Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net BIBLIOTECA de LA NACIN EUGENIO SUE PLICK Y PLOCK TRADUCCIN DE T. ORTS-RAMOS BUENOS AIRES 1919 Derechos reservados. Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires NDICE Prefacio KERNOK EL PIRATA I.--El degollador y la bruja II.--Kernok III.--La buena ventura IV.--El brick El Gaviln V.--Regreso VI.--La partida VII.--Carlos y Anita VIII.--La presa IX.--Orga X.--La caza XI.--El combate XII.--Sigue el combate XIII.--Los dos amigos XIV.--La misa de difuntos EL GITANO I.--El barbero de Santa Mara II.--La corrida de toros III.--El gitano IV.--Las dos tartanas V.--La blasfemia VI.--La monja VII.--El levante VIII.--La Urna de San Jos IX.--El relato X.--El prodigio XI.--Amor XII.--La capilla ardiente XIII.--El garrote XIV.--Maestro Plok PREFACIO 15 enero 1831. A travs de la profunda concentracin que cautiva todos los intereses en un orden de ideas graves y elevadas, el autor de estos relatos espera deslizarse inadvertido entre el mundo literario. Despus, habindose asignado fecha y lugar, como tantas honradas gentes a las que se encuentra, pasadas nuestras largas tormentas sociales, colocadas muy alto en la opinin de un gran nmero, aspira a colocarse, como ellas, en una decente reputacin negativa, nublada al silencio de la crtica y a la oportunidad de los grandes acontecimientos, tan favorable a los espritus mezquinos. Porque la carrera de esos veteranos de que hablamos ha sido plena, entera, honrada, gracias a su ancianidad que en la literatura prueba el mrito, casi lo mismo que un costurn prueba el valor. El tranquilo porvenir, la dulce y perezosa quietud de esos gruesos cannigos de la literatura, han engolosinado de tal modo al autor de este libro, que se apresura a inscribirse como _profeso_, en su orden, estimando que las mismas circunstancias llevarn sin duda un da a los mismos resultados. Un certificado de vida literaria es, pues, toda la ambicin del autor. Dicho esto, continuemos. Antes de Cooper, hubiera tenido, quiz, la audacia de intentar interesar al pblico francs en las costumbres, en los caracteres que no despiertan en l ninguna simpata. Ignorante, adems, de las costumbres martimas, le sera verdaderamente imposible apreciar la exactitud de los cuadros que se desarrollaran ante sus ojos. Por la topografa de su pas y gracias a su poltica, los americanos estaban llamados, mejor que nadie, a comprender todo el alcance del genio de Cooper. Es que no hay en sus creaciones ms que una obra de artista? No existe un profundo pensamiento patritico en el gnero que ha encontrado? Este gnero es una expresin de los deseos, de las necesidades, de la potencia de los Estados Unidos; es la historia de los Estados Unidos dramatizada. Por ello, ved si de Nueva Orlens a Boston hay un corazn que no lata, una frente que no se coloree, cuando se leen esas bellas pginas en las que se pintan las luchas de esa salvaje y vigorosa Amrica, cuya religin fue la de permanecer libre bajo su hermoso cielo, en medio de sus ricas selvas, sobre su suelo virgen, y de rechazar hasta su brumosa isla a la aristocrtica Inglaterra, llena de prejuicios, abrumada por sus viejos sistemas de colonizacin. A causa de nuestra indiferencia por el mar, nuestras glorias navales son casi ignoradas en Pars. Bonaparte haba visto que le era imposible luchar directamente con Inglaterra. Le era necesario reunir a cada momento todas sus fuerzas para aplastar al enemigo en el continente. Si la marina tuvo una plaza secundaria en sus combinaciones, fue porque por dos veces sus almirantes perdieron los navos de Francia, y porque, para servirnos de una de las expresiones de Napolen, una flota no se improvisa como un ejrcito. Por esta causa, a pesar de algunos admirables combates parciales sostenidos por nuestros marinos, la fama no ha tenido voz ms que para celebrar la gloria de nuestro ejrcito de tierra. Y esto fue una grave injusticia como arte y como poltica. Como poltica, porque la mayora de los hombres creen lo que leen, porque los relatos de nuestras victorias martimas, adornadas por la literatura, poetizadas, exageradas quizs, hubiesen acabado por darnos a nosotros mismos una idea de nuestra importancia martima. Este sentimiento se hubiera infiltrado entre las masas en Francia y en el extranjero; esta fe nacional hubiese producido grandes resultados, sin duda; porque se equivocara, creo, el que pensase que las historias, las novelas, las memorias sobre las conquistas de Bonaparte no han aumentado nuestras fuerzas morales en el interior, nuestra potencia en el exterior. Y adems, si se supiese de qu modo las costumbres martimas son nuevas y picantes! qu pocas cosas hay tan singulares, curiosas y dignas de estudio como el interior de un barco! No es ste un resumen de todos los conocimientos, de todas las artes, de todas las industrias humanas? No es una obra que prueba a cunta altura puede elevarse nuestra inteligencia? Sobre todo, constituyen un campo digno de estudio esas costumbres, esos afectos, esos odios floreciendo sobre frgiles tablas, y esos caracteres puestos speramente de relieve por el aislamiento, por la concentracin; y esa fisonoma moral de un pueblo acusada all ms vigorosamente que en parte alguna, porque, en aquella vida incesantemente peligrosa, el hombre, menos gastado por las costumbres de una civilizacin decrpita, reproduce ms vivamente el tipo impreso a cada raza por la Naturaleza. Y los marineros!... Qu estudio para el que los comprende, para el que sabe bucear en la profundidad de sus almas! Es un pueblo poderoso y dbil a la vez: tan pronto furioso como un soldado el da de pillaje, tan pronto tmido e ingenuo como un nio, cuando la embarcacin se mece perezosamente en la calma; en el mar, resistente a todas las pruebas, el marinero soporta las privaciones con un desdn, con una firmeza estoicas; en tierra, sumergindose en todos los excesos, se entrega al placer con un ardor que se puede comparar ms que con el vigor de organizacin desplegado en delirantes orgas: a bordo, durmiendo sobre el puente, corriendo en lo alto de un palo; en tierra, llevando los refinamientos y el lujo de la mesa hasta un grado inaudito, disipando en ocho das el fruto de dos aos de ahorros forzosos. Y en efecto, el marinero, ese pobre hombre, no debe olvidar en un alegre festn, que acaba con su oro, sus largos cuartos de noche[1] durante los cuales temblaba bajo la escarcha? y esas horas de tempestad, cuando, balancendose sobre una verga, contemplaba sonriendo el remolino que amenazaba tragarle? y esos das miserables en que, prisionero en un lugar estrecho y malsano, ha carecido de aire, de agua, de pan, de esperanza y de luz?... Pobre hombre, maana ya no tendr ms oro! maana no ms vino humeante y generoso, no ms muelle cama, no ver ya a la muchacha riente y loca! maana, no ms alegres espectculos que ensanchaban su franco y jovial rostro, siempre granujiento, enrojecido, radiante!... Se acab todo! Maana, pobre marinero, besars a tu vieja madre entregndola escrupulosamente una parte sagrada de tus ahorros; porque una hermosa hostelera de ojos brillantes, de cabellos negros, se esforzar en elogiarte an la calidad superior de su _grog_, el perfume de su tabaco y sus platos apetitosos... --Que me trague diez brazas de cable, si toco esta suma; _es la parte de mi madre!_...--dirs cerrando con rapidez el largo bolsillo de cuero. Ahora vas a embarcarte de nuevo! ahora te esperan una valiente fragata y una disciplina severa!...--Larga velas! arra velas! Arriba, abajo! Galleta dura, agua corrompida y algn vergazo si no andas listo!... Y bien, qu importa! l se encamina a su flotante casa cantando, sin una lamentacin, sin un suspiro. Durante esos ocho das tan brillantemente coloreados por placeres sin nmero, ha hecho una provisin de recuerdos para los dos aos que pasar en el mar. Durante las largas noches insomnes, se acordar de sus goces uno a uno; se aislar del presente hundindose en sus pensamientos; encontrar en el fondo de su alma no s qu perfume de vino, qu sonrisa de mujer, qu vagos reflejos del tiempo pasado que le harn olvidar la aflictiva realidad. Tal es ese pueblo, esencialmente bueno, pero uniendo a la altivez de un escocs la ingenua bondad de un bretn; doblando pacientemente la espalda ante un puetazo, pero dando una pualada por una mirada, pasando de la extrema alegra al extremo disgusto, pero sin perder nada de la vivacidad de estos dos sentimientos. A bordo, con una alegra dulce y melanclica, con una imaginacin ardiente alimentada sin cesar por una vida sedentaria y por relatos cuya grosera poesa no carece de originalidad ni de grandiosidad, ser complejo, mltiple, en fin! viviendo de anomalas y de oposiciones, pero, por encima de todo, impregnando su vida entera de una despreocupada e irnica intrepidez, que no le abandona nunca a pesar de todos los peligros corridos, despus de tantos aos de una existencia que no es otra cosa que un largo peligro. Ya lo hemos dicho, Cooper, en sus admirables novelas, ha pintado a ese hombre de una manera tan amplia como pintoresca. Ha excitado vivamente la curiosidad, el inters por costumbres cuyos detalles contrastan rudamente con los de nuestra vida ciudadana. Pero, desgraciadamente, la energa, la finura del original, se debilitan casi siempre en la traduccin. En francs, ese estilo queda despojado de su nerviosa concisin. As, y todo, podemos admirar los grandes rasgos que caracterizan a ese talento verdaderamente nuevo; pero los matices, el color local, la preciosa ingenuidad de los idiomas, escapan a los que no pueden leer en ingls esas pginas maravillosas. Sin embargo, nosotros creemos que si uno de nuestros talentos de primer orden, que si Vctor Hugo, de Vigny, Janin, Merime, Nodier, Balzac, P. L. Jacob, Delatouche, etc., quisieran cambiar un ao de su vida estudiosa por un ao de existencia martima, e intentasen entonces aplicar su potencia, su riqueza de ejecucin a la pintura del mar, tendramos ciertamente una gloria literaria ms. Y, por qu Lamartine no ha de ensayar conducir su musa por el mismo camino donde Byron ha conducido la suya en el segundo canto de _Don Juan_ y en su _Corsario_? El temor de la imitacin no sera racional; Cooper ha pintado americanos; vosotros podrais pintar las costumbres de los franceses, otros sitios, otros lugares, otras costumbres, otros combates... Todo talento que se basa en la observacin exacta de la Naturaleza, no ser siempre ms _sui generis_, ms personal, original, influyente?... No son as Corneille y Shakespeare, Goethe y Chateaubriand? Pero yo me equivoco. Tenemos ya nuestro Cooper: un poeta que conmueve y atrae por la energa de su composicin, por la verdad de sus descripciones. En presencia de sus obras el corazn se oprime... Veis esas olas enormes que estallan y se rompen contra ese navo desmantelado... ese cielo sombro y brumoso, esos rostros de mujeres llorosas, palpitantes, y que contrastan de una manera tan sublime con la actitud tranquila, fra, de un marino que manda siempre a la tempestad, aun en el momento de perecer? Otras veces, al contrario, vuestra alma se dilata, se ensancha... La atmsfera es pura; ni una nube vela ese ardiente sol que desaparece en el horizonte entre un vapor rojizo. Y despus, qu calma! qu dulce alegra anima a esos pescadores al dejar sus redes y sus barcas sobre esa playa resplandeciente a los ltimos rayos del sol! Os los gritos de los nios... los cantos de los marineros? Veis la noble cabeza del abuelo, del viejo marino que se hace llevar a la puerta de su choza para gozar an del imponente espectculo que siempre le emociona, aun despus de tantos aos? Ese poeta, vosotros le conocis, estoy seguro. No habis admirado el _Kent_, el _Colombus_, la _Puesta del sol en el mar_?... Ese poeta, pues, vuestro Cooper, no es Gudin? Acaso en sus cuadros no hay el mismo colorido, la misma ingenuidad, la misma alteza de concepcin que en las pginas del _Piloto_ y del _Corsario rojo_? Ah! si alguno de los escritores que hemos nombrado oyese nuestra dbil voz, tendramos una doble gloria en este gnero; poseyendo ya la poesa pintada, gozaramos adems de algunas deliciosas poesas escritas. En cuanto al autor de este libro, su papel es poco ms o menos el de un enano de la edad media, cuya historia quiero contaros. * * * * * Un da, algunas bandas de salteadores y de arqueros galos, haban sitiado la abada de San Cutberto, en Bretaa. Su jefe, Manostuertas, cabalgaba insolentemente a la vista de las murallas, pero, no obstante, fuera del alcance de los tiros de los hombres de armas de la abada. Viendo esto los monjes desde lo alto de las murallas, invocaban piadosamente la intercesin de San Cutberto, cuando advirtieron, no sin extraeza, al enano del prior que conduca o ms bien arrastraba una ballesta prodigiosamente pesada y maciza. --Dios me valga!--exclam el prior--; el muy necio se ha atrevido a poner mano sobre la ballesta dedicada a nuestro seor San Cutberto, en la nave de nuestra iglesia!... sobre la ballesta, gran Dios!, que ese santo hizo caer de las manos de un gigante que la usaba para esperar a los mercaderes lombardos y a los peregrinos que pasaban por tierras de la abada. --Pero--dijo el enano--, olvidis, seor, que esta ballesta traspasara la ms slida muralla de Granada a mil pasos de distancia? Y diciendo esto haba apoyado entre las almenas el poderoso arco que armara el gigante, pero el pobre enano ni siquiera pudo hacer mover el rudo mecanismo que impulsaba el proyectil. Y el jefe de los salteadores, el condenado Manostuertas, injuriaba siempre con sus gestos, al prior, a la abada y a los monjes. Mientras que el prior se burlaba del enano porque haba osado poner sus dbiles manos sobre un arma tan pesada... un caballero, vasallo del primado, y de brazo maravillosamente fuerte, asi la ballesta que el enano haba dispuesto sobre la muralla, la cuerda de hierro se tendi, la flecha silb y alcanz a Manostuertas a pesar de su armadura. Por la noche, los arqueros galos, espantados de la muerte de su jefe, haban dejado libres todas las salidas de la abada de San Cutberto. Y viendo las ltimas lanzas de los salteadores brillar al sol poniente y despus bien pronto desaparecer en el horizonte, el pobre enano se alababa de su loca e impotente tentativa, porque uno ms fuerte que l haba valerosa y felizmente realizado su idea. * * * * * El lector ha comprendido el sentido de este aplogo. Nosotros nos consideraramos muy dichosos, si algn escritor de nombre quisiera marchar por la va que indicamos en estos ensayos. EUGENIO SUE. PLICK Y PLOCK[2] KERNOK EL PIRATA Got callet deusan Armoriq. Era un hombre duro de la Armrica. _Prov. bretn._ CAPTULO PRIMERO EL DESOLLADOR Y LA BRUJA Los desolladores e hiladores de camo viven separados del resto de los hombres... La presencia de un loco en una casa defiende a sus habitantes contra los malos espritus. CONAM-HEK, _Crnica bretona_. En una noche de noviembre, sombra y fra, el viento del NO. soplaba con violencia, y las altas olas del Ocano iban a estrellarse contra los bancos de granito que cubren la costa de Pempoul, mientras que las puntas destrozadas de aquellas rocas tan pronto desaparecan bajo las olas como destacaban su fondo negro sobre una espuma deslumbradora. Colocada entre dos rocas que la protegan contra los efectos del huracn, se elevaba una cabaa de miserable apariencia; pero lo que haca verdaderamente horrible su aspecto, eran una multitud de huesos, de cadveres de caballos y de perros, de pieles ensangrentadas y de otros despojos que anunciaban bien claramente que el propietario de aquel chamizo era desollador. Se abri la puerta y apareci en ella una mujer cubierta con una manta negra que la tapaba enteramente y no dejaba ver ms que su cara amarilla y arrugada, casi oculta por mechones de pelo blanco. Llevaba una lmpara de hierro en una mano y con la otra trataba de resguardar la llama, que el viento agitaba. --Pen-Out! Pen-Out!--grit con un acento de clera y de reproche--; dnde ests, maldito nio? Por San Pablo! no sabes que se acerca la hora en que las cantadoras de la noche[3] se disponen a errar por la playa? No se oy ms que el mugido de la tempestad que pareca redoblar su furor. --Pen-Out! Pen-Out!--grit una vez ms. Pen-Out prest por fin odo. El idiota estaba inclinado sobre un montn de huesos a los cuales daba las formas ms variadas y extravagantes. Volvi la cabeza, se levant con aire descontento, como el nio que abandona a disgusto sus juegos, y se dirigi a la cabaa, no sin llevarse una hermosa cabeza de caballo, de huesos blancos y pulidos, que l apreciaba mucho, sobre todo desde que haba introducido en su interior unos guijarros que resonaban de la manera ms agradable, cuando Pen-Out sacuda aquel instrumento de nuevo gnero. --Entra, pues, maldito!--exclam su madre, empujndole con tanta violencia que su cabeza fue a dar contra la pared, y la sangre sali. Entonces el idiota se ech a rer a carcajadas, con una risa estpida y convulsiva, enjug su herida con sus largos cabellos, y fue a dejarse caer bajo la campana de una vasta chimenea. --Ivona, Ivona, cuida de tu alma, en lugar de derramar la sangre de tu hijo!--dijo el desollador que estaba arrodillado y pareca absorto en una profunda meditacin--. No oyes, pues?... --Oigo el ruido de las olas que golpean esa roca, y el silbido del viento. --Di mejor la voz de los muertos. Por San Juan del dedo! hoy es el da de los difuntos, mujer, y los nufragos que nosotros...--aqu una pausa--, podran muy bien venir a arrastrar a nuestra puerta el _carriquet-ancou_[4], con sus vestidos blancos y sus lgrimas sangrientas--respondi el desollador en voz baja y trmula. --Bah! qu podemos temer? Pen-Out es idiota; no sabes t que los malos espritus no entran nunca bajo el techo que cubre a un loco? _Jan y su fuego_ que dan vueltas con tanta rapidez como la devanadera de una vieja, _Jan y su fuego_ huiran a la voz de Pen-Out como una alondra ante el cazador. Qu temes, pues? --Entonces, por qu desde el ltimo naufragio, ya sabes, aquel lugre que se estrell contra la costa, atrado por nuestras seales engaadoras... por qu tengo una fiebre ardiente y pesadillas espantosas? En vano he bebido tres veces, a media noche, el agua de la fuente de Krinock; en vano me he frotado con la grasa de una gaviota sacrificada en viernes; nada, nada, me ha calmado. Por la noche tengo miedo. Ah! mujer, mujer, t lo has querido. --Siempre cobarde. Es que no hay que vivir? tu estado no te hace horroroso a todo, Saint-Pol? y sin mis predicciones, a qu nos veramos reducidos? La entrada en la iglesia nos est prohibida; los panaderos casi no quieren vendernos pan. Pen-Out no va una vez a la poblacin que no vuelva molido a golpes, el pobre idiota. Y si se atreviesen nos daran caza como a una bandada de lobos de las montaas de Arrs, y porque nosotros aprovechamos lo que _Teus_[5] nos enva, t te arrodillas como un sacristn de Plougasnou y ests tan plido como una muchacha que saliendo de la velada encontrase a _Teus Arpouliek_ con sus tres cabezas y su ojo de fuego. --Mujer... --Eres ms cobarde que un hombre de Cornouailles--dijo finalmente Ivona exasperada. Y como el ms sangriento ultraje que se pueda hacer a un leons es compararle con un habitante de Cornouailles, el desollador agarr a su mujer por el cuello. --S--repiti con voz ronca y ahogada--, ms cobarde que un hijo de la llanura! La rabia del desollador no conoci lmites, y se apoder de su hacha, pero Ivona se arm de un cuchillo. El idiota rea a carcajadas, agitando su cabeza de caballo llena de guijarros que producan un ruido sordo y extrao. Afortunadamente, llamaron a la puerta de la cabaa, cuando estaba a punto de ocurrir una desgracia. --Abrid, voto a...! abrid de una vez! El NO. sopla con una fuerza como para descornar a un buey--dijo una voz ruda. El desollador dej caer su hacha, e Ivona se arregl la cabeza lanzando sobre su marido una mirada en la que aun brillaba la clera. --Quin puede venir a esta hora a importunarnos?--dijo el hombre; despus se subi hasta una estrecha ventana, y mir. II KERNOK Got callet deusan Armoriq. Era un hombre duro de la Armrica. _Prov. bretn._ Era l, era Kernok el que llamaba a la puerta. He aqu un bravo y digno compaero. Juzgad, si no. Haba nacido en Plougasnou; a los quince aos se escap de casa de su padre y se embarc en un barco negrero, comenzando all su educacin martima. No haba a bordo grumete ms gil ni marinero ms intrpido, ni nadie tena la mirada ms penetrante para descubrir a lo lejos la tierra velada por la bruma. Nadie apretaba con ms gracia y presteza una gavia. Y qu corazn! Un oficial se descuidaba su bolsa, y el joven Kernok la recoga cuidadosamente, pero sus camaradas tenan parte en el contenido; si robaba ron al capitn, lo parta tambin escrupulosamente con sus amigos. Y qu alma! Cuntas veces, cundo los negros que eran transportados del frica a las Antillas, entumecidos por el fro hmedo y penetrante de la cala, no podan arrastrarse hasta el puente para aspirar el aire durante el cuarto de hora que a este efecto se les conceda, cuntas veces, digo, el joven Kernok les haca recobrar el movimiento y la transpiracin de la piel a fuerza de golpes! Y el seor Durand, artillero-carpintero-cirujano del brick, haca notar juiciosamente que ninguno de los negros sometidos a la vigilancia de Kernok padeca de aquella somnolencia y de aquella pesadez peculiar a los dems negros. Al contrario, los suyos, a la vista del amenazador cabo de cuerda, estaban siempre en un estado de irritabilidad nerviosa, como deca el seor Durand, de irritabilidad nerviosa muy saludable. De este modo, Kernok obtuvo bien pronto la estimacin y la confianza del capitn negrero, capaz, afortunadamente, de apreciar sus raras cualidades. El buen capitn se aficion tanto al joven marinero, que le dio algunas lecciones de teora, y un da le nombr segundo de a bordo. Kernok se mostr digno de este ascenso por su valor y su habilidad; descubri, sobre todo, una manera de encajonar a los negros en el sollado tan ventajosamente, que el brick, que hasta entonces no haba podido llevar ms que doscientos, pudo contener trescientos, a la verdad, apretndolos un poco--rogndoles que se pusieran de lado en lugar de tenderse panza arriba como bajs--, as deca Kernok. Desde aquel da el negrero predijo a su protegido el ms alto destino. Dios sabe si se cumpli esta prediccin! Al cabo de algunos aos, una tarde que singlaba hacia la costa de frica, el digno capitn de Kernok, que haba bebido un poco ms que de costumbre, estaba del ms jovial humor. A horcajadas sobre una ventana, fumando su larga pipa, se diverta en seguir con la vista la direccin de los espesos torbellinos de humo que lanzaba gravemente o en mirar fijamente la rpida estela del navo, apresurando con sus deseos el momento en que volvera a ver Francia. Despus pensaba con emocin en las bellas campias de Normanda, donde haba nacido; crea ver an la choza dorada por los ltimos rayos del sol, el arroyuelo lmpido y fresco, el viejo manzano, y su madre, y su mujer, y sus hijitos que esperaban su regreso, suspirando junto a los hermosos pjaros dorados y a las telas de vivos colores que l no dejaba de llevarles nunca como recuerdo de sus lejanas correras. El crea ver todo esto, pobre hombre! Su pipa, que el tiempo haba vuelto negra como el ala de un halcn, haba cado de su boca entreabierta, sin que l se diera cuenta; sus ojos se llenaban de lgrimas, su corazn lata con violencia. Poco a poco los esfuerzos de su imaginacin encaminada hacia un mismo objeto, quiz tambin por la influencia del aguardiente, dieron a esta visin fantstica una apariencia de realidad; y el buen capitn, creyendo, en su embriaguez, que el mar era aquella riente pradera tan deseada, tuvo la loca idea de querer ir hacia ella. Y en efecto, ponindose en pie avanz hacia el lquido elemento. Otros dicen que una mano invisible le empuj y que la estela plateada del buque se enrojeci un momento. Lo cierto es que se ahog. Como el brick se encontraba cerca de las islas de Cabo Verde, el oleaje era fuerte y la brisa fresca, el timonel no oy nada; pero Kernok, que haba ido a dar cuenta de la ruta al capitn, debi ser el primero en advertir el accidente, al cual no era quizs ajeno. Kernok tena una de esas almas fuertemente templadas, inaccesibles a las mezquinas consideraciones que los hombres dbiles llaman reconocimiento o piedad. No es extrao, pues, que cuando apareci en el puente no se notara en l la menor emocin. --El capitn se ha ahogado--dijo con calma al contramaestre--; es una lstima, porque era un valiente. Aqu Kernok aadi un epteto que nosotros nos abstenemos de repetir, pero que termin de una manera pintoresca la oracin fnebre del difunto. --Oh! Kernok era lacnico! Despus, dirigindose al piloto, aadi: --El mando del buque me pertenece, como segundo de a bordo; de modo que vas a cambiar de ruta. En lugar de gobernar al SE. te dirigirs al NE. porque vamos a virar en redondo y a dirigirnos a Nantes o a Saint-Malo. El hecho es que Kernok haba tratado de desviar al capitn difunto del trfico de los negros, no por filantropa, no!, sino por un motivo bastante ms poderoso a los ojos de un hombre razonable. --Capitn--le deca continuamente--, usted hace adelantos que le producen todo lo ms un trescientos por ciento; yo en su lugar ganara lo mismo, o ms, sin desembolsar un cntimo. Su brick marcha como una dorada; rmelo en corso, yo respondo de la tripulacin; djeme hacer, y a cada presa oir usted la cancin del corsario. Pero la elocuencia de Kernok no haba quebrantado jams la voluntad del capitn, porque l saba perfectamente que los que abrazan tan noble profesin acaban tarde o temprano por balancearse al extremo de una verga; y el inexorable capitn haba cado al mar por _accidente_. Apenas Kernok se vio dueo del buque, retorn a Nantes para reclutar una tripulacin conveniente, armar su nave y poner en prctica su proyecto favorito. Y para que digis que no hay una Providencia, apenas llegado a Francia se entera de que los ingleses nos han declarado la guerra, obtiene la autorizacin competente, sale, da caza a un buque mercante y entra con su presa en Saint-Pol de Len. Qu ms dir? La suerte favoreci siempre a Kernok, porque el Cielo es justo: hizo numerosas presas a los ingleses. El dinero que obtena se liquidaba rpidamente en las tabernas de Saint-Pol; y es en el momento de disponerse a embarcarse de nuevo para fabricar moneda, como l deca en su ingenuo lenguaje, cuando le vemos llamar a la puerta de la respetable familia del desollador. --Pero, voto al diablo!, abrid de una vez--repiti sacudiendo vigorosamente la puerta--. O es que queris quedaros agazapados como las gaviotas en el hueco de una roca? Por fin abrieron. III LA BUENA VENTURA La bruja dijo al pirata: Buen capitn, en verdad, No ser yo tan ingrata, Y tendris vuestra beldad. VCTOR HUGO, _Cromwell_. Entr, se quit su capote impermeable que chorreaba agua, lo extendi cerca de la lumbre, sacudi su ancho sombrero de cuero barnizado, y se dej caer sobre una silla vieja. Kernok podra tener treinta aos; su ancha cintura y busto cuadrado que anunciaba un vigor atltico, sus facciones bronceadas, su negra cabellera, sus espesas patillas, le daban un aire duro y salvaje. Sin embargo, su rostro hubiera pasado por hermoso a no ser por la constante movilidad de sus pobladas cejas que se unan o se separaban, segn la impresin del momento. Su traje no le distingua en nada de un simple marinero; solamente llevaba dos ncoras de oro bordadas en el cuello de su grosera chaqueta, y un ancho pual encorvado penda de su cintura por un cordn de seda roja. Los habitantes de la cabaa examinaban al recin llegado con una expresin de temor y de recelo y esperaban pacientemente que el singular personaje hiciera conocer el objeto de su visita. Pero l no pareca ocupado ms que en una cosa, en calentarse, y arroj al fuego con desparpajo algunos trozos de madera en los que se vean an aplicaciones de hierro. --Perros--dijo entre dientes--, sos son los restos de un buque que ellos habrn atrado y hecho naufragar. Ah! si alguna vez _El Gaviln_... --Qu quiere usted?--dijo Ivona cansada del silencio del desconocido. Este levant la cabeza, sonri desdeosamente, no pronunci una sola palabra, extendi sus piernas sobre la lumbre, y despus de haberse acomodado lo mejor posible, es decir, con la espalda apoyada contra la pared y los pies sobre los morillos. --Usted es Pen-Hap el desollador, no es cierto, buen hombre?--dijo por fin Kernok que, con su bastn herrado atizaba el fuego con tanta fruicin como si se hubiese encontrado en el rincn de la chimenea de alguna excelente posada de Saint-Pol--, y usted la bruja de la costa de Pempoul?--aadi mirando a Ivona con aire interrogativo. Despus, midiendo al idiota con la vista, con disgusto: --En cuanto a ese monstruo, si lo llevaseis al aquelarre, causara miedo al mismo Satans; por lo dems, se parece a usted, vieja ma, y si yo pusiera esa cara en el mascarn de mi brick, los bonitos, asustados, no vendran ms a jugar ni a saltar bajo la proa. Aqu Ivona hizo una mueca de clera. --Vamos, vamos, bella patrona, clmese usted y no abra el pico como una gaviota que va a dejarse caer sobre un banco de sardinas. He aqu lo que la apaciguar--dijo Kernok haciendo sonar algunos escudos--; tengo necesidad de usted y del... _seor_. Este discurso, y la palabra _seor_ sobre todo, fueron pronunciados con un aire tan evidentemente burln, que fue preciso la vista de una bolsa bien repleta y el respeto que inspiraban los anchos hombros y el bastn herrado de Kernok, para impedir que la digna pareja no estallase en una clera demasiado largo tiempo contenida. --Y no es--aadi el corsario--que yo crea en vuestras brujeras. Antes, en mi infancia, ya era otra cosa. Entonces, como los dems, yo temblaba durante la velada oyendo esos bellos relatos, y ahora, hermosa patrona, hago tanto caso de ellos como de un remo roto. Pero _ella_ ha querido que viniese a hacerme decir la buena ventura antes de hacerme a la mar. En fin, vamos a empezar; est usted dispuesta, _seora_? Este _seora_ arranc a Ivona una mueca horrible. --Yo no me quedo aqu!--exclam el desollador, plido y trmulo--. Hoy es el da de los muertos; mujer, mujer, t nos perders; el fuego del Cielo abrasar esta morada! Y sali cerrando la puerta con violencia. --Qu mosca le ha picado? Corre a buscarle, viejo mochuelo; l conoce la costa mejor que un piloto de la isla de Batz, y yo le necesito. Ve, pues, bruja maldita! Diciendo esto, Kernok la empuj hacia la puerta... Pero Ivona, soltndose de las manos del pirata, repuso: --Vienes para insultar a los que te sirven? Calla, calla, o no sabrs nada de m. Kernok se encogi de hombros con un aire de indiferencia y de incredulidad. --En fin, qu quieres? --Saber el pasado y el porvenir, nada ms que eso, mi digna madre; eso es tan fcil como hacer diez nudos con el viento en popa--respondi Kernok jugando con los cordones de su pual. --Tu mano? --Ah va; y me atrevo a decir que no hay otra ms fuerte ni ms gil. A ver, pues, lo que lees en ella, vieja hada! Pero creo tanto en eso como en las predicciones de nuestro piloto que, quemando sal y plvora de can, se imagina adivinar el tiempo que har por el color de la llama. Tonteras! yo no creo ms que en la hoja de mi pual o en el gatillo de mi pistola, y cuando digo a mi enemigo: Morirs! el hierro o el plomo cumplen mejor mi profeca que todas las... --Silencio!--dijo Ivona. Mientras que Kernok expresaba tan libremente su escepticismo, la vieja haba estudiado las lneas que cruzaban la palma de su mano. Entonces fij sobre l sus ojos grises y penetrantes, despus aproxim su dedo descarnado a la frente de Kernok, que se estremeci sintiendo la ua de la bruja pasearse sobre las arrugas que se dibujaban entre sus cejas. --Hola!--dijo ella con una sonrisa repugnante--; hola! t, tan fuerte, y tiemblas! --Tiemblo... tiemblo... Si crees que es posible sentir tu garra sobre mi piel, te equivocas. Pero, si en lugar de ese cuero negro y curtido se tratase de una mano blanca y regordeta, ya veras entonces si Kernok... Y balbuceaba, bajando involuntariamente la vista ante la mirada fija e insistente de la bruja. --Silencio!--repiti; y su cabeza cay sobre su pecho; se hubiera dicho que estaba absorta en un profundo ensueo. Solamente de cuando en cuando la agitaba una especie de temblor convulsivo, y sus dientes se entrechocaban. La luz vacilante del hogar que se extingua iluminaba nicamente con su rojiza claridad el interior de aquel chamizo; y destacndose en el fondo la cabeza disforme del idiota que dormitaba agazapado en un rincn, resultaba verdaderamente espantosa. De Ivona no se vea ms que su manta negra y sus largos cabellos grises; en el exterior muga la tempestad. Haba no s qu de horrible y de infernal en aquella escena. Kernok, el mismo Kernok, experiment un ligero estremecimiento, rpido como una chispa elctrica. Y sintiendo poco a poco despertarse en l su antigua supersticin de nio, perdi aquel aire de incredulidad burlona que se pintaba en sus facciones al entrar. Bien pronto un sudor hmedo cubri su frente. Maquinalmente asi su pual y lo sac de la vaina... Y como aquellas gentes que, medio dormidas an, creen salir de un sueo penoso haciendo algn movimiento violento, exclam: --Que el infierno se lleve a Melia, a sus estpidos consejos y a m mismo por haber sido tan tonto en seguirlos! He de dejarme intimidar por esas mojigangas, buenas para asustar a las mujeres y a los nios? No, voto a tal! no se dir que Kernok... Ea! prometida del demonio, habla pronto; tengo que marcharme. Me oyes? Y la sacudi fuertemente. Ivona no responda; su cuerpo segua las impulsiones que le daba Kernok. No se notaba siquiera la resistencia que hace experimentar un ser animado. Se hubiera dicho que era una muerta. El corazn del pirata lata con violencia. --Hablars?--murmur, levantando la cabeza de Ivona que estaba inclinada sobre su pecho. Ivona qued en la posicin que la dejara, pero su mirada continuaba siendo fija y sombra. Los cabellos de Kernok se erizaban sobre su cabeza; con las dos manos hacia adelante, el cuello tendido, como fascinado por aquella mirada plida y siniestra, escuchaba respirando apenas, dominado por un poder superior a sus fuerzas. --Kernok--dijo por fin la bruja con una voz dbil y entrecortada--, tira, tira ese pual, porque hay sangre en l; sangre de _ella_ y de _l_. Y la vieja sonri de una manera espantosa; despus, poniendo el dedo sobre su cuello: --La has herido ah... y sin embargo, aun vive. Pero no es eso todo... Y el capitn del barco negrero? El pual cay a los pies de Kernok; se pas la mano por su frente ardiente y se apret las sienes con tal fuerza, que la huella de sus seas qued impresa en ellas. Apenas si se sostena y tuvo que apoyarse contra el muro. Ivona continu: --Que hayas arrojado al mar a tu bienhechor despus de haberle dado de pualadas, pase; tu alma ir a Teus; pero que hayas herido a Melia sin matarla, eso est mal; porque para seguirte, ella ha abandonado ese bello pas donde se cran los venenos ms sutiles, donde las serpientes juegan y se enlazan a la claridad de la luna, confundiendo sus silbidos, donde el viajero oye, estremecindose, el estertor de la hiena, que grita como una mujer a la que se estrangula; ese bello pas, donde las vboras rojas producen unas mordeduras mortales, que llevan en las venas una sangre que las corroe. E Ivona retorca sus brazos, como si ella hubiese experimentado aquellas atroces convulsiones. --Basta, basta!--dijo Kernok, que senta que su lengua se pegaba al paladar. --Has herido a tu bienhechor y a tu amante; su sangre caer sobre ti, tu fin se aproxima! Pen-Out!--llam en voz baja. A esta voz sorda y ronca, Pen-Out, al que se hubiera credo profundamente dormido, se levant en una especie de acceso de somnabulismo, y se sent en las rodillas de su madre, que tom sus manos entre las suyas, y, apoyando su frente contra la del idiota, dijo: --Pen-Out, pregunta el tiempo que Teus le concede de vida... En nombre de Teus, respndeme. El idiota lanz un grito salvaje, pareci reflexionar un instante, retrocedi un paso e hiri el suelo con la cabeza de caballo que siempre llevaba. Golpe al principio cinco veces, despus otras cinco y luego tres ms. --Cinco, diez, trece--dijo su madre, que iba contando--, trece das te quedan an que vivir, ya lo oyes! y quiera Teus enviarte a nuestra costa, con el cuerpo lvido y fro, rodeado de algas, los ojos sombros y abiertos, la boca llena de espumarajos y la lengua apresada entre los dientes! Trece das... y tu alma para Teus! --Pero _ella, ella_!--dijo Kernok, jadeante, presa de un delirio atroz. --_Ella!_--repuso Ivona--; pero no me has pagado ms que por ti. Bah! ser generosa. Despus reflexion un momento ponindose el dedo en la frente. --Pues bien, ella tambin quedar con los miembros rgidos, la cara azulada, la boca espumeante y los dientes apretados. Oh! haris unos hermosos prometidos, y quiera Teus que yo os vea, en una noche de noviembre, sobre una roca negra que ser vuestro lecho nupcial, con las olas del Ocano por cortinajes, con el graznido de los cuervos por canto de bodas y el ojo ardiente de Teus por antorcha! Kernok cay desvanecido y dos carcajadas siniestras resonaron en la cabaa. En esto llamaron a la puerta. --Kernok, Kernok mo!--dijo una voz dulce y fresca. Estas palabras produjeron sobre Kernok un efecto mgico; abri los ojos y mir a su alrededor con extraeza y espanto. --Dnde estoy, pues?--dijo levantndose--; ha sido una pesadilla, una espantosa pesadilla? Pero no... mi pual... esta capa... Es demasiado cierto... al infierno! maldita vieja! yo sabr... La vieja y el idiota haban desaparecido. --Kernok, Kernok, abre ya--repiti la dulce voz. --_Ella_--exclam--, _ella_ aqu! Y se precipit hacia la puerta. --Ven--dijo--, ven! Y saliendo de la cabaa, con la cabeza desnuda, la arrastr rpidamente, y a travs de las rocas que bordean la costa, alcanzaron bien pronto el camino de Saint-Pol. IV EL BRICK EL GAVILN Adelante, famoso bricbarca! Desde el codaste hasta la gavia No hay otro en el arsenal Que con l se pueda igualar; Viento en popa y adelante. _Cancin del marinero._ La niebla que rodeaba los alrededores del pequeo puerto de Pempoul se disipaba poco a poco, y el disco del sol apareca de un rojo obscuro en medio del cielo gris y sombro. Bien pronto Saint-Pol, dominado por sus grandes edificios negros y sus campanarios de piedra, se present vago e incierto a travs del vapor que ascenda de las aguas, despus se dibuj de una manera ms precisa, cuando los plidos rayos del sol de noviembre arrojaron el aire espeso y hmedo de la maana. A la derecha se elevaba la isla de Kalot con sus rompientes, el molino y el campanario azul de Plougasnou, mientras que a lo lejos se extenda la playa de Treguier, de fina y dorada arena, limitada por inmensos peascales que se pierden en el horizonte. La linda baha de Pempoul no contena ordinariamente ms que medio centenar de barcas y algunos buques de un tonelaje ms elevado. No es extrao, pues, que el hermoso brick _El Gaviln_ se destacase con toda la altura de sus gavias entre aquella innoble multitud de lugres, faluchos y botes que estaban fondeados a su alrededor. Ciertamente! no haba un brick ms hermoso que _El Gaviln_! Es posible cansarse de verlo recto y ligero sobre el agua, con sus formas esbeltas y estrechas, su alta armadura un poco inclinada hacia atrs, que le da un aire tan coquetn y tan marinero? cmo no admirar su velamen fino y ligero, con sus amplias piezas, sus gavias y sus juanetes tan elegantemente sesgados, y esas barrederas que se despliegan sobre sus flancos graciosas como las alas del cisne, y esos foques elegantes que parecen voltear al extremo de su bauprs, y su lnea de veinte carronadas de bronce, que se dibuja blanca y negra como los lados de un juego de damas? Y despus, jams el vapor oloroso de la mirra ardiendo en pebeteros de oro, jams la violeta con sus hojas aterciopeladas, jams la rosa ni el jazmn destilados en preciosos frascos de cristal se podrn comparar al delicioso perfume que exhalaba la cala de _El Gaviln_! qu oloroso alquitrn, qu brea tan suave! A fe de Dios! Ciertamente no haba un brick ms hermoso que _El Gaviln_! Y si le admiris dormido sobre sus ncoras, qu dirais, pues, si le vieseis dar caza a un desventurado buque mercante? No! jams caballo de carrera con la boca espumante bajo el freno, ha saltado con tanta impaciencia como _El Gaviln_, cuando el piloto no le dejaba precipitarse sobre el buque perseguido. Jams el halcn, rozando el agua con el extremo de su ala, ha volado con tanta rapidez como el hermoso brick, cuando, impulsado por la brisa, sus gavias y sus juanetes izados, se deslizaba por el Ocano, de tal modo inclinado, que los extremos de sus vergas bajas desfloraban la cima de las olas. Ciertamente, no hay un brick ms hermoso que _El Gaviln_! Y se es el que estis viendo, amarrado por sus dos cables. A bordo haba poca gente: el contramaestre, seis marineros y un grumete; nadie ms. Los marineros estaban agrupados en los obenques o sentados sobre los afustes de los caones. El contramaestre, hombre de unos cincuenta aos, envuelto en un largo gabn oriental, se paseaba por el puente con un aire agitado, y la protuberancia que se notaba en su mejilla izquierda anunciaba, por su excesiva movilidad, que morda su chicote con furor. Tanto es as, que el grumete, inmvil cerca de su jefe, con el gorro en la mano como quien aguarda una orden, observaba aquel peligroso pronstico con espanto creciente; porque el chicote del contramaestre era para la tripulacin una especie de termmetro que anunciaba las variaciones de su carcter; y aquel da, segn las observaciones del grumete, el tiempo anunciaba tempestad. --Mil millones de truenos!--deca el contramaestre hundindose el capuchn hasta los ojos--, qu infernal viento le ha empujado? Dnde est? Son las diez y aun no ha venido a bordo! Y la bestia de su mujer que parte a media noche para ir a buscarle, el diablo sabe dnde... Una brisa tan hermosa! Perder una brisa tan hermosa!--repeta en tono desgarrador mirando un ligero catavientos colocado en los obenques, y que por la direccin que le daba el viento anunciaba una fuerte brisa del NO--. Es preciso estar tan loco como el hombre que pone el dedo entre el cable y el escobn. El marmitn, impaciente de la duracin de este monlogo, haba intentado ya por dos veces interrumpir al contramaestre, pero la mirada furiosa y la movilidad excesiva del chicote de su superior se lo haban impedido. Por fin, haciendo un esfuerzo sobre s mismo, con su gorro bajo el brazo, el cuello tendido, la pierna izquierda hacia adelante, se aventur a tirar de la hopalanda de su jefe. --Seor Zeli--le dijo--, el desayuno le espera. --Ah! eres t, Grano de Sal? qu haces ah, miserable, estpido, animal, rata de bodega? Quieres que te haga curtir la piel, o que te ponga el espinazo rojo como un rosbif crudo? Contestars, grumete de desgracia? A este torrente de injurias y de amenazas, el grumete no opona ms que una calma estoica, acostumbrado, como estaba, a los arranques de su superior. Y, dicho sea de paso, habis de saber que, si yo creyese en la metempsicosis, preferira habitar por toda mi vida en el alma de un caballo de coche de alquiler, de un temporero, de un burro de Montmorency, animar, en fin, a lo que hay de ms miserable, que encontrarme bajo la piel de un grumete. Ya hemos dicho que el grumete no soltaba una palabra; y cuando el maestro Zeli se detuvo para tomar aliento. Grano de Sal repiti con un aire ms humilde que de costumbre: --El desayuno le... --Ah! el desayuno!--exclam el contramaestre encantado de hacer caer su furor sobre alguien--; ah! el desayuno! Toma, perro! Esto fue acompaado de un bofetn y de un puntapi tan violento, que el grumete, que estaba en lo alto de la escalera del sollado, desapareci como por encanto, y lleg al fondo de la cala resbalando con rapidez a lo largo de los tramos de la escalera. Llegado al final de su viaje, el grumete se levant y dijo frotndose los riones: --Estaba seguro; lo he conocido en el modo de mascar el tabaco. Y despus de un momento de silencio, Grano de Sal aadi con un aire muy satisfecho: --Prefiero eso que no haber cado de cabeza. Luego, consolado por esta reflexin filosfica, fue fielmente a cuidar del desayuno del maestro Zeli. V REGRESO Hola! de dnde viene usted, bello seor, con la cabeza desnuda... el cinturn colgando?... Qu palidez!... amigo... qu palidez! _Words-Vok._ Aunque hubiese desahogado un poco su clera en Grano de Sal, el maestro Zeli continuaba midiendo a zancadas el puente, levantando de cuando en cuando el puo y los ojos al cielo, y murmuraba palabras que era imposible tomar por una piadosa invocacin. De pronto, fijando una atenta mirada sobre la entrada del puerto, se detuvo, asi un anteojo que haba cerca de la bitcora y, aproximndolo al ojo izquierdo, exclam: --Por fin, por fin, qu suerte! ya est aqu, s, es l... Vaya una manera de remar! Vamos, firme, bravo, muchachos! doblad, y podremos aprovechar la brisa y la marea! Y el maestro Zeli, olvidando que era difcil hacerse or a dos tiros de can de distancia, animaba con la voz y con el gesto a los marineros que conducan a bordo a Kernok. Por fin el bote se acerc al brick y atrac a estribor. El maestro Zeli corri a la escala a dar el silbido que anunciaba al capitn, y, con el sombrero en la mano, se dispuso a recibirle. Kernok subi con agilidad por la banda del brick y salt sobre el puente. El contramaestre qued impresionado de su palidez y de la alteracin de sus facciones. Su cabeza desnuda, las ropas en desorden, la vaina sin pual que penda a su cintura, todo anunciaba un acontecimiento extraordinario. Por esta razn Zeli no tuvo el valor de reprochar a su capitn una ausencia tan prolongada y se acerc a l con un aire de inters respetuoso. Kernok abarc el brick con una mirada rpida y vio que todo estaba en orden. --Contramaestre--dijo con una voz imperiosa y dura--, a qu hora es la marcha? --A las dos y cuarto, capitn. --Si la brisa no cesa, aparejaremos a las dos y media. Haga izar el pabelln y disparar el caonazo de partida; vire al cabrestante, desaferre, y cuando las ncoras estn a pico, avseme. Dnde estn el oficial y el resto de la tripulacin? --En tierra, capitn. --Enve los botes a buscarles. El que no est a bordo a las dos, recibir veinte golpes de rebenque y pasar ocho das en el calabozo. Vyase! Nunca Zeli haba visto a Kernok con un aire tan duro y tan severo. As, contra su costumbre, no hizo una multitud de objeciones a cada orden de su capitn, y se content con ir prontamente a ejecutarlas. Kernok, despus de haber examinado atentamente la direccin del viento y de las brjulas, hizo signo a su compaero de que le siguiese. Este compaero era el que haba ido a buscarle al antro de la bruja. La voz pura y fresca que deca: Kernok, Kernok mo! era la suya; cmo no haba de ser dulce su voz! Era tan linda con sus facciones delicadas y finas, sus grandes ojos velados por largas pestaas, sus cabellos castaos y sedosos que se escapaban por debajo de las anchas alas de su sombrero, y aquel talle tan esbelto y frgil que dibujaba un vestido de tela azul, y aquella actitud tan viva y tan graciosa! y cuando marchaba libre y desembarazada, con el cuello erguido, la cabeza alta! Ah! qu salero! nicamente que su rostro pareca dorado por un rayo de sol tropical. Porque era de aquel clima ardiente de donde Kernok se haba trado a su gentil compaero, que no era otro que Melia, hermosa joven de color. Pobre Melia! por seguir a su amante haba abandonado la Martinica y sus bananeros y su casa de celosas verdes. Por l, hubiese dado su hamaca de mil colores, sus madrs rojas y azules, los crculos de plata maciza que rodeazan sus brazos y sus piernas; lo hubiese dado todo, todo, hasta el saquito que encerraba tres dientes de serpiente y un corazn de paloma, mgico talismn que deba proteger sus das, mientras lo llevara suspendido del cuello. Ya veis, pues, si Melia amaba a su Kernok. Tambin la amaba l, oh!, la amaba con pasin, porque haba bautizado con el nombre de Melia una larga culebrina de 18, y no enviaba su proyectil al enemigo que no se acordase de su amante. Era preciso que la amase mucho, puesto que la permita tocar su excelente pual de Toledo y sus buenas pistolas inglesas. Qu ms! Hasta le confiaba la custodia de su provisin particular de vino y de aguardiente! Pero lo que probaba ms que nada el amor de Kernok, era una ancha y profunda cicatriz que Melia tena en el cuello. Provena de una cuchillada que el pirata le haba dado en un arrebato de celos. Y como hay que juzgar siempre la fuerza del amor por la violencia de los celos, se comprende que Melia deba pasar unos das de ensueo al lado de su dulce dueo. Bajaron los dos juntos. Al entrar en la cmara, Kernok se arroj sobre un silln y ocult la cabeza entre las manos, como para escapar a una visin funesta. Se haba estremecido, sobre todo, al advertir la ventana por la cual su capitn haba cado al mar, como todos sabemos. Melia le miraba con dolor: despus se aproxim tmidamente, se arrodill tomando una de sus manos que l le abandon y le dijo: --Kernok, qu tiene usted?, su mano arde. Esta voz le hizo estremecer: levant la cabeza, sonri amargamente y pasando sus brazos alrededor del cuello de la joven mulata, la estrech contra s; su boca rozaba su mejilla, cuando sus labios encontraron la fatal cicatriz. --Infierno! maldicin sobre m!--exclam con violencia--. Maldita vieja, bruja infernal! quin habr dicho...? Y se asom a la ventana para respirar, pero, como rechazado por una fuerza invencible, se alej con horror, y se apoy sobre el borde de su cama. Sus ojos estaban rojos y ardientes; su mirada, largo tiempo fija, se vel poco a poco; y sucumbiendo a la fatiga y a la agitacin, sus ojos se cerraron. Al principio resisti al sueo, despus cedi... Entonces ella, con los ojos humedecidos por las lgrimas, atrajo dulcemente la cabeza de Kernok sobre su seno, que se levantaba y descenda con rapidez. El, abandonndose a este dulce balanceo, se durmi por completo; mientras que Melia, reteniendo su aliento, y separando los negros cabellos que ocultaban la despejada frente de su amante, tan pronto depositaba en l un beso, tan pronto pasaba un dedo afilado sobre sus espesas cejas que se contraan convulsivamente aun durante su sueo. * * * * * --Capitn, todo est dispuesto--dijo Zeli entrando. En vano Melia le haca signos de que se callase, mostrndole a Kernok dormido; Zeli, que no se atena ms que a la orden que haba recibido, repiti con una voz ms fuerte: --Capitn, todo est dispuesto! --Eh!... qu hay?... qu es eso?...--dijo Kernok desprendindose de los brazos de la joven. --Capitn, todo est dispuesto--repiti Zeli por tercera vez, con una entonacin an ms elevada. --Y quin ha sido el necio que ha dado esa orden? --Usted, capitn. --Yo! --Usted, capitn, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como ese quechemarn cubre su trinquete--dijo Zeli con una conmocin profunda, mostrando por la ventana una embarcacin que en efecto ejecutaba esta maniobra. Y Kernok dirigi una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su linda cabeza, como para confirmar la asercin de Zeli. Entonces se pas rpidamente la mano por la frente, y dijo: --S, s, est bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar; subo en seguida. La brisa no ha calmado? --No, capitn; al contrario, es ms fuerte an. --Ve y despacha. El tono de Kernok ya no era duro e impetuoso, sino solamente brusco; de modo que Zeli, viendo que la calma haba sucedido a la agitacin de su capitn, no pudo por menos que pronunciar un pero... --Vas a comenzar con tus peros y tus ses? Ten cuidado... o te arrojo la bocina a la cabeza!--exclam Kernok con voz de trueno y avanzando hacia Zeli. Este se esquiv prontamente, juzgando que su capitn no estaba an en una situacin de espritu bastante apacible para soportar pacientemente sus eternas contradicciones. --Clmese, Kernok--dijo tmidamente Melia--. Cmo se encuentra usted ahora? --Muy bien, muy bien. Estas dos horas de sueo han bastado para calmarme y desechar las ideas tontas que esa maldita bruja me haba metido en la cabeza. Vamos, vamos, la brisa fresquea y nos disponemos a salir. Porque, qu hacemos aqu mientras haya buques mercantes en la Mancha, galeones en el golfo de Gascua y ricos navos portugueses en el estrecho de Gibraltar? --Cmo! Usted partir hoy, un viernes? --Escucha bien lo que voy a decirte, amada ma; yo hubiera debido castigarte seriamente por haberme decidido por tus splicas a ir a escuchar las fantasas de una loca. Te he perdonado; pero no me rompas ms los odos con tu charla, o si no... --Sus predicciones han sido, pues, siniestras? --Sus predicciones! hago tanto caso como de... En cambio, lo que yo puedo predecir a ese viejo mochuelo, y t vers si me equivoco, es que tan pronto como mis ocupaciones me lo permitan, ir con una docena de gavieros[6] a hacerle una visita de la cual se acordar; que me parta un rayo si dejo una piedra de su casucha y si no le pongo la espalda del color del arco iris. --Por piedad, no hable usted as de una mujer que tiene _doble vista_! no parta hoy; ahora mismo una gaviota blanca y negra revoloteaba por encima del barco lanzando agudos gritos; eso es de mal augurio... no parta usted! Diciendo estas palabras, Melia se haba arrojado a las rodillas de Kernok, que al principio la haba escuchado con bastante paciencia; pero, cansado de orla, la rechaz tan rudamente, que la cabeza de Melia fue a dar contra la madera. En el mismo instante, por una violenta sacudida que el navo experiment, Kernok, adivinando que el ncora haba cedido al cabrestante, se lanz hacia el puente, con su bocina en la mano. VI LA PARTIDA Alerta! Alerta! he ah a los piratas de Ochali que parten. _El cautivo de Ochali._ Cuando Kernok apareci sobre el puente, se hizo un profundo silencio. No se oa ms que el ruido agudo del silbato de Zeli, que, inclinado sobre la borda haca amarrar el ncora, indicando la maniobra por modulaciones diferentes. --Hay que desaferrar el ncora de estribor?--pregunt al segundo, que transmiti esta pregunta a Kernok. --Espera--dijo ste--, y haz subir a todo el mundo al puente. Un toque de silbato particular, repetido por el contramaestre, hizo aparecer como por encanto a los cincuenta y dos hombres y a los cinco marmitones que componan la tripulacin de _El Gaviln_, y que se colocaron en dos filas, con la cabeza alta, la mirada fija y las manos colgando. Aquellas buenas gentes no tenan el aire cndido y puro de un joven seminarista, oh no! Se vea en sus duras facciones, en su tez curtida, en su frente surcada, que las pasiones--y qu pasiones!--haban pasado por all, y que los honrados compaeros haban llevado ay! una vida bien tormentosa. Adems, se trataba de una tripulacin cosmopolita; era como un resumen viviente de todos los pueblos del mundo; franceses, espaoles, alemanes, ingleses, rusos, americanos, holandeses, italianos, egipcios, qu s yo? hasta un chino que Kernok haba enrolado en Manila. Sin embargo, aquella sociedad compuesta de elementos tan poco homogneos, viva a bordo en perfecta inteligencia, gracias a la rigurosa disciplina que Kernok haba establecido. --Pasa lista--dijo al segundo, y cada marinero fue respondiendo a su nombre. Faltaba uno, el piloto Lescot, un compatriota de Kernok. --Antale para veinte chicotazos y ocho das de calabozo. Y el segundo escribi en su carnet: _Lescot, 20 ch. y 8 de c._, con tanta indiferencia como un comerciante que anotase el vencimiento de una letra. Kernok entonces se subi sobre un banco, dej la bocina cerca de l y habl en estos trminos: --Muchachos, vamos a hacernos de nuevo a la mar. Hace dos meses que nos estamos enmoheciendo aqu como un pontn podrido; nuestros cinturones estn vacos; pero el depsito de la plvora est lleno, nuestros caones tienen la boca abierta y no piden ms que hablar. Vamos a salir impulsados por una buena brisa NO. y a farolear por el estrecho de Gibraltar; y si San Nicols y Santa Brbara nos ayudan, pardiez!, volveremos con los bolsillos llenos, muchachos, para hacer bailar a las chicas de Saint-Pol y beber vino de Pempoul. --Hurra! hurra!--gritaron todos en signo de aprobacin. --Desamarra a estribor, larga el gran foque, iza la cangreja!--grit Kernok con voz estentrea, dando tambin la orden de aparejar, para no dejar enfriar el ardor de la gente. El brick, no estando ya aprisionado por sus anclas, sigui el impulso del viento, y se inclin sobre estribor. --Larga las gavias! iza, iza, bracea, bracea! amarra las gavias!--grit an Kernok. Y el brick, sintiendo la fuerza de la brisa, se puso en marcha; sus amplias velas grises se hincharon poco a poco, el viento circul silbando entre las cuerdas; ya Pempoul, la costa de Treguier, la isla Santa-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se borraban poco a poco, huan a los ojos de los marineros, que, agrupados en los obenques y en las gavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecan saludar a Francia en una ltima y larga despedida. --La barra a babor! la barra a babor!--grit de pronto Zeli con espanto. Inmediatamente la rueda del timn dio una vuelta rpida y _El Gaviln_ se inclin bruscamente. --Qu hay, pues?--pregunt Kernok despus que fue ejecutada la maniobra. --Es Lescot que llega, capitn; el bote que le conduce ha estado a punto de dejarse abordar, y lo hubiramos aplastado como una cscara de nuez, si no hubiese hecho virar sobre estribor--respondi Zeli. El rezagado, que haba saltado gilmente a bordo, se acerc con aire confuso a Kernok. --Por qu has tardado tanto? --Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el ltimo momento a su lado para cerrarle los ojos. --Ah!--dijo Kernok. Despus, volvindose hacia su segundo: --Arregla las cuentas a ese buen hijo. Y el segundo dijo dos palabras al odo de Zeli que se llev a Lescot a un rincn. --Hijo mo--le dijo agitando una cuerda larga y estrecha--, tenemos un hueso que roer juntos. --Ya comprendo--dijo Lescot palideciendo--; y cuntos? --Una miseria. --Bien, pero quiero saberlo. --Ya lo vers; no tengo inters en estafarte ninguno, y adems t podrs contarlos. --Ya me vengar. --Antes siempre se dice eso, y despus no se piensa en ello ms que en la brisa de la vspera. Vamos, muchacho, despachemos, porque veo que el capitn se impacienta y sera capaz de hacerme probar la misma salsa. Ataron a Lescot a una escala de cuerdas, los brazos en alto y el cuerpo desnudo hasta la cintura. --Estamos dispuestos--dijo Zeli. Kernok hizo un signo, y la cuerda silb y reson sobre la espalda de Lescot. Hasta el sexto golpe se comport muy decorosamente; no se oa ms que una especie de gemido sordo que acompaaba cada zurriagazo. Pero al sptimo el valor le abandon, y en efecto, deba sufrir mucho, porque cada golpe dejaba en su cuerpo una huella roja que se converta bien pronto en azul y morada; despus qued levantada la piel y apareci la carne viva y sangrando. Pareca que la tortura deba ser intolerable, porque un estado de desmadejamiento general reemplaz a la irritacin convulsiva que hasta entonces haba sostenido a Lescot. --Se encuentra mal--dijo Zeli con el gratel levantado. Entonces, el seor Durand, el-calafate de a bordo, se aproxim, tom el pulso al paciente; despus, ensayando una mueca, se encogi de hombros e hizo un signo significativo a maestro Zeli. El gratel funcion de nuevo, pero su sonido ya no era seco y restallante como cuando caa sobre una piel lisa y pulida, sino sordo y mate como el ruido de una cuerda que golpease una boya. Es que la espalda de Lescot estaba en carne viva; la piel caa en jirones hasta el punto de que el contramaestre se pona la mano ante los ojos para que no le salpicase la sangre a cada golpe. --Y veinte--dijo con un aire de satisfaccin mezclado de pesar, como una joven que da a su amante el ltimo de los besos prometidos. O, si lo prefers, como un banquero que cuenta su ltima pila de escudos. El propio Zeli se llev a Lescot, que no daba seales de vida. --Ahora--dijo Kernok--, un buen emplasto de plvora de can y de vinagre sobre esos rasguos, y maana no tendr nada. Despus, dirigindose al timonel: --Corre una buena bordada al SO.; si se ve una vela, avsame. Y descendi a su cmara para reunirse con Melia. VII CARLOS Y ANITA ...Ese tumulto espantoso, esa fiebre devoradora... es el amor... _O. P._ Aver la morte innanzi gli occhi per me. PETRARCA. La dulce influencia de los climas meridionales aun se haca sentir, porque el buque _San Pablo_ se encontraba a la altura del estrecho de Gibraltar. Empujado por una dbil brisa, con todas sus velas extendidas, desde el contrajuanete hasta los foques de estay, vena del Per y se diriga a Lisboa con pabelln ingls, ignorando la ruptura de Francia y de Inglaterra. El departamento del capitn lo ocupaban don Carlos Toscano y su esposa, ricos negociantes de Lima, que haban fletado el _San Pablo_ en el Callao. La modesta cmara de antes estaba desconocida, tanto eran el lujo y la elegancia desplegados por Carlos. Sobre las paredes grises y desnudas se extendan ricos tapices que, separndose por encima de las ventanas, caan en pliegos ondulantes. El piso estaba cubierto de esteras de Lima, trenzadas de lina y blanca paja, y encuadradas en amplios dibujos de colores llamativos. Largas cajas de caoba roja y pulimentada contenan camelias, jazmines de Mjico y cactos de espesas hojas. En una linda jaula de limonero y de enrejado de plata revoloteaban unos hermosos pjaros de cabeza verde, de alas purpuradas con reflejos de oro, y bonitas cotorras de Puerto Rico, con todo el cuerpo azul, un penacho de color de naranja y el pico negro como el bano. El aire era tibio y embalsamado, el cielo puro, el mar magnfico; y, sin el ligero balanceo que el oleaje imprima al barco, se hubiera podido creer que se estaba en tierra. Sentado sobre un rico divn, Carlos sonrea a su esposa, que aun tena una guitarra en la mano. --Bravo, bravo, Anita ma!--exclam l--, jams se ha cantado mejor el amor. --Es que jams se ha experimentado mejor, ngel mo. --S, y para siempre...--dijo Carlos. --Para la vida...--contest Anita. Sus bocas se encontraron y l la estrech contra l en un abrazo convulsivo. Cayendo a sus pies, la guitarra despidi un sonido dulce y armonioso, como el ltimo acorde de un rgano. Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazn, que hace estremecer de amor, que hace dao. Y ella, fascinada por aquella mirada ardiente, murmuraba cerrando los ojos: --Gracias!... gracias!... Carlos mo! Despus, uniendo sus manos, se desliz dulcemente a los pies de Carlos, y apoy la cabeza sobre sus rodillas; su plido semblante estaba como velado por sus largos cabellos negros; solamente a travs de ellos brillaban sus ojos, lo mismo que una estrella en medio de un cielo sombro. --Y todo esto es mo--pensaba Carlos--, mo slo en el mundo, y para siempre; porque envejeceremos juntos; las arrugas surcarn esa cara fresca y aterciopelada; esos anillos de bano se convertirn en bucles argentinos--deca l pasando su mano por la sedosa cabellera de Anita--, y vieja, abuela ya, se extinguir en una serena tarde de otoo, en medio de sus nietos, y sus ltimas palabras sern: Voy a unirme contigo, Carlos mo. Oh! s, s, porque yo habr muerto antes que ella... Pero, de aqu all, qu porvenir! qu hermosos das! Jvenes y fuertes, ricos, dichosos, con una conciencia pura y el recuerdo de algunas buenas acciones, habremos vuelto a ver nuestra bella Andaluca, Granada y su Alhambra, su mosaico de oro, de arquitectura area, sus prticos, nuestra hermosa quinta con sus bosques de naranjos frescos y perfumados, y sus pilones de mrmol blanco en los que duerme una agua lmpida. --Y mi padre... y la casa donde he nacido... y la celosa verde que yo levantaba tan a menudo cuando t pasabas, y la vieja iglesia de San Juan, donde por primera vez, mientras yo oraba, murmuraste a mi odo: Anita ma, te amo!... Y ya ves si la Virgen me protege! en el momento en que t me decas: Te amo!, yo acababa de pedirte tu amor, prometiendo una novena a Nuestra Seora--repuso Anita, porque su esposo haba acabado por pensar en voz alta--. Escucha, Carlos mo--suspir--, jrame, ngel mo, que dentro de veinte aos diremos otra novena a la Virgen para darle gracias por haber bendecido nuestra unin. --Te lo juro, alma de mi vida!, porque dentro de veinte aos an seremos jvenes de amor y de dicha. --Oh! s, nuestro porvenir es tan risueo, tan puro, que... No pudo acabar, porque una bala enramada, que entr silbando por la popa, le destroz la cabeza, parti a Carlos en dos, e hizo aicos los cajones de flores y la jaula. Qu dicha para los periquitos y las cotorras, que huyeron por las ventanas batiendo alegremente las alas! VIII LA PRESA ...Vil metal! BURKE. ...Es posible! BALZAC. --Diablo! hermoso tiro! Ya ves, maestro Zeli..., la bala ha entrado por encima del coronamiento y ha salido por la tercera porta de estribor. Pardiez! Melia, haces maravillas! As deca Kernok, con un largo anteojo en la mano, y acariciando la culebrina an humeante que l mismo acababa de apuntar contra el _San Pablo_, porque este navo no se haba apresurado a izar su pabelln. Esta era la bala que haba matado a Carlos y a su esposa. --Ah! qu suerte!--repuso Kernok viendo el pabelln ingls que se desarrollaba en lo alto de uno de los palos del _San Pablo_--, qu suerte! se da a conocer... y dice de qu pas es! pero no me equivoco... un ingls; es un ingls, y el perro se atreve a sealarlo y no tiene un can a bordo! Zeli, Zeli!--grit con voz de trueno--, haz largar todas las velas del brick y preparar los remos; dentro de media hora estaremos cerca de l. Usted, oficial, toque zafarrancho de combate, enve a los hombres a sus piezas y distribuya los sables y las picas de abordaje. Despus, lanzndose hacia una carronada: --Muchachos! si no me equivoco, ese navo llega del mar del Sud; en esa popa corta y achatada, en ese porte, reconozco una navo espaol o portugus que se dirige a Lisboa, ignorando sin duda que hemos declarado la guerra a los ingleses. All l! Pero ese perro debe tener piastras en el vientre. Pronto lo veremos, pardiez! Muchachos! el casco slo vale veinte mil piastras; pero, paciencia, _El Gaviln_ extiende su alas y bien pronto mostrar sus uas. Vamos, muchachos! remad, remad firmes! Y animaba con la voz y con el gesto a los marineros que, encorvados bajo los largos remos del brick, doblaban la velocidad que le daba la brisa. Otros marineros se armaban precipitadamente de sables y puales, y el maestro Zeli haca disponer los garfios de abordaje. Kernok, despus de haber tomado todas sus disposiciones, descendi al sollado y encerr a Melia que dorma en la hamaca. Todo estaba dispuesto a bordo de _El Gaviln_: el capitn del desgraciado _San Pablo_, creyendo que el brick de Kernok era un navo de guerra, sin dejar de gemir por la desgracia ocurrida a bordo, iz el pabelln ingls, esperando ponerse as bajo su proteccin. Pero cuando vio la maniobra de _El Gaviln_, cuya marcha era an acelerada por los largos remos, no le qued duda alguna y comprendi que se trataba de un corsario. Huir era imposible. A la dbil brisa que soplaba por rfagas, haba sucedido una calma chicha, y los remos del pirata le daban una ventaja de marcha positiva. No haba que pensar tampoco en defenderse. Qu podan hacer los dos malos caones del _San Pablo_ contra las veinte carronadas de _El Gaviln_, que enseaban sus gargantas amenazadoras? El prudente capitn se puso, pues, al pairo, esper los acontecimientos, orden a la tripulacin que se prosternase de rodillas e invocase a San Pablo, el patrn del navo, que no poda dejar de manifestar su poder en una ocasin semejante. Y siguiendo el ejemplo del capitn, la tripulacin dijo un _Pter_. Pero _El Gaviln_ avanzaba siempre. Dos _Ave_. Se oa ya el ruido de los remos que batan el agua cadenciosamente. Cinco _Credo_. Vlgame Dios! es que la voz, la gruesa y terrible voz de Kernok resonaba en los odos de los espaoles. --Oh! oh!--deca el pirata--, se pone al pairo, arra su pabelln, el bribn est atemorizado; ya es nuestro. Zeli, haz armar la chalupa y la canoa grande; yo voy a hacerme cargo de cmo est aquello. Y Kernok, ponindose las pistolas a la cintura, y armndose de un largo cuchillo, se plant de un brinco en la embarcacin. --Y si es una emboscada, si el navo hace un solo movimiento--grit al segundo--, forzad los remos y poneos a distancia de garfio. Diez minutos despus, Kernok saltaba sobre el puente del _San Pablo_ con sus pistolas en la mano y el cuchillo entre los dientes. Pero lanz una tal carcajada, que su excelente hoja le cay de la boca. La causa de su risa era el ver al capitn espaol y a su tripulacin arrodillada ante una grosera imagen de San Pablo, que se golpeaban el pecho reiteradamente. El capitn, sobre todo, besaba una reliquia con fervor siempre creciente, y murmuraba: San Pablo, _ora pro nobis_... Pero San Pablo ay! no se daba por entendido. --Acaba con tus moneras, viejo cuervo--dijo Kernok cuando hubo acabado de rer--, y llvame a tu nido. --Seor, no entiendo--respondi temblando el desgraciado capitn. --Ah! es verdad--dijo Kernok--; t no entiendes el francs. Y como Kernok posea de todas las lenguas vivientes justamente aquello que se relacionaba y era necesario a su profesin, repuso socarronamente: --_El dinero, compadre._ El espaol intent balbucear an un _no entiendo_. Pero Kernok que haba agotado todos sus recursos oratorios, reemplaz el dilogo por la pantomima y le puso bajo la nariz el can de su pistola. A esta invitacin, el capitn lanz un profundo, un doloroso, un desgarrador suspiro, e hizo signo al pirata de que le siguiese. En cuanto al resto de la tripulacin, los marineros del brick los haban agarrotado para que no les estorbasen en sus operaciones. La entrada del local, donde estaba depositado el dinero de don Carlos, se encontraba bajo la estera que cubra el piso. De modo que Kernok se vio obligado a pasar por la habitacin donde yacan los restos sangrientos de los dos esposos. El pobre capitn apart la vista y se puso la mano sobre los ojos. --Toma!--dijo Kernok dndole con el pie al cadver--; sta es la obra de Melia. Pardiez! hermosa labor! Ah!... pero el _dinero_... el _dinero_, _compadre_, eso es lo importante. Abrieron el paol; entonces Kernok estuvo a punto de desmayarse a la vista de centenares de toneles con aros de hierro, sobre cada uno de los cuales se lea: _Veinte mil piastras_ (cincuenta mil francos). --Es posible!--exclam--. Cuatro, cinco... quiz diez millones! Y en su alegra, abrazaba al segundo, abrazaba a los marineros, abrazaba al capitn espaol, abrazaba a todo el mundo, hasta los cadveres ensangrentados de Carlos y de Anita. * * * * * Dos horas despus, una embarcacin conduca a bordo de _El Gaviln_ los ltimos toneles de dinero, resto de los despojos del _San Pablo_, donde Kernok haba dejado a diez de sus hombres, la tripulacin espaola agarrotada sobre el puente y el capitn amarrado al palo mayor. --Muchachos--dijo Kernok--, yo os doy esta noche _nopces et festin_, como se dice, y despus, si sois juiciosos, una sorpresa. --Caray! voto a tal! capitn, seremos juiciosos, juiciosos como vrgenes--dijo el maestro Zeli hacindose el amable. IX ORGA Hic chorus ingens ...Colit orgia. AVIENUS. --Vino! voto a tal! vino! Las botellas chocan entre s, los frascos se rompen, los juramentos y los cantos estallan por todas partes. Es tan pronto el ruido sordo que hace un pirata borracho cayendo sobre el suelo, como la voz temblorosa de los que aun tienen el vaso en una mano y con la otra se agarran a la mesa. --Vino aqu, grumete, vino, o te aplasto! Y los hay que luchan entre ellos pie contra pie, frente contra frente. Se estrechan, se enlazan; el uno resbala y se cae; se oye el crujido de un hueso que se rompe, y las imprecaciones reemplazan a la risa. Otros estn acostados ensangrentados, con el crneo abierto, a los pies de alegres compaeros que cantan con voz de trueno una delirante cancin bquica. Los de ms all, en el ltimo grado del embrutecimiento y de la embriaguez, se entretienen en machacar entre dos balas la mano de un marinero a quien la borrachera ha matado. Y una porcin de juegos ms, a cual ms original y delicado. Los gemidos, los gritos de rabia y de loca alegra se confunden y se acuerdan. El puente est enrojecido de sangre o de vino. Qu importa! El tiempo huye rpido a bordo de _El Gaviln_: todo es locura, arrebato, delirio. De prisa, de prisa, gozad de la vida, que ella es corta. Los malos das son frecuentes; quin sabe si el de hoy no tendr maana para vosotros! Divertos, pues, asid el placer all donde le encontris. No es ese placer moderado, decente, de alas doradas y azules, que se parece a una joven tmida y dulce; ese placer delicado que gusta de sacudir su cabeza fresca y rubia ante los mil espejos de un _boudoir_, o de desflorar con sus labios rosados una copa llena de un licor helado; ese sibarita, en fin, que no quiere a su alrededor ms que flores, perfumes y pedrera, mujeres jvenes y amables, msica melodiosa y vinos exquisitos. No, pardiez! se trata de ese otro placer robusto y bestial, de ojo de stiro, de risa de demonio, que llena las tabernas y los bodegones, que bebe y se emborracha, muerde y desgarra, golpea y mata y despus rueda y se retuerce entre los restos de una comida grosera, lanzando una carcajada que parece el aullido de un chacal. De prisa, de prisa, gozad de la vida, porque os digo que es corta. Gozad, pues, de la vida a bordo de _El Gaviln_. Era ya noche cerrada; los faroles que guarnecan los empalletados esparcan una viva claridad sobre el puente del buque, que Kernok haba hecho cubrir de mesas para festejar su afortunada presa. A la comida sucedieron las diversiones. El grumete Grano de Sal, despus de haberse frotado de alquitrn de los pies a la cabeza, haba encontrado conveniente revolcarse sobre un saco de plumas, de modo que, al salir de all, pareca un voltil de dos pies, sin alas. Y qu placer el verle dar zancadas, voltear, saltar, danzar, enardecido por los aplausos de la tripulacin, y excitado por los latigazos que el maestro Zeli le administraba de cuando en cuando para conservar su agilidad. Pero de pronto uno de aquellos hombres, un bromista, creo que era un alemn, queriendo que la fiesta fuese completa, aproxim una mecha encendida al penacho de estopa que se balanceaba con gracia sobre la frente de Grano de Sal... Despus el fuego se comunic de la estopa a los cabellos, de los cabellos a las plumas, y el acrbata improvisado, el desgraciado Grano de Sal, absorbi tanto calrico, que su piel se resquebraj y cruji bajo su ardiente envoltura. Al principio todos rean, hasta derramar lgrimas, a bordo del _Gaviln_. Sin embargo, como el grumete lanzaba gritos espantosos, una buena alma, un alma compasiva, porque las hay en todas partes, lo agarr y lo arroj al mar diciendo: Voy a apagarlo. Afortunadamente Grano de Sal nadaba como un salmn; e incluso tuvo la coquetera de prolongar el bao, pasendose alrededor del brick como un tritn o una nyade, a vuestra eleccin; por fin entr por la porta de popa, diciendo con su acostumbrado estoicismo: Prefiero eso que haber sido quemado vivo; a pesar de todo, me he divertido de lo lindo. Se oy un tiro de pistola; despus un grito penetrante sali de la cmara de Kernok; Zeli se precipit hacia ella; no era nada, una miseria. Figuraos que Kernok, un poco excitado por el grog, haba elogiado mucho su habilidad a Melia. --Te apuesto--le deca--que de un pistoletazo te hago saltar el cuchillo que tienes en la mano. Melia no dudaba de la habilidad de su amante, pero haba querido eludir la prueba. --Cobarde!--haba gritado Kernok--; pues bien! para ensearte, voy a romper el vaso en que bebes. Y diciendo esto haba empuado una pistola, y el vaso de Melia, roto por la bala, haba saltado en mil pedazos. Cuando Zeli entr, Kernok, con la cabeza inclinada hacia atrs, y la pistola an en la mano, rea del espanto de Melia, que, plida y trmula, se haba refugiado en un rincn de la cmara. --Y bien! Zeli--dijo el pirata--; y bien! mi viejo lobo de mar, tus seoritas se divierten por all arriba? --Le respondo de ello, mi capitn; pero esas damas esperan la sorpresa. --La sorpresa? Ah! es verdad; escucha... Y dijo dos palabras al odo de Zeli. Este retrocedi con aire de extraeza, abriendo su enorme boca. --Cmo!... Usted quiere...? --Claro que lo quiero. No es una sorpresa? --Y famosa por cierto... Voy, capitn. Kernok subi tambin al puente con Melia. A su presencia se sucedieron nuevos gritos de alegra. --Hurra por el capitn Kernok, hurra por su mujer, hurra por _El Gaviln_! Un cohete parti del _San Pablo_, que estaba al pairo a dos tiros de fusil del brick. Despus de describir una curva, cay en una lluvia de fuego. --Capitn, ha visto usted ese cohete?--dijo el segundo. --Ya s lo que es, valiente mo. Vamos, vamos, muchachos, haced circular el ron y la ginebra. Un vaso para m y otro para mi mujer. Melia quiso rehusar, pero, cmo resistir a su dulce amigo? --Vivan los camaradas y los bravos hijos del capitn de _El Gaviln_!--dijo Kernok despus de haber bebido. --Hurra!--contest la tripulacin en voz fuerte y sonora. La orga haba llegado a su apogeo. Los marineros se haban agarrado de la mano y daban vueltas con rapidez alrededor del puente, cantando a gritos las canciones ms obscenas y ms crapulosas. Bien pronto lleg el maestro Zeli con los diez hombres que Kernok haba dejado antes a bordo del _San Pablo_. No quedaba a bordo del navo espaol ms que sus tripulantes atados y agarrotados sobre el puente. --Todo est dispuesto--dijo Zeli--; cuando el segundo cohete parta, capitn, es que la mecha... --Est bien--dijo Kernok interrumpindole--. Muchachos, os he prometido una sorpresa si os portabais bien. Vuestro juicio y vuestra moderacin han excedido a lo que yo esperaba; voy, pues, a recompensaros. Ya veis ese navo espaol: aparejado y equipado como est, vale muy bien... treinta mil piastras... yo pago cuarenta mil, muchachos, yo! lo compro sobre mi parte de la presa, a fin de tener el placer de ofrecer a la tripulacin de _El Gaviln_ un castillo de fuegos artificiales con acompaamiento de msica. Ya se ha dado la seal. Que cada uno ocupe el sitio que le agrade ms! Y todos los tripulantes, al menos los que estaban en estado de servirse de piernas y de ojos, se agruparon en las cofas y en los obenques. El segundo cohete haba partido del _San Pablo_ y el fuego comenzaba a desarrollarse... Esta era la sorpresa que Kernok preparaba a su gente; haba enviado al maestro Zeli a bordo del navo espaol, para retirar la poca plvora que pudiese quedar, disponer las materias combustibles en la cala y en el sollado y agarrotar lo ms slidamente posible a los desgraciados espaoles, que no sospechaban nada. Era, pues, el _San Pablo_ que arda; la noche era negra, el aire tranquilo, el mar como un espejo. De pronto, un humo negro y bituminoso sali por las escotillas del navo con numerosos haces de chispas. Y un grito penetrante... espantoso... que reson a lo lejos, sali del interior del _San Pablo_, porque su tripulacin vea la suerte que le estaba reservada. --Ya empieza la msica--dijo Kernok. --Desafinan endiabladamente--respondi Zeli. Bien pronto el humo, de negro que era, se convirti en rojo vivo y por fin cedi el sitio a una columna de llamas, que, elevndose en torbellinos de la escotilla principal, proyect sobre las aguas un largo reflejo de color de sangre. --Hurra!!--gritaron los del brick. Despus, el incendio aument; el fuego, saliendo de las tres escotillas a la vez, se uni y se extendi como una vasta cortina de fuego, sobre la cual la armadura y el cordaje del _San Pablo_ se dibujaban en negro. Entonces, los gritos de los espaoles agarrotados en medio de aquel horno, fueron tan atroces que los piratas, como a pesar suyo, lanzaron aullidos salvajes para ahogar la voz desgarradora de aquellos infortunados. El incendio estaba entonces en toda su fuerza. Bien pronto las llamas corrieron a lo largo del aparejo; los palos, no estando ya sostenidos por las cofas, crujieron y cayeron sobre el puente con un estruendo horrible; por todas partes se vean jarcias incendiadas, y aquel inmenso foco de luz pareca an ms deslumbrante en medio de la noche sombra. Los espaoles ya no gritaban... De pronto, la llama, hizo un amplio agujero en uno de los costados del buque, el palo mayor se abati sobre el mismo lado, el _San Pablo_ dio una fuerte bandada, se inclin sobre estribor, y el agua entr a borbotones en la cala. Poco a poco, el casco del navo se fue hundiendo, fuera del agua no quedaba ms que el palo de mesana, el nico que haba quedado en pie, aislado sobre el agua, y que alumbraba como una antorcha fnebre... despus el palo desapareci para elevar un momento an su blandn inflamado; pero bien pronto el agua se atorbellin a su alrededor y no se vio ms que un ligero humo rojizo, despus nada... nada ms que la inmensidad... la noche... --Toma! ya ha terminado--dijo Kernok--; el _San Pablo_ se nos ha llevado nuestro dinero. --Viva el capitn Kernok, que da tan hermosas fiestas a su gente!--grit Zeli. --Hurra!--contestaron todos. Y los piratas, fatigados, se lanzaron sobre el puente; Kernok dej a _El Gaviln_ al pairo hasta el amanecer, y fue a gustar de algunos instantes de reposo, con la satisfaccin de un hombre opulento que se encierra en su alcoba despus de haber dado una fiesta suntuosa a sus invitados. Despus el pirata murmur casi dormido ya: --Deben estar contentos, porque he hecho muy bien las cosas: un navo de trescientas toneladas y tres docenas de espaoles! creo que no se puede pedir ms; sin embargo, no es conveniente que se acostumbren; eso va bien de cuando en cuando, porque, despus de todo, es bueno rer un poco. X LA CAZA Away!... Away!... BYRON. Adelante!... Adelante! Todo dorma a bordo de _El Gaviln_; nicamente Melia haba subido al puente, agitada por una vaga inquietud. Aunque la noche fuese an sombra, un resplandor plido que asomaba por el horizonte, anunciaba la proximidad del crepsculo. Bien pronto, amplias fajas de un rojo vivo y dorado surcaron el cielo, las estrellas palidecieron y desaparecieron, el sol se anunci por un incendio lejano y luego se elev lentamente sobre las aguas azules e inmviles del Ocano, que pareci cubrir de un velo de prpura. La calma continuaba siendo completa y el brick permaneca en la misma situacin que desde la noche. Melia meditaba sentada en un banco, con la cabeza oculta entre las manos; pero cuando la levant, el da, ya bastante adelantado, le permiti distinguir todos los objetos que la rodeaban, y se estremeci de horror y de asco. Se vea a los marineros acostados entre los platos y los restos del festn de la noche, y todo en el desorden ms completo; las brjulas derribadas, las jarcias y las cuerdas confusamente mezcladas, armas y vasos hechos aicos, toneles desfondados dejando correr sobre el puente ros de vino y de aguardiente... Aqu, bravos camaradas dormidos, en las posiciones ms extravagantes, y oprimiendo an una botella de la que no quedaba ms que el cuello, parecidos a esos fieros guerreros musulmanes, que, ya muertos, aun conservaban el puo de la daga. All, dorma un pirata con el cuello bajo la rueda del timn, de modo que, al menor movimiento de rotacin, su cabeza deba quedar indefectiblemente destrozada. Un verdadero amanecer de orga, y de orga de pirata! Melia comenz por bendecir a la Providencia porque haba protegido con tanta solicitud a toda aquella honrada sociedad, que el brick meca sobre las aguas; porque, gracias a la incuria que de momento reinaba a bordo, si una tempestad se hubiese elevado durante la noche, todo se hubiera ido a rodar, _El Gaviln_, Kernok, la tripulacin y los diez millones, qu lstima! Por esto quera rezar. La pobre joven encontraba a bordo tan pocas ocasiones de elevar su alma al Ser Supremo! Para rezar, se arrodill y volvi involuntariamente los ojos hacia la lnea vaporosa y azulada que cea el horizonte; pero no rez. Su mirada, dejando de vagar, se fij en un punto al principio incierto, pero que bien pronto pareci distinguir mejor; en fin, ponindose las manos encima de las cejas, para aislarse mejor de los rayos del sol, permaneci un instante contemplativa, despus sus facciones adquirieron una viva expresin de temor, y en dos saltos se plant en la cmara de Kernok. --Ests loca--deca el pirata subiendo al puente con un paso an pesado y vacilante--; pero si me has despertado por nada... --Mire--respondi Melia presentndole un anteojo con una mano, mientras que con la otra designaba un punto blanco que se vea en el horizonte. --Maldicin!--grit Kernok despus de haber mirado atentamente, y llev vivamente el aparato al ojo izquierdo--. Mil rayos! Y frot el vidrio del anteojo como para asegurarse de que vea claramente y de que ninguna ilusin de ptica le engaaba. No, no se engaaba... * * * * * (Aqu un crescendo de todo lo que podis escoger de ms vigorosamente imprecativo en el glosario de un pirata.) Apenas este torrente de maldiciones y de juramentos hubo salido de su boca, Kernok se arm de un espeque. Un espeque es un palo de madera de unos cinco o seis pies de longitud y de cuatro pulgadas de circunferencia. El espeque sirve para maniobrar la artillera de a bordo. Kernok cambi provisionalmente este destino, porque emple el suyo en despertar a la gente. Y los golpes de espeque, gloriosamente acompaados de juramentos capaces de pulverizar al buque, fueron cayendo como lluvia de granizo, tan pronto sobre el puente, como sobre los marineros dormidos. As, cuando el capitn hubo acabado su ronda, casi todos los hombres estaban en pie, frotndose los ojos, la cabeza o la espalda, y preguntaban, dando unos bostezos horrorosos: --Qu pasa, pues? --Que qu pasa!--grit Kernok con voz de trueno--; que qu pasa, perros! pues que un barco de guerra; una corbeta inglesa que fuerza su aparejo para alcanzarnos... una corbeta que tiene sobre _El Gaviln_ la ventaja de la brisa, porque el viento es ms fuerte all abajo, y slo nos llegar con ese ingls que mal rayo parta! Y todas las miradas se volvieron hacia el punto que Kernok designaba con el extremo del anteojo. --Ocho, diez, quince portas!--exclam--; una corbeta de treinta caones; muy bonito! y por aadidura, de la escuadra azul. Llam a Zeli. --Oye, Zeli, no se trata de hacer tonteras; haz colocar los remos y ponerlo todo en orden lo ms pronto posible; viremos en redondo y despejemos el campo; _El Gaviln_ no tiene el pico ni los espolones bastante duros para recrearse con semejante presa. Despus ech mano de la bocina: --Cada uno a su sitio para largar las gavias y los foques! En lnea para largar los juanetes y los contrajuanetes, a aparejar las barrederas altas y las bajas! y vosotros, muchachos, a los remos; si podemos tomar el viento, _El Gaviln_ no tiene nada que temer. Ya sabis pardiez! que tenemos diez millones a bordo. De modo que, elegiris entre ser colgados en las vergas del ingls, o entre volver a Saint-Pol con los bolsillos llenos, a beber grog y a hacer bailar a las muchachas! La tripulacin le comprendi perfectamente; la alternativa era inevitable; as, gracias a las velas de que estaba cargado y a sus vigorosos remeros, _El Gaviln_ comenz a hacer tres nudos. Pero Kernok no se engaaba sobre la marcha de su buque; vea bien que la corbeta inglesa tena sobre l una ventaja real, puesto que vena con el viento. Por lo tanto, obrando como un capitn prudente, orden hacer zafarrancho de combate, abrir el paol de la plvora, llenar los depsitos de balas, subir al puente las picas y las hachas de abordaje, velando en todo con una actividad increble y pareciendo multiplicarse. La corbeta inglesa avanzaba, avanzaba siempre... Kernok hizo llamar a Melia, y la dijo: --Querida amiga, probablemente se calentar el horno; vas a bajar inmediatamente a la cala, sin menearte ms que lo hara un can sobre su afuste... Ah! y a propsito, si notas que el brick hace algn movimiento y desciende, es que nos vamos a fondo. Ya me comprendes... y ms bien espero eso que no ver a una marsopla fumar en pipa. Vamos basta de lloros, bsame, y que no vuelva a verte hasta despus del baile, si es que no dejo la piel. Melia se puso talmente plida, que se la hubiera podido tomar por una estatua de alabastro... --Kernok... djeme a su lado--murmur, y arroj sus brazos al cuello del pirata, que se estremeci un momento y despus la rechaz. --Vete!--exclam--; vete! --Kernok!... djame velar por tu vida!--dijo echndose a sus pies. --Zeli, lbrame de esta loca y bjala a la cala--dijo el pirata. Y como fuese a apoderarse de Melia, ella se desprendi violentamente, y se aproxim a Kernok, con el color animado y la vista brillante. --Al menos--dijo--, toma este talismn; pntelo y proteger tu vida durante el combate; su efecto es cierto; fue mi abuela quien me lo dio. Ese mgico talismn es ms fuerte que el destino... Creme, pntelo. Y ella tenda a Kernok un saquito suspendido de un cordn negro. --Atrs esa loca!--dijo Kernok encogindose de hombros--; me has odo, Zeli? a la cala! --Si t mueres, que sea por tu voluntad; pero al menos yo compartir tu suerte. Ahora, nada, nada en el mundo proteger mi vida; vuelvo a ser mujer como t eres hombre!--exclam Melia que arroj el saquito al mar. --Excelente muchacha!--dijo Kernok siguindola con la vista mientras que dos marineros la bajaban al sollado por medio de una silla atada a una larga cuerda. Y la corbeta inglesa se aproximaba siempre... Zeli se aproxim a Kernok. --Capitn, la corbeta nos toma la delantera. --Bien lo veo, viejo tonto! nuestros remos no hacen nada y fatigan intilmente a los hombres; hazlos retirar, cargar los caones con dos balas, colocar los garfios de abordaje, los pedreros en las gavias. Haz tambin arriar las barrederas; si la brisa nos ayuda, nos batiremos sobre las gavias; es el mejor portante de _El Gaviln_. Cuando la maniobra fue ejecutada, Kernok areng a sus hombres en la siguiente forma: --Muchachos, he ah una corbeta que tiene las costillas slidas; estrecha tan de cerca a _El Gaviln_, que no podemos esperar escaparnos de ella; adems, tampoco es necesario. Si nos hacen prisioneros, seremos colgados; si nos entregamos, tambin; combatamos, pues, como bravos marineros, y quin sabe si, como dice el proverbio, apretando los talones, salvaremos los calzones. Voto a tal! muchachos, _El Gaviln_ ha echado a pique a un gran buque sardo de tres palos en las costas de Sicilia, despus de dos horas de combate; por qu ha de temer a esa corbeta del pabelln azul? Pensad tambin que tenemos diez millones que conservar. Pardiez! muchachos, diez millones, o la cuerda! El efecto de esta peroracin fue inmediato, y toda la tripulacin grit a la vez: --Hurra! Muerte a los ingleses! La corbeta se hallaba entonces tan prxima que se distinguan perfectamente sus amuras y su aparejo. De pronto se elev una ligera humareda, brill un relmpago, reson un ruido sordo y una bala silbando pas cerca del bauprs de _El Gaviln_. --La corbeta empieza a hablar--dijo Kernok--, es nuestro pabelln el que quiere ver, la curiosa! --Cul hay que izar?--pregunt Zeli. --Este--contest Kernok--, porque hay que ser galante. Y empuj con el pie una vieja chaqueta de marinero, cubierta de manchas de vino y de alquitrn. --Es raro!--dijo el contramaestre, y el guiapo subi majestuosamente hasta lo alto de la driza. Se supone que la broma pareci un poco pesada a los de la corbeta, porque dos caonazos partieron casi inmediatamente y las balas hicieron bastantes destrozos en el aparejo de _El Gaviln_. --Oh! oh! ya nos incomodamos... no hay que hacerse de rogar--dijo Kernok--. A m, Melia!--y se precipit sobre la culebrina que l haba bautizado con este nombre, tom medidas y apunt--: Ah va eso!--e hizo jugar la batera. --Bravo!--exclam cuando el humo se hubo disipado y pudo apreciar el efecto del disparo--, bravo! Mira, Zeli, mira, ya tiene su mastelero de foques destrozado: esto promete, muchachos, esto promete; pero es cuando _El Gaviln_ le arae sus costados con los garfios de abordaje, cuando reir el ingls. --Hurra, hurra!--grit la tripulacin. La corbeta no respondi al disparo de Kernok, repar prontamente sus averas, y se dej ir sobre el corsario. * * * * * Entonces estaba tan cerca, que se oan las voces de mando de los oficiales ingleses. --Muchachos, a vuestras piezas--dijo Kernok precipitndose hacia un banco con la bocina en la mano--; a vuestras piezas, y voto a tal! no hagis fuego sin que os lo manden. XI EL COMBATE El abordaje!... El abordaje!... Unos se suspenden de las jarcias, otros se lanzan hacia los obenques. VCTOR HUGO, _Navarin_. --Maestro Durand, balas!--Maestro Durand, acaba de declararse una va de agua!--Maestro Durand, mi cabeza, mi brazo, mire cmo sangra! Y el nombre del maestro Durand, el artillero-cirujano-calafate de a bordo, resonaba desde el puente a la cala, dominando el ruido y el tumulto inseparables de un combate tan encarnizado como el que se libraba entre la corbeta y el brick; y, en efecto, a cada andanada que enviaba, _El Gaviln_ temblaba y cruja en su armazn, como si hubiese estado a punto de abrirse. --Maestro Durand, balas!--La va de agua!--Mi pierna!--repetan voces confusas. --Pero con mil diablos! un instante; no puedo hacerlo todo; llevar balas arriba, reparar abajo una avera, curar vuestras heridas... Es preciso empezar por lo primero, y despus se ocuparn de vosotros, montn de vocingleros; porque, para qu sois buenos ahora? sois tan intiles como una verga sin velas y sin relingas. --Maestro, balas! pronto, balas! --Balas! santo Dios, qu caonazos! si vais tan de prisa durante un cuarto de hora, las gargantas de nuestros caones se secarn pronto. Tomad, hijos mos, y cuidadlas bien, son las ltimas. Entonces el seor Durand abandon el saco de artillero para tomar el martillo del calafate, y se precipit hacia la bodega para tapar la va de agua. --Voto a tal! sufro mucho--deca el maestro Zeli. Estaba tendido en tierra en el fondo del sollado, iluminado apenas por un farol cuidadosamente cerrado; el muslo derecho estaba casi separado del tronco; en cuanto al izquierdo, una bala se lo haba llevado. A su alrededor geman otros heridos, confundidos todos sobre el suelo, esperando que el seor Durand pudiese abandonar el martillo por el cuchillo. --Voto a tal! tengo sed--continu el maestro Zeli--; me siento dbil; apenas si oigo hablar nuestros caones; es que estn constipados? Al contrario, las andanadas eran ms fuertes y ms frecuentes que nunca; lo que ocurra es que el odo del maestro Zeli estaba ya debilitado por la proximidad de la muerte. --Oh! tengo sed--dijo--y fro, yo que tanto calor tena hace un momento! Despus, volvindose a un compaero: --Fjate t, polaco, es que quieres quedarte tieso como ese que tienes al lado? Oh! el cochino! qu feo es! Toma! ahora pone los ojos en blanco. Era uno que expiraba en las ltimas convulsiones de la agona. --Durand, vendrs de una vez?--grit de nuevo Zeli--; ven a ver mi pierna, viejo mo. --Al instante estoy para ti; otro martillazo nada ms, y la avera que tenemos en la lnea de flotacin habr desaparecido del todo... Bueno, ya te ha llegado el turno; es que no somos cuados? --S, un poco--respondi Zeli. El seor Durand descolg el farol y lo aproxim al maestro Zeli que esboz una entre mueca y sonrisa, muy orgulloso de la sorpresa que iba a dar a Durand. --Toma!--dijo el cirujano-calafate-artillero--, dnde est tu otra pierna, farsante? --All arriba, sobre el puente, quizs an... Vamos, desembarzame de sta, porque me incomoda mucho. Parece que me han atado una bala de treinta y seis al pie. Oh! y tengo sed, siempre sed. Mientras examinaba la pierna del maestro Zeli, el seor Durand sacudi tres o cuatro veces la cabeza y silb, muy bajo, es verdad, el aire del _Botn de rosa_, para acabar diciendo: --Ests... fastidiado, viejo mo. --Ah! pero, de veras? --S, s. --Entonces, si t eres un buen muchacho, toma mi pistola y levntame la tapa de los sesos. --Iba a proponrtelo. --Gracias. --No tienes ningn encargo que hacerme? --No. Ah! s; toma mi reloj; se lo dars a Grano de Sal. --Bien. Vamos... --Ah! me olvidaba; si el capitn no revienta all arriba, dile de mi parte que ha mandado como un valiente. --Bien. Vamos... --De modo que t crees que estoy lo que se llama...? --S, a fe de hombre, y ya comprenders que yo no querra hacer una mala partida a un amigo. --Es verdad. Pero a pesar de eso siempre... Brrr... Qu fro! Casi no puedo hablar... Me parece que mi lengua pesa tanto como un pedazo de plomo. Toma, ahora estoy mareado... Adis, viejo. Otro apretn de manos... Vamos, ests dispuesto? --S. --Perfectamente. Fuego! eso me curar... Cay. --Pobre b...--dijo el seor Durand. Esta fue la oracin fnebre del maestro Zeli. El seor Durand hubiera deseado quiz terminar todas sus operaciones tan caballerescamente, pero sus otros clientes, espantados de la violencia del tpico, que haba, no obstante, dado tan buenos resultados en el maestro Zeli, prefirieron emplasto de estopa y de grasa, que el honrado doctor aplicaba indistintamente a todo y para todo, con un suplemento de consuelos para los moribundos. Tan pronto era: Bah! Despus de nosotros, el fin del mundo. O bien: La prxima campaa deba ser ruda, el invierno fro, el vino malo; y una multitud de otras gracias destinadas a endulzar los ltimos momentos de los pobres piratas, que tenan el cuidado de abandonar una honorable existencia sin saber demasiado a dnde iban. El seor Durand fue interrumpido bruscamente en sus cuidados espirituales y temporales por Grano de Sal, que cay como una bomba en medio de siete agonizantes y de once muertos. --Vienes a estorbarme en mi trabajo, perro?--dijo el doctor. Y el grumete recibi con esta admonicin una bofetada que hubiera abrumado a un rinoceronte. --No, maestro Durand; al contrario, es que piden municiones all arriba, porque acaban de enviar la ltima granada; y no crea usted, la corbeta inglesa ha quedado rasa como un pontn, pero sigue haciendo un fuego de mil demonios... Ah! Mire, una bala se me ha llevado un dedo. Vea usted, maestro Durand... --Y quieres que yo pierda el tiempo en mirar tu rasguo, bribn, perro? --Gracias, seor Durand; lo cierto es que vale ms eso, que tener un brazo de menos--dijo Grano de Sal envolviendo precipitadamente en estopa lo que le quedaba del dedo--. Pero mire--aadi--, ah llega un parroquiano, maestro. Era un herido que descenda al sollado; como estaba mal atado, cay sobre el suelo, quedando muerto. --Otro que ya est curado--dijo el maestro Durand que estaba absorto pensando cmo remediar la falta de balas. --Municiones!... municiones!--gritaban muchas voces con un acento de terror. --Voto a tal! aun cuando debiramos cargar los caones con grumetes, se har fuego contra los ingleses!--exclam el maestro Durand subiendo rpidamente al puente. Grano de Sal le sigui, no sabiendo si la intencin que el doctor haba manifestado de emplearle como proyectil, era una broma o no. Pero, fiel a su sistema de consolarse, se dijo: --Preferira eso a ser colgado por los ingleses. XII SIGUE EL COMBATE Silencio! todo ha terminado, todo se lo ha tragado el abismo. La espuma de los altos mstiles ha cubierto la cima. VCTOR HUGO, _Navarin_. --Y bien! o vienen balas, o somos hundidos como perros!--grit Kernok al maestro Durand tan pronto como le vio aparecer sobre el puente. --No queda ni una!--dijo el doctor rechinando los dientes. --Que mil millones de rayos se lleven al brick! y no tener nada, nada, para recibir a los ingleses que van a abordarnos! Mira! voto a tal! mira!... Y diciendo esto, Kernok empuj a Durand contra el empalletado, que caa a pedazos. En efecto, aunque la corbeta estuviese horriblemente averiada, se adelantaba viento en popa sobre el brick con un jirn de vela de su mesana, mientras que _El Gaviln_, que haba perdido todas sus velas, no poda evitar el abordaje que el ingls quera intentar, y que haba de serle ventajoso porque eran ms. --Ni una bala! ni una bala! San Nicols! Santa Brbara, y todos los santos del calendario, si no vens en mi auxilio--grit Kernok en un estado de espantosa exasperacin--, juro hacer aicos vuestras hornacinas del mismo modo que rompo este comps! Y que un rayo me pulverice si queda piedra sobre piedra de una sola de vuestras capillas en toda la costa de Pempoul! Y el pirata, echando espumarajos por la boca, haba arrojado contra el suelo una brjula. Parece que los santos que Kernok implorara tan brutalmente, quisieron portarse como corresponde a gente canonizada. Los hombres hubieran castigado al temerario; los semidioses acudieron en su auxilio, demostrando as que su creencia etrea era superior a nuestras inteligencias estrechas y rencorosas. As, apenas Kernok haba terminado su singular y horrible invocacin, que, herido por una idea sbita, por una idea de las alturas, quizs, exclam rugiendo de alegra: --Las piastras!... voto a tal! muchachos, las piastras!... carguemos nuestras piezas hasta la boca: esa metralla vale tanto como la otra. El ingls quiere moneda; la tendr, y bien caliente, tanto que, saliendo de nuestros caones, parecern ms bien lingotes de bronce que buenos escudos de Espaa... Subid las piastras!... las piastras! Esta idea electriz a la tripulacin. El maestro Durand se precipit hacia el paol y bien pronto aparecieron tres barriles sobre el puente, unos ciento cincuenta mil francos aproximadamente. --Hurra! Muerte a los ingleses!--gritaron los diez y nueve piratas que quedaban en estado de combatir, ennegrecidos por la plvora y por el humo, y desnudos hasta la cintura para maniobrar con ms facilidad. Y una especie de alegra feroz y delirante los exalt. --Esos perros de ingleses no podrn decir que somos avaros--exclam uno--; porque esa metralla les pagar con creces el cirujano que les cura. --Ya se ve que combatimos con una dama. Voto a tal! cunta galantera! balas de plata!...--dijo otro. --Yo no pedira ms que una carga como esa para divertirme en Saint-Pol--aadi un tercero. Y efectivamente, echaban el dinero en los caones a puados, hasta ahogarlos. De este modo pasaron cincuenta mil escudos. Apenas todas las piezas estuvieron cargadas, cuando la corbeta, que se encontraba cerca del brick, maniobr de modo de meter su bauprs en los obenques de _El Gaviln_; pero Kernok, por un movimiento hbil, evit el choque y luego se dej derivar por el ingls. A dos tiros de pistola, la corbeta envi su ltima andanada, porque ella tambin haba agotado sus municiones; tambin se haba batido bravamente y tambin haba hecho prodigio de valor durante las dos horas del encarnizado combate. Desgraciadamente, el oleaje impidi a los ingleses apuntar bien, y toda su andanada pas por encima del corsario, sin hacerle dao. Un marinero del brick hizo fuego antes de la orden. --Perro aturdido!--exclam Kernok, y el pirata rod a sus pies, abatido de un hachazo. --Sobre todo--aadi--, no hagis fuego hasta que estemos casi tocndonos; en el momento en que los ingleses vayan a saltar sobre nuestro puente, nuestros caones les escupirn en el rostro, y ya veris cmo eso les molesta; estad seguros! En aquel instante mismo, los dos navos se abordaron. Los tripulantes ingleses que quedaban estaban en los obenques y sobre los empalletados, con el hacha a punto, el pual entre los dientes, prestos a lanzarse de un brinco sobre el puente del brick. Un gran silencio reinaba a bordo de _El Gaviln_. --_Away! goddam, away! lascars_--grit el capitn ingls, hermoso joven de veinticinco aos que, habiendo perdido las dos piernas, se haba hecho meter en un barril de salvado, para contener la hemorragia y poder mandar hasta el ltimo momento--. _Away! goddam!_--repiti. --Fuego, ahora, fuego sobre el ingls!--aull Kernok. Entonces todos los ingleses se lanzaron sobre el brick. Los doce caones de estribor les vomitaron en la cara una granizada de piastras, con un estruendo espantoso. --Hurra!--gritaron los piratas. Cuando el espeso humo se hubo disipado y se pudo apreciar el efecto de aquella andanada, no se vio ya a ningn ingls, a ninguno... Todos haban cado al mar o sobre el puente de la corbeta, todos estaban muertos o espantosamente mutilados. A los gritos del combate sucedi un silencio sombro e imponente; y aquellos diez y ocho hombres, nicos supervivientes, aislados en medio del Ocano, rodeados de cadveres, no se miraban sin cierto espanto. El mismo Kernok fijaba los ojos con estupor en el tronco informe del capitn ingls; porque la metralla se le haba llevado un brazo. Sus hermosos cabellos rubios estaban teidos de sangre; no obstante, la sonrisa apareca en sus labios... Es que haba muerto sin duda pensando en ella, en ella que, baada en lgrimas, vestira largos hbitos de luto al saber su glorioso fin. Afortunado joven! Tena quiz tambin a su anciana madre para llorarle, para llorar al que haba mecido en sus brazos cuando nio. Era quizs un porvenir brillante que se malograba, un nombre ilustre que se extingua en l! Qu pesar deba producir su muerte! Cunto deban llorarle! Dichoso, tres veces dichoso joven! qu no deba a la culebrina de Kernok! con una bala haba hecho un hroe llorado en los tres reinos. Qu hermosa invencin la de la plvora! Tal deba ser, poco ms o menos, el resumen de las reflexiones de Kernok, porque permaneci risueo y tranquilo a la vista de aquel horrible espectculo. Sus marineros, al contrario, se haban mirado largo rato con una especie de extraeza estpida. Pero, pasado este primer movimiento, el natural indiferente y brutal se adue otra vez de ellos, y todos, en un impulso espontneo, gritaron: --Hurra! Viva _El Gaviln_ y el capitn Kernok! --Hurra! muchachos!--dijo l--. Y bien, ya lo veis; _El Gaviln_ tiene el pico duro; pero ahora hay que pensar en reparar las averas. Segn mi estima, debemos estar por el lado de las Azores. La brisa fresquea; vamos, muchachos, limpiemos el puente. Y en cuanto a los heridos... en cuanto a los heridos--repiti golpeando maquinalmente el empalletado con su hacha--, les hars llevar a la corbeta, maestro Durand--dijo bruscamente. --Para...?--pregunt ste con aire interrogativo. --Ya lo sabrs--respondi Kernok con aire sombro, frunciendo sus espesas cejas. El maestro Durand fue a cumplir las rdenes del capitn, murmurando: --Qu querr hacer? Es raro... --Aqu, grumete!--grit Kernok a Grano de Sal que estaba enjugando con aire de tristeza el reloj que le haba legado el maestro Zeli, porque estaba cubierto de sangre. El marmitn levant la cabeza; las lgrimas brillaban en sus ojos. Avanz hacia el terrible capitn, pero sin el menor temor. Una idea fija le dominaba, y era el recuerdo de la muerte de Zeli, al cual era bien adicto. --Vas a bajar a la cala y decir a mi mujer que puede venir a besarme: oyes?--dijo Kernok. --S, capitn--respondi Grano de Sal; y una gruesa lgrima cay sobre el reloj. En el acto desapareci por la escotilla. Kernok subi con agilidad a las gavias y examin el aparejo con la ms escrupulosa atencin; las averas eran numerosas, pero no inquietantes, y con la ayuda de los palos y de las vergas de recambio, comprendi que podra continuar su ruta y llegar al puerto ms inmediato. Grano de Sal volvi a subir al puente, pero solo. --Y bien!--dijo Kernok--; dnde est mi mujer, animal? --Capitn, es que... --Qu es? hablars, perro? --Capitn... est en la cala... --Ya lo s. Por qu no ha subido, bribn? --Ah! caramba! capitn... es que est muerta... --Muerta! muerta!--dijo Kernok palideciendo; y por la primera vez su rostro expres el dolor y la angustia. --S, capitn, muerta, muerta por una bala que ha entrado por debajo de la lnea de flotacin; y lo ms raro es que el cuerpo de la seora ha tapado justamente el agujero que el caonazo haba hecho, sin lo cual el agua hubiese entrado y el brick se habra ido a pique. De todos modos, la seora ha salvado a _El Gaviln_, y vale ms eso que... Grano de Sal, que haba bajado los ojos al comenzar su narracin, no pudiendo sostener la mirada chispeante de Kernok, se aventur a levantar la cabeza. Kernok ya no estaba all; se haba precipitado en la cala, y miraba, con los ojos secos, los brazos cruzados, los puos convulsivamente apretados; porque, segn la relacin del grumete, la cabeza y una parte de la espalda de Melia, empotradas en el agujero producido por la bala, haban impedido al proyectil ir ms lejos. Pobre Melia! hasta la muerte haba sido til a su Kernok. El pirata permaneci solo unas dos horas, encerrado en la cala al lado de los restos de Melia. All desahog su dolor, porque cuando subi al puente, su rostro estaba impasible y fro. Solamente, un poco antes de su regreso, un grito doloroso se haba odo y una masa informe haba desaparecido entre las aguas. Era el cadver de Melia. Durante este tiempo, el maestro Durand haba hecho conducir los heridos a bordo de la corbeta inglesa. --Pero, por qu no nos dejan a bordo del brick?--preguntaban con insistencia al buen doctor. --Hijos mos, yo no s nada; tal vez porque aqu son mejores los aires, y en las heridas graves hay que cambiar de aires, ya se sabe. --Pero, maestro Durand, vea usted que se llevan para el brick todos los palos y todas las vergas de recambio de la goleta. Cmo vamos, pues, a navegar? --Quiz por el vapor--respondi el seor Durand, que no poda resistir el placer de hacer un chiste. --Cmo! Usted se va, maestro Durand, y vosotros tambin, camaradas. Y nosotros? y nosotros?... Maestro Durand!... Maestro Durand! As decan los heridos, bastante fuertes para gritar, pero no para andar, viendo al seor Durand y a sus compaeros que se embarcaban en la canoa. --Lo ms probable es que no sea para hacernos tomar el aire para lo que nos envan aqu--dijo un parisiense que tena un brazo de menos y un balazo en la columna vertebral. --Pues bien! para qu nos han enviado aqu, parisiense?--preguntaron muchas voces con inquietud. --Para qu?... con objeto de que reventemos aqu, mientras ellos se reparten nuestra parte de presa. Eso est muy mal hecho! Unicamente, si hubieran tenido un poco de corazn, habran hecho un agujero en la cala para que nos hundisemos... en lugar de dejarnos aqu para que nos devoremos como fieras. Esto ser por el estilo del _Colin_ que yo vi en el Mont-Thabor, en casa del seor Franconi--aqu su voz comenzaba a debilitarse--, porque acabo de orles decir que ya no quedan vveres a bordo de la corbeta, y a eso se debe principalmente el que nos hayan dejado de lado. Sin embargo, es sensible morir cuando se es rico; porque con mi parte de la presa, me hubiera divertido de lo lindo en Pars... Dios! la Cabaa!... el Vauxhall!... el Ambig!... y las seoritas! Ah! s, es mortificante! porque ahora, en el tiempo de atar un gratel ya estar cocido... ya no tengo sensacin en las piernas... Es por vosotros por quienes lo siento... porque vosotros no sois muy tiernos, corderos mos... Estaris endiabladamente duros, y para comeros har falta una famosa salsa... Sus restantes palabras no pudieron entenderse, y cinco minutos despus estaba muerto. El parisiense haba adivinado la verdad; es imposible dar cuenta de las maldiciones de que Kernok y dems cofrades fueron objeto. Un herido ingls, que conoca el francs, comunic a sus compaeros el destino que les esperaba. El barullo aument, y cada uno juraba y blasfemaba en su lengua. Vaya un barullo! un barullo capaz de despertar a un cannigo. Pero todos aquellos desgraciados estaban demasiado gravemente heridos para poder levantarse; y, adems, carecan de botes... Hubo muchos que, rodando, se dejaron ir hasta los empalletados, y de all se arrojaron al mar, preveyendo todo el horror de la suerte que estaba destinada a sus compaeros. --Ya se han quedado all--dijo el maestro Durand a Kernok cuando hubo vuelto a bordo. --Bien--respondi Kernok--; la brisa sopla del Sud. Con esta mesana por vela y los juanetes en lugar de las gavias, podemos continuar la ruta. Orienta hacia el NNE. --As--dijo el maestro Durand mostrando la corbeta que se balanceaba desmantelada--, abandonamos a esos pobres diablos? --S--respondi Kernok. --Pues no deja de ser un procedimiento bien poco delicado. --Ah! es verdad... Sabes los vveres que nos quedan a bordo, gracias al festn que os he dado, salvajes? Pues bien! no nos queda ms que una caja de galleta, tres toneladas de agua y una caja de ron; porque en un da habis echado a perder los vveres de tres meses. --Tanta culpa es de los de aqu, como de los que quedan all. --Me... ro; tenemos an, quiz, ochocientas leguas que hacer y diez y ocho hombres que mantener; adems, stos deben ser los primeros, porque se hallan en estado de trabajar. --Los que deja usted en la corbeta van a reventar como perros o a comerse los unos a los otros; porque maana, pasado maana... tendrn hambre. --Me... ro, que revienten! Vale ms que sean los que estn medio muertos que no nosotros, que aun tenemos mucho que hacer. Los marineros del brick oan esta conversacin y comenzaron a murmurar: --No queremos abandonar a nuestros camaradas. Kernok pase sobre ellos su mirada de guila, puso su hacha bajo el brazo, se cruz las manos a la espalda y dijo con voz imperiosa: --Eh? vosotros... no queris...? Se hizo un profundo silencio. --Sois unos animales bien singulares!--exclam--. Sabed, pues, canallas, que estamos a ochocientas millas de tierra; que hemos de contar al menos con quince das de navegacin, y que si guardamos los heridos a bordo se bebern toda nuestra agua y nos harn tanto servicio como los remos a un navo de tres puentes. --Eso es verdad--interrumpi el artillero-cirujano-calafate--, nada bebe tanto como un herido; son lo mismo que los borrachos, siempre tienen la boca seca. --Y cuando estemos sin agua y sin galleta, ser el seor Kernok el que os dar lo que falte? Nos veremos obligados a comer nuestra carne y a beber nuestra sangre, como tendrn que hacer ellos; vaya un alimento perro! Eso os tienta, no es cierto, bergantes?... mientras que si tratamos de arribar a Bayona o a Burdeos, podemos ver de nuevo Francia y vivir como buenos burgueses con nuestra parte de presa, que no ser pequea, puesto que tambin nos repartiremos la de esos...--aadi Kernok designando a los heridos de la corbeta. Este argumento calm victoriosamente los ltimos escrpulos de los recalcitrantes. --En fin--termin Kernok--, esto ser as porque yo lo quiero; est claro? Y al primero que abra la boca se la cerrar yo; ya sabis que acostumbro cumplir lo que prometo. Conque, en marcha, muchachos. Los diez y ocho hombres que componan entonces la tripulacin, obedecieron en silencio y dirigieron una ltima mirada a sus compaeros, a sus hermanos, que lanzaban gritos espantosos viendo al brick alejarse. Despus, como la brisa soplaba mucho, _El Gaviln_ se encontr bien pronto lejos del lugar del combate. Pero al da siguiente se levant una horrible tempestad, enormes montaas de agua parecan a cada momento querer tragarse al buque que, capeando el temporal, hua ante el tiempo. En fin, despus de una penosa travesa, _El Gaviln_ recal en Nantes, donde repar sus averas, y despus, de acuerdo con los deseos de Kernok, se hizo de nuevo a la mar para fondear una vez ms en la baha de Pempoul. All se form una comisin para verificar la legalidad de la presa. Entonces Kernok jur, con todos sus juramentos, que en lo sucesivo ira a desembarcar a Santo Toms, porque aquellos cormoranes de administradores haban pescado en sus aguas! Estas fueron sus propias expresiones. XIII LOS DOS AMIGOS Un alma tan rara y ejemplar no costara ms de matar que un alma popular o intil? MONTAIGNE, lib. II, c. XIII. Es una excelente posada la del _ncora de Oro_, en Plonezoch. Cerca de la puerta se elevan dos hermosas encinas, verdes y frondosas, que dan sombra a las mesas, siempre atractivas, de tan lustrosas que estn; y como el _ncora de Oro_ est situada en la plaza mayor, no se encuentra un golpe de vista ms animado, sobre todo a la hora del mercado, durante las hermosas maanas de julio. Por eso dos honrados compaeros, dos apreciadores de aquella hermosa localidad, haban echado races ante una de aquellas mesas tan lustrosas y tan limpias; hablaban de esto y de lo de ms all, y la conversacin deba ser ya larga, porque buen nmero de botellas vacas formaban un imponente y difano reducto alrededor de los interlocutores. El uno poda tener sesenta aos, feo, moreno, grueso, con largas y blancas patillas que hacan un raro contraste con su tez bronceada. Llevaba un holgado frac azul grotescamente cortado, un ancho pantaln de tela y un chaleco escarlata con botones de ncoras, y al que le faltaban por lo menos seis pulgadas para llegar a la cintura; finalmente, un inmenso cuello de camisa rgido y almidonado se levantaba amenazador por encima de las orejas de este personaje. Adems, anchas hebillas de plata brillaban en sus zapatos, y un sombrero charolado, impertinentemente ladeado, acababan de darle un aire coquetn y calavera que contrastaba singularmente con su edad avanzada. Por lo dems, se vea que iba vestido de etiqueta y que le incomodaban sus adornos. Su amigo, de un traje menos afectado, pareca mucho ms joven. Una chaqueta y un pantaln de tela componan todo su atavo, y una corbata negra, negligentemente anudada, permita ver un cuello nervioso que soportaba un rostro risueo y abierto. --Se acerca San Saturnino--dijo golpeando ligeramente su pipa sobre la mesa para hacer salir toda la ceniza--, se acerca San Saturnino, y har veinte aos que _El Gaviln_--aqu llev una mano a su gorra de lana de cuadros azules y rojos--, que nuestro pobre brick fonde por ltima vez en la baha de Pempoul al mando del difunto seor Kernok. Y suspir sacudiendo la cabeza. --Cmo pasa el tiempo!--contest el hombre del cuello alto echndose al coleto un enorme vaso de aguardiente--; me parece que fue ayer: no es eso, Grano de Sal? Y si te llamo Grano de Sal entre nosotros, es porque t me lo has permitido, muchacho. Esto me recuerda los tiempos pasados. Y el viejo se ech a rer dulcemente. --Voto a tal! no se moleste usted, seor Durand; usted es uno de los antiguos, un amigo del pobre seor Kernok. Y de nuevo levant los ojos al cielo suspirando. --Qu quieres, muchacho! cuando llega la hora de desamarrar--dijo el seor Durand sorbiendo, con un largo resoplido, una gota de aguardiente que quedaba en el fondo de su vaso--, cuando el cable cede, el ncora se va al fondo. Es lo que deca yo siempre a mis enfermos, a mis calafates, o a mis artilleros, porque t sabes... --S, s, ya lo s, maestro Durand--respondi prontamente Grano de Sal que temblaba a la idea de or al ex artillero-cirujano-calafate comenzar de nuevo el relato de sus triples hazaas--; pero eso es ms fuerte que yo, y se me parte el corazn cuando pienso que aun no hace un ao estaba ese pobre seor Kernok all abajo en su granja de Treheurel y que todas las noches fumbamos una pipa con l. --Es verdad, Grano de Sal. Dios de Dios! qu hombre! y le queran en toda la comarca! Un desgraciado marinero le peda algo, y lo obtena al instante. En fin, desde hace veinte aos que se haba retirado de los negocios para vivir de sus rentas, todos se hacan lenguas de su caridad. Y despus, qu respetable cara con sus largos cabellos blancos y su frac marrn! qu aire ms bondadoso cuando llevaba a la espalda a los hijos del viejo Cerisot, el artillero, o les haca barquitos de corcho! Solamente yo le haca siempre un reproche a ese pobre Kernok, se haba aficionado demasiado a la gente de sotana. --Ah! porque era mayordomo de la parroquia! Y adems, por pasar el tiempo. Pero no podr usted dejar de confesar que infunda respeto en su banco de encina, con sus guantes blancos y su pechera, el da de la fiesta de la parroquia de San Juan. --Yo prefera verle en el puente, con un hacha en la mano y su bocina en la otra--respondi el ex artillero-cirujano-calafate llenando su vaso. --Pues, y en la procesin, seor Durand? cuando presuma con su cirio, que quera llevar siempre como una espada, a pesar de las lecciones del monaguillo... Pero lo que desolaba sobre todo al seor cura es que el capitn Kernok mascaba tanto, que durante la misa escupa sobre todo el mundo. --Le desolaba... le desolaba... es por eso por lo que embruteci a mi camarada para hacerle dejar al presbiterio veinte fanegas de sus mejores prados. Aqu Grano de Sal alarg inverosmilmente el labio inferior guiando los ojos, mir al maestro Durand con el aire ms picaresco, ms malicioso, ms burln que fuera posible imaginar, moviendo negativamente la cabeza. --Caray! si lo sabr yo!--repiti el maestro Durand casi ofendido de la pantomima del antiguo grumete. --Vamos, vamos, tranquilcese usted--repuso ste--, no es al cura a quien ha hecho esta donacin. Aqu una pausa, y la extraeza del maestro Durand se manifest por un excesivo enarcamiento de sus cejas y por la absorcin de un glorioso vaso de vino. --Es--dijo Grano de Sal--, a la sobrina del cura, eh! --Ah! el viejo farsante, el viejo farsante--murmur el maestro Durand lanzando una carcajada homrica--; ya no me extraa que fuese mayordomo y que comulgase con tanta frecuencia. Y se entreg con Grano de Sal a unos arrebatos de alegra tan ruidosa; que unos perros comenzaron a ladrarles. --Lo ms mortificante es que--continu Grano de Sal--toda la fortuna del capitn Kernok vuelve al Gobierno. Como no haba hecho testamento... --Cmo haba de pensarlo? Es que poda prever ese accidente? --Usted le vio despus... despus de la cosa... no es cierto, seor Durand? porque yo haba ido a Saint-Pol. --Seguramente que le vi. Figrate t, muchacho, que vienen a decirme: Seor Durand, se siente olor de quemado en casa del seor Kernok; pero de una chamusquina ms rara! Eran las ocho de la maana y nadie se atreva a entrar en su habitacin; son tan bestias! Me decido yo a entrar, muchacho, y... Ah! Dios mo! chame de beber, porque me pongo malo cada vez que lo recuerdo. Se repuso un poco despus de un largo trago de aguardiente, y continu: --Entro, y figrate t qu espectculo: el cuerpo de mi pobre viejo Kernok cubierto de una ancha llama azulada que le corra de la cabeza a los pies, lo mismo que cuando arde un ponche. Yo me aproxim y le ech agua; bah! an arda ms fuerte, porque estaba casi cocido. Grano de Sal palideci. --Esto te extraa, hijo mo! pues bien, yo se lo haba predicho. --Usted!... --S. El beba demasiado aguardiente, y yo le deca siempre: Mi viejo camarada, t acabars por una _concustion invantnea_--dijo el maestro Durand con importancia, apoyando cada palabra e hinchando los carrillos. Quera decir una combustin instantnea, solucin exacta y verdadera de la muerte de Kernok, dada por un mdico de Quimper, hombre muy entendido, al que se haba enviado a buscar un poco demasiado tarde. --Y eso no le hace temblar, seor Durand?--dijo Grano de Sal que vea con pena al ex artillero-cirujano-calafate tomar la misma direccin que su difunto capitn. --Yo, es diferente, muchacho; yo mezclo el aguardiente con vino, mientras que l lo beba puro. --Ah!...--respondi Grano de Sal poco convencido de la temperancia del seor Durand. --Toma!--dijo ste--, ah tienes uno que morir en la piel de un bandido, si es que no le desuellan vivo. Y sealaba a un hombre alto y delgado, con uniforme azul bordado, que atravesaba la plaza. --Cunto dara por estar a bordo con ese perro de Plick, l con los brazos atados a una cuerda de obenques y la espalda desnuda... yo con un buen rebenque en la mano! Cuando pienso que por haber pasado por las manos de ese miserable de comisario nuestra parte de presa ha disminuido en nueve dcimos; que en lugar de los sesenta mil francos con que vivo desde hace veinte aos podra tener un milln, y que a ese pobre Kernok no le tocaron ms que doscientos mil francos de las toneladas de plata que recogimos a bordo del buque espaol! --Bah!--dijo Grano de Sal--, un poco ms, un poco menos, es igual. Yo estoy bien contento de haber abandonado el oficio con lo que tengo y de haberme comprado un quechemarn para el cabotaje. Pero desde que no veo al pobre seor Kernok, parece que me falta algo. --A propsito--dijo el seor Durand--, creo que se acerca la hora de la misa que hacemos decir en San Juan a ese pobre viejo. Grano de Sal sac un reloj lo menos de una pulgada de grueso. --Tiene usted razn, seor Durand, son las diez. Despus, alargndole el reloj, atado con cuidado a una larga cadena de acero reforzada con un cordn negro: --Vea, lo reconoce usted?--dijo al maestro. --Si lo reconozco!... es el que el pobre Zeli me dio para que te lo entregase el da del combate de _El Gaviln_ contra la corbeta. Pobre Zeli! Aun le veo, tendindome la mano y dicindome: Toma!... esto es para Grano de Sal... Adis... viejo... no te olvides. Voto a tal!--dijo el viejo emocionado--, esto me da ms pena ahora, cada vez que me acuerdo, que en el momento en que ocurri. Pobre Zeli! Y la cabeza del seor Durand cay entre sus manos callosas y arrugadas. Grano de Sal pareca absorto en un doloroso recuerdo mirando su reloj. --Son cinco litros de vino y una botella de aguardiente--dijo el posadero, con su gorra en la mano, e inquieto de la prolongada permanencia de los dos marinos. --Lo que sobre para ti--dijo Grano de Sal arrojndole una moneda de oro. Y dando el brazo al viejo Durand, se encamin con l hacia la capilla de San Juan. XIV LA MISA DE DIFUNTOS ...Golpea los aires como el toque funesto Que pide a los vivos las primas para los muertos Cuando un fro atad es lo nico que queda De la que sonri a nuestros primeros esfuerzos. S. DELAUNAY, _Ob. inditas_. Figuraos una ensenada entre dos montaas, en la cual una multitud de embarcaciones bretonas, de velas rojas y cuadradas, han abordado varando sobre un hermoso fondo de arena de una blancura deslumbrante. En el fondo, el mar, cuyas ondas azules, despus de haber prolongado los contornos de la baha, van a morir sobre frescas praderas cortadas por setos de rosales silvestres y por oxiacantos floridos que esparcen a lo lejos su perfume. Aqu y all algunas encinas seculares sostienen un techo de rastrojos cubierto de lindas matas azules y de clemtidas, que penden en largas guirnaldas. Dan animacin a este paisaje, aqu una cabra levantada sobre sus patas traseras que parece suspendida de los verdes festones; all una pequea carreta tirada por grandes bueyes, y el chirrido ronco y continuo de la rueda y la cancin salvaje del Dragoubras, y el aspecto gil del montas de Arrs que monta en pelo a uno de esos caballitos negros, de pelo rizado, de ojo brillante, de patas nerviosas, que franquean los salientes de la costa con tanta ligereza como un camello. Despus, en medio de aquella colina, cuya pendiente es casi insensible, se ven los edificios consagrados a San Juan. Aqu la iglesia gtica, con sus arcos y sus ojivas, sus altas y delgadas columnas, sus frontones esculpidos como un encaje, contrasta singularmente con el pesado campanario de plomo que eleva su techumbre gris y sombra por encima del obscuro verdor de los abetos y alerces. Los toques redoblados de todas las campanas de la iglesia de San Juan, anuncian la ceremonia de que hemos hablado, un servicio fnebre por el alma del difunto seor Nicols-Brbara-Kernok, propietario de Treheurel. Porque toda la poblacin de la comarca, donde el digno anciano era adorado, haba abandonado sus trabajos para ir a rendir un postrero homenaje a su respetable bienhechor. Era necesario ver la multitud que se apretujaba bajo los prticos de la iglesia, las jvenes con su corpio escarlata bordado de azul y con sus cofias, las viejas con sus capas que las tapaban por completo, los hombres con sus birretes negros, de los que se escapaban largos cabellos que caan hasta su ancho cinturn de cuero, del que penda un largo cuchillo. Todos esperaban que las puertas fuesen abiertas. Bien pronto llegaron Grano de Sal y el maestro Durand. A su vista todas las cabezas se inclinaron; ellos respondieron con un saludo protector a estas muestras de deferencia. Por fin, se abri la puerta; y entre apreturas, empellones y codazos, cada cual se coloc en su sitio. El sol enviaba alegremente sus dorados rayos a travs de las vidrieras de colores de la capilla, e iba a reflejar sus mil maticos sobre el banco pulimentado y negro de encina, cargado de pesadas esculturas, banco en el cual se sentaba Kernok en los das solemnes. Ah! y con qu dignidad tranquila y majestuosa ostentaba en l su pechera y su frac marrn! con qu destreza ocultaba su chicote a la vista del cura! con qu aire de compuncin cerraba los ojos, fingiendo rezar y recogerse, cuando la pltica del sacerdote le suma en la ms agradable somnolencia! Y era preciso que el recuerdo de aquella figura venerable estuviese an bien presente en el pensamiento de Grano de Sal y del seor Durand, porque permanecieron un buen rato inmviles ante el banco. --Me parece estarle viendo an--dijo el seor Durand. --Y a m tambin--respondi Grano de Sal. Un rumor sordo anunci la llegada del seor Karadeuc, el prroco. Primero ofici y despus subi al plpito. Los fieles aprovecharon este momento para estornudar, sonarse, toser, bostezar, suspirar, volverse de un lado y de otro... Despus se hizo el silencio... el ms profundo silencio! El predicador avanz hasta el borde del plpito, apoy en l sus manos huesudas y velludas; sus ojos brillaban bajo sus espesas cejas rojas y su boca esbozaba una singular sonrisa... despus comenz: * * * * * Mis queridos hermanos, _apprehendi te ab extremis terr et a longinquis ejus vacari te; elegi te, et non abjeci te; ne timeas, quia ego tecum sum_. * * * * * Como el auditorio se compona de sencillos habitantes de la baja Bretaa, este exordio hizo poco efecto. * * * * * S, hermanos mos, lo que quiere decir: Te he tomado de la mano para traerte de los lugares ms alejados del mundo; te he llamado de los puntos ms distantes; te he elegido y no te he rechazado; no temas nada, porque yo vengo a ti. Porque, hermanos mos, estas palabras pueden aplicarse al virtuoso, al digno, al respetable anciano que todos lloramos... en una palabra, a Nicols Kernok, antiguo negociante. * * * * * Aqu el seor Durand dio un primer codazo a Grano de Sal, que, apretndose la nariz con el pulgar y el ndice, dej escapar una especie de mugido sordo, como una risa ahogada. * * * * * Ay! hermanos mos--continu el cura--, ese antiguo negociante, el digno Kernok, era tambin un cordero alejado del redil. Ese cordero se encontraba tambin en pases lejanos... y la Providencia le tom por la mano. * * * * * --Por la pata!--dijo el viejo Durand. --Mire que comparar al capitn a un cordero!--dijo Grano de Sal ponindose la gorra delante de la cara. Sin embargo, el predicador continu: * * * * * La Providencia le ha dicho tambin: _Elegi, non abjeci te_... te he elegido y no te he rechazado, aunque tu vida haya sido agitada. * * * * * --Llama _agitada_ a aquello--murmur Durand dando un segundo codazo a Grano de Sal que le respondi con la misma energa, es decir, con otro codazo capaz de hundir dos costillas al artillero-cirujano-calafate. Oh! los dos se comprendan. * * * * * ...S, hermanos mos, agitada. Pero despus de haber navegado en un mar proceloso, la popa de su esquife ha conseguido una orilla de paz y de reposo. * * * * * --La popa, la popa!--dijo Durand con aire despreciativo--; la proa, la proa, sacristn! El cura lanz una mirada de indignacin a Durand y repiti con obstinacin: Pero la _popa_ de su esquife consigi por fin la orilla de paz y de reposo, donde ese virtuoso, ese digno, ese respetable anciano hizo brotar la flor de la caridad y de la religin. Qu bestia es ese cura!--murmur Grano de Sal. --Bestia como un arenque--contest Durand encogindose de hombros. * * * * * ...As, hermanos mos--continu el predicador--, unos a m para dar las gracias al Rey de los reyes por haber coronado al que todos lloramos con una aureola de su eternidad. * * * * * --Amn--respondieron los asistentes. --Oye, Grano de Sal: ves t al capitn Kernok tocado con una aureola?--dijo el maestro Durand. Pero Grano de Sal ya no le escuchaba, porque el cura haba descendido del plpito para dirigirse al cementerio donde reposaba Kernok; pronto llegaron ante la tumba. El rostro de Grano de Sal se haba vuelto severo y sombro, tena la gorra entre sus manos, y Durand le apretaba el brazo mientras se enjugaba los ojos. Entonces el cura dijo algunas oraciones, que fueron repetidas a coro por los asistentes arrodillados, y luego todos se retiraron. Slo quedaron Durand y Grano de Sal. Y el sol haba desaparecido haca ya rato detrs de las montaas de Tregnier, mientras que los dos amigos aun continuaban sentados cerca de la tumba de Kernok, mudos y pensativos, con la cabeza oculta entre las manos. EL GITANO Cara de ngel y corazn de demonio. LOPE DE VEGA. CAPTULO I EL BARBERO DE SANTA MARA Un barbero di qualidad. --Por el ojo de San Procopio, le juro, compadre, que el gitano piensa desembarcar en Matagorda. Mi digna ta Isabel, volviendo de la isla de Len, ha visto todos los guardacostas dispuestos y me ha dicho que haban apostado dos centinelas en el faro para vigilar las evoluciones de la embarcacin de ese condenado que se ve a lo lejos. --Por la silla de Santiago, compadre! el pescador Pablo, que ha llegado de Conil, me ha repetido de nuevo que la tartana de rojas velas est fondeada a medio tiro de can de la costa, y que todos los carabineros estn alerta... --Han abusado de su credulidad, seor don Jos. --Le han engaado, _seor rapabarbas_--respondi Jos saliendo con aire burln. Esta calificacin de _seor rapabarbas_ hizo estremecer violentamente a Flores, porque si l _rejuveneca_ al pblico, era por no desmentir la significacin ay! demasiado positiva de la baca de cobre reluciente que se balanceaba en un rincn obscuro de la puerta; pero tambin, en el sitio ms visible, apareca un inmenso cuadro representando una mano armada de lanceta que abra delicadamente las venas de un brazo colosal. De modo que el observador comprenda fcilmente que el barbero pona su amor propio y su gloria en ejercer ciertas prcticas quirrgicas, y que era casi a su pesar si descenda a la innoble navaja, cuyos provechos parecan, no obstante, bastante honrosos. El maestro Flores gozaba adems de una consideracin merecida; su barbera, como lo son generalmente las barberas de Espaa, era el lugar de reunin de todos los chismosos, y particularmente de todos los marinos retirados que habitaban en Santa Mara; y si las noticias que se recogan en aquella fuente no estaban revestidas de un carcter bien autntico, no se puede negar que por lo menos estaban fabricadas a conciencia; detalles, palabras histricas, retratos, circunstancias, nada faltaba. Devoto, de un espritu flexible y conciliador, el barbero exhalaba beatitud por todos sus poros; siempre iba cuidadosamente vestido de negro; sus cabellos grises y lisos se reunan detrs de sus orejas, y dos anchos surcos rojos, reemplazando a las cejas, se dibujaban encima de dos ojitos pardos, de una movilidad extraordinaria; pero lo que ms llamaba en l la atencin eran sus manos, cuya piel blanca y fresca y las uas rosadas hubieran hecho honor a un cannigo de Toledo. Ya hemos dicho que Flores se estremeci violentamente ante el impertinente apstrofe de Jos, y este movimiento sbito y colrico hizo desgraciadamente desviar aquella mano ordinariamente tan firme y tan segura; el acero roz ligeramente el cuello de uno de sus parroquianos, que se arrellanaba con complacencia en el gran silln de nogal donde iban sucesivamente a sentarse todos los marinos de la isla de Len y de Santa Mara. --Que el diablo le lleve!--dijo el paciente dando un brinco sobre su asiento--. La plaza de verdugo est vacante en Crdoba, por Cristo! usted puede obtenerla, porque tiene excelentes disposiciones para abrir la garganta a los cristianos. Y enjug con la punta de su corbata la sangre que sala de su herida. --Tranquilcese--respondi Flores con importancia, consolado, casi contento de su torpeza ante la idea de que podra poner en prctica sus gloriosos conocimientos de ciruga--; tranquilcese, mi querido hijo, porque slo ha sido atacada la epidermis; no estn interesados ms que los vasos capilares, y un emplasto de diaquiln, o de ungento remediar mi inadvertencia; y a decir verdad, esa pequea evacuacin sangunea le ser muy saludable, porque usted me parece un individuo muy propenso a la pltora; de modo, hijo mo, que en lugar de blasfemar, debera usted... --Darle las gracias, no es eso, maestro? Lo tendr presente, y a la primera cuchillada que tenga la desgracia de dar, le dir al alcalde: Seor, mi enemigo es un individuo propenso a la pltora y esto no es ms que una evacuacin sangunea. Tenga en cuenta, seor, que lo he hecho por su bien. Aqu, los numerosos parroquianos que llenaban la tienda de Flores se echaron a rer tan fuertemente, que el barbero se puso rojo de clera. --Hijo de Satans!--murmur mientras aplicaba su benfico blsamo sobre la herida sangrienta. --Me maldice usted, padrecito!--dijo el marino--; vaya, no se incomode; se lo perdono todo, incluso la sangra, gracias a la buena noticia que usted acaba de darnos... Ah! conque la tartana de ese maldito ha fondeado cerca de Conil! Por mi madre, dara con gusto los ocho aos de soldada que Fernando me debe por ver a ese condenado gitano con grilletes en los pies y en las manos y arrodillado en la capilla ardiente! Cuntas veces, al querer darle caza con la escampava he renegado de mi patrn por las bordadas que nos haca correr ese favorito del infierno! porque siempre se embarca cuando peor tiempo hace! Y mientras que nuestra embarcacin rodaba cubierta por el oleaje, la suya pareca saltar y deslizarse por las olas... Virgen del Carmen! apostara este par de alpargatas nuevas a que si el gitano tocase con el dedo la pila del agua bendita, sta se estremecera y hervira como si hubiesen metido un hierro candente. --Puede ser--dijo Flores--; pero es lo cierto que mi noticia es positiva. --Que el cielo le oiga--dijo uno--, y yo prometo a San Francisco hacer dormir a mis criados sobre la piedra y no darles ms que garbanzos cocidos con agua por espacio de nueve das. --Que lo prendan, y yo prometo a la Virgen una hermosa mantilla y un anillo. --Yo prometo a la Virgen del Pilar ir de aqu a Jerez con los pies desnudos, un cirio de tres libras entre los dientes y las manos atadas a la espalda, cuando vea a ese renegado en un calabozo esperando su suplicio--dijo un tercero. --Y yo--exclam un tratante en ganado--, me comprometo a dar dos de mis mejores cabritos a los santos padres de San Juan, si me prometen que el descredo ser descuartizado y le echan plomo derretido en los ojos; porque por San Pedro! yo no quiero la muerte del pecador, pero ha de haber una justicia. Si ese primo de Satans se contentase con hacer el contrabando, aunque est condenado, se le podran comprar sus mercancas exorcizndolas; pero el maldito saquea las casas de campo de la costa, roba nuestras hijas y comete profanaciones en nuestras capillas. Aun no hace mucho se ha encontrado la imagen de San Ildefonso con una gorra de marinero en la cabeza y una larga pipa en la boca. Por los siete Dolores de la Virgen! semejantes abominaciones no anuncian nada bueno! --Y pensar--dijo el marino--que el seor gobernador de Cdiz no puede disponer de una buena fragata para poner trmino a tales horrores y que no tenemos para defendernos ms que algunos guardacostas que huyen as que divisan el bauprs de la tartana maldita! Armemos algunos faluchos por cuenta nuestra, compadre, y por Santiago! ya veremos si Satn le protege y si est al abrigo del plomo. --Una cosa bien singular--dijo en voz baja el tratante en ganados--, es que Pedrillo, mi cabrero, me ha asegurado haber visto un bote de la embarcacin del gitano abordar a lo largo de las rocas donde est construido el convento de San Juan, y que... --Y qu?--dijeron todos a la vez. --Y que el condenado haba entrado en el santo lugar. --Jess! Virgen santa! qu horror!--dijo la multitud persignndose. --Pues eso no es nada an: el condenado se ha atrevido a subir a la torre del reloj, y mi cabrero lo ha visto perfectamente fumando su cigarro maldito, y poco despus... le ha odo acompaarse una cancin blasfema con su guitarra maldita! --Pero, los dignos padres, cmo han sufrido semejante abominacin?--pregunt Flores con aire contrito. --Ah ver usted!--y el interlocutor entorn los ojos sonriendo maliciosamente. A pesar de todo el peligro que haba en hablar de cosas del clero, se iba quizs a discutir gravemente sobre este asunto, cuando una voz aguda y estridente dijo en tono burln: --A menos que el condenado del gitano no sea el mismo Satans! Todos los ojos se volvieron hacia un rincn obscuro de la barbera, porque era all donde se encontraba el desconocido que haba pronunciado tan singulares palabras. Cuando vio todas las miradas de la asamblea fijas en l, se levant, dej caer su obscura capa, atraves el largo saln del establecimiento y fue a sentarse gravemente en el gran silln, que entonces esperaba un paciente. Su talla resultaba airosa, aunque inferior a la media, y su rico traje andaluz le dejaba ver en toda su elegancia. Se desat el pauelo rojo que rodeaba su cabeza, escapndose un bosque de cabellos que casi cubrieron su cara; sus grandes ojos brillaban con un dulce brillo. --Vamos, maestro--dijo a Flores, al mismo tiempo que se pasaba el ndice extendido por el mentn, imitando el movimiento de la navaja--; y por mis pecados--aadi--, no me trate usted como al amigo de los botones de ncora. Sobre todo, nada de evacuacin sangunea. El amigo de los botones de ncora iba a responder, cuando un rumor, al principio lejano y en seguida ms prximo, lo impidi; se distingua una voz de hombre tmida y suplicante, y una voz de mujer agria y regaona. --Grandsimo embustero, te voy a confundir!--dijo ella al entrar, con las ropas en desorden y arrastrando a un jovencito de unos quince aos. --Mi ta Isabel!--dijo Flores con la navaja levantada. --Y el pescador Pablo!--exclamaron los otros. --Seora--deca el nio--, le juro por el alma de mi padre que yo he visto hace dos horas la tartana de las velas rojas fondeada cerca de Conil. La seora Isabel hizo un gesto que hubiera tenido toda su significacin y toda su eficacia, sin el marino que se interpuso prudentemente entre los dos campeones. --Aun ese maldito gitano!--dijo el joven del traje andaluz--. Seores, he aqu una buena ocasin de probar lo que os deca hace un momento, es decir, que ese condenado es Satans en persona. Y se levant gravemente. --Vamos, seora, estoy dispuesto a aclarar la cuestin, porque yo he visto el buque de las velas rojas aun no hace dos horas. --Lo mismo que yo--respondieron a la vez Isabel y Pablo. --Un momento--dijo el desconocido--, jura usted por el santo nombre de Dios y por el mrtir de la cruz decir la verdad? --Lo juramos. --Hable usted, pues, seora. --Pues bien, tan verdad como Santa Isabel, mi patrona, tiene su trono en Crdoba (aqu se persign), es que yo he visto, aun no hace dos horas, el buque, y que Dios me quite la vida si yo miento. --Habla t--dijo al pescador. --Que San Pablo me haga perecer la primera vez que salga al mar, si no es verdad que hace dos horas he visto la tartana del condenado fondeada a un tiro de fusil de Conil; y es tan verdad, seores, que he encontrado cerca de Vejer un destacamento de aduaneros que se dirigan apresuradamente a la costa, guiados por Blasillo, el hijo de Blas, que haba ido a prevenirle; yo no quiero contradecir a la seora Isabel, pero que Dios me aplaste si miento! Haba en las dos versiones tan diferentes[7] un tal acento de verdad y de conviccin, que los espectadores se miraban con extraeza. El mismo forastero sonrea con un aire de incredulidad. En cuanto a Flores, no se daba cuenta de que, desde que el nuevo cliente se hallaba sentado en el silln, no haba cesado de pasar el dorso de la navaja por el mentn de aquel improvisado Salomn. --Hola! maestro--dijo el joven--, si contina usted de ese modo, no tengo que temer, ciertamente, ninguna evacuacin sangunea; y adems, es preciso que est usted furiosamente preocupado para no haber visto en seguida que no se trataba de afeitarme sino de arreglarme el pelo. --En efecto--dijo el barbero confundido--, en efecto; tiene usted la barba tan lisa como una manzana; una mujer no la tendra ms suave. --Una mujer!--repitieron Pablo y la seora Isabel. En el mismo instante, un nio pequeo se aproxim a la puerta y avanz su linda cabeza rubia, despus la retir, la volvi a avanzar como si hubiese buscado a alguien, vio al desconocido y en dos saltos se plant en sus rodillas. Apenas le hubo hablado al odo, se levant bruscamente, tom su capa y arroj un escudo a Flores, diciendo con aire singular: --Forzosamente, seores, ese gitano tiene que ser Satans en persona, puesto que est en tres lugares a la vez; porque yo os juro por Cristo!--aadi persignndose--, que bordea desde hace dos horas a la vista de Sanlcar. Terminadas estas palabras, salt gilmente sobre su caballo, que relinchaba a la puerta, puso al nio a la grupa, y desapareci prontamente en un espeso torbellino de polvo que el galope de su caballo hizo levantar en medio de la calle. Los parroquianos de Flores que se haban precipitado a la puerta para seguir con la vista a aquel personaje, hicieron, al volver a entrar en la tienda, las conjeturas ms raras sobre la _triplicidad_ verdaderamente _fenomenal_ del contrabandista gitano, conjeturas que abandonaron sin agotarlas, como hubieran hecho en otra ocasin, para hablar de la corrida de toros que deba celebrarse al da siguiente. II LA CORRIDA DE TOROS Madrid, cuando tus toros brincan, Hay manos blancas que aplauden Y mantillas que se agitan. . . . . . . . . . . . . A. DE MUSSET. Espaa! Espaa! cun puro y brillante es tu cielo! Santa Mara est baada en oleadas de luz; los mil balcones de sus blancas casas centellean y arden, y los naranjos perfumados de la Alameda parecen cubiertos de hojas de oro. A lo lejos, Cdiz, envuelta en un vapor clido y rojizo, que all, sobre la arena resplandeciente de la playa, las olas azules y transparentes iban a deshacer como un largo listn de diamantes en espuma centelleante hecha de agua y de sol; despus, en el puerto, centenares de faluchos, de balandros, cuyas flmulas se despliegan levantadas por una ligera brisa que circula silbando por entre las cuerdas. El fresco olor de las algas marinas, el canto de los marineros que despliegan las amplias velas grises aun hmedas por el relente de la noche, el toque de las campanas de las iglesias, el relincho de los caballos que saltan lanzndose hacia las verdes praderas que se extienden detrs de la ciudad... todo, en fin, es msica, perfume y luz. Y el apresuramiento causado por el anuncio de una corrida de toros que deba celebrarse el mismo da en Santa Mara, aumentaba an el tumulto. Casi toda la poblacin de las ciudades y aldeas vecinas llena los caminos. All, las calesas rojas, cubiertas de ricos dorados, vuelan arrastradas por un caballo rpido, cuya cabeza est cargada de plumas abigarradas y de cascabeles que resuenan a lo lejos; aqu, el pavimento tiembla y gime bajo el peso de ocho mulas cuyos arneses resplandecen de cifras y de escudos de armas de plata, y que arrastran un coche pesado y macizo, rodeado de lacayos con las magnficas libreas de un grande de Espaa y precedido de picadores de trajes deslumbrantes. Ms lejos, el portante gil y jacarandoso del campesino andaluz. Por todos los santos de Aragn! qu hermoso est con su amante a la grupa y su airoso traje obscuro bordado en seda negra y encarnada! Y esos millares de botoncitos de oro que serpentean a lo largo del muslo y van a detenerse por encima de sus polainas de piel de camello! Con qu vigor su pie se apoya en el amplio estribo morisco! Pero no se puede ver su cara, porque est casi oculta entre los pliegues de la mantilla de su andaluza. Por Santiago! Vaya la linda pareja! cmo le aprieta ella con sus dos brazos, y con qu gracia las mangas verdes de su jubn se destacan sobre el color sombro de la chaqueta de su amante! Qu fuego en esas pupilas que centellean bajo unas espesas cejas negras! vive Dios! qu miradas! qu talle tan flexible!... que la Virgen bendiga esa complaciente basquia con largas franjas de raso, que deja ver una pantorrilla fina y redonda y un pie de nia!... Tres veces bendita sea, porque ha dejado ver un momento la liga azul, y su media de seda y el pequeo pual de Toscana que una verdadera andaluza no abandona jams! Adelante! El brioso caballo galopa: sus crines negras trenzadas con cintas encarnadas flotan sobre su cuello nervioso, y la espuma blanquea su bocado y sus brillantes copas! Adelante, muchacho! que tu espuela se hunda en el flanco de tu montura, porque tu morena de las largas pestaas, trmula y asustada, te estrechar violentamente contra su corazn y t sentirs sus latidos! y sus cabellos acariciarn tu frente y su respiracin abrasar tus mejillas! Por Santiago, adelante, joven pareja, y desapareced ante las miradas envidiosas entre esa nube de polvo dorado! Pero ya estamos a las puertas de Santa Mara. Todo son apreturas y gritos; gritos de dolor y de alegra confundidos; hombres, mujeres, viejos, nios, estn all inmviles, esperando con angustia el momento de la corrida. Por fin, las barreras se abren, el pueblo se precipita y las inmensas galeras que rodean la arena se llenan de espectadores jadeantes de deseo y de impaciencia. --Plaza! plaza al alcalde, a la Junta y al seor gobernador! Delante de ellos marchan los milicianos de la ciudad con sus largas carabinas; despus los guardias, que tocan sus clarines, y llevan los pendones rojos y amarillos en los que se ven bordados los leones de Castilla y la corona real. Plaza! plaza a la monja! porque es la primera y la ltima fiesta a la que la pobre joven asistir. Hoy, aun pertenece al mundo, maana ya pertenecer a Dios; por eso hoy est deslumbrante de pedrera, su ropa brilla bajo las lentejuelas de plata, y cinco hileras de perlas rodean su cuello de alabastro; tambin hay perlas sobre sus brazos blancos y mrbidos, perlas y flores sobre sus bellos cabellos negros que sombrean su plida frente. Ved, qu cosa ms conmovedora! con qu amor y respeto mira a la superiora del convento de Santa Mara! Ni una mirada para ese espectculo brillante y ruidoso, ni una sonrisa para ese murmullo de admiracin que la sigue, para los homenajes que la rinde la ms alta nobleza de Sevilla y de Crdoba. Nada puede distraerla de sus santos pensamientos. Hurfana, rica, se entrega a Dios, y en su representacin a la superiora de Santa Mara. Ese corazn puro e ingenuo, teme al mundo sin conocerle, porque han querido hacerle ganar el cielo sin combatir. Maana, segn la costumbre, esa espesa cabellera caer bajo las tijeras; maana, el pao y el sayal reemplazarn a esos brillantes tejidos; maana quedar sometida a un juramento inquebrantable; pero hoy, la costumbre quiere que asista a las vanidades y a las alegras engaadoras de un mundo que ella no conoce, como para darle un eterno y ltimo adis. Plaza, pues! plaza a la monja que entra en su palco toda adornada y cubierta de tela blanca sembrada de flores. Bravo! los clarines suenan, es la seal, y las puertas del toril se abren; un toro se precipita a la arena! Es un bravo toro salvaje nacido en las selvas de Sanlcar; es pardo de color; solamente una estrecha faja blanca serpentea por su lomo. Sus cuernos son cortos, pero fuertes y afilados; no hay acero que se le pueda comparar. Su cuello musculoso soporta sin esfuerzo una cabeza enorme, y sus patas secas y nervudas no flaquean bajo el peso de su pecho y de su grupa que son de una amplitud extraordinaria. En cuanto a sus flancos, son huesudos, redondeados, y retiemblan bajo los golpes reiterados de su larga cola, que, al herirlos, zumba como un ltigo. Cuando entr, hubo una formidable explosin de admiracin, y los gritos de _bravo, toro!_ resonaron por todas partes. El animal se detuvo en seco, suspendi un momento los movimientos de su cola, y mir con extraeza a su alrededor... Despus, a pasos lentos, dio la vuelta a la barrera que separaba la arena de los espectadores, busc una salida, y no encontrndola, volvi al centro del ruedo, y all comenz a afilar sus cuernos y a levantar con ellos torbellinos de arena. En aquel momento se present un chulillo. Que la Virgen te proteja, hijo mo! y haga el Cielo que tu hermoso traje de raso azul bordado de plata no se tia de rojo, como la banderola que haces flamear ante los ojos de ese compadre que muge y se irrita! Bravo, chulillo, tu patrona vela por ti! porque apenas si has tenido tiempo de saltar la barrera para escapar del toro, cuyos ojos comienzan a brillar como carbones ardientes. Pero, paciencia, se ve venir al picador con su larga pica y montado sobre un valiente alazn; un ancho sombrero gris lleno de cintas cubre su cabeza, y lleva polainas y perneras para preservarse de los primeros ataques. Bravo, toro! toma carrera con la cabeza baja y te precipitas sobre el picador!... Pero l te detiene en seco, hundindote su excelente hoja en el lomo. Tu sangre salta, tu muges y tu furor redobla. Como hay Dios! ser una hermosa corrida! Por Santiago! qu brincos! qu mugidos! bravo, toro! el picador rueda derribado; su valiente caballo tiene el flanco abierto; sus entraas salen entre torrentes de sangre. Da algunos pasos... cae... y muere... Bien, compadre de los cuernos agudos, bien! por eso oyes resonar los pataleos y los gritos de una alegra frentica. Yo le digo an: como hay Dios! ser una hermosa corrida! Pero, silencio! aqu estn las banderillas de fuego, oh! oh!... retrocedes hacia la barrera escarbando la tierra y lanzando aullidos terribles. Qu ser, pues, hijo mo, cuando ese bravo chulillo que la Virgen proteja! te hunda en el pecho esas largas flechas adornadas de flores y cubiertas de cohetes y petardos que se encienden como por encantamiento? Toma! no lo deca yo?... Por el alma de mi padre!... el chulillo est destripado! Jess! magnfica cornada! La culpa es suya; no se ha apartado a tiempo. Bravo, toro! qu noble y magnfico ests saltando en medio de esas llamas que estallan y se cruzan! Tu sangre se mezcla al fuego; tu piel se estremece y cruje bajo los cohetes que serpentean y forman guirnaldas cayendo en lluvia de oro; tu rabia ha llegado al lmite, y los espectadores han huido de la primera barrera, temiendo que la franquees, y no obstante, tiene seis varas de alta! Condenacin! el matador no llega! y sin embargo es la hora. Podra estar ms a punto? Jams; porque jams la furia de ese compadre alcanzar un grado ms elevado, y yo apostara mi buena escopeta contra un fusil ingls a que l perecer. Santa Virgen! cmo tarda! haced que llegue pronto. Pero, ya est aqu, es l... es Pepe Ortiz. Viva Pepe! viva Ortiz! Ah!... saluda al seor gobernador, a la junta y a la monja... Se ha quitado el sombrero y ahora se pone su redecilla roja. Bueno! Despus apoya contra el suelo su ancha espada de dos filos... Jess! Cunto oro en su traje color de naranja! estoy deslumbrado! oro por todas partes!... oro hasta en sus medias y en sus zapatos... En fin, ya est en la arena... --Mata al toro por m, amor mo--le grita una andaluza de tez morena y de dientes de esmalte--. Por Cristo! no sonras as a tu amante!... Huye, Jos, huye, que el toro se te echa encima!... Pero l lo espera a pie firme, con la espada entre los dientes; le agarra uno de los cuernos y salta gilmente por encima de l. Bravo, mi digno matador, bravo! recoge la flor de almendro que tu amada te ha echado mientras juntaba las manos para aplaudirte. Pero he aqu que el toro se revuelve! Virgen del Carmen! mala seal! Se detiene, ya no muge; sus piernas tendidas, los ojos sangrientos y la cola enroscada. Encomienda tu alma a Dios, Jos, porque la barrera est lejos y el toro cerca... Adelante, demonio... adelante la afilada, espada!... Demasiado tarde! la espada se ha roto en pedazos, y Jos, atravesado por un cuerno del toro, ha quedado clavado en la balaustrada. Ya deca yo bien. Como hay Dios! ser una hermosa corrida! Entonces fueron los aullidos de alegra, los gritos de admiracin convulsiva, gritos que hubieran resucitado a un muerto. --Bravo, toro! bravo!--gritaron todas las voces de la multitud... Todas?... no, una sola falt, la de la joven de la flor de almendro. Desde haca mucho tiempo, no se haba visto semejante fiesta; el toro, an excitado por su triunfo, daba saltos espantosos, se encarnizaba contra los restos sangrientos del matador y del chulillo, y los jirones de aquellos desgraciados caan sobre los espectadores. Se estaba, pues, en una cruel incertidumbre sobre la suerte de la corrida, porque el fin de Pepe Ortiz haba singularmente enfriado el celo de sus colegas, cuando un incidente extrao, inaudito, dej a la multitud estupefacta y silenciosa. III EL GITANO Cmo hacen estremecer sus miradas ardientes!... qu hermoso es! DELFINA GAY, _Magdeleine_, cap. V. Ya sabis que el circo de Santa Mara est construido a orillas del mar y que a l slo dan acceso dos puertas. Pues, bien! De pronto se abri la barrera que daba frente al palco del gobernador y se present un caballero. No era un chulillo, porque no agitaba en el aire el ligero velo de seda roja, y su mano no blanda ni la larga lanza del picador, ni la espada de dos filos del matador; no llevaba tampoco ni el sombrero adornado de cintas, ni la redecilla, ni el traje bordado de plata. Vestido completamente de negro, a la moda de los acrbatas, llevaba polainas de gamo que caan en numerosos pliegues sobre su pierna, y una gorra de marinero sobre la que flotaba una pluma blanca; montaba con una destreza y una elegancia poco comunes, un pequeo caballo blanco enjaezado a la morisca, lleno de vigor y de fuego; en fin, largas pistolas ricamente damasquinadas pendan de los arzones de su silla, y l no llevaba ms que uno de esos sables cortos y estrechos que usan los marinos de guerra. Apenas haba aparecido, el toro se retir al otro extremo de la arena para aprestarse a combatir al nuevo adversario. Gracias a esto, el hombre negro tuvo tiempo de hacer ejecutar algunas cabriolas a su caballo y de apostarse al pie del palco de la mujer. Y tuvo el atrevimiento de mirar fijamente a aquella prometida del Seor!!! El rostro de la pobre joven se volvi rojo como la flor del granado, y ocult su cabeza en el seno de la superiora, indignada de la temeridad del desconocido. --_Ave Mara_... qu atrevimiento!--dijeron las mujeres. --Por la Virgen! de dnde sale ese demonio?--se preguntaban los hombres, estupefactos de tanta audacia. De repente, reson un grito general, porque el toro tomaba impulso para lanzarse sobre el caballero de la pluma blanca, que se volvi, salud a la monja y la dijo sonriendo: --Por usted, seora, y en honor de esos hermosos ojos azules como el cielo. Apenas acab estas palabras, el toro embisti... El jinete, con una prontitud maravillosamente servida por la agilidad de su caballo, dio un bote y se encontr a diez pasos del toro, que le persegua encarnizadamente. Pero, gracias a su velocidad, el caballo se le adelantaba siempre y tom bastante ventaja sobre l para que su dueo pudiera detenerse un momento ante el palco de la monja, y decirle: --Por usted tambin, seora; pero esta vez en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral. El toro lleg con furia; el hombre de la pluma blanca, arranc una pistola del arzn, apunt y dispar con tanta habilidad, que el toro cay mugiendo a los pies de su caballo. Viendo el peligro inminente que corra aquel hombre singular, la monja haba lanzado un grito penetrante y se haba precipitado sobre la balaustrada de su palco, apoyando en ella las dos manos; l se apoder de una, imprimi sobre ella un beso ardiente, y continu dirigindola una mirada terrible y fija. Haba en aquella escena extraa tantos motivos de asombro para los espaoles, que permanecan como petrificados. Aquel traje singular, aquel toro muerto, contra la costumbre, de un pistoletazo; aquel hombre que besaba la mano de una semisanta, de una prometida de Cristo, todo aquello contrastaba tanto con las enseanzas recibidas, que la junta, el alcalde, el gobernador, se quedaron boquiabiertos, mientras que el que tan vivamente excitaba la curiosidad general, continuaba con los ojos inflamados y fijos sobre la monja, que, trmula y confusa, no tena fuerzas para salir del palco. Era en vano que la superiora tratase de anonadarle con toda suerte de eptetos como: impo, condenado, miserable, renegado! En vano le gritaba con el acento de la ms santa indignacin: Tema la clera del Cielo y de los hombres, usted que ha osado hacer or palabras mundanas a unos odos castos, usted que no ha temblado al tocar la mano de una esposa de Dios! El miserable miraba siempre a la monja, repitiendo con admiracin: Qu hermosa es! qu hermosa es! Por fin, la voz chillona del alcalde vino a sacarle de su xtasis, tanto ms fcilmente cuanto que la monja haba abandonado el palco apoyada del brazo de la superiora, y que dos alguaciles haban sujetado la brida de su caballo, a lo que l no opuso resistencia alguna. --Por quinta vez, usted, cualquiera quien sea, responda--deca el alcalde--. Con qu derecho ha matado usted de un pistoletazo un toro destinado a divertir al pblico? Con qu derecho ha dirigido usted la palabra a una joven que maana debe pronunciar sus votos santos e irrevocables? En una palabra, quin es usted? Y el muncipe volvi a su asiento, enjugndose la frente, mir al gobernador con aire satisfecho y dijo a los dos alguaciles: --Tenedle bien por la brida. --Que quin soy?--dijo el extrao caballero levantando altivamente la cabeza, que hasta entonces no se haba podido distinguir bien. Y vironse sus facciones de una regularidad perfecta; sus ojos eran atrevidos y penetrantes, un bigote negro y brillante sombreaba sus labios encarnados, y su poblada barba, que se dibujaba en dos arcos a lo largo de las mejillas, iba a detenerse en un mentn con un hoyuelo. Su color era plido y mate. --Que quin soy?--repiti con una voz llena y sonora--, va usted a saberlo, digno alcalde. Y apoy vigorosamente sus espuelas en los flancos del caballo que dio una violenta sacudida. Entonces el animal se enderez bruscamente y dio un salto tan prodigioso, que los dos alguaciles rodaron por el suelo... --Que quin soy?... soy el gitano, el bohemio, el maldito, el condenado, si usted lo prefiere, digno alcalde! Y en dos saltos franque la puerta y la barrera, gan la playa que estaba prxima y pudo verse cmo se arrojaba al mar con su caballo... Entonces ocurri un suceso bastante raro. El nombre del gitano hizo un efecto tal, que todos los espectadores quisieron salir a la vez y se precipitaron hacia los vomitorios demasiado estrechos para dar paso a aquella masa de hombres que se agrupaban en la misma direccin. Por esta causa, las vigas de la plaza se resquebrajaron y crujieron, no pudiendo soportar una sacudida tan violenta y toda una parte del anfiteatro se hundi bajo los pies de los espectadores. El tumulto y el espanto llegaron a su lmite, una multitud de personas estaban amontonadas las unas sobre las otras, y sobre todo aquellas que soportaban un peso tan enorme, lanzaban gritos lamentables y se encomendaban al santo de su nombre. --Es ese maldito, ese condenado--decan--, que ha atrado la clera del Cielo osando profanar a la prometida de Cristo! su presencia es un azote... Anatema, anatema sobre l! Y luego venan unas maldiciones capaces de hacer estremecer a nuestro santo padre. En vano el alcalde y el gobernador que haban escapado al desastre, trataban de restablecer el orden: ni siquiera podan conseguir hacerse or, ya que eran algunos millares de seres magullados o aplastados los que aullaban a la vez. Las autoridades estaban ya invocando a los ltimos santos del calendario, cuando aquel inmenso montn de hombres se disip como por encanto. De pronto todos se encontraron de pie, pero en muchos, los acentos de un verdadero dolor haban reemplazado a los gritos de temor o de sorpresa. He aqu por qu: El desgraciado barbero Flores, situado en la parte ms baja del circo, se encontr entre el nmero de los que soportaban todo el peso de la multitud. Despus de haber hecho con sus compaeros de infortunio increbles esfuerzos para escapar a la presin, y viendo que las sanas y buenas razones no podan nada sobre la indolencia de los compadres de las capas superiores, sin pensar que con ello aumentaban el malestar de los de abajo, el barbero Flores magullado, aplastado, articul con pena a algunos desgraciados que geman como l. --Compadres, estoy convencido de que jugando el cuchillo por encima de nosotros, a derecha e izquierda, conseguiremos despertar la sensibilidad y la piedad de nuestros opresores, gracias a algunos rasguos que yo despus me encargar de curar, sea con diaquiln, el ungento, o la... Aqu se detuvo para tomar aliento, porque su desgraciado destino le haba hecho caer inmediatamente bajo el cuerpo de dos frailes y de un carnicero. --O la balsamina--continu respirando apenas--. As, pues, padres mos, absolvedme por anticipado, porque es por la salvacin de todos, sobre todo por los de abajo; y van ustedes a ver, mis reverendos, cmo la punta de un cuchillo persuade mejor que las ms elocuentes palabras. --_Ave Mara_, que Dios nos guarde--respondieron los dos frailes que opriman al barbero con toda su rotundidad monacal y que comprendieron, por sus movimientos bruscos y agitados que aqul buscaba su cuchillo--. En nombre del Cielo, no haga usted eso, hijo mo! No comprende que sera un homicidio? --Pero, padres mos, los homicidas son ustedes... no comprenden que me estn ahogando? --Por Cristo! A nosotros tambin nos ahogan. --Es por ustedes, pues, por quien voy a trabajar. Pnganse de lado, padres mos, las heridas son as menos peligrosas, porque no se encuentran ms que las falsas costillas. En fin, yo la tengo--dijo abriendo con dificultad su navaja. --Estn dispuestos, compadre? --Jess! no lo estamos. --Es igual, que Dios nos ayude! Y se puso a herir de la manera que pudo por encima de su cabeza. Los que recibieron esta caritativa advertencia no encontraron nada ms eficaz para hacerla cesar que imitarla, y este medio incisivo, propagndose de abajo arriba, con rapidez, tuvo bien pronto el resultado ms satisfactorio, salvo los rasguos que Flores se encarg de cicatrizar y cicatriz probablemente con su habilidad acostumbrada. Rehechos todos de esta violenta emocin, el primer grito fue el de preguntar dnde estaba el maldito, y correr a la orilla. Una tartana, con las velas rojas, empavesada como en un da de fiesta, se balanceaba a lo lejos... Era l, no poda dudarse--. Al puerto! al puerto!--y se precipitaron hacia el embarcadero para volar en su persecucin. Pero all, gran Dios, qu espectculo! El pueblo espaol es talmente vido de corridas de toros, que ni un hombre, ni una mujer, ni un nio haban quedado en la poblacin; todos estaban en la plaza, los marinos mismos haban abandonado sus embarcaciones, y cuando llegaron apresuradamente, se encontraron todas las amarras cortadas y vieron a lo lejos faluchos y balandros que el mar se haba llevado al retirarse. Entonces cay un nuevo aluvin de maldiciones sobre el gitano, y todo el pueblo, en un movimiento espontneo, se dej caer de rodillas para pedir a Dios que hiciera hundir aquella tartana, que pareca burlarse de la llorosa multitud desplegando sus brillantes paveses de mil colores. De pronto, el cielo pareci escuchar aquella demanda, ciertamente justa, porque dos velas aparecieron a lo lejos; las dos cortaban el viento corriendo la una cerca de la otra, de modo que la embarcacin del gitano deba encontrarse encerrada entre las dos o bien arrojarse a la costa; y cul no fue la alegra pblica cuando reconocieron a dos escampavas del Gobierno que izaron el pabelln espaol, asegurndole con un caonazo! Entonces la tartana cambi rpidamente sus amuras, vir en redondo con una preteza prodigiosa, pas por entre las dos escampavas y fue a parar fuera del alcance de sus perseguidores. Aunque la maniobra sabia y prestigiosa de la tartana hubiera derrotado los planes de campaa y la tctica de los espectadores de Santa Mara, ellos contaban siempre con la velocidad y el nmero de sus atacantes para ver a su enemigo aprehendido y arrastrado a remolque. Pero la tartana, teniendo sobre las dos escampavas una ventaja de marcha positiva, desapareci bien pronto detrs de la punta de la torre que avanzaba mucho sobre el mar; y no fue hasta despus de un cuarto de hora de navegacin que los guardacostas que navegaban en las mismas aguas, desaparecieron tambin a los ojos de la multitud, ocultos por el promontorio. Y todo Santa Mara temblaba de impaciencia y de deseo por conocer el resultado del combate que iba a librarse detrs de la montaa. IV LAS DOS TARTANAS Zarpa el balandro que se balancea sobre las olas, y brilla en el azul de los mares como una centella. VCTOR HUGO, _Navarin_. --Adelante, mi fiel _Iscar_! ya lo ves, el mar est azul y el oleaje viene a acariciar dulcemente tu ancho pecho, blanqueado por la espuma! Adelante! t hundes en el agua lmpida tus narices que se abren temblorosas! y tu larga crin se cubre de perlas brillantes como gotas de roco. Adelante! mueve an tus corvas vigorosas que hienden las olas. Valor, mi fiel _Iscar_, valor, porque ay! los tiempos han cambiado. Cuntas veces, sobre la fresca verdura del prado de Sevilla o de Crdoba, t alcanzabas y dejabas atrs las brillantes calesas que arrastraban a las hermosas granadinas, morenas y rientes, con su redecilla de prpura que volaba al viento y su rica mantilla prendida con broches tornasolados! Cuntas veces t has relinchado de impaciencia cerca de la estrecha ventana cerrada por una cortina de seda, detrs de la cual suspiraba mi Zetta! Cuntas veces t has relinchado mientras que nuestros labios se buscaban y se opriman ardientes, aunque separados por el tejido celoso! Pero entonces yo era rico; entonces el pabelln de guerra de las anchas franjas y del len real, se izaba en el palo mayor cuando yo suba a bordo de mi fragata; entonces la inquisicin no haba puesto an precio a mi cabeza... entonces, no me llamaban el condenado! y ms de una vez la mujer de algn grande de Espaa me sonrea tiernamente cuando, en una bella tarde de esto, yo acompaaba con mi _guzla_ su voz pura y sonora. Vamos, valor, mi fiel _Iscar_, porque el pasado est lejos! Pero t me has entendido, porque tus orejas se levantan y tus relinchos redoblan. Valor, he ah mi tartana! he ah mi enamorada que se balancea sobre las olas como una gaviota se deja mecer en su nido por una onda transparente. Pero, no oyes, como yo, pitos confusos y alejados, un rumor que viene a extinguirse en nuestros odos? Por el disco de oro del sol! es esa innoble multitud de Santa Mara a quien mi nombre ha aterrado! Por lo menos he visto a esa monja por segunda vez. Qu hermosa es! y maana enterrada para siempre en el convento de Santa Mara! Qu crimen!... y no se la robar a Dios! Apenas el gitano pronunci estas palabras, cuando de la tartana cay al agua una especie de puente flotante, e inclinado, que estaba amarrado a la borda del buque por largos brazos de hierro. El caballo apoy fuertemente sus patas delanteras sobre la extremidad de la plancha y de un vigoroso salto gan el combs que se elevaba muy poco por encima del mar. En el interior de aquella embarcacin se notaba un esmero y una limpieza raros, y no se vea nadie a bordo, a excepcin de un fraile, grueso y rechoncho, que llevaba un hbito azul y una cuerda ceida a la cintura; pero el reverendo pareca presa de la mayor inquietud y angustia; armado de un enorme anteojo, lo paseaba incesantemente sobre el espacio que separa Santa Mara de la isla de Len, lanzando a intervalos exclamaciones, lamentos e invocaciones que hubieran enternecido a un corregidor. Pero cuando hubo visto al gitano su rostro adquiri un aire que inspiraba verdadera piedad; su frente baja y rasurada, coronada de una lnea de cabellos de un rubio plido que parecan erizarse de furor. Mova a un lado y a otro sus hoscos ojos, y un temblor convulsivo agitaba sus labios y su triple barba. Por fin, habiendo hecho evidentemente todos los esfuerzos para articular una palabra y no habindolo podido conseguir, agarr al gitano por un brazo, y con el extremo de su anteojo, que temblaba en su mano de un modo espantoso, le design un punto blanco que se adverta a la entrada del golfo. --Y bien! qu es eso?--pregunt el rprobo. --Es... es... el... el... el guardacostas!--balbuce el fraile con una pena extrema. Y se oan rechinar sus dientes. Y miraba, con los brazos cruzados sobre su pecho jadeante. El gitano se encogi de hombros, fue a sentarse sobre un empalletado y se volvi hacia Santa Mara repitiendo: --Qu hermosa estaba! El anteojo cay de las manos del fraile; se golpe la frente, tuvo un momento de recogimiento, se sec el rostro inundado de sudor, hizo un esfuerzo sobre s mismo como para tomar una resolucin atrevida, y dirigindose al comandante de la tartana, que pareca an absorto en su amoroso ensueo, exclam: --Rprobo... renegado... condenado... apstata, excomulgado... hijo de Satans... brazo derecho de Belceb!... --Qu pasa?--dijo el gitano a quien este insultante exordio haba sacado de su xtasis. --Pues bien! tres veces maldito! yo te conjuro en nombre del superior del convento de San Francisco que es mi dueo y el tuyo... --El mo, no, fraile. --Mi dueo y el tuyo--continu--; te conjuro a desplegar las velas y a tomar el portante. Ese guardacostas se aproxima y nosotros deberamos estar ya a la vista de Tarifa, si el infierno no te hubiera sugerido el loco pensamiento de ir a esa maldita corrida de toros y dejarme solo, a m, que no entiendo nada de vuestras malditas maniobras. Y si te hubieran preso, ahora que tu cabeza est a precio! --No les temo. --No se trata de ti, por Cristo, sino ms bien de m. Si t hubieses sido detenido en tierra, qu habra hecho yo aqu? --Qu quiere usted! las distracciones son tan raras en nuestro estado... la idea de ver esa fiesta me ha sonredo, y sin duda me ha guiado mi buen ngel, padre mo! --No me llames tu padre, condenado! El que t llamas tu buen ngel, por San Juan! tiene el pie torcido. --Como usted quiera, no insisto en ello... En cuanto a su invitacin, hago tanto caso de ella como esto...--Y golpe con su varilla sus botas que chorreaban agua--. Sepa usted que esperar no slo ese guardacostas, sino otro que debe llegar del Este. --Les esperars! virgen santa! les esperars! Oh San Francisco, rogad por m! Y despus de un momento de silencio, grit con todas sus fuerzas: --Arriba todo el mundo, arriba, hermano mo! En nombre del superior de San Francisco, yo os orde... --Acabemos, fraile!--dijo el condenado; y le puso una mano sobre la boca, y con la otra oprimi tan violentamente el brazo del tonsurado, que el desgraciado comprendi toda la significacin del gesto y se arroj sobre el puente del navo con la expresin de ese terror mudo que nos anonada cuando tenemos la conviccin ntima de no poder escapar a un peligro inminente. El gitano sonri compasivamente; despus mir fijamente en direccin a la baha de Cdiz. --Por las rocas de la Carniola! tardas bastante t tambin!--exclam viendo la segunda escampava destacarse del horizonte y avanzar con rapidez--. Llegan aqu como dos sabuesos que atacan a una corza en un zarzal; pero los sabuesos son pesados y torpes mientras que la corza es astuta y ligera. Por sus ojos azules! la caza va a comenzar, porque se oyen los cuernos. Era una de las escampavas que haba disparado un caonazo. A este ruido inesperado, el desgraciado fraile dio un salto convulsivo, levant instintivamente la cabeza por la borda, y, viendo las dos escampavas, la baj rpidamente y se precipit en el sollado haciendo repetidas veces la seal de la cruz. El gitano se aproxim silenciosamente a la brjula, compar su direccin con la del viento, calcul las probabilidades de la brisa, reflexion un instante... despus tom un silbato de oro suspendido de su cintura, se lo llev tres veces a la boca, y de un salto se plant en el empalletado. A esta seal, diez y ocho negros subieron silenciosamente al puente. Apenas se haba odo un segundo toque de silbato, cuando la tartana haba aparejado y desplegado su antena, su bauprs y su trinquete y el condenado manejaba la barra del timonel. Las dos escampavas se iban aproximando, una por cada lado, y no estaban a un tiro de can de la tartana, cuando sta vir en redondo, pas intrpidamente por entre sus enemigos, al mismo tiempo que les enviaba una andanada, y se precipit en direccin a la punta de la Torre. Esta increble maniobra no poda intentarse ms que con un navo tan velero y de una marcha tan segura; porque antes que las dos escampavas se hubiesen colocado de popa al viento, el gitano bordeaba ya el promontorio, que le ocultaba a los ojos de los espaoles, ocupados an en orientarse. Es en este lugar donde los habitantes de Santa Mara le perdieron de vista. A un tiro de fusil de la base de este promontorio se elevaba una cadena de enormes bloques de granito que formaban, avanzndose hacia el mar, los bordes escarpados de un estrecho canal que serpenteaba entre ellos y el pie de la montaa y no tena ms salida que a travs de los rompientes ms peligrosos. El gitano estaba tan acostumbrado a semejantes escollos, que se aventur sin temor por aquel pasaje, y despus de haber navegado con una destreza maravillosa, hizo cargar todas las velas y desarbolar largando los obenques, que no estaban establecidos sobre un sitio fijo, sino sobre las garruchas; de modo que al cabo de algunos minutos la tartana, que tena muy poco calado, haba quedado lisa como un pontn y enteramente oculta por las rocas que disimulaban el canal por la parte del mar. Una vez all, el silbato del condenado reson de nuevo, pero en dos veces distintas, con modificaciones singulares. Bien pronto se oy el ruido de unos remos que batan el agua acompasadamente, y se vio salir de detrs de un grupo de rocas una tartana semejante en un todo a la del gitano. En ella iba el joven de cara femenina e imberbe que tanto haba asombrado al barbero Flores. El condenado le hizo un gesto que l pareci comprender, porque hal su navo a lo largo de los escollos mientras la profundidad del agua no era suficiente; luego, habiendo llegado al otro extremo del canal, despus de haber evitado hbilmente una multitud de arrecifes, el viento hinch sus velas y desemboc por el pasaje en el instante mismo en que las dos embarcaciones espaolas doblaban el promontorio. Cuando vieron esta nueva tartana, forzaron las velas y se echaron sobre ella, creyendo perseguir an al gitano. --Sois unos valientes cazadores--deca ste tranquilamente desde su escondite--. La corza os ha dado el cambiazo, y ests sobre una falsa pista; y mientras que ese pavo va a cruzar en todos los sentidos para fatigarlos y arrastraros en su persecucin, la corza pondr a buen recaudo los ricos tejidos de Venecia, los aceros de Inglaterra y los cobres de Alemania que tiene encerrados en su vientre. Vamos, vamos! a la caza, y por esa estrella que comienza a brillar, pueda la ma ser dichosa esta noche, porque el sol baja! En efecto, ya el sol tocaba a su ocaso, y el mar y el cielo, confundindose en el horizonte inflamado, no formaban ms que un inmenso crculo de fuego. La cima de las olas centelleaba iluminada por los largos reflejos dorados que venan a extinguirse en las sombras que proyectaban las grandes rocas de la costa. Largo tiempo se vio a la tartana maniobrar con una agilidad sorprendente para escapar a las dos escampavas. Tan pronto aligeraba el aparejo y pona la proa a travs del oleaje que cubra al buque de una espuma blanca que caa en lluvia brillante con todos los matices del arco iris y pareca rodearle de una aureola de prpura y azul; y all, prfidamente, esperaba a sus enemigos, abandonndose a las ondulaciones del agua... Despus, cuando se aproximaban, creyendo ya echarle mano, pona la popa al viento, extenda sus velas como grandes alas de prpura, y dejaba bien lejos a los bonachones guardacostas que se haban locamente alabado de atraparle. Tan pronto, virando en redondo y cubrindose repentinamente de banderolas y paveses de mil colores, corra al encuentro de sus perseguidores. Estos se separaban inmediatamente para tomarla entre dos fuegos, y se precipitaban activamente al combate. Pero la tartana, como una coqueta, inconstante y caprichosa, reanudaba su rumbo primitivo, y a la velocidad de todo su velamen, iba a sumergirse en las oleadas de luz que abrazaban la atmsfera, desesperando as a los honrados guardacostas que se apuntaban un nuevo fracaso. En fin, despus de dar numerosas pruebas de su superioridad maniobrera y de marcha y fatigar a las escampavas, consegua arrastrarlas bien lejos del lugar donde el gitano contaba llevar a cabo su desembarco. Porque la maldita tartana cumpli tan bien sus instrucciones, que poco a poco el vapor fue velando a las tres embarcaciones que se hundieron en la bruma y desaparecieron cuando el sol no arrojaba ya ms que una claridad sombra y rojiza, y las estrellas comenzaban a brillar. En aquel momento, el gitano, inclinado sobre la borda de su tartana, escuchaba con odo atento un ruido cadencioso que resonaba pesadamente como el paso de muchos caballos. --Ellos son, por fin!--exclam. V LA BLASFEMIA No eres, pues, ms que un fraile llorn? J. JANIN, _Confesin_. No se poda descender de la cima de la montaa de la Torre, ms que por un sendero estrecho tallado en la roca, que daba una serie de rodeos. La pendiente del camino era casi menos rpida, pero se necesitaba mucho tiempo para llegar hasta la playa. A la entrada de este sendero apareci un hombre a caballo, al que se distingua difcilmente a la plida luz del crepsculo; se detuvo de pronto, pareci conferenciar con algunos de sus compaeros, sin duda ocultos entre los loes, y despus arroj al aire un cigarrillo encendido que describi una ligera faja de fuego. Cuando la misma seal hubo partido de la tartana, aquel hombre continu su marcha seguido de una docena de espaoles, tambin a caballo, que avanzaron con precaucin por entre las numerosas rampas de aquel difcil camino. Los unos llevaban sombrero, los otros una redecilla o un simple pauelo de colores vivos cuyos extremos flotaban sobre sus hombros; pero todos tenan el color atezado, los ragos duramente caractersticos y el aspecto poco tranquilizador que distingue a los contrabandistas de tierra que operan en el litoral andaluz. Sus caballos iban cargados con dos anchos cofres cubiertos de una tela alquitranada, de una ligereza extraordinaria, pero tan grandes, que el jinete no poda montar ms que sobre la grupa, donde se sentaba como un timbalero delante de sus timbales; adems, pieles de carnero rodeaban sus cascos, de modo que era imposible orlos cuando marchaban al paso. Llegados a la playa, a dos tiros de fusil de la tartana, el jefe de aquellos hombres detuvo su caballo y dijo a sus compaeros: --Por la silla de mi patrn!--aqu se quit el sombrero--; hijos mos, a la claridad de la luna que se levanta, yo no veo sobre el puente del navo ms que al maldito con su gorra y su pluma blanca. --Dnde est, pues, el hermano? UNA VOZ.--Si el hermano no est presente, ni un real de esas mercancas entrar en mis cofres, Dios me salve! pero el superior del convento de San Juan hace muy mal en emplear a semejante descredo para desembarcar su contrabando, y aunque tenga all un fraile para bendecirlo y para borrar las garras de Satans, soy de opinin que tarde o temprano seremos castigados por traficar con un excomulgado. Amn! EL JEFE.--Y crees que no temo, como t, la clera de la Virgen al tocar unas mercancas que por Santiago! huelen ms a azufre que a cera? UN FILSOFO (_que haba sido cocinero_)--.Pero pensad, compadres, pensad que en todas las tiendas del camino las cambiarn por buenos dllares de a cuatro sin preocuparse de si huelen a azufre o a cera! EL JEFE.--Cllate, impo! EL FILSOFO.--Despus de todo, no son los exorcismos del reverendo los que le quitarn el olor, si es que lo tienen; a m que me den las mercancas endiabladas, si son ms baratas, y yo hago mi negocio; porque soy de opinin... --_Ave Mara pursima!_ compadeced al blasfemo--dijeron los contrabandistas persignndose y estremecindose de horror. Muchos fervientes catlicos hasta se buscaron sus cuchillos. El gitano, que no conceba la causa de este retraso, reiter la seal con el cigarrillo encendido. --Cunto tiempo perdido!--dijo el filsofo, y avanz por el agua hasta poder ser odo de los de la tartana--: Seor condenado, seor maldito!--grit con aire burln--, ha olvidado usted que estas santas gentes no se acercarn si el reverendo, con su presencia, no tranquiliza las conciencias tmidas de estos corderos?--Y volvi a unirse a sus compaeros que le maldecan. El gitano se golpe la frente y dio un silbido. --El hermano!--dijo a un negro que se mostr a la entrada de la escotilla. El negro desapareci y volvi solo al cabo de un instante, haciendo un signo negativo con la cabeza. --Pues bien, izadle! El negro entonces, con una prontitud admirable, levant una antena de la que at una polea y una cuerda, descendi al sollado y tres minutos despus se vio al reverendo elevarse majestuosamente, cernerse un momento por el aire y, descendiendo en un vuelo audaz, tomar tierra al lado del condenado, que le desembaraz amablemente de las cuerdas y garfios de que haba sido rodeado aquel nuevo Icaro. Viendo la ascensin del fraile, los contrabandistas, que esperaban en la playa, haban gritado _gloria in excelsis_ y se haban arrodillado, creyendo que era un milagro; pero el filsofo ri mucho de su simplicidad. Cuando el nuevo Icaro estuvo de pie, midi con la vista al gitano con el aire ms digno y ms despreciativo que le fue posible, casi como el mrtir mira a su verdugo. EL GITANO.--Dispnseme, padre, si le he ayudado a subir, pero esos honrados contrabandistas esperan con impaciencia que usted ejerza su sagrado ministerio. Y le mostr el grupo que observaba atentamente lo que pasaba a bordo. EL FRAILE.--De cunta caridad cristiana no he de estar dotado para consentir en pasar das enteros con un apstata, con un rprobo de la peor especie, y todo para purificar lo que tu hertico y satnico contacto ha manchado; a fin de que los cristianos puedan servirse de esas mercancas sin temer la clera del Cielo! EL GITANO.--Qu quiere usted, padre mo! Su superior me paga bien y me emplea para desembarcar los objetos de contrabando de que el convento est abarrotado; me emplea porque sabe que nadie mejor que yo conoce las revueltas y los escondrijos de esta costa, y que, si me prenden, en nada he de comprometerle... Pero anatema, como usted dice, anatema! estoy maldito. Ya se sabe... y como los espaoles, aun siendo contrabandistas, son demasiado religiosos para comprar cualquier cosa que haya tocado un excomulgado, le envan a usted para que bendiga estas ricas telas, estos brillantes aceros, a fin de que quede tranquila la conciencia de los compradores y de aligerar la cueva del convento. En fin, aunque en pequeo, somos Dios y el diablo. EL FRAILE.--Miserable!... renegado!... descredo! EL GITANO.--Adems, usted hace un honrado comercio con esas buenas gentes, porque les vende un poco demasiado caro sus bendiciones y sus exorcismos, que, aqu entre nosotros, no hacen la seda ms fina ni el acero ms flexible. EL FRAILE.--Hijo de Satans! infame condenado! EL GITANO.--Pero como vuestro gracioso soberano paraliza todas las industrias y prohbe todo aquello que no deja fabricar, el contrabando se hace indispensable; los frailes lo explotan con Gibraltar, y los espaoles pagan doble lo que podran fabricar en casa. A m me hace esto mucha gracia. EL FRAILE.--Execrable rprobo! yo... EL GITANO.--Basta, fraile, esas gentes te esperan! Ve a cumplir tu obligacin, porque el tiempo pasa y la noche avanza. --Perro maldito! mi obligacin!... mi obligacin!...--murmur el fraile ganando la orilla por medio de un puente lanzado desde la tartana, y por el cual tambin el gitano haba bajado, montado sobre su caballito que haban izado desde la cala, lo mismo que al reverendo. Mientras que el gitano se ocupaba en hacer desembarcar las mercancas, el reverendo se haba aproximado a los contrabandistas. --La paz sea con vosotros, hermanos mos!--les dijo. --Amn!--respondieron ellos, besndole el hbito. EL FRAILE.--Ya veis, hijos mos, cun cara me es vuestra salvacin, y... EL FILSOFO.--Es decir: nos es cara... a nosotros. Pero Dios haga que ese capital, colocado aqu en _oremus_, nos proporcione all arriba la vida eterna! --Silencio, el hereje!--gritaron. El fraile hizo un gesto despreciativo y continu: --Cun cara me es vuestra salvacin!... porque yo me expongo a pasar das enteros con ese hijo de Satans, para que Dios no se irrite de vuestras relaciones con l. --Y para hacer su pacotilla--repuso el incorregible filsofo. --Por eso os bendecimos, padre mo--gritaron los otros contrabandistas a fin de ahogar aquella impertinente interrupcin. EL FRAILE.--Jess! hijos mos, yo lamento tanto como vosotros el que esa tartana sea mandada por un renegado; pero ese renegado es el nico hombre, es decir, el nico descredo, que conoce bien esta costa. Ay! no presentarse un cristiano! --Oiga, padre mo--dijo el hombre vctima de la distraccin de Flores, el hombre de la evacuacin sangunea--, oiga, es una buena accin librar al mundo de un pagano? --Se gana el Cielo, hijo mo! --Gracias, padre mo--y se alej. En aquel momento, el gitano haba descendido de su caballo, y permaneca absorto en sus reflexiones, mientras que los negros acababan el desembarque. Su fiel _Iscar_ se revolcaba sobre la arena y mojaba sus largas crines, cuando de pronto dio un brinco y lanz un relincho que hizo volver bruscamente a su dueo y le sac de su ensimismamiento. En aquel momento, el cuchillo del marino se levantaba sobre el pecho del gitano; ste asi al asesino por la garganta con tal prontitud y fuerza, que no pudo ni lanzar un grito. El cuchillo cay de sus manos; sus ojos giraron en sus rbitas y sus dedos quedaron rgidos; poco a poco se fueron aflojando, sus brazos cayeron a lo largo del cuerpo, sus piernas se debilitaron, y cay estrangulado. Sus compaeros creyeron que se trataba de un fardo. --De rodillas, hijos mos!--dijo el fraile a los contrabandistas. Todos se arrodillaron, menos el filsofo, que miraba la luna silbando el _Trgala_. Entonces el fraile, armado de un hisopo, se aproxim a los fardos y dio una vuelta alrededor de ellos diciendo: --Atrs, Satn, atrs! y que este signo de redencin purgue a esas mercancas de la mancha que la hereja ha impreso en ellas. Atrs, Satn, atrs! Y ech torrentes de agua bendita sobre las cajas. --Las moja demasiado; va a estropearlas--dijo el filsofo. --Silencio!--gritaron todos a la vez. --Atrs, Satans!--dijo otra vez el fraile--. Ahora, hermanos mos, ya podis tocar esos objetos. Los contrabandistas le rodearon apresuradamente, y l sac un largo papel de su cintura. --Esas seis balas, hijos mos, son de sederas venecianas cuyas muestras podis ver a la luz de este farol. Ved qu hermosos colores! y qu tejido tan suave y tan apretado! La pondremos a dos doblones la vara, hijos mos. --Oh! padre mo! --Tened en cuenta que ya est bendecida, hijos mos. --Por los cuernos de Satans! el sello de la aduana del Cielo nos cuesta ms caro que la de Cdiz--exclam el maldito filsofo. --Cllate, miserable!--dijo el fraile. --Pero, reverendo, dos doblones! --Si es regalado, hijo mo. Ya se los cuesta al superior. Y la discusin iba a entablarse, cuando, de lo alto del sendero, acudi corriendo un hombre presa de la mayor agitacin; era el pescador Pablo. --Por la Virgen, huid!--exclam--, huid! los aduaneros me persiguen; hemos sido traicionados por el marino Punto. El ha indicado el lugar del desembarque al alcalde de Vejer; le ha prometido matar al gitano y le ha prometido adems aumentar el desorden que producira su muerte, largando las amarras de la tartana para dar tiempo a los aduaneros de llegar y de cortaros la retirada. --Muera! muera Punto!--y los cuchillos brillaron. --Eso no es todo--aadi--; los crmenes y las profanaciones del maldito recaern sobre vosotros, y el seor obispo ha ordenado que os prendan o que os den muerte como a los lobos de la sierra, por haberos unido a un renegado. --El santo pastor cambia sus ovejas por lobos? Qu milagro!--aadi el filsofo. --As, pues, huid!... huid!... no habr cuartel para vosotros. --Muera Punto el traidor, muera!--y todos los cuchillos salieron de sus vainas. --Ya est muerto--dijo el gitano empujando el cadver con el pie--. De modo que, cargad de prisa vuestras mercancas, porque la marea sube y el cielo se cubre de nubes; y una vez que hayis visto brillar all arriba las carabinas de los aduaneros, tendris que escoger entre el fuego y el agua, hijos mos. Despus dio un silbido prolongado, y todos los negros, habiendo vuelto a la tartana, retiraron el puente y marcharon a lo largo de las rocas que formaban el borde opuesto del canal. El condenado permaneci en la playa, montado sobre su fiel _Iscar_. --Ya se lo deca siempre al superior--gritaba el fraile--. Prevenga al seor obispo de que el condenado est a su servicio, y as l obrar en consecuencia. Nada... l ha querido ocultrselo, y he aqu lo que ocurre. Y dirigindose al gitano, le pregunt con inquietud: --Por qu haces alejar tu embarcacin? es que tendremos que abordarla a nado? --Y de qu nos servira la embarcacin ahora padre mo? No puedo ir con niebla por entre esos rompientes. --Pero al menos estaramos en seguridad, en el caso en que los aduaneros bajasen para sorprendernos; y, por Cristo! no podran aproximarse a la tartana entre esos peascos y esas olas. Haz poner el puente. El gitano, sonriendo, hizo un gesto negativo que aterr al fraile. Los contrabandistas no haban tomado parte en esta discusin; tal prisa se daban a embalar las mercancas que contaban obtener a mejor precio, gracias a este incidente. El filsofo, sobre todo, cargaba de tal modo a su caballo, que el desgraciado animal se doblegaba bajo el peso de las mercancas; no obstante, el filsofo continuaba acumulando fardo sobre fardo, mientras murmuraba: --Una vez en el camino de Vejer, ser preciso que Dios te preste las alas de un serafn para que me alcances, fraile. Y su caballo llevaba, al menos, una tercera parte de la carga de la tartana. --Ah! ya caigo--dijo el fraile a quien el signo del gitano haba asustado mucho--, ya caigo; el seor capitn se queda con nosotros, porque conoce una salida secreta que puede ayudarnos a salir de esta ensenada sin necesidad de subir por ese camino, tan alto como la escala de Jacob. El seor capitn me lo ha dicho cien veces, ahora lo recuerdo. Al acabar estas palabras, sus dientes se entrelazaban; estaba tan plido como un cadver, y no obstante quiso sonrer y mir al excomulgado con el aire ms humilde y ms amable. El rostro del gitano adquira una expresin equvoca, cuando, al fogonazo de un tiro que parti de lo alto de la montaa, se vio a los aduaneros que se preparaban y tomaban posiciones. Toda esperanza de retirada por aquel lado se haba perdido. --Virgen santa!, slvenos, seor capitn, slvenos!--dijo el fraile--; la salida! Seor! indquenos la salida! --La salida!--repitieron los contrabandistas con espanto, sin saber de lo que se trataba. --Qu salida?--pregunt el gitano--. Usted est soando, padre mo, y me temo que sea un mal sueo; porque los aduaneros empiezan a bajar y las balas silban. Oiga!... --Pero, Dios mo! Usted me haba dicho que en medio de esas rocas exista un paso oculto que daba a la costa, un paso que poda darnos el medio de salir de esta, ensenada que ya el mar va cubriendo... Virgen santa! por todas partes rocas cortadas a pico!--exclam el fraile desesperado, mirando por encima de su cabeza. --Por todas partes rocas cortadas a pico!--repiti el gitano. --Vamos, reverendo, un milagro; ste es el momento--dijo el filsofo que miraba dolorosamente su caballo tan ricamente cargado. Muchos tiros partieron de nuevo de la cima de la montaa, pero las balas caan muertas; porque los aduanares se aproximaban lentamente y estaban an muy lejos, a causa de las vueltas que daba el sendero. La luna brillaba en medio de un hermoso cielo, y su dulce claridad alumbraba en todos sus detalles aquel curioso cuadro. --Cunto me gusta una hermosa noche de verano!--dijo el gitano--; las flores se abren para aspirar la frescura del aire, y sus perfumes nos llegan ms suaves. Sents, hermanos mos, el rico olor de los loes y de los naranjos? Una nueva descarga interrumpi este inconveniente monlogo, pero esta vez cay un contrabandista. --En nombre de Cristo! t debes salvarnos en nombre de Dios, yo te lo ordeno!--grit el fraile ensendole el cielo. Este movimiento result hermoso, pero no produjo ningn efecto, porque el gitano respondi riendo: --En nombre de Dios, de Dios!... qu se figura usted, padre mo? No bromee, pues. El momento es grave, grave!... vea usted a ese cristiano que se retuerce y pierde su sangre. A la risa espantosa del gitano se uni el ruido del mar, que ascenda, y empequeeca cada vez ms el espacio donde se oprima aquel puado de hombres. Los contrabandistas se persignaron temblando. Uno de ellos tom su escopeta y la dirigi contra el gitano. El fraile se precipit sobre l. Desgraciado! slo l puede salvarnos! slo l conoce la salida! Viendo aquel movimiento hostil, el gitano haba entrado en el mar que ya cubra el pecho de su caballo. --He ah a los aduaneros que bajan las ltimas rampas, hijos mos, y ya sabis que ahora las balas hacen dao--dijo el maldito sealando al contrabandista herido de muerte. Los dems se echaron entonces a los pies del fraile. --Padre mo, ruegue por nosotros! Y el fraile y ellos se prosternaron gritando: --San Juan, San Juan, rogad a Dios por nosotros! Y se golpeaban el pecho, mientras que al resplandor de las descargas, se vea al gitano, a caballo, y aquella figura extraa, cuyas proporciones la noche pareca doblar, se destacaba en negro con vivos reflejos de color de fuego sobre una lluvia de espuma deslumbrante de blancura. Los fogonazos se sucedan sin interrupcin; un segundo contrabandista cay, y se oan ya las voces de mando de los aduaneros. El espanto del fraile haba llegado al lmite; se arrastr hasta la orilla del mar, y all, arrodillado en el agua, grit al gitano con el acento del ms profundo terror. Slvame, slvame! Y el fraile lloraba! --Por el alma de tu padre, slvanos! te daremos tanto oro que podrs llenar tu tartana!--aullaron los contrabandistas. E imploraban con las manos juntas, mientras que tres de ellos se revolvan en las ltimas convulsiones de la agona. --Dios mo! Dios mo!--balbuce el fraile. Y el desgraciado se retorca los brazos y se revolcaba sobre la roca ensangrentada. --Dios est sordo!--dijo el gitano--; invoca a Satans. Y se ech a rer. --Atrs, atrs, blasfemo!--respondi el hermano levantndose horrorizado. Pero el mar adelantaba de tal modo, que las olas iban a romperse a sus pies y les cubran de espuma. --Invocad a Satans, y os salvar. Detrs de esas rocas hay una salida secreta oculta por una piedra; ella os pondr al abrigo de los aduaneros. Aun estis a tiempo, porque ahora no os ven--dijo el gitano, que ya estaba a flote con su caballo. Y los contrabandistas interrogaban cada roca con desesperacin, y el fraile, con la mirada fija y el rostro lvido, hizo un movimiento de horror pensando en la proposicin del maldito... Despus, no obstante, pareci vacilar. Y esto es concebible, porque en aquel momento, aunque ya no se vea a los aduaneros, se oa el ruido de sus armas y los preparativos de las bateras que armaban. --Pues bien!--dijo el fraile en su delirio--, pues bien! Satans, slvanos, porque t no puedes ser ms que Satans! --S, Satans, slvanos!--gritaron los dems con un acento de terror indefinible. Y jadeante, con los ojos fijos y chispeantes, esperaban. * * * * * El gitano se encogi de hombros, volvi la cabeza de su caballo del lado de la tartana, y la gan a nado en medio de una granizada de balas, cantando una antigua cancin mora del _Hafiz_: --Oh! permites, encantadora nia, que yo envuelva mi cuello con tus brazos, etc., etc. * * * * * Los contrabandistas se quedaron anonadados. --Fuego! por Santiago! Fuego! Tirad sobre el caballo y sobre la pluma blanca, y sobre el mismo bandido--gritaba el oficial al que se distingua perfectamente, porque su tropa se haba parapetado detrs de una rampa, y desde all haca un fuego nutrido y continuo sobre los contrabandistas. Porque los que quedaban de estos negociantes sin patente, no tenan ms que elegir que entre el fuego y el agua, como haba dicho el gitano. --Fuego! fuego sobre esos descredos!--repeta el oficial para estimular a su gente--; el seor obispo ha prometido indulgencias para esta Cuaresma, y puesto que el jefe se nos escapa, aniquilemos al resto de la banda. Fuego!... --Pero, capitn, veo a un religioso... --Infame! se ha disfrazado. Fuego! --Por San Pedro! fuego, pues. Por usted, reverendo! El fraile recibi el tiro en el pecho y cay de rodillas. No quedaban ms que dos, l y el filsofo, tambin herido. Los otros haban sido muertos, se haban ahogado entre los rompientes al querer ganar a nado la tartana, o arrastrados por las olas. --Hijos mos!--gritaba el fraile--, soy un religioso de San Juan enviado por el superior; piedad en nombre de Cristo! piedad! Y se agarraba a las agudas puntas de la roca. --Esto quiere decir--balbuce el filsofo recibiendo una segunda y mortal herida--que si yo hubiera de creer en algo, no creera ni en Dios ni en el diablo, porque he llamado a los dos... y... y... Sus brazos se abrieron; dej el trozo de granito que oprima con fuerza, abri desmesuradamente los ojos... y desapareci. --Gracia! gracia! Dios mo! me ahogo!--aull el fraile que se debata entre las olas. --Cmo!--dijo el oficial--, aun vive el impo! fuego, pues, por Santiago! Tres disparos de carabina partieron a la vez; el hbito azul del reverendo flot un instante, y despus ya no se vio nada, nada... ni caballos, ni hombres, ni fraile... nada ms que olas espumosas que haban invadido ya la primera rampa del sendero e iban a estrellarse con gran estrpito contra la segunda. Slo el gitano se haba salvado. --Por Cristo! su tartana va a estrellarse contra los escollos--exclam el oficial--. Dios es justo, y puesto que sale del canal contra la marea, su prdida es segura. En efecto, el condenado bordeaba intrpidamente aquel paso, que el furor de las olas deba hacer impracticable. VI LA MONJA Ah! este corazn ha descendido vivo a la tumba, y las austeridades del sombro convento no me han preservado de una mirada criminal. En vano he llorado amargamente. DELFINA GAY, _Madame de la Vallire_. Ciertamente, si yo fuese monje, y tuviese que elegir un convento, elegira el de Santa Magdalena; es un digno convento, triste y sombro, situado a orillas del mar, a siete leguas de Tarifa. Al Norte, el Ocano golpea sus muros; al Sud, lagunas impracticables; al Oeste, rocas cortadas a pico; pero al Este... ah! al Este, una bella pradera verde, atravesada por un riachuelo que serpentea y brilla al sol como una larga cinta plateada; y luego, las violetas y las clemtides que perfuman sus bordes, las palmeras de largas flechas y los almendros que dan sombra. Y luego, en medio de la llanura, la encantadora aldea de la Pelleta, con su alto campanario, blanco y esbelto, sus casas albas y su ramillete de naranjos y de jazmines. Y despus, ms lejos, las montaas obscuras de Medina, cuyas vertientes estn cubiertas de olivos y de tejos... Os lo repito, si yo fuese monje, no elegira otro convento que el convento de Santa Magdalena. Y los das de fiesta, pues! los jvenes van a bailar casi bajo sus muros, y no negaris que, para una pobre reclusa, es un gran placer or el restallido embriagador de las castauelas bajo los giles dedos de los andaluces... y ver los movimientos lentos y tranquilos del bolero... al majo perseguir a su maja que le huye y le evita... despus se aproxima a l y le arroja un extremo de su corbata que l besa con transporte, y se envuelve una mano, mientras que con la otra hace resonar sus castauelas de marfil. Agitad, agitad vuestras castauelas, jvenes, porque la cachucha reemplaza al bolero. La cachucha! he aqu una verdadera danza andaluza, una danza ardiente y animada, vertiginosa y lasciva! Id... id... rodead con vuestro brazo amoroso la cintura de vuestra amante, y arrastradla rpidos y estremecidos al son del instrumento sonoro. Id... su seno palpita... su ojo brilla, y el viento levanta su negra cabellera y deshoja su guirnalda de flores; despus, murmuraris a su odo: --Amor mo... cun dulce me ser respirar esta noche a tu lado el perfume de los almendros... Y ella se lanza ms vivamente an, y su brazo os ha oprimido tan fuertemente que habis sentido su corazn brincar bajo su mantilla. Vaya, no temas, muchacha, tu madre no ha odo nada, y esta noche, despus del rosario, cuando tu abuelo te haya besado en la frente, trmula, inquieta, tus piececitos desflorarn el csped, y te detendrs veinte veces, conteniendo la respiracin. Por fin, te sentars, palpitante, al pie de ese bello almendro florido, cuyas hojas relucientes reflejarn la dulce claridad de la luna. All, de pronto, dos fuertes brazos te envolvern. Virgen santa! qu atrevimiento! Pero entonces, valerosa muchacha, t no tendrs miedo. Ya el son de las castauelas es ms opaco, el sol se pone, la cachucha vertiginosa ha cesado, las jvenes regresan a su aldea y ren, y cantan, alisndose con la mano los rizos sedosos de sus hmedos cabellos. Ahora no diris como yo que es un digno convento el convento de Santa Magdalena; porque, en fin, figuraos una pobre joven encerrada en l, con sus diez y ocho aos, sus ojos negros y su corazn espaol que late bajo su escapulario. A primera hora, maitines, una larga plegaria en una iglesia sombra y helada; despus vsperas, despus la misa, despus la novena, despus el _Angelus_ y qu s yo? Por toda distraccin, dos horas de paseo en el jardn del viejo claustro. Conocis un jardn de claustro? grandes encinas negras y silenciosas, un csped raqutico encuadrado en verjas de caas, y el sol a medioda; eso es todo. As, confesad, que cuando un da de fiesta se ha podido escapar de la iglesia para ir a su celda, el corazn late desahogado y alegre! La reclusa entra en ella, cierra cuidadosamente la puerta, y ya est en su casa. En su casa! comprendis esta palabra? cuatro paredes desnudas, pero blancas; un crucifijo de bano encima de una mesita de nogal cubierta de flores; una reja que da sobre la verde pradera; una cama estrecha, sobre la cual se puede soar. Francamente, con todas esas riquezas y vuestros recuerdos de nia, envidiarais la suerte de la camarera mayor de la reina de todas las Espaas? Pues, no obstante, una joven est all sola; el crucifijo, la mesita, la reja, la cama, el perfume dulce y tenue, todo lo tiene; pero ella no mira ni la pradera, ni el baile, ni el sol que se oculta resplandeciente. Oculta la frente entre sus manos y las lgrimas ruedan a travs de sus dedos. Ya podemos figurrnoslo: era la monja que asisti a la corrida de toros. Ya no brillaban encima de ella el raso ni las pedreras como el da en que se despidi del mundo. Oh! no! un amplio sayal de burdo pao envolva su lindo talle como una mortaja, sus largos cabellos negros, haban sido cortados, y los que le quedaban estaban ocultos tras la blanca toca que dibujaba su frente cndida, ms blanca an. Pero, Santo Dios! qu plida estaba! sus ojos azules, tan bellos y tan puros, estaban rodeados de un ligero crculo amoratado, en el que las venas surcan la piel suave y rosada. --Dios mo! perdn! perdn!--dijo, y se dej caer de rodillas sobre el duro suelo. Algn tiempo despus se levant con las mejillas purpurinas y los ojos brillantes. --Huye! huye, peligroso recuerdo!--exclam precipitndose hacia la reja--. Oh! oh! aire! me abraso! Oh! quiero ver el sol, los rboles, las montaas, esos bailes, esa fiesta. S, quiero ver esa fiesta, ser absorbida completamente por ese espectculo brillante. Dichosos ellos! Bravo, joven! qu ligereza! qu gracia! cmo me gustan el color de tu basquia y las trenzas de tu moo! qu bien hace esa flor azul en tus cabellos rubios! Pero t te aproximas a tu pareja... Guapo mozo! sus ojos te miran con amor... _El_ tambin tena una dulce mirada, pero... Y se call, ocultando su cabeza entre las manos; porque su corazn lata con tal fuerza, que pareca querer saltrsele del pecho. Despus, reponindose, y hablando de prisa, como si hubiera querido escapar a un recuerdo que la oprima: --Qu brillante est el sol! Jess! qu hermoso matiz de prpura con reflejos de oro! qu tornasolado tan magnfico y tan raro! Tan pronto parece una elegante torre morisca con mil cresteras, ahora es un globo de fuego; pero sus contornos varan siempre, y se presentan destacados... Virgen del Carmen! se dira que es un rostro humano... S... esa ancha frente... y esa boca... Oh! no... s... Jess... es _l_!... Y jadeante, haba cado de rodillas, con las manos juntas, en una especie de xtasis, ante aquella imagen fantstica, que el vapor fue revelando, se borr poco a poco y desapareci del todo. Cuando ya no vio ms que un horizonte inflamado, se levant en un violento paroxismo, y se arroj sollozando sobre la cama. --_l_!... siempre _l_... _l_ en todas partes!--exclam con un gesto de desesperacin--. Horror! cuando me prosterno ante tu imagen sagrada, oh Cristo! tus divinas facciones se borran... y es _l_ a quien veo... _l_ a quien adoro!... S, muda y confusa, quiero escuchar a la superiora, cuando lee un libro santo; pues bien, su voz parece debilitarse y desaparecer y es a _l_ a quien oigo; porque el sonido armonioso de sus palabras vibra siempre en mi corazn... Horror! en fin, si me arrastro penitente al tribunal divino, all tambin est _l_... porque mi amor es el nico crimen de que pueda acusarme. Se ech a llorar. --Un crimen! es verdaderamente crimen? Oh madre ma! si no hubieses muerto, estaras conmigo; yo tendra mi cabeza sobre tus rodillas y t... acariciaras con tus manos mis cabellos largos y rizados; y me diras si es un crimen, porque yo te lo confesara todo. Ya ves, madre ma, me haban dicho que yo sera dichosa en el convento, pero que para esto era preciso abandonar el mundo; dije que s, porque entonces an no saba lo que era el mundo... Y despus me vistieron y me adornaron como una santa y me llevaron a una fiesta en la que un toro mat a dos cristianos--as me dijeron--, porque yo permanec oculta en el regazo de mi superiora durante todo el tiempo que dur aquel horrible espectculo... Pero de pronto, un grito de extraeza reson y yo levant la cabeza... era... era _l_. S, _l_... que fij sobre m una mirada... que me matar; y _l_ me dijo la primera vez, oh, lo estoy oyendo an: _Por usted seora, y en honor de sus hermosos ojos, azules como el cielo_. Despus, rpido, se revolvi... y yo me estremec a mi pesar... La segunda vez, me dijo con la misma voz, con la misma mirada, sonrindome y saludndome con la mano derecha: _Por usted tambin, seora, y en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral_. Y con intrepidez esper al monstruo cuyos cuernos estaban tintos en sangre, y lo abati a sus pies... El espanto se haba apoderado de m, puse las manos en la balaustrada del palco, tanto tema por _l_; porque me parece que si _l_ hubiese sido herido, yo habra muerto. Entonces _l_ se apoder de mi mano, oh!, bien a mi pesar, madre ma... y la bes, s... Sus ojos se cerraron. Apoy la cabeza sobre la almohada y continu en voz baja y con palabras entrecortadas: Y--quiz t me dirs, madre ma: Mi rosita, le amas t, pues? Bien, entonces os prometeris y Dios os bendecir. Oh! s, prometidos... Mira a mi novio, qu hermoso es!... Flores, flores por todas partes... He ah a mis compaeras con sus largos velos blancos... no oyes el grave sonido del rgano... y la multitud que repite como yo: Qu hermoso es el novio! Oh! llega el viejo sacerdote... su mano tiembla al unirnos; ya es mo, es mi esposo es mi esposo... Oh! madre ma, qudate, qudate... Me dejas? --Tu esposo est contigo, ngel mo. --Madre ma! mi buena madre! Dichosa joven, dorma. No es, repito, un digno convento, el convento de Santa Magdalena? VII EL LEVANTE ...La muerte! CERVANTES, _Don Quijote_. El levante es un viento del Este; cuando sopla, palidecen hasta los marinos ms intrpidos. No es una de esas inocentes brisas que levantan olas como montaas, no!; el mar se eleva muy poco, porque es tal la fuerza del levante que rechaza las olas, que las nivela por el poder de presin que ejerce la columna de aire sobre la superficie del agua. Pero tambin es preciso que el timonel vele a la barra Virgen santa! y que vele bien si no quiere ver al navo desaparecer entre un torbellino! Despus, el sol brilla, el cielo queda limpio, de un azul magnfico, con lindos matices de un rosa vivo, que producen el ms encantador efecto. Las embarcaciones de un tonelaje elevado, tal como navos, fragatas y corbetas, aun maniobrando con mucha prudencia, tienen mucho que temer de ese viento; pero las goletas, tartanas y faluchos, tienen todas las probabilidades posibles de zozobrar. Si el peligro es grande durante el da, debe ser inmenso durante la noche, sobre todo cuando se bordea cerca de las costas, que con frecuencia son atravesadas por corrientes de una velocidad de cuatro o cinco nudos. Era, pues, de noche, y el levante que soplaba sobre la costa, erizada de rocas, era un poco ms violenta que no lo fue cuando el memorable vendaval de 1797, que hizo naufragar a todas las embarcaciones fondeadas en la rada de Cdiz; todo pereci, personas y buques. Era uno de esos temibles huracanes durante los cuales los marineros se quedan lvidos y creen en Dios. Las estrellas brillaban, las olas, al chocar unas contra otras, desprendan tantas luces fosforescentes, que aquella vasta llanura, de un negro sombro, apareca casi iluminada por millares de chispas azuladas, y verdaderamente, salv el levante que muga ms que el trueno, era un hermoso espectculo. Las dos escampavas que haban salido a la caza de la figurada tartana del gitano, bailaban sobre aquella sima abierta. Haban arriado sus gavias, sus foques, su vela mayor, y huan con el viento de proa slo con el aparejo de mesana; haba sido amarrada la barra del timn, y los sesenta y tres hombres que componan las dos tripulaciones, estaban muy ocupados en el sollado ponindose a bien con Dios. Como no haba ningn sacerdote presente, se confesaban los unos a los otros. La confesin es una cosa admirable en s misma, en tierra, por ejemplo, en una iglesia de aldea donde las vidrieras dejan penetrar un alegre rayo de sol, cuando vais a partir para una larga campaa, y vuestra abuela est all arrodillada, llorosa, haciendo arder un cirio bendito que ha dedicado a Nuestra Seora: oh! s, entonces, la confesin al odo de un juicioso y virtuoso sacerdote de cabellos blancos, que, al salir del confesionario y apoyando su brazo trmulo sobre el vuestro, os dice: Hijo mo, vamos a ver a mis ovejas que bailan bajo los sauces all abajo, al borde del arroyo, y de pasada llevaremos una botella de buen vino al pobre viejo Juan Luis, el protestante. De este modo, s, comprendo la confesin; pero a bordo, en medio de una tempestad, cuando nicamente a fuerza de brazos se puede escapar a una muerte inminente, cuando las olas se estrellan con furia contra la embarcacin, cuando a cada momento se ve desaparecer una vela, cuando los palos se inclinan y crujen, cuando el oleaje se abate y muge sobre el puente, lo arrolla todo y arrastra hombres, vergas, botes... oh! entonces la confesin es una prctica por lo menos fuera de uso y sin utilidad ninguna para virar en redondo o para largar una gavia. Quedamos en que a bordo de las dos escampavas haban sido amarradas las barras del timn; las dos embarcaciones navegaban en las mismas aguas, y como nadie, absolutamente nadie, haba quedado sobre el puente, la gracia de Dios cuidaba de ellas; y esto, en la prctica, resultaba bastante mal, porque la escampava _Urna de San Jos_, a consecuencia del ngulo que su barra formaba con su quilla, se dej ir violentamente sobre su compaera la _Bendicin de Nuestra Seora de los Siete Dolores_ y la abord por la popa, y como la parte de detrs de un buque acostumbra ser menos resistente que la anterior, la _Bendicin de Nuestra Seora de los Siete Dolores_ recibi el bauprs de la _Urna de San Jos_, en la obra muerta, que se abri y dio libre acceso a una va de agua que ech a pique a la escampava y a los sesenta confesados y confesores. Ya veis que la confesin no vale nada en semejantes ocasiones. Pero la escampava no se hundi rpidamente. La _Urna de San Jos_ sinti, a la espantosa conmocin que experimentara, que algo extraordinario pasaba en su exterior, y fue enviado un grumete, que se dispona a confesar su sexagsimo tercero pecado, para que se enterase de lo ocurrido. Mont en el acto, arrastrndose por el puente, vio el bauprs enteramente destrozado, y a un tiro de fusil a la otra escampava, con la popa hundida, elevar su proa, donde se haban refugiado los tripulantes que quedaban. El capitn del buque que se hunda, puso sus dos manos ante su boca en forma de trompa, y por medio de esta bocina improvisada dijo no sabemos qu cosa al grumete que tuvo la atencin de formar tambin con su mano una especie de trompeta acstica. Pero desgraciadamente la _Bendicin de Nuestra Seora de los Siete Dolores_ estaba bajo el viento y el grumete no entendi ni una palabra; pero como le haban dicho que _viese_ lo que ocurra, se acurruc en un rincn y mir. Algunos de los nufragos se arrojaron al mar; pero por el ngel de San Pedro! haba que nadar contra viento y marea para llegar a la escampava, que no obstante no estaba lejos. Imposible. Se ahogaron, pues, los imprudentes, despus de haber sido cegados por el remolino de las olas, que les azotaba y les ensangrentaba la cara. El grumete vea todo esto a la luz de su farol, tratando de no perder ni una convulsin, ni un rechinar de dientes a fin de ser exacto en su relacin, pero rogaba a Dios por ellos; el pobre y digno muchacho! Bien pronto, la proa de la escampava se hundi tambin, y los que sobrevivieron a este desastre se subieron al palo de mesana, el nico que haba quedado en pie, y era cosa curiosa ver este palo, sobre el cual las cabezas de aquellos hombres estaban agrupadas, y que se me perdone la imagen como las cerezas sobre esos ligeros bastones que tanto placen a los nios. Esta viga, cargada de hombres, no permaneci ni diez minutos fuera del agua; pero durante esos diez minutos qu drama ms terrible!... Al final no quedaron ms que dos sobre el palo, dos hermanos, segn creo, gente piadosa y juiciosa; pero el instinto vital se sobrepuso a la fraternidad; cuando eran nios oh! se amaban mucho. El ms hermoso de los frutos era el que ellos se ofrecan, y cuando uno cometa una falta, su madre tena que castigar a los dos, porque el uno no quera acusar al otro. Ms tarde se enamoraron de la misma mujer, y la mataron para que no perteneciese a ninguno de los dos. Eran espaoles, perdonadles. Por esta causa fueron condenados a cinco aos de galeras; el mayor consigui escaparse, pero no habiendo conseguido favorecer la evasin de su hermano, volvi a ingresar en presidio, por no querer abandonar a aquel ser querido. En fin, dos valientes y leales camaradas, si los hay; pero, qu queris? enfrente de la muerte est permitido sentirse un poco egosta. El palo sobresala an unos seis pies del agua, y, para el que ocupaba la parte ms elevada de l, era una altura comparable a las de las montaas ms altas, porque en aquellos momentos decisivos, un minuto de existencia era un ao... una pulgada de terreno, era una legua. El hermano mayor, que, no obstante, ocupaba el sitio inferior, sintiendo la frescura del agua, que le oprima como un crculo de hierro helado, hizo un violento esfuerzo, y se agarr a las rodillas del menor. Este, que oprima el palo con todas las fuerzas convulsivas de la agona, intent apoyar su pie sobre el pecho de su hermano para ahogarle... Desesperacin! Imposible! Se apretaba las rodillas como un torno. Y, cosa rara, aquellas dos cabezas, que tantas veces se haban alegremente sonredo y tiernamente besado, all se seguan con ojos de odio, se mataban con la mirada. En fin, el que ocupaba lo alto del palo, lo abandon un instante. El otro advirti el movimiento, y se solt tambin. Es lo que el pequeo esperaba. Le arroj los dos brazos alrededor del cuello, no suavemente como otras veces y dicindole: Buenos das, hermano, sino con frenes. De modo que le estrangul oprimindole la garganta contra un tope de la mesana con un cabo de cuerda que flotaba. Crimen intil! slo el pensamiento se extingui en aquel cuerpo, porque los brazos del cadver estrechaban siempre las rodillas del fratricida, hasta que desaparecieron los dos. Cuando el grumete no vio nada ms, se frot los ojos, mir an otra vez y baj para contar lo que haba presenciado, causando gran extraeza, pero le dejaron con la palabra en la boca, con la promesa de que le dejaran acabar otra vez su relacin, y el encargado del cuarto de babor, subi al puente por orden del capitn. El viento soplaba con un poco menos de violencia, pero la noche era clara; colocose un buen marinero en la barra del timn para evitar la deriva, y continu la embarcacin con rumbo al Oeste. Haca algn tiempo que se dejaban llevar en esta direccin, cuando el marinero de guardia grit: -Barco a estribor! Se precipitaron todos a la luz de los faroles y pudieron ver a la tartana completamente desmantelada, a la tartana que perseguan desde la vspera! a la tartana causa primera de todos sus desastres! --Por fin!--aull el capitn--, la Santa Virgen nos protege y Dios es justo. Vas a pagar, maldito, la muerte de nuestros hermanos! Y a pesar de la impetuosidad del viento, intent sesgar. VIII LA URNA DE SAN JOSÉ» Por miedo?... No, seor... CALDERN. --Santiago! Santiago!--grit el capitn de la _Urna de San Jos_--. Santiago! haz que los artilleros ocupen sus piezas. --Capitn... yo... --Cualquiera dira que tiemblas!... --No, capitn, pero el levante ha alterado mis nervios... --Por Cristo! Qu se dira si se viese al teniente del navo que yo mando temblar como una gaviota entre un temporal? Vamos, artilleros, a vuestras piezas; y vosotros, rumbo hacia la tartana, que Satans confunda! Cuando hayamos cambiado de disposicin le largaremos una andanada. Que Dios me ayude!... el levante cede... Ah! por la Virgen! ser una hermosa fiesta para el pueblo de Cdiz verte entrar con hierros en las manos y en los pies, con tu tripulacin de demonios, perro maldito!--deca el honrado Massareo mostrando el puo a la tartana desamparada, silenciosa y sombra, que se balanceaba al movimiento de las olas. S, s--continu Massareo--, por San Jos! conozco tus astucias! te meneas menos que una boya para que me ponga a tu alcance... Entonces t arrojaras, a mi pobre barco una andanada de azufre que nos hara arder lindamente... o me jugaras alguna otra pasada diablica! Pero Dios protege al viejo Massareo. Ms de una vez ha escapado con los ricos galeones de Mjico a los garfios de esos malditos ingleses, que, no obstante, no tienen nada de tontos, los herejes!--y se persign. Despus, dirigindose, al timonel: --No vayas contra el viento; orza, orza, torpe, y piensa en virar en redondo. El levante disminua sensiblemente, y se vea, por las nubes que avanzaban rpidamente desde el horizonte y por las oscilaciones de la brisa, que el viento cambiaba de direccin. Las estrellas aparecieron veladas, y la noche, de clara que era, se torn sombra. La tartana estaba sumergida en la obscuridad; solamente un punto luminoso brillaba en su popa, en la direccin de la cmara; pero no se oa el ms ligero ruido a bordo, ni se vea a nadie sobre el puente. El capitn del guardacostas, habiendo efectuado dichosamente su cambio de amuras, se dej ir sobre la tartana, hasta una distancia de medio tiro de pistola. Entonces llam a su teniente Santiago, pero ste, creyendo que se trataba de mandar el fuego, haba desaparecido con la rapidez del relmpago. --Santiago!--repiti. --Seor capitn, est en el fondo de la cala; dice que le ha enviado usted para que vigile cmo sacan la plvora. --El miserable! Por Santiago! que le traigan muerto o vivo; y t, Alvarez, dame mi bocina de combate. Entonces el bravo Massareo volvi hacia el barco mudo el enorme orificio del instrumento y grit: --Ah de la tartana!... ah! Despus baj la bocina, se llev la mano a la oreja para no perder ni una palabra, y escuch atentamente. Nada... Profundo silencio... --Eh?--dijo al primer contramaestre que estaba cerca de l. --No he odo nada absolutamente, seor capitn, a no ser una especie de gemido; pero, por el Cielo! no se fe usted, vale ms que les hable a caonazos; ese lenguaje lo entendern perfectamente, por San Pedro!, porque nuestro valiente almirante Galledo, que Dios tenga bajo su brazo derecho--aqu se quit su gorra--, nuestro valiente almirante deca siempre que sta era la lengua universal, y que... --Paz, Alvarez, paz! cllese el viejo congrio. Me ha parecido ver moverse alguna cosa sobre el puente. Y de nuevo, empuando la inmensa bocina, grit: --Ah de la tartana!... ah!... enviad una embarcacin, si no os echo a pique... --Como perros malditos que sois--aadi Alvarez. --Te callars! pueden haber hablado, y tu necia lengua que va tan de prisa como el gato de un cabrestante, me ha impedido or nada--dijo el capitn con una volubilidad colrica, repitiendo por tercera vez--: Ah de la tartana!... responded o hago fuego. Esta vez se distingui un gemido prolongado que no tena nada de humano, y que hizo estremecer al capitn Massareo. --Capitn, si usted quiere creerme--dijo Alvarez, persignndose--, envimosles una andanada y viremos en redondo; porque veo el fuego de San Telmo que revolotea en su popa, y por la Virgen! no se est bien aqu. --Esto es demasiado!--exclam Massareo--. San Pablo, rogad por nosotros! Vamos! por la gracia de Dios! Artilleros, a vuestras piezas; armad vuestras bateras. Bien. Haced la seal de la cruz. Bien. Ahora fuego!... fuego a estribor!... La andanada parti, y el fogonazo, iluminando un instante la tartana, proyect sobre las aguas un vivo reflejo de luz. Despus, cuando el humo blancuzco de la plvora se hubo disipado, se vio al navo inmvil, silencioso, con su punto luminoso a popa, obscurecido de cuando en cuando por una sombra que pasaba y repasaba en la cmara. --Y bien, Alvarez?--pregunt Massareo que no comprenda la obstinacin del barco caoneado. --Seor, todas las balas le han cado encima y el maldito no se menea. Y sin embargo, hay gente a bordo, lo jurara por mi rosario. --El caso es espinoso--dijo Massareo con inquietud--; voy a hacer correr una bordada, mientras que yo, t, Prez y ese poltrn de Santiago, cuyo consejo es sin embargo muy provechoso, nos reunimos para deliberar acerca de lo que hay que hacer. Viraron en redondo dirigindose hacia el Este; se envi a buscar a Santiago, se reunieron los cuatro miembros de la asamblea, y comenz la discusin. Ningn plan haba sido adoptado, cuando el prudente Santiago exclam: --Con la proteccin de la Virgen, he aqu lo que yo hara; armara una chalupa, me aproximara a la tartana maldita y entrara al abordaje... Eh, compadres! qu les parece? A los compadres tambin se les haba ocurrido este medio, el nico que razonablemente poda emplearse, pero se haban guardado muy mucho de decir esta boca es ma, porque saban que el que propusiera esta medida sera naturalmente encargado de ejecutarla. La inconcebible temeridad de Santiago les sac de su embarazo y no tuvieron ms que una voz para alabar y felicitar al autor de aquel admirable plan de campaa, que vio, pero demasiado tarde, en qu peligrosa situacin se haba colocado. --El Cielo le ha inspirado, Santiago, dele las gracias--dijo el capitn. --Hermano Santiago, qu dichoso eres!--exclam Alvarez golpendole amistosamente la espalda--. Por Cristo! es una hermosa ocasin para ascender a oficial. No estar yo en tu lugar! Cunta gloria vas a recoger ejecutando tu audaz proyecto! Abordar al maldito!!! Vendern tu retrato por las calles de Cdiz y te sacarn canciones. Dichoso mortal! Y se precipit por la escalera que conduca a la cala silbando un motete. --Pero--exclam el desgraciado Santiago, trmulo y aturdido--, yo no he dicho que...! --Usted tendr ms probabilidades para abordar al maldito atacndole por estribor, hijo mo--le dijo gravemente el artillero Prez--; por babor trae desgracia, y he aqu probablemente lo que la pasar: Se acerca usted a cierta distancia... tiran contra usted... Perfectamente, compadre... Se aproxima an ms... y desde lo alto de las vergas le tiran un puado de balas que caen sobre su chalupa... Muy bien, compadre. Entonces, con la agilidad que usted debe poseer, usted y su gente, tratan de aferrarse a los portaobenques, a las escalas y a todo lo que est a su alcance... Perfectamente, compadre. Pero he aqu que por todos los santos del paraso! mientras que estis agarrados a la borda, se abre de pronto una escotilla y os encontris frente a la nariz con una docena de anchos esmeriles cargados hasta la boca de balas, clavos y lingotes que, como usted puede suponer, hacen un fuego del infierno y matan por lo menos a las tres cuartas partes de sus hombres. Entonces los que quedan, si es que queda alguno, se lanzan gilmente al abordaje como gatos salvajes, el pual entre los dientes y la pistola en la mano; viene una lucha cuerpo a cuerpo, se mata, se muere... pero siempre se recoge gloria y... esto es todo. Por los dolores de Nuestra Seora, que no est yo en su lugar! oh! s, que no est yo en su lugar, hijo mo!--repiti lanzando un ardiente suspiro, pero desapareciendo velozmente en el sollado. --Pero, Santa Virgen!--exclam Santiago que haba estado a punto de interrumpir veinte veces al artillero Prez--, pero por la corona de espinas de Jesucristo! si yo he dado ese consejo, no ha sido para ejecutarlo yo mismo, y puesto que envidian mi lugar... --No, Santiago--repuso el bravo Massareo--, eso sera una injusticia; esa misin le pertenece de derecho, y usted la tendr, Santiago, usted la tendr. Sera llevar la delicadeza demasiado lejos. --Usted ha sembrado, justo es que recoja--dijo otro. --Sin duda, hace falta mucho valor, sangre fra, agilidad y sobre todo mucha suerte para llevar a cabo una empresa tan peligrosa; pero con la ayuda de Dios y de su patrn, Santiago, usted saldr de ella con honor, o bien morir con la muerte de los valientes, lo que no es dable a todo el mundo. Vamos, hijo mo, cumpla bien, que Dios y su jefe tienen la vista fija en usted--dijo el capitn. --Pero, por todos los santos de la capilla de la catedral de Cdiz!--exclam Santiago plido de clera y de temor--, yo quiero al instante... --No puedo por menos que alabar semejante prisa, Santiago. Voy, pues, a dar las rdenes oportunas para hacer armar la chalupa. Nada le faltar: puales, hachas, picas de abordaje, esmeriles, balas, cartuchos de metralla. Est tranquilo, hijo mo, que yo velo con la solicitud de un padre... Vamos, vamos, modere ese ardor, y, como un verdadero espaol, piense en Dios, en su rey y en su dama, si es que usted la tiene. Piense, pues, cul ser su alegra, cuando le vea volver moribundo, cubierto de heridas y seguido de la multitud que gritar: Es l, es el vencedor del gitano! es el valeroso Santiago! Ah! hijo mo; si mi cargo no me obligase a permanecer a bordo... muerte de mi vida! no tendra usted esa misin. No, por Santiago! yo se la habra disputado. Y tomaba el mismo camino que los dems miembros del consejo, cuando Santiago le retuvo por el brazo gritando: --No, capitn, no; preferira mejor no descubrirme en la iglesia, no arrodillarme ante el Santo Sacramento, faltar a mi rosario, que ir a bordo de ese condenado barco, de ese barco donde Satans tiene su corte; y adems--continu con tranquilidad, muy convencido de haber encontrado un argumento sin rplica--, adems, mi religin me prohbe el contacto de los excomulgados y de los apstatas. --Quin habla de eso, hijo mo?--dijo el capitn persignndose--; soy demasiado buen cristiano, aprecio demasiado la salvacin del cuerpo y del alma de mis marineros para exponerlos as. --En hora buena, capitn, eso es; cuide sobre todo de la salvacin del _cuerpo_, entiende usted? del cuerpo de sus marinos, es lo ms importante--dijo Santiago un poco ms tranquilo. --Hijo mo--repuso el capitn--, usted no me ha comprendido; yo estoy lejos de exigir de usted que estrangule al descredo con sus propias manos. Virgen santa! no, sin duda; ese contacto me hace estremecer de horror; pero la bala de su mosquete o la hoja de su pual evitar esa mancilla a sus cristianas manos. Santiago, ms exasperado an por la decepcin que experimentaba, exclam: --Ni el hierro, ni el plomo, ni yo daremos muerte a ese excomulgado! No ir a bordo, por las mil llagas de San Julin, no, no ir!--aadi golpeando violentamente el suelo con el pie. --Santiago, amigo mo--dijo framente el capitn--; tengo el derecho de vida y muerte sobre todo hombre de mi tripulacin que se me rebele o se niegue a ejecutar mis rdenes. Y diciendo esto, le mostr dos pistolas que haba sobre el cabrestante. Ante aquella espantosa alternativa, Santiago prefiri el abordaje, y descendi a la chalupa que le esperaba, con la sombra resignacin del hombre a quien llevan a la muerte. Al alejarse de la escampava, el desgraciado Santiago, acordndose de los consejos y las predicciones de Prez, que el miedo haba grabado en su mente, esperaba a cada momento una sbita descarga de mosquetera. Se acerc, no obstante, a lo largo de la tartana, sin que se oyese ni un solo disparo. Entonces, arrojando su amarra, recomend su alma a Dios, porque, segn los informes topogrficos y precisos del artillero, era en aquel momento cuando las amplias bocas de los esmeriles deban hacer un _fuego del infierno_. Esper, pues, y bes su rosario exclamando: --De rodillas, hermanos mos, somos muertos! Los diez hombres que le acompaaban, aprovechando a todo evento esta advertencia, se arrojaron al fondo de la chalupa. Silencio, siempre silencio. No se oa... no se vea nada... ms que la luz que brillaba siempre en la cmara, y que de cuando en cuando apareca obscurecida por una sombra que la ocultaba. Santiago, un poco ms tranquilo, se atrevi a levantar la cabeza, pero la baj prontamente al or un crujido de la tartana, y luego la volvi a levantar, sin ver esmeriles ni escotillas. Como nada da tanta tranquilidad como un peligro pasado o evitado, Santiago se enderez presa de un ardor marcial, y trep a bordo de la tartana seguido de sus diez hombres, a quien su ejemplo electrizaba. Llegados al puente, no encontraron ms que despojos, jarcias destrozadas por el viento, un desorden, en fin, que anunciaba que aquel buque haba sufrido cruelmente los efectos del levante. Pero de pronto se oy un ruido desordenado en el sollado. Los diez marineros y el segundo de la _Urna de San Jos_ se miraron palideciendo; no obstante, gritaron con voz un poco temblorosa, es verdad: --Viva el rey! Adelante la _Urna de San Jos_ y el valiente Santiago! Porque los compaeros de armas del valiente Santiago, que se apretujaban los unos contra los otros, al or aquel ruido imprevisto, se aproximaron tan bruscamente a l, que el desgraciado hroe fue precipitado por la escotilla que tena a sus pies, y desapareci. Sus marineros, tomando aquella cada por una prueba de abnegacin y de intrepidez, siguieron al nuevo Curcio a los gritos de viva Santiago! y saltaron en el sollado como los carneros de Panurgo. Santiago se haba levantado prontamente, y aprovechando el error de sus hombres, les dijo en voz baja: --Hijos mos, el valor y la sangre fra no son nada; ya habis visto todos que, aun a riesgo de caer sobre millares de picas o de sables, me he precipitado ciegamente en el sollado... eso es audacia, sencillamente. --Viva nuestro Santiago!--repitieron los marinos. --Callaos, hijos mos, en nombre del Cielo, callaos; lanzis unos gritos capaces de asustar a las gaviotas. Guardaos vuestros viva Santiago! para ms tarde. Ya gritaris eso en la plaza de San Antonio. Ser de un gran efecto; pero, mientras tanto, veamos el medio de forzar el reducto de esos condenados. Y mostraba la cmara en la cual se haca siempre un ruido infernal. De pronto, como si se le ocurriese una idea sbita, exclam: --Amigos mos, armad vuestras carabinas!... Fuego sobre ese tabique! Lo que haba decidido sobre todo a Santiago a esta maniobra, es que encontrndose necesariamente detrs de su tropa, se vera libre del primer choque de la salida que podran intentar los sitiados. --Fuego! y que el Cielo nos ayude!--repiti empujando a su pelotn. Y son la descarga. A una distancia tan corta, las balas, llegando en masa sobre el tabique, lo hundieron en parte, y antes de que los marineros hubiesen vuelto a cargar sus armas, una masa espantosa les derrib y pas por encima de ellos lanzando horribles mugidos. --Desconfiad!--gritaba Santiago, que estaba guarecido detrs de uno de sus valientes al que haca servir de escudo--; desconfiad, es una astucia de guerra; quieren caer de improviso sobre nosotros; volved a cargar las armas. --Seor teniente--dijo uno de los marinos--, pero si el sitiado tiene el ms hermoso par de cuernos que jams cristiano alguno haya tenido plantados sobre la cabeza!... --Apresad al monstruo!--grit Santiago retrocediendo con su escudo viviente--, es el condenado, apresadle... _Vade retro, Satanas_... Santiago, San Jos, tened piedad de nosotros! --Pero, teniente... si esto no es... ms que un buey por la Virgen! un excelente buey que se mueve. Con siete balas en el cuerpo! Y la luz que se trajo de la cmara, permiti comprobar la exactitud de este curioso boletn. Era, en efecto, un buey destinado a la comida de la tripulacin de la tartana, y que se haban probablemente visto obligados a dejar al abandonar la embarcacin. --Un buey! un innoble buey!--deca Santiago--. Un plan de ataque combinado con tanta sangre fra y ejecutado con tanta audacia para... para apoderarnos de un buey al abordaje! --Nos lo llevaremos, verdad, teniente? Nos vendr al pelo porque hace tanto tiempo que no comemos carne fresca! --Os guardaris de ello... lo os?--repuso Santiago con clera--. Qu brutos y qu asnos sois! es decir, que queris exponeros a las burlas de vuestros camaradas presentando ese hermoso trofeo... Me opongo terminantemente; subid al puente, seguidme, cerrad las escotillas, y sobre todo, una vez a bordo, no desmintis ni una palabra de lo que dir al capitn, tanto en vuestro inters como en el mo. Santiago volvi a bordo de la escampava, donde ya comenzaban a estar inquietos, e hizo con una rara imprudencia, un relato detallado de su combate con el gitano y sus demonios. --En fin--aadi--, en fin, lo cierto es que todos estn muertos o fuera de combate. Al escuchar aquella heroica narracin, en que la intrepidez de Santiago se revelaba por primera vez, el capitn Massareo, que conoca perfectamente la cobarda de su segundo, no conceba un cambio tan rpido; pero, acordndose de la quijada de Sansn, de la burra de Balaam, y de tantos otros milagros, acab por mirar a Santiago como un elegido a quien Dios haba animado de pronto con un soplo divino, para darle la fuerza de combatir a un rprobo, a un hijo del ngel rebelde. De modo que una vez que hubo adoptado esta desgraciada idea, crey ciegamente todas las tonteras y todas las mentiras que Santiago tuvo a bien contarle. --Y el gitano?--pregunt el capitn. --El gitano, capitn, estaba probablemente disfrazado, pero yo estoy convencido de que ha muerto tambin. Diablo de sangre, cmo mancha!--dijo Santiago que quera sin duda desviar la conversacin de un asunto tan delicado, y se interrumpi para limpiarse un ancho trazo de sangre que surcaba su vestido, ltimo vestigio de la agona del pobre cuadrpedo. --Est usted herido, valiente Santiago?--pregunt el capitn con inters--. A ver! --No, no, por mi madre, no ver usted nada. Es una insignificancia, una tontera--respondi Santiago con una indiferencia afectada, retrocediendo precipitadamente--; pero lo que es importante, capitn, es echar a pique ese nido de demonios. Las escotillas estn cerradas, es cuestin de unos cuantos caonazos, y habremos purgado la costa del ms grande bandido que jams haya infestado la costa. Massareo se mora de deseos de preguntar por qu no haban trado prisioneros que hubieran podido dar fe del feliz xito de la expedicin; pero comprendiendo que tendra que encargarse l de esta segunda misin, y como ello no era muy de su gusto, accedi a todo lo que quiso el valiente y bienaventurado Santiago, y comenz a caonear vigorosamente la pretendida tartana del gitano, que no poda resistir largo tiempo un fuego tan nutrido. IX EL RELATO No matars. _Mand. de la ley de Dios._ Mientras que el bravo Massareo destrua una de las tartanas, la otra sala del canal de la Torre, y navegaba con habilidad a pesar de las rfagas del levante, cuya violencia disminua, sin embargo, sensiblemente. No haba nada en el mundo ms resplandeciente que la pequea cmara de aquel buque, en la cual dos invitados estaban comiendo. Un enorme globo de cristal pendiente del plafn, proyectaba una claridad viva y pura sobre un rico tapiz turco, de un azul brillante, en el que se vean bordados hermosos pjaros rojos que desplegaban sus alas doradas, y tenan entre sus patas de plata largas serpientes de escamas verdes como esmeraldas; un divn de raso obscuro, daba la vuelta a toda la pieza. En el centro, y cerca del divn, se levantaba una mesa servida con gusto y riqueza exquisitos; pero en lugar de ser sostenida slo por las patas, cuatro ligeras cadenas la ataban al suelo, para librarla de los vaivenes. El tinto de Rota, el Jerez y el Pajarete centelleaban en preciosos frascos de cristal cuyas mil facetas reflejaban una luz cambiante y coloreada como los matices del prisma, mientras que los racimos de Sanlcar, de granos violados y aterciopelados, las brevas de Medina, las granadas de Sevilla, que el sol haba abierto, y las naranjas de Mlaga, se elevaban en elegantes pirmides en las cestas tejidas con un ligero hilo encarnado, tal como se ven en Esmirna; el mantel, resplandeciente de blancura, estaba atravesado, segn la moda oriental, por brillantes dibujos de oro y de seda. Unicamente sencillas botellas de un verde obscuro, de cuello largo y estrecho, de tapn lacrado y sujeto por alambre, botellas, en fin, que olan a Francia y a champaa a una legua, contrastaban singularmente con el lujo y el aparato asitico que dominaba en aquella pieza. Y era efectivamente champaa, porque dos copas cnicas y cilndricas, que se levantaban sobre su ancho pie de cristal, aparecan gloriosamente llenas, y el licor rosado que herva y centelleaba, elev bien pronto su espuma temblorosa por encima de los bordes del vaso. --Atencin, comandante, la marea sube! Esto deca el joven imberbe que mandaba aquella tartana, sosia de la del gitano, perseguida con tanto encarnizamiento y desgracia por los dos guardacostas, mientras que el comandante desembarcaba el contrabando del convento de San Juan al pie de las rocas de la Torre... La misma tartana de que el valiente Santiago se apoderara al abordaje con un buey y sus cuernos y que el no menos valiente capitn acababa de destruir a caonazos. --Comandante, la marea baja, y si usted no tiene cuidado habr bajado del todo en un instante--repiti el muchacho, y de un trago apur lo que l llamaba la marea, de modo que su vaso qued seco--. Cmo amo este vino de Francia! Porque nuestro Jerez y nuestro Mlaga, con su color amarillo sombro, me parecen tan tristes como el canto de una duea; mientras que el color rosado y riente de este champaa me llenan el alma de alegra. Dios de verdad! Es como si oyese a mi Juana rasguear en mi guitarra un vivo bolero. Por mi fe; viva el vino de Francia--repuso dejando tan vivamente el vaso sobre la mesa, que lo rompi. Este ruido sac al otro comensal de su ensimismamiento: era el gitano. --Francia, Blasillo! palabra es un digno pas! --Pas de hospitalidad!--dijo Blasillo apurando un segundo vaso de champaa. El gitano mir, inclin la cabeza hacia atrs recostndola sobre los cojines del divn, y solt una carcajada. --Y de la libertad--continu Blasillo en el mismo tono. Aqu las carcajadas del gitano fueron tan violentas que resonaron por encima del ruido de la tempestad eme muga fuera, con gran confusin del pobre Blasillo, que le miraba con aire de disgusto y de estraeza. El gitano lo advirti. --Perdn, Blasillo, perdn, hijo mo; pero tu ingenua admiracin por ese dulce pas de Francia, como le llaman, me ha recordado tantas cosas!... Despus de un momento de silencio, el gitano se pas rpidamente la mano por la frente, como para desechar una idea penosa, y dijo sonriendo: --Ahora que ya no podemos dedicarnos al contrabando y que nuestra escuadra ha quedado reducida a la mitad, a dnde iremos, Blasillo? --A Italia, comandante! Como aqu, el sol es caliente, el cielo azul, los rboles verdes; como aqu, las mujeres son morenas, cantan acompandose de una guitarra y se arrodillan delante de la Virgen; sin contar con que ms de una ensenada de la costa de Sicilia ofrecera un bueno y seguro refugio a la tartana. Vamos, rumbo hacia Italia, comandante! --A Italia!... no, porque los asesinos son castigados con la muerte, no lo sabes, Blasillo? --Dios mo! usted asesino!--dijo el muchacho con espanto. --Escucha. Blasillo, yo tena catorce aos; mi hermana Sed'lha y yo conducamos a nuestro padre que apenas poda andar, cuando cay herido de un tiro de carabina. Era el fruto del odio santo, que nos tena un cristiano. Yo no llevaba encima ms que mi estilete; me lanc en persecucin del asesino le alcanc cerca de una roca. El era fuerte y vigoroso, pero la sangre de mi padre haba manchado mis ropas... y le degoll con fruicin. He aqu cmo abandon Italia con mi pobre Sed'lha qu habras hecho t, Blasillo? --Hubiera vengado a mi padre--dijo el adolescente despus de un momento de expresivo silencio--. Viremos en redondo, comandante--aadi con un profundo suspiro--, y vayamos a Egipto. Se dice que Mehemet Al e Ibrahim acogen muy bien a los extranjeros. Vamos a Alejandra... --Es una hermosa ciudad Alejandra: es all donde yo desembarqu al huir de Italia. Un buen emir me recogi con mi hermana y me envi al colegio, porque hay ms instruccin y ms colegios en Alejandra que en todas las Espaas, Blasillo. --Le creo a usted, comandante. Aprend all la lengua francesa, el espaol, la ciencia de los nmeros, el arte nutico. Sal de all hecho un buen marino. --Y que lo diga usted! --Al cabo de seis aos yo mandaba un brick, que tuvo un encuentro con el brulote de Canaris, Blasillo. Este hizo el saludo militar. --Y volv a puerto para reparar las averas y reclutar una nueva tripulacin, lo que ocurra siempre que se encontraba a Canaris. En Alejandra me recibieron afectuosamente. Verdaderamente es una alegre ciudad, sobre todo en las hermosas tardes en que el sol se pone detrs de las arenas del desierto y cuando dora con sus rayos el harem de Mehemet, las fortificaciones del viejo puerto, el palacio del faran y la columna de Pompeya. Entonces el aire del mar refresca el aire abrasador; los negros extienden la tienda rayada sobre la terraza, y uno, tendido sobre un muelle cojn, aspira el vapor del tabaco levantino, que se perfuma al atravesar un agua de rosas y de lilas, y despus, una hermosa joven de Canda o de Samos, se arrodilla ante uno ofrecindole ruborizada un sorbete helado en una copa ricamente cincelada. Haces un signo y ella se aproxima a ti, y, con un brazo pasado alrededor de su cuello, miras con indiferencia aquella cabeza de ngel que se dibuja como una aparicin fantstica en medio de un humo azulado y oloroso, que se eleva en torbellinos del narguile. Los ojos de Blasillo brillaban ciertamente tanto como las facetas centelleantes de los frascos de vidrio: --Vamos a Alejandra, comandante--dijo incorporndose. --A Alejandra! qu te parecera, mi querido nio, si te sentasen sobre la flecha aguda de un minarete que se lanza hacia las nubes? flecha, por otra parte, brillante y dorada! y si se te dejase en esa incmoda posicin hasta que los cuervos hubiesen devorado las pupilas de tus grandes ojos negros? Esta proposicin apag el ardor de Blasillo, que llen prestamente su copa sonriendo: --Viremos, pues, en redondo, comandante. --S, Blasillo, tal es la suerte que me espera en Egipto, si el bauprs de mi tartana se dirigiese hacia ese suelo encantado. --Y por qu, comandante? --Oh! porque yo hund cinco veces mi kangiar en la garganta del buen anciano emir que nos recoga a Sed'lha y a m, y me hizo instruir como un rabino. --Dios del Cielo! otro asesinato! Usted asesino de su bienhechor! --Haba abusado de la hospitalidad que nos diera para seducir a mi hermana, con la que no poda casarse. Qu hubieras hecho en mi lugar, Blasillo? El joven espaol ocult la cabeza entre sus manos. --Y su hermana?--pregunt. --Me quedaba an una ltima prueba de afecto que darle, y se la di. --Cul? --La mat, Blasillo. --Mat tambin a su hermana? Usted fratricida! Anatema! --Nio! sabes t qu suerte espera en Egipto a una joven de mi raza que se ha dejado seducir, cuando el seductor es casado? La despojan de sus vestidos y la pasean desnuda por la ciudad; despus la mutilan del modo ms horrible, la meten en un saco y la exponen a la puerta de una mezquita, donde todo hombre, incluso un cristiano, puede llenarla de golpes, de injurias y de barro... Qu hubieras, pues, hecho ms por tu hermana, Blasillo? --Siempre asesinatos, siempre! No obstante, yo admiro a usted--dijo Blasillo anonadado. --Bebamos, nio! ves? la espuma plateada tiembla y chisporrotea. Bebamos, y arrojemos a la sombra los negros recuerdos del pasado. Por tu amante Juana, por sus ojos negros! Blasillo repiti casi maquinalmente: --Por Juana y sus ojos negros! --Blasillo, dnde iremos a arrojar el ncora? --Propongo que en Francia, comandante--y mostraba su copa medio vaca--, porque, por mi Juana, si los franceses se parecen a su vino!... --Justo, Blasillo, justo. Como su vino, ellos estallan, chisporrotean y se evaporan. --Pero por lo menos no habr all, as lo espero, minaretes de flechas agudas sobre los cuales sienten a las gentes, mezquitas donde insulten a las jvenes, y cristianos que degellen a un anciano como un corzo. Adems, usted no ha estado all, verdad, comandante? --S, Blasillo. --Y permaneci usted mucho tiempo en ese hermoso pas? --Blasillo, cuando sal de Egipto, vine a Cdiz, en tiempos de las Cortes; ofrec mis servicios y no me preguntaron si llevaba la cruz o el turbante, pero me hicieron maniobrar una hermosa fragata de guerra, y cuando vieron que yo serva para el caso, me la confiaron. Hice algunos afortunados cruceros, y sobre todo recorr la costa con el mayor cuidado. Ms tarde, cuando la santa alianza tuvo que reconocer que tu dulce pas tena la fiebre amarilla... --Por mi Juana! era una fiebre de libertad. --Bien, Blasillo, fue un pequeo acceso de libertad, corto y rpido, que la santa alianza detuvo prontamente con un poco de plvora de can. Hermosa victoria! porque tus compatriotas que no tiran jams sobre un hombre que lleva un crucifijo, tuvieron que bajar sus armas ante las cruces, los pendones y los religiosos que precedan al ejrcito francs, y se arrodillaron ante el enemigo como al pas de una procesin. De modo que sta fue una victoria, una victoria de agua bendita, Blasillo. Yo segu otro sistema; dej pasar las tonsuras y tir sobre los soldados. Por esta causa, cuando la paz de Cdiz, fui condenado a muerte por masn, comunero, rebelde y hereje, que viene a ser lo mismo. Hu a Tarifa, donde me refugi con Valds y algunos otros hombres. Nos sitiaron, y al cabo de ocho das de una vigorosa defensa, tuve la suerte de caer moribundo entre las manos de un oficial francs que favoreci mi fuga, y me dirig a Bayona y de all a Pars. --A Pars, comandante? Usted ha estado en Pars? --S, hijo mo; y all, vida nueva; reanud la amistad con un capitn de la marina que haba conocido en el Cairo en el momento en que iba a ser decapitado por haber levantado el velo a una de las mujeres de un fellah. Yo le salv a bordo de mi brick. Al encontrarme en Francia, quiso atestiguarme su agradecimiento, y me present a un pequeo nmero de amigos, como un proscrito de la Inquisicin. Entonces recib tantas y tan calurosas protestas de inters, que me conmov, Blasillo. Bien pronto el crculo se engrandeci, y todos quisieron orme contar mi desgraciada existencia. Yo me prest a ello; siempre es dulce hablar de sus desgracias a quien las compadece, y hay en ello como una miserable coquetera que impulsa a decir: Ved cmo mi herida sangra an. Pero mi vanidad fue cruelmente castigada, porque advert un da que se me haca repetir con demasiada frecuencia mis desgracias. Ms desconfiado, estudi aquellas almas generosas, y escuch las reflexiones que hacan nacer mis confesiones. Entonces pude apreciar el inters que se tena por el hombre que ha sufrido mucho. Al principio qued anonadado, despus me dio risa. Figrate t, Blasillo, que queran a todo precio emociones nuevas, como ellos decan, y, para proporcionrselas habran asistido, creo yo, a la agona de un moribundo, y habran analizado uno a uno todos sus movimientos convulsivos. Y, a falta de mi agona, explotaban el relato de mis males, y se complacan en hacer vibrar cada cuerda dolorosa de mi corazn, para apreciar su sonido. En cuanto a m, con los ojos chispeantes, el pecho hinchado por los sollozos, les contaba la agona de mi pobre hermana y mis horribles imprecaciones cuando vi que estaba muerta... muerta para siempre... entonces ellos, palmoteando, decan: Qu expresin! qu gesto! Qu bien representara el Otelo! S, cuando yo les contaba mis combates por la independencia de Espaa, que me haban proscrito; cuando mi exaltacin africana llegaba hasta el delirio y yo gritaba jadeante: libertad! libertad!... ellos decan: Qu hermoso est! Qu bien representara el Bruto! Y despus, cuando haban asistido a la tortura moral que me imponan exaltando mis recuerdos, se iban tranquilamente al baile, a sus ocupaciones, a otros placeres: porque para ellos todo estaba dicho: la comedia ya haba sido representada. Entonces, yo crea despertar de un sueo, y me encontraba solo con mi amigo el capitn de barco, orgulloso de m, como el que exhibe un tigre aprisionado. --Infame!--exclam Blasillo. --No, Blasillo; aquellas buenas gentes trataban de distraerse. El da es tan largo! y adems, de qu poda quejarme? no me haban silbado, al contrario, me aplaudan. Qu quieres? mi vida es un papel; as como as, todo es comedia: amistad, valor, virtud, gloria, abnegacin. --Oh! comandante!--exclam Blasillo con amargura. --Todo, muchacho, todo! hasta la piedad de las mujeres por la desgracia. Y si no, escucha; yo amaba con pasin a una mujer hermosa, joven, rica y brillante. Una tarde, yo me haba deslizado en su tocador antes de la hora, y acurrucado detrs de un espejo, esperaba. De pronto, se abre la puerta, y Jenny entra con una mujer hermosa, joven tambin. Bien pronto vinieron las confidencias, y como su amiga le envidiase mi amor, ella respondi: Crees que le amo? no, condesa; pero me choca y me enternece; me da miedo y me divierte. Qu plidas resultan las lamentaciones de un hroe de novela al lado de su desesperacin! porque, querida ma, cuando el pobre muchacho llega al captulo de sus disgustos pasados, llora con lgrimas de verdad y, lo creers t? me conmuevo aadi riendo fuertemente. Ya ves, Blasillo; haba faltado a sus deberes y se haba entregado a m para hacerme representar sucesivamente los remordimientos, el furor o el amor; me inspir piedad entonces, Blasillo. Bebamos, muchacho! Por la hospitalidad de Francia, como t dices, por la libertad!... Una maana, mi amigo el capitn, vino a decirme que mi presencia en Pars podra encender de nuevo la antorcha de la revolucin en Espaa, y que si en el plazo de tres das no haba abandonado Francia, me expona a ser detenido y a ser conducido a la frontera... all, ya comprendes lo que me esperaba. Viendo mi embarazo, el excelente hombre, que deba tomar en Nantes el mando de un negrero, me propuso partir con l; yo acept, y diez das despus estbamos a la vista del estrecho de Gibraltar: Mi buen amigo quiso dejarme en Tnger, donde yo permanec algn tiempo; all, el judo Zamerith, jefe de una de nuestras sectas de Oriente, me cedi las dos tartanas con sus tripulaciones de negros mudos, y t, querido mo, y t de propina; t, pobre aspirante de marina, al que haban hecho prisionero a bordo de un yate, cuyo pasaje fue asesinado; t, pobre nio, que has querido unirte a mi suerte! Amas, pues, al condenado? di, me amas? El gitano pronunci estas ltimas palabras con aire emocionado. La nica lgrima que en mucho tiempo haba derramado, brill un momento en sus ojos, y tendi la mano a Blasillo, que la asi con una exaltacin inconcebible, exclamando: --En vida y en muerte, comandante! Y una lgrima obscureci tambin la mirada de Blasillo; porque todo lo que impresionaba el alma o la cara del maldito, se reflejaba en l como en un espejo. No obstante, y aunque hubiese adoptado las ideas del gitano, esto no era en l la plida y servil parodia de aquel carcter singular; pero este carcter resuma a sus ojos todos los rasgos que hacen al hombre superior, y lo copiaba como una bella alma copia a la virtud. Si quera compartir todos sus peligros, es que obraba movido por una especie de fatalismo, persuadido de que viva de su vida y de que morira de su muerte. En fin, aquel hombre singular era para aquel nio apasionado ms que padre, amigo o jefe, era un dios. Y en efecto, aquel compuesto de audacia y de sangre fra, de crueldad y de sensibilidad; aquel golpe de vista seguro y penetrante de profundo tctico, unido a una prontitud de ejecucin siempre justificada por el xito; aquel lenguaje, tan pronto cargado de los colores orientales, tan pronto abrupto y brusco; aquellos vastos conocimientos, aquellos crmenes, excusables y comprensibles hasta cierto punto, aquel inters que rodeaba al proscrito, aquella existencia prematuramente amargada, las amargas revelaciones de aquella alma fuerte y generosa, a quien el destino condujo a demostrar el amor filial por un asesinato, y el amor fraternal por otro asesinato; en fin, la vista de aquel rprobo, grande en medio de sus desgracias, todo aquello deba fascinar a una imaginacin ardiente y joven. As, el gitano ejerca sobre Blasillo aquella inevitable y potente influencia que un hombre tan extraordinario deba imponer a todo carcter exaltado; en una palabra, Blasillo experimentaba por l aquel sentimiento que comienza en la admiracin y acaba en la abnegacin heroica. --Bebamos, Blasillo!--repuso el comandante, cuya mirada haba recuperado su vivacidad habitual--, bebamos, porque acabo de hacerte una larga y aburrida confesin, hijo mo; nicamente ten presente que no has de volverme a hablar jams de esto; ahora ya conoces mi vida. Vamos! por tu Juana! --Por su monja, capitn! --Ya la haba olvidado, as como mi proyecto de escalo, porque los muros son elevados, Blasillo. --Por el Cielo, comandante! si los muros del convento de Santa Magdalena son elevados, una flecha provista de un hilo de seda lanzada por una ballesta, puede llegar bien alto, y caer en el jardn del claustro. --Y despus, Blasillo? --Despus, comandante, la monjita que habr recibido el hilo de seda, del cual usted habr guardado un cabo, se lo notifica por un ligero movimiento; entonces usted ata una escala de cuerda a la extremidad del hilo que cae por la parte de fuera; la joven tira hacia ella, fija la escala en el muro, como ha hecho usted por la parte de fuera, y por la Virgen! usted puede una noche entrar en el santo recinto y salir tan fcilmente como yo vaco esta copa. --Por mi kangiar, joven, conoces el fuerte y el flaco del reducto, y, a fe ma, tengo deseos de... En aquel momento, un viejo negro de cabellos blancos, el nico tripulante que no era mudo, descendi rpidamente, se lanz hacia la habitacin, e interrumpi al gitano. X EL PRODIGIO ...Yo no s, maestro, si es demonio o brujo; mi manta encarnada se ha vuelto negra, y he mellado mi larga espada escocesa golpeando el ala satinada de un joven cisne. WORD'WOK, _Aventuras de Ritsborn, el buen loco_. --Y bien, Bentek--dijo el gitano al viejo negro--, qu quieres? Por qu has llegado aqu saltando y debatindote como un tiburn al que clavan el harpn? Pero Bentek, viviendo entre mudos, haba acabado por tomar horror a la palabra y por perder casi la costumbre de hablar; de modo que no respondi ms que por el monoslabo _pom!_... _pom!_... que acompaaba con gestos bruscos y precipitados. --Ah! ya caigo--dijo Blasillo--; el viejo cormorn quiere probablemente hablar del can. Blasillo no se equivocaba, porque apenas haba terminado de hablar, cuando un caonazo lejano se oy, despus otro y despus otro. Finalmente, advirtieron un vivo caoneo. Eran los valientes de Massareo que destruan la otra tartana. --Por los santos del paraso!--exclam el ardiente joven--, ya habla el can. El gitano escuchaba silenciosamente, mientras que Bentek continuaba sin interrumpirse sus _pom!_... _pom!_ y su viva pantomima. Blasillo, ponindose apresuradamente un cinturn, colocaba en l su sable, su pual y sus pistolas. Tena ya el pie en la primera grada de la escalera del sollado, cuando el gitano, que se haba hundido en el divn, le grit: --Blasillo, bebamos, hijo mo, y hablemos de la monja y del escalo del convento de Santa Magdalena. --Beber... hablar!... en este momento?--pregunt Blasillo, confundido, abandonando el cordn de seda rojo que iba a servirle para subir la escalera. El gitano mir fijamente a Bentek, e hizo un gesto que el viejo negro comprendi en toda su expresin, porque en dos saltos desapareci. --S, hijo mo, bebamos en este momento; porque, Blasillo, t eres como el joven y ardiente savo que, como no distingue el grito inofensivo del alcin del grito de guerra de la gaviota, afila sus uas y su pico para sostener un combate imaginario. --Cmo!... --Escucha atentamente ese ruido, y no oirs que esos caonazos sean contestados; si t no estuvieses aqu, si no te hubieses visto obligado por ese levante del infierno a abandonar la pobre hermana de mi tartana, que, completamente desamparada, flota ahora al capricho de las olas como el nido desierto de una gaviota; si t no estuvieses aqu, querido, yo no me quedara tendido sobre este sof, porque temera por ti. As, pues, calma ese ardor, Blasillo; se trata seguramente de algn buque que ha zozobrado y que pide auxilio. Pero se equivoca; lo que hice ayer por ti, Blasillo, no lo hubiese hecho ni lo har jams por nadie. --Le debo la vida una segunda vez, comandante; sin usted, sin la tempestad que me arroj a su paso, yo me hubiera hundido con la desgraciada canoa en que navegaba al dejar la tartana. --Pobre nio, t habas maniobrado, sin embargo, con una rara habilidad para conducir a esos pesados guardacostas lejos de la punta de la Torre, mientras que yo desembarcaba el contrabando del tonsurado... Mala noche para l, Blasillo; por qu blasfemaba?... _el buen Dios le ha castigado_--aadi riendo y vaciando su copa. --Por el alma de mi madre, comandante! la segunda tartana marchaba como una dorada, qu ligereza! hubiese virado en redondo en un vaso de agua. Ay! qu queda ahora de ese bonito y fino buque? nada!... algunas planchas rotas o empotradas en las rocas. --Llegu, pues, bien a propsito, Blasillo? --Dios del Cielo! comandante, haba perdido el palo mayor y el bauprs; las tres cuartas partes de la tripulacin haban sido barridas por las olas, y las bombas no bastaban para achicar el agua ay! No tuve ms remedio que abandonar el buque, que a estas horas ya debe haberse hundido. En aquel momento, el ruido del caoneo se oy tan distintamente, que el gitano se lanz hacia el puente, seguido de Blasillo. La noche era sombra y fresca, y el condenado, encontrndose en la misma direccin que la escampava de Massareo, que tiraba del lado opuesto, haba podido aproximarse sin ser visto, ya que el fogonazo de las andanadas no iluminaba ms que el casco del navo sobre el cual tiraban. El rprobo se dej ir an un instante, hizo apagar todas las luces, y se puso al pairo a medio tiro de fusil del guardacostas, que continuaba disparando, y cuyos tripulantes, atentos, estaban agrupados sobre los empalletados. Se oan perfectamente las voces de Santiago y del valiente Massareo. --Por el Cielo! es el casco de la otra tartana el que hunden esos perros!--exclam Blasillo en voz baja, mostrando al gitano los restos del pobre buque, que, iluminado a cada andanada, comenzaba efectivamente a hundirse--. Fuego sobre ellos, comandante, fuego! --Silencio, nio--respondi el condenado. Y se llev a la cmara a Blasillo, haciendo descender tambin a Bentek. Se sabe que despus de la heroica expedicin de Santiago contra la tartana que slo tena un inocente buey por todo defensor, se sabe que, vuelto a bordo, el digno teniente de la _Urna de San Jos_, haba decidido al capitn Massareo a destruir la embarcacin, esperando as borrar las trazas de su mentira. Su voz agria y chillona lo dominaba todo a bordo de la escampava. --Vamos, valor, hijos mos!--deca--, Dios es justo y por su asistencia y la ma nos vemos libres de ese infernal gitano. --Cmo!--pregunt el honrado Massareo--, est usted bien seguro, Santiago, de que el condenado est entre el nmero de los muertos? --Dnde quiere usted que est, capitn? Con semejante tiempo no era posible salvarse a nado. Pero, escuche--dijo al ver que la tartana ya se hunda--; he querido reservarle una sorpresa; tengo la certeza de que ha muerto, porque yo mismo lo he derribado al suelo y lo he agarrotado. --T!--dijo Massareo con aire de incredulidad. --Yo!--contest Santiago con un impudor inconcebible. --Santiago, si puedes darme pruebas de lo que dices, por el dedo pequeo del pie de San Bernardo!, la aduana y el seor gobernador de Cdiz te darn ms escudos que los que necesites para armar y equipar un buen buque de tres palos y hacer viajes a Mjico. --Una prueba, capitn... aunque no fuesen ms que esos horribles aullidos... cree usted que un hombre ordinario puede gritar de esa manera?... quin quiere que sea ms que el condenado? Se trataba del desgraciado buey, que, presintiendo su fin, muga lamentablemente. --La verdad es, Santiago--repuso el capitn estremecindose--, que ni usted ni yo pediramos socorro de esa manera. --Y si hubiese visto usted al maldito--continu Santiago--cuando yo le plant dos balas en el costado! si usted hubiera visto al monstruo cmo se debata! pero por los siete Dolores de la Virgen! su sangre era negra, negra como el alquitrn, y ola tan fuertemente a azufre, que Benito crey que quemaban mechas en la cala. --Santa Virgen, tened piedad de nosotros!--dijo el bueno de Massareo interesado hasta el ltimo punto--; pero, por qu ha tardado usted tanto en dar esos detalles? Como parti una andanada al mismo tiempo que la pregunta del capitn, Santiago aparent no haberla odo, y continu con una imperturbable impudicia: --An le veo, capitn, todo vestido de rojo el malvado! con unas calaveras bordadas de plata, y despus una talla... ocho pies y algunas pulgadas; unos hombros... unos hombros anchos como la popa de la escampava, y despus una barba roja, cabellos rojos, ojos brillantes, y unos dientes... es decir, unos colmillos como un jabal. En cuanto a los pies, los tena torcidos como las patas de mi carnero _Pelieko_. Massareo bendeca a Dios, persignndose de que, por su voluntad, se hubiera podido librar a la costa de un tal rprobo. En aquel momento, la tartana se hundi destrozada, entre los alegres gritos de la tripulacin del guardacostas, y el espesor de las tinieblas, que, durante aquel largo caoneo, habanse disipado a intervalos, pareca aumentar. El mar estaba casi tranquilo, y no se notaba ms que una dbil brisa del Sud. --En fin--exclam el capitn--, por la intercesin de Nuestra Seora y por el valor de Santiago, que puede contarlo como un milagro, nos hemos desembarazado de ese demonio. Pero que se haga la voluntad de Dios en todas las cosas. Hijos mos, de rodillas, y demos las gracias a Dios por ese testimonio de su bondad hacia los bienaventurados, y de su clera contra los malditos. --Amn--respondi la tripulacin, que se arrodill, y todos entonaron una especie de _Te Deum_ de un efecto muy agradable. El aire era pesado, la noche sombra, y a dos pasos no se distingua un bulto. Al fin del primer versculo se hizo el silencio, un profundo silencio. Massareo, solo, dijo: --Dios de bondad, que velas por tus hijos y los defiendes contra Satans... No pudo decir nada ms. El, Santiago y todos los tripulantes, quedaron petrificados sobre el puente, con los ojos fijos, extraviados, y en una espantosa inmovilidad. --Palabra de honor... creo... Ya sabis que el mar estaba tranquilo, la noche obscura... todo obscuro... Pues bien! Un inmenso foco de una luz roja y brillante se levant de pronto; el mar, reflejando aquella claridad deslumbrante, hizo rodar olas de fuego, la atmsfera se inflam y las cimas de los peascales de la Torre se tieron de una luz purpurada, como si un vasto incendio hubiera hecho presa en la costa. Aquella luminosa aureola era surcada en todas direcciones por largas, cintas de fuego que estallaban en mil chispas, se entrecruzaban y caan en lluvia de oro o de azul o de fuego. Eran millares de ardientes meteoros que centelleaban chisporroteando, vivos y frecuentes relmpagos de una blancura deslumbrante. Y despus, en medio de aquel lago de fuego aparecan el gitano y su tartana. Era el gitano en persona rodeado de su tripulacin de negros, cuyas repugnantes figuras semejaban mscaras de bronce enrojecidas al fuego... El gitano, sobre el puente de su buque, completamente vestido de negro, con su gorro adornado de una pluma blanca, los brazos cruzados y montado sobre su caballito que llevaba una rica gualdrapa de prpura, y cuyas crines, trenzadas de hilo de oro, caan formando globitos de cristal y de pedrera, sujetos con cintas de plata. Al lado del rprobo y apoyado en el cuello de _Iscar_, se vea al joven Blasillo, vestido de negro tambin, y teniendo en la mano una larga carabina damasquinada; despus, Bentek y sus negros, formados en dos filas, rodeaban silenciosamente los caones, y el ligero humo blancuzco que se elevaba de cuando en cuando probaba que las mechas estaban encendidas y las piezas cargadas. No haba nada en el mundo ms imponente que aquel espectculo, que semejaba una aparicin satnica; porque el profundo silencio de la tripulacin del rprobo, su inmovilidad, el buque negro que, a los ojos de los espaoles, que ignoraban que el gitano tuviese dos tartanas, pareca surgir del fondo del abismo en medio de oleadas de luz y de llamas, en el momento mismo en que la crean destruida para siempre; el rostro tranquilo y fro del condenado, cuya mirada tena algo de sobrehumano, todo esto deba aterrorizar al desgraciado Massareo y a sus aclitos que no vieron en esta aventura pirotcnica ms que el triunfo de Satans. La voz del condenado tron, y toda la tripulacin de la escampava, que estaba arrodillada y como fascinada ante aquel extrao espectculo, cay de bruces contra el puente. --Y bien!--dijo el gitano--, y bien, valiente guardacostas, ya ves que ni el viento ni el fuego pueden nada contra m, y que cada una de tus balas han reparado una de mis averas. Por Satans! mi dueo, te atrevers an a perseguir al gitano, creers an que miserables como t y los tuyos puedan detener en su carrera al que resiste a los embates de la tempestad y a la voluntad de Dios? Nadie en la escampava se atrevi a contestar esta impertinente fanfarronada. --Pero, por la ardiente pupila de Moloch! no respondis? Vamos, que ese capitn que ha restaurado mi tartana con tanta diligencia, que ese valiente capitn se levante, o destrozo su embarcacin. Palabra de honor! Pensad bien, hermanos mos, que vosotros no encontraris como yo en el fondo del Ocano bravos demonios de alas de fuego que, saliendo de los abismos de lava ardiente en que se agitan, tomen vuestra escampava sobre sus hombros para ponerla a flote. Porque la claridad que vosotros veis, hermanos mos, no es ms que el reflejo de sus alas que han desplegado un momento. Por ltima vez, capitn, levntate, o atacar tu navo con un cierto fuego que el agua bendita y los exorcismos no podrn apagar, te lo juro. Los espaoles sufrieron un instantneo sobresalto, como si hubiesen recibido una conmocin elctrica, pero nadie se levant. --Por la ua de Belceb! es sin duda ese hroe del frac azul y de la charretera de oro que oculta su cabeza detrs de un can y que no se menea ms que un pescado muerto... Blasillo, hijo mo, haz que esconda esa pierna que se le ve an, porque el valiente se desliza como una culebra a lo largo de ese afuste. Blasillo dej caer el gatillo de su larga carabina, y el capitn Massareo, por el brusco movimiento que le hizo hacer su herida, se encontr casi sentado en el puente, fijando en el gitano unos ojos mortecinos que miraban sin ver. Creo que la bala de Blasillo le haba roto una pierna. --Ve a decir a los sabuesos de la aduana y al seor gobernador de Cdiz, que yo hubiera podido destrozar e incendiar tu buque, y que no lo he hecho. Mrame bien--aadi el gitano ponindose la punta de su ndice en la frente amplia y despejada--, mrame bien, para que te acuerdes del condenado y de su clemencia; pero como maana podras creer que se trataba de un sueo, he aqu lo que te probar la realidad de tu visin. Adis, valiente! Al mismo tiempo tom una mecha de las manos de Bentek, y se aproxim a un can; el disparo parti, la bala silb, rompi el palo de mesana del guardacostas, hundi una parte de la borda, mat dos hombres e hiri tres. Apenas haba resonado el caonazo, cuando el inmenso foco de luz en medio del cual apareciera el gitano, se extingui como por ensalmo, y la obscuridad profunda que reemplaz a aquella claridad deslumbrante, hizo las tinieblas ms espesas an; ya no se distingua nada, ni se oa nada. * * * * * --Y bien, Blasillo, qu dices t de mi venganza?--pregunt el gitano a su joven compaero despus que se hubieron alejado mucho de la escampava por medio de los largos remos de la tartana, cuidadosamente envueltos, de modo que la misteriosa desaparicin del gitano pudiera pasar a los ojos de los espaoles por un nuevo prodigio. --Su venganza, comandante, su venganza! Cmo hubiera tratado, pues, a los amigos?... Dejar a esos miserables!... Por la Virgen! si supiera usted lo que yo he sufrido viendo a la pobre tartana caer pieza a pieza bajo el can de esos cobardes! --T eres un nio, querido! si yo hubiera hundido a esos miserables y a su embarcacin, quin lo hubiera sabido? Se les hubiera credo perdidos a consecuencia del huracn, y maana, otras dos escampavas se pondran en mi persecucin. Maana, Blasillo, ni un brick, ni una fragata, ni un navo se atrever a ello, tan grande ha sido el terror que he sabido inspirarles. Hubiera matado a doce cobardes; as paralizo el valor de diez mil bravos, porque en tu dulce pas se pelea valientemente contra los hombres, pero aun se teme al diablo... Ya lo saben los frailes; as ellos se sirven de Dios como yo de Satans, Blasillo. Ves, otra comedia. Blasillo no respondi nada, pero pregunt al gitano qu es lo que pensaba hacer. --Palabra, hijo mo, no hay que pensar en el contrabando; no nos queda ya ms que un camino, y es el de ir a ofrecer nuestros servicios a los insurrectos de la Amrica del Sur; pero antes de partir quiero ver a la monja. El terror de tus compatriotas durar mucho tiempo, Blasillo; adems, nuestro retiro contina siendo tan seguro y tan secreto como antes; hablemos, pues, Blasillo, del convento de Santa Magdalena. --Hablemos, comandante. Hablaron, y largamente. En cuanto a Massareo y su tripulacin, esperaron el da en la misma posicin, es decir, con la nariz pegada al suelo, y nicamente cuando el sol estuvo bien alto se atrevieron a levantar la cabeza; pero como no haban maniobrado durante aquella noche terrible, se encontraron varados sobre la costa de Conil, enfrente del faro de seales. Entonces aquellos desgraciados, plidos y maltrechos, se miraron con espanto, y de un brinco se plantaron en la playa, echando a correr con toda la velocidad de sus piernas, como si el gitano les pisara los talones. Encontraron un asilo en Conil; all contaron detalladamente el prodigio, y este relato, ya desnaturalizado por ellos, tom, al pasar por los labios de los campesinos de Conil y sus alrededores, un carcter tal, que ya no se trataba de una tartana, sino de un inmenso navo, tripulado por legiones de demonios que vomitaban llamas, con sus alas de fuego, y llevando a la cabeza al gitano--o mejor dicho, al mismo Satans, como ya se dijo juiciosamente en la barbera de Flores--, que se haba precipitado al fondo del Ocano, en el momento en que la tartana se hunda a los caonazos del guardacostas; en fin, una historia digna del _Romancero_, pero que, por absurda que fuese, y segn la prediccin del gitano, tuvo durante largo tiempo a todo el litoral en jaque y llev a su lmite mximo el terror que inspiraba el nombre del condenado. XI AMOR Quisiera poseer tantos sentidos como estrellas las hermosas noches para ocuparlos todos en nuestro amor; pienso que es por eso por lo que los ngeles son dichosos entre todas las criaturas. C. NODIER, _El rey de Bohemia_. Oh! cunto amo una noche de esto, una bella noche de Espaa, con su cielo transparente y azul como en los ms hermosos das de Francia, y su luna ms brillante que su sol! porque entonces todo es misterio y silencio, todo se agranda en la obscuridad; porque entonces el ligero estremecimiento del ala matizada de una mariposa, una flor que, destacada de su aureola, cae zumbando sobre una hoja seca, el murmullo de las ramas que el aire agita y balancea, resuenan ms fuerte a vuestro odo inquieto y atento que el can que truena en un da de fiesta. Ved el convento de Santa Magdalena! ahora que el sol no le dora con sus rayos, cmo se eleva imponente con sus negros y altos muros y sus vastos prticos grises cortados en festones! cun bien sus pesadas torres, sus largas galeras desiertas encuadran en la sombra verdura de las viejas encinas! cmo sus grandes sombras hacen resaltar la luz blanca y viva que alumbra los muros, platea los techos de plomo y la brillante flecha del campanario! Ya os lo he dicho; todo es silencio, se distinguira el vuelo de una abeja del de una mariposa. Atencin! no os los violentos latidos de un corazn que brinca y las inspiraciones de una respiracin anhelante? No os hasta el gil y fresco csped murmurar bajo el ligero peso que le aprisiona? Deslizaos detrs de esa madreselva que rodea esa hermosa palmera con sus guirnaldas purpuradas... Veis!... Santo Dios! es la monja! es el gitano! Un plido y dbil rayo de luna jugueteaba sobre el encantador grupo. El gitano estaba sentado a los pies de la monja, con los codos sobre las rodillas de la joven; l sonrea con amor a aquella cabeza de ngel, y se prestaba a los caprichos infantiles de la monja, que tan pronto le echaba el pelo sobre la frente amplia y elevada, como se la descubra apartando su espesa cabellera. --ngel de mi vida!--dijo al fin Rosita--, yo quisiera morir as en tus brazos, con los ojos fijos en los tuyos, con mis manos entre las tuyas! --Pues yo no, amor mo; lo que quisiera yo es vivir siempre as. --Oh, s! vivir siempre as, porque vivir es estar a tu lado; vivir es amarte... As, mi plegaria de cada noche a la Virgen, es que proteja nuestros amores, querido mo. --Ya los protege, querido ngel; ya ves, todo nos sale bien. --Sin embargo, te acuerdas de aquella tempestad? Jess! qu espanto vindote escalar los muros a la luz de los relmpagos, para volver a tu chalupa! El cielo pareca de fuego, Virgen santa!, y yo vi ms tarde, por las heridas de tus manos, que te habas visto obligado a agarrarte a los picos de las rocas para que las olas no te arrastrasen. Y aun trmula al recuerdo del peligro pasado, le enlaz fuertemente con sus brazos como si quisiera substraerle a un peligro inminente. --Te acuerdas? di... --No, ngel mo, no me acuerdo ms que del beso que me diste al decirme adis. --Te acuerdas de la corrida de toros? te acuerdas del da que te vi en la llanura que se extiende ante el convento? Oh! cmo lata mi corazn cuando comprend por tus gestos que me reconocas, y cuando o tu voz bajo mi ventana! --Y despus--aadi en voz ms baja--, cuando por medio de una flecha echaste una escala de seda en este jardn... cmo temblaba mi mano al atarla al tronco de esa palmera! --Mi mano temblaba tambin, Rosita. --Te acuerdas?... Pero, para qu hablar del pasado, amado mo? el presente es nuestro, el presente y su delirio, y su alegra embriagadora, y sus ardientes caricias, y su dulce abandono... Vaya... cuando est sola, cuando, en un ardiente insomnio, se agite mi pecho y mis ojos se llenen de lgrimas, entonces... entonces ser tiempo de invocar mis recuerdos. Y su cabeza se inclin sobre la del gitano, y sus bocas se oprimieron. --Oh! ven--la dijo levantndola dulcemente--, ven a pasear bajo esos viejos naranjos y a respirar su perfume... Mira! Rosita, yo soy tu caballero; esta sombra alameda es el Prado de Madrid; ven, amada ma, enlaza tu brazo al mo, baja el largo encaje de tu mantilla sobre tus ojos, y ven a ver estos hermosos carruajes y estas magnficas libreas. Y despus, este viejo claustro negro y silencioso, es el teatro. Ven al teatro, resplandeciente de oro, de cristales y de luz. He aqu al rey, he aqu a la reina y a su corte deslumbrante de pedrera; los espectadores se levantan y saludan. T entras en tu palco, tu vestido es blanco como tu seno, en el pelo llevas prendida una flor roja como tus labios... Tambin se levantan, Rosita, tambin se levantan por ti como por la reina de todas las Espaas y dicen: Qu bella es! Y la miraba sonriente como si quisiera descubrir un pensamiento de vanidad en aquella frente pura y cndida. --Oh! prefiero el viejo claustro y tu amor--repuso ella; y como se aproximase a l, su pie tropez con una piedra verdusca--. Qu es eso, amor mo?--pregunt el gitano. --Una tumba!--dijo la joven deteniendo al gitano para que no pisase aquella tierra sagrada, y persignndose. --Cmo! una tumba aqu, en el jardn de este claustro! yo crea que los cristianos no enterraban a sus muertos ms que en una tierra bendita; lo es sta? --No, santa Virgen! porque se dice en voz baja, en el claustro, que esta tumba es la de Pepa; de Pepa, que un da se atrevi a huir de este santo retiro, pero fue alcanzada en el camino de Sevilla, su amante fue muerto al querer defenderla, y ella... --Y bien! y ella, querido ngel? --Oh! ella fue llevada al convento, y muri en medio de los mayores tormentos. Tres aos de suplicio, amor mo, acostndose sobre un lecho de aquellas piedras, sin dormir, sin descanso, golpeada cada da, y viviendo del alimento ms miserable, en el cual echaban animales inmundos, para mortificarla y hacerla expiar su crimen, segn deca la superiora. --Por el disco del sol!--exclam el gitano--; entonces, si nos sorprendiesen?... Y miraba a la joven con ansiedad, porque aquella cruel pregunta se le haba escapado, por as decirlo, a su pesar, y comprenda todo lo que semejante suposicin deba tener de espantoso para ella. --Morira como Pepa--respondi la nia sonriendo con una admirable expresin de amor y de resignacin--; como ella, morira por mi amante. No es la primera vez que se me ocurre. --Cmo! ese horrible destino.... --Es mil veces menos horrible que pasar un da sin verte, sin decirte: Yo te adoro...--murmur con los dientes apretados, y dejndose resbalar, estremecida, a sus pies. * * * * * --Lo quieres t? adis, pues--contest ella con un profundo suspiro. --S, adis, ngel mo, es preciso que nos separemos. Ves? la noche ya es menos obscura, las estrellas palidecen y esa claridad rojiza nos anuncia la proximidad de la aurora. Adis, pues, Rosita ma. --Otro beso... uno solo... el ltimo! alma de mi vida. Y el sol doraba ya las altas torres del convento, cuando aun duraba este beso. Por fin el gitano se arranc de los dos brazos que le estrechaban amorosamente, puso el pie en la escala de seda y la subi con su acostumbrada agilidad. La monja, sentada al pie de la palmera, segua todos sus movimientos con la mirada inquieta. --Hasta la noche--deca ella--, hasta la noche, dueo mo, amor mo. El gitano, que haba llegado al ltimo tramo, se volva una ltima vez para sonrer a Rosita, y cuando se dispona a pasar al otro lado del muro, la escala, de pronto, se repleg sobre s misma, se desliz rpidamente a lo largo de la pared, y el gitano cay a los pies de la monja, ensangrentado, mutilado, con el crneo abierto. Seguramente haban cortado las amarras que sujetaban la escala por la parte de fuera. --Me han hecho traicin!--exclam el gitano, y sus ojos se volvieron hacia la monja, que estaba arrodillada, con las manos juntas, plida, inmvil, la mirada fija, la respiracin suspendida. --Rosita, Rosita, trata de arrastrarme detrs de esos naranjos antes de que amanezca, porque yo no puedo valerme. Oh! sufro mucho! El desgraciado se haba fracturado el fmur y los huesos le agujereaban la piel. --Rosita, amor mo, Rosita ma, aydame...--repeta con voz dbil. La monja lanz una carcajada convulsiva y violenta, sus ojos se agrandaron de una manera espantosa, pero no se movi. --Infierno! es que la desgraciada se ha vuelto loca?--exclam el gitano, y quiso tomar una mano de la joven, pero este movimiento le arranc un grito penetrante. Su fractura era viva y sangrienta. De pronto se oy un ruido, al principio sordo y confuso, en la direccin de la puerta del jardn. --Rosita, Rosita, es tu amante quien te lo suplica, slvate t, al menos slvate t--deca el gitano en un tono desgarrador. La joven permaneca inmvil y arrodillada ante l. El ruido se haca cada vez ms prximo y distinto, y el herido intent arrastrarse detrs de una espesa mata de madreselva, que poda ocultarle a todos los ojos. Despus de sufrimientos inauditos, lo consigui. En aquel momento se abri la puerta del claustro, y una multitud de carabineros, frailes y gente del pueblo invadi el jardn lanzando atroces rugidos. --Muera el condenado! muera el maldito!--gritaban todos. El gitano se desliz como una serpiente detrs de un macizo de loes. La multitud lleg cerca del muro, y all, junto a la palmera, encontr a la monja, siempre arrodillada, siempre inmvil y con las manos juntas. Aquellos gritos desordenados la sacaron del paroxismo en que estaba abismada; baj los ojos, vio sangre an reciente en el suelo y sonri. Pero sus labios estaban tan convulsivamente apretados, que aquella sonrisa resultaba atroz. La muchedumbre se estremeci, hizo la seal de la cruz y permaneci muda. La monja, entonces, haciendo signo con la mano a los que la rodeaban, se puso a seguir el rastro de sangre que el gitano haba dejado sobre la arena. Todos marchaban en silencio, llenos de horror; llegaron por fin al matorral que ocultaba al gitano. Rosita entonces, se detuvo un momento para separar las hojas espesas y barnizadas de los loes, se abri paso a travs de la maleza, se arrastr hasta el lado del maldito, lanz un grito terrible, y cay... muerta... --El renegado est ah; cercad ese lugar y rechazad al pueblo. --Rndete, perro, porque veinte carabinas te estn apuntando--exclam el comandante de los carabineros. --Pobre nia, por lo menos no sufrirs sus torturas--dijo el gitano mirando a la monja, y una lgrima que los ms espantosos dolores no le haban podido arrancar, cay sobre su ardiente mejilla. --Rndete, renegado! o mando hacer fuego!--repeta el comandante. --Sois unos valientes, hijos mos--respondi el gitano--: el ciervo est herido y aun le temis! hermosa caza, en verdad. Y se call; entonces se precipitaron sobre l, lo agarrotaron, y tres das despus estaba en Cdiz, en la prisin de San Augusto, bajo la custodia de un batalln de milicianos. * * * * * Desde haca tiempo, los pescadores, al sealar la presencia de una canoa que cruzaba por la noche a la vista de los muros del convento, haban despertado las sospechas del alcalde; fueron apostados unos cuantos hombres detrs de las rocas, se espi los pasos del gitano; fue seguido, se le vio abordar, lanzar la escala, y cuando creyeron, por la tensin de las cuerdas, que l suba, las cortaron por fuera, y ocurri lo que ya sabis. XII LA CAPILLA ARDIENTE Por mi birreta! creis que se est cmodamente sobre un edredn de este tela, exclam La Balue tratando de estirarse en su jaula de hierro. DE FORGES LE ROUTIER, _Hist. del tiempo de Luis XI_. En medio de la plaza de San Juan, cerca de la muralla, se eleva una linda rotonda, cubierta de un techo de estao, reluciente como la cpula de un minarete. El espacio que existe entre cada columna ha sido cubierto con fuertes rejas de hierro, de modo que este monumento representa bastante bien una vasta jaula circular. En el centro de ella hay una hermosa capilla adornada con cirios de cera blanca, con ricos osarios de pao negro y calaveras bordadas en plata; al pie del altar, a un lado, se ve un sencillo atad de pino, abierto y preparado; al otro lado, una cama compuesta de tres tablas y un saco de ceniza; en otro departamento, separado por una balaustrada, hay un hombre vestido de rojo, que reza arrodillado. Otro hombre, est sentado al borde de la cama y se encorva bajo el peso de gruesas cadenas: es el gitano--y aquel atad es el suyo--: el hombre que reza arrodillado es el verdugo. El gitano ha sido juzgado y condenado, y, segn la costumbre, ha de permanecer en la capilla o _capilla ardiente_ los tres das que preceden a su suplicio. Esta costumbre extraa, legada por la inquisicin, consiste en cantar al condenado las preces de los agonizantes durante el tiempo que pasa en capilla. En impedirle que duerma, ni de da ni de noche, a fin de que mortifique su cuerpo y su alma y de que pueda meditar a su placer sobre el largo viaje que pronto ha de emprender. En ofrecerle todos los consuelos religiosos que puedan darle los monjes y los capuchinos. En habituarle dulcemente a la vida de la nada, ponindole bajo los ojos el atad que debe recibir su cadver y el verdugo que debe librarle de esta vida de miseria y de tribulacin. Al verdugo tambin se le obliga a permanecer all, pero por otro motivo; se trata de purificarle por anticipado del homicidio que va a cometer. Todo transcurra, pues, en el orden apetecido; los cirios ardan, los monjes cantaban, el verdugo rezaba, y el atad abierto esperaba. El gitano bostezaba formidablemente, y esperaba la hora del suplicio con tanta impaciencia como el hombre que tiene mucho sueo y desea tenderse en su cama. Sin embargo, faltaban an diez y siete horas. Los monjes cesaron de cantar, porque la voz se fatiga; el verdugo se levant, porque la presin del pavimento sobre las rtulas es bastante dolorosa. Una bota de cuero llena de vino circul entre los frailes y el verdugo. Justo es decir que ste bebi el ltimo; y como despus de todo era bueno y humano, pas la bota a travs de los barrotes y la ofreci al gitano. --Gracias, hermano--dijo ste. --Por Cristo! est usted muy aburrido!--replic el digno hombre--; pero, ya lo veo, usted me desprecia a causa de mi profesin. Escuche, pues, compadre, todos tenemos que vivir; yo tengo obligaciones: una abuela enferma, una esposa adorada, y dos hijos pequeos, con sus hermosos cabellos rubios y frescas mejillas rosadas... Y adems... El gitano le interrumpi por un movimiento tan brusco, que todas sus cadenas resonaron como si se hubieran roto. --Es posible!--deca con los ojos fijos sobre una robusta joven que, mezclada con la curiosa muchedumbre, haba abierto un momento su capa de seda negra, hacindole un signo expresivo--. Blasillo, Blasillo aqu! Las salmodias de los capuchinos comenzaron con un nuevo vigor, y el hombre de la casaca roja continu la obra de su purificacin, mientras que el gitano caa de nuevo en sus meditaciones, porque la joven que le llamara la atencin haba desaparecido. Vencido por la fatiga y el insomnio, empezaba a dormitar, cuando un carmelita que lo advirti, le hizo cosquillas con una pluma en la nariz, dicindole: --Piensa en la muerte, hermano. El gitano se despert sobresaltado y lanz una mirada terrible al santo varn. --Ms bien debe bendecirme, hermano--dijo ste--, porque ah tiene usted al reverendo Pablo, superior de San Francisco, que viene a verle. En efecto, un robusto monje entraba en el recinto, con los ojos bajos, las manos cruzadas sobre el pecho. --_Ave Maria purissima, mater Dei_--murmur aproximndose y haciendo un gesto al carmelita, que se alej. El fraile se sent al lado del gitano, que le miraba con una singular expresin de desprecio y de irona; y, habiendo suspirado muchas veces, se expres como sigue, con una vocecita agria y chillona que contrastaba con la enorme mole de su cuerpo: --Que el Cielo le ayude, hermano. --Diga ms bien el diablo, hermano. --Se obstina usted, pues, en morir en la impenitencia? --S. --Piense, hermano, de qu gloria se cubrira usted haciendo una abjuracin de sus errores y entrando en nuestra santa Iglesia. --Vale la pena por tan poco tiempo? --Y la vida eterna, hermano? --No se haga usted el santo conmigo, compadre; lo que le interesa sobre todo es que sea un religioso de su orden el que haya llevado a cabo la conversin; lo comprendo, una conversin como sta podra proporcionarle un centenar de clientes, y eso vale la pena. --El Cielo, hermano, es testigo de... --Acabemos; todo esto es tan pesado y tan bajo, que usted me inspira repugnancia. Hola! compadre del chaleco rojo; tan pronto se olvida usted de los amigos?--dijo el gitano al verdugo sin querer responder a las splicas del reverendo. El verdugo acudi corriendo, con la cara risuea y bonachona. --En hora buena--dijo el gitano--; hablemos un poco, porque eres t, mi buen amigo, el que vas a enviarme a la eternidad. Hermosa profesin la tuya! T haces lo que Dios no podra hacer: a una hora fija, en un punto dado, apagas una vida como se sopla una vela. --Lo cierto es, hermano, que _esto_ no dura mucho ms--respondi el verdugo sonriendo. --Figrate que esas gentes quieren que me confiese; bueno, me confesar contigo; oirs singulares revelaciones; pero, no, tendras miedo... El hombre del chaleco rojo palideci. El fraile, que se haba callado hasta entonces, se levant, sali un momento y luego entr acompaado de dos vigorosos gallegos cargados con cuerdas. --Hermanos--les dijo dulcemente mostrndoles al gitano--, ese pecador empedernido es bien digno de lstima; impedidle que se condene por anticipado pronunciando tan horribles blasfemias. Amordazadle, hijos mos! y que Dios tenga compasin de l. Dicho esto se fue, y los gallegos amordazaron al gitano, cuyos ojos se volvieron rojos y brillantes como dos brasas encendidas. Como pareca bastante tranquilo, al cabo de dos horas le quitaron la mordaza, mxime cuando que algunas lindas mujeres de la mejor sociedad de Cdiz, que se agrupaban alrededor del recinto, haban hecho muy justamente observar que sera imposible ver bien las facciones del gitano mientras aquella villana placa de cuero le cubriese la nariz y la boca. La mordaza, pues, cay ante tan filantrpicas razones. Pero no todo el mundo se interesaba tan tiernamente por el gitano; los unos aplaudan la decisin de la Junta, los otros se prometan un gran placer el da del suplicio, muchos, incluso dirigan furibundas imprecaciones al gitano que se contentaba con sonrer. Uno entre tantos, un hombre alto, seco y plido, el corregidor de Sevilla, que se encontraba en Cdiz para seguir un proceso, se encarnizaba sobre todo con el desgraciado reo; a cada instante le deca: --El infame!... Qu dicha para la sociedad que semejante monstruo sea castigado con arreglo a sus culpas!... Le vera estrangular con placer. Parece que por fin el gitano se cans de tantas injurias. Enderez altivamente la cabeza, y dijo con voz sonora: --Seor Prez, es usted poco caritativo! --Quin ha dicho mi nombre a ese miserable?--pregunt el hombre, plido, confuso y extraado. --Oh! amigo mo, no es slo eso lo que s; y su quinta a orillas del Guadalquivir? y aquel lindo tocador tapizado con esteras de Lima, con sus persianas verdes y su pila de mrmol blanco? --Jess! cmo ese demonio puede saber!... --Es all donde, durante el ardiente calor del da, la seora Prez va a buscar el silencio y el fresco. --Perro! no profanes un nombre respetable. Pero, no hay leyes, no hay justicia ms rigurosa? Mientes; cllate, o te hago amordazar de nuevo--deca el corregidor enfurecido. Pero la multitud, que comenzaba a encontrar la conversacin muy divertida, se aproxim ms, y como el seor Prez se encontraba en la posibilidad de huir, el gitano continu: --Dice usted que miento, seor Prez, quiere usted pruebas? --Te callars, renegado! --Helas aqu, pues. La seora es bella y joven, morena, con unos ojos negros como el ala del cuervo; gruesa y rosada, con un pie, una cintura y una mano que haran volver loco a un cannigo del Escorial. --Infame! te atreves... --En fin, debajo del hombro izquierdo tiene un lunarcito negro, coquetn, aterciopelado, que hace saltar an la deslumbrante blancura de una piel de raso... Pero eso no es aun todo. El corregidor espumarajeaba de rabia y no poda encontrar una sola palabra para contestar al gitano ni a las guasas con que la multitud le asaeteaba. Por fin exclam, precipitndose sobre la reja: --Pero ese infernal gitano ha sabido eso por alguna camarera de mi mujer... o bien es que... --No, seor Prez, no--repuso el gitano--; lo he sabido por el capitn de fragata que usted reciba en su casa, en Sevilla, porque ese capitn... era... --Acaba, pues, malvado! --Era yo!... Ya est bautizado su hijo, seor? El furor del seor Prez no tuvo lmites; se aferr con violencia a la reja; vanos esfuerzos, porque el gitano estaba al abrigo de su clera. --Ya lo sospechaba. Y no ser ahorcado ms que una vez!--aullaba el infortunado corregidor sin soltarse de la reja. Por fin, amigos caritativos le arrancaron de all, la multitud se dispers poco a poco, y cuando lleg la noche ya no haba casi nadie alrededor de la capilla. --Por fin me han dejado libre esos curiosos estpidos--dijo el gitano cuando daban las once en el reloj de San Francisco--. Pero no, ah vienen otros, y de la ms peligrosa especie--dijo viendo a dos sacerdotes, con sotana negra, que avanzaban hacia la capilla. El hermano guardin sali a su encuentro. --Qu quieren ustedes?--pregunt duramente al de ms edad, porque ya se sabe el odio que la raza monacal tiene al resto del clero. --Or a ese cristiano que nos ha enviado a llamar--respondi gravemente el sacerdote. --Es imposible! Por Santiago! Ha despedido al reverendo padre Pablo tratndole como a un arriero borracho. --Es decir, que nosotros mentimos, perro maldito!--exclam el sacerdote ms joven. El gitano, tranquilo hasta entonces, haba sido simple espectador de aquella escena; pero al or aquella voz bien conocida, exclam: --Miserable carmelita, deja entrar a esos sacerdotes! soy yo, el gitano, quien los ha enviado a buscar para comunicarles mis ltimas voluntades, para confesarme. Qu esperas, pues? --Puesto que usted lo quiere, sea, hermano--dijo el fraile desconcertado--; pero, por la Virgen, ha hecho usted una tontera no aceptando la mediacin del padre Pablo! Tan bien como est con el Eterno! Amn. En el momento en que el guardin iba a atravesar el recinto que le separaba del gitano, el joven sacerdote se arroj sobre la mano del gitano, cubrindola de lgrimas. --Imprudente! quiere usted perderse?--exclam su compaero ponindose ante l para que el carmelita no pudiera verle. Cuando ste se hubo alejado se aproxim al gitano y le dijo: --Ya s, seor, cules son sus intenciones, sus creencias, su voluntad; yo no abusar de estos momentos que son preciosos; igame: Hace una hora, ese joven, que es quizs el nico amigo que usted tiene en el mundo, se arroj a mis pies... Me lo ha dicho todo, sus crmenes, sus errores de usted... Luego me ha pedido que le proporcionara una ltima entrevista con usted que l quera tener a todo trance, y he consentido. Ha sido quizs una debilidad, pero en el momento solemne en que usted se encuentra, he credo, puesto que usted se niega a aceptar los consuelos de la religin, que por lo menos los de la amistad le ayudaran a hacer ms soportable su situacin. Ya lo sabe usted todo... Cuando sea media noche, tendremos que dejarle... Yo, mientras tanto, voy a rezar por usted, porque el hombre capaz de inspirar semejante abnegacin no debe ser enteramente criminal. Y el venerable sacerdote se arrodill al pie del altar. --Seor--dijo el gitano--, siento mucho que tenga tan poco tiempo para expresarle mi reconocimiento... --El tiempo pasa...--repuso el sacerdote. --Ay! s--dijo el gitano. Y dirigindose a Blasillo, porque era l quien, sombro y abatido, le miraba fijamente: --Qu tal! Blasillo, hijo mo, adis. Nuestros proyectos... --Mi comandante! mi pobre comandante! Y lloraba. --Mira, si siento dejar la vida, es por ti; te amaba. --Yo no le sobrevivir. --Nio, no tienes an mi tartana y mis negros? Vete, huye a Amrica... eres joven, valiente... --No, yo le vengar... aqu. --Blasillo, te lo prohbo; t ejecutars mis rdenes. --Usted ser vengado. Mi plan est aqu, fijo, cierto como la muerte que le amenaza, porque usted va a morir. Usted tan valiente, tan grande! morir! morir como un miserable!--deca Blasillo en voz baja para no despertar las sospechas de los guardianes, y se retorca los brazos. El gitano puso una mano sobre su frente. --Mira, Blasillo, acabemos esta escena; es atroz. Adis! Djame. --Comandante, aun no, aun no... --Escucha, hijo mo; en una cajita de hierro encontrars un mechn de pelo: es de mi pobre hermana; encontrars tambin un viejo cinturn: es el que mi padre llevaba cuando le mataron: quema ambos objetos. Lo dems te pertenece, todo, hasta el saquito que te har dueo del judo de Tnger, si es que tienes el capricho de volver por all. --Pero no poderle salvar! ver su agona, sus sufrimientos! --Por el rayo, Blasillo! olvidas, hijo mo, nuestras largas y rudas travesas, nuestros sobresaltos, nuestros peligros, seguidos siempre de nuevas fatigas?... mientras que maana, Blasillo, descanso, y descanso de verdad, y para siempre. No me compadezcas, pues; si sufro, es por ti. En fin, adis; huye de Espaa, vete a otro pas; vende la tartana y los negros, vete a vivir tranquilo y dichoso, y, en medio de tu felicidad, acurdate alguna vez del gitano. Blasillo cay a sus pies. --No te parece, hijo mo, que es una lstima acabar mi vida por donde debera haberla comenzado? Si yo hubiese tenido a los veinte aos un amigo como t y una amante como Rosita, no estara en este lugar, tendra an ilusiones, una familia, dulces afectos, y me extinguira dulcemente un da rodeado de mis nietecitos... Singular destino!... Y despus de una pausa, se quit un pauelo de seda roja que llevaba al cuello y se lo dio a Blasillo. --Toma, lo llevars en recuerdo mo. Adis! --Ah! hasta la muerte... --Vamos!... adis!... El reloj de San Francisco dio las doce. Cada campanada vibraba de un modo desgarrador en el corazn del pobre nio; a la ltima, cay desvanecido. El gitano lanz un grito, el sacerdote acudi corriendo y el carmelita tambin. --Virgen santa! qu tiene su compaero?--pregunt el guardin. --Nada; la emocin que le ha producido el or tan grandes pecados. --Vaya, hijo mo, tranquilcese--deca el buen anciano levantando a Blasillo. Este volvi en s, mir a su alrededor, y se precipit de nuevo en los brazos del gitano. --Cunta caridad!--deca el guardin--; va a herirse con las cadenas de ese bandido. El sacerdote se vio obligado a arrancarle de sus brazos casi sin conocimiento. --Seor--le dijo el gitano--, quisiera volver a ver a usted maana. Se qued solo, medit profundamente toda la noche, y cuando las campanas del _Angelus_ y la primera claridad del da le sacaron de su ensimismamiento, se pas la mano por la ancha frente, y dijo: --Por mucho que haga, no puedo creer en la eternidad. Despus aadi sonriendo: --Y no me disgustara equivocarme! XIII EL GARROTE Me parece que debe usted sentir dejar esta hermosa vida, le dije yo con el aire del ms grande inters. J. JANIN, _El asno muerto_. (En medio de la plaza de San Juan se eleva un estrado, al que dan acceso dos escaleras; en el centro, un silln de madera muy sencillo, adosado a un largo palo; dos filas de milicianos se extienden a cada lado del cadalso y forman un largo cordn que llega hasta la capilla. Una numerosa multitud llena la plaza y las ventanas, los balcones y los tejados de las casas de la misma: las murallas y hasta las fortificaciones, han sido tambin invadidas por la multitud. Son las once, de la maana, el sol brilla, y la alta cpula de San Juan, se destaca sobre un cielo puro y azul). EL BARBERO FLORES (_a un hombre del pueblo_).--Hgame el favor, compadre, de ponerme delante de usted, porque como no soy muy alto, podr usted ver por encima de mi cabeza, y, Dios me salve! estos espectculos son desgraciadamente tan raros, que entre cristianos hay que ayudarse en la va de salvacin. EL HOMBRE DEL PUEBLO.--Pase, pues, seor, y no me olvide en sus oraciones. FLORES.--La Virgen del Carmen le bendecir, compadre, y usted no se arrepentir de haberme hecho ese favor cuando sepa que yo conozco curiosos detalles de ese renegado que van a ajusticiar. UNA JOVEN.--Virgen santa! Usted lo ha visto, quiz? qu dicha! semejante suerte no se ha hecho para gentes como nosotros; durante los tres das que el reo ha pasado en capilla, los buenos puestos delante de la reja no eran ms que para las grandes damas. UNA JOVEN (_cargada de cintas y llena de afeites y de lunares_).--Yo soy, pues, una gran dama, porque yo le he visto como veo la baca de ese barbero de piernas de garza y por mi patrona!... FLORES (_encolerizado_).--Tu patrona, hija ma, no figura en el calendario, y si no me equivoco, ha dado muchas veces la vuelta a la ciudad, con la cabeza rapada, y montada en una burra, con la cara vuelta hacia la cola... LA JOVEN (_sacando la navaja de la liga_).--Barbero del infierno, tu garganta es demasiado estrecha para esas palabras; por Cristo! te la voy a ensanchar. UN MAJO.--Vamos, cllate, cllate, joven de las cintas! vulvete a la calle del Fideo a tocar la guitarra y a echar flores a los transentes detrs de tu celosa. Si has visto al gitano de tan cerca, es que seguramente el verdugo te habr ayudado muchas veces a ponerte la mantilla, y te habr protegido en estas circunstancias. (_Quitndole el cuchillo_). Demonio! no juegues con este alfiler, porque te puedes pinchar y yo tambin. Quieres que la devuelva a su sitio, hermosa? LA JOVEN.--Hereje! pero ser vengada, porque ah viene el hermano Jos. UN CAPUCHINO (_llevando en una mano una linterna con dibujos que representan diablos entre llamas, y en la otra una bolsa_).--Por las almas que sufren en el purgatorio, hermanos, dad una limosna y Dios os lo pagar. (_Los asistentes saludan humildemente, se arrodillan con compuncin, pero no dan nada._) LA JOVEN DE LAS CINTAS.--_Ave Maria_, hermano Jos, tome este real y ruegue porque ese perro de majo sea destripado en la primera _juerga_ que corra. Diga, hermano Jos, le ver pronto? Mi estera es blanca; mis alcarrazas tienen flores frescas y yo le guardo magnficos cigarros de la Habana. EL CAPUCHINO (_volviendo rpidamente la espalda, y gritando en alta voz_).--Por las almas del purgatorio, seores! LA JOVEN.--Hermano Jos, hermano Jos, me ha olvidado, usted, pues? y sin embargo, yo no he omitido ni una misa ni un _Angelus_. FLORES.--Parece, compadres, que el reverendo dirige la conciencia de la seora: afortunadamente es robusto, porque esa debe ser una terrible tarea. Amn! LA JOVEN.--Caramba! es bien duro or calumniar as a un santo varn por un comunero, un masn! MUCHAS VOCES.--Un masn! un comunero! dnde est el masn? FLORES (_palideciendo_).--Por el seno de tu madre! cllate, nia, y no gastes esas bromas; no hizo falta ms para que Prez fuese molido a palos. LA JOVEN.--Ya lo oyen seores, l conoce a Prez, que recibi, por la gracia de Dios, ms bastonazos que barbas ha rapado ese barbero hereje en su vida. Ved, si no; lleva una cinta verde al cuello; por la Virgen que me ve y me ilumina es un masn! alejadle, pues, hijos mos, alejadle. (_Rumores en el pueblo_.) MUCHAS VOCES.--Al agua el comunero! Muera el masn! Al agua! FLORES.--Les juro por la sangre de la cruz, compadres, que esa cinta no significa nada, y que... UN CAMPESINO (_golpendole_).--Toma, recontra! ah! y te atreves a mezclarte con los cristianos! OTRO.--Toma! toma! y a ver si tus hermanos te socorrern, demonio; llmales en tu auxilio. MUCHAS VOCES.--Al agua, al agua! LA JOVEN.--Bravo, seores, la Virgen os bendecir; llevad su cinta verde y su cabeza al alcalde, y no os faltarn los doblones ni las indulgencias para la Cuaresma. FLORES (_golpeado, desgarrado, lleno de polvo, pasa de mano en mano hasta la muralla que baa el mar; all, un vigoroso andaluz le agarra y le echa al agua gritando_).--Dios me salve! As mueren los masones herejes y los constitucionales, enemigos del rey absoluto! LA MULTITUD.--Bravo! Viva el rey absoluto! UN MARINO.--Silencio, hijos mos, silencio! he ah el cortejo que ya empieza a desfilar. Vive Dios! es un hermoso da para m. UN CAMPESINO.--Para usted y para todos, seor marino. EL MARINO.--Para m ms por Santiago! No estaba yo a bordo del guardacosta que le dio caza? MUCHAS VOCES.--Cmo, seor! Usted asisti a ese espantoso combate! Virgen santa! y aun vive! EL MARINO.--Afortunadamente habamos comulgado la vspera; a no ser por eso el demonio nos hubiera arrastrado al fondo del infierno. UN CAMPESINO.--Pero, cmo ocurri eso, seor? Porque se haba dicho que ustedes hundieron su tartana. EL MARINO.--Y es cierto, compadre, pero acto continuo reapareci a nuestra popa, cubierta de llamas y con ms de diez mil demonios encima que lanzaban fuego por boca y ojos. MUCHAS VOCES.--Virgen santa! rogad por nosotros! EL MARINO.--Y en medio de ellos el gitano que se debata blasfemando e insultando a todos los santos del Cielo y al seor gobernador. LA MULTITUD.--Jess, qu horror! y cmo os librasteis del monstruo? EL MARINO.--Afortunadamente el capitn tena una botella de agua bendita por el arzobispo de Toledo, y como el infernal buque estaba muy cerca, se la echamos a bordo. EL CAMPESINO.--Con un can, compadre? EL MARINO.--No, compadre, a mano; y entonces todo se hundi como por encanto, entre los rugidos de los demonios. UN CABALLERO.--Pero, seor marino, cmo se ha dejado prender el gitano en el convento si estaba dotado de ese poder infernal? EL MARINO.--Precisamente porque estaba en un lugar sagrado. LA MULTITUD.--Claro! Quin se atreve a dudarlo? EL CABALLERO.--Pero, una vez fuera del convento, no poda recuperar su poder? EL MARINO.--No, porque se haba tenido buen cuidado de cargarle de cadenas... casi no poda andar!... EL CABALLERO.--Como que tena una pierna rota!... UNA MUJER.--Lo haca ver, pero era para engaarnos... EL CABALLERO.--Yo, seores, no lo veo muy claro... UNA MUJER.--Entonces usted no es cristiano!... Virgen del Carmen! no quiere creerlo!... EL CABALLERO (_acordndose de la suerte de Flores_).--Seora, yo lo creo todo y he prometido un cirio de treinta libras a la Virgen del Pilar; mire, aqu tengo un rosario... MUCHAS VOCES.--A ver!... EL CABALLERO (_muy plido_).--Mirad... y adems, aqu tenis una carta del superior de San Juan dirigida a m. Leed... MUCHAS VOCES.--No sabemos leer... No le creis... es un lazo que nos tiende... Al agua! (_Afortunadamente en aquel momento se oyen ms sonoros que nunca los cantos de los frailes que acompaan al cortejo, y la multitud deja al pobre hombre, que se refugia en una taberna._) UNA MUJER.--Ah! qu dicha, Virgen santa! Aqu est la procesin. Mira, Juana, estamos muy cerca del cadalso, y tiene dos escaleras. JUANA.--Eso es porque el reo haba mandado un navo de guerra; el verdugo subir por una escalera y l por otra. UN HOMBRE.--Demonio, qu injusticia! se concede eso a un renegado y se me negara quizs a m. JUANA.--Mira, Pepa, los penitentes con el atad. PEPA.--Detrs va el verdugo Virgen santa! no es feo para ser un verdugo; slo que est muy plido. JUANA.--Muy sencillo; es el verdugo de Crdoba que viene a reemplazar al nuestro, y como nunca ha matado aqu... pues, claro, se encuentra cohibido... UN HOMBRE.--Decid, comadres, veis al gitano? JUANA.--No, hijo mo... Tenga cuidado, joven (_dirigindose a Blasillo que llega en aquel momento envuelto en una capa y que se abre paso a codazos_)... por poco me tira usted al suelo... Eso es... pngase delante, en el mejor sitio. (_En voz baja a Pepa_). Jess, Pepa! Has visto qu mirada? Parece que le arden los ojos! PEPA.--Ah! ser el hijo de alguna vctima del reo... Pero, ya est aqu... Qu alegra, Virgen santa! Desde el da de mi primera comunin, nunca haba estado tan contenta... MUCHAS VOCES.--Muera! perro maldito! muera el gitano! UN HOMBRE.--Doy veinte escudos por reemplazar al verdugo. OTRO.--Yo cuarenta, pero quiero degollarle, que se vea su sangre. UNA MUJER (_arrojando un rico rosario a los pies del alcalde_).--Ese rosario vale veinte doblones; lo regalo a la Virgen, pero con la condicin de que me lo dejen matar a m. BLASILLO (_pisoteando el rosario y agarrando violentamente el brazo de la mujer_).--Silencio! silencio, si es que tienes aprecio a la vida! LA MUJER.--Socorro, Dios mo! este muchacho me hunde las uas en la carne. MUCHAS VOCES.--Silencio! que se calle! (_Llega el gitano cargado de cadenas; marcha apoyado en el sacerdote, y lleva un ramito de jazmn entre los dedos._) UN HOMBRE.--Bravo! ya est aqu; sabis que el verdugo est ms plido que l? JUANA.--Jess! el renegado no ha querido un fraile y se hace acompaar por un sacerdote. Qu corrupcin! UNA VOZ.--Se han fijado, seores, cmo va vestido? JUANA.--Todo de negro... Jess y qu desvergonzado! En lugar de pensar en la eternidad va oliendo una ramita de jazmn... UN HOMBRE.--El infame no parpadea siquiera. Muera! muera! EL SACERDOTE.--Debe usted sufrir mucho... apyese en m. Ay! ya estamos bien cerca de... EL GITANO.--Del trmino de nuestro viaje, es cierto. MUCHAS VOCES.--Muera el perro! muera! Que le partan en pedazos! EL GITANO.--Cmo gritan... EL SACERDOTE.--S, pero piense usted... EL GITANO.--En la muerte! Para qu! ah est el amigo del chaleco rojo que ya piensa por m. UN HOMBRE.--Que le crucifiquen! Que le quemen a fuego lento! EL GITANO.--Qu sol tan puro! qu cielo tan hermoso! EL SACERDOTE.--S, hijo mo, piense usted en el cielo, en el cielo... EL GITANO.--Ya hemos llegado; adis, amigo mo; venga esa mano. Tome esta flor, es todo lo que tengo; gurdela. Adis, mi buen amigo. EL SACERDOTE.--Ah! con ese valor, con esa energa! qu destino hubiera sido el suyo? EL GITANO (_enjugando una lgrima_).--Es verdad... EL POPULACHO.--Oh! el cobarde llora. Muera el cobarde! EL GITANO (_sonriendo_).--Es singular! Por un amargo azar del destino cuando estoy a punto de dejar la vida es cuando encuentro los afectos que tan ardientemente he buscado; cuando encuentro a Blasillo, a Rosita y a usted... y a usted sobre todo que me hara creer hasta en la virtud... EL PUEBLO.--Muera el condenado! El apstata! Ya tardan demasiado! EL VERDUGO.--Seor gitano, el pueblo se impacienta. EL GITANO.--Nunca me perdonara el hacer esperar a su seora. (_Tiende las manos al sacerdote_). Adis, amigo mo. EL SACERDOTE.--Aun no le dejo. (_El gitano pone el pie en el primer escaln; Blasillo se aproxima a l y le estrecha la mano._) BLASILLO.--Adis, comandante; usted ser vengado, pero de una manera terrible; todo ese populacho pagar lo que hace. Ahora, muera usted; porque yo puedo presenciar su muerte sin palidecer. EL GITANO (_en voz baja, subiendo las gradas_)--Adis, querido Blasillo! JUANA.--.Virgen Santa! sabes que ese joven de los ojos ardientes ha hablado al gitano! PEPA.--Yo lo he visto; sin duda le habr reprochado algn crimen. UN HOMBRE.--Ah! Por fin el maldito est en el silln. OTRO.--Alabado sea Dios! Ya le ponen el cuello en la argolla. JUANA.--Santa Virgen! Ya van a matarle! Pero... UN HOMBRE.--Y qu?... JUANA.--Es que nos estafan, nos roban... y la mano? EL PUEBLO.--Es verdad, que le corten la mano! (_Gritos, tumulto, escndalo. El alcalde consulta con la Junta._) EL ALCALDE.--Es justo, lo habamos olvidado. Nuestra es la culpa. UNO DE LA JUNTA.--Pero, as no vamos a acabar nunca. EL ALCALDE.--Mi querido amigo, ya que tenemos tan pocas ocasiones de popularizarnos, aprovechemos sta. Es cuestin de un momento. EL SACERDOTE (_al gitano_).--Amigo mo, perdneles usted, el fanatismo les extrava. EL GITANO.--Ya lo veo. BLASILLO (_en voz alta_).--Bravo, pueblo! inventa nuevas torturas. El Cielo te lo recompensar. JUANA.--Tiene razn el pobre nio. BLASILLO (_riendo_).--S, mujer, el Cielo o el infierno. EL PUEBLO.--La mano, la mano del maldito! EL ALCALDE.--Seores, un poco de silencio. La justicia, viviente y sagrado smbolo de la Divinidad, no es una palabra vana, y esta justicia se ha impuesto como deber el rendirse a los deseos del pueblo, juicioso defensor de la religin y del trono. EL PUEBLO.--Viva! viva! EL ALCALDE.--De modo, seores, que la Junta... EL SACERDOTE (_interrumpindole_).--Seor, en nombre del Cielo, piense que el desgraciado espera la muerte... (_El alcalde contina impertrrito y pronuncia un largo y conmovedor discurso, tras el cual acaba por conceder al pueblo la mano del reo._) LA MULTITUD.--Viva el alcalde! viva el rey absoluto! EL ALCALDE.--Ya has odo, obra. EL GITANO.--Por fin! EL VERDUGO.--No, seor! EL ALCALDE.--Cmo! EL VERDUGO.--Me han hecho venir de Crdoba para dar garrote al reo, pero no para cortarle la mano. No tengo yo la culpa si ha muerto el verdugo de Cdiz... Vengan diez duros ms, y entonces hablaremos. EL SACERDOTE.--Qu horror, Dios mo! (_El alcalde delibera con la Junta._) EL ALCALDE (_al verdugo_).--Vaya, no sea usted... EL VERDUGO.--No rebajo ni un real... EL PUEBLO (_arrojando el dinero_).--Ah van los diez duros! UN CARNICERO (_agitando su cuchillo_).--Por Santiago! yo le cortar gratis la mano, y la otra y la cabeza! EL VERDUGO.--Compadre, acaso mato yo sus animales? Cada cual a lo suyo. Venga ese cuchillo. (_El carnicero se retira en medio de los aplausos de la multitud; el verdugo recoge cuidadosamente el dinero, va hacia el gitano, le agarra el brazo y le corta la mano._) LA MULTITUD.--Bravo! muera el hereje! EL GITANO.--Cre que esto era ms doloroso. EL SACERDOTE (_con voz sonora y fuerte_).--Era culpable ante los hombres, pero este martirio le absuelve ante Dios. BLASILLO (_precipitndose sobre la mano ensangrentada y guardndola bajo su capa_).--Sacerdote, no lo dices todo, esa sangre caer sobre ellos! Adis, comandante, aun me hace falta fuerza para vengarte; me voy, porque un minuto ms me matara. (_Blasillo desaparece entre la multitud._) Como el momento se acerca, se hace un profundo silencio. El sacerdote se arroja en los brazos del condenado; el verdugo se aproxima y pone al cuello de la vctima la argolla; aprieta despus el torniquete que hay en la parte posterior y oprime violentamente el cuello del paciente. Una vuelta ms, y el gitano queda estrangulado; en aquel momento el sacerdote le echa un velo a la cara, y cae a sus pies rezando; la multitud aplaude de nuevo y se retira satisfecha. Por la tarde, cuando ya el sol se oculta detrs de la torre de la Aduana, el alcalde volvi al cadalso, donde haban dejado el cuerpo del ajusticiado. All se descubri, sin que el gitano correspondiera a su atencin, y entonces los ayudantes del verdugo arrojaron su cuerpo al muladar, donde fue devorado por los perros. XIV MAESTRO PLOCK La venganza! placer de los hombres. Creo que fue a una de esas calles de Tnger, sucias, estrechas y fangosas, bordeada por altas casas sin aberturas, tal vez la calle de Moab'd'hal, a donde Blasillo se dirigi despus de una feliz travesa. Muchos das haban transcurrido ya desde la muerte del gitano, y la tartana, siempre oculta en su impenetrable retiro, haba podido escapar tanto ms fcilmente, por cuanto todo Cdiz la crea hundida; de modo que a Blasillo le fue muy fcil franquear la distancia entre Cdiz y Tnger. En aquella sucia y fea calle, los rabes se entregaban a sus juegos favoritos y sobre todo a la caza de los armenios, de modo que as que uno de ellos se atreva a sacar la cabeza a la puerta de su casa, caa sobre l una lluvia de balas. En medio de ellas atraves Blasillo la calle hasta que lleg a una enorme verja de hierro detrs de la cual haba un viejo de larga y cadavrica cara, cubierto con una especie de gorro amarillo, que encuadraba de una manera extraa su horroroso rostro. BLASILLO.--Tarda usted mucho, buen hombre, y ya sabe usted, sin embargo, que las balas llueven sobre los cristianos en esta maldita calle. EL JUDO.--No es ms que eso? Adis, joven. BLASILLO.--Una palabra, no se retire tan pronto. EL JUDO.--Hable, pero sea breve. BLASILLO.--Aqu en la calle no puedo; djeme entrar en su casa, y entonces... EL JUDO.--Que el anillo de Salomn te sirva de collar! Vete! BLASILLO.--Puesto que usted se niega, voy a intentar un ltimo medio. (_Le ensea un saquito abierto de emblemas jeroglficos._) EL JUDO.--Que no! semejante tesoro en tu poder!... quin ha podido...? Pero, entra, entra; porque las balas llueven, y no quisiera que esos incrdulos mancillaran ese talismn. Se abri la puerta. Blasillo entr bajando la cabeza, atraves otras dos enormes rejas de hierro y se encontr en un estrecho patio que no reciba la luz ms que por arriba. --Djame, hijo mo--dijo el judo--, djame que examine ese saquito. Y sus ojos echaban chispas bajo sus espesas cejas. --Vea usted, padre--respondi Blasillo. --Por las cinco estrellas de Stemboth! stas son las insignas de uno de los grados ms altos de nuestra asociacin, y yo debo obedecer a los que las posean, sin informarme de qu modo han llegado a sus manos. Qu me mandas, hijo? El viejo est a tus rdenes. --Te llaman Jacob, y no obstante tu nombre es Plock, no es cierto, anciano? --Es verdad. Que el ngel me toque con el dedo si yo miento. --Bien, seor Plock; tiene usted unos almacenes cuya entrada da a la playa, cerca de la ensenada de Betim'Sah? --Es verdad. Que el ngel me toque con el dedo si yo miento. --Y en esos almacenes guarda ricos tejidos de Tnez, tapices de Constantinopla y cachemiras del Cairo? El judo palideci pero, no obstante respondi: --Es verdad. Que el ngel me toque con el dedo si yo miento. --Bueno, pues esta noche vas a hacer transportar esas mercancas a una tartana, con pabelln dans, que hay fondeada en la ensenada de Betim'Sah. El judo, que estaba arrodillado, se levant como si le hubiese picado una vbora. --Por la cintura de los majos! Eso es imposible! Los cabellos se me erizan nada ms de pensarlo. --Infame judo! Crees que quiero que me regales tus mercancas? Toma, aqu tienes oro para comprarte tus almacenes, a ti y a tu rabino. --Dios del cielo! guarda tu oro, porque me espanta. Te equivocas sobre el motivo de mi negativa, joven... sabes lo que pides de m? --Lo s, maestro Plock. --No lo sabes, no. Entonces mir a su alrededor con inquietud, y, como si temiese ser odo se aproxim a Blasillo, le habl un instante en voz baja, y despus le mir con aire interrogativo. --Ya lo saba. --Y quiere usted...? --S. Por la noche, Blasillo vigilaba el embarque de las mercancas, y el viejo Bentek y los negros llevaban a bordo los ltimos fardos, cuando Plock que hasta entonces haba permanecido alejado, se aproxim al joven y le dijo: --Slo el demonio, hijo mo, le ha podido encargar de semejante comisin; pero yo me lavo las manos; que la venganza del Cielo caiga sobre usted y sobre los que le mandan! --Que el Cielo le ayude!--dijo Blasillo tendindole la mano. Pero el judo dio un salto hacia atrs. --Es verdad, no me acordaba--dijo el joven--. Adis, maestro, hasta la vista. --Hasta la vista... Tendra que ser maana... porque antes de tres das su madre de usted ya no tendr hijo. * * * * * Un mes justo despus de la ejecucin del gitano, una peste espantosa devastaba Cdiz; porque Blasillo haba hecho naufragar su tartana al pie del fuerte de Santa Catalina... Su tartana, llena de mercancas, comprada por l en Tnger, haba sido saqueada por el pueblo. Porque Blasillo, al comprar aquellas mercancas, que procedan de Levante, entonces asolado por una epidemia, saba que estaban infectadas y que maese Plock no esperaba ms que una ocasin favorable para purificarlas[8]. El pueblo de Cdiz que ignoraba esta circunstancia, se apoder de las brillantes mercancas e infect a todos los habitantes. Hasta el alcalde y los miembros de la Junta que quisieron ver a sus mujeres y a sus hijos vestidas como las grandes de Espaa, fueron atacadas por la peste. En fin, perecieron gran nmero de personas en Cdiz y en sus alrededores, porque los meses de julio y de agosto fueron muy calurosos, y la fiebre amarilla complic la peste. Se calcul el nmero de los muertos en veintinueve mil setecientos treinta y dos, sin contar los frailes. En cuanto a Blasillo, no se supo lo que fue de l, como tampoco de sus negros. Pero haba cumplido su palabra al gitano. Le haba vengado! FIN NOTAS: [1] Guardias. [2] Traducida esta obra con toda fidelidad, esperamos que el buen sentido del lector subsanar las lamentables inexactitudes en que el autor incurre a cada paso al pretender pintar las costumbres espaolas sin conocerlas, sin duda, y sabr juzgar sus gratuitas apreciaciones, as como el injustificado menosprecio del carcter espaol, que campea en las pginas del libro. Por tratarse de una figura literaria de la talla de Sue son ms de sentir tales ligerezas, capaces de desprestigiar al escritor de ms fuste y que son imperdonables en el autor del _Judo_.--N. del T. [3] Espritus malignos. (Trad. pop.) [4] El carretn de la muerte; es arrastrado por esqueletos, y el ruido de sus ruedas indica el fallecimiento. [5] Espritu maligno que preside las tempestades. [6] Marineros escogidos. [7] Hay ms de 25 leguas de distancia entre los dos puntos. [8] Muchos judos de Tnger se dedican a esta lucrativa industria; compran mercancas infectadas a bajo precio, las purifican como pueden, y las revenden en Europa. La peste de Cdiz en 1760, no tuvo otra causa. Un buque contrabandista escap a las visitas sanitarias y propag la epidemia. End of the Project Gutenberg EBook of Plick y Plock, by Eugne Sue License: Share Alike