Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net BIBLIOTECA DE LA NACION HERMANN SUDERMANN EL MOLINO SILENCIOSO BUENOS AIRES 1910 ESTE VOLUMEN CONTIENE El Molino silencioso Las Bodas de Yolanda EL MOLINO SILENCIOSO I Desde cundo lleva su nombre el Molino silencioso? No lo s. Desde que lo conozco es un viejo edificio medio derruido, resto lastimoso de una poca ya desaparecida. Descascarados y sin techo, sus muros, que los aos desmoronan, se alzan hacia el cielo dejando paso libre a todos los vientos. Dos grandes muelas redondas, que sin duda trabajaron valientemente en otro tiempo, han roto el armazn carcomido que las sostena, y, arrastradas por su propio peso, se han hundido profundamente en el suelo. La rueda grande permanece suspendida de travs entre los dos soportes podridos. Las paletas han desaparecido; slo los rayos se alzan todava en el aire, como brazos que se tienden hacia el cielo para implorar el golpe de gracia. El musgo y las algas lo han cubierto todo con un manto de verdor a travs del cual el berro muestra sus hojas redondas, de palidez enfermiza. Un canal medio arruinado vierte dulcemente el agua, que cae gota a gota con un ruido cuya monotona adormece, sobre los rayos de la rueda, que salta hecha polvo y que llena el aire de vapor hmedo. Oculto bajo una capa de leos grises, el arroyo esparce un olor de agua corrompida. Todo lleno de algas y de hierbas, ha sido invadido por los pinos acuticos y los juncos; en el medio solamente resalta un hilo de agua cenagosa y negra, en el que se columpia perezosamente la lenteja acutica, con sus hojas delicadas de color verde claro. En otro tiempo, el arroyo del molino corra alegremente, la espuma brillaba blanca como la nieve a lo largo del dique, las ruedas enviaban hasta la aldea el ruido alegre de su tictac; y, en el patio, los carros iban y venan en largas filas, mientras resonaba a lo lejos la voz potente del viejo molinero. Este se llamaba Felshammer; y bastaba verlo para comprender que mereca ese nombre[*]. Era todo un hombre. Tena fuerzas de sobra para hacer saltar las rocas. Haba que evitar con cuidado burlarse de l o contrariarlo, porque entonces montaba en ira, apretaba los puos, las venas de las sienes se le hinchaban como cuerdas; y, cuando se pona a jurar, todo el mundo temblaba y hasta los perros huan. [*] _Fels_, roca; _Hammer_, martillo; _Felshammer_, martillo para romper rocas, maza.--_N. del T._ Su esposa era una mujer dulce, tranquila y sumisa. Habra podido ser acaso de otro modo? Una criatura dotada de ms vigor, que hubiera querido conservar nada ms que un destello de voluntad personal, era algo que Felshammer no habra tolerado junto a l ni por veinticuatro horas. En condiciones tales hacan una vida soportable, casi feliz podra decirse, slo turbada por aquella clera fatal, que se encenda y arrojaba llamas por el menor motivo, y que daba a la pacfica mujer muchas horas de pesar. Pero jams verti ella tantas lgrimas como el da que la desgracia se cerni sobre sus hijos. Haban nacido de esa unin tres vstagos, tres varones lindos y robustos. Los tres tenan los ojos azules y los cabellos rubios, y sobre todo un par de puos que prometan mucho, como deca el padre con orgullo, aunque el ms pequeo, que estaba todava en la cuna, slo poda aprovechar los suyos chupndolos. Los dos mayores eran ya unos mocetones soberbios. Qu altivez en la mirada cuando se plantaban, con las piernas abiertas, la cabeza echada para atrs, y las manos en los bolsillos de los calzones! Uno y otro parecan decir: Soy el hijo de mi padre. Venid, pues, a verlo! Todo el santo da estaban pelendose entre ellos, y el padre mismo era quien los excitaba. La madre, llena de inquietud, intervena para restablecer la paz, pero se burlaban de ella. La pobre temblaba sin cesar por sus terribles hijos, pues vea con espanto que los dos haban heredado el carcter irascible de su padre. Ya una vez haba acudido en momentos en que Fritz, que tena ocho aos, se abalanzaba con un gran cuchillo de cocina en la mano, sobre su hermano, dos aos mayor que l. Seis meses despus lleg, en efecto, el da en que se justificaron sus tristes presentimientos. Los dos muchachos se haban peleado en el patio, y Martn, el mayor, furioso al ver que Fritz era ms fuerte, le tir una piedra, hirindolo tan desgraciadamente en la parte posterior de la cabeza que lo hizo caer ensangrentado y sin habla. Pdose sin gran trabajo restaar la sangre, y se cicatriz la herida, pero el nio, nunca ms recobr la palabra. Sigui inerte, indiferente para todo, tomando como un animal el alimento que le daban. Se haba vuelto idiota. Este fue un golpe terrible para la familia del molinero. La madre pas noches enteras llorando; l tambin, el hombre activo y enrgico, anduvo vagando mucho tiempo, como perdido en un sueo. Pero el que recibi la impresin ms profunda fue el autor del accidente. Ese muchacho tan altivo, tan turbulento, era casi otro, porque su arrogancia haba desaparecido; se haba hecho taciturno, reconcentrado en s mismo, obedeca al pie de la letra las rdenes de su padre, evitaba toda vez que poda las miradas de sus condiscpulos. El cario que profesaba a su desgraciado hermano era verdaderamente conmovedor. Estando en la casa, no lo abandonaba ni un instante. Se plegaba con una paciencia angelical a los hbitos del idiota, cado en la condicin de bestia; aprenda a comprender los sonidos inarticulados que el enfermo dejaba or, y lo miraba sonriendo cuando le rompa el juguete ms preciado. El idiota se acostumbr tanto a esa compaa que no quera pasarlo sin ella. Cuando Martn estaba en la escuela, gritaba sin descanso y habra preferido morir de hambre antes de aceptar el alimento de una mano que no fuese la de su compaero. Durante tres aos, el enfermo arrastr una existencia miserable: despus cay en cama y muri. II Su muerte habra debido parecer una liberacin a todos los de la casa; sin embargo, hizo derramar lgrimas ardientes. Martn, sobre todo, pareca inconsolable. En los primeros tiempos, iba todos los das al cementerio; y a menudo era preciso alejarlo a la fuerza de la tumba. Pero poco a poco fue calmndose, y esta calma la debi ante todo a la compaa de Juan, su hermano menor, en el cual pareci querer depositar desde aquel da el amor infinito que haba profesado a su vctima. Mientras Fritz haba vivido, Martn se haba ocupado muy poco de Juan; pareca casi que consideraba entonces un crimen dar a otro la ms pequea parte de su corazn. Pero cuando la muerte arrebat al desgraciado, una necesidad irresistible lo inclin hacia el ms pequeo. Esperaba que su afecto a Juan llenara quizs el hueco atroz que haba dejado en l la muerte del otro; era preciso reparar beneficiando al hermano que quedaba, el mal que haba hecho al que ya no exista. Juan era entonces un lindo muchachito de cinco aos, saba ponerse ya los calzones, e iban a comprarle en la prxima feria el primer par de zapatos. Pareca no haber heredado nada de la rudeza y de la arrogancia paternales; participaba ms bien de la dulzura y calma de su madre; se apegaba a sta en su calidad de benjamn y era el dolo de ella. Pero la madre no era la nica persona que lo adoraba; todo el mundo lo mimaba... era la luz y la alegra de la casa. Bastaba verle para amarlo. Sus largos cabellos de color rubio claro brillaban como rayos de sol, y en sus ojos lmpidos y francos, que se iluminaban con una llama jovial para tomar en seguida una expresin soadora y tranquila, haba un mundo entero de ternura y de bondad. Se uni desde entonces con verdadera pasin, al hermano que durante tanto tiempo lo haba descuidado. Pero la diferencia de edad, pues se llevaban cerca de nueve aos, no permita que se estableciese entre ambos una amistad puramente fraternal. Martn estaba ya a punto de salir de la infancia; su expresin grave y reflexiva y su lenguaje precozmente serio lo acercaban ya al hombre hecho. Adems, al ao siguiente iba a hacer su entrada en la vida activa. No era natural, pues, que emplease a veces en sus relaciones con su hermano un tono paternal? No se avergonzaba, sin embargo, de tomar parte en sus juegos infantiles; a menudo haca pacientemente el caballo, y se dejaba conducir a travs de los patios y de los campos. Pero siempre haba en su conducta ms indulgencia sonriente de maestro que alegra sencilla de camarada consciente de su superioridad. El nio carioso y tierno se entreg con toda su alma a su hermano mayor. Le reconoca una autoridad absoluta, quizs en mayor medida que a su padre y a su madre, que no estaban tan cerca de su corazn infantil. Cuando lleg el momento de ir a la escuela, encontr en Martn un gua cuya paciencia no se desmenta nunca, siempre dispuesto, cuando la tarea era demasiado pesada, a ayudarle con consejos y hasta de ms eficaz manera. Entonces la veneracin del pequeo a su hermano no conoci lmites. El viejo Felshammer era el nico a quien esta amistad profunda no causaba gran alegra. Eran demasiado empalagosos, se besuqueaban demasiado, habra sido mejor que pelearan como gatos; hubiera estado seguro entonces de que tenan su sangre y su carne. En cambio, la dulce, la pacfica madre se senta muy feliz. Todas las maanas y todas las noches rogaba a Dios que protegiese a sus hijos y que no dejase despertar en Martn el fuego de la clera. Al parecer, su splica fue escuchada favorablemente. Martn no tuvo ms que un acceso de furor; pero es cierto que sali del fondo mismo de su alma. Juan tena entonces nueve aos. Un da estaba jugando con un ltigo cerca de uno de los carros que estaban en el patio, adonde haban ido a cargar harina. Uno de los caballos se asust de pronto, y el carretero, un borracho brutal, arranc el ltigo de las manos del nio y con l le cruz a ste la cabeza y el cuello. En el mismo instante, Martn, saltando fuera del molino, con las venas de la frente hinchadas y los puos apretados, cogi a su hermano por la garganta y se la apret con tanta fuerza que la criatura se puso lvida. La madre, acudi entonces lanzando un horrible grito: --Acurdate de Fritz!--exclam alzando las manos con un ademn de loca angustia. Y el enfurecido muchacho, dejando caer sus brazos como si los hubiera atacado la parlisis, se retir tambalendose y se tumb deshecho en lgrimas a la entrada del molino. Desde ese da la clera pareci extinguirse completamente en l; una vez lo insultaron en la calle, le pegaron, y sin embargo dej quieto en el fondo de su bolsillo el cuchillo que los aldeanos de aquel lugar emplean de ordinario con gran facilidad. III Pasaron aos... Martn acababa de llegar a la mayor edad cuando muri el molinero. Su mujer no tard en seguirlo. No tena consuelo desde la muerte de su esposo y se extingui apaciblemente, sin una queja. Se hubiera dicho que no poda vivir sin las injurias con que su marido la haba colmado diariamente durante veintitrs aos. Desde entonces los dos hermanos se quedaron solos en el molino. Nada extrao era que se uniesen ms estrechamente an, que tratasen de confundir sus existencias. Sin embargo, se diferenciaban mucho en cuerpo y en alma. Martn era un mozo robusto, de espaldas cuadradas y cuello corto, que se deslizaba taciturno por entre las personas extraas. Las cejas espesas que le caan sobre los ojos daban a su rostro un aspecto sombro; las palabras salan penosamente de sus labios, como si el hecho solo de hablar hubiera sido para l una tortura; sin la franqueza y la profundidad de su mirada, sin la sonrisa bonachona que iluminaba a veces como un rayo de sol sus facciones duras y toscamente modeladas, se le habra tomado por un hombre odioso. Juan era muy diferente. Diriga con atrevimiento a todo el mundo sus miradas alegres; sobre sus labios se lea, en una risa perpetua, la indiferencia y la malicia. Su figura esbelta tena todo el encanto de la juventud. No dejaban de notar esto las muchachas que le lanzaban al pasar miradas ardientes; y ms de un confuso rubor, ms de un apretn de manos expresivo, le decan: Yo te amara fcilmente. Juan no se cuidaba de esas cosas. No estaba an maduro para el amor; prefera al saln de baile el ruido y movimiento del juego de bolos, a la amistad de Rosa o de Margarita la de su hermano, taciturno junto al parapeto de la esclusa. Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se haban hecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a s a una tercera persona, que llevara el amor o el odio entre ellos. No haban contado con el consejo real de revisin. Lleg el da en que Juan se vio obligado a hacer su servicio militar; tena que ir muy lejos, a Berln con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos un rudo golpe. Martn, como de costumbre, ocult su pesar sin decir nada; Juan de naturaleza ms animada manifest un dolor inconsolable, hasta el punto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de sus camaradas. Pero su dolor no fue de larga duracin. Las fatigas de los primeros ejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para l, no le dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estaba tendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepsculo, la melancola y los recuerdos lo asaltaban con una violencia extraordinaria. Vea brillar entonces en la obscuridad, como un paraso perdido, el molino en que haba transcurrido su infancia y el tictac de las ruedas resonaba en su odo como un canto divino. Al sonar la diana se deshaca el encanto. Martn era mucho ms desgraciado en el molino, donde se haba quedado completamente solo, pues no haba que considerar compaeros suyos a los jornaleros y al viejo David, que su padre le haba dejado al morir. Jams haba tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte; Juan compendiaba para l todas las amistades. Silencioso y concentrado en s mismo, vagaba al azar; su espritu se obscureci cada vez ms, se sumi en ideas tristes, y la melancola acab por rodearlo de tales sombras que el espectculo de su vctima empez a asediarlo. Tuvo bastante juicio para comprender que no poda seguir haciendo esa vida. Busc entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba los bailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentes del oficio. Result de esto que un buen da, al comienzo de su segundo ao de servicio, Juan recibi de su hermano una carta concebida en estos trminos: * * * * * Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodes conmigo. Me es imposible soportar por ms tiempo la soledad, y he resuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija del propietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestra casa. Es muy joven todava y yo la quiero mucho. La boda se efectuar dentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Querido hermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que el molino ser siempre tu hogar, haya o no en l, una mujer. La herencia de nuestro padre nos pertenece en comn. Gertrudis te enva sus saludos. Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. T le gustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y me ruega te diga que eso la contrari bastante. Adis. Tu fiel hermano. * * * * * Juan era un nio mimado; para l, puesto que se casaba, Martn haca traicin al amor fraternal. A Juan le pareca que su hermano lo engaaba y cometa un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismo lugar donde l haba reinado hasta entonces como seor iba a instalarse una extraa, y su situacin, en su propia casa, iba a depender de la generosidad y de la condescendencia de aquella mujer. Las muestras de cario que por adelantado le daba tan familiarmente la hija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho. Cuando lleg el da de la boda no pidi permiso, y se content con enviar un saludo por medio de su antiguo condiscpulo Franz Maas, que justamente terminaba entonces su servicio. IV Seis meses ms tarde, l tambin lo haba terminado. Bueno... qu hizo Juan? Lleno de terquedad, no volvi a su pueblo; se fue primero a probar fortuna en tierras extraas, viajando a diestro y siniestro por montes y por valles. Y despus, al cabo de tres semanas, reconociendo que, a pesar de la presencia de la hija del molinero de Lehnort, la vida era mil veces ms bella en el molino de Felshammer que en cualquier otra parte, emprendi alegremente el camino a su pueblo. En un esplndido da de mayo, Juan hace su entrada en la aldea de Marienfeld. El honrado Franz Maas, que durante el otoo ltimo se ha establecido como panadero, est plantado delante de su tienda, con las piernas abiertas, mirando con complacencia como se balancean dulcemente las rosquillas de hojalata, arriba de su puerta, a impulsos de la brisa del medioda. De pronto, ve un hulano que avanza cantando por el camino; lleva la gorra de cuartel echada atrs y sus espuelas resuenan. El panadero siente palpitar su corazn de reservista bajo su delantal blanco; se quita la pipa de la boca y, haciendo una bocina con la mano, exclama: --Juan! Es Juan, no hay duda!... --Eh! Camarada! Y caen uno en brazos de otro. --De dnde vienes en esta poca del ao? Has desertado? --Vaya!... Qu ocurrencia! Despus empiezan las preguntas y las confidencias. El capitn, el cabo, el cantinero, la muchacha rubia de la panadera, a la derecha del cuartel, a quien llamaban Magdalena panecillo; no se olvida a nadie. --Y t? Te han reconocido en la aldea?--pregunta Franz, cuya insaciable curiosidad se dirige entonces al suelo natal. --Nadie!--dice Juan echndose a rer y retorciendo el bigote, cuyas puntas insolentes amenazan al cielo. --Y en casa? Juan toma entonces una expresin seria y tiende la mano a su camarada. --Ah s!... todava tienes que ir all. Eso debe hacerte tictac ah dentro. Y le da un golpecito en el pecho para cerciorarse. Una risa fugitiva pasa por los labios de Juan, que reprime en seguida un suspiro, como esforzndose por dominar una emocin. Franz le pone la mano en el hombro: --Vas a encontrar una linda cuada...--dice haciendo un chasquido a la lengua y guiando el ojo. Juan, al or estas palabras, siente despertar en l el despecho y la clera. Se encoge de hombros con expresin desdeosa, tiende otra vez la mano a su amigo y se aleja haciendo sonar las espuelas. Tres minutos ms de camino y llega al extremo de la aldea. All abajo est la iglesia, un poco desmoronada la pobre vieja. Pero las campanas hacen or todava la querida msica que acarici sus tmpanos el da de la confirmacin, como una promesa de ventura... A la izquierda, la posada... mil truenos!... tiene una puerta cochera nueva tallada de piedra y en la ventana se ven enormes botellas llenas de lquidos de color rojo brillante y verde de arsnico. Ha prosperado el posadero de La Corona! Ese camino baja hacia el ro... Y all, en el fondo, aparece el molino, el objeto de sus sueos. Cmo brilla el viejo techo de paja por arriba de los grupos de rboles! cmo hacen resaltar los cerezos en flor su blancura de nieve en el jardn! Cun alegremente le grita el tictac de las ruedas! Bien venido seas, bien venido seas! Qu dulce cancin murmura la vieja y querida presa, cubierta de musgos verdes! Echa ms atrs an su gorra de hulano y toma una actitud resuelta, pues quiere dominar su emocin a todo trance. Los campos que se extienden a derecha e izquierda del camino pertenecen todos al molino. A la derecha hay centeno de invierno, como de costumbre; pero a la izquierda, donde se plantaban en otro tiempo las patatas, hay entonces una huerta en la que se alinean gravemente, en filas regulares, los esprragos y los tallos de remolacha. A unos cinco pasos prximamente del seto aparece una figura femenina, de talle esbelto y formas juveniles, que, encorvada hacia la tierra, trabaja con ardor. Quin ser? Pertenecer al molino? Una nueva criada quizs. Pero no; tiene una figura demasiado elegante; sus zapatos son demasiado delicados, su delantal demasiado lujoso, y el pauelo blanco que le cubre de un modo tan pintoresco es de tela demasiado fina para una criada. Si no ocultase tanto el rostro! Ah! levanta los ojos... Mil truenos! qu encantadora muchacha!... Qu vivo color el de sus redondas mejillas! qu brillo el de sus ojos negros! cmo piden besos sus labios finamente dibujados! Al verlo a su vez, ella deja caer la azada; despus lo mira fijamente. --Buenos das--dice el joven llevando la mano a su gorra con ademn un poco cohibido.--Sabe usted si el molinero est en casa? --S, est en casa;--dice ella sin dejar de mirarlo. Qu diablos querr contigo? piensa el soldado tratando de vencer su timidez. Despus de su estancia en Berln, Juan tiene algunos motivos para considerarse un poco conquistador, y es para l una cuestin de honor aproximarse al seto y trabar conversacin con la joven. --Se trabaja?--pregunta, por decir algo. Y, para disimular su turbacin, se lleva la mano al bigote. --S, se trabaja--repite ella maquinalmente, mirndolo siempre. Despus, de pronto tendiendo hacia l la mano y apartando los cinco dedos como si quisiera sealarlo con todos a la vez, dice en medio de una explosin de risa: --Pero no es usted Juan? El balbucea: --S... soy yo... Y usted? --Yo soy su mujer. --Qu? usted?... la mujer de Martn? Ella hace con la cabeza un signo afirmativo, adoptando una expresin de dignidad, mientras sus ojos se llenan de malicia. --Pero si parece usted una muchacha soltera! --No hace tanto tiempo que no lo soy--dice ella riendo. Los dos, uno a cada lado del seto, se contemplan con curiosidad. Pero la joven reflexionando, se limpia ceremoniosamente en el delantal las sucias manos de tierra y las tiende a travs del cercado. --Bien venido sea usted, cuado! El coge las manos que le ofrecen, pero guarda silencio. --Est usted acaso incomodado conmigo?--pregunta ella lanzndole una mirada maliciosa. Juan se siente completamente desarmado frente a la joven y lo nico que puede hacer es sonrer con expresin cohibida, diciendo: --Yo... incomodado? Por qu? --Me pareca! Y alzando el dedo con ademn de amenaza, la joven agrega: --Oh! Tendra que ver!... Despus, con la barbilla hundida en el cuello, deja or una leve risa. --Es usted muy graciosa--dice el militar un poco ms sereno. --Yo graciosa?... de ningn modo! Contine usted su camino; entretanto yo voy a atravesar rpidamente el huerto para avisar a Martn. Iba a marcharse; de improviso se detiene pero se pone el ndice sobre la nariz y dice: --Espere; voy a pasar al otro lado para ir con usted. Antes que el joven tenga tiempo de tenderle la mano para ayudarla, ella pasa, rpida como un lagarto, por entre las piedras del cerco. --Ya estoy aqu--dice arreglando con la mano los pliegues de su falda. Colcase en el cuello el pauelo que tena anudado en la cabeza, y sus cabellos rizados y en desorden, que caen sobre la frente y la nuca, se ponen a flotar al viento, felices por haber recobrado la libertad. La mirada de Juan se detiene admirada sobre la belleza fresca y virginal de aquella joven, que tiene las maneras de una nia sencilla y traviesa. Ella sorprende esa mirada, y ruborizndose un poco echa para atrs los indomables bucles. Caminan un instante en silencio, uno al lado del otro. La joven baja los ojos y sonre, como si de pronto se hubiera apoderado de ella la timidez. Franquean los dos la gran puerta cochera sin haber reanudado la conversacin. Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiracin. No quiere creer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo est embellecido. El patio, que la lluvia en otro tiempo converta en un horrible pantano y que durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verde csped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del granero y de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen nmeros pintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba un palomar artsticamente construido, que recuerda los _chalets_ de la Suiza. Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto de pmpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol, y que prometen un abundante follaje. El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina la paz y la inocencia. Impresionado cruza las manos y pregunta: --Quin ha hecho esto? Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio. --Usted?--pregunta el militar sorprendido. --He contribuido un poco--responde la joven modestamente. --Pero es usted la que ha tomado la iniciativa? Ella sonre. Esta sonrisa le da ms aos, esparce sobre su rostro de nia la gracia de la mujer. --Benditas sean sus manos--dice el joven en voz baja y tmida, y con ms gravedad que de costumbre. No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estaba quejndose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patio el ms pequeo sitio para descansar. --Qu lstima que no pueda ver esto!--dice a media voz, siguiendo su pensamiento. --La madre?--pregunta ella. El, sorprendido, la mira. No ha dicho: _su_ madre; esto le sorprende al principio y luego le causa una sensacin de bienestar, como no la ha experimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calor que le invade el corazn y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo, fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de l como de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermana tan deseada en los aos infantiles, cuando sus ojos se fijaban con admiracin secreta en las muchachas de la aldea. La joven repite dulcemente la pregunta. --S... la madre--responde l dirigindole una mirada de reconocimiento. Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; despus baja los prpados y dice, un poco turbada: --Dnde estar Martn? --En el molino, seguramente. --Ah! s en el molino;--confirma ella en seguida. Y aade alejndose prestamente: --Voy a buscarlo. Maquinalmente casi, el militar sigue con los ojos la figura de la muchacha que atraviesa el patio con paso leve. Todo en ella flota y se agita: sus faldas, las cintas de su delantal, el pauelo que rodea su cuello, la masa en desorden de sus rebeldes bucles. Permanece as un instante, inmvil, como fascinado, siguindola con los ojos; despus menea la cabeza y se dirige hacia el emparrado. La primera cosa que le llama la atencin es una mesita sobre la cual se ve una canastilla de paja para la labor. De esa canastilla sale un bordado comenzado, una larga tira blanca donde estn trazadas hojas y flores como las que las mujeres emplean para adornar la ropa blanca. Sin saber lo que hace, coge la tira y sigue el trabajo complicado de los puntos, hasta el momento en que resuena en sus odos la voz jovial de su cuada. Bruscamente, como un nio cogido en falta, deja caer el bordado; la joven aparece en la esquina de la casa conduciendo alegremente a un hombre de aspecto rollizo, cubierto de harina, que trata de librarse con ademn torpe de las manitas que lo sujetan, y esparce a su alrededor densas nubes de polvo blanco. Ese hombre es... no cabe duda es... --Martn! querido Martn! Y Juan se precipita para caer en sus brazos. Los torpes miembros del otro se detienen en su movimiento, se arquean las espesas cejas y una sonrisa tranquila y bondadosa aparece en sus labios; nuestro hombre siente que recorre su cuerpo un estremecimiento, y da un paso atrs, tambalendose, para lanzarse luego al encuentro del nio querido a quien, al fin, vuelve a ver. Sin decir una palabra, los dos hermanos se abrazan tiernamente. Despus, al cabo de un momento, Martn toma entre sus manos la cabeza del hijo prdigo; y, frunciendo las cejas con aire sombro, mordindose el labio inferior, por largo tiempo clava en silencio sus miradas en los ojos brillantes y alegres del hermano. Luego se sienta en el banco del emparrado; y, apoyando los codos sobre las rodillas, se pone a contemplar el suelo. --Qu piensas Martn?--pregunta Juan con voz cariosa colocando una mano en el hombro de su hermano. --Eh! por qu no he de pensar?--replica el molinero con el sordo gruido que le es peculiar y que acompaa siempre a sus lacnicos discursos. Eh pilluelo!--contina--y la bonachona sonrisa que lo caracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus facciones toscamente trazadas, y las ilumina.--Te has incomodado, eh? Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega: --Mralo, Gertrudis, se ha incomodado... Ven ac, pilluelo!... Es ella... mrala bien... Es con ella con quien has pretendido incomodarte? Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvo blanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonre, y acaba por decir a Gertrudis: --Ve a buscar un cepillo. Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve, blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono de mando: --Cepllalo! --Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucede siempre una desgracia;--dice Juan bromeando con expresin cohibida. Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos. --Por favor, djeme usted--dice ella defendindose y ocultando vivamente el cepillo debajo del delantal. Martn golpea en el banco con el puo. --Djeme usted?... Cmo! No os tuteis todava? Juan guarda silencio, y Gertrudis le pasa fuertemente el cepillo por la espalda. --Apuesto cualquier cosa a que todava no os habis besado. Gertrudis deja caer de pronto el cepillo. Juan dice: hum! y se entrega afanosamente a la tarea de hacer girar a lo largo del cepillo de hierro que hay delante de la puerta una de las rosetas de sus espuelas. --Es preciso! Vamos! Juan da media vuelta rpidamente y se pone a retorcerse el mostacho; espera salir de tan comprometida situacin adoptando aires de conquistador, pero ni siquiera tiene valor para inclinarse hacia la joven. Se deja estar tieso como una estaca y espera que ella le presente la boca y adelante los labios; entonces, por un instante, posa en ellos los suyos temblorosos y siente un leve estremecimiento en todo el cuerpo. Los dos se quedan uno al lado del otro, sonriendo tmidamente, con las mejillas encendidas. Martn se golpea las rodillas con los puos y dice que acaba de asistir a una escena cmica capaz de hacer morir de risa. Despus se levanta bruscamente, y se va a disfrutar de su dicha en la soledad. V Por la tarde, los dos hermanos se dirigen juntos al molino. Gertrudis los sigue con los ojos, desde la ventana; Juan se vuelve, ella sonre y oculta su cabeza detrs de la cortina. Juan se detiene en el umbral; se apoya contra una de las hojas de la puerta y lanza una mirada de profunda emocin a la penumbra de la vieja y querida sala, mientras el ruido de las ruedas llega ensordecedor a su odo, y nubes grises de harina y vapor de agua, llevadas por la corriente de aire, le azotan el rostro. Delante de l se alinean en su puesto las diferentes ruedas del molino. A la izquierda, cerca del muro, el viejo tamiz para la harina; despus el triturador y la muela donde se mezcla el salvado a la harina; despus la muela mondadora, que separa la cebada de su cscara, y finalmente un cilindro de sistema completamente nuevo, que durante su ausencia se ha agregado a los otros. Hay tambin un tornillo sin fin y un tubo ascensor, como lo requiere la moda. Martn, con las dos manos en los bolsillos del pantaln, tranquilo, satisfecho, mueve su corta pipa en la boca. Despus, coge a Juan por la mano para explicarle los mecanismos nuevos; le muestra la harina fina, molida por el tornillo sin fin, pasando por el tubo ascensor, donde pequeos depsitos que suben a lo largo de una correa circular la elevan a travs de dos pisos, casi hasta el techo, para volcarla luego en los tubos de seda cilndricos, porque es preciso que pase en polvo fino a travs de esa estrecha trama antes que pueda servir. Respirando apenas, Juan escucha; caza al vuelo las frases raras, que su hermano slo pronuncia en fragmentos, y se admira mucho al ver hasta qu punto se embrutece uno en el regimiento, pues todo eso es griego para l. Los negocios florecen. Todas las ruedas trabajan, y los mozos del molino tienen bastante que hacer all arriba, en la galera, echando el grano en los vertederos, y abajo, vigilando la cada de la harina y del salvado. --Ahora tengo tres--dice Martn, sealando a los compaeros, blancos como la nieve, que tan pronto suben como bajan por la escalera. --Y tienes todava a David?--pregunta Juan. --Naturalmente--responde Martn haciendo una mueca. Se dira que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo ha llenado de terror. Juan se echa a rer: --Dnde est, pues, ese pcaro viejo? --David! David! Y la voz potente de Martn resuena a travs de la sala, dominando el ruido de las ruedas. Entonces, del rincn obscuro de las mquinas, cuya masa gigantesca surge del suelo detrs del armazn de las ruedas, se adelanta pausadamente una larga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece un rostro plido, en el cual slo se lee esa especie de estupidez que producen los aos; una nariz ligeramente colorada que baja hasta la barbilla, unos ojos enfurruados que se ocultan bajo gruesas cejas, y una boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticacin. --Qu me quiere mi amo?--pregunta el viejo colocndose delante de los dos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entre sus labios. --Ah lo tienes!--dice Martn golpeando en el hombro al viejo, mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto. --No me reconoces, David?--pregunta Juan tendindole amigablemente la mano. El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita un instante y murmura: --Por qu no lo he de reconocer? --Y qu tal te encuentras? El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice: --Cmo me he de encontrar? Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un saco de harina; despus, cuando est bien convencido de que no lo necesitan, vuelve a hundirse en su rincn obscuro. El rostro de Martn est radiante. --Tiene un gran corazn. Veintiocho aos a nuestro servicio, y siempre laborioso, siempre fiel a sus deberes! --Qu hace ahora? Martn no sabe qu contestar. --Difcil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. Ah! tiene un gran corazn... un gran corazn... --Ese gran corazn roba todava un poco de harina de los sacos?--pregunta Juan rindose. Martn se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como: Veintiocho aos de servicios y hay que cerrar los ojos. --Parece que todava me guarda algn rencor porque me permit descubrir el escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando. --Ests prevenido contra l--grue Martn;--lo mismo que Gertrudis... Sois injustos, cruelmente injustos con l. Juan mueve alegremente la cabeza; y, sealando con el dedo una puerta que conduce a una habitacin de madera, recin construida, pregunta. --Qu es eso? Martn, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza. --Mi despacho--balbucea al fin. Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldn de la chaqueta. --Te ruego--refunfua--que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca... tengo mis razones. Juan lo mira disgustado y est a punto de preguntarle: Desde cundo tienes secretos para m? Pero la splica que lee en los ojos de su hermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos del brazo. VI Ha llegado la noche... La rueda grande se ha detenido, condenando a la inmovilidad a todo el engranaje de las pequeas. El silencio reina en el molino; slo a lo lejos, en la esclusa abierta, las aguas en movimiento cantan su montona meloda. Delante de la casa, el arroyuelo est tranquilo como si no tuviese ms que hacer que columpiar los nenfares, y el sol poniente se refleja en sus aguas profundas. Como una cinta de oro serpentea a travs de los arbustos, donde un ejrcito de ruiseores, ignorando su mrito, afinan sus gargantas para entrar en lucha con las ranas instaladas abajo. Los tres seres hermanos destinados a vivir juntos desde entonces en aquella soledad florida, donde todo inspira canciones, estn reunidos en crculo ntimo. Sentados en el emparrado, alrededor de la mesa cubierta por un mantel blanco, no han hecho gran honor a la cena esa tarde, y sus miradas fijas en el suelo expresan un profundo sentimiento de bienestar. Martn, con la cara apoyada en las dos manos, saca de su pipa densas nubes de humo, lanzando de vez en cuando un sonido que participa de la risa y del gruido. Juan est completamente hundido en el tupido follaje, y deja que los pmpanos, que tiemblan y se agitan al soplo de su aliento le acaricien el rostro. Gertrudis lanza de tiempo en tiempo una mirada furtiva a los dos hermanos; se la podra tomar por una criatura indisciplinada que quiere hacer alguna travesura, pero cerciorndose antes de que nadie la vigila. Evidentemente, el silencio no es de su gusto; pero est demasiado bien educada para romperlo. Sin embargo, se divierte sola en hacer a escondidas bolitas de pan para lanzarlas en medio de una banda de gorriones glotones que picotean alrededor del emparrado. Hay uno, sobre todo, un sucio granujilla, que con su destreza y rapidez vence a todos los dems. Desde el momento que llega rodando una pelotilla, abre las dos alas y se pone a gritar como un posedo despus, disputando a derecha e izquierda con los otros, procura hacer salir a aletazos la bolita del campo de batalla para tomar posesin de ella, con toda comodidad, mientras sus camaradas cambian todava entre ellos furiosos picotazos. Esta maniobra se repite cuatro o cinco veces y le da siempre la victoria; pero al fin otro, que no carece de valor, descubre su tctica y la aplica mejor todava. Ante ese espectculo, Gertrudis siente grandes ganas de rer; quiere reprimirlas a la fuerza, se mete el pauelo en la boca y contiene la respiracin hasta que el rostro se le pone morado. Despus, renunciando a la esperanza de poder dominarse por ms tiempo, se levanta para huir; pero no ha llegado an a la puerta cuando estalla la risa. Desaparece, entonces en la sombra del vestbulo, lanzando gritos de alegra. Los dos hermanos, sacados de su ensueo, se incorporan. --Qu pasa?--pregunta Juan asustado. Martn menea la cabeza, dirigiendo su mirada a la joven, cuyas locuras y nieras conoce perfectamente. Al cabo de un instante, coge la mano a Juan y dice, sealando la puerta con el dedo: --Responde, te parece que ella quiera hacerte partir? --De ningn modo!--dice Juan con risa un poco forzada. --Ah, muchacho!--exclama Martn rascndose la cabeza desgreada;--por cuntas desazones he pasado! Cuntas veces me he agitado en el lecho pensando en ti y en la falta que haba cometido tal vez contigo!... Despus de una pausa continu: --Y sin embargo al verla tan dulce, tan inocente, dime, muchacho me habra sido posible no amarla? Desde que la vi, no fui dueo de mi persona. Me recordaba a mi Juan de tantas maneras... era jovial y tena los ojos brillantes, donde se lea una loca alegra, exactamente como en ti. Era una criatura, es verdad, y sigue sindolo hasta hoy... descuidada, turbulenta, traviesa como un nio. Y, cuando no se le tiene la rienda un poco corta, amenaza trastornarlo todo. Pero me gusta as--y un resplandor de ternura ilumina sus rasgos--y pensndolo bien, yo no podra pasarlo sin sus locuras. Ya lo sabes, siempre tengo necesidad de hacer el padre con alguno; en otro tiempo te tena a ti, y ahora la tengo a ella. Despus de haber desahogado su corazn, Martn se sume en un profundo silencio. --Y eres feliz?--pregunta Juan. Martn lanza densas bocanadas de su pipa; en medio de la nube en que se ha envuelto, murmura despus de una nueva pausa: --Hum! eso depende... --De qu? --De que t no le guardes rencor. --Yo, guardarle rencor? --Vaya, vaya, no te defiendas. Juan no responde. No le costar mucho trabajo convencer a su hermano; y, cerrando los ojos, hunde de nuevo la cabeza en los pmpanos que agita el aire. Un rayo de luz le hace alzar los ojos. Es Gertrudis que, de pie en el umbral de la puerta, con una lmpara en la mano, aparece toda confusa. Su gracioso rostro est cubierto de vivo color y sus pestaas bajas lanzan sobre sus mejillas dos sombras semicirculares. --Qu loquilla eres!--dice Martn acariciando tiernamente sus cabellos en desorden. --No quieres ir a acostarte, Juan?--pregunta ella con gran seriedad. Pero su voz hace traicin todava a una leve risa que trata de reprimir. --Buenas noches, hermano! --Espera, que subo contigo. Juan tiende la mano a su cuada, que vuelve la cabeza para disimular su sonrisa. Martn le coge la lmpara y sube la escalera precediendo a su hermano. Una vez en lo alto, se apodera de la mano de Juan, y, sin decir nada, fija un instante su mirada franca y bondadosa sobre el rostro de su hermano, como si no pudiese dominar an su felicidad, se dirige a la puerta y sale. Juan suspira y se despereza, con las dos manos apoyadas en el pecho. Le ahoga la alegra que invade su alma. Quiere alcanzar a su hermano para consolar su corazn con algunas palabras de ternura y de reconocimiento, pero oye los pasos de Martn repercutiendo ya abajo, en el vestbulo. Es demasiado tarde. Antes de meterse en cama necesita calmarse. Apaga la lmpara y abre una de las hojas de la ventana. El aire fresco de la noche, que le acaricia el rostro, le produce bienestar y lo apacigua. Se inclina sobre el alfizar y silba un aria hundiendo sus miradas en la sombra. Debajo de l, el manzano en plena florescencia balancea la masa blanca de sus flores. Cuntas veces, siendo nio, ha trepado por sus ramas! Cuntas veces, cansado de jugar, se ha apoyado en el tronco, perdido en un sueo, mientras las hojas le susurraban lindas historias! Y despus, en otoo, cuando una rfaga pasaba sobre el rbol, caa casi entre sus brazos una lluvia de manzanas doradas. Era una delicia aquello! Qu de pensamientos acuden a la mente cuando se silba de ese modo! Cada nota despierta una nueva cancin, cada tonada resucita nuevos recuerdos. Con las canciones de otro tiempo despiertan tambin los antiguos sueos, que vuelan con sus alas de mariposa y recorren su vasto imperio, desde que aparece la luna hasta que asoma la aurora... Y, mientras contempla la tierra, donde todo se sumerge en las tinieblas, ve que se abre suavemente una ventana debajo de l, y aparece una cabeza con el rostro vuelto hacia arriba. En el valo plido, que resalta sobre la sombra de los cabellos, ve brillar dos ojos negros picarescos que le miran con malicia de gata joven. De pronto deja de silbar; entonces suena en su odo una risa burlona, y la voz alegre de su cuada le dice: --Vamos, Juan, contina. Y, como l no quiere acceder a esa peticin, la joven frunce los labios y se pone a silbar imperfectamente algunas notas. Entonces se oye gruir, en el interior de la casa la voz profunda de Martn, que dice paternalmente, en tono de reproche: --No hagas tonteras, Gertrudis; djalo dormir. --Pero si no duerme!--responde ella en el tono enfurruado del nio a quien reprenden. Despus la ventana se cierra y las voces se apagan. Juan menea la cabeza riendo y se mete en la cama; pero no puede dormirse a causa de las flores que Gertrudis ha puesto a la cabecera y cuyas hojas llegan hasta el borde del lecho. Con los manojos de lilas violceas se mezclan los narcisos de cliz estrellado de suave blancura. Se vuelve, despus de arrodillarse en la cama, y hunde su rostro en las flores. Los ptalos delicados lo acarician y besan sus prpados y sus labios. De pronto presta odo. Del suelo sube el rumor de una risa apenas perceptible, como si llegase del centro de la tierra; una risa leve como el ala del viento rozando la hierba... pero tan alegre, de tan loca alegra!... Escucha un instante y espera orla por segunda vez; pero todo queda en silencio. --Qu loquilla!--dice alegremente. Vuelve a caer sobre la almohada, y se duerme con la sonrisa en los labios. VII A la maana siguiente, Juan busca en el cuarto sus ropas de trabajo. Le aprietan un poco en los hombros. Cristo! cmo ha engrosado! Ya est alto el sol. Le parece que pone menos luz y calor en cualquier parte que no sea en aquella soledad florida. Es una cosa particular el sol del pas natal. Dora todo lo que toca, y brotan canciones de los labios que acaricia. Qu hermosa es la vida en la casa paterna! Viva la alegra! --Tengo ahora en casa todo un nido de alegres pjaros;--dice riendo Martn, que va a darle los buenos das. Sigue cantando, muchacho... Estoy acostumbrado desde que vive aqu Gertrudis... Pero qu vas a hacer con esa blusa blanca? --Crees acaso que voy a estar aqu de brazos cruzados? --Descansa un da ms. --Ni una hora! Mis ropas de holgazn estn colgadas ya de un clavo. Martn ha visto las flores que estn a la cabecera del lecho, y dice riendo de mala gana. --Habrase visto! Le he prohibido que haga eso conmigo y te da a ti esa mala broma. Por eso ests hoy tan plido. --Plido, yo? No lo creo. --No le digas nada. Yo le prohibir que haga estas tonteras. Y bajan los dos juntos. No se ve a Gertrudis en ninguna parte de la casa. --Est en el jardn desde las cinco--dice Martn sonriendo con complacencia.--Todo marcha aqu al vapor desde que ella tiene la direccin de la casa... Es viva como una ardilla, y est en pie desde el alba; y siempre contenta... siempre entonando canciones y soltando gritos de alegra. Al dirigirse al molino, los dos hermanos ven pasar por arriba de ellos, rozando sus cabezas, un tronco de zanahoria. Martn se vuelve riendo, y hace con el dedo un ademn de amenaza. --Quin es?--pregunta Juan, recorriendo con la mirada el patio, donde no se ve alma viviente. --Quin quieres que sea, sino ella? --Y no ves nada que indique dnde est? --Nada absolutamente... Es un verdadero diablillo, se hace invisible cuando quiere. Y, con el rostro radiante, sigue a su hermano al molino. Pasan las horas. Juan quiere demostrar lo que puede hacer, y trabaja con gran energa. Mientras est vigilando en la galera el trituramiento del grano en la tolva, siente que le tiran de la blusa. Mira hacia abajo. Gertrudis, de pie en la escalera, con las mejillas tostadas por el sol y los ojos brillantes, le hace una sea con el dedo: --Ven a almorzar. --Al instante. Termina su trabajo y se coloca a su lado. --Brrr!--exclama la joven sacudindolo;--cmo te has vestido! --Y qu? --Ayer me gustabas ms. Dicho esto, le tiende la mano para darle los buenos das, y baja apresuradamente la escalera, divirtindose en esparcir delante de ella una lluvia de harina. Al pasar por delante de la habitacin que Martn llama _su despacho_, su rostro toma una expresin misteriosa, y detenindose, levanta las dos manos en el aire, como para conjurar un espritu. Al cabo de un instante, pregunta en voz baja: --Di, qu hay ah dentro? --No s. --Yo tampoco. No tienes permiso para entrar ah? --No. --Alabado sea Dios! Entonces no soy yo sola la tonta... Cuando tengo que decirle algo, es preciso que llame a la puerta... Vamos, di la verdad, te parece que eso est bien? Yo no soy una chiquilla para que... Pero me callo; no hay que hablar mal del marido. Sin embargo, t eres su hermano; intercede por m junto a l, rugale que me diga qu hay dentro. Si vieras cuan intrigada estoy! --Te figuras que me lo dir? --Entonces tendremos que consolarnos juntos... Ven. Y, de un salto, transpone los tres peldaos que conducen al umbral de la puerta. Durante el almuerzo, adopta de improviso una fisonoma seria, y habla con importancia de los cuidados que le da el manejo de la casa. Haba adquirido, es cierto, en su familia, la costumbre de salir de apuros sola, porque su pobre madre haba muerto haca muchos aos, y antes de la confirmacin, haba tenido que dirigir la casa de su padre; pero la tarea no era muy pesada: su padre no tena a su servicio ms que un criado para el molino y los trabajos del campo... se extenuaba de trabajo el pobre padre! Sus ojos se llenan de lgrimas. Confusa, vuelve la cabeza. Despus se levanta vivamente y pregunta: --No tienes ganas? --No. Luego contina. --Ven conmigo al jardn. Conozco una espesura donde se est muy bien para hablar. --All, en el extremo de la alameda. Es tambin mi lugar favorito. VIII Penetran juntos en el jardn que el sol inunda con sus rayos ardientes, y respiran ms libremente bajo la bveda de verdor que los envuelve en su fresca sombra. Gertrudis se echa negligentemente sobre el banco de csped y coloca bajo su cabeza, a guisa de almohada, sus brazos, bruidos por el sol. A travs del tupido follaje se deslizan aqu y all algunos rayos que adornan sus vestidos con manchas de oro, ruedan sobre su cuello y sus mejillas, y rozan su frente, poniendo un claro fulgor en su cabellera obscura y rizada. Juan se sienta frente de ella y la contempla con una admiracin que no procura disimular. Est persuadido de que en su vida ha visto tanta gracia. Qu encanto en la actitud de esa joven cuada medio tendida! Las palabras de su hermano le vuelven a la memoria: Me habra sido posible no amarla? --No s, pero hoy siento ganas de charlar--dice Gertrudis con sonrisa confiada;--y coloca ms cmodamente su cabeza.--Y t, ests dispuesto a escuchar? l hace un signo afirmativo. --Entonces... el pan no era abundante en casa y los pedazos estaban contados. En cuanto a la manteca para poner en l, intil es hablar de ella. Si yo no hubiese cuidado el huerto, cuyos productos se vendan en la ciudad, nos habra sido imposible vivir. Por qu la gente lleva toda su harina al molino de agua de los Felshammer, sin pensar que en los molinos de viento los pobres molineros necesitan vivir tambin? Esto es lo que nos decamos a menudo; y mirbamos con odio vuestra casa... Pero he aqu que, de repente, llega Martn. Quiere, dice, vivir en buenas relaciones con sus vecinos. Se muestra amable y carioso con el padre, amable y carioso conmigo. Lleva a los muchachos pasteles y azcar cande, y todos nos enamoramos de l. Y al fin declara al padre que me quiere por mujer... Pero si no tiene nada!--dice mi padre.--Tampoco quiero yo nada responde l. Y figrate... me toma sin un cntimo de dote!... Ya puedes comprender mi alegra, pues el padre me haba repetido con frecuencia: Hoy todos los hombres van detrs del dinero; t eres pobre, Gertrudis; preprate para quedar soltera. Y, sin embargo, me he casado antes de los diez y siete aos... Por lo dems, yo profesaba desde haca mucho profundo afecto a Martn; porque, aunque era un poco tmido y avaro de sus palabras yo haba ledo en sus ojos su buen corazn. No puede franquearse tanto como quisiera, y eso es todo. Yo s cun bueno es; y a pesar de su talante grun, a pesar de las reprimendas que me echa, no dejar de amarlo toda mi vida. Guarda silencio un instante y se pasa la mano por el rostro como para echar al rayo de sol que le dora las pestaas y hace brillar sus ojos con colores vivos y tornasolados. --Mira si es bueno para los mos--contina con apresuramiento, como si creyera no poder encontrar bastante afecto para acumularlo sobre la cabeza de Martn.--Quera darles cada ao una pensin, no s de cunto; pero yo no lo he consentido, porque no poda conciliarme con la idea de que mi padre estuviera reducido a aceptar una limosna en sus ltimos das, aunque se la diese su yerno. Pero me he reservado una cosa: continuar aqu el cultivo del huerto, al que estaba acostumbrada en nuestra casa, y quedarme con lo que produzca. El empleo de ese dinero es cuenta ma. Se sonre mirndolo con aire triste, y contina: --Tienen verdadera necesidad de l en casa; porque, ya lo ves, hay tres chicos todava, que alimentar y vestir sin contar que, desde que yo part, tienen que valerse de una criada. --No tienes hermanas?--pregunta Juan. Ella menea la cabeza y dice, lanzando de improviso una risotada: --Es escandaloso! Ni siquiera una, de la cual pudieras hacer tu mujer. El re con ella y dice: --No es una mujer lo que necesito ahora. --Entonces, qu? --Una hermana. --Pues bien, ya tienes una--dice ella levantndose de un salto y acercndose a l. Despus, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosa sobre el banco de csped. --De veras?--dice con los ojos brillantes. Ella hace un leve mohn y dice vivamente: --Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casi una hermana ya. Y, midindolo de pies a cabeza con una sonrisa, aade: --Creo que, con un hermano como t, se podra ir a cualquier parte. --Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... si basta eso!... --Y en ltimo trmino, t seras tambin un buen compaero de juegos. --Necesitas uno? --Oh s!--responde ella con un suspiro;--la vida es aqu tan tranquila, tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como haca yo en otro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomar por el cuello a un mozo del molino; pero la dignidad!... el respeto!... --Bueno, pues ahora estoy yo--dice l, riendo. --Por eso fundo en ti grandes esperanzas. --Entonces, tmame por el cuello. --Tienes demasiada harina encima. --Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!--dice Juan en tono burln. --Deja--concluye ella,--que ya llegar la hora en que ponga a prueba tus habilidades de jugador. IX Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepsculo, Juan, que con la cabeza oculta entre los pmpanos suea en silencio como su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir, chocar contra su frente y caer al suelo. Quizs sea una cochinilla se dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez. Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la inocencia, canturrea melanclicamente la tonada: _En un fresco valle._ Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le sirven de proyectiles. Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de via, de la que penden todava algunos racimos secos del ao anterior. Ella le lanza un nuevo proyectil; y l le dispara, pronto para la respuesta, un grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro ms serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada. --Qu pasa?--dice Martn, arrancado violentamente a su somnolencia. --Ha pasado por la prueba!--responde Gertrudis lanzndose a su cuello. --Qu prueba? --Si te lo digo vas a reirnos; prefiero callarme. Martn interroga con una mirada a su hermano. --Oh, nada!--dice ste con tmida sonrisa.--Era una broma... Nos bombardebamos. --Est bien, hijos mos, bombardeaos;--dice Martn, que contina fumando en silencio. Juan est muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada de juegos con una mirada maliciosa y provocativa. Revoltosa. S; ese era el nombre que haba dado Martn Felshammer a su mujer... X Desde aquel da, se repiten las bromas en las horas tranquilas y silenciosas del crepsculo, que Martn ama tanto. En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre el csped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; se bromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatos de la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega al escondite detrs de los montones de heno y de los setos. Martn los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con la mirada benvola e indulgente de un padre. En el fondo, preferira la calma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y su inocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que sera un crimen turbar su alegra con observaciones molestas. Despus de todo son unos nios. Adems no hay tambin horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice: Juan, ven a cantar, se sientan juiciosamente uno al lado del otro en el emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; y cuando Martn ha encendido su pipa y est dispuesto a escucharlos, sus voces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche. Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pjaros, que van a entregarse al sueo, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en los pmpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompaamiento... Cmo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; pero las tonadas que cantan son cada vez ms tristes, y el acento de sus voces cada vez ms quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas se tocaban; entonces estn serios, con las manos juntas y los ojos puestos en el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juan tiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con las notas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta odo cuando se trata de acompaar de improviso una cancin nueva. Lo extrao es que nunca puedan cantar cuando estn solos. Si, mientras estn cantando, tiene Martn que alejarse, llamado por algn asunto, en seguida sus voces pierden la seguridad y los jvenes se miran sonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y la cancin queda inconclusa. Cuando Martn est ausente de la casa o se encierra en su despacho, lo que sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como de comn acuerdo; ninguno de ellos se atrevera a invitar al otro a cantar. En cambio, tienen otras ocupaciones ms interesantes, a las que slo pueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscrecin de un tercero. Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno de msica, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales que ms le gustaban. El gnero sentimental es el que lo entusiasma. Las desesperaciones de amor, los cantos fnebres, se alternan all con las consideraciones poticas sobre la vanidad de la existencia, y lo corona todo el estallido de desesperacin de Kotzebue, desbordamiento de sentimentalismo que ha sido durante medio siglo la ms popular de las poesas alemanas. Ese cuaderno responde perfectamente al gusto potico de Gertrudis. En cuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de splica: --Ve a buscar las canciones. Entonces se sientan en un rincn retirado, y juntan sus cabezas; durante la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad les recorre el cuerpo. He aqu, en primer lugar, esa poesa extraa: EL CONDE ORSINSKI A SU AMADA En seal de adis, recibe las quejas de mi corazn, Transformadas en dulce armona, Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen. Y esta antigua romanza popular: Enrique descansaba junto a su reciente esposa, Rica heredera de las orillas del Rin... Suena la media-noche, y a travs de la cortina, Pasa de pronto una mano blanca y delicada: A quin vio? A su Guillermina, Que se ergua ante l envuelta en un sudario. Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a travs de la sombra del crepsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo tiempo, un delicioso xtasis. Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composicin titulada: _La bella molinera_. --Dnde has encontrado esto?--pregunta Gertrudis, impresionada por el ttulo. --Un camarada, que era msico, tena estas canciones en un gran cuaderno. De all las copi yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero de apellido y creo que ejerca adems ese oficio. --Lee, lee, pronto!--exclama Gertrudis. Pero Juan se niega. --Es demasiado triste--dice cerrando el libro.--Ser otra vez. Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos. --Ven esta tarde conmigo a la presa--dice;--tengo que hacer all. Nadie nos incomodar entonces, y te lo leer siempre que... naturalmente... Y guia el ojo en direccin al _despacho_. Gertrudis hace una seal con la cabeza. Se entienden a maravilla. XI Despus de comer, Martn se retira a su escritorio, seguido por las miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a conocer los secretos de la bella molinera. Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba est hmeda de roco. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con ms fuerza a sus odos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas. Del otro lado de la presa, el ro tranquilo parece un espejo; los rboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado profundas para ser transparentes. Se acercan en silencio a la presa. En esa poca, durante los calores del mes de junio, la presa no da gran trabajo; pero, en los primeros das de la primavera, y en el otoo, durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertas para dar paso a las aguas y a los carmbanos, sin que encuentren obstculos, hay que poner un poco de atencin y hay que apelar a todas las fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por el torbellino de las aguas. Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Despus suelta la palanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo. Gertrudis, que durante todo ese tiempo ha estado contemplndolo sin decir nada, se lanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de una orilla a otra, a algunos pasos de ella. --Vas a sentir vrtigo, Gertrudis--dice Juan echando una mirada inquieta a la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre el fondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas en la corriente. Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentada all horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vrtigo alguno. Adems, no est all entonces por necesidad? Su mirada, en la que se lee una curiosidad impaciente, est fija en el bolsillo de Juan; y cuando ste saca su cuaderno de msica, la joven exhala un gran suspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, y junta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar una historia. Juan comienza. Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto. Los viajes son la pasin del molinero... Gertrudis deja or una alegre exclamacin y marca el ritmo dando con el pie en los montantes de la esclusa. He odo murmurar un riachuelo... Gertrudis contiene la respiracin, esperando lo que sigue: He visto brillar el techo de un molino... En su alegra, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado. Es eso lo que quiere decir tu murmullo? En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se pone seria. Que no tenga mil brazos para golpear! Gertrudis hace leves signos de impaciencia. No interrogo a las flores, no interrogo a los astros... Una sonrisa de satisfaccin vaga por los labios de Gertrudis. Me placa dibujarla en la corteza de los rboles... Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue la lectura, con los sueos del joven molinero ebrio de amor, hasta este grito de alegra, que domina el canto de los pjaros, el murmullo del arroyo, el ruido de las ruedas. La hermosa molinera es ma! Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: Dios mo! qu ms puede suceder? Entonces la molinera siente de pronto una pasin misteriosa por el color verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador. Gertrudis experimenta inquietud. --Qu viene a hacer ese aqu?--murmura dando con el puo en la viga. El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste cancin dice: Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo, Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos... Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un ademn. Eso no es posible! es preciso absolutamente que todo concluya bien! Y despus: Florecillas que me dio ella, Que os pongan a todas en mi tumba. Los ojos de Gertrudis estn hmedos de lgrimas, pero la joven sigue confiando en la desaparicin del cazador y en la conversacin de la molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo comienzan su dilogo melanclico; el arroyo quiere consolar al molinero, pero ste no conoce ms que una sola quietud, un solo reposo: Ay! querido arroyuelo; tu intencin es buena... Pero ay! sabes t acaso el mal que el amor hace? Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. Qu quiere decir ese estpido arroyuelo?... Qu sabe l de amor ni de penas?... En seguida viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo, y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinar sobre l para decirle: Perdname! siempre te he amado! Pero no... qu significan esas extraas palabras de _cmara de cristal azul_? Por qu es preciso que duerma all hasta que el mar haya absorbido la ltima gota de los riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene que tirar su pauelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la orilla, sino en el fondo. Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice: --Basta! basta! --Gertrudis, qu tienes? Ella le hace la sea de que la deje. Sus lgrimas son cada vez ms abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia atrs. Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para recibirla en sus brazos. --Por el amor de Dios, Gertrudis!--dice con la voz trmula, respirando con esfuerzo. Un sudor fro cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho de Juan, le echa los brazos al cuello y llora. Al da siguiente dice Gertrudis: --Ayer me port como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco ms, caigo al agua. --Ya habas perdido el equilibrio--dice l. Y se estremece al recordar el terrible instante. Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis. --Entonces habra concluido para siempre--dice la joven con un profundo suspiro. Pero, un instante despus, se re ella misma de su locura. XII Pasan los das. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martn se ve reducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruona, hacer ms que decir amn a todas sus locuras. Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguindose uno al otro, como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es ms gil; por mucho que dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando l, triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al contacto de Juan, la sacudiese una conmocin elctrica. David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atencin, por la claraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca su cabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosas incomprensibles. Gertrudis lo ve un da y se lo muestra a Juan. --Habr que hacer una broma a ese viejo cazurro--murmura la joven. Juan le refiere la mala pasada que jug a David en otro tiempo, al descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba. --Si pudiramos conseguir hacer hoy lo mismo?--dice Juan riendo. --Lo buscaremos. Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino est parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de llaves colgado de la pared y hace una sea a Gertrudis para que le siga. --Adnde vais?--pregunta Martn alzando los ojos del libro. --Una gallina est poniendo fuera del gallinero;--dice vivamente Gertrudis.--Vamos a buscar el nido. Y ni siquiera se pone colorada. Hacen entonces una investigacin escrupulosa en los establos, en la granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los trastos viejos. Escudrian sin ningn resultado, durante dos horas, por lo menos, y de repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincn ms recndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre los haces de lea que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje inservibles y los restos de los diez ltimos aos, aparecen varios sacos de harina y de avena; al lado se ve un buen nmero de utensilios pequeos: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de telaraas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegra; cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra se rene y delibera. Conviene enterar a Martn del secreto? No; se incomodara y acabara por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido de los sacos en una medida igual, despus llena esos sacos de tierra y de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan los cocheros para teir los arneses. Sumerge por un momento los instrumentos en el tonel de alquitrn; y, cuando ha vuelto a poner todas las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea. Abandonan el molino penetrados de una alegra profunda; se trasladan a la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzndose por adoptar la expresin ms inocente posible. Sin embargo, Martn no tarda en notar en sus labios leves movimientos que les hacen traicin; los amenaza sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta. Pasan tres das en la ms viva impaciencia; despus, una maana, Juan, sin aliento, corre al jardn en busca de Gertrudis, con el semblante enrojecido a fuerza de contener las ganas de rer. Al instante, ella suelta la azada y se precipita con l al patio. Delante de la balsa est el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbn, y sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrn. En las ventanas del molino se ven las caras de los molineros que ren a carcajadas, y Martn se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado. La escena es en extremo cmica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir de risa. David, que sabe muy bien de qu lado debe buscar a sus enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el terrible negro de humo, mezclado con el alquitrn se pega de tal modo, que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martn, lleno de lstima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados y dice a Gertrudis, que de tanto rer tiene los ojos llenos de lgrimas, que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo. Al medioda, durante la comida, los jvenes cuentan a Martn la broma que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que haban hecho. Despus al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como veintiocho aos de servicios y bromas de chiquillos. Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir: Qu aguafiestas! Durante tres das ms, el suceso es para los jvenes un manantial de alegra, que saborean en secreto. XIII El domingo, Martn va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volver antes de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino est desierto. --Voy a despedir tambin a las criadas--dice Gertrudis a Juan.--Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna cosa. --Qu cosa? --Ya encontraremos--dice ella riendo; se dirige a la cocina. Al cabo de media hora reaparece: --Ya se han marchado. Ahora estamos libres. Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginacin. --Nunca volveremos a encontrar una diversin como la del domingo pasado--dijo Gertrudis suspirando. Y, despus de un momento: --Escucha, Juan. --Qu? --Sabes que t eres para m un verdadero don del cielo? --Por qu? --Desde que t ests aqu, soy tres veces ms feliz. Ya ves... l es bueno... y t sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... est siempre tan serio! me trata con tanta altura! Cualquiera dira que yo soy una criatura estpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho alegre como un pjaro, yo no tengo la culpa; y, despus de todo, eso no es un crimen. Pero cuando estoy delante de l y l me mira con su cara grave y enfurruada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de estar sentada e inmvil una se aburre a menudo, una... Se detiene y reflexiona. Querra quejarse pero no sabe de qu. --Contigo, es otra cosa--contina.--T eres un buen muchacho, que no dice nunca que no. Contigo se puede hacer lo que una quiera!... T no tienes la sonrisa desdeosa que aparece siempre en sus labios, cuando se le refiere algo, y que quiere decir: Te escucho, pero no ests contando ms que tonteras. Entonces se me ahogan las palabras en la garganta... Mientras que a ti... s, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a una por la cabeza. Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un movimiento de vaivn balancea sus codos sobre las rodillas. --Y qu te pasa por la cabeza en este momento?--pregunta Juan. Ella se pone colorada y se levanta vivamente. --A que no me pillas?--grita parapetndose detrs de la mesa. Pero, cuando l va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente. --Deja!... vamos a hacer algo. Ah estn las llaves... quizs se nos ocurra alguna idea. Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del medioda lanza sus rayos ardientes. --Abre el molino--dice Gertrudis.--All hace fresco. El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra de la sala, donde reina el silencio del domingo. --Sola, tendra miedo aqu--dice, volvindose hacia l y mostrando con el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso en medio de la semiobscuridad. La joven aparta los dedos y tiembla. --Nunca te ha dicho nada?--susurra al cabo de un instante inclinndose hacia su odo. El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala hmeda y sombra; respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz. Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmsfera cargada de vapores, en aquel medioda misterioso; el sol, filtrndose por las claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de oro, donde miriadas de partculas de polvo danzan una zarabanda. El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensacin agradable; baja la cabeza y trepa con precaucin la escalera, como si quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galera, lanza un grito; Juan, lleno de inquietud, le pregunta qu tiene; ella responde que ha querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la balaustrada y vuelve a bajar deslizndose por la escalera. Despus desaparece en la sombra de las mquinas, en el sitio en que las ruedas poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no hay peligro, entonces todo est inmvil. Algunos segundos despus, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y, echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una llavecita atada a un cordn de negro. --Qu es esto?--pregunta en voz baja. Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como interrogndola. Ella hace un signo con la cabeza. --Colcala en su sitio!--exclama l asustado. La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal que brilla. --Un da, por casualidad, se la vi ocultar all--murmura. --Colcala en su sitio!--exclama l, una vez ms. La joven frunce las cejas; despus, con una leve risa. --Esto es lo que podamos hacer!... Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y trata de leer en su rostro lo que piensa. El corazn de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el presentimiento de que van a cometer una falta. --La cosa quedar entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero. El cierra los ojos. Qu hermoso sera tener un secreto con ella! --Y adems, qu mal hay en eso?--contina la joven.--Por qu es l tan misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus ms cercanos parientes, en el mundo? --Por eso precisamente no deberamos engaarle. La joven golpea la tierra con el pie. --Engaarle! qu expresiones usas! Y en tono enfurruado aade: --Vaya, no hablemos ms. Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosin de risa: --Qu diablo! no es la misma. Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la cerradura con el tamao de la llave; despus, con movimiento rpido, mete la llave en el ojo. --Pues entra!... Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie detrs de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano. --Hazla girar--dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso. Juan tiembla. Oh, Eva tentadora! --Hazla girar y djame asomar la cabeza por la abertura--dice la joven riendo.--T no tienes necesidad de ver nada. Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de luz ofuscadora. En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante, con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de contabilidad; en una de las paredes estn colgadas ropas usadas; en la otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de encuadernacin modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tmida; despus se acerca a los libros y se pone a leer los ttulos. Qu biblioteca tan lgubre! Son obras de medicina, que tratan de las enfermedades del cerebro, de las lesiones del crneo y de otros asuntos del mismo gnero; disertaciones filosficas sobre la herencia de las pasiones: una _Historia de los accesos de clera y de sus terribles consecuencias_, un _Tratado del dominio sobre s mismo_, y una obra de Kant, _El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mrbidos_. Hay tambin libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al lado de novelas lgubres, como _El fin trgico de toda una familia en Elsterwerda_, se encuentran: _La novia de Messina_, de Schiller, y _Julio de Tarento_, de Leisewitz. Tambin la teologa est representada por cierto nmero de pequeos tratados sobre el pecado mortal y su perdn. Al lado, en los cuadernos azules, estn compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes estudios, mezclados con consideraciones melanclicas sobre las experiencias y los pensamientos personales de Martn. Juan deja caer las manos. --Pobre, pobre hermano!--murmura, suspirando, con el corazn entristecido. Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven seala con el dedo un rtulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz baja y ansiosa: --Qu significa eso? En el rtulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras: _Piensa en Fritz!_ Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las manos y llora amargamente. Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo es intil, se deshace tambin en lgrimas. Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared; ropas de nio de una poca muy antigua. Las conoce perfectamente. Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las haba enseado un da, dicindole: son los vestidos de tu hermanito muerto. Desde el da que ella haba abandonado el mundo, los vestidos haban desaparecido. Por lo dems, l no haba vuelto a pensar en ellos. Un fro estremecimiento le recorre todo el cuerpo. --Ven--dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar. Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino. --Guarda primero la llave--dice l. Bajan juntos los escalones que conducen a las mquinas; y, cuando han colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los persiguiesen. XIV Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegra de otros tiempos. Se han convertido en cmplices. Con qu alegra hubieran confesado a Martn la tontera que han hecho! Pero comparecer juntos ante l y decirle: Perdnanos, hemos pecado!... no es posible; sera un espectculo demasiado teatral; y el que se encargase de hacer esa confesin tendra sobre su cmplice una gran ventaja; estando igualmente unidos a Martn, el primero que rompiese el silencio pasara necesariamente por el ms sincero y el menos culpable. Adems, se han prometido una discrecin absoluta; y estn tanto ms dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar el asunto: ni siquiera se atreveran a hablar de eso entre ellos abiertamente. Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea, tiene para ellos un sentido particular ms grave; toda mirada que cambian es para ellos la seal de una inteligencia secreta. Martn no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que sus dos nios han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han tenido alguna disputa y que estn todava incomodados. A la semana siguiente, un da que Martn se ha encerrado en su despacho Gertrudis se arma de valor y dice: --Mira, Juan; es una locura que estemos atormentndonos de este modo. Dejemos dormir esa tonta historia. --Si fuera tan fcil hacer como decir!--exclama l con expresin melanclica. Ella lanza una alegre carcajada, y l re tambin. --En realidad es muy fcil. Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hbito. La menor broma tiene un encanto ms, porque es preciso a toda costa que Martn no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots criminales. No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer la luz del da; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia. Llega la vspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra est como embriagada; desaparece bajo las flores. Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas primaverales abren sus clices, y los botones de los tilos empiezan a abrirse. Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las rodillas y se abandona al ensueo. El perfume de las flores, el calor del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querra baar sus miembros en ese soplo abrasado, querra vaciar todos los clices si hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse. En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar toneles de alquitrn, a hacer los locos mientras tengan fuerzas. Gertrudis suspira. Quin pudiera ir tambin! Martn querr quedarse en casa; pero Juan, Juan debera ir... Precisamente est a la entrada, hacindole una sea con la cabeza. Despus se sienta en el banco, a su lado... Est cansado, tiene mucho calor; ha trabajado rudamente. Algunos minutos despus se levanta: --Yo no me quedo aqu. Hace un calor sofocante. --Adnde vas? --Voy al ro. Vienes? --S. Y ella deja la labor y se apoya en su brazo. --Hoy van a bailar all, en la aldea--dice. --Querras ir t tambin, gatita? Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo. --_Pero, como no puedo, me quedo en casa_--murmura l. --No he bailado nunca contigo, y querra bailar!... T bailas muy bien. --Cmo lo sabes? --Y tienes la desfachatez de preguntarlo?--dice ella afectando cierto despecho;--acurdate de la fiesta de los cazadores, hace tres aos. Las muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decan que eras encantador, que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que eras un mozo arrogante. Esto bien lo vea yo pero para qu me serva? Tus miradas desdeosas pasaban por encima de m como si yo no hubiera existido. --Qu edad tenas entonces? Ella vacila un instante, y responde a media voz: --Catorce aos y medio. --Ah! entonces...--dice l riendo. --Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella poca--replica ella vivamente.--No habras comprometido tu dignidad hacindome dar una vuelta o dos por la sala. --Bueno! Las daremos dentro de quince das en la fiesta de los tiradores. --De veras?--pregunta ella con los ojos brillantes. --Martn es uno de los jefes de la corporacin de los tiradores; necesariamente ha de ir all. Gertrudis lanza un grito de alegra; despus, de repente, exclama: --Pero no tengo zapatos de baile. --Mndalos hacer. --Ah! Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea! --Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastar que me des la medida. --S... quieres? mi querido, mi buen Juan!... Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita: --Atrpame! Y huye como el viento. Juan se pone a perseguirla; pero est fatigado y no puede alcanzarla. Atraviesan el puente levadizo y continan su carrera por el prado inmenso, que termina all, en el bosque de abetos. Gertrudis da un regate hbil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que l haya podido seguirla est al otro lado del ro. Sin aliento, toma la cadena con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas: la pieza de madera chirra girando sobre sus goznes, y se levanta en el aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente. Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrndose a la viga, consigue detener su impulso al borde del abismo. Gertrudis se ha puesto lvida; toda desconcertada, lo mira fijamente. El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombra corriente. --No haba pensado en ello, Juan!--balbucea la joven implorando su perdn con los ojos. Juan se echa a rer. Una alegra feroz, que le hace olvidar todo peligro, se apodera de l. --Espera! espera!--exclama, abriendo los brazos;--te pillar de todos modos. Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa el ro como un puente. --Juan!... por el amor de Dios!... Juan! El joven no oye. Debajo de l las aguas hierven en el abismo; se esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado. --Corre!--dice, lanzando un grito de alegra salvaje. Pero Gertrudis permanece inmvil. Paralizada por el espanto, lo mira fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la toma en sus brazos, la aprieta contra l; ella cierra los ojos, respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y alterada sobre los labios trmulos de la joven; ella lanza un grito de dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos de Juan. Entonces, l la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa a su alrededor. Los ha visto alguien?... No, nadie... Y despus de todo?... Qu importa?... El hermano de Martn puede besar muy bien a la mujer de Martn. No exigi eso l mismo, un da? La joven abre los ojos; parece salir de un sueo. Su mirada evita la de Juan. --No est bien lo que has hecho, Juan. Te prohbo que vuelvas a hacerlo en adelante. Sin responder, l se inclina para recoger la rosa que se ha cado de su pecho. --Quiero volver a casa--dice Gertrudis, paseando su vista en derredor, con expresin inquieta. Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro. Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras l respira vidamente la rosa que ha recogido. --Huele bien--dice en tono inocente. Ella dice que s. --Te gustan las rosas?--contina l. La joven vuelve los ojos hacia l. Como si no lo supieras! dice su mirada. --Oye--agrega l vivamente.--Por qu no pones ya flores en mi cuarto? Ella no responde. --Porque no las merezco? --Me lo ha prohibido l--balbucea Gertrudis. --Ah! eso es otra cosa--dice Juan, desconcertado. La conversacin termina de pronto. XV En el emparrado, Martn recibe a Gertrudis con reproches afectuosos: tiene un hambre de lobo y la cena no est servida todava. Gertrudis se dirige apresuradamente a la cocina. Cenan en silencio. Los dos jvenes no alzan los ojos del plato. Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento caliginoso levanta pequeas nubes de polvo; velos de vapor azulado descienden lentamente sobre el suelo. Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galera; pero estn calientes como si hubiesen permanecido todo el da en un horno. De pronto, Gertrudis se levanta. --Adnde vas?--pregunta Martn. --Al huerto--responde ella. Un momento despus se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la buhardilla. Cuando vuelve a entrar, echa tmidamente una mirada a Juan; despus se sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos. De la aldea llegan gritos de alegra, aclamaciones con las cuales se mezclan las notas agudas del violn y los sonidos graves del contrabajo. --Irais de buena gana, eh? Los jvenes no responden, y Martn toma su silencio por una aquiescencia. --Bueno, vamos. Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan con vacilacin; despus dice meneando la cabeza. --No tengo ganas. --Qu es eso?--exclama Martn completamente atnito.--Desde cundo no tienes ganas de bailar? Todava estis reidos, eh? Juan se re levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven se levanta, dice buenas noches y desaparece. Un momento despus los dos hermanos se separan. Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y exhala un suspiro de satisfaccin. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan tarde del jardn. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasa; pero su respiracin se hace cada vez ms penosa, sus pensamientos se obscurecen; a cada pulsacin, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes. Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la ventana. Pero tampoco encuentra all reposo ni frescura. Una verdadera oleada de perfumes sube del jardn hasta l, un soplo ardiente le azota el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por momentos, los toneles de alquitrn que arden en la aldea lanzan llamaradas a travs de las masas de vapor obscuro que velan el horizonte. Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazn salta en su pecho. Su deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla y... Oye un leve chirrido de goznes... despus se abre una de las hojas; y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia l, mudo y apasionado. Permanece as un segundo... y desaparece. Debe gritar de alegra, debe llorar? No lo sabe. Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... qu efecto ejercern sobre l los perfumes? Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en las flores. Qu semejanza con la primera noche y, sin embargo, qu diferencia! Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces... De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos aprietan violentamente el vaso; presta odo... Le parece que la msica tan franca de aquella noche, cuyo sonido subi hasta l a travs del suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta en l de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe en medio del cuarto. A la maana siguiente, Juan est lleno de vergenza. Todo eso le parece un mal sueo. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir a comprar con qu pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estpido; todo lo que sabe es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su hermano ms cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave. Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada evita la de Juan, y la taza de caf que le ofrece suena en sus manos temblorosas. No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile, para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martn. Este no opone objecin alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en presencia de Juan, ste la llama remilgada. La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta. Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazn; y, cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente: --Escucha, he hecho una mala accin. --Cul? --He roto tu vaso. --Ah!... Y eso es una mala accin? --Qu quieres que sea? --Crea que lo habas hecho a propsito--replica ella, muy indiferente en apariencia. El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como diciendo: Tena razn, pues! XVI Pasan los das. Entre Juan y Gertrudis, las relaciones son ms fras que antes. No se evitan, charlan juntos; pero no pueden emplear el tono alegre, de franca y libre amistad, de otros tiempos. Ha tomado a mal que la besase, se dice Juan, sin darse cuenta que l tambin ha cambiado. --Qu es lo que tenis, muchachos?--dice una tarde Martn, gruendo.--Os duele acaso la garganta, que ya no cantis? Los dos guardan silencio por un instante; despus, Gertrudis, medio vuelta hacia Juan, le pregunta: --Quieres? El hace una sea afirmativa, pero, como ella no lo ha mirado, cree que no responde. --Ya lo ves, no quiere--dice, dirigindose a Martn. --Que no quiero?--exclama el otro riendo. --Por qu no lo dices, entonces, en seguida?--replica ella, tratando de ponerse en armona con su alegre tono. Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza las manos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en direccin al palomar. --Qu vamos a cantar?--pregunta. --_Ay! cmo es posible eso?_...--propone Juan. Ella menea la cabeza. --Nada que hable de amor--dice con sequedad.--Es siempre tan estpido! El le dirige una mirada sorprendida. Despus de un instante de reflexin, entona un aire de caza. Ataca vigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olas en el mar. Sorprendidos por esa armona, se miran; nunca han cantado tan bien. Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos populares que no sean de amor. Al fin, ella se decide: Bello rosal florido, Cuando veo a mi amor... comienza con una especie de grito de alegra. El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza. Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos de sus corazones acompaan sus acentos. Esas voces crecen y se elevan llevadas por la ola de su sangre, y despus vuelven a apagarse, como si un dolor ntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida. Puesto que no se puede expresar todo, Puesto que el amor es infinito, Puedes preguntar a mis ojos Cunto te quiere mi corazn... Por qu se cruzan de pronto sus miradas? Por qu tiemblan los dos como si una descarga elctrica les sacudiese los miembros? No pasa una sola hora de la noche Que no se despierte mi corazn; Que no piense en ti, Que no piense que me has dado mil veces tu corazn... Qu embriaguez de pasin en su acento febril! Cmo se buscan sus voces! parece que quisieran besarse! En la orilla del torrente crecen los sauces, En los valles se extiende la nieve; Querida nia, tenemos que separarnos... Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte... La separacin, amada ma, es cruel... Sus voces se pierden en un murmullo trmulo. El deseo y la esperanza, las tristezas de la separacin y el dolor de la muerte, todo esto se adivina en los sonidos que se escapan de sus labios. El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lgrimas; pero sus ojos brillan. Irguindose de repente, entona la vieja y melanclica cancin del molinero, la cancin de la casa dorada que se alza en lo alto de la montaa. Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban la primera estrofa y comienzan la segunda: Abajo, en aquel valle, El agua hace girar una rueda Que no muele ms que el amor, Toda la noche y todo el da. La rueda del molino se ha roto... En eso... un grito... una cada... Gertrudis se ha desplomado, y con la frente apoyada en la pared solloza desesperadamente. Los dos hermanos se levantan. Martn le toma la cabeza entre las manos y murmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vez con ms violencia. Y l, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, que est plido como un muerto, y le dice: --Qu tienes? Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia l y, como buscando su proteccin, oculta en su hombro el rostro baado en lgrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata de calmarla; pero el pobre Martn entiende poco de consuelos, y cada palabra que dice a media voz parece un juramento ahogado. La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y, como si quisiese continuar su canto, murmura todava medio sofocada por los sollozos: La rueda del molino se ha roto... --No, hija ma, no se ha roto--dice Martn, cuyos ojos se llenan de lgrimas.--No se romper... la nuestra. Seguir girando mientras nosotros vivamos. Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada ante una visin. --De dnde has sacado esa idea?--contina el marido.--Acaso no ests tan contenta como creamos? No est aqu Juan, con nosotros? No vivimos todos felices y satisfechos... trabajando desde la maana hasta la noche? Por dnde ha de venir la desgracia? por qu ha de venir? Acaso no velamos tambin para que tu padre tenga lo necesario?... Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente. No encuentra nada que decir, y, dirigindose a Juan, que est vuelto de espaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a la entrada del emparrado: --Por qu cantabais cosas tan tristes?--le dice en tono rudo.--Yo mismo me senta... no s cmo, cuando empezasteis; y ella... ella no es ms que una mujer. Gertrudis menea la cabeza como diciendo: No regaes... Despus se levanta, murmura casi sin mover los labios un buenas noches apenas perceptible, y entra en la casa. Martn la sigue. Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todava levantarse delante de l con los ojos brillantes, y despus desplomarse de pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberse precipitado ms pronto hacia ella para impedir que cayese. De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta. Comprende entonces lo que ha pasado en l la vspera de San Juan, por qu ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como para romperlo por segunda vez... No es ms que un impulso de tortura infernal; despus, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor, una noche sombra y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente, como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permanece obscuro; sombra y misterio es para l lo que acaba de experimentar. Le parece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustia indefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio donde ha cado Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ngulo del banco, gime dulcemente. De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermano repercuten en el vestbulo. Se pone en pie de un salto, y se sienta. La figura de Martn aparece en el emparrado. --Hermano! hermano!--exclama Juan. --Ests ah, muchacho?--y se deja caer sobre el banco con un suspiro ruidoso.--Ya est mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar; ahora descansa muy tranquila, y su respiracin es profunda. Me he dejado estar un momento junto a la cama contemplndola. Estoy muy desconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil, como en un espejo... y de repente... Qu ser esto? Por ms que reflexiono, no encuentro explicacin alguna. Estar triste porque no tiene... ninguna esperanza de ser madre? S, quizs sea eso. Sin embargo, siempre haba guardado para m mi ardiente deseo... no quera causarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todava no es ms que una chiquilla, est lejos an de la madurez necesaria para llenar bien los deberes de madre. S, hay que tener paciencia! Y as consuela Martn su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juan guarda silencio. Tiene el corazn tan lleno, tan lleno! Querra demostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cmo. Querra librarse de su propio martirio, y, cogiendo la mano de Martn, le dice desde el fondo del corazn: --Oh! s todo marchar bien, todo se arreglar! --Por qu no?--balbucea el otro. Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de l, con la frente pensativa, y despus, con expresin contrariada: --Vete a dormir, Juan. La rueda rota est dando vueltas en tu cabeza. XVII Al da siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a nadie, y a Martn lo menos posible. Juan est sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez ms densas, alrededor del molino de Felshammer. El sol se pone una vez ms. El cuarto da, Gertrudis est casi restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella. La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas. Est plida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancola apacible que es propia de los convalecientes. Tiende la mano a Juan con una sonrisa. --Cmo ests?--pregunta l dulcemente. --Bien, como ves--responde ella mostrando la tela blanca.--Ya estoy pensando en el baile. --Qu baile?--pregunta l con admiracin. --Qu poca memoria tienes!--dice ella tratando de bromear.--El domingo prximo es la fiesta de los tiradores. --Ah!... s, es verdad. --No te alegra la idea de bailar conmigo? --S. --Mucho?... Di, mucho? --Mucho. Una sonrisa infantil anima su rostro plido y abatido; sus dedos arrugan los encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco y tenue. Su extenuacin fsica parece haber devuelto a su nimo el antiguo candor infantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile, evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otro tiempo tenda la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle la bienvenida. El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entre sus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisa indulgente el parloteo de Gertrudis. Lo que ella le cuenta est lleno de sol, y respira la alegra de vivir. Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecido ella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habra puesto un vestido de seda, como convena a la prometida del rico Felshammer, pero no haba podido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le haba permitido dejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces siente casi pesar al deshacer las costuras... Cuntos proyectos y cuntos locos sueos haba cosido por decirlo as, con su aguja! Pero qu remedio? haba engordado tanto despus de su casamiento! Luego la conversacin pasa a la prxima fiesta de los tiradores, versa sobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento en la ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traer siempre a la poca de sus bodas explayndose sobre los sentimientos y sobre los sucesos de esa poca feliz. Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soadora, la sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus bodas. Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y da, vindose en el momento de adornarse soando con el deleite que, como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por completo en esas horas de fiesta. XVIII Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, los cmbalos mezclan sus gruidos sordos. La corporacin, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle; a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, los dos hulanos de la guardia. No se habran dejado arrebatar ese honor aunque la corporacin hubiera tenido que disolverse! El rostro de Franz est radiante, pero Juan no tiene ms que miradas serias, casi indiferentes. Qu le importan los hombres? Entonces no son para l sino extraos. No saluda a nadie, su mirada no se detiene en nadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relmpago de alegra y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con la espada; all, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, agitando su pauelo, est lo que busca, la mujer de su hermano. La joven re, hace seas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hasta que desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martn, que camina a su lado. Por qu marcha l tan silencioso y tan tieso, por qu mete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todava con la espada. El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la linde del bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. A vuelo de pjaro, est a mil pasos apenas del molino de Felshammer, que parece hacer seas por arriba de los lamos del ro. Si la multitud de tiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oira claramente el mugido del agua. --Si acabasen de una vez todas estas tonteras!--dice Juan. Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tienda cuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo de barracas y de tiendas ms pequeas que se agrupan alrededor. Los parientes de los tiradores slo pueden penetrar en ese sitio a la tarde, despus de haber sido proclamado el rey de la fiesta. Las horas, pasan y las detonaciones resuenan montonas en la linde del bosque. Como a medioda le llega el turno a Juan. Tira... y marra el blanco, a pesar de las flores que Gertrudis le ha puesto en la carabina... Flores que dan la suerte, haba dicho ella; y Martn, que estaba presente, se haba sonredo como se sonre uno ante una tontera. Una vez que ha cumplido su deber, Juan vuelve la espalda al tiro; entra en el bosque, donde no se oyen gritos ni conversaciones, donde slo el eco de los disparos rueda dulcemente por el aire. Se deja caer sobre el csped y dirige sus miradas a los pinos, cuyas finas agujas, bajo el sol del medioda, lanzan reflejos como cuchillitos aguzados. Entonces cierra los ojos y suea. El mundo entero le es indiferente!... Qu lejos est su vida pasada! No ha sido esa vida gran cosa; la mujer y la pasin no han hecho en ella ningn papel, y, sin embargo, qu rica y brillante de colores le ha parecido! Entonces se lo ha tragado todo un abismo, y sobre ese abismo flotan brumas rosadas. Han pasado unas dos horas; oye un ruido de trompetas lejanas que anuncia la eleccin del nuevo rey. Se pone de pie. Dentro de media hora llegar Gertrudis... Le dicen que la dignidad real ha recado en su amigo Franz. Escucha eso como en un sueo... Qu le importa? Sus miradas se dirigen sin cesar hacia el camino, por donde, entre el polvo y el sol, las mujeres, vestidas con trajes claros, llegan a pie o en carruaje. --Buscas a Gertrudis?--pregunta de improviso detrs de l la voz de Martn. Se estremece, violentamente sacado de su ensueo. --Pero qu tienes, muchacho? Acaso te duele haber marrado el tiro, a ests durmiendo en pleno da?... Ese es un hermoso da para Martn. La compaa de toda aquella gente, porque l es uno de los ms altos dignatarios de la asociacin, lo ha sacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibuja en su boca. Si llevase con un poco ms de soltura su traje de fiesta! El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrs de la cabeza un mechn de cabellos hirsutos. --Mrala! mrala!--exclama de repente agitando su sombrero. Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala de los Felshammer, que Martn se hizo fabricar expresamente para sus bodas. En el fondo de l, la figura blanca que se apoya en uno de los lados con indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, la mujer del rico Felshammer, como se susurra al verla pasar. --Mrala que guapa est!--dice Martn tirando a Juan de la manga. En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y al diablo los modales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla con una mano y el pauelo con la otra, re con abandono, y con la punta de su sombrilla da en la espalda al cochero para que ande ms de prisa. Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra, sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martn. Est febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera a hablar, pero la voz le falta. --Calma, muchacha, calma!--dice Martn, acariciando sus cabellos que caen entonces en bucles sobre su cuello desnudo. Juan permanece inmvil, sumido en su contemplacin. Qu hermosa es! Como un velo tenue, su vestido blanco y difano flota en torno de su cuerpo encantador. Y su cuello blanco! Y aquellos hoyuelos en el nacimiento de los pechos! Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobre los cuales se estremece un leve vello de plata! Y aquel pecho redondo y firme que sube y baja como las olas! La joven parece de belleza inaccesible... _mujer_ y _reina_ a la vez. Y esas dos ideas, de _mujer_ y de _reina_, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite y de melancola. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todava, deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a la _mujer_ por delante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud. Qu hermosa es! Cmo _la mujer_ puede ser tan hermosa? Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabras confusas; est casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, que parece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baile en los que sus pies no queran entrar... --Estn demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos no es verdad? Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitos de seda celeste, de altos tacones, atados con cintas tambin de seda y celestes. --Parecen muy estrechos--dice Martn meneando la cabeza con expresin inquieta. --Lo son, en efecto--responde ella con una sonrisa.--Las puntas de los pies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailar mejor, no es verdad, Juan? Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueos desvanecidos. Despus se apoya en el brazo de Martn y quiere que la lleven a su tienda. Las principales familias del contorno se han hecho levantar all tiendas especiales, leves cabaas o carpas de lona que les aseguren un abrigo para la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la maana siguiente. Gertrudis ha ido la vspera a vigilar ella misma la construccin de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puerta con guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda de Felshammer es la ms bella de todas. Mientras Martn trata de abrirse paso por entre la multitud, ella se vuelve presurosa hacia Juan y le pregunta en voz baja: --Ests contento, Juan? Te gusto as? El hace una sea. --Mucho?... Di, mucho? --Mucho! Ella respira profundamente; despus re, re satisfecha. La bella molinera causa sensacin en la multitud. Los propietarios forasteros se detienen a contemplarla; los burgueses se dan con el codo a hurtadillas; los jvenes de la aldea la saludan con cortedad. A su aparicin se oye un prolongado murmullo en los grupos. Seria, con una importancia un poco afectada, avanza del brazo de Martn, retirando de cuando en cuando los bucles que flotan sobre sus hombros; y cuando echa la cabeza para atrs, toma el talante de una reina, o, ms bien, de una muchacha loca de alegra, que va a hacer la reina y que no est muy segura de su papel. XIX Cuando, una hora ms tarde, suenan los primeros acordes, la joven exclama con un estremecimiento de alegra: --Ahora soy tuya, Juan! Martn le recomienda que tenga cuidado con el fro para no caer enferma; pero antes que haya concluido de hablar, los jvenes han desaparecido. Entonces se resigna, toma un buen vaso de vino de Hungra y se echa sobre el sof para descansar. Pensamientos agradables acuden a su mente. No son completamente felices desde que ha venido Juan? No se han hecho ya raras las horas tristes, llenas de presentimientos siniestros, turbadas por el miedo a los fantasmas? No estaba reviviendo l a ojos vistas, vencido por la alegra de esos dos inocentes? No era el da que acababan de pasar la mejor prueba de que su horror a los extraos ha desaparecido y de que sabe asociarse ya a la alegra de los otros? Y Gertrudis cun feliz es tambin!... La otra noche, es verdad... Pero qu! Las mujeres son seres dbiles, sujetos a muchos caprichos. Todo se arregl en seguida. La frase que Juan le dijo esa noche vuelve a su memoria: Todo ir bien, todo se arreglar... Hace chocar su vaso con los dos vasos vacos que han dejado los jvenes. --A la salud de ellos dos! A la feliz unin de los tres hasta el fin de nuestros das!... Entretanto Gertrudis y Juan se han abierto paso a travs de la multitud compacta, y llegan a la puerta de la sala de baile. La ola ruidosa de la msica se oye delante de ellos; el aire del interior les da en el rostro, como el hlito ardiente de un pecho humano. En lo claroobscuro de la tienda, las parejas que se agitan, estrechamente enlazadas, pasan frente a ellos; parecen sombras. Juan anda como en un sueo. Apenas se atreve a fijar sus miradas en Gertrudis; un miedo misterioso lo y le aprieta el pecho como un cinto de hierro. --Ests muy serio hoy--murmura ella acercando su rostro al brazo de su caballero. El no responde. --He hecho algo que te haya disgustado? --Nada, nada--balbucea Juan. --Bailemos entonces. En el momento en que el joven le pasa el brazo por el talle, ella se estremece, abandonndose despus con un profundo suspiro. Se ponen a bailar. Aspirando con fuerza el aire, ella ladea su rostro contra el pecho de Juan. En la gorra de ste brilla la escarapela, insignia de los tiradores, que lleva ese da; la cinta de seda blanca tiembla sobre su frente. Gertrudis inclina un poco la cabeza y, alzando los ojos hacia l, murmura: --Sabes lo que siento? --Qu cosa? --Me parece que me llevas al cielo! Y cuando termina esa danza: --Ven ligero, salgamos--dice;--no quiero tener que bailar con otro. Le aprieta fuertemente la mano, mientras l se abre paso por entre la multitud. Feliz y orgullosa, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, se pasea de su brazo fuera de la tienda. Re, charla y bromea, y l la imita lo mejor que puede. En el ardor del baile ha perdido la timidez por completo... Una alegra terrible arde en sus venas. Entonces, Gertrudis le pertenece en cuerpo y alma, a l solo; lo siente en el temblor de su brazo, que, con ternura y como a escondidas, aprieta con fuerza al suyo; lo adivina en el brillo hmedo de sus ojos, que se alzan furtivamente hacia su rostro. Al cabo de un momento, dice ella un poco contrariada. --Oye, es preciso ver qu hace Martn. --S--responde l apresuradamente. Pero se contentan con esa buena intencin. Cada vez que se dirigen hacia la tienda ocurre en la parte opuesta algn incidente extraordinario que les hace olvidar su resolucin. De pronto, Martn mismo sale al encuentro de ellos, en medio de un grupo de aldeanos a quienes lleva consigo para obsequiarlos. --Hola, muchachos! Voy a establecer mi cuartel general en el hotel de la Corona; si queris beber, venid con nosotros. Gertrudis y Juan cambian una rpida ojeada de inteligencia; despus dan las gracias, de comn acuerdo. --Entonces, adis, hijos mos; y divertos mucho. Y se aleja. --Jams lo he visto tan contento--dice Gertrudis riendo. --Buena falta le hace!--dice Juan con voz tierna, siguiendo a su hermano con una mirada afectuosa. Querra ahogar el sentimiento que lo atormenta y que se despierta en l a la vista de Martn. XX Ha llegado la tarde... La multitud est baada por un resplandor purpurino. Un rosado crepsculo envuelve la llanura y el bosque. En un rincn solitario de la pradera, Gertrudis, inmvil, lanza miradas melanclicas al sol que se extingue. --Ah! si no se ocultase hoy para nosotros!--exclama abriendo los brazos. --Bueno! ordnaselo!--dice Juan. --Sol, te mando que te quedes con nosotros! Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez ms, ella se pone a temblar de pronto y dice: --Sabes qu idea acaba de ocurrrseme? Que ya no lo veremos salir ms. Despus, lanzando una risa clara: --S, ya s, es pura locura! Vamos a bailar! Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de baile, trmulos de alegra y embriagndose uno al otro, y desaparecen en un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los msicos para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque todas quieren conocer a la bella molinera. Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla en sus ojos una llama que slo se ve en las personas ebrias de felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos. --Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...--dice cuando Juan la lleva a su sitio. --Descansa un poco! Ella se echa a rer. En ese instante Franz Maas se adelanta para invitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ella acepta su brazo y se aleja en un torbellino. Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero las luces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; le parece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en una columna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momento con Gertrudis, que sirva de caballero a su cuada por media hora porque tiene necesidad de salir, de respirar el aire puro... Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local clido, cargado de vapores, donde un par de araas llenas de bujas esparcen un humo intolerable. Pero hasta all lo persiguen el bullicio y la msica. En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante de las rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; y los caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan la obscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan las sombras de la multitud. Detrs del bosque de pinos, cuya corona sombra y silenciosa domina todo ese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media hora la luna verter sobre aquella escena su luz sonriente. Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de la posada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martn all sentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedores alegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con l. De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al fin entra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos de alegra. Ante una larga mesa cargada de cerveza estn sentados una porcin de antiguos condiscpulos, pilluelos la mayor parte, a los que evitaba en otro tiempo. Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento. --Por qu te dejas ver tan poco, Juan?--le grita uno desde el extremo de la mesa.--Dnde te metes de noche? --Est cosido a las faldas de su bella cuada;--responde otro con aire burln. --Deja en paz a mi cuada!--le dice Juan frunciendo el entrecejo. El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y sale, librndose con gran trabajo de las instancias importunas de sus camaradas. Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en la obscuridad, que se anima entonces con los plidos reflejos de la luna; despus se interna un poco bajo los rboles aspirando la atmsfera dulce y aromtica de los pinos. Quiere dominar a toda costa la embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tutanos. Pero cuanto ms se aleja del lugar de la fiesta, tanto ms aumenta su turbacin... Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza hacia l presa de una agitacin manifiesta. Una vaga sospecha de desgracia comienza a torturar su alma. --Qu ha sucedido?--exclama. --Al fin te encuentro! Tu cuada se ha indispuesto. --En nombre de Cristo!... Y adnde la has llevado? --Martn la ha llevado a vuestra tienda. --Cmo ha sucedido eso? cmo ha sucedido? --Desde haca un momento notaba yo que se haba puesto plida y silenciosa; y, al preguntarle qu tena, me dijo que le dola el pie. A pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmay en medio de la sala. --Y entonces, entonces, qu? --La levant y la llev en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a Martn. --Por qu no me mandaste buscar a m, animal? --En primer lugar, porque no saba dnde estabas; despus, porque era justo que fuese primero el marido... Juan suelta una risa estridente: --Claro, muy justo... y despus? --Abri los ojos antes que Martn llegase. Su primer cuidado fue alejar a las mujeres que la rodeaban; despus me dijo: No le hable de mi desmayo. Y cuando l se lanz hacia ella con el rostro plido, Gertrudis se mostr muy alegre en apariencia y le dijo: Me hace dao el zapato; nada ms. --Y entonces? --Entonces se la llev. Pero alcanc a ver que se pona a sollozar escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: Dios sabe dnde le aprieta el zapato! Juan no quiere escuchar ms; sin una palabra de agradecimiento se lanza fuera. La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer est completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de llanto, mezclado con la voz de Martn que trata de apaciguar a su mujer, llega hasta l del interior. Quiere levantar la cortina, pero sta no cede; parece slidamente sujeta al marco de la puerta. --Quin es?--grita la voz de Martn. --Yo, Juan! --No entres! Juan se estremece. Aquel no entres le ha atravesado el pecho como una pualada. Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y la paz, le gritan: no entres! Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina, atravesada por un dbil resplandor rojizo. --Juan!--grita de nuevo la voz de su hermano. --Qu hay? --Anda a ver si nuestro carruaje est ah cerca. Cumple lo que le ordenan. Slo sirve para hacer recados! Recorre la fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda. La cortina aparece levantada ya. Ella est all, con un chal claro en los hombros... tan plida y tan bella! --Estoy soando! Di orden para que no viniese el carruaje sino maana al amanecer. --Quiere marcharse Gertrudis?--pregunta Juan impresionado. --Gertrudis tiene que irse--dice la joven. Y con los ojos llenos de lgrimas le dirige una mirada, en la que se esfuerza por poner una sonrisa. --Tranquilzate, hija ma!--dice Martn acaricindole los cabellos.--Si no se tratase ms que de tu pie no sera un gran mal. Pero tus lgrimas, tu agitacin... Creo que la enfermedad te dura todava y el reposo te har bien. Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el carruaje! Me parece que lo mejor ser que hagas a pie el corto camino a travs de la pradera... si no sientes ningn dolor, se entiende. Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que s. --El aire es tibio, la hierba est seca--contina Martn, y Juan podr acompaarte. Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita. --T puedes estar de vuelta en media hora--aade Martn, que toma el silencio de Juan por mal humor. Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que l tambin est cansado. --Entonces, Dios os acompae, hijos mos!--dice Martn.--Y cuando me haya librado de mis amigos ir a buscaros. Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante de l, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobre el cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante se desliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastra all abajo, al fondo de ese abismo. --Buenas noches--murmura sin mirar a su hermano. --No me das la mano?--dice Martn en tono de amistoso reproche. Y, al tendrsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente... Ah! cunto dao puede hacer un apretn de manos! XXI El tumulto de la fiesta se extingue a lo lejos. El ruido de las mil voces no es ms que un dbil zumbido, sobre el cual descuella solamente, con notas agudas, la algazara de los caballitos de madera; y cuando la orquesta del baile, que se ha callado por un tiempo, empieza a tocar otra vez, ahoga los dems ruidos con el estallido penetrante de sus cornetines. Pero sus notas van debilitndose tambin; el bombo, que hasta entonces haba hecho discretamente su parte, suena ms fuerte, en cambio, porque sus sordos golpes llegan ms lejos que los otros sones. Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar. El brazo de Gertrudis tiembla bajo el de Juan; ste contempla las brumas de reflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella camina valerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando en cuando exhala un dbil quejido. De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueo de las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondo obscuro del pinar. --Mira qu bonito--murmura tmidamente. El responde con un ademn. --Juan! --Qu, Gertrudis? --No me guardas rencor? --De qu? --Por qu abandonaste el baile? --Porque haca demasiado calor para m en la sala. --No es porque bailaba yo con otro? --Oh! de ningn modo. --Mira, cuando te marchaste, me sent tan sola, tan abandonada, que tuve necesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. Hubiera podido prohibirte que bailases con otro, me deca yo... Por quin he venido a la fiesta sino por l? por quin me he puesto tan guapa sino por l?... Y el pie me arda mil veces ms que antes sufr un desmayo, y despus... de repente... ya sabes lo que me sucedi. Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como si a pesar de l, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente su cabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alza hacia l; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que se arrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra. Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba. --Querra quedarme tendida aqu un momento--dice enjugndose el sudor fro que cubre su frente. Despus esconde su rostro entre el csped y permanece as algunos segundos, sin movimiento. El se inquieta. --Ven--dice;--te vas a resfriar. Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro. --Levntame. Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso. --Ya ves, no puedo--dice con triste sonrisa. --Bueno, te llevar yo--dice l abriendo los brazos. Se escapa un murmullo de los labios de Gertrudis, mitad de jbilo, mitad de queja; un momento despus, su cuerpo, levantado del suelo, est en los brazos de Juan. Ella lanza un profundo suspiro, y, cerrando los ojos, apoya la cabeza contra su mejilla. Pecho contra pecho, sus cabellos ruedan como una onda sobre el cuello de Juan, y su respiracin tibia le acaricia el rostro. Adelante, adelante, cada vez ms lejos, aunque las fuerzas le falten, hasta el fin del mundo!... Siente palpitaciones violentas, un velo rojizo se extiende delante de sus ojos, le parece que va a caerse y a entregar el alma. No importa!... ms lejos, ms lejos siempre! All abajo, el ro lo llama, la cascada muge sordamente a travs de la noche silenciosa, y las gotas que saltan brillan a los rayos de la luna. Ella deja caer su cabeza hacia atrs, sobre el brazo de Juan; una sonrisa dolorosa vaga por su boca entreabierta; sus prpados se han alzado, y en su pupila obscura se refleja la luna. --Dnde estamos?--murmura. --A la orilla del agua--dice l jadeante. --Djame en el suelo. --No quiero... no puedo... Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; despus se tira sobre la hierba, apoya la mano sobre el corazn y hace un esfuerzo para tomar aliento. Le laten las sienes y est a punto de perder el conocimiento... Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre la corriente y coge agua en las palmas de las manos para baarse la frente. Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta el rostro en las manos y gime dulcemente. --Sufres mucho?--le pregunta l. --Esto me escuece. --Mete el pie en el agua; se te refrescar. Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa. --Eso me ha hecho bien a m--dice l mostrando su frente, por donde corren todava las gotas de agua. Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero su mano tiembla, y se detiene fatigada. --Deja que te ayude--dice l. Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue la media, y, arrastrndose hasta la orilla del ro, la joven sumerge hasta el tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente. --Oh! qu bien hace esto!--murmura aspirando el aire profundamente. Despus, volvindose a derecha e izquierda, busca un apoyo para su cuerpo. --Apyate contra m--dice l. Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimiento corre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle; respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a travs de la cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de ncar que hubiera en el fondo. Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos, en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende una especie de puente de plata a travs del ro, y la corriente se desliza tranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche les trae sonidos amortiguados de la msica; al gruido montono del timbal se mezcla el grito sordo del alcaravn. De pronto, Gertrudis se estremece. --Qu tienes? --Tengo fro. --Retira inmediatamente el pie del agua. Ella hace lo que l le dice, y despus saca del bolsillo el fino pauelo de batista que ha llevado al baile. --No puede servir de mucho--dice Juan, y con mano temblorosa coge su grueso pauelo.--Djame secarte el pie. Muda, con una mirada tmida y suplicante, Gertrudis deja hacer; y cuando l siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta un vrtigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre l su frente ardiente. --Qu haces?--exclama ella. El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y, lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro. Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella re y llora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia los cabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en la frente y en los ojos. --Oh! cunto, cunto te amo! --Eres ma? --S, s. --Me amars siempre? --Siempre! siempre! Y t... no me dejars nunca sola, como hoy... para que Martn... Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. Y qu silencio!... A lo lejos suena el timbal... El agua muge... Los dos se miran entonces plidos como la muerte. Y ella se pone a lanzar gritos penetrantes: --Jess! Jess! Su voz suena en medio de la noche. Con un gemido violento l se oculta el rostro entre las manos. Un sollozo sin lgrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciende delante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese a abrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que la vspera de San Juan empez a parecerle siniestro, y que la noche en que Gertrudis estall en sollozos en medio de su canto, cruz su frente como un relmpago para extinguirse un instante despus, ese resplandor sube ahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de sus llamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con las torturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazn con un sentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado de bruces en el suelo, y llora, llora amargamente... Con la frente inclinada y las manos juntas, l contempla fijamente el cuerpo encantador que yace delante de l, sumido en la desesperacin. --Entremos--dice con voz sorda. Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando l quiere levantarla, lanza un grito agudo. --No me toques! Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan. Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por l, que sostiene sus pasos vacilantes a travs del patio del molino. Se secan sus lgrimas; el estupor de la desesperacin se lee en sus facciones rgidas y plidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrar por l como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado, retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus ltimas fuerzas, se precipita sola hacia la puerta. Luego, desaparece en la sombra espesa del follaje. Los aldabonazos suenan sordamente, una vez, dos veces. Despus se oyen pasos en el interior; la llave gira, y una luz amarillenta se esparce fuera, en la claridad de la luna. --En nombre del cielo! qu cara trae usted!--exclama asustada la criada. Y la puerta se cierra. El se deja estar all largo tiempo, con los ojos fijos en el sitio por donde ella ha desaparecido. Una sensacin de fro que lo hace temblar de la cabeza a los pies lo despierta de su ensimismamiento. Maquinalmente se desliza a travs del patio, iluminado por la luz de la luna; acaricia a los perros que, con ladridos alegres, lo saludan; echa una mirada estpida a la rueda inmvil, sobre la cual se desliza el agua sin ruido, como una brillante serpiente. Una fuerza misteriosa lo arroja de all; el suelo del patio le quema los pies. Se dirige a travs de la pradera hacia la presa, hasta el sitio donde ha estado sentado con Gertrudis. Sobre el csped brilla el zapato azul, y a poca distancia la larga media, tan fina... Gertrudis ha entrado cojeando, con un pie desnudo, sin notarlo! Lanza una risotada estridente, toma los objetos y los lanza lejos, a las aguas espumosas. Adnde ir entonces? El molino ha cerrado su puerta detrs de l, para siempre. Adnde ir? Se tender, para descansar, sobre un montn de heno? No podr dormir!... He ah un grupo de muchachos alegres! Poco antes los ha desdeado, pero entonces llegan en buen momento. XXII Cuando, como a las dos de la maana, Martn Felshammer ha conseguido desasirse de sus compaeros, bebedores sempiternos, se acerca de buen humor al lugar de la fiesta, donde la claridad insegura del da gris que nace ilumina las idas y venidas de los retrasados. Ve acercarse entonces un grupo de mozos ebrios, que aullando cantos obscenos pasan en fila a travs de la gente; a la cabeza de ellos marcha el cerrajero Farmann, bribn famoso, y detrs de l van otros perdidos. Resuelto a echarlos de all, va directamente hacia el grupo; pero de repente se detiene petrificado, con los brazos cados... En medio del grupo, con los ojos terribles, avanza tambalendose su hermano Juan. --Juan!--exclama estupefacto. Este se estremece; su rostro enrojecido se pone lvido; en sus ojos brilla un resplandor de espanto; tiembla, extiende los brazos como para defenderse, y retrocede, vacilando, dos o tres pasos. Martn siente que se apacigua su clera. El deplorable espectculo despierta su compasin. Sigue a Juan, y, retenindole por el brazo, le dice con voz llena de ternura: --Ven, hermano; es tarde; vamos a casa. Pero Juan, haciendo un ademn de horror, retrocede ms ante la mano que lo roza; y dirigiendo a Martn una mirada llena de angustia mortal, le dice con voz ronca: --Djame!... no quiero, no quiero tener nada que ver contigo! ya no soy tu hermano! Martn, sobrecogido, se agarra con las dos manos a la mesa que est junto a l, y se deja caer, como herido de una pualada, sobre el banco inmediato! Juan se aleja apresuradamente y desaparece en el bosque. XXIII Desde aquel da, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer. Cuando Martn entr en su casa por la maana, todo estaba tranquilo, en una calma profunda. Descolg de la pared la llave del molino y se desliz hasta la triste habitacin de que haba hecho una especie de templo de su falta. All lo encontraron sus gentes a la hora del almuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre las manos y murmurando sin cesar: --Fritz, Fritz! sta es la expiacin! sta es la expiacin! El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que crea desterrado para siempre, se ha echado de nuevo sobre l, y sus garras le aprietan la garganta hasta estrangularlo. Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Con paso torpe ha salido tambalendose del molino. Ha encontrado a su mujer acurrucada en un rincn, con las mejillas plidas y la mirada temerosa. Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instante sobre la infeliz, toda trmula, sus ojos sombros, y despus ha murmurado esas palabras melanclicas: --La expiacin! la expiacin! Al or esta frase siniestra, un escalofro recorre el cuerpo de Gertrudis. Sabe algo? Se lo ha confesado todo Juan? Ha descubierto por casualidad el secreto?... O no tiene ms que sospechas?... Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consume de pasin por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece y adelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonmbula. Alrededor de sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez ms alrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar. Martn no ve nada de eso. Todo su ser est embargado por el dolor de haber perdido su hermano. Durante los primeros das ha estado esperando hora tras hora verlo llegar; quiz no se ha dado cuenta de lo que deca en su embriaguez... y l, Martn, ser ciertamente el ltimo en recordrselo! Pero pasan los das, unos despus de otros, sin que Juan reaparezca; su angustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, con poco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muy escasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lo han visto hoy aqu y ayer all, como un vagabundo, pero rodeado siempre de alegres compaeros. En cuanto el diablo de Juan, como le llaman, se presenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones y chocan los vasos; y, cuando la fiesta est en todo su apogeo, a travs de los cristales hechos aicos salen las botellas a la calle. Pero el diablo de Juan paga todo lo que rompe. Convida a todos los que encuentra por el camino... Ah s! es un gran compaero y un bebedor insigne el diablo de Juan. Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de personajes tenebrosos como Lb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de granos, y Hoffmann, de Grnhalde, el corredor de fincas; presentan papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos das... Martn contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como ebrias, unas sobre otras; despus, va a su caja de caudales y paga, sin decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. De buena gana dara la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano! Al fin, manda enganchar el carruaje y l mismo va a buscarlo. Anda leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrn; todos parecen temer que tan pronto como el dueo del molino de Felshammer haya encontrado al borracho de su hermano desaparecern sus pinges beneficios. Cuando Martn empieza a notar que lo engaan, se apodera de l el desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos das en su _despacho_. Durante ese tiempo, se pregunta si no sera conveniente pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sera fcil arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con la polica es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer; su padre se estremecera en la tumba. Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece sentada a la cabecera del lecho, noche y da, vive torturado por las alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el vivo, van a rondar alrededor de l, ora distintos ora confundidos en un slo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas. Tan pronto est casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza que acabe por encontrarlo. XXIV Al fin lo encuentra. Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A travs de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso, pataleos, gritos y cnticos avinados. Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche. Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo. Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor de la cerveza agria. Y all, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas, los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del ltimo lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para l y al que vea convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable desgracia. --Juan!--exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con ruido. Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los bebedores contemplan con la boca abierta al intruso. El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rgido por una angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor; da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos. Es intil; la mano de Martn lo sujeta. --Qudate--grue a su odo una voz sorda. Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa. Martn abre la puerta; y, mostrando con el puo de la fusta la obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala. --Vamos! fuera!--grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la mesa. Los bebedores, jvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado. --Vamos! fuera!--repite Martn haciendo un gesto como para saltar a la garganta del primero que proteste. Dos minutos despus han salido todos... Slo el tabernero est all todava, paralizado por el miedo, detrs del mostrador. Al volverse Martn hacia l, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono llorn del transtorno causado en su tienda. Martn mete la mano en el bolsillo, le tira un puado de monedas de plata y le dice: --Quiero quedarme solo con l! Y cuando ha cerrado la puerta, detrs del tabernero, que sale inclinndose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro entre las manos, permanece inmvil, agazapado en un rincn. Coloca suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trmula de dulzura infinita y de inmensa tristeza: --Levntate, hijo mo, y hablemos. Juan no hace un solo movimiento. --No quieres decirme qu tienes contra m? El desahogo consuela... Alivia tu corazn contndome tus penas. --Consolar mi corazn!... Ay!... La angustia que contraa sus facciones se ha cambiado en una arrogancia sorda, reprimida. Martn, lleno de disgusto y de lstima contempla aquel rostro, cuyas arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan franco de corazn, tan tierno. Es fuerza que las pasiones ms viles se hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible en seis cortas semanas. Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta. --Me has encerrado, no es verdad?--dice con una nueva explosin de risa, que penetra a Martn hasta los tutanos. --S. --Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal? --Juan! --Eres, en efecto, el ms fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy tan dbil que no pueda defenderme. Me tirar carruaje abajo y me romper la cabeza contra una piedra antes que ir contigo. --Piedad, Dios mo!--exclama Martn.--Qu han hecho de ti? Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los frascos de cerveza. --Acabemos!--dice al fin, detenindose.--Qu quieres de m para venir a encerrarme de este modo? Martn, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; despus vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si quisiera sacar las palabras de lo ms profundo de su alma. Pero de qu le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el pobre rstico; cmo encontrar de pronto conceptos expresivos para arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular ms que estas palabras: --Qu te he hecho? Qu te he hecho? Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. Qu ms puede decir? Toda su ternura y todo su dolor estn ah. Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si esperara verla causar un efecto mgico. --Basta; no sabes qu decirme y no puedes decirme nada. He acabado conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. Si supieras por lo que he pasado en estas seis ltimas semanas!... Desde que sal del molino no he dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me aplastara... --Pero, en nombre del cielo, qu tienes? --No me preguntes nada; no conseguirs saberlo... Deja las palabras; son intiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres... --S; por nuestros padres...--balbucea Martn con alegra. Por qu no he pensado en ello ms pronto? --Djalos tranquilos en su tumba!--replica Juan con su sonrisa odiosa.--Eso no reza conmigo. Ellos no pueden impedir que est perdido; no pueden impedir que te odie! Martn lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre el banco. --Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martn Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... Me ha costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te quejes... Creme... me he portado muy bien contigo... ay, hermano!... muy bien. Martn no tiene necesidad de averiguar ms; ve claramente ya la solucin del enigma: la vctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente: --La expiacin! La expiacin!... El otro contina: --Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer... Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello tranquilamente... me voy a Amrica. Martn contempla por un instante su rostro abotagado; despus murmura dulcemente: --Que Dios te acompae! Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa. --Muy pronto--contina el hermano.--Ya me he informado; el primero de octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aqu la semana prxima... T sabrs qu es lo que me corresponde por mi herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de ella lo que tengas en dinero; enva los fondos a Franz Maas, que yo ir a casa de l a buscarlos... --Y no vendrs siquiera una vez al... al?... --Al molino? Jams!--exclama el joven, levantndose con un resplandor inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos. --Y te he de decir adis aqu... aqu... en este lugar inmundo?... adis para toda la vida!... --No puede menos de ser as--dice Juan, bajando la cabeza. Y Martn vuelve a su idea y murmura: --Es la expiacin! Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de l... Est firmemente resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano... en el momento de la separacin. --Adis, hermano--dice aproximndose a Martn, que se deja estar sentado, inmvil.--S feliz y consrvate bueno. Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro pasan en un mismo instante, un sinnmero de imgenes. Se vuelve a ver nio, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo, andando orgulloso del brazo de l; se vuelve a ver, de pie con l, junto al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con l, en el momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre ellos... Y entonces!... entonces!... --Hermano!--exclama. Y con ruidosos sollozos cae a sus pies. --Mi nene! mi querido nene! Y Martn, en medio de sus lgrimas, lanza gritos de alegra y lo besa, lo aprieta contra l, como si quisiera no dejarlo marchar. Al fin te encuentro... Oh Dios! Ahora todo ir bien... no es verdad? Di... todo esto no era ms que pura fantasa, pura locura. T no sabes lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostara a que ya no tienes la menor idea de eso eh? Despiertas, no es verdad que despiertas? Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el corazn y le zumba en los odos, una idea semejante a un vampiro fro y viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese, Gertrudis se ha abandonado... ese mismo da! Y se pone en pie violentamente. Tiene que salir de aquella sala, tiene que dejar de respirar aquella atmsfera, o va a volverse loco! Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece. Rgido de estupor, Martn lo sigue con los ojos un momento; despus se dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de l. --Est demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco; volver. Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonre completamente tranquilo: --Juan ha dejado su gorra... afuera est lloviendo... el viento es fresco... volver. Despus, Martn llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra y manda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: porque, dice con una sonrisa, volver... Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en sus meditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor que se extingue: --Volver! Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoo silba sobre la taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia: --Volver! volver! Pasan las horas, la lmpara se apaga, Martn se ha quedado dormido en su espera y suea con la vuelta de su hermano... Al da siguiente por la maana, lo despiertan. Asustado y tembloroso, mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vaca, en la que su hermano deba acostarse, su primer lecho despus de seis semanas. Se deja estar all tristemente, de pie, con la mirada fija. Despus manda enganchar el carruaje y se va. XXV Ese ao, el otoo ha llegado muy pronto. Desde hace ocho das sopla un viento nordeste, agudo y penetrante, como si se estuviera en noviembre. Los aguaceros azotan en los vidrios, y ya se extiende sobre el suelo una capa de hojas de tilo, de color amarillo obscuro que la humedad convierte en barro. Qu pronto llega la noche! En la tienda del panadero, la lmpara se enciende antes de la hora de comer. Franz Maas est sentado bajo la claraboya, muy ocupado en hacer sus cuentas. Delante de l, sobre la mesa, donde se ven casi siempre en orden, blancos y redondos, pequeos montones de harina de flor, brillan entonces pequeos montones de monedas de plata; y en lugar de los _bretzel_ miserables se oye el crujido de los billetes de banco. Es el tesoro que Martn le confi el ltimo domingo con el encargo de entregarlo a Juan. Ha entregado igualmente una nota en la cual la cuenta de la herencia est detallada hasta el ltimo cntimo. Despus se ha presentado todas las maanas a hacer la misma pregunta: Ha venido? y, al ver la sea negativa de Franz, se ha vuelto sin decir nada. Ese tesoro embaraza al joven panadero. Todas las noches cuenta la suma sobre la mesa, para cerciorarse de que nada ha desaparecido durante el da. En esos momentos est entregado precisamente a esa ocupacin. Es viernes; por fuerza Juan tiene que estar all entonces si quiere llegar a tiempo de alcanzar el vapor que sale de Brema. Juan ha abierto la puerta sin ruido y se detiene detrs del panadero, cuando ste se dispone a guardar bajo llave los cartuchos de monedas. --Todo eso es para m?--pregunta ponindole la mano sobre el hombro. --Alabado sea Dios! Al fin has venido!--exclama Franz alegremente. Despus de una ojeada examina a su amigo, de la cabeza a los pies. Martn haba exagerado cuando le anunciaba, con lgrimas en los ojos, la aparicin de un ser miserable y abatido. Juan Felshammer lleva un traje muy limpio y cuidado: tiene una linda capa nueva, un poco entreabierta, que deja ver un flamante traje gris; sus cabellos, bien peinados, caen sobre el cuello; hasta se ha afeitado... Pero, a decir verdad, su mirada turbia, por la que pasan resplandores inquietantes, las bolsas bajo los ojos, el horrible color de las mejillas, son tristes sntomas en ese rostro, fresco y juvenil hasta hace poco. Y Franz le toma entonces las dos manos. --Juan, Juan, qu te ha sucedido? --Paciencia, ya lo sabrs todo--responde Juan.--Ser preciso que lo confiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabar por ahogarme. --Es cierto entonces? Quieres?... --Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venir a verte he atravesado la aldea por ltima vez. Haba obscurecido; poda aventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba de mis padres, delante de la puerta de la iglesia... y tambin a la Corona, porque deba an una miseria al dueo... --Y has olvidado el molino? Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura: --Ya ir. --Oh! qu alegra tendr Martn!--exclama Franz Maas, rojo tambin por la emocin. --He dicho acaso que ir a ver a Martn?--pregunta Juan entre dientes. Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que lo oprime. --Qu? acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padre como un ladrn, sin dejarte ver de nadie? --No! Ir a despedirme... pero no de Martn. --De quin, entonces?... Desgraciado!... De quin, entonces?--exclama Franz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha. --Cierra la puerta y sintate--dice Juan.--Voy a contrtelo todo. Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas. El aceite crepita en la lmpara que humea. Los dos amigos estn sentados, con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesin; no oculta nada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en que un estremecimiento de horror lo arranc de los brazos de Martn para arrojarlo a la noche lluviosa. --Lo que ha pasado despus--termina,--puede decirse en dos palabras. Corr sin saber adnde, hasta que el agua y el fro me volvieron a la realidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; sub a l y por lo menos me encontr a cubierto. De ese modo llegu a la ciudad, donde he permanecido hasta hoy. Lb Lvi me ha dado cien tleres, y con eso me he comprado ropa; no quera presentarme harapiento delante de Gertrudis. --Desgraciado!... quieres?... --Nada de sermones!--protesta el joven en tono hurao.--Todo est ya convenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontr en la calle y cuya vuelta he esperado. La hall sola en la cocina, y nadie lo ha visto. A las once estar ella en la presa... y yo ay!... yo tambin. --Juan, no hagas eso... te lo suplico!--exclama Franz con angustia;--te va a suceder una desgracia! Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la boca pegada a la oreja de Franz, murmura: --Crees t, pues, mi pobre amigo, que yo sera capaz de ir a vivir y a morir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez? Crees t que tendra yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sin precipitarme en l, si no la hubiese visto otra vez?... Me faltara la respiracin, el alimento se me quedara en la garganta, me consumira vivo, si no la hubiese visto una vez ms! Entonces, Franz renunci a disuadirlo. La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj. --Ya es hora--dice, tomando su gorra.--A las doce pasa la diligencia. Esprame en la posta y llvame dos billetes de cien tleres; eso me bastar para la travesa. Lo restante puedes devolvrselo a l; no lo necesito... Hasta luego. Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar: --Dime, me huele el aliento a aguardiente? --S. El joven lanza una risotada: --Dame dos o tres granos de caf para mascarlos. No quiero causar repugnancia a Gertrudis en el ltimo momento. Y cuando Juan ha satisfecho su deseo, desaparece en la obscuridad. XXVI Hay crecida. Sibilantes y rumorosas, las aguas salen precipitadamente de la presa para ir a perderse con un gruido sordo y quejumbroso en el golfo de espuma, encima del cual parece levantar una bveda brillante el polvo de las olas que se estrellan. Al rumor de la cada se mezcla el rugido de la tormenta. Los viejos lamos que bordan el ro se inclinan unos hacia otros, como fantasmas gigantes que bailan a media noche, en largas filas, una danza mgica. El cielo est velado por nubes sombras, todo es negro en los alrededores; slo la espuma, de color de nieve, esparce un resplandor incierto, que, como la bruma, difuma los contornos de las cosas. Arriba resalta la balaustrada del pequeo pasadizo. En medio de ste es donde los dos se encuentran. Gertrudis, con la cabeza envuelta en un pauelo obscuro, estaba desde haca bastante tiempo debajo de los rboles, abrigndose de la lluvia; y, al ver surgir la alta figura de Juan al otro lado de la presa, se ha lanzado a su encuentro. --Eres t, Gertrudis?--pregunta l apresuradamente tratando de ver su rostro. Ella guarda silencio y se ase a la balaustrada. La espuma baila delante de sus ojos y se tie de mil colores. --Gertrudis--dice el joven tratando de tomarle la mano;--he venido a decirte adis para siempre. Vas a dejarme partir sin una palabra? --Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;--dice ella, retrocediendo ante la mano que la toca.--Juan, he sufrido mucho por causa tuya... he envejecido veinte aos lo menos... Estoy dbil y enferma... ten piedad de m... no me toques... no quiero volver a entrar en la casa de tu hermano manchada con una falta. --Gertrudis has venido aqu para torturarme? --Silencio, Juan, silencio!... No me hagas dao!... Vamos a separarnos puros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda la vida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por el resentimiento. Se detiene aniquilada. Su respiracin es fatigosa. Despus, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, contina: --Yo saba que vendras... hace mucho tiempo, antes de recibir tu billete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra... que tena que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma. Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiracin es ardiente; con una risa estrepitosa dice: --No nos rodea de una aureola este bien intil; estamos condenados en la tierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos... Se interrumpe, prestando atencin. --Calla!... He credo or... en la pradera... Escucha conteniendo la respiracin... No se siente nada... no se ve nada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta. --Bajemos a la orilla--dice.--Nuestras figuras se dibujan aqu contra el cielo. Ella marcha delante, y l la sigue. Pero el suelo est hmedo y la joven resbala; entonces l la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, a la orilla del ro. Sin defensa, ella se aferra a su cuello. --Qu poco pesas desde aquel da!...--dice l en voz baja, dejndola bajar al suelo. --Oh! apenas me reconoceras, si pudieras verme;--replica ella en voz tambin muy baja. --Oh! cunto dara por verte! Y trata de apartarle el pauelo que le cubre el rostro. Un valo plido, dos crculos de sombra negra, en el lugar donde estn los ojos, es todo lo que la obscuridad permite distinguir. --Me parece que estoy ciego--dice l. Y su mano trmula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas, como para reconocer, tocndolas, esas facciones queridas. Ella no retrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. --Cuntas cosas tena que decirte!--murmura la infeliz.--Y ahora no se me ocurre nada, absolutamente nada. El la aprieta entre sus brazos ms estrechamente; y los dos permanecen silenciosos e inmviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia los azota. Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de la trompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido del viento y de la lluvia. --Ha concluido!--dice l temblando.--Tengo que irme! --Ya?... esta noche?--balbucea ella con voz sorda. El dice que s con un ademn. --Y no te ver ya nunca? Un grito domina el ruido del huracn. --Juan!... por piedad, no me abandones!... no puedo... vivir sin ti! Sus dedos se hunden en los hombros de Juan. --No partirs... no lo quiero. El trata de apartarse a la fuerza. --Ah!... te vas... cruel!... Me morir si me abandonas... No puedo... Llvame contigo... Llvame contigo! --Has perdido la razn, desgraciada? Y se oculta el rostro en las manos gimiendo. --Ah! Llamas a esto perder la razn... Acaso el cordero no se rebela cuando lo llevan a... Y t querras? As es como me amas?... --No piensas en Martn? --Es tu hermano! lo s!... Pero s tambin que morir si sigo por ms tiempo al lado de l. Me pongo a temblar slo al pensarlo... Llvame contigo, Juan! Llvame contigo! El la toma por las dos muecas, y sacudindola le dice con voz ahogada: --Pero sabes tambin que yo no soy ms que un miserable, un ser vil y perdido, un borracho, que no sirve para nada? Si me pudieses ver, te dara asco!... Las personas honradas se apartan de m; me he convertido para ellas en un objeto de repulsin... Y te figuras que yo podra amarte? Jams te perdonara haber venido a meterte entre Martn y yo; jams te perdonara el crimen que he cometido con l por culpa tuya. Ese crimen se alzar entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmara de injurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sera un infierno conmigo... Qu dices ahora? Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama: --Llvame contigo! Un grito de alegra feroz se escapa de los labios de Juan. --Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene slo un cuarto de hora. Nadie nos ver ms que Franz Maas... pero l no nos har traicin. Cuando llegues a la ciudad te comprars vestidos... Eh? qu es eso? El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale una claridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a travs del patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire, atraviesa la atmsfera describiendo una curva como un meteoro... XXVII Martn dorma en su lecho. Llaman a la puerta. --Quin est ah? --Yo... David. --Qu quieres? --Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente. Martn salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa. Lanza una mirada a la cama de Gertrudis: est vaca... Seguramente ella est en la sala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueo no le llega con regularidad. --Qu hay?--pregunta Martn al viejo David, que ha entrado en el vestbulo, calado hasta los huesos. --Mi amo!--dice el otro, mirndolo con el rabillo del ojo por debajo de la visera de su gorra...--Llevo veintiocho aos a vuestro servicio... y vuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo... --Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?... --S; pero sucede que esta noche, cuando me despert al or el ruido de la lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estaban levantadas... que eso acabara por retener las aguas y que maana no podramos moler... --No te he dicho quinientas veces, animal--exclama Martn,--que no hay que levantar las esclusas ms que en caso de extrema necesidad? --No las he levantado--responde David. --Ah!... Entonces? --Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo... --Y para eso?... --Y entonces me dije que era una vergenza y un escndalo, y que eso no poda durar... --Djalos que se amen, por todos los diablos! --Y que yo deba hacer saber a mi amo... que el seor Juan y la seora... No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta. Qu le sucede a Martn?... Infeliz! El rostro se le pone amoratado y se congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecen querer saltar de sus rbitas, una espuma blanquecina aparece en los labios. Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David, se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos o tres veces, como si se ahogara; despus ruge, con una violencia desencadenada de repente: --Dnde estn?... Ah! me las pagarn!... Han representado una comedia... Se han burlado de m... Dnde estn?... voy a aplastarlos inmediatamente!... Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanza fuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento despus; encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces la linterna y la arroja lejos de l, en medio del agua; despus, se precipita hacia la presa... --Viene alguien!--murmura Gertrudis apretndose estrechamente contra Juan. --Sin duda van a hacer algo en las esclusas--responde l en el mismo tono.--No te muevas y no tengas miedo. La sombra avanza rpidamente... Un grito, una especie de rugido animal, atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad. --Es Martn!--dice Juan, retirndose algunos pasos. Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y la arrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra ms espesa. Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martn ciego de furor. El hacha que lleva brilla al dbil resplandor de la espuma blanca. Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada la vasta llanura que se extiende, sin un rbol, sin un arbusto, sumida en una obscuridad uniforme. --Vigila la esclusa del molino, David!--grita hacia la casa con voz de trueno.--Estn en la pradera; voy a buscarlos. Juan deja escapar una exclamacin de horror. Ha comprendido la intencin de su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en la isla... Y justamente detrs de Gertrudis pende la cadena que hay que tirar para levantar el puente! Su primer pensamiento es: Defiende a la mujer. Se arranca de los brazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, para ofrecerse como vctima al furor de su hermano. Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro de muerte... al otro lado, Martn fuera de s... El hacha brilla... Pero detrs de ella est la cadena, la anilla de hierro que le toca la cabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todas sus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martn va a poner el pie en el puentecillo, ste se levanta crujiendo. Juan no ve nada de eso; no ve ms que la sombra all arriba, y el brillo del hacha. Unos pasos ms, y la muerte caer sobre l. Entonces, ante lo inminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y lo que ella dijo un da a Martn furioso: --Piensa en Fritz!--grita a su hermano que avanza. Entonces a ste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... un remolino de agua... Ha desaparecido. Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado; delante de l hay un negro agujero. --Hermano! hermano!--exclama con loca angustia. No piensa ya en nada, no siente nada. Slo una idea: Salva a tu hermano! le zumba en la cabeza. Con ademn violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordo de una cada contra la roca viva. Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el agua transparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellino de espuma. Un segundo despus pasa otro bulto... Pasan como dos sombras delante de ella. Alza los ojos. All arriba todo est tranquilo... todo est vaco... La tempestad alla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sin conocimiento. Al da siguiente, por la maana, retiraron del ro los cadveres de los dos hermanos. Se balanceaban uno al lado del otro en las olas, y los enterraron juntos... XXVIII Gertrudis estaba como paralizada por el dolor. Atontada, sin lgrimas, con los ojos inmviles, alejaba a todos sus parientes, incluso a su padre, y slo permita que estuviese a su lado Franz Maas. Este le demostr una amistad leal, alejando a los extraos de la casa, y encargndose de arreglar el asunto con las autoridades. Poco falt para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, se entablase un juicio contra ella. Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiado incompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusacin, bastaron para herir a Gertrudis presentndola a los ojos del mundo como una criminal. Cuanto ms prescinda ella de toda sociedad, cuanto ms decididamente cerraba la puerta del molino a los extraos, ms extravagantes eran los rumores que corran sobre ella. Llamronla desde entonces la bruja del molino; y las historias que de ella se referan pasaron de una generacin a otra. El molino era conocido en el pueblo con el nombre de el molino silencioso. Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, las limpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizo un canal que desvi la corriente principal arriba de Marienfeld, el arroyuelo se convirti en un foso fangoso. Y Gertrudis? Se aisl completamente; muy pronto ni siquiera quiso tolerar junto a ella a su amigo, y le cerr la puerta. Se consideraba criminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en los brazos de la iglesia catlica. Desde entonces se la ve prosternada delante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias, desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras... Expa el gran crimen que se llama juventud. FIN LAS BODAS DE YOLANDA I Estar de pie ah, ante la tumba abierta todava de un viejo camarada, es horrible, seores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies se hunden en la tierra recin removida, uno se retuerce el bigote con expresin idiota y al mismo tiempo, querra aullar de pena. Todo, pues, haba concluido... nada haba que hacer ya... Su muerte nos arrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches y cherry gobblers, fros o calientes. Cuando uno se paseaba con l por el campo, les aseguro, seores, con slo ver su manera de sorber el aire, se poda estar seguro de que acababa de tener una inspiracin. Al sentir el aroma de una maleza cualquiera, haba adivinado en qu clase de vino habra que ponerla en infusin para conseguir una bebida excelente, extra fina... Y qu entretenido era! Nos veamos todas las noches, desde haca aos, fuera que l viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase a caballo a Dbeln; y nunca me haba parecido largo el tiempo que con l pasaba. Tena una mana, sin embargo, una idea fija: el casamiento... Para m, se entiende; porque l... --Gran Dios!--deca;--no espero sino que esta bendita agua se me meta en el corazn, y entonces... reviento. Y eso haba sucedido precisamente... el hombre haba reventado... Ah estaba, tendido a mis pies, en el gran cajn blasonado; me pareca que tena que golpear la tapa y llamarlo: He, Ptz! basta de farsas! sal de ah, que tenemos que hacer nuestro piqu! No se ran seores... el hbito es la ms exigente de las pasiones, y ustedes no saben a cuntos hace morir todos los aos la prdida de sus costumbres: no hay poema, no hay cancin que las celebre, dir, como mi amigo Uhland. Haca un tiempo como para no sacar afuera las narices: lluvia, granizo y viento, todo a la vez. Varios se haban echado encima el impermeable, y el agua formaba arroyuelos sobre la prenda; lo haca tambin a lo largo de sus mejillas, de sus barbas... bien puede haber sido que se mezclaran a ella lgrimas, por que el buen Ptz no dejaba enemigos. Para llevar el luto, lo que se llama propiamente llevar el luto, no haba ms que su hijo Lotario. Este serva en los dragones de la guardia, en Berln, y no haba podido llegar sino el da del fallecimiento. Se haba mostrado buen hijo: haba besado las manos de su padre, haba llorado mucho, despus me haba dado las gracias y luego se haba puesto a dictar rdenes a troche y moche, porque, como ustedes comprenden, un tenientillo as, cuando de repente... En fin, basta; yo estaba all y me haba portado tambin lo mejor que haba podido. Y mientras miraba al guapo mozo de reojo, y lo vea hacerse el valiente y contener las lgrimas, me vinieron a la mente las palabras de mi amigo... Era la vspera de su muerte: Hanckel--me dijo,--ten lstima de m cuando est en la tumba... no abandones a mi hijo. Pienso en estas palabras, y, cuando me llega el turno de echar las tres paladas de tierra en la fosa, dejo caer tambin en ella un juramento silencioso: No amigo, no abandonar nunca a tu hijo... Amn. Todo tiene fin. Los sepultureros haban formado con el barro una especie de montculo sobre el cual haban arreglado, medio bien, medio mal, las coronas; no haba mujer alguna en el entierro que se encargara de eso. Los vecinos se haban retirado; no quedbamos ya sino el pastor, Lotario y yo. El joven pareca petrificado; miraba la tumba como si hubiera querido volver a abrirla con los ojos, y el viento le suba el cuello de la capa militar por arriba de las orejas. El pastor le palme suavemente el hombro: --Seor barn, quiere permitirle a un viejo que le dirija algunas palabras? Pero yo lo llev a un lado y le dije: --Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le d un buen grog. Su tnica me parece un poco liviana. --Hum...--contest con expresin maliciosa;--nadie lo dira, pero tengo debajo una levita. --No importa--repliqu;--ser mejor que se vuelva. Del joven me encargo yo; s mejor que usted dnde tiene la herida. Y nos dej solos. --Vamos, muchacho--dije a Lotario;--t no puedes devolverle la vida. Vamos a tu casa, y, si quieres, pasar la noche a tu lado. --No vale la pena, mi to--respondi. Me llamaba to desde que habamos convenido en ello una vez, bromeando. Y su semblante duro y cerrado pareca preguntar: Por qu me incomodas en mi dolor? --Tal vez tengamos que hablar de intereses--insist. El no dijo una palabra. Todos ustedes saben, seores, lo que es una casa mortuoria cuando se vuelve as del cementerio... el olor a fretro, un olor a madera fresca, y las ramas de abeto... y las hojas cadas de las coronas... y las flores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana--ella era la que me cuidaba la casa entonces, ha muerto tambin hace mucho tiempo, la buena vieja...--se haba esforzado por poner un poco en orden la casa de Ptz; haba hecho sacar los paos negros, el catafalco... pero, en tan poco tiempo, no se haba podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dej irse. Despus fui a buscar al stano de Ptz una botella de su mejor Oporto, y me instal frente al joven que, sentado en el sof, haca bailar la punta de su sable sobre la bota. He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, un verdadero dragn... un mostacho enmaraado, cejas negras, gruesas; y debajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque los cabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a los jvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esa elegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemos ambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablo sabe por qu. Brind con l, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunt: --Y qu piensas hacer? --Qu s yo?--masculla, lanzndome una mirada de animal acosado. S, s, la cuestin era esa... La fortuna del viejo nunca haba sido brillante... y sin hablar de su pasin por todo lo que se bebe... y luego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a l siempre; y, sobre todo, el hijo que viva desde haca aos como si los margales de Dbeln hubieran sido minas de plata... --Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todava no, tal vez eh?--pregunt. --Una suma respetable, mi to--responde. --Eso cae mal--dije;--toda la posesin est gravada con hipotecas, hay reparaciones urgentes que hacer, y t lo sabes, la agricultura no rinde nada. --Entonces, mi dimisin?--pregunta mirndome fijamente como el acusado que espera el fallo del consejo de guerra. --A menos que t tengas _in petto_ alguna rica heredera que te saque del atolladero.... Mene violentamente la cabeza. --Entonces, s; tu dimisin. --Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... qu te parece? --No te da vergenza muchacho?--dije.--No se vende la camisa que se tiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama. --Hablas de la cosa muy cmodamente, m to... No estoy entre las manos de los usureros? Yo pregunto: --Cunto es? El me dice una suma... No la repetir, porque soy yo el que la ha pagado. Le plante entonces mis condiciones. Primo: dimisin inmediata. Secundo: obligacin de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia al pleito. Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, haba sido durante aos el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herencia y, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se haban tragado ya tres veces lo que vala el guiapo. Como Krakow era de mal dormir, la querella se haba enconado y haba degenerado en odio personal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Ptz, con su flema bondadosa, se obstinaba en ver slo el lado humorstico de la cuestin. El otro, por el contrario, haba jurado ante testigos que no se dara por satisfecho sino cuando hubiera echado a Ptz y a los suyos de Dbeln, corridos por los perros. S; esas eran mis condiciones, y Lotario las acept. De buen grado o no, no lo s; no trat de aclarar ese punto. Resolv dar yo mismo los primeros pasos junto a Krakow para llegar a un arreglo, bien que no estuviese yo para l en olor de santidad. Por el contrario, yo poda pensar fundadamente que sus amenazas se dirigan a m tambin, pues los dos habamos tenido ya nuestros dimes y diretes en el concejo municipal. Pero... vamos a ver, mrenme un poco; sin alabarme, tengo talla como para derribar a un dogo de un puetazo, no como para emprender la fuga ante miserables gozquecillos. Ah, pero!... II Seores, esper tres das para dejar que la cosa madurara un poco; despus, mi carruaje de caza fuera de la cochera, mis dos trotones con las pecheras, y en camino a Krakowitz. Linda propiedad, no hay que decir. Un poco despechugada, pero soberbia... Demasiadas tierras negras de barbecho... pero quizs para la colza del invierno... El trigo?... as, as... El ganado?... magnfico. Entro en el patio de la posesin... Saben ustedes, seores?... Para m, el patio de una granja es como el corazn humano. Por poco que sepa leer en l, ya no habr medio de hacer tomar a ustedes una X por una V. Hay corazones que estn abandonados, pero se adivinan lingotes de oro debajo del barro; otros son brillantes... corazones bien nutridos, por decirlo as, de arsnico... Relucen, centellean de lejos como de cerca; al verlos, no se puede menos de exclamar: Rayos y truenos!... y no son ms que oropel. Los hay que se espantan, los hay que se encogen, hgase lo que se haga... En fin, adelante. Un poco de todo eso era el patio de Krakowitz. Graneros esplndidos... carretones mal cuidados... magnficos montones de estircol, y caballerizas en desorden. Se comprenda que el capricho reinaba all soberano, con un asomo de avaricia quiz... o de escasez? Es tan difcil poder determinar eso en el primer momento! La casa de los seores: dos pisos, un techo de tejas rojas con canaletas amarillas, yedra alrededor; buen aspecto, en resumen. Y un no s qu de... en fin, ustedes comprenden... --El seor barn est en casa? --S; a quin tengo que anunciar? --A Hanckel, al barn Hanckel de Ilgenstein. --Tmese la molestia de entrar. Entr, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejos cuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cmodo. Oigo que echan votos detrs de la puerta: --Ese maricn? Pues es descaro!... Era el alma maldita de Ptz, el muy canalla! Lindo recibimiento, pens. Voces de mujeres se interpusieron: --Pero, pap...--malla una. --Pero, hombre...--chilla otra. Oh, la, la!... Ah entra, Seores. Si yo no lo hubiera odo en ese mismo instante, con mis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pcaro resplandece, sus ojos de gardua pestaean de placer. --Vecino!... amigo!... qu felicidad! --Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he odo todo. --Qu ha odo, querido amigo? qu es eso? --Los ttulos que me ha acordado usted: maricn, y Dios sabe qu ms. Y l, sin alterarse en lo ms mnimo: --Siempre lo he dicho, todos los das se lo estoy diciendo a mi mujer: las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejo amigo. Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubiera puesto de parte de Ptz. Y en este momento las seoras estn preparando un ponche... con esto le digo todo. Por qu no vena usted nunca a mi casa?... Yolanda!... Es mi hija... Yolanda!... Es la alegra de mi alma... No me oye. Bien deca yo a usted... las puertas no sirven para nada. Pero ellas estn espiando por el ojo de la llave... Largo de ah, escuerzos!... Siente usted como escapan? Je, je!... estas mujeres!... Cmo enojarse, seores? No fui capaz de eso. Tengo el cuero demasiado grueso? En fin, no pude hacerlo. Qu figura tena el hombre?... No me pasaba una lnea de la cintura. Redondo, gordo, con las piernas como una O; y, sobre esa panza, una verdadera cabeza de apstol... Pedro, Andrs o cualquiera de ellos. Una linda barba redondeada, con dos mechas blancas que bajaban de la extremidad de los labios; una piel de pergamino amarillento, toda arrugada alrededor de los ojos, la cabeza calva, pero con dos tups grises desgreados, arriba de las orejas. Y el buen hombre da vueltas en derredor mo, como picado por la tarntula. No crean, seores, sin embargo, que me dej impresionar por sus visajes. Lo conoc haca ya mucho tiempo para saber lo que el hombre poda tener en el vientre... Pero--trtenme de sinvergenza, si quieren,--el hombre me gustaba. Y el ambiente tambin me gustaba. Haba all cierto rinconcito junto a la ventana... maderajes esculpidos... A fuera, la yedra trepaba... y el sol brillaba a travs del follaje verde... Muy atrayente... Sobre la mesa, un ovillo de lana en una concha de marfil; a un lado, un diario ilustrado y un pedazo de torta cercenada... Muy atrayente, les digo... Nos sentamos, pues, y una criada trajo cigarros. No valan nada, pero el humo bailaba tan alegremente a los rayos del sol que me olvid de tirarlo cuando la punta empez a quemar. Quiero empezar a hablar de intereses, pero l me pone la mano en el hombro y dice: --Amigo, generoso amigo, despus del caf... --Permtame, Krakow... --Amigo, generoso amigo, despus del caf. Me inform entonces cortsmente de sus propiedades, y lo dej entregarse a desatinadas jactancias a propsito de sus innovaciones, que no valan un clavo, segn lo saba yo de mucho tiempo atrs. La baronesa hizo su entrada. Un viejo objeto de arte... fino, distinguido. Grandes ojos azules alargados, cabellos de plata cubiertos por una pequea toca de encaje negro, una sonrisa dolorida, manos muy delgadas; el conjunto un poco delicado para la mujer de un hidalgo rural y, sobre todo, de un patn como se. Me da cortsmente los buenos das, mientras el viejo grita a voz en cuello: --Yolanda!... Eh! dnde te has metido? Hay un soltero aqu... un pretendiente... un pretendiente... --Krakow!--le digo, todo turbado;--no se burle as de un viejo grun como yo! Y la baronesa salva la situacin, diciendo con expresin graciosa: --No tema nada, barn; nosotras, las madres, hace diez aos que lo hemos abandonado a usted como incurable. --Pero bien podra dejarse ver, a pesar de todo!--alla el viejo. Al fin, llega ella... Caramba, seores! atencin! Me qued con la boca abierta... De la raza, seores, de la raza!... Un cuerpo de joven reina... largos cabellos que desarrollan sus anillos sobre los hombros, cabellos de color moreno dorado, como una melena... un cuello blanco, carnudo, voluptuoso... la garganta no muy alta, y un poco ostentosa... eso que llamamos, en trminos ecuestres, un pecho de len... Parece que respira con todo el cuerpo, tan poderosamente pasa el aire por ese organismo joven y vigoroso... hombros y brazos elegantes... las caderas poco desarrolladas todava, pero bien formadas para la dilatacin normal. Seores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador; s muy bien cunto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquier especie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto, no hay ms que hacer que juntar las manos y rezar: Dios mo! yo te agradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientras existan cuerpos as aqu abajo, no debemos desesperar de las almas... Lo que no me llen en el primer momento fueron los ojos. Eran demasiado soadores, de color azul demasiado plido para esa criatura exuberante de vida. Parecan ahogarse en xtasis; sin embargo, los prpados, medio bajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienen los perros malos a quienes se castiga con frecuencia. El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande. --Esta es _mi_ obra! Soy _yo_ el que ha hecho esto! _Yo_ soy su padre!...--etctera. --Ella se desprende y se pone de color de prpura. Tiene vergenza. Entonces las seoras preparan la mesa para el caf. Barquillos cuscurrosos, confituras rusas, mantelera adamascada, cucharas y cuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vapor azulado que se escapa del aparato del caf y que da al conjunto cierto tono ms ntimo. Nos sentamos y bebimos. El viejo se holgaba extraordinariamente; la baronesa se sonrea con expresin resignada, y Yolanda me haca ojitos. S, seores; me haca ojitos. Ustedes estn todava en la edad en que una cosa as les pasa a menudo; pero, cuando hayan cumplido los cuarenta y tengan plena conciencia de su vientre gordo y de su calvicie, vern ustedes qu agradecimiento sienten para con la camarera o la primer criada que se les presente y que se tome el trabajo de dirigirles miraditas... Y piensan, pues, lo que ser cuando se trata de una maravilla semejante, de una criatura de lo ms elegido y de lo ms gracioso!... Pens al principio que me equivocaba... despus procur disimular mis manos coloradas, luego tuve un acceso de tos... Me trat de animal, de fatuo, pens en marcharme, y, por ltimo, me puse a contemplar fijamente, todo aturullado, el fondo de mi taza... como una jovencita! Pero, cuando levantaba la cabeza, y fuerza era hacer eso de tiempo en tiempo, encontraba siempre la mirada de esos grandes ojos azules soadores, que parecan decirme: No has comprendido, pues, todava, que yo soy una princesa encantada y que t debes libertarme? --Sabe usted por qu le he dado ese nombre estrambtico?--me pregunt el viejo haciendo una mueca del lado de ella, con expresin maliciosa. Entonces ella ech desdeosamente la cabeza para atrs, y se levant. Deba conocer la broma. --Vea cmo sucedi la cosa. Tena ocho das la chicuela... estaba acostada en su cama... sacudiendo sus piernitas... unas piernitas rollizas, verdaderos salchichones... y un traserito... no le digo nada!... Rayos y truenos! Yo no me anim ya a levantar los ojos, tan abochornado estaba! La baronesa finga no or nada y Yolanda haba salido de la pieza. En cuanto al viejo, ste reventaba de risa. --Ja, ja!... S, todo rosado... y los paales haban dejado en l marcas... un verdadero mapa geogrfico... y qu delicado y bien formado!... un ptalo de rosa! Al ver eso me dije, en mi orgullo de padre joven: Esta ser hermosa y coqueta, y menear las piernas toda la vida. Es preciso que tenga un nombre potico; eso le dar ms valor a los ojos de los pretendientes. Busco en mi biblioteca. Tecla, Hero, Irsa, Anglica... no, demasiado empalagoso: con cualquiera de esos nombres, ella no pescara para marido sino un empleadito sin fortuna... o bien, Rosaura, Carmen, Beatriz, Wanda... tampoco, demasiado ardiente: ella huira con el primer regidor que se presentara, porque si sigue siempre la suerte del nombre que se lleva... En fin, encontr Yolanda. Este, s; est hecho para los enamorados, se deshace en la lengua, sin inspirar, sin embargo, malos pensamientos; excita y calma al mismo tiempo; y atrae y da intenciones serias. Eso era lo que yo haba calculado, y era muy justo... Pero, ahora... ella es capaz de quedarse para vestir imgenes con todas sus cortedades y melindres! Yolanda volvi entonces, con los ojos bajos, con la expresin de una inocente injustamente acusada. La pobrecita criatura me dio lstima; para cambiar violentamente de conversacin, abord el captulo de los intereses. Las seoras despejaron la mesa en silencio, el viejo emborr su pipa, negra como un carbn, y pareci dispuesto a escucharme pacientemente. Pero, apenas hube pronunciado el nombre de Ptz, salt de su silla y tir la pipa contra la estufa, donde se rompi mientras el tabaco se esparca en chispas. Y si le hubieran visto ustedes la cara! Les habra dado miedo. Morada, hinchada, como si le fuera a dar un ataque. --Seor!--grit.--Ha aceptado usted mi hospitalidad para venir a envenenarme la casa?... No sabe usted que ese nombre maldito no debe pronunciarse aqu? No sabe usted que yo maldigo a ese bribn hasta en su tumba? que maldigo a su progenitura, que maldigo a todos los que...? No pudo continuar; se ahogaba, y le acometi un violento acceso de tos. Tuvo que sentarse otra vez en el silln, y la baronesa le hizo beber agua azucarada. Tom silenciosamente mi sombrero. Entonces mi mirada cay sobre Yolanda. Blanca como la tiza, con las manos juntas, estaba all, de pie, abochornada y desesperada; pareca pedirme perdn, y, al mismo tiempo, implorar mi apoyo. Resolv, pues, decir por lo menos una palabra de despedida, y esper con toda calma a que el viejo, que gema y jadeaba todava, estuviese lo bastante tranquilo para comprenderme. Entonces, dije: --Debe usted encontrar natural, seor de Krakow... que con su salida contra mi amigo y contra su hijo, a quien quiero como si fuera mo, nuestras relaciones... Krakow golpe con los pies y con las manos para impedirme continuar; y, despus de unos cuantos gruidos sofocados, acab por recobrar la palabra: --Esta asma, esta asma infernal... una verdadera cuerda alrededor del cuello... crac!... cerrado el gaznate... Quieres hablar, querido? Buenas noches! Quieres respirar, querido? Chito!... Pero qu es lo que est diciendo usted ah de _nuestras_ relaciones? _Nuestras_ relaciones, esto es, las relaciones entre _usted_ y _yo_, no se han enturbiado nunca, amigo de corazn; son las mejores relaciones del mundo, amigo de mi alma. Y si yo he insultado al otro, al pleitista, al... al... noble, al honorable... pues bien! me retracto, me declaro un cobarde, pero que nadie me hable de l. Yo no quiero acordarme de que su nombre puede existir, porque para m ha muerto entiende usted?... ha muerto... muerto... E hizo con el dedo una cruz en el aire, mirndome con expresin de triunfo, como si con eso hubiera dado el golpe de gracia a mi pobre Ptz. --Eso no impide, seor de Krakow--dije,--que... --Cmo! qu es lo que no impide?... Usted es mi amigo, usted es el amigo de mi familia! Vea a las seoras, estn locas por usted!... Eh! no tengas reparo, Yolanda... hazle ojitos, hija ma... crees que no te estoy viendo, mocosa? Ella no se sonroj, no se turb siquiera. Lo nico que hizo fue levantar un poco sus manos juntas en direccin a m. Eso era tan conmovedor, tan lleno de abandono, que me sent completamente desarmado. Volv a sentarme, pues, por un momento... habl de cosas indiferentes... y me desped, en cuanto pude hacerlo sin demostrar enojo. Acompalo--dijo el viejo a Yolanda,--y s amable con l; es el hombre ms rico de estas tierras. Esta vez todos soltamos la carcajada; pero, mientras atravesaba a mi lado el vestbulo obscuro, Yolanda me dijo en voz baja, y en tono triste e inquieto: --Usted no vendr ms, estoy segura. --As es, seorita--respond francamente. E iba a hacerle ver mis razones, cuando ella me tom la mano, la oprimi entre las suyas, tan blancas, tan diminutas, murmurando con lgrimas en los ojos: --Ah! vuelva, se lo ruego!... vuelva! S, s; ah tienen ustedes lo que son las cosas... Esas pocas palabras me trastornaron la cabeza, como buen viejo idiota que era. Hice todo el camino mascando cigarros, que, en mi turbacin, me olvidaba siempre de encender... En cuanto llegu a casa, corr al espejo. Enciendo todas las bujas, echo el cerrojo, cierro los postigos, me examino por delante, por detrs, y de perfil tambin, por medio de un espejo de mano. El resultado fue aplastador... Una cabeza grandota, calva... una nuca enorme... bolsas debajo los ojos... papada... y, encima de todo eso, un color cobrizo como el de un caldero expuesto por mucho tiempo a la accin del fuego. Pero, peor todava: al contemplarme as, de arriba a abajo, con mis seis pies de estatura, comprendo de repente por qu me han llamado siempre: El bueno de Hanckel. Ya en el regimiento decan: Hanckel?... no es un guila, no; pero qu buen muchacho! Y cuando le ponen a uno esa marca, la vida no es ya ms que una larga serie de ocasiones de que uno haga honor a su ttulo. Lo miman a uno, se burlan de uno, lo amuelan todo el santo da. Intenta uno una tmida resistencia, y le observan: Cmo? Y usted es el que pretende ser un buen muchacho?... Es intil que uno proteste: Pero si yo no soy un buen muchacho!... Tiene que serlo a la fuerza, porque as lo han medido y lo han marcado... Y un hombre de ese temple es el que quiere meterse ahora en historias de mujeres! Las mujeres, que siempre estn pensando en alguna cosa diablica, y que, para que puedan querer bien, tienen que ser tratadas como animales, engaadas, abandonadas por el que ellas adoran!... No hagas estupideces, Hanckel me dije, deja tu espejo, apaga tus luces, manda a paseo tus ideas insensatas, y mtete en cama. Yo tena una cama, seores, y la tengo todava, una cama de abeto completamente ordinaria, estrecha como un atad, de correas, sin colchn de lana ni de plumas; una piel de ciervo por toda cobija, y un jergn al que se le renueva la paja dos veces al ao, y que constituye el nico lujo. Siempre le estn hablando a uno, seores, del lecho de campaa de los hombres clebres... esos que estn expuestos en los palacios y museos patriticos; y, cuando los visitantes pasan por delante de ellos, no dejan nunca de exclamar, alzando los brazos al cielo: Qu fuerza de voluntad! qu sencillez espartana!... Farsa, seores, pura farsa! De ninguna manera se duerme mejor que sobre una tabla; naturalmente, con tal que se tenga una jornada de trabajo _detrs de uno_, una buena conciencia _dentro de uno_, y ninguna mujer _al lado de uno_... tres cosas ms o menos sinnimas. Se echa uno, se estira, dndose benficos calambres, hasta que los dedos de los pies tocan el respaldo de la cama; trae uno las cobijas hasta la boca, hace su hoyo en la almohada, toma despus un buen libro que lo est esperando sobre la mesa de noche, y gime uno de satisfaccin... Eso mismo fue lo que hice yo aquella noche, as que hubo vencido la tentacin; y, mientras me iba quedando dormido, pensaba para mis adentros: No, no; ninguna mujer te har ser infiel a tu catre duro y estrecho de soltero... Aun cuando se llame Yolanda, y aun cuando sea de la sangre ms noble y pura que haya puesto Dios sobre la tierra... S; esa menos que cualquier otra... Porque... quin sabe!... III Al da siguiente, presento mi informe al joven, sin decir una sola palabra, naturalmente, sobre mis tonteras de la vspera. El me clava sus ojos negros, ardientes: --No hablemos ms de la cosa--dice.--Me lo esperaba. Ocho das despus vuelve a tratar del asunto, como quien no quiere la cosa: --Sin embargo, deberas ir otra vez a Krakowitz, to. --Ests loco, muchacho?--exclamo. Pero, al mismo tiempo, me siento tan feliz como si la suave mano de una mujer me acariciara la nuca. --No tienes necesidad de hablar de m--agrega, mirndose las puntas de las botas;--pero si t fueras all a menudo, quiz las cosas se arreglaran por s solas. Es tan fcil, seores, hacer cambiar mis resoluciones ms sagradas como hacer balancear una espiga... Volv, pues, a Krakowitz... Y, volv otra vez, y otra vez... Aguant las burlas del viejo, beb el caf que su mujer me haca, y escuch con beatitud las lindas arias que Yolanda me cantaba; aunque la msica... en general... Cuanto ms iba a Krakowitz, tanto ms incmodo me senta; pero era como si me arrastraran all mil brazos, y no poda resistirme de ningn modo. Ella segua, como siempre, echndome miradas de reojo; pero que significaban esas miradas? eran un reproche, un llamamiento, o simplemente el placer de verse admirada? No poda adivinarlo. En fin, a mi tercera o cuarta, he aqu lo que sucedi. Seran las doce del da apenas, y haca un calor atroz; y yo, aburrido e impaciente, parto para Krakowitz. --El seor y la seora estn durmiendo la siesta--me dice el criado;--pero la seorita est en el terrado. Tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazn; quise volverme inmediatamente; pero, de pronto, la veo delante de m, blanca y altiva, con su traje de muselina; parece esculpida en mrmol; mi vieja locura recrudece con ms fuerza que nunca. --Cunto le agradezco que haya venido, barn!--me dijo.--Me aburra mortalmente. Vamos al jardn?... quiere? Hay all un cenador muy fresco, en el que podremos conversar tranquilamente. Pasa entonces su brazo por debajo del mo, y yo siento un estremecimiento. Les aseguro, seores, que en aquellos momentos me habra sido ms fcil asaltar una fortaleza que bajar del terrado. Ella no dice nada, y yo tampoco. El silencio se hace abrumador. Cruje el casquijo, zumban los insectos en las espreas; pero, por lo dems, ningn ruido. Ella se ha colgado confiadamente de mi brazo, y me obliga a detenerme a cada momento, cuando se inclina para arrancar una hierba o coger una brizna de reseda, con la que se acaricia la punta de la nariz, para tirarla en seguida. --Querra poder amar las flores--dice.--Hay tantos que las aman... o que dicen que las aman!... Tratndose de amor, una no sabe nunca la verdad. --Por qu?--le pregunt.--No puede suceder que dos seres se quieran bien y se lo digan, sin frases rebuscadas ni segunda intencin? --_Se quieran bien! se quieran bien!_--repite ella con expresin de mofa.--Usted es de hielo, entonces, desde que para usted todo el amor consiste en _quererse bien_? --Sea yo o no de hielo, el resultado es el mismo, desgraciadamente. --S; usted tiene un corazn de oro--dice ella, mirndome de reojo con un poco de coquetera;--todo lo que usted piensa le sale de los labios francamente. --Tambin s callarme. --Oh, bien lo veo!--se apresura a decirme.--A usted yo podra confiarle todo, todo. Y me parece que me aprieta ligeramente el brazo. Qu querr de ti? me digo, y el corazn parece querer salrseme por la garganta. Llegamos delante del cenador, un cenador de aristoloquias... ustedes saben, esas hojas anchas de forma de corazn que interceptan todo rayo de luz. En un cenador de ese gnero siempre es de noche, cmo ustedes saben... Y entonces, ella me suelta el brazo, se agacha hasta tocar el suelo, y, arrastrndose, se introduce por un boquete en el tallar, cuyas ramas entrelazadas cierran toda otra entrada. Y yo, el barn de Hanckel de Ilgenstein, modelo de dignidad y de circunspeccin, me deslizo a cuatro pies detrs de ella, por esa abertura poco ms grande que la boca de un horno. S, seores; ah tienen ustedes lo que le hacen hacer a uno las mujeres. Y, dentro del cenador, en la penumbra fresca, ella se tiende a medias sobre el banco carcomido... Se seca con el pauelo la frente, el cuello, hasta el escote de la bata... Qu hermosa es as! qu hermosa! Y mientras yo me dejo estar de pie, resollando como una foca, porque a los cuarenta y siete aos, seores, uno no se pasea ya impunemente a cuatro patas, ella suelta una carcajada breve, dura, forzada. --Rase usted de m!--le digo. --Si supiera usted cun pocas ganas tengo de rerme!--me dice, haciendo una mueca de dolor. Y se restablece el silencio. Ella mira al suelo, frunciendo las cejas, y su garganta se hincha y se deshincha acompasadamente. --En qu est pensando?--le pregunto. Ella se encoge de hombros. --Pensar? para qu pensar?--responde.--Estoy cansada, querra dormir. --Y bien, duerma. --Pero usted tambin. --Bueno; yo tambin. Y, me tiendo a medias, como ella, sobre el banco de enfrente. --Pero cierre los ojos--me dice. Y, sumiso, cierro los ojos... Veo soles, ruedas verdes y haces de fuego, sin parar un momento... eso tiene por causa la agitacin de la sangre, seores... Y, de tiempo en tiempo, una idea, como un relmpago, cruza por mi mente: Hanckel, te ests poniendo en ridculo. Todo est tan callado, que oigo a los escarabajos que trepan a lo largo de las hojas... Hasta la respiracin de ella ha cesado. Tengo que ver, sin embargo, lo que hace, me digo, con el deseo secreto de admirarla a mi gusto durante su sueo. Pero, cuando, a hurtadillas, me aventuro a levantar un poco, un poquitito, los prpados, veo... ah seores, siento fro en la espalda todava!... veo sus ojos completamente abiertos, fijos en m, feroces, devoradores, me atrever a decir. --Yolanda, hija ma--exclamo;--por qu me mira as? qu le he hecho? Ella se estremece, se pasa, como si hubiera estado soando, la mano por la frente y por las mejillas, y se esfuerza por rer, con la misma risa breve, entrecortada, de un momento antes, y en seguida estalla en sollozos y llora, llora a lgrima viva. Me precipito hacia ella; querra acariciarle los cabellos, pero mi valor no da para tanto. Le pregunto qu es lo que la apena, si no quiere tener confianza en m, y otras cosas por el estilo. --Ah! soy el ser ms desamparado, ms miserable del mundo!--exclama con un gemido. --Y por qu? --Quiero hacer una cosa... una cosa terrible... y no tengo valor para ello. --De qu se trata? --No puedo decirlo... no puedo decirlo... Y no sale de eso, a pesar de todos mis esfuerzos para que se decida a hablar. Pero, poco a poco, su fisonoma se transforma, adopta una expresin resuelta, sombra, y sus labios acaban por murmurar amargamente: --Quiero salir de esta casa... Quiero fugarme... --Gran Dios! y con quin?--pregunto consternado. Ella se encoge de hombros: --Con quin? S nadie en el mundo se interesa por m!... ni un cuidador de vacas siquiera!... Pero tengo que irme a la fuerza. Aqu una acaba por perder toda esperanza, por morirse... Y, como nadie viene, huir sola. --Pero, mi querida seorita, comprendo que se aburra usted un poco en Krakowitz; es muy aislado esto... y su seor padre tiene historias con todo el gnero humano... Pero, en fin, si usted tiene ganas de casarse, una mujer como usted no tiene ms que hacer que levantar el dedo meique. --Oh, cllese!--me responde;--esas son frases. Quin me querra a m? Conoce usted a alguno que me quiera? El corazn me late desesperadamente. Yo no quiero decirle... sera una locura... y, sin embargo, me pongo a asegurarle que yo no hago frases, que deseara probrselo, o cosa as... Porque, a hacerle una declaracin en regla, por el momento gran Dios! no me atrevo. Ella cierra los ojos, suspira profundamente, y, ponindome la mano en el brazo, dice: --Antes de que se vaya, tengo que hacerle saber una cosa, para que no se deje engaar tan miserablemente. Mis padres no estn durmiendo... En cuanto oyeron su coche, se encerraron... es decir, l fue el que la oblig a mam... Esta entrevista nuestra en este sitio es una cosa preparada. Yo tengo que transtornarle a usted la cabeza para que usted se case conmigo. Desde el da que hizo usted su primera visita, los dos no hacen ms que atormentarme, l con sus reprensiones, ella con sus ruegos. Que yo no debo perder esta ocasin, porque un partido as no volver a presentarse nunca. Perdneme seor, pero yo no quera; aun cuando hubiera sentido simpata por usted al principio, la insistencia de ellos habra bastado para desanimarme. Pero, ahora, que he abierto a usted mi corazn, ahora s, quiero. Si yo le gusto, tmeme, soy suya. Pnganse ustedes, seores, en mi lugar. Una joven hermosa, una Tusnelda, una Venus, que en su orgullo y desesperacin se echa en los brazos de un hombre valiente, corpulento, que frisa ya en los cincuenta aos... No hubiera sido una especie de sacrilegio apoderarse de esa felicidad y arrebatarla apresuradamente, como un ladrn? --Yolanda--le digo;--querida nia, se da usted cuenta de lo que est haciendo? --S--me responde con una sonrisa que da lstima;--me rebajo ante Dios, ante mis propios ojos, y ante los ojos de usted... me hago esclava suya, cosa suya... y con esto, lo engao, sin embargo... --Quiz no pueda usted soportarme... Entonces, ella me hace ojitos... me mira dulcemente con sus ojos inocentes, con sus queridos ojos de color azul plido, y murmura con voz lnguida: --Usted es el hombre mejor y ms noble del mundo; yo podra amarlo, adorarlo, pero... --Pero, qu? --Ah! qu feo, qu bajo es todo esto!... Dgame que no quiere saber nada conmigo, que me desprecia. No merezco otra cosa. Me pareca que el mundo entero daba vueltas a mi alrededor, y tuve que hacer un llamamiento a todo lo que me quedaba de buen sentido para no cogerla y estrecharla entre mis brazos. Gracias a ese poquito de buen sentido que me quedaba, le dije: --Yo no quiero, mi querida nia, aprovecharme de un momento de emocin. Usted podra arrepentirse de ello despus, y sera demasiado tarde. Esperar ocho das; entretanto, usted reflexiona. Si, para entonces, usted no me escribe: He cambiado de idea, queda convenido: vendr a pedirla a sus padres. Pero pese bien el pro y el contra, antes de decidirse; no se eche de cabeza en su desgracia. Entonces, seores, ella se precipit a tomarme la mano, esta manaza fea, curtida, rugosa; y, antes que yo pudiera impedirlo, apoy en ella sus labios. Slo ms tarde, mucho ms tarde, he comprendido lo que significaba ese beso. Cuando hubimos salido del cenador, yo otra vez en cuatro pies detrs de ella, omos de lejos al viejo que gritaba: --Es posible? Hanckel, mi amigo Hanckel, est aqu? Por qu no me han despertado entonces, cretinos, idiotas, miserables? Mi amigo Hanckel aqu, y yo roncando! runfla de canallas!... Yolanda se puso colorada de vergenza; y, para hacerle menos penoso ese momento, le dije: --Djelo estar, que lo conozco bien. S, s, seores; yo conoca bien al viejo... pero a la hija, a sa no la conoca. IV Ah tienen ustedes, pues, en lo que estbamos. Al volver a casa, iba repitindome incesantemente por el camino: Hanckel, esto s que es tener suerte! A tu edad, un tesoro como ese!... Grita, pues, salta como un loco! Es lo menos que puedes hacer despus de un acontecimiento semejante!... Y, sin embargo, yo no senta la ms mnima gana de saltar o de gritar. Una vez en casa, arregl mis cuentas de la semana y mand que me prepararan un grog. Esa fue toda la fiesta que hice. Al da siguiente, llega Lotario Ptz, de uniforme. --Siempre de servicio, muchacho?--le pregunto. --Mi dimisin no ha sido aceptada todava--responde mirndome con ojos atravesados, como si yo fuera la causa de todas sus desgracias.--Por otra parte, mi licencia est por terminar y tengo que volver a Berln. Le pregunto si no podra conseguir una prrroga, pero bien veo que no la quiere: Echa de menos el crculo... Todos sabemos lo que es eso. Y, adems, tiene que vender sus muebles y que arreglarse con sus acreedores. --Vete, pues--le digo;--y Dios te acompae, hijo mo. Por un instante me pregunto si voy a confiarle mi nueva felicidad; pero no me atrevo. Estoy seguro de que pondra una cara de imbcil al hacerle esa confesin, y me callo... adems, podra ser que Yolanda cambiara de idea y, sondando el fondo de mi corazn, creo que anhelo eso tanto como lo temo. Experimentaba un sentimiento... bah! para qu querer poner en limpio los sentimientos? Los hechos hablarn. A la maana del octavo da, el cartero me trajo un sobre, con los bordes dorados... escrito por ella... Al principio me sobrecogi un gran miedo, y los ojos se me llenaron de lgrimas. Me dije: Ya est, querido amigo, te han mandado el hoyo... Pero, en seguida, sent una gran tranquilidad. Mientras abra el sobre con unas tijeras, deseaba casi encontrarme con una repulsa brutal y definitiva. Y le. Amigo mo: Mi resolucin se ha afianzado, como usted deseaba. Espero qu vendr hoy a ver a mi padre.--_Yolanda_. --Ah, qu felicidad!... No es fcil concebir la dicha de un momento semejante. Pero, despus... qu vergenza, qu vergenza! S, seores; me senta abochornado al pensar en las miradas socarronas y equvocas a que iba a verme expuesto, y de buen grado me habra echado atrs. Pero haba llegado la hora. Adelante, por la gloria! Ante todo, trat de ponerme buen mozo. Al afeitarme me cort dos veces; uno de los palafreneros tuvo que ir corriendo hasta la farmacia, a dos millas de distancia, en busca de tafetn ingls color carne... yo no tena ms que negro en casa... Despus me apret la hebilla del chaleco hasta quedarme sin respiracin, y mi pobre hermana vieja estuvo a punto de perder la paciencia, a fuerza de hacer y deshacer, y volver a hacer, el nudo de mi corbata, al que no consegua darle un aspecto bastante inspirado. Y, entretanto, siempre este pensamiento lancinante: Hanckel, te ests poniendo en ridculo. Sin embargo, mi llegada a Krakow fue magistral. Una yunta de caballos de pelo gris, nacidos en mis tierras, el land nuevo, acolchonado con raso granate... La entrada de un prncipe no habra sido ms triunfal; a pesar de todo, me habra batido en retirada... tan cobardemente me lata el corazn. El viejo me recibi en la puerta, como si no tuviera la menor idea de lo que se preparaba... Y, cuando le pido un momento de conversacin a solas, adopta el gesto reservado del que teme ser objeto de un pedido imprevisto de dinero. Est bien; pronto levantars bandera de parlamento, me digo; y espero la respuesta, que ha de dar lugar a una buena escena, muy conmovedora, con abrazos, lgrimas de alegra, y todo el aparato escnico del caso... Porque uno se hace terriblemente vanidoso, seores, cuando tiene el portamonedas bien provisto. Pero el viejo zorro era entendido en negocios; saba que, para dar valor a la mercanca a los ojos del comprador, hay que hacrsela desear. Cuando hube presentado mi demanda, me respondi hinchado por una dignidad repentina: --Disculpe, seor barn. Quin me asegura que ese matrimonio, esa unin... _contra naturam_, confiselo... va a tener buen resultado? Quin me garantiza que, dentro de un ao o dos, no volver aqu mi hija, en cabeza, en camisa, a declararme: Padre mo, yo no puedo vivir ya con ese viejo... Tngame a su lado?... --Ah, seores! eso era duro! --Ah tiene usted--continu,--ah tiene usted la razn de que, como padre prudente, yo no me atreva a entregarle mi hija. De modo que me manda a paseo!... se burla de m!... Me levanto, porque la entrevista me parece terminada; pero el viejo se precipita y me obliga a sentarme otra vez: --...Sin embargo, se la entregara guardando las formas que un hombre como yo se cree obligado a imponer a un hombre como usted... o, para hablar ms claramente, observando las formalidades por medio de las cuales un padre debe asegurar el porvenir de su hija... o, para ser ms preciso todava, la dote... Entonces lo comprendo todo, y suelto la carcajada. Ah, viejo fullero! viejo fullero! Para no soltar dote era para lo que haba representado toda esa comedia! Al verme rer, manda al diablo el nfasis afectado, el pudor y la dignidad, y se echa a rer tambin con toda la boca; luego me dice: --Oh! desde el momento que usted toma as la cosa, amigo mo... Si yo lo hubiera adivinado... Pero, usted bien lo sabe, hay que tantear siempre el terreno... y si cuaja, tanto mejor... De modo que estbamos de acuerdo. Entonces se llam a la baronesa; y, digmoslo en honor suyo, olvid el papel que tena que desempear; se me ech al cuello en cuanto su marido hubo acabado, para salvar las apariencias, de explicarle la situacin. Y Yolanda? Plida como la muerte, con los labios apretados, los ojos entornados, apareci en la entrada del saln y me tendi silenciosamente las dos manos. Despus, con paso de autmata se acerc a sus padres y se dej abrazar por ellos. Vean, seores, esto me dio que pensar otra vez. V Lo que me tema, seores, no sucedi... A lo que parece, yo no tena la menor idea del aprecio y de la amistad de que era objeto dentro de nuestro crculo. Mis esponsales tuvieron la aprobacin de la nobleza y tambin del grueso pblico; por todas partes no vi ms que caras sonrientes y manos afectuosamente tendidas que me felicitaban. Es cierto que, en una ocasin como sa, el mundo entero parece conjurarse contra uno para empujarlo, con gestos y ademanes de jbilo, hacia el destino; hasta el momento en que, como la cosa empieza a aburrir, todos se vuelven contra uno y le ensean los dientes. La verdad, sin embargo, es que poco a poco fui dejando de sentirme avergonzado de mi felicidad; y hasta acab por creer que tena derechos reales sobre tanta juventud y belleza. Mi pobre hermana vieja se mostr abnegada, hasta un extremo conmovedor; sin embargo, ella era la nica persona a quien mi matrimonio causaba directamente un dao: tena que salir de Ilgenstein el da de la boda para instalarse en nuestra pequea posesin materna en Gorowen. Derram torrentes de lgrimas, lgrimas de alegra, me asegur que su plegaria de todas las noches haba sido oda, y se apasion de mi prometida antes mismo de conocerla. Qu hubiera dicho mi amigo Ptz, que haba bajado a la tumba sin ganar la comisin que esperaba recibir por mi casamiento? A su hijo--me dije,--es a quien tengo que pagarla. Escrib a ste una larga carta; le ped perdn casi por haber ido a buscar mujer en la casa de su enemigo hereditario; pero--agregu,--confo que de esta manera la vieja disputa se arreglar por s sola. La respuesta se hizo esperar mucho tiempo. Contena unas cuantas palabras de felicitacin bastante secas, y me anunciaba que Lotario aplazara su regreso hasta despus de mi casamiento; le sera muy penoso encontrarse tan cerca de m y no poder estar a mi lado ese gran da. Esto, seores, me apen; porque yo lo amaba de veras, al muy bandido. S, s... y mi novia tambin me tena inquieto. Seriamente inquieto, seores. No vea en ella una alegra sincera. Siempre que llegaba, la encontraba con el rostro plido, la expresin fra, la mirada turbia por entre los prpados bajos. Slo cuando me la llevaba a un lado y le hablaba alegremente, acababa por animarse y por demostrarme una especie de ternura filial. Pero tambin, seores, cun delicado me mostraba yo con ella! extraordinariamente delicado, les aseguro!... La trataba como si fuera la princesa de un cuento de hadas; todos los das descubra yo en mi corazn nuevas fuentes de delicadeza, y me senta positivamente orgulloso de mi refinada finura. A veces, sin embargo, me asaltaban impulsos de contar un cuento picante o de soltar un juramento gordo. Esta perpetua vigilancia sobre m mismo me abrumaba. Gracias a Dios, tengo el corazn bastante tierno y bastante generoso para comprender las exigencias de otro corazn, sin que haya afectacin de mi parte. Pero hasta cierto punto eso me haca el efecto de estar en la situacin de un acrbata que avanza por la cuerda con los ojos vendados. Un movimiento falso a la derecha, un movimiento falso a la izquierda... patatrs!... al suelo. De modo que, cuando me vea otra vez en mi vasta casa vaca, en la que poda silbar, jurar, gritar, echar pestes y maldiciones a mi gusto, y hacer Dios sabe cuntas cosas ms, sin chocar ni incomodar a nadie, experimentaba un verdadero bienestar y me deca ms de una vez: A Dios gracias! todava soy libre! S, pero no por mucho tiempo... Como nada se opona al matrimonio, ste deba celebrarse dentro de seis semanas. Una horda de tapiceros, de carpinteros, invadi mi querido Ilgenstein y lo puso patas arriba. Todos mis deseos se vean contrarrestados por la frase: --Oh, seor barn! eso no es de buen gusto! Y, a fe ma, que los dejaba hacer; porque en aquella poca yo senta todava un santo respeto por el famoso buen gusto. Slo mucho ms tarde fue cuando comprend que, por lo comn, eso no es ms que una pantalla para disimular la pobreza de espritu. En fin, lo cierto es que, so pretexto del maldito buen gusto, en poco tiempo la banda devastadora no dej ni un rincn intacto en Ilgenstein. No consegu poner a cubierto de la invasin nada ms que mi gabinete de trabajo. All s; prohib enrgicamente toda tentativa de buen gusto... Y mi viejo catre... naturalmente... nadie se haba atrevido a ponerle las manos encima. Ah, s, seores! esa cama... Vean, oigan esto... Un buen da, viene a verme mi hermana... Dicho sea de paso, ella haca causa comn con toda esa gentuza... Entra, pues, en mi aposento, mostrando en sus labios la sonrisita falsa que adoptan las solteronas cuando se hace alusin delante de ellas a la manera cmo vienen al mundo las criaturas. --Tengo que hablarte, Jorge--me dice, tosiendo afectadamente, sin mirarme. --Bueno! Empieza! --Es a propsito...--balbucea,--es decir, me parece que... qu piensas t al respecto?... t no puedes continuar durmiendo en esa cama espantosa, sobre un jergn... --Y si a m me gusta dormir as? --No me comprendes...--murmura, cada vez ms turbada;--despus... cuando... en fin, una vez que te cases... --Diantre! no haba pensado en eso!...--Y yo, un viejo lobo, me pongo tan turbado como ella. --Habr que avisar al ebanista--digo. --Mi querido Jorge--dice ella con importancia;--perdname si creo que entiendo el asunto mejor que t. --Hum, hum!--le digo, amenazndola con el dedo, porque mi mayor placer ha sido siempre plantar en el banquillo su pudor de solterona. Ella se pone colorada de vergenza, y contina: --He visto en casa de mis amigas, en casa de la seora de Houssel y de la condesa Finkenstein, dormitorios esplndidos... es preciso que tengas t uno igual. Yo pregunto: --Cmo es? Debo decir a ustedes, seores, que, al encontrarme con que el gran tacao de mi suegro no quera pagar ni siquiera el arreglo de la casa, yo haba dicho que el mobiliario estaba completo y haba encargado en seguida lo indispensable a Berln y a Knigsberg. Naturalmente, me haba olvidado de la cama. --Qu prefieres?--insiste ella;--seda rosa cubierta de tul ilusin o seda adornada con puntillas? Tal vez se podra decir tambin al pintor que est haciendo el cielo raso que lo adorne con unos cuantos amorcillos. Ay, ay, ay, seores!... yo no me senta a gusto... Yo y Cupido!... --En cuanto a la cama--prosigue ella, implacable,--no habra tiempo de terminarla... --Cmo!--replico;--seis semanas para hacer una cama!... --Pero Jorge!... Los dibujos, los planos solamente requieren un mes. Dirig una mirada entristecida a mi vieja cama querida. Para sa no haba habido necesidad de dibujos. Me la haban hecho en medio da; seis tablas y cuatro montantes. --Lo mejor--contina ella,--sera escribir a Lotario pidindole que elija en Berln lo ms bonito y ms fino que encuentre en las tiendas. --Haz lo que quieras, y djame en paz!--le dije, enervado. Y mientras la pobre se retira un poco ofendida, le grito: --Y, sobre todo, encomienda al pintor que trate que los amorcillos se me parezcan. Ah tienen, seores, cul era mi estado de nimo durante el perodo de noviazgo... Y cuanto ms se acercaba el da de la boda, tanto ms incmodo me senta. No porque tuviese miedo... o ms bien, s... tena un miedo horrible... pero, aparte de eso, experimentaba la sensacin de haber cometido una falta, de haber hecho dao a alguno... cmo decir?... Pero, a quin?... A ella no, por cuanto ella lo haba querido as. A m, tampoco, no era yo el ms feliz de los mortales? A Lotario?... Muy bien podra ser. El pobre muchacho haba contado conmigo como un segundo padre, y yo lo abandonaba, pasndome al enemigo con armas y bagajes. Vean ustedes cmo cumpla yo la palabra que haba dado a Ptz en su lecho de muerte! Seores, aquel de ustedes a quien las circunstancias hayan obligado a alistarse en las filas de los bribones... y cul es el hombre honrado que no ha tenido que hacer eso alguna vez en su vida?... ese me comprender. Me devanaba los sesos da y noche, y me roa las uas hasta hacerme sangre; y, no encontrando otra manera de arreglar las cosas, resolv reconciliar a mi costa a las dos partes. Confieso que me cost algn trabajo decidirme a ello; porque nosotros, los cultivadores, estamos muy aferrados, seores, a nuestros cuartos... Pero qu es lo que no hara uno, cuando lo han declarado oficialmente un buen muchacho? Me voy, pues, una tarde a casa de mi futuro suegro, y entro en su pretendido gabinete de trabajo. Estaba en preparativos para repantigarse en su divn, y lo incito, no sin vacilar, a que se reconcilie con Lotario... naturalmente, para tantear ante todo el terreno. Como lo haba previsto, en seguida monta en clera, jura, se sofoca, se pone lvido, y me seala la puerta. --Pero--digo yo,--supongamos que l reconoce su error y abandona el pleito... Seores ha acariciado alguno de ustedes alguna vez un tejn?... quiero decir un tejn joven, medio domesticado. Han notado ustedes los ojitos, medio burlones, medio dulces, con que mira mientras resuella suavemente? Enteramente igual fue la cara que puso el viejo; luego, me dijo: --El no querr. --Pero, y si consintiera? --Entonces eres t el que paga los platos rotos?--me lanza a quema ropa el viejo pcaro. --Yo me pregunto: Tengo que negar? Bah! Que el diablo lo lleve!... y convengo en la cosa. --Pues no--dice el otro secamente;--nada de eso, hijo mo, no acepto. --Y por qu? --A causa de los hijos, por supuesto... Tengo que pensar en los nietos que tu magnanimidad me otorgar sin duda. Yo no les doy dote; y voy a quitarles tambin la paja del nido donde van a nacer? De todos modos, estoy seguro de ganar el pleito si las cosas se prolongan uno o dos aos ms; puedo esperar. Entonces, ensayo la persuacin. --El dinero quedar en la familia--digo;--yo pago, y t guardas el dinero. Y, cuando te mueras, ese dinero volver a mi poder. --Aj! conque cuentas ya con mi muerte!--grita el viejo, montando otra vez en clera;--querras seguramente enterrarme vivo y tirar en seguida el manotn a Krakowitz para redondear tus tierras! Le has echado el ojo a mi Krakowitz desde hace tiempo, eh? Imposible hacer entender razones a ese energmeno; me decido a emplear los grandes recursos. --Oye entonces mi ltima palabra:--le digo.--Yo no puedo entrar en tu familia sino con una condicin: tu reconciliacin con Lotario Ptz. Si te niegas, tendr que romper mi compromiso. Eso le puso blandito. --Qu cabeza hueca!--dijo;--no hay medio de hablar de sentimientos contigo. Yo pienso en tus hijos, en esas pobres criaturas que estn por nacer todava; y t, t no piensas ms que en una ruptura y en otras borricadas por el estilo... Arregla el asunto as, si eso te place; yo no me opongo personalmente, no tengo nada contra Lotario Ptz. Al contrario: debe ser un mocetn enrgico, muy caballero, bastante aficionado a las muchachas lindas... Y, a propsito, hijo mo, te voy a dar un buen consejo. T vas a tener una mujer joven. Si ella no fuera mi hija, y no estuviera por eso mismo arriba de toda sospecha, yo te dira: Rie con l; no le prestes ms dinero y reclmale lo que te debe... Como t comprenders, la prudencia es una gran cosa. Seores, hasta entonces, yo haba tomado al viejo por su lado bueno; pero desde aquel momento se me hizo odioso. Bueno... el casamiento ante todo; que, despus, ya sabr librarme de l. Haba que tragar todava una pldora bastante gorda. Convencer a Lotario de que el viejo haba reconocido su error y renunciaba a seguir el pleito. Eso anduvo como sobre rieles. Lotario se sorprendi tan poco que se olvid de agradecrmelo... En fin, qu quieren ustedes! Ya les he hablado de mi prometida; suficientemente, me parece. Nuestras relaciones, con sus altibajos de confianza o de temor, de esperanza o de abatimiento, formaban una madeja demasiado complicada para que mis manazas pesadas pudieran desenredarla. Debo decir, en honor de Yolanda, que ella se esforzaba lealmente por darse conmigo... Trataba de adivinar mis gustos; s, trataba de asociar sus ideas con las mas. Pero eso no era posible. All donde su joven inteligencia esperaba encontrar en m la vida, el inters, no haba, por lo general, ms que un desierto seco, haca ya mucho tiempo. Porque, vean ustedes lo que es terrible en la vejez: cada ao atrofia un nervio ms en nosotros; y, cuando estamos por llegar a los cincuenta aos, el trabajo y el reposo nos son igualmente mortferos. Entonces estaban de moda las corbatas de color punz; yo usaba, por lo tanto, una corbata punz; usaba tambin zapatos puntiagudos, e hice poner forros de seda a mis trajes. Haca a mi novia costosos regalos: un collar de turquesas de quince mil francos... y un solitario clebre que haba sido rematado en Pars. Todos los das, el ferrocarril le llevaba rosas frescas y orqudeas, porque, en cuanto a las flores de mi jardn, el cultivo de ellas no me daba tan buen resultado como la cra de potros. Dir de paso que mis potros... pero no, no es de eso de lo que quiero hablarles. VI Ah est. Y ahora, seores, hago una raya y paso directamente al da de mi casamiento. Mi seor suegro, que, como los gatos, caa siempre sobre sus patas, haba resuelto aprovechar mi popularidad y renovar relaciones, en ocasin de nuestras bodas, con un montn de gente que, por prudencia, haba dejado de tratarse con l desde haca aos. Desat, pues, los cordones de su bolsa, y organiz una fiesta monstruo en la que el champagne deba correr a mares, segn su expresin. Es fcil comprender que toda esta faramalla me daba miedo... Pero un novio no es ms que un ente ridculo al que se le han suprimido momentneamente los rganos de la voluntad. A la maana del gran da estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal humor, con la casa entera hediendo a encustico, cuando de repente se abre la puerta y se presenta Lotario. Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se echa en mis brazos: --Hurra! mi to! Ha pasado toda la noche en viaje... La vspera, en las carreras de Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin embargo, no se ha desnucado... Despus, ha bebido como un pozo... y, con todo, ah lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice que va a bailar como un trompo... Ha trado chascos, fuegos artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para ensearles el manejo de las piezas, etctera. Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupcin, mientras sus gruesas cejas negras no hacen ms que subir y bajar, y sus ojos brillan como brasas. Esta es la juventud! pens, ahogando un suspiro; ah! si pudiese yo, aunque slo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo dems! Le digo: --Y no me pides noticias de mi novia? Se echa a rer ruidosamente: --Mi to! mi to!--exclama.--Esta si que es aventura!... Casarte, t! t, casarte!... Es realmente como para tirar bombas! Hurra! Y, rindose siempre, sale del aposento. En cuanto a m, me dejo estar donde estoy, y concluyo mi cigarro; me siento muy abatido. Despus, voy a inspeccionar las piezas recientemente arregladas. Delante de la puerta del dormitorio me detiene mi hermana, que est preparando sus valijas. --Aqu no se puede estar--dice,--es una sorpresa para ustedes dos. Nosotros dos!... qu tontera! Como a las once, me pongo a la tarea de vestirme. El traje me incomoda en las escotaduras; los zapatos me aprietan los dedos; hace treinta aos que los dedos de los pies se me hinchan... los grogs de Ptz tienen la culpa. La camisa est ms dura que una tabla, la corbata me estrangula. Es atroz! A las dos de la tarde parto en el coche... entonces, seores, comienza un sueo... no un bello sueo... no, por cierto!... sino una pesadilla espantosa, con todas las sensaciones correspondientes: vrtigos, sofocaciones, opresin y cada en el vaco... y con uno que otro intervalo feliz, cuando me deca: Todo saldr bien. T tienes buen corazn y buena voluntad. T la guiars para que pueda vencer los obstculos. Ella har su camino en el mundo festejada como una reina, y no sentir las cadenas... Mientras los carruajes de los invitados iban entrando unos tras otros en el patio principal, y las ventanas se adornaban al mismo tiempo con rostros desconocidos, yo recorra el jardn como un posedo, embarraba mis lindos zapatos de charol en la tierra hmeda, y lloraba a moco tendido. No me dejaron tranquilo mucho tiempo. Me llamaban de todas partes, y entr en la casa. El viejo, triunfante por haber reunido alrededor de l a sus antiguos enemigos y adversarios, a todos aquellos a quienes haba ofendido o perjudicado, o engaado de alguna manera, corra del uno al otro, estrechndoles las manos y jurando a todos una amistad eterna. Yo habra querido dar los buenos das a algunos amigos, pero en seguida se apoderaron de m, y me empujaron, gritando, hacia el aposento donde, segn decan, me estaba esperando mi novia. All estaba ella, gallardamente erguida en su traje de seda blanca. El velo de tul la envolva en una nube transparente, y la corona de mirto descansaba sobre sus cabellos como una corona de espinas. Tuve que cerrar por un momento los ojos, deslumbrado. Estaba tan hermosa! --Ests contento?--me dijo, con una mirada tierna y sumisa. Su rostro, al sonrerse, pareca una mscara de mrmol. Entonces me sent aplastado por la felicidad y por la conciencia de mi falta. Habra querido echarme a sus pies, pedirle perdn por haberme atrevido a pretenderla; pero no poda hacerlo, porque mi suegra estaba detrs de ella... Haba tambin all damas de honor y otras tonteras... Balbuc algunas palabras que yo mismo no comprend, y, no sabiendo qu actitud debera guardar, me puse a andar de un lado a otro por la pieza, abotonndome y desabotonndome los guantes. Mi suegra, que tampoco saba qu decir, arreglaba los pliegues del velo, y me miraba de reojo con una expresin de reproche y de estmulo al mismo tiempo. Cada vez que en mis paseos llegaba al extremo del aposento, me encontraba delante de un espejo, en el que, quisiera o no quisiera, tena que mirarme. Vea en l mi frente calva, mis mejillas escarlatas, con bolsas debajo de los ojos, y una verruga en el ngulo de la boca. Vea el cuello postizo de mi camisa, demasiado estrecho aun cuando haba pedido el nmero ms alto, y mi pescuezo colorado que se desbordaba por arriba de l formando un pliegue gordo. Vea todo eso, y, un poco por clemencia y otro poco por lealtad, senta impulsos de gritar a Yolanda: Ten piedad de ti misma! todava ests a tiempo! No te cases conmigo!... Nota breve: en aquella poca, el matrimonio civil no exista an. Por m, yo podra haberme estado as siglos enteros, dando vueltas alrededor de ella sin animarme nunca a decirle nada; pero, cuando el viejo se desliz dentro de la pieza con la agilidad de un hurn, gritando: Vamos! el pastor est esperando!... me enfurru, como si eso hubiera contrariado mis intenciones. Ofrezco el brazo a Yolanda... brense de par en par las puertas. Caras! caras! nada ms que caras, pegadas unas a las otras, que me miran irnicamente como dicindome: Hanckel, te ests poniendo en ridculo! Han formado un doble cerco, y nosotros pasamos por el medio; y me sorprenda que nadie rompa con una carcajada el silencio que all reina. Llegamos al altar que el viejo haba fabricado artsticamente con un gran cajn cubierto por un pao rojo. Encima, hay una verdadera exposicin de flores, de luces; en el centro, un crucifijo, como si se tratara de un entierro. El buen viejo del pastor est delante de nosotros; adopta la expresin que imponen las circunstancias, y se recoge y vuelve a recogerse las mangas de la sobrepelliz, lo mismo que un escamoteador que se dispone a comenzar sus juegos. Ante todo, un cntico... despus, la pltica. Maldito si oigo una palabra de ella; estoy embargado por una idea horrible que ha entrado en mi mente con la rapidez del rayo y que no me deja ya: Ella va a decir _no_. Ella va a decir _no_... Y, cuanto ms se acerca el momento decisivo, tanto ms me aprieta el miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a decir _no_. Seores, ella dijo _s_... Respir entonces como un malhechor que acaba de or su absolucin. Pero, lo ms extrao fue esto. En cuanto o esa palabra y ces mi angustia, sent un vivo pesar. Ah! por qu no haba dicho ms bien _no_? Despus de la bendicin vinieron las felicitaciones sin fin. Y yo no haca ms que apretar manos, unas tras otras, con un ardor metdico: gracias, a la derecha; gracias, a la izquierda... Senta un verdadero agradecimiento para todos esos imbciles, que se acercaban a congratularme solcitos y alegres, gracias a la perspectiva de una buena comilona. Faltaba uno todava: Lotario. Lleg entre los ltimos, con la tez verdosa, la expresin hambrienta o fastidiada. Lo agarro del brazo: --Aqu lo tienes, Yolanda--digo a sta.--Es Lotario Ptz, hijo nico de Ptz, hijo mo, casi. Dale la mano, llmale Lotario. Y al ver que ella vacilaba, tom sus cinco dedos y los puse entre los de Lotario. Entretanto, pensaba: Qu suerte que l est aqu!... Nos ha de ayudar ms de una vez a salvar las situaciones difciles. No se sonran, seores. Veo que ustedes se figuran que poco a poco va a ir formndose, en mis propias barbas, una intriguilla amorosa entre esos dos jvenes. No hay tal cosa... Tengan un poco de paciencia. Ya vern. Nos sentamos, pues, a la mesa... Cubierto suntuoso, flores, vajilla de plata, un cmulo de piezas montadas. El conjunto muy bien... Se sirvi ante todo una copita de Jerez para hacer entrar en calor al estmago. El Jerez era bueno, pero la copa muy chica; y no pude conseguir que me sirvieran otra. Tengo que ser galante con ella... carioso... las conveniencias lo exigen... me deca, dirigiendo una mirada a Yolanda, colocada a mi derecha. Su codo me rozaba ligeramente el brazo, y la senta temblar. Es de hambre; pens. Yo tambin; no haba comido nada todava. Se haba puesto a mirar fijamente un candelabro de plata que tena por delante, al que el tiempo haba arrugado la superficie como la piel de una vieja. Su perfil... Dios mo! qu hermoso era ese perfil!... Y era mo... Qu locura! Beb un gran vaso de un vino rubio, claro, que cay gorgoteando dentro de mi estmago vaco. De esta manera no voy a llegar nunca al grado de ternura que quiero, me dije, buscando intilmente el Jerez con los ojos. Entonces me sacud: --Come, pues, alguna cosa--le dije. Y me sent en la gloria por haber pronunciado esa frase. Ella se inclin y se introdujo la cuchara en la boca... Despus de la sopa trajeron el pescado... un salmn, si no me engao... linda pieza... la salsa perfecta, con una especie de cognac, limn y alcaparras... muy delicada, en resumen. Despus vino un plato de cabrito... no bastante adobado... pero eso es cuestin de gustos. --Come, pues, alguna cosa--repet a Yolanda, haciendo un corazn con los labios para que los convidados creyeran que le susurraba un cumplimiento. Decididamente, la cosa no marchaba; sin embargo, yo me haba bebido ya dos botellas de ese vino blanco, y empezaba a sentirme hinchado como un odre. Trat de observar a Lotario, que haba heredado de su padre un olfato especial para descubrir los mejores vinos; estaba en un extremo de la mesa, entre las jvenes. Un brindis vino a salvarme entonces; pude levantarme, y al darme vuelta descubr un grupito limitado, pero escogido... botellas de jerez que el viejo haba escondido detrs de una cortina... Substraje dos sutilmente, y, sin ms demora, me puse a la tarea de ingurgitar coraje. La cosa tardaba en llegar, porque yo aguanto bien el vino, seores; pero, en fin, llegaba. Despus del cabrito sirvieron un salmorejo de perdices. Caza, dos veces seguidas; eso no era correcto. Sin embargo, el plato me pareci excelente... En ese momento, seores, fue cuando empez a desprenderse del cielo raso, a bajar sobre nosotros lentamente, lentamente... una especie de niebla. Entretanto, yo me haba puesto ya muy galante, y barajaba los cumplimientos que era un gusto. S, le haca la corte a mi novia; la llamaba encantadora hada graciosa; contaba aventuras de caza picantes, y explicaba a los que me rodeaban por qu un hombre debe soltar siempre el cascarn antes de casarse... En una palabra, seores, estaba irresistible... Pero la niebla bajaba cada vez ms densa. Eso se ve a menudo en las montaas, como ustedes saben. Las altas cumbres son las primeras que desaparecen; despus las crestas y las colinas, unas tras otras... All, las bujas de los candelabros fueron las primeras que se rodearon de una aureola rojiza y lanzaron rayos con todos los colores del arco iris; en seguida, todo lo que parloteaba y coma detrs de los candelabros se borr tambin a mis ojos. De tiempo en tiempo vea relucir lo blanco de una pechera o el extremo de un brazo desnudo, en medio de una _obscuridad purpurina_, como dira Schiller. Ah, s! es cierto! Una cosa ms me llam la atencin. Era mi suegro, corriendo alrededor de la mesa con dos botellas de champagne en las manos; se detena junto a los que tenan la copa vaca, completamente vaca, y les deca con insistencia: --Pero beba, pues! Por qu no bebe? Cuando lleg junto a m, le pellizqu la pierna y le dije: --Viejo farsante! a esto es a lo que llamas hacer correr el champaa a mares! Como ustedes ven, seores, la cosa iba ponindose seria. Y, de pronto, siento que mi corazn se ensancha... Es necesario que hable; s, es necesario que hable. Me pongo a golpear la copa como un posedo. --Por el amor de Dios, cllate!--me susurra mi novia... quiero decir, mi mujer. Pero, aunque la cosa tuviera que costarme la vida, tengo que hablar. Despus me han contado lo que dije entonces; si las informaciones son exactas, fue esto, poco ms o menos: Seoras y seores... yo no soy ya un jovencito, pero no lo siento... y si alguno quisiera sostenerme que la juventud no debe unirse sino con la juventud, yo le replicara que eso es una mentira infame... En m puede verse la prueba de lo contrario, porque yo no soy ya joven... pero eso no ha de impedir que haga feliz a mi mujer, porque mi mujer es un ngel... y yo, yo tengo un corazn amante... s! un corazn amante es el que late aqu debajo de mi chaleco!... y el que lo dude, que venga... que yo le abrir mi pecho... Al llegar a este punto las lgrimas ahogaron mis palabras, y me asalt una afliccin tan grande que tuvieron que arrastrarme apresuradamente, fuera de la sala... * * * * * Al despertarme me encontr sobre un canap demasiado corto para mi talla. Estaba sepultado bajo una montaa de capuchas, de esclavinas y de chales de lana. Tena el pescuezo torcido y las piernas acalambradas. Ech una mirada a mi alrededor... Una buja solitaria arda sobre una consola, en la que se vean cepillos, peines, alfileres para los cabellos; colgaban a lo largo de las paredes mantas, sombreros... Ah! aquel era el tocador de las damas. Y poco a poco fui comprendiendo lo que haba pasado. Consult mi reloj: eran cerca de las dos... Oa a la distancia los sonidos de un piano y el rtmico rozar de los danzantes... Mis bodas! Me alis el pelo, me ajust la corbata, y, francamente, mi ms grande satisfaccin habra sido irme a tenderme en mi vieja cama y subirme la cobija hasta las orejas, en lugar de... Brrr! En fin, qu hacer? Me dirig, pues, a los salones. No me senta abochornado en lo ms mnimo, demasiado atontado y amodorrado, como estaba an, para darme cuenta exacta de mi situacin. Al principio, nadie not mi presencia; porque, en las salas reservadas para los hombres, el humo de los cigarros era tan compacto que a tres pasos no se distinguan sino bultos confusos... Se jugaba fuerte. Mi suegro saqueaba a sus huspedes tan concienzudamente que, si hubiera tenido tres hijas ms que casar, se habra hecho millonario. A eso llamaba l resarcirse de los gastos de la boda. Ech una ojeada al saln de baile. Las madres luchaban contra el sueo; los jvenes giraban mecnicamente, y el machacador no entreabra los ojos sino cuando haba encajado un acorde fuera de su sitio... Mi hermana tena un vaso de limonada sobre la falda y contemplaba las pepitas del limn... Era un cuadro lastimoso. De Yolanda, ni la menor huella. Volv a las mesas de juego y golpe el hombro al viejo. En esos momentos estaba metindose a manos llenas en los bolsillos el dinero que acababa de ganar. --Ah! eres t, borrachn! --Dnde est Yolanda? --Qu s yo? Bscala. Y se pone a jugar otra vez. Los dems hombres estaban incmodos, pero trataban de no hacerlo ver: --Sintese, pues, joven esposo--me dicen. Me apresur a alejarme, porque me conoca; si hubiera contestado, habra sucedido all una desgracia. Tomando por caminos extraviados, evit el saln de baile. No me senta con valor para afrontar las miradas de las madres. En el corredor humeaba una lmpara de cocina; y sala de all un ruido de vajilla y risotadas de criadas... Puf! Llam a la puerta del aposento de Yolanda; nadie respondi. Repet el llamamiento; el mismo silencio. Entonces entro. Y qu es lo que veo?... Mi suegra sentada en el borde de la cama; de rodillas delante de ella, con la cabeza apoyada en el pecho de su madre, mi mujer en traje de viaje (ya!), y las dos llorando a lgrima viva. Ah, seores! no me sent orgulloso. Habra querido escabullirme, saltar dentro del coche y gritar A la estacin! Tomar el primer tren y huir a Amrica, a cualquier parte, all donde se refugian los cajeros infieles y los hijos prdigos. Pero era imposible. --Yolanda!--dije en tono humilde y contrito. Las dos lanzan un grito. Mi mujer se abraza a las rodillas de su madre, que extiende los brazos como para protegerla. --Yo no quiero hacerte dao, Yolanda--digo.--Lo nico que quiero es pedirte perdn por haber sido tan imprudente, por exceso de amor a ti. Silencio prolongado. No se oyen ms que suspiros. Entonces la madre le dice: --Tiene razn, hija ma; levntate. Es hora de partir. Yolanda se alza lentamente, con las mejillas hmedas, los ojos enrojecidos, el cuerpo sacudido siempre por los sollozos. --Dale la mano a tu marido. No hay ms remedio. Perfectamente amable ese no hay ms remedio. Y Yolanda me tiende la mano, que yo llevo respetuosamente a los labios. --Ha visto a mi marido, Jorge?...--pregunta mi suegra. Respondo que s. --Quiere llamarlo, para que Yolanda se despida de l? Vuelvo a la sala del juego. --Oye, suegro. --Doce... diez y seis... veintisiete... treinta y uno... --Suegro... --Treinta y tres!... Qu quieres? --Queramos despedirnos... --Buen viaje. Que sean felices. Treinta y seis! --No quieres que Yolanda?... --Treinta y nueve! gan!... Vengan los monacos!... Quin quiere jugar conmigo todava? T, Jorge? Vamos de una vez! Entonces me fui. Cuando, con la mesura del caso, hube informado a las damas de la casa, ellas se contentaron con mirarse una a la otra, en silencio; luego bajaron por la escalera de servicio al patio, donde nos esperaba ya el carruaje. El viento nos silbaba en las orejas, gotas de lluvia nos azotaban el rostro. Las dos mujeres se estrechaban en un abrazo mudo, como si ya no fueran a separarse nunca. Pero, en esto, el viejo, que ha cambiado de idea, llega ruidosamente, y detrs de l los criados, a quienes ha dado el alerta, con lmparas y bujas. Se echa sobre Yolanda y le frota las mejillas con sus mostachos. --Hija querida, si la bendicin de un padre que te ama profundamente... Ella se desprende y lo aparta, casi como se aparta a un perro mojado, y salta dentro del coche. Yo, detrs de ella... En marcha!... VII Estamos en marcha, pues. Las luces del patio vacilan un instante todava con el viento, y luego la noche es negra, completa. Ah seores, qu viaje! Las ruedas cortaban los aguazales... sis... sis... sis... y la tempestad grua... hu... hu... hu... y las gotas de lluvia tamborileaban sobre el land... taratat... taratat... Y yo me preguntaba: Por dnde voy a empezar? De ella, yo no vea, no oa, no senta nada... Me pareca estar completamente solo en aquella obscuridad. Solamente cuando cruzbamos el bosque y la luz de los faroles del carruaje, al reflejarse sobre los troncos hmedos de los rboles, enviaba cierta claridad al interior, pude distinguirla acurrucada, hundida, en el rincn opuesto al mo; se habra dicho que trataba de romper el obstculo para tirarse a la carretera. Dios mo! Pobre criatura! Acababa de abandonar todo lo que hasta entonces haba sido su universo, su vida... Y su porvenir era un viejo, que, haca apenas una hora, estaba ebrio. Voto a!... y qu vergenza tena yo! Sin embargo, es necesario que le hable: --Yolanda... No me responde. --Me tienes miedo? --S. --Quieres darme la mano? --S. --Dnde est? --Aqu. Siento una cosa blanca que me roza suavemente. Me apodero de ella, la tomo, la aprieto. Pobre criatura! pobre criatura! Y de repente, me siento presa... de un santo ardor dira, si quisiera ser pattico... En fin, en medio de mi afliccin, encuentro palabras hermosas, clidas, para tranquilizarla. --Mira, Yolanda--le digo;--t eres ahora mi mujer. Lo que est hecho, est hecho, y t misma lo has querido as. Pero no temas que llegue a importunarte yo con mis muecas amorosas o con mis exigencias. T tienes en m un amigo verdadero, un amigo _paternal_, si esta palabra te inspira ms confianza... porque no pienso disimular que tengo muchos ms aos que t. Si ests afligida y sientes la necesidad de llorar, chate en mis brazos; en ninguna otra parte podrs descansar ms tranquilamente. Refgiate siempre en m... aun cuando te figures que yo soy el enemigo contra el cual necesitas proteccin. Estaba bien dicho, no es cierto? Era porque la piedad y el buen deseo me inspiraban. --Qu pobre diablo era yo! Como si un poco de juventud no valiera mil veces ms que la piedad ms tierna! Pero el efecto de mis palabras fue tan violento e inesperado que llegu a asustarme. De repente ella sale de su rincn y me besa locamente a travs de su velo, murmurando entre sollozos: --Perdname, perdname, querido, querido amigo! La escena del cenador vuelve de improviso a mis ojos, recuerdo haberme sentido desconcertado entonces por una frase anloga. --Pero qu es--digo,--qu es lo que tengo que perdonarte? Ella no responde, se acurruca otra vez en su rincn y ya no vuelve a despegar los labios... La lluvia ha cesado, pero el viento ruge por entre las junturas de la portezuela; de pronto, un relmpago... e instantneamente un retumbo. Los caballos dan un salto hacia la zanja. Grito: --Firmes las riendas, Juan! Naturalmente, l no me oye; pero los caballos no se mueven ya, porque los puos de Juan son de hierro. Nunca he tenido un cochero mejor... El caonazo no haba sido ms que una seal; luego, la cosa es por todas partes, a la derecha, a la izquierda; no se ven ms que techos incendiados, haces de fuego, torres chispeantes, y el parque se ilumina con una hermosa claridad verde... En una palabra, mi viejo Ilgenstein se ha convertido en un verdadero castillo encantado. Me estremezco de alegra al pensar que voy a mostrar a Yolanda su nueva morada bajo una gloria semejante. Y esta alegra se la debo a Lotario, a mi querido muchacho... Tal vez le debo ms todava, por que la primera impresin decide a veces de toda una existencia... ella se ha inclinado hacia la ventanilla, y, al resplandor de los fuegos, veo sus ojos animados por una curiosidad vida, ansiosa. --Todo esto es tuyo, hija ma--digo, buscando su mano. Ella no me escucha; parece enteramente absorta en la belleza del espectculo. Y en cuando llegamos al patio de entrada, una batahola ensordecedora se alza a nuestro alrededor; gritos, detonaciones, tambores y trompetas. A derecha, a izquierda, antorchas, hachones; y vemos rostros ennegrecidos por el humo, con ojos brillantes y bocas abiertas. --Hurra! Viva el seor barn! viva la seora baronesa! Hurra! --Y un pataleo! y una de gorras al aire!... Los bandidos se han vuelto locos. Entonces, pienso: Ella ver, por lo menos, que no se ha casado con un hombre malo. Puesto que mis gentes me quieren... Y, dispuesto a la emocin, como est uno siempre en circunstancias as, las lgrimas asoman a mis ojos. Cuando el carruaje se detiene, reconozco a Lotario en el grupo que forman los administradores del dominio. Salto y lo estrecho entre mis brazos: --Hijo mo! mi querido hijo! Habra querido besarle las manos, en mi agradecimiento. Al hacer bajar a mi mujer del land, veo al idiota del administrador en jefe que se apronta para echarnos un discurso sobre la lluvia y el viento. --En nombre del cielo, Baumann, lo disculpo!--le digo. Y llevo derechamente a la casa a mi joven esposa. All nos esperaban los criados, con el ama de llaves a la cabeza. Hacen sus reverencias y se ren solapadamente; pero Yolanda avanza, con los ojos fijos, por en medio de ellos. Entonces me asalta el miedo al pensar en lo que va a pasar. No debera haber dejado que mi hermana se fuese, me digo; y, dirigiendo a mi alrededor miradas desconsoladas, descubro a Lotario en la puerta, en vas de irse. Corro a l, le tomo las manos y le digo: --No hay que escabullirse ahora. Despus de toda esta agitacin, vamos a beber juntos alguna cosa caliente. Consientes, no es verdad? Se pone color de prpura, pero lo llevo adonde est Yolanda, a quien estn sacndole el sombrero y la capa. --Rugale t tambin que se quede--le digo; merece bien una taza de te. --Se lo ruego--murmura ella sin levantar los ojos. El hace un saludo correcto y se retuerce el bigote. Despus llevo a Yolanda al comedor, a travs de los aposentos brillantemente iluminados. No mira a ninguna parte, y parece no ver todos los esplendores que se han preparado para ella. Dos o tres veces vacila y se apoya fuertemente en mi brazo, y otras tantas veces me doy vuelta yo para ver si, por lo menos, est all Lotario todava. Alabado sea Dios!... est ah todava. En el comedor bulle el samovar, de acuerdo con las rdenes que di a mi hermana antes de su partida. Si la mandara buscar--me dije,--un coche al galope a Krakowitz, otro a Gorowen, y estara aqu dentro de una hora. Pero no; viejo imbcil como soy, tendra vergenza de confesar mi turbacin... Y adems, no tengo aqu a Lotario, al que puedo recurrir en mi afliccin?... Gracias a Dios, est ah todava. --Sintense, muchachos--digo, mientras me esfuerzo por adoptar un tono desenvuelto. Seores, me parece que estoy all todava; el mantel blanco, con la fina porcelana de Sajonia y la vieja vajilla de plata; arriba de nuestras cabezas, la araa de cobre; y bajo su luz viva, a mi derecha, _ella_, plida, rgida, con ojos entornados de sonmbula; a mi izquierda, _l_, con sus cabellos negros y espesos, sus mejillas morenas, su arruga sombra en la frente y sus miradas fijas en el mantel... Y, como se me ocurre la idea de que est fastidiado por ser el tercero en una noche de bodas, y temo que se quiera ir, lo tomo afectuosamente por los dos hombros y le agradezco el martirio que se ha impuesto por m. --Mralo bien, Yolanda--digo;--porque, como esta noche, muchas otras veces hemos de estar juntos y hemos de alegrarnos de ello. Ella se inclina lentamente y cierra los ojos del todo... Pobre criatura! pobre criatura!... Y la angustia me corta casi la respiracin. Entonces les grito: --Un poco de alegra, hijos mos! Lotario, cuntanos, pues, algunas de tus calaveradas. Vamos, tienes cigarros?... no?... Espera, voy a traerte. Y, turbado siempre, me precipito a la pieza donde tengo mis provisiones de fumador; me parece que la punta encendida de un cigarro va a mejorar la situacin. Pero, al volver, con mi caja debajo del brazo, veo por la puerta que ha quedado abierta... Ah seores! veo una cosa que me hiela la sangre en las venas... Una vez solamente en mi vida haba recibido un golpe parecido. Era entonces un joven coracero, todava, y una noche, al entrar en casa, encuentro un telegrama con estas simples palabras: Tu padre acaba de morir. Qu fue lo que vi, seores? Mis dos jvenes seguan sentados en sus sillas, tal cmo yo los haba dejado; pero sus miradas aparecan fundidas, por decirlo as, una en la otra, con una expresin de ardor, de demencia, de desesperacin, que yo no habra credo humanamente posible: eran dos llamas que se lanzaban una al encuentro de la otra. Lucido estaba yo! no es cierto? Todava no era ella mi mujer, y ya mi amigo, mi hijo preferido, me engaaba con ella... El adulterio se instalaba en el hogar antes mismo que el matrimonio estuviera consumado. Todo mi porvenir: una vida de sospechas, de recelos, de tinieblas, de ridculo, de das sombros y de noches de insomnio, se desarroll a mis ojos, ante aquella sola mirada, como un mapa geogrfico. Qu hacer, seores? Lo ms sencillo habra sido tomarla a ella de la mano y decirle a l: --Es tuya, y no tengo ya derechos sobre ella. Pero pnganse ustedes en mi lugar. Una mirada es una cosa tan impalpable, tan imposible de probar... podan negarla, rindose... S... hasta podra ser tambin que, en realidad, yo me hubiera equivocado. Y, mientras me haca estas reflexiones, sus miradas seguan mezclndose, olvidados ambos de todo lo que los rodeaba. Y, cuando entr, no bajaron siquiera los prpados, sino que los dos se volvieron hacia m, sorprendidos y contrariados; parecan preguntarse: Por qu nos perturba este viejo, este extrao? Tuve ganas de ponerme a chillar como un animal cuando lo degellan. Me domin, y ofrec mis cigarros; pero tena prisa por concluir, empezaba a verlo todo rojo, y dije a Lotario: --Deberas retirarte, hijo mo; ya es hora. El se levanta penosamente y me tiende una mano helada; hace a ella, con los talones juntos, su saludo ms militar, y se dirige hacia la puerta. Entonces oigo un grito, un grito... que me atraviesa hasta la mdula de los huesos... Y qu es lo que veo? Mi mujer, mi reciente esposa, se ha echado a los pies de Lotario, lo retiene por la ropa, gritando: --No tienes que matarte! no tienes que matarte! Ya ven, seores... toda una catstrofe... Durante un segundo, me qued como aplastado por el golpe; pero inmediatamente tom al joven por el cuello: --Alto, hijo mo!--dije,--basta de farsas! Y, asindolo siempre por el cuello, lo llevo otra vez a su sitio; despus, cierro las puertas y levanto a mi mujer, que solloza convulsivamente, tendida sobre el piso. Ella consigue apoderarse de mis manos y las besa, murmurando entre gemidos: --No lo dejes salir. Quiere matarse... quiere matarse... --Y por qu quieres matarte, hijo mo?--pregunto.--Si tienes sobre ella derechos ms antiguos que los mos por qu no los has hecho valer? Por qu has engaado a tu mejor amigo? El se aprieta la frente con los puos y no dice una palabra. La clera me arrebata al fin, y digo: --Habla, o te pego como a un perro! --Pega!--me dice;--lo tengo bien merecido... --Merecido o no, vas a responderme. Y entonces, en medio de las lgrimas, de los remordimientos, de las splicas de ambos, oigo toda la bonita historia. Algunos aos antes se haban encontrado en el bosque, y desde entonces se amaban, en silencio y sin esperanza, como conviene a hijos de familias enemigas. Los Montescos y los Capuletos... --Se haban declarado ustedes su amor? --No... pero se haban besado. --Ah!... y despus? Despus, l se haba ido de guarnicin a Berln, y ninguno de los dos haba vuelto a tener noticias del otro; no se atrevan a desafiar el peligro de escribirse, y, por otra parte, ninguno conoca positivamente los sentimientos del otro. En eso haba ocurrido la muerte del viejo Ptz, y haban comenzado mis tentativas de reconciliacin. Desde el momento de mi primera aparicin en Krakowitz, Yolanda haba formado el proyecto de tomarme por confidente de su amor: esperaba tener as noticias de Lotario, por mi intermedio. Pero ay! yo haba interpretado mal sus tiernas miradas, y haba tomado para m el papel de enamorado... El acceso de furor de su querido pap le haba hecho ver que ya no tena nada que esperar; y, en su desolacin, haba resuelto aprovechar el nico medio de aproximarse, por lo menos, a su amado. --No era muy bonito eso, corazn--le digo. --Sufra tanto lejos de l!--me responde, como si esa explicacin pudiera ser satisfactoria. --Perfectamente... no haba ms que hacer. Pero t, hijo mo, por qu no te has acercado a m y me has dicho: To, yo la amo... ella me ama... de modo que djala estar? --Yo no saba si ella me amaba--responde. --Cada vez ms lindo! Son ustedes dos inocentes; dos corderos... Completamente!... Y cundo, pues, lo han puesto todo en claro? --Esta tarde, mientras t dormas. Y me contaron la cosa: despus de la comida, en un solo apretn de manos, haban sentido todo el horror de su situacin, y, no encontrando otra salida, haban resuelto morir aquella misma noche. --Cmo! t tambin? En lugar de responder, ella saca del bolsillo un frasquito de aspecto enteramente divertido, con su cabeza de muerto sobre el rtulo. --Qu hay ah dentro? --cido prsico. --Diantre! Y de dnde lo has sacado? Un joven farmacutico, del que haba recibido lecciones de baile, y al que haba trastornado la cabeza, le haba hecho una vez ese encantador regalo... --Y te ibas a beber eso, perra? Ella me mir con sus grandes ojos resueltos e inclin dos o tres veces la cabeza... Comprend muy bien, y sent un calofro... por un poco ms, aqulla habra sido una linda noche de bodas! --Pero ahora, qu voy a hacer yo con ustedes dos? --Slvanos!... aydanos!... ten piedad de nosotros! Se han arrojado a mis pies y me lamen las manos. Ahora bien: como ustedes saben, seores, yo soy un buen muchacho; esa es mi profesin... Encontr, pues, un medio de anular cuanto antes mi matrimonio frustrado. Juan recibi orden de enganchar; y, un cuarto de hora ms tarde, llevaba a mi desposada de doce horas a Gorowen, al lado de mi hermana, bajo la gida de quien deba permanecer hasta que el divorcio hubiera sido concedido; por nada del mundo quera volver ella a la casa de su padre... Lotario me pregunt con toda candidez si no poda acompaarnos. --Lrgate de aqu cuanto antes, mocoso!--le dije. S mostrarme severo cuando es menester, seores... Cuando volv a casa, el reloj marcaba las cinco... Ya no poda ms de cansancio; las piernas se me entraban en el cuerpo. Todo estaba en silencio. Antes de partir, haba mandado a mi gente que se acostara. Al atravesar el vestbulo, donde ardan las luces todava, vi una puerta rodeada de guirnaldas. Daba al famoso dormitorio cuya entrada me haba prohibido mi hermana, a fin de que tuviera una gran sorpresa el da de mis bodas. Abr por curiosidad, y mis miradas se hundieron en una verdadera capilla ardiente, de la que se desprendan perfumes desconocidos... Colgaduras por todas partes, alfombras... una lmpara de iglesia penda del cielo raso... y, all, en el fondo, sobre un estrado, se alzaba una especie de catafalco, con adornos dorados y un cubrepis de seda... Y all dentro era donde habra tenido que dormir yo? Brrr!... hice, cerrando la puerta y escapando tan rpidamente como me lo permitan mis cansadas piernas. Y, una vez en mi aposento encend mi buena y hermosa lmpara de trabajo, que me sonrea como el sol. Ah estaba, arrimada contra la pared, mi vieja cama estrecha, con sus montantes rojos, su jergn gris y su piel de ciervo rada... Ah seores! qu consuelo sent al verla! Me quit las ropas, tom un buen cigarro... Me met entre las cobijas... y me puse a leer un captulo apasionante de la guerra francoalemana... Y puedo asegurar a ustedes, seores, que nunca en mi vida he dormido mejor que en mi noche de bodas. FIN * * * * * NOVELAS DEL MISMO AUTOR PUBLICADAS EN LA BIBLIOTECA DE LA NACIN El Deseo Vol. 80 El Pasado indestructible 220 y 221 End of the Project Gutenberg EBook of El molino silencioso; Las bodas de Yolanda, by Hermann Sudermann License: Share Alike