Produced by Chuck Greif Morsamor: peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda Por Juan Valera Librera de Fernando F Madrid 1899 Al Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia Mi querido primo: Para distraer mis penas egostas al considerarme tan viejo y tan quebrantado de salud, y mis penas patriticas al considerar a Espaa tan abatida, he soltado el freno a la imaginacin, que no le tuvo nunca muy firme, y la he echado a volar por esos mundos de Dios, para escribir la novela que te dedico. Tomando por lo serio algunos preceptos irnicos de don Leandro Fernndez de Moratn, en su _Leccin potica_, he puesto en mi libro cuanto se ha presentado a mi memoria de lo que he odo o ledo en alabanza de una poca muy distinta de la presente, cuando era Espaa la primera nacin de Europa. As he procurado consolarme de que hoy no lo sea, si bien escribiendo la ms _antimoratinesca_ de mis composiciones literarias. Bien puedo asegurar que hay en ella Cuanto puede hacinar la fantasa, en concebir delirios eminente: magia, blasn, alquimia, teosofa, nutica, bellas artes, oratoria, brahmnica y gentil mitologa, sacra, profana, universal historia Y otras mil curiosidades. Si a pesar de tanta riqueza de ingredientes el pasto espiritual que doy al pblico resulta desabrido o empalagoso, no te negar que he de afligirme, pero me servir de consuelo lo inocente de mi trabajo. Nada ms inocente que componer un libro de entretenimiento aunque no entretenga. Con no leerle evitar toda persona discreta el mal que involuntariamente pudiera yo causarle. Yo no trato de ensear nada ni de probar nada. Si alguien deduce consecuencias o moralejas de la lectura de este libro, l, y no yo, ser responsable de ellas. Yo slo pretendo divertir un rato a quien me lea, dejando a los sabios ensear y adoctrinar a sus semejantes, y dejando a nuestros hombres polticos la difcil tarea de regenerarnos y de sacarnos del atolladero en que nos hemos metido. He de confesarte, sin embargo, que a veces tengo yo pensamientos algo presuntuosos, porque creo que el mejor modo de obtener la regeneracin de que tanto se habla, es entretenerse en los ratos de ocio contando cuentos, aunque sean poco divertidos, y no pensar en barcos nuevos, ni en fortificaciones, ni en tener sino muy pocos soldados, hasta que seamos ricos, indispensable condicin en el da para ser fuertes. Ser fuertes en el da es cuestin de lujo. Seamos pues dbiles e inermes mientras que no podemos ser lujosos. Imitemos a Don Quijote, cuando quiso hacerse pastor despus de vencido por el Caballero de la Blanca Luna. Mientras que unos esquilan las ovejas y mientras que otros recogen la leche en colodras y hacen requesones y quesos, aumentando as la riqueza individual, y por consiguiente, la colectiva, nosotros, o al menos yo, incapacitados por la vejez para tan tiles operaciones, emplemonos en tocar la churumbela, el violn u otro instrumento pastoril para que se recreen las ovejas. De pacer olvidadas escuchando o quizs consolndose de que poco o nada les dejen que pacer los rabadanes. A fin de vivir contentos en esta forzosa Arcadia, recordemos vuestras pasadas glorias, no superadas an por los pueblos ms pujantes y engredos que hay ahora en el mundo, y compongamos, con dichos recuerdos y con el buen humor que no debe abandonarnos, historias como la que yo te ofrezco, la cual, si no es amena, es por su benigna y candorosa intencin, digna de todo aplauso. Date t el tuyo, defindeme con indulgente habilidad de los que me censuren y creme siempre tu afectsimo amigo y pariente, Juan Valera En el claustro -I- En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailes franciscanos, situado no lejos de la ciudad de Sevilla, casi en la margen del Guadalquivir y en soledad amena, viva un buen religioso profeso, llamado Fray Miguel de Zuheros, probablemente porque era natural de la enriscada y pequea villa de dicho nombre. No era el Padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no se distingua tampoco por extremado ascetismo, ni por elocuencia en el plpito, ni por saber mucho de teologa y de cnones, ni por ninguna otra cosa, pasaba sin ser notado entre los treinta y cinco o treinta y seis frailes que haba en el convento. Haca ms de cuarenta aos que haba profesado. Y su vida iba deslizndose all tranquila y silenciosa, sin la menor seal ni indicio de que pudiese dejar rastro de s en el trillado camino que la llevaba a su trmino: a una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie, porque Fray Miguel, aunque no era antiptico, no era simptico tampoco, se daba poqusima maa para ganar voluntades y amigos, y, al parecer, ni en el convento ni fuera del convento los tena. En vista de lo expuesto, nadie puede extraar que hayan cado en el olvido ms profundo el nombre y la vida de Fray Miguel. Ya ver el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin cansarse esta historia, las causas que me mueven a sacar del olvido a tan insignificante personaje. Son estas causas de dos clases: unas, particularsimas, que se sabrn cuando esta historia termine; y otras tan generales, que bien pueden declararse desde el principio y que voy a declarar aqu. Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno de memoria, si no ha logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras, habladas o escritas, influir poderosamente en los sucesos de su poca, haciendo ruido en el mundo. Los que ni por la accin ni por el pensamiento, revestido de una forma sensible, logran sealarse, pasan como sombras sin dejar rastro ni huella en el sendero de la vida y van a hundirse en olvidada sepultura, sin que nadie deplore su muerte y sin que nadie, al cabo de pocos aos, y a veces al cabo de pocos das, se acuerde de que vivieron. Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a penetrar en las profundidades del corazn y en los ms apartados y obscuros aposentos del cerebro del personaje al parecer ms insignificante, todo suele cambiar de aspecto en la idea que formamos de l, ya que descubrimos all multitud de pensamientos maravillosos y de soberanas aspiraciones, y un mar tempestuoso de apasionados sentimientos, que ora sean buenos, ora sean malos, si llegan a ser grandes, dan valer e importancia a la persona que los concibe e inspiran hacia ella un inters acaso mayor del que nos han inspirado los ms famosos varones al saber sus altas hazaas o al leer sus inmortales escritos. Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis lectores, no era escritor, ni predicador, ni por nada se distingua. Cualquiera otro fraile de su mismo convento era ms notable que l. Antes de entrar en la vida religiosa tampoco haba conseguido sealarse. Tena ya setenta y cinco aos cumplidos, y, para todos sus semejantes, no pasaba de ser una de las innumerables unidades que forman la gran suma del linaje humano. En el convento se saba poco y a nadie le importaba saber de la vida pasada de Fray Miguel antes de que fuera fraile. Como otros muchos hombres, en aquel largo perodo de anarqua, discordias y guerras civiles, que precedi al reinado de los Reyes Catlicos, haba buscado por diversos caminos la notoriedad, el poder y la fortuna, y no haba logrado hallarlos. Fray Miguel haba sido soldado y poeta, que eran las dos profesiones, por las cuales, no siendo clrigo o fraile, poda un hombre del estado llano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer al menos. Fray Miguel haba trabajado en balde. No decidiremos aqu si fue la capacidad o si fue la ventura lo que le falt en su empresa. Su ambicin y sus propsitos no debieron de ser pequeos si los calculamos por la significacin del nombre que l como trovador y aventurero de armas tomar haba adoptado. Fray Miguel se haba llamado Morsamor en el siglo. Sus versos fueron tan malos o fueron tan infelices que no entraron en ningn Cancionero, aunque en muchos Cancioneros abundan los detestables, tontos o fros. Sus hazaas, si las hizo, no le dieron riqueza, ni valimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en sus narraciones, ni pico callejero que escribiese un mal romance para referirlas y ensalzarlas. Dice el refrn que el lobo, harto de carne, se mete fraile. Morsamor no fue como el lobo. Morsamor no cogi la carne: apenas columbr la sombra. La desilusin, la esperanza perdida, le trajo a la vida monstica. En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando, haba cambiado todo y era menester que Morsamor tambin cambiase. La paz y el orden con enrgica severidad haban venido a sobreponerse a la confusin y al alboroto que estimulaban tanto la ambicin y la codicia. Los falsos antiguos ideales de la Edad Media haban cado por tierra como dolos quebradizos, desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro de hierro de los nuevos soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevos ideales: nuevos objetos, trmino y meta de la ambicin humana. A sus ojos slo quedaba en pie el venerando e indestructible ideal religioso, que se alzaba como elevadsima y solitaria torre en medio de un campo arrasado y lleno de ruinas. Lo nico que quedaba como refugio, consuelo y fin de la vida de Morsamor era la religin. Hzose, pues, religioso por no saber qu hacerse. Y ya se comprende que esta manera de hacerse religioso de poco o de nada poda valerle as en la tierra como en el cielo. Harto se comprender tambin, se explicar y se justificar por lo dicho, el pobre papel que Fray Miguel de Zuheros haca entre los dems frailes. Slo Dios saba lo que guardaba l en el centro del alma. En lo exterior la figura inconsistente de Fray Miguel, sin color, sin energa y sin carcter propio, se esfumaba en el espacio e iba lenta y desabridamente a desaparecer en el tiempo. -II- De vez en cuando, creciendo en importancia y en frecuencia e interrumpiendo la monotona de la vida claustral, llegaban al convento noticias vagas y confusas que revelaban una pasmosa renovacin en la vida social de la recin formada nacin espaola. Los ideales, por susto de cuya ausencia se haba refugiado Fray Miguel en el claustro, brotaron entonces en el suelo fecundo de Espaa, le cubrieron todo y vinieron a llamar con estrpito en su celda al desengaado solitario. Mientras que Fray Miguel viva vida contemplativa y obscura, una vida fecunda en acciones maravillosas se haba desenvuelto en toda nuestra Pennsula, salvando sus lmites y confines, y derramndose con irresistible expansin por el mundo todo. Los reyes unidos de Aragn y Castilla haban vencido a los portugueses en Toro, vengando la afrenta de Aljubarrota; haban conquistado el hermoso reino de Granada; haban expulsado de Italia a los franceses, enseorendose de Npoles y de Sicilia. Un aventurero genovs haba ofrecido llegar a Cipango y al Catay, atravesando con sus naves el nunca surcado y tenebroso mar de Sargaso, y el aventurero haba descubierto extensas y hasta entonces incgnitas regiones, donde haba ido a plantar la cruz del Redentor y el pendn de Castilla, dejando entrever y haciendo augurar que la tierra en que vivimos es mayor de lo que se pensaba y que todo lo oculto y misterioso que hasta entonces haba habido en ella, iba a revelarse y a manifestarse a nuestros ojos y a ser dominado por castellanos y aragoneses. En competencia con ellos y movidos por idntico impulso, los portugueses haban persistido en su casi secular empeo de navegar hasta el extremo Sur de frica, de ir ms all navegando, y de llegar a la India y de apoderarse all del comercio, y de la riqueza de que hasta entonces haban gozado rabes, persas, venecianos y genoveses. Iba Fray Miguel enterndose vaga y confusamente de todas estas novedades. Como era poco comunicativo no deca a nadie la impresin que le hacan; pero la impresin era profunda, acrecentando su profundidad y su fuerza, la reconcentracin y el sigilo con que en el centro de su alma lo esconda todo. Cualquier ser humano, como no sea depravadsimo, tiene el amor de la patria, del pueblo, de la tierra en que ha nacido y de la gente a que pertenece. Este sentimiento es tan natural y tan general que no he de hacer yo el elogio de Fray Miguel porque le tuviese. Me limito a afirmar que le tena. Los triunfos de su nacin, el verla trocada de sociedad desquiciada y anrquica en Potencia temida, influyente y gloriosa, lisonjeaban el orgullo de Fray Miguel y le tena muy satisfecho y orondo. Por nada del mundo hubiera anhelado l que lo que era no fuese; que de todas las glorias, grandezas y triunfos su nacin, resultasen falsedad y sueo vano de la fantasa. Su corazn se alegraba de que fuesen reales; pero al mismo tiempo, por extraa aunque frecuente contradiccin de nuestro espritu, haba en el suyo vergenza y abatimiento de no haber contribuido a la elevacin nacional de que se admiraba y se enorgulleca. Ni con sus humildes rezos, ya en el templo solitario, ya en su mezquina celda, haba contribuido Fray Miguel a ninguna de las altas empresas que se haban llevado a cabo. Su corazn falto de fe y de esperanza y su mente inclinada y torcida a no prever sino lo peor, no haban podido pedir ni haban pedido al cielo lo inasequible, lo absurdo, lo que no haban concebido ni en sueos, comprendindolo slo al verlo en realidad efectiva. Espaa, pobre, desgarrada por discordias civiles, sin dominio y sin influjo en lo exterior, se haba transformado de repente en la primera nacin del mundo, y Fray Miguel, que en sus verdes mocedades haba aspirado a llenarle de su ama, como trovador y como guerrero, tena entonces que confesarse asimismo, en amargo vejamen, que ni como devoto fraile, con oraciones y splicas, haba contribuido a tan maravillosa transformacin y a tan no prevista ni imaginada grandeza. Los nombres gloriosos de navegantes intrpidos, de dichosos e invictos capitanes, de habilsimos polticos, de negociadores que saban ganar ajenas voluntades e imponer la propia, y de administradores juiciosos y atinados que encontraban recursos sin esquilmar a la nacin, todo esto, a par que halagaba el alma de Fray Miguel en lo que tena de alma espaola y en lo que era como parte del alma superior y colectiva de su pueblo y de su casta, lastimaba, hera y destrozaba su alma individual, colmndola de amargo abatimiento y de ponzoosa envidia. Durante muchos aos, desde que se retir Fray Miguel al claustro hasta mucho despus, el completo menosprecio del mundo, o sea del linaje humano en general y de su pueblo en particular, haba estado en perfecta consonancia con el menosprecio de s mismo que Fray Miguel senta, de donde resultaba una tranquilidad fnebre. Fray Miguel haba estado, durante muchos aos, fnebremente tranquilo; pero el reciente alto concepto que de su patria haba formado y la consideracin del valer, de las hazaas y de la gloria de los hombres que haban encumbrado su patria, se contraponan ahora al menosprecio de s mismo que no poda menos de seguir sintiendo, y esto levantaba en su alma una tempestad de celos y haca retoar y reverdecer en ella la antigua ambicin de su mocedad, volviendo a ser ambicioso con ms de setenta y cinco aos cumplidos. Su corazn lata con violencia lleno de extraas aspiraciones bajo el humilde sayal franciscano. Su corazn se agitaba en la vejez acaso con ms poderosas energas que en la juventud. En su juventud haba habido siempre algo de vano en todos sus propsitos ambiciosos: haba puesto la mira en fines confusos o efmeros y poco elevados: en distinguirse en un torneo o en alguna otra empresa caballeresca atrayendo la atencin y conquistando el afecto de alguna dama hermosa, encumbrada y noble. Ahora los fines que se proponan, que buscaban y que alcanzaban los hombres de accin, eran ms consistentes, eran ms altos y no por eso menos positivos y sustanciales. El mundo, ignorado antes, haba venido a revelarse con una grandeza real hasta entonces no percibida y por toda ella iban a extenderse y a triunfar la religin de Cristo y la civilizacin de Europa, llevadas par los hijos de Iberia hasta las regiones ms remotas, ya entre gentes brbaras y selvticas que separadas del resto del humano linaje no haban seguido su marcha progresiva y hasta haban olvidado la nobleza de su origen comn, ya entre los pueblos de Oriente donde persistan y florecan an la poesa y el saber y el arte de las edades divinas, cuando entendan los hombres que estaban en comunicacin y trato con los dioses y con los genios; por todas partes, entre todas las lenguas, tribus y gentes, as entre aquellas, que olvidadas de las primitivas aspiraciones y revelaciones, se haban hundido en una vida casi selvtica, como entre aquellas que, combinando y fecundando esas aspiraciones y revelaciones primitivas con los ensueos de una exuberante fantasa, haban creado una portentosa cultura, en cuya ponderacin y admiracin permanecan inmviles. Si nos figuramos a todo el humano linaje como inmensa hueste que marcha a la conquista de una tierra de promisin, los pueblos selvticos y rudos que hacia el Occidente se haban descubierto, eran como parte de la hueste que se haba extraviado en el camino y que no slo haba desistido de la empresa sino que la haban olvidado. Por el contrario, los pueblos que los portugueses haban vuelto a visitar en el Oriente, abrindose camino por los mares, se dira que, embelesados en el regalo y deleite de encantados jardines y orgullosos de su primitivo saber y del rico florecimiento de la antigua cultura, permanecan an parados e inertes. Misin providencial de los hijos de Iberia era sin duda sacar a los unos de la abyecta postracin en que haban cado y despertar a los otros del sueo secular, del profundsimo letargo en que estaban. Esta parte de la misin pareca especialmente confiada a los portugueses. Haban, como el gentil caballero del antiguo cuento de hadas, venciendo mil obstculos y dificultades, penetrado en los deliciosos jardines y luego en el encantado palacio donde, desde haca muchos siglos, la hermossima princesa estaba dormida. El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueo, no fue a la verdad tan dulce y tan delicado como el del cuento; pero la realidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos eran ms rudos que los de ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses. Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos en Italia, ya las vagas y confusas narraciones de los descubrimientos que hacia el Occidente hacan los castellanos de grandes y frtiles islas y de un dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decadas que no haban llegado o que haban retrocedido hasta el extremo de no tener animales domsticos, de no ser pastores, de vivir en un estado de humanidad ms rudimentario que el de los pueblos errantes de Asia y de frica, ya las expediciones, victorias y conquistas de Portugal en la India, que renovaban o eclipsaban las glorias fabulosas del Dios Ditirambo y las hazaas y empresas reales del Macedn Alejandro y que obscurecan las leyendas de los siglos medios, todo entusiasmaba y solevantaba a Fray Miguel de Zuheros; pero lo que ms le seduca, lo que ejerca fascinador influjo en su nimo y le atraa poderosamente, era el xito de los portugueses en la India. Acostumbrado Fray Miguel a disimular sus emociones, a no confiarse a nadie y a no desahogar confesndolo lo que tena en su pecho, no mostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban alteracin ni cambio. Como adems fijaba poco la atencin y todos le tenan por persona menos notable de lo que era, nadie adverta el cambio imperceptible y lento que en l se haba realizado. Fray Miguel estaba ms retrado y silencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las indispensables palabras que la necesidad o la cortesa nos obligan a pronunciar en la vida diaria, y no sonaba su voz en ms largos discursos que los de las devotas oraciones que rezaba en el coro. -III- En contraposicin a la insignificancia y obscuridad de Fray Miguel, haba en el mismo convento otro fraile cuya fama y alta reputacin de sabio se extendan por toda la Pennsula y aun trascendan a Italia y a otras naciones. Se llamaba este fraile el Padre Ambrosio de Utrera. No haba disciplina ni facultad en que no se le proclamase maestro. Era gran humanista, diestro y sutil en las controversias, telogo y jurisconsulto, y muy versado en el estudio de los seres que componen el mundo visible. Se supona que de magia natural, astrologa y alquimia saba cuanto poda saberse en su tiempo, y que l adems, a fuerza de estudios, meditaciones y experiencias, haba descubierto grandes misterios y secretas propiedades y leyes de las cosas creadas, de lo cual revelaba algo a sus contemporneos y ocultaba mucho, por considerar que el humano linaje no alcanzaba an la madurez y la capacidad, convenientes para que pudiera confirsele sin profanacin o sin gravsimo peligro la llave de aquellos temerosos arcanos, de los que sin embargo, se vala l para aliviar muchos males, corregir muchos vicios y mejorar la condicin y la suerte de sus semejantes, los dems hombres. El Padre Ambrosio haba ido por orden superior y en misin secreta a Roma. No importa a nuestra historia, ni sabramos declarar aqu, aunque importase, cul haba sido el objeto de la misin del Padre Ambrosio. Baste saber que estuvo siete aos en Roma, bajo el pontificado de Len X, y que volvi a su convento de Sevilla el ao de 1521 en que va a empezar la historia que aqu referimos. A pesar de su grande autoridad como hombre de ciencia y a pesar de la austeridad de sus costumbres, el Padre Ambrosio era benigno y afable con todos los hombres y ms an con los desatendidos y desdeados. De aqu que Fray Miguel de Zuheros, si de alguien haba recibido muestras de cariosa simpata, haba sido del Padre Ambrosio, y si algo los interiores tormentos de su espritu haba revelado a alguna persona, esta persona haba sido el mencionado Padre. Durante su ausencia, pues, Fray Miguel haba vivido ms aislado y mudo que nunca. Con frecuencia, en las horas de recreo y solaz que en el convento haba, cuando ni los Padres ni los novicios estudiaban, meditaban o rezaban, en el extremo de la huerta donde haba rboles de sombra y asientos de piedra, el Padre Ambrosio se sentaba rodeado de muchas personas que componan un atento auditorio, y con fcil palabra les relataba lo que llamaramos hoy sus impresiones de viaje. Describa el Padre elocuentemente las magnificencias de la Ciudad Eterna: sus palacios, sus templos y sus majestuosas ruinas. El Padre Ambrosio no consideraba sin embargo a Roma como ciudad-relicario, museo de antigedades, residuo maravilloso pero inerte de podero y grandeza jams igualados antes ni despus en la historia. Roma para l haba sido siempre, y entonces era ms que nunca, porque volva deslumbrado y hechizado por el esplendor, la elegancia y el lujo de la corte de Len X, Roma era para l en realidad la Ciudad Eterna, la reina de las ciudades, la capital del mundo. El pensamiento profundamente catlico y espaol del Padre Ambrosio, si no auguraba, si no se atreva a profetizar una monarqua universal, la crea posible y hasta probable y crea ver en el giro de los sucesos y en el desenvolvimiento que iban tomando las cosas humanas, que todo se encaminaba la formacin de tan gloriosa monarqua, si monarqua poda llamarse, y no deba darse otro nombre a lo que imaginaba el Padre. l imaginaba que el sucesor de San Pedro, vicario de Cristo y cabeza visible de la iglesia, haba de ser y era menester que fuese el Soberano que dominase sobre toda la tierra y gobernase y dirigiese al humano linaje como nico pastor a una sola grey. Pero el Padre Santo era principal ministro de un Dios de paz; en vez de cetro y espada tena cayado. No eran sus armas visibles ni capaces de herir el cuerpo sino los espritus: sus armas eran la bendicin y el anatema. Determinando mejor su concepto, el Padre Ambrosio miraba todos los territorios, donde se haba plantado la Cruz redentora, como redil amplio, gobernado por el sucesor del prncipe de los apstoles, pero gobernado por la persuasin y por la dulzura y realizando la paz perpetua. Antes sin embargo de llegar a trmino tan deseado, era menester el empleo de la fuerza material para traer a Cristo las cosas todas, para impeler a entrar en el aprisco a las ovejas descarriadas, y para combatir, matar o domar a los leones bravos y a los hambrientos lobos que amenazaban el rebao y que no le dejaban vivir y pacer tranquilo. El Padre Santo, pues, a pesar de su inmenso poder espiritual, necesitaba an, y as estaba prescrito y decretado en el plan divino de la historia, un poderoso y enrgico brazo secular que le ayudase en su empresa, que le valiese para la pacificacin de la tierra toda y para lograr que Roma, al cabo, transfigurada y purificada, en nada se pareciese a la antigua Babilonia, sino a la Jerusalem refulgente, que el guila de Patmos vio descender del cielo, ricamente ataviada con admirables joyas y con la vestidura nupcial y con las regias galas de la esposa de Cristo. Para el Padre Ambrosio, en suma, el Padre Santo, en nuestra Ley de Gracia, y en la nueva Era, en cuyo principio crea l vivir, pareca permanente y ms dichoso Moiss, que no haba de ver la tierra prometida desde lo alto del monte Nebo y all a lo lejos, sino que haba de entrar en ella y dominarla para bien de todo nuestro linaje. A este fin, el Moiss permanente peda al cielo un Josu activo y belicoso, cuya espada desbaratase y rompiese las huestes enemigas y al son de cuyos clarines cayesen derribados con espantoso fragor los muros de las fortalezas infieles, cuya poderosa hacha de armas quebrase y derribase todos los dolos y cuyo brazo infatigable acabase por plantar la Cruz del Redentor en todas las latitudes y en todas las alturas, haciendo que las gentes fieras y las ms remotas y brbaras naciones, desconocidas antes, cayesen ante ella postradas de hinojos. Este brazo secular, este permanente Josu con que el Padre Ambrosio soaba, era el pueblo espaol y era su soberano: flamante pueblo de Dios y nuevo e inmortal caudillo que la providencia suscitara a fin de que se cumpliesen sus altos designios, de todo lo cual la lozana juvenil de todo Portugal, Aragn y Castilla era como signo precursor, era como primavera riqusima en flores, que alegraban el corazn y ya le daban en esperanza segura el venturoso y sazonado fruto. Tales eran en cifra los ensueos y las ideas con que a su vuelta de Roma trajo el Padre Ambrosio embargado el espritu. -IV- En su trato y relaciones, as con la gente seglar y profana como con la mayora de sus hermanos los religiosos, el Padre Ambrosio de Utrera, si bien mostraba, sin vanidosa ostentacin y cuando convena, la ciencia teolgica que con sus estudios haba adquirido y que atesoraba su inteligencia, todava guardaba, en lo ms hondo y arcano de su mente, cierta filosofa oculta que la prudencia, y tal vez compromisos y deberes de secta, le prescriban no revelar por completo a nadie. Algo slo poda comunicar a los adeptos e iniciados, segn los grados de la iniciacin que tuviesen y segn las pruebas que hubiesen hecho. Con dificultad hallaba y reconoca el Padre Ambrosio en las personas con quien trataba las prendas y requisitos necesarios para la iniciacin. En el convento slo haba tres frailes con los cuales el Padre Ambrosio se entenda, unindolos a l por virtud de misterioso lazo y hacindolos participantes con profundo sigilo de sus doctrinas esotricas, no del todo ni por igual, sino a cada uno segn la aptitud y el vigor de entendimiento y de voluntad que en l reconoca. No se presuma, con todo, que el Padre Ambrosio imaginase que su saber oculto se opona en lo ms mnimo a las ortodoxas afirmaciones en que por fe crea y que forman la base de la religin de que era ministro y sacerdote. Sencillo y mero narrador de esta historia, no afirmar ni negar yo, que hubiese o no hubiese error en el pensamiento del Padre Ambrosio. Slo dir lo que l pensaba, dejando que la responsabilidad sea suya. Verdad incontrovertible era para l cuanto est contenido en las sagradas escrituras, interpretadas recta y autorizadamente por los santos Padres, por los concilios y por la cabeza visible de la Iglesia; pero, con independencia de esta verdad, contra la cual nada poda prevalecer, vea el Padre Ambrosio una amplia extensin, un inmenso y casi ilimitado campo, por donde la inteligencia, la voluntad ansiosa de descubrir misterios y hasta la fantasa creadora que forjando hiptesis tal vez los explica y los aclara, podan volar libremente, sin ofender a Dios, antes bien, ensalzndole y glorificndole hasta donde es capaz de ello la pobre criatura humana. Para el Padre Ambrosio la revelacin era de varios modos y no acababa nunca. Con frecuencia salan de su boca estas palabras que San Juan, en su evangelio, pone en los labios de Cristo: _An tengo que deciros muchas cosas; mas no las podis llevar ahora_. Muchas cosas quedaban an por revelar. De algunas de ellas supona el Padre Ambrosio que l tena conocimiento, pero este conocimiento era incomunicable, al menos para la generalidad de los hombres, porque _ahora_, entonces, en el momento en que el Padre Ambrosio hablaba y pensaba, _no las podan llevar_, esto es, no podan comprenderlas. As fundaba el Padre Ambrosio su _ocultismo_ en un texto sagrado. Y no por eso desconoca los peligros a que se hallaba expuesto, penetrando con su espritu por medio de hondas e inexploradas tinieblas en busca de nuevas verdades. Hasta por prudencia, hasta por caridad repugnaba que le siguieran en tan peligroso camino los que no tuviesen valor probado y la serenidad y la elevacin de juicio convenientes para no extraviarse, y en vez de hallar nueva luz caer en transcendentales errores como en profundsima sima. En la mente del Padre Ambrosio haba adems otro motivo que justificaba la no transmisin de mucha parte de su ciencia. La palabra alada no poda llevarla materialmente y atravesando el aire desde un cerebro humano a otro cerebro humano. No haba frase, ni giro, ni idioma capaz de expresar y de formular de modo sensible lo que el Padre supona haber aprendido o descubierto all en las races y abismos de su mente cuando tan hondo penetraba. A resurgir de all su espritu se figuraba que volva, no ya baado, sino impregnado de luz vivsima, que slo poda pasar inmediatamente a otras almas y no mediatamente por los sentidos corporales y groseros. Quien anhelase poseer aquella ciencia y el poder que ejerce sobre la naturaleza quien la posee, no poda adquirirla por la enseanza oral o escrita de hombre alguno, sino descendiendo en su busca hasta los abismos donde quien la traa consigo la haba alcanzado. En suma, el Padre Ambrosio poda ensear, y enseaba, toda aquella parte ms vulgar de su magia, que se fundaba en el conocimiento experimental del organismo de los seres animados, de hierbas y de metales, de linimentos y pociones; pero la potencia mgica de su alma, la fuerza que haba tomado el espritu en la propia raz de su ser y con la que avasallaba las substancias materiales y dominaba la naturaleza, esto no poda transmitirse. Ni por difusin ni por intensidad caba en esto adelanto o mejora en la serie de los siglos. Hermes saba y poda ms que el Padre Ambrosio. En su ciencia intransmisible no haba habido ni poda haber habido progreso. El progreso, la difusin por enseanza era dable para los menos iniciados en no pequeo conjunto de noticias, de secretos raros y de atinada averiguacin de propiedades de los seres. De los tres adeptos que el Padre Ambrosio tena, el ms adelantado era el hermano Tiburcio, humilde lego, aunque sealadsimo y estimadsimo en el convento por su ferviente piedad religiosa. Esta piedad haba hecho que en un principio mirase el hermano Tiburcio con repugnancia y hasta con horror al Padre Ambrosio por la fama que con vaguedad le acusaba de hechicero; mas vencida al cabo la repugnancia, la doctrina del Padre Ambrosio penetr con mpetu en el espritu del hermano Tiburcio, arrollando toda contradiccin y produciendo all vivsima fe y devoto entusiasmo. El mayor recelo del hermano Tiburcio se haba disipado. Haba pensado l que la doctrina ortodoxa deba circundar y encerrar el espritu como fuerte muro flanqueado de eminentes torres; y tema que al salir de l el espritu orgulloso le derribase o al menos le quebrantase, apagando los faros luminosos que en las torres resplandecan, y que el espritu entonces, perdido, sin gua y sin luz en las tinieblas, jams volvera a encontrar su santo refugio. A esta objecin, haba contestado el Padre Ambrosio valindose de un smil semejante. As haba dominado el temor del hermano Tiburcio. --Mi fe religiosa--le haba dicho el Padre Ambrosio--es sin duda como fortaleza inexpugnable, mas no para que yo me quede encerrado en ella cobarde y ocioso, sino para que me valga como apoyo, y como centro de mis ms atrevidas excursiones y de mis conquistas ms gloriosas por las inmensas e ignoradas regiones, donde el pensamiento humano ha de erigir un da su trono y ha de fundar su imperio. Sin duda con la fe y con el amor ayudado de los dones sobrenaturales de la gracia, el alma puede llegar hasta Dios mismo y unirse en cierto modo con l; pero mi ciencia profana, sin contradecir la obra sobrenatural de las divinas virtudes, tiene distinto objeto, que agrada tambin a Dios, aunque en muy inferior grado. Yo no soy, ni merezco ser, un santo; pero por qu no he de ser un sabio, un conocedor de aquella magia, que sin ofender al cielo, sin buscar el auxilio de genios o de ngeles rprobos y valindose slo de medios naturales, acierta a producir prodigios pasmosos? En esta ciencia te iniciar yo, porque te creo capaz de estudiarla y de alcanzarla. Y bien puedes estar seguro de que esta mi ciencia profana no se opone ni a la santidad ni a la pureza de la fe, ni a la perfeccin asctica y mstica a que puedas elevarte. En suma, tantas y tales razones aleg el Padre Ambrosio, que el hermano Tiburcio hubo de quedar convencido, convirtindose en su ms apasionado discpulo y en su ms constante satlite. De los otros dos iniciados que tena el Padre Ambrosio, no se fiaba tanto, aunque tambin les comunicaba algunos de sus menos hondos secretos. Para los dems frailes y para el resto del humano linaje no iniciado, el Padre Ambrosio jams hablaba de su ciencia oculta, pero discurra con fcil elocuencia sobre todo cuanto del saber paladino o no oculto se alcanzaba en su poca, y trataba de viajes, de planes polticos y de cuanto presuma que haba de suceder en el mundo o que convena que sucediese. Tales eran en cifra los ensueos y las ideas con que, a su vuelta de Roma, trajo el Padre Ambrosio embargado el espritu. -V- El Padre Ambrosio era inagotable en las descripciones y pinturas de cuanto haba visto en Roma y de los grandes sucesos que all haba presenciado o que haba all comprendido mejor por encontrarse l en el centro del mundo. Cada da, en el extremo de la huerta, bajo los lamos frondosos, haca el Padre Ambrosio un largo discurso que frailes y novicios escuchaban en religioso silencio. No siempre comprenda la mayora del auditorio todo cuanto el padre describa o contaba; pero, hasta lo menos comprendido tena un no s qu de peregrino y potico que deleitaba y cautivaba la atencin. Los discursos del Padre Ambrosio eran como una serie de lecciones en las cuales instrua a sus oyentes y les mostraba el estado del mundo, en la edad aquella, y contemplado todo desde el foco mismo de la civilizacin cristiana. A veces pintaba el Padre el florecimiento de las artes, y encomiaba las obras pasmosas de Leonardo de Vinci, de Rafael y de Miguel ngel, que venan a eclipsar las obras del arte antiguo, o a competir al menos con las que resurgan y se extraan del seno de la tierra, en donde haban estado sepultadas durante largos siglos de obscuridad y de barbarie. Pugnaba el arte nuevo por imitar el antiguo, pero la misma no vencida dificultad de la imitacin daba ser a un arte distinto. Algo semejante ocurra en ciencias y en letras humanas. Comentando, explicando e interpretando los antiguos filsofos, como Platn y Aristteles, se formaba una nueva filosofa, se abran esplendidos y dilatados horizontes, y se descubran caminos y trminos con los que Aristteles y Platn jams haban soado. Como si la tierra de Italia estuviese fecundada por un espritu nuevo, hasta los prfugos de la antigua Bizancio, que haban trado como penates la ciencia y las letras de los antiguos, las transformaban, al transmitirlas y ensearlas a los italianos, en algo lleno de novedad, de vida y de sugestin poderosa. Esos mismos prfugos, que sin dejar huella, mudos e inactivos, hubieran acabado en el viejo imperio de Bizancio por disiparse como sombras y por hundirse en el olvido, arrojados de su patria y en el nuevo suelo que les daba hospitalidad, haban cobrado inesperada energa, y, difundiendo su saber, cumplan alta misin civilizadora y dejaban en pos de ellos un imperecedero y luminoso rastro. En la magnfica puerta de la edad moderna, arco triunfal que daba entrada a una nueva Era, esos hombres, escapados de las ruinas de un destrozado imperio y como exhumados y vueltos a la vida, figuraban y resplandecan ahora entre los fundadores de nueva y mayor civilizacin, entre los hierofantes de la ciencia del porvenir. Bessarin, Lscaris, Teodoro Gaza, Juan Argirpulos, Chrisloras, Jemistio Pleton y no pocos otros fueron los iniciadores y maestros del saber antiguo y como los paraninfos que procuraron y concertaron las fecundas bodas del poderoso genio del renacimiento y de la musa helnica. En otros das pintaba el Padre Ambrosio el esplendor y la magnificencia de la corte de Len X, a quien rendan tributo todas las naciones y prestaban respetuoso homenaje los ms altos prncipes y poderosos monarcas. Dbale esto ocasin para ensalzar al pueblo y a los soberanos de Espaa, que pasmosamente cumplan su misin de dilatar por el mundo el imperio de la fe cristiana. Entusiasmado con esto el Padre Ambrosio, pint a los frailes la pompa triunfal con que Tristn de Acua entr en Roma. Tal vez desde los tiempos en que volvi el andaluz Trajano de conquistar la Dacia, moviendo por ltima vez al dios Trmino para que ensanchase el imperio de Roma, Roma no haba presenciado espectculo ms grandioso. Esta vez los nuevos romanos, los fuertes hijos de Lusitania, haban llevado al dios Trmino ms all de donde le llevaron o soaron en llevarle Osiris, el hijo de Semele, y Alejandro de Macedonia. Le haban llevado ms all del Indo y del Ganges. El tremendo conquistador Alfonso de Alburquerque haba recorrido victorioso los mares de Oriente desde Aden hasta Borneo; haba conquistado y destruido reinos, haba hecho tributarias o entrado a saco populosas y ricas ciudades desde Ormuz, emporio de Persia, India y Arabia, hasta Malaca, en el extremo sur de Siam. Para capital de los nuevos dominios portugueses haba tomado dos veces por asalto a Goa, en el vecino reino de Villapor, realizando increbles hazaas y cometiendo inauditas crueldades. Haba visitado a Ceiln, tierra encantada de las piedras preciosas, delicia del mundo, patria de la canela y de las perlas. El apstol Santiago, montado en su caballo blanco, se apareca en las ms sangrientas batallas de Alburquerque e iba matando moros. Cristo mismo, para dar testimonio de la misin divina que a Alburquerque haba confiado, le mostr en el cielo una gran cruz luminosa, hacia el lado de Arabia, convidndole y excitndole a conquistar a Aden, a ir luego a la Meca a incendiar y destruir el templo de la Caaba, y a dirigirse por ltimo a Jerusalem para libertar el Santo Sepulcro. La muerte sorprendi a Albuquerque en medio de estos ltimos colosales proyectos; pero antes de morir haba realizado tan grandes cosas, que el rey D. Manuel, su augusto y dichoso amo, se complaci en darlas a conocer al Papa de un modo digno y solemne, y para ello le envi como embajador a Tristn de Acua, quien haba precedido a Albuquerque en el mando de la India y bajo cuyas rdenes al principio Albuquerque haba militado. De esta gloriosa embajada portuguesa, que el Padre Ambrosio presenci durante su permanencia en Roma, hizo el Padre a los frailes un entusiasta relato. -VI- La fama, deca el Padre Ambrosio, haba anunciado por toda Italia la novedad singular de la Embajada portuguesa. Gran multitud de forasteros de todas las repblicas y principados de Italia acudieron a Roma. Calles, plazas, balcones y azoteas estaban llenas de gente que se apiaba y empujaba para coger buen sitio y ver pasar la procesin desde la puerta del pueblo hasta el punto en que Len X deba recibirla. Era a fines de Marzo: una hermosa maana de la naciente primavera. Rompan la marcha varios heraldos a caballo con los estandartes de Portugal. Seguan luego, a caballo tambin, los trompeteros y los msicos tocando clarines y chirimas. Trescientos palafreneros, vestidos de seda, llevaban de la rienda otras tantas briosas y bellsimas alfanas, ricamente enjaezadas con gualdrapas y paramentos de brocado y caireles de oro. Iba en pos vistosa turba de pajes y de escuderos. Luego todos los portugueses, eclesisticos y seculares, que entonces residan en Roma. Luego los parientes del Embajador, todos en caballos que ostentaban ricos jaeces. Eran los jinetes ms de sesenta hidalgos, que lucan sedas y encajes, collares y cadenas de oro y de piedras preciosas, y en los sombreros, cubiertos de perlas, airosas y blancas plumas. Para mayor decoro y ostentacin de la Embajada, marchaban enseguida muchos empleados y gentiles hombres asistentes al solio pontificio, y la guardia de honor de Su Santidad, compuesta de arqueros suizos y de lanceros griegos y albaneses. Capitaneaba la segunda parte de la procesin el caballerizo mayor del rey, Nicols de Fara, quien montaba un magnfico caballo con arreos cubiertos de oro y tachonados de perlas. Inmediatamente marchaban dos elefantes, en cuyas torres iban los presentes que el rey don Manuel enviaba al Papa. Con fantsticos y vistosos trajes, _naires_ de la India, montados en el cuello de aquellos gigantescos cuadrpedos, los iban dirigiendo. Despus apareca lo ms espantoso de aquella pompa. Montado en un soberbio alazn de Persia iba un domador de Ormuz, que llevaba a las ancas, en el mismo caballo y casi abrazado con l, un tigre domesticado. En carros, y encerrados en jaulas, iban despus leopardos y otras alimaas feroces que el rey don Manuel regalaba al Papa, adems de las joyas, de la canela, de la pimienta, del clavo, de las armas y de los tejidos y bordados del Oriente. La Embajada vena en pos de todo esto formando un conjunto deslumbrador. Marchaba primero el ilustre poeta Garca de Resende, recopilador del Cancionero que lleva su nombre, y Secretario de la Embajada, y le seguan los reyes de armas de Portugal con sus lucientes cotas y los maceros del Papa, que precedan al Embajador Tristn de Acua. Este, por la riqueza de su traje, por su gentil y noble presencia y por la pujanza y hermosura del corcel en que cabalgaba, dejaba eclipsados a todos los caballeros y personajes que iban en torno de l formando comitiva; al Gobernador de Roma, al duque de Bari, a los Obispos y a los Arzobispos y a los Embajadores de Alemania, Francia, Castilla, Inglaterra, Polonia, Venecia, Miln y otros Estados. Al ir desfilando esta procesin, la multitud entusiasta lanzaba sonoros vivas y altos gritos de admiracin y de aplauso, mientras que estremecan el aire el estruendo de las salvas de artillera y el repique de campanas de todas las iglesias de Roma. El Padre Santo aguard la Embajada y la vio venir desde el balcn principal de la Mole Adriana o Castillo de Santngelo, donde se pareca cercado de cardenales, prncipes y altos dignatarios. Los elefantes, cuando estuvieron a la vista del Papa, metieron las trompas en unas calderetas de oro, que para el caso iban preparadas y llenas de exquisita agua de olor, y lanzaron luego el lquido que en las trompas haban absorbido, perfumando a la muchedumbre. Al referir todo esto, el Padre Ambrosio encumbraba el concepto que de Portugal deba tenerse; pero, en su mente, era ms alto an el concepto que Aragn y Castilla le merecan. El Papa Alejandro VI haba repartido y dividido el mundo entre las dos monarquas de la Pennsula. Por lo pronto, Portugal brillaba ms, pero la empresa de Aragn y Castilla era ms sublime, gloriosa y difcil, y por lo mismo tardaba ms en realizarse. Ambos pueblos iban buscando la cuna de las primeras civilizaciones; los orientales alczares del Sol, donde le reciba en su tlamo la Aurora; el imperio en que se cra la seda, y la tierra frtil de las especias y de los aromas. Los portugueses haban llegado ya, caminando hacia Oriente. Los castellanos, caminando hacia el Occidente, ansiosos de circunnavegar el planeta, haban hallado un imprevisto obstculo, un valladar inmenso, un continente extenssimo que se dilataba millares de leguas, casi desde un polo a otro, y que les cerraba el camino de Cipango, del Catay y de la India. El mundo resultaba mucho mayor de lo que se haban imaginado. En la realidad, o ms bien en el concepto de los hombres, era ya ms que doble. Coln, creyendo hallar la India y la China, haba hallado un nuevo mundo. A los castellanos incumba civilizarle, erigir en l la cruz de Cristo, edificar en l templos y palacios y fundar en l ciudades y repblicas. La tarea era ms ardua, aunque al principio menos lucida. Todo ello, no obstante, no se opona, y ya el Padre Ambrosio lo pronosticaba, a que, salvado el valladar del enorme continente nuevo, surcasen las quillas castellanas ms largos y desconocidos mares, diesen la vuelta al mundo y encontrasen, caminando siempre hacia el ocaso, a los portugueses en el extremo Oriente victorioso. Agitado por inspiracin proftica, el Padre Ambrosio predeca ya como muy cercano, como muy prximo a realizarse este glorioso acontecimiento, el mayor y el ms trascendente de la historia humana despus de la tempestuosa proclamacin de la Ley antigua en la cumbre del Sina, y despus del tremendo drama del Calvario que redimi a los hombres, y que con sangre divina lav sus pecados y confirm la Ley nueva. -VII- Con mayor atencin que nadie, y con avidez reconcentrada y silenciosa, oa Fray Miguel todos los discursos del Padre Ambrosio, y su alma arda cada vez ms en el fuego de dos violentas pasiones. Una de ellas, el orgullo de nacin y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba su corazn y tal vez le haca latir, brioso y alegre, como all en los aos de su juventud primera. La otra pasin era de envidia, de creciente abatimiento, de rabia y de menosprecio de s mismo, al considerar su obscura insignificancia, y sus ocios viles y abyectos, durante mis de cuarenta aos, en los cuales se haba renovado el mundo, se haba revelado y ms que duplicado a los ojos de las asombradas naciones europeas, y Espaa haba surgido entre ellas y se haba levantado por cima de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entrada y largo camino a un porvenir de mayores glorias y conquistas. Este segundo sentimiento predominaba en el alma de Fray Miguel y le pona ms ttrico y silencioso. Ninguno de los frailes, sus compaeros, notaba ni por indicios el tormento infernal que desgarraba el corazn del ambicioso Fray Miguel, y que para un observador perspicaz y que sintiese por l algn afecto, se vislumbraba en su plido y demacrado rostro, en las muecas nerviosas y como de rprobo que involuntariamente haca de vez en cuando, y en el brillo calenturiento de sus hundidos negros ojos, a los cuales, as como a la despejada y blanca frente, daba casi siempre sombra la capucha. El Padre Ambrosio fue el nico que entrevi el tempestuoso estado del nimo de Fray Miguel y la ambicin y la envidia que le devoraban y que el propio Padre Ambrosio, al principio irreflexiva e involuntariamente, haba con sus discursos solevantado y exacerbado. El Padre Ambrosio tuvo compasin de Fray Miguel: pens en consolarle y hasta en curarle y anhel en esta obra de misericordia desplegar todos los poderes que su ciencia oculta le haba dado y acudir a los misteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artes adquiridas por l a fuerza de estudios y de largas vigilias. El Padre Ambrosio jams haba ejercido ni querido ejercer cargo en el convento. Hubiera podido ser guardin, pero era sencillamente un fraile como otro cualquiera. Su extraordinaria reputacin inspiraba, no obstante, el respeto ms profundo. Y ms que el Padre guardin por su dignidad y oficio, se haca l respetar, obedecer y temer por las singulares prendas de su carcter, por su inteligencia, por su saber y por los poderes sobrenaturales que se le atribuan. Movido a compasin como ya hemos dicho, y excitado tambin por la curiosidad y el empeo de penetrar en el fondo obscuro de un corazn humano cuya profundidad vislumbraba, el Padre Ambrosio, despus de uno de los discursos que sola pronunciar bajo los lamos, cit a Fray Miguel para que fuese a hablar con l en su celda. --Tengo--le dijo--no pocas cosas que confiarle y muchas ms que preguntarle a las que quiero que en puridad me responda, sin reserva ni disimulo. Fray Miguel acudi a la cita a altas horas de la noche, entre completas y maitines. El Padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal arda una lmpara que iluminaba el rostro del Padre Ambrosio. Era el Padre ms anciano que Fray Miguel. Su frente calva y su barba luenga y blanqusima le daban muy venerable aspecto. Sobre la mesa, adems de la lmpara, haba recado de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de bano, varios libros manuscritos e impresos y una calavera. Cuando entr Fray Miguel, el Padre Ambrosio le indic para que se sentase un silln de brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al que l ocupaba. Sentado Fray Miguel y en silencio, el Padre Ambrosio habl de esta suerte: --Hermano, mi vista, que penetra y escudria los corazones, ha penetrado en el tuyo y ha visto que est lleno de ambicin, de codicia, de sed de deleites, honores y poder, y de desesperacin, porque en tu mocedad no pudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la ms leve esperanza. Por despecho, hace ya ms de cuarenta aos, abandonaste el mundo y la vida activa, creyndote capaz de la vida contemplativa y mstica. Mas por el pensamiento eres menos capaz de elevarte que por la accin, y ahora, al ver cunto han conseguido por la accin los hombres de tu edad y de tu pueblo, aunque como espaol te enorgulleces, te acibaran el patritico orgullo y te roen las entraas la envidia de esos hombres y la contemplacin de la obscura y estril inercia en que t has vivido. Si yo creyese que se aproximaba la plenitud de los tiempos y que el linaje humano en las vas que sigue, trazado por el mismo Dios, se hallaba cerca del trmino que deseo y que considero infalible, yo condenara esas pasiones que te agitan y te atormentan. Pero como hay mucho que combatir y muchos obstculos que vencer todava, tal vez durante siglos, yo aplaudo los poderosos estmulos que en ti hay, y aunque renacidos tan tarde y tan fuera de sazn, no quiero sofocarlos, sino darles pbulo y hasta satisfaccin en cuanto est a mi alcance, valindome para ello de mi ciencia portentosa. Yo, al contrario que t, he desdeado siempre la accin material; en vez de dominar el mundo, me he satisfecho con contemplarle, pero al contemplarle, le he comprendido, y comprendindole, me he enseoreado de l con poder ms amplio y ms hondo y seguro que el de los ms poderosos soberanos. Ellos adems no dominan sino lo presente; el trmino de su vida ha de ser el trmino de su imperio. Yo hasta cierto punto domino tambin en el porvenir. Mi dominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos humanos hay una parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas y de plan divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros: no hay potencia humana que los desve de la senda que tienen trazada desde la eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra y en el cielo. Pero al comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia se enseorea de la ley como si la impusiera, porque mi voluntad coincide en tan elevado punto con la inteligencia y con ella se identifica. Dentro de esta ley, dentro de la amplia senda que siguen los sucesos, se mueve con holgura el libre albedro del hombre, y caben determinaciones y hechos, que nosotros podemos modificar o producir. En esta parte secundaria puedo yo valerte. Acudir a una comparacin a fin de que mejor lo entiendas. Figrate que la historia de nuestro linaje es como drama maravilloso, compuesto por un divino poeta, el cual ni consiente ni puede consentir que se altere, ni se cambie ni una slaba, ni un tilde de lo que ha compuesto. El drama ha de representarse sin modificacin, sin supresin y sin aadidura: tal como lo escribi el poeta: pero tal vez el sabio empresario, tal vez el director de escena pueda repartir a su gusto los papeles. La sabidura eterna, que todo lo prev, previ tambin esta reparticin, pero no la dispuso. Dej que la libertad humana la dispusiera. Ahora bien, yo creo, o mejor dicho, yo doy por seguro que, en virtud de mi ciencia y por los poderes que mi ciencia me otorga, puedo conceder o dar un papel brillante a quien mejor me parezca, aunque no ciegamente, sino despus de ciertas pruebas y examen que justifiquen mi eleccin y que me demuestren a las claras ser digno de ella el elegido. Las pruebas son terribles. Querrs t, podrs t someterte a esas pruebas? En el rostro de Fray Miguel, al escuchar con atencin el anterior discurso, se pintaban muy diversos sentimientos que ya se sucedan, ya coexistan, combatiendo unos contra otros por la posesin de su alma. Interrogado por el Padre Ambrosio, le contest de esta manera: --Me deleita y me pasma lo que dices, pero he de confesarte que entiendo algo de ello de un modo confuso, que hay algo que no entiendo de ningn modo, y que sin dudar de tu buena fe, dudo del poder de tu ciencia y recelo que el amor propio te lleve a dilatar fantsticamente sus lmites mucho ms all de donde en realidad llega su imperio. No negar yo que t has ledo en mi alma como en un libro abierto y sabes cuanto en ella hay. No admiro, sin embargo, tu penetracin. Antes de que aos ha te fueses a Roma, ganaste mi confianza y lograste que te descubriera yo entonces parte de las pasiones que me agitaban. No lo has olvidado. Despus ha sido fcil y es poco pasmoso, aunque yo nada te he dicho, que hayas adivinado que mi mal, en vez de remediarse, ha ido en aumento. De lo que yo dudo ahora es de que est en tu mano dar a mi mal remedio. Ni mi mal le tiene ni t se le buscas ya por medio de la religin. Lo repugna mi espritu cada vez ms pervertido y agriado. Cuando abandon el siglo y el mundo y vine a refugiarme en el claustro, me impulsaban y halagaban ambiciosas esperanzas que tambin al fin se han desvanecido. En la tierra no haba logrado yo, o por caprichos de la adversa fortuna, o por mengua de mi entendimiento, o de mi voluntad, elevarme entre los dems hombres por fama, poder o riqueza, pero confiaba en que con las energas de mi anhelo podra yo conquistar el reino de Dios y alcanzar en l bienes superiores a todo el poder que en la tierra despliegan los hombres, a toda la riqueza de que gozan y a toda la fama y crdito que conceden. En el da de hoy estoy ya desesperado. Reconozco que todo fue vana ilusin de mi orgullo. Ignoro si es culpa ma o de mis hados adversos. Bien puede ser que mi entendimiento carezca de alas para elevarse a ciertas alturas, que no haya impulso en l para penetrar en el abismo de lo sobrenatural, ni que mi alma acierte a hundirse en l valerosamente por un arranque de abnegacin y por la irresistible fuerza del amor divino. Ello es que yo, y perdneme Dios el concepto grosero que formo de su reino, ello es, repito, que aun suponiendo que, acrisolado y purificado por mil tormentos, que hacen un purgatorio de mi vida, logre entrar en el cielo, har en l tan insignificante, vil y desairado papel como el que en la tierra he hecho. Qu ser yo al lado de los santos gloriosos, de los heroicos mrtires, de los que asombraron al mundo con sus penitencias, de los que difundieron por cuantos son sus climas y, regiones la hermosa doctrina del Cordero inmaculado? En el cielo, pues, ser delirio de mi imaginacin perversa, pero aun cuando yo me ponga, me pongo entre la ms baja plebe. Y mi envidia, y mis celos, y mi rabia, en intensidad y en duracin, toman las colosales proporciones de la vida eterna, y me burlan y me convierten el cielo en infierno. A extremo tan horrible ha venido a parar mi fe religiosa, que hasta imaginndome salvado, soy precito. Mi ser ntimo est formado de suerte, que nunca en mi sentir, ni en otra vida mejor, como nunca no atine yo a ganarlas en esta, podr hallar satisfaccin, paz y ventura. El desengao amargo, el conocimiento de mi impotencia, el recuerdo ponzooso de mis derrotas, subirn conmigo a la gloria, aunque yo suba a la gloria, y me la trocarn en espantoso infierno. S, Padre, el infierno est en mi alma; en lo ms profundo de ella he querido esconderle, pero no he podido engaar a Dios; Dios lo ha visto y no me llevar a su cielo cuando el infierno est en m. Yo me explico la abnegacin, yo me siento capaz de todo sacrificio, yo desdeara honras, poder y deleites, y lo dejara todo, y hara vida penitente y me abrasara entonces en amor divino; pero necesito antes tener esas honras, alcanzar ese poder, tener en mi mano cuantos deleites y venturas hay en la tierra, para poder luego desdearlos y sacrificarlos. Pero no tenindolos qu desdeo ni qu sacrifico? Yo me he metido fraile creyendo que no serva sino para fraile. Luego he descubierto con horror y asco de m mismo que ni para fraile sirvo. Ahora quisiera yo desgarrar y tirar mis hbitos, volver al mundo y acometer y llevar a cabo empresas tales que justificasen mi ambicin, que la justificasen a mis propios ojos y que anonadasen el desprecio con que a m mismo me miro y con que al mirame me mato, pero con muerte que no tiene fin y cuya horrible eternidad est en mi conciencia. --Singular extravo de tu espritu--interpuso con calma el Padre Ambrosio--fue el que te trajo al claustro, confundiendo y tomando el despecho por verdadera y santa vocacin. Pero t eres tan valiente como ambicioso, si nada te asusta ni te arredra, yo podr, no remediar tu mal, pero ponerte en situacin de que t mismo le remedies, de que satisfagas tus ambiciosos propsitos, de que apartes de ti la duda que puedes o de que no puedes, y de que realices los esfuerzos de tu voluntad, hacindolos fecundos. Mi ciencia, por ti, puede hacer un milagro. Te advierto, no obstante, que no puede hacerle ni le har mi ciencia sin tu auxilio. En la produccin del milagro, por tanto o por ms que mi ciencia han de entrar y han de ser parte tu fe, tu plena confianza en m, tu firme decisin y tu bro. He de poner a prueba tu valor. Veremos si desfalleces. -VIII- El Padre Ambrosio, en pago de la confianza que a Fray Miguel infunda, quiso mostrarse no menos confiado. --Yo no puedo revelarte--le dijo--mi oculto saber. Se oponen a ello por sentencia unnime los iniciados y maestros. En el estado que hoy tiene la sociedad humana, divulgar mis secretos sera causa de una perturbacin espantosa. El gran Raimundo Lulio amenaza con la condenacin eterna a quien los divulgue. La doctrina debe permanecer oculta y slo transmitirse entre los iniciados por medio de misteriosos smbolos y para el vulgo indescifrables figuras. La llave del tesoro ha de confiarse slo a quien sea capaz de custodiarla. La ciencia no es un sueo vano. Todo est escrito desde hace ms de sesenta siglos, pero son pocos, muy pocos los que entienden lo escrito y lo interpretan. Hermes, tres veces grande, con un buril de diamante hecho ascua grab todo lo sustancial de la ciencia en una lmina de esmeralda y dej escondida la lmina en la mayor de las pirmides de Egipto, en recndito y estrecho aposento, a donde no poda llegarse sino por un revuelto e inextricable laberinto, o bien por la violencia de un hroe conquistador de sobrehumanas facultades. Alejandro de Macedonia hall la lmina de esmeraldas, pero no la comprendi. Ni Aristteles ni ninguno de los sabios que despus ha habido, la han interpretado y comentado como se debe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido, pero no quiero ni puedo explicrtele ni me entenderas aunque te le explicase. El que le entiende, la lmina misma lo declara, tendr toda la gloria del mundo y de en torno suyo se apartarn las tinieblas. Yo no puedo darte la ciencia. La ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quiero darte los bienes que de la ciencia dimanan, que yo desdeo porque soy superior a ellos, pero que sujeto a mis rdenes. Sgueme si tienes valor; sube conmigo a mi laboratorio y all vers cmo se agitan los misteriosos poderes y cmo las energas ocultas realizan transformaciones y van ms all, y trasmutan las sustancias, y de lo slido y duro sacan el oro, y en lo areo y difuso hallan el movimiento y la fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienes valor, si presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendas operaciones y te sometes a ellas, yo te prometo que te devolver el vigor de la mocedad y los medios de ponerte a prueba por segunda vez, y sin perder tiempo ver de un modo definitivo si vales o no vales. Dicho esto, el Padre Ambrosio, tomando en la mano la lmpara que arda sobre la mesa y sirviendo de gua, hizo entrar a Fray Miguel en la mezquina alcoba donde tena su cama. All haba en el ngulo formado por las paredes del fondo y lado derecho una estrechsima escalera de caracol, por donde ambos frailes subieron ms de treinta escalones. Al extremo de ellos haba una compuerta que el Padre Ambrosio levant con facilidad. Ambos se encontraron entonces en un espacioso camaranchn, lleno de extraos objetos que provocaron la admiracin y el asombro y despertaron la curiosidad de Fray Miguel de Zuheros. En varios anaqueles multitud de vasijas de barro, ampolletas de vidrio, redomas y pomos, que contenan sin duda extraas drogas; arrimados a la pared o suspendidos de ella dos esqueletos humanos y pjaros y reptiles disecados; en diversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes, retortas, embudos y vasos de metal y de arcilla; en la gran chimenea de campana, que estaba en la pared opuesta al sitio por donde haban entrado, arda un poco de lea en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la estancia una lmpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba luz ms viva, clara e intensa que la producida por la combustin de la cera y del aceite. Casi debajo de la lmpara haba un atril y en el atril un gran libro manuscrito en pergamino. El Padre Ambrosio se acerc al libro y dijo: --Esta es la Alegora de Merln. Luego ley, extractando e interpretando en nuestra lengua verncula el contenido de las pginas por donde el libro estaba abierto: l quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y bebi. Se puso muy plido. Sinti grandes dolores como si le arrancasen con tenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la pesadez y la fatiga. Cay por ltimo en profundo letargo. Ha muerto, deca la gente. El mdico que le dio el agua le ha envenenado. Menester ser enterrarle o quemarle antes de que se pudra e inficione toda la tierra. Pero el sabio mdico no consinti que le enterrasen. Le puso en una caja de hierro en forma de cruz, ungindole antes con raros linimentos y olorosos blsamos. Cerc de fuego y de llamas el fretro metlico, y pronto, muy pronto volvi a la vida el que pareca muerto, y volvi tan lleno de hermosura y de fuerza, que todos le amaban y los reyes y los poderosos de cuantas naciones hay en el mundo le honraban y le teman. El Padre Ambrosio cerr entonces el libro y continu hablando de esta suerte: --Algo semejante al procedimiento alegrico del sabio puedo yo hacer contigo. De tu confianza en m y de tu valor depende el logro de tu deseo. Un extracto, una quinta esencia de la piedra filosofal es ardiente lquido que puede y debe dar, ya que no la inmortalidad, juventud, fuerza y plena duracin de vida. Si te sometes, me atrevo a hacer en ti la peligrosa experiencia. Hay quien afirma que mi maestro Lulio consigui remozarse, que Aln de la Isla vivi cerca de dos siglos, que Nicols Flamel vivi cuatro, y que fris en la edad de mil aos el sabio Artefio. Algo de esto entiendo yo que podr hacer contigo si t te prestas y si Dios me ayuda. Fray Miguel de Zuheros permaneci en silencio por no saber qu contestar, lleno de dudas y recelos. Era naturalmente incrdulo y desconfiado, y su corta ventura y los muchos y tristes aos que haba vivido, haban arraigado en su alma y acrecentado ms cada da la incredulidad y la desconfianza. Ora dudaba del saber del Padre Ambrosio atribuyendo a jactancia sus ofrecimientos, ora recelaba de un modo confuso que el Padre Ambrosio intentaba hacerle juguete de una burla cruel para reprimir y humillar su ambicin impotente e inveterada. Notando el Padre Ambrosio que la vacilacin, que el recelo causaba el silencio de Fray Miguel, habl de nuevo y dijo: --Te callas y vacilas y no lo extrao ni lo censuro. Para que yo haga contigo lo que puedo hacer, se necesita que te fes de m por completo, que me rindas todas las potencias de tu alma, que seas entre mis manos, mientras duren mis operaciones mgicas, como masa inerte, sin voluntad, sin entendimiento y sin sentido. No bastara que yo por fuerza o por astucia te despojase de todo. Se requiere que t mismo te despojes y te sometas a mi poder con abnegacin sin lmites. Y no quiero ni exijo yo que esto sea de repente y como por sorpresa. Te concedo tres das para que lo pienses y lo decidas. Al cabo de ellos, ven por aqu, a la misma hora en que has venido esta noche, a decirme la determinacin que hayas tomado. Ahora vete a tu celda. Respondiendo slo con una profunda inclinacin de cabeza, obedeci Fray Miguel; baj del camaranchn antes que el Padre Ambrosio, y despidindose de l atraves los oscuros claustros, levemente iluminados por la luz de las estrellas y por una lamparilla que arda ante un crucifijo pendiente del muro, y se retir a su celda, todo conmovido por los mil encontrados pensamientos, deseos y temores que combatan por la posesin de su alma. -IX- Desde que se retir a su celda Fray Miguel de Zuheros, hasta que pasaron los tres das y se cumpli el plazo sealado por el Padre Ambrosio, la agitacin del nimo de Fray Miguel fue grandsima y apenas le dej pocos instantes de reposo. Su sueo fue breve y lleno de extraas visiones. La destemplanza de su sangre y la excitacin de sus nervios ya le hacan tiritar con intenso fro, ya sofocarse hasta sudar con el calor de la calentura. Motivo y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni al coro ni al refectorio. Acudi, no obstante, aunque sin comer apenas y casi sin desplegar los labios sino para murmurar sus rezos. Fray Miguel no habl con nadie, pero habl mucho consigo mismo, en aquella conversacin interior y profunda, cuyas palabras y frases no es menester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo de un modo ms directo y ms vivo, sin acudir a los signos arbitrarios de las frases y de las palabras. Punto menos que imposible, es reproducir aqu lo que Fray Miguel pens y se dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, las imgenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma, sucedindose y mostrndose con cierto orden y gradacin, unos en pos de otros. En Fray Miguel no era as: en silencio exterior estaba l, sin voz y sin acento que pudiesen percibir los sentidos; pero all en los abismos de su alma se levantaba tempestad espantosa. Recuerdos, esperanzas, dudas y desengaos, todo acuda en tumulto y asaltaba y atormentaba su mente. Fray Miguel por involuntario impulso haca un raro examen de conciencia. El bien y el mal de cuanto haba hecho se le aparecan como presente y no como desvanecido y pasado, y al mismo tiempo hacan irrupcin en su espritu, en tropel contradictorio y confuso, triunfos y derrotas, crmenes y virtudes, gloria y oprobio y mil portentosos lances y sucesos, que flotaban sin encadenamiento que los ligase, en un porvenir nebuloso. Arduo sera penetrar en el espritu de Fray Miguel y descubrir cuanto en aquel momento le agitaba; pero an es arduo el empeo de distinguir lo que bulla en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabra escrita. Har, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de lo que entonces Fray Miguel senta y pensaba. Lo que en su mente era simultneo no podr menos de sucederse en el soliloquio, pero lo que l interiormente se hablaba, careca de conclusin y de principio y se manifestaba todo a la vez. Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel a los treinta y cinco aos de su edad se haba refugiado en el claustro. Su ltima derrota haba sido en la batalla de Toro, donde milit en defensa de doa Juana, en las huestes portuguesas. Ya en el claustro, pens que la paz le bastara. Se propuso no aspirar sino a la paz, pero conoci pronto que la paz no le bastaba. Su ambicin y su codicia de riquezas, bienes, poder y deleites materiales, le alejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar su satisfaccin ms all del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso que todas las excelsitudes y resplandores del mundo fuesen, en su comparacin, ruindad, misericordia y sombra. En la fertilidad y verdura de los campos, en las umbras solitarias, durante las horas meridianas, cuando vierte el sol a torrentes sus rayos esplendorosos, en el augusto silencio de la noche, en la amplitud del cielo lleno de estrellas, en el movimiento y en la vida de los seres, en la yerbecilla que pisaban sus pies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos y en el astro remoto que sus ojos apenas distinguan, en lo ms cercano y en lo ms distante, Fray Miguel busc la clave del misterio, quiso hallar la cifra de un nombre incomunicable, pugn porque se le apareciese y se le revelase lo sobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amor quien impulsaba a Fray Miguel; Fray Miguel no consigui nada. Entonces apart el sentido y distrajo la atencin de todo lo creado, de cuanto se muestra en lo exterior a nuestros ojos o resuena en nuestros odos. Como buzo que baja en busca de coral y de perlas al fondo de los mares, hundi su mente en la ntima contemplacin de su propio ser, buscando all la raz por donde estaba asido y como pendiente de lo infinito. Tampoco as hall nada, sino obscuridad vaca y lgubre. Volvi el pensamiento de Fray Miguel al mundo exterior. Desechando la idea de estar posedo, concibi la esperanza de poder estar obseso. Era l tan vil y tan indigno que no lograse ponerse en comunicacin con seres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universo est lleno de tales seres. Por qu eran tan groseros sus sentidos que no los perciban? No podra l evocarlos, formar pacto y alianza con ellos y adquirir virtudes, poder y fuerzas superiores a cuanto posee la generalidad de los mortales de su misma especie? Cuando se paraba Fray Miguel en esta impa imaginacin, sola caer en el ms hondo abatimiento, y tal vez exclamaba: --Sin duda no me ha faltado ni la intencin, ni el propsito, ni el valor de darme al diablo; pero el diablo no me quiere y me desdea. Yo no consigo lo que consigue cualquiera vieja ignorante y estpida. Las puertas que defienden la mansin del milagro, ya celestial, ya infernal, estn cerradas para m. Llamo a ellas y nadie me responde. La reaccin del orgullo vena luego a levantar su espritu y a elevarle al extremo contrario: al mayor grado de soberbia: --Ningn demonio viene y me ayuda--deca--porque son inferiores a m, porque no pueden darme lo que me falta, porque yo valgo ms que ellos. En balde me humillo pidindoles que me socorran. Lo que me conviene es buscar el camino del lugar hasta donde mi aptitud y mi predestinacin pueden conducirme, y, desde all, llamarlos y sujetarlos a mi mandado, no tomndolos como protectores sino como siervos sumisos. En estas y en otras cavilaciones, que entonces se presentaban juntas en la mente de Fray Miguel, haban pasado muchos aos de su vida claustral. Su orgullo no haba consentido que fuese un santo, pero tambin su orgullo se haba opuesto a que ningn poder infernal viniese a dominar su alma, ocupada y dominada toda por su orgullo mismo. En el espritu de Fray Miguel haba adems poco briosas facultades que le habilitasen para conquistar y dominar nada por medio del pensamiento, Era distrado, poco insistente, ambicioso de ciencia como de todo, pero sin la paciente perseverancia que se requiere para adquirirla. Fray Miguel, si era algo, si algo vala, era como hombre de accin, aunque su poca fortuna o su mucha torpeza le haban extraviado en el camino, encontrando slo, cuando se cans y se hart de andar por l, el desengao ms negro. Aborreca la vida, pero tena miedo de la muerte. As por la poca de fe en que viva como por la natural condicin de su espritu, en la cabeza de Fray Miguel no caba imaginar que fuera la muerte la aniquilacin del individuo, la desaparicin de la persona, el olvido de todo. l vea en el trmino de su vida mortal, no sueo eterno, sino trnsito a vida nueva. Y no le asustaba tanto el temor de ser condenado y no salvado, cuanto el humillante recelo de ser tan insignificante en la vida futura como en la vida presente, y de que as en el cielo, como en el infierno, se le hiciese poqusimo caso: se le tratase con el mismo desdn con que en este mundo sublunar sus semejantes le haban tratado. La monotona y la uniformidad de la vida haban hecho que el tiempo pareciese que pasaba con inaguantable lentitud, segn iba pasando; pero, pasado ya, transcurridos los cuarenta aos de convento, Fray Miguel volva la vista atrs y no vea el largusimo camino que haba seguido y la enorme distancia que del punto de partida le separaba. Como no tena variedad de sucesos con qu llenar, diversificar y distinguir aquella larga serie de aos, toda ella le pareca soplo, relmpago fugitivo, desmayo y letargo que al disiparse se lo haba llevado todo consigo, esperanzas y proyectos y hasta la posibilidad de forjarlos de nuevo. La horrible vejez haba cado sobre l sin sentir. Su cabeza se haba cubierto de canas y su rostro de arrugas. Cascada y temblona estaba su voz, sin bro sus brazos, flojas y vacilantes sus piernas. La luz hera y lastimaba sus ojos, sin dejarle ver con distincin, claridad y deleite las formas y los colores. Y aun esta amarga luz, que le ofenda ms que le iluminaba, estaba amenazndole con abandonarle para siempre y sumirle en tinieblas. Y ya saba l por sus experiencias y por sus frustrados conatos anteriores, que por mucho que penetrase y ahondase en estas tinieblas, no lograra romper su duro y tupido velo y baar su espritu en el infinito y luminoso mar donde le haban dicho que se baan las almas, si se reconcentran en ellas mismas y se desprenden de lo terrenal y caduco. Su vida iba tocando a su fin: hasta entonces haba sido lastimosa y estril, y, sin embargo, l daba inmenso precio a la vida. En esta baja tierra, encerrado nuestro espritu en este cuerpo mortal y flaco, y asistido y servido por sus rganos durante breve tiempo, que huye para nunca volver, Fray Miguel entenda que era menester conquistar el respeto, la nombrada y el valor y el mrito que por toda una eternidad hemos de poseer, siendo por ello remunerados o castigados, glorificados o despreciados. Tan alta era la importancia que Fray Miguel daba a nuestra existencia efmera y transitoria en este planeta. De mucho dudaba Fray Miguel, en mucho no crea; pero, como roca, cuyo cimiento y raz se hunde tanto en el seno de la tierra que no hay impetuoso torrente que la derribe y la arrastre, as su firme creencia en el valer de la vida humana, en este mundo, para preparacin y prueba y para conquista de otra ms alta vida, se conservaba firme y arraigada en su espritu contra todas las tempestades y contra todas las avenidas de dudas y pasiones que haban pugnado y que pugnaban an por arrancarla de all y por sepultarla en la vana regin de los sueos. Cun enorme no sera el pesar de Fray Miguel, que tamaa importancia atribua a la vida, al ver que la suya iba ya a consumirse, tocaba a su fin, sin que persistiese ms en ella que la energa de atormentarse y de desesperarse. Si el Padre Ambrosio no se burlaba de l, si no se jactaba en vano, si por medio de sus artes mgicas poda volverle la mocedad, Fray Miguel estaba seguro de que sabra aprovecharla y no perderla sin fruto como haba perdido la mocedad pasada. Ahora tena l ms claro concepto del valor de la vida y de los fines a que poda y deba aspirar en el mundo. La ociosa y larga meditacin de sus cuarenta aos de vida claustral, las estupendas novedades y sucesos cuya resonancia haba llegado a conmoverle y alborotarle en su retiro, la explicacin que el Padre Ambrosio haca de todo y de que l se haba penetrado con pasmo oyendo sus discursos, todo le persuada de que se mostraba ante sus ojos el blanco a donde le importaba dirigir la mira, el digno empleo de su resucitada actividad, la misin que le tocaba cumplir secundando el propsito y cooperando al plan de la Providencia. Con lgica inconsecuencia, Fray Miguel estaba lleno de dudas, y por momentos de negaciones, cuando en lo interior de su propio ser buscaba la verdad; pero, no bien su pensamiento sala fuera de s y se extenda sobre la faz de la tierra, todo era en Fray Miguel fe y esperanza en los sublimes destinos del humano linaje y en el papel principal y brillante que le tocaba hacer a su pueblo. La fe del Padre Ambrosio haba sido como llama voraz que haba incendiado su alma hacindola de luz y de fuego. El entusiasmo le posea, pero hasta entonces la envidia, nacida a par del entusiasmo, le haba desgarrado el pecho y le haba devorado las entraas. Vivir y morir en la obscuridad y en la inercia cuando tan grandes cosas realizaba el esfuerzo de los hombres, para Fray Miguel era insufrible. Resolvi, pues, someterse a todas las pruebas y a todas las operaciones mgicas de que el Padre Ambrosio haba hablado a fin de remozarse y de lanzarse de nuevo en la palestra y tomar parte en la lucha. La agitacin y el estruendo de esta lucha penetraba en el claustro, rompan su silencio, llamaba a la puerta de su celda y le excitaba y le convidaba a armarse y a ir al combate. Se le antojaba a veces que resonaba en sus odos como la trompeta del da del juicio y que le resucitaba de entre los muertos. El portentoso poema pico que el Padre Ambrosio fantaseaba en sus discursos iba verificndose y desarrollndose en la consistente realidad de la historia, y Fray Miguel no se contentaba con ser oyente o lector del poema, sino que anhelaba ser uno de sus hroes. Y ora fuese por severidad de juicio, ora porque Fray Miguel no quera que ningn individuo descollase mucho sobre l, Fray Miguel pona como hroe principal del poema a todo su pueblo, mirndole como pueblo elegido, como nuevo pueblo de Dios que haba de vencer a todos los enemigos de su ley, que haba de arrostrar todos los peligros y que haba de dar cima a mil inauditas empresas. Fray Miguel no vea ni se forjaba en la mente un campen que todo lo dirigiese y que se llevase la palma. Por bajo del pueblo estaban o surgan todos los campeones. Alborotados los reinos de Castilla y Valencia por las comunidades y germanas, all en su pensar sigiloso Fray Miguel no estimaba mucho al joven, extranjero y ausente Emperador. Sospechaba que haba de heredar algo de la extravagante locura materna y de la ligera futilidad de su padre, y que una inquietud sin propsito haba de tejer la tela de su vida. Pero el pueblo espaol era grande, y de su seno surgiran adalides que venciesen y dominasen. Ellos derrotaran al turco, que amenazaba la cristiandad; ellos, con armas temporales y espirituales, lograran sofocar la hereja que estaba naciendo en Alemania y que, barbarie mental, ansiaba derrocar el imperio de Roma en los espritus, como los antiguos brbaros haban destruido el imperio material de Roma. Espaa, con sus hroes y con sus santos, haba de sostener y conservar la unidad divina que informa y da vigor a la civilizacin europea. Y esta civilizacin poderosa y benfica haba de continuar difundindose por todos los climas y regiones, tierras y mares del mundo que habitamos. Fray Miguel haba ya odo hablar con horror y saba las audacias del fraile Martn Lutero y sus propsitos infernales; pero, en el fervoroso espritu de Fray Miguel, estaba ya la conviccin profunda de que Dios haba suscitado en Espaa un gigantesco contrario al sajn heresiarca para arrebatarle sus conquistas. Entre tanto seguan extendindose magnificndose las de nuestra fe y nuestras armas en los ms apartados y hasta entonces inexplorados pases y entre gentes infieles y selvticas, alucinadas por el demonio y entregadas a crueles supersticiones y a monstruosos y nefandos ritos. A esta difusin de la luz y de la verdad, aunque ms por medio de las armas que por medio de vanos discursos, se consideraba llamado y predestinado Fray Miguel, en cuanto el Padre Ambrosio realizase en l el prometido milagro de remozarle. Fray Miguel acudi, pues, a la celda del Padre Ambrosio, resuelto a todo, y en la noche y en la hora convenidas. -X- El Padre Ambrosio estaba aguardndole. Salud a Fray Miguel con una leve inclinacin de cabeza, y sin decir palabra, le indic que le siguiese. Ambos subieron por la escalera de caracol a la ancha cmara que ya conocemos. Todo estaba en ella como lo hemos descrito antes. Slo haba tres objetos que por su novedad llamaron en seguida la atencin de Fray Miguel. En la chimenea, en vez de no haber ms que rescoldo y cenizas, arda bastante lea que levantaba llamas, en cuyo centro, sobre unas trbedes se vea una retorta de cobre donde empezaba a hervir un lquido. El tubo encorvado, con que terminaba la cobertera de aquel pequeo alambique, iba a parar a una urna de vidrio suspendida en la pared y llena de agua clara. Dentro de la urna o refriante se vean las roscas de la culebra de metal. La cabeza de la culebra apareca fuera de la urna en su parte baja. No lejos de la chimenea estaba por el suelo un fretro abierto y vaco. Y por ltimo, ocupado en mullir y arreglar los almohadones, donde haba de reposar la cabeza la persona que en el fretro se encerrase, estaba el hermano Tiburcio, predilecto y aprovechado discpulo del Padre Ambrosio. Encarndose este con Fray Miguel, apenas dej caer la compuerta por donde haba entrado, le dijo con gravedad solemne: --Si fuera lcito valerse de palabras sagradas, aplicndolas a lo profano, con el nico propsito de hacerse entender mejor, yo me atrevera a decirte, a fin de inspirarte denuedo y a fin de infundirte omnmoda confianza en m, que yo soy resurreccin y vida, y que si crees en m, vivirs, cuando mueras. --A todo estoy dispuesto. Mtame, si es necesario o conveniente a nuestros fines. --A decir verdad y desechando toda jactancia, la muerte que yo te d ha de ser aparente y no real. La virtud de volver a la vida a quien la pierde no es dada an, ni acaso sea dada nunca, a la ciencia meramente natural y humana. Y yo, conviene que as lo entiendas, no acudo ni quiero ni puedo acudir a medios sobrenaturales para obrar mis prodigios. Mi magia es toda natural y lcita, aunque es de dos maneras: la que se funda en el conocimiento de hierbas, de drogas y de otros recursos enteramente materiales, en la cual est instruido el hermano Tiburcio, que como ves ha venido a ayudarme, y la magia superior, incomunicable y pura, cuyo poder estriba en el centro del espritu, en el pice de la mente, en la raz misma por donde nuestro limitado pensamiento, no slo toca, sino est asido a lo infinito. De esta ms elevada ciencia, aunque todava natural y nada ms que humana, el hermano Tiburcio tiene pocas nociones. Yo slo soy aqu quien la posee. De ella depende el xito de mi empresa. Y no debo ocultarte que si bien tengo yo el xito por seguro, reconozco modestamente que puede engaarme el amor propio. Si as fuese, si el amor propio me engaase, yo te matara sin querer, pero te matara. Ya ves a lo que me aventuro. Quieres t tambin aventurarte? --Quiero--contest sin arrogancia y con tranquilidad Fray Miguel. --Para el rejuvenecimiento--continu el Padre Ambrosio--que ha de verificarse en ti, se requiere algo parecido a la muerte, aunque no sea muerte. Te sometes a ello? --Me someto. --Pues bien, dentro de poco te sumir en letargo profundsimo; el hermano Tiburcio y yo te ungiremos las sienes y la frente con un precioso blsamo, te tenderemos y te encerraremos en ese fretro que miras abierto en el suelo; y al cabo de poco, si no son falsas mis teoras, aunque nunca corroboradas an por la experiencia, as como la crislida rompe la tela que la envuelve y sale convertida en mariposa, aparecers t, mozo robusto y capaz, si tienes bro en el alma, de acometer y de dar cima a las empresas ms arriesgadas y espantables. Veo con satisfaccin que ests muy animado. Ya no dudo de tus bros espirituales. Pero, aunque el espritu sea fuerte, la carne flaquea, y es menester que se fortalezca tu msera carne. As, antes de remozarte, a par que sientas el deseo en el alma sentirs en tu cuerpo debilitado ya por los aos el prurito de que se remoce. Para ello has a tomar una pocin preparatoria, sabiamente compuesta de substancias eficacsimas, con tal habilidad y tino combinadas y templadas que no se neutralizan sus encontrados efectos, sino que se armonizan y conspiran todos al mismo fin. Dirigiose entonces el Padre Ambrosio, hacia un ngulo de la estancia donde haba un pequeo velador y sobre l una bandeja, un jarro y una ancha copa de plata. Llen luego la copa del lquido que el jarro contena, y llamando a Fray Miguel y dndosela para que bebiese le dijo: --Con esto se fortalecer tu cuerpo y se har apto para las operaciones ulteriores. Es un elixir exquisito, en cuya composicin entran el _nepenthes_ que dio Elena a Telmaco para disipar su melancola; la flor del camo de la India; el _soma_ o licor divino de los antiguos brahmanes; el hongo de Siberia que infunde furor blico, y el zumo de las mandrgoras, con que La am y dese con mayor vehemencia a Jacob y se hizo de l amada y deseada. Fray Miguel tom la copa, y, casi de un solo trago, apur todo el licor que contena. El hermano Tiburcio que lo presenciaba y miraba todo en silencio, aproxim un taburete e indic por seas a Fray Miguel, que en l se sentase. En seguida tom en los dedos cierto linimento oloroso, que haba en un pomito de vidrio, y ungi con l lo ms alto de la cabeza, la frente y las sienes del fraile. Mientras se verificaba la untura, el Padre Ambrosio, recit no corta serie de palabras y frases, al parecer de un lenguaje extico y punto menos que inaudito. Al extrao son de aquellas palabras, o acaso por obra del linimento, Fray Miguel imagin que todo brincaba y giraba en torno suyo con rapidez vertiginosa; que los muros y el suelo se estremecan y amenazaban derrumbarse, y que el edificio no estaba parado y fijo sobre su cimiento, sino que iba lanzado por el espacio sin lmites. Por dicha, ces pronto en el cerebro de Fray Miguel, aquel a modo de mareo. Y, terminada tambin la serie de conjuros ininteligibles, oy que el Padre Ambrosio le deca: --No es todo alucinacin mental lo que acabas de experimentar ahora. En gran parte, es efecto de las palabras mgicas que he pronunciado. Nada sin embargo ms natural. No receles artes ni prestigios diablicos. Las palabras que he pronunciado ignoro yo lo que significan, pero me consta que nada hay en ellas de pecaminoso. Se han ido conservando por tradicin oral entre varones piadosos aficionados a la magia lcita, y son palabras del idioma primitivo que se hablaba mucho antes de Abraham, en Ur de los caldeos, y aun antes, en el imperio que fund Nemrod en el centro del Asia. La clave de este idioma se perdi siglos ha, y acaso no vuelva nunca a encontrarse. Yo he odo referir que un antiguo rey de Nnive, llamado Asurbanipal, siete siglos antes de nuestra era, form una biblioteca de libros escritos en esta lengua, que era ya una lengua muerta, como el latn hoy entre nosotros. Pero los libros reunidos por Asurbanipal, sepultados hoy entre las ruinas y escombros de antiqusima ciudad y regio alczar, eran ya de una poca de gran decadencia, cuando el mencionado primitivo idioma estaba corrompidsimo, y la alta filosofa que le haba informado viciada y cuajada de supersticiones. En cambio, las palabras que yo he dicho son del idioma primitivo y puro, y no son signos arbitrarios, sino que tienen relacin ntima y substancial con los objetos que expresan o designan. De aqu el alboroto, la agitacin y el tumulto de todas las cosas creadas cuando tales palabras se pronuncian. Juzgo de mi deber explicarte todo esto para que no te des a sospechar que soy brujo, que me valgo de prestigios o que ando en tratos con el diablo. Aunque peque yo de sobrado llano y pedestre, dir para mayor claridad, que juego limpio. Fray Miguel estaba tan impaciente y tan ansioso ya de rejuvenecerse, que las explicaciones del Padre Ambrosio le parecan intiles y le cansaban. Por el debido respeto, sin embargo, no se atrevi a dar la menor seal de impaciencia. El Padre Ambrosio se complaca en perorar y prosigui de esta suerte: --Ten calma y espera. La destilacin del maravilloso filtro, que va a remozarte, se est verificando en ese pequeo alambique. Apenas empiece a salir por la boca de la culebra la refinada quinta esencia, acudir a recogerla en la misma copa en que bebiste la pocin preparatoria, y t la bebers sin vacilar. --La beber con ansia--contest Fray Miguel--para apagar la sed de vida y de juventud que me devora. --Todava me incumbe decirte--interpuso el Padre--que no quiero, cuando te remoces, dejarte ir solo por esos mundos de Dios. Deseo que lleves en tu compaa a alguien de toda mi confianza, que sabr, sin duda, conquistar la tuya y que vendr a ser como tu criado, paje, escudero y secretario todo en una pieza. --Y quin va a ser ese acompaante que me designas? --El hermano Tiburcio que est presente--contest el Padre Ambrosio--. Ms gana tiene l de correr mundo que de estar metido en su celda. Con todo, no es esta la razn que me induce a que el hermano Tiburcio te acompae. Los caballeros que salen en busca de aventuras llevan siempre escuderos y t no has de infringir esta ley o esta costumbre. En cuantas historias conozco de hombres que para medrar o para divertirse y holgarse se han dado al diablo, el diablo figura despus constantemente al lado de ellos como ayudante o espolique, y t no has de ser menos aunque distes muchsimo de haberte dado al diablo. Tendrs, pues, escudero, aunque natural y humano. El hermano Tiburcio, si bien es un mozuelo barbilampio, sabe ms que el diablo y te valdr de mucho. Por otra parte, yo he observado que t eres sobrado serio y esta seriedad continua a la larga a ti mismo te aburrira. Importa, pues, que la temple y modere un sujeto algo cmico y jocoso, como lo ser el mencionado hermano. Jovial ser l, si t saturnino, y juntos recibiris combinado el influjo mirfico de los dos ms poderosos planetas. He pensado adems que necesito tener con frecuencia noticias tuyas, satisfacer mi curiosidad y ver cmo va saliendo esta experiencia que ahora hago. En las venideras edades s yo que inventarn los hombres medios ingeniosos para ponerse en comunicacin con la rapidez del rayo y dirigirse la palabra desde un extremo a otro de la tierra. Pero tales inventos distan mucho an de verse realizados y de ser vulgares. Slo los iniciados en mi ciencia oculta se entienden ya y se hablan desde muy lejos, sin aparato alguno fsico ni mecnico, sino por el arte y la fuerza del alma. El hermano Tiburcio, ir pues contigo tambin, para que se entienda conmigo y me informe de todo. Y por ltimo, si t acometes altas empresas, las llevas a cabo y vences y triunfas, no quiero yo que todo esto se ignore, se sepa mal o se olvide, y el hermano Tiburcio, que es un buen letrado, te acompaar para ponerlo por escrito con el mayor esmero y legarlo a la posteridad ms remota. Ser para ti, vlgame como ejemplo, lo que para Don Pedro Nio, valeroso y galante Conde de Buelna, fue Gutierre Dez de Games, su alfrez. A este punto de su algo prolija disertacin lleg el Padre Ambrosio, cuando empez a manar por la piquera del alambique, el lquido destilado. Sin darse un instante de vagar, tom el Padre la copa de plata, se acerc a la piquera, la llen del lquido y se le dio a beber a Fray Miguel sin decir ms palabra. En silencio tambin, sin susto y con ansia, Fray Miguel se llev la copa a los labios y bebi el licor que haba en ella. El efecto fue rpido y terrible. A Fray Miguel se le trab la lengua y no pudo exhalar ni queja ni suspiro. Palidez mortal cubri su rostro. A los pocos instantes cay como herido del rayo. Y sin duda hubiera dado en tierra de golpe, si el Padre Ambrosio y el hermano Tiburcio, apercibidos ya para el caso, no le hubiesen sostenido. Todo el cuerpo de Fray Miguel, adquiri de sbito una rigidez ms que cadavrica. No pareca ya de carne sino de madera o de barro. El Padre Ambrosio, no obstante, tuvo a tiempo la precaucin de cruzar a Fray Miguel las manos sobre el pecho. El hermano Tiburcio tom por la espalda a Fray Miguel. Por los pies le levant el Padre Ambrosio. Ambos le llevaron al fretro y all le dejaron tendido. _Juan Valera_ Las aventuras -I- En el ao 1521 era Lisboa la ms esplndida, animada, pintoresca y original ciudad de Europa. Fundada sobre varias colinas, se extenda ya por la margen derecha del Tajo, siguiendo su curso hacia el mar. Los palacios y jardines de dicha margen hacan delicioso el camino que iba y va hasta el sitio donde el rey D. Manuel el Dichoso haba erigido graciosa y elegante torre, en conmemoracin de que all se embarc Vasco de Gama para ir por vez primera a la India, y no lejos el magnfico templo y claustro de Beln, obra de singular y bellsima arquitectura. Frente del ms populoso centro de la ciudad, en la opuesta orilla del ro, se alzaba la villa de Almada, sobre enriscado promontorio. Y desde all, mirando en direccin contraria a la que trae el agua, esta se extiende y la orilla se aleja, formando una extensa y grandiosa baha, capaz de contener entonces todos los barcos de guerra y de comercio que surcaban los mares. Aquella baha estaba concurridsima. En ella haba naves inglesas y francesas, de Holanda y de las ciudades anseticas, de Aragn y de Castilla, de Gnova y de Venecia y de otras Repblicas y principados de Italia. Todas acudan all para traer telas, alhajas, primores y otros objetos de arte producto de la industria europea, conque satisfacer el amor al fausto de los portugueses, y para llevar, en cambio clavo y pimienta, perfumes de Arabia, canela de Ceiln, sedas y porcelanas del Catay, marfil de Guinea, alfombras de Persia, chales y albornoces de Cachemira, perlas, diamantes y rubes de las montaas y de los golfos de la India, bambes y caas y tejidos de algodn y de nipa de Bengala, monos, papagayos y otras aves de vistosas plumas, y mil exticas curiosidades del extremo Oriente. La muchedumbre de hombres y mujeres que herva en los muelles y paseos, calles y plazas de Lisboa, tena extrao y pasmoso aspecto por la variedad de sus rostros, de sus trajes y de los idiomas que iban hablando. Por donde quiera se notaban movimiento y bullicio, pero ms que en ninguna parte en la Calle Nueva y Plaza del Roco, donde estaban las tiendas de los ms ricos mercaderes, y a lo largo de la orilla, casi hasta Beln, donde a la par de las quintas y de los parques haba grandes almacenes o depsitos para las mercancas que se embarcaban o desembarcaban. Millares de esclavos negros, empleados en las faenas del puerto y en otros trabajos, discurran solcitos por donde quiera. Marineros, soldados y hombres y mujeres del pueblo, paseaban o formaban grupos para charlar y rer, tratar de amores o promover pendencias. Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie ya a las ancas de una mula que montaba y diriga respetable escudero, ya en soberbios y dorados palanquines, solan llevar lucido squito de dueas, lacayos y pajes para mayor autoridad y decoro. Los magnates y seores ricos se mostraban cabalgando en hermosos caballos con ricos jaeces y con numerosa comitiva de criados y familiares de sus casas. Y el Seor Rey, que gustaba como nadie de la pompa y del aparato, sala con frecuencia en pblico formando con su lujoso y raro acompaamiento una procesin admirable. No semejaba el monarca portugus, prncipe de Europa, sino dspota oriental, soberano de cuentos de hadas o de _Las mil y una noches_, merced al brillo y al lujo que le circundaban. Le precedan a veces elefantes y rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y tigres domesticados, y el rey iba a caballo, en medio de los ms brillantes seores de la corte, sus favoritos y validos, todos con muy elegantes y vistosas ropas y con airosas y blancas plumas en los birretes. Don Manuel, que era regocijado y festivo, tambin se haca acompaar a menudo de juglares y bufones, que le divertan con sus chistes y burlas, y casi nunca prescinda de los msicos, que iban tocando sonoros instrumentos, anunciando as que el rey vena y alegrando los sitios por donde transitaba. Todo era animacin y movimiento, todo alborozado y estruendoso jbilo en Lisboa, en la hermosa maana del da del Corpus de aquel ao de 1521, en que el rey Don Manuel cumpla los cincuenta y dos de su edad, celebrando con gran pompa su natalicio. Terminada adems la soberbia fbrica del templo de Beln, el monarca lusitano le abra y le mostraba por vez primera a su pueblo haciendo cantar en l un solemne _Te Deum_. Su alteza, acompaado de su tercera mujer, la reina Doa Leonor, hermana del Csar Carlos V, con ms ricas y pomposas galas que nunca y circundado de brillante y vistosa comitiva, haba acudido a la iglesia para presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre. Aunque el templo es espacioso, slo se haba permitido entrar en l a los convidados; porque si hubiera tenido franca entrada la muchedumbre, no pocos se hubieran maltratado all dentro, a causa de los miles y miles de personas que haban venido a la fiesta, no slo de Lisboa, sino de otras ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraos. La muchedumbre, pues, se agitaba y bulla fuera del templo, extendindose a un lado y a otro hasta la misma orilla del Tajo como enorme mosaico de cabezas humanas. La mayor parte de la gente estaba a pie, si bien a trechos descollaban no pocas personas montadas en caballos y en mulas o levantadas en sillas de manos por esclavos o sirvientes. A la puerta del santuario, en el atrio y tambin a la puerta del convento, guardaban los caballos de los reyes y de su squito, custodiados por pajes y lacayos y por buen golpe de lanceros de la guardia del Rey. A pesar de los mil murmullos y gritos de tan gran nmero de gentes, que rean, chillaban, hablaban o disputaban, el majestuoso sonido del rgano y el canto sagrado de los frailes, repercutiendo en las altas bvedas del templo, sala a veces de l y se difunda en rfagas sonoras sobre los asistentes que se hallaban ms cerca. Apenas estara mediada aquella fiesta, que pareca absorber enteramente la atencin del pueblo, cuando sobrevino algo que distrajo dicha atencin, excitando la curiosidad general. Por el camino de Lisboa, y abrindose paso por entre el apiado gento, aparecieron en sendos y magnficos caballos, ricamente enjaezados, dos muy lozanos caballeros, bizarramente vestidos de gala. Pareca uno de ellos hombre de veinticinco aos de edad, de barba y ojos negros, airoso talle, anchas espaldas, robustos hombros y rostro hermossimo. En todo l haba adems algo de noble, raro y peregrino, como procedente de tierras extraas, y en el gesto y en los ademanes un no s qu de soberbio e imperativo que infunda involuntariamente respeto. Era el otro jinete mozo barbilampio. Su blanco y sonrosado rostro, sus ojos azules y los rubios cabellos que coronaban su cabeza, cubierta de un lindo birrete de velludo blanco, por bajo del cual caan dichos cabellos en rizadas ondas de oro, casi hubieran dado al gentil extranjero la apariencia de una disfrazada andante damisela, si no hubieran mostrado que era muy hombre, la energa insolente de su mirar, su briosa apostura y el desahogo y la destreza conque manejaba y dominaba su fogoso caballo, que retenido por l haca piernas, se encabritaba impaciente y tascaba el freno, cubrindole de espuma. Entre la plebe, las personas curiosas se preguntaban unas a otras quines eran aquellos dos galanes. Y como no falt all quien ya los hubiera visto, en la gran posada de la Calle Nueva, donde ellos haban venido a parar y donde haban declarado su condicin y sus nombres, pronto pasaron estos de boca en boca, y por donde quiera se oa decir: --Esos son dos ricos y elegantes aventureros de Castilla; el ms granado se llama Miguel de Zuheros, por sobrenombre Morsamor; y el jovencito, que es su doncel, se llama Tiburcio de Simahonda. -II- La funcin de iglesia lleg pronto a su trmino. Los soldados de la guardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiese pasar holgadamente por entre la muchedumbre que a un lado y a otro se apiaba, procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para ser visto del Rey, de la Reina o de los seores y damas de la corte y alcanzar de alguno de ellos un saludo o una amable sonrisa. Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por dicha muy lejos de la calle que se iba abriendo, y como estaban a caballo bien podan verlo todo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. As es que no se molestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si se avergonzasen de mostrar curiosidad plebeya. No sali el Rey por la puerta del templo, sino por la del atrio cercado de magnfico claustro, donde haban montado a caballo l y cuantos le acompaaban. Cuando la lucida cabalgata apareci ante el gran pblico, la admiracin general dio muestras de s en murmullos, exclamaciones y vtores. Aquello era verdaderamente esplndido: un derroche de sedas, randas, plumas, oro y pedrera. Los caballos, magnficos; vistosos, los arreos. Los rayos del sol refulgente heran el bruido acero de las armas, las joyas, los metales preciosos y los ureos bordados, deslumbrando todo la vista con flgidos destellos. El Rey llevaba aquel da el _bonete_ y el estoque de honor, que le haba regalado el Padre Santo y que slo sacaba en las ms solemnes ocasiones. La Reina Doa Leonor, muy bizarra y lujosamente vestida y tocada, cabalgaba a la derecha del Rey. Les seguan y lo circundaban las principales damas de la corte y muchos egregios personajes del reino, ilustres por su nacimiento o por armas y letras. El hermano Tiburcio, convertido en escudero o doncel, era un prodigio para enterarse de todo a escape. No sabemos, si slo por naturaleza o por virtud de la magia que haba estudiado, gozaba de pasmosa aptitud para averiguarlo todo; para reconocer a los sujetos notables, aunque nunca los hubiese visto; y para narrar la historia de cada uno hasta en sus ms insignificantes pormenores. Adems de esta habilidad, posea otra ms rara an, que en lo sucesivo vali de mucho a su seor, Miguel de Zuheros. Tiburcio de Simahonda era, en aquella edad, aunque en grado ms eminente, lo que ha sido en la nuestra el clebre Cardenal Mezzofanti. Ya fuese empleando un mtodo ingenioso y secreto o caminando por ignorados atajos, ya fuese por preciosa capacidad nativa, ello es que Tiburcio a los dos o tres das de or hablar cualquier idioma, se penetraba de su organismo, se enseoreaba de sus formas y leyes gramaticales, atesoraba en su feliz memoria cuanto haba de esencial y de radical en su lxico, y se soltaba a hablarle correcta y lindamente y con muy buena pronunciacin, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. Al notar Miguel de Zuheros lo mucho que saba su doncel, en apariencia con tan poca edad que apenas le apuntaba el bozo, se daba a sospechar si sera ms viejo que l y si estara como l remozado o si de cualquiera otra suerte habra vivido largas y sospechosas vidas anteriores. Miguel de Zuheros, sin embargo, no persista en cavilar sobre estas cosas cuando notaba la sencillez y la naturalidad con que Tiburcio, sin hacer gala de su ciencia, la mostraba si era menester, y afirmaba haberla adquirido por medios y caminos, no raros y reprobados, si no lcitos y vulgares. En aquella ocasin Tiburcio dio pruebas de lo bien que se enteraba de todo, sealando a su seor los ms conspicuos caballeros y las ms garridas damas, que en aquella procesin se parecan, y diciendo sus nombres, sus cualidades y su historia. Nadie llam tanto la atencin de Miguel de Zuheros, como una dama muy hermosa y muy joven que iba cerca de la Reina. --Esa es--dijo Tiburcio--la seora doa Sol de Quiones, ntima amiga y favorita de la Reina, y nieta de aquel famoso y enamorado D. Suero que sostuvo el Paso honroso en el puente de rbigo. Ya ves que es muy bella. Su beldad, no obstante, queda eclipsada por su discrecin, por su talento, por sus virtudes y por la ingenua candidez de su carcter. Cuantos la tratan se prendan de ella y se hacen lenguas en su elogio. Al contemplar tanta pompa y hermosura, Miguel de Zuheros senta viva impaciencia de darse a conocer y de ser presentado en la corte. Pensando en cmo lo conseguira de la manera para l ms favorable, vio pasar la comitiva toda. An sala mucha ms gente del templo, y nuestros dos aventureros permanecieron parados para verla salir. Ya de los ltimos, apareci un pequeo grupo que mont a caballo a la puerta del templo y que pas muy cerca de Miguel de Zuheros, excitando su curiosidad. Tiburcio la satisfizo dicindole: --Esos dos galanes, que van como cautivos al lado de las damas, son Pedro Carvallo y Ramn de Acevedo, valientes soldados de fortuna ambos, que han vuelto de la India con ms oro que pesan. La graciosa morenita, que re a carcajadas y se zarandea y se mueve come si estuviera hecha de rabillos de lagartijas, es la muy ponderada ninfa gaditana, conocida ya en gran parte del mundo, con el extrao apodo que su compaera le ha dado. La llaman Teletusa la Culebrosa, en conmemoracin de la Teletusa antigua y clsica, a quien celebra Marcial en uno de sus epigramas por lo bien que bailaba, repiqueteaba las castauelas y haca otros primores. La principal figura del grupo, y por serlo la he dejado para lo ltimo, es nada menos que donna Olimpia de Belfiore, una de las ms artsticas, hermosas, sabias y elocuentes mujeres, que ha producido Italia en nuestros das, en que renacen, ms all que en otras regiones, la antigua cultura greco-romana y las ciencias y artes de amor, de paz y de guerra. Atrada donna Olimpia por la trascendente fama del esplendor y de la riqueza de esta capital, ha venido a ella, har dos semanas, en compaa de su amiga y en cierto modo discpula, la de Cdiz, a quien ha dado el nombre que ya te he dicho de Teletusa. Porque es de saber, que la tal donna Olimpia, lejos de ser una hembra adocenada, tiene portentoso ingenio y despunta por su mucha doctrina. En Italia la celebran de _mirabilmente colta_. Sabe latn como Nebrija; sabe tambin algo de griego; ha ledo los poetas e historiadores antiguos y clsicos y los de su patria, y entiende tanto de cuanto hay que entender, que pasa por un Pico de la Mirndola o por un Fernando de Crdoba, con faldas. A este punto de su perorata llegaba Tiburcio, cuando donna Olimpia y los que le acompaaban pasaron casi tocando con Miguel de Zuheros, el cual pudo ver bien y de frente a la dama. Estrella de amor le pereci y de primera magnitud y deslumbrante brillo. Sus cabellos relucan como oro candente, suponindose que se los adobaba y doraba con cierta locin cosmtica de muy pocos conocida, y usada tambin por la famosa Lucrecia Borgia, Duquesa de Ferrara. Tanto hubo de ser as que no falt en aquel tiempo quien asegurase, que el precioso rizo que tena Pietro Bembo en el principio de su ejemplar de Lucrecio, donde est la invocacin a Venus, rizo que se conserva an en la Biblioteca Ambrosiana de Miln, no era de la Duquesa de Ferrara, sino de la tal donna Olimpia. Sea de esto lo que se quiera, lo que nos importa aadir aqu es que el aspecto, ademn y entono de donna Olimpia estaban llenos de reposada majestad. De sus aos no sabemos qu decir. Como las deidades mitolgicas, como los seres inmortales, su edad era problemtica; era casi un misterio. Se dira, no obstante, que aquel astro culminaba entonces en el meridiano de su belleza y de su gloria. Sobre la hacanea torda en que iba y sentada sobre blandos cojines en elegantsimo silln o jamugas, semejaba una emperatriz en su trono. Al encararse con Miguel de Zuheros, mirndole de frente, le hizo bajar los ojos deslumbrado por la viveza de aquel mirar y por la fuerza magntica de aquellos ojos verdes o glaucos como los de Minerva, Medea y Circe, y que podran compararse a dos esmeraldas ardiendo en llamas. Donna Olimpia era alta y bien formada, pero, ms que esbelta, amplia y exuberante sin perder la gracia y el hechizo, como las ninfas y diosas que pintaba Tiziano Vecelli. Cuando pasaron los del grupo, Tiburcio prosigui su arenga diciendo: --Esta donna Olimpia es un prodigio singular. Se ignora la edad que tiene. Quiz sea como la hechicera Arleta, que se disfrazaba de moza y enamoraba y seduca a todos los hombres. Su hermosura, sustancial o aparente, no se puede negar. Tiziano, no hace mucho tiempo, se complaci en retratarla en un cuadro delicioso. Ella est figurando a Venus, con la ligereza de ropas que tal figuracin requiere, pero en su soberbia cabeza lleva el morrin penachudo, y a sus pies tiene por tierra la truculenta espada de Marte. Por dichas prendas, que le ha entregado el Dios de la guerra que est all contemplndola en xtasis, le entrega ella un travieso amorcito, que tiene cogido por las alas y que ha sacado de una jaula, donde quedan an presos otros varios hermanos suyos. Parceme, seor Miguel, que no os disgustara que os regalase o vendiese donna Olimpia alguno de los mencionados hermanos. Interpelado as bruscamente, contest Miguel de Zuheros: --Djate de eso ahora. En asuntos ms graves debemos ocuparnos y ms gloriosas empresas nos conviene acometer. Dime, sin embargo, pues no te niego que soy curioso, algo ms que sepas de donna Olimpia. --Poco ms puedo contarte. Si hemos de creer lo que ella refiere, no ha habido, en lo que va de siglo, mujer ms victoriosa. A sus pies han estado prncipes y duques, guerreros invictos, acaudalados mercaderes y laureados poetas como Ludovico Ariosto, Fracastoro, el Aretino, Sannazaro y muchos ms cuyos nombres no acuden a mi memoria. En cierta farsa o representacin alegrica, en el palacio de Alejandro VI, hizo una vez la figura de la Justicia, con la balanza en su fiel, pesando mritos y repartiendo premios segn a cada uno le tocaba. Se cuenta, por ltimo, que donna Olimpia, all en su primera mocedad, se luci una vez en la academia platnica de Florencia, pronunciando un sublime discurso sobre el amor, que oy Marcilio Ficino, ya viejo, y qued embelesado de orle. --Vamos, vamos, no me cuentes ms de esa mujer. Basta con lo que has dicho para comprender que es la ms desvergonzada de las aventureras. Terminada aquella conversacin, Miguel de Zuheros y su doncel soltaron las riendas a sus caballos, y a buen trote, y buscando rodeos para no tropezar con la muchedumbre que atajaba el paso, se dirigieron a la Plaza del Roco, para ver de nuevo la procesin o pompa regia, que deba pasar por all. En seguida, segn estaba anunciado, la procesin subira a iglesia del Carmen, edificada sobre un cerro, que domina dicha plaza, y donde se ven y persisten an sus ruinas, despus del terremoto horrible que la destruy en 1755. En la iglesia del Carmen se venera una imagen de la Virgen de los Dolores, de quien era el Rey muy devoto y a quien iba a presentar rica ofrenda y a dar fervorosas gracias por los recientes triunfos que las armas portuguesas haban alcanzado en Ceiln y en otras islas ms remotas. -III- La procesin iba con tanta pausa, que Miguel de Zuheros y Tiburcio no tuvieron que apresurarse para llegar a la Plaza del Roco antes de que la procesin llegara. Poca gente haba an en dicha plaza, en uno de cuyos ngulos se pararon nuestros aventureros. Todo en torno estaba sosegado. El escaso pblico hablaba en voz baja y haca poco ruido, pero de sbito todo cambi de aspecto, levantndose all cerca furioso tumulto. La gente se agolpaba a donde el tumulto haba empezado: unas personas para tomar parte en l y por curiosidad otras. Un anciano de venerable aspecto, de blanca y luenga barba, vestido de negro a la italiana, y acompaado slo de otro de menos edad, que pareca ser su familiar o secretario, estaba rodeado de hombres y mujeres del pueblo, de esclavos negros y de muchachuelos vagabundos, que en ademn hostil le insultaban y amenazaban a gritos, llamndole marrano, enemigo de Cristo y perro judo. Sin provocar ms la furia del populacho, y sin tratar tampoco de huir, el anciano miraba con serenidad y calma a los que le ofendan, manifestando en sus miradas, no indignacin, sino dulce y resignada tristeza. Aquel grave modo de sufrir la injuria, as como el valor pasivo de que el anciano daba pruebas, contuvieron por algunos momentos la furia del populacho. Los gritos no obstante de perro judo y de marrano, que los ms desaliados y maleantes no se cansaban de repetir, sobreexcitaron las malas pasiones. Todava quedaba alrededor del denostado, un claro o vaco no pequeo; pero el crculo se iba estrechando, y era de temer, era casi seguro, que pronto las ofensas de palabra iban a convertirse en rudas ofensas de hecho. Ya algunos pilletes y mujercillas haban disparado contra el anciano desperdicios de berzas y frutas, y alguien tambin haba escupido sobre l, aunque sin tocarle. Un mulato, el ms insolente de la chusma, avanz hacia el anciano con la mano levantada como para darle en el rostro. El anciano permaneci impasible e inmvil, apoyado en la larga bengala que le serva de bculo; pero su secretario o familiar, ms joven y robusto, perdi paciencia, se interpuso, hizo cara al mulato y le sacudi tan fuerte puetazo, que lo derrib por tierra. La ira popular rompi entonces todo freno. Hombres, mujeres y chiquillos cayeron sobre los dos, al parecer forasteros y judos, y sin duda los hubieran despedazado, si no acuden muy a tiempo Miguel de Zuheros y Tiburcio, abrindose paso por entre la alborotada y amontonada muchedumbre y sacudiendo golpes sobre ella, con las espadas desnudas, aunque procurando que fuese de plano, para no causar heridas ni muertes. Sorprendida y asustada la turba por aquella sbita e imprevista intervencin, retrocedi no poco, dejando despejado un largo trecho en torno de los forasteros inermes, delante de los cuales se pusieron prontos a defenderlos los otros dos forasteros a caballo. El populacho, no obstante, pasado su primer asombro, arremeti contra Miguel de Zuheros y Tiburcio, yendo algunos de los que acometan armados de garrotes y de puales. Sangrienta hubiera sido aquella pendencia, y tal vez de xito fatal para nuestros dos hroes, si de repente no hubieran recibido el socorro de un gallardo mozo, ms joven en apariencia que Tiburcio, a caballo tambin, elegante y ricamente vestido, y con el escudo de las armas reales bordado en la sobreveste, manifestando as que era mozo fidalgo o menino de la cmara del Rey. Su nombre corri entonces de boca en boca entre la plebe. Era el simptico Damin de Goes, que privaba mucho con el soberano. Por lo pronto tuvo esto a raya a la multitud, pero no falt quien la irritase, y empez entre los tres caballeros por una parte, y siete u ocho fidalgos que estaban a pie y vinieron a auxiliarlos, y por otra parte la desarrapada muchedumbre, una muy reida escaramuza, que hubiera terminado en tragedia, si por dicha no hubiesen amortiguado la clera de todos, parndolos atnitos y respetuosos el resonar de los clarines y el estruendo jubiloso de las aclamaciones que anunciaban la entrada en la plaza del Rey y de su comitiva. Aunque la lucha ces, no ces tan a tiempo que el Rey no se enterase de ella. Y mandados por l, se adelantaron algunos soldados de su guardia, rompieron por medio de la apiada multitud y llegaron al centro mismo donde se hallaban los que dieron ocasin al alboroto. Damin de Goes, hacindose seguir de Miguel de Zuheros, de Tiburcio y de los dos forasteros desconocidos, lleg donde estaba el Rey y le refiri todo el suceso. Dirigindose el Rey al anciano desconocido, le pregunt: --Y t quin eres y de dnde sales, viniendo a perturbar la alegra y la paz de Lisboa en ocasin tan solemne? Con serenidad y desenfado respetuoso y en correcta y elegante lengua portuguesa, el anciano contest al Rey: --Yo seor, he nacido en Lisboa. Aqu he pasado los mejores aos de mi vida. Las _saudades_ de mi ciudad natal y (por qu he de negrselo a Vuestra Alteza?) negocios importantes de mi casa me han hecho volver a Portugal, que abandon muy nio, cuando ya estoy viejo, aunque ms abrumado por los pesares que por los aos. Pensaba yo permanecer en Portugal muy poco tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese, descubriendo y divulgando mi nombre, mi religin y mi casta, tan aborrecida hoy en Espaa toda. Por desgracia no ha sido as. Interesados enemigos mos me han reconocido, han hecho correr la voz entre el vulgo de que soy israelita y han causado el atropello de que yo hubiera sido vctima, si estos nobles caballeros no me socorren. --Y cules son tu condicin y tu nombre?--pregunt el Rey. Temeroso de que no le diesen crdito, vacil en declararlos el anciano. Garca de Resende, que acompaaba al Rey y no estaba muy lejos, se acerc entonces y dijo: --Bien puede Vuestra Alteza estar satisfecho de que este anciano haya quedado libre de toda injuria. No slo es portugus, sino uno de aquellos portugueses que dan ms gloria a Portugal en esta nuestra edad para Portugal tan gloriosa. Y dirigindose luego al anciano y alargndole la diestra para estrechar amistosamente la suya, aadi el nclito trovador: --Te has olvidado acaso de m y del amistoso lazo con que nos unimos en Roma y de las largas plticas que all tenamos, cuando estuve yo como Secretario de la pomposa Embajada de Tristn de Acua? --Cmo haba yo de olvidarme de Garca de Resende?--respondi el interrogado--. Yo no poda olvidar a uno de mis mejores amigos, cuyo Cancionero adems, regalado por l, hace mi delicia y me vale, leyndole, para conservar y perfeccionar en mi alma la lengua portuguesa, que fue la primera que habl. --Pero a todo esto--exclam el Rey con impaciencia y encarndose con el anciano--t no acabas de decirme quin eres. --Perdona mi tardanza, seor. Y aadi luego, echndose a los pies del Rey: --Yo soy el hijo de un leal criado de tu heroico antecesor Alfonso V el Africano. Yo soy Judas Abravanel, ms conocido hoy en el mundo con el nombre de Len Hebreo. Apenas Judas Abravanel hubo pronunciado estas palabras, muchos de la comitiva, y particularmente las damas, le cercaron para contemplarle y aplaudirle. Sus discretsimos _Dilogos de amor_ eran muy admirados en la corte. La Reina, la Infanta doa Beatriz y otras muy sabias seoras se deleitaban leyendo en italiano aquellas tan sublimes filosofas. Todas, pues, se dieron el parabin de que Len Hebreo no hubiera sido gravemente ofendido. El Rey, no sin meditar para mejor ocasin algo en desagravio y obsequio de Len Hebreo, hizo que, por lo pronto, dos de su guardia de a pie le acompaasen y le escoltasen hasta su posada. Aunque Damin de Goes haba dicho al Rey los nombres de los dos aventureros castellanos que haban tomado la defensa del ilustre filsofo israelita, el Rey, por distraccin fingida o verdadera, y acaso por estar depriesa, no les dirigi la palabra y aparent no fijar la atencin en ellos. Conocedor de las ms notables alcurnias y casas de la nobleza castellana, los apellidos de Zuheros y de Simahonda sonaron mal y sordamente en sus odos. Harto contrariado se sinti de esto Morsamor. No vala la pena de remozarse y de aparecer otra vez en el mundo como resucitando o resurgiendo a nueva vida para que le desdeasen y le hiciesen tan poqusimo caso como en la vida antigua. Un reniego, apenas articulado, brot de sus labios. Morsamor, no obstante, se repuso y disimul su enojo, pero Tiburcio no dej de notarlo y le dijo en voz baja: --No pierdas paciencia, y ya vers cmo pronto te es propicia la fortuna. En efecto, o por benevolencia, o porque los dos aventureros le eran simpticos, o para mitigar el desdn o descuido del Rey, Damin de Goes estuvo afabilsimo con ellos y los movi a seguirle a la iglesia del Carmen, en pos de la comitiva del Rey. Contrariado y triste se mostraba Damin de Goes, que era muy humano y benigno, de la feroz conducta que haba tenido la plebe lisbonense con Judas Abravanel. Esto retrajo a su memoria la horrible matanza de judos que pocos aos antes, siendo l todava muchacho, haba hecho la plebe de Lisboa, fanatizada y enfurecida por algunos frailes y secundada por marineros de diversos pases de cuantos barcos estaban anclados en el Tajo. Tres das duraron el saqueo y la matanza. Ms de quinientos judos murieron quemados, y degollados cerca de dos mil. El hedor de la carne chamuscada, de los cadveres insepultos y de la sangre corrompida infectaba el aire. El Rey Don Manuel el Dichoso se hallaba entonces en vora. Cuando volvi a su capital castig, severamente justo, tan cruel infamia, haciendo ahorcar a varios de los amotinados y a dos o tres de los frailes instigadores. Los judos portugueses, y no pocos de los expulsados de Castilla que en Portugal se haban refugiado, con mayor recelo del rencor de la plebe que confianza en el escarmiento que pudo causar el castigo, no osaban desde entonces aparecer en pblico en das de fiesta y solemnidad religiosa. Lamentable imprudencia haba sido la de Len Hebreo. Pensando casi en alta voz, y segn iban subiendo a la iglesia del Carmen, el futuro historiador del Rey Don Manuel, ms excitado por el amor de la humanidad que por el amor de la patria, deploraba y condenaba la ferocidad de sus compatriotas contemporneos as contra los judos en Portugal como all en la India contra las diversas gentes, musulmanas y gentiles, que iban venciendo y sujetando. Nuestro Tiburcio, que iba al lado de Damin de Goes, procur consolarle diciendo de esta manera: --No os apesadumbris tanto, mi buen seor, por lo tremendos y feroces que suelen mostrarse en el da los hombres de esta pennsula, engredos por sus triunfos y por su predominio en la tierra. Al cabo, no sin piadoso designio, entiendo yo que ha dispuesto la Providencia que sean las naciones de Aragn, Portugal y Castilla las que prevalezcan y descuellen en esta edad, todava algo brbara y de costumbres poco suaves. El sentimiento y la creencia de la fraternidad y de la igualdad humanas estn ms hondamente arraigados y grabados en el corazn y en la mente de los pueblos del Medioda de Europa que en el corazn y en la mente de los pueblos del Norte. No hay castellano, ni portugus, que se juzgue de una raza superior; que deje de tener por hermanos suyos a los dems hombres; pero a veces la codicia rompe este lazo fraternal, y por robar se mata, y a veces una caridad mal entendida mueve al creyente celoso a infligir duras penas temporales con el intento y buen propsito de sacar del poder del diablo y de libertar de las penas eternas a los que estn dados al diablo y son sus esclavos. Confieso que lo dicho tiene inconvenientes enormes, pero an sera incomparablemente peor si fuese un pueblo ms soberbio quien hoy predominara. Dentro de dos o tres siglos, cuando el corazn humano se ablande mucho con la cultura, acaso sean los pueblos del Norte los que predominen sin los horrores y estragos que hoy causara su predominio. En el engreimiento del triunfo, tendran por evidente que eran una raza superior y nos exterminaran a todos sus prjimos no creyndonos tales. Dentro de dos o tres siglos, segn ya he dicho, la culta filantropa no consentir tan horrible caso. Lo ms que podr ocurrir, ser que con su desdn orgulloso abatan y hundan en la abyeccin a los pueblos de que se enseoreen, y que tal vez, predicndoles y ensendoles doctrinas religiosas contrarias a la fe catlica, sin el esplendor artstico y sin la pompa de sus ritos y con un concepto tremendo y duro de la justicia divina, no templada por la misericordia, entristezcan y desesperen a sus catecmenos y los hagan morir de aburrimiento. As presumirn ellos que, sin crueldad, van despejando de razas inferiores la superficie de nuestro planeta para que se extienda por toda ella, crezca y se multiplique la raza superior a que pertenecen. La extraa teora de Tiburcio no convenci a Damin de Goes, pero le hizo rer; y si no la hall verdadera, la hall chistosa. Morsamor, distrado y taciturno, no prest atencin a lo que Tiburcio deca. As llegaron a la puerta de la iglesia del Carmen, y, encomendando sus caballos a sendos palafreneros de la Casa Real, que los tuvieron de la brida, entraron en la iglesia, donde se hallaban ya el Rey y todo su squito. -IV- Poco tiempo permaneci Morsamor en la iglesia. Pronto sali de ella acompaado de Tiburcio que le segua como su sombra. --Yo no poda estar all--dijo Morsamor--. Aquel ambiente me sofocaba. Me consider reo del sacrilegio ms espantoso. Fraile perjuro a sus votos imagin que me arrojaban del santuario aquellos mismos tres ngeles poderosos que armados de azotes y montados en fantsticos corceles, arrojaron del templo de Jerusaln, para que no le profanase, al impo Heliodoro, ministro del rey de Siria. --Mucho exageras tu pecado y el castigo que merece--contest Tiburcio--. Te atormentas en demasa. Es muy excepcional tu situacin. T debes ser tambin excepcionalmente juzgado. Tu vida de ahora es vida nueva por completo. Tu remozamiento casi es resurreccin. Desecha remordimientos vanos. No te tengas por la misma persona que hizo sus votos en el convento de Sevilla. Cree ms bien que eres el hijo de aquel fraile, que te engendr antes de entrar en la regla, y hasta que eres el nieto de aquel otro aventurero Morsamor que andaba por el mundo en el reinado de Enrique IV de Castilla. Morsamor replic: --Quiero suponer que tienes razn en lo que dices. Me serenar; me aquietar creyndome otro del que era. Algo hay, no obstante, que me amarga y emponzoa esta nueva vida y me persuade de que soy el mismo: el desdn, el menosprecio con que todos me miran. Con rapidez ha pasado por mi alma, pero dejando en ella doloroso rastro como si fuese metal derretido, un abominable pensamiento. Si yo me hubiese lanzado de sbito sobre ese rey presuntuoso que me desdeaba, y le hubiese dado violenta muerte, de sbito tambin hubiera salido yo de la insignificante obscuridad en que me veo y las diez mil voces de la Fama hubieran llevado mi nombre por el mundo todo. --Menester es--interpuso Tiburcio--que deseches esa ridcula y constante preocupacin de que no te hacen caso. El tenerla ha sido hasta hoy causa principal de que no te le hagan. Tal preocupacin proviene de sobra de vanidad y de falta de orgullo. Quien anhela que le hagan caso es quien no est seguro de su propio valer. Ora duda de l y quiere que los extraos confirmen y acrediten que le tiene; ora en el fondo de su atribulada conciencia se ve ruin, necio y para poco, y aspira sin embargo, a imponerse, engaando al mundo. Al orgulloso, al que hace alta estimacin de s propio, poco o nada le preocupa la estimacin de los dems. Si no le estiman es porque no le comprenden. Y si le estiman, todo el caso que hagan de l no aumentar en un escrpulo, en un tomo, la importancia que l se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles, era muy frecuente esa preocupacin que t tienes ahora. Sin duda por el afn de lucirse y de inmortalizarse, as como Erstrato incendi el templo de Diana en Efeso, hubo muchos que, sintindose ruines, amaron la celebridad ms que la vida, y no por amor a la libertad y a la patria, sino por amor de la vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos. El gran satrico de Roma lo consigna en sus versos: _Pocos son los tiranos y los reyes que descienden al infierno con muerte sosegada y pacfica y sin violencia ni sangre_. La religin de Cristo ha mitigado este furor de celebridad. Acaso llegue un da en que las creencias sean menos firmes, y entonces movidos los miserables por la sed de nombrada, volvern a intentar o a perpetrar crmenes que los levanten sobre los dems hombres, aunque sea en el patbulo. Tiene de bueno la humildad cristiana, que es de todo punto contraria a la vanidad avinindose con el orgullo recto y sano. Despus de exclamar, con el muy elocuente Obispo de Hipona: _Gran cosa es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios!_, quin ha de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan o no le hagan caso? Si ha de consistir nuestra aspiracin en _ser perfectos como nuestro Padre que est en el cielo_, qu aaden a la suma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los honores mundanos? El buen imitador de Cristo se muestra sin duda muy humilde, pero es con relacin al Dios que ama y adora. Postrado ante su Dios es despreciable pecador, es vil gusano, pero esa misma humillacin le encumbra luego. El humilde Francisco de Ass sube al cielo, y, si hemos de dar fe a la revelacin que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en el esplendoroso y elevadsimo trono que dej all vacante Lucifer despus de su rebelda. Y no dilato ms mi razonamiento. Bsteme concluir aconsejndote que no hagas el menor caso de que te hagan o de que no te hagan caso. La estimacin se la da uno mismo sin necesidad de que se la d nadie. Otras son las mil cosas materiales e inmateriales que estn fuera de nosotros y que fuera de nosotros es menester buscar y hallar. Como ejemplo de las inmateriales pongo el amor. Ya encontrars t quien te ame. Como ejemplo de las materiales, casi como cifra y compendio de todas ellas, pongo el dinero, y ese le tenemos en abundancia, gracias a la esplndida munificencia del Padre Ambrosio. Algrate pues, y ten pecho ancho. Ya el Padre Ambrosio, en su previsora sabidura, habr dispuesto los sucesos de tal manera que pronto te atiendan, no como fin, pues basta que te atiendas t, sino como medio de realizar otros fines. Aqu llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando sali de la iglesia un viejo venerable, ricamente vestido, como muy principal hidalgo que era. Y parndose delante de Morsamor y mirndole de hito en hito con jubilosa sorpresa, le dijo: --Sois, seor, el vivo retrato, no s si de vuestro padre o de vuestro abuelo, a quien conoc y trat har ya medio siglo, pero cuya imagen est grabada en mi memoria con rasgos indelebles. Le deb primero franca, leal y cariosa amistad y despus, la vida. Yo me llamo Duarte y soy hijo del heroico Pedro de Mendaa, quien despus de la batalla de Toro se mantuvo tanto tiempo en el castillo de Castronuo, contra todo el poder de Castilla. Un valeroso aventurero de aquella nacin, cuyo nombre era como el vuestro Miguel de Zuheros, y cuyo sobrenombre de guerra era tambin Morsamor, fue en aquel castillo mi constante compaero de armas. Audaces correras hicimos a menudo en el pas enemigo. Talamos sus panes, saqueamos alqueras y granjas y volvimos no pocas veces a nuestra fortaleza cargados de botn riqusimo. En una de estas excursiones, que no olvidar nunca, nos cerc gran golpe de villanos armados y de gente guerrera a caballo. All me derribaron del mo, asaz mal herido, y all hubiera muerto yo, si Morsamor no me defiende con extraordinario bro. l pudo rechazar por algunos instantes a los que nos cercaban, ponerme con increble ligereza a las ancas de su corcel, y huir conmigo a todo escape entre un diluvio de flechas y de balas. As pudimos refugiarnos en el castillo de Castronuo. Poco tiempo despus desaloj mi padre el castillo en virtud de muy honrada y ventajosa capitulacin. Siete mil florines cobr mi padre del castellano por el favor que le hizo de abandonar la fortaleza y de volverse a su patria. Entonces nos separamos de Morsamor que se qued en Castilla. Como yo le debo tanto, jams he podido olvidarle, aunque no volv a verle ni a saber de l despus. Ya en aquella poca era l, sin duda, de mayor edad que t ahora. Precoces arrugas surcaban su rostro, y en sus cabellos y en su barba, negros como la endrina, blanqueaban bastantes hilos de plata. Morsamor era ms joven, pero aparentaba tener ms de cuarenta aos. T resplandeces ahora en juventud lozana. Acaso no hayas cumplido an los veinticinco. Entiendo, pues, que no eres el hijo, sino el nieto de mi salvador y amigo de tu mismo nombre. Permteme que reanude contigo los lazos de aquella amistad, que te pague la deuda de mi gratitud y que estrechamente te abrace. Morsamor se dej abrazar y abraz tambin con efusin a Duarte de Mendaa, recordando el beneficio que le hizo, aunque aceptando que el bienhechor no haba sido l, sino su abuelo. --As es mejor--dijo Tiburcio riendo y por lo bajo--. As te triplicas y de ti mismo te forjas antepasados. As te asemejas a cierto mercader que el Padre Ambrosio conoci en Roma, de quien contaba que se hizo retratar en escultura y en pintura, con trajes de todas las edades, hasta de aquella en que florecieron los Scipiones y los Favios. Con tan buena maa se form larga serie de progenitores ilustres. Como quiera que ello fuese, el reconocimiento que Duarte de Mendaa hizo de Morsamor, le sirvi de mucho, allan dificultades, disip recelos e hizo que el Rey le hablase y le recibiese en su corte. -V- Recibidos ya en la corte Morsamor y su doncel Tiburcio, lograron pronto ser estimados y queridos. Las fiestas de todo gnero se sucedan entonces sin un momento de descanso. El Rey quera celebrar el concertado enlace de su hija la Infanta doa Beatriz con el Duque de Saboya, y anhelaba deslumbrar a los embajadores de aquel potentado, que iba a ser su yerno, con el lujo, la magnificencia y el esplendor de la capital de sus dominios. El tiempo volaba sin sentir en medio de tantos deleites. Hubo brillantes saraos, festines, caceras y giras campestres variadas y amenas. Tiburcio, que era muy alegre y decidor, diverta y regocijaba a las damas y tena con ellas mucho partido. No alcanzaba tanto favor con los hombres. Tal vez le envidiaban muchos. Tal vez se dolan otros de la insolente suerte con que les ganaba el dinero cuando jugaban a los dados. De todos modos, aunque era muy lucido el papel que Tiburcio haca, Morsamor se adelantaba en lucimiento y obtena aplausos mayores. Muy celebrado fue Tiburcio por la serenidad y la destreza con que en una montera a caballo, hiri con su rejn un enorme y espumante jabal, dejndole muerto. Pero Morsamor an fue ms aplaudido, porque, en cerrado coso, a caballo, y armado tambin de frgil bastn en cuya extremidad haba acicalado hierro, lidi y mat bravos toros entre las entusiastas aclamaciones de caballeros y de damas. Sin duda entonces hubo de prendarse de Morsamor doa Sol de Quiones. Lo cierto es que l se prend de ella, hizo gala de que la serva y visti sus colores. Cuando se dispuso que hubiese tambin algo a modo de justas, donde los caballeros luciesen su habilidad en varios ejercicios a la jineta, corriendo sortijas y tirando bohordos, Morsamor quiso tomar parte en las justas y lucir en ellas una empresa significativa de los sentimientos amorosos que doa Sol le haba inspirado. Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entenda, Tiburcio hubo de decirle que no le pareca mal su propsito, con tal de que la empresa no fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sino dotada de la discrecin conveniente y con lema, mote o divisa de notable concisin y ms bien en latn que en idioma moderno. Tiburcio aadi luego: --Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en el da. No hay prncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que no guste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya en su bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estas empresas han sido y son muy celebradas por el tino y primor con que expresan el pensamiento, la intencin o el valer de quien las usa. De aqu que varones muy doctos no han desdeado inventarlas, sino que lo han tenido a mucha gloria. De Antonio de Nebrija, egregio maestro en Castilla de letras humanas, se cuenta que invent la empresa del Rey D. Fernando el Catlico, la cual era el nudo gordiano, desbaratado y roto por la mano y espada de Alejandro, con un letrero que deca: _Tanto monta_, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y ms tarde el Sr. Luis Marliani, Obispo de Tuy y mdico y matemtico insigne, invent empresa todava mejor, para el Csar Carlos V, reemplazando el eslabn de Carlos el Atrevido, Duque de Borgoa. Y fue y es la tal empresa la representacin de las columnas de Hrcules, con esta letra: _Plus ultra_; breves, elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mente de quien las lee la inmensidad del Ocano, las islas y los continentes incgnitos, el nuevo mundo en suma, descubierto y dominado por la tenacidad, la osada y la ventura de los hijos de Iberia. Empresas polticas son estas; pero tambin los galanes enamorados han solido inventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas. Veamos si a ti se te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus fines. Morsamor contest: --En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien. Si peca por algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido en quiones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar porque le rodea una salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centro hay un sol de oro cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que la queman. Y de la boca de la salamandra sale una cinta que va hacia el sol y lleva este escrito: _En ti vivo, muero y ardo_. Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa; pero como era muy franco y deca su parecer sin rodeos y aconsejaba con toda libertad, habl a Morsamor de esta suerte: --De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante, hacer algunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte, pues aunque novicio y ms joven que t, soy como el apoderado y representante del sapientsimo Padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo. Declaro, pues, en su nombre, que estos enamoramientos son un tanto cuanto pueriles y pueden ser perjudiciales. Has venido acaso a nueva vida por la virtud pasmosa de la ciencia para volver a las andadas e incurrir (perdname que as las califique) en las mismas locuras y sandeces de tu vida anterior? T te has remozado para acometer grandes empresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje humano y no para enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda que acabar por apartarse de s con melindroso desprecio cuando se satisfaga y harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese como Pitgoras que las almas transmigran y que van sucesivamente informando distintos cuerpos, lo que recelo que pasa en ti, me inclinara a entender que de nada vale la tal transmigracin para el adelanto de las almas. Aunque tuvisemos siete vidas como los gatos, haramos en la sptima simplezas no menores que en la primera y daramos idnticos tropiezos y cadas. Nada censurara yo si se limitasen estos amoros a ser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son serios. El inaudito esfuerzo que el Padre Ambrosio hizo para remozarte, no debe tener tan mezquino resultado. --Tu amonestacin--contest Miguel de Zuheros--es infundada y hasta perversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germen fecundo de virtudes y de grandes acciones. Acurdate de la divina fbula de Esopo. Amor baj del Olimpo para consolar al linaje humano. En el banquete de los dioses falt la antigua alegra porque Amor estaba ausente. Amor volvi entonces al cielo y rara vez y muy de pasada acude al mundo, donde sus menores hermanos, hijos de las ninfas, toman su apariencia y le imitan hiriendo las almas vulgares. Pero el verdadero y celeste Amor hiere las almas escogidas, e hirindolas, las habilita y dispone para llevar a cabo las ms altas hazaas. De este celeste Amor imagino y pretendo yo estar herido. En qu contrara, en qu desluce o esteriliza semejante enamoramiento el propsito que pudo tener el Padre Ambrosio al remozarme? --Mucho podra yo argumentar en contra--replic Tiburcio--. Para impulso de grandes hazaas, preferira yo en ti el amor de la gloria, el de la patria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de una mujer cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatra. T te le finges espiritual y alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacido del consorcio de tu vanidad mundana con cierto prurito que proviene sin duda de que al Padre Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la pocin preparatoria que te propin antes de remozarte, vertiendo en ella en demasa cierto ingrediente: el zumo de las mandrgoras con que La apartaba a Jacob de Raquel y le atraa a su regazo. --Inverosmil parece--interpuso Morsamor--que t, siendo tan mozo, dudes de lo verdaderamente potico o ms bien lo niegues, entregndote a cavilaciones diablicas. --Quin sabe?--dijo Tiburcio--. Posible es que tenga yo algo de diablo, pero, aun as, yo sera siempre un diablo muy puesto en razn y muy juicioso. Sin enojo oy Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no atendi a sus consejos y sigui pretendiendo y rindiendo culto a doa Sol de Quiones. En las justas figur con brillantez y luci la empresa que l mismo nos ha descrito. Hubo en palacio otra magnfica fiesta. El egregio poeta Gil Vicente haba compuesto un auto alegrico y mitolgico para celebrar la boda de la Infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de su esposo. El auto se represent en palacio con gran lujo y primor en los adornos y vestimentas de cuantos farsantes figuraron en l. Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes medidas y lo apercibe todo para que la navegacin de la recin desposada sea prspera, decorosa y grata. A este fin llama a Jpiter y le encomienda el asunto. Jpiter entonces convoca y rene a las divinidades de los mares y de los vientos y con ellas arregla y ordena tan benignamente las cosas que la Infanta puede llegar al puerto de Villafranca, sana, salva y complacida, como lleg en efecto. El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titula _Cortes de Jpiter_, y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de los aplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de un sujeto cuya ausencia no extraaban aunque hacan sobre ella comentarios, tal vez piadosos, tal vez malignos. Era este sujeto el trovador Bernardn Riveiro, estimado como nuevo Macas. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doa Beatriz. Y no pocos crean que ella haba correspondido a aquel amor con afecto tan puro como vehemente. Por cierta se daba la desesperacin de Bernardn Riveiro al ver que iba a ausentarse el alto objeto de su adoracin y de su culto. Dnde habra ido Bernardn Riveiro a ocultar su dolor o ms bien a darle en la soledad rienda suelta? Esto se preguntaban los caballeros y las damas, si bien se lo preguntaban como profundo misterio que todos sin embargo saban. De lo que tal vez se dudaba era de si comparta doa Beatriz la pena del trovador, de si engreda con la pompa nupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena o de si la converta en su corazn en melancola suave, en algo a modo de ensueo dulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como se desvanece la plida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de la rosada aurora. Como quiera que fuese, la Infanta doa Beatriz, acompaada de los embajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de seores ilustres de la primera nobleza de Portugal, parti al fin de Lisboa para Villafranca de Niza. El Rey, su padre, y la seora Reina fueron embarcados hasta el convento de Beln para despedirla. Y de all zarp la magnfica armada de dieciocho bajeles, tan poderosos y bien artillados que, como dice Gil Vicente en su auto, no podan menos de hacer temblar al turco. A poco de la partida de la Infanta doa Beatriz, la corte se fue a Cintra, deliciosa residencia de verano. Morsamor, como gran forastero, sigui a la corte, acompaado de su doncel Tiburcio. An no hermoseaban a Cintra los esplndidos bosques de camelias que le prestan hoy tan singular atractivo. En la ms elevada cumbre de sus montes no resplandeca an restaurado el castillo que llaman de la Pea, donde el maravilloso ingenio artstico del Rey D. Fernando, consorte de doa Mara de la Gloria, ha mostrado su inspiracin y lucido su inventiva, labrando la piedra con mil primorosos caprichos y dando ser a un extrao monumento arquitectnico que ms que de hombres parece vivienda de silfos y de hadas. Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el da. Aquellos cerros, que estriban en el Atlntico y forman el promontorio ms occidental de Europa, parecan tener, en edad de tanto predominio y triunfo de los portugueses, un simblico significado; eran el trono de flores y de perenne verdura, donde haba venido a sentarse el Genio de Portugal para derramar luz sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca hollados caminos y extender su conocimiento y su dominacin por los ms apartados pases y entre los ms diversos pueblos. Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios. Arroyos de agua cristalina fecundan por donde quiera el suelo y dan grata frescura al ambiente, embalsamado por la esencia olorosa de una vegetacin exuberante. rboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los ms elevados picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peas y forman enramadas y verde bveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan los valles y que serpentean por la falda de los cerros, dibujndose como bordado de oro sobre el florido manto y sobre la mullida alfombra de hierba fresca que por todas partes se extiende. Adems del regio alczar, ya haba entonces en Cintra no pocos palacios y quintas de particulares ricos y no faltaban hospederas donde los extranjeros pudieran albergarse. -VI- Doa Sol y algunas otras damas de palacio haban acompaado a la Reina a Cintra. Natural era que hubiesen acudido all tambin los galanes que a estas damas servan. Algo me incumbe decir aqu de que me pesa por dos razones. Es la primera, que lo que yo diga como historiador verdico redunda quiz en menoscabo, aunque ligero, de la alta opinin que de doa Sol debe tenerse. Y es la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos y perfrasis, a no valerme de trminos o vocablos disonantes por su anacronismo. Nadie ignora en el da lo que significa _coquetear_. Otro verbo novsimo se va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no s bien si expresa la misma accin del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz, que se opone a la completa sinonimia. _Flirtear_ es el verbo novsimo. Permtaseme, pues, que, desechando mis escrpulos morales y lingsticos, me atreva a declarar aqu que doa Sol era muy inclinada a coquetear o a _flirtear_ y que con Morsamor haba coqueteado o _flirteado_ mucho. El anhelo de ser servidas y adoradas es tan poderoso en las mujeres, aun en las ms recatadas y honestas, que las mueve a atropellar muchos respetos y a ponerse en ocasin de graves dificultades y compromisos. Sin duda no fue amor lo que Miguel de Zuheros inspir a aquella dama: fue slo sobrada y muy potica estimacin de su gallarda apostura, elegancia, bizarra y ameno trato. Pero, al distinguir a Morsamor con inocentes favores, al atraerle con blandas sonrisas y con apenas perceptibles, fugaces y dulces miradas, y al mostrarse con l ms conversable y benigna que con los otros hombres, doa Sol hizo que l se engriese y se juzgase correspondido. Doa Sol entonces hubo de asustarse de su poca prudencia, y deseosa sin duda de cortar las alas a los atrevidos pensamientos que ella misma haba hecho nacer en el alma de Morsamor, apel a un recurso, empleado con harta frecuencia, aunque por dems peligroso. Para que Miguel de Zuheros reconociese que no era amor lo que por l senta, sino gratitud a sus rendimientos y obsequios y cierta vaga e indecisa predileccin doa Sol atrajo y cautiv, aunque con menos marcados favores, con menos blandas sonrisas y con miradas menos dulces y ms fugaces, a otro caballero de los que en la corte asistan. El remedio fue peor que la enfermedad. El nuevo galn semi-favorecido fue Pedro Carvallo, hidalgo poco sufrido y en extremo orgulloso por las riquezas y por la fama de valiente soldado que de la India haba trado. Pedro Carvallo era adems infatigable emprendedor en conquistas amorosas de todo linaje. Con igual ahnco acometa la ms fcil como la ms difcil empresa, y ya le hemos visto aparecer en esta historia acompaando a la clebre aventurera italiana Donna Olimpia de Belfiore. Con gusto entr Pedro Carvallo en ms arduo y noble empeo. Y sobre el contento y la satisfaccin de amor propio que por enamorar a tan bella e ilustre dama se prometa, hubo de prometerse tambin desbancar y humillar a aquel castellano intruso, a quien sin saber porqu, puede ser que por envidia, haba cobrado odio desde que le vio por vez primera. Pedro Carvallo, no obstante, dist mucho de conseguir su propsito. Doa Sol no le favoreci sino hasta el punto de hacer notar que su afecto hacia Morsamor no era exclusivo, y sigui otorgando a Morsamor favores ms marcados y preferencia ms clara. As acrecent y emponzo doa Sol en el alma de Pedro Carvallo el enojo que Morsamor le Inspiraba. Y como Pedro Carvallo era poco circunspecto y muy jactancioso y no saba refrenar la lengua, habl en varios sitios y con no pocas personas, contra el aventurero castellano y hasta lleg a decir que le provocara, le retara y le dara muerte. Nadie, por fortuna, llev a los odos de Morsamor tales fieros y jactancias. Pero la Reina, con la propia condicin de mujer, y ms an de la que vive retrada y desocupada, se complaca en saber todas las intrigas y sucesos, sobrando siempre damas de la servidumbre que se empleasen a porfa en averiguarlos y en contrselos luego. Pronto, pues, supo la Reina la rivalidad de Pedro Carvallo y de Morsamor, as como las coqueteras de doa Sol que la haban causado. La Reina no tard entonces en reprender severamente a su dama favorita. Doa Sol se arrepinti, llor y prometi enmendarse. Hizo examen de conciencia y crey sacar en limpio del examen que no amaba aunque agradeca; que la haban deleitado y lisonjeado el acatamiento y las finuras amorosas de ambos galanes, pero que no estaba prendada de ninguno de ellos y que sin pena quera y poda despedir al uno y al otro. Entre tanto, en Cintra no era como en Lisboa. En Cintra no haba en palacio grandes fiestas, sino ntimas reuniones. Morsamor y Pedro Carvallo no eran de los ntimos, no iban a palacio y en balde procuraban acercarse y hablar a doa Sol, a quien slo vean rara vez y desde lejos. No por eso desistan ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y tercos eran los dos. La Reina acab por enfadarse de encontrarlos siempre a su paso cuando sala del alczar e iba a cualquiera parte. El temor de que sobreviniese un conflicto aumentaba su enfado. La Reina volvi entonces a reprender a doa Sol y esta aleg que ya no tena culpa. Y al cabo para mostrar mejor que no la tena y para lograr que acabasen aquellos obstinados galanteos, concert con la Reina el medio que le pareci ms prudente. Doa Sol no poda escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes ni para despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fue el anciano Duarte de Mendaa, que tena empleo en palacio y que haba sido el que introdujo a Morsamor en la corte, segn ya referimos. Duarte de Mendaa se apresur a cumplir con su comisin. Visit primero a Pedro Carvallo, le enter del enfado de la Reina y en nombre de su Alteza y con pleno y libre consentimiento de doa Sol, le intim que desistiese de sus pretensiones y persecuciones. Duarte de Mendaa, ms severamente an y con no menor recato, habl con Morsamor, le rob de parte de doa Sol toda esperanza de ser amado de ella y le exigi que no siguiese pretendindola. Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibi tan mal recado. Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puos, acudi Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando del caso. -VII- Con entrecortadas y rpidas frases refiri Morsamor a Tiburcio su conversacin con Duarte de Mendaa. Luego aadi Morsamor: --Ya ves cun cruel ha sido mi desengao. Casi me arrepiento de haber querido volver a ser joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo me enamoraba de nadie ni nadie me desdeaba. Qu puedo yo ser en esta nueva vida sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del pobre Bernardn Riveiro? --Clmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original tan menguado y atribulado. Yo top con l varias veces y me dio lstima y grima el verle. Ya iba cruzando por entre las breas e internndose en lo ms esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por esos vericuetos. Dos o tres veces pas cerca de m y me caus horror. Rota y manchada la vestidura y enmaraado el cabello, ms parece fiera que hombre. Seguro estoy de que en las venideras edades no han de creer y han de negar los crticos juiciosos estos ridculos desatinos; pero yo los he visto y no puedo negarlos. Bernardn Riveiro, por otro lado, tiene algn fundamento para hacer lo que hace. La Infanta haba correspondido a su pasin; le haba querido y haba dejado de quererle, pues se cas con otro. T distas mucho de hallarte en el mismo caso. Ni doa Sol es Infanta, ni doa Sol te ha querido nunca, ni inspirado t por doa Sol has de escribir glogas, canciones, romances e historias en prosa que te inmortalicen. Dado que le imitases, slo imitaras a Bernardn Riveiro en lo tonto. Seras la vctima candorosa de ciertas invenciones poticas, falsas o exageradas, que deleitan mucho en el da, como, por ejemplo, la famosa _Questin de Amor_. Indigno de ti y ms que ridculo sera que te empeases en traer a la vida real los ensueos de la fantasa y en convertir las flores retricas en hechos. Bien est que se diga: El primer da que os vi tan mortal fue mi ferida que en veros qued sin vida y el vivir se vio sin m. Y todava me parece mejor, ms alambicado y ms agudo, aquello otro que con tintas variantes suele repetirse: Morir a vivir prefiero; y de tu beldad cautivo, o no vivo porque vivo o muero porque no muero. No creas que no me deleitan estas y otras coplas parecidas. Son muy ingeniosas. Pero del dicho al hecho, hay gran trecho. Y el Padre Ambrosio tendra una desazn enorme si viese frustrado el buen xito de su ciencia pasmosa y que no haba valido el remozarte sino para que t hicieses sin razn la parodia de Beltenebros en la Pea pobre. Si es verdad lo que se refiere de D. Enrique de Villena, yo me complazco en esperar que no salga jams de la redoma a vivir segunda vida para incurrir en las mismas necedades que hizo en la primera. Escarmienta t en el caso del monje Tefilo, cuya historia nos refiri el poeta Berceo, y escarmienta en otros casos de algunos sujetos que ya se remozaron con el auxilio del demonio y no disparates como ellos disparataron. Considera que t tendras menos disculpa, porque no te has dado al demonio como se dieron ellos y porque esta juventud nueva, que te ha cado encima como llovida del cielo, no se debe a Satans, sino a ciencia y arte muy sanas. Indispensable es, por consiguiente, que t te conserves sano tambin, que mires por tu gloria, que aproveches la ocasin que de alcanzarla se te ofrece y que no hagas muchas tonteras. Lcito te ser, a mi ver, hacer algunas, por distraccin y como de pasada, pero tu mira principal debe ponerse muy alto. --Tan conforme estoy contigo en lo esencial--dijo Morsamor--que tu sermn es intil porque predicas a un convertido. Antes que todo y sobre todo yo quiero gloria y harto sabes t cuan dispuesto y apercibido estoy a buscarla. Concertado lo tengo todo con los ricos mercaderes genoveses Gabriel Adorno y Gaspar Salvago. La gruesa nave que ellos han fletado y con real privilegio han cargado de mercancas nos aguarda ya en Cascaes, pronta a zarpar para la India. Las direcciones nutica y mercantil estn encomendadas por dichos mercaderes a un hbil piloto y a un administrador inteligente, pero yo he de ser el verdadero capitn de la nave y el que gobierne y ordene en ella cuanto importe a la defensa de las riquezas que conduce y cuanto sea menester para castigar y arrollar a los enemigos de la fe de Cristo, mahometanos o idlatras, que se atraviesen en nuestro camino. Iremos con la expedicin que manda a Oriente el Rey D. Manuel y estaremos a las rdenes de su almirante y de su virrey, pero gozaremos de cierta independencia que yo sabr hacer mayor cuando conviniere. Acaso maana mismo nos podremos ya dar a la vela. Qu inconveniente hubiera habido en que yo, en vez de salir desdeado, saliese alentado por el favor de una dama, seora de mis pensamientos, por sus promesas de ser ma cuando yo volviese triunfante y por el anhelo de acometer y dar cima a grandes hazaas para poner a sus pies mis laureles y mis trofeos? --Bello era tu plan--replic Tiburcio--pero de falsa y vana belleza. Un gran propsito se empequeece cuando se subordina a fin pequeo. Por la patria a que perteneces, por la raza de hombres, cuya religin, cultura y lenguaje sostienes y defiendes, por amor de todo el humano linaje, por el afn de lograr altos fines a que puedes creerte como fadado y predestinado, comprendo que no haya empresa a que no te aventures; comprendo que todas ellas sean sublimes por la elevacin del trmino que t les busques. Pero, si todo se hace por lisonjear la vanidad de una dama, todo ser tambin vanidad y lisonja, y nada serio habr en ello ni digno de varn discreto y prudente. Extraos fueron a los sandios enamoramientos que t fantaseas los hroes sanos de cuerpo y de alma que hubo en las antiguas edades. Y si por acaso caa alguno de ellos en sandez por el estilo era para su vencimiento y vergonzosa desventura. Srvante de leccin la vida y los amores de Marco Antonio y Cleopatra, que habrs ledo o habrs odo referir a personas doctas. --Juiciosa es la doctrina que expones--interpuso Miguel de Zuheros--. No atino contradecirla ni a disputar contigo. El corazn, no obstante, puede ms que la cabeza. Y no bastan todas tus reflexiones, que hago mas, para que deje yo de lamentar la prdida de la ilusin que me haba forjado: que el recuerdo de doa Sol fuese como la estrella que me guiase en mis peregrinaciones, y que mi amor y mi esperanza de ser amado me prestasen aliento para dar cima a las proezas ms altas. Te confieso que la prdida de esta ilusin me tiene harto triste, aunque me esfuerzo para no estarlo. --Bueno ser--dijo Tiburcio--que sacudas de ti esa melancola. El abatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan para todo. Menester es que tu nimo se regocije. No se riegan con lgrimas los laureles. La alegra es quien mejor cuida de ellos y hace que florezcan lozanos. -VIII- De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hbil Tiburcio lo prepar todo de la manera ms conveniente, para que la partida de Morsamor no fuese con lgrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sino con alegra, y hasta con cierto estrpito y alborozo segn a un hroe y futuro conquistador corresponda y cuadraba. Tiburcio era un hurn para descubrir y acosar su presa, por muy borrado que el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese la madriguera. No acertaremos a explicar con qu arte diablico Tiburcio haba averiguado que al anochecer del da anterior dos gentiles damas, conocidas suyas, haban llegado a Cintra muy recatadamente, y haban ido a instalarse en una hermosa casa de campo que all posean los seores Adorno y Salvago. La casa estaba lejos de la poblacin, en lugar retirado y esquivo, ms all de la sombra quinta que fue ms tarde de D. Juan de Castro, y en amensimo valle, camino de Colares. Los genoveses, viudo el uno y soltern el otro, aunque eran ambos de edad provecta, enemigos del escndalo y muy inclinados a la devocin, gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su grave circunspeccin y con la debida cautela. En aquellos das, estaban afanadsimos con los preparativos y el embarque de vveres y de otros bastimentos que por contrata deban hacer y que hacan para la salida de la flota. No bien esta se diese a la vela, se proponan ellos reposar de sus fatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idilio delicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para que lo tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donna Olimpia de Belfiore y a su compaera Teletusa. Ambas, se comprometieron con gusto y fueron a esta excursin. Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se preciaba de bien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de tener una conciencia tan escrupulosa y estrecha, cuanto su profesin consenta. Jactbase donna Olimpia de la nobleza de su cuna, procuraba hacer creer que era su familia del patriciado de Venecia y que figuraba en el _Libro de oro_, y aun llegaba a afirmar en ocasiones que en el Tribunal de los Dez se haba sentado un to suyo. Aos atrs, donna Olimpia haba figurado con brillo en los saraos de la bella Imperia, Aspacia del siglo de Len X, como la cortesana de Mileto lo haba sido del de Pericles. Donna Olimpia, satlite ya de un astro tan refulgente, acaso hubiera llegado a igualarse con dicho astro, si su desatentada aficin a correr mundo y ver tierras extraas no lo hubiese estorbado. Era tal aficin, que Pedro Aretino, autor de la preciosa historia de _La p... errante_, pens con insistencia en tomar a donna Olimpia por modelo, para dotar su historia de una segunda parte ms variada y peregrina. Acaso impidi que dicho propsito se realizase la repentina muerte de Pedro Aretino, el cual, segn aseguran, aunque donna Olimpia, que era muy su amiga, lo negaba como calumniosa patraa, muri de risa, al or contar los embustes, embelecos y travesuras de una hermana suya, famosa por sus devaneos. Como quiera que fuese, donna Olimpia, segn hemos dicho, tena la conciencia muy estrecha y jams faltaba a sus compromisos, a no ser sorprendida por irrupciones y agresiones inesperadas y violentas. Haba, sin embargo, quien la acusase de que una vieja, llamada la seora Claudia, que iba siempre en su compaa como aya o como duea, sola preparar dichas irrupciones y agresiones. A lo que parece, la seora Claudia haba cado en aquellos das del favor de su ama, suplantndola Teletusa que se haba apoderado de su voluntad por completo. Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doa Sol, no haba vuelto a ver y apenas haba recordado a donna Olimpia, desde que la vio salir de Beln el da del Rey: pero donna Olimpia, aunque distrada y empleada tambin a su manera, nunca haba dejado de recordar a Morsamor desde entonces, porque le hizo impresin viva y profunda y porque daba por cierto que en toda nuestra pennsula no haba ni poda haber galn ms apuesto y hermoso, ni ms gallardo y gentil hombre. Tiburcio que, libre de amores platnicos, privaba tiempo haca con Teletusa, saba por ella el buen concepto que donna Olimpia tena de su amigo y la inclinacin que hacia l le llevaba. Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un plan muy alegre y una grata sorpresa para donna Olimpia. A la hora de nimas, Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su posada, y ya solos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber comido y bebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de su plan, venci su repugnancia y logr que le aceptase para desechar melancolas y para consolarse de los desdenes y sobreponerse a la altivez de la noble amiga de la Reina. Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se arrepintiese, Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos ninfas vivan. A un silbido de Tiburcio, que era la convenida seal, Teletusa, que estaba aguardando, abri sin ruido la puertecilla falsa del jardn, y guindolos por lo ms umbro de la frondosa espesura, los introdujo en la casa, subi con ellos la escalera, atraves corredores y salas, y vino a parar a amplio dormitorio escasamente alumbrado por tres velas de cera, puestas en un candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en el centro de la estancia. Teletusa que tena a Morsamor de la mano, le dijo entonces con voz dulce y sumisa: --Quedaos aqu, seor Morsamor, que pronto vendr quien os alegre y se alegre de veros. Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestacin o pregunta, desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo. Solo ya, recapacit Morsamor sobre lo que haba hecho y casi se arrepinti y se afligi de su viciosa ligereza. Indigno del hroe que l anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballeras: entrar con engaoso recato en casa ajena como ladrn astuto, y todo para alcanzar los venales y fciles favores de una cortesana. Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impaciencia creca en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propsitos de su doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes, como ligero y hasta cnico cuando se trataba de otra clase de locuras. Contrariado Morsamor, se sent en una silla en el rincn ms obscuro de la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que haba en ella. En medio de sus cavilaciones, oy o crey or de sbito voces y carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que estaba l. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sera, pero movido de recelosa curiosidad, intent Morsamor ir adonde sonaba el ruido a fin de enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando por el lado contrario, se abri una puertecilla, penetr por ella un bulto y Morsamor oy una voz varonil que deca: --Voto a los demonios todos del infierno! Olimpia! Olimpia! Ests ah? Al fin, tropezando en la obscuridad y dndome de calabazadas contra las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja Claudia me dej solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver y yo me cans y he venido sin gua. Aqu estoy, Olimpia. Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previ las fatales consecuencias que poda tener aquel encuentro, Morsamor se adelant hacia el personaje que haba entrado y le dijo: --Mucho lamento, seor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujas os da de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos rena aqu donde y cuando los dos esperbamos encuentro ms grato y suave. Era Pedro Carvallo, el hombre de ms violento carcter y ms iracundo que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era adems su encono contra Morsamor, primero por natural antipata, y despus por su rivalidad en amores con doa Sol, de quien Morsamor, en cierto modo haba sido harto ms favorecido. Pedro Carvallo ardi, pues, en clera al or y ver a Morsamor, y le replic de esta suerte: --Mi encuentro contigo, no ser ni quiero que sea suave, pero me ser grato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, y ahora me ofrece la ocasin ms propicia. Defindete, miserable! Y Pedro Carvallo desenvain la espada y se puso en guardia adelantndose hacia Morsamor. Este, desdeando la provocacin y el insulto y procurando an excusar un lance que le pareca poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo: --Sosegaos, seor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruin fundamento tendran nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotros dos en esta casa extraa, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sera la victoria del que saliese vivo de aqu, y ms vergonzoso el trmino de quien aqu quedase muerto o herido. --La poca vergenza--contest Pedro Carvallo feroz y groseramente--es la de esas viles palabras con que tratis de disimular vuestra cobarda. Defendeos o mataros he como a un perro. Pedro Carvallo se abalanz entonces con furia contra Morsamor. Morsamor sac la espada, le recibi con calma y par con inaudita destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin arte del ataque pona en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por eso mismo, consideraba ms odioso dar sangriento trmino a la lucha con aquel energmeno, ciego por el rencor y la soberbia. La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo, aunque inhbil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto bro, que los quites de Morsamor tenan que ser tambin muy violentos. En uno de estos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su contrario, que le derrib por tierra la espada. Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera a armarse. Y ya Pedro Carvallo haba recogido la espada; y sin tener en cuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se dispona de nuevo a embestirle, cuando Morsamor se sinti de repente ceido el cuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos. Donna Olimpia, _In tutto il vezzo, della sua persona,_ le tena asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo: --_O gioja ed orgoglio del mio core! O coraggioso mio drudo!_ -IX- Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueron acompaadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salan de la boca de Pedro Carvallo, hacindole coro con risotadas alegres Teletusa y Tiburcio. Pedro Carvallo slo poda herir ya con la lengua. Dos robustos y estupendos rufianes le tenan bien cogido entre sus enormes manazas fuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de rer, le ataban de pies y manos con suma destreza y valindose de lienzos retorcidos a falta de cuerdas que por all no haba. --Matadme o soltadme para que le mate!--gritaba Pedro Carvallo. Y Tiburcio responda riendo siempre: --Tiempo te sobr para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamos por caridad y para que no mueras. Blasfem, chill e insult de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pens y propuso ponerle una mordaza, pero no lo consinti donna Olimpia y con voz imperiosa dijo: --Llevadle al desvn con los otros, echad la llave y tradmela. Que pasen all la noche. Ya veremos cmo sin peligro ni escndalo se les da suelta cuando sea de da. Aquellos dos formidables satlites, escuderos de donna Olimpia, y que ella traa siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los insolentes, sobre todo, cuando eran _spiantati_, odo el mandato de su seora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desvn con delicadeza y esmero cuidadoso. Donna Olimpia as lo recomendaba diciendo: --Nada de malos tratamientos. No le hagis el menor dao. Hasta podis desatarle las manos cuando est en el desvn y llevarle de comer y de beber y un colchn para que duerma. Dirigindose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo: --Yo os ruego, seor, que me perdonis el grave disgusto que os ha causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa ma. Toda la culpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse ms que a su propia codicia, y creyendo que poda disponer a su antojo de Teletusa y de m, cuando menos lo recelbamos, cuando ni sabamos que estuviesen en Cintra los seores Carvallo y Acevedo, los introdujo aqu a ambos furtivamente. Dej solo a Carvallo para que aguardase por un momento su vuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallbase all vuestro amigo el seor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla. Buen doncel y consejero tenis en l. Si la imaginacin humana fuese tan viva y creadora en nuestros das como lo fue en la antigua Grecia, yo me dara a sospechar que la diosa Minerva, as como acompa y gui a Telmaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, as os acompaa y gua al presente bajo la figura de un garzn barbilindo, disfraz ms adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo. Pero dejando a un lado alabanzas, dir en cifra y resumen, que Acevedo, lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y que prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojo avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas, se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestro doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia y traspusieron con ellos al desvn, donde se los encontrar el Sr. Carvallo cuando all llegue. La algazara promovida por estos sucesos que atrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurran. Tal ha sido la causa de mi tardanza en venir por aqu, donde algn indicio leve tena yo de que tan dulce bien me aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza, serenidad y generosa sangre fra, todos hemos llegado a tiempo de evitar una tragedia. --Y ya que no la hubo--dijo Teletusa--celebrmoslo bebiendo un trago a la salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista la despensa. No os propongo que cenis, porque no tendris gana. Tal vez habris cenado ya. Siempre, no obstante, habr quedado lugar para un bocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Las dos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa. En efecto, sali Teletusa y a poco volvi, riendo, brincando y bailando, con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase a Herodias. --No os asustis--exclam--que no os traigo la cabeza de Juan, sino la de un jabal, rellena de verdes alfnsigos y de lengua y lomo con mucha sal, pimienta y otros alios. Estas manos, que se ha de comer la tierra, lo han condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria. Ha sido mi tarea del da de hoy. --Bien puedes decir como Tito--interpuso donna Olimpia--que no has perdido tu da. --Lo oyes, Tiburcio? Llmame tu Tita que es ms breve y ms dulce que tu Teletusa. Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de jabal. Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron tambin sobre la mesa blanco pan, anchas copas y sendos y grandes jarros. Sealndolos Teletusa con el dedo, habl as: --Este es vino rancio y seco de Chipre, nctar exquisito, consagrado a Venus, cuya fue aquella isla, all en las edades felices en que vivieron y reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel de Siracusa, vino del que se embriagaba el Cclope para consolarse de los desdenes de Galatea, con el que Arqumedes se inspiraba para sus ms raras invenciones y del que siempre beba Tecrito antes de componer sus idilios. No os pasmis, seores, de mi notable erudicin. No en balde soy la discpula predilecta de donna Olimpia. De tal palo tal astilla, como suele decirse. Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor, algo pensativo an y no muy conforme con que todo aquello se aviniese bien con su papel de hroe, empez a rendirse y a contagiarse del regocijo harto profano que all reinaba. Morsamor se sinti ebrio antes de beber el vino. --Que mis escuderos vuelvan aqu tambin--dijo donna Olimpia--para que coman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen despus del primor con que se han conducido. --Y vaya si lo merecen--dijo Teletusa--. Hola! Asmodeo y Belceb, acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, seores Morsamor y Tiburcio, no os maravillis ni asustis de los fingidos nombres que damos a estos dos galanes (y como ya haban entrado los sealaba), porque sus nombres verdaderos se guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia y aun creo que algo parientes de donna Olimpia. --No hay duda en ello--interpuso esta--. Nuestro parentesco es evidente aunque remoto. Soy prima quinta de Belceb y sexta de Asmodeo. --Pues que sea enhorabuena--dijo Morsamor, desechando escrpulos, echado a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal en la orga que hubo de seguirse. -X- Resbaladizo y difcil sera describir aqu lo que all ocurri despus. La cabeza de jabal casi desapareci. Los dos enormes jarros quedaron vacos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se anim la cena, sucedi profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por un lado. Asmodeo y Belceb, por otro. Slo la tenue luz de una lmpara velada por el vaso de alabastro en que arda ilumin la estancia tranquila, hasta que ray el alba y sus resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa del calor del esto, penetrando tambin fresco y manso vientecillo, impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pjaros que cantaban en la enramada y saludaban el da naciente. Poco ms tarde, en la gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna Olimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movan y se afanaban como en el momento que precede a un largo viaje. Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y haban resuelto acompaar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos de Lusitania no se les haban mostrado prdigos de los tesoros que de all venan y as determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance, adems, de la noche anterior podra acarrearles no pocas desazones, sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos. Donna Olimpia haba expresado su resolucin del modo ms terminante. --Os seguiremos--haba dicho--y os seremos fieles. Unidos, conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en amazonas. Teletusa ser Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estar contigo, Morsamor, hasta que se harte de m tu alma. Slo entonces, y si acertamos a dar con el verdadero y legtimo Preste Juan, que tantos han buscado en balde hasta ahora, yo le rendir, le cautivar, me sentar en su trono y vendr a ser la Papisa Juana del Oriente. Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de or este razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas. All en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de Zuheros; pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con la repugnancia y la venca. Morsamor no quiso o no se atrevi a rechazar los propsitos y ofrecimientos de donna Olimpia. Dichos propsitos se cumplieron. Apenas despunt el da, acudieron a la puerta de la quinta dos criados de Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa, auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas, vestidos y dems prendas. Todo esto, as como las mismas damas y sus escuderos, haban de viajar en mulas que los genoveses tenan en la caballeriza y de las que se dispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho despus, antes de que el sol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron en marcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes. La llave del desvn qued en poder de las sirvientas de los seores Adorno y Salvago, para que pusiesen en franqua a la vieja Claudia y a los seores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de la quinta Morsamor y su acompaamiento. La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y l poda tripularla a su antojo. Con holgura, pues, instal en ella a su gente. Y aquel mismo da, antes de que el sol rayase en lo ms alto del cielo, _Y no largo Oceano navegavam_, _As inquietas ondas apartando_: _Os ventos brandamente respiravam_, _ Das naos as velas concavas inchando_. -XI- Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar como nacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se senta tambin ms a gusto que en tierra, lleno de esperanzas y forjando en su mente los ms audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio eran de maravillar sus conocimientos nuticos, su alegre humor y su til actividad a bordo. Por la traza segua pareciendo mancebo de menos de veinte aos, mas por las acciones podra suponrsele viejo y experimentado navegante. As se lo deca Lorenzo Fritas, piloto de la nave, que tena ms de sesenta aos, que haba navegado mucho y que haba hecho ya otros dos viajes de ida y vuelta a la India. Pronto Lorenzo Fritas trab amistad ntima con Tiburcio y se gan el afecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras. Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano, cuyo nombre era Fray Juan de Santarn. Grandsima gana llevaba este de difundir la luz del Evangelio, de convertir idlatras y mahometanos y de bautizarlos a centenares. No se opona todo ello a que Fray Juan, reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese por lo pronto jocoso y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y a tratarse bien para sufrir ms tarde las fatigas del apostolado, y harto propenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no siempre despuntaban por su urbanidad y delicadeza. Como cielo y mar estaban serenos y el viento era prspero, el viaje iba hacindose con felicidad y prontitud. Al subir una maana sobre cubierta, nuestros seis principales personajes se extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadas apenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el ms claro azul del cielo y las ligeras nubes, que parecan de ncar, purpura y oro. La luz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rieles luminosos y se dira que penetraba por curiosidad en el seno transparente del agua para iluminar las grutas y los alczares submarinos que all se esconden. La costa europea haba quedado lejos. Slo mar y cielo se hubiera visto, sino apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no lejos de ella y en medio del pilago azul, algo a modo de ingente y precioso canastillo de flores y verdura, que pareca flotar sobre la superficie del Atlntico. Mil lozanos y frondosos rboles suban hasta la cima del cerro que en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma de pia, en cuya punta, destacndose sobre el limpio fondo del aire, resplandeca un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casi horizontales rayos del sol naciente. --Esa--dijo Lorenzo Fritas a nuestros cuatro aventureros--es la isla de Madera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristn Vaz en tiempo del glorioso Infante Don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandes empresas martimas, hoy tan en auge. A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajo un toldo, se desayunaron aquel da Miguel y Tiburcio, ambas damas, el misionero Fray Juan y el viejo piloto. No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos de largo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nos detenemos aqu es por considerar que, durante aquel desayuno, todos estuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantes a la narracin que vamos haciendo. Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesa redonda, tena algo de extico para los europeos de entonces, porque bebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azcar, una infusin de cierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traa a Portugal de los remotos reinos del Catay, que estn mucho ms all del Indo y del Ganges. --Larga y penosa--dijo Miguel de Zuheros--va a ser nuestra navegacin hasta llegar a las regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo que tenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de Buena Esperanza, que Bartolom Daz dobl por vez primera. Pasman el esfuerzo constante y el secular empeo, primero del Infante Don Enrique y despus de sus sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que han conseguido. --Con menos tiempo y trabajo--repuso donna Olimpia--me parece a m que, si mis compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo con rabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vez hubieran podido abrir algn ancho canal por donde sin tantos rodeos hubieran pasado sus naves del mar Mediterrneo al mar Rojo, encaminndose luego por all hasta ms all de Trapobana, a Cipango y al remoto pas de los seras. El pensamiento de abrir ese canal no es cosa nueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron tambin Salomn e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviaban sus flotas a Ofir, de donde volvan cargadas de riquezas. Si tal pensamiento se hubiera realizado no hubieran perdido Venecia y toda Italia la supremaca en la navegacin y en el comercio, y el poder que consigo trae y que hoy tienen los portugueses. Fray Juan de Santarn tom parte en la conversacin y exclam: --Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano linaje es que decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de los descubrimientos y conquistas de los portugueses. Ms alto es el fin que estos han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nacin a despojar en Oriente a los venecianos: van a que la religin de Cristo prevalezca all sobre la de Mahoma: van a quebrantar all el podero de turcos, rabes y persas; y van, por ltimo, a despertar del hondo sueo de muchos siglos a las dormidas naciones orientales, que aletargadas e inertes yacen en el seno letal de la idolatra. --Todo eso, estar muy bien--interrumpi Tiburcio, riendo como tena de costumbre--. Pero a qu tanto rodeo? A qu ir por tan extraviado camino hasta el extremo Sur de frica? A qu dejar atrs misterioso e inexplorado, este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimos abrasado, acaso est el Paraso que perdieron nuestros primeros padres? A qu, en fin, dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos, cuando le tenemos cercano? El piloto Lorenzo Fritas, aunque sospechaba que Tiburcio no hablaba con seriedad, sino para embromarlos, se enoj y no quiso consentir que ni en broma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de los portugueses, y habl as en su defensa: --No es slo la codicia mercantil la que nos ha llevado a la India, no es slo el deseo de sobreponernos a la Seora del Adritico, ni es slo tampoco el afn de vencer al Islam, buscndole en la fuente misma de su mayor riqueza y despojndole de sus ocultos tesoros, lo que movi al Infante Don Enrique y ha movido despus a sus sucesores a hacer cuanto han hecho. Mil veces ms elevadas eran y son sus miras. Noble curiosidad nos impuls y nos impulsa. Anhelamos desgarrar el velo en que Naturaleza se envuelve an y se encubre a nuestros ojos mortales. Y hemos aspirado y aspiramos todava a que, as como se nos revel el misterio del Mar Tenebroso, por la persistente violencia que sobre l ejercimos, se nos revelen tambin la magnitud y estructura de la tierra, y despus todo el artificio y la mquina del Universo, con las leyes de su movimiento y vida. --En verdad--dijo Fray Juan de Santarn--el seor Fritas tiene razn que le sobra. Hay un enigma de la mayor transcendencia, no resuelto an, que trae sin sosiego a cuantos hombres piensan y discurren en el da. --Aos ha, siendo yo muy mozo y reinando Don Juan II--interrumpi entonces Lorenzo Fritas--aport a Lisboa un genovs muy presumido y soberbio que estaba al servicio de Castilla y se llamaba Cristbal Coln. A ser cierto lo que l imaginaba y afirmaba, el enigma se hubiera explicado y dejado de serlo. Aquel hombre audaz, fiado en sentencias e insinuaciones de antiguos sabios griegos, y singularmente de Aristteles, haba ido en busca de la India navegando hacia Occidente, y casi crea haberla hallado y se jactaba de ello. Haba aportado a grandes y frtiles islas, y poco ms all casi daba por seguro que deban de estar Cipango y otros pases visitados por Marco Polo. Se jact tambin Coln de haber descubierto extensa costa al parecer de un gran continente, y supuso que aquello era el extremo oriental del Asia, y que ms al Norte estaba el Catay, y la India ms al Medioda. A punto estuvo de costarle la vida esta jactancia, porque algunos seores de la corte, muy poco sufridos, creyeron lo que aseguraba y recelando que as el rey de Castilla iba antes y por camino ms corto a llegar a la India, donde todava no haban llegado los portugueses, decidieron provocar a Coln, y como era poco sufrido reir con l y darle muerte, con lo cual su descubrimiento quedara para Portugal y no aprovechara a los castellanos. Por dicha, los mencionados seores expusieron su proyecto al Rey Don Juan II, apellidado con razn el Prncipe Perfecto, el cual, aunque vehementsimo en su clera y de mpetus tan vitandos que mataba a pualadas a quien juzgaba que le ofenda, sin excluir al hermano de su mujer, reflexivamente era tan recto, tan temeroso de Dios y tan buen Catlico, que rechaz el plan, indignado. Coln pudo pues volver a Castilla a lucir su descubrimiento y a que los reyes Don Fernando y Doa Isabel le aprovechasen. Suscit esto, no obstante, recelos y diferencias entre los soberanos de Espaa; pero pronto se arregl todo por virtud de aquella lnea, que tiraron idealmente desde un Polo a otro, dividindose as las tierras y los mares apenas explorados y los que pudieran explorarse en lo venidero. El Padre Santo sancion el convenio con el poder y la autoridad de que goza como Vicario de Cristo. Pocos aos despus, enviado por el rey Don Manuel, lleg a Malabar Vasco de Gama, Tristn de Acua, el grande Albuquerque y otros hroes de Lusitania dilataron nuestro dominio y nuestra gloria por el Oriente. Y los castellanos en tanto llenos de noble emulacin, hicieron nuevas conquistas y descubrimientos en aquellas tierras occidentales a donde Coln haba llegado por vez primera y que por su magnitud merecieron llamarse Nuevo Mundo. Segn las ltimas noticias que yo tengo, un extremeo, cuyo nombre es Hernn Corts, ha surcado el mar, ha pasado por medio de vastos territorios y ha llegado a la capital populosa de un brbaro y desconocido Imperio, del que est a punto de enseorearse. Todava pretenden algunos que este Imperio, donde Hernn Corts ha entrado a saco, est al Sur del Catay y al Norte de la India. De aqu presumo yo que est aclarado el enigma, que hay antpodas y que es evidente la redondez de la tierra. --Poquito a poco, seor Fritas--replic Tiburcio--. Las cosas distan mucho de ser tan claras. Yo tengo noticias ms recientes que invalidan lo que el seor Fritas dice. Otro castellano, no menos valiente aunque menos venturoso que Hernn Corts, un tal Vasco Nez de Balboa ha cruzado ese continente por una regin en que es muy estrecho; ha salvado altas montaas y ha descubierto ms all un mar extenssimo que tiene toda la traza de dilatarse ms que el mar de Atlante. El enigma queda por consiguiente en pie en toda su obscuridad misteriosa. Posible ser que los castellanos, navegando siempre hacia el Occidente por ese mar recin descubierto se alejen cada vez ms de la India. Y posible ser que los portugueses yendo siempre en direccin contraria a la que el sol sigue, no aporten jams a las regiones visitadas ya por Coln, Corts y Balboa. --Ya saba yo--dijo Morsamor--que ese Balboa de que habla Tiburcio haba descubierto un gran mar al otro lado del mundo de Coln, entrando en sus aguas con la espada desnuda en la diestra y enseorendose de l en nombre del Csar Carlos V. Esto complica y retarda la resolucin del problema, pero no me induce a creer que la resolucin sea otra de la que yo pensaba. Para m es evidente la forma esfrica o casi esfrica de la tierra. A la extremidad de ese mar han de estar Cipango, el Catay y la India. Lo difcil ahora ha de ser para el que navegue hacia el Occidente hallar el trmino de ese valladar o hallar un canal o estrecho, por donde se pase del mar del Atlante a ese otro mar de Balboa. El que esto logre y tenga adems valor y fortuna para surcar el nuevo mar desconocido, aportar sin duda a la India y podr luego dar la vuelta al mundo en que vivimos. Y el que navegue hacia Oriente, como navegaremos nosotros cuando salvemos el obstculo que frica nos opone, podr volver tambin a su patria por opuesto camino si encuentra modo de salvar el valladar que el Nuevo Mundo de Coln le ofrece. Yo os confieso, seores, que la ambicin me induce a sealarme en la India en empresas guerreras, pero como no cuento con muchos soldados para eclipsar all las hazaas de Alejandro de Macedonia, preferira yo sin estrago y sin sangre emprender y llevar a cabo un propsito que me dara gloria nueva y sin rival entre los seres nacidos de mujer: la gloria de circunnavegar este planeta. As probara yo experimentalmente que no es enorme disco, suspendido en el ter y asido por eje de diamante a las cristalinas esferas que giran en torno suyo sobre dicho eje con arrebatada y pasmosa armona. As aducira yo razones y pruebas a los que pretenden que nuestra tierra no es el centro del Universo, sino astro pequeo y opaco, que va rodando en torno del sol, como Venus, Marte, Saturno y otros planetas. --Atrevida es la tal suposicin--dijo Fray Juan de Santarn--pero ni en Coimbra ni en Salamanca faltan doctores que la tienen por probable y aun por casi demostrada, respondiendo a los que tratan de invalidarla por mal entendidas sentencias de las Sagradas Escrituras, con aquellas clebres frases de Francisco de Villalobos, mdico de la Reina Catlica: los que acuden a la religin en asuntos de ciencias naturales son como los delincuentes que buscan en la iglesia un asilo. --Tambin en Italia--aadi donna Olimpia--anda desde hace aos muy vlida la opinin de que no es la tierra, sino el sol quien est en el centro; y ya, en mi primera mocedad, conoc yo y trat en Roma a cierto doctor polaco, cuyo nombre era Nicols Coprnico, que enseaba dicho sistema y andaba muy afanado componiendo un libro, que pensaba dedicar al Papa, sobre las revoluciones de los orbes celestes. No sera impo ni hertico tal sistema cuando con semejante dedicatoria intentaba su autor santificar el libro que le defendiese. --As podr ser--dijo Tiburcio--. Nadie, sin embargo, lograr quitarme de la cabeza un endiablado razonamiento que agua o mejor dir envenena el gozo de esta invencin. Por ella resulta degradado y hasta envilecido este mundo en que habitamos. No es ya el centro y objeto principal de la creacin entera para cuya iluminacin, regocijo y deleite salieron de la nada el sol, la luna y todas las estrellas. Nuestro globo queda reducido a un astro opaco, pequeuelo y hasta deforme que gira como otros muchos planetas ms grandes y ms hermosos que l, perdido en la inmensidad del ter. Qu ser de nuestra preeminencia sobre las dems criaturas; qu de la dignidad humana, si tal suposicin llega a demostrarse por completo? Morsamor, que coincida por lo comn con las opiniones de su joven amigo y se complaca en aceptar su parecer y su consejo, estaba en aquella ocasin tan posedo del parecer contrario y tan lleno de la fe y de la esperanza de contribuir a la demostracin de su verdad, que encarndose con Tiburcio, exclam con enojo: --Sin duda tendras razn si por lo material aspirase el hombre al principado y si su valer se midiese por varas o se pesase por arrobas. Pero como el gran ser del hombre es por el espritu, lo mismo importa para que le conserve que tenga su vivienda corporal en el centro del Universo o en el ms ruin y esquivo lugar de las profundidades del ter. Donde quiera que mi espritu se halle, all estar, all crear el centro de todo; y en la capacidad inmensa de su entender encerrar cuantos seres existen y pueden existir, y comprendiendo sus leyes, ser como si se las impusiera, porque si Dios est en todas partes, ms esencialmente est en el alma humana. Y as el alma humana, si procura estar conforme con Dios y unirse con Dios, slo ser inferior a Dios mismo y no a los habitantes de otros mundos, dado que tales habitantes haya. Podrn ser ms corpulentos, podrn tener sentidos ms variados y perspicaces, pero la ley moral y los primeros principios absolutos, raz de todo saber, y el amor inextinguible de lo infinito que slo en lo infinito se aquieta, en nadie podrn asistir con mayor energa y virtud creadora que en el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios. Todos aplaudieron el discurso de Morsamor. El propio Fray Juan de Santarn, aunque con escrpulos de que en el calor de la improvisacin hubiese dejado escapar alguna hereja, aplaudi tambin a Morsamor, en gracia del entusiasmo y de la buena fe con que haba hablado. Convinieron adems en que no hay ni habr sistema de astrlogos o de sabios empricos que baste a desbaratar ninguna teologa ni ninguna metafsica bien cimentada. Y decidieron, por ltimo, que Morsamor, sin perjuicio de mostrarse en la India, dando all razn de quin era, deba volver a Lisboa, caminando siempre hacia Oriente y circunnavegando el mundo en que vivimos, cuya redondez resolvieron todos que era innegable. -XII- Bien se puede afirmar que el poder de los elementos, sojuzgado y hechizado por la confianza magnnima de nuestros navegantes, se complaci en favorecerlos, haciendo fcil y rpido su viaje. Pronto, casi siempre a la vista de la extenssima costa, llegaron al extremo sur del continente negro. El terrible gigante Adamastor, domado ya por la secular constancia y el valor de los portugueses, estaba sin duda de muy buen talante en aquella ocasin, y sin tormentas ni furores dej que entrasen en el mar de la India la nave de Morsamor y otras cuatro naves ms, que formaban la escuadra en cuya compaa Morsamor navegaba. La pequea flota iba como refuerzo de otra mucho mayor y ms poderosa, que tres meses antes haba salido del Tajo, conduciendo a don Duarte de Meneses. Este personaje, que se haba sealado mucho por su valor y pericia, como Gobernador de Tnger, en la guerra que de continuo sostenan los portugueses contra los marroques, iba como Virrey de la India con ms sueldo y ms amplias facultades que sus predecesores. Le llev una armada de quince velas, en donde fueron Francisco Pereira Pestana para Gobernador de Goa, Juan Silveira, para ejercer el mando en Cananor, y para el gobierno de Calecut, Juan de Lima. Haban ido tambin, custodiando al nuevo Virrey, cuatro naves a las rdenes de Martn Alfonso de Melo, el cual deba despus visitar el Imperio chino. La escuadra de que formaba parte la nave de Morsamor, viniendo a ser complemento de dicha grande flota, con la misma felicidad que haba pasado el Cabo, aport ms tarde a Sofala, puerto muy estimado entonces de los portugueses por creer que era el antiguo Ofir, de donde Salomn e Hiran llevaron a Jerusaln mucho oro. De aqu que los portugueses buscasen all con afn aunque poco dichoso, las antiguas minas que el hijo de David haba laboreado. Algo se detuvo en Sofala la pequea flota, pero no tard en zarpar para Goa. La nave de Morsamor no pudo seguirla. Tena antes que ir a Melinda, a donde enviaban los seores Adorno y Salvago no pocos artculos de comercio. En Melinda deban venderlos o dejarlos en depsito y tomar en cambio mercancas de Abexin, Arabia y Egipto y aun algunas de Siria, de las islas de la Grecia y de la misma Italia que todava llegaban hasta all, importadas en Egipto por los venecianos, a pesar del golpe mortal que a su comercio haban dado los portugueses. Durante tan larga navegacin el tiempo pas muy agradablemente para Morsamor y Tiburcio, merced a la precaucin o a la buena suerte que haban tenido de embarcar con ellos a donna Olimpia y a Teletusa. Poda considerarse la primera como la personificacin de la amenidad serena y elevada, y la segunda como la del regocijo y bullicioso trastulo de los seres humanos: de tal al menos calificaba donna Olimpia a su compaera. Y Tiburcio aada, en alabanza de ambas, que eran, por estilo profano, como Marta y Mara, representando una de ellas la vida contemplativa y la vida activa la otra. Dulce y modesta era donna Olimpia. Nadie con justicia hubiera podido censurarla de marisabidilla y bachillera; pero en su trato ntimo, y cuando Morsamor la estimulaba a hablar, mostraba su rara discrecin y su mucha doctrina con sencillez y sin pedantera ni jactancia. Haban trado a bordo los _Dilogos de amor_ de Len Hebreo, a quien Morsamor qued muy aficionado desde que logr salvarle de los insultos de la plebe. A veces lean en dichos _Dilogos_ y luego los comentaban. Y eran tan atinadas y profundas las ilustraciones de donna Olimpia que, si se hubiesen conservado y reunido en un volumen, formaran hoy la Filosofa de amor ms interesante y sublime. En otras ocasiones, Morsamor y donna Olimpia ponan por las nubes mil invenciones y descubrimientos recientes, que en sentir de ellos hacan de la poca en que vivan la ms fecunda e ilustre de todas. Y como sobre este punto no estuviese de acuerdo Teletusa, la ninfa gaditana no quera callarse y asentir con su silencio, sino que tomaba la palabra y deca de esta manera: --No he de negar yo lo muy ingeniosas que son las invenciones de nuestra edad: el empleo de la plvora, en arcabuces, bombardas, culebrinas y falconetes; la brjula y la imprenta; los instrumentos del famoso estrellero y gemetra portugus Pedro Nez, y el hallazgo y la observacin de nuevos astros en el cielo, y en la tierra de nuevos continentes, islas y mares. Todo esto, no obstante, se explica con facilidad por el entendimiento humano. Si Satans ha intervenido en ello, ha sido de tapadillo y sin dar la cara dejando que los inventores se jacten de haberlo logrado sin sobrenatural auxilio. En cambio, las invenciones primitivas son las que no se pueden explicar humanamente y las que tenemos que admirar. Quin invent el habla? Quin la escritura? Estas y otras cosas por el estilo son las que no se comprenden ni se explican sin acudir a la enseanza y a la revelacin de Dios mismo, de los ngeles o de los genios. Yo doy por seguro que el primero que cultiv el trigo y luego sac de l harina e hizo pan, realiz algo ms estupendo que cuanto hace un siglo se ha descubierto o inventado. Todos aplaudieron el breve discurso de Teletusa, y animada ella con el aplauso, se atrevi a proseguir: --La plvora da muerte y la harina es el mejor y ms usado sustento de la vida. A la harina, pues, me atengo. Quiero que sepis, seores, que una prima ma muy guapa fue la buena amiga y tal vez el oslo del famoso cocinero Ruperto de Nola. De l aprendi a condimentar exquisitos guisos, no pocos de los cuales tuvo luego la bondad de ensearme. Ahora bien, yo quiero mostraros mi habilidad y probar al mismo tiempo la extraordinaria importancia de la harina. Voy a ser, adems, como cierto tocador de viola en extremo habilidoso que tocaba en una sola cuerda multitud de sonatas. Yo me he apoderado de un barril de harina y de una enorme botija llena de aceite, y valindome de estas sustancias voy a daros, mientras dure nuestra navegacin, una fruta de sartn, distinta cada da. Teletusa cumpli su promesa, y sin estropear sus manos, que las tena bonitas y bien cuidadas, amas y fri de diario los ms deliciosos y diferentes manjares farinceos que imaginarse pueden. Ya eran buuelos de una clase, ya buuelos de otra, ya sopaipas, ya empanadillas, ya gajarros, ya pestios, ya hojuelas, ya pionate. Aun sobre estas frutas de sartn filosofaba Teletusa con agudeza y con gracia exclamando: --Nadie me quitar de la cabeza, que la materia prima es nica, sin que sean menester elementos distintos para producir las mil distintas cosas que llenan y enriquecen el universo. Cierta fuerza que hay, reside o se pone en la materia prima, agita y ordena sus partecillas infinitamente sutiles, y de los diversos movimientos y coordinaciones de dichas partecillas, que los sabios llaman tomos, resulta la infinita variedad de los seres. De fijo la diferencia de ellos est en la forma. Por la forma es uno feo y otro bonito, uno triaca y otro veneno, uno soso y otro salado, uno amargo y otro dulce, uno huele bien y otro hiede, qu no podr hacer la naturaleza cuando yo flaca mujer, con harina slo, hago cosas tan distintas y de tan diferente sabor sin que sean sustancialmente ms que harina? Y sin embargo, cun de otro modo que el esponjado buuelo sabe por ejemplo, el pionate o la _crocante_ empanadilla, que con tan grato crujidito se desmorona entre los dientes? No se limitaba Teletusa a frer masa y a filosofar sobre la fritura. Ms alegre pasatiempo sola proporcionar casi de diario y particularmente cuando el tiempo era muy bueno, a sus dichosos compaeros de navegacin. Todos formaban corro en torno de ella. Tiburcio tocaba la vihuela o la flauta, y Teletusa, repiqueteando las castauelas bailaba como una slfide. Teletusa era asimismo egregia cantora, no indigna del siglo y de la patria en que la msica estaba tan floreciente, merced a Bartolom Ramos de Pareja, a Pedro Ciruelo, a Juan Anchieta, a Juan de la Encina y a otros insignes compositores y maestros. La propia Teletusa, acompandose con la vihuela, cantaba deliciosos villancicos y coplas. Ora cantaba Dos nades madre Que van por aqu. Ora por lo sentimental y lo tierno, coplas como esta: Pues que jams olvidaro No puede mi corazn Si me falta galardn Ay que mal hice en miraros! Ora, por ltimo siguiendo el estilo picaresco, aquello de Yo me iba, mi madre, Las rosas coger, Hall mis amores Dentro en el vergel. Cualquiera pensar que, en medio de tanto deleite, Morsamor estaba contento. Mucho distaba, no obstante, de ser as. En cierto modo puede bien afirmarse que Morsamor se hallaba cada da ms prendado de donna Olimpia. El apasionado mirar de sus ojos glaucos le fascinaba; le encantaban su discreta conversacin y su apacible trato; y de continuo prestaba pbulo a la encendida llama de sus afectos la presencia de aquella mujer dechado de elegancia y de majestuosa hermosura. Entonces se crea ligado a ella para siempre por invencible hechizo. Entonces presuma que ella era su bien, que la amaba y que no poda vivir sin ella. En la mente y en el corazn humanos hay un mar tempestuoso de ideas y de sentimientos que se combaten. As eran el corazn y la mente de Morsamor. Y cuando no los subyugaba ni los renda el influjo encantador de la aventurera italiana, acudan en tropel a atormentarlos mil amargas cavilaciones que le heran y emponzoaban el alma y sacaban a su rostro el color rojo de la vergenza. Qu hroe de tan ruin condicin era l cuando tal dama llevaba consigo? Si hubiese robado a doa Sol de Quiones, y a despecho de la Reina y de todo el mundo, la tuviese a bordo, el caso, aunque pecaminoso, sera digno de l; pero llevar a donna Olimpia, que lo mismo se hubiera ido acaso con otro cualquiera, era triunfo tan miserable, que, en vez de lisonjear su amor propio, le lastimaba y abata. Hasta el indisputable mrito de donna Olimpia, su talento, su belleza y la fuerza misteriosa que haba en todo su ser para dominar y cautivar a cuantos la vean y trataban, si bien complacan a Morsamor cuando pensaba que era suyo aquel tesoro, le ofendan ms a menudo al considerar que su brillo atraa las miradas, la voluntad y la admiracin de las gentes, y a l le dejaba obscurecido y como eclipsado. Algunas bromas de Tiburcio, dichas sin duda irreflexivamente y para rer, ofendan y heran a Morsamor en lo ntimo de su conciencia y le ponan de un humor de todos los diablos. Cuando Morsamor le abra su corazn a Tiburcio y le confiaba parte de sus pesares, Tiburcio, con el propsito de despojar de gravedad el asunto, le deca burlando: --En verdad que tiene sus contras el poseer tan gentiles enamoradas y tan famosas amigas como la ma y la tuya. Debemos, con todo, conformarnos y hasta convertir el inconveniente en estmulo. Voy a explicarme mejor. El marido o el amante de una mujer muy bella, sabia o ilustre, queda mil veces peor que en la obscuridad si l es un cualquiera. En la obscuridad nadie le recordara ni le nombrara, mientras que, en el caso que supongo gozara, o mejor dicho padecera de ridcula e indeleble fama. En todo el mundo sera conocido por su mujer o por su amiga y no le llamaran Fulano ni Mengano, sino el de Mengana o el de Fulana. No floja contrariedad es esta, pero bien puedes t sobreponerte a la contrariedad, dando razn de quin eres por virtud de tus altos hechos, a fin de que seas clebre y ensalzado como Morsamor y no meramente conocido y mencionado por amigo de donna Olimpia. Lo propio digo de mi persona. Yo quiero hacer de suerte que no me conozcan slo por el amigo de Teletusa, sino que me celebren por mis audaces y dichosas empresas como Tiburcio de Simahonda. No he de negarte yo, porque quiero ser franco, que nuestro propsito es difcil de realizar. Estas dos mujeres (permteme lo vulgar de la expresin) que nos hemos echado a cuestas, son de tal magnitud y valer, que nos abruman con su peso. Y es tal el resplandor con que brillan, que ha de costarnos muchsimo resplandecer por nuestras acciones por cima del resplandor que despiden ellas con slo manifestarse. No creas t que Putifar fue un personaje insignificante. Yo he ledo en antiguas historias y s de buena tinta que se distingui como hbil capitn, venciendo al Faran del alto Egipto, acrrimo contrario del Faran pastor a quien l serva, y domando en Chipre los filisteos, gente rubia y belicosa que haban venido del Norte, que se haban apoderado de aquella isla, y que mucho ms tarde se repuso, invadi la tierra de Canaan y le dio nuevo nombre, aunque hizo en ella grandes estragos. Hay adems quien asegura que Putifar era muy buen letrado, que posea casi toda la ciencia de los egipcios, y que compuso memorias sobre las inundaciones del Nilo y sobre otros puntos no menos importantes. Pero todo esto se ha olvidado y ya nadie le recuerda ni le nombra, sino a causa o por culpa de su mujer. Slo se habla de l cuando de ella se habla, llamndola, la mujer de Putifar, por donde l es slo mencionado como marido. Escarmentemos pues en cabeza ajena y procuremos que nada semejante nos ocurra. Este y otros razonamientos por el mismo estilo tena a Morsamor sobre ascuas. Y verdaderamente era poco honroso y nada glorioso ir a la conquista de un nombre inmortal en compaa de damas tan desenfadadas y alegres, cuyas conquistas era de temer que se realizasen ms pronto. Aunque Morsamor disimulaba su disgusto, que sola rayar a veces en repugnancia, donna Olimpia, era muy avisada y no dej de conocerle; pero donna Olimpia era muy soberbia y no se dio por entendida ni formul la menor queja. -XIII- A bordo toda la tripulacin estaba encantada de la bondadosa amenidad de donna Olimpia y ms an del regocijo de Teletusa, de sus danzas y cantares y hasta de sus frutas de sartn, hechas a veces con tal abundancia que haba para que todos comieran. Ya hemos visto cmo el piloto intim con Morsamor y form parte de su corro, y cmo Fray Juan se holgaba de estar en l y hasta de rer y charlar con las dos aventureras, pues, aunque piadoso, era indulgente, muy conocedor de las flaquezas humanas y bastante ejercitado en la virtud de la eutropelia. Haba, no obstante, un personaje que no llevaba bien aquel alboroto, sino que estaba escandalizado de la constante huelga, si bien lo disimulaba y sufra porque era prudentsimo. Era este personaje el administrador o comisionista encargado de las mercancas y de sus ventas, compras y cambios. Notable por su habilidad mercantil y por su experiencia y largas peregrinaciones, posea adems el talento de hablar afluentemente la lengua arbiga, lo cual le vala y haba de valerle para sus tratos y negocios con los mercaderes de aquellas regiones. El tal administrador, holands o flamenco que en esto no estn de acuerdo los autores, se llamaba Gastn Vandenpeereboom, nombre y apellido en completo desacuerdo con sus prendas personales, como si por antfrasis los llevara. En lugar de ser Gastn tena fama de rooso y por no gastar en nada, no hablaba nunca sino por necesidad o provecho, a fin de no gastar saliva. Y su apellido, semejante al resonar del trueno o de la artillera, tambin se concertaba mal con sus lacnicos y pausados discursos, pronunciados siempre en voz baja y suave. El seor Vandenpeereboom era adems tan pequeuelo y delgado, que pareca un duende. Casi no se le oa ni se le vea. Cuando no estaba haciendo cuentas estaba rezando sus devociones, por ser muy religioso y devoto. Era harto feo de cara, pero en ella, y singularmente en la viveza penetrante de sus ojillos, se revelaba su inteligencia y su astucia. Nadie poda acusarle de que murmurase, pero harto se notaba, a pesar de su disimulo, que el seor Vandenpeereboom aguantaba con repugnancia la presencia a bordo de las dos aventureras y el jaleo continuo que all armaban. Como quiera que fuese, y sin ms novedad ni disgusto, la nave de Morsamor lleg al fin al puerto de Melinda. La ciudad de este nombre era entonces populosa y estaba floreciente y rica. Era hijo su rey del que tan corts y lealmente recibi a Vasco de Gama y le proporcion piloto para llegar a Calecut con menos peligro. Feridn se llamaba el rey nuevo, joven todava, gallardo y muy agraciado de rostro. Tena un hermano menor, llamado Rustn, a quien estimaba y quera tanto que casi comparta con l su trono. Y no debe extraarse que tuviesen estos prncipes nombres propios de los antiguos persas o iranios, porque era ms blancos que morenos, y pretendan descender, as como la ms ilustre nobleza del reino, de gente venida del Irn. Asegurbase que la ciudad de Chiraz y el frtil territorio que la rodea haban sido la cuna de los antiguos emigrantes. Y asegurbase, por ltimo, que estos haban abandonado la madre patria, llegando a la remota costa de frica y fundando all una colonia, expulsados por el tremendo conquistador Temugn, alias Gengis Khan, emperador de los trtaros mongoles. Causa de la expulsin o ms bien de la fuga para sustraerse a una tirnica intolerancia, haba sido la refinada cultura de aquellos persas, y el modo incompleto y libre con que se llamaban mahometanos. La antigua religin de la luz increada viva en sus almas sobrepuesta al islamismo. Zoroastro vala para ellos ms que Mahoma, como anterior y superior en la serie de los profetas. Las tradiciones patriticas sostenan y fomentaban en la mente de ellos la fe en los dogmas del _Avesta_ y del _Bundehesch_, libros sagrados que tal vez ya no posean ni conocan. La poesa maravillosa, tan floreciente en el reinado de Mahamud de Gazna el Grande, haba hecho que resurgiesen aquellas ideas y aquellos sentimientos en los espritus y en los corazones. Dicen las historias que aquel rey glorioso tuvo muy regalados y agasajados en su corte, para mayor ostentacin y brillo, a ms de cuatrocientos poetas: cosa que aturde y pasma, sobre todo en el da, cuando crticos tan juiciosos e ilustrados como Clarn apenas conceden que tengamos en Espaa dos y medio. Lo cierto es que entonces se escribieron en Persia lindsimos poemas descollando sobre todos el colosal de Firdusi, titulado _Libro de los Reyes_. En l renacen y viven idealmente las glorias del Irn y sus seculares luchas, en defensa y para difusin de la luz, contra los turanes, propugnadores de las tinieblas. El rey Mahamud gust tanto de la obra de Firdusi que pens en darle por ella todo el oro que pudiese sostener y llevar como carga el ms gigantesco y poderoso de sus elefantes. No lleg el rey, por malquerencia y chismes de sus cortesanos, a premiar tan generosamente al poeta, pero consta que le envi a Tus, lugar de su nacimiento, donde l estaba retirado, un regalo casi equivalente, si bien fue ya tarde, porque le llevaban a enterrar cuando entraron en Tus los que dicho regalo traan. No fue slo la epopeya la que pervirti la ortodoxia muslmica de los habitantes de Chiraz y de toda su comarca, sino tambin los cuentos y novelas que despus se escribieron, los tratados de filosofa moral harto poco severa, y ms que nada, la poesa lrica, consagrada a ensalzar el vino, los amores y toda clase de deleites. Mal podan avenirse con el Corn las sentencias y los versos del _Gulistn_, de Sad y los voluptuosos madrigales de Hafiz que l titulaba _Gacelas_. Todava, por ltimo, se corrompieron ms las creencias y las costumbres con un misticismo que despus se puso de moda, merced a muy eminentes escritores. Era el tal misticismo todo lo contrario de asctico. En lo tocante a indulgencia con pasiones y goces, echaba la zancadilla al de nuestro famoso Padre Miguel de Molinos, no siendo menester la mortificacin y la penitencia para que el alma se uniese con lo infinito, sino ms bien absolver en ella toda la hermosura, todo el deleite y todo el bien de las cosas creadas. El libro titulado _El habla de los pjaros_, fue precursor de esta doctrina. Y quien ms la propag e ilustr luego fue el admirable poeta y filsofo Chelaledn Rum, autor del poema _Mesnewi_. As se fund una secta hertica muy dada al sibaritismo y una a modo de orden religiosa de derviches, inclinadsimos a todo linaje de diversiones, msicas y danzas. Tales sectarios fugitivos fueron los fundadores de la colonia de Melinda, donde se haban dado tan buena maa que haban atrado millares y millares de negros, formando un reino importante del que dichos negros constituan la numerosa plebe. Cuando Vasco de Gama aport all veinte y tres aos antes, el rey melindeo, que era muy pacfico, le recibi leal y amistosamente. El hroe portugus, ya por s mismo, ya por medio de su alfrez Nicols Coello, haba acrecentado tan buenas disposiciones, ponderando la grandeza y el podero de Portugal y de su monarca. Gama y Coello trataron de hacer creer a los de Melinda que Espaa era la cabeza de Europa y Portugal la cumbre de la cabeza; que el rey portugus era el primero de los reyes y que el mismo nombre de Dios era su nombre; que con su innumerable caballera impona respeto y subyugaba a las dems naciones; que sus naves, bien artilladas, recorran el mar a centenares; y que las rentas y tributos, que le rendan sus vasallos y los pueblos vencidos, eran tan abundantes, que, despus de pagados todos los gastos, dejaban cada luna un sobrante de doscientos mil cruzados lo menos. No se sabe hasta qu punto creeran los melindeos tan enormes exageraciones; pero, como vieron despus que los portugueses enviaron al mar de la India poderosas flotas, que eran valientes y terribles, que conquistaron muchos puertos y ciudades, que asolaron no pocas provincias y que iban enseorendose de todo, acabaron por creer lo que al principio les haban dicho; a formar de Portugal el ms elevado concepto, y a considerar como la mejor poltica la conservacin y el acrecentamiento de la amistad portuguesa. Esta era la opinin que prevaleca entre los de Melinda cuando la nave de Morsamor entr en su puerto. -XIV- No bien saltaron en tierra algunas personas de a bordo, visitaron la ciudad y hablaron con sus mercaderes y con otros de sus habitantes, entre los cuales no faltaba ya quien chapurrease el portugus o el italiano, corri por todas partes la voz de que mandaba la nave recin llegada un seor de mucho fuste y campanillas, cuyo nombre era Miguel de Zuheros. Se difundi tambin que venan en la nave dos princesas de lo ms encopetado de Europa, que iban viajando para su instruccin y recreo. Hubo no pocos curiosos y desocupados que fueron a visitar la nave, donde Morsamor los recibi con franca cordialidad y agasajo. Y como all viesen a donna Olimpia y a Teletusa, se maravillaron y embelesaron, dndose a propalar entre sus compatricios que en la nave europea haba, no dos mujeres bonitas, sino dos _pris_ o dos hures. Donna Olimpia fue la que ms agrad y sorprendi por su porte majestuoso, y ms an por la ntida blancura de su tez y por el ureo fulgor de sus cabellos rubios, prendas muy raras en aquella tierra. As es que la consideraron y ponderaron como si fuese criatura sobrehumana y hasta la propia Paraban, emperatriz de las hadas. Cuando todos estos rumores llegaron a los odos del rey y de su hermano, ambos anhelaron obsequiar a Morsamor, ver a las dos hermosas princesas y mostrar a l y a ellas el esplendor de la capital de su reino y la frtil amenidad de los huertos y crmenes que a imitacin y en competencia de Chiraz haba en su ruedo y en ambas orillas del Sabaki, que desemboca en la mar a corta distancia. Pronto se concert y dispuso una fiesta y jira campestre a la que Morsamor, Tiburcio, el piloto, Fray Juan de Santarn, las dos princesas y el seor Vandenpeereboom fueron convidados. En bateles del pas, empavesados con vistosos gallardetes y flmulas multicolores, y defendidos de los ardores del sol por elegantes toldos, los convidados fueron a tierra, donde haba para las damas dos soberbios palanquines llevados por robustos negros; para Morsamor y Tiburcio, hermosos caballos rabes ricamente enjaezados; y para el piloto, el comisionista y el fraile, sendos pollinos tordos y lustrosos, con primorosas albardas, de las que pendan caireles y flecos de seda y con las cabezadas y jquimas de seda tambin, alegrando los odos el sonar de los cascabeles de plata que haba en los pretales, y alegrando la vista los relucientes y airosos penachos que descollaban muy por cima de las largas y puntiagudas orejas. Debemos advertir aqu que en Oriente no es el asno, como en nuestros pases, animal plebeyo y vilipendiado, sino que, por el contrario, goza de notable crdito y suele servir de cabalgadura a las personas graves, constituidas en dignidad y que conviene que caminen con reposo y pausada prosopopeya. Con muy brillante acompaamiento el rey y su hermano llegaron a recibir a sus huspedes en una gran plaza que estaba cerca del muelle. Varios ulemas, magos y astrlogos del Real Consejo privado, venan tambin en burros; monteros y cazadores, de a pie y de a caballo, traan la jaura de podencos y lebreles; doce diestros cazadores de altanera, todos a caballo, llevaban en el antebrazo izquierdo, asidos a la la de becerro con las acicaladas garras, ya poderosos nebles, trados a mucha costa de las montaas de Elburz o de Mazendern a orillas de mar Caspio, ya giles alfaneques africanos, retenidos por la pihuela para que no echasen a volar, y todos con sus capirotes de grana y con sutiles cascabelillos de oro en las nervudas patas. El rey se present en un lujoso carro, tirado por cuatro caballos blancos y conducido por su propio hermano Rustn, que se ufanaba de ser hbil auriga. Se parecan tambin en el carro un venerable escudero, que sostena el quitasol de raso amarillo, bordado de oro, dando sombra al rey y siendo smbolo e insignia de su poder soberano; y dos pajecillos, muy graciosos y compuestos, que oseaban las moscas y movan y refrescaban el aire que circundaba a la persona regia, agitando grandes abanicos, uno de pintadas plumas de pavo real, y otro de plumas de avestruz blancas como la leche. El rey y su hermano recibieron y saludaron a las damas, a Morsamor y a los suyos con gran cortesa y finura, y despus de recorrer las principales calles de la ciudad y de mostrarles las ms interesantes curiosidades, los llevaron al campo, donde los cazadores y las bien industriadas aves de rapia lucieron su destreza en la cetrera, arte cultivadsimo en Persia desde los tiempos primitivos de Jemshyd, fundador del primer imperio. Todos fueron luego a un parque o coto muy extenso que posea el rey en la margen del ro, y donde haba mucha caza, especialmente de ciervos. Espantados y perseguidos por los ojeadores, los ciervos pasaron en manadas por muy cerca de las paranzas donde el rey y los que le acompaaban se haban puesto a aguardarlos. As hicieron en ellos no pequea carnicera, lanzndoles flechas, venablos y azagayas. El rey Feridn obsequi por ltimo a sus convidados y a los individuos de su servidumbre con una exquisita merienda, en la que el guiso que ms agrad fue uno de nades silvestres en arroz blanco, condimentado con la picante salsa llamada _curry_. Los almbares de azahar y de rosas fueron tambin muy celebrados. Y los seores principales consumieron en abundancia el famoso vino de Chiraz a pesar de Mahoma, mientras que la gente menuda se regal con _arrack_, bebida fermentada de la India, harto menos costosa. Las dos damas fueron muy admiradas y requebradas, rayando en frenes el entusiasmo que excitaron, sobre todo hacia el fin de la merienda. El rey, el prncipe, su hermano, los ulemas y los astrlogos, todos en suma, apenas se atrevieron a dirigirles la palabra en prosa, sino que les echaron a porfa mil piropos, ya en versos persas, ya en versos arbigos, que los seores Vandenpeereboom y Tiburcio se encargaban de traducir. Porque segn la costumbre de aquella tierra casi hubiera sido desacato o irreverencia hablar en prosa a seoras tan bellas y de tan alta guisa. Por fortuna no era difcil a las personas elegantes de por all hablar siempre en verso, porque la menos instruida de todas ellas sabia de memoria millares de _kasidas_ y de _gacelas_, apropsito para todos los casos, y que podan ensartarse unas en otras, como las perlas en un hilo, por medio de la prosa rimada. En resolucin, los viajeros se divirtieron mucho aquel da y todos volvieron a bordo muy lisonjeados y satisfechos. -XV- Despus de la jira campestre y contrariando los planes de Morsamor, su nave permaneci an en el puerto de Melinda una semana entera. La carga y descarga de artculos de comercio y los tratos y contratos que tuvo que hacer el seor Gastn Vandenpeereboom fueron la causa de tales estadas. Lleg al fin el momento de continuar el viaje. Era una hermosa tarde de otoo, vspera de la salida. Morsamor, Tiburcio, las damas y toda la tripulacin estaban a bordo. Una almada, conduciendo gente muy bulliciosa y regocijada, se acerc al costado de la nave. Uno de los de la almada pidi permiso para que visitasen la nave l y sus compaeros. Componan estos una tropa o cofrada de los derviches msticos, apellidados _mevlevies_, de que fue fundador y patriarca el ya citado celebrrimo Chelaledn-Rum, egregio poeta entre los orientales y melodioso _ruiseor de la vida contemplativa_. Miguel de Zuheros no estaba de muy buen humor y repugnaba recibir a los derviches; pero donna Olimpia y Teletusa, que haban odo hablar de sus extravagantes y vertiginosos bailes y del extrao mtodo que empleaban para llenarse de furor divino y entrar en la va unitiva, intercedieron por ellos y consiguieron que subiesen sobre cubierta. Hasta veinte seran los de aquella tropa, todos vestidos de flotantes y ligeros paos, todos contentos y satisfechos como quien priva con la divinidad y de los dems seres del mundo no se le importa un prisco. Al son de una msica muy rara entonaron los derviches algunas de las ms bellas canciones pantesticas de su fundador. Luego tejieron la ms arrebatada y frentica danza que puede imaginarse. Y, por ltimo, cuatro de los derviches, trompeteros de resuello pujante, hicieron resonar las _kernas_ de que venan provistos. La danza se precipit entonces con rapidez sobrehumana. Verlos bailar causaba mareo. Aquel espectculo asustaba ms que diverta, pero tena tan invencible atractivo que todas las miradas quedaban fijas en los derviches sin poder apartarse de ellos. Atronador era el sonido de las _kernas_, trompetas enormes de ms de dos metros de longitud, en figura de serpientes y enroscadas en giro tortuoso. --Nadie me quitar de la cabeza--dijo Tiburcio a donna Olimpia, que estaba a su lado--que si bien la msica, como todas las dems artes, ha adelantado mucho en estos ltimos tiempos, todava hay en ella secretos misteriosos, descubiertos en las edades primitivas y conservados ocultamente en los santuarios y en los colegios sacerdotales. Al or estas trompetas se entrev y se adivina la relacin, conocida en lo antiguo y desconocida hoy, entre la msica y la arquitectura. Al or estas trompetas no parece del todo ponderacin, encarecimiento o milagro, lo que se cuenta de Anfin erigiendo al son de la msica las murallas de Tebas, y lo que se cuenta de Josu derribando las murallas de Jeric a trompetazos. Tal vez la msica del porvenir llegue en Europa, dentro de cuatro siglos o antes a tener eficacia parecida, mas por ahora distamos mucho de ello. Donna Olimpia estaba tan absorta oyendo el trompeteo y contemplando la danza, que no contest palabra alguna. La observacin de Tiburcio era, sin embargo, muy atinada aunque incompleta. Sin duda aquella msica profunda y sabiamente brbara no estaba slo en relacin con la arquitectura, no era slo una fuerza motriz material, sino que era asimismo un pasmoso vehculo de la fuerza psquica, trasmitiendo con el aliento vital por el retorcido tubo de bronce el deseo imperioso del espritu. Esto que recientemente han inventado los hombres y han apellidado magnetismo animal no es ms que un leve e imperfecto atisbo y un ensayo rudo y embrionario, digmoslo as, del empleo de la fuerza psquica, que en los venideros tiempos ha de conocerse mejor y ejercitarse con gran fruto. Como quiera que ello sea, lo cierto es que aquellos trompeteros o sonadores de _kerna_ podan ya, por virtud de la ciencia oculta custodiada en Oriente, emplear la fuerza del alma y producir el letargo magntico en quien se les antojaba. No nos maravillemos pues, de que Morsamor, que tambin vea la danza y escuchaba el trompeteo, viniese a caer en hondsimo letargo. No hubo modo de despertarle, y permaneci traspuesto cerca de veinticuatro horas. Cuando Morsamor volvi a su acuerdo, la nave estaba en alta mar, lejos de Melinda, y navegando con viento favorable hacia las distantes playas de Malabar. Cun extraordinaria sorpresa y cun tremenda clera no seran las de Morsamor no bien supo que donna Olimpia y Teletusa, as como sus escuderos Asmodeo y Belceb, haban desaparecido, sin que se hallasen en la nave por ms que los haban buscado. Sin duda, en la tremolina y rebullicio que se arm cuando Miguel de Zuheros cay en su hondo letargo, las dos damas y los dos escuderos hubieron de escabullirse yndose con los derviches. Las rdenes de levar anclas y darse a la vela al amanecer haban sido tan terminantes que, a pesar de lo ocurrido, el piloto no quiso desobedecerlas. El letargo de Morsamor poda por otra parte terminar en muerte, y lo ms seguro era salir para la India, por no considerarse nadie a bordo con poder bastante para desembarcar y tomar venganza de aquel desaguisado, en la suposicin de que los derviches o algunas otras personas tuviesen la culpa de todo. Interrogado por Morsamor, Tiburcio le dijo: --De tu letargo, no s qu pensar. Yo creo que le produjeron las trompetas mgicas, pero tal vez la intencin de los derviches no fue en tu dao. Y por lo tocante a donna Olimpia y a Teletusa nada tenemos que reclamar. No ha habido rapto. Ni la violencia ni la astucia han sido parte en su fuga. Ellas nos han abandonado en el pleno uso y ejercicio del libre albedro. De nadie, pues, ni de ellas mismas, podemos quejarnos. Lee esta carta que me dej escrita Teletusa antes de partir. Morsamor tom la carta y ley lo que sigue: Mi adorado Tiburcio: La fatalidad lo quiere y lo dispone y es menester someterse a ella. En las entretelas de mi corazn llevo yo pintada tu imagen con preciosos y vivos colores que nunca han de desteirse. Estoy convencida de que no volver a hallar jams hombre tan guapo como t y que me pete tanto, aunque, como el Infante don Pedro de Portugal, recorra yo en su busca las siete partidas del mundo. Y, sin embargo, tengo que abandonarte. Donna Olimpia lo quiere. Seguirla es para m deber ineludible. Si ella abandona a Morsamor es porque conoce que, si bien Morsamor la quiere, Morsamor tiene vergenza de llevarla en su compaa. Harto ha notado ella que cuando Morsamor no est bajo el hechizo de su mirada y recobra la calma y el juicio que le roba la embriaguez del deleite amoroso, ella, si no es objeto de repugnancia para Morsamor, es considerada por l como un estorbo y como un escndalo. No queremos estorbar ni escandalizar y por eso nos quedamos en Melinda. Hemos celebrado un contrato con el Rey Feridn y con el prncipe Rustn, los cuales, bajo palabra de honor, corroborada por solemnes juramentos, nos dejan en completa libertad de largarnos donde se nos antoje, si dentro de seis meses nos hartamos de ser el adorno y el esplendor de su corte. Donna Olimpia ha querido que nuestra separacin sea sbita y por sorpresa para ahorrarnos a todos el trance desgarrador de la despedida. Ella desea que Morsamor alcance grandes victorias, triunfos y laureles en la India; entiende que para esto perjudicara a Morsamor si le siguiese y por eso le deja. Si l por un lado, ella tambin separadamente por otro, puede vencer y triunfar sola. El continuar juntos, dice ella, sera causa de debilidad y a todos nos daara. Ella sola tiene tambin colosales proyectos. Quiere visitar la Meca, el reino del Preste Juan, el Egipto, la Tierra Santa y qu s yo cuntas otras regiones. Por Dios no tengis pesadumbre de que nos separemos de vosotros. La pesadumbre de Morsamor slo podra nacer, si la tuviese, de su vanidad ofendida. En el fondo de su alma debe alegrarse y de fijo se alegrar de verse libre de nosotras. Lo que es t bien s yo que me quieres un poquito y que sentirs algo mi ausencia. No me olvides. Guarda de m tan dulce recuerdo como el que yo de ti guardo. Quin sabe? Ya nos volveremos a encontrar algn da. Entre tanto, quede yo en tu memoria tan gentil y enamorada, como t en la ma quedas, y ten por cierto que nunca dejar de amarte tu _Teletusa_. Leda esta carta, Tiburcio entreg a Morsamor otra que donna Olimpia haba dejado escrita para l. Era esta carta tan elocuente y tan sentida que no me atrevo a recomponerla aqu, pues no tenindola a mano tal como se escribi la falseara yo y la echara a perder, recomponindola y ofrecindola a mis lectores. Baste, pues, que sepan que donna Olimpia se despeda de Morsamor con inmensa ternura, y tratando de justificar la separacin por ineludible. Morsamor sinti muy mortificado su amor propio, pero en el fondo de su alma tuvo que dar la razn a donna Olimpia, y no hall motivo para quejarse de ella ni de nadie. Sospech, con todo que el mediador que haba habido entre Feridn y Rustn y las dos aventureras no poda haber sido otro que el Sr. Gastn Vandenpeereboom, pero disimil su enojo por vergenza y no quiso vengarse, al menos por lo pronto. -XVI- El piloto Lorenzo Fritas dirigi la nave con habilidad pasmosa, aprovechando la monzn favorable del sud-oeste, y, con mayor rapidez que la ordinaria, cruz el Mar de la India hasta hallarse ya, segn sus clculos, a cuatro o cinco das de distancia del puerto de Goa. All estaba sin duda el virrey Don Duarte de Meneses, a quien Morsamor quera presentarse, ponindose a sus rdenes, aunque hubiera preferido que esto fuera llevndole algn presente y despus de haber dado cima a empresas de importancia y de lucimiento. Para tratar sobre este punto, Morsamor llam a consejo una maana al piloto Fritas, al administrador Vandenpeereboom y hasta a Fray Juan de Santarn y al amigo Tiburcio, con cuyos pareceres quera asesorarse. Por noticias que en Sofala y en Melinda le haban llegado, Morsamor saba que los negocios de Portugal en la India andaban harto revueltos. Y aunque presentaban mayor peligro que de ordinario, podan tambin dar ocasin a grandes triunfos si la destreza y el brio eran secundados por la fortuna. Tiempo haca ya que el soldn del Cairo no construa auxiliado para ello por los venecianos a toda costa en Berenice, puerto del Mar Rojo, naves con que salir a combatir a los portugueses en el Golfo de Omn y en lo ms ancho del Eritreo, pero haban corrido rumores de que el rgulo de Ormuz se haba rebelado, sacudiendo la pleitesa y negando el tributo que antes pagaba. Asegurbase adems, que el gran turco, a quien arrebataban los portugueses en la India el fructuoso comercio que hubiera acrecentado y hecho incontrastable su poder, haba alentado, por medio de emisarios secretos, y tal vez con promesas de auxilio, a varios rajaes o prncipes soberanos indostanes, mahometanos unos y gentiles otros, para que contra Portugal se ligasen y armasen. Alma de esta liga era un marino audaz y experto, llamado Aga Mahamud, el cual tena gran crdito y alto nombre, y haba llegado a reunir bajo su mando una poderosa flota de ms de cincuenta ligeras y bien artilladas fustas, sin contar varias galeras, almadas, _zambucos_ y otros pequeos bajeles, cuyos tripulantes, aunque de diversas razas, lenguas y creencias, eran todos gente desalmada y fiera, avezada a la mar, sufrida en los trabajos y despreciadora de los peligros. No lejos de Diu, floreca entonces, en el fondo de un estero y a orillas de un ro caudaloso, la ciudad de Chaul, emporio del comercio que, para sustraerse al poder martimo de Portugal, hacan entonces con la India, por tierra, Persia y Arabia. Chaul era singularmente famosa como mercado de caballos, y all iban a surtirse los grandes seores y prncipes indianos para remontar su caballera. Los portugueses haban obtenido del prncipe de Chaul el permiso de erigir una gran fortaleza no lejos de la ciudad y al borde del estero, adquiriendo as la llave y el dominio de emporio tan importante. La fortaleza haba empezado a construirse, pero Aga Mahamud haba acudido a estorbarlo con sus fustas, y se deca que se haban dado ya algunos combates en que no siempre los portugueses salieron bien librados. Peligroso era ir all con una nave sola exponindose a un encuentro con fuerzas superiores enemigas, pero Morsamor, deseoso de sealarse por actos heroicos, propuso a sus compaeros de navegacin y de armas dirigir el rumbo hacia Chaul y acudir en auxilio de la flota portuguesa que defenda all la construccin del castillo y que tal vez en aquellos momentos estaba sitiada y vigorosamente combatida. Posible era sucumbir all con gloria, pero si por dicha se venca, Morsamor gozaba en imaginar la brillantez y la pompa de su entrada en Goa ya victorioso y llevando de presente a Don Duarte treinta o cuarenta caballos rabes y persas rpidos en la carrera, de pura sangre y de hermossima estampa. Habl Morsamor con tanto fuego que logr penetrar y encender con l los corazones de su pequeo auditorio. El mismo Fray Juan de Santarn hubo de entusiasmarse y dijo que, dejando por lo pronto los medios de persuasin, hasta que aprendiese l con facilidad alguna de las lenguas que por all se hablaban, empuara un arcabuz y transmitira as sus creencias a los infieles por medio de terribles lenguas de fuego. Haba recelado Morsamor hallar oposicin en el seor Vandenpeereboom, pero se llev agradable chasco. El seor Vandenpeereboom siempre con la fra suavidad y con la lentitud de sus palabras, dijo de esta suerte, cuando le lleg el turno de hablar: --En los peligros grandes el temor es casi siempre mayor que el peligro. Mucho aventuramos, pero, quin sabe? Acaso salgamos bien de la empresa, y harto se comprende el provecho y la gloria que de ello nos resultaran. Si somos vencidos, si las fustas de Aga Mahamud echan a pique nuestra nave qu le hemos de hacer? Morir tenemos, como dicen los cartujos, y lo mismo es hoy que maana. Yo aqu, como apoderado comercial de los seores Adorno y Salvago, slo debo mirar por sus intereses. Y para disipar escrpulos dir que aunque esta nave se hunda en la mar con toda la riqueza que contiene, si se hunde con gloria y con la conveniente y debida resonancia, los seores Adorno y Salvago saldrn ganando y no perdiendo. Esto lo calculamos muy bien antes de zarpar de Lisboa y por eso se dio el mando militar de la nave a tan atrevido sujeto como el seor Miguel de Zuheros que est presente. Si a nosotros nos hacen trizas y si descendemos al fondo del mar a que los peces nos devoren, los seores Adorno y Salvago se afligirn o supondrn que se afligen, pero ya tienen echadas sus cuentas y hechos sus clculos y sabrn poner alto precio a nuestro herosmo, impetrando de Su Alteza Fidelsima honores, mercedes y privilegios muy provechosos. Con que haga el seor Miguel de Zuheros lo que mejor le convenga, y atrvase a todo, que por nosotros no ha de quedar. En vista de tan unnime concordancia de pareceres, Morsamor dispuso que se navegase hacia Chaul, y as lo hizo Fritas, con todo el cauteloso esmero que convena para esquivar el encuentro de superiores fuerzas contrarias y para acudir en la ms oportuna sazn a dar a los amigos inesperado socorro. -XVII- Al amanecer de un da del mes de Septiembre, la nave de Morsamor se hallaba a la vista de Chaul, muy cerca de la costa. Denssima niebla quitaba su transparencia al aire y extendida sobre la superficie del mar, ofuscaba la vista. Morsamor y los suyos creyeron or frecuentes estampidos como de disparos de bombardas, y hasta imaginaron columbrar el resplandor siniestro que a los estampidos preceda. Sin temor, no obstante, aunque s con extraordinarias precauciones, se fueron acercando hacia donde sonaban los disparos. No soplaba el viento muy en su favor, pero el piloto Fritas y sus giles marineros le dominaban y aprovechaban con diestras maniobras. A pesar de la niebla, descubrieron de repente un esquife que se recataba de ellos y procuraba huir. Echaron entonces al agua el de la nave, en el que izaron la bandera portuguesa, y a todo remo dieron caza y alcanzaron al que hua. Los que le tripulaban, no bien distinguieron la bandera de Portugal, trocaron su recelo en alegra y se pusieron al habla con los de la nave. Pronto el que mandaba el esquife fugitivo subi a bordo de la nave y lleg a la presencia de Morsamor. Interrogado por l el del esquife fugitivo habl de este modo: --Yo, que me llamo Antonio Vaz, y los que vienen conmigo, formbamos parte de la tripulacin de la galera que mandaba Diego Fernndez y que haba ido a ponerse a la entrada del estero para impedir que las fustas de Aga Mahamud penetrasen en l y fuesen a combatir la fortaleza, ya desde el agua, disparando bombardas, arcabuces y flechas, ya desembarcando gente a fin de tomarla por asalto, con el auxilio de los hombres de armas que Hamet, gran enemigo de los portugueses y dominador hoy en Chaul, ha enviado contra nosotros. Atacada nuestra galera por cinco fustas de Aga Mahamud haba perdido mucha gente. Apenas quedaba esperanza de salvacin. La chusma de forzados, moros y gentiles, que estaba al remo empez a rebelarse, gritando en su lengua a los de las fustas que se acercasen sin temor, que ya poca resistencia hallaran y que ellos procuraran ayudarlos y salvarse. Entendi el capitn Diego Fernndez las palabras y el traidor propsito de los forzados y cayendo sobre ellos, porque el cmitre haba muerto atravesado por una flecha, mat con su espada a cinco de los ms rebeldes y furiosos. Por desgracia una gruesa bala de bombarda vino a chocar contra el hierro del ancla que estaba all cerca suspendida, y saltando de rebote, dio tan tremendo golpe en la armadura de acero de Diego Fernndez que se la hizo pedazos, hundindole en el pecho algunos de sus punzantes y afilados picos. Diego Fernndez perdi la vida en el acto. A reemplazarle en el mando acudi oportunamente don Jorge de Meneses. Con l haban venido de refresco cerca de cuarenta soldados que estaban antes en otro navo. Para que no desmayasen y se acobardasen a la vista del capitn muerto, don Jorge nos mand que le envolvisemos en la manta de un forzado y que le escondisemos en el fondo del buque. As lo hicimos al punto. La fortaleza entre tanto nos pareci asaltada por la gente de la ciudad que Hamet haba enviado contra ella. Quiso entonces don Jorge dar a la fortaleza algn auxilio, me consider ms capaz que nadie para tan arriesgada empresa, recib sus rdenes y lanc al agua el esquife en que me habis visto venir. Dos fustes y algunos pequeos bateles de Aga Mahamud me cerraron el paso y me impidieron saltar en tierra. No pude tampoco volver a la galera, porque se interpusieron persiguindome. De ellos vena huyendo cuando me habis encontrado. Oda esta relacin de Antonio Vaz, Morsamor le anim y le tom por gua para que le llevase hacia donde estaban las dos fustas y los pequeos bateles que le haban perseguido. Con gran rapidez, en silencio, arriada la bandera, y hasta cierto punto oculta por la neblina, la nave de Morsamor cay de repente sobre las dos fustas, que se haban apartado del grueso de la flota persiguiendo al pequeo esquife, y ech a pique una de ellas con certeros tiros de su artillera, que diriga Tiburcio con tino verdaderamente diablico. Pasmados los de la otra fusta y aterrorizados del imprevisto ataque, no acertaron a huir ni a poner resistencia. La nave se acerc a la fusta y la gente de Morsamor la entr al abordaje, pasando a cuchillo a cuantos haba en ella. Tiburcio tom entonces el mando de la fusta apresada. Morsamor y Tiburcio se apresuraron luego a llegar donde combatan la galera de don Jorge y el grueso de la flota portuguesa contra las fustas de Aga Mahamud, en las cuales hizo Morsamor tremendo estrago con la artillera y arcabucera de su nave, cooperando eficazmente a la victoria una audaz estratagema de Tiburcio, porque desorden las fustas de Aga Mahamud penetrando en sus filas como si su fusta fuese an una de ellas y no hubiese pasado a poder del enemigo. En suma, las fustas de Aga Mahamud tuvieren que retirarse todas con grandsima prdida y quebranto, y don Jorge, a hora de medio da hizo resonar las trompetas y clarines en seal de victoria, si bien no se resolvi a perseguir la armada de los infieles. La situacin en que estaba la fortaleza le atraa antes que todo. Era menester libertarla de los sitiadores que Hamet haba mandado contra ella. Y como ya no haba que hacer cara a las fustas de Aga Mahamud, los ms aptos y valerosos de los hombres que tripulaban la flota portuguesa desembarcaron no lejos del castillo, que slo defendan sesenta hombres, los cuales, de acuerdo con los desembarcados, a quienes desde las almenas y saetas vieron llegar, hicieron a tiempo una salida muy vigorosa, cayendo sobre los sitiadores a quienes los desembarcados atacaron por el flanco y por la espalda. Al frente de una tropa de ms de cuarenta, entre los que se distinguan Tiburcio dando cuchilladas y Fray Juan de Santarn animando a los combatientes con oraciones fervorosas, Morsamor hizo atroz carnicera en los musulmanes y gentiles de Chaul, que pronto abandonaron el campo y huyeron despavoridos refugindose en la ciudad. Para aterrar a Hamet y a los que en la ciudad le obedecan, don Jorge de Meneses les envi un presente horrible: cincuenta cabezas de los que haban muerto atacando la fortaleza y rechazados por l. Amilanado Hamet y temiendo el incendio y saco de la ciudad y muertes innumerables si era entrada por asalto, pidi la paz, capitul, y dej entrar a los portugueses que de la ciudad se enseorearon. Morsamor, cuyo inesperado auxilio haba sido parte tan principal en la victoria, goz del triunfo a par de don Jorge, siendo vitoreado y ensalzado por los de la hueste. El contento de los vencedores lleg a su colmo cuando pudieron apoderarse, como tributo, de parte de las riquezas all reunidas y repartrselas entre todos. Morsamor, persistiendo en su propsito, no dej de tomar veinte hermosos caballos ricamente enjaezados, para llevrselos de presente a don Duarte, cuando se presentase ante l en Goa, como pensaba hacerlo, con la noticia de aquel triunfo. -XVIII- Pronto lleg al puerto de Goa la nave de Morsamor: este y Tiburcio, muy orondos y satisfechos de la gloria militar que haban adquirido; el piloto Fritas no menos pagado del aumento de su crdito como hbil navegante, y contento el seor Vandenpeereboom de las compras y ventas que iba haciendo y que pensaba hacer, aprovechndose de los triunfos y sin perder las buenas ocasiones. Don Duarte de Meneses recibi con grande aprecio al aventurero castellano que tan bien le haba servido y acept gustoso el rico obsequio de los veinte hermosos caballos. Por aquellos das todo era jbilo en Goa, porque de Ormuz llegaron tambin muy buenas nuevas. Amedrentado el rey rebelde, haba entrado en tratos con los portugueses para entregarles la plaza, pero su visir, que era un _rum_, o griego renegado, se puso de acuerdo con la princesa hija del monarca que haba reinado all en tiempo del grande Albuquerque. El _rum_ la tom por mujer o por amiga y movido por la ambicin y excitado por la princesa, asesin al rey y se apoder en lugar suyo de aquellos Estados. Los portugueses entonces lucharon contra el usurpador, lograron vencerle y entraron en Ormuz a saco, apoderndose de un botn esplndido. Poco despus de llegar a Goa la nueva de la victoria de Chaul, lleg tambin la nueva de esta victoria. Goa resplandeca entonces en su mayor auge como centro y capital del imperio lusitano en Oriente; imperio que se extenda desde Sofala a Malaca, por todas las costas del Ocano ndico y del Golfo de Bengala, y dilatndose adems por muchas islas del mar del Sur, como Ceiln, Sumatra, Java y las Molucas, donde el rey de Portugal haba levantado fortalezas e impona tributos. A Goa acudan agentes o enviados de muchos soberanos a negociar alianzas y a mendigar el favor y el auxilio del virrey. Los rajaes de Cambaya y de Narsinga, el samori, los prncipes y sultanes de Aracan, de Bengala y del Pegu, y hasta el propio shah de Persia, anhelaban la amistad de los portugueses, les enviaban presentes o les rendan parias. Los portugueses, sin embargo, no penetraban por punto alguno en lo interior de las tierras y slo de la mar eran seores. Carecan de fuerzas suficientes para hacer incursiones y conquistas en lo interior de aquellos dilatados pases, que seguan para ellos, no slo independentes, sino casi desconocidos. Los prncipes y seores orientales, cuando la victoria encumbraba a los portugueses, se postraban ante ellos y se les sometan medrosos; pero la sumisin era insegura y falsa. De aqu que el imperio portugus en la India fuese ms brillante que slido. Era como rbol frondoso, rico en flores y frutos, cuyas races no penetraban hondo en la tierra y que el mpetu de los vientos poda sacar fcilmente de cuajo. Era como la estatua simblica, que Nabucodonosor vio en sueos, con la cabeza de oro y los pies de barro y que una piedrecilla, que de improviso rod de la montaa, desmenuz y redujo a polvo. Morsamor aplicaba a veces al imperio portugus la visin de este sueo y algo de la interpretacin que el profeta Daniel le haba dado. Los portugueses, con terrible herosmo, haban hecho y seguan haciendo _ms de lo que prometa fuerza humana_. Esplndidas pginas haban de dar an para su historia virreyes tan ilustres como don Juan de Castro y don Luis de Ataide; pero la piedrecilla haba de sobrevenir derribando por ltimo el coloso y engrandecindose luego como ingente montaa que sobre firme y arraigado cimiento se erguira sobre la tierra y la dominara. Morsamor se desalentaba al pensar as, no vea plan ni concierto en todas aquellas bizarras, ni acertaba a traslucir que pudieran tener fin dichoso. Slo vea horrores, estragos y muertes, y volva a arrepentirse de haberse remozado y de haber huido del convento. Imputaba luego aquel arrepentimiento suyo a cansancio y a flaqueza de nimo. Y entonces renaca en l el ansia de sealarse y de probar su valor, volviendo a lanzarse en las ms peligrosas aventuras. Las buenas ocasiones no haban de faltarle. La primera que se le ofreci fue la de ir a la grande y hermosa isla, donde se cran la canela y el clavo y abundan las perlas en el mar que la cie. Los antiguos griegos y romanos la llamaron Trapobana, Lanca los indios, los rabes Serendib, y por ltimo se llam Ceiln. En sus Costas haban fundado los portugueses varios fuertes y factoras, desde donde procuraban dominar toda la isla. Reinaba en ella, sobre la raza indmita y guerrera de los singaleses, un rey tan valiente como astuto llamado Rayasinga. Lejos del alcance del poder portugus estaba la capital y residencia de este rey a donde slo poda llegarse salvando enriscadas montaas a travs de peligrosos desfiladeros. Imaginaban los portugueses que aquel reino haba sido cristiano en lo antiguo, gracias a las predicaciones del apstol Santo Toms que hasta l haba llegado, pero imaginaban tambin que el cristianismo de los singaleses se haba pervertido y maleado con el transcurso del tiempo, turbando la pureza de su doctrina mil absurdas supersticiones. La verdad era que lo que crean los portugueses cristianismo viciado era la religin fundada por Sidarta, prncipe de las sakias de Kapilabastu, y predicada en Ceiln algunos siglos antes de Cristo. La moral de esta religin no poda ser ms santa ni ms hermosa, pero su metafsica era errnea y desconsoladora. En el amor y en la compasin por el infeliz linaje humano, sin distincin de castas ni de jerarquas, estribaba aquella moral, pero no tena un Dios misericordioso. Su Dios, si tal poda llamarse, era el ser nico, infinito e indeterminado en quien todo cuanto es y en quien todo cuanto puede ser se contiene. El trmino de la aspiracin, la suprema bienaventuranza de religin tan extraa era romper el lmite que nos separa del todo, y perdiendo tal vez la conciencia individual, hundirnos en la inmensidad de la sustancia nica, acabada ya la serie de transmigraciones del alma y gozando de inefable reposo. A tales dogmas, sin embargo, el amor y la compasin prestaban como ya hemos dicho, una moral muy pura. Entre la teora y la prctica hay a menudo gran contradiccin y no era pequea la del caso de que hablamos. El piadoso rey Rayasinga, con la aprobacin acaso o con la indulgencia al menos del gran sacerdote Sumangala, haba destronado a un hermano suyo, que andaba forajido, y haba envenenado a otro de sus hermanos, reinando as en lugar de los dos y dando unidad a su reino. Para darle tambin completa independencia y gloria combata con frecuencia a los portugueses. Estos combates, sangrientos y obstinados, eran estriles siempre. Ni Rayasinga lograba apoderarse de ningn fuerte de los portugueses, ni estos, salvando las montaas y atravesando los desfiladeros, llegaban a asediar la capital de Rayasinga. Ponindose a las rdenes de Juan Silveira, que mandaba en Cananor, Miguel de Zuheros fue a Ceiln a combatir y a escarmentar al mencionado rey; en varios encuentros que tuvo con sus huestes alcanz siempre la victoria y contribuy no poco a que cansados de luchar por una y otra parte, se sentasen paces de nuevo. Morsamor pas luego a Sumatra y tom parte en otra expedicin guerrera contra el monarca de Pacen, que los portugueses consideraban intruso y a quien destronaron dando su trono y reino a un sobrino suyo que haba ganado el favor y auxilio de los portugueses declarndose vasallo del rey don Manuel. Alentado con esta conquista del reino de Pacen, en la que tuvo no pequea parte, Morsamor se puso a las rdenes de Jorge Brito y fue con l a una expedicin contra el rey de Achin, cuyos sbditos, inquietos y belicosos, infestaban con sus pirateras aquellos mares. En balde reclam Jorge Brito del rey Achin la entrega de mercancas, de armas y hasta de portugueses cautivos, de que se haba apoderado por sorpresa o aprovechndose del naufragio de dos buques de Portugal en aquellas costas. Esto dio motivo o pretexto a Jorge Brito para romper las hostilidades, empendose imprudentemente en empresa muy peligrosa. En dos fustas y con menos de trescientos hombres de desembarco naveg contra la corriente del ro hacia la capital de los achineses. Casi a la mitad del camino tenan estos una fortaleza, donde haba bastantes arcabuceros y algunas bombardas, cuyos disparos impidieron a las fustas seguir adelante y mataron a cuatro de los hombres que las tripulaban. Ansioso Jorge Brito de tomar venganza desembarc con sus trescientos soldados, entre los cuales haba no pocos ilustres y valerosos caballeros de la corte del rey don Manuel. Morsamor estaba entre ellos. Muy reidos y sangrientos fueron el ataque y la defensa del fuerte de los achineses, los cuales hicieron vigorosas salidas. En una de ellas estuvieron a punto de desordenar y derrotar por completo la hueste lusitana, merced a una inesperada estratagema de que se valieron, lanzando contra los portugueses una manada de bfalos que tenan acorralados. Los portugueses, no obstante, iban ya triunfando de todo. Los sitiados, casi en fuga, se retiraban al fuerte, y ya Jorge Brito y Morsamor tenan la esperanza de tomarle por asalto cuando el propio rey de Achin lleg en defensa del fuerte con ms de dos mil infantes, con algunos caballos y con seis elefantes poderosos adiestrados para la lucha, defendidos por muy firmes corazas y dirigidos por cornacas hbiles y denodados. Los portugueses estaban todos a pie. Casi envueltos por tan superiores fuerzas enemigas, retrocedieron con espanto hacia la orilla del ro. Slo reembarcndose podan lograr ya salvar las vidas, mas para reembarcarse era menester, no slo hacer cara al enemigo, sino tenerle a cierta distancia durante algn tiempo. Los valientes caballeros que de esto se encargaron hicieron prodigios apenas crebles. En aquel trance murieron ms de cincuenta portugueses, no pocos de ilustre familia y entre ellos el mismo Jorge Brito capitn de la hueste, y los cinco msicos que siempre llevaban consigo, Porque gustaba en extremo de que le exaltasen y animasen en el combate cantando y tocando instrumentos sonoros. La muerte que amedrant ms a los portugueses fue la de Gaspar Fernndez. El elefante ms gigantesco le cogi con la trompa, le tir por el aire, y no bien cay al suelo, le acab de matar estrujndole el pecho y rompindole el crneo con sus gruesas patas delanteras. Morsamor quiso vengar a aquel compaero de armas, que tal vez era el que ms estimaba y quera. Acometi por un lado al elefante y logr derribar a su cornac hirindole de una estocada. El elefante se revolvi contra Morsamor y le asi tambin con la trompa. La espada se le cay a Morsamor de la diestra; pero, con la rapidez del rayo, y sin dar tiempo a que el elefante le lanzase o le ahogase apretando, le agarr con la mano izquierda de una oreja, y desenvainando con la otra mano el acicalado pual, que llevaba al cinto, le hundi hasta el puo en la cerviz de aquella fiera, con tino tan eficaz que en el acto perdi la vida, cayendo con estruendo por tierra su espantosa mole. Morsamor cay tambin, pero cauto y ligero, no cay debajo sino encima de su vctima. Aunque Morsamor se levant con rapidez, all hubiera muerto, circundado de muchos enemigos, si los de la hueste portuguesa, maravillados y reanimados al ver su hazaa, no hubieran acudido en su auxilio. Aquella hazaa de Morsamor contuvo el mpetu de las gentes del rey de Achin y prest bros y dio tiempo a los portugueses para que se reembarcasen, si bien con lamentable prdida, no completamente derrotados. -XIX- De vuelta Morsamor a Goa para reposar sobre sus laureles, se complaci en ver cundir su fama y crecer el nmero de sus admiradores, convertidos muchos de ellos en parciales devotos. La emulacin y la envidia hacan que tambin sus enemigos se aumentasen. Y a todo contribua en gran manera Tiburcio de Simahonda que, menos retrado y mucho ms expansivo que Morsamor, se mostraba por donde quiera y trataba toda clase de gente. Tiburcio, como en Lisboa, saba ganar amigos en la India, pero su buena fortuna con las mujeres y en el juego le creaba muchos envidiosos. Menester era de toda la prudencia y tino de Morsamor, para evitar rias entre dichos envidiosos y los del bando que sin pretenderlo l queran seguirle y cuyo aparente adalid era Tiburcio. Los ms desalmados aventureros y los menos favorecidos de la suerte, acudan a Tiburcio, esperando por su medio ganarse la voluntad de Morsamor y embelesados por lo pronto por el alegre carcter, burlas y chistes de aquel doncel atrevido. Francisco Pereira Pestana, gobernador de Goa, recelaba de continuo que la rivalidad entre la gente que acaudillaba Tiburcio y los que le envidiaban y odiaban originase desrdenes sangrientos. El ms vivo deseo del gobernador se cifraba en que Miguel de Zuheros y Tiburcio abandonasen la ciudad llevando consigo a los ms turbulentos aventureros y acometiendo alguna arriesgada empresa de la que tal vez sera lo mejor que nunca volviesen. Aunque movido Morsamor de sentimientos contrarios, coincida con el gobernador en hallar difcil y enojosa su posicin en Goa, ansiando salir de all en busca de aventuras, con toda independencia de Portugal y campando por su respeto. En tal situacin de nimo y despus de aconsejar a Tiburcio que fuese circunspecto y sufrido a fin de vivir en paz, Morsamor le manifest el ansia que tena de salir de Goa y de buscar honra y provecho por nuevos y no trillados caminos. Poco tiempo despus de esta confidencia de Morsamor, Tiburcio, que al principio se haba callado, hubo de hacerle el siguiente razonamiento: --He meditado sobre lo que te trae caviloso y que das pasados me confiaste. He hecho ms: he gustado de tu propsito y he empezado a abrir el camino para que se logre. Para nosotros siempre ser aqu el peligro mayor que la gloria. Debemos, pues, salir de aqu. Fuera de aqu el peligro podr ser grandsimo, pero la gloria estar en proporcin y ser tambin grande. Para que me entiendas bien, te dir el concepto que formo yo de la tierra en que ahora estamos y de la gente que la habita. Mi trato con ella y mi facilidad para entender su idioma, hacen que yo lo comprenda todo con ms claridad y exactitud que los portugueses. Lleno de curiosidad Morsamor, prest grande atencin a Tiburcio que continu diciendo: --Hay en la India muchas y muy diversas naciones, castas, lenguas y tribus, pero desde hace ms de tres mil aos, existe en la India una casta predominante, que se enseore de todo y que supo conservar el imperio por fuerza, por astucia y por sabidura. Mucho antes de que floreciesen Atenas y Roma, mucho antes de que Salomn e Hirn enviasen sus flotas a Ofir y de que los fenicios fundasen a Cdiz, baj del montaoso centro del Asia a las frtiles llanuras que riegan el Indo y el Ganges, un pueblo nobilsimo e inteligente, valientes guerreros los ms y algunos de ellos inspirados y divinos poetas, que los guiaban y entusiasmaban. Este pueblo de superior condicin redujo a su obediencia y mandado a los otros pueblos que en la India vivan. Y de all en adelante, los guerreros del pueblo conquistador fueron los reyes y los nobles de la India, y sus poetas o _richis_, convertidos en sacerdotes, sabios y filsofos, no slo prevalecieron sobre las naciones conquistadas, sino tambin sobre los reyes y los nobles que las haban sometido. La primitiva y sencilla religin que los _richis_ haban formulado en sus himnos vino a convertirse en complicadsimo sistema y en sutil teologa, cuyos intrpretes y depositarios fueron los descendientes de los _richis_ a quienes en el da llamamos brahmanes. Estos han conservado su poder, sobreponindose durante siglos a interiores rebeldas y a conquistas e invasiones extraas. Amenazado se halla hoy este poder por los portugueses, pero slo en el litoral. Los sectarios de Mahoma son quienes tierra adentro le combaten. Por qu no hemos de ir nosotros tierra adentro a promover la rebelin de los brahmanes y a darles auxilio contra los muslimes? --Qu ganara yo con eso, interpuso Morsamor, o para m, o para la nacin a que pertenezco, o para la religin que sigo, aunque pecador y fraile escapado de su convento? --Ganaras mucho--replic Tiburcio--. En primer lugar, combatiras el islamismo y quebrantaras por aqu el imperio de turcos y de moros, que han sido hasta ahora los mayores enemigos de nuestra catlica Espaa. Y en segundo lugar, slo Dios sabe hasta qu extremo de ventura, hasta qu dichoso y espantable xito pudieras llegar con tu audacia. Si consiguieses dar aliento y ayuda a los brahmanes, vencer con ellos el Islam y restablecer en toda su amplitud el influjo y el imperio de casta tan inteligente, no lo dudes, los brahmanes, agradecidos, te reconoceran por nuevo y resplandeciente _avatar_ y haran que por tan alto carcter, todos los indios te reverenciasen y temiesen. As acaso podras t ms tarde, con habilidad y prudencia, convertir a la religin cristiana a los que fuesen sbditos tuyos y crear el reino del Preste Juan, que tal vez no existi nunca sino en la fantasa de los europeos, o renovarle con mayor esplendor y gloria, dado que existiese en el centro del Asia antes de que Temugin le destruyera, como sienten algunos autores. Setenta y dos reyes rendan homenaje, feudo, obediencia y tributo al antiguo Preste Juan, real o soado. Por qu habas t de ser menos y no tener a tu servicio otros setenta y dos reyes? --Todo eso estara muy bien--dijo Morsamor--. Aunque parezca fantstico e inasequible, yo me siento capaz de todo. Pero, dnde estn los brahmanes que quieran sublevarse y sacudir el yugo del Islam? --A eso voy--contest Tiburcio--. Lo dicho hasta aqu es mero prembulo antes de entrar en materia. Me han hecho proposiciones para ti y vengo a comunicrtelas. As como en Espaa, cuando se hundi el Califato de Crdoba, surgi de sus ruinas multitud de Estadillos, donde alzaron sus trenes no pocos rgulos, aqu tambin se han formado reinos musulmanes diversos, que se sostienen an, a pesar de las sucesivas y pasajeras invasiones de los mongoles y a pesar de la malquerencia de los sectarios de Brahma que no han sabido sacudir el yugo extrao. Ahora al cabo tienen el propsito de sacudirle. En la ciudad santa de la India, foco ardiente y luminoso de su religin y centro de su antiqusima cultura, abrigan tan gran propsito. Conspiran para lograrle los brahmanes ms ilustres y algunos _chatrias_ de generoso carcter y de regia extirpe. No cuentan bastante con el pueblo, ni confan en l considerndole enervado por siglos de esclavitud y porque adems el pueblo no combatira para ser libre, sino para sacudir un yugo y someterse a otro yugo. Los brahmanes esperan con todo que el pueblo combata en favor de ellos, impulsado por el fanatismo religioso que procuran infundirle. Mas al principio y para dar el primer golpe, necesitan de un ncleo, aunque pequeo muy firme, de varones esforzados, de hroes verdaderos, capaces de exponer la vida en los lances ms terribles y de realizar prodigios de sobrehumana osada. El ncleo de que hablo slo puedes formarle t o por mejor decir, le tienes ya formado con ms de doscientos aventureros que hay en Goa dispuestos a seguirte a donde quiera que los gues. La fama a llevado todo esto hasta la gran ciudad de Benars. El jefe supremo de los brahmanes, el sublime y venerando Balarn, alma de la conjuracin, sabe lo que vales y solicita misteriosa y recatadamente tu auxilio. Para alcanzarle ha venido a Goa en tu busca el sabio brahmn Narada, confidente de Balarn, que ha hablado ya conmigo y que pide audiencia para hablarte. Narada, que sabe muchsimas cosas, sabe tambin las lenguas latina e italiana y podr entenderse perfectamente contigo. Quieres orle y tratar con l de tan importante negocio? Exaltada la ambicin de Morsamor con lo que Tiburcio acababa de revelarle, se prest a recibir y a or a Narada y le aguard con impaciencia. Guiado por Tiburcio e introducido en la estancia de Morsamor, no tard en aparecer ante sus ojos el sabio Narada bajo el desarrapado traje de fakir o penitente vagabundo, a travs de cuyo desalio y de cuyos miserables harapos, resplandecan la majestad del noble e inteligente anciano, la despejada tersura de su frente y la limpia nitidez de su blanca y luenga barba. Lo que dijo Narada a Morsamor merece captulo aparte. -XX- --El brillo de tu gloria--dijo Narada--ha llegado hasta nuestra santa ciudad y ha penetrado en nuestros corazones cual rayo de esperanza. Yo vengo a buscarte para que la esperanza se logre. No; t no eres para nosotros un ser humano inferior y de distinta raza. Sin duda eres puro y legtimo descendiente de egregios hermanos nuestros que, en edad remota, emigraron hasta las ltimas regiones de Occidente desde la verde falda del Paropamiso. Tu pensamiento y tu creencia coinciden en el fondo con lo que nosotros pensamos y creemos: son radicalmente iguales: flores de la misma planta, frutos del mismo rbol. Ideas anlogas nacidas en espritus de idntica condicin y alta nobleza. No es nuestro Dios como el de los muslimes, dspota caprichoso y cruel, gobernando a los hombres, all en su distante y cerrado cielo, como sultn que se esconde a los ojos de la vil muchedumbre de sus esclavos, y desde su encumbrado alczar con vara de hierro los domina. Nuestro Dios est con nosotros y en nosotros. Presente por dondequiera, lo llena y lo penetra todo y ms que todo nuestras almas. El alma enamorada que le busca, le halla y le goza en esta vida mortal. Para nosotros el hombre es divino, porque nuestro Dios es humano. No pocas veces ha tomado nuestro Dios ser y forma de hombre en el seno dichoso de una mujer escogida. Nuestros hroes son _avatares_ o encarnaciones de Vishn. Crishna es el ms glorioso de ellos y al que ms devotamente adoramos. Libertador y redentor de las almas, las atrae, las enamora y con su hermosura las cautiva. Bello pastor apacienta su rebao en la frtil orilla de un ro de aguas limpias y claras y al melodioso son de su flauta danzan en torno suyo las _gopies_, las _apsaras_ y hasta Sarasvati y las otras diosas inmortales, humanadas y convertidas por l en lindas zagalas. Tal es Crishna en la tierra, como genio de paz y de amor, pero el acento blando de su flauta se trueca en el medroso resonar del clarn guerrero cuando su paciencia se agota, se despierta en su corazn la ira y se resuelve a librarnos del tirano Cansia. Terror de muerte invade y hiela entonces el nimo de sus enemigos. As es Crishna en la tierra, como hombre y viviendo vida mortal. En su ilimitada y superior existencia, dominador Crishna de los tres mundos, dirige al son de su msica el eterno giro de las esferas celestes que en arrebatada consonancia producen el perpetuo cambio de luz y tinieblas, en da y en noche, de alternadas estaciones durante el ao, y en ingentes perodos de siglos desde el renacer del universo hasta su cada, extincin y reposo en el seno de Brahma. Crishna nos protege, Crishna nos anuncia venturoso xito, nos declara que la ocasin es propicia, y nos manda que acudamos a ti e impetremos tu auxilio para sacudir el yugo de los muslimes. Dos aos ha, Babur, emperador de los mongoles, se apoder de Lahor desde donde amenazaba conquistar con rapidez toda la India; pero Babur ha tenido que abandonar a Lahor para vencer a los rebeldes que pugnan por desbaratar todo su imperio. Bactra, Kiva, Bokara, y hasta su misma capital Samarcanda se han levantado contra l. Sus enemigos se conjuran en su dao por todas las fronteras de sus extensos dominios: los chinos por el Oriente y por el Occidente los turcos, poderossimos en el da y contra los cuales luchan con corta eficacia las naciones europeas, enflaquecidas por constantes rivalidades y empeadas hoy en largas guerras religiosas y polticas. As el turco, aliviado del temor que esas naciones debieran inspirarle, puede hacer cara a Babur y a sus mongoles. Contra ellos se levantan los persas y los pueblos guerreros del Cucaso, las gentes de Georgia, de Circasia y de Armenia, y ms al Norte, otro pueblo belicoso recin salido de la barbarie, que vive en las regiones boreales, lmites entre Asia y Europa, y que despus de vencer y de humillar la Horda de oro penetra en Asia anhelando predominios y conquistas. La ocasin como he dicho es hoy ms propicia que nunca. Para no perderla anhelamos tu auxilio. Nos le concedes? --Dime cul es vuestro plan--respondi Morsamor. --En Benars--replic Narada--reina hoy el tirano musulmn Abdul ben Hixen. Si le destronamos y si logramos enseorearnos de aquella ciudad, centro de la cultura y de la religin brahmnicas, no ser difcil promover la sublevacin contra los dems prncipes muslimes y crear un Estado independiente y nico, en que prevalezcan e imperen los adoradores de Vishn y de Crishna, desde los lagos de Cachemira y las nevadas cumbres del Himalaya hasta el Kersoneso de oro y hasta el enriscado promontorio donde se levanta el templo de la diosa virgen Kumari. As tal vez podamos fortalecernos y oponer eficaz resistencia a Babur, si por desgracia reconstituye su imperio y vuelve sobre la India para conquistarla y asolarla como hace ms de un siglo hizo su espantoso antecesor Tamerln o Timur. --Tu proyecto me parece excelente--dijo Morsamor--, pero su realizacin harto difcil. Narada entr luego en pormenores a fin de exponer y de explicar los medios con que contaba y las probabilidades de buen xito. El ambicioso Morsamor se dej convencer al cabo. Narada y otros importantes personajes que haban venido con l disfrazados de fakires, deban servir de gua a Morsamor y a su hueste, compuesta de 300 aguerridos y audaces aventureros. Iran estos en la expedicin, no slo impulsados por la esperanza de botn riqusimo, sino con grandes pagas, de que haban de cobrar por adelantado las de seis meses. Para esto, para otros gastos de la expedicin y para excitar tambin la codicia y el celo de Morsamor, Narada entreg a este no corta cantidad de rupias de oro y adems, en un pequeo saco de cuero, diamantes de Golconda y perlas rubes de Ceiln, por cualquiera de los cuales haba en Goa joyeros que daran considerables sumas. Tiburcio, bajo la inspeccin y direccin de Morsamor eligi a la gente de leva, hizo el ajuste y enganche y con el mayor secreto lo dispuso todo para la partida. -XXI- Goa era en aquella edad la Sbaris del Oriente, centro de lujo, regalo y lascivia, donde los vencedores de Adamastor y de todos los genios del Mar Tenebroso reciban el galardn de sus estupendas victorias. En Goa, sin duda, hubo ms tarde de inspirarse Camoens para imaginar aquella deliciosa y encantada isla que Venus hizo surgir del fondo del Ocano, cubrindola de amenos jardines, de fragantes selvas y de limpios y tranquilos lagos y poblndola de hermossimas ninfas que, heridas todas por las ardientes flechas de un ejrcito de Amores, brindasen mil deleites a los felices hroes de su poema y se rindiesen a su talante y deseo. La riqueza y el esplendor de Goa haban atrado a su seno alegres y lindas mujeres de diversos y distintos pases: almeas de Egipto; cortesanas de Btica, Italia y Grecia; odaliscas de Georgia, Armenia y Persia, y bayaderas y _devadasis_ de toda la India. Sus variados y exticos cantares alegraban los odos. Sus lnguidos y livianos bailes y la mrbida esbeltez de sus formas eran encanto de los ojos y dulce lazo en que los corazones quedaban cautivos. En medio de tanto deleite, Morsamor se haba mostrado impasible, silencioso y ttrico. Ninguna mujer haba logrado prenderle, ni aun con las ligeras y frgiles cadenas en que donna Olimpia le haba prendido. Al contrario, Morsamor haba esquivado cuantos placeres Goa brindaba, y haba mostrado singular repugnancia y disgusto hacia todas aquellas cantoras y bailarinas, como si recobrasen fuerza sus votos y renaciese en su espritu la desatendida severidad del claustro. Las bayaderas de la India, sobre todo, le inspiraban horror. No slo para alcanzar los triunfos que se prometa, sino tambin para dejar de ver a las bayaderas, Morsamor anhelaba impaciente salir de Goa. Muy pronto se cumpli su anhelo; pero antes, movido por sentimientos que llenaban su espritu, que le atormentaban y que acabaron por desbordarse, hizo a Tiburcio, que sobre todo le interrogaba, confidencias que jams a nadie haba hecho y que en cifra declararemos aqu. --Un recuerdo penossimo--dijo Morsamor--se despierta en m al ver la danza de las bayaderas y evoca un espectro que dorma desde hace medio siglo en los abismos de mi memoria, espectro que aparece ante mi conciencia, afligindola y atormentndola. Fue en mi primera juventud, en la magnfica feria de Medina del Campo. All vi y conoc a Beatriz: a la nica mujer que de veras me ha amado. Tiburcio quiso contradecir a Morsamor en este punto, suponiendo que le haba amado tambin donna Olimpia, y hasta que doa Sol haba estado a punto de amarle y tal vez le hubiera amado a insistir l con firmeza en sus pretensiones. Morsamor no acept la lisonja. Harto probaban que lo era el fro desdn con que le despidi doa Sol y la traidora fuga de la italiana. --S--prosigui Miguel de Zuheros--, Beatriz es la nica mujer que me ha amado. No era como doa Sol ninguna ilustre y orgullosa dama, ni siquiera, como donna Olimpia clebre daifa de alto precio; era una humilde muchacha, nacida y criada entre gente abyecta, sin patria y sin hogar; hija de una raza maldita y vagabunda, que no haca muchos aos se haba difundido por toda Europa y al fin penetrado en Espaa. Ignorbanse su origen y su procedencia. Ahora, cuando contemplo a las bayaderas, me explico de dnde aquella raza procede. Fue de seguro un pueblo de la India que, huyendo de los estragos que caus Timur, y aguijoneado por el miedo, lleg hasta los confines occidentales de Europa. A una tribu de este pueblo, a un errante aduar de gitanos, perteneca Beatriz. Era como flor que brota en el cieno. Era como perla que se esconde en un muladar. Ella me am con el fervor y la ternura que hubiera yo querido hallar para m en el corazn de alguna gran seora o de alguna princesa. Y yo goc mal de aquel amor sin llegar a comprenderle, y le despreci y me hart de l despus de haberle gozado. La plebeya ruindad de mi enamorada troc mi afecto y mi gratitud en vergenza. Abandonada Beatriz por m, muri a poco trgica y misteriosamente. No falt yo a ninguna promesa, porque nada haba prometido. Fueron, no obstante, enormes mi pena y mi remordimiento. Y ms an, cuando, poco tiempo despus, tuve un raro encuentro en Sevilla. Pasando un da entre la Catedral y el Alczar se me acerc una vieja y desarrapada gitana y se empe tan obstinadamente en decirme la buenaventura que no supe negarme a su ruego y le entregu mi mano para que la examinase. La vieja gitana me dijo: --En buena hora naciste, gallardo y gentil caballero, si la ambicin satisfecha basta para hacerte dichoso. Las rayas de tu mano me revelan que ha de favorecerte la fortuna, que has de sobrenadar como el aceite, que has de llevarte a la gente de calle, y que has de dominar en el mundo. Pero tu amor se trocar en ponzoa y muerte. Tus amorosas miradas seguirn aojando y marchitando los corazones como (y aqu baj la voz la vieja gitana hacindola casi imperceptible), como aojaron y marchitaron el de la pobre Beatricica, que buen poso haya. Perdnete Dios la desesperacin que le ocasionaste y a ella perdone el mal fin que tuvo. --Djame en paz, maldita bruja!--exclam yo entonces, retirando mi mano de entre sus manos. --La bruja fue Beatricica, y no yo--replic la vieja--. En sus ltimos das se sospecha que fue al aquelarre, donde la mat el diablo, no sin prometerle que t volveras a amarla y a ser suyo, sin ingratitud ni mudanza. T nada has prometido, pero Satans ha prometido por ti y cumplir su promesa. Dicho esto solt la vieja una carcajada nerviosa y se alej precipitadamente de mi lado. Desde entonces tom yo el extrao apodo o sobrenombre de Morsamor. En balde procur Tiburcio serenar el nimo y disipar las melanclicas aprensiones de su amigo. --No tienes t la culpa--le dijo--de que el diablo tentase a Beatricica, y de que ella se diese al diablo. --Pero crees t--dijo Morsamor, en un arranque de escepticismo, porque era muy escptico para su poca--, crees t que ande tan suelto el diablo y que Dios permita que nos tiente y seduzca? --Y vaya si lo creo!--contest el doncel sutil--. En nada se opone eso a la bondad divina y a la persistencia del humano libre albedro. Contra toda instigacin diablica el cielo presta al hombre fuerza suficiente o por naturaleza o por gracia. --Qu vale ni qu importa entonces el oficio del diablo?--interpuso Morsamor con desdeosa sonrisa. --Vale e importa--dijo Tiburcio--para que el diablo, aunque no tuerza la voluntad del hombre ni destruya la responsabilidad de sus actos, encamine estos actos hacia un fin y segn un plan predeterminado, al cual obedece el diablo muy a pesar suyo y sin el cual no consentira Dios que tentase a nadie. Tal, a mi ver, es la utilidad del oficio diablico. De donde se infiere que hasta el diablo es til y dista mucho de estar de sobra. A pesar de sus melancolas, Morsamor no pudo menos de rerse de las extravagantes opiniones de su doncel. Algo menos preocupado por sus tristes memorias, renovadas en su espritu con tanto bro, Morsamor acab por prepararlo todo, y al fin sali recatadamente de Goa, acompaado de su tropa y sirvindole de gua los fingidos fakires por las ms solitarias veredas. -XXII- Despus de largo y penoso viaje, de noche, desperdigados a fin de no infundir sospechas y con recato esmeradsimo, fueron penetrando todos en hipogeo enorme. Era un dilatado y obscuro laberinto, excavado en la tierra y a trechos en dursimas rocas: admirable labor de la tenacidad, de la paciencia y del humano esfuerzo: obra cuya antigedad se contaba por millares de aos. Por medio de estrechos pasadizos se comunicaban las diversas y numerosas estancias que all haba. Unas eran cmaras sepulcrales, otras, viviendas de las personas consagradas al culto y a la custodia de aquellos sitios; y otras, ms recnditas y de ms difcil acceso, escondido depsito y tesoro de preciosos exvotos y de amontonadas ofrendas. Ensanchado a veces el subterrneo y elevndose su techo a mayor altura formaba amplias salas, donde se pareca, esculpida en piedra, la imagen simblica de alguna de las ms veneradas deidades del panten brahmnico. La mayor de estas salas era la del hijo de Dasarata, la de Rama el virtuoso, fiel consorte y vengador de Sita, vencedor de Ravana y conquistador de Lanka. Pero en medio de aquellas salas y en el centro de aquel intrincado laberinto, se ergua el grandioso templo erigido en honor de Crishna. En multitud de gruesos pilares, cuyas cuadradas bases tenan por pedestal sendas tortugas, se alzaban monstruosos elefantes, sosteniendo en sus lomos robustos el arquitrabe y el amplio friso sobre el cual se extenda la plana y slida techumbre. En el friso, representados en alto relieve, tosco aunque rico de inspiracin y de carcter, se vean los principales sucesos de la vida heroica y bienhechora del _avatar_. Notbanse all sus amores con innumerable caterva de diosas, ninfas, princesas y zagalas, a cada una de las cuales se entreg y se uni todo el Dios, desdoblndose y multiplicndose en idntica forma y substancia y sin dejar de ser nunca uno y el mismo, porque toda alma piadosa, encendida en amor divino, posee a Crishna por completo, como si Crishna y ella fuesen solos o absorbiesen en su unin cuanto es y cuanto puede ser en los tres mundos. En el centro de aquel templo fantstico, iluminado por lmparas de plata, resplandeca la estatua colosal del hijo de Devaki. Morsamor, conducido por Narada, haba admirado todo aquello. La tropa de aventureros que le haba seguido, prestndole omnmoda confianza, sin saber sino confusamente los peligros que tendra que arrostrar y los obstculos que tendra que vencer, para el buen xito de la empresa, cuyo fin apenas presuma, se hallaba acuartelada en dos amplios salones del subterrneo y aguardaba impaciente la hora oportuna para la accin que deba empearse cumpliendo las rdenes de sus adalides Morsamor y Tiburcio. Aunque se hallaban bajo tierra, sin que disipase la obscuridad ms luz que la de algunas lmparas, harto bien medan todos el tiempo y calculaban que era ms de media noche. Ningn ruido exterior penetraba en el oculto lugar donde todos estaban congregados, lugar en que se oan sus animadas conversaciones, porque nadie les haba exigido que callasen ni que hablasen en voz baja, y donde resonaban, al andar y al moverse ellos, el ludir y el chocar de las armas que no haban depuesto y que pronto deban emplear aunque sin saber ni prever el instante mismo. Entre tanto, en la santa ciudad de Benars, cerca de cuyos muros se hallaba el hipogeo, se celebraba, aquella noche, esplndida, alegre y ruidosa velada: la fiesta ms solemne del culto de Crishna. No era la conmemoracin de sus triunfos guerreros, cuando daba muerte a tiranos y a monstruos, a endriagos y serpientes. Crishna, vencedor y libertador ya, apareca precedido de Kureva y de Lakshmi, nmenes de la opulencia, y de Karnala y Smara, nmenes del amor. Sobre su pecho resplandeca el conquistado Samantaka, talismn de todas las venturas. Y Crishna iba difundindolas a su paso por donde quiera; y no haba corazn de mujer, mortal o diosa, que al contemplarle no ardiese en amoroso fuego. Los Gandarvas descendan del Baikounta o paraso de Vishn para cantar sus alabanzas y las Apsaras para tejer danzas en torno suyo. Esta serenata y este baile famosos, apellidados la _rasa_, se representaban aquella noche. En anchas plazas bailaban lindas bayaderas. La circunstante y bulliciosa muchedumbre gozaba en mirar y aplauda con locura. En la alucinacin del entusiasmo, tal vez imaginaba que todos los seres inmortales acudan a ver la velada y a honrarla con su presencia. Desde el fondo del Ocano, desde el ardiente centro de la tierra, desde las crestas nevadas del Himalaya y desde las serenas profundidades del ter luminoso, acudan Varuna, Agni, cuantas son las inteligencias que mueven las esferas celestes y guan a los astros en su curso, y el propio Indra, cabalgando en el pjaro Garuda, y no ya con rayos en la diestra, sino con aljfares y flores, que as l como las otras divinidades derramaban a manos llenas sobre la muchedumbre devota. En la conjuracin se haba guardado profundo secreto. Nada sospechaba Abdul ben Hixen. La mayora de su gente de armas, aunque era de muslimes, discurra por la ciudad, sin cautela ni reparo y se diverta en la fiesta, requebrando a las mozas y retozando tambin con ellas. El sultn, no obstante, se hallaba encastillado en la fortaleza, en cuyo centro se levantaba el regio alczar. All vigilaba siempre por su autoridad y su dominio lo ms aguerrido y selecto de sus guerreros. Su guardia se compona de ms de mil veteranos fieles, diestros en el manejo de las armas. Dos horas antes de que amaneciese, Morsamor y Tiburcio se pusieron al frente de los aventureros que haban trado, los sacaron de aquel a modo de encierro en que se hallaban, y guiados por dos jvenes brahmanes, caminaron largo rato por un extenso pasadizo del subterrneo hasta llegar a un punto donde haba una fortsima compuerta de madera y de hierro, horizontalmente colocada en la techumbre, hasta la cual se suba por una escalera de piedra. Al empuje de algunos hombres forzudos se levant la compuerta, a pesar de la tierra y las hierbas que la cubran y ocultaban, y se dej ver el cielo sin luna y slo dbilmente iluminado por el plido fulgor de las estrellas que a trechos entre obscuras nubes lucan. En hondo silencio y procurando no hacer ruido, los aventureros todos fueron saliendo del subterrneo, encontrndose en un parque espacioso, dentro de los muros de la misma fortaleza y contiguo al alczar donde el sultn habitaba. La hueste de Morsamor busc la mayor obscuridad, bajo las copas de algunos corpulentos rboles, para recatarse de los que pudieran estar vigilando y no ser vista ni sentida hasta que a una seal, que aguardaba con impaciencia, pudiese caer sobre los enemigos descuidados. No llevaba la hueste de Morsamor armas de fuego, poco usadas y nada porttiles todava. Los aventureros vestan coraza o cota de malla e iban armados, de espada todos, y unos de flechas, y otros de picas y venablos. A pesar de que en la fortaleza se ignoraba el oculto camino por donde en ella se poda penetrar y a pesar del descuido de la guarnicin, la empresa de Morsamor estuvo a punto de malograrse. Un viejo jardinero que andaba en vela y que tena ojos de lince, vio con asombro que se abra el seno de la tierra y que surga gente armada por la abertura. Al pronto acudi a dar aviso al capitn de una parte de la guarnicin que se abrigaba en ancha sala de armas del piso bajo del alczar. En seguida los muslimes se apercibieron a resistir y a acometer a los intrusos. El jardinero indic dnde estaban, y con no menor sorpresa y asombro los vieron los muslimes, a pesar de la obscura frondosidad en que ellos se encubran. Sonaron entonces los clarines y cundi la alarma por todo el parque y el alczar. A la entrada de este y en algunas de sus ventanas, haba mosquetes, puestos sobre firmes horquillas y previamente cargados. Los mosqueteros encendieron las mechas valindose del eslabn y el pedernal que en los esqueros llevaban. Abdul ben Hixen se alz con sobresalto de su lecho, se visti, se arm y se dispuso al combate. Por dicha para Morsamor, casi en el mismo punto se oy la seal que esperaba: era el sonido de las trompetas, avisando la sublevacin de la ciudad, donde la plebe amotinada combata ya e iba venciendo a los musulmanes. La seal inspir a Morsamor nimo y confianza, pero era indispensable vencer en la fortaleza para obtener el triunfo. Si el sultn venca y caa con su tropa sobre el pueblo, todo estaba perdido. Las bombardas y falconetes que guarnecan la muralla, aunque puestos sobre rudos encabalgamientos o cureas, y nada apropsito para que la puntera fuese certera, podan barrer la turba de amotinados que se arrojase al asalto de la fortaleza, circundada de foso profundo. El sultn hubiera podido tambin lanzar contra la ciudad la caballera selecta de los guardias de su persona, que eran cerca de doscientos, y ocho terribles elefantes para la pelea y dirigidos por hbiles cornacas negros. Esto fue lo primero que logr evitarse merced a un dichoso golpe de mano. A las rdenes de Tiburcio, Morsamor destac cien hombres de los ms audaces, que con astucia diablica lograron penetrar en el apartado edificio donde se guarecan caballos, elefantes, cornacas y guardias. Ningn aviso haba llegado hasta all. Sin sospecha ni recelo, dorman todos. Y si bien acudieron a las armas y procuraron defenderse, fue con tal aturdimiento y desorden, que les vali de poco. Con escasa prdida de la gente que Tiburcio capitaneaba, muchos de los guardias fueron muertos. Otros se rindieron, depusieron las armas y se dejaron encerrar. Los caballos y los elefantes cayeron tambin en poder de la gente de Morsamor y quedaron custodiados en los establos, cobertizos y anchos corrales en que estaban. Todo esto, no obstante, no le consigui sin prolongada lucha. Tiburcio y su gente no pudieron, pues, acudir en auxilio de Morsamor, empeado en no menos ardua empresa, que las circunstancias hicieron harto ms difcil. Aunque eran pocos los mosquetes, que podan dirigirse para dentro del parque, por donde no se prevea ataque alguno, y aunque estaban manejados por mosqueteros torpes, sin conocimiento prctico de aquellas armas, todava hicieron algunos disparos sobre los guerreros de Morsamor, causndole cerca de treinta bajas entre muertos y heridos. Lejos de arredrarse con esto, el denuedo de Morsamor y de los suyos creci con la clera y con el deseo de venganza. En una salida que el sultn hizo del alczar con la gente que tena cerca de s, el sultn fue rechazado y tuvo que hacer cerrar rpidamente la puerta para que los enemigos no penetrasen en pos de l dentro del alczar. Aprovech Morsamor aquella retirada y el desaliento que haba infundido en la guarnicin que estaba fuera defendiendo el parque, para caer con todos los suyos, en buen orden y con embestida furiosa, sobre la gente que defenda la puerta de la fortaleza que daba a la ciudad y en la que haba alzado un firme y ancho puente levadizo que haca practicable el hondo foso. Por fortuna, la plebe amotinada de la ciudad, fanatizada por los brahmanes y provista de armas, haba vencido a los ms resistentes de la exterior guarnicin, mientras que otros, codiciosos y traidores, se haban dejado comprar por dinero suministrado por los brahmanes y por mercaderes ricos. Parte pues, de la sublevacin triunfante, se haba adelantado hasta el borde del foso en tumultuosa muchedumbre. Sus gritos de jbilo llegaban claros a los odos de Miguel de Zuheros, alentaban su valor y corroboraban su confianza. As, a pesar de la obstinada resistencia de los que defendan la puerta, Morsamor y los suyos, no sin sacrificar all muchas vidas, se apoderaron de la puerta al cabo, la abrieron y dejaron caer sobre el foso el puente levadizo. La noche en esto haba pasado ya. La obscuridad se haba, disipado. La penumbra del crepsculo matutino se haba trocado con rpida transicin en claridad luminosa, apagndose las estrellas en el ter, matizndose las nubes de carmn y de oro y transmitindose por el ambiente despejado y limpio el movimiento, los colores y las formas de los distintos seres. Los de la guarnicin interior, aturdidos y empeados en luchar con los que estaban dentro, slo haban hecho cinco disparos de lombardas, causando apenas dao en la muchedumbre, aunque s algn miedo y mucha ira. Al abrirse la puerta y caer el puente levadizo, la plebe retrocedi con espanto, temiendo que iban a salir el sultn, y su caballera y sus elefantes, y a cargar sobre ella. Pero los dos jvenes brahmanes, que acompaaban a Morsamor y que eran muy decididos, pasaron desde la fortaleza al otro lado del foso, y gritando en medio de la turba, le quitaron el miedo y la persuadieron de que eran aliados y amigos los que abran el paso y los que reclamaban su apoyo para terminar aquella grande obra. La plebe entonces, como desbordado torrente que rompe el dique que le retiene y en violentas oleadas lo inunda todo, se precipit por la puerta y llen en un instante el parque que se extenda en torno del alczar dentro del recinto murado. -XXIII- El rey, segn hemos dicho ya, tuvo que replegarse y encerrarse de nuevo en el alczar despus de su vigorosa salida. La causa principal de la retirada haba quedado oculta. El rey procur y logr que se ocultase para que su gente no desmayara. Un dardo enemigo haba atravesado su muslo derecho. De la honda herida manaba mucha sangre, y el rey apenas poda tenerse en pie. Encerrado en la ancha cmara, donde estaba el nico acceso para penetrar en el harn, y asistido slo por su mdico, por su viejo confidente y valido el jefe de los eunucos, y por cuatro de sus ms fieles e ntimos servidores, el rey sigui dando rdenes y excitando a la resistencia. Joven y robusto an, era adems fiero y orgulloso, aunque debilitado su bro por la vida muelle y deleitosa que haba vivido, en paz con los extraos y en lo interior hasta entonces, sin rebeliones ni motines. Cuando vio a las claras que sus soldados haban sido vencidos, que la plebe triunfante haba invadido la fortaleza y que ya se dispona a romper las puertas y a entrar en el alczar, su desesperacin fue completa y horrible. Abdul ben Hixen se jactaba de su nobilsima estirpe. Pretenda descender, por una ilustre serie de monarcas guerreros, del propio Mohamud de Gazna el Grande. Altsimo era el concepto en que tena l la sagrada dignidad de su persona. Cmo sufrir, pues, el oprobio de caer vivo entre las manos inmundas de aquel vil populacho? Inevitable era la muerte y convena aceptarla con valor y recibirla cuanto antes. Los clamores de la turba, que oa cerca de s, se dira que le excitaban a tomar la tremenda resolucin. No poda ya morir peleando y matando, pero poda y deba morir en seguida antes de caer en infamante cautiverio. Abdul ben Hixen ya pidi con ruegos, ya orden con furia que le matasen a los cuatro soldados fieles que estaban cerca de l, al mdico impasible y al jefe de los eunucos que le miraba lleno de asombro y temblaba como un azogado. El profundo respeto que el rey infunda no consinti que ninguno de sus cuatro guardias cumpliese sus rdenes ni accediese a sus ruegos. --Carecis de valor--dijo entonces--para ser misericordiosos conmigo. Yo suplir el valor que os falta. As os dar ejemplo para que os mostris dignos de m, para que impidis que caigan vivas mis mujeres en poder de esa canalla infame, para que no insulten mi cadver y para que todo, si es posible, sea presa de las llamas. Sin or ni aguardar contestacin alguna, Abdul ben Hixen desenvain con rapidez el acicalado yatagn de doble filo que de rico talabarte le penda, fij en el suelo la costosa empuadura, cuajada de diamantes y esmeraldas, y ponindose en el pecho la agudsima punta, se arroj encima con tal mpetu que se traspas y destroz las entraas con la ancha hoja, quedando muerto en el acto. El astuto mdico, con previsora serenidad y sin ninguna gana de acabar tambin trgicamente, desapareci como por ensalmo, yndose por el lado opuesto al harn y escondindose donde pudo. Oportunsima fue la fuga. El entusiasmo heroico y destructor de los cuatro eunucos ray en delirio y no tuvo lmites al ver muerto y en medio de una charca de sangre a su querido y augusto amo. Se creyeron en la obligacin de matar y de incendiar y era menester cumplir con ella. El jefe de los eunucos la facilit por lo que a l tocaba. El espanto le sobrecogi de tal suerte, que, desfigurado su rugoso y plido rostro por horrible mueca, torcida y muy abierta la boca como para exhalar a escape el ltimo aliento, desencajados los ojos y dilatadas las pupilas, se desplom sin vida en el suelo. Los eunucos hacinaron telas, papeles, muebles, cuantos objetos consideraron ms combustibles, alzndolos en montn contra la pared de la esplndida sala, cubierta de sedas del Catay y de chales y tapices de Cachemira, y cuya artesonada techumbre era de ncar, concha, sndalo, cedro y otras preciosas maderas que en delicados embutidos y en linda taracea se combinaban. Con destiladas quintas esencias, con ungentos y aceites aromticos, con cuanto pudieron hallar a mano a propsito para que prendiese el fuego y se propagase, rociaron los eunucos el montn de objetos, la tapicera de la pared y hasta el mismo techo. Encendieron fuego en seguida, le aplicaron a papeles y a trapos que haba en la base del montn, y muy pronto con feroz alegra vieron surgir el humo y las llamas. Luego penetraron en el harn dispuestos a destruirlo todo y a dar muerte a las mujeres para que no fuesen profanadas y ultrajadas por el vulgo. Entre tanto, los guardias que custodiaban el alczar, con el intento de vender caras sus vidas, abrieron la ancha puerta y se lanzaron de nuevo al combate desesperadamente. La plebe, apiada delante de la puerta, tuvo que lamentar no pocas vctimas de aquel primer mpetu. En esto, Morsamor, as como Tiburcio que, vencedor de la caballera, estaba ya a su lado, vieron en el extremo del palacio, hacia donde estaba el harn y en una gran ventana que acababa de abrirse, una extraa figura que los llen de pasmo. Nunca mujer ms bella, elegante y majestuosa, haba concebido Morsamor en su fantasa de poeta, ni haba aparecido en sus ms radiantes y amorosos ensueos. Brillaban sus negros ojos, por entre las largas y sedosas pestaas, como la luz del sol que arreboladas nubes mitigan. Era su tez como de leche y rosas. Esbelto su talle: elevada su estatura. A pesar de las flotantes y blancas ropas que velaban su cuerpo, se presenta y se adivinaba que era todo l maravilloso y armnico conjunto de perfecciones casi divinas. Aunque no cuadraba a la dignidad aristocrtica de aquella mujer ni mostrar angustia y terror en el semblante, ni pedir socorro a gritos, Morsamor, a la vez que sinti en el alma una jams sentida y amorosa admiracin y un irresistible impulso que hacia aquella mujer le llevaba, sinti tambin o ms bien comprendi, como si un genio o espritu invisible le hablase al odo, que aquella mujer se hallaba en el peligro ms espantoso, y que l deba a toda costa libertarla y salvarla. Alrededor suyo, entretanto, se alzaban centenares de voces diciendo: --Urbsi! Urbsi! Es ella! Es ella!--la que el tirano haba robado. Sin ms reflexionar, y sin ponerse con nadie de acuerdo, Morsamor espada en mano corri hacia la puerta del alczar, se abri paso por entre cuantos all peleaban, quedando milagrosamente ileso, y pronto subi a saltos la grande escalera que al piso principal conduca. Sinti pasos detrs de l, volvi la cara, vio a Tiburcio que le segua dispuesto a ayudarle, y con mirada expresiva se lo agradeci sin pronunciar palabra. No era menester que la pronunciase; Tiburcio lo haba adivinado todo y se puso delante de Morsamor, como para servirle de gua. As llegaron a la cmara, donde yaca muerto Abdul ben Hixen. El humo era sofocante. Las llamas haban subido ya por la pared y haban empezado a cebarse en la techumbre que cruja y amenazaba desprenderse a pedazos. Tiburcio pas impvido por la cmara. En pos de l pas Miguel de Zuheros. Ambos iban con precipitacin, aunque no sin cuidado, para no resbalar en la sangre que humedeca y manchaba el pavimento, para no tropezar en seres humanos muertos o moribundos y para no ser sorprendidos por los vivos an armados y furiosos que sin duda por aquellos sitios vagaban. Con certero instinto y con tan ligeros y sordos pasos, que no levantaban rumor, como si los que marchaban fuesen sombras, llegaron al extremo del palacio, donde estaba la estancia en que Urbsi se guareca. Cerrada la firme puerta, resista an a los reiterados y furibundos golpes que sacudan en ella los cuatro eunucos, ansiosos de derribarla. Algo de siniestramente sobrehumano pareca traslucirse entonces en el gracioso rostro de Tiburcio, casi sin bozo, como de gentil adolescente. Acalorada la imaginacin de Morsamor, crey ver que la espada que Tiburcio llevaba en la diestra no era inerte acero, sino serpiente viva que se hunda en el pecho de los contrarios y morda y destrozaba los corazones. Sbitamente, antes de que le viesen y le hiciesen cara, Tiburcio hizo caer por tierra mortalmente heridos a dos de los cuatro eunucos. No fue larga la lucha con los otros dos. Morsamor pele contra el uno, Tiburcio pele contra el otro, y ambos perecieron tambin. Sin un leve instante de reposo, Tiburcio toc en la puerta con el pomo de su espada y grit alto para que le oyese quien estaba dentro: --Urbsi! Urbsi! Abre. Ten confianza en nosotros. Venimos a salvarte. La puerta se abri enseguida y Urbsi se mostr bajo el dintel, serenamente hermosa, como una aparicin del cielo. Desalumbrado, exttico qued Morsamor al contemplar de cerca tanta hermosura. Luego se repuso haciendo un esfuerzo, y con la mano izquierda, desnuda de la manopla que en la escarcela guardaba, asi a Urbsi de la diestra, y guiado siempre por Tiburcio, busc por donde haba venido la nica salida del harn. Al llegar al saln, donde el rey yaca muerto, Morsamor retrocedi horrorizado. En torno del saln no haba cundido el incendio porque eran los muros de slida mampostera, revestida de mrmoles, que sin arder se calcinaban; pero lo interior del saln pareca un infierno: medroso torbellino de humo y de llamas. Inevitable era pasar por all. Tiburcio dio el ejemplo. Se dira que a su paso se apartaban las llamas y el humo como si le conociesen y respetasen. Vergenza tuvo Morsamor de quedarse atrs, pero tema que, si Urbsi segua andando, prendiese el fuego en su larga y flotante vestidura, cuya fimbria tocaba y se extenda sobre el pavimento. Morsamor, entonces, tom a Urbsi en sus brazos, recogindole cuidadosamente la falda; atraves con rapidez y valenta por el saln incendiado; y, precedido de Tiburcio lleg sano y salvo hasta el arranque de la grande escalera. Hechizado y orgulloso de su dulce carga, nada le fatigaba su peso, y Morsamor no la hubiera soltado a no exigir ella descender la escalera por su pie. Rpidamente la bajaron, asidos de nuevo de la mano Morsamor y Urbsi. Con carioso afecto estrech Morsamor la mano de Urbsi, blanca, suave y admirablemente formada. Al llegar al ltimo tramo, ella estrech tambin la mano de Morsamor; y de su fresca boca, que a l pareci cliz de perlas y rubes, colmado del aroma y del nctar que aspiran y beben los inmortales, salieron en voz baja y suave estas dulces palabras: --Me has salvado la vida. Tmala si lo deseas. Eres su dueo. Absorto en su alegra, nada acertaba a contestar Morsamor, cuando se vio cercado de multitud de gente, as del pueblo como de los mismos aventureros que militaban bajo sus rdenes. Entusiasmados todos por sus hazaas, le aclamaban por hroe, casi le adoraban como a un semidis y le levantaban en hombros para llevarle en triunfo. En aquel bullicio y alborozo Urbsi y Morsamor se separaron. Y l estuvo largo rato desesperado e inquieto, en medio del aplauso popular y de la multitud que le vitoreaba, hasta que vio por dicha que a no mucha distancia, Urbsi en compaa del viejo brahmn Narada, suba en un palanqun e iba a salir fuera del recinto murado. Antes de salir, ella, que tena en l la vista fija, le mir con amor e hizo ondear en su mano un blanco cendal, como despidindose. Su larga mirada fue elocuentsima y deca con toda claridad: hasta que pronto, muy pronto volvamos a vernos. -XXIV- En un extremo de la ciudad y en espacioso edificio, Morsamor con toda su gente estaba acuartelado. No llegaban a ciento ochenta, porque ms de ciento haban perecido en la batalla. Cargados de riqusimo botn, consolbanse los vivos de la muerte de sus compaeros de armas. Limitado el incendio a la gran cmara, el alczar dio extraordinarias riquezas a los que, despus de Morsamor, le entraron a saco. Los caballos y los elefantes, de que Tiburcio y los suyos se haban apoderado, cedidos luego o vendidos a Balarn, prncipe de los brahmanes, produjeron cuantiosa suma de rupias. La rebelin triunfante, haba entronizado a Balarn, invistindole de omnmodos poderes; concedindole lo que en Europa llamamos la dictadura. Era Balarn de nobilsima prosapia, de majestuosa presencia y de bello rostro resplandeciente en juventud lozana; era celebrado por su profundo conocimiento de los Vedas, de las Leyes de Man, de los Puranas y dems libros sagrados, y de todos los sistemas filosficos-ortodoxos y heterodoxos de la India; y era venerado adems por su energa, por su fe inquebrantable en los altos destinos de su religin y de su casta, y por otras raras virtudes aparentes o verdaderas. Gozaba, por ltimo, de pinge y casi regio patrimonio, parte del cual haba consumido, comprometindole todo en la conjura. Fundamento tena su propsito de que fuese seguido el ejemplo que acababa de dar; de que la rebelin se propagase a otros Estados y de que se extirpase de la India el predominio del Islam. As quedara su ambicin plenamente satisfecha; llevara l con justo ttulo el nombre de Balarn; el mismo nombre del pasmoso hermano de Crishna. Y as lograra l ser Brahmatma o jefe supremo de su casta, de su secta y del imperio que en ella se fundase. Repugnaba Morsamor ser mero y dcil instrumento del brahmn ambicioso. Harto conoca que era delirio aspirar a ms. Lo razonable, pues, era retirarse con sus aventureros, volviendo todos a Goa victoriosos y opulentos como nababos. Slo un inters personalsimo retena a Morsamor en Benars. La bella Urbsi haba cautivado su alma. Necesitaba volver a verla, declararle su amor y pedirle el cumplimiento de lo prometido en aquellas dulces palabras que ella pronunci, dejndolas grabadas en el centro de su corazn: _Me has salvado la vida. Tmala si lo deseas. Eres su dueo_. Harto presenta Morsamor lo aventurado y peligroso de su nueva empresa. No quiso comprometer en ella sino a los que le fuesen completamente adictos y estuviesen resueltos a arrostrar el enojo de Balarn y a resistir el poder que ellos haban contribuido a poner en sus manos. Morsamor convoc, pues, a su gente, expuso su determinacin de permanecer en Benars con algunos pocos aventureros que quisiesen acompaarle y reconociendo que todos haban cumplido ya con el compromiso y la obligacin que contrajeron, los dej en libertad de volver a Goa, conducidos por buenos guas y con el esplndido botn que haban conquistado. Deplorando o aparentando deplorar la separacin, ciento veinte abandonaron a Miguel de Zuheros. Con l slo quedaron sesenta valientes de los ms devotos a su persona. No hay que decir que el fiel Tiburcio qued tambin con l. Despus de esto, de noche y con misterioso recato, el anciano Narada vino a visitar a Morsamor. Previos muy corteses saludos y sin otro prembulo, Narada, dijo lo siguiente: --La verdad, sin jactancia, es que yo he fomentado y estimulado la ambicin de Balarn desde mucho tiempo ha, infundiendo en su alma mi ardiente deseo de sacudir el yugo de los muslimes. Nada a pesar de mi empeo hubiramos hecho todava, si un imprevisto suceso no hubiera reanimado el espritu reacio de Balarn, atizando su ambicin con la ira y los celos y prestndole actividad y arrojo. La bella Urbsi, a quien Balarn pretenda y adoraba rendido, desapareci de su magnfica vivienda; fue vctima de misterioso rapto. No bast la habilidad de los raptores y no bast el secreto con que la ejercieron, para que Balarn dejase de presumir y aun de tener por seguro que el tirano Abdul ben Hixen, ardiendo por Urbsi en lascivos amores, era quien la haba robado y quien en su harn la guardaba cautiva. Entonces Balarn no vacil un instante. Forj su plan y lo realiz con presteza de acuerdo conmigo. La fama de tus bizarras haba llegado hasta nosotros. Consideramos til tu auxilio y yo fui a buscarte. Harto bien sabes lo dems por haber sido tan principal actor en todo. Lo que t ignoras es que Urbsi se halla de nuevo en grave peligro. Ha desdeado al rey muslime y se le ha resistido, pero no desdea menos a Balarn, el cual la adora y est resuelto a hacerla suya de grado o por fuerza. --No ser, no ser mientras yo viva--interrumpi Morsamor con mpetu apasionado--. Yo libert y salv a Urbsi, y Urbsi ser ma o perecer en la demanda. --No s cmo ponderarte--dijo Narada--la alegra y la confianza que tus nobles palabras infunden en mi pecho. Bien puedo ya declarrtelo todo sin recelo alguno. Urbsi, nobilsima doncella, hurfana de padre y madre, es venerada por m como una deidad y amada como el ms tierno de los padres puede amar a la mejor de sus hijas en quien se mira como en un espejo y en quien contempla el limpio dechado de todas las excelencias y perfecciones. Por sus venas azules corre la etrea y pursima sangre de nuestros antiqusimos _richis_, hroes y monarcas, celebrados en leyendas divinas y en inmortales epopeyas. La naturaleza, prdiga con Urbsi, la adorn de todos sus primores y prest a su alma y a su cuerpo gentileza tal que bien pudiera creerse que cuantos son los nmenes que pueblan y dirigen los tres mundos, acudieron en la hora del nacimiento de ella otorgndole cada uno el don ms precioso y la ms alta virtud de que dispone. Ilustrada luego la mente de Urbsi por superior inteligencia, ha concebido el ideal completo de la mujer. Y Urbsi con voluntad firme y constante, ha logrado realizarle en s misma, tanto en lo ntimo del espritu como en la visible y terrenal apariencia. Sabe, sin hacer le ello alarde, las ciencias reveladas y ocultas de los brahmanes. Y sin ignorar el conjunto de las sesenta y cuatro artes de amor y deleite, que constituyen la _padmini_ o hembra humana de mrito supremo, es casta, inocente e inmaculada virgen, as en el sentir y en el pensar como de hecho. No; el claro y abundante manantial de amorosas venturas, el tesoro de hechizos, el cliz colmado de licor de celestial bienandanza, que con el auxilio de los dioses ella ha creado y en s tiene, no puede ni debe tocar a labios impuros, apagando su sed, ni puede ser entregado para que le goce y profane a quien no sobresalga entre el vulgo de los mortales con eminencia desmedida. --Es posible--interpuso Morsamor, con cierto despecho--que ella, en cuyas encarecidas alabanzas te quedas corto, se complazca tanto en su propio valer, le tome por objeto de culto y se haga incapaz de amar a otro ser humano? Yo que la amo, yo que la adoro, he de perder la esperanza de ser correspondido? --Urge que lo sepas todo--replic Narada--. No hay vagar para rodeos ni disimulos. Urbsi, desde que lleg a ser nbil, se sinti atormentada por amor sin objeto; pero no sin objeto, sino por objeto a su ver imaginario, que columbraba su mente en la vaga penumbra de confusos recuerdos, en las casi borradas impresiones que anteriores existencias acaso han dejado en el alma. El ser que Urbsi finga, recordaba o creaba, (por qu no confesrtelo, si ella lo confiesa?) se pareca a ti oh venturoso Miguel de Zuheros! Antes de que te viese, Urbsi te amaba. Te vio, y t fuiste su salvador. En el da, Urbsi te idolatra. Ella cree que los cisnes de alas de oro, fatdicos nuncios del destino, vinieron a pronosticar su amor por ti y tu amor por ella, como pronosticaron a Damayanti que Nal deba ser su enamorado esposo. Y Urbsi, no menos enamorada que Damayanti, desdeara por ti, no slo a Balarn, sino a Indra, a Varuna y a los dems dioses, que desde el Baikounta bajasen a pretenderla. Por ti se siente Urbsi capaz de los mayores sacrificios. Por seguirte lo abandonara todo, e imitando a Savitri fiel consorte de Satyavat, acosara sin temor a Yama, dios de la muerte, para sacarte de entre sus manos, como t la sacaste a ella, y estrecharte luego apasionadamente en sus hermosos brazos. Al or a Narada, el corazn de Morsamor lata y saltaba agitadsimo por jbilo inefable. Morsamor se ech a los pies de Narada para mostrar su gratitud besndolos. Narada le alz, le abraz y se despidi de l, designando el momento en que volvera para llevarle donde Urbsi estaba. -XXV- En una quinta, a corta distancia de la ciudad, secretamente estaba todo dispuesto para la boda que haba de ser clandestina, sin festn para los convidados, sin baile y sin msica. No por eso dejaba de estar revestido de costosos tapices y de otros raros adornos, el saln donde se elevaba el _pandal_, estrado o sitio consagrado a la ceremonia. En compaa de Narada, Morsamor entr all primero. Llevaba el viejo brahmn vestimenta litrgica de escarlata, sobre cuyo fondo carmes se destacaba la barba blanqusima y luenga. Morsamor, ataviado con esmero y elegancia, pareca ms joven y ms gentil que nunca. De su cinto, bordado de oro, pendan la espada, la daga y la primorosa escarcela; coleto de finsimo ante, lleno de prolijas labores, cubra su pecho y sus espaldas. Las mangas acuchilladas, as como los gregescos eran de blanco raso. La calza muy ceida, de elstico punto de seda, haca que luciesen las bien modeladas formas de sus giles piernas musculosas a par que enjutas. Muy lindo gabn colgaba airosamente de sus hombros. Tena la mano derecha libre y desnuda, y en la izquierda los guantes de mbar y la graciosa gorra de Miln con airn de blancas y rizadas plumas, prendido a la gorra por una piocha de esmeraldas y rubes. Narada, al contemplar a Morsamor a la luz de las muchas lmparas que en el estrado haba, no pudo menos de decirle que competa con el divino Hari, cuando se cas Rukmini en el magnfico palacio de Duarika. No tard la bella Urbsi en aparecer sobre el estrado. La acompaaban cuatro matronas casadas y la seguan sus siervas, y los pocos convidados, amigos ntimos o parientes de su familia. La presencia de Urbsi, deslumbradora de hermosura, excit la admiracin de todos. En el alma de Morsamor se aviv con violencia el amoroso fuego. El andar de Urbsi ms pareca de deidad que de criatura humana. Sin oprimir su esbelto talle, le cea amplia zona de prpura recamada de perlas, sosteniendo las flotantes ropas talares de cndido lino, que descendan en artsticos pliegues y dejaban adivinar la armoniosa correccin del delicado cuerpo. La doble redondez del firme pecho, sin compresin ni arrimo, se estremeca suavemente, al moverse la hermosa, entrevindose por la transparencia de la tela su puro color de rosa y nieve. Recogidas con gracia en alto las abundantes crenchas de sus negros cabellos, dejaban ver el cuello despejado y cuan bien puesta se ergua sobre l la noble cabeza. Verde-obscuras y hondas como la mar, eran las pupilas de sus ojos; su brillo como el del sol; y la sonrisa de su fresca boca, como presentimiento del Paraso. Segn el rito, la novia deba acabar de adornarse en el _pandal_, en presencia de todos, y las cuatro matronas casadas procedieron a hacerlo. De diamantes y perlas eran las joyas con que la adornaron. Pusieron una diadema sobre su frente; en sus pequeas orejas, a guisa de zarcillos, dos gruesos solitarios asidos a sendos y sutiles aretes; junto a los hombros y en las finas muecas de los desnudos brazo y en las gargantas de los pies ligeros, brazaletes y ajorcas; y varios anillos en los afilados dedos de las manos y tambin en los dos dedos gruesos de ambos pies, cuyo admirable dibujo no estrag jams rudo calzado de cuero, y cuya desnudez dejaba ver la ntida blancura de la piel sonrosada y el limpio ncar de las pulidas uas, sobre las elegantes sandalias. En la cabeza de Urbsi las cuatro matronas echaron por ltimo un rojo y transparente velo. Recitando himnos con entonada melopeya, Narada invoc a los lares y a los manes, genios protectores del hogar y espritus de los antepasados. Dos _purohitas_ o brahmanes que oficiaban asistiendo a Narada, pusieron en la mano derecha de Morsamor algunos hilos de azafrn, enlazados por larga cinta a otros hilos de azafrn que pusieron en la mano izquierda de Urbsi. Narada asi despus la diestra de Morsamor y la uni a la diestra de Urbsi. Sobre ambas manos juntas fueron todos los asistentes vertiendo algunas gotas de agua lustral perfumada. Morsamor enseguida dio a Urbsi algunas hojas de betel picante. Entonces se renov la invocacin, dirigindola Narada a los ms egregios seres divinos, a la propia Trimurti con el complemento femenino de Sarasvati, esposa de Brahma; de Laksmi, esposa de Vishn, y de Uma, esposa de Siva. En amplio canastillo de flexibles entretejidos juncos, de pie y abrazndose se colocaron los novios; y cuantos all asistan derramaron sobre sus cabezas puados de arroz que tomaban de otros canastillos menores. Morsamor asi luego el _tli_, largo cordn de seda y oro en cuyos extremos resplandecan dos esmeraldas. Morsamor enred el _tli_ a la garganta de Urbsi, dndole tres vueltas y sujetndole con triple lazada. La novia miraba hacia el Oriente mientras que el novio as la prenda. Sentados ambos despus en blandos cojines, comieron juntos, sobre anchas hojas de pltano, butiro fresco extendido en leves y esponjadas tortas de flor de harina, y miel de azahar a la postre: manjares simblicos de iniciacin en los misterios orientales, para aprender a reprobar lo malo y a elegir lo bueno. En el centro del _pandal_ se levantaba el ara, donde haba algunas brasas. Los _purohitas_ echaron sobre las brasas canela, sndalo, espliego y otras plantas y yerbas secas y fragantes. Se levant llama y Narada la aviv ms con libaciones de _soma_ divino. Narada entonces habl as con Agni, dios del fuego, devorador de la ofrecida hostia, conductor alado del holocausto: --Oh, t que te ocultas en el seno de los seres todos, que sin ti no seran, escchame, Agni, t que animas el universo. Concede a Urbsi la lealtad y la firmeza que Satchi consagr a su marido cuando l la abandon, y lleno de remordimientos, huy a empequeecerse y a esconderse en el tallo hueco de una de las flores de loto que cubran el lago donde t le hallaste, ms all de los montes de Himabat, en los ltimos trminos de la tierra. Movido t por las splicas de Satchi y de acuerdo con los dioses, corriste por la tierra, volaste con tus alas de llamas por el aire y el ter, y hasta penetraste en el agua, tu temida madre, para encontrar a Satacrtu en su penitente y escondido refugio! El pecado de Satacrtu vino a recaer entonces y a diluirse en todas las criaturas, y recobrando l sus bros, las hizo dichosas, venci al tirano Nahucha y volvi a reinar en los tres mundos. Oh, Agni, haz que Urbsi sea para Morsamor tan regeneradora y purificante como Dara Satacrtu fue Satchi! Oye tambin y s testigo, oh Agni, del solemne juramento de amor y de fidelidad, que van a pronunciar ambos esposos! Morsamor y Urbsi, en efecto, extendidas las manos sobre el ara y cerca del fuego prestaron el juramento debido. As termin el acto religioso. En aquella misma noche, sin demora ni reposo, a fin de sustraerse a la celosa furia, a la venganza y al poder de Balarn, Morsamor y Urbsi, depuestas las galas y en traje de camino emprendieron un largo viaje. -XXVI- Muchos das, fugitivo de Balarn, camin Morsamor con su dulce compaera. Dejndose persuadir por Narada, haba credo en el levantamiento general de toda la India, en favor del predominio brahmnico, y no juzg prudente ni seguro tratar de volver a Goa, ni dirigirse a otro lugar que no estuviese fuera de los lmites de la India. En grandes barcas que de antemano contrat Narada, Morsamor haba pasado el Ganges, y haba ido hacia el nordeste, esquivando los sitios poblados. Con l iban, todos a caballo, Tiburcio y los sesenta valientes devotos a su persona. En ligero palanqun que veinte robustos negros sostenan y llevaban turnando, iba la bella Urbsi, asistida slo por su sierva favorita Rohini. Completaban la caravana treinta poderosas mulas, alquiladas a dos ricos banianes en quienes Narada fiaba mucho y que se haban comprometido a ir a donde se les mandase, cuidando y guiando las mulas con el auxilio de cinco hbiles naires. Las mulas llevaban a lomo el esplndido equipaje de Urbsi, abundancia de vveres, cuanto se requiere para desplegar tiendas en el campo y otros objetos tiles a la comodidad y regalo de los ilustres viajeros y al alivio de sus fatigas. Harto presenta Morsamor que el Brahmatma, con gran golpe de gente de guerra, haba salido a perseguirle, aunque no haba podido hasta entonces darle alcance por la mucha delantera que Morsamor y los suyos haban tomado. Sin tropiezo vi encuentro alguno desagradable, llegaron los que huan a una vastsima e intrincada selva, resplandeciente de lozana pompa y florida verdura. La frondosidad era tan densa por algunos puntos, que era menester abrirse paso rompiendo y destrozando con la segur los enormes bejucos y dems plantas enredaderas que, formando festones y guirnaldas, pendan y se entrelazaban de unos rboles en otros. Las alimaas esquivas y feroces huan a la aproximacin de la hueste, pero no faltaban seres animados, ms mansos y menos recelosos del hombre, que apenas se apartaban al sentirle llegar, y hasta que se adelantaban y mostraban como si acudiesen a darle la bienvenida. A veces, con alegre desentono, graznaban los pavos reales, desplegando la brillante rueda de sus pintadas plumas. Zumbaban las abejas que en los huecos de aosos rboles labraban sus panales. Las liblulas y las mariposas de los ms ntidos colores y variados matices poblaban y esmaltaban el ambiente. La abundancia de hojas en lo ms alto de las plantas formaba verde toldo, por el cual se filtraba tamizada y tenue la lumbre solar, mitigando sus ardores y formando caprichosos cambiantes de refulgente claridad y de sombra apacible. El _kokila_ y otras aves cantoras entonaban sus trinos y gorjeos. Un vientecillo suave que apenas mova los ms tiernos tallos y renuevos, esparca con sus alas el grato aroma de las flores, trasladaba a larga distancia las aladas semillas y llevaba de unos clices a otros el polen fecundante. Arroyuelos de agua cristalina corran serpenteando y murmurando por el somero cauce que naturalmente haban abierto, y en cuyas mrgenes crecan violetas, rosas silvestres y mil hierbas de olor. No bien empezaba a anochecer discurran por el aire en multitud sin cuento las lucirnagas, como brillantes joyas con que bordaba all su manto la primavera. Tan amenos eran aquellos lugares que, embelesados Morsamor y los suyos, olvidaban casi el peligro que corran. Continuaban, no obstante, su peregrinacin, aunque a la aventura y sin saber a punto fijo en dnde podran refugiarse para escapar o para defenderse de sus perseguidores. La selva pareca interminable y desierta. Los fugitivos no hallaron en ella criatura humana. Al cabo llegaron a un ancho espacio, casi despejado de rboles, y en cuyo centro se alzaba un grande edificio de extraa arquitectura, palacio, fortaleza o tal vez abandonado asilo de anacoretas penitentes. Los peregrinos le visitaron y reconocieron, hallando que en l no viva nadie. Morsamor resolvi parar all, reposar y hacerse fuerte, si por acaso le descubran y sorprendan sus enemigos en aquel misterioso retiro. Slo Tiburcio de Simahonda, con cuatro soldados que le escoltasen, todos en buenos y ligeros caballos, deba seguir adelante, como explorador, para ver si hallaba no muy largo y seguro camino por donde todos pudiesen ir a la corte del gran monarca de los mongoles, Babur, si este haba apaciguado ya sus dominios, si se hallaba en alguna ciudad menos distante que la remota Samarcanda, y si conceda su favor y la esperanza de una recepcin amistosa. La gente de Morsamor estaba cansadsima. Y Urbsi, rendida por la fatiga y emociones violentas, necesitaba para reponerse tranquilidad y reposo. En el desierto edificio haba muchas estancias separadas y capaces, pero muy pocos y antiguos muebles, rotos o desvencijados. Por dicha, las mulas traan de repuesto cuanto era conveniente para hacer agradable aquella vivienda. En el patio del edificio manaba agua abundante y clara de una hermosa fuente. Y cerca de ella haba en amplio stano una alberca para baarse. En el edificio no haba provisiones de boca, pero la caravana distaba mucho de haber consumido las que sac de Benars, y en la selva adems abundaban los cocoteros, los pltanos, los mangos, las palmeras, los naranjos, los limoneros y otros rboles cargados de fruta. Y todos aquellos contornos convidaban con fcil y riqusimo xito a la caza y a la pesca. Alabando, pues, al cielo, que por lo pronto tan buen refugio le ofreca, Morsamor se instal con su gente en el abandonado edificio que se alzaba en el centro de la intrincada y vastsima selva. -XXVII- El edificio estaba casi al pie de muy altos montes. La ingente cordillera del Himalaya se ergua cerca de l, extendindose a un lado y a otro. Las cumbres, que se alzaban en el aire a millares de codos, estaban cubiertas de hielo perpetuo y de cndida nieve, que heridos por los rayos del sol, vertan destellos radiantes y hacan ms bella la templada y apacible llanura en que se hallaba el palacio, bandolo todo, a la hora del crepsculo, en mgicos reflejos. Morsamor haba enviado esculcas y puesto atalayas, que deban renovarse con frecuencia y vigilar de continuo para avisar la llegada de cualquier enemigo y evitar una sorpresa. El terreno quebrado y spero y los intrincados y revueltos desfiladeros estaban tan prximos, que era fcil, previo aviso de que llegaban fuerzas muy superiores, escapar a toda persecucin, refugindose en las entraas de la serrana. Confiado en esto, Morsamor haca en el palacio larga parada, aguardando la vuelta de Tiburcio. Era alta noche. Morsamor reposaba al lado de Urbsi en la repuesta alcoba. La tenue luz de una lmpara, que arda en vaso de difana porcelana, iluminaba suavemente el hermoso rostro y las gallardas y juveniles formas de la mujer dormida. Morsamor se despert y se puso a contemplarla extasiado. No acertando a reprimir su admiracin amorosa, se acerc con lentitud y cuidado, para que ella no despertase e imprimi dos tiernos besos sobre los prpados y largas pestaas de sus cerrados ojos. Aunque el toque de los labios de Morsamor fue delicadsimo, sacudida Urbsi como por una conmocin elctrica, volvi en su acuerdo, abri los ojos, llenos de dulzura, mir a su amante esposo y le estrech afectuosamente en sus desnudos y blancos brazos. La felicidad y la vehemencia del amor de ambos, no hubo palabra articulada con que pudiera expresarse en aquel punto. Despus, sostenida en el brazo derecho de Morsamor y reclinada en su hombro, tras no breve pausa de silencio y reposo, Urbsi con lnguida y entrecortada voz, dijo a Morsamor casi al odo: --No; este amor invencible, fuerte, gigante, inmenso, no ha podido nacer en m, ni ha nacido de sbito. Antes de conocerte yo te presenta y te amaba. Al verte por vez primera, record tu rostro y columbr su semejanza en la nebulosa lejana de tiempos pasados. Reminiscencias confusas de una vida anterior se despertaron en mi alma. En tierras muy remotas, nacida yo en humilde, en casi vil condicin, te haba amado y haba sido tuya. T te avergonzabas de m, cruel! T me abandonaste. Morir fue mi sino, pero no quise morir desesperada. Entregu mi alma a Smara, dios del amor, y l me hizo en pago la promesa de poseerte de nuevo: de hacerme renacer, rica, noble y venerada para que no te avergonzases de m y mil veces ms hermosa para que me amases mil veces ms que hasta entonces me habas amado. Dime, Morsamor, no es cierto que Smara ha cumplido su promesa? Al or Morsamor las palabras de Urbsi, retrajo a su memoria la imagen de Beatricica y pens tenerla all presente y que ella le encadenaba entre sus brazos y le besaba y le acariciaba. Como si hiriesen otra vez sus odos, percibi las palabras de la vieja gitana que le dijo en Sevilla la buenaventura. Los cabellos de Morsamor se erizaron de espanto. A pesar del contacto ntimo y delicioso de su prenda querida, a pesar del tibio y grato mador de aquella piel, cuya tersura, suavidad y fragancia envidiaran los ptalos de la magnolia y de la flor del loto, Morsamor sinti el fro de la calentura y se santigu maquinalmente. Entonces record con horror que era catlico cristiano, aunque apstata y rprobo. En aquel momento sonaron fuera de la alcoba voces, precipitados pasos, ruido de armas y rechinar de puertas. Aquella sensacin, que avisaba a Miguel de Zuheros un peligro presente y real, disip de su espritu las sombras imaginaciones, que sin duda una muy natural coincidencia haba creado. Natural era que Urbsi, bajo el influjo de las creencias religiosas, propias de su nacin y de su casta, se diese a entender que haba transmigrado su alma, que en otras vidas haba amado a Morsamor, y que ms tarde haba renacido para volver a amarle. Miguel de Zuheros desech, pues, aquellos vanos pensamientos, se seren, recobr su bro indomable, se arroj del lecho y se revisti a escape las armas. Toms Cardoso, teniendo de la pequea hueste por ausencia de Tiburcio, acudi a llamarle desde la puerta de la alcoba. Armado ya Morsamor, sali a juntarse con Toms Cardoso. Numerosa hueste enemiga haba sorprendido y muerto a los descuidados y dormidos atalayas, haba invadido la selva y haba cercado por todas partes el edificio. A la luz del alba naciente, mir Morsamor por las ventanas en varias direcciones, y por donde quiera vio guerreros indios capitaneados sin duda por Balarn, el Brahmatma. No haba medio de huir. Era inevitable combatir hasta la muerte o hasta lograr milagrosa victoria. Los sitiadores dieron sin tardanza un furioso asalto por la fachada de la quinta, pugnando por derribar la puerta. Morsamor y los suyos se defendan con valor y con tino, causando en los sitiadores grande estrago y haciendo repetidas veces que retrocedieran, posedos de terror. La puerta resista an al embate del enemigo; pero, en la previsin de que pronto la derribase, Morsamor no vacilaba en defender sin reparo la entrada abierta. A este fin, iba ya a descender al piso bajo del edificio, cuando oy, en el piso principal, angustiosos gritos y clamores. El enemigo haba entrado por una pequea puerta, a espaldas del palacio, le haba invadido, y llenaba ya el piso en que Morsamor se hallaba. Entonces acudi Morsamor a la defensa de Urbsi, pero ya fue tarde. El mismo Balarn, rodeado de sus ms audaces satlites, haba llegado donde ella estaba, la haba asido de un brazo e intentaba apartarla de aquel sitio para acabar luego con Morsamor y los suyos sin que ella padeciese ni peligrase. No como dbil mujer, sino como fiera leona, se resisti Urbsi al propsito de Balarn, lanzando contra l enrgicas palabras de odio y desprecio. En aquel punto apareci Morsamor donde Urbsi pugnaba por que Balarn no se la llevase consigo. --Slvame, Morsamor!--dijo al verle--. Amor mo, librtame de este aborrecido tirano! El corazn del Brahmatma ardi en celosa ira, al ver a su rival y al or las amorosas palabras con que Urbsi le llamaba. En su ciego arrebato, desnud Balarn la daga que llevaba en el cinto y se la hundi a Urbsi en el seno, causndole instantnea muerte. Atnitos, estupefactos quedaron los de uno y otro bando, al ver caer a Urbsi desplomada en el suelo. Con mpetu irresistible se lanz Morsamor contra Balarn, yendo a su lado Toms Cardoso y otros ocho valientes, que arrollaban o derribaban cuanto obstculo se les opona. As lleg Morsamor hasta donde se alzaba Balarn con la sangrienta daga en la diestra y tom rpida venganza, atravesndole el cuerpo con su espada. La gente de Morsamor le defenda a un lado y a otro, rechazando a los indios. Morsamor pudo entonces asir de la barba al muerto Brahmatma y arrastrarle hasta la ventana principal del edificio. La abri, sin temer el diluvio de flechas que le dispararon; alz a Balarn en sus brazos para que los de su bando le vieran, y en seguida, con titnica fuerza, arrojo por el aire el cuerpo inerte, que dio tremendo golpe en el despejado o en el claro abierto por la gente de guerra al apartarse horrorizada. En los primeros instantes que a la venganza de Morsamor se siguieron, pareca que Morsamor iba a triunfar por raro prodigio de su feroz valenta. Los que haban entrado en el edificio con Balarn huyeron al verle muerto. Volvi a cerrarse la puerta por donde haban entrado. La posicin de Morsamor y de los suyos pareca inexpugnable, merced a su desesperada resistencia y a la consternacin de unos contrarios sin caudillo. Pronto, no obstante, se rehicieron estos, fiados en su muchedumbre y aguijoneados por la vergenza y por el deseo de que la muerte de Balarn no quedase impune. No era como el alczar de Benars el edificio en que Morsamor se refugiaba. Apenas se haba empleado la piedra para construirle, sino la madera, tan abundante en la selva que en torno se extenda. All era fcil de conseguir el incendio, y el incendio era el medio ms seguro de vencer sin sacrificar muchas vidas. Gran nmero de sitiadores, con actividad diligente, solcita, casi frentica, alleg y trajo lea y hojas secas, y, formando con ellas enormes montones y altos rimeros, las arrim a las puertas y a las paredes. Los sitiadores ms decididos prendieron fuego por varios puntos, y, favorable el viento a su intencin, estimul el fuego soplando. Rojas llamas se levantaron lamiendo y escalando los muros. Negra y espesa humareda envolvi el edificio como en velo enlutado de fnebres crespones. Nada haba advertido Morsamor. Satisfecha en Balarn su venganza, daba rienda suelta a su pena, abrazado al cuerpo inerte de Urbsi, cubrindole de besos y de lgrimas y anhelando hacerle revivir con su aliento. Toms Cardoso y los dems aventureros tuvieron que apartarle de all, bajndole casi en volandas hasta la puerta principal del edificio. Era menester salir fuera, abrirse paso o morir hiriendo y matando, si no queran todos perecer ahogados por el humo o devorados por las llamas. Morsamor se repuso de su doloroso desfallecimiento, hizo abrir la puerta, que ya empezaba a arder, y con heroica furia se abalanz contra los sitiadores. -XXVIII- Aunque Morsamor pareca invulnerable y aunque los cincuenta hombres que permanecan vivos bajo su mando eran diestros y prodigiosamente valerosos, todos sin duda iban a perecer all peleando contra un ejrcito. No peleaban por la victoria. No peleaban por la salvacin en la fuga. Peleaban slo para vender caras sus vidas. Caras las vendan, en efecto, pero Morsamor notaba con angustia compasiva que sus fieles y devotos amigos iban cayendo tambin. De sbito el ronco clangor de retorcidas y brbaras trompetas estremeci el ambiente. Mil y mil gritos salieron de las bocas de los indios, medrosos y aterrados. Morsamor y los suyos vieron con sorpresa que sus contrarios, en confuso desorden, huan a la desbandada, tiraban las armas para correr con mayor ligereza y buscaban refugio y escondite en lo ms intrincado del bosque, ya que no en las entraas de la tierra. Qu poder misterioso acuda en auxilio de Morsamor? No tardaron en aparecer los imprevistos auxiliares. Venan en ligeros caballos. Eran guerreros, de fea y terrible catadura, armados de largas lanzas, de agudas flechas y de flexibles arcos. En sus rostros, casi imberbes, aunque varoniles y fieros, resplandeca, sobre el amarillo obscuro de la tez curtida, la exultacin alegre del triunfo. Sus pmulos eran salientes, gruesos sus labios y la nariz aplastada, oblicuos y pequeos sus ojos, y negras las ralas cerdas del largo bigote, y negros los cabellos que pendan lacios sin ondas ni rizos. Cubran sus cabezas gorras de hirsutas pieles, envolviendo capacetes de cobre, y sostenidas por barbuquejos de lana cuyas extremidades flotaban sobre el pecho. Extraordinaria fue la sorpresa de Morsamor cuando vio en medio de esta tropa, que pareca fantstica legin de demonios, a su doncel sutil Tiburcio, que vena como guindola y capitanendola, ms gallardo y gentil que nunca. Fugados o muertos los indios, Tiburcio lleg donde estaba Morsamor y le estrech en sus brazos. Algunos de los al parecer ms importantes soldados de su extraa tropa desmontaron de los caballos, lanzaron aullidos, en seal de alabanza, admiracin y jbilo, alzaron a Morsamor en hombros, y se apartaron del palacio que el voraz incendio ya consuma. Hicieron luego que Morsamor y los suyos montasen todos a caballo, y con profundo acatamiento y pompa triunfal se pusieron en marcha. Tiburcio cabalgaba al lado de Morsamor y se lo explic todo. Aquellos hombres eran los mongoles. Babur, su monarca, apaciguados ya sus vastos dominios, haba cado como el rayo sobre la India. Acababa de reconquistar a Lahor y se haba apoderado luego de Delh y de Benars, la ciudad santa, donde le haban dicho que Balarn se haba declarado Brahmatma. No encontr all a Balarn y sali en su busca, a fin de vencerle y de vencer su ejrcito. Internado Balarn en la selva, Babur hubiera tardado en encontrarle o no le hubiera encontrado, si Tiburcio, acertando a presentarse ante l, no se hubiera ofrecido a servirle y no le hubiera servido de gua. Muerto Balarn, y sabiendo ya Babur por sus esculcas las apenas crebles hazaas de Miguel de Zuheros, iba, segn anunciaba Tiburcio, a recibirle con palmas y laureles. Cualquiera otro hroe, no atormentado del dolor ms acerbo, hubiera tenido por altamente dichoso el xito de aquella jornada y se hubiera enorgullecido de las distinciones honrosas de que colm Babur a Miguel de Zuheros cuando este lleg a su presencia. Babur quiso tomarle a su servicio, pero Morsamor se excus cortsmente, alegando su honda melancola y afirmando que su destino le llamaba por muy distinta senda y que l no poda menos de acudir a su misteriosa vocacin y de cumplir las rdenes del destino. Tiburcio de Simahonda, Toms Cardoso y cuarenta aventureros portugueses, que sobrevivieron a la batalla, acompaaron a Morsamor, y cargados de presentes y riquezas se separaron de Babur y de sus mongoles. Babur dio a Miguel de Zuheros una urea lmina, como la que Kubilai-Kan haba dado a Marco Polo, para que le sirviese de salvoconducto o pasaporte por donde quiera que fuese. En el oro de la lmina estaban grabadas, en caracteres monglicos, las ms encarecidas recomendaciones, autorizado todo ello por la firma de Babur y por su regia marca. Como curioso accidente, que no debe omitirse aqu, haremos constar que la tropa de Morsamor parti reforzada por seis mongoles que se resolvieron a seguirle, movidos de afecto a Espaa y de vivo deseo de ver aquella tierra distante. No parecer el caso inverosmil si decimos que dos de los mongoles se apellidaban Prez, dos Fernndez y Jimnez otros dos. Aunque confusa y enmaraadamente, los seis presuman de buenos cristianos, y todos eran tataranietos de tres elegantes y lindos escuderos de Castilla, que haban acompaado a Ruy Gonzlez de Clavijo cuando visit a Tamerln como Embajador de Enrique III. Tres seoronas de la corte de Samarcanda, tan encopetadas como antojadizas, se haban prendado de los escuderos susodichos, se haban casado con ellos, retenindolos en el centro del Asia, y de tales enlaces procedan los Prez, los Fernndez y los Jimnez, de cuyo patritico atavismo aqu damos cuenta. -XXIX- Transida el alma de dolor por el trgico fin de Urbsi y por la mortfera lucha que haba sostenido, Morsamor huy de la India, como para librarse de los malos espritus que le acosaban y le atormentaban. Como Orestes, perseguido por las Furias, caminaba Morsamor sin saber casi hacia dnde caminaba. Confiado en l y en su ventura, le segua su valiente tropa. Tiburcio sola cabalgar junto a l y procuraba consolarle y entretenerle con plticas amenas y con juiciosas reflexiones. --El mal y el bien--dijo una vez--, la prspera o la adversa fortuna carecen a menudo de ser real y dependen de nuestro modo de entender las cosas. De aqu que yo pueda afirmar razonablemente que t no debes quejarte de tu suerte, sino tenerla por prspera. El problema ms difcil que hay que resolver, la suerte te le dio resuelto desde el principio. En la ms penosa e ingrata tarea en que los hombres tienen que emplearse no te has empleado t, pudiendo elevarte as sin estorbo hasta una posicin donde tanto la felicidad como la infelicidad tienen superior magnitud a las del vulgo de los mortales. --Cada da me convenzo ms--interrumpi Morsamor--del fundamento y de la justicia, con que te llamo doncel sutil. Tales son en este momento tus sutilezas, que no las entiendo. --Pues prstame atencin y yeme--replic Tiburcio--y ya vers, cun bien me entiendes y cun claro me explico. Por la generosidad primero y por la alquimia del Padre Ambrosio, y ms tarde por lo mucho que hemos garbeado en guerras, saqueos y batallas, no somos pobres, sino ricos. A lomo de unas cuantas mulas traes contigo un tesoro de despojos; oculta en bolsa de cuero, bajo el sayo y pegada a tu carne, llevas gran cantidad de piedras preciosas, de tal valor algunas que podras, vendindolas, adquirir con su precio la mitad de Castilla, o restaurar en todo su esplendor a Medina del Campo, que el ejrcito fiel a nuestro monarca Carlos de Gante, rob y asol casi en los mismos das en que nos escapamos nosotros del convento en busca de aventuras. Te hallas, pues, y te has hallado desde que te escapaste en posicin muy ventajosa. La mayora de los hombres consumen la vida en ganarse la vida, y, como se la ganan perdindola y gastndola, no les queda vida de sobra ni para amar, ni para deleitarse, ni para trazar heroicos planes y realizarlos luego, ni para otros mil asuntos que debemos calificar de lujo y de poesa. La gente humilde y trabajadora, los ganapanes y destripaterrones, que sudan y se afanan para procurarse el sustento, son como las orugas y como los mseros gusanos, que se arrastran con lentitud, que se esconden entre el follaje, y que no pueden ejercer otra funcin sino la de nutrirse, mientras que t y otros como t, siempre bien nutridos y exentos de tan ruin cuidado y de menester tan vil, sois como las mariposas, que desplegis a la luz del sol los ntidos colores de vuestras alas, que volis entre las flores, que libis el nctar de sus clices y que gozis de amor y de gloria. --Algo de verdad hay en lo que afirmas--dijo Morsamor--. No carezco de riquezas. Adems de las que llevo conmigo, tengo confiadas no pocas al fiel y cauto Gastn Vandenpeereboom. Puedo con desahogo aventurarme en las ms altas empresas. Y sin embargo, me considero tan infeliz que preferira volver a ser un pobre fraile, despreciado, viejo y enfermizo, o ser un ruin y hambriento pordiosero. Ingeniosamente impugn Tiburcio estas razones, manifestando que el pordiosero y el fraile, sobre ser desvalidos y menesterosos, lo cual no es chica pena, pueden padecer adems tormentos insufribles. --Has olvidado, acaso--concluy Tiburcio--, cunto te atormentabas en el claustro? No me parecas all virtuoso penitente, ministro del Altsimo, sino energmeno o criatura poseda de un enjambre de demonios. As cuidaba Tiburcio de consolar a Morsamor, no probando que era dichoso, sino tratando de probar que otros haban sido ms desdichados. Poco a poco, y aunque algo a la ventura, con el propsito de llegar al grande imperio del Catay, nuestros viajeros se internaron por tortuosas y revueltas caadas, que a cada instante se tornaban ms speras y solitarias. Por donde quiera breas, matorrales y riscos, y con frecuencia despeaderos medrosos, en cuyo borde resbaladizo se desenvolva la apenas trazada senda que iba hollando. El horror y la esquividad del paisaje crecan a cada paso. Hasta los ms audaces se asustaban y anhelaban volver atrs. La terca persistencia de Morsamor y el respeto que Morsamor infunda los forzaba a seguir adelante. Con prudente cautela, y como por milagro, lograban que no tropezasen los caballos y las mulas en aquellos vericuetos y que no cayesen rodando en hondo precipicio con el jinete o con la carga que llevaban. Ms propios de cabras monteses que de hombres eran aquellos sitios. Podra asegurarse que jams se haba estampado en ellos la planta humana. Era terreno desconocido, por donde, si lograban atravesarle, llegaran sin duda a no menos desconocida e inexplorada comarca. La vereda daba innumerables rodeos. A veces iba en muy pendiente cuesta abajo, pero ms a menudo se elevaba en cuesta no menos pendiente. Los cerros, a un lado y a otro, parecan ir creciendo. En sus enhiestos picos reluca el hielo perpetuo. La amontonada nieve bajaba hasta no muy lejos del camino, si era camino el desfiladero, cada vez ms angosto, por donde marchaban. Lo terrible de aquella peregrinacin estaba por cima de todo encarecimiento cuando la noche envolva en sus tinieblas a los viajeros. Una noche, por ltimo, fue indescriptible la angustia de todos. A pesar de la densa y casi impenetrable obscuridad, sintieron que se hallaban en una grande altura; que los cerros, por medio de los cuales haban caminado, quedaban atrs; que a un lado y a otro se les abra despejado, extenso horizonte; y que, delante de ellos, o descenda la senda, con inclinacin que la haca intransitable para hombres y para bestias de carga, o se converta en despeadero o abismo. All se pararon aguardando ansiosos el da y acurrucados bajo algunas tiendas de campaa que un viento fro e impetuoso amenazaba derribar y que los amedrentaba con siniestros silbidos. Larga como un siglo se les antoj aquella noche, pero el alba perezosa vino al cabo a disipar las sombras, a dorar las nubes, a teir el cielo de azul y de prpura y a impregnar el aire en claridad luminosa. Extraordinarias fueron la sorpresa y la alegra de los peregrinos cuando vieron extenderse a sus pies, desde la elevacin en que se hallaban, la ms amena, frtil y bien cultivada llanura que imaginarse puede. La vega deleitosa estaba regada por dos ros y por muchos arroyos y acequias de agua cristalina. Se vean huertos, sembrados, y muy elegantes jardines. Bien cuidadas sendas iban de un lugar a otro, entre dos hileras de rboles copudos y umbros. Los frutales ms preciosos se ostentaban en las huertas. Se distinguan bien los muros, palacios, templos y monumentos de una muy hermosa ciudad; y ms cerca, casi al pie de la sierra, un edificio amplsimo, a modo de suntuoso monasterio, tal por su esplendor y grandeza, que nada en la mente de los viajeros se le igualaba en Espaa ni en Portugal, ni en la propia Samarcanda, aunque ellos magnificasen con el afectuoso recuerdo la esplendidez de lo que cada cual haba visto y admirado en su patria. La cuestin ahora era bajar hasta la vega desde la enriscada cumbre o viso en que estaban. Harto se afanaron por conseguirlo, pero lo consiguieron al fin dando muchas vueltas y describiendo muchas eses, para no despearse por los tajos de aquella agria ladera. Ya casi en lo llano, se hallaron en un verde soto, en medio de frondosos y gigantescos rboles, y por cuyo centro se precipitaba caudaloso arroyo, dando saltos y formando copos de rizada y cndida espuma sobre el haz de sus agitados cristales. Muchas aves haba por all que ya trinaban alegres, ya volaban de rama en rama, sin el menor recelo de los hombres. Francolines de vistosas plumas corran en bandadas. Toms Cardoso, que era gran cazador, no pudo resistir a su deseo de matar el que le pareci ms grueso y ms cercano. Dispar una flecha, y el pjaro cay herido a poca distancia. Entonces sali de la espesura un viejo, algo encorvado por la edad, que pareca llegar a cien aos, y con airado acento censur la cruel conducta de Toms Cardoso y hasta le amenaz con un castigo. Con burla y desprecio respondi el portugus al pobre anciano y dirigi sobre l el caballo para asustarle. Mas, oh raro prodigio!, el viejezuelo alz en el aire el bculo en que se apoyaba y dirigi la contera hacia el caballo que sobre l vena. El caballo dobl al punto las rodillas y baj la cabeza hasta el suelo, como para besarle con humildad. Aquellos movimientos fueron tan rpidos, y fue tanto el descuido de Toms Cardoso, por no preverlos, que el caballo le bot de la silla y le ape por las orejas, excitando el cado la risa de sus compaeros a pesar del asombro que el sobrehumano poder del viejo les haba causado. Se adelant entonces Tiburcio, y, sirviendo de intrprete, en vulgar dialecto indostan, pregunt al viejo quin era l y en qu pas se hallaban ellos. El viejo contest al punto en un idioma de cuyos vocablos no saban uno siquiera ni Tiburcio, ni Morsamor, ni ninguno de los que iban acompandolos. Pero esto fue lo ms raro y maravilloso. Ni Tiburcio, ni Morsamor, ni el ms rudo de los all presentes dej de entender lo que el viejo deca, como si a cada uno en su patria lengua le hablase. El viejo les dijo: --Os hago saber que yo soy ayuda de cmara, secretario o fmulo del muy egregio seor Sankarachria. Gracias a l, y comunicados por l, poseo varios importantes dones. Es uno de ellos el de adivinar los pensamientos ajenos, y es otro el de sugestionar o infundir los pensamientos propios en las ajenas mentes sin valerme del auxilio de la palabra y del intermedio de los sentidos corporales. Os he escuchado y os he hablado por costumbre y rutina y para no faltar al uso corriente, pero sin hablar entiendo y me hago entender y as continuaremos nuestra conversacin. Os digo con franqueza que no comprendo cmo habis podido llegar hasta aqu. Mi amo me lo explicar todo, porque todo lo sabe. Ahora conviene que os lleve a su presencia. Es corts y benigno; perdonar vuestra audacia y os recibir amistosamente. Seguidme y os servir de gua. Dicho esto, volvi la espalda, empez a andar y todos le siguieron. -XXX- No tardaron mucho en hallarse a la vista de un edificio tan suntuoso, grande y de tan florido estilo, que en su comparacin, pareca miserable choza, la casa ms capaz y elegante de Padres Jesuitas, sin exceptuar la que tienen en Loyola. Sobre la puerta principal haba una inscripcin en gruesas letras de oro. Como ya estaban todos sugestionados por el fmulo, aunque la inscripcin estaba en snscrito, la leyeron y entendieron, como si estuviese en portugus o en castellano. La inscripcin deca: _Cenobio de la jubilacin varonil_. El fmulo aclar el concepto de esta suerte: --Los seores que aqu viven, son los seores ms sabios que hay en el mundo. Con su exquisito rgimen higinico, con su dieta herbvora, y con su prudente y morigerada conducta, prolongan mucho la vida. Aqu no contamos por decenas sino por docenas. El trmino natural y ordinario de la existencia, es aqu de una gruesa de aos o dgase de ciento cuarenta y cuatro. Cuando alguien por accidente muere antes, decimos que se malogra. Siete son los principios o elementos que en armonioso conjunto constituyen el ser humano. El nmero siete es simblico y posee no pocas virtudes. Segn nuestra Constitucin social y poltica, histrica y filosfica, interna y externa, la vida de accin acaba en cada individuo cuando este cumple siete docenas de aos. El da en que los cumple, es el da de su jubilacin y l se retira a este _Cenobio_ y pasa de la vida activa a la vida contemplativa. As, el fmulo iba enterando de todo a Morsamor y a su tropa. Y gracias a la sugestin, no slo les daba noticias, sino que tambin les inspira sanos, juiciosos y vehementes deseos. El de baarse, fregarse y escamondarse, fue el primero que les inspir, y para que le lograsen, como le lograron, los introdujo en unas maravillosas termas, donde brochas y suaves cepillos automticos los ungieron con aromtico y espumoso jabn y les dieron gratas y purificantes fricciones. Recibieron luego duchas de agua perfumada, se secaron con finsimas sbanas de lino y quedaron como nuevos de puro lustrosos. Todos parecan ms guapos y ms jvenes que antes. Al revestirse, notaron con agradable pasmo que la ropa interior haba sido lavada y planchada, (permtaseme lo familiar de la expresin) en un periquete, y que asimismo ola muy bien, gracias a un exquisito sahumerio. Los coletos, los gregescos, las calzas y dems ropilla exterior todo se haba limpiado, quedando muy decente y desapareciendo las manchas sin el empleo de la bencina ni de otras sustancias apestosas. El fmulo les dijo que era muy conveniente que ellos se presentasen de un modo decoroso ante el seor Sankarachria. Los llev enseguida a un bonito y capaz refectorio, donde almorzaron sutiles extractos, que paladeaban y saboreaban con raro deleite y que eran tan nutritivos y tan poco groseros, que bastaba para alimentar y satisfacer a un jayn, lo que cabe en una jcara de chocolate. A todo esto, Morsamor y los suyos notaban con extraeza que no apareca nadie y que el _Cenobio_ estaba como desierto. Adivin el fmulo lo que pensaban y aclar el caso de este modo: --No quiero que andis maravillados y suspensos al ver esta mansin desierta. En ella no hay en este momento sino otros pocos fmulos como yo, retirados sin duda, cada uno en su celda. Los seores han salido todos. No volvern hasta tres horas despus de medioda, porque hoy tienen _Recordatorio galante_. Impaciente Morsamor por averiguar lo que aquello significaba, interrumpi al viejo preguntndole: --Y qu _recordatorio_ es ese? --El _Recordatorio galante_--contest el viejo--consiste en la costumbre que tienen los seores de ir una vez por semana al cercano _Cenobio de la jubilacin femenina_, donde las seoras ancianas, dulces compaeras de su mocedad, los reciben de visita, los agasajan con un delicado banquete, recuerdan con ellos los juveniles gozos y hasta cantan y bailan y huelgan y se entretienen, si bien con la majestad, el entono y el sereno juicio que importan en la edad madura. Paseando por los alrededores del _Cenobio_ y admirando los vergeles que le circundaban, estuvieron Morsamor y su gente hasta que pasaron las horas del _Recordatorio_ y volvieron al _Cenobio_ los seores ancianos. Cosa de encanto les pareci el verlos venir. Con pausa solemne venan en dos hileras, como dos centenares de venerables viejos, vestidos de largas, flotantes y cndidas vestiduras. Todava eran ms cndidos y relucientes sus cabellos levemente rizados y sus luengas y bien peinadas barbas. Al andar, se apoyaban algunos en dorados bculos. Otros traan y tocaban arpas, violines y salterios. Guirnaldas de verdura y de flores cean las sienes de todos aquellos ancianos. El fmulo, que para verlos pasar se haba echado a un lado con los forasteros, dijo a estos cuando lleg frente de donde estaban el viejo tal vez de mayor estatura y de ms gravedad y belleza de rostro. --Ese es mi amo, el seor Sankarachria. Trae, como veis, una guirnalda de hiedra y de violetas, con que le ha coronado hoy su esposa, para simbolizar el pdico, modesto y apretado lazo con que siempre la tuvo ceida y prendida. Al son de los instrumentos msicos, venan todos cantando, con deliciosa meloda, un himno del _Rig-Veda_, del que Morsamor comprendi milagrosamente y conserv en la memoria, no sabemos si con entera fidelidad, las siguientes estrofas: ureo germen de luz apareciste al principio. Soberano del mundo llenaste la tierra y el cielo. Eres t el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?. T das la vida y la fuerza. Los otros dioses anhelan que los bendigas. La inmortalidad y la muerte son tu sombra. Eres t el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?. Las montaas cubiertas de nieve y las agitadas olas del mar anuncian tu podero. Tus brazos abarcan la extensin de los cielos. Eres t el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?. T iluminas el ter. T afirmas la tierra y difundes la claridad por entre las nubes. Cielo y tierra te miran temblando a ti que los criaste. De tu radiante cabeza nace la aurora. Sobre las aguas que engendraron la luz primera y que se precipitan en el abismo, tiendes t la serena mirada. Sobre todos los nmenes te elevas cual Dios nico. Oh custodia y faro de la verdad! Eres t el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?. -XXXI- Como los sabios ancianos venan algo fatigados de la inocente huelga que haban tenido, el fmulo dej que reposasen y durmiesen la siesta un par de horas, y luego llev a Morsamor y a los suyos a la presencia del seor Sankarachria, quien los recibi con distinguida afabilidad y extremada finura. Ya saba Morsamor por el fmulo que el seor Sankarachria era el escritor ms notable que haba entonces en el _Cenobio_ y en toda aquella Repblica. Los libros que haba compuesto y que compona, eran eptomes o brevsimos compendios, en estilo llano, para poner al alcance del vulgo los ms tiles conocimientos. Por el mtodo, orden y nitidez de la exposicin, ensalzaba el fmulo, entre dichos libros, los que se titulan _Tattva Bodha, Conocimiento de la existencia; Atma Bodha, Conocimiento de yo (Dios)_; y _Viveka Chudamani, El Paladin de la sabidura_. --Aunque estos libros--aada el fmulo--son slo rudimentos y preparativos para iniciacin ms alta, nadie consiente por ac que se comuniquen a los europeos, cuya inteligencia carece de la slida madurez que para comprenderlos se requiere. Slo dentro de tres siglos y pico, podrn ser y sern traducidos, ledos y semi-comprendidos en Europa por algunas pocas almas excepcionalmente superiores. Ya conjeturar el lector de la singular historia que vamos escribiendo, el mar de confusiones en que un espritu tan escptico y tan crtico, como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta de anegarse al ver y al or tan estupendas cosas. --Qu diantres de personajes sern estos viejos?--se preguntaba l cavilando--. Sern en realidad profundamente sabios, estarn de buena fe, llenos de vanidad y de soberbia por la comodidad y el regalo con que viven, gracias a sus envidiables inventos o habr en ellos algo de embaucadores y de farsantes? As discurra Miguel de Zuheros, pero se callaba y ni al doncel sutil confiaba su discurso. De todos modos, Miguel de Zuheros senta muy picada su curiosidad y anhelaba investigar y averiguar ms de lo que ya saba por el fmulo. Y como el seor Sankarachria era muy conversable y muy fino, procur charlar con l, lo consigui fcilmente y le interrog sobre diversos puntos. De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo, hemos podido recoger aquella parte que por ser menos profunda est ms a nuestro alcance y vamos a ver si acertamos a transcribirla clara y fielmente. --El _ocultismo_--dijo Morsamor--no acaba de justificarse a mis ojos. Por qu escondis avara y egostamente vuestra ciencia, si vuestra ciencia es buena y puede hacer a los hombres, mejores y ms dichosos? --No transmitimos nuestra ciencia--respondi el sabio viejo--porque lo esencial de ella es intransmisible. Cada ser humano la crea en s y para s, sumergindose en el abismo de su propia alma, con intuicin slo eficaz cuando el alma est ya purificada y educada, exenta de egosmo, libre de pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta para entrar en el santuario ntimo de la conciencia suprema, donde todo es uno, el conocer, el que conoce y lo conocido. Para adquirir esta indispensable previa aptitud, jams basta una sola vida. Slo puede conseguirse despus de muchas _reincarnaciones_. --Sabes t--pregunt Morsamor--por cuntas has pasado ya? --Mi _clarividencia_, en este punto, no es completa todava--replic el anciano--; pero entreveo y percibo en la penumbra confusa de mis recuerdos _ultranatales_ que he muerto y renacido ya treinta veces en esta mansin terrenal. Y todava s poco y todava para seguir estudiando tendr que morir y que renacer dos o tres veces ms antes de alcanzar el _nirvana_. --Y qu es el _nirvana_?--dijo Morsamor. Declrartelo bien--contest el viejo--implicara dos cosas tan difciles que rayan en lo imposible. Es la primera que si lo supiese yo, yo estara ya en el _nirvana_ y sera omnicio o digase conocedor de cuanto ha sido, es y ser; del sujeto, del objeto y de la sntesis en que se enlazan e identifican, siendo todo y uno y disipndose las aparentes ilusiones que distinguen, individualizan y separan. Y es la segunda que, aun poseyendo yo tan alta bienaventuranza, no hallara para transmitirte su concepto medio alguno de expresin en lenguaje humano, ni tampoco en la sugestin directa y pura. Por ahora, reprime tu curiosidad y aguntate sin saber lo que es el _nirvana_. Acaso, dentro de algunos siglos, cuando subas a vida ms alta, trasluzcas o columbres lo que es. Morsamor se resign porque no haba otro remedio; mas para consolarse hizo preguntas menos trascendentes. --Aunque lo ms substancial y elevado de vuestra ciencia sea intrasmisible, todava no me explico y deploro que vivis tan aislados en este esquivo rincn del mundo, sin influir en las andanzas del humano linaje, y sin ensear a alguien que no sea de los vuestros, ya que no lo ms elemental de vuestra ciencia, el mtodo o camino que a ella conduce. --Tu suposicin es infundada--dijo el anciano--. Nosotros distamos mucho de vivir aislados. Desde hace miles de aos estamos en comunicacin y tenemos trato con no pocos espritus selectos, aun de los que han vivido y viven ms lejos de aqu. Nosotros les hemos comunicado generosamente algo de lo que sabemos y podemos comunicar. Sobre todo, hemos sido dadivosos, esplndidos, con aquellos que han logrado penetrar hasta aqu y hacernos una visita. Uno de los primeros que vino a vernos desde Europa fue Pitgoras de Samos, y a nosotros se nos debe no pequea parte de su sistema filosfico. A despecho de nuestra prudencia y de nuestra ancianidad, he de confesarte que pecamos por un exceso de galantera, y siempre que aparece en nuestra tierra alguna dama extranjera de distincin y aficionada a saber, la recibimos con finsimas atenciones y hacemos cuanto est a nuestro alcance para ilustrarla. Valgan como ejemplo la famosa Sibila Eritrea y ms aun la linda hija de un honrado _lucumon_ etrusco que vino acompandola. Ella cautiv de tal suerte con su gentil presencia y con su mucha discrecin a nuestros antepasados, que consigui la dotasen de pasmosa sabidura. Cuando volvi a Italia con su seor padre, se prend de cierto reyezuelo de un pequeo Estado, tuvo con l frecuentes coloquios y le dio tan sanos consejos y le inspir tan admirables leyes, que su ciudad, nica en la historia, se enseore de lo mejor del mundo y fund hasta hoy el ms persistente de los imperios. Ya comprenders que hablo de Egeria, la ninfa inspiradora de Numa. Otros peregrinos se han presentado por aqu, que se han aprovechado muy mal de nuestras generosas lecciones, movindonos a arrepentirnos de habrselas dado. No se han servido de ellas con el desinters y la abnegacin indispensables para que den buen fruto, sino con malvado egosmo, para engaar al prjimo y seducirle. Cuando esto ocurre, la magia blanca o _rajah yoga_ que nosotros aprendemos y transmitimos, se malea y se tuerce, y convertida en _hatha yoga_ o magia negra, suele hacer mil estragos como si fuese obra de los nmenes infernales. Entre estos peregrinos que nos han dado chasco, te citar a Simn el Mago, a Apolonio de Tiana, a Mximo de Efeso, consejero de Juliano el Apstata, y por ltimo, al encantador Merln, a quien consideran en Europa como hijo del diablo, lo cual no hay para qu decir que es absurda mentira. --Pero es menester--pregunt Morsamor--llegar a estos sitios para participar de vuestra sabidura? --En manera alguna--dijo Sankarachria--. Los ms aprovechados e iluminados de entre nosotros, poseemos la facultad de entendernos, si queremos, con las personas que estn ms distantes. Nuestro cuerpo material y pesado es como la creacin de nuestro cuerpo etreo y plasmante, cuya ligereza raya casi en ubicuidad. Nosotros podemos desprender del cuerpo material y pesado dicha forma etrea, mal llamada cuerpo, recorrer con ella inmensas distancias, filtrarnos o colarnos por cualquier resquicio en la ms severa clausura y conversar a todo nuestro sabor con nuestros amigos y adeptos. As nos comunicamos y entendimos, hace ya sobre poco ms o menos veintids siglos, con el prncipe Sidarta, entrando en el hermoso palacio de Kapilavastu, donde su padre Sudhodan, rey de los sakias, le tenan encerrado. Con nuestras amonestaciones y consejos fomentamos su vocacin e ilustramos su nobilsimo espritu. Bien podemos, pues, jactarnos de haber influido en que se fundase una religin que en el da profesan ms de cuatrocientos millones de seres humanos. --Y habis tratado y segus tratando de la misma suerte a algunos sabios europeos, yendo vosotros de visita donde ellos residen? --Y cmo no?--contest Sankarachria--. Yo tengo y visito as a varios amigos de Europa. Uno de ellos, suizo de nacin, mdico excelente y filsofo de raro y agudsimo ingenio, est avecindado en Basilea, y es generalmente conocido con el nombre de Paracelso; otro, no menos singular, se llama Cornelio Agripa, natural de Colonia, en las orillas del Rhin; otro, que tiene ms fama de brujo que los dems, y dicen que va siempre acompaado de un diablo en figura de paje, lo cual ya comprenders que es una patraa, se llama el doctor Juan Fausto; y otro, por ltimo, con quien estoy yo en ms frecuentes y cordiales relaciones, vive ahora junto a Sevilla, en un convento en la margen del Guadalquivir, y se llama el Reverendo Padre Fray Ambrosio de Utrera. Suspenso y como turulato se qued Morsamor al or en boca de Sankarachria el nombre de su benfico amigo. --Entonces--exclam--sabrs quin soy yo. El Padre Ambrosio te lo habr contado todo. --Y vaya si me lo ha contado. Yo saba quin t eras, he influido en que vengas por aqu; puedo asegurar que invisiblemente te he guiado para llegar adonde no llega nadie sin nuestra venia, y encargando a mi fmulo el disimulo, le orden que te aguardase en el soto, como, en efecto, lo hizo. -XXXII- No fue una sola vez, sino varias, las que tuvo Morsamor dilogos por el estilo con el sabio viejo. As aclar o crey aclarar muchas dudas y formar idea, aproximada ya que no exacta, del pas a que haba llegado y de la gente que en l viva. Pondremos aqu, en resumen, el resultado de sus investigaciones o dgase lo que l acert a comprender y lo que nosotros podemos expresar sin trabucarlo ni alterarlo. Era aquel pas el de los llamados _mahatmas_, rodeado de montaas tan intransitables, que los profanos no podan llegar a l. Era como unas Batuecas, no groseras y rsticas, sino cultas, elegantes y felices. Cuatro mil aos, sobre poco ms o menos, haca ya que los habitantes de aquel pas vivan apartados de la mayora del humano linaje, formando una Repblica pacfica y prspera, cuyo nico gobierno era el consejo de los seores del _Cenobio_ o sea de los _mahatmas_. Sankarachria explicaba de modo harto singular el origen de aquella Repblica. Lo que l contaba dista mucho de parecer verdadero; antes bien, lo consideramos como fbula impa y absurda, pero nos parece tan curiosa que no podemos resistir a la tentacin de ponerla aqu, en breves palabras, remitiendo a los lectores que quieran saber ms sobre ello a un libro escrito no hace mucho tiempo y cuyo ttulo es _Dios y su tocayo_. Prescindamos de la mayor o menor antigedad de la especie humana. Dejemos a la prehistoria, ya fundada en la geologa, ya valindose del estudio comparativo de los idiomas y de otros primitivos documentos, conceder muchos miles o pocos miles de aos a la existencia del hombre en nuestro planeta. Tengamos slo por cierto, para no disputar con el seor Sankarachria, que, antes de que apareciese la raza blanca, hubo otras razas que progresaron y se elevaron a no pocos grados de civilizacin. As la raza negra, la amarilla y la raza de piel roja, cuyos individuos se llamaron atlantes y se esparcieron por el mundo cuando la Atlntida se hundi. No hablemos aqu de los proto-scitas o hiperbreos, colonia de los atlantes que se estableci ms all de las Montaas Rifeas y que fue muy culta y floreciente. A nuestro propsito basta saber que ms de dos mil y cuatrocientos aos antes de la era vulgar, haba dos poderosos y civilizados imperios: uno en Egipto, de atlantes y de negros mezclados, y otro en China, no menos adelantado o quiz ms adelantado que el de los egipcios. En China reinaba en aquella poca un Emperador llamado Iao, y haca muy poco que, por evolucin y seleccin, haba aparecido sobre el haz de la tierra la raza blanca, que es la ms perfecta de todas. Ciertos espritus, muy pulidos y desbastados ya, despus de pasar por bastantes _reincarnaciones_, no se avinieron a _reincarnarse_ en chino, ni en negro, ni en mulato. Con la fuerza plasmante que tenan en su forma etrea se condimentaron o confeccionaron cuerpos slidos ms perfectos, y de esta suerte crea el sabio viejo, cuyas ideas extractamos, que apareci la raza blanca en el mundo. En una frtil y bonita comarca del Tibet, vivi y se propag, bajo la dependencia del ya citado Emperador de la China, a quien sus sbditos llamaban Iao y Padre Celeste. Este soberano empez a temer que aquellos nuevos hombres se instruyesen demasiado, se ensoberbeciesen y se rebelasen. Procur, pues, conservarlos en la ignorancia, pero ellos desobedecieron sus mandatos y aprendieron muchas cosas buenas y malas. Iao entonces envi un ejrcito contra ellos, que los expuls del paraso en que vivan. Y ellos, expulsados ya, fueron poco a poco emigrando por diversas regiones y dominando y acogotando a las razas inferiores donde quiera que llegaban. Algo, no obstante, se pervirtieron, malearon y bastardearon con el trato y convivencia de las tales razas, harto inferiores, como ya queda dicho. Slo una escasa minora de la raza blanca se conserv pura y sin mezcla y subi como la espuma en virtud y en saber. Para ello, en el momento de la expulsin ordenada por Iao, tuvo la cautela de escabullirse en aquel valle recndito, circundado de altsimos montes y de casi impenetrables desfiladeros. Tal fue el origen de la Repblica de los _mahatmas_, segn ellos mismos lo entendan y declaraban. --Y cundo saldris de vuestro retraimiento?--pregunt Morsamor a Sankarachria. Y Sankarachria contest: --Cuando la Humanidad sea capaz de comprendernos. Cuando nazca a la vida colectiva. --Pues qu, no ha nacido an? --An dista mucho de nacer. Est en germen catico: en incubacin. No nacer a la vida colectiva hasta dentro de quince mil aos. --Y cmo no hacis nada para que la incubacin se apresure? --Hacemos lo que se puede--dijo Sankarachria--. Ya te he citado a no pocas personas que recibieron antiguamente nuestra inspiracin y a algunas que la reciben hoy en Europa, vida de saber y con la curiosidad cientfica muy despierta. As los mencionados Paracelso, Cornelio Agripa, Fausto y tu valedor, Fray Ambrosio de Utrera. Pero quien ms ha de influir en que la incubacin siga preparndose sin que salga huero lo que se incuba, ha de ser una mujer privilegiada, semi-tudesca, semi-moscovita, que el cielo no subcitar en Europa hasta dentro de unos tres siglos. Pronosticado est que esta mujer vendr a visitarnos, nos encantusar, se apoderar de muchos de nuestros secretos, los divulgar en luminosos tratados y ensear una ciencia que poco modestamente apellidar teosofa. No ser lo que ensee sino los prolegmenos de nuestra ciencia verdadera; pero, aun as, se pasmar el mundo de orla y de leerla y se crearn escuelas teosficas en todas las naciones. Ya suponemos que el po lector habr adivinado que Sankarachria, aunque no la nombra, alude a la seora Blavatski. Todava Morsamor, no satisfecho con las primeras nociones de aquella ciencia nueva, imit profticamente lo que hacen los periodistas del da en las _interviews_ y sigui preguntando. Para abreviar, sin que nada de lo ms importante quede obscuro, prescindiremos de consignar las preguntas y slo pondremos aqu tres o cuatro de las ms notables contestaciones que Morsamor obtuvo. Por ellas empezar a comprender las doctrinas teosficas quien esto lea y a sentir el prurito de estudiarlas a fondo en la multitud de libros que sobre el particular han escrito y publicado recientemente la citada seora Blavatski, el coronel Olcott, Annie Besant, Francisco Hartmann, Sinnett y otros autores, espaoles algunos de ellos. Entindase, con todo, que esta ciencia de la teosofa no debe con propiedad llamarse nueva en Europa. Debe llamarse renovada. Sus adeptos de hoy le dan ya antiqusimo origen entre nosotros o sea fuera de la India. Hermes Trimegisto fue tesofo, y, bastantes siglos despus, cultiv y propag la teosofa entre griegos y latinos el ilustre Ammonio Sacas, fundador de la escuela de Alejandra. Pero no divaguemos y vamos a las contestaciones que dio Sankarachria y que no conviene queden en el tintero. El caudal de experiencias y de merecimientos con que el ser humano se va afirmando en sus diferentes vidas y hacindose digno de ms altas _reincarnaciones_ se llama _Karma_. El principio que persiste, que no muere y que se _reincarna_, es el tercero de los siete que componen nuestro ser, se llama _Manas_, y es como la raz imperecedera de nuestro individuo. Por cima de _Manas_ no hay ms que _Budhi_ y _Atma_. _Atma_ es el ms alto principio de vida, el alma del Universo, y _Budhi_ el lazo que a _Atma_ nos une. Por bajo de _Manas_ hay otros cuatro principios: el del amor, del odio y dems afectos, la fuerza vital, el cuerpo etreo, y, por ltimo, el cuerpo slido, visible y tangible. Sankarachria ense adems a Morsamor que haba dos mtodos cientficos: uno, por lo comn empleado en Europa, que, valindose de los sentidos corporales e informndose de lo que se ve, se oye o se palpa, investiga las leyes de todo y procura elevarse a la causa primera; y otro, que es el indiano o teosfico, que se funda en la introinspeccin y por medio de _Budhi_ logra que _Manas_ se encarame y se enlace con _Atma_, y entonces no hay cosa que el hombre no sepa, y apenas hay cosa que el hombre no pueda. De aqu la verdadera magia blanca, que, segn queda dicho, se llama _rajah-yoga_, aunque alguien la designa tambin con el nombre de _lokothra_ o ciencia y poder nacidos de nuestro interior desenvolvimiento, en oposicin a _laukika_, magia blanca tambin, pero vulgar y rastrera, que se funda en conocimientos experimentales y exteriores y en el empleo de drogas, hierbas y otros ingredientes. -XXXIII- Morsamor hablaba a menudo con Tiburcio, que andaba retrado, y le comunicaba cuanto iba aprendiendo. Tiburcio le oa, no daba crdito a nada y se rea de todo. --Pero no me negars--le deca Morsamor--que Sankarachria sabe y puede mucho. --Yo no te lo niego--contest Tiburcio--. Lo que te niego, es que su saber y su poder se funden en lo que l dice. Y Tiburcio no pasaba nunca ms adelante, ni aclaraba mejor su pensamiento. Por sus reticencias, con todo, presuma Morsamor que Tiburcio atribula las artes y las ciencias de los _mahatmas_ a la intervencin del diablo. --Crees t--le deca Morsamor--que el diablo interviene en esto? Tiburcio no contestaba s, ni no. Se rea y se callaba. Entretanto, ni Morsamor, ni Tiburcio, ninguno de la pequea hueste, poda ir a la ciudad de los _mahatmas_ jvenes o no jubilados, ni mucho menos ver a las mujeres. Sin duda era ley inquebrantable aquel retraimiento, mil veces ms severo que el que hubo ms tarde en el Paraguay, para evitar que las ciudadanas y los ciudadanos fuesen perturbados y contaminados por extraas visitas. Todos los forasteros, por consiguiente, aunque estaban muy agasajados en el _Cenobio_ y tratados a qu quieres boca, se aburran de muerte y ansiaban salir de all para gozar de plena libertad aunque tuviesen que sufrir trabajos. El mismo Morsamor empezaba a cansarse. Dispuso su partida, pero antes de despedirse de Sankarachria, le hizo una ltima pregunta y le pidi un favor. --Yo estoy harto--dijo Miguel de Zuheros--de guerras y de amores. En extremo me afligen los estragos y las muertes que preceden o suceden a cada victoria y a cada triunfo. An anso laureles, pero han de ser incruentos y pacficos. Y qu ms pacficos laureles que los que yo alcanzara, si me embarcase de nuevo, y por mar, navegando siempre hacia oriente, volviese a mi patria? Dime si esto es posible. --Ya sabes--contest el anciano _mahatma_--que mi ciencia es ms de lo interior que de lo exterior. Todo eso y ms sabr yo cuando llegue a enlazarme con _Atma_. Por ahora, ni lo s, ni me importa saberlo, ni te lo dira aunque lo supiese. Y la razn es obvia. Si te dijera que es imposible, te quitara la esperanza, te retraera de la empresa y te despojara del mrito de haberla acometido. Y si te dijera que es posible, an te despojara ms del mrito y de la gloria, porque con la seguridad de alcanzar fin tan alto, quin, a no ser muy cobarde no pone los medios? No extraes, pues, que me calle y dame gracias por mi silencio. En el favor que pidi Miguel de Zuheros fue ms dichoso que en la consulta. Sankarachria se le otorg a medias. Morsamor quiso ver y hablar al Padre Ambrosio. Y el _mahatma_, si bien se excus de ponerle al habla con el Padre para que el Padre no averiguase que l haba revelado sus ocultas relaciones y tratos, todava le prometi hacer que le viese, y en efecto, cumpli la promesa. Para ello, exigiendo primero a Morsamor, que no haba de chistar, ni alborotar, ni moverse, viera lo que viera, le condujo a un obscursimo stano y le sent en una silla, donde haba de quedar, y qued como clavado. De repente brot un punto luminoso en el seno de las tinieblas. El punto se desenvolvi luego en multitud de rayos que trazaron un crculo lleno de claridad. Morsamor percibi en l con asombro el camaranchn donde el Padre Ambrosio tena su laboratorio. El Padre estaba de pie, delante del atril donde lea un libro de magia. La lmpara que arda sobre el atril, colgada del techo, pareca ser el punto o foco de luz, por cuya dilatacin el crculo se haba formado. Otro fraile estaba al lado del Padre Ambrosio con la capucha calada y volviendo a Morsamor las espaldas. Inesperadamente cambi este fraile de postura y mostr a Morsamor la cara. El pasmo de este ray entonces en delirio. Crey ver su propio rostro como en un espejo, pero no joven y gallardo, sino marchito, lleno de arrugas y con la barba blanca como la nieve. Su terror casi fue ms intenso cuando not que aquel rostro, que se le haba aparecido, caa como una mscara o se disipaba como vapor muy tenue dejando en la capucha un hueco. La capucha y todo el hbito se dira que no encerraban ya sino aire vano: una ilusin, un espectro. El sayal vaco continuaba erguido, no obstante, y hasta se mova y marchaba, como si le llenase y le animase un espritu. Vio despus Morsamor que el fretro donde le haban encerrado se hallaba en el mismo lugar; que el Padre Ambrosio levant la tapa, y que dentro haba un cuerpo humano tendido e inmvil. No descubri quin era. Un lienzo velaba su cara. El Padre Ambrosio alz un pico del lienzo, hasta descubrir la boca del que all reposaba, e introduciendo en aquella boca el agudo extremo de un pequeo embudo, verti por l algunas gotas del lquido contenido en un pomo que llevaba en la mano. La visin se disip enseguida, como las figuras de una linterna mgica o de un cinematgrafo. No acert Morsamor a explicarse bien todo aquello por ningn estilo, pero pens en su propio ser, se toc y se reconoci materialmente, y tanto en lo exterior como en lo ntimo se declar a s mismo que el verdadero Morsamor era l y no otro. Encomend a todos los diablos a Sankarachria, a los dems _mahatmas_ y al _Cenobio_ de la jubilacin varonil, y no bien despunt la prxima aurora se escap de all con Tiburcio y los dems de su hueste. -XXXIV- Los diversos apuntes manuscritos de los que hemos ido extractando y compaginando esta historia hasta ahora clarsima, presentan aqu contradicciones que conviene resolver y obscuridades que conviene disipar por medio de hiptesis. Cmo pudo Morsamor salir del misterioso y fantstico pas de los _mahatmas_ y hallarse de nuevo en terreno de ser y realidad ms reconocidos? Sin el poderoso auxilio de Sankarachria, jams acaso hubiera logrado tal cosa. Nunca Morsamor hubiera salido de all ni hubiera vuelto al mundo real, como volvi el doctor Fausto desde el pas de las quimeras. All se hubiera quedado, no durante aos, como se qued Bompland en el Paraguay, sino para siempre: hasta la consumacin de los siglos. Morsamor, pues, y su hueste salieron, segn unos, en una barca encantada, que se hallaron junto a la orilla de un lago, y que, arrastrada por la corriente, los lanz en un ro, por donde el lago se desaguaba, y cuyas ondas por rapidsimo declive se abran cauce en la estrecha y tortuosa garganta que formaban tajados peascos de empinadsimos cerros. Aseguran otros que Morsamor y su hueste se fueron por el aire, en una mquina o ingenioso artificio que les suministr Sankarachria y que sin ser juguete de las corrientes atmosfricas como los globos aerostticos de ahora, se mova en la deseada y prescrita direccin, atrado por la fuerza psquica o magntico-espiritual de un gran sabio, amigo de Sankarachria, que viva en la ciudad de Lasa y era nada menos que el Secretario de Estado o ministro principal del Dalai-Lama. Si es lcito comparar lo falso con lo verdadero y la mala copia o remedo con el original, este Secretario de Estado era, respecto al Dalai-Lama, lo que fue Pedro Bembo respecto a Len X. Como quiera que sea, lo cierto es, que Morsamor y su hueste se hallaron en Lasa como por encanto. La lmina de oro o salvoconducto de Babur les vali de mucho. Cmo no haban de respetar en el Tibet, las encarecidas recomendaciones del sucesor de Tamerln y de Kubilai-Kan, prncipe que haba conquistado la China, que haba reinado benfica y gloriosamente en ella, y que por los consejos e insinuaciones de su privado Marco Polo, haba fundado el poder temporal del Dalai-Lama como Constantino y Carlo Magno el de los pontfices de Roma? El aviso adems, que al Secretario de Estado dio Sankarachria por los medios mgicos de que dispona, y que dicho Secretario trasmiti a varios adeptos de los muchos que entonces tenan los _mahatmas_ en el Tibet y en China, facilit el largo y peligroso trnsito de Morsamor por todos aquellos pases, inexplorados hasta entonces por los europeos. Taciturno y afligido Morsamor, haba hecho voto de no enamorar ya a mujer alguna, de no reir con ningn hombre y de no tomar parte en ninguna contienda armada. Y como merced a las recomendaciones de Babur por un lado y a las del _mahatma_ por otro, se le facilitaron todos los medios de comodidad y de transporte, no se ha de extraar, que Morsamor, por sus pasos contados, con la mayor premura posible, y sin que nada memorable le sucediera, llegase a Canton felizmente. De lo que vio y observ en la China, bien pudiramos poner aqu bastante, ya que en los archivos de Sevilla, privados y pblicos, se conservan curiossimas notas de Morsamor y de Tiburcio. Pero nosotros juzgamos conveniente pasar por alto todo esto. Nuestros ilustres viandantes slo figuran como meros observadores y las noticias que dan no difieren mucho de las consignadas en las relaciones de viajes del Reverendo Padre Agustino Fray Juan Gonzlez de Mendoza, del nunca bien ponderado Fernn Mndez Pinto, del Padre Maestro Fray Domingo Fernndez Navarrete, de la orden de predicadores, y de otros sinlogos, espaoles y portugueses no pocos de ellos, sin excluir a don Sinibaldo de Ms, nuestro antiguo amigo. Lo que aqu nos importa saber es que Morsamor se fue enseguida desde Cantn a Macao, pequea colonia recin fundada por los portugueses. En la rada de la nueva ciudad, Morsamor hall lo que deseaba y esperaba, segn lo haba concertado con el piloto Lorenzo Fritas. Su nave, haca dos o tres semanas que estaba all aguardndole, lo cual no pesaba al seor Vandenpeereboom que haba traficado con los chinos y hecho muy buenos negocios, ni pesaba tampoco a Fray Juan de Santarn, que predicaba con gran fruto, aunque valindose de intrpretes, y que bautizaba chinos a centenares, hallando sus nefitos entre la gente pobre y trabajadora que hoy pudiramos llamar _coolies_. Ni el comisionista, ni el misionero, gustaron de la nueva empresa que Morsamor quera acometer; pero Morsamor posea grandes riquezas y con ellas se allanan dificultades y todo se compone. A Fray Juan le proporcion recursos suficientes para socorrer a sus ms desvalidos catecmenos y fundar un asilo piadoso, y al seor Vandenpeereboom, que tena amplios poderes de los seores Adorno y Salvago, le compr la nave, pagndola esplndidamente, por una mitad ms de su justo precio. El piloto Lorenzo Fritas y muchos de la tripulacin, decidieron no abandonar a Morsamor e ir con l donde quisiera llevarlos. Bajo la inteligente direccin de dicho piloto, hbiles calafates del pas, limpiaron los fondos de la nave, que estaban harto sucios, la carenaron bien y la pusieron como nueva. Morsamor y el piloto la proveyeron, por ltimo, de todo gnero de vituallas y bastimentos como para una navegacin muy larga. Ms de la mitad de los guerreros portugueses que hasta all haban acompaado a Morsamor, resolvieron quedarse en Macao; pero los otros ms decididos, as como los antiguos tripulantes, formaban muy completa dotacin para la nave a la que Morsamor quiso cambiar el nombre que antes tena sin duda, aunque no sabemos cul fuese, y la confirm con el antiguo, clsico y mitolgico nombre de _Argo_. No pocos das se pasaron en tan importantes asuntos, y si bien Morsamor se empleaba en ellos, lejos de mostrarse comunicativo y alegre, andaba triste y silencioso, esquivaba el trato y la conversacin de todos, hasta del fiel Tiburcio, y para reposar de sus afanes gustaba de ir a escondese en cierta pintoresca gruta que haba entre los peascos de un cerro y desde la cual se oteaba el mar azul y se descubra muy extenso horizonte. Al escribir la historia de Morsamor, nosotros haramos clebre esta gruta, aunque ya no lo fuese, pero nos ahorra el trabajo de darle celebridad la que ya tiene desde antiguo por la circunstancia de haber imitado a Morsamor, sin saberlo, el glorioso poeta Lus de Camoens, que, pocos aos despus, sola ir all a meditar y a entregarse a los ms poticos soliloquios. Los de Morsamor eran poticos tambin, aunque todava ms que poticos eran filosficos, por lo cual pondremos aqu muy en resumen uno de estos soliloquios, a fin de que el sentir y el pensar de Morsamor sean entendidos sin que se fatiguen y sin que califiquen el soliloquio de _latoso_ los lectores poco inclinados a la filosofa. -XXXV- --Mi segunda mocedad--deca Morsamor--ha sido peor empleada que la primera. _Vanidad de vanidades!_ Todo es vanidad y singularmente nuestros afanes, trabajos y aspiraciones. Pienso a veces que me valiera ms no haberme remozado; pero, arrastrado por esa corriente de ideas negras, voy ms lejos an y exclamo: mejor sera no haber nacido! He buscado el amor para gozarle y he hallado vergenza, desolacin y muerte. Doa Sol paga mi amor con su desprecio. El desprecio mo mata el amor de donna Olimpia. Y cuando no nos despreciamos y nos amamos, la ira y los celos dan espantosa muerte al objeto de mis amores. Mi ambicin no ha sido menos burlada que mi cario. Salvo una ruin satisfaccin de amor propio; qu ventaja he sacado, ni para m ni para mis semejantes, de mis triunfos guerreros? As discurra Morsamor con profunda tristeza. Luego, para consolarse, imaginaba tener una misin y cumplir con ella. Se crea factor poderoso en el engrandecimiento de su patria. Pero tambin de esto dudaba; y mirando con inquietud hacia el porvenir, conceptuaba tal engrandecimiento caduco y efmero. Cierta idea, ms clara y consistente en nuestra edad que en la suya, apareca despus a su espritu, para justificar su ambicin; para que sus propsitos no fuesen tenidos por vanos. Morsamor supona que el humano linaje iba subiendo a ms altas esferas de bondad y de luz y que l contribua enrgicamente a la ascensin magnfica, predeterminada por el cielo. Desconsoladoras reflexiones venan al punto a invalidar o al menos a poner muy en duda, el valer de esto ltimo. --No escatimar yo mis alabanzas, ni negar mi admiracin--pensaba nuestro hroe--a los descubrimientos, invenciones y adelantos que los hombres realizan. Se dira que doman la naturaleza material, que encadenan con su inteligencia y sujetan a su voluntad las fuerzas del universo, y que se valen de ellas para evitar fatigas y crear placeres y goces. Laudable es, en este sentido, el fecundo renacimiento en Europa de ciencias, artes y letras. Laudable es la activa curiosidad de nuestros navegantes que atraviesan nunca surcados mares y penetran en las ms apartadas e incgnitas regiones. Y si no es ms laudable, es mil veces ms asombroso el mgico saber de los _mahatmas_, que no puedo negar, porque de l he sido testigo. Pero en lo fundamental, hay progreso acaso o hay mejora en Europa, en la India o en la China? Yo sospecho lo contrario. En las antiguas edades los hombres acertaban a veces o por estar ms cerca de la revelacin primitiva, o porque alambicaban menos y no se quebraban de puro sutiles, o porque la mente de ellos, no abrumaba an con la pesada carga de lo observado y experimentado, levantaba el fcil vuelo a las esferas superiores y era capaz de una inspiracin inocente y casi divina. Hoy, a fuerza de cavilar y de sutilizar, el entendimiento se pervierte y disparata mucho. No hay progreso, sino perversin, desde el himno compuesto hace ms de tres mil aos, que venan cantando los _mahatmas_, cuando los vi volver al _Cenobio_, hasta las doctrinas que me expuso luego Sankarachria y que implican la negacin de Dios, el concepto de que el mundo casi es ilusin y fantasmagora, y la mal velada afirmacin de que la conciencia nace de lo que no tiene conciencia, la voluntad del ciego prurito de los tomos, y de sus desordenadas evoluciones el entendimiento y las leyes a que el entendimiento sujeta as lo exterior y visible como lo ms hondo e ntimo del alma. Cuanto he odo en Benars en boca de los brahmanes y cuanto despus me ha expuesto Sankarachria en su misterioso retiro son la corrupcin del mencionado himno del _Rig-Veda_, donde el vate de los primeros tiempos busca a Dios, le columbra y le admira en las cosas creadas y le reconoce y le adora. En este mismo Imperio en que ahora estoy, he conversado con los mandarines y slo he visto en su saber atesmo materialista y grosero; he conversado con lamas y bonzos y despojando sus doctrinas de supersticiones y de smbolos, slo he visto en ellas la confusin de Dios y del mundo y el destino y el fin del alma humana fluctuando entre el aniquilamiento y la apoteosis. As cavilaba Morsamor y crea sacar en claro de sus cavilaciones la verdad real de su ser, del universo y de Dios que lo ha creado todo. Las muchas contradicciones que al afirmarlo as surgan en su mente le repugnaban mil veces meros que todas las otras contradicciones nacidas de cualquier otra metafsica por sutil y profunda que fuese. --Har ya ms de dos mil aos--deca Morsamor--que vivi en este Imperio el filsofo Laotse y escribi su doctrina del Tao. All est la verdad, al menos en germen. Cuanto despus han inventado los chinos o han importado de la India es perversin o extravo. De esta suerte, en la misma gruta donde ms tarde medit Camoens, Morsamor meditaba y filosofaba, se lisonjeaba de ir por el buen camino, y, hasta cierto punto se consideraba desengaado. Morsamor, no obstante, no se resignaba a despojarse de toda ambicin. An quera recobrar el tiempo perdido, ganar gloria sobre la tierra, hacer inmortal su memoria entre los hombres, cosechar laureles sin verter sangre, revelar arcanos y realizar algo de inaudito o de antes no realizado por nadie. Cul sera el trmino de aquel inmenso mar que ante sus ojos se extenda? Podra llegar por l hasta el mundo por Coln descubierto, salvar el valladar que le opusiera y volver a su patria navegando siempre hacia oriente? Los letrados chinos, a quienes haba consultado, nada saban de todo esto. Acaso el extremo de aquel Ocano oriental recelaba un obscuro abismo, algo de inaccesible para el hombre. Ms all tal vez estara un infinito pilago de color y de luz, de donde al amanecer surgira la aurora vertiendo claridad y oro, zafiros y rubes por el ter, y abriendo paso al resplandeciente carro del sol, que vendra en pos de ella. Tal vez eran sueos y delirios las opiniones de antiguos sabios griegos sobre la esfericidad de la tierra. Tal vez era fbula cuanto haba odo contar a los letrados de la primera expedicin mstica al Fusang de los discpulos de Fo en busca de un elixir que los hiciese inmortales. Tal vez eran fbulas tambin otras expediciones ulteriores. Los barcos de la flota que Kubilai-Kan envi a la conquista del Japn, dispersos e impulsados por una tempestad, pudieron llegar acaso al Fusang misterioso; pero de seguro que jams volvieron de all trayendo nuevas de lo que haban visto. No era el Fusang el mundo de Coln, sino un pas imaginario donde la fantasa vulgar y materialista de los chinos pona mayor fertilidad, abundancia y riqueza que los europeos pusieron ms tarde en el Dorado. Lo nico cierto era que ms al oriente del Japn poco o nada conocan los chinos. Slo presuman la indefinida extensin de un Ocano mucho ms ancho que el que separa a Espaa de las tierras por Coln descubiertas. Qu haba en el extremo de este Ocano? Quin sabe. Acaso el extremo de la tierra en que vivimos; el borde del disco; los lazos que atan la tierra al firmamento y que la sostienen suspendida en el ter. Morsamor vea en todo esto un misterio hasta entonces velado; pero le impulsaban a romper el velo su misma oscuridad y la vaga esperanza de que fuese cierto lo que haban pensado los sabios antiguos de Grecia y lo que Coln haba intentado y hasta haba credo demostrar yendo por Occidente al extremo Oriente. Decidido, pues, Miguel de Zuheros, y habiendo infundido en los de la nave confianza en su decisin, dej en Macao al seor Vandenpeereboom y a Fray Juan de Santarn, haciendo el uno negocios, y haciendo sermones el otro, y zarp con su nave con rumbo hacia la desconocido. -XXXVI- Mientras ms se piensa en ello ms axioma parece la sentencia de don Hermgenes, declarando que todo es relativo. En el viaje _Desde Toledo a Madrid_, del maestro Tirso de Molina, apenas haba caminado legua y media y llegado a las ventas de Olas, cuando exclama la melindrosa Doa Mayor: _nunca imagin que era tan largo el mundo_. En cambio, el egregio poeta Leopardi prorrumpe en amargos lamentos porque el mundo le parece muy chico. Y es lo peor para l, que mientras ms mundo se descubre ms el mundo se empequeece. Leopardi no cabe en el mundo. Los tripulantes de la nave de Morsamor, de la nueva _Argo_, ya que con tal nombre haba sido confirmada, se asemejaban ms a Doa Mayor que al poeta. Todos hallaban y no sin motivo, que el mundo era mayor de lo que haban imaginado. En efecto, haban ido ms all de cuanto haban surcado con sus quillas los ms audaces navegantes, rabes, chinos, japoneses y portugueses; ms all de lo hasta entonces explorado y hasta soado. Nadie haba llegado jams adonde ellos estaban, o si haba llegado nadie haba vuelto. Haca ya no pocas semanas que slo vean cielo y mar. El mar se les antojaba infinito como el cielo. Y no slo era pasmosa la extensin de su superficie, sino que tambin lo era su profundidad insondable. En aquella soledad imponente, sublime terror pesaba sobre los espritus durante la noche; pero rayada la aurora, todo se baaba en luz y en vivos colores, y el sol rutilante y glorioso doraba el aire y esmaltaba de prpura y de lquida plata las ondas azules. El piloto Lorenzo Fritas y el mismo Morsamor, que en el retiro de su convento haba estudiado y aprendido no poco de la nutica y de la cosmografa, conocidas entonces, no haban dejado de hacer sus observaciones y sus clculos y saban que haban pasado la lnea equinoccial, y que iban navegando con viento favorable y con rumbo al sureste. Lo que no acertaban a determinar por su ignorancia del tamao de la tierra era si haban llegado o haban pasado ya bajo el semicrculo imaginario que, completando el semicrculo que pasa por Lisboa y toca en los polos del mundo, le divide en dos partes iguales. Si esto hubiesen sabido, hubieran sabido tambin lo que por experiencia trataban de inquirir: la forma y el tamao de nuestro planeta. El intrpido aventurero y el hbil piloto, presuman, no obstante, que haban pasado ya el meridiano, o mejor diremos el antimeridiano de Lisboa. En la imaginacin de ambos, cuando culminaba el sol sobre sus cabezas, aquella hermosa ciudad se mostraba envuelta en las densas sombras de media noche, merced al imperioso giro del firmamento todo, que daba rapidsimas vueltas e iba iluminando alternativamente nuestra pobre morada, o merced acaso al rodar de la tierra que en Salamanca, en Coimbra y en Sevilla haban presentido y sospechado antes de que Galileo lo sintiese y lo asegurase. En Sevilla, Morsamor haba odo hablar mucho de todo esto a Fray Ambrosio de Utrera y a sus ilustres amigos, cosmgrafos y pilotos examinadores de la Casa de Contratacin, entre los cuales se contaban Alonso de Chaves, Rodrigo Zamorano y el joven y magnfico caballero Pedro Mexa. De ellos, y de su propio estudio, haba aprendido Morsamor, y algo se le alcanzaba del uso del astrolabio, del cuadrante, de la brjula y de otros instrumentos y de la manera de marcar el punto en que un barco se halla. Y como l y Lorenzo Fritas coincidan en la opinin de que cada grado de la esfera tena por el ecuador o por su anchura mxima quinientos estadios, cuando se creyeron en la parte opuesta del meridiano de Lisboa, creyeron tambin que distaban noventa mil estadios de dicha ciudad, y que todava, sin contar los rodeos que tendran que dar, necesitaban navegar otros noventa mil estadios para volver a la patria. Calculando por leguas, aunque es medida menos exacta y ms variable, y atribuyendo a cada grado veinte leguas de longitud, an tenan que andar tres mil y seiscientas leguas para llegar a Lisboa en lnea recta y sin ningn tropiezo. Para no asustar a la gente de a bordo, Morsamor y Fritas se guardaron bien de comunicarles el resultado de sus clculos. En la nave, que haba salido abundantemente provista de Macao, haba agua potable y vveres para bastante tiempo. Todos, sin embargo, empezaban a tener miedo, aunque lo disimulaban y aunque todava no se haba convertido en descontento. Slo Tiburcio se mostraba impasible y alegre, procurando con sus chistes ahuyentar del nimo de Morsamor los malos espritus que le atormentaban, a pesar de su esperanza de salir triunfante de aquel empeo. Muy raras cavilaciones solan asaltar la mente de Morsamor, y no eran las menos raras las que tena al pensar en Tiburcio. Nunca se atreva a comunicrselo. Procuraba, adems, arrojarlo de su propio pensamiento como indigna extravagancia; pero recelaba a veces que en Tiburcio haba algo de sobrehumano o de _extrahumano_; un no sabemos qu de diablico, a pesar de que Tiburcio era tan fiel, tan servicial y para con l tan bondadoso y tan divertido, que aun suponindole diablo, le calificaba de _buen diablo_. Entenda Morsamor, que si Tiburcio se deleitaba en actos pecaminosos, era con superior permiso, para sacar blsamo del veneno y para dirigir y levantar la maldad rastrera a fines excelentes, ordenados por la Providencia. Y yendo ms lejos an, en esta suposicin, que desechaba al punto por hertica, y de la que nunca dejaba de retractarse, fantaseaba que, as como hay diablos en el infierno, tambin deba de haberlos en el purgatorio, para cuidar de las nimas benditas y para atormentarlas, no por mero y cruel castigo, sino a fin de que quedasen limpias de toda mcula y capaces ya de perdurable vida. Claro est, que si haba diablos de esta clase y si Tiburcio contaba entre ellos, al cabo llegara un momento en que Tiburcio cumplira su condena y se encontrara indultado y horro de la esclavitud de la culpa. No poco de tan extraa opinin poda apoyarse, segn Miguel de Zuheros haba odo al Padre Ambrosio, en varias sentencias de Orgenes y de San Gregorio de Nisa. Entindase, a pesar de lo expuesto, que Morsamor no perseveraba en tales errores y que abjuraba de ellos por vitandos y nefandos. Como quiera que fuese, esta navegacin que iban haciendo ahora era tan melanclica y tan ttrica como haba sido amena y bulliciosa la que Morsamor y Tiburcio, acompaados de donna Olimpia y Teletusa, haban hecho desde Lisboa hasta Melinda. -XXXVII- Siguieron pasando das sin que nada interrumpiese la monotona de aquella larga navegacin. La Providencia, el destino, los genios o los nmenes que gobiernan el viento y las olas, o la misma estrella de Morsamor, segn cada uno quisiera explicrselo, dispusieron las cosas de manera que la nueva _Argo_ no hall en su camino tierra alguna donde pararse. Aquellos mares parecan tan hondos, que haban reprimido el empuje del fuego central impidiendo que brotasen islas montaosas sobre su superficie. El coral y las madrporas no haban levantado arrecifes por ninguna parte ni haban formado atolones. As al menos lo presuman Morsamor y los dems tripulantes cuando, cada vez que rayaba el alba, tendan la vista hacia los cuatro puntos del horizonte y slo perciban el haz azulada y uniforme del vasto Ocano. Tal vez habra islas y hasta grandes e ignorados continentes al norte o al Sur de la derrota que seguan, pero todo se ocultaba a la vista de ellos. El terror de los tripulantes se aumentaba con la persistencia de tanta soledad. Aunque haba abundancia de vveres, arroz, harina de trigo, aceite y galleta hasta para aos, se tema que faltase el agua potable. En la nave no dejaba de haber ya quien encontrase el agua malsana y corrompida. El cansancio, lo poco variado y apetitoso de la alimentacin, el miedo, el mal humor y hasta el aburrimiento trajeron la enfermedad a bordo. En pos de ella vino la muerte y empez a sacrificar vctimas. La resignacin y la paciencia se fueron agotando. El amor, el respeto y la confianza que Morsamor inspiraba se trocaban ya en descontento y hasta en odio. Tiburcio era quien permaneca ms entero y confiado en medio de todo. Hasta de la no aparicin de tierra alguna deduca l faustos pronsticos y la consideraba como signo de buen agero: --O no hay--deca--, o si hay no quiere el destino que descubramos terreno donde fijar el pie para obligarnos as a que lleguemos al fin del continente que descubri Coln; a que le atravesemos por un estrecho de mar o a que le rodeemos por su extremidad Sur, como ya rodeamos el frica por el Cabo de las Tormentas y a que volvamos triunfantes a la gran ciudad de Lisboa. A menudo arengaba Tiburcio a los marineros y a los soldados, pero los hechos eran ms elocuentes y persuasivos que las palabras. Ora vientos contrarios y borrascas que combatan la nave, ora pesadas calmas que la detenan en su carrera, vinieron a dar pbulo a la irritacin general. De temer era que la sublevacin estallase de un momento a otro. Toms Cardoso, grande amigo, admirador y fiel satlite de Miguel de Zuheros, haba apaciguado los nimos durante no poco tiempo y haba procurado mantener viva en todos la esperanza; pero Toms Cardoso acab tambin por perderla y por cambiar su papel de apaciguador en el de cabeza de motn. Era Toms Cardoso el ms a propsito para este oficio. Por su gigantesca estatura descollaba sobre los dems hombres. gil y fornido, los dominaba y acaudillaba. En su desesperacin, no sabiendo a qu arbitrio recurrir, los tripulantes decidieron volver atrs con diferente rumbo, o para ver si hallaban alguna tierra en que remediarse, o para ver si lograban aportar al Japn o volver a la China o a la India. Con esta embajada fue Toms Cardoso para imponerse a Morsamor, a quien hall solo en la pequea cmara del buque. Morsamor se neg a todo, si bien ms suplicante que enojado, y alegando con suavidad y dulzura que, en el extremo a que haban llegado, era ya ms peligroso volver atrs que seguir adelante; que la misma razn haba para suponer tierras intermedias siguiendo hacia el Oriente que dirigindose hacia cualquier otro punto; y que, si el mar que surcaban no era interminable, ms cerca deban de estar ya del mundo de Coln que del puerto de que haban salido y hasta que de las costas japonesas. Toms Cardoso replic a Morsamor no con razones sino con quejas. La conversacin se fue agriando y se troc en disputa. Los dos interlocutores estaban solos. Cardoso haba echado a rodar todo respeto. Tena muy poca fe en la elocuencia de sus razonamientos y sobrada fe en la energa de sus puos. En mal hora quiso intimidar a Morsamor, quiso abusar de su fuerza y le ech mano al cuello con violento ultraje. Firme y poderosa era la mano de Cardoso. Si hubiera asido bien a Morsamor, le hubiera derribado y hasta aplastado; pero Morsamor, antes de que Cardoso le agarrase bien, se desprendi y se desliz de entre sus garras, retrocediendo de un brinco hasta la pared de la cmara. Morsamor desenvain entonces la daga que llevaba en el cinto, y, exclamando,--defindete, miserable!--, se arroj sobre Cardoso, que desnud tambin su pual y le aguard sereno. El mpetu y la destreza de Morsamor eran incontrastables. Con el brazo izquierdo par el golpe que Cardoso le asestaba, y con acierto pasmoso hundi su daga en el pecho del rebelde hasta la empuadura. Atravesado el corazn, Cardoso cay con estruendo en el suelo sin poder decir Dios me valga! Al ruido abrieron la puerta y entraron en la cmara varios parciales de Cardoso. All hubieran vengado su muerte con la de Morsamor, si no hubiera acudido Tiburcio en su socorro con no pocos que permanecan fieles. La lucha fue entonces horrible en toda la nave, y Morsamor, que tanto deseaba laureles incruentos, antes de los laureles tuvo la sangre. Mucha se verti, aunque la rebelin fue vencida. Con la muerte sofocaron y castigaron Morsamor y Tiburcio aquella rebelda. Quince cuerpos muertos de sus ms valientes compaeros fueron arrojados al mar y pasto de los peces. La autoridad de Miguel de Zuheros se restableci y fortaleci en cuantos quedaron con vida. Y aterrados unos por el castigo y entusiasmados otros por el valor y la serenidad que Morsamor y Tiburcio haban mostrado, resolvieron seguirlos sin ms dudar ni vacilar, aunque los llevasen al mismo infierno. Honda tristeza abrum el nimo de Morsamor despus de su triunfo. A par que se complaca en l, se afliga de haberle pagado tan caro. En la melanclica hora del crepsculo vespertino su preocupacin fue ms intensa y revistieron ms negros colores los fantasmas de su imaginacin atribulada. Pareca que estos fantasmas, saliendo de lo profundo de su mente, tomaban cuerpos vaporosos y se proyectaban y se hacan visibles en el aire. De esta suerte, con ceo adusto y vertiendo sangre de su honda herida, el espectro de Toms Cardoso se mostraba a los ojos de Morsamor siguiendo la nave. En el rumor, que al quebrarse en sus costados hacan las olas, Morsamor crea or por momentos sollozos, maldiciones y gritos de venganza, y tal vez se figuraba que surgan de la mar las cabezas de los compaeros muertos, que venan nadando y pugnando por detener la nave o por hacerla virar hacia el Oeste. Creci la obscuridad. La noche se vena encima. Miguel de Zuheros tuvo entonces una visin extraa de tal consistencia, que le pareci realidad y no delirio de la mente. Podra ser espejismo, algo cuya causa l no se explicaba, pero algo que estaba fuera de l: que era real y no imaginado. A no mucha distancia de su nave, vio Morsamor otra nave que navegaba a toda vela con prspero viento y en direccin contraria. Sin duda no era falsa la visin, porque Tiburcio y los marinos afirmaban que la haban visto, aunque pronto se haba perdido en la sombra. El piloto Lorenzo Fritas afirmaba ms an porque su vista era perspicaz como la del guila. El piloto afirmaba que tambin haba visto la nave, que en el tope de su palo mayor ondeaba la bandera de Castilla y que en su proa se figuraba haber ledo este nombre simblico: _Victoria_. -XXXVIII- Aquella noche cavil mucho Morsamor sobre la aparicin, real o fantstica, de la nave _Victoria_, y habl del caso con Fritas y Tiburcio. Tiburcio sostena que todo haba sido ilusin ptica, fenmeno parecido al de la _fata morgana_. Y por el contrario, Fritas conceda completa realidad a la visin y hasta llegaba a triplicarla, sosteniendo que en pos de la nave _Victoria_, aunque a mayor distancia y esfumadas en la vaga penumbra, haba visto pasar otras dos naves. Ms que a la opinin de su doncel, se inclinaba Morsamor a la del piloto. Sobre ella alzaba un cmulo de suposiciones. Recordaba que, haca ya tres o cuatro aos, dos portugueses, uno de los cuales se llamaba Ruy Falero, haban ido a ofrecerse al soberano de Espaa para ir a la India, navegando hacia Occidente, salvando el mundo de Coln y surcando juego el ancho mar descubierto por Balboa. Llevara la nave _Victoria_ por capitn al mencionado Ruy Falero? Tiburcio responda a esto que l tambin recordaba lo que deca Morsamor, pero que recordaba asimismo que Ruy Falero haba perdido el juicio y, que haban tenido que encerrarle en una casa de locos. Fritas dijo entonces: --Ser cierta la locura de Ruy Falero, mas yo os aseguro que el camarada que iba con l, y a quien conozco y trato desde hace aos, tiene tan bien sentado el juicio que es muy difcil que le pierda, y es tan tenaz en sus propsitos y tan brioso y capaz de realizarlos, que no me pasmara yo de que lo consiguiera. Acaso la nave que hemos visto no lleva en vano el nombre de _Victoria_. Acaso va mandndola el otro portugus de cuyo nombre no os acordis. --Y cmo se llama ese otro portugus?--pregunt Miguel de Zuheros. --Ese otro portugus--contest Fritas--se llama Fernando de Magallanes. Rarsimo personaje era Morsamor. Tal vez los que lean esta historia calificarn de inverosmil su carcter, pero a menudo parece inverosmil lo ms verdadero. Morsamor careca de vanidad y era todo orgullo. La envidia y los celos no entraban en su alma. Hasta la misma emulacin tena en ella poca cabida. Y su orgullo era tan expansivo, que Morsamor, con tal de que l alcanzase y mereciese el triunfo, no se apesadumbraba, sino que se alegraba de que alguien pudiera alcanzarle al mismo tiempo que l, asegurndole as para la gente de su nacin o de su casta. --Si en la nave que hemos visto o imaginado ver va Fernando de Magallanes, yo--dijo Morsamor--me alegro con toda mi alma. l o yo, o ambos, volveremos a la patria, despus de haber recorrido toda la redondez de la tierra. Segura es ya nuestra gloria, y no ser menor aunque sea compartida. l y yo mereceremos que se diga de nosotros que, al dar cima a nuestra empresa, ambos levantamos un arco triunfal y abrimos una nueva era en la historia del humano linaje; agrandamos por experiencia el concepto de las cosas creadas, y empezamos a revelar los arcanos del universo visible. Poco me importa que no sea slo del camino que llevo y de la nave en que voy, sitio tambin de la nave en que l va y del camino que l lleva de quien digan los contemporneos entusiasmados: Fue el camino que esta nao hizo el mayor y ms nueva cosa que desde que Dios cre el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo se ha visto, y no se ha odo ni escrito cosa ms de notar en todas las navegaciones despus de aquella del Patriarca No; ni aquella nao o arca en que l se salv del universal diluvio naveg tanto como esta. Al rayar el alba de la noche en que Morsamor haba pensado y hablado as, como si Dios quisiese darle premio, aparecieron en lontananza, destacndose sobre el fondo de prpura y ncar del cielo oriental iluminado ya por el da, elevadas montaas que parecan dilatarse de Norte a Sur en extensin grandsima. La nueva _Argo_ estaba ya cerca del continente que buscaba y todos sus tripulantes doblaron las rodillas y dieron gracias al cielo. Harto saba Morsamor, desde antes de que abandonase su convento, las tentativas infructuosas y desgraciadas que, para hallar paso por mar del Atlntico al Pacfico, se haban hecho hasta entonces. Recordaba sobre todo, por ser ms reciente, el viaje de Juan Daz de Sols, piloto de la Casa de Contratacin de Sevilla, el cual haba navegado por los mares del hemisferio austral hasta ms all de los 35 grados de latitud, sin hallar trmino al nuevo continente ni estrecho alguno por donde se pudiese salir navegando al mar del Sur descubierto por Balboa. Juan Daz de Sols haba llegado hasta una inmensa baha por donde desembocaba en el mar un ro muy caudaloso. Luchando all con ciertos belicosos y fieros salvajes, llamados charras, Sols haba perdido la vida. El barco que l mandaba qued abandonado en aquellas distantes e incgnitas playas, pero otros barcos que le haban acompaado en su expedicin volvieron a Sevilla y dieron cuenta de todo. Morsamor saba, pues, que no hallara paso al Atlntico sino ms al Sur de los 35 grados. Por eso haba navegado con rumbo al Sudeste y cuando se aproxim a la costa occidental del Nuevo Mundo, se hallaba a los 36 grados de latitud austral. No sin recelo y con extraordinaria cautela para evitar encuentros y combates con gentes desconocidas y brbaras, Morsamor y los suyos saltaron en tierra en busca de agua potable. Fertilsimo era el agreste e inculto suelo que pisaron. Majestuosas montaas se levantaban no lejos de la costa, y desde los manantiales que brotaban en lo alto, por entre las rocas, descendan por la agria pendiente arroyos de agua cristalina y hasta caudalosos ros de rpido curso. Selvas de lozana y frondosa vegetacin, que en algunos puntos las haca impenetrables, se extendan por donde quiera y venan avanzando hasta la orilla del mar. Nuestros viajeros repriman su curiosidad y no queran explorar nada, anhelando slo hallar el paso que buscaban. Se contentaron, pues, con tomar agua potable y llevarla en odres y en pipas al buque y con cazar multitud de palomas y de nades silvestres y algunos a modo de ciervos que en grandes manadas vagaban por la espesura de aquellos bosques. El pas era esplndido. Abetos y pinos de airosas y extraas formas, nunca vistas por los europeos, descollaban sobre la pomposa verdura de helechos arborescentes, mirtos, laureles y otros rboles hermosos, desconocidos y sin nombre hasta aquel da. Pero Morsamor buscaba con ansia el estrecho o el fin del continente y nada de aquello le seduca ni le convidaba a detenerse. El viento le fue propicio y avanz con rapidez hacia el Sur. Aunque haba llegado el verano de aquellas regiones, el fro empez a sentirse. La costa pareca que no acababa nunca. Lo que iba acabando era la paciencia de Morsamor y de sus compaeros. El estrecho deseado apareci por fin, consolndolos y entusiasmndolos. La nave _Argo_ entr por l con valenta. Por intrincado laberinto de densos bosques, de tajados riscos y de altos cerros cubiertos de nieve iba prolongndose el canal en mil tortuosos rodeos. Ya menguaba su anchura como comprimida por los abruptos cantiles que se alzaban en una y otra margen alpestre, ya dilatndose el estrecho formaba ingente lago, en cuya faz, que apenas rizaba la brisa, se reflejaban la luz del cielo, ora nubes obscuras, ora el sol refulgente, y los escarpados cerros que parecan circundar el agua formando anfiteatro. La nieve de sus picos, como obeliscos y pirmides de bruida plata, se duplicaba por el reflejo, y a par que resplandeca en lo sumo del aire se vea en el temeroso fondo del agua, donde, duplicndose tambin el cielo, haca que imaginase Morsamor que la nueva _Argo_ estaba suspendida entre dos abismos. Los que navegan hoy cmodamente por aquel estrecho, a bordo de un barco de vapor, no pueden ver la sublimidad de la escena ni pueden sentir el pasmo aterrador de los que por vez primera le cruzaron. No van, como Morsamor iba entonces, en frgil barco y a merced del viento, que se opona a su marcha, si era contrario, o si amainaba, casi le dejaba inmvil a pesar de las ms hbiles maniobras. Hoy es corto el trnsito por aquel estrecho. Entonces pareca que duraba un siglo. Y la naturaleza circunstante, esquiva hasta entonces al hombre civilizado, que nunca fij en ella sus miradas dominadoras, se alzaba soberbia en contra de l, procurando atajarle y sobreexcitando su nimo con la amenaza de mil peligros, ya verdaderos, ya exagerados por la fantasa. Espesa niebla envolva a veces la nave, y a causa de la niebla, as como durante la noche, era menester ir con lentitud y precaucin, para no tropezar en un escollo o encallar en un bajo. A veces se encapotaba el cielo, deslumbraban los relmpagos y resonaba el trueno repercutido por los peascos y multiplicado por los ecos. La tempestad acababa desatndose en torrentes de lluvia o en abundantes copos de nieve. Luego se serenaba el aire y el sol resplandeca. Tal vez el iris se dilataba sobre el estrecho en arco majestuoso, cuyos estribos eran los cerros de una y otra margen. A veces asaltaba a los atrevidos navegantes el recelo de no acertar a salir de aquel laberinto y de tener que morir all. Los peligros, que en cierto modo haban sido silenciosos e invisibles en el grande Ocano, se mostraban all ms a la vista y turbaban los espritus y molestaban y heran los odos con acentos y voces. Ya aparecan en los peascos voraces lobos marinos, ya se vean revolando y cernindose a grande altura guilas o buitres de mayor tamao y pujanza que los de Europa, ya seguan o cercaban la nave bandadas de enormes _albatros_, hostigados por el hambre y buscando alimento. Lorenzo Fritas y algunos otros marinos que, a falta de catalejo, tenan muy perspicaz la vista, aseguraban haber columbrado en la costa de la izquierda vagar hombres salvajes y feroces de descomunal corpulencia. No vacilaban en conjeturar que el menor de dichos hombres era de tan colosal estatura, que de fijo el ms alto de cuantos iban en la nave no le llegara con la cabeza debajo del brazo. Para acrecentar ms el susto, no bien declinaba la tarde salan de sus ocultas madrigueras feos murcilagos, que tenan en el hocico como un hierro de lanza y que se supona que eran vampiros y vagaban en torno de la nave y hasta se posaban en los mstiles y en las velas. En medio de las tinieblas nocturnas sola orse el lgubre silbido de las lechuzas y de los bhos. Como no hay mala ventura que no tenga trmino, la nave _Argo_ logr casi vencer los obstculos todos y se encontr al final del estrecho y muy prxima a lanzarse en la amplitud del Atlntico. Larga y profunda calma tuvo, sin embargo, parada la nave e impaciente su tripulacin durante muchas horas. Pero, no hay mal que por bien no venga. Sin esta forzosa detencin no hubiera ocurrido el extrao caso de que se dar cuenta en el siguiente captulo. -XXXIX- Cun pasmosa no sera la sorpresa de Morsamor, de Tiburcio y de sus compaeros, cuando, al llegar la noche del da desde cuya maana estaban detenidos, oyeron lastimeros gritos que se alzaban por el costado izquierdo de la nave y que decan en lengua castellana: Socorrednos: tened compasin de nosotros! Recibidnos a bordo! Dirigieron entonces las miradas hacia el punto de donde venan las voces y vieron cerca de la orilla a dos hombres vestidos a la europea, si bien con trajes desordenados y rotos. Echaron al agua la chalupa, fueron en busca de aquellos dos hombres, los trajeron y se los presentaron al capitn que, maravillado y compasivo, contemplaba los desencajados rostros, la palidez enfermiza y el aspecto abatido y miserable de sus huspedes imprevistos. --Quines sois, desventurados?--les pregunt Morsamor. Uno de ellos, al parecer el ms joven y el menos fatigado y enfermo, tom la palabra y dijo: --Yo, seor, soy Juan de Cartagena y sal de Castilla mandando uno de los cinco bajeles que trajo el portugus Fernando de Magallanes para lograr su propsito de ir ms all de este continente, de llegar a la India, caminando siempre hacia el Oeste. La insufrible soberbia del portugus y los malos modos y la aspereza con que me trataba me movieron a rebelarme contra l cuando an estbamos en el Golfo de Guinea. Magallanes me venci y me tuvo preso. Fue tanta su crueldad que permanec en el cepo, durante muchas semanas, hasta que llegamos cerca de estos lugares. Hartos mis compaeros de sufrir al portugus, a quien ya tenan por loco, y recelando que los llevaba a perdicin segura, se sublevaron contra l en una baha que no dista mucho de aqu. Tres fueron los bajeles sublevados. Las principales cabezas de la sublevacin fueron Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada. Ellos me pusieron en libertad, y yo combat en favor de ellos. Slo dos bajeles quedaron sujetos al portugus. De los otros tres disponamos nosotros. Magallanes, no obstante, pudo vencernos. Entr al abordaje en nuestros navos y Luis de Mendoza muri cosido a pualadas. Horribles fueron los castigos que Magallanes impuso. A Gaspar de Quesada, por mano de su propio criado, que sirvi de verdugo, hizo que le cortaran la cabeza. Y descuartizados los miembros de Quesada y de Mendoza, fueron suspendidos de los mstiles para espantoso escarmiento de todos. No s por qu Magallanes me perdon la vida y tuvo compasin de m, si compasin puede llamarse. El feroz capitn, al ir a entrar en el Estrecho, me dej abandonado sobre la costa inhospitalaria. l sigui su viaje con slo tres bajeles, porque de los cinco uno naufrag y otro, el _San Antonio_, logr escapar, y yo espero en Dios que a estas horas se hallar de vuelta en Sevilla, donde dar cuenta de la ferocidad y de la locura de que hemos sido vctimas. Al or Morsamor aquel relato, reflexion melanclicamente que los laureles incruentos que l haba imaginado acaso eran imposibles en aquella edad en que l viva. Pens que sin duda era menester regarlos con sangre: que el temple de voluntad de quien los cultivase haba de ser como el del acero y las entraas como las del tigre. As se absolvi de su pecado, si le hubo, en la muerte de Toms Cardoso. As se calific hasta de benigno. No por eso en absolucin fue acompaada de alegra, sino que sinti pesar ms negro en el fondo del alma al imaginar cun difcil era, sin culpa, sin estrago y muerte, conquistar por la accin la suspirada gloria. Sustrayndose luego a las tristes reflexiones de su harto exagerado pesimismo, Morsamor pregunt a Juan de Cartagena: --Y quin es este que Magallanes dej abandonado en tu compaa? --Este--respondi Juan de Cartagena--fue quien ms nos solevant y alborot con sus discursos. Es un fraile cordobs, llamado Fray Blas de Villabermeja. Morsamor fij entonces su atencin en el fraile, le reconoci, fue hacia l y le ech los brazos al cuello. --Querido Paisano!--le dijo--. Cunto me alegro de poder servirte y valerte en esta ocasin. T eres de un lugar que apenas dista un cuarto de legua de mi patria, Zuheros. Morsamor y tambin Tiburcio reconocieron en el fraile abandonado a un antiguo colega del mismo convento en que ellos haban vivido, pero el fraile no reconoca a ninguno de los dos por ms que maravillado los contemplaba. Se lo impedan el mgico remozamiento del uno y la gallarda e insolente apostura del otro, tan distinta de la humildad claustral que haba afectado cuando era novicio. Pero sin que le importase mucho reconocerlos o no, Fray Blas de Villabermeja se dej querer y agasajar y dio gracias al cielo que de su abominable destierro le libertaba. Despus de tan raro encuentro, la historia de la navegacin de la nueva _Argo_ nada notable ofrece ni refiere durante ms de cuarenta das. Slo se sabe que Morsamor fue tan venturoso, que naveg con velocidad increble. Al fin vino a hallarse a corta distancia, casi a la vista de Sagres, como si la Providencia dispusiese que en el punto que haba hecho famoso el Infante don Enrique, iniciador de los grandes descubrimientos, terminase su viaje el hombre que iba a cerrar el ciclo y a dar comienzo a nueva Era. -XL- No todas las dificultades se haban allanado. Nadie hasta el fin puede cantar victoria. A veces el ms hbil auriga, al ir a alcanzar la palma salvando la meta, suele tocar en ella y dar lastimoso y mortfero vuelco. De repente vieron Morsamor y los de su nave un gravsimo peligro que vena sobre ellos, de que ya no podan esquivarse con la fuga y que era menester arrostrar con heroica y casi sobrehumana valenta. Una enorme galera se aproximaba dndoles caza. En su proa y en su popa tena sendas bombardas, y tres falconetes en cada costado. Estrecho era el barco de babor a estribor, y la longitud de su eslora haca que hendiese rpidamente las olas a impulso de los treinta remos que llevaba en cada banda. Lorenzo Fritas no dud ni un instante de que aquella nave era de corsarios argelinos. --Salvarse huyendo--deca--sera un milagro que no debemos esperar de la bondad divina. Nuestra artillera vale poco o nada, y, si la empleamos, slo conseguiremos provocar y enojar al cosario, que con la suya nos echar pronto a pique, sobreponindose su clera a la codicia que le mueve a apoderarse de la presa. Rica debe de imaginrsela. Nuestro barco no tiene aspecto guerrero, sino trazas de lo que es: de nave mercante que vuelve de la India. En su imaginacin ver ya el corsario los ricos tesoros de que pronto va a hacerse dueo. Podemos pelear y defendernos, pero sin esperanza. Seor Miguel de Zuheros, creo de mi deber deciros mi opinin con franqueza. --Yo la acepto y la estimo--respondi Morsamor--. Y con la misma franqueza voy a exponer mi parecer, aunque ya en forma de rdenes imperativas e ineludibles, porque no hay tiempo para discusiones ni discursos. Espero que todos cumpliris con vuestro deber, me obedeceris ciegamente y haris con puntualidad y exactitud lo que yo prescriba. Soldados y marineros juraron obedecer a su capitn. Morsamor entonces dispuso las cosas con arreglo al plan que haba concebido y dividi en tres partes sus fuerzas: la marinera al mando del piloto; al mando de Tiburcio lo mejor de la hueste, contndose en ella Juan de Cartagena y Fray Blas de Villabermeja, a quienes excit para que se luciesen, pagando as la franca hospitalidad con que los haba acogido. l guard bajo su inmediato gobierno a veinticuatro de sus ms leales, astutos y valientes aventureros, en cuyo nmero figuraban los mestizos mongoles-castellanos. En seguida dio Morsamor sus instrucciones a los jefes y orden que ocupase su puesto cada uno. La nueva _Argo_ sigui huyendo, pero con muestras de desesperacin y de miedo, sin desplegar ms velas, como si pareciese resignada ya a entregarse al enemigo. El corsario, impaciente, lanz, no obstante, tres disparos de falconete para que la nueva _Argo_ se rindiera. Una de las balas toc en el casco del buque y abri en l ancho agujero, aunque por fortuna muy sobre la lnea de flotacin, cerca de la popa. Slo con mar muy alborotado y con arfar muy violento podra la nave hacer agua. Nada contest Morsamor a aquel dao y a aquel ultraje. Su nave, inerme, dej que se le aproxmase la galera, que la prendiese con enormes garfios, y que los corsarios, armados de hachas, se lanzasen al abordaje, o ms bien, confiados en su poder incontrastable, a tomar posesin de la nave sin recelar resistencia alguna. As fue en un principio. Morsamor y los veinticuatro capitaneados por l cejaron como amedrentados, aunque sin desordenarse ni separarse. Los corsarios, con su capitn al frente, llenaban ya la cubierta. El grupo de Morsamor se arrincon hacia la popa; hacia la proa, Fritas y sus marineros. En el barco no pareca haber ms tripulantes. El aspecto de ambos grupos inspiraba compasin y fomentaba la confianza y el descuido de los corsarios. Sin duda Morsamor y Fritas queran rendirse anhelando slo las menos duras condiciones. No intentaban hacer uso de las armas, aunque las tenan en las manos. A fin de que las entregasen, los corsarios se dividieron, dirigindose a un grupo y a otro. En la pequea cmara de Morsamor, que estaba sobre cubierta, no pareca posible que hubiese capacidad bastante para que en ella se ocultasen muchos hombres armados. En ella, no obstante, estaban hacinados y apretados Tiburcio y su tropa. De sbito abrieron la puerta de la cmara y salieron con inaudita rapidez. Todos corrieron hacia el lado opuesto al en que estaban Morsamor y Fritas y hacia el punto en que la nueva _Argo_ estaba asida al barco corsario. Con prodigiosa agilidad y con tal prontitud que no dieron tiempo para que se apercibiesen y cerrasen paso, saltaron todos en la galera. Y entonces, ms listos y expeditos an, dieron muerte a los cmitres, quitaron grillos y cadenas y pusieron en libertad a los galeotes, que eran ms de sesenta cristianos cautivos. Estos hallaron sin dificultad armas de que apoderarse. Tarde semi-comprendi el capitn corsario la estratagema que le haban urdido, mas no desmay por eso. Antes bien, arremeti impetuoso contra el grupo de Morsamor, mientras que otro buen golpe de su gente caa sobre Fritas y sus marineros, los cuales tuvieron por desgracia que luchar proporcionalmente contra mayor nmero de contrarios. Fritas fue uno de los primeros que perdieron la vida, abierta su cabeza de un hachazo. Otros ocho de su tropa sucumbieron tambin, al principio casi de la pelea. Morsamor, entre tanto, pareca invulnerable, pero tambin sus enemigos eran ms que los hombres de que l dispona. Acorralados Morsamor y los suyos se mantenan a la defensiva. Todo esto, no obstante, fue obra de pocos minutos. Tiburcio supo darse prisa. En la galera corsaria dej a Juan de Cartagena y a Fray Blas con diez hombres ms de su fuerza y con veinte galeotes, ya libres y armados, y se precipit en la nueva _Argo_ con todos los dems que le seguan y que eran ms de sesenta. Ansiosos de combatir se sentan todos, y particularmente los ya libres forzados, a quienes aguijoneaba el rencor e impulsaba el deseo de curar con la sangre de los corsarios las llagas y los verdugones que la penca del cmitre haba hecho en sus espaldas desnudas. Atacados los corsarios por todas partes, no pudieron resistir. Aunque vendieron caras sus vidas, perecieron los ms valientes y el capitn argelino, rindindose a discrecin los otros, que fueron aherrojados y convertidos en nueva chusma. Morsamor pas en triunfo a la conquistada galera. Resonar de clarines, vivas, altos aplausos y el estampido de algunos disparos de los falconetes solemnizaron la victoria. Con lamentos y hasta con lgrimas se deplor la muerte de Fritas y de las otras vctimas. Para escarmiento ejemplar y para dar testimonio del brillante xito de aquella lucha, Morsamor mand colgar el cadver del capitn argelino en el mstil de la galera, sobre el cual dispuso que se izase la bandera de Castilla. Rodeado de Tiburcio, Cartagena, Fray Blas y otros, se hallaba Morsamor presenciando aquella maniobra y recibiendo plcemes, cuando a deshora apareci una rubia y majestuosa dama, vestida de luto, y se arroj en los brazos de Morsamor y cubri su rostro de besos, exclamando entusiasmada: _--O givia ed orgoglio del mio core! O coraggioso mio drudo!_ -XLI- Ms sorprendido que complacido vio Morsamor la aparicin de donna Olimpia de Belfiore, pues no era otra la dama enlutada que le salud con tanto entusiasmo y cario. Hermosa como siempre estaba donna Olimpia. El tiempo no imprima la destructora huella en su rostro, en el cual se notaba mayor majestad que antes y honda tristeza. Donna Olimpia no haba aparecido sola. Teletusa, tan regocijada como de costumbre, apareci con ella. Y aparecieron igualmente entre los libertados galeotes, siendo de los que mejor pagaron la libertad combatiendo a los corsarios, los dos fieles y robustos escuderos a quienes llamaban Asmodeo y Belceb, ms por broma que con suficiente motivo. Para satisfacer la curiosidad natural de Morsamor y de Tiburcio, donna Olimpia, en presencia de Teletusa y del doncel, no tard en contar a grandes rasgos sus aventuras. Y como donna Olimpia era tan latina y tan abastada de erudicin clsica, empez diciendo como el Eneas de Virgilio: _In fandum, Morsamor, jubes renovare dolorem!_ Traa ella consignados en precioso manuscrito todos los peregrinos sucesos de que haba sido testigo, agente o paciente. Con ellos, imitando a Csar, se propona dar al pblico sus comentarios. Es indudable que si los hubiese publicado y si no se hubiesen perdido, seran casi tan interesantes como los del Dictador romano. Si nosotros los poseysemos o pudisemos reconstruirlos, compondramos con ellos una historia no menos extensa que la presente, pero aqu deben entrar como episodio, y el episodio no debe extenderse ms que el principal asunto. Para no faltar a esta regla de los preceptistas y cumplir con el _semper ad aventum festina_ de Horacio, nos abstendremos de referir las cosas con la pausa con que las refiri donna Olimpia, y las referiremos tan en resumen, que ms parezcan el plan o el ndice de la historia que la historia misma. Con la presencia en Melinda de nuestras dos damas, la corte estaba brillantsima: las fiestas y diversiones se sucedan sin tregua: caceras, banquetes, cabalgatas, simulacros de batallas, o algo a modo de brbaros torneos, todo se suceda con grande lujo y no menores gastos. El pueblo, negro y tacao, se hart de tanta magnificencia y hall que le costaba muy cara. Donna Olimpia tuvo indicios de que se conspiraba contra ella y contra el rey. Para aquel generoso prncipe temi un mal percance y para ella fin no menos trgico que el de la famosa Raquel, juda de Toledo, o que el de doa Ins de Castro, tan celebrada ms tarde por los poetas picos y dramticos portugueses. Donna Olimpia saba eclipsarse y evadirse a tiempo. En esta ocasin no le falt su habilidad. Con raro disimulo gan el corazn y hechiz al capitn de una nave lusitana que toc en Melinda de paso para Massau a donde iba a reunirse con la flota, que haba llevado a don Rodrigo de Lima y que deba volver a la India con dicho seor y con toda su pomposa Embajada, despus que hubiesen visitado al Preste Juan, o sea al monarca de Abisinia o por otro nombre de la alta Etiopa. No tenemos espacio para describir aqu aquel pas desconocido hasta entonces de los europeos ni para relatar los peligros y trabajos que pasaron y los triunfos que obtuvieron nuestras dos atrevidas viajeras. La Etiopa alta era y es a modo de inmensa fortaleza natural, de nava dilatadsima, que se levanta, sostenida por abruptos cerros, muy sobre el nivel de las otras circunstantes tierras africanas. All encastillado, resistiendo a la creciente inundacin del Islamismo, viva, desde muy antiguo, un pueblo cristiano, y haba un reino un tanto decado ya, pero en otro tiempo muy poderoso que se extenda por Arabia y por otras regiones. Haca ya ms de treinta aos que Pedro de Covilln haba sido enviado a aquel reino por el prncipe perfecto don Juan II. Aquel varn simptico y astuto se haba ganado la voluntad de los etopes y singularmente la de la sapientsima reina Elena, quien le tuvo por consejero y muy por su privado. Pedro de Covilln se haba hecho abisinio, Grande del reino y Gobernador o ms bien prncipe feudatario de frtiles y dilatadas comarcas. l influy para que viniese a Lisboa y viviese en la corte de don Manuel el ilustre seor Mateo, Embajador del rey David y de la reina Elena. En respuesta a dicha Embajada, haba ido a visitar al Preste Juan el ya mencionado don Rodrigo de Lima con gran pompa y squito. En el squito descollaba el Reverendo Padre Fray Francisco lvarez, elocuente y verdico historiador de la Embajada misma, a cuya narracin nos remitimos, y alma adems de las negociaciones diplomticas, porque el tal don Rodrigo era _muito parvo_, si hemos de dar crdito a las hablillas y murmuraciones de sus subordinados. Todo esto, no obstante, importa tan poco a nuestra historia, que debiramos pasarlo en silencio. Bstenos decir que donna Olimpia se ingeni de tal suerte y se dio tan buena maa, que se hizo amiga de Pedro de Covilln, de don Rodrigo, y de todo el personal de la Embajada. Por este medio fue presentada en la corte que iba siempre vagando de un lugar a otro y habitaba bajo hermosas tiendas en campamento vastsimo capaz de contener y que contena ms de veinte mil personas, desde el Abuna o Patriarca, la clereca, las princesas de la sangre y los altos dignatarios, hasta los soldados y sirvientes. En fin, y para no cansar a los lectores, consignaremos sin ms prembulo que el Preste Juan o soberano de aquella tierra que se llamaba entonces David, se enamor perdidamente de donna Olimpia, y acab por casarse con ella. David era ya casado, pero esto no era bice, porque all el rey poda y sola tener dos mujeres legtimas: una se llamaba _cuan-baaltihat_ o reina de la mano derecha, y la otra, _ger--baaltihat_ o reina de la mano zurda. Esta ltima dignidad fue la que obtuvo donna Olimpia, mas no por eso fue menos considerada, y segn la etiqueta de la corte, severa y minuciosa por todo extremo, donna Olimpia fue tratada, respetada y atendida como esposa del _Negus Nagat_, o Rey de reyes y Soberano Seor de Aksum, de Homer, de Raydan, de Habaset, de Sab, de Silhi, de Tiyam, de Kas, de Bega y de otros Estados, de la mayor parte de los cuales, ya _in partibus infidelium_, slo quedaba el ttulo. Algo influy donna Olimpia en la renaciente cultura de los abisinios, y de ello con razn se jactaba. Censur y conden las muy frecuentes borracheras de onfacomeli, bebida de que se abusaba mucho en Abisinia, y de cuya composicin, tal como la explica el diccionario de la Real Academia Espaola, tantos donaires y chistes acert a decir nuestro amigo don Manuel Silvela. Con ms eficaz energa se opuso an a que los sbditos de su esposo comiesen carne cruda, y sobre todo, a que los refinados y sibarticos la comiesen invirtiendo los trmites, o sea (no lo creeramos si no nos lo contasen autores de grave autoridad y respeto), cortando la carne del buey vivo para que, sazonada con sal y pimienta, entrase en la boca conservando an el calor vital inimitable y delicioso. Nuestra herona logr modificar tambin el desorden abominable con que solan terminar los banquetes, cuando se abusaba del onfacomeli y del buey vivo. El desenfreno era tal, que el pudor de donna Olimpia hubo de sublevarse, transmitiendo tan honrada sublevacin a su esposo. Como en aquel pas hay muchsimas hienas, que tan cobardes como carniceras devoran las bestias de carga y tienen miedo del hombre, aunque rodean e invaden a veces el campamento regio, cada personaje de la corte y el mismo rey van siempre armados de un ltigo para osear y castigar las hienas con que tropiezan a su paso. De este ltigo se vali, pues, el rey David, incitado por donna Olimpia, para infundir recato y compostura a sus cortesanos y hasta a las princesas de la real familia en una de aquellas orgas endemoniadas. Un poco atenu tambin donna Olimpia lo sobrado servil de algunas etiquetas o ceremonias de aquel ambulante palacio, impidiendo que en lo sucesivo se pusiesen todos de rodillas, besasen la tierra y prorrumpiesen en jaculatorias o breves y fervorosas oraciones, no slo cuando apareca el _Negus_, sino cuando cualquier rumor, como suspiro, tos o estornudo, indicaba su cercana. Con tales mejoras, con tan buenos consejos y con el ameno trato de donna Olimpia, el rey estaba cada da ms prendado de ella. El nacimiento de un Principito puso el colmo a la ventura de amantes esposos. Pero el rey enferm y crey a pies juntillas que era llegada su ltima hora. No haba que vacilar ni que retardarse. Muerto el rey, le sucedera al punto su primognito, hijo de la reina de la mano derecha, prncipe muy apegado a los antiguos usos y muy receloso adems. De seguro que no bien empuase el cetro, encerrara a donna Olimpia y a su vstago en cierto castillo, levantado a este propsito encima de muy alta y escarpada roca, a donde slo poda subirse por estrecha escalera abierta en los duros peascos y muy bien defendida y custodiada. En aquel retiro, a fin de evitar contiendas civiles, eran encerrados cuantos podan tener algn derecho a la sucesin de la corona, arrancndoles a menudo los ojos con sabia cautela. Era menester evitar tan ruda catstrofe. El _Negus_ tena que enviar un Embajador al baj que, derribado ya el poder anrquico de los mamelucos, gobernaba en el Cairo. El Abuna, al mismo tiempo, tena que enviar un mensajero y parte del diezmo al Patriarca de Alejandra, de quien era sufragneo. Se aprovech, pues, aquella excelente ocasin, y con la lucida y bien custodiada caravana, se larg de Abisinia donna Olimpia, en compaa del Principito, de Teletusa y de sus dos fieles escuderos que nunca la abandonaron. En su trnsito por Egipto, vio y admir donna Olimpia la esfinge, las pirmides y multitud de otros monumentos del tiempo de los Faraones. Llegada sana y salva a Alejandra, se embarc con su gente en un barco mercante de Venecia, que navegaba con diploma o patente del gran turco Solimn, a quien para obtener tales diplomas pagaba un considerable tributo anual la Seora. A la vista ya de la costa occidental de Italia ocurri la enorme desventura de que el barco veneciano fuese apresado por el corsario o ms bien por el feroz y desalmado pirata cuya merecida y trgica muerte hemos ya narrado. El diploma del gran Sultn de los osmanles, aunque fue exhibido, estaba escrito en vtela con letras de prpura y oro y era una maravilla caligrfica, no sirvi absolutamente de nada. El pcaro corsario supuso que era falso a fin de no darle cumplimiento y se llev a remolque el barco veneciano, transbordando a su galera y hasta a su camarote a donna Olimpia y a Teletusa. -XLII- Terrible situacin era esta para una reina, aunque fuese de Abisinia y de la mano zurda. Segn los anales etipicos, all en tiempo del Rey Salomn, hubo en Etiopa una seora llamada Makeda que no fue otra sino la misma reina de Sab, la cual visit al monarca de Israel, examin y tom el pulso a su sabidura ponindole mil acertijos y enigmas, y le enamor adems, hasta el punto de volver ella a su pas muy ilustrada y en estado interesante. El augusto nio que naci de resultas, se llam Menilek o Menelik y fue antiqusimo y reverendsimo tronco de la dinasta a la sazn reinante, en cuya comparacin eran frescas, plebeyas de ayer y de maana todas las dinastas de Europa. Ansiosa estaba donna Olimpia de rivalizar con la seora Makeda y aun de obscurecer la gloria de otra reina de Etiopa llamada Candace que se hizo cristiana y difundi la verdadera religin entre sus sbditos, inducida a ello por su virtuoso valido, aquel eunuco a quien convirti el dicono Felipe, explicndole un texto obscuro de Isaas. Donna Olimpia proyectaba criar y educar a su Principito con el mayor esmero por monjes benedictinos, ya que todava ni San Ignacio de Loyola, ni San Jos de Calasanz haban fundado escuelas; y luego que estuviese bien educado y crecido, enviarle a conquistar la Abisinia y a sacarla de la barbarie en que haba cado. El corsario argelino haba venido en mal hora a contrariar tan altos proyectos. Durante dos o tres das, sin embargo, renaci la esperanza de donna Olimpia. El Mediterrneo se hallaba a la sazn surcado de continuo por muchas galeras de los Caballeros de San Juan de Jerusalem, los cuales vagaban sin hogar de un punto a otro. Acababan de perder la isla de Rodas que era su dominio. Solimn, poderoso monarca de los osmanles, haba dirigido todas sus fuerzas contra aquella isla, la cual, despus de largo asedio y de una defensa pasmosamente heroica en que perecieron ms de cien mil turcos, tuvo necesidad de rendirse. Honrosa fue la capitulacin que firm el Gran Maestre Felipe de Villiers de Lisle Adan, quien sali con armas y banderas desplegadas y con cinco mil personas que le siguieron. La noble emulacin entre los Caballeros de las ocho lenguas, su espritu militar y su ardiente fe religiosa, dieron aspecto de triunfo a aquella prdida, hermosendola con palmas y laureles. Los expulsados Caballeros de Rodas vagaban por el Mediterrneo en sus galeras, ansiosos de tomar en los corsarios algn desquite. Dos galeras de los Caballeros de Rodas avistaron la galera del corsario y la persiguieron con ahnco; pero la galera del corsario era ligersima y despiadados sus cmitres. El rebenque, cayendo sobre las espaldas de los forzados, acrecent su fuerza locomotora, y el corsario logr escapar de la persecucin, aunque sin arribar a Argel, sino llegando en su fuga hasta cerca de las costas de Mlaga. Desde este puerto, divisaron el bajel corsario barcos de guerra de Castilla que salieron a darle caza. Acosado el corsario por todas partes, pas el Estrecho de Gibraltar para ponerse en cobro. En aquellos das de angustia, el corsario, como era natural, estaba muy rabioso y se senta capaz de toda suerte de atrocidades. Infortunadamente, el Principito estaba muy empalagoso con los dolores y molestias de la denticin. De noche, sobre todo, tomaba estruendosas perras, berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, ni el corsario, pegasen los ojos. El corsario, durante tres noches, lo aguant todo por galantera; pero en la noche cuarta, se puso tan nervioso y tan frentico que apenas nos atrevemos a decir lo que hizo, tanto es el horror que nos causa. Imitando, o mejor diremos, prefigurando al hroe de una novela de Gabriel d'Anunnzio, aunque sin premeditacin ni alevosa, sin sutilezas psicolgicas y sin celos retrospectivos, sino en el arrebato y en la excitacin del insomnio, agarr al Principito y lo arroj al mar por la ventana del camarote. Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasin lanz donna Olimpia, al considerar que se ahogaban sus ms bellas esperanzas. Donna Olimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el corsario, brutal e iracundo, la amenaz con arrojarla tambin al mar si no se callaba. De lo que ocurri al da siguiente ya hemos dado cuenta. Ya sabemos cmo el corsario pag de una vez todos sus delitos. Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de referir, se compadeci de donna Olimpia y procur consolarla; pero el cuidado de su nave le preocupaba ms todava. Y como iba ya acercndose a la costa, Fritas haba muerto y no era muy de fiar el contramaestre, Morsamor velaba y slo por breve rato entraba a reposar en la cmara. -XLIII- Antes de amanecer, se levant Morsamor y fue sobre cubierta. Fresco vientecillo de Poniente empujaba la nave hacia la costa. Era de esperar que, al rayar el alba llegase la nave a la desembocadura del Tajo y penetrando y subiendo por el ro, se presentase frente a Lisboa. En pos de la nave de Morsamor iba el barco del vencido corsario argelino, brillante trofeo de la recin alcanzada victoria. Tiburcio de Simahonda haba tomado en l el mando. La bandera de Castilla, izada en el mastelero de gavia, continuaba all en seal de posesin, a pesar de la noche. De las entenas pendan, cual horrible adorno y para ejemplar escarmiento, los cadveres del capitn argelino y de ocho satlites suyos, cada uno de ellos colgando por el pescuezo con un lazo escurridizo. Denssima niebla lo envolva todo. En la vaga penumbra del crepsculo slo se perciba la forma indecisa del bajel apresado, como negro bulto que se destacaba sobre un fondo de color de ceniza. Ni los cercanos montes de la costa, ni las plidas y moribundas estrellas, ni mar ni cielo se perciban con claridad. Si algo se vislumbraba era como a travs de muy tupido velo. Morsamor triunfante se engrea y deleitaba en la contemplacin de su gloria, slo compartida acaso por Fernando de Magallanes. Habra este logrado o ira pronto a lograr su propsito despus de pasar el Estrecho donde encontr Morsamor el rastro y las muestras de su cruel energa? Morsamor se lo preguntaba y no acertaba a responderse. Pero fuera cual fuera la respuesta que diese al cabo el destino, la gloria de Morsamor, aunque compartida, no menguaba. l haba circunnavegado el planeta, obtenido experimental conocimiento de su magnitud y de su forma, y cerrado el ciclo de los grandes descubrimientos y navegaciones. Soberbio, engredo estaba Morsamor por todo ello. Y sin embargo, en vez de ensancharse su corazn y de regocijarse, se senta abrumado en aquellos momentos por amarga tristeza. Un enjambre de pensamientos desconsoladores acudan a su espritu y le atormentaban y picaban con ponzooso estmulo. Y en aquel estmulo ponzooso haba, como en el estro de los poetas, la eficacia de revestir de imgenes lo pensado, prestndoles movimiento y vida y poblando y animando con ellas el ambiente de nieblas que a Morsamor circundaba. No, no era arco triunfal el que acababa de erigir y por donde gloriosamente se entraba en la edad moderna. Era ms bien puerta con que l cerraba y terminaba un inmenso periodo histrico, una larga serie de ms de treinta siglos, durante los cuales los pueblos que habitan en torno del Mar Mediterrneo haban sido guas, iniciadores, maestros y hierofantes del humano linaje. Egipto, Fenicia, Grecia, Italia y Espaa, haban tenido sucesivamente el primado, el cetro y la virtud civilizadora. El mismo orgullo de Morsamor, el superior valer que atribua a sus hechos se revolva en dao suyo y serva para deprimirle. Acabada por l la obra que incumba a los pueblos meridionales de nuestro continente, la fuerza, el imperio y la inteligencia dominadora iban a pasar a otras manos. Al reconocer Morsamor tal como es la tierra en que vivimos, haba disipado el encanto que nos hizo seores de ella. La abandonaba su fe y con su fe la abandonaban los genios, los dioses y los poderes e inteligencias sobrenaturales que sucesivamente su fe haba creado. Esquilmado y seco el suelo, no se prestaba ya, aun herido de nuevo por el corcel con alas, a que brotase de l otra Hipocrene. Circe y Calipso huan buscando refugio y sin hallar en los mares espacio misterioso y esquivo y afortunadas islas donde erigir esplndidos palacios, socavar frescas grutas y plantar deleitosos jardines para recibir, agasajar y embriagar de amor a los hroes. Venus no surga ya del seno de las ondas salobres, ni las Nereidas, abandonando sus alczares submarinos, venan a consolar a Aquiles por la muerte del amigo, ni aparecan en limpia y hermosa desnudez ante los ojos mortales de Jasn y de sus compaeros que iban a conquistar el Vellocino. Los orculos callaban; cesaban los milagros. Parados y ocultos los cclopes, ni en Letnos ni en las cavernas del Etna forjaban armaduras lucientes. Apolo y las musas sentan el prurito de abandonar a Delos, el Parnaso y el Pindo, de salvar las Montaas Rifeas y de instalarse en las regiones hiperbreas, mientras no las visitaba algn viajero curioso y les quitaba todo su hechizo. En suma, era tan temeroso y destructor el desencanto que Miguel de Zuheros imaginaba haber producido, que hasta los santos y los ngeles se iban volando y abandonaban nuestra tierra desengaada. Pero las cristalinas esferas se haban desbaratado y roto, no giraban ya en arrebatada consonancia y nadie poda or su musical armona en los arrobamientos del xtasis. Soledad y fnebre silencio reinaban en la fra y desierta amplitud del ter sin lmites. Muy lejos, muy lejos de los hombres tenan que subir los coros celestiales para acercarse al primer mvil y descubrir el Empreo. As se atormentaba Morsamor con cavilaciones nacidas de vanidad atrabiliaria en que muchos despus de l han cado y caen. Han credo que llevaban en una mano la frula del progreso y la antorcha de la razn en la otra, y que iban arrollando con ellas cuantas creencias y poesa se les paraban delante, despejando el mundo de visiones y de fantasmas para que slo quedase en l la realidad monda y escueta. Y sin aquietarse Morsamor y pasando adelante en su cavilar lastimoso, supuso, por ltimo, que la ciencia emprica, hija del exterior sentido, iba a arrebatarnos el imperio y a drsele a los pueblos del Norte, patentizando el jactancioso embuste de las profecas del Padre Ambrosio. Morsamor dio entonces forma y vida a este nuevo pensamiento, y vio en torno suyo, discurrir entre la niebla diminutas y vaporosas semideidades, geniecillos sutiles que apenas eran algo y casi se convertan en flores retricas: gnomos deformes y enanos, que trabajaban sin cesar en el centro obscuro de la tierra y sacaban de all para sus naciones favoritas piedras y metales preciosos, raros documentos de los archivos subterrneos, y primitivas selvas, alimento del fuego, motor y artfice infatigable. En pos venan los silfos y las ondinas. Y luego las aladas salamandras extraan del escondido seno de las cosas una incomprensible virtud, de mayor ligereza que la luz y el fuego, rpida y potente como el rayo, y se la prestaban a los hombres para que iluminasen y moviesen con ella los seres inertes y obscuros y transmitiesen con instantnea y casi ubicua rapidez el pensar y el sentir, la palabra y el sonido. Sali al fin Morsamor de aquel pilago de tristes meditaciones en que se haba engolfado. El sol, que se alzaba sobre los montes, desgarr los velos de niebla que los envolvan. Morsamor vio entonces el promontorio que estaba cerca y hacia donde diriga el rumbo su nave. En seguida reconoci que eran los cerros de Cintra, cubiertos de feraz y lozana verdura. En la ms alta cima de la Pea, crey distinguir con envidia al enamorado Bernardn Riveiro, que todava oteaba la extensin del Atlntico y buscaba con lgrimas la estela de la nave que le arrebat a doa Beatriz. Y vagando por la frondosidad umbra de aquellos valles, apareci tambin a Miguel de Zuheros la virginal figura de doa Sol de Quiones, que no le censuraba, sino que le compadeca de que volviese a verla, olvidado de su potico enamoramiento y acompaado y consolado por donna Olimpia. La nsula Firme se haba sumergido tambin en el Atlntico como otras mil fbulas venerandas. En ningn mapa habra ya sitio en que ponerla. Ni era menester porque el mgico Apolidn haba derribado el Arco de los leales amadores, enojado de que ya nadie pasara por l, como pas Amads fiel a Oriana. -XLIV- Poco satisfecho estaba Morsamor de s mismo en aquellos instantes. Cuando iba a llegar al trmino de su peregrinacin, un fnebre presentimiento contristaba su alma. La agitaba negra tempestad de pasiones. De sbito se encapot el cielo con densas nubes. Por breve rato hubo calma abrumadora como si algo pesado oprimiese el ambiente. Pero pronto se desencaden la tempestad ms furiosa. El viento del Norte sobrevino con mpetu rabioso y sacudi y levant las aguas del mar en gigantescas olas. Chocaron las nubes con estruendo. Intensos relmpagos iluminaron siniestramente el aire. Los rayos le surcaban de continuo. El bajel apresado no tard en apartarse de la nave de Morsamor. La borrasca le llev lejos de su vista. Morsamor hizo esfuerzos inauditos para salvar su nave, harto trabajada ya por largusima navegacin y por el choque y combate con el bajel corsario. Los marineros todos le ayudaron con celo y con bro en la ruda faena, mientras que conservaban esperanzas; pero la nave, impulsada por los vientos y por las olas, ya pareca elevarse a las nubes, ya hundirse entre dos enormes montaas de agua, y no obedeca al timn, y se ladeaba a veces como si fuera a volcarse, y el agua suba por cima de la cubierta, la barra con furia y penetraba hasta el fondo. Muchos tripulantes, en el delirio ya de la desesperacin, blasfemaban o rezaban y no acudan a la maniobra. Casi abandonada la nave de direccin y de auxilios humanos, corri an no poco tiempo con velocidad vertiginosa, a merced del huracn que la impela sobre la lquida faz del Ocano, que ya la levantaba en sus oleadas, ya la precipitaba en la medrosa hondura que entre dos montes de agua a cada momento se abra. La nave de Morsamor no pudo resistir ms. Acaso bast a destrozarla el furor de los vientos y de las olas. Acaso fue a romperse, chocando contra oculto bajo. Ello es que la nave, desbaratada la trabazn de sus tablas se deshizo en pedazos. Cada uno de los que la tripulaban luch por la vida y procur salvarse como pudo. En aquel momento de angustia, Morsamor cay en el agua y pens salvarse nadando, pero pronto sinti un peso que le oprima, que le estorbaba nadar y que fatalmente iba a ahogarle. Despavorida donna Olimpia, plida por el miedo de la muerte, frentica de terror y de funesto cario, se haba agarrado a Miguel de Zuheros, cindole y estrechndole entre sus brazos. O la falta de bro o la sobra de piedad impidi a Morsamor apartar de s aquel obstculo que se opona a su salvacin; aquella mujer por quien iba a perderse sin que ella se salvara. Morsamor, en vez de rechazarla, en aquellos instantes, acaso los ltimos de su vida, la cogi con ternura. Y movida ella por gratitud y por amorosa vehemencia, uni su boca a la de Morsamor y la regal con hondo y prolongadsimo beso. Extraas fueron las impresiones de Morsamor. Se figur que donna Olimpia absorba con sus labios toda la mocedad y toda la vida nueva que las pociones mgicas del Padre Ambrosio le haban infundido. Volvi la vejez a apoderarse de su cuerpo y empez a sentirse casi decrpito. El fro del agua atravesaba su carne, penetraba en sus huesos y le congelaba los tutanos y la sangre descolorida y pobre. Todava se sostuvo Morsamor en la superficie del agua a su parecer por extrao e imprevisto socorro. Tiburcio de Simahonda le tena asido por la cabeza, impidiendo que se hundiese; pero de sus hombres brotaron negras alas que velaron a Morsamor la horrenda claridad de aquel da. Por ltimo, una sensacin grotesca, a par que espantosa, vino a colmar el delirio de aquella en su sentir postrera agona. Los dos tremendos rufianes, Asmodeo y Belceb, le haban cogido cada uno por una pierna, tiraban de l y le arrastraban al fondo de los mares. Entonces Morsamor perdi el conocimiento y el sentido. Reconciliacin suprema -I- Despus de las portentosas aventuras que acabamos de referir y del trgico fin que tuvieron, bien podemos asegurar que no muri Morsamor. No nos consta de qu suerte pudo salvarse. En nuestra historia hay aqu una tenebrosa laguna. Saltemos por cima de ella y volvamos al convento en que el Padre Ambrosio segua viviendo y ejerciendo sus artes mgicas. Por su virtud, aunque se ignore de qu manera, nadie en el convento haba notado la ausencia de Fray Miguel y del hermano Tiburcio. Acaso el Padre Ambrosio haba evocado y atrado a dos espritus, que haban tomado la apariencia del fraile y del lego. Acaso, sin evocar espritu alguno, aquel gran mago haba creado dos fantasmas que reemplazasen en el claustro a los dos ausentes. Ello es que nadie los ech de menos. Por lo dems, segn imaginaban los otros frailes, Fray Miguel viva siempre retrado, encerrado en su celda y casi de continuo postrado en cama. Lo que es ahora, bien podemos asegurar tambin nosotros que Morsamor o Fray Miguel, de vuelta ya de sus excursiones, yaca en cama, en muy msero estado. Sin duda su segunda mocedad se haba consumido toda en el cumplimiento de las grandes empresas a que su voluntad y la ciencia del Padre Ambrosio la consagraron. Fray Miguel se hallaba casi ciego, ms viejo, ms acabado, ms baldado por los dolores que antes de remozarse y de encontrarse apto para la fuga. Se dira que aquel impetuoso renacimiento de vitalidad, que aquella fuerza nueva que de la profundidad de su ser haba surgido, se haba derramado como torrente, se haba volcado como ingente catarata, y se haba gastado toda con rapidez en inauditas acciones, sin dejar resto alguno, sino llevndose y arrastrando en su curso parte de la vida que l conservaba aun antes del cambio prodigioso. Pasaron algunos das en esta situacin. Fray Miguel estaba cada vez ms enfermo y dbil. Y sin embargo, lejos de ofuscarse o de anublarse, su inteligencia se senta baada en luz serena y clara y Fray Miguel crea o ms bien estaba seguro de que iban disipndose las nieblas o rasgndose los velos que le encubran la verdad, y de que empezaba a ver las cosas todas sin alucinacin alguna que se las desfigurase y trastrocase. Era, no obstante, tan sigiloso y tan reservado que nadie, ni el mismo Padre Ambrosio, descubra los cambios que iban realizndose en el fondo de aquel alma, aunque el Padre Ambrosio visitaba a menudo a Fray Miguel y era perspicaz zahor de los pensamientos ajenos. Lleg por fin un momento en que Fray Miguel se encontr menos agobiado de sus males, con la mente despejada, con las piernas y los brazos ms firmes para accionar y moverse y con la voz entera para poder expresar sin fatiga ni esfuerzo cuanto senta y pensaba. Desvelado, en las altas horas de la noche, se levant de su mezquino lecho, se visti precipitadamente el sayal, encendi con eslabn, yesca y pajuela, una lamparilla de hierro, sali de su celda, atraves los claustros desiertos y sombros, se dirigi a la puerta de la celda del Padre Ambrosio, y llam golpeando en ella. Haba cierto reposo enrgico en el espritu de Fray Miguel; mas, aunque parezca contradictorio, coexista con este reposo la impaciente decisin, que no daba espera, de hablar al Padre Ambrosio, de interrogarle sobre no pocas dudas y de pedirle cuenta y explicaciones que las resolviesen. El Padre Ambrosio se oy llamar, reconoci la voz de Fray Miguel, no pudo resistirse al imperio con que este exiga que le oyese, se visti el hbito y le abri la puerta refunfuando. Entr en la celda Fray Miguel, coloc su lamparilla sobre la mesa, donde haba papeles y libros, y la misma calavera y el mismo crucifijo que la primera vez que all haba entrado. Se sent Fray Miguel en la silla en que tambin se haba sentado la primera vez, y diciendo, tengo que hablarte, excit por seas al Padre Ambrosio a que tomase asiento. El dilogo que hubo entre ambos, y que Fray Miguel comenz, requiere captulo aparte. -II- --Qu delirio es el tuyo?--dijo el Padre Ambrosio--. Me pasma que hayas venido a verme. Si te he de hablar con franqueza, no crea yo posible que pudieses salir de tu celda, dbil como ests, baldado por los dolores y velados tus ojos de densa nube que desde hace algn tiempo apenas te deja ver distintamente las cosas, sino de un modo vago y confuso y como al travs de una neblina. Qu quieres de m? Por qu has venido hasta aqu, con paso vacilante e incierto, a tientas y sin duda apoyndote en las paredes? Qu es lo que de m pretendes todava? Fray Miguel contest: --Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido contigo. Yo abr para ti los ms escondidos senos de mi alma y te mostr todos sus arcanos. Nada te ocult ni de mis pensamientos ni de mis pasiones. Mi espritu, lleno de confianza en ti se te rindi por completo. Derecho tengo a que t tambin seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirte cuenta de tu conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. Te has burlado de m? Me has hecho vctima de un engao? Es cierto cuanto me ha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una endiablada fantasmagora? Acaso las pociones mgicas que me administraste, hundindome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi cerebro, grabndose en l con el poderoso vigor y con la clara distincin de la realidad misma? Interrogado el Padre Ambrosio tan de improviso y de manera que haca imposible toda respuesta ambigua, permaneci en silencio y como quien duda y cavila sobre lo que le incumbe contestar y sobre la forma en que la contestacin ha de ir expresada, para que implique la justificacin o la disculpa al menos. Despus de larga pausa, contest al cabo el Padre Ambrosio: --Sean cuales sean los medios que he empleado, ora se consideren realidad, ora vano prestigio, no debes t dudar de la bondad de mis intenciones. Yo he querido sanarte a toda costa del peor de los males. Recurdalo bien, de un orgullo satnico despechado que te haca aborrecible hasta la misma bienaventuranza del cielo. Contra enfermedad tan horrenda, no hay remedio, por duro que sea, que pueda censurarse. Supongamos por un momento que cuanto viste, y cuanto hiciste, desde que por virtud de las pociones mgicas imaginaste despertar remozado, todo carece de ser real fuera de ti. Aun as, aunque yo haya tenido fuerza para crear en tu mente un mundo imaginario y para drtele en espectculo y para hacer de l amplio y pasmoso teatro en que t fueses el principal actor, bien puedes estar seguro de que he carecido de fuerza para sujetar a mi propsito tu juicio y para someter tu voluntad a la ma. Yo podr haberte ofrecido y presentado todas las ocasiones, todos los objetos, todos los premios a que poda aspirar tu codicia, en que poda hartarse tu sed de deleites y donde tu ambicin y tu orgullo podan quedar satisfechos; mas para lo que yo no tuve fuerzas, ni aun tenindolas las hubiera empleado, fue para violentar tu libre albedro. Sueo o no, te considero responsable de todos los actos de tu extraa vida de descubridor y navegante. Si me cabe alguna duda es sobre el grado mayor o menor, sobre la intensidad de tus mritos y de tus culpas. Hay no pocos extremos hasta donde no llega mi ciencia, si bien presumo que no es tan sereno y firme el juicio en quien duerme como en quien vela, y que tu voluntad, sin ser violentada por m, pudo ceder ms fcilmente que en la vigilia a los incentivos que en sueos se le presentaron. De todos modos, aunque tu gloria hubiese sido soada, t has sabido mostrarte capaz de esa gloria, y aunque hayan sido soados tus delitos, tambin eres responsable de ellos, aunque no en tanto grado. En sueos tiene la voluntad menos bro para resistir a la tentacin que la provoca. Si no resiste y cede, entonces es menor su delito; pero esa mayor flaqueza de la voluntad, que atena su falta si incurre en pecado, tal vez da superior valer a toda accin buena que en sueos se realiza, porque si la voluntad, poco briosa, basta a realizarla soando, mayor ser su virtud cuando al despertar recobre todo su poder y le emplee en darle cima. La diferencia entre el xito dichoso, ya en la realidad ya en el sueo, es que en la realidad depende en gran parte de lo que llama el vulgo caprichos de la fortuna, o sea de lo que los juiciosos y piadosos califican de inescrutables designios de Dios, a fin de que se cumpla el plan maravilloso de la historia y de que camine la humanidad hacia su trmino con direccin invariable y segura. Todos nos agitamos y todos contribuimos a que se cumpla dicho plan, quedando, no obstante, nuestra libertad en salvo, merced al soberano concierto prescrito desde la eternidad por la Providencia. --Tu discurso--dijo Fray Miguel--se quiebra de puro sutil. En mi sentir son alambicados y obscuros tus conceptos. Presumo, pues, o que no entiendes o que entiendes lo contrario de lo que dices para mi consuelo, y para atenuar la crueldad de la burla que me hiciste. Es falsedad, es sofisma lo que sostienes. Si no debo condenarme porque mis crmenes han sido soados, tampoco debo glorificarme si tambin han sido soadas mis proezas. Convengo en que el mal xito o el buen xito final es obra de la fortuna o hablando cristianamente, de Dios mismo; pero la accin, independientemente del xito, no vale sino en la vigilia para quien la ejecuta. En sueos, el avaro es generoso, y tal vez quien despierto no se desprende de un maraved, para socorrer a un pordiosero, es capaz soando de prodigar todas las riquezas de los Cresos y de los Fcares. El cobarde puede soar que es valiente. Hasta por lo mismo que despierto le humilla y le atormenta su incurable cobarda, en sueos se consuela creando y atribuyndose el denuedo de que carece. En suma, yo infiero, de lo que me dices, estas desconsoladoras y amargas verdades; que te has burlado de m; que mi segunda juventud, mis hazaas y mi gloria fueron soadas; que mis delitos tambin lo fueron; y que sindolo, quedan en duda las energas de mi ser y no merezco ahora, ni ms ni menos que antes, alabanza o vituperio, galardn o castigo. --Muy extremada manera es la de tu discurso y a mi ver es falsa, pero no quiero que discutamos, porque as no lograramos convencernos. Baste para mi intento de convencerte de la aptitud y del poder que hay en ti, tanto para lo bueno como para lo malo, la ilimitada confianza que en m pusiste y la constancia y el valor con que te sujetaste a mis conjuros, arrostraste pruebas tremendas y no retrocediste, lleno de terror, ante mis mgicas operaciones. Quien fue capaz de todo esto es capaz tambin de todas las hazaas y digno de las victorias y de los triunfos. Slo de la fortuna, slo de las circunstancias exteriores, y no de la virtud del alma, depende que en realidad se logren o que slo se logren en sueos. Eres injusto al afirmar que me he burlado de ti. No; yo no me he burlado; yo quise confortarte, puse los medios para conseguirlo, y lo hubiera conseguido si no fueses t tan descontentadizo y caviloso. Antes de que mi magia se emplease en ti, t no habas sido hroe y adems dudabas de que pudieses serlo. Ahora, aunque puedes dudar de que en realidad lo hayas sido, no puedes dudar del poder que para serlo haba en tu alma. A estas ltimas palabras del Padre Ambrosio, no replic Fray Miguel para contradecirlas ni mucho menos para manifestar que haba quedado convencido y satisfecho. Su nica contestacin fue un sonido inarticulado que exhal su pecho y que brot de sus labios, de tan indefinible condicin que poda dudarse de si era suspiro o refunfuo, bendicin o maldicin, muestra de gratitud o de queja. Hubo una larga pausa. Los ojos casi sin vista de Fray Miguel se fijaron intensamente en el Padre Ambrosio, como si fuese el alma sin el intermedio del material aparato quien por ellos mirase y viese. A pesar de su poder mgico, y a pesar de su nimo brioso, baj los ojos el padre no pudiendo resistir la intensidad y el fuego de aquella mirada. El Padre, con todo, estaba sereno y tranquilo. No le remorda la conciencia. Su conducta con Fray Miguel haba procedido de la intencin ms sana. Sin duda Fray Miguel pens lo mismo, despus de la larga pausa y de la mirada escrutadora. No quiso, sin embargo, hablar ms. Se levant de la silla, tom su lmpara, pronunci un Dios te guarde, inclinando la cabeza, y se volvi a su celda sin ms explicaciones, preguntas ni discursos. -III- Pasaron an ms de cinco semanas despus del coloquio nocturno de que acabamos de dar cuenta. El esfuerzo violento y el consumo de vitalidad, hechos por Fray Miguel, para ir hasta la celda del Padre Ambrosio y para hablar con l lo que haba hablado, produjeron terrible reaccin, hundiendo a Fray Miguel en el mayor abatimiento fsico. Se dira que hasta para hablar, hasta para pronunciar algunas palabras, le faltaban ya bros. Fray Miguel estaba postrado en cama y callado como muerto. Slo acudan a visitarle en su celda el Padre Ambrosio, cuya reputacin de excelente mdico era grandsima e indiscutible, y el hermano Tiburcio que, ayudante del Padre, cuidaba de Fray Miguel, y le suministraba alimentos y medicinas. En medio, no obstante, de aquella enfermiza inaccin de su ser material y de aquel desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamiento de Fray Miguel luca con ms viveza dentro de su cerebro, y como si le hubieran nacido pujantes alas, se remontaba a luminosas esferas y vea o crea ver con mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado, lo presente y lo futuro, fijando la mirada de guila en el radiante foco, donde lo real y lo ideal se compenetran, se confunden y son una cosa misma. En la mente de Fray Miguel se realiz as saludable mudanza. En virtud de ella, depuso todo enojo contra el Padre Ambrosio. Lo que tal vez consideraba antes como burla, le pareci leccin provechosa, rica en beatficos resultados. Harto bien conoca Fray Miguel la postracin de su cuerpo y la proximidad de su muerte; pero, al mismo tiempo, conoca con reposado jbilo que nunca haba estado su espritu ms sano, ms perspicaz, ni ms sereno que entonces. En tal disposicin, quiso Fray Miguel comunicar a alguien que le comprendiese los pensamientos y las ideas que en aquellos momentos supremos haba en su alma. Y movido por este anhelo, con voz sumisa y dbil, no en una vez sola, sino en varias veces, en diferentes visitas que el Padre Ambrosio le hizo, le fue manifestando en breves discursos su pensar y su sentir ms ntimos. Piadosamente recogi el Padre Ambrosio y puso por escrito aquellas confidencias, que ahora trasladamos aqu y que son como siguen: --Veo con claridad, Padre Ambrosio, que la hora de mi muerte se aproxima. La veo sin desearla y tambin sin temerla. Rara vez la duda ha entrado en mi espritu, y menos an ha entrado en l una negativa conviccin. Pero, aunque yo estuviese convencido de que la muerte era completa, de que para m no haba nada despus, ni pena, ni gloria de que yo tuviese conciencia, ni siquiera una inconsciente prolongacin de mi ser en el recuerdo de los dems hombres, la muerte no me aterrara ni me afligira. No es que yo est resignado. Es algo de ms noble y de menos pasivo. Es que, dando yo an inmenso precio a mi vida, la dara, la vertera toda en el seno de la naturaleza, en una efusin de amor hacia ella y hacia el ser inmenso que lo ha creado todo y que todo lo llena. Pero no, yo no dudo de mi inmortalidad individual y consciente. Yo creo en ella y ahora, cuando mis ojos, dbiles y enfermos, apenas perciben la luz material, de la que huyen medrosos, luz clarsima, procedente de foco increado, penetra e inunda mi mente, ilustrndola y ensendole la verdad. Yo fui, das ha, a tu celda con el intento de interrogarte y de disipar dudas sobre mi ltima vida pasada. Ahora me arrepiento y nada te pregunto porque nada quiero saber. Me es igual, me es indiferente que hayan sido realidad mi razonamiento, mis peregrinaciones y mis ulteriores crmenes y hazaas, o que todo haya sido prestigios, embustes o creaciones fantsticas formadas y sugeridas por tus elixires y linimentos y por el pasmoso poder de tus mgicas artes. En estos ltimos das, desde que volv vi convento o desde que cre que haba vuelto al convento, desde que me hall ms viejo y abatido que antes, casi ciego, baldado y postrado en el lecho, he cavilado y meditado mucho y siento que se ha mejorado y casi se ha transformado mi alma. Tal vez sin los ltimos sucesos de mi vida, ora sean imaginarios, ora sean reales, no hubiera sobrevenido en mi ser esta transformacin, esta conversin, que califico de dichosa. A ti te la debo y por ello te doy las gracias. El pensamiento, cuando no se expresa y se determina por medio de la palabra, cuando persiste hundido en las profundidades de nuestro ser, sin comunicarse y declararse a otro ser inteligente, es confuso caos, de cuya verdad o de cuya mentira, de cuya bondad o de cuya insignificancia, no estamos seguros. La plena conciencia no aparece sino con la palabra emitida y comunicada. Por eso es con Dios coeterno su Verbo. Ni el amor inefable y divino hubiera brotado nunca en la mente suprema, si de la contemplacin del propio Verbo desde la eternidad no hubiera nacido. Dbil trasunto, pobre semejanza de tan altos misterios hay sin duda en el fondo del alma humana. Dios, con su palabra, engendr el amor y cre el Universo. Yo, con mi palabra, si acierto a expresar con ella lo que agita mi mente de un modo confuso, engendrar tambin mi amor y dar consistencia a la todava vaga creacin en que este amor mo ha de satisfacerse y aquietarse, cumplindose as mi destino. Tales son los motivos que me impulsan hoy a dirigirme a ti y a hacerte una confesin sincera y amplia, procurando poner orden y concierto en mis ideas y expresarlas luego y presentarlas a tu inteligencia, creando yo as mi luz, mi amor y mi universo hasta donde alcancen mis limitadas y dbiles facultades humanas. -IV- Fray Miguel se fatigaba tanto al hablar, que, en breve, tena que suspender su discurso y dejarle para otro da. Prescindiendo nosotros de tales interrupciones, aunque en cierto modo marcndolas e indicndolas, pondremos aqu los diversos fragmentos, unos en pos de otros, en el orden en que Fray Miguel los pronunci y en el que el Padre Ambrosio los conserv por escrito. --Convencido estoy de que has querido darme una leccin de moral, parecida en su traza a la que dio don Illn de Toledo, famoso mgico, a cierto ambicioso Den de Santiago. T, con todo, no has querido demostrar que yo soy ingrato. T estabas seguro de mi gratitud. Ms alta era la moraleja que de mi historia, semejante a la que refiri al Conde Lucanor su consejero Patronio, has querido t sacar ahora. Yo soy buen discpulo, aspiro a ayudarte en tu trabajo, y voy a sacar de l deducciones tan trascendentales que ya coincidan con las que t esperabas sacar, ya vayan ms lejos o suban ms alto todava. --Algrate y enorgullcete. Has querido curarme de mi ambicin desesperada. Duro ha sido el remedio. Como quien con hierro candente quema un cncer, t has curado el que roa mis entraas. No slo te perdono, sino que te agradezco la cauterizacin dolorosa. Mi sed de poder y de gloria se aquiet y saci con satisfacciones soadas. Hoy, al reconocer que fueron sueo, reconozco tambin la vanidad de tales satisfacciones, aun cuando sean reales. El sabio lo ha dicho: _que ni la carrera es de los ligeros, ni la guerra de los fuertes, ni el pan de los sabios, ni las riquezas de los doctos, ni la gracia de los artfices; sino el tiempo y la casualidad en todo_. De mis victorias y de mis triunfos no debo, pues, jactarme. Si al tiempo y a la casualidad se deben, para contentamiento de mi orgullo, lo mismo valen e importan, ora hayan sido realidad, ora sueo. --Tales son las consideraciones que me mueven a desechar primero el engreimiento personal y ms tarde el engreimiento de nacin y de casta. Por cima de todo est Dios, y con l y en l la fe y la esperanza de que no hay mal que no sea aparente o caduco y que no se ordene a fin dichoso y grande. As, en mi interior meditacin vine yo a resignarme y a buscar y hallar dulce quietud y algo a modo de bienaventuranza en mi plena conformidad con los designios divinos. Me desnud del estrecho egosmo y arroj lejos de m el amor propio sin anhelar ya gozarle complacido y sin el temor ya de sufrirle lastimado. --Conforme hubiera estado desde entonces mi voluntad, con la voluntad del Altsimo, si un obstculo, que me pareci insuperable, no se hubiera opuesto. Con este obstculo he tenido que trabar tremenda lucha. Yo pude libertarme de la ambicin y de la codicia, pude desdear y desde gloria, poder y riqueza. El amor de la mujer qued, no obstante, firme en contra ma, atajando el camino por donde ansiaba yo acercarme a la reconciliacin suprema. Dispense en buena hora como niebla o como humo todas las proezas de que me sent capaz y que realic o so. Lo que yo no consenta era que el amor de la mujer tambin se disipase. Hasta los crmenes, hasta las horribles tragedias que este amor produjo, no me resignaba yo a que se convirtiese en sueos, convirtiendo en sueos el amor mismo. Urbsi, la bella Urbsi, se me apareca, como recuerdo vivo le algo real, no como sombra fantstica, y me mostraba su admirable y hermosa figura y el blanco pecho desnudo, donde yo vea, en el lado del corazn, profunda herida brotando hirviente y roja sangre que ansiaba yo restaar y represar con mis labios. Pena infernal me causaba esta aparicin trgica, pero me causaba a la vez tan inefable y sublime deleite, que mi alma toda se enfureca de que fuese aquello ilusorio y vano y pugnaba an por mantenerlo, al menos por recuerdo, como real y consistente. No; la causa de nuestro amor a la mujer no reside slo en nuestro miserable cuerpo. Aunque el cuerpo decaiga, envejezca y enferme, el alma, inmortal, sigue amndola. El alma inmortal es alma de mujer o de hombre, y a veces imaginaba yo que esta diferencia de inmortal duracin haca tambin inmortalmente duradero e invencible el amor que una mujer me haba inspirado. Y esta mujer, o si se quiere este hermossimo aunque terrible fantasma de mi mente, se interpona entre ella y lo infinito en que su raz estriba, y no me dejaba llegar hasta l, retenindome cautivo y arrancando a mi espritu las alas con que anhelaba volar tan alto y el mpetu vigoroso con que pensaba sumirse en el abismo del ser y hacerse superior a todo lo creado y contingente al penetrar en dicho abismo. No acierto a ponderar el esfuerzo pasmoso de mi voluntad para llegar a destruir, despus de haber destruido y roto los dems dolos, la imagen seductora de la mujer amada. Esta imagen, que llegu a suponer indeleble, lo perturbaba y lo bastardeaba todo en mi alma. No haba concepto moral ni religioso al que ella no diese forma, profanando mi religin y convirtindola en idolatra. Ella, su imagen, ya se me mostraba representando la ciencia, ya la filosofa, ya la caridad, ya cualquiera de las otras virtudes, ya la ninfa pulqurrima y predilecta del cielo, esposa o amante de los dioses inmortales y madre dichosa de los semi-dioses o hroes salvadores. Yo me explicaba a mi modo, porque tambin los senta, los encontrados sentimientos que inspira la mujer, desde hace muchos siglos. Ora el misticismo amoroso y caballeresco la ensalza y la purifica como algo venido del Empreo, como fuente inexhausta de todo noble sentir y de todo arranque generoso, y crea la Beatriz y la Laura de los egregios poetas, ora el ascetismo adusto la aborrece y la teme, como nido de vboras, como oficina de embustes y de pecados, y como el ms seguro anzuelo de que se vale Satans para perdernos. Rudo combate y grandsima pena me cost lanzar de mi pensamiento la imagen de la mujer, que con tan contrarios aspectos se me mostraba y que del efmero enlace o de la mentida concordia, producida por la atraccin irresistible que nos lleva hacia ella, haca brotar discordias sin trmino y dualidad irreducible, como si hubiese dos eternos creadores y conservadores del mundo y no uno solo. En fin, mi empeo fue tan obstinado que logr borrar la imagen de Urbsi, grabada en mi corazn como sello puesto all por el demonio en seal de que yo era su esclavo. Entonces brotaron de nuevo y ms pujantes las alas de mi espritu. Y no por la ciencia, no por el presunto conocer, sino con humildad, desprendindome de todo afecto pasajero, de toda liviana inclinacin a las cosas creadas, logr subir hasta el manantial inagotable de donde todas manan y en el amor del bien soberano cifrar y confundir todos mis otros amores, empezando por el de m mismo. Hoy no hay mal que bien no me parezca, ni desdicha que no me parezca ventura, porque lo que Dios quiere no puede menos de ser lo mejor y lo ms deseable. Aunque para el cumplimiento de su inflexible justicia, y a pesar de su infinita misericordia, tuviese yo que padecer las penas eternas, al padecerlas yo por su amor, gozara de tan inefable deleite, que se me transformara el infierno en cielo, de la misma manera que antes, dominado yo por el egosmo, transformaba el cielo en infierno. End of the Project Gutenberg EBook of Morsamor, by Juan Valera License: Share Alike