Produced by Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images available at The Internet Archive) FELIPE TRIGO OBRAS COMPLETAS CUENTOS INGENUOS [Illustration] RENACIMIENTO SAN MARCOS, 42 MADRID 1920 CUENTOS INGENUOS * * * * * OBRAS DE FELIPE TRIGO LAS INGENUAS, NOVELA, dos tomos (_novena edicin_). LA SED DE AMAR, NOVELA (_sexta edicin_). ALMA EN LOS LABIOS, NOVELA (cuarta edicin). LA ALTISIMA, NOVELA (_cuarta edicin_). DEL FRIO AL FUEGO: Ellas a bordo, NOVELA (_tercera edicin_). LA BRUTA: Hroes de ahora, NOVELA (_cuarta edicin_). LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.--REVELADORAS.--LO IRREPARABLE, tres novelas en un tomo (_cuarta edicin_). SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafsico, NOVELA (_sexta edicin_). EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid, NOVELA (_cuarta edicin_). SOCIALISMO INDIVIDUALISTA, ESTUDIO (_cuarta edicin_). EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS, ESTUDIO (_cuarta edicin_). LA CLAVE, NOVELA (_tercera edicin_). LAS EVAS DEL PARAISO, NOVELA (_cuarta edicin_). LAS POSADAS DEL AMOR, NOVELA (_segunda edicin_). CUENTOS INGENUOS (_cuarta edicin_). EL MEDICO RURAL, NOVELA (_sexta edicin_). LOS ABISMOS, NOVELA. EL PAPA DE LAS BELLEZAS, NOVELA (_segunda edicin_). JARRAPELLEJOS: Vida arcdica, feliz e independiente de un espaol representativo, NOVELA. CRISIS DE LA CIVILIZACION.--LA GUERRA EUROPEA. ASI PAGA EL DIABLO.--A PRUEBA.--EL GRAN SIMPATICO tres novelas en un tomo (_segunda edicin_). SI S POR QU, NOVELA (_tercera edicin_). EN MI CASTILLO DE LUZ. * * * * * LA NIA MIMOSA --Ests? --S, corriendo. Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda, desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el retoque de ltima hora; buscando el alfiler o el abanico que perdan su cabecilla de loca, volvindose desde la calle para ceir a su garganta el collar, hacindome entrar todava por el paolito de encaje olvidado sobre la silla, salamos al fin todas las noches con hora y media de retraso, aunque con luz del sol empezara ella la archidifcil obra de poner a nivel de la belleza de su cara la delicadeza de su adorno. Gracias haba que dar si cuando al primer farol, ella, parndose, me preguntaba: "Qu tal voy?", no le contestaba yo: "Bien, muy guapa", con absoluto convencimiento; porque capaz era la nia de volverse en ltima instancia al tribunal supremo del espejo, y entonces, adis, teatro!..., llegbamos a la salida. Como ocurra muchas veces. Ella muy de prisa, yo a su lado, un poco detrs, no muy cerca, con mezcla del respeto galante del caballero a la dama y del respeto grave del _groom_ a la duquesita. Cuando en la vuelta de una esquina rozaban mi brazo sus cintas, yo le peda perdn. Mirbala sin querer a la luz de los escaparates, y cuando alguna mujer del pueblo quedbase parada florendola, yo la deca: "Mira, oyes?", y sonrea ella triunfante como una reina. No hablbamos. Todo el tiempo perdido en casa procuraba, desalada, ganarlo por el camino. Llegaba al teatro sin aliento. Y all, por ltima vez, en el prtico vaco, analizndose rpida en las grandes lunas del vestbulo, mientras yo entregaba los billetes:--"Estoy bien, de veras?"--me interrogaba para que contestase yo indefectiblemente y un mucho orgulloso de su gentileza:--"Admirable!" Porque, eso s, ella confiaba en mi rigor. Le hubiera dicho la verdad, al menor detalle que artsticamente no juzgase digno de su figurilla aristocrtica, aunque nos hubiera costado renunciar a la funcin. * * * * * Los gemelos la buscaban. Quin es? deban preguntarse unos a otros en las butacas, en los palcos. Algunos amigos mos se acercaban a saludarla en los entreactos esperando intilmente la presentacin. Ni ella la quera ni me agradaba a m, no s por qu causa. Y los que en el Crculo por la tarde me haban preguntado con reticencias o descaradamente quin era la seorita que la noche antes me acompaaba, una evasiva obtenan incapaz de disiparles la curiosidad. Mi hermana?... Nada se pareca a m. Mi mujer?... Era muy joven. Mi querida?... Jams, la pureza de la virgen resplandeca en aquel semblante de colegiala tmida y curiosa. Y qu le importaba a nadie? La verdad es que no s por qu ella tena aficin al teatro. Miraba al pblico de reojo; ignoro si por cobarda de sus diez y siete aos o por desdn nativo en su alma. De la escena, nica cosa que le interesaba, el chiste que a todos haca reir consegua de su boca apenas una dilatacin placentera; y como lloraba en los dramas, de propsito no bamos ms que a piececillas y tal cual noche a oir opereta al fresco de los Jardines. Apenas cruzaba conmigo la palabra. Sentada junto a m, sin mirarme, yo era quien nicamente por todo hablar sola decir de cuando en cuando: --Mira, all hay uno mirndote, sabes? --Dnde? --En un palco. En el tercero. No te quita los gemelos. Volva los ojos fugazmente al sitio indicado, y sonrea, sin volver a acordarse en toda la noche del tenaz admirador. De los tenaces admiradores. Fueron muchos. No consiguieron una mirada de gratitud, de esas con que hasta las menos coquetas dan las gracias. Unicamente yo, con la solicitud de esclavo que corta flores para su duea, en arrojar una por una aquellas admiraciones a sus pies me complaca. Era un deleite intenso, pero inconsciente y vago como el placer de un ensueo, como la alegra de una primavera. Ella me pagaba siempre con su sonrisa leve. Yo le compraba bombones. Y nada ms. Bonita? S. Creo que s. Que era excepcionalmente bonita; pero yo no hubiera podido definir su belleza ni entonces ni ahora. La miraba muchas veces cuando estaba delante de m. Luego nos separbamos y no me acordaba ms de ella. Pero volvamos a reunirnos y volva a mirarla. Un claror fosfreo de sus ojos medio cerrados, semejante al de la cresta de la ola en los mares luminosos, una transparencia de su faz que me cegaba de dulzura, imposibilitaban mi anlisis. A la luz elctrica del teatro, cayendo como una inundacin sobre aquella cara de ncar, slo poda darme cuenta de una cosa: de que en aquella cara los labios rojos parecan ms rojos que todos los labios en todas las caras de mujer que yo he visto. En eso comprendo que deba gustarme mucho toda ella. En que no sera capaz de describirla. Cuando un espectculo arroba, aduerme y hace soar: ese es el xtasis. * * * * * * * * * * El teln caa por ltima vez. Todo el mundo en el teatro empezaba a removerse para salir. Echbala sobre los hombros el abrigo elegantsimo, que ocultaba su cuello y su barba redonda en gorguera de rizadas sederas, y as que se aclaraba un poco el paso--espera empleada por m en averiguar si haba estado contenta y entretenida, porque necesitaba cerciorarme de ello para estarlo yo--salamos atravesando en la puerta las filas de curiosos, que entre todas las hermosas mujeres que por los pasillos, por las amplias escaleras iban afluyendo al _foyer_ lleno de claridad y de reflejos, fijaban sus miradas, de preferencia, en la que conmigo cruzaba graciosa y ligera medio escondida la cara monsima entre el sombrero y el cuello como en ramilletes de pluma. Seguamos buen trecho con la procesin de gente; contemplbala yo an, en los cuadros de luz que algn caf lanzaba por sus ventanas, y bien pronto, perdidos fuera del centro, en solitarias calles donde nuestros pasos resonaban, la ofreca mi brazo, que aceptaba por miedo, por ir ms cerca de m en la semiobscuridad y el desierto de la media noche. Iba tranquila, confiada en m; yo, delicadamente afanoso de llevarla a su gusto, calculando el paso para no fatigarla, sujetndolo al suyo, lo mismo que debe ir el recluta el da de su primera marcha en filas. --Perdona!--volva a replicarla siempre que una vacilacin me haca rozar siquiera el vuelo de su falda. Y embriagado de su perfume, del suavsimo violeta de su tocador, que pareca exhalarse de ella ms penetrante con el fresco de la noche, como el perfume de las azucenas, el silencio a su lado me enojaba; y por hablar cualquier cosa con aquella colegiala divina que no saba nunca qu decir, la entretena hacindola notar lo caprichosamente que se iban nuestras sombras alargando cada vez que dejbamos atrs una farola. * * * * * La desped un da en la estacin, con su familia. Se iba lejos. Yo no sent su marcha. Pero si en cualquier momento de los aos que pasaron me hubiese puesto a escribirle, hubirale escrito cortsmente, como a una respetada y queridsima amiga. De mes en mes, acaso ms de pronto en pronto, quizs ms de tarde en tarde, yo sola acordarme de ella en mis tristezas y en mis soledades. Nada! Acordarme. Era tan nia!! Todava me pregunto algunas veces: --Seor, por qu, con ella, ms chiquilla que nadie, y siendo tan amiga ma, no pude tener jams la confianza descuidada de la amistad? Entonces no supe que la adoraba. Ahora tampoco s si la he adorado mucho desde entonces. TU LLANTO Y MI RISA Te acuerdas? Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa. Era cualquier maana, quiz hermosa y sonriente, en que yo, mirando un rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueos dulces de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen mostrndome en la gloria de tu faz la alborada de mi alma. T perezosa, yo impaciente, a veces con miedo de turbar tu sueo, entraba de puntillas hasta el lecho. Dormas. Te besaba en los ojos y estremecindote como en una convulsin, me volvas la espalda sin mirarme, sin hablar, rebujndote hasta la frente en la seda azul y en los encajes. El enfado! Hablarte?... intil. Besarte ms, en el cuello, en la oreja, en el nudo de oro de tu pelo? Cada beso era una descarga elctrica para aumentar tu rabia. Qu tenas? Bah, cualquier motivo insignificante e injusto, que me manifestabas al fin seco apstrofe de desprecio, con tenacidad convencida de histrica, rebelde a toda explicacin. La intentaba yo, aunque saba su ineficacia de antemano, y herido luego en la grandeza de mi cario por las pequeeces de tu espritu de mujer, me alejaba de ti y de tu cuarto, altivo como t, pero ms triste... Las once, las doce, la una... No se haba dignado levantarse la seorita. Frente a m, en la mesa, estaba tu silla vaca... Bien. Yo me iba al campo, lejos, a vagar... Al Crculo despus, hasta las dos de la maana... Volva a almorzar solo al da siguiente; y all a la hora de cenar, tarde, muy tarde, sola encontrarte en el comedor con cara de indiferencia. Ni me hablabas ni te hablaba. Pero, aun sin mirarte, poda notar que me mirabas t estudiando en mi cara mis impresiones. Por lo pronto habas cuidado de adornarte ms... Slo que esperando mi primera palabra de reconciliacin, solas engaarte. Tu orgullo apareca en un adis desdeoso, y cada uno nos retirbamos a la respectiva habitacin. Un mutuo juramento de no ceder llevaban nuestros labios... * * * * * Era una fiesta, visitas, cualquier cosa. Convidados y ajenas alegras alrededor; es decir, tu disgusto subrayndose por el buen humor de los dems, y mi pena disfrazndose de irona en conversacin a raudales, en amabilidad con tus amigas, en algn calculado elogio a unos ojos negros... Te levantabas, no podas ms... hubieras arrojado a todo el mundo de la casa. Nadie, sino yo, en la animacin de la tertulia, adverta tu ausencia, y nadie sino yo, sonriendo de placer infinito, escuchaba sobre el escndalo de la charla aquellas notas leves y nerviosas que hacan llorar de rabia a tu piano con pedal bajo... Notas de cristal, que iban rompindose en el aire. _La ingrata_... Notas de Weber, despus... aquellas que desesperaban a _Margarita Gauthier_, la escala explosiva, con todo el enojo de tu espritu... Yo sonrea. El pobre muchacho a quien dispensaba la honra de no escucharle, pagaba mi sonrisa inefable con otra sonrisa idiota. Pero me hablaba, me hablaba... y t tocabas siempre, insultndome, mordindome con tus alegros y tus escalas; derramando amarguras sobre mi corazn con aquellas notas sublimes del andante que reservabas para el supremo esfuerzo de tu coquetera mimosa y traicionera... Iba a ti, al saln obscuro y solitario, y te abrazaba la cintura por detrs de la banqueta del piano, estampando un beso en tu boca. T te levantabas sorprendida, huyendo de m con un mohn de repulsin que era de tu coquetera la venganza deseada... Entonces, al revs: t, con los dems, a reir, para que yo lo oyera; yo, en cualquier butaca desplomado, en el colmo de la desesperacin, vindome miserable juguete de tus caprichos. * * * * * Cenabais, y no iba a cenar. Segua escuchando los arpegios de tus carcajadas; segua all, solo, en la obscuridad, maldiciendo la bendicin de conocerte... Y deba el vino de hacerte compasiva, porque al fin, t misma, una, dos, tres veces, te tomabas la molestia de ir a invitarme a cenar. Secamente la primera, con dulzura despus, perdonando, rogando, pidiendo caridad; toda la transicin en poco tiempo hecha en la paradoja eterna de tu alma... Pero te oa yo?... Un gran fro me haca temblar, un fro de espanto, asomado a las profundidades de tu veleidad y de nuestro amor. Luego s, tu mano tiraba de mi mano. Te segua al comedor y me sentaba de la mesa lejos, en el divn; desde donde te vea enfrente, muy seria, muy triste, entre el alborozo del jerez en las caras de los otros, que no se cuidaban ni de ti ni de m, por fortuna. Contagios de la alegra cados en mi pena, y ms borracho yo de amargura que de vino aqullos, rea luego tambin... Una risa de sus risas, una burla de sus burlas, un desprecio soberano hacia todo, y hacia ti, reina ma, y hacia m el primero... Risa cortada, ms alta, ms hueca, que dominaba las dems y conclua por acallarlas, convirtiendo hacia ella la extraeza y desconcertando a todos... Risa que me ahogaba, que me sacuda todo el cuerpo en latigazos de nervios, que brotaba loca y espantosa de mi garganta, que llegaba a mis ojos y los haca verter lgrimas, y que en llanto cruel y alegra lamentable dejaba en tu corazn hundir sus agudas notas, con ms ferocidad an que en mi corazn los prfidos lloros de tus andantes dulcsimos... Sala de all, silencioso ya, con el pauelo en los ojos, y me seguas t, y me abrazabas, y me arrancabas el perdn a besos, de rodillas, de rodillas t a mis pies, alma del alma! * * * * * Era, como hoy, un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa. Como no te puedo oir, no s si lloras arrancndole al piano las notas fugaces de cristal. Como no me ves, no sabes si ro. EL ORO INGLS Lea yo, acostado, tratando de dormirme, _El Imparcial_. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor--oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!--sent los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron ms. Por la tarde haba sostenido este dilogo con la camarera de la fonda: Quin duerme arriba? --La inglesita. --Qu inglesita? --Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz. --No la conozco. --Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa todas las maanas. --Guapa? --La mar. Dej caer el peridico, y me qued fijo en el techo. Si fuese de cristal! Las maniobras de siempre. Mi habitacin tena la cama en un ngulo del fondo. Igual estara colocada la cama en la de encima, y all se haban dirigido los pasos: la inglesita levantara el embozo... Despus sent el dulce y picado taconeo hacia el rincn opuesto. El tocador?... Ella, frente al espejo, se quitara las peinetas, las sortijas, el leve abrigo de sedas con que habra vuelto acaso de oir en el bulevar los conciertos de orfeones... Se despojaba. Media hora. La nia se extasiaba con su imagen. Era, pues, cuando menos, lo menos coqueta que puede ser una joven cuando no es tonta, aunque sea inglesa. Vag en seguida por la alcoba. Mis ojos la seguan con toda precisin en el techo... Ah, si fuese el techo de cristal! No muy alta, ni muy gruesa, sin duda, a juzgar por el _peso_ leve de sus pasos; aunque s nerviosa y vivaracha. Cruzaba de uno a otro lado con ese mariposeo de toda mujer bien vestida al desnudarse; por consecuencia, un dato ms: elegante. Volvi al centro, y un roce indefinible me hizo adivinar su vestido y su enagua cayendo a sus pies. Habra jurado que la estaba viendo, toda recta an en el ruedo de estas ropas por el suelo, desenlazarse el cors: doblarse despus a recogerlo todo y llevarlo a la percha taconeando ms ligera... en camisa, no sin lanzar de vuelta una caricia de mimo a su escote, en el espejo... Y qu estupidez!... he aqu una cosa que yo _no vea_ bien: cmo tendra los senos una joven inglesita; anchos, semiesfricos, de amplia base, como las espaolas? Separados y rebotantemente movibles, como las francesas? De media toronja, como las indias de aquel Ceiln de mis ensueos de un da?... Tornaba, tornaba la inglesita a mi vertical; es decir, a su lecho, que chirri al sentarse ella en el borde. Iba a descalzarse. Un golpe seco: una bota al suelo. Una bota pequea, dulcsima, que habra dejado al aire un pie calentito, cubierto por una media de seda tensa como un guante, y azul Luzbel, de seguro. Una pierna sobre la otra... Oh, cmo miraba yo de abajo arriba y cmo la virgnea _miss_ no supondra que _era el techo de cristal!_ La otra bota al suelo. Y la cama volvi a crujir inmediatamente, en gemidos amorosos del sommi al recibir el cuerpo. Mas era entonces que se acostaba con medias? Nada... al poco. _Ella_ que fantaseara supiese Venus qu cielos de juventud, y yo en mi solitario cuarto, con _El Imparcial_ sobre la colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tena un escotilln por donde yo... bah, qu idiotas hosteleros y qu techos tan estpidos! Me quedaba la imaginacin proponindome problemas. Recorra el desorden delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la butaca, con el cors a medio colgar del niquelado clavo de la percha, dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanqusimo pantaln orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormira derramando por la almohada su caballera de oro britnico, y abandonando sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles... Dios! Gran Dios! El oro britnico! El oro famoso ingls que yo no conoca ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!... Porque hay tremendos detalles en que la imaginacin se pierde: por ejemplo, la ma, sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no poda concebir los rizados breves... s, s, lo que fuera horrible en una corta laxitud!... Horrible!, horrible! * * * * * La imaginacin es una solemnsima embustera y una infeliz inocente. Aquella vez tan slo no me haba engaado en que la nia era preciosa y delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierda de la puerta, ni _ella_ dorma nunca con los brazos fuera del embozo, ni se sentaba en la cama para descalzarse jams, ni sus medias eran azul Luzbel... sino negras, caladas. Ah! y adems no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa y lisa cabellera de las dulces inglesitas. PARASO PERDIDO RECUERDOS DE MINDANAO --Esto es un paraso--me dijeron cuando llegu al campamento; y para certificar la comparacin, no tuvieron mis ojos ms que tenderse en derredor. Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada circular donde grupos de soldados troceaban banos a hachazos; cerca, los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres. Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodendonos, el bosque; el bosque virgen, de fantstica frondosidad, cayendo por todos lados, desde nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno verdor se tenda por las montaas festoneando sus crestas en la lejana sobre el azul profundo y tranquilo de los aires. Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compaeros revelaban una especie de paralizacin extraa, de xtasis. Se separaron, cada cual por un sitio, ocupndose unos en acariciar a los mastines, otros en jugar con los monos y las catalas, y los ms en pasear, leyendo peridicos dos meses atrasados o cogiendo flores en la huerta. Tena esto algo de calma paradisaca; y tal vez un tanto fatigado mi espritu por las luchas de la vida, se dispuso a sepultarse en aquella paz celestial, desperezndose al borde de la Naturaleza antes de entregarse a ella, como la hastiada impura junto al lecho del descanso. Las semanas pasaron. Seguame fascinando aquella monotona de grandiosidad... Yo me volva como los dems. La pereza no tard en invadir mi cuerpo y mi alma. Un lugar solitario, un rincn de rboles, una hamaca; no anhelaba otra cosa aquel ansia insaciable y vaga de mi pecho. Una siesta, en que a la sombra de los pltanos me balanceaba en la red de abac, escuchando en el silencio absoluto del humano vivir el chiflar poderoso y uniforme de las chicharras del bosque, cuyas primeras columnatas de rboles se me ofrecan cerca, recrendome los ojos con sus cortinajes de liana y sus volanderas cuerdas de bejucos revestidas de trepadoras y ornadas con florones de parsitas, todo lo cual, en sus huecos de verdosa luz, bajo las bvedas de follaje, a que se descolgaban gritando algunos simios o que cruzaban con pausado vuelo de una a otra rama algunas aves de pechuga azul, me pareca el prtico de colosales palacios encantados; esa tarde, digo, en que doliente desde mi hamaca miraba a ratos el lejano mar, siguiendo en su gris superficie inmvil la estela del sol, que como una senda de luz condujo a mi fantasa ms all del horizonte, ms all, mucho ms all, a aquella Espaa hacia que viajaba entonces el astro de oro... yo comprend de improviso mi nostalgia. Unas notas fugitivas, un perfume de nctar, una silueta entre brumas de no s qu distancia ni qu espacios. Ella! Mi visin de la mujer! _Ella_... era quien faltaba en nuestro paraso. La mujer, el amor, el adorno supremo de la Naturaleza, para cuyo esplendor estn hechas las grandezas de todos los escenarios. * * * * * Con cunta pena segu en mis eternos das contemplando aquellos paisajes de belleza intil! El fastidio mortal dijrase que nos inspiraba en el desdn de unos a otros un odio inconsciente de camarada a camarada; el cansancio del vivir ante la inutilidad de la existencia sin ilusiones. A qu, ni para recibir el agrado de quin, por nada esforzarse? A qu hablar siquiera? Noches de soberana hermosura, noches de los trpicos, en que tumbados en las amplias lonas de sillas como catres, formbamos silencioso y disperso corro, cara al cielo, mirando cada cual su lucero favorito, entre las estrellas que fulguraban como ascuas. Las lucirnagas volaban en las copas de los aromados iln como llamas de plata. Alguna prenda en su mariposeo de luz nuestras miradas, perdalas en el espacio... y quin sabe tras ella en qu memoria de mujer perdase tambin el recuerdo! Oh, s! Un sarcasmo! Un insulto de tantos regios esplendores a nuestro deseo! El alba; aquellos amaneceres serenos, en que sobre la inmensa alfombra verde de los hondos valles se levantaban, siguiendo el curso de ros ocultos, cendales de niebla, que se extendan hasta el mar, como doseles de nubes sobre una procesin de diosas desnudas para el bao... La siesta, con sus horas incitantes en el bosque, en la espesura de la sombra, entre los laberintos escondidos por los abanicos en hoja de las palmas, con sus grutas de enredaderas en los bambes, al pie de las fuentes de agua helada, cuyos asientos de pea parecan el lugar de enamorada cita con mujeres que no llegaban jams... Las tardes, aquellas tardes de poesa embriagadora, de limpio ambiente que dejaba hasta el fin penetrar la mirada por las montaas desiertas, onduladas por el fofo ramaje de la arboleda como un ocano de cuajadas olas verdes; que permita seguir las praderas interminables sin encontrar sobre sus tonos de esmeralda la casita que nos mintiese el querido hogar... Las tardes de puesta de sol con celajes increbles, con nubes de todos los colores, con reflejos metlicos de prpura en fondos mimosos de cielo verde, verde como las praderas y los mares de Oriente... De qu servan si no pudieron jams inspirar la frase trmula de pasin a la mujer alumbrada por sus luces de ncar?... Y era tanta la hermosura de tales sitios, que ni dejaban al alma herida que los odiase francamente. Un da, cuando otro camarada lleg, cuando despus de dejar el caballo, fatigado por la cuesta, l se puso a contemplar el grandioso espectculo desde la altura, yo me acerqu y le dije, a pesar mo: --Esto es un paraso! Slo que, recordando mi desolacin, aad rpidamente: --Un paraso perdido, un paraso estpido. Sin una Eva siquiera!... LA PRIMERA CONQUISTA Me haba dado mi ta dos reales y compr con ellos todo lo siguiente: Cinco cntimos de pitillos. Dos cntimos de fsforos de cartn. Ocho cntimos de americanas. Diez cntimos de peladillas de Elvas. Y un mi buen real de _confetti_, porque era Carnaval. Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillos, excepto un cigarro, que echaba en mi boca ms humo que una fbrica de luz, me dirig a San Francisco por la calle de Santa Catalina abajo, marchando tan arrogante y derecho, que no pude menos de creer que era un capitn, que durante un rato fu detrs, pensara: --Ser militar este muchacho. El paseo estaba animadsimo. Pronto hall amigos y caras conocidas entre las nenas. Yo reservaba mis _confettis_ (que entonces no se llamaban as) para Olimpia, la morenilla que iba a la escuela frente al Instituto. Pero Soledata, una rubia traviesa que al brazo con sus compaeras nos tropez en la revuelta de un boj, se dirigi a m resueltamente, mordi su cartucho de papeles y me los reg por los hombros. Soledad era muy mona (y aun creo que lo es). Yo sal del lance lleno de vanidad; y haciendo una vuelta hbil por los jardines, volv a encontrarme frente a frente con ella. Llevaba en cada mano dos cartuchos, me adelant hacia la rubilla traviesa y los sacud con saa sobre su cabeza, que quedaba poco despus, y los encajes de su vestido de medio largo, como si les hubiera cado una nevada de copos de mil colores. Mis papeles eran finos; de lo ms caro que se venda, con mucho rojo, azul y dorado... Cuando Soledad pudo abrir los ojos, limpindose entre carcajadas los papelillos de las pestaas, la ofrec almendras. Ella me di un caramelo de los Alpes. --Declrate, no seas tonto!--dijeron mis amigos con envidia. Y sobre todo, con inters egosta, Juan, que rondaba a otra muchacha prima de Soledad. As pasearamos juntos la misma calle. Fu al aguaducho de enfrente, donde tena mis ciertos conocimientos, porque all nos convidamos unos a otros a ans en tiempos de exmenes, y escrib en el mejor papel que pude: "Seorita: Hace mucho tiempo que mi corazn, impulsado por los resortes misteriosos del amor, se agita extraordinariamente en el ocano de las incertidumbres. S, desde que vi la divina luz de sus ojos perd el sosiego; y si le interesa a usted la felicidad de un pobre desesperado de la vida, dsela usted con un anhelado s de bienandanza a quien por usted se muere a la vez que se ofrece su ms rendido servidor, q. s. p. b..." Diez minutos despus, sombrero en mano y con toda la finura posible, estaba delante de Soledad: --Seorita, ser usted tan amable que quiera aceptar esta carta? --Pronto, que nos va a ver mi criada!--dijo--arrebatndola y guardndosela arrugada en el peto de la blusa. Uno de mis amigos, que vigilaban la escena escondidos en los rosales, grit en este momento: --C, c! As lo hubiera partido un rayo. --Y diga usted, seorita, cundo me entregar usted la ansiada contestacin? --Maana. --Aqu? --S, hombre. No sea usted pesado. Y di un revuelo y se uni a las otras. Yo me qued como tonto, sintiendo unos calambres del corazn, admirado de mi osada y encantado de mi fortuna. No habl ms en toda la tarde y hubiese dado todas las almendras y los cacahuets que me quedaban porque llegara en seguida la siguiente. Pero aquella noche fu con mi familia a ver _Don Juan Tenorio_, que ponan en el teatro fuera de poca, no s por qu. Y a la salida pill unas anginas como para m solo. Ocho das de cama, con fiebre. Los autores no han podido averiguar si en los delirios de mis cuarenta grados puse el nombre de _Soledad_; pero lo que s recuerdo bien es que al tercer da de convalecencia se me entreg una carta suya, con todos los signos en el sobre de haber sido abierta, y con todas las seales en la cara de mis parientes de haberse redo de la carta y de m. "Caballero--deca la carta--, a la rendida pasin que me pinta usted en la suya, y que yo creo sinceramente, no puedo ofrecer otro premio que el de la amistad. Si usted sabe ganarse mi corazn, slo Dios puede decir el porvenir que nos reserva; s. s. s., _Soledad_." Y aada por debajo: "No pase mucho por mi calle, porque mi pap pudiera berlo y hecharle a husted un jarro de aga el domingo al anochecer puede husted hablarme en mi bentana." Bueno, salvo la letra, que era de segunda, y la postdata, que era original, la epstola no estaba mal copiada. Era precisamente el modelo que continuaba a la ma en el _Epistolario del amor para uso de damas y galanes_. * * * * * Desde entonces, Juan y yo rondbamos juntos a las primitas. Fueron nuestras novias muchos meses. Siempre que anochecido las encontrbamos reunidas en la reja, nos detenamos. Cuando en la reja estaba una y pasbamos los dos, tambin; y hasta se di el caso de que uno solo se parase en la ventana con ambas. Lo que no lleg a ocurrir jams fu que uno solo se atreviera a acercarse cuando su novia estaba sola. Una vez me sucedi a m, por excepcin y por pura sorpresa, y pas las de San Quintn. Qu demonios iba yo a decirla? TEMPESTAD "Voy con Mara. Espranos.--_Octavio_." Mara era mi amante. Octavio, el escritor neurtico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extrao de sentir y por su modo extrao de adorar la belleza pagana de su esposa. Un escptico que crea en todo. Cuando lleg el exprs y vi a Mara en un reservado, corr a saludarlos; pero ella, abriendo la portezuela y separndose para mostrarme el fondo, dijo desoladamente: --All vena l. --Octavio! --Muerto--respondi tan bajo y tan secamente, que apenas la o. Luego, sin derramar una lgrima, salt al andn, me suplic silencio, indic por seas a un mozo que nos siguiera con el equipaje, entre cuyos objetos reconoc el sombrero de mi amigo, y nos dirigimos al hotel a la carrera del mnibus. * * * * * En cuanto estuvimos solos en un gabinete, cuyo balcn daba a la playa, sepult Mara la cara entre los brazos y llor mucho. Yo, abrumado en la butaca, cerca de la suya, lanzaba la vista idiotamente a la inmensa curva donde se unan el mar y el cielo; ste encapotado de gruesas y blancas nubes, aqul tranquilo y de un fuerte azul plomizo, sin un vapor, sin una vela en su vasta y comba superficie. No osaba mirarla. Qu cuentas iba a darme aquella histrica de la muerte de su marido? Al fin pudo hablar, y dijo, estrechando mi mano entre las suyas, blandas y calientes como las de un nio: --Cogi tu carta. Tu ltima carta, que yo guardaba en el pecho. Me la cogi dormida... y se mat. Nunca me haba amado tanto como en este viaje. Mi amor y la tormenta horrible de esta noche produjeron en su alma efectos espantosos. Oh, era preciso haberle visto! --Y dnde est?--me atrev a preguntar. --Alli!--dijo la joven, sealando al Ocano. Durante algunos segundos vi los dedos de la pobre mujer temblando sobre el paolito, que llev a los ojos. Las comisuras de su boca saltaban en nerviosas convulsiones. Cuando logr serenarse, habl as, con voz cansada, de apacible y triste monotona: --Ignoro si influ decisivamente en el destino de Octavio o si fu nada ms la ftil ocasin del rapto que le arranc la vida: carga para l, de todo cansado y hasta de s propio. T sabes cmo me quera. Con desesperaciones que me daban miedo, con exaltaciones insensatas. Cuando ayer tomamos el tren, estaba alegre, expansivo, contento de vivir, como pocas veces. Nadie deba acompaarnos, l y yo solos, en un reservado. Habl mucho todo el da, y a poder haberse escrito cuanto me dijo, sera sin duda lo ms hermoso de todo lo que jams pasara por su imaginacin. El era feliz, y yo, a qu negrtelo?, contagiada de aquella eterna sonrisa de ventura que jugaba en sus labios, tambin lo era. Tambin feliz, muy feliz...! Al anochecer, despus que comimos en el _restaurant_ de la estacin ms alta de la cordillera, paseamos un rato. El paisaje solitario e inmenso nos pareca hecho para el xtasis de nuestra dicha. Todo nos mova a la ternura. Y como si la mquina que nos haba arrastrado a tantos deleites pudiera entender nuestra gratitud, la miramos juntos, con su negra mole finamente fileteada de reflejos de luna, encendidas ya en sus topes las farolas blanca y roja. Estbamos delante de ella, escondidos del andn por los chorros de vapor de sus grifos, cuyas nubes nos rodearon como un apoteosis de amor, cuando la campana anunci la marcha. No s por qu me pareci que Octavio, abrazado a m, hubiera querido permanecer en los rieles... Recuerda que una de sus mximas era sta: _No se debe morir acosado por la vida, sino desprecindola, en plena felicidad._ Subimos al reservado. De nuevo el tren empez a correr en la soledad de las montaas, huyendo por la cinta que cortaba sus laderas. Yo iba junto a la ventanilla, abierta para respirar el fresco, y Octavio a mi lado, rodendome el cuello con el brazo, murmurando a mi odo, que rozaban sus labios, dulcsimas palabras. La pantalla de la lmpara obscureca el interior del coche. Estaba la noche esplndida. La luna, que pareca ms alta sobre la enorme profundidad del valle, verta su luz tranquila sobre los pinares de la sierra, y arrojaba sobre los desmontes la sombra del tren, que corra despeado cuesta abajo. Senta la cara de Octavio rozando con la ma en los bamboleos de la marcha. Sus manos acariciaban mi cabello y mi garganta. Perd la conciencia y no s cunto nos dur aquel mareo de ventura; pero creo que ms de una vez nos alumbraron las linternas de pequeas estaciones, cruzando a escape, y slo recuerdo que ya no vea la luna en las sombras del cielo, cuando al fin, reclinada en el hombro de Octavio, que besaba todava el cabello de mi frente, me fu quedando dormida entre la presin suave de sus brazos, llena el alma de celeste paz, sin temores, sin memoria, sin ms vida que la de aquel momento y la de aquel estrecho espacio del carruaje, blando, solo, nuestro como un nido de amor, trepidando siempre y envuelto en el estruendo de la carrera del tren por la solitaria noche... * * * * * Una luz blanca, intenssima, rpida, que me hiri dormida, me hizo despertar en la obscuridad para escuchar un estrpito formidable. Es decir, la obscuridad no era a mi alrededor completa; el farolillo del coche, aunque tapado por la pantalla azul, permita ver las cosas esfumadas. Octavio no estaba junto a m. La luz elctrica de un relmpago volvi a iluminarlo todo. Entonces vi a Octavio al otro extremo, tirado sobre su asiento, con el hermoso cabello negro levantado en rizos por el vendaval y mirando por las abiertas ventanillas el horror de los cielos... Un nuevo relmpago, tan grande que me hizo exclamar un Dios me valga!, dibuj y me mostr en los labios de mi marido una sonrisa diablica. Sus ojos haban mirado fijamente la nube negra que se ray de fuego, y cuando un trueno pavoroso estall seco sobre nuestras mismas cabezas, l, Octavio, con una serenidad inconcebible, con una satisfaccin parecida a la del escengrafo que oye los bravos para sus decoraciones, me oblig a ocupar otra ventana, sac un brazo fuera y dijo: --Esto s que es grande! Esto es inmenso! Podra jurar que un rayo cay sobre los hilos del telgrafo. Tembl. l sonri otra vez. --Qu hermosa esta luz!--me dijo, y el trueno ahog sus palabras. Caia la lluvia en gotas gruesas como una granizada de balas. El huracn ruga con incesante rabia. El tren, en direccin opuesta al viento, volaba a toda mquina por una curva, silbando y lanzando espumarajos de vapor; de modo tan intenso resplandecan los relmpagos, que pude ver netamente, sobre el negro rodaje de la locomotora, la biela y la manivela, limpias y brillantes, movindose con el vaivn furioso de los brazos de un loco. --El mar! El Ocano!--grit Octavio de improviso, queriendo sobreponer la satnica alegra de su voz al trueno que inund los espacios. Y en efecto, otro relmpago habanos descubierto el mar por entre un desfiladero de rocas. Dirase que la mquina marchaba despeada hacia l, con su temblorosa cadena de carruajes y sus ruidos de metal. No s qu temor me invadi y me estrech a Octavio. Pero al cogerle la mano tropec con un papel que me hizo retroceder. Era tu carta. Sbitamente comprend que su mano, guiada a mi corazn por el cario, la encontr mientras yo dorma. Y comprend tambin con espanto la tempestad que en competencia con la del cielo hubiera provocado en su alma. El terror me helaba. Al fatdico serpear de una centella que incendi los aires, vi que el tren comenzaba a salvar sobre el mar un ngulo de la costa por un puente colgante. Las olas se estrellaban all abajo contra las peas, deshacindose en espuma; el huracn, mecindose en las concavidades de granito, arrancaba un bramido continuo, montono en sus cambios; las nubes se abran incesantemente despidiendo fuego sobre el mar, y el trueno retumbaba cada vez ms potente, como creciendo en su grandeza. Y el tren, entre la obscuridad y la luz, entre el viento y la lluvia, segua y segua, haciendo retemblar la frrea trabazn del puente con su carrera sin freno y sus resoplidos de monstruo, envuelto en lumbre y vapor. Un relmpago...! Otro...! Ah!, de pronto brese la portezuela. Octavio arrjase por lo alto de la barandilla del puente, y... s, Dios mo, otro relmpago, an me lo mostr all abajo al ser arrebatado por las olas...! Al mar! Yo ca rodando por la alfombra del reservado... PAGA ANTICIPADA Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburra espantosamente. No conoca a nadie, y sola dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid de mi alma, llegu a una plazoleta que ofreca un bonito efecto de luz. Frente a m, una casa ms alta que las dems, de construccin vetusta, de anchas rejas y balcn panzudo, sobre el cual una hornacina contena una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la luna que empezaba a salir, y a todo lo lrgo del caballete y de los aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas, vease negro, enrgico, el enmaraado dibujo de los jaramagos a la traslumbre del cielo. Aquello era una _decoracin teatral_; y os juro que tan profundamente me ensimism en su contemplacin con ojos de artista, que me cost algn trabajo no creer que, en efecto, estaba en un teatro, cuando lleg a mis odos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba: _Il segreto per esser felice_ _se io per prova..._ El pasaje de _Lucrecia_, letra ms o menos. Me acerqu a la casa de donde sala la voz, y pegado a la ventana escuch hasta la ltima nota del brindis, tras de las que enmudecieron cantatriz y piano. A la noche siguiente volv a matar el tiempo rondando la ventana de mi admirada y desconocida contralto. La sesin fue ms larga. La sinfona del _Guillermo_, despus trozos sueltos de _Gioconda_, y por ltimo, cantada, _Lucrecia_. Yo, que insensiblemente haba concludo por acercarme a la reja, trataba de descubrir a la artista--pues tal nombre mereca--por los entreabiertos cristales. No vea ms que un lado del piano. Iba a empujar las puertas cautelosamente; pero alguien se acercaba en la desierta calle. Era un hombre, que entr en la casa, contemplndome antes con tenacidad. Luego ces la cancin, y me fui a dormir, dndome la norabuena por haber descubierto aquel caprichoso e inofensivo pasatiempo para las noches que me quedaban en el pueblo. No faltaba una; y eso que, pocas despus la luna, acudiendo a la cita tambin, cada vez ms presurosa, me dejaba sin el amparo de las sombras; circunstancia molesta, porque empec a llamar la atencin de los pocos transentes de la plazuela, y, sobre todo, del caballero que entraba y sala de la casa. Y qu? Me era tan grato escuchar aquella voz llena de poder y de frescura, que se cea a los acordes del piano gil y ondulosa como una serpiente de colores... Me resultaba tan vagamente tentador aquel ofrecimiento, tantas veces repetido, desde el misterio, por una mujer desconocida y a la que yo no deba conocer, "del secreto para ser feliz, que ella saba por experiencia y lo revelaba a los amigos"--sentido todo esto en la soledad de la noche, en el interior de aquella casa romancesca, destacada en silueta sobre el fondo claro del cielo, con sus rejas caladas y rematadas por cruces, con su farolillo santo alumbrando a una imagen que pareca aguardar juramento de amor... Hablaba tanto aquello a los impulsos ideales que fuera de Madrid se permita este corazn un poco fatigado...! * * * * * Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me da una bofetada, que contesto con un bastonazo, tomndole por loco. Me entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo que batirme. Al otro da, un sablazo en este brazo. Noticias de mi rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y fro. No pude averiguar ms. La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo ms de lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original desafo, me irritaba. * * * * * A los pocos das, me sorprendi mi adversario, visitndome. --Vengo a pedirle mil perdones--me dijo. Usted sabe quin soy? --No tengo ese gusto... es decir, s; un loco o un camorrista de profesin. Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueo de la casa en cuya reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer, que es tan honrada como joven, le tom a usted por un impertinente a quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque est seguro--como yo lo estoy--de la virtud de su esposa, al ver que un hombre asedia su casa, recatndose en la obscuridad, es tenerle por inoportuno y profesarle antipata. --Bien--repuse asombrado--; pero es que mi objeto... --No se moleste en explicrmelo--interrumpi tranquilo y galante mi adversario--. Se lo acabo de escuchar al mdico de usted, hablando confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a genialidad ma. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal, efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que yo pague una deferencia de usted a un mrito de mi mujer con una estocada, al saberlo me creo en el caso de reparacin. Lo menos que debo hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que pueda usted oirla cantar, cmodamente sentado, y para que pueda ella darle las gracias por las veces que fu a oirla aguantando el fro y las molestias de la calle. Tend la mano a mi interlocutor, pero renunci delicadamente a su proyecto. Insisti. Era, pues, absolutamente necesario. Y fu presentado. Amalia Rosi, italiana de origen, morena, menudita. Deliciosas veladas. Cuando la volv a oir cantar "el secreto para ser felices lo enseo a mis amigos", me daba cuenta de que yo... era ya su amigo!; y recordando mi brazo en cabestrillo, en pago a deudas de honor que yo no contraje, y al verla, efectivamente, tan linda y tan joven como su marido me haba dicho, acab por empearme en averiguar si era tan virtuosa como el marido afirmaba. Esto no poda comprobarse fcilmente; pero yo quera a todo trance darle a aquel hombre la razn de sus palabras y de sus actos. Me dola tanto el brazo! * * * * * Una noche, a los dos meses, pues ya era imposible demorar mi marcha, contempl la casa por ltima vez. Tambin haca luna y el farol de la Virgen desparramaba su claridad rojiza por la fachada. Amalia, en el balcn, momentos antes, me haba jurado por la Virgen que no me olvidara. Quedamos en eso. Y el marido y yo, en paz. LA TOGA Para muchos nios hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una escuela ms pblica que las escuelas pblicas: la calle. Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasin, sus bedeles los guardias. Est abierta siempre. A media noche, cuando cruzis las anchas calles desiertas, un poco encantados de oir vuestro taconeo en la acera y de tener para vosotros nada ms las luces brillando, como las que en avenidas de imperial palacio aguardan la retirada del seor, una cosa se os pone delante y se os enreda entre las piernas. Es un peridico extendido, que anda solo, detrs del cual se divisan luego los pies, la cabeza y las manos del que lo sostiene, como en las clsicas vietas anunciadoras. --Seolito, el _Helaldo_!--dice un chicuelo tan alto como el peridico. Ha surgido de un portal, del biombo de Fornos, donde del fro se amparaba, tendido sobre un montn de nios, que pisan los trasnochadores. Un brazo que se retira o una pata que se encoge: esto es todo. Los golfos, piensa el que sale; y por los miembros entrelazados all, es tan incapaz de calcular el nmero de muchachos como de averiguar por las roscas movibles y viscosas el de un pelotn de lombrices. Y me he fijado alguna vez en los chiquillos del _Helaldo_. Los hay rubios, con caras bonitas y tan dulces como la de todos los nios de tres aos. Sus bocas sonren con ingenuidad confiada, y sus ojos son vivos e inteligentes. Piden una _pelilla_ o brindan su mercanca alargando la manila aterida, a no importa quin, con la amorosa gracia con que pediran un beso a sus padres, si los conocieran. He buscado con insistencia entre ellos al _criminal_ _nato_, de Lombroso, para conocerlo as, pequeito. En vano. Frentes abultadas y sortijillas de seda... como todos los nios, en fin. "Los golfos!" es cuanto dice al verlos el hombre grave, lo mismo que dice bajo los rboles del Retiro: "Los mosquitos!" El que ms, recuerda en ellos el _Gavroche_; los halla chistosos y simpticos, y se figura que van a ser eternamente gorriones de la gran ciudad, para dormir en los huecos de las estatuas y saltar de da al frente de los batallones. Est bien, pues; que no hagan nada; ya servirn de efecto armnico a los poetas, como las golondrinas y las hierbas de las tapias. El orden social, que por dos pesetas se encarga un guardia de representar, mira a los golfos y les da una patada de cuando en cuando. Ah, pero se es injusto en tratarlos as, de haraganes! Distan de serlo. Esos pobres nios del _Helaldo y La Colespondencia_ muestran la curiosidad y la voluntad de aprender que todos los de su edad, cuando se empieza a desplegar su alma. La tienen blanca, de ngel, y con ella han empezado su carrera y se aplican en su _primera enseanza_. Y que no les ensean los puntapis de orden pblico! A los seis aos ya saben correr y quitar pauelos, mirando con un ojo al bolsillo y con el otro al guardia. Es el ingreso de bachillerato. Mientras lo cursan, los agentes siguen observndolos con atencin, llevndolos tal cual vez a recoger diplomas en la Prevencin del distrito, y repartindoles trompadas y pescozones. Aunque con filosofa: "an no estorban", dice la sociedad. Y como no estorban, hasta los quince o veinte aos, filiados ya en los gubernamentales registros, se pasan la vida, a fuer de _estudiantes_ alegres, corriendo de los guardias en la calle y convidndolos a cariena en las tabernas. Facultad Mayor. Se indica por el ingreso del educando en la crcel, a consecuencia de un robo o de un navajazo en quimera. Cosa leve y grandes adelantos. El que no es completamente imbcil, saca la _licenciatura_ en tres aos, y como ya est hecho lo ms, he aqu que viene un da el saqueo del palacio de un marqus, en cuadrilla, con asesinato del dueo... La sociedad se conmueve. --Ese hombre--dice frunciendo el ceo ante el asesino--estorba ya. Vengumonos; ha terminado su carrera. Y efectivamente, entra poco despus en el calabozo; le pesan y miden los antroplogos; encuentran que tiene la frente deprimida, el pelo lanoso y spero, las orejas en asa y los pmulos salientes. No recuerdan ya que cuando pequen tena la cabeza de los angelillos, cuando pregonaba el _Helaldo_, ni recuerdan que la ferocidad de su sonrisa con dientes de caballo haba sido primero, "en boca de nio, sonrisa de amor". --Criminal nato!--gritan los antroplogos. Porque, eso s; la ciencia es rotunda. Ha terminado su carrera. Se le viste la hopa y el birrete de los ajusticiados. Es decir, la toga. * * * * * Cuando menos eso me pareci a m una tarde muy triste en que yo pude contemplar a un hombre con bonete y sotana negra, sentado junto a un palo, agarrotado por el pescuezo y con la lengua fuera. Tena yo tambin recin ganada mi toga, y no s qu extraos giros de pensamiento hicironme ver un poco de vergenza en mi traje talar y un poco de grandeza entre los pliegues de aquella tnica que envolva a aquel muerto con la cabeza tronchada y el gesto de apocalptico reproche... Quiz emprendimos la _carrera_ al mismo tiempo! Yo, en el regazo de mi madre. l, en el desprecio de la Humanidad. Y me estremec al pensar que si hubiese sido lo contrario, yo sera entonces el ahorcado, y el ahorcado el doctor. POR AH Domingo? Caramba, da de divertirse. Cunta gente! Todos suben, se alejan del centro. Yo me acerco, al revs. Encontrarme desde mi casa en el Retiro, a los quince metros, no tiene lance de paseo. Sol hermoso; coches y tranvas atestados; Espartero dominando la calle desde su caballo de bronce. --Adis, general! Es muy amable este Espartero, con su sombrero en la mano, eternamente saludando a la acera derecha, desde donde nadie le responde. Lbreme Dios de pasar sin corresponder finamente al saludo, y los dems que hagan lo que gusten. Y vengamos a cuentas, para no andar en balde: adonde ir? Hay que pensarlo sobre la marcha, entre pisotn y codazo. Dinero no falta, en buena hora lo diga, si no para comprar un reino, con el que quizs no sabra qu hacer, para comprar media docena de mujeres, que bien sabr qu hacer con ellas. Pero tal vez lo s demasiado. La tarde es larga, la vida imposible. Reflexionando, principalmente. Algo, pues; necesito algo que me distraiga; y estoy en la corte, donde dicen que sobran las diversiones. En la plaza gran atraccin. Un toro y un elefante. Ira, pero luego no resulta ninguna de las barbaridades prometidas. Fieras contra fieras? Tigres, toros, leones y elefantes? Bah, para atrocidades los hombres, y ya los veo por la calle... y ya me ven. La Cibeles! Decididamente, me son simpticos estos caballos de bronce y estas virtudes de mrmol. All, por las baldosas de Recoletos, desfila un cordn de gente. Sombreros monumentales, flores, nias en situacin, tal cual levita...; los de a pie, dndoselas de aristcratas desmontados, los de a caballo mirando a los lands, y los lands al trote. El xito de la tarde es un _cab_ tirado por once perros de Terranova. Hay concierto? Beethoven, Wagner, cien violines, dos arpas... Yo quisiera oirlo sin verlo. Desde una hamaca oscilante en la bveda. En las butacas acabara por preocuparme de la postura; en los paseos estara de pie y molesto; en el paraso... nada de parasos! Y nada de conciertos ni de msicas. La msica miente, me dira dulzuras, llevara mi pensamiento a lo que no puede existir. Un mundo desavenido con la ltima nota? Un ngel vuelto a caer al pisar la calle? Jams. Prefiero seguir en la realidad. Adelante. Arriba, arriba calle de Alcal. La realidad puede ser un teatro cualquiera, de teln afuera o de teln adentro. Slo que en la sala seguramente no me importara lo que pasara en la escena. El colmo. Buscar inters por un espejo a lo que en s mismo no interesa nada. Desde una butaca no sabra esta tarde si el drama o la comedia estaba delante de m o alrededor mo o... dentro de mi alma. Alma. Habr dicho una barbaridad? --Una limosna al ciego. --Toma. --Dios se lo pague. --Bueno. Pero te advierto que son dos pesetas... por si eres ciego. No es limosna. Es que doy el dinero que me hubiese costado no divertirme en el teatro. Gano todava y ese infeliz me da las gracias. Estpido! El sol, rasando sus rayos desde el tejado de la Equitativa, envuelve en polvo de luz la calle. Maldito si veo a nadie de tanta gente como tropiezo... Siempre es un favor. Seoras en silueta, amigos al traslumbre... y yo, sombrero a los ojos y hala, hala... Vuelvo la cabeza y veo a la seora de un amigo. Pero por la espalda. Qu historia me recuerda! Ella lo quiso. Punzante, casi dulce, breve. Un epigrama. Una instantnea. Bien y qu? Maisn Dore. Qu adelanto con entrar? Caf. Mis terrones y mi sitio. Conocidos, todo mi crculo. Poetas y autores, polticos, novelistas, empleados y periodistas sin empleo, un pintor, celos, mentiras en circulacin, la farsa, lo de siempre... Adems, que sera una lstima callarlos si me estn poniendo como un trapo. Volver. Hay tiempo de cobrarse. Yo suelo quedarme de los ltimos... Pero este dinero?... Ah, ya encontr mi diversin! --Cochero! --Seor. --Al campo, al aire, al sol... --Se est poniendo. --No importa. Llvame adonde quieras, aunque no haya nadie, con tal que haya callos y vino. De prisa. Revienta el jaco, porque me da igual llegar en diez minutos o a media noche. Lo importante es ir de prisa. --Camarero, una racin de callos y otra de alegra. --Eh? --S, hombre, s. Una botella!... Parece mentira que no sepis lo que estis vendiendo! EL SUCESO DEL DA Celso Ruiz, la prudencia misma, cmo ha podido provocar al caballero Alberti, duelista clebre, tirador maravilloso que parte las balas en el filo de un cuchillo? Acabo de encontrar a mi amigo en su despacho, tumbado en el divn, el cigarro en los labios. --Te bates?--le he preguntado. --Me suicido. --Verdad. Tanto vale ponerse con una pistola frente a ese hombre. --Es igual. Necesito demostrar que no soy un cobarde. --A quin? --A todos; a m mismo, porque hasta yo empezaba a dudarlo. --Ests loco! Se incorpor Celso, me hizo sentar, y dijo: --Escchame. Toda una confesin. La vida exprs de la corte no tiene la slida franqueza de nuestra provincia, donde el tiempo sobra para depurar la amistad. Aqu, las gentes somos a perpetuidad conocidos de ayer; amigos, nadie; de modo que tenemos el derecho de recelar unos de otros, de engaarnos mutuamente y de juzgar a cada cual por el traje con respecto a su posicin, por su ingeniosidad con respecto a su talento, y por su procacidad con respecto a su hidalgua. La mesa del caf, de concurrencia volante, nos atrae por su _esprit_ y nos repugna por su cinismo. La dejamos con disgusto, quedando siempre un jirn de amor propio entre las tazas, y volvemos, sin embargo, al otro da, como a una tertulia de prostitutas, a fumar y estar tendidos. Tiene razn el que habla ms fuerte, y el argumento supremo es una botella estrellada en la testa del contrario. --_Ecce homo_. Y algo _as_ es tu lance con ese duelista, medio juglar y medio caballero? --El motivo, a lo menos. Aguarda. T, cuando vine, hace un ao, me presentaste en esos crculos, cuya animacin me cautiv, pues no falta en ellos el ingenio. Fu un alegrn. All, en el destierro de nuestra ciudad, imposibilitado de juntar seis personas con quienes establecer cambio de ideas sin aduanas de ignorancia, pensaba en Madrid, en el Madrid ntimo, intelectual y exquisito; soaba un cenculo de hombres de corazn, donde estuvieran proscritas las preocupaciones, y donde el pensamiento pudiera brotar y dilatarse libremente como el humo de un vapor en el aire limpio de los mares... Mi sorpresa, pues, no tuvo lmite al descubrir que entre estas gentes del talento se alzaban con cada palabra intransigencias mil veces ms ruines que las de los ignorantes. La frase inofensiva, con tal que fuese afortunada, la retorca la vanidad y la converta en insulto; el triunfo ajeno lo trasformaba en odio la envidia; el razonamiento feliz era rechazado con la brutalidad del sectario; y todo esto, como trmite fatal, conduca al botellazo primero y al lance de honor algunas veces. --Pongamos un medio por ciento. --Es mucho. --No. Exacto. La proporcin de esos desafos en que paga las tarjetas rotas el camarero. Uno por doscientas botellas... Pero dime de una vez, por qu es tu lance? --A eso voy; precisamente por haber esquivado aquellos otros y los _argumentos de cristal_. Como yo creo que no haba de convencer a ningn polemista rompindole la cabeza, ni haba de quedar convencido porque me la rompiesen a m; como creo que nunca puede constituir caso de honra una disputa de caf, que no es ordinariamente sino un _caso de vanidad_, ms digno que de un _lance de honor_, de algunas explicaciones sensatas o del discreto desprecio, y como pienso, adems, que en odio y en amores no caben trminos medios, por lo cual no concibo el odio reglamentado que de antemano se da por satisfecho con ver una gota de sangre, y por lo cual, en fin, no concibo tampoco ms que los lances de honor de veras, donde se va a matar o a morir probablemente, y de seguro a no perdonar una imperdonable herida de honra... de ah que todas estas razones me obligasen a no volver ms por los cafs como medida preventiva. --Lo aplaudo, aunque no te imite. --Yo me aplaud igualmente el primer da. El segundo y el tercero los pas fatales, a solas con mi susceptibilidad, que despert en forma reflexiva. No ser esto, en el fondo--me preguntaba--una debilidad? Si la vida es as, aunque debiera ser de otro modo, y por el estilo de la del caf es la mayora de la gente, la que tratamos para nuestros negocios y la que tratamos por nuestras relaciones, ha de renunciarse a la sociedad, encerrndose uno como un cenobita, slo por el hecho de pensar con cordura? --Esa idea es de Schopenhauer. --Casi. Qu haba, pues, en mi prudencia de racional, y qu pudiera haber de cobarda?... Examin mi vida entera. Me tranquiliz el examen. Por miedo no he retrocedido nunca en ningn propsito; mi biografa, t la sabes, no es precisamente la de una monja. --Y para probarlo en el caf, como si el caf fuese el mundo... zas! desafas a... --No. Ten calma. Entonces me encontr seguro de ser capaz de dar la vida por mi deber, por mi madre y por mi amante, y te repito que qued tranquilo. La idea que yo tena de m mismo en ese punto me bastaba que la tuviesen tambin mis personas queridas... Una gran tristeza hizo doblar a Celso el cuello al pronunciar estas palabras. --Esas personas?--le interrogu. --Son como las dems en este punto. Mi Claudia, mi buena Claudia, confunde tambin la insensatez y la estoicidad de la barbarie con el verdadero valor. No comprende que se pueda estar plido con el corazon sereno. Ayer iba con ella en el faetn, por el campo; yo guiaba. Se planta delante un mendigo borracho y me pide limosna insolentemente; palidec, rogndole que se apartara; mas haba l tomado las riendas, y le descargu un latigazo que encabrit al caballo, arrancndole desbocado, despus de arrollar al importuno. En la carrera cre estrellarla, a mi Claudia!... Cuando por la noche refera ella el incidente, dijo: "Qu miedo pas ste! Se qued como el mrmol!" Claudia, sin pararse a considerar la clase de temor que pudo asaltarme, ha sospechado, por primera vez, que soy un cobarde. Lo comprend en no s qu asesinamente compasivo de sus ojos!--Una hora despus desafiaba yo a Alberti. El botellazo, razn de caf, fcil, terminante. Probar mi valor, puesto que es indispensable. --Perdname--le dije--; lo que as pruebas, por primera vez, es tu cobarda. Te suicidas. --De un modo teatral. En un escenario, con _amigos_ y pblico en los palcos, a la ltima. Slo que me _suicidarn_ de verdad; y el suicidio es de valientes: esta idea, si no es de Schopenhauer, debiera serlo. Me ha sido imposible convencer a Celso de su temeridad, y me he separado de l abrazndole con pena, como a un sentenciado. Sin embargo, quien sabe! El desafo es maana. Ms que el pulso de un desesperado puede temblar el de un bravo de oficio... MI PRIMA ME ODIA Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no est todava, y no est ms que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi prima si os place, mi bella prima, arrogantsima) ha hudo del saln, al sentirme, refugindose en el gabinete. Es terrible esta prima ma, tan rubia. Es tremendo que mi boda haya venido a convertirme inesperadamente, desde hace meses, en pariente de mi antigua enemiga cordial del tranva, de mi antigua y desconocida enemiga mortal de por esas calles. Pero es preciso terminar esta situacin de una vez, y me resuelvo. Entro en el gabinete. La he sorprendido? La he asustado?... El libro cae de sus manos a la alfombra. Yo, me siento. Ve en mi cara una osada decisin, y su orgullo y su altivez la obligan a callar, mirndome, mientras la contemplo. Es lista, y adivina que va a hablarla su antiguo enigma odioso de otro tiempo. --Vaya, prima, seamos francos: usted me odia con todo su corazn. --Yo?... Qu escucho! --S. Usted me detesta, me aborrece. --Se engaa usted, querido primo. --Principalmente desde que el azar nos ha ligado en parentesco, su odio a m se ha vuelto intolerable, prima, as obligada a verme y soportarme. --Por Dios! --Mi presencia y mi conversacin la irritan, y quisiera usted, sin duda, poder causarme algn dao, en forma tal, que nadie sino yo supiese que usted me lo causaba... puesto que su odio es ntimo y absurdo y secreto entre los dos, de alma a alma. --Mi odio!... Acaso es usted un poco fatuo. --Tal vez. --Desde que se cas habremos hablado seis veces, entre gentes, como extraos; y antes ni le conoca siquiera. A lo sumo pudiera haber de m hacia usted simpata o... antipata: eso que instintivamente nos inspira toda nueva relacin. Pero odio?, por qu? No piensa usted que el odio es un honor que no puede concedrsele a cualquiera? --Razn por la cual, de usted, yo tena el orgullo de ser el hombre ms odiado del mundo. --No comprendo esa ilusin. --Pues es raro, porque dicen que tiene usted talento. --Gracias. Tambin dicen que lo tiene usted. --Slo, pues, los dos, ignoramos mutua y directamente _esto que dicen_. Quiere que intentemos convencernos? --Bien. --Hablemos, entonces, _por primera vez_. Las otras seis no sirven para nada. Hablemos... con franqueza. Usted es capaz? --Por qu no, querido primo? --Oh, no... no es usted capaz!... Sindolo, habra dicho... _odiado_ primo! --Le encuentro testarudo, a ms de fatuo. --Menos mal. Ya con eso empieza a serme franca. Correspondo, y digo que usted no era sincera al afirmar que no me conoca antes de casarme. Me conoci usted en el tranva. Hace lo menos dos aos. --No recuerdo. Quiere tener la bondad?... --Con mucho agrado. Noche mala, de viento, de lluvia, y tranva de Salamanca, de este barrio. Un poco tarde, y solo yo en el tranva. Una dama que lo para al poco, y que sube: era usted. Iba usted elegantsima: abrigo de piel caf, gran sombrero y plumas de color de pensamiento, terciopelo pensamiento... --Ah, s! --Recuerda ahora? --No. Slo recuerdo que tuve esas prendas. --Adems, tan perfumada, que el olor de sus esencias hzome levantar los ojos del peridico. Fu sin leer un momento, absorto por la gentileza de usted... Y usted, a lo largo del coche vaco, haba entrado a sentarse en un ngulo de la delantera, diagonalmente opuesto al que ocupaba yo. Tom usted, con rapidsima ojeada, nota de mi admiracin, y la desde en seguida... volvindose a mirar por el cristal de la plataforma... Yo persist en mirarla, absorto por su arrogancia y su belleza... --Gracias, otra vez. --Usted volvi a advertir mi atencin, y la despreci ms, volvindome la espalda. --S? --Era, prima ma, amiga ma, el odio que usted empezaba a concederme, por dems... --Por dems... qu? --Por dems... generosamente. Y sonre. --Bueno, ya lo dije; usted es algo fatuo. Cualquiera otro que no lo hubiera sido, nicamente habra visto en mi desdn... el que conviene a los tenorios de tranva. --Si me perdona, prima, yo le dira a usted que les conviene mejor _la indiferencia_. El desdn as marcado es ya una pequea entrega de atencin... Y yo sonre, sonre... _por eso_... form mi juicio de usted... y volv a enfrascarme en mi lectura, por no volver a mirarla... Qu tormento entonces! Qu rabia para usted!... Se acuerda?... Es verdad, _no se acuerda_. Yo s, en cambio; solos, solos siempre en el tranva; el viaje, largo... En la Cibeles, usted habra dado no s qu porque yo volviese a mirarla. En Coln, y nadie entraba!, haba usted tosido tres veces, dejando caer dos el pauelo, y hablando con el cobrador para que oyese el abismado lector imperturbable su voz seductora... Una voz divina, clara, que yo o bien... pues lo que menos me importaba era el peridico, todo empeado en hacer rabiar a usted con mi _indiferencia_... porque le dir tambin, si usted me lo consiente, que es _la indiferencia_ el mejor castigo contra _las desdeosas del tranva_. En fin, usted baj; tena yo tan tendidos los pies, que tuvo usted que pedirme al pasar:--_Permite usted?_--Horror, mi odiada prima!... se acuerda?... Yo recog los pies sin contestarla, sin alzar los ojos del _Heraldo_, cuya "lectura" no interrump... --Falso!... Usted me mir; y de tal manera, que aun volva por el vidrio la cabeza cuando yo avanzaba hacia mi casa! --Cmo? Eso s lo recuerda? --Lo recuerdo. Vea usted lo que son las cosas! --Y no recuerda asimismo que otras noches desde entonces nos volvimos a encontrar en el tranva, con ms gente, con menos gente, y que siempre yo... lea el _Heraldo_? --Y no recuerda usted, odiado primo, que en el tranva y en la calle, dondequiera que nos volvimos a encontrar, yo cuidaba hacerle advertir la primera mi desprecio? --Su odio. --Sea! Mi odio! --Un odio de mujer. Amor inverso. --Cree usted?... --Tanto, que le tema a esta inevitable explicacin, como a una declaracin... amorosa. --Seor mo!! --Qu! --Que yo no puedo consentir... Schist! mi marido! Entra el marido, me saluda. Sale el marido a dejar el abrigo y el bastn. Hay un silencio. Deca usted?... Siga, siga. --Deca que usted ver si para dejar de odiarme le conviene amarme..., no hay otra manera. Por mi parte, siento muchas veces la intencin de darla un beso. --Oh, pero usted se me rinde, infeliz! No ha previsto que desvanece mi odio, suponiendo que lo tuve, al confesarme su maoso inters en sus lecturas del _Heraldo_? Usted, la intencin de darme un beso; yo, la voluntad de negarlo, y heme aqu vengada, curada de mi odio... radicalsimamente. --No. Porque yo dir en seguida que no me importa que me lo niegue... y usted me seguir odiando. --Como usted a m por consecuencia? --_El odio es amor inverso_. No renuncio al orgullo de su odio. Le digo, prima, que no quedan ms caminos que odiar... o amar. --Queda otro. Confesarles nuestro mutuo odio inextinguible a su mujer, a mi marido... y no vernos ms. Es lo prudente. --Tiene usted razn: es lo prudente. No hay motivo alguno para que nos sigamos soportando. --Ah viene mi marido! --Y mi mujer! Mi bella y blonda prma se levanta, vacila... vuelve a m desde la puerta. --No les diga nada an!--me advierte. --Pues jure que me odia con toda el alma! --Con toda el alma!! Sale, y yo permanezco un instante respirando sus esencias, sacudidas al vuelo de sus sedas. Mi prima me odia. Tiene talento mi prima, qu diablo! EL RECUERDO No haba andado Juana la mitad del camino hacia la via, con un cesto de mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se present Chuco de sopetn, diciendo: --Ma t, _Reina_, vengo escapao porque te vide llegar desde las pizarreras donde tengo la cabr. Te qui decir una cosa. Maana ya sabes que me voy a la ziud, a la melicia; pues, vlaqui lo que traigo. Chuco entreg un papel a su novia. --Calla! Y quin este santo...? Eres t!--exclam ella admirada. --Y toas qu'es verd... Y que ma retratao el seorito ese, amigo del amo, ca veno de tempor al cortijo. Le trompec ayer tarde en la ermita, pintando toa la fach y toos los rboles y too... Liamos un cigarro, y aluego dijo que quera retratarme; yo le dije que bueno; me puso el garrote asina, como ests viendo ah, y en menos de na, que toma, que deja, que raya p'arriba que raya p'abajo, ya tena too el mueco formao. Iba a largarse, despus de parlar un rato, cuando, sin saber por qu, me acord de ti. Por qu no me haba de hacer otro retrato pa ti...? Se lo dije lo mesmo que lo pensaba, y l, que debe ser mu largo, se ech a reir y lo hizo en segua. Ese es, _Reina_, pa que lo guardes mientras ando yo por esos mundos... Pues, bueno; yo no he dormo ni migaja en toa la noche pensando al respetive qu'es menester que t me des tamen un retrato. --Y yo... cmo?--pregunt Juana dejando de mirar el de Chuco. --Escucha, asina: vete en cuatro brincos a la alamea de la Tabla Grande del ro, que all se par don Luis hace un poco, al salir el sol, y aprepar los chismes como pa pintar el molinillo, y amate pa ve cmo pu retratate. Anda, _Reina_; no me voy a se sordao si al llevaros esta noche la jarra de leche no me le tienes... Lo oyes? Que se me ha meti en la chola, y no me voy aunque sepa dar en un presillo! Gran Dios! Y con qu cara iba _la Reina_ a presentarse a don Luis, sin haberle hablado una vez siquiera...? Chuco adivin esta idea; pero adopt un aire resuelto preguntando: --No irs? Juana permaneci muda. --Que no?--insisti el cabrero con su extremea terquedad. Y como su novia continuaba en silencio, echse el garrote al hombro, se acerc a ella, hizo una cruz, y despus de decir: "Por sta, que me llevan a presillo", se las toc a paso largo, dejndola atnita e inmvil. _La Reina_ (mote que Juana haba heredado de su madre, a quien se lo dieron por limpia y buena moza) se llen de pena comprendiendo que Chuco cumplira su promesa al pie de la letra. Tras algunos momentos de duda, se enjug los ojos y mir al valle, donde se divisaba el umbroso follaje de la ribera; suspir, y alegre al poco--que para algo haban de servirle sus diez y siete aos--, parti ligera como una saeta hacia la Tabla Grande. Bah! Si no conoca al seorito Luis, tampoco iba a pedirle un reino...! Entre corriendo y andando, cruz el encinado, salv el puente del arroyo, dejse atrs la huerta y los pinares, y agazapndose en la pradera para esquivarse del to Juan, que volva del lugar con el carro, entr por fin en la alameda, recorrindola hasta darse de manos a boca, o punto menos, con el pintor, que de pie junto a la silla de tijera, tena delante un caballete. Juana se par, y, arrepentida, trat de esconderse. Pero el seorito Luis la haba visto ya; era intil... Entonces, lanzando una imperceptible carcajada, a un tiempo medrosa y atrevida, roja como una grana, se acerc a l, solt el covanillo, y clavando los ojos en el suelo, exclam casi sin voz: --Yo... soy la novia de Chuco. El seorito Luis haba soltado los pinceles y miraba con sorpresa a la recin llegada. --De Chuco...! Qu Chuco, hija?--pregunt en el colmo de la extraeza. No conoca a Juana, que habitaba en el cortijo las dependencias de la servidumbre. --De Chuco el cabrero..., del que usted pint ayer en la sierra de la ermita--aadi Juana. --Aguarda! Conque t eres...! Pues tiene Chuco una novia como una perla--murmur el joven sonriendo--. Bueno, mujer; t dirs lo que deseas. Al escuchar Juana el elogio, levant la mirada hacia el seorito Luis... y la bajo viendo que sus ojos derramaban sobre ella un incendio. Sin embargo, aquella flor y aquella jovialidad dironla alientos para continuar: --S, me lo dijo. Por eso me pidi un retrato para dejrtelo. No te lo ha dado? --Vlaqui ust; me lo ha dao ahora que me encontr cuando iba yo por uvas a la via; y dijo que viniera al vuelo en busca de ust... porque me hizo la cruz para no dirse ms que atao, en tanti yo no me diera maa pa... darle otro retrato que ust me haga. --Bravo! Si no es ms que por eso, no hay que atarlo, porque no desairar nunca a una muchacha tan salada. Sintate. Esto va a ser a escape! Y a fe que me alegro, pues as estars en mi lbum junto a l. La noticia arranc a Juana, que estaba rabiando por reir, una carcajada de alegra. --Oye--dijo Luis en cuanto prepar los lpices y el lbum--, t eres muy guapa y quiero hacer un retrato bonito. As no ests bien; en vez de continuar sentada vas a echarte, saldrs mejor. Tu retrato ser todo un cuadro. As diciendo, la levant del cesto, se le puso de cabecera, obligndola a adoptar una postura caprichosa, le cruz los pies despus de acostarla de lado y la hizo reclinar la cabeza sobre un brazo y rodersela con el otro. Satisfecho de la actitud de la joven, que temblaba a su contacto y segua con el recelo en los ojos y el carmn en la cara esta maniobra, se fu a la silla sonriendo, sobrecogido por la inspiracin de la belleza extraordinaria de _la Reina_. Dibujaba Luis con el arrobamiento del artista que se deja absorber por su obra, y una tras otra, sin saberlo, dejaba escapar frases de admiracin ardiente cada vez que su anlisis descubra un tesoro de los mil de la belleza a la par atrevida y delicada de _la Reina_... Sus palabras clavbanse en el corazn de Juana como flechas de oro...! y Juana (por qu no decirlo?) empezaba a impresionarse... Vea en el pintor la adoracin a su hermosura, y ella, que siendo mujer, nunca haba sido admirada, no se daba cuenta, la pobre, de que el amor principia as. El amor, es decir, algo grande, algo que jams sinti junto a Chuco, en su cario de hermanos, descuidadote y tranquilo, cuyas races se perdan en el trato de la infancia. Bien visto, el seorito Luis era un cabal mozo; tendra veinticinco aos, y Juana en su vida estuvo al pie de un hombre tan guapo, tan simptico, tan amable... Vaya si sabia decir algunas cosas...! Decididamente ella se encontraba a gusto en la alameda. Hasta el misterio del sitio, que al pronto le haba causado un vago temor, comenzaba a placerla. Un vientecillo juguetn rizaba la amplia superficie del agua, prendiendo al sol en cabrilleos de oro y haciendo temblar en la opuesta orilla la imagen de los pintorescos matorrales de espinos y adelfas que la bordaban, por detrs de los cuales el cielo extenda su fondo de puro azul. En mitad del ro, como una gaviota nadando, se destacaba la casita blanca del molino, al extremo de una isleta vestida de sauces, cuyas ramas colganderas se derramaban y mecan con languidez sobre la corriente apacible. Exceptuando el rumor lejano de la presa, el susurro de las hojas y el atronador ruido de los pjaros en los rboles, nada turbaba all el silencio, si es que del silencio no son tambin las armonas de las brisas, de las aves y de las ondas. Slo necesitaba ya los ltimos toques el dibujo; Luis lo termin mientras deca con su acento medio apasionado y medio ligero: --Oh, chiquilla! Si te vieras a ti misma...! Eres inimitable... Qu diantre, la suerte anda muy mal repartida; de andar mejor, t estaras donde tu hermosura fuese el encanto de todos. Mujeres como t no deban nacer para morir como las margaritas del campo; no admito, no concibo que Dios haya creado cosa tan linda para esconderla... Ea! Ven a ver esto; ya se acab. Juana se levant y recibi el lbum que mostraba Luis, ponindose a contemplar el retrato con curiosidad. Se agradaba a s misma. Nunca haba tenido ocasin de mirarse en un espejo mayor que la palma de la mano, y no saba cunta era la gentileza de su talle. Dudaba de que la hermosura aquella fuese un reflejo de la suya; el seorito Luis, sin duda, haba hecho la imagen tan graciosa nicamente por halagarla. --Esta soy yo? --Esa eres. Chuco gana contigo el ciento por ciento. Qu diablo, no has sabido escoger novio! Qu muchacha ms tonta! Ahora voy con la copia para l: trae el lbum. Por segunda vez coloc Luis bajo su lpiz un papel blanco, empezando a copiar el boceto, del que pensaba hacer despacio una preciosa acuarela. _La Reina_ no se saciaba de mirarlo. Por encima del hombro del joven, rozndole alguna vez con los cabellos, observaba la soltura con que trazaba lneas que iban reproducindola. En su propia cara senta Luis respirar a Juana, que absorta en la contemplacin, no tena conciencia de otra cosa. Luis sufra. El aliento aquel le deleitaba como el perfume pursimo e intenso de la flor de jara en las siestas de la solitaria montaa. "Cuando ya est hecha la acuarela--pensaba--, le pondr un ttulo que ser un perfecto recuerdo: _Tentacin_." De improviso, alargando el papel y volvindose, dijo: --Toma. Y le di el retrato..., y un beso que estall como una palmada en la purprea mejilla de la Reina. La sangre toda afluy al rostro de la muchacha. Sinti que se desvaneca, pero se repuso, y sin pronunciar palabra, rpida como la luz, llevando el retrato en la mano y arrebatando el cesto al pasar, desapareci entre los lamos. * * * * * Cuenta la fama... (es decir, no lo cuenta la fama, porque es un secreto que slo puede contar la que lo aguarda) que har tres meses, la noche de la boda de _la Reina_ y Chuco, cuando las amigas de aqullas atribuan su llanto a las naturales cosas que hacen llorar en estas ocasiones, ella oprima contra su corazn el retrato trazado en la alameda de la Tabla Grande del ro, y suspiraba acariciando los recuerdos indelebles de las impresiones sentidas y de las palabras del pintor, que haban hecho desfilar ante sus ojos fugaces visiones ms brillantes que una lluvia de estrellas. PRUEBAS DE AMOR Mi amigo Csar es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el ms desdichado de los hombres. Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el dolor, el llanto y la alegra, el amor y la amistad. Su corazn, sensible hasta lo infinito, se deja tocar por las ms pequeas cosas; pero el eco levantado en el corazn, plcido o triste, grande o fugaz, es entregado inmediatamente al pensamiento, que al profundizarlo por todas partes lo deja destrozado. Llorando ante el cadver de su padre, pensaba si en su afliccin extrema no habra algo de hipocresa consigo mismo. Y ces de llorar. Pero en seguida le pareci fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y llor, llamndose miserable. Estren una comedia. Y cuando el pblico le aclamaba, se encontr a s propio desmedidamente fcil de halagar por los aplausos. Para evitarlos, se neg a salir a escena por segunda vez, se larg a su casa, se meti en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal determinacin tuvo mucho ms de vanidosa que el haber seguido recibiendo los aplausos. Cuando saluda a un personaje aljase meditando si en el saludo no puso algn servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro da, lo esquiva. Vive solo, hurao, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las ilusiones. Es un loco, sin duda. * * * * * Recuerdo que har tres aos lo encontr una tarde en el Retiro, sentado de espaldas a la gente, con la silla recostada en un rbol y entretenido en mirar el desfile de los coches. Me sent con l y no hablamos. De pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el paseo el de la Reina, cruz junto a nosotros una victoria, en cuyo interior iban dos mujeres, saludando a Csar. Una lindsima, elegante, joven. --Ves aqulla?--me dijo sealndola, cuando ya no pudo vernos--. La adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. Verdad que es divina...? Tiene alma de artista. Despus de la presentacin, no he vuelto ms que dos das a su casa. Oh, si yo pudiera llevarla a la ma, hacerla mi mujer...! Creme. El ideal es esa Aurora Rub: pero es hija de un hombre muy rico. En seguida me cont que Aurora haba estado con l atentsima, quiz ms que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quera cada vez ms, teniendo en cuenta la alta posicin de aquella familia, no se atrevera a intentar nada. Yo hcele notar a mi amigo que teniendo l una carrera brillante y un nombre literario conocidsimo en Madrid, deban tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se haban fijado en Csar con mimosera singular, la nia estaba de su parte. Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y ya de noche, en la Puerta del Sol, dej a Csar con sus cavilaciones eternas y eternas dudas y desconfianzas. * * * * * En Marzo volv a verle en una platea del Espaol, con Aurora y su familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con el abanico de seda, sin importarles un pito la representacin. Y despus, durante todo el verano siguiente, le encontr siempre acompandola en los teatros, en los paseos, enamoradsimos ambos, segn las muestras. Tena ganas de hablar con Csar para darle mi enhorabuena, y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fu de puro aburrimiento, le hall sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastn. --Te felicito--le dije. --Por qu? Por quin...? Por Aurora? No, no; todo lo contrario. --No es tu novia? --S. --No la quieres? --Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable sin par; y, por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me antoje; pero... --Pero qu? --Pero... no me da la gana! Dijo esto con dureza extraa, como imposicin hecha por su voluntad a su invencible deseo. --No quiero. No me da la gana de casarme--repiti enfadado. Yo me re. l se calm luego. --Mira, t--me dijo--, la quiero tanto que yo necesito a toda costa saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora y que me adora como una loca; que me adora por m mismo, no por la vanidad de mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra: necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su orgullo, su porvenir y su honra. --Ests chiflado. --Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente devolverlos; pero quin sabe si entregarlos hechos jirones a la publicidad para ver si la adoracin resiste a todo, hasta al martirio y la deshonra! --Pero hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo. --Tan formal, que hace cuatro das que no la veo. La he jurado que la amar siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos. --Y ella? --Lucha, la infeliz. Mira, al fin esta tarde me llama. S, s, empiezo a creer que me idolatra; que podremos casarnos...; despus. * * * * * Al cabo de medio ao, he vuelto ayer a tropezarme con Csar. Estaba en un caf y lea completamente absorto una carta de renglones cruzados. Aurora est en Santander. --Oye--me dijo Csar tras de contarme muchas cosas--. Es horrible mi situacin. Yo que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de confianzas dulcsimas, y pienso, a pesar mo, que aunque as deben ser las que dicta el corazn de una mujer enamorada, as pueden ser tambin las que dirige el miedo de una pobre nia a quien le guarda el tesoro de su honra. --Que entreg por amor. --Y que puede obligarla a mentir en el olvido! Oh, si as fuera, si ella me hubiese olvidado, cunto me estara ofendiendo al creer que yo no sera capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra escondida felicidad, que no tienen valor para m de prendas de venganza contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la nica mujer que he querido y querr con toda mi alma, aun ante la confesin de su olvido... Y si me ama--continu Csar exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cmo, Dios mo, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar una mujer... y no son bastantes! * * * * * --Yo dej a Csar por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y enamorada nia que as se ha hecho la esclava de un loco. Porque no me cabe duda que Csar tiene una locura no estudiada en los libros todava. MUJERES PRCTICAS Pleg Alfredo _La Correspondencia_ que a la luz del tranva vino leyendo desde Pozas, y mir dnde se encontraba: calle Mayor. Oh! Y a fe que le haba ensimismado el peridico. El coche iba bien de mujeres. Lo que se dice, cuando el da est de bonitas, se ve cada cara como una gloria. Junto a l, mam respetable, cincuentona y de libras, pero hermosa, y con dos nias a la izquierda... que hasta all. Se adverta a la pequea, molesta en la estrechura del asiento, aguantada casi por aquel empleadete de levitn rado, personilla de pelele medio oculta entre las gasas de la joven por un lado y bajo el mantn de corpulenta chula por el otro; sta era la cua de la tanda. En la de enfrente dos o tres seoras todava, una con su marido, guapa ella y retrechera. Pero a la ms hermosa fueron los ojos de Alfredo, guiados por la nariz, por un rastro de heliotropo que le caa de muy cerca, envolvindole en nube de sutil voluptuosidad; alz la vista y vi de pie a la puerta de la plataforma delantera una rubia esplndida, de continente altivo de princesa, buena moza, enguantada, llena de lujo, de brillantes. Alfredo se levant y le ofreci el sitio. Ella di las gracias sonriendo, clavndole los grandes ojos de oro tambin como el pelo abundantsimo. Iban a llegar, no mereca la pena. Insisti Alfredo, y la elegantsima dama se inclin gentil, mostrando en la sonrisa la blancura de papel de sus dientes; fu a dar un paso, y con la velocidad del tranva perdi graciosamente el equilibrio. Alfredo la sujet por el brazo, contacto leve que bajo la seda hizo constar carne resbaladiza, elstica, tentadora. Sola. Quin sera?... El joven, que, emborrachndose de amor en su perfume, la contemplaba, hubiese jurado que transparentaban algo de suprema aristocracia aquella desenvoltura, aquella singular expresin de aplomo, de experiencia y ansia de placer. Cintura delgada, caderas anchas, pecho alto. Una delicia. Razn poderosa del vivir. Por dar un beso en tal encanto de boca, se comprenda todo. Oh! Y nunca podra dar Alfredo un beso en cada boca de mujer hermosa! Nunca! Es decir, que se morira habiendo deseado besar tantas mujeres... Qu pena! Par el tranva. La dama pas delante del joven, inclinndose llena de gracia; sus ojos largos, de pupilas amarillas de oro, volvieron a meterle en el corazn languideces de muerte. Descendi y atraves, rpida y garbosa, la Puerta del Sol, sorteando coches, hasta la acera de enfrente. All su marcha fu un triunfo: los hombres se paraban, las mujeres volvan la cabeza. Alfredo iba detrs, a distancia. Imposible figura ms gallarda. Vista de espaldas a las luces elctricas de las farolas y los escaparates, toda aquella arrogante hembra, con su traje claro de seda, destellaba chispas: de sus brillantes, de los plateados botones de su esbelto talle, de los hilillos de oro de sus encajes, de las peinetas sepultadas en los rubios bucles de su peinado, de los caireles de su sombrero verde, entre gasas y rizadas plumas. Su andar era fcil, ondulado. Sus pies heran el suelo con todo el peso de la buena moza. Bajo su aspecto delicado, casi areo, se adivinaba toda la hermosura. Torci por la calle de la Montera. Alfredo lleg a la esquina, se par, y pareca vacilar. S; por ltimo, hasta el fin del mundo. Sabra su casa. Pars bien vala una misa. Casada?... Un mes, dos. Una labor de aproximaciones insensibles. El plan?... Resultara despus; por lo pronto, bastaba la voluntad. Querer es hacer querer, tratndose de todo. Alfredo, procurando no perder la linda cabeza rubia de sombrero verde, que segua con la vista por encima de las gentes, a lo lejos, para no ser advertido, iba ya pensando en el portero que le facilitara detalles. El imaginaba tambin sus paseos a lo cadete, sus butacas frente al palco, su insistencia ante el enojo; luego la mirada, la primera mirada es decir, el triunfo. Desde que una mujer devuelve la primera mirada de amor, est vencida. Lo dems es accidental, de oportunidad y de tiempo. La hermosa rubia dobl por la calle del Caballero de Gracia. Alfredo, que iba a cincuenta pasos, se apresur hasta la esquina: all se par contrariado. Ella, muy cerca, en la luz viva de un escaparate de modas, resplandeca de belleza y de elegancia. Antes de seguirle vi: haba mirado hacia atrs. Una mirada particular, subrayada de sonrisa. Y aceler la marcha. Fu aquella sonrisa leve la placentera emocin de toda mujer cuando observa que interesa, puramente de vanidad y que nada promete, o fu el _enterada y conforme de un proyecto de historia_? Difcil saberlo. Casi seguramente lo segundo; sin embargo, al tratarse de una mujer de treinta aos, cuya hermosura deba de haberla ocasionado suficientes galanteos para odiarlos por sistema o para gustarlos por hbito. Alfredo ech este dato a su favor. No era poco. Era... la primera mirada. Slo que, aun dada por cierta, esto no era todo, y los deseos iban ms aprisa que las esperanzas. Quedaba siempre la necesidad de verse y de hacerse rabiar, de la presentacin y el trato... de ese infinito juego de habilidad que exigen ellas para engaarse desde que se proponen ser engaadas. Un tiempo lastimosamente perdido en el prlogo, cuando espera un libro seductor--pensaba el joven. Ah, si las mujeres fuesen prcticas! Tan prcticas como los hombres!... Entonces, a aquella disparatadamente hermosa, de quien l haba visto embelesado la boca roja y la nuca blanqusima y vigorosa cubierta de vello de oro; a quien l mirndola haba desnudado con el pensamiento y con su complacencia; que iba sola, y quiz a fastidiarse en la soledad de su gabinete, nada le impedira en aquel mismo momento aceptar su brazo y dejarse conducir a otro gabinete ms reservado... de Fornos, por ejemplo, que estaba ya a dos pasos. Dos horas. Hermosura por pasin; luego, adis para siempre, o hasta la vista. En este momento, Alfredo se detuvo. Su amigo Alvarez saludaba afablemente a la dama. Deban conocerse mucho, segn las risueas frases cruzadas entre apretones de manos. Tan pronto como lo dej, Alfredo le sali al encuentro. --Baja conmigo. --No, sube t; tengo prisa. --Un momento. --Pero, hombre... Le arrastraba del brazo. --Conoces a aqulla? --Claro! --Dnde vive? --All. (Alvarez seal un principal.) --Quin es? --Luisa. --Qu Luisa? Luisa de qu? La mujer de quin? --La mujer de nadie. Es decir, de todo el mundo. Tu mujer si quieres: veinte duros. Alvarez, aprovechando su brazo en libertad, sali disparado. Un segundo despus, Alfredo entraba en Fornos; pero solo. Y se sent, pidiendo un humilde caf con leche. --Caramba--pensaba mientras era servido--. Esa es ms prctica que los hombres todava. Y no, no era eso lo que deseaba. Alfredo hubiese querido que todas las mujeres fuesen _muy prcticas_... para l nicamente. GENIO Y FIGURA El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisin, que tena algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro pareca contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensacin de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo travs, y contrastando con la obscura e informe aglomeracin de cabezas en el patio y los anfiteatros, se vean los escotes y los trajes claros en las explosiones brillantes de las cornucopias elctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movan en silencio, como guirnalda de mariposas. En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un _esprit_ de plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizs demasiado rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contraccin nerviosa de triunfo en los labios, era, sin embargo, la nica que no llevaba la ilacin del drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde segua en una voluptuosa aspiracin los estremecimientos del pblico, observndole, recogiendo sus latidos que acentuaban la expresin singular, un poco diablica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos ojos de gata un relmpago de satisfaccin: era que sorprenda unos gemelos mirndola; los pocos iniciados que asistan al teatro, haban extendido la noticia de que _all_ estaba la novia del nuevo autor, y la noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... y Angeles la segua en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la curiosidad desde cada hermosura del drama, les contena en arrobos de contemplacin la belleza de la joven. De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La dama, con su lujo de reina, desde lo alto de su gran celebridad artstica, acababa de llamar "estpidas" a las mojigatas burguesas que haban pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir, triunfante. Estall un aplauso, el primero de la noche, enrgico y nervioso, pero le cort un siseo lleno de imperio. Fu un parntesis de la atencin, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con ms descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, all enfrente, desde el palco del _Veloz_, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detrs de las sillas ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinndose sobre la baranda. Oh! _El Veloz_!... Ese palco, cuyas miradas suelen consagrar en los teatros la fama o la hermosura a la moda. Tambin Angeles solicitaba su inters, gracias a la actualidad que vena a prestarla aquella noche el xito ya indudable de su novio. Cogi sus gemelos, mir a cualquier parte, al oficial luego, que la tena clavada con los suyos, y los abandon en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y burlona: --Te conquista el hsar. Sigui la representacin. Angeles, con los ojos muy abiertos sobre la escena, no atenda. Recordaba la poca en que, meses atrs, conoci a Ricardo entre las brisas y alegras del Sardinero. Una crnica melosa, con su nombre entre flores; un deseo de pagar en sonrisas al corresponsal; un afn de monopolizar sus elogios en letras de molde, y a los ocho das, sin saber cmo, se encontr novia de Ricardo, a pesar de sus corbatas arcaicas y de su figurilla insignificante. Pero le quera, le quera, sobre todo desde que el pap de Angeles, fundndose en la precaria situacin del joven, se opuso a las relaciones. Ah! Pero este estreno, esta victoria, que cada vez ms claro advertase en la ansiedad del pblico, ganaba tambin al padre de la novia, que aplauda con carioso entusiasmo, como si estuviera presenciando all el azar que hara entrar a Ricardo en su familia. El mismo haba deseado asistir con su hija, porque tanto haban dicho del drama los peridicos, que empez a sospechar que su autor fuese, no slo un hombre de talento, sino de porvenir. Un frentico "bien!" y un palmoteo que convirti instantneamente el pblico entero en tempestad cerrada de aplausos y aclamaciones, volvi a Angeles de su ensimismamiento. El teln caa. "Bravo! Bravo!" se oa gritar; y entre las voces trmulas que pedan al autor y el nutrido resonar de las palmadas, que daban al teatro una apariencia extraa de manos que se movan por todas partes, pudo ver Angeles que desde muchos palcos se le asestaban gemelos, brillando delante de los ojos de mujeres elegantsimas. Tambin los del _Veloz_ la enfocaban como una batera formidable, los de aquellos seores calvos de blanqusima pechera, los del hsar, arrogante, con su rubio bigote a la borgoona y su pelliza de cordones de oro... Angeles, roja de emocin, ahogndose en el ruido de aquel aplaudir frentico, resonante en su odo como una granizada de perlas, con la nariz por la delicia dilatada en su carilla ideal de caprichosa, sinti un vaco en las sienes cuando bajo el teln, a medio levantar, apareci un cmico y le arroj al palco, a modo de homenaje, el nombre de su novio--lo cual arreci la tormenta de entusiasmo con un gritero imperativo y tremendo de: "El autor! el autor! Que salga!" La prima Berta la contemplaba con envidia... "Que salga! que salga!" Volvieron a brillar sobre el teln las luces del proscenio, y empez aqul a subir lentamente. La escena apareci desierta, deslumbradora. Oh, iba a verle all, en la apoteosis de la multitud electrizada, en la claridad de gloria de las luces invisibles de las bambalinas, ofreciendo la ovacin con enamorada sonrisa! Cunto le quera! La dama, aquella actriz rubia y esplndida, hermosa como una reina de cuentos, y un actor a quien el frac daba elegancia aparatosa, tiraban del autor, que al fin asom por el foro entre aqullos, vistiendo una levitilla antigua, plido, con el asombro en los ojos y el pelo y el bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus compaeros, las del pobre autor, muy serio y azorado, resultaban verdaderamente ridculas. Angeles oy decir en el palco inmediato "Qu feo!"; y la burlona Berta, la segunda vez que se alz el teln, le compar con un ratn recin salido de una jofaina. En esto, al desaparecer el autor de espaldas al fondo, tropez con un mueble... y el pblico entero, sin dejar de aplaudir, rise. Angeles estaba descompuesta. Desde el palco del _Veloz_, el hsar, en actitud gallarda, la miraba y sonrea compasivamente... Se desvaneca la joven. Se levant con rapidez y se ocult en el antepalco sin que lo advirtiera apenas su familia, atenta a la ovacin, que sigui ruidosa mucho tiempo. Cuando el padre de Angeles, vivamente emocionado, fu a felicitarla estrechando su mano, encontr a la joven medio tendida en un divn, temblorosos los labios y la mirada sin luz. Pobre sensitiva, tronchada por un huracn de felicidad!... --Perdname--le dijo--; ya comprendo tu cario por ese hombre de talento, y puedes decirle que desde hoy lo tendr a orgullo. A orgullo! sabes? --Es intil--respondi Angeles solemne de desprecio--; no pienso verle ms en mi vida. Vmonos! Y sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que esperaba ebrio de entusiasmo el ltimo acto del maravilloso drama. VILLAPORRILLA Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantera. Ni ms ni menos. As las conoca yo. Y saba de ellas que contempladas desde el ltimo cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaa eran recorridos por los pacficos campesinos que de vuelta de sus faenas tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones llenas de melancola, entremezcladas sus notas con el estruendoso concierto de cigarras, grillos y ranas, mecindose tambin por los espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las esquilas del ganado; contempladas, deca, a la traslumbre del crepsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de blanqusimas casitas "que como ovejas rodeadas al pastor en apretado conjunto circundaban la bonita iglesia", deban de ser el _non plus ultra_ de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus viviendas, con aquellos lamos prestndolas sombra, con aquel imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo, limpias como armios y lindas como perlas, mostrando bajo la "corta y honesta falda" su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban idlicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrn de cantera verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, beba su recua de borricos--alguno quiz dando tambin al viento su amorosa queja en un rebuzno poderoso... As las conoca yo... Cul me engaabais, oh caros novelistas y poetas! Villaporrilla, enclavada con sus cincuenta casas en la abrupta falda de Sierra del Gato, con alcalde coloradote y _brutote_ y de buen corazn (a lo menos as lo haba yo juzgado las veces que con su sombrero en la corona y sus calzas de pao me visit en la capital), es seguramente una aldea en las mejores condiciones para serlo; quiero decir que, a causa de estar alejada de todo centro de poblacin, y de no ser Villaporrilla "camino para ninguna parte", no cabe sospecharla corrompida en su primitivo aspecto. Villaporrilla, aunque en el corazn mismo de Espaa, est alejada de la civilizacin como cualquier campamento de salvajes. Pues bien: la primera sorpresa que llev en Villaporrilla fu ver que sus _casitas blanqusimas_ no eran ni _blanqusimas_ ni _casitas_, sino especie de zahurdones del color del barro, medio ruinosos, de apariencia imposible de poetizar. Hasta un momento antes de llegar, el paisaje es bello; pero sus alrededores, como si la Naturaleza tuviera asco del msero pueblo y le formara corro a distancia, consistan en raquticos huertos y gran cantidad de estercoleros y lagunas cenagosas en que a su placer embarrbanse los cerdos. La iglesia era una casa poco ms grande que las otras. Y el pozo del ejido, que no faltaba, verdaderamente, sera de agradable parecer a no estar rodeado de charcos y constituir como el cuartel general de los susodichos montones de basura. Creis que acudan ninfas en traje corto a sacar el agua? Oh, qu caras, Dios mo! Muchachas desgreadas, sucias, fesimas, con el color del paludismo, barrigonas, descalzas... Cerca estaba el cementerio. Cuatro tapiales, desportillados por ms de un sitio, y en paz. En Villaporrilla dej de parecerme "buen corazn" su seor alcalde, aunque sigui parecindome coloradote, y _brutote_, sobre todo. Adems, a los pocos das me convenc de que su estado normal era el de una borrachera continua. El concejo se reuna a discutir sobre si _El Pelao_ deba o no continuar en su cargo de ministro (alguacil, en la tcnica de Villaporrilla), o si deba ya sustituirlo el actual regidor sndico, que llevaba tres meses sin cobrar un cntimo; y adems, se reuna para tirarse los jarros y las sillas a la cabeza; lo cual haca a todos los concejales preferir la taberna a la sala de sesiones, porque en sta se tiraban los bancos y costbanle dinero al concejo. --Y cmo no arregla esto el seor cura de la aldea?--pregunt, antes de conocerlo, imaginndome al pobre seor escandalizado con tal estado de cosas. --Bueno est el cura!--me dijeron--; pero en fin, tras eso andamos, tras de echarle. El capitanea el bando del Furraco, y el ao pasado nos llev a la Audiencia en una causa a que le llaman la "causa madre", porque ha dado lugar a otras once, hasta la fecha. No me parecieron mejor los mozos que las mozas. En la casita donde me hosped, nica que tena cristales en el pueblo, los rompan todas las noches las pedradas zagalescas. Estos mozos rondaban hasta media noche en cuadrillas, con sendas porras al hombro. La semana que no haba un par de descalabros y el subsiguiente empapelamiento en el juzgado municipal, poda rayarse con piedra blanca. --Pues mire usted, este pueblo es muy tranquilo--me decan--. El ao pasado no mataron ms que a tres. En cambio, los de Cobarrubia a seis, y de Maratn _dieron_ cinco al _presillo_. LUZBEL Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su ltima obra, estaban Jacinta Jver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada a la pintura, casi una artista, y su esposo, el seor La Riva, hombre que, segn deca, desde hortera con sabaones, supo caer en marqus con gabn de pieles, sin ms que saltarse limpia y oportunamente el mostrador de un comercio. Haban desfilado los dems visitantes y quedaban estos dos; intranquilo l porque se le haca tarde para el Senado, y la bella marquesa ante el lienzo absorta cada vez ms, examinndolo a travs de sus impertinentes y celebrando los detalles con el pintor en voluble charla. Era un _panneau_ decorativo: el arcngel maldito, cado bajo un cielo de tempestad sobre una roca; Luzbel, con la tnica y el cabello rubio azotados por el vendaval, con el codo en la rodilla y la sien en el dorso de la mano, resplandeca an de divinidad, en la hiertica rigidez de su soberbia, como el ascua que en su propia ceniza se va apagando. Hubo necesidad de explicarle este simbolismo al banquero, que se acercaba nuevamente, despus de entretener su impaciencia con estatuas y desnudos. Y como su mujer, con cierta coquetera intelectual delante del artista, le sealaba los grandes aciertos de color y de dibujo, aquellas lneas onduladas de visin de ensueo, y aquellos tonos suaves que velaban la figura con neblinas de lo fantstico, harto La Riva de escuchar, exclam: --Hermoso! Magnfico! Aadi con franqueza mientras limpiaba los lentes: --De todos modos... yo no entiendo!, pero si es ngel, por qu no ponerle alas? Jacinta, avergonzada, con una dulce splica de piedad para el marqus, miraba al pintor sonriendo. ste, a pesar suyo, tena en los labios una contraccin desdeosa y compasiva, a cuyo estremecimiento le falt poco para romper en esta palabra: "Imbcil!" Pero le volvi la espalda, cambiando con la gentil marquesa una mirada que se clav en el orgullo de La Riva como un florete. En aquel hombre vea el artista la vulgaridad de que crea l haber salido con vuelo de genio, al pintar un demonio sin rabo, sin cuernos, sin alas de grulla siquiera... Di La Riva un paso, cogiendo por el brazo al pintor. Hubirase credo que lo iba a lanzar contra la pared... Mas no; brusquedades de hombre de negocio!... se sonrea. --Cunto vale ese lienzo? Rangel respondi altivo: --Veinte mil pesetas. --Lo compro. Enviar por l, y maana tendr usted la bondad de almorzar con nosotros para colocarlo. Ya en el coche, rodando hacia el Senado, le deca Jacinta: --Has estado importunsimo. Para qu hablas de lo que no entiendes? --Oh!--responda filosficamente el banquero--. Si no se hablase ms que de lo que se entiende bien!... Bah, los artistas! Sois vanidosos como el mismo Luzbel, hija de mi alma! En fin, ya vers... Cada cual tiene su vanidad, y... no haba de estar yo sin la ma. Maana quiero dar a ese geniazo un banquete tan original y esplndido que no lo olvide jams... * * * * * El almuerzo, en verdad, haba sido regio. Los tres solos, en jovial y amena conversacin, excitada por la abundancia de los mejores vinos, en aquel gran comedor, confortable, con sus dobles cortinas ante las policromas vidrieras de cristal cuajado, con sus plantas de hojas en abanico entre los muebles, y en medio de cuyo lujo slido pareca la marquesita una figura de porcelana. Su pelo negro, partido en dos bandas, con sencillez griega, haca ms transparente la blancura "violeta" de su carne; y en su plido traje heliotropo adivinbase una gallarda de buen gusto brindada al pintor. Obstinbase en relatar su historia el marqus a los postres, empuando la panda copa de champaa. Una biografa interesante, empezada en un chiquillo con almadreas que sali un da de su puebluco a mirar el mundo, y que, en fuerza de aos, de voluntad y de instinto de la vida, realiz con bro su parte de trabajo, colocndose a los cincuenta en blasonado palacio, para poder contemplar desde la altura de su corona de marqus y de su senadura vitalicia el bien que haba hecho. Y distingua, en efecto, desde all, aquellas tiendas humildsimas donde enriqueci a los dueos con su laboriosidad honrada; aquel gran comercio suyo ms tarde; aquellas locomotoras, luego, corriendo en su pas porque l y otros como l haban puesto el dinero; aquellas fbricas que l fund; aquel... --Siempre francote y un poco tosco, eso s, pero orgulloso de todos modos!--deca La Riva con una calma y un ritmo que recordaban el paso del buey. Y observando a su mujer y al pintor, distrados bajo la seduccin vaporosa del champagne y de la espiritual chchara que l haba escuchado antes como un extrao, prosegua:--Mas a buen seguro que si no entiendo de esas monadas que compro para adornar mi palacio--o (con el ademn pareca incluir como un cuadro un _bibelot_ ms a la bella marquesa)--tampoco Rangel sabr mucho de los negocios ni de los ferrocarriles, en que viaja repantigadamente... Cada cosa tiene sus mritos... y sus misterios, que slo Dios puede conocer en todas! En seguida dirigise a un criado que traa el juego para el caf: --No, Gaspar. En mi despacho. Has prendido la chimenea? Sali el criado haciendo un gesto de confidencia, y manifest el banquero que servan el caf en su despacho para que apreciaran la buena colocacin que por s propio haba dado a la gran obra de arte. Y derecho invitndoles a salir, mientras su mujer y el pintor se miraban presintiendo alguna nueva necedad artstica del hombre de negocios, aadi: --Ah! Se trata de mi hermosa chimenea con arco de roble, tallado por Serio! Presenciaron un espectculo extrao en el despacho. --Vaya si lo entenda! Qu se figuraban los dos?... No era un lienzo decorativo? No representaba un diablo ms o menos bonito?... Pues su pensamiento! en ningn sitio mejor que llenando el gran fondo de su chimenea antigua, con el fuego en los mismsimos pies del mal arcngel. Lo primero que vi Rangel fue su _panneau_ llenando el hueco negro de la chimenea. Tocando al lienzo ardan los trozos secos de pino, y las llamas y el humo haban obscurecido la pintura, levantada hasta la rodilla del ngel. La Riva, cruzado de brazos, con una sonrisa de agrado como quien espera un plceme, contemplaba al pintor, cuyos labios temblaban. Esta vez se lo dijo el artista: --Imbcil! Imbcil! Con toda su alma, con toda su rabia, y comprendiendo la situacin, sali como un loco. * * * * * --Qu significa esto?--preguntaba Jacinta irguindose frente a su marido. --Esto significa que le acabo de probar a un infeliz, prcticamente, cmo yo s hacer las cosas; que si l tiene orgullo de su fantasa para pintar, yo tengo el orgullo de mi talento para hacer dinero, que vale y puede ms, porque vale y lo puede todo... todo... Y concluy, mirando a su mujer hasta la conciencia: --...incluso destruir la gloria... y haberte trado a mi palacio desde la estrechez, no hay que olvidarlo, marquesa consorte de la Riva!... JUGAR CON EL FUEGO Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas deba detenerse, con direccin a Tnger, Len Demarsay, un diplomtico con quien yo haba intimado en Manila, hombre de gran corazn y excelente tirador de armas. Por m advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos mos conocerle, y le invitamos a un almuerzo, para cuyo final tenamos preparadas las panoplias. Servido el caf en el saln, Pablo Mora, que presume de floretista, le brind el azcar con la mano izquierda y con la derecha un par de espadas. --Gracias--contest Len sonrindome con dulzura al comprender que defraudaba nuestras esperanzas--. Hace mucho que abandon estas cosas. No s. Completamente olvidadas. Y luego, defendindose de nuestra insistencia, y para que no creyramos falta de cortesa o fatuo desdn de maestro su negativa, aadi, mientras se sentaba y empezaba a sorbos su taza, invitndonos a lo mismo: --Hace tres aos, jur no volver a tocar la empuadura de un arma. Y qued sombro, delatando algn doloroso recuerdo. Respetndolo nosotros, nos sentamos tambin, sin pensar en ms explicaciones. Pero la gentil Mara, esposa de Mora, en cuya casa estbamos, y otras dos seoritas que nos acompaaban, una de las cuales, discpula de Sanz, haba pensado en el honor de un asalto con el francs (cosa que vena a constituir quizs el caprichoso y principal atractivo de la reunin), le seguan mirando curiosamente. --Nada!--exclam al fin Demarsay--. Como usted, Luciana (la discpula), yo empec la esgrima por receta de un mdico. Usted, segn me ha dicho, contra una neuralgia; yo, contra un reuma. Ojal que en m hubiera podido continuar siendo un _sport_ saludable, como lo ser en usted toda la vida...! Pero los hombres--aadi envolvindonos en una sonrisa de irnica piedad--somos un poco ms crueles que las mujeres. --Permita que me sorprenda en un hombre tal confesin--dijo Mara, clavando los ojos en Demarsay, del mismo negro acero que su pelo. --Necesita demostrarse!--aadi no s quin de nosotros. --La demostracin resulta de mis pequeas historias. Deca... que un doctor me aconsej, para unos dolores rebeldes, el campo y la gimnasia; inmediato a la finca donde pens instalarme, viva retirado M. Montignac, el ms clebre duelista de Europa; propsele al doctor, en gracia a mi comodidad, sustituir la gimnasia con la esgrima; acept, y a los seis meses yo estaba curado. Mas como por mis negocios permanec en la posesin algunos aos, y como adems, por gratitud al ejercicio y deferencia a mi maestro, no abandon las armas, result que cuando volv a Pars, segn Montignac, que se apresur a comunicrselo a sus compaeros, era el mejor discpulo que haba tenido hasta entonces. A consecuencia del aviso, sin duda, la _Sala Hervilly_ me invit a un asalto; y a consecuencia del asalto, en el cual desarm cuantas veces quise a un M. Murguer, tirador celoso de su fama, recib al siguiente da la visita de sus padrinos. --Para otro asalto?--pregunt ingenuamente Luciana. --Para un duelo--continu Demarsay--. Pretendan que me batiera con Murguer, porque ste deseaba saber si mi habilidad era la misma con espada sin botn. Contest que no tena el menor deseo de prestarme a la prueba, y que no encontrando odios ni ofensas que vengar, sino antes al revs, habiendo tenido una complacencia en conocerle, le propona un jovial almuerzo con unas cuantas botellas de champagne. Almorzamos juntos, tiramos y procur dejarme alcanzar algunas veces, por calmar la vanidad de aquel hombre. Slo que una de ellas, cuando yo crea estar ganando su simpata, al oirme decir sonriendo: _Touch!_, arroj su espada y nos abandon airadamente. Por la tarde los padrinos. Afirmaban esta vez que le haba ofendido con mi condescendencia, tratndole como a un nio; lo que no estaba dispuesto a tolerar, porque aspiraba a ser tratado en todo momento como hombre; que no aceptaba explicacin ninguna, y que conceptuaba preciso que nos midiramos con armas desnudas, a fin de que sus descuidos o mis galanteras, en caso que yo me atreviera as a brindrselas, no resultaran una ridcula e inocente burla. --Qu tesn!--exclam Mara. Pablo, en su _punto de tirador_, advirtiendo que todos los que oamos a Demarsay hallbamos importuna la conducta de su adversario, se crey en el caso de encontrarla explicable. --Al verdadero duelista--manifest--velador constante de su prestigio, no le es agradable, aunque involuntaria, una humillacin de esa ndole. En esto se parece a la mujer con respecto a su honra. Ninguna tolera con paciencia que otra mujer delante de ella aparezca ms _honrada_. --Pero yo, que no soy duelista, que no lo era--replic Demarsay con su acento ligero y fino de parisiense--, sino un pobre enfermo que se curaba y se diverta jugando al florete igual que poda divertirse jugando a la pelota, me asombr de la exigencia de aquel seor, a quien juzgu un solemne majadero... Mir a Pablo y le vi inmutarse. Iba a contestar, tal vez en defensa de su falaz proposicin, pero se contuvo. --Y con plena franqueza tuve el gusto de participrselo a los padrinos--continu el diplomtico--. Aseguro a usted que ech de menos la ley de Schopenhauer contra el duelo: "Todo mantenedor y portador de un cartel de desafo, recibirn veinte palos en pblico, a usanza china." Pablo no pudo contenerse. --Castigo que no sufrira ningn hombre de honor sin pegarse un tiro. --A lo cual contesta el filsofo, que lo prev: "Es mejor que un loco se mate a s mismo que no que mate a otras personas." Produjeron una carcajada, que puso en evidencia a Pablo, las palabras del francs, quien sigui: --Loco era aqul, y de remate, Me buscaba y me encontr una noche en el Tvoli: me di un bofetn y le tir por la barandilla del palco; l, al hospital desde el teatro, con una pierna rota; yo a la comisara, donde tuve que pagar dos sombreros y un abanico que estrope al caer mi hombre... Pierna curada a los dos meses, y lo de siempre, seores! el duelo...! Bah! Era preciso acabar, y acept como quiso, permitindose todo, a muerte. Aseguro que cuando contempl mi espada ante aquel infeliz que se defenda con torpeza, me pareci un instrumento infame con el cual, y con habilidades de tahur, poda yo impunemente arrancar una existencia. Pude matarle, y le desarm varias veces. Esto aument su coraje, y mi desprecio a m mismo, y a l, y a cuantos presenciaban el repugnante espectculo como una fiesta. Al fin, para acabar, le her en la mano. No cedi, sino que se lanz sobre m con ms furia. Entonces le atraves el brazo, y la espada cay de su mano inerte... Antes que aquel insensato pudiera curarse y provocarme de nuevo--concluy Demarsay dirigindose a m--ped mi traslado, y renegando de la esgrima que en mala hora haba aprendido, me embarqu para Sangay, y luego para las Filipinas, donde tuve el gusto de conocer a usted. --Pero el juramento?...--interrog Luciana. --Porque no basta eso--aadi otro--; una temeridad excepcional no significa que la esgrima no pueda servir en una causa justa. --Y, en efecto--aad yo--, cuando le conoc, todava le vi manejar prodigiosamente la espada. --S--contest mi amigo--, pero evitando a los profesionales. Aun as, seores, despus tuve que cerrarme a la banda para rehuir otros encuentros con Tomegueux, en Pars, y con San Malato, en Florencia; y hasta pude convencerme al fin, por m propio, de que el conocimiento de las armas, que no es indispensable nunca y que sirve rara vez para cosas razonables, se pone fcil y malamente al servicio de la vanidad y de las pasiones. La que es hoy mi mujer era mi novia en 1895. Estbamos en Npoles; el conde de Torino quera a mi novia, que me adoraba, y el padre de sta, un romano que conservaba la tradicin del orgullo, prefera al conde por su nobleza. Mi pobre Celsa se rebel al afn de su padre, ponindome por causa; y cuando el conde me desafi un da, sent una alegra infinita, satnica. Tena la seguridad de matar a mi rival, y me complaca en el derecho que l mismo me daba para matarle. Se interrumpi Demarsay un segundo, con tristeza, antes de proseguir: --Pude cumplir con una pequea estocada, como con Murger; pero no: fu tan miserable, que aprovech con saa y sangre fra todo mi arte para buscarle el corazn... Ante aquel desdichado que se desplomaba, comprend repentinamente toda mi infamia... Y entonces fu mi juramento, seorita... jugar con las armas es jugar con el fuego! * * * * * Un poco despus, Len Demarsay se despeda de nosotros. Aun estaba en la antesala cuando Pablo me cogi de un brazo, me llev al comedor y dijo: --Quieres ser mi padrino? --Te bates?--le pregunt sorprendido. --S. --Con quin? --Con Len Demarsay. Me dijo antes _majadero_. --Y t lo confirmas!--repliqu con tal acento de convencido desprecio, que se qued en mitad del comedor con la cabeza baja, ms abochornado que ofendido. LA RECETA Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo el doctor se pona el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo; pero el criado entreabri la puerta. --Ms enfermos? Estoy harto! Que vuelvan maana. --Traen esta tarjeta--contest el criado, entregndola. Y deba ser decisiva, porque Leandro la tir sobre la mesa, volvi a quitarse el gabn y grit malhumorado: --Que pasen. Dirigindose a m, que me dispona a dejarle solo, aadi: --No; espera ah, tras el biombo. Concluir a escape. El biombo ocultaba un ancho silln de reconocimiento. Me sent y saqu un peridico, viendo que el concienzudo mdico alargaba la visita, a pesar de su promesa. Eran seoras. Con ellas haba inundado el despacho un fuerte olor a _floramy_ que se sobrepuso al del cido fnico. Sus voces bien timbradas me distraan, y no pudiendo leer, escuch. --Doctor, mi hija est cada da ms delgada, sin saber por qu. Come poco, duerme mal y va quedndose blanca como la cera. Se cansa, se cansa esta nia, que era antes infatigable. Reconzcala bien, y dgame con claridad lo que padece. Estoy dispuesta a seguir un plan con el rigor necesario... --Qu edad tiene usted? --Veintitrs aos--replic tmida la joven. Francamente, al oirla yo, me entr un vivo deseo de mirarla, a fin de comprobar si delante de los mdicos, en cuestin de edades, no mienten las mujeres... Enfil un resquicio entre dos hojas del biombo... Oh, qu deliciosa criatura! Qu hermoso pelo de bano bajo el sombrero de paja! Alta y esbeltsima, muy plida, con los dientes como perlas entre los labios pintados, sin duda. Si menta, mereca disculpa en gracia a su hechicero aspecto; y por mi parte dir que mi curiosidad, en cierto modo psicolgica, qued borrada por mi admiracin, en cierto modo artstica. La contempl buen rato, sin parar mientes en el interrogatorio, al que contestaba la madre casi siempre... Pero comprend de improviso que no deba seguir mirando. La encantadora chiquilla se desnudaba... Su mam habale quitado el sombrero y la estola, ayudndola a descorchetar el corpio de seda, tirndola de las mangas despus, en tanto que el feliz doctor--felices los doctores que pueden ver estas cosas!--distraase discretamente preparando el estetscopo... Qu diablo, perdneseme la indiscrecin! Resolv quedarme atisbando... Tena yo la culpa?... --Cuando guste--avis la madre. Al quitrseme de delante, vi a la joven en cors, un pequeo y coquetn cors de raso color caa, desajustado como la cintura de la falda, al aire los brazos y desabrochado en el hombro izquierdo el canes de encaje. Una garganta ideal, un escote divino. La seductora enferma, ruborosa y con una mano extendida sobre el pecho, no consegua as ms que revelar la exuberancia de sus senos, hundiendo entre ellos la finsima y blanca tela. Delgada, decan! Aunque s: era una de esas mujeres pasionales, delgadas con delgadez flexible, hecha para el amor, de brazos finos y seguramente de muslos ms gruesos que la cintura. El mdico se acerc y empez a auscultarla con atenta indiferencia, oprimiendo de un modo que me pareca brutal, en la carne de nieve el negro caucho del aparato, escuchando en todas partes mientras que la joven entornaba los ojos y entreabra la boca respirando con creciente adorable angustia. Contestaba rpida las breves preguntas del doctor, y ste, interesado de pronto por algo anmalo que quera percibir mejor en la punta del corazn, separ la camisa para volver a aplicar el estetscopo... Por encima surga redondo y desnudo un bellsimo seno de estatua... Ella cerraba los ojos, cada al respaldo la cabeza en languidez que a m, profano, siendo de enferma, se me antojaba de amante... l cerraba los ojos tambin; atento siempre, inmutable, si bien hubiese yo jurado que hubo un momento en que le vi sonrer con piedad y malicia. --Es aqu donde ms sufre? --S--gimi la muy gentil, sintiendo que el joven doctor le posaba en el corazn la mano. Y alz a l los ojos, con fijeza de suplicio, casi estrbicos. --Puede usted vestirse. Inmediatamente mi amigo fu a tomar notas en su diario de consulta, hasta que la seora concluy de ayudar a su hija. Torn entonces a sentarse cerca. --Van ustedes a dispensar que me informe de algunos detalles. --Un mdico es un confesor, caballero--apunt la dama, completamente ganada por la actitud beatfica de Leandro. --Tiene novio? --S. Cosas de muchachos! Ha tenido novios... Se visti de largo muy joven, a los quince aos... y lo tiene ahora, segn creo; pero esto no le preocupa, que yo sepa al menos... Verdad, Purita? Te da disgustos Marcial? --No, mam, ninguno; t lo sabes. --Por qu, pues, se desvela? Tiene usted algn deseo no realizado? Hay en sus ensueos alguna idea fija, dominante? Qu suele soar? --Oh, nada! Tonteras. Mam... dice que es por la debilidad. La cariosa madre intervino nuevamente. --Se acuesta tarde. Noches de dejar a las amigas a las tres, despus de bailar como una loca. Yo creo que la desvela el mismo cansancio, porque no hay otro motivo, y en casa no se le da el disgusto ms leve. Es un delirio por el baile, la chiquilla. --Y quiere usted mucho al novio? Aqu sonri Purita por nica respuesta. --Son antiguas las relaciones? --Tres aos. --No quiere casarse? Por qu no se casan? --Bah, no, doctor!--salt la madre--. No piense usted que la apena eso! Mi hija es una chiquilla completa, que no se separara de sus padres por nada del mundo, y que prefiere su casa y su piano y su espejo a todo. Su novio es un trasto, como ella: un chico de veinticuatro aos, que tardar cuatro o seis en llegar a capitn, siquiera. Sera locura pensarlo. --Sin embargo, puede que su hija, por respeto... --Oh, no, no!--interrumpa testaruda la madre--. Sobre esto, doctor, quede tranquilo. Nada influye en la enfermedad, que, por el contrario, sera ahora un obstculo ms para la boda. Habr que pensar primero en cuidarse. Mi hija, y su novio igualmente, estn demasiado hechos a las comodidades de sus casas para tomar otra que no podra ser, hoy por hoy, un palacio, con treinta y siete duros al mes... Por segunda vez advert en mi amigo una sonrisa, ms francamente amarga al alejarse de las damas. Entreg luego una receta, diciendo displicente: --Se trata de un padecimiento funcional, de puro desequilibrio nervioso. Anemia... Quince gotas de ese elixir en cada comida, ejercicio, aire libre... pero nada de campo ni de aislamiento para esta seorita: sera peor... y... a su edad no hay inconveniente alguno en casarla, seora. Todava tres docenas de palabras entre cumplidos y seguridades acerca de que la enferma tena sano el corazn y el pecho, y concluy la consulta. Yo sal alborotadamente en cuanto se cerr la puerta. --Bendita carrera, chico, que te permite contemplar tales encantos! Y contra lo que esperaba, contest indignado el mdico: --No! Maldita carrera, que me obliga a contemplar tales miserias! Esa divina criatura morir tsica antes que su novio ascienda!... Yo he podido decirle a la madre: "Imbcil, tu hija no tiene falta de vida, sino vida que le sobra, que la abrasa, que la ahoga una y mil veces desde los quince aos, agitndola enloquecida de ansia de amor, al volver del baile a su lecho solitario de odiosa virgen, contemplando su hermosura intil... mientras que el novio que la enciende, va a concluir la noche encima de alguna prostituta." Y ya lo ves: hierro, gotas de hierro, y cobrar diez duros: porque si yo les diese la verdadera receta, a las madres, para estas pobres vrgenes... y mrtires, ya hace tiempo que pasara por un loco sinvergenza y no vendra nadie a mi consulta. Oh, qu farsa es la vida! FIN * * * * * NDICE Pginas La nia mimosa 5 Tu llanto y mi risa 13 El oro ingls 19 Paraso perdido.--Recuerdos de Mindanao 25 La primera conquista 31 La tempestad 37 Paga anticipada 45 La toga 51 Por ah 57 El suceso del da 63 Mi prima me odia 69 El recuerdo 77 Pruebas de amor 87 Mujeres prcticas 95 Genio y figura 103 Villaporrilla 111 Luzbel 117 Jugar con el fuego 125 La receta 133 End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos ingenuos, by Felipe Trigo License: Share Alike