Produced by Chuck Greif JUAN VALERA JUANITA LA LARGA PROLOGO DE PAULINO GARAGORRI SALVAT EDITORES, S.A. 1982 Salvat Editores, S.A. Impreso en: Grficas Estella, S.A. Estella (Navarra)-1983 I.S.B.N. 84-345-8003-9 (obra completa) I.S.B.N. 84-345-8011-X (tomo 8) Depsito Legal: NA-40-1983 Printed in Spain Edicin Integra especialmente autorizada para BIBLIOTECA BSICA SALVAT PROLOGO Don Juan Valera no fue solamente novelista. Escribi mucho, Algo de todo, segn reza el ttulo de uno de sus libros, y lo hizo a despecho de vacilaciones y desengaos. Varias veces me di ya por vencido, y hasta por muerto; mas, apenas dej de ser escritor, cuando reviv como tal bajo diversa forma. Primero fui poeta; luego periodista; luego crtico; luego aspir a filsofo; luego tuve mis intenciones y conatos de dramaturgo, y al cabo trat de figurar como novelista.... Bajo esta ltima forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero, aun as, no las tengo todas conmigo. Hoy, Valera es un autor clsico reconocido en toda historia de nuestra literatura, pero la frase final de la cita transcrita no es slo frmula de buena crianza para evitar la propia ponderacin, sino confidencia ntima de un hombre que ha corrido mucho pero sin asiento ni rumbo seguro. Pues, adems de tantear la carrera de escritor, cultivando tan diversos gneros literarios, empe su tiempo en otras profesiones. En su larga vida (muere cumplidos los ochenta y uno) residi muchos aos fuera de Espaa--en Npoles, Lisboa, Ro, Dresde, Mosc, Francfort, Washington, Bruselas, Viena--, con cargos diplomticos que le confera o retiraba el Gobierno segn estuviese regido por amigos o enemigos polticos. Y l quiso y logr intervenir activamente en la poltica, como diputado en varias legislaturas, y aun lleg a Subsecretario de Estado, pero por muy poco tiempo y al favor de la Revolucin de Septiembre de 1868, tan gloriosa como fugaz. Tena, adems, algo de hacienda propia, heredada, en tierras de Crdoba, con lo que a veces sala de apuros y otras se vea envuelto en obligaciones. Cas ya cuarentn con una joven a la que doblaba en edad y cuyo carcter result poco acordado a sus gustos. Mi casa--escribe a un amigo--es el rigor de las desdichas. No me ha valido la posicin que aqu tengo (de embajador, en Lisboa), los dineros, tal vez ms de lo conveniente, que gasto, ni nada, para que mi mujer est alegre y satisfecha y no me muela.... En suma, yo estoy archifastidiado. No se case usted nunca. Razn tuvo la Iglesia catlica en establecer el celibato para los clrigos, y clrigos somos usted y yo (Valera se diriga a Menndez Pelayo). Su vida fue, pues, movediza, con parntesis y alternativas, y a los giros de la biografa personal hay que sumar los grandes cambios que en la sociedad espaola le toc presenciar y compartir, desde el siniestro Fernando VII--naci en 1824--a las frivolidades de don Alfonso XIII--muere en 1905--. Sufri, adems, algunos pesares acerbos: la muerte de su hijo primognito y predilecto, cuando l estaba lejos y solo, en Washington; el caso de una distinguida joven americana tan perdidamente enamorada, cuando l tena cumplidos los sesenta aos, que se suicid al abandonar Valera aquellas tierras. Y, sin embargo, creo difcil hallar en toda la literatura castellana un autor que pueda ofrecer tantas pginas risueas, divertidas y penetradas por un amor a la vida que anega las desventuras y limitaciones inevitables en una comprensin optimista que, al cabo, valora ms la complacencia en lo realmente existente que en los defectos y ausencias que se echan de menos. No es que don Juan Valera fuese hombre bondadoso y contentadizo; por el contrario, sus dotes de crtico, su inteligencia penetrante e irnica fueron superlativas, aunque embozadas, porque el tiempo que le toc vivir lo requera. Pero siempre el _panfilismo_--el amor a todo--, como l deca, sobrenada en sus pginas. Y principalmente en su labor, tarda, de novelista. Las novelas de Valera aparecen en dos etapas. En la primera, en los cinco aos que median entre 1874 y 1879, se publican _Pepita Jimnez_, _Las ilusiones del doctor Faustino_, _El comendador Mendoza_, _Pasarse de listo_ y _Doa Luz_, en una racha de excepcional intensidad; tena Valera por entonces entre cincuenta y cincuenta y cinco aos, y en la dedicatoria que antepuso a _El comendador Mendoza_ figuran las confidencias que cit al comienzo. De haber continuado a ese aire, don Juan Valera hubiese escrito tanto como Galds--el ms grande de los novelistas espaoles, y no slo en cantidad--y su vida y su obra seran otras. Mas, a pesar del esfuerzo del autor y de la benvola aceptacin del pblico, las cuentas domsticas no cuadraban, se acentuaba la escasez de metales preciosos y, al amparo de otra oportunidad, Valera volvi a la diplomacia. Son los aos de Lisboa, Washington, Bruselas, Viena. En Viena cumplir los setenta aos, pero al siguiente sale Sagasta y entra Cnovas al Gobierno, y Valera se considero obligado a dimitir del que sera su ltimo cargo. Vuelto a Madrid, de nuevo se pone seguidamente a escribir, o a dictar al amanuense cuando pierde la vista, y continuar sin tregua hasta el fin de sus das. En esta ltima etapa, su primer libro ser, precisamente, Juanita la Larga (1895); luego _Genio y figura_ (1897) y _Morsamor_ (1899), adems de componer otros varios libros, y aun otra novela, de edicin pstuma e inacabada, _Elisa la malaguea_. Las novelas fueron, pues, frutos tardos en la vida de Valera y resultado de dos etapas distantes y relativamente breves. Sin embargo, su inspiracin no proceda de factores azarosos ni circunstanciales. En rigor, y salvando las excepciones que lo confirman, cabe decir que una y otra vez Valera escribi y reescribi principalmente una sola novela, la biografa de un determinado tipo de mujer, situada en un ambiente que no procede de experiencias en tierras y con gentes extraas, ni siquiera en Madrid, sino el de su tierra natal, la ciudad de Cabra, y el municipio prximo de Doa Menca; en ambos lugares es donde sus padres tenan alguna propiedad y l pas en ellos su infancia y mocedad. Luego los visit poco, pero abrig siempre el propsito de retirarse a Cabra solo y con sus libros, a escribir y leer, y ocupar as sus postrimeras. Unas estancias con ocasin de la vendimia, en torno al ao 72, debieron refrescarle emociones y sucesos vividos, y de ese renacimiento de impresiones aejas sali precisamente la primera racha de sus novelas. Para la segunda bastaron los recuerdos. Otro elemento se reitera igualmente en sus novelas: el amor, difcil, entre el varn bastante maduro y la mujer todava en agraz. Entre las pginas ms felices de Valera figuran las que ttulo La cordobesa, descripcin y anlisis precioso de la mujer de su tierra. Pues bien, el hroe de sus novelas es precisamente una serie de cordobesas a las que vemos vivir en el marco andaluz y lugareo que les presta sus gracias y sus lmites. Las novelas de Valera estn llenas de detalles, sin duda observados en la realidad, y no slo detalles de objetos y lugares, sino de gentes y aun personas reales. Sin embargo, Valera, al explayarse en el plano terico, sola insistir en los ilimitados fueros de la fantasa y en la postura del arte por el arte. Frente al naturalismo zolesco y frente a otros realismos ms castizos, estimaba que la novela no ha de recluirse en lo verosmil ni contener una intencin moralizante. Mediante esas afirmaciones amparaba, adems, a sus propias novelas, en las que presuma de libre invencin y libres de tesis. Pero, aludiendo en particular a Juanita la Larga, escriba: No s si este libro es novela o no. Lo he escrito con poqusimo arte, combinando recuerdos de mi primera mocedad y aun de mi niez, pasada en tal o cual lugar de la provincia de Crdoba. A fin de tener libre campo en que fingir una accin, no determino el lugar en que la accin pasa e invento uno, dndole nombre supuesto; pero yo creo que los usos y costumbres, los caracteres, las pasiones y hasta los lances de mi relato han podido suceder, naturalmente, y tal vez han sucedido, siendo yo, en cierto modo, ms bien historiador fiel y veraz que novelista rico de imaginacin y de inventiva. Si no fuese porque ahora est muy de moda este gnero de novelas, copia exacta de la realidad y no creacin del espritu potico, yo dara poqusimo valor a mi obra. No lo tiene tampoco porque trate de demostrar una tesis metafsica, psicolgica, social, poltica o religiosa. Juanita la Larga no propende a demostrar ni demuestra cosa alguna. Su mrito, si lo tuviese, ha de estar en que divierta. Y todava agrega: Mi libro puede considerarse como un espejo o reproduccin fotogrfica de nombres y de cosas de la provincia en que yo he nacido. Es decir, que, al cabo, en esta obra de plena madurez, reconoce el predominio de la vena realista, pero mantiene que en ella no pretende demostrar nada oculto ni reservado. Y, sin embargo, la aventura reiteradamente encarnada en ese determinado tipo de mujer que Valera, se complace en describir y animar constituye, a mi entender, una tesis y su viviente demostracin. Contra el pesimismo y el determinismo propios del naturalismo, Valera nos mostrar un mundo en el que la libre decisin y el optimismo alcanzan el triunfo. Todas sus heronas tienen algo grave--a los ojos de la sociedad de su tiempo--que hacerse perdonar. Y lo que Valera nos muestra es, por as decirlo, de lo que es capaz una mujer si tiene resolucin y buenas hechuras. Pobreza extrema y vileza de nacimiento cierran el horizonte de Juanita, hija de Juana la Larga, y le prohben, por ejemplo, vestirse de seda, mas se trata de una criatura indmita y... el lector va a verla actuar por s mismo en las pginas que siguen, y no debo adelantarle las sorpresas que le esperan. Pero Valera profesaba ciertamente la religin del arte, y esa y otras tesis se hacen casi invisibles tras las peripecias de los personajes y la prosa admirable que constituye su sobrehaz y su atractivo. Es opinin compartida--a la que, en esta oportunidad, me sumo--que _Juanita la Larga_ es la mejor entre las novelas que escribi Valera. La multiplicidad de los personajes con relieve en la trama, sin mengua del protagonismo de la herona; las sucesivas transformaciones de la situacin, que sin interrupcin reinician y amplan la historia; el razonable reparto de bondad y malicia entre los que hacen el papel--inevitable--de buenos y malos; la perfeccin que alcanzan algunos de los cliss, ya ensayados por el autor en anteriores producciones, son algunas de entre las razones que lo justifican, y a las que me cabe aludir en las contadas lneas de este prlogo. _PAULINO GARAGORRI_ I Cierto amigo mo, diputado novel, cuyo nombre no pongo aqu porque no viene al caso, estaba entusiasmadsimo con su distrito y singularmente con el lugar donde tena su mayor fuerza, lugar que nosotros designaremos con el nombre de Villalegre. Esta rica, aunque pequea poblacin de Andaluca, estaba muy floreciente entonces, porque sus frtiles viedos, que an no haba destruido la filoxera, producan exquisitos vinos, que iban a venderse a Jerez para convenirse en jerezanos. No era Villalegre la cabeza del partido judicial, ni oficialmente la poblacin ms importante del distrito electoral de nuestro amigo; pero cuantos all tenan voto estaban tan subordinados a un grande elector, que todos votaban unnimes y, segn suele decirse, volcaban el _puchero_ en favor de la persona que el gran elector designaba. Ya se comprende que esta unanimidad daba a Villalegre, en todas las elecciones, la ms extraordinaria preponderancia. Agradecido nuestro amigo al cacique de Villalegre, que se llamaba don Andrs Rubio, le pona por las nubes y nos le citaba como prueba y ejemplo de que la fortuna no es ciega y de que concede su favor a quien es digno de l, pero con cierta limitacin, o sea sin salir del crculo en que vive y muestra su valer la persona afortunada. Sin duda, don Andrs Rubio, si hubiera vivido en Roma en los primeros siglos de la era cristiana, hubiera sido un Marco Aurelio o un Trajano; pero como viva en Villalegre y en nuestra edad, se content y se aquiet con ser el cacique, o ms bien el Csar o el emperador de Villalegre, donde ejerca mero y mixto imperio y donde le acataban todos obedecindole gustosos. El diputado novel, no obstante, ensalzaba ms a otro sujeto del distrito, porque sin l no se mostraba la omnipotencia bienhechora de don Andrs Rubio. As como Felipe II, Luis XIV, el papa Len X y casi todos los grandes soberanos han tenido un ministro favorito y constante, sin el cual tal vez no hubieran desplegado su maravillosa actitud ni hubieran obtenido la hegemona para su patria, don Andrs Rubio tena tambin su ministro que, dentro del pequeo crculo donde funcionaba, era un Bismarck o un Cavour. Se llamaba este personaje don Francisco Lpez y era secretario del Ayuntamiento, pero nadie le llamaba sino don Paco. Aunque haba cumplido ya cincuenta y tres aos, estaba tan bien conservado que pareca mucho ms joven. Era alto, enjuto de carnes, gil y recio, con poqusimas canas an, atusados y negros los bigotes y la barba, muy atildado y pulcro en toda su persona y traje, y con ojos zarcos, expresivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, que los tena sanos, firmes y muy blancos e iguales. Pasaba don Paco por hombre de amensima y regocijada conversacin, salpicada de chistes con que haca rer sin ofender mucho ni lastimar al prjimo, y por hbil narrador de historias, porque conoca perfectamente la vida y milagros, los lances de amor y fortuna y la riqueza y la pobreza de cuantos seres humanos respiraban y vivan en Villalegre y en veinte leguas a la redonda. Esto, en lo tocante al agrado. Para lo til, don Paco vala ms: era un verdadero facttum. Como en el pueblo, si bien haba dos licenciados y tres doctores en Derecho, eran abogados _Peperris_, o sea, de secano, todos acudan a don Paco, que rbula y jurisperito, saba ms de leyes que el que las invent, y los ayudaba a componer o compona cualquier pedimento o alegato sobre negocio litigioso de algn empeo y cuanta. El escribano era un zoquete, que haba heredado la escribana de su padre, y que sin las luces y la colaboracin de don Paco apenas se atreva a redactar ni testamento, ni contrato matrimonial, de arrendamiento o de compraventa, ni escritura de particiones. El alcalde y los concejales, rsticos labradores, por lo comn, a quienes don Andrs Rubio haca elegir o nombrar, le estaban sometidos y devotos, y como no entendan de reglamentos ni de disposiciones legales sobre administracin y hacienda, don Paco era quien reparta las contribuciones y lo dispona todo. Cuidaba al mismo tiempo de la limpieza de la villa, de la conservacin de las Casas Consistoriales y dems edificios pblicos y del buen orden y abastecimiento de la carnicera y de los mercados de granos, legumbres y frutas; y era tan campechano y dicharachero, que alcanzaba envidiable favor entre los hortelanos y verduleras, quienes solan enviar a su casa, para su regalo, segn la estacin, ya higos almibarados, ya tiernas lechugas, ya exquisitas ciruelas claudias o ya los melones ms aromticos y dulces. El carnicero estaba con don Paco a partir un pin, y de seguro que si alguna becerrita se perniquebraba y haba que matarla, lo que es los sesos, la lengua y lo mejorcito del lomo no se presentaba en otra mesa sino en la de don Paco, a no ser en la de su hija, de quien hablaremos despus. Asombrosa era la actividad de don Paco, pero distaba mucho de ser estril. Con tantos oficios floreca l y medraba que era una bendicin del Cielo, y aunque haba empezado en su mocedad por no poseer ms que el da y la noche, haba acabado por ser propietario de buenas fincas. Posea dos hazas en el ruedo, de tres fanegas la una. La otra slo tena una fanega y cinco celemines; pero como all en lo antiguo haba estado el cementerio en aquel sitio, la tierra era muy generosa y produca los garbanzos ms mantecosos y ms gordos y tiernos que se coman en toda la provincia, y en cuya comparacin eran balines los celebrados garbanzos de Alfarnate. Posea tambin don Paco quince aranzadas de olivar, cuyos olivos no eran ningunos cantacucos, sino muy frondosos y que llevaban casi todos los aos abundante cosecha de aceitunas, siendo famosas las gordales, que l haca aliar muy bien, y que, segn los peritos en esta materia, sobrepujaban a las ms sabrosas aceitunas de Crdoba, tan celebradas ya en _La gatomaquia_ por el Fnix de los Ingenios, Lope de Vega. Por ltimo, posea don Paco la casa en que viva, donde no faltaban bodega con diez tinajas de las mejores de Lucena, un pequeo lagar y una candiotera con ms de veinte pipas entre chicas y grandes. Para llenar las pipas y las tinajas era don Paco dueo de un hermoso majuelo, que casi tena seis fanegas de extensin; y aunque su producto no bastaba, sola l comprar mosto en tiempo de la vendimia, o ms bien comprar uva, que pisaba en el lagar de su casa. Era sta de las buenas del pueblo, con corral donde haba muchas gallinas, y con patio enlosado y lleno de macetas de albahaca, brusco, evnimo, miramelindos, dompedros y otras flores. Claro est que para las faenas rsticas del lagar, del trasiego del vino y de la confeccin del aceite, hombres y bestias entraban por una puertecilla falsa que haba en el corral. En suma, la casa era tal y tan cmoda y seoril, que si la hubiera alquilado don Paco, en vez de vivirla, no hubiese faltado quien le diese por ella cuatrocientos reales al ao, limpios de polvo y paja, esto es, pagando la contribucin el inquilino. Menester es confesar que todo este florecimiento tena una terrible contra: la dependencia de don Andrs Rubio, dependencia de que era imposible o por lo menos dificilsimo zafarse. Por tiles y habilidosos que los hombres sean, y por muy aptos para todo, no se me negar que rara vez llegan a ser de todo punto necesarios, singularmente cuando hay por cima de ellos un hombre de voluntad enrgica y de incontrastable podero a quien sirven y de cuyo capricho y merced estn como colgados. Don Andrs Rubio haba, digmoslo as, hecho a don Paco; y as como le haba hecho, poda deshacerle. No le faltaran para ello persona o personas que reemplazasen a don Paco, repartindose sus empleos, si una sola no era bastante a desempearlos todos con igual eficacia y tino. Don Paco tena plena conciencia de lo que deba y de lo que poda esperar y temer an de don Andrs; de suerte que tanto por gratitud cuanto por prudencia previsora, le serva con la mayor lealtad y celo y procuraba complacerle siempre. Don Paco, sin embargo, no recelaba mucho perder su elevada posicin y su envidiable privanza. Adems de contar con su rarsimo mrito, estaba agarrado a muy buenas aldabas. II Viudo haca ya ms de veinte aos, tena una hija de veintiocho, que haba sido la ms real moza de todo el lugar, y que era entonces la seora ms elegante, empingorotada y guapa que en l haba, culminando y resplandeciendo por su edad, por su belleza y por su aristocrtica posicin, como el sol en el meridiano. Haca ya diez aos que ella haba logrado cautivar la voluntad del ms ilustre caballero del pueblo, del mayorazgo don Alvaro Roldn, con quien se haba casado y de quien haba tenido la friolera de siete robustos y florecientes vstagos entre hijos e hijas. El tal don Alvaro viva an con todo el aparato y la pompa que suelen desplegar los nobles lugareos. Su casa era la mejor que haba en Villalegre, con una puerta principal adornada, a un lado y a otro, de magnficas columnas de piedra berroquea, estriadas y con capiteles corintios. Sobre la puerta estaba el escudo de armas, de piedra tambin, donde figuraban leones y perros, calderas, barcos y castillos y multitud de monstruos y de otros objetos simblicos que para los versados en la utilsima ciencia del blasn daban claro testimonio de su antigedad y sublimidad de su prosapia. Decan las malas lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Alvaro estaba atrasado, que tena hipotecadas algunas de sus mejores fincas y que deba bastante dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas, porque l viva como si nada debiese. Le servan muchos criados, constantes unos y entrantes y salientes otros; y como era aficionadsimo a la caza, no le faltaban una jaura de galgos, podencos y pachones, y dos hbiles cazadores o escopetas negras, que solan acompaarle. En la casa haba jardn, y adems un desmesurado corraln, donde, para mayor recreo y gala, no se encerraban slo gallinas y pavos, sino, en apartados recintos, venados y corzos trados vivos de Sierra Morena, y por ltimo, amarrado a fuerte cadena de hierro, por temor a sus travesuras y ferocidades, un enorme mono que haba enviado de Marruecos un capitn de Infantera, primo del seor. Doa Ins, que as se llamaba la hija de don Paco, venerada esposa de don Alvaro Roldn, tena tambin muchos costosos caprichos de varios gneros. Se vesta con lujo y elegancia no comunes en los lugares; sustentaba canarios, loros y cotorras; era golossima y delicada de paladar, y los mejores platos de carne y los almbares ms apetitosos se coman en su mesa. El chocolate, que se elaboraba en su casa dos veces al ao, gozaba de nombrada en toda la comarca. Como don Alvaro Roldn estaba ausente ms de la mitad del tiempo, ya cazando conejos, perdices y liebres, ya en distantes monteras, ya en las ferias ms concurridas de los cuatro reinos andaluces, doa Ins se quedaba sola, pero tena para distraerse varios recursos, adems de la lectura de libros serios. Su criada favorita, llamada Serafina, era una verdadera joya, lo que se llama un estuche. Saba tocar la guitarra rasgueando y de punteo; cantaba como una calandria, tanto las melanclicas playeras como el regocijado fandango. Su memoria era rico arsenal o archivo de coplas, tiernas o picantes, en que la casta musa popular no siempre mereca el mencionado calificativo con que algunos la designaban. No se entienda por esto que doa Ins gustase de conversaciones libres y escabrosas. Cuanto no era lcito y puro en el pensamiento y en la palabra ofenda sus odos de austera matrona; pero en un lugar hay que sufrir tales libertades o hay que aparentar que no se oyen. El propio don Alvaro no era nada mirado en el hablar, ni menos an lo eran las personas que le rodeaban. Valga para ejemplo cierto mozo, de unos quince aos de edad, hijo del aperador y favorito de don Alvaro, que este tena siempre en casa para que entretuviese a los nios. Como el aperador era Calvo de apellido, al mozo le apellidaban Calvete. Y para que se vea lo mucho que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de doa Ins, he de citar un caso que de Calvete me han referido. Antes que cumpliese dos aos el primognito de los Roldanes, logr Calvete ensearle a pronunciar con la mayor perfeccin cierto vocablo de tres slabas en que hay una aspiracin muy fuerte. Encantado con su triunfo pedaggico, corri por toda la casa gritando como un loco: --Seor don Alvaro! Ya lo dice claro! El seorito lo dice claro! Doa Ins se disgust y rabi, pero don Alvaro qued ms encantado que Calvete y le dio en albricias un dobln de a cuatro duros, despus que el nio dijo delante de l la palabreja y l admir el aprovechamiento y la precocidad del discpulo y la virtud didctica del maestro. Amigas tena pocas doa Ins, porque casi todas las hidalguillas y labradoras de la poblacin estaban muy por bajo de ella en entendimiento, ilustracin, finura y riqueza. Quien ms acompaaba, por consiguiente, en su soledad a la seora doa Ins era el cacique don Andrs Rubio, embobado con el afable trato de ella y cautivo de su discrecin y de su hermosura. Daba esto ocasin a que los maldicientes supusiesen y dijesen mil picardas. Pero quin en este mundo est libre de una mala lengua y de un testigo falso? Cmo la gente grosera de un lugar ha de comprender la amistad refinada y platnica de dos espritus selectos? El seor cura prroco era de los pocos que verdaderamente la comprendan, y as encontraba muy bien aquella amistad, y acaso daba gracias a Dios de que existiese, porque redundaba en bien de los pobres y de la iglesia, a quien doa Ins y don Andrs, puestos de acuerdo, hacan muchos presentes y limosnas. Era el cura prroco un fraile exclaustrado de Santo Domingo, muy severo en su moral, muy religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y del respeto a la jerarqua social. Casi siempre en sus plticas, en sus conversaciones particulares y en los sermones, que predicaba con frecuencia porque era excelente predicador, clamaba mucho contra la falta de religin y contra la impiedad que va cundiendo por todas partes, con lo cual los ricos pierden la caridad y los pobres la resignacin y la paciencia, y en unos y en otros germinan y fermentan los vicios, las malas pasiones y las peores costumbres. El padre Anselmo, que as se llamaba el cura prroco, admiraba de buena fe a la seora doa Ins como a un modelo de profunda fe religiosa y de distincin aristocrtica. Era el tipo ideal realizado de la gran seora, tal como l se la imaginaba. Ni siquiera le faltaban a doa Ins ocasiones en que ejercitar las raras virtudes del prudente disimulo para no dar escndalos, de la santa conformidad con la voluntad de Dios y de la longanimidad benigna para perdonar las ofensas. Bien saba toda la gente del lugar los malos pasos en que don Alvaro Roldn sola andar metido. A menudo, sobre todo en las ferias, jugaba al monte y hasta al ca; y lo que es peor, era tan desgraciado o tan torpe, que casi siempre perda. Para consolarse apelaba a un lastimoso recurso: gustaba de empinar el codo, y aunque tena un vino regocijado y manso, siempre era grandsimo tormento para una dama tan en sus puntos tener a su lado y como compaero a un borracho. Por ltimo, aquel empecatado de don Alvaro, aunque tena tan egregia y bella esposa, se dejaba llevar a menudo de las ms villanas inclinaciones, y en una o en otra de sus dos magnficas caseras alojaba con mal disimulado recato a alguna daifa, por lo comn forastera, que haba conocido y con quien haba simpatizado, ya en esta feria, ya en la otra. Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un modelo de perfeccin. El padre Anselmo no ignoraba sus extravos, contribuyendo esto a hacer ms respetable a sus ojos a la prudente y sufrida seora. Era tal la distincin aristocrtica de doa Ins, que, sin poder remediarlo, hasta en su padre encontraba cierta vulgar ordinariez que la afliga no poco; pero como doa Ins tena muy presentes los mandamientos de la Ley de Dios y los observaba con exactitud rigurosa, nunca dejaba de honrar a su padre como deba, si bien procuraba honrarle desde lejos y no verle con frecuencia, a fin de no perder las ilusiones. En suma, don Andrs el cacique era la nica persona que por naturaleza estaba a la altura de doa Ins y era capaz de comprenderla y admirarla. Y digo por naturaleza, porque el padre Anselmo, aunque por naturaleza era entendido, estaba, adems, tan ayudado y tan ilustrado con la gracia de Dios, que comprenda como nadie el valor y las excelencias de doa Ins, y era muy digno de su trato familiar, teniendo con ella piadossimos coloquios, en los cuales se desataba contra la abominable corrupcin de nuestro siglo y contra la blasfema incredulidad que prevalece en el da y que se va apoderando de todos los espritus. III Sin el menor artificio he presentado ya a mis personajes, a varios de los personajes principales que han de figurar en la presente historia; pero me quedan dos todava, de los cuales conviene dar previamente alguna noticia. Don Paco, segn hemos dicho, era un hombre enciclopdico, de varias aptitudes y habilidades; la mano derecha del cacique y la subordinada inteligencia que haca que en el lugar la soberana voluntad del cacique se respetase y cumpliese. Haba, sin embargo, en Villalegre otra persona, que en ms pequea esfera y en ms reducidos trminos, si no competa, se acercaba mucho al mrito de don Paco por la multitud de sus conocimientos y habilidades y por lo hacendosa y lista que era. Hablo aqu de la famossima Juana la Larga. Imposible parece que esta mujer atinase a hacer bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho, pero no se ha de negar que con fruto. Tena casa propia, sin lagar y sin bodega, pero en lo restante casi tan buena como la de don Paco. Careca de olivares y de vias, pero haba hecho algunos ahorrillos, que, segn la voz pblica, pasaban de doce mil reales, y que iban creciendo como la espuma, porque los tena dados a rdito a personas muy de fiar, y al diez por ciento al ao, porque como era mujer muy temerosa de Dios, de muy estrecha conciencia y muy caritativa, no quera pasar por usurera. En sus diferentes oficios, Juana la Larga ganaba por trmino medio, y segn los clculos ms juiciosos, sobre ocho reales al da, o dgase cerca de tres mil cada ao. Y esto sin contar las adehalas, propinas, regalos y obsequios que reciba a menudo. Bien es verdad que todo y ms se lo mereca ella. Nadie era ms a propsito para dirigir una matanza de cerdos. Salaba los jamones con singular habilidad. El adobo con que preparaba los lomos antes de frerlos en manteca era sabroso y delicadsimo, y tea la manteca de un rojo dorado que hechizaba la vista, daba delicado perfume y despertaba el apetito de la persona ms desganada cuando entraba por sus narices y por sus ojos. Sus longanizas, morcillas, morcones y embuchados dejaban muy atrs a lo mejor que en este gnero se condimenta en Extremadura. Y tena tan hbil mano para todo que hasta cuando derreta las mantecas sacaba los ms saladitos y crujientes chicharrones que se han comido nunca. As es que los labradores ricos y otras personas desahogadas y de buen gusto se disputaban a Juana la Larga para que fuese a la casa de ellos a hacer la matanza. En lo tocante a repostera no era nada inferior; y casi todo el ao, y particularmente en tres solemnes pocas, no saba ella cmo acudir a las mil partes adonde la llamaban: antes de Pascua de Navidad, a fin de confeccionar las chucheras y delicadezas que las personas pudientes y sibarticas suelen entonces mandar hacer para su regalo; por ejemplo, los hojaldres y las clebres empanadas con boquerones y picadillo de tomate y cebolla que se toman por all con el chocolate. Haca, tambin, como nadie, tortillas de azcar y polvorones que se dejaban muy atrs a los tan encomiados de Morn; roscos de huevo y de vino, y mucha variedad de bizcochos y de almbares. Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas, se hubiera podido asegurar que era una especialidad maravillosa para las frutas de sartn; de modo que en los das que preceden a la Semana Santa no daba paz a la mano ni a la mente, acudiendo a las casas de los hermanos mayores de las cofradas para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y los exquisitos pestios, que se deshacan en la boca y con los cuales se regalaban los apstoles, los nazarenos, el santo rey David y todos los dems profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del Nuevo Testamento que figuraban en las deliciosas procesiones que por all se estilan. No estaba ociosa Juana ni careca de conveniente habilidad para emplearla en la estacin de la vendimia. Sus arropes no tenan rival en toda aquella provincia, y lo mismo puede decirse de sus excelentes gachas de mosto. En otoo, por ser cuando se dan los mejores frutos, se castran las colmenas y est fresca la miel, se empleaba Juana en hacer carne de membrillo y de manzana, gran variedad de turrones y legtimo y esponjado pionate, cuyos gruesos y dorados granos quedaban ligados con la olorosa miel bien batida. Fuera de esto, Juana se pintaba sola para disponer cualquier pipiripao o banquete que deba o quera dar algn seor del pueblo, ya con ocasin de boda o bautizo, ya para obsequiar al diputado, al seor gobernador o al propio obispo si vena a visitar la villa. Y no se crea que Juana saba slo hacer los guisos locales, sino que tambin haba importado y aadido a la cocina indgena no pocos platos forasteros de ms o menos remotos pases, entre las cuales platos o manjares descollaban los celebrrimos bizcochos de yema, que slo hacan unas monjas de Ecija, de cuyo secreto tradicional no se comprende por qu arte o maa prodigiosa ella haba sabido apoderarse. Confeccionaba, por ltimo, varios platos de origen francs, cuyos nombres enrevesados haban venido a modificarse ponindose de acuerdo con la pronunciacin espaola. As, por ejemplo, chuletas a la _balsamela_, lenguados _inglatines_ y angulas fritas con salmorejo trtaro. No era todo esto lo ms admirable. Lo ms admirable era que Juana, sobre ser la ms sabia cocinera y repostera del lugar, era tambin su primera modista. Casi siempre tena una o dos oficialas que cosan para ella, y ella cortaba vestidos con tanto arte y primor como Worth o la Doucet en la capital de Francia. Las seoras y seoritas ms pudientes y aficionadas al lujo acudan, pues, a Juana para sus trajes de empeo, cuando haba que lucirlos ya en una boda, ya en una feria o ya en el baile que sola darse en las Consistoriales el da del Santo Patrn. Juana, por ltimo, no era slo sabia y operosa en las artes del deleite, sino que ejerca tambin, aunque no estaba examinada ni tena ttulo, un menester o profesin de la ms alta importancia social. Era peritsima y agilsima para ayudar a cualquier mujer en los ms duros trances de Lucina, y muchas se confiaban y se entregaban a ella, porque jams se le haba desgraciado ninguna criatura, y porque la madre como no fuese muy enclenque, a los seis o siete das de salir de su cuidado estaba ya en pie, y a menudo iba a misa, y si se presentaba la ocasin bailaba el bolero. Con todas estas habilidades y excelencias, Juana la Larga no poda menos de ser querida y estimada en Villalegre, consiguiendo que su severa y ms alta sociedad o _high-life_ le hubiese perdonado un desliz o tropiezo que tuvo en sus mocedades. IV En el momento en que va a empezar la accin de esta verdadera historia, Juana tendra unos cuarenta aos muy cumplidos, si bien conservaba an restos de su antigua belleza, que haba sido notable cuando ella tena veinte aos; pero como entonces era muy pobre y no haba descubierto ni mostrado sus grandes habilidades, no encontr, a pesar de su mrito, novio que le acomodase, y tuvo que permanecer soltera. A lo que se cuenta, cierto oficial de Caballera que vino por aquellos lugares a comprar caballos para la Remonta, y que era guapsimo y muy gracioso y divertido, se enamor de Juana y logr enamorarla. No se sabe si le dio palabra de casamiento o no se la dio; pero lo cierto es que el bueno del oficial tuvo que irse a la guerra civil, que arda en las Provincias Vascongadas, y all le mat una bala carlista, que le agujere el crneo y se le entr en los sesos. Juana qued, pues, semiviuda. Pstuma o no pstuma, tuvo una nia preciosa, a quien dieron en la pila bautismal el mismo nombre que a su madre. El vulgo aadi despus al nombre el mismo epteto, por donde esta nia, que ser la principal herona de nuestra historia, vino a ser apellidada Juanita la Larga. Su madre la cri con gran cario y esmero, sin recatarse y sin disimular que ella era su hija, lo cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo se saba, el ms intil de los disimulos. Juana cri, pues, a sus pechos a Juanita; siempre la llamaba hija, y Juanita desde que empez a hablar, llamaba a Juana madre a boca llena. Esto era considerado como una gran desvergenza entre las personas severas del lugar, que clamaban contra el escndalo y mal ejemplo; pero poco a poco todos se fueron acostumbrando, y al cabo de algunos aos nada pareca ms natural ni ms justo sino que Juanita fuese hija de Juana, a la cual no faltaron tampoco defensores, ya razonables, ya fervorosos, que alababan el cario y la devocin maternal de la madre a la hija, y que cuando eran algo maldicientes no dejaban de comparar a Juana con otras que pasaban por honradsimas y que hasta tenan la insolencia de presumir de casi santas. De ellas se murmuraba, con ms o menos fundamento, que haban tenido tambin fruto, y no de bendicin, del cual se haban desprendido o envindole a la Inclusa o sabe Dios o el diablo de qu otra manera. El epteto de Larga dado a Juanita no era slo por herencia; sino que era tambin por conquista. Juanita, a los diecisiete aos, haba espigado tanto, que era la moza ms alta y ms esbelta que haba en el lugar. Algo de la sangre belicosa del oficial de Caballera se haba infundido en ella, y la crianza libre y hombruna que haba recibido haba desarrollado su agilidad y sus bros. Cuando andaba tena un aire marcial, al par que gracioso; corra como un gamo; tiraba pedradas con tanto tino que mataba los gorriones, y de un brinco se plantaba sobre el lomo del mulo ms resabiado o del potro ms cerril. Y no a horcajadas, porque esto no lo consenta su decoro y su esttica natural e inconsciente, sino sentada, lo cual es ms difcil; haca trotar y galopar a la bestia, espolendola con los talones o azotndola con el extremo del ronzal o de la jquima, cuando la tena y no iba a pelo, sin brida ni rienda de ninguna clase. Los primeros aos de la mocedad de Juanita haban sido dificultosos, porque su madre no haba alcanzado an la extraordinaria reputacin de que despus gozaba, no tena el bienestar y la riqueza de que ya hemos hablado. Juanita no fue nunca a la miga, pero su madre le ense a coser y a bordar primorosamente; y el maestro de escuela, que le tom mucho cario, la ense a leer y a escribir gratis en sus ratos de ocio. Desde que tuvo nueve aos, Juanita fue de grande auxilio a su madre, que hasta mucho ms tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta. Juanita barra y aljofifaba, fregaba los platos, enjalbegaba algunos cuartos y la fachada de la casa, que era la ms limpia de la poblacin, y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente del ejido, cuyo cao verta un chorro tan grueso como el brazo de un hombre robusto, siendo tal la abundancia del agua, que con ella se regaban muchsimas huertas y se hacan frondosos, amenos y deleitables los alrededores de Villalegre, contribuyendo no poco a que la villa mereciese este nombre. El agua, adems, era exquisita por su transparencia y pureza, como filtrada por entre rocas de los cercanos cerros, y tena muy grato sabor y muy saludables condiciones. La gente del pueblo le atribua, por ltimo, algunas prodigiosas cualidades, calificndola de muy _vinagreta_ y de muy _triguera_. Quera significar con esto que el arriero que compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo comn muy fuerte, llenaba slo dos tercios de la cavidad de la corambre, y la acababa de llenar por la maana temprano, antes de emprender su viaje, mitigando y suavizando con el agua de la fuente la fortaleza y acritud del lquido, y ganndose as, desde luego, un treinta y tres por ciento, aunque vendiese el vinagre al mismo precio en que lo haba comprado. Era tambin _triguera_ el agua de la fuente, porque sus raras cualidades consentan, aunque era difcil operacin y que deba hacerse con gran sigilo, que valindose de una escoba de palma enana, se rociase con ella el trigo que se iba a vender, dejndolo expuesto al sol para que se secase. As el trigo reciba mejor sabor, y aunque por fuera quedaba seco, guardaba por dentro algo del lquido, y se esponjaba y creca en peso y en volumen. Todava esta fuente tena otro mrito y prestaba otro notable servicio, porque, adems de un gran pilar en que iban a beber y beban todas las bestias de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y adems de otro pilar bajo, que sola ser abrevadero del ganado lanar y de cerda, llenaba con sus cristalinas ondas un espacioso albercn cercado de muros que lo ocultaban a la vista de los transentes, adonde iban las mujeres a lavar la ropa, remangadas las enaguas hasta los muslos y metidas en el agua hasta la rodilla, como por all es uso, aun en el rigor del invierno. Frondosos y gigantescos lamos negros y pinos y mimbreras circundan la fuente y hacen aquel sitio umbro y deleitoso. Al pie de los mejores rboles hay poyos hechos de piedra y de barro y cubiertos de losas, en los cuales suelen sentarse los caballeros y las seoras que salen de paseo. Casi todas las tardes se arma all tertulia y grata conversacin, siendo los ms constantes el escribano, el boticario, nuestro don Paco y el seor cura, quien al toque de oraciones recita el _Angelus Domini_, al que responden todos quitndose el sombrero y santigundose y persignndose. En torno del pilar charlan las mozas que vienen por agua, cada cual con su cantarillo, y suelen hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros Eliezeres acuden all para que beban, si no sus camellos, sus muas y sus borricos. Tambin al lado y dentro del albercn, y a poca distancia de l, donde hay un vallado o seto vivo de zarzamoras, granados y madreselvas, que limita y defiende las huertas, y sobre el cual seto se pone a secar la ropa lavada, se extiende y dilata la tertulia democrtica y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y retozos, pues no faltan nunca zagalones y hasta hombres ya maduros que acuden por all atrados por las muchachas, como acuden los gorriones al trigo. V Juana la Larga, segn queda indicado, gracias a su constante actividad, buen orden y economa, en todo lo cual su hija la ayudaba con inteligencia y celo, haba mejorado de posicin y de fortuna. Tena una criada muy trabajadora, que barra y fregaba, y bajo la direccin de las seoras guisaba tambin, dejando a estas el tiempo libre para ejercer sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita era coser y bordar, para lo cual haba desplegado aptitud superior a la de su madre. Juanita no tena que emplearse en ms bajas ocupaciones. Sin embargo, ora fuese por candorosa coquetera, o sea por deseo de lucir la gallarda de su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora porque Juanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar la energa de su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete aos, gustaba de ir por agua a la fuente del ejido, allanndose a veces, a pesar de la desahogada posicin de su madre y de ella, a ir al albercn a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y tema ella, o aparentaba temer, que manos ms rudas que las suyas la estropeasen. La verdad era que esto de ir al albercn y a la fuente, ms que fatiga era recreo y solaz para Juanita, la cual diverta a las otras muchachas con sus agudos dichos y felices ocurrencias, las haca rer a casquillo quitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas. Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensin de la palabra. Las faenas caseras no haban estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y ni el sol ni el aire haban bronceado su tez triguea. Su pelo negro, con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No pona en l ni aceite de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino agua sola con alguna infusin de hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lo llevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza, que, atada luego, formaba un moo en figura de dos tringulos equilteros, que se tocaban en uno de los vrtices. Como Juanita deca que cabeza loca no quiere toca, casi siempre iba a la fuente sin pauelo en la cabeza, luciendo as el primor y la pulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba la cabeza sobre su airoso cuello, slo sombreado por algunos ricillos menudos que se sustraan a la cautividad en que tena el moo los ms largos cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver la tersa frente, recta y chiquita, y sobre las sienes tena grandes rizos sostenidos con horquillas que llaman por all _caracoles_, por debajo de los cuales haba una suave patillita, que no fijaba contra la cara con zaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas, sino que dejaba flotar libremente en vagas sortijas o ms bien alcayatas donde colgar corazones. La misma libertad en que se haba criado, y el constante ejercicio corporal, ya en tiles faenas, ya en juegos ms de muchacho que de nia, haban hecho que Juanita, aunque no tena la santa ignorancia ni haba vivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madres celosas, no hubiese pensado todava en cosas de amor. Era buscada, requebrada y solicitada por no pocos mozos; pero, brava y arisca, saba despedir huspedes, imponer respeto y tener a raya a los ms atrevidos. Slo se le conoca una inclinacin que desde la niez persista en ella con constancia; pero esta inclinacin, al menos por su parte, ms que de afecto amoroso tena trazas de fraternal cario. Quien lo inspiraba, compartindolo sin duda por menos inocente estilo, era Antouelo, el hijo del maestro herrador y sobrino del cacique, quien tena en el lugar muy humilde parentela. Antouelo era un mocetn gentil y robusto, muy simptico, aunque de cortos alcances, y decidido para todo, y singularmente para admirar a Juanita, a quien consideraba y respetaba, sometiendo a ella toda su voluntad como por virtud de fascinacin o de hechizos. VI Entregado don Paco a sus constantes y diversos quehaceres, no o no haba pensado en casarse por segunda vez, sino que nunca haba tenido amoros, o, al menos, si alguno haba tenido, haba sido con tan maravilloso recato, que nadie se haba enterado de ello en Villalegre, lo cual es una inverosimilitud extraordinaria, porque en aquel lugar apenas haba persona, y menos an si era de tanta importancia y viso como don Paco, que pudiera hacer o decir cosa alguna que no se supiese. Hasta los mismos pensamientos se adivinaban all, se divulgaban y se comentaban, como el pensador no pensase con mucho disimulo y muy para dentro. Debemos, pues, creer que don Paco no haba tenido amoros, a no ser muy efmeros y livianos, y que ni siquiera, durante su larga viudez, haba pensado en semejante cosa. Tena, sin embargo, notable aptitud y tino para conocer y admirar la belleza femenina, y haca ya meses que, casi sin reparar en ello y muy involuntariamente, cuando estaba de tertulia con el escribano y el boticario y con otros seores en los poyos que haba junto a la fuente, sus ojos se fijaban con amorosa delectacin en Juanita la Larga, que an sola venir a llenar su cntaro y a estar all de charla con las otras muchachas mientras que le llegase su turno. Indudablemente, don Paco haba empezado a sentir hacia Juanita viva inclinacin, que era difcil de dominar; pero se le pas bastante tiempo sin dar muestra exterior de que la senta, anhelando acaso ocultrsela a s mismo por razones que l se daba. Fundado en la propia modestia, que le haca formar un pobre concepto de su persona, hallaba que con sus cincuenta y tres aos, treinta y seis ms que Juanita, no poda ya enamorar a la muchacha, la cual o desdeara su cario o slo por inters se movera a correspondele. Pensaba luego que Juanita, aunque en aparente libertad, estaba muy vigilada por su madre, y como madre e hija vivan con cierto desahogo, no era de presumir que, si l tuviese intenciones pecaminosas, ellas cediesen, sino que en todo caso cederan _in facie Ecclesiae_ y llevando al cura por delante. La idea de casamiento aterrorizaba a don Paco, y no porque en absoluto le repugnase estar casado, sino porque su hija, la seora doa Ins, le inspiraba un entraable cario, mezclado de terror, y porque ella era tan imperiosa como brava, y sin duda se pondra hecha una furia del Averno si su padre le diese madrastra, sobre todo de tan ruin posicin, y si a los siete nietos que ella le haba dado, y a los que calculaba que podran venir todava persistiendo ella en su actitud productora, quitase l la esperanza de heredar el majuelo, el olivar y la casa, y de gozar en vida suya de no poco de lo que l fuese granjeando con sus varias artes. Temblaba don Paco de incurrir en el enojo de su hija, y aunque temblaba principalmente por el mismo enojo, no dejaba de recelar sus malas consecuencias. Bien conoca l que no haba en el lugar una persona, ni varias juntas, que pudieran reemplazarle con xito en sus diferentes empleos; pero el mundo no estaba yermo ni falto de hombres de Estado rsticos, los cuales podran buscarse y traerse de fuera del lugar para que a l le reemplazaran. Y bien conoca tambin que su hija era punto menos que omnipotente, porque tena subyugadas ambas potestades, la temporal y la espiritual. El padre Anselmo la tena por una santa y por una doctora, y cuanto ella deca era para l, sin poderlo remediar, un legtimo corolario de los Evangelios y de las Epstolas. El padre Anselmo sera capaz de excomulgar a quien ella le mandase. Y en lo tocante al brazo secular, era evidentsimo que doa Ins le tena sujeto a sus caprichos y que aplastara con todo su peso a quien ella quisiese. Don Paco, en esta disposicin de nimo, razonablemente motivada, aunque no hemos de negar que l era dulce, pacfico y algo dbil de carcter, adelantaba en su imaginacin los casos futuros, y presuponindose ya prendado de Juanita, declarado y aceptado, vea un tropel de males que salan del corazn enfurecido de doa Ins como de nueva caja de Pandora. Pesaban tanto en su espritu estas consideraciones, que, notando que su aficin oculta iba creciendo, procuraba, o ms bien se propona huir de la vista de Juanita, no pasar por su calle para no verla en el portal o asomada a la ventana; y no ir a la tertulia de los poyetes, bajo los lamos, para no tener que admirarla cuando charlaba con las dems zagalonas o con los mozos en la fuente del ejido, o cuando suba o bajaba gallardamente, con el cntaro apoyado en la cadera, por la cuestecilla que se extiende desde la fuente hasta el lugar. A pesar de sus prudentes propsitos de retraimiento, una fuerza, al parecer superior a su voluntad, le llevaba a veces a pasar por delante de la casa de Juanita ms de lo que era necesario, a ir a la iglesia cuando l saba que iba a ella con su madre a misa o a sus devociones, y a acudir a la tertulia de los poyetes casi todas las tardes. Para Juanita, que se haba pasado todo el da cosiendo y bordando en casa, era pretexto solaz o de paseo el ir casi al anochecer a la fuente por agua. Su madre encontraba que en la posicin algo seoril, desahogada y decorosa en que ya imaginaba hallarse, y atendido el desenvolvimiento fsico de Juanita, que haba llegado a transformarse de muchachuela en una magnfica y real moza, no estaba bien y era darse poqusimo tono el ir por agua a la fuente como la ms plebeya y humilde pelafustana. Pero a Juanita le diverta este ejercicio, y tena una voluntad indmita. A las observaciones que su madre le haca daba odos de mercader; acariciaba a su madre para vencer su oposicin y disipar su disgusto, y segua yendo a la fuente a pesar de todas las observaciones. VII Una tarde del mes de mayo, Juanita se entretuvo en la fuente en larga y alegre conversacin con otras muchachas. Ya anochecido suba con su cntaro lleno por la cuesta, que en aquel momento estaba sola. La tertulia de los poyetes sola, en primavera y en verano, durar hasta las nimas, hora en que los tertulianos se retiraban para cenar y acostarse. Aquel da don Paco haba estado haciendo esfuerzos o, como si dijramos, gimnasia con su voluntad para no ir a la tertulia y ver a Juanita. La lucha entre su voluntad razonable y su inclinacin haba durado bastante. Al fin, la voluntad sometida llev, aunque tarde, a la tertulia de los poyetes a toda la persona de don Paco. La pcara casualidad hizo que al bajar don Paco subiese Juanita, segn hemos dicho. Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero sin luna. Las estrellas, si resplandecan en el ter infinito, vertan muy dbil luz sobre la tierra. Acrecentaban la oscuridad, en el punto en que ambos se encontraron, algunos frondosos rboles que all haba y el alto vallado de zarzamoras y de otros arbustos que se extenda a un lado y a otro por casi todo el camino. Juanita era muy distrada e iba adems pensando en sus travesuras de muchacha. Don Paco era tambin distrado. El mismo no saba en qu estaba pensando. Era, adems, algo corto de vista. Lo cierto es que no repararon uno en otro al venir en opuestas direcciones, ni oyeron el ruido de los pasos. Chocaron, pues, y se dieron un buen empelln. --Caramba, hombre--dijo Juanita--, mire usted por dnde va y no camine a ciegas; por poco me tira el cntaro. Don Paco, que conoci a Juanita por la voz, contest con mucha dulzura: --Perdona, hija ma! Te he hecho dao? Ella, que tambin conoci a don Paco en seguida, replic riendo: --Qu dao me ha de haber hecho usted? Pues qu, soy yo acaso de alfeique? --No, hija. Bien slida y firme me pareces. Si en algo eres de alfeique, no es por lo quebradiza, sino por lo dulce.--Entonces ser turrn de Alicante: dulce, pero duro. --Y vaya si me ha parecido duro. --Si advirti usted dureza, hablar slo de su dulzura por adivinanza. --Pues qu, no podra yo probarla? --Ya est usted viejo, don Paco, y no podra meterle el diente. --Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tan cabales y fuertes, que si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra los dara. Pero yo no quiero emplear contigo sino ms blandas y amorosas demostraciones. --Ea, quite usted all, seor don Paco! Qu demostraciones ha de hacer usted, si puede ser mi abuelo? Y como don Paco segua plantado delante atajndole el camino, Juanita continu: --Vamos, djeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. Qu dira la gente si le ve y le oye hablar aqu y requebrar en la oscuridad a una mocita? Capaz ser de decir que ha perdido usted la chaveta y que no sirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrs. Don Paco se apart entonces y dej pasar a Juanita; pero en vez de dirigirse hacia la fuente, se volvi, siguindola, hacia el lugar. --Qu hace usted, seor? Por qu no va a su tertulia? Todava estn en los poyetes el seor cura, el boticario y el escribano. Vyase usted a hablar con ellos. --Ya es tarde, pronto se volver y desisto de ir hasta all. Prefiero volver charlando contigo. --Y de qu hemos de charlar nosotros? Yo no s decir sino tonteras. No he ledo los libros y papeles que usted lee, y como no le hable de los guisos que mi madre hace o de mis bordados y costuras, no s de qu hablar a su merced. --Hablame de lo que hablas a Antouelo cuando ests con l de palique. --Yo no s lo que es palique, ni s si estoy o no estoy a veces de palique con Antouelo. Lo que s es que yo no puedo decir a su merced las cosas que a l le digo. --Y qu le dices? --Pues no quiere usted saber poco! Ni el padre Anselmo, que es mi confesor, pregunta tanto. --Algo de muy interesante y misterioso tendr lo que dices a Antouelo, cuando ni al padre Anselmo se lo confiesas. --No se lo confieso porque no es pecado, que si fuera pecado se lo confesara. Y no se lo cuento tampoco, porque a l no le importa nada, y a usted debe importarle menos que a l. A todo esto, como iban a buen paso ambos interlocutores, haban ya subido la cuesta y se hallaban en el altozano, a la entrada del lugar, donde estn la iglesia parroquial y las primeras casas. --Djeme su merced ahora--dijo Juanita--y no venga, con perjuicio de su autoridad, acompaando a una chicuela que lleva un cntaro. Pues no se enojara poco la seora doa Ins, que tiene tantos humos, si viese a su seor padre sirviendo de escolta, no a una princesa como ella, sino a una pobrecita trabajadora! --Qu haba de decir? Dira que yo te estaba encomendando algn trabajo. --No es sta hora ni ocasin para eso, y, por otra parte, no es a m, sino a mi madre, a quien los trabajos se encargan. Acuda usted a ella si algo quiere encargar. Y diciendo esto, apresur el paso, hizo a don Paco un gesto imperativo, marcndole la calle por donde deba irse y ella se fue por otra que formaba ngulo recto con la que don Paco deba seguir. VIII Mucho cavil don Paco sobre aquel dilogo, midiendo e interpretando la palabras de Juanita. Le haba llamado abuelo, pero con amable risa. Todos los hombres, abuelos y nietos, solemos prometrnoslas felices y casi siempre nos inclinamos a dar la ms favorable interpretacin a cuanto dicen las mujeres que pretendemos. No se poda dudar, por ser cuestin de una ciencia tan exacta como la aritmtica, que l hubiera podido ser el abuelo de Juanita. Don Paco haca este clculo: --Yo tengo cincuenta y tres aos. De diecisiete a cincuenta y tres van treinta y seis; a los diecinueve aos bien pude yo haber tenido una hija, y esta hija bien pudo haberse casado y tener a Juanita a los diecisiete. Despus sumaba don Paco: --Diecinueve ms diecisiete, ms otros diecisiete que tiene Juanita ahora, son cincuenta y tres, que es mi edad; luego muy descansadamente pudiera ser yo el abuelo de esa pcara muchacha. _Eppur_, _si muove_--prosegua, pues era hombre erudito hasta cierto punto, saba un poco de italiano porque haba odo cantar muchas peras y conoca las palabras que se atribuyen a Galileo, as como varias otras sentencias expresadas en la lengua de Dante; verbigracia: _Chi va piano, va sano e va lontano_. La primera sentencia, aplicada a su situacin, quera significar que l, a pesar de poder ser el abuelo de Juanita, quera y poda ser otra cosa muy diferente; y la segunda sentencia, que tambin recordaba don Paco, quera significar que l deba ir con tiento, con pies de plomo y sin precipitarse, porque no se gan Zamora en una hora y porque la muchacha no era muy arisca en el fondo, ni, probablemente, tan firme y dura de entraas como, merced al encontrn que haba tenido con ella, le constaba que era de firme y dura en su juvenil superficie. Adems, las esperanzas, lejos de desvanecerse, crecan en su pecho, hallndose ms inverosmil abuelo que inverosmil amante. Para corroborar esta lisonjera afirmacin, se contemplaba don Paco en el espejo en que sola afeitarse, el cual, aunque era pequeo, no lo era tanto que no reflejase casi toda su persona. El exclamaba al verla, como el pastor Coridn de Virgilio o como el Marramaquiz, de Lope: Pues no soy tan feo! Y, verdaderamente, no era feo don Paco, ni pareca viejo tampoco. A las ltimas palabras de Juanita les dio don Paco una interpretacin lisonjera, pero acaso ms comprometida de lo que l deseaba. Al indicarle la muchacha que hablase con su madre y que le encargase la obra de costura que ella deba hacer, no estaba claro que Juanita se mostraba propicia a entrar en cierto gnero de relaciones, aunque no a hurto, sino a sabiendas y con beneplcito de la autoridad materna? Como quiera que fuese, don Paco, sintindose prendado de Juanita, se allanaba a pasar por todo; pero se propuso, como hombre prudente, no aventurarse ms de lo necesario y no soltar prenda por lo pronto. A que l entrase en relaciones serias con Juanita y conducentes a la _buena fin_ se oponan dos consideraciones: era la primera la excesiva, sospechosa e ntima familiaridad que tena Juanita con Antouelo, el hijo del herrador, y era la segunda la casi seguridad del furioso enojo de doa Ins cuando llegase a saber que l tena un compromiso serio con Juanita. Doa Ins inspiraba a su padre terror pnico, y siempre trataba de huir de su enojo como de una espada desnuda. Su decidida aficin a la muchacha saltaba, no obstante, por encima de los obstculos, como un corcel generoso salta la valla que se le ha puesto para atajar su carrera. En resolucin, combatido don Paco por harto contrarios sentimientos, aunque se propuso no desistir de la empresa que haba formado de manera muy vaga, se propuso tambin proceder con la mayor cautela y ser lo ms ladino que pudiese, aunque en estos negocios no le suceda como en los negocios del Municipio, y el ser ladino no era su fuerte. As discurriendo, pas don Paco revista a su ropa blanca. Vio que slo tena media docena de camisas bastante estropeadas y con muchos zurcidos. Y como esto era muy poco para l, persona de extremado aseo, que, cosa rara en un pequeo lugar!, se pona limpia tres veces a la semana, decidi que estaba justificadsimo el mandar que le hiciesen media docena de camisas nuevas, que le hacan muchsima falta, Y quin haba de hacerlas mejor que Juanita, que era la costurera ms hbil de Villalegre? Y quin haba de cortarlas mejor que su madre, la cual, lo mismo que con el mango de la sartn en la izquierda y la paleta en la diestra, era una mujer inspirada con las tijeras en la mano y con cualquier tela extendida sobre la mesa y marcada ya artsticamente con lpiz o con jaboncillo de sastre? Al da siguiente, decidido ya don Paco, acudi muy de maana a casa de Juana la Larga, y le mand hacer seis hermosas camisas de madapoln con puos y pechera de hilo, ajustndolas a treinta reales cada una. Para ganarse la voluntad y excitar el celo de ambas Juanas, les llev don Paco, envuelto en un pauelo y sin que los profanos viesen lo que llevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara en el lugar, y para mayor esplendidez sac, adems, del bolsillo del holgado chaquetn que sola vestir a diario, nada menos que tres bollos del exquisito chocolate que sola hacer doa Ins en su casa, y del cual haba regalado a su padre una docena de bollos de cuatro onzas cada uno. Juana la Larga, que era muy golosa y muy aficionada a que la obsequiasen, acept el presente con gratitud y complacencia; pero como no era larga solamente de cuerpo, sino que lo era tambin de previsin, y, si vale decirlo as, de olfato mental, al punto oli y cal la intenciones que don Paco traa y sobre las cuales haba ya sospechado algo. IX Reza el refrn, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana la Larga, sobre ser honrada, rayando su honradez en austeridad para que se borrase la mala impresin de sus deslices juveniles, era adems, una matrona llena de discrecin y de juicio, y saba que el mencionado refrn se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababa de presentar, en vez de no caber en un saco, el provecho no poda ser sin la honra, y la honra tena que producir naturalmente el provecho. Si Juanita se dejaba camelar a tontas y a locas, se expona a dar al traste con su reputacin y a ser el blanco de las ms feroces murmuraciones y a perder siempre la esperanza de hallar un buen marido. Y todo ello por unas cuantas chucheras y regalillos de mala muerte. Mientras que si Juanita acertaba a ser rgida sin disgustar y ahuyentar al pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor favor de importancia antes que el cura diese en la iglesia el pasaporte para los favores, convirtindolos en actos de deber y cargas de justicia, harto posible era que don Paco se emberrenchinase hasta tal punto que entrase por el aro, rompiendo todo el tejido de dificultades que al aro pusiesen doa Ins y otras personas, y elevando a Juanita a ser legtimamente la seora del personaje ms importante del lugar, despus de don Andrs Rubio, el cacique. Con tales pensamientos en la mente, a par que con notable destreza, y desarrollando la cinta que estaba enrollada en una carretilla, tom Juana a don Paco las medidas convenientes. Estuvo con l ms dulce que una arropa, y aunque le dijo que no tena que venir a su casa para probarse la primera camisa, porque cuando estuviese medio hecha o hilvanada se la enviara para la prueba, le convid a que algunas noches, de nueve a once, cuando no tuviese nada mejor que hacer, viniese, s quera, un rato de tertulia a su casa, porque ni ella ni Juanita gustaban de acostarse temprano, y aunque estaban casi siempre solas, velaban hasta las doce. Juanita cosa o bordaba; pero como esto se hace con las manos, su lengua quedaba expedita y charlaba ms que una cotorra. --Yo--aada Juana la Larga--no coso ni bordo de noche, porque tengo la vista perdida, y as estoy mano sobre mano o paso las cuentas de m rosario y rezo. Si alguna vez est usted de mal humor, podemos echar juntos cuatro o cinco manos de tute, que yo s que a usted le agrada. A m me agrada tambin, pero mi mala suerte y mis cortos medios no me permiten jugarlo ms que a real cada juego. Y aun as, si se le da a una muy mal, bien puede perder veinte o treinta reales en una noche, como quien no quiere la cosa. Ya se comprende que don Paco acept el convite y fue de tertulia a casa de Juana; al principio, de cuando en cuando; al cabo de poco tiempo, todas las noches. Casi siempre jugaba al tute y perda. Sus prdidas podan evaluarse, una noche con otra, en una peseta diaria. Todo, no obstante, lo daba don Paco por bien empleado. Las camisas estuvieron pronto concluidas y don Paco qued muy satisfecho. En la vida se haba puesto otras que mejor le sentasen. No las hubiera hecho ms lindas el camisero ms acreditado de Pars. Las lustrosas pecheras no hacan una arruga; los cuellos eran derechos, a la diplomtica, y los puos muy bonitos y para los botones que en el da se estilan, Juana le regal, en compensacin de los muchos regalos que de l reciba, un par de botones preciosos de plata sobredorada que merc en la tienda del _Murciano_, tienda bien abastecida, y donde, segn dicen por all, haba de cuanto Dios cri y de cuanto puede imaginar, forjar, tejer y confeccionar la industria humana: naipes, fsforos, telas de seda, lana y algodn, especiera, quesos, garbanzos y habichuelas, ajonjol, matalahva y otras semillas. Casi eran los nicos artculos que all faltaban las carnes de vaca y de carnero y toda la pasmosa variedad de sabrosos productos que resultan de la matanza y sacrificio de los cerdos. Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute, Juanita rara vez suspenda su costura o su bordado; pero, sin suspenderlos, sola tomar parte en la conversacin del modo ms agradable. Nadie vena a interrumpir esta tertulia de los tres, salvo Antouelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y de mal humor. Creca este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tute y Juana le acusaba las cuarenta, Antouelo se sentaba muy cerca de Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosa, y ambos cuchicheaban con mucha animacin y en voz tan baja, que don Paco no poda pescar ni palabra de lo que decan. Con esto se pona como sobre ascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese el disimulo. Entonces don Paco jugaba peor: sola tener rey y caballo del mismo palo y se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y l tena el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. As es que las noches en que vena Antouelo a la tertulia, sobre la desazn que daba a don Paco, le haca perder un par de pesetas y hasta tres a veces. Viniese o no viniese Antouelo a la tertulia, Juana la Larga estaba siempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas con Juanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antouelo enredndose en cuchicheos con la hija. Alguna vez que lo intent, hablando bajo a Juanita, esta le contest alto, haciendo la conversacin general y despojndola de todo misterio. Bien hubiera querido don Paco, cuando Antouelo vena, rodear las cosas de suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando al tute con ella; pero Antouelo aseguraba que no saba jugar al tute y daba a entender que nada tena que decir a Juana. Con frecuencia sala don Paco tan cargado de esta tertulia, que se propona y casi resolva no volver a ella o, al menos, ir poco a poco retirndose. Pero ya haba tomado la maldita costumbre de ir, y todas las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de nimas a hormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronuncindose y rebelndose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encanto a casa de ambas Juanas. X Pronto notaron todos los vecinos, cundiendo la noticia por el resto de la poblacin, las constantes visitas nocturnas de don Paco; pero como Antouelo sola ir tambin, y entre don Paco y Juanita haba tan grande desproporcin de edad, la gente murmuradora lo explic todo suponiendo que Antouelo era novio de Juanita, y que don Paco tena o trataba de tener relaciones amorosas con la madre, la cual, a pesar de sus cuarenta y cinco aos y de los muchos trabajos y disgustos que haba pasado en esta vida, apenas tena canas, y estaba gil, esbelta, y aunque de pocas, de bien puestas, frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes. La austeridad esquiva de Juana la Larga durante muchos aos, desde que tuvo su juvenil tropiezo, no pudo en esta ocasin eximirla de la maledicencia. La gente deca que al fin se haba dejado tentar y lo daba todo por hecho. Cuando vea la gente que Antouelo y don Paco iban a las nueve a la casa y permanecan all hasta cerca de las doce, no juzgaba aquella tertulia tan inocente como era en realidad, y la calificaba de amor por partida doble. Las bromas que sobre ello dieron a don Paco algunos de sus amigos le soliviantaron bastante. As es que, excitado, si bien no tena derecho para pedir explicaciones, con ms o menos disimulados rodeos, y cuando Antouelo no estaba presente, se atrevi a pedirlas y a indagar por qu vena Antouelo con tanta frecuencia y de qu trataba con Juanita en sus largos apartes y cuchicheos. Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa ms natural y sencilla, lo explicaban todo, afirmando que Juanita y Antouelo eran exactamente de la misma edad, se haban criado juntos desde que estaban en paales y podan considerarse como hermanos. Aadan ambas que Antouelo era travieso y muy tronera, que daba a su padre grandes desazones, que de l podan temerse mayores males an y que a Juanita ni remotamente le convena para novio; pero ella no acertaba a prescindir del cario fraternal que le tena, ni a prohibirle que viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos y amonestaciones, los cuales eran el asunto de los cuchicheos. Don Paco aparentaba aquietarse al or tal explicacin; pero en realidad no se aquietaba; y mostrando el verdadero inters que el buen nombre de Juanita le inspiraba, insinuaba que, aunque todo fuese moral e inocentsimo, convena, a fin de evitar el qu dirn, no recibir a Antouelo con tanta frecuencia. Los sermones que predicaba don Paco, ms que morales conducentes a observar el decoro de Juanita, no se puede decir que fueron predicados en desierto. Poco a poco dejaron de menudear las visitas de Antouelo; sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y visitas vinieron a ser raros. Esto dio nimo a don Paco. Crey notar que se prestaba dcil odo a sus cariosas reprimendas, y se atrevi a predicar tambin sobre otro punto. En extremo gustaba l de ver a Juanita charlar en la fuente o subir la cuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre la gentil cabeza, ms airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, y ms majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que tambin lavaba la ropa cuando, sin desconcharse ni echar las nfulas por el suelo, solan hacerlo las princesas, all en los siglos de oro. Don Paco, que tena, segn hemos apuntado ya, entendimiento de amor de hermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que no tena el liviano, provocativo y sucio movimiento de caderas y los pasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andar sereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda deba de andar Diana Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquises en las selvas que rodeaban a Cartago. En Villalegre se gastaban corss, y hasta era Juana la Larga quien mejor los haca; pero la indmita Juanita nunca quiso meterse en semejante apretura ni llevar aquel cilicio que para nada necesitaba ella y que entenda que hubiera desfigurado su cuerpo. Slo llevaba, entre el ligero vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justillo o corpio sin hierros ni ballenas, cosa que bastaba a ceir la estrecha y virginal cintura, dejando libre lo dems que, derecho y firme, no haba menester de sostn ni apoyo. En el espritu de don Paco pudo, sin embargo, ms que el deleite de ver a Juanita en la fuente o volviendo del albercn, la idea de que, estando ya muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar a la princesa Nausicaa, sin rebajarse o avillanarse demasiado; y as, aconsej y amonest tantas veces y con tan discretas razones a Juanita para que no fuese a la fuente, apoyndole siempre la madre de ella, que Juanita cedi, al cabo, y dej de ir a la fuente y al albercn, retrayndose, adems, de otros varios ejercicios y faenas que no son propios de una seorita. XI Doa Ins Lpez de Roldn distaba mucho de ser una lugarea vulgar y adocenada. Era, por el contrario, distinguidsima; y en su tanto de mritos mirados, o sea guardando la debida proporcin, pudiramos calificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Rcamier aldeana. Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas y en fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada, ayudndola en este ejercicio el seor don Andrs Rubio. No descuidaba ella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, y todo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tena, el mayor de ocho aos; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores, entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tena en el extremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasen con sus chillidos y gritera, ya sus solitarias meditaciones, ya sus lecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con el cacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla. A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno, mandaba acostar a los nios, y desde entonces, hasta las once, y a veces hasta ms tarde, tena tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cual rara vez asista el seor Roldn, que no presuma ni poda presumir de discreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban y enorgullecan, pero al mismo tiempo le excitaban al sueo. En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aun de la administracin de la hacienda, de la que suavemente haba despojado a su marido por no considerarle capaz, doa Ins sola ocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espritu. Rara vez perda su tiempo en leer novelas, condenndolas por inspidas o inmorales y libidinosas. De la poesa no era muy partidaria tampoco, y sin plagiar a Platn, porque no saba que Platn lo hubiese preceptuado, desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptores de las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religin y de la paz que debe reinar en las bien concertadas repblicas; pero en cambio, doa Ins lea Historia de Espaa y de otros pases y, sobre todo, muchos libros de devocin. El cura la admiraba tanto al orle hablar de teologa que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y su cabeza con el bonete y la borla. Era tan grande la actividad de doa Ins, que a pesar de tan varias ocupaciones, an le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo de enterarse a fondo de la historia contempornea y local, que tena para ella ms atractivos que la Historia Universal o de pocas y pases remotos. Para conocer bien esta historia contempornea y local y ejercer sobre los hechos la ms severa crtica, se vala doa Ins de diferentes medios, siendo el ms importante una criada antigua, que haca recados, que entraba y sala por todas partes y que se llamaba Crispina, mula en su favor y privanza de Serafina, la doncella. Gracias a Crispina, doa Ins estaba al corriente de los noviazgos que haba en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistades y enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo que este deba y de lo que aquel haba dado a premio, y hasta de lo que coma o gastaba en comer cada familia. A los que coman bien, doa Ins los censuraba por su glotonera y despilfarro, y a los que coman poco y mal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes. No tard, por consiguiente, doa Ins en tener noticia de las aficiones de su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas. Muchsimo la molest esta grosera bellaquera, que tan duramente la apellidaba; pero disimul y se report durante muchos das, sin decir nada a su padre. Doa Ins estaba muy adelantada en sus concebidas esperanzas de octavo vstago, y en tal delicada situacin se cuidaba mucho y procuraba no alterarse por ningn motivo, para que las dichas esperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizndose de un modo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doa Ins no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tena guardada y segua observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia de que era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretenda o cortejaba. Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doa Ins, porgue no poda entrar en su cabeza que su padre intentase jams contraer segundas nupcias con Juana la Larga. As es que lo que censuraba en este muy speramente era la inmoralidad y el escndalo de unas relaciones amorosas contradas por hombre que tena ms de medio siglo y que iba a ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba tambin la condicin harto plebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignos de aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido con alguna hidalga recatada y de su posicin, como haba dos o tres en el lugar, que, segn pensaba doa Ins, hubieran abierto a don Paco, si l hubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba, pues, doa Ins de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Le dola asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga, suponiendo, segn las noticias que le trajo Crispina, que gastaba mucho ms de lo que ganaba. --Conque juega al tute con ella? --S, seora--contest Crispina--. Y ya por echarla de fino, ya porque est embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a medio morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganndole diez o doce reales cada noche. Adems, los regalos de don Paco llueven sin descampar sobre aquella casa; ya enva un pavo, ya una docena de morcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced, hecho por el hombre que viene expresamente desde Crdoba a hacerlo a esta casa. Lo de que don Paco hubiese regalado tambin parte de su chocolate irrit ferozmente a doa Ins; lo consider una verdadera profanacin y casi le hizo perder los estribos; pero al fin pens en la situacin en que se encontraba, ya fuera de cuenta, y logr reportarse. Su moderacin y sus cuidados no fueron intiles. El 29 de junio, da de San Pedro Apstol, sinti doa Ins desde muy de maana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquel mismo da a un hermoso nio. La madre y el seor Roldn decidieron que deba llamarse Pedro, en honor del Prncipe de los apstoles en cuyo da haba nacido y del que eran muy devotos. El seor don Andrs Rubio prometi tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como el infante fue robustsimo y el mdico asegurase que no corra peligro su vida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, as porque ya estara levantada la seora doa Ins y podra asistir a las fiestas que se hiciesen, como porque para entonces se realizara la anunciada visita del seor obispo, el cual, a ms de confirmar a todos los muchachos que no lo estuviesen, les hara la honra de bautizar al futuro Periquito. El obispo sera hospedado en casa de los seores de Roldn los tres o cuatro das que estuviese en Villalegre. Doa Ins, por tanto, pensando en los preparativos y en todos los medios que haba de emplear para hacer con lucimiento recepcin tan honrosa, persever en refrenar su ira contra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Y disimulando el odio que le haba tomado, no quiso dejar de valerse de ella en ocasin de tanto empeo. Ya la haba llamado el da del alumbramiento, porque bien saba por experiencia que no haba en el mundo conocido ms hbil comadre que Juana. Y como tampoco haba por all mujer tan dispuesta para preparar y dirigir los festines, con tiempo comprometi a Juana a fin de que desde dos das antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volver a la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo. Juana prometi hacerlo as y lo cumpli muy gustosa. XII La vspera de la llegada del obispo, que fue el 15 de julio, vspera tambin de la Virgen del Carmen, Juana haba trabajado ya mucho, sudando el quilo para condimentar los manjares y las golosinas, y hasta para disponer el aparato y la magnificencia que haban de desplegarse en la recepcin y en el hospedaje de su seora ilustrsima, y en el refresco y ambig que haba de darse en aquella casa a todo lo ms granado e ilustre de la villa, despus de terminadas las cristianas ceremonias de la confirmacin y del bautismo. En ella, doa Ins iba a dar al seor obispo ms trabajo que nadie, pues tena siete chiquillos no confirmados an, y uno todava _moro_, como apellidan en Andaluca a todo ser humano antes de recibir el agua sacramental que le trae al gremio de la Iglesia. La noche del 15 de julio haca muchsimo calor. A eso de las nueve, don Paco, segn costumbre, se fue de tertulia a casa de Juana la Larga; pero Juana segua trabajando an en la de los seores de Roldn, y Juanita estaba sola con la criada, tomando el fresco en la reja de su sala baja. La vio don Paco, y lleg a hablarle antes de dirigirse a la puerta. Juanita, despus de los saludos de costumbre, dijo a don Paco, que pretenda que le abriese: --Mi madre no ha vuelto an. No s cundo volver. Estando yo sola no me atrevo a abrir a usted la puerta y a dejarle entrar. La gente murmura ya contra nosotros, y murmurar mil veces ms si yo tal cosa hiciera. Vyase usted, pues, y perdneme que no le reciba. Ninguna objecin acert a poner don Paco, convencido de lo puesta en razn que estaba Juanita. Solamente le dijo: --Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato. Aunque la gente nos vea, qu podrn decir? --Podrn decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podrn creer que yo interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, y podrn censurar que pudiendo ser yo nietecita de usted, tire a ser su novia y tal vez su amiga. Con esta suposicin me sacarn todos el pellejo a trdigas; y si llega a odos de su hija de usted, mi seora doa Ins Lpez de Roldn y otras hierbas, que usted y yo estamos aqu pelando la pava, ser capaz de venir, aunque se halla delicada y convaleciente, y nos pelar o nos desollar a ambos, ya que no enve por aqu al seor cura acompaado del monaguillo, con el caldero y el hisopo del agua bendita, no para que nos case, sino para que nos roce y refresque con ella, sacndonos los demonios del cuerpo. --Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero el len como lo pintan. Y si t gustases un poquito de m, y mi conversacin te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendras tanto miedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de los exorcismos del cura. --Y de dnde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato de palique? Pocas cosas encuentro yo ms divertidas que la conversacin de usted, y adems siempre aprendo algo y gano oyndole hablar. Yo soy ignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaa, me parece que no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor que tienen sus palabras. --Entonces, cmo es que no me quieres? --Entendmonos. De qu suerte de quereres se trata? --De amor. --Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene el padre Anselmo a su breviario, como el que tiene doa Ins a sus libros devotos o como el que tiene usted a las leyes o a los reglamentos que estudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quieren esos libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yo en or a usted cuando habla. --Pero, traidora Juanita, t me lisonjeas y me matas a la vez. Yo no quiero instruirte, sino enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tu novio. --Jess, Mara y Jos. Est usted loco, don Paco? En qu vendra a parar, qu fin que no fuera desastroso podra tener ese noviazgo? No le tiemblan a usted las carnes al figurarse la estrepitosa cencerrada que nos daran si nos casramos? Y si el noviazgo no terminase en casamiento, adnde ira yo a ocultar mi vergenza, arrojada de este pueblo por seductora de seores ancianos? Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendi mucho a don Paco en aquella ocasin, y muy picado, y con tono desabrido, exclam haciendo demostracin de retirarse: --Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellos por mi culpa. Adis, Juanita. --Detngase usted, don Paco; no se vaya usted enojado contra m. No conoce usted muy a las claras que yo le quiero de corazn y que mi mayor placer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, procuro no retener a usted con esperanzas vanas. Mucho me pesara de que usted me acusase un da de que yo le engaaba. Por esto digo a usted que de amor no le quiero y me parece que no le querr nunca. Pero lo que es por amistad, debe usted contar conmigo hasta la pared de enfrente. Por qu no se contenta usted con esa amistad? Por qu me pide usted lo que no puedo ni debo darle? No sera flojo el alboroto que se armara en el pueblo si usted y yo fusemos novios y s el noviazgo se supiese. Don Paco se atrevi a decir entonces, en mala hora y con poco acierto: --Pues qu necesidad hay de que nuestro noviazgo se sepa? --Y usted, por quin me toma para insinuar ese sigilo, dado que sea posible? Slo se oculta lo poco decente, y, por tanto, yo no he de ocultar nada aunque pueda. Si me decidiese yo a ser novia de usted, sera por considerarlo bueno y honrado, y en vez de ocultarlo como fea mancha, lo pregonara y lo dejara ver a todos con ms orgullo que si ensease una joya, jactndome de ello, en vez de andar con tapujos. Ya sabe usted mi modo de pensar. Nada ms tenemos que decirnos. Ahora, lo repito, vyase usted y djeme tranquila. Malo es siempre dar que hablar; pero dar que hablar sin motivo es malo y tonto. Don Paco depuso el enojo, no acert a responder a Juanita con ninguna frase concertada y se fue, despidindose de ella resignado y triste. XIII Pasaron das y vino el obispo, como se esperaba. Su seora ilustrsima bautiz a los nios _moros_, que aguardaban su venida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirm a los no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocos harto talludos. Doa Ins se luci dando hospedaje al seor obispo, y este se fue del lugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que all se viva. Libre ya doa Ins de tanta extraordinaria faena, se consagr con mayor atencin al estudio de la historia contempornea, y al cabo, auxiliada por los datos que le suministraba Crispina, y valindose de su rara sagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, a quien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lo mismo se call y no atorment a su padre con insinuaciones ni bromas. El asunto no se prestaba a bromas ni a medios trminos. La ira de doa Ins haba de estallar y manifestarse de una manera ms seria cuando estuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de tal la calificaba. Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuracin, se senta ms enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces desdenes, recapacitaba sobre ellos, haca doloroso examen de conciencia y miraba y cataba la herida de su corazn, como un enfermo contempla con amargo deleite la llaga o el cncer que le lastima y en el que prev la causa de su muerte. Toda la vida haba sido don Paco el hombre ms positivo y menos romntico que puede imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que se le haba metido en las entraas y se las abrasaba, le pareca tan ridculo que, a par que le afectaba dolorosamente, le haca rer cuando estaba a solas, con risa descompuesta y que sola terminar en algo a modo de ataque de nervios. Don Paco dej, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; ya no vea a Juanita en la fuente y sola, porque l mismo haba predicado para que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a sustraerse a la obsesin que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a los perspicaces ojos de su espritu, as en la vigilia como en el sueo. Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa o duramente, a cuantos mozos la pretendan, y lo que es Antouelo iba ya con menos frecuencia a casa de Juanita. Segn en el lugar se sonaba, andaba l muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto malas compaas y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegre no era el nico teatro de sus proezas, sino que, a pesar de las amonestaciones y reprensiones de su padre, a menudo muy duras, se sola ir de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres das no apareca por su casa. Don Paco no tena, pues, rivales. Pareca completamente dueo del campo; pero el campo estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograba entrar en l y se quedaba fuera como los otros. No desisti por eso de ir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario. Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre, hablaba con Juanita en conversacin general, y Juanita hablaba igualmente y le oa muy atenta manifestndose finsima amiga suya y hasta su admiradora; pero, como de costumbre tambin, las miradas ardientes y los mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin ser notados y eran machacar en hierro fro, o hacan un efecto muy contrario al que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal humor, turbando su franca alegra y refrenando sus expansiones amistosas. De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaron algunos das y llegaron los ltimos del mes de julio. Haca un calor insufrible. Durante el da los pajaritos se asaban en el aire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la noche refrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecan la luna y multitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro, lo tean de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados de oro. Ambas Juanas no reciban a don Paco en la sala, sino en el patio, donde se gozaba de mucha frescura y ola a los dompedros, que daban su ms rico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba luisa, que haba en no pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas de enredadera, que en Andaluca llaman de _pitimin_, y que trepan por las rejas de las ventanas, en los cuartos del primer piso, donde dorman Juanita y su madre. En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco. Todava all, a la luz de un bruido veln de Lucena, de refulgente azfar, se jugaba al tute en una mesilla porttil, pero no con la persistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempre gastronmicas, suplan la falta del juego. Juana, que era tan industriosa, sola hacer helado en una pequea cantimplora que tena; pero con ms frecuencia se entretena comiendo ora piones, ora almendras y garbanzos tostados, ora flores de maz, que Juanita tena la habilidad de hacer saltar muy bien en la sartn, y ora altramuces y, a veces, hasta palmitos cuando los arrieros los traan de la provincia de Mlaga, porque en la de Crdoba no se cran. Estas rsticas semicenas, dignas de ser celebradas por don Francisco Gregorio de Salas en su famoso _Observatorio_, deleitaban ms a don Paco que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas de Trimalcin o de Apicio y las modernas de la Maison Dore o del Caf Ingls en Pars, parecindole mejor aquellos groseros alimentos que la ambrosa que comen las deidades del Olimpo, ya que Juanita, comindolos, les comunicaba cierta celestial u olmpica naturaleza. Dichas chucheras, apndices de la verdadera cena que cada uno haba tomado ya en su casa antes de empezar la tertulia, probaban adems, cuando las dos Juanas y don Paco se las coman, sin el menor susto y sin ninguna mala resulta, que nuestros tres hroes posean tres estmagos de los ms sanos, eficaces y potentes que hay en el mundo. Una noche en que estaban aquellas seoras muy familiares, conversables y benignas con don Paco, se atrevi este a ofrecer algo que pensaba en ofrecer tiempo haca, sin acabar de decidirse por temor de que no aceptasen su obsequio. Desechado el temor, dijo al cabo: --De hoy en ocho das, el cuatro de agosto, habr grandes fiestas en este pueblo. Habr procesin, feria, velada, funcin de iglesia y sermn, que predicar el padre Anselmo, contando y celebrando la vida y milagros del glorioso Santo Domingo de Guzmn, nuestro patrono y abogado en el cielo. Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, por el estilo de la de estos mantones que llaman de espumilla o de Manila. Carece de bordados y es de color verde oscuro. Me la envi meses ha de regalo mi sobrino Jacinto, que est en Filipinas empleado en Hacienda. Tiempo hay todava de hacer con esta tela un precioso vestido de mujer. Y quin lo llevara con ms garbo y lucimiento que Juanita, si aceptase mi presente? La tela es pintiparada para hacer el traje, y si ustedes quieren darse prisa, an tienen tiempo de sobra. Madre e hija dieron mil gracias a don Paco por su buena intencin, mostrando repugnancia en aceptar por el qu dirn y sosteniendo que cuando viesen a Juanita con traje tan lujoso todo el lugar se alborotara, adivinara que la seda era regalo de don Paco y l y ellas daran una estruendosa campanada. Nada contest don Paco a tan juiciosos razonamientos; pero hizo algo ms elocuente y persuasivo. Tom de una silla un paquete que haba trado recatadamente envuelto en un pauelo, y desdoblndolo, mostr la tela a la luz del veln. Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; la calificaron de divina. Los ojos y el alma se les iban en pos de la tela. En suma, no pudieron resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mostrarse ms difcil y Juanita tuvo que ceder y que aceptar antes que ella. No bien se fue don Paco, a eso de las doce, Juanita dijo a su madre. --Yo no he sabido resistir. La tela es encantadora. Lo que ms me agrada de ella es su flexibilidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se ceir muy bien al cuerpo y se podr dar mucho vuelo a las faldas, que formarn pliegues muy graciosos. Vamos..., he cado en la tentacin. Qu no van a murmurar y a morder las envidiosas cuando me vean tan peripuesta y tan guapa ir a la funcin de iglesia el da de Santo Domingo? Porque t, mam, irs con tu mantilla de tul bordado, y me emprestars o me regalars la otra que tienes de madroos, que me est como pintada. Varias veces la he sacado del fondo del arca y me la he probado, mirndome al espejo. Mucho van a rabiar cuando me vean tan maja las hijas del escribano, que gastan tanta fantasa como si fueran dos marquesas, aunque son dos esperpentos y van siempre mal pergeadas. --S, hija; pues la menor est tan escuchimizada que parece una lombriz de cao sucio, y la otra es tan pequeuela y tan gorda como una bolita. Si llega a casarse, a tener hijos y a engordar ms, perder la forma de mujer y se convertir en cochinillo de San Antn. Pero, dejando esto a un lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos la ms tremenda envidia y nos pondrn como un regalado trapo. --Pecho al agua y preparmonos para la lucha. Qu podrn decir de m? Que don Paco me viste? Pues yo voy a vestir a don Paco..., y patas. Mira: con mis ahorrillos ir maana a la tienda del _Murciano_ y comprar pao de Tarrasa o del mejor que tenga. Calcula t cuntas varas se necesitan. El tiene gabina, castora o como se llame; pero su levita, aunque no se la pone ms que diez o doce veces al ao, est ya desvergonzada de puro rada. Sin chistar, con mucho sigilo, vamos t y yo a hacerle una levita nueva, segn el ltimo figurn de _La Moda Elegante e Ilustrada_ que recibiste de Madrid el otro da. Como t tienes las medidas de don Paco y eres muy hbil, la levita, sin probrsela ni nada, le caer muy bien, y ya vers con qu majestad y con qu chiste la luce en la procesin, cuando marche en ella entre los dems seores del Ayuntamiento. As no ser yo sola, sino l tambin, quien estrene prenda en tan solemne da. --Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el fuego, sino echarle lea para que arda ms. Si han de murmurar como uno al verte con el vestido nuevo, murmurarn como dos al ver con levita nueva a don Paco. --Pues que murmuren. Lo que yo me propongo al regalar la levita, adems de la satisfaccin que me cause el obsequiar a don Paco, es que nadie me acuse, y sobre todo, que no me acuse yo misma de tener el vestido sin dar en pago algo equivalente. Decididas as las cosas, al otro da se compr el pao. Juana cort con segura destreza la levita y el traje de mujer, y madre e hija y dos oficialas trabajaron con tal ahnco, que el tres de agosto, vspera del santo, levita y vestido de mujer estaban terminados. XIV Cuando aquella noche vino don Paco de tertulia, le dieron la sorpresa de ensearle la levita. El casi se enoj, y hasta se le saltaron las lgrimas de puro agradecido. En el patio mismo se prob la levita; le hicieron dar con ella cuatro o cinco paseos, y ambas mujeres encontraron que con la levita estaba don Paco muy airoso; y eso que no se vea todo el efecto, porque no haba trado la gabina, sino el hongo, como de costumbre, y la levita y el hongo no armonizan bien. Animados ya los tres y de buen humor, dijo don Paco: --No comprendo por qu gustan ustedes tanto de la soledad y estn tan retradas. La plaza esta noche estar animadsima. Todo el mundo habr acudido a la verbena y a ver los fuegos, que dicen que sern magnficos. Empezarn en punto de las once, y como habr muchos cohetes y dos o tres soles o ruedas, y a lo ltimo un gran castillo, que terminar con un espantoso trueno gordo, durar la fiesta hasta despus de medianoche. La gente quiere que el trueno gordo estalle en el momento mismo que empiece el da del santo, y espera que el santo lo oiga desde el cielo y se alegre de que sus patrocinados le saluden y feliciten. Por qu no se animan ustedes y van a gozar de todo esto? Iremos juntos. Yo las acompaar. --Bien quisiera yo ir--contest Juana--; pero temo que nos pongan como chupa de dmine cuando nos vean reunidos. --Pues mira, mam, deja que nos pongan como les de la gana; a m me sale de adentro el ir, y no quiero andar con repulgos. Vamos all, y arda Troya. Como estamos, vamos bien, sin nada en la cabeza; no tenemos ms que echar a andar. Sin hacer ms reparos, los tres se fueron en seguida a la velada y feria que haba en la plaza, la cual, con los muchos farolillos y candilejas que la iluminaban, pareca una ascua de oro; y por el bullicio y por la muchedumbre de gente, que casi la llenaba, era un hormiguero de seres humanos. En los balcones, en las ventanas y en las puertas de las casas, las personas de ms edad y fuste estaban sentadas en sillas. Las jvenes se paseaban o se paraban a contemplar las tiendas de mercaderes ambulantes que se extendan por la plaza y por dos o tres calles de las que en la plaza desembocan. Las tiendas a las que se agolpaba ms gente eran las de juguetes y muecos. Apenas haba chicuelo que no fuese obsequiado por sus padres o por los amigos de sus padres con un pito, con una trompeta o con un tambor. Y como casi todos desplegaban en seguida su capacidad musical en los instrumentos que les haban mercado, el aire resonaba con marcial y alegre, aunque algo discordante armona. Ni faltaban en las tiendas de muecos trompas marinas, siempretiesos, sables y fusiles de madera y de latn, y especialmente Santos Domingos de diversos tamaos, todos de barro cocido y pintados de vivsimos colores. Estas imgenes eran las que ms se vendan, porque el santo inspiraba en el pueblo devocin fervorosa. El ambiente estaba embalsamado por el aroma del aceite frito de ms de quince buoleras, donde gitanas viejas y mozas frean y despachaban de continuo esponjados buuelos, que unas personas se coman all mismo con aguardiente o con chocolate y otras se los llevaban a su casa, ensartados todos en un largo, flexible y verde junco. Ni faltaban all tampoco puestos de exquisitas frutas; pero los que ms atraan la atencin de los chicuelos eran los de almecinas, ya que, adems del gusto de comrselas, proporcionaban la diversin de ejercitar la puntera tirando al blanco. Cada muchacho que compraba almecinas compraba tambin un canuto de caa, cerbatana por donde, despus de haberse comido la poca y negra carne de la fruta, disparaba soplando el huesecillo redondo y duro. Estos proyectiles corran silbando por el aire como las balas en una reida batalla, salvo que eran mucho ms inocentes, pues apenas hacan dao, si por una maldita y rara casualidad no acertaban a darle a alguien en un ojo, pues entonces bien podan dejarle tuerto. Caso tan lastimoso, sin embargo, rara vez ocurre, y, por consiguiente, la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de aquel feroz tiroteo. Haba, por ltimo, en la feria nocturna siete u ocho mesillas de turrn, y hasta tres confiteras, donde lo que con ms abundancia se despachaba eran las yemas, los roscos de huevo y las batatas confitadas. Se cuenta que cuando algn campesino que presume de muy rumboso quiere obsequiar a su novia o a la muchacha a quien va acompaando, se dirige al confitero y le pide yemas o batatas. --Cuntas quiere usted?--dice el confitero poniendo en uno de los platillos del peso la pesa de cuartern. --Eche usted _jierro_--responde el galn. El confitero pone la pesa de media libra. --Eche usted ms _jierro_--repite varias veces el galn, y el confitero va echando casi todas las pesas. Pero siempre la muchacha, llena de exquisita delicadeza, y con los ms modestos remilgos, alega la dificultad que hay en trasladar a casa tanta balumba y pesadumbre de confites, y asegura que no se los podr comer en una o dos semanas, y que se pondrn agrios, secos o rancios. En fin, ella est tan elocuente, que el galn, aunque al principio se resiste llamando a la muchacha dama de la media almendra, al cabo se deja convencer, pero no de repente, sino poquito a poco; y segn va entrando el convencimiento en su nimo y ella sigue hablando, l la interrumpe a trechos diciendo al confitero: --Quite usted _jierro_. Y de esta suerte acaba por no quedar en el platillo de las pesas ms que la de cuartern, y a veces la de dos onzas. Para que no careciere la velada de ningn atractivo, hubo en ella tambin una banda de msica militar, que se haba conservado desde la poca en que hubo milicianos nacionales, gracias a los desvelos y esfuerzos de don Andrs Rubio, que haba sido comandante de la milicia. Los ocho msicos de que constaba la banda vestan an, cuando iban a tocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la extinguida institucin defensora de nuestras libertades. Eran los msicos menestrales o jornaleros de los ms listos; no tocaban mal, y siempre el Municipio les pagaba un buen estipendio: seis y hasta ocho reales a cada uno. De este modo se libertaba Villalegre del tributo a que estaba sometida en lo antiguo, haciendo venir de la ciudad vecina, siempre que haba funcin, a los msicos, a quienes apellidaban en el lugar _tragalentejas_. Don Paco pase a sus amigas por toda la feria, dando no poco que murmurar, segn haban previsto. Como ellas eran ms finas que los jornaleros, ninguno se acercaba a hablarles, y como estaban en ms humilde posicin que las ricas labradoras, propietarias e hidalgas, la aristocracia las desdeaba. El nacimiento ilegtimo de Juanita haca mayor este aislamiento. Juanita no tena ya una amiga. Entre los mozos, como haba desdeado a muchos, los pobres no se le acercaban por ofendidos o tmidos, y los ricachos, que si ella hubiera sido fcil hubieran porfiado por visitarla en su casa, teman desconcharse o rebajarse acompandola en pblico. Antouelo era el nico galn que an se complaca en acompaar a Juanita; pero Antouelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba ausente en una de sus correras por los lugares cercanos. Las mozas que solan ir por agua a la fuente del ejido, y los arrieros, pastores y porquerizos que acudan a dar agua al ganado, considerando que desde que Juanita dej de ir all se daba tono de seora, no se atrevan ya ni a saludarla. Toda la noche, o sea hasta que los fuegos terminaron, que fue ya cerca de la una, madre e hija permanecieron en la plaza, y hubieran estado sin otro acompaante que don Paco, si don Pascual, el maestro de escuela, no se hubiera unido tambin a ellas. Era don Pascual un soltern de ms de sesenta aos, delicado de salud, flaco y pequeo de cuerpo, pero inteligente y dulce de carcter. Desde que Juanita tuvo seis aos don Pascual, prendado de su despejo y de su viveza, se haba esmerado en ensearle a leer y escribir, algo de cuentas y otros conocimientos elementales. Juanita haba tenido en el maestro de escuela un admirador constante y til, porque haba sido para ella, a falta de aya, ayo gratuito y celossimo. Ella, en cambio, haca mucho honor a su maestro, pues tomando sus lecciones en horas de asueto y cuando la escuela estaba desierta de muchachos, sali discpula tan aventajada, que avergonzaba a casi todos los que a la escuela asistan. Nadie saba mejor que ella el Catecismo de Ripalda y el Eptome de la gramtica. Nadie conoca mejor las cuatro reglas. Haba aprendido tambin Juanita algo de geografa y de historia; y ya, cuando apenas tena nueve aos, recitaba con mucha gracia varios antiguos romances y no pocas fbulas de Samaniego. Tiempo haca que don Pascual no visitaba a Juanita ni a su madre. Primero, las frecuentes visitas de Antouelo le haban espantado. Despus le retrajo ms de ir a casa de las dos Juanas el saber que tanto las frecuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del maestro que Antouelo y don Paco bastaban en aquella casa, y que si l iba estara de non y sera un estorbo. Aquella noche pas por acaso don Pascual cerca de Juanita, y esta se dirigi a l dicindole: --Buenas noches, maestro. Qu le hemos hecho a usted, que tan caro se vende y que nos tiene tan olvidadas? Fueron tantas las cordiales zalameras de la muchacha, que la preocupacin de que l pudiera ser estorbo se le borr por completo del magn y acompa a ambas mujeres durante toda la velada, siendo el cuarto personaje del grupo. Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los bancos de piedra que hay en la plaza. Siempre estaban o iban en medio las dos mujeres, y alternando, a un lado y otro, ambos galanes. Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero ninguna de las dos consinti tamao despilfarro. Para que don Paco no lo tomase a desaire, dej Juana que le comprase un buen puado de cacahuetes y cotufas, que se ech en el bolsillo y que iba comiendo. Juanita, que gustaba mucho de las castaas, como la Amarilis de Virgilio, se avino a que don Pascual le comprase un cuartern de pilongas, que tambin se iba comiendo sin el menor melindre. A don Pascual le bast con una que ella le dio con fineza, porque como don Pascual no tena dientes, no la poda roer ni mascar y la tuvo hora y media en la boca, tratando en balde de ablandarla, y recordando que sin duda por eso, as como por su baratura, se llaman las castaas pilongas caramelos de cadete. Agradablemente pasaron, pues, la velada, y fueron de los que ms gozaron en ella, sin perdonar los fuegos con los que la velada termin, y que estuvieron esplndidos. Los galanes, ya cerca de la una, acompaaron a ambas Juanas hasta la puerta de su casa. Cada mochuelo a su olivo, como suele decirse. Todos en el lugar se retiraron a dormir y trataron de dormir profundamente y de prisa, a fin de estar listos y bien apercibidos, desde muy temprano, para las magnficas fiestas que haba de haber al da siguiente. XV Desde el amanecer empez a solemnizarse el 4 de agosto de manera estruendosa con repique general de campanas. Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos, circulaba por la va pblica, acuda a la plaza, donde segua la feria como en la noche antes, o se agolpaba en la carretera por donde haba de ir la procesin, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la parroquia, y volviendo a entrar en ella despus de haber dado gentil paseo por las calles principales. Estas haban sido bien barridas y alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesin se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones, pendientes de cuyas rejas y barandas lucan vistosas colgaduras de damasco encarnado, verde y amarillo, o de colchas de algodn estampado con enormes floripondios y orladas de rizados y cndidos faralaes. La poblacin toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la vspera quedaron abiertas las barberas y afeita que afeita hasta muy dadas las doce. Los seores ms importantes y ricos, cuantos reciban el tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con sus mejores ropas; si eran jvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o larga vara de membrillo, oliva o fresno; y si eran ya mayores de edad, con capa, para el conveniente decoro, por ser por all la capa el traje de etiqueta, del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol haca chiribitas. Las mujeres de todas las clases sociales haban sacado sus trapitos de cristianar para adornarse aquel da. Ninguna iba con la cabeza descubierta. Todas, s no tenan mantilla, llevaban mantones de lana ligera, o bien pauelos que denominaban all _seticos_, o sea percal lustrossimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas, vestan trajes negros u oscuros de tafetn, de sarga malaguea o de alepn o de cbica; y las seoritas, sus hijas, iban con trajes de muselina o de otras telas areas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla, ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre, relucan, junto a las peinetas de carey, las moas de jazmines, la albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos, amarillos, blancos y disciplinados. Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias tambin a otros caudalosos veneros, que brotan entre rocas al pie de la inmediata sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los cuales se riegan huertos, macetas y arriates. Por entre los hierros de las cancelas que haba en las mejores casas se vean los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso. En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caa en roja taza de bruido jaspe, o se levantaba gran pirmide de tiestos, formando compacta masa de flores y verdura. Las liblulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las avispas y las abejas zumbaban buscando miel. El territorio o trmino de Villalegre confina con la campia, donde todas son tierras de pan llevar o baldos incultos, sin huertas, ni olivares, ni viedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual melonar en las hondonadas. Todo lo dems es en aquella estacin pajizo, ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan ms por all y dan mayor sombra son las pitas. Son las ms leosas y arborescentes los cardos y los girasoles. As es que en los hogares se guisa con cierto producto animal, que no slo da calor, sino perfume, salvando por el aire una o dos leguas de distancia, de suerte que las poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de columbrarse en el horizonte sus campanarios. Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de pintados y alegres pajarillos salen a la campia con el alba, a coger semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse; pero todos anidan en el trmino de Villalegre, y vuelven a l, despus de sus excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbras, para beber en sus cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus chirridos, trinos y gorjeos. Aquel da, que era en extremo caluroso, o no haban salido las aves a merodear o haban vuelto tempranito, y trinando y piando, mientras que arrullaban trtolas y palomas, hacan salva y msica al Santo Patrono, as en los alrededores como dentro de la misma villa. Para mayor ornato y esplendor se haban erigido en ella seis triunfales arcos de lozano y verde follaje. La procesin sali en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la maana. Rompan la marcha el sacristn y los monaguillos, que llevaban el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y otro lado de la manga. Despus muchsima cera, esto es, multitud de hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos aparecan, conducidas en andas, hasta seis imgenes de santos, todas policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente reluca una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo bendiciones. A sus pies haba un perro, muy bien figurado, que llevaba entre los dientes una antorcha, al parecer encendida, con la cual, segn el sueo de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con velas ardiendo, y por ltimo vena una bella efigie de la Virgen, que estaba sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de plata, lo mismo que la corona que llevaba la Santsima Celestial Seora. Era su manto de raso azul celeste, todo l bordado tambin de plata, y que haba costado un dineral. Tena la Virgen en el brazo izquierdo, apoyado contra el corazn, a un precioso Nio Jess con la bola del mundo, que ostentaba la cruz en lo ms alto. En la mano derecha llevaba la Virgen el escapulario del Carmen. Iban delante de la Virgen, con dalmticas e incensarios, dos diconos, que por all llaman _jumeones_. En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofrada, con tnica de seda azul sobre el frac, y empuando larga prtiga de plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doa Ins y yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldn, uno de cuyos antepasados haba costeado la imagen de la Virgen, as como la de Santo Domingo, obras ambas de Montas, segn se jactaban de ello los naturales de Villalegre. En pos de la Virgen, revestido de riqusima capa pluvial, apareca el padre Anselmo, y en torno de l varios capellanes, as indgenas como forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos, y otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnfico palio, debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado cura prroco. Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde a la cabeza, el cual llevaba bengala con puo y borlas de oro. El secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva, elegantsimo, y excitando la envidia de otros seores cuyas levitas o fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados, y ya que no con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros y tal cual lamparn o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que las que not y censur el Cid en el hbito del monje don Bermudo. El cacique, don Andrs Rubio, brillaba en la procesin por su ausencia. Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre ms forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era largusima. La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetn de diversos y vivsimos colores. Y era la gala que aquel jayn, cuando haba para ello espacio bastante, porque el pao de la bandera tena lo menos cuatro varas en cuadro, revolotease la bandera girndola en torno, paralela al suelo, de modo que, agachndose los muchachos y hasta algunos hombres y mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operacin del revoloteo y el cobijo iba siempre acompaada de un precipitado redoble de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesistico y consagrado a aquel menester. No cerraba la procesin ninguna tropa de veras, porque en el pueblo, desde que se haba extinguido la milicia nacional, no haba soldados. Slo haba dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los _tragalentejas_; que solan venir en lo antiguo de una ciudad cercana, iban los msicos municipales casi siempre tocando y vistiendo an el uniforme de la extinguida milicia. No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, ms o menos confusamente, que el Santo Patrono haba tenido algo de guerrero, quisieron que aquella pompa fuese ms militar, y tuvieron una felicsima idea. A los soldados romanos que salen all en las procesiones de Semana Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmes y los convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de los que los amigos del santo haban metido en costura. Los soldados romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo haba un santo nacido en l, el cual santo perteneci a la Legin Tebana; y como en compaa de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvi de modelo para hacer los de los soldados romanos. En cuanto al traje de los judos, era tan fantstico, que poda valer para cualquier poca, si bien tena el inconveniente de ser tan rico y primoroso, que slo los seoritos ms acaudalados del pueblo lo podan costear; as es que haba pocos judos, muchos menos que soldados romanos; mas no por eso se sometan del todo, sino que de cuando en cuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosas escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se rea y era como el sainete o parte cmica de la procesin. Debemos advertir que estos judos herejes, tan elegantes en el vestir, gastaban ciertas espantosas cartulas, con enormes narices, a veces como berenjenas amoratadas y llenas de verrugas, porque los judos de los tiempos antiguos eran ms feos que los de ahora, si bien entonces tenan la mar de dinero, cuando se vestan con tanto lujo. La devota muchedumbre no vea pasar la procesin en reverente y mustio silencio, sino con alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y sonoros vivas, entre los cuales se oan a veces proposiciones candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro entusisticas, como, por ejemplo: Viva nuestro glorioso Patriarca, que joroba a todos los demonios! Viva nuestro Santo Patrono, que achica a todos los otros santos! Para colmo de la devocin y muestras de jbilo, varios mozos tenan escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones, pero con mucha plvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase ms el tronido. En suma, la procesin no dej nada que desear. El pblico qued muy satisfecho. XVI A las diez se cant la misa mayor con rgano, que lo hay all muy bueno, y no sucede lo que en Tocina y en otros lugares de la Andaluca baja, donde dicen que, a falta de rgano, tocan la guitarra en la iglesia. De esto no respondemos. Puede que sea una calumnia. Lo contamos porque lo hemos odo contar. La Virgen estaba ya de nuevo ocupando su camarn en el altar mayor, cuyo retablo, todo de madera tallada y dorada, suba hasta la cumbre del bside, y era caprichoso y atrevido desate del estilo churrigueresco: complicado laberinto de retorcidos tallos, colosal hojarasca, frutas, armas, monstruos simblicos y rosetones, por los cuales asomaban sus infantiles y aladas cabezas los ngeles y los serafines. A la derecha, y sobre otro altar, estaba ya tambin en su nicho el Santo Patrono. Ambos altares resplandecan con muchsimas velas y hachones ardiendo, y ramilletes de flores y festones y guirnaldas de arrayn, laurel y limonero los engalanaban. Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mcula por el reciente enjalbiego, se vean en parte cubiertas de rojo damasco, aunque el damasco era poco, y era ms el filipichn que lo remeda. A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitud de exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestial abogado. All piernas, ojos, brazos y hasta nios completos, y bastantes tablitas pintadas al leo, donde el milagro se representaba, y por medio de un largo letrero escrito al pie quedaba explicado. La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas o sentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de los abanicos de diversos colores alegraba la vista. Alrededor estaban los hombres, en pie. Slo ocupaban algunos escaos de nogal los seores del Ayuntamiento y el cacique don Andrs, que vino a la iglesia, aunque no a la procesin. Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho del cacique, donde aquel da brillaba por vez primera la placa de oro, diamantes y rubes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobierno acababa de concederle en premio de sus eminentes servicios. Ambas Juanas, que tampoco haban estado en la procesin, porque la haban visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera, aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa. Involuntario y general murmullo de admiracin se escap entonces del pecho de los hombres. La madre iba delante abrindose paso con los codos. Detrs vena la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, su mantilla de madroos, su alta peineta de concha y un montn de claveles junto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pauelo y mostraba toda la gallarda y esbeltez de su talle. Pareca la seora principal, la reina de aquella funcin, y apenas podan comprender sus compatriotas que fuese ella misma la moza que haca poco iba con un cntaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero al mismo tiempo majestuoso y modesto. En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajos domsticos, se dira que haba estado conservada entre algodones, como delicada joven, tena un pericn que manejaba con mucha gracia. El asombro que caus su entrada en la iglesia bien se puede decir que durante tres o cuatro minutos turb el orden y la tranquilidad que all reinaba. El maestro de escuela, hombre ledo y que saba de memoria el Romancero, record a este propsito, hablando a la oreja de un concejal, el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simn de cierta nia sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes, quienes en vez de decir amn, decan amor, amor. Tan disparatado triunfo no cogi de susto a doa Ins. Ya tena ella averiguada la transformacin de Juanita de zagalona rstica en algo que presuma de dama, y ya saba, merced a las investigaciones de Cristina, que Juanita iba a lucir aquel da un maravilloso traje de lo ms a la moda y seoril que se haba visto nunca en aquel lugar y en muchas leguas a la redonda. El xito sobrepuj, no obstante, todos los presentimientos y temores de doa Ins. Aunque todava estaba guapa, a pesar de los ocho vstagos que haba tenido, se sinti en el fondo del alma, inferior a Juanita en hermosura; no dej de notar, con profunda mortificacin, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella; hasta en la distincin, aunque doa Ins se preciaba de muy distinguida, tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta la seora de Roldn del arte o de la adivinacin con que una chicuela que se haba criado entre pillera andrajosa y casi en medio de la calle, como vaca sin cencerro, se haba hecho sujeto capaz de tan repentina elegancia. Como Juana la Larga iba tan engreda y tan ufana con el asombroso esplendor y con la rara belleza de su nia, no busc para ponerse con ella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y ms visible. Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeo claro, inmediato a los escaos en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrs; claro que el respeto y la humildad de otras mujeres haban contribuido a formar, y en cuyo lmite, no distante, se hallaba doa Ins Lpez de Roldn, la cual tom aquella intrusin por desaforado atrevimiento, y ardi en sed de imponerle pronto y severo castigo. Al efecto haba ya prevenido al padre Anselmo, y le tena muy sobreexcitado contra Juanita y contra su madre. El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Saba no poco de teologa dogmtica y de moral, y posea notable despejo y prodigiosa facundia; pero era terco, persistente en las opiniones que una vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doa Ins, adems, le tena sorbidos los sesos. Doa Ins le infunda una veneracin y un cario alambicadamente espirituales, que la convertan para l en orculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en el virtuoso corazn de los ancianos: amor sin deseo y sin vicio; lo que hasta llamndose platonismo escandalizara al mismo que lo siente; lo que es tan sutil, tan etreo y tan limpio como aquel semidivino sentir que describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglione en las ltimas ureas pginas de su _Cortesano_. El padre Anselmo jams haba ledo este libro y no haba cado ni poda caer en que senta inclinacin tan dulce; pero sin tener conciencia de ello reverenciaba a doa Ins como si fuera ngel o santa. Estaba ciego para todos los defectos y pecados de ella, y no vea o no crea ver en ella sino virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento y la piedad religiosa. Para el padre Anselmo era doa Ins modelo de casadas y de madres de familia y dechado ejemplar de seoras distinguidas y doctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirti otro intento que el de evitar o reprimir el escndalo y el mal ejemplo que en el lugar se estaba ya dando. Influido por estas ideas, haba preparado el sermn que predic aquel da y que versaba, con aplicacin a las circunstancias, sobre el mismo tema que l gustaba de tratar siempre: sobre la corrupcin de nuestro siglo y sobre sus sntomas ominosos, que son alternativamente efectos y causas. Porque la falta de religin hace que se hunda la moralidad, como edificio cuyos cimientos se socavan, mientras que el excesivo regalo y el esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seria meditacin diablicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasndolas en el infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aqu la ambicin, la codicia y la lascivia, red que Satans nos tiende, cebo con que nos atrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos. La incredulidad y la hereja nacen de la molicie y del lujo, y por la ambicin y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo. El padre ilustr su doctrina con citas histricas. Los albigenses, a quienes convirti Santo Domingo con ayuda de Simn de Monfort, haban cado en abominable hereja porque se entregaban a los festines, elegancias y malas pasiones. Una pcara mujer que sedujo a Martn Lutero tuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversa Ana Bolena fue el medio de que se vali el diablo para apoderarse de los ingleses, que eran antes fervorosos catlicos. La codicia haba sido, sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revolucin hertica o impa empezaba con deportes, amoros y relajacin de costumbres, siempre era la codicia la que lograba que triunfase, convirtiendo la revolucin en cucaa, en cuyo extremo superior se ponan los bienes de la Iglesia. --Tal vez--aada el padre--las personas honradas y pacficas andarn ahora muy confiadas imaginando que ya acab la era de las revoluciones, porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten; pero ay, cun lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia se pondrn, o se ponen ya en lo alto de la cucaa, los bienes de los particulares ricos. Y an habr menos escrpulos para incautarse de ellos, como ahora dicen, porque la incautacin (socorrida palabra para no emplear otra muy dura que cuadrara mejor) no ser sacrlega. Entonces el padre habl del socialismo, refutndolo y procurando demostrar que cada una de sus utopas es sueo y delirio insano. Segn l, siempre habr pobres y ricos, y figurndose ya la revolucin social triunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricos queden pobres; que algunos de los pobres ms listos y audaces se hagan ricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en nmero y padezca mayor miseria, porque gran porcin de la riqueza se habr consumido o destruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si el orden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga rico burlando el Cdigo Penal, todos trabajarn y se ingeniarn decentemente, por donde crecern la riqueza y el bienestar; y los ricos sern ms ricos y sern ms, y los pobres sern menos pobres y menesterosos; y llegar el da, all en lo por venir, en que los pobres estn mejor tratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habr clases y jerarquas sociales, y ser justo que se respeten, porque las hay hasta en el cielo. Aqu declam mucho el padre contra el feroz empeo que muestran hoy tantas personas por salir de su clase y elevarse sin mrito suficiente: el tendero, slo porque se enriquece, pretende ser marqus; el usurero, duque; el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelas desvergonzadas, damas y grandes seoras. Contra todos estos abusos disert con vehemencia, o ms bien lanz centellas y rayos, discurriendo ms por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que de l proceden. Al cuerpecito de una nia presumida y muy ataviada lo llam colmena de Lucifer, cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y los znganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios, pecados y sandeces. Adems de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hasta en los lugares sagrados, turbando el sosiego de los espritus e impidiendo su elevacin, se gasta para sustentar dicho lujo ms de lo que honradamente se gana; se aceptan regalos de los pretendientes y se les sonsaca el dinero. Dejndose ir, pues, por pendiente tan resbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan con facilidad en busconas. Bien lo comprendi as--dijo el padre--la sabia y gloriosa reina doa Isabel la Catlica, cuando se indign al ver en unas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda, y prohibi el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas y ricashembras, lo cual fue providencia discretsima y moralizadora. En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel da: censur el vicio sin censurar al vicio, y no design ni aludi a nadie. De esto se encarg la maliciosa envidia de las mujeres, excitada con disimulo por doa Ins. Todas hicieron a la emperejilada Juanita blanco de sus insolentes miradas. La consideracin del origen ilegtimo de la muchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cual record all en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgares que sostienen como verdad la transmisin de la culpa por medio de la sangre: de tal palo, tal astilla; la cabra tira al monte; quien lo hereda, no lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y as la madre, as la hija y as la manta que las cobija. No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas; pero apenas pudieron resistir la muda y formidable tempestad que descarg sobre ellas. Aparentemente estaba ms conmovida la madre. Juanita no mostr perder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de que no haba incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante, y la clera por la inmerecida afrenta baaron sus mejillas en ms encendido carmn. Y bajando ella la vista, vel con los prpados y las rizadas y largas pestaas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidas lgrimas humedecieron. Al terminar la funcin acertaron madre e hija a escabullirse sin ser notadas y a volver precipitadamente a su casa. XVII Juanita se dej caer desmadejada en un silln de brazos. Juana paseaba, yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula. --Habrse visto--exclamaba--mayor descoco! Vaya... las mantesonas, las pu...ercas! Pues si durase an la prohibicin de seda, cul de ellas la llevara sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos d Dios. De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Son ms feas que noche de truenos. Y de dnde han sacado su hidalgua? Quiz no sabremos que son hijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda del cagarrache del molino de Don Andrs cuando la pretendi y la tom por mujer el escribano. Y por qu la tom por mujer? Para remediarse, porque ella haba allegado bastante dinero con un gran corral de gallinas, y ms an con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a la chita callando y no gastaba pito, la llamaban la _gabacha_. Qu tacto en aquellos dedos verdugos! A escape entrecoga ella como con alicates lo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos, y los dejaba aviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operacin. Luego los cebada y pona gordsimos y los venda muy caros. Yo preguntara al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de ricashembras. Juanita se recobr pronto de su momentneo abatimiento, y dijo: --Mira, mam, no me hables de las hijas del escribano. No las quiero mal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas. --Pues, hija ma, no s de qu haban de asustarse. En la menor no se reparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo; pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda, pareca un tomate enorme con patas. Y luego, qu desvergenza! Durante toda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todava de judo, como haba figurado en la procesin. Buena hidalgua est la de Pepito, el hijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padre debi hacerle una albarda, que no le vendra mal. Aunque ha vuelto de Granada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo que rebuzna en latn y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, t tienes razn. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo. --No maldigas del padre--replic Juanita--. Es un bendito, espejo de santidad. Mucho de lo que dijo en el sermn era juicioso. Y si incurri en exageraciones, bien s yo por qu. La Reina Catlica prohibira sin duda la seda porque en su tiempo se entenderan las cosas de muy otra manera que en el da, y adems porque la seda costara entonces un ojo de la cara y arruinara al pas. En fin, yo no s por qu prohibi la reina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo es o no lo es, a m qu me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. De quien me quejo es de aquella embustera gazmoa de doa Ins, que es la que ha armado contra m todo este gatuperio. Ella me las pagar. Voto a Cristo que me las pagar! Y levantndose entonces de la silla se dirigi hacia su madre con los ojos echando chispas, y haciendo la cruz como para persignarse, dijo solemnemente: --Por esta cruz lo juro: yo me vengar. Ella se acordar de mi durante toda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo. --S, hija ma--repuso Juana--, vngate, vngate. Nada ms natural y razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures, que es pecado mortal. Vngate sin juramento; con cachaza y mala intencin. --Pierde cuidado. No me faltar cachaza. He de disimular ms y he de ser ms hipocritona que esa indina. Mala intencin es lo que no tengo; mi intencin siempre ser buena. Al llegar a este punto de su interesante dilogo, ambas interlocutoras oyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Se asomaron a la ventana y miraron por la celosa. Apenas tuvieron tiempo de ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada a una larga y recia soga, de la que tiraban catorce o quince mozos de los ms robustos y giles. Otros mozos aguijoneaban y enfurecan a la vaca, apalendola con las chivatas y punzndola por detrs con pitacos o bohordos de pita. No siguieron mirando las Juanas lo que ocurra en la calle, porque ms conmovedor espectculo se ofreci de repente a sus ojos dentro de la sala misma. Apareci don Paco, a quien la criada haba abierto la puerta, con una gran pelota colorada entre los brazos. Pronto reconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que vena desmayada y con acardenalado y gordo chichn en la frente. Las mejillas y las narices las traa embadurnadas en una sustancia amarilla y pegajosa a la que las moscas acudan. Al pronto dio no poco que sospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemas despachurradas. En un cucurucho, que le haba feriado el novio, las llevaba doa Nicolasita, y no se rompi las narices porque al caer dio con ellas sobre las yemas. Embelesada con la conversacin de su novio, que iba a su lado, con la cartula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella, y seguida de su padre y de su hermanita, haban estado todos en la plaza, donde Pepito se haba despilfarrado feriando los dulces. All se haban olvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijos y festejos con que se celebraba el da del Santo, un toro de cuerda, que entonces fue vaca, como hemos dicho. Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivan, oyeron de repente el alboroto y vieron el tropel de los que huan de la vaca, y hasta entonces no recordaron el peligro a que se haban expuesto. El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subi por los hierros de una reja y logr ponerse en salvo. La hermanita menor, que era muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subi tambin a otra reja, donde pareca un mico. El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el hroe de la novela de Walter Scott, _Luca de Lammermoor_, que l haba ledo; pero la vaca no entenda de heroicidades y le derrib al suelo, dndole un empelln con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo dao ni caso, porque slo llamaba su atencin y la atraa poderosamente aquella masa redonda y colorada que corra delante de ella agitando mucho las faldas. Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas de cera que haban cado al pasar la procesin, el piso resbalaba demasiado. No es, pues, de extraar que resbalase doa Nicolasita y diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se interpusieron entre su cara y las piedras no se despampan la pobre. Slo se hizo en la frente el chichn ya mencionado. Su terror fue inmenso y causa de su desmayo. All, en su fantasa febricitante, crey sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadsimas carnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes que sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le vena encima. La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidi que hubiese aquel da un desastre y que la funcin acabase en tragedia. Don Paco, que vena por all para visitar a sus amigas, al ver desmayada a doa Nicolasita, la levant en sus brazos y se refugi en casa de ellas. Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su desmayo a la vctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy fuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichn y se lo vendaron con un pauelo blanco, de suerte que doa Nicolasita pareca un Cupido. Y, por ltimo, le lavaron la cara y le quitaron la costra y churretes de yemas. Don Paco auxili en todo esto a las dos caritativas mujeres. El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto, vinieron a la puerta a llamar a doa Nicolasita, la cual, restablecida tambin, sali en busca de ellos, sin dar ocasin ni tiempo a que entrasen. Tal vez pudo creerse que esta precipitacin en la partida y el no entrar en la casa los otros haba sido de puro avergonzado; pero como doa Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y Juanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdn y a estpido recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas. Ms amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechndose de un momento en que Juanita haba subido a su cuarto, habl a don Paco de esta manera: --Seor don Paco, de sobra habr visto usted la afrenta que nos han hecho. Su hija de usted, mi seora doa Ins, tiene la culpa de todo. Se le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi nia acept el corte de vestido y algn que otro regalo; pero los hemos pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos recibindole nos tendrn por unas perdidas, y hasta sern capaces de echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversacin de usted; pero yo no quiero conversacin que a nada conduce y que nos puede salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, al menos hasta que cambien las circunstancias, s es que cambian algn da, y s no cambian, no parezca usted nunca. Don Paco se compungi y se aturdi al or este discurso y no acert a dar contestacin. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba decir palabra. Le empuj hacia la puerta y le ech a la calle antes que volviese su hija. XVIII Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel da, y ms an con la expulsin de que acababa de ser objeto, no saba qu camino tomar ni a qu carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer examen de conciencia. Lo primero que not fue que la tena muy limpia. No era ningn delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que estuviese enamorado de aquella muchacha que poda ser su nieta. El haber ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le pareca imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces simultneamente, distintos conceptos, como s en el fondo del ser de ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconoca l que Juanita, si no le haba dado calabazas, era porque l no se haba declarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la maa que ella empleaba para que l no le hablase al odo y para esquivar el estar a solas con l, harto claro se vea que no quera admitirle por novio ni por amante. Sin embargo, sera esto clculo o ladino instinto de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas? Tambin recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antouelo y se pona celoso. Si estara ella prendada de Antouelo, y considerando que como novio no le convena, pensara en plantarle y en decidirse al fin por don Paco, como mejor partido y conveniencia? Si titubeara ella entre su propio gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese, don Paco tena estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y cada vez le pareca ms hermosa y ms deseable. Harto bien notaba que ni su madre ni ella haban tratado jams de medrar a su costa de un modo pecaminoso e ilegtimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es la hija, hasta entonces no haba mostrado desearle, ni menos buscarle para amante ni para marido. El haba hecho todos los avances. Culpa suya era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le caba la menor duda de que doa Ins era promovedora. Consideraba luego don Paco, y esto le lisonjeaba y le pona muy orondo, que Juanita, ya que no le amase, se deleitaba con su conversacin, le rea los chistes, le aplauda las discreciones, y oyndole hablar, se mostraba muy atenta y como pendiente de sus labios. En aquella casa, de donde le haban echado, no haba recibido sino honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que fuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el cual se crea l obligado de hallar satisfaccin. Exaltado por estas cavilaciones, se decidi don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle con franqueza y lealtad lo que haba pasado y a pedirle cuentas de su maligna conducta. De mucho valor tena que revestirse para atreverse a dar aquel paso. Doa Ins, con su severidad y su tiesura, casi le infunda miedo; pero le venci la vergenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de s, y se dirigi, con todos los bros que pudo recoger y acumular en su nimo, a casa de la seora doa Ins Lpez Roldn, a quien saba l que hallara sola a la hora de la siesta. En casa de doa Ins se coma entonces a las dos de la tarde. Don Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como coma bastante y beba ms del exquisito vino que se cra por all, y que es mejor que el de Jerez, con perdn sea dicho, se tenda en su cama y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde. A los nios se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo de la casa, donde no molestaban con su ruido. Doa Ins se quedaba entonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, ya entregada a sus oraciones, ya leyendo algn libro de devocin o de historia. El cacique don Andrs y otros personajes importantes del lugar no venan de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores diabluras; pero lo cierto es que doa Ins era recatadsima y, o bien tena razn el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien saba, con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: Si no eres casta, s cauta. De aqu que doa Ins pudiese erguir muy alta la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la ms leve insinuacin que contra su honestidad se atreviese a hacer algn deslenguado. Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo, porque a causa de la funcin de iglesia no haba ledo aquel da muy de maana el _Ao cristiano_, como tena de costumbre, cuando entr Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tena entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunci para tener prevenida a su ama. Apenas transcurri un minuto entre el anuncio y la entrada de don Paco diciendo buenos das. --Buenos das d Dios a usted, seor padre--dijo doa Ins, levantndose de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y convidndole a sentarse, como se sent, en un silln, frente a ella. --Dichosos los ojos que ven a usted--prosigui doa Ins--. Hace no s cuntas semanas que no pone usted los pies aqu. Qu negocios le traen a usted tan ocupado? Qu le ha cado a usted que hacer que no le deja siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia, verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresillo o tener un rato de agradable conversacin con el padre Anselmo y con los dems seores que honran mi casa con su presencia? Estas cariosas quejas parecan todas sin intencin y como nacidas del filial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que turb a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De nada vala el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don Paco, armndose de valor, contest de esta suerte; --Tienes razn en quejarte, hija ma. Hace tiempo que no vengo a tu tertulia, qu quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de viejo; pero yo haba tomado la maa de ir a otra tertulia ms modesta y menos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tena para m singular atractivo. --Vlgame Dios, seor padre! Lo haba odo decir, pero no lo haba querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extrao me parece que una persona de la posicin, de la gravedad y de los conocimientos de usted se deleite rebajndose y dando conversacin, durante horas enteras, a dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas; pero ms extrao es todava que no sea la conversacin de usted y su tertulia con ellas solas, sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio a Antouelo, el hijo del herrador, el ms pillete y el ms zafio de todos los mozos de este lugar. Singular tertulia! Buen par de parejas estaban ustedes! La verdad..., yo no saba qu decir cuando me hablaban de esto. Aseguraban unos que Antouelo es el novio, o sabe Dios qu, de la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que usted pretenda a Juanita; pero entonces, en qu se empleaba, qu papel haca el celebrrimo Antouelo? Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego yo que la Juanita es guapa, aunque ms que de honrada mocita tiene trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque fuese Juanita la propia diosa Venus, deba usted (perdneme, seor padre, si se lo digo, por el inters y el amor que me inspira), deba usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sera ir all solo y como favorecido vencedor; pero ir en competencia con Antouelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta ahora tal vez en balde. Si ha pecado slo con la intencin, no por eso es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y timoratas, para gente vulgar y profana es pecado ms feo. No se ofenda usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la ridiculez le acompaa. Casi todo el valor de que se haba armado don Paco a fin de hablar a su hija y de quejarse de su conducta, cay derribado a los pies de la seora de Roldn. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazn. Mirando todo por el lado potico, se explicaba satisfactoriamente: Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona. Era, adems, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia Diana Cazadora, rica en salud y gallarda; esbelta, fuerte y gil; con todos los atractivos de la ms casta, limpia y juvenil hermosura. Si Antouelo, que era un perdido, iba all y trataba con la mayor familiaridad a Juanita, esto consista en que Antouelo se haba criado con ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente le quera como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravase y cayese en el precipicio. La propia madre de Juanita, aunque haba tenido en su mocedad lo que llaman en aquellos lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vida ejemplar que haba hecho despus y por el honroso trabajo con que haba logrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus desventurados amores. Todo esto y ms poda valer como respuesta a las observaciones de doa Ins. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte potico, y tal como el prosaico vulgo poda entenderlo, doa Ins tena razn que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de Villalegre, Juanita no era ms que la mozuela del cntaro, la hija ilegtima de Juana la Larga, la chica que haba corrido y jugado con los pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez aos, y la que despus haba conservado una sospechosa e ntima amistad con Antouelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie. De aqu el desairado y mal papel que una persona de los aos, de la seriedad y la importancia de don Paco no poda menos de hacer en apariencia, o bien siendo rival de Antouelo, o bien de acuerdo con l para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponindose, no obstante, de la consternacin que el tremendo discurso de doa Ins le haba causado, y por lo mismo que ella con su feroz acometida le acorralaba y, como suele decirse, le pona entre la espada y la pared, don Paco habl, al fin, con energa, y dijo de esta suerte: --La gente podr decir lo que le d la gana. Yo me ro de la gente, porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi yerno ser un seor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los plebeyos, me trato con mis iguales. Slo se puede exigir de m que sean decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar que las Juanas no lo sean. La vista y la conversacin de Juanita me deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las noches. Soy mayor que t en edad, saber y gobierno. S lo que me hago. No necesito de gua. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal vez, pero que t y otras mujeres envidiosas habis envenenado con vuestra malicia. --Dios mo!--interrumpi doa Ins--. Esto solo me faltaba: que llegue la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha encajado en la iglesia, no vestida humildemente, segn su clase, sino con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las grandes ciudades y que son la perdicin de los hombres. De dnde ha salido el traje que llevaba puesto? Aqu nadie lo ignora. Era regalo de usted. --No he de negar yo que era regalo mo. Ella lo acept por no desairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de ms valor, nadie puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo que gana trabajando de modo honrado y lcito, y no estando vigentes en el da la pragmtica contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias, no slo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con l. --Si el respeto que a usted debo no anudase m lengua--replic doa Ins--, me atrevera a decir que est usted loco de atar. Cmo defender el escndalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada de repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrar con usura. Las puntadas de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan para costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilndose con ricos trajes y mantillas de madroos, como dicen que en Madrid van a los toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El da menos pensado, no slo para ir tan pomposas, sino para comer, faltar dinero a las Juanas, y entonces acudirn a usted y a otros a fin de retenerle, y como no podrn dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darn, s ya no lo han dado. --Ni han dado ni darn lo que no debe darse--exclam don Paco, perdiendo ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme su mano, yo la aceptar gustoso, y t tendrs que respetarla como madre. --Jess, Mara y Jos!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caera la cara de vergenza si hiciera usted semejante disparate. --Pues slo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin que nos peleemos, continuar esta conversacin, me voy y te dejo. Adis, hija. --Seor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no contine usted desatinando tan lastimosamente. Don Paco sali con precipitacin y muy enojado de casa de su hija, y no qued ella menos furiosa. XIX El sermn del padre Anselmo se coment y se interpret por todo el lugar en perjuicio de ambas Juanas. Nadie sac la cara por ellas, salvo el maestro de escuela, aquella noche, en la Casilla. La Casilla era y es todava en algunos lugares el Casino y el Ateneo primitivos y castizos. Por lo general, y as suceda en Villalegre, la Casilla estaba en sala relativamente cmoda y espaciosa, detrs de la botica. All se lean los peridicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, al truquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la domin y a las damas. Don Policarpo, el boticario de Villalegre, haca muy bien los honores del establecimiento, donde concurran casi todos los personajes del lugar, a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban del boticario, porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la poco envidiable fama de descredo y materialista. Siempre haba permanecido soltero; tena una lengua como un hacha, con la que destrozaba las reputaciones; y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo bizcos, en su nariz aguilea y en su boca sumida y burlona se revelaba cierta diablica y punzante travesura. En el pueblo se referan estupendas singularidades sobre sus doctrinas y facultades cientficas, sosteniendo muchos que no todo lo que l haca y deca era natural, sino en gran parte por inspiracin y con auxilio del demonio; por lo cual, al hablar de s propio, declaraba l que, si hubiese Inquisicin an, ya no vivira, porque le hubieran quemado vivo. Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia de ellas es ms aparente que real y ms somera que profunda. Produce la diferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas, ocultando la raz de su ser, y que, segn sus varios efectos y operaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo, de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era el dios de don Policarpo. Por l se jactaba de estar posedo y de ser energmeno. Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tena don Policarpo vara de virtudes; pero, en cambio, tena una recia, puntiaguda y largusima ua en el dedo meique de la mano derecha, la cual ua le serva de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terror cuando la vean, como si viesen la de Satans en persona. Se deca que el boticario ya magnetizaba, adormeca y sujetaba a su voluntad a las gentes, despidiendo por dicha ua fluido magntico, ya se electrizaba todo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, y lanzaba por dicha ua un chorro o penacho de chispas azuladas y luminosas. Y no faltaba quien aadiese, jurando haberlo visto, que slo con acercar la ua, cuando estaba l bien cargado y saturado de electricidad, encenda un candil o disparaba un caoncito muy cuco que se usaba para esta experiencia. Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en tales afirmaciones; pero como quiera que fuese, el boticario, aunque aborrecido de las damas, a lo que deba de contribuir su fealdad nada comn, era persona divertida y hospitalaria. Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o diez tertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que all se hablaba; pero iban el mdico, dos o tres concejales, el propio seor alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestro de escuela. Don Policarpo coment el sermn de aquel da con maliciosa agudeza, sosteniendo irnicamente que el padre tena razn. --S, seores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. El reparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido. La futura revolucin tendr, pues, por objeto apoderarse de otros bienes y repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres. El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondi de este modo: --No es exacto que la revolucin haya despojado inicuamente de sus bienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. El Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pblica. Sin embargo, aunque no hubiera tal indemnizacin, el caso no es idntico. Ninguna asociacin tiene por s los derechos radicales e imprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado es asociacin suprema, a la cual estn sometidas las otras, sin que puedan existir en contra suya. Y si el Estado es rbitro de la vida de ellas, cmo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el socialismo, yo creo que la civilizacin propende a extender y afirmar ms cada da los derechos individuales. Quin se atrever a decir hoy, si no est loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado y poderoso que sea, es seor de vidas y haciendas? --No nos venga usted con sofismas--interrumpi el boticario--. Si cada uno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechos imprescriptibles, incluso el de asociarse, y si no hay rey ni roque que pueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida, cmo se explica que no persista en la suma lo que preexista aisladamente en cada uno de los sumandos? Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumento del boticario; pero lo impugn al fin con razones, si no juiciosas, agudas. Por dicha, los que estaban all presentes eran propietarios ms o menos ricos, y varios de ellos haban comprado bienes de la Iglesia. Todos, por consiguiente, hallaron que don Pascual discurra mejor que Soln y que Licurgo; se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, y trataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos. Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fcilmente, pero todos se cansaron de chillar y se pusieron roncos, terminando por cansancio una disputa en que los extremos se haban tocado y en que la impiedad atea haba estado de acuerdo con el ms fervoroso catolicismo. Hubo un entreacto: un rato no corto de sosiego. Despus recay de nuevo la conversacin sobre el sermn de aquel da, sobre el desenfrenado lujo de las mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga. En este punto, el maestro de escuela impugn igualmente el sermn y defendi con ms calor, ahnco y acierto a Juanita. --Es--deca--una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la ha hecho hermossima, y casi, casi estoy por decir que no slo tiene derecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar la hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sera ingratitud para con Dios y desdear lo que ensea la parbola de los cinco talentos. Y extrao mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo la propiedad individual, se vuelvan ahora contra m y se pongan del lado de don Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qu, si Juanita tiene dinero, por qu no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirse como una reina? Y qu le falta a ella para ser reina o para ser emperatriz? Movido el boticario por su espritu malicioso, e impulsados los dems por el odio y envidia de sus mujeres, respondan, si no con buen discurso, con desvergenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba. Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza; Juanita, una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas costumbres, y don Paco, un viejo chinadsimo, a quien hija y madre ponan en ridculo e iban a chupar cuanto posea. En lo ms recio de la disputa acert a entrar en la botica el seor don Paco, y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de or y de comprender los horrores que all se propalaban. Todos se callaron, porque cara a cara no queran ofenderle. La herida, con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversacin. Se habl de cosas distintas. Y don Paco hall lo ms prudente no dar a entender que haba odo, y no traer de nuevo la conversacin a tema para l tan enojoso. A fin de disimular, trat de aparecer sereno y alegre; habl de las novedades polticas; se congratul de que don Andrs Rubio acabase de obtener una gran cruz y fuese ya excelentsimo; y, por ltimo, ech unas cuantas manos de tute con el maestro de escuela. Embrom al boticario diciendo que no crea en la fuerza electrizadora de su ua; y el boticario, a fin de convencerle, le prometi que el da menos pensado, cuando estuviese l bien dispuesto, le llamara y hara delante de l la experiencia de encender el candil y de disparar el caonazo. Don Paco se haba reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no bien volvi a su casa, la pena le arranc lgrimas y el enojo le hizo crispar los puos como s estuviese delante algn enemigo a quien dar de pualadas. No poda, sin embargo, reir con la poblacin entera. Su hija era la ms culpada, y l la haba sufrido. Por ms que cavilaba, no vea otro modo de vengarse, de castigar a su hija y de adquirir el derecho e imponerse el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano y casarse con ella. Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra Juanita, aunque ella estrenase cada da otro vestido de seda! Pens bien en todo, interrog a su corazn-, y su corazn le respondi que estaba perdidamente enamorado de la muchacha. Entonces no se par don Paco en ms reflexiones; fue a su bufete y escribi a la seora doa Juana Gutirrez (suprimiendo el alias de la _Larga_) una grave epstola pidiendo en forma la mano de su hija. Llam en seguida al alguacil y pregonero, que le serva al mismo tiempo de criado y ayuda de cmara, y le encarg que al da siguiente, y muy de maana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase en mano propia. Hecho esto, se acost y durmi con alguna tranquilidad, como quien ha cumplido un deber, y con alguna satisfaccin, como quien ha puesto una pica en Flandes. XX Juana la Larga se llen de jbilo cuando, a las siete de la maana, recibi la carta y la deletre con no poca fatiga, porque, si bien saba leer, no lea de corrido y le estorbaba lo negro. No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pens en las dificultades; slo pens en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, haban alcanzado. Acudi, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo, y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurra. Como comentario, la madre no saba sino exclamar: --Qu victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo sepan. --Pues oye, mam--contest Juanita con el mayor reposo--: yo no quiero que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie. --Qu quieres decir con eso, muchacha? --Lo que quiero decir es que nosotros, t, l y yo, seramos los reventados si hicisemos tal desatino. No lo sufrira doa Ins; y el cura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno, caeran sobre nosotros y nos aplastaran. Nos echaran del lugar a patadas. Y quin sabe si en otro lugar lograramos, y cunto tiempo tardaramos en lograr, t la reputacin y clientela que aqu tienes, yo tanta costura, y don Paco el poder que aqu alcanza y su mangoneo provechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos an a la sombra y al apoyo de don Andrs, con quien priva. --Y de dnde sacas t esos ageros tan angustiosos? --No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y adems, ni yo estoy enamorada de don Paco, ni l quiz est enamorado de m. Para qu el casorio? Qu vamos ganando en ello? No comprendes que si me pide es por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la prueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada. Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, y porque las malas lenguas murmuran, piensa l remediar el mal casndose conmigo. Pues entonces la misma razn hay para que contigo se case, porque tambin de l y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo del herrador, ya que ms y peor han hablado de mis relaciones con l que de mi relaciones con don Paco. Nada, mam: todo eso es una tontera, o una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero cabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros chirimbolos que tiene su yerno en el escudo. --Y si t, hija ma, reconoces y confiesas que don Paco es todo un caballero, por qu no le tomas por marido? --Porque no quiero casarme por clculo; porque aunque quisiese casarme por clculo, este clculo de ahora estara muy mal hecho, y, sobre todo, porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y mi ambicin, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su discrecin; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya y casarme con l hay todava mucha distancia. No quiero salvarla de un brinco. Aqu, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinacin a ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andado sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, an no lo he andado. --Ay nia, con qu tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! Cmo se conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer. Pero, en fin, qu contestamos a la carta de don Paco? Yo har lo que t desees, porque el asunto ms importa a ti que a m y porque t sabes ms que Lepe. --Pues qu hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que nones? --Y a quin le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar la pldora. Yo no lograr poner el oro con m pluma. T lo pondrs. T irs diciendo y yo ir escribiendo, aunque hago letras que parecen garrapatos. Ay!, y ms en el da, porque mi escribir ha cado en desuso. Desde que muri tu padre en la guerra contra los carlistas, yo no escribo sino las cuentas. --Con buena o con mala letra, es menester que t escribas la carta; yo te la ir dictando. --Hoy todava no. Es acaso pualada de pcaro? Quin nos corre? Antes de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con la almohada. No es mucho veinticuatro horas de trmino. Hoy no escribo. Maana, si todava te aterras a la opinin que ahora tienes, escribir, aunque me pese, lo que t me digas. Juanita estaba segura de que no haba de variar su resolucin por mucho que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y aguard hasta el da siguiente, en el cual, dividindose el trabajo, segn queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera historia, hemos de consignar aqu. La carta deca como sigue: Seor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda el alma. La nia le quiere a usted mucho y le estima ms; pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone. Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermn vestida como una princesa, para azuzar ms en contra suya a la gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar est ahora sublevado. Mal remedio sera la boda. Aumentaran la sublevacin y el motn. Su Hija de usted se pondra a la cabeza. Nosotros no podramos resistir. Los tres tendramos que irnos con la msica a otra parte. En fin, don Paco, Juanita sostiene que sera la boda una locura. Dice, por ltimo, que ella no manda en su corazn, que la diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de amor, aunque le profesa la amistad ms fina. Sera, pues, muy feo de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer su ambicin o su vanidad casndose por clculo, y tambin sera muy tonto, porque el clculo estara mal hecho. Lo mejor y lo ms discreto es que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha dado usted este paso. Doa Ins nos odiara si aceptsemos la proposicin de usted; pero tambin nos odiar y nos declarar ms la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo como que desdeamos a su padre con infundada soberbia. Importa, pues, ocultar todo esto. Ah devuelvo a usted su carta. Rsguela y rasgue la ma, a fin de que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda gratitud y mande a su afectsima amiga y constante servidora, q.b.s.m., _Juana Gutirrez_. XXI Don Paco se sinti lastimado y encantado a la vez con la lectura de la carta, que calific de muy discreta y que mir como dictada por Juanita. S ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera sido grande, pero menor su estimacin del valor de Juanita que el que era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que Juanita aprovechaba la ocasin hubiera aguado el contento de ver que ella le aceptaba. Si en extremo le dola que ella declarase que no le amaba, no poda menos de aplaudir la lealtad de la declaracin. Don Paco estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se oponan a la boda y que la hacan aparecer a toda juiciosa previsin como fuente de disgustos y de males. De aqu que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de mortificacin de amor propio por el desamor de Juanita; de admiracin y aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cario hacia ella, as por la noble franqueza con que expona las causas que justificaban su desdn, como por las amistosas dulzuras con que procuraba suavizarlo. Conoci tambin don Paco que importaba mucho que su peticin y la subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para rasgar o quemar lo que l escribi y la contestacin de Juana, guard ambos documentos en el ms secreto escondite de su escritorio. Trat, adems, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a Juanita, o al menos si segua querindola con calma y con cierta tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas, ya que la esperanza es lo ltimo que se pierde en esta vida. Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o entibiar su fervorosa pasin, resolvi no volver a poner los pies en casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en la plaza. Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho de la conversacin de don Paco, se afliga del aislamiento y deploraba el sacrificio que haba tenido que hacer. All, en el fondo de su alma, cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilsimo despejo y la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, haca repetidas veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aqu en el siguiente soliloquio: Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el da desgobernada y muy a tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entraable amor que me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de tonteras. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar, siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posicin, aspirando a ocuparla, deb dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercn. Deb darme ms tono. Y ya que no me lo di, an fue mayor disparate el querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar la envidia y la rabia del seoro mujeril de este lugar. Todava mi sbita transformacin hubiera podido tener buen xito si atino a ganarme antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre seora doa Ins Lpez de Roldn. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo. Si el trato de don Paco me agradaba y me diverta, jams he pensado yo en casarme con l, y aqu viene bien que yo lamente otra locura ma, otra completsima falta de cautela en mi madre y en m. A qu fin recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces en compaa de Antouelo, lo que casi es peor? Lo hacamos porque nos daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los pobres no es real, sino sbdita que necesita someterse y hasta morir sin hallar satisfaccin, a fin de no exponerse a muy crueles castigos. Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que ms inocente que la de doa Ins. Cmo evitar, no obstante, que doa Ins supiese y hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella, sin duda, le dira primero que Antouelo era mi amigo y don Paco el de mam, y despus, que yo me haba apoderado de los dos, de uno para el gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil chucheras que l me traa de regalo y hasta el exquisito y sin par chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doa Ins se pondra, y ms an al sospechar que don Paco pudiera casarse conmigo, porque doa Ins quiere heredar o que hereden sus hijos los ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo me s y que le dara cierto lustre aristocrtico, y de seguro no le dara hijos, porque est ya pasada y huera, y el caso de Abrahn y de Sara no se repite. As, y si no en los trminos de que me valgo, en trminos muy parecidos, discurra Juanita a sus solas. Luego continuaba: Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razn y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por m. Y ya que (esto no puede negarse) soy cndida como la paloma, no est bien que me olvide de la otra mitad de la sentencia evanglica que he odo decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de zagalona rstica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre tambin de recaer en la mala tentacin de presumir de princesa. Nada de volver con la cabeza al aire y con el cntaro por esos andurriales; y nada tampoco de ponerme el magnfico vestido de seda mientras no gane posicin, autoridad y ttulo duradero, suficiente y legtimo, para tamaa audacia. Ahora me conviene seguir por un justo trmino medio: salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de percal, y cobijada as, borrar la mala impresin que necia o inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputacin de santa. Aqu no poda menos de sonrerse Juanita, a pesar de lo fastidiada que estaba, y luego prosegua: Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que me complazco en darle adoracin y culto; pero tambin, qu diantres!, por qu no confesarlo?, tambin me amo y me doy culto a m misma. Quiz sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no escandalizar a nadie, no sea pblico, sino misterioso. En lo exterior he de parecer como una beata pobre; mas por qu he de privarme del placer de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de lavarlo como si fuera el de una infanta de Espaa. Qu horror, cielos santos, s llegase a saberlo, por ejemplo, Julin el arriero! Yo le o contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y hacindose cruces, la indignacin que le caus, cuando serva en Crdoba a una marquesa, el averiguar, estando l en la cocina, que llevaban a dicha seora un enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "Qu haras t--le pregunt una chica--si tu mujer emplease tambin un lebrillo por el estilo?" "Pues yo--contest l--agarrara una vara y la pondra negra a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julin y la mayora de mis compatricios que discurren como l. Mas no por eso he de dejar de ser limpia. Adems, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello con el mezquino traje exterior, me parecer a la violeta, que, escondida entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado olor la descubra. Ser como aquel personaje de cierto romance que recita don Pascual, el cual personaje vesta de peregrino y llevaba una esclavina que no valan un reale; debajo llevaba otra que vala una ciudade. Juanita, al citar estos versos y al aplicrselos, se olvidaba de sus melancolas y soltaba una carcajada. --De qu te res, nia?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de risa lo que nos est sucediendo. --S, mam; es cosa de risa. Mejor es rer que rabiar. Cuando las cosas se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan. Juanita no se content con pensar y con proponerse cuanto queda dicho, sino que lo cumpli todo con la mayor exactitud y perseverancia. Pasaron muchos meses. El cambio de Juanita empez a notarse y a celebrarse entre las personas ms devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de s mismo, sinti un noble orgullo y se dio a entender que haba hecho la ms repentina y milagrosa conversin, deteniendo a aquella joven y simptica pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse. XXII Su rehabilitacin cost a Juanita largo tiempo, y adems no pocos sacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad. Fue lo ms duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio, en soledad completa. Se aburra, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. No poda ni quera retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades con las mozuelas que antes haba tratado, las cuales, ofendidas ya, le daran acaso mil sofiones; ni menos poda intimar, aunque lo desease, con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que se preciaban de seoritas y que huiran de ella, as por la humilde posicin de su madre como por su ilegtimo nacimiento y por la mala fama que le haban dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cunda. Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Antouelo. Y esto no slo para no seguir dando pbulo a la maledicencia, sino tambin porque Antouelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisin de despedirle con cajas destempladas y para siempre. Dos das despus de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermn, Antouelo volvi de sus correras. Entonces no se hablaba en el lugar sino del escndalo que Juanita haba dado y de la severa y merecida leccin que del padre Anselmo haba recibido. Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos lamos que estn en el altozano, cerca de la iglesia, y donde se rene y platica la gente moza, varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Antouelo por el papel desairado y ridculo que suponan que haba hecho reverenciando, sirviendo y adorando casi como una deidad a una mozuela que le desdeaba y que aceptaba, quin sabe hasta qu punto, los regalos y el amor de un rival dichoso. Las relaciones entre Juanita y Antouelo tal vez parecern inverosmiles a quien piense someramente en ello; pero yo creo que son ms naturales y frecuentes de lo que se imagina. Desde la infancia haban vivido en la mayor intimidad Antouelo y Juanita. Con cortsima diferencia, tenan la misma edad, y poda asegurarse que se haban criado juntos. El era zafio, mal educado, travieso y atrevido; tena pocos alcances y una voluntad tan realenga, que ni a su padre se someta; peto en estos mismos defectos se fundaba la amistad de Juanita hacia l. Juanita haba adquirido y conservaba tai imperio sobre aquel muchacho, que lograba que la respetase, temiese y obedeciese como un perro a su amo. A ella no se le pas jams por la imaginacin el querer a Antouelo como una mujer quiere a un hombre. Y l, como por una parte la tena por un ser superior y por otra parte sus instintos amorosos eran vulgarsimos, procuraba emplearlos y satisfacerlos en ms fciles objetos, y sin darse cuenta de ello, e ignorando su esencia y su nombre, consagraba a Juanita un afecto puro, ideal y platnico. Sentimientos tales, si bien se recapacita, no son extraos al alma de los ms vulgares sujetos. Todos o casi todos los hombres tienen sed, tienen necesidad de venerar y de adorar algo. El espiritual, el sabio, el discreto, comprende con facilidad y adora a una entidad metafsica; a Dios, a la virtud o a la ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente lo que es ciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese afecto, en l casi instintivo, a un dolo visible, corpreo, de bulto. Juanita era este dolo para Antouelo. Juanita era tambin su orculo. El oa con religioso respeto sus advertencias y amonestaciones, y de buena fe se prometa y prometa al pronto tomarlas para pauta de su conducta. Siempre que Antouelo se hallaba en la presencia de Juanita, se senta avasallado por su influjo, deslumbrado por su superior inteligencia y ligado a la voluntad de ella. Por desgracia, no bien Antouelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo bienhechor desapareca, y los instintos brutales y las malas pasiones acudan en tropel y desataban o rompan las ligaduras y arrojaban al olvido los buenos consejos y preceptos que Juanita le haba dado. Antouelo, lejos de la fascinacin y del encanto que casi milagrosamente le haban conservado como ser racional, se converta en un estpido y en un perdido. A pesar de la ineficacia, por falta de duracin, de su poder purificante sobre el alma de Antouelo, Juanita le quera, se interesaba por l y senta halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera momentneamente. Para dar una idea exacta de la inclinacin de Juanita hacia aquel mozo, dir que se pareca a la que yo he visto que tienen ciertas grandes seoras ya por un alano, ya por un mastn corpulento y poderoso que hay en casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz de derribar a un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, y que, sin embargo, se echa con la mayor humildad a las plantas de su ama y siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le toca la cabeza o con el pie le sacude o le pisa. En la ocasin de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradas haban transformado a Antouelo; su domesticidad y mansedumbre haban desaparecido: ya no era perro, sino lobo. Traa muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba a decir; y a fin de que no se le borrara de la memoria o se le enmaraara en el caletre, deseaba descargarse de l como quien suelta un peso y decirlo sin prembulos. La ocasin se present propicia a su deseo. Juana estaba en la cocina, y Antouelo hall sola a Juanita cosiendo en la sala. Vena l con el entrecejo fruncido y con marcadas seales en toda la cara de muy terrible enojo. Apenas se saludaron l y ella, Antouelo dijo: --Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has engaado. Por culpa tuya he estado haciendo el tonto, y no quiero hacerlo ms. --Pues, hijo mo--dijo ella riendo--, yo no s cmo te las compondrs para no seguir haciendo el tonto. Lo que yo s es que no tengo la culpa de que lo hayas sido hasta ahora, y menos s an en qu y cundo te he engaado. --Me has engaado fingindote santa, para que yo, embaucado, te adorase, cuando no eres santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se habla de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y de que te mantiene y te viste. --Y has credo t esas calumnias? Y en vez de defenderme y de enfurecerte contra los calumniadores te enfureces contra m? Juanita dej escapar irreflexiblemente estas ltimas frases. Luego se reprimi y procur enmendarlas. Crea bruto a Antouelo, pero no lo crea cobarde. Si dej de defenderla fue, no por cobarda, sino por maliciosa necesidad que acepta lo malo como cierto. De todos modos, ms vala as. Mucho hubiera contrariado a Juanita que por sacar la cara por ella hubiera reido Antouelo, resultando tal vez de la ria heridas o mayores desgracias, que hubieran empeorado la situacin. Juanita aadi entonces: --Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. He sido imprudentsima. Los que no me conocen tienen algn fundamento para acusarme. Las apariencias me condenan. Yo me resigno y perdono a los que me acusan. Perdnalos t tambin, pero no los creas. T, que me conoces de toda la vida; t, que sabes con qu pureza de afecto, con qu ternura de hermana te he querido y te quiero an, no debes, no puedes creer esas infamias; pues qu, no comprendes que yo soy capaz de querer a don Paco por el mismo estilo que a ti te quiero? --Esa es grilla, esa es grilla--replic Antouelo--. T, con tus sutilezas y mentiras, quieres volverme tarumba; pero no lo conseguirs. Te burlas de m porque me crees bobo. No quiero callar. Aunque me pongas el dedo en la boca, te morder y no callar. En adelante no quiero ser tu juguete. Quien te conozca, que te compre. Me han abierto los ojos. Ya te conozco. Eres una tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor que t. La ltima frase la deca Antouelo para desafiar tambin la clera de Juana, que entraba en la sala de vuelta de la cocina. --Ay nia, nia!--dijo Juana--. Qu paciencia la tuya! Por qu aguantas los insultos de este animal de bellota, las coces de este mulo resabiado? --Seora--replic Antouelo--, mire usted lo que dice y no se desvergence conmigo, si no quiere que me olvide yo de que es mujer y le ponga las peras a cuarto o la emplume, como merece. Al or esto Juana ya no contest palabra, pero se precipit sobre el que tan atrozmente la ofenda Juanita se interpuso entre su madre y el mozo, a fin de evitar la lucha. --Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas ms en tu vida. Para m has muerto. Quiero olvidar hasta el santo de tu nombre. No tengo que darte cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me aflige el ruin concepto que formes de m. Vete. Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre su madre y el mozo, recelosa de que se empeasen en un combate tragicmico, fue empujando con suavidad a Antouelo hasta la puerta de la calle. Ella misma levant el picaporte, abri la puerta y ech de su casa al amigo de toda la vida. Al hacer esto, en el rostro de Juanita se mostraba ms bien la tristeza que la clera; Antouelo, al mirarla tan digna, amain en su furor, no persisti en sus improperios, y se fue cabizbajo y silencioso. XXIII Al disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se aada otro no menor y ms positivo. Al principio se difundi tanto la idea de que Juana haba llevado su complacencia inmoral hasta ser tercera de su hija, que la llamaban menos para trabajar en las casas principales por el temor de que fuese ella la propia Celestina resucitada y tratara de pervertir a las Melibeas de dichas casas. No obstante, y como ya he dicho, aquella malsima situacin se fue poco a poco suavizando. Adems, eran tan notorios y tan irreemplazables el arte y la inspiracin de Juana para dirigir una matanza, para hacer arrope, pionate, empanadas y tortas, y para preparar festines, que las personas de gusto y de medios desecharon los recelosos escrpulos, y, ponindoles el correctivo de estar a la mira y ojo avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas artes _proxenticas_, siguieron llamndola a trabajar a sus casas; y los ingresos y rentas de Juana, que haban disminuido, volvieron a su estado normal, aunque no se aumentaron. El recogimiento y la austeridad de Juanita al fin surtieron efecto. La idea que el padre Anselmo concibi de que haba logrado convertir a aquella pecadora incipiente y de atraer al aprisco a la ovejita descarriada antes que cayese entre las uas y la boca del lobo, fue adquiriendo resonancia y eco entre el vulgo. Juanita fue, pues, mirada, si no como paloma sin mancilla, como Magdalena arrepentida y penitente, no de la culpa, sino del conato. Transcurri ms de un ao antes que Juanita, a fuerza de ingenio y de fatigas, lograse resultado tan brillante. La rgida doa Ins era la ms difcil de ablandar. No quera creer en la virtud de la muchacha, y sospechaba que era todo hipocresa. Cuando llegaban a odos de Juanita noticias de la terca incredulidad de doa Ins y de que la sospechaba de hipcrita, Juanita deca para s: No es mal sastre el que conoce el pao; y sin arredrarse segua por el camino que se haba trazado. Lleg en esto el invierno, y doa Ins quiso vestir a todos sus nios con buena ropa de abrigo; Juanita alcanzaba ya alta reputacin de costurera. Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del lugar era una chapucera cursi si se comparaba con las confecciones de nuestra herona, que estaba al corriente de las ltimas modas de Pars, que reciba los figurines y que, ajustndose a ellos, sin encadenar servilmente su fantasa a una imitacin minuciosa, ideaba, trazaba, cortaba y haca trajes para las mujeres, dignos de figurar en los salones de la corte y de ser descritos por _Montecristo_ o por _Asmodeo_, y para los nios y nias no inferiores por su gracia y por su chic a aquellos con que la prole de un milord opulento o de un banquero ingls se engalana. Ruego al lector que me d entero crdito y que no imagine que son ponderaciones andaluzas, o que mis simpatas hacia Juanita me ciegan. Lo que digo es la verdad exacta, pura y no exagerada. Yo he estado en Villalegre, he visto algunos trajes hechos por Juanita y me he quedado estupefacto. Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo sabe. En fin, doa Ins se dio a pensar y a repensar en lo muy preciosos que estaran sus nios con los trajes que Juanita les hiciese; venci la repugnancia que senta contra ella, la llam a su casa y le encomend trajes para todos, segn la edad y el sexo de cada uno. Fue Juanita a casa de doa Ins tan pobre y modestamente vestida como si saliese de un beaterio, y tan modosita en el hablar, en la voz y en los modales, que pareca, sin visos ni asomos de afectacin, una criatura serfica. Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle o de ponerle entornadas las puertas del corazn de doa Ins, la cual saba mucho y pensara y dira en su interior. --Si no lo finge, en verdad que es muy buena esta muchacha; y s lo finge, sabe ms que Cardona: es admirable su fingimiento. As, doa Ins se predispuso ya favorablemente. Su favor vala mucho, y doa Ins acert a cobrrselo por instinto. Tambin hay su poco de gorronera en los grandes y poderosos de la tierra. Viene o propsito esta sentencia, porque doa Ins pag el trabajo de Juanita en la tercera parte de lo que vala, aun en aquel lugar donde se trabaja barato, y pag las otras dos terceras partes en el favor tan deseado y apetecido que empez entonces a alcanzar la linda costurera. Los nios, con los trajes hechos por Juanita, salieron tan bien vestidos el 1 de noviembre, da de Todos los Santos, que daba gloria verlos, y la gente los miraba y los segua en la calle. La vanidad maternal de doa Ins qued muy satisfecha. Ni la propia Cornelia se ufan ms cuando enseaba a sus Gracos. Pero doa Ins fue ms all de Cornelia: no se content con lucir a sus hijos, sino que se propuso competir con ellos y aun superarlos en indumentaria, y decidi que Juanita tambin la vistiese. Juanita se prest a todo con el mejor talante y prodigioso acierto e hizo a doa Ins corss y varios trajes. Nacieron de aqu la confianza y alguna familiaridad, hasta donde es lcito y decoroso que la familiaridad se entable entre una dama principal y una trabajadora plebeya; pero al fin, como doa Ins tena que mostrarse a Juanita en paos menores para probarse corss y vestidos, qu mucho que la confianza naciese y creciese? Juanita supo despus, con lentitud y por sus pasos contados, darse tal maa, que doa Ins, que ya le haba confiado su cuerpo para que lo vistiese, empez a confiarle tambin y a descubrirle su espritu, aunque slo hasta cierto punto, porque el espritu de doa Ins, segn pensaba Juanita, acaso con malicia sobrada, tena ms conchas que un galpago y jams se desnudaba y se descubra por completo. Juanita tena una voz melodiosa y clara y saba leer muy bien, lo cual es bastante raro, dando a lo que lea entonacin y sentido. Pronto atin a mostrar a doa Ins que ella posea habilidad tan til, y no tard doa Ins, que se fatigaba algo leyendo, en tomar a Juanita por lectora. Claro est que doa Ins, que era mstica muy elevada en sus pensamientos y un tanto cuanto asceta, aunque ms en lo especulativo que en lo prctico, haca que Juanita le leyese vidas de santos y libros devotos y morales como _Monte Calvario_, _Gracias de la gracia_, _Gritos del infierno_, _Espejo de religiosos_, _Casos raros de vicios y virtudes y Estragos de la lujuria_. Era doa Ins aficionadsima a disertar y a convencer a sus oyentes y contradictores cuando disertaba. Si por algo se dola de haber nacido mujer, era por no poder transformarse en predicador o en catedrtico. Juanita supo con tanto pulso seguirle el humor, que no se callaba ni lo aceptaba todo desde luego, sino que impugnaba algo sus tesis y discursos para darle ocasin de que hablase ms y desplegase su elocuencia, a la cual acababa por ceder, reconocindose vencida. De esta suerte se alegraba y se exaltaba el nimo de doa Ins, corroborando la creencia que ella tena en su virtud persuasiva y en su saber y talento, y hacindole creer, adems, que despus de ella, aunque a muy razonable distancia, no haba en todo Villalegre, salvo quiz el padre Anselmo, persona ms talentosa y ms sabia que Juanita. La privanza de esta con doa Ins lleg al fin a su colmo. En presencia de cualquier persona, Juanita segua atendindola con el mayor respeto y dndole el tratamiento de _su merced_; pero en momentos de expansin, una vez que Juanita la oy atentsimamente, impugn sus razones y termin por ceder a ellas, doa Ins, entusiasmada, se allan hasta el extremo de mandarle que cuando estuviesen las dos solitas la tutease. Estas prodigiosas conquistas de la paciente y despejada muchacha le prestaron desde luego confianza en s misma, y pudieron darle mucha honra, s ella entendiese que la necesitaba; mas apenas le dieron material provechoso, que era de lo que ms necesidad tena. Pensaba doa Ins que no haba mejor ni ms esplndida paga que su afecto. Supona tal la elevacin de alma de Juanita, que hubiera sido injuriarla ofrecerle dinero. Un ochavo ms que doa Ins le hubiese dado sobre el jornal que de ordinario ganaba, hubiera parecido una limosna. No era delicado socorrer a Juanita como a una pordiosera. Y despus de estos razonamientos tan juiciosos, como doa Ins no pagaba a Juanita sino lo que cosa, y no le pagaba, para no humillarla, ni las horas que empleaba leyndole libros ni el tiempo que perda escuchando sus disertaciones, resultaba doa Ins, por obra y gracia de lo mirada que era, tena lectora y auditorio y acompaante de balde. XXIV La gloriosa servidumbre en que Juanita haba llegado a ponerse, si no era til, era molesta en extremo, porque la amistad de doa Ins no poda ser ms exigente ni ms imperativa. Y mientras ms rebosaba entusiasmo y ternura, ms se recrudeca tambin en exigencia y en imperio. Haba das en que no le quedaba a Juanita ni hora libre ni momento de sosiego. Doa Ins la llamaba y se vala de ella para todo. En los lugares, al menos hace algunos aos, pues no s si habrn variado las costumbres, nunca sala una seora principal de visita o de paseo sin llevar a una acompaante. Juanita tuvo, por consiguiente, a ms de leer y de escuchar disertaciones, que acompaar a doa Ins en sus visitas y en sus paseos. Y cuando a esta se le antojaba de sbito visitar o pasear y no tena a Juanita en casa, iba a buscarla a la suya, hacindose acompaar hasta all por Serafina. En los paseos rara vez lea o haca leer doa Ins; pero, convertida en filsofa peripattica, disertaba de lo lindo, siempre sobre religin, moral, menosprecio del mundo, alabanza del recogimiento y de la conversin interior y aspiraciones a lo sobrenatural y divino. Conviene que se sepa que doa Ins tena un carcter tan dominante, que no se aquietaba ni se satisfaca como no decidiese y gobernase cuanto hay que decidir y gobernar. Ella designaba el nombre que haba de recibir en la pila bautismal cada villalegrino que naciese; ella decretaba, despus de estudiar aptitudes, capacidades y recursos, el oficio que cada cual haba de aprender y ejercer, y ella escoga marido para cuantas nias casaderas vivan en el pueblo y pertenecan a familias merecedoras por algn ttulo de su atencin y cuidado. El concepto que formaba doa Ins del universo visible y de cuantas cosas hay en l y en l se sustentan, era concepto ms pesimista que el del propio Schopenhauer; pero el de doa Ins estaba dulcificado por dos potencias benficas y fecundas que haba en su alma. Ella podra ser, o era, ms o menos pecadora. Yo no he llegado a ponerlo bien en claro, de suerte que, al ir escribiendo esta historia, lo probable es que lo deje turbio o nebuloso. De cualquier modo que fuese, y sin escudriar los secretos de doa Ins en lo tocante a la conducta, aseguro con evidencia que ella, en lo terico, sin afectacin ni mentira, tena la ms acendrada fe religiosa. Con esta fe, y con las otras dos consoladoras y divinas virtudes que de ella nacen, doa Ins iluminaba el mundo, hermosendolo con celestiales resplandores. Toda deformidad moral, todo vicio, toda dolencia, la fealdad fsica, las enfermedades, la miseria, el dolor y la muerte se despojaban en su pensamiento de horror y de amargura al considerar que deben sufrirse por el amor de Dios, y desvanecerse y disiparse, como la oscuridad de la noche cuando aparece la aurora, ante la esperanza de lo trascendente y de lo ultramontano. Para doa Ins, este mundo en que vivimos era un valle de lgrimas y un transitorio lugar de prueba, indispensable camino para otra vida mejor. La presente, pues, aunque fuese muy mala, no era nunca mala, ya que en ella, si se padeca con resignacin, mientras ms se padeciese, mejor y ms abundante cosecha se recoga y se atesoraba de frutos que no se corrompen y de riquezas que nadie roba. Y como doa Ins no gustaba de quedarse atrs en nada, sino de adelantarse en todo, y ser tambin importante cosechera de los mencionados frutos y riquezas, muy candorosamente estaba persuadida de que padeca o haba padecido mucho ejerciendo y luciendo su paciencia, compitiendo un poquito con Job y granjendose los medios de ir al cielo derechita, sin tropezar en rama, ya se entiende que contando con la misericordia de Dios, que le perdonara sus pecados, si los tena, pues, segn ya he dicho, no lo sabemos. La otra potencia de que se vala doa Ins, sin estudio, espontnea y sencillamente para blanquear y hasta para dorar la tenebrosa negrura de su concepto _schopenhaueriano_ del mundo, era el sentimiento vivsimo y atinado, fuente inexhausta de puros deleites, con que perciba su alma toda belleza, tanto espiritual cuanto corprea. Llamar a esto buen gusto me parece poco. El buen gusto, por lo general, es pasivo y estril. En doa Ins alcanzaba actividad creadora. La visin de la belleza concebida por doa Ins reluca en las profundidades de su alma y creaba all otro universo ideal, semejante al exterior universo, salvo que de l todo mal y toda mengua haban sido expulsados. Como se ve, no era doa Ins mujer adocenada, sino persona memorable, o dgase digna de la historia, por lo cual me complazco yo en ponerla en la ma. Doa Ins, y perdone el po lector si me repito, a pesar de sus ocho vstagos, estaba an muy guapa; en lo mejor de su edad, bien cuidada, alimentada y vestida. El asomo de rivalidad que brot en su alma, el da de la intempestiva y pomposa aparicin de Juanita en la iglesia, haba desaparecido enteramente, merced a la humildad de la muchacha y a la sumisin con que la acataba y serva. Desechados as los celos, la mente y el corazn de doa Ins dieron entrada franca al afecto y a la admiracin de la bondad, del talento y de la hermosura de que Juanita estaba dotada. No haba primor en Juanita que doa Ins no advirtiese, celebrase y ponderase. Lleg a notar, a pesar del pobre paolito con que se cubra la chica espalda y pecho, la admirable perfeccin de toda aquella sana y virginal estructura. De su rostro no quiero ni puedo decir ms sino que le pareca el de un ngel. Y, por ltimo, pona en Juanita casi, casi tanta discrecin, ingenio y bondad como en ella misma. En suma, doa Ins miraba y estudiaba a Juanita como el sabio crtico, buen gramtico y mejor esttico mira y estudia un bello poema, o como el gran conocedor y perito en las artes plsticas mira y estudia una obra maestra de escultura. Cualquiera imaginar que, llegadas las cosas a este punto, Juanita podra apoderarse de la voluntad de doa Ins y hacer de ella lo que le diese la gana; pero sucedi lo contraro. Frecuentemente recelaba Juanita que se le iba a acabar la paciencia, y all en sus adentros deca: Peor est que estaba. A fin de que se comprenda el fundamento que tena Juanita para decir que estaba peor, pondr aqu uno de los discursos que doa Ins, con frecuencia, le diriga: --Hija ma--exclamaba--, hay en las condiciones y circunstancias que han de influir en tu destino cierta contradiccin que puede ser causa de mil desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la elevacin moral de tu alma mereces casarte con un prncipe, dechado de todas las perfecciones. Por tu desventurado nacimiento, por la clase humilde a que perteneces y por la pobreza que te obliga a residir en este lugar, tendrs que quedarte soltera o tendrs que casarte con un labrador rudo y zafio. Si te quedas soltera, de continuo te vers expuesta a los tiros de la envidia y a las emponzoadas mordeduras de la calumnia, y te rodearn, adems, groseras seducciones, a alguna de las cuales quin sabe si ceders en un momento de flaqueza, porque todas somos dbiles y ninguna puede estar segura de no tropezar y de no caer si en un solo momento la deja Dios de su mano y no la sostiene con su gracia. Pues no digo nada si, movida por la vanidad o por pasiones ms tiernas y propias de tus verdes aos, y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad del sujeto que te enamora, te casas al fin con un hombre de tu clase, con algn palurdo de esta tierra. Qu desgracia la tuya entonces! Pronto llegara el desengao! Vaya..., me horrorizo de pensar en ello. Sera una profanacin. Sera un sacrilegio nefando. Cmo entregar tanto tesoro a quien sera incapaz de comprenderlo y de saber lo que vale? En mi sentir, sera locura semejante a la de echar ramilletes de flores, en vez de paja y cebada, en el pesebre del mulo, o la de derramar perlas en la pocilga del marrano en vez de un celemn de bellotas. Por otra parte, hija ma, cuntos disgustos, desvelos y cuidados no vendrn sobre ti con el matrimonio? Quiero prescindir de que tu marido acaso sera pobre; y si era tambin torpe y holgazn, tendras que matarte trabajando para mantenerle; y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que te daran tus hijos, si los tenas. Lo ms espantoso..., aunque no lo s por experiencia, me horripilo de imaginarlo..., es si descubras en tu consorte vicios y miserias que le hiciesen aborrecido y que hasta asco te causasen. Acudira entonces a tu espritu, obsesin diablica!, un pensamiento pertinaz que puede conducir a los mayores pecados. Figrate t que pensase y discurriese como ser racional y filantrpico la turquesa en que se forman las balas: qu desesperacin no tendra de que la empleasen tan en perjuicio de la Humanidad! Pues no es menor la rabia de la esposa que, cuando va a ser madre, recela que ha de dar al mundo como copias exactas de la ruindad o de la perversidad de su marido. Tan horrible pensamiento la inclinar a ser infiel o la arrastrar a la locura. Esto, con adornos y variantes, era lo que deca doa Ins casi de diario a su amiga y acompaante, sentando premisas, pero sin sacar por lo pronto consecuencia alguna. Otras veces le describa con viveza y con sombros colores la corrupcin de nuestro siglo, el bajo nivel en que estaban las almas, las mezquindades y maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente que sera retirarse de l, en vista de que no puede satisfacer ninguna de nuestras nobles aspiraciones. Afirmaba doa Ins que ella haba deseado y deseaba siempre buscar un santo retiro; pero ya que no poda ser por las mil obligaciones que haba contrado y que le era indispensable cumplir por enojosas que fuesen; porque tena hijos que criar y educar, marido de que cuidar y hacienda que ir conservando y mejorando, a fin de transmitirla a los que haban de heredar un nombre ilustre, que deslustraran al quedar hurfanos y abatidos por la villana pobreza. En resolucin, doa Ins quiso persuadir a Juanita, y me parece que hasta logr persuadirse ella misma, de que deseaba ser monja, de que por imposibilidad no lo era y de que haca un sacrificio en no serlo. De todo ello acab por deducir y por declarar, como lgica solucin, que Juanita deba huir de los peligros, miserias y adversidades de esta sociedad corrompida, la cual no mereca gozar de su presencia, y que deba refugiarse en el claustro mientras permaneciese en la tierra, ya que la tierra no la mereca y ya que por su valer, para el cielo, sin duda, estaba predestinada. A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones de doa Ins, Juanita distaba ms cada da de hallar peligroso el mundo (maldito el miedo que le tena ella), no lograba persuadirse de que la sociedad fuese tan viciosa y tan mala, ni de que el enamorarse y el casarse pudieran acarrear tamaas desventuras. De aqu que no tuviese la menor inclinacin ni vocacin a la vida monstica. Pero como a doa Ins se le haba puesto en la cabeza que ella fuese monja, y cuando formaba un plan era punto menos que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se vea muy apurada. A cada momento senta el conato de echarlo todo a rodar y de declarar a doa Ins que Dios no la llamaba por el camino por donde ella quera que fuese. Se contena, no obstante, a fin de no armar la de Dios es Cristo, de no perder en un minuto cuanto haba conseguido trabajando ms de un ao y de no verse de nuevo en guerra con los poderes constituidos y con toda la poblacin que respetaba y obedeca a dichos poderes. Juanita no dijo que s; no acept lo del monjo, pero no dijo que no; pronunci frases vagas o se call y baj la cabeza. Tomando doa Ins para regla de interpretacin el refrn de quien calla otorga, dio por sentado que Juanita estaba decidida a entrar en un convento, y ya, en su fantasa entusistica, se la representaba santa, cuya vida se intercalara en las ediciones futuras del _Ao Cristiano_. Doa Ins dio parte de este triunfo al padre Anselmo, quien se llen de piadoso jbilo, y aun se sinti lisonjeado al prever que l figurara en la vida de la nueva santa como el instrumento de que se vala el Cielo para convertirla y glorificarla. XXV Por dicha no se apresuraba doa Ins para que el plan del monjo de Juanita se realizase, y as le daba tiempo de apercibirse a la rebelin con fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo de sus intereses y proyectos. Si bien doa Ins senta y confesaba que iba a hacer un inmenso sacrificio al desprenderse de Juanita, nica mujer que la comprenda en el mundo y que poda ser su compaera, en manera alguna quera prescindir de este sacrificio, que le dara honra entre los mortales y que Dios lo tendra en cuenta para pagrselo en el cielo. Persista, pues, con firmeza en su plan, pero lo retardaba, y mientras lo retardaba lo iba completando en sus pormenores, consultndolo todo con el padre Anselmo. Decidi doa Ins pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilaba an era sobre el convento en que deba ponerla. Despus de haber desechado muchos, pens en uno que hay en Ecija, con cuya abadesa se carteaba, porque era all donde se hacan los clebres bizcochos de yema imitados por Juana la Larga. Afirmaba doa Ins que toda persona que tena buen paladar reconoca al punto la imitacin de Juana, porque careca del _quid divinum_ que hay en los legtimos, prestndoles tan soberano sabor, que si con grosero y material supuesto pudisemos imaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algn mensaje de arriba, tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que no comeran otra cosa que los tales bizcochos de yema hechos por las mencionadas monjas. A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qu doa Ins desisti de que Juanita fuera al convento de Ecija, y hubo de fijarse al fin en las Comendadoras de Santiago, en Granada, donde, si no se hacen aquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejores almbares de toda Andaluca. Mientras trazaba y preparaba doa Ins todo esto en favor de Juanita, de quien se haba declarado protectora y directora, su cario hacia la protegida y la discpula iba creciendo ms y ms, dando de s raras muestras y combinndose en l lo sagrado y lo profano. Un da estuvo doa Ins tan sentimental, que deshizo el peinado de Juanita, admir su abundante, undosa y suave mata de pelo, la bes varias veces, calific de horrible desacato el que las manos rudas e impuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, y se la figur ya como cortada al pie del altar el da en que Juanita profesase, rogndole que para entonces se la legase a ella, porque ella la conservara como reliquia del ms subido precio. Juanita agradeci mucho esta lisonjera peticin de doa Ins, y, casi con lgrimas de gratitud en los ojos, prometi a doa Ins que la mata de pelo sera suya cuando se la cortase. Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanita estaba casi todas las tardes en casa de doa Ins, no yndose de su lado o de su casa hasta pasada la hora en que solan venir los seores de la tertulia. Algunos de estos vean a Juanita en la antesala, y como all estaba sin cubrirse la cabeza y sin ocultar y dar sombra a la cara, con el mantn muy echado hacia adelante, segn el recato y el beaterio lo exigen, Juanita, sin poderlo evitar, no les pareca saco de paja, y a menudo la miraban por estilo pecaminoso. Quien ms se adelant en esto fue el propio amo de la casa, el seor don Alvaro Roldn, que era muy tentado de la risa. En varias ocasiones, hallando a Juanita sola, la requebr con ms fervor que chiste y finura, y Juanita, que vea en aquel caballero sujeto a propsito para descargar su mal humor, le responda siempre con feroz desabrimiento o con sangrienta burla. Y como don Alvaro ni por esas se desengaase y se atreviese un da a dar a la muchacha una palmadita en la cara, ella le dijo mirndole de arriba abajo con desprecio y enojo: --Las manos quietas, seor don Alvaro. Contntese usted con tocar el violn, y a m no me toque. Pues no faltara ms! Ser menester que me queje yo a doa Ins de la insolencia de usted? Para que una mocita decente est tranquila en esta casa, necesitar la seora atar a usted con una cadena al lado del mono? Don Alvaro, que era tmido, blandengue y avezado a la servidumbre, recel que Juanita armase un alboroto, le cobr miedo y desisti de su amorosa empresa. Haba al mismo tiempo, ya se entiende que en otras ocasiones y apartes, otro personaje ms emprendedor y menos asustadizo. Fue este el propio y respetado cacique de Villalegre: el excelentsimo seor don Andrs Rubio. Tambin don Andrs, que no faltaba nunca a la tertulia, encontr no pocas veces a Juanita, ya en la antesala, ya en los corredores, ya en la escalera, ya en el zagun cuando ella se iba. Don Andrs haba admirado mucho a Juanita el da en que ella se mostr imprudentemente tan engalanada en la iglesia, y haba conservado de ella muy buena impresin. No la defendi en la tertulia por no contradecir a doa Ins y por no censurar indirectamente la excesiva severidad del padre Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero all en su interior no vio nunca malicia en lo que Juanita haba hecho, y se limit a calificarlo de inoportuna ligereza, de que la madre era ms culpable que la hija. De suerte que don Andrs no crey en su arrepentimiento y en su deseo de ser monja. Don Andrs conoca el carcter de doa Ins y daba por evidente que doa Ins, as como en un principio haba hecho vctima a Juanita de su enojo, imaginndosela, aunque en cierne, una desaforada pecadora, despus, trocado el enojo en estimacin, admiracin y cario, se propona, con el mejor intento y por su mana de gobernarlo y de arreglarlo todo, hacer vctima a Juanita empujndola a la santidad por un camino que ella no tena ganas de seguir. As predispuesto, don Andrs empez por mirar a Juanita con cierta benigna curiosidad cuando casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba sola. Despus, sin reflexionar en lo que haca, don Andrs y quin sabe si la muchacha misma, ya que hasta la ms inocente suele dejarse guiar por endiablados instintos, prestaron auxilio a la casualidad y la convirtieron en providencia, hallndose casi todos los das y pasando tan cerca de ella, que casi tropezaban o se tocaban. Es natural que Juanita no se escondiese ni huyese, porque ni ella era medrosa ni don Andrs era el bu ni una fiera. Don Andrs era un caballero muy bien educado, pulcro y finsimo, soltero, que no haba cumplido an cuarenta aos, y verdadero amo y seor de Villalegre, donde haca ya ocho aos que reinaba con lo que podemos calificar de despotismo ilustrado. No me incumbe aprobar ni reprobar aqu el despotismo, aunque sea con ilustracin, ni mostrame partidario o adversario del cacicazgo. Yo tomo y empleo el vocablo en cierta acepcin, como generalmente se emplea, aunque siento que contenga implcita una injuria para las poblaciones en que hay cacique, porque es suponerlas salvajes, y no quiero calificar de tales a los de Villalegre. Desecho, pues, la suposicin implcita y acepto y empleo los vocablos de cacique y cacicazgo como los ms usados y adecuados para expresar la condicin de don Andrs y el poder que en Villalegre ejerca. El haba heredado este poder de su padre y luego le haba mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la actividad y variadas aptitudes de don Paco, y aun por los consejos e inspiraciones de doa Ins, quien, segn se deca, ya con malicia, ya con sencillo aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa. El, antes de retirarse al lugar despus de la muerte de su padre para cuidar de la hacienda y hacer vida de labriego, desengaado y harto del estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas vanas, haba pasado mucho tiempo en Madrid, en cuya Universidad haba hecho sus estudios, y hasta haba viajado algo por Francia, Italia e Inglaterra. Era, por tanto, don Andrs un cacique archiculto y como hay pocos. Y conviniendo yo en esto con mi entusistico amigo el diputado novel, afirmo que si todos los caciques fueran como don Andrs, sera gran ventura que cada pueblo tuviese su cacique; todo en cada pueblo estara bien aseado y mejor cuidado; dara gusto andar por sus paseos y por sus caminos; el maestro de escuela no se morira de hambre, y se gozara de tan ordenada libertad, que el boticario podra ser impunemente, como don Policarpo, brujo y ateo, sin que por esto se suprimiesen ni dejasen de celebrarse con devocin, entusiasmo y regocijo hasta las ms candorosas procesiones, aunque hubiese en ellas judos, soldados romanos, Longinos con lanza y lazarillo despus de quedarse ciego, paso de Abrahn y apstoles y profetas. Todas estas tradicionales, artsticas y pintorescas manifestaciones de la piedad religiosa encantaban ms a don Andrs que al ms sencillo devoto de todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto no se suprima nada, sino que se aumentaba y se mejoraba bastante. Tal era el cacique don Andrs Rubio, inclinado a admirar todo lo bello y candoroso. Cmo, pues, no haba de admirar tambin a Juanita, dejndose llevar de su irreflexiva admiracin a modo de quien se desliza y cae sin sentir por un suave declive? XXVI Era ya a mediados del mes de enero, y haca todo el fro que puede hacer en aquel clima tan benigno. La tertulia de doa Ins estaba ms animada y concurrida que nunca, sobre todo los jueves, da de gran recepcin. En la sala haba una hermosa chimenea de campana, sobre la cual, as como en la puerta de la casa, reluca el escudo de armas de la familia. En el hogar, saliente y no empotrado en la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos y la lea de encina y de olivo. Abundaban all los muebles cmodos, y nunca faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo. De diario eran tertulianos constantes el padre Anselmo y don Andrs. Y lo era, as mismo, el mdico, ya bastante viejo y chapado a la antigua, hombre de pocas palabras, pero sapientsimo tresillista, que sola hacer el cuarto en la mesa cuando doa Ins jugaba. A fin de tener esta satisfaccin honrosa, y tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba a diez por cada cien tantos, y l ganaba casi siempre, se violentaba el mdico hasta el extremo de afeitarse un da s y otro no, y dejar en la antesala la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre los hombros, cuando no embozado y con el sombrero encasquetado hasta las cejas, segn sola entrar en las dems casas donde iba de visita. Tan profundo era el respeto que doa Ins le inspiraba! Los jueves la concurrencia era mucho mayor y sola haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venan el alcalde, cuatro o cinco de los mayores contribuyentes y el tendero murciano don Ramn, que era la persona ms acaudalada del lugar despus de don Andrs. Venan, por ltimo, don Pascual, el maestro de escuela, y don Policarpo, el boticario. Doa Ins haba mostrado cierta repugnancia a que el boticario viniese; pero don Andrs haba conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al boticario la cartilla para que no se desmandase ni dejase escapar alguna barbaridad impa o librepensadora. Don Andrs le dijo que l respetaba como nadie la libertad de conciencia y de enseanza; pero que si quera gozar de la tertulia de los seores de Roldn, deba ser como los catedrticos pagados por el Gobierno, que si son prudentes y juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor ocasin, y en la ctedra, que es su tertulia de doa Ins, son muy comedidos y procuran no decir nada que ofenda las creencias de quien los paga o de quien los recibe. El boticario, que tena mucha gana de ir a la tertulia, acept las condiciones, y siempre que fue se dej el libre pensamiento en su casa, aunque no pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y taumatrgica ua. Durante mucho tiempo fue doa Ins la nica seora que en la tertulia haba. Pareca aquello un club de caballeros con una seora presidenta. Haca poco tiempo, no obstante, que se haba introducido una sorprendente novedad. A la tertulia de los jueves primero, y ms tarde a las de diario, asista otra seora. Era esta la noble viuda doa Agustina Sols y Montes de Allende el Agua, matrona de treinta y pico de aos, aunque lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y mejor parecer, y con veintiocho o treinta mil reales de renta sobre poco o ms o menos. No era menester ser un lince para comprender que doa Ins, cuando consenta que hubiese otra dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era porque haba decidido y decretado casarla con su padre, don Paco. Doa Agustina estaba tan satisfecha de aquella inusitada distincin y tan agradecida y sumisa a doa Ins, que sin dificultad recibiera en su corazn, como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la imagen y el afecto de la persona que doa Ins quisiese grabar en l. Y era tanto ms fcil este grabado cuanto que don Paco no slo estaba muy de recibo, sino que tena hermosa presencia y la merecida reputacin de ser el hombre ms entendido y discreto de Villalegre. Adems, doa Agustina--y doa Ins lo saba de buena tinta--estaba harta de viudez y de tener el corazn vaco o como tabla rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de que en l se grabase. Tal vez para buscarlo se compona y se atildaba con esmero, y hasta haba ido a varias ferias y romeras en otras poblaciones; pero todo haba sido en balde y no haba hallado hasta entonces sujeto que le petara. Doa Ins esperaba con fundamento que le petara don Paco. Y como necesitaba para esto que don Paco la viese, hablase con ella y estuviese muy fino, doa Ins, que antes de concebir este proyecto de boda no se empeaba mucho en que viniese su padre a la tertulia, le excitaba ahora y casi le mandaba, con el desenfado imperatorio tan propio de ella, que no dejase de venir ninguna noche. Don Paco obedeca y vena, de suerte que de diario Juanita le vea entrar, cuando ella estaba en la antesala, si bien don Paco, desdeado y despedido, no se detena a hablar con ella y pasaba de largo, limitndose a decir buenas noches. Juanita contestaba al saludo con fingida indiferencia; pero a hurtadillas miraba a su antiguo pretendiente, y cada vez que le miraba le encontraba mejor. El tinte de melancola que se mostraba en su semblante le haca parecer ms digno y ms hermoso. Juanita imaginaba, ufanndose, que el amor de l, aunque mal pagado, haba ennoblecido y hermoseado su alma y sus facciones, desterrando de ellas aquella vulgar expresin que sola tener antes, cuando l, exento de amor sublime y poco venturoso, luca su ingenio diciendo chuscadas a menudo chocarreras. As, y no muy poco a poco, sino de prisa, reconoci Juanita que el aprecio y la amistad que siempre le haba inspirado don Paco se convertan en amor, y que el amor aumentaba a pesar de tener ms de medio siglo su objeto. Influa muchsimo en este aumento el recelo que Juanita tena de perder a su desdeado adorador, de que este acabase por sanar de su pasin desgraciada y de que al fin cediese a las insinuaciones o casi mandatos de su hija. Dice un precepto vulgar: Lo que no quieras comer djalo cocer. Pero apenas hay hembra que cumpla con tal precepto cuando se aplica a cosa de amores. Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera amado ya a don Paco. La consolaba y la hechizaba tener aquella vctima constante y ver arder aquel corazn, cual perpetuo holocausto, en aras de su hermosura. Aun cuando ella no hubiese aceptado el sacrificio, se hubiese afligido mucho de que viniese doa Agustina y le robase el corazn sacrificado. Mayor era an la afliccin de Juanita al notar que el sacrificio de don Paco le era cada da ms agradable. Tentaciones tena a menudo de detener a don Paco cuando pasaba por la antesala, de decirle que se arrepenta de haberle escrito la carta despidindole y de encomendarle que no entregase a doa Agustina el corazn, porque ella le quera para s y le cuidara con ms regalo y mimo que ninguna otra mujer de la tierra. Cuando Juanita vea pasar por la antesala a doa Agustina, que iba muy pomposa a la tertulia, la sangre del valiente oficial de Caballera que circulaba en sus venas se alborotaba toda, y necesitaba ella del dominio que tena sobre s para contener sus mpetus y no araar a doa Agustina. Otras veces, recordando ciertas maas, usos y costumbres que haba tenido en su venturosa y libre niez, senta el prurito de agarrar a aquella seora y, segn sola hacer _in tilo tempore_ con otras nias de su edad y aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena mano de azotes. Pero si Juanita era brava, tambin era discretsima; y firme en sus propsitos de ser prudente, se refrenaba y se venca. Por coincidencia, y aunque ella no hubiese ledo el soneto de Lope, conceba imgenes pastoriles y acaso se figuraba a doa Agustina como a una _mayorala_ o _rabadana_ que llevaba en pos de s, atado con un cordn, el manso que ella, la zagala Juanita, haba cuidado con esmero, dndole de su sal a puados. Y entonces se le antojaba decir a doa Agustina: Suelta el manso, que es mo; djalo en libertad, y vers cmo viene a m. Que an tienen sal las manos de su dueo. Sin embargo, Juanita se limitaba a cavilar y a recelar, permaneciendo inactiva. Todo lo que entonces hubiese hecho en contradiccin con los dos proyectos de doa Ins del casamiento de su padre y del monjo de ella, hubiera sido la ms audaz rebelin contra la tirana de la reina absoluta de Villalegre, y a don Paco y a ella los hubiera puesto en peligro de tener que emigrar, como Adn y Eva, expulsados del Paraso. Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por ms que le doliese el recelo de que doa Agustina le quitase a don Paco, no quera, llamndole a s, acudir al punto a evitarlo y quedarse con la duda de que l, no llamado, hubiese podido ceder y entregarse a otro dueo. XXVII Como en el lugar entenda todo el mundo que cualquier decreto de doa Ins infaliblemente haba de cumplirse, y como se divulg que estaba decretado el casamiento de don Paco y de doa Agustina, apenas qued persona que no lo diese ya por cosa hecha. No s encarecer cuan fieramente soliviantaba esto y enojaba a Juanita. Todava, sin embargo, disculpaba a don Paco recordando que ella le haba despedido y que l no tena que guardarle fidelidad. Pensaba en que l observaba quiz un prudente disimulo parecido al que ella observaba; y de esta suerte se avena a perdonarle que no se rebelase contra doa Ins; que fuese tan obediente que de diario viniese a la tertulia; que no pocas noches, segn Juanita averigu, cumpliendo don Paco con el mandato de su hija, acompaase a doa Agustina hasta su domicilio, para que no fuese sola con la criada que vena en su busca, y que tal vez se mostrase corts y galante con doa Agustina para que doa Ins no rabiara. Con tal moderacin discurra a veces Juanita, pero con ms frecuencia perda la moderacin y se pona hecha un veneno. Entonces calificaba a don Paco de inconsecuente, de voluble y de interesado; procuraba aborrecerle o despreciarle, y se senta predispuesta, tentada y ansiosa de tomar represalias. Don Andrs Rubio, entre tanto, segua viniendo todas las noches en casa de doa Ins, y Juanita, con no aprendida coquetera, le echaba miradas extraas, miradas de aquellas que parecen escritura misteriosa, donde la misma persona que ha escrito ignora o tiene idea confusa de la revelacin que hace y donde el que lee cree leer la revelacin y concibe dulces esperanzas. De las miradas se pasa a las palabras con suma facilidad, y don Andrs, procurando hallar siempre sola a Juanita, se acercaba a ella al ir a entrar en la tertulia y le disparaba a boca de jarro, como si fuera su boca la ametralladora del dios Cupido, un diluvio de flores y una descarga cerrada de piropos ardientes. Ella, ms cauta en el hablar que en el mirar, ya bajaba los ojos y se esquivaba sin responder, ya responda con desvo, si bien templado y dulcificado por el respeto y por la afectuosa consideracin que personaje de tantas campanillas no poda menos de inspirarle. Tampoco atinaba Juanita a disimular el contento consolador que tamaa lisonja y tales halagos ponan en su pecho. --Reprtese vuecencia--deca--, y no se burle de una pobrecita muchacha. Cmo he de creer yo que guste vuecencia de mi ordinariez cuando vuecencia est acostumbrado a tantas delicadezas y a tantas finuras? Vuecencia ha dado prueba de tan buen gusto, que... vamos, yo no quiero creer que tenga ahora estragado el paladar. Djeme, seor, sosegada; no trate de sacarme de mis casillas. Jess!, bonita se pondra doa Ins s llegase a entender que vuecencia andaba requebrndome y que yo le oa faltando al decoro que se debe a esta casa tan respetable. Y con estas palabras o con otras por el estilo se apartaba Juanita de don Andrs y se iba a otro extremo de la antesala. Cuando don Andrs la persegua, Juanita se fugaba por los corredores. Don Andrs cesaba en su persecucin para evitar que le viesen. Deplorando lo poco o nada que adelantaba en la campaa en que se haba empeado, y no queriendo ser otro Fabio Cunctator, apel a ms eficaz estrategia y se apercibi para emboscadas y asaltos. En vez de buscar a Juanita en la antesala, la aguard en el zagun, sin entrar en la casa hasta que saliese Juanita para irse a dormir a la suya. Juanita no tema a nadie ni nadie se le atreva, y se iba sola, aunque las calles estuviesen oscuras. Su casa, adems, no estaba lejos. Don Andrs no quiso hacerse el encontradizo; confes con franqueza que la estaba aguardando y la acompa varias noches seguidas, aunque ella siempre lo repugnaba. Pasmosos fueron el arte que emple Juanita y el ingenio y la energa de voluntad que supo desplegar para tener a raya a don Andrs y conseguir, sin romper con l por completo, que no se viniese a las manos. El genio de ella, de ordinario alegre y burln, y la facilidad que tena para echarlo todo a broma le valieron de mucho en aquellas circunstancias difciles. Porque, a la verdad, ella no quera que don Andrs se extralimitase, pero no quera tampoco que se le fuese, y era arduo problema y cuestin de milagroso equilibrio el mantenerse sin caer ni a un lado ni a otro, yendo sin balancn como por una maroma de cuerda tirante. A cada requiebro, a cada proposicin que don Andrs le haca, Juanita contestaba con un chiste o con un tan incoherente disparate, que don Andrs, aunque mortificado y chafado, no poda tomarlo a mal y tena que rerse. Juanita, al verse acompaada por don Andrs, apresuraba el paso, y en cuatro brincos se plantaba en la puerta de su casa. Don Andrs pugnaba entonces por entrar. --Huy! Huy!--exclamaba Juanita--. Est dejado vuecencia de la mano de Dios? Pues sera curioso que entrase a jugar al tute con mi mam, que an est despierta con ansia. Cmo puede querer vuecencia, en lugar de hacer con doa Ins una partida de tresillo, hacerle conmigo una partida serrana? Vlgame Santo Domingo, nuestro patrono! Yo no me lo perdonara. --Por Dios, no seas retrechera; djame entrar, djame entrar, encanto de mis ojos. --Cielo santo y qu cosas dice vuecencia! Qu lenguaje emplea! Ese debe de ser el mal lenguaje del demonio, del que tanto habla el venerable padre maestro fray Juan de Avila en un libro que me hace leer mi seora doa Ins para prepararme a monja. --Y t quieres serlo? --All lo veremos. A menudo se me antoja que la vocacin me acude, sobre todo al ver los peligros que rodean a una infeliz criatura desvalida y tonta como yo. Pero, en fin, aunque tonta, yo no quiero ser ingrata con doa Ins, que me gua por el mejor camino y que me va a pagar el dote para entrar en el claustro. --Y qu ingratitud sera la tuya? En qu ofenderas a doa Ins si me quisieses? --Le parece a vuecencia que sera la ofensa chica si yo desconcertase su plan de hacer de m una santa y si me transformase?... Vamos, vyase vuecencia a la tertulia de doa Ins y no sea pesado. Juanita repiqueteaba entonces estrepitosamente el aldabn de su puerta, y no bien la entreabra o su madre o la criada, se colaba ella, cerraba de golpe y casi daba a don Andrs con la puerta en los hocicos. Con estos lances, tratos y conversaciones, don Andrs se emberrenchinaba ms cada da, y su circunspeccin iba desapareciendo. Fuerza es confesar, aunque no redunde en alabanza de Juanita, que esta no desengaaba ni zapeaba a don Andrs por completo y que se deleitaba en retenerle y en provocarle con sus retrecheras. Es cierto que reconociendo Juanita que era peligroso dejarse acompaar por don Andrs todas las noches, espi con maa el momento en que don Andrs no la aguardaba en el zagun, y en lo sucesivo logr escaparse siempre a su casa sin ser por don Andrs acompaada. Cuando pasaron muchas noches escapndose siempre ella, apesadumbrado don Andrs, exaltado y como fuera de s, le dio las ms sentidas quejas, hallndola sola en la antesala. La vehemencia de los sentimientos del cacique se revelaba en su precipitado discurso, en su gesto, en su ademn y en su acento conmovido. Sin reparar en nada levant la voz. --Por las nimas benditas!--dijo la moza--; tmplese vuecencia y mire por s, ya que no mire por m, y no promueva aqu un alboroto ridculo y se convierta en la fbula del lugar y sea la comidilla de todos los maldicientes. --Nada me importan los maldicientes si t me bendices como yo te bendigo. Bendita seas mil y mil veces, y bendita sea la madre que te pari. Y diciendo esto, sin atender a ms razones, se ech como loco sobre ella, y tan de repente, que ella no pudo sustraerse a sus abrazos y a sus besos. Cinco o seis, que en el nmero no estn de acuerdo los historiadores, le plant en las frescas mejillas, que se pusieron rojas como la grana. Y no contento, le busc la boca para besrsela, y se la hall y se la bes. No estuvieron sus labios junto a los de ella el tiempo que los de don Tristn de Leons y la reina Iseo, de los que dice el antiguo romance: Tanto estuvieron unidos cuanto una misa rezada. Al contrario, no bien se recobr Juanita del susto y de la sorpresa, puso una cara tan feroz que daba miedo, a pesar de ser tan hermosa, y agarrando con ambas manos por los hombros a don Andrs, le sacudi lejos de s con tal fuerza, que vacil como ebrio y falt poco para que cayese por tierra. Poco antes haba entrado don Paco en la antesala; de suerte que si vio el empujn, vio tambin los besos que lo haban motivado. Qu haba de hacer don Paco? Hizo como s nada hubiese visto. Y l y don Andrs entraron en la tertulia segn costumbre. XXVIII Al da siguiente ocurri en Villalegre un caso que sorprendi y dio mucho que hablar. Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde, ni por la escribana, ni por parte alguna pareci don Paco, que de diario acuda a todas para desempear sus varias funciones. Fueron a casa de l, y tampoco le hallaron all. El alguacil y su mujer, que le servan y cuidaban, no saban cmo ni cundo se haba ido y no daban razn de su paradero. Pas todo el da sin que don Paco volviese y sin que se averiguase dnde estaba, y creci el asombro. Nadie acertaba a explicar la causa de aquella desaparicin. Mucho tiempo haca que por aquella comarca, merced al bienestar y prosperidad que reinaban y a la benemrita Guardia Civil, no se hablaba de bandidos y secuestradores. Dnde, pues, estaba metido don Paco? La gente se lo preguntaba y no se daba contestacin satisfactoria. Los amigos, y simultneamente don Andrs Rubio, se mostraban inquietos. Slo no se alteraba doa Ins. Su carcter estoico y su resignada y cristiana conformidad con la voluntad del Altsimo conservaban casi siempre inalterable la tranquilidad de su alma. Doa Ins, adems, no vea nada alarmante en el suceso, y a ella misma y a sus amigos don Andrs y el padre Anselmo se lo explicaba del modo ms natural. Supona y deca con sigilo que su seor padre, aunque estaba sano y bueno y tena ms facha de mozo que de anciano, haba empezado a envejecer, claudicar y flaquear por el meollo; culpa quiz de lo mucho que con l trabajaba y estudiaba. Ello era que, segn doa Ins, su padre, desde haca tiempo, daba frecuentes aunque ligeros indicios de extravagancia y de chochez prematura. Tal era la causa que hallaba doa Ins para la desaparicin de don Paco. Y afirmando que sin ms razn que su capricho se haba ido paseando y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos cerros, pronosticaba que cuando se cansase de vagar volvera a la poblacin como tal cosa. Ni en toda aquella noche ni durante el da inmediato se cumpli, sin embargo, el pronstico de doa Ins. Cuando volvi Juanita a su casa, entre nueve y diez de la noche, don Paco an no haba parecido. Juanita, que no era estoica ni tan buena cristiana como doa Ins, estaba angustiadsima y llena de inquietud y de zozobra, por ms que hasta entonces lo haba disimulado. Cuando se vio a solas con su madre, no pudo contenerse ms y le abri el corazn buscando consuelo. --Don Paco no ha parecido--le dijo--. Mi corazn presiente mil desventuras. --No te atormentes--contest la madre--; don Paco parecer. Qu puede haberle sucedido? --Que s yo? Nada te he dicho, mam; hasta hoy me lo he callado todo. Ahora necesito desahogarme y voy a confesrtelo. Soy una mujer miserable, indigna, necia. Pude tenerlo por mo y le desde. Ya que le pierdo, y quiz para siempre, conozco cunto vale, y le amo; perdidamente le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, amndole le he faltado: he atravesado su corazn con el pual venenoso de los celos. Yo tengo la culpa, y don Andrs est disculpado. Yo le atraje, yo le provoqu, yo le trastorn el juicio, y s me falt al respeto, hizo lo que yo mereca. --Nia, no comprendo bien lo que dices. O es que no estoy en autos, o es que t disparatas. --No disparato ahora, pero he disparatado antes. Repito que he provocado a don Andrs para vengarme de doa Ins y para dar picn a don Paco. Yo estaba celosa. Tem que l se rindiese a doa Agustina. No comprend cunto me quera l. Ahora lo comprendo. Y ve t ah lo que son las mujeres: me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y esta creencia es al mismo tiempo causa de mi pena y del remordimiento que me destroza el alma. Nada s de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. Sin duda l me espiaba, y en la oscuridad de las calles me vio y me reconoci, o me oy charlar y rer con don Andrs, que me acompa varias noches. Y l, lleno de sospechas y apesadumbrado de creerme liviana, sigui espindome, y anteanoche, en la misma antesala de doa Ins, me sorprendi cuando don Andrs me abrazaba y me cubra de besos la cara y hasta la boca. Yo le rechac con furia; pero don Paco pudo suponer, y de seguro supuso, que mi furia era fingida porque l haba entrado y porque yo le haba visto y trataba de aparentar inocencia. Sabes t lo que yo temo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer que era objeto de su adoracin, se ha ido desesperado sabe Dios dnde. --De todo eso tiene la culpa--interpuso Juana--esa perra doa Ins; esa degollante, que no pagara sino quemada viva o frita en aceite. --Te aseguro, mam, que no s cmo la aguanto an; pero si esto no para en bien y ocurre algn estropicio, quien la va a quemar y a frer soy yo con estas manos. No; no soy manca todava. La desollar, la matar, la descuartizar. No creas t que va a quedarse riendo. Juana, al ver tan exaltada a su hija, temi la posibilidad de un delito, y exclam como persona precavida y juiciosa: --Prudencia, nia, prudencia; no te aconsejar yo que la perdones. Bueno es ganar el cielo, pero gnalo por otro medio y no con el perdn de quien te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre mil caminos para llegar a l. Toma, pues, otro y no sigas el de la mansedumbre. Conviene hacerse respetar y temer. Conviene que sepan quin eres. Lo que yo te aconsejo es que tengas mucho cuidado con lo que haces, porque si t castigas a doa Ins sin precaucin, la justicia te empapelara como un ochavo de especias, y hasta te podra meter en la crcel o enviarte a presidio. --No pretendas asustarme. Si ocurre una desgracia, yo no me paro en pelillos; la pincho como a una rata, la arao y le retuerzo el pescuezo. Lo hara yo en un arrebato de locura y no sera responsable. --No seras--replic Juana--; pero te tendran por loca y te encerraran en el _manoscomio_, _monomomio_ o como se llame; yo me morira de pena de verte all. --Pues qu he de hacer, mam, para castigar bien a doa Ins sin que t te mueras de pena? --Lo que debes hacer, ya que tienes con ella tanta satisfaccin y trato ntimo, es cogerla sin testigos y entre cuatro paredes, darle all tus quejas, leerle la sentencia y ejecutarla en seguida. --Y qu quieres que ejecute? --Acurdate de tu destreza de cuando nia, de cuando con la clera herva ya en tus venas la sangre belicosa de tu heroico padre: agarra a doa Ins, descorre el teln y rmale tal solfeo en el _nobilsimo transportn_, que se lo pongas como un nobilsimo tomate. Ya vers cmo lo sufre, se calla y no acude a los tribunales. Una seorona de tantos dengues y de tantos pelendengues no ha de tener la sinvergencera de ensear el cuerpo del delito al Jurado ni a los oidores. Al or los sabios consejos de su mam, Juanita mitig su clera, y a pesar del dolor que tena no pudo menos de rerse, figurndose a doa Ins, con toda su majestad y entono, azotada e inulta. Luego dijo: --Aun sin propasarme hasta el extremo de la azotaina, y aun sin cometer ningn crimen, he de castigarla valindome de la lengua, que ha de lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho. Ha de lanzar mi lengua ms rayos de fuego que la ua del boticario. Cada una de las palabras que yo le diga ha de ser como ua ponzoosa de alacrn que le desgarre y envenene las entraas. La iracunda exaltacin de Juanita no poda sostenerse y se troc pronto en abatimiento y desconsuelo. --Ay Dios mo!--exclam--. Ay Mara Santsima de mi alma! Qu va a ser de m si hace l alguna tontera muy gorda, se tira por un tajo o se mete fraile? Entonces s que tendr yo que meterme monja. Pero yo no quiero meterme monja. Yo no quiero cortarme el pelo y regalrselo a doa Ins. Un esportn de basura ser lo que yo le regale. Y diciendo esto, rompi Juanita en el ms desesperado llanto. Abundantes lgrimas brotaron de sus ojos y corran por su hermosa cara; pareca que iban a ahogarla los sollozos y se ech por el suelo, cubrindose el rostro con ambas manos y exhalando profundos gemidos. La madre, que estaba acostumbrada a los furores de Juanita, no haba tenido muy dolorosa inquietud al verla furiosa; pero como Juanita era muy dura para llorar, y como su madre no le haba visto verter una sola lgrima desde que ella tomaba, cuando nia, alguna que otra perrera, su llanto de entonces conmovi y afligi sobre manera a Juana. --No llores--le dijo--. Dios har que parezca don Paco, y ni l ser fraile ni t sers monja, como no entris en el mismo convento y celda. En suma, Juana, llorando ella tambin, a pesar suyo, hizo prodigiosos esfuerzos para calmar a su hija, levantarla del suelo y llevarla a que se acostase en su cama. Al fin lo consigui, la bes con mucho cario en la frente, y dejndola bien arropada y acurrucada, se sali de la alcoba diciendo: --Amanecer Dios y medraremos. XXIX No quiero tener por ms tiempo suspenso y sobresaltado al lector y en incertidumbre sobre la suerte de don Paco. Nuestro hroe, en efecto, haba tenido el ms cruel desengao al ver primero a Juanita, acompaada por don Andrs, atravesar a oscuras las calles, charlando y riendo, y despus al presenciar la ltima parte del coloquio de la antesala y el animadsimo fin que tuvo en los abrazos y en los besos. No quera conceder en su espritu que Juanita fuese una pirujilla, y, no obstante, tena que dar crdito a sus ojos. Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda aquella noche en la tertulia de su hija. Jug al tresillo para no tener que hablar; hizo malas jugadas y hasta renuncios, por lo embargado que le traan sus melanclicas cavilaciones; apenas jug una vez sin hacer puesta o recibir codillo, y perdi quinientos tantos, equivalentes a cincuenta reales. De mal humor se volvi a su casa antes que nadie se fuese. En balde procur dormir. No pudo en toda la noche pegar los ojos. Los ms negros pensamientos caan sobre su alma, como se abate sobre un cadver famlica bandada de grajos y a picotazos le destrozan y le comen. Por lo mismo que l, durante toda la vida, haba sido tan formal, tan sereno y tan poco apasionado, extraaba y deploraba ahora el verse presa de una pasin vehemente y sin ventura. Se enfureca, y discurrindolo bien, no hallaba a nadie contra quien descargar su furor con algn fundamento. Juanita le haba despedido; no era ni su mujer, ni su querida, ni su novia. Bien poda hacer de su capa un sayo sin ofenderle. Y menos le ofenda an don Andrs, el cual sospechara acaso que l haba tenido, haca ms de un ao, relaciones con la muchacha; pero en aquel momento le crea, segn los informes que le daba doa Ins, decidido pretendiente y casi futuro esposo de la fresca viuda doa Agustina Sols y Montes de Allende el Agua. Don Paco se consideraba obligado a echar la absolucin a Juanita y a don Andrs. Y, sin embargo, contra toda razn y contra toda justicia, senta el prurito de buscar a Juanita, ponerla como hoja de perejil y darle una soba, o bien de armar disputa a su valedor y protector el cacique y, con un pretexto cualquiera, romperle la crisma. Todo esto, segn la pasin se lo iba sugiriendo y segn iba pasando y volviendo a pasar por su cerebro como un tropel de diablos que giran en danza frentica, no consenta que lograse un instante su reposo. En vez de dormir se revolcaba en la cama, y sus nervios excitados le hacan dar brincos. A pesar de todo, se encontraba ms cmico que trgico, y se echaba a rer, aunque con la risa que apellidan sardnica, no por una hierba, sino porque--segn haba odo contar--entre los antiguos sardos se rean as los que eran atormentados y quemados de feroz y sardesca manera en honor de los dolos. Juanita era el dolo ante el cual el amor y los celos, sacerdotes y ministros del altar de ella, atormentaban y quemaban a don Paco. Como no poda sufrirse, pens con insistencia en matarse, y luego sus doctrinas y sus sentimientos religiosos y morales acudan a impedirlo. Y no bien lo impedan, don Paco se burlaba de s mismo y se despreciaba, presumiendo que lo que llamaba l religin y moral fuese cobarda acaso. Despus de aquel tempestuoso insomnio, que convirti en siglos las horas, don Paco se levant del lecho y se visti antes que llegase la del alba. Abri la ventana de su cuarto y vio amanecer. La frescura del aire matutino entibi, a su parecer, aquella a modo de fiebre que en sus venas arda. Y como no se hallaba bien en tan estrecho recinto y anhelaba ancho espacio por donde tender la mirada, y para techumbre toda la bveda del cielo, determin salir, no slo de la casa, sino tambin de la poblacin, e irse sin rumbo ni propsito, a la ventura, pero lejos de los hombres y por los sitios ms esquivos y solitarios. Se fue sin que despertasen ni le viesen el alguacil y su mujer. Tuvo, no obstante, serenidad y calma relativa. No huy como un loco, y tom su sombrero y su bastn, o ms bien el garrote que de bastn le serva. Adems, como se preparaba para larga peregrinacin, aunque sin saber adonde, y como a pesar de que pensaba a menudo en el suicidio no pens en que fuese por hambre, ya que en medio de sus mayores pesares y quebrantos nunca haba perdido el apetito, tom sus alforjas, coloc en ellas alguna ropa blanca y los vveres que pudo hallar, se las ech al hombro y se puso en camino, a paso redoblado, casi corriendo, como si enemigos invisibles le persiguieran. Pronto recorri algunas sendas de las que dividen las huertas que hay en torno de la villa. La primavera, con todas sus galas, mostraba all entonces su hermosura y sus atractivos. En el borde de las acequias, por donde corra con grato murmullo al lado de la senda el agua fresca y clara, haba violetas y mil silvestres y tempranas flores que daban olor delicioso. Los manzanos y otros frutales estaban tambin en flor. Y la hierba nueva en el suelo y los tiernos renuevos en los lamos y en otros rboles lo esmaltaban todo de alegre y brillante verdura. Los pajarillos cantaban; el sol naciente doraba ya con vivo resplandor los ms altos picos de los montes, y un ligero vientecillo doblegaba la hierba y agitaba con leve susurro el alto follaje. Don Paco caminaba tan embebecido en sus malos y negros pensamientos, que en nada de esto reparaba. No tard en salir de las huertas y en encontrarse entre olivares y viedos; pero l hua de los hombres; no quera ver a nadie ni que nadie le viese, y tom por las menos frecuentadas veredas, dirigindose hacia la sierra peascosa, donde la escasez de capa vegetal no permite el cultivo, donde no hay gente y donde est pelada la tierra o slo cubierta a trechos de maleza y speras jaras, de amargas retamas, de tomillo oloroso y de ruines acebuches, chaparros y quejigos. Aunque le fatig algo su precipitada carrera, don Paco no se detuvo a reposar, sentndose en una pea, hasta que dio por seguro que se hallaba en completa soledad, casi en el yermo, sin que nadie le viese, le oyese y le perturbase. Apenas se sent, se dira que los horribles recuerdos que le haban arrojado de la villa, que venan persiguindole y que se haban quedado algo atrs, le dieron alcance y empezaron a picarle y a morderle otra vez. Recordaba con rabia la dependencia servil con que el inters y la gratitud le tenan ligado al cacique, el yugo antinatural que le haba impuesto su hija, los desdenes que Juanita le haba prodigado y los favores con que a don Andrs regalaba. Pens despus en la burla de que sera objeto por parte de todos sus compatriotas cuando se enterasen de lo que pasaba en su alma, y se levant con precipitacin para huir ms lejos y a ms esquivos lugares. Casi corriendo baj por una cuesta muy pendiente y vino a encontrarse, despus de media hora de marcha, en una estrecha caada que se extenda entre dos cerros formando declive. Iba saltando por l un arroyuelo y sonando al chocar en las piedras. El arroyuelo, al llegar a sitio llano y ms hondo, se dilataba en remanso circundado de espadaa y de verdes juncos. Algunos alerces y gran abundancia de mimbrones daban sombra a aquel lugar y lo hermoseaban frondosas adelfas, cubiertas de sus flores rojas, y no pocos espinos, escaramujos y rosales silvestres, llenos de blancas y encarnadas mosquetas. Sitio tan apacible convidaba al reposo, y convidaba a beber el agua limpia del remanso, cuya haz tranquila, rizndose un poco, delataba la mansa corriente o que el agua no estaba estancada y sin renovarse. El sol, que se haba elevado ya sobre el horizonte y se acercaba al cnit, difunda mucho calor y luz sobre la tierra; y don Paco, buscando sombra, vino a sentarse en un ribazo y se puso a contemplar el agua antes de beberla. En medio de su contemplacin, sinti cierta angustia y escarabajeo en su estmago, porque haca cerca de veinte horas que no haba comido, haba andado mucho y no haba dormido nada. En suma, fuerza es confesarlo, don Paco tuvo hambre. Mir a todos lados, como si fuese a cometer un crimen, muy receloso de que alguien pudiera verle, y convencido ya de que su soledad no poda ser mayor, meti la mano en las alforjas y sac de aqu una blanca rosquilla y un bulto envuelto, bien envuelto, en un antiguo nmero de _El Imparcial_. Qu haba en este envoltorio? El historiador no debe ocultar nada. En el envoltorio que despleg don Paco haba media docena de hermosos pedazos de lomo de cerdo, gruesos como el puo, de los que Juana la Larga haba adobado y frito; de los que con el alio de organo, pimiento molido, comino y qu s yo qu otras especias, ya calentados en la propia manteca entre la que se conservan en orzas, ya extrados de la manteca y fiambres, seducen a las criaturas ms desesperadas y afligidas y les dicen: comedme! Don Paco se prepar a obedecer el irresistible mandato; pero pensando en aquel mismo instante en que Juana la Larga, la madre de quien causaba su tormento, era quien haba guisado aquel lomo, las ms tristes memorias se le recrudecieron, y con una magra entre los dedos, al ir ya a tirar un bocado, se le atragantaron en la garganta los dos tan sabidos versos de Garcilaso que dicen: Oh dulces prendas por mi mal halladas, dulces y alegres cuando Dios quera! No quiso Dios, a pesar de todo, que don Paco las hallase por su mal. Aunque se le saltaron las lgrimas pudo ms el apetito. Ganas tuvo tambin, en su desesperacin, de que las magras se le volviesen veneno; pero, en fin, l se comi dos y tambin la rosquilla. Hubo un momento en que ech de menos el vino y deplor no haber trado la bota. Luego se resign y bebi agua, bajando la boca hasta la superficie del remanso. Por ltimo, como estaba molido de tanto andar, velar y rabiar, y senta en lo exterior el calor del sol y en lo interior el calor del lomo y de la rosquilla, a pesar de su enorme pesadumbre, fue vencido por el sueo y se confort durmiendo profundamente la siesta, durante la cual sus desventuras y sus penas se dira que se haban sumergido en aquel arroyo como si fuese el Leteo. XXX Cuando despert don Paco de su prolongado sueo, el sol se inclinaba hacia Occidente; el da estaba expirando. Las vacilaciones que haban atormentado a don Paco volvieron a atormentarle con mayor fuerza mientras ms tiempo pasaba. Su fuga del lugar le pareca, y no sin razn, que deba de haber sido notada por todos y mirada con extraeza. A l, que ejerca tantos oficios, le habran echado de menos en muchos puntos. Se le figuraba que, como no haba pedido licencia a nadie, y como su inusitada desaparicin careca de causa confesada por l, todos sus compatricios se esforzaran por hallar esta causa y acabaran por suponerla un acto de desesperacin o de despecho. Nadie dejara de lamentar su fuga s l no volva al lugar; pero si volva, la compasin se transformara inevitablemente en burla y rechifla. No quedara un solo sujeto que no le preguntase con sorna qu haba ido a hacer al yermo y por qu lo dejaba tan pronto, arrepentido de ser anacoreta. Y los que sospechasen, y no dudaba l que algunos sospecharan, que haba querido suicidarse, tomaran a risa lo del suicidio y atribuiran a miedo el que no se hubiese realizado. Imaginaba l que, vuelto al lugar, no podra sufrir su nueva situacin, porque se le figurara que se mofaban de l cuando le mirasen a la cara. Si se fue, diran, porque haba aqu algo que no poda aguantar, por qu vuelve ahora, se resigna y lo aguanta? Don Andrs, sobre todo, le despreciara y le escarnecera, all en sus adentros, calculando que la fuga haba sido por lo de los besos a Juanita y que ahora volva muy resignado a llevarlos con paciencia y hasta a verlos dar de nuevo. A Juanita misma se la presentaba muy afligida por lo pronto, llena de remordimientos porque era o iba a ser motivo u ocasin de su muerte y muy inclinada a derramar lgrimas a la memoria de l o sobre su ignorada tumba, si es que le enterraban y ella saba dnde y no estaba lejos; pero si Juanita le vea otra vez tan campante, y en las calles de Villalegre, acudiendo a sus ordinarios quehaceres, ya en la tertulia de doa Ins haciendo la corte a doa Agustina, Juanita le tendra por la persona ms ruin y cuitada del orbe. Juanita se mofara de l, y don Paco se estremeca al pensar slo en la posibilidad de semejante vilipendio. Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana y slo para que la gente tome a uno en serio, le compadezca y no le embrome. Hubo momentos en que si don Paco hubiera tenido un revlver, acaso, en contravencin de todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas filosofas, se hubiera pegado un tiro; pero, afortunadamente, don Paco no gastaba armas de fuego y no llevaba ni pistola ni escopeta en aquella disparatada excursin que estaba haciendo, perseguido por los celos como Orestes por las Furias. Una vez se le ocurri encaramarse en la cima de un escarpado peasco, precipitarse desde all de cabeza y hacerse una tortilla. Pero si no quedaba muerto al punto y slo se rompa un brazo, una pierna o las dos, no le dolera mucho, y quedndose vivo aadira los dolores fsicos a los dolores morales de que haba querido libertarse? Rumiando con amargura todo lo dicho, anduvo don Paco sin reparar el camino que llevaba, hasta que le sorprendi la noche, oscura como boca de lobo. Ni luna ni estrellas se vean en el cielo, cubierto de densas nubes. Llova recio y relampagueaba y tronaba. Nuestro peregrino advirti con pena que estaba hecho una sopa, y temi que la muerte, que anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera sobrevenir por la humedad esgrimiendo, en lugar de guadaa, reumas y pulmonas. A la luz de los relmpagos descubri que haba llegado a una extensa nava, entre las cumbres de dos cercanos cerros. Haba en la nava mucho heno, grama abundante y a trechos intrincados matorrales, en que tropezaba, o alta hierba que suba hasta sus muslos, porque no haba senda o porque la haba perdido. De pronto oy mugidos, y al resplandor fugaz de los relmpagos crey entrever un gran tinglado o cobertizo, debajo del cual se movan bultos mugidores, que eran sin duda toros bravos, cabestros, becerros y vacas. --Hombre del demonio--dijo una bronca voz--, qu viene usted a hacer por aqu a estas horas y con esta tormenta tan fuerte? Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin declarar su nombre, dijo que yendo de camino se haba extraviado, no saba dnde estaba y buscaba albergue en que pasar la noche. El boyero, que era piadoso, movido a compasin por la lamentable voz de don Paco, sali de debajo del cobertizo, vino a l, le tom de la mano y le sirvi de gua. As dieron ambos buen rodeo y llegaron a una choza bastante capaz, donde, al amor de la lumbre y en torno de una gran chimenea que tena poco que envidiar a la de doa Ins, aunque careca de escudo de armas, haba otros dos pastores, viejos ya, y un chiquillo de diez o doce aos, que deba de ser hijo del gua de don Paco. En el hogar arda un monte de lea, con cuyo calor pudo don Paco secarse los vestidos, porque le ofrecieron, y l acept, un banquillo para que se sentase cerca del fuego. Apartada de l, sobre un poco de rescoldo y en una trbede se apareca una olla, exhalando a travs de la rota y agujereada tapadera espesos y olorosos vapores, con no s qu de restaurante, lo cual produjo en las narices de don Paco sensacin muy grata, porque con tanto andar se le haba bajado a los pies el almuerzo. Era lo que haba en la olla un guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino y cornetillas picantes que haban de hacerlo suculento y sabroso. Los pastores, as como le haban dado techo amigo donde abrigarse de la lluvia y pasar la noche, le ofrecieron tambin su rstica cena. El rubor tino las mejillas de don Paco al ir a aceptarla; pero no fue tan descorts ni tan abstinente que no la aceptase, la agradeciese y aun se aprovechase de ella, compitiendo en apetito con los boyeros. Sin querer le avergonzaron tambin por otro estilo con su leal franqueza. A l, que se ocultaba y menta, le contaron cuanto haba que contar de la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los sucesos de la pequea cortijada, no muy lejos de all, de que eran naturales. Ponderaron tambin la ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se quejaron de la poca reputacin que tenan y an pronosticaron que al fin haban de abrirse camino hasta la magnfica plaza de Madrid, donde competiran con los de Veragua y los de Miura matando caballos a porrillo y metiendo en puo los animosos corazones de _Lagartijo_ y de _Frascuelo_. Terminada la cena y la conversacin, todos se acostaron sobre sendos montones de hierba seca y durmieron como unos patriarcas. Don Paco se despert y levant al rayar el da imitando a los que le albergaban. Supuso, para salir del paso, que iba a Crdoba; en este supuesto los boyeros le indicaron el camino que deba seguir. Se despidi don Paco mostrndose agradecidsimo, y pronto se alej de la nava, marchando de prisa por la senda que le haban indicado. A solas otra vez consigo mismo, los negros pensamientos resurgieron de las profundidades de su alma y volvieron a atormentarle. Como l reflexionaba mucho, se estudiaba y se suma en el abismo de su propia conciencia, procur explicarse el singular fenmeno que en ella se estaba presentando. Entonces crey percibir que l hasta muy tarde, hasta ya viejo, haba empleado y gastado la vida en ganarse la vida y haba carecido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para fingirse primores ideales y ponrselos ante los ojos del alma, como atractivo de su deseo. Toda aspiracin suya haba sido hasta entonces modesta, prosaica y pacficamente asequible; pero Juanita haba venido en mal hora a turbar su calma y a aguijonear su fantasa para que remontase el vuelo a muy altas regiones, donde, si bien haba ms luz, haba tambin tempestades que su alma pacfica y slo acostumbrada al sosiego apenas poda sufrir. En resolucin, don Paco vino a creer que la aparicin tarda de lo ideal, casi muerta ya su juventud, y el nacimiento pstumo de aspiraciones que slo por ella deben ser fomentadas, era lo que le traa tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver al lugar en aquel estado de nimo, con menos pretexto para volverse que el que haba tenido para irse, le haran sin duda objeto del escarnio de todos sus amigos conocidos, como no hiciese la atrocidad de matar a dos o tres, y l, que era blando de condicin, se consideraba incapaz de ello. Por otra parte, y mientras en Villalegre permaneciese, juzgaba l que sera ya intil para todo y que no valdra ni para secretario de Ayuntamiento, ni para consejero de don Andrs, ni para colaborador del escribano, ni para pasante de los abogados Peperris. En consecuencia de estos no articulados discursos, decidi al cabo: decidi desterrarse para siempre de su patria e ir a otras villas o ciudades en busca de reposo y de mejor fortuna. Slo as lograra curarse de su amor por la pcara e indigna Juanita, hacer pie y caminar por lo firme, en vez de ir por las nubes o de nadar por el ter, y sin matarse y sin matar a nadie, sino siendo til al prjimo, ser de nuevo respetado y querido de las gentes. Ya que los boyeros le haban indicado el camino para ir a Crdoba, don Paco, menos alborotado que el da anterior, sigui en aquella direccin, pues camino no haba. Las estrechas sendas eran muchas, y l a la ventura las tomaba, slo procurando hunde la vista de todo ser humano, porque an tena vergenza de que le viesen. Ora andando, ora parndose a reposar, se le pas todo el da y lleg su segunda noche de vagabundo. No saba dnde se hallaba; pero crey que se despertaba en l una vaga reminiscencia de aquellos sitios. Era una dilatada dehesa o coto, donde haba de haber abundancia de conejos y liebres. El terreno era quebrado y cubierto de matas o monte bajo. Slo a trechos descollaban algunos pinos, hayas y encinas. Pronto la oscuridad lo envolvi todo. Aunque no llova, estaba muy nublado, y l distingua confusamente los objetos. El silencio era profundo. Lo rompa slo, de cuando en cuando, tal cual rfaga de viento suave que agitaba las hojas, o alguna liebre que brincaba o atravesaba corriendo por entre las matas. No s cmo reconoci o crey reconocer don Paco que se hallaba en aquel momento ms cerca de Villalegre; que se hallaba a menos de dos leguas de distancia, en un coto propiedad de don Andrs y donde don Andrs sola venir a cazar. Se afirm ms en esta idea al ver de pronto una lucecita que a cierta distancia brillaba en las tinieblas, segn sucede a menudo a los nios cuando en los cuentos de hadas se extravan en un bosque. Don Paco era valeroso y no propenda, sin ser incrdulo, a recelar frecuentes y medrosas apariciones de vestigios, de almas del otro mundo o de otros seres sobrenaturales. En aquella ocasin, sin embargo, tuvo su poquito de miedo, pero lo venci y camin resuelto y derecho hacia la luz para ver lo que era. Se haba fundado su miedo en que reconoci que la luz sala de la casita del viejo guarda del coto, el cual haba muerto la vspera de la salida de don Paco de Villalegre, y era muy poco probable que don Andrs hubiese nombrado en seguida a otro guarda para donde apenas haba cosa que guardar. La casilla, en opinin de don Paco, tena que estar desierta. Quin haba encendido luz y estaba en la casilla? Sera el alma en pena del viejo guarda, que tena fama de haber sido ms que travieso en sus mocedades y hasta bandolero acogido a indulto? Don Paco se arm de valor y se dirigi a averiguarlo, contento de tropezar con una aventura que de sus desventuras le distrajese. XXXI Sin hacer ruido, lleg don Paco a la casilla y vio que la puerta estaba cerrada con cerrojo que haba por dentro. La luz sala por un ventanucho pequeo, donde en vez de vidrio haba estirado un trapo sucio para resguardo contra la lluvia y el fro. Con el estorbo del trapo no se podan ver los objetos de dentro; pero don Paco se aproxim y repar en el trapo tres o cuatro agujeros. Aplic el ojo al ms cercano, que era bastante capaz, y lo que vio por all, antes de reflexionar y de explicrselo, le llen de susto. Imagin que vea a Lucifer en persona, aunque vestido de campesino andaluz, con sombrero calas, chaquetn, zahones y polainas. La cara del as vestido era casi negra, inmvil, con espantosa y ancha boca y con colosales narices llenas de verrugas y en forma de pico de loro. Don Paco se tranquiliz, no obstante, al reconocer que aquello era una cartula de las que se ponen los judos en las procesiones de Villalegre. El enmascarado guardaba silencio y estaba sentado en una silla, apoyados los codos en una vieja y mugrienta mesa de pino. En otra silla estaba enfrente otra persona, en quien reconoci al punto don Paco a don Ramn, el tendero murciano de su lugar, el hombre ms rico despus de don Andrs y el ms desaforado hablador que por entonces exista en nuestro planeta. Don Ramn era pequeuelo, viejo y flaco; pero tena mucho espritu y agallas y no se acoquinaba por poco. Not don Paco que tena las manos atadas con un cordel a la espalda, y dedujo que le haban llevado all y que le retenan por violencia. Pronto las mismas palabras del tendero murciano, tan prdigo de ellas, confirmaron la deduccin de don Paco. --Hombre o demonio--deca--, quienquiera que seas, apidate de m y no me atormentes sin fruto. Cmo haba yo de imaginar, al volver esta tarde desde mi casero al pueblo, que no dista ms que un cuarto de legua, que haba de topar contigo y con tu compaero, emboscados entre las mimbreras del arroyo del Hondn, y que me habais de traer por fuerza a este lugar? Yo no sospechaba que hubiese secuestradores en el da, y caminaba muy seguro. Convncete, hombre: la ganancia que habais de hacer ya la habis hecho. No tratis ahora de lograr ms ganancia. La codicia rompe el saco. A m me mataris, pero tambin a vosotros os darn garrote. El enmascarado persisti en su silencio, y a lo del garrote slo respondi con un ronquido, especie de interjeccin que en aquella tierra se usa. Don Ramn continu: --No acierto a explicarme por dnde llegasteis a averiguar que acababa yo de vender mi mejor vino a los jerezanos y que llevaba doce mil reales en el bolsillo. Pero, en fin, ya tenis los doce mil reales. Por qu no os contentis? Valindoos de ese tintero de cuerno que traais preparado me habis hecho escribir a mi mujer para que entregue dos mil duros si no quiere que me ahorquen. --Y te ahorcaremos y te descuartizaremos como no los entregues--dijo el enmascarado con voz disimulada y extraa. --Pues bien: podis ahorcarme y descuartizarme ya, sin seguir molindome, porque mi mujer, y vaya si la conozco!, antes que entregar los dineros entregar mi vida y la de todos sus parientes, aunque nos quiera y nos llore despus a moco tendido. Oye: has visto t la tragedia de Guzmn el Bueno? El enmascarado no dijo que s ni que no; se limit a dar otro ronquido. Don Ramn continu: --Pues Guzmn el Bueno, para no entregar a Tarifa, envi a los moros un cuchillo con que degollasen a su hijo muy amado. Los dineros son la Tarifa de mi mujer, y no los entregar aunque me degollis. Lo que no har tampoco, echando con esto la zancadilla a Guzmn el Bueno, es el gasto intil de enviaros el cuchillo, aunque sea el peor de la cocina. Ya lo tendris vosotros, sin que ella lo enve, para abrirme una gatera en las tripas. Pero seamos razonables: qu vais a conseguir con eso? Compadcete de m. Mira tambin por ti y no seas imprudente. Har ya dos horas que m mujer me habr echado de menos, y aun antes de recibir la carta que lleva tu compaero, y que no s cmo ni quin pondr en sus manos, habr armado ella una revolucin en el lugar, habr tocado a rebato, y la pareja de la Guardia Civil y muchos criados mos andarn ya buscndome. No tientes ms a Dios. Ponme en libertad. Djame ir en mi mulita y yo te lo pagar si no quieres aguardar a que Dios te lo pague. El enmascarado sigui sin contestar, aunque dando ms ronquidos. --No oyes que yo lo pagar? Sobre los doce mil reales que t y tu compaero os habis repartido, yo puedo darte otros ocho mil si me dejas libre. --Y cmo?--dijo entonces el enmascarado--. Dnde llevas escondidos esos ocho mil reales? --No seas tonto, hijo mo, no seas tonto. Dnde quieres que los lleve? Yo no tena ms que lo que ya habis tomado; pero tengo un medio seguro de recompensar tu buena accin. --Y cul? Don Ramn titube entonces. El deseo de seducir al de la cartula y salir pronto de aquel mal paso, satisfaciendo su afn de hablar, de contarlo todo y aun de lucirse, porque era muy jactancioso, luchaba en su alma con el temor de empeorar la situacin en que se hallaba, sobreexcitando la codicia del bandido. La mana de hablar pudo ms, al fin, que toda otra consideracin juiciosa, y don Ramn explic que haba un ingenioso procedimiento por cuya virtud tena l y pona dinero donde le daba la gana. Bastaba para ello que l escribiese en un papelito determinada cantidad, diciendo _pguese_ y firmando. Cualquiera persona que llevase este papelito en la faltriquera bien poda estar segura de que era como s llevase la cantidad expresada. Don Ramn, impulsado por su locuacidad y su fachenda, no supo lo que se dijo.... Su explicacin de lo que era un cheque o libranza al portador entusiasm al bandido, el cual le mand al punto con amenazas que all mismo, y en el acto, por valor de dos mil duros, le escribiese y le firmase un cheque. El tendero murciano conoci la tontera que haba hecho, pero conoci igualmente que tena fcil enmienda, y explic al de la cartula que los papelitos que all escribiese y firmase ningn valor tendran, porque haban de ir, para que valiesen, en hojas dispuestas de cierto modo y arrancadas de un librejo que l se haba dejado en casa. Nada le vali con todo para apaciguar al de la cartula. O por poner en duda que fuesen indispensables tales hojas o por despecho de que se las hubiese dejado en casa y no las trajese all, el bandido, sin atender a razones y diciendo repetidas veces escrbeme el papelito, se puso a maltratar a pezcozones al infeliz maniatado. Don Paco no pudo sufrir ms: fue corriendo a la puerta de la casilla, por fortuna vieja y desvencijada, y descargando sobre ella con todos sus bros un diluvio de patadas, de puetazos y garrotazos, consigui en pocos segundos arrancarla de los goznes y derribarla por el suelo con estrepitoso sacudimiento, que hizo retemblar las paredes. El bandido se sobrecogi de terror porque imagin al principio que el viejo guarda, o lleno de envidia por la ventura que otros iban a lograr, o enojado porque le profanaban su mansin, donde el da antes haba estado todava de cuerpo presente, vena ahora capitaneando una legin de demonios para llevrselo al infierno. Qu criatura mortal poda aparecer a aquellas horas y en tan apartado sitio? El bandido, no obstante, se recobr del susto y acudi a la defensa. Ech mano del trabuco, que tena en un rincn de la estancia, y fue al cuarto contiguo, donde haba cado la puerta y estaba la entrada. All apenas se vea, porque la nica luz era la de un candil atado en la otra estancia a una tomiza que penda de una viga del techo; pero el de la cartula vio el bulto de un hombre que se precipitaba sobre l, y le dijo: --Tente o mueres! Y le apunt con el trabuco. Todo ello fue con rapidez maravillosa. Don Paco estaba ya casi encima del bandido, y al mismo tiempo que ste disparaba, le sacudi tan tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le hizo soltar el arma y dar con ella en el suelo. El tiro sali antes, pero torcida ya la direccin, las postas, sin tocar a don Paco, fueron a agujerear el muro. El de la cartula retrocedi para evitar nuevo golpe, y aunque magullado por el que haba recibido, sac de la faja que rodeaba su cintura una truculenta navaja de Albacete, de las de virola y golpetillo, de las que llevan la inscripcin: Si esta vbora te pica no hay remedio en la botica; la abri con el temeroso ruido que produce la rodaja al encajar en el muelle, y se lanz otra vez sobre su adversario; pero el bandido estaba ya falto de serenidad y quebrantado por el dolor del primer golpe. No supo ser certero y en balde abanic el ambiente con su mortfero instrumento. Don Paco, sereno y decidido, se apart a un lado, brinc y salv el bulto y sacudi otra vez tan fiero garrotazo en los lomos del de la cartula, que le hizo caer en el suelo boca abajo. Tendido ya en el suelo el bandido, don Paco se ensa algo, y sin compasin le dio cuatro o cinco palos ms. Como no se quejaba ni rebulla, don Paco le crey muerto. Se agach, no obstante, con precaucin y le quit de la mano la navaja. En seguida lleg don Paco a donde estaba don Ramn, que le reconoci, y con viva efusin le dio las gracias. Don Paco desat el cordel que mantena a don Ramn amarrado. --Almbreme usted con el candil--le dijo--. Voy a ver si ha muerto ese hombre. A la luz del candil se lleg don Paco al que estaba boca abajo tendido por el suelo y le puso boca arriba. La cartula se le haba cado. Don Paco y don Ramn se quedaron absortos al reconocer a Antouelo. XXXII Por dicha no haba recibido ningn garrotazo en la cabeza; pero estaba derrengado, molido y lleno de contusiones. Seguro ya de que viva, y por instigacin del tendero murciano, que no se aquietaba hasta recobrar, en parte al menos, el dinero robado, don Paco registr a Antouelo y le encontr cuatro mil reales, que devolvi a su dueo. Los otros ocho mil se los haba llevado el compaero de Antouelo, el cual, por director y maestro en el arte, haba tomado doble porcin de botn. Antouelo senta agudos dolores; no formulaba palabra alguna, pero lanzaba gemidos lastimeros. Don Paco se apresur a salir de all, volviendo cuanto antes al lugar con el libertado y el vencido. La poderosa mula de don Ramn, aparejada an con muy cmoda y ancha albarda, se hallaba en un corralejo o pequeo cercado contiguo a la casilla. Sac don Paco la mula, hizo que montase en ella su dueo y levantando despus a Antouelo, que apenas se poda mover, y llevndole en peso con alguna dificultad, le plant a las ancas. El carg luego con el trabuco y la navaja, trofeos de su victoria, y echando delante la mula y su doble carga se dirigi hacia el lugar. Al ir caminando daba infinitas gracias a Dios porque le haba puesto en ocasin de castigar un delito y de evitar otros mayores, y porque le haba proporcionado un medio de volver a la patria con justo motivo y sin ningn sonrojo. Aunque caminaron despacio, llegaron al lugar entre una y dos de la noche, sin hallar a nadie en el camino. Inquieto don Andrs por la suerte de don Paco, haba enviado en balde a muchas personas para que le buscasen. Tambin la tendera haba enviado gente en busca de su marido. Todos con mal xito se haban vuelto al lugar antes de medianoche. Cuando mucho ms tarde entraron en l don Paco y su comitiva, los villalegrinos estaban durmiendo. Don Paco, procurando y logrando no llamar la atencin, dej a Antouelo a la puerta del herrador, su padre. Libre ya don Ramn del poco agradable socio de montura, se despidi de don Paco con nuevas y fervorosas manifestaciones de gratitud y se larg a su casa. Don Paco se fue a reposar a la suya. Como el mdico estaba viejo y averiado y tena no poco que hacer, don Policarpo ejerca tambin, con sentimiento del mdico, la medicina y la ciruga. El herrador le llam al punto para que curase a su hijo. Don Policarpo le atendi muy bien y pronostic que le curara pronto, porque sus contusiones, si bien en extremo dolorosas, no eran de peligro ni daban que temer por su vida. Apenas amaneci, don Policarpo, sabedor de que don Andrs estaba inquietsimo por la suerte de su amigo o como si dijramos de su ministro, fue a casa del cacique, que se despertaba con el alba, y le pidi albricias y le dio la buena nueva de que don Paco haba parecido. Como el boticario slo haba visto al magullado Antouelo y no saba bien lo ocurrido, hizo su composicin de lugar, y fantase y dijo a don Andrs que entre don Paco y Antouelo haba habido una muy reida pelea, sin duda por los bellos ojos de Juanita; que la pelea haba sido en mitad del campo, durante la noche; que don Paco haba quedado ileso y que el pobre Antouelo estaba tal que se lo poda comer con cuchara, pero que l, con su ciencia y sus cuidados, le sanara muy pronto. Don Andrs se holg mucho de que hubiese vuelto sano y salvo el secretario del Ayuntamiento, que le era utilsimo y a quien profesaba ms amistad que a nadie. No por eso quiso llamar a don Paco ni ir a verle en seguida, turbando el reposo de que sin duda haba menester; pero no crey en el duelo o pendencia que don Policarpo haba supuesto y contado. Don Andrs, aunque muy estimulado por la curiosidad, se arm de paciencia y de calma y aguard dos o tres horas antes de dar un paso para descubrir lo cierto. Bien saba l que el mayor amigo y confidente de don Paco era el maestro de escuela, y a eso de las ocho, cuando ya la escuela haba empezado y don Pascual deba de estar en ella, don Andrs le envi a llamar a su casa. El mozo que llev el recado volvi diciendo que don Pascual haba salido al rayar el alba, que no haba vuelto an, que los nios estaban dando la leccin con el ayudante y que no bien volviese don Pascual y supiese que don Andrs le llamaba, ira a verle al punto. XXXIII Don Paco, despus de vagar en la soledad por espacio de dos das y despus de tantas penas, emociones y lances, anhel para desahogo confiarse por completo con alguien. Y con quin mejor que con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y desinteresado amigo, primero de Juanita y de l ms tarde? La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don Paco. Don Pascual vino y don Paco se lo cont todo. No le dio ninguna comisin ni embajada para Juanita; pero don Pascual, por una benvola usurpacin de atribuciones y de empleo, se declar l mismo y se nombr embajador, se fue a ver a Juanita que, desvelada y triste, se acababa de levantar y le refiri con fidelidad minuciosa los furores y penas de don Paco, sus celos, su desesperacin, sus propsitos de suicidio o de extraamiento perpetuo, y, por ltimo, el combate de la casilla, el delito de Antouelo, los golpes que ste haba recibido, as como su vuelta y la de don Paco a Villalegre. Cont tambin que el tendero murciano y su mujer, con ms impaciente furia, no se conformaban con callarse sin delatar a Antouelo y sin enviarle a presidio, si no se les devolvan en el trmino de tres das los ocho mil reales que no haban recobrado y que el cmplice de Antouelo se haba llevado consigo. Segn informes adquiridos y comunicados por don Paco, Antouelo por nada del mundo dira el nombre y la condicin del forastero que haba cometido con l el delito. Por otra parte, aunque Antouelo le delatase, de nada valdra esto para recobrar los ocho mil reales por medio de la Justicia, sin envolver en el proceso al hijo del herrador y condenarle y perderle. El afecto profundo y extrao, como de madre o como de hermana, que Juanita haba sentido por Antouelo toda su vida, renaci entonces con vehemencia en su corazn, olvidndose de los groseros agravios con que la haba ofendido aquel mozo. Juanita se propuso salvarle, lograr que se echase tierra al asunto y evitar su deshonra y su ida a presidio, aunque para ello fuera menester buscar los ocho mil reales en el mismo infierno. A esta penosa agitacin de Juanita se contrapona en su alma otra agitacin dulcsima, otro sentir, en vez de aflictivo, delicioso y beatificante, que aumentaba y enardeca su amor al saberlo tan bien pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del dolor y del sobresalto que la conducta criminal de Antouelo y sus consecuencias le causaban, Juanita se juzg venturosa, y sin duda lo era. Slo faltaba ya, y urga y no daba un instante de espera, el desengaar a don Paco, el persuadirle de que ella era inocente, y el convencerle de que ella le amaba. Ya don Pascual, en su largo coloquio con don Paco, haba hecho esfuerzos para convencerle de la inocencia de Juanita. Don Pascual le asegur que l conoca muy bien el noble y leal carcter de ella y cuan virtuosa y honrada haba sido siempre en medio de la completa libertad en que haba vivido, sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre a su lado. Su madre haba tenido que ir a las casas donde la llamaban a trabajar, dejando a Juanita con una criada o completamente sola cuando ni criada tenan. Juanita, adems, sin que nadie la acompaase ni mirase por ella, haba pasado de la niez a la mocedad en medio de las calles y en trato y conversacin con toda clase de personas. Nadie, sin embargo, se le haba atrevido, porque ella saba hacerse respetar, y ni las personas maldicientes haban formulado nunca contra ella una acusacin fundada que pudiera, en manera alguna, deslustrar su decoro. Lo que don Paco haba visto, lo que haba causado su enojo y su desesperacin no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado atrevimiento de don Andrs, quien, si algo logr por sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida. Don Pascual sostena, adems, que Juanita no haba provocado la audaz acometida de don Andrs, a la que daba por nica causa el engreimiento del cacique y su conviccin de que todo haba de rendirse a su voluntad y ser propicio a su deseo. No bien se enter Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de escuela, procur que terminase la visita y que ste se fuera. Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tom el paoln, se lo ech de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de don Paco, escapada. XXXIV Lleg Juanita a la casa, llam a la puerta y sali a abrirle la mujer del alguacil. Juanita le dijo: --Est don Paco en casa? Est levantado y solo? Necesito verle y hablarle sin tardanza. --Solo y levantado est en la sala de arriba--dijo la mujer del alguacil. Sin aguardar ms contestacin ni ms permiso, Juanita apart a un lado a su interlocutora, ech a correr, subi las escaleras, dej el manto en un banco de la antesalita y entr destocada en la sala donde estaba don Paco. La sorpresa y el jbilo de ste fueron indescriptibles, por ms que estuviese receloso an de que en los atrevimientos de don Andrs la coquetera de Juanita haba entrado por algo. Agradecido a la visita no esperada, don Paco se mostr muy fino, pero disimul su alegra y procur poner el rostro lo ms grave y severo que pudo. --No ests enfurruado conmigo--dijo Juanita, tutendole por primera vez--. Yo estaba celosa de doa Agustina y enojada contra ti con tan poca razn como t ests ahora enojado; yo quera darte picn. Soy leal. Confieso mi culpa y me arrepiento de ella. Es cierto; provoqu a don Andrs sin reflexionar lo que haca. Perdnamelo. Me bes por sorpresa, pero lo rechac con furia. Te lo juro; creme; te lo juro por la salvacin de mi alma; no le rechac porque t entraste, y ms duramente lo hubiera rechazado yo si t no entras. Vengo a decrtelo para que me perdones, porque te amo. Quiero que lo sepas: estoy arrepentida de haberte despedido y me muero por ti y no puedo vivir sin ti. Qu haba de hacer don Paco sino ufanarse, enternecerse, derretirse y perdonarlo todo al or tan dulces y apasionadas frases en tan linda y fresca boca? No saba, sin embargo, qu decir ni qu hacer, y, como generalmente ocurre en tales ocasiones, dijo no pocas tonteras. --Apenas puedo creer--dijo--que no repares ya en mi vejez, que no pienses en que puedo ser tu abuelo y que me quieras como aseguras. Pretendes, acaso, burlarte de m y trastornarme el juicio? Te propones halagarme con la esperanza de una felicidad que no me atrevera yo a concebir en sueos, para matarme luego desvanecindola? --No, vida ma; yo no quiero desvanecer tu esperanza, sino realizarla. Yo quiero darte la felicidad, si juzgas felicidad el que yo sea tuya. Si no me desprecias, si me perdonas, si no me crees indigna, nos casaremos, aunque rabie doa Ins de que yo no sea monja, aunque don Andrs te retire su favor, aunque se nos haga imposible la permanencia en este pueblo y aunque tengamos que irnos por ah, acaso a vivir miserablemente. No lo dudes; si fuese posible que don Andrs se prendase de m hasta el extremo de querer casarse conmigo, yo le despreciara por amor tuyo, aunque fueses t mil veces ms pobre de lo que eres; yo le cantara la copla que dice: Ms vale un jaleo prob y unos pimientos asaos que no tener un usa esaboro a su lao. Don Paco, al or esto, apenas pudo ya contenerse y ocultar su emocin. Un estremecimiento delicioso agit sus venas, como si por ellas corriesen luz y fuego en vez de sangre. Estuvo a punto de echarse a los pies de Juanita y besrselos, pero an se report y dijo: --Quiero creer, creo en tu sinceridad de este momento. Mi modestia, con todo, me induce a temer que tal vez te alucinas, que tal vez t misma te engaas, que tal vez te arrepientas del paso que das ahora. Eres tan hermosa, que puedes ambicionar cuanto se te antoje. Y don Andrs no es un usa desabono como el de la copla; es una persona inteligente, estimada y respetada por todos: mejor y mucho ms joven que yo. --Ser todo lo que t quieras; mas para m t eres el ms inteligente, el ms joven y el ms guapo. Todava, escudado por su humildad, trat don Paco de ocultar que estaba ya satisfecho, que haba depuesto su enojo y que sus recelos se haban disipado. Con menos seriedad, sonriendo y entre veras y burlas, dijo; --Me fo de ti; conozco que hablas con el corazn. No, no piensas en engaarme; pero, sin duda, t misma te engaas. Y para poner ms a prueba la vehemencia y la firmeza del amor de Juanita, aadi luego: --Es inverosmil que t, si don Andrs, como parece evidente, est enamoradsimo de ti, le desdees y me prefieras y me ames ahora, cuando antes, que no tenas a don Andrs, era a m a quien despreciabas. Pues qu, ignoras que yo soy un pobre diablo, dependiente de l, y que l es poderoso, rico, respetado y temido aqu, estimado y favorecido por el Gobierno y caballero gran cruz con excelencia y todo? --Y qu me importa a m su excelencia? A ti y no a l debi el Gobierno dar la gran cruz, ya que todo lo bueno que se hace en este lugar eres t quien lo hace. Call un momento y prosigui con dulce risa, como quien de sbito tiene una idea que le agrada: --Esta injusticia quiero remediarla yo; pero necesito antes que t me proclames y me jures por tu reina. S mi sbdito fiel. Somteteme. Jrame por tu reina y tu reina te premiar. Jrame. Don Paco se someti sin ms resistencia. Se hinc de rodillas a los pies de ella y exclam entusiasmado: --Te juro! Juanita, impulsada irresistiblemente por la idea rara que haba concebido, apart con gran rapidez el paolillo, que llevaba al pecho, prendido con alfileres, sac sus tijeras del bolsillo del delantal y se desabroch dos o tres corchetes del vestido. Don Paco, siempre de hinojos, la contemplaba embelesado y curioso. Ella introdujo los dedos por bajo el vestido y desat un listoncillo de seda azul que le cea al pecho la limpia camisa. Tir de l y la sac de la jareta, calada y bordada, trabajo primoroso de su diestra mano. Cort, por ltimo, con las tijeras un buen pedazo del listoncillo y se lo puso a don Paco en el ojal del chaquetn, afirmndolo con una lazada. --Yo te concedo, en atencin a tus altos mritos y servicios--dijo con solemnidad--, esta bonita condecoracin, que vale mil veces ms que la que tiene don Andrs, y te declaro mi caballero y gran cruz de la orden de los celos disipados. Por eso es azul el listoncillo, como las flores del romero. Don Paco se levant sin pizca de celos, porque todo se convirti en amor, y dijo: --T me citaste una copla; no quiero ser menos; voy a citar otra, aunque tenga que llamarte en ella no por tu nombre, sino como se llama la madre de tu santo: Las flores del romero nia Isabel, hoy son flores azules, maana sern miel. --Y si han de ser miel maana, no es mejor que lo sean en este mismo instante? Don Paco se acerc a Juanita para besarla. Ella le separ con suavidad y se esquiv ponindose muy seria y exclamando: --Djame. No te llegues a m. Resptame como a tu reina y como mi caballero que eres. Las flores del romero sern miel en su da; ahora, no. Ve maana a mi casa, a las diez y media de la noche. All hablaremos con mi madre. Adis. Juanita se dirigi para salir haca la puerta de la sala. Ya en la puerta, volvi la cara, mir a don Paco, se dio a escape ms de treinta besos en la palma de la mano, sopl en ellos y se los envi a su amigo por el aire. --De cerca y sin alas los quiero yo. --Ya les cortaremos las alas. En cuantito no sea pecado mortal, los tendrs de cerca hasta que te hartes. Y dicho esto, recogi el mantn en la antesala, baj brincando por la escalera y se puso en la calle. XXXV En medio de su alegra por haberse reconciliado con don Paco, por estar segura de su amor y resuelta a casarse con l, aunque doa Ins y el cacique se opusiesen y tuvieran ella, su novio y su madre que ser vctimas de la clera de tan poderosos seores, Juanita senta profunda pena por la suerte de Antouelo. Su delito le daba horror y no quera volver a verle ni hablarle en la vida; pero le amaba an con cario de hermana y presenta que ello acibarara con algo como remordimiento las mayores venturas que pudiera alcanzar s no evitaba que Antouelo fuera procesado, deshonrado pblicamente y condenado a presidio. Con egosmo amoroso, slo del amor mutuo que don Paco y ella se tenan, haba ella hablado con don Paco. Ya en la calle y separada de l, Juanita volvi a pensar en Antouelo y a cavilar en un medio de salvarle sin que nadie le diese auxilio y siendo ella su nica salvadora. Con este propsito se present en casa del tendero murciano, que la recibi estando con su mujer, doa Encarnacin, solos en la trastienda. No llor Juanita, porque tena muy hondas las lgrimas y rara vez lloraba; pero con acento conmovedor y apasionado les rog que se callasen sobre lo ocurrido, prometindoles que en el trmino de seis meses ella les dara los ocho mil reales que el forastero se haba llevado. Contaba para esto con la voluntad de su madre, de la cual estaba cierta de disponer como de su propia voluntad. Su madre tena dado a premio dinero bastante para salir de aquel compromiso, y en el trmino marcado de los seis meses poda cobrar dicho dinero. Su madre, adems, era propietaria de la casa en que vivan, y si bien la casa estaba fuertemente gravada con un censo, todava poda producir, vendindola, muy cerca de los mencionados ocho mil reales. Doa Encarnacin habl antes que su marido, y dijo al or aquellas proposiciones: --T estas loca, hija ma, y yo supongo que ni tu locura ser contagiosa ni se la pegars a tu madre. Imperdonable estupidez sera que ambas os arruinaseis por salvar a un pillastre. Anda, djale que vaya a presidio. Aquel es su trmino natural e inevitable. Si ahora le salvaseis, en seguida volvera a hacer de las suyas y a dar nuevo motivo para que le apretasen el pescuezo. Vuestro sacrificio no slo sera intil, sino tambin perjudicial. --Los consejos de usted--contest Juanita--, y perdone usted que se lo diga, son aqu los intiles. Contra mi firme resolucin no hay consejo que valga. No son consejos, sino dinero o crdito lo que yo necesito. Si tuviera yo en mi arca los ocho mil reales, los hubiera trado y se los hubiera dado a ustedes en cambio de un papel, firmado por ustedes, donde declarasen que Antouelo nada les deba y que no tenan contra l la menor queja. No tengo dinero, peco estoy segura de poder reunirlo antes de seis meses. Quieren ustedes firmar el documento de que he hablado desistiendo de toda queja contra Antouelo y recibir en cambio otro documento en que yo me comprometa a pagar los ocho mil reales? Este es el asunto, y no hay para qu andarse por las ramas. Conteste usted, don Ramn, y diga que s o que no. --Pues mira, Juanita--contest el interpelado--, yo digo que no, porque no quiero ser cmplice de tu locura y porque un papel firmado por ti, que eres menor de edad, no vale un pitoche. --El pagar, aunque apenas tengo veinte aos, valdra tanto como si yo tuviese treinta. Nunca he faltado a mi palabra escrita. Para cumplir el compromiso que contrajese me vendera yo si no tuviera dinero. A don Ramn se le encandilaban algo los ojos, a pesar de que doa Encarnacin estaba presente, y dej escapar estas palabras: --Si t te vendieses, aunque en el lugar son casi todos pobres, yo no dudo de que tendras los ocho mil reales; pero yo no quiero que t te vendas. --Ni yo tampoco--replic la muchacha--. Lo dije por decir. Fue una ponderacin. Los bienes de mi madre son mos; ella me quiere con toda su alma y har por m los mayores sacrificios. No dude usted, pues, de que dentro de seis meses tendr los ocho mil reales que ahora me preste, sin necesidad de que yo me venda para pagrselos. Doa Encarnacin le interrumpi entonces diciendo: --Juanita, nosotros tenemos tan buena opinin de ti, que estamos seguros de la sinceridad y de la firmeza con que prometes pagar; pero si dentro de seis meses no allegas los dineros, o porque tu madre, querindote mucho, no quiere darlos, o porque no os pagan vuestros deudores y no logris vender la casa, tu sinceridad y tu firmeza nada valdrn pecuniariamente, aunque moralmente valgan mucho. Tu misma moralidad para este asunto de los dineros, en vez de ser una garanta, es un indicio claro del peligro que corremos, si te lo prestamos, de no volverlos a ver nunca. --S, hija ma--interpuso don Ramn--; si en este caso me hipotecases tu inmoralidad en vez de hipotecarme tu moralidad, estara yo ms seguro de cobrar el dinero. Sera una prenda pretoria que dara ricos productos por mal que se administrase. Juanita advirti que el tendero murciano trataba de tomarle el pelo, valindose de una expresin que ahora se emplea en estilo chusco, y, como era poco sufrida, empez a perder la paciencia y dijo bajando la voz, pero aguzando cada una de sus palabras como si fuese una lanceta: --Es, djese usted de bromas insolentes, to marrano. Piense usted bien mi proposicin y ver que le tiene cuenta. Si acude a la Justicia, quiz tendr el gusto de ver en presidio a Antouelo; pero de fijo que no ver nunca los ocho mil reales. En cambio, si los da ahora por recibidos y acepta el pagar que yo le firme, dentro de medio ao o antes, y esto es tan claro como el sol que nos alumbra, recuperar sus ocho mil reales y adems los intereses que me ponga por ellos, porque yo no quiero que me los adelante por mi linda cara. --Aunque me insultes llamndome to marrano, me permitirs que al menos por tu linda cara te perdone el insulto. Tambin me mueve tu linda cara, y no las mezquinas reflexiones que has hecho por m, a prestarte los ocho mil reales si me prometes que tu madre ha de conformarse con el contrato. De todos modos, ya comprenders t, porque tienes sobrado talento, aunque eres inexperta, que yo corro mucho peligro al hacer el prstamo; que el dao emergente no es flojo, y que, por tanto, tampoco pueden ser flojos los intereses. No obstante, yo aspiro a que, en vez de llamarme marrano, me llames generoso y esplndido. Asmbrate. Doa Encarnacin, que hasta entonces haba reprimido la clera, sufriendo el insulto hecho al enclenque de su marido, por temor de andar a la gresca con Juanita y aun de quedar vencida y aporreada, no pudo ya contenerse al ver y al or a su marido tan melifluo y tan predispuesto a ser dadivoso, y le interrumpi exclamando: --No te derritas, hombre; no te vuelvas una jalea, no me obligues a que sea yo quien te llame to marrano. Atiende a lo que haces, y ya que te expones tanto prestando los dineros, que sea con algn fruto. --Yo no me derrito, yo atiendo a lo que hago--contest don Ramn--; pero en vez de responder a las injurias con otras injurias quiero ser magnnimo y responder con favores y beneficios. Juanita, yo doy por recibidos los ocho mil reales que me robaron con tal que t me firmes un pagar, que vencer dentro de seis meses, por la expresada cantidad, ms un pequeo tanto por ciento. --Mil gracias, seor don Ramn--dijo Juanita--. Escriba usted los dos documentos. Yo me llevar, firmado por usted, el que me asegure que Antouelo quedar libre, y firmar y dejar en poder de usted el que declare que le soy deudora. --Est bien. No hay ms que hablar--dijo don Ramn. Y yendo a su escritorio redact los dos documentos en un periquete. En el pagar se comprometa Juanita a pagar, en el trmino de seis meses, la cantidad de diez mil reales. --Ya ves mi moderacin--dijo el tendero murciano al presentar a la muchacha el documento para que lo firmase--. Me limito a cobrarte slo un veinticinco por ciento, a pesar del peligro que corro de quedarme sin mi dinero, porque, a despecho de todos tus buenos propsitos, no tengas un ochavo dentro de los seis meses y tengamos que renovar el pagar, lo cual me traera grandsimos perjuicios. --Ya lo creo--dijo doa Encarnacin--; como que ahora andamos engolfados en negocios tan productivos, que ganamos un ciento por ciento al ao. Creme, Juanita: prestndote los ocho mil reales nos exponemos a quedarnos sin ellos, y adems a perder otro veinticinco por ciento, o sea, otros dos mil reales, que hubiramos ganado dando a los ocho mil ms lucrativo empleo; pero, en fin, qu se ha de hacer? Mi seor esposo pierde la chaveta cuando ve un palmito como el tuyo. --Sea como sea--dijo Juanita--, agradezco a ustedes mucho el favor que me hacen. Y guardndose en la faltriquera el otro documento despus de habero ledo y estimado que estaba bien, se despidi de los mercaderes y se fue a su casa. XXXVI Arrebatado yo por la corriente de los sucesos, por la importancia que les doy y por la rapidez con que quiero narrarlos, he descuidado la cronologa. Est vaga y confusa y conviene fijarla un poco. Nada ms fcil. Baste decir para ello que el da de la fuga de don Paco acert a ser Domingo de Ramos. Como don Paco vag todo aquel da y el siguiente, resulta que volvi a Villalegre al empezar el Martes Santo. Son tales las preocupaciones y el embeleso de todos los habitantes de Villalegre durante aquella semana, que nadie hubiera notado ni la desaparicin ni la vuelta de don Paco si no hubiera sido el personaje tan notable, tan activo y que por lo comn andaba siempre en todo. Lo que no se hubiese sabido, ni aun en tiempos normales, eran las causas de su ida y de su vuelta. Los celos siguieron sepultados en el ms profundo silencio por los que los causaron y los padecieron: por don Andrs, Juanita y don Paco. Y los delitos de Antouelo y los medios que don Paco emple para remediar unos y frustrar otros hubo inters en callarlos, y se logr que los callaran el tendero y su mujer, nicas personas a quienes interesaba decirlos. Slo se saba que Antouelo haba vuelto apaleado; pero, a pesar de los comentarios que se hacan, nadie atinaba con el motivo y pocos sospechaban quin haba sido el autor del apaleo. El tiempo aquel era el menos a propsito para que en Villalegre fijase el vulgo su atencin en lance alguno, por extraordinario que fuese, de la vida real contempornea. La atencin general estaba embelesada y suspendida por la pasmosa representacin simblico-dramtica que iba a verificarse durante cuatro das consecutivos, teniendo por actores a la mitad o quiz a ms de la mitad de los hombres, y por espectadores a la otra mitad de ellos, a todas las mujeres y nios y a no pocos forasteros. Las procesiones de Semana Santa empiezan el mircoles y terminan el sbado. Yo, pues, las he visto en mi niez en otra poblacin donde son muy parecidas a las de Villalegre, conservo de ellas el ms potico recuerdo, por donde imagino que las personas que las censuran carecen de facultades estticas o las tienen embotadas. Hasta la rudeza campesina de algunos accidentes presta a la representacin de que hablo candoroso hechizo. Acaso haba accidentes o episodios en dicha representacin en que lo sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trgico y lo cmico desentonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho sin duda muy bien en suprimir estas discordancias o salidas de tono; pero lo esencial de la representacin, que consta de procesiones y _pasos_, sigue todava y hubiera sido lstima suprimirlo; hubiera sido un crimen de lesa poesa popular. A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfeccionar lo que se hace, aunque no niego que se presta al atildamiento y a la mejora, es menester andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lcito que yo me valga de un smil literario, lo que ocurre con un escrito en verso o prosa cuando el autor, por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba y marchita lo que escribi y lo deja mustio, lamido y sin espontaneidad ni gracia. Conviene, adems, para ver aquello con fruto y penetrar su hondo sentido, prescindir de refinamientos y de ideas de lujo y de exactitud indumentaria, adquiridas en ciudades ms ricas y populosas. Slo as, y reflexionndolo bien, se percibe lo sublime y lo bello de la verdad dogmtica que bajo el velo del smbolo resplandece. Menester es que no se arredre por lo spero de la corteza el que anhele gozar del dulce alimento que para el espritu ella cela y contiene. La representacin no se limita a ofrecer al pueblo un trasunto de la pasin y muerte de Cristo y de la redencin del mundo, sino que en cierto modo abarca todo el plan divino y providencial de la Historia, como el famoso discurso de Bossuet. Los seres humanos, sin duda, no se juzgan dignos de representar a los seres divinos, ni se creen idneos para ello, y temen profanar la accin interviniendo en ella inmediatamente. De aqu que todos los momentos del alto misterio de la redencin se figuren por medio de imgenes que se llevan en andas, y cuyos movimientos silenciosos y solemnes va explicando un predicador desde un plpito erigido en medio de la plaza y que la muchedumbre rodea. Slo hablan los seres humanos. Los sobrehumanos callan, salvo algunos ngeles que cantan lo que dicen. As, por ejemplo, el pregonero desde el balcn de las Casas Consistoriales lee en voz alta la sentencia que condena a Jess a muerte afrentosa en una cruz, y entre dos ladrones, por enemigo del Csar y por otros muchos delitos. El predicador exclama entonces: --Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua, y oye la voz del ngel, que dice.... En seguida aparece en otro balcn de la casa mejor que est enfrente del Ayuntamiento el nio de seis o siete aos ms bonito, ms inteligente y de ms dulce voz que en el lugar hay; y primorosamente vestido de ngel, con tonelete de raso blanco bordado de estrellitas de oro, con refulgentes y extendidas alas y con corona de flores, canta una sencilla y sublime contraesencia, que comienza diciendo: Esta es la justicia que manda hacer el Eterno Padre.... Luego explica, con enrgica concisin que no se opone a la claridad, los misterios de la encarnacin y de la redencin, cuando en la plenitud de los tiempos se une el Verbo increado con la humana naturaleza, glorificndola y hacindola digna del cielo, padeciendo en ella y por ella, a fin de lavar sus culpas. Slo hechos meramente naturales, en que intervienen personajes secundarios, son representados por hombres. Hay uno, no obstante, que es muy trascendental y que tambin los hombres representan. Es la prefiguracin, el reflejo proftico del sacrificio del Hijo por el Padre; es el sacrificio de Isaac por Abrahn en la cumbre del monte Moria, y que otro ngel impide. El monte est representado en medio de la plaza por un tablado cubierto de verdura. Abrahn e Isaac no hablan; slo accionan. Cuando Abrahn tiene ya levantada la cuchilla para sacrificar a su hijo, el ngel le detiene cantando un romance. Isaac recibe entonces la palma del martirio, que ostenta en las procesiones de los das siguientes. Abrahn sacrifica un cordero, segn los antiguos ritos. Los principales personajes del Antiguo Testamento discurren en la procesin silenciosos y solemnes, como si la Historia Sagrada tomase cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visin ideal. Qu daa a la mente infantil y a la rstica buena fe que no se ajuste con exactitud esta visin a la verdad arqueolgica, y que en ella no se desplieguen el lujo y la pompa, si la imaginacin del vulgo los pone all con creces? A su vista aparecen, y van pasando, Elas, Ezequiel, Daniel, Isaas, Ams y los dems profetas, as como los reyes, jueces y prncipes: Melquisedec, David, Moiss, Salomn, y qu s yo cuntos ms. Todos llevan el rostro inmvil de la cartula, y en las potencias, aureola o nimbo que coronan sus cabezas, inscrito el nombre de cada uno. Distnguense, adems, por los atributos que en sus manos tienen: David lleva el arpa; Salomn, un modelo del templo, y Moiss, las Tablas de la Ley. Como los profetas hicieron vida spera y penitente, y no se cuidaron mucho del primor y de la elegancia en el vestir, se llaman los _ensabanados_, porque sus tnicas y mantos estn hechos con sbanas. Y, por el contrario, los monarcas y grandes seores se engalanan con todo el lujo que pueden, llevando por tnica los mejores vestidos de sus mujeres o de sus novias, y por mantos las colchas ms ricas de las camas, por lo cual se llaman los _encolchados_. Conforme va pasando cada procesin, que suele permanecer tres o cuatro horas en la calle, se ejecutan pasillos, que casi siempre explica un nazareno cantando una saeta. Para prevenir y llamar la atencin del pblico hacia cada pasillo, otros dos o tres nazarenos hacen sonar las trompetas con melanclico y prolongado acento. As, pongo por caso, cuando los evangelistas van escribiendo en unas tablillas lo que pasa y unos judos tunantes vienen por detrs haciendo muchas muecas y contorsiones y les roban los estilos, los evangelistas, resignados y tristes, abren entonces los brazos y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra vez para dar el pasillo por terminado. Cosas hay de cierto primor artstico y de bien inspirada delicadeza. As la cruz que llevan en andas, grande y negra, como de bano bruido con remates primorosos de plata, sin Cristo en ella, que ya se supone resucitado y en el cielo, de la que penden siete anchas cintas verdes, blancas y rojas, de los tres colores de las virtudes teologales. Del extremo de cada cinta va asido un nio o un grupo de nios, representando todos en su conjunto y muy lindamente los siete sacramentos de la Santa Iglesia. Otros nios con vestiduras talares y con alas de querubines llevan en sus hombros el arca de la alianza, como recuerdo de la ley antigua, anterior a la Buena Nueva y la ley de gracia. En fin, para mi gusto todo est tan bien, que si no fuera por el temor de que me tildasen de impertinente y de extenderme demasiado en descripciones impropias de este lugar, seguira relatando sin cansarme y con deleite artstico cuanto se representa en Villalegre en aquellos cuatro das. Baste indicar aqu que el Viernes Santo, al anochecer, se celebra el santo entierro, en el que no parecen ya las figuras simblicas de los personajes de la antigua ley; slo hay nazarenos, hermanos de Cruz, llevando cada cual a cuestas la suya y haciendo gala de que sea pesada y grande, y soldados romanos y no pocos judos, convertidos ya, en prueba de lo cual llevan en las manos sendos rosarios y van rezando devotamente. Hay, por ltimo, muchos hombres y nios piadosos que alumbran el entierro con velas. Pero la procesin ms solemne y conmovedora es la que se verifica el Sbado Santo, desde las nueve de la maana hasta medioda. En ella sale nicamente la imagen de Mara Santsima de la Soledad, que es como el paladin de la villa y que se custodia y venera en el templo ms antiguo que existe all, al otro extremo de la nueva parroquia, en la cumbre del cerro que domina la poblacin, en la Acrpolis, como si dijramos, y al lado del abandonado castillo del duque, desde donde ste sala con su mesnada a combatir a los moros fronterizos y a entrar en algarada por las tierras granadinas. Aquella imagen es una obra maestra del arte cristiano en la poca de su mayor florecimiento en Espaa. Es cierto que se puede decir que el escultor no hizo ms que la cabeza y las manos; el pensamiento puro y celestial y el medio por cuya virtud puede convertirse en accin el pensamiento. Pero aquellas manos y aquel rostro son de admirable belleza. Aquel rostro parece divino, combinndose en l la expresin del dolor ms profundo y la humilde conformidad con la voluntad del Altsimo. Los ojos de la Virgen son hermosos y dulces; el llanto los humedece. En las mejillas de la imagen hay dos o tres lgrimas como el roco en las rosas. En el resto de la imagen no se advierte forma ni dibujo de cuerpo de mujer. Todo est cubierto de un riqusimo y extenso manto de terciopelo bordado de oro. El artista, al representar el _Eterno femenino_, la fusin en el dolor de las dos excelencias de la mujer, como virgen y madre, se dira que huy de lo corpreo y slo quiso prestar forma visible al espritu. Sobre los adornos y bordados de la tnica de la Virgen se ven las empuaduras de las siete espadas que le traspasan el pecho. En la procesin del Sbado Santo, todos los personajes del Antiguo Testamento y los judos y los soldados romanos se desvanecen y se eclipsan ante la divina imagen de la Virgen. Slo la acompaan el clero y la muchedumbre piadosa con innumerables velas y cirios encendidos. Con devocin y recogimiento anda la procesin el camino marcado; pero apenas vuelve y entra de nuevo en su iglesia, todas las campanas de la villa tocan a gloria con estruendoso repique; un toro de cuerda muy bravo sale a la calle, y los aficionados lo lidian y capean; en la crcel se da libertad a un preso, que hace de Barrabs, y en varios sitios a propsito, donde hay poco peligro de matar a nadie, se ahorcan sendos Judas, o sea, grandes muecos de trapo, rellenos de estopa y de triquitraques, contra los cuales disparan tiros los mozos que tienen escopeta, hasta que los Judas arden dando muchos triquitracazos y tronidos. De esta suerte terminan con el regocijo de la resurreccin del Seor las interesantes fiestas de Semana Santa. XXXVII Todo estaba revuelto aquel da en la parte baja de la casa del cacique. Se entregaba la gente a diversos trabajos para preparar una gran fiesta que haba de realizarse al otro da, Mircoles Santo. La procesin, prembulo de las otras, y que deba ser en dicho mircoles por la tarde, era dirigida y costeada todos los aos por el seor don Andrs Rubio, hermano mayor de la ms importante Cofrada. Haban de salir en esta procesin tres obras maestras de escultura, tan pesada cualquiera de ellas que para llevarlas en andas por las calles era menester un ejrcito de nazarenos. La primera escultura representa al Seor de la Pollinita; Jess cabalga sobre el humilde animal y entra triunfante en Jerusaln. El pueblo, compuesto de gran nmero de nazarenos, de soldados romanos y de judos, deba marchar delante de la referida imagen con palmas y con grandes y frondosas ramas de olivo. Despus, precedida de todos los _ensabanados_, _encolchados_ y jumeones que se pudiese, tena que salir la _Cena_, cuyo peso es enorme, pues consta la imagen completa de trece figuras de tamao natural, y de la mesa, que algo pesa tambin y que va cubierta y adornada de flores, de las ms exquisitas frutas que desde el otoo han podido conservarse hasta aquel da con el mayor esmero, y de un elevado y complicadsimo ramillete de dulces, donde echa el resto el ms listo e ingenioso de los confiteros. En pos de la _Cena_, y precedida tambin de mucha gente, haba de salir la _Oracin del Huerto_, donde Cristo ora de rodillas; un ngel que quiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de un olivo, ofrece a Cristo el cliz de la amargura, y los discpulos yacen por tierra dormidos. Terminada la procesin, el seor don Andrs tena que echar el bodegn por la ventana y dar de cenar a los apstoles, a los profetas, a los antiguos personajes bblicos, a la plebe de Jerusaln, a los nazarenos y a la guarnicin romana. Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestas al pblico el martes, no en las iglesias, sino en una inmensa sala baja entapizada de rojo damasco, adornada de cornucopias, flores y verdura, e iluminada por la noche con profusin de velas de cera. Para cuidar de todo esto haba elegido don Andrs a Juana la Larga, quien en los dos das del martes y del mircoles apenas poda salir de casa de don Andrs e ir a la suya, a no ser a la hora de recogerse a dormir. El mircoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella deba condicionar para toda aquella tropa la esplndida cena de vigilia. Habra potaje de garbanzos con espinacas; como principal plato de resistencia, bacalao en sobrehsa; y como plato ligero o de chanza delicada, una exquisita alborona, que pudiese celebrar, si resucitase, el mismo famoso cocinero de Bagdad, que la invent, dndole el nombre de la bella Alborn, sultana favorita del califa Harun Al Raschid, hroe de _Las mil y una noches_, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra de dedicarla. Claro est que para postre no haban de faltar los ineludibles pestios y que haba de abundar el vino para apagar la sed que causa la sal conservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante de las mil ristras de guindillas y de cornetas que en tal da se consumen. Se esperaba, adems, que llegase a tiempo de Mlaga mucho cazn fresco, que Juana guisara y hara servir a todos, o bien solamente a los apstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazn suficiente para el vulgo. Por ltimo, Juana haba prometido hacer un plato de su invencin, con el que la gente menuda se chupa por all los dedos de gusto; plato que tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en lo humano, el milagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogaza para pan rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimjili en que ella rehogaba las livianas tortillas despus de haberlas frito, y en cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se engullen con deleite. A este plato de su invencin Juana dio el nombre de _hartabellacos_. Prometa la cena del mircoles ser muy divertida, amenizndola con sus chistes un criado muy gracioso que tena don Andrs y que haca en todas las procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrn y galante antes de dar la sacrlega lanzada y ciego despus, que persigue al lazarillo, el cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas y perreras. Lamentan algunas personas, pero yo no puedo menos de aplaudirlo en vez de lamentarlo, que el seor obispo haya prohibido desde hace mucho tiempo que salga en las procesiones otro personaje que sala antes, mil veces ms cmico que Longino. Era este personaje Jos, el hijo de Jacob, porque, segn deca el vulgo, no era ni fu ni fa. No era _ensabanado_, porque, como primer ministro y favorito que haba sido de Faran, no poda vestirse pobremente con sbanas. Y no era tampoco _encolchado_, porque iba slo con la tnica y no llevaba colcha, o sea, manto o capa, a fin de indicar que la mujer de Putifar se haba quedado con ella. El que haca de Jos sola ser el ms chusco de los campesinos, que aparentaba asustarse al ver muchachas bonitas en los balcones, y ya se tapaba los ojos para no verlas, ya hua haciendo contorsiones y dando chillidos. Menester es confesar que hizo muy bien el seor obispo en prohibir la aparicin de esta figura, dado que sea exacto lo que se cuenta y que no se exageren los melindres y chistes del fingido casto Jos. Comoquiera que ello sea, el punto se puede pasar por alto, porque no es de los esenciales en esta historia. Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola y sin su madre casi los dos das enteros y tuvo que esperar hasta las diez de la noche del Mircoles Santo para poder hablar a su madre con reposo. Por eso Juanita haba citado a don Paco en casa de ella para media hora despus, para las diez y media. Ahora me incumbe referir aqu, sin ms digresiones, los casos memorables en que intervino Juanita hasta que lleg dicha hora. XXXVIII Don Andrs Rubio, en medio del jaleo y trastorno que haba en su casa, estaba tranquilo sin mezclarse en cosa alguna. Sus dependientes y criados, con la hacendossima Juana a la cabeza, cuidaban de todo y se esforzaban a porfa para que saliese con el mayor lucimiento. Como la casa era tan espaciosa que a no ser por su sencilla rustiquez y carencia de adornos arquitectnicos, pudiera pasar por palacio, don Andrs, refugiado en sus habitaciones del piso principal, se sustraa al bullicio, y, segn he indicado ya, estaba tranquilo. Encindase, con todo, que esta tranquilidad no era mental, sino corprea. Mentalmente el cacique estaba agitadsimo. Por medio del maestro de escuela, a quien haba hecho venir y con quien haba hablado, saba ya cuanto el maestro de escuela saba. Don Pascual, creyendo hacer un bien a sus amigos, haba revelado a don Andrs los celos y la desesperacin de don Paco, causa de su fuga; lo que a don Paco haba ocurrido en sus dos das de campo; el amor de Juanita, tan enamorada de l como l de ella, y el sentimentalismo de Juanita en favor de Antouelo y su deseo vehemente de salvarle hallando los ocho mil reales para tapar la boca del tendero murciano. Hasta aqu saba don Pascual, y hasta aqu supo don Andrs, sin llegar a saber lo del pagar ni la visita de Juanita a don Paco, que fueron sucesos posteriores y que don Pascual ignoraba. Don Andrs, por experiencia propia, no era muy inclinado a creer en la virtud de las mujeres. No tena tampoco motivo alguno para hacer de Juanita una excepcin honrosa. Al contrario, la juzgaba desenvuelta, provocativa y educada en plena libertad por una madre ordinaria e ignorante, de la clase ms baja de la sociedad y antigua pecadora ms o menos arrepentida. Como hombre a quien la elevada posicin no vena de abolengo, porque su padre y l se haban levantado por saber y esfuerzos sobre la plebe a que pertenecan, don Andrs, sin poderlo remediar, y ms bien a causa que a pesar de su entendimiento, tena peor opinin de la gente menuda que aquellos que desde tiempo inmemorial o despus de una larga serie de antepasados ilustres descuellan entre el vulgo. Suelen estos atribuir la superioridad que tienen y el acatamiento que se les da a circunstancias dichosas: a haber nacido donde han nacido; a una ficcin social y legal de que en lo ntimo de su alma no pueden jactarse. De aqu que sean modestos en el fondo y que por naturaleza consideren igual o superior a ellos a la ms nfima y cuitada criatura humana. Por el contrario, don Andrs, como no pocas otras personas que por ellas mismas se encumbran, se senta muy superior a cuantos prjimos le rodeaban. Y como l era, adems, inteligente escrutador del valer propio, y se encontraba, aunque apenas osaba confesrselo, con no pocos defectos o vicios, no poda menos de atribuir o de conceder muchsimos ms a cuantas personas miraba en torno de l, dominndolas y humillndolas. As predispuesto y valindose de los datos que ya tena, traz don Andrs en su mente el carcter de Juanita y compuso a su manera la historia de la muchacha. Para explicarse el empeo que ella formaba en salvar al hijo del herrador, dio por cierto que haba sido muy prematuramente su amiga. Y en el amor de Juanita a don Paco no vio ms que el plan de casarse con el hombre ms importante que despus de l haba en la villa. Ambos planes repugnaban extraordinariamente al cacique. Querer salvar a Antouelo, aunque Antouelo fuese su pariente ms o menos lejano, le pareca detestable y absurda aberracin. Lo que convena era la condenacin de Antouelo para escarmiento de otros pcaros y para seguridad y descanso de las personas pacficas y honradas. Don Andrs haba censurado siempre la compasin malsana que los criminales suelen inspirar en nuestro pas y haba apludido la impaciente severidad con que los yanquis linchan sin escrpulo a quien la justicia anda reacia en dar el merecido castigo. El casamiento de don Paco con Juanita le pareca an mayor monstruosidad. Acaso en un principio Juanita gustara de don Paco, pero pronto sentira la desproporcin de edad, porque la de don Paco era triple que la de ella, de suerte que don Andrs prevea y deploraba profticamente que Juanita acabara por poner en ridculo al ilustre secretario del Ayuntamiento y por hacerle muy desgraciado. Por otra parte, don Andrs temblaba al pensar en el furor de doa Ins cuando descubriese que Juanita, con su hipocresa y sus embustes, la haba estado engaando, y que en vez de meterse monja se casaba con don Paco, y daba por madrastra a ella, enlazada ya con la familia ms noble de toda aquella comarca despus de la familia del duque, a la hija ilegtima de una mondonguera. Doa Ins, si tal cosa se realizase, sera capaz de tener un ataque de rabia o de estallar como una bomba. Calculaba don Andrs que l poda prestar dos muy importantes servicios: uno, a doa Ins, impidiendo que su padre la avergonzase casndose con una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro a don Paco, abrindole los ojos, para que al fin comprendiese que Juanita no le quera sino por inters, y que l no deba casarse con ella por ser indigna de su cario. El desengao sera cruel para don Paco; pero don Andrs se disculpaba la crueldad recordando aquello de quien bien te quiere te har llorar y lo otro de la letra con sangre entra. Al prestar estos dos servicios no se le ocultaba a don Andrs lo mucho que l se expona. Se expona, por una parte, a que doa Ins llegase a saber que l quera seducir o haba seducido a Juanita, lo cual enfurecera a doa Ins por dos razones: porque contrariaba sus planes msticos de que Juanita fuese monja y porque desluca o manchaba el amor, sin duda platnico, con que el propio don Andrs la estaba, haca ms de siete aos, complaciendo, tal vez poetizndole la vida y consolndola de tener un marido tan perdulario. Y se expona, adems, a que don Paco no quisiese aguantar la leccin, prescindiese de todos los favores que le deba y le buscase camorra. Don Andrs no se arredraba ante la previsin de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola, y don Paco no saba de esgrima y jams haba tomado una pistola en la mano; pero bien poda don Paco, como lugareo que era y nada acostumbrado a perfiles y a ceremonias, perder un da la cabeza y romprsela a l, porque tena la mano pesada y manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pacfico, haba dado ya diversas pruebas, adems de la que sali tan cara a Antouelo. La primera vez huy don Paco porque se juzgaba desdeado de Juanita y razonablemente no poda darse por ofendido ni de que ella favoreciese a otro, ni tampoco del amante favorecido. El caso era muy diferente; don Andrs, aunque no lo saba, sospechaba que Juanita y don Paco se veran o se habran visto y estaran de acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que a l hiciera Juanita sera una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, que probablemente no se resignara a sufrir y del que resolvera tomar venganza. A pesar de tales inconvenientes, don Andrs no se arredraba. Se senta picado de que a l, omnipotente en Villalegre, se le desdease de aquel modo. El mismo desdn estimulaba ms su deseo. Hasta por amor propio quera a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero l no se la figuraba tan ardua. Juanita haba coqueteado con l y le haba provocado. Era cierto que, cuando la bes en la antesala, ella le rechaz con furia; pero no fue, acaso, furia fingida porque entr don Paco y le vio entrar ella? Don Andrs dio por seguro que fue furia fingida. Ya veremos--deca para s--si me rechaza donde y cuando est ella segura de que no entrar don Paco a interrumpirnos. A pesar de su momentnea rivalidad, don Andrs quera de corazn a don Paco, reconoca todo su mrito, apreciaba todos sus servicios y distaba mucho de querer hacerle el menor dao. Lejos de eso, lo que anhelaba era desengaarle en sazn y oponerse a su absurda boda. De todos modos, a fin de precaverle contra el peligro de que don Paco no gustase de ser desengaado, y de que en un instante de celosa locura llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrs, que de ordinario no llevaba armas, tom un pequeo revlver de seis tiros y se lo guard en la faltriquera. Antes de salir de casa, a eso de las diez de la maana, habl don Andrs con el criado de mayor confianza y ms listo que tena. Era su secretario, su ayuda de cmara, su confidente favorito y al mismo tiempo su bufn, porque tena mucho chiste: baste decir que haca de Longino en las procesiones. Don Andrs, recomendndole el ms profundo sigilo y la mayor cautela, hubo de hablarle as: --Deseo y necesito tener una entrevista a solas con cierta persona, que de seguro no querr venir a mi casa, al menos la vez primera, aunque despus aprenda el camino y venga con gusto. Posible es tambin que dicha persona se niegue a recibirme si yo directamente, o valindome de ti, pido a ella que me reciba. Importa, pues, que t te dirijas a la criada de dicha persona y ganes su voluntad, con presentes o comoquiera que sea, para que ella hable con su ama y la convenza y la incline a darme la cita. Quiero que esto sea en todo el da de hoy o en el de maana, hasta las nueve de la noche. Durante este tiempo la ocasin es propicia y conviene no perderla. Acaso ocurra que la persona que yo pretendo me cite no se preste a confesar que accede a la cita y gusta de aparentar que yo, por traicin de su criada, entro, a pesar suyo, en su casa y la sorprendo. Para que nadie se entere, porque no quiero disgustar ni ofender a nadie, debe ser la cita, y debo ir yo a ella, despus de anochecido. --Y quin es la persona que ha de citar a vuecencia y que gasta tanto melindre?--se atrevi a preguntar Longino. --Pues la persona--contest don Andrs bajando ms la voz--es Juanita la Larga. Muy sorprendido se mostr Longino al or esto, lo cual agrad sobre manera a don Andrs, porque era prueba evidente del misterio y del disimulo con que l hasta entonces haba perseguido a la muchacha. Cuando Longino no haba sospechado lo ms leve, era indudable que nadie en el lugar lo sospechaba, y que el secreto hasta entonces se haba guardado entre don Paco, l y ella. Muy satisfecho Longino del encargo delicadsimo que su seor acababa de confiarle, prometi hacer prodigios de destreza para que nada se divulgase y para que todo se lograse. Inform, adems, a su amo de que Rafaela, la criada de ambas Juanas, a quien l conoca, era muy callada, muy lista y muy experimentada, porque frisaba ya en los cincuenta aos y la haba corrido en su mocedad, y si bien la Fortuna siempre le haba sido adversa, ella saba dnde le apretaba el zapato. --Otro gallo le cantara--dijo Longino--y no estara de fregona si la Fortuna no fuese tan caprichosa y tan ciega. Terminado este coloquio, todava antes de salir de casa tuvo don Andrs otra conversacin interesante. Quien habl con l fue una mujer que entraba a verle con frecuencia y que le traa y llevaba recados de la seora doa Ins Lpez de Roldn, sin duda para los negocios y obras de caridad que ellos trataban y hacan juntos. La interlocutora de don Andrs, ya comprender el lector que fue Serafina. Vena a decirle que su ama quera hablar con l y que le rogaba que fuese a su casa a la hora de la siesta. Tan preocupado estaba don Andrs que, por ms que el menor deseo de doa Ins fuese para l soberano mandato, se excus de ir por la multitud de quehaceres que le agobiaban y slo prometi ir a la tertulia por la noche. Para que doa Ins se entretuviese en su soledad o en compaa de Juanita la Larga, dio don Andrs a Serafina dos bellsimos libros devotos que acababan de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fe le enviaba, sabedor de las inclinaciones ascticas y msticas de la seora principal de Villalegre. Eran estos dos libros _Tratado de la tribulacin_, de fray Pedro de Ribadeneyra, y _La conquista del reino de Dios_, de fray Juan de los Angeles. Serafina dio a entender a don Andrs que su ama tena grandsima curiosidad de saber quin haba apaleado a Antouelo y por qu motivo. Y juzgando don Andrs que la verdad era el mejor disimulo en este caso, cont a Serafina, para que se lo refiriese a su ama, que don Paco, despus de haber vagado por extravagancia y capricho, descubri el secuestro del tendero murciano, y que para libertarle, y aun para defender la propia vida, tuvo que apalear al hijo del herrador, sin conocerle hasta despus, porque llevaba cartula. Todo se explicaba as con la misma verdad, y don Andrs alejaba de la mente de doa Ins hasta la menor sospecha. XXXIX Juanita, despus de haber declarado su amor a don Paco y despus de tener por seguro que no procesaran a Antouelo, se puso tan contenta y se aquiet de tal suerte, que desisti de todo propsito de venganza contra doa Ins, a pesar de lo mucho que doa Ins la haba molido. Se arrepinti tambin de su prolongado disimulo y se propuso, sin retardarlo ya ms que hasta el da siguiente, mircoles, entre diez y once de la noche, hacer pblico su noviazgo y su futuro casamiento con don Paco. Hasta entonces tena ella una vaga esperanza de poder preparar el nimo de doa Ins, a fin de evitar su enojo; pero si esto no se lograba, Juanita estaba decidida, contando con la decisin de don Paco, a arrostrar el enojo de doa Ins y el de todo el mundo y a hacer su gusto casndose, aunque ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar por insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la posicin que en l gozaban. A Juana la haba visto un breve instante; pero confiaba tan poco en su circunspeccin y en la serenidad de su juicio, que no se atrevi a decirle nada ni a informarla de sus proyectos de repente y sin prembulo alguno. Aguard, pues, hasta el da siguiente, cuando su madre volviese ya de casa de don Andrs despus de concluido su trabajo, a la hora en que haba citado a don Paco, para que l tambin hablase a su madre y los tres se pusiesen de acuerdo. Entre tanto, Juanita crey prudente y decoroso no ver a don Paco, y violentndose, le impuso la condicin de que no la buscase ni tratase de verla. Juanita tena tantos negocios que arreglar y tantas cosas en que pensar y que hacer, que no quera que por lo pronto la distrajesen de ello sus amores. Era Juanita devotsima de la Virgen de la Soledad, y subi a la iglesia que est cerca del castillo y donde se venera su imagen a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle fervorosamente para que le fortaleciese en sus propsitos, que ella crea santos y buenos. Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte alta, donde est el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel da muy solitaria. Juanita or largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de l tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrs, que la haba espiado, que la haba visto subir, que la haba seguido, y que la aguardaba a la puerta. Grandes fueron la desazn y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella crea haber disipado todos los celos de don Paco y haberle inspirado confianza bastante para que no la vigilara, todava temi que don Paco, o la viese en compaa de don Andrs o supiese por alguien que iba en su compaa, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse de la obstinacin con que don Andrs la persegua y rompiese con l de una manera estruendosa. Su desazn y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrs se acerc a ella; la acompa mientras bajaba la cuesta, la requebr con ms fervor que respeto, le record los besos de la antesala y le hizo las ms atrevidas proposiciones. Como don Andrs ignoraba el concierto de Juanita con el tendero murciano, venci su repugnancia a dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas, hizo a Juanita la de dar los ocho mil reales para que no fuese acusado Antouelo. --Ya no necesito el dinero, seor don Andrs--dijo Juanita--. Don Ramn ha recuperado lo que se le deba y ha prometido callarse. Ahora yo suplico a vuecencia que me deje y no me persiga, y que no me ofenda proponindome lo que no puede ser. Y si vuecencia no se retrae de seguirme por m respeto, porque yo se lo suplico con humildad, retrigase por el temor de ofender a personas que le son queridas. --Yo no temo que esas personas se ofendan. --Pues yo s lo temo. Temo que se ofenda mi seora doa Ins, a quien bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo ms an que se ofenda don Paco, quien..., fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa vuecencia si no lo sabe..., es mi novio. --Y cmo--dijo don Andrs--recelas t que don Paco se escape otra vez y se vaya a vagar por esos andurriales? --Mucho me pesara--replic Juanita--de que hiciese tal cosa; pero en esta nueva ocasin no sera eso lo que l hara, sino algo que yo lamentara mil veces ms. Yo quiero que l y vuecencia, a quien debe l tantos favores, sigan siendo buenos amigos. Para ello es indispensable que se reporte vuecencia y no me falte. --Al contrario--dijo don Andrs sonriendo con sonrisa algo forzada--. Quien me falta eres t. Dame una cita para verte en tu casa a solas y ya vers cmo no te falto. Todo ser con recato y sigilo. Nada sabrn ni don Paco ni doa Ins, y no tendrn de qu quejarse ni de ti ni de m. Llegaban en esto a la plaza, despus de haber bajado la cuesta. Juanita, sin hacer atencin a las ltimas palabras de don Andrs, y temerosa de que la vieran con l, porque all haba mucha gente, exclam con cierta angustia: --Por amor de Dios, seor don Andrs, djeme vuecencia en paz y no se comprometa ni me comprometa. Don Andrs conoci sin duda que tena razn la muchacha; cedi a su splica y se apart de ella. Juanita volvi sola a su casa, afligidsima, descorazonada y humillada al ver cuan poco respeto infunda. Era mayor su humillacin al considerar que en aquellos dos das ltimos hasta el idiota de don Alvaro, a pesar de los sofiones de que haba sido objeto, haba vuelto a las andadas, mostrndose con ella insolente y atrevido. Luego que entr Juanita en su cuarto, cerr los puos con clera, se ech boca abajo en la cama y solloz con; amargura. XL Era doa Ins Lpez de Roldn personaje de carcter tan enrevesado y complejo, que a menudo me arrepiento de haberla sacado a relucir como una de las dos heronas de esta historia, porque hallo difcil describirla bien y transmitir a mis lectores concepto igual al que tengo formado de ella, investigando y dilucidando con claridad el mvil de sus pasiones y de sus actos. Ella misma, como era reflexiva y pensadora, y como en sus ratos de ocio, que no eran pocos, haba ledo y aprendido bastante, se afanaba por lograr el propio conocimiento y lo encontraba harto oscuro. Las doctrinas de esto que llaman teosofa, novsima en Europa, aunque antiqusimas en la India, no haban aportado an por Villalegre, y doa Ins no poda, fundndose en ellas, suponer que su ser ntimo constaba de siete diversos principios; pero doa Ins saba que Platn daba, poco ms o menos, tres almas a todo ser humano. Hacindose, pues, platnica, se puso a sospechar que ella tena tres almas. Confirm sus sospechas y casi las convirti en certidumbre el ver que, lejos de tener algo de mrito aquel pensamiento, concordaba en cierto modo con la ms sana y catlica filosofa. Uno de los libros que con frecuencia y gusto lea doa Ins era el que escribi el iluminado y exttico varn fray Miguel de la Fuente acerca de _Las tres vidas del hombre_. De aqu que no titubease doa Ins en compaginar que tena tres vidas. Yo tambin lo imagino, y casi me atrevo a darlo por seguro. Slo de esta suerte atino a entrever el tenebroso enigma de su figura moral y de su extraa condicin y naturaleza. Haba en doa Ins tres energas o poderes distintos, escalonados y sobrepuestos, ora de acuerdo los tres, ora independientes y en guerra, aunque formando, durante esta vida mortal, la unidad inseparable de su singular individuo. Para cada uno de estos poderes se haba buscado doa Ins un ministro, o si se quiere, una ministra. Para su alma sensual, que entenda y se empleaba en las cosas y negocios corpreos y vulgares, tena a Crispina, que la pona al corriente de todos los sucesos del lugar sin elevacin ni trascendencia. Para su alma sentimental, concupiscible, irascible y discursiva; para su facultad y aptitud de aborrecer, amar y calcular, sobre todo en relacin con lo temporal visible, tena a la discreta criada Serafina. Y para el alma pura o pice del alma para la suprema porcin de entendimiento y del afecto, porcin toda espiritual y divina, simple inteligencia o mente, haba estado doa Ins sin ministra durante largos aos, hasta que por ltimo la haba hallado o la haba credo hallar en Juanita la Larga, a quien tan injustamente despreci y odi de odas y al verla por vez primera. Fue como perla que se descubre en un muladar y que se estima ms cuando el que la descubre se persuade de que es fina. Fue flor como hallada en tierra inculta, fuera de la cerca del huerto que se cultiva, por eso mismo sorprende y enamora ms, celndola quien la posee por el temor de que la huelle y pisotee a su paso algn animal inmundo. As se comprende, en mi sentir, el amor y celoso cuidado con que doa Ins miraba a Juanita, que era ya para ella lo ms ideal de cuanto poda concebir en lo humano. Tal vez doa Ins reconoca con dolor que su propia alma suprema se haba inficionado e impurificado un tanto por culpa de circunstancias exteriores que haban hecho prevalecer y triunfar en varios puntos las otras dos almas, inferior y media. Y a fin de que no se le inficionase tambin el alma pura y superior de la amiga y ministra que haba encontrado y que era su regalo y consuelo, quera doa Ins que Juanita fuese monja, o sea, transplantar la flor del campo abierto y sin defensa al huerto cerrado y defendido; pero como al propio tiempo se complaca y deleitaba con tener a Juanita cerca de s, vacilaba an y retardaba el da en, que pensaba obligar a Juanita a retirarse al claustro. En el momento presente de nuestra historia prevaleca en doa Ins el empeo de empujar a Juanita hacia el monjo. Prevea para ella peligros inminentes y ansiaba salvarla, aun a costa de privarse de su agradable presencia y de su dulce trato. Se comprender qu clase de peligros tema la seora de Roldn si echamos una ligera ojeada retrospectiva y ponemos al lector en antecedentes. Dios me libre de ser calumniador y de pecar de malicioso. Quiz fuesen ponzoosas hablillas de la malvada lengua del boticario, a lo que parece, acrrimo enemigo de Serafina. Serafina, que era tambin burlona y maldiciente, murmuraba, y haciendo mucha befa haba referido por todas partes que la hija menor del escribano, de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya cuenta, estaba prendada del boticario y le deseaba como marido, aunque slo fuese para no ser menos que su hermana mayor, doa Nicolasa, la cual iba pronto a casarse con Pepito, el hijo del albardonero, famoso doctor en leyes. Slo se aguardaba para celebrar la boda que el diputado sacase al novio un empleo de diez o doce mil reales que le haban pedido haca ms de un ao. Doa Nicolasita estaba ms impaciente que nadie; echaba mil maldiciones al diputado, deca que no serva de nada y conspiraba para que en las prximas elecciones eligiesen a otro que sacase empleos con ms facilidad y prontitud. Entre tanto, o de veras o fingindolo, haba enfermado su hermana menor, y el boticario, que con permiso del mdico visitaba tambin y tena bastantes igualas, era quien asista a la enfermita, y tena que visitarla dos veces al da o por lo menos de diario. Don Policarpo no se daba por entendido de la verdadera enfermedad y distaba mucho de querer aplicarle el conveniente remedio. La iguala que tena con el escribano era de las ms cuantiosas del lugar: cada ao cincuenta reales. Esto, no obstante, le pareca muy poco para pagar tanta visita, por lo cual, segn Serafina, el boticario buscaba compensacin recetando mucho y obligando al escribano a gastar su dinero en potingues de los que l elaboraba en su casa. Yo me inclino a presumir que, ofendido el boticario por las burlas de Serafina sobre el mencionado negocio, divulg contra ella lo que voy a contar como me lo han contado, sin responder de que sea verdad, exageracin o mentira. A lo que parece, don Alvaro Roldn, que andaba antes extraviadsimo, lejos de su casa, muy a menudo en otras poblaciones entregado a mil liviandades y francachelas y gastndose los dineros con doncellitas andantes que hospedaba en sus caseras, se haba vuelto sedentario, casero, morigerado y mucho ms econmico. El pcaro del boticario colgaba a Serafina el milagro de esta conversin, y aun se atreva a sostener que la seora doa Ins haca la vista gorda y no se percataba de tal milagro, cuya comodidad y baratura no poda menos de celebrar en el fondo del alma. Como quiera que fuese, la verdad es que Serafina, que jams not que don Andrs persiguiese a Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera dicho, porque no le convena decirlo, not muy bien los atrevimientos de don Alvaro y sus persecuciones a Juanita, y enojada y temerosa de una usurpacin de atribuciones, acudi a doa Ins con el soplo. Al principio no dio doa Ins grande importancia a la acusacin; pero en aquellos ltimos das la renov Serafina con tal vehemencia e insistencia, que doa Ins se puso sobre ascuas. Se puso como se pondra apasionada jardinera si viese que un sapo u otro bicho feo y viscoso tratara de deshojar o marchitar la planta florida que ms la deleitase. Doa Ins estaba furiosa contra el sapo y llena de miedo tambin de que, interviniendo el diablo, que todo lo aasca, pudiese conseguir el sapo su detestable propsito. La misma inocencia de Juanita y la libertad y el abandono en que viva, sin el arrimo y el consejo que suele prestar la prudencia de una madre, aumentaban el sobresalto de doa Ins. De aqu que ahora estuviera impaciente por consumar su sacrificio de separarse de la muchacha envindola a un convento cuanto antes mejor. XLI De harto mal talante, y a fin de no faltar a la costumbre convertida ya en deber, Juanita acudi a casa de doa Ins para las lecturas y coloquios que ambas tenan a solas. Aquella tarde no hubo lectura, a pesar de los nuevos libros devotos que doa Ins haba recibido. La agitacin de la ilustre seora no le consenta leer ni tratar de nada que no estuviese en inmediata relacin con el punto o que no fuese el punto mismo que la traa tan inquieta y azarada. Lo que hizo doa Ins fue extremarse con Juanita en demostraciones de cario. Ella misma se calific de pastora y apellid a Juanita inocente cordera, dndole a entender, casi con lgrimas y con entrecortados suspiros, el fundado temor que la afliga de verla entre las uas y los dientes del lobo. Persistiendo en su metfora pastoril, exclam: --S, hija ma; mi dolor sera inmenso si por imprevisin y descuido te dejase yo caer entre las garras de la infame bestia que anhela devorarte y viese el cndido velln de la cordera teido en sangre y manchado con la impura baba del monstruo. Es menester que yo te defienda y te ponga en salvo. Por m sola no puedo vigilarte. Lo que puedo hacer, y har, es conducirte pronto al redil, donde irs dcil y estars segura. No acierto a encarecer, ni t acertars a figurarte cuan inmenso ser mi sacrificio al separarme de ti, porque eres mi consuelo y mi encanto. Pero Dios quiere que nos separemos y tendr que conformarme con su voluntad. Juanita, ms sorprendida que asustada, abra mucho los ojos y no saba qu responder ni qu pensar de todo aquello. Segua silenciosa y slo deca para s: Qu monstruo ser este que, segn doa Ins, trata de devorarme? Sabr ella que don Andrs me persigue y me solicita, y le llamar por eso monstruo e infame bestia? Como quiera que ello sea, yo no me atrevo an a decirle que no me da la gana de ir al redil y que fuera de l, y sin pastora ni nada, ya cuidar que no me coma el lobo. Lo mejor, por lo pronto, es callarme y aguantar sus majaderas. El redil est lejos an y ya tendr ocasin de sublevarme, de arrancar el cayado de manos de la pastora y hasta de sacudirle con l s se obstina en guiarme y en disponer de m a su antojo. Con esta bien meditada resolucin, Juanita iba, sin embargo, agotndose. Bien podramos asegurar que a Juanita no le quedaba ya paciencia ni para veinticuatro horas. Mucho le dola no sacar al fin la menor ventaja de su sufrimiento y de su disimulo durante ao y medio, y tener que retroceder al estado de guerra y a la situacin en que despus del sermn del padre Anselmo se haba colocado. Por esto determin sufrir an y esperar hasta el siguiente da. Despus de despedirse de doa Ins a las siete de la noche para volver a su casa, Juanita se encontr en la antesala con el seor don Alvaro, el cual vino hacia ella con suma galantera, y le dijo: --Ingrata, cruel hechizo de mi vida, por qu eres tan tonta y tan terca? Quireme y amnsate. No sabes lo que te pierdes con no quererme. --Qu he de perder yo, so peal?--contest Juanita dndole un bufido, porque all no haba la menor razn para que ella refrenase su clera. Baj las escaleras, y antes de salir a la calle se encontr en el zagun con don Andrs, que estaba aguardndola en acecho y que intent retenerla asiendo su cintura. Con ligereza se escap Juanita sin que don Andrs la tocara, y se puso en la calle de un brinco. Don Andrs la sigui. --Djeme en paz vuecencia--dijo ella--; no sea pesado, no sea imprudente. Mire que puede salirle mal este juego. --Hola, hola! Te me vienes con amenazas? --No son amenazas, son advertencias amistosas, seor don Andrs. Yo no pretendo asustarle, sino persuadirle de que tiene ya dueo lo que vuecencia pretende poseer por un liviano capricho o por antojo de un momento. --No quiero yo--replic don Andrs con insolencia--privar al dueo de su propiedad. Imagnatela como un hermoso jardn. Dejar de ser suyo y perder el jardn su lozana y sus primores porque un forastero de buen gusto y sigiloso entre en l por algunos momentos o de cuando en cuando y goce de sus flores, de su verdura y de sus galas? --Seor don Andrs, el jardn de que aqu se trata no tiene verduras ni flores sino para su amo. Para los dems, sin excluir a vuecencia, slo tiene ortigas, aulagas, cardillos y cardos ajonjeros. Conque as no suene vuecencia con entrar en l para deleitarse, porque se expone a quedar preso y pegado con el ajonje, y a salir respingando, picado por las ortigas y todo cubierto de pinchos y de pas. Mientras hablaba as y mortificaba a don Andrs, Juanita apretaba el paso, y cuando estuvo ya cerca de su casa dio una carrerita, lleg a ella, abri a escape con la llave que guardaba en el bolsillo y cerr la puerta de golpe. Tratando de distraer su mal humor, Juanita se puso a coser con precipitacin, como si tuviese que terminar una tarea. Rafaela, la vieja criada, entraba y sala con frecuencia en la sala baja, donde se hallaba Juanita, y abandonando la cocina dejaba ver que tena mucha gana de enredar conversacin con la joven. Le habl varias veces, pero distrada Juanita por sus pensamientos, slo responda con monoslabos, sin dar pbulo a la conversacin, y la conversacin expiraba. Rafaela se qued una vez mirando en silencio la costura de la joven, y luego dijo: --Ay, nia, qu pena me da de verte tan afanada trabajando siempre! Tu madre tambin trabaja mucho. Y qu ganan ustedes con esto? Muy poco. El trabajo de las mujeres est muy mal pagado. Es casi imposible el ahorro. Lo comido por lo servido. Vienen las enfermedades y la vejez y traen consigo la miseria. Entonces solemos arrepentimos de no haber sabido aprovecha la juventud y de haber desperdiciado las buenas ocasiones. --Veo que ests muy sentenciosa, Rafaela--interpuso Juanita--. Qu quieres indicarme con eso? --Pues quiero indicar que t vives con mil apuros, te cansas la vista y te estropeas las manos trabajando, y dejas que tu madre trabaje tambin como un azacn. Y todo para qu? Para vivir pobremente, comer mal y andar por esas calles hecha un guiapo, cubierta la cabeza con un mantoncillo de mala muerte, cuando si t quisieras podras ir vestida como una reina y ser la envidia de las ms encopetadas y ricas seoras de este lugar, sin que la propia doa Ins dejara de contarse en el nmero de las envidiosas. --Y cmo he de hacer yo ese milagro?--pregunt Juanita. --Nada hay ms fcil--contest Rafaela--. Estamos solas y te hablar sin rodeos. Hay un hombre, el ms poderoso del lugar, que se pirra por tus pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado, y con tu desdn le tienes frito. Todo depende de ti. Deja de ser arisca, pronuncia una sola palabra y tendrs cuanto quieras. Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo entonces la muchacha: --Y qu palabra es esa que he de pronunciar? Qu conjuro es ese que ha de poner en mis manos por arte mgico tan pasmosas riquezas? Quin es el hechicero que acudir a mi evocacin y que ser tan generoso conmigo? --Pues quin ha de ser, nia?--contest Rafaela al ver o al imaginar que se reciban sin enojo sus insinuaciones--, Quin ha de ser sino el propio excelentsimo seor don Andrs Rubio? --Y por dnde lo sabes t? Quin te encomend que me vinieses con ese recado? --Me lo encomend..., nada ms natural..., el confidente de don Andrs. Me lo encomend Longino. --Ahora lo comprendo: como Longino es tan bromista ha querido darnos una broma, porque supongo que no me tomar por Cristo ni pensar en darme la lanzada. --Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el mayor respeto porque eres el dolo de su seor, y pretende con toda seriedad, que recibas a su seor en tu santuario. --Pues mira, Rafaela--contest Juanita--, di a Longino con toda seriedad tambin, que es un galopn sin vergenza, y que l y su amo vayan a escardar cebollinos. --No te alteres, hija; no te subas a la parra--dijo Rafaela al ver enojada a Juanita--. Qu se pierde ni qu ofensa se te hace en tentar el vado? --Mejor ser que tiente usted al diablo, ta bruja. Arre, fuera de aqu; mntese usted en el escobn y transponga al aquelarre! --No es para tanto furor. Yo te lo propona por tu bien y sin inters alguno. De desagradecidos est el infierno lleno. Rafaela se fue a la cocina refunfuando. Juana volvi poco despus de casa del cacique. Juanita sigui guardando silencio, sin decirle nada de lo ocurrido. Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desvelada. Su orgullo, en su sentir humillado, le hera el corazn y no le dejaba dormir. Conque no podra ella, por s misma y libre, hacerse respetar? Sera menester acudir a don Paco para que la defendiera, comprometindose? Tendra razn doa Ins en aconsejarle que fuese monja? Eran tan viles sus antecedentes que no podra ella ser estimada y acatada sino bajo la proteccin y tutela de un hombre generoso que le tendiese la mano y la sacase del fango en que al parecer haba vivido? Estas y otras semejantes reflexiones atormentaban horriblemente a la muchacha y espoleaban su soberbia. Triste y ojerosa se levant apenas fue de da. Dos o tres horas estuvo cavilando, rabiando y formando distintos proyectos. Varias veces pens en ir a ver a don Paco, a quien haba prohibido venir a verla hasta las diez y media de la noche, y a quien se haba propuesto no ver antes. Pens contarle la insolente pretensin de don Andrs para que don Paco le tuviese a raya; pero pronto desisti de tan cobarde propsito. Al fin, como Juanita era muy devota, tom su mantn y se fue a rezar a la iglesia, esperando encontrar all inspiracin y consuelo. Juana se haba ido ya de nuevo a casa de don Andrs a continuar sus ocupaciones culinarias y sus preparativos de la gran cena. No ya esta vez en la iglesia de la Soledad, que est en lo alto del cerro, sino en la nueva parroquia, antiguo convento de Santo Domingo, donde fue tan maltratada por el sermn, Juanita estuvo rezando fervorosamente durante mucho tiempo. Al salir de la iglesia para volver a su casa se encontr con Longino de manos a boca. Longino se acerc a ella, la salud con socarrona finura y le dijo en voz baja, casi al odo: --No sea usted tan dura y tan sin entraas. No deje morir a quien se muere por usted de mal de amores. Dle la cita que humildemente le pide. Juanita dio un paso atrs, como quien se aparta de objeto que le inspira asco, y lanz a Longino una mirada de soberano desprecio. Longino no la comprendi. Despus, con todo sosiego y con toda la frescura de quien ha tomado una resolucin firme y sabe lo que dice y lo que hace, Juanita contest: --Diga usted a su amo que le aguardo esta noche en m casa, a las ocho en punto. Rafaela abrir la puerta. Yo estar sola en la sala alta. XLII Don Paco pas varias veces aquel da por la puerta de la casa de Juanita, pero no se atrevi a entrar en ella antes de la hora convenida. Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor de revelar involuntariamente cosas que quera tener calladas. Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la mayor tranquilidad. Entonces llam a Rafaela y le dijo: --Oye, Rafaela: he mudado de opinin. Tus razones me han convencido. Esta noche recibir al seor don Andrs. Ya est avisado, y creo que no faltar. Estte a la mira t; brele, si es posible, antes que llame, y dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. T no subirs ni acudirs, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el seor Andrs. Me has comprendido? --Te he comprendido, y har como lo dices--contest Rafaela. En seguida se march Juanita a pasar la tarde con doa Ins, segn tena por costumbre. Con gran devocin y serenidad ley a su madrina no pocas devociones y rezos propios de la Semana Santa, en que estaban. Quiso en seguida doa Ins preparar y adoctrinar a Juanita para el monjo, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a que ella era muy aficionada, le ley, con comentarios y anotaciones de su cosecha, prrafos y aun captulos enteros del muy edificante tratado que el mencionado padre escribi para una monja, explanando profusamente aquellas palabras del santo rey David, que dicen: Oye, hija, e inclina tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre--aqu pona doa Ins madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento--, y codiciar el rey tu hermosura. Claro est que este rey era Cristo con quien quera doa Ins que Juanita se desposase. En extremo alab y ponder doa Ins los elevados pensamientos de Juanita; pero aadi que, a pesar de esos pensamientos elevados, podan brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros deba defenderse. El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces ataques en la parte baja, mientras que su porcin elevadsima se cree punto menos que glorificada y en ntimos coloquios y en unin estrecha con lo divino. As Moiss, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre del Sina conversando con el Altsimo, y la plebe, entre tanto, se le alborot all abajo, y se puso a adorar los dolos y se entreg a liviandades y torpezas. En vista de lo cual doa Ins aconsej a Juanita que desconfiase de sus bros y que no se juzgase muy aprovechada y segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el camino de la perfeccin, pues aunque siguiese el camino, bien podan estar emboscados cerca de l y salirle al encuentro ladrones, que intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta joya, tanto ms que la fortaleza, importan la modestia y el constante cuidado. Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro, porque quien ama el peligro en l perece. Como doa Ins era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a variadas amplificaciones, el discurso de doa Ins, interrumpido a trechos por Juanita, ms que para acortarlo para avivarlo, dur hasta despus de las siete, que era lo que Juanita deseaba. Cercana ya la hora en que haba citado a don Andrs, Juanita consider indispensable hacer a su amiga gravsimas revelaciones. --He odo con la debida atencin--dijo la muchacha--todo lo que acabas de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada. --Y cul es la causa, hija ma, de tu tribulacin y de tu susto? --Pues..., fuera vergenza...; a ti, que eres mi gua, debo confesarlo todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento y la soberbia se han apoderado de m y me han hecho pecar acaso mortalmente. --Y cmo es eso?--interrumpi doa Ins, sorprendida y sobresaltada. --Te dir la verdad--contest Juanita--. Yo no he querido huir del peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de l. No he querido siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es ms la necia y constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al enemigo, que me tiene ya frita y harta de or sus bravatas y provocaciones. --No te entiendo, explcate bien. De qu bravatas hablas? Quin es el enemigo que te provoca? --Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual entiende que no debe haber obstculo que se le oponga ni voluntad que se resista. Muy potica y elevada idea daban las palabras de la muchacha del caballero su enemigo; pero doa Ins supuso que la elevacin y la poesa eran obra de la imaginacin de la muchacha, y despojando el concepto de las mencionadas cualidades, pens reconocer en l, sin la menor duda, a su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de pudor no excit a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella crea saberlo sin que Juanita lo pronunciara. Inquieta doa Ins, procur investigar lo que ms le importaba y dijo: --Pero qu cita es esa a que aludes? A qu duelo, a qu singular combate te preparas? --Har un esfuerzo--replic la muchacha--; todo, todo lo sabrs, aunque me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he hablado me asedia, me acosa y viene a m en la calle, en la iglesia y en tu misma casa y me hace las ms insolentes proposiciones. Espera deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedro. La fatuidad con que l presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengar. Quiero desengaar a ese hombre y le desengaar con el ms duro desengao. Por s mismo y por medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi casa, y me pide una cita. Cansada yo de negrsela, sin conseguir que desista, que me respete, que forme de m la opinin que debe y que me trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que venga y vea y sepa quin soy, y para tratarle como merece. --Animas benditas!--exclam doa Ins, ponindose las manos en la cabeza--. T no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradsimo. Aunque sepas resistir, aunque no caigas en la tentacin ni peques, no ves que te expones a echar tu reputacin por los suelos y a que ese malvado seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrndote y suponiendo que logr lo que deseaba? No adviertes cuan indecoroso es para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de quedar en ellas triunfante? Qu horrores no estar l pensando de ti desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le enves a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendr lugar. Juanita conoci que el momento era llegado en que tena que echar a rodar su humildad y obediencia, declarndose independiente de su maestra y amiga y manifestando lo enrgico e indmito de su voluntad, que a nada ni a nadie se doblegaba. Puesta en pie y yendo hacia doa Ins, le dijo: --T no me conoces todava. Yo no me arrepiento ni cejo. Bueno fuera que creyese el tal seor que yo haba tenido un momento de debilidad y que luego me haba arrepentido. No adviertes que de ese modo me confesaba yo culpada, si no del delito, del conato? No; yo no soy dbil. T te has empeado en creerme cordera, y soy leona. Por el extrao afecto que me has cobrado me requiebras y crees linsojearme comparndome a la Sulamita y llamndome suave y graciosa como Jerusaln. Ya vers t que tambin soy terrible como un escuadrn de Caballera que carga a galope sobre el enemigo. Juanita, cerca de doa Ins, la fascinaba mirndola con ojos felinos, cuya luz roja pareca mezcla de fuego y de sangre. Luego prosigui: --Y qu decoro es ese al que me recomiendas que no falte? Quin reconoce ese decoro en la mal nacida como yo, en la hija de una mujer que lava mondongos y hace morcillas para ganar su sustento? Todos me menosprecian, me tratan mal y piensan peor de m. Hasta ahora lo he sufrido; pero ya se me agot el sufrimiento. He de ser atroz si es necesario. En los mismos libros que t me has hecho leer no se ensalza slo la servil mansedumbre de Rut, sino ms, si cabe, la ferocidad de Judit, que degella al capitn de los asirios, y la espantosa hazaa de Jahel, que atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara. Notando Juanita que doa Ins se asustaba un poco al verla y al orla tan brbaramente bblica, prosigui sonriendo: --Pero no te apures ni te sobrecojas. No ser menester tocar en tales extremos; no llegar la sangre al ro. Aunque ser severa la leccin que yo d, no pasar a ser tragedia, y quedar en sainete. --Pero qu piensas hacer, hija ma? Qu frenes es el tuyo?--pregunt doa Ins, muy conmovida y cariosa. --Ya lo vers, si quieres--contest Juanita--. Todo lo tengo pensado; mas no has de saberlo como no lo veas. --Y cmo? Y dnde? --Ven conmigo a mi casa. Slo faltan algunos minutos para que llegue la hora de la cita. Con tu presencia me infundirs valor. --Eso ya es otra cosa--respondi doa Ins. Doa Ins pens, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudira muy ufano a la cita y se encontrara en ella a su austera consorte. En efecto, si el lance pasaba as, ms que tragedia sera sainete. Doa Ins perdi el miedo y sinti la irresistible tentacin de ver el sainete y aun de hacer en l uno de los principales papeles. --Est bien, Juanita--dijo--. Ir en tu compaa y te prestar mi auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te dar con esto, porque yo tambin puedo comprometerme. --Entendmonos--repuso Juanita--. Yo no quiero tu auxilio. Qu mrito tendra entonces mi victoria? T no te comprometers, porque te quedars escondida y nadie sabr que has estado en mi casa. Y tampoco te expondrs a ningn percance, porque vers los toros desde el andamio. --S..., pero explcate...; no me hagas ir a ciegas...; explcate.... --Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte explicaciones, ni t las necesitas. Ea, despchate. Toma un mantn, chalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada con la procesin, que probablemente termina en este momento, y no reparar ni en ti ni en m. Y hablando de esta suerte, la misma Juanita busc un mantn, se lo puso a doa Ins en la cabeza y, llevndola por delante de s, la empuj y la hizo andar. Dominada doa Ins por aquella imperiosa criatura, se dej llevar por ella. Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que entraba en su casa acompaada de otra persona, abri la puerta con la llave que tena en el bolsillo. Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta. Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho. La alcoba en que dorma Juanita no tena ms luz que la que entraba por un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no haba espacio bastante, se lavaba, se peinaba y se vesta Juanita todas las maanas. En la alcoba apenas haba ms muebles que la cama, una mesita de noche, un armario para vestidos y tres sillas. Juanita llev a doa Ins a la alcoba. --T, subida en una silla, vers por ese ventanuco todo lo que pase. Acaso no tengas poco de qu admirarte y de qu rerte. Dicho esto, sali Juanita de la alcoba y dej en ella a doa Ins como presa, cerrando de sbito la puerta y echando por fuera la llave. --Qu haces?--exclam doa Ins--. Qu necedad es la tuya? Por qu me encierras? Juanita contest riendo: --Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por aliada, sino por testigo. Cllate y mira. Doa Ins, bastante enojada, replic todava: --Abreme. Tendr que arrepentirme de haberme fiado de ti? Qu burlas son estas? --Perdname, perdname--dijo Juanita con voz suplicante y dulce--. T eres m madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No dudes que conviene lo que hago. Cllate, por Dios. Ten paciencia. Mira y observa sin hablar. Cllate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en casa. Ya sube por la escalera. Chitn! Si l sospecha que hay alguien aqu, dars un escndalo y hars una tontera. Doa Ins se resign y se call. Pocos segundos despus entr don Andrs Rubio en la sala. XLIII Juanita no se arrepenta nunca de lo que haba hecho, despus de haberlo reflexionado bien o mal; pero si su voluntad era firme y hasta terca, su entendimiento vacilaba y cambiaba a menudo, porque, sucesivamente cuando no al mismo tiempo, vea el pro y el contra de todas las cosas. Al hallarse en presencia de don Andrs le asaltaron dudas y sinti algo como remordimiento. Hasta qu punto--pens--me puedo permitir la burla que quiero hacer a este hombre, y hasta qu punto se la tiene merecida? He sido suficientemente acosada para llegar a este extremo? Como si ella misma se contestase, y sin dar tiempo a que don Andrs dijese palabra, Juanita habl de esta suerte:--Perdone vuecencia, seor don Andrs, si le he atrado a mi casa con algo que puede calificarse de engao. Me pidi vuecencia una cita amorosa, y yo se la he concedido.... --Pues entonces--dijo don Andrs--no es mi perdn, sino infinitas gracias lo que tengo que darte. --As sera--dijo la muchacha--si yo, desmintiendo la lealtad de mi carcter, no hubiese en esta ocasin engaado a vuecencia. Don Andrs era un hombre de mucha calma y de bastante mundo. Presumi que la muchacha quera hacerse valer, ir cediendo poco a poco y no declararse, desde luego, vencida. Tom, pues, una silla y se sent con mucho reposo, apercibindose a or lo que la muchacha dijese y hasta a contestarle discutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discusin y el coloquio durasen media hora, seran el andante de un do y haran ms vivo y ms grato el _allegro_ que vendra despus. Echados estos clculos y ajustando a ellos su conducta, don Andrs dijo: --Veo con sorpresa que he venido a hacer aqu el extrao papel de tu confesor. Te me confiesas desleal y engaosa. Qu quieres? Feos pecados son esos; pero la pecadora es tan bonita, que yo la perdonar y la absolver si se arrepiente. --De nada tengo que arrepentirme. Lo que he hecho lo he hecho porque no poda por menos. Vuecencia me persegua, me comprometa, me expona y se expona a s mismo a tener un lance con mi novio. He sido leal y no he ocultado a vuecencia que tengo novio y que le quiero y que por nada y por nadie del mundo le faltar nunca. Vuecencia ha sabido por mi boca que ese novio mo es su amigo de toda la vida. Si l debe a vuecencia muchos favores, tambin vuecencia se los debe. Y si esto no le arredra, y si no desiste de perseguirme y solicitarme, quin es aqu el desleal y engaoso, vuecencia o yo? --No hay de mi parte--contest don Andrs--ni deslealtad ni engao. El lazo reciente que a don Paco te une bien puede desatarse con la misma prontitud con que se ha atado. Ni a l ni a ti os conviene. A l y a ti os sirvo y os valgo interviniendo para que el lazo se rompa. Quiz le dolera a l por lo pronto, pero ms tarde me lo agradecera. Ms tarde sentira la satisfaccin de verse libre de un absurdo compromiso. --El compromiso--exclam Juanita enojada--no es absurdo ni repentino. Hace ya cerca de dos aos que l me ama de amor, que me respeta cuando todos me desdeaban, que me trata como a una seora y como a una santa cuando todos me juzgaban una perdida, que no ha sentido vergenza ni ha vacilado en ofrecerme su mano y en darme su nombre, que aun vindose desdeado por m ha seguido amndome y que me ha celado, y creyndome pocos das ha prendada de otro hombre o harto liviana para concederle favores, ha faltado poco para que se muera de pena. Qu hay, pues, de absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo le quiero, y sera la ms ingrata de las mujeres si no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo, aunque hasta ayer no se lo he declarado y no le he dicho que soy suya. Suya soy ahora y lo ser siempre, y sera yo muy vil si slo con el pensamiento y si slo por un leve instante quebrantase la fe que le tengo prometida. --Todo esto estar muy bien. No vengo aqu a discutirlo contigo. Ni para que t me lo digas ni para que yo lo discuta te he pedido yo y t me has concedido la cita. Yo no soy un personaje ridculo y t no tienes derecho para querer hacerme objeto de una necia burla. --Yo estaba exasperada, seor don Andrs, y si alguna falta hubo en m, harta disculpa tiene. Por mi humilde cuna, por mi baja condicin social, todos me despreciaban, incluso vuecencia. Confieso que he querido vengarme de este desprecio, y aun convertirlo en acto de aprecio, haciendo sentir a vuecencia que valgo ms de lo que imagina. --Ah est tu equivocacin, Juanita--dijo don Andrs--. Yo no he credo que te menospreciaba y que te humillaba al requebrarte. Sobre poco ms o menos, tan plebeyo soy yo como t y tan humilde es mi cuna como la tuya. Si tu madre se emplea en adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico como arriero y como labrador, guard los cerdos en sus primeros aos, porque fue porquerizo. Conque ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es una tontera imaginar que yo te he solicitado por la bajeza de tu extraccin. Lo mismo te hubiera solicitado y te hubiera perseguido, porque me enamoras, aunque fueses una reina extraviada por estos andurriales o la princesa heredera del mayor imperio del mundo. Adems, t eres libre y yo tambin lo soy. A qu juramentos, a qu deberes hubiramos faltado querindonos? Me habas t dado seriamente parte de tu compromiso con don Paco? No podra yo suponer que era una coquetera sin formalidad ni consecuencia? Desengate: t has querido mofarte de m sin motivo alguno; t has querido vengar en m agravios, imaginados o reales, que otros y no yo te han hecho. A decir verdad, t debiste enamorar al padre Anselmo y atraerle a esta cita, si es que la cita sigue siendo de burla. El y no yo fue quien reprob que te vistieses de seda. Lo que es yo, aprob y aplaud el verte tan bien vestida. Y por mi gusto cada da estrenaras t trajes mejores y ms lujosos. Juanita se aturdi un poco con esta no esperada salida del seor don Andrs. Casi recel que l tena razn y que ella se haba conducido irreflexiva y arrebatadamente. Al fin habl as: --Yo no voy a sostener ahora que he procedido contra vuecencia con motivo bastante. Lo que digo es que estaba, y an estoy, fuera de m. Nada me importara que me considerasen con la obligacin de no vestirme ni de seda, ni de lana, ni de algodn siquiera, sino de esparto. Lo que me importa es que me respeten. Qu segundo pecado original es el mo, que no hay bautismo que lave? Qu mancha indeleble ha cado sobre m que no hay nada que limpie? Qu vicio innato hay en mi sangre del que yo no puedo purificarla? Por qu se supone tal mi flaqueza que necesite yo refugiarme en un convento para resistir las seducciones y los peligros del mundo? Crea vuecencia, seor don Andrs, que, aunque yo tuviera vocacin de monja, la perdera si imaginase que era para huir de peligros que desprecio y que me siento capaz de arrostrar con el mayor denuedo. Don Andrs se sonri, hall graciosa y algo disparatada a Juanita al orla quejarse y lamentarse de aquel modo, y le dijo con dulzura: --Pero, hija ma, con todo eso que dices slo me pruebas que ests quejosa de doa Ins. Qujate enhorabuena y no me hagas a m responsable. Ni yo quiero que te metas monja, sino todo lo contrario, ni por ms que miro alrededor de ti descubro los peligros que te cercan. Yo no deseo que te vengues de doa Ins ni de nadie; pero, en todo caso, de ella y no de m tendrs razn para vengarte. Y perdona, adems, que sea franco contigo y que te acuse de un pecado constante y aun prolijo en ti: tu hipocresa tenaz. Ha tiempo que debiste tener el valor de no fingirte mstica y devota, si no lo eras, y de decrselo a doa Ins y no seguir engandola. En tu franqueza pudo haber peligro, aunque t lo exagerabas; pero ya que te jactas de valiente, debiste hacer cara a ese peligro sin apartarlo de ti por medio de una falsa. Juanita se mordi los labios, se compungi un poco y empez a sospechar que, en vez de dar una leccin, era ella quien iba a recibirla. Pronto, no obstante, se repuso. La misma dureza de la acusacin le hizo ver ms clara su injusticia. Juanita no haba tomado asiento como don Andrs. En pie se agitaba, hablaba e iba de un lado a otro. Parndose y encarndose con don Andrs, le dijo: --Cun injustamente me acusa vuecencia de hipcrita y de falsa! Qu haba de hacer yo? La aprobacin y el aplauso que vuecencia dice que me daba eran tan ocultos como intiles; eran la carabina de Ambrosio. La reprobacin general cay sobre m y sobre mi madre, y vuecencia no protest ni volvi por nosotras. Se supuso que yo era una perdida. Huy la gente de m para evitar el contagio, como si yo tuviera la peste. Hasta ese desventurado de Antouelo me insult y me abandon. Slo don Paco fue constante en amarme y en respetarme. Pero, repito, qu haba yo de hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, an no le amaba de amor. Poda yo abusar entonces de su caballerosidad y tomarle por marido y por escudo, arrastrndole conmigo al basurero en que todos los del lugar me haban echado? Si yo fuese en realidad una perdida o tuviese inclinacin a serlo, me cree vuecencia tan estpida que ignore lo que valdra y lo que alcanzara si a tal oficio me dedicase? Al verme en aquel humillante aislamiento por haber querido lucir entre patanes la gallarda de mi persona, en vez de quedarme aqu y de ser hipcrita y falsa, como vuecencia dice, me hubiera ido a Madrid, a Barcelona, quin sabe si a Pars, donde se entiende lo que es hermoso y elegante y se paga bien cuando se pone a la venta, y hace tiempo que vivira yo en un palacio y andara en coche y gastara en una semana ms de lo que vale todo el caudal de vuecencia bien dividido. Pues qu ventaja he sacado yo de la hipocresa de que vuecencia me acusa? Vivir con ms apuros y con ms miseria que antes, emplear m tiempo en or discursos de doa Ins y en leer con ella libros devotos y no haber logrado hasta ahora con todo ello sino la amistad de doa Ins, que yo apreciara infinito si ella me la diese incondicionalmente y sin sujetarme a sus tirnicos caprichos. Tambin he logrado con mi hipocresa llamar hacia m la tarda atencin de vuecencia, que ahora, y no antes, me aprueba y me aplaude, pero de un modo segn el cual no quiero yo ser aprobada ni aplaudida. --Juanita--dijo don Andrs--, yo no he venido aqu a disputar contigo. Tendrs razn en estar quejosa de todo el gnero humano, pero de m debes estar menos quejosa que de nadie. Mi pecado, si lo hubo, fue de tardanza. No volv por ti a tiempo; ahora estoy dispuesto a enmendarme; pero quireme. No gustas t de que te respeten? Pues yo tambin gusto de ser respetado. No debo sufrir que de m hagas tu juguete. --Yo soy una chica de tan buen humor, que, por fortuna, huyo de lo trgico y todo lo tomo a risa. Y ms vale as, porque mis compatricios me han desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado ms por lo serio, hubiera sido cosa de armarme de una caja de fsforos y de una lata de petrleo y de pegar fuego al lugar. Conque as, mejor es que yo tome a vuecencia por juguete que no me le pegue fuego. --Prefiero el fuego a la burla que ahora quieres hacer de m. --Cunto yerra al decir eso el seor don Andrs--dijo Juanita casi cariosamente--. Por qu ha de tenerse por burlado un hombre de noble corazn, si en vez de lograr los fciles favores y de gozar de las compradas caricias de una mujer sin vergenza, se halla con una mujer digna y honrada que anhela merecer y obtener su estimacin, que le brinda con su ms fervorosa amistad y que le tiende confiadamente las manos? Al hablar as con verdadera efusin, Juanita tendi, en efecto, las manos a don Andrs. Don Andrs las tom entre las suyas. Juanita apareci entonces tan confiada y tan hermosa a los ojos del cacique, que este le dijo: --Por qu tu amistad solamente? Por qu no tu amor? Ambos somos libres. Amndonos no tendremos que engaar a nadie. No tendremos que disimular ni que ocultar nuestro amor como un delito, como un robo. --Eso no puede ser; yo no amo a vuecencia de amor--contest Juanita--. Yo amo de amor a otro hombre--y desprendi sus manos de las de don Andrs, que an las retena. Durante todo este coloquio, doa Ins miraba por la claraboya, y a menudo senta la comenzn de tomar parte en l, hablando desde all; pero el temor de lo ridculo enfrenaba su lengua. XLIV Don Andrs perdi entonces su circunspeccin y su calma. No pudo contenerse ms. --mame--dijo. Y se abalanz a Juanita y la ci con fuerza entre sus brazos. Juanita record en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha, cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en medio del arroyo. Ella tambin se abraz a don Andrs, le puso la barba en el pecho, le empuj al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de ella y le ech una zancadilla tan hbil, que le derrib al suelo. Con maravillosa rapidez apart Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo del enemigo, derribado, y qued erguida sobre l, con la rodilla derecha en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estmago y el pecho de don Andrs, donde pesaba y oprima como pujante prensa de hierro. Con la mano izquierda haba Juanita agarrado a don Andrs por el pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tena asido su siniestro brazo. Juanita estaba as tan guapa, que se pareca, aunque sin alas, al propio arcngel San Miguel dando una soba al diablo. Don Andrs la contemplaba con tal embeleso, que apenas senta enojo de verse vencido. Y como era hombre muy versado en fbulas y en narraciones verdicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por Juanita, a Pentesilea, a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas frtiles orillas reinaron las amazonas. Por acaso se toc don Andrs con la diestra, que tena libre, en el bolsillo del chaquetn y not con amargura los medios intiles que en l traa: de conquista, de ofensa y de defensa. Traa all un cartucho con veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy por su rareza de figurar en el ms rico gabinete de numismtica. Y traa asimismo el revlver de seis tiros, bien preparado y cargado; pero como hubiera sido felona villana emplearlo contra una mujer, lo dej all reposar tranquilo para mejor ocasin. Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida; pero contra todo atrevimiento son valladar y estorbo los bros del alma, y estos valieron bien a la gallarda vencedora. Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron como ascuas sus ojos, la ira troc en espantosa su linda cara. Aterrorizaba doa Ins, sac la cabeza fuera del ventanuco y empez a gritar; pero nadie poda orla, y menos an don Andrs, que no estaba para or ni ver cosa alguna. Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, hacindole sacar tres pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante. Harto le pesaba tener que matarle. No haba previsto Juanita que pudiese llegar a aquel extremo; pero, puesta en l, estaba resuelta a todo por ms que le pesase. Apeando a don Andrs el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo: --Rndete, o mueres! Nada contest don Andrs, porque no poda contestar. Lo que hizo fue retirar la diestra atrevida. Afloj entonces Juanita el dogal que tena echado al cuello del cacique, y le dijo: --Te rindes a discrecin? Te declaras vencido? --Me declaro vencido; haz de m lo que quieras. --Aprobars y aplaudirs ahora que yo me case con don Paco, y sers en la boda su padrino? --Aprobar, aplaudir y ser padrino en la boda. --Sers, adems, constante y bondadoso amigo mo, sin guardarme rencor y pagndome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimacin con que te miro? --Ser tu mejor amigo, como lo mereces. Juanita, entonces, se levant de un brinco, dejando libre a don Andrs, que se levant tambin, algo maltrecho, mohno y humillado por la derrota. Trocada as en piedad la clera, Juanita hizo esfuerzos de imaginacin, y entre cndida y maliciosa invent desatinos para disimular o explicar su triunfo. --No te aflijas--dijo--. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayn: al propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de Tobas, a fin de guardarla entera para l. Sin duda, don Paco, que es muy devoto de San Rafael, Patrono de Crdoba, hall al tal demonio en el desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcngel le desat y le envi a esta casa para que me defendiese. Por l estuviste poco ha, y volveras a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no pienses ms en eso. Qu lstima si hubiera dado yo, sin querer, un da de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar sino en el gran placer que hay en renovar amistades despus de una brava batalla. Aqu no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la vez, t a m y yo a ti: Valiente eres, capitn, y corts como valiente; con tu espada y con tu trato me has cautivado dos veces. T eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, ms amiga tuya que antes. Y diciendo as, tendi de nuevo ambas manos a don Andrs, ms cariosamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego aadi: --Ahora vete con Dios y vuelve por aqu dentro de poco, a las diez y media, para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se celebren con don Paco mis esponsales. --Volver como deseas. Antes de irme te dejar aqu, para rescate de mi pariente Antouelo, a quien tanto o ms que t tengo obligacin de proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano. --Ya est arreglado eso. No necesito los ocho mil reales. --Pues aunque no los necesites, qudate con ellos, y t y don Pablo contad con otros ocho mil ms, que os dar como regalo de boda. Dicho esto se fue don Andrs a la calle, no sin besar galantemente, al despedirse, la linda mano que haba estado a punto de estrangularle. Apenas sali don Andrs, Juanita abri la puerta de su alcoba, donde, como en chiquero, haba estado doa Ins encerrada. Sali esta de all algo atontada y muda de espanto. Sali igualmente muy mansa y muy benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarra como antes de su misticismo, ya convertido en humo. De todos modos, doa Ins sigui admirando la virtud de Juanita, y aun form desde all en adelante sobre su casta entereza un concepto muy superior al que tenemos de las antiguas heronas que nos ponen por modelo las historias sagradas y profanas. Doa Ins, discurriendo sobre esto, pens que al fin y al cabo Susana slo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo, rico y joven an, como el cacique. Lucrecia, a lo que doa Ins entenda, sucumbi, aunque se mat despus. Y en cuanto a Timoclea, tan ensalzada por Plutarco, y a la que el macedn Alejandro concedi su admiracin, todava doa Ins tena ms que criticar, porque Timoclea, durante el saco de Tebas, no acert a defenderse del capitn de los tracios, y slo despus le mat arrojndole a un pozo, porque aquel brbaro le pidi dinero; de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de pedrselo, l hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune. Razn tena, pues, doa Ins en seguir admirando a Juanita; en decirle, como le dijo, que se alegrara de tenerla por madre poltica; en desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase a la Monja Alfrez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjo. Llamada por Juanita, acudi Rafaela, que se qued estupefacta y boquiabierta al ver all a doa Ins, a quien acompa a su casa. Doa Ins prometi volver con don Alvaro a las diez y media. XLV Cuando Juanita se qued sola se lav la cara y las manos, se alis el pelo y sac del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco. Ella haba tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejndola a la moda del da. Con tela que tena de sobra el corte, y que ella haba guardado, se haba hecho un nuevo corpio de medio escote, a propsito para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se mir al espejo y qued muy satisfecha encontrndose bien. Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo de admiracin. Juanita y la criada encendieron despus los tres velones que tenan, cada uno con cuatro mecheros. Encendieron adems veinte o veintids velas de cera, y lo iluminaron todo tan ricamente, que la casa pareca aderezada para una solemne fiesta. A poco lleg Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido la oppara cena en casa de don Andrs Rubio, cenando entre el rey David y San Pedro. Al ver Juana la Larga la iluminacin que en su casa haba, y cuyo fin ignoraba, recel por un instante que se haba excedido en beber vino y que a causa de aquel exceso vea tantas luces. Pronto la tranquiliz Juanita explicndoselo todo. Juana se puso ms contenta que unas pascuas. No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los convidados. Eran estos doa Ins y don Alvaro, don Andrs Rubio, el maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y doa Encarnacin, su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta. Vena este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la condecoracin azul que ella le haba concedido. Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente por Juanita, segn ya hemos visto, y otros por medio del maestro de escuela, a quien Juanita haba dado el encargo de convidarlos. No fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Rein all muy cordial alegra. Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llam para este fin, sirvi un delicado piscolabis. Para los que no haban cenado o tenan suficiente capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite; y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y dos o tres clases de rosolis. Cuando cundi el regocijo y se aument la animacin de todos, Juanita los form en crculo, asidos de las manos, y se puso a cantar con mucha gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no haba estudiado msica, el clebre cantar del conde de Cabra: Yo no quiero al conde de Cabra, conde Cabra, triste de m!, que a quien quiero solamente, solamente es, ay!, a ti. Al cantar ese ay!, a ti, Juanita mir con ojos muy dulces a don Paco. Luego sigui cantando: Arroz con leche, me quiero casar con un guapo mozo de porte real. Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos haba en el corro, sin excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo: --Ni con este, ni con este, ni con este. Al llegar a don Paco, que dej Juanita para lo ltimo, dijo: Sino con este, y le dio un abrazo muy apretado. Don Paco la tom por la cintura, la chill, la aup y la levant a pulso dos o tres veces en el aire. Todos aplaudieron y gritaron: --Que vivan los novios! Anunciada ya la boda para lo ms pronto posible, los futuros esposos fueron felicitados. El padre Anselmo, viendo que don Andrs y los seores de Roldn hacan regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de retractacin y palinodia, prometi hacer venir de Madrid un lujoso corte para un vestido de seda. El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tena buenos libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos de la Biblioteca de Ribadeneyra, entre ellos _El Romancero general_ y las _Comedias_ Tirso, a cuyas heronas era Juanita muy semejante por lo desenfadada y traviesa. Don Ramn, que traa en cartera el pagar para que Juana lo refrendase y pusiese en l su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibi, por lo pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales. Pero don Ramn se sinti estimulado a competir y hasta a vencer su generosidad a los otros. Dijo al odo a su mujer el prurito que senta de ser generoso y doa Encarnacin tuvo que dominarse para no araarle. La generosidad triunf, a pesar de todo, en el corazn del tendero murciano. --Juanita--dijo--, yo te doy dos mil reales para que te merques un hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas. Al hablar as, don Ramn devolvi a Juanita el pagar que ella haba firmado. En seguida aadi: --Segn el pagar, t me eres deudora de diez mil reales, y como me has dado ocho mil, me debes dos mil an. Yo te los perdono. La generosidad de don Ramn fue solemnizada por toda la concurrencia con los ms ruidosos aplausos. * * * * * Veinte das despus de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas de Juanita y don Paco. Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que deba darse a don Paco como viudo. El y Juanita la oyeron cmoda y alegremente desde la casa y alcoba de don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los molestase el desvelo que poda causar aquel ruido. Ces este al fin, convirtindose en vivas y aclamaciones, merced a la simpata que inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los tocadores de los cencerros. As don Paco se durmi al fin con reposo y merced al silencio, y tambin se durmi Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera leona; suave y graciosa como Jerusaln y no terrible como un escuadrn de Caballera. * * * * * EPILOGO Despus de los sucesos referidos han pasado seis o siete aos. Posible es, por ms que a m no me apesadumbre, que los personajes principales que en esta historia figuran a nadie interesen; pero como yo he tenido que tratar con ellos y que describir sus caracteres, les he cobrado bastante aficin, despertando en mi alma curioso inters la situacin y trmino en que hoy se hallan. Interrogado por m el diputado novel a quien debo el relato, me ha comunicado las noticias que voy a transcribir como contera o remate, aunque los crticos lo tachen de superfluo. Don Paco sigue gozando de la privanza del cacique y gobernando en su nombre cuanto hay que gobernar en la villa. Juanita, casada con l, le adora, le mima y le ha dado dos hermossimos pimpollos: una nia, que se llama Juanita la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que promete valer tanto como su madre, porque ya es muy linda, picotera y graciosa; y un Ricardito, como su abuelo materno, que es un diablejo, gil, robusto y bullicioso, por lo que sus padres le destinan a que sea, tambin como su abuelo, oficial de Caballera. Juanita no ha embarnecido. Est gallarda y bonita como siempre. Se viste de seda, sin que el padre Anselmo la censure en sus sermones, y parece una princesa encantada, pues no pasan das por ella. Tampoco envejece don Paco, porque la felicidad mantiene, conserva y hasta remoza, y l es feliz de veras. El pobre don Alvaro de Roldn es el que est muy averiado. Hace ya tiempo que se qued lelo, paraltico y con los dedos engarabitados. No se sabe si es falta de la lengua o de algn otro rgano del aparato vocal; pero lo cierto es que ya no puede decir ni dice, sino: --Ta, ta, ta, ta, ta. Doa Ins le cuida con esmero y cario de esposa; pero como es tan moralizadora y tan conmocionante, le reprende a menudo con suavidad. Cuando, a pesar de su deplorable situacin, a Serafina, que le cuida, la mira con ojos encandilados y lo ve doa Ins, esta le dice: --Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee? El vicio, que huye de todo tu cuerpo, se te mete en la cabeza y no te deja! Da asco y vergenza! --Ta, ta, ta, ta, ta!--contesta don Alvaro. Si por seas se queja del estmago o del vientre, que le muge como si tuviera all, no una borrega, sino dos o tres becerras, doa Ins exclama: --Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotn de siete suelas; pero ya, hijo mo, no ests para eso. Tus fuerzas digestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que seas sobrio si no quieres reventar el da menos pensado. Y don Alvaro responde: --Ta, ta, ta, ta, ta! Calvete, que ha pasado de zagaln a ser un mozo muy gentil y brioso, que es al mismo tiempo travieso y ms malo que la quina, viendo que don Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que ni habla ni escribe, se deleita a menudo en ponerle furioso. Para ello acude a Serafina, que est muy frescachona y floreciente y que sigue tan regocijada como en su primera juventud. En las barbas de don Alvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar amorosamente con Serafina; y don Alvaro, fuera de s, con espumarajos en la boca, grita como un energmeno: --Ta, ta, ta, ta, ta! Y cada ta, por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centn de blasfemia y una letana de maldiciones. Doa Ins suele acudir entonces, y dice: --Por qu chillas tanto, diantre de hombre? Lo que t padeces nada vale en comparacin de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. Piensas t que chill nunca Job en el muladar tanto como t chillas ahora? Sufre y ganars el cielo! --Ta, ta, ta, ta, ta!--dice don Alvaro, algo resignado. Doa Ins suele tambin moverse a compasin y dice a Calvete: --Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el seor se distraiga y regocije. Y contesta Calvete: --Pues si las hago a manta y el seor rabia y chilla ms. Como est tan jaquecoso.... Y exclama don Alvaro: --Ta, ta, ta, ta, ta! Se cuenta en el lugar--casi no queremos creerlo--que cuando est don Alvaro muy mal y siente fsicamente muchos dolores arma tan incesante y fatigosa retahla de ta, ta, ta, que aburre a todo el mundo, alborota la casa y hace que doa Ins pierda la circunspeccin y la paciencia que ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido: --Cllate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin justo motivo te castiga. No te veras as s no hubieras tenido una vida tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. T tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has sido para todo y me parece que vas a serlo tambin para morirte. Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: Ta, ta, ta, ta, ta!, el noble corazn de su esposa se enternece; y arrepentida ella de las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con cario, y para funcin de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso capirotazo. Don Alvaro sonre consolado, y, beatificado, exclama: --Ta, ta, ta, ta, ta! As va tirando an el ilustre descendiente, segn pretende su ejecutoria, del ms heroico de los doce pares. En cuanto a doa Ins, afirma mi amigo el diputado que est hermosa y fresca todava, y que pudiera hacer el papel de Anglica, aunque algo metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolfica, y en estos ltimos aos ha conseguido que los vstagos de su ilustre casa lleguen a la docena. El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabidura y la moderacin de los Antonios en Roma. La seora doa Agustina Sols y Montes de Allende el Agua ha sufrido con resignacin algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la mitad. Apenas tendr ahora doce mil reales al ao. La disminucin de sus rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha buscado compaa domstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doa Agustina, adems, se manifiesta muy ufana de haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan pertinaz soltern, y lo que es ms trascendental, de haber trado al gremio de los fieles a aquel impo extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos. A lo que se presume, desde que doa Agustina empez a mostrrsele propicia, don Policarpo discurri sobre poco ms o menos de esta suerte: No se comprende ni se explica cmo el proceso evolutivo del ser, aunque haya durado millones de aos, por el concurso fortuito de los tomos, y por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfeccin, ha podido aparecer sobre nuestro planeta, despus de prolongadsima serie de transformaciones, un mamfero tan primoroso y apetecible como doa Agustina, dotado, adems, de claro entendimiento y de voluntad tan benigna y con el portentoso don de la palabra, que le sirve para transmitir las ideas agradables en contestacin a las que salen de mi cabeza y a las voliciones de mi corazn. Acrecienta lo inexplicable de este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y sapientsima que todo lo dirige, el que posea an el mencionado mamfero doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor, elegancia y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de la sociedad a travs de los siglos para crear las leyes, para hacer que haya herencia y propiedades individuales; e implica por otro lado, segn se comprende muy bien cuando se estudia la economa poltica, la multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes textiles, indumentarias y de curtidos de cueros, y otras mil agudas invenciones, como la divisin del trabajo y como el objeto que vale por s y representa adems y mide con exactitud lo que valen los otros objetos, facilitando la circulacin y los cambios, sobre todo si se le aade cierto descubrimiento ms sutil an, o sea, la virtud representativa de todo lo que vale por algo que por s vale poco o nada y que se llama crdito, difcil de adquirir, no obstante, pues yo carezco de l, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo, la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marc el camino y gui con orden su marcha por la interminable senda del progreso. Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente. En aras de su amor a doa Agustina y de su renaciente fe, se cort aquella ua maldita del dedo meique, vara de virtudes de Satans, y no volvi a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar caonazos con ella. Se cort la ua como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de torear y se retiran a la vida privada. Se cort la ua despojndose de sus fuerzas taumatrgicas y teratolgicas, por obra y gracia de las tijeras de doa Agustina, que fue la piadosa Dalila de este Sansn de nuevo cuo. Doa Agustina, sobre un fondo de raso color de prpura, para que resaltase mejor, coloc y guard la ua como trofeo de su victoria en un passe-partout muy bonito que coloc en su alcoba. Por bajo de la ua quiso poner un letrero explicatorio, y rog a don Andrs que lo pusiese. Don Andrs, que, como ya sabemos era muy erudito y que as mismo era algo guasn, record el cambio glorioso de Napolen I en los ltimos aos de su vida, y no creyendo menos glorioso el cambio del boticario, le aplic los versos de Manzoni y escribi de buena letra, por bajo de la ua y defendido todo por un cristal: _Bella_, _immortal_, _benfica_, _fede ai trionfi avezza_, _scrivi ancor questo_. Juana la Larga es dichossima al ver la felicidad de su hija y de su yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les re todas las gracias, hasta las ms pesadas y olorosas. Para que se cren robustos, despus que los ha amamantado Juanita, Juana los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo. Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartn en las casas ms principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los gastrnomos. El padre Anselmo est achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con la esperanza de su trnsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus discretas razones. Doa Ins, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mstica que es y por la mucha teologa que sabe. Por ltimo, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las noticias que de Antouelo se tienen en el lugar. All en el Ro de la Plata adonde el cacique le oblig a que emigrase, se dedic al comercio y prosper mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por ahorrarse tres o cuatro duros, acudi con frecuencia a la Legacin pidiendo que Espaa reclamase diplomticamente en su favor contra mil agravios y danos que del Gobierno argentino haba recibido, y que exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una indemnizacin muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor suyo hubo bombardeo, y l adquiri tan mala reputacin y crdito, que consider prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y de rostro blanco y sonrosado, logr cautivar el sensible corazn de una rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivi con tanta pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrn, acompaado de su mujer, tan ricamente vestida que pareca la reina de Saba, que se empe, hipotec los predios urbanos y rsticos y acab por tener ms deudas que pelos en la cabeza. A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora partidario de la independencia de la Perla de las Antillas, y ya suea con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Hait, aunque tenga que tiznarse con holln; ya con ms modestia, forma un plan que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces, segn dice, se ir a Nueva York, se har ciudadano de la gran Repblica, y, nuevo Coriolano espaol, obligar a su ingrata patria a darle una indemnizacin _di primo cartello_. Aunque tenga que ceder a los Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de Espaa, siempre le quedar otra quinta parte, con la cual podr vivir como un prncipe en una magnfica casa de la Quinta Avenida. All brillar su morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton, como la ms ilustrada _talkative_ y _funny_ inglesita. De la fecunda zona, que al sol enamorado circunscribe el vago curso, y cuanto ser se anima en cada vario clima, acariciada de su luz, concibe. End of the Project Gutenberg EBook of Juanita La Larga, by Juan Valera License: Share Alike