Produced by Chuck Greif JUAN VALERA PASARSE DE LISTO NOVELA I Toda persona elegante que se respeta debe ir a veranear. Es una ordinariez quedarse en Madrid el verano. Lo ms tnico es ir a algunas aguas en Alemania o Francia; pasar luego una temporadita a la orilla del mar en Biarritz, en Trouville o en Brighton, y acabar el verano, antes de volver a esta villa y corte, en algn magnfico _chteau_ o cosa por el estilo, que debemos poseer, si es posible, en tierra extraa, y cuando no, aunque esto es menos _comm'il faut_, en nuestra propia tierra espaola. Tal es el supremo ideal aristocrtico a que aspiramos todos en lo tocante a veraneo. Para realizarle totalmente se ofrecen no pocos obstculos. Lo ms comn es no tener _chteau_, ni algo que remotamente se le asemeje, ni en la Pennsula ni en la vasta extensin del continente europeo; pero esta falta se suple o se disimula si poseemos una casa de campo, una casera o un cortijo, lo cual, hablando en francs, puede calificarse de _chteau_, sin gran escrpulo de conciencia. Todava, sin embargo, ocurre muy a menudo que la familia elegante, o con humos de elegante, carece de hogar de donde los humos procedan; esto es, no tiene ni siquiera cortijo. Si le tiene algn amigo o pariente, la familia puede aprovecharse de la amistad o del parentesco. Si de ningn modo hay ni cortijo, se suprime la parte meramente rstica y se limita el veraneo a la parte hidroptica, dulce, salada o ambas cosas. Quiere esto significar que, no habiendo _chteau_ ni cortijo donde pasar un mes, se emplea todo el tiempo en los baos, aunque nadie de la familia se bae nunca. Basta tomar las aguas por inhalacin, respirando, pongo por caso, las brisas del Atlntico en el mencionado Biarritz, en San Juan de Luz, en San Sebastin, en Santander o en Deva. Por ltimo, si el afn de eclipsarse en estos meses de calor atribula demasiado, y la bolsa se halla tan escurrida, que no hay ni para ir a baarse o a ver la mar en Motrico, se va el elegante, o la familia elegante, a cualquier lugar de la Mancha, donde a veces lo llano y escueto, y sin rboles ni matas del terreno, imita la mar, y los cigarrones, los cangrejos y peces, y all se est tomando el fresco a todo su sabor, hasta que ya es la poca y sazn oportuna de volver a Madrid sin infringir las leyes y liturgias del buen tono. Hay familias, pero yo apenas lo quiero creer, de quienes se asegura que, por no infringir dichas leyes y liturgias, hacen como que se van de viaje, y con discreto y econmico disimulo se quedan aqu, en reclusin seversima, sufriendo este linaje de martirio, para tener propicia a la deidad a quien rinden culto, que es la Moda. Sea como sea, ya de veras, ya valindose de tretas y de recursos algo sofsticos, ello es el caso que en los meses de julio, agosto y septiembre apenas queda en Madrid persona conocida. Las personas que quedan, se dice en estilo culto, que no son conocidas, para dar a entender que no son de la crema de la sociedad; de la flor y la nata. Por lo dems, harto conocidas suelen ser de los que se han ido, no pocos de los cuales, cabe en los lmites de lo verosmil, y a veces de lo probable, que les deban el dinero con que se fueron, o el calzado o la vestidura con que se engalanarn en los baos. Tranquilicmonos, no obstante, y no compadezcamos a las personas _no conocidas_ que fiaron o prestaron. Ya lo cobrarn, como es justo, incluyendo en el cobro todo lucro cesante y todo dao emergente. En suma, y sin meternos en ms averiguaciones ni en honduras econmicas o crematsticas, Madrid en verano se queda sin su aristocracia; se queda como acfalo; se queda como jardn sin sus ms bellas flores; se queda como haza segada: parece un barbecho de distincin y de finura. Yo lo siento y lo extrao. Madrid, desde que vino el Lozoya, ha ganado mucho, y no merece este abandono general cuando no es verdaderamente necesario tomar aguas o visitar la heredad o hacienda propia, o cuando no se posee bastante dinero para viajar por esos mundos como un nababo. Aqu, en verano, digan lo que quieran los que no piensan como nosotros, no hace ms calor que en Biarritz o en San Sebastin; aqu, en verano, hay no pocas diversiones, ms o menos inocentes, y no se emplea mal la vida. Arderus y sus bufos son baratos y entretenidos. En qu aguas se encontrar un teatro como el de Arderus? Es cierto que, desde hace poco, nos ha entrado un furor de moralidad, un pdico rubor, que todo lo condena y de todo se solevanta. Crticos y moralistas han levantado una cruzada contra los bufos. Pero los bufos seguirn triunfantes, a pesar de todas las disertaciones morales que contra ellos se fulminen. Les suceder lo mismo que a los toros. Hasta se puede sostener que los bufos son ms invencibles. Las razones que contra ellos se aducen son infinitamente menos fundadas. Sublime espectculo, sin duda, es ver a un mozo gallardo, sin ms defensa ni escudo que flotante velo rojo, vestido de seda, ms aderezado para fiesta o baile que para brava y terrible lucha, ponerse delante de irritada y poderosa fiera, llamarla a s y darle muerte pronta, cayendo sobre ella con el agudo acero. Si, por desgracia, fuere el lidiador quien en aquel instante muriese, su muerte, ya que no moral, tendr no poco de hermosa, y la compasin y el terror que causare estarn purificados por la belleza, de acuerdo con las reglas de la tragedia, escritas por el gran filsofo griego. Lo malo es que para llegar a este trance de la muerte tenemos que presenciar antes el brutal, largo y rudo suplicio del noble animal destinado a morir; tenemos que ver acribillada su piel con pinchos y garfios, que se quedan colgando, si no se los arrancan con las trdigas del pellejo; y tenemos que contemplar asimismo la inmunda crueldad con que son tratados los infelices jamelgos. Ellos sirven de diversin en las convulsiones y estertores de la agona; derraman por la arena su sangre y sus entraas; se pisan al andar el redao y los sueltos intestinos, y andan, no obstante, a fuerza de los espolazos del picador y en virtud de los palos que sacude en sus descarnados lomos un fiero ganapn, quien innoble y grotescamente va por detrs dando aquella paliza, a fin de aumentar el dolor y sacar del dolor un resto de movimiento y de energa en un ser moribundo, que, si no tiene pensamiento, tiene nervios y siente como nosotros. Con escenas tales no debiera haber tan duro corazn que a piedad no se moviese, ni sujeto de gusto artstico y de alguna elegancia de costumbres que no las repugnase por lo groseras y villanas, ni estmago de bronce que no sintiese todos los efectos del mareo. En resolucin: la muerte del toro es bella, si el matador atina y no pasa de dar dos o tres estocadas; pero, francamente (hablo con sinceridad; yo no soy declamador ni aficionado a sentimentalismos), lo que precede es abominable por cualquier lado que se mire. Repetimos, a pesar de todo, que los toros seguirn. Nosotros mismos no nos atrevemos a pedir que se supriman, porque hay en ellos algo de potico y de nacional, que nos agrada. Nos contentaramos con ciertas reformas, si fueran posibles. Casi nos contentaramos con que no muriesen caballos de tan desastrada y fea muerte. En cuanto a los bufos, que, segn hemos dicho, tienen hoy ms enemigos que los toros, ni reforma ni nada pedimos. Nos parecen bien como son. Casi no comprendemos la causa de la censura que de ellos se hace. En primer lugar, los bufos son los bufos, y no son el sermn o el jubileo. La madre que anhele conservar el tesoro de candor que hay en el alma de su hija, y hasta acrecentarle, llvela a cualquiera de las muchas iglesias que contiene Madrid, y no la lleve a or las zarzuelas. Vayan slo a los bufos, si tan malos son, los hombres curados de espanto, y aquellas mujeres, que no faltan, curtidas ya en todo gnero de malicias, o bien las que son tan inocentes, que, si alguna malicia llegan a or, no aciertan a entenderla. Por otra parte, yo me atrevo a sostener que en la ms desvergonzada zarzuela bufa no hay la quinta parte de los chistes primaverales o verdosos que en muchas comedias de Tirso, que en muchos sainetes de don Ramn de la Cruz y que en muchas otras producciones dramticas de nuestro gran teatro clsico. El principal motivo de la censura contra los bufos procede de una curiosa mana que, desde hace pocos aos, se ha apoderado de las inteligencias ms sentenciosas. Los bufos vinieron de Pars; en los bufos suele bailarse el cancn; los bufos gustan en Francia; Francia ha sido vencida por Alemania en la ltima guerra; luego los bufos, enervando y corrompiendo a la nacin, han tenido la culpa de la derrota. Esto se ha dicho ya en todos los tonos, y sobre esto se han escrito profundas disertaciones. A nadie, con todo, se le ha ocurrido declarar que en Alemania agradan los bufos ms an que en Francia; que en Alemania se pirran los hombres por el cancn, y que los que han vencido a los franceses no salan de zurrarse con unas disciplinas, sino de ver bailar el cancn o de bailarle cuando los vencieron. En cuanto a que los bufos corrompen o tiran a corromper el buen gusto literario, an es ms infundada la acusacin. Pues qu, la msica, mala o buena, es incompatible con la discrecin, con el sentido comn, con el ingenio, con la gracia urbana y con otros requisitos y excelencias de que va o pudiera ir adornada una fbula dramtica? Si alguna fbula dramtica, de estas ligeras, regocijadas o bufas, carece de tales prendas, clpese singularmente al autor y a su obra, y no al gnero todo y a todos los autores. Tiene ms el pblico que silbarla? Y si el pblico no la silba, sino que la aplaude, y la zarzuela es tonta, esto probar la bondad del pblico. Denle algo menos tonto y lo aplaudir ms. Y cuando no se da algo menos tonto, crean los crticos que es porque no hay nada menos tonto. Si lo hubiera, se dara. Lo que acabamos de decir parece una perogrullada; pero reflexinese bien y se ver que no lo es. El autor de zarzuelas es siempre autor dramtico. Si escribe malas zarzuelas, peores dramas escribir. El discurso del crtico que condena la zarzuela, despojado de tiquismiquis, es ste: Tu zarzuela es tonta y chabacana: escribe dramas y no escribas zarzuelas. A lo que modestamente pudiera contestar el autor: Si escribiendo zarzuelas, que son ms fciles y tienen menos pretensiones, lo hago mal, qu har si me pongo a escribir dramas? La zarzuela, adems, es una cosa, y otra cosa es un buen drama o una buena comedia, y no se opone el que se escriban zarzuelas a que salgan a relucir nuevos Lopes y Calderones que escriban dramas magnficos. Veo que me voy muy lejos con mi digresin. Volvamos al asunto de que quiero tratar aqu. Deca yo que, en verano, aunque se van de Madrid las personas ms elegantes, Madrid queda bastante animado y divertido. El centro de la animacin, el principal hechizo de Madrid en verano, est en los Jardines del Buen Retiro, de nueve a doce de la noche. La historia que voy a referir empez all, hoy hace justamente cuatro aos, a 9 de agosto de 1873. II Era noche de grande entrada. All estaban casi todos los jvenes periodistas, empleados y poetas; cuanta _cursi_ hay en Madrid, esto es, todas las seoras y seoritas de poqusimo dinero que aspiran a ser notadas o conocidas en la buena sociedad, o dgase en la sociedad de ms dinero, por mala que sea; muchas familias honradas de la clase media, sin otras aspiraciones que las de aspirar el aire fresco y distraerse un poco oyendo la msica; las _suripantas_ o _hetairas_ de todos los grados y categoras, con tal de haberse encontrado poseedoras de una peseta a la hora de entrar; multitud de hombres polticos notables de los quince o veinte partidos que hay en Espaa; un centenar de generales; no pocos diputados, senadores y ministros, y, por ltimo, aquella parte del _beau monde_ que aun no haba salido a veranear, que prometa salir, o que se hallaba tan segura de su crdito de pudiente, que no tema comprometerle pasando en Madrid un verano. Todo este pblico, o estaba sentado en sillas y bancos, formando corros, murmurando, politiqueando, coqueteando o enamorndose, o giraba en torno del quiosco, desde donde sonaba la msica, dando vueltas y vueltas, aunque sea prfida comparacin, como mulos de noria. El jardn, como nadie ignora, es muy bonito, y por la noche, iluminado con luces de gas veladas por globos de cristal blanco y opaco, parece mayor. Aquella iluminacin presta a los rboles y a la verde hierba y a las flores cierta vaguedad y hermosura. La animacin y el bullicio dan al conjunto superior agrado. Las mujeres, cuando no las ciega la vanidad o el prurito de distinguirse, van por lo comn bien vestidas. De cada veinte se puede afirmar que una, a lo ms, y no es mucho, suele encomendarse al diablo para que la vista y la peine, por donde aparece en los Jardines hecha una tarasca; pero las otras diez y nueve van como Dios manda; unas de mantilla, otras de sombrero, y no pocas son muy guapas, sea como sea lo que lleven. Lo nico que, en general, pudiera censurarse aquella noche, y puede censurarse an en el traje de las mujeres, es lo largo de las colas. Para ir a pie a los Jardines, y, aunque se vaya en coche, para pasear luego a pie, es fesimo y sucio todo aquel aditamento de enagua blanca y de vestido que va arrastrando, llenndose de polvo, levantndole y esparcindole en el aire, y barriendo, por ltimo, cuanta inmundicia encuentra al paso. La cola no est bien sino para andar sobre limpias y mullidas alfombras, o sobre mrmol bruido y lustroso, o sobre preciosas y pulidas maderas, incrustadas en forma de primoroso mosaico. Para andar por las calles o por el campo, donde suele haber lodo y quin sabe cuntas cosas peores, toda mujer de gusto debe prescindir de la cola. Algunas, aunque son las menos, prescinden ya. En la noche a que nos referimos iba declamando contra las colas un caballerito, como de veintiocho aos, recin llegado de Alemania y de Francia, y de lo ms elegante, atrevido y alegre que puede imaginarse. Rodebanle, e involuntariamente le admiraban y le rean las gracias, otros cinco jvenes de lo ms atildado y encopetado de Madrid. Nuestro declamador haba venido tan extemporneamente para un negocio de su casa. Pensaba pasar en Madrid tres o cuatro semanas a lo ms e irse a Biarritz en septiembre. Tena fama de calavera, pero no de los calaveras vctimas y explotados, ni tampoco de los verdugos y explotadores. Aunque generoso, no sola prestar a los que se llaman amigos ni haba tomado prestado de los usureros, y saba contenerse cuando jugaba y perda, y no se dejaba saquear de sus administradores, y llevaba en la memoria todas sus fincas, rentas y productos, y miraba por todo, y cuando daba era con su cuenta y razn, y sin cegarse nunca por vanidad o por afecto. Este caballerito posea ms de 15.000 duros al ao; era soltero, andaluz, no tena una sola deuda, y llevaba el ttulo de Conde de Alhedn el Alto. Jams haba querido estudiar ni seguir carrera ninguna. Era, sin embargo, curioso y despejado; haba ledo muchas novelas y libros populares y amenos de toda clase de ciencias; y con esto, y con el trato del mundo, y los viajes por lo mejor de Europa, haba llegado a tener un espritu bastante cultivado y que lo comprenda todo, si bien someramente. Detestaba la poltica. Abominaba de los peridicos. Jams tomaba uno en la mano sino para leer anuncios. Los acontecimientos pblicos contemporneos le fastidiaban, y no quera enterarse de ellos. Hallaba mil veces ms poticas las historias antiguas que las modernas, y le interesaba mucho ms la cada de Sardanpalo que la de Napolen III, y las fabulosas conquistas de Osiris que las del primer Napolen. No haba querido decidir consigo mismo si era realista o republicano, liberal o no liberal, partidario de esta Constitucin o de aquella. En religin y en filosofa era menos perezoso; pero, si en poltica era indiferente, en esto otro era vacilante. En aqullo, poco le importaba no resolverse; en sto, a pesar suyo, no se resolva. Por lo dems, en cuanto tena que hacer con lo prctico de su vida y de su conducta, el Conde de Alhedn tena una filosofa propia, una doctrina determinada, una coleccin de principios que le servan de pauta y de norma para su conducta. Rstame decir que este hroe, que pongo en campaa, era de mediana estatura, airoso, fuerte y gil. Tiraba al florete como pocos, y con una pistola en la mano casi nadie se le adelantaba. Gran jinete y buen cazador, jams haba presumido de torero. A lo que s tuvo aficin, durante dos o tres aos de su juventud ms temprana, fu a imitar a Leotard, y con tan buen xito, que volaba por los aires, en los combinados trapecios, como si fuera brujo. No lo era, sin embargo, sino un lindo muchacho, moreno, con hermosos ojos, pelinegro y de retorcidos bigotes y bien peinada y reluciente barba. Despus de haber disertado contra las colas refiri una serie de ancdotas ocurridas a l o a algn conocido suyo, en las tierras extraas de donde vena. Algunas de estas ancdotas eran de caza o de equitacin; las ms fueron de amores, hallando medio de divulgar sus triunfos y conquistas, que aparentaron creer o creyeron sus interlocutores, o mejor dicho, su auditorio, pues el Conde era de aquellos que, si bien hablan primorosamente, fatigan y ofenden a los menos sufridos, monopolizando el uso de la palabra y no consintiendo, como vulgarmente se dice, que nadie meta baza o cucharada sino ellos. A pesar de este monopolio no se ha de negar que el Conde era divertido en su conversacin. Hablando, encantaba o deslumbraba. Narraba como pocos, y con tal arte, que l mismo se crea la historia, aunque fuese mentira, y el auditorio sola crersela tambin. Se dira que la imaginacin y la memoria eran en el Conde una sola y nica facultad del alma. Era petulante, pero con petulancia graciosa, jovial y dulce, que a nadie ofenda. Sus finos modales y su simptica figura contribuan mucho a producir tan buen efecto. Aquella noche le haba dado por denigrarlo todo. Recordando a las princesas rusas, a las ladies inglesas, a las condesas alemanas, a las francesas del Faubourg Saint-Germain, y hasta a las griegas fanariotas, que haba tratado con la mayor intimidad, iba sosteniendo que no valan un bledo todas las mujeres que se paseaban en aquel momento en los jardines. Apenas--deca--si de toda esta desdichada muchedumbre se podr entresacar media docena que merezca una declaracin de amor. Los amigos impugnaban tan cruel censura, y el Conde, para defenderse, sostena su opinin con gracia y desenfado. Conforme iba as disputando y paseando, advirti de pronto que delante de l paseaban dos mujeres, pequeitas ambas, esbeltas, jvenes al parecer, aunque slo de espaldas las vea, y que algo haban odo y seguan oyendo de su diatriba y de la disputa, porque de vez en cuando cuchicheaban y se rean, como si hicieran comentarios a la conversacin de los que venan detrs. No haba visto el Conde la cara de ninguna de aquellas dos mujeres. El traje de ellas nada tena de notable para ojos vulgares y profanos. La una vesta de ligera seda negra y la otra un traje obscuro de pobre percal; las dos iban de mantilla. Haba, no obstante, tal pulcritud y aseo en todo el ser y hasta en el ambiente que circundaba y envolva a aquellas mujeres, que, sin atinar con la explicacin, el Conde crey sentir como una corriente magntica, y se di a imaginar que aquellas dos mujeres iban impugnando su aserto, y que cualquiera de ellas se consideraba, con sobrada razn, un argumento vivo, fortsimo e irresistible, contra sus fatuas afirmaciones. Advirti el Conde adems que ambas tenan bonito cuerpo y movimientos airosos sin afectacin, y que llevaban la falda bastante recogida para que no se manchase o empolvase torpemente en la arena y para que se pudiesen columbrar de vez en cuando sus pies menudos, afilados, altos de torso y calzados con esmero de graciosos botincillos. El deseo de verles la cara se hizo sentir en seguida en el nimo del Conde; pero ellas, quiz sospechando aquel deseo, no volvan la cara, puede que a fin de contrariarle y de hacerle ms vivo. El Conde tuvo que caminar ms de prisa y pasar delante de ellas para mirarlas. Entonces vi con grato asombro que ambas eran lindsimas. En el rostro iban declarando que eran hermanas. Se parecan con ese parecido que llamamos aire de familia, y eran, con todo, muy diferentes. La mayor de edad y menor de estatura, la del traje de seda, era triguea, con ojos y pelo negros, labios colorados como una guinda y blanqusimos dientes, que mostraba riendo. La menor, la del vestido de percal, era ms alta; pareca tener cuatro o cinco aos menos que la otra, diez y ocho a lo ms; era blanca y rubia, y con ojos azules, y propiamente semejaba un ngel. No rea tanto como la mayor, y se mostraba ms seria y menos desenvuelta. Tena singular expresin de dulzura, serenidad y apacible contentamiento. Bien conoci el Conde que las para l desconocidas, ni eran de lo que llaman _la sociedad_, ni podan tampoco colocarse en ninguno de los grados de la jerarqua del _heterismo_. Su mirada penetrante y experimentada conoci en seguida que eran ambas de la clase media, o pobres, o muy modestas; que la morena deba de estar casada y que era soltera la rubia. Vi que nadie las acompaaba, y crey notar que estaban apuradas y como arrepentidas de haber venido solas y que, si por un lado les lisonjeaba el amor propio haber llamado la atencin de tan desdeoso galn, por otro andaban recelosas, casi consternadas de aquel pequeo triunfo. Entre los amigos del Conde los haba que se jactaban de conocer a todo Madrid, alto, bajo y mediano, con tal que perteneciesen las personas al sexo femenino. El Conde les pregunt quines eran aquellas muchachas. Todos las miraron, y todos dijeron que no las conocan. --Sern forasteras--aadi uno. --Sern recin llegadas a Madrid--dijo otro. --Deben de ser o malagueas o sevillanas--exclam un tercero. --Sevillanas son--repuso el Conde--. No me cabe la menor duda. Entonces hizo un pomposo elogio de las sevillanas en general con claras alusiones a las dos que iban delante y que por tales tena, y habl en voz mucho ms alta que la que haba empleado en la diatriba, a fin de que le oyesen ellas y sirviese su discurso como funcin de desagravios. Pero las damas parecan temer los encomios y no las stiras. No bien se oyeron encomiar apretaron el paso, y aprovechando un momento de confusin y bullicio, trataron de escabullirse. El Conde tena fija la vista en ellas. Sigui aquel movimiento; vi que se iban del jardn, y aprovechndose l tambin del bullicio, se separ de sus amigos, como si por acaso los perdiese, y tom la misma calle de rboles por donde vi que las dos jvenes se haban precipitado buscando la puerta del jardn. Ridculo le pareca que hombre tan corrido como l corriese entonces desalado en pos de dos pobres chicas. No se juzg conde aristocrtico y soberbio, sino estudiantillo novato o alfrez recin salido de la escuela. Mas, a pesar de sus juiciosas reflexiones, el Conde fu en pos de aquellas mujeres, y hasta form el propsito de hablarles en cuanto saliesen del jardn, a fin de que, en el caso de un sofin, que harto le mereca por su vulgar mala crianza, no le viesen sujetos que lo pudieran contar. Al salir del jardn vi el Conde a su lacayo, que iba a llamar al cochero para que se acercase con la victoria. --Ramn!--dijo el Conde--. Id a aguardarme a la puerta del Veloz-Club. A poco la victoria parti. El Conde sigui a pie a las dos mujeres. Dos o tres veces se acerc a ellas y quiso hablarlas. Las mir, se encar con ellas, casi las detuvo; pero hallaba tan feo, tan plebeyo, tan de mala educacin, abusar as de que iban solas dos mujeres, y perseguirlas y querer hablar con ellas, que se contuvo y no les habl. En medio de estas vacilaciones, las dos mujeres vieron pasar un coche vaco. Se apoderaron de l rpidamente, dieron la direccin al cochero, le pagaron adelantado y doble para que picase, y salieron como escapadas, subiendo por la calle de Alcal y entrando luego por la del Turco. El Conde quiso seguirlas, pero su coche haba ido a parar al Veloz, y coches de alquiler no parecan. Quedse, pues, nuestro hroe parado como un bobo a la altura de la fuente de la Cibeles y burlndose de s propio por la serie de tonteras y chiquilladas que acababa de hacer. Quin sabe si seran algunas costurerillas, algunas profesoras de primera enseanza que haban venido a oposiciones, o algo no menos _cursi_, aquellas dos que le haban hecho hacer lo que no hizo jams ni por reinas y emperatrices? III El Conde de Alhedn se guard muy bien de contar en el Veloz-Club su conato frustrado de persecucin y el desdn con que le haban tratado las dos desconocidas. Ya volvern a los Jardines del Buen Retiro--deca para s--; ya las encontrar por ah maana o pasado. Ellas volvern. No despertemos la codicia de los amigos con desmedidas alabanzas. Dios sabe cuntos se empearan en la conquista, y me seran estorbo, aunque no me vencieran. Yo no estoy enamorado de ninguna de las dos. Jams he credo en pasiones repentinas. Pero mi curiosidad es extraordinaria. Cada una por su estilo es hermosa y est llena de no aprendida elegancia. No s por cul decidirme, si por la rubia o por la morena. Esta misma indecisin aumenta mi deseo de volver a verlas. Lo que observe en la nueva vista me decidir o por la una o por la otra. Verdad es que en esta predileccin slo entra por algo el tiempo. Quiero pasar mi tiempo con ambas; pero es menester empezar por hacerme querer de una. Si no fuesen hermanas, si no anduviesen juntas, bien podra yo acometer a la vez las dos conquistas; pero estando como estn, conviene ir por su orden. Este soliloquio, hecho y repetido de mil formas, aunque en substancia el mismo siempre, ocup el pensamiento del Conde por espacio de dos das y dos noches. Hallbanle distrado sus compaeros. El se disculpaba, sin declarar el verdadero motivo de su distraccin. Entre tanto, ni en las calles, ni en los Jardines de noche, ni en parte alguna, volvi el Conde a ver a las dos beldades, por ms que las buscaba. Y eso que tena vista de lince y siempre iba con cuidado para que si pasaban cerca de l no se le escapasen. El Conde se crea dotado de prodigiosa sagacidad para averiguar misterios; para conocer las calidades de las personas slo por la pista o el rastro. Se juzgaba tan curtido y experto en lo que atae a la sociedad humana, como los antiguos sabios solitarios del Oriente se dice que lo eran en lo que depende de la madre naturaleza. Zadig haba comprendido y descrito todas las condiciones y circunstancias del caballo del Rey y de la perrita de la Reina con slo ver sus huellas estampadas en el suelo. El Conde, en su arte, no era menos que Zadig, y daba por seguro que l sabra decir quines eran las dos desconocidas por el mero hecho de haberlas visto un instante; pero no quera reflexionar, no quera interrogarse sobre este punto. Otra vanidad mayor que la vanidad de ser tan experto se lo impeda. La vanidad de creerse sobrado interesante para que aquellas mujeres, que le haban visto y que haban notado su persecucin, volviesen al cabo a buscarle, o arrepentidas del desvo primero, o no arrepentidas, sino siguiendo en los mismos propsitos, ya que la fuga, segn el Conde, haba estado muy en su lugar, so pena de haberse humillado ellas a pasar por harto fciles y livianas, prestndose desde el primer momento a dejarse acompaar por quien no conocan ni de nombre, slo porque haban reparado, sin duda, que era rico, titulado y tena coche. El Condesito no quiso, pues, molestarse ni con el pensamiento en buscar a sus dos beldades, porque estaba casi seguro de que ellas volveran a buscarle. Como no volvieron ni la siguiente noche ni la noche despus, el Condesito se sinti picado y hasta ofendido. En su fatuidad forj an varias hiptesis para explicarse, como involuntaria y muy a pesar de las desconocidas, su ausencia de los Jardines. Quin sabe?--pensaba el Conde--. Quiz el marido no las deje salir. Quiz tenga la casada algn chiquillo con sarampin. En fin, todo lo supona por no suponer que por su librrima voluntad dejaban de acudir las muchachas a una cita que, implcita, pero claramente, l, tan guapo, tan distinguido, tan ilustre, tan rico y tan seductor, les haba dado para los Jardines, no pudiendo entenderse ni ponerse desde luego en relaciones con ellas por no faltar a los respetos y consideraciones sociales. Con tan consoladores discursos el Conde domin a duras penas su impaciencia; acudi otras dos noches ms a los Jardines, y tampoco vi a las damas. Ya entonces resolvi emplear su sagacidad y su actividad para buscarlas. Si huyen, si se ocultan--dijo--, es porque me temen. Yo las buscar. Yo las encontrar. Justificado as el trabajo que en discurrir iba a tomarse, el Condesito discurri lo que en resumen vamos a exponer. Las desconocidas eran sevillanas. No podan ser malagueas, como presumi aquel ignorante. Confundir a una sevillana con una malaguea es un error tan craso en un galanteador andaluz, que debe saber de mujeres, como en un cazador confundir una codorniz con una trtola. Era tambin evidente que una era casada; entre otras razones, porque, de ser solteras ambas, no iran solas. La casada era la morena. En esto tampoco caba duda. Se conoca en tener ms edad y en otros indicios que, juntos todos, llegaban a la ms completa certidumbre. Con quin estaba casada la morena? Ambas eran forasteras: recin llegadas a Madrid, ya que nadie las conoca. No era probable que hubiesen venido a Madrid a divertirse, porque entonces el marido, labrador, hacendado, mercader o algo as, de alguna poblacin de Andaluca o de Sevilla misma, las hubiera acompaado, y l tambin se divertira y curioseara. El marido deba ser un hombre ocupado. Y qu ocupacin poda tener el marido en Madrid, sino la de un empleo del Gobierno? El Conde decidi, pues, que el marido era un empleado. Calcul, por ltimo, por el aire algo misterioso que tenan las desconocidas, por cierta inquietud que haba credo notar en ellas, que la noche que estuvieron en los Jardines haban venido sin previa licencia del marido, improvisando aquella excursin en un momento en que l faltaba de casa, salva la prudente lealtad de decrselo luego para que aprobase y legitimase el hecho consumado. Si toda esta suposicin era exacta, el marido trabajaba a veces de noche, lejos del hogar domstico. De noche se trabaja en muchas oficinas; pero en ninguna son tan frecuentes las largas veladas como en Gobernacin o en Hacienda. El marido estaba, por lo tanto, empleado en uno de estos dos Ministerios. Descubierto ya el enigma hasta dicho punto, faltaba saber el nombre del marido y dnde viva; pero esto era muy fcil. Antes de proceder a las convenientes investigaciones, ya que el nombre de una persona y el nmero y calle de una casa no pueden adivinarse por mero discurso, aunque se tenga un entendimiento agudsimo, el Conde, aficionado a ejercitar el suyo, pens tambin lo que sigue. La sociedad elegante es ms fcil, ms abierta en Madrid que en ninguna otra capital de Europa, hasta para las mujeres. Aqu no se le pregunta a nadie, antes de dejarle entrar, si es ms o menos noble de nacimiento, ms o menos rico. La dama ms encopetada no desdea por amiga, ni se avergenza de ir acompaada de las hijas o de la mujer de un empleadillo cualquiera, con tal de que por sus modales y facha no sean impresentables. La pobreza del vestido se perdona tambin, como no se haga notar por presumida extravagancia o por abominable mal gusto. No hay seora principal ni semi-principal que no acoja bien a la ms modesta provinciana, que conoci en el campo o en algunos baos o en alguna ciudad de provincia, y que no la llame prima y la trate como a pariente, si por acaso lo es. En Madrid--pensaba el Conde--falta ahora mucha gente por el verano, pero Madrid no se ha quedado desierto. Mis nias--que as las llamaba ya--son un primor de bonitas: son natural e ingnitamente distinguidas. Cmo es que no tienen amigas o parientes entre las personas que yo trato? Cmo es que, habiendo en Madrid tanta gente de Sevilla, o que ha estado en Sevilla, mis nias no conocen a nadie? En ninguna casa las he visto. Por qu viven tan aisladas? En la misma Sevilla han de haber vivido en el mayor aislamiento. De aqu infera el Conde que sus desconocidas, aunque sevillanas, haban vivido lejos del mundo, o por carcter tmido, o por excesiva pobreza, o por extravagancia del marido. Pasando luego del pensamiento a la accin, abandonando el mtodo especulativo y apelando al estudio y averiguacin de los hechos, el Conde, que tena en todas partes buenas relaciones, fu al jefe del personal del Ministerio de Hacienda y le pregunt por los nombres de los ms recientes empleados que en todas aquellas dependencias haba. La lista era larga, porque no haca mucho tiempo que haba habido cambios, renovacin y trasiego de empleados; pero no faltaba un oficial en el personal que tuviese algunas noticias biogrficas de todos los nuevos. Don Anacleto Prez, deca, por ejemplo, la lista.--De dnde ha venido ste?--preguntaba el Conde.--De la Corua--contestaba el oficial.--Es casado?--Es soltero.--Pues adelante--replicaba el Conde. As fu el oficial indicando varios nombres, hasta que dijo:--Don Braulio Gonzlez.--De dnde ha venido?--pregunt el Conde.--De Sevilla--contest el oficial.--Es casado?--volvi a preguntar el Conde.--Es ms que casado--dijo el oficial--: podemos calificarle de bgamo, porque, a ms de su mujer, que es muy guapa, tiene consigo a su cuada, ms guapa an, si cabe, y rubia como unas candelas.--Ese es el que yo busco--dijo el Conde. Luego recomend de nuevo, pues ya antes lo haba hecho al jefe del personal, el sigilo respecto a su investigacin. Por el oficial supo el Conde asimismo que don Braulio no haca ms que un mes que estaba en Madrid; que disfrutaba un sueldo de 3.000 pesetas, menos el descuento; que tena fama de excelente empleado; que la iba justificando con trabajos que el mismo Ministro le encomendaba; que era un hombre de cuarenta y cinco a cincuenta aos de edad, aunque pareca ms viejo, porque estaba bastante calvo y muy achacoso; que slo llevaba tres aos de matrimonio; que no tena hijos; que su mujer, doa Beatriz, y la hermana de su mujer, llamada Inesita, eran de un lugar de la provincia de Crdoba, donde l haba estado de Administrador de Rentas; que poco despus de la boda le haban trasladado a Sevilla con ascenso; que en Sevilla l y su familia haban vivido muy apartados del trato de las gentes; que ahora vivan en la calle del Olivo, en el piso tercero de una casa cuyo nmero tambin le di, y que eran todos tan hurones, que apenas se trataban en Madrid con alma viviente. Enterado el Conde de todo, volvi a sus meditaciones y clculos. Haba dado el primer paso; pero era menester dar el segundo. Saba ya con quin tena que habrselas; pero esto de nada serva si no lograba con tino ponerse en comunicacin con don Braulio y su familia. El Conde distaba infinito de ser un atolondrado. Si bien no le arredraba ningn peligro; si bien no le dola tener que aventurar la piel, tema siempre dar un golpe en vago, hacer alguna cosa que pudiera ponerle en situacin desairada y ridcula. De esto tena ms miedo, no ya que de una espada desnuda, sino que de quince ametralladoras que fuesen a dispararse contra l. Dada esta su natural condicin, las dificultades no eran pequeas. Cmo hacerse presentar en una casa donde nadie de su clase, y quiz nadie tampoco de otra clase cualquiera, entraba de visita? Qu pretexto alegar para encajarse de patitas en la morada de aquella pobre gente? La presentacin es el medio ms correcto de conocer y tratar a las personas; pero el Conde no se senta con la desvergenza suficiente para ser all presentado. Escribira un billete amoroso a fin de entrar en relaciones? Sobre cartas de este gnero, su uso, utilidad, inconvenientes y ventajas, el Conde, que, segn hemos dicho ya, era muy circunspecto y arreglado, tena formuladas sus leyes y hechas sus consideraciones, a las que procuraba ajustar siempre su conducta. Escribir de amor a las mujeres le pareca un excelente recurso. Casi todas dan ms solemnidad e importancia a lo que se les escribe que a lo que se les habla. Muchas cosas, de que se ofenden o sonrojan si las oyen, las pesan y las meditan, y se deleitan en ellas con amorosa delectacin cuando las leen. Si contestan de palabra a un galn que de palabra las pretende, les es fcil esquivar las cuestiones graves, tomndolo todo a risa. Lo escrito infunde o impone, por el contrario, casi inevitable seriedad. Contestar de palabra, dejar entrever de palabra algn tomo, rayo o vislumbre de esperanza, apenas compromete. La palabra es vaga, punto menos que espiritual; pasa por el aire y penetra en el odo sin dejar el menor rastro. Hasta en la memoria se borra y queda confusa. Tal vez su mayor valer, su ms substancial significado no est en ella misma, sino en el acento con que se pronunci, en el gesto fugitivo de que fu acompaada, en el mirar suave y rpido, en un relmpago instantneo de los ojos, cuando la palabra brot de los labios. En lo escrito no hay nada de esto. En lo escrito, ni el gesto, ni la mirada, ni la voz pueden modificar palabra alguna y darle un valor momentneo que en s no tenga. Aunque no sea mas que por esto, escribir es comprometidsimo para las mujeres. La mana de escribir es, con todo, epidmica en el da, y, como son raras las mujeres que escriben para el pblico, cuando presumen de discretas o lo son y alguien les escribe, sienten las ms un invencible prurito de contestar, aunque slo sea para lucirse. Una vez puestas en este resbaladero es muy factible que se deslicen. El mismo sujeto a quien contestan se magnifica y hermosea en la imaginacin, por poco que en realidad se le estime, gracias a que no se halla presente. El temor del peligro es mayor escribiendo que hablando; pero tambin el rubor, la timidez, el recato ceden a veces con ms facilidad estando a solas y cara a cara con el papel que cara a cara con un hombre, y quiz rodeada la mujer de personas curiosas y que se supone que sern maldicientes. As escriben muchas; sueltan prendas que permanecen, y se ven al cabo comprometidas. Si hubiera estadstica de los enredos amorosos, tal vez ms de la mitad de ellos se vera que haban nacido del prurito de escribir que tienen las mujeres. Todo esto lo saba y pensaba el Conde; pero pensaba asimismo que un hombre prudente y discreto, que no quiere hacer una cadetada, se compromete en cierto modo y se expone a burlas, risas y desaires si se adelanta a escribir antes de que llegue cierto perodo; antes de que se presente la ocasin oportuna; antes de haber pasado por ciertos trmites; antes de tener, por lo menos, ciertos indicios racionales de que ser bien recibida la primera carta. Y como ni la casada ni la soltera, ni con sonrisas, ni con miradas, ni recibiendo de dulce modo indescriptible, aunque inequvoco, las miradas y las sonrisas de l, haban dado motivo a que l considerase que la una o la otra, o ambas, estaban ya, predispuestas a recibir la carta, crea una absurda temeridad escribirles: lo miraba como un acto de delirio estudiantil, como un arrebato de hortera o de mozo de caf, que en un Conde tan discreto, atildado y hbil como l; que en un hombre de mundo, conocido en todos los salones de Europa, casi no tena perdn ni disculpa. Por lo pronto, sin embargo, no se le ocurra otra ms ingeniosa manera de entrar en comunicacin con las de don Braulio Gonzlez. Pero a cul de ellas escribira? A la seora o a la seorita? Una y otra resolucin estaban erizadas de gravsimos inconvenientes. Ninguna de las dos mujeres, valindonos de una expresin vulgar, le haba dado pie para nada. Ni le haban excitado, ni le haban animado mirndole, ni le haban sonredo, ni se haban mostrado enojadas cuando las sigui, cuando casi las detuvo, cuando descaradamente se qued mirndolas. La ms glacial indiferencia haba aparecido en ambas mujeres. Haban estado tan dignas, tan severas, tan naturales, tan sin espantos o alharacas de hembra vulgar que es honrada o presume de serlo, como si hubieran sido dos duquesas o princesas que hubieran tenido el capricho de salir de noche a recorrer las calles y se hubiesen visto perseguidas, durante algunos minutos, por un lacayo mal criado y bastante vano para creerse seductor. El Conde, a pesar de todo, quiz porque as fuese, quiz porque el amor propio le engaaba, haba credo notar, en gestos imperceptibles, en el ademn, en algo que apenas se haba podido ver y que apenas se poda apreciar ni evaluar sino por un entendimiento tan sutil como el suyo y tan perito en las aventuras amorosas, que la casada se le haba mostrado menos indiferente y ms propicia; que se adivinaba en su cara el contentamiento, la vanidad satisfecha de verse seguida por un joven tan principal y tan gallardo, y hasta que le mir una o dos veces de soslayo y con disimulo, con curiosa simpata. Escribira, pues, a la casada? Pero qu derecho tena para ello? Qu le iba a decir? Y si el marido era celoso y coga la carta? No se expona desde el principio a imposibilitar o dificultar as grandemente para lo futuro el buen xito de su aventura? El Conde desisti, por consiguiente, de escribir a la casada. La soltera le pareca ms bonita y ms distinguida; pero estaba enojadsimo contra ella. All s que no se forjaba ilusiones: all s que no le caba la menor duda. Inesita no haba hecho ms caso de l que de un perro callejero. No acertando a explicarse aquella serenidad olmpica, aquel suave endiosamiento, que por extraa contraposicin se conciliaba con la humildad y la modestia, el Conde se daba a sospechar si Inesita sera idiota; pero recordaba sus ojos, su airoso modo de andar y la expresin inteligente de su hermosa cara, y tena que confesarse que, o l no saba lo que eran mujeres, o Inesita era de lo ms discreto que haba nacido de madre. Cmo, pues, escribir a Inesita? Esto era ms difcil que escribir a doa Beatriz. No incurramos aqu en la necia hipocresa de suponer, cuando se escribe una historia, que la sociedad tiene una moral muy superior a la que realmente tiene. Digamos las cosas como son. Es singular, es poco lgico, es absurdo, pero ocurre lo siguiente. Est tan en los usos y costumbres que cualquier caballero diga su atrevido pensamiento a una mujer casada, que sta se ofender rara vez. Por virtuosa que sea, se limitar a rechazar o a desengaar con dulzura al pretendiente. No se dar por ofendida, cuando en realidad le han propuesto la infraccin de una ley moral, civil y religiosa, su deshonra y la de su casa, y tal vez la vileza de un hurto de bienes materiales, si llega a tener un hijo. En cambio, apenas habr soltera, como no est completamente perdida, que no se considere injuriada si le piden amor sin presuponer matrimonio de un modo explcito o implcito; y, en realidad, la falta a que entonces se inducira a la soltera sera mucho menor que la que se pretenda de la casada. La soltera, libre, no engaara a su marido, no faltara a ninguna promesa, no se expondra a dar a nadie por heredero legtimo a aquel que no debiese serlo. Esto es exacto. No hay argumento que pueda valer en contra. Y con todo, apenas habr seductor, por brutal, irreverente y desaforado que sea, que ose pretender a una soltera, sin proponer _la buena fin_: y apenas hay Tenorio, por enclenque, canijo y fehuelo que Dios o el diablo le hayan hecho, que no tiente el vado, se declare con desenfadada audacia y se atreva a pretenderlo todo de una mujer casada. Nuestro hroe, sin meterse en filosofar sobre lo dicho, lo tena ms que sabido. As es que, por esta consideracin, aunque no atendiese a otras, hallaba ms difcil escribir a Inesita que a doa Beatriz. Escribir a doa Beatriz, como casada, el uso, la prctica, la jurisprudencia establecida, lo consenta sin que pasase por injuria. Escribir a Inesita, en cambio, no poda ser sin menospreciarla y vejarla cruelmente, como el Conde no dijera o diese lugar a que se sobreentendiera que aspiraba a casarse con ella. Ahora bien; el Conde ni estaba enamorado, ni pensaba en casarse con nadie, ni mucho menos con Inesita: slo aspiraba a pasar el rato; pero el Conde tena tambin su moral, y no haba rato, por bueno que fuese, que mereciera que l se rebajase hasta mentir y engaar a una pobre chica, hacindola creer que podra casarse con ella. As, pues, el Conde desisti de escribir a doa Beatriz por razones de prudencia y estrategia amatoria, y desisti de escribir a Inesita por ms delicadas consideraciones. Mas no por eso desisti de conocerlas y tratarlas a las dos. Dejmosle cavilando y discurriendo el medio ms atinado de lograrlo, y adelantmonos nosotros, penetrando invisibles en casa de nuestras heronas y conocindolas antes que el Conde. IV El crtico ms hbil y atinado, quiz, entre cuantos hay en Espaa me ha hecho ya dos o tres veces, al juzgar otras novelas mas, un favor y un disfavor que no creo merecer; pero si los merezco, esta vez, lejos de enmendarme, incurro ms de lleno que nunca en su censura, que por otra parte me lisonjea. Supone el crtico que mis personajes todos son yo, con lo cual hace de m un Proteo, pues harto diversos caracteres he retratado; y supone adems que todos hablan, como yo en igual situacin hablara, con erudicin, discretas sutilezas y espritu filosfico impropios de su condicin humilde y hasta de su sexo, ya que a menudo _mis mujeres se pasan de listas_. En la presente historia, donde, segn el ttulo lo indica, los ms importantes personajes, cada uno por su estilo, van a pasarse de listos, pecar, sin poderlo remediar, contra lo que el crtico quiere. La culpa, si la hay, porque me resisto a declararme culpado, est en la eleccin del asunto. Ya elegido, no tengo ms recurso que hacer a mis hroes, conservando a cada uno su ndole, sus pasiones y su singular fisonoma, todo lo ms discretos, sutiles y listos que yo sepa y pueda, porque tal ha de ser el defecto mayor de todos ellos, y sobre todos ellos, del protagonista de la historia. Hago aqu esta declaracin para que doa Beatriz, a quien pronto oirn hablar mis lectores, no los coja desprevenidos. Doa Beatriz era listsima. No recuerdo en qu libro, tratado o epstola del Antiguo o del Nuevo Testamento, se dice que _el espritu sopla donde quiere_: sentencia con la cual basta y sobra para justificar la verosimilitud de que el espritu, ora sea divino, ora sea diablico, hubiese soplado y penetrado en el ser de una muchacha de veintids aos, que no tena ms doa Beatriz, nacida y criada en un lugar de la provincia de Crdoba. Hay tambin otra sentencia macarrnica, llena de verdad, que reza de este modo: _Quod natura non dat, Salamanca non proestad_, de la cual puede inferirse, segn buena lgica, que la madre naturaleza no ha menester de Salamanca, o dgase de hondos estudios y largo trato de mundo, para hacer muy sutiles y entendidos a aquellos a quienes gusta de favorecer, aun cuando sean mujeres, y mujeres de lugar. En este nmero se contaba doa Beatriz, la cual, sobre su innato despejo, si bien no haba cursado en ninguna universidad, tena cierto saber adquirido en la conversacin frecuente de su marido don Braulio, quien gozaba fama de sujeto muy ilustrado, aunque slo tuviese 3.000 pesetas anuales de sueldo. Doa Beatriz e Inesita, hurfanas de padre y madre desde la niez, haban estado bajo la tutela y criadas en casa del cura del pueblo. No eran enteramente pobres. Tenan algunas finquillas, que venan a producir, bien administradas, unos 4.000 reales de renta para cada una. Con esto era difcil que en el pueblo, a no infundir una violenta pasin, se casase ninguna de ellas con los hidalgos o seores ricos; y como ambas eran muchachas finas, seoritas verdaderas, no era probable que se hubieran querido casar con ningn arriero palurdo o con ningn labrador rstico e ignorante. El padre cura recel, aunque tarde, que haba educado a sus pupilas mal de puro bien, y que, de resultas de su esmerada educacin, iban a quedarse para vestir imgenes. Por fortuna no sucedi as. El Administrador de Rentas, don Braulio, trat a doa Beatriz, y la hall tan bonita y discreta que se enamor de ella. Ella pens haber hallado en don Braulio un hombre que, aunque viejo, poda enamorar por su talento y por otras nobles prendas del alma, y enamorados, o persuadidos de que lo estaban, se casaron, despus de un noviazgo corto. El cura tutor, que era muy anciano, muri pocos meses despus de este casamiento. Nada absolutamente dej a sus pupilas. De una hermana suya, viuda, tena el cura un sobrino, de edad de veintiocho aos, llamado Paco Ramrez. Este fu el universal heredero de su to, consistiendo el activo de la herencia en la casa con los muebles y libros, que valdra todo 40.000 reales, y el pasivo en varias deudas, que pasaban, tambin en reales, de 30.000. Paco Ramrez era un mozo muy guapo, y tan morigerado, econmico, activo y fecundo en recursos, que con 50.000 reales que su padre le haba dejado en dinero, empleando en cebada y en trigo, comprando mosto barato en tiempo de vendimia, hacindole vino potable en unas cuantas pipas que tena, vendindole luego por cargas a los arrieros, y, en suma, trapicheando de otras mil maneras, si bien todas lcitas, no slo mantena con holgura a su madre, sino que se vesta l hasta con majeza y elegancia, al uso del pueblo, e iba, poco a poco, aumentando el capital. Muchas veces haba pensado el cura en que su sobrino podra ser un buen marido para cualquiera de sus dos pupilas; pero, como no era un buen partido, call el cura su pensamiento y propsito, y jams hizo nada por realizarle. Paco, Beatriz e Inesita se queran como hermanos. Paco, que tena seis aos ms que la mayor de ellas, y diez ms que la segunda, lo cual en la primera edad parece enorme diferencia, les tena un cario que l calificaba de paternal. Ellas eran hijas del caballero ms ilustre del pueblo, por ms que hubiesen venido a tanta pobreza, y l, plebeyo, y archiplebeyo por todos cuatro costados, y con menos bienes de fortuna que las pupilas de su to, cmo haba de atreverse ni siquiera a imaginar que podra casarse con ninguna de las dos? As las cosas, se cas don Braulio con doa Beatriz, y a poco, como ya hemos dicho, muri el cura, que era excelente sujeto. Inesita, segn era natural, se fue a vivir con su hermana y cuado; los sigui a Sevilla, y despus los sigui a esta alegre capital de las Espaas. Desde que salieron del lugar dejaron encomendada a Paco la administracin de los bienes que en l tenan, con la seguridad de que nadie haba de administrarlos mejor. Paco, en efecto, respondi a aquella confianza. As es que en la poca en que comienza nuestra historia, cuando aparecen en el Buen Retiro nuestras dos heronas, tenan entre ambas algo ms de 8.000 reales al ao, que juntos a los 12.000 mal contados de don Braulio, sumaban una taleguita anual muy corrida y larga de talle. Aunque hacan vida retirada, como todo est caro, y se trataban bien, y se vestan con cierto lujo para su clase, renta y sueldo se consuman completamente, y gracias si no se hallaban a veces en apuros. Para salir de ellos, vivir con esplendidez y elevarse a mayor posicin en la jerarqua social, se presentaban dos caminos, iluminados por la esperanza, a la aguda consideracin de doa Beatriz, la cual cavilaba mucho sobre estas cosas desde que haba salido del lugar, ya casada. Doa Beatriz tena el concepto ms elevado de la inteligencia y del saber de su marido. Atribua su poco xito en el mundo a descuido, desprecio o desdn que don Braulio tena de todo lo prctico, a cierta falta de estmulo que notaba en su alma, y se inclinaba a creer que si ella estimulaba y aguijoneaba el alma de su marido, apartndola de vagos ensueos y de tericas distracciones, que a nada conducan, aun era posible que le viese de Ministro de Hacienda, o por lo menos de Director de Rentas Estancadas. El otro punto, que era como cimiento o piedra angular sobre la cual levantaba doa Beatriz el alczar de sus esperanzas ambiciosas, era la hermosura, el garbo y la distincin de su hermana Inesita. Doa Beatriz, casada ya con un hombre a quien veneraba y quera, y a quien era deudora de haber salido del lugar, donde se ahogaba, y de espaciarse por grandes ciudades, limitaba su misin para lograr el engrandecimiento a servir como de espuela a la reacia voluntad de su marido; pero en Inesita, soltera y libre y llena de atractivos, que ella sabra completar y hacer valer con su prudencia, vea doa Beatriz un filn intacto an, un minero riqusimo de todos los bienes, encumbramientos y prosperidades. Importa declarar, en honor de doa Beatriz, que al trazar en su imaginacin el proceso ascendente de uno y otro plan de ventura, ora valindose de don Braulio, ora de Inesita, jams se le ocurra poner en la composicin de su cuadro el menor toque pecaminoso. Nada de fulleras. Doa Beatriz quera jugar limpio. Don Braulio haba de ser personaje de primera magnitud sin mancharse las uas, e Inesita haba de ser condesa, marquesa, y quin sabe si duquesa, sin la menor liviandad y con todos los requisitos eclesisticos y civiles. El orgullo de doa Beatriz, su decoro aristocrtico, que le tena, aunque nacida en pobres paales, y sus creencias cristianas, vivas y fervorosas como de persona educada por un sacerdote de ejemplarsima virtud, repugnaban todo recurso que pudiera mancillar; pero su afn de elevarse y de elevar a su familia le sugera, a su ver, medios decentes y honrados por donde lograr riqueza, dignidades y distinciones, con facilidad y sin desdoro ni culpa. Doa Beatriz no descubra por completo sus planes y sus esperanzas a don Braulio y a Inesita. Tema asustarlos y que del susto saliesen la contradiccin y la oposicin. Cauta y astuta, soaba con atraer diestramente al uno y a la otra por los caminos que ella juzgaba conducentes al trmino a que aspiraba, y ya comprometidos y metidos en l, y cuando fuese muy difcil volver atrs, declarar ella su propsito y mostrarles el trmino, si no le vean. Con Inesita, sobre todo, que era sobrado potica e inexperta, proceda doa Beatriz con superior cautela y disimulo. Desde la noche que haban ido al Buen Retiro le haba hablado varias veces del gentil caballero que las haba seguido, pero sin descubrir jams todo su pensamiento. Doa Beatriz, por las frases que haba odo al Conde de Alhedn y a sus compaeros, por el coche que haba visto y por algunas noticias que despus haba recogido con habilidad, saba que el Conde era soltero, muy rico, muy noble, hurfano de padre, y con una madre que no tena ms voluntad que la suya. Ahora bien; qu imposibilidad habra en que el Conde se enamorase resueltamente de Inesita y se casase con ella? Ms desiguales casamientos se han visto y se ven todos los das. Con un poco de fortuna y con la rara discrecin de que doa Beatriz se juzgaba dotada, bien podra casar a Inesita con el Conde. Inesita era, como ya se ha dicho, una criatura adorable. Hasta su indiferencia, hasta su espritu, dormido a toda ambicin, podra contribuir al triunfo. Nada suele perjudicar tanto a otras muchachas, en esto de atrapar un buen casamiento, como el afn cndido y mal encubierto de atraparle. As, pues, doa Beatriz dejaba dormir a su hermana y no procuraba despertar su ambicin. Aquel sueo indiferente y sublime era un arma poderosa de que no convena desprenderse. Ella, sin decrselo hasta que llegase la ocasin oportuna, guiara a su hermana sin sacarla del potico sonambulismo. Sonmbula y todo, importaba, no obstante, que Inesita por s misma se moviese; y para ello doa Beatriz haba ya tocado, y aun pensaba tocar, cualquiera otro resorte de su alma menos el de la ambicin y la codicia. Con estos planes e intenciones, la noche del da en que el Conde supo en el Ministerio de Hacienda quines eran sus desconocidas, hablaban stas a solas en su pobre casa, mientras aguardaban a don Braulio, que estaba trabajando en la Secretara. --No te entiendo, Inesita--deca doa Beatriz, sentada en una butaca enfrente de su hermana--. Que yo no rabie, nada tiene de particular. Quiero bien a mi marido; mi deber y el fin de mi vida estriban en hacerle dichoso, y as nada tengo que buscar fuera de casa. Puedo vivir encerrada entre cuatro paredes sin desesperarme. Qu voy a hacer yo, a qu puedo aspirar yo fuera de aqu? Pero t, soltera, joven y tan bonita, es un prodigio que te resignes a este retiro y aislamiento en que vivimos. Braulio es muy bueno; sera un santo si fuera mejor cristiano; pero es un hurn y tiene sus caprichos. No quiere que volvamos solas a los Jardines. Y eso que ignora la persecucin de aquel Condesito. Yo deseo llevarte a los Jardines a ver si te distraes, porque me pareces melanclica; pero, qu le hemos de hacer? Solas no podemos ir con licencia de Braulio, ni menos an a escondidas. Dios me libre de oponerme a lo que l ordena. Adems sera fcil que lo supiese todo. No hay, pues, ms recurso que aguardar a que Braulio quiera y pueda acompaarnos. Pronto acabar su tarea extraordinaria y no tendr que ir de noche al Ministerio. Entre tanto no ir maana, que es domingo. Maana nos llevar. Yo lo conseguir. Te acomoda? --Yo no tengo impaciencia ninguna ni afn de divertirme--respondi Inesita--. Comprendo bien que Braulio no quiera que vayamos solas. Somos tan muchachas ambas!... Casi pareces t ms joven que yo. Nos exponemos a mil sustos... a que nos persigan... a que nos falten al respeto... como el libertino de la otra noche. --T exageras... el Conde de Alhedn no nos falt al respeto. El pobre nos sigui como un tonto... tuvo sus tentaciones de hablarnos, pero al cabo no se atrevi, e hizo bien. Hubiera sido una botaratada imperdonable en persona de tantas campanillas y tan corrido. La verdad es que se entusiasm demasiado para jactarse de tan hastiado, desdeoso e invulnerable. Hija ma, le diste flechazo. --Hermana--replic Inesita con la mayor sencillez y naturalidad--, no trates de lisonjear mi amor propio. No te creo. En todo caso fuiste t, y no yo, quien flech al Condesito: aunque, dejndonos de bromas, lo que debemos creer es que ni t ni yo le flechamos. Excitamos su curiosidad por lo mismo que nadie nos conoce. Como es un vago, quiso seguirnos para pasar el tiempo. Tal vez la causa de que nos siguiese no fu para nosotras lisonjera, sino ofensiva; tal vez, al vernos solas y tan jvenes, form de nosotras una idea... --Es posible... quiz al principio nos juzg mal; pero, no lo dudes, juicio tan aventurado y poco favorable fu pasajero. No se sigue a quien no se estima, como nos sigui el Conde. Aquellas vacilaciones, aquellos miramientos, aquella timidez en persona tan desenfadada y atrevida, nacen de respeto, y no de menosprecio. Adems, un hombre de mundo, entendido como es l, no poda caer sino por un breve instante en tan absurda alucinacin. Mrate en aquel espejo--y doa Beatriz sealaba uno que estaba colgado enfrente, adornando la sala--; sera menester ser un estpido para no comprender quin eres t; para pensar mal de ti al ver esa cara. Doa Beatriz di en ella a su hermana una docena de sonoros besos, alzndose de su asiento y abrazndola. --Qu buena y qu loca eres!--dijo Inesita. En seguida aadi: --Vamos, quiero dar por cierto que el Conde nos sigui con entusiasmo; pero el entusiasmo por qu haba de ser yo, y no t, quien le inspirase? Crees t que el Conde adivin que ests casada? --Indudable. No pudo creer de m otra cosa, al verme sola contigo y al tenernos por mujeres honradas. --Pero yo he odo decir que los libertinos persiguen ms a las casadas que a las solteras--prosigui Inesita con la terrible franqueza de su inocencia casi infantil. --No es regla general. Voy, sin embargo, a conceder que lo es. Todava afirmo que no hay regla sin excepcin, y que en este caso el Conde ha perseguido a la soltera. --Y por qu lo afirmas? --Porque lo he visto. --Yo no vi nada, porque no miraba. --Apruebo que no mirases. Ese recato, esa indiferencia tuya, picaron al Conde. Si llegas a mirarle te hubiera seguido, aunque ms audaz, con menos empeo. --Entonces t, que le miraste, ya que observaste tantas cosas, cmo no le hiciste formar run concepto de ti? --Porque las casadas, cuando no somos muy tontas, usamos diversos estilos de mirar, y yo le mir como deba. Inesita abri los ojos y la boca, como espantada, al or que haba diversos estilos de mirar. Doa Beatriz, sin desistir de su idea de que el candor de su hermana le daba ms precio, empez a reflexionar que, si este candor rayaba en ceguera, poda perjudicar a sus planes. Algo le pareci que convena ya, cuando no desatar la venda, aflojarla un poquito. Era tiempo de iniciar a Inesita en los ms sencillos misterios de este pcaro mundo. Movida por este pensamiento, aadi doa Beatriz: --S, hija ma, hay diversos estilos de mirar. --Est bien, hermana, ya me lo explico--contest Inesita--. Aunque soy bastante boba e ignorante de todo, porque en el pueblo me he pasado la vida cosiendo, jugando a las muecas, cuidando a nuestro anciano tutor y arreglando el altarito donde estaba San Antonio con el Nio Dios en los brazos, mientras que t leas, estudiabas y conversabas, todava se me alcanza que se mira de distintos modos: por ejemplo, con afecto y con indiferencia. --As es. --Lo que no comprendo es por qu las casadas saben de eso, y no saben de eso las solteras. --Porque las solteras no deben saberlo; porque si lo saben, deben aparentar que lo ignoran, y porque pierden mucho si miran con arte, a no ser tan maravilloso el arte con que miren, que ni el ms ladino le note. --Y dime, hermana, no pudiera ser que, sin reflexionarlo, y en virtud de ese instinto, ms inspirado y menos falible que la reflexin, mirase a veces una soltera boba tan bien o mejor que las ms hbiles casadas? --Todo es posible. El ingenio lo puede todo. Voy, no obstante, a indicarte los tres principales escollos en que puedes tropezar si te pones a mirar a los hombres. Primer escollo: que se te vayan los ojos tras de aquel a quien mires, lo cual es rendirte, entregarte como atada de pies y manos, hacer que se entibie el amor si ya le inspiras, o que burlen y profanen y escarnezcan tu amor si no te corresponden. Segundo escollo: que por timidez o desconfianza mires como asombrada y arisca, exponindote a pasar por boba o por sosa no sindolo. Y tercer escollo: que, poseedora de la ciencia del mirar y de las otras ciencias que la del mirar presupone, no atines a disimular y velar esta sabidura, y te acusen y zahieran de lagarta, de licurga, de desenvuelta y libre, y de harto sabida para soltera. --Me parece, Beatriz, que para evitar esos escollos lo mejor es dejarse llevar del impulso. --Ay, hija ma! No hay frase ms vaca de sentido. Segn Braulio, que lee muchos librotes en los ratos de ocio, lo menos lleva ya el gnero humano doce mil aos de civilizacin. Dnde habr ido a parar el legtimo y puro natural impulso, despus de tanto jaleo de creencias, leyes, doctrinas, costumbres, usos, modas y convenciones sociales? chale un galgo a tu natural impulso. Hazte salvaje, o bscale entre los salvajes si quieres tenerlo. Adems, que el natural impulso, el impulso meramente natural, es vicioso y malo. Extrao mucho que una joven, tan buena cristiana como t eres, se fe del natural impulso. Pues buena qued la naturaleza despus del pecado original, para que de ella nos fiemos. --Mujer, me equivoqu, me expliqu mal. Lo que yo quera decir era que deba dejarme llevar, para mirar, como para todo, de mis sentimientos cristianos, de ese natural impulso mo, modificado y depurado por la educacin moral y religiosa que, a Dios gracias, he recibido. --Pero ven ac, inocente! Qu trae la doctrina del Padre Ripalda sobre esos interesantsimos pormenores? No los previ y te dej a obscuras. Nuestro tutor, en los largos sermones que nos echaba, jams toc este punto. Cmo haban de calcular el Padre Ripalda ni nuestro tutor que ibas a pasearte en el Buen Retiro, y que ibas a ser perseguida por un Condesito, buen mozo, elegante, ilustre, con coche y con ms de 15.000 duros de renta? En este caso complicado intervienen mil elementos ajenos a la teologa moral. Y lo que es el coche, la elegancia, el condado, la renta de los 15.000, los conciertos del Buen Retiro y otra infinidad de circunstancias, nada tienen que ver con la naturaleza; estn por cima de ella; pueden y deben calificarse de _sobrenaturales_, ya que van aadidas y como sobrepuestas a lo natural por la cultura del siglo. La risa y el buen humor con que doa Beatriz deca todo esto desconcertaron un poco a Inesita. No saba si echarlo tambin a broma o replicar seriamente. Resolvise al fin por lo segundo, y dijo: --Hermana, sean naturales o _sobrenaturales_ las circunstancias, persisto en creer ms seguro que cualquier artificio y estudio esto que yo llamo mi impulso natural. La sinceridad y la franqueza son siempre lo que ms cuenta nos trae hasta por el lado prctico y til. Niego esa ciencia o ese arte de mirar. Para nada le necesito. Una doncella honrada y modesta debe mirar a todo galn como la buena crianza le aconseja, para no aparecer grosera, con el afecto general que siente o debe sentir por todo prjimo, y con la debida circunspeccin, para que el galn no interprete mal su benevolencia y se las prometa felices. Si el galn pasa de galn indiferente a galn amado, ya el amor inspirar a la doncella el conveniente modo de mirar a quien le enamora, sin que se canse en aprenderlo por arte. --Oye, Inesita--dijo doa Beatriz--; no te hablo de broma, sino con gran seriedad en el fondo. T tendras razn en lo que dices si no hubiese perodo de transicin entre el estar enamorada y no estarlo. T misma lo has dicho. _Si el galn pasa de indiferente a amado_. Pues bien; para este paso son las reglas y el arte. A quien te ame y sea correspondido de veras, mrale como quieras. El amor mismo te ensear el modo de mirarle; pero, hija ma, no se trata de eso; se trata de aquel a quien no amas an y que an no te ama. --A se le mirar como a prjimo. --Ah est tu error, Inesita. T no pones trmino medio entre el desamor y el amor. Ese salto s que es antinatural, peligroso e inverosmil. Nadie pasa, por fortuna, de la indiferencia al amor sin grados, trmites y trminos medios. Pues no faltaba ms! Hija, el amor viene poquito apoco. Desde la indiferencia, o mejor dicho, desde el afecto general a todo prjimo hasta ese exclusivo sentimiento que se llama amor, hay una escala gradual, que se va subiendo punto por punto, y que constituye el perodo del coqueteo. Sin tal coqueteo, sin irse encaramando por los grados o escalones de la precitada escala, nadie llega jams hasta el templo del verdadero amor, ni alcanza su gloria y sus favores regalados. --Cmo es eso? Conque yo no podr amar ni ser amada nunca sin coquetear antes? --No te niego la posibilidad; pero sera difcil, extraordinario. En novelas, en poesa slo, se ve, por ejemplo, a un seor que ve pasar por la calle a una dama, y pataplum..., de repente..., ctale muerto de amor por ella. Ella tambin le mira..., y adis reposo y juicio; sin saber si es un tunante o un hombre de bien, un tonto o un sabio, un rico o un pobre, ya la tenemos enamorada. Lo racional no es esto; lo racional es que las personas se traten, se hablen, se conozcan, se estimen, vayan aficionndose una a otra, hasta que al cabo se amen. Todo este perodo es lo que yo he llamado el coqueteo. Mira t si el coqueteo es necesario y til. Sin l no hay amor. Y si no ponte con una cara que despida huspedes, no hagas caso de nadie, no mires a nadie sino como a prjimo mientras no sientas amor, y el amor ni acudir jams a tu alma ni t le infundirs jams en otra alma humana. El coqueteo es, pues, un rito, un culto, una plegaria, una evocacin del amor para que venga. Digo todo esto a fin de que te dejes de gazmoeras y vayas siendo algo coqueta. Y como yo deseo que lo seas con distincin y suavidad, sin desafuero de ninguna clase, con la compostura y modestia que se requieren, y conservando ese maravilloso candor, ese aspecto de inocencia pursima que Dios ha puesto en tu ademn y en tu semblante, por eso te recomiendo el arte divino. --Y con ese arte, qu ganar? --Ganars que te amen. Vamos a un caso particular. Hablemos del Condesito de la otra noche. Bien s que no le amas. Demos gracias a Dios de que no te ha hecho tan inflamable que te pongas a amar a un hombre slo con verle de pasada. No es de presumir tampoco que l est perdidamente enamorado de ti. Tampoco los hombres se enamoran de sbito. Lo que s es probable, casi seguro, es que el Condesito te ha encontrado bella, airosa y elegante; ha imaginado que eres buena y que ests bien educada, en lo cual no se equivoca, y te admira y le atraen hacia ti curiosidad, simpata y otros vagos deseos y pensamientos. Te concedo, adems, que el Condesito, con su petulancia, que es mucha, se promete triunfos y victorias que no te hacen favor. Pues bien; todo esto es el fundamento de un coqueteo. Importa no espantar esas simpatas nacientes poniendo cara de baqueta; importa refrenar las esperanzas infundadas y atrevidas; es menester domar con el debido respeto todo irreverente propsito; y se debe, por ltimo, atraer al Condesito, a ver si te ama y t le amas. --Pero si yo no le amo. --Ya s que no le amas. No lo he dicho? Ni l te ama tampoco. Pero te amar nadie nunca ni t amars a nadie si sigues as? Cmo ha de acudir a ti el amor si le oseas cual si fuese pjaro de mal agero? Inesita casi se sinti vencida. Su hermana sigui haciendo tan sabias y profundas reflexiones, que la chica vino a alucinarse y a imaginar que el coqueteo, dentro de ciertos lmites, era un deber, al que estaba faltando. Inesita prometi, pues, seguir los consejos de su hermana hasta donde, sin violentarse, le fuera posible, y ser un poquito coqueta, con dignidad y con el arte que ira aprendiendo. Doa Beatriz di por cierto que a la noche siguiente, en el Buen Retiro, hallaran al Condesito, seran perseguidas por l y habra ocasin de que Inesita mostrase su aptitud, no probada an, para la coquetera. Segn doa Beatriz, todo el papel de Inesita en la noche siguiente deba limitarse a decir con los ojos, por estilo vago y claro sin embargo, con tal arte que pareciese la frase irreflexiva y espontnea, con impecable pureza y sencillez de intencin y sin prometer nada que pasase de amistad: Me es usted simptico, aunque deploro que sea usted un tanto cuanto fatuo. Me alegrar de tratar a usted, mas para ello quiero que sea usted menos presumido y ms comedido, y que se haga presentar como la buena sociedad exige y de modo que no choque. Inesita sostena que con los ojos era imposible enjaretar tan larga perorata. Doa Beatriz, por el contrario, aseguraba que con los ojos se deca todo sin dificultad alguna. En esta cuestin estaban, cuando llam a la puerta don Braulio, y entr luego en el cuarto, interrumpiendo a las dos hermanas. El hombre era segn se le haban descrito al Conde de Alhedn: flaco, calvo, pequeo de cuerpo, nada bonito; y, aunque slo tena cuarenta y cinco aos, pareca tener diez ms, porque el trabajo, los cuidados y los disgustos le haban envejecido. Estaba vestido con limpieza y sencillez. Su rostro moreno tena admirable expresin de bondad y de inteligencia. Sus ojos negros, nica cosa bella que haba en l, brillaban a cada mirada con luz viva y penetrante. Sus mejillas, hundidas, estaban surcadas de arrugas; pero en su boca, ms bien grande que pequea, haba firmeza y bro, y sus labios delgados se plegaban con gracia, prestando animacin a toda la fisonoma y dejando ver dos hileras de dientes blancos, sanos y bien puestos. La nariz de don Braulio, aunque no deforme, era un si es no es acaballada o de pico de loro. Don Braulio vena muy fatigado, y a las pocas palabras que habl con las mujeres pensaron todos en retirarse a dormir. La primera que sali de la sala fu doa Beatriz. Don Braulio qued un momento solo con Inesita. Acercse entonces a ella y le dijo en voz baja: --Ins, tengo que cumplir con una comisin que para ti me han dado. Toma esta carta, gurdala y lela con detencin y reposo. El que la escribe exige que no hables con nadie de la carta, sino conmigo si quieres. Hasta para tu hermana ha de ser un secreto. Lo entiendes? Hay adems otra condicin extraa. La contestacin que has de dar no se te admite hasta dentro de un mes, y se te suplica al mismo tiempo que no retardes el darla ms de cuatro meses. Don Braulio, dicho esto, puso la carta en manos de Inesita, y se fu por donde su mujer haba ido, sin aguardar a que Inesita leyese la carta o le hiciese alguna pregunta sobre ella. Pareca que don Braulio deseaba tambin que Inesita meditase con sosiego, antes de hablarle del importante negocio de que sin duda la carta trataba. V Apenas Inesita se qued sola mir el sobrescrito de la carta, y, sin emocin, casi sin curiosidad, al menos perceptible, iba a abrirla y a leerla, cuando apareci en escena un nuevo personaje, que hizo que la muchacha se guardase precipitadamente la carta en el bolsillo. Este nuevo personaje era el ama Teresa. Llambanla ama no porque jams lo hubiera sido de cra, sino porque haba sido ama de gobierno del seor Cura. Estaba ya ms cerca de los sesenta que de los cincuenta aos, y haba cuidado con grande esmero y cario de Beatriz y de Ins desde que ellas haban quedado hurfanas. A las dos las quera mucho; pero, como haba cuidado a Inesita desde ms nia, y como Inesita segua soltera, tena con ella mayor familiaridad y confianza. Por extraa alucinacin, ms frecuente de lo que se piensa, el ama, como si los aos hubieran pasado en balde o no hubieran pasado, no vea en Inesita a la mujer ya formada, sino a la nia pequeuela que haba mimado tanto. Segua, pues, mimndola y tratndola como si Inesita tuviera cinco o seis aos. Sus acciones con relacin a Inesita se resentan de dicha alucinacin; pero en sus discursos, cuando hablaba con ella, haba una combinacin graciosa de los mimos e inocentadas con que se habla a las criaturitas, y de los esfuerzos de ingenio y de estudiada discrecin con que las personas ignorantes y rudas procuran nivelarse con aquellas de cuyo saber e inteligencia han formado el concepto ms ventajoso. En cuanto tena o crea tener por experiencia alguna superioridad, el ama hablaba a Inesita con dulce imperio, mientras que en negocios de ms alta trascendencia, en lo que iba ms all de lo material y presupona cierta cultura del espritu, el ama se diriga a Inesita con respeto profundo y con el afn de ponerse a su altura. Por lo dems, el ama se complaca en discretear con Inesita, en contarle sus impresiones y en buscar modo de poder decir que discurra como ella; que su espritu y el de Inesita estaban en completa consonancia. --Vamos--dijo el ama--, qu haces aqu tonteando? Ven a acostarte. Nada es ms daino para la salud que esta picara usanza de Madrid de hacer del da noche y de la noche da. --Ya voy--contest Ins. Y sigui al ama, que la acompaaba siempre, la ayudaba a desnudarse, como a vestirse, y nunca se apartaba de ella por la noche hasta dejarla en la cama. El cuarto de dormir de Ins estaba puesto con singular esmero y limpieza. Sobre la cmoda, en una urna de vidrio, se vea un San Antonio de Padua, de bulto, hecho de barro cocido y pintado por no vulgar artista. El joven Santo, gloria de Lisboa, era muy lindo de cara, tena buenos colores, como si la vida penitente no le hiciese mella por la gracia de Dios, y se mostraba alegre y extasiado mirando al Nio Jess, el cual estaba en sus brazos y le prodigaba mil regalados favores. La pobre cama de Inesita, las tres sillas que tena y un pequeo velador, sobre el cual haba recado de escribir, eran la pulcritud misma. Completaba el mueblaje un armario de pino con puertas vidrieras, dentro del cual haba varios libros y no pocas curiosidades y primores de casi ningn valor, pero que all estaban custodiados como si fueran los ms portentosos objetos de arte. All aparecan, colocados en buen orden, los reyes magos y algunos pastores y zagalas de un antiguo nacimiento, un ngel, dos muecas vestidas con mucho aseo, y varias cajitas y otros juguetillos que daban testimonio de lo cuidadosa y guardadora que era su hermoso dueo. La ropa blanca de Inesita estaba en la cmoda, y los vestidos y dems galas se conservaban en un cuartucho obscuro, inmediato a la alcoba, donde haba perchas, y donde los cubran algunas colchas viejas de indiana y de coco. Lo primero que hizo Inesita fue esconder la carta con el mayor disimulo entre la almohada de su cama y la funda. Luego dej reposadamente que el ama la ayudara a desnudarse, lo cual fu obra de pocos minutos. Y qued al fin en la cama, con el pelo no recogido en red ni en cofia, sino suelto en rica y adorada madeja. Dijo Inesita que no tena ganas de dormir, y rog al ama que la dejase luz para leer en un libro devoto durante media hora siquiera. El ama, aunque a regaadientes, tuvo que aproximar a la cama el veladorcito y dejar en l encendida una vela. Durante todo esto no estaba ociosa la lengua del ama. Inesita casi responda siempre por monoslabos, deseosa de que terminase la charla y de quedarse sola; pero el ama estaba en vena aquella noche y no acababa con sus reflexiones y discursos. Entre otras cosas deca: --Hija, no se me alcanza el gusto que puedan tener tu hermana y su marido en vivir en este laberinto de la corte. Cunto mejor estbamos en nuestro pueblo! Verdad es que all el sueldo era ms ruin; pero... si all con una peseta se hace ms que aqu con un duro... Yo, lo confieso, me ahogo en estos tabuquillos y chiribitiles en que vivimos. Cunto echo de menos aquellos patios, aquellos corralones de mi tierra! En la cocina del seor Cura caba toda esta habitacin y sobraba sitio! Y luego... vivir tan altos... tan encaramados! Vaya si hay escalones hasta llegar aqu! Y no es esto lo peor. Lo peor es el poco o ningn caso que le hacen aqu a una. Todava no tengo en Madrid persona con quien hablar. All en el pueblo, qu delicia! Sala yo a la calle y no haba perro ni gato que no me dijese: Dios guarde a su merced; adis, ama Teresa. Cmo lo pasa usted, seora?, y otras cosas por el estilo. Aqu no hay un alma que me dirija la palabra y me d los buenos das. Luego todo est carsimo; se come oro: o es menester ponerse a dieta, o gastar en comer cuanto dinero hay. Dentro de poco empezarn los zorzales, y en nuestra tierra llegan a ponerse hasta a cinco cuartos el par. V tu a comerte aqu dos zorzales tan gordos como aqullos. Ya, ya..., trabajo te mando... Sobre que no los hay... Y toma... Si los hubiera, costaran un ojo de la cara. Pues a fe que te gustaban a ti poco los zorzales! Y las anguilas? Y las ancas de rana? Nada de esto est por aqu a nuestros alcances sino cuando repican recio. --No seas golosa, ama; no seas golosa; no te acuerdes tanto de las ollas de Egipto, como deca el seor Cura, quien te sola reprender por ese vicio de la gula--dijo Inesita riendo. --No es gula, ingrata. Yo me lamento por ti, y no por m. A m me basta con un plato de alborona o con un gazpacho. Por otra parte, yo no me duelo slo de la comida, sino tambin de otras cosas. Y me duelo con razn. Y si no, seamos francas... Crees t que es tan fcil que en Madrid te salte un buen novio? --Djalo..., que no me salte. Si yo no estoy impaciente por tener novio. --Pues qu quieres tener? Qu diablos han de tener las muchachas? --Nada, mujer, nada... --No, seorita; es menester que salte un buen novio y casarse. Tu hermana es excelente, tu cuado es un santo; pero no has de vivir toda la vida con ellos y medio a expensas de ellos. Inesita exhal un suspiro, y el ama prosigui: --En el pueblo, para ti, que eres una real moza, cmo haba de faltar algn rico hacendado, algn propietario o labrador con el rin bien cubierto, que aspirase a tu mano? Pero aqu me parece difcil. Los ricos andan embaucados con las marquesas y con las duquesas, o con mil tunantas de mala ralea, que los explotan. Qu es lo que queda para seoritas pobres como t? Nada..., el apodo de cursis que suelen prodigaros..., y algn Don Lquido degollante, con ms hambre que vergenza y con ms trampas que medios de ganarse la vida. --Quin sabe, ama?--contest Inesita--. No te apures tanto por m. Dios proveer. Adis, y djame ya sola. El ama no tuvo ms remedio que irse. Bes a su nia, y recomendndole que apagase pronto la luz y se durmiese, se sali del cuarto, cerrando cuidadosamente la puerta. No bien qued Inesita en la soledad, sac del escondite la carta y ley lo siguiente: Mi apreciable seorita y querida amiga: A pesar del respeto con que siempre he tratado a usted, no dejar usted de haber notado el cario ms que fraternal que desde que era usted nia le profeso. La diferencia de clase que hay entre usted y yo, y la escasez de mis bienes de fortuna, no me dieron nunca nimo, mientras estuvo usted aqu, ni para soar siquiera que podra yo pretender a usted a fin de que hiciese mi dicha, aceptando mi mano. Desde que usted falta de este pueblo Dios me ha favorecido, bendiciendo mi trabajo y desvelo, y cuento ya con rentas y medios para vivir aqu con familia, casi tan bien como los ms pudientes. Este cambio o mejora en mi posicin y la consideracin de que su hermana de usted tom por marido a un hombre honrado y pobre, y de que usted no ha de ser ni ms ambiciosa ni ms exigente que ella, me dan al cabo el atrevimiento que me ha faltado hasta el da, y me llevan a declararle que la quiero de amor y que sera yo el ms dichoso de los hombres si usted me correspondiese. Conozco la nobleza y generosidad del corazn de usted, y s que jams se casar usted por mero clculo; pero no soy tampoco tan irreflexivamente entusiasta que no entienda que, al dar paso tan importante como el de ligarse para siempre y formar una familia, no deban consultarse, pesarse y medirse las dificultades que ofrece la vida, y los recursos que hay para vencerlas. Por esto ltimo, digo a usted con franqueza, sin creer que en ello la ofendo, que tengo hoy bastantes bienes. De lo que poseo podr informar a usted circunstanciadamente su cuado y amigo mo don Braulio. En cuanto a mi persona, usted me conoce y decidir. S que no la merezco a usted; pero el amor me hace atrevido, y de l imploro que me preste los merecimientos que me faltan. No quiero que usted se decida de repente, sino despus de examen muy detenido, a fin de que no tenga que arrepentirse de una ligereza. La vida de Madrid debe tener extraordinarios atractivos para las jvenes. Quiero que vea usted a Madrid, y que conozca y aprecie todos esos atractivos, a fin de que renuncie a ellos, sabiendo lo que renuncia, cuando me d un s, si por dicha me le da. Si usted uniese su suerte a la ma, sera aqu respetada y amada; la rodeara yo de todo aquello que pudiera serle grato, hasta donde el bienestar y la cultura de estos lugares lo consienten; pero tendra usted que desistir de toda idea de volver, como no fuese de paso, a las grandes ciudades. Mi ambicin y todos los planes de mi vida estn cifrados en cuidar de mi caudal y en hacerlo mayor en este pueblo, donde quiero que vivan tambin mis hijos, si Dios me los concede. Por esto pongo un plazo a la contestacin que deseo, y suplico a usted que no me la d precipitada. Mi impaciencia es grande, pero s refrenar mi impaciencia cuando se trata de mi felicidad de toda la vida, y, sobre todo, de la de usted, que me es mil veces ms cara. Tengo un capricho, y le llamo capricho porque sera prolijo exponer aqu las razones en que se funda: tengo el capricho de que usted, con plena libertad, sin que nadie influya con sus consejos en favor o en contra, decida de mi suerte, desdendome o favorecindome. As, pues, esta declaracin ma es un secreto para todos, incluso para su seora hermana de usted, doa Beatriz. Slo don Braulio sabe el paso que doy; pero don Braulio me ha prometido no abogar por m, y se limitar a dar a usted los informes que usted pida. Aguardar hasta dentro de un mes, lo menos. No atribuya usted a frialdad de mi alma este largo aguardar que yo mismo impongo. Atribyalo a la idea tan alta que tengo de la solemnidad y consecuencia del compromiso que induzco a usted a contraer. De usted depende mi dicha; pero no dude usted de que, aun desdeado, seguir siempre admirndola y amndola su afectsimo, PACO RAMREZ. Inesita ley esta carta con muy viva satisfaccin, mostrndola en el carmn que animaba y encenda su rostro. Nadie, sin embargo, que la hubiese observado en aquel instante, a no poseer facultades sobrenaturales para leer en las almas, hubiera descubierto si la satisfaccin era slo de vanidad por verse querida, o tambin de amor hacia la persona que se empeaba en enamorarla. Leda la carta, Inesita se levant de la cama, abri el cajn de arriba de la cmoda y guard la carta en l bajo llave. Luego volvi a acostarse, apag la luz y se coloc cmodamente para meditar quiz sobre el contenido del mencionado documento, y para dormir al fin. VI A la maana siguiente Inesita y don Braulio, mientras que doa Beatriz, menos madrugadora que ellos, estaba an en cama, tuvieron una larga conversacin acerca sin duda de la carta de Paco Ramrez. Despus fueron juntas a misa las dos hermanas; despus almorzaron todos, y, por ltimo, don Braulio, no sin prometer antes que aquella noche llevara a las dos muchachas a los Jardines del Buen Retiro, se fu al Ministerio de Hacienda. Aunque domingo, don Braulio motiv su ida, o di pretexto a ella, suponiendo que tena ocupaciones extraordinarias. Ya en su despacho, donde nadie haba acudido ms que l, don Braulio, en vez de estudiar expedientes, estuvo largo tiempo sentado, con los codos sobre su bufete y las manos en las mejillas, estudindose a s mismo. Este estudio no debi de dar muy satisfactorio resultado. Don Braulio suspir varias veces; frunci las cejas; mostr cierta clera dando algunos puetazos, y acab por enternecerse y derramar dos lgrimas, que lentamente le surcaron el rostro. Entonces, como por va de desahogo y consuelo, escribi a Paco Ramrez la siguiente carta: Querido Paco: Anoche cumpl tu encargo con todos los requisitos y precauciones que me encomendabas. Beatriz ignora y seguir ignorando el paso que has dado. Ins es muy sigilosa. En cuanto al efecto que la lectura de tu carta pueda haber producido en su nimo, yo no s qu decirte. Hoy de maana he hablado con Ins; pero el corazn de una doncella es impenetrable, insondable como un abismo. El pudor, la candidez, la inocencia, todas esas prendas, que los hombres estimamos mucho, forman no ya un velo tupido, sino una muralla alta y gruesa, que sirve de reparo al corazn para que no se descubra ni se lea lo que en l importa leer. De aqu el engao que padecen con frecuencia los hombres ms despejados; engao que no ven sino cuando ya no tiene remedio: despus que se casan. Inesita parece, y yo creo que es, candorosa, buena, franca, todo lo que t te imaginas; pero no deja descubrir no ya si te quiere o no, sino si tu carta la ha lisonjeado o no la ha lisonjeado. Eso s: ella se ha mostrado muy agradecida al cario y confianza que te infunde. De cuanto me ha dicho infiero adems otra cosa muy importante. Si Ins reflexivamente hubiera pensado esta otra cosa, sera algo de censurar tanta reflexin; pero yo creo que ella la siente de un modo instintivo, sin darse cuenta completa, y atinando, sin embargo, con lo justo. En suma, Ins no calcula ni reflexiona, sino siente y percibe que tu plan es malo y ocasionado a error. T le propones que se decida en un mes o por los placeres de esta capital, por los triunfos de amor propio que aqu pueda tener y por las esperanzas ambiciosas que puedan nacer en su alma, o por tu persona, tu amor y tu mano. Esto sera discreto si no hubiese una circunstancia que lo echa a perder y que ha descubierto ella en seguida. Es esta circunstancia tu ausencia. Ausente t, y presentes todos esos bienes, aparentes o reales, que ha de abandonar por ti, la partida no es igual. No eres t quien lucha, sino tu recuerdo, el cual, si por un lado vale menos que la persona misma, por otro lado puede valer mucho ms si la poesa le hermosea. En resolucin: Inesita no va a abandonar esto por ti, dado que te prefiera, sino por el recuerdo que tiene de ti, a quien no ve hace tres aos. El recuerdo adems tiene que ser confuso, incompleto, de diversa suerte, y ella tendr que completarle y transformarle con la fantasa. Ella no te puede recordar como una mujer recuerda a un hombre, como una novia recuerda a su novio, sino como una nia recuerda a su hermano mayor. Tiene, pues, que aadir imaginariamente la cualidad de amante y pensar en ti de otra manera que hasta ahora ha pensado. Todo esto, y ms, que t comprenders sin que yo lo diga, se agita en la mente de Ins. Yo interpreto, acaso me equivoque, pero se me antoja que ella se pregunta: Me gustaba Paco, cuando le vea en el pueblo, como debe gustar un novio a su novia? Me gustaba slo como hermanito? Y si me gustaba ya como novio, era porque l se lo merece o porque en el pueblo no haba yo visto a otros hombres que se lo mereciesen ms? No podr acontecer que ahora poetice yo a Paco en mi recuerdo, y que le halle, cuando le vea, muy por bajo del recuerdo mismo? En su propia alma, no puede darse un fenmeno semejante? Sea por lo que sea, explquelo l como quiera explicarlo, es lo cierto que nada me dijo de que me amaba cuando vivamos juntos, y ahora, que no me ve hace tres aos, me declara su amor y quiere casarse conmigo. En qu consiste esto? Ins no responde a tales preguntas. No resuelve ninguna de las dudas que la asaltan. Entiendo, pues, que lo que desea, aunque no se atrevi a decrmelo, es que t vengas por aqu; nico modo para ella de verlo claro todo; de convencerse de que la quieres, y de comprender si ella te quiere a ti, prefirindote a todos los encantos madrileos, los cuales, a la verdad, son mil veces menores de lo que t piensas, para los pobres como nosotros. Inesita no ha expresado, repito, el deseo de que vengas. Yo soy quien creo adivinar en ella este deseo, que tiene razn para sentir y no expresar. Ella no puede decir: Venga usted a ver si me gusta y luego hablaremos: luego le dir que s o le dar calabazas. Esto, sin embargo, es lo razonable. Por lo dems, yo nada tengo que censurar en tus planes, sino mucho que aplaudir. Si te casas, debes quedarte ah, donde eres uno de los primeros, y no venir a grandes poblaciones, donde tendrs que ser de los ltimos. Para hombre de cierta clase y casado con mujer de ciertas condiciones es terrible esta vida. A ti slo, que eres mi amigo ms ntimo y leal, puedo decrtelo; y a ti no puedo menos de decrtelo, a fin de aliviar el peso de mi angustiado corazn: soy muy desdichado. Beatriz se cas conmigo por amor. A pesar de la gran diferencia de edad, me quiso, no hallndome inferior a cuantos ah haba visto. Creo que Beatriz sigue querindome; pero el temor de que me pierda el cario, la sospecha de que el alto concepto que de m form vaya rebajndose de continuo, me tiene constantemente sobresaltado. El menosprecio es contagioso. A fuerza de mirar mi mujer el pobre papel que hago, lo desdeado que estoy, la humilde posicin que ocupo, no acabar por desdearme tambin? No acabar por odiarme, si considera que la hago vctima de mi mala ventura? Ah, aunque pobre, era una seorita de las primeras. Aqu es la mujer de un obscuro y miserable empleadillo, de quien nadie hace caso. Yo tengo mi teora, con que me consuelo de mi mala ventura y saco a salvo mi orgullo. Pero cmo convertir a mi mujer y hacerla creyente de mi teora? No le parecer falsa? Mi teora es como sigue. Yo creo que el entendimiento es uno, y me figuro un instrumento para medirle semejante al termmetro. Pongamos en l 100 grados, que es nmero redondo, y con 20, en mi sentir, bastar para todo lo prctico de la vida, si la fortuna sopla y las circunstancias son favorables. Con los 20 grados se llega a ser ministro celebradsimo, prncipe de gran mrito, presidente de repblica, banquero poderoso y hasta cardenal y papa. Para hacer todos estos papeles medianamente basta con la mitad de los grados; basta con 10. Seamos, no obstante, prdigos y concedamos 20 a las ms altas notabilidades de la vida social y poltica. Todos los grados de entendimiento que tengas por cima de los 20 no slo te sern intiles, sino nocivos; te distraern de lo que importa a tu inters; te harn pensar en multitud de asuntos intiles, en que no piensan los tontos; te concitarn el odio de los dems hombres, o harn que te miren como a un bicho raro y estrafalario, y de nada podrn servirte si no llegan a los 100, que son ya los grados del _genio_. Podrn tambin perjudicarte excitando tu amor propio y hacindote pensar que eres _genio_ o ests cerca de serlo, con lo cual es probable que te pongas en ridculo. Para ser _genio_ se requieren los 100 grados bien cubiertos, y aun as, el _genio_ suele quedar latente si el hado propicio no le saca a relucir. Entonces aparecen Cervantes, Newton, Shakespeare, Hegel y otros tales. Mientras esto no aparece no hay ser ms deplorable y cmico que el hombre que tiene, en nuestro siglo, ms de los 20 grados de entendimiento, necesarios para llegar a lo ms sublime de la vida prctica, en el medio o ambiente de civilizacin que nos circunda. Claro est que, segn progrese el gnero humano, subir el nivel y sern menester ms grados para lo prctico, as como, en antiguas edades, se requeran menos. En el estado salvaje, pongo por caso, bastaban dos o tres grados. No se requera para cazar y pescar, para estratagemas guerreras, etc., sino cierta astucia, cierto instinto poco superior al de las bestias feroces. Todos los grados de entendimiento que sobre esto tena entonces un hombre eran don funestsimo y absurdo lujo. Ahora, como ya se han aplicado a la guerra las matemticas y otras ciencias, y se caza y se pesca en la Bolsa, en los Congresos, en Sociedades mercantiles e industriales, no disparando flechazos, sino creando valores, acciones, obligaciones y otros proyectiles ms complicados, los grados que se necesitan son 20. Repito que, como el mundo va de prisa, dentro de un par de siglos se necesitarn 40; mas por lo pronto, ya est aviado el que pasa de los 20. Qu estorbo tan horrible en los grados que le sobran! El sentido ms hondo, ms filosfico, ms trascendental de la frase _pasarse de listo_ consiste en esta superioridad lastimosa. Todos los tiros que se disparan se escapan por cima del blanco. La crtica asesina precede adems a toda inspiracin y te la mata. No haces mil cosas porque te parecen tonteras; otro las hace, y medra. En cambio, lo que t haces por parecerte discreto, o mal comprendido, o juzgado slo por el xito, que suele ser deplorable, parece tonto a todo el mundo. Tal es, en resumen, mi teora. Con ella trato en balde de consolarme de mi corta ventura, teniendo la inocente vanidad de creerme con ms de los 20 grados y de _pasarme de listo_ en el sentido ms profundo y filosfico de la frase. Esta triste satisfaccin que yo me doy es por dems alambicada para que le valga a mi mujer. Ella no mira sino que va a pie, que vive en pobre casa, que nadie la atiende, y que el respeto, la consideracin y la lisonja de que anhela verse rodeada le faltan por mengua ma. Yo noto, mido, calculo instante por instante el rpido progreso que hace este mal en el corazn de ella. En esto tambin me paso de listo. Soy listo para atormentarme. Me comparo al mdico cuando advierte los progresos de la tisis en una persona querida, prev los estragos que va a hacer y no sabe ni evitarlos ni remediarlos. De sobra veo patente el desprecio de m que poco a poco va entrando en el corazn de Beatriz y devorando el afecto que me tiene. Pero cmo impedir esto? Cmo probarle que valgo ms que los dichosos y encumbrados y ricos? Cuanto discurso haga contra ellos parecer sugerido por la envidia y me har ms despreciable a sus ojos. Si yo fuera joven, hermoso y robusto, me quedara la esperanza de que por ello siguiese Beatriz amndome, aunque dejase de tener elevada opinin de mis prendas intelectuales; pero estoy viejo y achacoso, y soy enclenque y feo como el demonio. Me aplico, pues, con amargura aquella pregunta del poeta: Qu le queda al demonio, vive Cristo!, Si se le quita la opinin de listo? Y sin vacilar respondo: Nada. Pronto no quedar nada para m en el corazn de ella, sino ofensiva compasin, si no gasta toda la que tiene en compadecerse a s misma. Y ms vale que no me compadezca. Bien dice nuestro inmortal novelista: Y sobre todo, el cielo te guarde de que nadie te tenga lstima. Yo estallara, me ahogara si no comunicase con alguien mis penas. Por eso te las confo. Beatriz no advierte nada. Cmo, de qu, por cul motivo quejarme con ella y de ella? Yo la amo con toda mi alma, y necesito para ser feliz que ella me ame y me respete. Pero aquello de que el amor impone el amor es una mentira. Y tampoco quiero yo que me ame y me respete para cumplir una obligacin: en virtud de un contrato. Veo, pues, que voy perdindolo todo en el alma, de Beatriz, y no le doy a conocer que lo veo. Percibo claramente el abismo en que voy a caer, y sigo caminando hacia l, sin que me sea posible torcer por otro camino o cegar el abismo. Esta es mi horrible situacin. A nadie, ni a ti mismo, debiera confiarla; pero necesito depositar en alguien mi secreto dolor. Ven por aqu a consolarme. Ven tambin por Inesita. Acaso te ame. Es buena y cariosa como Beatriz, y no tiene ambicin como Beatriz. Adems, t eres joven y buen mozo... Qu desatino hice en casarme! Pero qu haba de hacer, si estaba enamorado? Quin me quitar la gloria de haber sido amado de ella? Ella me ha amado; ella me ama todava. De qu voy a arrepentirme? Quin, por temor de perder el bien, se lamenta de haberle logrado? Tal era la carta que escribi don Braulio, que cerr cuidadosamente y que certific para que no se perdiera, antes de confiarla al correo. Hechas ya sus delicadas y lastimosas confidencias se sinti algo ms aliviado y sereno, y se dispuso resignado a cumplir la promesa de llevar aquella noche a Beatriz y a Inesita a los Jardines del Buen Retiro. VII Los poetas dramticos tienen que hacer hablar a sus personajes segn el carcter, condicin y pasiones que representan, sin que en tan estrecho cuadro, como es el de un drama, haya fcil modo de poner correctivo a las malas doctrinas o sentencias inmorales que dichos personajes puedan emitir. As es que los pobres poetas dramticos fluctan entre dos escollos. O bien convierten a sus hroes en enojosos y pesados predicadores, o bien, si les dejan hablar lo que la pasin naturalmente les inspira, se comprometen a responder ante la posteridad, y si sus obras no llegan tan lejos, ante sus contemporneos, de todos los extravos, delirios y ensueos que ponen por fuerza en boca de los hijos de su fantasa, acalorados y vehementes. As, para ilustre ejemplo de lo dicho, citaremos a Eurpides, a quien, desde muy antiguo, han acusado de corruptor. Sabido es que Csar, a fin de justificar todas las insolencias y maldades de que se vali para apoderarse de la dictadura, repeta con frecuencia ciertos versos del trgico mencionado. Yo, en general, soy muy opuesto a ensear nada en obras de amena literatura, y mil veces ms opuesto si la enseanza es de mximas pecaminosas. Por esto escribo novelas, y no dramas. En la novela caben todas las explicaciones: en pos del veneno se administra la triaca. El autor puede tomar la palabra en medio de la narracin y contradecir a sus personajes, mitigando o ahogando en seguida el mal efecto que las opiniones de cualquiera de ellos hayan producido. Prevalindome de este permiso, y para aquietar mi conciencia, harto escrupulosa, tengo que hablar ahora de don Braulio y de su carta, la cual contiene proposiciones aventuradas sin duda, y que, credas por el cndido lector, pudieran pervertirle con una de las ms feas perversiones que se conocen: la de considerarse _genio_ no comprendido, ser superior desatendido injustamente. Don Braulio trabajaba como un negro en su oficina, pasaba por un empleado probo e inteligente y no descubra sus humos de _genio_ o _semigenio_ sino con el mayor sigilo y a su amigo ms ntimo. Su teora orgullosa le serva de consuelo, o al menos de alivio, en ciertas amarguras y sospechas, que le atormentaban cruelmente, sin que sepamos an hasta qu punto doa Beatriz haba dado motivo para ello. Don Braulio, por ltimo, si se juzgaba vctima, no culpaba a la sociedad en su conjunto, ni a ningn individuo singularmente, sino supona que todo emanaba, por manera fatal e inevitable, de la misma naturaleza de las cosas. En suma, don Braulio, melanclico por temperamento, poco favorecido de la fortuna, y enamorado y celoso sin saber de quin, deliraba acaso forjando teoras; pero no dejaba que dichas teoras trascendiesen a la prctica, y pareca, a la vista del ms lince, como un empleado modesto, que saba todo cuanto importaba saber y haca cuanto importaba hacer para ganar el sueldo en conciencia y no estafar al Tesoro pblico o tomar las oficinas por hospicios destinados a gente de levita o a mendigos de privilegio. En cuanto a la teora en ella misma, no hay poco que decir en contra; pero aqu no vamos a filosofar, sino a narrar. Dir, con todo, que aun suponiendo que en cada grado de cultura a que va llegando la sociedad se requieren slo ciertos grados de entendimiento para lo prctico y diario, y que los dems grados son del todo superfluos, intiles y hasta nocivos, salvo en casos excepcionales, todava habr que conceder que el entendimiento no es la nica potencia del alma que vale al hombre para lograrse; la voluntad, el carcter, entran tambin por mucho. Por otra parte, el entendimiento, en su esencia, es semejante a Dios; nadie le ve, nadie le conoce, nadie le reverencia y acata sino en sus obras. As es que don Braulio, o cualquiera otro, podra tener ms de los 20 grados de entendimiento que, en su sentir, eran necesarios o convenientes para lo prctico; pero cuando este plus, cuando esta sobra intelectual no se manifiesta en nada, sino en echar a perder el entendimiento que est en uso, no hay razn para quejarse de que el mundo no aplauda ni se pasme de lo invisible y recndito que no puede sondear, ni penetrar, ni desentraar. Quin sabe si el amor propio engaa y hace creer a muchos que poseen ese entendimiento excesivo y superfluo, y tal vez no poseen sino una dosis superlativa de fatuidad? Y si no engaa el amor propio, si en realidad tenemos ese superior entendimiento, y no llegan las circunstancias favorables en que se muestre, lo mejor es callarse, resignarse y vivir como viven los hombres menos despejados, sin presumir de genios, sino trabajando humildemente para ganarse la vida, tratando de igual a igual con los seres vulgares, y reservando el superior entendimiento para hablar con Dios o con seres sobrenaturales, o para conversacin interior con uno mismo, si no cree en nada el semigenio, o si, a pesar de su categora mental, no se dignan los ngeles ni los nmenes bajar del cielo o del Olimpo a fin de tener con l un rato de palique. Voy a poner por caso la vida de Spinoza. Esto explicar mejor mi idea. Figurmonos que aquel sabio no hubiese escrito sus obras filosficas; que por cualquier motivo se hubiese llevado al sepulcro el secreto de su admirable, aunque extraviada, aptitud para las ms profundas especulaciones metafsicas. Claro est que, abrumado dicho hombre extraordinario por sus sublimes y extraos pensamientos, no hubiera sido en la vida prctica ni rico fabricante, ni mercader dichoso, ni hbil hombre poltico, ni nada por este orden; pero hubiera trabajado en pulir vidrios para lentes o en hacer zapatos, o en cualquiera otro oficio o menester mecnico, y no hubiera tomado por pretexto lo de sentirse genio para ser un vago sin oficio ni beneficio, y lo que es peor, no un vago divertido y alegre, sino un vago quejumbroso y llorn o maldicente, mordaz y ponzooso como las vboras. Disculpemos, pues, o al menos seamos indulgentes con nuestro don Braulio, cuyo orgullo se quedaba escondido en el centro del alma, revelndose slo al ms ntimo de sus amigos en el momento en que se mostraban tambin las heridas ms profundas de su corazn. Don Braulio haba sentido la necesidad de confiar sus penas a un amigo, a fin de no ahogarse; pero, salvo esta confidencia, si pecaba por algo era por reconcentrado y lleno de disimulo. Su mujer no haba advertido aquel disgusto, aquella sospecha que le atosigaba el alma. Su mujer pareca que le amaba; sin embargo, su carcter alegre y su temprana juventud la excitaban al regocijo y la impulsaban a que tratara de distraerse y divertirse. No era doa Beatriz despilfarrada, sino ordenadsima y econmica. Era, s, ambiciosa y amiga del lujo y de las galas; y si bien no la atormentaban la envidia ni el despecho al ver a otras mujeres, menos bonitas y menos distinguidas por naturaleza, lucir joyas, sedas y encajes, ir en coche y circundarse de la resplandeciente aureola que ofrece el lujo a la hermosura, anhelaba gozar de todo esto, y no acertaba a ocultarlo a su marido. De aqu el dolor y el punto de partida de las sospechas de don Braulio. Si don Braulio no hubiera amado a su mujer; si hubiera credo este anhelo un capricho irracional, quiz le hubiera importado poco de todo; pero don Braulio la amaba, y adems, segn su modo de considerar las cosas de la vida, doa Beatriz tena razn de sobra para ambicionar. Su anhelo, aunque la llevase hasta el extremo ms lastimoso para l, era, segn l, fundado, y sobre fundado, involuntario, fatal, preciso. Don Braulio se culpaba a s mismo, y no culpaba a doa Beatriz. Por qu doa Beatriz le haba amado? Por qu se haba casado con l? No era por lo lindo, ni por lo joven, ni por lo galn, ni por lo rico, ni por lo glorioso; era slo por el entendimiento superior, que la haba seducido. Si este entendimiento se evaporaba, si no serva para nada, si doa Beatriz dudaba de l, y quiz con razn, qu fundamento le quedaba para seguir amando a don Braulio? Antes tena fundamento para aborrecerle. Aunque sea mala comparacin, nadie, que no est demente, compra un rico vaso de china, un artstico jarrn de porcelana de Sevres para ponerle en el corral y echar en l afrecho que coman las gallinas. Para esto basta y sobra con un lebrillo o con un tinajn de Lucena. El vaso artstico requiere un bello saln donde colocarle: pide flores peregrinas que luzcan en l. As, una mujer como doa Beatriz estaba pidiendo lujo, regalo, elegancia, adoracin, incienso; pasear en coche, y no a pie; vivir en un palacio, y no en un piso tercero; no ocultarse entre el vulgo, sino resplandecer en la sociedad ms elevada. Al pensar don Braulio en esto deca siempre para s: Por qu me cas con ella? Y l mismo se contestaba lo que ya deca en la carta a Paco Ramrez: Yo la amaba, y esto lo explica todo; ella me ha amado, quiz me ama todava; su amor, aunque hubiera sido slo de un da, compensa todos los males que presiento y que en adelante pueden sobrevenirme. Con tales sentimientos ocultos en el seno, don Braulio, aparentemente gustoso y hasta regocijado, llev a su mujer y a su cuada a los Jardines a eso de las nueve de la noche. Ambas iban de mantilla, con vestidos de seda obscuros, sin nada chilln ni disonante en colores ni adornos; con una innata elegancia, que se exhalaba como perfume de la misma sencillez y modestia de sus trajes. Don Braulio era en el suyo, aunque limpio, harto descuidado. Su levita y su sombrero tenan la forma en moda haca ocho o diez aos. Su corbata negra estaba algo rada, y el cuello de la camisa, recto y sobrado grande, le llegaba casi hasta las orejas. Beatriz se haba medio peleado con su marido para obligarle a llevar ms bajos los cuellos y a comprar nuevo sombrero y nueva levita. No haba podido conseguirlo. Qu quieres?--deca don Braulio--. Manas del seor mayor. As iba yo cuando muchacho, y no quiero variar. As te enamor; as me quisiste; as te casaste conmigo. Doa Beatriz no saba al cabo qu responder; se callaba, y dejaba ir a don Braulio como le daba la gana. Aquella noche, pues, no hizo la menor observacin sobre el traje de don Braulio; pero no por eso dej de anudarle con gracia el lazo de la corbata, ni de alisarle el pelo, ponerle pomada y peinarle lo mejor que supo. Los tres tomaron un cochecito con bigotera y se fueron a los Jardines. En el camino deca don Braulio: --Me parece, y lo siento, que se van ustedes a fastidiar. No tenemos amigos. Ni siquiera tenemos conocidos. En medio de aquel bullicio vamos a estar como en un desierto. Quin ha de hablarnos? Quin ha de acercarse a nosotros? --Hombre, no te apures por tan poco--responda doa Beatriz--. Si no conocemos a nadie, si nadie nos habla, a bien que ni t ni yo nos sabemos an de memoria. Hablaremos; nos diremos cosas nuevas, nos haremos la tertulia entre los tres, oiremos la msica y tomaremos el fresco. --Para tomar el fresco--replic don Braulio--lo mismo es ir all que al Prado. --Y aun se ahorrara el dinero de las entradas--dijo doa Beatriz. Inesita iba silenciosa, y dejaba que siguiese el dilogo entre marido y mujer. --No lo digo por la miseria del gasto, Beatriz. Ya sabes t que no soy mezquino, aunque soy pobre. --Lo s. No creas que sospeche yo que te duela gastar el dinero en obsequiarnos. Lo digo sin irona. Lo digo slo para que comprendas que, vistas las cosas como t las ves, es una tontera ir a los Jardines; pero yo, y sin duda Ins ms que yo, las vemos a travs de otro prisma. Gustamos de ver gentes, aunque no reparen en nosotras. La animacin, la alegra, el espectculo del lujo nos recrean. Aunque no nos forjemos la ilusin, ni esperemos, ni deseemos siquiera ser vistas y admiradas, queremos ver y admirar la gala, la hermosura y la elegancia de los otros. --Tienes razn, hija ma, tienes razn. Yo me olvido de que eres una muchacha. Tus gustos son como de muchacha. Mal hiciste en casarte con un viejo... y con un viejo pobre y obscuro. Querras t ser conocida y celebrada por ti, quedando tu marido en su obscuridad y en su pobreza? Querras t que llegase yo a ser conocido como el marido de doa Beatriz? --No lo quiero, ni eso es posible. Todo el que me conozca habr de conocerte a ti; y, conocindote, no podr menos de estimarte por lo que t vales, que es mucho, y no porque seas mi marido. Los que son slo conocidos como maridos es porque de otro modo no merecen serlo. Nadie se acordara de ellos a no ser por sus mujeres. En cuanto a tu vejez, a tu obscuridad y a tu pobreza, me enamoran ms, bien lo sabes, que la juventud, la brillantez y la riqueza en cualquiera otro. Si algo vale mi cario, baa en l tu alma y te sentirs remozado. No me hablas a veces de la dulce luz de mis ojos? Pues ilumina con esa luz tu obscuridad. No afirmas que mi cario es un tesoro? Pues cmo te atreves, ingrato, a sostener que eres pobre? Don Braulio, que iba sentado en la bigotera, al or tan cariosas frases en tan linda boca no pudo contener la emocin; se le saltaron las lgrimas y, tomando la mano de su mujer, la bes fervorosamente. Doa Beatriz sinti en su mano una lgrima, que cay sobre ella al dar el beso don Braulio. Entonces dijo doa Beatriz: --Vamos, vamos..., dejmonos de nieras. No me pruebes ahora no ya que eres viejo, sino que eres mucho ms nio que yo. Alegrmonos, serenmonos y vamos a divertirnos hasta donde sea posible. Apliquemos al caso presente aquel refrn que dice: En casa del pobre ms vale reventar que no que sobre. Es menester sacarle bien el jugo a las pesetillas que vamos a gastar. Pues no faltaba ms! Sera un despilfarro hacer el gasto y no divertirse luego. Don Braulio se seren siguiendo los consejos de su mujer: procur rer y mostrarse contento, y hasta excit a su mujer y a Inesita a que se divirtieran. De esta suerte llegaron a los Jardines, tomaron billetes y entraron. VIII Aquella noche haba en los Jardines ms gente que de costumbre. Unos estaban sentados en sillas formando grupos, corros o pequeas tertulias; otros iban girando por el paseo circular, en cuyo centro est el quiosco de la orquesta. Esta tocaba, con bastante maestra, el rond final de la _Cenerentola_. Nuestro don Braulio y sus nias no vieron una sola cara conocida. En vez de sentarse se pusieron a girar por medio de aquella concurrencia. Pronto not don Braulio que, aunque no conociera a nadie, no era lo mismo pasear solo que acompaado por mujeres tan guapas. Aquello distaba mucho de parecer un desierto. Con frecuencia, sobre todo al pasar grupos de hombres, llegaban a los odos de don Braulio vagos murmullos lisonjeros, y de vez en cuando palabras y hasta frases enteras de admiracin y de encomio. En Espaa, no me meter a moralizar sobre esto ni a decidir si est bien o mal, pero los hombres, sin creer que ofenden, suelen requebrar al paso a las damas, en particular cuando van solas. En esta ocasin, o por no fijarse en don Braulio, o por dar poca importancia a su persona, o por juzgarle distrado y que no oira, Beatriz e Ins recogieron buena cosecha de piropos. Ambas hicieron la recoleccin tan impasibles y con tan fra dignidad, que pronto, como si hubiese corrido la voz de que aquellas criaturas no pedan guerra, los piropos terminaron, aunque no termin el abrir calle cuando pasaban ellas. Siguieron asimismo los murmullos de entusiasmo y simpata. Haban dado ya tres vueltas nuestras muchachas, cuando en un grupo de jvenes elegantes divisaron las dos a la vez al Conde de Alhedn. Inesita conserv su serenidad olmpica, doa Beatriz se puso muy colorada. --Viste al Condesito?--dijo a Inesita al odo. --Ay, ay, qu colorada te has puesto! Otra nueva onda de roja sangre subi entonces al rostro de doa Beatriz, que se puso ms colorada. --Ests como una amapola--dijo Inesita. El grupo en que haban visto al Conde vena hacia ellas de frente. El Conde iba sin duda a pasar al lado. Quin sabe si les hablara? Quin sabe si les dira alguna palabra atrevida, que don Braulio oyese? Por este recelo quiz se haba puesto tan colorada doa Beatriz. Lo singular fu que el Conde desapareci de pronto del grupo, el cual, al encontrarse con nuestras heronas, se abri para dejarlas paso, oyndose por ambos lados murmullos lisonjeros y respetuosos, semejantes a los que de otras personas haban ellas odo ya. Inesita dijo al pao a su hermana: --Dnde se habr escabullido el Condesito? --Quin sabe?--contest doa Beatriz. --Pues as, hermana, no es posible que yo le diga con los ojos todo aquello que me recomendabas anoche que le dijese. No haban andado mucho trecho despus de este breve dilogo, cuando vieron que de un corro, donde haba sentada mucha gente, se levant y destac una seora elegantsima, aunque ya algo jamona. No haba engruesado, y conservaba su esbeltez y gran parte de su hermosura, a pesar de los aos. Estaba sin galas, impropias de aquel sitio pblico; pero todo lo que llevaba puesto era de exquisito gusto; rico sin ser vistoso. En vez de la mantilla tena sombrero. Su rostro era gracioso. Su tez sonrosada, aunque algo morena. Tena en la cara dos lindos lunares, que parecan dos matas de bamb en un prado de flores. Sus ojos, grandes y fulmneos, relampagueaban ms merced al cerco obscuro con que haba ella pintado los prpados. Su talle era majestuoso a par que ligero y flexible. En resolucin, todo el porte y el aspecto de aquella dama denotaban que era una _lionne_, una verdadera notabilidad de la corte. Cul fu el asombro de Ins y de Beatriz cuando advirtieron que la notabilidad vena flechada a ellas! Un caballerete de veinticinco a treinta aos, cargado con un abrigo y con una cajita, la segua como si fuese un lacayuelo. Apenas lleg la dama, se puso delante de Beatriz, la mir con ternura y exclamando: Querida ma! le ech al cuello los brazos y la bes en ambas mejillas. Beatriz se qued por un momento mirando a quien as la acariciaba. Reconocindola al fin, dijo: Rosita!, y le pag sus besos con otros. Tal vez el curioso y paciente lector que conozca y recuerde la historia del doctor Faustino haya cado ya en quin era Rosita. Era la famosa Rosita Gutirrez, hija del escribano de Villabermeja, que tan principal papel hace en la mencionada historia.[*] [*: Vanse _Las ilusiones del Doctor Faustino_, novela.] Rosita pareca inmortal, segn se conservaba. Lejos de perder con la edad, podase asegurar que haba ganado. Poquito a poco se haba ido amoldando y ajustando por tal arte a los usos de lo ms elegante de Madrid, que ya no se atreva casi nadie a llamarla la Reina de las cursis, que era el dictado que al principio le daban. Su marido haba atinado en los negocios, y se haba enriquecido ms an. Ambos esposos se haban hecho muy aristcratas, religiosos y conservadores. Idolatraban a Po IX, y tenan un ttulo romano. Eran Condes de San Tedulo. Haban ido en devota peregrinacin a Lourdes y a Roma, y de all haban trado varias reliquias del referido Santo, el cual haba sido uno de los seis mil mrtires de la legin Tebana; y por dicha, resultaba probado con evidencia que fu natural del pueblo ms importante del distrito por donde el marido de Rosita sola salir diputado. Con las reliquias trajeron los peregrinos la efigie del dicho San Tedulo, y todo lo llevaron al pueblo, donde hubo un jbilo inmenso y fiestas estrepitosas. Nada ms natural, despus de esto, que el que Rosita y su marido llegasen a ser Condes de San Tedulo. Sin embargo, no contentos ellos con ser Condes por Roma, anhelaban ser Marqueses en Castilla, y haca tiempo que lo pretendan con ahinco. Entre tanto, cumpliendo con el refrn de Nio no tenemos, y nombre le ponemos, haban cavilado mucho y disputado ms los Condes sobre el nombre que haba de tener el marquesado. Convenan los dos en que el nombre haba de ser el de alguna finca rstica que ellos poseyesen; pero, por desgracia, los de las fincas del marido de Rosita eran imposibles. Se llamaban: _La Biznaga_, _El Hinojal_ y _La Macuca_. No era prudente titular con ttulos tan feos. Haban resuelto, pues, que titularan sobre un cortijo de Rosita llamado _Camarena_; y ya soaban con ser Marqueses de Camarena, conformndose por lo pronto con el condado de San Tedulo, mrtir tebano y andaluz a la vez, lo cual, entendido como aqu debe entenderse, no implica contradiccin. Titulada Rosita, y ms rica y boyante que nunca, sinti desenvolverse en su alma el amor ms puro hacia las letras y las artes. Llam a sus salones a los artistas y poetas, y se hizo una a modo de Lorenza la Magnfica o de Mcenas hembra. En cuanto a la antigua _cursera_, hemos dicho que apenas osaba ya nadie acusarla de este defecto; defecto, por otra parte, tan vago e indefinible, que depende casi siempre del criterio de las personas el hallarle o no hallarle en otras. Lo que s ocurre, por lo comn, es que las acusaciones son mutuas. No se da apenas sujeto que, al calificar a alguien de _cursi_, haga ms que pagarle, porque es seguro que los calificados por l le califican a boca llena de lo mismo. Ser esto porque la cursera es una cualidad indeterminada y confusa? Yo creo que no, pues he notado que sucede lo propio con otras cualidades harto determinadas. Siempre que he odo a una mujer hablar de las intrigas galantes, de los enredos y travesuras de las otras, he visto que de ella decan las otras mil veces ms. Y en los labios de todo aquel de quien me han referido mil horrores por su conducta poco limpia en los empleos pblicos, he odo tambin las diatribas ms enrgicas acusando a los otros del mismo pecadillo. Ora por bondad natural, aunque no ingnita, sino adquirida con los aos y la experiencia, ora por desdear un arma embotada y mellada a fuerza de que todos la usen, la Condesa de San Tedulo no tena mala lengua. Cosa rara! No hablaba mal de sus amigos. Slo hablaba mal de sus enemigos declarados y acrrimos. Entonces se esmeraba y lo haca con mucho chiste. De vez en cuando, aunque su prosa hablada era exquisita, sola apelar al verso, y mandaba a su poeta favorito que escribiese aleluyas contra la persona a quien quera ella ridiculizar. Apartada tiempo haca de la amistad del general Prez, la Condesa no intervena en la poltica; no disertaba sobre estrategia, poliorctica y castrametacin. Ahora consagraba todo su ingenio a las musas. Y adems, desde su viaje a Roma, donde haba estado tres semanas, haba adquirido profundas nociones en el dibujo, pintura y artes plsticas, y se haba hecho una arqueloga ms que razonable. Tal, en resumen, era la amiga que, sin esperarlo, se encontraron en los Jardines Inesita y Beatriz. Rosita, haca ya ocho aos, haba estado en la feria del pueblo de ambas, no lejos del pueblo de ella, y haba sido hospedada en la casa del seor Cura, amigo de su padre. Pero cmo no se la haban olvidado aquellas mujeres, que eran nias cuando ellas las conoci, y que deban de haber cambiado bastante? Cmo acuda a ellas con tanta llaneza y bondad? Por qu se las llevaba, como se las llev, a su corro, sentndolas a su lado? De todo esto don Braulio estaba tan pasmado o ms pasmado que nosotros. La diferencia est en que nosotros sabremos la causa en el captulo siguiente y don Braulio se quedar a obscuras y cavilando. IX Todas las presentaciones se hicieron con las ceremonias debidas, segn la liturgia de la sociedad elegante. Doa Beatriz present a su marido a la Condesa, y la Condesa present a los caballeros que formaban el corro, primero a doa Beatriz y despus a Inesita y a don Braulio. De esta suerte los tres se vieron lanzados en el gran mundo en un periquete, en un abrir y cerrar de ojos. No estaba all el Conde de San Tedulo ni haba ms seora que la Condesa. A sta, como a casi todas las seoras de alto fuste y suprema elegancia, no le gustaba el trato con las mujeres sino en raros casos. Tanto ms de agradecer y de estimar, por consiguiente, la extraa excepcin que haba hecho de Beatriz y de Inesita. Sentados todos de nuevo en el corro, el poeta favorito de la Condesa, a quien llamaremos Arturo, di conversacin a Inesita, sin que dejasen de hablar tambin con ella otros galanes. Don Braulio, si bien sobresaltado ya y receloso de empezar a hacerse clebre por su mujer, habl con los seores ms serios y machuchos. Doa Beatriz y la Condesa de San Tedulo hablaron largo rato entre s y en voz baja, recordando su amistad antigua. A los pocos minutos la Condesa haba exigido de doa Beatriz que se volviesen a apear el tratamiento, que se volviesen a tutear como ella recordaba que all en el pueblo se haban tuteado. Por qu negarse a tamaa amabilidad? Las dos amigas se tutearon en efecto. Ya recordar el lector lo campechana que era Rosita de lugarea. De Condesa segua lo mismo con quien lo mereca. --No acabo de comprender--deca Beatriz--cmo has podido conocerme entre tanta gente y despus de tantos aos. --Hija ma--contestaba la Condesa--, yo tendr corto entendimiento; pero tengo mucha memoria y, sobre todo, mucha y buena voluntad para aquellos a quienes estimo. Te hubiera reconocido entre cien mil personas, sin antecedentes, sin estar prevenida, sin aviso de que estuvieses t entre ellas. Adems, qu mrito hay en m? Quien te ve una vez no es posible que te olvide. --Gracias, gracias; me confundes con tus elogios indulgentes y generosos. --Digo la verdad. Y luego t no has cambiado en la cara. Tu cuerpo es otro; te has desenvuelto, te has embarnecido algo, ests hecha una hermosa mujer. Praxteles te hubiera tomado por modelo. Estas prendas, sin duda, son hoy otras en ti. Cuando nos tratamos en el lugar eras una nia. Yo vi entonces el fresco y tierno capullo; ahora veo la rosa, que ha desplegado todo el lujo exuberante de su aromtica corola. Pero repito que la cara, la expresin, el mirar..., nada de esto ha cambiado. Cuando hablas pareces una mujer casada...; pero en silencio... pareces una nia, ms cndida..., ms inocente que tu hermanita, que tambin es muy mona. --De todos modos... es singular..., sin antecedentes..., sin saber que yo estuviese en Madrid... --No; eso no. Yo no gusto de jactarme de lo que no debo. Yo he sabido hace poco que estabas en Madrid. Si antes lo hubiera sabido hubiera ido a verte a tu casa. --Y quin me conoce? Quin ha podido hablarte de m? Mi marido es un pobre empleado... --Ser lo que dices; pero su inteligencia y su laboriosidad tienen encantado al Ministro y lleno de envidia a todo el personal de la Secretara. El Ministro no hace ms que hablar de tu marido. Y lo que es de ti, aunque vives tan retirada, hablan ya muchos desde que, pocas noches ha, te vieron en estos Jardines. --Es posible, mujer! Quieres burlarte de m? --Harto sabes t que no me burlo. --No te burlars porque eres buena, pero querrs embromarme. Es cierto que vine aqu pocas noches ha, mas nadie me conoca. --Entonces te conocieron y te admiraron. Alguien que se precia de hastiado, de descontentadizo, de difcil, qued tan hechizado que os sigui. Doa Beatriz se puso colorada otra vez. --Cmo sabes eso?--dijo. --El me lo ha dicho. --Quin? --Quieres que te regale el odo? El Conde de Alhedn, la flor de los elegantes, el ms guapo de nuestros pollos. --Sera por mi hermana. --De eso no me ha dicho el Conde palabra. Se ha limitado a decirme que os sigui, y me ha hecho de vosotras el ms brillante encomio. Asegura que jams ha visto dos mujeres ms bellas y ms aristocrticas por naturaleza. Antes de llegar hasta m haba el Conde tomado informes, y yo no s cmo diablos se las haba compuesto que, a pesar de vuestra fuga precipitada en un pesetero, saba ya cmo os llamabais, dnde vivais, quines erais, quin era tu marido y mil cosas ms. Claro est que al decrmelas ca en la cuenta de que erais las nias que tanto haba yo querido en el lugar, y entr en deseo de volver a veros. Si he de hablarte con franqueza, slo he venido esta noche por aqu a ver si os hallaba. En casa tengo gente: un crculo de amigos. All me aguardan, y mi marido est con ellos. En fin, gracias a Dios que os he encontrado. Bien supona yo que habais de venir por ser noche de domingo, en que tu marido no tendra quehaceres. La otra noche fu una locura lo que hicisteis, creyendo que nadie lo notara. Venir solas... dos nias... exponindose a la persecucin de cualquier majadero mal educado!... No todos son la crema de la cortesa. No todos son como el Conde de Alhedn, que sabe distinguir a escape con quin ha de habrselas. --Tienes razn--dijo Beatriz--; fu un disparate, fu una imprudencia lo que hicimos la otra noche. No lo volveremos a hacer. --De aqu en adelante sera imposible. Os desentonarais. Ya a estas horas os conoce todo Madrid; esto es, la sociedad. Debis venir, o con tu marido... o conmigo. Os traer en mi coche si os divierten los Jardines. Mi poeta y algn otro nos escoltarn. Es menester darse tono. No es cosa de venir aqu dos muchachas como dos aventureras. --Mucho tengo que agradecerte--exclam doa Beatriz. --No, nia ma, no me agradezcas nada. Lo hago por egosmo. Aqu para entre nosotras, la vanidad no me ciega; voy siendo ya cotorrona. No tengo amores, ni celos, ni aspiro a nada, y necesito la amistad y la compaa de mujeres jvenes como vosotras. Mi casa es un casino, del cual soy presidente con faldas; pero me voy cansando de hacer este papel. Quieres compartirlo conmigo? Quieres ayudarme a presidir mi tertulia? --Ignoro si Braulio querr y podr... --Cmo no ha de querer? Parece afable, alegre, buen seor y discreto. Ya reconocer que su mujer no ha de estar siempre metida en casa. Cuando se cas con una criatura como t, se hara cargo de todo esto. No le coger de susto. --S..., es verdad...--dijo doa Beatriz--; pero Braulio tiene razones poderosas. Por qu he de avergonzarme de decrtelas? Somos pobres... Cmo gastar en trajes?... --Y para qu esos trajes? En mi casa... estamos de toda confianza... Puedes ir como ests ahora..., menos lujosa an... y hasta puedes llevarte all la labor... Ya vers cmo te distraes all por las noches. Tu hermanita se distraer tambin, porque van a casa pollos proporcionados a su edad e irn ms cuando sepan que va ella. En cuanto a tu marido..., no es un requisito indispensable que te acompae siempre. Esto sera ridculo por varios motivos; porque hara sospechar que era un celoso desconfiado, lo cual redundara en menosprecio tuyo, o porque hara presumir que era un hombre incapaz, baldo, que no tena negocios en qu emplearse; pero, en fin, aun cuando tu marido fuera a menudo a mi casa, doy por cierto que, lejos de pesarle, se alegrara. All van no pocos sujetos de su posicin. Se dara a conocer, ganara amigos y hablara de poltica, de hacienda, de ciencias, de todo, luciendo lo mucho que dicen que sabe... y que hasta lo presente, dicho sea en paz y sin que te enojes, no le ha servido de nada. T lo confiesas..., no estis muy lucidos. --Estamos contentos... y no deseamos ms. --Esa es una virtud..., pero infecunda. Cuando no se aspira no se alcanza. Es menester aspirar a todo... Mira t mi marido... Ya te le presentar... No vale la vigsima parte de tu don Braulio. Y, sin embargo..., cmo sabe ingeniarse!... Es un gerifalte... Yo hablo contigo con el corazn en la mano. Es menester que saquemos a tu marido del limbo en que vive. Tiene elementos... Por qu no ha de aprovecharlos? Para filsofo, menospreciador del mundo y de sus pompas vanas, hubiera hecho mejor en no casarse con un pimpollo como t. --Qu quieres? Me amaba tanto! --Lstima fuera que no te amase! A quin no infundirs amor? T, sin embargo, agradecida... --No slo agradecida..., enamorada tambin... --Conque, le amabas mucho? --Y le amo todava. --Su claro talento te sedujo: doble motivo para que le emplee en hacerte feliz, para que se deje de vagas meditaciones y acuda a lo que importa. No s qu agudo escritor ha comparado al filsofo especulativo con un mulo que da vueltas a una noria, atado a ella por el diablo de la metafsica, sacando agua que no bebe, y sin comer la abundante hierba y lozana hortaliza que por todas partes le rodea. Pues peor es an cuando el filsofo o el mulo, siguiendo la pcara comparacin, tiene una compaera y la lleva de reata, y no la deja pacer tampoco. --Mi obligacin y mi gusto es seguir a mi marido por dondequiera que vaya; as me lleve a un desierto estril como a la tierra de promisin. Por dicha, no creo que est tan hundido en intiles ensueos, que desconozca la realidad de la vida. --Mejor es as. Me alegro. Sin lisonja: me va siendo muy simptico tu marido. Tiene buena facha. Se conoce que es pjaro de cuenta. Lo nico que debiera reformar es el sombrero y los picos del cuello de la camisa. Son enormes. Por qu no haces que se los recorten un poco? --Es un capricho. Insiste en llevarlos as; pero no es terco en asuntos de ms importancia. --Entonces... bueno va. Con picos y todo me parece bien..., muy curiosito..., muy pulcro... Hasta la enormidad descomunal de los picos se me antoja ya que le da cierto carcter original y grave. Pero, seor, dnde se habr escondido el Conde? --Qu Conde?--pregunt Beatriz. --Tu ms fervoroso admirador. Apenas te vi vino a decirme que habas llegado. Lo singular es el miedo que te tiene. Es absurdo en hombre tan corrido y tan atrevido. Nada..., le da vergenza de que le presente a ti y se ha escapado. Est retardando lo que ms desea... Gracias a Dios! Ya viene por all. Beatriz dirigi la mirada hacia donde indicaba su interlocutora, y vi que se acercaba al corro el lindo y elegante Conde de Alhedn. --No es verdad que es muy gentil?--pregunt la Condesa. Beatriz hizo un gesto gracioso que nada significaba. --Y luego--aadi la Condesa--, si vieras qu bueno es, y qu sencillo y qu caballero! Nada dijo Beatriz tampoco para corroborar estas alabanzas. Lleg en esto el Conde, y la de San Tedulo le present sucesivamente a Beatriz, a su hermana y a don Braulio. No era el Conde de la reciente escuela y ltima cra, que hace gala de gastar pocos miramientos con las mujeres, o si lo era, saba distinguir ocasiones y personas, y conociendo que no ganara con abatirse intrpida y bruscamente sobre su presa, estuvo hasta cortado y tmido en los primeros instantes. Se limit a decir algunas palabras corteses a cada una de las dos hermanas, sin acercarse demasiado a ellas, y sobre todo, sin incurrir en la insolente ordinariez, en que ahora incurren con frecuencia los hombres, de alargar la mano a las seoras apenas las conocen, obligndolas a que los desairen o a venir de buenas a primeras a trminos de amistosa confianza. Despus busc el modo ms natural de entablar conversacin con don Braulio, y como si fuese un seor tan formal y de peso como l, le entretuvo ms de media hora sobre materias importantes. Hizo ms an. Hizo algo que pareca imposible, dado lo parlanchn que era: supo callarse, escuchar con atencin y obligar a don Braulio a que hablara, de lo cual don Braulio sali encantado. Por ltimo, haciendo la conversacin general, solt el Conde la rienda a su buen humor, ensart mil chistosos desatinos, dentro siempre de los lmites no ya slo de la decencia, sino de la ms delicada urbanidad, y divirti y regocij a la reunin, logrando hacerse simptico a todos. Preparados as los nimos, cuando acababan de dar las once, la Condesa propuso abandonar ya los Jardines e ir todos a su casa a tomar el te. Don Braulio, a pesar de que haba redo las gracias del Conde y estaba contento de que le hubiese escuchado discretear, se escamaba de tanto obsequio y senta no poco sobresalto de ver cmo se iba metiendo en los trotes del gran mundo; pero no supo resistirse. La Condesa le iba a llevar hasta la casa de ella en su coche. Despus, desde la casa de la Condesa a la de don Braulio haba pocos pasos que andar. Allanadas as las dificultades, hubiera sido una grosera no aceptar el convite. Don Braulio acept, pues, y en compaa de su mujer y de Inesita, los cuatro en el mismo land abierto, fu aquella noche a la tertulia ntima y diaria de la Condesa de San Tedulo. X Por lo general, no hay tertulia o reunin para divertirse donde no se baile o se juegue a los naipes. Sin tresillo para los viejos y sin polkas y valses para los jvenes, todos por lo comn se aburren. Es de admirar, por lo tanto, una tertulia, como la de nuestra Condesa, donde slo con charlar se diverta la gente. La mujer que logra tener una tertulia as puede jactarse de haber puesto una pica en Flandes. Cuantos sepan de estos negocios mundanos tendrn que reconocer en la mujer que presida tal tertulia no comunes dotes de entendimiento. Otras singulares virtudes resplandecan tambin en Rosita. Era tan buena para amiga como mala para enemiga. A su marido le quera, le cuidaba y le mimaba como la consorte ms fiel y ms amante. No haba impedido esto que hubiese estimado despus y querido de otra manera y con otros tonos y matices de cario. Las mujeres, por lo comn, no entienden que haya ms que un solo cario, que dan por completo a alguien o que reparten de este modo o del otro. Rosita no era as. Rosita entenda y senta varios carios, que no se destruan entre s y que se armonizaban lindamente. Al Conde de San Tedulo le quera de un modo, a su poeta le quera de otro, y sobre estos afectos, propios y exclusivos de la mujer, surgan otros que parecan arrancar del fondo esencial del espritu, donde ya no hay diferencia de mujer y hombre: del principio neutro, antes de que adquiera determinacin sexual. Quiero decir con esto que Rosita amaba a muchos de sus tertulianos con una amistad parecida a la que un hombre puede sentir por otro hombre, con ms cierta dulzura inefable que ella, por ser mujer, y mujer bonita an, atinaba a poner en esta amistad, completamente ajena a todo sentir amoroso. El primero de estos amigos de Rosita era el Conde de Alhedn. Entre Rosita y el Conde no haba secretos. Todo se lo confiaban. El Conde buscaba en su amiga consolacin para sus disgustos y consejos para sus dificultades. Rosita admiraba el talento del Condesito: le rea todos los chistes, hallaba que nadie era ms discreto que l; ni su poeta ni su marido valan un pitoche al lado del Conde, y por l hubiera hecho Rosita cualquier sacrificio. Nunca, sin embargo, ni el Conde haba pensado en enamorar a Rosita ni sta en enamorar al Conde. Fundadas tan poticas relaciones en la estimacin mutua, para Rosita era el Conde de Alhedn como un orculo, sobre todo cuando se trataba de una ciencia que nos atreveremos a llamar _Esttica social_; esto es, de calificar a las personas, y a las acciones y a las cosas, de elegantes, de distinguidas y de bellas. Una sentencia del Conde de Alhedn sobre feo o bonito, sobre buen tono o mal tono, sobre distincin o falta de distincin, era inapelable para Rosita. De este modo se comprender su entusiasmo sbito por sus antiguas amigas del lugar. El Conde se las haba descrito como dos portentos, y Rosita haba dado por cierto que lo eran. Deseosa entonces de lucirlas en su tertulia, alegre de ver que el entusiasmo de juez tan competente como el Conde recaa en sus casi paisanas, y anhelando que el Conde las conociera y tratara, busc y hall, como hemos visto, a Beatriz y a Ins. El Conde mismo, en cuanto las vi, haba ido a avisar que venan, por donde fu harto fcil a Rosita reconocerlas. Por lo dems, ni en esto hubo plan pecaminoso, ni propsito maquiavlico, ni concierto alguno entre el Conde de Alhedn y su confidente. Nada se haba tramado ni contra la virtud de Beatriz, ni contra la inocencia de Ins, ni contra el honrado reposo de don Braulio. Rosita busc con alegra y orgullo a sus semi-paisanas, fiada en los encomios del Conde. Cuando las hall, o sea porque estuviese bien predispuesta, o sea porque ellas lo merecan todo, le parecieron mejor an, cada una por su estilo, que lo que haba dicho el Conde. Y como Rosita no era envidiosa, cuando no haba celos ni emulacin de por medio, dese todo bien a sus amigas, y fu sincera en cuanto con Beatriz haba hablado. Le pas por la cabeza que en su casa podra hallar Inesita un buen novio; consider posible que en su casa saliese don Braulio de su obscuridad, y como le juzgaba pjaro de cuenta, vino a fingrsele en breve tiempo o Director general o Ministro, haciendo mil negocios tiles a la patria, y sobre todo a su marido; y no le pareci tampoco inverosmil que en su casa Beatriz y el Conde de Alhedn llegasen a enamorarse perdidamente el uno del otro; pero en esto no atinaba a ver Rosita, dado que ocurriese, y que ocurriese con la debida circunspeccin, nada de trgico, ni siquiera de desagradable para don Braulio, quien, segn ella misma haba declarado, le era simptico de veras, y de quien ya formaba elevadsimo concepto. Con tales ideas respecto a sus nuevas, o mejor dicho, renovadas amigas, la Condesa de San Tedulo se deshizo en amabilidades. Beatriz estuvo en la tertulia encantada y encantadora. Satisfecha de verse atendida y mimada por todos, desech la cortedad y _tom la tierra_, como si hiciera ya aos que asistiese en aquellos salones. Todos, hasta los ms difciles, admiraron su ingenio a par de su belleza, y celebraron la natural sencillez de su trato, su no aprendida, sino ingnita elegancia, y su espontnea gracia andaluza. Aunque con la embriaguez del xito propenda Beatriz a hablar demasiado, saba contenerse y templarse para no pasar por desenvuelta y parlanchina. Merced a su reflexiva prudencia estuvo, pues, inmejorable. Inesita, por su estilo, estuvo asimismo muy bien. Su serenidad olmpica, su calma divina, no la abandon ni un instante. En medio del lujo y los esplendores de aquella casa, antes desconocidos para ella, no sinti, como su hermana, que le suba a la cabeza algo semejante a los vapores del _champagne_; y sin la indiferencia selvtica del rstico, y sin el afectado desdn del vano y orgulloso, no se maravill de nada, dejando ver que lo comprenda y lo estimaba todo, aunque no lo hallaba extrao a su condicin. En suma: Inesita estuvo en la tertulia como pudiera haber estado una princesa real, para quien todas aquellas magnificencias eran elemento propio, o ms bien, quedaban por debajo del elemento que ella respiraba y en que su alma viva. Esta serenidad de Ins hubiera podido pasar por orgullo si no estuviese suavizada por una mansedumbre angelical; tal vez se hubiera confundido con la necia apata, si en la luz de sus pupilas, claras y profundas a la vez, no destellase la inteligencia. Quien fijaba su mirada en la de ella crea penetrar a travs de mgicos cristales en el seno de un encantado palacio lleno de misterios, o imaginaba hundirse hacia el fondo de transparente lago, poblado de hermosas y vagas creaciones, cuyos divinos contornos no atinaba a comprender con fijeza, porque el ms leve suspiro del aura rizaba las puras ondas, y stas, sin perder ni en claridad ni en pureza, desvanecan y esfumaban toda imagen. En cuanto a don Braulio, menester es confesar que estuvo bastante encogido y fuera de su centro en la tal tertulia. Ya sabemos que era muy _escamn_, como dicen en su tierra. As es que, si bien disimulaba con habilidad, andaba con la barba sobre el hombro y le parecan los dedos huspedes. Era listo, pero presuma de ladino, y llegaba a ser sobrado malicioso. Form, pues, de la tertulia un concepto muy diferente del que doa Beatriz haba formado. Aunque don Braulio haba vivido casi siempre en lugares y pequeas ciudades de provincia, y aunque en Sevilla, durante los primeros aos de su matrimonio, haba estado retiradsimo, sin tratar nunca con lo que llaman el gran mundo, l le conceba y le comprenda ms bello de lo que ahora se le presentaba. Dud, por consiguiente, que aqul fuese el gran mundo puro, sino un remedo falso de l, como el similor es remedo del oro. Y ya en este camino, fu ms all de lo razonable e hizo juicios aventurados, entendindolo todo grotescamente y trabucando las cosas. Los Condes de San Tedulo le parecieron un si es no es Condes de pega, y aunque en la tertulia haba sujetos de verdadero valer y clase, el concepto un poco turbio que tena don Braulio de los amos de la casa hubo de proyectar cierta sombra obscura sobre los que a la casa asistan. De casi nadie pens bien. Extraa condicin de los seres humanos! Uno slo se gan desde luego su confianza; uno slo le pareci elegante, distinguido, noble por completo, discretsimo, ilustre, ameno, dulce y leal: el Conde de Alhedn. Vindole cuchichear a menudo con Rosita y estar en la casa con ms desenfado que los otros, don Braulio, pasndose de listo en esta ocasin, hizo un arreglo all en su mente, y decidi que el Conde de Alhedn representaba en aquella casa el papel que en realidad representaba el poeta Arturo. All en su interior don Braulio perdon benignamente al Conde este extravo, y considerando sus excelentes prendas, y sin recelo de nada por este lado, casi intim con l. En cambio, al poeta, que era muy entrometido, que desde luego trat con la mayor confianza a las dos hermanas, que se acercaba muchsimo para hablar con ellas, as por mala educacin como por ser algo corto de vista, y que ech a Beatriz en verso y en prosa una infinidad de piropos, don Braulio le tom tirria y le mir como a un Don Juan Tenorio menesteroso y de tercera o cuarta clase. De todos modos, a don Braulio no le encant la tertulia; pero don Braulio tena una pauta para su conducta, de la que haba decidido no apartarse. Tal como est la sociedad, y fuese cual fuese el ideal que l tena del gran mundo, lo cierto era que la casa de los Condes de San Tedulo era una casa respetable, donde cualquiera otro, en su posicin, se hubiera quedado contentsimo de ser admitido. Don Braulio poda pensar lo que se le antojase de Rosita y de su marido; poda denigrar, all en el fondo de su severa conciencia, la tertulia con sus tertulianos; pero ante el mundo, dentro de las condiciones de esta vida que vivimos, no poda oponerse, sin pasar por hurn, por celoso y por tirano, a que su mujer siguiese yendo a dicha tertulia. Don Braulio no quera, adems, contener a su mujer con sermones, ni con severidad, ni con mandatos. Quera slo de ella amor por amor. Su plan estaba trazado. No poda ni deba oponerse a que Beatriz tratase a Rosita ni a que estrechase lazos de amistad con ella. Convenale, por ltimo, dar aviso a su mujer acerca del valor moral de Rosita, a fin de que no se engaase; pero disimular luego su disgusto si su mujer segua tratndola. Y esto hizo don Braulio. Habr quien crea que don Braulio hizo mal y que era dbil de carcter. Aqu no le damos como dechado de fortaleza. Le pintamos tal como es. Diremos, no obstante, en su abono, que son muy raros los Catones. Todos se informan de la conducta de los criados que van a recibir en casa, y nadie de las de aquellas personas con quien tratan e intiman su mujer y sus hijas, siempre que dichas personas salven las apariencias y no estn mal vistas en el mundo. En suma: ya con la tolerancia, ya con el beneplcito de don Braulio, doa Beatriz e Inesita, desde aquella noche en adelante, siguieron yendo con frecuencia a la tertulia de la Condesa de San Tedulo y siendo su ms preciado ornato y atractivo. Rosita, adems, las llevaba a veces en su compaa, ya al teatro, ya a los Jardines, ya al paseo, ya a comer en su casa. Don Braulio, segn sus quehaceres o su humor, iba o no iba con su mujer y su cuada a estas diversiones y fiestas, a las que Rosita tena buen cuidado de convidarle siempre. XI Pasaron meses desde la noche en que por vez primera haban aparecido en la tertulia de la Condesa don Braulio, su mujer y su cuada. Todas las prudentes reflexiones de don Braulio a su mujer haban sido intiles. Beatriz gustaba de brillar en sociedad, y ante esta consideracin daba poca importancia a los consejos de su marido. Parecanle tal vez exageradas cavilaciones de un hombre ya anciano. No desconoca ella que en el fondo don Braulio tena alguna razn al sostener que la tertulia de los de San Tedulo no era el verdadero gran mundo, no era el legtimo buen tono; pero poda su marido llevarla a ese gran mundo? Sin duda que no. Haba, pues, de desistir ella de ir a parte alguna; haba de seguir encerrada entre cuatro paredes en la flor de su juventud, y condenar a Inesita al mismo suplicio porque no hallaba una sociedad perfecta, por todos estilos, donde poder presentarse? En varias discusiones que tuvo Beatriz con su marido acerca de este negocio, siempre le hizo callar y sali victoriosa. Sus argumentos eran, en verdad, difciles de rebatir. Para todo tena respuesta. --La Condesa de San Tedulo tiene mala reputacin--deca don Braulio. --Ser una calumnia--contestaba Beatriz. --Y si lo que se dice contra ella es fundado? --Entonces... qu se le ha de hacer? A bien que no es enfermedad contagiosa. --Quiero conceder que no se d el contagio cuando no hay predisposicin para ello; pero al menos t me conceders que la mala fama trasciende; que la maledicencia no slo se ceba en quien lo merece, sino en las personas que rodean a quien lo merece, aun cuando no sean cmplices suyos. --Eso quiz ser verdad; pero, a fuerza de querer probar mucho, no prueba nada. Si toda mujer virtuosa, con slo tratarse con otra que no lo es se expone a que confundan e igualen su conducta con la de su amiga, lo mejor es no tratarse con nadie, vivir como en el sepulcro. Qu quieres? Voy a pedir un certificado de virtud a las mujeres con quien hable? Dices t que la de San Tedulo no es del gran mundo verdadero. Habr ms virtud en las mujeres del verdadero gran mundo? No se habla de ellas como se habla de mi amiga? Pues, si descendemos, si pretendes que me trate con la mujer del escribiente, del portero o del empleadillo, de dnde infieres t que he de hallar en ellas toda la severidad de Lucrecia? Est acaso vinculada la virtud en la gente humilde? Es la honestidad privilegio exclusivo de las hembras menesterosas? Desengate, Braulio; lo que t quieres es que vivamos aqu tan aisladamente como en Sevilla, hechos unos hurones, sin tratarnos con un alma. Yo por m me resignara... por darte gusto, aunque bien conoces que es muy duro... Soy joven an... T, ocupado en tu Secretara y en tus estudios, apenas me acompaas. He de vivir en eterno soliloquio? Y luego, la pobre Inesita..., que no tiene, como yo, un marido a quien complacer a y quien amar, por qu ha de ser vctima de ese antojo tuyo? Tales razonamientos ejercan un poder invencible en el alma de don Braulio. Nada hallaba que contestar a ellos, y se callaba. Beatriz, al verle callado y casi rendido, le diriga una mirada amorosa, le sonrea dulcemente, le haca un cario, y don Braulio acababa de someterse. No slo no era capaz entonces de prohibirle que fuese a la tertulia de la de San Tedulo, sino que no hubiera acertado a oponerse a cualquiera locura que ocurriese a su mujer. All, en lo interior de su alma, don Braulio le daba razn en todo, no ya meramente por el afecto que le profesaba, sino por la hechura de su entendimiento y por la condicin y carcter de sus ideas. Qu derecho tengo yo--deca entre s--para que esta hermosa mujer, tan discreta, tan graciosa, tan a propsito para ser el encanto y la admiracin de quien la trate, se sepulte en vida en castigo de haberme amado y de haberme tomado por marido? Qu derecho tengo yo para imponer adems la misma pena a su linda hermana, ms joven an y no menos a propsito para lucir en el mundo? Hasta es ridculo mi antojo de que sea virtuosa la sociedad que frecuenten. Dnde voy a hallar eso? La sociedad no es virtuosa ni viciosa. Lo son las personas que la componen. Y el vicio es ms comn que la virtud. Otras veces pensaba don Braulio: Si yo prohibiese a mi mujer que fuese a acompaar a la Rosita, todos los que lo supiesen o presumiesen se burlaran de m..., y con razn. Dara yo muestras de una desconfianza que no me honrara ni honrara a la compaera de mi vida. Hara creer que la sospechaba de liviana o de fcil. Ejercera contra mi mujer un acto tirnico, que tendra, adems, algo de infamatorio. Ella tendra entonces razn para dejar de amarme..., para odiarme..., quiz para despreciarme. La sola suposicin de que su mujer viniese a no amarle, a odiarle o a despreciarle..., agitaba los nervios del infeliz. Se senta convulso, como si el cielo fuese a carsele encima, y slo se serenaba, slo pasaba aquella tempestad de su alma, cuando acudan las lgrimas a sus ojos y desahogaba con ellas el sentimiento del corazn. Beatriz e Inesita quedaron, pues, en libertad completa de ir con Rosita a todas partes, y no dejaron de aprovecharla. Don Braulio se haca cmplice de esto, acompandolas no pocas veces. Entonces sola sentir las ms opuestas emociones. Unas eran agradables, otras muy desagradables; pero todas hbilmente disimuladas por l. Las emociones desagradables de don Braulio nacan de la desconfianza de s mismo, que le atormentaba. Se reconoca fatigado, melanclico, viejo, poco ameno, mal vestido, nada elegante, y a cada paso vea hombres cuyas prendas de entendimiento, cuyo valer moral, cuya alma, en suma, le parecan muy inferiores a lo que en su ser propio notaba y estimaba; pero que eran, al mismo tiempo, tan superiores a l en todo lo que ms fcilmente se nota y se estima, como, por ejemplo, distincin y soltura en los modales, juventud, hermosura fsica, salud y bro, amenidad y alegra en el trato, ligereza y gracia en la conversacin, que miraba como prodigio inexplicable que su mujer no gustase, ms que de l, de cualquiera de dichos hombres. Corroboraba en su mente tan triste persuasin el pensamiento de ciertas habilidades que l vea en otros hombres, y de las cuales se juzgaba incapaz. El vals era su desesperacin. Se admiraba de un hombre que valsase bien; le pareca precioso, encantador valsando, y deca para s: Qu pensar mi mujer de m, que no valso? Ms an se admiraba de los jvenes que cazan, que tiran a la pistola y al florete, que patinan, que montan bien a caballo, y que son giles y fuertes para todo esto. Hasta los que lidian becerros o van airosos en velocpedo le causaban envidia. All en su conciencia, con todo secreto, se declaraba a s propio nuestro don Braulio que, de ser mujer, estara l muy a punto de enamorarse de un guapo mozo que tuviese dichas habilidades. As es que se daba el infeliz al diablo, y de fijo hubiera hecho pacto con l, entregndole su alma, si de la noche a la maana le hubiese transformado de torpe en gil y de enclenque en robusto, concedindole la virtud de patinar, valsar, cabalgar, esgrimir, torear, cazar y _velocipedear_. Apenas quera creer don Braulio en el espiritualismo de las mujeres cuando suelen preferir a las susodichas habilidades otras virtudes varoniles; pero aun siendo as, qu pruebas haba dado l de estas otras virtudes? Qu batalla campal haba ganado? Qu poema haba escrito? Qu discurso haba pronunciado en las Cortes? Qu sumas haba ganado en la Bolsa, en el juego o en los negocios? Qu cuadro haba pintado? Qu estatua haba esculpido? Qu flamante sistema de filosofa haba creado en su mente? Qu nueva mquina o artificio haba dado a la industria humana? Don Braulio se abismaba en tales meditaciones, y sala de ellas tan mezquino y ruin a sus propios ojos, que se infunda lstima. Se senta amilanado y postrado. Miraba a su mujer, que en realidad era hermosa, elegante, discreta. Se le apareca digna de un trono, digna de ir en magnficos carruajes; de pisar alcatifas de Persia, de vestir blondas y sedas riqusimas; de recibir adoraciones de sabios y de valerosos y de ricos; de premiar el mrito, la destreza, la poesa, la ciencia y la audacia con una dulce mirada de amor. Y como don Braulio no haba hecho nada para obtener el premio, casi se persuada de que le estaba usurpando, de que era un detentador miserable. Doa Beatriz, en tanto, tena encantados a todos los hombres de la tertulia de su amiga. Su alegra era comunicativa; su charla, deleitosa. Deca mil chistes, sutilezas y discreciones, que se aplaudan y gustaban ms an por el acento sevillano con que los deca, por la expresin de su rostro, por la viveza de sus ojos y por los frescos y colorados labios, y blancos, iguales y apretados dientes, por entre los cuales brotaba suave, argentina y simptica su fcil y espontnea palabra. Saba ella adems infundir amor y respeto. Los mismos que codiciaban su hermosura la cercaban reverentes. Hasta el poeta Arturo dej de acercarse demasiado y se content con doblar los lentes para verla mejor. De contemplar esto nacan las emociones agradables de don Braulio. Aquella mujer tan admirada y codiciada era suya. La que, tal vez, o de seguro y sin tal vez, inspiraba amor a muchos hombres de vala; la que con una mirada, con un ligero favor, los hubiera podido llenar de orgullo y de dicha, le amaba a l slo, y para l slo guardaba toda la ternura de su corazn, y todo aquel tesoro de belleza, tan deseado y encomiado. Don Braulio, no obstante, era una de aquellas criaturas en quienes toda emocin grata dura poco, a quien acude sbito la idea triste que envenena dicha emocin. Mas por qu--se deca--soy yo el que ella ama, el nico dichoso, el dueo del tesoro, el que tiene la llave de su corazn? Por una casualidad, primero: por haberla hallado en un lugar donde nadie haba que compitiese conmigo. Y despus, por un contrato consagrado por la religin: por un deber moral, legal y religioso, que le impulsa a amarme de un modo exclusivo. Si ste, aqul o el otro fuese su marido, en vez de serlo yo, no le querra como a m me quiere? Quin sabe? Quiz le querra ms. Entonces recordaba don Braulio y analizaba en su mente toda caricia, toda palabra de amor, toda seal de simpata, y pugnaba por descubrir en ello lo que slo proceda de amor, apartando lo que del deber, unido a la bondad y hasta a la compasin, acaso proceda. Casi siempre sacaba de este anlisis que todo se evaporaba en bondad, en cumplimiento de una obligacin, en deseo de no afligir, en agradecimiento, y que nada quedaba para el amor en el fondo de la retorta, donde su impa crtica haba puesto a alambicar las muestras todas de cario que doa Beatriz le haba dado desde que se casaron. Fingase, por ltimo, a doa Beatriz casada con un hombre joven, hermoso y brillante, con un hombre a quien ella pudiese amar y amase con toda la energa del alma juvenil; y entonces imaginaba don Braulio coloquios, xtasis, arrobos, ternuras inefables, deleites infinitos, glorias divinas de amor, ocultas an en el fondo del alma de doa Beatriz; todo un cielo de bienaventuranza all sumido, y que l no haba jams hecho surgir y aparecer con sus dbiles conjuros. Considerbase como dueo de un arca misteriosa, fabricada por los genios; arca de cuya exterior y somera beldad gozaba l slo a todo su sabor y talante, mientras que ocultaba en su seno la joya ms rica, la felicidad ms cabal en este mundo, un trasunto del Olimpo, del Edn y de cuantos Parasos y Campos Elseos soaron los poetas y los videntes antiguos; la visin beatfica, la unin esencial del alma con el objeto condigno de su anhelo insaciable; pero arca que no mostraba todo esto a quien no tocase el resorte que haba de hacerlo aparecer, y que l no tena ni fuerza, ni maa, ni merecimiento para tocar. Don Braulio se desesperaba, perdindose en tan crueles meditaciones, de las que no quera confiar nada a su mujer, ni tal vez hubiera acertado a confiarle algo aunque hubiera querido. XII Mientras que andaba don Braulio agitado, all en el fondo de su alma, de tan varios afectos, de los cuales sala siempre por consecuencia, la precisin en que se crea de dar a su mujer y a su cuada libertad completa para ir a casa de la Condesa y acompaarla a teatros y paseos, Beatriz, aprovechndose de dicha libertad, vino a ser casi tertuliana diaria de la San Tedulo, ora la siguiese slo Inesita, ora la siguiese tambin su marido. Cuando iba ste, la natural simpata le impulsaba siempre a hablar con el Conde de Alhedn ms que con otro alguno. El Conde hablaba con formalidad, con sumo acierto y con sano juicio, de las cuestiones ms graves, y hasta cuando estaba de broma todos sus chistes parecan a don Braulio no groseros y vulgares, sino delicados e ingeniosos, por donde era el primero que los rea. El Conde, hecho as muy amigo de don Braulio, hubo de acompaar algunas noches a las dos hermanas hasta la casa de ellas; y como doa Beatriz se la ofreci, l pudo visitarlas y las visit del modo ms correcto. Nada de esto haca recelar a don Braulio. El no tena celos de persona alguna determinada, y en todo caso, por la especie de admiracin que profesaba al Conde, tena ms confianza en l que en otro cualquiera. Imaginaba que el Conde le comprenda, le respetaba y no abusara de su amistad aunque pudiese. De esta suerte, por lo mismo que reconoca en el Conde ms capacidad de seducir que en todos los otros, tema menos la seduccin por parte del Conde. No eran de igual parecer los de la tertulia de Rosita. Sin odio, sin deseo de daar, por pura ligereza y alegre malicia, suponan cuanto hay que suponer, fundndose en los siguientes datos. El Conde, que deba haber ido a Biarritz, haba desistido de su expedicin y se haba pasado en Madrid todo el verano. Con mucha frecuencia hablaba con Beatriz en largos apartes. Se saba que la visitaba en su casa. El Conde estaba sin amores conocidos, la crnica escandalosa no designaba, ni en la sociedad elegante, ni entre la gente de la clase media, ni entre las bailarinas y actrices, ninguna que le tuviese cautivo en sus redes. En sujeto de tanto valer, tan gallardo y afortunado siempre con las mujeres, era inexplicable esta soledad amorosa, si no se supona alguna pasin oculta. La pasin, por consiguiente, se supuso. Y una vez supuesta, se supuso tambin que no poda menos de ser correspondida. La falta de pruebas que haba, el enojo del Conde cuando empezaron a embromarle con doa Beatriz, sus negaciones rotundas y el respeto y consideracin ceremoniosa con que trataba en pblico a aquella mujer, todo ello sirvi slo para que se pasmasen los amigos del maravilloso disimulo, de la hidalga prudencia y del noble sigilo de aquel dichoso mortal. Rosita, a quien el Conde se lo confiaba todo, quiso no pocas veces averiguar, en secreto y para ella sola, la verdad del caso. El Conde neg a Rosita que hubiese caso alguno que redundase en dao de don Braulio, y mostr enojo de que ella creyese que le haba, y le suplic, y hasta le exigi, que disipase tan absurdos rumores. Por desgracia, no vali esto sino para que Rosita dejase de hablar al Conde de sus relaciones con doa Beatriz, y hasta para que afirmase con frecuencia en alta voz que no haba tales relaciones; pero, en voz baja y al odo, Rosita sola hacer estupendos elogios de la caballerosidad de su amigo, que ni siquiera a ella le confiaba su triunfo. Este callar era heroico, este disimular demostraba a gritos la vehemencia y sublimidad de un generoso afecto. --Llega a tal extremo el Conde--deca Rosita--, que ser capaz de tener un desafo con quien divulgue por ah que Beatriz le ama. --_E pur si muove_--aada el poeta Arturo, si por acaso se hallaba all. El rumor, la suposicin, la calumnia, si era calumnia; la hablilla, en fin, si as queremos llamarla, se movi en efecto con rapidez portentosa. Apenas qued en la coronada villa hombre ni mujer, iniciados en la historia anecdtica de los salones, en aquella historia que Asmodeo y sus imitadores no pueden ni deben revelar por impreso, si bien tiene mil cronistas orales y clandestinos, que no diese ya por cierto, firme y apretado, el lazo que una el corazn de Beatriz y el de Ricardo, que as llamaban al Conde de Alhedn sus ntimos o los que por tales queran pasar para darse tono. Don Braulio era quiz el nico que ignoraba todo aquello, y la gente se pasmaba de su ignorancia. Los sujetos ms benvolos decan: --No es extrao. El buen seor est en Babia siempre. Es tan distrado! Vaya: ms vale as. Otros exclamaban: --Bien se conoce que el hombre es un verdadero filsofo. Otros: --Quin sabe? Estos varones severos no incurren casi nunca en la torpeza de averiguar lo que no les conviene. La distraccin, el andar siempre por los espacios imaginarios suele traer muchos provechos. Otros, por ltimo: --Ya vern ustedes cmo el pobrecito don Braulio adelanta en su carrera y llega a ser personaje. Su mujer har que suba. El respeto y hasta el temor que inspiraba el Conde de Alhedn, poco sufrido con nadie, pronto para el enojo, y diestro y feliz en lances y pendencias, no consentan que los hombres se insinuasen con doa Beatriz, hablndole de sus amores con el Conde. Beatriz no trataba con mujeres de la sociedad, que no hubieran respetado al Conde y que se hubieran insinuado con ella. Y Rosita quera tanto al Conde, que por nada del mundo le hubiera causado el pesar de darse por entendida con Beatriz de que sospechaba o saba lo que, a su ver, pasaba. Doa Beatriz, por consiguiente, poda imaginar, o imaginaba sin duda, que nadie sospechaba de ella. Los rendimientos y las deferencias de que era objeto los poda atribuir a su mrito propio, y el que los galanes no se le acercasen en son de guerra y de conquista, a que su buena reputacin los tena a raya. Durante, pues, todo el verano y hasta el principio del mes de octubre, momento en que ocurrieron casos importantes, que pronto hemos de referir, pudo muy bien doa Beatriz, nada experimentada ni escarmentada an de la maledicencia de los madrileos, vivir tranquila y persuadida de que nadie la acusaba de ser la enamorada del Conde, y de que don Braulio no estaba en ridculo de resultas de haber sido tan bueno y tan complaciente con ella. Al llegar a este punto siento yo cierto prurito de declamar y de moralizar, a fin de que mi historia merezca contarse entre las ejemplares. No atino, sin embargo; no me decido siquiera a sealar el blanco contra el cual he de dirigirme. Declamar contra la sociedad murmuradora? No me atrevo, sin considerarme como injusto. Quin sabe an lo que en realidad pasaba? Pero las apariencias estaban en contra de doa Beatriz. Declamar contra sta? Y si era inocente? Y si las apariencias eran engaosas? Y si ella, ignorante an de la vida, no notaba que, sin querer, quiz sin merecerlo, daba pbulo a la maledicencia? Sera, por ltimo, harto cruel que yo me estrellase contra el bueno de don Braulio, que era tan honrado, tan noble, tan excelente, y cuya nica falta, si falta haba, se originaba del amor entraable y de la indulgencia bien meditada con que miraba a su mujer. Lo mejor, por lo tanto, es que nos abstengamos de declamar y de moralizar, aguardando a ver qu sale en claro de todo esto. Por lo pronto, lo que podemos asegurar es que la reputacin de doa Beatriz estaba perdida; gravsimo mal, aunque no del todo irremediable, dado que fuese una calumnia lo que se recelaba o afirmaba: dado que la suposicin no tuviese fundamento alguno. Verdad es que para poner remedio a aquel mal era ya menester que los pacientes lo supiesen primero, condicin terrible para el enamorado don Braulio, quien, atormentado por sus vagas y melanclicas imaginaciones, no adverta nada de lo que en realidad estaba pasando en torno suyo, y cuyo corazn, que tanto se angustiaba slo con presentir la prdida del cario de Beatriz, pareca que no haba de tener resistencia bastante para sufrir el rudo golpe de la certidumbre y la realizacin de su presentimiento. XIII Confieso, con la ingenuidad que me es caracterstica, que he tenido tentaciones de pintar al Conde de Alhedn como a un seductor perverso, endemoniado y profundo en sus ardides y planes de guerra. De esta suerte--me deca yo cuando iban ocurriendo estas cosas y yo mismo no estaba an en el secreto--, si doa Beatriz ha sido en efecto seducida, su cada tendr cierta disculpa, y, si no lo ha sido, su triunfo ser ms glorioso y memorable. No hay nada, sin embargo, que me repugne ms que la mentira. Ni siquiera gusto de apelar a ella para escribir un cuento. Y como el Conde de Alhedn existe en realidad y yo le conozco y trato, se me hace cargo de conciencia presentarle diverso de lo que es, aunque sea envolvindole en el velo del seudnimo. El Conde de Alhedn, dicho sea en honor de la verdad, no pasa de ser un buen muchacho, si hemos de juzgarle con el relajado criterio que en el mundo se usa. El Conde de Alhedn dista tanto de ser un Don Juan Tenorio como dista el cielo de la tierra. Jams ha empleado engao ni violencia contra soltera ni casada. Doy adems por seguro que, si haca examen de conciencia, por muy severo y escrupuloso que fuese antes de la poca de nuestra historia, no llegara jams a persuadirse de que l hubiese seducido a mujer alguna. Hallando fcil y abundante cosecha de laureles entre las seductoras y ya seducidas, no tuvo el Conde la mala idea de extraviar a ninguna cndida e inocente doncella, o de turbar la santa paz de algn matrimonio modelo por lo bien avenido, ejemplar y amoroso. Si en algunos casos reconoca el Conde que la seduccin haba sido mutua, en los ms, con notable consolacin de su nimo y con no corto menoscabo de su vanidad, el Conde no vea en su propia persona sino a la que padece, esto es, a la verdaderamente seducida. Ni una sola de sus conquistas haba tenido hasta entonces asomos de carcter trgico. No se acusaba al Conde de haber arrancado de frente alguna el luminoso nimbo de la santidad y de la pureza. No haba mujer que hubiese descendido por l de un pedestal sagrado donde hubiera estado antes, sin que jams la tocase el lodo de la tierra, sin que se empaase en lo ms mnimo la ntida blancura de la fimbria de su veste. O bien haba sido el Conde uno de tantos, y no primero en una serie ms o menos larga y variada, o bien, si por dicha haba sido el primero, el mismo diablo haba allanado antes los caminos tan suave y aviesamente, que harto se poda dar ya por perdido lo que haba que perder, y al Condesito slo le remorda la conciencia, como al joven filsofo de la fbula, por haber cedido con fragilidad al capcioso argumento que estos versos expresan: Tmelo por su vida, y considere Que otro lo comer si no lo quiere. Cuando me paro a meditar acerca de la virtud en grado heroico se me ocurre un pensamiento que me apesadumbra bastante. Verdad que hay an, y seguir habiendo de seguro, guerras civiles e internacionales, revoluciones violentas, pestes, enfermedades y otra multitud de plagas con que Dios quiere y puede probar y ejercitar nuestra paciencia. Verdad que todos estamos condenados a morir, y no es chico mal la muerte, sobre todo cuando se la contempla desde la cumbre de la vida, en el pleno goce de la mocedad y del bro sano de nuestra primavera; pero en circunstancias normales, en la vida burguesa, ordenada y poltica que hoy se vive, es difcil, cuando no imposible, que aparezca o se d en cualquier sujeto un caso de herosmo, de sufrimiento extraordinario, de entereza sublime o de otra virtud magna y pasmosa, sin que aparezca o se d, como motivo u ocasin, en otro sujeto o en varios, un caso de vicio o de maldad o de fiereza no menos fuera de todo trmino razonable. Para que haya un Rgulo es menester que haya cartagineses; para que haya un sabio que beba tranquilo la cicuta es menester que haya jueces inicuos que por odio a sus discreciones y sabiduras le condenen a beberla, y para que haya mrtires que se dejen desollar o que se dejen asar a fuego lento en unas parrillas es menester que haya tiranos tan empedernidos y atroces, que los manden desollar o asar porque no se prestan a adorar los dolos o por otra tontera por el estilo. Ahora bien; no s si por fortuna o por desgracia, pero es lo cierto que malvados y pcaros en grado tan superlativo y extremoso van siendo ms raros cada da, y, por consiguiente, la spera senda de la virtud se va allanando y macadamizando, sin que aquellos que tienen virtud en dicho grado logren casi nunca ocasin propicia para lucirla, vindose obligados a conservarla en estado latente all en el fondo de sus corazones. No quiero, pues, alterar la verdad de mi historia e ir contra esta ley del progreso humano, convirtiendo en un monstruo al Conde de Alhedn. Atengmonos a la verdad. El Condesito, segn he declarado ya, era un excelente chico, ligero, amigo de divertirse, muy tentado de la risa, pero mejor que el pan. Su madre, la Condesa viuda, le idolatraba y le haba mimado siempre; pero los mimos, lejos de pervertir las buenas naturalezas, las hacen mejores y ms dulces; convierten la hiel en almbar. Para el Condesito era fcil ser bueno. Nada envidiaba. Todo le sonrea. Ya hemos dicho que posea quince mil duros de renta, que era de buena familia y que gozaba de perfecta salud. No haba ejercicio corporal en que no brillase: gran jinete, certero tirador de pistola, gil y diestro en la esgrima y valsador airoso y gallardo. Sus chistes eran redos, sus discreteos celebrados. Todos le crean capaz de los negocios ms serios si llegaba algn da a emplear en ellos su tiempo y sus facultades. Viva el Conde con su madre, pero en un enorme casern, donde gozaba de completa independencia. As es que reciba amigos y visitas de varias clases sin que su madre, ni por acaso, tuviese que tropezar con ellas ni darse por entendida de nada. La Condesa, sin embargo, no ignoraba la vida frvola y harto disipada de su hijo. La Condesa ansiaba que la abandonase, que se casase ya, y que, hecho todo un padre de familia, se mezclase en la poltica de su pas y fuese un hombre de Estado. La Condesa era una gran seora en toda la extensin de la palabra y muy al gusto antiguo. Estaba ms cerca de los cincuenta que de los cuarenta aos, si bien conservando no pocos restos de su en otro tiempo admirada hermosura. Se vesta con severa elegancia y notable sencillez. Era religiosa sin afectacin ni fanatismo. Y no estaba muy en contra de esto que llaman el espritu del siglo, aunque lamentaba que la aristocracia espaola careciese de espritu de clase, y fuese, por lo tanto, incapaz de ser contada como un elemento poltico, por ms que, considerados aisladamente, no valgan menos bastantes individuos de los que a ella pertenecen que muchos de aquellos que se encaraman a las ms altas posiciones y mandan y gobiernan, partiendo desde los ms humildes puntos de la esfera social. Ni por esto andaba desavenida la Condesa con la poca en que vivimos, porque perciba claramente que la invasin y encumbramiento de plebeyos astutos vena de muy atrs y no era cosa del da. La aristocracia, crea ella, que dormitaba siglos haca en dorada servidumbre, y que, contenta o resignada con vanas distinciones ulicas, dejaba el influjo y el mando a los Cisneros, los Prez y los Vzquez, habiendo sido Espaa una democracia frailuna, y ganando ahora con ser algo parecido a una mesocracia seglar. La Condesa, al menos, sin que nosotros salgamos responsables de sus juicios, se explicaba as, de un modo sinttico, la historia de su patria. Resultaba de aqu que, de puro aristocrtica y por odio a la democracia antigua, casi era la Condesa liberal y progresista. Prefera al dominio de un valido prepotente, a quien el Monarca sacaba de la nada, el mando de esto que llaman clases conservadoras, en las cuales entraba por algo la suya, aunque mezclada con el instable remedo de la aristocracia de buena ley y con el furioso aluvin de injustificadas e improvisadas notabilidades. En suma, y sea de ello lo que se quiera, la Condesa deseaba que su hijo no consumiese la mocedad toda en galanteos y diversiones, sino que se hiciese hombre formal y de pro, y aadiese a la nobleza heredada nuevo lustre y blasones con la adquirida por su talento y dems prendas personales. Ya sabemos que el Conde haba pasado el verano sin salir de Madrid. La Condesa no haba salido tampoco. Estamos en el mes de octubre. Casi todas las damas elegantes que haban ido a Biarritz, a Spa y a otros puntos, y que haban hecho una visita a Pars, estaban ya de vuelta de la expedicin veraniega. Venan, como era natural, cargadas de galas y primores de Worth, de la Ferrire, de Alexandre y de otros artistas; galas que se disponan a lucir durante el invierno. Entre estas damas expedicionarias y ya reinstaladas cerca de sus lares se contaba la linda Adela, prima del Condesito. Era la bondad personificada, sin frisar en tonta, y era adems heredera nica, con esperanzas de ser ms rica que su primo cuando heredase. La Condesa viuda quera casar con ella a su hijo. Ya varias veces haba procurado inducirle a que la pretendiera. Siempre haba sido en balde. Ahora, a los tres o cuatro das de haber llegado Adela, la Condesa llam una maana a su hijo a su cuarto, entre once y media y una, antes del almuerzo, y tuvo con l la siguiente importantsima conferencia. XIV Despus de los cariosos saludos de costumbre y de un breve prembulo sobre asuntos insignificantes, sentados madre e hijo en cmodos sillones y enfrente ella de l, la Condesa entr en materia de este modo: --Bien conoces t, Ricardo mo, que yo me he pasado contigo de indulgente. As he perdido toda fuerza moral, y apenas si me siento con autoridad y valor para darte un consejo. --La bondad de usted para conmigo no puede ni debe disminuir el respeto y la veneracin con que yo miro a usted, madre ma--respondi Ricardo--. No ya para aconsejarme, para mandarme tiene usted autoridad, y debe tener valor. Yo obedecer a usted si est en mi mano obedecerla. --No pretendo que me obedezcas, sino que me escuches y que te dejes persuadir por mis razones. Es una lstima que pierdas tu tiempo como cualquier mozalbete casquivano, sin dedicarte a nada serio. Hasta cierta edad es perdonable ese modo de vivir; pero ya eres mayor y debieras servir a tu patria y mostrar que vales... Por qu no te haces elegir diputado? Por qu no te interrogas sobre tus propias opiniones, te forjas tu credo poltico, te trazas tu lnea de conducta, y entras en la vida pblica? Vas a llegar a viejo, En cnica e infame soltera, como dijo, quiz harto duramente, el austero y satrico poeta, sin hacer ms que cortejar a mujeres livianas? Por qu no te casas con una mujer honrada, de tu clase, y te formas una familia? A esta lluvia de preguntas contest con mucho reposo el Condesito: --Todas las excitaciones de usted, querida madre, son tan buenas, que yo las seguira sin vacilar si de m dependiera seguirlas. Por desgracia, no depende esto de m. Para ser diputado, importa proponerse algo con serlo, y yo nada me propongo. Usted misma lo declara: importa tener un credo poltico y trazarse una lnea de conducta. Pero en balde me interrogo: yo no s lo que quiero ni lo que creo. Casi todos los partidos me parecen bien y me parecen mal. No s a cul afiliarme. He de inventar yo un partido nuevo, cuando ya hay tantos? Adems, que no es tan fcil inventar ese partido. Para su credo, apenas se me ocurre otro artculo de fe que aquella sentencia constitucional del ao de 1812: que todos los espaoles sean justos y benficos. Lo dems me es indiferente. Yo amo la libertad como un medio, y el progreso como un fin; pero los amo de una manera vaga y encumbrada y comprensiva, que se presta en la prctica a mil interpretaciones. As es que por un lado me amoldara a casi todos los partidos medios, aceptando sus principios, y por otro lado sera rebelde o indisciplinado en todos los partidos, porque sus prohombres no me satisfacen. En resolucin: yo noto que me falta vocacin para la poltica. Soy ms a propsito para la contemplacin que para la accin. Crame usted, yo lo hara detestablemente; me deslucira si me metiese a repblico. Por qu hemos de ser todos actores en tan pesado drama, que dura siempre sin que se llegue jams al desenlace? No basta que est uno condenado a ser espectador? Mire usted, madre, yo me canso de asistir a ese drama, que no termina nunca, que siempre es lo mismo, donde hay enredos sobre enredos, cambios de decoraciones, y entrada y salida de personas, que casi todas lo hacen mal, y en cuyo argumento no hay principio ni fin, ni trmino ni pensamiento. Imagine usted, pues, si me canso de ser mero espectador, y mero espectador poco atento y distrado, cunto me cansara si reclamase tambin un papel y tratase de representarle. Desengese usted: la poltica es un oficio fastidioso, que slo deben ejercer los que no tienen dinero ni posicin, y necesitan adquirirlos ejercindole; pero yo, que tengo mi caudal, puedo y debo ser ms til a mi patria y a m mismo cuidando ese caudal, mejorndole y aumentando as la riqueza pblica, que no aadiendo un individuo ms al nmero ya desmedido de los que se disputan las carteras, las plenipotencias y las direcciones generales. Soy tan escptico, que no atino a creer en las creencias de los otros. Se me figura que los ms consecuentes suelen ser los menos sinceros; que son consecuentes a fuerza de ser testarudos. Adoptan una opinin, como pudieran haber adoptado otra, sin fe ni caridad; y ya la siguen siempre, para que se diga que hacen bien su papel, y porque al fin es ms fcil representar un papel que diga siempre lo mismo, sean las que sean las circunstancias, que no otro papel donde se digan muchas y diversas cosas, segn importe quiz en cada momento no slo al bien particular o singular, sino al bien pblico. Con esta reflexin me siento inclinado a perdonar las apostasas; pero, como mi espritu es una perpetua contradiccin, reflexiono en seguida otra cosa y condeno duramente a los apstatas y volubles. Los sospecho de interesados y de tunantes. Recelo que no cambian de buena fe, sino porque quieren estar encima y hacer su agosto. En fin, para qu hablar ms? Soy incapaz para la poltica. Ms fcil me sera echarme a filsofo, a naturalista o a poeta. No es mejor, sin embargo, que cuide de mi hacienda en santa paz, y procure ser un buen ciudadano, un miembro til y activo del cuerpo social, y un caballero agradable y entretenido? Ahora, que apenas hay majadero o galopn que no se meta a sabio o a gobernador del pueblo o a personaje importante; ahora, que todos los hombres se pasan la vida echando discursos en las sociedades cientficas, en los clubs, en las asambleas y en otros focos de luz, no es conveniente que haya algunos que se vayan a los salones para que las pobres mujeres no se queden solas, sin nadie que les hable y las entretenga un poco? Ya ve usted si tengo razn en seguir apartado de la poltica. En cuanto al otro consejo capital de usted, nada tengo que objetar. En efecto, debo casarme; pero yo no quiero casarme por casarme. Para contraer esa temerosa unin, que slo la muerte rompe, quiero hallar mujer en quien confe y a quien ame, y cuyo espritu se abra al mo y me muestre que puede estar en duradera, firme, santa e ntima comunin con l. Deje usted que halle esa mujer y al punto me ver casado. --Perdona que te diga, Ricardo--replic la Condesa--, que todo cuanto ests diciendo es un cmulo de sofisteras y de extravagancias. Si doy por cierto, y no lo doy por cierto, que la poltica es slo un medio de medrar en la mayora de cuantos a ella se dedican, culpar ms an a los egostas que no quieren intervenir en la poltica porque ya estn medrados. Todava se debe presumir que el que busca materialmente su medro personal busca tambin el aplauso, la gloria, y se siente movido por el deseo de hacer el bien de todos, que al cabo no es incompatible con el bien singular suyo; pero del perezoso, del fro de corazn, del descredo, que por no molestarse y porque no necesita medro, porque ya le tiene, no interviene en nada, y no sabe ms que censurarlo todo, y seala mil males y no pone remedio a uno solo, de ste, digo, no hay alma, por generosa y benvola que sea, que se preste a suponer nada bueno. Este ltimo es peor y ms ruin que el ms interesado buscavidas de los polticos activos. Buscndosela, trabaja al fin, y sirve de algo, y tal vez hace el bien general, o procura hacerlo, a costa de fatigas y peligros, cuando procura asimismo, como es lcito y natural, su propio encumbramiento y provecho. Qu hroe antiguo, qu guerrero, qu gran poltico de los que ensalza la historia ha sido tan absurdamente desinteresado como sera menester serlo para estar libre de tus invectivas? Esto en cuanto a la poltica. En cuanto a tu casamiento, no debo negarte que tienes razn en desear para mujer propia una que tenga las prendas de que me hablas; pero por qu no la buscas? Ha de pasar ella casualmente delante de tus ojos? Ha de abrir su espritu al tuyo y ha de mostrarte que merece entrar en ntima comunin con l, sin que te tomes siquiera el trabajo de llamar a la puerta? Vas a buscar acaso ese tesoro que necesitas entre las aventureras, entre las damas galantes, entre las mal casadas a quien enamoras? --Madre, yo no enamoro ni pretendo ahora a ninguna aventurera, a ninguna dama galante, a ninguna mal casada. Si tiene usted noticias tales, est usted mal informada. --Pues entonces, por qu no te dedicas a tu prima Adela? Se dira que el cielo la destina para ti. Es tan buena, es tan discreta en medio de su inocencia! Y hablando en confianza..., la creo muy propensa a prendarse de ti. Estoy segura de que te adorara. --El amor de madre acaso ciegue a usted; pero, aunque ella propendiese a amarme, cmo he de mandar yo a mi corazn que la ame? No la amo, y sin amor no me casar con mujer alguna. --T amas, lo s, a la que no puede ser tu mujer, porque lo es de otro--dijo al fin la Condesa, no pudiendo sufrir ms las rebeldas de su hijo. --Ya he dicho a usted que no amo ahora a ninguna mujer casada. --Me han dicho que ests en relaciones con la mujer de un empleadillo en Hacienda, con una aventurera que va a casa de la Condesa de San Tedulo. --Madre, los que tal han dicho mienten. Ni yo estoy en relaciones con esa mujer, ni esa mujer es una aventurera. Caro le costara a cualquier hombre que se atreviese a calificarla de tal en mi presencia. --T mismo te delatas. Esa vehemencia con que la defiendes me prueba ms an que la amas. Tal vez esa mujer te ha hechizado. La cosa es peor de lo que yo presuma. No es un capricho, es una verdadera pasin. --Si la estimacin y la amistad son pasiones, estoy apasionado de ella, lo confieso. Por lo mismo, madre ma, suplico a usted que desmienta mis relaciones amorosas con esa mujer, y que no contribuya a difamarla y hacer acaso la infelicidad de su marido, que es un hombre excelente. Si el infeliz llegase a saber lo que, tan a pesar mo y tan sin fundamento, dice de nosotros la maledicencia, se morira de dolor. No lo permita nunca el cielo! La Condesa no se atrevi a continuar la conversacin, al ver lo exaltado que su hijo se pona, y la vehemencia con que hablaba en pro de doa Beatriz. All, en el fondo de su alma, la Condesa se afligi mucho, imaginando que su hijo no tena unas relaciones vulgares, un pasatiempo inmoral, pero sin consecuencias, sino una pasin vivsima. Pens, adems, que la ocasin era menos favorable que nunca para inducir a su hijo a que se dedicase a la poltica y a su prima Adela, y, muy contrariada, di otro giro a la conversacin, esperando mejores das. XV La conversacin que tuvo con su madre puso al Conde de Alhedn de muy mal humor contra los deslenguados, chismosos e insolentes que iban propalando por todas partes sus amores con doa Beatriz; pero no por eso procur en lo sucesivo ser ms cauto y mirado a fin de no dar ocasin y fundamentos a aquellas habladuras. El Condesito haba adquirido tal costumbre de ir todas las noches a la tertulia de los de San Tedulo, que a cualquiera cosa faltara antes de dejar de ir. La misma costumbre haba adquirido doa Beatriz. De esta suerte se vean de diario y en presencia de muchos hombres maliciosos, amigos de burlas y muy propensos a explicarlo todo por el lado ms feo. Sostena el Condesito que doa Beatriz era la discrecin personificada, que su conversacin tena un atractivo irresistible, y que su honra y su castidad estaban por encima de toda sospecha. As era que l no se tomaba trabajo alguno para disimular, y hablaba con doa Beatriz aparte, y horas enteras, en casa de Rosita. El Conde, y la misma doa Beatriz, en quien al cabo era esto ms disculpable por su falta de mundo, se haban empeado sin duda en que las gentes los tuviesen por superiores a toda crtica; en que juzgasen sus coloquios santos, puros y sublimes, como los que tuvo all en la antigedad Numa con la ninfa Egeria, o como aquellos que en la cumbre del Purgatorio, y despus entre los esplendores del Paraso, tuvo Dante con la tocaya de nuestra herona. Las gentes, sin embargo, no estaban de este parecer. Apenas si, por lo comn, son capaces de alcanzar tales sublimidades y de prestar crdito a lo que llaman sutilezas o tiquismiquis amorosos. Creen siempre en algo menos etreo, sobresubstancial y trascendente. La amistad de los espritus, el platonismo, la adoracin desinteresada a una mujer, aunque se mire como grosero el smil, les parece a manera de salsa picante; pero entienden que no es plato de gusto aquel donde no hay ms que la salsa. El misticismo es un condimento sin el cual el amor sera desabrido para los paladares delicados; mas nunca pasa, para las gentes vulgares, de ser un condimento; es como la sal, la mostaza, la pimienta y otras exticas especieras. Lastimoso, abominable es que las gentes piensen as; pero ello es que as piensan. Lo que es en la tertulia de Rosita, todos eran bastante cultos y hasta refinados para no desdear la parte mstica del amor, y ninguno era bastante metafsico para conceder a esta parte mstica un carcter _substantivo_, como dicen ahora los filsofos. Del misticismo, por mucho que le pusiese en prensa all en la mente, no sacaba ningn tertuliano el amor, sino un adjetivo, un epteto, un atributo del amor. Amor con misticismo era para el ms espiritualista de los tertulianos como miel sobre hojuelas; pero con una diferencia, a saber: que si en las hojuelas con miel quitamos las hojuelas, la miel subsiste, mientras que en el amor con misticismo, si se quita el amor... la del humo. Con este modo de mirar las cosas no es extrao que todos tuviesen por pretensin exorbitante y por capricho absurdo el afn del Condesito en querer pasar por un amigo devoto o por un adorador petrarquista de doa Beatriz. Alguna disculpa haba, fuerza es confesarlo, para tan bellaca incredulidad. Los antecedentes del Conde y su carcter y posicin militaban en contra de lo que deseaba; no se avenan con el papel que anhelaba representar. El Conde de Alhedn tena fama de conquistador punto menos que irresistible. Y por otra parte, nadie dejaba de notar que los adoradores perpetuos, los amantes de eterno suspiro han sido siempre de abajo arriba, y no al revs. Jams el rey se enamor platnicamente de la pastora, ni el rico de la pobre, ni el duque de la costurera. Lo general es que en este linaje de amores vea siempre el amante a su amada como en andas, como sobre un altar, o all en el cielo, muerta ya, como Dante la vea. De esta suerte han suspirado los trovadores de humilde cuna y de bolsa vaca por la gran seora feudal que los recibi benigna en su castillo; los cortesanos, por alguna linda reina de las que ha habido virtuosas y ariscas, aunque aficionadas a que suspiren por ellas, y muchos Gerineldos de mayor o menor jerarqua, por la hermosa dama a quien sirvieron. Todos estos casos de amor platnico son verosmiles. Lo es tambin el de algn colegial o novicio que viene de provincias a la capital, y cae bajo el poder de cualquiera _lionne_ experimentada, curtida, deseosa de adoracin, y que se aparece como divinidad a los ojos del inexperto y tmido mancebo. Lo que no era verosmil, lo que no caba en la cabeza de nadie era que el dichoso, que el hastiado, que el rico y noble Conde de Alhedn, delicia de la corte, suspirase no por emperatriz, reina o gran duquesa siquiera, sino por una muchacha obscura, pedestre, venida de un lugar y casada con un casi escribiente feo y viejo. El Conde, sin embargo, se empeaba en que esto se haba de creer, o ms bien algo ms extraordinario an. Ni el suspiro en balde quera l que se creyese. El Conde no suspiraba, porque no se suspira por lo inasequible; no anhelaba, porque no se anhela lo que no se puede alcanzar, y no deseaba, porque el deseo presupone esperanza, por remota y leve que sea. El suspiro, adems, el anhelo y el deseo, aunque nunca se logren, implican algo de ofensivo para la mujer deseada: son la infraccin de un mandamiento cuando esa mujer es de otro. Y con doa Beatriz--tal era el respeto y consideracin que quera se le tuviese--el Conde se enojaba de que alguien pudiera imaginar que l se atreva a desearla. El Conde quera, pues, aparecer como amigo finsimo, como admirador constante y como el que se deleita en hablar, en ver, en comunicar pensamientos, sin el menor inters ni propsito que no sea limpio como el cristal y el oro. Para esto no haba necesidad de disimular que hablaba largos ratos al odo con doa Beatriz. No era el secreto a fin de ocultar lo pecaminoso, sino a fin de no contaminar lo santo. No era el misterio en que se envuelve el delincuente con respecto a las personas honradas, sino el misterio del iniciado con relacin al profano vulgo. Por desgracia, el profano vulgo no se conformaba con creer en la santidad del misterio, y se le explicaba de un modo harto poco edificante. Casi todas las noches doa Beatriz y el Condesito tenan un do largusimo, inaudito para todos, salvo para ellos. Delante de don Braulio tena lugar el do misterioso lo mismo que cuando don Braulio estaba ausente. Ni ellos se recataban, ni don Braulio se inquietaba. Se dira que los tres vivan convencidos por igual de la inmaculada inocencia de todo aquello, si bien se dira asimismo que la conviccin se haba consumido por completo en ellos tres, no quedando nada para el resto del mundo. Todos los tertulianos murmuraban por lo bajo de la impostura y de la desvergenza, que por tal la tomaban, del Conde, de doa Beatriz y hasta del excelente don Braulio, en quien, merced a la fama que iba adquiriendo de pasarse de listo, no haba persona que supusiese candidez e ignorancia, sino notorio y ruin disimulo. Quien ms extremaba y propagaba esta mala opinin era Arturo, el poeta. En sus versos era casi siempre religioso y moral; ya asctico, ya mstico, sin mezcla de molinosismos; pero en prosa, como si ya en los versos hubiese gastado toda la poesa de su alma, era de lo ms prosaico y _realista_ que puede imaginarse. De esta disonancia entre su palabra rtmica y su palabra desatada del ritmo resultaba una extraa contradiccin. El metro y los consonantes parecan el imperativo categrico de su conciencia. Recitaba sus poesas, y los oyentes se inclinaban a considerarle como a un santo padre, doctor iluminado y bendito siervo de Dios. Hablaba sin nmero y sin rima, y daba miedo orle; era un desenfrenado galopn, sin creencias y sin respeto a cosa alguna. La noche que sigui a la maana en que tuvo lugar la conferencia entre el Conde y su madre, el Conde, por lo mismo que estaba de mal humor, se mezcl poqusimo en la conversacin general de la tertulia de Rosita. Habl cuatro palabras con ella; habl un momento con Inesita, que tambin estaba all; salud a los tertulianos, y se fu a hacer su aparte con doa Beatriz, el cual fu ms prolongado y en apariencia ms ntimo que nunca. Aquella noche vino don Braulio y vi el aparte con la serenidad de costumbre. La tertulia duraba de ordinario hasta cerca de las dos; pero don Braulio y sus damas solan irse antes de la una. As lo hicieron aquella noche. El Conde de Alhedn, aunque no tena gana de ms tertulia, no se atrevi a irse cuando se fu doa Beatriz, ni inmediatamente despus. Se qued, entrando en el corro general de los que estaban all hasta ltima hora. No hablaba el Conde, sin embargo, porque estaba ensimismado e imaginativo. El poeta, por lo regular era quien haca el mayor gasto de palabras cuando no hablaba el Conde. Aquella noche el poeta estaba en vena. Charlaba mucho, deca mil jocosidades, se las rean, y l era de los que se embriagaban con hablar y con ser aplaudidos, ms que bebiendo vinos y licores. Arturo, quiz sin haber llevado una copa a sus labios, estaba borracho. Viendo, pues, al Conde silencioso, empez a estimularle para que hablara, lanzando algunas mal encubiertas pullas sobre las pasiones meramente espirituales; sobre lo felices y tranquilos que deben de vivir los maridos cuyas mujeres tales pasiones inspiran, y sobre los coloquios semi-divinos que deben de tener los que as aman. --Dios--deca el poeta--les desanuda la lengua y les infunde por fuerza un idioma ms rico y perfecto que todos los conocidos entre los mseros mortales. Los primores que tienen ellos que decirse no hallan adecuada expresin en esta jerga en que nosotros nos entendemos. Cmo es posible que con el habla misma con que pedimos nosotros de comer, de beber y otros menesteres mecnicos, se pida lo que tales amantes pedirn y obtendrn? Hasta la idea de lo que piden y obtienen apenas se percibe por los profanos sino de un modo confuso, all en lo ms recndito y tenebroso del alma, all en los abismos insondables del sentir con el sentido del espritu, abstrayndose de los otros sentidos. Siempre que Arturo haca algunas frases pomposas e irnicamente elevadas por el estilo las terminaba exclamando: --Qu tal? Me explico? Entiendo o no entiendo la metafsica de amor? El Conde reprima su disgusto: no se daba por aludido cuando poda, y si deca alguna palabra era con gravedad, sin seguir la broma. --Hay multitud de amores--continuaba el poeta--, hijos todos de las ninfas: Amores terrenales que son los que nosotros por lo comn conocemos; pero hay adems un solo y nico Amor, hijo de Venus Urania, el cual, segn refiere el fabulista Esopo, y despus han repetido muchos otros poetas y fabulistas, vive casi siempre en el cielo. Los dioses inmortales no pueden vivir sin l. La presencia de este Amor constituye la bienaventuranza de los dioses. Sin embargo, este amor es tan bueno y tan piadoso, que, lastimado de la miseria y bajeza de los hombres, pide de vez en cuando licencia a Jpiter para descender a la tierra y traernos consolacin y cierto reflejo de la luz de la gloria. Con dificultad concede Jpiter esta licencia: a l y a los dems inmortales les es en extremo penosa la ausencia de Amor; pero cuando concede la licencia, que es de siglo en siglo a lo ms, y por breve plazo, Amor desciende entre nosotros, y dejando siempre que sus hermanitos menores le remeden, hiriendo a las almas vulgares, emplea sus flechas de oro en atravesar pocas almas encumbradas y divinas. De estas almas, as heridas, brota entonces un raudal de ideas puras, de sentimientos sobrehumanos y de conceptos cercanos de la perfeccin, que vienen a ser como faros luminosos colocados de trecho en trecho en la historia, en el obscuro y spero camino que sigue la humanidad errante. Gran noticia, seores, gran noticia! _La Correspondencia_ no la ha publicado an, pero tnganla ustedes por cierta. Este Amor celeste ha venido recientemente entre nosotros. Por ms que se oculte por modestia, hemos llegado a verle. Est lleno de gracia y de verdad. Su gloria nos deslumbra, mas no nos ciega. Tampoco a esta parodia de la ms bella fbula de Esopo pona el Conde el menor comentario. El poeta prosigui ms excitado: --El Amor del cielo va hiriendo, como he dicho, algunas almas _di primo cartello_; pero al cabo, mientras que vive por ac, en la tierra, no anda siempre errante y sin hogar. Elige el alma ms noble, ms pura y ms bella, y all hace su morada. Esta alma suele ser la de una mujer, con frecuencia, casada. Imagnense ustedes, qu honra, qu distincin para el marido! En el caso presente, en la venida de Amor, en nuestra descreda y viciosa edad de hierro, la mansin de Amor, su cuartel general, como si dijramos, es el alma de una mujer casada. Estar hueco y ufano su marido? Ya aqu el Conde no pudo contener y disimular su enojo. Reprimi, no obstante, la lengua, porque en plena tertulia le pareca ridculo y de mal gusto desatarse en injurias contra el procaz Arturo. Sus ojos slo denotaban su furor. Miraba al poeta como si quisiera devorarle con el fuego de su mirada. Rosita, por ligereza de carcter, por irreflexin, se haba dejado llevar de la charla del poeta y le haba redo los chistes. Arturo haba estado muy cmico, dando un nfasis chusco a sus expresiones y acompandolas con el debido manoteo. Pero Rosita volvi en s, advirti cun airado estaba el Conde y, aunque tarde, impuso silencio al poeta. Cuando los hombres salieron juntos de la tertulia y se dieron en la calle, ya el Conde no acert a refrenar su enojo. Olvid todo respeto, ech a rodar toda la prudencia, no previ consecuencia alguna, y, llegndose a Arturo, le dijo, si en voz baja, no tanto que alguno de los otros tertulianos no le pudiese or: --Sbelo para tu gobierno. Ni con fbulas de Esopo, ni con citas de Platn, ni de manera alguna, por indirecta que sea, consentir en adelante que, estando yo presente, y aun cuando no est yo presente, pongas en solfa mi amistad con doa Beatriz. Si llego a saber que hablas otra vez de ella, que aludes a ella, que te burlas de su marido, lo sentir mucho, pero te romper la crisma. Pronunci el Conde estas frases con tanta seriedad y energa, que Arturo no pudo escurrirse tomndolas a risa. Era necesario contestar por lo serio. Y para contestar por lo serio, siendo hombre que se respetaba, no le qued ms recurso que contestar como contest: --Tambin yo lo sentir muchsimo--dijo--; pero como me conozco, y s que he de seguir poniendo en solfa tu amistad con doa Beatriz y he de seguir burlndome de la credulidad o socarronera de don Braulio cada vez que se me antoje, es excusada esa tregua o espera que me concedes. Rompmonos la crisma en el acto, ya que as lo deseas. Pocas ms palabras mediaron entre ambos. De los mismos tertulianos all presentes eligieron uno y otro los padrinos, quienes arreglaron un duelo a sable para el da siguiente por la maana. Los padrinos, como personas de juicio, hicieron esfuerzos extraordinarios para cortar el lance amistosamente, convirtiendo en splica corts la amenaza del Conde, y en promesa generosa y no arrancada por conminacin la del poeta, de no hablar mal del Amor del cielo; pero Conde y poeta estaban tan acalorados, que ni el primero se allanaba a hacer el papel de suplicante, ni el segundo, aunque se lo suplicasen de rodillas, deca que se senta capaz de callarse y de no ser maldiciente y burln, siempre y cuando estuviese de humor para ello, que era a menudo. No hubo, por consiguiente, ms remedio que reir. Ya sobre el terreno, percibi el Conde toda la serie de imprudencias que haba cometido para llegar a aquel trmino, en el cual no poda retroceder, y del cual todo xito era malo. Malo y deslucido si por acaso Arturo, que en la vida haba tomado un sable en la mano, le hera o le descalabraba; malo y cruel si l, que iba todos los das a la sala de armas, acuchillaba a su sabor al pobre poeta, y malo y remalo, ora saliese vencedor, ora vencido, porque de todos modos el lance iba a ser contraproducente. El lance era para que no se murmurase de doa Beatriz, y con el lance iba el Conde a lograr que resonase el nombre de ella en las diez mil trompetas de la Fama. Mas, sobre todo esto hubiera importado pensar a tiempo y no entonces. Entonces no quedaba otro arbitrio que darse de sablazos. Los sablazos se dieron, y, como era de prever, los recibi Arturo. Por dicha, ninguna herida fu de cuidado. Un mes de cama bast al poeta para curarse. Tambin se cumpli, como no poda menos, la otra previsin. No qued en Madrid perro ni gato que no hablase del frentico amor del Conde por la mujer de un empleadillo en Hacienda; de su loca pretensin de hacerla respetar como criatura anglica, semi-divina, y fuera del orden y condicin que naturalmente se usan; y de su afecto singular hacia el esposo sufrido, de cuyo sufrimiento tena el Conde el imposible empeo de que nadie se percatase ni se riese. Como el Conde no haba de desafiar y matar a todo Madrid, particularmente a las mujeres, la historia de sus amores con doa Beatriz, imaginada o real, pero bordada y comentada por todos estilos, circul por tertulias, cafs, casinos y teatros. La reputacin de doa Beatriz qued as ms lastimada que el cuerpo de Arturo, de resulta del lance que tuvo con l el caballeroso Conde de Alhedn, inhbil, por la persuasin y por la violencia, para convencer a nadie de su platonismo. XVI Entre las muchsimas faltas que me ponen los crticos, nada me aflige tanto como que me acusen de pintar siempre mujeres algo levantiscas y desaforadas. Con quin se trata el autor?--dicen--. No ha conocido sino mujeres livianas? Por qu no nos presenta en sus historias a las honradas y puras, a las que cumplen siempre con su deber, a las que pueden y deben servir de modelo? Este autor--aaden--odia a las mujeres o tiene malsima opinin de ellas. En contra de tan injusta acusacin me toca decir que ni Clara, ni Luca, en _El Comendador Mendoza_, ni menos an Irene, en _El Doctor Faustino_, carecen de todas aquellas prendas y requisitos que pueden y deben hacer de la mujer una criatura angelical. No negar, en cambio, que doa Blanca haba pecado, y que la ferocidad de su penitencia era peor que el pecado mismo; que Pepita Jimnez fu demasiado coqueta y ms apasionada de lo razonable, y que una vez enamorada no saba contenerse, y se disparaba como una pistola al pelo; que Mara, la inmortal amiga, se abandon a su pasin como si no hubiese tenido libre albedro, como si hubiese sido impulsada por una fuerza irresistible; que Constancita era interesada, calculadora y caprichosa, y que Rosita no reconoca ms ley divina o humana que la de su antojo; pero en todas estas mujeres--nadie sostendr lo contrario--se advierten, en medio de sus mayores extravos, tal anhelo de infinito amor, tan dulce ternura y tan fervoroso ahinco de hacer el papel de salvadoras y redentoras, de proporcionar la bienaventuranza o un asomo de bienaventuranza para el hombre querido, aun a costa de la propia condenacin, que las perdonamos sin esfuerzo y nos parecen simpticas. Por otra parte, lo tengo que repetir aqu, aunque peque de cansado: de una virtud completa no se puede sacar accin que interese y que tenga algo dramtico, a no imaginar monstruos horrendos, perseguidores de dicha virtud. Como tambin me acusan, y sin duda con ms motivo, de pobreza de imaginacin, no debe de extraarse que yo no haya tenido hasta ahora el suficiente bro para inventar esos monstruos. Importa, por ltimo, tener en cuenta que, en estas historias profanas que llaman novelas, no conviene que sean los personajes como alegoras de virtudes o de vicios, sino que se tomen de la vida real, donde, por lo comn, se advierte en ellos cierta mezcla de buenas y de malas cualidades, de vicios y de virtudes, de arranques sublimes y de flaquezas lastimosas, que es lo que constituye la verdad de los caracteres y lo que da a los personajes fingidos, si el estilo del autor es poderoso para tanto, ms viva y persistente realidad que a los personajes histricos. En una narracin potica, que tal es cualquiera novela, aunque en prosa est escrita, una mujer inmaculada, una santa, un ngel, no puede mezclarse en la accin sino a costa de los otros personajes; lo mejor es que aparezca, sin llegar con el extremo de su vestidura al lodo de la tierra, y acabe por esfumarse en el ter o por subir al empreo. Sus pies apenas si deben tocar al suelo. En suma: sea como sea de todo lo dicho, pues no aspiro a dar reglas estticas para escribir novelas, es lo cierto que yo, no porque opine mal de las mujeres, sino por falta de imaginacin y por el infortunio de no haber hallado con frecuencia a santas--ni a santos tampoco--en este mundo sublunar, me he de permitir introducir en esta historia, verdadera y sencilla, un nuevo personaje, mujer tambin, que dista ms que ninguna otra de mis heronas de ser un dechado de perfeccin; pero que interviene poderosamente en los sucesos que debo referir. Esta mujer es una Marquesa. Su ttulo no es menester decirle. La llamaremos por su nombre de bautismo, como si tuvisemos con ella la mayor intimidad. La llamaremos Elisa. Haca cerca de tres aos que se haba quedado viuda. No llegaba an a los treinta de edad. No tena hijos. Era riqusima y muy elegante. Ni sus ms acrrimas enemigas negaban que era discreta, ingeniosa, divertida y alegre. Ni sus ms decididos adoradores se atrevan a llamarla hermosa, ni sus detractores se propasaban jams a calificarla de fea. Todos, por unanimidad, la declaraban _distinguida_ en grado eminente. Pero en qu y por qu se distingua? No era ni muy alta ni muy baja, ni muy blanca ni muy morena, ni pelinegra ni rubia. En ninguna de sus facciones haba nada de extraordinario ni de marcado. Su nariz no era larga ni chata, ni muy regular ni muy irregular; su boca no era ni grande ni chica; contra sus dientes no poda lanzar nadie un epigrama, pero tampoco, sin hiprbole, poda compararlos con las perlas. En resolucin: desmenuzadas y analizadas todas las visibles y corporales prendas de Elisa, como, por ejemplo, manos, talle, pies, brazos, garganta y frente, nada haba que llamase la atencin ni por bueno ni por malo. La simtrica disposicin o el orden de todas estas partes nada tena tampoco de singular. Lo singular de Elisa estaba en el conjunto, pero de un modo extrao. La expresin de su fisonoma era sin duda lo que la haca notable, lo que, ms que notable, la haca inolvidable para quien la haba visto una vez sola. Se dira que su aparicin tena para todas las almas una fuerza semejante a la de la prensa que estampa en el bronce o en el oro, con indeleble y firme dibujo, la imagen que lleva en s el troquel. Y Elisa adems haca de suerte que, cediendo a todas las exigencias de la moda voluble, adoptando todas sus mudanzas en vestido y peinado, conservaba siempre inalterable, inmutable, la traza material de su persona, como la figura que en el troquel de acero est grabada. El tiempo mismo pareca haberse parado para ella desde haca ocho aos. Al menos se requera contemplar a Elisa muy de cerca a fin de advertir sobre su rostro alguna levsima huella del tiempo que haba pasado. Contbanse tales prodigios acerca del poder seductor de Elisa, que hasta los hombres ms fatuos y ms preciados de invulnerables teman enamorarse si llegaban a tratarla mucho. Se supona que haba inspirado pasiones frenticas, tercas, profundas y duraderas, y que ella, o haba permanecido insensible, o haba cedido por un instante a una efmera simpata, a una alucinacin momentnea que antes de dominar su corazn se haba desvanecido como sueo. Si haba levantado algn dolo en el altar de su mente, le haba derrocado en seguida. El Marqus, marido de Elisa, haba sido un seor insignificante y muy _comm'il faut_. Su matrimonio, hecho por razn de estado y de hacienda, ni haba procedido de amor, ni le haba creado despus. La completa vanidad, el vaco perfecto de todo cario, de toda estimacin y de toda confianza, desde el da de la boda hasta el da de la muerte, se haba ocultado primorosamente bajo las formas corteses de la consideracin mutua, del fro respeto y de la ms delicada galantera. Por lo dems, Elisa siempre haba pasado por recatada y prudente. No se citaba, durante su matrimonio, un solo triunfo que el amor hubiese alcanzado sobre ella. Haba sabido infundir, o sin saberlo ni pretenderlo ella, haba infundido esperanzas que no llegaban a cumplirse. Hasta ya viuda, Elisa no haba tratado con frecuencia al Conde de Alhedn. Verle y desear enamorarle fu en ella todo uno. Ella era un genio para lo que procederamos rudamente en llamar coquetera, porque su coquetera era tan sutil, tan area y tan refinada, que necesitaba de un nombre ms peregrino y ms nuevo. As es que, segn lo que yo he llegado a averiguar, por causa de Elisa hubo de introducirse en el dialecto elegante y aristocrtico de Madrid el vocablo ingls _flirtation_, que ya empieza a divulgarse y hasta a avillanarse. Hace algunos aos era un vocablo que no se pronunciaba sino en los salones ms elegantes, y apenas si se aplicaba a otra mujer que no fuese Elisa. Elisa empez, pues, a _flirtear_ con el Condesito. Pronto logr enamorarle un poco; pero no era el Condesito de los que se rinden y se esclavizan con facilidad. La _flirtation_ no deja rastro, ni huella, ni seal de la herida, y puede no obstante penetrar en lo profundo del alma y herirla de muerte. El ms esencial primor de la _flirtation_ consiste, a lo que me han asegurado, en disparar dardos tan invisibles, que la persona que los dispara pueda darse por desentendida; en augurar favores sin que se atine jams ni con el fundamento ni con el testimonio del agero, y en evocar esperanzas en virtud de conjuros tan misteriosos que no los perciba quien los pronuncie. La duda de que una mujer ha hecho algo para alentarnos, debe quedar en pie. Sobre esta duda debe aparecer otra no menos importante, a saber: dado que la mujer haya hecho algo en el mencionado sentido, lo ha hecho con voluntad reflexiva o arrebatada? Hubo premeditacin o fu todo inspiracin inconsciente? Justo es advertir que esta teora acerca de la _flirtation_ me la ha explicado una seora de mucho talento y muy docta en tales estudios. De lo que yo no respondo, es de que el vocablo ingls tenga el mismo significado por dondequiera. Tal vez _flirtation_ y _coquetera_ sean en la Gran Bretaa perfectos sinnimos. Pero aqu no tratamos de filologa. Importa poco el valor etimolgico y genuino de la palabra. Lo que nos importa resolver es que la palabra _flirtation_, en los salones elegantes de Espaa, tiene un valor muy distinto; significa un refinamiento, un alambicamiento de coquetera, y no la coquetera llana y sencilla que por lo comn se estila. Desgraciadamente para nuestra Marquesa, el Conde de Alhedn no era hombre contra quien pudiesen valer artes tan sutiles. El Conde quiz gustaba de reposarse tranquilamente en la duda cuando se trataba de otras materias; pero en negocios de amor, gustaba de salir de la duda cuanto antes. Los coqueteos de Elisa no tuvieron, pues, el xito que con otros hombres haban tenido. El Conde plante el problema de tal suerte, que fu menester que la incgnita se despejase. Elisa escamote, neg todos sus coqueteos, y el Conde se apart serena y hasta framente de su pretensin amorosa. Volvieron los coqueteos; se renovaron las exigencias; ella neg de nuevo, y el Condesito, sin darse por ofendido, desisti por completo de hacer la corte a Elisa. Todo coqueteo ulterior fu trabajo perdido. El Condesito ni siquiera di a Elisa una satisfaccin de amor propio, dejando ver su enojo o exhalando una queja. El ltimo coqueteo, la ltima _flirtation_ a que el Conde se haba mostrado sensible, haba sido en Pars, durante la primavera. En Pars sobrevino tambin la firme decisin del Conde de no mostrarse sensible nuevamente. Y el Conde supo cumplir su firme decisin. Conquistas ms fciles le consolaron y distrajeron de aquel ligersimo contratiempo. Mil veces ms mortificado qued en esto el orgullo de Elisa que el del Conde. Poco acostumbrada Elisa a que los galanes desistieran tan pronto de pretenderla y se retirasen adems con tan glacial reposo, se sinti algo picada, si bien disimul el pique. El Condesito y ella quedaron, en apariencia, al menos, muy amigos. Tuvo l que venir a Madrid para negocios, y prometi a Elisa ir a Biarritz a pasar el verano. Ocurri, estando en Madrid el Conde, la aparicin de doa Beatriz y de Ins en los Jardines del Buen Retiro; el empeo del Conde en conocerlas y tratarlas, y cuanto a la larga hemos ya referido. El Conde no fu a Biarritz a cumplir su promesa amistosa. Elisa, al principio, distrada con otros coqueteos, circundada de adoraciones y triunfante como nunca, no ech de menos la falta del Conde. Supuso que sus negocios duraban an y le retenan en Madrid. Ms tarde, cuando lleg a los odos de ella que al Conde le retenan en Madrid nuevos amores, Elisa se sinti un tanto cuanto contrariada; pero no bien averigu que los nuevos amores no eran con ninguna gran seora, con ninguna dama encopetada y clebre, sino con una lugarea, mujer de un escribiente o cosa por el estilo, le entr una terrible gana de rer y de burlarse del Condesito, y olvid sus brillantes victorias pasadas, considerndole como un infeliz parapoco, que se refugiaba entre las _cursis_, o por no lograr nada en esferas superiores, o por tener nimo abatido, o gusto estragado, ruin y plebeyo. Volvi Elisa a Madrid. Vi al Conde en teatros, paseos y tertulias, y hall en l tanta cordialidad y tan amistoso afecto, que tuvo por ms cierta que nunca su indiferencia para con ella en punto a los amores. La indiferencia no poda ser afectada o fingida de aquella manera. Esto empez a herir la vanidad de Elisa. No nos atrevemos a asegurar que hiriese tambin alguna otra fibra de su corazn, menos mezquina que aquella que a la vanidad corresponde. Se apoder asimismo del nimo de Elisa la ms viva curiosidad de conocer a la mujer del empleadillo, de quien todos afirmaban ya que el Conde andaba enamorado. Pero doa Beatriz no haba penetrado en ms salones que en los de la Condesa de San Tedulo; no iba a paseo en coche, por la sencilla razn de que no le tena, y a misa iba a otras iglesias y a otras horas que las de Elisa. Sea como sea, se pasaron meses sin que Elisa llegase a ver a doa Beatriz. Bien es verdad que, si Elisa andaba curiosa, andaba tambin temerosa de verla. Tena miedo de hallarla hermosa y naturalmente distinguida. Se deleitaba con fingrsela vulgar y ordinaria. Entre tanto, vino a noticia de Elisa algo que hubo de mortificarla ms que nada: el empeo del Conde en hacer creer que sus relaciones con doa Beatriz eran el propio petrarquismo. Fuese esto verdad o mentira, implicaba una consideracin, un respeto, una atencin tan delicada hacia la mujer del empleadillo, que Elisa se llenaba de ira y hasta de envidia cuando en ello cavilaba. Mientras ms esfuerzos haca por no cavilar, ms frecuentes eran las cavilaciones. Todava se conformaba Elisa con explicrselo todo por cierta cobarda, desidia o pobreza de espritu, que retraa al Conde de lo difcil y le inclinaba a lo fcil; que le induca a apartarse de los caminos speros y de escarpada subida para seguir los senderos trillados y llanos. Lo que no poda sufrir con paciencia era que el Conde se complaciese y aun se gloriase de ir subiendo por mayores asperezas, y de estar luchando con dificultades ms rudas que las que ella le haba excitado en balde a subir y a vencer. A pesar de su empeo en fingirse todo lo contrario, Elisa insisti entonces en formar gran idea del mrito de doa Beatriz. --Debe de ser--deca para s--una mujer diablica, hermosa, discreta, poseedora de infernales recursos, cuando ha logrado hechizar y embobar al Conde, que no es ningn chico inexperto ni ningn majadero. Con estas y otras parecidas reflexiones la Marquesa se atormentaba casi de continuo. La nueva, por ltimo, del duelo del Conde con el poeta Arturo por defender la inmaculada pureza de la mujer del empleadillo, estall como una bomba en el corazn de Elisa. --La quiere, la adora con frenes--deca Elisa en el fondo del alma--. Qu habr hecho ese demonio para cautivar aquellos libres pensamientos, para turbar aquella mente despejada y serena, para mover una tempestad de pasiones en aquel espritu tan calmoso? Nada de fijo se contestaba Elisa a tales preguntas; pero vagamente se finga ya a doa Beatriz tan bella, tan discreta y tan elegante como lo era en realidad, y supona asimismo en doa Beatriz un arte no aprendido, una sabidura infusa tal y tan extraordinaria, que todas las _flirtations_ que ella sola emplear eran burdas, pueriles o necias, en comparacin de las de aquella obscura y venturosa provinciana. En esta situacin de nimo ocurri un da la maldita casualidad de que, yendo Elisa a paseo en land, al pasar por la Puerta del Sol a eso de las cuatro de la tarde, se interpusiesen unas mujeres distradas y estuviesen a punto de ser atropelladas. El hombre que las acompaaba las libr del peligro agitando su bastn delante de los caballos, los cuales, espantados, se alzaron de manos, y encabritndose y manoteando estremecieron el land y asustaron a su vez a Elisa. Cun sorprendida no quedara sta al reconocer en el hombre que le acababa de dar el susto al propio Conde de Alhedn, quien la saludaba cortsmente y le peda por seas humilde perdn de aquella imprescindible irreverencia! No hubo tiempo para que el Conde hablase a Elisa, cuyos caballos, apartado el Conde que les estorbaba el paso, arrancaron con furia, a pesar del bro con que los retena el cochero. Elisa tuvo tiempo, no obstante, para mirar, para examinar a ambas mujeres. Al punto adivin quines eran. Cruel fu el resultado de su examen. Absorbida su atencin en Beatriz, apenas se fij en Inesita; pero a Beatriz la vi, la contempl, la estudi con una intensidad tan honda, que compens de sobra lo breve del tiempo que dur el estudio. En lo ms ntimo de su conciencia, en aquel abismo adonde no llega el amor propio por grande que viva en nosotros, y hasta donde el entendimiento penetra rara vez ofuscado, Elisa se reconoci por un instante muy inferior en todo a doa Beatriz. Pronto, sin embargo, volvi su nimo de la postracin; se recobr del amilanamiento, del desmayo en que haba cado. La reaccin del orgullo herido fu violentsima y poderosa. Entonces, corriendo en su coche por la calle de Alcal abajo, Elisa jur guerra a muerte a doa Beatriz, la cual estaba muy ajena de que se alzaba contra ella tan temible enemiga. En nombre del orgullo, en nombre del amor, que con el orgullo naci de sbito en su alma, si bien con bastardo e impuro nacimiento, Elisa se resolvi a luchar, a aventurarlo todo por atraer de nuevo al Conde y por quitrselo a doa Beatriz y tomarle ella. Marido o amante, todo le era igual en aquel momento de ira: lo que le importaba era rendir al Conde, conseguir que no fuese de doa Beatriz, lograr que aquella mujer se viese abandonada. XVII A pesar de su culto a doa Beatriz, el Condesito segua yendo a teatros, paseos y reuniones aristocrticas. En dichos puntos siempre encontraba a Elisa. Esta volvi a emplear para cautivarle cuantos medios haba antes empleado; pero el Condesito, firme y fro como una roca, no se mostraba sensible ni aun se daba por entendido. Elisa no perdi por eso la esperanza: esforz sus artes y lleg ms all del trmino hasta donde en toda su vida haba llevado la _flirtation_. Tampoco as consigui que el Conde diera la menor seal de que se inclinara a rendirse. Elisa se esmer entonces en su vestido y peinado; luci nuevas y ricas galas; aguz el ingenio para que en las tertulias tuviese mayor hechizo su conversacin; atrajo en torno suyo a cuantos hombres valan ms por cualquier estilo; se rode de ms brillante y numerosa corte que nunca, y ni aun as pudo vencer la indiferencia del Conde. Dile las muestras ms patentes y lisonjeras de su predileccin; dej mil veces plantado a todo un crculo de admiradores, y rompindole, en los bailes, fu a asirse del brazo del desdeoso. Para l fueron las ms dulces miradas, las ms afectuosas sonrisas; todos aquellos signos, en suma, que suelen augurar favor y revelar amor, sin traspasar los lmites de la modestia y del decoro. El Conde no responda con desvo. Esto hubiera sino menos cruel. El Conde responda con gratitud, con cortesana extremada y con tan glacial acatamiento, que pona fuera de s a la pobre Marquesa. Imagin, por ltimo, Elisa, que le iba sucediendo con el Conde lo que al pastorcillo embustero de la fbula, que gritaba: Al lobo! Al lobo! cuando el lobo no vena, y que una vez que el lobo vino, no le vali gritar Al lobo! porque los que podan socorrerle no dieron crdito a sus gritos. Elisa calcul que el Conde no acuda al reclamo, temeroso de nueva burla. Era, pues, indispensable darle pruebas de completa sinceridad. Mucho se violent antes de resolverse. Su orgullo se resista. Sus costumbres, tan contrarias a la humilde franqueza, ponan dique a su deseo. Elisa saba prometer, alentar, dar esperanzas de un modo tan areo y confuso, que se pudiese negar hasta ella misma que haba prometido y alentado. Su amor, o ms bien el fantasma, la apariencia de amor que ella creaba y alimentaba en su alma, era tan sutil y vaporoso, que se deslizaba hasta el seno de los ms empedernidos, despertando a veces tempestades, y no dejaba huella ni rastro de su paso. Se desvaneca como sombra; era ilusorio, vano como silfo, y tena la fuerza de un gigante para destrozar corazones. Pero este fantasma de amor no le vala ya con el Conde. Verdadero amor, aunque nacido de envidia y celos, no le vala tampoco. El Conde, escarmentado ya del amor falso, tomaba por falso el verdadero. Era indispensable que el amor mostrase su verdad y su realidad, sin que ofreciese la ms pequea duda. Elisa ansiaba robar a doa Beatriz el corazn del Conde, costase lo que costase. En esta disposicin de nimo, Elisa estaba determinada a todo lo que pudiese asegurarle la victoria. Pero, en medio de sus ms violentas pasiones, la prudencia no la abandonaba. Calculaba con serenidad, como si estuviese en calma. Calcul, pues, en esta ocasin, que rendirse sin condiciones no era triunfo, sino derrota; que podra suceder que el Conde, verdadero triunfador, volviese a doa Beatriz, ocultndole una infidelidad efmera o pidindole perdn de su culpa. Slo con pensarlo temblaba Elisa de despecho. Su primera idea de que el Conde fuese, si dejaba a doa Beatriz, o su marido o su amante, se limit a uno solo de los dos trminos del dilema. La Marquesa, tan libre hasta all, decidi sujetarse al dominio de aquel hombre. Era rica; a pesar de sus vanos coqueteos, su reputacin se haba conservado sin mancha; era de una familia no menos ilustre que el Conde; era para el Conde un excelente partido; por qu no haban de casarse los dos? Era el nico medio seguro que tena Elisa de triunfar de doa Beatriz. En mujer tan orgullosa como Elisa no caba una insinuacin directa con el Conde: no caba que ella se le declarase. Decidise, pues, a dar un paso, que no comprometa su buena fama, que la dejaba ilesa, aunque pudiese mortificar su vanidad. Llam a su casa a un anciano to suyo que le inspiraba la mayor confianza; hizo con l confesin general de sus coqueteos con el Conde de Alhedn; reconoci que con el amor no hay burlas; declar que, burlando ella con el amor, era ya la burlada, la cautiva y la enamorada; y suplic al prudente to que viese a la madre del Condesito, y que, como cosa suya, si bien dando a entender que le constaba que la Marquesa estaba propicia, propusiese a dicha seora tan brillante matrimonio para su hijo. El to cumpli con discrecin y habilidad el delicado encargo. La Condesa viuda de Alhedn hall que su hijo no poda soar con mejor boda, y se puso enteramente de parte de la Marquesa, cuya decidida voluntad en favor del Conde la lisonjeaba en extremo. No hay que decir que esta negociacin se llev con el mayor sigilo. La Condesa de Alhedn tuvo con su hijo una larga conversacin: le habl de la boda propuesta como de una gran dicha para su casa; como de un fausto suceso que merecera toda su aprobacin, y trat de apartarle de los enredos galantes que le supona, pintndole las delicias del hogar domstico y repitiendo lo que otras veces haba manifestado, de que ya era tiempo de que tuviese una familia, adquiriese otra gravedad y respetabilidad y emplease su vida y las altas prendas que Dios le haba dado en asuntos serios, que redundasen en pro y mayor lustre de su nombre y en bien de su patria. El Condesito volvi a negar a su madre que l tuviese relaciones con doa Beatriz, y le confes que haba estado prendadsimo de la Marquesa; pero aadi que su coquetera sin entraas le haba curado de aquel principio de amor, y que tan radicalmente le haba curado, que le era ya imposible amar a la Marquesa, y por consiguiente casarse con ella, si bien reconoca que era merecedora de llevar el nombre de l y de ser su compaera de toda la vida. En resolucin, aunque de un modo indirecto, y con el ms profundo sigilo, y suavizando el golpe los dos medios por quien pas, a saber: primero, la Condesa, al hablar con el to, y el to luego al hablar con la sobrina; sta, como dura leccin y como castigo de sus _flirtations_, recibi lo que vulgarmente llamamos unas terribles calabazas. La soberbia de Elisa, ofendida y humillada en lo ms vivo, peda venganza desde el fondo de su corazn. Jams Elisa haba previsto, ni en sus sueos ms negros y desesperados, que un hombre se haba de resistir a sus atractivos poderosos y a la magia de sus coqueteos; que este hombre la haba de enamorar cuando era ella la que sola enamorar a todos los hombres, y que al fin la haba de impulsar hasta el punto de tomar la iniciativa y de mendigar su mano, y de recibir de l una repulsa insolente y desapiadada. La causa de todos estos males era doa Beatriz. Por culpa de doa Beatriz crea Elisa que se haba enamorado del Conde; por culpa de doa Beatriz crea que el Conde la desdeaba. La clera se apoder de su alma; la clera arroj de all todo sentimiento generoso, todo escrpulo, toda consideracin que se opusiera a la venganza. Con tal de vengarse no le arredraba ya ni el delito; no le sonrojaba meditar en los medios ms viles y llegar a valerse de ellos. XVIII Dos das despus del cruel desengao de Elisa, don Braulio Gonzlez, al ir a sentarse en la mesa de su despacho en el Ministerio, vi sobre el pupitre una carta que le iba dirigida. La abri y ley lo que sigue: Seor don Braulio: La fama va esparciendo por todas partes que es usted listsimo. Yo le he tomado a usted aficin y no quiero creerlo. En la situacin de usted, llamarle listo es hacerle la mayor injuria. Verdaderamente usted no puede ser listo dentro de lo justo. O usted no es listo, o usted se pasa de listo. Prefiero creer y decir que usted es tonto. Sera tan infame saber y disimular! No; usted ignora lo que en Madrid sabe todo bicho viviente. Usted no disimula. No se disimula con tanta habilidad. Discreto es el Conde de Alhedn, discreta es doa Beatriz, y sin embargo no han disimulado. As terminaba la infame carta. Ni una palabra ms. No tena firma. La letra pareca contrahecha. Don Braulio ley la carta una, dos, hasta tres veces, como quien no se entera bien, como quien no da crdito al testimonio de sus sentidos, como quien duda an de si es realidad o si es una pesadilla o un delirio lo que percibe. Sin alterarse luego, hizo con pausa mil aicos de la carta, incluso del sobre; despus estuvo a punto de echar los aicos en el cesto que tena al lado para los papeles rotos; y al cabo, como reflexionndolo mejor, y como temiendo que la carta destrozada pudiera juntarse y recomponerse, se alz don Braulio de su asiento, se dirigi a la chimenea que arda en un lado de la sala, y arroj con cuidado en la llama todos aquellos pedacitos de papel. Volvi entonces a su mesa para empezar sus trabajos del da; pero, no bien di tres o cuatro pasos, no acert a tenerse en pie, y cay desplomado sobre la estera del suelo que cubra la estancia. Los compaeros y escribientes que all se hallaban corrieron a levantarle. --Qu es esto, seor don Braulio?--dijo uno. --Amigo Gonzlez!--exclam otro. Don Braulio no respondi. --Es un ataque de apopleja. --Qu demonio de accidente! --Qu apopleja?--dijo otro--. Buena facha de apopltico tiene este seor, ms seco que un bacalao. --Ms bien ser un desmayo de debilidad--exclam un cuarto interlocutor, que despuntaba por lo gracioso--. Su mujer lo gastar todo en moos, y comer poco en su casa. En fin, aunque no eran muy caritativos los compaeros, atendieron a don Braulio, quien no tard en volver en s. Su primer cuidado fu suplicar a los all presentes que no dijeran nada de lo ocurrido, a fin de que en su casa al saberlo no se asustasen. Todos le prometieron callar. Don Braulio asegur entonces que se hallaba enteramente repuesto, y volvi a su asiento y se puso a trabajar como si nada hubiera pasado. No sali aquel da de la oficina ni medio minuto antes de la hora de costumbre. Cuando volvi a su casa, nadie hubiera notado en su rostro la menor huella de dolor. Dijo tranquilamente a su mujer que Paco Ramrez le llamaba al lugar; que tena que arreglar all un negocio importante, y que aquella misma noche iba a tomar el tren de Andaluca. Alguna extraeza caus a doa Beatriz el repentino viaje de don Braulio; pero ste afirm con serenidad que no era negocio que debiese inspirar cuidado, y as desvaneci todo recelo, tanto de la mente de su mujer, cuanto de la mente de Inesita, la cual se mostr tambin algo maravillada al principio. Don Braulio mismo prepar su maleta auxiliado por su mujer. Durante la comida apareci alegre y hasta ms hablador que de costumbre. En un momento en que doa Beatriz dej solo a don Braulio con Inesita, don Braulio dijo a sta que cuando l volviese del lugar le traera a Paco a vistas, y que esperaba que se haban de gustar y se haban de casar a escape. Paco no haba venido an, por ms que lo deseaba, porque quera dejar arregladas todas sus cosas y allegar muchos fondos para comprar dijes y primores que regalar a su futura. En una palabra; don Braulio lo hizo tan perfectamente que no despert en el nimo de doa Beatriz ni de su linda hermanita la menor sospecha de que su inesperada y sbita determinacin pudiese tener por causa un pesar acerbo, ni por mvil y propsito nada de siniestro ni de trgico. Ambas hermanas pugnaron por acompaar a don Braulio a la estacin; pero don Braulio se opuso, sosteniendo que era una incomodidad intil la que queran tomarse. As, aunque a duras penas, las persuadi a que se quedaran y no fueran a despedirle. Cuando lleg la hora de la partida, don Braulio hizo venir un cochecillo por medio del portero, quien baj la maleta y la coloc en l. Doa Beatriz abraz y bes cariosamente a su marido, y l correspondi con no menor cario. --Cudate mucho, Braulio, y vuelve cuanto antes--dijo doa Beatriz. --Adis, querida ma. Pronto estar de vuelta--contest don Braulio. En seguida baj la escalera, vindole bajar ambas hermanas, que hasta la puerta, al menos, le haban acompaado. A poco se oy rodar el coche en que don Braulio iba. Beatriz e Ins volvieron a entrar en la habitacin y se sentaron junto al brasero, una enfrente de otra. --Qu precipitacin de viaje!--dijo doa Beatriz sencillamente. --Estar enfermo Paco?--exclam Inesita--. Tal vez llame porque est enfermo y Braulio no nos lo haya querido decir. --No lo creas, Ins--contest doa Beatriz--. Braulio no sabe ocultarme nada. Va para negocios del caudal, que ni t ni yo entendemos. Yo tengo tal confianza en Braulio, que no he querido cansarle en que me explique de qu naturaleza son esos negocios que tamaa prisa requieren. Bstame con que me haya dado completa seguridad de que no ocurre nada aflictivo. Cmo, adems, haba l de ir tan alegre y tranquilo como va si hubiese que lamentar una desgracia? De este modo siguieron hablando ambas hermanas hasta que sonaron las diez, hora en que solan acudir a la tertulia de los de San Tedulo. Beatriz dijo que como tena, a pesar de todo, cierta pena por la partida de su marido, no quera ir a la tertulia aquella noche; pero Inesita la anim, sostuvo que no haba razn para no hacer lo que todas las otras noches, y al cabo logr de su hermana que fuese como de ordinario. La anciana ama del cura era quien las acompaaba cuando iban solas y a pie a la tertulia sin que don Braulio las acompaase. Aquella noche el ama las acompa tambin. Cuando llegaron a la tertulia, ya estaba en ella el Conde de Alhedn, quien de da en da iba descuidando ms sus otras tertulias y diversiones, y acudiendo ms temprano y sin faltar una sola noche en casa de Rosita. XIX Al tercer da despus de la partida de don Braulio, recibi Paco Ramrez una carta de Madrid. La vista del sobrescrito, cuya letra reconoci al punto, le llen de contento, mezclado con alguna inquietud y extraeza. La carta era de doa Beatriz, la cual, no por falta de cario, sino por desidia, no le haba escrito jams desde que del lugar se haba ausentado. Don Braulio era quien siempre escriba a Paco y le daba nuevas de la salud de todos. --Qu habr ocurrido? Qu novedad ser sta?--pens Paco--. Estar enfermo Braulio? Por qu me escribe Beatriz? Sobresaltado con tales ideas, abri corriendo la carta y ley lo que sigue: Querido Paco: Aunque me tienes enojada porque llamas a Braulio con tanto misterio, arrancndole del lado mo, todo te lo perdonar si me le despachas pronto y le dejas libre para que se vuelva con su mujercita, que no vive a gusto sin l. Sobre el perdn, podrs contar con mi gratitud, si, a ms de devolverme cuanto antes el bien que me quitas, me le mimas y regalas como l se merece, todo el tiempo que ah permanezca. Mira que Braulio est muy delicado de salud. No le fatigues llevndole a cazar. Procura que se cuide, porque es muy descuidado. Nosotras, Inesita y yo, estamos en Madrid divertidsimas. Todas las noches vamos de tertulia en casa de Rosita, la hija del escribano de Villabermeja, que es ahora condesa, y una de las mayores _elegantas_ de la corte. A su casa no van, por lo comn, ms seoras que nosotras; pero en cambio van muchos hombres de los ms distinguidos en letras, armas y poltica. Hay all la mayor cordialidad. Parecen todos amigos ntimos y cariosos. Sin embargo, pocos das ha, dos de los tertulianos tuvieron un duelo, y uno de ellos sali herido. Por fortuna, la herida fu muy ligera. No he podido averiguar la causa de este duelo. Todos me han afirmado que ha sido por una niera. Yo lo he sentido mucho, porque el duelo fu entre mis dos tertulianos favoritos. Es el uno un poeta, cuyos versos sonoros, religiosos y sentimentales, me conmueven y divierten poqusimo; pero que en prosa es un truhn bastante ameno y buen chico en el fondo. El otro es la flor de los caballeros principales: discreto, galante, gracioso y con un pico de oro para entretener a las mujeres y a todo el mundo cuando est de humor y se pone a charlar. El tal Condesito, porque es un Condesito, me tiene enamorada. El me quiere bien, me adula; eso s, es un adulador y un embustero de primera fuerza; pero yo, si bien reconozco sus traidoras lisonjas y sus embustes, me dejo cautivar por ellos. As es que somos excelentes amigos. Inesita est siempre en Babia, soadora y distrada, aunque bien de salud. En suma; no lo pasamos mal a pesar de lo poco que tenemos para vivir en Madrid, donde todo es carsimo. Ahora es cuando siento el primer disgusto desde que estoy aqu. No s por qu estoy inquieta y desazonada. Ser una tontera. Qu quieres? La partida repentina de Braulio me trae cavilosa. Al principio, hasta despus de haberse ido, todo me pareci natural y sencillo. Hoy me pongo a reflexionar, echo a volar la imaginacin y me finjo vagamente mil absurdos. Por esto tambin quiero que me devuelvas a Braulio cuanto antes. Vente t con l a pasar una temporadita en esta corte. Vers lo que te diviertes en el teatro Real y en los Bufos y la Zarzuela. Nuestra casa en un chiribitil y no tenemos cuarto que ofrecerte; pero comers con nosotras de diario. Adis. No quiero que digas a Braulio que te he escrito. No quiero que se engra del cuidado que por l me tomo, o que se fastidie de que no le dejo un instante de libertad. Cudale t mucho, sin que l sepa que yo te lo encargo. Es muy aprensivo y se afligira imaginando que yo le tengo por enfermizo, cuando, siendo tan perezosa como soy, me muevo a escribirte slo para encargarte que me le cuides. Adis, repito, y quireme como a tu buena hermana. BEATRIZ. Esta carta, que, por venir de quien vena, encantaba a Paco Ramrez, no pudo menos de llenarle al mismo tiempo de zozobra. Paco vea y calculaba claramente que su amigo Braulio deba de haber llegado al lugar veinticuatro horas antes que la carta. Dnde se haba metido? Dnde haba ido a parar? Paco hizo las ms extraas y alarmantes suposiciones. Si habr enfermado en el camino y se habr quedado en alguna estacin? Si merced a esa cordialidad de la tertulia de Rosita, el pobre Braulio, que es enclenque y nada gil, habr tenido tambin que andar a tiros o a sablazos y le habrn enviado cordialmente al otro mundo? Era evidente que Braulio haba engaado a su mujer dicindole que Paco le llamaba. La habra engaado tambin dicindole que iba al lugar y yndose a otra parte o quedndose de oculto en Madrid? Con qu propsito, Braulio, que era veraz, aunque muy reconcentrado o metido en s, habra forjado tales mentiras? Devanndose los sesos para explicarse la causa de la tardanza de Braulio, pas Paco dos das mortales. Braulio no pareca y los temores de Paco se acrecentaban. No saba qu determinacin tomar. Escribir a doa Beatriz dicindole la no aparicin de su marido, era infundirle el mismo pesar que tena l y tal vez descubrir adems un secreto de Braulio: algo que le importaba mucho que su mujer no supiese. Paco aguard con impaciencia, pero aguard. La estacin del ferrocarril estaba a cuatro leguas del lugar. Un carricoche traa a los pasajeros desde el punto por donde el ferrocarril pasaba. Paco sali a caballo dos veces a una legua de la poblacin a recibir a su amigo. Este no lleg ni la vez primera ni la segunda. A poco de volver a su casa la segunda vez sin traer consigo a Braulio, Paco recibi una carta certificada. Si la de doa Beatriz le sorprendi con slo ver su letra en el sobrescrito, ms le sorprendi esta nueva carta, as por la letra, que era la de don Braulio, como tambin por el certificado. La abri Paco con profunda emocin y ley lo siguiente: Querido Paco: No acierto a entenderme directamente con Dios ni a desahogar con l mis penas. Le busco en el abismo de mi alma; pero mi pensamiento se cansa y se asusta atravesando soledades infinitas sin llegar nunca a donde l reside. Si yo no hubiese dejado de ser creyente, tendra mi confesor, quien lo sabra todo. No necesito consejo. El consuelo es imposible. Sin embargo, este peso que me oprime el corazn se aligerara comunicando con Dios por medio de un ser humano. Hay cosas que se avergenza uno de confesarse a s mismo; y esas cosas, por extraa contradiccin, fatigan y matan si con alguien no se confiesan. Por eso voy a decrtelo todo. No seas severo conmigo. No me condenes por miserable y falto de pudor si te lo digo todo: si te descubro lo que a m mismo debiera yo ocultarme. Harto conoces mis ideas. Yo no quiero que Beatriz me ame por caridad, ni por gratitud, ni por miedo de castigo o de venganza, por parte ma o por parte del cielo. No quiero que me ame ni en cumplimiento de un deber moral, ni por consideracin a leyes dictadas por los hombres. Quiero que me ame por amor, como yo la amo. Esto era imposible. Mi vanidad me enga y por eso me cas con Beatriz; feo yo y ella hermosa; viejo, y ella joven; pobre, y ella con todos los instintos y las inclinaciones a la elegancia, al lujo y a brillar en el mundo. Qu haba en m que pudiera hacerme amable a sus ojos? Un corazn noble? Una inteligencia elevada? En qu obra ma se advierte la nobleza de mi corazn? Dnde se hace patente la elevacin de mi inteligencia? Me atribuyo sin motivo estas prendas superiores. Soy un necio vanidoso. Qu hombre hay, por incapaz que sea, que no halle razones para estar contento de s mismo? El feo se halla agraciado; el cobarde, humano y benigno; el tonto, lleno de candor y de inocencia; el afeminado, culto; el brutal e intratable, brioso y leal; el insolente, franco; el bajo y adulador, afable y bueno. As tambin yo me engaaba. A veces entrevea yo mi engao, y me atormentaba la sospecha de mi indignidad. Y no me atormentaba por amor a m mismo, por menospreciarme, por sentir que vala yo menos. Me atormentaba porque desapareca a mis ojos todo razonable y fundado motivo de que Beatriz me amase. Con todo, yo estaba ciego. Dependa mi felicidad hasta tal punto del amor de Beatriz, que, destrudo ya por mi crtica impa todo fundamento en que mi amor pudiera apoyarse, cerraba yo los ojos de mi alma para no ver que aquel amor se derrumbaba, se perda para siempre, cuando yo necesitaba que fuese eterno. De aqu mi absurda, mi inverosmil ceguedad, siendo yo por lo comn tan suspicaz y receloso. Todo Madrid lo sabe y sin duda lo dice. Yo seguira ignorndolo, si una delacin annima no hubiese venido a dar luz a mi entendimiento. Era una deshonra. Pasaba yo por un marido sufrido y consentido. Y sin embargo (me humilla mi flaqueza), me duele que me hayan desengaado. Me alegrara de seguir en el engao y de ser el ludibrio de las gentes con tal de no perder la fe en ella, con tal de creer que me ama todava. La carta delatora me ha hecho ver lo que yo no quera ver, sin advertir que era yo quien no quera ver. Es evidente mi infortunio. He querido, no obstante, negrmele an. He querido persuadirme de que era la carta una calumnia. Nuevas pruebas me dicen que no. El vnculo indisoluble que ata mi existencia a la de Beatriz no es el de la religin; no es el de las leyes. Esos los rompera yo en seguida al verla culpada. El vnculo indisoluble es el de mi amor, que su culpa no extingue ni ahoga. Cmo separarme para siempre de ella si mi corazn queda con ella para siempre? Nada le he dicho. No le he dado la menor queja. Cmo quejarme sin matarla? Cmo matarla amndola tanto? Toda explicacin con ella, toda palabra sobre su falta me parecera fea. Un dilogo entre ambos sobre tan infame asunto sera monstruoso. Valdra ms matarla sin hablarle de la razn que para matarla tengo. He hudo de casa suponiendo que t me llamabas. Ella me cree en ese lugar. En casa no s qu hubiera yo hecho. Quiz alguna accin indigna. Quiz hubiera llorado y me hubiera quejado como vil. Quiz la hubiera maltratado como verdugo. Pero no... yo no hubiera podido maltratarla. Mi corazn es todo ternura... todo vileza para con ella. No soy un hombre... soy un nio... un esclavo. Es menester que lo sepas todo. Quiero que te compadezcas de m; hasta de lo ridculo que en m hay. Rete tambin... soy digno de compasin y de risa. Aquella noche de mi simulada partida entr en casa misteriosamente. Me deslic por la escalera arriba ya tarde. Tengo las llaves, y abr; entr y me escond en mi cuarto. Aun no haban vuelto ellas de la tertulia donde van todas las noches; donde va tambin el hombre que me mata. Las o llegar, las o rer, celebrando los chistes de ese hombre. Para distraer las penas que por mi ausencia pudiera suponerse que tena mi mujer, l haba estado ms parlanchn y chistoso que de costumbre. Tuve calma para aguardar que se acostaran, y aun para aguardar que Beatriz se durmiera. Durante algn tiempo hubo en m cierta energa de que ahora me estremezco. Pens en matar a Beatriz a pualadas mientras dorma. Te aseguro que penetr en su alcoba con este propsito tremendo. Rete ahora. Es muy cmico, es jocoso lo que te voy a decir. Yo no uso armas, no tengo ms que una guma que me trajo de presente un oficial amigo, que fu de los que entraron en Tetun. Con dicha guma quera yo matarla. La llevaba yo desnuda en la mano derecha; en la mano izquierda llevaba la palmatoria. Sin verme en ningn espejo, me vea yo en mi imaginacin, y yo mismo me daba grima, no por lo criminal, sino por lo grotesco. Tan chiquituelo, tan feo, tan valetudinario y tan canijo; empleadillo de ltima clase... qu derecho tena yo a las grandes pasiones? Yo era un Otelo de sainete. Iba conteniendo la respiracin... de puntillas... lleno de miedo de que mi mujer despertase. Me pareca que si despertaba y me vea iba a soltar una carcajada. As llegu junto a ella. Ella no se despert. Dorma con la boca entreabierta, mostrando sus dientes blanqusimos e iguales. Qu frescura y qu rojo carmn en sus hmedos labios! Qu largas pestaas unidas! Qu sonrisa apacible! Qu frente serena! Si Desdmona hubiera sido como Beatriz, Otelo no le hubiera dado muerte. No comprend entonces que pudiera caber monstruosidad semejante en ser humano por brbaro que fuese. Mi clera cedi paso al enternecimiento. Un diluvio de lgrimas ba mis mejillas. Puse la guma sobre la mesa de noche. La puse all con mucho tiento y temblando de que mi mujer se despertase. Volv a mirar a Beatriz. La mir como quien mira el tesoro que ha perdido. Todo su valer, toda su belleza, todo su hechizo fulgur ante mis ojos con ms brillo que nunca. Qu bastarda dulzura, qu amor sin honra y sin vergenza, qu afecto villano me emponzo en aquel instante el corazn y corri por mis venas con mi perversa sangre? Ello es que enjugu mis lgrimas, baj la cabeza con lentitud y suavidad, y sin rozar apenas con los labios, bes sus mejillas sonrosadas. Por fortuna se realiz en m la reaccin. El ultraje recibido se ofreci a mi espritu. Me llen de rubor. Tuve vergenza; tuve asco de mi flaqueza. La idea de matar a Beatriz me solicit de nuevo la voluntad indecisa. Empu el hierro nuevamente. Nuevamente retroced espantado. Hu del cuarto; hu de la casa como un ladrn. Abr ambas puertas con las llaves que haba guardado, cerrando luego cuidadosamente. Me encontr en la calle. Qu hacer? Yo me vea ridculo. No poda sufrirme. En mitad de la calle me di un ataque de risa nerviosa. Si alguien me oy debi tomarme por loco. Multitud de pensamientos encontrados, y todos tristsimos, cruzaban por mi mente; pasaban y volvan con persistencia cruel. Por un breve momento insist en imaginar an que podra ser calumnia la delacin annima, pero pronto huy de m esta idea consoladora. Es la nica que no ha vuelto. Qu solucin tena la crisis en que me hallaba? Acaso haba yo de asesinar a mi mujer? Acaso haba yo de asesinar a su amante? No; no era debilidad ma: yo me senta con nimos para matar a alguien que hubiera venido en aquel punto a robarme el reloj o los pocos reales que en el bolsillo llevaba; pero quiz por una perversin moral, no poda yo considerar de ladrn al que me robaba la dicha, el amor de mi mujer y la limpia honra de mi casa. El reloj y el dinero son mi propiedad, no tienen libre albedro; no se van con el ladrn y me dejan porque le prefieren, mientras Beatriz se iba con otro y me dejaba porque le prefera. El haca bien en llevrsela. Por qu haba yo de asesinarle por esto? Qu me debe l a m para respetar mi felicidad y desatender la suya? Desech, pues, de mi alma el pensamiento de asesinar a mi rival. Juzgndole en el tribunal de mi conciencia, yo no le absolva, pero reconoca la incompetencia del tribunal. Yo no le absolva por ser yo el agraviado. Si el agraviado hubiera sido un indiferente, le hubiera absuelto. Poda, pues, matarle, no como justicia, sino como venganza. Entonces pens en el duelo; pero cmo pelear ni con espadas ni con pistolas que en la vida he tomado en las manos? Me repugnaba adems la idea de darme antes por ofendido; de reclamar igualdad de condiciones y de probabilidades para vengar mi agravio; de confesar mi torpeza en las armas y mi incapacidad; de apelar a no s qu medios para forzar a un rival dichoso a que se pusiera de suerte enfrente de m, que yo, flaco, viejo y enfermizo pudiera matarle, siendo l joven, gil y robusto. Ni el asesinato ni el duelo eran posibles. Otro hombre que no fuese yo se separara para siempre de su mujer. No haba partido ms conforme a la razn. Yo, sin embargo, no poda seguirle. Yo no vivir lejos de ella. Es horrible, es estpido, es monstruoso, pero yo la amo; seguir amndola siempre. Sin su amor, el mundo ser un desierto para m; la vida, soledad medrosa; mi corazn, un vaco que con nada se llenar. El alma humana necesita amar, adorar, creer. El cielo ha castigado la soberbia de mi alma. De ella han sido arrojados dolos, altares, todo ser digno de adoracin y de amor. En cambio, puse mi adoracin, mi amor, mi fe y mi esperanza en Beatriz. Ella era... es mi idolatra. El amor del descredo es inmenso. El descredo consagra a un objeto despreciable toda la fuerza de amor con que procura el creyente elevarse a su ideal divino. En fin, para qu cansarte? He vagado como una fiera mansa que lleva clavado en el pecho un dardo envenenado. De noche he vagado; de da he estado oculto. Tengo vergenza de que la gente me vea. Se me antoja que todos conocen la burla de que soy vctima, mi paciencia, mi amor mal pagado, y que van a rer al verme o van a escupirme a la cara. Anoche lleg mi ridiculez a ltimo extremo. Ya no cabe la menor duda. Yo andaba en torno de mi casa, y cerca de las cuatro de la maana vi que sala un hombre... misteriosamente... de all. Tengo ojos de lince... le vi... era l. Llevaba yo un _revlver_ en el bolsillo. Para qu? Si hubiera disparado los seis tiros que tiene, ninguno hubiera dado a mi enemigo. No s tirar, y adems me temblaba la mano. Todo yo estaba convulso. Adems, por qu no confesarlo? Creo que yo no sera capaz de matarle, aunque le hallase dormido y pudiese poner a mansalva el can del _revlver_ en una de sus sienes. No comprendo ya ms que una cosa. No puedo sufrir mi amor inextinguible. No puedo sufrir la ridiculez que en m noto. Hasta la poesa de un gran dolor no es dable en m, porque me ro yo mismo de mi dolor y le hallo cmico. No me queda ms recurso, si no muero buenamente, que buscar modo de morir cuanto antes. Perdona este largo desahogo. Perdona esta prolija carta. Ser la ltima. Adis. Paco Ramrez era un hombre de cierta ilustracin y de claro entendimiento; pero le tena an ms sano que claro; le tena tan sano como su cuerpo, que era el de un atleta. Paco amaba a don Braulio, aunque era quien ms le haba siempre echado en cara que se pasase de listo, que tuviese maneras de pensar que l calificaba de tortuosas y que se hiciese vctima de los ms alambicados y singulares sentimientos. Apenas ley la carta, crey que Braulio estaba loco. No poda creer la falta de doa Beatriz: tan buena opinin tena de ella. Imagin al punto que la persona de quien andaba celoso Braulio era el Conde, de quien Beatriz le hablaba en su carta. Fuese como fuese, Paco temi una catstrofe. Pens en que Braulio, o se iba a morir, o se iba a matar, o se iba a Legans. A fin de evitarlo, si era tiempo, se puso inmediatamente en camino para Madrid. Braulio no le haba dado seas, pero l le hallara. Si no llegaba a salvarle, llegara a vengarle. Paco no se andaba con metafsicas ni discreteos. No pensaba ni en asesinatos a traicin ni en duelos de toda ceremonia. Slo pensaba en sacar el amor y hasta el alma del Condesito de su gallardo cuerpo a mojicones y patadas. Con tan buenos propsitos, ansioso adems de ver a su Inesita, y con esperanzas de enamorarla y de trarsela al lugar, a las treinta y dos horas no cabales de haber recibido y ledo la lamentable carta de su desesperado amigo, lleg Paco a esta heroica y coronada villa, y sin sacudir siquiera el polvo del camino, despus de dejar la maletilla en una casa de huspedes, y de instalarse, tomando cuarto en ella, se dirigi a la vivienda de las dos lindas hermanas. XX Conforme iba Paco Ramrez hacia dicha vivienda, aunque muy apresuradamente, se ofrecan a su imaginacin con mayor viveza todas las dificultades de la entrevista que deba tener. En la carta de don Braulio recordaba los prrafos ms siniestros y ominosos, y prevea alguna desgracia. Hasta una contradiccin que haba notado en la carta le daba entonces mucho que sospechar. Don Braulio confesaba al principio, como era cierto, que jams usaba ni llevaba armas, y hacia el fin de la carta hablaba de un _revlver_ que tena en el bolsillo. Paco Ramrez vea claro que don Braulio le haba comprado o le haba adquirido en aquellos das, despus de la noche que estuvo de oculto en su casa. Para qu esta adquisicin? Qu pensaba hacer su desventurado amigo? Paco estaba cierto de que don Braulio no matara ni a su mujer ni a su rival, pero tena miedo de que atentase a su propia vida, y ya pensaba en vengarle matando al Condesito. Era Paco tan fuerte, tan sereno, y estaba tan seguro de s, que nada le pareca ms fcil. En cuanto a doa Beatriz, Paco la amaba como a una hermana y la respetaba como a un ser superior, por donde, aunque le afligiese mucho el creerla culpada, como ya la crea, estaba dispuesto a perdonarle la culpa. En este punto comprenda y aplauda y hasta bendeca la debilidad o la ternura de don Braulio. Lo que no se explicaba es que don Braulio no tratase de vengarse del Condesito de cualquier modo que fuese. Entre tanto, qu iba l a hacer, qu iba a decir en casa de doa Beatriz? Despus de reflexionarlo, formar varios planes y componer mentalmente varios discursos, determin dejarse guiar de la inspiracin del momento e improvisarlo todo. As lleg a casa de don Braulio. Subi los escalones de dos en dos y tir del cordn de la campanilla. Eran las nueve de la maana. En seguida le abrieron, con aquella franqueza y prontitud con que suelen abrir los pobres. Apenas tuvo tiempo de ver quin le abra. Se encontr ceido por unos brazos que le estrechaban y abrumado por una boca que cubra sus mejillas de un diluvio de sonoros besos. --Vlgame Dios, hombre!--dijo al cabo el ama Teresa, que era quien le besaba--. Cmo has embarnecido en estos tres aos! Da gloria verte: ests hecho un real mozo. Pero dme, y don Braulio? Viene contigo? Qu ha hecho en el lugar? Por qu no escribe? Beatriz est con el alma en un hilo. --Quiero verla. Puedo verla?--dijo Paco. --Ahora mismo. Entra. Traes noticias de don Braulio? --S. --Pues entra. --Est Ins con su hermana? --Ins no se ha levantado an. --Mejor--dijo Paco--. Necesito ver a Beatriz a solas--aadi entre dientes. Antes de que acabara de murmurar esta frase, antes de que entrara en el saloncito de doa Beatriz, apareci sta en la antesala, y asiendo cordial y apretadamente las manos de Paco entre las suyas, exclam: --Qu es esto? Y Braulio? Dnde est? Cmo no viene contigo? Estoy llena de zozobra. Qu sucede, Dios mo? Qu sucede? Hablando as, entraron ambos en el saln. El ama Teresa fu tras ellos. --Djanos, Teresa. Luego vendrs. Tengo que hablar con Beatriz--dijo Paco. Este misterio pareci aumentar el sobresalto de la linda muchacha. El ama Teresa sali de la sala regaando. Ya solos Paco y Beatriz, dijo sta: --Qu misterios son los tuyos? Qu me vas a decir? Habla. Todo es mejor que la ansiedad, que la duda en que me tienes. Mi mal no ser ms horrible, mi desventura no ser ms honda en realidad que lo que me finge ya la fantasa. Habla. Dnde est mi marido? Qu hiciste de l? Por qu no viene en tu compaa? --Tu marido no ha ido al lugar. Mal puede venir conmigo. Tu marido no ha salido de Madrid. Aqu est. Aqu vengo a buscarle. --Es imposible. Braulio no miente nunca. Braulio me dijo que iba a verte. Le habr ocurrido alguna desgracia en el camino. Estar enfermo, muerto quiz en algn pueblo del trayecto. Braulio fu a verte. Braulio no me ha engaado. Paco Ramrez, que no era hombre muy dado a perfrasis y rodeos, y que adems crea que era urgente e indispensable una pronta explicacin, dijo entonces: --Braulio te ha engaado porque crea que t le engaabas. --No puede ser--respondi Beatriz, subiendo la roja sangre a sus mejillas--. Quin ha inventado esa infamia? Quin ha dicho esa locura? --El mismo Braulio. --Cmo? Cundo? Dnde le has visto? --No le he visto. He recibido carta suya. --Dmela. Quiero leerla. --Tendrs valor para leerla? --Dios me dar valor para todo. Dame t la carta. Paco vacilaba an. --Dame la carta--volvi a decir doa Beatriz. --Te la dar--contest Paco--; pero antes exijo de ti una cosa. --D, pide pronto. --Vas a responder con sinceridad a lo que te pregunte: vas a declararme la verdad desnuda: no como si respondieses a tu hermano, sino como si respondieses a tu propia conciencia; como si estuvieses ante el tribunal del Eterno y fuese El quien te interrogase. --Pregunta. No receles. No manchar mis labios la mentira. --Amas a Braulio? --Con todo mi corazn. --Braulio es feo y t hermosa. Braulio es viejo... Le amas de amor? --El alma de Braulio es hermosa; el alma de Braulio es inmortalmente joven. S; le amo de amor. --No has amado nunca a otro hombre? --Nunca. --Mira bien en el fondo de tu alma. Beatriz, no has amado nunca a otro hombre? --Apenas comprendo lo que me quieres decir; pero no ha de quedarme el menor escrpulo. Voy a escudriar en el abismo ms hondo de mi mente; voy a buscar all y a hacerte patentes mis ms ocultos pensamientos; las ideas vagas y confusas de que yo misma no me he dado cuenta hasta ahora. --D, Beatriz. --Digo que nunca am de amor sino a mi marido; que no creo haberle faltado una sola vez, ni con el ms fugaz pensamiento, ni con el ms efmero deseo mal nacido. --Es cierto lo que dices? No te acusa la conciencia de la menor falta? --Cmo he de declararme impecable? Paco, s; la conciencia me acusa, pero no me atormenta; dame la carta: acabemos. Qu interrogatorio! Qu dilaciones crueles! Has venido a matarme? --No, Beatriz. Dme, sin embargo, de qu te acusa la conciencia? --Soy vanidosa, lo confieso. Ahora que presiento una desventura, veo que es pecado lo que yo no crea que lo fuese. Yo misma me examino, me juzgo y me condeno. Mira, Paco: yo he credo que un hombre me amaba, y, aunque no pagaba su amor, me complaca y me enorgulleca de que me amase. Su amor estaba de tal suerte refrenado por el respeto, que jams se mostr en palabras. Yo le adivinaba; no le vea. Y yo le adivinaba, no como pasin que tuviese en s la menor impureza, sino como sentimiento etreo, inmaculado, que no es amor, ni es amistad; que no ha de tener nombre; que es inefable en todo lenguaje de la tierra; que si tiene nombre ha de ser en el cielo. Qu quieres? Vanidad de mujer. Novelas ridculas que nosotras nos forjamos en la imaginacin y que, sin duda, no tienen realidad alguna. El hombre que as me acata, el hombre que as me considera y admira, es el ms discreto, el ms elegante de la aristocracia de Madrid; es celebrado por su gentil presencia, por su gracia, por su valenta y hasta por sus conquistas amorosas. Al verle tan rendido conmigo, al notar lo que se deleitaba en orme hablar, lo que celebraba mi talento, lo que se afanaba por agradarme y porque yo tuviese de l el mejor concepto, no lo niego, mi orgullo de mujer estaba muy lisonjeado. Juzgaba yo valer ms, cuando haba inspirado tan noble afecto a aquel hombre. Mi propia vanidad me mova a formar a mi vez un concepto, quiz exagerado, de todas sus prendas personales. Aquel hombre, que tambin, en mi sentir, me comprenda, vala mucho ms a mis ojos. La gratitud hacia aquel hombre en mis momentos de modestia, cuando yo crea que yo no se lo deba todo a mi propio mrito, llenaba mi corazn. Jams, sin embargo, le he amado. Todas las noches, desde hace meses, hablo con l ms de una hora en voz baja. Me elogia, me dice mil corteses rendimientos; pero de amor no me habla. Entre l y yo existen tcitamente estas extraordinarias relaciones. Es esto pecado? Ah! Yo creo que s. Ahora creo que s. Me lo dice el corazn. Braulio est celoso. Pero, Dios mo, por qu no me lo ha dicho? Por qu no se ha quejado? Yo le hubiera pedido perdn. Yo le hubiera repetido mil veces que le amaba. Yo le hubiera renovado mis juramentos. Yo hubiera puesto trmino a la insana poesa, a la soada historia que slo a mi vanidad satisfaca. Pero no: Braulio tiene razn, Braulio es delicado. Un marido no debe tener celos. No debe decir a su mujer que sospecha de ella. Sera una indignidad, una vergenza de que l no es capaz. Y yo, necia, ciega, que no he comprendido hasta hoy lo peligroso y absurdo de mi conducta. Quin sabe? Tal vez los maldicientes lo han entendido todo de la peor manera. Tal vez han mancillado mi honra y la de mi marido. Tal vez han tenido al cabo la crueldad de acusarme. Vamos, Paco; ya lo sabes todo. No me mates. Dame la carta. Pronto! Dame la carta. Paco, sin responder palabra, sin saber qu pensar de todo aquello, no atrevindose a creer que Beatriz menta, no atinando a explicarse cmo se mintiese tan bien, y recordando, no obstante, que en la carta de Braulio haba pruebas casi evidentes de que Beatriz era culpada, le entreg por ltimo la carta. Beatriz la desdobl con ansia, y no la ley, la devor. No interrumpi la lectura, ni con un suspiro, ni con una exclamacin, ni con una queja. Se puso alternativamente colorada y plida. Mortal palidez prevaleci al cabo. Gruesas lgrimas brotaron de los hermosos y negros ojos de Beatriz y se deslizaron por sus mejillas. El silencio era completo. Se podan contar los latidos violentos del corazn de Beatriz y del corazn de Paco. Otra mujer, culpada o no culpada, hubiera fingido un desmayo, se hubiera desmayado de veras o hubiera hecho extremos con sollozos, con gemidos y aun con gritos tal vez. Beatriz, leda la carta, conocido ya todo el infortunio de su marido y el suyo, si es que a su marido estimaba, contuvo toda explosin vehemente de dolor, y dijo a Paco de esta manera: --Reconozco mi delito. Reniego de mi estpido engreimiento, de mi afn de lucir, de mi deseo liviano de ser admirada; pero no basta todo ello para explicar esta desventura. Soy vctima de una trama infernal; de una serie de coincidencias fatales. Quin sabe, Dios mo? Quin sabe? Pero es muy duro, es tremendo, es cruel el castigo que cae sobre mi cabeza. Por qu no me mat? Por qu tuvo compasin de m? Yo hubiera despertado al sentirme herida. Yo le hubiera perdonado. Qu digo... le hubiera perdonado? Yo le hubiera pedido perdn y hubiera sido dichosa muriendo en sus brazos. Cunto me ama! Este amor s que vale. En este amor s que debiera yo haber cifrado siempre mi orgullo. Por qu le he descuidado, hasta perderle tal vez, desvanecida yo, loca, atolondrada por una vanidad mezquina? Y l me bes mientras yo dorma, en vez de matarme, como yo mereca de veras. Vino a darme de pualadas y me di besos de amor, y llor de ternura, y me hall hermosa y me contempl extasiado. Paco, hermano mo; corre, ve al Ministerio, ve a todas partes, bscale; dle que le amo; trele vivo a mis brazos; devulvemele para que me perdone. Qu har, Jess mo? Qu har? Estoy por salir a buscarle yo misma, como loca. Slo me detiene el temor de que sean mayores el escndalo y la vergenza. Hermano mo, por piedad, corre; busca a Braulio. Temo, tiemblo por su vida. Qu horror! El no me ha dado muerte: l me ha besado, creyndose mortalmente ofendido. Y, en pago de tanto amor, yo le mato. Paco estaba mudo, exttico, lleno de asombro, con la boca abierta, y sin saber qu pensar ni qu decir. Beatriz, con ms agitacin, contrariada, impaciente por la inmovilidad de Paco, prosigui de esta suerte: --No te detengas: vuela, busca a Braulio. Se va a matar si te tardas. Dle pronto que le amo, que le idolatro; que su beso vale ms que todas las satisfacciones y vanaglorias; que su amor me enamora; que la belleza divina de su alma excede para m a toda la belleza de las dems criaturas de Dios. Que yo le vuelva a ver, cielos santos! Que yo me arroje a sus plantas y le pida mil veces perdn! Que yo le pague el beso que me di dormida, exhalando mi alma, infundindola en la suya con un beso eterno... infinito! Mientras Beatriz hablaba, iba empujando a Paco fuera del saloncito; le iba echando a empellones de la casa. Ya en la antesala, Beatriz aadi: --Ve al Ministerio; acude a la polica; busca a Braulio por todos los medios, no te detengas. Paco sali al fin de su mutismo, y contest: --Sosigate, Beatriz, yo le encontrar. Pronto estar aqu de vuelta. No lo dudes: le traer conmigo. Ten confianza en la bondad de Dios. Dicho esto, abri la puerta, sali de la habitacin y baj precipitadamente la escalera. Doa Beatriz volvi vacilando y tropezando hasta la sala. No poda ya sostenerse. Cay desplomada en el sof. Despus de un instante de calma y de silencio, rompi en gemidos y sollozos y verti un mar de lgrimas. Acudi entonces el ama Teresa. --Qu te pasa, hija? Por qu lloras? --Djame, ama, djame--contest doa Beatriz--. Soy la ms desventurada de las mujeres. El ama Teresa insisti en vano en idnticas o semejantes preguntas. Beatriz no le contestaba sino rogndole que la dejase. Cansada, pues, y hasta algo picada de aquel sigilo con que de ella se recataba Beatriz, el ama Teresa se sali de la sala y se fu al cuarto de Inesita. --Nia--dijo--, no te levantas hoy? Inesita, medio dormida an, si bien tena abiertas ya las maderas de la ventana, y el sol inundaba su cuarto, se incorpor un poco y contest: --Pues qu hora es? --Las nueve y media; cerca de las diez. De sobra es hora de que te levantes. Adems es menester que te levantes. Hay grandes novedades. Paco Ramrez ha venido. --Con mi cuado?--pregunt Ins. --Sin tu cuado--dijo el ama. --Y dnde est? Se qued en el lugar? Por qu no viene? --Lo ignoro. Slo s que tu hermana est llorando como jams la he visto llorar. Sin duda ha ocurrido alguna gran desgracia. Beatriz nada ha querido decirme; pero algo ocurre de muy grave y lastimoso. Levntate, hija. Ve a consolar a tu hermana y a saber la causa de su dolor. Inesita salt de la cama llena de sobresalto. Se puso una bata, sin atender a ms cuidado, por la precipitacin, y corri al saloncito, donde Beatriz se hallaba. XXI --Qu tienes, hermana? Por qu lloras?--pregunt Inesita con mucho cario apenas entr en el saloncito y vi a Beatriz tan afligida. Como Beatriz no le contestase y siguiese llorando, Inesita se inclin sobre el sof en que estaba echada Beatriz, y volvi a hacerle las mismas preguntas, acompaadas de besos y caricias. Beatriz no pudo ya resistirse; senta adems necesidad de desahogar su corazn, e incorporndose y teniendo a Ins a su lado, dijo con un suspiro: --Qu desgraciada soy, Ins! --Qu sucede?--interrumpi sta. --Que por mi culpa Braulio est celoso y se ha ido de casa y puede que no vuelva ms. --Y de quin tiene celos? --Tiene celos del Conde de Alhedn. --Vaya un desatino!--dijo Inesita--. Pues qu, no ve claro que el Conde no tiene por ti mas que mera amistad? --Eso no--dijo candorosamente Beatriz, la cual, en medio de todo, amando a don Braulio, llena de sobresalto por l, y arrepentida de su intimidad con el Conde, no poda conformarse con que el Conde no estuviese enamorado de ella. --Eso no; yo creo que el Conde me ama; pero yo no le he amado nunca. --Singular idea tienes del Conde, hermana. Creme, hombres como l no aman sin ser amados. El Conde te distingue, te aprecia, te halla linda y agradable y discreta, y por eso habla contigo. Como es muy galante, te hace doscientos mil elogios; pero de ah al amor hay una distancia infinita. --Y quin te asegura que no ha salvado l esa distancia?--pregunt Beatriz. --Nadie me lo asegura--contest Ins--; pero yo lo supongo. En todo caso, lo mejor es que no te ame. Habas t de amarle? --No. --Pues entonces, para qu queras esa vctima? --Yo no quera... ni dejaba de querer... no se trataba aqu de lo que yo quera, sino de lo que era. El Conde estaba asiduo conmigo, y yo, lo confieso, me complaca en sus asiduidades. No le amaba; pero senta una satisfaccin de amor propio en creerme amada por l. Esto me ha perdido. --Vamos, hermana, tranquilzate. Nadie se pierde por tan poco. Si tu marido tiene celos, con explicarle que no hay motivo para que los tenga, estar todo terminado. --Y cmo se lo explico? Dnde podr verle? No te he dicho que se fu y no volver ms? Quiz se mate. --Tales cosas me dices que empiezas a ponerme en cuidado, aunque no soy de las que se ahogan en poca agua. Braulio es suspicaz y caviloso; Braulio te adora; Braulio tiene de s mismo, all en el fondo del alma, la noble estimacin que debe tener; pero de sus prendas exteriores no tiene buena idea. Su modestia en este punto traspasa los lmites de la humildad y raya en desconfianza. Aunque te adora, aunque ha credo siempre en tu amor, opina en general poco favorablemente de las mujeres; cree que el lujo, la brillantez, la elegancia y la alta posicin nos deslumbran. --Y no cree mal. A m me han deslumbrado, no para dejar de amar a Braulio y amar a otro, sino para complacerme en otro amor sin pagarle. --Mira, hermana, no es tiempo de recriminaciones. Si hiciste mal en complacerte en ese supuesto amor, ya el arrepentimiento es tardo y estril. Busquemos remedio a tu ligereza. Ha ido Paco a buscar a Braulio? --Ha ido. --Y el Conde? El Conde es menester que tambin le busque. El Conde puede y debe explicrselo todo, y negocio concludo. --Y qu es lo que el Conde tiene que explicarle? --Que te respeta, que te quiere muchsimo, que se deleita en hablar contigo; pero que no te ama de amor, ni en ello ha pensado nunca. --Y no mentira el Conde al decir eso? --No, hermana, ya es tiempo de declarrtelo todo--. Aqu, Inesita, a pesar de su serenidad, que varias veces hemos calificado de olmpica, se puso roja como la grana--. Ya es tiempo de declarrtelo todo--repiti--; el Conde tiene relaciones conmigo. Estas palabras cayeron y estallaron como una bomba dentro del corazn de Beatriz. Malo y horrible era haber lastimado el alma de don Braulio por la satisfaccin de verse idolatrada, segn ella supona; pero era peor y ms horrible el haber motivado la tragedia por una vanidad sin fundamento; por haberse engaado ella a s misma, creando en su fantasa una adoracin y un amor que eran para otra mujer y no para ella. Beatriz se mordi los labios de vergenza y de despecho. Call por un momento; pero las palabras acudan a su boca pugnando por salir y no pudo menos de exclamar al cabo: --Has estado cruel y has sido traidora! He servido de pantalla. Me habis hecho el blanco de la maledicencia. Os habis conducido de suerte que todo Madrid me calumnia, que mi marido recibe annimos delatndome, y que tal vez muera de dolor o se mate. Debis estar satisfechos de vuestra obra. --Bien sabe Dios--dijo Ins--que me duele en el alma de todo lo que te pasa; pero ni el Conde ni yo tenemos la culpa. T y Braulio sois muy extraos, cada cual a su manera; ambos os quebris de sutiles, os pasis de listos y os excedis en el imaginar. Aqu no ha habido propsito deliberado de mi parte, ni de parte del Conde. Todo ha sido sencillo, natural, impremeditado. Acurdate bien de todo. Vimos al Conde en los Jardines del Buen Retiro, y me excitaste a coquetear con l. Es esto cierto? --Lo es. --Es cierto que hasta me diste lecciones de coqueteo, con el fin... psame lo grosero de la expresin... ms grosera es la idea... con el fin de ver si lograba pescarle para marido? --Tambin es cierto; no lo puedo negar. --No te respond yo entonces que el Conde estaba prendado de ti y no de m, y no replicaste t que la conquista deba hacerla yo y no t? --Todo es como dices. --Pues bien, yo coquete siguiendo tu consejo, y todo te lo hubiera confesado, si no hubiera advertido en seguida que iba a darte un disgusto; si no hubiera advertido que, sin amar al Conde, te deleitabas en verle o en creerle rendido a tus pies. En un principio haba hasta un motivo de delicadeza para no revelarte nada. Decirte que yo empezaba a coquetear con el Conde hubiera sido excitarte a que desistieses de la diversin de tenerle o de creer que le tenas enamorado y cautivo. --Eso debiste hacer si hubieras sido franca y leal--dijo Beatriz. --Difcil era hacerlo en un principio. Ms tarde fu imposible. El mismo Conde (qu quieres?, los hombres son fatuos) lleg a presumir que t le amabas, que tu amor era etreo, pursimo, que estimabas a tu marido y que jams le ofenderas; pero, en fin, que anglica o serficamente le amabas. Cmo desengaarte? Creyndote l y yo en aquella disposicin de espritu, nos movimos ms al disimulo, el cual, te lo confieso, ha sido extraordinario. Nos hablbamos poco, y nos escribamos mucho. No podamos suponer que nuestro amor tuviese las consecuencias desagradables que ha tenido. El Conde estimaba a Braulio. Braulio estaba tan encantado del Conde, que no recelaba de l, y que no viva sin l. Braulio, que ha sido siempre tan hurn, buscaba al Conde y charlaba con l y jams tena celos de que hablase contigo. Quin hubiera podido imaginar que los celos viniesen de repente, a deshora y cuando menos se teman? --Ins, Ins, tu falsa ha sido espantosa, y slo comparable con tu liviandad. --Toda injuria que me dirijas ahora la llevar con paciencia. Soy culpada, muy culpada: pero te juro que jams prev que pudieran haber tenido mis culpas tan fatales consecuencias para ti. Quisiera yo volverte la paz a costa de mi sangre. Quisiera morir para que t y Braulio fueseis dichosos. La maldad, el pecado de que me motejas, le reconozco, le confieso, y estoy pronta a recibir por l el merecido castigo. No voy, pues, a disculparme, sino a explicar mi conducta. As me comprenders, aunque no me perdones. Segu tu consejo y coquete con el Conde, porque el Conde me enamor. Framente, por clculo, jams hubiera coqueteado con l. Indigna he sido; pero, segn mi conciencia, hubiera sido ms indigna haciendo otra cosa que el mundo no reprueba, sino aplaude; atrayendo con astucia al Conde, con persistencia reflexiva, sin ms pasin que el deseo de colocarme; esto es, de lograr un ttulo, quince mil duros de renta al ao y una brillante posicin. Ser todo lo perversa que quieras, pero eso jams lo hubiera yo hecho, y eso era lo que, siguiendo la prudencia social, me aconsejabas t. Pobre, hurfana de un hidalgo lugareo arruinado, y cuada de un triste empleadillo en Hacienda, que casi me mantiene, mi orgullo se rebelaba contra la idea de conquistar dinero, nombre preclaro y consideracin en el mundo, negociando con mi hermosura, por ms que el matrimonio viniese como a santificar luego mis clculos, ruines. Te repito, pues, que segu tu consejo de coquetear, no por reflexin, sino por instinto; no con estudio y cautela, sino ciegamente y poniendo en ello todo mi ser y toda mi alma. Todava, si el Conde hubiera sido pobre como yo, obscuro como yo, menesteroso como yo, yo le hubiera dicho: csate conmigo; pero siendo quien es, me repugnaba decrselo. Decrselo, era como decirle: porque te amo, dame diamantes y perlas, llvame en coche, haz que habite en un hermoso hotel, coloca una corona de condesa sobre mi frente, cmprame muebles bonitos, cuadros y estatuas; tenme criados que me sirvan al pensamiento; proporciname, en suma, cuantas elegancias y comodidades trae el dinero consigo, y despus obtendrs el goce y la posesin de mi alma y de este amor vehemente que te profeso, por ms que est refrenado y domesticado por la circunspeccin ms severa. Yo no quise, ni pude decir esto al Conde, y esto hubiera sido menester decirle, aunque atenuado con rodeos y primores de estilo. Por no decirle esto, porque me repugnaba decrselo, y porque le amaba, me he rendido sin condiciones, le he abandonado mi alma y mi vida. Lo justo, lo honrado, hubiera sido no coquetear con l, no atraerle, ni para conquistar su mano con calculadora frialdad, ni para faltar como he faltado. --Desdichada!--exclam Beatriz--. An no sabes las consecuencias tremendas de tu falta. Braulio, por esa falta tuya, cree tener una prueba evidente de la falta que en m supone: ha visto al Conde, tres noches ha... --Dios mo!--dijo Inesita. Toda su serenidad olmpica desapareci entonces al fin. Se cubri el rostro con las manos y rompi a llorar como una Magdalena. XXII Paco Ramrez, entre tanto, haba buscado intilmente a don Braulio por mil partes y de mil modos. Luego discurri ir a casa del Conde de Alhedn. El criado que le abri la puerta le dijo que el Conde dorma con tranquilidad, que aqulla no era hora de visitas, que l no le pasaba recado y que se expona a que le tirase a la cabeza los libros, el vaso de agua y cuanto tena sobre la mesita de noche. Paco insisti, sin embargo, con tal bro, hablando de lo importante, urgente y sagrado del asunto que le traa a hablar con el Conde, que el criado, que di la casualidad de que era su ayuda de cmara, se decidi al fin a llamar al Conde. Bien advirti Paco que la palabra mgica que le abra la puerta de aquel encantado recinto era el nombre de la seora de don Braulio Gonzlez, por quien dijo que vena enviado. Fuese como fuese, le hicieron entrar en el despacho, donde aguard ms de media hora bramando de clera y de impaciencia. El Conde, no obstante, haba hecho prodigios inusitados de prontitud para vestirse. Al cabo apareci. Paco, que vena muy fosco contra l, se qued pasmado de la afabilidad, llaneza y dulzura de aquel elegante, cuyo igual o parecido no haba visto jams en su lugar; pero cuando subi de punto su pasmo fu cuando, despus de referir precipitadamente lo ocurrido, not el vivo inters y la emocin profunda que agitaban el alma del Conde y que se retrataban en su bello rostro. --Vamos a buscar a don Braulio por todas partes--dijo--; Dios querr que demos con l. Doa Beatriz le quiere: es incapaz de faltarle. Yo le convencer de la inocencia de doa Beatriz. Quin ser el autor del infame annimo? Alguna malvada mujer. Dios mo! Qu horror! No me lo perdonar nunca si ocurre alguna desgracia. Dicho esto, el Conde di rdenes a sus criados, escribi a los jefes de la polica, tom, por ltimo, el sombrero, y ya se dispona a salir l tambin en compaa de Paco a buscar al desesperado marido de doa Beatriz, cuando le anunci su ayuda de cmara que un dependiente de uno de los juzgados de Madrid traa para l una carta que deba entregarle en propia mano. El dependiente entr en el despacho y entreg la carta al Conde. Estaba cerrada y sellada con lacre. En el sobrescrito reconoci el Conde con asombro la letra de don Braulio. Abri el Conde la carta, no sin bastante zozobra, y temblndole las manos y con la cara demudada, ley lo siguiente: Seor Conde: Yo no poda servir en el mundo sino de estorbo. Cuando reciba usted estos renglones el estorbo no existir ya. Que la propia conciencia perdone a los que me han hecho padecer, como yo los perdono. --Dnde se ha hallado esta carta?--pregunt el Conde. El portador de ella contest: --En el bolsillo de un hombre que hace media hora se arroj de cabeza por el viaducto de la calle de Segovia. No sabemos quin es. Usted, seor Conde, nos dir el nombre del difunto. --Don Braulio Gonzlez--dijo el Conde de Alhedn. Cuando supo Beatriz la muerte de su marido, su dolor toc en los lmites de la desesperacin; mas no le resucit por eso. Inesita estuvo tambin punto menos que desesperada. El Conde, compungido por todas aquellas lstimas, se esforz por consolar a Ins: todo le pareca poco para consolarla. Venci la oposicin de su madre, que no gustaba de casamiento tan desigual, e Ins, al ao de muerto don Braulio, fu Condesa de Alhedn. Paco, que haba quedado burlado en sus esperanzas, deca con este motivo: --Inesita, por no ser framente calculadora, ha conseguido lo que con el clculo fro no hubiera conseguido acaso: bien es verdad que, para conseguirlo, ha sido menester que don Braulio se mate. Ms de dos aos vivi Beatriz, de viuda, con el ms profundo y sincero duelo en el alma. Se retir al lugar de su nacimiento, donde hizo vida ejemplar y propia de una santa. A la memoria de don Braulio renda verdadero culto. Aquel beso, que estando l celoso y dormida ella, le di don Braulio, en vez de matarla, como pensaba, le senta ella en lo ntimo del corazn y difunda en su espritu suave y pura melancola. La modestia y el recogimiento de doa Beatriz hacan que gastase poqusimo en su persona, as es que le sobraba mucho, en proporcin de su corta hacienda, y todo lo consuma en obras de caridad. Paco Ramrez, testigo de todo esto, y nica persona que vea a doa Beatriz en su soledad, acab por enamorarse de ella perdidamente. Ya hemos visto lo sensible que era doa Beatriz a que de ella se enamorasen. Primero, agradeci. Despus luch contra el recuerdo de don Braulio una naciente inclinacin. Por ltimo, la pobre doa Beatriz no era de bronce; pasados ms de los dos aos, el amor nuevo venci los recuerdos del amor antiguo. Paco y Beatriz se casaron: y Paco borr con besos, que di a Beatriz despierta, la impresin al parecer indeleble de aquel beso tan potico que ella haba recibido dormida. Paco, algo recelosillo, como buen lugareo, se guard bien de llevar a Madrid a Beatriz, no hiciera el diablo que se le antojase de nuevo que el Condesito estaba enamorado de ella serficamente. Este y su mujer siguieron siempre en la corte siendo dechados de elegancia. Inesita, luego que pas tiempo, filosof con serenidad acerca de don Braulio y explic su muerte de un modo satisfactorio para ella. Don Braulio se haba suicidado porque era ttrico de carcter; porque tena menos religin que un caballo; porque estaba desesperado de ser feo y enclenque; porque haba cometido la imprudencia de haberse casado con mujer joven y hermosa; porque tena el ridculo empeo de ser adorado; y porque el amor, que no tena, por carencia de fe, para las cosas del cielo, le haba puesto en algo de mundanal y finito que no lo mereca, empendose en revestir a este dolo de calidades y excelencias que slo a los seres sobrenaturales convienen. En suma, Inesita daba por evidente que lo mejor que don Braulio poda haber hecho era matarse. No creemos que Inesita tuviese gran erudicin clsica; pero si la hubiera tenido, hubiera repetido, a propsito de don Braulio, cierto verso, nos parece que de Homero, que dicen que declam Scipin al saber la muerte de Cayo Graco, su sobrino, y que en mal romance y peor prosa se interpreta as: _Perezca como l quien imitare su ejemplo._ FIN End of the Project Gutenberg EBook of Pasarse de listo, by Juan Valera License: Share Alike