera, y unos muchachos se han sentado en una esquina y tiran contra la pared, jugando, unas monedas. El sol reverbera en las blancas fachadas; se abre un balcn con estrpito de cristales. Y luego, una moza se asoma y sacude contra la pared una escoba metida en un pequeo saco. Cuatro o seis palomas blancas cruzan volando lentamente; al final de la calleja, baada por el sol, resalta la nota roja de un refajo. Y en el horno cercano comienza el rumor de comadres que entran y salen con sus tableros en la cabeza. Se percibe un grato olor a sabina y romero quemados; una blanca columna de humo surte del tejado terrero; parlan a gritos la hornera y las vecinas. Y una campana tae a lo lejos con lentas, solemnes vibraciones. La ciudad est ya en plena vida cotidiana. Se han abierto todas las puertas; los carpinteros trabajan en sus amplios zaguanes alfombrados de virutas; van las mozas con sus cntaros a coger el agua en las fuentes de rojo mrmol, donde los caos caen rumorosos. Y de cuando en cuando, al pasar junto a un portal, se oye el traqueteo ligero de los bolillos con que las nias urden la fina randa. VIII Hoy Azorn ha causado un pequeo desorden en una casa. Lo ha hecho sin querer. El iba tranquilamente por una calle cuando ha levantado la cabeza, y ha visto en un balcn a un amigo. Este amigo suyo, a quien haca mucho tiempo que no vea, le ha llamado. Cmo negarse a los requerimientos de la amistad? No era discreto negarse, tanto ms, cuanto este amigo es un excelente pianista, y Azorn se ha regodeado ya por adelantado con unos cuantos fragmentos de buena msica. Tena razn en sus augurios. Despus de saludarse los dos antiguos amigos y hablar de algo, aunque no tenan que decirse nada (cosa que ocurre casi siempre que se encuentran dos amigos al cabo de largos aos); despus, digo, de cambiar cuatro frivolidades, Azorn ha rogado a su amigo que tocase. Este amigo ha titubeado algo antes de sentarse al piano. Por qu dudaba? No sera porque Azorn le infundiese respeto; Azorn es un hombre vulgar, aunque escriba todo lo que quiera en los peridicos (o por eso mismo de que escribe); las perplejidades de su amigo obedecan a otra causa; ya se dir despus. Sin embargo, el amigo ha abierto el piano; luego se ha atrevido a preludiar unas notas. Digo que se ha atrevido, porque tambin antes de poner los dedos en el teclado pareca irresoluto, bien as como si fuese a cometer una enormidad. Pero si era una enormidad, al fin ha sido cometida. Y bien cometida. Porque el pianista ha tocado un concierto de Humel (pera 83, hay que ser precisos); luego la sinfona de _El Barbero de Sevilla_ (que al maestro Yuste gustaba tanto y que Azorn ha odo profundamente conmovido); y, por ltimo, los dedos seguros y expertos del pianista han hecho brotar las notas enrgicas, altivas, con que comienza el conocido concierto de Chopn en _mi menor_... Yo no voy a expresar ahora lo que Azorn ha sentido mientras llegaba a los senos de su espritu esta msica delicada, inefable. El mismo epteto que yo acabo de dar a esta msica me excusa de esta tarea: _inefable_, es decir, que no se puede explicar, hacer patente, exteriorizar lo que sugiere. Cuando ha terminado de tocar el pianista, l y Azorn han hablado de otras pocas cosas indiferentes, y luego Azorn se ha retirado. Dnde est el escndalo?--preguntar el lector. El escndalo est en que en esta casa se haya tocado el piano. Es muy difcil explicar a un lector cortesano, o sea a un hombre que vive en una gran ciudad, donde los dolores son fugitivos, el ambiente de dolor, de tristeza, de resignacin, casi agresiva--y pase la anttesis--que se forma en ciertas casas de pueblo cuando se conlleva un duelo por la muerte de un deudo. El deudo que ha muerto aqu es lejano y hace muchos meses que ha muerto. Durante todos estos meses el piano ha permanecido cerrado. Esta tarde ha sido la primera vez que se ha abierto; no poda negarse el amigo a la recuesta del amigo. Hubiera sido ridculo? Hubiera sido ridculo; pero, en cambio, lo que ha sucedido ha sido trgico. Estas notas de los grandes maestros han resonado audazmente en toda la casa; desde el fondo de las habitaciones lejanas, las mujeres enlutadas--esas mujeres tristes de los pueblos--oiran llenas de espanto y de indignacin las melodas de Chopn y Rossini. Una rfaga de frescura y sanidad ha pasado por el aire; algo pareca conmoverse y desgajarse... Y yo siento, al llegar aqu, el tener que dolerme de que las palabras a veces sean demasiado grandes para expresar cosas pequeas; hay ya en la vida sensaciones delicadas que no pueden ser expresadas con los vocablos corrientes. Es casi imposible poner en las cuartillas uno de estos interiores de pueblo en que la tristeza se va condensando poco a poco y llega a determinar una modalidad enfermiza, malsana, abrumadora. He aqu dos o tres seres humanos que viven en un casern oscuro, que van enlutados, que tienen las puertas y las ventanas cerradas, que mantienen vivas continuamente unas candelicas ante unos santos, que rezan a cada campanada que da el reloj, que se acuerdan a cada momento de sus difuntos. Ya en esta pendiente se desciende fcilmente hasta lo ltimo. Lo ltimo es la muerte. Y la muerte est continuamente ante la vista de estos seres. Un da, una de estas mujeres se siente un poco enferma; suspira; implora al Seor; todos los que la rodean suspiran e imploran tambin. Ya ha huido para siempre la alegra. Es grave la dolencia? No, la dolencia est en el medio, en la autosugestin; pero esta autosugestin acabar por hacer enfermar de veras a esta doliente y a todos los de la casa. As pasan dos o tres meses, y se va viendo que la enferma va empeorando. Las pequeas contrariedades parecen obstculos insuperables: un grito ocasiona un espasmo; la cada de un mueble produce una conmocin dolorosa... No se sale ya de casa; las puertas estn cerradas da y noche; se anda sigilosamente por los pasillos. De cuando en cuando un suspiro rasga los aires. Y parece que todo el mundo se viene encima cuando hay que ponerse en contacto con la multitud y salir a evacuar un negocio en que es preciso hablar, insistir, volver, porfiar. La autosugestin hace entretanto su camino; la enferma, que ya andaba poco, acaba por no moverse de su asiento. Para qu pintar las diversas gradaciones de este proceso doloroso? En todos los pueblos, en todos estos pueblos espaoles, tan opacos, tan sedentarios, tan melanclicos, ocurre lo mismo. Se habla de la tristeza espaola, y se habla con razn. Es preciso vivir en provincias, observar el caso concreto de estas casas, para capacitarse de lo hondo que est en nuestra raza esta melancola. Bastara abrir las puertas y dejar entrar el sol, salir, viajar, gritar, chapuzarse en agua fresca, correr, saltar, comer grandes trozos de carne, para que esta tristeza se acabase. Pero esto no lo haremos los espaoles; y mientras no lo hagamos, las notas de un piano pueden causar una indignacin terrible. Esto es lo que ha ocurrido en la casa del amigo de Azorn. Azorn lo siente y se explica ahora por qu el piano estaba lleno de polvo y por qu la lmpara elctrica del gabinete no tena bombillas. IX Esta pieza, donde la buena vieja est siempre sentada, es el comedor. Este comedor tiene las paredes cubiertas con papeles que representan un bosque, una catarata cruzada por un puentecillo rstico, una playa de doradas arenas, en las que aparece encallada una barquichuela. En un ngulo hay una rinconera con un loro disecado; en el otro ngulo hay otra rinconera con un despertador que siempre marcha con su tic-tac montono. Yo creo que este tic-tac y el loro, que se inclina inmvil sobre su alcndara, son los nicos compaeros de la pobre vieja. Qu hace esta vieja? La casa es pequea y oscura; la puerta siempre est cerrada; no entra ni sale nadie. Por la maana la vieja se levanta y suspira: Ay, Seor! Luego se sienta en el comedor, junto a la ventana que da al solitario y diminuto patio. All coge una media que est haciendo y se pone a trabajar. Suenan campanadas lejanas; la vieja vuelve a suspirar. Por qu suspira? Hace diez aos que vive as; no se sabe para qu vive. Ella no hace ms que pensar en que se ha de morir; lo piensa todos los das y en todos los momentos desde hace diez aos, que fue cuando falt su marido. Si oye unas campanadas se acuerda de la muerte; si ve una carta de luto se sobresalta un poco; si dicen en su presencia: Caramba!, yo crea que se haba usted muerto, entonces se pone plida y cierra los ojos... Por eso lo mejor que ha hecho es no salir de casa para no ver a nadie ni or nada; slo sale de tarde en tarde a alguna novena. Aqu, dentro de casa, est completamente sola; ya sus antiguas amigas se han muerto; no tiene tampoco hijos. Y, sin embargo, a pesar de que no ve a nadie ni oye nada, ella se acuerda siempre de la deuda terrible. Esta es la causa de que est suspirando desde por la maana hasta por la noche. Cuando llega la noche, la vieja enciende una capuchina y la pone sobre la mesa. En el recazo de esta capuchina hay unos fsforos usados; de estos fsforos coge uno la vieja, lo enciende en la capuchina, y luego enciende un poco fuego, en el que hace su cena. No es mucho lo que cena: cena lo bastante para pasar la vida--esta vida que al fin, tarde o temprano, se ha de acabar. Esto es lo que piensa tambin la vieja; y entonces suspira otra vez: Ay, Seor! Luego que ha cenado, reza unas oraciones. Terminadas las oraciones, coge la lamparilla y se dirige a _la sala_, y entra en la alcoba. En la alcoba hay una cama grande de madera pintada; hay tambin un cuadro que representa a la Divina Pastora. La vieja reza un poco ante este cuadro. Y luego se acuesta, y se duerme pensando que esta noche acaso sea la ltima de su vida. * * * Esta tarde la vieja ha ido a la novena. Es una novena que le hacen a San Francisco. Delante de la iglesia se abre una plazoleta plantada de acacias; en el fondo luce un huerto con frutales y palmeras. San Francisco cae por Octubre. Los pmpanos comienzan a amarillear; sopla el viento por las noches y hace gemir una ventana que se ha quedado abierta; el cielo se cubre de nubes plomizas, y llueve de cuando en cuando en largas cortinas de agua. La vieja, sin embargo de que hace mal tiempo, ha salido a la novena. Mejor hubiera sido que no lo hubiera hecho, porque en la puerta de la iglesia le han dado una mala noticia. --Sabe usted? Don Pedro Antonio se ha muerto... La vieja se ha puesto plida. Don Pedro Antonio estaba muy viejo; ella tambin est muy vieja; luego puede morirse lo mismo que l cualquier da. Sin embargo, recapacita y dice que don Pedro Antonio padeca de muchos achaques y era natural que se muriera. Despus pregunta de qu se ha muerto, y le contestan que se qued de pronto fro porque le falt el aire, es decir, que se ahog. Entonces la vieja piensa que ella padece tambin de asma y que bien puede suceder que un da le falte el aire como a don Pedro Antonio. Ya no le hace provecho la novena. La vieja est muy triste; no somos nada; en un momento podemos vernos privados de la vida. Seor, Seor--dice la vieja--, por qu pones ante m la muerte a todas horas? Ya que me he de morir, llvame de este mundo sin angustias y sin sobresaltos. Pero el Seor no oye a la pobre vieja. A la mitad de la novena sale de la sacrista un monaguillo que lleva un farol y va tocando una campanilla; detrs viene un clrigo con el Vitico. Es que van a llevrselo a un enfermo que agoniza... La vieja al verlo sufre una gran conmocin. Y vuelve a suspirar y a invocar al Seor, mientras entre sus dedos secos van pasando los granos del rosario. De que se ha terminado la novena vuelve a su casa la vieja. Algunas veces se detiene en la puerta charlando un momento; pero esta tarde est tan triste por las emociones recibidas, que no tiene gusto de hablar con nadie. * * * Este ao ha apedreado. El aparcero que lleva las tierras de la vieja ha venido y se lo ha dicho. Ella ya haba visto caer los granizos en su patio, a travs de la ventana del comedor. Las tierras son muy pocas; ella, verdad es que necesitaba muy poco para vivir. Pero este ao, qu va a hacer? Quin la socorrer? El tic-tac del reloj suena montono; el loro la mira con sus ojos de vidrio. La vieja piensa en su soledad y en su tristeza. Todas las pequeas contrariedades que ha ido sufriendo durante diez aos vienen ahora a condensarse en una catstrofe grande. Hace un da nublado; la vieja deja la media en el pequeo tabaque de mimbre y se pone a mirar al cielo--a este cielo que le ha apedreado sus vias. Pero es muy breve el tiempo que permanece mirndolo, porque de pronto suenan en la calle unos cantos terribles. Qu son estos cantos? Son sencillamente los responsos que van echndole a un muerto que llevan a enterrar. Al orlos, la vieja siente que un gran terror se apodera de todo su cuerpo. No, no; esos cantos no son para el muerto que pasan por la calle, sino para ella. Y entonces se recoge en su asiento, toda arrugadita, toda temblorosa, y llora como una nia. Cuando se ha hecho de noche, la vieja se ha levantado y ha encendido la capuchina. Sonaban, unas largas, otras breves, las campanadas del Angelus, y ella ha rezado sus habituales oraciones a la Virgen. Despus de estos rezos, ella tiene por costumbre hacer la cena; pero esta noche no la ha hecho. No tena apetito; era tan grande su dolor, que no tena ganas ni siquiera de abrir la boca. De modo que despus de rezar otra vez se ha dirigido a la sala. En la sala ha tenido una tentacin. Por qu no decirlo? S, ha tenido una tentacin; es decir, ha querido mirarse al espejo. Estar ella tan vieja como piensa? Se podr colegir por el aspecto de su cara si ha de vivir an algunos aos? Ello es que ha ido a mirarse al espejo; pero valiera ms que no hubiese ido. Cuando ha acercado la luz al cristal ha visto una araa que corra por l. La araa era pequeita; pero tal susto se ha llevado, que por poco si deja caer la lamparilla. Y ahora s que ha sentido que este presagio le anunciaba que todo iba a acabar para ella. Cundo? Acaso esta noche. Con estas ideas se ha quedado dormida. Cuando a la maana siguiente han llamado para llevarle el pan, viendo que no abra, han tenido que forzar la puerta. La vieja estaba muerta en su cama. Tal vez haba tenido alguna espantosa pesadilla. X Este viejo est llorando. Este viejo tiene un bigote blanco, recortado, como un pequeo cepillo; viste un pantaln a cuadritos negros y blancos; lleva unos lentes colgados de una cinta negra; se apoya en un bastn de color de avellana, con el puo de cuerno, en forma de pata de cabra. Este viejo llora de alegra. Se ha pasado toda su vida en el teatro; cuando vio su fortuna deshecha se vino al pueblo. Aqu ha organizado una compaa de aficionados; no poda estarse quieto. Esta noche es la primera que trabajan. El viejo va y viene con pasito ligero y menudo por el escenario, entra en los cuartos de los cmicos, sube al telar, desciende al foso. Lleva en la mano un libro delgado; de cuando en cuando se para bajo una luz y lee un poco; otras veces se dirige a un carpintero que da fuertes martillazos y le dice: --No, ese rbol no debe ir aqu. No comprende usted que colocar un rbol aqu es un absurdo? El carpintero no comprende que colocar un rbol all es un absurdo, pero lo coloca en otra parte; lo mismo le da a l. Despus el viejo da con el libro en una mano fuertes golpes y llama: --Pedro! Pedro!... A ver, que suban una verja para el fondo del jardn. Pedro dice que no hay ninguna verja. Entonces l replica que s, que acaba de verla. Cmo puede haberla visto si no la hay? As lo afirma Pedro, pero, sin duda, Pedro est trascordado, porque el viejo insiste en que l la ha visto. Y se va corriendo hacia el foso y baja las escaleras a saltitos. Llega al foso, y efectivamente no hay verja. Lo que hay es una empalizada de un huerto. Esto le contrara un poco al viejo; pero en fin acuerdan poner la empalizada. La realidad escnica padecer con este detalle; pero, despus de todo, si se piensa bien, puede haber jardines que tengan empalizadas. El viejo deja el bastn y se pone a arreglar la escena. Cuando est subido en una escalera vienen a llamarlo porque un actor necesita saber si se ha de poner bigote o ha de salir todo afeitado. Entonces el viejo que ha visto Azorn all cerca le llama y le dice: --Azorn, haga usted el favor de sostener _esto_ mientras yo voy un momento a ver lo que quieren. Luego vuelve rpidamente, con su paso menudo. --Parece mentira--exclama--no saber que en el siglo XVIII iba todo el mundo afeitado! Como la empalizada ha quedado ya en su sitio y est lista la escena, el viejo sacude las manos una contra otra, toma el bastn y se retira hacia el fondo. --Azorn--dice respirando holgadamente--, qu gratos recuerdos guardo yo del teatro! Qu cosas podra yo contarle a usted! Usted no ha conocido a Pepe Ortiz? No; usted no ha conocido a Pepe Ortiz. Era un actor excelente. Esta cadena la llev l una semana. Mrela usted; tquela usted. El viejo, con un gesto rpido, se quita la cadena. Es una cadena de oro, compuesta de dos finos ramales juntos; tiene pendiente del sujetador un medalln cuadrado. Azorn examina la cadena. Luego el viejo se la vuelve a poner y dice: --Una tarde fuimos los dos a una joyera de la calle de la Montera a comprar cada uno una cadena; nos sacaron varias, pero entre todas nos gustaron dos de ellas. A los dos nos gustaban las dos, y no sabamos por cul decidirnos. Al fin, Pepe Ortiz tom una y yo tom otra. Pero al cabo de una semana encontr a Ortiz y me dijo que mi cadena le gustaba ms que la suya; entonces yo le di la ma y el me dio la suya, que es sta... Vienen a decirle al viejo que todos los actores estn dispuestos para comenzar la funcin. l da orden de que principie a tocar la orquesta. Y como desea echar una ltima ojeada a la escena, inclina la cabeza y se pone los lentes con un movimiento rpido. A lo lejos columbra a un cmico que espera reclinado en un bastidor, y se dirige a l dando saltitos automticos. --Cuidado--le advierte--cuando recite usted aquello de Feliz t, que en lo profundo de aquel bendito rincn... dgalo usted con bro, con cierto nfasis. Luego vuelve al lado de Azorn. El teln se ha levantado. El viejo dice: --Usted no conoce esta obra? Es preciosa; yo se la vi estrenar a Caltaazor, a Becerra, a la Ramrez, a la Di Franco, que entonces era una nia... Camprodn tena mucho talento. Yo conoca tambin a su mujer, doa Concha... l y yo tombamos muchas tardes caf juntos en el de Levante. Sigue an ese caf, querido Azorn? Azorn contesta que an dura ese caf. De pronto estalla en la sala una larga salva de aplausos. Y el viejo tiende los brazos hacia Azorn, lo abraza y llora en silencio. XI Estos son unos viejos, muy viejos. Llevan un pantaln negro, un chaleco negro, una chaqueta negra de terciopelo. Esta chaqueta es muy corta. Ya casi no quedan en el pueblo ms chaquetas cortas que las de estos viejos labriegos. Van encorvados un poco y se apoyan en cayados amarillos. En qu piensan estos viejos? Qu hacen estos viejos? Al anochecer salen a la huerta y se sientan sobre unas piedras blancas. Cuando se han sentado en las piedras permanecen un rato en silencio; luego, tal vez uno tose; otro levanta la mano y golpea con ella abierta la vuelta del cayado; otro apoya los brazos cruzados sobre el bastn e inclina la cabeza pensativo... Estos viejos han visto sucederse las generaciones; las casas que ellos vieron construir estn ya viejas, como ellos. Y ellos salen a la huerta y se sientan en sus piedras blancas. Va anocheciendo. El pueblo luce intensamente dorado por los resplandores del ocaso; las palmeras y los cipreses de los huertos se recortan sobre el azul plido; la luna resalta blanca. Y un viejo levanta la cabeza y dice: --La luna est en creciente. --El da 17--observa otro--ser la luna llena. --A ver si llueve antes de la vendimia--replica un tercero--y la uva reverdece. Y todos vuelven a callar. Cierra la noche; un viento ligero mece las palmeras que destacan en el cielo fuliginoso. Un viejo mira hacia Poniente. Este viejo est completamente afeitado, como todos; sus ojuelos son grises, blandos; en su cara afilada, los labios aparecen sumidos y le prestan un gesto de bondad picaresca. Este viejo es el ms viejo de todos; cuando camina agachado sobre su palo lleva la mano izquierda puesta sobre la espalda. Mira hacia Poniente y dice: --El ao 60 hizo un viento grande que derrib una palmera. --Yo la vi--contesta otro--; cay sobre la pared del huerto y abri un boquete. --Era una palmera muy alta. --S, era una palmera muy alta. Se hace otra larga pausa. Los murcilagos revuelan calladamente; brillan las luces en el pueblo. Entonces el viejo ms viejo da dos golpes en el suelo con el cayado, y se levanta. --Se marcha usted? --S; ya es tarde. --Entonces nos marcharemos todos. Y todos se levantan de sus piedras blancas y se van al pueblo, un poco encorvados, silenciosos. XII --Yo le dar a usted un libro--dice el clrigo--que le dejar convencido. Azorn est ya casi convencido de todo lo que quieran convencerle; pero, sin embargo, acepta el libro. Este libro se titula _El Desmo refutado por s mismo_. El clrigo lo ha cogido del estante, lo ha sacudido golpendolo contra la palma de la mano y se lo ha dado a Azorn. El cual lo ha tomado como quien toma algo importantsimo, y se ha quedado examinndolo por fuera gravemente. Despus le ha parecido bien mirar quin era el autor de este libro, y ha visto que se llama Bergier. Quin es Bergier? Azorn no lo sabe, y, sin embargo, debera saber que los diccionarios biogrficos dicen, entre otras cosas, de este autor que era un lgico hbil en deducir sus ideas rigurosamente unas de las otras. --Aqu ver usted--dice el clrigo--cmo Voltaire era un sofista y cmo Rousseau, el tristemente clebre autor del _Emilio_, como le ha llamado el seor obispo de Madrid, era un corruptor de las buenas costumbres. Despus de dicho esto, el clrigo da un paseo por la estancia con las manos metidas en los bolsillos del pantaln y se asoma distradamente a una ventana tarareando una copla. He de decir la verdad? Azorn no tiene inters en defender a Voltaire y Rousseau; casi estima ms a este clrigo ingenuo y jovial que a los dos famosos escritores. Por eso, mientras por una parte no lee el _Diccionario filosfico_ ni el _Emilio_, por otra no deja de venir todas las tardes a charlar un rato con este clrigo. Charlan casi siempre de cosas indiferentes; pero esta tarde, por una casualidad, ha recado la conversacin sobre cosas de teologa, y el clrigo ha echado mano a su Bergier. He de confesar que el libro estaba lleno de polvo. Es que el clrigo no lee tampoco? Luego que han platicado un rato, el clrigo coge su bastn, se pone el sombrero, y l y Azorn se marchan. Antes de marcharse, el clrigo llena la petaca de tabaco, tomndolo de una caja que hay sobre la camilla, y se mete tambin en el bolsillo un libro pequeo. El tabaco, como es natural, le sirve para proporcionarse una honesta distraccin, y el libro pequeo es un diminuto breviario en que ora de cuando en cuando. Los dos, Azorn y el clrigo, salen del pueblo y van caminando por un tortuoso camino plantado de moreras. A un lado queda el pueblo, que asoma sobre la verdura de los huertos; la blanca torre de la iglesia resalta junto a un ciprs enorme; las palmeras se recortan con sus ramas pndulas en el azul luminoso. Al final de este camino sesgo se encuentra una alameda. Es una alameda compuesta de cuatro lios de olmos y acacias. La tierra es intensamente roja; el cielo aparece difano entre el boscaje de las copas. Azorn y el clrigo pasean despacio. Casi no hablan. Todo est en silencio. A ratos llega el traqueteo de un carro, o se perciben los gritos de los muchachos que juegan a lo lejos. Y as en este paseo va llegando el crepsculo. El cielo se enrojece; brillan en el pueblo los puntos de las luces elctricas; las sombras van borrando las casas y el campo. --Le parece a usted que nos marchemos?--pregunta el clrigo. --S, vmonos; es ya tarde--contesta Azorn. En los pueblos sobran las horas, que son ms largas que en ninguna otra parte, y, sin embargo, siempre es tarde. Por qu? La vida se desliza montona, lenta, siempre igual. Todos los das vemos las mismas caras y el mismo paisaje; las palabras que vamos a or son siempre idnticas. Y ved la extraa paradoja: aqu la vida ser ms gris, ms uniforme, ms difluida, _menos vida_ que en las grandes ciudades; pero se la ama ms, se la ama fervorosamente, se la ama con pasin intensa. Y por eso el egosmo es tan terrible en los pueblos, y por eso la idea de la muerte maltrata y atosiga tantos espritus... * * * Cuando han vuelto al pueblo, ya las campanas estaban tocando a la novena; es decir, no es novena; son los pasos que se rezan todos los viernes y domingos de cuaresma. La sacrista estaba casi a oscuras; dos monaguillos vestidos con sus cotas rojas han tomado sendos faroles opacos, sucios, goteados de cera; el clrigo se ha puesto una estola y los tres, con el sacristn, han salido a la iglesia. Azorn se ha quedado en la sacrista. Estaba sentado en un amplio silln, junto a la larga cajonera de nogal. En qu pensaba Azorn? En nada, seguramente; lo mejor es no pensar nada. Junto a l hablaban en voz baja dos clrigos; uno de ellos es joven, casi recin salido del Seminario. Azorn lo conoce. Ha podido hacer la carrera gracias a la munificencia de un protector; su inteligencia no es muy amplia, pero posee ingenuidad y resignacin. Resignacin sobre todo. A veces Azorn se figura que ste es uno de aquellos msticos espaoles que tan tremendas privaciones conllevaban con la cara risuea. La tristeza--decan--corrompe los espritus; el Seor no quiere la tristeza. Y si no le pegaban un bofetn al mozo cacoqumico, como hizo San Felipe de Neri con un novicio para que estuviera alegre (bien que el procedimiento me parezca contraproducente); si no llevaban las cosas tan al cabo, procuraban al menos por otros medios desterrar de los monasterios la odiosa acidia. Este clrigo gana una peseta, que es a lo que monta su misa diaria. Y muchos das--ha odo decir Azorn--le falta la celebracin. Con esta escasa renta ha de mantener a su madre y a una hermana. Y gracias--ha odo decir tambin Azorn--que un hermano que tena, y que se haba pegado tambin a la sotana, se ha casado ya. Yo creo que este clrigo, como otros muchos, merece nuestro respeto y hasta nuestra admiracin. Es discreto; su sotana podr estar rada y verdosa, pero luce de limpia. Cmo es posible que l pueda costearse otra? Hace un momento, y mientras el seor con quien hablaba sacaba la petaca, yo he visto que l tambin se llevaba la mano al bolsillo. Pero para qu se la llevaba? Yo s que era completamente intil. Hace cuatro, seis, diez das, acaso ms, que su petaca est vaca. Azorn ha sentido no tener costumbre de fumar, porque de buena gana le hubiera alargado un cigarro a este clrigo. Y como ste era un pequeo sentimiento, que pensando y repensndolo poda hacerse mayor--como ocurre con todos--, ha decidido dejar el silln y salir a la iglesia. En la iglesia los monaguillos y el clrigo estaban delante de una pilastra; los devotos los rodeaban de rodillas. El sacristn, tambin arrodillado, invita a los fieles con voz plaidera a que consideren el lugar donde unas piadosas mujeres, viendo al Seor que le llevaban a crucificar, lloraron amargamente de verle tan injuriado. Luego rezan todos un padrenuestro y un avemara; y despus, sacristn y fieles, a coro, dicen: Bendita y alabada sea la Pasin y Muerte de Nuestro Seor Jesucristo y los Dolores de su afligida Madre. Amn. El clrigo lleva en las manos un enorme crucifijo; su sombra se extiende, deformada, por las anchas paredes blancas; arriba, en los altos ventanales, se apagan, imperceptibles, los ltimos clarores del crepsculo. Azorn ha salido de la iglesia. Creo que ha obrado prudentemente, dado que era ya un poco tarde. Y vea el lector cmo en los pueblos siempre es tarde. Las calles estn solitarias; de algunas tiendas, ac y all, se escapan resplandores mortecinos. Las puertas aparecen cerradas. Se oyen de cuando en cuando los golpes de los aldabones. Una puerta se abre, torna a cerrarse. XIII Este es un casino amplio, nuevo, cmodo. Est rodeado de un jardn; el edificio consta de dos pisos, con balcones de piedra torneada. Primero aparece un vestbulo enladrillado de menuditos mosaicos pintorescos; los montantes de las puertas cierran con vidrieras de colores. Despus se pasa a un saln octgono; enfrente est el gabinete de lectura, con una agradable sillera gris y estantes llenos de esos libros grandes que se imprimen para ornamentacin de las bibliotecas en que no lee nadie. A la derecha hay un gran saln vaco (porque no hace falta tanto local), y a la izquierda otro gran saln igual al anterior, donde los socios se renen con preferencia. Mesas cuadradas y redondas, de mrmol, se hallan esparcidas ac y all alternando con otras de tapete verde; junto a la pared corre un ancho divn de peluche rojo; en un ngulo destaca un piano de cola, y verdes jazmineros cuajados de florecillas blancas festonean las ventanas. Son los primeros das de otoo; los balcones estn cerrados; el viento mueve un leve murmullo en el jardn; poco a poco van llegando los socios a su recreo de la noche; brillan las lmparas elctricas. Estos socios, unos juegan a los naipes; otros, al domin--juego muy en predicamento en provincias--, otros charlan sin jugar a nada. Entre los que charlan se cuentan los seores provectos y respetables. Son seis u ocho que constantemente se renen en el mismo sitio: un ngulo del saln de la izquierda. All pasan revista en una conversacin discreta y apacible a las cosas del da, unas veces, y otras evocan recuerdos de la juventud pasada. --Aqullos--dice uno de los contertulios--, aqullos eran otros tiempos. Yo no dir que eran mejores que stos, pero eran otros. No slo haba notabilidades de primera fila, sino hombres modestos que valan mucho. Yo recuerdo, por ejemplo, que don Juan Pedro Muchada era un gran hacendista. --S--dice otro seor--, yo lo recuerdo tambin. Cuando estbamos los dos estudiando en Madrid, fuimos un da a verle con una carta de recomendacin. --Era entonces diputado por Cdiz. A m me regal su libro _La Hacienda de Espaa y modo de reorganizarla_. --Yo lo recuerdo como si fuera ahora. Era un seor grueso, alto, con la cara llena, todo afeitado... Pausa ligera. Suenan las fichas sobre los mrmoles; el pianista preludia una meloda. --Yo a quien conoc y trat, porque era gran amigo de mi padre--observa otro contertulio--, fue a don Juan Manuel Montalbn y Herranz... Ah tiene usted otro hombre de los que no hicieron mucho ruido, y que, sin embargo, tena un mrito positivo. Cuando yo estudiaba era rector de la Universidad Central; fue tambin senador el ao 72... La mejor edicin que se ha hecho del _Febrero_ se debe a l... Saba mucho y era muy modesto. --Eran otros hombres aqullos. Ante todo, haba menos palabrera que ahora. Ya predijeron algunos lo que iba a suceder luego; muchas de las cosas que aquellos hombres recomendaban, luego se han tenido que realizar, porque todo el mundo ha reconocido que eran convenientes y se podan atajar con ellas muchos males... Don Juan Pedro Muchada recomendaba en su libro la formacin de sociedades cooperativas para obreros; entonces (esto era el ao 1846), entonces no haba ni rastro de ellas. Vean ustedes ahora si hay pocas. Hace un momento ha llegado un viejo que tiene un bigotito blanco en forma de cepillo, que viste un pantaln a cuadritos negros y blancos, y se apoya en un bastn de color de avellana. Este viejo oye en silencio estas aoranzas del tiempo luengo, y dice despus, dando golpes con el bastn, ponindose los lentes con un gesto rpido: --Yo les puedo asegurar a ustedes que en lo que toca a lo que yo he conocido algo, que es el teatro, no hay ahora actores como aqullos... Ser una ilusin ma, muy natural, dado que aqul fue el tiempo de mi juventud...; pero a m se me antoja que realmente eran mejores. Sin contar los de primera fila: Romea, Latorre, Matilde Dez, Arjona, Catalina, Valero..., haba muchos de segunda, que yo hoy, relativamente, no los encuentro; por ejemplo: Pizarroso, Oltra y Vega, que trabajaba en la compaa de Romea: el mismo hermano de Romea, Florencio, Lujn, a quien yo vi debutar el ao 1865 en el teatro del Recreo... Y como cantantes de zarzuela, no digamos. Quin no se acuerda de Escri? Qu bien haca! _Quin es el loco_!... Y ahora que hablo de locos me acuerdo del pobre Tirso Obregn, que muri loco en su pueblo, Molina de Aragn. Creo que no he conocido un bartono de ms bros que el pobre Tirso; tena tambin una arrogante presencia... l fue, puede decirse, el ltimo intrprete de la zarzuela clsica, de Barbieri, de Oudrid--cunto me acuerdo yo de Oudrid!--, de Gaztambide... Despus de l, ya aquello se fue... El viejo calla en un silencio triste; todo un pasado rebulle en su cerebro; toda una poca de actores aclamados y actrices adorables que poco a poco se esfuman en el olvido. La sala se ha ido quedando vaca; en un rincn se inclinan dos jugadores sobre una mesilla verde; de cuando en cuando profieren una exclamacin, levantan el brazo y lo dejan caer pesadamente sobre el tapete. El vaho y el humo borran las lneas y hacen que destaquen en mancha, sin contorno, las notas verdes y blancas de las mesas y la larga pincelada roja del divn. Un reloj suena con diez metlicas vibraciones. --Est usted vendimiando ya en la Umbra?--pregunta uno de los contertulios a otro. --S, ayer di orden de que principiaran. --Yo maana me marcho a la Fontana; quiero principiar pasado maana. --La uva ya est en su punto--dice un tercero. --Y es necesario--aade otro--cogerla antes de que una nube se nos adelante. Y todos, durante estas ltimas palabras, han ido levantndose y se despiden hasta otro da. XIV Hoy han tocado a la puerta: _tan_, _tan_. Azorn ha credo que era el viento. La idea de que llamen a su puerta le parece absurda. Pero s que llamaban; han vuelto a tocar: _tan_, _tan_, _tarn_. Azorn ha comprendido la realidad y ha bajado a abrir. Era un viejo que le ha saludado cortsmente, esforzndose por sonrer; pero era un esfuerzo penoso. No habis visto cuando estis tristes y un nio o una mujer os miran, cmo en su cara ingenua se refleja instintivamente vuestro gesto triste? Pues Azorn, mirando a este viejo, ha puesto tambin cara triste. Qu quiere este viejo? Hay hombres que parecen cerrados como armarios; un extrao no sabe lo que hay dentro. Este viejo es de esos hombres. Por qu ha llamado? Qu quiere? Qu va a decir? Es un viejo menudito, con una barba blanca que termina en una punta corta un poco doblada hacia arriba, envuelto en una capa parda; es uno de esos viejos que llevan el pauelo del bolsillo siempre doblado cuidadosamente y de cuando en cuando lo sacan y lo pasan con suavidad por la nariz. Como lleva la capa cerrada y l va tan encogido, mirando casi asustado a un lado y a otro, parece que va a realizar algo importante. Es, efectivamente, algo importante. --Perdone usted--ha dicho el viejo--; usted es crtico... Azorn ha sonredo con benevolencia; se senta halagado por las palabras de este desconocido. El viejo ha sacado de debajo de la capa un grueso cartapacio y mientras lo pona sobre la mesa ha repetido: --S, s; usted es crtico. Azorn, al ver el cartapacio, ha sentido un ligero escalofro; toda su anterior complacencia se ha trocado en temor. --No, no--ha replicado--; yo se lo aseguro a usted: yo no soy crtico. Pero el viejo mova la cabeza en seal de incredulidad y se ha puesto a relatar el objeto de su visita. Este viejo ha dicho que l es autor cmico. Azorn se ha quedado estupefacto. Autor dramtico, acaso; pero cmico le pareca una enormidad. Luego ha aadido que a l le han dicho que Azorn tiene en Madrid muchas relaciones y que podr ayudarle, porque es muy benvolo. Azorn se ha ruborizado, pero ha convenido interiormente en que algo benvolo debe de ser cuando se apresta a or la lectura que el viejo va a hacerle de tres zarzuelas suyas, cada una en un acto. --Yo--dice el viejo--vivo solo; esto constituye mi nica alegra. Hace dos aos estuve en Madrid y llev una obra a la Zarzuela y otra a Apolo... Me hicieron ir y venir muchas veces; me daban mil excusas inverosmiles; yo estaba ya cansado. Y al fin me dijeron que haban ledo las obras y que les parecan anticuadas. Anticuadas, por qu? El arte, puede nunca ser anticuado? Sin embargo, he escrito otras y con ellas volver a Madrid; son stas que aqu traigo... El viejo comienza la lectura. A ratos se detiene un momento; saca su pauelo doblado, lo pasa por la nariz y pregunta: --Usted cree que esta escena est bien preparada? Azorn tiene, como no poda ser menos, su esttica teatral, que algunos crticos han encontrado exagerada. Pero sera terrible que la sacase en esta ocasin. Mejor es que le parezcan bien todas las escenas y hasta las tres obras enteras. S, a Azorn le parecen excelentes las tres zarzuelas. --Usted--pregunta el viejo--no conoce a Sinesio Delgado? --No, no conozco al seor Delgado. --Conocer usted, _por lo menos_, a Lpez Silva? Azorn, horrorizado a la sola idea de conocer a Lpez Silva, se ha apresurado a protestar. --Oh, no no, tampoco! Entonces el viejo ha movido la cabeza como conformndose con su desgracia, y ha exclamado tristemente: --Todo sea por Dios! Este viejo ha venido esta maana en el tren; esta noche regresar a su casa. Cuando entre en ella y cierre tras s la puerta y se vea otra vez solo, lanzar un suspiro y pensar que hoy se le ha disipado una esperanza. XV Azorn ha recibido hoy una carta; la fecha deca: _Petrel_; la firma rezaba: _Tu infortunado to, Pascual Verd_. Pascual Verd! Azorn, de lo hondo de su memoria, ha visto surgir la figura de su to Verd. Ha columbrado, confusamente, entre sus recuerdos de nio, como una visin nica, una sala ancha, un poco oscura, empapelada de papeles grises a grandes flores rojas, con una sillera de reps verde, con una consola sobre la que hay dos hermosos ramos bajo fanales, y entre los dos ramos, tambin bajo otro fanal, una mueca que figura una dama a la moda de 1850, con la larga cadena de oro y el relojito en la cadera. Esta sala es hmeda. Azorn cree percibir an la sensacin de humedad. En el sof est sentada una seora que se abanica lentamente; en uno de los sillones laterales est un seor vestido con un traje blanquecino, con un cuello a listitas azules, con un sombrero de jipijapa que tiene una estrecha cinta negra. Este seor--recuerda Azorn--se yergue, entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos con modulacin rtmica, con inflexiones dulces que ondulan en arpegios extraos, mezcla de imprecacin y de plegaria. Despus saca un fino pauelo de batista, se limpia la frente y sonre, mientras mi madre mueve suavemente la cabeza y dice: Qu hermoso, Pascual! Qu hermoso! Se hace un ligero silencio, durante el cual se oye el ruido del abanico al chocar contra el imperdible del pecho. Y de pronto suena otra vez la voz de este seor del traje claro. Ya no es dulce la voz ni los gestos son blandos; ahora la palabra parece un rumor lejano que crece, se ensancha, estalla en una explosin formidable. Y yo veo a este seor de pie, con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza enhiesta. En este momento el sombrero de jipijapa rueda por el suelo; yo me acerco pasito, lo cojo y lo tengo con las dos manos en tanto que oigo los versos con la boca abierta. Luego que acaba de recitar este seor, charla ligero con mi madre; luego se pone en pie, me coge, me levanta en vilo y grita: Antoito, Antoito, yo quiero que seas un gran artista! Y se marcha rpido, voluble, ondulante, hablando sin volver la cabeza, ponindose al revs el sombrero, que despus torna a ponerse a derechas, volviendo por el bastn que se haba dejado olvidado en la sala... Y de idea en idea, de imagen en imagen, Azorn ha recordado haber visto en el _Boletn del Ateneo de Madrid_, del ao 1877, algo referente a su to Verd. S, s; lo recuerda bien. Se discuti aquel ao sobre la poesa religiosa; fue una discusin memorable. Revilla, Simarro, Reus, Montoro dijeron cosas estupendas en contra del espiritualismo; en cambio, los espiritualistas dijeron cosas atroces contra el materialismo. Estos espiritualistas eran tres, tres nada ms al menos, puros de toda mcula: Moreno Nieto, que muri sobre el trabajo; Hinojosa, que luego ha sabido encontrar el espritu en los presupuestos, y Pascual Verd, que ahora vive solo, desconocido, enfermo, torturado, en ese pueblecillo levantino. Don Francisco de Paula Canalejas hizo el resumen de los debates, y en su discurso, al hablar de los diversos contendientes, puede verse (pgina 536 del _Boletn_) cmo trata a Verd. Le llama el fcil y apasionado seor Verd. El fcil y apasionado seor Verd! S; indudablemente, ste es el seor amable, ste es el seor voluble, ste es el seor ardoroso que recitaba versos _aquel da_, all en mi niez, en una sala hmeda con una sillera de reps verde. XVI La carta que Azorn ha recibido de Pascual Verd dice as: Petrel... Querido Antonio: He ledo en _La Voz de Monvar_ que acabas de llegar a sa. Qu malo que estoy, hijo mo, y cunto me alegrara de poder abrazarte! Te espero maana en el correo. El mal del cerebro ha apretado, y _todo se pierde_. No tengo ilusin de nada. Qu han hecho de m? Tu infortunado to, _Pascual Verd._ XVII A las once, en el correo, Azorn ha recibido otra carta de Verd. (La anterior ha llegado en las primeras horas de la maana, por el tren mixto.) Petrel... Querido Antonio: No s si continuar instndote para que no dejes de venir. Creo que me dar mucho sentimiento verte, pero te quiero tanto y tanto... Si vienes, ven pronto. Lo que me sucede, querido Antonio, es muy extraordinario. Ni tomo ms alimento que jcaras de caldo y leche y alguna pequea galleta, ni duermo ms que algunos minutos, y estoy tan dbil, que hace veintisis das que no he puesto los pies en la calle, porque no puedo andar. Te abraza tu to _Pascual._ XVIII En la tarde del mismo da en que Azorn ha recibido estas dos cartas, poco despus de comer, ha llegado un criado y le ha puesto en sus manos otra voluminosa. Azorn, despus de leerla, ha decidido salir la misma tarde para Petrel, a pie, dando un paseo. La carta de Verd es como sigue: Querido Azorn: Despus de acostarme y levantarme veinte veces, da la una de la madrugada y no puedo estar en la cama ni fuera de ella; y no tengo ms remedio, para luchar con el mal, que escribir; pero ay! que no puedo ya. Mi situacin, Antonio, es horrible. No puedo tomar caldo ni leche, y, sin embargo, mi estmago est bueno; pero no funciona porque no le puedo dar alimento. La tirantez, sequedad, dolor y debilidad de la cabeza son insufribles. Como mi debilidad es tan grande, apenas puedo tenerme de pie; y, sin embargo, el delirio, el desasosiego me obligan a andar... a pasear por la sala y a escribir, para ver si puedo apartar de m los tristes pensamientos que me devoran. Un mar de moscas no me deja tener las manos sobre el papel. Me quejo al Criador de mis grandes sufrimientos y de su impasibilidad y de la tristsima suerte que me espera, sin hijos, sin amigos, sin mdico, sin sacerdotes, sin nadie. Mi profeca de hace doce aos acerca de mi triste fin se cumple. Hace ocho das repet mis vaticinios en la poesa _Lgrimas_ que he compuesto. En confianza te dir que mis ideas religioso filosficas son un caos... Sin embargo, en _Lgrimas_ hice un esfuerzo, y acud a Dios, demandndole que no permita acabe en tal estado.(_Hasta aqu la carta es de letra de Verd, fina, enrevesada, desigual, ininteligible; lo que sigue va escrito en caracteres firmes y regulares._) T, querido Antonio, apenas me has conocido. Por qu no contarte algo de mi vida? Acaso sea para m como un alivio. Estudi en Valencia la carrera de Derecho; me gradu de abogado en Julio de 1859. De all a cuatro meses, en Noviembre del mismo ao, recib en el mismo sitio donde me haba licenciado, es decir, en el Paraninfo de la Universidad, una flor de oro y plata, como premio a mi oda a la _Conquista de Valencia_ en los Juegos florales celebrados en dicha ciudad bajo el patrocinio del excelentsimo Ayuntamiento; y con tal motivo, en nombre de mis compaeros igualmente premiados (don Vctor Balaguer, don Teodoro Llorente, don Wenceslao Querol y don Fernando Len y de Vera), y en nombre propio, pronunci un discurso que me vali calurosos plcemes. En esos mismos Juegos florales se ofreci una pluma de oro a la mejor Memoria histrico-filosfica acerca de la expulsin de los moriscos y sus consecuencias en el reino de Valencia, a cuyo premio tambin opt, presentando una Memoria con el lema _El tiempo es la mejor prueba de la justicia_. Mi trabajo suscit en el seno del jurado una discusin importantsima, de la cual se ocup mi hermano Julio en la carta que con tal motivo dirigi al barn de Mayals. Yo atacaba valientemente la medida de la expulsin, demostrando hasta la evidencia que fue injusta y cruel, aparte de antieconmica y antisocial. Con la venida de la Casa de Austria a Espaa--deca yo--se inaugur un sistema de intolerancias contrario a las doctrinas de paz y caridad y verdadera libertad proclamadas por Jesucristo. Se deba haber empleado la persuasin, la dulzura, la caridad, y se emple el rigor y la dureza por casi todos los encargados de la expulsin de los moriscos. Se deba haber continuado el sistema de conciliacin inaugurado por don Jaime el Conquistador, y se tomaron medidas humillantes y vejatorias, que dieron por resultado la exasperacin de los nimos, las situaciones violentas y, por fin, la expulsin, que se realiz de la manera ms cruel, pues muchos murieron de hambre y de sufrimientos en los desiertos de frica, si es que no eran robados y muertos en el camino. Sin duda, la exposicin de estas verdades, tan dolorosamente amargas, perjudic algn tanto a mi trabajo, y el premio no se me concedi, habindose entregado la pluma de oro, faltando a las condiciones del certamen, a una composicin potica. En el aquel mismo ao de 1859 fui nombrado secretario general de la Academia de Legislacin y Jurisprudencia de Valencia; y en el siguiente de 1860 gan las asignaturas del Doctorado en la Universidad de Madrid, habiendo estudiado privadamente en Valencia, por conceder la ley en aquellos tiempos este privilegio a los que hubiesen obtenido todas o casi todas las notas de sobresaliente durante la carrera de leyes, en cuyo caso me encontraba yo. Tambin hice oposiciones (aunque no tena la edad reglamentaria, y slo por complacer a la familia, pues no era sa mi vocacin) a una relatora vacante en la Audiencia de Valencia. Me colocaron en segundo lugar; pero como, segn he dicho, no eran sas mis inclinaciones, no hice gestin ninguna en Madrid para que se me eligiese dispensndome de la edad. Esta era mi situacin a principios de 1860, cuando apenas haba cumplido veintids aos. Se me presentaba un porvenir brillante; me queran mis amigos y compaeros; gozaba de una naturaleza privilegiada y de unas facultades mentales superiores; amaba a mi patria hasta el sacrificio, y me senta poeta y dueo de una palabra fcil y atractiva. Pero el clera morbo, que ya en 1834 atac a mi madre y la dej enfermiza para toda su vida, volvi a herir a mi familia en 1860, arrebatndonos a mi hermano Julio, letrado notabilsimo, y atacndome tambin a m, que, habiendo quedado sumamente dbil, tuve que trasladarme a la provincia de Alicante, donde tenan mis padres unas tierras. Al poco tiempo murieron tambin mis padres. Estando en Valencia, algn tiempo despus, me cas con una joven distinguidsima. No habran transcurrido muchos meses de nuestro matrimonio, cuando mi mujer muri, tras una larga y penossima enfermedad. Todo esto me anonad y fue causa de que saliera de Valencia por segunda vez. De 1860 a 1870 me dediqu en Petrel al ejercicio de la abogaca y a mejorar las pocas tierras que haba heredado de mis padres. Al mismo tiempo remita a mi compaero y amigo Teodoro Llorente, director de _Las Provincias_, correspondencias y artculos sobre el fomento de la agricultura en general y el arbolado en particular, tan notables, que la Sociedad de Amigos del Pas y la de Agricultura y los peridicos de la capital me felicitaron por mis trabajos de tanta utilidad social, y aquellas Sociedades, adems, me honraron nombrndome socio corresponsal. Entre mis escritos apareci uno titulado: Causas de la despoblacin de los montes de Espaa; sus fatales consecuencias para la agricultura, salubridad y seguridad pblicas. Sus remedios. Y entre los que yo propona para evitar la destruccin de los montes pblicos y conseguir su repoblacin, fue la completa y absoluta desamortizacin de la propiedad forestal. Mis artculos llamaron la atencin; muchos peridicos de Madrid y provincias, pero en particular _La Gaceta Econmica_, que era el rgano ms autorizado de la escuela economista, reprodujeron dichos trabajos, elogindolos calurosamente. El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendi que tena delante un enemigo, y, aparte de fundar _La Revista Forestal_, sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por m y toda la escuela economista, deleg en el ilustrado y elocuente escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis artculos. Lanzose Navarro Reverter al combate, remitiendo a _Las Provincias_ una serie de artculos en que intentaba demostrar que la medida desamortizadora que yo haba propuesto bastaba por s sola para, si se realizaba, acabar con lo poco que quedaba en Espaa de arbolado en los montes pblicos. Contest yo, replic Navarro Reverter; pero mis argumentos quedaban en pie a pesar de todo. Y la prueba es clara. _La Revista Forestal_ public todos los artculos de Navarro Reverter; de los mos, _ni uno solo_. Si mi argumentacin hubiera sido frvola, ya los hubieran reproducido. No llevaba mucho tiempo en Petrel cuando fui elegido diputado provincial, y al poco tiempo individuo de la Comisin, y, por fin, vicepresidente de la Diputacin. Qu te dir de mi gestin en la Casa de la provincia? Defend siempre los derechos e intereses provinciales de una manera que no est bien que yo lo diga. Cuando estuvieron los reyes Amadeo y Victoria en Alicante, en 1871, Bossio, el famoso fondista, present una cuenta de 17.000 duros. Mis compaeros todos estaban pagados. Yo me opuse, y cuando el presidente dijo: _A votar!_, dije: _Ustedes votarn lo que quieran, pero yo me marcho a casa, tomo mi pluma y digo al pblico lo que he de decir._ Resultado, que la cuenta qued reducida a poco ms de la mitad. Maissonnave quera que la Diputacin le subvencionase un ferrocarril de Alicante a Alcoy con varios millones. Todos estaban pagados. A m nadie se me acerc; pero el expediente nunca se despachaba. Maissonnave lo tom como una ofensa personal, y me desafi, a m, que, como el don Diego de _Flor de un da_, mataba las golondrinas con bala y era digno rival en esgrima de mi maestro valenciano don Juan Rives! Pero mis creencias religiosas no me permitan batirme. As se lo dije a Maissonnave en una carta; pero aadindole que aquellas creencias no me impedan defenderme. La subvencin no se concedi; pero en Alicante le han levantado ahora una estatua a Maissonnave. En Orihuela queran un hospital provincial. Toda la Diputacin estaba conforme, y los que se oponan lo hacan framente. Mi conciencia como presidente de la Comisin me obligaba a oponerme; en primer lugar, porque la Diputacin deba muchos miles de duros por obligaciones de beneficencia, carreteras, etc., y en segundo, porque con el hospital de Elda bastaba. Saba tambin lo que suceda en los hospitales de distrito. Me llam el gobernador, dicindome que el ministro deseaba complacer a sus amigos de Orihuela. Me hablaron Santonja y don Toms Capdepn, diputado por Orihuela. Me escribi Rebagliatto, gran cacique de aquella ciudad, y a ms, ntimo de mi padre, pues se queran como hermanos. A todos contest que mi conciencia me lo impeda. Vino la discusin en la Diputacin. Habl, y hubo empate en la primera votacin. Volv a hablar, volvi a votarse, y tuve mayora. Y no se concedi el hospital a Orihuela. Permanec en la Diputacin de Alicante desde el ao 1871 hasta el 1876, en que me traslad a Madrid. Durante estos cinco aos me encontraba en lo mejor de la vida, de los treinta a los treinta y cuatro aos; atenda a muchos y variados trabajos; por una parte, a la Diputacin, cuyo peso llevaba casi yo solo; por otra, continuaba al frente de mi despacho de abogado, que tena abierto en Petrel, primero, y en Alicante despus, el cual despacho lleg a adquirir tal prestigio que me fue preciso tener en l dos compaeros que me ayudasen, uno de ellos don Jos Maestre y Vera, presidente que ha sido de la Diputacin y gobernador de Vizcaya. Puedo decir que he tenido tanto xito en los asuntos por m tratados, que no he perdido ni un solo pleito. A pesar de tanto trabajo, an me quedaba tiempo para asistir a las veladas literarias del excelente literato y cronista de la provincia don Juan Vila y del inspirado poeta Alejandro Harssem, barn de Mayals. En este perodo de cinco aos escrib la mayor parte de mis poesas. De esta poca es mi composicin _A la Pursima_, que le por primera vez en una sesin celebrada el 8 de Diciembre de 1872, en el altar mayor de Santa Mara, de Alicante, presidida por el seor obispo de Orihuela, don Pedro Mara Cubero, la cual poesa despert un entusiasmo extraordinario. Entonces tom todos los aos la costumbre, el da 8 de Diciembre, de corregir o adicionar la dicha oda a la Inmaculada, y en tal estado la dej, que ms que oda es un canto pico. Tambin escrib en Alicante, con motivo de la restauracin de la iglesia de San Roque, mi poesa _La ereccin de un templo_. Y tambin, en distintas ocasiones, la gloga _A la primavera_, la elega _A la muerte de una nia_, y otras. Pero el principal trabajo literario que hice en Alicante fue el romance histrico _don Jaime el Conquistador_, que obtuvo el primer premio, consistente en una pluma de oro y plata, en el certamen potico celebrado en Mayo de 1876. Como siempre suceda en casos semejantes, yo pronunci, en el acto de la distribucin de premios, un breve discurso que produjo en Alicante un inmenso entusiasmo. Al poco tiempo de celebrado este certamen traslad mi domicilio a Madrid, renunciando a mi cargo de vicepresidente de la Diputacin, con el objeto de dedicarme exclusivamente a la prctica del foro. Esto ocurra por el mes de Julio de 1876, y al reunirse la Diputacin en Noviembre de dicho ao me dedic en su Memoria semestral el siguiente prrafo: No cumplira con un deber que a la vez imponen los fueros de la cortesa y el homenaje que las rectas conciencias rinden a la verdad, si al comenzar este trabajo, la Comisin no hiciese pblico el sentimiento de consideracin que debe al que fue su dignsimo vicepresidente, don Pascual Verd, el cual renunci su cargo en Julio ltimo, no por disentimiento con sus compaeros, sino por tener que trasladar su residencia a Madrid. Al consignar estas breves frases en honor al celoso funcionario que ha prestado el concurso de su palabra, siempre elocuente, y de su voluntad, siempre inquebrantable, en pro de los intereses de la provincia, la Comisin cree que se hace intrprete de los sentimientos de la Diputacin, al dejar estampado en este documento el tributo de respetuosa consideracin que le merece el inteligente diputado y vicepresidente que fue de la Comisin. En Madrid permanec de Julio de 1876 a Diciembre de 1882. El tiempo que estuve en la corte lo dediqu exclusivamente a mis trabajos de abogado y a la prctica de la caridad, como socio de San Vicente de Pal y Asociacin de Catlicos. Fui tambin socio del Ateneo y de la Juventud Catlica. Esta ltima sociedad me honr con el cargo de presidente de la seccin de Derecho. Cuando yo lea en la Juventud Catlica, Selgas (1876) dijo una vez a Monasterio (el violinista): Usted no ha odo recitar versos a Verd? No--contest Monasterio. Pues imagnese usted a Calvo y Vico fundidos en uno, y no llegar en cien leguas al encanto que produce or leer a este hombre. Cuando hablaba en el Tribunal Supremo y en el Consejo de Estado, a las primeras palabras quedaban como en suspenso los magistrados, y don Carlos Bonet, fiscal del Supremo, me deca: Qu demonios tienes, que esta gente, que ya est empachada de informes, cuando t hablas parecen unos memos oyndote? De labios de varios prelados, que de paso en Madrid asistan a las veladas de la Juventud Catlica, he odo lo que nadie ha odo, y lo mismo de los nuncios y dems sacerdotes ilustrados. El padre Ceferino Gonzlez me dijo: Sevilla tiene la gloria de ser la patria del mejor pintor de la Virgen; Valencia, la de serlo del mejor poeta de la Pursima. Rampolla quiso que fuera a Roma. Es necesario que venga usted a Roma--me dijo--. Quiero que Su Santidad le oiga leer a usted sus poesas... Por qu no funda usted un peridico? Manterola se entusiasmaba tambin oyndome. En el Ateneo habl tres noches, tomando parte en las discusiones sobre _la poesa religiosa y el arte por el arte_. Mis discursos fueron elogiados y aplaudidos... La Juventud Catlica me design como su representante para asistir al certamen que se celebr en Sevilla en honor de Murillo; pero no pude asistir porque me lo impidieron mis asuntos profesionales. En cambio, asist al centenario de Santa Teresa y en su honor publiqu en _La Unin Catlica_ una poesa. (_Al llegar aqu acaba la letra gruesa y comienza otra vez la fina y enredijada de Verd._) Todo marchaba para m en direccin al xito. Cmo me veo otra vez en este pueblo, enfermo, solo, olvidado? En el verano de 1883 tuve una ligera indisposicin; no pareca nada, pero se fue agravando hasta tal punto, que estuve largo tiempo enfermo. No tena a nadie; estaba mal cuidado, y para colmo de infortunio ca en manos de mdicos desaprensivos. Cuando pude levantarme me fui a Valencia. All me recibieron en palmas; fui socio del _Rat Penat_, de la Sociedad de Agricultura, de la Academia de la Juventud Catlica... De pronto, un verano no volv a aparecer ms por Valencia, porque haba vuelto a caer enfermo en Petrel, y aqu comenz mi calvario. Cunto he sufrido y cunto sufro, querido Antonio! Mi vida ha fracasado; poda haber sido algo y no he sido nada. Por qu, por qu? Ven pronto. Te abraza tu to PASCUAL. * * * Y sta es la carta que ha recibido Azorn--una pgina de nuestra historia contempornea, un fragmento vivo, autntico, con detalles vulgares, con rasgos picos--en la realidad todo va junto!--de nuestra vida de provincias literaria y poltica. XIX Hoy Azorn se ha marchado a Petrel. Petrel se asienta en el declive de una colina, solapado en la fronda, a la otra banda del valle de Elda, dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde, gris, azul, de la campia. Monvar est a la parte de ac, frente a frente, sobre una ancha meseta. El camino desciende en empinados recuestos, culebrea entre rapadas lomas, toca en un huertecillo de granados, se acosta a un plantel de oliveras, empareja con un azarbe de aguas tranquilas, pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, en las huertas frescas y amenas de Elda. Y he aqu la misma Elda, que los iberos, grandes poetas, llamaron _Idaella_, de _Daellos_, que en nuestra lengua es _casa de regalo_. El palacio vetusto de los Coloma, virreyes de Cerdea, muestra en lo alto sus dorados muros ruinosos; abajo, el pueblo se extiende en tortuosas callejas apretadas. El Vinalap corre en lo hondo. Y dos fuentes, la de Alfaguar y la Encantada, parten y reparten sus aguas en una red de plata que se esparce y refulge por la llanura. Espaciosos cuadros de hortalizas ensamblan con plantaciones de viedos; junto a los granados se enhiestan los almendros. Y los anchos y redondos nogales ponen con su penumbra, sobre el verde claro de la alfalfa, grandes crculos de azulado verdoso. Elda es un pueblo activo. La agricultura no bastaba para su vida: ha nacido la industria. Y es una sola industria, que hace trabajar a todos los obreros en lo mismo, que los conforma con iguales aptitudes, que mueve toda la actividad del pueblo en una orientacin idntica. Cuatro, seis fbricas alientan rumorosas. Y en todas las calles, en todas las casas, en todos los rincones suena el afanoso y sonoro tac-tac del martillo sobre la horma. Los domingos, todos estos hombres, un poco encorvados, un poco plidos, dejan sus mesillas terreras y se disgregan en grupos numerosos y alegres por los pueblos circunvecinos. Los labriegos miran absortos y envidiosos a sus antiguos compaeros. Y ellos gritan, bravuconean, cantan la eterna romanza de _Marina_, hacen sonar con garbo sus monedas sobre los mrmoles. Hoy es domingo. Los cafs de Elda estn repletos. Azorn ha entrado en uno de ellos. A su lado un grupo de obreros lea un peridico. Y Azorn estaba tomando tranquilamente un refresco cuando ha visto que estos obreros se le acercaban y decan: --Seor Azorn, nosotros le conocemos a usted... y desearamos que nos dijese cuatro palabras. Estos hombres quieren que Azorn les diga cuatro palabras? Azorn, orador! Esto es enorme. Azorn ha protestado cortsmente; los obreros han insistido con no menos cortesa. Y entonces Azorn, ya puesto en tan terrible trance, se ha levantado. Despus de levantarse ha sonredo con discrecin. Y despus de sonrer, mientras todos los concurrentes esperaban en un profundo silencio, se ha puesto por fin a hablar y ha dicho: Amigos: Una vez era un pobre hombre que estaba muy enfermo. Y como era pobre, no tena dinero para comprarse ni alimentos ni medicinas. Pero tena un amigo periodista. Los periodistas son buenos, son sencillos, son amables. Y este periodista--que, como es natural, tampoco tena dinero--public en su peridico un suelto en que demandaba la caridad para su amigo. Cuando sali el peridico, mucha gente ley el suelto y no hizo caso; pero hubo tres hombres que sacaron un cuadernito pequeo y apuntaron las seas. De estos tres hombres, uno era grueso y con la barba negra; otro era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni delgado, no tena barba. Pero los tres pensaron seriamente en que haba que socorrer al pobre enfermo, y los tres se encaminaron a su casa, cada uno por distinto camino. Todos llegaron al mismo tiempo a ella, y como se saludaron familiarmente, se puede decir que se conocan de antiguo. Ya ante el enfermo, el que no tena barba baj los ojos, cruz las manos sobre el pecho y dijo: --El mal es grave, pero, en mi humilde juicio, puede curarse con resignacin de una parte y caridad de otra... Al or esto el de la barba rubia se estir los puos, arque los brazos y le ataj diciendo: --Perdone usted; el pueblo es soberano. Lo que importa es que conozca sus derechos y que los conquiste... Al llegar aqu, el de la barba negra levant la cabeza, les mir con desprecio y arguy en esta forma: --Estn ustedes en un error; el mal tiene ms hondas causas. Ante todo, hay que nacionalizar la tierra... Apenas hubo dicho estas palabras, cuando los otros dos le interrumpieron dando voces; replic en el mismo tono el de la barba negra, y tal escndalo promovieron entre los tres, que las gentes de la vecindad, que eran todas muy pobres, acudieron a la casa del enfermo y los arrojaron de ella. Y estas pobres gentes decan: --No, no queremos a nuestro lado falsos doctores; no queremos palabras seductoras; no queremos bellos proyectos. Nosotros somos pobres y nos bastamos a nosotros mismos. En nosotros est la salud, y nosotros curaremos a este hombre. Y entonces este hombre sonri con una sonrisa divina, y los mir con una mirada dulce, y cogi sus manos, y las estrechaba blandamente contra su pecho. Porque haba visto que estos hombres eran sus hermanos y que la verdadera salud estaba en ellos. * * * Azorn ha continuado su viaje hacia Petrel. De Elda a Petrel hay media hora; el camino corre entre grata y fresca verdura. Petrel es un pueblecillo tranquilo y limpio. Hay en l calles que se llaman de Cantararias, del Horno de la Virgen, de la Abada, de la Boquera; hay gentes que llevan por apellidos Broqus, Boy, Bellot, Frriz, Guill, Meri, Moll; hay casas viejas con balcones de madera tosca, y casas modernas con areos balcones que descansan en tableros de rojo mrmol; hay huertos de limoneros y parrales, lamidos por un arroyo de limpias aguas; hay una plaza grande, callada, con una fuente en medio y en el fondo una iglesia. La fuente es redonda; tiene en el centro del piln una columna que sostiene una taza; de la taza chorrea por cuatro caos perennemente el agua. La iglesia es de piedra blanca; la flanquean dos torres achatadas; se asciende a ella por dos espaciosas y divergentes escaleras. Es una bella fuente que susurra armoniosa; es una bella iglesia que se destaca serena en el azul difano. Las golondrinas giran y pan en torno de las torres; el agua de la fuente murmura placentera. Y un viejo reloj lanza de hora en hora sus campanadas graves, montonas. SEGUNDA PARTE I La casa de Verd es ancha, clara, limpia. Tiene un zagun solado de grandes losas; a la derecha, la escalera asciende con su barandilla de forjados hierros; en el fondo se abre la recia puerta de nogal que franquea el despacho. El despacho es de paredes blancas, con dos armarios llenos de libros, con una mesa de columnillas salomnicas, con anchos fraileros ac y all adornados de chatones lucientes. En las paredes, entre los estantes, lucen dos grandes litografas lyonesas; en la una pone: _Comme l'amour vient aux garons_, y representa un mozuelo ensimismado, compuestito, que se aleja con una muchacha hacia un baile; en la otra dice: _Comme l'amour vient aux filles_, y figura dos nias que oyen embelesadas la dulce msica de un garzn lindo. Cuidadosamente colocados en una vitrina, todo limpio, todo de plata, relucen una imagen de la Virgen aragonesa, un servicio de afeitar--con su palangana de collete, su jarro, su bola para jabn--, seis macerinas y una bandeja cuadrada. Todo esto--declara una cartela--le toc a doa Eulalia Verd y Brotns en la rifa que se ejecut en Zaragoza a beneficio del Santo Hospital Real y general de Nuestra Seora de Gracia el da 7 de Noviembre de 1830. A la derecha, en el fondo del despacho, se abre una espaciosa alcoba, y frente a la puerta de entrada una gran reja movediza que da paso a un patio. El patio est enladrillado de cuadrilongos ladrillos rojos; una parra lo anubla con fresco toldo; al final, una cancela deja ver por entre sus varillajes, festoneados de encendidos geranios, una sombrosa huerta de naranjos, de higueras con sus brevas adustas, de ciruelos con sus doradas prunas, de manzanos con sus grandes pomas rosadas... En otoo, los racimos de granos alongados cuelgan entre los pmpanos en vistosas estalactitas de oro; las abejas zumban; van y vienen en vuelo sinuoso las mariposas, que se despiden de la vida. Y un sosiego armonioso se exhala de los crepsculos vespertinos en el callado patio, bajo la parra umbra, mientras el huerto se sume en la penumbra y suenan lentas, una a una, las campanadas del Angelus. * * * Verd pasea por la estancia. Es alto; su cabellera es larga; la barba la tiene intonsa; su cara plida est ligeramente abotagada. Camina despacio, detenindose, apoyndose en los muebles. A veces hace una larga inspiracin, echa la cabeza hacia atrs y la mueve a un lado y a otro. No puede dormir; casi no come. Sobre la mesa hay un vaso con leche y unos bizcochos; de tarde en tarde Verd se detiene ante la mesa, coge un bizcocho y lo sume en el vaso; luego se lo lleva a la boca, poniendo la mueca casi a la altura de la frente, con el metacarpo diagonal y los dedos cados, en un gesto de supremo cansancio. Verd viste con traje oscuro, holgado; la camisa es de batista, blanda, sin corbata; calza unos zapatos suizos; lleva los tres ltimos botones del chaleco sin abrochar. --Ay, Antonio!--exclama Verd--. Yo no puedo soportar ms este dolor que me abruma y no me deja reposar un momento. Azorn mira pensativo a Verd, como antao miraba a Yuste. Un mundo de ideas le separa de Verd; pero qu importan las ideas rojas o blancas? Lo que importan son los bellos movimientos del alma; lo que importa es la espontaneidad, la largueza, la tolerancia, el mpetu generoso, el arrebato lrico. Y Verd es un bello ejemplar de esos hombres-fuerzas que cantan, ren, se apasionan, luchan, caen en desesperaciones hondas, se exaltan en alegras sbitas; de uno de esos hombres que accionan fciles, que caminan rpidos, que hablan tumultuosos, que dicen jovialmente a los necesitados: Ah! s, s, desde luego, que tienden los brazos para abrazar desde la segunda entrevista, que piensan sinceramente al recibir la ofensa: Soy yo, soy yo el que tiene la culpa, que suben sesenta escalones, y otros sesenta, y otros cincuenta para hacer un favor al amigo del amigo de un amigo, que contestan las cartas a correo vuelto, que lanzan largos telegramas entusiastas por nimias felicitaciones, que son buenos, que son sencillos, que son grandes. * * * A ratos, fragmentariamente, charlan Verd y Azorn. Largos silencios entrecortan los coloquios. Un jilguero, colgado en el patio, canta en arpegios cristalinos. Y en un rincn, ensimismado, encogido, triste, muy triste, callado siempre, un viejo que viene invariablemente todas las tardes, se acaricia con un gesto automtico sus claras patillas blancas. Este viejo se llama don Vctor y tiene dos o tres apellidos como todos los mortales; pero, para qu consignarlos? Ya don Vctor no es casi nada; es un resto de personalidad; es un rezago lejano de ente humano. Y ni aun don Vctor cabe llamarle, sino _un viejo_--uno de esos viejos tan viejos que si dicen alguna vez: _Cuando yo era joven..._ parece que abren un cuarto oscuro del que sale una bocanada de aire hmedo. * * * --Yo no quiero creer, Azorn--dice Verd--, que esto sea todo perecedero, que esto sea todo mortal y deleznable, que esto sea todo materia. Yo oigo decir... yo leo... yo observo... por todas partes, todos los das, que las ideas consoladoras se disgregan, se pierden, huyen de las Universidades y las Academias, desertan de los libros y de los peridicos, se refugian--nico refugio!--en las almas de los labriegos y de las mujeres sencillas... Ah, qu tristeza, querido Azorn, qu tristeza tan honda!... Yo siento cmo desaparece de una sociedad nueva todo lo que yo ms amo, todo lo que ha sido mi vida, mis ilusiones, mi fe, mis esperanzas... Y no puedo creer que aqu remate todo, que la substancia sea nica, que la causa primera sea inminente... Y, sin embargo, todo lo dice ya en el mundo... por todas partes, a pesar de todo, contra todo, estas ideas se van infiltrando..., estas ideas inspiran el arte, impulsan las ciencias, rigen los Estados, informan los tratos y contratos de los hombres... Ligera pausa. Verd mueve su cabeza suavemente para sacudir el dolor. Don Vctor se acaricia sus patillas blancas. Azorn mira a lo lejos, en el huerto, cmo giran y tornan las mariposas, sobre el follaje, bajo el cielo difano. Y Verd aade: --No, no, Azorn; todo no es perecedero, todo no muere... El espritu es inmortal! El espritu es indestructible! Y luego, exaltado, abriendo mucho sus ojos tristes, golpendose la frente: --Ah, mi espritu, mi espritu!... Mi vida perdida, mis energas muertas!... Ah, el desconsuelo de sentirse inerte en medio de la vibracin universal de las almas! Y se ha hecho un gran silencio. Y en el aire parece que haba sollozos y lgrimas. Y han sonado lentas, una a una, las campanadas del Angelus. II Sarri es gordo y bajo; tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la cara, tintadas las mejillas de vivos rojos. Y su boca se contrae en un gesto picaresco y tmido, apocado y audaz, un gesto como el de los nios cuando persiguen una mariposa y van a echarle la mano encima. Sarri lleva, a veces, un sombrero hongo un poco en punta; otras, una antigua gorra con dos cintitas detrs colgando. Su chaleco aparece siempre con los cuatro botones superiores desabrochados; la cadena es de plata, gorda y con muletilla. Sarri es un epicreo; pero un epicreo en rama y sin distingos. Ama las buenas yntigas; es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos y luego contrae los labios y chasca la lengua. Sarri no se apasiona por nada, no discute, no grita; todo le es indiferente. Todo menos esos gordos capones que traen del campo y a los cuales l les pasa con amor y veneracin la mano por el buche; todo menos esos slidos jamones que chorrean bermejo adobo, o penden colgados del humero; todo menos esos largos salchichones aforrados en plata que l sospesa en la mano y vuelve a sospesar como diciendo: S, ste tiene tres libras; todo menos esas opulentas empanadas de repulgos preciosos, atiborradas de mil cosas pintorescas; todo menos esas chacinas extremeas; todo menos esos morteruelos gustosos; todo menos esas deleznables mantecadas, menos esos retesados alfajores, menos esos sequillos, esos turrones, esos mazapanes, esos pestios, esas hojuelas, esos almendrados, esos pionates, esas sopaipas, esos diacitrones, esos arropes, esos mostillos, esas compotas... Sarri vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua transparente. Sarri tiene una mujer gruesa y tres hijas esbeltas, plidas, de cabellera esplndida: Pepita, Lola, Carmen. Tres muchachas vestidas de negro que pajarean por la casa ligeras y alegres. Llevan unos zapatitos de charol, fina obra de los zapateros de Elda, y sobre el traje negro resaltan los delantales blancos, que se extienden ampliamente por la falda y suben por el seno abombado, guarnecidos de sutiles encajes rojos. Por la maana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en sus mosaicos pintorescos. El sol entra flgido y clido por los cuarterones de la puerta; los muebles destacan limpios; gorjea un canario. Y la peinadora va esparciendo sobre la espalda las blondas y ondulantes matas. Y un momento estas tres nias blancas, gallardas, con sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza cada, semejan esas bellas mujeres desmelenadas de Rafael en su _Pasmo_, de Ghirlandajo en su _San Zenobio_. Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el da, con sus bolillos, urdiendo fina randa. Las tres tienen las manos pequeas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uas combadas. Y estas manos van, vienen, saltan, vuelan sobre el encaje, cogen los bolillos, mudan los alfileres, mientras el dedo meique, enarcado, vibra nerviosamente y los macitos de nogal hacen un leve traqueteo. De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de la lengua y se mojan los labios... Y as hora tras hora. Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean, mientras ren, mientras cantan alguna vieja tonada melanclica. En el fondo, la iglesia se perfila en el azul negruzco; el aire es dulce; las estrellas fulguran. Y el agua de la fuente cae con un manso susurro interminable... III El cielo se nubla; relampaguea; caen sonoros goterones sobre la parra. Y un chubasco se deshace en hilos brilladores entre los pmpanos. Verd mira el sol que de nuevo ha vuelto a surgir tras la borrasca. Don Vctor, en un rincn, siempre inmvil, siempre triste, muy triste, se acaricia en silencio sus blancas patillas ralas. --Yo amo la Naturaleza, Antonio--dice Verd--: yo amo, sobre todas las cosas, el agua. El cardenal Belarmino dice que el agua es una de las escalas para subir al conocimiento de Dios. El agua,--escribe l--lava y quita las manchas, apaga el fuego, refrigera y templa el ardor de la sed, une muchas cosas y las hace un cuerpo, y ltimamente, cuanto baja, tanto sube y se levanta despus... Pero Belarmino no saba que el agua tiene sus amores; los santos no saben estas cosas. Y yo te dir los amores del agua. El agua ama la sal; es un amor apasionado y eterno. Cuando se encuentran se abrazan estrechamente; el agua llama hacia s la sal, y la sal, toda llena de ternura, se deshace en los brazos del agua... No has visto nunca en el verano cmo desciende la lluvia en esos turbiones rpidos que refrescan y esponjan la verdura? El agua cae sobre las anchas y porosas hojas y busca a su amiga la sal; pero la sal est aprisionada en el menudo tejido de la planta. Entonces el agua se lamenta de los desdenes de la sal, le reprocha su inconstancia, la amenaza con olvidarla. Y la sal, enternecida, hace un esfuerzo por salir de su prisin y se une en un abrazo con su amada. Sin embargo, ocurre que el sol, que tiene celos del agua, a la que tambin adora, sorprende a los dos amantes y se pone furioso. Ah!--exclama en ese tono con que se dicen estas cosas en las comedias--ah! Conque ests hablando de amores con la sal? Conque la has hecho salir de su crcel, donde estaba encerrada por orden ma? Pues yo voy a castigarte! Y entonces el sol, que es un hombre terrible, manda un rayo feroz contra el agua; la cual, como es tan inocente, tan medrosica, abandona a la sal y huye toda asustada. Y sta es la causa, Antonio, por qu en el verano, cuando ha pasado el chubasco y el sol luce de nuevo, vemos sobre las hojas de algunas plantas, las cucurbitceas, por ejemplo, unas pequeas y brilladoras eflorescencias salinas... IV Hoy ha llegado un msico errabundo. l se hace llamar Orsi, pero yo s que se llama sencillamente Ros. Ros toca el violoncello; es alto, gordo; su crneo est casi glabro; sobre las sienes asoman unos aladares hmedos y estirados; una melenita blanquinosa baja hasta el cuello. A Orsi acompaa una muchacha esbelta. Esta muchacha tiene la cara ovalada, largas las pestaas, los ojos dulcemente atristados; viste un traje nuevo con remembranzas viejas, y hay en toda ella, en sus gestos, en su andar, en sus arreos, un aire de esas figuras que dibujaba Gavarni, tan simples, tan elegantes, tan simpticas, con la cabeza inclinada, con el pelo en tirabuzones, con las manos finas y agudas cruzadas sobre la falda, que cae en tres grandes alforzas sobre los pies buidos. Orsi tiene un monculo. Este monculo ha sido el origen de su amistad con Azorn. Un hombre que gasta monculo es, desde luego, digno de la consideracin ms profunda. Esta tarde Orsi recorra indolentemente las calles. De rato en rato Orsi se pona su monculo y se dignaba mirar a estos pobres hombres que viven en un pueblo. De pronto un joven ha aparecido en un portal. Necesitar describir este joven? Es alto; va vestido de negro; lleva una cadenita de oro, en alongados eslabones, que refulge en la negrura, como otra idntica que lleva el consejero Corral, pintado por Velzquez. Es posible que Orsi no conozca este cuadro de Velzquez, y, por lo tanto, no haya advertido dicho detalle. Por eso, sin duda, ha dirigido al citado joven una mirada piadosa a travs de su cristal. Entonces el joven, lentamente, se ha llevado la mano al pecho, ha cogido otro monculo, se lo ha puesto y ha mirado a Orsi con cierta conmiseracin altiva. Orsi, claro est, se ha quedado inmvil, estupefacto, asombrado. En Petrel, en este pueblo oscuro, en este pueblo diminuto, hay un hombre que gasta monculo? Y este monculo tiene una cinta ancha y una gruesa armadura de concha? Y es ms grande, y ms recio, ms formidable, ms agresivo que el suyo? Todas estas ideas han pasado rpidamente por el cerebro un poco hueco de Orsi. Indudablemente--ha concluido--, yo puedo ser un genio, pero he de reconocer que aqu, en este pueblo, _no estoy solo_. Y ante el burgus innoble, entre este vulgo ignaro, Orsi y Azorn--no poda ser de otro modo!--se han reconocido como dos almas superiores, y han ido en compaa de Sarri--que tambin a su manera es un alma superior--a tomar unas olorosas copas de ajenjo. * * * El concierto se ha celebrado en el casino. Haba poca gente; era una noche plcida de esto. La nia simple se sienta al piano; Orsi coge el violoncello, y lo limpia, y lo acaricia, y arranca de l agudos y graves arpegios. Luego se hace un gran silencio. El piano preludia unas notas cristalinas, lentas, lnguidas. Y el violoncello comienza su canto grave, sonoro, melanclico, misterioso; un canto que poco a poco se apaga como un eco formidable, mientras una voz fina surge, imperceptible, y plae dolores inefables, y muere tenue. Es el _Spirto gentil_, de _La Favorita_. Orsi inclina la cabeza con uncin; su mano izquierda asciende, baja, salta a lo largo del asta... Cuando acaba la pieza, Orsi se levanta sudoroso y Azorn le ofrece un refresco. --No, no, Azorn--contesta Orsi;--tengo miedo... un poquito de cognac... El concierto vuelve a empezar. El arco pasa y repasa; el violoncello canta y gime. Un mozo discurre con una bandeja; la concurrencia se va retirando calladamente. Y el violoncello se queja discreto, sonre irnico, parte en una furibunda nota larga. --Qu calor, qu calor!--exclama Orsi cuando acaba--. Azorn a ver, un poquito de cognac... Son las doce. El saln est casi vaco. Diminutas mariposas giran en torno a las lmparas; por los grandes balcones abiertos entra como una calma densa y profunda que se exhala del pueblo dormido, de la oscuridad que en la calle silenciosa ahoga los anchos cuadros de luz de las ventanas. Y entonces, en ese profundo silencio, Azorn ha dicho: --Orsi, toque usted algo de Beethoven... la ltima sinfona... estamos solos... Y Orsi ha contestado: --Beethoven... Beethoven... Azorn, un poquito de cognac por Beethoven. Y el violoncello, por ltima vez, ha cantado en notas hondas y misteriosas, en notas que plaan dolores y semejaban como una despedida trgica de la vida. Orsi levanta la cabeza; sus ojos brillan; su mano izquierda se abate con un gesto instintivo, todo vuelve al silencio. * * * Luego, en casa de Sarri, los tres, en el misterio de la noche, ante las copas, bajo la lmpara, evocan viejos recuerdos. --Azorn--dice Orsi--, usted no conoci a Bottesini? Bottesini logr hacer con el violn lo que Sarasate con el violn. Qu admirable! Yo le o en Madrid; cuando yo le conoc llevaba un pantaln blanco a rayitas negras. Callan un largo rato. Y despus Sarri pregunta: --A que no saben ustedes lo que me sucedi a m en Madrid una noche? Azorn y Orsi miran a Sarri con visibles muestras de ansiedad. Sarri prosigue. --Una noche estaba yo en los Bufos; no recuerdo qu funcin representaban. Era una en que salan unas mujeres que llevaban grandes carteras de ministro, y haba otra que era reina... Yo estaba viendo la funcin muy tranquilo, cuando de pronto me vuelvo y veo a mi lado... a quin dirn ustedes? A don Luis Mara Pastor. Don Luis Mara Pastor en los Bufos! Azorn pregunta quin era don Luis Mara Pastor. Y Sarri contesta: --No lo s yo a punto fijo, pero era un gran personaje de entonces. Lo que s recuerdo es que iba todo afeitado. Vuelven a callar. Y Azorn se acerca la copa a los labios y piensa que en la vida no hay nada grande ni pequeo, puesto que un grano de arena puede ser para un hombre sencillo una montaa. V Verd est cada vez ms dbil y achacoso. Esta tarde, en el despacho, ante el huerto florido, Verd iba y vena como siempre con su paso indeciso. En un rincn, inconmovible, eterno, don Vctor calla y se acaricia sus barbas blancas. Y Azorn contempla exttico al maestro. Y el maestro dice: --Azorn, todo es perecedero ac en la tierra, y la belleza es tan contingente y deleznable como todo... Cuando las generaciones nuevas tratan de destruir los nombres antiguos, consagrados, se estremecen de horror los viejos. Y no hay nada definitivo: los viejos hicieron sus consagraciones: qu razn hay para que las acepten los jvenes? Su criterio vale, por lo menos, tanto como el de sus antecesores. Yo me siento viejo, enfermo y olvidado, pero mi espritu ansa la juventud perenne. No hay nadie consagrado. La vida es movimiento, cambio, transformacin. Y esa inmovilidad que los viejos pretenden poner en sus consagraciones va contra todo el orden de las cosas. La sensibilidad del hombre se afina a travs de los tiempos. El sentido esttico no es el mismo. La belleza cambia. Tenemos otra sintaxis, otra analoga, otra dialctica, hasta otra ortologa, cmo hemos de encontrar el mismo placer en las obras viejas que en las nuevas? Los jvenes que admiten sin regateos las innovaciones de la esttica son ms humanos que los viejos. La innovacin es al fin admitida por todos; pero los jvenes la acogen desde el primer momento con entusiasmo, y los viejos cuando la fuerza del uso general les pone en el trance de admitirla, es decir, cuando ya est sancionada por dos o tres generaciones. De modo que los jvenes tienen ms espritu de justicia que los viejos, y adems se dan el placer--el ms intenso de todos los placeres!--de gozar de una sensacin esttica todava no desflorada por las muchedumbres. He dicho que los viejos admiten, al fin y al cabo, las innovaciones del modernismo (o como se quieran llamar tales audacias), y es muy cierto. Vicente Espinel era un modernista, hizo lo que hoy estn haciendo los poetas jvenes: innov en la mtrica. Y hoy los mismos viejos que denigran a los poetas innovadores encuentran muy lgico y natural componer una dcima. El arcipreste de Hita se complace en haber _mostrado a los simples fablas et versos extrannos_. Fue un innovador estupendo, y esos _versos extrannos_ causaran de seguro el horror de los viejos de su tiempo. De Boscn y Garcilaso no hablemos; hoy se reprocha a los jvenes poetas americanos de lengua castellana que vayan a buscar a Francia su inspiracin. Dnde fue a buscarla Boscn, que nos trajo aqu todo el modernismo italiano? Lope de Vega, el ms furibundo, el ms brutal, el ms enorme de todos los modernistas, puesto que rompe con una abrumadora tradicin clsica, ser, sin duda, aplaudido por los viejos cuando se representa una obra suya, una obra que es un insulto a Aristteles, a Vida, a Lpez Pinciano y a la multitud de gentes que crean en ellos, es decir, a los viejos de aquel entonces! Imitad a los clsicos--se dice a los jvenes--no intentis innovar. Y esto es contradictorio! La buena imitacin de los clsicos consiste en apartar los ojos de sus obras y ponerlos en lo porvenir; ellos lo hicieron as. No imitaban a sus antecesores: innovaban. De los que fueron fieles a la tradicin, quin se acuerda? Su obra es vulgar y anodina; es una repeticin del arquetipo ya creado... Verd ha callado un momento y Azorn ha dicho: --Lo que los viejos reprochan, sobre todo, a los jvenes, maestro, son los medios violentos que emplean para echar abajo sus consagraciones, esas palabras gruesas, esos ataques furibundos... Y Verd ha contestado: --Eso vale tanto como reprocharles su juventud. Qu hicieron ellos en su tiempo? La vida es accin y reaccin. Todo no puede ser uniforme, igual, gris. Los ataques de los jvenes de ahora son la reaccin natural de los elogios excesivos que los viejos se han fabricado durante veinte aos. Luego, dentro de otros veinte aos, los crticos y los historiadores pondrn en su punto las cosas; es decir, en un nivel que ni sea los ditirambos de los viejos ni las diatribas de los jvenes... Pero ese trabajo podrn hacerlo porque ya recibirn, hecha por los jvenes, la mitad de la labor; es decir, que ya se encontrar destruida esa obra de frvolas consagraciones que los viejos han construido. --Otro de los cargos, querido maestro, que los viejos hacen a las nuevas generaciones es su volubilidad, su mariposeo a travs de todas las ideas. --Cabalmente en el fondo de esa volubilidad veo yo un instintivo espritu de justicia. Los viejos, hombres de una sola idea, no pueden comprender que se vivan todas las ideas. Que los jvenes no tienen ideas fijas? S precisamente no tener una idea fija es tenerlas todas, es gustarlas todas, es amarlas todas! Y como la vida no es una sola cosa, sino que son varias, y, a veces muy contradictorias, slo ste es el eficaz medio de percibirla en todos sus matices y cambiantes, y slo sta es la regla crtica infalible para juzgar y estimar a los hombres... Pero los viejos no pueden comprender este mariposeo, y se aferran a una sola idea que representa su vida, su espritu, su pasado. Y esto es fatal; es el mismo instinto que nos hace cobrar amor a un objeto que hemos usado durante aos, un reloj, una petaca, una cartera, un bastn... El maestro calla. Y de pronto don Vctor--oh pasmo!--cesa de acariciarse sus patillas, abre la boca y exclama: --Yo tena un bastn! Azorn y el maestro se quedan asombrados. Don Vctor habla? Don Vctor tena un bastn? Esto es inslito! Esto es estupendo! Y don Vctor prosigue: --Yo tena un bastn, eh?... un bastn con el puo de vuelta, con una chapa de plata, eh?... con una chapa de plata que haca un ruido sordo al caminar... Don Vctor se detiene en una breve pausa; se siente fatigado de su enorme esfuerzo. Despus aade: --Una vez tuve yo que hacer un viaje... un viaje largo, eh?... era el da 20 y tena que embarcarme en Barcelona el 21... el 21, eh?... y yo estaba en Madrid. Don Vctor hace otra pausa. Indudablemente, su relato va adquiriendo aspecto trgico; don Vctor contina: --Llego a la estacin y tomo el billete... luego entro en el andn y cojo el coche, eh?... cojo el coche y voy colocando la sombrera... Despus la maleta... despus el portamantas... el portamantas, eh?... el portamantas que no tena el bastn... qu no tena el bastn!... Entonces yo cojo mi equipaje, salgo de la estacin y me voy a casa, eh?... me voy a casa, porque yo no poda acostumbrarme a la idea de estar sin mi bastn, eh?... de estar sin mi bastn y de no or el ruido de la chapa de plata... Don Vctor calla anonadado por la emocin; luego, haciendo un ltimo esfuerzo, aade: --Despus me lo quitaron... me quitaron mi bastn, eh?... mi bastn con el puo de vuelta... Y desde entonces... desde entonces... Su voz tiembla y se apaga en un silencio de tristeza infinita. Y Verd y Azorn permanecen silenciosos tambin, conmovidos, ante esta fruslera que es una tragedia para este pobre viejo. VI Esta noche el pobre Sarri est muy ocupado; se encuentra metido en su despacho, bajo la lmpara que pone en su cabeza vivos reflejos, ante un libro que lee y relee con visibles muestras de un inters profundo. Este libro que lee Sarri es un libro trascendental y filosfico; se titula: _Diccionario general de cocina_. Sarri tiene fija la vista en una de sus pginas; su cuerpo se remueve en la silla; dirase que le desasosiega alguno de los pasajes del libro. S, s, le inquieta a Sarri uno de los pasajes de este libro. Y he aqu lo que dice este pasaje: _Tiempo que un conejo debe estar al fuego, suponiendo que est recin muerto._ Esto es admirable; esto es como el anuncio de que un sabio va a pronunciar su mgica sentencia. Luego el pasaje contina: Un conejo grande, casero, hora y media.--Uno de monte, una hora. Y esto es lo que le inquieta a Sarri! Un conejo casero hora y media? Uno de monte una hora? Pero esto es absurdo! Esto es desconocer la realidad! Y Sarri se remueve en su asiento, torna a leer el pasaje, lo lee de nuevo. S, esto es negar la evidencia; esto es trastocar el orden natural de los fenmenos. Porque un conejo de monte, siempre, desde el origen de las cosas, ha tardado en cocerse ms que uno casero. Y Sarri siente que su fe en este libro, nico para l, vacila. Y por primera vez en su vida experimenta una tenue y vaga tristeza. Decididamente, la sabidura humana es cosa deleznable. Para qu sirven los sabios? Para qu sirven estos libros que leemos creyendo encontrar en ellos la verdad infalible? Y Sarri ha confesado a Azorn su amargura. Y Azorn le ha dicho: --S, querido Sarri, los libros son falaces; los libros entristecen nuestra vida. Porque gastamos en leerlos y escribirlos aquellas fuerzas de la juventud que pudieran emplearse en la alegra y el amor. Pero nosotros ansiamos saber mucho. Y cuando llega la vejez y vemos que los libros no nos han enseado nada, entonces clamamos por la alegra y el amor, que ya no pueden venir a nuestros cuerpos, tristes y cansados! VII Esta tarde hemos cumplido un deber triste: hemos acompaado hasta la santa tierra al que en vida fue nuestro amigo don Vctor. Una rambla abre su ancho cauce entre el camposanto y el pueblo. La verdura se extiende en lo hondo bordeando el cauce, repta por el empinado tajo, se junta a la otra verdura de los huertos que respaldan las casas y aparecen colgados como pensiles. Sarri y Azorn, ya de regreso, han cruzado la rambla. Y Sarri ha dicho: --A que no sabe usted, Azorn, en lo que pensaba don Vctor cuando se estaba muriendo? Pensaba en un bastn, en su bastn. Y deca: Que me devuelvan mi bastn... mi bastn de vuelta, eh?... un bastn que tiene una chapa de plata... una chapa de plata que hace un ruido al caminar, eh?... Y luego en la agona le ha gritado: Mi bastn, mi bastn!; y ha muerto. No le parece a usted raro, Azorn? Y Azorn ha contestado: --No, querido Sarri, no me parece raro. Unos piden _luz, ms luz_, cuando se mueren; otros piden _sus ideas_, este pobre hombre peda _su bastn_. Qu importa bastn, ideas o luz! En el fondo, todo es un ideal. Y la vida, que es triste, que es montona, necesita, querido Sarri, un ideal que la haga llevadera: justicia, amor, belleza, o sencillamente un bastn con una chapa de plata. Llegaba el crepsculo. Y el cielo se encenda con violentos resplandores de incendio. VIII Verd reposa en la ancha cama. Sus brazos estn extendidos sobre la sbana. Y sus manos son transparentes. Y sus ojos estn entornados. Y en su rostro se muestra un sosiego dulce. Verd respira penosamente. De rato en rato un gemido se escapa de sus labios. Ya se remueve un poco; una ancha inspiracin hincha su pecho; sus ojos se abren intranquilos. Y luego dice con voz larga y suave: _Ay, Antonio! Ay, Antonio!_ Ha llegado la uncin hace un momento y han ido poniendo sobre sus ojos, sobre sus odos, sobre sus labios, sobre sus manos, sobre sus pies los santos leos. Al lado de la cama un clrigo lee con voz queda en un libro: ..._Commendo te omnipotenti Deo, charissime frater, et ei cujus es creatura, conmitto_... Lentamente se ha ido sosegando el maestro; sus prpados descienden pesados y se cierran; su cuerpo yace inmvil... Todo est quieto; los rayos del sol se filtran por la parra y caen en vivas manchas sobre los ladrillos del patio; el jilguero desenvuelve sus trinos; una mariposa blanca va, viene, torna, gira, repasa entre los verdes pmpanos. Y de pronto el maestro se agita nervioso, abre anchos los ojos y grita con angustia: _Mi espritu!... Mi espritu!..._ Sus manos se contraen; su mirada se pierde a lo lejos, exttica, espantada. Y poco a poco, sosegado de nuevo, su rostro se distiende como en un sueo; la respiracin se debilita; algo a modo de una espiracin sollozante flota en el ambiente silencioso. Entonces Azorn, que sabe que los msculos son los primeros en morir y que cuando ha muerto el corazn y han muerto los pulmones todava los sentidos perciben en aterradora inmovilidad; entonces Azorn se ha inclinado sobre Verd y ha pronunciado con voz lenta y sonora: --Maestro, maestro; si me oyes an, yo te deseo la paz! Y el clrigo ha levantado los ojos al cielo y ha dicho: --Dios lo habr acogido en su santo seno! _Suscipe Dmine, servum tuam in locum sperandoe sibi salvationis a misericordia tua._ Y Azorn aade: --Ha vuelto al alma eterna de las cosas! Todo ha tornado a quedar en silencio; el aire es luminoso y ardiente; en el fondo del patio, all en el huerto, sobre el follaje verde, brillan las manzanas rosadas, las ciruelas de oro, los encendidos albrchigos. La mariposa blanca ha desaparecido. Y suena una campanada larga, y despus suena otra campanada breve, y despus suena otra campanada larga... IX Sarri y Azorn han ido a Villena. Esta es una ciudad vetusta, pero clara, limpia, riente. Tiene callejuelas tortuosas que reptan monte arriba; tiene vas anchas sombreadas por pltanos; tiene viejas casas de piedra con escudos y balcones voladizos; tiene una iglesia con filigranas del Renacimiento, con una soberbia reja dorada, con una torre puntiaguda; tiene una plaza donde hay un hondo estanque de aguas difanas que las mujeres bajan por una ancha gradera a coger en sus cntaros; tiene un castillo que an conserva la torre del homenaje, y en cuyos salones don Diego Pacheco, gran protector de los moriscos, vera ondular el cuerpo serpentino de las troteras. Hay en la vida de estas ciudades viejas algo de plcido y arcaico. Lo hay en esas fondas silenciosas, con comedores que se abren de tarde en tarde, solemnemente, cuando por acaso llega un husped; en esos cafs solitarios donde los mozos miran perplejos y espantados cuando se pide un pistaje extico; en esos obradores de sastrera que al pasar se ven por los balcones bajos y en que un viejo maestro, con su calva, se inclina sobre la mesa, y cuatro o seis mozuelas canturrean; en esas herreras que repiquetean sonoras; en esos conventos con las celosas de madera ennegrecidas por los aos; en esas persianas que se mueven discretamente cuando se oyen resonar pasos en la calleja desierta; en esas comadres que van a los hornos con sus mandiles rojos y verdes, o en esos anacalos que van a recoger el pan a las casas; en esas viejas que os detienen para quitaros un hilo blanco que llevis a la espalda; en esos pregones de una enjalma que se ha perdido o de un vino que se vende barato; en esos nios que se dirigen con sus carteras a la escuela y se entretienen un momento jugando en una esquina; en esas devotas con sus negras mantillas que sacan una enorme llave y desaparecen por los zaguanes oscuros... Azorn y Sarri han pasado unas horas en la ciudad sosegada. Y a otro da han regresado a Petrel. En la estacin han visto cuatro monjas. Estas monjas eran pobres y sencillas. Una era alta y morena; tena los ojos grandes y los dientes muy blancos; otra era jovencita, carnosa, vivaracha, rubia, menuda. Las otras dos tocaban en la vejez: cencea y rugosa la una; gordal y rebajeta la otra. Esta ltima hablaba animadamente con el encargado de los billetes; despus, el encargado, que lea un papel blanco, se lo ha devuelto a la monja y le ha dado dos billetes azules. Entonces se han separado de la taquilla y las cuatro, con las cabezas juntas, cuchicheaban. Azorn ha visto que la monja gruesa le enseaba el papel a la morena y que sta sonrea con una sonrisa suave, con una sonrisa divina, enseando sus blancos dientes, poniendo en xtasis los ojos. De qu sonrea esta monja? Han subido al tren las dos jvenes y se han quedado en tierra las dos viejas. La locomotora silba. Unas y otras se han despedido y se hacan recomendaciones mutuas. La morena ha dicho: ... y en particular a sor Elisa, para que se le vayan ciertas ilusiones. Esta sor Elisa que tiene _ciertas ilusiones_--piensa Azorn--, quin ser? Qu ilusiones sern las que tiene esta pobre sor Elisa, a quien l ya se imagina blanca, lenta, suave, un poco melanclica, a lo largo de los claustros callados? Las monjas han rezado una salve. La menudita se llevaba el pauelo a los ojos y apretaba los labios para reprimir un sollozo. El tren avanza. Se abre a la vista una espaciosa llanura; se yerguen ac y all grupos de lamos; las notas blancas de las casas resaltan en la verdura; un bosquecillo de granados se espejea en las claras aguas de un arroyo; revuelan grandes mariposas oscuras. Han pasado dos o tres estaciones. Las monjas han descendido del tren. Y se han perdido a lo lejos, con una maleta rada, con dos saquitos de lienzo blanco, con un paraguas viejo... X PETREL. Este viejo por la maana haba venido a traer un sobre grande en que deca: _Seor don Lorenzo Sarri_. Sarri, puesto que era para l, ha abierto el sobre, despus que se ha marchado el viejo, y ha visto que dentro haba una cartela con un escudo. Este escudo resulta que es el de Sarri, o por lo menos, el de su apellido. Pero mejor ser que digamos que es el del propio Sarri, toda vez que la tarjeta pone en el centro, con letras doradas, su nombre y apellidos. No cabe duda; son las armas de l. A un lado se dice que estas armas consisten--segn van dibujadas--en un len y un lobo que sostienen una filacteria en que se lee: _Nunc et semper_; y al otro se explica que el apellido Sarri lo llev por primera vez un guerrero que le prest su caballo a Fernando III en la toma de Baeza. Esto ha conmovido a toda la familia; por eso, cuando el viejo ha vuelto esta tarde, todos han salido a conocerle. Este viejo tiene la cara plida, sin afeitar desde hace muchos das; su bigote cae lacio por las comisuras de la boca, y cuando sonre muestra por los lados, en sus encas lisas, dos dientes puntiagudos que asoman por la pelambre del mostacho. Lleva unas botas blancas de verano, pero estn muy estropeadas; el traje es de verano tambin, y la chaqueta, abrochada y subida, oculta el cuello juntamente con un pauelo de seda. Estamos ya a principios de invierno, y este viejo debera llevar un traje de abrigo; pero no lo lleva. Y por eso, sin duda, tose pertinazmente, inclinando su cuerpo flaco, ponindose la mano delante de la boca. Pepita le ha dicho si estaba constipado y l ha contestado que s, que haba cogido un enfriamiento en el tren. Porque este viejo va de una parte a otra, por los pueblos, repartiendo sus cartelas con las armas de los apellidos. En algunas casas no le dan nada y se quedan con la tarjeta, que ya a l no le puede servir, puesto que ha estampado en ella el nombre del agraciado; pero en otras s que le dan algo, en reconocimiento, sin duda, a su atencin... Pasan por los pueblos o viven en ellos muchos personajes interesantes de los cuales los novelistas no se preocupan; hacen mal, evidentemente. Este viejo es uno de esos personajes. Otros podrn no ser simpticos, pero ste lo es. Esta es la causa de que haya enternecido a todos contando sus andanzas. Y he aqu que Pepita le saca una taza de caldo, y Sarri va a buscar una botella de buen vino, y Lola y Carmen aprestan otras cosas para que coma. l est encantado. --Yo tena en Madrid un escritorio--dice el--; pero este escritorio era muy oscuro. Cuando venan a que yo escribiera una carta, yo tena que encender una luz. Esto era un gasto terrible; adems, en el escritorio haba mucha humedad. As es que resolv mudarme... Quince aos haba estado all en aquel zagun, y me entristeca el tener que marcharme a otro lado; pero era preciso, porque yo estaba ya un poco enfermo con la humedad... Sin embargo, estuve buscando unos das algn sitio a propsito y no lo encontr. Entonces decid dar una vuelta por provincias haciendo tarjetas herldicas... Y ahora, cuando vuelva a Madrid, tratar de establecerme en otra parte. El viejo tose y vuelve a toser, encorvndose, ponindose la mano delante de la boca. Despus, cuando ha acabado de comer lo que le han trado, saca una petaca y trata de hacer un cigarro. Pero Sarri no le deja. No hubiera estado bien no proporcionarle tabaco despus de haberle dado de comer. Le da, pues, un cigarro, que el viejo ha encendido y fuma, mientras todos, con esta curiosidad tan provinciana, van mirando atentamente hasta sus menores gestos. XI ALICANTE. Azorn y Sarri han ido a Alicante. Esta es una capital de provincia alegre y sana. Hay cafs casi cmodos, peridicos casi legibles, tiendas casi buenas, restaurants casi aceptables. Esto ltimo le interesa a Sarri vivamente. A Azorn debe tambin de interesarle. Los dos recorren las calles llevados de una curiosidad natural. Azorn, alto, inquieto, nervioso, vestido de negro, con un bastn que lleva diagonal, cogido cerca del puo a modo de tizona; Sarri, bajo, gordo, pacfico, calmoso, con su chaleco abierto y su gran hongo de copa puntiaguda. Yo no s si en Alicante habrn reparado en estas dos figuras magnas; acaso no. Los grandes hombres suelen pasar inadvertidos. Y as, Azorn y Sarri, sin admiradores molestos, dan unas vueltas por una plaza, husmean las tiendas, compran unos peridicos, y acaban por sentarse en la terraza de un restaurant, bajo el cielo azul, frente al mar ancho. El mar se aleja en una inmensa mancha verde; se mueven, suavemente balanceados, los barcos; las gras suenan con ruido de cadenas; chirran las poleas; se desliza rpido, en la lejana, un lad con su vela latina y sus dos foques. Y rasga los aires una bocina ronca con tres silbidos largos y luego con tres silbidos breves. Sale un vapor. La chimenea, listada de rojo, despide un denso humacho negro; el chorro de desage surte espumeante y rumoroso; a proa se escapan ligeras nubecillas de la mquina de levar anclas. Lentamente va virando y enfila la boca del puerto; el hlice deja una larga espuma blanca; en la popa resaltan grandes letras doradas: _C. H. R. Broberg-Cjobenhun_; una bandera roja, partida por una cruz azul, flamea... Ya ha salido del puerto. Poco a poco se aleja en la inmensidad; el humo difumina con un trazo fuliginoso el cielo difano; el barco es un puntito imperceptible. Y el mar, impasible, inquieto, eterno, va y viene en su oleaje, verde a ratos, a ratos azul, tal vez, cuando soplan vientos de Sur, rojo profundo. El mar--deca Guyau, que escribi sus ms bellas pginas al borde de este mismo Mediterrneo--, el mar vive, se agita, se atormenta perdurablemente sin objeto. Nosotros tambin--piensa Azorn--vivimos, nos movemos, nos angustiamos, y tampoco tenemos finalidad alguna. Un poco de espuma deshecha por el viento es el resultado del batir y rebatir del oleaje--dice Guyau. Y una idea, un gesto, un acto que se esfuman y pierden a travs de las generaciones es el corolario de nuestros afanes y locuras... Azorn han sentido que una suave congoja llegaba de la inmensa mancha azul y envolva su espritu. Y Sarri, que sudaba y trasudaba tratando de cortar intilmente un enorme rosbif, ha levantado los ojos. Y en ellos tambin haba un poco de tristeza. XII ALICANTE. Hoy, en Alicante, cuando Azorn y Sarri paseaban bajo las palmeras, frente al mar, se ha parado ante ellos un seor moreno y enjuto, de ancha perilla cana. Luego se ha dirigido a Azorn y le ha estrechado la mano con un apretn seco y nervioso. --Yo s quin es usted--le deca--y quiero tener el gusto de saludarle. Es usted uno de los hombres del porvenir... Azorn ha querido saber su nombre. El desconocido ha dicho que se llamaba Bellver y que viva en tal parte. Despus, rpido, nervioso, ha levantado su sombrero y se ha ido. Y Azorn se ha vuelto hacia Sarri y le ha dicho: --Parceme, Sarri amigo, que acabo de ganar una gran batalla. Este hombre que se ha acercado a m es un admirador mo. Yo no le conozco, pero l ha querido expresarme sus simpatas. Estos sencillos homenajes son la recompensa de los que ejercemos la noble profesin de la pluma. Escribe uno un libro, publica uno treinta artculos, y la crtica habla, los compaeros hacen sus comentarios. Todo esto, qu importa? Todo esto est previsto. Pero ese pedazo de conversacin que omos al paso y en que suena nuestro nombre, esa carta annima que nos felicita, ese lector entusiasta--como este Bellver--que estrecha rpidamente nuestra mano con efusin, con sinceridad, y luego se marcha... todo esto, qu grato es y cmo compensa del trabajo rudo y las tristezas! Nosotros, como el Hidalgo Manchego, tenemos algo de soadores; una ilusin nos vivifica. Vivimos pobres; gastamos ao tras ao nuestras fuerzas sobre los libros; la muerte sorprende nuestros cuerpos fatigados en plena vida; si trasponemos la juventud, nuestra vejez es msera y achacosa; vemos aupados por las multitudes a hombres fatuos, mientras nosotros, que damos a la Humanidad lo ms preciado, la belleza, permanecemos desamparados... Y un da, en nuestra soledad y en nuestra pobreza, un desconocido se acerca a nosotros y nos estrecha con entusiasmo la mano. Y entonces nos creemos felices y consideramos compensados con este minuto de satisfaccin nuestros largos trabajos. Esto me sucede a m ahora, querido Sarri; y por eso este apretn de manos ha puesto en m tanta ufana como en Alonso Quijano la liberacin de los galeotes o la conquista del yelmo. XIII ORIHUELA Van y vienen por las calles clrigos con la sotana recogida en la espalda, frailes, monjas, mandaderos de conventos con pequeos cajones y cestas, mozos vestidos de negro y afeitados, nios con el traje galoneado de oro, nias, de dos en dos, con uniformes vestidos azules. Hay una diminuta catedral, una microscpica obispala, vetustos caserones con la portalada redonda y zaguanes sombros, conventos de monjas, conventos de frailes. A la entrada de la ciudad, lindando con la huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco; arriba, en lo alto del monte, dominando el poblado, el Seminario muestra su inmensa mole. El ro corre rumoroso, de escaln en escaln, entre dos ringlas de viejas casas; las calles son estrechas, srdidas; un olor de humedad y cocina se exhala de los porches oscuros; tocan las campanas a las novenas; entran y salen en las iglesias mujeres con mantillas negras, hombres que remueven en el bolsillo los rosarios. Azorn y Sarri han recorrido la ciudad; luego, de pechos sobre el puente, han contemplado el ro que se desliza turbio. A lo lejos, entre unos caaverales, al pie del palacio episcopal, unos patos se zambullen y nadan. Y Sarri, viendo estos patos, ha dicho: --Esos patos que nadan en el ro, qu gordos que estn, querido Azorn! Y Azorn ha contestado: --Yo imagino, Sarri, que usted ya se regodea con las pechugas de esos patos. Y esos patos son de un buen hombre que es obispo. Este hombre, adems de ser obispo, es un poco sabio y un poco artista, y en los ratos que le dejan libre sus cuidados se asoma al ro y va echando migajas a los patos. San Bernardo era tambin amigo de los animalillos que Dios cra. Cuentan que cuando encontraba en su camino a algunos cazadores, l se afliga un poco y rogaba por las perdices y las liebres, y les deca a estos fieros hombres: _No os cansis en perseguir a esos seres inocentes, que yo he rogado al Seor por ellos y el Seor les conservar la vida._ Y he aqu, querido Sarri, que usted se regocija, all en las intimidades de su espritu, con una hecatacombe de esos patos, que son la alegra de un hombre sencillo, que, como San Bernardo, ama todo lo que Dios ha creado. XIV ORIHUELA Este buen hombre que es obispo ha convidado a almorzar a Sarri y Azorn. Los dos han encontrado natural el convite; pero yo no s quin lo ha encontrado ms natural, si Sarri o Azorn. El obispo es un seor simptico; es nervioso, impresionable, vivo; no sabe hablar; se azora cuando ha de decir en pblico cuatro palabras; pero tiene una excelente biblioteca de libros viejos y novsimos; lee mucho; entiende lo que lee, y escribe atinadamente y con cierta mesura de las cosas que opugna. La mesa est lindamente aparejada; la cristalera es luciente y fina; el mantel es blanqusimo, y sobre su blancura resaltan los anchos ramos de flores bien olientes y la loba morada del obispo. Todos se sientan. El obispo es uno de esos hombres espirituales que cuando comen lo hacen como a pesar de ellos, con discrecin, dando a las elegantes razones que se cruzan entre los comensales, ms importancia que a las viandas. --Nietzsche, Schopenhaer, Stirner--dice el obispo--son los bellos libros de caballeras de hogao. Los caballeros andantes no se han acabado; los hay an en esta tierra clsica de las andanazas. Y yo veo a muchos jvenes, seor Azorn, echar por las veredas de sus pensamientos descarriados. Tienen talento? S, s, talento tienen, indudablemente; pero les falta esa simplicidad, esa visin humilde de las cosas, esa compenetracin con la realidad que Alonso Quijano encontr slo en su lecho de muerte, ya curado de sus fantasas. El obispo come un poco separado de la mesa, con ademanes distrados, como olvidndose a veces de que ha de continuar en la tarea de engullir las viandas. --Yo creo--contina diciendo--que debemos mirar la realidad. Luis Vives, que era un buen sujeto, que, como l mismo dice, se paseaba canturreando por los paseos de Brujas, aunque tena una voz detestable, como l tambin aade; Luis Vives escribe que los jvenes deben, ante todo, procurar cautela y recelo en resolver y juzgar las cosas, por pequeas que sean. Todo tiene su razn de ser en la vida. No podemos hacer tabla rasa del pasado. Lo que a veces creemos absurdo, seor Azorn, qu natural es en el hondo proceso de las cosas! --S--piensa Azorn--, en el mundo todo es digno de estudio y de respeto; porque no hay nada, ni aun lo ms pequeo, ni aun lo que juzgamos ms intil, que no encarne una misteriosa floracin de vida y tenga sus causas y concausas. Todo es respetable; pero si lo respetsemos todo, nuestra vida quedara petrificada, mejor dicho, desaparecera la vida. La vida nace de la muerte; no hay nada estable en el universo; las formas se engendran de las formas anteriores. La destruccin es necesaria. Cmo evitarla, y cmo evitar el dolor que lleva aparejado en esta inexorable sucesin de las cosas? Habra que hacer de nuevo el universo... Azorn piensa en cmo sera ese otro universo; naturalmente, no da con ello. Y para ver si se le ocurre algo se come una aceituna; el obispo tambin se come otra y luego dice: --Estas aceitunas son de Mallorca. Vives, a quien he citado antes y por quien tengo especial predileccin, habla de las aceitunas de Andaluca y de las de Mallorca; pero dice textualmente que las de Mallorca saben mejor: _magis sunt saporis sciti Balearice..._ Este es uno de los motivos--aade sonriendo--por lo que yo, que soy tan amante de mi patria, estimo al gran filsofo. Han llegado los postres. Sarri prefiere los dulces; entre ellos hay unos riqusimos limoncillos en almbar. Sarri se sirve de este dulce; luego se cree en el deber de elogiarlo; luego juzga preciso comprobar si su elogio se ajusta en todas sus partes a la realidad, y torna a servirse. El obispo le dice: --Estos limoncillos son exquisitos; me los mandan de Segorbe unas buenas religiosas que son peritsimas en confitarlos. Y yo siempre que los como veo en ellos algo as como un smbolo. Esto quiere decir, seor Sarri, que debemos esforzarnos para que nuestras palabras acedas, nuestras intenciones aviesas se tornen propsitos de concordia y de paz que unan a todos los hombres en cnticos de alabanza al Seor, que los ha creado; del mismo modo que estos limoncillos que eran antes agrios son ahora dulces y nos mueven en elogios hacia esas monjas que los han adobado con sus manos piadosas. Sarri calla y come. Yo barrunto que a Sarri no le interesa mucho el smbolo de las cosas. l, al menos, puedo afirmar que no piensa en nada cuando saborea estos limoncillos. XV PETREL Hoy se han celebrado las elecciones. Han andado por el pueblo excitados unos y otros hombres. Azorn no comprende estas ansias; Sarri permanece inerte. Los dos son algo sabios: uno por indiferencia reflexiva; otro por impasibilidad congnita. Los hombres, querido Sarri--ha dicho Azorn--, se afanan vanamente en sus pensamientos y en sus luchas. Yo creo que lo ms cuerdo es remontarse sobre todas estas miserables cosas que exasperan a la Humanidad. Sonramos a todo; el error y la verdad son indiferentes. Qu importa el error? Qu importa la verdad? Lo que importa es la vida. El bien y el mal son creaciones nuestras; no existen en s mismos. El pesimismo y el optimismo son igualmente verdaderos o igualmente falsos. En el fondo, lo innegable es que la Naturaleza es ciega e indiferente al dolor y al placer... Azorn calla; todo reposa en el limpio zagun. El sol entra por uno de los cuarterones de la puerta en ancha cinta refulgente. Pepita mira a Azorn con sus bellos ojos azules. Y Azorn prosigue: --Hace un momento, yo hojeaba este libro que Pepita tiene aqu sobre una silla. Es un libro de urbanidad para uso de las jvenes. Y bien; yo he encontrado en la primera pgina precisamente, una profunda leccin de vida. Dice as el pasaje a que aludo: Todo cambia, todo se renueva, y hay mil pequeeces, una expresin, una prenda de vestir, una moda de tocado que denotan al punto la edad de la persona que las usa; y por ms que el abate Delille la recomiende, me parece, por ejemplo, de mal gusto la costumbre de aplastar en el plato la cscara de un huevo pasado por agua, costumbre calificada ya por el vizconde de Marenne, en su libro sobre la _Elegancia_, publicado hace aos, de _absurda y ridcula_. He aqu los hombres divididos sobre una cuestin tan nimia como esta de aplastar una cscara de huevo. Unos la recomiendan; otros la creen absurda. Hagamos un esfuerzo, querido Sarri, y sobrepongmonos a estas luchas; no tomemos partido ni por el abate Delille, ni por el vizconde de Marenne. Y pensemos que cuando a estas cosas llega la pasin de los hombres, qu no ser en aquellas otras que ataen muy de cerca a los grandes intereses y a los ideales perdurables? XVI Azorn est sentado junto al balcn abierto de par en par. El aire es tibio; viene la primavera. El sol baa la plaza y pone gratos resplandores en las torres chatas de la iglesia. Todo calla. A las diez, Pepita toca el piano, cuyas notas resuenan sonoras en la plaza. Primero se oyen unas lecciones lentas, montonas, con una monotona sedante, melanclica; luego parte una sinfona de alguna vieja pera, y por fin, todos los das, la _Priere des bardes_, de Godefroid. Azorn se sabe ya de memoria esta meloda pausada y triste, y conforme va oyndola va recordando cosas pasadas, esfumadas, perdidas en los rincones de la memoria. Vuelve luego otra vez el silencio, y a las doce, all enfrente se abre una ventana y un instante despus comienzan a sonar las notas sonoras y claras de un bombardino. Es un artesano que viene del trabajo y aprovecha unos momentos antes de comer para ensayar. Unas veces las notas discurren seguras y llenas; de pronto flaquean y se apagan... y la tonada recomienza con el mismo bro, para volver a apagarse y comenzar de nuevo. El sol es templado y entra en una confortante oleada hasta la mesa en que Azorn lee y escribe. De cuando en cuando cruza la plaza una mujer con un tablero en la cabeza, cubierto con un mandil a rayas rojas y azules; otras veces se llega a la fuente una moza, una de estas mozas blancas, con grandes ojeras, y llena un cntaro de agua. Y el viejo reloj da sus lentas campanadas. Y un vendedor lanza a intervalos un grito agudo. Este es un vendedor de almanaques. Cuando aparece, ya la primavera y el verano son pasados. Entonces una dulce tristeza entra en el espritu, porque un ao de nuestra vida se ha disuelto... Los racimos han desaparecido de las vides; los pmpanos, secos, rojos, corren en remolinos por los bancales; el cielo est de color de plomo; llueve, llueve con un agua menudita durante das enteros. Y Azorn, ya recogido, tras los cristales, oye a lo lejos la meloda lenta y triste del piano. XVII Hace dos das ha llegado a Petrel un seor que representa a unos miles de hombres, que viven aqu, ante otros pocos hombres que se renen en Madrid. Estos hombres se juntan en un ameno sitio llamado Congreso. En este sitio hablan, pero de pie, inmviles. No son peripatticos. A pesar de esto, a Azorn le son simpticos todos estos hombres que hablan siempre. --Sarri--ha dicho Azorn--, este hombre a quien llamamos _diputado_ es un excelente seor. l estrecha todas las manos, acoge todas las demandas, contesta con una sonrisa todos los enfados. Es un hombre simple y bueno. Y como a m me encanta la simpleza, anoche, en un rato de ocio, compuse en su honor una liviana fabulilla. Hela aqu: EL ORIGEN DE LOS POLTICOS Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios, vivi durante unos cuantos aos contenta y satisfecha. Dios tambin estaba contento. Decididamente--pensaba--, he hecho una gran obra. Mis criaturas son felices; les he dado la belleza, el amor y la audacia, y por encima de todo, como don supremo, he puesto en sus cerebros la inteligencia. Estas criaturas, sin embargo, gozaron breve tiempo de la dicha. Poco a poco se fueron tornando tristes. La tierra se convirti en un lugar de amargura. Unos se desesperaban, otros se volvan locos, otros llegaban hasta quitarse la vida. Y todos convenan en que el origen de sus males era la inteligencia, que por medio de la observacin y el autoanlisis les mostraba su insignificancia en el universo y les haca sentir la inutilidad de la existencia en esta ciega y perdurable corriente de las cosas. Entonces estas desdichadas criaturas se presentaron a Dios para pedirle que les quitase la inteligencia. Dios, como es natural, se qued estupefacto ante tal embajada, y estuvo a punto de hacer un escarmiento seversimo; pero como es tan misericordioso, acab por rendirse a las splicas de los hombres. --Yo, hijos mos--les dijo--, no quiero que padezcis sinsabores por mi causa; pero, por otra parte, no quiero quitaros tampoco la inteligencia, porque s que no tardarais en pedrmela otra vez. Adems, entre vosotros no todos opinan de la misma manera; hay algunos a quienes les parece bien la inteligencia; hay otros a quienes no les ha alcanzado ni una chispita en el reparto y quisieran tenerla. En fin, es tal la confusin, que para evitar injusticias, vamos a hacer las cosas de modo que todos quedis contentos. Hasta ahora la inteligencia la llevabais forzosamente en la cabeza, sin poder separaros de ella. Pues bien; de aqu en adelante, el que quiera podr dejarla guardada en casa para volverla a sacar cuando le plazca. Dicho esto, el buen Dios sonri en su bella barba blanca y despidi a sus hijos, que partieron contentos. Cuando volvieron a sus casas se apresuraron a guardar cuidadosamente la inteligencia en los armarios y en los cajones. Sin embargo, haba algunos hombres que la llevaban siempre en la cabeza; stos eran unos hombres soberbios y ridculos que queran saberlo todo. Haba otros que la sacaban de cuando en cuando, por capricho o para que no se enmoheciese. Y haba, finalmente, otros que no la sacaban nunca. Estos pobres hombres no la sacaban porque jams la tuvieron; pero ellos se aprovecharon de la ordenanza divina para fingir que la tenan. As, cuando les preguntaban en la calle por ella, respondan ingenuos y sonrientes: Ah! La tengo muy bien guardada en casa. Esta sencillez y esta modestia encantaron a las gentes. Y las gentes llamaron a estos hombres los _polticos_, que es lo mismo que hombres urbanos y corteses. Y poco a poco estos hombres fueron ganando la simpata y la confianza de todos, y en sus manos se confiaron los ms arduos negocios humanos, es decir, la direccin y gobierno de las naciones. As transcurrieron muchos siglos. Y como al fin todo se descubre, las gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la inteligencia en la cabeza ni la tenan guardada en casa. Y entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo. Pero era ya tarde; la tradicin estaba creada; el perjuicio se haba consolidado. Y los polticos llenaban los parlamentos y los ministerios. XVIII Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo as como unos vislumbres que fascinan. Yo no s--piensa Azorn--lo que es esto; pero yo puedo asegurar que es algo extraordinario. --Pepita--le pregunta Azorn--, qu quisiera usted en el mundo? Pepita levanta los ojos al cielo; despus saca la lengua y se moja los labios; despus dice: --Yo quisiera... yo quisiera... Y de pronto rompe en una larga risa cristalina; su cuerpo vibra; sus hombros suben y bajan nerviosamente. --Yo no s, Azorn; yo no s lo que yo quisiera. Pepita no desea nada. Tiene un bello pelo rubio abundante y sedoso; sus ojos son azules; su tez es blanca y fina; sus manos, estas bellas manos que urden los encajes, son blancas, carnosas, transparentes, suaves. Pepita sabe que hay por esos mundos grandes modistos y grandes joyeros, pero ella no desea nada. Y Azorn, mirndola un poco exttico--por qu negarlo?--, le dice: --La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres elegantes, porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas. Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la mana de escribir: escribimos mejor cuanto ms sencillamente escribimos; pero somos muy contados los que nos avenimos a ser naturales y claros. Y, sin embargo, esta naturalidad es lo ms bello de todo. Las mujeres que han llegado a ser duchas en elegancias, acaban por ser sencillas; los escritores que han ledo y escrito mucho, acaban tambin por ser naturales. Usted, Pepita, es sencilla y natural espontneamente. No lo ha aprendido usted en ninguna parte: el pjaro tampoco ha aprendido a cantar. Y yo, que he escrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad encantadora que usted tiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo misterioso--que es el atractivo de la armona eterna. XIX Pepita se halla en la entrada tramando sus encajes con sus dedos sutiles. Est sentada; tiene sobre la falda la almohadilla; a sus pies hay un peridico de modas. Este peridico lo coge Azorn; luego lo ojea; Azorn lo lee todo. Y pasando y repasando las grandes pginas, sus ojos caen sobre algo interesante. Es una consulta que el peridico ha hecho a sus suscriptoras sobre ciertas cuestiones; una de las preguntas es la siguiente: _Qu cree usted preferible, ser amada sin amar o amar sin ser amada?_ Las respuestas varan, pero todas son curiosas. He aqu lo que dice una de ellas, que Azorn ha ledo en voz alta: Ninguna de las dos cosas. Para una mujer de corazn, tan malo es lo uno como lo otro. He amado sin ser amada, y ahora soy amada sin corresponder, bien a pesar mo. Cuando tena quince aos me enamor de un hombre que pasaba de los treinta, y l, como es natural, me consideraba una chiquilla. Yo me desesperaba, pero l maldito el caso que haca de m. Qu pena la ma cuando un da me pregunt con cara burlona si me gustaban las muecas, porque pensaba comprarme una! Me puse roja de indignacin y, a pesar del cario que le profesaba, confieso que de buena gana le habra dado un cachete. Azorn no ha ledo ms y ha dicho: --Pepita, este hombre a quien esta muchacha quiso despreci frvolamente un gran tesoro. Era ya un poco viejo; acaso estara ya tambin un poco cansado de la tristeza de la vida. Pudo ser feliz un momento y no quiso serlo. Azorn ha aadido, tras breve pausa en que contemplaba los ojos de Pepita: --S, ste era un hombre loco. Despreci un consuelo, una ilusin postrera que otros, ya tambin un poco viejos, ya tambin un poco tristes, van buscando afanosamente por el mundo y no los encuentran... Y Pepita ha bajado sus hermosos ojos limpios y azules. XX Azorn se marcha. Azorn, decididamente, no puede estar sosegado en ninguna parte, ni tiene perseverancia para llevar nada a trmino. Yo he ledo en los diccionarios que _autotelia_ significa cualidad de un ser que puede trazarse a s mismo el fin de sus acciones. Pues bien; no es aventurado afirmar, aunque sea en redondo, que Azorn no tiene _autotelia_. Por eso se marcha repentinamente de este pueblo, sin motivo ninguno, como se marchar luego de otro cualquiera. l aqu era casi feliz; viva tranquilo; no se acordaba de peridicos ni de libros. Y lo que es el colmo de la tranquilidad, hasta no tena nombre. Aqu nadie le conoca como borrajeador de papel, ni siquiera como un simple Antonio Azorn. Y sta es una profunda leccin de vida, porque esto significa que el pueblo, o sea el pblico grande, sano, bienintencionado, no estima el artificio y la melancola torturada del artista, sino la jovialidad, la limpieza, la simplicidad de alma. De este modo aqu Sarri lo era todo--y lo sigue siendo--mientras Azorn no era nada; o mejor dicho, si algo figuraba era como amigo de l, como acompaante del hombre bueno, como un sujeto cuyo nico mrito consiste en ir constantemente con otro meritsimo. Por eso en este pueblo, para designar a Azorn, decan: _El que va con Sarri..._ * * * Azorn ha dicho: --Pepita, me marcho. Pepita se ha vuelto sobresaltada y ha exclamado: --Ay, Azorn! Usted se marcha? Y le ha mirado fijamente con sus anchos ojos azules. Pareca que con su mirada le acariciaba y le deca mil cosas sutiles que Azorn no podra explicar aunque quisiera. Cuando omos una msica deliciosa, podemos expresar lo que nos dice? No; pues del mismo modo Azorn no acertara a explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves. Pepita ha querido saber dnde se iba Azorn. Pero es el caso que Azorn no lo sabe tampoco. Dnde se ir l? Qu pas elegir para pasear sus inquietudes? Ha estado un momento pensndolo, y como Pepita continuaba mirndole ansiosa, ha dicho al fin: --Yo creo... que me marcho... a Pars. Pepita ha proferido una ligera exclamacin de terror. --Ay, Azorn, a Pars, y qu lejos que est eso! Tiene razn Pepita en asustarse. Pars est muy lejos; adems, all no hablan como nosotros. Qu va a hacer Azorn en Pars? Pars es una ciudad donde se vive febrilmente, donde las mujeres son prfidas, donde las multitudes corren por las calles con formidable estruendo. Azorn querr encontrar all la paz, y no encontrar la paz que ha sentido en esta plaza solitaria y bajo estos rboles sombros; y querr encontrar all hombres sabios y no los encontrar tan sabios como este que se llama Sarri. Y al despedirse, mientras Azorn estrechaba la mano de Pepita, esta mano tan blanca, tan carnosita, tan suave, con sus hoyuelos, con sus uas combadas, Pepita ha dicho: --Me escribir usted, Azorn? Y Azorn ha contestado que s, que s que le escribir a Pepita una carta muy larga desde Pars, contndole las andanzas de su cuerpo y las terribles perplejidades de su espritu. XXI Efectivamente, Azorn se va a Pars. Por qu a Pars, y no a Brujas, a Florencia, a Constantinopla, a Praga, a Petersburgo? l no lo sabe, ni tampoco lo quiere razonar. Para qu razonar nada? Lo espontneo es la ms bella de las razones; la conciencia dicen los psiclogos que es un _epifenmeno_, es decir, una cosa que no es esencial para el proceso de la actividad psicolgica, como no es esencial que un reloj se d o no se d cuenta de que anda... Todo esto lo piensa Azorn mientras arregla la maleta; se pueden pulir vidrios o arreglar una maleta y estar filosofando. Slo que Azorn no es Spinoza; aunque tambin es verdad--y sta es la compensacin--que tiene mejor ropa. Y aqu en la maleta va colocando unas camisas de finsimo hilo, unos calzoncillos, unos calcetines, unos pauelos--cuatro tomitos impresos por Didot, limpiamente, en el ao 1802. Azorn los pasa, los repasa, los acaricia, los abre al azar. Y en uno de ellos lee: Il y a plusieurs annes que ie n'ay que moi pour vise mes penses, que ie ne contreroolle et n'estudie que moi; et si i'estudie oultre chose, c'est pour soubdain le coucher sur moi, ou en moi, pour mieulx dire. A m tambin--piensa Azorn--me sucede lo que a este hombre de Burdeos; pero esto es triste, montono, y en la soledad de los pueblos esta tristeza y esta monotona llegan a estado doloroso. No, yo no quiero sentirme vivir. Y voy a hacer un viaje largo: me marcho a una ciudad febril y turbulenta donde el ruido de las muchedumbres y el hervor de las ideas apaguen mi soliloquio interno. Y esta ciudad es Pars. He aqu cmo este desdichado Azorn, que no quera razonar su viaje, ha acabado al fin por razonarlo. Tan aejado est en l este morbo feroz que llamamos inteligencia! XXII En el camino de Petrel a Elda, al comedio, entre la verdura de nogueras y almendros, se alza un humilladero. Es una cupulilla sostenida por cuatro columnas dricas de piedra; en el centro, sobre una pequea gradera, se levanta otra columna que sostiene una cruz de hierro forjado. Azorn y Sarri se han sentado en este humilladero. Van a Elda. Y van a Elda porque Azorn ha de tomar el tren que por all pasa. Azorn est triste; Sarri tambin lo est un poco. Y los dos callan, sin saber lo que decirse en estos momentos supremos en que van a separarse acaso para siempre. --Azorn--dice Sarri--, usted no vendr ms por aqu? --No s, Sarri--contesta Azorn--; es muy posible que no vuelva. --Entonces, no nos veremos ms? --S, acaso no nos volvamos a ver ms. Han callado un instante. Y se ponen otra vez en marcha. Delante de ellos va una tartana con el equipaje de Azorn. Cuando han arribado a la estacin, Azorn, como es natural, ha sacado el billete y ha facturado sus brtulos. De all a un rato ha aparecido el tren. Sarri le alarga a Azorn, subido al coche, la maleta; luego, con tiento, una cesta. En esta cesta ha puesto l, Sarri, una suculenta merienda para que Azorn se la coma en el camino. Es la ltima muestra de simpata! --Azorn--le dice Sarri--, tenga usted cuidado de que no se estruje la uva que va en la cesta... Cuando se coma usted esa uva que yo he cogido en el huerto, acurdese, Azorn, de que aqu deja un amigo sincero. --S, Sarri--ha contestado Azorn--; yo me acordar de usted cuando me coma estas uvas y siempre. Su recuerdo ser en mi vida algo grato, algo imperecedero. Se han abrazado estrechamente. --Adis, Azorn. --Adis, Sarri. Ha silbado la locomotora; el tren se ha puesto en marcha. A lo lejos, Sarri agitaba en alto su sombrero de copa puntiaguda. TERCERA PARTE I A PEPITA SARRI. _En Petrel._ Querida Pepita: Qued en escribirte desde Pars, pero no puede ser, porque no he ido an a Pars. Te escribo desde Madrid. Y quiero contarte muchas cosas. Aqu yo hago una vida terrible. Sabrs que emborrono todos los das un fajo de cuartillas. No me levanto muy temprano; me acuesto tarde. Y cuando me despierto, mientras me desperezo un poco y recapitulo sobre lo que he de hacer durante el da, oigo un reloj que suena las diez en el piso de al lado, y despus otro en el piso de abajo, y luego otro en el piso de arriba. Y mi reloj, este reloj pequeito que t conoces, va marchando sobre la mesilla en un tic-tac suave. Como es ya tarde--las diez!--, me echo de la cama y abro el balcn. La calle est mojada; el cielo est de color de plomo. Yo, cuando veo este cielo gris, oscuro, triste, me acuerdo de ese cielo tan limpio y tan azul. Y cuando me acuerdo de ese cielo azul, me acuerdo tambin de unos ojos anchos y azules... Pero es preciso estar aqu, Pepita; es preciso vivir en este Madrid terrible; en provincias no se puede conquistar la fama. La fama no estamos muy acordes los que vamos tras ella en lo que consiste; pero yo puedo asegurar que el fajo de cuartillas que emborrono todos los das, lo emborrono por conquistarla. Cuando me siento ante la mesa, despus de levantarme, me esperan sobre ella una porcin de libros. Los que han escrito estos libros quieren que yo los lea. Por qu quieren que yo los lea? Yo no puedo leerlos todos; esto es un compromiso tremendo. Y digo que s que los he ledo. Sin embargo, no es bastante decir que los he ledo: he de aadir lo que pienso de ellos. Yo, en realidad, Pepita, no pienso nada de la mayor parte de los libros que se publican. Pero a un hombre que escribe en los peridicos, le es lcito no pensar nada de una cosa? No, no! Un hombre que borrajea en los peridicos ha de tener siempre lista su opinin sobre todas las cosas. Y yo tambin doy mi opinin sobre estos libros: unas veces es benvola, y son las ms, y otras, muy pocas, me pongo serio y escribo cosas atroces. Cuando ocurre esto, es que estoy de mal humor, Pepita. Entonces todo me parece malo, y un libro tambin ha de parecrmelo. Luego me arrepiento pensando que acaso el que escribi ese libro es un buen hombre que tiene seis hijos y que trabaja todo el da en una oficina. Y resulta que al mal humor que tena antes se aade este otro. Y, por eso, yo rehuyo cuanto puedo el escribir acerca de los libros que tengo sobre la mesa y digo que todos son admirables, aunque no los haya ledo. A las doce, despus que he gastado una poca tinta, almuerzo. Creo que es malsano trabajar despus de comer. Y sta es la causa de que yo d un pequeo paseo. Algunos das voy al Retiro, que es un gran jardn con muchos rboles; otros, si el tiempo es desapacible, me meto en el museo de Pinturas. A la hora en que yo voy al Retiro no hay nadie. Todo est silencioso; los troncos se yerguen desnudos, negruzcos, con manchas de lquenes verdosos; las violetas crecen, moradas y olorosas, entre el csped. No es mucho lo que ando yo por estos paseos: inmediatamente regreso y me cuelo en el Ateneo o en la Biblioteca. Y despus que he ledo un largo rato, cojo unos papeles blancos y voy escribiendo en ellos cosas verdaderamente tremendas. Esto que yo escribo se llama una crnica. Y al da siguiente, cuando al levantarme la veo en el peridico, aparto los ojos de ella avergonzado, y meto el peridico en el cajn de la cmoda. Y otra vez principia otro da igual al de ayer e idntico al de maana: leo, paseo un poco, vuelvo a leer, torno a escribir las cosas horribles sobre los pequeos papeles. Y por la noche, cuando me acuesto, pongo el relojito sobre la mesilla: su andar suave resuena en la alcoba. _Mar-cha! Mar-cha!_, parece que me dice. Y yo marcho, Pepita; yo leo una muchedumbre de libros, yo emborrono una atrocidad de cuartillas, pero esa gloria tan casquivana no llega, no llega... Adis; escrbeme. ANTONIO. II Pepita: Ya soy un periodista poltico terrible. Para ser periodista poltico no se necesita ms que tener mala intencin. Pero t, Antonio,--me dirs--, no tienes mala intencin! Es verdad: yo no la tengo, pero a veces hago un esfuerzo y consigo tenerla. Claro est que no tengo inquina hacia nadie ni hacia nada; no me interesan tampoco estas o las otras ideas; por eso, Pepita, mi tarea es ms fcil, porque hago mis artculos con entera tranquilidad, sin apresurarme, sin aturdirme, poniendo esas pequeas gotas de hiel donde quiero ponerlas. Ayer hice un artculo. Ha ocurrido aqu una cosa muy gorda que llaman crisis ministerial: consiste en que los que mandan se quitan para que manden otros. Pues bien; yo quise hacer la historia de esta cosa: he de confesar que yo no saba nada de ella. Sin embargo, las historias de las cosas que no sabemos son las mejores historias. Hice la historia: revel detalles atroces: todos los polticos y los periodistas se quedaron estupefactos. Estos polticos y estos periodistas he de advertirte que son una gente muy inocente: con un adarme de ingenio y otro de audacia se les asombra a todos. Por eso no es extrao que ante mi artculo abrieran espantados los ojos. Mira lo que deca el _Heraldo_ (lees t este peridico?). Esa interpretacin de lo sucedido en el regio alczar no creemos que se haya insertado jams en ningn peridico, y por aadidura ministerial, desde que la prensa existe. Para encontrar algo parecido, no igualado, sera preciso remontarse a la poca en que Gonzlez Bravo ejerca de revolucionario en el famoso _Guirigay_. Te confieso que yo me re anoche un poco cuando le el _Heraldo_; pero luego me puse serio. Indudablemente--dije--, yo soy un hombre terrible. Desde que la prensa existe, que no se haba hecho cosa parecida!... Comprendes la trascendencia de mi obra? Poda yo dormir tranquilamente despus de haberla realizado? No; de ninguna manera. Y cuando vine a casa me senta desasosegado, nervioso, obsesionado por mi tremendo artculo. Y tuve que pensar en ti un poquito para sentirme tranquilo y poder dormir como un hombre vulgar. ANTONIO. P. S. Ahora acaban de echarme _El Imparcial_ por debajo de la puerta, y veo que reproduce mi artculo, y aade que no ha podido menos de motivar comentarios muy vivos. Qu terrible es esto, Pepita! III Pepita: Todas las noches le doy cuerda a mi relojito antes de acostarme. Cuando estaba ah le daba cuerda a las diez; ahora se la doy a las dos de la madrugada. No te asustes. Yo procurar que esto no dure mucho. Ahora vengo de la redaccin. Quiero ponerte dos letras antes de acostarme para que no digas que no te escribo. Estoy cansado. Esta vida precipitada me fatiga. No estoy en m mismo. He de escribir muchas cosas que no tengo ganas de escribir. He de hablar mucho con gentes a quienes apenas estimo. T ya sabes que yo hablo poco. Soy un hombre de recogimiento y de soledad; de meditacin, no de parladuras y bullicios. Y cuando, despus de haber estado todo el da hablando y escribiendo, me retiro a casa a estas horas, yo trato de buscarme a m mismo, y no me encuentro. Mi personalidad ha desaparecido, se ha disgregado en dilogos insubstanciales y artculos ligeros! Y yo no creo, Pepita, que haya un tormento mayor que ste. Nos pueden robar nuestra hacienda, nos pueden robar la capa y el gabn, pero robarnos nuestro espritu! Comprendes t, Pepita, que haya una cosa ms terrible que sta? Ahora son las dos; todo est en silencio. De cuando en cuando oigo a lo lejos el sordo rumor de un coche; suenan las campanadas lentas del reloj de la Puerta del Sol; una voz turba de pronto el sosiego profundo. Y yo me siento ante la mesa y arreglo las cuartillas. Pero no se me ocurre nada. Aquella espontaneidad que yo senta afluir en m ya no la siento. Quiero reflexionar, me esfuerzo en hacer una cosa bien hecha, y me desespero y me aburro. Las cosas bien hechas salen ellas solas, sin que nosotros queramos; la ingenuidad, la sencillez no pueden ser queridas. Cuando queramos ser ingenuos, ya no lo somos. T eres ingenua, Pepita. Si yo me acuerdo mucho de ti, por qu es, sino por esto? Tu recuerdo es para m algo muy grato en medio de esta aridez de Madrid. Y por eso, yo cada da te escribo ms, aunque sea poquito, y deseo que t me escribas. Escrbeme: dime si paseis por la plaza al anochecer, mientras suena la fuente y el cielo se va poniendo fosco; dime si sals a las huertas y os sentis bajo esas nogueras anchas, espesas, redondas, y veis correr el agua limpia y mansa por los azarbes; dime si las campanadas del Angelus son las mismas campanadas graves y dulces que yo he odo; dime si los azahares de los naranjos se han abierto ya y perfuman el aire; dime si las palmeras mueven mansamente sus ramas pndulas en el azul intenso... Pepita, Pepita: yo me siento conmovido y estoy a punto de sollozar cuando pienso en todas estas cosas... Yo me veo solo, yo me veo triste; yo veo que mi juventud va pasando estrilmente, sin una ternura, sin una caricia, sin un consuelo... Adis. No quiero que te pongas t tambin triste. ANTONIO. IV Este es un viejo que va todas las tardes al Congreso. En el sombrero de copa, yo he visto escrito en el forro blanco, con lpiz: _Redn_. Yo no s quin es Redn. Tiene una barba larga y blanca; lleva en el dedo ndice de la mano izquierda un anillo con un sello de oro; sus ojos son pequeuelos y azules; cuando sonre se le marcan sobre las sienes unos hacecillos de arrugas que le dan un aire picaresco. Entra en la tribuna de la prensa y se sienta con mucho cuidado, levantndose el gabn, sosteniendo en alto el sombrero. Y luego se pone a mirar hacia all abajo y tose de rato en rato... Yo creo que este viejo oye atentamente todo lo que dicen; pero no lo oye. Cmo lo ha de or si es sordo? Entonces, para qu viene? Hace veinte aos que viene todas las tardes, con el mismo sombrero en que pone: _Redn_, con el mismo gabn que se levanta escrupulosamente al sentarse. A veces sonre y se pasa la mano por la barba. --Aquellos oradores s que hablaban bien!--exclama este viejo. Yo quiero saber quines eran _aquellos oradores_. Y entonces l me dice: --Yo he odo a Martnez de la Rosa: usted ha odo hablar de Martnez de la Rosa? Quin no ha odo hablar de Martnez de la Rosa? --S, s que le he odo nombrar mucho.--Y el viejo me mira satisfecho y prosigue: --Era un orador... Al llegar aqu tose pertinazmente y se alia despus la barba. --Era un orador... Otra vez vuelve a toser durante un breve rato, y otra vez vuelve a pasarse la mano por su blanca barba. --Era un orador notable... Yo no he odo a nadie que tuviera la dulzura que tena Martnez de la Rosa. Aqullos eran otros hombres: no le parece a usted? Evidentemente, me parece que aquellos hombres eran distintos que stos. Yo tengo la franqueza de decirlo, y mis declaraciones le producen una gran satisfaccin a este viejo. Por eso sonre con su aire bondadoso y clava su mirada en el fondo de su sombrero. Este sombrero l se lo ha puesto durante una porcin de aos para venir al Congreso. No se comprar otro! Y como este sombrero, que tiene un forro blanco con un letrero que dice: _Redn_, le recuerda tantas cosas, l le pasa la manga con amor por la copa. Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja un poco inclinado, tosiendo, pasndose suavemente la mano por su barba blanca. V Pepita: Yo tengo unas amigas. No te pongas plida. Yo tengo unas amigas que cantan en golpes graves y metlicos por la maana; que sollozan por la tarde en un canto largo y plaidero de despedida. Vivo al lado de una iglesia. Y estas amigas son las campanas. La iglesia es vieja, con las paredes amarillas y desconchadas, con una torre puntiaguda. Est cerca de la Puerta del Sol; y en medio de este estrpito frvolo de Madrid, mientras suenan los campanillazos de los tranvas, mientras pasan los coches, mientras tocan los organillos, esta iglesia parece quejarse de muchas amarguras. Las cosas son como los hombres. S, Pepita, sta es una iglesia a quien no dejan vivir en su soledad. Se parece a m: yo creo que por esto me he venido a morar junto a ella. Ya te he dicho que es un estruendo grande de cosas mundanas el que la rodea; ahora aadir que bajo sus portales, casi en su mismo recinto, hay unas tiendas de mquinas de coser y de paraguas. Adems, junto a ella hay un gran saln donde gritan y corren jugando a la pelota. Y por si esto no fuera bastante, un librero ha puesto sus estantes de libros profanos a lo largo de una de sus paredes, y unos hombres rpidos, que llevan una escalera al hombro, vienen todos los das y pegan en sus muros tristes grandes carteles blancos, azules, rojos. No la dejan tranquila! Y estos muros se hinchan en redondas tumefacciones, se desconchan en grandes claros, dejan caer sobre los colgadizos de las puertas una costra de tierra donde crece el musgo... Yo vivo muy alto; aparto los visillos y veo abajo, sobre la piedra gris de la portada, la mancha hmeda y verdosa. El cielo est gris; poco a poco va apagndose la fosca claridad del da; pasan en formidable estrpito carromatos, coches, tranvas; se oyen voces, golpes violentos, rechinar de ruedas; un organillo lanza sus notas cristalinas. Y de pronto suenan lentas las campanas, en unas vibraciones largas y pausadas... Es la voz de esta iglesia, que suplica a los hombres un poco de piedad. Yo creo que los hombres no la oyen, Pepita; pero las oigo yo. Y cada vez que por la maana o por la noche ellas ren o lloran, vienen a mi espritu recuerdos de otros das, un poco ms felices que estos en que me veo tan solo. Adis. Esa sorpresa de que me hablas, qu es? Claro est que si me lo dijeras, ya no sera sorpresa. No me lo digas. Y ya te contar yo la impresin que me produzca. ANTONIO. VI Pepita: Esta maana estaba yo acostado cuando he odo llamar a mi puerta. Eran las ocho. A estas horas no poda ser ningn madrileo: un madrileo no puede ir a visitar a las ocho de la maana a nadie. Sera una aberracin! Luego este hombre deba de ser un hombre de provincias. Pocos momentos antes o yo entre sueos las campanas de enfrente. Estas buenas amigas, las campanas--deca yo--, no me van a dejar dormir. Pero quien no me ha dejado dormir era este hombre que llamaba a mi puerta dando grandes porrazos. Me he levantado y he abierto. Y sabes a quin me he encontrado? A nuestro excelente amigo don Juan Frriz! T te res, pero t ya lo sabas... Don Juan traa una cesta enorme, que ha puesto encima de la mesa; luego me ha abrazado y me ha sealado en silencio la cesta. Yo la he mirado tambin en silencio. Esto era solemne; esto era trgico. Qu contena esta cesta? Para quin era esta cesta? Era para m: ya veo que te vuelves a rer. Rete: yo he pasado un susto tremendo. Pero ha sido slo un momento, claro est; despus don Juan me ha dicho: --Don Lorenzo Sarri me ha encargado que le entregue a usted esta cesta, y Pepita, Lola y Carmen me han dado para usted muchos recuerdos. Estos recuerdos, Pepita, yo los he encontrado ms dulces y ms buenos que las tortadas que haba dentro de la cesta. No eran slo tortadas: haba mantecadas, sequillos, almendrados; haba tambin naranjas, naranjas de vuestro huerto, en el que yo tantos ratos he pasado. He descubierto entre ellas dos que estaban juntas en un mismo tallo. Y en el tallo tenan prendido con un alfiler un papelito con un letrero que deca: Estas las he cogido yo en el huerto para ti. Yo, Pepita, no poda decirte lo que he sentido cuando he tocado estas naranjas: son cosas tan etreas que no hay palabras humanas con que expresarlas; lo cierto es que la sorpresa ha sido buena. A todos os doy las gracias por vuestra atencin. Don Juan me ha estado hablando de lo que por ah ocurre, que es lo mismo de siempre; todo el da he estado con l. Haca quince aos que no haba venido a Madrid; est aturdido. Dice que Petrel es mejor que esto. Creo que tiene mucha razn. Yo pienso continuamente en Petrel. Y de lo que ms me acuerdo, sabes de lo que es? No te lo digo. Adis, hasta maana. ANTONIO. VII EN EL TREN ...En el balcn luce, imperceptible, opaca, tenue, una ancha faja de la claror del alba. Y en la puerta, de pronto, oigo un persistente tarantaneo. Me levanto: me he retirado de la redaccin a las dos de la madrugada; es preciso salir... Las calles estn desiertas; pasa de cuando en cuando un obrero, con blusa azul, cabizbajo, presuroso, las manos en los bolsillos, liada la cara en bufanda recia; pasa una moza con el mantn subido, plida, ornados los ojos de anchas ojeras lvidas; pasa un muchacho con un enorme fajo de carteles bajo el brazo. Comienzan a chirriar las puertas metlicas de las tiendas; suenan lentas, graves, una a una, las campanadas de una iglesia. Y un coche se desliza ligero, con alegre tintineo, sobre el asfalto. Lo tomo. Descendemos por la carrera de San Jernimo; luego avanzamos a lo largo del paseo de las Delicias, entre el ramaje seco del arbolado; cruzamos frente a la ronda de Valencia; bajamos por una va ancha, solitaria, pendiente. A lo lejos, la enhiesta chimenea de una fbrica difumina, con denso humacho negro, el cielo radiante, de azul plido; una tenue neblina cierra y engasa el horizonte, y entre las ramas desnudas de los rboles, casi a flor de tierra, en la lejana, asciende lento y solemne, un enorme disco de oro encendido... He tomado el billete, y paso al andn. En la puerta dos mujeres pleitean con el mozo. Son dos viejas cenceas, enjutas, acartonadas; visten los oscuros trajes de la gente castellana--azul oscuro, pardo negruzco, intenso blavo. Una de ellas tiene la nariz remangada y la boca saliente; otra tiene la boca hundida y la nariz bajeta. Y las dos miran al mozo, mientras hablan, con sus ojuelos grises, diminutos, un poco ingenuos, un tilde picarescos. El mozo no las quiere dejar pasar; dice que sus billetes de ida y vuelta estn caducos. Y ellas chillan, claman al Seor, se llevan las manos a la cabeza, y me miran a m, como pidiendo mi intervencin definitiva. --El to jefe--dice una de ellas--nos _vido_ montar en el tren el lunes! --S--corrobora la otra--, el to jefe nos _vido_. Yo intervengo: indudablemente, el jefe de la estacin de Bargas puso una fecha atrasada al troquelarles sus billetes. Porque estas dos viejas vienen de Bargas. Y luego, cuando al fin han pasado y hemos subido al coche, me han contado su historia. Ellas vienen a Madrid todos los sbados por la tarde; regresan los lunes por la maana. De Bargas a Madrid, ida y vuelta, les cuesta el billete 14 reales. Y en Madrid venden por las calles bollos de yema. --Bargas--les pregunto yo--, es mejor pueblo que Torrijos?... Entonces, una de ellas se me queda mirando y exclama: --S, mucho mejor! Y luego, pensando, sin duda, que ha ofendido mi patriotismo, si por acaso soy yo de Torrijos agrega benvolamente: --Pero Torrijos tambin es _fueno_! Va a partir el tren. Ha tintineado un largo campanillazo; suenan los recios y secos golpes de las portezuelas. Las dos viejas han acomodado sus cuatro cestas y sus dos sacos sobre y bajo los bancos. Lo ms delicado va encima; y son dos cestas llenas de jarrones y figurillas de escayola sobredorada. Se trata de encargos que ellas portean de retorno para los vecinos del pueblo. --Has puesto _eso_ con gobierno para que no se manchen los monos?--pregunta una. Y la otra inspecciona las cestas, remueve los papeles en que van liadas las hrridas figuras, torna a colocar sobre los bancos los encargos... Y silba la locomotora con un silbido largo y bronco; se remueve el tren con chirridos de herrumbres y atalajes mohosos; una gran claridad se hace en el coche... Estamos en campo abierto. La llanura se extiende inmensa en la lejana, verde-oscura, verde-presada, griscea, roja, negra en las hazas labradas recientemente. Las piezas del alcacel temprano ensamblan, en mosaico infinito, con los cuadros de los barbechos hoscos. Ni una casa, ni un rbol. Un camino, a intervalos, se pierde sesgo en el llano uniforme. Junto a la caseta de un guardabarrera, al socaire de las paredes, cuatro o seis gallinas negras picotean y escarban nerviosamente. Y el tren silba y corre, con formidable estrpito de trastos viejos, por la campia solitaria. Las dos viejas permanecen silenciosas e inmviles. Las dos tienen los brazos cruzados so el delantal; una cierra los ojos y echa la cabeza sobre el pecho; otra, las puntas del pauelo cogidas en la boca, echa hacia atrs la testa y mira de cuando en cuando con los ojillos entornados... Pasan dos, tres estaciones; cruza el convoy sobre una redoblante plataforma giratoria. Las viejas se remueven sobresaltadas. Y luego, ya despiertas, hablan y sacan por la abertura del brial sendas faltriqueras de pana. De estos bolsillos, una de las viejas extrae una enorme y luciente llave, y la otra, otra llave disforme y un peine amarillento. Luego, vueltos llave y peine a los senos profundos de las bolsas, las dos viejas charlan de sus trfagos y negocios. --En Bargas--les pregunto yo--, no hay ms que ustedes que se dediquen a la venta en Madrid de las rosquillas? Y ellas me contestan que hay ms; estn _la Daniela_ y _la Plant_; pero estas dos negociantes no marchan a Madrid en ferrocarril: van por la carretera. Emplean en ir dos das y otros dos en volver. Llevan un borriquillo. Y, como es natural, han de hacer en Madrid gastos de alojamiento y pienso. --Entonces--observo yo filosficamente--, no les tendr casi cuenta ir a Madrid? --Claro--replica una de las viejas--, como que en la posada y el borrico se lo dejan todo. Y la otra, bajando la voz e inclinndose hacia m, aade confidencialmente: --Pero hacen muy mal el gnero; ponen en los bollos poco aceite y mucha clara, y al respective del azcar, lo merman todo lo que pueden... Contina la campia paniega, verde a trechos, a trechos negruzca. La tierra se dilata en ondulaciones suaves de alcores y recuestos. En Villaluenga asalta el coche un tropel de fornidos mozos rasurados, mofletudos, en mangas de camisa. --Una perrilla para los quintos de Villaluenga!--gritan, y alargan una gorra ante los viajeros. Le piden tambin a las viejas; pero stas se niegan a dar nada. --Yo tambin--dice una de ellas--tengo un hijo quinto. --Pues que tenga buena mano!--exclama uno de los mozos. Y cuando se ha puesto otra vez el tren en marcha, la vieja requerida ha aadido hoscamente, mientras se pasaba el reverso de la mano por las narices y se apretaba el pauelo: --Quintos ms sinvergenzas que los de este pueblo, no los he visto. Yo no digo que no pidan los de Bargas; pero no van a otros pueblos a pedir. Ha pasado otra estacin y las viejas han descendido con sus cestas y sus sacos. Y yo me quedo solo en el coche. A lo lejos, sobre la lnea del horizonte, destacando en el azul lmpido, aparece el enorme castillo de Barciense, y al pie resaltan los puntitos blancos de las casas enjalbegadas. Llego a Torrijos. El cielo est radiante, limpio, difano; brilla el sol en vvidas y confortadoras ondas; un gallo canta lejano con un cacareo fino y metlico; se desgranan en el silencio, una a una, las campanadas de una hora... Son las once. Avanzo por una calle de terreras viviendas, rebozadas de cal; llego a una espaciosa plaza; me detengo ante una casuca inquietadora. Tiene dos pisos; en lo alto lucen dos balconcillos desfondados, con los vidrios de las maderas rotos y sucios; en el bajo se abre una ancha puerta achaparrada. En la fachada angosta, entre los dos huecos, leo en gruesas letras sanguinosas: _Posada del Norte_. Y un momento permanezco ante este rtulo, en la plaza desierta, perplejo, mohino, temeroso, con la maleta en vilo. VIII EN TORRIJOS ...Entro resueltamente en la _Posada del Norte_. El zagun es largo, estrecho y bajo; los carros, en su entrar y salir continuo, han abierto en el empedrado, de agudas guijas, hondos relejes. Al fondo se abre una puertecilla diminuta; dos, tres, cuatro ms a la derecha, cerradas por menguadas cortinas; y a la izquierda, una ancha franquea la entrada a un patio. Hay junto a la pared un grande y blanco arcaz con la cebada--igual que en las novelas picarescas--; penden de largas estacas, ringladas en los muros, enjalmas y ataharres. Doy voces; en uno de los cuartos, tras la cortina, oigo un ronroneo tenue, y, a intervalos, un suspiro y el traqueteo rtmico de una silla. Avanzo; me cuelo por la puertecilla del fondo. Estoy en una cocina solitaria. Cuelga de las paredes la espetera, con sus sartenes y sus cazos; en la chimenea, de ancho humero, puestos en el hogar ante el montn de brasas, cuatro o seis diminutos pucheros borbollean con imperceptible rezongeo y dejan escapar ligeras nubecillas blancas... Retrocedo al zagun, vuelvo a gritar, espero un momento, y entro luego en el patio. El piso se extiende en baches y altibajos; en el centro destaca el brocal desgastado de un pozo; un labriego, al sol, sobre un poyo de adobes rojos, duerme con la cabeza sobre el pecho y los brazos cados; junto a l reposa un perro largo, enjuto, negro, luciente. Yo me siento un instante; este sosiego se me entra en el espritu y aplaca mis ardores. Todo reposa; en la techumbre pan los pjaros; el sol vvido marca sobre una de las paredes blancas el dentelleo de un tejado; suena una campana lejana... Es preciso comer. Retorno al zagun. Y entonces grito ms fuerte que antes, doy grandes golpazos, levanto la cortina de un cuarto. En la oscuridad, una mozuela duerme con un nio en los brazos; la luz la desendormisca, e instintivamente chasca la lengua y vuelve a balancear rtmicamente la silla, cunando al nio. La llamo insistentemente. Despierta, y me dice que el ama ha salido a la plaza. No sabe cundo volver; acaso al medioda. Yo encargo de comer y salgo. El sol baa de lleno la inmensa plaza; en el fondo, cogiendo un lado, se yergue un casern disforme, a medias destruido, con saledizos balcones recios, firmes los anchos sillares de los muros, afiligranado el blasn que campea sobre la puerta. A los otros costados de la plaza se muestran los bajos porches, con columnas de piedra unas, de madera otras, gastadas, carcomidas, con capiteles dricos, con capiteles jnicos, combadas las zapatas. Pasa un perro rojo con las gruesas orejas cercenadas, y luego otro perro blanco, y luego otro perro a planchas blancas y negras, y luego otro perro negro--el que he visto en el patio de la posada--, esbelto y fino. Flamean las mantas rojas, amarillas, azules, colgadas al aire en una tienda; un mendigo, con redondo y ancho sombrero tieso, vestido de buriel pardo, discurre al sol, agachado sobre su palo; atraviesan la plaza dos borricos cargados de ramaje de olivo; pasa ligero, con menudo paso afirmado de viejo hidalgo, la capa al aire, un seor de largos bigotes grises y hongo apuntado. Salgo de la plaza. Las calles son estrechas, empedradas, sin aceras, de casas bajas y blancas. Un arroyuelo infecto corre por el centro, formado por las aguas sucias que surten de los corrales. Al paso, tras las vidrieras, se inclinan las manchas plidas de los rostros curiosos; se oyen los gritos lejanos de unos muchachos que juegan en otra plaza. En esta plaza se levanta una iglesia gtica. La fachada luce hojarascas y filigranas del Renacimiento; la torre, cuadriltera, se perfila con su chapitel puntiagudo y gris en la diafanidad del cielo azul... La maraa de las callejuelas blancas contina. Un cerdo, de rato en rato, pasa gruendo; calla, se detiene y hociquea en las aguas sucias un momento; grue de nuevo y avanza otra vez con un corto trotecillo nervioso... Desemboco en una anchurosa plaza formada por viviendas terreras y tapias de corrales, cerrada por la enorme masa rojiza de un convento. Me siento en una piedra y contemplo un instante el vetusto monasterio. Viven en l diez y siete monjas; pudieran vivir ciento. Es de slida e irregular mampostera, trepado por numerosos agujeros, con arcos y ventanas cegados, con altas celosas de madera negruzca. La plaza est desierta; picotean al sol unas gallinas; triscan sobre el tejado del convento los pjaros; en la lejana, a la derecha, se pierde un camino ancho, bordeado por largos lios de olmos desnudos. Suena lenta una campanada larga, y despus otra campanada larga, y despus tres campanadas finas y breves... Es medioda. Regreso a la posada. Recorro las mismas callejuelas de piso spero; cruzo la misma plaza en que la iglesia se alza. Y luego, por variar, tuerzo a la derecha y entro en una calle silenciosa, de casas chatas a una banda, de una larga pared ruinosa a la otra. Leo un tejuelo azul: es la calle de Gerindote. Unas tablas viejas cierran un portal ancho; por las rendijas se columbra un patio lleno de escombros, y entre el cascote, ante paredes desmoronadas, se yergue una arquera de medio punto, sostenida por elegante columnata drica. Estoy a espaldas del palacio que muestra su fachada a la plaza principal. Resuenan los piquetazos de los albailes; traquetea un carro... Camino dos pasos ms y salgo al campo. La campia se aleja con sus bancales de sembradura; una lnea gris, de olivos cenicientos, cierra el horizonte... * * * La mesonera me ha llevado a un diminuto cuarto, cerrado por una cortina, sin ventanas, con la sola luz de la puerta. Me encuentro sentado ante una mesa cubierta con un mantel pequeo. Voy a comer! Espero un poco; un perro con un cascabel al cuello entra y retoza por la estancia. Espero otro poco; otro perro fino, negro, luciente--el de esta maana y de todas las horas--asoma su agudo hocico por la puerta y luego se cuela con pasito mesurado. La mesonera trae un cuenco de recia porcelana con diminutos pedazos de carne frita; despus pone sobre la mesa una botella llena de una misteriosa mixtura amarilla. Dice que es vino. Yo como filosficamente de la carne frita e intento sorber el acedo brebaje. El perro pequeo ladra y salta; el galgo negro se acerca mansamente y pone su hocico sobre mi muslo. Me voy a comer toda la vianda? No, no; ya estoy harto de pedacitos de carne frita. Espero un poco; uno de los perros contina ladrando; el otro restriega discretamente su trompa sobre mis pantalones. Espero otro poco. Y luego me levanto y examino en la pared una estampa piadosa. Entretanto el galgo ha puesto los pies sobre la mesa y va devorando el resto de la carne... Me canso de esperar y llamo a la huspeda. --No me da usted nada ms?--le pregunto. Y ella se me queda mirando, extraada, sonriendo por mi exigencia estupenda, y exclama: --Qu ms quiere usted? Es verdad; me olvido de que estoy en la Meseta y soy un hombre del litoral; yo no debo, en Torrijos, querer comer ms cosas. La digestin no resultar pesada; pero hay que ir al casino a tomar un confortable digestivo. En la plaza hay una casa vieja sobre un altern del piso; esta casa tiene un gran pasadizo; dentro de este pasadizo hay una diminuta puerta de cuarterones. Cuando yo llego ante esta puerta llega tambin un hombre vestido de pana gris y ceido el cuerpo por ancha faja negra. Yo me detengo un momento ante la puerta cerrada, y l saca una llave de la faja y abre. Subimos un escaln; luego nos encontramos en un diminuto receptculo; luego, a la derecha, reptamos por una escalera pendiente; ya en lo alto, llegamos a un angosto pasillo, torcemos luego a la izquierda, y nos hallamos en un cuarto reducido, con tres mesas de mrmol y un ventanillo microscpico. Los gallos cantan a lo lejos; una cinta de sol fulgente cruza el blanco mrmol y marca sobre el piso un vivo cuadro. Los minutos transcurren lentos, interminables. Suena a lo lejos una tos seca y persistente; se oye el chisporroteo de un hornillo. --No viene nadie?--pregunto al mozo. --Le dir a usted--me contesta--; es que anoche hubo en el pueblo baile de mscaras... Quedo profundamente convencido. Se hace un largo silencio. Llegan cacareos de gallos y ladridos de perro. Yo siento como si hubieran pasado tres o cuatro horas en este ambiente de soledad, de aburrimiento, de inercia, de ausencia total de vida y de alegra. Miro el reloj; son las dos; ha transcurrido media hora. * * * A lo lejos destaca el pueblo con sus techumbres negras y las manchas blancas de las fachadas. Resaltan en el cielo azul difano el casern rojizo del convento y la aguda torre de la iglesia. Una larga pincelada azul de las montaas, sobre otra larga pincelada negra de los olivos, limita el horizonte. De pronto rasga los aires la nota sostenida y metlica de la corneta del pregonero; ladran los perros; cacarean los gallos; llega el silbido ondulante, apagado, de un tren que pasa... En un habar, entre las matas, un labriego va entrecavando la tierra dura. Sobre una manta, echado en el lindero, cabe a un cantarillo de agua, un perro grue sordamente cuando me acerco. --Buenas tardes--grito al labriego. --Buenas tardes, seor--contesta. Luego se allega, y hablamos sentados mientras l fuma. --No tiene usted agua para regar sus tierras?--le pregunto. --Agua!--contesta--. Si hiciera un pozo y pusiera _artes_, s que la tendra. Torrijos es el prototipo de los pueblos castellanos muertos. Entre estos hombres del centro, ininteligentes y tardos, y los del litoral, vivos y comprensores, hay una distancia enorme. Torrijos cuenta con 2.923 habitantes; tiene 494 casas de un piso, 152 de dos, 7 de tres. La agricultura se divide entre el cultivo de los cereales y el del olivo. No hay poblacin rural; nadie vive en el campo. No existen manantiales ni arroyos. Las escasas tierras de huerta son regadas con aguas sacadas de los pozos. Hay en todo el trmino 12 pozos. Los _artes_ con que se extrae de ellos el agua son norias primitivas; algunas tienen arcaduces de barro; los arcaduces se rompen y no son repuestos, y las norias giran horas y horas en la llanura gris, ante el labriego exttico, sin vaciar apenas agua en la alberca. El agua--me dicen--se come mucho las tierras. El riego pide abono; el abono cuesta dinero; cuanto menos se riegue, menos se gasta... Jovellanos ya not esta opinin de los labradores meseteos de que el riego esteriliza las tierras. He visitado una pequea huerta; el arrendatario de las tierras posee dos caballeras para mover la noria; pero ahora, en la poca de la molienda de la aceituna, este labriego, a tener sus tierras limpias y sazonadas, prefiere alquilar sus bestias por _tres_ reales diarios a las almazaras. El agricultor espaol es de una mentalidad arcaica; pierde lo ms, lejano y trabajoso, por obtener lo menos, presente y voladero... * * * Cae el crepsculo. Los olivares se ensombrecen; cobran un tinte oscuro los cuadros de alcacel luciente; resaltan hoscas las tierras de barbechos. Y por la carretera, recta y solitaria, entre las ringlas de olmos desnudos, me encuentro al galgo negro y enjuto, que camina ligero, resignado, con cierto aire de jovialidad melanclica, hacia el poblado triste. Antes que la noche viniese--dice el Lazarillo de Tormes--di conmigo en Torrijos. Cuando yo llego, las blancas fachadas de las casas se sumen en la penumbra; brillan sobre el arroyo dbiles franjas de luces que arrojan los portales, y por las callejuelas tortuosas, en todo el pueblo, con clamorosa greguera de gruidos graves, agudos, suplicadores, iracundos, corren los cerdos... IX EN TORRIJOS La hermosa iglesia de Torrijos la ha fundado una mujer. Esta buena mujer no quiere ponerse sus trajes suntuosos, pero se los pone por complacer a su marido. Y cuando se los pone se dirige al Seor y le dice: _T, Seor, sabes que nunca estos arreos y vestidos me pluguieron._ Y se queda un poco satisfecha, pensando que lo hace por obligacin. Qu va a hacer una seora bonita, rica, y que adems tiene que presentarse todos los das ante los reyes? Porque su marido es comendador mayor y contador mayor de los Reyes Catlicos. Ella se llama doa Teresa Enrquez y l don Gutierre de Crdenas. Viven con gran atuendo; pero ella hace muchas limosnas, es piadosa, recuerda siempre a su marido que sea escrupuloso en el despacho de los negocios, y sobre todo que los despache pronto. Y don Gutierre la atiende, como es natural, tratndose de quien se trata, pero le choca un poco esta oficiosidad de su mujer. Y muchas veces le dice, muerto de risa (segn cuentan los historiadores), a la reina doa Isabel: _Seora, suplico a vuestra alteza que me firme este negocio, que traigo quebrada la cabeza de las persuasiones que doa Teresa me ha hecho dicindome que despache los negocios y que haga limosnas; que en verdad, ms me predica ella que los predicadores de vuestra alteza._ Hace bien doa Teresa? S; indudablemente, hace bien. Y por eso la reina le contesta a don Gutierre, no muerta de risa como l, pero s sonriendo benvolamente: _Todo es menester, comendador._ Y adems de esto, para que cunda el ejemplo, manda que sus damas principales acompaen a doa Teresa en las visitas que todos los viernes y durante la cuaresma hace a los hospitales. Quin podr decir, aparte de esto, lo que ella hizo en la guerra de Granada? Esta misma pregunta se hacen los historiadores y no aciertan a contestarla; tantas y tales son las cosas excelentes que habra que contar. Adems, de su matrimonio ha tenido dos hijos y una hija, y todos los ha educado cristianamente. De los hijos, uno fue duque de Maqueda; el otro, que se llamaba Alonso, muri de una cada de caballo. La hija fue condesa de Miranda. No ha tenido ms hijos, porque se ha quedado viuda. Y ahora que no tiene obligacin de ponerse vistosa y elegante, s que ha soltado la rienda a su modestia. Lo primero que ha hecho es vestirse con un hbito de viuda, es decir, con un manto de pao negro comn y unas tocas blancas gruesas. Luego se ha venido a Torrijos y aqu ha vivido recogida durante treinta aos. Los aos son malos; se han echado encima hambres, crueles carestas, guerras, y doa Teresa ha tenido materia en que ejercitar su virtud. Las tierras que posee son inmensas; dispone de diez cuentos de renta. Pero muchas de las tierras que posee estn yermas. Cmo va ella a cultivarlas todas? Qu sabe ella de esas tracamundanas? Por este motivo ha mandado pregonar que los labradores que quieran venir a romper y beneficiar sus dehesas pueden venir tranquilamente. Y han venido, en efecto, muchos, porque como son tierras nuevas, rinden copia de frutos. Ni en su tiempo ni siglos ainde, yo creo que no sern muchos los que imiten a doa Teresa. Y no para aqu su magnanimidad, sino que rescata cautivos, proporciona mdicos y camas a los pobres, convierte a buen vivir a las mujerzuelas baldas. En Almera y en Maqueda ha fundado algunos conventos; en Torrijos tambin ha fundado uno; y adems un hospital, y adems ha mandado construir una iglesia. Sus coetneos dicen que esta iglesia es un maravilloso edificio, y las guas modernas confiesan que es grandioso. Ni unos ni otros se equivocan. Ya parece que doa Teresa est medio sosegada; ha gastado casi toda su fortuna en buenas obras, y esto da tranquilidad de nimo. Sin embargo, un da le enteran de que all, muy lejos, en Roma, cuando llevan el Sacramento a los enfermos no lo llevan con la reverencia que es razn. Podr pintar su desconsuelo? Doa Teresa cavila y se desazona; ella estaba ya un poco tranquila, y ahora vuelve a sentirse angustiada. No; eso no puede continuar de ese modo! Y decide construir en un templo de Roma una suntuosa capilla, a la cual dota de esplndidos ornamentos para que el Seor sea llevado con decoro. Y as ha vuelto a sosegarse su espritu, y ha continuado viviendo silenciosa, pobre, caritativa. Cuando ha muerto no tena ms que una msera cama y cincuenta reales. Y ella ha dispuesto en su testamento que todo esto sea para los pobres. X EN TORRIJOS ...Delante de m, sentado a esta mesa con pegajoso mantel de hule, en el diminuto comedor de paredes rebozadas con cal azul, hay un seor silencioso y grave. Yo lo observo. Su cabeza es enrgica, redonda, fuerte, trasquilada al rape; muestra en su gesto y en sus ademanes como un desdn altivo, como un enojo reprimido hacia esta comida srdida e indigesta que, poco a poco, con lentitud desesperante, nos van sirviendo. Yo s que es el presidente del Crculo Industrial de Madrid; yo le reputo por uno de los hombres ms enrgicos y emprendedores de la Espaa laboriosa. Y su figura, en este ambiente de inercia, de renunciamiento, de ininteligencia, marca un contraste inevitable entre las dos Espaas. La comida transcurre lenta; son viandas exiguas, mal guisadas, servidas en vajilla desconchada y sucia, sobre el hrrido mantel de hule. Mi compaero suspira, levanta los ojos al cielo, se pasa la mano por la ancha frente como para disipar una pesadilla terrible, cruza los brazos--en las largas esperas de plato a plato--como pidiendo a s mismo serenidad y calma... Yo intento comer en silencio. Lo consigo? Creo que no. Por la estrecha ventana veo un patio con el brocal de un pozo desgastado, y en las paredes, empotradas, cuatro o seis columnas con capiteles dricos. Llegan los postres. Este silencio ttrico en este casn vetusto--antiguo convento--, despus de esta comida intragable, me apesadumbra y enerva. --Qu diferencia--exclamo--entre estos pueblos inactivos de la Meseta y los pueblos rientes y vivos de Levante! Entonces mi compaero, que ha callado, como yo, durante toda la comida, me mira fijamente, como asombrado de que haya quien hable as en Torrijos, y replica con voz lenta y enrgica: --Como que son dos nacionalidades distintas y antagnicas! Levante es una regin que se ha desenvuelto y ha progresado por su propia vitalidad interna, mientras que el Centro permanece inmvil, rutinario, cerrado al progreso, lo mismo ahora que hace cuatro siglos... Observe usted los detalles de la vida domstica; vea usted los procedimientos agrcolas; estudie usted las costumbres del pueblo... En todas partes, en todos los momentos, en lo grande y en lo pequeo, las diferencias entre los espaoles del Centro y los de las costas saltan a la vista. Yo soy del Centro, y, sin embargo, lo reconozco sinceramente. El problema catalanista, en el fondo, no es ms que la lucha de un pueblo fuerte y animoso con otro pueblo dbil y pobre, al cual se encuentra unido por vnculos acaso transitorios... Hemos callado. Y yo pensaba que todos los esfuerzos por la generacin de un pueblo prspero sern intiles mientras estos campos no tengan agua, mientras estas tierras paniegas no sean abonadas, mientras no desaparezca el sistema de eriazos y barbechos, mientras las mquinas no realicen pronta y esmeradamente el trabajo de las industrias anexas. * * * Y luego, cuando durante toda la tarde he visitado las almazaras, me he afirmado en mi idea. Nada ms interesante que esta sorda y tenaz lucha de las mquinas nuevas para vencer la obstinacin del labriego y reemplazar a los viejos y lentos artefactos. En Torrijos hay once molinos aceiteros; en ellos existen siete vigas y cuatro prensas. Las vigas son unas enormes palancas que, con un peso a uno de sus extremos, oprimen la pasta de aceituna molida, colocada en los cofines cerca del otro extremo, casi en el punto de apoyo. Las vigas estn an en Torrijos en mayora; el aceite se extrae como hace trescientos aos. Observad ahora el litoral: en la regin alicantina ms olivarera--Onil, Castalla, Ibi--las prensas de madera y las vigas hace tiempo que han desaparecido por completo; todas las prensas son de hierro. Y si nos internamos en Espaa veremos cmo a medida que nos acercamos al Centro, los viejos artefactos reaparecen, y cmo van aumentando hasta dominar en absoluto. En algunos puntos la lucha es empeada, y los vetustos aparatos estn a punto de ser derrotados por los nuevos. Todo un curso de civilizacin y de historia nacional se puede estudiar en estos detalles, al parecer insignificantes. Una excelente regin olivarera es la que se extiende desde Logroo hasta Alfaro, y que comprende los pueblos enclavados a la derecha del Ebro, en una distancia de 10 a 15 kilmetros. Pues bien; en Alfaro, por ejemplo, en sus almazaras existen 14 vigas y 10 prensas de husillo; en Arnedo, 30 y 15, respectivamente; en Njera, 3 y 2. Los procedimientos viejos dominan a los nuevos; en cambio, Logroo, la capital de la regin, cuenta con 24 vigas y 35 prensas de husillo, a ms de 3 hidrulicas. Torrijos es del pasado; los procedimientos modernos se han iniciado ya, pero estn sojuzgados an por la rutina. Diez kilmetros ms adentro, en Maqueda--que tambin he visitado--, la rutina es seora absoluta. Maqueda cuenta con 250 hectreas de olivares; todas las cosechas del pueblo se muelen en una almazara de una sola viga. Y el aceite extrado es tan nfimo, que slo puede ser vendido a las fbricas de jabones. Cuando se les reprocha discretamente su incuria a estos labriegos, se encogen de hombros y contestan que as se ha hecho toda la vida. Poco ms o menos es lo que contestan en Torrijos. Los olivares suman 960 hectreas en todo el trmino. Cmo es posible que en transformar la cosecha se entretengan desde Diciembre hasta ltimos de Abril? Las vigas trabajan lentamente; una sola viga comprime 12 fanegas diarias de pasta--que aqu llaman _pezn_--; una prensa de hierro, de 30 a 40. Usando vigas, la extraccin del aceite se prolonga doble tiempo que se tardara con la prensa. Consecuencia de esta dilatacin es el fermento que la aceituna sufre en sus trojes, desde Febrero, en que se termina de recolectar, hasta Mayo, en que se tritura la ltima. Y no es esto slo: la pasta que comprimen las prensas queda completamente exhausta; la que se retira de las vigas, en cambio, queda con una parte considerable de aceite que no es utilizado. Las prensas de hierro--me dicen--se rompen y es preciso gastar dinero en componerlas. Ayer hablaba de un labrador que descuida sus tierras por alquilar sus mulas por _tres_ reales diarios; hoy veo a estas gentes que huyen de la compostura de una prensa, y en cambio dejan fermentar la aceituna y pierden en la pasta comprimida una parte del jugo. * * * As viven, pobres y miserables, los labradores de la Meseta. El medio hace al hombre. El contraste es irreductible, entre unos y otros moradores de Espaa, mientras el medio no se unifique. Porque no podrn pensar y sentir del mismo modo unos hombres alegres que disponen de aguas para regar sus campos y cultivan intensivamente sus tierras, y tienen comunicaciones fciles y casas limpias y cmodas, y otros hombres melanclicos que viven en llanuras ridas, sin caminos, sin rboles, sin casas confortables, sin alimentacin sana y copiosa... XI Vuelvo a Madrid. Yo quisiera decir algo de ese clrigo que he visto en Maqueda, sucesor, a travs de los siglos, del buen clrigo del _Lazarillo_. He hecho el viaje por saturarme de estos recuerdos de nuestros clsicos. No basta leerlos; _hay que vivirlos_: contemplar el mismo paisaje que columbraron Cervantes o Lope, posar en los mismos mesones, charlar con los mismos tipos castizos--arrieros e hidalgos--, peregrinar por los mismos llanos polvorientos y por las mismas anfractuosas serranas. Maqueda es un pueblecillo caduco, con un formidable castillo gualdo, con los restos de una alcazaba y la osamenta de una iglesia arruinada. Desde lo alto del castillo he contemplado el llano inmenso, gris, negruzco, cerrado en la lejana por una lnea azul, surcado, en fulgente meandro, por un riachuelo que corre entre dos estrechas bandas de verdura. Ya pintar, cuando est ms descansado, este pueblecillo y este campo. Ahora no tengo tiempo. Voy al peridico; he de ir luego a la Biblioteca... Esto de hacer artculos es terrible: otra vez, despus de este breve descanso, he de volver a ser _hombre de todas horas_, como deca Gracin. Sobre la mesa tengo un montn de peridicos. Siento un leve terror. Les despojo de sus fajas y voy repasndolos lentamente... Y de pronto me pongo un poco plido y dejo caer de las manos uno de los peridicos. Se trata de _El Pueblo_, de Valencia. Qu dice? Habla de un artculo mo. Y este artculo es lo ms atrevido, rebelde y verdaderamente revolucionario que ha publicado la prensa espaola, tan tmida y parapoco, hace muchos aos. Caramba!--exclamo--. He hecho una atrocidad sin querer. El otro da se conmovi el _Heraldo_ por un artculo mo, y ahora este Castrovido dice esas cosas tremendas hablando de otro... Caramba! Yo no me atrevo a salir a la calle, a ir tmidamente al Ateneo, a pedir un libro en la Biblioteca, a entrar en la librera de Fe... Tomar el tren otra vez? S, s; es preciso que yo coja el tren otra vez. XII HACIA INFANTES ...Otra vez me veo entre cristal y cristal, liado en mi capa, el sombrero gacho, sobre las rodillas la manta, la inevitable maleta de cartn al lado. El coche resbala sobre el asfalto; pasamos entre el vaivn mundano, al anochecer, de la Carrera de San Jernimo. A lo largo del paseo de las Delicias brillan, en la foscura, ac y all, vacilantes, trmulas, entre el ramaje seco, las luces del gas. Sobre la fbrica de electricidad, a la derecha, se eleva un nimbo blanco del humo en que el resplandor refleja. Y los grandes focos, orlando las lneas de los desnudos rboles, arrojan una plida claror, difusa, matizada, turbia. El tren va a partir. Chirran las carretillas y diablas; suena un campanilleo persistente, largo, apremiante; vocea con voz plaidera un vendedor de peridicos. Y las portezuelas se cierran con estrpito, a intervalos... Es el expreso de Andaluca. Subo a un vagn. Un viejo de larga barba blanca arregla en las redecillas una maleta; un seor embozado en amplia capa parda mira con flgidos ojuelos sobre el embozo; en un ngulo frente al viejo, una joven, trajeada con hbito franciscano, permanece inmvil... El tren parte. Cruzan los verdes y rojos faros; a lo lejos, en las tinieblas de la noche, una muchedumbre de lucecillas imperceptibles brilla, parpadea, desaparece, surge de nuevo, torna a ocultarse. Y en el cielo hosco, sobre la gran ciudad, aparece--emanacin de los focos elctricos--como una tenue, difuminada claridad de aurora. En el coche, la mortecina luz de la lamparilla cae sobre los cuadros, rojos, azules, negros, de una manta, resbala sobre la uniformidad parda de la paosa castellana, se desliza, medrosa, entre las largas y argentadas hebras de la barba del anciano. Cruzamos vertiginosos ante una estacin, y se oye un largo campanilleo, que se pierde rpidamente; luego aparece, desaparece un faro verde. Y las tinieblas tornan impenetrables. La ventanilla est elevada hasta el comedio; por el espacio abierto, en la negrura intensa del cielo, una estrella fulgura, ya blanca, ya azul, ya violeta, ya anaranjada, en rpidos, en vivos, en misteriosos cambiantes. El tren corre frentico por la llanura infinita de la estepa. El anciano junta su calva, en misterioso cuchicheo, a la cabeza sonriente de la nia. --San Francisco el Grande--oigo decir al viejo--se parece al panten que vimos en Roma... al panten de Humberto. --S, s--dice la nia--; se parece al panten de Humberto; pero aqul tiene luz cenital. El viejo calla un momento; est reflexionando... Y luego corrobora gravemente: --S, s; es verdad: tiene luz cenital. Yo intento dormir; no puedo. En el centro del coche, sobre una maleta en pie, que no cabe en las rejillas ocupadas, a modo de velador, he colocado unos peridicos. Tomo uno ilustrado; leo al azar un prrafo: El acto realizado por el joven ex ministro de Agricultura ha tenido gran resonancia y debe tener trascendencia. Dejo el peridico; trato de dormir otra vez; abro de nuevo los ojos, exasperado. En la negrura, la estrella titilea, blanca, violeta, azul, anaranjada; una luz pasa vertiginosa y marca sobre los cristales una encendida estela fugitiva. Y cuando el tren se detiene de pronto ante una estacin solitaria, oigo, en el profundo reposo de la llanura, el tric-trac del telgrafo, sonoro y presuroso. * * * A las dos de la madrugada el destartalado carricoche va rodando, hundindose en los hondos relejes, saltando sobre los agudos riscos, por las anchas calles blancas de la ciudad manchega. Corre un viento sutil y helado. Las luces elctricas difunden una claridad opaca. A un lado y a otro se extienden las fachadas en anchas pinceladas de blanco sucio. La tartana se desliza, interminable, a lo largo de las calles interminables, con un ruidoso traqueteo que repercute en los mbitos oscuros. Un instante; creo que se detiene. S, s; se ha detenido. El zagal aporrea brbaramente una puerta. Transcurre un largo rato; vuelven a sonar los recios golpes; se hace otra larga pausa; es de nuevo la puerta aporreada. Y entonces se percibe en lo hondo una voz que grita: No, no hay habitacin en esta casa. --Sabe usted?--me dice el zagal--. Es que ha llegado una estudiantina, y estn todas las fondas ocupadas. Vuelve a rodar la tartana por las calles desiertas. Se oyen, a lo lejos, dos campanadas largas. Son las dos y media. Otra puerta torna a ser aporreada formidablemente. Tampoco hay habitacin en esta casa. Y hay que volver al siniestro paseo por la enorme ciudad solitaria... Las luces brillan mortecinas; un perro alla en la lejana. Y cuando, golpeada la tercera puerta, nos han abierto, yo he bajado de la tartana perplejo y asombrado. S, s que hay habitacin. Y esta habitacin est all cerca, a la derecha de la puerta, recayente al patio, al final del zaguanillo de cuadrilongos ladrillos rojizos. La casa es de dos pisos, enjalbegada de yeso blanco, con rejas coronadas por elegantes cruces de Santiago. El patio est formado por una anchurosa y cuadrada galera, sostenida por ocho columnas dricas, bordeada por una vetusta barandilla, sombreada por saledizos aleros negros. Dos de los lados han sido tapiados para formar habitaciones; los otros dos permanecen al descubierto. Mi cuarto es hondo, lbrego, estrecho, bajo; las paredes estn rebozadas de cal blanca; la puerta, ancha y achaparrada, est compuesta por cuadrados y cuadrilongos cuarterones; en el centro, abierto en talla, entre dos flores de lis campea un escudo; sobre el dintel, una ventanilla aparece cerrada por diminuta reja, formada con una redonda cruz santiaguesa. Dentro hay una silla, un espejo, una microscpica palangana. Y sobre dos banquillos, que sostienen cuatro tablas, un colchn angosto y retesado. Me acuesto sobre el duro alfamar, apago la luz. Y oigo en la lejana tres campanas, que caen lentas, solemnes, y una voz casi imperceptible por la distancia, que grita en un plaido largo: _Ave Mara Pursima..._ * * * Las casas de Valdepeas son blancas y bajas. De rato en rato, al paso, se columbra por las puertas entreabiertas el patio clsico con las columnas dricas y el zcalo azul, con el evnimus raqutico y el canap de enea. Una ancha faja de ail intenso encuadra las portadas; sobresalen adustos los viejos blasones; se destacan las afiligranadas rejas con la blancura de los muros. Y en la calle, empedrada de punzantes guijarros, entre el ngulo de la pared y el piso, al pie de los zcalos rosas o azules, corre una cinta de espesa y alegre hierba verde. El cielo est radiante, limpio, de un azul plido. Llegan lejanos sonoros repiqueteos de fragua. El sol refulge en las fachadas. Cantan los gallos. Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable estrpito de herrumbres, en direccin a Infantes, donde expir Quevedo, hacia el antiguo y conocido campo de Montiel, por donde Cervantes hizo caminar a Alonso Quijano la vez primera... XIII EN INFANTES Cuando me despierto oigo en la calle, a travs de las maderas cerradas, voces, ruido continuo de sonoros pasos, campanadas, trinos de canarios, ladridos de perros. Me levanto; por los cristales veo, enfrente, una ringla de casas bajas enjalbegadas, con las ventanas diminutas, con unos soportales vetustos formados por pilastras de piedra. En una tabla colocada en un balconcillo, a manera de banderola, leo, escrito en gruesas letras: _Parador Nuevo de la Plaza--de Juan el Botero--Paja suelta, agua dulce._ Cervantes--pienso--dice que la posada del Sevillano, en Toledo, se vea muy concurrida por la abundancia de agua que se hallaba siempre en ella. El agua, en estos pueblos secos, es un seuelo hoy como en los tiempos de Cervantes. El cielo est lmpido, radiante. Salgo. Camino por las blancas calles de altibajos solados con guijarros. De cuando en cuando aparece un casern enorme, dorado, negruzco, rojizo, con la portalada monumental de sillera. Dos columnas dricas a cada lado de la puerta sostienen el largo balconaje de ancho saliente; otras dos columnas a una y otra banda del hueco rematan en un clsico frontn triangular con las cornisas de enroscadas volutas. Y a una y otra parte de la fachada, en los grandes paramentos de los muros blancos, resaltan sendos y afiligranados blasones ptreos. Recorro la maraa de engarabitadas callejas. Las puertas y ventanas de los viejos palacios estn cerradas; las maderas se hienden, corconan y alabean; se deshacen en laminillas los herrajes de los balcones; descnchanse los capiteles de las columnas y se aportillan y desnivelan los espaciosos aleros que ensombrecen los muros... Desemboco en una plaza; el sol la baa vvido y confortable; me siento en el roto fuste de una columna. Enfrente se levanta un paredn ruinoso, resto de un antiguo palacio; a la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la portada clsica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejana, entre su delicada membratura, el ramaje seco de un lamo erguido en la llanura inmensa... A la derecha, otra iglesia ruinosa permanece cerrada, silenciosa, y se desmorona lenta e inexorablemente. Vuelvo a mi peregrinacin a travs de las calles. Pasan labriegos con sus largas cabazas amarillentas, de cogulla a la espalda; luego, de tarde en tarde, una vieja, vestida de negro, arrugada, seca, pajiza, abre una puerta claveteada con amplios chatones enmohecidos, cruza el umbral, desaparece; una mendiga, con las sayas amarillentas sobre los hombros, exange la cara, ribeteados de rojo los ojuelos, se acerca y tiende su mano suplicante. Y a todas horas, por todas las calles, van y vienen viejos, con sus caperuzas y zahones, montados en asnos con cntaros; viejos encorvados, viejos temblorosos, viejos cenceos, viejos que gritan paternalmente a cada sobresalto del borrico: --J, buche!... J, buche! La plaza es ancha. A un lado se extiende una hilada de soportales; al otro se destaca, recia, la iglesia de sillares rojizos, con su fornida y cuadriltera torre achatada, y enfrente, en la ringla de casas de dos pisos, corta la blanca fachada, de punta a punta, todo a lo largo, un balcn de madera negruzca, sostenido por gruesas mnsulas talladas, y encima, en el piso segundo, se destaca, salediza, una vetusta galera. Salgo de la plaza. La calle es recta. A uno y otro lado se alzan los negros caserones con sus rejas gruesas y balcones volados. Y otra iglesia, tambin ruinosa, tambin cerrada para siempre, muestra su fachada con medallones y capiteles clsicos... Andando, andando, doy con el campo. La tierra uniforme, desnuda, intensamente roja, se aleja en inmensos cuadros labrados, en manchones verdes de sembradura; un suave altozano cierra el horizonte; una fachada blanca refulge al sol en la remota lejana. Camino por las afueras, bordeando los interminables tapiales de tierra apisonada. Un viejo camina con su borrico, cargado con los cntaros, hacia la fuente. --Buenos das--le grito. --Dios guarde a usted--me contesta. Y hablamos. --Hay muchas fuentes en el pueblo? l mueve la cabeza, como anunciando que va a hacer una confesin dolorosa. Y luego dice lentamente: --No hay ms que una. Yo finjo que me asombro. --Cmo? No hay ms que una fuente en Infantes? Y l me mira como reprendindome el que haya dudado de su palabra de castellano viejo. --Una nada ms--insiste firmemente.--Y despus aade con tristeza: --Una y mala; que si fuera buena...! Llegamos a la fuente. No es fuente. Es decir, la fuente est un poco ms hall, en la plaza de las dos iglesias ruinosas y del palacio desplomado; pero como apenas surte agua por sus caos, porque los atanores estn embrozados, se ha hecho una sangra en ellos ms cerca al nacimiento, y a ella vienen a llenar sus vasijas los buenos viejos. El agua cae en una fosa cavada en tierra; luego desborda y se aleja por las calles abajo formando charcos y remansos de lgamo verdoso... En el siglo XVI haba en Infantes tres fuentes: la de la Moraleja, la de la Muela y esta otra de la ancha plaza. Los caserones solariegos estn abandonados; las iglesias se han venido a tierra, y las fuentes, en esta decadencia abrumadora, se han cegado y han desaparecido... El viejo llena sus cntaros en el menguado cao. --A cmo venden ustedes el agua?--le pregunto. --A _patacn_ la carga--me contesta. --A diez cntimos--dice otro viejo. Y entonces el viejo a quien yo he preguntado mueve la cabeza con su gesto caracterstico y replica filosficamente: --Lo mismo da _patacn_ que diez cntimos. Cantan a lo lejos los gallos. De pronto vibra en los aires una campanada, larga, grave, sonora, melodiosa; y luego, al cabo de un momento, espaciada, otra, y despus otra, otra, otra... --Esto es a agona--dice una vieja. Y el anciano torna a mover la cabeza y exclama: --La agona de la muerte... Y sus palabras, lentas, tristes, en este pueblo sin agua, sin rboles, con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetusto, parecen una sentencia irremediable. * * * He visitado la casa en que, viejo, perseguido, amargado, expir Quevedo. Hoy, sta y la casa contigua forman una sola; pero an se ven claras las trazas de la antigua vivienda y an perdura ntegro el cuarto donde se despidi del mundo el autor de los _Sueos_... La casa era pequea, de dos pisos, sencilla, casi mezquina, sin requilorios arquitectnicos. Tena una puertecilla angosta, todava marcada en el muro; por esta puerta se entraba a un zagun, que ms bien era pasadizo estrecho, de apenas dos metros de anchura y ocho o diez de largaria, por el que discurre, soterrado, un arbelln que conduce las aguas llovedizas desde el patio a la calle. El patio--an subsistente--es pequeuelo, empedrado de guijos, con cuatro columnas dricas, con una galera guarnecida con barandado de madera. A la izquierda, conforme se entra en la casa, cerca de la puerta de la calle, se abre otra puerta chica. Y esta puerta franquea una reducida estancia, cuadrada, de paredes lisas, hmeda, de techo bajo, con una diminuta ventana. Y una vieja, una de esas viejas de pueblo, vestida de negro, recogida, apaada, limpia, la cara rugosa y amarilla, me ha dicho: --Aqu, aqu en este cuartico es donde dicen que muri Quevedo... * * * Cmo este pueblo, rico, prspero, fuerte en otros tiempos, ha llegado en los modernos al aniquilamiento y la ruina? Yo lo dir. Su historia es la Historia de Espaa entera a travs de la decadencia austriaca. Infantes, en 1575, lo componan 1.000 casas; hoy lo componen 870. Yo no recuerdo haber visto en treinta aos--me dice un viejo--labrar una casa en Infantes. Contaba el pueblo en 1575 con 1.300 vecinos; 1.000 eran cristianos viejos; los otros 300 eran moriscos. Era un pueblo nuevo, aristcrata, enrgico, poderoso, esplndido. Nunca fue mayor--dicen las _Relaciones topogrficas_, inditas, ordenadas por Felipe II--; nunca fue mayor; siempre ha ido en aumento y va creciendo. En sus casas flamantes, de espaciosos salones, de claros y elegantes patios acolumnados, habitaban cuarenta hidalgos. Y este pueblo era como la capital del antiguo y conocido campo de Montiel, que abarcaba veintids pueblos, desde Montiel hasta Alcubillas, desde Villamanrique hasta Castellar. Y en esta centralizacin aristocrtica y administrativa ha encontrado Infantes su ruina. Los hidalgos no se ocupan en los viles menesteres prosaicos. Tienen sus tierras lejos; hoy Infantes carece de poblacin rural; entonces tampoco la tena. Las clases directoras posean sus haciendas en trmino de la Alhambra. Contaba entonces la Alhambra con una poblacin densa de caseros y granjas. Todava en el siglo XVIII, segn el censo de 1785, ordenado por Floridablanca, eran _veinticuatro_ las granjas situadas dentro de los aledaos de la Alhambra. Y en 1575 existan en sus dominios las aldeas de Laserna, con 15 o 16 casas; la Nava, con 15; el Cellizo, con 10; Pozo de la Cabra, con 15; La Moraleja, con 12; Santa Mara de las Flores, con 12; Chozas del Aguila, con 8... Cmo era posible que teniendo los seores lejos sus tierras las cultivasen con el amor y la atencin con que, en el caso de verse libre de sus prejuicios antieconmicos, las hubiesen cultivado bajo su inmediata dependencia? Tenan el eterno mayordomo, que an perdura en las Castillas, y en Albacete, y en Murcia; pasaban por alto las trabacuentas y gatuperios del delegado; necesitaban dinero para su vida fastuosa y lo pedan a todo evento. Y la ruina llegaba inexorable. Infantes, como tantos otros pueblos del Centro, se arruin rpidamente en dos siglos. Ya este sistema de explotar la tierra sin contribuir a fortalecerla, canalizando ros, regalndola abonos, conduce derechamente al agotamiento, sin remedio. Juntad ahora a esta decadencia de la agricultura la decadencia de la ganadera. Siempre--y ste es un mal gravsimo--han andado en Espaa dispares y antagnicas la agricultura y la ganadera. Esta separacin ha contribuido a concentrar en pocas manos la riqueza pecuaria; ha impedido su difusin y crecimiento; ha dificultado la cultura, en cada regin, de las especies ms convenientes; ha privado, en fin, de los aprovechamientos de los ganados al beneficio de los campos. Una y otra cultura, la de la tierra y la de la ganadera, se han hostilizado durante siglos; una y otra se han arruinado y han trado aparejada en su ruina la ruina de Espaa. La de la tierra, por falta de agua (Infantes, entre 14.000 hectreas, tiene 6 de regado constante) y por la estatificacin de los procedimientos de cultivo; la de la ganadera, por el cambio radicalsimo de la propiedad adehesada, producido por la desvinculacin y desamortizacin, por la roturacin de los pastos, por el cegamiento de veredas, cordeles y caadas, y por la baja del Arancel en lo referente a importacin de lanas extranjeras. Hemos de sumar an a estas causas y concausas de abatimiento las continuas y formidables plagas de langosta, que, desde hace siglos, caen sobre estas campias, como las de 1754, 55, 56 y 57, de que habla Bowles en su _Introduccin a la geografa fsica de Espaa._ Hoy la langosta es la obsesin abrumadora de los labradores manchegos. Ms que de los tiempos de llover o no llover--he odo decir a un labriego esta maana en la plaza--, me acuerdo de la langosta. Aadamos tambin las poderosas trabas de la amortizacin, tanto civil como eclesistica. La amortizacin acumula en escasas manos la propiedad territorial; se paraliza el comercio de las tierras fragmentadas--que no existen--; la dificultad de adquirir la tierra encarece su precio; las inmensas extensiones conglomeradas imposibilitan el cultivo intensivo, matan la poblacin rural y ponen rmora incontrastable a las obras de irrigacin y de labranza. Y cuando hayamos ensamblado y considerado todos estos motivos de ruina que han convergido sobre este pueblo, como sobre infinidad de tantos otros, todava habremos de juntar a ellos, como calamidad suprema, otra poderossima que inaugura la Casa de Austria, con Felipe II, y persevera con intensidad ascensional hasta estos tiempos. Hablo de la burocracia y del expediente. En Infantes viven y brujulean al finalizar el siglo XVI los siguientes funcionarios polticos y judiciales: el vicario mayor de Montiel, otro vicario, un notario, un alguacil fiscal, un gobernador, un teniente del gobernador, un alguacil mayor, un escribano de gobernacin, un alcaide de la Crcel, diez y siete regidores, un fiel ejecutor, un depositario general, un mayordomo y procurador del Concejo, un escribano del Concejo... El vicario no tiene sueldo fijo, pero cobra el aprovechamiento de los derechos de su judicatura, y para que sean crecidos y suculentos sabr ingeniarse sagazmente; el gobernador percibe 200.000 maraveds, y de ellos da 20.000 a su teniente; adems, el gobernador tiene, de los maraveds que en nombre de Su Majestad se ejecutan, ciento y cincuenta maraveds cuando la cantidad llega a cinco mil maraveds, y no ms aunque pase, y de all abajo, a real de plata; y es preciso reconocer que el seor gobernador--ni ms ni menos que los gobernadores de ahora en otros rdenes--hallar trazas para que los maraveds ejecutados lleguen siempre, caiga el que caiga, a los cinco mil codiciados. Falta, para dejar completa la plantilla, consignar que el alcaide de Crcel cobra maraveds 12.000, que el fiel ejecutor disfruta de un sueldo de 6.000, y que cada regidor--y no olvidemos que son diez y siete--percibe por sus respectivas barbas, 600. Infantes y los pueblos comarcanos son pobres; no tienen agua; no hay en ellos rastro de huerta; no cultivan frutales; la cultura del grano se hace a dos y tres hojas. Cmo con esta pobreza pudiera mantenerse tan complicada y costosa mquina administrativa? No es posible; apenas si durante un siglo alienta. El creciente desarrollo que los vecinos notan en su contestacin al Cuestionario de Felipe II se detiene al promediar el siglo XVII; y luego, cuando, al final, la miseria cunde por toda Espaa, Infantes se doblega; las nobles familias se arruinan; se cierran los grandes caserones; desaparecen hidalgos y burcratas. Y en este ambiente de abatimiento, de abstinencia, de ruina, el espritu castellano, siempre propenso a la tristura, acaba de recogerse sobre s mismo en hosquedad terrible. No hay arboleda ninguna en estas huertas ni en la villa--declaran en 1575 los vecinos--, porque no se dan a ello; _antes cortan los rboles que hay, porque son poco inclinados a ello_. Las casas--dicen en otra parte--son bajas, sin luceros ni ventanas a la calle. * * * El odio al rbol y el odio a la luz... Aqu, en la ancha cocina de la posada, esta noche, al cabo de tres siglos, un viejo me dice: --En este pueblo las casas tienen las ventanas y las puertas cerradas siempre. Yo no recuerdo haber visto algunas nunca abiertas; los seores salen y entran por las puertas de servicio, a cencerros tapados. Es un carcter hurao el de las clases pudientes; una honda divisin las separa del pueblo. Y los seores, cuando dan las ocho de la noche, si quieren salir de casa, han de hacerse acompaar de dependientes y criados... Suena una larga campanada grave, meldica, sonorosa, pausada. Luego rasga los aires otra, despus otra, despus otra... Yo pienso en las palabras del viejo, esta maana, junto al cao del agua: --Esta es la agona; es la agona de la muerte... Y cuando he salido a la calle y he peregrinado entre las tinieblas, en la noche silenciosa, a lo largo de los vetustos palacios, al ras de las enormes rejas saledizas, que tantos suspiros recogieron, he sentido una grande, una profunda, una abrumadora ternura hacia este pueblo muerto. XIV EN INFANTES Salgo, despus de comer, a las afueras del pueblo; me recuesto al pie de un largo bardal. Delante tengo la inmensa llanura de roja arena que se pierde en el infinito con suaves ondulaciones. El cielo es azul; un vaho tibio asciende de la tierra. Leo un peridico: habla del clericalismo de Espaa. Parece ser que una simple decisin del gobierno acabar con l... Los polticos y los periodistas--y sta es la raz de nuestras desventuras--ven brbaramente las cosas en abstracto. Y hay que considerarlas vivas, palpitantes, latentes, indivisas de la realidad inexorable. * * * ...Durante todo el mes--consagrado cada uno a un santo--, durante todo el ao, las novenas suceden a las novenas: la de Animas, la de la Pursima, la del Nio Jess, la de San Antonio, la de San Jos, la de los Dolores. Se celebran trisagios; se cantan rogativas; pasan por las calles largas procesiones de penitentes, Cristos lacios y sanguinosos, Vrgenes con espadas de plata; las campanas plaen por la maana, a medioda, por la noche; brillan misteriosas las luces en las naves sombras; entran, salen, discurren por las calles devotas con mantillas negras, hombres con capas amplias, que se quejan, que sollozan, que hablan de angustias, que piensan en la muerte. Y la idea de la muerte, eterna, inexorable, domina en estos pueblos espaoles, con sus novenas y sus taidos fnebres, con sus caserones destartalados y su ir y venir de devotas enlutadas. Espaa es un pas catlico. El catolicismo ha conformado nuestro espritu. Es pobre nuestro suelo (yermos estn los campos por falta de cultivo); el pueblo apenas come; se vive en una ansiedad perdurable; se ve en esta angustia cmo van partiendo uno a uno de la vida los seres queridos; se piensa en un maana tan doloroso como hoy y como ayer. Y todos estos dolores, todos estos anhelos, estos suspiros, estos sollozos, estos gestos de resignacin van formando en los sombros pueblos, sin agua, sin rboles, sin fcil acceso, un ambiente de postracin, de fatiga ingnita, de renunciamiento heredado a la vida fuerte, batalladora y fecunda. As nacen y se van perpetuando en un catolicismo hosco, agresivo, intolerante, generaciones y generaciones de espaoles. En un pueblo as, cmo es posible realizar desde la _Gaceta_ un cambio tan radical como el que supone el asunto, hoy estudiado por el gobierno, de las Congregaciones? No lo ocultamos, porque somos liberales sinceros: la entraa de un pas no puede renovarse de un da para otro con un simple real decreto. En 1823 existan en Espaa 16.310 religiosos. Qu se haba hecho de la enorme copia de ellos que exista en el siglo XVIII? Es que haban desaparecido por los naturales progresos del pas? No; las represiones polticas consiguieron extirparlos momentneamente. Era un resultado violento; Espaa no haba cambiado; segua siendo tan catlica y tan clerical como antes. Y as, de 1823 a 1830, en que una reaccin lgica volvi a dejar libre el alma nacional, los conventos se multiplicaron de un modo estupendo. En 1823 los religiosos son 16.310; en 1830 ascienden a 61.727. Hemos cambiado algo de entonces a la fecha? Hemos cambiado en frgiles apariencias; la entraa de nuestro pueblo es la misma. No basta disponer que se reduzca el nmero de las Ordenes y Congregaciones; ya se pens en esto (con ms valenta que ahora) en el siglo XVII. No basta que lo dispongan o finjan disponerlo los polticos--que son casi todos los polticos espaoles--a quienes conocemos por catlicos (vehementes o discretos), y en cuyas familias arreglan los negocios y las conciencias diligentsimos y avisados diplomticos del catolicismo. Es preciso algo ms hondo y ms eficaz: es preciso llevar al pueblo la seguridad de una vida sana y placentera. Un pueblo pobre es un pueblo de esclavos. No puede haber independencia ni fortaleza de espritu en quien se siente agobiado por la miseria del medio. En regiones como Castilla, como la Mancha, sin agua, sin caminos, sin rboles, sin libros, sin peridicos, sin casas confortables, cmo va a entrar el espritu moderno? Somos tan ingenuos que creamos que lo va a llevar un da u otro la _Gaceta oficial_? El labriego, el artesano, el pequeo propietario, que pierden sus cosechas o las perciben escasas tras largas penalidades; que viven en casas pobres y visten astrosamente, sienten sus espritus doloridos y se entregan--por instinto, por herencia--a estos consuelos de la resignacin, de los rezos, de los sollozos, de las novenas, que durante todo el mes, durante todo el ao se suceden en las iglesias sombras, mientras las campanas plaen abrumadoras. Y habra que decirles que la vida no es resignacin, no es tristeza, no es dolor, sino que es goce fuerte y fecundo; goce espontneo, de la Naturaleza, del arte, del agua, de los rboles, del cielo azul, de las casas limpias, de los trajes elegantes, de los muebles cmodos... Y para demostrrselo habra que darles estas cosas. XV Cuando llego a Madrid est cayendo un agua menudita, cernida, persistente. Son las ocho. El cielo est sombro. Entro en mi cuarto, sin aliento, fatigado. Dejo la capa y el sombrero. Voy a acostarme un rato. Y al ir a entornar las maderas del balcn veo sobre la mesa un papel azul. Un papel azul doblado y cerrado no puede ser ms que un telegrama. Yo alargo la mano. A veces, cuando me traen un papel azul, a pesar de haber abierto tantos en las redacciones, siento que resurge en m la supersticin del provinciano. En los pueblos no se reciben telegramas sino para anunciar una desgracia; se conmociona toda la familia; el que lo abre calla y se pone un poco plido; sus manos tiemblan; todos miran ansiosos... Yo he sentido un tilde de esta ansia cuando he visto, en esta maana gris, cansado, sooliento, un telegrama. Qu voy a leer en l? Qu nueva va desconocida va a abrir en mi vida? Y he alargado la mano perplejo, temeroso. Y no era nada! Es decir, s que era algo; pero era algo grato, era algo jovial y sano. He aqu lo que deca el telegrama: Llego maana en el correo. Verdaderamente, esto no traspasa los lmites de una frase vulgar; pudiramos decir que no sugiere nada agradable. Pero es que este telegrama lo firma Sarri! Sarri va a llegar maana en el correo? Este maana, cundo es? Examino la fecha. Este telegrama est puesto hace dos das! Sarri est en Madrid! Aqu no tendra que poner un solo signo admirativo, sino seis u ocho. Sarri ha llegado a Madrid sin que yo bajase a la estacin a recibirle! Y se pasea por estas calles sin que yo le acompae. Y tal vez haya comido en Lhardy solo, triste, sin que hayamos podido tener un rato de amena pltica ante las viandas exquisitas... Esto es, en realidad, tremendo; ya no tengo sueo. Cmo voy a dormir estando Sarri en Madrid? Me voy a la calle; creo que mi deber me impone el visitarlo. Pero dnde vive Sarri? Cmo encontrarlo? He preguntado en seis u ocho fondas; he entrado en los restaurants; me he asomado a los cafs; paso y repaso por casa de Botn; permanezco largos ratos parado en el escaparate de Tourni. Y no lo encuentro. Una vez he credo reconocerlo. Era un seor grueso que sala cargado con unos paquetes de un ultramarinos; yo lo he visto por la espalda; llevaba un sombrero puntiagudo y el cuello del gabn levantado. Este es Sarri--he dicho--; ese sombrero no lo tiene nadie ms que Sarri; y el llevar el cuello levantado significa que, como viene del medioda, tiene fro. Todo esto lo he pensado rpidamente; al mismo tiempo que lo pensaba le pona la mano en el hombro al seor grueso, y gritaba: --Sarri! Y entonces el hombre gordo ha vuelto la cara, una cara con ojos pequeos y ribeteados de rojo, y he visto tristemente que no era Sarri. Dnde vivir? Dnde comer? Vuelvo a pasar por casa de Botn; vuelvo a pasarme frente a la vitrina de Lhardy. Y no lo veo! Y como ya es de noche y me siento fatigado por el precipitado trajn, por el viaje, por el cansancio, me retiro a casa con nimo de acostarme. XVI Sin embargo, no parece bien que estando Sarri en Madrid, yo me acueste tranquilamente sin haberle visto. Por lo tanto, no me acuesto. Es posible--me digo--que vaya al teatro esta noche. A qu teatro? A un teatro honesto o a un teatro levantisco? Esto ltimo no lo debiera haber pensado: es casi un insulto al buen Sarri. Si l va al teatro, seguramente ser al Espaol, a la Comedia, tal vez al Real. Entre estos tres, por cul me decido? Yo creo recordar que a Sarri le gustaban los versos; yo a veces le declamaba algunos y l me deca que eran muy bonitos. Estos gustos estticos le habrn inclinado a ir al Espaol; adems, en los pueblos hay una marcada preferencia por los dramas en verso. La compaa de cmicos que llegan la dividen en _compaas de verso_ y _compaas de canto_. Claro est que los hombres graves prefieren la de verso, y como Sarri es un hombre grave, habr indudablemente ido al Espaol. Yo tambin voy. Y mientras voy pienso todas estas cosas y me dedico un aplauso por mis dotes de lgico y filsofo. Llego al Espaol cuando estn a mitad de un acto. No s si entrar en la sala o permanecer en el vestbulo hasta que acaben. Me decido por entrar; procuro no molestar con el ruido de mis pasos. Al sentarme suena una larga salva de aplausos. Yo miro al escenario y tambin aplaudo. No s por qu se aplaude; pero, en fin, aplaudo. Cmo negarme a ello, cuando a mi derecha y a mi izquierda veo las manos batir entusiasmadas? Sobre todo a mi izquierda. Quin ser ste que aplaude con tal saa? Me vuelvo, le miro a la cara. Y es Sarri! Sarri que mira tambin y me reconoce. Y entonces se levanta; yo tambin me levanto. Y me da un fuerte abrazo, mientras grita: --Lo mismo que don Luis Mara Pastor! --S, s--exclamo yo--, lo mismo que don Luis Mara Pastor! Y en la sala del Espaol se ha producido un escndalo enorme. En los palcos, en las butacas, en el paraso protestaban ruidosamente de nuestra expansin; la representacin se ha interrumpido, y hemos tenido que marcharnos avergonzados, mohinos, cabizbajos. XVII Cmo haba yo de reconocer a Sarri, si se ha comprado otro sombrero? Este sombrero es perfectamente semiesfrico. Pero Sarri est disgustado con este sombrero. Creo que acabar por retirarlo y volverse a poner el otro; sta es mi impresin. Esta tarde hemos estado paseando por la Castellana; al anocher, para descansar un poco, hemos entrado en la Mallorquina. Sarri y yo opinamos que en Madrid no hay un sitio ms ameno que la Mallorquina. Aqu estbamos tomando un pequeo refrigerio, cuando a m se me ha ocurrido repasar un peridico; mis malas costumbres no pueden abandonarme. Y como lo ms entretenido--y lo ms instructivo--de un peridico son los _sucesos_, yo, naturalmente, he echado la vista sobre ellos. Mejor hubiera sido que no la hubiese echado. He aqu lo que mis ojos han ledo: UN CHUSCO: Anoche, en el teatro Espaol, un chusco trat de dar una broma a nuestro distinguido compaero en la prensa don Antonio Azorn. Representbase el segundo acto de _Reinar despus de morir_, cuando de una de las butacas, situadas junto a la que ocupaba el seor Azorn, se levant un sujeto y le abraz, lanzando fuertes exclamaciones. Excusamos decir la algazara que con tal motivo se promovi en la elegante sala del Espaol. El seor Azorn y el individuo bromista tuvieron que abandonar el teatro entre las protestas de los espectadores. Y Azorn, que le ha ledo a Sarri este suelto, ha dicho tristemente: --Esta es, querido Sarri, la manera que tienen los hombres de escribir sus historias. Creemos saberlo todo y no sabemos nada. Nuestras imaginaciones caprichosas es lo que nosotros reputamos por axiomas infalibles. Y as la mentira pasa por verdad, y la iniquidad es justicia. El tiempo y la distancia lo borran y trastruecan todo. No sabemos lo que pasa a nuestro lado: cmo saber lo que ha pasado en tiempos remotos y lo que ocurre en luengas tierras? Seamos sencillos: declaremos modestamente nuestra incompetencia. Y ms valdr, entre juzgar a los hombres y echar el peso de nuestro voto a una u otra banda, no echarlo a ninguna, y no juzgar a nadie ni ser juzgado. XVIII Vuelvo de la estacin de Atocha de despedir a Sarri. Si alguna vez yo tuviera tiempo, escribira un libro titulado _Sarri en Madrid_. Pero no lo tendr: un mazo de cuartillas me espera sobre la mesa; he de leer una porcin de libros, he de ojear mil peridicos... Me siento ante la mesa. El recuerdo de Sarri acude a mi cerebro: nos hemos abrazado estrechamente. --Sarri, ya no nos volveremos a ver ms? --S, Azorn; ya no nos volveremos a ver ms. Ha silbado la locomotora. Y a lo lejos, cuando se perda el tren en la penumbra de los grandes focos elctricos, Sarri, asomado a la ventanilla, agitaba su antiguo sombrero cnico. Me paso la mano por la frente como para disipar estos recuerdos. Es preciso volver a urdir estos artculos terribles todos los das, inexorablemente; es preciso ser el eterno _hombre de todas horas_, en perpetua renovacin, siempre nuevo, siempre culto, siempre ameno. Arreglo las cuartillas: mojo la pluma. Y comienzo... FIN 2 Mayo 1903. License: Share Alike