Produced by Chuck Greif Genio y figura Por Juan Valera Librera de Fernando F Madrid 1897 _Medio de fonte leporum_ _Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus augat_. (Lucretii. _De nat. rer._ _libr. IV_). -I- En tres distintas y muy apartadas pocas de mi vida, peregrinando yo por diversos pases de Europa y Amrica, o residiendo en las capitales, he tratado al vizconde de Goivo-Formoso, diplomtico portugus, con quien he tenido amistad afectuosa y constante. En nuestras conversaciones, cuando estbamos en el mismo punto, y por cartas, cuando estbamos en punto distinto, discutamos no poco, sosteniendo las ms opuestas opiniones, lo cual, lejos de desatar los lazos de nuestra amistad, contribua a estrecharlos, porque siempre tenamos qu decirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecan animadas y amenas. Firme creyente yo en el libre albedro, aseguraba que todo ser humano, ya por naturaleza, ya por gracia, que Dios le concede si de ella se hace merecedor, puede vencer las ms perversas inclinaciones, domar el carcter ms avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El Vizconde, por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba que toda persona era como Dios o el diablo la haba hecho, y que no haba poder en su alma para modificar su carcter y para que las acciones de su vida no fuesen sin excepcin efecto lgico e inevitable de ese carcter mismo. Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningn caso particular pueden inferirse reglas generales. Por esto creo yo que siempre es falsa o es vana cualquier moraleja que de una novela, de un cuento o de una historia se saca. Mi amigo quera sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama que ambos hemos conocido y tratado con alguna intimidad, y quera probar su tesis y la verdad trascendente del refrn que dice: _genio y figura, hasta la sepultura_. Yo no quiero probar nada, y menos an dejarme convencer; pero la vida, el carcter y los varios lances, acciones y pasiones de la persona que mi amigo pona como muestra son tan curiosos y singulares, que me inspiran el deseo de relatarlos aqu, contndolos como quien cuenta un cuento. Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni ensear nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea. -II- Hace ya muchos aos, el vizconde y yo, jvenes entonces ambos, vivamos en la hermosa ciudad de Ro de Janeiro, capital del Brasil, de la que estbamos encantados y se nos antojaba un paraso, a pesar de ciertos inconvenientes, faltas y aun sobras. La fiebre amarilla, recin establecida en aquellas regiones, sola ensaarse con los forasteros. Las _baratas_, que as llaman all a ciertas asquerosas cucarachas con alas, nos daban muchsimo asco, sobre todo en los instantes que preceden a la lluvia, porque dichos animalitos buscan refugio en las habitaciones, las invaden, cuajan el aire formando espesas nubes, se posan en los muebles, en las manos y en las caras y esparcen un olor empalagoso y algo nauseabundo. Otros inconvenientes y sobras haba tambin por all, aunque no hablo de ellos por no pecar de prolijo. Pero en cambio, cunta hermosura y cunta magnificencia! El Bsforo de Tracia, el risueo golfo de Npoles y la dilatada extensin del Tajo frente de Lisboa, son mezquinos, feos y pobres, comparados con la gran baha de Ro sembrada de islas fertilsimas siempre floridas y verdes, y cuyos rboles llegan y se inclinan hasta el mar y baan los frondosos ramos en las ondas azules. Los bosques de naranjos y de limoneros, con fruto y con flor a la vez, embalsaman el aire. Los pintados pajarillos, las mariposas y las liblulas de resplandecientes colores esmaltan y alegran el ambiente difano. Por la noche, el cielo parece ms hondo que en Europa, no negro sino azul, y todo l lleno de estrellas ms luminosas y grandes que las que se ven en nuestro hemisferio. Confieso que es lstima que la vista de todo aquello no despierte en nuestra alma recuerdos histricos muy ricos de poesa, y que las montaas que circundan la baha tengan nombres tan vulgares. No es all, por ejemplo, como en Npoles y en sus alrededores, donde cada piedra, cada escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca las sombras de uno o de muchos personajes histricos o mticos: Ulises, las Sirenas, Eneas, la Sibila de Cumas, los hroes de Roma, los sabios de la magna Grecia, Anbal olvidndose de sus triunfos en las delicias de Capua, Alfonso de Aragn el Magnnimo haciendo renacer y florecer la antigua clsica cultura, todo esto acude a la mente del que vive en Npoles y hasta se pone en consonancia con los nombres sonoros y nobles que conservan los sitios: el Posilipo, el Vmero, Capri, Ischia, Sorrento, el Vesubio, Capua, Pestum, Cumas, Amalfi y Salerno. En cambio, los nombres de los alrededores de Ro no pueden ser ms vulgares ni ms vacos de todo potico significado: la Sierra de los rganos, el Corcobado, el Pan de Azcar, Botafogo, las Larangeiras y la Tejuca. La falta, no obstante, de sonoridad y nobleza en los nombres, y de altos recuerdos histricos en los sitios, est ms que compensada por la esplndida pompa y por la gala inmarcesible que la frtil naturaleza despliega all y difunde por todos lados. Nuestro mayor recreo campestre era ir a caballo a la Tejuca, con la fresca, casi al anochecer. Pasbamos la noche en una buena fonda que all haba, donde nunca faltaba gente alegre que jugaba a los naipes y cenaba ya tarde. Tambin se sola bailar cuando haba mujeres. Aquel sitio era delicioso. El fresco y abundante caudal de agua cristalina que traa un riachuelo se lanzaba desde la altura de unos cuantos metros y formaba una cascada espumosa y resonante. Por todas partes haba gran espesura de siempre verdes rboles; palmas, cocoteros, mangueras y enormes matas de bambes. Innumerable multitud de lucirnagas o cocuyos volaban y bullan por donde quiera, durante la noche, e iluminaban con sus fugaces y fantsticos resplandores hasta lo ms esquivo y umbro de las enramadas. De las frecuentes expediciones a la Tejuca, ya volvamos a altas horas de la noche, formando alegre cabalgata, ya volvamos al rayar el alba. No se crea con todo, que las expediciones a la Tejuca eran el mayor encanto que Ro tena para nosotros. Haba otro encanto mucho mayor, la casa de la Sra. de Figueredo, centro brillantsimo de la _high life_ _fluminense_. La Sra. de Figueredo tendra entonces de veinticinco a treinta aos: era una de las mujeres ms hermosas, elegantes y amables que he conocido. Su marido, ya muy viejo, era quiz el ms rico capitalista de todo el Brasil. Prendado de su mujer, gustaba de que luciese, y lejos de escatimar, prodigaba el dinero que dicho fin requera. Su vivienda era un hotel espacioso, amueblado con primor y con lujo, en el centro de un bello jardn, bastante dilatado para que por su extensin casi pudiera llamarse parque. Menos en las temporadas en que haba teatro, la Sra. de Figueredo reciba todas las noches. Cuando haba teatro reciba tambin, pero no siempre. Sus tertulias eran animadsimas y solan durar hasta despus de la una. Bien poda afirmarse que empezaban a las siete, porque la Sra. de Figueredo rara vez dejaba de tener convidados a comer, agasajndolos con cuantas delicadezas gastronmicas puede inventar y condimentar un buen cocinero, sin freno ni tasa en el gasto. Pero lo que sobre todo haca agradable aquella casa, era la misma Sra. de Figueredo, que una a su elegancia, discrecin y hermosura, el carcter ms franco y regocijado. Del sitio en que ella se presentaba, sala huyendo la tristeza. En torno suyo y en su presencia, no haba ms que conversaciones apacibles o jocosas, risas y burlas inocentes, sin mordacidad ni grave perjuicio del prjimo. Natural era, pues, que el primer obsequio que, no bien llegase a Ro, se poda hacer a un forastero, era presentarle a una dama tan hospitalaria y divertida. -III- En el tiempo de que voy hablando, aport a Ro, como secretario de la Legacin de Su Majestad Britnica, un inglesito joven y guapo; probablemente tendra ya cerca de treinta aos, pero su rostro era muy aniado y pareca de mucha menor edad. Era blanco, rubio, con ojos azules y con poqusima barba, que llevaba muy afeitada, salvo el bigotillo, tan suave, que pareca bozo y que era ms rubio que el cabello. Era alto y esbelto, pero distaba no poco de ser un alfeique. En realidad era fuerte y muy gil y adiestrado en todos los ejercicios corporales. Tena talento e instruccin, y hablaba bien francs, espaol e italiano, aunque todo con el acento de su tierra. Tena modales finsimos, aire aristocrtico y conversacin muy amena cuando tomaba confianza, pues en general pareca tmido y vergonzoso, y a cada paso, por cualquier motivo y a veces sin aparente motivo, se pona colorado como la grana. No est bien que se declare aqu el verdadero nombre de este inglesito. Para designarle le dar un nombre cualquiera. El apellido Maury es muy comn. Hay Maurys en Francia, Inglaterra y Espaa. Supongamos, pues, que nuestro inglesito se llamaba Juan Maury. El Vizconde y yo nos hicimos en seguida muy amigos suyos, y los tres bamos juntos a todas partes. Claro est que una de las primeras a donde le llevamos fue a la tertulia de la Sra. de Figueredo, la cual le recibi con extremada afabilidad, y dej conocer desde luego que el inglesito no le haba parecido saco de paja. l tambin, a pesar de ser muy reservado, como tom con nosotros grandsima confianza, nos confes que la Sra. de Figueredo era muy de su gusto, y se nos mostr curiossimo de saber sus antecedentes; su vida y milagros, como si dijramos. El Vizconde, que estaba bien informado de todo, y si no de todo, de mucho, le cont cuanto saba, haciendo una relacin, que vamos a reproducir aqu, poco ms o menos como el Vizconde la hizo. -IV- Hace ya mucho tiempo que ciertas nias espaolas, y particularmente las andaluzas, acuden a la gran ciudad de Lisboa, en busca de mejor suerte. Los seoritos de por all, los _janotas_, que es como si dijramos los jvenes elegantes, _dandies_ o _gomosos_ de Portugal, se pirran y despepitan por las tales nias espaolas. De ellas aprenden a hablar un castellano muy chusco y andaluzado: _flamenco_, como ahora se dice no s porqu. Ignoro si persisten estas costumbres; pero s dir que, hace veinte aos, todava el vocablo espaolita era en Lisboa sinnimo de lo que por aqu pudiramos llamar _hetera, suripanta_ o _moza de rumbo_. La aficin decidida a las espaolitas era entonces el ms pronunciado sntoma y el ms elocuente indicio de la posible unin ibrica. El Vizconde, al empezar su narracin, sostena sin rodeos ni disimulos que ocho aos antes del momento en que hablaba, haba conocido a la Sra. de Figueredo, soltera an y figurando y descollando entre las espaolitas de Lisboa. La llamaban Rafaela, y por sus altas prendas y rarsimas cualidades la apellidaban _la Generosa_. Rafaela apenas tena entonces veinte abriles. Era gaditana, y hubiera podido decirse que se haba trado a Lisboa todo el salero, la gracia y el garabato de Andaluca. --Yo la vi por vez primera, deca el Vizconde, en aquella plaza de toros. Al aparecer en un palco, con otras tres amigas, los cinco o seis mil espectadores que haba en la plaza, clavaron la vista en Rafaela y rompieron en gritos de admiracin y entusiasmo. Vena ella con vestido de seda muy ceido, que revelaba todas las airosas curvas de su cuerpo juvenil, y en la graciosa cabeza, sobre el pelo negro como el azabache, llevaba claveles rojos y una mantilla blanca de rica blonda catalana. La funcin haca tiempo que haba empezado. Un diestro caballero en plaza sobre fogoso caballo, que haca caracolear con pasmosa maestra, se aprestaba a poner un par de banderillas a un soberbio toro _puro_, que de esta suerte califican en Portugal los toros que nunca han sido lidiados. Pero todo se suspendi y durante uno o dos minutos, nadie prest atencin ni al diestro de las banderillas ni al toro _puro_ tampoco, distrada y embelesada la gente por la aparicin de Rafaela la Generosa. En el brazo izquierdo llevaba ella un enorme paoln de seda roja, cubierto de lindas flores prolijamente bordadas en el Imperio Celeste; y, segn es uso en Lisboa, lo extendi como colgadura sobre el antepecho del palco. En otros muchos haba colgaduras por el estilo, lo cual daba a la plaza apariencia vistosa y alegre, pero ningn paoln era ms bonito que el de Rafaela ni haba sido extendido con mayor garbo y desenfado. As recordaba el Vizconde este y otros muchos triunfos de Rafaela; pero no sin razn la llamaban la Generosa. Su magnanimidad y su desprendimiento eran tales que siempre los ingresos resultaban para ella muy inferiores a los gastos y el auge de su fortuna distaba muchsimo de corresponder a sus triunfos. Los _janotas_ que frecuentaban ms a Rafaela, aseguraban que era toda ella corazn. De aqu que sus negocios econmicos fuesen de mal en peor en Lisboa, donde lleg a tener mil desazones y apuros. En ellos la socorri generosamente cierto caballero principal, entusiasta del arte y de la belleza, pero no bastante rico para ser muy dadivoso. Rafaela adems tena estrecha conciencia, y aunque parezca inverosmil en mujeres de su clase, no exiga ni peda y hasta rehusaba las ddivas de sus buenos amigos cuando pensaba que eran superiores a sus medios y recursos. En esta situacin, el caballero que tanto se interesaba por ella, form un proyecto algo aventurado, pero que daba esperanzas de buen xito. En su sentir, la hermosura corporal no era el nico mrito de la muchacha. Aunque poco o nada cultivado, posea adems gran talento artstico, que aquel su protector tal vez exageraba deslumbrado por el cario. Como quiera que fuese, l imaginaba que Rafaela tena una voz dulce y simptica; que cantaba lindamente canciones andaluzas y que bailaba el fandango, el vito y el jaleo de Jerez por estilo admirable. No haba aprendido ni la msica ni la danza, pero la misma carencia de arte y de estudio prestaba a su baile y a su canto cierta originalidad espontnea, llena de singular hechizo. Porqu no haba de ir Rafaela a un pas remoto y presentarse all no como aventurera sino como artista? El protector decidi, pues, que Rafaela fuese a Ro de Janeiro a cantar y a bailar. Los brasileos son muy aficionados a la msica, y asimismo muy msicos. Sus _modinhas_ y sus _londums_ merecen la fama de que gozan, por lo inspirados y graciosos, prestndoles singular carcter el elemento o fondo que en ellos se nota de la msica de los negros. Grande es mi ignorancia del arte musical y temo incurrir en error; pero valindome de una comparacin, he de decir lo que me parece. Figurmonos que hay en una pipa una solera de vino generoso, muy exquisito y rancio; que se reparte la solera entre tres vinicultores, y que cada uno de ellos alia su vino y le da valor con el vino exquisito que en su parte de la solera le ha tocado. Los tres vinos tendrn distintas cualidades, pero habr en los tres algo de comn y de idntico, precisamente en lo de ms valer y en lo ms sustancioso. As encuentro yo que en las guajiras y en otros cantares y msicas de la isla de Cuba, en los de los _minstrels_ de los Estados Unidos y en los cantos y bailes populares del Brasil, hay un fondo idntico que les da singular carcter, y que proviene de la inspiracin musical de la raza camtica. Si Rafaela iba al Brasil y cantaba y bailaba all con originalidad de muy distinto gnero, ya que el elemento o fondo primitivo de sus canciones o era indgena de nuestra Pennsula o provena acaso de Arabia o del Indostn por medio de los gitanos, Rafaela, sin duda, iba a pasmar agradablemente a los brasileos por la extica extraeza de sus cantos y de sus bailes. Aprob la muchacha el plan que su protector le propuso. Este, aunque no sin fatiga y esfuerzo, le prest dinero para el viaje y logr darle tambin una muy valiosa carta de recomendacin, dirigida con el mayor empeo y ahnco y por persona de grande influjo al ms rico capitalista de Ro de Janeiro, que era el Sr. de Figueredo, a quien ya conocemos. El Sr. de Figueredo, sin embargo, era entonces un personaje muy distinto del que ms tarde fue. Sin dejar de enriquecerse, acometiendo, movido por la codicia, las ms atrevidas empresas, deba principalmente sus grandes bienes de fortuna a una economa tan severa que rayaba en lo srdido, y al ejercicio de la usura prestando dinero sobre buenas hipotecas y a inters muy alto. Habitaba, se trataba y se vesta casi como un pordiosero, y exhalaba un milln de suspiros y daba cincuenta vueltas a un _cruzado_ antes de gastarle. Tales prendas y condiciones no eran las ms apropsito para que en Ro le quisiesen y le respetasen. El Sr. de Figueredo era ms bien despreciado y aborrecido, y por lo tanto, el sujeto menos idneo para patrocinar e introducir ante el pblico a una artista que aspirase a hacerse aplaudir. Consternado recibi la carta, porque deba favores a quien se la escriba, tena obligacin de complacerle y no se consideraba muy apto para tan difcil empeo. Rafaela era adems tan mona, tan insinuante y tan dulce, que el Sr. de Figueredo, a pesar de lo arisco e invulnerable que haba sido toda su vida, que por entonces contaba ya sesenta y cinco aos de duracin, se sinti muy propenso a favorecer a la muchacha en cuanto estuviera a su alcance. As es que hizo muchas gestiones y consigui que el peridico de mayor circulacin de Ro, _O Jornal do comercio_, anunciase con bombo y platillos la feliz llegada y prxima aparicin en el teatro de la famosa artista espaola, y consigui tambin que el empresario la oyese, la viese y la ajustase para dar un concierto con intermedios sabrosos de danza andaluza. Pronto lleg la noche de la funcin. El teatro estaba de bote en bote. El pblico haba acudido, excitado por la curiosidad, mas no por la benevolencia. Al contrario, el odio y el desprecio que el Sr. de Figueredo inspiraba, tocaron como por carambola y se estrellaron contra la pobre Rafaela. La mayora de los oyentes sostuvo que Rafaela desentonaba y daba feroces gallipavos, y las damas severas y virtuosas y los honrados padres de familia clamaron contra el escndalo, e hicieron que su pudor ofendido tocase a somatn. El resultado de todo fue una espantosa silba, acompaada de variados proyectiles, con los que en aquel fecundo suelo brinda Pomona. Sobre la pobre Rafaela cay un diluvio de aguacates, tomates, naranjas, bananas, cambucs y mantecosas chirimoyas. Rafaela estaba dotada de un estoicismo, no slo a prueba de fruta, sino a prueba de bomba. Sufri con calma el descalabro y hasta lo tom a risa, calificando de majaderos a los que suponan que cantaba mal y de hipcritas a los que censuraban sus evoluciones y meneos coreogrficos. -V- Las burlas y los chistes con que Rafaela se vengaba de la silba, hacan mucha gracia al seor de Figueredo, quien se consideraba tambin vejado, lastimado, silbado y rechazado por la sociedad elegante de Ro. Entenda adems el seor de Figueredo que Rafaela cantaba como un _saba_ o como un _gaturramo_, que son la calandria y el ruiseor de por all, y que en punto a danzar echaba la zancadilla a la propia Terpscore. La silba, por consiguiente, de que Rafaela haba sido vctima, pareca injusta al viejo usurero y motivada por el odio que a l le tenan, por donde imaginaba que deba consolar a Rafaela e indemnizarla del dao que le haba causado. El oficio de darle consuelo le pareca gratsimo y en su modestia lleg a creer que l, y no ella, era el verdadero consolado. Cada da simpatizaba ms con Rafaela. Se pona melanclico cuando estaba lejos de ella. Y no bien despachaba los asuntos de su casa, se iba a acompaarla en la fonda donde ella viva. Con rapidez extraordinaria tom Rafaela sobre el viejo omnmodo ascendiente y le ejerci con discrecin y provecho. El Sr. de Figueredo estaba en borrador, y Rafaela se propuso y consigui ponerle en limpio, realizando en l una transfiguracin de las ms milagrosas. Ella misma saba por experiencia lo que era y vala transfigurarse. No recordaba de dnde haba salido ni cmo haba crecido. En Cdiz, en el Puerto, en Sevilla y en otros lugares andaluces, haba pasado su primera mocedad, tratndose con majos, contrabandistas, chalanes y otra gente menuda, sin picar al principio muy alto y sin elevarse sino muy rara vez hasta los seoritos. As es, que en dicha primera mocedad, haba sido algo descuidadilla. En Lisboa fue donde se aristocratiz, se encumbr, y con el trato de los _janotas_, acab por asearse, pulirse, adobarse y llegar en el esmero con que cuidaba su persona hasta el refinamiento ms exquisito. El desalio y la suciedad de los sujetos que andaban cerca de ella, como ella era tan pulcra, le causaban repugnancia. Puso pues, en prensa su claro y apremiante entendimiento para insinuar el concepto y el apetito de la limpieza en la mente obscura y en la aletargada voluntad del Sr. de Figueredo. Con mil perfrasis sutiles y con diez mil ingeniosos rodeos le hizo conocer, sin decrselo, que era lo que vulgarmente llamamos un cochino, y logr hacer en l, con la magia de su persuasiva elocuencia, lo contrario de lo que hizo Circe en los compaeros de Ulises, a quienes dio la forma del mencionado paquidermo. Tanto habl de lo conveniente para la salud que eran los baos diarios, y el frotarse, fregarse y escamondarse con jabn y con un guante spero, que infundi al Sr. de Figueredo la gana de hacer todas aquellas operaciones. Y las hizo, y ya pareca otro y tan remozado como si l no fuese l sino su hijo. Luego fue Rafaela a la _rua do Ouvidor_, donde estn las mejores tiendas, y en la perfumera de moda, compr cepillos de dientes y pelo, polvos y locin vegetal para limpirselos, y aguas olorosas, cosmticos, peines y otros utensilios de tocador. Este fue el primer regalo que hizo Rafaela a D. Joaqun, que tal era el nombre de pila del Sr. de Figueredo. Y bueno ser advertir en este lugar, porque yo soy muy escrupuloso y no quiero apartarme un pice de la verdad, que pongo el Don antes del Joaqun por acomodarme al uso y lenguaje de Espaa, porque en Portugal, y ms an en el Brasil, son rarsimos los Dones y slo le llevan los hombres de pocas familias. Cuando yo estuve en el Brasil, si no recuerdo mal, slo habra media docena de Dones en todo el Imperio. Las seoras en cambio tienen todas, no slo Don sino excelencia, y hasta la ms humilde es la Excma. Sra. doa Fulana: prueba inequvoca de la extremada galantera de los portugueses. A pesar de lo dicho, se justifica el que yo llame _Don_ al Sr. de Figueredo, porque, como al fin se cas con Rafaela que era espaola, y esta dio en llamarle mi D. Joaqun, todos los amigos y conocidos, y lleg a tener enjambres de ellos, aunque le suprimieron el _mi_, le dejaron el _Don_, y l acab por ser universalmente _donificado_. Pero no adelantemos los sucesos. -VI- Mucho se ha discutido, se discute y se discutir, sobre si la amena literatura y otras artes del deleite, estticas o bellas, deben o no ser docentes. Afirman muchos que basta con que sean decentes, sin procurar fuera de ellas fin alguno, y sin ensear nada: pero es lo cierto, que la creacin de la belleza, y su contemplacin, una vez creada, elevan el alma de los hombres y los mejora, por donde casi siempre las bellas artes ensean sin querer, y tienen eficacia para convertir en buenas y hasta en excelentes las almas que por su rudeza y por los fines vulgares a que antes se haban consagrado eran menos que medianas, ya que no malas. Algo de este influjo benfico ejercieron en el espritu de don Joaqun las bellas artes de Rafaela. No me atrever yo a calificarlas de decentes por completo, pero no puede negarse que fueron docentes. Ella las ejerci con certero instinto, superior a toda reflexin y a todo clculo. Procedi con lentitud prudentsima para que la transfiguracin no chocase, ni sorprendiese en extremo, ni al pblico que haba de verla, ni al transfigurado que en su propio ser haba de realizarla. Escamondado ya interiormente D. Joaqun, Rafaela le oblig a que se afeitase casi de diario y a que se cortase bien las canas, que limpias, lustrosas y alisadas tomaron apariencia de venerables. A fin de que todas estas reformas fuesen persistentes y no efmeras, busc Rafaela para su amigo, en vez del negro ignorante que antes le serva, un excelente ayuda de cmara, gallego desbastado, gil y listo. Despus, y siempre poquito a poco, fue modificando el traje de D. Joaqun, empezando por los pantalones, que, como se los pisaba por detrs, los tena con flecos o pingajos, que solan rebozarse en el lodo de las calles. Despus declar Rafaela guerra a muerte a toda mancha o lamparn que sus ojos de lince descubran en el traje de D. Joaqun, resultando de esta guerra la desaparicin completa del antiguo vestuario, que apenas pudo servir ya para los negros desvalidos, y la adquisicin de otro nuevo, hecho en Ro con menos que mediana elegancia. Pero Rafaela era insaciable en su anhelo de perfeccin; y, deseosa de que D. Joaqun estuviese, no slo aseado, sino _chic_, y como ella le deca, hablando en portugus, _muito tafulo_ o _casquilho_, hizo que le tomasen las medidas y escribi a Pars y Londres encargndole ropa, que no tardaron en enviarle. Como por los pantalones era por donde ms haba claudicado, mand Rafaela que se los hiciese en adelante un famoso sastre especialista, _culottier_, que por entonces haba en Pars, _rue de la Paix_, llamado Spiegelhalter. De los fracs y de las levitas se encargaron en competencia Cheuvreuil, en Pars, y Poole, en Londres. Las camisas, bien cortadas, sin bordados ni primores de mal gusto, pero tambin sin buches, vinieron de las mejores casas parisienses que a la sazn haba, correspondientes a las de Charvet y Tremlett de ahora. Y por ltimo, como Rafaela aspiraba a que todo estuviese en consonancia, hizo venir de Pars el calzado de D. Joaqun, encomendando al Hellstern o al Costa, que floreca en aquel momento histrico, que reforzase con clavitos los tacones y que pusiese los contrafuertes debidos, para que D. Joaqun perdiese la perversa maa de torcer y deformar, como sola, botines y zapatos. En resolucin, y para no cansar ms a mis lectores, dir que antes de cumplirse el ao de conocerse y tratarse D. Joaqun y la bella Rafaela, l, con asombro general de sus compatriotas, pareca un hombre nuevo: era como la oruga, asquerosa y fea durante el perodo de nutricin y crecimiento, que por milagroso misterio de Amor, y para que se cumplan sus altos fines, transforma la mencionada deidad en brillante y pintada mariposa. -VII- Como an me queda no s qu escozor y desasosiego de no haber dado, a pesar de todo lo dicho, concepto cabal de la transfiguracin visible y palpable que en D. Joaqun se haba verificado, quiero hablar aqu de un solo perfil o toque, a fin de que por l se infiera, rastree y calcule el cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tena adems la vista un poco fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, que en el Brasil y en Portugal llaman _cangalhas_. Siempre las tena prendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver, se las apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, lo cual no era nada bonito. As es que Rafaela hizo que suprimiese las _cangalhas_ y que, en lugar de ellas, gastase monculo. Todo, pues, contribua a que tuviese el aspecto _fashionable_, atildado y digno de un antiguo diplomtico jubilado. A su rara discrecin y al entraable afecto que haba inspirado debi Rafaela los mencionados triunfos; pero los debi tambin a sus lisonjas, llenas de sinceridad y fundadas en fe _altruista_. Esto requiere explicacin, y voy a darla. Seriamente no es lcito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaqun; pero s puede, y debe afirmarse, que le cobr grande amistad y le estim en mucho, considerndole casi un genio para todo aquello que a la crematstica se refiere. Y como se lo deca, dndole encarecidas alabanzas, le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin el menor artificio. As el imperio que sobre l haba adquirido se hizo ms firme y ms completo. No se vaya a creer que presentamos aqu a Rafaela como un pozo de sabidura. Su educacin haba sido descuidadsima, o mejor dicho, Rafaela no haba recibido ninguna educacin; pero naturalmente era muy lista. En sus ratos de ocio, haba aprendido a leer y a escribir, aunque escriba sin reglas y apenas lea de corrido. Slo haba ledo algunas novelas y los peridicos. Como tena buen odo, excelente memoria y notable facundia, hablaba, sin embargo, la lengua castellana con primor y gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa adems, con el trato constante de la gente fina, se haba soltado a hablar en portugus y hasta a chapurrear el francs un poquito. Pero lo que mejor adquiri, no en escuelas ni en academias, ni menos con lecturas asiduas, sino en la conversacin y trato de personas de mrito, fue un temprano y pasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntos que se llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela tena disposicin maravillosa. Era una mujer de prendas naturales nada comunes. Comprendido as el carcter y el entendimiento de Rafaela, no parecer inverosmil lo que tenemos que contar ahora y podremos contarlo en resumen rpido, sin entrar en pormenores. Luego que consigui informarse con exactitud de lo que importaba todo el caudal de don Joaqun, concibi un plan econmico muy hbil, e hizo que l le adoptase, cambiando enteramente su manera de vivir, como haba cambiado la apariencia de su persona. Rafaela dividi en dos partes los cuantiosos bienes de D. Joaqun. A la parte ms pequea, aunque suficiente para el fin a que ella la destinaba, llam capital triunfante y beatfico. Y a la otra parte, muchsimo mayor, llam capital militante. El capital triunfante y beatfico estaba compuesto de predios rsticos y urbanos y de valores pblicos muy seguros; todo ello, hasta donde cabe en la inestabilidad de los casos, al abrigo de los vaivenes, golpes y reveses de la fortuna. De la renta de dicho capital, que no haba de ser ni alterado ni mermado, vivira D. Joaqun con grande esplendor y lujo, y cuanto sobrase, sin hacer ahorros mezquinos, se dedicara a obras de caridad y a socorrer y a aupar a los parientes pobres y menesterosos, de quienes en manera alguna debe avergonzarse quien los tenga, si bien ha de procurar ponerlos en situacin de poder alternar con ellos sin el disgusto que causa el alternar con gente zafia, hambrienta y mal vestida. Hecho esto, y asegurada ya una vida holgada, cmoda y generosa, D. Joaqun quedaba con un gran capital militante para no tenerle ocioso ni estarlo l, sino para emplearle y emplearse en empresas, no mezquinas y ruines, sino grandiosas, y tanto para l como para la nacin a que l perteneca, y aun para la sociedad entera bienhechoras o productivas. Hasta entonces D. Joaqun, segn Rafaela le hizo notar y comprender, no haba creado riqueza alguna: no haba hecho ms que dislocar la de los otros, absorbindola y acumulndola por medios ingeniosos, ms o menos de acuerdo con la moral, pero que no infringan el menor precepto de los cdigos. En esto se empe y consigui Rafaela que D. Joaqun cambiase de mtodo y conducta. En adelante no haba l de ganar un solo _rei_ que presupusiese que otro le haba perdido, sino que haba de ser un _rei_ nuevo, si aadido a su caudal, aadido tambin a todo el acervo de la riqueza de su nacin y hasta del gnero humano. En ninguna regin del mundo mejor que en el Brasil poda entonces conseguirse esta creacin de la riqueza, aplicndose a tareas agrcolas, industriales, mercantiles y constructoras. El territorio dilatado y fertilsimo, la coexistencia en l de todos los climas y de las producciones ms varias, la apenas explotada virtud productiva del suelo y del subsuelo, la carencia de vas de comunicacin que convena abrir, los ros caudalosos de curso dilatadsimo que se podan navegar, y las risueas y pomposas florestas vrgenes, bellsimas, pero intiles al hombre, que convidaban a que su codicia y su trabajo las trocase en plantos y sembrados ubrrimos, todo esto ms que indicio era prueba evidente de que, si D. Joaqun consagraba su ingenio, su actividad y el capital ya acumulado a producir objetos provechosos a la generalidad de los seres de su especie, podra hacerse mucho ms rico de lo que ya era, mereciendo, en vez de ser aborrecido, que sus conciudadanos le mirasen como a un bienhechor con gratitud y con respeto. No bien Rafaela traz este plan, el obediente y sumiso Sr. de Figueredo le acept y empez a realizarle. En la parte primera del plan haba un punto que Rafaela no quiso tocar, ni menos sealar, no por hbil, sino por modesta y desprendida. Este punto le adivin, le toc y le seal el propio D. Joaqun, impulsado por el afecto y por la admiracin que Rafaela le infunda. Sin duda para animar y alegrar su magnfico hotel, necesitaba D. Joaqun de mujer propia y elegante que en l viviera. Y quin haba de hacer este papel y ejercer este cargo mejor que Rafaela? Es cierto que ella, aunque nos sea muy simptica y nos duela decirlo, era lo que ruda, cruel y groseramente se llama una perdida. Pero D. Joaqun nada tena que perder tampoco en lo que toca a buen nombre y fama. No eran en esto dos nulidades o ceros cuya suma es siempre cero, sino dos cantidades negativas que se convierten en positivas al multiplicarse. Rafaela no emple ni ardid, ni astucia, ni embustes, ni retrechera, ni ningn otro artificio de los que suelen emplear las mujeres para proveerse de un marido y sobre todo de un marido rico. l fue quien solicit y quien rog para el casamiento. Ella consinti al cabo, porque le deseaba y le convena, pero en todo puso y luci su lealtad, su franqueza y su desprendimiento. Y no fueron menos dignos de aplauso la moderacin y el talento con que ella supo, ya que no evitar, amortiguar el escndalo y el ruido. Para que no hubiese la cencerrada moral de las hablillas, tomaron ambos, sin asesorarse con persona alguna, la resolucin de casarse, y se casaron luego, al ao de conocerse, sin boato ni fiestas y como si dijramos a cencerros tapados. Rafaela fue desde la fonda a instalarse en la casa de su marido: en el hotel que ella le haba hecho comprar y amueblar con el mejor gusto. Ella eligi para la servidumbre los criados blancos que ms convenan, y los esclavos negros ms hbiles y de mejor facha. El jefe de la cocina era gallego, como el ayuda de cmara del seor, pero tan diestro e inspirado artista como en las edades pretritas pudo serlo Ruperto de Nola y como puede serlo en el da el ms aventajado y brillante discpulo de Gouff o del glorioso Antonio Mara Carme, ms que _oficial_, prncipe _de boca_. El cocinero de los Sres. de Figueredo era cosmopolita en su arte, poseyendo el de la clsica cocina francesa y lo ms selecto de la antigua y hoy degenerada cocina espaola. Se pintaba solo adems para confeccionar guisos y _acepipes_ a la brasilea, y para preparar ciertas legumbres del pas, como _palmito_ y _quinbomb_, haciendo deliciosos _quitutes_, segn en Ro de Janeiro se llaman. Con tales aprestos, D. Joaqun, mejorado de facha, empez a ganar amigos; y Rafaela, bien vestida, mejor hablada, decorosa e insinuante, fue haciendo olvidar su vida pasada, se introdujo poco a poco entre la flor y la crema de la sociedad, abri sus salones y convid a su mesa a lo ms encopetado y aristocrtico de todo el Imperio: a los poetas, a los Ministros, a los oradores, a los diplomticos y a los militares. -VIII- Todas las anteriores noticias sobre la Sra. de Figueredo y algunas otras que se omiten en obsequio de la brevedad, se las dio al inglesito mi amigo el Vizconde de Goivo-Formoso, cuyo conocimiento y amistad con Rafaela tenan ya fecha muy larga. La haba conocido y tratado desde su primera humilde aparicin en la gran ciudad de Lisboa, cuando ella no desdeaba an, sino que estimaba como el ms delicado obsequio y regalo, que algn amigo generoso la llevase al _Retiro de Camoens_, taberna, _casa de pasto_ o fign muy frecuentado y celebrado, a comer los excelentes _petiscos_ que all se hacan y a beber los deliciosos vinos de Colares y de Bucelas que all se escanciaban. Enteramente cambiadas las cosas en el momento de que vamos hablando, Rafaela tena toda la traza de una dama de muy alto copete, y, sin aparecer orgullosa y soberbia, mostraba cierta dulce majestad y aristocrtico decoro. No frecuentaban mucho su casa ni su tertulia las seoronas del pas; pero esto le importaba poco y nada haca para conseguirlo. De lo que ella gustaba, era de reunir en torno suyo lo ms selecto de los caballeros, y lo haba conseguido. Sus salones parecan un club, que tena a una mujer por presidenta, o regio alczar donde figuraba ella como reina en da de besamanos. Las seoras, por lo general de medio pelo, que se allanaban a ir a la tertulia, no parecan sus iguales, sino las acompaantas y servidumbre de una princesa o las figurantas y coristas que rodean en el escenario a la encumbrada y aplaudida _prima donna_. Manifest Juan Maury no pequea curiosidad y deseo de enterarse de cuanto se trasluca y deca acerca de cierto punto un tanto escabroso. Cul haba sido y cul era la conducta de la seora de Figueredo desde que se cas hasta aquellos das? El Vizconde de Goivo-Formoso quiso indudablemente satisfacer con franqueza la curiosidad del joven ingls; pero, como hay cosas que no se ven a las claras y que suelen quedar en la penumbra o envueltas en ms o menos densa nube de misterio, el Vizconde no atin a poner en claro la certidumbre de los hechos, y se limit a presentar hiptesis, no fundadas en pruebas fehacientes, sino en sospechas y en indicios vagos. Como quiera que ello sea, yo voy a dejar hablar al Vizconde. Oigamos lo que sobre este particular deca: --Rafaela es, a mi ver, una mezcla de extraas cualidades. Las espontneas, las que debe a la naturaleza inculta, sin modificacin ni mejora, tienen cierta bondad radical. Sobre las que debe al arte hay que decir no poco, empezando por hacer una distincin. Por naturaleza Rafaela es leal, sincera y agradecida. Ni quiere mentir ni pagar los beneficios con ofensas. El afecto y la gratitud que muestra al Sr. de Figueredo, no pueden ser ms verdaderos. Estn adems sancionados y como santificados por las creencias religiosas. Rafaela es catlica ferviente. El anciano padre cura que la cas, el Padre Garca, espaol como ella, no slo es su confesor, sino su consultor para los asuntos ms arduos, en los seis aos que lleva ya de matrimonio. Y a lo que parece, no slo discurre Rafaela con este padre sobre los casos de moral y de conducta que en la vida prctica se presentan, sino que tambin se eleva a disquisiciones metafsicas sobre lo divino y lo eterno, pensando y hablando del cielo, de Dios, y del origen y fin de las cosas creadas con notable acierto, elevacin y ortodoxia. El Padre, que es un excelente varn, y adems instruido y discreto, la celebra mucho. Y hay que dar crdito a sus alabanzas, porque el hombre es desinteresado. Si todo el ser de Rafaela consistiese en lo dicho, Penlope, Lucrecia y cuantos modelos de perfectas casadas hubo despus en el mundo hasta el da de hoy, quedaran eclipsados y por su virtud conyugal resplandeceran menos que Rafaela. Pero la mayor parte de los seres humanos, y Rafaela entra en esta cuenta, no son slo de un modo sino de varios: se dira que no tienen un alma sola, sino dos almas con opuestas propensiones y hasta con principios, conceptos y doctrinas filosficas, tal vez no aprendidas, sino nacidas en el alma, como en la tierra nacen los hongos, los cuales conceptos, propensiones y doctrinas, acaso malas, se insurreccionan contra las buenas y suelen dominarlos. Como yo soy ferviente admirador de Rafaela, no se ha de extraar que vea y note cierta bondad ingnita hasta en aquella parte de su alma que la induce e impulsa hacia lo malo. Si ella peca, segn se murmura, a pesar del honesto recato con que lo encubre, su pecado, en mi sentir, nace de ciertas virtudes originales, que no s cmo demonios se tuercen y se ladean. Su generosidad y su piadosa misericordia son tan grandes que a veces no sabe decir que no a quien ella cree verdaderamente necesitado y a quien le pide con ahnco. Al mismo tiempo su comprensin de la hermosura es clara y sublime, y se combina con la caridad, y est en su mente unida en apretado lazo con la idea de un fin y de un propsito. Ella, a no dudarlo, debe ver y reconocer su gallardo cuerpo, y sobre todo ahora que se halla en la plenitud de su florecimiento, en el punto culminante de su esplendidez y de su gala, como el sol en el meridiano. Y de seguro que dice para s, en misteriosos soliloquios: Para qu sirve, para qu vale todo esto, si no lo comunico y si lo escondo? Cuando de m depende la bienaventuranza de alguien, cmo negarme a que sea bienaventurado? Del chico mal que causo a mi D. Joaqun, sin que l lo sienta ni lo vea, no resulta un bien grandsimo para otros sujetos? Qu cosa sustancial, qu tesoro, qu joya quito yo a mi D. Joaqun para que un extrao la disfrute? Por qu no regalar a quien lo merece y puede con lo que mi D. Joaqun ya no sabe ni puede regalarse? Tales son los execrables raciocinios que han de acudir en ocasiones a la mente de Rafaela, y que, corroborados por la compasin y la ternura, pueden haber dado al traste con todos sus propsitos de honestidad, en tal cual deplorable momento. Yo estoy segursimo de que Rafaela se ha arrepentido despus, ha llorado como una Magdalena, ha confesado su culpa, ha hecho penitencia y propsito de la enmienda; pero recelo que ha reincidido ms tarde con lastimosa flaqueza. Ya que no para disculparla, para atenuar su falta y su responsabilidad moral deben valer el descuido de su vida pasada; el nunca conocido por ella vergonzoso temor de las nias que se cran vigiladas por madres virtuosas; los ejemplos, siempre desaforados, que ha visto en torno suyo, en vez de verlos buenos, y hasta la carencia del orgullo seoril, que no poda perder, porque nunca le haba tenido, y que slo poda contrahacer para la generalidad de los hombres que le eran indiferentes, mas no para aquellos cuyo talento, gallarda o elegancia le entusiasmaban. Para estos no acertaba a ser arisca, y el escudo que pona contra ellos delante de su corazn se derreta como la escarcha cuando se levanta el sol en el Oriente en las maanas del mes de Mayo. As disertaba el Vizconde con profundidad filosfica, elevndose a las causas sin determinar los efectos. Dejaba entrever, examinando las causas, cul haba podido ser la conducta de Rafaela, pero no declaraba cul en realidad haba sido. Esto me hace pensar que el mtodo con que hasta ahora voy escribiendo esta narracin, ms que de novela, es propio de historia. Y como la historia, por falta de testigos, documentos justificativos y otras pruebas, quedara en no pocas interioridades incompleta y obscura, voy en adelante a prescindir del mtodo histrico y a seguir el mtodo novelesco, penetrando, con el auxilio del numen que inspira a los novelistas, si logro que tambin me inspire, as en el alma de los personajes como en los ms apartados sitios donde ellos viven, sin atenerme slo a lo que el Vizconde o yo podramos averiguar vulgar y humanamente. En lo sucesivo, adems, yo me retiro de la escena, donde, como actor, nada tengo que hacer. De esta suerte podr contar con menos dificultades y tropiezos lo que hagan los otros. En cuanto a mi amigo el Vizconde, yo no le retiro, sino que le dejo en la escena, porque es uno de los principales actores. -IX- Todava, antes de proseguir contando la vida y milagros de Rafaela, me incumbe hacer una aclaracin. Voy a penetrar, no ya como mero historiador, sino como novelista, as en los ms apartados rincones de la casa de Rafaela, como en el centro ms recndito de su alma; pero por ningn estilo quiero fingir nada, y slo penetrar en las profundidades donde el novelista penetra, cuando lo que yo muestre en dichas profundidades sea tan lgica consecuencia de la verdad histricamente demostrada que no pueda menos de ser tambin la verdad. Y sobre aquello de que yo no est seguro, sino dudoso, no imaginar ni bordar nada, dejndolo en cierta penumbra y como entre nubes. Es innegable que Rafaela pagaba a D. Joaqun la posicin que le haba dado. Por ella andaba l aseado, elegantemente vestido y empleado en negocios importantes que le daban honra y provecho. Ella le cuidaba, le mimaba, mostraba quererle, y, sin duda, le quera. Lograba que fuera de su casa olvidara o prescindiera el vulgo de los antecedentes de D. Joaqun, no le quisiera mal y casi le respetara. Y lo que es en casa, con sus mimos y con su dulzura, Rafaela le haca dichoso, arrebolando y dorando con luz alegre los das de su vejez y colmndolos de satisfaccin y de ventura. De las coqueteras de Rafaela no haba nadie que no tuviese certidumbre; pero, si estas coqueteras no pasaban de cierto lmite, ms que ofender a D. Joaqun lisonjeaban su amor propio. Lo que es l, estaba convencido o se empeaba en estar convencido de la fidelidad de Rafaela. Los maldicientes y murmuradores tenan sus hablillas, pero con certidumbre nada malo se dijo durante los tres primeros aos del matrimonio de los Sres. de Figueredo. Slo se propalaban vagas acusaciones. Don Joaqun, entre las diversas empresas que haba acometido, contaba tambin la de agricultor en grande. No lejos de Petrpolis haba comprado extenssimos terrenos y haba formado en ellos una magnfica _fazenda_ de diversos plantos y sembrados, donde empleaba para la direccin y los ms delicados trabajos a bastantes colonos alemanes y para las faenas ms rudas multitud de esclavos negros. En el sitio ms pintoresco de la propiedad, al borde de un riachuelo de agua cristalina y cercada de ameno jardn, se pareca la _chcara_ o casa de campo, con vivienda muy cmoda para seores. All iba D. Joaqun a menudo, ya para inspeccionar la finca, ya para solazarse con algunos viejos amigos en el ejercicio de la caza, a lo que convidaba no corta porcin de la tierra que posea, inculta an y formando risuea e intrincada floresta, en cuyo seno abundaban los pjaros y no pocos otros animales silvestres, como grandes lagartos y _tates_ o armadillos. Aquel bosque, aun sin el aliciente de la caza, era delicioso, tanto por los gigantescos rboles que le daban sombra y frescura, como por las olorosas y variadas flores que cubran el suelo, por las orqudeas que crecan parsitas en los aosos troncos, y por las plantas enredaderas que, formando guirnaldas y festones, entrelazaban los rboles, haciendo a veces impenetrable la espesura, si un negro no caminaba delante con una hoz abriendo camino. Rafaela era poco campestre. Rara vez iba a la _chcara_. Y como D. Joaqun iba a menudo y pasaba en ella tres o cuatro das seguidos y en ocasiones hasta una semana, el vulgo malicioso murmuraba que, durante estas ausencias, Rafaela usaba y hasta abusaba de la libertad en que la dejaba su marido. Como quiera que ello fuese, al menos durante los tres primeros aos, segn ya queda dicho siempre fue de maravillar o la virtud de Rafaela o su prudencia sigilosa. A pesar de la jactancia de muchos hombres que gustan de hacer creer que son favorecidos, ninguna acusacin terminante hubo contra Rafaela. D. Joaqun, atendidas sus circunstancias y las de su seora, poda pasar, por inverosmil milagro, como marido venturoso y respetadsimo. La primera sospecha que vino poco a poco a tomar cuerpo, adquiriendo visos y trazas de certidumbre, fue de inusitada y singular importancia. Se supuso que un egregio personaje, sin par en todo el imperio por su elevacin, en noches en que Rafaela no reciba a sus tertulianos por tener jaqueca, penetraba en la casa de ella y permaneca all no pocas horas. Hasta lleg a contarse una muy curiosa particularidad, que prueba cmo el vulgo lo atisba, lo huele y lo descubre todo. En las noches en que el personaje egregio penetraba o se supona que penetraba con misterioso recato en casa de Rafaela, se cuenta que poco antes vena un sujeto de honrosa servidumbre trayendo en su coche dos tatarretes. Qu pensar el curioso lector que dichos tatarretes contenan? La gente lo declaraba como si lo hubiese visto y probado. En el uno haba leche, y manteca de vacas en el otro. Es rareza inexplicable que en toda nuestra pennsula ibrica, y probablemente en sus colonias hasta tiempos novsimos, apenas haya habido nunca vacas de leche ni con la leche de vacas se haya hecho manteca. Tal vez, har cuatro o cinco siglos, la manteca de vacas se haca en Espaa y se llamaba _butiro_. Si la palabra cay en desuso fue porque antes dej de usarse la sustancia que con la palabra se significa. Apenas se comprende, pero es lo cierto, que cosa tan primitiva no se haya hecho nunca o haya dejado de hacerse en Espaa durante cuatro o cinco siglos. Lejos de ser el _butiro_ una novedad, trada por el progreso humano, parece que ya las hijas de los primitivos arios, en las faldas del Parapamiso, ordeaban las vacas y de su leche sacaban exquisita y fresca manteca, tomando ellas nombre de este mismo oficio o arte en que se empleaban, pues afirman los sabios etimlogos que la palabra hija, en el lenguaje de los vedas, equivale a la que ordea las vacas y hace la manteca. Pero pongamos a un lado estas sabias disquisiciones y contentmonos con declarar que, all por el tiempo en que ocurra lo que voy contando, era punto menos que imposible proveerse en el Brasil de leche de vacas y _butiro_ fresco para tomar el t, por donde, cuando un egregio personaje quera tomarle en compaa de alguna dama muy querida, enviaba l de antemano a la casa de ella la leche de vacas y la manteca. Supuesto lo que antecede, murmuraban unos y celebraban otros que, avergonzada Rafaela de no tener en su casa ni leche de vacas ni _butiro_ fresco, haba inducido a D. Joaqun a fundar una buena casa de vacas en la _chcara_ de Petrpolis, donde haba ricos y abundantes pastos: un _capim_ exquisito. D. Joaqun hizo venir, de Inglaterra, de Holanda y de Suiza, vacas de leche de las mejores castas, y pronto tuvo _butiro_ fresco en abundancia y crema deliciosa. -X- Harto notarn los que lean con atencin este relato, que el ms marcado rasgo del carcter de Rafaela era su propensin invencible a ser didctica. Y no puede negarse que para educar y perfeccionar a cuantos seres la rodeaban posea aptitud pasmosa. Ya hemos visto los milagros que obr en su D. Joaqun. En su confidenta, que las malas lenguas suponan su Enone, hizo tambin maravillas. Era una francesa que antes de entrar en su casa se haba sustentado dando lecciones del propio idioma y del ingls, que saba casi con igual perfeccin. Rafaela, que la haba tomado primero por maestra, acab por tomarla por acompaanta. La sentaba a su mesa, la llevaba consigo a misa, a tiendas y a paseo, ya a pie, ya en coche, y en sus tertulias le encomendaba que sirviese el t y que diese conversacin a los tertulianos ms fastidiosos y ordinarios. _Madame_ Duval, que as se llamaba la confidenta, por afirmar ella misma que era viuda de un Comandante francs de caballera, muerto heroicamente en Argelia matando moros, tena cualidades excelentes, pero era remilgadsima y empalagosamente afectada, y empleaba al hablar tres o cuatro muletillas y frases sentimentales, que apenas se podan sufrir y pervertan y maleaban todas las virtudes y excelencias de la buena seora. Rafaela acert a curarla de estos resabios, por tal arte, que, a los pocos meses de tener a _Madame_ Duval a su servicio, se haba esta convertido en persona natural y sencilla, de trato franco y agradable, el cual ya como antes no se quebraba de puro fino. Tena Rafaela la habilidad de insinuarse en los espritus, de dominar las voluntades y de hacer eficaces sus amonestaciones educadoras sin ofender el amor propio de los educandos. De aqu que los criados de su casa, blancos y negros, la respetasen y la amasen, resultando todos ms instruidos y hbiles a poco de entrar a servirla. El cocinero guisaba mejor. El cochero mulato era un verdadero automedonte, y sentado en el pescante del land tena la mejor facha: hubiera podido pasar por el cochero del Prncipe de Gales, untada la cara con tizne. El jardinero negro haba llegado a saber casi tanta botnica como Spix y Martius, doctsimos investigadores de la Flora braslica. Entre los mozos de caballeriza descollaba, cual hbil palafrenero, el nclito y triunfador Trajano, negro _mina_ que tena singularmente a su cuidado los dos hermosos caballos ingleses en que sola pasear la seora. El maestresala, que era asturiano, se haba pulido tanto en su oficio, que hubiera podido escribir, en consonancia con los adelantos de la poca presente, una _Arte cisoria_ ms bonita que la de D. Enrique de Villena. Y por ltimo, los otros criados de comedor, aunque eran negros, servan con primor en los banquetes, y todos se haban acostumbrado a llevar zapatos de continuo, y a no ir descalzos de pie y pierna, segn la comn usanza de entonces. El benfico prurito de educar y de corregir que haba en el alma de Rafaela, lleg a tener influjo hasta en su confesor y director espiritual el Padre Garca. Era este un venerable siervo de Dios, diserto y suave en sus coloquios, notable telogo dogmtico y severo moralista, cuyos consejos y advertencias valieron mucho a Rafaela, aunque a menudo, y muy a pesar suyo, no los segua: culpa acaso del irresistible mpetu de su apasionado carcter. Slo deslustraba el indiscutible mrito del Padre Garca una inveterada y perversa maa, que desde la infancia haba en l, y que le haba valido entre sus condiscpulos del seminario el farmacutico apodo de _Pildorillas_. Era prodigiosa la inagotable fecundidad del filn de donde el Padre Garca las sacaba y las fabricaba. Sus narices eran venero inexhausto. Eran como los encantados cubiletes del prestidigitador ms aplaudido. En cuanto cabe en lo humano, daban una idea aproximada del milagro de pan y peces. Pues bien: apenas parece creble! Rafaela, con gracioso talento, con amistosa delicadeza, sin dar a conocer que notaba en el Padre aquel vicio y censurndole slo en los otros, logr curarle de l radicalmente, y esto, hasta tal extremo de perfecta curacin, que, segn los informes que he podido adquirir, el Padre Garca en los muchos aos, que para bien y provecho de las almas, ha vivido despus, no ha fabricado una sola pldora siquiera. -XI- Mientras mejor dotado de brillantes cualidades entenda Rafaela que estaba un sujeto, y mientras mayores simpatas le inspiraba, mayor y ms vehemente era en ella el deseo de corregir sus faltas, haciendo de l un dechado de perfeccin, hasta donde la perfeccin es dable a nuestra decada humana naturaleza. Por esto me atrevo a asegurar que con nadie anhel ms fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con el ilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo de Juan Manuel Rosas, dictador de la Repblica Argentina. En 1850, Pedro Lobo haba venido a Ro con el carcter oficial de Agregado militar a la Legacin de su patria, si bien se susurraba que tena instrucciones secretas del dictador, cuyo favorito era. La fama haba precedido en Ro a Pedro Lobo, refiriendo sus extraordinarias hazaas contra los indios del extremo Sur de la Pampa, ms all de Carmen de Patagones, y contra los unitarios refugiados en Montevideo, dando cuenta, con mil novelescos pormenores, de sus correras por las ms apartadas regiones de la misma Pampa, de los Andes, y de la Patagonia, y ensalzando sus raras prendas de carcter, su bro indmito y su agilidad y destreza en todos los ejercicios del cuerpo. Nadie desbravaba mejor que l el ms fogoso potro no domado; nadie disparaba mejor las bolas ni detena con el lazo, ya a los toros bravos, ya a los ligeros avestruces o andes, ni nadie manejaba mejor el pual y el machete, ni tena tino ms certero con la carabina. Mil lances extraos y no pocos actos de inaudito arrojo haban dado a Pedro Lobo fama de hbil y astuto capitn y de valeroso soldado, sirviendo, durante seis aos, en la Repblica Oriental del Uruguay, en favor de Rosas y a las rdenes de Oribe. Pedro Lobo se jactaba, y no sin fundamento, de haberse hallado en cien combates, y de haber sido el ms rudo adversario de la valerosa legin italiana mandada por Garibaldi. Sabedor Juan Manuel Rosas de los grandes servicios y del raro mrito de Pedro Lobo, le llam a su lado y le prest toda su confianza. Era Pedro Lobo fantico de americanismo. Nunca fue Rosas tan lejos como l en su amor y en su entusiasmo por Amrica y en su aborrecimiento de los europeos. All a su manera, no sabr decir si de su propio caletre, o de odas, o por lecturas de algunos libros, Pedro Lobo haba sacado o construido una singular filosofa de la historia. Segn l era evidentsimo el progreso del linaje humano, viniendo a realizarle sucesivamente razas cada vez ms nobles. Fue primero la raza negra: vino despus la raza amarilla. Y cuando la raza amarilla alcanz el trmino de su cultura y puso en prctica todo su ideal, apareci la raza blanca con su gloriosa historia de persas, babilonios y fenicios, griegos y romanos, y naciones cristianas, medioevales y modernas. Pero el fin de la civilizacin de Europa tocaba ya a su trmino. De su propio seno haban de surgir sus destructores: un proletariado inculto, hambriento, esclavo de la miseria, atormentado por el trabajo continuo, y ofendido por el desprecio, haba de levantarse lleno de ira y acabar con todo. Las abultadas noticias de las recientes luchas revolucionarias, promovidas por el socialismo, corroboraban a Pedro Lobo en su opinin. Aquello era para l el principio del fin. La evolucin total de la cultura europea vendra al cabo a terminar en espantosa tragedia; pero en Amrica estaba el porvenir del mundo. Una nueva raza, la americana, deba ya mostrar en flor la aurora de ms alta, sana, poderosa y duradera civilizacin, en aquel nuevo continente. La audaz empresa de Coln y la venida de los espaoles haban retardado este florecimiento y aun puesto en peligro de que se secara o se destruyera la planta en que haba de darse. Segn Pedro Lobo, los espaoles haban sido como venenoso reptil que trepa a lo alto de la roca donde el cndor tiene su nido, y devora o mutila a los polluelos antes de que les crezcan las alas para enseorearse del espacio sin lmites, remontarse ms all de las nubes, y mirar el sol de hito en hito. Los espaoles haban sido, cuando aportaron a Amrica, como granizo destructor que cae en frtil suelo, al empezar la primavera, y rompe y destroza las yemas y los brotes de los rboles, impidiendo que se revistan de flores y verdura, y que den ms tarde frutas sabrosas y dulces. En todas las tribus y lenguas que cubran y animaban el Nuevo Mundo, en el Anahuac, en el Yucatn, en Guatemala, en la risuea meseta de los Andes, donde moraban los chibchas y en el resto de la Amrica del Sur, sobre todo, entre los quichas y los guaranes, germinaba y estaba ya pronta a abrirse como flor hermosa una civilizacin original e indgena que los espaoles arrancaron de cuajo, borrando sus huellas, aniquilando hasta su recuerdo, y, ora destruyendo la raza que iba a dar al mundo esa civilizacin llena de novedad inaudita, ora sumiendo en la abyeccin a esa raza por medio de la servidumbre, del oprobio, de rudos trabajos y de inhumanos castigos. Pedro Lobo tena en sus venas mucha sangre india, pero tambin tena en sus venas sangre espaola. La sangre india, sin embargo, se sublevaba furiosa contra todo cuanto haba en l de espaol. An esperaba l el remedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el represado manantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, y que su comprimida superior cultura retoase y apareciese esplndida antes de que desapareciese la civilizacin europea en medio de las convulsiones de un horroroso cataclismo. A veces columbraba Pedro Lobo, en visin proftica, a toda Europa tan arruinada ya y tan desierta como contemplamos hoy el centro de Asia. Se figuraba a Pars, Londres y Viena, como contemplamos hoy los amontonados escombros de Nnive y de Babilonia. Lo que es de Madrid afirmaba que apenas quedara rastro: slo quedaran tal vez algunos cimientos del Palacio Real. Y como estos cimientos estaran tan solos, los hombres de las futuras edades imaginaran que haba habitado en aquel alczar un tirano anacoreta, un monarca misntropo y amigo de la soledad, que haba ido a buscar para su vivienda un yermo inhospitable, feo y estril. Despus de trazar de tan linda manera el cuadro de la Europa del porvenir, Pedro Lobo pintaba en su imaginacin una Amrica resplandeciente y dichosa, con artes y ciencias superiores a las europeas, originalsimas y casi sin antecedentes. Y como ciudad principal, centro y cabeza de este nuevo mundo, pona l a Buenos Aires, su patria, en cuya ingente plaza mayor se levantara grandioso monumento, ms alto que la ms alta de las pirmides, a la memoria de Juan Manuel Rosas, precursor y fundador de la nueva era y tremendo nivelador y constructor del camino por donde el linaje humano en Amrica haba de subir a tamaa altura. El profeta filsofo, sustentador de las teoras que aqu se ponen en resumen, se hizo pronto uno de los ms asiduos tertulianos de la seora de Figueredo. Apenas tendra l treinta y cinco aos. A pesar de su odio a Espaa, tena ms apariencias de espaol que de indio. Pareca un andaluz moreno, esbelto y gracioso, con un no s qu de extrao que le diferenciaba y distingua. Y a pesar de su odio contra la civilizacin europea y a pesar de su vida y hbitos de gaucho, se allanaba y se resignaba, con naturalidad y sin esfuerzo, a aparecer, en la vida y trato de las ciudades, como un caballero atildado, pulcro y bien vestido, ya de frac, ya de levita, a la ltima moda, con botas de charol, y por las noches con corbata blanca y guantes amarillos o lilas. Rafaela le encontraba muy fino, y lo que es el seor de Figueredo an ponderaba ms su finura. Con lo nico que Rafaela no poda transigir era con el fanatismo anti-europeo y sobre todo anti-espaol de sus doctrinas histricas. Rafaela se empe, pues, en convertir a Pedro Lobo, haciendo de l una persona razonable. Este empeo no poda ser ms natural ni ms propio de las mujeres. Cuntas de ellas no han soado con traer o han trado, ya herejes o paganos al gremio de la cristiandad, ya desaforados criminales a una vida penitente, y ya a la templanza, a la paz y a las costumbres morigeradas a hombres crapulosos, jugadores y pendencieros? La tentacin de Rafaela era difcil de vencer. Rafaela se propuso hacer de Pedro Lobo otro hombre. Y para ello decidi emplear su buena maa y sus suaves rodeos; pero como Rafaela profesaba con ardor una filosofa de la historia totalmente contraria a la del gaucho y era adems una espaola llena del ms ardiente patriotismo, siempre le faltaban la paciencia y el disimulo para no impugnar con violenta furia los asertos del gaucho, que ella juzgaba intolerables errores y desaforadas blasfemias. De aqu que muy a menudo sus conversaciones con Pedro Lobo, ms frecuentes cada da, fuesen una acalorada disputa. -XII- Soliviantado el espritu de Rafaela por la contradiccin, extremaba su doctrina casi tanto como extremaba la suya el gallardo gaucho. Segn ella todos los pueblos y tribus del Nuevo Mundo haban degenerado y se haban depravado hasta tal punto, que jams ellos solos hubieran podido salir del tenebroso abismo en que se haban sumido. Fue menester que vinieran los espaoles y que para sacarlos de l les tendiesen la mano. Aunque tarde, llegaron a tiempo. Si hubieran llegado pocos aos despus, las semicivilizaciones que encontraron en Mjico, en Bogot y en el vasto dominio de los Incas, hubieran ya desaparecido. Todo hubiera cado en el estado salvaje, y tal vez los sacrificios humanos, el canibalismo y las guerras constantes de unas tribus con otras hubieran barrido de sobre la faz de aquel inmenso continente la degradada especie humana. Los indios, por lo tanto, deban estar eternamente agradecidos a los espaoles que los haban levantado de la abyeccin y que les haban devuelto el ser de criaturas racionales que casi haban perdido. Los razonamientos empleados por Rafaela para sostener su tesis excitaban la clera de Pedro Lobo y hacan brotar de sus labios feroces discursos en contra. Solan verificarse tales controversias despus de la comida, cuando Pedro Lobo estaba convidado a comer en casa de los Sres. de Figueredo. A menudo, arrullado por los gritos de los contendientes, el Anfitrin se quedaba dormido; pero cuando no se dorma, o bien cuando despertaba y vea a su mujer y a Pedro Lobo enfurecidos ambos y en la ms encarnizada contienda, se apuraba y hasta se asustaba, porque era hombre conciliador y benigno; procuraba ponerlos en paz; y agarraba la mano de l y la mano de ella y los atraa para que se las diesen, aconsejndoles que echasen pelillos a la mar, para lo cual pronunciaba tambin su discurso, buscando y quizs hallando un juicioso trmino medio entre las dos opuestas doctrinas. --Confesemos--deca--que los espaoles fueron unos heroicos desalmados, lo peor de cada casa, y que, cuando el descubrimiento y la conquista, hicieron infinidad de barbaridades; pero confesemos tambin que los indios en su mayor parte estaban empecatados y entregados a todos los diablos. Su ignorancia era tal que no saban escribir ni leer, ni alumbrarse con un candil durante la noche, ni valerse de ms bestias de carga que de ellos mismos, ni criar animales domsticos, ni ser pastores siquiera. En cambio se sacrificaban a millares a sus dolos y estaban corrodos por la gangrena de los vicios ms nefandos, y sobre todo por la aficin de comerse unos a otros. Los espaoles vinieron a remediar todo esto, y aunque trajeron inquisicin, intolerancia religiosa, cruel codicia, malos tratamientos y trabajos forzados para los indios que se les _encomendaban_, todava puede asegurarse que trajeron ms bienes que males; animales de carga para que el indio no lo fuese, animales sabrosos para que el indio se los comiese en vez de comerse a otro indio, y otras muchsimas cosas, que sera prolijo enumerar, as para bienestar del cuerpo como para solaz y consuelo del alma. Y en cuanto a la ruina de Europa que mi amigo Lobo presiente, yo no la veo tan cercana. Por all son listos y ya irn pasteleando y allanando dificultades, hasta que todos los hombres, a fuerza de mquinas, ingeniaturas y otras invenciones sutiles, coman mejor, vivan ms cmodamente y luzcan trapitos de cristianar de diario. Esto no obsta para que progresemos tambin por aqu, sin que nuestra prosperidad nazca de la ruina del mundo viejo, sino que, al contrario, por all y por ac prosperemos en competencia y nos amemos como hermanos. As pues, hija ma, t y el Sr. D. Pedro Lobo debis empezar por dar el ejemplo, y t como representante de Europa y singularmente de Espaa, y l como si fuera el propio genio de Amrica, lejos de pelearos y de maltrataros con insultantes recriminaciones, debis formar estrecha alianza fraternal y ser clarsimo espejo de amistad y de concordia. Con tal discurso y con otros de la misma laya sosegaba D. Joaqun los nimos exaltados de su gentil esposa y del fantico americano. Estos, en efecto, ya que no perpetua paz, tenan largos momentos y aun horas de tregua agradabilsima; se hablaban al odo sin disputarse cuando as hablaban; y solan salir juntos a caballo y dar deliciosos paseos, galopando y trotando por los frtiles y pintorescos alrededores de la ciudad, ya cuando se pona el sol a la cada de la tarde, ya en noches apacibles de luna. Cierto egregio personaje no tuvo noticia de las disputas histrico-filosficas, pero la tuvo pronto de las intimidades y de los paseos. En su dignidad, jams quiso darse por entendido ni mostrarse quejoso, pero desisti por completo de acudir y aun de pedir nuevas citas, dado que las antiguas hubiesen sido realidad y no invencin o fbula de desocupados maldicientes. -XIII- Aunque dicen que de la discusin sale la luz, fuerza es confesar aqu que no sali luz ninguna de la discusin constante que Rafaela y el gaucho tenan, y en la que a veces tomaban parte varios tertulianos de la casa, diputados, senadores, hombres polticos y poetas, que siempre en el Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todos Magalhaens, Gonzlvez Daz y Araujo Portoalegre, los cuales eran comensales de la casa, complacindose Rafaela en tratarlos y agasajarlos. Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones cierto tinte de sabidura y refinamiento aristocrticos. Haba educado tan bien a D. Joaqun, espolendole para aquellos trotes, que l haba ido, en su carrera desenfrenada, ms all de la meta que ella le puso. De aqu algunos percances y desengaos, que aguaron algo el contento con que D. Joaqun viva, pero que a Rafaela no le importaron un comino. D. Joaqun haba prestado al gobierno Imperial muy notables servicios, en premio de los cuales, le haban dado la encomienda de la Rosa y hasta se habl de que acaso le daran un ttulo, si bien el ttulo no lleg nunca. Para no hacer ruido y para no dar qu decir, D. Joaqun pretendi con mucho disimulo, tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada a la emperatriz; pero la augusta seora no quiso recibirla, ya pensando en la vida que se deca que Rafaela haba hecho en Espaa y en Lisboa, ya recordando que en el gran teatro de Ro la haban silbado cuando ella bailaba el vito o cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradas entonces. Ella rabi algo, ri a D. Joaqun por haber andado en tales pretensiones sin consultarla antes, y, al fin, olvid el desaire y se qued tan fresca. Qu necesidad tena ella de emperatrices, cuando era en su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discrecin, de la elegancia y del buen tono: una princesa de Lieven o una _madame_ Recamier de entretrpicos? D. Joaqun fue el que se sinti quemado del desaire, originndose de la quema ciertos humos nobiliarios, que antes nadie haba notado en l y que aparecieron de repente. Hasta entonces D. Joaqun haba sido despreocupadsimo, pero, con el boato y magnificencia de su casa, se desenvolvieron en su espritu los instintos de nobleza, combinados con la aficin a la poesa. En suma, D. Joaqun hizo saber a todos sus amigos que descenda nada menos que del heroico trovador Gesto Ansures, el cual machuc a un enjambre de moros con un ramo de higuera, por donde tom el apellido de Figueredo, que D. Joaqun todava llevaba. Aunque Rafaela lo repugn, D. Joaqun no quiso ceder nunca: no la obedeci contra su costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros y cortinas de su antecmara, y pintar en sus coches, el escudo de armas de los Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las cinco doncellas que Gesto Ansures haba libertado, cuando las llevaban a la morera para pagar el feudo de ciento a que se oblig al rey Mauregato. A regaadientes aguant Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudo resistir a la tentacin de rerse un poco de l. Y para ello aseguraba que, segn el antiqusimo romance, que escribi Gesto Ansures, las doncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada ms las hojas de higuera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellos malditos moros pudieron escaparse, huyendo a ua de caballo del machucador ramo de higuera del ascendiente de don Joaqun, y se llevaron a Andaluca a una de las seis nias gallegas, la cual vino a ser pronto la sultana favorita del Miramamoln. De esta sultana afirmaba Rafaela que descenda ella, de suerte que su nobleza era tal para cual y no menos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si l tena por apellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recndito de su origen, haba llegado a averiguar, por claros y evidentes indicios, que su estirpe, prosapia, abolengo y apellido era Benjumea, que equivale a Ben Humeya, apellido de los califas de Crdoba, estropeado y mal pronunciado por los ignorantes. Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D. Joaqun, pero ste refutaba victoriosamente el argumento. Deca Rafaela que no eran los Figueredos de Portugal, sino los Vargas Machucas de Castilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo de las cien doncellas. Y D. Joaqun contestaba que los Vargas Machucas, en efecto, descendan tambin de Gesto Ansures, si bien la rama principal y legtima era la de los Figueredos, mientras que los Vargas Machucas eran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, segn D. Joaqun haba odo explicar a una persona muy docta en la ciencia del blasn, a la que aplicaba como auxiliar la ciencia etimolgica, Vargas o Bargas, que es como debiera escribirse, es una contraccin de los vocablos _Barragana_ y _Barragania_. Por fortuna, ningn caballero que tuviese el apellido de Vargas asisti jams a la tertulia de Rafaela, y D. Joaqun pudo sostener su tesis, poco lisonjera para los Vargas, sin promover el menor altercado. -XIV- Salva la discrepancia en que solan estar marido y mujer sobre este punto de la nobleza, don Joaqun se mostraba siempre en perfecto acuerdo con Rafaela, gustando de lo que ella gustaba, y ensalzando y aplaudiendo lo que ella ensalzaba y aplauda. Pedro Lobo, pues, vino a ser el encanto de D. Joaqun, quien siempre quera tenerle en su casa, de suerte que, cuando Pedro Lobo, retenido por sus quehaceres, dejaba algn da de venir o retardaba su venida, D. Joaqun iba a buscarle y no paraba ni descansaba hasta que se le traa consigo. Todo esto daba ocasin a no pocos chistes, que cundan por la ciudad, pero que por fortuna jams llegaban a los odos de don Joaqun, vctima de ellos. Algo ms de un ao dur esta armona y constante convivencia entre D. Joaqun, Rafaela y Pedro Lobo. No hubo de ser ste tan afortunado como en otras cosas en su secreta misin poltica. El Brasil, ms enemigo cada da del dictador Rosas, conspir contra su poder, hizo un tratado secreto con la Repblica Oriental del Uruguay, se concert con el general Justo Jos Urquiza, gobernador de Entreros, y suministr toda clase de recursos para el levantamiento contra el tirano. El representante diplomtico de Rosas en Ro de Janeiro pidi entonces sus pasaportes. Y retirada la Legacin argentina, Pedro Lobo se march con ella, volviendo a Buenos Aires, para dar al dictador auxilio de ms valer como soldado que como agente secreto. Rafaela sinti la partida de Pedro Lobo, pero como su carcter era tan alegre, logr consolarse pronto. Pedro Lobo adems no se dejaba convencer, y esto mortificaba a Rafaela, y como l tena un carcter dominante y ella tambin le tena, procurando avasallar y repugnando que la avasallasen, sus relaciones con el gaucho nada tuvieron de apacibles y no pocas veces la enojaban y desesperaban. El prurito de romper aquellas relaciones, que ella en el fondo de su alma calificaba de cadenas, estimulaba entonces su voluntad, pero, aunque era muy valerosa y apenas conoca el miedo, no se atreva a intentar la ruptura. Puede, por lo tanto, conjeturarse que Rafaela vio con oculta satisfaccin las circunstancias polticas que, si por una parte la privaban del agradable trato de una persona de tanto mrito como Pedro Lobo, la libertaban por otra, sin rebelin ni pendencias, de lo que se le figuraba en ocasiones que tena traza de yugo y de servidumbre. Rafaela, aunque aparent sentir, no sinti demasiado, por lo que ya queda dicho, la partida de Pedro Lobo. Quien la sinti con todo su corazn, y la lament y la llor, fue D. Joaqun, que era muy tierno, pudiendo asegurarse que posea el _don de lgrimas_. A poco de la partida del gaucho, ocurri en Ro cierta novedad, que, aun suponiendo a Rafaela muy melanclica, hubiera distrado sus melancolas. El Sr. Gregorio Machado era el ms rico propietario de todo el Brasil, dueo de muchos fondos pblicos y de acciones del Banco, de magnficas _fazendas_ en las provincias de San Pablo y Pernambuco y de florestas dilatadas, donde abundaban las maderas preciosas, en la interior provincia de Mato-Grosso. Centenares de esclavos cultivaban sus posesiones; y sus rentas y ganancias eran tres o cuatro veces mayores que las de D. Joaqun, con ser ste uno de los ms acaudalados brasileos. Viudo el Sr. Machado, tena un hijo, llamado Arturo, de veintisis aos de edad y muy lindo mozo. Arturo haba estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde las mujeres son guapsimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras y de que tienen misteriosas cualidades y encantados lazos con que saben cautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que, por su belleza y por otros atractivos, han llegado al pinculo de la fortuna. Arturito, que era muy enamorado, estudi poqusimo e hizo en San Pablo doscientos mil disparates. Su padre crey prudente sacarle y le sac de aquella Pafos del Brasil y le envi a Olinda, donde hay tambin escuela de Derecho. All, bien o mal, tom la borla de doctor el joven Arturo. Ya doctorado, nada ms natural que ir a Europa para acabar de civilizarse y conocer por experiencia hasta los ms delicados perfiles y las ms recientes conquistas del espritu humano. Arturo fue, pues, a Pars, haciendo de Pars su residencia habitual y el centro de sus excursiones. Desde all sali a recorrer con rapidez y por pocos meses la Alemania y la Italia, y desde all fue a solazarse, durante los veranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde haba _treinta y cuarenta_ y ruleta, y donde asista multitud de ninfas sabias y elegantes, ms aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol a los modernos Numas. No se descuid Arturo, aprendi cuanto hay que aprender y supo aprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieron extremadamente caras. A los dos aos de haber estado Arturo en Europa, haba ya gastado a su padre, perdindolo al juego o en obsequio de las ninfas, cerca de 400 millones o _contos_ de reis. No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque los _reis_ del Brasil son _fracos_, y cada uno vale la mitad de un _rei_ de Portugal o _rei gordo_. Arturo, por lo tanto, no gast una enormidad; pero, como cada _conto de reis fracos_ equivale sobre poco ms o menos a 2.500 francos, siempre result que su gasto, a pesar de las grandes riquezas del Sr. Gregorio Machado, haba sido excesivo, elevndose a un milln de francos en moneda francesa. El padre se hart de enviar dinero, siti por hambre a su hijo, y ste tuvo que volver a los patrios lares harto desconsolado y mohno, pero convertido en el caballerete ms elegante que haba pisado el suelo del Brasil desde los tiempos de Pedro Cabral y de Diego Correa, apellidado _Carumur_ y fundador de Baha. Acostumbrado Arturito a las exquisiteces, primores y alambicadas quintas esencias de las mujeres de Pars, volvi muy desdeoso, encontrando a sus compatriotas feas, zafias y mal vestidas. En ninguna de ellas descubra un tomo de _chic_. La misma princesa de los Tupinambas, la divina Paraguass, herona de la epopeya nacional, si hubiera resucitado y se le hubiera presentado, le hubiera parecido un adefesio. Cuando Rafaela se enter de todas estas cosas, concibi el propsito de vindicar al Brasil de aquellos injustificados desdenes, volviendo por el honor de su patria adoptiva y probando a Arturito que todas las heteras parisinas no valan un pitoche comparadas con ella, y que ella las venca en beldad, ingenio, sal y garabato. Acudi a reforzar su patritico intento el prurito didctico que haba en su alma y que jams la abandonaba. Se propuso mejorar la condicin de aquel extraviado mancebo, hacerle aborrecer el desorden y el despilfarro absurdo, y hacerle amar el orden y la economa. Impulsada por tan benficas miras, pronto atrajo Rafaela a su casa al joven Arturo; y pronto tambin logr que olvidase los devaneos de Pars y que reconociese que ella era por todos estilos ms guapa que cuantas mujeres haban ido a cenar con l en el _Caf Ingls_, en la _Maison Dore_ o en los _kursaals_ que regocijaban y animaban, en aquellos das, las inmediaciones del Taunus y de la Selva Negra. -XV- El poder didctico de Rafaela jams realiz en nadie tan rpidas y provechosas mudanzas como en el nimo y en todo el ser de Arturo Machado. Las _saudades_ que l tena de Pars, y que le hacan fastidioso a l mismo y a las dems personas, se disiparon por completo. Arturito volvi a gustar de su patria como cuando era estudiante y no haba vivido an en el _corazn y en el cerebro del mundo_, como llama a Pars Vctor Hugo. Se hizo ordenado y econmico y ni gastaba ni saba en qu gastar su dinero. No pensaba ya en francachelas ni en vigilias tempestuosas. Y con su vida regular y morigerada recobr la salud, que nunca haba sido muy fuerte y que haban estragado las excitaciones constantes de la existencia de calavera, para la cual no haba nacido. Porque, si bien era lindo mozo, agraciado y simptico, tena ms de enclenque que de robusto. Era de genio manso, suave e inclinado a la quietud y a la paz. Y slo el mal ejemplo, las perversas compaas y hasta la propia docilidad con que ceda l y dejaba que le guiasen haban sido causa de sus travesuras y derroches pasados. Para Rafaela, hecha ya esta conversin, se desvaneci por desgracia casi todo el atractivo de Arturito. Empez a hallarle poco ameno, y despus soso, y por ltimo lleg a encontrarle empalagossimo a causa de su dulzura. Entonces senta Rafaela grandes veleidades de plantarle; pero, como era caritativa y estimaba adems como gloriosa produccin de su ingenio y de la energa de su voluntad todos los progresos y mejoras de un espritu cultivado por ella, resista a la tentacin de plantar a Arturito. All en sus adentros se comparaba a la vara que sostiene en el aire a una planta rastrera a fin de que no caiga al suelo y se ensucie y pudra en el fango. Tema Rafaela que Arturito cayese si le dejaba ella, y por eso no le dejaba. A menudo sola lamentar que aquel muchacho hubiera sido tan dcil y se hubiera convertido tan pronto. Lo conforme a su gusto hubiera sido una educacin ms larga y difcil, as porque, durando la educacin, tambin hubiera durado el prestigio que hacia Arturito la haba atrado como porque la misma tardanza en educarse y en cambiar de condicin hubiera sido garanta de lo seguro y firme del cambio. En estas cavilaciones hubiera persistido largo tiempo Rafaela sin atreverse a despedir a Arturito, a no ser porque ella tena a veces crisis extraas en el corazn y en la mente. Religioso fervor la dominaba. Iba a confesarse o tena largos y piadosos coloquios con el Padre Garca, su director espiritual. Sus remordimientos de engaar a D. Joaqun no la mortificaban demasiado, pues, aunque ella repugnaba el engao y nunca haba engaado a nadie sino a D. Joaqun, todava se figuraba ella que en realidad no haba tal engao. Nada disimul ni ocult al casarse, y su marido por lo tanto debi comprender desde luego a lo que haba de atenerse. Ella le hizo confesin general anticipada. Fue como si de una vez le confesase y descubriese todas sus culpas, pasadas y futuras. Para qu, pues, molerle y atormentarle confesndoselas despus una a una segn iban sobreviviendo? Esto no hubiera sido noble franqueza sino crueldad insensata. No era, pues, por D. Joaqun sino por ella misma por lo que el pecado le dola. Le dola el pecado porque en su anhelo de toda clase de perfeccin, para ella y para los otros, soaba con una vida honrada y limpia. Por rara coincidencia, estos sueos de limpieza y de honradez acudan en tropel a su mente, y ms amenudo que nunca, desde que empez a visitarla Juan Maury. Sus facultades crticas y analticas, sin poderlo remediar ella, se aplicaban a la comparacin. Y comparando al joven ingls con Arturo, Arturo sala siempre muy mal parado. Arturo era de menos que mediana estatura y estrecho de hombros. El ingls alto, sin dejar de ser bien proporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la elegancia le faltasen. Era el uno moreno plido, casi cetrino, blanco y sonrosado el otro y rubio como las candelas. Y por ltimo, en lo tocante a las prendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energa de voluntad que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba, la diferencia apareca enorme en la mente escrutadora de Rafaela. Empez, pues, a tener vergenza del afecto que Arturito le haba inspirado. La compasin hacia l fue disminuyndose casi hasta desaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud ms slida, de consagrarse fielmente a D. Joaqun y de ser modelo de casadas y seora muy respetable vino a ser la constante obsesin de su alma. Aunque ella era un lince para notar los defectos de las personas que trataba, no s cmo se las compuso que no hall el menor defecto en el inglesito. Todo l le pareci una perfeccin. Y en vez de pensar en educarle para elevarle a su altura, pens en educarse a s misma para subir a la altura en que le vea colocado. Bullan todos estos pensamientos en la mente de Rafaela de modo harto confuso. Lejos de ella el imaginarse enamorada del inglesito. El propsito de enamorarle ms lejos an. Slo meditaba entonces virtud, abnegacin y toda clase de sublimidades. La nica determinacin firme que naca de todo ello era la de despedir a Arturito, que ya le pareca insufrible. Pero Rafaela era la bondad misma y, antes de hacer la herida que consideraba indispensable hacer, preparaba blsamos para curarla. Pens en que el trmino dichoso, honesto y santo de la educacin que a Arturito haba dado, era casarle con la ms linda seorita que hubiese en Ro de Janeiro, cristiana y recatadamente educada, bonita y amable y de distinguida familia, en quien Arturito hallase una compaera digna y fiel y lograse dar a su padre el Sr. D. Gregorio algunos graciosos y queridsimos nietos, que fueran el hechizo y el consuelo de su cansada senectud. No acierto a encarecer cunto se deleit Rafaela al concebir este proyecto y el arte delicado y el impaciente afn con que trat de realizarle. Rafaela, que gustaba tanto de educar a los otros, no se haba descuidado en aquellos ltimos aos, y singularmente desde que era gran seora, en formar su corazn y su espritu, leyendo no pocos libros, sobre todo de novelas y poesas. Segn vulgarmente se dice, se haba hecho bastante _licurga_ o marisabidilla. Con el inglesito hablaba de artes, de religin, de historia y hasta de filosofa. Arturito estaba presente a estas conversaciones, que nada tenan de misteriosas, pero no entenda palabra y no tomaba parte en ellas. As mientras duraban estos coloquios, como despus al retraerlos a la memoria, Rafaela lo vea todo tan pulcro, tan acicalado y tan moralmente pulido y lustroso, que se desesperaba de sus amistosas relaciones con Arturito como si fuesen fea mancha en medio de tanto resplandor, nitidez y aseo. En suma, no haba ya remedio; era menester borrar aquella mancha, pero sin rasgar la tela; era menester dar a Arturito su pasaporte, pero en forma de cucurucho repleto de delicadsimos confites. -XVI- Lleg por fin el da prefijado por Rafaela para tomar la cruel resolucin, inevitable ya segn su atormentada conciencia, de decir al pobre Arturito: hasta aqu lleg, no sigamos adelante. D. Joaqun se haba ido a la _chcara_ por una semana en compaa de tres o cuatro amigos. Rafaela no reciba a sus tertulianos, pretextando frecuentes jaquecas, nica enfermedad que sola alterar levemente su salud envidiable. En las noches de jaqueca muchos tertulianos acrecentaban el mal de Rafaela, pero la visita de uno slo poda aliviarla. Arturito acudi, pues, aquella noche, esperando tener la satisfaccin de dar el alivio mencionado. Como de costumbre, el portero negro que guardaba la puerta de la verja de hierro que rodeaba el jardn, le dio paso franco sin sonar la campana, porque estaba industriado y al corriente de todo y saba bien su oficio. _Madame_ Duval, que an saba mejor el suyo y que tena ojos de lince y odo de liebre, se hallaba atisbando a la hora convenida, abri la puerta y, sin hacer ruido, introdujo al joven brasileo en el confortable y primoroso _boudoir_ de su seora. Lo primero que not Arturito, con desagradable sorpresa, aunque parezca extrao y nada compasivo, fue que la Sra. de Figueredo deba de estar aquella noche muy poco atormentada por la jaqueca, porque en vez de hallarla en vaporoso _deshabill_, de bata, peinada muy al descuido y recostada o casi tendida en su _chaise-longue_, la encontr bastante atildada y compuesta, con traje casi de ceremonia, y sentada en un silln, como si fuese a recibir una visita de mucho cumplido. El recibimiento correspondi al traje y aument la sorpresa y el disgusto del joven visitante. Rafaela le alarg, sin duda, cariosamente la mano, si bien con cierta tibia y lnguida indiferencia. Y luego, como l se acercase mucho, ella le rechaz con suave dignidad y casi le oblig a que se sentase en una silla frente de ella. Despus de algunas frases que entre ambos mediaron, Arturito empez a dar sentidas quejas de recibimiento tan fro. Ella entonces, con el incontrastable imperio que tena sobre l, le cort la palabra, y sobre poco ms o menos, pronunci las siguientes, que casi podemos calificar de discurso: --Das ha, mi querido Arturito, que tengo la conciencia muy escrupulosa y atribulada. Es infame mi modo de proceder con D. Joaqun. Indigno pago estoy dando a sus grandes beneficios, a su entraable afecto, a la sublime confianza que en m tiene. Dios podr perdonarme porque es todo misericordia; mi marido es tan bueno que tambin me perdonara si supiese lo que pasa, aunque sera muy capaz de morirse de pena: yo soy quien no me perdono, quien necesita romper este lazo criminal que nos une, si he de vivir en paz y si no he de seguir aumentando las causas de mi remordimiento y de mi vergenza. Todo se lo he confesado al Padre Garca, mi confesor, que es un santo, severo consigo mismo y con sus prjimos indulgente. Pero, a pesar de su indulgencia, se resiste a darme la absolucin si no me aparto para siempre del mal camino. Es, pues, necesario que nuestras relaciones concluyan. Al llegar a este punto, Arturito se puso tan enternecido que las lgrimas asomaron a sus ojos. Rafaela lo not y sigui hablando con mayor dulzura: --Ten valor, hijo mo. Acaso no me expres bien, o t no me entendiste. Yo no quiero dejar de ser tu amiga. T tienes y tendrs siempre preferente lugar en mi corazn. Te he querido, te quiero y te querr toda mi vida. Hurfano t desde la infancia, no has gozado del afecto puro y santo de una madre. Yo te ofrezco hoy un amor que debe purificarse y adquirir la apariencia, si no el ser de amor maternal. No le desdees con perversin soberbia, seducido por amor vicioso y lleno de liviandades. Hoy que te amo yo con amistad inmaculada, entiendo que te amo ms que te he amado nunca y no hago sino pensar en tu dicha. Considera que tu padre es ya muy anciano, que pronto acaso tendr que rendir el inevitable tributo que a la naturaleza rendimos todos, y que te dejar dueo de un nombre respetadsimo en este pas y de cuantiosos bienes de fortuna. Cunto se alegrara tu padre de ver, en vida, asegurada en ms extenso porvenir su sucesin y en contemplar y acariciar a los legtimos y preciosos nietos que t puedes y debes darle! Aqu se enterneci ms Arturito y pas de las lgrimas a los sollozos. Rafaela, algo conmovida y muy piadosa, se levant de su asiento, se lleg a l y le dio para animarle tres o cuatro blandos cogotacitos con la blanca y linda mano. Volvi luego a sentarse lejos de l y con grave autoridad le inform de que andaba buscndole novia y aun le cit los nombres y le habl de las condiciones de tres o cuatro muchachas de la ciudad en quienes ella haba puesto ya la mira. --T eres muy buena, muy buena, deca Arturito; pero es intil el trabajo que ests tomando. Yo no quiero casarme. Yo slo me casara contigo. --S... hombre del diablo--exclam Rafaela riendo--. Qu crimen meditas? Quieres matar a mi excelente D. Joaqun? --Gurdeme Dios de semejante pecado--contest Arturito--; pero si l buenamente se muriera.... --No pienses ni digas tan abominable desatino. Es horroroso desear la muerte de alguien, y ms an la de una persona que tanto te quiere. En efecto, D. Joaqun, segn su constante modo de ser, haba concebido por Arturito la amistad ms entraable. Bien haba querido al gaucho Pedro Lobo, pero a Arturito le quera mil veces ms, por lo manso y apacible que era, por paisano y hasta por hijo del Sr. Gregorio, con quien tena, desde haca muchos aos, estrechos lazos de amistoso compaerismo. Conoci Arturito que no deba desear la muerte de D. Joaqun y se compungi del improvisado deseo que haba asaltado su corazn en un instante de descuido. Entonces apel a otros medios para disuadir a Rafaela de la ruptura. Le dijo que ella le sostena y guiaba por la senda de orden y de conducta juiciosa que l haba emprendido, y que, no bien ella le dejase, descarrilara l de nuevo, y slo Dios o el diablo saba en qu infernales abismos podra l hundirse. A esto replic Rafaela, que pecar era detestable medio de prevenir el pecado; le asegur que velara sobre l para que no se extraviase, y reiterndole repetidas veces la seguridad y la promesa de que an le amaba con la amistad ms pura, y de que seguira amndole siempre, se quej de dolor de cabeza, dijo que necesitaba estar sola y hasta le empuj con maternal familiaridad para que se largase, llamando a _Madame_ Duval, a fin de que le acompaara hasta la misma puerta del hotel. Arturito tuvo que irse muy triste y desolado. No se le ocurri, ni por un momento, dudar de la sinceridad de Rafaela ni de su reciente empeo de volverse santa. A todos los hombres nos ciega algo la vanidad y no acertamos a ver, en ocasiones, al rival que aparece, ni a descubrir en l mayor mrito que en nosotros, ni ms seductores recursos. Y por otra parte, los dilogos entre Rafaela y Juan Maury, que Arturito haba odo, y que versaban sobre historia, metafsica y otros objetos profundos, apartaban del pensamiento de Arturito toda sospecha de que los interlocutores pudieran enamorarse. Lo que es l ni con las mujeres de San Pablo, ni con las de Olinda, ni por ltimo, con las ninfas que haba tratado en Pars, se haba engolfado nunca en tales honduras y discreteos. En Pars, dgase lo que se diga, no abundan las Aspasias. Al menos l no las haba encontrado, o bien ellas, considerndole profano, le haban ocultado su retrica y su filosofa, guardndolas para los Pericles y los Scrates, y luciendo, a lo ms, su ingenio en _calembours_ ms o menos desvergonzados y burdos. Dicho sea en honor de la verdad y en alabanza de Rafaela, su sinceridad en todo aquello era completsima. Rafaela crea en la propia contricin, en su horror al pecado y en su firme propsito de la enmienda que la movan a despedir a Arturito. Lejos, muy lejos de ella la idea de que Juan Maury diese o pudiese dar el menor impulso para aquel acto. Si algn clculo extrao a la contricin y al arrepentimiento era parte en la resolucin que Rafaela haba tomado, este clculo la honraba, demostrando que era prudente y buena. La noche en que Rafaela despidi a Arturito, era el 5 de Febrero de 1852. Rafaela acababa de saber, con no pequeo sobresalto, que el dictador Juan Manuel Rosas, al frente de sus parciales, haba presentado la batalla en Monte Casero a los coligados que haban acudido para despojarle de la dictadura. La derrota del dictador haba sido completa. Disfrazado de gaucho, se haba refugiado en el barco de vapor ingls _Locusta_ y navegaba ya con rumbo a Inglaterra. Rafaela tena claro presentimiento de que si Pedro Lobo no haba muerto en la pelea, no habra querido ni podido permanecer en territorio argentino y tambin se habra expatriado. Estaba adems segura de su poderoso atractivo y de que l no se ira a Europa sin pasar por Ro y sin venir a verla. Le crea apasionado, celoso y tal vez enterado de todo, porque nunca falta gente chismosa que se deleite en dar ciertas noticias. Derrotado y huido de su patria, Pedro Lobo deba de estar ms feroz que nunca, y Rafaela tema, sino pona en salvo a Arturito, apartndole de s, que ocurriese a ste un lastimoso percance. Su propsito, perseverando en su plan de enmienda y santificacin, era despedir tambin a Pedro Lobo, pero, por lo mismo, tena mayor empeo en despedir antes a Arturo, para que ni remotamente imaginase el otro que aquel infeliz muchacho era causa de su despedida. -XVII- Rafaela no se haba engaado. Dos das despus de haber despedido a Arturito, supo que Pedro Lobo acababa de desembarcar en Ro de Janeiro y que pretenda venir a verla. Ausente D. Joaqun y vctima Rafaela de jaquecas continuas, Rafaela no reciba entonces ni sala de su casa. Pedro Lobo busc en la calle a _Madame_ Duval, le habl, y le pidi y casi le exigi que le diese una cita con su seora. _Madame_ Duval se excus como pudo, pero, cediendo a la terca insistencia del gaucho, tuvo que encargarse de una carta que ste le dio para Rafaela. Ella la recibi y la ley con hondo disgusto, y, si no tuvo miedo, fue porque de nada le tena. Era, sin embargo, prudente y rehua comprometerse escribiendo. No tena gana tampoco de recibir al gaucho para despedirle y para tener con l una escena violenta y acaso trgica. Se vali, pues, de _Madame_ Duval como mensajera. La instruy detenidamente en todo cuanto haba de decir: en la resolucin que haba tomado de seguir nueva vida, en sus remordimientos y en su firme propsito de no reanudar con l las pasadas relaciones y de no recibirle en secreto. Bram de ira el gaucho al recibir el mensaje, pero disimul la ira y hasta aparent cierta conformidad, meditando y proyectando una venganza. Aunque no dijo a _Madame_ Duval que lo saba, Pedro Lobo era sabedor de la ventura del joven Arturo. No haban faltado amigos oficiosos que le escribiesen a Buenos Aires informndole de cuanto se saba o se presuma como evidente. Arturito supo tambin la llegada de Pedro Lobo no bien ste lleg. Y si hemos de decir la verdad, all en el fondo de su alma pacfica y humilde, se alegr entonces de que le hubiese despedido Rafaela. As se crey libre y exento de tener un lance con el gaucho, que alcanzaba fama de brutal y grosero. Entre tanto, a fin de mostrar a Rafaela que por ella slo haba sido ordenada y juiciosa su vida; a fin de hacerle notar que se consolaba de su desdn volviendo a sus antiguas travesuras y locos deportes; y a fin acaso de que el mismo Pedro Lobo comprendiese que nada tena l que ver con Rafaela, y que Rafaela no le importaba nada, decidi y concert con los ms alegres jvenes de Ro una regocijada partida de campo para el da siguiente, o mejor diremos para la siguiente noche. Era entonces el mes de Febrero, el ms caluroso del ao en aquellos climas, y slo de noche poda disfrutarse algn fresco. Estaba ya preparado un _pick-nick_ en la Tejuca. Cuantos amigos quisiesen, podan ir inscribindose para ello en el casino y pagando despus su cuota. Slo las damas iran convidadas y sin pagar. Arturito haba formado lista de ellas y dispuesto que las hubiese de todas procedencias y de todos colores: desde la alemana Catalina, apellidada por su cndida y sonrosada tez y por su dulce y buena pasta el _Merengue de fresa_, hasta lo que llaman en el Brasil caf con leche ms o menos cargado y caf puro; esto es, que haba tres o cuatro mulatas convidadas a la funcin y una negra gentilsima a quien llamaban la Venus de bronce. No faltaran tampoco dos garridas mozas, importacin de las Islas Canarias, y algunas nacidas en las mrgenes del Piratininga, fecundas en hermosas mujeres, una de las cuales descollaba por su aptitud y habilidad para cantar las _modinhas_ ms chuscas y amorosas. La cena haba de ser esplndida, y como el fondn de la Tejuca era pobre y se prestaba mal al esplendor, y aun al regalo, se discurri llevar de Ro algunos platos fiambres, el _champagne_ y otros buenos vinos, y a un hbil mozo de comedor que lo ordenase y dirigiese todo. Nadie ms apropsito para esto que un esclavo negro de Arturo Machado, que fue el elegido. Segn costumbre brasilea o por rara inclinacin que all haba, los negros, cuando se bautizaban, sobre todo si se bautizaban adultos, y no eran criollos sino trados de frica, solan tomar nombres pomposos de hroes, emperadores y prncipes de la clsica antigedad greco-latina. No ha de extraarse, pues, que el maestresala que haba de ir a la Tejuca se llamase Octaviano. Era alto y fornido, y, aunque tena ya ms de cincuenta aos, pareca joven. Proceda este negro de un territorio del interior del frica, cercano aunque independiente de las posesiones portuguesas. Y la gente afirmaba que en su pas no era un cualquiera. Hasta que le cautivaron y le trajeron al Brasil, siendo l de edad de diecisis aos, se haba criado con mucho mimo y cercado de profundo respeto, pues era hijo nada menos que del rey de los _Bundas_. Sobre esta particularidad el lector podr creer lo que quiera. Yo refiero lo que se deca sin detenerme en averiguaciones. Slo aadir que el aire majestuoso y digno de Octaviano induca a cuantos le miraban a no tener por fabulosa su regia estirpe. Resignado estoicamente a su ineluctable servidumbre, aprendi pronto cuanto le ensearon, porque tena mucho despejo. Y como era tan hbil y bien mandado, el ltigo o chicote jams hiri sus espaldas. Ni era conveniente para l tan rudo y degradante castigo. Si incurra en falta, la menor reprensin bastaba. l la sufra con modesta paciencia y luego se correga. Mas si por acaso la reprensin era injusta, en sus ojos relampagueaba el coraje, y el reprensor, con cierta consideracin temerosa, meda el alcance de sus palabras y dulcificaba y mitigaba su acritud y dureza. Aun sin notar en sus ojos el citado relmpago, se conoca cuando estaba enojado por un muy raro y singular aviso. Octaviano, que era limpsimo en su persona y que venda salud, jams ola mal, ni aun en la fuga de las mayores faenas; pero no bien se irritaba, era como si se abriese de sbito un pomo de concentrados aromas, esparcindose en el aire la fragancia. La _catinga_, represada y latente en los largos perodos de placidez, se alborotaba y se desbordaba entonces, brotando por todos los poros y trascendiendo a muchos metros de distancia, como los proyectiles de una ametralladora. Hacemos aqu tan particular y detenida mencin de Octaviano por lo mucho que amaba a Arturito, de quien haba tenido especial cuidado y con quien haba jugado cuando nio, llevndole a paseo y a la escuela, y acompandole luego cuando fue a estudiar a las Universidades de San Pablo y de Olinda. Arturito no llev a Pars a Octaviano por no llamar la atencin. Y no porque Octaviano fuese negro, sino por la singularidad de ciertos indelebles adornos que le distinguan, y que sin duda le hicieron y trajo de su pas como seales de su categora principesca. Ello es, que desde la punta de la nariz, subiendo por el caballete, atravesando el entrecejo y por medio de la frente hasta el nacimiento de sus cabellos crespos, tena como una ristra de burujoncillos que parecan repulgos de empanada, y en las negras y relucientes mejillas llevaba un laberinto de incisiones, formando caprichosos dibujos, que slo Dios sabe si seran expresin simblica de la Teogona y de la Cosmogona de su tierra. Para averiguarlo, acaso no hubiera sido suficiente que sabios profundsimos empleasen ms tiempo en estudiar su cara que Juan Francisco Champollion en estudiar la piedra de Roseta o que Len de Rosny en estudiar los enmaraados cdices cortesiano y troano. As se prepar la fiesta, que prometa ser notabilsima por todo; hasta por la singularidad del maestresala. -XVIII- Todo el tiempo de la larga residencia de Pedro Lobo en Ro, Arturito haba estado en Pars y no haba tenido ocasin de conocer y de tratar al gaucho. Esto no ofreca, sin embargo, el menor inconveniente para que el gaucho fuese a la fiesta. Era un _pick-nick_ donde Arturito no figuraba importando ms que cualquiera de los otros jvenes brasileos y extranjeros que haban de ser de la partida, y a quienes el gaucho conoca y trataba. Deseoso de asistir a la fiesta y aun excitado a asistir por los ruegos de dichos jvenes y con el fin de divertirse y de distraer sus penas, Pedro Lobo fue como uno de tantos. Por lo pronto, slo pens en el placer que aquello podra traerle, y no form proyecto alguno de armar escndalo y camorra. Lleg a la Tejuca a caballo, con tres o cuatro de los que eran ms amigos suyos, y se hizo presentar a Arturito del modo ms correcto. Arturito le acogi con la debida cortesa. No pas por las mientes de nadie que pudiera sobrevenir un lance entre ambos. Al anochecer, llegaron en un mnibus las nias, figurando como la capitana el Merengue de fresa. Todos la aclamaron reina de la funcin, as por su calidad de extranjera, como por ser la ms hermosa, y, sin duda, la de ms encumbrada jerarqua entre las de su oficio. Casi, casi, era una seorita. Viva con su pap, que tena no poco de respetable, que se ganaba la vida componiendo relojes, y que era fervoroso cristiano, aunque protestante, leyendo mucho la Biblia en sus horas de asueto. Ni se le poda acusar de excitacin, connivencia o tolerancia en las transgresiones de su hija. Se opona a ellas, pero como nada lograba con oponerse, acababa por aguantarlas, si bien con hondo dolor, para cuyo alivio apelaba a la bebida, de suerte que el ver al relojero alemn un tanto cuanto tomado del aguardiente, era indicio infalible de que Catalina no estaba en casa y andaba corriendo aventuras. Porque eso s, ella respetaba la casa paterna y jams all las tena, como no fuese con mil sigilosas precauciones y a furto del severo autor de su existencia. Catalina, al acudir a fiesta tan numerosa y estruendosa, daba un paso atrevido e inusitado, y atropellaba un poco su decoro, y, si no su buena, su mediana fama: todo por devocin a Arturito, cuya munificencia la encantaba y seduca. Hasta la una de la noche, aunque la animacin y la alegra fueron grandes, bien se puede afirmar que en la reunin apenas hubo el menor incidente digno de censura. Al contrario, todo fue esttico, artstico y literario. Las piratininganas recitaron lindamente sentidos versos de la Marilia de Dirceo; las muchachas de Canarias cantaron seguidillas y coplas de fandango; cantaron _londums_ las mulatas; la negra bail con gran primor y salero, y enton, por ltimo, Catalina tan afinada y primorosamente varias canciones alemanas, que por unanimidad confirmaron todos su nombramiento de reina de la fiesta. Lleg la hora de cenar, y Catalina, como tal reina, dio el brazo a Pedro Lobo para ir al saln del banquete. Ella iba a presidirle, y, por extranjero y persona de ms cumplimiento y ceremonia, sent a su derecha a Pedro Lobo, mas no sin decir a Arturito que al otro lado suyo tomase asiento en la mesa. l no dej de tomarle, y todos cenaron con apetito y regocijo. Hubo platos a la francesa, varios _quitutes_ brasileos, y Jerez, Madera, _Champagne_ y Oporto en abundancia. De resultas de las frecuentes libaciones, hirvi la sangre, se acaloraron las cabezas, las dulces plticas se convirtieron en confusin y bullicio, y el banquete empez a tener carcter de orga. Podra decirse, si la mitologa clsica no hubiera pasado de moda, que un enjambre de cupidillos menores revoloteaba, cernindose sobre la mesa, disparaba flechas sutiles e invisibles y desasosegaba y punzaba con ellas a los galanes y a las damas. No por eso se alteraba la paz. Todos se arreglaban, acoplaban y componan. Nadie se senta desairado ni se mostraba descontento. Tal era la situacin general; pero haba dos sujetos, que acaso haban bebido ms que los otros, que estaban ms acalorados y que empezaron a mirarse con malos ojos por aspirar a lo mismo. Pedro Lobo y Arturito se empearon ambos en querer Merengue de fresa. La conciliadora y benigna alemana tena dulzura para los dos; alternativamente se inclinaba a un lado y a otro y procuraba contener y complacer a ambos. Pero por ms que hizo, no logr que ninguno de ellos aceptase la simultaneidad ni el turno pacfico. El juego termin mal. Las caas se volvieron lanzas. Pedro Lobo vio en aquella rivalidad, si no motivo, ocasin y pretexto para vengarse de otra rivalidad que infinitamente ms le dola. De sbito, pues, y cuando todos los concurrentes menos lo prevean, lanz el gaucho varios feroces reniegos, se levant de la mesa, agarr del brazo a Catalina e intent llevrsela consigo a tirones y poco menos que arrastrando. Llena de susto y lastimada por la violencia, la muchacha dio chillidos. Acudi Arturito a defenderla, pero el gaucho, ms fuerte y ms decidido, le dio un empelln y le apart de s bastante maltrecho. Todava se lanz sobre Arturito, decidido a darle de golpes; pero unas manos poderosas que parecan dos garras le asieron por ambos brazos, le zarandearon y sacudieron como si fuera un pelele y le derribaron por tierra con desprecio. Era el negro Octaviano que intervena briosamente en defensa de su seor. Animado Arturito con aquel auxilio y enojado por los insultos y por la afrenta que Pedro Lobo le haba hecho, prorrumpi en injurias contra l, le llam satlite del sanguinario tirano Rosas y le calific de derrotado y forajido. Los seores jvenes que all haba consiguieron, no sin grande esfuerzo, separar a Octaviano de su intervencin en la contienda e interponerse entre los dos principales contendientes, reteniendo sus manos y refrenando sus lenguas. Completamente se acibar el contento que all reinaba. Antes de que amaneciese se expidieron en el mnibus el Merengue de fresa y las dems nias. Algunos caballeros se eclipsaron tambin. Contra Octaviano hubo una verdadera conjura, y medio por persuasin, medio por violencia, le encerraron en un cuarto para evitar que escandalizara, tratando de inculcar en su mente que por mucho que se sintiese, era ya ineludible un encuentro muy serio entre Pedro Lobo y su amo. A Pedro Lobo no le faltaron dos testigos. Con otros dos que nombr Arturito concertaron un lance, el cual, por hallarse muy embravecidos los dos contrarios, no poda menos de ser serio. Arturito no saba manejar el sable, ni esgrimir la espada, ni tirar a la pistola. Era menester procurar para l la menor desventaja posible, equilibrando las fuerzas y buscando iguales probabilidades de triunfo. Se hallaron dos pistolas de arzn que, muy cargadas, haban de levantar mucho y enviar la bala harto lejos del punto de mira. Se concert que los combatientes se colocasen a cuarenta y cinco pasos de distancia. Al dar una palmada podran marchar ambos, el uno contra el otro, hasta que slo quince pasos los separasen. Durante la marcha cada uno poda tirar cuando quisiera. No bien fue de da claro, combatientes y padrinos fueron a un sitio apartado y esquivo, a ms de dos kilmetros de la fonda, a una pradera sin rboles, en medio del bosque. Todo se hizo all como estaba concertado. Arturito, sostenido por el pundonor, disimulaba su abatimiento: conoca que el duelo era inevitable, sopena de quedar para siempre humillado, pero presenta el desenlace ms triste. El gaucho estaba muy sobre s, ansioso de satisfacer su rabia y confiando en su destreza en las armas. Ambos ya en el sitio y con la pistola en la mano, marcharon el uno contra el otro. Inseguro Arturito de su puntera, no quiso disparar hasta llegar a la raya que se le haba marcado. El gaucho, ms seguro, dispar al dar el quinto paso. Todos los testigos tenan el convencimiento, la casi seguridad de que, no slo el tiro de Arturito, sino tambin el del gaucho, tan malas y tan cargadas estaban las pistolas, iban a perderse en el aire. Esperaban que terminase el lance en reconciliacin, y ya que no en almuerzo, porque la cena estaba reciente y no tenan gana, en otra nueva cena aquella noche en el mejor restaurante de Ro de Janeiro. Pero el hombre propone, y no siempre Dios sino el diablo dispone. Nadie imagin, por bien que en su sentir el gaucho tirase, que lo que ocurri fue el resultado de su tino. Lo que ocurri fue el resultado de la fatalidad ms deplorable. La bala que dispar el gaucho penetr por la sien derecha en la cabeza del pobre joven y le dej muerto en el acto. Grande fue el pasmo y profunda la lstima de todos los cmplices en aquel horror. El mismo Pedro Lobo, disipada de pronto su clera, se sinti afligido. El caso, de comn acuerdo, se ocult o se disimul para con el pblico. La fiebre amarilla haca entonces muchas vctimas en Ro. En la Tejuca no atacaba nunca aquella enfermedad, pero si alguien la traa a la Tejuca desde Ro, la muerte era inevitable y rpida. Para el pblico se supuso que Arturito haba muerto en la Tejuca de la fiebre amarilla. -XIX- Rafaela tuvo pronta y exacta noticia de cuanto haba ocurrido, y su dolor fue muy hondo. Ella tendra sus defectos, pero no se puede negar que era leal y verdica, y que abominaba del embuste. Lo que haba dicho a Arturito cuando le despidi era la verdad misma. Al dejar de quererle, como amante, haba seguido querindole como si fuera su hijo: como criatura de su espritu, ya que le haba iluminado y mejorado. De aqu que la funcin de la Tejuca, triste prueba de la recada del joven, abandonado por ella, bast para afligirla; pero lo que la desol, por no ofrecer ya remedio ni esperanza, fue la muerte violenta tan estpida y brutalmente motivada. Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada de empalagoso sino de brioso, atesoraba en el centro de su corazn un inexhausto manantial de cario. No por reflexin ni por estudiadas teoras, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filntropa. El Padre Garca se lo haba dicho muchas veces: Ay, hija ma, s t amases a Dios la mitad siquiera que a los hombres, no estaras ya en la tierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los ms enamorados serafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altsimo! Lo conveniente, aada el Padre en otra ocasin, es que tu filantropa se trueque en caridad cristiana: que ames a Dios sobre todas las cosas. Considera lo encaramada y elevada que ests ya en el amor, y calcula, si puedes, hasta dnde te encumbraras en cuanto pusieses sobre todo ello tu amor divino. Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposicin no haba llegado a verificarse, aunque Rafaela a menudo la apeteca. Indudablemente, sin ninguna intencin y sin oculto propsito, sin descubrir ni reconocer ella como causa de su cambio la impresin que Juan Maury le haba hecho, y creyndose impulsada por las amonestaciones y piadosos discursos del Padre Garca, no slo haba despedido a Arturito, sino que tambin se propuso no volver a recibir al gaucho y romper para siempre con l, aunque bien notaba, con cierto sentimiento entre lisonjero y penoso, que la segunda venida del gaucho a Ro haba sido por ella. Y como ella jams desechaba la gratitud ni la amistad, aunque desechase el amor, todava, al despedir resueltamente al gaucho por medio de _Madame_ Duval, conservaba por l estimacin y afecto. Slo cuando supo la tragedia de la Tejuca, obra sin duda del injustificado rencor de Pedro Lobo, su amistad y su estimacin hacia l se trocaron en aborrecimiento. La insistencia pertinaz que mostr Pedro Lobo en volver a verla, exacerb este odio, agot su paciencia y le hizo perder los estribos. Ella no reciba entonces, ni sala de casa; pero _Madame_ Duval era perseguida y detenida por Pedro Lobo, y ora por su medio, ora imprudentemente, valindose de un criado cualquiera, Pedro Lobo la inquietaba y la atormentaba con cartas pidindole, casi exigindole una cita. A las cuatro primeras cartas, dos al da, nada contest Rafaela. A la quinta, en la maana del da tercero, Rafaela se puso fuera de s, perdi toda su circunspeccin, desech recelos, resolvi arrostrar cualquier peligro que sobreviniese y contest al gaucho, sin rasgar el papel, aunque bien pudiera decirse, citando el antiguo romance, que le escribi: _Con tanta clera y rabia_, _que donde pone la pluma_ _el delgado papel rasga_. La carta de Rafaela era como sigue: Sr. D. Pedro Lobo: Ni usted tiene, ni yo he dado a usted el menor derecho para lo que hace, inquietndome, afligindome y desesperndome. Jams promet ni exig a usted que me prometiera fidelidad ni constancia. No hay lazo que nos ate ni obligacin que nos encadene. Libre es usted y yo tambin lo soy de querer a quien se nos antoje. Con plena libertad, aun despus de haber arrojado de mi alma, por motivos de que no tengo que darle cuenta, todo tierno afecto hacia usted, le consagraba yo an estimacin amistosa. Esta se ha perdido tambin por la tremenda culpa de usted cometida hace pocos das. Ya ni amor, ni amistad, ni estimacin le tengo. No dir que le odio, porque no odio a nadie, y si le odiase hara de usted excepcin honrosa. Me es usted indiferente, pero me aburren y me atacan los nervios sus persecuciones. Vyase usted de Ro y djeme en paz. Como no gusto de frases pomposas, cuyo contenido pudiera alguien poner en duda, no me meto en decir que soy una dama y que usted es un caballero: dir slo que soy una buena mujer, aunque pecadora, y que espero que sea usted un hombre bueno para m y que como tal se conduzca. Con dicha esperanza escribo esta carta, y confo en que no me comprometer usted abusando de ella; mas aunque desconfiase, de nada tendra miedo. Podra usted causarme el mayor dao y me sera menos insufrible que su empeo de reanudar relaciones. Rotas estn para siempre y nada temo por m. Temo por usted y le aconsejo que se vaya cuanto antes a Europa. Por nada del mundo quisiera yo ms tragedia. Yo no soy vengativa, pero hay personas que lo son. Gurdese usted de ellas, y pngase en salvo. As terminaba la carta, firmada slo con la inicial R. _Madame_ Duval la llev a la fonda donde el gaucho viva, y estuvo presente a su lectura. No bien acab de leer, Pedro Lobo dijo furioso: --Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galn y con l es con quien me amenaza. Yo me ro. Morir a mis manos como Arturito ha muerto. --Sosiguese usted--dijo _Madame_ Duval con mucho reposo--. No es amenaza sino aviso lo que da mi seora. Ella dista mucho de tener nuevo galn. Crame usted. Hablo sinceramente. Mi seora se ha entrado por la devocin y lleva camino de ser una santa. --Pues entonces quin es la persona de quien dice que debo salvarme? Yo no quiero salvarme de nadie. La buscar y nos veremos las caras. --No se exalte usted, seor Pedro Lobo--replic la duea--. No hay motivo ni posibilidad de que usted tenga nuevo lance. El aviso de mi seora se funda.... --En qu se funda? --Tal vez en que ha irritado usted a un hombre rico y poderoso arrebatndole su nico hijo, a quien idolatraba. --Cree Rafaela acaso que el viejo Machado es capaz de pagar sicarios para que me asesinen? --Muy lejos est de creerlo, pero tal vez haya quien, sin esperar ni recibir salarios, ponga a usted asechanzas y atente contra su vida. --Y quin puede ser ese guapo? --Pues bien, seor Pedro Lobo, voy a decrselo a usted para su gobierno. No digo que sea, pero puede ser el negro Octaviano. Acusarle sera intil y hasta peligroso porque se pondra cierto lance en conocimiento de la justicia y porque no hay prueba alguna contra Octaviano. Yo slo s que l es rencoroso y fuerte, que sabe disimular sus propsitos y que amaba en extremo a su nio, como l llamaba al seorito Arturo. El bro del tal negro es para aterrar a cualquiera. Todos los otros negros le reconocen como el ms diestro y pujante en la _carnerada_. --Y qu diantre de _carnerada_ es esa?--pregunt Pedro Lobo riendo, aunque preocupado y un tanto cuanto con la risa del conejo. --La _carnerada_--contest _Madame_ Duval--, es un raro arte de esgrima que los negros aprenden y ejercen. Como tienen la cabeza ms dura que hierro, hacen de ella un arma y llegan a dar topetadas feroces y a veces mortales. A menudo, ni la ley puede castigarlos por este crimen, porque una fiebre o un delirio, que tambin se llama _carnerada_, se apodera de ellos, les quita la responsabilidad y el juicio y los impulsa a correr frenticos por las calles y a chocar con el primero que ms a propsito se les antoja, dndole a veces tan tremendo golpe en el pecho, que le causa la muerte. Ni mi seora ni yo podemos saber de fijo que Octaviano quiera emplear en usted la _carnerada_; pero todo es posible, y tenga usted entendido que Octaviano no es solamente audaz, sino tambin precavido y astuto, por lo cual, si se propone _topar_ contra usted, no le bastara fiar en su destreza, aunque es mucho lo que en ella fa, y de seguro que habr juramentado a varios de sus amigos y discpulos en el arte, para que si l malogra la empresa, ellos la terminen. Al or esta relacin, Pedro Lobo no pudo aguantar ms, mont en clera y dijo a la duea: --Ea, basta ya, doa Duval o doa Marispalos, y no pretenda burlarse de m e intimidarme con mentiras o con ridiculeces. Pronto, largo de aqu, si no quiere usted que me olvide de que es mujer y... vieja. Lo de vieja doli en extremo a _Madame_ Duval, porque se consideraba joven y casi lo era. An no haba cumplido cuarenta aos; gozaba de muy buena salud; si bien algo chata, no tena mal ver, y estaba rolliza y sonrosada, y con la tez tersa y jugosa. Al llamarla vieja, Pedro Lobo proceda con injusticia notoria y con falta bestial de galantera, pero, como estaba tan enojado, algo debemos perdonarle. Lo que es _Madame_ Duval no le perdon nada. Tuvo, s, miedo de su furia y puso pies en polvorosa. Sin embargo, al llegar a la puerta de la sala, y antes de apresurar el paso y aun de echar a correr, no pudo resistir a la tentacin de imitar a los partos y de disparar huyendo la ms emponzoada flecha. --Seor valiente--dijo--. No disimule usted su miedo con la clera. El caso es grave. No morir usted de cornada de burro, pero puede morir de topetada de negro. Est sobre aviso. Pedro Lobo qued bramando de coraje. Hallaba ridculo que le amenazasen con la _carnerada_, y ms ridculo an que l la temiese. Pedro Lobo, no obstante, la tema, aunque trataba de disipar el temor y de ocultarle a su propia conciencia. Harto saba l que lo de la fiebre o delirio de la _carnerada_ no era fbula. Por otra parte qu adelantaba con seguir en Ro? La carta de Rafaela era feroz, pero l desista de vengarse de ella villanamente. Y pretender o exigir de nuevo reconciliacin, ya con splicas, ya con intimidaciones, estaba convencido de que era intil. En Ro, adems, donde el Sr. Gregorio Machado era bastante querido, casi toda la gente de la sociedad miraba al gaucho con disgusto mal disimulado como a matador de un mozo que en medio de todos sus extravos siempre haba sido dulce y afable. Pedro Lobo revolvi mil cosas en su mente, form mil desatinados proyectos: hasta pens en ir de mano armada a buscar a Octaviano, adelantndose a matarle antes de que l le matara; pero al cabo, despus de muchos desvaros, prevaleci la determinacin ms juiciosa; y, cuatro das despus de la conversacin que tuvo con _Madame_ Duval, Pedro Lobo se embarc en un vapor ingls que iba a Southampton y libr de su odiada presencia a Rafaela, a _Madame_ Duval, al seor Gregorio Machado, a Octaviano, y a casi toda la sociedad _fluminense_. -XX- Grosero y pesimista es el refrn que dice: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. El refrn, con todo, tiene por desgracia mucho de verdad. A los siete u ocho das de muerto Arturito y a los tres o cuatro de ido Pedro Lobo, nadie se acordaba ya de Arturito, salvo su padre, Octaviano, Rafaela y el Sr. D. Joaqun, que le amaba y le lloraba como a su mejor amigo. Porque D. Joaqun, cual fruto almibarado y sabroso con cscara amarga, no bien qued despojado por el amor y el arte de su mujer de la cscara de usurero en que durante muchos aos se haba parapetado y escondido, apareci como el ser ms tierno y angelical entre todos los seres humanos. En Ro se segua la vida de costumbre, si bien muchos caballeros y la elegante juventud dorada echaban de menos la tertulia de Rafaela, la cual andaba retrada y triste, y no reciba. Muchos jvenes de la buena sociedad acudan con frecuencia al casino como nico recurso. Nuestros amigos, o por lo menos conocidos ya del lector, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, eran de los que all ms acudan. Hubo, a la sazn, un incidente que tiene trazas de insignificante, pero del cual importa dar cuenta ahora, porque contribuye algo a la claridad y al proceso de esta historia, quizs ms verdadera que divertida. En sus ademanes, en su conversacin, en su modo de vestir, de presentarse y hasta de andar, era tan sencillo Juan Maury y careca tanto de afectacin y estudio, o los disimulaba tan bien, que las personas ordinarias no caan en la cuenta de su aristocrtica y natural distincin, y slo las personas que, si no tenan la misma distincin, eran dignas y capaces de tenerla, comprendan y estimaban en todos sus quilates la del inglesito: pero ni a unas ni a otras personas deslumbraba l ni hera o lastimaba con elegancias de relumbrn. Era todo lo contrario de lo que haba sido Arturito al volver de Pars. La ropa, los dijes y los primores de Arturito haban excitado la admiracin y la envidia. Su _dandinismo_ haba hecho estruendosa irrupcin en la mente de sus maravillados compatriotas, mientras que el _dandinismo_ de Juan Maury, casi a despecho de su poseedor, slo se insinuaba con suave lentitud en el espritu de la gente ms delicada. Evidentemente, Juan Maury ni tena en Ro, ni hubiera tenido en parte alguna, el menor propsito de llamar la atencin, y menos que por nada por adornos o perfiles que pueden comprarse en una tienda. Pero an era muchacho y sola tener caprichos casi infantiles. Por uno, pues, haba llamado la atencin a pesar suyo. Nadie haba reparado en que sus fracs y sus levitas tenan corte ms elegante, ni que en todo lo dems de su traje haba el sello de la perfeccin que cabe en lo humano; pero el bastn que llevaba de diario excit la admiracin e hizo el encanto de todos, porque entonces era objeto de altsima novedad, y de invencin tan reciente, que tal vez no se contara an por todo el mundo media docena de semejantes bastones, los cuales, con el andar del tiempo, se han emplebeyecido y divulgado tanto, que ya nadie los lleva, a no ser algn cursi frentico y atrasado de moda. El bastn de Juan Maury era un bamb como cualquiera otro. Por donde descollaba y pasmaba, era por el puo, hecho de marfil en forma de cabeza semi-humana, semi-perruna, bastante bien tallada. Los ojos eran de vidrio, imitando los naturales, y muy luminosos. La parte que figuraba el pelo estaba teida de negro; en las mejillas haba un tinte sonrosado, y en la boca vivsimo color rojo. Se tocaba un resorte o botoncito, y la figura entonces bajaba y suba los prpados, abra mucho la boca y sacaba y enseaba una lengua muy larga y puntiaguda. Las muecas de la cabeza esculpida, al moverse por medio del resorte de la manera ya indicada, divirtieron mucho a los jvenes brasileos, y no pocos se apresuraron a ser presentados a Juan Maury para que les enseara el bastn, cuyo xito fue tan grande que le pidieron las seas de la ciudad y de la tienda donde le haba comprado, y pidieron una buena remesa de ellos para Ro. Mucho distaba an de llegar la remesa, cuando, en aquellos mismos das del lance entre Arturito y el gaucho, not la gente que Juan Maury no llevaba ya el bastn. Le preguntaron por su paradero y l contest que no saba. El bastn se le haba perdido. No haba quedado rastro de l. Era como si la tierra se le hubiese tragado. Tres puntos fueron los que en aquellos das se tocaron en las conversaciones en que la poltica o la literatura no entraban por nada. La muerte de Arturito y la prdida del bastn, aunque pronto empezaron a olvidarse ambas cosas, y por ltimo la aparicin de la famosa contralto Rosina Stolz, que iba a estrenarse en el teatro principal, en la Semramis de Rossini, donde ella era admirable, como actriz y como cantora, haciendo el papel de Arsaces. Los filarmnicos, que en los ensayos la haban odo, estaban entusiasmados y referan maravillas, lo cual acrecentaba la envidiable fama que la haba precedido antes de llegar de Europa y estimulaba en todas las personas de buen gusto la curiosidad y el anhelo de verla y de orla. Daba mayor inters a la aparicin de la Stolz en el teatro de Ro, el que se haba formado un terrible partido contra ella, impulsado por el sentimiento patritico. Y no porque nadie imaginase que poda existir rivalidad entre las _modinhas_ del pas y la msica de los grandes maestros italianos, ni entre las indgenas y populares cantoras y una _diva_ tan eminente y tan aplaudida en los principales teatros europeos. Todo era por culpa de un desaforado crtico francs, que no ha dejado de tener imitadores ms tarde. Anticipndose a Julio Lematre, que public un artculo en los peridicos dando consejos a Sara Bernhardt cuando fue a Amrica, el referido crtico haba dado y publicado tambin consejos a la Stolz antes de que se embarcase en un puerto de Europa para ir a la conquista del Nuevo Mundo. Muy de veras me aflige no conservar el artculo de los consejos dirigidos a la Stolz para poder copiar aqu un trocito; pero como Julio Lematre, en caso parecido, si no idntico, vino a decir lo propio, pondr aqu algo de lo que dijo: Vais--le dijo, yo supongo que dirigindose a la Stolz--, a mostraros a hombres de poco arte y de menos literatura, que os comprendern mal, que os mirarn con el asombro que se mira una ternera de cinco patas, que vern en vos un ser extravagante y estruendoso, y no la artista infinitamente seductora; y que no reconocern vuestro talento sino porque les costar caro el oros. Para remachar el clavo con que el crtico hera el orgullo de la Amrica latina, como ahora se dice, haba en el artculo algunas amonestaciones a la artista, a fin de que no se dejase enternecer por las ardientes adoraciones de los entusiastas americanos, a quienes el articulista calificaba de sensuales y de candorosos, y que, inflamados de amor, iran a ponerse de hinojos ante ella. Este arranque de la _outrecuidance_ parisina enoj en extremo a los brasileos ms patriotas, faltando poco para que no le produjese a la Stolz el amargo fruto de una silba. Por fortuna la filarmona pudo ms en esta ocasin que el patriotismo vidrioso, y la Stolz fue aplaudida frenticamente, y llevada a su casa en triunfo, con msica, antorchas y faroles encendidos. Hubo, no obstante, algn poeta satrico y avinagrado, que se veng en la Stolz de la insolencia del crtico francs, y todava conservo yo en la memoria algo de una graciossima stira que le compuso, donde despus de afirmar que la artista era un desecho del viejo mundo y ella tambin vieja, justifica irnicamente los aplausos que le han dado con razones y comparaciones como las contenidas en los siguientes versos: _Um velho poema de capa extragada_ _Nao perde por isso o interno valor_, _E a veces de baixo da pranta pisada_ _Descbrense ainda vestigios da flor_. Pero no adelantemos los sucesos; prescindamos de este episodio que apenas tiene relacin con nuestra historia, y volvamos a la noche en que Rosina Stolz apareci en el teatro de Ro por vez primera. -XXI- Rafaela, que era generosa de todo, lo era tambin de aplausos y de alabanzas. Por nada del mundo hubiera gustado de que silbasen a la Stolz como la haban silbado a ella, a no tener a la mano otro D. Joaqun para consolarla de la silba. Rafaela quiso, pues, que la Stolz triunfase, y se propuso contribuir a su triunfo. Y como Rafaela adems era aficionadsima a la msica, no se resign a dejar de or a tan egregia cantarina. De aqu que saliese del retraimiento en que por la pena de la reciente muerte de Arturito se encontraba y apareciese en su palco, en el teatro, la primera noche en que la Stolz cant en la _Semramis_. Don Joaqun fue tambin, aunque estaba tan apesadumbrado como si hubiese perdido un hijo. En el entreacto, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, que estaban en butacas contiguas, subieron juntos a visitar a Rafaela. Muy impresionado estaba el vizconde, as por el canto como por la accin y la mmica de la Stolz, pero casi le borr aquella impresin una sorpresa que D. Joaqun, sin pensarlo ni quererlo, acert a dar a l, y tambin a Juan Maury y a Rafaela. No sabemos cmo se habl de Arturito y se lament su muerte. Don Joaqun se conmovi, hizo tres o cuatro pucheritos y se le saltaron las lgrimas. --Toda mi vida--exclam--, conservar como recuerdo una prenda suya, que, sin duda, _Madame_ Duval llev a la alcoba de mi mujer, donde yo la encontr hace dos o tres das. Esta es la prenda. Y levantando la mano del puo del bastn en que la tena apoyada, dej ver la cabecita de marfil que ya hemos descrito. Y llorando todava por el difunto, toc el resorte y movi la cabecita para que bajase y subiese los prpados, abriese la boca y sacase la lengua, luciendo sus habilidades. Al ver aquello, el vizconde se sonri con malicia mirando a Juan Maury; ste se puso rojo como la grana, y Rafaela, sin poder reprimirse, empez a rer a carcajadas. Don Joaqun hubo de imaginar que a Rafaela le hacan mucha gracia las muecas de aquel mueco, y le movi ms, ponindosele delante. Rafaela ri entonces con carcajadas ms sonoras, y, para no llamar la atencin del pblico, se retir al fondo del palco. All sigui la risa, y sigui, hasta que D. Joaqun, que haba cesado ya de mover el resorte, acab por alarmarse. Tambin se alarmaron Juan Maury y el vizconde, nicos all presentes. La risa, por caso extrao, se convirti en ataque de nervios. Fue menester que Rafaela se retirase a su casa a media funcin, sin contribuir al triunfo de la famosa cantarina y sin presenciarle. Slo el vizconde, testigo de aquella escena, pudo comprender sus causas y explicar su significado. Don Joaqun no volvi a servirse del bastn, porque Rafaela le dijo que el verle le haca dao. En efecto; Rafaela era una criatura muy singular. Al principio hall chistosa la equivocacin de su marido y se ri de todas veras, con placer semejante al que produce la representacin de un grotesco sainete; pero la tenaz persistencia de la escultura en sus muecas y visajes le produjo un efecto muy raro. Del mismo modo que al restregar un fsforo se hace brotar la llama, se dira que aquella figura, con sus persistentes y fantsticos movimientos, le restreg las telas del cerebro, y barriendo de all las imgenes ridculas, hizo aparecer el cuadro vivo de tristes sucesos a que ella haba dado ocasin, cuando no causa, y la no menos viva representacin de la deplorable facilidad con que ella, casi sin saber cmo, haba abandonado, en un momento de alucinacin, los sinceros propsitos y los excelentes planes que le haba hecho concebir el Padre Garca. Tal vez en la misma noche en que Arturito y el gaucho rean un duelo a muerte, ella con el inglesito se haba olvidado de todo. El puo del bastn, con su monstruosa y semi-humana figura, de repente se troc en un espectro para ella; en un espectro que acuda a atormentarla con burlas espantosas. La seora de Figueredo, con todo, no se ahogaba en poca agua ni se asustaba por cualquier niera. El ahogo y el susto pasaron pronto. Todas las cosas volvieron al ser que tenan. El inglesito lleg a ser ntimo en casa de Rafaela. Don Joaqun concibi por l mucho ms cario que el que tuvo al gaucho, y casi estamos por afirmar que un poco ms que el que tuvo a Arturito. Hasta la propia _Madame_ Duval le cobr mayor amistad, le consider ms que a nadie y le mir como si fuese el seorito hijo de la casa, hablndole siempre en ingls y dndole el tratamiento de Master John. Pasado este incidente, advertido slo por el vizconde de Goivoformoso y por los tres actores principales, empez y transcurri una poca brillantsima para el hotel de los seores de Figueredo y famosa en los anales de la _high life_ fluminense. Banquetes, animadas tertulias, bailes, lucidas cabalgatas y hasta giras de campo se sucedan con corta interrupcin. El inglesito no faltaba jams en estas diversiones. Y Rafaela, como el sol en el meridiano, resplandeca por su hermosura y elegancia y pareca dichosa. Lo que es D. Joaqun no se mostraba menos elegante ni menos satisfecho, aunque s harto menos bonito, y dejando notar en la flojedad de sus piernas y en el temblor de sus manos que lo que llaman vulgarmente el _bajn_ iba llegando para l, y que as para l como para los dems mortales, no pasan en balde los aos. -XXII- Pronto pas uno ms, cuando ocurri algo que, si bien hubiera debido preverse, fue muy doloroso para Rafaela. Juan Maury, trasladado por su gobierno con ascenso a una Legacin de Europa, tuvo que abandonar a Ro de Janeiro. Rafaela sinti sin duda grandsimo pesar, pero no le falt energa para disimularle, y a los ojos del pblico apareci impasible y serena, as en los das que precedieron a la partida de Juan Maury como despus de su partida. Lo que pas, durante aquellos das, en el corazn de Rafaela, no lo supo ms que una persona. Rafaela no se lo poda ni se lo quera decir a _Madame_ Duval, por juzgar sobrado sublime su secreto para hacer partcipe de l a tan vulgar personaje. Ni poda ni quera tampoco confesarle al Padre Garca, por considerar su secreto profano y por no ver en l culpa acompaada de arrepentimiento. Rafaela, no obstante, senta la necesidad de desahogar con alguien su corazn, hablando de sus penas. Y como su nico, constante y muy ntimo amigo en la ciudad era el Vizconde de Goivoformoso, a quien trataba desde que ella haba llegado a Lisboa, Rafaela reconoci que slo el Vizconde era su posible confidente, y habl con l de todo, si bien con mayor seriedad, con el mismo desenfado y con la misma franqueza que empleaba para hablar con l cuando, haca ya ms de diez aos, l y ella iban a merendar o a cenar juntos en el _Retiro de Camoens_. Despus de la ida de Juan Maury, Rafaela, a fin de evitar las hablillas y para que no se burlasen de ella afectando compadecerla como a mujer abandonada, sigui recibiendo por las noches y procurando que su tertulia no estuviese menos concurrida ni menos alegre que antes. Las expediciones campestres de D. Joaqun a la _chcara_ y las frecuentes jaquecas de que ella padeca, eran recursos de que no se haba desprendido ni quera desprenderse. De estos recursos se vali entonces, no en pro del amor, sino en pro de una antigua y constante amistad, de la que esperaba consuelo y alivio en sus penas. Deseosa de hablar reposadamente con el Vizconde, le cit para una noche en que no reciba a los dems tertulianos, y tuvo con l el coloquio que vamos a reproducir aqu. Despus de los amistosos saludos de costumbre, con la inveterada familiaridad de siempre, y tuteando al Vizconde como sola, Rafaela le dijo: --T eres mi mejor amigo, lleno para m de amabilidad y de indulgencia. A solas contigo, no s disimular: todo lo confieso: pienso alto. No me lo agradezcas. Yo soy quien debe mostrarte su gratitud. Si yo no pudiera decir a alguien lo que siento, si no te tuviera a ti para decirlo, creo que mi corazn estallara como una bomba. --Pues, hija ma, di cuanto se te ocurra, que pronto estoy a escucharte y a consolarte si puedo. --De sobra--replic ella--sabes mis relaciones con Juan Maury. Lo que no sabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones. Otros hombres me han inspirado simpatas ms o menos vehementes. Por ellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me ha impulsado no s qu extraa misericordia, no s qu endiablada generosidad, que califico de perversa, y no s qu vanidosa estimacin de mi propia hermosura. He sido como engredo artista que anhela mostrar la linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buen perito. He sido como el poeta que, por ms esfuerzos que hace, no sabe resistir a la tentacin de recitar sus versos a quien juzga persona de gusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y los quilates de perfeccin y de belleza que contienen. Esta soberbia ma y el benigno afn de conceder yo venturas, sin pena para m, sino tal vez con deleite, han sido la causa de no pocos extravos y ligerezas que deploro. La gente me calificar de mujer galante y enamorada. Pero, si bien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea una combinacin de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, y empeo vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesa cierto cario, todo el valer, toda la lozana y toda la potencia deleitable y beatfica de la propia persona. Pero esto no es el verdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he ledo, yo no tendra de l ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habido predileccin no pocas veces. T, por ejemplo, y no quiero lisonjearte, has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sido el amor perfectsimo de que nos habla la poesa. Mi alma ha tenido sus predilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al nico, al verdadero y legtimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde la voluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin l no se concibe goce. Las aspiraciones todas del espritu, la fe en el mrito y excelencia de un ser extrao, el ansia de inefables placeres, todo, segn dicen, se pone y se busca en el amado, el cual slo podra tener rival en Dios, si logrsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos en espritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en la tierra, rival el amado. Yo no haba llegado ni me consideraba capaz de llegar a tan gentil idolatra. Slo he entrevisto y columbrado as la capacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desde que fui de Juan Maury. Pero l, bondadoso, agradecido, con notable afecto hacia m, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza ni de su egosmo, siempre me consider como a una buena mujer, aunque harto ligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unin completa e indisoluble entre dos corazones humanos, jams imagin que pudiera enlazar su corazn con el mo. Yo entiendo que esto no llega a conseguirse jams con splicas y excitaciones de una parte. En ambas, para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontneo. Adems, yo soy orgullosa y detesto la ficcin y la mentira, aunque la piedad las motive. De aqu que al amor ideal, al amor exclusivo y nico, que iba a brotar en mi alma, por primera vez y como flor tarda, le cort yo las alas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no le censuro. Ha hecho bien. Ni l poda darme ni yo poda exigirle amor constante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas no el que ya viva y ha muerto. Hasta en mi propia alma haba obstculos invencibles contra el nacimiento del amor, obstculos que hubieran combatido contra l para darle muerte apenas nacido. La amistad que me inspira Joaqun Figueredo, mi gratitud hacia l, la estimacin que le tengo, al ver en l un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultado antes bajo las ruines condiciones de su srdida existencia primera, y que yo he descubierto despus, as para m como para la generalidad de los hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinacin viciosa de mi naturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfreno en que me he criado. Intiles han sido mis propsitos de serle fiel; pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse a serle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejndole ver con claridad mi desvo, siendo con l cruelmente ingrata. Tengo por cierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con la mayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de l por completo, todava hubiera yo preferido morir a dejar solo a Joaqun Figueredo, sin los cuidados y la ternura que hoy ms que nunca necesita y que yo le dedico. Por esta consideracin, casi me alegro de que Juan Maury me haya dejado y se haya ido muy lejos. Ms vale que amor no nazca que no que muera en terrible lucha con una obligacin que juzgo sagrada. Acaso halles t harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo lo que siento aunque te parezca inverosmil. Hoy, perdido para m Juan Maury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual nico fin de mi vida el propsito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud y bienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible, y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar su muerte. El Vizconde oy con placer este en su sentir bello discurso, y le oy tambin con asombro, porque apenas haba hablado ntimamente con Rafaela desde que, en la aurora de la vida de ella y de l, tuvieron ambos frecuentes y encantadores coloquios en el famoso fign de Lisboa, llamado _Retiro de Camoens_. En extremo se pasm el Vizconde del extraordinario progreso del espritu de Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazn en elevaciones morales. l pens, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud de Rafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaqun, no se haban opuesto hasta entonces, ni se opondran en lo futuro, a ciertos dulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pens tambin que Rafaela estaba afligidsima porque no haba podido nacer en ella el amor puro. Y pens, por ltimo, que para consolacin de tantas cuitas, y vista y declarada la imposibilidad del amor puro, an podra servir el mixto, tal como Rafaela le entenda y le haba descrito, o sea la combinacin de la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallarda y de la sed del deleite. Rafaela estaba bellsima: incomparablemente ms bella que all en Lisboa, en la plaza de toros o en el _Retiro de Camoens_. Entonces era diamante en bruto: ahora diamante pulimentado y primorosamente engarzado en cerco de oro. Entonces era como planta silvestre de flor menuda y desabrido fruto, y ahora como planta cultivada con el mayor esmero, rica en flores odorantes y pomposas y en los frutos ms exquisitos y sazonados. Hechas estas reflexiones, que asaltaron con rapidez y en tumulto la mente del Vizconde, y movido adems por el deseo, por el cario y hasta por la obligacin en que se crea de ofrecer consuelo, a fin de no pasar por descorts y por sandio, el Vizconde record con viveza las antiguas intimidades y mostr con mayor viveza an el prurito de renovarlas. Pero se llev chasco y se qued fro. Rafaela, sin menguar en nada su amistad hacia el Vizconde, y sin descomponerse con violencia y con enojo, le rechaz de modo tan resuelto y tan firme, que se disiparon las ilusiones que l se haba forjado y reconoci que slo con amistad poda consolar a Rafaela y ella quera ser consolada por l. El Vizconde tuvo el buen gusto de acomodarse a las circunstancias e hizo bien el papel de confidente y amigo. As el coloquio dur an ms de una hora. Rafaela volvi a hablar de su pena, de su aspiracin no cumplida de amor verdadero y de la desesperanza que de este amor tena, celebrando y llorando a la vez por ello la partida de Juan Maury. Declar por ltimo su firme propsito de consagrarse en adelante a la amistad slo; a la amistad sin combinaciones y llena de limpieza. Para esto, para que fuese su ntimo amigo, haba citado al Vizconde. El otro amigo predilecto, cuya vida, mejorada por ella, quera seguir endulzando hasta que llegase a su fin e iluminndola con luz hechicera, era el seor de Figueredo. Terminadas todas estas revelaciones y apasionados discreteos, Rafaela toc la campanilla, vino _Madame_ Duval y sirvi el t con bizcochos, pastas y tostadas, y ya con excelente crema de las vacas que haba en la _chcara_ de Petrpolis. El Vizconde tuvo que irse despus por donde haba venido, con el contento de que se hubiese reanudado y estrechado tan dulce amistad, y con la melancola de que fuese ya otra su forma, harto ms sutil, depurada y etrea que en lo antiguo. -XXIII- Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la persona ms lince ni propalar la ms maldiciente, que en la conducta de Rafaela contradijese los propsitos expresados por ella en su coloquio con el Vizconde. Se dira, por el contrario, que ella se extremaba en realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaqun eran incesantes. Entonces an no haba ferrocarril hasta Petrpolis. D. Joaqun, que haba envejecido, aunque gustaba de ir all, se fatigaba mucho y Rafaela se opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompaaba y comparta con l la fatiga. Jams se quejaba ya de jaqueca, ni enviaba al campo a D. Joaqun cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sin jaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complaca en tener a D. Joaqun a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni ms seria que en lo pasado; su buen humor y su alegra eran como siempre. Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupcin. Nadie hubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Maury haba modificado el ser de Rafaela. Su amistad hacia el Vizconde sigui tan fina y tan estrecha como en el coloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella segua hablando con el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Su conversacin amistosa la consolaba y la deleitaba. No tard Rafaela en perder tambin este consuelo y este deleite. El Vizconde tuvo que irse a Berln a ocupar otro puesto diplomtico. Sufri Rafaela con calma la nueva contrariedad, y an sigui, durante algunas semanas, el mismo gnero de vida. De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a una enfermedad, Rafaela dej de recibir, se retir y se aisl. Nadie la vea ni en visitas, ni en paseos, ni en teatros. Este eclipse, aunque largo, termin al fin, cuando pasaron otros cuatro o cinco meses. Rafaela reapareci entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, y volvi a ser, durante ms de un ao, el delicioso centro de las elegancias de Ro. Quien enferm despus fue el pobre D. Joaqun. D. Joaqun enferm muy de veras y de la ltima enfermedad, que fue larga y penosa. En ella le atendi, le vel y le cuid Rafaela como la ms santa, ms fiel, ms devota y ms apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad, abnegacin y fervor en ella, que hasta las personas ms incrdulas y mal pensadas la miraron como modelo de cariosas enfermeras. D. Joaqun exhal en la hermosa cara de ella el ltimo suspiro, y ella con la dulzura de su mirada mitig el terror que infunde el ngel de la muerte, y en la herida con que mata derram el blsamo de sus lgrimas. Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. En aquella ocasin lo fue de suerte que dej maravillados a todos los brasileos. Pudo disponer y dispuso de la ltima voluntad de D. Joaqun como de la suya propia. Todo D. Joaqun era suyo. Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D. Joaqun, se enorgulleci y hasta cierto punto se consol con repartirle en legados a todos los parientes pobres de l, que eran muchos, y a varios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos los esclavos, en recompensa de sus servicios, les concedi libertad. Slo guard consigo, aunque tambin beneficiados por el testamento de D. Joaqun, a _Madame_ Duval, a dos doncellas, y a tres negros de los ms fieles, hechos tambin libertos. La gente profana deca, entre admiracin y broma, que jams haba habido en el mundo aventurera ms rumbosa, ni ms bizarra y esplndida mujer galante. Claro est que la esplendidez de Rafaela no lleg hasta el necio extremo de quedar ella a pedir limosna o en estrechez tal que la obligase a vivir muy en desacuerdo con la magnificencia de que, durante aos, haba gozado. Rafaela conserv para s una pequea parte, en fondos extranjeros, del gran capital de su difunto marido; conserv lo bastante para que le produjese de setenta a ochenta mil francos de renta, con los que decidi irse de Ro y venir a vivir en Europa. As lo hizo, a los pocos meses de viuda. De los posteriores sucesos de su vida, por espacio de mucho tiempo, ni tenemos noticias circunstanciadas ni nos convendra darlas aqu aunque las tuvisemos. Slo veinte aos despus por medio del Vizconde de Goivoformoso, he vuelto yo a saber de Rafaela, reanudndose su historia en lo ms esencial con lo que contar en adelante. -XXIV- Entre no echar de menos a una persona y olvidarla por completo hay una enorme distancia. Si el Vizconde de Goivoformoso hubiera seguido siempre en Ro de Janeiro, todo en torno de l, no slo le hubiera recordado a Rafaela, si no le hubiera hecho desear su presencia y lamentar la falta de su trato y de su vista. Pero el Vizconde anduvo peregrinando por muy diversos y distantes pases, viendo objetos nuevos, penetrando en el seno de muy diversas sociedades, hablando y oyendo hablar lenguas distintas y corriendo no pocas y variadas aventuras. Estuvo en Constantinopla, en Roma, en San Petersburgo, en Berln y en Viena; y, aunque la nacin a quien serva, as por su posicin geogrfica, como por la decadencia a que ha venido, no se mezclaba activamente en los grandes sucesos, l, por aficin natural y tambin por su oficio, tuvo que enterarse circunstanciadamente de todos y mirarlos con inters. Ocurrieron casos extraordinarios que no pudieron menos de cautivar su atencin poderosamente. Acabaron muchas dinastas, se hundieron muchos tronos; Italia logr al fin su unidad, en balde deseada durante trece o catorce siglos; se deshizo la confederacin germnica; Austria perdi la hegemona; Prusia, vencedora, se puso al frente de casi todos los pueblos germnicos; y por ltimo, en tremenda lucha con Francia, Prusia la venci y la desmembr, apoderndose de algunas de sus hermosas ciudades y de parte de su frtil territorio y obligndola, desde su misma capital, de que se haba apoderado, a pagar suma enormsima por su rescate. La vida del Vizconde, que permaneci soltero, fue, a su modo, y aunque por estilo apacible, no menos rica de acontecimientos que la del mundo. No faltaron en ella lances de honor y fortuna que no nos incumbe relatar aqu. Baste saber que, durante veinte aos, sobre pocos ms o menos, pues no creo que importe mucho una gran exactitud cronolgica, el Vizconde no volvi a ver en parte alguna a Rafaela, y sta, si bien sigui presente en su memoria, fue como imagen area y algo confusa, velada como entre nubes de vagos recuerdos y de agradables antiguas emociones. En los primeros das del ao 1873, el Vizconde de Goivoformoso vino a Pars a pasar una larga temporada. Vencida Francia, despojada de ricas provincias, desquiciado el primer imperio entre anrquicas convulsiones, y cruelmente multada ella, todava se repuso o ms bien no tuvo necesidad de reponerse, porque no decay, permaneciendo robusta y firme en medio de tantos males y conservando su poder y su riqueza gracias a la constancia y a la energa de sus hijos. La fertilidad de su suelo y ms an el talento de los que en l nacen y viven para todas las artes que hermosean, hechizan o consuelan la vida humana, su industria y su comercio, su fecunda habilidad para producir objetos de lujo y de regalo y su virtud econmica para crear riqueza y para conservarla, todo esto concurri a que Francia siguiese siendo, si no la primera en podero material, la ms querida, la ms admirada, la ms respetada, y fuera de Inglaterra, la ms rica nacin de Europa. Francia sigui dando la moda, enseando la elegancia y siendo escuela y centro de toda cortesa. La ms brillante antorcha de la moderna cultura se dira que sigui ardiendo en Pars y que desde all iluminaba al mundo y atraa amorosamente a las almas. Sabios, poetas, dramaturgos y novelistas hay, sin duda, en otras naciones, pero los que ms se leen, se celebran y se admiran en todas son los franceses. Apenas hay doctrina flamante, buena o mala, ni filosofa, ni sistema poltico, social o religioso, ni corriente que arrebate y lleve por nuevo camino las creaciones de la literatura y del arte que no nazca en Francia o que desde Francia no sea difundida y divulgada por todo el mundo. El francs sigue siendo, por donde quiera, la lengua diplomtica y el idioma universal de los refinados y de los ilustrados. Las gentes de otros pases de Europa, y ms an las de Amrica, si tienen medios para ello, acuden a Pars, como las mariposas acuden a la luz, cegadas por su brillo. All creen las mujeres que, sobre las prendas que en el suelo natal debieron a la naturaleza, van a adquirir otras prendas artsticas y en cierto modo sobrenaturales, con las cuales, cuando vuelvan a su tierra, pasmarn a sus compatriotas, matando de amor a los hombres y de envidia a las mujeres. Los mancebos, que van all desde apartadas regiones, imaginan que van a probar alambicadsimos deleites, ignorados y apenas columbrados en sueos en los lugares de donde vienen, y que van a trocar su primitiva rudeza en tan raro y gentil atildamiento que parecern otros, y que, al salir del bao de Pars, resplandecern como seres punto menos que divinos; y los hombres inclinados a las ciencias, a las letras o a las artes, entienden que en Pars van a dar a su educacin los ltimos y ms delicados toques y van a hacerse dignos y capaces de la gloria, difundindola desde all, si es que la consiguen, con mayor facilidad y prontitud que desde su misma patria o desde cualquier otro punto del planeta. No es de extraar, en atencin a lo expuesto, que los aspirantes a _high-life_, en todos sentidos, vayan en peregrinacin a Pars como van a la Meca los musulmanes. Las mujeres van a comprarse dijes, afeites y mudas, a vestirse con Worth y a aprender a saludar, a andar y moverse con suprema distincin y segn el ltimo estilo; los seres humanos de ambos sexos, que presumen de discrecin, van all a adquirir desenfado y soltura fina y a ejercitarse en lo que llaman la _causerie_, o dgase en cierto linaje de amensima y sutilsima charla, que, segn afirman los franceses, y casi todos los que no son franceses creen, slo en Francia y en francs es posible; y los jvenes, por ltimo, que sienten arder en su cabeza, ora el volcn de la inspiracin potica o artstica, ora el fuego sagrado y creador de las especulaciones filosficas o de las ciencias experimentales, van a Pars a iniciarse en ellas, a inspirarse, a saturarse bien de civilizacin, ya frecuentando la Sorbona, ya asistiendo a los teatros, ya pasendose por los _boulevards_, ya conversando con las _heteras_, como Scrates, Alcibades y Pericles conversaban con Aspasia. Claro est que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratar a los dolos a quienes mayor devocin consagran. Para el que se precia en su pas de hidalgo y linajudo, qu mayor triunfo que introducirse en algunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del _Faubourg Saint Germain_? Para el novicio o recluta de la sabidura, qu honra ms superfina y disparatada que la de ser presentado y bien recibido, por ejemplo, en el ao 1873 a que nos referimos, por el sabio Ernesto Renan o por el espiritualista Caro, almibarado filsofo y maestro de filosofa para las damas? Y qu mayor encanto en el mismo ao de 1873 que el de hablar con Vctor Hugo o con Flaubert que an vivan? Si el que era presentado a ellos compona versos, pongamos por caso, impresos o manuscritos poda llevrselos al dolo, el cual tal vez tena la dignacin de aparentar que los lea y que los entenda, aunque no los leyese ni los entendiese. Y si por dicha llegaba a celebrarlos con olmpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de entusiasmo, de fe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierra trasunto, arrendajo, o copia en menor escala, guardando siempre la proporcin debida, de aquel a modo de numen tutelar de que haba acertado a proveerse. Pero, qu mucho si hasta menos altas facultades y virtudes, cuando estn en potencia, se actan, se acicalan, se templan, se bruen y se aguzan en Pars como la espada en la oficina del armero? En Pars, no slo el entendimiento, la imaginacin y la sensibilidad, no slo los sentidos estticos, o sea la vista y el odo, sino tambin los otros tres sentidos, se educan y se perfeccionan. El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y para no confundirlos con los que sahman o aromatizan a la gente ordinaria; el tacto adquiere perspicacia asombrosa para reconocer y disfrutar lo suave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por ltimo, deja de estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y se despeja y llega a penetrarse de cuantos deliciosos sabores dan a sus guisos los ms inspirados cocineros del mundo. De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llega a Pars con dinero bastante; mas para entrar bien en Pars, para naturalizarse all de veras, y no en los bajos y obscuros crculos, sino en los ms eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita adems saber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o de carcter, tener alguna habilidad rara que pueda manifestarse fcilmente, estar dotado de cierta desenvoltura y atrevimiento, y sobre todo, caer en gracia, lo cual suele depender, ms que del mrito, de la suerte. Si esta elevada naturalizacin no se consigue, el que va a Pars no goza en Pars sino de lo que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegar a vencer la prevencin, si a veces algo justificada, siempre fatua, de que l es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad hacia las regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidad inferior, y un brbaro en suma. Verdad es, que siempre que un feliz mortal, viniendo de tierras extraas, logra vencer la prevencin susodicha, su triunfo es completsimo, su propia calidad de extico le da mayor precio, y los ms encumbrados parisienses le ponen sobre el pedestal en que ellos mismos estn o se creen colocados. As sucedi, por ejemplo, con el clebre Enrique Heine, y as suceda en el ao a que nos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff. Harto difcil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que la mayora de los extranjeros que van a Pars, sobre todo si son portugueses, espaoles o hispano-americanos, a fin de gozar en Pars de algo ms que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son como una colonia, y estn como en un teatro, cuyas magnficas decoraciones son la gran ciudad de las orillas del Sena, pero entre cuyos personajes apenas hay un francs de cierta importancia, a no ser alguno que por curiosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la accin sin premeditarlo y casualmente. Claro est que el Vizconde de Goivoformoso, aunque slo fuera por su posicin diplomtica, poda aspirar a ms honda penetracin en Pars y a trato ms ntimo con las varias aristocracias indgenas; pero, como recin llegado, empez por visitar y frecuentar los crculos hispano-americano, espaol, portugus y brasileo. La acaudalada seora de Pinto, rica propietaria de Baha de Todos los Santos, que haca cuatro aos viva en Pars con gran lujo, no bien se inform de la llegada del Vizconde, a quien haba conocido en Ro, le escribi un billetito, convidndole a los ts musicales y a veces danzantes que tena todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas, que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su habilidad y hechizaba con su voz melodiosa, cantando alternativamente, ya las _modinhas_ de su pas, ya las canciones ms sentimentales y melanclicas de Alemania, Italia y Francia. El Vizconde de Goivoformoso acept gustossimo aquella amable invitacin, y casi puede decirse que la primera tertulia a que asisti, despus de su llegada, fue a un t en casa de la mencionada dama brasilea. -XXV- Viva la seora de Pinto en una de las mejores calles que cortan perpendicularmente la calle de la Universidad: en la parte menos bulliciosa de las dos en que la ciudad est dividida por el Sena. La casa de la dama brasilea era nueva y tena hermoso aspecto. La seora de Pinto habitaba en un piso principal, cmodo y espacioso. Ella tena buen gusto y haba amueblado su estancia, valindose de los mejores tapiceros, con muebles elegantes y hasta lujosos, pero sin relumbrn alguno. Nadie hubiera podido criticar sus salones por lo chilln y lo dorado de los adornos, pero hubiera habido en ellos algo de trivial y sin carcter propio, si la mencionada dama, o por reflexin o por instinto, no hubiera acudido a ponerles un sello de originalidad peregrina, un tinte marcado de distincin semi-aristocrtica, semi-americana. Haba en la antesala tapices y reposteros, donde se vean bordados los complicadsimos escudos de la gloriosa e histrica familia de los Pintos; y en el centro, frente a la puerta de entrada, resplandeca, en gran cuadro al leo, al parecer antiguo, la reverenda imagen de Fernn-Mndez, tan clebre por sus estupendas peregrinaciones, y uno de los ms brillantes antepasados de que aquella familia se jactaba. Y como si fueran reliquias de los mil curiosos objetos que Fernn-Mndez Pinto hubo sin duda de traer cuando volvi a Europa, se admiraban en aquella antesala broqueles, armaduras, lanzas y sables chinos, japoneses e indostanes, combinado todo en las panoplias con flechas y cuchillos de pedernal de los tupinambas, de los tupes y de otras tribus guerreras del imperio braslico. En dos salas contiguas apenas haba nada de extico, pero s muchos primorcitos y antiguallas de porcelana, bronce y plata, estatuetas, esmaltes y vasos colocados en rinconeras, anaqueles y repisas, o ya sobre los mismos muebles, ya custodiados en _vitrinas_ de prolija talla y gracioso dibujo. El saln de baile era de la ms sencilla elegancia, estilo Luis XVI; sin ms adornos que grandes espejos. Los marcos y dems ornamentacin, aljabas, palomitas, lazos y flores, todo de madera charolada o ms bien esmaltada de blanco con filetes azules. En los ricos aparadores del comedor y en sus armarios de roble esculpido, haba mucha plata labrada, y en las paredes se vea suspendida multitud de platos de diversas pocas y procedencias, muestras escogidas del arte cermica. La seora de Pinto, por ltimo, haba echado el resto en su _boudoir_ y marcdole ms hondamente con el sello de su originalidad brasilea. All, sobre un fondo de muebles cmodos y bonitos, de lo ms perfecto y refinado que en Pars se construye, haba en urnas de cristal lindos pajaritos disecados, mariposas e insectos de vivsimos colores; pjaros vivos en doradas jaulas, y lozanas plantas de entre trpicos criadas en invernculo con atinado esmero. Todas estas preciosidades y otras muchas que aqu no se ponen para que no parezca inventario este escrito, no evitaban que los maldicientes, los descontentadizos y los muy preciados de pertenecer a la flor y nata de la _high-life_ o de la _smart-set_, calificasen de _interlopes_ y de _rastaquoures_, tanto la escena que acabamos de presentar, como las personas que en ella aparecan. Contribuan no poco a que se formase este mal juicio las dos seoritas de la casa, cuyo prurito de sealarse entre las dems mujeres y de llamar la atencin era harto extremado. No se contentaban con ser elegantes y con andar bien vestidas como las mujeres parisienses, sino que gustaban de aadir a las galas europeas, rasgos y perfiles del remoto pas en que haban nacido y de otras apartadas regiones. La noche de la tertulia a que asisti por primera vez el Vizconde de Goivoformoso, la mayor de las seoritas de Pinto, que se llamaba Julia, tena un collar de brillantes colepteros, cuyos litros, heridos por la luz de lmparas y bujas, lanzaban deslumbradores y tornasolados reflejos; y la segunda, que se llamaba Flora, llevaba zarcillos y collar de uas de tigre, muy lustrosas y acicaladas, engarzadas en oro. Atado adems de sutilsima cadenilla, pendiente de un brazalete, llevaba esta seorita, para colmo de distincin caprichosa y rara, un magnfico escarabajo vivo, que se le paseaba por el brazo, el talle y la desnuda garganta y cuyo refulgente color verde oscuro le haca parecer animada esmeralda. La mam nada tena de extrao en su tocado y vestido. En sus modales, si por algo pecaba, era por sobra de naturalidad y franqueza. La seora de Pinto, con relacin a los remilgos afectados y a las ceremonias de Pars, era por dems llanota y campechana. Como ya frisaba en sesenta aos, aunque se conservaba muy bien, no tena para qu reportarse, ni se reportaba y refrenaba en sus manifestaciones de cario; de modo que recibi al Vizconde materialmente con los brazos abiertos. Sus salones estaban ya llenos de gente, pero no impidi esto que el Vizconde fuese por ella abrazado y casi besado. Ella deca que era como una hermana que, despus de largos aos de ausencia, vuelve a ver a su hermano; pero l entenda que la suposicin hubiera estado mejor hecha figurando ella como madre y l como hijo. La verdad era, que si bien el Vizconde tena ms de cincuenta aos, estaba tan bien, que pareca un muchacho, un buen mozo, atildado, gallardo y fino. -XXVI- Creyendo la seora de Pinto cumplir con un deber y deseosa adems de presentar al Vizconde a los ms notables personajes de su tertulia, se apoyo en su brazo y recorri con l los salones. La concurrencia era verdaderamente cosmopolita, y, al parecer, de lo ms selecto y encopetado. Verdad es que la seora de Pinto no nombraba sino a las personas que ms notables le parecan, y slo a las archinotables presentaba al Vizconde. Haba all cuatro prncipes rusos y dos o tres griegos, varios marqueses italianos, un miembro del Parlamento ingls, un clebre poeta rumano, algunos seores polacos y seis o siete condes de Alemania y de Austria, todos _hof-fhig_, o dgase capaces de asistir en la corte, con diecisis cuarteles cabales, y sin el menor menoscabo ni deterioro en ninguno de ellos. Las esposas, hijas o hermanas de todo aquel seoro masculino daban a los salones gracia, hermosura y lucimiento. Haba all tambin literatos franceses, aunque de quinto o sexto orden, o de aquellos cuya celebridad y gloria estaban an en ciernes o en capullo, sin acabar de florecer y de abrirse a la clara luz del da; periodistas de varios partidos y media docena de banqueros o aprendices de banqueros, unos israelitas y otros catlicos. No se habla aqu de los espaoles, portugueses y americanos, porque estos eran muchos y formaban la gran mayora de tan hbrida asamblea. Entre los varios sujetos a quienes la seora de Pinto present al Vizconde, ninguno llam ms su atencin, atrajo ms su curiosidad ni le inspir mayor simpata que un caballero gascn, llamado el Barn de Castel-Bourdac. Sin ver en ello el menor rasgo de caricatura, y sin poner irona en el tono o en el giro de la frase, podase afirmar de este Barn, tanto a primera vista, como despus de hablarle y tratarle, que en su porte, en sus modales, en su conversacin y en su traza, era todo un gentil hombre: un caballero muy distinguido. Algo haba en l de ridculo, pero estaba tan hondo y bien disimulado, que era menester penetrar mucho para que se descubriese. Tena l cerca de setenta aos, pero no estaba ni muy grueso ni muy flaco, era gil y esbelto, no se pintaba la cara ni se tea la barba ni el pelo, cuya limpia blancura despeda resplandor argentino. Su traje, sin nada que se contrapusiese a la ancianidad de la persona, era sencillo y elegante. Nada de dijes. Slo botoncillos de ncar cerraban la bien planchada pechera. El lazo de la corbata blanca estaba improvisado sin artificio. El chaleco era negro. Pasaba el Barn por persona de conversacin amensima. Sus chistes eran repentinos, frescos y no recalentados ni preparados en casa. Todo el mundo saba que era pobre, y l distaba infinito de ocultarlo, aunque nunca se lamentaba de su pobreza. No adulaba a nadie, pero no hablaba mal de nadie tampoco. Estaba lleno de ingnita benignidad y de natural indulgencia. Era gracioso y haca rer con sus ocurrencias, sin poderlo remediar: de la manera ms espontnea, sin chocarreras ni bufonadas, y sin que ni remotamente se descubriera en l el propsito de ganarse por aquel mrito las voluntades y de adquirir reputacin y valimiento. Lo ms censurable que en l haba, estaba fundado en el consorcio estrecho, en la combinacin fecunda de su imaginacin y de su memoria. Se dira que recordaba cuanto inventaba y que inventaba cuanto recordaba. Siempre que contaba algo, lo soado y lo vivido eran como si fuesen idnticos, apareciendo l de resultas, no embustero, sino poeta. Pero en sus cuentos, ora fuesen ficcin, ora historia verdadera, nada haba nunca en perjuicio del prjimo, y a veces haba mucho de verdad, aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapa confuso, donde estaban muy borrosos los lmites entre lo real y lo ideal, lo fantstico y lo positivo. De todos modos, era innegable y notorio que el Barn haba posedo bastantes bienes de fortuna que en su mocedad haba disipado; que haca treinta o cuarenta aos haba figurado como joven muy gallardo e interesante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por su nacimiento y familia bien se poda jactar de ser muy ilustre. l ponderaba y encareca sus perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, lo glorioso de su cuna y su clarsima prosapia. Sin duda, l elevaba todo esto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tena por raz exacta la verdad, y nadie lo desconoca. Puestos ya en comunicacin el Barn y el Vizconde, la seora de Pinto dijo a ste: --Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a la presencia de la que por su beldad, discrecin y elegancia, es reina de estos salones y lo sera de cualesquiera otros en que se hallase. --Y por qu ha de ser eso una sorpresa?--pregunt el Vizconde. --Es una sorpresa--replic la seora de Pinto--, porque la dama de que hablo es una antigua, ntima y constante amiga de usted, a quien tiene usted muy olvidada. Y sin ms explicaciones, llev al Vizconde al _boudoir_, donde no haban entrado an. Cercada all de seis o siete caballeros y en muy animada conversacin, haba una dama, en cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo ni de extraordinario, pero en quien todo sujeto inteligente y perito en cosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuanto en torno tena. Hubiera podido imaginarse que era un ser de ms fina y noble naturaleza, como cado de las nubes, en medio de aquella sociedad de distincin ms aparente que real. La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta luca un magnfico collar de gruesas y redondas perlas. Y perlas adornaban tambin sus negrsimos cabellos. Su edad, nadie hubiera acertado a determinarla. Pareca no tener edad, como las diosas o como las inmortales obras del arte. En sus expresivos y negros ojos arda la llama de perdurable primavera y en sus mejillas tersas, sin el menor afeite, florecan las rosas de juventud sana, inmarcesible y sin trmino. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientos y en los gestos y expresin de su cara, aunque hablaba y rea con la mayor animacin, naturalidad y desenfado, no dejando traslucir, ni por un leve instante, el afn de excitar la admiracin y de obtener el encomio. Ella pareca como olvidada de s misma, deleitndose en hablar sin orse y sin pensar en el efecto que su figura corporal, su voz y su palabra produciran. Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoci en aquella dama a su excelente amiga Rafaela la generosa, bellsima como en el _Retiro de Camoens_, elegantsima y no menos bella que en Ro de Janeiro, pero perfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, gracias a los muchos aos que en la sabia escuela de Pars haba cursado. Si vale y cabe la comparacin, Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lo natural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el tiempo gana y se mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidad apacible y aterciopelado realce la ptina del tiempo. No bien la Sra. de Pinto present o mejor diremos _represent_ al Vizconde a la Sra. de Figueredo, sta le recibi con efusin vivsima y con la alegra franca y cordial de quien vuelve a ver, despus de cerca de veinte aos de ausencia, a un bueno y carioso amigo. No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con el Vizconde los que antes la rodeaban, ni una sola palabra de queja por el olvido y por la indiferencia que al parecer l haba tenido para con ella. Rafaela pas con rapidez deslizndose sobre toda la serie de aos que ella y el Vizconde haban estado sin verse. Habl con l como habl Fray Luis de Len con sus discpulos despus de salir de la crcel. Rafaela dijo tambin: _decamos ayer_; esto es, habl con el Vizconde como si reanudase con l la conversacin de la vspera. Si algo se aludi al tiempo pasado, fue para afirmar l, con admiracin y con insistencia, que ese tiempo no haba pasado por ella sino para mejorarla, o que al menos, durante todo ese tiempo, ella haba estado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas, sin que el tiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle. El tiempo las deja en el mismo ser que tienen, ya que al empezar el encantamiento y al ponerse en ellas no les preste algo de sobrenatural y divino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en ocasiones tales se usa, Rafaela trat de probar que haba envejecido; pero al cabo, tal vez porque no lo crea, o tal vez para evitar enojosas discusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que nunca. Despus, ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirse tan amigos como veinte aos antes en Ro de Janeiro, y como cerca de treinta aos antes en Lisboa. -XXVII- Muy lisonjeado estaba el Vizconde al notar el contento y la satisfaccin que al volver a verle y al hablar con l senta la seora de Figueredo; pero el Vizconde no era presumido ni fatuo, sino razonable y juicioso. Como todos los que lo son, recel que, si abusaba de la ventaja de reanudar aquellas relaciones amistosas despus de tanto tiempo, prolongando mucho el coloquio, no era difcil que en el alma de Rafaela se desbaratase o se disipase el hechizo de la novedad y que el gusto se convirtiese en enfado. Quien tiene en rico vaso un licor exquisito, no le apura de un sorbo, sino que le contempla, le paladea y poco a poco le va bebiendo. En suma, el Vizconde no quiso apurar hasta las heces el deleite de hablar aquella noche con Rafaela, exponindose a cansarla y a hartarla con la mera conversacin, aburriendo, marchitando y hasta secando, en el alma de ella, el deseo que tal vez pudiera nacer de que la conversacin dejase de ser trmino y llegase a ser medio y camino para mayores y ms dulces intimidades. Rafaela, en verdad, haca involuntariamente que las deseara el Vizconde, porque estaba ms guapa y ms interesante que nunca. Hechas en lo interior de su espritu todas estas consideraciones y forjando mil propsitos vagos, el Vizconde, despus de preguntar a Rafaela las seas de su casa, insinu la pretensin de no ir slo a dejarle tarjeta, sino de hallar a Rafaela y de ser recibido. Rafaela le contest que ella viva ms desordenadamente que nunca; que para recibir a sus amigos no haba fijado ni da ni hora; pero que a l, por excepcin, le recibira cuando a ella le fuese posible y l fuese a verla. Todo esto, por virtud de un arte o de un instinto que suelen tener las mujeres, qued indeciso y como flotando en el aire, sin que el Vizconde, que no quera tampoco tocar por lo insistente en pesado, lograse conseguir una cita, sin calificarla de cita: una cita implcita, disimulada y vergonzante, que era lo que l ansiaba. Algo le contuvo tambin cierta ligera sonrisa burlona, que imagin dos o tres veces ver pasar como un relmpago sobre el rostro de Rafaela, la cual harto bien saba l que nunca haba gustado de disimulos y rodeos, sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el menor rebozo en la promesa. El Vizconde, adems, no osaba pedir nada y nada peda. Con qu ttulo, con qu motivo, haba de pedir algo? Era afecto renaciente, era liviano capricho, qu era lo que en aquel momento agitaba su corazn? l mismo lo ignoraba. Slo notaba, en el fondo de su alma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiracin, ms vehemente que nunca, hacia aquella extraa mujer que sobre la lozana y alegre condicin natural de la moza de Lisboa y sobre la graciosa pomposidad de la seora hacendada de entretrpicos, haba logrado poner todos los perfiles, realces y filigranas de la parisiense ms curtida y docta en el arte de los amores. El Vizconde, al menos, imaginaba todo esto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y exacto lo que imaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habl de todo con Rafaela: de teatros, de msica, de libros recin publicados, de poltica y hasta de filosofa, pero no se atrevi o no hall ocasin oportuna para decirle, de sopetn y muy por lo serio, que de nuevo la amaba. Se limit, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo de hacerla rer, o lo que es peor, de fastidiarla. As lleg la hora en que Rafaela tena costumbre de retirarse. El Barn de Castell-Bourdac, su reconocido _cavaliere servente_, vino en su busca, le dio el brazo, y se fue con ella, sin duda en el mismo coche, acompandola hasta su casa, antes de retirarse a la suya. -XXVIII- Al da siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que viva en el primer piso de una magnfica casa, no lejos del Arco de la Estrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no estaba en casa o no reciba. El Vizconde volvi casi de diario, pero siempre en balde. As transcurri, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semana entera, y lleg otro viernes, da en que la seora de Pinto tena su tertulia. El Vizconde acudi tan temprano, que slo encontr a la seora y seoritas de la casa y a tres o cuatro amigos ntimos que haban estado a comer con ellas. Tuvo, pues, ocasin de ir pasando revista, segn entraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche. Rafaela no apareca y el Vizconde casi haba perdido la esperanza de que apareciese, cuando al fin la anunci en voz alta un criado, diciendo desde la antesala: --La seora de Figueredo y el Barn de Castell-Bourdac. Se dira que el Barn era el indispensable complemento de Rafaela. El Vizconde la salud al entrar y cruz con ella algunas palabras; pero acert a contenerse durante ms de una hora, para que ella se cansase de charlar con sus admiradores y amigos y de recibir adoraciones, y espi la ocasin propicia en que ella estaba menos rodeada, a fin de osear fcilmente a los interlocutores enojosos y poder hablar con ella sin que nadie interviniese en la conversacin ni le molestase. Harto difcil era esto, pero al cabo lo consigui. Crey notar adems, con ntima alegra, que para conseguirlo, si el amor propio no le alucinaba, Rafaela haba puesto mucho de su parte, haciendo que desmayase la conversacin, no dando cuerda a los que hablaban con ella y disimulando poco su fastidio. En suma, el Vizconde pudo hablar con Rafaela en medio de aquel bullicio, como si estuviesen ambos a solas. Aunque pequemos de entrometidos, acerqumonos al sof del _boudoir_ en que ambos estn sentados y oigamos algo de lo que dicen. Sin duda haban hablado ya de muchas cosas, cuando Rafaela prosigui diciendo: --Ahora soy independiente y libre como el aire. Alguna compensacin ha de tener lo melanclico de mi aislamiento. Ni el deber, ni la gratitud, ni el amor me enlazan hoy, por manera singular, fuerte y exclusiva, con ningn ser humano. Esta paz y este sosiego de que gozo fomentan mi egosmo, y cada da se acrecienta ms mi temor de perder ese sosiego y esa paz que me son tan gratos y tan caros en medio de la agitacin y del tumulto de esta ciudad populosa. Por qu pretende usted privarme de mi tranquilidad y despertar mi corazn que se reposa y est como dormido? Desechar la modestia y convendr con usted en que el tiempo no ha hecho estragos en mi ser corporal. --Est usted ms hermosa, ms interesante, ms lozana que nunca,--interrumpi el Vizconde. --Sea as,--replic ella--. Muy lisonjeada me siento de que usted lo crea y muy inclinada a creer y muy satisfecha de creer que usted no se engaa; pero si el cuerpo permanece como si hubiera vivido encantado o como si no hubiera vivido, el alma ma ha envejecido de una manera horrible. Se me figura que mi alma vive, piensa, padece y ama desde hace miles de aos. Mi alma est fatigadsima. Djela usted que se repose. No me la inquiete. Seamos buenos amigos, mejores amigos que nunca; pero nada ms. --Hoy menos que nunca puedo yo resignarme a no ser ms que buen amigo de usted. Esa necesidad de reposo que usted me dice que siente me parece fingida. Cuando el cuerpo, que es mortal, est brioso y floreciente cmo quiere usted que crea yo que el alma est fatigada? A veces sospecho que tiene usted otros amores. Comprendo entonces que usted no me ame; pero si no tiene usted otros amores, meme a m y sean estos los ltimos amores de usted y mos. Busca usted el reposo, pero el reposo no se halla en la negacin del amor. El reposo y la dicha no estn en que el alma ame sin objeto, o en que combata para vencer un amor naciente, o en que muerto en ella el amor de todo lo visible y asequible, se forje para satisfaccin de su amor siempre vivo un objeto ideal, que jams se realiza en la tierra. Mi alma tambin se siente como la de usted triste y fatigada; mas por eso mismo, y conociendo que la soledad no disipara su tristeza ni aliviara su fatiga, quiere el dulce apoyo de una compaera, no para lanzarse con ella en busca de violentas emociones, sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo que slo pueden calmar la sed que siente de inefables venturas. --Muy sutil y potico est usted esta noche--dijo Rafaela sonriendo--. Y lo peor es que est usted muy razonador y dialctico; y vamos, empiezo a tener miedo de que usted me convenza. Para huir del peligro me decido a poner trmino a este coloquio. Dme usted el brazo. Rafaela se levant del sof, tom el brazo del Vizconde, recorri las salas y fue saludando y hablando a multitud de personas. El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, no dejaba de insistir en su pretensin. De vez en cuando, en los intermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una persona para ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rpidas, dichas casi al odo de ella, le rogaba que le amase. Ella pareca no or o no entender y no le daba respuesta. Lleg por ltimo la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que al menos diese esperanza. Vio Rafaela al Barn de Castell-Bourdac y le encarg que fuese a buscar su abrigo. Se despidi luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazo del Vizconde, se dirigi a la antesala. Aquella noche haba en la tertulia mucha gente, y el Barn tard bastante en volver con el abrigo, a pesar de lo habilidoso que era para tales menesteres. Las splicas del Vizconde fueron entonces ms fervorosas y reiteradas. Rafaela se qued un momento pensativa y como vacilante. Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja: --Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere tambin. --Y cundo?--dijo con ansia el Vizconde. --Dentro de doce das, el 20 de este mes--contest ella--, hasta entonces ni nos hablaremos ni nos veremos. --Y por qu tan largo plazo?--exclam l. --Porque quiero--dijo ella--imitar con usted lo que hizo Ninon de Lenclos con el abate Gedoyn. --Y qu hizo Ninon con el abate? --Aguard para hacerle dichoso y le hizo dichoso el da de su cumpleaos. Trazas tiene de fbula, pero afirman las historias que Ninon cumpli ochenta aquel da. Mucho disto yo de ser tan anciana, pero el 20 de este mes cumplir los cincuenta. Quiero que al terminar el primer medio siglo de mi vida, la cual no s si tema o espere yo que dure todo un siglo, empiecen mis ms serios, constantes y ltimos amores. No me engae usted, Vizconde; quiere usted como yo que estos ltimos amores nuestros sean serios y constantes? --No me basta con desear que sean para toda la vida; quiero que sean inmortales. --Pues a fin de entrar solemnemente, y como en nueva era, en la inmortalidad de esos amores, vaya usted a mi casa el 20, a las cinco de la tarde. Estar sola. En esto volva ya el Barn de Castell-Bourdac, muy diligente y apresurado, con el abrigo de Rafaela. Trat de disculpar su tardanza, puso el abrigo a la dama, le dio el brazo, baj con ella la escalera y sin duda la acompa en coche a su casa. El Vizconde apenas se dign reparar en esta intimidad de Rafaela y del Barn, a quien haba calificado de tan simptico como inofensivo. Refrenando con dificultad su impaciencia, el Vizconde sinti pasar los das con lentitud hasta que lleg el 20 al cabo. An no haban dado las diez de la maana, cuando le trajeron un grueso pliego cerrado y sellado. Rompi el sobre y hall dentro un precioso librito, encuadernado con buen gusto y esmero en cuero de Rusia, al cual estaban asidos tres _No me olvides_ y un trbol de cuatro hojas, en oro esmaltado. Un broche de oro, esmaltado tambin, cerraba el librito. Separadamente haba un papel, donde el Vizconde ley estas palabras: --Antes de que vengas a verme y antes de que tu alma llegue a unirse en estrecho lazo con la ma, quiero que la conozcas bien y que penetres en los abismos que en ella hay. Hasta el da en que te fuiste de Ro, nadie mejor que t conoce mi vida. Despus han sobrevenido en ella sucesos que profundamente la modifican. Ni para confiarlos, ni para decir las penas y los sentimientos que estos sucesos han causado en mi alma, he encontrado un amigo a propsito hasta que har cerca de veinte das te encontr en casa de la seora de Pinto. Mi alegra fue grande al verte de nuevo. No pens an en que por amor iba a volver a ser tuya, pero pens en nuestra antigua amistad y me propuse renovarla, estrecharla y hacerla ya ms constante y sin interrupciones. Pens tambin confiarme en ti y desahogar mi corazn dicindote todos mis disgustos y mis dolores todos. Con este intento, sin orden, segn las ideas y los recuerdos acudan a mi mente, me puse a escribirlos con precipitacin en el libro que te remito adjunto. Escritos estn ya, lelos y queda as apercibido para que no te sorprenda lo ms extraordinario ni lo ms raro. Lleno el Vizconde de curiosa ansiedad, despus de leer esta advertencia, abri el libro, le ley y vio que deca de esta suerte: Confidencias Mucho de lo que voy a escribir ha de parecerte singular y raro, pero apenas hay en ello otra rareza que la sinceridad con que yo lo digo. Como poseedora de un maravilloso instrumento ptico, escudriar cuanto se oculta en los ms hondos senos de mi alma y te lo contar todo. Lo contar en resumen para no cansarte ni cansarme. No quiero ponderar aqu la devocin, la dulzura y el incesante desvelo con que cuid de mi D. Joaqun durante su larga enfermedad hasta el da de su muerte. Piadosamente cerr sus ojos, y no por carencia de dolor, sino por vigor y constancia de nimo, quise y pude amortajarle. Te aseguro que lament y llor mi viudez con no menor abundancia de lgrimas que las que vertera la ms fiel y enamorada de las esposas a quien se le muriese, en la flor de la juventud, su idolatrado y gentil marido. No se afligi ms que yo Artemisa con la muerte de Mausolo, ni Victoria Colonna con la del Marqus de Pescara, ni la propia Venus con la de Adonis. Y esto se explica muy bien. Las mencionadas seoras perdan algo de muy querido, perdan su encanto, sus delicias, pero, al cabo, no perdan nada que fuese como el propio ser de ellas mismas. Yo s que le perda, porque mi D. Joaqun, tal como le haba yo transformado y mejorado, era primorosa produccin y criatura de mi ingenio. Para afligirse como yo hubiera sido menester que, con los respectivos amados, perdiesen la Colonna sus canciones y sonetos, Artemisa su famoso y monumental sepulcro, y Venus el cinto donde estn en germen sus virtudes y milagros. El espritu no es extenso, y por consiguiente no tiene lados, pero yo me le represento con lados para comprenderle mejor. As es, que, cuando miraba yo mi espritu por el lado de mi profundo dolor de viuda, vea lgubre y tristsima noche; pero, al mismo tiempo, por el lado contrario, empezaba a clarear, como cuando por el Oriente nace el alba, y hasta pensaba or yo el leve susurro del viento matutino y all ms lejos el melodioso canto de los pjaros. Ser contradictorio, pero nada ms natural que las contradicciones. Haba dado yo cima al cumplimiento de un penoso deber y poda reposarme: haba acabado la obligacin que contraje y haba acabado tambin, aunque dorada y fcil, la servidumbre en que yo haba vivido. Me senta de nuevo en plena libertad y esto me alegraba. El susurro del viento, el canto melodioso de los pjaros y la luz de la aurora, eran la vida del porvenir que vena a consolarme, a desvanecer mi tristeza y a convidarme a nuevos goces. Yo me hallaba, adems, satisfecha y hasta engreda de mi conducta, lo cual basta y sobra para aliviar y calmar todo dolor por grande que sea. Pude lcita y honradamente ser millonaria y no quise. Con pasmosa generosidad repart entre parientes, amigos y paisanos los cuantiosos bienes de mi marido. Slo guard para m, relativamente, una pequesima parte: menos, mucho menos de lo ganado durante la sociedad conyugal: mucho menos de lo que por derecho me perteneca. Mi estupenda generosidad tena pasmados a todos los brasileos. No haba quien no me celebrase y aplaudiese. Buena ocasin me pareci esta para responder al aplauso con un finsimo saludo de despedida y buscar otros horizontes, otras escenas y otras gentes, segn corresponda a la vida nueva que iba a empezar para m. En efecto, no bien embarqu en Ro, lev anclas el barco de vapor y empez a andar, dejando un surco de espuma, si por una parte la vista de la ciudad y de la frtil y risuea costa que iba desvanecindose, y el recuerdo de las personas queridas, hicieron brotar de mis ojos algunas lgrimas, por otra parte sent que se me ensanchaba el pecho, que surga para m como una nueva juventud, y hasta imagin que el fresco vientecillo que corra, hmedo y salado, agitaba mis recuerdos tristes, como si fuesen las hojas secas de un rbol, y los arrojaba en el surco que la nave iba formando, a fin de que en el rbol, libre de aquel peso enojoso, brotasen con premura nuevas hojas y nuevas flores. En resolucin (y para qu te lo he de negar?), antes de salir de la baha de Ro de Janeiro me sent y me reconoc yo, en el centro de mi ser, como la viuda ms sentimental y llorosa, y ms regocijada y alegre al mismo tiempo, que sin dificultad puede concebirse, pero que con gran dificultad suele confesarse. La navegacin, que dur dieciocho das, no pudo ser ms prspera. Nos detuvimos y desembarcamos en Baha de Todos los Santos, antigua capital del Imperio, y en la hermosa ciudad de Pernambuco. Al abandonar luego las costas de Amrica, tal vez para siempre, sent nueva aunque dulce melancola. Era al ponerse el sol entre nubes de carmn y de oro. El cielo despejado pareca sobre nuestras cabezas y todo alrededor bveda de zafiro limpio y claro. Y la risuea costa iba alejndose, esfumndose en el aire, y, por ltimo, sepultando sus cocoteros, sus palmas y toda la pomposa lozana de sus ricos campos y de su perenne verdura en ureo pilago de lquidos rubes, que tal era el aspecto del mar al sepultarse tambin el sol en el ocaso. Durante ocho das no vimos despus sino mar y cielo. En mal sitio aportamos al antiguo mundo. Aportamos a la fea y desolada isla de San Vicente de Cabo Verde. Fuimos luego a Tenerife y, como quien saluda a su patria despus de larga ausencia, salud desde lejos el majestuoso pico de Teide. En Tenerife no pudimos desembarcar por precaucin sanitaria. Ni desembarcamos tampoco, aunque nos detuvimos en Funchal un da entero. Cuando de all nos alejamos, toda la hermosa isla de Madera, con su montaa cubierta hasta la cima de pomposos rboles, me pareca rico y gracioso canastillo de flores, que los Genios del mar sacaban al aire claro, al ms difano ambiente, desde el fresco seno de las azules ondas. En fin, para que no te ras y para que no pienses que pretendo lucir mi estilo potico, te dir que llegu a Lisboa. Durante la navegacin, sin embargo, tuve una aventura harto notable. Y como este escrito tiene trazas de confesin general, no me parece bien que se quede en el tintero, y voy a contrtelo aqu aunque me exponga a tu reprobacin y a tu censura. Venan muchos pasajeros a bordo, pero tan vulgares todos que no merecen que yo te los describa aqu, ni aunque quisiera podra describirlos porque los he olvidado por completo. Slo haba uno que excit mi curiosidad y me inspir inters y simpata. Extrao personaje de los que no se usan ni se ven con frecuencia en el mundo. Aunque iba aseado y vestido a la europea, yo me lo represent, no bien supe su nombre y su origen, como si fuera el propio Adn que acababa de ser echado por segunda vez del Paraso. Y no era quien le echaba un querubn con espada de fuego, sino su to el doctor Lpez. Para no tenerte ms largo tiempo suspenso te dir sin ms prembulos que el tal personaje se llamaba Pepito Domnguez, joven paraguayo, que acababa de cumplir dieciocho abriles, y a quien el mencionado doctor, Presidente de la Repblica, enviaba de Secretario de la Legacin ubicua que ya tena en todas las capitales de Europa y de la que su hijo, el segundo doctor Lpez, era jefe. Sabido es que, imitando a su antecesor el doctor Francia, como ste haba imitado a su vez a los padres jesuitas, el doctor Lpez haba tenido a toda la poblacin del Paraguay separada del mundo y apartada del trato humano a fin de que conservase su dichosa y primitiva inocencia. Y lleg a tal punto el aislamiento, que se cuenta que un sabio francs, llamado Bonpland, que entr por all a herborizar, fue detenido por fuerza y tuvo que residir en el Paraguay muchos aos. En virtud de este modo de gobierno, dicen que los paraguayos fueron felices, y como su tierra es hermosa y frtil, imaginaron vivir en el paraso, con celestial candor y envidiable ignorancia de las cosas terrenales. Poco a poco se fue relajando aquella clausura en que viva toda la nacin. El doctor Lpez consinti en que fuesen a su capital varios Cnsules extranjeros. Y el ms ladino de todos, que era el _yankee_, hizo all papel semejante al de la serpiente en el primitivo Paraso, induciendo a la mujer del doctor Lpez, y por medio de ella al mismo doctor, a quebrantar la clausura y a ponerse al habla y en relacin con el resto del humano linaje. As lo decret el doctor Lpez, y de resultas y como corolario de su decreto, envi a su hijo con cartas credenciales para todos los Soberanos de Europa, proponindose celebrar con ellos sendos tratados de paz, alianza, navegacin y comercio. Y no contento el doctor Lpez con esta novedad, resolvi a los seis meses enviar cerca de su hijo, para secretario de la Legacin, a su ya nombrado sobrino Pepito Domnguez. Acertado fue el nombramiento. Ni los ms maldicientes hubieran podido calificarle de acto de nepotismo. El flamante secretario podra muy bien figurar en Europa como exquisita muestra de lo mejor que produce el cruzamiento de las razas. La sangre guaran corra por sus venas mezclada con la sangre espaola. Y esta mezcla o combinacin haba tenido un resultado excelente. El mozo era por su traza un andalucito muy agraciado, si bien con un no s qu de peregrino, que borraba de su fisonoma, de su ademn y de sus movimientos toda huella de vulgaridad, dndole distincin y atrayendo hacia l las miradas curiosas de cuantos sujetos gustan de lo que no se tiene a todo pasto ni se encuentra al revolver de una esquina. Pepito Domnguez pareca, adems, naturalmente listo: dotado de rpida y clara comprensin y muy expedito para todo. Las esperanzas del doctor Lpez no eran infundadas. El Cnsul _yankee_ le haba hecho comprender o creer que, por culpa de aquella clausura y de aquella incomunicacin en que los paraguayos haban vivido, todos ellos se haban quedado, salvo la moral y el dogma de Cristo, que conocan aunque de un modo burdo, en inmenso atraso con relacin a lo restante de la humanidad; y que todo cuanto esta haba descubierto, inventado, experimentado, fabricado y averiguado durante ocho mil o nueve mil aos, era para los paraguayos asunto desconocido, arcano tenebroso, libro de siete sellos.--Menester es ilustrarse, pensaba ya el doctor Lpez: menester es alcanzar con rapidez la civilizacin de Europa; dar un brinco audaz y saltar de este solo brinco los nueve mil aos que de la civilizacin nos separan. Y nadie ms a propsito que Pepito Domnguez para tan arriesgada empresa. El muchacho es tan gil que, en un santiamn, en menos que se persigna un cura loco, va a enterarse de cuanto ocurre por esos mundos, y va a aprender a escape y sin la menor fatiga todo lo substancial de lo que a fuerza de seculares cavilaciones han llegado nuestros prjimos a poner en claro. Esto o algo por el estilo haba pensado el doctor Lpez, y con esta misin, a ms de la misin diplomtica, enviaba a Europa a Pepito Domnguez. Su inteligencia era, sin duda, tabla rasa, pero tabla bruida, tersa y maravillosamente adecuada para que los conceptos se grabasen en ella con prontitud, se ordenasen all sin confusin y distintamente y persistiesen luego como indelebles signos, sin borrarse ni alterarse nunca. La vanidad y el afecto de to movan al doctor Lpez a pensar as de su sobrino D. Pepito. Y lo que es l no tena menos favorable opinin de s propio; pero el candor y la ignorancia hacan amable y chistoso su presumido atrevimiento. La petulancia infantil de D. Pepito era encantadora. Yo, que habl con l desde el primer da que ambos estuvimos juntos y nos vimos a bordo, hallaba en la susodicha petulancia irresistible hechizo. De sobra conoces t, mi querido Vizconde, la propensin didctica que he tenido siempre. Aquel chico que tan confiada y valerosamente se propona aprender y saber como por ensalmo, que aspiraba a poner la atrevida mano en el rbol de la ciencia, coger su fruto, que haba tardado noventa siglos en madurar, estrujarle en la pujante prensa de su entendimiento, alambicar el zumo y bebrsele luego de un trago sin temor de embriaguez ni de trastorno, te confieso que me divirti mucho y que despert y estimul en m la antigua mana didctica que siempre he tenido. Porqu, me deca yo, no he de hacer con este muchacho el papel de Minerva o de Sabidura personificada? No poda yo darle a beber en mgico cliz la sublimada quinta esencia de todo lo sabido hasta ahora? Difcil de vencer era mi tentacin. El mal disimulado asombro con que D. Pepito me miraba haca mi tentacin ms fuerte. D. Pepito vea en m el sobrenatural y ms complicado producto de esa civilizacin de noventa siglos de que l quera apoderarse. Yo era para l como resumen y compendio de todas las ciencias, artes e industrias. Algo como enciclopedia viva. Entendi D. Pepito que si llegaba a entenderme y a saberme a m, todo lo entendera y lo sabra. Y persuadido de esto, l me lo explicaba a su manera, y yo me senta muy lisonjeada cuando l me lo explicaba. Sus explicaciones eran por lo comn en castellano, pero de vez en cuando se empeaba l en drmelas en guaran. Yo no comprenda palabra, y l, entonces, quera ensearme su lengua, asegurndome que para tratar de no pocos asuntos y sobre todo para el amor era mil veces ms expresiva y eficaz que el habla de Castilla. Para complacerle le sola yo pedir que me dijese algo en guaran y hasta que me ensease a contestarle. l entonces me deca: --_Nde cu por. Che-r-ayhub-i_, esto es: t eres mujer bonita. mame. Adiestrada luego por l en la pronunciacin, casi me obligaba a decir y yo deca riendo: --_Nde-hayh_, o sea: te amo. l en seguida se pona contentsimo, me miraba con unos ojos muy dulces y con un mirar muy intenso y fijo, y aseguraba que toda su ventura se cifraba en ser mi _o-hayh-bae_, o, como si dijramos, mi amante. Con esto me rea yo mucho ms: me rea como una loca: y, para excitarle ms por la contradiccin, aada: --Hijo mo, todo eso est muy bien: tus vocablos guaranes son musicales y sonoros, pero yo no veo por dnde han de ser ms expresivos ni ms eficaces que los correspondientes vocablos castellanos. D. Pepito entonces procuraba realzar y fortificar la eficacia de sus vocablos; y en su entusiasmo filolgico, sin maliciosa premeditacin, apelaba a la mmica. --Modrese usted, tena yo que decirle, y advierta que con ese auxilio no hay idioma que no sea tan eficaz y expresivo como el guaran. Con ese auxilio hasta sin hablar se expresa cualquiera con primor, claridad y eficacia. Lo malo est en que yo no acepto ese lenguaje auxiliar, y menos an en esta ocasin y en este sitio. Estbamos sentados sobre cubierta y rodeados de multitud de pasajeros. Anhelaba yo mostrarme severa y grave, pero apenas me lo consenta la risa que me retozaba en el cuerpo, porque D. Pepito pona una cara cmicamente triste, y que por cierto no me pareca mal. En fin, yo venca los estorbos que a mi severidad se oponan, me mostraba entonada y digna y consegua que el joven se arredrase y estuviese respetuoso. Reportado ya y muy compungido, suspiraba l y deca en guaran: --_Che rac-hayhub-guas_. --Qu significa ese a modo de gruido que usted exhala?--le preguntaba yo. Y l me contestaba con tono lastimero: --Pues significa: estoy enfermo de amor grande. De la voluntad de usted depende que yo me muera o me cure. Muy extremoso me pareca el dilema que don Pepito me pona. Algo, no obstante, poda tener de cierto. Siempre fui compasiva y el tal dilema me atribulaba. Calamitoso hubiera sido que don Pepito se hubiera muerto en vez de volver al Paraguay, al cabo de dos o tres aos, con todo lo esencial de la civilizacin, puesto en cifra y bien estampado en el meollo. Pasaban das, el barco iba adelantando, y, si no recuerdo mal, estbamos ya cerca de las Islas Canarias. Bueno es que advierta yo aqu, para que mi erudicin no te sorprenda, que mi prurito de ensear ha estimulado mucho mi prurito de estudiar y de saber, desde que en el _Retiro de Camoens_ nos conocimos y tratamos ntimamente. No te maraville, pues, que yo me muestre en algunas ocasiones algo erudita. A D. Pepito, que quera ensearme el guaran cmo no haba yo en pago de ensearle un poco de lo que saba? De aqu que, cuando l no me hablaba de su amor, y a menudo para distraerle e impedir que me hablase, sola yo darle lecciones y contarle historias. Estas, por antiguas y sabidas que fuesen, siempre eran nuevas para l. Qu mayor deleite para m que esta ignorancia suya, que prestaba a cuanto yo le deca el aliciente de lo inaudito y la magia de lo no sabido, ni siquiera soado? No puedes figurarte cunto me complac yo refiriendo y cunto se deleit D. Pepito oyndome referir, a vista de las Canarias, todo lo que aconteci a Rinaldo en los jardines de Armida y el regalo, la elegancia y el cario con que en ellos le recibi y le agasaj aquella voluptuosa maga. Con tales plticas no es de maravillar que cada da fuese yo cobrando ms aficin a D. Pepito. Pero no fue esto lo ms escabroso ni lo ms ocasionado a deslices. Lo peor fue que all en mis adentros discurr yo de esta suerte, cuando bamos llegando ya a la isla de Madera: --Las historias que yo cuento y las doctrinas que expongo a D. Pepito son desatados fragmentos, hojas rotas arrancadas de un libro sin orden y sin mtodo, carecen de conjunto, no tienen unidad, ni principio, ni fin, ni objeto. Al pobre muchacho, en vez de servirle de algo cuanto yo le digo, va a armarle en la cabeza una confusa maraa, un enredo, un caos inextricable. No sera ms natural y ms conveniente ser su maestra por estilo sinttico? Ariadna, que no posea plano del Laberinto, no se empe en manifestar a Teseo sus reconditeces y revueltas, con lo cual le hubiera calentado el cerebro sin la menor ventaja, sino que le dio el hilo para que se guiase por l y saliese airoso de aquella aventura, dicindole probablemente: Dios te la depare buena. Y yo he ledo, no recuerdo bien en qu libro tan docto como ameno, que el joven Anacarsis, el cual era escita, o como si dijramos un paraguayo de las edades clsicas, cuando quiso iniciarse en los misterios de Ceres eleusina, acudi a una sacerdotisa tan avisada como discreta, de las que dependan del hierofante principal, y esta sacerdotisa se guard muy bien de perder su tiempo tratando de comunicarle punto por punto las ocultas doctrinas de los iniciados, sino sencillamente le abri de par en par la puerta del camino que iba al santuario y le dio la antorcha luminosa y ardiente que hasta l haba de conducirle. Estas parbolas o smbolos se presentaban a mi mente y me tenan obsesa, vacilante, casi rendida. Ya te he dicho que D. Pepito era guapo. Y por la maana, cuando antes del almuerzo, estando yo sobre cubierta, le vea venir hacia m, se me ocurra, ya que era el joven Teseo que acuda a pedirme el hilo, ya que era el joven Anacarsis que requera la antorcha para penetrar en las profundidades y descubrir los misterios. La verdad sea dicha: mi alma anhelaba entonces prestarle la antorcha y darle el hilo. Y este anhelo suba de punto al notar yo o al imaginar que notaba que D. Pepito estaba plido y triste. Y yo me pona triste tambin, pero no plida, sino encendida como la grana, y sintiendo traidora compasin y suave quebranto. Llegaba l luego cerca de m, se sentaba a mi lado, y aproximando su boca a mi odo, deca en voz bajita, dulce y suplicante: --_Che rac-hayhub-guas_, o sea estoy enfermo de amor grande. Al cabo, me faltaron las fuerzas para defenderme. Cit a D. Pepito, en el obscuro silencio de la noche, y l vino a m y yo le di el remedio que apeteca. Aquello fue para l una revelacin, antes ni en sueos presentida. El pasmo, el embeleso, la sorpresa inefable y beatfica que todo, todo, todo le causaba, inundaron mi alma de satisfaccin y de orgullo. Yo fui mil y mil veces ms dichosa de su dicha que de la ma. Se me figur que le abra con llave de oro las puertas del Edn; que amasaba yo entre mis manos el rbol de la ciencia y el rbol de la vida y sacaba de ambos un filtro poderoso, que, vertido sobre el corazn de aquel muchacho, le magnificaba y ensalzaba, y que vertido sobre su cabeza llenaba su mente de alegra y de una luz riqusima penetrando todos los arcanos. Al siguiente da llegamos al puerto de Lisboa, trmino de mi viaje. D. Pepito continu el suyo hasta Inglaterra. Gran ventura fue sta para m. No hubo tiempo para desengao, cansancio ni hasto. Dej el barco de vapor y salt en tierra, como quien sale a escape del teatro, donde ha visto una _ferie_, un precioso baile de hadas, antes de que se disipe la ilusin escnica y no se vean sino los oropeles, la ruda maquinaria, los telones y bambalinas y los comparsas y figurantes untados de colorete, que la han promovido. Entonces me afligi separarme de D. Pepito. Ms tarde, he pensado a veces, estuvo en la realidad toda aquella poesa o brot de mi alma, exuberante a la sazn de represada y viciosa lozana, y de ocios y ensueos de mi por largo tiempo no empleada ternura? No lo supe ni lo s. Me place seguir dudando. Y a fin de que no termine la duda, he procurado no informarme jams ni saber el paradero del joven paraguayo, como si hubiera sido un ser peregrino que estuvo algunos instantes en nuestro planeta, y en seguida se desvaneci para siempre. * * * * * Quise detenerme y me detuve en Lisboa, porque yo tena _saudades_ de Lisboa. Aunque tan otra de la que me fui, ansiaba ver a los antiguos amigos, y singularmente al que me proporcion recursos para ir al Brasil y me dio las cartas de recomendacin para Figueredo, que causaron el cambio de mi fortuna. Los ms de estos antiguos amigos se me mostraron muy amables. Con algunos estuve yo amabilsima. Todo, no obstante, haba variado con el transcurso del tiempo, a pesar de la lentitud y reposo con que en Portugal todo camina. Los regocijados _janotas_ que haban formado mi sociedad, se hallaban convertidos en personajes muy serios. Unos eran Pares, diputados otros, y no faltaban entre ellos altos funcionarios y hasta Ministros cesantes o militantes. Los ms eran padres de familia, con seora encopetada y con prole. Ni ellos ni yo queramos, debamos ni podamos volver a la vida pasada, salvo el hacer resurgir del seno de lo que fue, y por evocacin mgica, una fugaz apariencia que, no bien se dejaba columbrar, mostraba marchitas y ajadas las lindas galas que en el recuerdo haba conservado. Se asemejaba a brillante mariposa custodiada muchos aos bajo un fanal, y que se deshace y convierte en ceniza, no bien se levanta el fanal y una ligera rfaga de viento toca en ella y la mueve. No poda yo tampoco, en Lisboa menos que en parte alguna, porque en Lisboa era muy conocida, intentar, sin peligro de desdenes y de sofiones, penetrar en lo que se llama la buena sociedad y hacer bien el papel de la seora viuda de Figueredo. La melancola se apoder de mi espritu. Para distraerla, siguiendo mis aficiones didcticas, me entretuve en hacer cerca de _Madame_ Duval el papel de _cicerone_. _Madame_ Duval segua a mi servicio y jams se haba detenido en las orillas del Tajo. Yo goc inocentemente en hacerle ver y admirar todas sus bellezas; las esplndidas vistas que desde la Patriarcal quemada se admiran; la plaza del Roco y las anchas calles paralelas que despus del terremoto hizo construir Pombal; el esplndido Terreiro do Pazo; la soberbia anchura con que frente de l se dilata el Tajo, como para recibir todas las escuadras del mundo; el risueo camino que va por su orilla derecha, llena de quintas, palacios y graciosos jardines, hasta la desembocadura, cerca de Pazo de Arcos; y sobre todo, el admirable templo de Beln, con sus esbeltos y areos pilares, exquisita muestra de la original arquitectura _manuelina_ y digno monumento de la ms noble hazaa de los portugueses, cuando, en edades para nosotros ms dichosas, competimos en descubrir y recorrer el mundo y en dilatar por mares y por tierras remotas o ignoradas la civilizacin de Europa y la fe de Cristo. Mi papel de _cicerone_ me agradaba y diverta. Hice, pues, algunas pequeas excursiones con _Madame_ Duval. La llev a Cintra, a Colares, a Cascaes y a Mafra. En Cintra, aun viniendo como venamos del Brasil, nos extasiamos contemplando la fertilidad y hermosura de aquellas montaas, con sus bosques floridos de magnolias y de camelias. El castillo reedificado por el rey D. Fernando, o, mejor dicho, creado por l con estupenda inspiracin artstica, me pareci ms encantador que nunca, y procur, aunque lo consegu slo a medias, infundir en el alma de _Madame_ Duval una admiracin igual a la ma. Ella prefera a todo, recordndolos con entusiasmo, los jardines de _Mabille_ y la _Closerie des Lilas_, donde haba bailado el _cancn_ en sus verdes aos, muy por lo alto, y siendo a veces frenticamente aplaudida. Nunca pude fijar la cronologa de estos triunfos de _Madame_ Duval, y saber a punto fijo si los alcanz de soltera, o ya de casada, mientras su marido combata en Argel, o si le valieron como consuelo y desahogo despus de viuda. En fin, _Madame_ Duval gust tambin de Cintra, aunque no tanto como yo y como Lord Byron. Es inexplicable el sentimiento que llaman patriotismo. Sbete, Vizconde, si ya no lo sabes, que mi madre se llamaba la Pascuala, celebradsima como nica en el cante gitano y en bailar el vito. Siendo yo muy nia todava, me dej hurfana y menesterosa. Bien sabe el diablo cmo despus me he criado y he crecido. Nada debo a Espaa. No recuerdo haber dejado por all una sola deuda de gratitud. Qu me va ni qu me viene con la decadencia o con la prosperidad de esa patria, donde slo tuve de balde, o sea sin ganarlo yo, el aire que respir, y obscuridad y desprecio? Y sin embargo no acierto a ponderarte lo muy patriota que soy. No lo son ms las Duquesas y las Princesas que en Madrid viven y a quienes tantos respetan y adulan. Digo todo esto, porque en Lisboa se recrudeci mi patriotismo. Qu gran Capital para nuestra gran nacin, seora de dos mundos, hubiera sido aquella ciudad esplndida y hermosa, si D. Felipe el Prudente hubiera sido D. Felipe el Previsor y hubiera tenido ms elevadas miras! Pero ya basta. No nos engolfemos en cosas que no son ahora del caso. A pesar de todos sus esplendores, Lisboa se me caa encima. A las dos semanas de estar all, abandon a Lisboa. Viajaba yo con no pequeo acompaamiento. Adems de la Duval, que era y sigue siendo mi dama de compaa, estaba conmigo y est an mi _mucamba_, o sea mi primera doncella, mulata muy gil, llamada Petronila, que me peina con primor y buen gusto, que cose y borda y tiene otras mil habilidades; una segunda doncella, dos fieles criados negros, y por ltimo, la mujer que cuidaba y alimentaba a mi tesoro. Aqu conviene que te imponga yo de algo, en extremo importante para m, y que tal vez ignores. Mi alma ha sentido no pocas veces inclinacin amistosa, compasin, aprecio y cario a los seres humanos; pero lo desaforado y suelto de los primeros aos de mi vida ha impedido acaso que llegue yo a amar a un solo hombre con aquel amor exclusivo, persistente y celoso, con que deben amar y aman las mujeres honestas criadas con recato. He tenido muchos amoros y casi no me atrevo a decir que he tenido amor. Una vez sola en mi vida me parece que entrev, que columbr a lo lejos la celestial aparicin del verdadero amor, que benigno me sonrea y que ansiaba penetrar en mi alma, llenarla de su divina beatitud y purificarla e iluminarla. Fue esto cuando tuve relaciones con Juan Maury. T estabas en Ro y debes acordarte de todo. Contra Juan Maury no tengo yo la menor queja. Era un cumplido caballero. Me quiso todo lo que poda quererme. Me respet todo lo que poda respetarme. Me atendi, me obsequi, me consider como atiende, obsequia y considera el galn ms delicado a la ms noble dama. Pero hubiera sido absurdo que hubiese tratado yo de inspirar a Juan Maury ms hondos sentimientos y ms apasionado afecto que los de la amistad y la galantera. Yo misma tuve miedo de sentir hacia l verdadero amor. Yo casi me atrevo a afirmar que no he engaado a D. Joaqun. Para evitar el medio engao en que le tena, hubiera sido menester hacerle infeliz con revelaciones feroces y con el ms amargo de los desengaos. El amor mo, si hubiese llegado a ser hacia Juan Maury exclusivo y profundo, hubiera tenido que romper dolorosamente el lazo que a mi bienhechor y protector me ligaba; hubiera sido para D. Joaqun horrible infortunio: todo el bien, todo el contento y el reposo y toda la superior serenidad hasta donde haba yo logrado elevar su espritu, hubieran venido a desvanecerse o a hundirse en negro abismo. Por otra parte, aunque yo debo ser humilde, y aunque lo soy, soy tambin muy orgullosa en cierto sentido. Es el orgullo que nace de mi propia humildad. Si por la vileza de mi origen, si por el ruin desorden de mi primera vida no merezco ni soy digna de ciertas cosas, me repugna reclamarlas, solicitarlas de nadie y hasta insinuarme para que se me concedan por favor ya que para ellas no tengo el menor derecho. De aqu que yo, ms bien que mostrar a Juan Maury toda la vehemencia y la elevacin de mi afecto, trat de disimularlas. Quise aparecer y aparec a sus ojos como la ms fina y complaciente de las amigas, como bastante capaz de entender y de apreciar el valer y las excelentes prendas de toda su persona y como no indigna de obtener su amistad y su aprecio; pero todo, sin llegar a ser y sin mostrarme siquiera profundamente enamorada, y sin propender a infundirle de m otro concepto que el de una mujer alegre, fcil y galante. Si el verdadero amor, si el hijo divino de la Venus del cielo revolote cerca de m en aquellos das, yo hu de l por indigna y le ahuyent por peligroso. Juan Maury se fue de Ro y me abandon sin gran pena. Nada ms natural. No le culpo. Slo me lisonjea y me contenta el figurarme que l ha de guardar dulce recuerdo de las dulces horas que pas conmigo; de nuestros ntimos coloquios y de nuestra ternura. Fue tal la ligereza de aquellas efmeras relaciones, que ni yo le rogu que me escribiese ni l me ha escrito. De estas relaciones, sin embargo, me dej l una prenda preciosa. Suya era, pero era ma ms que suya; y yo apenas la sent en mi seno, me propuse con firme resolucin que no fuese sino ma. Hasta donde alcanza mi memoria, desde que tengo uso de razn, en el libre abandono de los aos primeros de mi vida, no me remuerde la conciencia de hurto, de estafa, ni de engao o embuste para medrar. Escudriando yo hasta los ms obscuros rincones de mi vida pasada, no encuentro en ellos ni asomo de ruin bellaquera. Esto me consuela. De ciertos pecados, en que con frecuencia he incurrido, despus de absolverme el confesor, me he absuelto yo tambin. De aquellos otros, tal es el inflexible y recto tribunal de mi conciencia, jams me hubiera absuelto yo aun despus de recibir la absolucin en el confesonario. Espantoso torcedor hubieran sido para m, humillndome y abatindome. Faltas, pues, en que yo no haba incurrido cuando desamparada y menesterosa, no haban de ser cometidas por m cuando ya estaba prspera y rica. Por otro lado, lo que era mo, lo que yo esperaba y yo me figuraba ya que iba a ser un primor, un asombro de gracia y de belleza, por nada del mundo quera yo atriburselo en parte a alguien de quien no era. Y qu aliciente haba para el engao? Usurpar para el fruto de mis entraas la hacienda que no le perteneca y adems un nombre cualquiera. Quin sabe si un nombre ilustre y glorioso, si un ttulo histrico me hubieran seducido y me hubieran hecho faltar? Pero cmo haba de seducirme que lo que iba a nacer se apellidase Figueredo a secas, a pesar de la supuesta descendencia de Gesto Ansures de que yo misma me haba burlado? Con persistente disimulo, con firme y enrgica voluntad, con raras precauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingindome enferma, dej pasar los meses. Lleg la hora y slo _Madame_ Duval, mi _mucamba_ y el mdico, de quienes tuve que valerme y me val, exigiendo el mayor sigilo, supieron que fui madre. Mi hija, a quien di por nombre Luca, se cri lejos de m, aunque yo velaba sobre ella e iba a verla a menudo. Muerto D. Joaqun, procur no poner en ridculo su memoria, dejando conocer en Ro que tena yo una nia de cerca de dos aos. Casi de oculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine para Europa. Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lo ms esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago. Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espritu hay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan dos corrientes tambin harto distintas, si bien la una y la otra estn alegremente iluminadas por la luz clarsima con que yo veo y entiendo todo lo creado. Jams se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madre naturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningn caso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percance angustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejndome yo ni de la naturaleza, ni del orden social tal como los hombres han ido disponindole, muchsimo menos puedo quejarme de la divina providencia, que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color de rosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a m y a nadie culpo. Como soy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo sea tambin para conmigo misma. Por eso me dejo llevar de mis generosos afectos, harto poco en consonancia con una moral rgida, y de mi inclinacin irresistible a lucir las prendas de que me dot el cielo y a dar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en m asimismo un tenaz empeo de progreso, de adelanto en el camino de la perfeccin. Y tanto lo que creo realizado en m, cuanto lo que en m no est realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemencia ponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par de cuanto hay en m de que puedo con razn ufanarme, todas las excelencias y virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que naci mi hija, desde que por primera vez la vi y present que iba a ser hermosa, me propuse y ansi que su hermosura eclipsase la ma, que en discrecin, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta de todos los defectos y manchas que en m hay. Me propuse criarla con esmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y para que no columbrase slo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo, sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en su alma inmaculada como en su propio y consagrado templo. Y para que veas lo extrao y contradictorio de mi condicin, o ms bien lo extrao y contradictorio de la decada condicin humana, mi alma, que tan altos propsitos tuvo y que a tan alta misin quiso consagrarse, se dejaba arrastrar de sus regocijados mpetus, de su perversin bondadosa y de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjar aventuras como la que te cont ya del paraguayo y como varias otras que he tenido despus y sobre las cuales prefiero callarme. * * * * * No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui a Sevilla y a Cdiz. Mi antiguo confesor, el Padre Garca, haba hecho algunos ahorros y haba heredado tambin a un hermano suyo que se haba enriquecido. Harto el Padre de rodar por el mundo, viva retirado en el lugar de su nacimiento, no lejos de Sevilla. Le anunci mi llegada y l vino a verme. Para descargo de mi conciencia, en este punto muy escrupulosa, quise, vindome rica y convertida en toda una seorona, no desdear a mis parientes, si los tena, y hasta favorecerlos y socorrerlos si se hallaban en la abyeccin y en la miseria. El Padre Garca me sirvi en esto muy bien. Busc con tino y diligencia a mis parientes, y no los hall sino dudosos y muy lejanos. Yo haba sido la nica hija de la Pascuala. En Ro de Janeiro, no recuerdo bien con qu tramoya, supli D. Joaqun la falta de mi fe de bautismo, que para nuestro casamiento se requera. Hasta que el Padre Garca me la sac, jams haba tenido yo ni visto semejante documento. Considerando yo que mis parientes ms seguros haban de estar en los hospicios, en las inclusas y en los conventos de mujeres recogidas, di al Padre Garca prdigamente todos mis ahorros para que en aquellas santas casas los repartiera. l cumpli mi encargo y me trajo los recibos que conservo an, donde constan las donaciones de una dama brasilea, cuyo nombre se calla. A decir verdad, a pesar de todo mi patriotismo y de mi amistad hacia el Padre Garca, me repugnaba permanecer en Espaa. Dicen algunos autores que las mujeres como yo suelen tener _nostalgia del fango_. No s qu quieren decir con esto; pero si es lo que yo entiendo, declaro que no he tenido jams semejante nostalgia. Al contrario, yo recordaba bien todos los sitios, y al pasar por algunos se me encenda la cara de vergenza. Por fortuna, estaba yo tan encumbrada y en posicin tan diferente de la que all tuve, que nadie me reconoci ni reconoc a nadie. Hice en mi patria el papel de peregrina misteriosa. Fuera del Padre Garca, con nadie quise tratar. Despus de separarme de l, estuve en Granada, Crdoba, Madrid, Toledo, Burgos y otros puntos, visitando los monumentos en compaa de _Madame_ Duval, que detestaba las antiguallas y suspiraba por los _boulevards_ de Pars. All fui por ltimo, y pronto me instal comprando muebles y poniendo casa. He vivido desde entonces con comodidad y hasta con lujo, pero sin el menor empeo de llamar la atencin ni de brillar, y con tanto arreglo y economa que, a pesar de no pocos gastos extraordinarios y de viajes de recreo que he hecho por Alemania y por Italia, he doblado mi capital y mi renta. Hoy casi puedo asegurar que soy rica. * * * * * Mi vida de Pars ha sido alegre, desenfadada y modesta. Expondr aqu, en pocas palabras, cmo concierto yo la modestia con la alegra y el desenfado. Mi modestia ha consistido en no desear ni aspirar a hacerme conocida, celebrada y famosa. Ms he huido que buscado que nadie me seale con el dedo, que la atencin pblica se fije en m, y que la gloria infame de que algunas mujeres gozan, gloria que yo me jacto de poder adquirir fcilmente, me circunde con sus resplandores. En vez de mostrarme, puedo afirmar que me he ocultado. Como la soledad me entristece, he ido a reuniones y tertulias, pero nunca he pretendido salir de la colonia ibero-americana. Y aun dentro de esta colonia no he sido asidua en el trato ni he intimado mucho, sobre todo con mujeres. Hasta que mi hija lleg a tener ocho aos, como apenas exiga otro cuidado que el de su corporal desarrollo, cuidado harto leve porque mi hija se ha criado con excelente salud, ora pensando yo en distraerme, ora anhelando hacerme apta para contribuir a su educacin, he ledo muchsimo y casi sin sentir me he convertido en marisabidilla. Soy franca admiradora de la literatura francesa. Me parece esta nacin fecundsima en ingenios de toda clase. Yo los admiro y quiero seguir admirndolos sin tropiezo. Acaso te parezca extravagante modo de discurrir, mas es lo cierto que, a fin de no tropezar y conseguir que la tal admiracin salga rodando por el suelo, me he abstenido de buscar la sociedad literaria parisina. Al conocer los libros, he conocido lo ms noble, depurado y selecto de cada autor. Para qu conocer lo restante? He recelado desilusionarme al conocerlo. Quin me asegura que los escritores franceses no sean presumidos y fatuos? Qu necesidad tengo yo de extremar mis amabilidades y de hacer esfuerzos para insinuar en la mente de esos seores que no soy una salvaje, que estoy al nivel de ellos, que comprendo sus profundidades y sutilezas, y que, aun suponiendo que en Espaa, en Portugal y en el Brasil est la gente muy atrasada y hasta sea de casta inferior, yo, por excepcin fenomenal y monstruosa, he podido elevarme hasta hombrearme con ellos? Ahora comprenders en qu sentido digo yo que mi vida en Pars ha sido modesta. En cuanto a su desenfado y a su alegra, no es menester que entre yo en pormenores para que t lo comprendas. El cielo, el infierno, la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que t quieras o supongas, no parece sino que me ha dotado de imperecedera lozana de cuerpo y de alma y de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que han hallado siempre obstculos insuperables para el verdadero y definitivo amor, y se han quedado en mitad del camino. * * * * * Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho de ridculo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuencias fueron serias para m y han influido bastante en los ulteriores sucesos de mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tan presente como si ayer hubiera sido. El Barn de Castell-Bourdac es el personaje ms inverosmil y complejo de cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes, sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par que rebajan el concepto que de l formamos; pero cuantos le conocen y tratan y penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y de estimarle. La fantasa del Barn ha bordado su vida sencilla y honrada, desfigurndola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido a sobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Barn como personaje cmico, por la historia es siempre digno de respeto. No pretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de su nobleza. l cree, y esto me basta, que es nobilsimo. Apenas hubo Cruzada en que un Castell-Bourdac no figurase. La importancia de los Castell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la cada del antiguo rgimen en 1789. La revolucin los arruin. Y desde entonces hasta ahora la inflexible energa de sus opiniones legitimistas ha impedido que salgan de la obscuridad. Ni durante la Restauracin intervinieron en nada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes con las ideas nuevas. Aunque el Barn de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte la hacienda de su casa, posey por entonces bastantes bienes de fortuna, que hubieran podido servirle de sostn y aun de resorte para su elevacin en la poltica, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, y no acert a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente sus bienes y volver a quedarse pobre. Desde el ao de treinta en adelante, fue imposible que el Barn pusiese mano en los negocios pblicos. Si l hubiera querido ceder, humillarse, renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misin de sus antepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro y cuanto le hubiera dado la gana; l al menos as lo crea; pero como el Barn no haba querido ceder ni renegar, haba tenido que limitarse y resignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de sus rentas, que eran cortsimas. En este punto de la situacin econmica, ya no entra por nada la fantasa del Barn. La pura verdad acude en su abono y le concede justa alabanza. El Barn es un prodigio de arreglo y de economa. No disimula su pobreza, pero tampoco la deplora. En los crculos ms elegantes se presenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe. Por no tener vicio alguno, no fuma, y tambin porque el fumar le parece plebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonancia con el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo rgimen tal como l se le representa. El Barn no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que l le haya pedido dinero prestado. Cada da come en una casa distinta. Es muy buscado y est convidado a las mejores mesas, as por su divertida conversacin, como por su extraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes del deleite. El Barn pasa por el _gourmet_ ms delicado que hoy vive, paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites con otros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menor disimulo; pero, quizs sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y no hay quien le tilde de _pique-assiette_ o de parsito. Los cumpleaos, las bodas y otras festividades le ofrecen ocasin, que l aprovecha, de pagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinin, que creo fundada, el Barn es un modelo de cortesana. Slo han podido los maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se ha corregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantera, muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado. Conceden sus crticos censores que l, en su juventud, hizo brillantes conquistas y cautiv no pocos corazones indmitos y soberbios, pero aaden que hace ya ms de veinte aos que debe el Barn recogerse a buen vivir y reposarse sobre sus laureles. Mucho disto yo de seguir semejante parecer. Desde que conoc al Barn, trece o catorce aos ha, he opinado lo contrario. Hay belleza, elegancia y distincin para todas las edades, con tal de que no falten la salud y el aseo. Y como el Barn est saludable y es aseado y pulcro, yo le hall y le hallo siempre muy agradable persona y adems un hermoso viejo. Por otra parte, como el alma humana es inmortal, no hay vejez que valga contra ella, mientras no se destruyan o deterioren en extremo los aparatos y rganos que la ponen en relacin con el mundo y le sirven de medio para pensar y sentir y para expresar lo que piensa y siente mientras en el cuerpo est encerrada. Sea como sea, y a fin de que no digas que me quiebro de sutil, prescindir de ms aclaraciones, y te dir con llaneza que el Barn se prend de m y me hizo muy respetuosa y finamente la corte. Yo me lisonjeo de no haber tenido jams ciertos defectos que se atribuyen, as a los que llaman en Francia _parvenus_ como a los que en Espaa llaman cursis. Sin duda a la aparicin en m de estos defectos se ha opuesto el orgullo. No he anhelado ni buscado para darme tono el trato y la amistad de personas encumbradas por nacimiento, educacin y riqueza. Naturalmente me he encontrado yo y me encuentro tan distinguida como si hubiera nacido en la prpura y no me hubiera echado al mundo la Pascuala, sabe Dios en qu zahurda. No poda yo esperar, por consiguiente, que el influjo o el arrimo de sujetos aristocrticos viniese a prestarme como un reflejo de su valer. Crea yo y creo tener luz propia, digmoslo as, y que no la necesito prestada. No s si aplaudirs o censurars esta vanidad ma. Yo te confieso que la tengo para confesarte adems que el Barn me adul esta vanidad, sin artificio y por manera irresistible. El Barn procuraba demostrarme con evidencia, empleando para ello muy elocuentes palabras, que yo, sobre ser hermosa, posea tal majestad en el gesto, en los modales y en todo, que ms pareca una princesa o una emperatriz que una perdida plebeya, puesta casualmente en zancos por su enlace con un ricacho usurero. El arte y el ingenio con que el Barn iba insinuando en mi alma estas lisonjas me tenan cada vez ms hechizada. El Barn me comprende bien, pensaba yo, y cuando tan bien me comprende seal es, y prueba es clarsima, de la elevacin y de la agudeza de su entendimiento. As infundi el Barn en mi pecho la amistad ms acendrada hacia l. Hzose mi _cavaliere servente_, y yo me deleitaba y hasta me enorgulleca de que me acompaara y me sirviera. Con modesta timidez, que de su ancianidad se originaba, el Barn empez con suavsimo tiento y cautela a mostrarse enamorado de m, pero sin persistir en sus manifestaciones para no cansarme, refrenando su vehemencia para evitar mi enojo, y hacindolas, cuando las haca, como por un arranque involuntario y muy a despecho suyo. Quieres creer que con tal proceder el Barn me enterneci, y cautiv en cierto modo mi espritu? Mi estimacin y mi amistad se las tena ya ganadas por completo. Despus, poco a poco y al comps que l iba siendo ms atrevido y ms explcito, fueron despertndose en m aquellas ideas, pasiones o inclinaciones, pues no s cmo las llame, que siempre, a pesar del freno religioso y a falta del freno del orgullo y del decoro en este particular, han hecho de m lo que rudamente podemos llamar una mujer liviana, o ms bien han impedido que yo no quiera, ni pueda, ni logre nunca desechar de m la liviandad primitiva. Consider al Barn herido, y tuve piedad de l y pens en el blsamo que poda curarle. Mi generosa piedad fue aguijoneada por algo a modo de remordimientos. Me di a cavilar que con mis favores amistosos, aunque concedidos sin malicia, con mi dulce abandono cuando le tena a mi lado, con el mal disimulado placer con que yo oa sus requiebros, y hasta con mi rer y burlar cuando me hablaba de su cario, haba sido yo una desalmada coqueta, que haba robado la tranquilidad de aquel seor excelente y haba levantado en el mar pacfico de su ya fatigado corazn la ms deshecha borrasca. Casi o sin casi, me cre en la ineludible obligacin de apaciguarla para descargo de mi conciencia. En fin, y sin ms prembulos, en una tarde de invierno, a las cinco, hora en que suele tomarse el t, cit al Barn, como recientemente te tengo citado a ti, para que viniese a tomarle conmigo a solas. Mis jaquecas un tanto cuanto imaginarias han persistido siempre. Aquella tarde para todos tuve jaqueca menos para el Barn. Este acudi a la hora justa, lleno de gratitud, contento y ufana. Pareca remozado por virtud de una pocin mgica o por hechizos del amor. Entr, me salud y se lleg a m con la gracia, desenfado y ligereza de un pollo o _gomoso_, no de nuestro siglo decadente, sino de otras edades caballerescas en que fueron los hombres de temple ms recio y ms fino. Yo, con el pretexto de la jaqueca, estaba en el ms cuidadoso y esmerado _nglig_. Mi vestidura era una elegantsima bata de flexible seda. Pocas mujeres pueden hacer lo que yo hice entonces y puedo hacer y hago todava. Cuando el cors me enoja no le llevo, y nada, absolutamente nada, se humilla falto de sostn y baja de su sitio: todo permanece firme como el mrmol y el bronce. Perdona que entre en estas menudencias. Mi presuncin tiene alguna disculpa por lo no comunes que son las cualidades de que me jacto. Importa adems consignar esta circunstancia de mi _toilette_ para que se entienda lo que ocurri en seguida. No estara bien que yo paso a paso te lo refiriese todo. Baste decir que pronto not, en medio de las vivas muestras de cario que el Barn quera darme, no s qu disgusto, no s qu penoso rubor en su cara. Cre entender lo que aquello significaba y me apesadumbr por l. En esto se abri un poco mi bata y hubo de descubrirse mi garganta: no mucho ms que lo que en un baile o en una recepcin de etiqueta se deja ver al pblico. El sonrojo y la turbacin de mi amigo subieron entonces de punto. Pero qu imaginacin tan poderosa y tan socorrida la suya! Por dicha llevaba yo, pendiente del cuello en una cadenita de oro muy sutil, una pequea medalla de plata, representando la Virgen de Araceli, patrona de la ciudad de Lucena. Fij el Barn la vista en la medalla y la tom entre sus dedos, para examinarla mejor. --De dnde procede esta medalla?--pregunt con curiosidad tal, que pareca embargar su espritu y distraerle de los otros objetos. --Es el nico recuerdo que conservo de mi madre, contest yo, como era la verdad. --Y cmo se llamaba tu madre? --Pascuala, le dije. --Oh inescrutables designios del cielo!, exclam el Barn, arrancando de su pecho un hondo suspiro que se dira que le desahogaba. --Qu pasa?--pregunt yo imaginando que el Barn iba a desmayarse. --Esa medalla, dijo el Barn, se la di yo a tu madre cuando estuve en Andaluca hace cuarenta y pico de aos. Entonces... fuimos muy amigos... no me comprendes? Me entr al or esta pregunta tan feroz gana de rer, que a duras penas pude contenerme, temerosa de que el Barn se ofendiera. --Ah!, s, te comprendo, dije al cabo, y di rienda suelta a mi alegra, riendo ya sin temor. --Hija del alma!--dijo el Barn con tan profundo acento y con tantas apariencias de estar convencido, que sin duda empez desde aquel punto a dar por cierto y por evidente lo que de improviso haba imaginado. Ello es que ambos salimos muy agradablemente de aquel a modo de apuro, trocndose de sbito nuestra amistad y nuestro conato de amor anacrnico en el santo y puro afecto de un padre y de una hija. --Padre mo!--dije yo y ech al Barn los brazos al cuello. Despus de esta dulcsima expansin, llam a _Madame_ Duval para que nos hiciese compaa. Con el debido sigilo le revel nuestro parentesco, de que ella se maravill y holg mucho. Luego charlamos los tres a cntaros. Con lo ameno de la conversacin se nos olvid tomar el t y lleg la hora de la comida. La imprevista anagnrisis, como el Barn la llamaba, fue solemnizada con un exquisito _petit diner fin_ en que se luci mi cocinera, _cordon bleu_ de primera fuerza, y brindamos los tres a la persistencia del santo lazo recin descubierto y reanudado, primero con _Chateau Iquem_, y a los postres con tintilla de Rota, mi casi paisana. No hubo _champagne_, porque ni el Barn ni yo gustamos de ese vino, con algn pesar de _Madame_ Duval, que gusta de l ms que de nada. Mi pobrecita hija Luca, que apenas contaba entonces siete aos, inocente como un ngel, luminosa, bella y serena como el lucero del alba, fue la cuarta persona que estuvo en la mesa y comi con nosotros. Con ojos algo espantados y sin comprender nada, se alegr de hallarse repentinamente con un abuelito, y ms aun cuando el Barn, que es bueno e ingenioso y muy a propsito para divertir a los nios, le cont tres o cuatro cuentos fantsticos e infantiles, y le hizo varios juegos de prestidigitacin con no escasa maestra. Admirable es el encadenamiento de las cosas, y cmo de ciertas causas nacen a veces los efectos ms imprevistos. Quin hubiera podido imaginar que del descubrimiento de mi padre y de su aparicin algo cmica, haban de resultar tan serias modificaciones y hasta cambios en la direccin de mi vida? Sin embargo, as aconteci. Lo que para salir de su atolladero invent de sbito el Barn y yo acept con risa, hallndolo disparatadamente gracioso, l y yo lo fuimos tomando ms por lo serio cada da, y por virtud de nuestra voluntad atamos nuestras almas con lazo tan limpio y tan fuerte como si l fuese en realidad mi padre y yo su hija. De esta ficcin, que apenas ya me lo pareca, brot en mi espritu un sentimiento jams experimentado por m: algo de ms fervoroso que la amistad; algo en que no entraba por nada el vehemente anhelo de los sentidos y algo que no era tampoco eso que llaman amor platnico y puro. Este sentimiento lleg a ser ms puro y ms grave que el amor platnico. Olvidada yo de que naca de una mentira, le vi nacer en m con sorpresa y deleite, y le cuid con esmero para que creciese y floreciese. Yo no niego ni afirmo la existencia de lo que llaman amor platnico; pero, si existe, hallo en l, mientras vivimos esta vida mortal y tenemos el alma en el cuerpo, y cuando son los que se aman mujer y hombre, un no s qu de incompleto y aun de monstruoso. No es, en verdad, amor, ni merece tan santo nombre, lo que yo he sentido y conocido desde la bajeza impura en que nac hasta el da de hoy. Slo es amor, cumplido y entero, el que yo columbr remotamente entre los brazos de Juan Maury, y que por mi indignidad o por mi desgracia no pude alcanzar nunca. Del amor cumplido y entero, exclusivo y honrado desist desde entonces, considerndole para m imposible. El lazo afectuoso que hace aos al Barn me une, no es amor ni amistad, porque es ms apretado lazo que el que ata a los amigos, y porque es ms espiritual y cae menos bajo el influjo de los sentidos que el amor ms platnico y ms puro. Yo he ledo y aprendido mucho en estos ltimos aos. Pocos escritos me han encantado ms, como divino ensueo potico, que las ltimas ureas pginas del libro de Baltasar Castiglione, titulado _El Cortesano_. All explica el ingenioso, sutil y elocuente Pedro Bembo cmo se complace y cunto goza el amante en la contemplacin de la mujer amada, vindola, oyndola y hasta mereciendo de ella ciertos delicados e inocentes favores, entre los cuales pone el de abandonar por largo rato en las manos de l las manos de ella, y hasta el de dar y recibir, con mero contentamiento espiritual y sin sensualidad alguna, besos en la boca, a fin de que all acudan las almas y se unan y compenetren, como cuentan que le sucedi a Platn con su amiga, que hubo de ser la linda Arqueanasa. Sin duda que esto es muy bonito, pero no veo yo cmo ha de ser el medio para encumbrarse a la contemplacin, primero de la belleza universal, donde se encierran y cifran todas las bellezas individuales, y despus a la eterna y perenne fuente de la belleza creada e increada, en cuyas llamas arda nuestro espritu como ardi Alcides en la cumbre del monte Oeta, y por cuyo fuego seamos arrebatados al empreo como Enoch y Elas. Repito que todo esto me parece muy bien para ledo en el libro que he citado, pero no en la prctica. Por eso doy gracias al cielo de que el Barn haya inventado tan a tiempo su paternidad. Dios me preserve de que l, por la contemplacin esttica de mi hermosura, y de que yo, prodigndole los referidos favores, aspiremos tambin a remontarnos al empreo. Ms fcil sera resbalar por este camino y caer en inmundicia, que subir, purificados y gloriosos, como el solitario del Carmelo, en el ardiente carro. En suma, lo excelente que tuvieron mis relaciones con el Barn desde que se convirti en mi padre, fue lo neutral, lo apacible, lo manso y lo sin sexo ni siquiera platnico, con que se sealaron. El Barn casi dej de admirarme como hermosa, a fin de quererme, de atenderme y de servirme como buena. * * * * * No soy yo alegre y regocijada por mera y espontnea energa de mi espritu. Lo he sido y lo soy tambin porque me impongo, porque me decreto la alegra. Las cosas no pueden estar mejor de lo que estn. Me parecera ingratitud para con Dios, si yo me quejase. Desde lo ms hondo de la abyeccin impura he logrado elevarme a una esfera brillante y relativamente limpia. Soy rica, libre, respetada, a pesar de mis extravos, y considerada y atendida en cierta sociedad, que tendr sus mculas, pero a la que algn respeto se concede. Claro est que yo, aspirando siempre a lo ms perfecto, ora supongo que hay, ora si no hay, gustara de que hubiese, una sociedad ms escogida, elegante y honrada, un crculo de gente ms selecta, dentro del cual fuese yo digna de colocarme. Pero jams me conformara yo a ser recibida en ese crculo por indulgente piedad; a que ese crculo descendiese de su nivel para recibirme, a que entendiesen los que viven en l que con su trato me purificaban o me realzaban. Para esto prefiero estar donde estoy, y aun me resignara a estar mucho ms abajo. Completa es, por lo tanto, mi conformidad con mi posicin y con mi suerte. Tengo adems grandes motivos de satisfaccin y contento. Mi salud es inmejorable y mi mocedad se dira que no acaba. Para qu he de fingir modestia contigo? Me encuentro ahora ms bella, ms lozana, que cuando nos veamos en el _Retiro de Camoens_. Imagname entonces como mata de azalea sin flor an y toda verde, e imagname ahora como la misma planta con toda la pompa y las galas de sus abiertas flores. Aduladora es mi _mucamba_, que sigue siempre llamndome su nia; pero no creo que me adula cuando salgo del bao y me enjuga y me mira con agradable pasmo, y suele decirme: --Ay, nia, nia!, cada da ests ms hermosa. Bienaventurado el que as te vea! Lo que es yo me miro tambin con complacencia en grandes y opuestos espejos y me siento en perfecta consonancia con el parecer de Petronila. Te lo confesar todo: cuando Petronila me deja sola, incurro en una puerilidad que no s decidir si es inocente o viciosa. Slo s que es acto meramente contemplativo; que es desinteresada admiracin de la belleza; No es grosera sensual, sino platonismo esttico lo que hago. Imito a Narciso; y sobre el haz fra del espejo aplico los labios y beso mi imagen. Esto s que es platonismo, me digo entonces. Esto es el amor de la hermosura por la hermosura: la expresin del cario y del afecto hacia lo que Dios hizo manifestada en un beso candoroso que en el vano e incorpreo reflejo se estampa. Ya ves t que te hablo hasta de mi sencilla fatuidad y que te declaro todas mis venturas. Bien es que sepas tambin lo que durante mucho tiempo he procurado ocultarme a m misma, lo que yo veo distintamente con susto y con pena y lo que me duele confesarte. Como si de un lago tranquilo surgiese de repente un monstruo, como si en una pradera cubierta de olorosas hierbas y flores viese yo bullir, por bajo de ellas, multitud de escorpiones y de vboras, as, en medio de mis alegras y placeres, surge a menudo, desde hace tiempo y desde lo ms intrnseco de mi ser, un desconsuelo, una melancola, una amargura que me esfuerzo por ahogar o remediar y no lo consigo. No es hasto: yo no estoy ni fatigada ni hastiada. No es desilusin: las ilusiones, si alguna vez las he tenido, jams me han contentado con su falacia y antes he celebrado que deplorado el perderlas. La causa de mi mal es mi ambicin trascendente; mi empeo de ir en busca de un ideal para m inasequible; el vano propsito de borrar de mi ser las indelebles manchas, con cuyo germen al menos nac manchada. Este mal, que en m no tiene cura ni remedio, quise curarle y remediarle yo en otro ser amado, que me pertenece, que ha nacido de mis entraas. Mi propsito de educar altamente a mi hija fue corroborndose cada vez ms. De l hice el ms noble fin de mi vida. Luca, si mi deseo se realizaba, haba de ser limpio dechado de castidad, de pureza y de cuantas excelencias y virtudes pueden sublimar y glorificar a un alma humana en esta baja tierra. Prev un peligro, prev para m el ms enorme de los infortunios, pero arrostr el peligro con valor porque sobre todo prevaleca mi afn de que ella fuese perfecta, inmaculada, tan hermosa como yo de cuerpo y mil y mil veces ms hermosa de alma; conseguido esto, me senta yo con fortaleza bastante para sufrir que ella, desde la elevacin moral en que iba a verse, tuviera harto involuntariamente que despreciarme y que avergonzarse de m. Movida yo por esta pasin, tuve por principal empleo hasta que Luca cumpli doce aos, el cultivar su corazn y su mente con el ms activo desvelo. Yo misma, ocultndole con recato cuidadoso cuanto yo pensaba y saba de malo, la instru en todo lo bueno y santo que mi alma haba conservado o aprendido. Mi fe religiosa, profunda en mi mocedad y consuelo en mi abyeccin de entonces, o haba sido combatida por dudas o se haba bastardeado, combinndose con ideas filosficas que tal vez quebrantaban su entereza con el pretexto de ensanchar un estrecho molde donde imaginaban que su grandeza no tena cabida. As es que busqu y hall a un virtuoso e ilustrado sacerdote que completase la educacin moral y religiosa de Luca sin inficionarla con los elementos heterodoxos con que mi fe se haba pervertido. No acierto a ponderarte el miedo que tena yo de que Luca descubriese mi indignidad; el recato con que viv para que no comprendiese ella o para que tardase en comprender mis faltas y pecados, y cunto vigil para que ningn pensamiento impuro penetrase en la mente de ella; y, lo que es imposible cuando un ser humano es inteligente, para perpetuar en su espritu la ignorancia de lo malo y de lo vicioso. Recelando yo que esta ignorancia de Luca se disipase y que ella abriese los ojos y me viese tal como soy, no me sosegu hasta que, haciendo un inmenso sacrificio en separarme de ella, la hice entrar, desde poco despus que cumpli doce aos, en el convento del Sagrado Corazn de Jess, donde permaneci hasta los diecisiete. * * * * * Muchas veces sala mi hija del convento y vena a pasar algunos das conmigo. Con ms frecuencia iba yo al convento a visitarla y a hablar con ella. Mi amor y mi vanidad de madre estaban cada da ms lisonjeados. Luca iba creciendo en hermosura y en natural elegancia. Algo haba en ella de parecido a m, pero se pareca mucho ms a su padre. No envidiosa sino encantada notaba yo que haba en todo su ser corporal algo de ms aristocrtico que en el mo. Era adems blanca y rubia, mientras que yo soy pelinegra y triguea. Mis ojos son verdi-oscuros; los suyos azules como el cielo. Yo soy alta y esbelta: ella es ms esbelta y ms alta que yo, aunque igualmente bien proporcionada. Para que comprendas bien la diferencia que hay entre nosotras, te dir, aunque peque yo de presumida, que mi estampa retrae al pensamiento la de una diosa del gentilismo, y la suya la de una _madonna_ de antes de Rafael. Las caricias y las alabanzas, que yo le prodigaba, eran siempre tiernamente recibidas y pagadas por ella. Haba, sin embargo, entre nosotras no poco que limitaba la expansin. No me atreva yo a hablarle de ciertos puntos. Le deca que era su madre, pero no le deca de qu suerte era su madre, como deseando que lo ignorara. Y salvo en lo indiferente y en las relaciones entre ella y yo desde que naci ella, pona yo en toda mi vida, cuando con ella hablaba, un sigilo harto embarazoso. Intenciones tuve a veces de confesarme con ella: de decirle mis faltas para que ella las perdonase. Pero pronto un orgullo, en mi sentir bien entendido, me haca desechar aquella tentacin. Era preferible que ella supiese por otras personas quin yo era y no que lo supiese por m misma. Yo no me podra resistir al deseo de justificarme o al menos de disculparme; y de aqu podran originarse dos casos que igualmente me horrorizaban. O bien que, al disculparme yo, ella aceptase como buena y como plausible mi disculpa, y entonces la elevacin de su moralidad se relajara, siendo yo su maestra y su iniciadora en liviandades; o bien que ella, con severo criterio, all en el centro de su alma y aunque no me lo dijese, rechazara mis disculpas, y tal vez sospechara, a pesar suyo, que yo le daba lecciones infames, y que, acaso sin querer, pero arrastrada por mis instintos perversos, ansiaba rebajarla a mi nivel, aunque slo fuese para que ella mejor me amase. Tales cavilaciones fueron la causa de mi silencio. Por mi desdicha, es absurdo imaginar que una virgen, una santa, una criatura inmaculada y pursima, si no es tonta, permanezca siempre a obscuras y con los ojos del alma completamente cerrados para todo cuanto hay en el mundo que no es honesto. La honestidad, la castidad y hasta la inocencia ms columbina, consisten en abominar de lo malo y no en ignorarlo del todo, como si no existiera. Luca, pues, austera, virtuosa y sin ningn pensamiento feo, y sin ninguna imagen impura que enturbiase el claro espejo de su conciencia, reflejndose en l, no pudo menos de saber al cabo y supo del mal, y fue conociendo poco a poco todo cuanto de este mal en m haba. Callndome siempre, pero con mirada escrutadora, procuraba yo, con curiosidad irresistible, penetrar en el centro de su alma, y ver el progreso que iba haciendo all el conocimiento del mal y los estragos y la ruina que este conocimiento haca en el buen concepto que ella de m tena formado. Grandsimo pesar me causaba lo que acabo de querer explicarte. El amor maternal, no obstante, y casi tanto como el amor maternal uno a modo de orgullo de artista que se deleita en su obra, siempre me impidieron desear, en el juicio de Luca, la menor indulgencia que implicase relajacin o quebranto en la ley por cuya virtud su espritu haba de dictar un fallo. Ya se entiende que todo esto lo vea o lo crea ver yo como si mi mirada penetrase en los ms abismados pensamientos de mi hija. Lo que es ella, nunca dejaba de mostrarse tan cariosa conmigo como con ella yo, y tan respetuosa como la hija ms cristianamente educada. Despus de nuestros deberes para con Dios, los mandamientos de su ley ordenan que respetemos y honremos a nuestros padres. Cmo hubiera podido Luca faltar nunca en lo ms mnimo a este mandamiento? Ella, adems, me amaba y me ama, porque ha nacido de mis entraas y porque es mi sangre y porque recuerda y agradece mis mimos, mi ternura, el esmero con que la he criado, y hasta esa misma elevacin moral y religiosa a que he procurado elevarla, quedndome yo tan lejos y tan por bajo de ella. * * * * * Jams he tenido la tentacin de destruir mi obra; de hacer que Luca baje hasta m desde la altura en que la he puesto. Pero, a veces me pregunto: no fue delirio ponerla en esa altura? A este propsito recordaba yo ciertas palabras de una dama andaluza que conoc un verano en Biarritz cuando Luca no contaba an sino ocho aos de edad. Tena esta dama una hija de la misma edad que Luca. Las nias se conocieron y jugaron juntas en el _Port Vieux_. Y por esto, y por ser espaolas ambas madres, y por lo franco y fcil del trato en los lugares de baos, trab yo cierta amistad con la madre de la nia, que se llamaba la seora de Bentez. Su marido, D. Ambrosio, era un personaje poltico de cuarta o quinta magnitud, si bien con esperanzas ms o menos fundadas de llegar a serlo de primera, ya que posea notable desenfado, gran facilidad de palabra y otras brillantes prendas. Por lo pronto, D. Ambrosio estaba como parado, por no decir extraviado en su carrera. O por haberse comprometido en conjuraciones y pronunciamientos, o sin necesidad y slo para contraer mritos y darse tono, gema en la emigracin. Verdad es que no era muy lastimero el gemido, porque cuando los suyos estuvieron en el poder, le haban enviado a Cuba de vista de una Aduana o no s bien con qu otro empleo en Hacienda. Al ao y medio cay su partido y le dejaron cesante, pero l no se haba dormido ni descuidado y haba aprovechado tan bien el tiempo, que pudo volver y volvi, con no despreciables ahorros. As poda esperar y esperaba sin sobrada angustia la vuelta al poder de su partido, para que le hiciese Director general, Ministro y quin sabe si Conde. Sus esperanzas eran grandes. Su mujer era quien no se las prometa tan felices. La seora de Bentez tena un carcter apocado y siempre pronosticaba males y no bienes. Ella era lo contrario de D. Ambrosio, que vea el porvenir de color de rosa y que soaba con todos los refinamientos y primores del lujo y de la distincin suprema. La seora de Bentez, a pesar de lo ttrica que era en el pronosticar, tena mil excelentes cualidades. Desde que, siendo estudiante D. Ambrosio y ella hija de la pupilera en cuya casa D. Ambrosio se hospedaba, ambos se amaron y se casaron, haba sido fiel, sufrida y hacendosa compaera de aquel hombre, gobernando la casa y cuidando de todo con ordenada economa y dando a D. Ambrosio, sin molestarle ni ofender su orgullo, los ms juiciosos consejos. Ella se esforzaba, sobre todo, en esfumar los ensueos de grandeza de su marido, y en procurar que ste no viniese a ser un Faetonte del _chic_, y acabase por caer despeado. En el invierno que sigui al verano y al otoo en que los conoc, vinieron a Pars ambos esposos a pasar una corta temporada. A ellos y a su nia los obsequi cuanto pude. Un da en que estaban los tres comiendo a mi mesa, mi cocinera estuvo inspirada. Don Ambrosio, que era francote a pesar de su vanidad, se entusiasm con todos los platos que se sirvieron, y singularmente con un _chaud-froid_ de _ortolans_, que en realidad fue una obra maestra. Mas oh, desgracia!, la nia del Sr. Bentez comi muy poco de todo. Lo que es el _chaud-froid_, por culpa de la gelatina que le envolva y por lo fro que estaba, le dio mucho asco y no consinti en llevrsele a la boca. Don Ambrosio perdi con esto los estribos; no acert a contenerse y deplor en mi presencia con acerbas frases la ingnita ordinariez de su hija, que no gustaba sino de alborona, chanfaina, pepitoria y sobrehsa de bacalao. Herido con esto el orgullo maternal de la seora de Bentez, habl con elocuencia y refut el parecer de su marido, dicindole para concluir: --Pues debieras dar gracias a Dios y no lamentarte de que sea as tu hija, porque tal vez se quede para vestir santos, o bien se case con algn pobretn que, en vez de darle a comer pajaritos sin hueso y rellenos de trufas, tenga que alimentarla, y gracias, con esos guisotes que t desdeas, aunque con ellos te has alimentado y bien robusto te has criado. Ya comprenders t de qu manera aplicaba yo este caso a Luca y a m. Y, sin embargo, aunque me pareca atinado y juicioso lo que con relacin al refinamiento material deca la seora de Bentez, yo segua hallndolo vil y grosero aplicado al refinamiento del alma. Lo que es en esto persista yo y me aferraba en ser ms exquisita que D. Ambrosio. * * * * * Mi entendimiento vacila, cambia y duda mucho. Suele mirar las cosas por diversos lados, y segn el lado por donde las mira, las ve con aspecto distinto. Me inclino a creer que a todo el mundo le sucede lo mismo. La diferencia est en que yo lo confieso, y son raras las personas que lo confiesan. Digo esto porque hasta en los momentos de mi mayor entusiasmo por la sublimidad moral y religiosa de Luca, asaltaban mi mente no pocas consideraciones que propendan a echar por tierra el entusiasmo mencionado. Siempre me figuraba yo como legtimo y bueno el andamio, la escala, la a modo de Torre de Babel que el alma construye a veces para encaramarse por ella y subir al cielo de su ideal ms alto; pero importa que esta torre, andamio o lo que sea se construya sobre firme y slido cimiento de sentido comn. De lo contrario, es casi seguro que cuando ya est muy alta la torre y nos complazcamos y ufanemos en contemplarla, se cuartee por culpa de la base y acabe por hundirse lastimosamente en el ancho foso de tontera que la rodea. As pensaba yo y as me atormentaba al penetrar cada vez ms en la mente de Luca y al recelar que en la direccin que yo haba dado al vuelo de su espritu, haba acaso falta de tino. Pues qu, no poda ella ser todo lo santa que quisiese sin avergonzarse de m, aunque fuese de un modo involuntario? Si ella se hubiese criado en el abandono en que yo me cri, hubiera sido ms que yo virtuosa y honrada? En el abismo de mi alma ocultaba yo mis cavilaciones. No hallaba trminos con que declarrselas a Luca, ni con qu darle al menos leve indicio de ellas. Ignoro hasta qu hondura penetrara Luca en mi conciencia y leera lo que all pasaba. Lo que s es que yo lea en la conciencia de ella como en un libro abierto, donde las sanas doctrinas del ilustrado sacerdote que la haba educado, y las no menos sanas de las benditas madres del convento haban venido a combinarse con los rumores del mundo y con las malvolas insinuaciones de las compaeras de colegio a quienes la envidia mova, y haban formado un amargo conjunto que menoscababa el respeto y que acibaraba y aun emponzoaba el amor de la hija a la madre. Sin duda en la mente de Luca haba llegado a formarse un concepto de m harto peor que el merecido. Ella hubo de creerse hija de un padre hasta de m misma ignorado. No creas t por lo que aqu manifiesto que Luca me mostrase el menor desvo. Antes era cada vez para m ms entraablemente afectuosa. Por gratitud, por deber y por natural inclinacin Luca me amaba. Modelo de cristiana humildad para con Dios, Luca era tan orgullosa o ms orgullosa que yo en sus relaciones con el prjimo, salvo que mi vileza primitiva haba cortado las alas de mi orgullo y su orgullo tena alas, aunque estaba herido por mi culpa y por mi vergenza. Una tristeza dulce y al parecer sin causa se pintaba en su rostro desde que sali del convento. La llev a paseos y tertulias, la vest y la adorn con los ms elegantes trajes de moda, y procur distraerla y alegrarla, pero todo fue en balde. Ella me confes al cabo que tena la ms decidida vocacin de abandonar el mundo y de entrar en el claustro. Intiles fueron todas mis amonestaciones en contra; intil la pintura que reiteradamente le hice de un porvenir brillante, honrado y tan dichoso y tan digno cuanto en este bajo mundo es posible. Por qu no haba ella de inspirar a un hombre y de sentir por un hombre que la mereciese el nico y persistente amor que al pie de los altares se purifica y que un sacramento religioso ennoblece y ensalza? Todo por mi parte fue empeo vano. Luca persisti en no ser esposa sino de Cristo, y fue tan resuelto su propsito que no pude atajar los primeros pasos que quiso dar para lograrle, y, harto a despecho mo, hube de consentir en que se volviese al convento. * * * * * Sobre lo que tengo que contarte ahora, voy a pasar con rapidez como sobre ascuas. Aun as me quemar la sangre el recordarlo. Por amor, por devocin a mi hija, conceb un proyecto tan sentimental como descabellado. A fin de realizarle me expuse a la ms dura de las humillaciones. Mi efmero amante, el joven Secretario de la Legacin inglesa en Ro de Janeiro, no era ya Master John, era _Sir_ John. Se haba transformado en un seor respetabilsimo de cuyas circunstancias haba yo tomado exactos informes. Era un personaje rico, notable e influyente en la poltica de su patria. Bien poda afirmarse que dominaba fuera de su casa y que dentro de ella estaba dominado. Trece aos haca que haba contrado matrimonio con una noble _Lady_, bella, muy aristocrtica y tan dotada de virtudes como de soberbia. Juan Maury tena de esta mujer tres hijos legtimos; y, segn me contaron, si a ellos los amaba como padre, a ella la obedeca y la acataba como rendido adorador a una diosa. All en mis adentros, all en lo ms hondo y oculto de mi corazn, an descubra yo rastros del verdadero amor que, por nica vez en mi vida y evocado por Juan Maury, haba pasado por mi alma, tocndola con sus alas e iluminndola toda. Juan Maury nunca lo supo, ni lo presumi siquiera. Durante el corto tiempo que me posey me tuvo por una mujer galante: muy agradable, muy divertida, y nada ms. Para l aquellos nuestros amores no fueron ms que amoros. Cmo pues me atrev a considerar posible que Juan Maury, dieciocho o diecinueve aos despus, haba de llegar a saber que haba tenido de m una hija y haba de estar tan seguro de ello que se allanase a reconocerla? Sin embargo, fue tan grande mi deseo de que mi hija supiese quin era su padre y de que l declarase que lo era, que yo venc mi repugnancia, humill mi soberbia y acud a Juan Maury con mi pretensin. Le escrib varias cartas a las que no se dign contestar, y yo sufr y devor su desprecio. Apel entonces al confesor de mi hija, le puse en el secreto de todo y le di la comisin de ir a Inglaterra, de buscar a Juan Maury, de hablar con l, de reiterarle mi pretensin y de exponerle mis planes. Mi hija era suya, y yo lo juraba por lo ms sagrado. No necesitaba de la hacienda de l. Yo era bastante rica y estaba dispuesta a dar desde luego ms de la mitad de la ma y el resto a mi muerte. Yo me conformaba asimismo con renegar de mi maternidad o con ocultarla, para que Juan Maury buscase y fingiese, para su hija, al reconocerla por tal, ms decorosa madre que yo, y no casada sino soltera. Yo me comprometa, si era necesario, a no volver a ver a mi hija para no contaminarla con mi contacto. A ella, si Juan Maury no quera tenerla en su casa, la podra tener bajo la custodia y autoridad de una ilustre y anciana parienta suya, viuda y sin hijos, y de quien saba yo que le amaba en extremo. De la virtud, de la limpieza y santidad de costumbres y del recato de Luca fcil era que pudiese informarse Juan Maury. De su hermosura, de su distincin y de su talento, l mismo poda juzgar, viniendo a visitarla en el convento en que ella estaba. Tal vez (en mi concepto casi de seguro) notara l vindola, por los rasgos de su fisonoma y por todo su aspecto, que era ella de su casta y de su sangre. Qu recelo, qu temor poda impedir a Juan Maury confesar a su mujer una culpa suya cometida cuatro o cinco aos antes de su casamiento, e impetrar su beneplcito para expiar en parte dicha culpa reconociendo por hija y dando su nombre a la que de la culpa haba nacido? Ni los bienes de fortuna de Juan Maury sufriran con esto menoscabo, porque Luca era rica de por s y nunca le sera gravosa. Pero Juan Maury era ms egosta de lo que yo haba imaginado. Era adems tan gurrumino que tena ms miedo de su mujer que de una espada desnuda; y _Lady_ Maury era quizs la ms severa, la ms entonada, la ms en sus puntos y la ms enemiga de lo escandaloso e incorrecto de cuantas _Ladies_ vestan y calzaban a la sazn en todo el Reino Unido de la Gran Bretaa. Por otra parte, yo soy muy imparcial, y cuando hay disculpa, la hallo aunque sea contra m. Mi pretensin pecaba de extempornea, era harto sospechosa y careca de documentos fehacientes en que fundarse. Mi orgullo maternal y mi altivo menosprecio de las consideraciones y respetos sociales, en poca en que estaba yo ms sobre m y muy engreda, me haban inducido a ser imprevisora y a no desear ni buscar con oportunidad mayor el reconocimiento de mi hija por quien evidentemente era su padre. Mi empeo fue ya tardo. A fuerza de gestiones mi embajador clrigo consigui ver en secreto a Juan Maury y exponerle el objeto de su embajada; pero Juan Maury, lleno de desconfianza, le despidi sin hacerle caso. Todava, con humillante terquedad, persist yo en mis ruegos y escrib varias cartas a mi antiguo y descastado amante. El nico resultado que obtuve fue infundir en su nimo un miserable terror de que su _Lady_ sorprendiese mi correspondencia a medias y pusiese el grito en el cielo. Para salvarse de tamaa calamidad, Juan Maury me envi como mensajero a un hombre de negocios de toda su confianza, quien, ms que a convenir en nada, vino a imponerme silencio. Aunque era ingls y no hablaba la lengua francesa muy de corrido, yo no he visto ni odo nunca a nadie ms fresco, circunspecto y reposado en su hablar, ni que acertase a decir mayores crudezas y enormidades, sin descomponerse y sin manifestar en la forma y combinacin de sus palabras nada de _shocking_ ni de feo. Traducido lo que me dijo en rudas frases era como sigue: que si Juan Maury, que haba sido guapo y muy querido de las damas, tuviese que aceptar un hijo por cada uno de los extravos o ligerezas de su primera juventud, se expondra a poder formar un batalln con su prole; que sus relaciones conmigo haban sido de lo ms ligeras, sin compromiso ninguno, y de duracin muy corta; y que l no tena ningn motivo justificado para afirmar con pleno convencimiento que durante dichas relaciones haba sido el nico, porque entonces haba tambin un marido legtimo, y haba adems dos rivales que con grave escndalo y por celos rieron en desafo, resultando muerto uno de ellos. En suma, el mensajero ingls me amonest para que abandonase mi empeo absurdo, del cual slo podra originarse la perturbacin de la paz domstica en el seno de una honrada y nobilsima familia. No he de negarte aqu que el discurso de aquel mensajero ingls me revolvi ferozmente la bilis: estuvo a punto de restaurar en m las bizarras de mis verdes aos y mis arrestos de chula. En mis manos, cuidadas ahora con el esmero de las manos de una princesa, sent bullir la comezn y el prurito de hartar a aquel ingls de bofetadas y de araazos. Pero su correccin, su calma y su serenidad impasible me contuvieron y lo aguant todo. Lo que s hice fue derribar con ira y hasta con asco el dolo de Juan Maury del altar que misteriosamente le haba yo erigido en el templo de mis recuerdos. Y aunque mis manos permanecieron ociosas e inertes, no le sucedi lo mismo a mi lengua. La esgrim como pual buido. Si no calent bien con mis manos la cara del ingls, con la lengua le calent las orejas. En contestacin de lo que l insinu acerca del nombre ilustre que anhelaba yo dar a mi hija, llegu a decir al ingls que ya prefera yo hacerla hija de un zapatero remendn a que fuese hija de su amo. En suma, yo me desahogu de veras y desped al ingls con cajas destempladas. Para siempre desech la esperanza y abandon el propsito de que mi hija tuviera padre en la tierra. Casi cre juiciosa la idea extravagante del sansimoniano Padre Enfantn de no conceder sino madres a los seres humanos y de suponerles un padre ideal para que imitasen mejor a Cristo. No era Luca de este parecer. No poco trasluci de los pasos que haba yo dado y del mal xito que haban tenido. Su amargura hubo de ser grande. La opinin que de m tena hubo tambin de malearse mucho. No dej por eso de mostrarme sino que extrem ms que antes su cario y su respeto hacia m; pero cada da ponder ms lo decidido y lo invencible de su vocacin. En balde fueron mis razonamientos y mis splicas para que Luca desistiera. Al fin tuve que ceder y que consentir. Hace ya ms de un ao que Luca tom el velo y se encerr para siempre en el claustro. Nada dira yo si creyese su determinacin enteramente nacida de fervor religioso; pero yo me atormentaba y an me atormento sospechando que la desesperada soberbia de mi hija y la lucha interior entre el respetuoso cario que me tena y me deba y el psimo concepto que de m formaba, la haban llevado a sacrificarse. Aun as la grandeza del sacrificio la ennobleca a mis ojos. Por orgullo haba desdeado la riqueza, las galas, los deleites y los triunfos que a pesar de la impureza de su origen, hubiera ella podido lograr en el mundo. Sin embargo, yo cavilo mucho y de vez en cuando hago suposiciones y consideraciones que rebajan el mrito de Luca y con las cuales tambin me culpo y miro mi desgracia como natural resultado de mi imprudente necedad. Me comparo entonces a cierto aprendiz de mago de una antigua leyenda, que se propuso evocar y llamar a s a un ser etreo, a una slfide, a una diosa beatificante, y equivoc las frmulas, los procedimientos y los conjuros, y suscit un vestiglo que cay sobre l, le derrib por tierra y le pisote el cuerpo y el alma. Mi propensin a rer y a burlar, aunque sea a costa ma, me induce en ocasiones a ver este asunto por el lado cmico, pero no sazono el acerbo chiste con sal y pimienta, sino con hiel y vinagre. La cualidad de _snob_, me digo, puede encumbrarse a un grado heroico. Para probarlo acude a mi memoria lo que ocurri a mis amigas la seora y las seoritas de Pinto. Vinieron a Pars, desde la provincia braslica de Minas Geraes, tres sobrinos de la madre, primos hermanos de las hijas. Se haban enriquecido cultivando una magnfica _fazenda_, pero eran ordinarios y medio salvajes y chapurreaban el francs por detestable estilo. Llevaban, adems, en el rostro el indeleble signo de su plebeyo e hbrido origen. Estaba patente en ellos la mezcla de la sangre europea con la del _caboclo_ y aun con la del negro. No puedes figurarte la consternacin que produjo en las de Pinto la llegada de estos seores. Para colmo de horror acertaron ellos a presentarse en casa de las de Pinto una tarde en que dichas seoras tenan un _five o'clock tea_, ms subido de punto que nunca por lo aristocrtico. All estaban el Barn de Castell-Bourdac, quien casi o sin casi es del _Faubourg_; dos prncipes rusos, descendiente uno de Gengiskan y otro de un compaero de Rurik; tres marqueses italianos; y una condesa polaca, de la clarsima estirpe de los Jaguelones. Tambin estaba yo, aunque plebeya, considerada como muy elegante. Qu hubiera sido del crdito de las de Pinto si llegan a entrar en la sala aquellos salvajes, tutendolas y abrazndolas como a primas? Por fortuna ellas acudieron a tiempo de evitar la catstrofe. Los Pintos exticos fueron introducidos y enchiquerados en un saln vaco. Pero cunto sobresalto, cunta angustia, divinos cielos! Aquellas seoras iban y venan por turno de un saln a otro para dar conversacin a los inoportunos y descomunales parientes. A m no pudieron menos de ponerme en el secreto y tambin me enviaron con disimulo a darles un poco de conversacin. En suma, para qu cansarte: las angustias y los apuros de las seoras de Pinto fueron inefables e innumerables durante cerca de dos meses que permanecieron sus parientes en la capital de Francia. Por dicha se marearon estos de or tanto ruido como hay en estas calles de Pars, de estropear la lengua de Voltaire y de que nadie les hiciera caso sino los que les sacaban el dinero. Se largaron, pues, no s dnde, y las de Pinto respiraron. Segura estoy de que si no llegan a irse, atribuladas y compungidas las de Pinto por una perpetua y abominable obsesin, las tres abandonan el mundo y se meten monjas. Valindome del recuerdo de este lance como trmino de comparacin, pugnaba yo por achicar en mi pensamiento la mstica heroicidad y el desprendimiento de Luca; pero mi obstinado amor hacia ella y mi juicio favorable a sus nobles prendas la amparaban contra la ridiculez que mi despecho quera lanzar sobre ella. Slo consegua yo mortificarme ms y desesperarme. A pesar de lo apacible y alegre de mi carcter durante toda mi vida, empec a sentir entonces, con enojosa persistencia, odio y desprecio hacia m misma y hacia la gente que me rodeaba y miedo de verme tan sola, sin haber obtenido nunca sino fugaces amistades y sin contar con persona alguna en quien poner mi confianza y mi profundo y verdadero afecto. Apenas tena yo ms amigos que el Barn; y yo no desconoca, por ms que estimase su fidelidad perruna y su devocin hacia m, cunto haba de cmico en todo ello. Las ganas de morir asediaron mi espritu con la contemplacin de tales miserias. * * * * * Para distraer mis penas, para aturdirme, me lanc entonces al mundo con mayor mpetu y frenes que nunca. Te confieso que llegu a sentir veleidades de conquistar cierta extraa clase de nombrada; de echar mi modestia a un lado y de obtener palma y corona en el certamen de la hermosura. No fue el sentido moral quien detuvo mis arranques e impidi que cayese yo en aquel precipicio: fue mi soberano desdn hacia el juicio y la estimacin de los hombres. Parodiando en mi pensamiento una sentencia evanglica, me deca yo que para cebar a los cerdos bastan afrecho y bellotas, y que es lstima arrojar perlas en la pocilga. Con todo, otro sentir menos soberbio y de purificante delicadeza agit por entonces mi pecho. Imagin posible todava, cuando no el amor verdadero, fiel, nico y sin mancha que pudiese unir mi ser con el de un hombre, un apacible y amoroso afecto que, sin poseer ya la vehemencia del amor juvenil, tuviese su limpieza, su persistente duracin y su fidelidad exclusiva. Pero dnde hallar este amigo, este amante, este esposo con quien yo an atrevidamente soaba? Cmo podra yo desprenderme de lo pasado para ser digna de ser suya? Y si de lo pasado no me desprenda, cmo enredarle en mi imaginado lazo sin rebajarle hasta mi nivel y sin hundirle en la abyeccin en que yo estaba? Mis alambicados pensamientos y el ensueo ideal que repentinamente, tarde y fuera de sazn, movan y embriagaban mi alma, la llenaban de desesperanza y de anhelo de muerte, aunque yo segua hallando hermoso el mundo, y rico en encantos, en curiosos misterios y en amena variedad de casos el esplndido tejido de la vida humana. * * * * * Deseo hacerte comprender las vacilaciones de mi espritu, y de qu suerte, con incesantes alternativas, paso de la tranquilidad apacible al dolor desesperado. Nunca enga, ni ofend, ni rob, ni her a nadie. En nada de esto pequ ni tengo de qu arrepentirme. En ocasiones, la fe perdida renace en m. Recuerdo y reconozco como mortales muchos pecados mos, pero confiando en la infinita misericordia de Dios, creo que me los perdona. Siento la contricin y yo misma me absuelvo. El remordimiento ya no me atosiga, pero hay un sentir poco cristiano, hay en mi ser un cruelsimo orgullo, que, ms que todo remordimiento, atormenta y mata. La humillacin y la vileza de mis primeros aos se representan en mi memoria y me cubren de oprobio. No hay penitencia, ni conjuro, ni sacramento, ni palabra mgica, diablica o divina, que borre ciertas manchas indelebles. La vergenza que inspiro a mi hija se vuelve contra m. La misma consideracin de mi riqueza, de mi material bienestar, de mi salud y de mi elegancia, se contrapone al estado de mi espritu y me impulsa a contemplarle con mayor espanto y repugnancia. Mi cuerpo est sano y hermoso, pero mi alma, cuando caen los recuerdos sobre ella, est como Job en el muladar. Imposible apartar de ella y raer la ponzoa de sus lceras, a no despojarla de una de sus principales potencias, a no privarla para siempre de la memoria. * * * * * Tal era el estado de mi alma cuando, despus de tanto tiempo, volv a verte en casa de las de Pinto. Te lo digo sin lisonja: me pareciste muy bien. Tu presencia y tu conversacin me confirmaron en la idea que he tenido siempre de que el hombre de naturaleza sana y robusta, si el vicio no le deprava, va creciendo en valer y como completndose hasta llegar a la edad de cincuenta aos, que es sobre poco ms o menos la que t debes de tener ahora. Hay en su aspecto, en su ademn y en todo l una majestad y un bro reposado que estn muy por cima de la intranquilidad y de la petulante inconsistencia de la primera juventud. En fin, para qu buscar aqu los motivos? Bstete saber que te encontr muy de mi gusto, y que aquella noche volv a casa harto imaginativa y soadora. Despus, a solas conmigo, se apacent mi espritu en los lejanos recuerdos que desde Lisboa guardaba yo de ti, profundamente sepultados, bajo otra multitud de recuerdos, all en los abismos de mi memoria. Y no contenta yo con exhumar recuerdos tan distantes, me complac en combinarlos, empleando para ello un arte sibartica, con las recientes impresiones que de ti haba recibido. Entonces los traviesos y regocijados amores que en mi seno dorman se despertaron en tumulto y se pusieron a tocar diana, como si saliese para ellos la aurora de un nuevo da, con cuyo anuncio queran levantar y alborozar mis sentidos y potencias. En mi pensamiento ya no poda yo estar ms rendida ni ser de nuevo ms tuya. Pens o imagin, no obstante, multitud de cosas que vinieron a complicar aquel sentir sencillo y alegre. Anhelaba yo y buscaba desde haca tiempo formar o estrechar vnculos de amistad con alguien que me comprendiese y en quien yo pudiese poner toda mi confianza y desahogar mi pecho. Tambin para este oficio te eleg en seguida, e impaciente y deseosa de que le ejercieras, empec aquella misma noche a escribir estas _confidencias_ que pronto leers. Al mismo tiempo, brot en mi mente otra aspiracin, otro propsito, apenas hasta entonces concebido por m, que mucho me turbaba y me inquietaba. No aspir ya al logro de fugaces deleites. Forj un raro y para m inverosmil cuento de amores; la unin apacible y duradera de dos voluntades humanas; algo de muy semejante a la historia de Filemn y Baucis. Por desgracia, la concepcin de este ltimo propsito cay con violencia sobre los propsitos anteriores, y pugn por desbaratarlos. No; aunque t lo quisieras, aunque movido t por amor vehementsimo, que yo con todas las energas de mi alma lograse inspirarte, te humillaras hasta el extremo de convertir el rpido capricho y el pasajero enlace en persistente unin, y aunque te complacieras en ser mi constante y nico compaero y en consagrarme tu vida, yo no podra ni debera aceptar el sacrificio, y aunque lo aceptara, no se conseguira mi objeto. Al hacerte t mo, completamente y para siempre mo, perderas el valer, el encanto y el mrito que me lleva a desearte como mo para siempre. Harto comprenders por lo que te indico los encontrados anhelos que combaten dentro de mi alma. No has de extraar, pues, que en medio de esta lucha, brote de lo hondo y como de la raz de mi existencia, en m que amo tanto el mundo y la vida, la imagen de la muerte, rica de hermosura y de poderosos atractivos, y trayendo en su mano paz y reposo. A menudo, independientemente del renovado y repentino afecto que me inspiras y de las otras consideraciones que dejo expuestas, me aflijo y me mortifico haciendo lamentables pronsticos. Yo, segn has podido entrever y pronto es probable que veas, he empleado tal fuerza de voluntad y me he esmerado con tal sabidura en cuidarme, que si mis ojos y el amor propio no me engaan, estoy como el sol que culmina en el meridiano; estoy, como nunca, lozana y bella. Pero esto mismo aumenta mi terror de una pronta cada. Me espanta descender con precipitacin del nico pedestal que me sostiene. Qu ser de m cuando sea yo vieja y fea? Qu me quedar de respetable y de digno y de simptico cuando vengan la vejez y las enfermedades y poco a poco me vayan destruyendo y matando? Hasta la distincin, hasta la traza de mujer elegante y hasta el seoro majestuoso que muchas personas hallan hoy y celebran en m, todo me abandonar para siempre. Ya lo he notado yo con espanto en no pocas mujeres de mi laya que han envejecido. Su aristocrtica distincin era formal y somera; no proceda de lo ntimo y de lo esencial, sino de la forma exterior y de los atavos que la engalanaban. Para mujeres tales, la vejez no llega sola, sino que viene acompaada de la vileza y de la ruindad en que nacieron y en que vivieron hasta envolverse en el alucinador artificio de que al fin la vejez las desnuda. Pensando en todo esto me amedrenta la vejez, de tal suerte, que deseo morir antes. * * * * * Vas a tenerme por presa de un delirio. No importa. Es menester que lo sepas, y te lo contar todo. Se acerca el da en que has de venir a esta casa; en que he de cumplirte lo ofrecido. A menudo lo deseo, ms todava que puedes t desearlo. Y sin condicin, sin promesa, sin seguridad de que dure mi dicha, me propongo gozar de ella con tan reconcentrada intensidad, que encierre y cifre yo siglos y siglos en pocas horas. Y con todo, aqu no puedo menos de hacerte la confesin que me apesadumbra por el temor de que te lastime. Tienes un rival que se interpone entre t y yo, y quiere y manda que yo no te cumpla lo ofrecido. Pretende guardarme para s; que a ti te desdee y que sea yo para l solo. De subidsimo precio son las joyas y dones con que l me brinda y trata de ganarme la voluntad. Con un beso suyo se jacta de infiltrar en mis venas llama sutil que las purifique. Su abrazo ser para m como crisol candente en que mi ser se funda, y en que el metal de que est forjado deseche las escorias y salga limpio como el oro. As ser digna de l, y l me har suya para siempre. El entregarme a l con rendido y confiado abandono ser la efusin de todo mi ser en lo infinito. l me traer completa hartura para mis anhelos de deleite, blsamo para mis dolores, y eterno olvido para todas mis penas. Cuando pose l su mano sobre mi frente, borrar de all el signo o la mancha que me desdora. En su regazo me dormir en largo sueo que disipar y ahuyentar de m para siempre todos los recuerdos vergonzosos de cuantas vilezas y ruindades me atormentan hoy. Prodigiosa es la hermosura de este rival que me solicita en tu dao. Su poder es inmenso. Imaginan las gentes que el Amor y la Muerte son hermanos. Yo me inclino ya a creer que el Genio de la muerte es el amor mismo. Morir es el supremo acto de amor que puede hacer toda criatura. La que se rinde y entrega enamorada a otra criatura mortal como ella, da su vida y su ser, pero limitadamente, con egosmo, con abnegacin fugitiva, recobrndose pronto y casi sin perderse ni por un instante. Pero el consorcio con el Genio de la muerte, que es el mismo amor, es eterno e indisoluble. La sustancia individual apenas tiene ya valer ni significado. Lo penetra y lo lleva todo, se diluye por la amplitud inmensa del ter y se prolonga en lo pasado y en lo venidero por el tiempo sin trmino que con la eternidad se confunde. Ya ves t cun seductor es el rival que tienes, rival que me persigue y a quien no quisiera yo dar los miserables restos de que la cansada vejez no me despoje; divinidad en cuyas aras no quisiera yo hacer ruin libacin, vertiendo las heces del cliz de mi vida, sino derramarle all, generosa y hasta prdiga, cuando an est lleno hasta la orla del filtro ardiente de pasiones y anhelos. * * * * * Es ms de media noche. Ha empezado el da de mi cumpleaos. Hoy vendrs a verme y yo debo recibirte. El empeo contra ti de tu rival prosigue con mpetu. Mi egosta amor de la vida, el terror que infunden lo desconocido, lo inmenso y lo obscuro que hay ms all, y todas mis aficiones a los materiales regalos y dulzuras, luchan en favor tuyo y me encadenan y tratan de retenerme cautiva para ti. Y por otra parte, mi imposible propsito de amor verdadero y nico en la tierra, de purificacin de culpas y de olvido de afrentas, me arrebata y pugna por echarme en brazos de la muerte. Hoy, como hace ya muchos aos, no repruebo yo ni censuro las obras divinas que en torno mo resplandecen y cuya imagen se graba en mi alma. Todo, sin duda, est ordenado, perfecto, hermoso hoy como antes y como siempre. No exhalo la menor queja. En m hay admiracin y agradecimiento. La providencia, la fortuna, lo que quiera que sea, me ha mimado y me ha acariciado en vez de herirme. Qu habr sido de cuantas en Cdiz y en Sevilla fueron las compaeras de mi primera mocedad? Muchas habrn muerto; otras gemirn an despreciadas y miserables en el hospital o en la reclusin de las delincuentes o de las arrepentidas, y otras se revolcarn en el lodo de las ms hondas y negras capas sociales. Cuntas gracias no me incumbe dar al cielo por la excepcional elevacin en que estoy! Nada de protesta por parte ma ni de acusacin contra l. Hasta el resultado de la santa educacin que he dado a mi hija y que me ha valido que ella, sin poderlo remediar, de m se avergence, me parece natural y justo. Si me voy, pues, del haz de la tierra, no ser por ira ni por enojo contra el cielo, ser por el ansia impaciente de buscar y de hallar el amor que en la tierra no hallo. Aos ha que esta sed de amor supremo acude a mi alma y me excita a buscarle fuera de la vida que hoy vivo. Pero antes haba un fuerte lazo que a esta vida me ligaba, y ahora est desatado. Luca me abandon para unirse con su esposo eterno. Por qu no he de volar yo tambin a unirme con mi eterno esposo? * * * * * Mil veces antes de ahora han surgido en mi alma pensamientos y deseos de muerte. En otro tiempo, la fe viva los sofocaba. Hoy, muerta la fe, an combate contra esos deseos y contra esos pensamientos mi natural discurso. Sin duda, me digo, existe una inteligencia soberana, presente en todo y que todo lo ordena y encamina a fin alto y dichoso. Don suyo es mi vida. Mi vida, hasta en medio de su vileza y de su insignificancia, tiene un objeto y concurre al orden natural de las cosas y al trmino y al desenlace de todas ellas prescritos en el plan divino. Despojarme yo de la vida sera rechazar con sacrlega soberbia el don que el cielo me ha otorgado: sera infringir monstruosamente la ley eterna y romper el orden natural con la energa de mi voluntad rebelde. No me disculpa el ansia de llegar al bien supremo. No debo ir a l violentamente: debo aguardar a que me llame. Soy impura, pero no es mi sangre, son mis lgrimas las que deben limpiar las impurezas de mi pecado. Hago mal en temer la vejez, la fealdad y las enfermedades que han de sobrevenirme. Hago mal en temer el abandono y el aislamiento en que voy a encontrarme y el desprecio con que me mirarn cuantos seres humanos me rodeen. De la soledad y del abismo de abyeccin en que yo caiga, mi alma podr levantarse hermosa y feliz si la resignacin la purifica. As, y no en virtud de un acto de feroz violencia, podr elevarme hasta lo infinito a que aspiro. De esta suerte discurro yo por momentos, pero no tardo en burlarme de mi discurso y en imaginarle nacido de mi cobarda: del msero egosmo, del ruin apego a todo mi ser material, que me hace preferir su pausada decadencia en medio del desdn y del olvido de mis semejantes a su desaparicin rpida y completa, que me lance de sbito en otro mundo mejor y perdurable y ms amplia vida. * * * * * Tiempo ha que adquir, a costa de mucho oro, la pocin libertadora. Contenida est en este lindsimo pomo que pongo sobre mi bufete. El sabio que me la vendi aseguraba que, sin dolor ninguno, en medio de un sueo delicioso, para con suavidad el movimiento del corazn y en las arterias y en las venas cuaja la sangre. La pocin est compuesta de ludano y del jugo calmante de varias flores y plantas. Tal vez hay en la pocin el refinado zumo de aquella hierba que gust Glauco y le convirti en Dios. An estoy vacilante, pero por momentos creo or lejana msica y voces suaves que desde una regin desconocida y llena de misterios me llaman, me atraen y promueven en m embriaguez y furor y apetito de ir a unirme con ellas. Adis. Me pesan los prpados y van a cerrarse mis ojos. An persisto en la indecisin; no s si beber del pomo y mis ojos quedarn cerrados para siempre. De todos modos, hoy, antes de las diez, recibirs y leers este libro. Conclusin El Vizconde de Goivoformoso le ley en efecto, sintiendo sucesivamente dudas, sorpresa, susto e indecible angustia. Tena por Rafaela cuanta estimacin, cuanta amistad y cuanto cario puede tener un gentil caballero por una mujer fcil y alegre, aunque por otra parte de corazn noble y leal y de muy buena pasta. Esperaba terminar una aventura amorosa, gratsima, bastante sentimental para que no fuese grosera, y lo menos trgica y lgubre de cuantas aventuras puede haber en el mundo. As es que el Vizconde pens, primero, que Rafaela quera embromarle con todo aquello, aunque la broma era harto pesada. Imagin luego que Rafaela se haba vuelto loca: que los desdenes msticos de su hija haban perturbado su razn. Tal vez pens tambin que la asidua lectura de libros malos e impos haba arrancado del alma de Rafaela las creencias cristianas que fueron su consuelo y la haba inducido a tan horrendas abominaciones. En extremo le pasm el deseo concebido y formulado por Rafaela de poner trmino y corona a la larga serie de sus livianos amores con un amor puro, fiel y constante. No quiso el Vizconde perder la esperanza. Aun aceptando como sinceramente sentido todo lo escrito por Rafaela, not su indecisin hasta lo ltimo, y se complaci en suponer que el amor de la vida y del mundo haba triunfado al fin, y que Rafaela le aguardaba, viva, lozana y amorosa. Dada esta suposicin, l se prometa quitarle de la cabeza los romanticismos funestos y los ideales absurdos. --Dicen--exclamaba atribulado el Vizconde--que nuestro siglo carece de ideal. Las personas que presumen de poticas y delicadas deploran mucho esta carencia. Puede imaginarse mayor majadera? Al contrario: en nuestro siglo hay plaga de ideales. Son una epidemia, casi estoy por llamarlos una epizootia, causa de mil infortunios, guerras, revoluciones y muertes. Todo esto y mucho ms lo discurra el Vizconde, sin sosiego, casi temblando de emocin, tomando a escape el sombrero, bajando precipitadamente las escaleras y entrando en el primer _fiacre_ que vio pasar para que le llevase a todo correr, y mucho antes de la hora convenida, en casa de la Sra. de Figueredo. Todava en el camino, aunque le hizo el caballo a todo correr, pugn el Vizconde por fortalecer su espritu y por creer que lo que haba ledo no poda tener mal resultado y era slo conjunto de burlas o de declamaciones, inventado por Rafaela para lucirse y hacer gala de las muchsimas cosas que haba aprendido durante su larga estancia en Pars y de lo acicalado y agudo que haba llegado a ponerse su ingenio. --Me va a recibir con risa. Va a soltar una sonora carcajada al ver mi inquietud. Es evidente... ella me ha enviado el libro para que yo acuda a la cita algunas horas antes... impaciente de verme... deseosa de que pasemos todo el da en amor y compaa. Fueron, no obstante, intiles todos estos discursos del Vizconde. No consigui tranquilizarse. Subi de dos en dos los escalones de la casa de Rafaela, y brincndole aceleradamente el corazn en el pecho, llam a la puerta. El Barn de Castell-Bourdac, que acababa de llegar, fue quien le abri. El espanto y el dolor estaban pintados en su cara. --Rafaela ha muerto, dijo, y llor como un nio. Grande fue tambin la pena y el horror del Vizconde. _Madame_ Duval y la _mucamba_ estaban en la alcoba de la muerta, y sta yaca tendida en la cama, plida, inmvil y hermosa. La ltima sonrisa plegaba an suavemente sus labios. Sus ojos estaban cerrados, como si los tuviese as para ver interiormente con el espritu prodigios y visiones de ms altas esferas. * * * * * Aquella extraa mujer haba premeditado el suicidio desde mucho tiempo antes. Todo lo haba dejado bien dispuesto, sin olvidar pormenores. Luca quedaba por principal heredera, pero haba cuantiosos legados para varios establecimientos de beneficencia en Andaluca, para _madame_ Duval, la _mucamba_ y los dems criados. Al Barn, para no ofenderle y segura de que dara a los pobres lo que ella le dejase y no querra conservndolo pasar por interesado, nada le dej sino la autorizacin de tomar de sus prendas y joyas todo cuanto quisiese como recuerdo. El Barn se limit a tomar la sutil cadenita de oro y la medalla de la Virgen de Araceli, patrona de la ciudad de Lucena, que en su imaginacin creadora le haba pertenecido cincuenta aos antes, cuando la hermosa Rafaela fue concebida. No acierto a ponderar el profundsimo dolor, la tristeza y el asombro que este trgico suceso produjo en el nimo de mi buen amigo el Vizconde de Goivoformoso, que, ms bien que como hombre maduro, como apasionado y vehemente mancebo haba esperado y soado en los regocijos y deleites de aquel da. Rafaela, adems del testamento, haba dejado instrucciones hasta sobre su entierro y sepultura, que el Barn y el Vizconde religiosamente cumplieron. El entierro fue modesto, como la seora de Figueredo lo haba determinado. La enterraron en el cementerio del _Pre_ Lachaise. Sobre la losa se grab este epitafio que ella misma haba escrito: _Aqu yace Rafaela la generosa, a quien Dios perdone por lo mucho que ha amado_. FIN End of the Project Gutenberg EBook of Genio y figura, by Juan Valera License: Share Alike